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JoséJosé AntonioAntonio LópezLópez EspinosaEspinosa

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Página legal

Precursores de la docencia médica en Cuba / José Antonio López Espinosa. -- Ciudad de La Habana : Editorial Universitaria, 2010. -- ISBN 978-959-16-1264-9. -- 154 pág.

1. López Espinosa, José Antonio

2. Biografías de Científicos

3. Ciencias Médicas; Cuba

Edición: López Espinosa, José Antonio

Digitalización: Dr. C. Raúl G. Torricella Morales (torri@reduniv.edu.cu)

C. Raúl G. Torricella Morales ( torri@reduniv.edu.cu ) López Espinosa, José Antonio (

López Espinosa, José Antonio (reneespinosa@infomed.sld.cu), 2010

Editorial Universitaria del Ministerio de Educación Superior, 2010

Universitaria del Ministerio de Educación Superior, 2010 La Editorial Universitaria (Cuba) publica bajo licencia

La Editorial Universitaria (Cuba) publica bajo licencia Creative Commons de tipo Reconocimiento No Comercial Sin Obra Derivada, se permite su copia y distribución por cualquier medio siempre que mantenga el reconocimiento de sus autores, no haga uso comercial de las obras y no realice ninguna modificación de ellas.

Calle 23 entre F y G, No. 564. El Vedado, Ciudad de La Habana, CP 10400, Cuba

Dedicatoria

A mi querido e inolvidable maestro y padre José López Sánchez. A todos los que durante casi tres siglos han sido formadores de generaciones de médicos.

TABLA DE CONTENIDO

Prólogo

Nota preliminar

Introducción

El primer claustro médico en la Universidad de La Habana

Pequeñas biografías de los catedráticos

Br. Francisco González del Álamo y Martínez de Figueroa Dr. Ambrosio Medrano Herrera Dr. Louis Fontaine Cullembourg Dr. Esteban de los Ángeles Vázquez y Rodríguez Dr. José Arango Barrios Siscara Dr. José Melquiades Aparicio de la Cruz Dr. Julián Recio de Oquendo de la Coba Dr. Agustín Palomino Sanabria Dr. Juan José Álvarez Franco Rodríguez Dr. Antonio Miranda Dr. Domingo Arango y Prado Marocho Dr. Carlos de Ayala Álvarez Dr. Blas José Machado Saucedo Dr. José Julián de Ayala González Dr. Gregorio del Rey de la Cruz Dr. Nicolás M. José del Valle y de la Vega Dr. José de la Cruz Caro Pereira Dr. Roque J. de Oyarvide San Martín Dr. José de Jesús Méndez Dr. Lorenzo Hernández Marrero Dr. Félix José Gutiérrez Dr. Luis Machado García del Castillo Dr. Agustín Florencio Rodríguez Bedía

Precursores de la docencia médica en Cuba / José Antonio López Espinosa

Dr. Tomás Romay Chacón Dr. José Pérez Bohorques Dr. Diego Vicente Silveira Rodríguez Dr. José María Pérez Oliva Dr. Juan Francisco Pachón Moreno Dr. Fernando José Viamonte González Dr. José Benito Morales González Dr. Bernabé José de Vargas Díaz Dr. Francisco Ignacio de Soria Quiñones Dr. José Antonio Bernal Muñoz Dr. Marcos Sánchez Rubio y Hurtado de Mendoza Dr. Nicolás Vicente del Valle Ramírez Dr. Pedro J. Andreu Zamora Dr. Antonio Viera Infante Dr. Simón Vicente de Hevia Rodríguez Dr. Pablo José Marín Pegudo Dr. Antonio Machado Borrego Dr. Francisco Sandoval Infante Dr. Bernardo José del Riesgo Cepeda Dr. Agustín Encinoso de Abreu y Reyes Gavilán Dr. Ángel José Cowley Albirde Dr. Nicolás José Gutiérrez Hernández Dr. Vicente Antonio de Castro Bermúdez

Catedráticos regentes por períodos

Decanos de la Facultad de Medicina en la Universidad Pontificia

Iconografía

Bibliografía general

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Precursores de la docencia médica en Cuba / José Antonio López Espinosa

Prólogo

Todos los grandes historiadores aceptan que una de las formas más importantes de división de la historia es la biográfica, pues en ella se da a conocer la vida y obra de un personaje, que ha dejado su huella de manera destacada en el devenir humano. Por eso es raro que un historiador no haya incursionado en la biografía, aun cuando adopte sistemáticamente otras formas de división para sus estudios. Entre los cubanos me gusta siempre citar al gran historiador de la primera mitad del siglo XX, don Gerardo Castellanos García (1879-1956), quien publicó 32 libros, 7 de ellos de biografías, además de su fundamental obra en 3 tomos “Panorama histórico”, La Habana, 1934, en la que ofrece varios cientos de minibiografías. Y lo mismo puedo decir de los doctores Emeterio S. Santovenia Echaide (1889-1968) y Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964), por solo citar otros dos. El primero que se dedicó de preferencia a los estudios biográficos en Cuba fue don Francisco Calcagno Monzón (1827-1903), quien en 1878 publicó en New York su extraordinario “Diccionario Biográfico Cubano”, de imprescindible conocimiento para todo estudioso de la cultura cubana en general. El destacado jurista Antonio Barreras Martínez-Malo (1904-1973), luego Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, publicó en La Habana en 1936 su documentado “Diccionario Biográfico del Poder Judicial en Cuba”. El erudito bibliógrafo, doctor Fermín Peraza Sarausa, a quien tanto debemos en el conocimiento de nuestra bibliografía en general, mantuvo durante 20 años una sección de efemérides biográficas bajo el título de “Vidas Cubanas” en el periódico El Mundo, que después clasificó en orden alfabético y editó en 11 volúmenes en La Habana entre 1951 y 1960 como “Diccionario Biográfico Cubano”. Este autor confeccionó además “Personalidades Cubanas”, aparecido en La Habana en 1957 en edición mimeografiada. Esta obra sirvió de complemento a la anterior, aunque agrupó sólo a figuras importantes de la cultura o la vida pública no fallecidas. El académico correspondiente de la Academia de Historia de Cuba e Historiador Oficial de la provincia de La Habana, doctor Gregorio Delgado Fernández (1903-

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1964), dedicó gran parte de su quehacer intelectual a la confección de una obra de gran envergadura, a saber, el “Repertorio Biográfico Cubano”, proyectado en cerca de 15 volúmenes, para el cual reunió más de 14 000 fichas biográficas y que por el alto costo de su publicación no encontró editores. Por la generosidad de su autor, este gran cúmulo de información biográfica estuvo siempre a la disposición de los investigadores cubanos y no pocas de esas fichas vieron la luz en publicaciones periódicas del país. El doctor Rafael Nieto Cortadillas, miembro fundador y presidente del Instituto Cubano de Heráldica y Genealogía, publicó en Madrid en 1954 su importante obra “Dignidades Nobiliarias en Cuba”, con cientos de fichas biográficas de quienes poseyeron tales títulos en la isla. Durante la década de 1980 se publicaron en La Habana dos obras de obligada consulta para todo interesado en la cultura nacional: el “Diccionario de la Música Cubana. Biográfico y Técnico” del licenciado Elio Orovio (1938), dado a conocer en 1981, y el “Diccionario de la Literatura Cubana”, divulgado en dos tomos en 1984 por el Grupo de Literatura Cubana del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Los estudios biográficos médicos comenzaron con el doctor Rafael A. Cowley y Valdés-Machado (1837-1908), quien en la parte final de su clásica obra “Breves noticias sobre la enseñanza de la medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo”, La Habana, 1876, incluyó una larga sección titulada “Serie de Doctores” (pp. 239-339), con breves fichas biográficas de los doctores en medicina graduados en la institución, desde su fundación en 1728 hasta la reforma universitaria de 1842. Sin pretender reseñar todos los estudios que le continuaron, sólo citaré los del académico César Rodríguez Expósito (1904-1972), primer Historiador Oficial del Ministerio de Salud Pública (1951-1972), quien dejó 7 notables ensayos biográficos sobre los doctores Carlos J. Finlay Barrés, Juan Guiteras Gener, Juan N. Dávalos Betancourt, Ramón L. Miranda y Torres, Enrique Núñez Palomino, Oscar Amoedo Valdés y Félix Figueredo Díaz y un “Índice de médicos, dentistas, farmacéuticos y

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estudiantes en la Guerra de los Diez Años”, verdadero diccionario biográfico dado

a la publicidad en La Habana en 1968; así como los del maestro de historiadores

médicos cubanos, doctor José López Sánchez (1911-2004), el más profundo de los investigadores criollos en materia de biografías médicas quien, además de sus clásicos estudios sobre Tomás Romay Chacón, Diego Vázquez de Hinostrosa y

Carlos J. Finlay Barrés, nos ha dejado cientos de fichas biográficas de médicos y en general de científicos cubanos, en obras como “Ciencia y Medicina. Historia de

la Ciencia” y “Ciencia y Medicina. Historia de la Medicina”, publicadas ambas en La

Habana en 1986; “Cuba. Medicina y Civilización. Siglos XVII y XVIII”, La Habana, 1997 y “Voz y Letra por la Historia de las Ciencias”, La Habana, 2007. Últimamente, el que estas líneas escribe contribuyó con 138 minibiografías de médicos cubanos al “Diccionario Biográfico Médico Hispanoamericano”, obra de monumental carácter editada por los doctores Jaime Gómez González (Argentina), Leopoldo Briceño Iragorry (Venezuela) y Miguel Rabí Chara (Perú) y publicada en Caracas en 2007. La obra que tengo el honor de prologar, “Precursores de la docencia médica en Cuba”, del licenciado José Antonio López Espinosa (1949), viene a incrementar la larga tradición de más de 130 años de trabajo de estudios biográficos médicos. El mencionado autor es un competente estudioso de la bibliografía médica cubana y su trabajo de investigación ha dado ya no pocos frutos como son, entre otras de sus obras, “Repertorio Médico Habanero” (1840-1843). Bibliografía anotada”, La Habana, 2001; “El Observador Habanero (1844-1848). Índice analítico”, La Habana, 2001; “El Eco de París (1858-1859). Índice analítico”, La Habana, 2001; “La Enciclopedia (1885-1887), La Habana, 2002 y “La Emulación Médica (1859- 1860). Índice analítico”, La Habana, 2002. Las biografías médicas han sido también motivo de estudio para él. En principio se encaminó a las biografías e iconografías de los ganadores del Premio Nobel de Fisiología o Medicina, motivo por el cual lo invité a colaborar en mi libro “Los cubanos y los Premios Nobel”, que apareció con su coautoría como Cuaderno de Historia de la Salud Pública No. 86 en 1999.

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Dedicada a su maestro, el doctor José López Sánchez, de quien fuera abnegado colaborador en los últimos años de su vida, y cuya rica biblioteca y archivo conoció con gran profundidad, la presente obra aporta una valiosa información acerca de la enseñanza superior de la medicina en Cuba durante la etapa de la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo de La Habana (1728-1842). Después de una necesaria introducción y de un esclarecedor capítulo inicial en el que se describe la integración del primer claustro médico, se pasa a lo medular de la obra, consistente en 46 pequeñas biografías de los catedráticos que ejercieron la docencia en la etapa estudiada. Con verdadero rigor científico y un claro lenguaje, que no deja dudas en lo que expresa, y apoyado en la mejor información conocida hasta el momento el autor ha logrado completar definitivamente el conocimiento del tema estudiado como quizá pocas veces se consigue en la investigación de una etapa del conocimiento de nuestra historia médica. Sólo baste decir que de las 289 referencias al final de cada biografía, 112 corresponden a documentos primarios. A continuación se dan listas de catedráticos regentes por cada cátedra y la relación de los Decanos de la Facultad de Medicina, a la que siguen 21 ilustraciones, para finalizar la obra con la bibliografía general, que contiene 47 importantes referencias. Con todo lo expresado, tengo a bien acreditar la importancia del contenido de este libro para el conocimiento de la primera etapa de la enseñanza superior de la medicina en Cuba.

Dr. Gregorio Delgado García Historiador Médico del Ministerio de Salud Pública Profesor Jefe del Departamento de Historia de la Salud Pública de la Escuela Nacional de Salud Pública

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NOTA PRELIMINAR

La enseñanza de la Medicina se comenzó a impartir en Cuba el 12 de enero de 1726 en el Convento de San Juan de Letrán, institución religiosa que, cerca de dos años después, se convirtió en la sede de la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana, inaugurada el 5 de enero de 1728. En esta obra se aborda la historia y evolución de la enseñanza de la Medicina en la Universidad habanera durante su etapa pontificia, que se extendió hasta 1842, a través de pequeñas biografías de todos los médicos a cargo de las cuatro cátedras dispuestas para el aprendizaje del arte de curar en ese período, varios de los cuales llevaron para la posteridad la honra de haber contribuido decisivamente a convertir en la isla la práctica de ese arte en una verdadera ciencia. La extensa y paciente labor de búsqueda durante varios años de un abundante material bibliográfico, posibilita disponer ahora de una información sistematizada que persigue servir de contribución al conocimiento del desarrollo de una parte importante de la historia de la ciencia nacional; a la vez que constituirse en modesto homenaje al aniversario 280 del inicio de la enseñanza superior en Cuba.

El autor.

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Introducción

Aun cuando los religiosos de la Orden de Predicadores se habían establecido en La Habana desde mediados del siglo XVI, no fue hasta 1578 que tuvieron iglesia propia. Ese año el dominico fray Diego de Carvajal obtuvo la posesión legal de la ermita de Nuestra Señora de Consolación, ubicada desde 1569 aproximadamente en la manzana que hoy día ocupan las calles Mercaderes, O’Reilly, San Ignacio y Obispo en La Habana Vieja. Por aquel año se identificaba la ermita con el nombre de iglesia de San Juan de Letrán o de Santo Domingo, cuyo convento anexo se comenzó a construir en 1587. Fue justamente en ese convento donde alrededor de una centuria y media después se erigió la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo. Esta primera sede de la Universidad de La Habana debe su nombre a que fue dedicada a San Juan el Bautista, conocido también con el nombre de San Juan de Letrán, a modo de recordación de la erección en el siglo IV de la célebre basílica consagrada a su culto en el mismo solar ocupado por el antiguo palacio de Letrán, así llamado por haber pertenecido durante la época de la antigua Roma a la noble familia de los Laterani. El calificativo de religiosos dominicos se originó en la fe por ellos predicada a Santo Domingo de Guzmán, el prócer español fundador de la referida Orden. Los detalles en relación con la fundación de la Universidad de La Habana están muy bien definidos en varias obras escritas en diferentes épocas, en las cuales se concentra, si bien en ciertos casos con distintas interpretaciones, la información más exhaustiva y plausible sobre el tema. La primera persona que recomendó la fundación de una Universidad en La Habana fue el padre dominico fray Diego Romero, Prior Provincial de la provincia eclesiástica de Santa Cruz de las Indias, quien en 1670 se hallaba en La Habana y pudo participar en una reunión del Cabildo, celebrada el 12 de septiembre de ese año, en la cual solicitó al Ayuntamiento informara al Rey de España acerca de la conveniencia de crear en la capital de la isla un centro de enseñanza superior

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similar al existente en el convento de Santo Domingo en la ciudad de igual nombre en la isla La Española. Esta primera gestión no reportó resultados positivos, como tampoco prosperó la que realizara en 1699 directamente con el Rey fray Diego de

la Maza, también dominico y Prior del propio convento de Santo Domingo. En 1717

se llevó a cabo un tercer intento por parte de otro dominico, el maestro fray Benardino de Membrive, Procurador General de la Orden de Predicadores en las

Filipinas, México y La Habana. En esa ocasión el Rey Felipe V de Borbón encargó

a su Arzobispo, el Cardenal Aquaviva, que intercediera en su nombre ante Su

Santidad el Papa para que se le otorgara la gracia pedida a los dominicos de La Habana. Estas diligencias lograron por fin el objetivo deseado, pues cuatro años más tarde, exactamente el 12 de septiembre de 1721, Su Santidad Inocencio XIII concedió un breve apostólico, mediante el cual se otorgaba a los religiosos de la Orden de Predicadores, radicados en el convento de San Juan de Letrán de La Habana, la facultad de conferir grados en las enseñanzas que allí se profesaren, con los mismos privilegios, gracias y honores que disfrutaba el convento de Santo Domingo en La Española. Así, por disposición del Gobernador y Capitán General Dionisio Martínez de la Vega, el 5 de enero de 1728 se convocó a un acto solemne en el convento de San Juan de Letrán, para inaugurar allí la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo de La Habana. Una vez establecida, el Rey Felipe V de Borbón la aprobó y la confirmó por Real Cédula del 23 de septiembre de 1728 y el 26 de julio de 1734 sancionó sus Constituciones y Estatutos, según los cuales se tomó a San Jerónimo, entonces máximo doctor de la iglesia, como su patrón y para darle nombre. En aquellos tiempos su sede radicó en el edificio del convento, donde se mantuvo desde la fecha de su inauguración, hasta la primera semana de mayo de 1902, cuando se trasladó al lugar que ocupa hoy día al final de la calle San Lázaro. De todos los documentos relacionados con la historia de la Universidad de La Habana, el fundamental es, sin duda, el breve apostólico de Su Santidad el Papa Inocencio XIII, por el cual se autorizó en 1721 a los religiosos de la Orden de

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Predicadores erigir una Universidad en su convento de San Juan de Letrán. Hasta mediados del pasado siglo XX se sostenía que la creación de la institución había tenido lugar por una bula de concesión del Papa, sobre la base de los testimonios al respecto de personalidades del prestigio de Rafael A. Cowley, Juan M. Dihigo, Antonio Bachiller y Morales y Jacobo de la Pezuela. Sin embargo, el viernes 13 de mayo de 1949 salió publicado en el periódico “El País” un artículo, rubricado por el doctor Horacio Abascal Vera, en el cual éste aclaraba que la Universidad habanera se había fundado por un breve y no por una bula, como se había afirmado hasta entonces. A finales del mismo año, el doctor Luis Felipe Le Roy y Gálvez, profesor de la Facultad de Ciencias del alto centro docente, emprendió una investigación para encontrar el valioso documento y de paso comprobar si en definitiva se trataba de una bula o de un breve. Tras perseverante y minuciosa actividad de búsqueda dentro y fuera de la isla, que se extendió a cerca de dos años, pudo al fin localizar el original redactado en latín, nada más y nada menos que en la Cancillería de Breves de la Secretaría de Estado del Vaticano. Justo es poner de relieve la eficaz ayuda que tuvo Le Roy en la última etapa de su investigación de parte del Embajador de Cuba ante la Santa Sede, el doctor Alfonso Forcade Jorrín, gracias a cuya gestión pudo él obtener incluso una copia auténtica del breve. Esa reproducción, hecha por un pendolista con tinta china sobre un pergamino con medidas de 14 por 19 pulgadas, fue donada en 1951 por Le Roy al Rectorado de la Universidad de La Habana. En el curso de sus indagaciones por conocer el paradero del breve, este investigador tuvo noticias de que en el Archivo de Indias de Sevilla se guardaba gran número de documentos relativos a la fundación de la Universidad habanera. En virtud de ello, dirigió una carta al Director del Archivo, Don Cristóbal Bermúdez Plata, quien le dio detalles acerca de su ubicación exacta. Con los datos precisos, extendió una comunicación al Rector de la Universidad, el doctor Clemente Inclán Costa, donde expuso la conveniencia de obtener copia de esos documentos y presentó el importe de los gastos que conllevaría la gestión. El Rector dio calor a la sugerencia y la sometió a la consideración del Consejo Universitario.

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Después de realizados los trámites de rigor, el máximo organismo universitario acordó, en reunión celebrada el 1ro. de marzo de 1950, aprobar la propuesta y trasladar el asunto al Consejo Económico para la concesión del crédito necesario. Una vez obtenido el crédito, se giró a Sevilla la cantidad estipulada y, el 3 de mayo de 1951, se recibieron desde allí por correo aéreo cinco paquetes cuidadosamente sellados, contentivos de un rollo de microfilm y un total de 1494 copias fotográficas positivas de los documentos solicitados, pero entre ellos no estaba el original en latín del breve. Por ello, el doctor Le Roy continuó su búsqueda en el propio Archivo de Indias, en el Convento de los Dominicos y en la Casa Generalicia de la Orden radicada en Roma. Todas esas pesquisas resultaron infructuosas, pero no desmayó y, con el apoyo del Embajador de Cuba ante el Vaticano, logró encontrar el tan buscado documento en la Cancillería de Breves de la Secretaría de Estado de esa Santa Sede y, por si ello fuera poco, obtener una reproducción auténtica del original. La única traducción al español que se conocía entonces del breve apostólico de Inocencio XIII (hasta aquel momento erróneamente llamado bula), de la cual se conserva una copia en el Archivo General de Indias de Sevilla, se hizo en 1722 por el padre Francisco Gracián en Madrid. De esta traducción, que forma parte de una pieza compuesta por 1494 folios de 56 documentos relativos a la historia de la Universidad de La Habana de 1717 a 1748 -como se apuntó con anterioridad, también adquiridos por gestiones del doctor Le Roy-, se atesora una copia en microfilm en el Departamento de Documentos Raros y Valiosos de la Biblioteca Central de la docta institución. La posibilidad de consultar en Cuba las copias de los 56 documentos más antiguos de la historia de la Universidad de La Habana, entre ellos el breve por el que se concedió en 1721 el permiso a los frailes dominicos para que la pusieran a funcionar en su convento de San Juan de Letrán, es algo muy atractivo para todos los interesados en el tema. En su etapa pontificia se cursaban en la Universidad los estudios de Teología, Cánones (Derecho Canónico), Leyes (Derecho Civil), Medicina y Artes (Filosofía).

