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Eleuterio González González

ESCALA DE
PERFECCION

Orientaciones sobre
la vida espiritual y
perfección cristiana

Libros de Espiritualidad - 1989

A PO ST O L A D O M A R IA N O
Recaredo, 44
41003 SEVILLA
CON LICENCIA ECLESIASTICA
I.S.B.N. 84 7656 132-6 · S.L. B-4137-89
GRARCAS GUADA, S A - ESPLUGUES L L (BARNA.)
INDICE

P ró lo g o ............................................................ 5
Mensaje de las aliad as.................................. 8
Un poco de h isto ria ...................................... 10
Escala de perfección...................................... 15
Perfección en la S antidad............................ 18
Estudio asceticom ístico................................ 23
Plan de v id a .................................................... 31
La oración. Sus g rad o s................................ 34
Las virtudes en la B ib lia ............................. 49
Dones y frutos del Espíritu S a n to ............. 53
Las virtudes cristianas.................................. 56
Nuevas fuentes................................................ 73
Segunda Escala de perfección..................... 77
Las P urificaciones......................................... 79
Las Purificaciones Pasivas........................... 86
Discreción del Espíritu.................................. 136
Devoción accidental y devoción sustancial 139
Otras normas para discernir las pruebas
superiores.................................................... 143
Efectos producidos por el a m o r................. 146
Alegría y p a z ................................................... 149
Causas que pueden probarnos la p a z ....... 152
Almas v íctim as.............................................. 154
Conclusión....................................................... 157
PROLOGO

Este libro que tienes en tus manos, escrito con


la perspectiva de una larga y fecunda vida sacer­
dotal y, al m ism o tiem po con un estilo sencillo y
directo, constituye una síntesis de la espirituali­
dad de los grandes místicos de la historia.
En sus páginas, el autor pretende adentrarnos
en el m undo rico y profundo de la vida interior a
través de su E S C A L A D E P E R F E C C IO N , a yu ­
dándonos a saborearlo y dejando en el ánim o el
deseo de recorrer el cam ino de la am istad con
Dios.
E l Reino de Dios les será dado a las alm as es­
forzadas, que luchan por acallar las voces del
hom bre viejo y spiran a introducirse en la inti­
m id a d divina. Para ello es necesaria la ascesis, la
lucha por rechazar el pecado, y todo aquello que
nos ata a lo terreno, y alcanzar las virtudes. Esta
es la m isión de la ascética cristiana.
Después, com o fruto de esta búsqueda sincera
vendrá el don de Dios, la acción transform ante de
la gracia, la intim idad con Dios, en una palabra,
la mística.
D. Eleuterio González, profundo conocedor y
estudioso de estos tem as de espiritualidad, nos
ofrece este trabajo vibrante y apasionado que
-esto y seguro-hará m ucho bien a todos aquellos
que lo lean.
E l motivo que le im pulsó a escribir este libro,
y que aparece reflejado constantem ente a lo largo
de sus páginas, no es otro que su celo por la sal­
vación de las almas. Bien resum ida queda esta
intención en la hiriente fra se con que concluye su
obra, y que es la aspiración m ás intim a de su
vida de sacerdote y^pastor:
A M A R T E , SE Ñ O R , Y H A C E R T E A M A R .

J. Carlos S. Fernández
BENDICION DEL SEÑOR OBISPO
DE CORDOBA

(En la carta donde da instrucciones muy ati­


nadas y precisas para la realización de esta obra,
dice:)
«Mi querido D on Eleuterio: Leí con m ucho
agrado su carta en la que me hablaba del trabajo
que estaba preparando para publicarlo.
U n em peño así merece todo elogio por cuanto
significa de inquietud sacerdotal.
Espero que Dios le prem iará su buen espíritu
y desde donde está seguirá haciendo m ucho bien
a las almas.
Con un fuerte abrazo y mi especial bendi­
ción».

J osé A n t o n io , Obispo de Córdoba


M EN SA JE DE LAS ALIADAS

N uestro antiguo D irector y a veces hasta «V i­


sitador» de Centros de la A lianza en Jesús por
M aría, D. Eleuterio G onzález, Sacerdote, paisano
nuestro, que por tanto tiem po ha trabajado en
nuestra form ación espiritual (y según él mism o
dice, tam bién nosotros le hem os ayudado a él),
nos dice que está preparando una nueva versión,
más com pleta, del C uaderno que nos «dedicó en
el año 1937, sobre el herm oso libro de Santa Te-
resita del N iño Jesús, «H istoria de un alm a» y
que titulaba: «Escala de Perfección».
Aquel C uaderno m anuscrito, pasó de m ano
en m ano por m uchos centros de la A lianza y ¡con
cuánto cariño y agradecim iento lo recordamos!
A hora, a los cincuenta años, nos ofrece una
versión am pliada y más com pleta de aquel trab a­
jo, con el subtítulo «O rientaciones sobre la vida
espiritual y perfección cristiana», en el que se in­
cluyen cuatro modelos de «Escalas» según los es­
critos de San Juan de la Cruz, con una referencia
a San Francisco Místico, de Santa Teresa de Je­
sús, de Santa Teresita, y hasta una más reducida
de nuestro Fundador, el Siervo de Dios Don A n ­
tonio A m undarain.

8
Esto nos llena de alegría y le instam os a que
lleve a la im prenta su trabajo, para que el prove­
cho de su lectura pueda alcanzar a m ayor n ú m e­
ro de almas. Es cierto. La m editación de estos
pensam ientos son un regalo para el espíritu, que
te hacen poner en segundo lugar y hasta superar
con fortaleza, los aconteceres tan poco agradables
que nos rodean y nos agobian.
T ú que los lees, estudíalos con cariño y verás
cóm o te ayudan a buscar y ocuparte en lo único
necesario, en lo trascendente, en lo que realm en­
te te lleva a Dios.
Que el Señor bendiga este trabajo y a todos
los que de algún m odo han colaborado para h a­
cer el bien a las almas.
LAS A LIA D A S EN JESUS POR M ARIA DE
POZOBLANCO

PREAM BULO. UN POCO DE HISTORIA

Rebuscando libros útiles en una pequeña bi­


blioteca de Acción Católica de nuestra parroquia
allá por el año 1937, cayó en mis m anos un m a­
ravilloso libro titulado: «H istoria de un alma».
Lo escribió Santa Teresita del N iño Jesús.
Leyéndolo detenidam ente y con cariño, me
proporcionó ideas para hacer un pequeño folleto
que titulé así: «Escala de perfección según el espí­
ritu de Santa Teresita del N iño Jesús: Su estudio
y aplicación a nuestras almas».
D urante los años heroicos de nuestra guerra
civil, aquel folleto ayudó bastante a form ar almas
s que tom aban en serio su vida espiritual, espe­
cialm ente a un G rupo de Aliadas en Jesús por
M aría, que tanto me ayudó espiritualm ente por
aquellos años.
Esta página que puse al principio del C uader­
no con el título «Al lector» puede darnos idea
de su contenido. Decía así: «Estos pensam ientos

10
que hemos llam ado «Escala de Perfección» no
son sino un tejido de frases de la Sagrada Escritu­
ra y de ejem plos y m áxim as de la m ayor Santa de
los tiem pos m odernos según Benedicto XV, de
Santa Teresita del N iño Jesús, que en verdad no
desm erecen de aquéllas, ya que en frase de S.S.
Pío XI: «Teresita está convertida en una palabra
de Dios.»
M áxim as que, por una parte son sublimes, en ­
fervorizan, arrebatan el espíritu en deseos de al­
tu ra y virtudes heroicas; por otra parte llevan el
sello distintivo de su espíritu, la sencillez.
Porque ella que había sido elegida por Dios,
M aestra de las alm as «pequeñas», de las que en
nada salen de lo ordinario, era m enester, según su
frase, que esas alm as nada tuvieran que envidiar­
le. De ahí que sea fácil con la gracia de Dios el
im itarla, procurando la fusión de estos dos gran­
des ideales: la gloria de Dios y la salvación de las
alm as, o com o dice nuestra Santa: «El dar gusto a
Jesús y sacrificarse por los pecadores».
Junto a esta doctrina hem os puesto algunas
anotaciones ascéticas, que a la vez que sirven de
preparación a la subida por esta «Escala», sean
tam bién lección viva de mística general, enten­
diendo por ella la perfección cristiana y la direc­
ción de las alm as a la m ism a, o sea, su aplicación
práctica.
Mas para hacer nuestro, am ado lector, el espí­
ritu de la Santa, verdadera ilum inada de Dios, y

11
que nuestra alm a esté com o esponja para recibir
este rocío vivificante, esta lluvia de rosas, es p re­
ciso pedirlo confiadam ente al Señor. Jesús lo p ro ­
m etió en cierta ocasión: «V uestro Padre Celestial
dará un Espíritu Bueno a los que se lo pidan».
Luc. XI, 13.
Esta fue, am ado lector, la introducción que
puse al O púsculo, hace 52 años. Estas las suge­
rencias que m e inspiraron la lectura del libro de
la Santa.
A esta distancia aún recuerdo el efecto saluda­
ble que me produjo su lectura, y fue encariñar­
me de tal m odo con su doctrina que desde en to n ­
ces he dado una preferencia capital a la lectura y
sobre todo a los escritos sobre tem as religiosos y
espirituales. Este bien a la Santa bendita se lo
debo.
Pasaron los años y po r cam bios de personas y
otros m otivos el cuaderno durm ió el sueño de los
justo.
U n día, revolviendo papeles antiguos, me en ­
cuentro con aquellos apuntes y su nueva lectura
me ha llevado a hacer una versión más ordenada
y com pleta, am pliándola con un estudio de las
fuentes donde la Santa bebió su doctrina: los
grandes místicos San Juan de la Cruz y Santa
Teresa de Jesús, fundadores no sólo de su orden
carm elita sino de una espiritualidad universal.
Ellos tam bién hablan de «Subida al M onte
C arm elo, de M oradas, de Cam ino de Perfección»

12
de los distintos grados o escalas para subir a Dios.
Entre «Subida» y «Perfección» me han dado he­
cho el título de mi trabajo. A hora en la nueva re­
dacción incluirem os unas nociones más am plias
sobre el lenguaje ascético-m ístico, los grados de
oración, que los grandes místicos asocian a los
grados de purificación o perfección, las diversas
virtudes, que tam bién van unidas a las distintas
purificaciones, y al estado del espíritu; acudiendo
com o es natural a las fuentes donde la Santa be­
bió su doctrina.
A todo ello he pretendido darle un m ayor ca­
rácter práctico, pensando siem pre que este estu­
dio, aunque sea de tem as espirituales, si no me
acerca a Dios, si esto que aquí llam am os «Escala
de Perfección» no me hace ser un poco m ejor y
adelantar en la virtud, bien podem os decir que, al
menos, estam os perdiendo el tiem po.
No es em presa fácil, pero me estim ula la vo­
luntad del Señor que nos quiere santos, y la doc­
trina del Concilio sobre la «Llam ada general a la
santidad». Llam ada que a todos nos urge a descu­
b rir la voluntad concreta de Dios sobre nosotros.
Com o Dios nos quiere santos, nuestra «Escala de
Perfección» pretende ser una respuesta válida a
esa llam ada a la santidad que Dios nos hace, y
por ello ha de utilizar los medios más idoneos
para conseguirlo.
Este es el objeto que nos proponem os con este
estudio.

13
A esa llam ada, para que sea eficaz en mí, no
puedo responder, como suele decirse, por libre, a
mi aire, ni asiéndom e a supuestos carism as per­
sonales; sino poniendo totalm ente sincronizada
mi voluntad con la voluntad de Dios, único ca­
mino para alcanzarla, recordando siem pre las p a­
labras del salmo: «M ás estimo yo tu Ley Santa,
los preceptos de tu boca, que miles de m onedas
de oro y plata».
A esa «Llam ada» interior, que es de Dios,
tengo que responder positivam ente y he de andar
ese cam ino hasta el final; pero hay orientadores
en ese cam ino, que son los M andam ientos divi­
nos, que son los santos sus mejores ejecutores.
Hay «atajos» para hacer más cortos y fáciles esos
cam inos, que sólo ellos conocen, hay «ascenso­
res» que sustituyen con ventaja al esfuerzo nece­
sario para subir la em pinada cuesta, que tam bién
sólo ellos conocen.
Toda esta técnica espiritual, es la que he que­
rido estudiar, para ofrecértela y que a am bos pue­
da servim os de provecho.
Intentem os pues subir esta Escala Bendita, si­
guiendo los pasos y la doctrina de la Santa: dar
gusto a Jesús, am arle y hacerle am ar.
N o faltarán por la m isericordia divina, con
toda certeza, alm as a quienes les haga provecho,
especialm ente si entran en ella sin prejuicio, con
la «sencillez» con que nuestra Santa Teresita nos
legó la «H istoria de su alma».

14
ESCALA DE PERFECCION

C uando traté de d ar un nom bre breve y ex­


presivo a estas «O rientaciones sobre la vida espi­
ritual y perfección cristiana» me pareció el más
adecuado éste de «Escala de Perfección», porque
resum ía muy bien el intento de nuestro estudio.
Con las m ism as palabras en algunos casos, o
con otras similares, lo hem os visto en libros que
trataron del tem a de la Perfección.
Así, por ejem plo, S. León M agno en el Ser­
m ón 6.“ de C uaresm a, hablando de la Purifica­
ción por m edio del ayuno y la misericordia, em ­
plea estas mism as palabras y dice: «A todos nos
obliga ser cada día mejores en la Escala de la Per-
lección». Después S. Juan Clím aco cuando nos
habla del Paraíso, pondrá com o título a su libro
de espiritualidad: «Escala de Perfección». N oso­
tros siguiendo a San Juan de la C ruz en la «Subi­
da al M onte C arm elo» y a Santa Teresa en «Ca­
m ino de Perfección», nos ha parecido el título
más adecuado a este estudio «Escala de Perfec­
ción». Santa Teresa la llam ará exactam ente: Per­
fección Progresiva que, com o vemos,es sinónim a
a la nuestra.
Antes que nadie y con más propiedad N uestro

15
Señor Jesús se llama a sí mism o «Cam ino» (Jn.
XIV, 6), porque cam inando po r Él se llega con
toda seguridad al térm ino feliz de nuestro desti­
no.
Este Cam ino es estrecho, áspero, cuesta arri­
ba, porque el Reino de Dios al que aspiram os,
padece violencia, entraña sacrificio.
Por esta dificultad le cuadra bien el nom bre
de Escala, que es subida ordenada, ascendente,
m arcada por el esfuerzo, en una palabra: ASCE­
TICA.
Y com o la finalidad que se pretende en estas
«O rientaciones sobre la vida espiritual» es ser
mejores, ser santos, com o quiere Jesús, de ahí la
segunda palabra del título: PER FECC IO N , que
significa lo bien hecho, lo acabado, lo que nada le
falta de lo que le corresponde, com o dice Santo
Tom ás.
Perfecto cuando se ordena a la virtud, equiva­
le a santidad, así Juan Pablo II llam a a los obis­
pos holandeses «perfectores», artesanos de la vir­
tud, ejem plares de santidad.
El Señor nos llama a todos a la santidad: «Se­
réis santos, porque Yo el Señor vuestro Dios soy
santo» Lv. 9, 1. Y N uestro Señor Jesús al hablar
de esta obligación cristiana, es claro y term in an ­
te: «Sed perfectos com o vuestro Padre Celestial es
perfecto». Mt. V, 42.
Observemos que cuando Jesús dice estas p ala­
bras, no están solos los discípulos, hay una gran

16
m ultitud de gente que le escucha y al oír esta sen­
tencia, dice el evangelista que quedaban ad m ira­
dos de su doctrina y con ganas de ponerla en
práctica. Mt. VII, 28.
Para que estas orientaciones de vida espiritual
tengan un norte bien definido, presentarem os va­
rios modelos de «Escalas» siguiendo a los clásicos
de la Teología Espiritual:

1 En una breve referencia a la doctrina ascéti­


ca del F undador de la A lianza, señalo las tres
vías clásicas: purgativa (incipiente), ilum inativa
(proficiente) y unitiva (la perfecta).
2.a Escala. Las dos clases de Purificaciones: acti­
vas y pasivas, clásicas en San Juan de la C ruz y
que señalan los límites de lo ascético y lo místico.
3.a San Francisco de Asís-M ístico.
4.a Escala: Santa Teresa de Jesús, la M aestra in­
discutible de oración con sus grados y sus purifi­
caciones.
5.a Escala de Perfección en Santa Teresita del
N iño Jesús.

Con estos m odelos de Escalas, más los prole­


gómenos anteriores de: Las nociones. Estudio As-
cético-M ístico, G rados de O ración, Estudio ascé­
tico y las Virtudes, tenem os una visión bastante
com pleta de lo que querem os sea ESCALA DE
PERFECCIO N .

17
NOCIO NES SOBRE ASCETICA Y MISTICA
Y PERFECCION EN LA SA N TID A D

Para m overnos con cierta seguridad en estos


tem as tan difíciles y llevados de la m ano por los
grandes M aestros en estos tem as, vamos a señalar
el significado de algunas palabras, que hem os de
usar con m ucha frecuencia en este estudio.
H asta principios de este siglo y siguiendo la
doctrina del gran m ístico San Juan de la Cruz, to ­
dos los Tratados sobre esta m ateria se titulaban:
Ascética y M ística; sin em bargo, se im ponía la
unificación, ya que la vida cristiana en su raíz es
profundam ente una. Así surge el nuevo título:
TEO LO G IA ESPIR ITU A L, que es la que estudia
la perfección en la santidad.
En nuestra santificación concurren dos fuer­
zas: la acción de Dios que es la principal, y nues­
tra cooperación, que es secundaria, pero absolu­
tam ente precisa.
Em pecem os por la palabra ASCETICA.
Etim ológicam ente significa ejercitarse. Es el
esfuerzo que pone el hom bre, ayudado por la gra­
cia de Dios, para conseguir la santidad. Estos es­
fuerzos se traducen en penitencias, com bate espi-

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ritual, exám enes, m editaciones, lecturas piadosas,
etc.
A la Ascética acom pañan otros nom bres casi
equivalentes, v.g.:
ACTIVO. Lo que se debe a la iniciativa y liber­
tad del alm a, com o la lucha contra un defecto, la
adquisición de una virtud, etc.
A D Q U IR ID O , es todo progreso en la vida espiri­
tual conseguido por el esfuerzo del alm a, supues­
ta la gracia de Dios. A quí entran todos los m e­
dios generales de santificación, com o luego dire­
mos.
A la Ascética pertenece la oración discursiva,
o m editación, en la que se suelen ejercitar las tres
potencias: la m em oria para recordar la m ateria a
m editar, el entendim iento para estudiarla y la vo­
luntad para form ar las resoluciones y afectos que
deben acom pañar siem pre a la oración.
San Juan de la Cruz lo expresaba con m ucha
más exactitud: 1.° Representación del Misterio.
2.° Ponderación sobre el mismo, 3.° Q uietud
atenta y am orosa en Dios.
A la Ascética pertenecen tam bién ciertas vir­
tudes, esos hábitos buenos que Dios im planta en
el alm a ya sean teologales o morales. C uando el
alm a las desarrolla repitiéndolas, unas y otras
pueden llamarse adquiridas y por tanto pertene­
cen a la ascética.

M ística. - Equivale a cosa arcana, secreta,

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misteriosa. Es el conococim iento de Dios y de su
relación con nosotros. C onocim iento teológico,
intuitivo, sabroso, experim ental.
La M ística envuelve la idea de algo que es
causado gratuitam ente por Dios, independiente
de nuestro esfuerzo, ya que cae fuera de nues­
tras facultades.
C uando la acción divina se acentúa y nuestra
«pasividad» le deja hacer, entram os plenam ente
en la Mística. O tros ven la M ística com o parte de
la Teología Espiritual y contem plativa para el co­
nocim iento y dirección de los espíritus. Es la re­
lación del hom bre con Dios. Esencialm ente es
vida. Se distingue de la Teología G eneral en que
ésta me acerca a Dios que es la Verdad, la M ísti­
ca me acerca a Dios que es la Suma Bondad.
Com o la Ascética, tiene tam bién palabras
equivalentes, v.g.
PASIVO, aquello que sucede en el alm a, sin que
ella actúe. Serán algo pasivo, una purificación in ­
terior, una ilum inación del alm a, etc. Infuso es
todo aquello que Dios N uestro Señor com unica
al alm a, no debido a su esfuerzo, sino po r pura
gracia de Dios.
En el cam po de la oración, la más com ún en
M ística es la C O N T EM PL A C IO N , que es la o ra­
ción que realiza Dios en nosotros. Son com unica­
ciones pasivas y por tanto em inentem ente m ísti­
cas. Contem placiones sobrenaturales, visión y co­
nocim iento sobrenatural de Dios.

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Las V IR TU D E S y los D ON ES del Espíritu
Santo son facultades que Dios com unica al alm a
para que la vida divina pueda desarrollarse en
ella. Las virtudes aunque a veces sean infusas,
son la barquilla a remos donde el alm a ha de tra ­
bajar fuertem ente para hacerlas crecer. Si son vir­
tudes m orales y dependen de la voluntad del
hom bre, con más razón pertenecen a la Ascética.
Los D O N ES son tam bién facultades que Dios
infunde en el alm a para favorecer su vida sobre­
natural. Tienen un carácter enteram ente pasivo y
p or tanto místico. Son la barquilla m ovida a vela
p or el viento. Los D ON ES son el soplo de ese
viento del Espíritu, que sopla donde quiere y
com o quiere.
N o todos los Dones son enteram ente místicos,
algunos se ordenan a la acción, com o el de C on­
sejo o de Fortaleza. O tros com o la Sabiduría y el
E ntendim iento se orientan a la C ontem plación.
Así a los prim eros podem os llam ar ascéticos y a
los segundos místicos.

O tra palabra m uy usada en nuestro estudio es


la de PERFECCIO N . A m pliem os un poco más
su concepto. Para el Padre Poveda la perfección
no consiste en ser siem pre y en toda ocasión de la
m ism a m anera, sino en ser en cada caso com o la
razón, regida por la Ley Divina, pide que seamos.
Santa Teresa, en su «C am ino de Perfección»,
señala su relación con la oración y nos dice que

21
no hay otro cam ino para alcanzarla que el de la
Oración.
San Juan añade otro nuevo elem ento: la
«Cruz». Así nos dice en su «Cántico»: «Las a r­
mas de Dios son O ración y C ruz de Cristo»; con
lo que quiere decim os que esa perfección que de­
seamos conseguir, jam ás la alcanzarem os sin la
unión con Dios por la O ración y la lucha para
vencer los obstáculos, que es la aceptación de la
Cruz. Ejercicio m utuo que ha de aparecer en toda
purificación activa o pasiva.
N uestra súplica incesante en esta escalada a la
perfección sea ésta: «Señor Jesús, que a todos nos
llamas a la perfección del am or, danos el progre­
sar por cam inos de santidad y de Cruz».
Santa Teresita, cuando nos habla ya al final
de su libro de la cúspide de la perfección, dice:
«La santidad consiste en una disposición del co­
razón, que nos hace pequeños y hum ildes en las
m anos de Dios, conscientes de nuestra debilidad
y confiados hasta la audacia en su bondad de Pa­
dre». Ya aquí aparece el «Espíritu de Infancia».
Se es verdadero discípulo im itando al M aes­
tro, cum pliendo sus preceptos, y com o esta im i­
tación y servicio se resum en en el A m or, resulta
que la perfección cristiana radica en «el sincerísi-
m o am or a Dios por Jesucristo».
En la Santidad, que es la perfección de la C a­
ridad, com o la llam a S.S. Juan Pablo II. La pleni­
tud de la vida cristiana.

