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SEPARATA 2

I. EL HOMBRE COMO VIVIENTE

1. ¿Todo cambia o algo queda?

En el curso anterior, de Introducción al Pensamiento


Clásico, repasamos los orígenes de la filosofía clásica y su
aporte al pensamiento occidental, remontándonos
aproximadamente hacia el siglo VII a. C., hasta un grupo de
pensadores que se atrevieron a plantearse preguntas
radicales sobre la realidad. Su capacidad de asombro,
consecuencia del gran vigor de sus agudas inteligencias, les
llevaba a realizar preguntas ‘de fondo’ como por ejemplo: ¿la
realidad es pasajera o estable? Este asunto es importante,
porque si la realidad es eventual entonces es incierta; si ahora
es y luego ya no, estamos no sólo ante un juego de niños, sino
que nos involucra a nosotros; si nuestra vida es pasajera, si se
disuelve en la variabilidad de los instantes, como en un
chasquido de los dedos, entonces ¿qué queda de nosotros?

¿Podemos hacer pie en algo estable? ¿Lo real es sólo


lo que vemos, está en la superficie o tiene un fundamento más
profundo? Preguntándose frente a la realidad es como
buscaron el arjé o primer principio constitutivo y constituyente
de la realidad. Su respuesta fue –como luego detallaremos–
que aquello que constituye la realidad es estable, es el ser. De
manera que el cosmos, a pesar de sus diversos eventos,
procesos y fenómenos, posee una cierta seguridad, más allá
de la variabilidad, de la fugacidad, del devenir, no se disuelve
en el tiempo, por lo que el hombre queda al abrigo de esa
estabilidad.

Sin embargo, pronto advirtieron una gran aporía: la


muerte humana. ¿Qué fundamento era ése, el de la naturaleza
física, que no alcanzaba para que el hombre se librara de
morir? Y entonces empezaron a preguntarse por la fisis o
naturaleza humana: ¿Existe algo permanente en el hombre?

1
¿O será que estamos condenados a disolvernos en la
variabilidad de los instantes, de modo que al morir no quede
nada de nosotros? Por tanto, de la pregunta por el fundamento
del universo se siguió la del fundamento del ser humano. Esta
pregunta se hizo más intensa cuando varias circunstancias se
dieron lugar hacia el siglo V a. C., en una de las polis griegas
más importantes de aquel entonces, Atenas, la cual se vio
inmersa en una crisis social, cultural y política, que a muchos
les confundió, llevándoles a dudar sobre sí mismos y sobre su
capacidad de poseer la realidad de manera estable, segura.

En momentos de crisis, de vacilación, la sofística había


medrado, se había ido abriendo paso proponiendo diferentes
‘metros’ para medir la realidad, en especial la que
correspondía a la acción práctica, con el riesgo de fijarse sólo
en los resultados externos, en buscar, lograr, aferrarse y tocar
con la mano el éxito.

Sócrates (470–399 a. C.) reaccionó frente a dicha


confusión notando que lo más hegemónico que tiene el
hombre es su inteligencia y su capacidad de verdad, e invitó a
incrementar el conocimiento del ser humano. Es conocida su
recomendación: “¡Conócete a ti mismo!”. Conviene subrayar
que esta actitud ante la crisis es de acometimiento, no de
rendirse, sino justamente de aumentar la actividad intelectual,
para no ceder o entregarse a lo aparente.

Según Sócrates el ser humano sí es capaz de hacerse


con lo permanente de la realidad y no sucumbir ante lo
aparente y cambiante. La misma ética socrática parte de la
convicción de que sólo desde el saber y la verdad es como se
puede dirigir la acción humana. Ciertamente, el poner el
acento en dicha función racional pudo haberle hecho inclinar
la balanza de ese lado y caer en un intelectualismo ético1, pero

1
Consiste en afirmar que para obrar bien basta con saberlo. Evidentemente eso es irse al extremo.
Qué duda cabe que para actuar bien hay que pensar, emplear a fondo la inteligencia. Pero eso no basta.
Como se verá en la asignatura de Ética, el saber es requisito necesario pero no suficiente, ya que se
requiere también del concurso de la voluntad y de la libertad del sujeto. En descargo de Sócrates hay
que decir que lo que le ocurría –a él y a los socráticos– era precisamente que su lucidez era muy grande
y esa luz de su inteligencia les alcanzaba para darse cuenta del profundo daño que una persona se hace

2
se comprende el por qué de aquel desequilibrio, que estaba
justamente en la necesidad de resaltar la actividad intelectual
para hacer frente a la crisis.

Como es conocido, Sócrates se encontró ante la tesitura


de refrendar con su vida la autenticidad de sus convicciones
teóricas. Su ejemplo de coherencia fue una lección viviente
(Sócrates no escribió nada). El mensaje era claro: la verdad
es tan importante en la vida humana, que una vida sin verdad
no es vida.

Si los acusadores le perdonaban la vida a Sócrates, pero


a condición de que no volver a filosofar o cultivar la verdad, de
que cuando hubiera una injusticia en la polis se hiciera el
disimulado, de que incluyera la falsedad y mentira en su vida,
que se hiciera hipócrita y convenido, eso era para él peor que
matarle, porque una vida sin verdad, sin uso recto de la
inteligencia, no es vida de acuerdo con la dignidad humana; la
otra alternativa era el destierro, pero ¿qué había más allá de
las fronteras de Atenas? La barbarie, es decir, un vida sin
verdad y, por tanto, tampoco dignamente humana. Por ello,
puesto en la disyuntiva prefirió beber la cicuta, ya que una vida
sin verdad no es vida.

Ese impactante testimonio de vida quedó muy grabado


en la mente y en corazón de un joven discípulo suyo, Platón
(427-347 a. C.), quien lo ha dejado consignado en varios
diálogos, entre ellos el de La apología de Sócrates, diálogo
apasionante en que la figura de su maestro se yergue como el
principal protagonista.

Platón, como todos los filósofos socráticos, se convenció


de la excelencia de la inteligencia humana, ya que es gracias
a ella como el hombre es capaz de verdad, de medirse con lo
más permanente de la realidad y escapar de las apariencias y
de la caducidad de la vida temporal. Es esa misma relación la
que le otorgó una gran revelación, y es que la inteligencia
humana es también permanente, de lo contrario no podría
reconocerla en la realidad. Esa permanencia de la inteligencia

al obrar mal y como por tendencia básica no buscamos dañarnos, al darnos cuenta que algo nos deteriora
tan profundamente, los socráticos consideran que entonces uno no lo obraría mal.

3
humana (nous) es lo que le llevó a sostener la inmortalidad del
alma humana, su capacidad de ‘salirse’ del tiempo. El diálogo
platónico Fedón está dedicado a este tema. Es un gran
acontecimiento el realizar la experiencia intelectual. Por ahí
podemos acercarnos y vislumbrar el gran entusiasmo de
Platón que le llevó a considerar que lo único importante era el
alma racional.

A veces se critica a Platón, se dice que estaba ‘en las


nubes’, en la contemplación de las Ideas; pero hay que tratar
de meterse en sus zapatos, acercarse a su experiencia
noética, saborear la increíble capacidad que tiene la
inteligencia humana, saber hasta dónde se puede llegar con
ella, para luego criticarlo. En efecto, el gozo que da la
experiencia intelectual es difícilmente equiparable. Es
probable que ante aquella vivencia que le llevó a experimentar
tanta excelsitud, Platón hubiese visto el cuerpo no sólo como
algo inferior, sino como algo perjudicial, un fardo que tira ‘hacia
abajo’, mientras que el alma racional está hecha para
emprender unos vuelos tan altos que aquel no puede ni
siquiera sospechar.

De ahí que, según Platón, la tarea humana consista en


tratar de librarse de lo corpóreo y sensible para poder acceder
a la serena contemplación de las Ideas; de aquello que para
él constituye la realidad más potente por ser la más
permanente2. Sin embargo, eso en definitiva se logra post
mortem, cuando el alma se haya despojado del cuerpo, es
decir, cuando el ser humano ha salido de la caverna que es
este mundo.

Un discípulo de Platón, el socrático más maduro,


Aristóteles (384-322 a. C.), tendrá una postura un poco más
equilibrada. Según la tradición heredada de los filósofos que

2
Según Platón, las cosas tienen ellas mismas su esencia estable, no relativa a nosotros, ni
dependiente de nosotros, sino que existen por sí mismas conforme a la esencia que les es natural. (Cfr.
Crátilo).

4
le precedieron, él también hace filosofía buscando el (los)
primer(os) principio(s) metafísico(s) de la realidad3.

2. Noción de alma. El aporte aristotélico

Como señalamos, Aristóteles emprendió una búsqueda


de los principios más radicales de la realidad. Se planteó cómo
está constituida la realidad concreta y descubrió que
básicamente debe haber un principio indeterminado desde el
cual algo se configure, pero ese principio no es lo más
importante, ya que es potencial, abierto a un principio
determinante, que le dé forma o contenido.

