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10.- LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO LIBERAL.

10.1 La oposición al sistema liberal. Las guerras carlistas. La cuestión foral.

1.- Origen del carlismo

Una facción ultra del grupo político realista dio lugar al carlismo, debido al pleito dinástico
provocado por la sucesión de Fernando VII.

Hasta 1830 en que nació Isabel, fruto del cuarto matrimonio del rey, Carlos Mª Isidro, el
hermano de Fernando VII, había sido el heredero al trono. Tras el nacimiento de su hija, el rey
publica la Pragmática Sanción que posibilita el reinado de una mujer.

Los partidarios de Carlos Mª Isidro presionan al rey (sucesos de La Granja, 1832) para la
abolición de la P. Sanción, pero la reina Mª Cristina, que se hizo cargo del gobierno durante la
enfermedad del rey, decretó una amnistía que permitía el regreso a España de los liberales
moderados exiliados. Tras el fallecimiento del monarca en 1833, estalló la guerra entre los
partidarios de Carlos Mª Isidro y los de la reina Mª Cristina y su hija Isabel, la futura reina.

2.- Las bases del carlismo

La lucha dinástica ocultaba un enfrentamiento mucho más profundo: en el fondo se estaba


dirimiendo que tipo de estado tendría España, si una monarquía constitucional de corte liberal como
pretendían los partidarios de la regente (llamados cristinos) o una monarquía tradicional como
pretendían los carlistas.

Detrás de los carlistas, que fueron a la guerra bajo el lema Dios, Patria, Rey y Fueros se
alineaban los defensores del Antiguo Régimen, sectores importantes del clero y los grupos sociales
que se sentían perjudicados por el liberalismo centralista. El carlismo encontró sus principales apoyos
sociales en las zonas rurales, entre los campesinos pequeños propietarios, los jornaleros y pequeños
artesanos

Las regiones de predominio carlista fueron el País Vasco y Navarra, que temían que el triunfo
del liberalismo implicaría la abolición de los fueros históricos que poseían y que significaban la
exención de impuestos, la autonomía de los municipios, la exención del servicio militar y la existencia
de tierras comunales para los campesinos pobres que carecían de tierras. También contaron con el
apoyo de buena parte del campesinado del interior de Cataluña, Galicia y Aragón. En estos
territorios, la reivindicación foralista, según la cual las regiones debían mantener sus instituciones
autónomas de gobierno y su propio sistema de justicia, será recurrente a lo largo del siglo.

En el exterior, los carlistas tuvieron las simpatías de las grandes monarquías absolutistas,
Rusia, Austria y Prusia, pero su apoyo apenas tuvo ningún efecto práctico para la causa carlista.

3. - Las guerras carlistas

La primera guerra carlista presenta bastantes semejanzas con la guerra de la Independencia:


en ambas no existieron frentes fijos y primaron los golpes de mano y la acción de las guerrillas,
siendo común también las crueldades extremas.

En el desarrollo de la 1ª guerra (1833-1840) distinguimos cuatro fases:

- En la primera (1833-1835), los carlistas, al mando del general Zumalacárregui, consiguen


numerosos éxitos y se asientan sólidamente en las zonas rurales del País Vasco y Navarra, sin
arriesgarse a una batalla en campo abierto. Sin embargo fracasaron a la hora de ocupar las ciudades
importantes y en 1835 muere Zumalacárregui en el sitio de Bilbao.
- A partir del verano de 1836, se asiste a una segunda fase en la que los liberales intentan
establecer sin éxito una línea de contención o frente fijo que aísle a los carlistas en las provincias del
norte; estos, por su parte realizan expediciones que recorren toda la península intentando conseguir
adeptos para sus filas, fracasando de nuevo en la ocupación de ciudades y sin plantear batalla
decisiva.
- Desde 1837 a 1839 queda claro que, a pesar de mantenerse en las provincias vascas y
obtener algún éxito aislado, los carlistas no cuentan con suficientes recursos para ganar la guerra y
poco a poco su causa irá languideciendo.

A lo largo de 1838, la guerra se desplazó hacia levante y en la sierra del Maestrazgo; el


general carlista Cabrera consiguió algunas brillantes victorias sobre los liberales, especialmente en la
zona de Morella; pero después de largos años de guerra, los contendientes estaban agotados, la
posibilidad de alcanzar una victoria decisiva era remota y se hacía necesario negociar algún tipo de
compromiso, por lo que se llego a un acuerdo entre el jefe del ejercito liberal, el general Espartero y
el jefe del ejercito carlista del norte, el general Maroto. El 31 de agosto de 1839, ambos militares
firmaron el Convenio de Vergara, en el que se estipulaba que Espartero recomendaría a las Cortes el
mantenimiento de los fueros vascos. Al mismo tiempo se comprometía a reconocer los empleos,
grados y condecoraciones del ejército carlista. A cambio, Maroto entregaba las armas de los 25.000
hombres del ejército del norte

Don Carlos se sintió traicionado por Maroto y no aceptó el acuerdo, aunque no podía
continuar la guerra sin su ejército. El conflicto se alargó durante un tiempo porque el general Cabrera
resistía en el Maestrazgo y se negaba a rendirse; prosiguiendo la lucha hasta que el general Espartero
tomó Morella (Castellón). En julio de 1840, los últimos combatientes cruzaron los Pirineos con
destino a Francia y finalmente Don Carlos se exilió a Francia donde renunció a sus derechos al trono a
favor de su hijo Carlos Luis. Sin embargo su exilio no fue el final del carlismo, ya que aún se
sucedieron dos conflictos más a lo largo del siglo, aunque ninguno de ellos puso realmente en peligro
al estado liberal.

Segunda guerra carlista (1846-49)

No tuvo el impacto ni la violencia de la primera, pero se prolongó de forma discontinua hasta


1860. Se desarrolló en Cataluña tras el fracaso de la boda entre Isabel II y el pretendiente al trono
(Carlos VI). En el conflicto participó el general Cabrera, con apoyo de partidas de guerrilleros
republicanos. El carlismo se revitalizó tras la revolución de 1868 que derrocó a Isabel II

La tercera guerra carlista (1872-76)

Se desarrolló en Cataluña, Navarra y País Vasco, con expediciones hacia el interior de la


Península como el saqueo de Cuenca. Los carlistas se enfrentan a Amadeo I, monarca perteneciente
a la casa de Saboya elegido tras la revolución del 68.

Tras la restauración de los Borbones (1875), la derecha monárquica se agrupó en torno a su


hijo Alfonso XII, por lo que se produjo el declive del carlismo, lo que llevó al pretendiente Carlos VII al
exilio en Francia.

4.- Consecuencias del conflicto.