22
E S T U D IO A SC E T IC O -M IS T IC O

Los dos estudios que intentam os hacer, com o


preludio a la Escala, están íntim am ente entrela­
zados.
La preparación ascética sirve después a la
mística, com o el dolor de la C ruz es preludio de
la alegría de la Resurrección. Per C rucem ad lu-
cem.
San Juan de la Cruz lo expresará con su len­
guaje inconfundible: «Para alcanzar la unión mís­
tica, hay que pasar antes po r la noche oscura».
Sin em bargo, «la lucha ascética no es algo ne­
gativo y odioso, sino una afirm ación gozosa y ale­
gre», com o nos dice M onseñor Escrivá.
A m bas fuerzas unidas levantarán el alm a a lo
más noble de su ser, a la unión con Dios, a la
santidad, cum pliendo así el m andato de Cristo-
Dios, que el Apóstol enseña: «Porque ésta es la
voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 THs.
4,3.).
C um plido este prim er paso, irem os insensi­
blem ente al segundo, a la C ontem plación, al en­
cuentro de Cristo en mi vida y al m ism o tiem po
al A postolado, cuando transm ita a los dem ás lo
contem plado en la oración. Así cierro el ciclo de

23
perfección que nos proponem os estudiar y que
Santa Teresita resum ía en su adm irable frase:
«A m arte, oh Jesús, y hacerte am ar».
Las orientaciones sobre vida espiritual y per­
fección cristiana, que pretendem os estudiar, for­
m an parte de lo que ahora se llam a TEO LO G IA
ESPIRITU A L, nom bre precioso, muy rico en
contenido, porque lleva el conocim iento y el
am or de Dios al espíritu y al alm a; adem ás de
que se integra, y en este caso con todo derecho, a
la tendencia m oderna de anteponer la palabra
Teología a toda actividad.
A nteriorm ente este quehacer espiritual se lla­
maba: Ascética y M ística, y con este título se
estudiaba en los Sem inarios y C entros de F orm a­
ción. A hora se llam a Teología Espiritual, con lo
que alcanza una dim ensión m ucho m ayor esta
«Ciencia de la salvación».
La Ascética, parte de la Teología actual, es
«El ejercicio de la perfección evangélica enseñada
por Jesús» o «El esfuerzo por adquirir la perfec­
ción por motivos sobrenaturales».
La Mística com o parte tam bién de la Teología
Espiritual, trata de «la vida sobrenatural y con­
tem plativa y del conocim iento y dirección de los
espíritus a la misma». El místico es doblem ente
teólogo, porque su relación con Dios abarca no
sólo la parte especulativa, la Verdad de Dios,
sino principalm ente a Dios, la sum a Bondad.
T oda acción A SC ETICO -M ISTICA no sólo

24
santifica al que la practica, porque todo se reduce
al A m or de Dios, sino que desem boca en un fe­
cundo apostolado.
Los modelos que hem os escogido para las
«Escalas» así lo hicieron: Fundadores de O rdenes
Religiosas, verdaderas Escuelas de santidad.
O tros dedicaron su im pulso apostólico a las M i­
siones, otros a la formación y santificación de los
sacerdotes, para que ellos fueran después instru­
m entos idóneos para difundir esa santidad.
¡Cuánto hem os de pedir a Dios nos conceda
un poquito de su apostolado santificador!
Antes de estudiar los distintos m odelos de
«Escalas» e iniciar su práctica, hay que ejercitar­
se duram ente en trabajos de ascesis, acum ular
cuantos m edios de formación estén a nuestro al­
cance, para conseguir una preparación inicial que
nos capacite para la segunda etapa, la M ISTICA,
donde con docilidad de espíritu, podam os seguir
la acción divina en nosotros.
En el prim er estudio repasarem os los medios
generales de perfección: Plan de vida, O ración en
todos sus grados, Ejercicio de las V irtudes cristia­
nas, tan ligadas a la perfección, Conversión, etc.
C am po extenso y m aravilloso para ejercitam os
en la A SCETICA que es acción. A la vez iremos
subiendo los prim eros grados de la «ESCALA».
Después Dios m irará com placido este esfuerzo
del alm a, tan resuelta a dejar a un lado lo que la
estorba para acercarse a El. Su gracia no le faltará

25
y coronada la difícil subida de la ascesis, le será
más fácil «dejarse llevar» en actitud pasiva, m ísti­
ca, en los brazos de N uestro Padre Dios y con­
tem plar con agradecim iento profundo la obra de
Dios en el alm a.
A udacia y dejarse llevar, esfuerzo y confianza
absoluta en Dios, sin desm ayar ante aparentes
«abandonos del cielo» porque todo ha de ir b añ a­
do en am or sacrificado.
Con él llegaremos a la cum bre, porque el sa­
crificio es la característica de las alm as santas.
¡Qué bien aprendió Santa Teresita la doctrina
de su M aestro San Ju an de la C ruz sobre el
Amor! «A la tarde de la vida nos exam inarán de
Amor». Esta actitud de am or generoso y delicado
la veremos reflejada con toda fidelidad en la vida
de la Santa, que en el atardecer de su vida, toda
su ocupación será sonreír a su A m ado, aún en las
pruebas más duras le dirá: «Y si me desam paras
-T eso ro y Vida m ía - Te sonreiré todavía».
Así es la actitud del alm a santa, o al m enos
que desea serlo. C um pliéndola se le hará más
asequible el sagrado deber de ser santo.
E S T U D IO A SC ETIC O

El cam ino de nuestra vuelta a Dios com ienza


siem pre por la CO N V ERSIO N . Así lo señalan
todos los autores de Teología Espiritual.
Este acto de conversión va siem pre acom pa­
ñado de ejercicios de penitencia, tanto com o vir­
tud com o Sacram ento. Y de la O R A C IO N , que
com o direm os en su lugar, es la que da vida a
todo el quehacer espiritual.
La penitencia virtud es la m ortificación de
sentidos y potencias, las clásicas purificaciones
activas y pasivas de que nos habla San Juan de la
Cruz, eso que form a «La C ruz de cada día» y que
hay que aceptar y tom ar siem pre según el precep­
to evangélico, para seguir a Jesús.
M ortificaciones procuradas o aceptadas en
que nos encontrem os y que siem pre han de
acom pañam os en nuestra ascensión espiritual.
Todo ello unido y acom pañado de las virtudes
m orales e infusas, inseparables de toda vida de
perfección; porque la «llam ada a la santidad» de
que nos habla la Iglesia, es eso, el ejercicio de to ­
das las virtudes, la recepción digna de los sacra­
m entos, que producen y dan la gracia, de modo
especial el Sacram ento del perdón, que es en

27
cuentro del alm a contrita con Cristo M isericor­
dioso y que produce esa paz y alegría inefable en
el alm a ya am iga de Dios.
Esa reconciliación, esa conversión incluye
una lucha constante para apartarm e del pecado,
verdadero mal del alm a, conversión que hace
desprenderm e de lo terreno, de las criaturas para
m irar sólo al Creador, haciéndom e indigente,
pues esa es la esencia de la pobreza.
Progresamos en la «Escala de la Perfección»
cuando nuestra conversión está bañada en sacrifi­
cio, en m ortificación. Si tu vida no es m ortifica­
da, despídete de la santidad. Ya nos lo dirá San
Juan de la Cruz y todos los grandes penitentes:
«Si alguno te habla mal de la penitencia, no lo
creas, aunque haga milagros».
Si te hablan de conversión y deliberadam ente
excluyen la Penitencia Sacram ento, créelos m e­
nos todavía, porque intentarían una conversión
falsa y adem ás im posible, ya que sin la ayuda de
la gracia, que se me da en el sacram ento del Per­
dón, me será prácticam ente im posible volver a
Dios. La contricción nos borra los pecados, si se
une al firme deseo y propósito de confesión y en ­
mienda. No pretendam os desnaturalizar la con­
versión con un auto-engaño suicida, quedándom e
tan m anchado com o antes, por faltarle lo esen­
cial: la vuelta hum ilde a Dios por el Sacram ento
del Perdón.
Es tan pobre y deficiente nuestro A m or a

28
Dios, que necesariam ente ha de apoyarse en el
Sacram ento para alcanzar el perdón.
A firm a por tanto tu conversión en estos sóli­
dos motivos que te servirán para recibir bien dis­
puesto el Sacram ento:
1 La gravedad del pecado y los daños atroces
que origina en esta vida y en la otra.
2.° El juicio de Dios inescrutable, que abandona
al ingrato y vom ita al tibio.
3.° El ser tan breve c incierto el tiem po de gra­
cia y eterno el del prem io o del castigo.
4.° El Dios de infinita dignidad, me m anifiesta
su m isericordia m uriendo por mí en la Cruz.
5.° Si soy bien nacido, he de m ostrarm e sum a­
m ente agradecido a los infinitos beneficios de
Dios, viviendo santam ente, con la esperanza cla­
vada en el de m ayor valor, su posesión eterna.
Si todos estos motivos no te m ueven a una ra­
dical conversión, es que tus deseos de convertirte
no son verdaderos.
Junto a este ejercicio de la penitencia: virtud y
sacram ento, he de crecer en esta «Escala» en las
virtudes m orales, hum anas, donde se apoyan las
sobrenaturales, porque el ejercicio de todas estas
virtudes es lo que constituye la santidad.
En el estudio ascético lo prim ero que encon­
tram os son los M EDIOS G EN ER A LES DE
PERFECCIO N , esos puntos ascéticos, que com o
pequeño plan de vida practicam os todos los días.
Seria bueno repasar aquí algunos de ellos, porque

29
a fuerza de repetirlos, es fácil caer en la rutina,
verdadera polilla de la vida espiritual.
Todos los m ovim ientos de espiritualidad usan
con ligeras variantes, los m ism os puntos de
apoyo en la m archa ascética.
P LA N D E VIDA

1.° Comienza el día con el O F R E C IM IE N T O


D E O BRA S, ese deseo de servir a Dios, de ofre­
cerle todos nuestros actos para que tengan m éri­
to, para que no queden vacíos por falta de una
intención recta y santa.
2.° Inm ediatam ente nuestro rato de O R A C IO N .
G eneralm ente será de M ED ITA C IO N , que es la
propia de los prim eros grados de la Escala. Si
Dios quiere, ya harem os en su lugar un estudio
m ás com pleto sobre la O ración.
3.° Santa M isa. V iviéndola, participando en
ella. C onociendo cada día más profundam ente
este sagrado M isterio de fe. ¡Cómo crece la pie­
dad, el fervor, el am o r a Jesús Víctim a, a cada
Misa bien dicha o bien oídai
4.° Comunión. El m ejor m odo de oír Misa y
participar en ella es recibir, con alm a lim pia y
corazón rebosante de caridad, a ese Jesús, que
por mi am or se inm ola en el altar. D ebiera ser in­
separable la Misa de la C om unión bien recibida,
ya que form an un m ism o acto.
5.° Santo Rosario, costum bre m ariana tradicio­
nal en la vida cristiana que no debe faltar jam ás
en nuestros actos de Piedad. Rosario m editado,

31
saboreando los M isterios, verdadero Evangelio
abreviado, donde encuentro y puedo practicar
toda la enseñanza virtuosa.
6.° Lectura espiritual y del Evangelio. Siempre
debem os tener a m ano ju n to al libro del EV A N ­
G ELIO , Palabra de Dios, otro libro que trate te­
mas del espíritu, para que am bos nos sirvan, cada
día, de alim ento del alm a. No nos olvidam os ja ­
más del alim ento corporal para poder vivir; pues
este alim ento espiritual de la Palabra de Dios,
que es inspirada por su ESPIRITU debem os con­
siderarla todavía com o más necesaria.
7.“ Exam en particular y general. M edios exce­
lentes de perfección son las dos clases de exam en
diario de conciencia. El Particular com o arm a
ofensiva (la espada) para ir derribando uno a uno,
los baluartes donde el enem igo se atrinchera, y
pelear con la entereza y perseverancia que carac­
teriza al buen soldado de Cristo. Y el general,
arm a defensiva (el escudo) que me va cubriendo y
defendiendo de los ataques del enemigo.
Si sabes em plear bien cada día am bos medios
de perfección, te aseguro grandes victorias en tu
C om bate Espiritual.
8.° M ortificación. Sin m ortificación no hay pro ­
greso en la vida espiritual, dicen los santos. Ya
San Juan de la Cruz lo pone al par con la o ra­
ción.
Este m edio de perfección, aunque se incluye
en el PLAN DE VIDA diario, com o un acto más,

32
no es propiam ente un acto más, sino que debe ser
un hábito, o sea, una constante de mi vida. Todos
los días y en cada m om ento de cada día, es pro pi­
cio para ejercitarse en la m ortificación.
Ya verem os en los G rados de las distintas Es­
calas cuya ligazón es la caridad, el A m or de Dios,
com o siem pre ese im pulso ascendente para una
m ayor perfección, ese aglutinante para el ejerci­
cio de las virtudes, es siem pre el A m or bañado en
sacrificio, la m ortificación.
9.° Las tres Avemarias. A la noche, acom pa­
ñando al exam en com o despedida del Sagrario y
de la Imagen de la Señora, el rezo de las tres
A VEM ARIAS. C ostum bre valiosísima que cierra
nuestros ojos en la alegría y la paz y la bendición
de N uestra M adre bendita.
Así term ina el día, todos nuestros días, dedi­
cados al servicio del Señor. Herm oso ejercicio as­
cético éste que com entam os y que nos prepara el
cam ino a otros grados en la ESCALA DE PE R ­
FECCION.
LA ORACION, S U S GRADOS
Correspondencia entre oración y perfección

T ratam os de subir la Escala de Perfección por


el cam ino único para alcanzarla, que es el de la
oración.
Así lo explican los santos. Para Santa Teresa,
vida de oración y vida de santidad vienen a ser si­
nónim os. En el «Libro de la VIDA » nos dice:
Perfección o progreso en la vida espiritual y gra­
do de oración correspondiente, son equivalentes,
de m anera que al subir uno, sube el otro. El p ro ­
greso en la vida espiritual se conoce por el grado
de oración que entonces practique.
San Juan de la Cruz le da su toque especial a
esta doctrina: «La santidad se consigue con la
oración y la Cruz», que equivalen a mi trato inte­
rior con Dios y a aceptar gustosam ente las purifi­
caciones que El me envíe.
Pero veamos algo de lo que nos dicen los san­
tos sobre este m edio universal de salvación y san­
tificación.
O rar es acercarse a Dios, hablar con Él, para
cum plir nuestros deberes y ser mejores para su
gloria. Es presentarnos, nos dice San Bernardo,

34
ante los esplendores de la santidad de Dios, para
hablar con Él.
O com o dice Santa Teresa: «T ratarnos el Se­
ñor con la deferencia de un amigo, y nosotros a
Él con la confianza de quien sabemos nos ama».
Es el trato am oroso con Dios. Todo esto nos ha­
bla de la excelencia de la oración. San Juan de la
C ruz nos habla de su necesidad y nos dice: «Por
ninguna ocupación dejes la oración m ental, que
es el sustento del alma».
Más que nada nos estim ula el ejem plo de Je­
sús, que toda su vida fue vida de oración. M uchas
escenas del Evangelio son testigos de ello: El Bau­
tism o, la Transfiguración, los milagros, el H uer­
to... ¡Cuántas noches de oración ininterrum pida!
Para nosotros es realm ente indispensable. D e­
cía M onseñor Escrivá en «Surco»: «Si se abando­
na la oración, prim ero se vive de las reservas es­
pirituales y después de la tram pa». Y así se ter­
m ina en inevitable desastre.
¡Qué bien explica San Juan de la Cruz las
ventajas de la oración!: 1.° Simplifica el cam ino
de la santidad, que a veces es heroico, pero no
com plicado. La santidad es acercarse a Dios por
el am or y éste se consigue por la intim idad, por el
trato frecuente con Él y eso es precisam ente la
O RA CIO N . 2.° La oración es la m adre de todas
las virtudes, conquista la .nadre y ella te dará las
hijas. A lcanza la oración y adquirirás todas las
dem ás virtudes. 3.° Para extirpar los vicios y de­

35
fectos no hay medio mejor. Dios te los pone ante
los ojos de tal modo, que o corriges el defecto o
abandonas la oración. 4.° Por ella alcanzo el ver­
dadero conocim iento de Dios porque la oración
es la luz del alma.
Para alcanzar el ESPIRITU DE O RA C IO N ,
ese hacer de todo oración y oración en todo, me
es im prescindible el DESEO DE O R A R . Es la
clave para alcanzarlo, porque la que realm ente
ora es la voluntad, el vivo deseo de buscar a Dios.
Así llegamos a cum plir el precepto del Apóstol:
«O rad sin interrupción» (Tes. 5, 17).
Santa Teresa llam a a los que viven estos de­
seos «Siervos del A m or» porque viven bajo el in­
flujo de la caridad para servir al Señor.
LO S G R A D O S EN LA O R A C IO N
Y S U S CLA SES

En este medio universal de santificación hay


una graduación, una Escala. Em pezando por la
O R A C IO N VOCAL, que aunque sea la prim era,
no es m enos m eritoria, puesto que nos la enseñó
el mism o Jesús (Mt. VI, 9), hasta la U nión extáti­
ca o transform ante, hay una graduación am plísi­
m a, im presionante, porque la riqueza y m iseri­
cordia de N uestro Padre Dios, con quien trata­
mos, no tiene fin. Ya hem os nom brado la O ra­
ción Vocal, la que nos enseñó Jesús en el PA­
D RE N U E ST R O , o los ángeles AVE M A RIA , o
la Iglesia con su Litúrgica riquísim a en el Misal o
el breviario. Esta oración vocal es tan rica que
abarca todos los grados de perfección. ¡Cuántas
alm as se han santificado rezando solam ente el
Padre N uestro y el Ave María! C ierto que esa
oración no puede ser rutinaria y superficial, sino
que tiene que estar «enraizada en el corazón»,
com o dice Santa Teresa. Entonces es cuando nos
santifica, porque entonces es cuando hacem os
oración.
Son tam bién oración vocal esas oraciones bre­
ves que han nacido de la pasión de un corazón

37
enam orado, com o la Salve Regina, El Acordaos,
Bajo tu A m paro, etc.
O tras veces serán oraciones brevísimas, expre­
siones lanzadas al Señor com o saetas, lo que los
antiguos llam aban «jaculata». Jaculatorias, que
más que de la boca salían del corazón: «Señor
mío y Dios mío», «Señor Tu sabes que te am o» y
tantas otras sacadas del Evangelio, que son preci­
sam ente las que tienen m ayor valor.
El segundo grado de oración ascética es la
M ED ITA CIO N u O R A C IO N M EN TA L.
Es la reflexión sosegada, sin ruido de palabras,
ju n to al Sagrario a ser posible, sobre una verdad
religiosa, para com pararla después con mi con­
ducta y sacar los afectos y propósitos convenien­
tes. Esta oración m ental o discursiva es la más
usada en este periodo de vida espiritual, porque
toda ella es de una riqueza desbordante.
El alm a que m edita y ora se acerca a Dios y
hace un acto de Religión. Conoce y clarifica la
verdad, no para discutir ni deslum brar, sino para
m over su voluntad hacia Dios verdad suma. Se
conoce a sí mism o, practica el «Nosce te ipsum »
de los clásicos, y éste es el resultado más eficaz y
práctico, porque com para sus deficiencias con el
ideal considerado.
Por últim o de esa com paración surgen espon­
táneos los afectos y resoluciones: confianza, d o ­
lor, horror al pecado, generosidades, deseos de
apostolado... en una palabra: cum plir la voluntad

38
de Dios y ser mejores para su gloria, que decía­
mos al principio.
¡Qué fin tan excelente el de la oración y qué
cúm ulo de ventajas en ella! Estimem os en m ucho
nuestra oración. Nos purifica, nos santifica, nos
endiosa. Podríam os resum ir en resoluciones p rác­
ticas esta reflexión:
1.° G ran aprecio a este medio insustituible de
perfección.
2.° Fidelidad a mi oración reglam entaria, sin
dejarla nunca, com o no dejo ni se me olvida el
alim ento.
3.° D ar preferencia sobre las reflexiones a los
afectos, ya que orar es am ar y tom ar resoluciones
concretas que sean su fruto.
Los autores ascéticos distinguen bien O ración,
de M editación; ésta es discurso y trato am oroso,
si sólo se quedara en discurso no sería oración.
Además de la oración vocal, necesaria para
salvarse, y la oración m ental, necesaria para san­
tificarse, hay otras formas de oración sin ruido de
palabras, lo que Santa Teresita llam aba «Oración
de sencilla m irada am orosa» com o el labriego de
Ars: «Yo lo m iro y El me mira». O ración que tie­
ne ya m ucho de C ontem plación, pero sin atad u ­
ras. Es la propia de las alm as pequeñas, que no
entienden de sistemas com plicados. Es esa aten ­
ción am orosa en Dios, esa «dulce presencia por
vista sencilla de fe».
H abituándom e a la oración, conseguiré EL

39
ESPIRITU DE O R A C IO N , la oración continua,
com o el fluir de la sangre, com o la respiración.
Q uiera el Señor concedem os este don precio­
so, hablándole siem pre con piedad, atención, h u ­
m ildad y perseverancia. Y a la noche pedim os
cuenta de cóm o hemos hecho la oración. Bien sa­
bes por experiencia lo eficaz de este exam en. ¿Por
qué no recom enzar tu andadura por estos cam i­
nos?
GRADO S DE ORACION EN LA MISTICA

En el cam po de la M ística señalan los autores


m uchos grados y modos de oración.
1.° Oración de simplicidad. Ya hem os hecho
m ención de lo que Santa Teresita llam aba «O ra­
ción de sencilla m irada am orosa», que es la m is­
m a que Santa Teresa llama de SIM PLIC ID A D;
en ella no se usan tam poco palabras. Al principio
de este grado el que ora ya no discurre com o en
la oración m ental; después hasta dejará de p ro d u ­
cir afectos. Esta falta de afectos produce la SE­
Q U E D A D ESPIRITU A L, que no tiene que ver
nada con la TIBIEZA, que es desgana por las co­
sas de Dios. La SEQ U ED A D no es disgusto de
orar, al contrario, siente gran placer de estar con
Dios, lo que no puede hacer son reflexiones y
m enos aún afectos.
2.° Oración de recogimiento. Santa Teresa nos
habla en su «Cam ino de Perfección» del recogi­
m iento activo, que es una m odalidad de la M edi­
tación, y en las «M oradas» del recogimiento infu­
so o pasivo, que es el propiam ente místico y so­
brenatural.
Lo describe la Santa com o un don de Dios
por el que los sentidos exteriores e interiores se

41
recogen hacia el fondo del alm a, para allí oír con
sosiego la voz del Pastor. San Juan llam ará a este
grado «N oche pasiva del sentido».
3.° Oración de quietud o contemplación. Es un
sentim iento íntim o de la presencia de Dios en el
alm a que cautiva totalm ente nuestra voluntad,
aunque no el entendim iento y la m em oria. Es el
encuentro con Cristo en mi vida, porque Él será
el que dirija mis pasos en este grado.
4.° La contemplación perfecta. Este grado de
oración entra de lleno en la vida mística. Santa
Teresa señala dos modos de contem plación per­
fecta, la que llama de U N IO N SIM PLE donde las
potencias del alm a quedan com o en suspenso y
Dios obra a su gusto en ella, y la U N IO N E X T A ­
TICA , que tam bién llam a arrobam iento, cuando
el uso de los sentidos se va perdiendo poco a
poco. Si esta pérdida es rápida se llam a R A PTO
y es com o si el alm a saliera del cuerpo.
5.° Unión extática. Es el desposorio m ístico, la
donación total de toda la persona, alm a y cuerpo,
sentidos y potencias. Extasis que evoca la frase de
San Pedro en la Transfiguración: «H erm oso es
estar aquí con Jesús y perm anecer aquí para
siem pre, donde hay dicha, gozo y alegría, donde
se ve a Dios». O la de San Pablo: «Vivo yo, pero
no soy yo, es Cristo quien vive en mí».
6.° Por últim o pone la Santa la U N IO N
T R A N SF O R M A N T E O M A T R IM O N IO ESPI­
R ITU A L. En este estado, Cristo Jesús eleva el

42
alm a en sus brazos, la deifica, la cubre con su
santidad divina. Es el intercam bio total, parecido
al M atrim onio Sacram ento, entre Jesús y el alm a,
que nos recuerda el diálogo de la Santa con su
Amado: «Yo soy Jesús de Teresa» - «Y yo, T ere­
sa de Jesús».
M O D O S DE ORACION.
LA ORACION LITURGICA
Y LA ORACION PERSONAL

Estudiando los distintos modos de oración en ­


contram os en los que la practican, apreciaciones
distintas en la prim acía de los distintos modos,
así ocurre con la llam ada O R A C IO N L IT U R G I­
CA y la O RA CIO N PERSONAL.
La oración litúrgica tiene más dignidad p o r­
que es la Oración oficial de la Iglesia; sin em bar­
go, no podem os olvidar la oración personal, p ri­
vada. Jesús y los A póstoles la practicaron inten­
sam ente y así nos la recom endaron a nosotros:
«O rad en todo m om ento» (Le. 18, 1).
A m bas oraciones se com plem entan. La priva­
da prepara el alm a para que la litúrgica esté llena
de sentido, fervor y devoción. A unque la prim era
viene de la Iglesia, la segunda viene de Cristo y
am bas cuando se hacen bien son un gozo para el
espíritu.
Juan Pablo II nos da la clave para dirim ir la
cuestión: «La participación fervorosa en la O ra­
ción litúrgica no sería posible si no hubiera cos­
tum bre de la O ración personal».
O tro modo de O ración es la C A R ISM A TIC A .