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Estos estudios otorgaban el grado menor de Bachiller y los llamados grados mayores de Licenciado y Doctor, salvo en los de Artes o Filosofía, en los que se expedía el título de Maestro en vez del de Doctor. Además de estos estudios con categoría de Facultad, existían las cátedras para la enseñanza de Matemática, Retórica y Gramática. La institución mantuvo su prestigio durante casi un siglo, hasta que comenzó a declinar su esplendor como centro docente y en 1820 entró en un período de franca decadencia. A partir de entonces comenzaron a ser cada vez más escasos los alumnos, varias cátedras se quedaron sin profesores y algunas cerraron. En 1840 se hallaba prácticamente desprovista de toda acción docente. Esto conllevó que en 1842 el Gobernador y Capitán General de la Isla don Jerónimo Valdés propusiera su reforma bajo nuevos Estatutos y Reglamento, aprobados por Real Orden del 24 de agosto de ese año, con el objetivo de secularizarla en virtud de la disposición aplicada un año antes, según la cual quedaban extinguidas todas las comunidades religiosas en el territorio nacional, con la consiguiente enajenación y venta de sus bienes. En lo adelante se le dejó de llamar Universidad Pontificia, adquirió la denominación de Real Universidad Literaria y fue recuperando poco a poco la reputación perdida. La suma de todos los egresados de la Universidad de La Habana durante su etapa pontificia ascendió a 858. En los 115 años transcurridos desde su fundación en 1728 hasta 1842, año en el que tuvo lugar el primer cambio fundamental en su historia, el total de estudiantes graduados, distribuidos por Facultades, fueron 265 en Leyes, 196 en la Sagrada Teología, 185 en Artes o Filosofía, 121 en Sagrados Cánones y 91 en Medicina. En relación con los orígenes de la actividad docente en este centro de altos estudios, queda aún mucho por investigar y divulgar. Uno de los asuntos poco explorados en este sentido es el relativo a los pioneros de la enseñanza superior en Cuba. En la presente obra se trata de poner a la disposición de los interesados en esta cuestión aspectos de la vida y la obra de los precursores de la docencia médica en la isla, teniendo en cuenta que fue justamente la enseñanza de la

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Medicina la primera que se impartió en el convento de San Juan de Letrán dos años antes de que se aprobara la erección allí de la sede universitaria. De tal modo, sobre la base de la búsqueda y el posterior estudio exhaustivo de testimonios impresos o manuscritos en documentos atesorados en los archivos, hemerotecas y bibliotecas de varias instituciones académicas y religiosas cubanas

y extranjeras, se dan a conocer de forma sistematizada retazos de la vida y la obra

de los 46 profesores que regentearon las cátedras de Prima (Fisiología), Vísperas (Patología), Anatomía y Methodus medendi (Terapéutica) desde que se comenzó a impartir la enseñanza médica en 1726 hasta que se produjo la secularización de la Universidad en 1842. Muchos de los numerosos y puntuales datos presentes en las pequeñas biografías de estos precursores de la docencia médica en Cuba son hasta ahora inéditos, lo que otorga a esta obra su carácter original. Cada una de las minibiografías se acompaña de la bibliografía de donde se extrajeron los datos relativos al biografiado en cuestión Para todo el que emprende el intrincado camino de la investigación constituye, además de un justificado motivo de satisfacción, un acto de justicia poder llegar a

un resultado con el cual se logre preservar del olvido y salvar de la ignorancia los nombres de personalidades que con su consagración y esfuerzo han contribuido de manera relevante al desarrollo de una rama del conocimiento; mucho más si se trata de individuos, cuyos aportes en tal sentido han trascendido en muchos casos

a través del tiempo y los hace merecedores de ocupar un lugar prominente para la

posteridad. Aun cuando la circunstancia de haberse elaborado por manos humanas implique la posible existencia de lagunas y zonas opacas en su contenido, lo cierto es que en los años consagrados a la confección de esta obra se ha tratado de imprimirle el mayor rigor científico posible, al efecto de ser merecedora de que se considere digna de constituir un homenaje al aniversario 280 del inicio de la práctica de la docencia superior en Cuba con carácter oficial.

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EL PRIMER CLAUSTRO MÉDICO EN LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA

Antes de la llegada en 1518 a la villa de Santiago de Cuba de Domingo de Alpartill, no existía en toda Cuba persona alguna que ejerciera la Medicina. De ahí que este valenciano que se hacía llamar Protomédico, ostente el crédito de haber sido el primero en ejercer el arte de curar en la isla. Después de él y hasta principios del siglo XVIII llegó apenas a 55 la cifra de individuos que, procedentes de España y de otros países, desempeñaron en territorio cubano funciones de médicos, cirujanos, flebotomianos y curanderos. De ellos merecen recordarse al barbero cirujano Juan Gómez, primero en relacionarse con dicho arte en la villa de San Cristóbal de La Habana; al malagueño Juan de Tejada de Pina, primer Doctor en Medicina que llegó a la isla a ejercer su profesión de médico, pues antes de su arribo en 1610 sólo se registran cirujanos que brindaban sus servicios en Santiago de Cuba y La Habana; a la india Mariana Nava, curandera autorizada oficialmente a cumplir esa función, cuando Santiago de Cuba, entonces con una población aproximada de 4 000 habitantes, se había quedado sin médicos ni cirujanos; al cordobés Francisco Muñoz de Rojas, primer Protomédico oficial que tuvo la villa de La Habana y toda la isla de Cuba y a Lázaro de Flores Navarro, natural de la villa Dos Hermanas, ubicada en las cercanías de Sevilla, quien fuera el autor del primer libro científico escrito en La Habana y considerado el más notable de los médicos con que contó la mayor de las Antillas durante el siglo XVII. En esta relación de nombres no puede faltar el de Diego Vázquez de Hinostrosa, primer médico habanero que obtuvo su doctorado en la Universidad de México y quien, luego de presentar su título al Cabildo de La Habana el 16 de abril de 1655, compartió con Lázaro de Flores la atención del vecindario. Después de él, hubo varios cubanos más como Francisco González del Álamo, Marcos Antonio Riaño y Gamboa, José Escobar Morales, Ambrosio Medrano Herrera, Manuel Fernández Castellón y Jacinto Ruiz de Acevedo, entre otros, que se formaron como médicos y cirujanos en la Universidad de México y dieron valor legal a sus correspondientes títulos ante el Real Tribunal del Protomedicato de aquel país.

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En el contexto de la historia de la Medicina cubana durante el período colonial, el Protomedicato jugó un papel fundamental y es un elemento sugerente en relación con los conocimientos de aquel tiempo y de los hechos que precedieron a la instauración de la enseñanza superior y a la fundación de la Real y Pontificia Universidad de La Habana. El Protomedicato fue un Tribunal establecido por los reyes de España desde el siglo XV en varias ciudades y provincias de sus dominios, con el fin de fiscalizar el ejercicio profesional de los médicos, cirujanos, boticarios y parteras. Entre sus funciones básicas se destacaban la de reconocer la suficiencia de los que aspiraban a ejercer estas funciones; garantizar la calidad de los medicamentos y su justo despacho y establecer estrategias para enfrentar las epidemias, los desastres naturales y otras calamidades. Este Tribunal tenía jurisdicción en todos los problemas relacionados con la salud pública y sus acciones en tal sentido tenían carácter didáctico, pues dirigía la enseñanza de la medicina y la farmacia; correctivo, por cuanto administraba justicia ante las faltas y excesos cometidos por los facultativos y perseguía el curanderismo; y económico, ya que fijaba aranceles en los exámenes y en las visitas a las boticas. Los fondos producto de esos ingresos se distribuían entre los miembros del Tribunal, o bien éste le daba otra aplicación útil. Aunque no existe aún suficiente claridad sobre los antecedentes de esta institución de tanto beneficio a la Medicina en su tiempo, se puede afirmar que sus raíces se remontan a la Baja Edad Media, época en la que ya se manifestaba preocupación por legalizar el ejercicio de la profesión. Ejemplo fehaciente de ello es el de Roger, Rey de las dos Sicilias, quien en 1140 decretó que para poder ejercer la Medicina en su reino se requería permiso de los oficiales reales. Tiempo después Federico II, Emperador de Alemania, dio la orden de que la enseñanza de la disciplina se impartiera durante seis años; dedicados los cinco primeros a estudiar las doctrinas de Hipócrates, Galeno y Avicena y el sexto y último a las prácticas del estudiante, siempre acompañado en sus visitas por un médico previamente autorizado. En 1422, Juan II de Castilla creó el Tribunal de Alcaldes Examinadores para que juzgara acerca de la competencia de los aspirantes a

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ejercer la Medicina y la Cirugía. Se considera que en ese mismo tribunal se encuentra el origen del Protomedicato en España, denominación con la que surgió oficialmente en tiempos de los reyes católicos, en las leyes dictadas en Real de la Vega en 1491 y en Alcalá en 1498. Por la década de los años de 1520, la atención de los problemas médicos en México se confiaba a las personas que gozaban de mayor prestigio en la práctica del arte de curar. Por ello se les designó protomédicos (de protos, que significa primero o principal). De acuerdo con las Reales Cédulas, tiempo después se integró el Real Tribunal del Protomedicato que, hasta 1634, dio valor legal al ejercicio de la profesión de los cubanos que se graduaban de médicos en la Universidad mexicana. En 1632 Francisco Muñoz de Rojas, un español graduado de Bachiller en Medicina en la Universidad Hispalense de Sevilla y residente en La Habana aproximadamente desde 1626, pidió al Cabildo habanero recabara del Rey de España su nombramiento de Protomédico, en mérito a los servicios que había prestado como médico y en virtud de la dependencia del Protomedicato de México de los cubanos que aspiraban a ser médicos, cirujanos, boticarios, etc. Por una carta de Provisión Real, fechada en Madrid el 10 de mayo de 1633, se otorgó a Muñoz de Rojas el título que lo acreditaba como Protomédico examinador de los doctores, cirujanos, barberos, boticarios y parteras de la ciudad de La Habana e isla de Cuba. Cuando el 9 de septiembre del siguiente año presentó ese documento al Cabildo, quedó constituido de manera oficial, si bien con un alcance personal, el Real Tribunal del Protomedicato en Cuba. Tras su muerte, ocurrida en 1637, no hubo otra solicitud para desempeñar este cargo, hasta el 13 de abril de 1711, fecha en que el andaluz Francisco Teneza Rubira presentó al Cabildo su título de Protomédico Real de la ciudad de La Habana y su jurisdicción, oficio que ejerció hasta su fallecimiento en 1742. Procede destacar que a Teneza correspondió el mérito de haber sido el Primer Protomédico Regente de un colectivo integrado en principio por un Protomédico Primero, uno Segundo y un Fiscal y luego por un Protomédico Primero, uno Segundo, uno Tercero, un Fiscal propietario y otro sustituto. Asimismo cabe

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señalar que fue él quien preparó y mandó a imprimir en 1723, en la imprenta de Carlos Habré, la Tarifa General de Precios de Medicinas, documento considerado

el primer incunable cubano.

La instauración del Real Tribunal del Protomedicato en Cuba significó un paso de avance considerable en la evolución histórica de la salud pública, pues su existencia conllevó la regulación oficial del ejercicio médico en todas sus manifestaciones, con inclusión de la de conferir autorización legal mediante examen a los jóvenes que entonces terminaban sus estudios en las Universidades de otros países, principalmente la de México. Fue, por tanto, el Supremo Tribunal de la Salud Pública cubana hasta su extinción en 1833. Todo parece indicar que los primeros en impartir la enseñanza de la Medicina en Cuba fueron los hermanos de la Orden de San Juan de Dios, la cual ofrecían en su hospital de San Felipe y Santiago a los jóvenes que aspiraban a hacerse cirujanos romancistas (categoría profesional que incluía a los que habían cursado estudios,

en lengua castellana, en lugares que no tenían rango de Facultad médica y cuyo ejercicio se limitaba a la asistencia de las enfermedades puramente externas y de las internas de los casos mixtos en ocasiones muy urgentes; estas últimas con la obligación de solicitar de inmediato los servicios de un médico cirujano, de un médico o de un cirujano latino). Aunque todavía no se ha precisado la posible fecha de inicio de esta enseñanza, se sabe que fue con posterioridad al establecimiento del Real Tribunal del Protomedicato, pues era ante él que los

aspirantes se tenían que examinar a fin de lograr la autorización legal para ejercer. Si bien hasta principios del siglo XVIII, el arte de curar se enseñaba en privado y en muy poco tiempo -sólo bastaba un breve período de práctica junto a un médico

o en un hospital, para considerar que el aspirante había adquirido la preparación

necesaria y que estaba apto para obtener un título- ya a finales de esa centuria la Medicina se había ennoblecido en la isla, donde más que un arte se comenzó a

considerar una ciencia, impartida por un ilustrado claustro de más de 25 integrantes. Los fundadores de la enseñanza de la Medicina como ciencia en la mayor de las Antillas fueron Francisco González del Álamo y Martínez de Figueroa,

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Martín Hernández Catategui y Ambrosio Medrano Herrera, cubanos que se trasladaron a la Universidad mexicana con el propósito de obtener los conocimientos que en su época no les era posible adquirir en su país y que, al regreso, se propusieron divulgarlos. A ese efecto empezaron los dos primeros a impartir cursos de Medicina, a los que se les otorgó validez académica por la comunidad religiosa de la Orden de Predicadores, la misma que luego fundara y sostuviera la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo de La Habana. Así, el 12 de enero de 1726 el muy R. P. M. Fr. Thomas de Linares, Prior del convento de San Juan de Letrán de La Habana, con motivo de la concesión otorgada desde el 12 de septiembre de 1721 a la Orden de Predicadores por el breve del Papa Inocencio XIII para fundar una Universidad, autorizó la apertura de cursos de Medicina, que empezó a impartir ese mismo día González del Álamo y, desde el 20 de octubre siguiente, Hernández Catategui. Sus primeros discípulos fueron José Arango Barrios Siscara, Esteban de los Ángeles Vázquez Rodríguez y José Melquiades Aparicio de la Cruz, tres colegiales de ese convento que abandonaron la carrera eclesiástica para incorporarse a los estudios médicos. El hecho de que tres jóvenes cursaran Medicina en un período en el que aún no existía la Universidad en Cuba y en el que todas las aspiraciones se reducían a ingresar en la Milicia o en el Sacerdocio, tuvo un gran significado en la vida intelectual del país, por cuanto ellos, conjuntamente con su profesor González del Álamo, el doctor Ambrosio Medrano, también incorporado a la enseñanza tras su regreso de México, y el médico francés Louis Fontaine Cullembourg, formaron el primer claustro médico de la Real y Pontificia Universidad de La Habana, después que ésta fuera inaugurada mediante el Pase Real del 5 de enero de 1728. De lo apuntado con anterioridad se desprende que la Medicina fue la rama de la ciencia con la que se dio inicio, el 12 de enero de 1726, a la enseñanza superior en Cuba, la cual se comenzó a impartir por el cubano Francisco González del Álamo y Martínez de Figueroa, quien había logrado el título de Bachiller en Medicina en la Universidad mexicana. Procede entonces subrayar que la docencia médica

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comenzó aproximadamente dos años antes de la fundación oficial de la Universidad, con la cual quedaron formalmente establecidos los estudios médicos en la isla. Esta circunstancia, unida al obvio papel que jugaron en beneficio de la cultura en general y el desarrollo de la ciencia en particular los primeros profesores y estudiantes de Medicina en Cuba, con los que se integró más tarde el primer claustro médico de la Universidad de La Habana, así como todos los catedráticos que le siguieron en la etapa pontificia de la institución, ha sido la motivación para poner por este medio sus nombres a la consideración de las actuales generaciones de profesionales de la salud y demás interesados que, con toda seguridad, sabrán reconocer sus méritos y virtudes, así como la magnitud de su obra como precursores de la docencia médica en el país.

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BACHILLER FRANCISCO GONZÁLEZ DEL ÁLAMO Y MARTÍNEZ

DE FIGUEROA (1675-1728)

La obra de este cubano fue una primicia en el proceso que posibilitó convertir a la Medicina en la isla de Cuba de un simple arte de curar en una ciencia, pues fue el iniciador de la enseñanza de esa disciplina al nivel superior dos años antes de que se inaugurara de la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo de La Habana. Este prócer de la docencia médica nació en La Habana el 3 de febrero de 1675, fruto de la unión del Capitán Lázaro González del Álamo y María Josefa Martínez de Figueroa. Hizo los estudios en la Universidad de México, donde se graduó de Bachiller en Medicina el 28 de abril de 1699. Tras ser examinado y aprobado por el Real Tribunal del Protomedicato de la capital azteca el 24 de mayo de 1700, regresó a La Habana cuyo Cabildo lo autorizó el 4 de noviembre del mismo año a ejercer su profesión, previa comprobación de su título por los doctores Francisco Moreno de Alba y Francisco Teneza Rubira. El 3 de junio de 1711 informó al Ayuntamiento haber impreso un tratado en relación con una consulta que hizo en 1706 “sobre si la carne de puerco cebada sea dañosa y causa de la epidemia y varias enfermedades que ha padecido esta ciudad”. Respecto al título y al lugar y fecha de impresión del documento, se ha establecido una polémica entre los bibliógrafos y, aunque éste no ha aparecido, en las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana consta que su autor donó algunos ejemplares, que “se ordenaron fijar en los autos de la sesión de ese día”. Ello prueba que la publicación, cuya impresión casi todos los estudiosos del problema han coincidido en admitir se produjo en Ciudad México, convirtió al bachiller González del Álamo en el primer publicista médico cubano. El 12 de enero de 1726 inauguró el primer curso de Medicina que se impartió en Cuba en el Convento de San Juan de Letrán, en virtud de la licencia otorgada a tal efecto por el Muy Reverendo Padre Maestro Fr. Thomas de Linares, Prior de ese Convento, quien tenía autorización para fundar una Universidad que funcionaría en

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el mismo establecimiento. Sus primeros discípulos fueron tres jóvenes que a la sazón cursaban estudios de Teología para la carrera eclesiástica, en la cual ya habían alcanzado órdenes menores. Estos jóvenes, que se desviaron del camino tomado de inicio al ver abiertos nuevos horizontes, se incorporaron más tarde con su profesor al colectivo que integró el primer claustro médico de la Universidad de La Habana, después de convertirse en los primeros cubanos graduados de médicos en esa institución. Al llegar la noticia de que el breve de concesión de la Universidad había recibido el Pase Real, se procedió a formar el claustro y a González del Álamo se le designó catedrático de Prima (Fisiología), la más importante de las materias del currículo, como justa recompensa a su reconocido talento y a su demostrada afición a la enseñanza. Sin embargo, aunque fue el primero en ocupar la cátedra, no pudo ser el primero en explicarla después de creada la Facultad, por fallecer antes del comienzo del curso docente en la recién inaugurada Universidad, hecho que le impidió también obtener los grados mayores de Licenciado y de Doctor en Medicina, a los cuales tenía derecho por su condición de catedrático. De su ejercicio como médico asistencial la única información disponible es que compartía con el doctor Teneza la aplicación de sangrías. También se conoce que terció en un pleito contra el boticario Lázaro del Rey y que le prohibió a sus pacientes la compra de medicinas en su botica, según él, por la mala preparación de sus fármacos. El 26 de febrero de 1701 había contraído matrimonio con María Josefa de Viera Lizaldo. Su muerte se produjo el 2 de marzo de 1728 y fue enterrado ese mismo día en el propio Convento de San Juan de Letrán, con hábito del Señor Santo Domingo de Guzmán, a cuya orden tercera de penitencia pertenecía. Con su deceso dejó de existir una personalidad, a quien la historia de Cuba en general y de la Medicina cubana en particular le es deudora de una de sus más brillantes páginas, pues es a él precisamente a quien se le debe que haya sido esta la primera disciplina impartida en el país con carácter profesional.

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Libro 3 de matrimonios, folio 380, número 13.

DR. AMBROSIO DE LA CONCEPCIÓN MEDRANO HERRERA (1674-

1763)

A través de la historia han existido hombres connotados por haber puesto al servicio de sus contemporáneos sus dotes de erudición y talento. Asimismo han vivido otros que sin muchas virtudes personales y, hasta con actitudes criticables, merecen ser recordados por haber sido protagonistas de acontecimientos de gran relevancia. Uno de los nombres que debe figurar en esta relación es, sin duda, el de Ambrosio de la Concepción Medrano Herrera, uno de los fundadores del primer claustro de la Facultad de Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo de La Habana.

