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No soy de la argolla, y no

me compadezcan
Comentario al libro Historia del Perú Contemporáneo: Desde las luchas por la Independencia
hasta el presente de Carlos Contreras y Marcos Cueto, inspirado en la carta de Andrés
Samplonious a los autores
Luis Zaldivar
No soy de la argolla, y no me compadezcan
Comentario al libro Historia del Perú Contemporáneo: Desde las luchas por la Independencia
hasta el presente de Carlos Contreras y Marcos Cueto, inspirado en la carta de Andrés
Samplonius a los autores. 1

En un mundo perfecto, todo estudiante universitario debería tener la oportunidad de leer sus
textos de ciencias sociales con una leyenda que especifique la tendencia política o una
biografía completa –no currículum profesional- de sus autores. O por lo menos, los textos de
historia deberían tener por necesidad una lista de referencias de los textos que escribieron los
protagonistas de la historia o sus allegados, dado que así el estudiante pudiese tener la
oportunidad de balancear las opiniones vertidas en el libro con las opiniones de los
protagonistas. Quizás tal vez, pudiésemos tener textos de historia para universitarios que no
pretendan ser biblias dogmáticas con la última palabra sobre todos los hechos ocurridos en la
historia del país. Tal vez sea pedir mucho, pero ese sí que sería un mundo mejor.

Lo peor es que ese mundo sí existe en universidades plurales y círculos de estudios


independientes, pero lamentablemente no en el mundo académico reinante en el Perú, en el
que es más importante imponer una versión de los hechos para favorecer ciertos puntos de
vista que el enseñar a los estudiantes a leer críticamente. Los disidentes, por más títulos y
reconocimientos que hayan de por medio, son tratados con desdén, no comentan sus libros,
no los citan siquiera como referencia exótica, no replican a sus objeciones, son alejados de
posibles investigaciones, son sindicados como “oligárquicos” o “derechistas”; en fin, no dejan a
nadie que discrepe con ellos ser parte de su argolla elitista limeña convertida en
socialdemócrata insertada en el Estado de manera permanente y críticos acérrimos de
cualquier trabajo que no sea el suyo.

De este mundo al que le he dedicado el preludio proviene el título Historia del Perú
Contemporáneo: Desde las luchas por la Independencia hasta el presente, por los historiadores
Marcos Cueto y Carlos Contreras, cuyo objetivo manifiesto es crear una síntesis de la historia
del Perú “construida por una generación emergida de la experiencia de la guerra fría y de la
guerra interna…útil para profesores y estudiantes involucrados en los cursos iniciales de la
formación universitaria”. Es decir, el objetivo real es crear una versión propia de los
estudiantes marxistoides de los 70´s y 80´s sobre la historia del Perú para jóvenes que aún no
tienen la suficiente información como para señalar las inexactitudes y tendencias de los
autores. Objetivo cumplido, a decir verdad.

En su tercera edición, los autores han obviado las necesarias rectificaciones y sugerencias que
el historiador aprista Andrés Samplonius, intelectual del Taller Antenor Orrego, les envió hace
ya unos años a propósito de la segunda edición, y que ahora vuelvo a sacar a la luz. Al decir
verdad, al no haber corregido cosas tan obvias como escribir la palabra “napalm” con
mayúscula (p. 320), o asignar el nombre “falso Paquisha” (p. 387) al puesto militar con el
nombre femenino “falsa Paquisha” y limitarse a aumentar mapas y fotografías, sólo me deja
pensar que las nuevas ediciones han sido excusa para los autores de sacarle dinero a los
estudiantes de universidades privadas que costean la carrera de estos intelectuales. Gajes del
oficio, he de suponer.

1
Contreras, Carlos y Marcos Cueto. 2004. Historia del Perú contemporáneo. Desde las luchas por la
independencia hasta el presente. IEP Ediciones (Estudios Históricos). Lima. 421 páginas.
El descuido de los autores ha permitido dejar pasar en cada reedición errores de orden general
casi sorprendentes. Podemos encontrar que los autores sitúan a Madagascar como una isla
situada en la “costa oeste” del continente africano (p. 116) cuando está situada al sudeste del
mismo. En la misma tónica, se habla del "trapecio" de Leticia (pág. 243) y también del
"triangulo" de Leticia (pág. 241); alguien debería decirles que en esta curiosa polémica
geométrica el "ganador" es el "trapecio”. En otra asombrosa confusión tratándose de
historiadores profesionales, señalan que el incendio de la Biblioteca Nacional ocurrió en 1940
cuando sucedió en 1943.