Además de los elevados costes humanos, este conflicto casi permanente durante la primera
mitad del reinado de Isabel II, tuvo otras repercusiones:
- Convirtió a los liberales en el más seguro apoyo del trono de Isabel II.
- Dio protagonismo político a los militares en la defensa del régimen liberal. Los generales se
pusieron al frente de los partidos políticos y convirtieron la fórmula del pronunciamiento en
un recurso para cambiar de gobierno o reorientar la política.
- Enormes gastos de guerra condicionaron las reformas como la desamortización de
Mendizábal.
10.2.- Isabel II. La organización del régimen liberal.

I. Isabel II (1833-1843) Las regencias.

1.- Introducción.

La primera década del reinado de Isabel II coincide con su minoría de edad, por lo que actúan
como regentes, en primer lugar su madre, Mª Cristina (1833-1840) y, tras los altercados
revolucionarios de 1840, el general Espartero (1840-1843).

En un primer momento hay un período de transición al liberalismo, tras el pacto entre los
antiguos grupos dominantes y las fuerzas sociales liberales.

A partir de 1836, triunfa el liberalismo y se consolidan sus dos corrientes: conservadora y


radical que darán lugar al partido moderado y al progresista, que se alternan en el gobierno durante
este periodo de regencias.

El liberalismo se implantó no sólo en el ámbito político: triunfo sobre los carlistas y


promulgación de la constitución de 1837; sino también en el económico: abolición del régimen
señorial y desamortización eclesiástica.

2.- Regencia de Mª Cristina (1833-1840).

La transición al régimen liberal estuvo protagonizada por político monárquicos reformistas,


como Francisco Cea Bermúdez, que intentó un reformismo sin cambios políticos y por liberales
moderados de la etapa del trienio, como Martínez de la Rosa.

El texto jurídico de esta etapa fue el Estatuto Real (abril de 1834), carta otorgada que
establecía unas Cortes bicamerales (Estamento de Próceres, la mitad designados por el rey) y
estamento de Procuradores (elegidos por sufragio censitario, 0,15 %).

El intento de compaginar absolutismo y liberalismo de la etapa de minoría resultó un fracaso:


los progresistas, a través de juntas locales requieren cambios más radicales, promoviendo revueltas
populares entre 1835-36.

El protagonista de este periodo, de gobierno progresista, fue el político Juan Álvarez


Mendizábal, liberal exaltado que asumió primero la cartera de Hacienda y posteriormente la
presidencia del gobierno; su obra fundamental fue la desamortización de los bienes del clero regular
(1836-37), consistente en la expropiación por parte del Estado de los bienes eclesiásticos para la
posterior venta a particulares en pública subasta. Como medida previa, en 1835, se suprimieron
numerosas órdenes religiosas, exceptuando las consagradas a la enseñanza o cuidado de los
enfermos.

Los objetivos de la desamortización fueron:

- Sanear la Hacienda, amortizando deuda pública.


- Financiar la guerra carlista.
- Convertir a los nuevos propietarios en adeptos a la causa liberal.

Además, en estos años se volvió a decretar la desaparición de los señoríos jurisdiccionales y los
mayorazgos.
En 1836, el pronunciamiento de los Sargentos de la Granja (1836), obligó a la regente a
reimplantar la Constitución de 1812 y nombrar nuevo gobierno que convocó Cortes Constituyentes
(son las elegidas con la finalidad de elaborar una nueva constitución). La composición de la nuevas
Cortes dio un predominio a los progresistas que elaboraron la Constitución de 1837, para dar cabida
a las distintas tendencias liberales. En ella se establecía:

- El principio de la soberanía nacional.


- Reconocimiento de un amplio repertorio de derechos de los ciudadanos.
- División de poderes:
o Senado: integrado por miembros de designación real.
o Congreso de los Diputados: elegidos por sufragio directo y censitario (5%)
- Concesión de amplios poderes al rey:
o Convocar y disolver las Cortes.
o Vetar las leyes.

El dominio político de los progresistas fue efímero ya que la regente se apoyo en los
moderados (1837-1840), lo que llevo nuevamente al progresismo hacia la vía de la insurrección
militar bajo el liderazgo del general Espartero.

3.- la Regencia de Espartero (1840-1843).

Espartero, un militar que había ganado su prestigio en Hispanoamérica y las guerras carlistas,
asumió la regencia con el apoyo de los progresistas y del ejercito (ayacuchos). A lo largo del periodo
se continúa la obra desamortizadora (bienes del clero regular) lo que genera la enemistad de la
Iglesia.

Su autoritarismo le acarreo muy pronto la oposición de un sector del progresismo y de


personajes claves del ejército, como Juan Prim, Francisco Serrano, Narváez y O’Donnell, veteranos,
como Espartero, de las guerras carlistas.

El acuerdo comercial de libre cambio que Espartero se propuso firmar con el Reino Unido le
granjeo la hostilidad de la industria textil catalana, lo que se materializó en la Revuelta de Barcelona
de 1842. Espartero bombardeó la ciudad, lo que le acarreó una gran impopularidad.

Entre mayo y junio de 1843 se produjo una revuelta general contra el regente con
participación militar y de población civil. Narváez derroto a las tropas del gobierno en Torrejón de
Ardoz y Espartero partió hacia el exilio.

II. Isabel II (1843-1868). El reinado efectivo.

1.- Introducción.

La mayoría de edad de Isabel II abrió una nueva etapa política caracterizada por el
predominio absoluto de los moderados, que gobernaron durante la mayor parte del reinado (17 años
de los 25 de la etapa), ya que solo estuvieron fuera del gobierno en dos ocasiones:

- Durante el bienio progresista (1854-1856).


- El gobierno de la Unión Liberal (1858-1863).

El régimen político fijó sus posiciones conservadores en la Constitución de 1845 y la


monarquía isabelina fue adquiriendo un carácter cada vez más reaccionario y excluyente.
2.- La década moderada.

El gobierno fue controlado por el general Narváez que lideró un periodo e estabilidad y
orden respaldado por el ejército y las elites sociales.

Para garantizar el ejercicio del poder, el partido moderado promovió la publicación de la


Constitución de 1845, basada en la soberanía conjunta del rey y las Cortes y que garantizaba el
control del País a la oligarquía mediante el sistema del sufragio restringido a menos del 1 % de la
población.

Las medidas políticas más importantes del periodo fueron:

- Centralización administrativa; se crea el cargo de Gobernador Civil (el líder moderado de la


provincia) que, junto con el gobierno elegirá a los alcaldes.
- Regulación de la instrucción pública.
- Nuevos códigos de leyes penal y civil.
- Reforma de la hacienda (Ley Mon-Santillán) bajo los principios de igualdad y
proporcionalidad.
- Creación del presupuesto anual.
- Potenciación de los impuestos indirectos (consumos que gravaban los artículos de primera
necesidad).
- Firma del Concordato con la Santa Sede (1851), por el que el Estado se hacía cargo, de los
gastos del culto y del clero, a fin de compensar a la Iglesia por las desamortizaciones.

