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ROSA MONTERO MANERAS DE VIVIR

ROSA MONTERO 06/03/2011

Me acabo de enterar de un montón de cosas fascinantes que todos deberíamos saber pero que muchos
ignorábamos. Puede que lo hayamos olvidado, o puede que nunca nos lo enseñaran tan bien como para ser
capaces de recordarlo. Hablo de algo muy simple y muy básico. De algo tan poco glamouroso como los
microbios. Y, sin embargo, son la base misma de la vida. El origen de todos los organismos. Y, en sus muchas
variedades (hongos, protozoos, bacterias, virus...), son enormemente abundantes. De hecho, la Tierra es el
planeta de los microbios. Para hacerse una idea de la cantidad: si la población mundial (ahora mismo unos
6.900 millones de personas) se pusiese a contar uno a uno todos los microbios que hay, y cada persona
tardase un segundo en contar uno, se tardaría mil veces la edad de la Tierra (que es de 4.500 millones de
años) en contarlos todos.

Siempre me han fascinado estos ejemplos prácticos de los buenos divulgadores, estas comparaciones tan
gráficas que nos permiten intuir la enormidad de una cifra o la indecible menudencia de algo. Aquí va otra
imagen estrepitosa: los microbios son tan pequeños que, si fueras tan alto que tu cabeza llegara al nivel de
crucero de un Airbus (12.500 metros), una bacteria sería tan grande como un caramelo y un virus seguiría
siendo tan diminuto que no podría ser percibido a simple vista. Y ahora me pregunto yo: ¿cómo se le puede
ocurrir a uno estos paralelismos tan espectaculares y tan didácticos? Me imagino a los científicos haciendo
cálculos y cruzando valores de lo más dispares, altura de vuelo de un avión, volumen cúbico de un terrón de
azúcar, número de aleteos de un colibrí por segundo, hasta encontrar una correlación lo suficientemente
visual y poderosa como para poder contextualizar un dato científico de dimensión inhumana y así desasnar un
poco al personal. O sea, a mí, sin ir más lejos.

Estos dos ejemplos los he sacado de un cuaderno didáctico entretenidísimo que ha caído casualmente en
mis manos. Se titula Ni contigo ni sin ti (Grand Guignol Ediciones) y es una "guía para entender los
microbios" escrita por Miguel Vicente, Marta García-Ovalle y Javier Medina. Es un libro escolar que propone
experimentos domésticos como criar bichejos indecibles dentro de un yogur o cubrir una naranja de moho,
pero además te acerca al mundo fascinante de los microbios con una pasión, una claridad y una energía que
te hacen desear volver a clase o echarte a llorar por los buenos profesores que no tuviste.

Y así, gracias a este libro me he enterado de que tenemos tal cantidad de microbios en nuestro organismo que
más bien se podría decir que los microbios nos tienen a nosotros, como quien cría una vaca para su provecho.
Agárrense: nueve de cada diez células de nuestro cuerpo son bacterias. Tan sólo en el intestino llevamos como
un kilo de bacterias, la llamada flora intestinal. Impresiona, ¿no? Vastas galaxias de criaturas minúsculas en
el interior de nuestra barriga.

Antonie van Leeuwenhoek (en la imagen), la primera persona que vio los microbios, era un comerciante
de telas holandés. Necesitaba poder contar los hilos de los tejidos que vendía, de modo que fabricó unas
cuantas lupas para ello. Pero era un tipo inquieto, y cuando consiguió hacer una buena lupa, comenzó a
escudriñarlo todo a través de ella: el agua, las semillas, los insectos. Descubrió que al otro lado de la lente
había muchas cosas invisibles para el ojo desnudo, y lo que más le pasmó fue que muchas se movían. Dedujo
que esas pizcas estaban vivas y las llamó animálculos: "Hay una increíble multitud de animálculos vivos,
nadando más ágilmente de lo que yo antes había visto... Toda el agua parecía estar viva". Incluso encontró
esas criaturas en su propia boca, lo cual supongo que debió de dejarle bastante espeluznado. Qué formidable
momento tuvo que ser toparse con toda esa compañía. Una multitud orgánica compartiendo nuestra vida.
Sucedió en 1676, y lo que más me admira es que Leeuwenhoek no era un científico. Fue, simplemente, un
hombre curioso, alguien capaz de mirar y ver.

A menudo me asombra la ceguera humana, nuestra ridícula prepotencia, la manera en la que matamos,
esclavizamos, robamos, guerreamos, imprecamos, asolamos, como si nuestro yo fuera la medida del
Universo. Y me asombra aún más sabiendo hoy en día todo lo que sabemos: por ejemplo, que cada uno de
nosotros no es más que una masa andante de microbios con una décima parte de efímero material humano.
Cuánto enseñan los libros como este sobre la magia de la vida y la menudencia de lo que somos.
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