Por tanto, este último tendrá que ser acto; es lógico que
sea muy activo, de lo contrario no podría ser determinante.
Aristóteles se queda deslumbrado al encontrarlo, le llama
entelecheia, que es un acto formal o forma actual gracias al
cual una sustancia es ‘lo que’ es. De ahí que uniendo aquel
principio de indeterminación con este otro que es fundamental,
determinante, da lugar a la famosa teoría hilemórfica, de la
que Aristóteles tiene el copy right.

La teoría hilemórfica, es la teoría aristotélica que


sostiene que la realidad concreta está constituida por dos
causas o principios, uno material (ὕλη) y otro formal (μορφή),
que se encuentran en toda sustancia real. Aristóteles
reconoce que aquel acto formal o forma actual es lo más
importante, y se queda admirado de esa actividad principial.

Es lo que ha sido considerado como el primer gran


encuentro de Aristóteles con el acto y, si bien no será el único,
es el primero; en adelante tratará de no perderle de vista, le
irá buscando en los posteriores encuentros, en esa misma
clave tratará de dar con un principio cada vez más activo.

3
“la finalidad de nuestro actual discurrir (es mostrar que) con el nombre de sophía todos hacen
referencia a la ciencia de las primeras causas y de los primeros principios”. ARISTÓTELES, Metafísica,
981b 27-28.

5
También es sabido que varios autores consideran que
esa causa o principio formal es la ‘idea’ platónica que –a
diferencia de Platón– no está ya más en un cielo empíreo, sino
que ahora es visto en las mismas cosas o sustancias reales.
Algo de esto ha sido representado en el cuadro de La Escuela
de Atenas, del gran pintor Rafael Sanzio, en la que aparece
en el centro la figura de Platón señalando con el dedo hacia
arriba, mientras que Aristóteles, indica con su mano hacia
abajo4.

Por otra parte, el hilemorfismo ha tenido varias versiones


y críticas a lo largo de la historia de la filosofía; incluso existe
un planteamiento del hilemorfismo universal, en el que no nos
detendremos, ya que es un tema que pertenece más a la
metafísica que a la antropología. Con todo, como veremos, la
complejidad del ser humano es mucho mayor que la del
universo, de manera que es comprensible que la teoría de las
causas aristotélicas se quede un tanto corta para la
antropología.

En lo que a nuestro tema corresponde, quizá lo


recomendable sea no despegar nuestra atención de ese nivel
de actividad encontrado inicialmente por Aristóteles, o sea,
seguirle la pista. Porque independientemente de si aquella
‘forma’ es la que vio Platón o la que encontró Aristóteles, uno
puede preguntarse ¿qué capacidad atractiva tendrá aquella
forma que fue capaz de embelesar mentes tan potentes como
las de Platón y Aristóteles?

Es muy probable que sea ese carácter activo e inteligible


de la causa formal. A los seres humanos nos va todo lo que
sea activo, porque amamos la vida, que es actividad vital, que
como tal tiende a su crecimiento; en cambio, no nos hace tanta
ilusión lo estático, lo inerte. También porque al ser formal ese
contenido determinado es como un estímulo para nuestra
inteligencia, ya que no sólo estamos hechos para una vida que
no se detenga, sino también para crecer en el conocimiento
de la verdad.

4
La literatura no podía ser menos, por ejemplo, Miguel de Cervantes en El ingenioso hidalgo Don
Quijote de la Mancha, propone dos personajes que encarnan esas dos categorías, el idealismo y el
realismo.

6
Sin embargo, varios autores han considerado que el
encuentro con aquel principio o acto formal ha sido la gran
trampa o limitación de la filosofía de Aristóteles, quien quedó
muy ‘marcado’ por ella. ¿Cuál es la limitación de aquel
principio formal? Aristóteles va buscando explicarse radical,
profundamente, la realidad. En esa búsqueda se encuentra un
principio –la forma– que es muy activo, ya que determina a la
sustancia concreta; sin embargo, advierte un peligro, y es que
al constituir a la sustancia concreta, aquella forma o actividad
se ‘detiene’, como si se quedara ‘fija’ o atrapada en ella.

Es pertinente detenernos en este asunto, aunque sea


brevemente, porque la antropología moderna ha esgrimido
precisamente esa crítica al aristotelismo, su fijismo. Tales
autores se han escandalizado con esta teoría hasta el punto
que se han ido al extremo de considerar que el hombre es un
dinamismo puro, que no hace pie en ninguna naturaleza fija,
en ningún ‘contenido’ formal o ley natural, de manera que el
único proyecto que tiene el hombre, es auto-construirse a sí
mismo.

Pero justamente Aristóteles advierte esa posibilidad, y él


más que nadie está dispuesto a no perder aquella actividad y
dinamismo consiguiente. Para ello, trata de ‘sacar’ a la
sustancia inerte al movimiento, se plantea un complemento de
dos causas más: una que es la causa eficiente y la otra que
es causa final. Pero si bien la causa eficiente –unida a la causa
final– es capaz de imprimir gran dinamismo a las sustancias
concretas, se da cuenta que eso es poco. Y no es suficiente,
porque en los seres inertes lo que mueve a la sustancia es un
agente externo, está fuera de ella, por lo que no tardaría en
preguntarse ¿qué ocurriría si la causa eficiente está dentro?
Es su encuentro con el alma del viviente.

Es claro que la actividad es muy intensa si el ‘motor’ está


dentro de la sustancia. Entonces, en el viviente su causa
formal no es sólo determinante, sino que es un principio
intrínseco de movimiento. Por ello define al alma como
principio intrínseco de movimiento, lo cual sí que provee de
una notable actividad, porque, además, esa alma es fin para
sí misma, ya que es una actividad que redunda sobre ella. De

7
manera que el alma es una ‘tri-causalidad’: causa formal,
causa eficiente y causa final.

Según Aristóteles, es admirable el alma o principio


intrínseco de movimiento, que constituye, integra, organiza,
auto-regula y sostiene al viviente, dotándole de gran
dinamismo y actividad. El asombro ante ese nivel intrínseco
de actividad, le lleva a realizar varias pesquisas y
experimentos entre los vivientes vegetales y animales, para
descubrir su actividad vital, lo cual le ha valido a Aristóteles la
calificación de padre de la biología.

Así, la manifestación inmediata de poseer alma es el


auto-movimiento. Tanto vegetales como animales poseen
auto-movimiento gracias a su alma o principio intrínseco de
movimiento. Así, por ejemplo, un algarrobo posee un
movimiento interno fabuloso, realiza muchas operaciones por
sí mismo, sus raíces absorben el agua, los nutrientes,
aprovecha la energía del sol para hacer la fotosíntesis, etc.;
esas operaciones corren por su cuenta.

De manera semejante sucede con los animales, como la


fauna del campus; su motor intrínseco les permite realizar más
y mejores operaciones que las que realiza un algarrobo, ya
que, a diferencia de los vegetales, su alma posee mayor
apertura, pues pueden conocer y tender o apetecer
sensiblemente, conocen dónde y cómo obtienen algo de
comer y hasta hacen gala de sentimientos en su correteo por
el campus.

Con todo, tanto al viviente vegetal, como al animal y al


humano les acaecen la muerte. Pero Aristóteles, como buen
socrático, sabe que si bien el hombre es mortal, no todo muere
con él, ya que el hombre, a diferencia de los otros vivientes,
posee inteligencia o nous –que es de índole permanente–,
gracias a lo cual el alma racional es inmortal. Uno de los
argumentos más conocidos de Platón acerca de la
inmortalidad el alma humana se basaba en la naturaleza del
alma racional que era simple, no tenía partes; por tanto, no se
puede des-componer. En el ser humano, la simplicidad del
alma le da una especial ‘fortaleza’ para resistir a la muerte.

8
Aristóteles sigue profundizando en la naturaleza del
alma humana, subrayando su carácter activo. En esa clave, la
muerte es vista como un déficit de actividad que atañe al alma
misma. Evidentemente, Aristóteles no tuvo ni barruntos del
pecado original, pero sí es posible darse cuenta que advierte
esa debilidad, ya que si bien el alma es activa, la intensidad
de esa actividad no es tan potente como para llegar a penetrar,
integrar o dominar suficientemente al cuerpo, por lo que
acaece la separación, que da paso a la muerte.

Como ya se ha señalado, Aristóteles no se rinde


fácilmente, y considera que a pesar de que la muerte está
presente en el hombre, lo que hay que hacer es incrementar
la actividad intelectual, que es vista como la vida más alta. Si
bien el alma no muere, puede tener diversos grados de
vitalidad. Aristóteles pone en el centro la activación de esa
alma racional a través del ejercicio del pensar o entender, cuya
actividad es tal que es la vida más alta. En este punto los
especialistas sostienen que se da su segundo encuentro con
el acto.

Coherentemente con ese descubrimiento, la tarea más


propiamente humana es ejercer su racionalidad y tratar de
meterla en todas sus acciones, de manera que se
perfeccionen los principios próximos de la acción humana –
sus facultades– para que esa actividad vital sea potente. De
ahí que la ética aristotélica es algo profundamente vital.