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Hijo de Pedro Medrano y de Tomasa Herrera, Ambrosio Medrano vio la primera luz en La Habana el 7 de diciembre de 1674. Estudió la carrera de Medicina en la Universidad del Angélico Dr. Santo Tomás de México, donde obtuvo el grado de Bachiller el 29 de agosto de 1698. Tras cumplir el reglamentario período de prácticas, fue aprobado por el Tribunal del Protomedicato de aquella ciudad al ejercicio de la profesión el 12 de octubre de 1700. A su regreso a Cuba, presentó su título al Cabildo habanero el 21 de enero de 1701, aceptado luego del dictamen favorable de los doctores Francisco del Barco Hernández y Francisco Teneza Rubira. De su ejercicio profesional como médico en La Habana no existe constancia alguna hasta la fundación de la Universidad Pontificia. Es posible que hasta entonces se haya dedicado al trabajo sacerdotal, pues en México no sólo había cursado la carrera médica, sino también la eclesiástica, por lo que volvió a su país con el título de Bachiller en Medicina y revestido con los hábitos clericales. Tiempo después de que González del Álamo inaugurara el 12 de enero de 1726 sus cursos de Medicina en el convento de San Juan de Letrán, el bachiller Medrano siguió la iniciativa de éste y tomó parte en ellos. La muerte prematura de González del Álamo, ocurrida el 2 de marzo de 1728, ya designado para integrar el primer claustro de medicina y para asumir la regencia de la cátedra de Prima (Fisiología), dio a Medrano entrada en ese claustro, además del nombramiento de titular de la cátedra, de la que se convirtió de hecho en fundador. A ese efecto incorporó su título a la Universidad en la misma fecha en que se le otorgó la regencia de la cátedra, según consta en el primer libro de acuerdos, asiento segundo, donde se puede leer que “el 10 de Abril de 1728 se incorporó el Br. D. Ambrosio Medrano y se le despachó título de Catedrático de prima por muerte del Br. González Alamo”. Es evidente que gozaba de gran influencia, tanto entre las autoridades civiles como entre las órdenes religiosas. Ese mismo año de 1728, el Cabildo decidió informar sus méritos al Rey y, por otra parte, el Gobernador le confirió el título de Protomédico. Si bien tal designación fue aceptada por el Ayuntamiento el 23 de

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diciembre de 1729 y no tuvo oposición por parte del Protomédico Francisco Teneza, no fue aprobada por el Rey quien, en Real Cédula del 12 de julio de 1730, aclaró que un nombramiento de ese tipo era una facultad privativa suya y en ese caso no se podía aplicar por semejanza o extensión la facultad o prerrogativa que gozaban los Protomédicos de México y Lima respecto a los catedráticos de Prima. Según la legislación vigente entonces en la Universidad, todo el que adquiría una cátedra tenía de oficio derecho a obtener los títulos de Licenciado y Doctor sin pagar propinas, por lo que, previo el cumplimiento de los requisitos de examen, se le concedió la investidura y el título de Licenciado el 8 de noviembre de 1830 y el de Doctor el 25 de agosto de 1831. Ambos títulos ocupan el número tres en la relación de los concedidos por la Universidad de La Habana desde su fundación. Para ese objeto expuso como tesis una cuestión del Libro 20 de Aforismos de Hipócrates: Convultiones en febris. Sus argumentales para la ocasión fueron los médicos Francisco Moreno de Alba, Felipe Acosta Cerezo, José Arango Barrios y José Melquiades Aparicio. A la muerte de Fontaine, ocurrida el 29 de agosto de 1736, Teneza solicitó se suprimiera la plaza de Protomédico segundo para evitar que Medrano la ocupara. Sin embargo, el Rey desestimó la petición y se la otorgó el 9 de diciembre de 1737. El 24 de enero de 1738 tomó posesión de ese cargo ante el Cabildo. Al fallecer Teneza el 15 de marzo de 1742, pasó a ocupar en propiedad la plaza de Protomédico regente dejada por éste, tras la aprobación del Ayuntamiento el 6 de abril siguiente. Una vez en posesión de ese cargo, asumió una actitud impositiva y personalista, al punto de llegar a denegar los derechos de otros. En una ocasión Arango Barrios denunció ante el Rey varias irregularidades cometidas por él en el ejercicio de sus funciones de Protomédico regente, entre ellas la de infringir la Ejecutoria del Consejo de Indias de 1733, en virtud de la cual estaba obligado a asistir a los exámenes y al pase de visita de los hospitales. Esto condujo a que por Real Cédula del 4 de octubre de 1746 se le ordenara el cumplimiento estricto de sus deberes. Poco escrupuloso en observar la ética, cierta vez fue denunciado por los

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boticarios José y Antonio Urrutia y Francisco de Prados por vender medicamentos, que traía de México, a través de terceras personas. En más de una ocasión se le culpó de otorgar títulos de cirujano y boticario a personas ineptas. No se dispone de información que permita conocer su capacidad teórica y práctica como médico. Sólo se ha hallado la referencia de un certificado que extendió a un paciente con el diagnóstico de gota. Asimismo es factible que el tiempo que dedicaba a sus obligaciones eclesiásticas haya redundado en perjuicio de sus deberes como catedrático. En este caso es preciso pues preguntarse si Medrano fue primero médico y después sacerdote o si, como es más probable, sucedió lo contrario. No se ha podido precisar la fecha exacta de su fallecimiento pues, aunque su nombre está registrado en el libro de la parroquia del Espíritu Santo, el deterioro de ese documento hace ilegibles los datos en su partida de defunción. Es muy posible que ésta se haya producido entre el 15 de abril y el 18 de mayo de 1753. La primera fecha indica su último acto como Protomédico y, la segunda, la notificación de su deceso, hecha ante el Cabildo por el doctor José Arango Barrios cuando asumió las funciones de primer Protomédico. De cualquier manera, ha quedado para la historia que, con independencia de su grado de erudición y de su dedicación al magisterio, Medrano fue el primero en ocupar en la práctica la cátedra de Fisiología que desempeñó hasta su muerte. Este hecho, unido al de haber sido uno de los fundadores de la enseñanza de la Medicina como ciencia en la Real Universidad Pontificia, le confirió el derecho a que su nombre pasara a la posteridad como precursor de la docencia médica en Cuba.

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DR. LOUIS FONTAINE CULLEMBOURG (1689-1736)

A este francés descendiente de una familia de médicos y boticarios, corresponde el mérito de, además de figurar ante la historia como el primer graduado de Doctor en Medicina en la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana y como uno de los integrantes de su primer claustro, haber sido el primer Decano de su Facultad de Medicina. Hijo del Doctor en Medicina y Regente de la Facultad de Medicina de la Universidad de París Philippe Fontaine y de Marie Madelaine Cullenbourg, vino al mundo en Clermont et Beauvaisis el 18 de abril de 1689. Comenzó los estudios de Medicina en la Universidad de Montpellier el 30 de septiembre de 1711. Allí obtuvo el título de Bachiller el 26 de enero de 1713 y el 20 de abril del mismo año, tras haber sido electo consejero, solicitó al Decano le permitiera dar lecciones “sobre las diferencias de todas las enfermedades”. La solicitud le fue aceptada y, al terminar el curso, se le expidió una certificación, fechada 20 de mayo y firmada por los más de 40 doctores, licenciados, bachilleres, consejeros y estudiantes que participaron en él. El 10 de junio siguiente se graduó de Maestro en Artes y Filosofía; dos días después de Licenciado en Medicina y el 12 de julio obtuvo el grado de Doctor. El 6 de octubre de 1714 fue designado Protomédico en la

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posesión colonial francesa de la isla de Guarico, de donde se trasladó el 15 de enero de 1717 a la Isla Tortuga. Desde allí solicitó al Rey de España le posibilitara pasar a sus dominios pues, según él, padecía de indisposiciones ocasionadas por el clima. El 19 de febrero de 1717 se presentó ante el Protomedicato habanero, a fin de adquirir la licencia para ejercer en la villa. En virtud de que regía una Ley, en la cual se establecía que los graduados fuera de los dominios españoles no podían curar en ellos sin aprobación del Rey, el Cabildo, con el interés de retenerle para contrarrestar la falta de médicos existentes en La Habana, suplicó a Su Majestad despachara una cédula que lo admitiera como tal. El Real Decreto fue expedido a su favor el 15 de enero de 1718, pero él había viajado a México con el objetivo de revalidarse en aquel Real Protomedicato “para mayor esplendor de sus grados”. Su solicitud del 15 de mayo de ese año de que se le admitiera acudir a examen fue aceptada, luego de un largo y laborioso dictamen del Fiscal, quien se apoyó para su admisión en la dispensa que le concedió de la ley prohibitiva de poder avecindarse a los extranjeros. En el examen que aprobó el 24 del mismo mes, expuso el capítulo IV del libro IX del método de Galeno. El 20 de diciembre de ese año de 1718 viajó a París. En el camino se detuvo en Veracruz, donde nació su hijo Luis Felipe Graciliano, quien luego falleciera en La Habana durante su segunda estadía en esta villa. Luego de permanecer en Francia por algún tiempo, se trasladó a España. El 13 de diciembre de 1722 se le nombró médico del Real Hospital de la Coruña, donde se mantuvo hasta 1727 en que regresó a La Habana. Se supone que la motivación para emprender el segundo viaje a Cuba se debió a que conocía de la autorización concedida para erigir una Universidad, donde podía aspirar por sus títulos a ser profesor. El 19 de diciembre de 1727 presentó su documentación legal al Cabildo y el 15 de enero de 1728 se acordó otorgarle título de Catedrático en Anatomía, aun cuando tres doctores opinaban que debía obtenerlo mediante oposición. Es obvio que entonces no era posible cumplir esa

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exigencia, pues existían muy pocos médicos capaces de integrar un tribunal para juzgar sus conocimientos. El hecho de haberse prestado a desempeñar la cátedra gratuitamente, es una demostración de que no fue el lucro el móvil que lo impulsó a ponerse al frente de ella. En ese tiempo gozaba de un gran prestigio y se le consideraba uno de los mejores médicos en La Habana. En cuanto a su actividad docente se dispone de poca información. No obstante, se puede decir que en los 10 años que ocupó la cátedra de Anatomía no demostró haber promovido avances serios en la materia. Siempre aceptó que mantuviera su carácter teórico y que no se practicaran disecciones en cadáveres, proceder que lo mantuvo sometido a las prescripciones impuestas por los dominicos y que invalida su propia crítica acerca de que ni los médicos ni los cirujanos conocían la estructura del cuerpo humano. Al producirse el 2 de marzo de 1728 el fallecimiento del bachiller Francisco González del Álamo, el Protomédico Regente, doctor Francisco Teneza Rubira, lo designó para ocupar la plaza que éste dejara vacante de Fiscal del Protomedicato, hecho que se produjo el 11 de marzo siguiente. Meses después, exactamente el 6 de septiembre, la Universidad le confirió todos los grados de la Facultad de Medicina y lo nombró su Decano. Con ello se convirtió en el primer graduado de Doctor en esa institución y también en el primero que ocupó un cargo de tanta relevancia en ella. A raíz de este nombramiento, solicitó se creara para él la plaza de Protomédico Segundo. En el texto donde justificó su petición, planteó como argumentos que él no deseaba pasar lo mejor de su edad ejerciendo en una ciudad como La Habana, con una población constituida por tropas y pobres, razón que explicaba por qué eran tan pocos los médicos que venían a residir y a ejercer en ella. Por eso quería proveerse de un destino que le posibilitara “algún sitiado” en el futuro. Otra de las causas que adujo fue que el Protomédico Teneza estaba ya en una edad muy avanzada, corto de vista y achacoso, lo que le impedía continuar asistiendo a todos los enfermos del Hospital San Lázaro y del Convento de San Juan de Dios y demás pobres, labor que podía él hacer en lo adelante. Asimismo enfatizó en su

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solicitud que se le reconociera al Segundo Protomédico el derecho de ocupar la plaza de Primero en caso de ausencia o muerte del titular, sin necesidad de título ni despacho, con iguales cargos y comisiones, goce de privilegios y emolumentos. Su reputación quedó demostrada con el gran número de recomendaciones que apoyaron su solicitud, entre ellas la del propio doctor Teneza, el Gobernador, el Rector y el claustro de la Universidad, además de las de todos los Priores o Presidentes de conventos y órdenes religiosas. Por Real Decreto fechado en el Puerto de Santa María el 3 de julio de 1729, se le hizo merced del cargo de Protomédico Segundo, que aceptó el Cabildo el 16 de diciembre siguiente. Con anterioridad había fungido como Primer Protomédico durante dos años que el doctor Teneza estuvo asilado en la Parroquial Mayor, para eludir el cumplimiento de una sanción que le impusiera el Gobernador por un delito de desobediencia a la autoridad, al no aceptar la Resolución por éste dictada en un pleito seguido por el boticario Lázaro del Rey contra él como Protomédico. El primer graduado de Doctor en Medicina en la Real y Pontificia Universidad, a la vez que el primer catedrático de Anatomía y primer Decano de su Facultad de Medicina, estaba casado con María Josefa Garavito cuando falleció el 29 de agosto de 1736. Su entierro se realizó en la Parroquial Mayor de la villa de La Habana.

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DR. ESTEBAN DE LOS ÁNGELES VÁZQUEZ Y RODRÍGUEZ (1692-

1742)

Uno de los primeros alumnos de la carrera médica en la incipiente Universidad Pontificia fue Esteban de los Ángeles Vázquez Rodríguez. Hijo de Juan Antonio Vázquez y de Juana Gerónima Rodríguez, nació en La Habana el 2 de agosto de 1692. Ingresó como novicio en el convento de San Juan de Letrán para estudiar Artes y, aunque en 1726 poseía ya órdenes menores para cursar la carrera eclesiástica, decidió abandonar el aula conventual para, con el mismo entusiasmo que sus compañeros Arango Barrios y Aparicio, sentarse en la banca universitaria que entonces germinaba en el mismo convento. Tras pasar satisfactoriamente con sus condiscípulos las clases de Medicina impartidas por González del Álamo, se graduó de Bachiller el 23 de julio de 1729, después de la lectura de su lección reglamentaria el 13 de abril anterior. Aprobado por el Protomédico Francisco Teneza, recibió su título el 30 de octubre de 1730, el cual luego presentó al Cabildo que lo aceptó al ejercicio de la profesión el 10 de noviembre. A la muerte del doctor Louis Fontaine Cullembourg en agosto de 1736, quedó vacante la cátedra de Anatomía, por lo que se convocó a oposición. Vázquez se presentó como único opositor y la obtuvo por unanimidad, al estimarse que reunía los conocimientos requeridos para su desempeño. Con ello logró la aptitud para

aspirar a los grados mayores de Licenciado y Doctor en Medicina. El primero le fue otorgado el 28 de noviembre de 1736 y el segundo lo recibió el 31 de enero de

1737.

En cuanto a su desempeño como catedrático, se puede argumentar a su favor que su regencia en la cátedra de Anatomía prometía aportar grandes beneficios a

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la enseñanza de esa asignatura, -en virtud de lo incompleto que era su estudio en aquella época, limitado a la simple descripción sin comprobación ni demostración en cadáveres- pues en realidad era él el único que disponía de la preparación necesaria para poder contrarrestar esa deficiencia. Sin embargo, todo quedó en las buenas intenciones, pues no pudo siquiera completar el período de seis años como catedrático al sorprenderlo la muerte el 2 febrero de 1742. Había testado ante Dionisio Pancorbo el 8 de diciembre del año anterior.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 6 de bautismos, folio 366v, número 70. Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 6 de defunciones, folio 106, número 11. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de doctores, folio 16. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego, 1876. p. 161-163, 337. Delgado García G. Historia de la enseñanza superior de la Medicina en Cuba 1726-1900. Cuad Hist Salud Pub 1990;(75):28, 32. López Sánchez J. La Medicina en La Habana (1550-1730). Cuad Hist Salud Pub

1970;(47):316-318.

López Sánchez J. Biografías de médicos y cirujanos. En: Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 280. López Serrano E. Efemérides médicas cubanas. Cuad Hist Salud Pub 1985;(69):187.

DR. JOSÉ ARANGO BARRIOS SISCARA (1701-1771)

Fundador de la cátedra de Vísperas (Patología) en la Facultad de Medicina de la Real y Pontificia Universidad habanera, donde adoptó posiciones progresistas que contribuyeron al perfeccionamiento de la enseñanza médica en su época, José Arango Barrios Siscara nació en La Habana el 28 de octubre de 1701 de la pareja formada por el teniente Mateo Arango Barrios y Luisa Siscara. En 1714 ingresó en el convento de San Juan de Letrán con el fin de estudiar la carrera eclesiástica e ingresar en la orden religiosa de los Dominicos. Allí cursó Artes bajo la dirección

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del maestro fray Tomás de Linares y Teología con el eminente fray Francisco Martínez. Al abrirse el 12 de enero de 1726 en el propio convento las lecturas de Medicina por Francisco González del Álamo, se desvió de los estudios religiosos que había emprendido y se inscribió en ellas. Según consta en los libros de grados menores y de actos académicos del expresado convento, obtuvo el grado de Bachiller en Artes el 28 de enero de 1728 y, el 5 de agosto de 1729, sostuvo las conclusiones de Medicina, para graduarse de Bachiller en esa Facultad el 26 del mismo mes. Después de cumplir el período de prácticas establecido, fue examinado y aprobado por el Protomédico Francisco Teneza Rubira, quien le expidió el correspondiente título el 3 de noviembre de 1730. El 12 del propio mes y año solicitó, luego de haberse presentado a oposición, se le dejara leer la cátedra de Vísperas en calidad de interino hasta tanto ésta fuera provista. Su solicitud fue aceptada con independencia de que, como resultado de la oposición, el 25 de noviembre se le otorgó la cátedra en propiedad. Por su condición de catedrático, se le concedió el grado de Licenciado en Medicina el 2 de diciembre de 1730 y la borla de Doctor el 3 de enero de 1731. En ambos actos fue eximido del reparto de propinas, según era costumbre en aquella época, por haber alcanzado ambos grados como titular de una cátedra, en cuyo desempeño demostró los excelentes dotes de inteligencia, laboriosidad, constancia y firme voluntad que había manifestado desde sus años de estudiante. Tanto en los exámenes conventuales como en los universitarios, había aprobado siempre con la calificación de nemine discrepante. Al terminar el primer sexenio en la regencia de su cátedra, se opuso otra vez y la

obtuvo por unanimidad en 1736 y, cuando en 1742 cumplió el segundo período en el cargo, hizo nueva oposición y la consiguió por esta vía por tercera y última vez, en virtud de que Su Majestad lo declaró catedrático vitalicio. En lo adelante, continuó en el desempeño ininterrumpido de la cátedra hasta su fallecimiento en

1771.

El doctor Arango Barrios demostró también su clara inteligencia y su entrega profesional en varias mociones que presentó en algunas reuniones del claustro

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general, encaminadas a elevar el rango de la Facultad de Medicina y a mejorar la enseñanza de la disciplina. Como a su juicio en ciertos artículos de la Constitución universitaria se ubicaba a esa Facultad en menor categoría, consagró a su paridad algunas reflexiones. Por ejemplo, en el claustro celebrado el 11 de septiembre de 1731, exigió la participación de un médico en la redacción de los Estatutos de la Universidad, así como que todo expediente de solicitud de grados en Medicina fuera examinado en primera instancia por el Decano de la Facultad. Cuatro años después, en el claustro que tuvo lugar 18 de octubre de 1735, defendió el criterio de que la mayor autoridad en cuestiones propias de cada Facultad debía corresponder a sus doctores respectivos y no a los de Teología, como venía ocurriendo hasta entonces. Esta posición, de indudable carácter progresista, contribuyó al cese de los privilegios a favor de los religiosos y a que todas las preferencias en los actos de Medicina fueran potestad de sus doctores. Ese mismo año fue nombrado Comisario del claustro. El 24 de septiembre de 1738 solicitó al rey la creación del cargo de tercer Protomédico sin sueldo y que éste se le concediera en virtud de la imposibilidad de Teneza de cumplir todas sus obligaciones, a causa de sus achaques y de su avanzada edad y de que el otro Protomédico Ambrosio Medrano contaba ya más de 60 años. El título le fue conferido con fecha 18 de julio de 1741, pero lo recibió, como era usual en esa época, mucho tiempo después. Cuando lo presentó ante el Cabildo el 25 de enero de 1743, hacía casi diez meses que Teneza había fallecido y Medrano había pasado a ejercer por ascenso la función de primer Protomédico, por lo que a él se le nombró segundo Protomédico. A la muerte de Medrano, ocupó la plaza de primero dejada por éste, en la que fue ratificado por Real Cédula del 15 de septiembre de 1753. Su amor al estudio y su ambicioso afán de adquirir conocimientos quedaron demostrados de nuevo, cuando en 1755 se presentó a las pruebas y ejercicios de la Licenciatura en Artes. El 15 de octubre de ese año recibió la borla del magisterio en esa Facultad.