Pero los errores más graves, no son ortográficos ni de consultas a la Enciclopedia.

Por ejemplo, es totalmente falso que el radical arequipeño Francisco Mostajo fuera un
"antiguo abogado civilista (...) que luego se apartó de este Partido dado su cariz cada vez más
conservador" (pág. 282). Realmente, entendemos que en su concepción todos los activistas
políticos menos Mariátegui hayan sido “conservadores”, pero ellos mismos en un capítulo
anterior clasifican a Mostajo entre los "intelectuales desafectos del civilismo", que "iniciaron la
crítica al proyecto civilista", como Manuel González Prada y Abelardo Gamarra (pág. 298). Este
listado debería incluir a Christian Dam, a Mariano Lino Urquieta, a Glicerio Tassara y algunos
radicales más, que al igual que Francisco Mostajo fueron compañeros de ideales del egregio
Manuel González Prada cuando fundó el partido Unión Nacional en 1891. En vez, Cueto y
Contreras incluyen al civilista José Matías Manzanilla, que nada tiene que hacer al lado de
contestatarios como los anteriores.

De la misma manera, los autores califican a la presidencia de Billinghurst como “una de las
excepciones a esta sucesión de regímenes civilistas” (p. 202), cuando en verdad no entiendo
qué otra excepción pudo haber habido. Obviamente, fue la única excepción. Además, no
dudan en señalar a don Joaquín Capelo como el creador de la Asociación Pro Indígena (p. 230)
y no al verdadero mentor Pedro Zulen, inspirador, organizador y fundador de dicha Asociación
en 1909 y director de su vocero El Deber Pro-Indígena entre 1912 y 1915. Capelo fue
colaborador de Zulen y presidente de la Asociación cuando Zulen debió ausentarse.

Sobre el rol de Haya de la Torre y el surgimiento del APRA, se dedican a repetir libremente la
tesis de Peter Klaren sobre los orígenes del partido aprista, argumentando:

"El carismático político trujillano Haya de la Torre (Trujillo 1895 - Lima 1979) provenía
de una familia de clase media que había sufrido el descalabro que la modernización de
las haciendas azucareras produjo en algunos sectores sociales del norte del país. Su
padre era un cajabambino, hijo de maestros de escuela, y su madre era parte de una
familia de pequeños hacendados. Según Peter Klaren, que estudió con detalle el
desarrollo de las plantaciones azucareras en el valle de Chicama, la vida de la familia
Haya de la Torre y los orígenes del Apra están socialmente vinculados al impacto de la
industria azucarera sobre la economía de la costa norte, que afectó a los trabajadores y
arruinó a muchos propietarios y miembros de la clase media." (pág. 254)

En su extenso trabajo, Klaren planteó que el Aprismo fue producto de las profundas
transformaciones socio-económicas que se dieron entre 1880 y 1930 en la costa norte a
consecuencia de la expansión de grandes haciendas azucareras. No se puede negar que la
obra de Klaren ofrece una explicación convincente respecto a las razones por las que el PAP,
desde su fundación en 1931, logró la adhesión de las masas en la región. Sin embargo, la obra
es incapaz de explicar cuales fueron los factores que le permitieron a Haya de la Torre elaborar
su doctrina política. La verdad es que esa pretendida relación directa entre los cambios
socioeconómicos en la región y el desarrollo del pensamiento de Haya de la Torre no
existe. Entre la formación de las grandes haciendas azucareras, que Klaren estudió con
detenimiento, y el origen de la concepción aprista media toda una experiencia de polémica
política vivida por Haya en Lima (jornada de 8 horas, reforma universitaria, universidades
populares), México (estudiando y trabajando con José Vasconcelos), América Central (lucha
revolucionaria de Sandino), Europa (visita a Rusia, estudios en Londres y Oxford, Congreso
Antiimperialista de Bruselas) y todo un momento histórico mundial. Los factores propiamente
políticos e ideológicos fueron determinantes en la génesis del programa del Apra. Al ignorar
estos hechos, Klaren no alcanza a explicar el origen de la ideología aprista, menos aún ofrecer
a estudiantes universitarios un claro panorama de la historia de esos años.