Con todo, Aristóteles advierte que esa capacidad no es


plenamente actual en el hombre. Aquella ‘luz’ de la inteligencia
no es continua, sino que es intermitente; no siempre está en
acto, sino que –aún poniendo todo nuestro empeño– a veces
pensamos o teorizamos, pero a veces no. Por ello, si bien
Aristóteles otorga gran valoración del nous y considera que el
ejercicio intelectual, el pensar o vida teórica, es la vida más
alta, en definitiva, a donde llega es a plantearse lo siguiente:
¿y si hubiera un entender que no se detuviera, que se ejerciera
permanentemente? Y se responde: eso sería propio de Dios.

Así, en ese camino de la búsqueda de niveles cada vez


más altos de actividad, de vida, Aristóteles llega a concebir la
divinidad como Intelección plena, como la Vida más alta:

9
“intelección de intelección” (noésis noéseos). Se trata de un
principio viviente, pues “el acto por sí de él es vida nobilísima
y eterna”5. Averiguación nada despreciable (si bien limitada),
teniendo en cuenta que Aristóteles es un filósofo pagano que
la logra descubrimientos con su sola razón.

Lo que sigue es consecuencia. Si la inteligencia humana


o nous es lo que de divino tiene el hombre, es el fundamento
de la dignidad humana, ya que comporta un dinamismo que
aún con interrupciones, se dispara hacia el infinito. En esta
línea Aristóteles advierte que las operaciones del alma
racional superan lo físico, pues su actividad no corre a cargo
de lo orgánico o material. Es conocido el ejemplo que pone
Aristóteles para que se vea la naturaleza propia del alma
humana: si el ser humano mira directa y cercanamente un
objeto muy potente como el sol y no protege su vista ésta
puede deteriorarse; en cambio, si entiende algo muy profundo,
su inteligencia no sólo no se daña, sino todo lo contrario,
queda mucho mejor, se capacita para entender más y mejor.
Eso es así porque la inteligencia humana no depende de lo
orgánico; es lo que le permite una mayor apertura; es lo que
hace al hombre capaz de hacerse con objetos no sólo
inmateriales, universales, sino que puede alcanzar principios
muy profundos y radicales, que van más allá de lo físico.

La apertura de la inteligencia humana es hacia el infinito.


Por ello Aristóteles afirma que “en cierto sentido el alma puede
hacerse todas las cosas”. Ese “en cierto sentido” se refiere a
la intelección. De ahí que posea un crecimiento irrestricto, lo
cual no ocurre en las facultades orgánicas o sensibles, cuyas
operaciones tienen base corporal. Así, en lo corpóreo cabe
una detención del crecimiento, no sólo respecto a la talla, sino
al crecimiento de otras facultades que tienen base corpórea,
como son por ejemplo la imaginación o la memoria; en ellas sí
es posible que llegue un momento en que al deteriorarse su
base orgánica sea difícil establecer relaciones imaginativas o
recordar. En cambio, la inteligencia es operativamente infinita,
puede crecer cada vez más y más. Aún en el lecho de la
muerte podemos ejercer una gran actividad intelectual.

5
ARISTÓTELES, Metafísica, XII, 9 y 7.

10
Por otra parte, esa apertura de la inteligencia pone al
hombre en el ámbito de la libertad. El ser humano no está
determinado por lo biológico. Evidentemente, su operar
sensible está presente mientras el alma está unida al cuerpo,
pero no está ‘atrapado’ en ese nivel; tiene la vida en sus
manos, es ‘causa sibi’, es causa para sí mismo, pues puede
dirigir su vida de una manera u otra, según su entender y su
querer libre. Pero por eso mismo, no está ‘defendido’ por su
instinto, y tiene que cuidar mucho su actividad racional para
no equivocarse.

De ahí que poseer alma racional comporta gran


responsabilidad. Hay que buscar la verdad, ejercitar la
inteligencia, meterla en las variadas circunstancias de la vida
diaria. Es gracias a esa luz de la inteligencia como se puede
iluminar el camino de la vida humana. Fiel a la tradición
socrática, Aristóteles no duda nunca que pensar es la
actividad –energéia– o vida más alta (está en la línea de la
divinidad). Y como el ser humano tiene dimensión temporal, la
vida teórica se debe extender o ‘bajar’ a la vida práctica; bien
entendido que hay que pensar para encontrar la verdad y
poder actuar en coherencia.

Por tanto, siguiendo la búsqueda aristotélica del acto, de


niveles cada vez más altos de actividad, tenemos que no por
tener alma racional está todo resuelto. Al respecto cabe la
pregunta: ¿Qué es más acto, el alma –principio intrínseco de
actividad–, o sus operaciones? O dicho de otra manera: ¿Es
suficiente con tener inteligencia o es más y mejor ejercitarla?

Desde luego que, según Aristóteles, es mejor ejercerla,


porque sólo así somos más acto. El alma es considerada
principio remoto de las operaciones humanas, pero –como ya
hemos señalado– el hombre no está en acto
permanentemente, y surge la tarea de tratar de pasar a acto y
ser aquello que somos: seres racionales. Al respecto es
hermosa la metáfora que pone Aristóteles acerca del ‘hombre
dormido’ y del ‘hombre despierto’. El primero es el ser humano
en cuanto sólo poseedor de alma racional, de inteligencia; en
cambio, el segundo es el que ejercita esa inteligencia o realiza
operaciones intelectuales. De acuerdo con esto se podría
decir: ¿de qué le sirve al hombre poseer razón si no la ejercita?

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Es como si estuviera dormido. Por tanto, no basta con tener
alma racional, sino que hay que poner en acto dicha actividad.

Es famosa la sentencia aristotélica de que la vida es ser


(acto) para los vivientes. Y la energeia humana superior es la
de pensar. Lo más alto es poseer y ejercer la inteligencia,
porque –según Aristóteles– ahí se lo juega todo el ser
humano, tanto su vida práctica como su vida contemplativa.
También es oportuno recordar la famosa definición aristotélica
del hombre como un ser que posee logos. Tener logos es
bastante, si bien no suficiente. Es muy importante poseer
inteligencia, pues ninguno de los otros vivientes tienen esa
dotación. Entre los seres vivos hay diversos grados
jerárquicos, el vegetativo, el sensitivo y el nivel racional, en el
que se integran los otros niveles inferiores, pero lo propio y
diferencial es su inteligencia, ya que con ella puede entender,
separarse, abrirse al infinito y ser libre. Pero, toda la riqueza
de esa dotación es muy poco si no se la pasa a acto, sería
como si –por decirlo de algún modo– quedarse inédito.

Una vez que hemos recordado de manera rápida y a


grandes rasgos los aportes de los grandes socráticos, y en
especial de Aristóteles, nos detendremos a considerar un poco
más lo que conlleva esa actividad tan especial como es la vida
humana. La realidad humana es tan compleja que para
empezar a conocerla es preciso detenerse en las
averiguaciones más básicas, no despacharlas pronto, sino
detenerse para ir profundizando en ellas.

3. Características de la vida humana

De acuerdo con lo que llevamos viendo se puede afirmar


básicamente que:

a) La vida es acto

Aristóteles le llamaría energeia. Gracias al alma el


viviente posee auto-movimiento, lo cual le da una gran
actividad. La vida no es nada abstracto, sino que es una
actividad real.

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Pero entonces hay que ser coherentes con esta verdad.
En esta línea Aristóteles dirá que la vida (enérgeia) más alta
para el ser humano es el conocer intelectual (llamada práxis
téleia), y en la vida moral será tajante al no dejar camino
posible: o crecer (lo propio de la vida) o morir.

Como se ha visto, en la metáfora del hombre dormido y


el hombre despierto es como si Aristóteles dijera: eres
hombre, posees logos, inteligencia; pero no basta, tienes que
estar en acto, ejercer tu dotación racional; de lo contrario, no
vives propiamente como hombre, sino como un animal o una
planta, ya que como hombre estás dormido.

Siendo la automoción la característica principal del


viviente gracias a que el alma es el principio intrínseco de
movimiento, donde mejor se da dicho dinamismo (que tiene
diversos grados en los vegetales y animales) es en el ser
humano, ya que integra el nivel biológico (las operaciones del
sistema circulatorio, respiratorio, digestivo, etc.) y la actividad
sensible (mirar, imaginar, recordar, etc.) en su actividad más
alta que es la de entender, razonar, querer. Por ello, en el ser
humano aquella actividad intrínseca es muy particular; alude
a un movimiento interior muy complejo, un «dentro» muy
profundo, a una «interioridad» signada por la actividad
racional. En correspondencia, un ser humano vivirá más
intensa y profundamente cuanto mayor y mejor sea su
actividad intelectual, la cual brotando del interior del hombre
se manifiesta en sus acciones externas.