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Además de su labor docente, ejerció como médico asistencial en el Hospital San Juan de Dios e hizo visitas voluntarias al Hospital San Lázaro, sin percibir sueldo alguno por ello. En el período de la guerra entre España e Inglaterra, una de cuyas acciones fue

la toma de La Habana por los ingleses en 1762, Arango Barrios fue médico del

Estado Mayor de la Guarnición Militar y, en unión de los cirujanos Edward Hamlin y Antonio Conexa, atendió a los heridos en aquella campaña. En ese tiempo se había producido una epidemia de fiebre amarilla de tal intensidad que causó gran preocupación a los invasores, quienes más de una vez consideraron los peligros que entrañaba desembarcar en tierra firme. La epidemia había comenzado en 1761 y no daba signos de atemperarse, en virtud de la cantidad de personas no inmunes que se movilizaban. Ante esa situación, el Cabildo habanero convocó al Protomedicato a fin de conocer su opinión acerca del mal. Sus integrantes declararon que se trataba de una “enfermedad contagiosa que se transmitía por los hálitos de los cuerpos y de la respiración de los enfermos y por el contacto de las ropas”. Aunque éste era el criterio prevaleciente en aquella época con respecto

a la fiebre amarilla, justo es reconocer la significación histórica de que los médicos habaneros, interesados en entender su naturaleza, iniciaran estudios necrópsicos

a los fallecidos, los cuales denominaban “disecciones anatómicas”. Al doctor

Arango Barrios se le acredita haber sido uno de los propulsores de las autopsias, a pesar de que no se ha encontrado registro alguno de sus hallazgos. Este médico cubano miembro de una familia de religiosos de alta jerarquía, que fue socio de la real Sociedad de Medicina de Sevilla y que no faltó ni a uno de los claustros plenos y de Decanos convocados durante su época, se había casado con Petronila de Prado y Marocho el 1ro. de octubre de 1732. Tras una vida laboriosa y fecunda, durante la cual derramó bien a manos llenas para beneficio de sus semejantes, falleció en La Habana el 16 de septiembre de 1771. Había testado ante Francisco García Brito el 11 de noviembre de 1749. Fue sepultado en el convento de San Juan de Letrán, en el mismo lugar donde se formó como médico, contribuyó durante 40 años a la formación de varias

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generaciones de estudiantes de Medicina desde la cátedra de Patología, de la que fuera fundador, y donde dejó muy gratos recuerdos y muy buenos ejemplos que imitar.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 7 de bautismos, folio 212, número 160. Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 5 de matrimonios, folio 69, número 32. Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 9 de defunciones, folio 152, número 44. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro 1ro. de doctores, folio 6. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego. 1876. p. 82, 85, 206-208. Delgado García G. Historia de la enseñanza superior de la Medicina en Cuba. 1726-1900. Cuad Hist Salud Pub 1990;(75):19, 36. López Sánchez J. La Medicina en La Habana (1550-1730). Cuad Hist Salud Pub 1970;(47):308-309, 312. López Sánchez J. La Medicina en La Habana (1731-1800). Cuad Hist Salud Pub 1970(48):33, 64-67, 161-165, 182-183, 195-200, 206-212. López Sánchez J. Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 278-280. López Serrano E. Efemérides médicas cubanas. Cuad Hist Salud Pub 1985;(69):22, 78, 84, 98, 144, 200.

DR. JOSÉ MELQUIADES APARICIO DE LA CRUZ (1702-1781)

Primer estudiante cubano que obtuvo el título de Bachiller en Medicina en la Universidad de La Habana, de la que más tarde fue también su primer catedrático de Methodus Medendi (Terapéutica), y uno de los médicos que mejor reputación logró en su época en el ejercicio de su profesión, José Melquiades Aparicio de la Cruz, nació en La Habana en 1702. Hijo de Miguel Aparicio, natural de Valencia, España, y de Beatriz de la Cruz, de La Habana, ingresó en 1718 en el Convento

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de San Juan de Letrán para estudiar la carrera eclesiástica, donde fue en principio alumno de Artes y años más tarde, en 1722, matriculó Teología. Cuando en enero de 1726 el bachiller Francisco González del Álamo comenzó a impartir sus cursos de Medicina, se decidió a abandonar la carrera sacerdotal y se inscribió en ellos. Graduado de Bachiller en Artes el 22 de junio de 1728, su nombre es el segundo en el libro de asientos de grados menores universitarios. Asimismo consta en ese mismo libro que su título de Bachiller en Medicina, que recibió el 30 de julio de 1729, fue el primero conferido por esa Facultad. Su disertación para ese propósito se tituló Facultatibus medicamentorum. El 3 de noviembre de 1730 fue admitido por el Cabildo al ejercicio de la medicina. En reunión del claustro, celebrada el 16 de junio de ese año, se había acordado entregarle el título de catedrático interino de Methodus Medendi, que regenteó en esa condición hasta el 30 de julio de 1735, en que tomó posesión de la cátedra en calidad de propietario, luego de haber hecho oposición y habérsele adjudicado ésta por unanimidad. Por su condición de catedrático, se le proporcionó el grado de Licenciado en Medicina el 2 de septiembre de ese año y el día siguiente el de Doctor. Al terminar su sexenio en 1741, hizo una nueva oposición a la misma cátedra y otra vez la obtuvo por unanimidad. En 1748 fue declarado catedrático vitalicio. Se le hizo ese reconocimiento, a pesar de la resistencia opuesta en tal sentido por el claustro, que no lo estimaba digno de ese honor, no por falta de méritos para ello, sino porque, a su entender, él no era fundador de la cátedra, la cual había obtenido en principio por oposición. En 1751 ocupó la plaza de tercer Protomédico por ascenso de José Arango Barrios y Juan José Álvarez Franco. En ella fue ratificado por real Orden en 1753 y, aunque sin la facultad de ser conjuez, recibió su título el 14 de junio de 1755 con la prerrogativa de suplir en sus funciones a otros Protomédicos. Fue admitido como tal por el Ayuntamiento el 11 de marzo de 1756. En 1765 fue nombrado segundo Protomédico por fallecimiento de Álvarez Franco y, en 1771, ascendió al cargo de primero. Por otra parte, continuó regentando su cátedra de Terapéutica

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hasta 1775, año en el que renunció a ella para poder darle mejor atención a sus cada vez más numerosas obligaciones como Protomédico. El doctor Aparicio fue médico del convento hospital para convalecientes Nuestra Señora de Belén. Cuando en 1757 el Prefecto de esa institución solicitó se le autorizara ampliarla, él elevó un dictamen a su favor en el cual argumentó los beneficios que podía traer consigo la medida para los enfermos, por cuanto su aplicación les daría la posibilidad de recibir el aire puro. Quizás el acto más importante que enfrentó como Protomédico fue la solicitud hecha por el Cabildo de que se llevara a cabo una revisión de la tarifa de precios de los medicamentos, vigente desde 1723. Tanto esta petición, como la de regular los honorarios de los cirujanos, recibió de su parte una respuesta negativa. No obstante los argumentos que esgrimió en su extenso informe, no tenía justificación alguna para negarse a realizar esa revisión. Si bien, según su razonamiento, la tarifa contaba con el apoyo de los médicos y boticarios, ésta no redundaba en el beneficio público, pues era muy evidente el abuso que unos y otros cometían con los pacientes, por los altos precios que les cobraban por las medicinas. Con independencia de esa circunstancia un tanto incierta en relación con su quehacer como Protomédico, hay que reconocer en primer lugar que Aparicio combinó su clara inteligencia con una sólida instrucción y un gran amor al estudio, que puso a la disposición del logro de nobles aspiraciones. En tal sentido se distinguió por su preferente dedicación a la enseñanza una buena parte de su vida y, gracias a ello, la cátedra de Terapéutica por él estrenada fue ganando cada vez mayor prestigio. A ésta trasladó siempre la experiencia que adquirió en el ejercicio privado de su profesión, donde fue merecedor de envidiable reputación, como en los servicios que prestaba en el convento hospital Nuestra Señora de Belén primero y en la dirección de una de las salas del Hospital Militar después. Había contraído matrimonio el 27 de abril de 1733 con Ana Teresa de Ayala Escobar y su muerte se produjo en La Habana el 18 de abril de 1781. Su vida larga y laboriosa y su amor a la enseñanza, deben agregarse a su condición de primer catedrático de Methodus Medendi a la hora de justificar por qué su nombre debe

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aparecer entre los primeros en la relación de precursores de la docencia médica en Cuba.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 5 de matrimonios, folio 73, número 3. Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 10 de defunciones, folio 66, número 2. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro 1ro. de Doctores, folio 14. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p. 221, 243-246. Delgado García G. Historia de la enseñanza superior de la Medicina en Cuba 1726-1900. Cuad Hist Salud Pub 1990;(75):28, 39. López Sánchez J. La Medicina en La Habana (1550-1730). Cuad Hist Salud Pub 1970;(47): 296-302, 311-312. López Sánchez J. La Medicina en La Habana (1731-1800). Cuad Hist Salud Pub 1970;(48):33-34, 168,170-172, 220, 228, 244.

López Sánchez J. Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica; 1997. p. 280-281. López Serrano E. Efemérides médicas cubanas. Cuad Hist Salud Pub 1985;(69):48, 102,

128.

DR. JULIÁN RECIO DE OQUENDO Y DE LA COBA (1718-1794)

Hijo del matrimonio constituido por Matías Recio de Oquendo y Josefa de la Coba, nació en Santiago de Cuba en 1718. Se graduó de Bachiller en Artes el 29 de marzo de 1731 y en Medicina el 24 de abril de 1737. En las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana consta que presentó su título el 30 de abril de 1739, firmado por el Protomédico Francisco Teneza el 25 de ese mes y año. En 1742 hizo oposición a la cátedra de Anatomía, vacante por el fallecimiento del doctor Esteban de los Ángeles Vázquez, de la cual tomó posesión en noviembre del propio año. A título de catedrático recibió el grado de Licenciado en Medicina el 28 de septiembre y el de Doctor el 5 de octubre del mismo 1742.

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Según Cowley, “por los buenos antecedentes que él mismo sabía tener”, comprendió que no debía enseñar Anatomía teórica, por lo que renunció a la cátedra en 1746. En 1748 fue elegido Tesorero de la Universidad y en 1756 Fiscal del Protomedicato. Asimismo fue complacida su solicitud de que se le dispensase la gracia de Protomédico Honorario con la opción y el derecho a ocupar la primera vacante que hubiese en el Tribunal, lo que le fue concedido por Real Despacho. El 3 de julio de 1757 fue confirmado en su cargo de Fiscal, que desempeñaba desde que fue nombrado por el doctor Ambrosio Medrano. El 18 de febrero de 1758 tomó posesión ante el Protomedicato, constituido entonces por los doctores José Arango Barrios, Juan J. Álvarez Franco y José M. Aparicio. En 1764 solicitó y obtuvo la plaza de Protomédico Tercero, cuando se produjo el ascenso a Segundo del doctor Aparicio, motivado por incapacidad física del doctor Álvarez Franco. A la muerte del doctor Arango Barrios, pasó a ocupar el cargo de Protomédico Segundo el 4 de octubre de 1771, por decreto dictado por el Capitán General Interino Pascual Ximénez de Cisneros. El 16 de mayo de 1781, por fallecimiento del doctor Aparicio, ocupó la plaza de Protomédico Regente. Para completar el Tribunal y dar cumplimiento a lo dispuesto por la Real Cédula que designó a Recio de Oquendo Protomédico Primero, el Gobernador de la Isla Diego José Navarro designó con carácter interino a los doctores Matías Cantos y Juan Bautista Bobadilla Protomédicos Segundo y Tercero, respectivamente. El 2 de noviembre de ese año, el Gobernador que sucedió a Navarro, Juan Manuel Cajigal, reiteró a Recio de Oquendo que le diera posesión a los otros miembros del Protomedicato designados. Éste se negó, pues entendía que ellos debían prestar juramento ante él y que el Gobernador debía haber hecho los nombramientos interinos previa su recomendación. Por otra parte, Joaquín Muñoz Delgado había recurrido al Gobernador porque el doctor Recio de Oquendo le había retirado la licencia y la aprobación concedidas por el doctor Aparicio para que ejerciera su profesión de médico. Estos incidentes motivaron un ruidoso proceso por su negativa a cumplir ambas disposiciones y el Gobernador lo hizo conducir preso al Castillo de San Carlos de la Cabaña. A los siete días de su

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encarcelamiento, el Gobernador envió un emisario para comunicarle que lo liberaba y consideraba compurgada su rebeldía, si le daba posesión a los Protomédicos. En el escrito que elevó al Gobernador para tratar de dar una solución al conflicto surgido, propuso se nombrara un Protomédico sin la calidad de conjuez, para suplir las ausencias e impedimentos suyos y sometía su aprobación al Rey, a quien a la vez suplicaba se le diera la libertad. El Gobernador interpretó esa actitud como una desobediencia. En relación con estos hechos, al Protomédico le asistía la razón en la actitud que asumió en defensa de los fueros del Tribunal, pues si bien el Gobernador tenía la facultad de hacer nombramientos interinos, era costumbre hacerlos de acuerdo con el Protomédico Regente. Por otra parte, era improcedente la designación de Bobadilla, porque no era Doctor y había sido reprobado por la Universidad en unas oposiciones a la cátedra de Vísperas. En lo relacionado con la invalidación de la autorización de Muñoz tenía también razón, pues no reunía los méritos para ejercer la profesión de médico alguien a quien se había sancionado por haber apaleado a un boticario porque, según él, había despachado mal cierta receta suya. Luego de varios meses de litigio, el Rey dictó la Real Cédula del 16 de octubre de 1782, en la que ordenó se le diera la libertad a Recio de Oquendo, a lo que dio cumplimiento el 20 de mayo de 1783 Luis de Unzaga, el Gobernador sucesor de Cajigal. En ese documento el Rey dijo además que el Gobernador Diego José Navarro había procedido de forma correcta al hacer los nombramientos de los Protomédicos; aunque no se refirió a la reclamación de Muñoz. Culpó a Cajigal de haberse excedido al citar al Protomédico en audiencia pública y haberlo mandado

a

prisión a un castillo con custodia de dos soldados, cuando en esos casos, dada

la

jerarquía y la posición del detenido, lo que debía haberse hecho era arrestarlo

en su casa o en otro sitio decente. Cuando estaba en prisión, el 24 de mayo de 1782, el Cabildo le pidió a Recio de Oquendo su opinión acerca de los méritos que aducían los doctores Nicolás del Valle y Gregorio del Rey para solicitar la plaza de Protomédico Tercero. Él se

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pronunció a favor del doctor del Valle, en franca oposición al dictamen del Protomédico Matías Cantos, quien favorecía al doctor José Caro. En 1791 se presentó al Cabildo una memoria, en nombre de los Protomédicos doctores Recio de Oquendo, Cantos y del Valle, favorable al consumo de casabe, en la que se hace mención por primera vez a la obra de Buffon y a la Enciclopedia de Diderot, lo que revela que tenían información acerca de estas obras y evidencia su erudición y buen nivel desde el punto de vista científico. El doctor Recio de Oquendo, quien en 1784 fue Decano de la Facultad de Medicina en la Universidad, falleció en La Habana el 19 de julio de 1794.

BIBLIOGRAFÍA

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DR. AGUSTÍN PALOMINO SANABRIA (1717-1793)

Durante casi 80 años la cátedra de Anatomía de la Real y Pontificia Universidad de La Habana funcionó con un carácter netamente teórico, pues los alumnos que asistieron a ella durante ese tiempo no recibieron una sola demostración práctica; ni siquiera la que podría haberles proporcionado los modelos de órganos hechos de cera de que se disponía entonces. Esta situación era incluso desventajosa para los mismos catedráticos que la desempeñaron, según acredita la renuncia que hizo a la cátedra el doctor Julián Recio de Oquendo mucho antes de cumplir el tiempo establecido de su regencia. Entre los catedráticos que en los primeros tiempos hicieron algún esfuerzo para mejorar las condiciones de la enseñanza de esa asignatura, aun sin medios eficaces para lograrlo, procede mencionar al doctor Agustín Palomino Sanabria, quien asumió su regencia en 1746, tras la renuncia del doctor Recio de Oquendo. Sanabria nació en La Habana el 18 de agosto de 1717. Estudió en el Convento de San Juan de Letrán, donde obtuvo el título de Bachiller en Artes el 18 de agosto de 1735. Siguió los cursos de Medicina en la Universidad y se graduó de Bachiller en esa Facultad el 17 de marzo de 1739. Luego de cumplir los dos años reglamentarios de práctica, fue admitido a examen y aprobado por el Real Tribunal del Protomedicato de La Habana, que le expidió su título el 23 de marzo de 1741, firmado por el protomédico Francisco Teneza y Rubira, el cual presentó ante el Cabildo el 14 de abril siguiente. El 17 de julio de 1743 logró el grado de Licenciado en Medicina, en cuyos ejercicios presentó una tesis sobre los purgantes, y el 28 del mismo mes recibió la borla de Doctor. Como antes se apuntó, por renuncia que hiciera a la cátedra de Anatomía el doctor Recio de Oquendo, quien la había obtenido por oposición a la muerte del también doctor Esteban de los Ángeles Vázquez, hizo oposición a ella el ya doctor Agustín Sanabria y la obtuvo en 1746. La enseñanza que impartió en su cátedra, significó un verdadero progreso de la asignatura para la época, toda vez que sus explicaciones se basaban en el Tratado de Anatomía de J. B. Winslow, quien era entonces un verdadero astro en la materia. Si bien la obra de este autor era

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notable por su claridad y orden, lo era mucho más porque en cada una de sus partes se manifestaba con mayor fuerza el estudio de la naturaleza que la consulta a los autores que le habían precedido. Como prueba de su indiscutible mérito vale apuntar que su Exposition anatomique de la structure du corps humaine fue objeto de numerosas reproducciones y traducciones al inglés, alemán e italiano pues, además de sistematizar los conocimientos de su tiempo, descartó por primera vez detalles fisiológicos y explicaciones especulativas en relación con la función de los órganos. De ahí el papel tan importante que desempeñara el doctor Sanabria al impartir la enseñanza de la Anatomía, encerrada hasta entonces en el estrecho límite de la teoría, con la aplicación de los postulados de Winslow. Ello implicó a todas luces un hito en el conocimiento de la anatomía del cuerpo humano en Cuba. Después de cumplir en 1751 su primer sexenio en la regencia de la cátedra, hizo de nuevo oposición a ella y la volvió a obtener por un nuevo período. Dos años después renunció a ella, sin que consten los motivos. De los pocos datos biográficos disponibles del doctor Sanabria legados por los anales del siglo XVIII, se puede poner al descubierto que éste se distinguió por su cultura y amor a las ciencias; que desde muy joven ocupó un lugar preferente en el claustro universitario; que fue Maestro de Ceremonias en la Universidad en 1745 y Comisario de año en 1746; médico del Hospital San Juan de Dios y Promotor Fiscal del Protomedicato. En 1741 se casó con Clara Antonia Burgielos de quien enviudó y, en 1747, contrajo segundas nupcias con María Morales de Calvo. Falleció en La Habana, a los 76 años de edad, el 8 de diciembre de 1793.

BIBLIOGRAFÍA

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DR. JUAN JOSÉ ÁLVAREZ FRANCO RODRÍGUEZ (1712-1765)

Entre los jóvenes cubanos que estudiaron la carrera de Medicina en los primeros tiempos de la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo de La Habana y se convirtieron tras su graduación en integrantes de su claustro de profesores, aparece Juan José Álvarez Franco y Rodríguez quien, en una época de oscurantismo y atraso, resentida por la escasa preparación y por la notoria insuficiencia de la enseñanza, figuró entre los médicos más destacados por sus aspiraciones de progreso y de amor a la ciencia en general y al trabajo docente en particular. Hijo de Domingo Manuel Álvarez Franco y Tomasa Rodríguez Machado, nació en La Habana en fecha no precisada del año 1712. Luego de graduarse de Bachiller en Artes el 13 de julio de 1729, empezó de inmediato a estudiar Medicina en la aún naciente Universidad, donde terminó los dos primeros cursos. A fines de 1730 se trasladó a México con el fin de culminar sus estudios y allí logró hacerse Bachiller en Medicina el 27 de junio de 1733. Las prácticas la realizó con el catedrático de la asignatura de Vísperas doctor Nicolás Flores y, al dispensársele por el Virrey el tiempo que le faltaba para cumplir los dos años de trabajo práctico, fue admitido a examen por el Tribunal del Protomedicato de aquella ciudad, en el que resultó aprobado nemine discrepante el 29 de marzo de 1934. Después de examinado regreso a su país y presentó su título al Cabildo habanero, previo el reconocimiento de éste por el Protomédico Louis Fontaine Cullembourg. El 14 de enero de 1735 fue admitido legalmente al ejercicio de la profesión. Ese mismo año

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realizó los ejercicios de los grados mayores; el 9 de noviembre obtuvo la muceta de Licenciado en Medicina y, ocho días después, la borla de Doctor. Sus argumentales fueron los doctores Louis Fontaine Cullenburg, Ambrosio Medrano Herrera, José Melquiades Aparicio y de la Cruz y José Arango Barrios Siscara. Mucho antes de haber terminado su carrera universitaria, Álvarez Franco había reparado en la insuficiencia de los estudios previos que se exigían para matricular Medicina. Cuando concentró su atención en la materia médica, notó la falta absoluta de algunas asignaturas indispensables. La ausencia del estudio de las plantas medicinales desde el punto de vista botánico, a pesar de que en los campos de Cuba, cubiertos de exuberante vegetación crecían frondosos árboles, le hizo concebir la idea de iniciar en la Universidad la enseñanza de la Botánica, cuyo conocimiento debía abrir el camino para el estudio de la importante flora cubana, tanto desde el ángulo de la ciencia pura, como en sus aplicaciones a la industria, las artes, la agricultura y la terapéutica.