Entonces, queda claro que una cosa son las causas del arraigo popular que el PAP alcanzó en la
costa norte y otra muy distinta es el origen del ideario aprista. Por tanto, sostener que la
ideología aprista tuvo sus raíces en la realidad socioeconómica del norte del Perú es caer en el
reduccionismo. Lo que no es ninguna novedad, puesto que, respecto a los orígenes
ideológicos de la concepción aprista casi siempre se han formulado explicaciones que caen en
la unilateralidad o en la simplificación, como en los casos de Pike, Hilliker, Graham, Cotler,
Germaná, Aricó y otros. En este caso, ni Contreras ni Cueto ofrecen una visión comparada de
las explicaciones para la creación del partido político más importante de la historia peruana.

Miembros de las Universidades Populares homenajeando a Haya de la Torre exiliado en 1924.


Al medio, sentado, José Carlos Mariátegui 2

2
Tomado del libro Sindicalismo Peruano de Julio Portocarrero. 1987.
A continuación, el dúo Cueto Contreras hace su propia interpretación de la teoría aprista en la
línea de la división que hacen los otros miembros de su círculo académico entre el Haya de la
Torre “socialista” y el “viejo conservador”, afirmando:

"Desde temprano [Haya] tuvo diferencias con Mariátegui sobre el significado del
imperialismo, el carácter del capitalismo en los países atrasados y el papel de las clases
medias en una revolución. Para Haya el desarrollo histórico de América Latina había
sido diferente al europeo. El capitalismo no era el resultado de la evolución de un
feudalismo nativo, sino de la llegada del imperialismo extranjero. Por ello las clases
oprimidas nativas debían aliarse para desarrollar el capitalismo nacional desde el
Estado, antes de pensar en iniciar una etapa socialista dirigida por los trabajadores. Es
decir, según Haya, un frente de varias clases sociales dirigidos por las clases medias, y
no por el proletariado industrial, que era una minoría, iba a poder enfrentarse con éxito
al imperialismo norteamericano e iniciar una etapa de verdadero capitalismo
nacional."(p. 256)

Es decir, los autores le dicen a los jóvenes cachimbos del Perú que el treintón Haya de la Torre
era un socialista que quería tomar el Estado para erigir una revolución dirigida por una élite
propia, sólo diferenciándose de Mariátegui en una cuestión de “quien dirige la revolución” y
qué tan pronto queremos llegar a la “etapa socialista”.

Todo lo contrario. La lucha antiimperialista de Haya tuvo desde un comienzo un significado


distinto al de los afiliados a la Internacional Comunista, como Mella o Mariátegui. En su
pensamiento esta lucha jamás llegó a proyectarse como un eslabón en la lucha internacional
entre la burguesía y el proletariado, manteniendo hasta el último su independencia. Ya en
1928 decía:

Quien está de rodillas no camina; y si lo intenta sin ponerse previamente en pie, tendrá
que arrastrarse. Esto es lo que ha ocurrido en Indoamérica a los comunistas criollos. Los
resultados de su posición de inmóviles repetidores del credo importado, se comprueba
en la estagnación del movimiento de la Tercera Internacional en nuestros países. Para
tranquilidad y satisfacción del imperialismo y de la explotación feudal, los dogmas
moscovitas carecen de significado y de contenido en nuestros pueblos. La acción
realista, certera y eficiente, no la conocen los agitados dirigentes del comunismo criollo
sino por sus lecturas de los episodios de la revolución rusa, que los conmueven hasta
las lagrimas” 3

En consecuencia, la lucha contra la influencia económica y política de un país como los


Estados Unidos en la América Latina se circunscribía para él a un momento esencial para lograr
impulsar el desarrollo y el progreso de los países de América Latina. Este enfoque explica su
rechazo a subordinar la lucha antiimperialista en los países latinoamericanos a las perspectivas
de la revolución proletaria mundial.

A partir de su perspectiva latinoamericanista de la lucha antiimperialista, Haya elaboró su


concepción nacional-popular en polémicas sostenidas entre 1927 y 1928 con comunistas
europeos y sobre todo latinoamericanos a partir de su convicción de que la perspectiva de
lucha antiimperialista, tal como era planteada por el movimiento comunista mundial no tenía,
al menos en el futuro previsible, posibilidad alguna de materializarse. Parte importante de ese

3
Haya de la Torre, Víctor Raúl. 1936. El Antiimperialismo y el APRA. Editorial Ercilla, 2da edición. p 118
esquema era la formación de un partido político para luchar en democracia por un cambio
social basado en la soberanía del pueblo y no en los deseos de una minoría autoritaria. Esa fue
la discrepancia real que tuvo con Mariátegui, quien promovía con el partido socialista un
movimiento de tipo sectario que busque crear condiciones para imponer la revolución
proletaria mientras que pretendía evadir la acción política directa en democracia con los temas
culturales de la revista Amauta.