Actualmente, en psicología se suele usar el término


atonía vital para señalar un estado de falta de vigor o de
vitalidad en un sujeto. En el lenguaje corriente este nivel de
atonía (a = sin, tono = vigor, energía) se expresa cuando se
dice de un ser humano que «no lleva el motor dentro de sí
mismo», cuando ha renunciado a llevar él mismo las riendas
de su propia vida. Se podría decir que su situación anímica –
la de su alma– es débil, poco fuerte y nutrida, de tal manera
que parece no tener fuerzas en su interior para hacer frente a
los retos y dificultades que toda vida lleva consigo, y que en
tal caso necesita ser movido por otro u otros, o que su vida
queda a merced de sus tendencias sensibles.

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Lo que precede nos lleva a recordar que se suele decir
que la vitalidad, el vigor, es propio de la juventud; sin embargo,
conviene precisar que según este planteamiento la vida más
alta se refiere al nivel de vitalidad espiritual, lo cual es
independiente de los años y la edad. En efecto, la intensidad
de la vida, considerada en profundidad, no depende tanto de
lo corpóreo cuanto de que se ponga en actividad, se actualice,
o se incremente, su dimensión espiritual. La vida de una
persona madura puede ser muy intensa y fecunda, si va
dirigida por su actividad intelectual y por la conquista de cotas
muy altas de verdad, de autenticidad. Caso distinto se daría si
alguien por escasa vitalidad espiritual estuviese en una
situación de abandono, dejándose llevar sólo por sus
operaciones vegetativas o sensitivas. Por ejemplo, una de las
cosas que me llaman la atención es cuando se observa en los
jóvenes un sentimiento tan penoso como es el aburrimiento.
¿Cómo es posible? Precisamente en la llamada ‘sociedad del
conocimiento’, cuando hay tantos medios para buscar y
plantearse el por qué cada vez más profundo de las cosas, de
la realidad.

Es necesario vitalizar la inteligencia, despertarla,


ejercerla, alimentarla, cultivarla, hacerla crecer. De lo
contrario, ocurre una gran pérdida. Es significativo que cuando
una persona se encuentra en una situación de escasa vitalidad
interior, le ocurre que va reduciéndose su campo de intereses,
y en lugar de tener uno amplio, profundo y nutrido, va
recortando su interés a pocas cosas y sin importancia, y sus
relaciones con el mundo, con las personas, son también
agostadas y efímeras. Es un gran decaimiento. Es como si la
inteligencia, al no estar en actividad, fuera perdiendo fuerzas
para interesarse, conocer o profundizar en la realidad, del
universo, de los demás, por lo que el sujeto corre el riesgo de
centrarse peligrosa y mezquinamente en sí mismo.

De esta lamentable situación no estamos libres ni


siquiera los que nos dedicamos a la filosofía. Es curioso, pero
entre las mentes más agudas y bien entrenadas suele haber
directivos y empresarios de alto nivel, de cuyo realismo, coraje
para hacer frente a la complejidad, para plantearse los asuntos
en profundidad, etc., tanto se puede aprender. En este sentido

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hay que recordar que todo hombre es filósofo, en cuanto se
atreva a plantearse los asuntos con rigor y vigor.

b) Es auto-organización

La auto-organización, con su consiguiente auto-


regulación, es una de las actividades básicas del ser vivo.
Consiste en la diferenciación de partes y coordinación de
funciones, no de cualquier manera, sino en base a unas
reglas, a una medida. Toda organización empieza por ser
básicamente esto: diferenciar elementos y coordinar sus
funciones en atención a una unidad, ya que la vida es
eminentemente integradora. En la medida en que esto no se
realice se produce la desorganización y, en consecuencia, la
muerte.

También, como en la característica anterior, si bien la


auto-organización es propia de todo ser vivo, en el ser humano
es mucho más rica y compleja. Evidentemente, se parte de la
auto-organización en el nivel corpóreo. El cuerpo vivo al ser
un organismo, está constituido por órganos diferentes, con
funciones específicas, que concurren al bien del conjunto.

La desorganización del viviente comporta la pérdida de


su vida, la muerte. Por esto se suelen hacer equivalentes las
frases: cuerpo vivo y cuerpo organizado. En este nivel es muy
interesante la relación entre cuerpo y alma humana, en lo cual
ciencias como la medicina, la neurociencia, la psicología, etc.,
tienen mucho que aportar en el diálogo con la filosofía.

Además, teniendo en cuenta la dimensión social del ser


humano, vida social requiere también de una adecuada
organización, regulación y unidad. Es el gran ámbito de los
medios, de la técnica humana, de la vida institucional y
política.

Para empezar, en la vida del ser humano la auto-


organización alude a la disposición de los medios,
especialmente a uno de ellos, que es muy importante: el

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tiempo; en segundo lugar está la organización del espacio, y
en tercer lugar, la disposición de los medios materiales.

Qué duda cabe que, para cada quien, la organización del


tiempo es muy importante. El tiempo es un medio o recurso
limitado, y su uso comporta criterios éticos. Y no sólo para no
desperdiciar el tiempo sin hacer nada productivo, sino porque
hay que hacer justicia a las cosas, dar a cada asunto el tiempo
que le corresponde, jerarquizar, etc., y, sobre todo, porque hay
que emplearlo para crecer y aportar. Tenemos un tiempo
acotado y hay que aprovecharlo para crecer, para mejorar uno
mismo y ayudar a otros a hacerlo también. En este sentido
cabe hablar de faltas, no sólo de comisión, sino de omisión.

En el ámbito social es importante saber organizar las


diferentes actividades que las instituciones básicas realizan,
tanto en la familia, como en el mundo laboral y en el educativo.
Así, por ejemplo, el mundo laboral debe saber articularse con
el de la vida familiar, de lo contrario una sociedad pierde
vitalidad, se empobrece. Igualmente, si en el mundo
educativo, por ejemplo, en las universidades, no hay relación
con las empresas, se produce una pérdida para los individuos
y para la vida de la sociedad. Inclusive si dentro de una
empresa no hay una adecuada división del trabajo y una
estrecha correlación entre todas las áreas, el resultado es –
por decir lo menos– mucha energía perdida. En cambio,
funciona mejor si hay una adecuada gestión con prácticas,
valores y convicciones vividos y compartidos. Precisamente el
liderazgo fomenta una situación en la cual se promueva y se
armonice el crecimiento y aporte de los diferentes miembros
de una empresa o institución.

c) Intercambia con el medio externo

En su nivel básico esto lo lleva a cabo una operación


importante que es la nutrición. Ella es la transformación de una
sustancia inerte en viva, dentro del viviente. Así, por ejemplo,
el agua fuera del viviente es una sustancia inerte; sin embargo,
cuando el ser vivo la bebe se la apropia de tal modo que el
agua en el ser vivo está viva. Los alimentos, las proteínas, las

16
moléculas de carbono, de oxígeno, etc., fuera del viviente son
sustancias inertes, en cambio, cuando son asimilados por el
viviente, cobran vida en el viviente. Sobre estos asuntos se ha
investigado mucho en la actualidad, hasta el punto de que al
decir de algunos somos lo que ingerimos y lo que nuestros
hábitos alimenticios generan.

Es de resaltar el carácter inmanente de estas


operaciones tan básicas; de ahí que, en rigor, las sustancias
nutritivas no alimentan al viviente, sino que éste «se»
alimenta. La nutrición es una operación importante, ya que si
se deja de hacerla o se realiza mal, pone en juego la
continuidad de la propia vida. En cambio, si se realiza bien
sostiene al viviente y hace posible su desarrollo y el resto de
sus operaciones.

En el ser humano, el intercambio con lo externo es


mucho más amplio y profundo que en los animales vegetales.
Como ya hemos señalado, la apertura de la vida humana es
mucho mayor que la de esos otros seres vivos. El hombre
puede apropiarse de más realidad que ellos; pero también
incidir en lo externo de manera más tajante.

El hombre usa el universo; pero debería hacerlo


respetando su naturaleza y dinámica. Como la relación
hombre-universo es la de superior e inferior, toca al más
perfecto la tarea de perfeccionar a lo inferior, de ayudarle a
desarrollarse, no de destruirlo. En esto hay que reconocer que
la mano del hombre no siempre ha ayudado al universo, sino
todo lo contrario. El ser humano es capaz de destruir su
hábitat, pero como está en continuo intercambio con él,
aquello le afecta a sí mismo. Existe una ética ecológica, la
cual, al defender al universo, protege al mismo ser humano.

Pero también la adecuada convivencia con los demás,


que es mucho más que simple intercambio, ofrece una
inestimable oportunidad para el enriquecimiento mutuo. El
solipsismo, como el individualismo, no son nada son
recomendables. En este sentido hay que recordar que
despreciar es perder. La exclusión de otros seres humanos
por ser analfabetos, por tener tal raza, tal cultura, conlleva una
gran pérdida para toda la vida social.

17
d) Está llamada a crecer

Es conocida la pregunta de Eckhart: “Vida, ¿para qué


vives?” Evidentemente, la respuesta inmediata es: para vivir
más. El viviente humano tiene una dimensión temporal, cuenta
con un tiempo –entre nacimiento y muerte– en el cual está
llamado a crecer y desarrollarse.

