Tema 8. El Sexenio Democrático (1868-74).

Se denomina Sexenio Democrático a la etapa comprendida entre la revolución que originó la caída de Isabel II (“La Gloriosa”, 1868) y la posterior restauración de la monarquía borbónica en la figura de su hijo, Alfonso XII (1874). Durante este periodo se van a suceder diferentes regímenes y gobiernos: un Gobierno provisional, la regencia del general Serrano, la monarquía constitucional de Amadeo de Saboya, una República con dos etapa (federal y centralista) y un epílogo autoritario dirigido de nuevo por el general Serrano. Además, vamos a ver en este periodo una guerra civil (III Guerra Carlista), una guerra separatista (levantamiento en Cuba) y el movimiento cantonal. A pesar de esta inestabilidad, esta etapa es fundamental en el proceso de consolidación del régimen liberal pues va a ser ahora cuando se lleven a la realidad práctica muchos de los postulados del liberalismo. Además, va a ser ahora cuando surja por fin el movimiento obrero organizado en España tras la formación de la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores).

1.- Las etapas del Sexenio
1.1- La revolución “Gloriosa” de 1868 Las causas de la revolución de 1868, que puso fin al reinado de Isabel II, se remontan a los cinco años anteriores y son múltiples, pudiendo dividirlas en tres grupos:

Causas económicas: la situación económica se había ido deteriorando a partir de 1864, cuando se van a superponer la crisis de la industria textil y de la construcción ferroviaria; el hundimiento de las Bolsas; bancarrota efectiva de la Hacienda pública; crisis de subsistencia,... La consecuencia fue el descontento generalizado entre la población española. Causas políticas: absoluto descrédito de la monarquía, que no es capaz de hacer frente a los problemas del país. El monopolio del poder por parte de gobiernos conservadores, que sólo recurrían a la violencia para reprimir las protestas, y la marginación de las otras fuerzas políticas, acabó por minar el poco prestigio que le quedaba a la monarquía. Causas ideológicas: difusión de nuevas ideas de democracia política encabezadas fundamentalmente por los demócratas y los republicanos, mucho más organizados que antaño y cada vez más conscientes de la necesidad del cambio de régimen político.

Tras la adhesión de los unionistas al Pacto de Ostende en 1868, las diferentes fuerzas sociales confluyeron hacia la revolución. Los grupos industriales y financieros, así como la oligarquía terrateniente, acabaron por convencerse de la incapacidad del gobierno isabelino para crear un clima de estabilidad favorable a los negocios. Entre los militares, el recuerdo de la represión contra los sublevados en el Cuartel de San Gil empujó a muchos de ellos a apoyar la conspiración. Finalmente, las capas populares apoyaron decididamente el pronunciamiento no sólo por su crítica situación, sino porque les convenció el programa revolucionario de los conspiradores, que incluía