El autoritarismo de los gobiernos moderados crea una oposición integrada, no solo por los
carlistas, sino también por los progresistas a los que se unen en 1849 el Partido Demócrata, situado a
la izquierda del progresismo que reivindica el sufragio universal. A partir de este momento
demócratas y progresistas protagonizaran revueltas en Madrid y Sevilla.

3.- El bienio progresista (1854-1856).

La situación económica de crisis en los últimos años del gobierno moderado alentó el clima
de tensión social. La reacción del ejecutivo, dirigido por Bravo Murillo, fue gobernar aún con mayor
dureza, por lo que la presión de la oposición se radicalizó.

Dado que el sistema electoral censitario y manipulado no les daba ninguna posibilidad de
gobernar, los progresistas utilizaron nuevamente el pronunciamiento como vía para acceder al
poder. El resultado fue la sublevación dirigida por los generales Dulce, O’Donnell y Ros de Olano, el
día 28 de junio de 1854, en Vicálvaro; de ahí el nombre de Vicalvarada con que se la conoce.

La situación se mantuvo muy incierta hasta que los sublevados publicaron el manifiesto de
Manzanares, que recogía alguna de las propuestas de los progresistas. Los levantamientos populares
en algunas ciudades como Barcelona, Madrid, San Sebastián y Zaragoza forzaron a la reina a recurrir
a Espartero, quien se autoproclamó presidente del Consejo de Ministros y compartió el poder con
O’Donnell, que asumió el Ministerio de la Guerra.

Entre las primeras medidas del nuevo gobierno destacó la restauración de 1837 y el inicio de
la redacción de otra mucho más progresista, La Constitución de 1856. Ésta, que no llegó a entrar en
vigor, proclamaba la soberanía nacional y ampliaba los derechos individuales. Además aprobó una
nueva ley municipal que ampliaba el censo de electores y acababa con la intervención del gobierno
en la designación de alcaldes.
Otra iniciativa importante fue una nueva ley de desamortización (1855), impulsada de
Pascual Madoz puso a la venta el doble de bienes que la anterior de Mendizábal. Además de las
propiedades eclesiásticas, nacionalizó y vendió bienes de uso y propiedad común, lo que agravó la
situación de municipios y agricultores, ya que los ayuntamientos obtenían sus ingresos del alquiler
de los bienes del ayuntamiento y los bosques y pastos comunales eran una fuente de recursos para
los campesinos. Esta ley seguía primando los intereses de los burgueses y terratenientes.

Una nueva ley de ferrocarriles (1855) favoreció que en pocos años se desarrollara una
modesta red de vías férreas. Esta ley hizo posible que los inversores contasen siempre con la garantía
de obtener unos beneficios a cuenta del Estado. Muchas empresas de capital extranjero,
principalmente francés, construyeran tramos de la red por los que obtenían unos importantes
beneficios y, a la vez, daban salida a sus productos industriales. Además, la especulación con los
terrenos por los que debía pasar el ferrocarril posibilitó un rápido enriquecimiento de constructores
y propietarios.

4.- La alternancia de los moderados y la Unión Liberal (1856-1868).

Dos fuerzas políticas se alternan en este periodo:


- Los moderados, dirigidos por Narváez.
- La Unión Liberal, liderado por O’Donnell, un partido con vocación de centro, que pretendía
acoger a los moderados de izquierda y progresistas.

En 1855, el estallido de una huelga general en Barcelona y la propagación de una nueva epidemia de
cólera contribuyeron a inestabilizar la situación política, marcada, desde 1854, por los sucesivos
cambios de gobierno a causa de la difícil convivencia en el poder de progresistas y unionistas.

En el verano de 1856, aprovechando el desconcierto creado por unas violentas revueltas


populares en Madrid, O’Donnell abolió la milicia nacional y volvió a proclamar la Constitución de
1845 al tiempo que apartaba del poder a Espartero. Pero tres meses después, la reina lo sustituyó
por Narváez.

La crisis económica que estalló (1856-1857) y las revueltas campesinas en Andalucía


provocaron varios cambios de gobierno. Narváez dimitió y O’Donnell formó otra vez gobierno en
1858.

Los gobiernos de esta etapa tuvieron como finalidad garantizar a la vez las libertades y el
orden público, para contentar a moderados y progresistas. Además supusieron una etapa de mayor
estabilidad política y un cierto crecimiento económico, favorecido por la coyuntura internacional. La
extensión del ferrocarril, de las tierras cultivadas, de las instituciones financieras y de la industria
textil catalana son buena muestra de ello.

En el terreno político se realizó una labor claramente en consonancia con las ideas
moderadas: se reinstauró la Constitución de 1845, se suprimió la desamortización eclesiástica y no se
llegó a aprobar la prometida ley de prensa. En política exterior, se emprendieron una serie de
aventuras militares que parecían renacer el espíritu colonial.

Por otra parte, se puso especial énfasis en dar una imagen de honestidad política: se
revisaron las listas electorales para corregir los numerosos errores y se iniciaron algunos procesos
contra políticos acusados de corrupción. Sin embargo, los intentos fracasaron y Posada Herrero,
ministro de Gobernación, destacó por su habilidad para componer a su favor los resultados
electorales.
La política exterior.

Tuvo especial importancia en los años de gobierno de la Unión Liberal. Se trata de


guerras de prestigio, que en la mayoría de las ocasiones no pasaron de aventuras militares que
contentaron al ejército e hicieron aumentar el ambiente de relativa euforia que se vivía en el país.
También intentaban reafirmar la presencia de España en las relacionas internacionales.

Por ejemplo, se emprendió una expedición a la Conchinchina (Vietnam), con el fin de


defender a unos misioneros se planteó una rápida intervención en Marruecos (1859-1860), en la que
el mando supremo lo ostentaba el propio O’Donnell, que finalizó con la derrota de las tropas del
sultán y la conquista de Tetuán. También se organizó una expedición a México, junto con Francia e
Inglaterra y dirigida por el general Prim. La intervención en Santo Domingo fue más decidida y el país
fue anexionado nuevamente a España durante cuatro años (1861-1865). También se envió una
escuadrilla a Chile y Perú (1863-1866) para hacer una demostración de fuerza ante estas repúblicas,
con las que las relaciones eran tensas.

Los problemas internos.

A los escasos beneficios obtenidos de la política exterior se añadieron las tensiones


originadas por los carlistas y las revueltas sociales, que provocaron la caída del gobierno de
O’Donnell.

En Andalucía se produjeron una serie de revueltas campesinas protagonizadas por los


jornaleros sin tierras. Dichas revueltas pusieron de relieve una vez más la situación crítica en que les
había dejado la desamortización.