Por ello, Leonardo Polo afirma que crecer es una manera


de aprovechar bien el tiempo. El viviente al dedicarse a crecer
hace eso precisamente; desde su constitución hace que el
tiempo juegue a su favor. En lo que toca al ser humano, son
admirables las tareas que tan puntualmente cumple el embrión
humano, ya que en ello se le va la vida. De ahí también que,
según Polo, el aborto es matar un proyecto vital; se trata de un
asunto grave, porque es truncar el proyecto de vida de una
persona humana.

Crecer no consiste en un simple aumentar en el sentido


de acumulación en el plano material, sino que es una actividad
vital, y como tal es no sólo ordenada e integradora, sino que
al serlo crece en esa clave. El cuerpo del viviente humano está
básicamente organizado, hay una unidad entre las partes y
una correlación de funciones que afectan al conjunto de su
vida lanzándola hacia delante. La simple mezcla o
acumulación no es crecer, sino que el crecimiento de la vida
comporta dirección racional, desarrollarse a partir de sus
mismas potencias o facultades, de manera que el crecimiento
incide en la naturaleza del viviente perfeccionándola.

Es oportuno destacar el carácter integrador del


crecimiento, que como la nutrición, se realiza no aisladamente,
sino –como ya hemos señalado– en relación con la realidad
externa. El viviente está en relación con su medio, del cual
recibe diferentes influjos externos, algunos de los cuales
pueden ser positivos como en el caso de los nutrientes que
hacen posible su desarrollo, pero también puede recibir
influjos externos negativos que amenazan su desarrollo o
crecimiento.

18
Pero si se posee una vida fuerte, todo aquello es
aprovechable para crecer. Así, se podría decir que el viviente
tiene muchas «defensas», desde el mismo nivel orgánico. Por
ejemplo, si se ha ingerido una sustancia nociva, las defensas
del viviente luchan contra ella. Sólo si aquella es muy
poderosa y no puede ser neutralizada, sobreviene la
destrucción del organismo vivo y acaece la muerte.

A veces se piensa que lo propio de la vida es lograr el


simple equilibrio homeostático, pero el crecer supone dar un
paso adelante, y en el viviente humano la exigencia de
crecimiento es aún mayor en atención a sus facultades
superiores. El ser humano, más que acomodarse y adaptarse,
posee la capacidad de influir en el medio ambiente
adecuándolo a favor de la propia vida humana. El crecimiento
de la humanidad se ha tejido en esa clave.

Todo ello es así porque el ser humano puede habérselas


con los influjos externos de muchas maneras, con gran
despliegue de su inteligencia y hasta con inventiva. Un hecho
significativo es la capacidad de «cambiar de signo» a los
acontecimientos o influjos externos. Por ejemplo, un mal,
como puede ser una ofensa grave que una persona reciba de
otra u otras, podría amenazar su crecimiento, incluso hay
quien entonces ve detenerse su vida o ya no quiere seguir
viviendo; pero si sabe encajarlo, si aquello es dotado de
sentido, si saca fuerzas, si aumenta sus recursos, entonces
puede perdonar convirtiendo aquellos males en bienes, y
puede seguir adelante más fortalecido. En este sentido
también cabe aplicar el dicho popular de que ‘lo que no mata,
alimenta’.

Junto con el crecimiento está el dar frutos, es decir, la


capacidad de reproducción, ya que en un nivel determinado
de crecimiento se está en condiciones de producir un
semejante. Así cabe una reproducción en el plano biológico,
siempre y cuando el viviente haya alcanzado un grado
determinado de crecimiento o madurez. La madurez es pre-
requisito para la reproducción. En el ser humano se puede
hablar de madurez en varios niveles, en el orgánico o
biológico, en el psicológico y en el espiritual. Por tanto, en el
ser humano le generación de otro ser humano requiere

19
integrar también la madurez propiamente humana, ya que la
procreación tiene connotaciones morales.

En el plano espiritual también se puede hablar de


«producción» cuando se obtiene la respectiva madurez
intelectual como en el caso de un científico, que puede
«producir» intelectualmente y aportar sus investigaciones para
los demás, realizando una tarea intelectual muy fecunda.
Asimismo un verdadero maestro con la riqueza y generosidad
de su magisterio puede hacer posible un semejante, un
discípulo, cuando éste adquiere cierta madurez intelectual y
personal. Ahora que está de moda el coaching, es conveniente
tratar de calibrarlo desde un planteamiento vital y no como una
simple ‘transferencia’ de conocimiento.

e) Es inmanente

En general, la actividad más propia del ser vivo no es


tanto actuar sobre otros, sino actuar sobre sí mismo. Existen
varias operaciones por las que el viviente puede actuar sobre
sí mismo (aquí se usan con alguna frecuencia los verbos
reflexivos, por ejemplo, trasladar-se, nutrir-se, desarrollar-se,
etc.). Se denomina actividad inmanente (in: dentro y manere:
permanecer) a aquella en la que el viviente consigue su fin en
su propia operación, de manera que lo que ‘sale’ de la acción
se ‘queda’ o ‘permanece’ en ella.

En el hombre se da la inmanencia en el plano del


conocimiento, y de modo especial también se da en la vida
ética o práctica. Es conocido el ejemplo que pone Aristóteles
sobre la inmanencia en el conocimiento, en el cual se posee
el fin –la posesión de la realidad– al realizarse la acción: “se
ve y se tiene lo visto, se entiende y se tiene lo entendido”, de
manera inmediata, en la misma realización de la acción.

En cambio, esa inmanencia –o posesión inmediata del


fin– no se da en las acciones transitivas o transeúntes, ya que,
el ejemplo es asimismo de Aristóteles, al construir una casa
no se tiene ya la casa inmediatamente, y al tenerla se detiene
la acción, se deja de construir.

20
Es la diferencia entre lo que Aristóteles llama práxis y
póiesis, la primera es una actividad vital, inmanente, que
posee su fin en la misma actividad (se ve y se tiene lo visto),
en cambio, la póiesis es una actividad que mientras se realiza
no posee su fin (construir una casa) y cuando obtiene su fin
cesa la actividad (construir).

Respecto de la inmanencia en el ámbito ético, podemos


ver que las acciones humanas libres si bien ‘salen’ hacia el
exterior, quedan «dentro» del sujeto, modificándolo. Esto
sucede a través de un proceso de hiper-formalización, ya que
al realizar una acción libre se ponen en acto una serie de
facultades las cuales se reconfiguran, pasan del estado A al
de A', dejándonos mejor o peor dispuestos para la siguiente
acción. Por esta razón, Leonardo Polo sostiene que se puede
hacer un símil con la cibernética, en cuanto que ahí se da una
retroalimentación: se puede decir que en nuestra vida los «out
put» las salidas (las acciones que ‘salen’ al exterior), son «in
put», entradas (ya que ‘regresan’ al interior).

Es importante esta averiguación sobre la vida y la acción


humana, ya que nos advierte sobre la atención y cuidado que
tenemos que tener al actuar y la invitación a realizar acciones
perfectivas, ya que de ello depende el perfeccionamiento de
las facultades, con hábitos, que son necesarios si se quiere
conseguir fines muy altos. De manera rápida se podría decir
con un autor de nuestros tiempos: “Tenga Ud. cuidado de su
propia alma”. Esa advertencia coincide con la recomendación
socrática: hay que ser cuidadosos y pensar bien para
conducirse adecuadamente, ya que todo acto que «sale» de
nosotros «regresa» sobre uno mismo, configurándole positiva
o negativamente; si esto no tuviera importancia, no
comprometiera nuestro futuro, pero no es así.

Meter el mal en la propia vida no es asunto de poca


monta, que a lo más califique a las personas. Ni tampoco
hacer el bien es –por decirlo de alguna manera– un simple
recurso para dormir bien (por tener la conciencia tranquila).
No, es algo profundamente vital, mucho más serio. Lo que
conlleva introducir el mal dentro de uno es un proceso de
desvitalización, pues esas acciones se vuelven en contra del
propio sujeto. Si las facultades son el resorte de la acción y

21
uno las deteriora, estaría poniéndose él mismo una trampa en
sus pies.

Se requiere tener esos principios de la acción en ‘buenas


condiciones’; de lo contrario no podrán realizar proyectos
importantes, ni alcanzar fines muy altos, ni –en definitiva–,
alcanzar la felicidad. En esa línea, el egoísmo es algo tonto
¿buscar el bien propio a costa de los demás, haciendo el mal?
A ese precio: no. Los grandes socráticos no estaban
dispuestos a deteriorarse internamente, porque se daban
cuenta que aquel éxito exterior conseguido era aparente. Ellos
que nada sabían –porque no eran cristianos– acerca del
premio que Dios tenía preparado para quien realizara buenas
obras, consideraban que la manera de premiarse era obrando
el bien, porque de ese modo sus facultades se reconfiguraban
positivamente y quedaban mejor dispuestas para la siguiente
acción. En cambio, obrar mal era castigarse a sí mismo. No se
puede cometer el mal impunemente. Evidentemente se
plantearon: ¿cómo saco el mal de mi interior? Desde luego
que puedo desandar el camino, eso requiere mucha fuerza en
la voluntad porque hay mucha inercia que vencer, pero el
asunto es más profundo: es que al haber hecho la experiencia
del mal lo he saboreado, ya sé de qué va el asunto, es decir,
que ha dejado ‘huella’.