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reivindicaciones como el derecho al sufragio universal, la supresión de las quintas y la modificación del sistema tributario. En realidad, la Gloriosa no fue una revolución popular, sino uno más de los pronunciamientos militares de la época. Se inició el 17/IX/1868 con el pronunciamiento de la Armada en Cádiz, en donde el almirante Topete sublevó a la escuadra con el grito de “Viva España con honra”. A éste se unieron otros militares de prestigio por toda la Península, como Serrano y Prim, que marcharon a Andalucía a hacerse con el control de la situación, mientras que en el resto de las ciudades españolas los partidos organizaron Juntas revolucionarias locales y provinciales para hacerse cargo del poder, entregando armas a la población y organizando milicias revolucionarias (los Voluntarios de la Libertad) La situación se decantó definitivamente a favor de los sublevados cuando las tropas gubernamentales enviadas a Andalucía fueron derrotadas en la escaramuza del Puente de Alcolea, cerca de Córdoba, por las fuerzas dirigidas por el general Serrano. La reina Isabel II, que se hallaba de vacaciones en San Sebastián, se marchó al exilio en Francia. 1.2- El Gobierno Provisional Inmediatamente se demostró que los conspiradores, una vez conseguido el exilio de la Reina, no tenían intención de profundizar en la revolución. A principios de octubre, los militares sublevados formaron un Gobierno Provisional presidido por el general Serrano (que ocupaba oficiosamente la regencia) y con Prim como hombre fuerte del régimen. Las primeras medidas del nuevo gobierno tuvieron como objetivo atajar el proceso revolucionario y evitar así su desbordamiento. Por esta razón se procedió inmediatamente a pedir la disolución de las Juntas locales, a desarmar a los Voluntarios de la Libertad, y a exigir a los gobernadores civiles que se mantuvieran firmes ante las presiones revolucionarias. Rápidamente se dictaron instrucciones para designar nuevos ayuntamientos y diputaciones, que sustituirían a los poderes revolucionarios para asegurar el control político del país. Controlada la situación a finales de año, se procedió a convocar elecciones a Cortes mediante sufragio universal para mayores de 25 años para enero de 1869. Durante la campaña electoral ya se pusieron de manifiesto las divergencias entre los participantes en la revolución sobre el modelo de Estado que se quería formar. Mientras que unionistas y progresistas, que dominaban el gobierno, abogaban por una monarquía constitucional moderada, los demócratas se dividieron en dos facciones: los cimbrios (liderados por Cristino Martos y Manuel Becerra, eran partidarios de la monarquía constitucional y democrática) y los republicanos (mayoritarios en las ciudades, eran representados por personajes como Castelar, Figueras,…). Las elecciones dieron la mayoría a unionistas, progresistas y cimbrios, ratificando a Serrano como jefe del ejecutivo. Rápidamente se eligió una comisión presidida por Olózaga para que elaborara un nuevo texto constitucional. La Constitución de VI/1869, inspirada en las precedentes de 1812 y 1837, se considera la primera Constitución democrática de la Historia española. Consta de 112 artículos repartidos en 11 Títulos. Entre sus características destacan las siguientes:

Amplia declaración de derechos y libertades individuales, abarcando 1/3 del total del texto constitucional (se hizo muy elaborada para evitar que hubiera que desarrollarla posteriormente mediante leyes, y que éstas sirvieran para

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recortarlos, como había ocurrido durante los gobiernos moderados), incluyendo algunos hasta entonces no reconocidos como la inviolabilidad de la correspondencia. En general, se hacía más hincapié en los derechos individuales que en los colectivos, algo característico del constitucionalismo liberal burgués.

Proclamación de la soberanía nacional, en cuanto se establece también el sufragio universal para varones mayores de 25 años (no se admitió el término “soberanía popular”, tal como pedían los demócratas). Se estableció como forma de Estado la monarquía constitucional (el rey reina pero no gobierna, siendo los ministros los responsables de sus decisiones, perdiendo gran parte de sus atribuciones anteriores), la división de poderes (legislativo en unas Cortes bicamerales; ejecutivo en manos de los ministros, que responden de su gestión ante las Cortes; y judicial en los tribunales) y la descentralización política y administrativa. Las Cortes serán bicamerales, con un Congreso y un Senado elegidos por sufragio universal. El Congreso se elegiría a razón de un diputado por cada 40.000 habitantes; el Senado se elegiría de forma indirecta a través de compromisarios: se renovaría cada tres años parcialmente y serían elegibles los mayores contribuyentes y las altas jerarquías de las instituciones, el Ejército y la Iglesia (se mantiene el carácter conservador del Senado con el fin de moderar las decisiones del Congreso). Se democratiza la justicia con el establecimiento de los jurados y la designación mediante oposición de los magistrados. Ayuntamientos y Diputaciones se encargarán de gestionar los intereses de pueblos y provincias. Los concejales serán elegidos por sufragio, y los alcaldes entre los concejales. La “cuestión religiosa”, motivo de amplios debates, recibió un tratamiento avanzado al reconocerse el derecho a la libertad de cultos, a la que se oponían moderados y carlistas, comprometiéndose el Estado a mantener el culto y clero católicos, contra la opinión de los republicanos. Por último, se incluía el compromiso de regular la situación de las colonias de ultramar, promesa que llegaba tarde pues en el mismo momento de la revolución había estallado la guerra independentista en Cuba.