44
Es un m odo de o rar m uy bueno, que ya practica­
ban los prim eros cristianos, com o consta en los
Hechos (2-1, 21) y en San Pablo (1 Cor. 12). El
carism a es un don visible del Espíritu Santo, que
Él da a quien quiere, para utilidad y bien com ún
de la Iglesia, por tanto no para utilidad personal,
com o alguno lo quiere presentar y m enos aún
para perjuicio de la mism a Iglesia. Ya el mism o
A póstol, en su C arta a los Corintios nos alerta
para distinguirlos bien. El Espíritu Santo es uno,
que no puede contradecirse. El am o r y sumisión
a la Santa M adre Iglesia y la caridad m utua se­
rían la m ejor señal de ir por el buen cam ino.
Modos de falsa oración. Esas técnicas de p re­
tendida oración, de inspiración oriental com o el
Yoga, el Zen o la m ism a m editación transcenden­
tal, no pasan de ser técnicas para concentrar el
espíritu y el cuerpo, pero en m odo alguno son
oración.
En las m ism as «R euniones de G rupo» que
suelen tener O rganizaciones católicas, se ha de
evitar el puro com entario o diálogo, si de verdad
querem os hacer oración. Si no se llega a la in ti­
m idad am orosa con Dios y que sea Él nuestro in­
terlocutor, aquello no será oración, a lo más
m era conversación espiritual.
ORACION Y VIDA ACTIVA. ¿Cómo se conju­
gan ambas?
La vida activa y la contem plación no se con­
traponen, se com plem entan. Sin oración no pue­
de haber apostolado eficaz, ya que el apostolado
es el fruto de la vida contem plativa. «C ontem pla-
ta aliis tradere» decían los clásicos. Santo Tom ás
es más explícito: «Sólo es legítimo apostolado el
que dim ana de una vida interior colm ada». T o ­
das las declaraciones de la Iglesia y los escritos de
los santos están acordes en esta verdad.

Métodos en la oración. Son la ayuda que em ­


pleo para faciliar la práctica de la O ración. He de
usarlos en tanto me ayuden, sobre todo al p rinci­
pio, si no me ayudan m ejor es dejarlos. Sin em ­
bargo, nunca estará de más dividir la m ateria a
m editar en puntos, hacer consideraciones para
sacar afectos y sobre todo resoluciones prácticas,
propósitos, aunque no se form ulen, pues ellos
son el fruto tangible del rato de oración.
Así lo han hecho los santos, sobre todo el
gran M aestro de oración San Juan de la Cruz,
que tam bién dividía la O ración en tres partes:
1.° Representación del M isterio. 2.° Ponderación
sobre el mismo. 3.° Q uietud atenta y am orosa en
Dios.

46
Las virtudes y la perfección

Si pretendo crecer en la perfección, en la san­


tidad, en la vida espiritual, adem ás de la oración
de que hemos hablado, ha de ser por el ejercicio
de las virtudes. Por eso vam os a poner aquí un
pequeño resum en de las más fundam entales para
el crecim iento espiritual, com enzando por las
que aparecen en los Libros Sagrados, enseñanza
revelada por Dios, de donde nacerán todas las de­
más virtudes cristianas; para term inar con las vir­
tudes más características en Santa Teresita, ya
que estam os estudiando esa santidad en el espíri­
tu de la Santa.
Las V irtudes no sólo son medios de perfec­
ción, sino práctica viva de esa perfección que ha
de estar presente en todos los grados de nuestra
purificación ascética y mística. Com o la práctica
de la O ración es com ún a todos los G rados y se
funda en el A m or de Dios, así tam bién la prácti­
ca de las Virtudes tienen por base el A m or de
Dios y en él se m anifiestan y practican.
No podem os contentarnos con evitar el mal,
hay que hacer lo bueno, que es la virtud, esos
HABITOS DE BIEN OBRAR, que nos hacen
santos.
Se dice que en el proceso para la canoniza­
ción de los santos, uno de los puntos más estudia­
dos es qué virtudes y en qué grado las ha p racti­
cado el candidato a los altares. Es lo que los estu­

47
diosos llam an la O R T O PR A X IS, sin olvidar,
com o es natural su O R T O D O X IA , su acuerdo
total con la doctrina revelada y así se estudian de­
tenidam ente sus escritos, sus libros, etc.
Si se desviara de la doctrina de la Iglesia n u n ­
ca llegará a los altares, precisam ente porque falló
en la prim era virtud, la FE.
Las virtudes como los vicios, están m uy entre­
lazados entre sí. Si con la gracia de Dios y tu de­
cidido esfuerzo consigues una virtud, no es extra­
ño que a ésta le sigan otras, lo m ism o que caído
en un vicio grave, éste te arrastra a otros muchos.
Por eso repitam os m uchas veces los actos buenos,
que eso es la virtud y evitemos los malos, que eso
es el vicio.
La santidad es de Dios, pero El me la concede
si yo correspondo a su gracia con actos de virtud,
em pezando por las virtudes hum anas para term i­
nar practicando las sobrenaturales.
N uestra Señora, m odelo de toda virtud, nos
enseñará y facilitará el cam ino.
LAS V IR T U D E S EN LA BIBLIA

Veamos en prim er lugar los testim onios que


leemos en los Libros Sagrados sobre las p rincipa­
les virtudes y que nos exhortan a practicarlas,
después estudiarem os las mism as virtudes si­
guiendo las orientaciones que nos da la Santa
M adre Iglesia y los Santos, lo que pudiéram os
llam ar V irtudes Cristianas.

Virtudes teologales
La Fe. San Pablo (en Hebreos XI, L-6) dice:
«La fe es el fundam ento de las cosas que se espe­
ran y un convencim iento de las cosas que no se
ven». Sin fe es im posible agradar a Dios - Cree
firm em ente que Dios existe y que es R em unera-
dor de los que le buscan.
San Juan nos inculca la m ism a virtud: «Este
es su M andam iento, que cream os en el nom bre
de su Hijo Jesucristo». No caigamos jam ás en el
pecado de la infidelidad o de la herejía ( I a Jn.
3-23).
Esperanza. ¡Qué objeto más deseable tiene la
esperanza! La gracia de Dios y la Vida eterna.
«La fe me da la esperanza de la vida eterna, la
cual, Dios que no puede m entir, ha prom etido

49
antes de todos los siglos. Quien tiene tal esperan­
za en Él, se santifica a sí mismo». (Tito I, 12).
Caridad. ¡Hermoso canto el de San Pablo a
esta virtud!: «A unque yo hablara todas las len­
guas de los ángeles y de los hom bres, si no tuvie­
ra caridad, vengo a ser algo vacío». La caridad es
la más excelente de todas las virtudes (1 Cor.
XIII, 1).

Virtudes cardinales
La prudencia. Nos es muy necesaria. «Habéis
de ser prudentes com o serpientes y sencillos
com o palom as» (Mt. X, 16). «Si juzgam os recta­
m ente no seremos juzgados» (1 Cor, XI, 31).
Justicia. «Buscad prim ero el Reino de Dios y
su Justicia y todas las dem ás cosas se os darán
por añadidura» (Mt, 6).
Fortaleza. San Pedro nos alerta sobre su nece­
sidad: «Estad vigilantes, no sea que seducidos
vengáis a caer en vuestra Fortaleza. Y al diablo
que ruge a vuestro alrededor resistidle fuertes en
la fe» (1 Ped, V, 89). Hijos de esta virtud son el
trabajo, la paciencia, la perseverancia. Trabajo
constante: «M ientras tenem os tiem po obrem os el
bien».
Paciencia. «Nos afanam os trabajando con
nuestras propias manos, nos m aldicen y bendeci­
mos, padecem os persecución y la sufrimos con
paciencia».
Templanza. San Pablo aconseja a Tito: «Vigi­

50
la, cum ple tu deber, vive con tem planza» (II
Tito, LV, 5). Sobre la com ida nos dice Jesús: «N o
sólo de pan vive el hom bre». «Esta raza de dem o­
nios no se vence sino con la oración y el ayuno».
(Mt. XVII, 19).
Se refieren a la tem planza: la m ansedum bre.
Ejemplo, Jesús: «A prended de Mí que soy m anso
y hum ilde de corazón» (Mt. XI, 19).
Castidad. Fruto del Espíritu Santo. «G uárdate
casto a ti mismo».
Virginidad. «Os exhorto a lo más loable, a lo
que habilita a servir a Dios sin ningún im pedi­
m ento» ( I o Cor. 7-35).
Mortificación. «Si vivís según la carne m o ri­
réis, mas si con el espíritu la mortificáis viviréis»
(Rom. VIII, 13). Hay otros m uchísim os textos sa­
grados que exaltan éstas y otras virtudes; no p o ­
dem os señalarlos todos, pero si solam ente éstos
pudiéram os practicar correríam os derecham ente
a las cum bres de la santidad.

LA P E R F E C C IO N Y LO S D O N E S D EL
E S P IR IT U S A N T O EN LA BIBLIA

En los Libros Sagrados, adem ás de las virtu ­


des de que hem os hecho m ención, podem os en ­
co ntrar una imagen perfecta y acabada del tem a
que nos ocupa: LA ESCA LA D E P E R F E C ­
C IO N .

51
Así vemos en la REV ELACIO N DE JESU ­
C RISTO A SU D ISCIPU LO A M A D O (El A po­
calipsis) com o, con las imágenes: de las 7 Iglesias,
los 7 Sellos, las 7 T rom petas, las 7 Señales, los 7
Cálices, el Prem io y el Castigo, etc., nos va co n ­
duciendo a una verdadera CO N V ER SIO N , a un
T em or filial y am oroso del D IOS-JUSTICIA , que
perdona; pero que no deja im pune ninguna m al­
dad: YO A LOS Q U E A M O C O R R IJO (Apc. 3);
para term inar, ya purificados y santificados, con
aquellas m áxim as de tan alta espiritualidad: QUE
EL JU STO SE JU ST IFIQ U E MAS, QUE EL
SA N TO SE SA N TIFIQ U E MAS, y así elevarnos
a lo más excelso de la santidad, a las cum bres de
la Jerusalen Celeste, de la Mística C iudad de
Dios, donde sólo pueden en trar los elegidos, y allí
exclam ar conm profunda fe y am or, con el Profe-
ta-A póstol: «¡Ven, oh Señor Jesús! Vive T ú por
siem pre en mi alma».
D O N E S Y FR U T O S D EL E S P IR IT U S A N TO
EN LO S L IB R O S S A G R A D O S

Tam bién en ellos y con este tem a, podem os


observar esta trayectoria de purificación y santi­
ficación.
Los Dones son manifestaciones de la más
em inente santidad, que el Espíritu Santo nos da,
y que aparecen enum erdos en (Is.-2,2).
EL DON DEL T E M O R DE DIOS, nos lleva
a la CO N V ERSIO N , para «no contristar al Espí­
ritu Santo» (Ef-4). T em or santo, que excluye el
tem or servil, propio de los esclavos y prom ueve
el tem or filial, propio de los hijos de Dios.
«Castillo fuerte donde defenderm e y desde
donde puedo dar guerra al m undo y a los dem o­
nios», com o dice Santa Teresa.
Con este Don divino, vendrán los otros rega­
los del Espíritu Santo, para realizar sin esfuerzo
las obras buenas, em pezando por
EL DON DE SA B ID U R IA . Ese conocim ien­
to am oroso de Dios, sabor de Dios, que tan liga­
do está a la virtud reina: La Caridad.
EL DON DE E N T E N D IM IE N T O . Para pe­
netrar más profundam ente los misterios de la FE,

53
conocer los cam inos de Dios y guardar su Santa
Ley.
EL DON DE CONSEJO. Ligado a la virtud
de la PR U D EN C IA , nos ayuda a no desviam os
del cam ino que conduce a Dios y dar consejos
acertados en la dirección espiritual. G uiados por
Él: «N o seréis vosotros los que habléis, sino el
Espíritu de vuestro Padre, será el que hable por
vosotros». (M t.X,19).
EL DON DE LA FORTALEZA. El Espíritu
Santo por este Don, nos da la fuerza necesaria
para superar los obstáculos que se interpongan en
el cum plim iento de nuestros deberes. El Señor
nos dice: «Sé valiente, Yo estaré contigo». (Gen.
3,12). «Lucha como buen soldado de Cristo.»
(Tim.2,3).
DON DE LA CIENCIA. Nos hace com pren­
der el verdadero valor de lo creado y elevarlo al
orden sobrenatural, com o nos dice San Juan de la
Cruz en su CA N TICO : «De las criaturas, rostro
de Dios, al Creador».
Todo viene de Dios y a Dios se ordena, esa es
la ciencia de los santos.
POR EL DON DE LA PIEDAD nos senti­
mos hijos de Dios, con esa confianza filial y ter­
nura que tuvieron los santos para con Dios, la
Virgen, «Madre dulce y buena» y a nuestros pro­
pios padres.
«El Padre nos llama hijos - y lo somos». (Jn.
3,1).

54
De este Don nacía en Santa Teresita su aban­
dono encantador en las manos de Dios, y todas
las demás virtudes.
LOS FRUTOS DEL ESPIRITU SANTO en
el alm a, manifiestan la gloria de Dios: Am or,
Alegría, Paz, Bondad, Fe, etc. (Gal. V,2).
De todo esto, con la gracia de Dios, hablare­
mos más adelante en la «Escala de Perfección de
Santa Teresita.
LAS V IR T U D E S C R ISTIA N A S

Fe. Ser cristiano es vivir a tope la fe, sentirse


de verdad Hijo de Dios, vivir en Cristo, por Cris­
to, para Cristo. Vive tu fe. Cuántos problem as al
parecer insolubles, se resuelven fácilmente vi­
viendo la fe cristiana.
Al par de ella, vive las dem ás virtudes. C on­
serva tu pureza, ella te guardará tu fe.
Todo arropado con una intensa vida de pie­
dad y una práctica más intensa aún de buenas
obras, o sea de virtudes. Eso será el fruto de mi
vida de fe. Así los prim eros cristianos se santifi­
can y llevan la luz del Evangelio a los demás, por
su fe encendida, por su aceptación com pleta a lo
revelado, por su fidelidad. Así consiguen arras­
trar a tantos seguidores de Cristo a este «nuevo
modo de vida», lleno del espíritu de Dios.
Esperanza. Se funda en la prom esa de Jesús:
«Si pidiéreis algo en mi nom bre, yo lo haré» (Jn.
14,14). El Señor es siem pre fiel porque no puede
negarse a sí mismo. En esa fidelidad de Dios
apoyo mi esperanza firme e invencible.
La Virgen Santísima es el faro que ilum ina y
puerto seguro de mi esperanza.
Caridad. Dios nos am a con am or infinito. Su

56
palabra es infalible: «A unque una m adre se olvi­
dara del hijo de sus entrañas, Yo jam ás os olvida­
ré, pues os llevo escrito en la m ano, para teneros
siem pre a la vista» (Is. 49, 15). C onsecuencia de
ello la entrega de su Hijo, Dios de Dios, y la Eu­
caristía, y la Cruz, que me redim e y da la Vida
eterna. ¿Y yo cóm o le correspondo?
Bien podríam os repetir lo de «C am ino» N°
425: «Saber que me quieres tanto, Dios mío, y no
me he vuelto loco de A m or»
Amor al prójimo. La caridad tiene una doble
vertiente: el am or a Dios y al prójim o, y éste no
es el desorden sexual que degrada, sino el espíritu
de sacrificio por el bien del herm ano, que dignifi­
ca y santifica. Sin ese espíritu de servicio, unido
al sacrificio y la hum ildad, no hay verdadera cari­
dad.
Jesús nos da ejem plo con su vida y sobre todo
con su Pasión: Se m uestra com o el servidor de to ­
dos y por nosotros muere. Nadie da ejem plo
m ayor de caridad que el que da la vida por sus
amigos.
Y la Virgen N uestra Señora se declara ES­
CLAVA DEL SEÑOR, para poder servir m ejor a
sus hijos los hombres.

Alegría en la paz. Jesús, que es nuestra paz, va


sem brando por todas partes alegría y paz.
La Paz verdadera es fruto del Espíritu Santo,
que nos m anda difundir por todo el m undo estas

57
virtudes, siendo verdaderos sem bradores de paz y
alegría.
Piedad. Es un don del Espíritu Santo que nos
hace sentim os Hijos de Dios y poderle llam ar
con el m ayor afecto y ternura: «Padre mío». El
mism o Jesús nos lo enseñó, po r eso nos atreve­
mos a llam arle así.
Santa Teresita nos enseñará en su «Espíritu
de Infancia» esa confianza filial. Somos com o n i­
ños pequeños en m anos de nuestro Padre Dios.
Tem or de Dios. Santa Teresa nos dice que el
T E M O R DE DIOS es un don del Espíritu Santo
que nos hace precavem os para no hacer nada que
disguste al Señor. Hay quien presenta el Santo
T em or de Dios, que no es sino una faceta del
A m or que Dios nos tiene, com o algo servil, im ­
propio de un Hijo de Dios, y que desdora la infi­
nita bondad de Dios. Craso error y tram pa m or­
tal del enem igo que quiere arran car de nuestra
alm a ese escudo protector contra el pecado.
«¡Dame, Señor, un tem or filial, que me haga
reaccionar, contra toda tibieza!» (Cam ino 326).
LAS V IR T U D E S EN EL A LM A
DE SA N TA T E R E S IT A

La Santa que estudia y practica con todo cari­


ño todas estas virtudes, sigue en su exposición su
propio cam ino reduciéndolo a su idea central: EL
A M O R DE DIOS SE M A N IFIESTA EN LA
PR A C TIC A DE LAS V IR TU D ES.
C um plim os en parte, nos dice la Santa, el pre­
cepto del Señor: A pártate del mal; nos queda lo
más im portante: Haz el bien, practica la virtud.
N o sólo hay que evitar lo m alo, el pecado;
sino hacer lo bueno, que es la virtud, copiando en
nuestra alm a a Cristo, com pendio, modelo y
ejem plar de toda virtud, hasta que podam os decir
con el A póstol, que es C risto el que vive en noso­
tros, arraigando en nuestra alm a esos buenos h á­
bitos, hasta cum plir en todo m om ento la volun­
tad de Dios con prontitud, facilidad y constancia.
¿Que esto es difícil? Para el que posee el
A m or no lo es. Oigam os al au to r de la Imitación:
«El que am a corre y vuela, es libre y nada le de­
tiene. Jam ás da por pretextos imposibles, por eso
lo puede todo y ejecuta m uchas cosas que agotan
y cansan a los que no am an. El A m or vela siem ­
pre, ningún m iedo le turba y se abre paso por

59
medio de todos los obstáculos». Ahí tenem os la
raíz de toda virtud. El árbol bueno produce b u e­
nos frutos; el árbol del am or, nacido en la en tra­
ña de la divinidad, ha de producir y produce
abundantísim os frutos.
Veamos ahora cóm o se encuentran en la vida
de la Santa esas virtudes que leimos en los Libros
Sagrados:

V IR TU D ES INFUSAS. Las concreta en la


virtud de la R ELIG IO N , virtud herm osísim a que
aunque propiam ente consiste en trib u tar a Dios
el debido culto, tiene m anifestaciones m últiples e
incluye la fe, fundam ento de las dem ás virtudes,
la esperanza y la caridad, en su doble objeto.
Se m anifiesta esta virtud en la adoración, vo­
tos, oración y sacram entos, de m odo especial en
el SACRIFICIO , cuando es una cosa sensible lo
que ofrecemos y en la devoción y piedad cuando
somos nosotros mism os los que nos ofrecemos al
divino servicio.
La PIED A D , que es útil para todo, debem os
form arla e ilustrarla convenientem ente con el es­
tudio de la R ELIG IO N y fom entarla con la re­
cepción de los sacram entos, a los que debem os
profesar un respeto profundo, porque son los m e­
dios de que Dios se vale para com unicam os sus
gracias.
En el BA UTISM O vemos el germen de las
virtudes teologales. El da a los niños esa inocen­

60
cia c ingenuidad tan atrayente, que los hace com o
espejos del Espíritu Santo.
En la PEN ITEN C IA , el sacram ento del con­
suelo, vemos m anifestada la m isericordia de
Dios, que nos llena de júbilo el corazón y nos p u ­
rifica de las m anchas más pequeñas, aún de las
que no vemos.
Cuando estudiem os las Purificaciones en San
Juan de la Cruz, nos extenderem os un poquito
más en esta virtud-Sacram ento.
La EU CA RISTIA , nuestro cielo en la tierra,
el beso del A m or en la C O M U N IO N , la visita ín ­
tim a en la soledad del sagrario. ¡Cuántas sugeren­
cias de A m or trae esta palabra: ¡EUCARISTIA!
El sagrario más am ado de Jesús es nuestro co­
razón, somos sus hostias vivientes. Jesús tiene sus
delicias en estar con nosotros. Sepamos corres-
ponderle. T ratem os con todo cariño, pero tam ­
bién con todo respeto, estas cosas santas. Hagá­
m onos dignos de Jesús. O tra m anifestación de
esta virtud es la obediencia a la autoridad ecle­
siástica, el am or a la Santa Iglesia y com o conse­
cuencia la filial veneración hacia su Jefe Supre­
mo el Padre Santo.
Tengam os confianza absoluta en la oración
oficial de la Iglesia. A provechem os el tesoro in ­
menso que Ella tiene en la C om unión de los San­
tos. ¡Qué consolador es este Dogma! Pidamos
unos por otros com o verdaderos herm anos. Es
voluntad del Señor que en este m undo se com u­

61
niquen las alm as entre sí los dones celestiales por
medio de la oración. Quizás las gracias de que
nos vemos colm ados, las debam os a las oraciones
de algún pobrecito que no conocerem os sino en
el cielo. Hagamos participantes a los dem ás de
nuestros bienes celestiales.
C om plem ento de esta virtud es la devoción a
los Santos, a nuestro Angel de la G uarda, que son
nuestra familia del cielo, al Bendito Patriarca San
José, Padre de las vírgenes, y sobre todo a la San­
tísima Virgen María, con afecto tan filial, íntim o
y entrañable que no conozca límites. Am ém osla
con la m ayor ternura. Confiemos absoluiam ente
en Ella, ya que sabemos haberla hecho Dios o m ­
nipotente. Cuando se pide a los Santos, hacen es­
perar un poco, tienen que ir a presentar sus rue­
gos, pero cuando se hace a la Virgen el socorro
viene al m om ento, lo hace Ella mism a. Por algo
es la O m nipotencia suplicante.

Virtudes morales

La prudencia. La prim era virtud entre las m o­


rales es la Prudencia, ese conocim iento verdadero
de lo que ha de hacerse, tanto para gobernarse a
sí m ism o com o para regir a los demás.
La prudencia es la ciencia de los santos, la
m oderadora de las virtudes; quitada ella, la m is­
ma virtud se convierte en vicio. Se funda en el

62
am or, que es prudente, circunspecto, calla, no
cuenta a otros sus penas y de todo saca bien.
Ejemplo vivo es M aría, que en la prueba de la
Encarnación calló, lo puso todo en m anos de
Dios, y por eso gozó de celestial paz.
C uando no somos com prendidos y se nos ju z ­
ga desfavorablem ente, ¿para qué defenderse ni
dar explicaciones? ¡Es tan dulce y proporciona
tanta paz dejarse juzgar de cualquier modo!
¡Cuánto bien produce este elocuente silencio!
C onsérvalo todo en tu corazón, a ejem plo de la
Virgen.

Sabiduría en los consejos. Si el Señor te desti­


na para regir a otros, encom iéndalos al Señor, es­
tudia las condiciones particulares de cada uno,
porque no todos se han de dirigir igual, sino por
el cam ino particular que Jesús le señala.
Educa dando al alm a la belleza y perfección
de que es capaz, conduciéndola m ediante la prác­
tica de las virtudes a su últim o fin, Dios. Mas en
todo esto, cuida no te deslum bre la altura. Somos
instrum entos. Cada uno es y vale lo que vale de­
lante de Dios. Más privilegiados son aquellos que
el Señor se reserva para sí solo, p e ro si te escoge
para algún puesto, piensa que El se hace repre­
sentar por quien quiere y no necesita de nadie y
menos de ti. para hacer bien en la Tierra.
Justicia y fortaleza. Si busco el Reino de Dios
sobre todas las cosas. Dios me dará el añadido.