En el claustro que había tenido lugar el 15 de octubre anterior solicitó se le permitiera dar explicaciones de Botánica. Lamentablemente el acuerdo tomado respecto a esa petición fue que “no se erigiese ni crease la cátedra”. Así la decisión del claustro, integrado en su mayor parte por frailes, desconoció la importancia de la Botánica que experimentaba entonces una evolución favorable en los centros científicos de Europa y, además, chocó con la iniciativa de un joven dotado de amplia inteligencia y de nobles propósitos de abrir nuevos horizontes a la ciencia. Por otro lado, esto demuestra el atraso en que se encontraba en aquel tiempo la Facultad de Medicina y la oposición que se le hacía a cualquier iniciativa tendente al progreso del conocimiento y al desarrollo de las ciencias naturales, una característica muy propia del papel de la Orden de los Padres Dominicos en la Universidad. En 1740 Álvarez Franco fue nombrado Ordenador de Marina de La Habana. Establecido como tal en el barrio de San Isidro, se dedicó a tratar los enfermos que venían de las escuadras que tocaban el puerto. A la muerte del doctor Francisco

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Teneza Rubira, fundador del Real Tribunal del Protomedicato de La Habana y primer Protomédico Regente, el Capitán General pidió la plaza de Protomédico Segundo para Álvarez Franco, ya que el doctor Medrano ascendía al cargo de Primero. A ello se opuso el doctor Arango Barrios en razón de tener más años de graduado y haber servido inclusive a ese Tribunal, a lo que accedió el Rey. En junio de 1943, el Gobernador y el Ayuntamiento acordaron conceder a su favor el nombramiento de Protomédico Tercero, lo que fue aprobado por Real Cédula de 11 de diciembre de ese año. El 24 de junio de 1744 asumió el referido cargo. El 28 de octubre de 1951 hizo oposición a la cátedra de Prima y la obtuvo. En su condición de Doctor en Medicina optó también por la borla de Maestro en Artes, la cual recibió el 28 de octubre de 1755. Un año después fue elegido Maestro de Ceremonias de la Universidad. Durante el primer sexenio de su regencia en la cátedra de Prima logró hacer algunos cambios en ella novedosos para la época, demostrativos de su sólida instrucción y de su decidido amor a la ciencia y a la enseñanza. Terminado ese primer sexenio hizo de nuevo oposición a la cátedra y la obtuvo de nuevo. Esa vez tomó posesión de ella en enero de 1758. Tras la muerte del doctor Medrano, había ascendido al cargo de Protomédico Segundo el 18 de mayo de 1753, plaza que ocupó hasta su muerte ocurrida el 9 de enero de 1765. Un año antes se le había concedido la jubilación, pues a los achaques de la vejez unía un gran deterioro mental que le impedía continuar trabajando. Fue casado con Gertrudis Sánchez de Castro y gozaba de una posición muy sólida y de gran influencia entre las autoridades de la colonia. Figuró entre los médicos prácticos de más prestigio de su época por el vigor de su juicio y por la rectitud de su criterio refinado por el estudio y la observación. Dejó pues en su paso por la vida el bello ejemplo de sus virtudes y talento.

BIBLIOGRAFÍA

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142v.

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Archivo de la Parroquia del Santo Cristo Libro 5 de defunciones, folio 118, número 471. Cowley R. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. La Habana: Imprenta y Librería de A. Pego, 1876. p. 136, 163, 247-249.

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DR. ANTONIO MIRANDA (172?- ¿?)

Los pocos datos disponibles acerca de este precursor de la docencia médica en Cuba, dan cuenta que debió nacido en La Habana por los años 1725 ó 1726; que

se hizo Bachiller en Artes el 16 de marzo de 1747 y en Medicina el 24 de mayo de

1750

y que fue titulado por el Real Tribunal del Protomedicato el 27 de marzo de

1753

y aceptado por el Cabildo el 5 de abril siguiente.

Por vacante de la cátedra de Anatomía al renunciarla el doctor Agustín Sanabria, aspiró a ocuparla como único oponente; fue aprobado por el jurado calificador en los ejercicios de oposición y tomó posesión de ella en septiembre de 1753. Por su condición de catedrático, recibió la Licenciatura en Medicina ese mismo mes y la borla de Doctor el 14 de mayo del año siguiente. Cumplido el primer sexenio en 1759, se volvió a presentar a oposición y obtuvo todos los sufragios, lo que le posibilitó continuar como regente de la cátedra hasta 1765. Fue tesorero de la Universidad en 1756 y 1757.

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La escasa información encontrada sobre este médico y profesor cubano del siglo XVIII, ha impedido establecer si ejerció alguna influencia positiva como catedrático de Anatomía. La misma razón ha imposibilitado tener siquiera una idea al menos aproximada acerca de su desempeño en el área asistencial y de la fecha y lugar de su fallecimiento.

BIBLIOGRAFÍA

Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. Libro 28 de actas trasuntadas. p. 94-

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Cowley R. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. La Habana: Imprenta y Librería de A. Pego, 1876. p. 164-165, 318.

DR. DOMINGO ARANGO Y PRADO MAROCHO (1740-1780)

Hijo del doctor José Arango Barrios Siscara y de doña Petrona Prado Marocho, nació en La Habana el 15 de noviembre de 1740. Se graduó de Bachiller en Artes el 18 de enero de 1759 y de Maestro en Artes el 9 de agosto del mismo año. Sus cuodlibetos los respondió el 18 de junio de 1760 y de inmediato empezó a estudiar la carrera de Medicina, motivado quizás por continuar la tradición de su padre, quien fue uno de los médicos más destacados de su tiempo. Luego de graduarse de Bachiller en Medicina en 1762, fue examinado y aprobado por el Tribunal del Protomedicato el 26 de marzo de 1764 y recibido por el Cabildo el 14 de marzo del año siguiente. El fallecimiento del doctor Juan José Álvarez Franco Rodríguez, ocurrido el 9 de enero de 1765, dejó vacante la cátedra de Prima (Fisiología), por lo que, tras aprobar los exámenes de oposición, entró a desempeñarla el 26 de febrero siguiente. Su condición de catedrático le otorgó de oficio el derecho a los grados mayores de Licenciado y Doctor en Medicina, los cuales recibió el 22 de febrero y el 14 de agosto del propio año, respectivamente.

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En realidad, el período durante el cual ejerció Arango la regencia de esa cátedra no fue el más fecundo para la enseñanza de la Fisiología en Cuba. Hay constancia de que, en un claustro celebrado el 10 de septiembre de 1770, hubo necesidad de amonestarlo por sus frecuentes faltas y que, incluso, se acordó su separación definitiva de la cátedra, caso de mantener tan negativa actitud. Esto demuestra, por una parte, que abusaba de la influencia y del prestigio de su padre y, por otra, que no sentía vocación alguna por la carrera escogida, en la que no dejó traza alguna de su actividad. El doctor Arango Prado Marocho falleció el 11 de marzo de 1780. Testó ante Francisco Xavier Rodríguez.

BIBLIOGRAFÍA

Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. Libro 35 de actas trasuntadas. p. 96- 96v, 98v-99. Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 9 de bautismos, folio 388v, número 41. Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 10 de defunciones, folio 43, número 161. Cowley R. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. La Habana: Imprenta y Librería de A. Pego, 1876. p. 136, 250. López Sánchez J. La Medicina en La Habana (1731-1800). Cuad Hist Salud Pub

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López Sánchez J. Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 294.

DR. CARLOS DE AYALA ÁLVAREZ (1709-1775)

Hijo de Miguel de Ayala y de Rosa Álvarez, el doctor Carlos de Ayala Álvarez nació en La Habana, probablemente en 1709 y, si bien en los archivos de la Universidad Pontificia no aparece su expediente como estudiante, en el Libro de Grados consta que le fue otorgado el de Bachiller en Artes el 6 de agosto de 1740 y el de Medicina el 7 de abril de 1744. Al quedar vacante la cátedra de Anatomía cuando a finales de 1765 el doctor Antonio Miranda había terminado el segundo

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sexenio en su regencia, Ayala se presentó como único opositor para ocuparla y, tras aprobar los ejercicios, la ganó y tomó posesión de ella el 14 de mayo de 1766. Al momento de ocupar la cátedra, llevaba 20 años en el ejercicio de la profesión con notable éxito y había logrado reunir una clientela muy numerosa. A título de catedrático, le fueron adjudicados los grados mayores de Licenciado y de Doctor en Medicina el 23 de mayo y el 20 de julio del mismo año. Luego de cumplir los seis años reglamentarios en dicha regencia y declarada vacante la cátedra, volvió a hacer oposición a ella y fue de nuevo aprobado para asumirla por otro sexenio a partir de 1772. Lamentablemente no pudo terminar este segundo período a causa de la enfermedad que minó su existencia y le obligó a renunciarla a mediados de 1774. En honor a la verdad, la regencia de Ayala no ejerció influencia alguna ni en el cultivo de la Anatomía ni en el progreso de su enseñanza. A pesar de que en su época habían ocurrido grandes progresos en esa materia, no se esforzó por ampliar sus conocimientos, puesto que la mayor parte del tiempo la dedicaba a la atención de su clientela dentro de la cual, justo es decirlo, sí gozaba de gran prestigio como médico asistencial. Por otra parte, esta cátedra era la menos ambicionada y muchos médicos aspiraban a ella con el único fin lograr los grados mayores de Licenciado y Doctor en Medicina y de disfrutar de las prebendas que implicaba ser miembro del claustro de profesores de la Universidad Pontificia. Uno de los hijos frutos de su unión con Silvestre González fue José Julián, quien también se hizo médico y lo sustituyó en la regencia de la cátedra. El doctor Carlos de Ayala Álvarez falleció el 1ro. de junio de 1775.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de Doctores, folio 77. Archivo de la Parroquia del Espíritu Santo. Libro 7 de defunciones, folio 18, número 116. Cowley R. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. La Habana: Imprenta y Librería de A. Pego, 1876. p. 165, 250-251.

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López Sánchez J. Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 287-288.

DR. BLAS JOSÉ MACHADO SAUCEDO (1739-1809)

Blas José Machado Saucedo nació en la villa de Puerto Príncipe, actualmente Camagüey, el 7 de mayo de 1739, de la unión del Capitán Juan Pérez Machado y Bernarda Saucedo, naturales respectivamente de La Habana y de Puerto Príncipe. Se graduó de Bachiller en Artes en marzo de 1761 y en Medicina en 1765. En 1770 sustituyó en la cátedra de Prima al doctor Domingo Arango en una de sus frecuentes ausencias. Meses después se presentó como opositor a esa cátedra, la que ganó y ocupo en febrero de 1771. El 21 del mismo mes recibió los grados mayores de Licenciado y de Doctor en Medicina. En su período como catedrático se produjo un incidente con el alumno Vicente Herrera, a causa de la corrección de una palabra, que trajo consigo que se retaran a duelo. Éste no se llegó a efectuar por la intervención de los condiscípulos de Herrera José Dionisio Piedra y José de Jesús Menéndez. Contrajo matrimonio con María de Jesús Borrego el 3 de octubre de 1765. De esa unión nació en 1774 el también médico Antonio Machado Borrego, quien en 1816 se hizo cargo de la cátedra de Anatomía. El doctor Machado Saucedo falleció en La Habana en 1809.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de Doctores, folio 824. Archivo de la Parroquia de Puerto Príncipe. Libro 4c de bautismos, folio 343, número 509. Archivo de la Parroquia del Espíritu Santo. Libro 4 de defunciones, folio 92, número 977. López Sánchez J. Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 295.

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DR. JOSÉ JULIÁN DE AYALA GONZÁLEZ (1750-1818)

Nacido en La Habana el 17 de febrero de 1750, José Julián de Ayala González siguió las huellas de su padre, el doctor Carlos de Ayala Álvarez y figuró también en el claustro universitario. Su nombre ha llegado a la época actual con gran prestigio, si bien no comprobado con testimonios irrecusables, sí sostenido por la tradición, que lo coloca junto a su predecesor, el doctor José Melquiades Aparicio como uno de los médicos más entendidos de su tiempo. Luego de graduarse de Bachiller en Artes el 9 de diciembre de 1768, se dedicó el estudio de la Medicina con entusiasmo, asiduidad y aprovechamiento. En 1772, el mismo año que obtuvo el grado de Bachiller en Medicina, fue merecedor de la honrosa distinción de que se le nombrara catedrático interino de la asignatura de Vísperas (Patología). Al quedar en 1774 vacante la cátedra de Anatomía por renuncia de su padre, se presentó a oposición como único aspirante a ocuparla. Tras cumplir los requisitos reglamentarios al efecto, se le otorgó la regencia de esa cátedra, de la cual tomó posesión el 12 de abril de 1775. El 3 de julio y el 29 de septiembre del mismo año recibió los grados de Licenciado y de Doctor en Medicina, respectivamente. Al fin de su primer sexenio en la regencia de la cátedra, optó de nuevo por ella, la cual le fue otra vez adjudicada, esta vez a partir del 21 de mayo de 1781. Aun cuando no se puede afirmar que durante su período como catedrático hizo aportes de consideración al adelanto de la cátedra, justo es reconocer que, en virtud de sus relaciones con los cirujanos españoles y demás médicos extranjeros que arribaban a la isla, se sentía estimulado a brindar sus lecciones con mayor novedad y a divulgar los conocimientos que adquiría sobre Anatomía producto de sus intercambios con esos colegas. El doctor Ayala ocupó la plaza de médico principal del Real Hospital de Nuestra Señora del Pilar, hasta su fusión con el Hospital de San Ambrosio. Fue también Decano de la Facultad de Medicina, cargo en el que sustituyó al doctor Blas José Machado Saucedo.

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Al igual que otros médicos de su época, lo atrajo la preeminencia que significaba formar parte del Protomedicato, por que aceptó integrarlo sin nombramiento oficial, en principio en calidad de Fiscal. Esto le dio oportunidad de ser designado en 1794 Protomédico Segundo y, a partir de 1797, Protomédico Regente, cargo en el que se mantuvo hasta su fallecimiento ocurrido el 3 de agosto de 1818 cuando contaba 68 años de edad.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de Doctores, folio 80. Archivo de la Parroquia del Espíritu Santo. Libro 7 de bautismos, folio 60. Archivo de la Parroquia del Espíritu Santo. Libro 15 de defunciones, folio 90v, número 529. Arce LA de. El Real Hospital Nuestra Señora del Pilar en el siglo XVIII (un hospital para los esclavos del Rey). Cuad Hist Salud Pub 1969 (41):63-65. López Sánchez J. Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 299-300.

DR. GREGORIO DEL REY Y DE LA CRUZ (1750-1798)

Hijo de Carlos del Rey y de Rosa de la Cruz Villafranca, ambos cubanos, nació Gregorio del Rey en La Habana el 24 de mayo de 1750. Se graduó de Bachiller en Artes en 1769 y de Bachiller en Medicina en 1772. Dos años después se presentó a examen ante el Tribunal del Protomedicato y resultó aprobado. Cuando en 1775 el doctor José Melquíades Aparicio renunció a la cátedra de Methodus Medendi (Terapéutica), hizo oposición a ella y la obtuvo el 12 de abril de ese año, aunque más tarde hizo también renuncia de ella por motivo de un viaje a Guatemala en compañía de su cuñado Félix del Rey y Boza, Auditor de Guerra de esta plaza, quien iba por ascenso a la Audiencia de aquella capital. Por su condición de catedrático, había recibido los grados de Licenciado y de Doctor en Medicina el 27 de junio y el 30 de agosto de 1775, respectivamente. Luego de su regreso, se le concedió en 1780 la plaza de Protomédico Tercero y en 1796 se le inició un expediente por haberse negado a revelar el secreto del

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procedimiento que utilizaba contra “las carnosidades de la uretra”. El hecho no tuvo mayor trascendencia pues, de acuerdo con las declaraciones de los testigos, se reconocieron las virtudes del tratamiento de del Rey, el cual superaba a las terapias tradicionales a base de mercurio y otras sustancias, con las cuales no se lograban resultados favorables. El propio Tribunal del Protomedicato admitió la eficacia de esta estrategia terapéutica que, además de curar, “era indolora y no daba lugar a perjuicio a las partes donde pasaba”. Ésta consistía en un emplasto en la punta de la candelilla que preparaba su hermano Tomás, quien se complacía en regalarlo a personas pobres y ricas. Tomás murió sin revelar el secreto. El doctor Gregorio del Rey falleció en La Habana el 17 de enero de 1798. Había testado ante el E.P. Gabriel Ramírez el 7 de noviembre de 1797.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 11 de bautismos, folio 56, número 279. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro 1ro. de Doctores, folio 88. Archivo General de Indias. Expediente Estado 16, 1796. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego, 1876. p. 325. López Sánchez J. La Medicina en La Habana (17311800). Cuad Hist Salud Pub 1970;

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López Sánchez J. Biografía de médicos y cirujanos. En: Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 302-303.

DR. NICOLÁS M. JOSÉ DEL VALLE Y DE LA VEGA (1751-1821)

Entre los médicos cubanos que vivieron durante la segunda mitad del siglo XVIII y parte del XIX, hay varios cuyos nombres pasaron a la posteridad con el recuerdo de su talento, ilustración, amor a la ciencia y el buen sentido práctico demostrado, ya fuera en sus aficiones por tales o cuales estudios, o bien por la forma en que ejercieron su profesión. Uno de estos médicos fue el doctor Nicolás M. José del Valle y de la Vega, quien fuera segundo catedrático de Vísperas (Patología) de la

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primera Universidad cubana, tras sustituir al fundador de dicha cátedra, el doctor José Arango Barrios Siscara. Hijo de Pedro del Valle Galindo, natural de Cádiz, y de la habanera Beatriz de la Vega y Muñoz, nació Nicolás del Valle en La Habana el 21 de mayo de 1751. En 1769 se graduó de Bachiller en Artes y en 1773 de Bachiller en Medicina. Hizo sus prácticas de dos años en el Hospital Militar del Pilar, bajo la dirección de su amigo, el doctor José Melquíades Aparicio, quien desempeñaba la cátedra de Methodus medendi (Terapéutica). Tras el fallecimiento del doctor Arango Barrios en 1771, fue regente interino de la cátedra de Vísperas, hasta que en 1775 tomó posesión de ella en propiedad, al obtenerla por oposición. Entre 1773 y 1778 aprendió cirugía con José Coimbra en el Hospital San Juan de Dios. En esa época había ya obtenido como catedrático el grado de Licenciado en Medicina el 27 de junio de 1775 y el de Doctor el 17 de septiembre siguiente. El doctor del Valle llegó a ser un médico integral, que dominaba la totalidad de los conocimientos de su época relativos a las enfermedades y su tratamiento. Se le consideraba un profesional muy estudioso y laborioso. Actuó como conjuez en exámenes de grados menores y mayores y presidió cuatro actos públicos con gran beneplácito de los asistentes. Asistía con regularidad y con carácter honorífico al Hospital de San Lázaro, a la Casa de San Juan de Nepomuceno, al hospital para convalecientes Nuestra Señora de Belén y al Convento de San Francisco. Además fue médico de la compañía de morenos del Cuerpo de Artillería, a cuyas familias atendía. Junto con el doctor Aparicio prestó servicios en el Hospital de San Juan de Dios y en el Hospital Militar de San Ambrosio. El 21 de marzo de 1780 fue nombrado Fiscal del Protomedicato por Aparicio y Julián Recio de Oquendo, para suplir la ausencia de Gregorio del Rey, quien se había marchado para Guatemala. Como a su clara inteligencia y amor a la ciencia unió una asidua constancia en la práctica hospitalaria, estaba bien preparado para dar a sus lecciones todo ese bagaje de ciencia práctica fruto de la observación. No podía sin embargo realizar,

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ni era de esperarse que lo hiciera, grandes progresos en una asignatura que como la Patología necesitaba conocimientos de Anatomía y Fisiología muy superiores a los que se adquirían en su época en la Universidad, en virtud de su carácter muy elemental y su enseñanza puramente teórica. No obstante, su esfuerzo no quedó estéril, pues logró algún avance durante los seis años que regenteó la cátedra. Si bien una vez cumplido su sexenio como catedrático no volvió a presentar nueva oposición, en diversas ocasiones desempeño la misma cátedra por sustitución. En 1794 fue nombrado Protomédico Segundo y en 1798 fue designado Protomédico Regente. Del Valle presidió el Tribunal del Protomedicato cuando el doctor Tomás Romay Chacón introdujo la vacuna antivariólica en la isla de Cuba e hizo la comprobación pública de su inocuidad al vacunar a sus propios hijos y a otra niña. Fue él quien comunicó al Marqués de Someruelos los resultados de la experiencia y afirmó que los logros de Romay eran idénticos a los conseguidos en Europa. Contrajo matrimonio en tres ocasiones; la primera con Teresa O’Naghten, luego con Concepción Rojas y por último con Dolores Ramírez y Fernández Trebejo, con la que tuvo entre sus hijos a Nicolás Vicente, quien años más tarde fuera también catedrático de Patología. Falleció el 30 de septiembre de 1821. Había hecho testamento ante el escribano Juan Mesa el 13 de septiembre de 1809 y, con posterioridad, hizo un codicilo el 17 de agosto anterior al día de su muerte.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 10 de bautismos, folio 155, número 1. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro 1ro. de Doctores, folio 88. Archivo de la Parroquia del Espíritu Santo. Libro 16 de defunciones, folio 40. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego, 1876. p. 208, 337-338. Dr. Nicolás del Valle. La Clase Médica 1909;3(9):5-6.