En conjunto, la Constitución de 1869 establecía un régimen democrático apto para incluir en él a todas las alternativas políticas que habían realizado la revolución dentro de un orden burgués, siempre y cuando las fuerzas políticas estuvieran dispuestas a colaborar en la consolidación del nuevo régimen. 1.3- La Regencia de Serrano (VI/1869-I/1871) Aprobada la Constitución, el general Serrano fue elegido como regente, y Prim pasó a dirigir el gobierno. Sus objetivos de gobierno eran varios:

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Conseguir aunar a los partidos políticos detrás de un programa que permitiera estabilizar el régimen: pese a los esfuerzos de Prim, fue imposible unir a los partidos. A la oposición republicana, desengañada por la decisión promonárquica de las Cortes, se sumaron los sectores más derechistas, que no se fiaban de las intenciones de Prim. Los conflictos fueron permanentes, más por rivalidades personales que políticas. Emprender el desarrollo legislativo de la Constitución: a través de una serie de leyes como un nuevo Código Penal, la Ley de Enjuiciamiento Criminal (que desarrollaba por primera vez el jurado) o la Ley sobre el matrimonio civil (que provocó la oposición frontal de la Iglesia) Buscar un candidato al trono: se trataba de encontrar una persona de prestigio, de sangre real, que no fuera un Borbón, y que obtuviera no sólo el respaldo de las Cortes sino también de las grandes potencias europeas, lo que provocó graves problemas durante dos años. Entre los pretendientes hubo que descartar al duque de Montpensier (representante de la monarquía católica y conservadora, no era aceptado por los líderes revolucionarios más radicales ni por el emperador francés, Napoleón III), a Fernando de Coburgo (de la casa real portuguesa, que finalmente rehusó), al duque de Aosta (casa de Saboya) y a Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen (el que causó más problemas diplomáticos puesto que estaba apadrinado por el canciller prusiano Bismarck, a lo que se oponían los franceses y que fue uno de los motivos argumentados para iniciar la guerra franco-prusiana). Incluso se defendieron las candidaturas de Espartero y del propio regente, Serrano, aunque apenas tuvieron respaldo. Finalmente, la elección recayó en el príncipe Amadeo de Saboya, hijo de Víctor Manuel II de Italia, candidato que menos problemas internacionales causaba. Regulación de la economía para implantar definitivamente el liberalismo económico: el ministro Laureano Figuerola realizó una reforma a fondo de la Hacienda, de los aranceles y del sistema monetario. Se eliminaron impuestos irracionales, se disminuirían las tarifas aduaneras (el Arancel Figuerola), desamortización del subsuelo (Ley de Bases de la Minería), exclusividad del Banco de España para emitir moneda, creación de la peseta como nueva unidad monetaria,…Esta política librecambista enfrentó al gobierno con los industriales, sobre todo los catalanes, cuya oposición, unido a las guerras, dio al traste con la mayoría de estas reformas.

El gobierno de Prim tuvo que enfrentarse a numerosos problemas, destacando tres fundamentalmente:

Levantamientos republicanos: se produjeron como consecuencia del descontento ante la política del Gobierno Provisional y la Regencia. Frente a la posición de los dirigentes republicanos moderados, partidarios de avanzar dentro de la legalidad hacia la República, se impuso la actitud de los más radicales, favorables a la sublevación de las Juntas republicanas que se habían ido formando por todo el país. El objetivo de estos era el hacer ahora una revolución de abajo arriba, proclamando la República desde las distintas regiones para confluir en una federación. Los levantamientos se produjeron en septiembre de 1869 en varias ciudades, por lo que el gobierno se vio obligado a suspender las

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garantías constitucionales y a declarar el estado de guerra, acabando rápidamente con los levantamientos (aunque se formaron varias partidas guerrilleras que actuaron esporádicamente durante varios años). Los carlistas aprovecharon la coyuntura para movilizarse de nuevo en ciudades como Burgos, y además se incrementó la agitación obrera en las principales ciudades.