63
todo lo dem ás, hasta la aceptación am orosa del
sufrimiento.
El dolor es inevitable, porque es pena del pe­
cado en que todos nacem os y expiación de nues­
tros pecados personales. Pero ¡si supiéram os las
riquezas que atesora, las suavidades que entierra,
las fuerzas que com unica!
El Señor no es feliz cuando padecemos, ¡nos
am a tanto! Le cuesta hacernos beber en la fuente
de las lágrimas, pero com o sabe que es el único
medio de desprendernos de la tierra, a disponer­
nos a que le conozcam os, nos envía el dolor, dice
la Santa, com o apartando el rostro. Levantem os
al cielo nuestra m irada en la prueba. «No son
condignos los sufrim ientos de esta vida (nos dice
San Pablo), con la futura gloria que Dios nos tie­
ne preparada». Deseemos el dolor, porque al des­
garram os se esparce el perfum e del A m or, y to ­
m am os parte con Jesús en la salvación de las al­
mas.
¡Cómo se adentra la Santa en este cam po m a­
ravilloso del sacrificio! Sin sacrificio ¿sería m eri­
toria nuestra vida? No desperdiciem os la prueba,
no perdam os la ocasión de explotar esa m ina de
oro. Un día sin padecim ientos es un día perdido.
«N ulla dies sine cruce». N uestros días de fiesta
deben ser aquellos en los que el Señor nos prueba
más duram ente.
Privilegio de Jesús, suerte envidiable, años
de gracia son los pasados en el dolor. ¡Bendito

64
seáis Señor, Dios mío, por esta manifestación de
vuestro am or infinito!
El cam ino para ir a Jesús es la cruz. Cuando
estés sin tribulación, tem e estar sin Jesús, porque
Él da a sus amigos cruces. Acéptalas, son regalos
de Jesús. Así nos va desprendiendo de las cosas
criadas con golpe duro pero am oroso. Ello quizá
nos proporcione flaquezas; Jesús, el Fuerte, tem ­
bló a la vista del Cáliz am argo, que tanto había
deseado, y ¿pretendes tú la m ism a debilidad, su­
frir con generosidad y grandeza de alma? ¡Oh,
cóm o cuesta darle a Jesús lo que pide! Pero dé­
moselo con alegría, dándole gracias por esta dig­
nación de su am istad. Señor, haced que deseemos
y am em os la cruz para parecem os a Vos. Sed
nuestra FO R TA LEZA , ya que nosotros somos la
m ism a debilidad.

La templanza. La m oderación de nuestro ap e­


tito sensitivo en el com er y el beber, así com o en
la sexualidad es lo que constituye esta virtud tan
preciada. Ya nos dice Jesús que esta clase de de­
monios sólo se vencen con la oración y el ayuno.
PUREZA y M OD ESTIA , hijas de la tem p lan ­
za. A m a la pureza y haz de ella tu prim er aposto­
lado. Sé ejem plo vivo de esta virtud del cielo. Lo
que más cautiva al Corazón de Jesús es la m odes­
tia. Estímala com o el m ayor encanto de tu alma.
Es m enester que sea cosa muy sublim e, cuando la
más Pura e inteligente de las criaturas, M aría,

65
hubiera preferido perm anecer virgen a ser Madre
de Dios con detrim ento de su pureza.
Vigila, ora, invoca a M aría; m odera los senti­
do, cúbrete con la túnica de la M odestia, para
conservar siem pre fragante esa ílor de cielo y
car.tar eternam ente el cántico nuevo, y seguir al
C ordero Inm aculado donde quiera que vaya.
Chardin ilustraría después esta doctrina: «N ada
hay en el m undo que actúe con más intensidad
que la Pureza y la Oración».
Humildad y sencillez. D entro del cam po ex­
tensísimo de las virtudes morales, encontram os
estas dos virtudes, tan necesarias para nuestra as­
censión espiritual.
C uando conociendo nuestra bajeza, tendem os
al últim o lugar que nos corresponde, cuando vi­
vimos en el fondo de nuestra pobreza, contem ­
plando nuestra nada e im potencia, cuando nos
reconocem os enteram ente incapaces de progreso
y constancia, cuando vemos la m uchedum bre de
negligencias y defectos que nos aquejan, y que sin
el auxilio de Dios no podem os nada, entonces
ahondam os en el valle de la H U M ILD A D .
Esta es la virtud que más derecham ente nos
lleva a Dios. C uando se ve uno dem asiado m ise­
rable, no quedan ganas de estarse rem irando ne­
ciam ente, entonces no se mira sino a Dios.
Señor, podem os decir con San Pedro ya cu ra­
do de su presunción: «Vos sabéis que os am o,
pero tened piedad de mí que soy un pobre peca­

66
dor». Vos conocéis mi fragilidad, llevadme ju n to
a Vos antes de perm itir que os ofenda.
Dios, que nos am a con locura, no perm itirá
nada que sea para nuestro mal. Si yo am o a Dios
un poquito, com o dice San Pablo «El lo dispon­
drá todo para mi bien».
Si su providencia perm ite que caiga alguna
vez, es para curar mi presunción y oculta sober­
bia; de tal m anera, que si estuviera totalm ente li­
bre de este vicio, com o lo estuvo la Santísima
Virgen, no caería nunca en falta alguna.
Estemos seguros que si perm anecem os en pie
algún tiem po, es porque el Señor nos considera
dem asiado debiles para exponernos a la te n ta­
ción.
iQuc no cunda el desaliento por alguna falta!
Estamos en tiem po de prueba. ¿Qué he de poder
ofrecer a Dios sino miserias?
Quisiera no caer nunca; pero si caigo, así sien­
to mi flaqueza y me aprovecho. Que Jesús se dig­
ne com unicarm e, com o decía San Pablo, la cien­
cia de gloriarm e en mis propias flaquezas.
Vigila y ora y si aún caes, soporta con pacien­
cia el gozar un poco m enos de paz y procura es­
tar un poco más alerta otra vez.
Adm ite de buena gana que todos te m anden.
Escoge el últim o lugar. Prefiere el olvido absoluto
al desprecio, éste supone algún reconocim iento.
Desea más bien ser ignorado y tenido en nada,
pisoteado e ignorado com o un grano de arena.

67
Recuerda lo que decía el clásico: «Tem e cuando
te alaben y alégrate cuando te desprecien, porque
Dios sólo abraza al que el m undo ha desprecia­
do».

A BA N D O N O EN M ANOS DE DIOS. C on­


secuencia de nuestra hum ildad y confianza en
Dios es, com o dice San Agustín, este fruto deli­
cioso del A m or, EL A BA N D O N O .
Ese echarse en brazos de Dios, con la confian­
za que el niño se echa a dorm ir en los brazos de
su madre. Ese m irar en todos los acontecim ientos
la m ano bondadosa de Dios.
Señor, te diré con la Santa: «¿Cuándo te haré
una donación tan com pleta de mi ser, que ren u n ­
cie en mí hasta lo más puro y legítimo?
»Que mi gozo sea cum plir tu voluntad, en tre­
garme a tus divinos caprichos, hacerte sonreír.
Que nuestra alm a sea el entretenim iento del Se­
ñor, el juguetito del N iño Jesús. Pero no un ju ­
guete de valor, al qyue los niños se contentan con
m irar sin tocarlo; sino una pelotita, que Él puede
tirar al suelo, em pujar con el pie, taladrar, ab an ­
donar en un rincón, o estrechar contra su cora­
zón, si en ello encuentra placer.»
Para sufrir en paz basta querer lo que quiere
N uestro Señor.
Hasta que recibes con igualdad de ánim o los
sucesos prósperos que los adversos, no tendrás tu
voluntad del todo conform e con la de Dios.

68
La prueba... Som bra o luz, teniendo a Dios,
todo es igual.
Ponte en sus manos. Entrégate. Si sabes que
lo que te ocurra es Dios bondadosísim o quien te
lo m anda, que lo que Él hace es lo mejor, eso es
lo que más ha de gustarm e. Por ello, pídele siem ­
pre al Señor: «Que cum pla en nosotros sus gustos
sin recelo».
Si mi Jesús quiere probarm e y fuere su volun­
tad tenerm e así toda la vida, aceptaré la prueba,
eso es lo que tengo que hacer; luchar, cum plir su
voluntad hasta el fin. Hagamos nuestra la herm o­
sa frase de Job: «A unque el señor me m atara, es­
peraría en Él». En ti Señor he puesto mi esperan­
za, no quedaré defraudado.
SENCILLEZ. La sencillez no sólo es el secre­
to de la santidad, com o dice Benedicto XV, sino
que es el sello del espíritu perfecto. Ese cam inar
tranquilo, sin salirse en nada de lo ordinario; ese
hacerse pequeño, sincera y tranquilam ente pe­
queño, es inm olación m ayor y estado más perfec­
to, que el am or a los padecim ientos; porque en
las penitencias, algunas veces más parte puede te ­
ner la naturaleza que la gracia; pero en este hacer
pequeño que m ata el orgullo con golpe tan certe­
ro, no puede haber engaño.
El cam ino ordinario, ese hacer bien, a la p er­
fección las obras del día, el cam inar por la senda
conocida, pero quizás poco usada... ¡son tantas
las alm as «pequeñas» que deben aprender ese ca­

69
mino! La prim era que para ejem plo nuestro lo
anduvo fue la Santísima Virgen. Nada extraordi­
nario, y sin em bargo, ¡cuánto hay que aprender
en aquellas lecciones de Nazareth!
Sintám onos dichosos de desem peñar el más
oscuro papel. No queram os por nada salir de
nuestra sencillez. El Señor hará a veces que no se
aprecien los dotes que en realidad tengamos, que
pasemos tan inadvertidos, que nadie eche cuenta
de nosotros... estam os en nuestro lugar. Jesús era
Dios y pasó treinta años oculto.
Com o el am or se m anifiesta en las virtudes en
general, la sencillez se m anifiesta en la práctica
de las virtudes pequeñas: el retener una palabra
de réplica, prestar pequeños servicios sin encare­
cerlos, no excusarse cuando acusen injustam ente,
no reclam ar cuando alguien tom e algo mío, con­
trariar los gustos, etc... ¿Quién no puede hacer
esos sacrificios pequeños y muy ocultos para
agradar a Jesús? Para las alm as pequeñas no hay
que buscar medios com plicados.
Tengam os especial devoción a los santos que
se distinguieron por sus virtudes imitables, que
practicaron las virtudes ordinarias y ocultas,
com o es la sencillez; en ella no cabe la m enor ilu­
sión. ¡Lo que agrada a Jesús esta virtud! ¡Que
bien la practicó su M adre Santísima! ¡Qué virtu­
des tan im itables las suyas!
La santidad no consiste en decir cosas herm o­
sas, ni en com poner libros de devoción con subli­

70
mes poesías; todo ello no equivale al mas peque­
ño acto de abnegación hecho por am or. Jesús
para sublim idades tiene a sus Angeles. Él vino a
la tierra y quiso llamarse flor del cam po para
m ostram os cuánto am a la sencillez.
Si en verdad fuéram os sencillos ¡qué fácil sería
servir a nuestros herm anos y agradar a Jesús!
A nosotros mism os nos sería provechosísim o,
porque gozaríam os de perfecta paz. Ni las m is­
mas faltas nos harían perder una m irada a Jesús,
y el conocim iento de la propia miseria lo repara­
ría todo.
Tenéis que vencer una antipatía, pues hacerlo
con una am abilidad tan dulce que hagáis creer
que no tenéis que venceros. Evitad no sólo la
m ortificación positiva del prójim o, sino que vues­
tra exquisita caridad salga al paso de algo que
pueda hum illarle.
Tened siem pre la intención pura y sobrenatu-
ralizada. ¡Cuánto se merece con ello!
Esas virtudes ocultas que a nadie llam an la
atención; ese pasar desapercibido, es de un m éri­
to im ponderable ante Dios; porque ese venci­
m iento y mortificación continuos, ese m artirio a
alfilerazos, com o decía la Santa, supone un he­
roísmo oculto, una fidelidad de todos los instan­
tes. un abism o de generosidad; pero que por lo
mism o que está tejido con los sucesos ordinarios
de la vida, se hace accesible a las alm as pequeñas.
En las mismas m ortificaciones no hay que salirse

71
de lo ordinario. Bueno es contrariar el gusto,
pensando, por ejem plo, cosas repugnantes cu an ­
do tom am os algo agradable: pero es más sencillo
agradecer al Señor lo que encontram os a nuestro
gusto.
Que sea así tan sencilla vuestra virtud, que
puedan im itarla todas las almas.

Hermosa floración de virtudes producidas por


el Am or. Haga el Señor que las gocemos y posea­
mos todas. En esta serie de virtudes que hemos
ido com entando, hem os podido ver perfilado el
ESPIRITU de la Santa, de m odo especial en las
tres últimas: H U M ILD A D , A B A N D O N O , SEN ­
CILLEZ, que son las que m ejor lo reflejan. A lm a
pequeña que vive escondida en Dios, y que acaba
de m anifestarse en su virtud más característica:
EL ESPIRITU DE IN FA N CIA . Si Dios quiere
ya lo veremos al térm ino de su «Escala de Perfec­
ción».
Repitam os con la Santa, sus enseñanzas sobre
las virtudes: si poseemos la causa, poseerem os
tam bién los efectos. El que tiene en su m ano el
prism a, aplicado al sol, tiene tam bién los rayos
de su luz.
Hagamos nuestro el prism a del A m or, pongá­
moslo en contacto con el Sol de Justicia Cristo
Jesús y verem os com placidos los reververos de
luz de virtudes que el prism a del A m or produce.

72
NUEVAS FUENTES

Decíamos en el estudio ascético-m ístico que


hem os em prendido, que no íbam os a ceñirnos ex­
clusivam ente a la doctrina de Santa Teresita del
N iño Jesús, sino que queríam os acudir tam bién a
otras fuentes para am pliar el estudio. Así adem ás
de los místicos universales San Juan de la Cruz y
Santa Teresa, Padres de la ciencia Ascético-
M ística actual y que son precisam ente los que
produjeron la fuente de agua cristalina donde be­
bió Santa Teresita su ciencia y experiencia m ísti­
ca, hem os querido añadir otras dos pequeñas
«Escalas»: la del Fundador de la A lianza y una
sem blanza de San Francisco de Asís-M ístico,
para darle una m ayor vivacidad y colorido al Es­
tudio.
Esta breve «Escala» del Siervo de Dios D. An­
tonio Amundarain, la podríam os considerar por
nuestra parte com o un pequeño hom enaje a
aquel sacerdote santo, que gastó su vida en exten­
der por todo el m undo estos dos ideales sublimes:
«El triunfo de la Pureza en el m undo y la santifi­
cación de los sacerdotes».
¡Cuánto bien hizo, tanto durante su vida,
com o después de su m uerte, en uno y otro cam ­

73
po! Com o dicen los santos, sin vivir esa m aravi­
llosa virtud no podrem os practicar un eficaz
apostolado y m ucho menos alcanzar la perfec­
ción. Por eso el sacerdote que quiera ser apóstol
ha de ser fiel a este principio que nos dejó en sus
escritos: «El prim er fruto de nuestro apostolado
debe ser nuestra propia santificación».
En uno de sus famosos Ejercicios Espirituales
que daba en Vitoria a más de un centenar de
sacerdotes de toda España, le oí esta doctrina so­
bre la Perfección: «A spiram os a la perfección y
hem os de hacer lo posible por alcanzarla. La
CO N V ERSIO N a Dios N uestro Padre es el p ri­
m er paso que hem os de dar. Para ello hemos de
cubrir tres etapas bien escalonadas: La prim era
es: D EFO R M A TA +R E FO R M A R E . He tenido
desvíos lam entables que han deform ado mi espí­
ritu, pero con la reforma espiritual que me pro ­
pongo, la Conversión, me he reconciliado con
Dios. Estoy en el prim er grado de la clásica divi­
sión de la vida interior: la Vía Purgativa, la inci­
piente, la de los que inician el cam ino.
La segunda etapa es la que da forma a la re­
forma: R EFO R M A T A -C O N FO R M A R E . Q uiero
ser siem pre amigo de Dios, conform ando mi vo­
luntad con la suya, o sea, quiero dar forma a mi
reforma de vida, tom ando por m odelo a Cristo
Jesús. Crecer com o Él en virtud y gracia. C onfor­
m ar de tal modo mi voluntad con la suya, que re­
sulte ser otro Cristo, para ello hago una entrega

74
generosa y total com o Saulo: «Señor, ¿qué q u ie­
res que haga?». Es la segunda etapa clásica: Los
proficientes, los que han crecido en su vida de
perfección.
Y por últim o, la tercera etapa, C O N FO R M A -
TA -C O N FIR M A R E , es decir, los perfectos a
ejem plo de Jesucristo, los que consiguieron con
oración y cruz, com o enseña San Juan de la
C ruz, confirm ar su vida en Dios.
El Hijo de Dios se hace H om bre por mí, por­
que me ama. ¿No he de am arle yo tam bién?
Padece por mí y me antecede en la penitencia
hasta llegar a la m uerte, ¿no he de com pletar en
mí su Pasión, con la mortificación y la peniten­
cia?
Si Jesús hace locuras de A m or en su Pasión y
en la Eucaristía, ¿no voy yo a corresponder a
todo ello con una fe vivísima en su Sacram ento
de A m or y devolverle A m or con verdaderas fine­
zas de alm a bien nacida? Esfuérzate para que to ­
dos le visiten, le hagan com pañía y le reciban en
el Sacram ento. Jesús lleva dos mil años esperán­
dote en el Sagrario, no lo defraudes».
Y nos enseñaba a hacer el ofrecim iento de al­
mas víctim as, al estilo de Santa Teresita, expre­
sión de un alm a llena de Dios que santificó a ta n ­
tos sacerdotes y a tantas alm as vírgenes, que se
han consagrado a Dios en medio del m undo y los
ha puesto en cam ino de perfección.
Después la m isericordia del Señor, por gracia

75
de M aría, no ha dejado de poner en nuestro ca­
m ino alm as santas o grupos de alm as selectas,
que se han interesado vivam ente en ayudar y pro ­
m over en las alm as deseos de santidad y de favo­
recer en ellas el crecim iento en su perfección.

«¡Y com o el alm a que de veras desea sabidu­


ría, desea prim ero el padecer para en trar en ella,
en la espera de la Cruz!» (San Juan de la Cruz:
Can. XXXI).
SEGUNDA ESCALA DE PERFECCION
SEGUN SAN JUAN DE LA CRUZ

San Juan de la Cruz está considerado por to ­


dos, com o el m ayor de los místicos de la Iglesia.
El pone los fundam entos de la Teología M ístico-
Espiritual con las distintas obras Ascético-
M ísticas que nos dejó escritas.
Podríam os decir de él, lo que el Evangelista
Juan dice del Bautista: «Fue un hom bre enviado
por Dios cuyo nom bre era Juan», éste para p re­
parar los cam inos del Señor, aquél para ilum inar
el m undo con su doctrina bellísim a y su poesía
de cielo, con las que nos da la más alta Teología
M ística y am bas avaladas con una santidad de
vida a toda prueba.
Lo que nos dice en sus «Purificaciones para
alcanzar el Amon> son una verdadera biografía
propia.
Los poetas le veneran com o su patrono, p o r­
que nadie com o él ha llevado la poesía a alturas
tan sublim es, y a la vez tan santas. Bien se le pue­
den aplicar las palabras sagradas: «Los sabios b ri­
llarán con esplendor de cielo y los que enseñan la
«justicia» a las m ultitudes serán com o estrellas
lucientes por toda la eternidad».

77
¡A cuántas alm as ha llevado su doctrina a la
santidad, o al m enos a un cam bio por una vida
más honrada!
A este propósito podríam os traer a colación
una anécdota muy de nuestros días. Se refiere al
célebre bandolero «El Lute» a quien no podían
controlar diez mil policías. Después de su cap tu ­
ra, todos pudieron observar el cam bio radical de
su vida y preguntado por sus nuevos amigos a
qué se debía aquello, contestó con sencillez: «A
la lectura de los libros de San Juan de la Cruz».
Es difícil expresar la im presión que aquellas p ala­
bras produjeron en sus oyentes, pero ninguno
volvió a insistir sobre el tema.
Nosotros sí querem os volver y repasar esta
doctrina lum inosa. A cudam os pues con prem ura
a beber con gozo a esas fuentes cristalinas y santi­
ficantes de su doctrina.
LAS PURIFICACIONES

Toda la Teología Espiritual de San Juan de la


C ruz está basada en la división fundam ental que
hace de las purificaciones.A unas las llama «acti­
vas», que pertenecen a la Ascética y que él expli­
ca en su libro «Subida al M onte Carm elo». Estas
tienen grados de oración propios. Las «pasivas»
pertenecen a la M ística, que expone en su libro
«La Noche O scura» y los grados superiores en
«Llam a de A m or Viva».
La nota característica de las prim eras es la ac­
ción, el esfuerzo que el alm a ha de hacer, secun­
dando la gracia, para liberarse de los im pedim en­
tos que le estorban la unión con Dios y alcanzar
la perfección.
En la Purificación pasiva o Mística, el alm a se
purifica no poniendo resistencia, obstáculos ni
estorbo alguno a la acción de Dios en el alma.
Cada una de estas purificaciones tiene tres
grados, que el Santo llama así: 1.a Purificación
activa del sentido, ya sea corporal ya psicológico.
Es la clásica CO N V ERSIO N . La 2.a es la P uri­
ficación activa del espíritu, o sea, del entendi­
m iento, por la que purifico mis ideas de Dios,
consiguiendo una ortodoxia cabal. Y lo he de

79
conseguir por la disciplina del espíritu, por la PE­
N ITEN CIA . La 3.a purificación activa se refiere a
la V O L U N T A D para no querer sino lo que Dios
quiera de mí, y se caracteriza por la virtud de la
OBEDIENCIA.
A m pliem os un poco estos conceptos.
El prim er grado ascético es la C O N V E R ­
SION. Su prim er paso es la constricción del co­
razón, tal com o la entendían los Padres del C on­
cilio de Trento: D olor presente, vivísimo, actual
detestación del pecado de tal m odo que abom ine
y quisiera no hubiera existido tal día o tal año en
que me aparté de Dios. Esto supone una transfor­
m ación m oral tan com pleta, que de sí, dicen los
teólogos, no vuelva a caer más, y si esto ocurriera
es que no he conseguido del todo la conversión.
La vuelta del alm a a Dios C reador, incluye la
aversión a las criaturas que me apartan de mi fin,
la lucha constante contra los enem igos del alm a y
las bajas pasiones, lo que llam an los autores ascé­
ticos el CO M B A TE ESPIRITU A L.
Esta lucha, com o es natural, no se reduce a
este grado ascético, pues en cualquiera de los es­
tados en que la sabiduría bondadosa de Dios
quiere colocarnos, m ientras no lleguemos al des­
canso de la Patria, hem os de perseverar en este
difícil pero santo COM BATE.
Segunda Purificación activa: la P E N IT E N ­
CIA. Esta segunda Purificación abarca no sólo el
entendim iento para pensar siem pre según la ver­

80
dad revelada y sentir siem pre con la Iglesia, ale­
jándose de lodo endurecim iento en el error, sino
a la práctica tan saludable de la penitencia.
A la conversión verdadera sigue invariable­
m ente la penitencia, dando a esta palabra su sen­
tido más am plio: virtud, Sacram ento, m ortifica­
ción, dolor, expiación, purificación, sacrificio,
cruz. ¡Cuántos matices podem os encontrar en
esta virtud!
Los santos que estudiam os en esta «Escala»,
adem ás de practicar esta purificación en todos
sus aspectos, apoyan su perfección en alguna vir­
tud que les es característica, así San Francisco de
Asís lo pone en la práctica rigurosa de la pobre­
za, Santa Teresa en la oración perfecta, Santa Te-
resita en el A m or de Dios y San Juan de la Cruz,
que ahora nos ocupa, en las Purificaciones del
alm a, aunque todos com o es lógico, acom pañen
esas virtudes heroicas con los propios grados de
oración.
El Santo vive con tal intensidad sus purifica­
ciones, que no fueron para él m eram ente especu­
lativas, sino que las vive siem pre y form an su
m ás com pleta biografía. La Penitencia incluye no
sólo la purificación del entendim iento para sentir
con la Iglesia y los m atices ya señalados, sino lo
que abarca el nom bre de ejercicios penales en:
com ida, sueño, en cilicios, disciplinas, etc., sino
la m oderación en los sentidos y apetitos, o sea el
cercenar en mí todo lo que pueda inducirm e a

81
pecado. No podem os rehusar la mortificación ex­
terna, aunque la interior sea más noble,una supo­
ne la otra y las dos se com plem entan. Por eso
San Juan de la Cruz hablando de esta purifica­
ción activa nos dice: «Si alguno te habla mal de
ella, no lo creas aunque haga milagros». Sin ella
no sólo no darem os paso en la perfección, pero ni
tendrem os llave para ab rir el cielo.
Veamos sus ventajas: satisfacemos por los pe­
cados, dom am os los apetitos carnales, dam os
m ayor eficacia a la oración, y sobre todo im ita­
mos a Jesucristo, el que siendo inocente padeció
por nosotros, identificándonos con Él, según
aquello del Apóstol: «Suplo en mi carne lo que
resta de los sufrim ientos de Cristo».
¿Qué es lo que quiere Dios que practique en
la penitencia? Sencillam ente lo que me perm ita
seguir mis obligaciones ordinarias. A unque para
cierta clase de mortificaciones debe consultarse al
D irector espiritual y obedecerle.
Penitencia Sacramento. Si te hablan de con­
versión y excluyen deliberadam ente la Confesión
de los pecados, creerlos menos todavía, porque
intentarían una conversión falsa y adem ás im po­
sible, ya que sin la ayuda de la gracia, que se me
da en el Sacram ento del perdón, me sería prácti­
cam ente im posible volver a Dios. Así nos lo dice
la doctrina de la Iglesia. La contrición borra los
pecados si se le une el firme deseo y propósito de
confesión y enm ienda. No pretendam os desnatu­
ralizar la conversión con un autoengaño suicida,
quedándom e tan m anchado com o antes, por fal­
tarle lo esencial: la vuelta hum ilde a Dios por el
Sacram ento del Perdón.
Es tan pobre y deficiente nuestro am or a Dios,
que necesariam ente ha de apoyarse en el Sacra­
m ento para alcanzar el perdón. A firm a por tanto
tu conversión en estos sólidos m otivos que ya
apuntam os en el Estudio Ascético y que te sirvan
para recibir bien dispuesto el Sacram ento: 1.° La
gravedad de los pecados. 2.a El juicio de Dios. 3.°
El breve e incierto tiempo para merecer y el eter­
no para el prem io y el castigo. 4.H La m uerte de
Jesús en la Cruz, que me m anifiesta la infinita
m isericordia del Señor. Por todo ello vive in ten ­
sam ente tu espíritu de penitencia y estarás más
afianzado en tu conversión.
Tercera purificación activa del espíritu: la
O BEDIENCIA. San Juan la llama purificación
activa de la voluntad. U na vez som etidas las p a­
siones a la razón por la penitencia, debem os so­
m eter ésta y lo más noble que tenem os, la volun­
tad, a Dios por la práctica de la obediencia, que
debe ser absoluta, total, conform ando nuestra vo­
luntad con la del superior, que representa a Dios
con rendim iento de juicio, sujetándonos aún en
lo duro y repugnante, viendo siem pre la voluntad
de Dios m anifestada en él.
Santa Teresa dice, que no hay cam ino que tan
presto lleve a la perfección com o la obediencia.