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DR. JOSÉ DE LA CRUZ CARO PEREIRA (1745-1808)

Uno de los médicos cubanos más brillantes del último cuarto del siglo XVIII fue el doctor José de la Cruz Caro Pereira, quien logró un gran prestigio como hombre de ciencia, como catedrático entusiasta, como médico práctico y como excelente ciudadano. Sus padres, los descendientes dominicanos José Caro y María Josefa Pereira, lo trajeron al mundo en La Habana el 2 de mayo de 1745. Aunque no se han podido obtener datos acerca de sus primeros pasos en la vida, en el Libro 1ro. de Doctores del Archivo Central de la Universidad de La Habana aparece que se graduó de Bachiller en Artes el 5 de marzo de 1761. Lamentablemente en dicho documento no hay constancia de la fecha en que obtuvo el título de Bachiller en Medicina, ni tampoco de la de su aprobación por el Tribunal del Protomedicato. Vacante en 1777 la cátedra de Prima (Fisiología), por haber terminado el doctor Blas J. Machado Saucedo su sexenio al frente de ella, la obtuvo por oposición el 15 de mayo de ese año. Como era entonces de ritual, la regencia de la cátedra le otorgó el derecho a los grados mayores de Licenciado y de Doctor en Medicina sin el pago de propinas, por lo que recibió la muceta, el birrete y la borla el 8 de julio y el 17 de agosto, respectivamente. El progreso que impregnó el doctor Caro a la enseñanza de la Fisiología quedó demostrada con los ilustrados jóvenes que salieron de sus aulas, muchos de los cuales fueron en poco tiempo también profesores de la Universidad Pontificia, en la época en que se iniciaba su mayor esplendor. Su alta reputación como médico instruido influyó de manera notable en el adelanto de la asignatura considerada entonces como la más importante y la que, obligado su estudio durante los cuatro cursos de la carrera, exigía de quien la impartía vastos conocimientos médicos y generales.

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Al cesar en la regencia de la cátedra en 1783, continuó dedicado por un tiempo al ejercicio profesional, hasta que en 1805 fue invitado por el entonces Intendente de Ejército y de Hacienda José Pablo Valiente, de quien era su médico personal, a viajar a España. Ambos llegaron a Cádiz en ocasión en que aparecía en la ciudad una epidemia de fiebre amarilla. Los comerciantes de Cádiz, movidos por su odio a Valiente a causa de la oposición de éste a reconocer privilegios de exportación a su favor, lo acusaron a él y a su acompañante como portadores de la peste, por lo que ambos fueron arrestados. Pronto se demostró lo absurdo de dicho cargo y los dos se trasladaron a Madrid. El doctor Caro permaneció por algún tiempo en esa ciudad y a su regreso a La Habana, ya viejo y achacoso, abandonó el ejercicio de la Medicina. Estuvo casado con Nicolasa Josefa de Aragón y falleció intestado el 4 de marzo de 1808.

BIBLIOGRAFÍA

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DR. ROQUE J. DE OYARVIDE SAN MARTÍN (175?-1818)

Entre los médicos que integraron el claustro de la Real y Pontificia Universidad de La Habana durante el último tercio del siglo XVIII, aparece el nombre del doctor Roque J. de Oyarvide San Martín; de quien si bien no se sabe la fecha exacta de su nacimiento, se presume que ello ocurrió en La Habana entre 1752 y 1754. Hijo del habanero Roque Gil de Oyarvide y de Ana Teresa San Martín, oriunda de la Laguna en la Isla de Tenerife, cursó sus primeros estudios con el maestro Vicente Valdés y luego pasó al Seminario de San Carlos, donde se le confirió el grado de Bachiller en Artes en febrero de 1771. Ese mismo año matriculó la carrera médica en la Universidad, donde se graduó de Bachiller en Medicina en abril de 1774. La práctica de postgrado las realizó entre abril de 1774 y mayo de 1775 y durante ese período sustituyó al doctor Blas Machado en la cátedra de Prima (Fisiología). Por renuncia del catedrático Gregorio del Rey, quedó vacante en abril de 1780 la cátedra de Terapéutica. Oyarvide concurrió como opositor; el jurado calificador lo aprobó y le dio posesión de la cátedra el 30 de mayo de 1780. Por su condición de catedrático, recibió los grados mayores de Licenciado y de Doctor en Medicina el

15 de junio y el 24 de julio del mismo año, respectivamente. Por Real Cédula del 5

de diciembre de 1786, se le concedió la plaza de Fiscal del Protomedicato. Tras la muerte en 1794 del doctor Julián Recio de Oquendo, quien entonces ocupaba el cargo de Protomédico Primero, pasó Oyarvide a desempeñar el de Protomédico Tercero, al correrse el escalafón del Protomedicato. Tres años después comenzó a desempeñar la de Protomédico Segundo, luego del fallecimiento del doctor Matías Cantos.

En 1803 se presentó de nuevo como opositor a la cátedra de Terapéutica, a la que también aspiraba el bachiller Joaquín Navarro. Al declinar éste su intención, se le otorgó de nuevo a Oyarvide, quien el 27 de octubre del mismo año tomó posesión de ella. Ya para esa fecha era un hombre viejo y enfermo, casi ciego y sordo; por lo que esa vez no pudo atender la cátedra con la exactitud que lo había hecho durante el anterior sexenio en que la regenteó. Ello conllevó su renuncia el

28 de febrero de 1807.

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En cuanto a su desempeño como catedrático se puede decir que, aun cuando no brilló como astro de primera magnitud, justo es reconocer que supo mantener el prestigio y el entusiasmo científico entre sus alumnos y compañeros para bien de la ciencia y de la clase profesional de la que formaba parte. Su muerte tuvo lugar en abril de 1818.

BIBLIOGRAFÍA

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DR. JOSE DE JESUS MENDEZ (1750-1819)

Entre los profesores que regentearon la cátedra de Patología en la Universidad de La Habana en su etapa pontificia, donde figuraron nombres tan pleclaros como los del doctor José Arango Barrios, su fundador, y los de otros que le sucedieron como Tomás Romay Chacón, Agustín Encinoso de Abreu y Nicolás J. Gutiérrez Hernández, ocupó también un puesto, aunque no con tanto relieve como los antes citados, un modesto médico habanero que, aun cuando no contaba con la especial facultad de dedicarse voluntariamente a transmitir los conocimientos adquiridos, por cuanto no demostró tener verdadera vocación por la enseñanza, es innegable que fue un médico ilustrado y con buen sentido práctico, que supo conquistar reputación y dejar un nombre limpio y bien conceptuado. José de Jesús Méndez nació en La Habana en 1750. Estudió la carrera de Medicina en la Universidad pontificia, donde se graduó de Bachiller el 10 de marzo de 1777. Fue aprobado para el ejercicio de la profesión por los protomédicos José

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Melquiades Aparicio y Julián Recio de Oquendo el 4 de diciembre de 1779 y el día

17 del propio mes presentó su título al Cabildo. Por la vacante ocurrida al cumplir

su sexenio el doctor Nicolás del Valle, hizo oposición a la cátedra de Vísperas (Patología), la que obtuvo como único aspirante y de cuya regencia tomó posesión

el 4 de julio de 1781. A título de catedrático, recibió la Licenciatura en Medicina el

12 de septiembre siguiente y el 30 del mismo mes el grado de Doctor.

Según sus colegas de la época que le tocó vivir, al doctor Méndez no le faltaba buena inteligencia y magnífica ilustración pero, en honor a la verdad, el amor a la enseñanza no germinaba en él, circunstancia demostrada por su renuncia a la cátedra antes de cumplir el sexenio reglamentario en su regencia. Fue médico del Real Hospital de la Marina. Falleció el 2 de octubre de 1819.

BIBLIOGRAFÍA

Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana. Libro 43 de actas trasuntadas. La Habana: Ayuntamiento de La Habana; 1779. folios 311-312. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 8439/777 Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de Doctores, folio 93. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego, 1876. p. 209. Dr. José de Jesús Méndez. La Clase Médica 1910;4(11):6-7. López Sánchez J. La Medicina en La Habana (1731-1800). Cuad Hist Salud Pub 1970;

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López Sánchez J. Biografía de médicos y cirujanos. En: Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 307.

DR. LORENZO HERNÁNDEZ MARRERO (1754-1832)

Otro los de médicos cubanos de notable relieve durante el último cuarto del siglo XVIII y primero del XIX, fue el doctor Lorenzo Hernández Marrero, nacido en 1754 en el barrio habanero de Jesús del Monte, como fruto de la pareja constituida por Antonio Hernández y Manuela Marrero. Aunque su expediente universitario ni su

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inscripción en el Cabildo no han aparecido, por una certificación puede presumirse su ejercicio de la profesión médica desde 1780, luego de haber recibido el grado de Bachiller en Artes en 1774 y en Medicina en 1778, aproximadamente. Declarada en 1783 vacante la cátedra de Prima (Fisiología), que desempeñaba desde hacía seis años en la Universidad pontifica el doctor José Caro Pereira, se presentó Hernández como aspirante a su regencia el 4 de agosto de ese año. Su único opositor fue el también bachiller Ambrosio de Aragón. Luego de desarrollar cada uno su correspondiente tesis, Hernández alcanzó una ventaja notable sobre su contrincante, lo que lo hizo merecedor de la adjudicación de la cátedra por unanimidad, la cual ocupó el día 9 del mismo mes. Tanto por la brillantez de su tesis, como por el entusiasmo con el que dio sus primeros pasos en la docencia, demostró que si bien en aquellos momentos no poseía gran caudal de conocimientos científicos, su pasión por la enseñanza le permitiría llegar muy pronto a adquirirlo. Ello quedó bien demostrado, pues fue el formador de hombres que con su esfuerzo generoso, su clara inteligencia y su extraordinario amor a la ciencia, al progreso y a su patria, se convirtieron luego en personalidades gestantes de una verdadera revolución en el contexto intelectual cubano. Por sólo mencionar dos de sus discípulos, baste citar los nombres de Tomás Romay Chacón y de José Pérez Bohorques. Hernández recibió la muceta de Licenciado en Medicina el 19 de agosto de 1783 y la borla de Doctor el 30 del propio mes. Ejerció la docencia con un entusiasmo que con el transcurso del tiempo se hacía cada vez mayor y la enseñanza que impartía resultaba cada vez de mayor beneficio para quienes la recibían. Los conocimientos que logró como catedrático se demuestran por el hecho de que al terminar en 1789 su sexenio en ese puesto, volvió a aspirar como oponente a la regencia de la misma asignatura, sin que nadie se atreviera a disputarle la plaza, que se le volvió a otorgar por votación unánime del jurado el 16 de febrero de ese año. Al declararse de nuevo vacante la cátedra, tras cumplir con éxito su segundo sexenio en 1795, se presentó otra vez como aspirante y otra vez la obtuvo por

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unanimidad. El 27 de septiembre de ese año tomó posesión de su querida cátedra de Prima por tercera ocasión. Los fundamentos de los progresos aportados por el doctor Hernández al estudio de la Fisiología, no se reducen tan solo a las tesis que sirvieron de tema a sus conclusiones y a las de sus discípulos, pues a ellas hay que agregar el haber dado a conocer los trabajos de Hermann Boerhaave, de Giovanni Battista Morgagni y de Albrecht Haller, que desde entonces se emplearon en sustitución de los viejos textos de Hipócrates, Avicena y Galeno. Esto constituyó, sin dudas, una nueva etapa respecto a los conocimientos médicos en Cuba, en tanto exponentes de la cultura médica de la primera mitad del siglo XVIII. El 18 de abril de 1795 se le expidió título de primer Fiscal del Protomedicato. En aquel tiempo ocupaba también el cargo de Practicante Mayor de Medicina en el Hospital San Ambrosio. El 21 de septiembre de 1798 se le otorgó el título de Protomédico Tercero; en 1713 actuó como Protomédico Segundo en sustitución del doctor Roque J. Oyarvide, incapacitado físicamente. En ese entonces era además Médico Consultor de los Reales Ejércitos. El 28 de agosto de 1821 fue nombrado Protomédico Regente. Estuvo casado con Juana de Torres y residió durante casi toda su vida en la villa de Regla. Se trasladó a La Habana tras recibir su nombramiento de Protomédico Regente. Falleció en esta ciudad, a los 78 años, el 16 de diciembre de 1832.

BIBLIOGRAFÍA

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DR. FÉLIX JOSÉ GUTIÉRREZ (¿-1793)

Natural de San Fernando de Campeche. No se sabe en qué fecha llegó a La Habana, pero sí que estudió en la Universidad Pontificia y se graduó de Bachiller en Medicina en 1780. Se recibió por el Protomedicato el 20 de noviembre de 1782 y fue autorizado por el Cabildo el 27 de abril de 1783. Fue uno de los aspirantes a ocupar la cátedra de Methodus medendi (Terapéutica) en los ejercicios de junio 1786, en la que resultó ganador Luis Machado García del Castillo. Sostuvo como tesis Adequantum remedium cacochimia ex purgationen, una cuestión muy simple que revela la insuficiencia de sus conocimientos terapéuticos. En 1787 se presentó como opositor a la cátedra de Anatomía y se le concedió. Ésta era una cátedra que se otorgaba con facilidad pues, por regla general, los médicos que gozaban de prestigio no aspiraban a ella. A él pareció interesarle, al punto que propuso hacerle modificaciones que en definitiva no fueron aceptadas, lo cual hizo que presentara su renuncia el 19 de noviembre de 1791. Por su condición de catedrático, se le habían conferido los grados mayores, el de Licenciado en Medicina el 19 de junio de 1787 y el de Doctor el 8 de enero de

1788. Falleció en julio de 1793.

BIBLIOGRAFÍA

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López Sánchez J. Biografías de médicos y cirujanos. En: Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 307.

DR. LUIS MACHADO GARCÍA DEL CASTILLO (1753-1792)

Hijo de Juan Machado y de Nicolasa García del Castillo, nació en La Habana el 21 de junio de 1753. Se graduó de Bachiller en Artes el 18 de julio de 1769. No existen datos disponibles acerca de sus estudios de Medicina, aunque se dice que sostuvo conclusiones públicas el 22 de septiembre de 1772, lo que puede haber sido para graduarse de Bachiller, por cuanto ello se corresponde con la fecha de los años de estudios médicos. Sí consta que ya en 1782 ejercía la profesión. En junio de 1786 ostentaba la condición de Licenciado en Artes, cuando se presentó como opositor a la cátedra de Methodus medendi (Terapéutica) ante los jueces Matías Cantos, Roque Oyarvide y José de Jesús Méndez, bajo la presidencia del Asistente Real doctor Agustín Sanabria. Sus oponentes fueron Agustín Florencio Rodríguez, Félix J. Gutiérrez e Ignacio V. Ayala. Ganó la cátedra el 3 de septiembre de 1786, por lo que recibió los grados de Licenciado y de Doctor en Medicina el 3 y el 25 de marzo del año siguiente. Fue Segundo Médico del Ejército de Operaciones en 1789 y Fiscal del Protomedicato. Según Cowley, falleció el 28 de septiembre de 1792 y fue enterrado en la Parroquia de Guadalupe, aunque su nombre no aparece en el libro de defunciones de ese templo religioso.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 10 de bautismos, folio 235, número 103. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de Doctores, folio 102. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego, 1876. p. 222, 319.

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DR. AGUSTÍN FLORENCIO RODRÍGUEZ BEDÍA

Nació en La Habana, fruto del matrimonio integrado por Antonio Rodríguez y Josefa Bedía. No constan sus grados menores. Hizo oposición a la cátedra de Vísperas (Patología) y resultó aprobado el 1ro. de septiembre de 1784. Por su condición de catedrático se le otorgó de oficio el grado de Doctor en Medicina, el cual le fue conferido de manera oficial el 6 de enero de 1787. Dedicó muy poca atención a la enseñanza, porque comenzó a estudiar Teología para ingresar en la carrera eclesiástica. Tras renunciar a la cátedra en 1790, se dedicó por entero al sacerdocio. Entre sus escasas actividades médicas se cuenta la haber sido uno de los miembros del Tribunal de oposición de Roque Oyarvide a la cátedra de Methodus medendi (Terapéutica) en 1803. Conjuntamente con el doctor Francisco Ignacio de Soria Quiñones ensayó sin resultados la píldora de Ugarte en el tratamiento de la disentería y de la fiebre amarilla.

BIBLIOGRAFÍA

López Sánchez J. Biografías de médicos y cirujanos. En: Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 311.

DR. TOMÁS ROMAY CHACÓN (1764-1849)

Si hay un cubano que vive y debe vivir eternamente en el recuerdo de todos sus compatriotas de una a otra generación, ese es Tomás Romay y Chacón, filántropo laborioso y figura brillantísima de la cultura científica y social de la segunda mitad del siglo XVIII y primera del XIX, de quien se exponen a continuación, en apretada síntesis, algunos de los rasgos más sobresalientes de su fecunda vida, sobre todo de aquellos vinculados a su actividad docente. El 21 de diciembre de 1764 nació el primogénito del matrimonio de la clase media constituida por Lorenzo Romay y María de los Ángeles Chacón, a quien le pusieron por nombre Tomás José Domingo Rafael del Rosario. De su educación primaria se encargó su tío paterno Fray Pedro de Santa María Romay, quien lo

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instruyó en las primeras letras y bajo cuya tutela estudió en el Convento de los Reverendos Predicadores. Luego de cursar Latinidad y Filosofía en el Convento de los Predicadores con el lector de Elocuencia Fray Francisco Pérez, el de Artes Fray José María de Rivas y los catedráticos de Texto Aristotélico Don Nicolás Calvo y Don Ignacio O’Farril, se graduó de Bachiller en Artes el 24 de marzo de 1783. Tras obtener este título, comenzó los estudios de Jurisprudencia en el Seminario de San Carlos, los cuales pronto abandonó convencido de que, como le había dicho su tío Fray Pedro “el abogado estaba expuesto a mayor responsabilidad de conciencia”. A pesar de que en su época la profesión de médico era considerada propia de la “gente baja” y no era entonces estimada en la colonia, donde la cultura de los médicos se hacía notar por su extraordinaria deficiencia, fue Tomás uno de los pocos jóvenes que se dejó llevar más por los impulsos de su vocación que por los convencionalismos sociales y escogió por su propia cuenta la carrera de Medicina, de la que obtuvo el título de Bachiller en 1789. Tas su graduación, hizo los dos años de práctica reglamentarios junto al doctor Manuel Sacramento, para luego presentarse a examen ante el Real Tribunal del Protomedicato. En dicho acto, que tuvo lugar el 12 de septiembre de 1791, resultó aprobado para el ejercicio de la profesión. Ese mismo año aspiró a la cátedra de Patología en la Real y Pontificia Universidad de La Habana, la cual logró por oposición el 6 de diciembre. A título de catedrático obtuvo los títulos de Licenciado y de Doctor en Medicina el 24 de diciembre de 1791 y el 24 de junio de 1792, respectivamente. En relación con su desempeño como catedrático, su biógrafo, el doctor José López Sánchez, escribió que Romay “se limitó en su cátedra a tratar acerca de las lesiones, a indagar los síntomas y a enseñar a inquirirlos, con lo que le imprimió a su asignatura una importancia extraordinariamente superior a lo que correspondía en el pausado movimiento de aquellas horas”. También en alusión a su actuación en la cátedra de Patología, expresó Villaverde que “comenzó sus lecciones con un

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gesto de valentía, pues se alejó de Avicena y de Galeno. Romay abrió una época, que con justicia se podría llamar la del inicio de la Medicina cubana”. Cuando se presentó como aspirante a la cátedra de Patología, venía precedido del prestigio adquirido en el desempeño de la cátedra de Texto Aristotélico, la cual había obtenido por oposición en 1785. Hombre de profunda ilustración, de talento extraordinario y de juicio severo y exacto, dio Romay tal impulso a las lecciones de su asignatura, que era objeto de admiración por los colegas de su época. Aunque ante sus ojos Galeno era una gran figura, para él estaba muy lejos la veneración que aún se le rendía en la Universidad Pontificia y así, en alas de su genio, fijó en los alumnos la verdadera tendencia de la ciencia a su cargo. Por ello su regencia de la cátedra de Patología se puede estimar como una de las causales que dieron lugar a la regeneración médica por él iniciada. Lamentablemente no se presentó de nuevo como aspirante al terminar su primer sexenio como catedrático. De haber continuado al frente de la cátedra, hubieran sido indiscutibles sus éxitos posteriores. Mientras cumplía los dos años de práctica médica con el doctor Sacramento, fundó en 1790 con el Gobernador Don Luis de Las Casas el Papel Periódico de la Havana, primera publicación periódica cubana de la que fue su primer redactor y director y cuya larga vida se extendió hasta 1848. El 17 de enero de 1793 ingresó como socio numerario en la Sociedad Patriótica de La Habana, organización de la que también fue cofundador con Las Casas. Por espacio de 50 años desempeñó su humanitaria profesión en la Real Casa de Beneficencia, que también fundaran ambos por entonces. El 4 de enero de 1796 se casó con Mariana González, la que le dio sus hijos Pedro María, Juan José, José de Jesús, María de los Ángeles, Micaela y Mariana. Con motivo de llegar al puerto habanero la escuadra al mando del General Aristizábal, con una tripulación que venía infectada de fiebre amarilla, e impulsado sólo por su amor a la ciencia y a la humanidad, dedicó todas sus fuerzas a luchar contra la epidemia. Como resultado de sus observaciones al respecto, confeccionó y presentó en la Sociedad Patriótica en abril de 1797 la memoria Disertación sobre