Revueltas campesinas de Andalucía: producidas a finales de 1868 por las malas cosechas de años anteriores y por el no reparto de tierras. Estallido de la guerra en Cuba: insurrección en la isla contra el dominio español, dirigida por Carlos Manuel Céspedes. Las causas son complejas, con dos motivaciones fundamentalmente: económicas [la isla vive un crecimiento económico que no repercute en la burguesía criolla. Además, cada vez se depende más del mercado estadounidense (injerencia creciente de los norteamericanos en los asuntos cubanos)]; políticas (exigencia de participación en el gobierno de la isla; denuncia de la opresión económica del pueblo; abolición del esclavismo; que la isla dejara de tener la condición de “colonia”). La revuelta se inició con el Grito de Yara a finales de 1868. Pese a su escasa repercusión inicial, la política represiva del capitán general Lersundi propició la rápida extensión de la insurrección por toda la isla gracias al apoyo de los esclavos negros y de los pequeños propietarios de plantaciones, propiciando una guerra civil que se prolongaría diez años (la “Guerra Larga”, finalizaría en 1878 con la Paz de Zanjón). Hubo intentos de solucionar la situación (venta de la isla a los Estados Unidos, concesión de cierta autonomía, proyectos de abolición de la esclavitud,…, pero no se llegó a ningún acuerdo. El conflicto cubano acabaría por hipotecar la Hacienda y la acción de gobierno en España, y obligó a multiplicar las impopulares levas y a aumentar los impuestos, lo que terminó por encrespar a las clases populares.

1.4- La monarquía democrática de Amadeo I de Saboya (I/1871-II/73) Mientras el nuevo rey se dirigía hacia España, su principal valedor, Prim, era asesinado. Hoy día sigue sin conocerse quién ordenó el asesinato, atribuido a radicales republicanos, a partidarios de Montpensier, a grupos extremistas ligados a intereses coloniales (contrarios a una posible abolición de la esclavitud o a que se concediera representación política a la isla), e incluso al general Serrano. Lo cierto es que la ausencia del principal apoyo del nuevo rey, y el hombre de mayor prestigio del país, tuvo importantes repercusiones en la evolución política española en los años venideros. Amadeo desembarcó en Cartagena el 30 de diciembre de 1870, siendo recibido en Madrid como un monarca extranjero (desconocía la lengua y las costumbres españolas), aunque decidido a gobernar según los principios constitucionales. Su reinado fue un intento fracasado de construir un régimen monárquico democrático en la España del s. XIX, fracaso debido a una serie de razones bastante complejas. En primer lugar por el propio carácter del rey, tímido y poco simpático, que no supo ganarse apoyos en el país. En segundo lugar por la ausencia de Prim, quien le había traído a España y que mantenía unido a la coalición gobernante. En tercer lugar, y quizás la razón más importante, es que nadie creía que la casa de Saboya fuera la solución para la situación del país, por lo que poco a poco el escaso apoyo inicial que tuvo fue dando a paso a la indiferencia o a la oposición, hasta provocar la abdicación del rey.

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Amadeo I tuvo que apoyarse en dos grupos políticos burgueses surgidos por la escisión de la coalición gubernamental progresista en 1871: el Partido Constitucionalista de Sagasta (formado por los unionistas y los elementos más moderados de los progresistas, tenían una línea política moderada) y el Partido Radical de Ruiz Zorrilla (formados por progresistas y demócratas partidarios de reformas más radicales teniendo como base la Constitución de 1869). La oposición al nuevo rey fue mucho más numerosa, destacando los siguientes grupos:

La antigua aristocracia terrateniente y la nueva de negocios: identifican la monarquía de Amadeo con el sistema democrático que había acabado con el dominio oligárquico que desde siempre habían ejercido, y que según ellos ponía en peligro el orden social y la propiedad. A este grupo hay que sumar a los hacendados españoles en el Caribe y los hombres de negocios con intereses en las islas. Apoyaban la restauración de los Borbones en la figura del infante Alfonso, volviendo al sistema de 1845. Los sectores industriales: contrarios a que el rey continuara con una política económica librecambista, pues creían que arruinaría la industria española. También se hicieron alfonsinos, pues pensaban que sólo los Borbones podían reactivar la economía del país. La Iglesia católica: se opusieron al nuevo régimen por causa del principio constitucional que propugnaba la libertad religiosa y la separación IglesiaEstado. Aparte, era un miembro de la casa de Saboya, que había quitado los Estados Pontificios al Papa. El bajo clero, ahora más que nunca, pasó a apoyar la causa carlista. Los carlistas: habían visto truncarse sus expectativas de volver al trono tras la caída de Isabel II al entronizarse Amadeo I. De nuevo el País Vasco y Navarra se vieron envueltos en movimientos de protesta. Los republicanos: opuestos al rey por cuestión de principios. Tenían fuerza en las calles, pero sus divisiones internas lo debilitaban como fuerza política.