83
¡Con que seguridad se m archa por ese camino! El
obediente no se equivoca nunca. La obediencia es
fuente de méritos, porque las obras más insignifi­
cantes hechas por obediencia son meritorias. Por
eso dice San Agustín que es la m áxim a virtud y
m adre de todas las virtudes.
No se equivocó San Juan de la Cruz al poner
en el tercer grado de purificación activa la obe­
diencia, porque si con la penitencia ofrendam os a
Dios nuestro cuerpo, con la obediencia le ofren­
dam os algo mejor, nuestra voluntad, nuestra
alma.
Hay quienes piensan que la obediencia es una
actitud indigna de un hom bre m aduro, bien for­
mado; pero olvidan que Jesús, que superaba infi­
nitam ente a M aría y a José porque era Dios, «les
obedecía», y que por am or a su Padre celestial y
por cum plir su voluntad, se hizo obediente hasta
la m uerte y m uerte de cruz. Es decir, obedeció en
lo que más cuesta, en la ofrenda de la vida hasta
el sacrificio de la Cruz. Así oraba Jesús: «Padre
mío, que no se haga lo que yo quiero, sino lo que
Tú quieres. Q ue no se haga mi voluntad sino la
tuya».
La enseñanza de la Iglesia no es sino un eco
de la enseñanza de Jesús, así nos dice el Concilio:
«El cum plim iento am oroso de la voluntad de
Dios es la cim a de toda santidad». Para alcanzar­
la he de aceptar gozosam ente cuanto Él me envíe,
voluntad que se m anifiesta en sus M andam ientos,

84
en los consejos y preceptos de la Santa M adre
Iglesia, en las obligaciones de nuestro ■.·.
lado y de forma expresa a través de aquehas p er­
sonas a quienes debem os obediencia.
A estas purificaciones activas acom pañan
siem pre las oraciones propias de este período as­
cético, ya que com o nos dice M onseñor Escrivá:
«La mortificación y la obediencia son la puerta
para en trar en el castillo interior de la oración».
Ella ha de acom pañar todo el proceso ascético-
místico.
ESTUDIO MISTICO DE LA ESCALA DE
PERFECCION EN SAN JUAN DE LA CRUZ.
LAS PURIFICACIONES PASIV AS

Recordem os antes de nada la frase que el San­


to em plea para describir este estado del alma:
«Dios trabaja en mí, y yo contem plo lleno de
asom bro y agradecim iento la obra de Dios en mi
alma».
Frase equivalente a esta otra: «C uando Dios
me guía, lo que he tenido que hacer es dejarm e
llevar». Esa es la actitud propia de todas las a l­
mas santas.
Se lee en la biografía de M onseñor Escrivá un
episodio que nos da a conocer que el Siervo de
Dios hacía tiem po andaba por estos cam inos de
la Mística. Cuando el fundador del «O pus Dei»
em pezó a ver con claridad el futuro esplendoroso
que el Señor reservaba a la «Obra de Dios», futu­
ro que él barruntaba ya m uchos años antes, se
dio cuenta de que tenía que abrir paso, sin poner
ningún obstáculo a este querer divino. Entonces
se puso, m ucho más que antes, en m anos de
Dios, sin tener que ir calculando cada paso a dar,
pues era el Señor el que le guiaba. Por eso diría
en una carta, refiriéndose a esta acción divina y a

86
su actitud pasiva, mística con el Señor: «Lo que
he tenido que hacer es dejarm e llevar». Exacta­
m ente lo que hem os de hacer todos, si el Señor se
dignara llevarnos por esos cam inos. Para eso a n ­
tes, ¡cuanto trabajo ascético he de practicar! El
alm a ha trabajado denodadam ente para acercarse
a Dios por la conversión, por q u itar defectos con
la penitencia y la obediencia. Dios la ha dejado
hacer, aunque se ha com placido bondadosam ente
en su labor. A hora viene la verdadera obra de
Dios en el alm a, la labor del Artífice divino en
pulim entar, en abrillantar el alm a a golpes de
pruebas exteriores e interiores, hasta dejarla a su
gusto.
Si alguna vez el Señor me reservara esas p ru e­
bas, mi postura será ponerm e incondicionalm en­
te en sus m anos y agradecerle de corazón esta de­
ferencia de su bondad.
PURIFICACION PASIVA DEL SENTIDO
ORACION Y CRUZ

Presenta el Santo esta Purificación con esta


herm osa puntilla al D olor aceptado por A m or,
dice así:
«Mi vida es toda de A m or
Y si en A m or estoy ducho
Es por culpa del D olor
Q ue no hay am ante m ejor
Que aquél que ha sufrido m ucho.»
El Santo en su libro LA N O C H E OSCURA
nos habla de esta purificación, que afecta a la
parte sensitiva de nuestro ser: el dolor, la enfer­
medad, etc. Esta purificación, com plem ento de la
vida de oración, afectará a todos los grados del
cam ino de Perfección. Por algo lo pone el Santo
com o lema de su vida mística.
El sufrim iento, el dolor salva y ennoblece, tie­
ne un valor im ponderable. Leemos en el Salmo
118: «Antes de sufrir, yo andaba extraviado, pero
ahora me ajusto a tu prom esa», a tu ley, a tu vo­
luntad. El sufrim iento me ha hecho volver a tus
caminos.
Algunos autores ponen la enferm edad en el
últim o grado de la escala, pero parece más lógico

88
ponerla aquí, porque la enferm edad tiene parte
de purificación activa o pasiva según el espíritu
con que se reciba. El Santo la pone dentro de las
purificaciones místicas, porque es carism a propio
de todos los santos y de los que aspiran a serlo.
Todos han aceptado el dolor, el sufrim iento, el
sacrificio, que conlleva la enferm edad, com o re­
galo de Dios que Él da a sus almas escogidas. Y
lo aceptan con «buena cara», con serenidad, has­
ta con jovialidad, sin desviarse un ápice del cu m ­
plim iento de sus deberes.
Santa Teresa de Jesús decía que siem pre tuvo
un tan fuerte dolor de cabeza, com o si una losa
de plom o se la aplastara; pero eso no le im pidió
trabajar a todas horas y jovialm ente por la gloria
de Dios.
Este don especialísim o de Dios, es fuente de
m éritos o de im perfecciones según se acepte o se
rechace neciam ente. A cepta y agradece este rega­
lo de Dios.
El Siervo de Dios D. Josem aría Escrivá de
Balaguer nos narra, que en una de sus visitas al
Hospital del Rey en M adrid, encontró a una se­
ñora aristócrata, que com o el Santo Job, había
venido m uy a m enos en su hacienda, lo había
perdido todo y agonizaba cubierta de llagas,
abandonada de todo el m undo, en un cam astro
del Hospital. Sin em bargo no cesaba de bendecir
al Señor por los sufrim ientos que le m andaba:
«¡bendito sea el dolor, A m ado sea el dolor, Santi­

89
ficado sea el dolor. G lorificado sea el dolor!» Fra­
se tan im presionante, que ha m erecido el honor
de ser trasladada a «Cam ino» N.° 208 para nues­
tra ejem plaridad.
C iertam ente que esta buena m ujer había esca­
lado las cimas de la perfección por medio del do­
lor aceptado. La enferm edad aceptada com o re­
galo de Dios es SACRIFICIO. Da la m uerte a lo
que me estorba para ir a Dios, y florece en vida
redentora com o la de Cristo en la Cruz.
En una ocasión oí estas reflexiones sobre el
sacrificio: Podemos distinguir dos clases de sacri­
ficio: el que nos ponem os nosotros (purificacio­
nes activas) y el que nos m anda Dios, com o la
enferm edad (las pasivas). Tendem os a practicar
las prim eras, com o penitencias, privaciones, cili­
cios, etc., que en cierto m odo nos agradan, p o r­
que hacem os nuestro gusto nuestra voluntad,
muy cercano al egoísmo, y por tanto algo im per­
fecto. El verdadero sacrificio es el que Dios nos
envía. Vemos la diferencia. En el prim ero nos
«crucificam os» nosotros en un m om ento de fer­
vor, cogemos el clavo y nos clavamos los pies y la
m ano, pero siem pre nos queda una m ano libre
para, pasado el fervor, desclavarnos. C uando nos
«crucifica» el Señor, o los hom bres instrum entos
de Dios, com o nos clavan del todo, hay que su­
frirlo hasta el final, aunque no queram os.
El sacrificio va siem pre acom pañado de lágri­
mas, unas opacas, negras, producidas por la de­

90
sesperación, la soberbia, el am or propio; otras
son transparentes, claras, hasta dulces, son las del
sacrificio aceptado, conform e en todo con la vo­
luntad de Dios.
Si cuando lloram os nos ponem os delante de
un crucifijo y a través de nuestras lágrimas «ve­
mos» a Jesús, ese llanto es bueno. Si nos ciega y
no lo vemos, es malo. El sacrificio es la garantía y
el contraste de las virtudes. N unca copiaré en mi
la figura de Jesucristo si no soy sacrificado, pues
la vida de Jesús fue eso: SACRIFICIO.
SEGUNDA PURIFICACION PASIVA.
LA NOCHE PASIVA DEL ESPIRITU.
LAS PRUEBAS INTERIORES

Vimos en la prim era purificación pasiva del


sentido com o el sacrificio aceptado no sólo es ex­
piación, sino sublim e expresión de am or, porque
te purifica, te eleva por ser propio de las almas
grandes, que se ponen en las m anos del Señor
para que haga con ellas lo que quiera. Si alguna
vez el Señor nos lo enviara hem os de aceptarlo
rendidam ente y hasta con acciones de gracias.
Esta segunda purificación de que nos habla San
Juan es más elevada, más interior, la usa Dios di­
rectam ente sobre el alm a para purificar su parte
superior, lo más íntim o, y quitarle toda m ancha.
Prueba llam ada por San Juan «la dolorosa
N O CH E O SC U RA » absolutam ente necesaria
para alcanzar la contem plación infusa o acción
pasiva de Dios en el alma.
Para conocer si el alm a ha entrado en esta
Noche, los santos nos ponen algunas señales: si el
alm a no encuentra gusto ni en las cosas de Dios
ni en la criaturas, si piensa penosam ente que no
sirve a Dios, si no acierta a m editar, ni a discu­
rrir, ni a sacar afectos. Es la típica A R ID E Z en la

92
oración, donde la voluntad propia queda com o
anulada, para que sólo reine la voluntad de Dios.
Es entonces cuando el alm a ha de acudir a Él con
más confianza.
El Santo para enseñarnos esta verdad nos dejó
escrito este versito no exento de suave hum or:
«En la incom prensión, en la sequedad - En
vez de airarte y protestar - rezar, rezar y rezar».
Este estado de aridez no tiene que ver nada
con la tibieza. La prim era es una purificación
mística que se produce en la oración, la segunda
es un pecado, que si no corlo diligentem ente pue­
de hundirm e sin remedio. A unque los efectos
aparentem ente sean parecidos, en el fondo son
totalm ente distintos. La tibieza engendra des­
preocupación por las cosas de Dios, es la nega­
ción radical de la oración y de todo interés por
ella. Al contrario, la aridez o sequedad aunque
dificulte el ejercicio de la oración, siente una ne­
cesidad profunda de ella y tal gozo de estar con
Dios, que aunque se am ontonen las dificultades,
jam ás prescindirá de su encuentro con Él.
Si Dios quiere ya tratarem os este tem a con
más am plitud en el estudio de Santa Teresita.
TERCERA PURIFICACION PASIVA
O UNION TRANSFORMANTE

Esta purificación la describe el santo en sus


dos libros más elevados: «C ántico espiritual», su
obra más com pleta y «Llam a de am or viva», la
cum bre de la Mística.
La U nión transform ante o M atrim onio espiri­
tual dice San Juan de la Cruz que es com o una
transform ación total en el Amado, una entrega
total y m utua entre el alm a y Dios y com o una
cierta consum ación de am or; todo ello no es otra
cosa que el desenvolvim iento com pleto de la vida
de oración.
Es tam bién presencia mística o experim ental
de Dios en el alma. Com o don de Dios que es, se
da cuando el Espíritu Santo sustituye a la razón
en el gobierno del alm a y en el ejercicio de las
virtudes.
Todo esto se da cuando el alm a del tpdo p u ri­
ficada, se une a Dios, se transform a en Él en una
entrega total al A m ado para su com pleta pose­
sión.
Entonces es el Espíritu Santo con sus dones el
que sustituye a la persona mism a, para que sea
sólo Dios el que actúe.

94
Es la presencia experim ental, com o decimos,
de Dios en el alm a con todas las dulzuras y exi­
gencias divinas que eso conlleva, porque el sacri­
ficio aceptado plenam ente, com o ya dijimos, no
sólo es expiación sino sublim e expresión de
am or.
Así se cum ple en el santo el lema de perfec­
ción que el m ism o nos puso al principio: Para
adelantar en la santidad son precisas dos cosas:
O RA CIO N Y CRUZ.
Y el apostolado inevitable en toda alm a santa
será la fusión de ambas.
La mism a idea que desarrollará en su vida el
autor de «Camino»: 1.° O ración, 2.° Expiación-
Sacrificio y 3." A cción-A postolado.
Todos estos fenómenos místicos, que nos dice
San Juan de la Cruz, no son sino manifestaciones
de la VIDA DE O RA C IO N que si va acom paña­
da de los dones del Espíritu Santo producen en el
alm a esa floración de virtudes que la embellecen,
la santifican y la hacen tan grata a Dios.
Buen m aestro espiritual nos ha concedido la
bondad infinita del buen Dios. Sólo nos falta im i­
tarle y seguirle con toda docilidad.
BREVE SEMBLANZA DE SAN FRANCISCO
DE ASIS-MIS TICO

San Buenaventura el discípulo predilecto de


San Francisco, teólogo em inente, va descubrien­
do en su padre San Francisco, los grandes dones
celestiales con que Dios le enriquece. Los estudia
con gran interés y a base de ellos crea la llam ada
Escuela Mística Franciscana, poniendo com o
prototipo al fundador de la orden San Francisco
de Asís. Con ello, nos llega lim pia su doctrina
mística para provecho de nuestras almas, y ade­
más nos da a conocer esta faceta interesantísim a
del Santo no m uy divulgada; por ello parece
oportuno, después de haber visto la doctrina m ís­
tica de San Juan de la Cruz, evocar esta figura se­
ñera de santidad de San Francisco de Asís.
Más que estudio, vamos a contem plar el
ejem plo adm irable de una vida toda de Dios, que
ejercita de m odo heroico todas las virtudes. Un
Cristo viviente, aclam ado santo por el pueblo,
antes de dejar esta tierra. Francisco de Asís, alm a
noble, radicalm ente desasida del m undo, alcanza
los más altos grados de la M ística, de la unión
con Dios.
El m ensajero de «Paz y bien», el trovador de

96
Dios, el herm ano de los leprosos, el enam orado
de su Señora la Santa Pobreza, el penitente auste-
rísimo, «crucificado» con el Señor Jesús, el po-
brecito de Asís, no es conocido sobradam ente por
su faceta mística, aunque lo sea plenam ente.
San Juan de la Cruz, a tres siglos de distancia,
lo descubre y con toda probabilidad tam bién be­
bió parte de su adm irable doctrina mística en la
fuente cristalina de la vida de Francisco de Asís.
Su recuerdo será para nosotros, com o un vol­
ver a pasar por los cam inos que hem os andado,
para grabarlos m ejor en nuestro corazón.
Considerem os algunas de sus virtudes.
SU AMOR A LAS CRIATURAS DE DIOS

Esta es la faceta más saliente de su alm a de


poeta. Los ecologistas lo nom bran su Patrono,
porque ven en él un enam orado de la N aturaleza.
Es verdad todo eso, pero es algo más. El no se
queda en la «corteza» exterior, para él todas las
criaturas son un retrato del Creador, hijas de
Dios, por eso a todas las llam a «herm anas». Son
su prim er escalón para elevarse a lo increado.
C uando llevado de su innata inspiración poé­
tica com pone su adm irable «Cántico a las criatu ­
ras», antes o después de cada estrofa invoca a su
Creador:
«O m nipotente y Altísim o Señor - A Ti toda
alabanza, la gloria y el honor».
Y cuando va nom brando alguna de las más
nobles criaturas, im presiona su sabiduría al ap li­
carle a cada una el calificativo más exacto y pre­
ciso: «Loado seas por toda criatura, mi Señor -
Especialm ente por el herm ano Sol - que alum bra
y abre el día y es bello en su esplendor». «Y por
la herm ana Luna - de blanca luz m enor - Y las
estrellas claras - tan limpias, tan hermosas, tan
vivas com o son. Y por la herm ana agua, - precio­
sa en su candor - que es útil, casta, hum ilde, Loa­

98
do mi Señor». «Por el herm ano fuego - Que
alum bra al irse el Sol - Y es fuerte, hermoso, ale­
gre
Loado mi Señor. Y por la herm ana tierra - que es
toda bendición - la herm ana y m adre tierra - que
da en toda ocasión - las hierbas y los frutos - y
flores de color - y nos sustenta y rige ¡Loado mi
Señor!».

Su sed de belleza es saciada en la contem pla­


ción de las obras de Dios. Por ellas Dios le conce­
de gustar el Don de la Sabiduría, que nos da el
sabor de Dios, el gozar, vivir y experim entar el
conocim iento de Dios, reflejado en su imagen
am ada.
Algo parecido le ocurre a San Juan de la
Cruz, tam bién enam orado de las criaturas y del
C reador, el A m ado, a quien presenta en sus in­
m ortales versos de cadencia musical, transfor­
m ando con solo su presencia a las criaturas:
«Y Uéndolas m irando - con solo su figura
vestidas las dejó de su herm osura».

Se corresponden sus versos. Am bos son poe­


tas sublim es que reciben su inspiración de la m is­
m a fuente: Dios.
SU O R A C IO N . A LEG R IA Y PA Z

Hemos visto en los «grados de oración» cómo,


cuanto más alta y perfecta es la oración, menos
palabras necesita para com unicarse con Dios.
Francisco pasaba noches enteras contem plando
la infinita «paciencia» de Dios, el A m or de «M a­
dre» que nos tiene, su m isericordia sin límites
q j e le llevaron a la Cruz.
Esa contem plación fervorosa le llevaron ta m ­
bién a la «crucifixión» m ística de las llagas, a su
estigm atización, fenóm eno místico singularísimo.
Pero :sa oración en el seno de Dios, le produce la
alegría perfecta, la superación de las pruebas ex­
teriores e interiores por duras que se presentasen.
Entraba en la cueva de la oración, en medio
del gozo, posaba con la cabeza sobre las rodillas,
a veces sobre el suelo, y pasaba horas y horas en
silencio total, al final hasta la m ente callaba. En­
tonces la cueva parecía un paraíso, su alm a des­
nuda vertía lágrimas tranquilas que le inundaban
de gozo. Es la alegría perfecta. C uando recordaba
los pecados de su juventud, o las hum illaciones y
ataques furibundos de sus contradictores, el santo
no se desprecia ni se ensaña contra sí, sólo se
postra en tierra y con los brazos extendidos, repi­

100
te miles de veces, con gran hum ildad: «¡Piedad,
Señor! ¡Soy hijo de barro, pero el Señor es santo,
y eso basta». C uando arreciaban las contradiccio­
nes le decía Clara, aquella prim icia bellísim a de
su apostolado: «Dios es, y basta». Frase que con
alguna variante repetiría Teresa de Jesús: «Solo
Dios basta». Y sólo eso era suficiente para in u n ­
d ar su alm a de paz.
Que distinto el Serafín de Asís, siem pre en
adoración, el Santo del desprendim iento y de la
pobreza más absoluta, de los m odernos «libera­
dores», que con un em peño digno de m ejor cau ­
sa, buscan la liberación de la pobreza y la margi-
nación, pasando si es preciso por encim a de toda
ley, sin llegar nunca a considerarla com o un rega­
lo de Dios.
El santo la am a, se desposa con ella, y es el
hom bre más liberado del m undo. Ha conseguido
la perfecta liberación.
Por eso, com o la virtud más am ada y caracte­
rística del pobrecito de Asís, vemos la Santa Po­
breza.
Se desposa con su dam a adorada, com o él la
llama, se despoja de todo por am or de Dios y es
el hom bre más libre del m undo.
Sólo tiene un Padre, el del cielo; sólo una M a­
dre, la «herm ana tierra», que es toda bendición,
que le sustenta y rige, su confidente con quien
habla tiernam ente y siem pre ese trato le lleva a
su Dios: «¡Loado seas mi Señor!».