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la fiebre maligna llamada vulgarmente vómito negro, enfermedad epidémica en las Indias Occidentales, monografía que inauguró la bibliografía científica cubana e hizo a su ilustre autor merecedor de ser nombrado Socio Corresponsal de la Real Academia Matritense. La hazaña que lo inmortalizó fue la introducción y propagación de la vacuna en Cuba en febrero de 1804, luego de estudiar la información que obtenía acerca del descubrimiento de Edward Jenner en Europa, de abandonar las comodidades del hogar para marchar al interior de la isla en busca de ansiado virus y de arriesgar la vida de sus hijos, a quienes usó como sujetos de prueba para vencer los temores, dudas y vacilaciones respecto a su efectividad. La inspiración de este aporte fue la existencia de una epidemia de viruela, iniciada en diciembre de 1803, que causó serios daños en enero de 1804 y amenazaba extenderse a la llegada del verano; así como el conocimiento de que demoraría en arribar a La Habana la expedición enviada al Nuevo Mundo por el Rey Carlos IV al mando de Francisco Xavier de Balmis, la cual traía consigo el virus salvador. Cuando ésta llegó el 26 de mayo al puerto habanero, ya se había propagado la vacuna por toda la isla gracias a Romay, quien la estaba aplicando con éxito desde el 12 de febrero. Después de esto, se consagró durante más de tres décadas a la vacunación antivariólica. En 1833 se produjo en Cuba la tan temida aparición del cólera, luego de causar terribles estragos en Asia y Europa. Esa epidemia, que produjo en un solo día 435 defunciones en La Habana y mató a una de sus hijas, fue también objeto de su dedicación. A pesar de sus entonces 69 años de edad, estuvo en primera línea en la lucha contra ella. Romay, a quien se considera el primer higienista cubano por sus acciones de prevención de enfermedades y de promoción de la salud, fue hombre de carácter firme, estudioso, investigador, audaz, persistente, trabajador, honesto y valiente, cumplidor de su deber y eficiente servidor de la sociedad. Se le ha acreditado una contribución notable al progreso de la cultura cubana, especialmente en Medicina, Química, Botánica, Higiene y educación en general. Introdujo una visión científica de los problemas de la Medicina y combatió al escolasticismo que imperaba en su

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época. Sostuvo y defendió con creces el criterio filosófico de que las posibilidades cognoscitivas del hombre no nacen limitadas, pues está dotado de las facultades necesarias para desentrañar con éxito los secretos recónditos de la naturaleza. Esta es una tesis muy importante y contrastante con el criterio preconizado por la filosofía predominante en su tiempo, que subestimaba la capacidad cognoscitiva del ser humano. Falleció víctima de cáncer, a las 2:30 de la madrugada del 30 de marzo de 1849. Al momento de su deceso, ostentaba entre sus muchos títulos y distinciones los de Miembro Corresponsal de la Real Academia de Medicina de Madrid, Médico de la Real Cámara, Catedrático de Clínica de la Real Universidad, Presidente e Individuo de Mérito de la Sociedad Económica de Amigos del País, Miembro de la Comisión de Vacuna de París y de las Sociedades Médicas de Burdeos y Nueva Orleans y Caballero Comendador de Isabel la Católica. A pesar del tiempo transcurrido, su prestigio es cada vez más esplendoroso. En los anales de su laboriosa vida, podrán encontrar siempre los hombres de hoy y de mañana grandes ejemplos a imitar de virtud, amor, abnegación y patriotismo. Por ello se debe mantener vivo el recuerdo, que debe ser imperecedero, de este esclarecido sabio habanero, que fuera una gloria de la ciencia en general y uno de los más connotados precursores de la docencia médica en particular.

BIBLIOGRAFÍA

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DR. JOSÉ PÉREZ BOHORQUES (1767-1839)

Su verdadero nombre fue José Juan de la Cruz Becerra Pineda. Hijo de Juan y de Josefa Gertrudis, nació en La Habana el 24 de noviembre de 1767. Aunque no consta el lugar donde hizo sus estudios de Filosofía, se sabe que las conclusiones públicas las sostuvo el 14 de agosto de 1785, fecha en la que recibió el título de Bachiller en Artes, y que el de Bachiller en Medicina le fue conferido el 3 de marzo de 1790, luego de haber hecho las prácticas reglamentarias con los doctores Juan Pérez Delgado y José de Jesús Méndez. El 27 de febrero de 1786 había contraído matrimonio con María de la Luz Borrego. Hizo oposición a la cátedra de Methodus medendi (Terapéutica) el 21 de julio de 1792 y, a título de haberla alcanzado, le fue otorgada la licenciatura en Medicina el 6 de diciembre y el doctorado el 21 del mismo mes y año. Se recibió como médico

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ante el Real Tribunal del Protomedicato el 29 de julio de 1795. Su paso por la cátedra de Terapéutica no trajo progreso alguno a esa asignatura pues, si bien poseía, como luego demostró, talento claro, buen sentido práctico y espíritu observador, no disponía de las aptitudes y de la vocación necesaria para la enseñanza y no podía por tanto adaptarse a las exigencias que ella imponía. De ahí que al terminar su sexenio se retirara del magisterio y se dedicara al ejercicio práctico de la profesión médica y al desempeño de algunos cargos profesionales con él relacionados. Fue Médico Segundo del Hospital de San Felipe y Santiago desde 1797 y ascendió a Primero en 1821 por el fallecimiento de Nicolás del Valle y de la Vega. Cuando se creó en extramuros un hospital militar provisional, auxiliar de los barracones, fue designado su Médico Segundo el 8 de octubre de 1819 y, por sus méritos, promovido a Primero por Alejandro Ramírez. Se mantuvo en dicho cargo hasta el 11 de octubre de 1820 por cierre del hospital y traslado de sus enfermos al hospital de San Ambrosio. También fue desde 1807 médico del Hospital de Convalecientes de Belén, así como del Convento de Santa Clara y del Seminario de San Carlos. En 1822 se le nombró Vice Rector de la Universidad Pontificia, al producirse la exclusión de ésta de los religiosos regulares dominicos por carecer del carácter de ciudadanos. Al año siguiente fue designado Segundo Alcalde constitucional. Cuando en 1833 se creó la Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía, fue postergado con la designación del doctor Pérez Delgado, quien a su vez fuera luego sustituido por el doctor Tomás Romay Chacón como justo reconocimiento a sus méritos. Por la muerte de Pérez Delgado y el ascenso de Romay, asumió el cargo de Primer Suplente. Aunque su paso por la cátedra de Terapéutica fue poco o nada fecundo, gozó de buen prestigio como médico, tanto en la práctica hospitalaria como civil donde tuvo una numerosa clientela. En general fue un ciudadano bueno, culto y laborioso, con buen talento para la observación y la práctica. Falleció en el año 1839.

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BIBLIOGRAFÍA

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DR. DIEGO VICENTE SILVEIRA RODRÍGUEZ (1765-1836)

Nació en Bayamo el 20 de noviembre de 1765, fruto de la pareja constituida por Diego Silveira y Fructuosa Rodríguez. Estudió en el Convento de San Ambrosio en la villa de Guanabacoa con Francisco T. Zaldívar y en la Purísima Concepción de La Habana, donde fue discípulo del doctor Tomás Romay Chacón en Texto aristotélico. Alcanzó el grado de Bachiller en Artes el 16 de agosto de 1786 y en Medicina el 31 de marzo de 1790. Hizo sus prácticas con Nicolás del Valle de la Vega entre 1790 y 1792 y el 10 de agosto de ese último año se recibió como médico ante el Protomedicato, con un tribunal integrado por los doctores Nicolás del Valle, Julián Recio de Oquendo y Matías Cantos, con Roque J. Oyarvide San Martín como Fiscal. En julio del mismo año 1792 había hecho oposición a la cátedra de Methodus medendi (Terapéutica), pero resultó elegido el doctor José Pérez Bohorques En 1793 se presentó como aspirante a la cátedra de Anatomía, esa vez como único opositor. Tomó posesión de ella el 16 de junio de ese año. Por su condición de catedrático obtuvo el grado de Licenciado en Medicina el 10 de julio y el de Doctor el 3 de diciembre siguientes. Mientras profesaba esa cátedra, en 1797 se inauguró otra en el Hospital Militar de San Ambrosio con un carácter más práctico, en tanto incluía disecciones en cadáveres por el cirujano de la Armada licenciado Francisco

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Xavier de Córdova. Cumplido su sexenio en 1799, la cátedra permaneció vacante por espacio de dos años. El doctor Silveira no logró éxitos profesionales en La Habana, por lo que se fue a ejercer a los pueblos del interior de la isla. En principio radicó en Santiago de las Vegas, donde actuó como Fiscal del Protomedicato y luego pasó al partido de Alquízar. Antes de 1804 se encontraba ya en la villa de San Antonio Abad de los Baños, cuestión probada en ocasión de enviar allí el bachiller Pedro Simancas el fluido vacuno para que lo recibieran el propio doctor Silveira y el cirujano Francisco Durand, quienes debían propagarlo entre los cafetaleros de este partido. Silveira fue por cierto el primer médico que ejerció en esa villa, donde en 1821 fue elegido Alcalde. Cuando ese año se produjo un incendio de considerables proporciones en el poblado, la destacada labor por él realizada fue merecedora del reconocimiento del Intendente de Hacienda Alejandro Ramírez, quien fue testigo de la catástrofe pues, al igual que otros altos personeros de la administración colonial, pasaba largas temporadas en esa zona hacia donde, por otra parte, huían los temerosos de las epidemias de fiebre amarilla y de otras enfermedades que azotaban La Habana, en virtud de que se consideraba un lugar saludable. Durante la conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar en 1823, actuó como médico de los implicados en ese movimiento político, detenidos en la cárcel de la localidad. Se dice que falleció en 1836, probablemente en alguna de las fincas de la zona, si bien su partida de defunción no quedó registrada ni en San Antonio de los Baños, ni en Alquízar ni en Santiago de las Vegas.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 12,999/786. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p. 167-169.

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DR. JOSÉ MARÍA PÉREZ OLIVA (1772-?)

Hijo de Manuel Pérez y de Ana Josefa Oliva, vio la primera luz en La Habana el 7 de septiembre de 1772. Empezó a estudiar Filosofía en el Hospicio de San Isidro con el lector de Gramática fray José Sidrón y luego pasó al Convento de San Francisco hasta 1790. Allí tuvo como maestros a fray Antonio Morales en Lógica, Física, Metafísica y Ética y al doctor Tomás Romay Texto aristotélico. Se graduó de Bachiller en Artes el 10 de septiembre de 1794. Estudió Medicina con los catedráticos Lorenzo Hernández Marrero en Prima; Tomás Romay en Vísperas; Diego V. Silveira en Anatomía y José Pérez Bohorques en Methodus medendi (Terapéutica). Al cumplir el tercer curso pidió dispensa del cuarto, pues se acogió al plan de estudios de las Universidades de Alcalá y Salamanca, que servían de pauta a la Universidad Pontificia habanera en relación con todo lo que se legislaba entonces en materia docente. El 26 de marzo de 1795 fue examinado y aprobado y obtuvo el grado de Bachiller en Medicina. Su tesis manuscrita comenzó con la frase «Phisica experimentalis utilissima est medico», afirmación reveladora de una concepción científica avanzada para la época. Hizo sus dos años de práctica con el doctor Gregorio del Rey y fue admitido por el Protomedicato el 5 de abril de 1797. En 1798 la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País convocó a un concurso público para premiar la mejor memoria sobre el tema «Describir las enfermedades del campo de nuestra isla, así de blancos como de negros». Aunque ninguna de las memorias que se presentaron se consideró merecedora del premio, la suya fue favorablemente evaluada por los doctores Manuel María Ximénez y Tomás Romay en sesión de la Sociedad celebrada el 31 de julio de 1800. En definitiva, su trabajo fue premiado por el Real Consulado y el manuscrito se envió a México para su impresión. Lamentablemente el documento desapareció en la casa del catedrático de Botánica Vicente Fernández, según un escrito publicado en 1801 en la Gaceta de México. El mismo año de 1798 se había presentado como concursante a la cátedra de Terapéutica frente a los bachilleres José Gregorio Lezama y Benito Morales. Su

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disertación llevó por titulo Emetica medicamenta conferunt ad curationem febris intermittentes et quod evacuantia simd sunt et antiespasmodica. En ella planteó un problema práctico en el tratamiento de enfermedades, cuyo síntoma principal era la fiebre. Se refería en primera instancia al paludismo y su recomendación terapéutica era la que se usaba en su tiempo, cuando aún no se había descubierto la acción vomitiva y purgante de la quinina. El Tribunal fue presidido por el doctor Antonio Caro, con los también doctores José J. de Ayala, Roque Oyarvide, J. B. Bobadilla, el licenciado Salas y el bachiller Nerey como conjueces. Estos votaron a su favor, por lo que pudo tomar posesión de la cátedra el 31 de agosto de 1798. Obtuvo el grado de Licenciado en Medicina el 10 de julio de 1800 y el de Doctor el 27 del propio mes y año. Sus argumentales fueron los doctores Tomás Romay y Francisco Pachón. En 1803 se dispuso la fijación de nuevos edictos para esa cátedra, pero el doctor Pérez Oliva había solicitado en abril del mismo año al Ayuntamiento de Veracruz se le dejara usar y ejercer su facultad de médico graduado, con la promesa de presentar una copia de su título de Doctor, la cual le fue expedida en La Habana el 5 de septiembre y presentada y aceptada por el Cabildo de esa ciudad el 1ro. de diciembre siguiente. El 30 de abril de 1805 volvió a México acompañado por varios vacunadores, con el fin de comenzar allí la propagación de la vacuna. No hubo más noticias de él hasta 1825, año en que su nombre apareció en la relación de firmantes del manifiesto de la Junta Promotora de la Libertad Cubana establecida en México. Esta Junta se constituyó tras el fracaso de la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar, cuando algunos de los complicados emigraron a ese país. Con el concurso de otros cubanos residentes y simpatizantes de la idea, Pérez Oliva constituyó una asociación con el objetivo de lograr la independencia de Cuba con la ayuda del gobierno de México. Fue elegido miembro de esta Junta en representación de la villa de Jaruco. Los integrantes de la Reunión Patriótica promotora de la libertad cubana enviaron un documento al Soberano Congreso Mexicano, con fecha 19 de septiembre de 1825, donde pusieron de manifiesto los motivos por los cuales debía ayudarse a la independencia de la isla de Cuba.

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Además de Pérez Oliva, firmaron ese documento varias personalidades cubanas y mexicanas, entre ellas el médico José Antonio Miralla, el presbítero Félix Varela Morales y el poeta José María Heredia Heredia. No se ha logrado obtener más información acerca del biografiado, por lo que no se puede precisar la fecha y el lugar de su muerte.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 10,140/793. Archivo de la Parroquia del Espíritu Santo. Libro 11 de bautismos, folio 109, número 626. Archivo Histórico Municipal de Veracruz. Libro del Ayuntamiento. Tomo 1, folio 26, número 44 (actual) y 95 (antiguo). Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p. 223-224. Morales Morales V. Iniciadores y primeros mártires de la Revolución cubana. T1. Habana:

Cultural, 1931. p. 110-113. (Colección de Libros Cubanos; 24). Morales Morales V. Iniciadores y primeros mártires de la Revolución cubana. T3. Habana:

Cultural, 1931. p. 367-379. (Colección de Libros Cubanos; 26).

DR. JUAN FRANCISCO PACHÓN MORENO (1765-?)

Nació en La Habana el 4 de mayo de 1765. Se graduó de Bachiller en Artes en 1782 y en Medicina en 1786. Luego de ser aprobado por el Real Tribunal del Protomedicato de La Habana en 1788, fue a residir a Santiago de Cuba donde ejerció la profesión médica por espacio de ocho años. El 5 de abril de 1797 dirigió una comunicación a la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País, considerada erróneamente por algunos como la primera en la bibliografía de la fiebre amarilla en Cuba. Esa comunicación se recibió justamente cuando la Sociedad estaba convocada para conocer la disertación que sobre esta enfermedad ofrecería el doctor Tomás Romay Chacón, por lo que se postergó su conocimiento para la sesión siguiente a aquélla. Pachón no estuvo presente en la lectura de la disertación de Romay, pues probablemente aún estaría en Santiago

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de Cuba. Su memoria se leyó el 4 de mayo siguiente. Los bibliógrafos de la época la citaban, pero sin dar detalles de su contenido y se consideró como perdida, hasta que en 1985 apareció en la colección de papeles inéditos de Francisco de Paula y Coronado, que ahora se conservan en la Biblioteca Nacional “José Martí” de La Habana. En ese documento Pachón advertía los estragos que podía ocasionar el vómito negro y daba a conocer un método que había puesto en práctica con resultados favorables, consistente en sangrías, emolientes y una preparación en la que incluía ojos de cangrejo entre sus componentes. En realidad, él no venía precedido de prestigio como médico. En sus oposiciones a la cátedra de Vísperas (Patología), la cual regenteó entre 1798 y 1804, no dio muestras de haber estado actualizado en sus conocimientos médicos. El 9 de marzo de 1798 obtuvo la cátedra por haber sido el único que aspiró a ella. Por aquel entonces había surgido ya en los hospitales una medicina de mayor nivel científico. Por ejemplo, en el hospital de San Ambrosio se profesaba un curso de Cirugía y se llevaban a cabo disecciones anatómicas. También en la Sociedad Económica de Amigos del País bullían nuevas ideas de progreso, mientras la Facultad de Medicina se había quedado rezagada, por lo que sus cátedras no atraían a los médicos de mayor valía. A título de catedrático, se le otorgó a Pachón el grado de Licenciado en Medicina el 11 de abril de 1798 y el de Doctor el 15 de julio siguiente. Cuando concluyó su sexenio en 1804, todo parece indicar que se retiró definitivamente de la docencia, pues no se han hallado más referencias al respecto. Ese mismo año se publicó en el Papel Periódico de la Havana un artículo con su firma, en el que mostraba desconfianza acerca del valor preservativo de la vacunación contra la viruela. Tanto en lo referente a la fiebre amarilla como a la vacunación antivariólica, los dos temas más importantes de aquella época, se mostró en sus escritos incapaz de comprender los progresos que habían alcanzado los conocimientos médicos. Después de esa fecha, no se dispone de más información sobre sus actividades y ejercicio profesional. Tampoco se ha encontrado su partida de defunción, por lo

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que no se puede afirmar si permaneció o no en La Habana ni conocer cuándo falleció.

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DR. FERNANDO JOSÉ VIAMONTE GONZÁLEZ (1769-1837)

La pareja formada por Agustín Viamonte y Mariana González, que contrajo nupcias el 6 de mayo de 1767 en la Parroquia de La Soledad en la villa de Puerto Príncipe, hoy día ciudad de Camagüey, trajo al mundo dos años después, exactamente el 22 de julio de 1769, al hijo que bautizaron con el nombre de Fernando José quien, cumplidos los 20 años de edad, comenzó a estudiar Medicina en la Real y Pontificia Universidad de La Habana. Allí cursó la asignatura de Prima con los catedráticos José León Valdés, Manuel García del Nodal y Lorenzo Hernández Marrero; la de Vísperas con Francisco Baralt, Agustín Florencio Rodríguez Bedía, Tomás Romay Chacón y el propio José León Valdés; la de Methodus Medendi con Diego Vicente Silveira Rodríguez y la de Anatomía con Félix J. Gutiérrez. Se graduó de Bachiller en Medicina el 29 de enero de 1792. El 25 de septiembre de 1801 se fijaron los edictos para sacar a oposición la cátedra de Anatomía, desierta desde 1799 cuando terminó en ella Diego V.

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Silveira. Entonces se impartía la asignatura por Francisco Xavier de Córdova en el hospital San Ambrosio, donde su enseñanza era práctica, con instrumentos y con cadáveres, cuestiones éstas que indudablemente representaban un adelanto de envergadura. Junto a Viamonte se presentó como aspirante a la cátedra el también bachiller en Medicina José Gregorio Lezama. En virtud de su mejor preparación por haber recibido cursos en el hospital San Ambrosio, fue Viamonte quien ganó esa cátedra. El trabajo que presentó al efecto llevó el título de “Nervus est instrumentun sensus”, un tema sobre neuroanatomía acorde con el nivel de esa época. El 9 de noviembre del mismo año 1801 tomó posesión como titular de la cátedra de Anatomía y, durante el tiempo que la regenteó, fue también sustituto de la de Prima. Su condición de catedrático le abrió las puertas para que se le otorgara de oficio el grado de Licenciado en Medicina el 4 de diciembre siguiente y el de Doctor el 21 de febrero de 1802. Antes de terminar el período de seis años reglamentarios al frente de su cátedra, renunció a ella con el argumento de que la muerte de su suegra lo obligaba a ponerse al frente de los negocios, situación que le impedía el buen desempeño de sus funciones como catedrático. Había contraído matrimonio el 21 de octubre de 1796 con Josefa Candau y falleció en La Habana en 1837.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de Doctores, folio 120v. Archivo de la Parroquia del Espíritu Santo. Libro 6 de defunciones, folio 306, número 116. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p. 338.