En tales circunstancias, los dos años del reinado fueron de permanente inestabilidad. En ese periodo se sucedieron nada menos que seis gobiernos y tres elecciones generales, las dos últimas manipuladas claramente, numerosos escándalos políticos, mociones de censura,… En 1872 se van a producir una serie de problemas que finalmente darán al traste con la monarquía. Al agravamiento de la guerra cubana vino a sumarse el estallido de una insurrección carlista en el País Vasco. Aunque se llegó a un acuerdo en Amorebieta para una tregua en el verano, el conflicto se recrudeció en Cataluña, donde la decisión del pretendiente carlista de restablecer los fueros catalanes reavivó la lucha a su favor a partir de octubre. En este mismo mes se produjo un nuevo intento de estallido republicano en El Ferrol, que volvió a recordar la amenaza federalista. Por otra parte estaba el auge del movimiento obrero. El crecimiento de la Internacional en España, las repercusiones de la Comuna de París y el temor de las clases medias y altas a la extensión revolucionaria, llevaron al gobierno a pedir a las Cortes la prohibición de la Internacional y de las organizaciones obreras. Por último, se produjo un

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enfrentamiento en las Cortes sobre la abolición de la esclavitud, a la que se negaban los unionistas y los grupos conservadores, que identificaron la abolición con la causa de la rebelión cubana contra el gobierno (debido al respaldo de los esclavos a los rebeldes isleños). Ante esta falta de apoyos, Amadeo sólo esperaba el momento propicio para abdicar. Éste se presentó cuando el jefe de gobierno, el radical Ruiz Zorrilla, nombró al general Hidalgo de Quintana capitán general de Cataluña. Los oficiales del Cuerpo de Artillería, muy conservadores, reclamaron su destitución alegando que el general había participado en la rebelión del Cuartel de San Gil en 1866. Ante las amenazas, Ruiz Zorrilla pidió al rey la disolución del Cuerpo para dejar clara la autoridad del poder civil sobre el militar. El Rey rehusó, presionado por los generales. Obligado por las Cortes a firmar el decreto, Amadeo decidió abdicar (febrero 1873) poniendo como motivo su incapacidad para acabar con los graves enfrentamientos civiles que asolaban el país. Mientras, en las Cortes, los diputados, rodeados por una masa popular enfervorecida que lanzaba vivas a la República, no tuvieron otra opción que proclamarla. 1.5- La I República (II/1873-I/1874) La República se proclamó la misma noche de la abdicación de Amadeo I. A pesar de que las Cortes no podían proclamar por su cuenta la República, los diputados no tenían otra alternativa puesto que la opción monárquica ya no tenía adeptos suficientes y además los diputados, en su mayoría radicales, pensando que lo importante era el triunfo de la democracia, votaron a favor de la opción republicana, nombrando jefe de gobierno a Estanislao Figueras, uno de los líderes más moderados del republicanismo. En realidad, la República llegaba en un momento de crisis generalizada. Económicamente, la quiebra del Estado se mantenía sin que hubiera visos de recuperación. En lo social, los apoyos a la República eran escasos y además con intereses contradictorios, por cuanto que para unos había que profundizar en la democracia y en el desarrollo económico, mientras que para los trabajadores lo importante eran las reformas sociales (reparto de tierras, mejoras laborales, eliminación de las quintas,…). No es extraño que frente a la República se alinearan, cada vez más, los sectores conservadores, temerosos de que los republicanos atentaran contra lo que ellos llamaban “el orden social”. En el exterior, sólo los Estados Unidos y Suiza reconocieron y apoyaron al nuevo régimen, mientras que las monarquías y repúblicas conservadoras europeas miraban con recelo a la República española porque la asociaban al peligro de una revolución políticamente radical y socialmente peligrosa. En el interior, la mayoría de los partidos políticos pasaron a la oposición. Los carlistas recrudecieron la guerra en el Norte; los alfonsinos reforzaron sus posiciones para el futuro, sobre todo dentro del Ejército; los constitucionalistas de Sagasta se abstuvieron de participar en las elecciones y apoyaron, desde el verano, la opción alfonsina; los radicales, tras dos intentos de desbancar al gobierno republicano, acabaron por abstenerse también en las elecciones y pasar a la oposición. Por si fuera poco, los propios republicanos estaban divididos entre unionistas y federalistas, por un lado, y entre republicanos conservadores y radicales, por otro. En estas condiciones, la República sólo podía ser un fracaso.