101
A un en esas alturas místicas, no dejará de
sentir los zarpazos del enemigo, con los deseos
de poseer, y entonces el Señor le enviará su ángel
bueno, que le susurrará al oído por la voz de San­
ta Clara: «Te despojaste de todo, para que Dios
lo fuera todo» y aquella sugerencia de la santa,
apaciguará el corazón del pobre de Asís y seguirá
abrazando la santa pobreza.
De esta m anera, practicando diariam ente y de
m odo heroico estas virtudes, conseguiría San
Francisco las más altas cum bres de la mística, de
la perfección, de la santidad.
C uando San Juan de la Cruz nos habla en sus
purificaciones de pruebas exteriores e interiores,
de enferm edad y desolaciones del espíritu, pensa­
mos acertadam ente, que por todas estas pruebas
había pasado Francisco, con la gallardía de un
atleta.
C uando le acosan las persecuciones, las p ru e­
bas durísim as, los desprecios inauditos de hijos
rebeldes, que en cierta ocasión llegan hasta a des­
truir y quem ar «La regla de vida para los herm a­
nos m enores» que el santo escribiera con tanto
cariño, Francisco reacciona a lo santo, a lo divi­
no, pidiendo perdón y besando los pies con h u ­
mildad im presionante a sus im placables persegui­
dores.
C uando la prueba es interior, el santo pasa
por la «N oche O scura» por la tem pestuosa y ho­

102
rrenda noche de que nos hablara San Juan de la
Cruz.
Entonces el Santo llegará a perder su seguri­
dad, creerá que está engañando a los H erm anos,
le acom eterá la tristeza, llegando a perder hasta
la alegría de vivir, y por las presiones de los n u e­
vos dirigentes, renunciará a sus derechos de F u n ­
dador y huirá al desierto.
Entonces vive la gran D ESOLACIO N DEL
ESPIR ITU , durísim a prueba que él acepta gusto­
so, porque sabe que es absolutam ente precisa al
alm a, para hacerse disponible, com o cera blanda
y m aleable en las m anos de Dios y que Él nos la­
bre y modele a su gusto.
Por fin en la últim a prueba, en el holocausto
total propiciado por la enferm edad y el dolor, la
penitencia austerísim a, la estigm atización, todo
ju nto, van deshaciendo aquel cuerpo, antes tan
fuerte, hasta convertirlo en polvo.
Entonces, considerando todo este proceso, va­
mos contem plando en vivo, las distintas purifica­
ciones místicas, que labran la santidad.
Purificaciones, com o decimos, que después
hem os visto descritas y m aravillosam ente escalo­
nadas en San Juan de la Cruz.
Así vemos a San Francisco-M ístico, que ah o ­
ra con tanta fuerza nos atrae.
ESCALA DE PERFECCION EN
SANTA TERESA DE JESUS

Después del estudio que hem os hecho sobre la


doctrina y vida adm irable de San Juan de la
Cruz, y del ejem plo vivo de santidad en San
Francisco de Asís, alm a purificada en el crisol del
sacrificio, no podem os dejar en el olvido aquella
alm a grande, nuestra m ística D octora Santa T e­
resa de Jesús.
Juan y Teresa, alm as gemelas, que se ilum ina­
ban m utuam ente y que hoy continúan ilum inan­
do y santificando al m undo entero con su d octri­
na.
¡Para cuántos han sido los m entores espiritua­
les de su alma!
N uestra Santa Teresita fue una de las alm as
que más aprovechó con su doctrina, com o vere­
mos en este estudio.
El Santo Padre Juan Pablo II hizo su Tesis
D octoral sobre la doctrina ascético-m ística de es­
tos dos santos españoles. Visitó sus sepulcros
para darles gracias por tantos favores espirituales
recibidos y estudió con cariño el español para go­
zar de la delicia de sus poesías de cielo.

104
¡A qué alturas de perfección ha llegado estu­
diando a estos santos!
Vamos a estudiar tam bién nosotros, aunque
sea brevem ente, esta provechosa doctrina.
La M adre Teresa, M aestra de oración, ena­
m orada hasta la locura de su Señor Jesús, hubo
de luchar valientem ente contra todos los que se
oponían a los planes de Dios sobre su alm a. Por
ello, no fue siem pre su vida un lago tranquilo de
tersa superficie.
Santa Teresa ha sido una de las alm as más
probadas por purificaciones de todo tipo: perse­
guida, procesada, incom prendida, llena de con­
tradicciones, su alm a se vio turbada con oleaje
turbulento, pero todas estas pruebas fueron supe­
radas y com pensadas con creces por los regalos
místicos de todo grado que el A m or infinito de
Dios le otorgara.
A poyada siem pre en Dios nos parece verla so­
bre el acantilado, contem plando im pertérrita el
rugir de la tem pestad; o com o Jesús sobre la popa
de la barca, apaciguando las olas, invocaría el po­
der de Dios y se haría una gran bonanza.
Es entonces cuando el Espíritu le sugiere
aquellos versos inm ortales que tantas veces he­
mos meditado:

N ada te turbe - N ada te espante - Todo se


pasa.

105
Dios no se m uda - La paciencia - Todo lo a l­
canza.
Q uien a Dios tiene - N ada le falta - ¡Solo Dios
basta!

¡Qué tranquilidad y dom inio de sí, que paz re­


zum an estos versos!
¿Verdad que en ellos vemos reflejadas nues­
tras vidas en m uchas ocasiones?
En la Vida de la Santa podem os observar la
perfecta sintonía de estos cuatro elementos:
O R A C IO N elevadísim a que produce V IR T U ­
DES heroicas, PU R IFICA CIO N ES y pruebas do-
lorosísimas que sufre gustosam ente po r Dios y en
com pensación LOS REG A LO S M ISTICOS, los
fenómenos sobrenaturales con que Dios prem ia
su encendida oración, sus virtudes y su vida sa­
crificada. Estos cuatro elem entos van aparecien­
do en su vida, cada vez m ás escalonados, aunque
todos los recibiera en la oración y por las o ra­
ción, y al final todo lo redujera al A m or de Dios
por Jesucristo.
G R A D O S DE O R A C IO N Y P U R IF IC A C IO N
EN SAN TA TER ESA

Estos grados en la Santa son muy parecidos a


los de San Juan de la Cruz. De la O ración habla
con plena autoridad de M aestra. Escribe dos li­
bros para señalar los grados de la oración. En el
«Libro de la Vida» los describe desde el prim er
grado, la oración discursiva, pasando por la o ra­
ción de quietud o contem plación, hasta la unión
sim ple y la unión estática.
En las M O RA D A S los ordena así: 1.°, 2.u y
3.° com prenden la práctica ascética de la oración
discursiva. 4.° La O ración de Q uietud o C ontem ­
plación. 5.° La U nión simple. 6.° la U nión extáti­
ca y 7.° U nión Transform ante o M atrim onio es­
piritual.
De las V IR TU D ES hace en las M ORA D AS
un cántico herm osísim o de las TEOLO G ALES.
De entre las CA R D IN A LES se fija singularm ente
en la FO R TA LEZA que es la que más se practica
en la oracion, pues con ella supera la pereza, las
sequedades, e incluso prepara el alm a para la te­
rrible prueba de la N O C H E OSCURA. La escala
de Perfección de la Santa está toda apoyada en
los grados de O ración, de la que es consum ada

107
M aestra, por eso decía con fundam ento, que la
vida de oración y la vida de santidad vienen a ser
equivalentes, iguales. Veamos explicada esta doc­
trina de la Santa en sus célebres «SIETE ESCA­
LONES DE PERFECCIO N ».
Santa Teresa, que a tantas alm as guió a las
cum bres de la Perfección, escribe un Libro, que
ella llam a así: «C am ino de Perfección», con él no
sólo ilustra la doctrina, sino que ayuda eficaz­
m ente a subir paso a paso a las cum bres de la
santidad. Y en el «Libro de la vida» encontram os
escalonados esos grados, en los SIETE ESCALO­
NES.
Primer escalón. El alm a reconoce su debili­
dad, en im perfección. Llena de faltas acude a
Dios hum ildem ente para que le libre de ellas. Es
la C O N V ERSIO N , pu n to coincidente para todos
los que em prenden esta subida.
Com o oración em pleará la m ental o discursi­
va, usando siem pre el libro, y la hará como dice
San Juan de la Cruz, dividiendo la m ateria en
tres puntos: 1.° Representación del Misterio. 2.°
Ponderación sobre el mism o y 3. Q uietud am o­
rosa en Dios. En toda oración ha de aparecer
siem pre el A m or de Dios.
Segundo escalón. El alm a liberada del pecado,
em pieza a sentir vivos deseos de santidad, que
alim enta con la oración y la mortificación.
En este grado, la Oración suele ser de recogi­
m iento activo, que es una m odalidad de la M edi-

108
tación, sin olvidar com o ella dice, que el aprove­
cham iento del alm a en la oración está más en
A m ar que en pensar.
El «Recogim iento» lo describe la Santa com o
un Don de Dios por el que los sentidos interiores
y exteriores se recogen hacia el fondo del alm a
para allí oír la voz del A m ado, del Pastor.
Tercer escalón. Es una prolongación, pero
am pliada y purificada, de esos deseos de santi­
dad, de tal m odo que a alguno pudiera parecerle
hasta tem eridad; pero no es así, porque el alm a
va por buen cam ino con la oración y acción puri-
ficadora.
Em pleará la oración de quietud o C ontem pla­
ción. La Santa la llam a Em briaguez Espiritual,
que es com o un exceso de gozo espiritual, que la
vuelve com o em briagada de Dios.
Es un sentim iento íntim o de la presencia de
Dios en el alm a, que cautiva totalm ente nuestra
voluntad, aunque no el entendim iento y la m e­
moria.
Es el encuentro con Cristo. Él dirige mis p a­
sos.
Cuarto escalón. En este escalón se despierta
en el alm a una confianza ilim itada en conseguir
la santidad.
En sus com bates podem os ver que lucha in ­
tensam ente, pero con confianza, porque sabe
bien que, «Todo se pasa» y «Con paciencia todo
lo alcanza». Dios le ayuda.

109
La O ración es de C O N T E M PL A C IO N PER ­
FECTA . El alm a entra de lleno en la Vida M ísti­
ca. Practica la U N IO N EX TA T IC A , que Ella
llam a arrobam iento o arrobo, donde va perdien­
do poco a poco el uso de los sentidos. Extasis. A
veces este fenóm eno m ístico es m uy rápido y en ­
tonces se llama «R apto» y es com o si el alm a sa­
liera del cuerpo.
Quinto escalón. Se recrudece el C O M BA TE
ESPIRITU A L, el alm a reconoce su falta total de
m éritos, y que todo lo que haga de bueno es de
Dios.
M edita m uchas veces el caso de San Pedro, el
A póstol que de verdad am aba a su M aestro, espe­
jo vivo donde ha de m irarse el sacerdote; pero
dejó la oración, se durm ió en el H uerto, confian­
do en sí desm edidam ente, con presunción m ani­
fiesta y m etido en la ocasión cae estrepitosam en­
te.
Pero am aba a su M aestro y eso le salvó. iCon
qué valentía se levantó, lloró y siguió a Jesús!
Nosotros para no vem os en situaciones pare­
cidas, iCómo hem os de reconocer nuestra absolu­
ta debilidad y que todo lo bueno que tengam os es
de Dios! Sin em bargo el alm a vuelta a Dios, pue­
de seguir su ascensión mística con prom esas de
fidelidad al A m ado, hasta el D esposorio Místico.
Así vence la presunción que puede estar escondi­
da en el alm a.
Se purifica con la N O CH E PASIVA DEL ES-

110
PIRITU ; PUES N ECESITA PASAR POR ella
para quedar lim pia hasta de las últim as raíces del
pecado.
Sexto escalón. Este grado está m arcado por la
confianza.
La Santa va entregándose totalm ente a su Se­
ñor y confiada enteram ente a su poder. Pide a
Dios que Él sea su santidad y su paz.
Sin em bargo no olvida la vigilancia y la perse­
verancia en la lucha, el C O M B A TE ESPIRI­
TU A L, ya que el enem igo no duerm e y el alm a
está siem pre som etida a la prueba.
La victoria en esta lucha traerá com o conse­
cuencia la Alegría y la Paz, «G audium cum
pace», que en sentido inverso pedim os cada día.
Para conseguir la paz y la alegría hay que p a­
sar necesariam ente por todos estos grados: con­
versión, penitencia, gracia y el auxilio del Espíri­
tu Santo.
El fenóm eno místico en este grado es la
U N IO N E X TA TIC A o D esposorio Místico, que
es la donación total de toda la persona: alm a y
cuerpo, sentidos y potencias.
Séptimo escalón. Conseguida la paz, el alm a
ha llegado a la cum bre donde sólo reina el Amor.
A los D esposorios M ísticos con el A m ado, estado
que nos recuerda aquel diálogo encendido de Je­
sús con su alma: «Yo soy Jesús de Teresa - a lo
que ella responde: y Yo Teresa de Jesús» y con
ese nom bre quedaría para siempre.

111
C uando se ha llegado a este estado, como la
Santa, Cristo me elevará en sus brazos, me cubri­
rá con su santidad divina.
El alm a identificada con Cristo, bien puede
decir con San Pablo: «No soy yo el que vive es
C risto quien vive en mí».
En toda esta Escala M ística el alm a de Teresa
practicará la más elevada oración, com o la Q uie­
tud, la U nión extática, el D esposorio M ístico y la
U nión Transform ante. O ración que irá siem pre
acom pañada de una Purificación fortísima, com o
la N oche O scura, pero a la vez de consuelos espi­
rituales de verdadero cielo anticipado.
Sólo sufrirá, com o verdadera alm a enam ora­
da, por si alguna vez no pudiera am ar a su Dios.
A cambio de ese Amor, manifestado con obras, el
Buen Dios m ultiplicará sus finezas, los fenóm e­
nos místicos como: la em briaguez espiritual, el
arrobam iento, los raptos, las elevaciones, las bilo-
caciones, las trasververaciones, las saetas de fue­
go, los cam bios de anillos, etc., fenóm enos singu­
larísimos, pero en ella m uy repetidos por la m ise­
ricordia del Señor.
En este ejercicio de la perfección, las V IR T U ­
DES CR ISTIA N A S serán su alim ento diario, p ri­
m ero las infusas, sobre todo la Caridad, tan pro­
pia de los que andan po r estos cam inos, esos que
la Santa llam a «Siervos del Am or», dando a en ­
tender lo que en otra ocasión dice que «O rar es
Am ar», y que orar es un servicio a Dios.

112
Practica tam bién las virtudes M orales todas, y
de m odo especial la FO R TA LEZA , que le dará
la perseverancia en la oración a pesar de seque­
dades y turbaciones.
En su libro LAS M O RA D A S alienta a sus
m onjas para que perseveren en la oración y les
dice: «No os desconsoléis, aunque no respondáis
luego al Señor, que bien sabe Su M ajestad aguar­
dar m uchos días y años, cuando ve perseverancia
y buena voluntad».
Así con el ejercicio de todas estas virtudes, su­
pera las pruebas de la N O C H E O SC U R A tan tre ­
m enda, donde el alm a se siente com o aban d o n a­
da de Dios y llam ada al infierno.
Todo esto lo superará con su am or intenso al
Buen Dios y tam bién con el conocim iento y per­
fecto dom inio que tiene de todos los grados de
oración.
Com o experta M aestra que es, este conoci­
m iento le previene de cualquier posible engaño
del enemigo, en cam po tan propicio a ello.
O tra virtud que la Santa practicó siem pre es
el A B A N D O N O EN LAS M AN O S DE DIOS, la
Santa Indiferencia.
Con ella controla todos sus afectos y deseos
poniéndolos en m anos del Buen Dios.

En su herm oso him no sobre El A bandono en


las m anos de Dios hay versos m aravillosos carga­
dos de esa esperanza:

113
Veisme aquí, mi dulce A m or
A m or dulce veisme aquí
¿Qué m andáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón.

D adm e m uerte, dadm e vida


dad salud o enferm edad,
honra o deshonra me dad
dadm e guerra o paz cum plida
flaqueza o fuerza a mi vida
pues por vuestra me ofrecí
¿Qué queréis hacer de mí?

Si queréis, dadm e oración


si no, dadm e sequedad,
si abundancia y devoción,
y si no esterilidad,
Soberana M ajestad,
sólo hallo paz aquí.
¿Qué m andáis hacer de mí?

D adm e riqueza o pobreza


dad consuelo o desconsuelo
dadm e alegría o tristeza
dadm e infierno o dadm e cielo,
vida dulce, sol sin velo,
pues del todo me rendí
¿Qué m andáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando

114
Q uiero por A m or holgar
Si me m andáis trabajar
m orir quiero trabajando.

H erm oso acicate para nuestra inconstancia y


volubilidad estos versos de la Santa.
H ablando de las Purificaciones la Santa dice:
«Bien vale la pena sufrir aquí un poco más y
m erecer allí m ayor recom pensa, porque si para
algo vale esta vida tan breve, es para ganar con
ella la eterna. A m ayor C ruz m ayor gloria».
A bundando en la doctrina de San Juan de la
C ruz, sobre la relación íntim a que existe entre
oración, fenóm enos místicos, purificaciones y vir­
tudes; la Santa nos dice: «Todos los fenómenos
M ísticos no son sino m anifestaciones de la VIDA
DE O RA CIO N ».
O ración que va acom pañada con los Dones
del Espíritu Santo, que com o regalos que son de
Dios, producen en el alm a veradera floración de
virtudes, que la em bellecen, la santifican y la h a­
cen más grata a Dios».
Vamos a ponernos nosotros bajo su M agiste­
rio espiritual, a seguir sus pasos, en la seguridad
de acertar y conseguir m ucho provecho espiritual
para el alma.
ESCALA DE PERFECCION EN SANTA
TERESITA DEL N IÑ O JE SU S

Com o en todas las Escalas de Perfección, d o n ­


de Ella bebió su doctrina, la Santa hace una sepa­
ración m arcada entre purificaciones activas y p a­
sivas.
E nam orada del A m or de Dios, lo pone en el
centro de su vida, y se vale de él para que le sirva
de apoyo en cada grado de su escala. En la pri­
m era fase, la Santa señala cuatro grados: T em or
de Dios, Conversión, Esperanza y G ratitud, todos
fundados en el A m or de Dios.
En las purificaciones pasivas, tam bién busca
apoyarse en el valor infinito del A m or de Dios y
en la serie de cualidades divinas, que la Santa
descubre en cada una de sus facetas. Así nos ha­
bla del am or laborioso que corresponde a las
pruebas exteriores y desolación en San Juan de la
Cruz; del am or generoso y desinteresado, que son
parecidos a las pruebas interiores y aridez espiri­
tual, purificación quinta del Santo.
Después em prende un vuelo raudo a las altu ­
ras místicas con su A m or delicado, con poesías
de cielo, y term ina con el A m or exclusivo, donde
aparece la enferm edad, el sufrim iento conocido

116
sólo de Dios, que corresponde a la sexta purifica­
ción de San Juan.
T erm ina con la perfección del Amor, que la
Santa pone en su virtud característica, el Espíritu
de Infancia, y su consagración com o Víctima.
En esquem a, ésta es la Escala de Perfección de
la Santa, veam os si podem os desarrollarla un po­
quito.
En las purificaciones activas, prim eros escalo­
nes en la subida a la perfección, la Santa, aunque
coincide con su M aestro San Juan de la Cruz, no
se detiene en explicaciones exhaustivas, pero ahí
explica su tem a invariable: «El A m or de Dios es
la base de toda santidad». La Santa no com ienza
su escala con la conversión, com o hacen los de­
más, sino con el Santo Temor de D ios, y parece
lógico, porque quien no tiene T em or de Dios no
llegará nunca a convertirse.
El T em or de que habla la Santa no es el m ie­
do al látigo del negrero, ni tan siquiera al tem or
al castigo divino, aunque éste está incluido en el
tem or de Dios, principio de la sabiduría. Tem or
Santo que hay que fom entar porque es el recono­
cim iento explícito de la justicia divina, atributo
fundam ental del ser de Dios. Con todo, es un te­
m or susceptible de perfección. La Santa habla del
temor a perderle, que es un tem or santo, fundado
en el am or de Dios. Nos dice el libro sagrado:
«Los que de Ti se alejan perecerán».
Segundo grado: la Conversión. Consecuencia

117
del Tem or, es la Conversión. Es el doble m ovi­
m iento, típico de la ascesis, de adversión a las
criaturas, que me separan de Dios, que procede
del tem or a perderle; y mi vuelta al Creador, ori­
gen de todo bien. Y todo esto bañado en sacrifi­
cio, en penitencia. Si el alm a desea volver a Dios
y poseerle, no tiene otro cam ino que el trazado
por el mism o Jesús: la Cruz, la Penitencia, el ser­
vicio generoso, el sacrificio: «El que quiera venir
en pos de Mí, tom e su cruz de cada día y síga­
me». (Mt. XVI, 24).
El tercer grado en esta purificación activa se
llam a Esperanza, es decir, el deseo fundado en el
am or, de poseer a Dios, el prem io que esperan
aquellos que le sirven y que desean con toda el
alm a.
El cuarto grado de la Escala de la Santa se lla­
m a Gratitud a Dios po r los beneficios recibidos.
Es el com plem ento de la anterior purificación. Le
hem os de agradecer especialm ente su Pasión y su
Cruz, donde Jesús vuelca todo su am or sobre sus
redimidos. Por eso decía San Feo. de Sales: «El
Calvario es la verdaera escuela de los am antes».
Term ina la Santa estos cuatro escalones de
purificaciones activas hablándonos inm ediata­
m ente del A m or puro, de la caridad, del am or a
Jesús porque es todo am able. Q ue aspirem os,
dice a este A m or de preferencia, dándonos a en ­
tender que el alm a entra ya de lleno en las purifi­
caciones pasivas.