Desde 1863 hasta 1868 se sucedieron gobiernos moderados y unionistas dirigidos por
conocidas figuras de la política como Narváez o Bravo Murillo, a la vez que se iban radicalizando las
posturas de los progresistas.

La muerte de O’Donnell y Narváez hizo aún más evidente el agotamiento del modelo
moderado en que se apoyaba la monarquía y facilita la aparición de una nueva generación de
políticos. En 1866 se reunieron en Ostende (Bélgica) progresistas y demócratas con el objetivo de
preparar una coalición contra la monarquía moderada de Isabel II.

De hecho, tanto Isabel II como la corte estaban muy desprestigiadas. La vida privada de la
reina, la corrupción de la corte y la influencia de personajes como la monja milagrera sor Patrocinio o
el confesor padre Fulgencio eran constante motivo de denuncia y de mofa en la prensa. Pero fue
sobro todo la crisis financiera y de subsistencia que se desencadenó en 1866 la que acabó de crear el
clima que llevó al final de la monarquía.
10.3.- Sexenio democrático (1868-1874). Amadeo I y la 1º República.

1.- La crisis del reinado de Isabel II: la Revolución de Septiembre.

La impopularidad de la monarquía de Isabel II unida a la de los moderados, se inscribe en una


etapa de crisis económica en los siguientes aspectos:

- Financiero: caída de las acciones ferroviarias que arrastra la deuda pública.


- Industrial: provocada por el alza de los precios del algodón (Guerra de Secesión Americana) que
llevara a la crisis de las pequeñas industrias textiles.
- De subsistencia debida a la carestía del grano, lo que dará lugar a fenómenos de violencia social.

La oposición al gobierno aumenta entre los inversores, industriales, obreros y campesinos.


Los moderados incrementan la represión y clausuran las Cortes, por lo que el resto de los grupos
políticos inician la vía de la conspiración y, en agosto de 1866, firman el Pacto de Ostende, entre los
progresistas (Prim) y los demócratas, a los que se unen de 1867 los unionistas, liderados por Serrano.
El fin de la monarquía se produjo tras la Revolución de Septiembre de 1868, iniciada con un
pronunciamiento militar en Cádiz, dirigido por los generales Prim y Serrano y el almirante Topete, al
mando de la armada. La insurrección se extendió a otras ciudades como Sevilla, Córdoba, El Ferrol y
Barcelona, con el apoyo popular liderado por los demócratas que organizaron Juntas
Revolucionarias. Tras la derrota de las tropas reales en Alcolea (Córdoba) los sublevados avanzan
hacia Madrid y la reina se dirige al exilio.

2.- El gobierno provisional.

Tras el triunfo de la revolución se formó un gobierno provisional presidido por el general


Serrano e integrado por unionistas (Topete) y progresistas (Prim, Sagasta, Figuerola y Ruiz Zorrilla),
que disolvió las juntas y convocó elecciones para enero de 1869, que se celebraron con sufragio
universal masculino. La composición de las Cortes resultantes fue:

- Mayoría para los partidos que apoyaban al gobierno: Unionistas, Progresistas y


Demócratas, que defienden una monarquía parlamentaria y democrática (basada en la soberanía
nacional).
- El segundo grupo en número de diputados fue el Partido Republicano Federal, situado a la
izquierda, que abogaba por el cambio de régimen y cuya propuesta federal le dio el triunfo en
Aragón, Cataluña, Valencia y Andalucía. Su propuesta federalista consistía en plantear una estructura
política descentralizada, constituida por diferentes estados o entes territoriales, con autonomía
legislativa y una misma política exterior y de defensa.
- Los moderados quedaron muy debilitados y sin relevancia política, sin embargo, a partir de
1873, su líder Antonio Cánovas del Castillo fue integrando a los descontentos del periodo (miembros
de las elites, parte del ejército y ciudadanos de orden).
- Los Carlistas, que constituían la extrema derecha y eran partidarios de la monarquía
legitimista, por lo que reavivarán la 3ª guerra carlista. Sus apoyos se encuentran en el País Vasco y
Navarra.

La revolución de 1868 reconoció los principios fundamentales de la democracia como el


sufragio universal masculino, la abolición de la pena de muerte y de la esclavitud, el
reconocimiento dela libertad de asociación (que permitió la creación de la Sección Española de la
Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) y la libertad de enseñanza y de culto.

Estos principios se recogieron en la Constitución de 1869, que hacía de España una


monarquía constitucional con un sistema bicameral y establecía claramente la división de poderes:
el poder legislativo residía en las Cortes, el ejecutivo en el rey, pero ejercido por los ministros y el
judicial en los tribunales. Además se reconocieron los derechos de los ciudadanos.

Aprobada la Constitución y estabilizada la situación política, Serrano fue nombrado regente,


en ausencia de un rey y Prim jefe de gobierno. El objetivo inmediato de ambos fue abordar los
problemas urgentes, como la búsqueda de un candidato para el trono y la solución a la insurrección
independentista que se había iniciado en 1868 en Cuba. Pronto tuvieron que ocuparse también de
acuciantes problemas de orden público, ya que se iniciaron importantes sublevaciones promovidas
por los republicanos desengañados por la falta de soluciones para la cuestión social y por la decisión
del gobierno de defender el régimen monárquico.

3.- El reinado de Amadeo I.

El problema de quien debía ocupar el trono de España se convirtió en una cuestión


internacional que retrasó aun más el período de provisionalidad del gobierno y permitió que, a pesar
de los esfuerzo de Prim, la oposición de republicanos y carlistas fuera creciendo.

El candidato considerado idóneo fue el hijo de Víctor Manuel II, rey de Italia, Amadeo de
Saboya. En principio cumplía todos los requisitos: pertenecía a una casa real con tradición liberal, era
católico y su elección no inquietaba ni a Francia ni a Prusia, las dos potencias continentales europeas
que se encontraban enfrentadas. Los Cortes le nombraron rey el 16 de noviembre de 1870 por un
escaso margen de votos, 191 contra 120. Prim, el principal valedor del nuevo rey, fue asesinado, en
circunstancias que no llegaron a aclararse, tres días antes de la llegada de Amadeo I.

El rey juró la constitución y, desde el primer momento, se mostró dispuesto a cumplir


escrupulosamente con el papel de rey constitucional.

Sin embargo, la división entre las fuerzas políticas hizo imposible mantener la estabilidad. En
el gobierno se sucedieron los progresistas de Práxedes Mateo Sagasta, los radicales de Manuel Ruiz
Zorrilla y los viejos unionistas encabezados por Francisco Serrano; partidos todos ellos que contaban
con escaso apoyo real entre los electores. Las elecciones continuaron siendo fraudulentas y la
abstención llegó al 50 %.