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El primer gobierno republicano fue encargado a Estanislao Figueras, quien suprimió impuestos, las quintas (una de las medidas populares más solicitadas) y concedió una amplia amnistía. Todo ello no impidió que se produjeran levantamientos campesinos en Andalucía, con ocupación de tierras y asesinatos que fueron reprimidos por el gobierno, pero que enturbiaron la imagen del nuevo régimen. También surgieron los primeros focos federalistas, partidarios de organizar un Estado federal desde abajo (las Juntas revolucionarias ocuparán los ayuntamientos en muchas ciudades). El Ejército, falto de quintas, cayó en la desorganización. Por dos veces el Partido Radical intentó derribar el gobierno, pero el gobierno fue capaz de detener a tiempo la conspiración de los radicales y de ciertos sectores del Ejército, con Topete y Pavía al frente. Las elecciones (altísima abstención, lo que demostraba el escaso interés de la población por el nuevo sistema) dieron el triunfo a los republicanos federales. Tras proclamar la República federal como forma del Estado, inmediatamente se formó una Comisión para elaborar y debatir una nueva Constitución. Mientras, la inesperada dimisión de Figueras en junio convirtió en presidente a Francisco Pi y Margall, un intelectual seguidor de las ideas utópicas de Proudhon que había dedicado toda su vida a teorizar sobre la formación de un Estado republicano federal basado en los pactos entre regiones federadas desde la base. El proyecto de Constitución de 1873 no llegó a entrar en vigor a pesar de que sí se terminó de tramitar. Inspirada en los modelos constitucionales de los Estados Unidos y Suiza, establecía una República confederal compuesta de 17 Estados, incluyendo en ellos a Cuba y Puerto Rico. Cada Estado podría elaborar su propia Constitución, que en cualquier caso debía estar comprendida en el marco que delimitaba la Constitución federal. Dentro de cada Estado, los municipios se convertían en auténticas células del país, con su propia Constitución local y su división de poderes entre Alcaldía (ejecutivo), Ayuntamiento (legislativo) y Tribunales locales (judicial). La misma división se establecía en la estructura del Estado: un ejecutivo ejercido por el Gobierno, con amplias competencias, y que designaba al Presidente de la República (que ejercería como moderador entre los otros poderes y entre los Estados confederados); legislativo ejercido por las dos Cámaras, ambas de elección directa, con un Senado formado por cuatro representantes de más de cuarenta años por cada Estado; el judicial, independiente y presidido por el Tribunal Supremo, formado por tres magistrados por cada Estado. Por último, el proyecto constitucional incluía una extensa declaración de derechos, similar a la de 1869, pero con una formulación más amplia del derecho de asociación y, sobre todo, con la afirmación taxativa del Estado laico, sin ningún trato preferencial hacia la Iglesia católica, lo que distanció del régimen a la mayoría de los católicos. A pesar de todo, la Constitución Federal de 1873 fue otra de las non natas debido a que a partir de julio el país entró en un proceso revolucionario que acabaría por hundir definitivamente a la República. El primer chispazo se produjo a principios de julio con la huelga general promovida por la Internacional en Alcoy, con varios asesinatos incluidos. Tras ser sofocada, a los pocos días se sublevaban los grupos federalistas en Cartagena, proclamando el cantón (pequeño Estados teóricamente independientes que se federaban libremente unos con otros en un proceso que debería culminar en la formación de una federación mayor que agrupase a todo el territorio nacional) y haciéndose con el control del arsenal y de la flota allí estacionada. El movimiento cantonalista fue un rebrote de los particularismos regionales y locales