118
Purificaciones pasivas. Com o el am or de Dios
es el resum en y com pendio de toda nuestra as­
censión espiritual y, en frfrase de la Santa, «la vo­
cación del alm a Santa», vam os a estudiar la p ri­
m era de las purificaciones pasivas que Ella define
com o un A M O R LABORIOSO. Más adelante lo
llam ará tam bién am or generoso, delicado, desin­
teresado, etc.; pero siem pre A m or, porque el
am or de Dios, com o Ella dice, es la base y la cús­
pide de la santidad.
Leyendo su autobiografía se encuentra una
página que explica este pensam iento: «Leía en las
Cartas de San Pablo que en el C uerpo M ístico de
la Iglesia todos no pueden ser al m ism o tiem po
Apóstoles, Profetas o Doctores. Y com o en el
cuerpo físico, el pie, la m ano o el ojo, cada uno
tiene su función, así tam bién en el C uerpo de la
Iglesia, cada uno cum ple sus funciones, su conte­
nido. Yo quisiera ser todos esos m iem bros, ab ar­
carlos todos, cosa realm ente imposible. Por eso
seguí leyendo y encontré esta frase: «A m bicionad
los carism as mejores», pero señala el Apóstol:
esos carism as mejores sin la caridad nada valen, y
sigue: «la caridad es el más sublim e cam ino que
lleva con seguridad a Dios».
El corazón es el que mueve con su fuerza los
dem ás m iem bros, y la caridad la que vivifica to ­
dos los apostolados. Por eso concluye la Santa:
«En el corazón de la Iglesia yo seré el am or».
Efectivamente consigue su objetivo poniendo

119
la caridad en todas las purificaciones pasivas, en
toda su ascensión mística.
Subam os a la cum bre. El Señor nos lo dice:
«D am e, hijo mío, tu corazón para Mí». Con Él,
no nos m overá a obrar ni el tem or ni la esperan­
za, sólo la caridad. Ni aún llevaremos cuenta de
los actos de virtud puesto que todo lo harem os
por su impulso.
El Señor no nos pedirá acciones grandes, sino
únicam ente confianza y agradecim iento, es decir,
Am or. El lo resume todo. Veamos, pues, algunas
de sus cualidades.
El am or, com o hem os indicado en la prim era
purificación, es Laborioso. Dios que es Caridad,
es la m ism a actividad. N uestro am or a sem ejanza
del divino, ha de ser laborioso. El prem io está re­
servado para los que luchan. «T rabaT rabaja
com o buen soldado de Cristo», decía San Pablo a
su discípulo Tim oteo. Cum ple con tu deber hasta
el fin: Lucharé sin descanso, por tu am or contra
mis enemigos interiores y exteriores.
El A m or se prueba con las obras. Las inspira­
ciones más sublim es son nada sin ellas. A cepta el
sacrificio, sublim ízalo por el am or. Haz, Señor,
que reciba con gusto esa acción purificadora, que
Tú has de enviarme: tentaciones, sequedades...
para que mi alm a se desprenda totalm ente de las
criaturas y aún de sí m ism a y se dé totalm ente a
Ti.
Esta desolación exterior, estas pruebas, com o
las describe la Santa, tentaciones, sequedades...
son idénticas a las que nos presenta San Juan de
la Cruz, y su fin es, que el alm a se desprenda de
las criaturas y de sí m ism a y se dé totalm ente al
Señor. ¿Que todo esto supone sacrificio y trabajo?
Cierto, pero ese es el objeto del am or laborioso, ir
dando m uerte, apartando de mí a lo que se o p o n ­
ga a la unión con mi Dios.
La segunda prueba de la purificación pasiva la
llam a la Santa A M O R G EN ERO SO . A este esta­
do de ánim o no le afecta ni la aridez sensible, ni
la sequedad en la oración, ni la ausencia de con­
suelos. El am or generoso no conoce m edidas, se
desborda por todas partes com o el agua hirviente.
Tú, oh Señor, pruebas a tus escogidos, «das a
tus amigos cruces», com o decía la Santa M adre
Teresa, pero las aceptam os y las bendecim os
com o prueba inequívoca de tu am istad. Si am or
con am or se paga, lo único que merece llamarse
am or en el Señor, es la entera inm olación de mí
mism o a im itación de Cristo.
No tem o padecer por Vos, decía la Santa, sólo
tem o conservar mi voluntad, que puede desviar­
me, tom adla Vos, puesto que escojo lo que Vos
queráis. Por ahora preferiré a todos los éxtasis, la
m onotonía, del sacrificio oculto. Haz m uchos sa-

121
orificios ocultos, pequeños: vence una antipatía
natural, no te excuses cuando te reprendan injus­
tam ente, todo ello es agradable al Señor. Él no
me pide acciones sublim es, los grandes santos sí
las obraron, pero yo, alm a pequeñita, dice la
Santa, procuraré obrar sólo para regocijar y dar
gusto al Señor.
En la tercera prueba de purificación pone la
Santa el A M O R D ESIN TER ESA D O . Dice:
A m arem os desinteresadam ente siem pre que no
esperem os del A m ado otra cosa que a Él mismo.
Amo al Señor, no a mí misma. Si el Señor es ser­
vido en quitarnos las consolaciones interiores, dé­
mosle gracias por ello; porque debem os buscar al
Dios de los dones, no a los dones de Dios.
Com o nos dice la M adre Teresa de Jesús en la
mism a prueba, «a lo que renuncio son a los rega­
los, porque quiero servirte más por tu am or que
por la recom pensa».
Q uiero ahondar tanto en esa generosidad, de­
cía un sacerdote santo, que deseo pasar totalm en­
te oculto en mi labor, para que sólo Jesús se luz­
ca». Ese es el desinterés, la generosidad del alm a
santa, que sin pedirlo le produce una alegría ine­
fable.
Pero ese desinterés no excluye el Cielo, o sea,
la posesión de Dios, objetivo final de toda ascesis,
y de toda purificación mística. El mism o autor de
C am ino en el núm ero 668 y siguientes lo expresa
así: «H azlo todo con desinterés, por puro am or,

122
com o si no hubiera prem io ni castigo. Pero fo­
m enta en tu corazón la gloriosa esperanza del
cielo. Está bien que sirvas a Dios com o un hijo,
sin paga, generosam ente. Pero no te preocupes si
alguna vez piensas en el prem io. Jesús da aquí
cien veces más de lo que renuncias y después la
vida eterna. ¡A ver si encuentras en la tierra
quien pague con tanta generosidad!».
C uarta prueba: A M O R D ELICA D O. En este
grupo la Santa va descubriendo la finura y delica­
deza de su alm a. Ante ella el alm a se congratula
con el C reador de todo bien y con la herm osa y
fecunda tierra que ha producido tan linda y deli­
cada flor de santidad.
A unque bien podem os pensar que más her­
mosa podía ser la tierra que dio a luz esa pléyade
de santos, esa escuela de santidad, que ilum inó y
santificó tantas almas.
Es la C om unión de Santos que se ayudan para
santificarse, para contentar a Jesús con delicade­
za sum a, ocultando sus pesares y sirviendo a Dios
con alegría radiante. ¡Cómo contrasta la actitud
de la Santa con la de aquellos deportados de Is­
rael que el Profeta recrimina! «Cubrís de lágrimas
el altar del Señor, de lloros y gemidos, tanto que
ya no recibe una oblación agradable. Lo que de­
sea el Señor es que en todas las ofrendas brille la
alegría en vuestro rostro».
Disipem os la pena de Jesús, dice la Santa, se­
quem os las lágrimas que le hacen d erram ar los

123
pecadores, convirtiéndose a todos para que sea
am ado.
Aceptem os am orosam ente el sacrificio. Si he­
mos de dar gusto al Señor, debem os esforzarnos
en sonreír siem pre al dolor y al sacrificio.
La Santa lo entendió m aravillosam ente y ex­
presó su am or a Jesús con m ayor alegría cuanto
más parece Jesús olvidarla. Así canta:

«Y si me desam paras
Tesoro y vida mía
Sonreiré todavía».
«Mi cielo es sonreír al Dios que reverencio
C uando quiere ocultarse para probar mi fe.
Mi cielo es sonreír esperando en silencio
Q ue me m ire otra vez».

(MI CIELO)

Si nos visita la enferm edad y no sabemos si


viene ya por nosotros, o le place todavía el dejar­
nos, debemos, com o hacía la Santa, no sólo son-
reírle, sino hacerle mil fiestas y extrem os de ter­
nura, porque estam os seguros de que lo que Él
hace siem pre es lo m ejor, y ilo hace con tan ex­
trem ado cariño!
Por delicadeza am orosa, no debem os quejar­
nos de ninguna incom odidad de la vida: frío, ca­
lor, enferm edad; Él las m anda, y ¡nos quiere ta n ­
to! ¡Cuándo aprenderé a ocultarle mis penas y su­

124
frir sonriendo! ¡A que me guste de veras todo lo
que El me dé!
Com o vemos la Santa está practicando la sex­
ta Purificación de San Juan de la Cruz; pero d án ­
dole ese toque fem enino de exquisita delicadeza.
Q uinta prueba: A M O R EXCLUSIVO. En
esta purificación la Santa sigue practicando la
sexta purificación pasiva de San Juan de la Cruz.
El dolor, el am or, toda actividad hum ana puesta
exclusivam ente en las m anos de Dios. El sufri­
m iento y la enferm edad, el am or hum ano, perfec­
tam ente controlado y no repartido a voleo, sien­
do tan pequeño nuestro corazón, en una palabra,
el vencim iento total dirigido a Dios y conocido
sólo por Dios, porque com o dice Santa Teresa:
«Sólo Dios basta».
La Santa lo explica así: «El A m or es fuerte
com o la m uerte y celoso com o el infierno, por
eso no debo am ar sino sólo a Jesús».
La sed de felicidad no se satisface en eí am or
terreno, sino en la fuente del sufrim iento conoci­
do de sólo Jesús. Cuando sientas sed de belleza,
cuando necesites am ar m ucho, eleva la vista al
cielo, piensa en Dios y rinde ante su belleza sobe­
rana tu corazón, todo él». Di al Señor, con la
Santa, «C onvertirm e en am argura todo gozo que
no venga de Vos».
A veces quizá tengamos que hacer sangrar el
corazón, pero ¿qué le reservamos a Jesús, si sien­
do tan pequeño, lo repartim os entre las criaturas?

125
¡Oh Jesús, a Vos sólo os busque y a Vos sólo
os encuentre; sean nada para mí las criaturas y yo
nada sea para ellas! En otro lugar com para nues­
tro corazón con las flores: «Las florecillas de la
m ontaña son más dichosas que las de los ja rd i­
nes, porque no brillan para las criaturas, sino
sólo para el Creador».
¡Trabajar por Él sólo! ¡Qué alegría se goza y
qué ligera se siente el alma! Jesús sólo y nada más
que Él, porque «Sólo Dios basta».
Con estas facetas y cualidades del A m or que
hemos contem plado, nos ha explicado la Santa
las cualidades herm osas del A m or de Dios. ¿Nos
han subyugado de tal m odo que nuestros pensa­
m ientos, afectos y obras estén dom inados por la
caridad? El A m or realiza grandes cosas. A m ando
a Dios nos hacem os en cierto m odo dioses. Todo
lo puedo en Aquél que me conforta, diré con San
Pablo; o con San Agustín: «A m a y haz lo que
quieras».
FILIACION DIVINA.
INFANCIA ESPIRITUAL

Para la Santa aún no ha term inado su subida


a la perfección. Ella resum e este últim o grado
con esta frase: «El am or llega a su perfección en
el espíritu de infancia». Y lo explica así: «Dios
N uestro Señor resiste a los soberbios y a los h u ­
mildes da su gracia». Por eso cuanto más hum il­
des nos hagam os en su presencia, más agraciados,
más cerca estarem os de El, más altos en la Escala
de la Perfección. La entrega total es la cum bre del
A m or, y la más alta cúspide de esta cum bre es el
espíritu de infancia.
¿D ónde se apoya esta afirm ación? Veamos.
Jesús tiene sobre el tem a una frase term inante:
«Si no os hacéis com o niños no entraréis en el
Reino de los cielos». Jesús pone com o condición
precisa para alcanzar en la vida eterna los más al­
tos puestos de la G loria, el Espíritu de Infancia.
San M ateo nos refiere sobre el tem a una escena
deliciosa: «Se acercaron en cierta ocasión los dis­
cípulos a Jesús y le dijeron: ¿Quién piensas que
es el m ayor en el reino de los cielos? Y Jesús lla­
m ando a un niño, lo colocó en m edio de ellos y
habiéndolo abrazado les dijo: En verdad, en ver­

127
dad os digo, si no os convertís y hacéis com o los
niños, no entraréis en el Reino de los cielos.
Q uien no haya recibido el reino de Dios com o un
niño, no entrará en él. De ellos y de los que se le
parecen es el Reino de los Cielos» (Mt. 18,3).
La doctrina de Jesús en este punto no puede
ser más clara y term inante.
¿Cóm o hacerla nuestra y conseguir los tesoros
que encierra? Deseamos llegar a la cum bre de la
santidad, pero ¿cómo realizarlo? ¿Nos hemos de
soportar tal com o somos, con tantas im perfeccio­
nes, sin hacer nada por encontrar un cam inito
corto y recto para ir al cielo? El ascensor, dice la
Santa, reem plaza ventajosam ente a la escalera
para subir; ¿no habrá tam bién un ascensor para
subir la ruda escala de la perfección?
Oigamos la Sabiduría eterna: «Si alguien es
pequeñito que venga a Mí. Com o una M adre aca­
ricia a su hijo, te consolaré, te recostaré en mi
seno y te meceré en mi regazo». ¿Pueden darse
palabras más dulces y m elodiosas que éstas?
La Santa, enajenada de am or exclama: «V ues­
tros brazos, oh Jesús, son el ascensor que ha de
elevarm e hasta el cielo. En ellos me arrojo con
entera confianza».
¡Qué intim idad tan sorprendente produce ese
am or humilde! Seréis, dice Isaías, am am antados,
criados a los pechos y acariciados sobre las rodi­
llas com o niños pequeños».
Así corresponde el Señor, con esa fam iliari­

128
dad que adm ira y sobrecoge, com o dice el au to r
de la Im itación. Pero para gozar de este privilegio
¡cuánta sencillez se requiere! Para poder ser lleva­
dos en brazos no podem os crecernos, sino al con­
trario, achicam os cada vez más. H acem os tan
pequeños e insignifcantes com o una gota de ro­
cío. Hay que hum illarse y reconocer la propia
nada. A que Él crezca y yo mengüe, com o decía
el Bautista. Fruto inm ediato de esa hum ildad es
un apostolado exhuberante. El alm a pequeña,
pero llena de Dios a rebosar, trabaja con todo
em peño, sin descanso, para darlo a conocer y
am ar a todas las almas. Ese es el espíritu m isio­
nero. Esa caridad que rebosa por todos los poros,
es la que nos urge para dar a conocer al Amado.
Este es el espíritu m isionero que la Iglesia nos
infunde y que tenía de m odo em inente nuestra
Santa. Por eso sin salir del C laustro, es nom brada
por la Iglesia «Patraña universal de las m isio­
nes». ¡Cuántos tesoros encierra este espíritu de
infancia!
LA CA N O N IZA C IO N . C uando el Santo Pa­
dre Pío XI elevó a los altares a la pequeña Tere-
sita, lo que más exaltó en ella fue precisam ente
su «Espíritu de Infancia» y nos presentaba la
imagen de su alm a, que sube a lo más alto de la
santidad, por sentirse pequeña ante el Señor;
com o M aría, la M adre de Dios, que canta enaje­
nada de gozo: «El Señor ha m irado la pequeñez
de su esclava, por eso hará en mí cosas grandes y

129
todas las generaciones me llam arán bienaventu­
rada».
Com o M aría, la Santa quiere ser siem pre pe­
queña, siem pre niña. Recordad el encuentro de
Jesús con su M adre en religión, Teresa: Jesús se
presenta com o «Jesús de Teresa», y ella le res­
ponde: «y Yo Teresa de Jesús»; pero nuestra San­
ta no se atreve a eso, a pesar de la audacia de su
alm a pequeña, sigue usando el dim inutivo en su
nom bre «Teresita» y por sobrenom bre «Teresita,
del N iño Jesús».
Por su predilección con los niños, Jesús, al ve­
nir al m undo, quiso aparecer com o un niño pe-
queñito para ganar nuestro corazón con los en­
cantos de la infancia y eso lo consigue plenam en­
te con Teresita, que quiere expresar con su no m ­
bre escogido, su espíritu de Infancia, la pequeñez
y hum ildad de su alm a.

La Infancia Espiritual se apoya en nuestra fi­


liación divina. C uanto m ejor vivamos esa filia­
ción y más nos sintam os hijos de Dios, m ejor vi­
viremos el espíritu de infancia, ese depender en
un todo del Padre Dios, com o el pequeñín se
siente seguro en el regazo de su madre.
La Palabra de Dios me invita a esa confianza:
«Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos
de Dios, por eso nos atrevem os a decir: Padre
Nuestro...».
San Pablo explica este espíritu filial diciendo:

130
«H abéis recibido no un espíritu de esclavitud,
sino de hijos adoptivos, que nos hace gritar:
¡Abba! ¡Padre mío! Ese espíritu y nuestro espíritu
dan un testim onio acorde: que som os hijos de
Dios. Los que se rigen por el Espíritu de Dios son
hijos de Dios». Q uién no querrá, Dios mío, ser
vuestro hijo y tener derecho a deciros con toda
confianza y ternura: ¡Abba Pater, Padre mío!
San Juan es más explícito aún: «Qué am or tan
grande nos tiene el Padre, que quiere nos llam e­
mos hijos de Dios, y lo seamos en efecto». Este
am or de N uestro Padre Dios, produce en noso­
tros la seguridad que el niño siente en los brazos
de su padre. N uestra pequeñez ante Dios, bien
sentida, nos produce los sentim ientos propios de
la Infancia espiritual: Todo me viene de Dios,
todo lo espero de Dios y todo lo debo a Dios. Si
m edito estas verdades aparecerá espontáneo el
«Sólo Dios basta» de Santa Teresa.
Santa Teresita lo expresaba así: «Creo que
Dios me am a, que tiene poder infinito, por tanto
me siento en sus brazos com o un niño en los b ra­
zos de su m adre y oigo en mi corazón que me
dice: «A ntes se olvidará la m adre del hijo de sus
entrañas, que yo me olvide de ti». Esto me p ro ­
duce la seguridad de Dios, la confianza que me
em puja a la piedad, al trato filial con Dios y al
apostolado, servicio a Dios en las almas.
A este Espíritu de Infancia, se contrapone la
adultez presuntuosa, la autosuficiencia petulante

131
que intenta prescindir de Dios en todo, ocasio­
nando un verdadero caos en nuestra vida. No
acudim os al auxilio divino y com o nuestras fuer­
zas son m uy lim itadas, nuestro quehacer queda
muy m enguado y todo se hunde con estrépito.
A cudam os pues com o niños pequeños y sinceros,
necesitados de todo, al T rono de Dios y todo
m archará de m aravilla.
Pero volvamos a la doctrina de la Santa. Para
ella el Espíritu de Infancia es un tesoro que no
sólo agrada a Dios sino que es provechosísim o a
nuestra alm a. El proporciona La santa audacia
del alm a pequeña. Los grandes santos ganaron el
cielo con sus obras, nosotros podem os ganarlo
con santa sagacidad, con verdadera astucia de
am or, ya que nos anim a el Espíritu Santo dicien­
do: «Que vengan los pequeñuclos y aprendan de
Mi sagacidad» (Prov. 1,4). Si nos querem os hacer
hom bres, pretendiendo sernos suficientes, pudie­
ra decirnos el Señor: «Eres m ayor, bástate a ti
mismo».
M ejor es sentim os incapaces, pequeñitos,
para que puestos en sus m anos, todo lo haga Él.
Esa es la sagacidad y santa audacia del alm a pe­
queña. Tom a a Jesús por el corazón. ¿Véis al pe-
queñín que acaba de enojar a su madre? Si se va a
un rincón m ohíno, o gritando por tem or al casti­
go, ciertam ente que su m adre no le perdonará la
falta; pero si tendiéndole los bracitos le da un
beso y le dice: no lo volveré a hacer; aunque esté

132
cierta que pronto volverá a las andadas, ¿dejará
de estrecharlo contra su corazón y colm arlo de
besos?
N uestro Dios es más bondadoso que la más
tierna de las madres. Tom ém oslo por el corazón
y siem pre seremos bien recibidos. Con todo, ser
pequeños no es no hacer nada, ni sentirse incapaz
para la virtud; sino en no atribuirse a sí mism o
las virtudes que pratica, reconociendo que es el
Señor quien pone ese tesoro en m anos de su hiji-
to, para que use de él cuando lo necesite.
Penetrando el alm a en estos sentim ientos,
puede perm anecer pequeña aún en los cargos
m ás honoríficos y hasta en la últim a vejez puede
conservar el candor y la ingenuidad infantil. G us­
tem os y veam os cuán suave es el señor. Démosle
el corazón y m erecerem os la corona que Él tiene
preparada para fpara los que le am an. H agám o­
nos niños, que en esa infancia espiritual, nos dice
Benedicto XV, está el secreto de la santidad.
O tro fruto de esta virtud de sentim os siem pre
niños es alcanzar la benignidad divina para con
nuestras flaquezas. Si Jesús es nuestro Padre y
nuestro Amigo, ¿cómo tenerle miedo? Él conoce
nuestra fragilidad, tiene en cuenta nuestra flaque­
za y nos am a entrañablem ente; si echam os con
entera y filial confianza nuestras faltas en la ho­
guera de su am or, ¿cómo no han de quedar del
todo consum idas? Si el padre no exige de su niño
más de lo que puede dar y soporta sus defectos.

133
m ucho más T ú, Padre indulgentísim o, que cono­
ces nuestra pequenez y flaqueza.
S.S. Pío XI en la canonización de Santa Tere-
sita, com entando la frase de la Santa: «Dios es
benigno con las flaquezas del alm a pequeña», de­
cía: Es verdad que Dios es m isericordioso con los
que se hacen niños, porque ¿quién puede enfa­
darse con un niño?
Por eso N U ESTR A S FA LTA S PEQ U EÑ A S
NO NOS Q U IT A N LA A M ISTA D DE DIOS.
N uestro am able Salvador olvida pronto nuestras
infidelidades, y sólo tiene presente nuestro deseo
de perfección. Sigamos con toda confianza ese
im pulso de arrojam os en sus brazos. Las travesu­
ras del alm a pequeña no ofenden al Señor. Ved
sino a los pequeñines: siem pre están cayéndose,
rom piendo y rasgando cosas: ¿dejan por eso de
am ar de veras a sus padres y de ser am ados de
ellos? Los niños caen m uchas veces, pero son de­
m asiado pequeños para hacerse m ucho daño. Si
soy de verdad pequeño y reconozco mi propia
nada, tam poco me harán m ucho mal esas caídas.
Se pregunta la Santa si con esas faltas peque­
ñas puede acercarse a com ulgar, si esas com unio­
nes serán m enos gratas al Señor. Y es la mism a
Santa la que nos contesta: «A la hora de com ul­
gar se me representa mi alm a com o una criaturita
de tres o cuatro años, que a fuerza de jugar trae
los vestidos sucios y descom puestos. Estas desgra­
cias me han acontecido batallando con las almas.

134
Mas de pronto acude solícita la Virgen, me quita
el delantalillo sucio, arregla mis cabellos y los
adorna con una herm osa cinta o una florecilla...
esto basta para dejarm e agraciada y que pueda
sentarm e sin rubor a la mesa de los ángeles».
Con ese encanto tan lim pio y atrayente nos
presenta la Santa su alm a de niña pequeña, tan
am able a los ojos del Señor, y a la vez tan im ita­
ble para todos los que quieran seguir esos cam i­
nos de santidad.
DISCRECION DE ESPIRITU

Así com o los autores clásicos en tem as espiri­


tuales nos hablan de la discreción necesaria para
conocer las alm as y no caer en engaño, la Santa,
en estos últim os grados de su Escala espiritual
nos orienta para saber distinguir los diversos esta­
dos del alm a, y no caer en error o que el alm a
pueda perder la paz por creer que va fuera de ca­
mino. Después de escalar tan altos grados de p u ­
rificación, aplicando a su alm a las cualidades del
Amor: Laborioso, G eneroso, D esinteresado, D e­
licado, etc., sigue a su gran M aestro San Juan de
la Cruz en el estudio de las purificaciones pasi­
vas: desolación exterior, aridez sensible y espiri­
tual, enferm edad, etc. Es precisam ente en estas
purificaciones cuando hace la discreción de espí­
ritu para aceptar lo bueno y rechazar lo m alo que
pudiera ad h e rírse le s para distinguir en efectos si­
milares lo que procede de raíz buena o de raíz
mala. Por ejemplo, cóm o distinguir la aridez sen­
sible de la tibieza; o la devoción accidental de la
sustancial, etc. Veamos algo de lo que nos dicen
los santos sobre el tem a, porque tam bién a noso­
tros puede servirnos de provecho.
La CO N SO LA CIO N ESPIR ITU A L es esa

136
moción interior que Dios da al alm a, para que se
inflame en am or a su C reador, com o dice San Ig­
nacio. Esta consolación puede tener varias cau ­
sas, pero si el efecto pretendido se consigue,
siem pre es buena.
No ocurre igual con su contraria, la D ESO ­
LACION ESPIRITU A L, cuyos efectos son: oscu­
ridad del alm a, inquietud, tibieza, turbación...: en
este estado hay que revestirse de calm a y esperar
la ayuda de Dios. A quello que decían los clási­
cos: «En tiem pos de turbación no tom es resolu­
ción». Esperem os contra toda esperanza, porque
no hay nada que haga crecer tanto el am or en un
alm a, com o la cruz. Despeguemos el corazón de
todo y hallarem os a Dios.
No pretendas estar siem pre justificándote, si
alguien te descalifica. Calla. Porque com o dice
«Cam ino»: de callar no te arrepentirás nunca, de
hablar m uchas veces.
ARIDEZ SENSIBLE.
SU DIFERENCIA DE LA TIBIEZA

La aridez sensible o sequedad se diferencia


notablem ente de la tibieza, aunque los efectos
sean parecidos en una y otra y puedan inducir a
error.
En am bas desaparece la devoción sensible,
pero en la tibieza se pierde por culpa nuestra, por
flojear, por desgana y poco gusto para las cosas
del divino servicio; en cam bio en la aridez espiri­
tual, com o se va por cam inos de perfección, muy
lejos de la tibieza, ese gusto desaparece por per­
misión divina, para que busquem os derecham en­
te a Dios y no a sus dones. En estas circunstan­
cias, que no cunda el desaliento, creyendo que
vam os fuera de cam ino. A bandoném onos a su
djjlce providencia ya que Él tiene cuidado de n o ­
sotros y no nos probará más de lo que podemos.
DEVOCION ACCIDENTAL Y
DEVOCION SUSTANCIAL