Con el mismo sesgo, los autores califican "de presunta inspiración aprista" (p. 253) a la
algarada del sargento Huapaya (cuyo nombre –Víctor– no se menciona), cuando está probado
que el grito del levantamiento fue “Viva Sánchez Cerro”, y la prueba es que meses más tarde
indultó y ascendió al sargento. Igualmente inexacto es señalar que los diecisiete militares
asesinados en la revolución de Trujillo murieron en el cuartel O’Donovan (p. 259), cuando fue
en la cárcel de la ciudad y por una turba descontrolada –no por los militantes apristas–. Más
para preocuparse, el libro también afirma que el lamentable asesinato del director de El
Comercio y su esposa en 1935 fue cometido por “militantes apristas” (p 259), cuando el crimen
fue cometido en forma aislada por un adolescente fanático que no pertenecía a las bases
partidarias del PAP. De igual manera, ni Cueto ni Contreras han tenido la delicadeza de leer un
poco para enterarse que el nombre correcto es “Universidades Populares González Prada”
(porque eran varias y a nivel nacional) y no “Universidad Popular González Prada”. Una lástima
que los viejos rencores se pongan en el camino del rigor académico.

La parte más preocupante, a mi entender, empieza con la narración de los hechos políticos de
los últimos 70 años.

Por un lado, el Partido Comunista no fue integrante del Frente Democrático Nacional, como
señala la página 288, salvo por un breve intervalo y en condición de adherentes de base. Los
apristas, por otro lado, fueron cofundadores y parte de su jefatura nacional. Por otro lado, en
la misma página, la interpretación parcializada sobre el APRA vuelve a pesar al anunciar una
supuesta “renuncia a sus ataques al imperialismo norteamericano y al capitalismo en general”,
con lo cual vuelcan otra vez en el libro la diferenciación que hacen entre el “Haya joven
radical” y el “Haya viejo conservador”, digno de la propaganda política comunista de la época.
En la práctica, los autores demuestran no haber hecho nunca un intento serio de entender al
partido aprista, cuya tesis antiimperialista respondían a un análisis geopolítico de décadas
pasadas y que ha seguido vigente en cuanto se ha opuesto a todos los imperialismos. Pensar,
que el APRA había “renunciado” al antiimperialismo cuando el contexto había cambiado no es
un hecho histórico, es una posición política.

En la página 312, a propósito del veto de las fuerzas armadas a Haya de la Torre en las
elecciones de 1962, y en justificación del golpe militar, los autores afirman que “lo cierto es
que los militares y los mismos seguidores de AP (Acción Popular) consideraban una terrible
amenaza y un fraude al país lo que se estaba gestando: un pacto entre apristas y odriístas para
elegir a Odría como presidente”. Independientemente de afiliaciones partidarias, pienso que
considerar a esta afirmación “lo cierto” es inaudito. No había fraude alguno. Era legítimo y
constitucional que el Congreso decida ente los dos principales candidatos votados. Y debemos
asumir que estos dos renombrados académicos saben perfectamente que Fernando Belaúnde
estaba desde el comienzo en contubernio con las Fuerzas Armadas, y que las denuncias de
fraude quedaron deslegitimadas por testimonios y la repetición del caudal electoral aprista en
las elecciones siguientes. Más preocupante aún, no se le otorga ni una línea al papel jugado
por Belaúnde Terry para obstruir el diálogo en las negociaciones luego del veto, ni al acto
patriótico de Haya de la Torre de aceptar el veto sólo para evitar el golpe y mantener la
democracia. En vez, los dos párrafos dedicados a las elecciones peruanas más controversiales
del siglo XX desembocan en afirmar que “las alianzas del APRA con sus antiguos enemigos…
desilusionaron a parte de sus militantes”, cuando en realidad el gesto de grandeza de Haya de
la Torre lo colocó como víctima de los odios de las Fuerzas Armadas y el vil oportunismo de los
líderes Acción Populistas que prefirieron besarle las manos a los militares apoyando el golpe
de Estado antes que aceptar su derrota en las urnas. Es triste decirlo pero lo que afirman estos
dos historiadores sobre las elecciones de 1962 es simplemente una calumnia. Revistas de la
época, como Presente, Caretas, y Oiga de Agosto de 1962 descalifican completamente la
versión de los historiadores, elogiando el acto de Haya de la Torre y cuestionando la actitud
antidemocrática del militarismo y el belaundismo.