En este contexto, los republicanos, los carlistas y los partidarios de una restauración
borbónica en la figura del príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, ganaron adeptos. En abril de 1872, el
pretendiente de los carlistas, Carlos VII entró en España y se produjo un nuevo levantamiento en las
provincias vascas y en Navarra. Aunque fueron derrotados, algunas partidas siguieron actuando en
Cataluña y en el Maestrazgo y, después de su reorganización, en el País Vasco y Navarra hasta 1876.

El 11 de febrero de 1873, decepcionado del curso que había tomado la política española,
Amado I abdicó. El pacto entre los radicales de Ruiz Zorrilla y los diputados republicanos hizo que ese
mismo día, el Congreso y el Senado proclamaran la República por 285 votos contra 32.

4.- La Primera República.

Tras su proclamación se procedió a formar un gobierno presidido por el republicano


Estanislao Figueras. Los republicanos federales aceptaron la legalidad vigente, en espera de
elecciones que determinasen la futura constitución de la república; las elecciones a Cortes se
celebraron en Mayo mediante sufragio universal masculino, dando la victoria a los republicanos con
un 90% de los votos, lo que resultaba engañoso dado que la abstención alcanzó el 60%. Las nuevas
Cortes definieron el régimen como una República Federal, formándose un nuevo gobierno presidio
por Pi i Margall.

En un plazo de quince días se produjeron sucesivos cambios de gobierno, lo que demostraba


la escasa cohesión del partido; mientras, las Cortes se lanzaron a aprobar una nueva constitución, la
de 1873, que quedó en simple proyecto. En ella se incluía una declaración de derechos parecidos a
los de la Constitución de 1869 y una organización federal del estado para acabar con el centralismo.
Además sancionaba la separación de la Iglesia del Estado.

La revolución cantonalista.

La proclamación del carácter federal del la república aceleró la exigencia de los republicanos
Intransigentes de establecer la estructura federal del estado de abajo a arriba, es decir, sobre la
federación de unidades más pequeñas hasta la conformación definitiva del Estado. Esto suponía el
rechazo a que dicha estructura federal viniera impuesta desde las Cortes o por el propio gobierno
central.

El resultado de este planteamiento fue la formación de cantones por toda la periferia del
Mediterráneo, Levante y Andalucía: el movimiento cantonalista se inició el Alcoy, donde tuvo lugar
una huelga general anarquista y el asesinato del propio alcalde republicano; continuaron Cartagena,
Sevilla, Cádiz, Torrevieja, Almansa, Málaga, Salamanca, Valencia,… Su trayectoria fue diversa
aunque, en general, los cantones fueron sometidos muy pronto, salvo en Málaga ya que las
autoridades se habían puesto al frente de la insurrección y en Cartagena que resistió hasta enero de
1874 con el apoyo de la marina.

Para sofocar el movimiento cantonal, la República giró a la derecha con el apoyo del ejército.
El nuevo gobierno de Salmerón se propuso sofocar el cantonalismo y frenar el avance carlista,
además de reprimir a los internacionalistas cerrando sus locales y deteniendo a sus militantes. Estas
actuaciones determinaron fuertes polémicas en las Cortes que llevaron a la dimisión del gobierno en
Septiembre de 1873.

Emilio Castelar asumió la presidencia gobernando de forma autoritaria, suspendiendo las


garantías constitucionales. La izquierda republicana se opuso a su política provocando su caída, lo
que determinaba la implantación de un régimen de federalistas puros, por lo que, la apertura de las
Cortes fue interrumpida por el general Pavía que entró con fuerzas de la Guarida Civil y las disolvió,
dando lugar al periodo conocido como la república autoritaria (enero-diciembre 1874) en que el
poder es asumido por el general Serrano, que pone en marcha una serie de medidas para restablecer
el orden público:

- Limita el derecho de asociación.


- Reprime el movimiento obrero.
- Derrota del Cantón de Cartagena.

Serrano clausuró las Cortes indefinidamente hasta que un nuevo pronunciamiento


protagonizado por el general Martínez Campos en Sagunto acabo con el Sexenio Revolucionario e
impuso la restauración de la monarquía en la persona de Alfonso XII. El general serrano tomó el
camino del exilio y el 31 de Diciembre de 1874 quedó constituido el Ministerio de Regencia,
presidido por Cánovas del Castillo, a la espera de la llegada del nuevo rey.
10.4.- Evolución económica y cambio social. El arranque del movimiento obrero (1833-1875).

1.- La situación del mundo rural.

En el siglo XIX la agricultura continuó siendo la base fundamental de la economía, aunque el


sector agrario español permaneció en situación de estancamiento durante el S. XIX, resultando
obstaculizado su pleno desarrollo debido a:
Factores naturales. Los suelos peninsulares son pobres, rocosos y excesivamente secos a
causa de la baja pluviosidad y de las elevadas temperaturas.
Factores sociopolíticos: Desigual distribución de la propiedad de la tierra en España. Entre
1833 y 1870 aumentó rápidamente la superficie de terreno cultivado, las desamortizaciones
causaron la ocupación y roturación de tierras antes incultas y por ello creció constantemente
la producción agraria total española (cereales, vid, olivo, etc.)

Durante el siglo XIX los liberales españoles llevaron a cabo desde el poder una reforma
agraria, cuyos tres momentos básicos fueron:
- La abolición del régimen señorial.
- La supresión de los mayorazgos.
- Las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz.

La supresión de los mayorazgos se produjo en 1820, durante el trienio liberal, aunque las
resistencias de la nobleza retrasarían su culminación hasta 1841. El mayorazgo había sido la fórmula
por la que las casas nobiliarias en los siglos anteriores habían podido mantener una gran parte de sus
propiedades; el primogénito de la casa recibía por herencia un bloque de bienes del que no era
propietario, sino usufructuario, y que podía aumentar con compras, pero nunca vender,
manteniendo el deber de transmitirlo a su heredero. La abolición suponía que estos bienes eran
declarados libres y que, por tanto, podían ser vendidos por sus titulares.

Las desamortizaciones, primero de los bienes eclesiásticos y luego de los pueblos, fue la
medida práctica de mayor trascendencia tomada por los gobiernos liberales, y se desarrolló durante
todo el siglo XIX, entrando incluso en el XX.

Suponía dos momentos bien diferenciados: primero, la incautación por parte del Estado de
esos bienes, por lo que dejaban de ser de "manos muertas"; es decir, dejaban de estar fuera del
mercado, para convertirse en "bienes nacionales"; y segundo, la puesta en venta, mediante pública
subasta, de los mismos. El producto de lo obtenido lo aplicaría el Estado a sus necesidades.

La desamortización de Mendizábal.

El decreto desamortizador, publicado en 1836, en medio de la guerra civil con los carlistas,
puso en venta todos los bienes del clero regular -frailes y monjas-. De esta forma quedaron en manos
del Estado y se subastaron no solamente tierras, sino casas, monasterios y conventos con todos sus
enseres -incluidas las obras de arte y los libros-. Al año siguiente, 1837, otra ley amplió la acción, al
sacar a la venta los bienes del clero secular -los de las catedrales e iglesias en general-, aunque la
ejecución esta última se llevó a cabo unos años más tarde, en 1841, durante 1a regencia de
Espartero.