Para nuestro gobierno espiritual, ha de tener­


se muy en cuenta la diferencia entre am bas devo­
ciones.
La prim era, o sea la sensible, es buena porque
es un don de Dios que Él da a quien quiere; pero
su pérdida no im plica im perfección, ya que la
sustancial, esa prontitud de ánim o para servir a
Dios, perm anece.
San Juan de la Cruz, explicando este fenóm e­
no de la pérdida de la devoción accidental, nos da
com o siem pre ideas lum inosísim as. Esta pérdida
o aridez sensible, es un principio de oscura y seca
contem plación en la que el alm a sufre la ausencia
de todo consuelo: el disgusto en la oración, por la
oscuridad en luces y sequedad en efectos; el no
poder m editar, porque Dios retira la luz sobrena­
tural del don del entendim iento; la sequedad en
afectos por el silencio y aparente abandono de
Dios; pero sobre todo la apena el creer que va
perdida por ese cam ino, ya que no halla gusto en
cosa buena.
Mas el Señor bondadosísim o, da al alm a tal
tendencia y atractivo a pensar en Él, no obstante

139
las distracciones; tal deseo de acercarse a Él, de
encontrarle, am arle y poseerle, a pesar del a p a ­
rente abandono, que el conocim iento que el alm a
adquiere de Dios en esta prueba, aunque oscuro y
seco, es más puro, sencillo, perfecto, espiritual c
interior, que el que tenía antes de esta purifica­
ción».
Si el Señor se acuerda de nosotros, para ejerci­
tarnos en esta prueba, debem os darle rendidísi­
mas gracias, por la distinción tan inm erecida que
nos hace, de querem os más cerca de sí.
Por otra parte, no cream os que siem pre ha de
estar nuestra alm a en perpetua fiesta y gozo. Es­
perar siem pre esos regalos en la oración, esos
gustos sensibles, quizá fuera egoísmo, o por lo
m enos que nuestra alm a está muy tierna, muy in­
cipiente en la virtud; y Dios N uestro Señor tiene
que darle esos dulces com o a niño voluntarioso.
A ceptem os con acciones de gracias que el Se­
ñor nos purifique para acercam os más a Él.
EFECTOS EN EL ALMA DE ESTA PRUEBA

Com o es lógico, estas pruebas se efectúan en


plena purificación mística. Aquí obra el Señor
sin ninguna resistencia. Está m odelando el alm a a
su gusto y ésta se encuentra tan desasida de sí
m ism a, que no tiene más voluntad que la de
Dios.
Con todo, sufre lo que no puede expresarse,
por los em bates tan contrapuestos que ha de so­
portar. Pena, por no creerse digna de Dios, dado
el conocim iento que tiene de su grandeza; y por
otra de su pobreza y miseria. Se abism a en su h u ­
m ildad y pide a Dios que se aparte de ella, com o
San Pedro; pero por otra parte es tal la atracción
que Dios le hace y su deseo tan incontenible de ir
a Él, que tiene que exclam ar entre penas dulcísi­
mas, con la mística Doctora: «M uero porque no
muero».
D uerm e Jesús en la barquilla de su corazón,
dirá con Teresita, y hasta llegará a preguntarse si
será am ada de Dios; pero confía, no le despierta,
espera.
Le asaltan mil tentaciones y dudas en la fe;
pero su deseo de agradar a Dios y su firmeza es
tal, que preferiría mil m uertes, antes que el más

141
ligero pecado. La pobre alm a en tal estado, se es­
trem ece de tem or ante la M ajestad infinita de
Dios y se horroriza al ver su propia indignidad,
com o llena de sinnúm ero de fallas; mas nunca
pierde la paz y la confianza.
Su abandono en m anos de Dios, es com o el
del niño que duerm e sin tem or, seguro en los b ra­
zos de su madre. A unque me matases, diría con
Job, seguiría esperando en Ti. Si me encontrase
al borde del abism o infernal, no tem ería, sabien­
do que tu m ano divina me sostiene, y aunque me
soltara no desesperaría, porque tu om nipotente
m isericoridia, siem pre podrá sacarme».
Posición sublim e la de estas alm as, que rotas
todas las ligaduras que las ataba a la tierra, con
esa agilidad, se rem ontan al cielo del am or, del
abandono y la confianza; mas tam bién posición
justísim a y exacta, porque pensar de otro modo
sería ofensa a la Bondad Infinita y al am or sin lí­
mites de nuestro Padre Dios.
OTRAS N O RM AS PARA DISCERNIR
LAS PRUEBAS SUPERIORES

Además de esta aridez espiritual, de la que


hemos hablado, y que com o dice San Juan de la
Cruz es de m uy pocos, hay otros grados verdade­
ram ente excepcionales, com o las saetas de am or
y saetas de fuego, que el Señor em pleó en Santa
Teresa, las estigm atizaciones en San Francisco,
los éxtasis, visiones y revelaciones; fenómenos
verdaderam ente extraordinarios, que no suelen
darse sino en la unión extática y que disponen el
alm a para la unión consum ada y perfectísima.
Estas pruebas superiores no podem os estudiarlas
porque realm ente están fuera de nuestro alcance
y adem ás se dan rarísim as veces. Pero com o no
sabemos los designios de Dios sobre las almas,
bueno será para orientarnos en este difícil y oscu­
ro estado, dar algunas norm as que nos sirvan de
guía para conocer si la desolación interior es de
Dios o del enemigo.
Redoblando nuestra confianza en Dios y p i­
diendo sus luces, pronto descubrirem os al ten ta­
dor; que aunque a m enudo se transform a en á n ­
gel de luz, para engañar a los incautos, al fin des­
cubre sus intenciones perversas, porque incita al

143
mal, y ya se m anifiesta tal cual es. Por sus frutos
es conocido y detestado.
Pero es sagacísimo y puede traernos confu­
sión, por eso observemos:
I. Si en ese ocultam iento de Dios en la oración,
en esa sequedad y aridez, busco a Dios, la prueba
es de Dios; si busco el consuelo de las criaturas,
prescindiendo de Dios, entonces no viene de Él.
II. Si en el exterior, en la superficie, desaparece
Dios pero en el fondo del corazón Jo siento, por
la paz y confianza sin límites que Él me inspira,
allí obra Dios; cuando ni en el fondo del alm a lo
siento, aquello no es obra suya.
III. Si el alm a está m uy turbada por el oscureci­
m iento de la m ente y sequedad del corazón, pero
conserva una fe arraigadísim a en Dios y se siente
crecer esa fe al par que sus flaquezas; y aún cu an ­
do le parece que el Señor la abandona, nunca lle­
ga a tom ar cuerpo ese pensam iento, porque la fe
y confianza en Él se sobreponen siem pre; la tu r­
bación es de Dios; si se pierde esa fe y confianza,
entonces Dios no está allí.
Si la bondad infinita de nuestro Dios quisiera
regalam os con estas pruebas, distinción de su
am istad, no sólo debem os recibirlas al m om ento
con acciones de gracias; sino co ntinuar aceptán­
dolas todo el tiem po que Él sea servido, porque
así lo quiere Él entonces. El querer salir de aquel
estado, buscando la consolación que sentíam os
antes de la sequedad, practicando lo anterior a

144
ese estado, sería egoísmo, buscaríam os más nues­
tro gesto que la voluntad de Dios, no buscaría­
mos a Él, sino a sus dones.
Estemos ciertísim os que el estado en que Dios
nos pone, aunque no nos guste, es el que más nos
conviene.
Por el cam ino que Dios nos traza, hemos de
buscar el cielo, no por el que nosotros queram os.
Hagamos la oblación com pleta no sólo de
nuestra voluntad, sino de todo nuestro ser. No
nos reservemos nada. Q ue el Señor tom e y deje a
su gusto. Renunciem os a todo, aún a lo más puro
y legítimo, para que Él haga según su benepláci-
toí podrem os decir con Teresita: «Todo lo has
hecho Tú. Me das el cielo de valde». «M e presen­
to a Ti con las m anos vacías; pero por tu am or
tendré la posesión eterna de Vos mismo».
O rem os m ucho, confiemos en Dios ciegam en­
te, am ém osle con toda el alm a. Él hará lo demás.
EFECTOS PR O D U CID O S POR EL AMOR.
APOSTOLADO

El fruto más inm ediato en un alm a llena de


am or de Dios es hacerlo am ar por los demás. Eso
que llam am os apostolado. FR U T O que a la vez
revierte en el alm a que lo practica con rectitud de
intención santificándolo. Por eso decía el Funda­
dor de la A lianza en Jesús por María: «El prim er
fruto de nuestro apostolado debe ser nuestra p ro ­
pia santificación». Si no te santifica puedes dudar
de la autenticidad de tu apostolado.
Si el am or de Dios llena nuestra alm a, si so­
mos sus portadores y custodias vivientes, si en
verdad Jesús habla y obra por nosotros, no sólo le
am arem os sino que le harem os am ar. Porque al
poseer ese bien infinito, el mism o gozo, hará salir
espontánea de lo íntim o del corazón esta súplica:
«Dam e, oh Dios mío, que no me salve a mí sólo,
sino que salve conm igo otras m uchas almas». El
Señor nos quiere activos, avaros del tiem po, que
vale alm as y cielo, em pleándolo todo él en darlo
a conocer y enseñándolo a am ar, santificando a
mis herm anos. Si estam os llenos de Dios lo irra­
diarem os, porque el bien no se reconcentra en sí,
se difunde.

146
El esfuerzo de nuestra perfección, inform ado
por el am or; la vida interior de que hablam os a n ­
tes, es de tal vitalidad, que no sólo santifica, sino
que hace que esa savia divina se extienda a los
dem ás, es decir, produzca el Apostolado. El ver­
dadero apostolado es, com o dicen los clásicos «El
desbordam iento de la vida interior». Y se p ro d u ­
ce eficazm ente cuando se da de lo que sobra.
¿Cóm o hemos de dar a Dios a los dem ás, si esca­
sam ente lo tenem os para nosotros?
Cuando nuestra alm a está bien llena de Dios,
cuando vivimos intensam ente la «vida interio y
estam os bien saturados de esa vida en Jesús, el
apostolado se hace solo; no será sino ese desbor­
dam iento de que hablam os. Hay una conexión
estrechísim a entre «vida» y «doctrina» de tal m a­
nera que. com o dice San Gregorio: «Aquél que
por su vida merece desprecio, acaba por hacer
despreciable su predicación, su apostolado».
«La caridad de Cristo nos aprem ia» nos dice
San Pablo. Esa caridad de Cristo nos estim ula y
aprem ia a correr y a volar con las alas del santo
celo. El verdadero am ante am a a Dios y a su
prójim o. Y si uno no siente ese celo, es señal
cierta que tiene apagado en su corazón el fuego
del am or, la caridad.
Con este am or de Dios derram ado hacia los
herm anos, nuestro apostolado sí que es fecundo,
porque es Jesús el que obra por nosotros; pero si
nos lanzam os a la acción sin una vida interior só­

147
lida, saturada de Dios, si intentam os neciam ente
apropiarnos el papel de prim er actor, abando­
nando el de sim ples instrum entos de Dios; en to n ­
ces no darem os ningún fruto, necesariam ente he­
mos de fracasar. Lo dice la Verdad divina: Sin Mí
nada...
U nam os nuestra acción con la suya, de tal
m odo que no sea sino una sola acción, la de Je­
sús. Así, no sólo tendrem os asegurado el éxito,
sino que harem os nuestro lo que más vale, la p o ­
sesión eterna de Él mismo.
OTROS FRUTOS D IC H O SO S DE LA VIDA
DE AMOR DE DIOS: ALEGRIA Y PAZ

Ya en el alcázar del am or, tras nuestro ingen­


te esfuerzo y las duras purificaciones con las que
el Señor nos ha ido labrando a su gusto para ha­
cernos dignos de Él, saboream os, si Él se digna
concedérnoslo, sus dichosos frutos. M uchísim as
son las dádivas preciosas con las que el A m or di­
vino enriquece nuestra alm a; pero fijémonos en
dos: la alegría y la paz.
El autor de la Im itación, ponderando la gran­
deza y bien sobre todo bien, del A m or, dice:
«H ace que se soporten con igualdad de ánim o,
todas las vicisitudes de la vida. Lleva la carga sin
sentir su peso y hace dulce lo amargo».
El árbol místico cuya raíz es el A m or, por d i­
vina fecundidad, produce diversos y suaves fru­
tos. El prim ero es el gozo del espíritu, la A LE­
G RIA .
En cuanto la caridad entra en nuestro co ra­
zón, con la necesidad de olvidarse siem pre de sí
mism os, somos felices. LO dice el Espíritu Santo:
«Vive el justo con gozo y júbilo, porque el que
m ira al Señor rebosa de alegría».
De Tobías dice la Sagrada Escritura que, des-

149
pués de su prueba, todo el resto de su vida lo
pasó en alegría, y cuanto más progresaba en la
virtud, más dulce paz gozaba.
Tan grabadas en nuestras m entes deben estar
las palabras de San Francisco de Sales: «Un santo
triste es un triste santo», que para evitarlo, la sua­
ve sonrisa ha de ser perpetua en nuestros labios.
La tristeza rara vez es buena.
Hagamos por estar siem pre alegres, que es se­
ñal de buena conciencia y salvaguarda de ten ta­
ciones. A unque tam poco debem os descom poner­
nos, dándonos a dem asiada alegría. El alm a bien
tem plada debe ser alegre sin disipación. El co ra­
zón contento con Dios está en convite perpetuo.
¡Cuán fácil y suave es servir al Señor! Su carga es
ligera y su yugo suave, y cuando se acepta de gra­
do, al punto se experim enta su dulzura. Con estas
consideraciones quiere la Santa com unicarnos la
alegría que desborda su alm a, haciendo suya la
enseñanza del Salmo: «Servite D om ino in laeti-
tia» y lo que dice el Apóstol: «A m a el Señor a los
que dan con alegría». Debemos servir a Dios con
alegría gozosa, saboreando palabra a palabra la
oración com ún de los fieles: «G audium cum
pace». Alegría en la paz, que siem pre van unidas
en el A m or, aún en los grados más elevados del
espíritu, a la conversión y la penitencia, a la o b ­
servancia total de la Palabra de Cristo Verdad y
Vida. Estas alm as han llegado ciertam ente a la
plenitud del am or, porque el que guarda la Pala­

150
bra de Cristo, éste ha llegado a la plenitud del
Amor.
LA PAZ. C um pliendo con alegría los precep­
tos del Señor, adem ás del gozo espiritual, tendre­
mos com o consecuencia la tranquilidad de ánim o
que perfecciona ese gozo: LA PAZ. iLo que vale
este fruto del Espíritu Santo! Vale más que todos
los m otivos de perderla. Ella fue la ejecutoria de
Jesucristo. En su N acim iento cantaron los Ange­
les: «G loria a Dios en los cielos y en la tierra paz
a los hom bres... ». Su saludo siem pre es el m is­
mo: PAX VOBIS, la paz sea con vosotros. Saludo
que m anda practicar a sus discípulos: «Cuando
entréis en algún lugar, lo prim ero decid: La paz
sea en esta casa».
En efecto esa ha sido la misión secular de la
Iglesia, ser sem bradora de paz. Paz del m undo y
sobre todo paz de las conciencias. El sosiego en la
m ente y en el corazón, la «tranquilidad en el o r­
den», com o dice San Agustín. Y esa es la ejecuto­
ria de los que am an al Señor y quieren cum plir
su Ley, com o dice el Salm ista, 118. «M ucha p a z
tienen, Señor los que cum plen tus Leyes, nada los
hace tropezar».
C A U SAS Q UE PU ED EN ROBARNOS
LA PAZ

Com o la paz es tan gran don, bueno es estu­


diar la m anera de conservarla. ¿Qué nos roba la
paz?
I. Las perturbaciones del alm a por cosas pasa­
das: escozores de conciencia, rem ordim ientos, es­
crúpulos...
II. Desorden en lo presente: m alas acciones, in­
tenciones no rectas...
III. Preocupación por las futuras: deseos desor­
denados, aspiraciones irrealizables, etc...
¡Cómo se conjuran los enemigos para arreb a­
tam os lo m ejor que tenemos! Pero nada podrán si
renunciam os de nuevo a nuestra voluntad y lo
ponem os todo, hasta nuestros pecados, en las
manos de Dios. Así lo haría el au to r de esta letri­
lla, que rezum a paz y abandono en las m anos de
Dios:

«Dios es la sum a bondad


Y sabe lo que nos conviene
El Señor aquí nos tiene
Hágase su voluntad»

152
A poyados en Jesús, que es nuestro M ediador
y Abogado ante el Padre, que aún nuestras fla­
quezas am a con ternura, que cuando volvemos a
El con confianza, a pedirle perdón, nos quiere
aún más que antes de la falta; ¿qué pecado puede
haber que nos robe la paz?
En cuanto a los deseos y aspiraciones, des­
prendám onos de ellos, por un com pleto abando­
no en las m anos de Dios. Cuidem os sólo de agra­
darle, y Él cuidará de lo nuestro. Q ue ningún
acontecim iento sea capaz de turbarnos. Dios lo
m anda o lo perm ite, por tanto es para nuestro
bien. Roguemos al Señor que nunca hagamos
motivos de perder la paz. Ella radica en el testi­
m onio de la buena conciencia. Sólo el pecado es
el que roba a Dios y con Él la paz. Procurem os
estar en paz con Dios y con nuestros herm anos y
lo estarem os con nosotros mismos. Q ue de tal
m odo sea Él el dueño de nuestro corazón que nos
quite la libertad de ofenderle. Y si para ejercitar
nuestra confianza nos la deja, y usando mal de
esa libertad com etem os infidelidades, que el am or
saque partido aún de la falta, consum iéndose en
arrepentim eiento tranquilo, y Jesús hará renacer
en nuestro corazón la paz hum ilde y profunda.
Paz y confianza, que quita hasta la zozobra de
la suerte incierta de la otra vida. Paz anticipo del
cielo, que esperam os. En Ti, Señor, esperé, no
me confundirás eternam ente.

153
ALM AS VICTIMAS

T erm ina la Santa su ascensión espiritual sugi­


riendo a las alm as que se ofrezcan com o víctim as
de am or a Jesús. A tal efecto, ella m ism a co m p u ­
so un precioso «ofrecimiento», que luego vere­
mos y que está indulgenciado por la Iglesia.
Pero antes nos m uestra así su alm a «víctim a»
de Amor. «Tenéis, Señor, m uchas alm as que se
ofrecen com o víctim as de vuestra justicia; pero
pocas com o víctim as de vuestro am or. Si encon­
trarais, oh Dios mío, m uchas alm as que se ofre­
ciesen com o víctim as de holocausto a vuestro
am or, las consum iríais rápidam ente y os goza­
ríais en dilatar las llam as de infinita ternura que
encierra vuestro pecho. El tránsito para estas al­
mas sería un suave deliquio y su juicio extrem a­
dam ente benigno.
¿Cóm o Vos, Dios mío, que no os dejáis ven­
cer en generosidad, habíais de juzgar severam ente
a las víctim as de vuestro am or, que consum ieron
su vida en am aros y daros gusto?
Haced, Señor, que yo sea una de esas dichosas
víctimas; una hostia pequeñita consum ida en el
fuego de vuestro divino Amor.

154
OFRECIM IENTO COMO VICTIMA
DE AMOR A JE SU S

«¡Oh Dios mío! Deseo amaros y hacer que os


amen. Deseo cumplir perfectamente tu voluntad,
ser santa; pero siento mi impotencia y por eso os
pido que Vos mismo seáis mi santidad.
Os ofrezco los méritos de Jesús, de los santos
y en especial los de la Santísima Virgen, mi Ma­
dre querida. Quedaos en mí como un Sagrario; no
os alejéis jamás de vuestra pequeña hostia. Os su­
plico me quitéis la libertad de ofenderos y si por
flaqueza caigo alguna vez, que al punto vuestra
mirada divina me purifique. Os agradezco cuantas
gracias me habéis concedido, especialmente la de
haberme hecho pasar por el crisol del sufrimiento.
Después de este destierro, espero ir a gozar de
Vos en la Patria; mas no quiero atesorar méritos
para el cielo, quiero trabajar sólo por vuesto
amor, con el único fin de agradaros, de consolar
vuestro Corazón Sagrado y salvar almas que os
amen eternamente.
En el ocaso de esta vida, me presentaré ante
Vos con las manos vacías, porque todas nuestras
justicias están manchadas en vuestra presencia.
Quiero pues revestirme de vuestra Justicia y

155
recibir de vuestro amor la posesión eterna de Vos
mismo. V a fin de vivir en un acto de perfecto
amor, Yo... N .N . me ofrezco como victima de ho­
locausto a vuestro amor misericordioso, suplican­
do me consumáis sin cesar, dejando se desborden
en mi alma los raduales de infinita ternura que se
encierran en Vos, para que de esta suerte llegue a
ser mártir de vuestro amor, ¡oh Dios mío!
Que este martirio, después de haberme prepa­
rado a comparecer ante Vos, me haga finalmente
morir y que mi alma se arroje sin demora en el
brazo eterno de vuestro amor misericordioso.
Quiero, oh Amado mío, a cada latido de mi
corazón, renovaros este ofrecimiento, hasta que
desvanecidas ya las sombras, pueda de continuo
declararos mi amor en la visión eterna».
CONCLUSION

Doy fin, am ado lector, a estas líneas, en las


que he procurado vivam ente el provecho espiri­
tual tuyo y mío.
Ya decíam os al principio que por lo m ism o
que todos estam os llam ados a la santidad, y he­
mos de trabajar por alcanzarla, hem os de acceder
a ella con cierto m étodo y orden, así nos sería
más fácil conseguirla. Ese fue el propósito. El re­
sultado Dios lo dirá y nuestra conciencia respon­
sable.
De todos modos es cierto que hem os puesto
todo el em peño posible en conseguirlo.
Si alguna de ellas ha despertado en tu co ra­
zón, deseos de más am or a Dios, de más alta p er­
fección, vuelve a leerla; pero no de corrida, que
no te serviría de provecho, sino punto po r punto,
rum iándola y saboreándola, en la soledad del Sa­
grario, hasta asim ilarla y hacerla sustancia p ro ­
pia.
Es doctrina de Amor. Y si por los efectos se
conoce la causa y por los frutos el árbol, por ese
fundam ento solidísimo que descansa en Dios, por
esa floración exhuberante de virtudes y dulces
frutos, por esa proyección suave pero indeclina­

157
ble hacia el cielo, que produce el A m or; bien
podem os decir con la Santa que lo único que vale
es el Amor.
¡Qué bueno es el Señor, que nos ha dado esa
capacidad de am ar y lo ha puesto en este corazón
nuestro tan pequeño para que lo llene El mismoi
¡Bendito seáis, Señor, por esta dignación de
vuestra bondad! Si nuestro destino eterno ha de
ser am aros, haced que ya em pecem os aquí, a
cum plir este destino. Mas en tanto me tengáis en
el destierro, que este caudal de energía divina no
lo tenga im productivo, sino que lleno de Ti, des­
bordante de actividad divina mi corazón irradie
fecundo apostolado, para que sea una feliz reáli-
dad nuestra misión sobre la tierra: A M A R T E Y
H A C E R TE AM AR.
OTROS ESCRITOS DEL AUTOR
Orden cronológico

* G R A T O S REC UER DO S. Crónica de la Peregrinación de


seminaristas de todo el m undo a Roma, con motivo de la fir­
ma del «Tratado de Letrán». Año 1929.
* CIEN TESIS DE T E O L O G IA D O G M A T IC A . Expuestas
y desarrolladas con la tradicional estructura escolástica. Año
1942.
* EJERCICIOS ESPIRITU A LES EN V IT O RIA Y VISITA
A VARIOS C E N T R O S DE LA ALIANZA. Año 1944.
* D IARIO DE LA MISION. BUENOS AIRES 1960. Re­
cuerdo vivo de aquella grandiosa Misión, donde se dieron
cita 2.000 misioneros de todo el mundo.
* M IN U T O S PARA M E D IT A R por el Padre Eleuterio
González. Charlas radiofónicas pronunciadas durante m u ­
chos años en la Emisora «Valle de los Pedroches» y que or­
denadas convenientemente forman un C A T E CISM O E X ­
PLICA D O bastante completo. Año 1975.
* S A N T O RO SARIO M E D IT A D O . Meditaciones sobre los
quince Misterios del Rosario. Año 1976.
* HOMILIAS Y R E T IR O S ESPIRITU A LES Colecciones.
1975-1976.
* ESCALA DE PERFECCION. O R IE N T A C IO N E S SO­
BRE LA VIDA E SPIRITU A L Y PERFECCION C R IS T IA ­
NA. Años 1937-1987.
* M EM O RIA S Y G R A T O S R E C U E R D O S DE MI VIDA.
A ño 1989.