Revista Presente, Agosto de 1962, donde se desmiente documentadamente la versión de


Contreras y Cueto sobre el golpe militar de 1962

A propósito del acto político del aprismo en estas elecciones, el respetado sociólogo Francois
Bourricaud diría: “si el adversario, contra el retiro del jefe del partido, acepta, aún
implícitamente, no poner en duda la validez de los diputados y de los senadores apristas, no
reconoce del mismo golpe más que la famosa alegación de ´fraude´e ´irregularidades´¿no era
más que un truco para apartar una vez más a Víctor Raúl de la Presidencia?” 4 Al parecer, este
razonamiento tan lógico no está en la línea de los repetidores Cueto y Contreras.

De similar manera, los autores en desmedro de cualquier rigor académico califican la


convivencia APRA-UNO como una coalición “para desarrollar una persistente acción de
obstrucción a las reformas del régimen con la intención de desacreditar al gobierno” (p. 317).
Al parecer, la oposición a las medidas populistas y demagógicas del belaundismo deben ser
caracterizadas de “obstrucción a las reformas”, a pesar que ellos mismos reconocen el carácter
caudillista y electorero del acción populismo cuando afirman que “el paquete de reformas del
nuevo régimen…levantaban grandes expectativas pero no llegaban a cuajar, empero, en un
todo coherente”, y que “(AP) reveló que en realidad más que un partido doctrinario y con una
ideología clara y una organización popular, era un grupo de personalidades que seguían a un
caudillo carismático “(p318). Es decir, los autores se contradicen al caracterizar al gobierno de

4
Borricaud, Francois. 1966. Ideología y desarrollo: El caso del partido aprista peruano. En Jornadas: 58.
Gráfica Panamericana S- de R.L
Belaúnde como incoherente y a la oposición como obstructora; si se trata de obstruir la
incoherencia, el juicio histórico tiene que ser positivo para la oposición por defecto.

Dirigencia de Acción Popular reuniéndose con la junta militar golpista para ultimar detalles
sobre el golpe

Como cereza a la torta, tenemos respecto a las elecciones de 1963, una afirmación fantástica:
"la mayoría de los peruanos prefirieron, de una manera similar que en 1945, al tercero en
discordia: al joven arquitecto sin pasado que lo condene"(p. 317, énfasis del
autor). Estimados, en 1945 no hubo ningún "tercero en discordia", hay que volver al colegio.

Curiosamente, en todo este proceso, no se menciona ni una vez el rol jugado por la prensa
oligárquica liderada por El Comercio, y apoyada por el inefable Eudocio Ravines desde La
Prensa, que tuvieron como consigna evitar que Haya de la Torre asuma el poder a cualquier
precio, justificando las dictaduras militares que precedieron a las elecciones de 1963,
apoyando el golpe de 1962, y de difundiendo la versión interesada y parcial que nuestro
académicos vierten hoy en los textos universitarios del 2004.

De las 20 páginas dedicadas a la dictadura del general Velasco (324 – 342), con detalladas
descripciones sobre la cantidad de estatizaciones, las marchas y contramarchas de la reforma
agraria, largos comentarios sobre la importancia de las “juventudes radicales”, etc., el libro
toma en su balance final de la dictadura tres líneas a recordar “el retroceso en la productividad
agraria, la retracción de la inversión privada, un abultado endeudamiento externo y un
exagerado gasto en armamento”. Es decir, de 12 años de desmantelamiento de la
infraestructura económica nacional, burocratización del país al mando de señores uniformados
a los que había que tratar como autoridades a pesar de no tener legitimidad alguna, la
institucionalización de la corrupción a manos militares, y el sometimiento de los intereses
nacionales al imperialismo soviético, los autores consideran más importante la “revolución
cultural” que cuestionó los paradigmas burgueses. Cuando menos, considero que así como los
autores sienten importante mencionar que las nuevas juventudes marxistas “contribuyeron a
liquidar el control aprista en las universidades”, también debería ser importante recordar que
gobernar luego de semejante desfalco fiscal iba a ser cuando menos complicado.