La desamortización “general" de Madoz.

El 1 de mayo de 1855, el ministro de Hacienda, Pascual Madoz, también progresista y amigo


de Mendizábal, sacó a la luz su Ley de Desamortización General. Se llamaba "general" porque se
ponían en venta todos los bienes de propiedad colectiva: los de los eclesiásticos que no habían sido
vendidos en la etapa anterior y los de los pueblos -se llamaban bienes de propios aquellos que
proporcionaban, por estar arrendados, una renta al Concejo, en tanto que los comunes no
proporcionaban renta y eran utilizados por los vecinos del lugar-. La desamortización de bienes de
propios y comunes se prolongó hasta 1924.

La venta de las tierras municipales arruinó a los ayuntamientos y tampoco solucionaron el


crónico problema de la deuda pública. Esta desamortización perjudicó a los vecinos más pobres, que
en adelante no pudieron utilizar los terrenos comunes de su municipio Estos terrenos de
aprovechamiento libre y gratuito donde recoger leña o llevar a pastar al ganado, lo que forzó a una
parte le la población rural a emigrar a las ciudades.

Las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz afectaron al 20 % del suelo español, lo que


demuestra su extraordinario alcance.

2.- Los inicios de la industrialización y la articulación del mercado interior.

Aunque España experimentó durante esta época un proceso le modernización y aceleración


industrial, este fenómeno se concentró en Barcelona (sector textil) y en Bilbao, Oviedo, Gijón y
Málaga (Sector siderometalúrgico). El desarrollo industrial se circunscribió a estas zonas costeras
relativamente reducidas por su fácil accesibilidad por mar y por su proximidad con los pases
europeos más avanzados económicamente, Francia y Gran Bretaña en especial.

El resto del país permaneció virtualmente desindustrializado. Comparando el caso español


con la evolución de Inglaterra, Francia y Bélgica observamos que la incorporación de España a la
revolución industrial resultó tardía, incompleta y desequilibrada, tanto regional como
sectorialmente

Las causas que explican este retraso o fracaso de la industrialización en la España del Siglo
XIX son:
- Motivos políticos: la pérdida le los territorios americanos, la guerra le la Independencia,
la inestabilidad durante el reinado le Fernando VII y las guerras carlistas más tarde.
- La escasez de carbón. Este mineral era de mala calidad y poco abundante en la
península.
- La carencia de materias primas. Por ejemplo, el algodón, materia prima para la industria
textil catalana, debía importarse enteramente.
- La deficiente red de comunicaciones; además, la orografía hispana encarecía y
dificultaba los transportes.
- El atraso tecnológico español.
- La falta de capitales nacionales.
- La dependencia técnica, financiera y energética del exterior.
- La debilidad del mercado interior español a causa de la baja capacidad adquisitiva y de
consumo de la mayor parte de la población, especialmente de la rural.
- El excesivo apego de los grupos industriales españoles a las protecciones arancelarias,
cuya consecuencia fue la escasa competitividad en el mercado internacional de los
productos manufacturados españoles por su mayor precio y su menor calidad.
- Factores socioculturales como la ausencia de mentalidad empresarial o el elevado índice
de analfabetismo, cuyo efecto económico fue dificultar a los trabajadores la ampliación
de sus conocimientos. La responsabilidad del analfabetismo es atribuible a la insuficiente
política educativa estatal.

Por sectores, es preciso destacar como en la industria siderúrgica se impusieron los altos
hornos para la producción de hierro utilizado para la fabricación de maquinaria textil, instrumentos
agrícolas y material ferroviario. Por otra parte, en el sector textil se introdujeron hacia 1840 la
máquina de vapor y las máquinas de hilar, imponiéndose paulatinamente la mecanización en el
proceso de fabricación.

En cuanto a la minería, conviene subrayar la intensificación de la explotación en los


yacimientos de Huelva, Murcia y Ciudad Real. Durante el Sexenio democrático se aprobó una
legislación minera (1865-70) que supuso la desamortización del subsuelo español. La totalidad de los
yacimientos mineros pertenecían al Estado, pero tras estas nuevas leyes fueron vendidas en pública
subasta las minas estatales. Una vez más, el factor determinante había sido el déficit de la Hacienda
española, la mitad del subsuelo minero acabó en manos extranjeras.

A) La industria textil.

Cataluña había aprovechado su experiencia anterior y posterior a la guerra de la


Independencia, y la pérdida del mercado americano, para modernizarse. Los factores que explican
ese proceso fueron: contar con un mercado nacional reservado y protegido por fuertes aranceles;
disponer de recursos procedentes de la agricultura y la exportación de aguardientes; contar con un
campesinado de cierta capacidad de trabajo a domicilio y consumo por el tipo de arrendamiento de
la tierra, en enfiteusis, lo que dejaba en manos de los cultivadores un nivel de renta aceptable. En los
años treinta la burguesía catalana había optado por sustituir la industria de la lana por la del algodón
y, al introducir la máquina de vapor y la fábrica como modelo de organización productiva, lograba
aumentar la producción, mejorar la calidad y abaratar los precios. Durante el periodo isabelino, se
produjo la mecanización casi total de la producción textil algodonera. La fuerza instalada y la
importación de algodón en rama se multiplicaron por nueve en estos años.

El apoyo recibido desde los gobiernos legislando medidas proteccionistas, que prohibían la
entrada de manufacturas extranjeras de algodón, fue definitivo, porque, a partir de ese momento y
durante el resto del siglo XIX, los textiles catalanes coparon el mercado nacional. Además de
Cataluña, algunas áreas de Levante, Madrid, Málaga y Béjar en la industria de paños de lana
mantuvieron focos textiles de importancia.

B) La siderurgia

Desde el algodón, la incipiente industria se encaminó hacia el hierro y el acero, y los altos
hornos sustituyeron las viejas ferrerías y forjas. Los decenios de 1830 a 1850 contemplaron la
hegemonía siderúrgica andaluza, con Málaga y Marbella como principales centros, en manos de la
familia Heredia. En el decenio de 1860 se produjo el predominio asturiano, localizado en Mieres y La
Felguera, cuando la fundición al carbón vegetal no pudo competir en precios con la fundición al
carbón mineral; finalmente, hacia 1870 los Ybarra en Vizcaya promovieron la renovación tecnológica
con el proceso Bessemer, alcanzando el 30 por 100 de la producción nacional, de manera que en
1880 la siderurgia vizcaína tenía la primacía del acero.

C) La red viaria: el ferrocarril.