Una vez cometido el mal, se requiere reparar no sólo


hacia fuera, sino hacia dentro. En esa línea los ritos de
purificación que tenían algunos griegos de esa época eran
escalofriantes. Aquí también hay que tratar de entenderlos
bien. Por ejemplo, cuando en la célebre obra de Edipo Rey la
reparación por el mal cometido lleva a Edipo a sacarse los
ojos, se puede pensar que es una exageración, porque
además, en la era cristiana, se cuenta con la facilidad de pedir
el sacramento de la confesión, etc., pero no es un asunto tan
fácil.

En el plano humano natural, es importante ser


conscientes de esta inmanencia de los actos humanos que es
un asunto tan vital. No tenemos «compartimentos estancos»,
según los cuales podamos decir, por ejemplo, que hay cosas
que hacemos externa o técnicamente y que eso no tiene nada
que ver con nuestras instancias interiores. Cada vez que

22
actuamos muchas de nuestras facultades se ponen en
actividad, de manera que después de cada actuación quedan
configuradas nuevamente. Y dentro de este planteamiento del
dinamismo vital, aquello compromete la vida humana, de
manera que si alguien hace el mal, no necesita de nadie que
le ponga un obstáculo a su andar humano; él mismo se
encarga de hacerlo.

A veces se dice que una cosa es «la vida pública y otra


la vida privada», o también se oye decir que «los negocios son
los negocios», que son aparte. Pero, todos nuestros actos
humanos libres son inmanentes, de manera que en todos ellos
existe una retroalimentación continua, de modo que tienen
consecuencias no sólo externas sino interiores que pueden
comprometer el futuro. Por lo tanto, los negocios no son
operaciones aisladas; si son malos negocios, no son
realmente negocios, en cuanto que en la acción humana la
ganancia no es sólo externa, sino que hay resultados internos
y si se actúa mal es el sujeto el que se deteriora.

Algo parecido se puede advertir a los pragmáticos,


quienes a veces no se detienen ante el uso de medios malos
con tal de conseguir fines buenos y que los demás se
aguanten. Pero esa pretensión es falsa. En la historia de la
humanidad, sólo Dios puede sacar bienes de los males,
nosotros no podemos alegremente cometer males y tratar de
convertirlo en bienes para los demás. Si se hace daño a las
personas porque se usa de medios malos o inadecuados,
evidentemente ese mal hace sufrir a los demás, pero a quien
lo comete le reconfigura mal interiormente, porque la acción
práctica externa tiene un efecto boomerang respecto del
propio sujeto.

En general, uno no puede permitirse realizar un acto


malo y pensar que no le afecta. Aún un pensamiento muy
interno, aquel del que pareciera que nadie se da cuenta,
influye en la actuación posterior en cuanto deja al sujeto más
o menos debilitado, más o menos fortalecido. En la filosofía
socrática esta consecuencia interna de los actos humanos era
continuamente puesta de relieve. Como ya señalamos, Platón
recibió una lección viviente, cuando su maestro prefirió la
muerte a una vida sin verdad: puesto a elegir, no le quedó otra

23
alternativa, porque una vida sin verdad, aunque fuera larga, en
realidad era como estar muerto en vida.

Tal legado socrático fue reconocido por Platón, quien lo


puso de manifiesto en sus escritos. Es conocida la clásica
pregunta que Platón pone en labios de su maestro, Sócrates,
en uno de sus diálogos: ‘¿qué es peor, recibir una injusticia o
cometerla?’ La respuesta es muy esclarecedora, ya que
Platón considera que es peor hacerla, porque en este caso el
propio sujeto es el que se hace malo. De manera que siendo
las dos cosas malas (no se podría decir que recibir una
injusticia es algo bueno), lo que es peor o «más malo» es
realizar la injusticia. Sólo sería peor el recibir una injusticia a
cometerla si el que la realizara no tuviera consecuencias
interiores, pero como los actos humanos son inmanentes,
entonces las hay inevitablemente, de manera que la injusticia
que «sale» al exterior, que va hacia la otra persona, «regresa»
sobre el propio sujeto, quien acusa ese mal, esas
consecuencias, interiormente.

Con el mal sucede que las facultades que han actuado


quedan debilitadas, deterioradas, pues han introducido el mal
dentro de sí; de manera que si uno es muy tonto todavía puede
pensar que el peor daño se lo ha hecho al otro, pero es claro
que no es así. Si como vimos, aquel que recibió la injusticia
aumentó sus recursos interiores, le «cambió de signo» a ese
mal y lo convirtió en bien, entonces éste último sale fortalecido,
gana; en cambio, el hombre injusto sale perdiendo. Por esto
se puede decir que el egoísta, además de malo, es tonto;
porque a veces piensa que sacrificar el bien de los demás en
favor del propio es necesario para cuidar de sí mismo y, por
tanto, miente, finge, maltrata, ofende, roba, etc., sin darse
cuenta que su acción revierte sobre sí mismo. En cambio, al
hacer una obra buena en favor de otro, quien resulta
beneficiado es uno mismo, en su interior, en sus facultades,
adquiere una ganancia interna, aún si el otro no estuviera bien
dispuesto al recibirla.

En suma, los clásicos vienen a recordarnos que cuando


realizamos acciones no sólo hay resultados externos, sino, y
principalmente, resultados internos. Decíamos que es
necesario revalorizar actualmente esta verdad sobre el

24
hombre, precisamente ahora cuando cuentan mucho los
«resultados externos», «el éxito», «las apariencias», «la
imagen externa», etc. Hay que advertir que entre los
resultados están inevitablemente los resultados interiores, no
sólo los externos. Este gran descubrimiento de los pensadores
clásicos griegos puede contribuir a cuidar mejor los distintos
ámbitos de la vida humana, el personal, familiar, laboral,
especialmente la labor de los padres, maestros y directivos,
quienes tienen una función pedagógica también, y la misión
de fomentar esa ganancia interna en sus hijos, alumnos y
equipo de colaboradores.

En esta línea de la vitalidad profundamente humana, se


puede ver que una empresa, de cualquier tipo, económica,
educativa, familiar, etc., sólo tendrá desarrollo y continuidad
en el futuro si entre sus recursos cuenta con un buen equipo,
en el que se fomente la consecución de prácticas y hábitos
perfectivos; pero como tener virtudes no se improvisa, ni se
consigue de inmediato, requiere una gran labor de formación
y liderazgo.

Por otra parte, la formación de los cuadros directivos es


una tarea conjunta entre la empresa y la universidad.
Actualmente sí hay en las empresas la valoración de buenos
equipos, necesarios para alcanzar objetivos y metas cada vez
más altos, ser competitivos y crecer. Pero a veces sólo nos
quedamos en las habilidades o competencias técnicas y
profesionales; y hay que ir hasta los resortes de la acción que
son las facultades humanas. A partir de ahí hay que tratar de
fomentar su desarrollo. Pero, si dichos seres humanos están
estropeados, si el propio directivo los estropea, no se puede ir
a ningún sitio ni alcanzar ninguna meta importante, no se
crece, a lo más se sobrevive y a largo plazo la «organización»
entra en pérdida. Por ejemplo, un directivo que dé a sus
agentes de ventas unos incentivos económicos muy altos para
subir las ventas de su empresa «a cualquier precio», es decir,
fomentando acciones poco éticas, no puede ser tan torpe
como para no darse cuenta de hasta qué punto está
estropeando a sus agentes de ventas, y después sería todavía
más tonto si esperara de ellos la lealtad, cuando ya los ha
corrompido previamente.

25
En general, el tener en cuenta esa dinamicidad
inmanente de nuestras acciones, por ser vital, nos debería
ayudar a estar advertidos y vigilantes. A menudo vivimos
volcados a lo exterior, que nos reclama, nos seduce o nos
atrae y podemos olvidar que dentro de nosotros se está
produciendo una gran actividad y movimiento interior, nuevas
configuraciones, inclinaciones, hábitos, etc. Pero si no
cuidamos lo de ‘dentro’, lo que se maneja ‘fuera’ se acoge mal
o descuidadamente.

4. Descubrimiento y olvido del ser personal

a) Balance del aporte clásico griego

Sintetizando lo dicho anteriormente, tenemos que:

1. La temporalidad y el devenir interpelaron a los


filósofos griegos, quienes se plantearon si el universo era
eventual.

2. Por esa vía descubrieron que el universo tenía un


fundamento estable.

3. En correspondencia, se percataron que, si el hombre


era capaz de medirse con lo permanente, era porque en él
había algo de la misma índole.

4. Entonces, descubrieron la inteligencia, el nous,


humano. Gracias al nous el hombre podría acceder a los
principios más radicales de la realidad.

5. Si el nous era lo más permanente en el ser humano,


entonces no todo muere en él.

6. Para Aristóteles (filósofo de la vida), el hombre es un


viviente, en cuanto que posee alma, que es principio intrínseco
de movimiento (causa eficiente), formal y final –tri-causal–,
pero es un viviente especial, en cuanto que lo diferencial en él
es que posee logos.