En la página 341, a propósito del desplazamiento que se dio en los 60´s y 70´s del sindicalismo
aprista basado en la negociación y las reivindicaciones democráticas por el sindicalismo
comunista basado en la búsqueda de la dictadura del proletariado y la toma del Estado, los
autores reseñan:

“Aunque el clasismo tuvo un impacto negativo para el crecimiento económico y la


modernización política…sirvió para cuestionar y quizás hasta desaparecer la sumisión
servil y clientelista hacia los patrones y empresarios en el mundo laboral”

Tal afirmación es altamente cuestionable. No hay razón por la cual pensar que el sindicalismo
aprista promovía o mantenía de alguna forma una relación “servil y clientelista” con los
proveedores de empleo; todo lo contrario, las organizaciones sindicales apristas resultaron
mucho más productivas para los trabajadores que las efímeras “plataformas de lucha” de los
sindicatos comunistas con los cuales hasta hoy no se puede llegar nunca a un entendimiento.
Si algo nos deberían enseñar en los textos de historia es que el sectarismo y dogmatismo
ideológico comunista han atomizado los intentos de real injerencia en la vida laboral,
ocupándose más bien de movilizar gente para oponerse a gobiernos y tratar de tomar el
Estado –máxima primigenia del comunismo. Como prueba, podemos tratar de analizar si la
CGTP o el SUTEP han logrado algún beneficio para algún trabajador que no sea del Estado,
simplemente no existe tal ocurrencia. Los “paros nacionales” y “huelgas generales” de los
llamados sindicatos “clasistas” sólo trajeron consigo despidos masivos, como ocurrió en 1977 y
1978.

Sobre el terrorismo, los autores citan en más de una oportunidad las cifras oficiales de la
Comisión de la Verdad acerca del número de bajas totales que se dieron durante el conflicto.
Sin embargo, dejan de tenerle tanta estimación a este documento cuando se trata del sonado
caso de El Frontón, en el que según la CVR en su informe final, (Tomo VII, p. 765-766) hubo una
decisión “apresurada” y poco control del Consejo de Ministros, pero no decisión o
responsabilidad directa del gobierno. Por el contrario, según los autores, “siguiendo las
órdenes del gobierno, las Fuerzas Armadas debelaron a sangre y fuego el motín, llegando –
según varios testimonios fidedignos- al asesinato de terroristas rendidos” (p 360). De la misma
manera, los autores desafían las cifras de la Comisión de la Verdad al asegurar en la siguiente
línea que las víctimas fueron “cerca de 300” cuando la CVR cifra conjuntamente a los caídos en
El Frontón y Lurigancho en alrededor de 200 (Tomo VII, 737). ¿Dónde estuvieron esos
“testimonios fidedignos” que la CVR no tomó en cuenta? ¿O es que realmente no existen?

Para terminar, es bueno recordarles a los autores que si bien es cierto que la primera "acción"
de Sendero Luminoso consistió en colgar cuatro perros muertos de postes en 1980 con
letreros que decían: "Teng", en alusión al dirigente comunista chino que había se había hecho
con el poder en la República Popular China a la muerte de Mao Tse Tung, imponiéndose a la
facción maoísta conocida como "la banda de los cuatro". Lo que no es cierto es que la
condena del senderismo fuera a estos últimos (p. 352), sino todo lo contrario, se oponían al
“revisionista” Teng. La “banda de los cuatro” maoísta era radical y violentista, afín al
senderismo, y ”Teng” era reformista moderado, “revisionista” del maoísmo, considerado “un
perro” por los violentistas ortodoxos. Esto es algo que conoce cualquier periodista. Resulta
preocupante que dos historiadores reconocidos del país no tengan estudiado el fenómeno
senderista por lo menos a nivel ideológico.

En conclusión, me entero con mucha pena que este libro titulado pretensiosamente Historia
del Perú Contemporáneo sea la fuente principal para entender la realidad peruana para nuevas
generaciones de estudiantes. Si bien el intento de hacer una síntesis de la vida republicana del
Perú es en algo rescatable, hacer tres ediciones que no rectifiquen simples errores ortográficos
y cronológicos hace denotar un desprecio total sobre el rigor de su propia obra. Peor aún, en
las “lecturas recomendadas” no hay ninguna fuente original o punto de vista equidistante que
inviten al lector a una opinión integral de un proceso tan complejo como la historia del Perú.

Al parecer, los autores Carlos Contreras y Marcos Cueto han visto por conveniente olvidar la
búsqueda del conocimiento por el consenso y simplemente basan sus esfuerzos en la premisa
de que los ganadores escriben la historia. Aunque para ser sinceros, hace falta preguntarse, a
quién le han ganado éstos.