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alentados por los republicanos federales más intransigentes, que protestaban porque pensaban que los males del país se debían al autoritarismo del gobierno central. La proclamación de cantones y la formación de Juntas revolucionarias se extendieron rápidamente por el Levante y Andalucía, fundamentalmente. Mientras, la III Guerra Carlista (1873-76) se recrudecía tras la proclamación de la República en torno a la figura del nuevo pretendiente, Carlos VII. La rebelión comenzó en Valencia y el Maestrazgo, extendiéndose por Aragón, Cataluña, País Vasco, Navarra, Cuenca y Albacete. Las victorias carlistas de Eraul y Montejurra les permitieron poner de nuevo sitio a Bilbao y establecer un embrión de Estado carlista en el País Vasco (el conflicto no se solucionaría hasta el reinado de Alfonso XII). Ese mismo mes de julio dimite Pi y Margall, incapaz de controlar la pérdida de poder, y es elegido presidente Nicolás Salmerón, con quien la República da un giro radical hacia la derecha. Desde el primer momento se propuso restaurar el orden para lo cual no dudó en lanzar al Ejército para reprimir el movimiento cantonalista, al que consideraba una revuelta social (esto significaría a la postre la separación entre el movimiento obrero español y el republicanismo). Sólo Cartagena resistiría, inesperadamente, hasta enero. Mientras la burguesía presionaba al gobierno para que ejerciera mano dura contra los rebeldes, los gobiernos extranjeros presionaban para que la República garantizara la defensa del orden y la propiedad. Salmerón tuvo que ceder y restablecer la pena de muerte ante la presión de los militares, pero cuando tuvo que firmar unas sentencias de muerte contra unos sublevados cantonalistas, prefirió dimitir. Como sustituto fue elegido Emilio Castelar, con el cual el giro hacia el conservadurismo se consolida. Su lema fue orden, autoridad y gobierno (República conservadora y centralista), intentando volver a la estructura de Estado unitario anterior al movimiento cantonalista. Castelar permite la actuación del Ejército contra los cantones y las revueltas sociales. Obtiene poderes extraordinarios de las Cortes, suspendió sus sesiones, restableció las quintas, suspendió varios derechos constitucionales y restableció el Arma de Artillería. En los meses siguientes, contando con el apoyo de los grupos financieros y propietarios, consiguió obtener créditos extraordinarios con los que financiar las campañas militares, de tal forma que en diciembre se había conseguido detener militarmente el avance carlista y la caída de Cartagena era casi inminente. Pero Castelar no pudo ver la caída de Cartagena. El 2 de enero de 1874, en la reapertura de las Cortes el gobierno fue derrotado en una moción de confianza. Cuando se estaba votando un nuevo gobierno, que en teoría hubiera supuesto un retorno a las ideas federalistas originales, el general Pavía entró en las Cortes, y tras disolver el Congreso, anunció que se iba a constituir un gobierno de emergencia. El experimento democrático del Sexenio acababa en fracaso. Pavía intentó reunir a políticos y militares en un gobierno de coalición que le ayudara a gobernar, pero el Ejército acabó por entregar el poder al general Serrano, quien formó una especie dictadura militar con apariencia republicana, la llamada “República del 74”. Serrano formó un gobierno cuya tarea principal fue restablecer la autoridad y el orden, para lo cual, entre otras medidas, atacó y disolvió las secciones españolas de la Internacional, aplastó la revuelta de Cartagena e intentó hacer lo mismo con los carlistas que asediaban Bilbao, que se vieron obligados a levantar el cerco de la ciudad (el conflicto no finalizaría hasta 1876 con la firma del Manifiesto de Somorrostro).

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Mientras, todas las fuerzas políticas moderadas y de derechas, dirigidas por el hábil Cánovas del Castillo, habían decidido ya apoyar al príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, para que volviera al trono español. El Ejército, la aristocracia, la alta burguesía, el alto clero,…, decidieron que ya era hora de restaurar la monarquía, paso necesario para acabar definitivamente con los carlistas, con la insurrección cubana y con el problema obrero y campesino. El 29 de diciembre de 1874, en contra del parecer de Cánovas, que estaba preparando la vuelta de los Borbones de una manera pacífica y sin intervención militar, el general Arsenio Martínez Campos proclamaba en Sagunto al príncipe Alfonso como rey de España. El gobierno no opuso resistencia. Se iniciaba así el reinado de Alfonso XII, el primero de la Restauración.

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