El protagonismo en la espectacular revolución de las comunicaciones y los transportes


terrestres correspondió, en España como en toda Europa, al ferrocarril, que resultó un nuevo medio
de transporte de pasajeros y mercancías barato y rápido. La expansión del tendido ferroviario en
nuestro país contribuyó a la consolidación de un mercado nacional articulando los diferentes
espacios económicos, uniendo los centros productores con los centros de consumo, facilitando el
abastecimiento de las grandes ciudades y el traslado de alimentos, materias primas y artículos
industriales de unos lugares a otros.
La primera línea de ferrocarril realizada fue Barcelona-Mataró (28 km.) en 1848 y la segunda
Madrid-Aranjuez en 1851. En 1855 se promulgó la Ley General de Ferrocarriles, donde se
proclamaba de modo grandilocuente al ferrocarril "el elemento generador del progreso y la
civilización". Esta ley aceleró el ritmo de construcción de líneas ferroviarias; en 1858 había 850 km.
de vías construidas y abiertas al público, mientras que en 1866 la red alcanzó los 5.145 km. En esas
fechas, la red ferroviaria alcanzaba una extensión aproximada de 17.500 km. en Francia, 18.000 km.
en Alemania y 2.000 km. en Italia. Las pautas que se fijaron para ejecutar la construcción del
ferrocarril en España fueron:

- Pautas financieras. El Estado no asumió la construcción de las líneas, que se realizó


mediante concesiones gubernamentales a empresas privadas. Según fijaba la Ley
General de 1855, el Estado otorgaba la construcción de cada línea en subasta a la
empresa constructora que aceptara la subvención económica pública más baja. Se
impuso como condición que a los 99 años de quedar finalizadas las líneas pasarían a ser
propiedad del Estado. Este método seguido para efectuar las concesiones provoca la
utilización de materiales de baja calidad en las construcciones; además, el Estado
descuidó el rigor en las tareas de inspección de las obras. El resultado fue la realización
de una deficiente infraestructura viaria (raíles, traviesas y material móvil), que se
estropeaba continuamente, haciendo necesarios cuantiosos gastos en reparaciones; por
ello, las compañías de ferrocarril apenas obtuvieron beneficios económicos. Los
elevados costes de financiación de las obras explican que las dos mayores compañías
concesionarias de ferrocarril, MZA y NORTE, fueran francesas. Tampoco la industria
española se vio favorecida por el desarrollo del ferrocarril, ya que gran parte del material
(locomotoras, vagones) fue adquirido a empresas belgas, francesas e inglesas.
- Pautas de planificación. Se completó una red radial a escala nacional con centro en
Madrid.
- Criterios estratégicos. Elección de un ancho de vía de 1,67 m de distancia entre carriles,
distinto al del resto de Europa (1,44 m). El motivo era evitar que el ferrocarril fuese
utilizado por un ejército extranjero, facilitando así la ocupación de la península; el
recuerdo de la invasión napoleónica estaba cercano. Esta decisión resultó una
equivocación técnica que contribuyó a aislar a la economía española de la europea.

D) El sector comercial

El comercio interior se desarrolló lentamente pues continuaron siendo insuficientes tanto la


demanda interna como la red viaria. En cuanto al comercio exterior español, durante este período se
importaban manufacturas industriales, productos siderúrgicos, tejidos, maquinaria y carbón; y se
exportaban principalmente lana, aceite, tabaco, pieles, minerales (plomo, cobre, mercurio, cinc),
vinos y afines (pasas, aguardiente).España realizaba las 3/4 partes de su tráfico comercial con Europa
y el resto con América, ocupando Francia y Gran Bretaña, respectivamente, las dos primeras
posiciones por el valor y el volumen de las mercancías intercambiadas. Desde el siglo XVIII el Estado
español venía adoptando medidas proteccionistas, y a lo largo del siglo XIX continuaron fijándose
elevados impuestos aduaneros; algo similar sucedió también en Francia, Alemania y otras naciones
europeas. El arancel de aduanas es un impuesto sobre la importación de productos del exterior que
resulta muy sencillo de recaudar. El objetivo del proteccionismo económico es salvaguardar a los
productores nacionales de los competidores extranjeros, aunque tiene efectos negativos evidentes,
como perjudicar a los consumidores y beneficiar a industrias ineficientes.

E) El Sistema Financiero y la Hacienda Pública

En 1856 se creó el Banco de España, que sustituía al Banco Español de San Fernando, banco
oficial fundado por el Estado en 1829 y cuya principal función fue emitir billetes y prestar dinero al
Gobierno. Un decreto de 1874 transformó al Banco de España en Banco Nacional, con el monopolio
de emisión de papel moneda garantizado con un depósito de oro y plata en barras igual en valor
como mínimo al 25 % total de los billetes emitidos. Este Banco puso en circulación demasiados
billetes para poder prestar generosamente al Estado, que así pagaría sus deudas; dicha práctica
provocó el aumento de la inflación.

Hay, además, otras dos notas de interés:

- Creación de la peseta como nueva unidad del sistema monetario en octubre de 1868,
durante el Sexenio Democrático.

- Desarrollo de la Bolsa y de la Banca privada, prueba de ello fue la fundación de nuevos


bancos, así, en 1857 nacieron el Banco de Bilbao y el Banco de Santander.
3.- La estructura social.

Evolución demográfica.

La población española creció de manera continuada durante el siglo XIX. La población total
hacia 1800 era de 11.500.000 habitantes aproximadamente, mientras que el censo de 1877 calculaba
el número de habitantes en 16.634.000. La densidad de población permaneció baja (30 hab./km2 en
1857). La tendencia demográfica española de incremento poblacional sostenido se mantuvo porque
disminuyeron las tasas de mortalidad, fenómeno relacionado con la mejora de la alimentación, los
adelantos económicos y los avances médico-sanitarios (a pesar de las epidemias de cólera de 1833,
1854 y 1859, que provocaron la muerte a 350.000 personas). Las tasas medias aproximadas de
mortalidad y natalidad para este período son:

- Mortalidad, 30 %o
- Natalidad, 37 %o (esta tasa se mantuvo alta).

En 1865, el 80% de los españoles vivían en núcleos rurales. Aunque los niveles de
urbanización eran bajos, las principales ciudades crecieron constantemente (de 1834 a 1877
diecisiete capitales duplicaron su población), lo que hizo necesario eliminar antiguos recintos
amurallados y ensanchar el entramado urbano. En 1853, Madrid contaba 236.000 habitantes y
Barcelona 215.000. Entonces, París tenía ya 1.000.000 de habitantes.

A lo largo del siglo aumentó la migración interna hacia los grandes núcleos urbanos como
consecuencia de la superpoblación agraria y la mejora de los transportes. La emigración de población
joven por motivos económicos, especialmente hacia Cuba, afectó mayormente a ciertas regiones
como Galicia, Asturias y Cantabria. La estructura de la población activa española por sectores
económicos en 1860 era la siguiente:

- Sector primario: 65%, aproximadamente (campesinos, pescadores).