26
7. Aristóteles considera que la vida es acto, y que la vida
más alta es la teoría, el conocer intelectual.

8. Si el hombre es capaz de verdad, está llamado a


iluminar su vida práctica con esa luz de la razón gracias a la
cual, a diferencia de los animales, tenemos libertad y, por
tanto, es posible la ética que es vital.

9. La teoría es la vida más alta, pero el hombre la realiza


intermitentemente; en cambio, la plenitud de esa actividad
pertenecería a la divinidad; según Aristóteles, Dios es el
“conocer que se conoce a sí mismo”.

10. En coherencia con lo anterior, la vida humana es un


acto, pero es una actividad muy compleja, porque está
signada por la racionalidad.

11. Teniendo en cuenta su especificación racional, se


puede decir que a mayor auto-organización y auto-regulación
más vida humana.

12. La vida está llamada a un crecimiento continuo y en


el ser humano cabe un crecer irrestricto, tanto en la vida
teórica como en la vida práctica.

13. Este desarrollo es inmanente, ya que en las


operaciones de la inteligencia se posee el fin en la misma
realización del conocer.

14. En las acciones humanas libres se da una hiper-


formalización, de las facultades, de manera que lo que esa
retro-alimentación modifica interiormente al viviente.

Los filósofos medievales reconocieron las grandes


averiguaciones que los filósofos socráticos habían logrado. El
descubrimiento del nous como aquello que le hace capaz de
medirse con lo permanente y que por tal es inmortal y no
sucumbe al devenir temporal; es un aporte notable no sólo
para la filosofía, sino para la cultura occidental.

27
Descubrir lo estable de la realidad así como la
correspondiente capacidad humana de acceder a ella, es algo
de lo que ya no nos hemos podido desprender, tanto que
incluso cuando la negamos lo hacemos presuponiendo que lo
que decimos es verdadero y hay un trasfondo de estabilidad
en la realidad.

Toda la ciencia occidental, las grandes hazañas que se


han gestado en ese terreno deben mucho a aquellos grandes
filósofos. A partir de ahí los pensadores medievales plantearon
la teoría de los trascendentales, afirmando que la realidad es
verdadera, es buena, es bella; y el ser humano puede hacerse
con ella.

Son los autores modernos los que han vacilado al


respecto, considerando que la realidad era engañosa,
sospechosa y, por tanto, no era bella; pero justamente por eso
su situación es eminentemente crítica, de la cual no acabamos
de salir.

También es una gran audacia el pensar la divinidad


como la plenitud del conocer intelectual y fundamentar la
misma dignidad humana en la inteligencia, que es lo que de
divino tiene el hombre, es lo que los medievales llamaron la
chispa de Dios (scintilla Dei). La inteligencia es vista como lo
hegemónico y diferencial en el hombre, es lo que más le
semejaba con la divinidad, que ejercía la actividad intelectual
permanentemente. Sin embargo, quedan algunas limitaciones
en sus planteamientos:

1. ¿Cómo es posible que el alma sea un principio


intrínseco de operaciones, un acto, si no siempre está
actuando. Porque si no siempre está en acto es porque es
potencia. Entonces, ¿en qué quedamos: es acto o es
potencia?

2. La inteligencia humana –el nous– se ha considerado


lo más alto en el hombre, lo que al ser capaz de medirse con
lo estable de la realidad nos revela su carácter permanente e
inmortal. Pero entonces, ¿qué significa la vida post mortem?
¿Sería como un ‘presente continuo’? Si sólo nos quedamos en
la apertura al infinito, sin más, se corre el riesgo de concebir

28
aquella vida como algo estático, lo cual sería como un
detenerse, no sería vida6.

Además, si bien Aristóteles logró avizorar una gran y


potente actividad divina, aquel conocer, aunque es muy activo
(Motor Inmóvil lo llama: motor, porque mueve a toda la
realidad; inmóvil, porque a él no lo mueve nada ni nadie), se
trata de un Dios impersonal y, además, solitario, que tendría
poco que decirnos más allá de que seamos atraídos por ese
conocer absoluto.

b) Descubrimiento de la noción de persona

Los filósofos medievales darán un paso adelante en la


línea de resolver aquellas dificultades. Ellos ya cuentan con la
plenitud de la Revelación judeocristiana. Aristóteles no pudo
contar con ella, ni siquiera la pudo sospechar, porque vivió
cuatro siglos antes de Jesucristo.

Pero en la era cristiana7, gracias a la Revelación, se


sabe algo central, y es que Dios es Personal, es decir, que
Dios no es soledad, no es una persona única, sino que es
Trinitario: tres Personas: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu
Santo, y cada una de ellas lo es en función de las otras.

Pero evidentemente, la Revelación no es un tratado de


filosofía. Con todo, no exime del trabajo intelectual ni ahorra el
despliegue de sus propios recursos metodológicos. Por tanto,
tal como vimos en la asignatura anterior, el desafío de los
filósofos cristianos fue el de integrar la razón y la fe cristiana.
Ese gran reto de integrar y sistematizar ambos aportes fue
asumido por varios filósofos cristianos, entre ellos Tomás de
Aquino. Él parte del reconocimiento del aporte aristotélico y le
toma la palabra para proseguirlo, tratando de responder a lo

6
Algunos pensadores modernos han considerado que si la vida post mortem es una situación siempre
igual y permanente aquello sería insufrible, sería algo así como un bostezo eterno.
7
Como es sabido, con la Revelación el mundo ya no es igual, y la historia tampoco. Con la venida
de la Segunda Persona de la Trinidad, Jesucristo, culmen de la Revelación, la historia se divide en dos
eras, la pagana y la cristiana (a. C. antes de Cristo y d. C. después de Cristo).

29
que el Estagirita no había encontrado, a pesar de que su
búsqueda es todo un ejemplo de no desistir fácilmente.

En efecto, la búsqueda de Aristóteles, que es muy


loable, le llevó a dar con el acto de conocer pleno que sería la
divinidad, pero lo que no llegó a vislumbrar fue que Dios es
persona. Por eso Tomás de Aquino pone de relieve que Dios
es Acto, el Acto Supremo, el Dios Vivo del cristianismo, lo cual
responde a la búsqueda aristotélica de niveles muy altos de
actividad, si bien el Dios Cristiano es muy distinto de lo que
Aristóteles concibió, pues es tan acto que es el Acto de Ser
por antonomasia, tan desbordante que es Ser Personal ya que
no es solitario, sino eminentemente relacional, de manera que
su actividad es donante, tanto entre las personas divinas como
respecto de las criaturas a quienes otorgan gratuitamente el
ser.

El gran aporte del cristianismo fue la noción de persona,


es un ser eminentemente relacional y donante. Una persona
sola sería un absurdo, un círculo cuadrado, porque ser
persona es una actividad tan desbordante que es apertura
radical, que ‘sale de sí’, hacia otra u otra(s) persona(s).

El ser o Esse divino, que da el ser o esse a las criaturas,


poniéndolas en la existencia, sacándolas de la nada –creación
ex nihilo–, es un gran acto de donación, de radical
generosidad, puesto que Dios no estaba obligado a crearlas;
la creación es enteramente a favor de las criaturas, es –por
decirlo de algún modo– un desborde de la exuberante
actividad divina que al ser personal es radicalmente donante,
amorosa. Por eso, Tomás de Aquino formula la llamada
distinción real de acto de ser y esencia (esse-essentia), que
se entiende desde su planteamiento creacionista. En las
criaturas se da la distinción entre el acto de ser y su esencia,
ya que el acto de ser (esse) es creado, es recibido de Dios; en
cambio la esencia (essentia), que es concreada con el acto de
ser humano, es potencia.

Por tanto, la dificultad que se podía observar en el


planteamiento aristotélico de si el alma racional era acto o

30
potencia8, desde la distinción real se puede ver que está en la
línea de la potencia, porque el alma depende de un acto que
es siempre activo y que es el acto de ser o esse hominis. En
este sentido, Leonardo Polo solía decir que Dios crea no
cualquier cosa (no crea un churro), sino que se toma en serio
a las criaturas y crea un acto de ser que, en el caso de los
seres humanos, es un acto de ser para cada quien, por lo que
cada persona es única e irrepetible.

Si la persona es término del amor divino, su dignidad va


más allá de lo que decía Aristóteles, quien la ponía en el hecho
de tener inteligencia o nous. La creación es un acto de
predilección divina, conlleva elección amorosa. El término
dilectio viene de diligere: que significa amar, lo que conlleva
elección. Cada persona, cada quien, ha sido elegido entre
múltiples opciones. ¿Por qué yo y no otro? Sería la pregunta
clave, mucho mejor que la de Heidegger: ¿por qué el ser y la
nada? Pero además la pre–dilección, alude a una elección
hecha desde antes (pre), y el antes que es más antes, la
anterioridad absoluta, es la eternidad; por tanto, si bien la
criatura es temporal, la acción divina que le eligió es desde
antes del tiempo, porque en Dios no lo hay.