- Sector industrial: 15% obreros, empresarios, artesanos).
- Sector terciario: 20% (funcionarios públicos comerciantes, personal del servicio
doméstico).

La estructura social y sus cambios.

La novedad más sobresaliente, desde el punto de vista social, acontecida en la España


decimonónica fue la emergencia paulatina de la sociedad de clases desplazando a la vieja sociedad
estamental. Los fundamentos sobre los que se asentó la sociedad clasista fueron la libertad de todos
los individuos, el derecho a la seguridad en la propiedad y la igualdad ante la ley, que acabó con los
privilegios estamentales característicos del Antiguo Régimen. En esta nueva sociedad de clases,
abierta y dinámica, se abrieron grandes posibilidades de movilidad pues cualquiera, al menos en
teoría, podía descender o ascender socialmente según su capacidad personal.

Al mismo tiempo, la sociedad clasista significó la aparición de otras categorías sociales y de


nuevos grupos dominantes. A mediados del siglo XIX quedó definido el nuevo bloque social
dominante, integrado por:

A) La alta burguesía: industriales textiles catalanes, financieros madrileños y bilbaínos,


empresarios mineros asturianos y andaluces, banqueros, hombres de negocios y grandes
exportadores.
B) Los latifundistas agrarios, muchos de ellos pertenecientes a la vieja nobleza, que, aun
perdiendo sus privilegios jurídico-legales, conservó e incremento sus propiedades
territoriales e incluso reforzó su posición económica participando en actividades
financieras y bancarias
C) Los altos cargos del Estado y los mandos militares.

Por debajo de esta clase social encontramos a las clases medias urbanas, un grupo muy
heterogéneo y todavía numéricamente reducido compuesto por empleados públicos, oficiales del
Ejército, abogados, médicos, profesores, pequeños propietarios rurales, tenderos, artesanos y
pequeños fabricantes.

La población campesina, mayoritaria en España, incluía gran diversidad de condiciones:


- Propietarios de tierras (grandes, medianos y pequeños).
- Arrendatarios, jornaleros y braceros sin tierras, que constituían el 55% de la población
agraria, unos 2.500.000 individuos hacia 1860.

A lo largo del S. XIX se agravaron los conflictos sociales, aumentando la violencia de las
agitaciones campesinas y multiplicándose las huelgas de obreros urbanos ligadas al crecimiento,
todavía lento, de la clase proletaria y a sus iniciales intentos asociativos.

4.- El movimiento obrero.

Antes de la revolución de 1868, aparecieron en España las primeras protestas espontáneas


de obreros industriales canalizadas a través del Ludismo, movimiento que destruía las máquinas por
acarrear la pérdida de puestos de trabajo. Se producen en Galicia y Alcoy (Alicante) a comienzos del
siglo XIX y en Cataluña (incendio de la fábrica Bonaplata en 1835). A partir de la década de 1840, los
obreros catalanes crean sociedades de socorros mutuos, que ejercían la solidaridad mediante sus
aportaciones económicas. Estas asociaciones fueron el germen de los posteriores sindicatos.
Aparecen también aquí las primeras huelgas organizadas, como la de 1854 contra las selfactinas
(maquinas semiautomáticas empleadas en las fabricas textiles) y la huelga general de 1855 que puso
de manifiesto el desengaños de los trabajadores con la gestión de los gobiernos de la izquierda
liberal, inclinándose a partir de entonces por los demócratas y republicanos.

En 1864, se creó en Londres la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) con el fin
de coordinar la lucha obrera contra el capitalismo; el manifiesto y los estatutos fueron redactados
por Carlos Marx. Pronto se dividió en dos tendencias: los seguidores de Marx (socialistas) y los de
Bakunin (anarquistas)

A consecuencia del régimen de libertades establecido por el gobierno provisional que se


formó tras el destronamiento de Isabel II, en 1869, llegó a España, Guiseppe Fanelli, enviado por
Bakunin para organizar la sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT),
creándose la F.R.E. (Federación Regional española), que en 1873 contaba con 40.000.- afiliados
repartidos en su mayoría en Andalucía, Valencia y Cataluña. El desprecio por el parlamentarismo y el
rechazo de la centralización, así como la defensa de la acción directa y la autonomía regional hicieron
del anarquismo una fuerza muy popular entre los obreros de las regiones industriales mediterráneas
y los jornaleros andaluces.

Los principales rasgos ideológicos que definían a los anarquistas eran:

a) Rechazo de cualquier autoridad impuesta, defensa utópica de la autonomía individual


total y abolición del estado con todas sus instituciones (gobierno, ejército, policía,…)
b) Supresión de la propiedad privada y defensa del colectivismo, entendido como
articulación armónica de pequeñas unidades económicamente autosuficientes donde la
propiedad de los factores y medios de producción (tierra, maquinas, capital, …) seria
colectiva.
c) Defensa de la revolución violenta y del recurso a huelgas generales, insurrecciones,
sabotajes y actos terroristas como medios para destruir el Estado burgués y liberar a la
humanidad de la opresión.
d) Apoliticismo, rechazo del juego político y de la participación en elección, consideradas
un engaño.
e) Anticlericalismo, negación de la religión y de la Iglesia.

En 1871 llegó Paul Lafargue, yerno de Marx, con el fin de aglutinar la tendencia socialista.

Las ideas básicas del programa socialista eran:


a) Exigencia de emancipación total para los trabajadores.
b) Transformación de la propiedad individual en propiedad social o de la sociedad entera.
c) Posesión del poder político por la clase proletaria.
d) Rechazo del terrorismo, esa “política demoledora”, de los anarquistas; que era considerada
por los socialistas como una falsa vía para la liberación de los trabajadores.
e) Oposición a la expansión colonial y a las guerras.
f) El objetivo de los socialistas era la revolución, la toma del poder de forma violenta por la
clase proletaria. Pero hasta que llegara el momento oportuno de llevarla a cabo, era preciso
atravesar una larga fase de organización y propaganda, durante la cual, la lucha del PSOE
debería ser pacífica y legal, participando en el juego político y presentándose a las
elecciones, más que para ganar votos, para difundir el mensaje marxista, ya que la clase
trabajadora solo triunfaría cuando fuera más fuerte.

Tras el golpe de estado del general Pavía, que ponía fin a la República, el gobierno declaró
ilegales las asociaciones obreras ligadas a la AIT iniciándose la represión y persecución policial. Los
anarquistas se dividieron en dos tendencias: la de quienes proponían replegarse para esperar
tiempos mejores y la de quienes proponían la "política de los hechos", esto es, el terrorismo; la Mano
Negra, (1874-1883) fue signo de esto último, aunque la oligarquía andaluza exageró las acciones
terrorista, para acabar con toda reivindicación laboral.