En la criatura hay distinción real entre el acto de ser


(esse), que es activo, y la esencia (essentia), que es potencial,
que está puesta en la temporalidad precisamente para que
crezca a través del tiempo usándolo a su favor, pasando de
potencia a acto, algo parecido a lo que Aristóteles trataba de
decir con su metáfora del hombre dormido y el hombre
despierto. Aristóteles buscaba niveles cada vez más altos de
actividad. Y en este punto también está contestado a través
de la filosofía cristiana, ya que si en la criatura hay distinción
real entre el acto y la potencia, en Dios no hay distinción real,
porque en él todo es acto, en Él no hay nada potencial. Por
ello se dice que la esencia divina no es potencia sino acto; por
tanto, no hay distinción, sino Identidad.

A partir de ese aporte, y en lo que toca a la antropología,


se resalta la centralidad de la persona humana, que es un acto

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Aristóteles sostiene que “vivir es ser para el viviente”. De Anima, 415 b 13. En cambio, Polo afirma
que la vida está en la esencia y no es el acto de ser.

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de ser creado; todo lo demás –lo esencial– es integrado por el
esse. En este sentido, la antropología griega es aprovechable
en todo lo que se pueda, pero tratando de completarla.

Tomás de Aquino reconoce que la vida –especialmente


la vida humana– no se reduce a simple noción abstracta, sino
que es acto, gracias a aquel principio intrínseco de movimiento
que es el alma. En este sentido afirma: «Decimos que un
animal vive cuando tiene el movimiento desde sí mismo; es
decir, cuando no necesita que otro principie su movimiento»,
y también: «El nombre de vida se puso para significar la
substancia a la que por naturaleza conviene moverse
espontáneamente, o a sí misma». Recoge entonces la teoría
aristotélica sobre el alma humana. Ese principio intrínseco de
movimiento que se denomina alma –psyché– es como el
‘motor’ intrínseco del viviente. Alma y vida son correlativas.
Donde hay vida hay alma, y siempre que exista un alma hay
vida. También de acuerdo al tipo de alma se tendrá un tipo de
vida.

Es obvio que la posesión del alma es lo que hace que la


vida no sea estática, sino radicalmente dinámica. Pero en la
filosofía tomista se va más allá: Aristóteles al hablar de la vida
se refiere a la «vita in motu»: vida en movimiento; por tanto,
se le toma la palabra y en lo que toca al ser humano dicho
movimiento es mucho más activo debido a que se trata de un
alma creada, es decir engarzada en un acto de ser
personalísimo, gracias al cual Dios le ha puesto en la
existencia y le sostiene en ella.

Por eso mismo, la vida post mortem se resuelve de cara


a Dios. La filosofía griega no pudo resolver el asunto de qué
era dicha vida. Al principio, porque el Hades es un lugar
fantasmagórico. Los socráticos consideraron que era
importante cuidar y enriquecer el alma para que después de la
muerte el alma fuera a la Isla de los Bienaventurados, donde
había grandes personajes, con los que alternar y dialogar,
pero eso al final es muy limitado.

En cambio, en el planteamiento cristiano, lo más


importante del Cielo es que se trata de ser metido plenamente
en la Vida, en el Amor de Dios, es estar vivo para Él. Aquello

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no es nada estático, sino todo lo contrario, es una gran
actividad, como dice Leonardo Polo es “conocer como uno es
conocido”, es el gozo de saberse amado personalmente, por
toda la eternidad y de un modo siempre nuevo.

Con todo, la filosofía, aún con todas sus grandes y


profundas averiguaciones, es considerada por los filósofos
cristianos “sierva de la teología”, ya que como es obvio la
mente humana no es capaz de explicarse completamente el
misterio divino, ni todo el alcance de la vida elevada y
sobrenatural; sólo puede acercarse, pero por no por eso
estamos eximidos de esa aproximación.

c) El olvido del ser personal

Si el hombre reconoce su condición de persona, puede


aceptar su dependencia de Dios, que es su Origen y también
su Destino. Como afirma Leonardo Polo, sucede que al saber
que yo soy, ahí mismo se sabe que Dios es. En ese sentido la
antropología sería una vía hacia Dios. Sin embargo, a través
de un proceso que ahora no es el momento de detallar, ya que
corresponde a la asignatura siguiente dedicado a la filosofía
moderna y contemporánea, lo que sí podemos resaltar es que
el hombre moderno no quiere tener ningún vínculo con lo
trascendente, rechaza ser hijo, en aras de un afán
independentista del que precisamente lo hace dependiente.

Entonces el ser humano pierde de vista su ser personal,


y se vuelve incomprensible para sí mismo, su vida se extravía.
A la par, varios filósofos modernos desconocen los aportes de
los griegos clásicos. Como ya hemos visto, especialmente en
Aristóteles, se da la prioridad al acto; los modernos, en
cambio, le dan prioridad a la potencia. En ese sentido
sostienen que el hombre es una entera indeterminación, pero
naturalmente su cometido será auto-determinarse. Y como lo
que echan por la puerta se les cuela por la ventana, enarbolan
la bandera de la acción humana, pero esta vez en un proceso
dinámico que se dispara al infinito y cuyo valor máximo es lo
que Leonardo Polo denomina el “principio del resultado”.

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Así pues, el hombre desvinculado de su origen y destino
intenta cobrarse a sí mismo en sus obras. Es lógico que sea
así, perdido todo anclaje en lo trascendente, el hombre
moderno se aferra a los resultados externos, constatables, de
su acción, tratando de buscar en ellos la tan ansiada y perdida
seguridad. Estos resultados son económicos, cuantificables,
ostensibles. Pero no son sólo de ese nivel de bienes
materiales, sino también se refieren al éxito en el campo del
poder político, etc. Se trata de una carrera sin aliento, un
dinamismo íntimamente desdichado, porque los resultados
externos están todavía al final. Esto va en la línea de lo que
hemos indicado como póiesis; por tanto, se olvida la
inmanencia de la acción humana, las praxis, cuya índole es
profundamente vital.

Esta actitud sería incomprensible para un griego clásico:


¿cómo se puede ser hombre a través de los resultados
externos de la acción, que son justamente inertes? Según lo
que hemos visto, el hombre lo es en sus actos, la vida es
praxis, retroalimentación constante. Por tanto, desde este
ideal del resultado, se compromete el crecimiento propiamente
humano, el de uno y el de los demás; pero lo más serio es que
el hombre moderno desconoce que es persona. Algo intuye,
ya que resalta la noción de sujeto en el sentido de libre,
autónomo, etc. Pero si en lugar de sujeto pusiera a la persona
humana, coincidiría con los clásicos en resaltar la importancia
de su ser. La persona es única e irrepetible, y en este sentido,
los modernos aciertan al reconocer que el hombre está por
encima del universo, no es parte de él; y está llamado a un
dinamismo sin fin, porque la persona es acto, es activa o
actuosa, como señalaba Leonardo Polo.

Pero al no aceptar el carácter otorgante y relacional de


la persona, caen en un subjetivismo, en ponerse a sí mismos
como criterio y fin último de todo. Esto, evidentemente, es lo
contrario de la noción de persona, ya que el subjetivismo aísla
al sujeto, le lleva al individualismo. Por tanto, también las
relaciones interpersonales se complican y la vida social en su
conjunto; porque al retraerse la persona humana, no aporta ni
se da generosamente a los demás, empezando porque al no
saberse persona uno no se alegra con el acto de ser personal
propio ni con el acto de ser de los demás.

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Según Nietzsche el superhombre es una gran soledad,
es –con sus palabras– como un sol que es frío para otro sol.
Pero entonces, si priman los intereses individualistas de cada
quien, se llega a considerar, con Hobbes, que el hombre es un
lobo para el hombre; se instaura el régimen del miedo, que es
tan desvitalizador como el individualismo, porque es
paralizante: si uno no es el lobo mayor lo que queda es el
sometimiento al más fuerte o la muerte.

Evidentemente, esta situación ha traído serias


consecuencias en los últimos siglos y lo que corresponde
cuando se detecta una situación lamentable como ésta, es
tratar de salir de ella. En esa línea va la propuesta de la
antropología de Leonardo Polo, que como toda oferta es una
invitación (no es obligado seguirla) a ser conscientes de la
riqueza de nuestro ser personal, a lo cual nos referiremos
brevemente al final del presente texto.

Esa labor de personalización de las masas, el recuperar


la consciencia de nuestro ser personal, nos hace emplear de
manera radical nuestra libertad, lo que impulsa
asombrosamente la acción humana. Por tanto, si la
antropología moderna es claramente dinámica, hay que
tomarles la palabra a los modernos y ayudarles a descubrir el
gran dinamismo que comporta la libertad personal.

En lo que sigue trataremos de integrar las grandes


averiguaciones logradas por la antropología clásica, tanto la
griega como la cristiana, viéndolas en esa clave, imbuidas de
una actividad muy radical, la que sostiene e impulsa el acto de
ser personal.

AUTORA: DRA GENARA CASTILLO


Repositorio de la U. de Piura

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