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DR. JOSÉ BENITO MORALES GONZÁLEZ (1773-1835)

Andrés Morales Rodríguez, natural de Tacoronte, una de las Islas Canarias, y Andrea González Gómez, oriunda de San Felipe y Santiago de Bejucal, constituyeron pareja en matrimonio que generó como uno de sus frutos al hijo nacido el 21 de marzo de 1773. Este vástago, al cual pusieron el nombre de José Benito, comenzó a estudiar en 1790 en el Convento de San Juan de Letrán, donde se graduó de Bachiller en Artes el 14 de marzo de 1795. Con este aval empezó la carrera de Medicina en la Real y Pontificia Universidad de La Habana, donde cursó la asignatura de Prima con los catedráticos doctor Lorenzo Hernández Marrero y el entonces bachiller Fernando Viamonte González, la de Vísperas con el doctor Tomás Romay Chacón la de Methodus medendi con José Pérez Bohorques y la de Anatomía don Diego Vicente Silveira Rodríguez . Luego de aprobar los tres primeros cursos en la Universidad, solicitó se le dispensara el curso que le faltaba y se le permitiera someterse a examen ante el Real Tribunal del Protomedicato para ejercer la profesión, a tenor de lo establecido en la Real Cédula del 24 de enero de 1774. Había realizado los dos años de práctica reglamentarios junto con el doctor Juan Pérez Delgado y fue admitido y aprobado por el Protomedicato el 30 de septiembre de 1799. Cuando el 26 de octubre de 1801 se presentó como aspirante a regentear la cátedra de Prima, se le exigió hacer de nuevo sus conclusiones para la categoría de catedrático, pues en una ocasión anterior se había omitido el requisito de la presencia de un médico con la categoría de Doctor y ello hizo nulo el acto entonces efectuado. En definitiva fue aprobado por el jurado integrado por los doctores Agustín Florencio Rodríguez Bedía, José María Pérez Oliva, Juan Francisco Pachón Moreno, José de Jesús Méndez y Fernando Viamonte González bajo la presidencia de Tomás Romay Chacón. En 1798 se había presentado como aspirante a la cátedra de Mehodus medendi, pero se retiró antes de concluir el expediente. Morales González fue también sustituto de la cátedra de Vísperas y recibió el grado de Licenciado en Medicina el 23 de diciembre de 1801 y el de Doctor el 24

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de febrero de 1802. Sus argumentales para la ocasión fueron los doctores Agustín F. Rodríguez y Tomás Romay, con José de Jesús Méndez como Pro Decano. A pesar de su buena preparación médica, nunca se distinguió como catedrático. Más que eso, no mostraba entusiasmo alguno por la labor docente y faltaba con reiteración a sus lecciones, por lo que fue reprendido en más de una ocasión. Su conducta en este sentido conllevó que se viera obligado a abandonar la cátedra, cuando ésta se declaró vacante. A raíz de este suceso, se trasladó a Güines donde se dedicó ejercer la labor asistencial. Falleció en Santa María del Rosario en 1835.

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Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 9,009/795. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p. 140-141, 223, 319-320.

DR. BERNABÉ JOSÉ DE VARGAS DÍAZ (1783-1833)

Vio la primera luz en la villa de Guanabacoa el 11 de junio de 1783. Fue hijo de los también guanabacoenses Rafael de Vargas y Micaela Díaz, casados el 9 de abril de 1781. Luego de concluir los estudios de Filosofía en el Convento de San Juan de Letrán entre 1794 y 1797, comenzó la carrera de Medicina en la Real y Pontificia Universidad de La Habana. En esa alta institución se nutrió con los conocimientos que le impartieron los catedráticos Juan Francisco Pachón Moreno, Tomás Romay Chacón, Lorenzo Hernández Marrero y Domingo Nerey. Aunque finalizó en 1801, tuvo que examinarse otra vez como aspirante al título de Bachiller en Artes, pues la ocasión anterior no había concurrido a la prueba un médico con el grado de Doctor. En ese nuevo examen resultó aprobado el 21 de marzo de 1801. Año y medio después se examinó por el título de Bachiller en Medicina, el cual obtuvo el 4 de diciembre de 1802.

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Tras hacer el tiempo de práctica reglamentario con el doctor José Pérez Bohorques, solicitó admisión a examen ante el Real Tribunal del Protomedicato, el que realizó y aprobó en 1804. Ese año se presentó también como opositor a la cátedra de Vísperas, vacante por cumplimiento de su término del doctor Pachón. A ese efecto sostuvo la tesis «Victus ratio observanda est in morborum curatione». El Jurado que lo aprobó fue integrado por los doctores José de la Cruz Caro Pereira, Nicolás José del Valle de la Vega, Roque J. Oyarvide San Martín, José de Jesús Méndez, José Benito Morales González y José Pérez Bohorques. El 6 de junio de 1804 tomó posesión de la cátedra y, a título de catedrático, le fueron conferidos los títulos de Licenciado y de Doctor en Medicina el 20 de octubre y el 25 de noviembre de ese mismo año, respectivamente. Cuando le faltaban cerca de dos años para cumplir el período de seis de regencia de la cátedra, exactamente el 26 de noviembre de 1808, renunció a ella y fue a residir a San Julián de los Güines. Después de cierto tiempo se trasladó a Santa María del Rosario, donde permaneció hasta 1815, año en el que regresó a San Julián de los Güines. Allí contrajo matrimonio con Úrsula Seriel y fue designado miembro de la Junta Subalterna de Vacuna del territorio. En su carácter de Fiscal del Protomedicato, solicitó al Cabildo se pusiera en práctica exigir a los médicos, cirujanos, boticarios y sangradores la presentación de sus títulos en los lugares donde ejercían, a fin de que se les guardaran sus fueros y se castigara a quienes contravinieran esa disposición. Falleció en esa ciudad el 10 de abril de 1833, víctima de la epidemia de cólera morbo que azotó ese año a La Habana y sus alrededores.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 14,437/804.

Archivo de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción. Libro 12, folio 116, número

363.

Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia

Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p. 211-212, 338.

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DR. FRANCISCO IGNACIO DE SORIA QUIÑONES (1742-1815)

Nació en Santiago de Cuba en 1742. Se trasladó a La Habana con el fin de estudiar la carrera de Medicina y, cuando en 1762 tuvo lugar la toma de la ciudad por los ingleses, se ofreció como voluntario para colaborar en la atención a los heridos en el Castillo del Morro. Una vez terminada la contienda, continuó los estudios en la Universidad Pontificia, donde se graduó de Bachiller en Medicina el 26 de marzo de 1764. Entre 1765 y 1766 sustituyó al doctor Domingo Arango y Prado Marocho en la cátedra de Prima (Fisiología). Realizó la práctica médica en el Hospital Militar de San Ambrosio y fue examinado y aprobado por el Protomedicato en 1766. Ese año regresó a su ciudad natal, donde ejerció como único médico y como Fiscal del Protomedicato. El Gobernador y Capitán de Guerra de Santiago de Cuba elevó al Rey un escrito con fecha 19 de abril de 1788, en el que recomendó se le concedieran a de Soria honores de Protomédico del Tribunal en toda la isla de Cuba, con opción de ocupar la primera plaza que quedara vacante en éste. El Rey le confirió el título de Protomédico Honorario de La Habana el 8 de agosto de 1890, pero no lo autorizó a ocupar plazas vacantes, porque ello perjudicaba los derechos concedidos a los doctores Roque J. Oyarvide San Martín y Lorenzo Hernández Marrero. En 1806 se presentó como opositor a la cátedra de Prima (Fisiología) y fue aprobado, aunque se afirma que pudo lograrlo más por sus relaciones con los integrantes del Tribunal que por los conocimientos que demostró, aun cuando tenía reputación y buena clientela como facultativo. Tomó posesión de la cátedra el 27 de julio de 1806 a una edad poco a propósito para comenzar a dedicarse a la enseñanza. Contaba entonces 65 años y sus conocimientos se resentían, más en una materia como la Fisiología en la que se habían logrado tantos progresos al momento de él asumirla. La tesis que sostuvo al efecto con el título «Corpus humanus tantun nutritur a succo nerveo» representaba un atraso tal en esa materia, que abarcaba varias décadas. Por su condición de catedrático hizo uso de su derecho a que se le confirieran de oficio los grados de Licenciado y de Doctor

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en Medicina. El primero se le otorgó el 15 de marzo y el segundo el 27 de julio del año siguiente. De Soria practicó también la Cirugía en el Hospital de San Francisco de Paula y logró el título de Cirujano Latino el 21 de junio de 1811. En 1812 realizó en colaboración con el doctor Agustín F. Rodríguez experimentos con las píldoras del doctor Ugarte en los enfermos de fiebre amarilla, disentería y vómito. Ese mismo año publicó también un informe sobre el vómito negro, al que denominó fiebre atrabiliaria maligna contagiosa-epidémica. Estuvo casado cuatro veces y falleció en La Habana, a los 73 años de edad, el 4 de septiembre de 1815.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de Doctores, folio 126. Archivo de la Parroquia del Santo Ángel. Libro 6 de defunciones, folios 5v-6. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p. 141, 331. López Sánchez J. Biografías de médicos y cirujanos. En: Cuba. Medicina y civilización. Siglos XVII y XVIII. La Habana: Editorial Científico-Técnica, 1997. p. 297-298.

DR. JOSÉ ANTONIO BERNAL MUÑOZ (1775-1853)

Uno de los médicos de origen extranjero que ejerció en La Habana durante la primera mitad del siglo XIX y que figura en la relación de los precursores de la docencia médica en Cuba fue José Antonio Bernal Muñoz, nacido en Santiago de

los Caballeros, isla de Santo Domingo, el 6 de agosto de 1775. Hijo de Félix Bernal y de María Muñoz, se graduó de Bachiller en Artes y en Medicina en la Imperial y Pontificia Universidad del Angélico Dr. Santo Tomás de Aquino en su tierra natal. El primer título lo obtuvo el 19 de agosto de 1794 y el segundo el 27 de julio de

1795.

Viajó a Cuba aproximadamente en 1797, pues consta que ese año solicitó la incorporación de sus títulos en la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de

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La Habana. Después de hacer la práctica médica con el doctor José Pérez Bohorques entre 1797 y 1799, fue a residir a la villa de San Juan de Jaruco, donde actuó como vacunador. A su regreso a La Habana en 1806, optó por la cátedra de Anatomía, vacante por renuncia del doctor Fernando J. Viamonte González, quien la desempeñaba desde 1801. Él fue el único concursante luego de impugnar al bachiller Marcos Sánchez Rubio y Hurtado de Mendoza, excluido del concurso por no haber cumplido su término de intersticios señalado en las Constituciones. Tomó

posesión de la cátedra el 9 de julio de 1806. Por haberla obtenido por oposición, se le otorgaron, como era ley en esa época y por los Estatutos de la Universidad, los títulos de Licenciado y de Doctor en Medicina, recibidos respectivamente el 19 y el

25 de julio.

La deficiencia y casi esterilidad con que se explicaba entonces la asignatura de Anatomía en la Universidad, tan importante en la carrera médica, chocaban con la sagacidad de Bernal, a quien no escapaban las dificultades insuperables que se le

presentarían al desempeñarla en tan desfavorables condiciones. Por otra parte, esta materia era poco pretendida y por regla general se usaba como vehículo para obtener los grados mayores de Licenciado y Doctor. Él mismo trató de alcanzarlos con el fin de escalar más tarde posiciones en el Protomedicato y ventajas para la

práctica privada de la Medicina. Por ello, convencido de que lejos de lograr alguna gloria podía tener más bien algún perjuicio de permanecer al frente de la cátedra, siguió el ejemplo de algunos de los que la habían regenteado antes y la renunció el

11 de enero de 1809, antes de cumplir los tres años de haberla asumido.

A pesar de la renuncia, se mantuvo en el claustro y su presencia en él no dejó de reportar algunos beneficios y prerrogativas a su facultad. Gracias a su protesta en claustro celebrado el 6 de noviembre de 1822, se logró que en el que tuvo lugar el 4 de febrero de 1836 se leyera una Real Cédula, en la cual se declaraba por Su Majestad que los graduados en Medicina y Filosofía debían ocupar los asientos que por rigurosa antigüedad les correspondía. Esa medida contrastaba con la creencia muy arraigada entre los religiosos de que las Universidades se creaban para elevar unas ciencias y deprimir otras.

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El 20 de mayo de 1811 el Consejo de Regencia designó a Bernal Segundo Fiscal del Tribunal del Protomedicato. Al fallecimiento del Protomédico Segundo Roque J. Oyarvide San Martín, el Capitán General José Cienfuegos y Jovellanos ascendió a esta plaza al doctor Lorenzo Hernández Marrero y a la de Protomédico Tercero al doctor Juan Pérez Delgado, quien hasta entonces fungía como Primer Fiscal. Bernal pasó entonces a ocupar la vacante dejada por Pérez Delgado. En 1814 se trasladó a la isla de Santo Domingo y se dice incluso que fue Rector de la Universidad dominicana entre 1815 y 1816. Tras su regreso a Cuba, se le designó Protomédico Tercero el 14 de abril de 1825. Desde entonces se consagró al ejercicio privado, aunque sin desatender sus deberes con el Protomedicato. Estableció buenas relaciones con familias de la aristocracia, criollos ricos y figuras prominentes de la administración colonial. Gozó siempre del apoyo y los privilegios que le concedía el Gobernador. En 1833 fue nombrado Protomédico Regente, con lo cual logró su más ansiado galardón que poco pudo disfrutar, pues a los pocos meses de tomar posesión como tal fue extinguido el Protomedicato. Bernal ocupó otros cargos médicos importantes, como el de cirujano del Hospital de Paula para mujeres y del Hospital de la Marina. Fue además Vocal de la Junta Superior de Estudios de la Sanidad y Caridad e integró la Sociedad Económica de Amigos del País. En su gestión en el Protomedicato tuvo a su favor la campaña que puso en práctica contra los charlatanes e intrusos de la profesión; además de su exigencia de que se les otorgara a los médicos los mismos derechos que a los demás profesionales universitarios, que disfrutaban de privilegios especiales en virtud de su dignidad. Tiempo antes de su muerte comenzó a perder la capacidad de la visión, hasta quedar completamente ciego. En su testamento no hizo constar sus bienes de fortuna, pero sí que poseía gran número de esclavos, los cuales distribuyó entre sus hijos, con la excepción del que lo atendía personalmente a quien le concedió la libertad. Falleció en La Habana el 14 de noviembre de 1853.

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BIBLIOGRAFÍA

Bernal J. Informe sobre la epidemia de viruelas en el pueblo y de haber iniciado la vacunación en el mismo. Papel Periódico de la Havana 1804;(28):109-110. Bernal Muñoz J. Discurso en la toma de posesión del cargo como Protomédico Regente. Diario de la Habana 1833;(22):2. Calcagno F. Diccionario Biográfico Cubano. New York: Imprenta y Librería de Ponce de León; 1878. p. 15. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p. 170-171, 261. Dr. José Antonio Bernal. La Clase Médica. 1909;3:6-8. Moscoso Poello FE. Apuntes para la historia de la Medicina en la isla de Santo Domingo T4. Santo Domingo: Ediciones de la Universidad Central del Este; 1984. p. 296-299. Nombramiento. El doctor José Antonio Bernal Muñoz nombrado Fiscal del Real Protomedicato. Diario del Gobierno de la Habana 1819;(9):3.

DR. MARCOS SÁNCHEZ RUBIO HURTADO DE MENDOZA (¿-1836)

Aunque no nació en Cuba, Marcos Sánchez Rubio y Hurtado de Mendoza fue como médico y hombre de ciencia hijo de ella, a donde llegó muy joven y adquirió la profesión que ejerció hasta su muerte. Natural de la villa de Moratalla en Murcia, España, estudió Artes entre 1787 y 1790 en el Convento de Nuestra Señora de las Huertas, extramuros de la ciudad de Lorca, con el fraile Leonardo Borja. En certificación expedida por el Protomédico Matías Cantos dice que "practicó la facultad de cirugía y álgebra desde noviembre de 1790 hasta diciembre de 1793 en la ciudad de Motril, Cartagena, y en los buques en que ha estado enrolado junto a su maestro, el cirujano Manuel Morón". En uno de estos viajes desembarcó en Veracruz, donde residió por algún tiempo hasta su traslado a La Habana en 1795. Solicitó al Protomedicato su incorporación como cirujano y, tras el examen con Miguel Suárez, fue aprobado y admitido como tal el 5 de enero de 1796. Luego convalidó sus estudios de Filosofía y obtuvo el

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grado de Bachiller en Artes el 12 de agosto de 1802. Matriculó la carrera médica en la Universidad de La Habana y recibió el título de Bachiller el 26 de marzo de 1805. Hizo sus prácticas con el doctor José de la Cruz Caro Pereira y en 1807 fue autorizado al ejercicio de la profesión. Declarada vacante la cátedra de Anatomía de la Universidad en 1806, se presentó como opositor a ella, pero tuvo que separarse a instancias de su opositor José Antonio Bernal Muñoz, quien alegó le faltaba el intersticio de dos años exigido por el Reglamento para poder aspirar a cátedras luego de obtenido el título de Bachiller. No obstante, por renuncia del doctor Roque J. Oyarvide San Martín, quedó vacante al año siguiente la cátedra de Methodus medendi (Terapéutica). Se presentó como aspirante y en esa ocasión mereció la aprobación del Tribunal. Tomó posesión de la cátedra el 28 de marzo de 1807 y, a título de catedrático, se le confirieron los grados de Licenciado y de Doctor en Medicina el 7 de abril de ese año. Con anterioridad se había desempeñado como sustituto de la cátedra de Vísperas de 1805 a 1806 e interino de la de Terapéutica en 1806. Amante como era del estudio de las ciencias naturales, fue algo natural que encontrara en las lecciones de materia médica una oportunidad para explayarlas y comprobar su utilidad. Y por ese mismo entusiasmo por las ciencias naturales, se dedicó a ellas con especial predilección. Fue también un entusiasta vacunador contra la viruela, a partir de la introducción de este método preservativo por el doctor Tomás Romay Chacón, quien mucho le elogiara por su constancia en esta acción. Fue miembro de la Junta Central de Vacuna, en la que laboró de manera incansable hasta 1810. En 1814 publicó un Tratado sobre la fiebre biliosa (fiebre amarilla), donde se adscribió a las tendencias anticontagionistas la época, en particular a las climático médicas. Sus observaciones en esta obra lo situaron junto a Antonio Robredo y Miguel Arambarri como iniciador de los estudios sistemáticos de la Climatología y la Meteorología, si bien su contribución más novedosa fue la importancia que atribuyó al síntoma fiebre; su preocupación por tratar de explicarla y su interés por la termometría, a la que en Europa se le daba sólo un valor clínico. Él incorporó el

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termómetro a las afecciones de carácter epidémico, valoró la relación temperatura- pulso y estableció la temperatura máxima resistible por el ser humano. Sánchez Rubio fue un buen clínico, porque era un gran observador. Para él estudiar era un placer. Se ha dicho que en virtud de ello abusó de su potencia intelectual, por lo que perdió más tarde la razón y falleció demente en el año 1836 en una finca situada en la jurisdicción de Santiago de las Vegas.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 12,493/802. Calcagno F. Diccionario Biográfico Cubano. New York: Imprenta y Librería de Ponce de León; 1878. p. 558. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p. 331-336. Romay T. Memoria sobre la introducción y progresos de la vacuna en la isla de Cuba. Havana: Imprenta de la Capitanía General; 1805. p. 20-21. Sánchez Rubio M. Tratado sobre la fiebre biliosa y otras enfermedades. Habana: Imprenta del Comercio; 1814.

DR. NICOLÁS VICENTE DEL VALLE RAMÍREZ (¿-1859)

Hijo del que fuera Protomédico y catedrático de Vísperas (Patología) entre 1775

y 1781, el doctor Nicolás M. del Valle y de la Vega, y de María Dolores Ramírez, nació en La Habana entre 1785 y 1790. Luego de graduarse de Bachiller en Artes

el 8 de abril de 1803, comenzó los estudios médicos hasta el 1ro. de julio de 1806,

fecha en la que obtuvo el grado de Bachiller en Medicina. Realizó los dos años de práctica con el doctor Tomás Romay Chacón hasta el 18 de julio de 1808. Cinco días después fue aprobado por el Tribunal del Protomedicato en el examen que hizo en el Hospital de San Francisco de Paula con el doctor Juan Pérez Delgado. Los tres casos que le tocaron para demostrar sus aptitudes fue uno de infección

del lagrimal, otro de hidrosis ascitis incipiente y el último de fiebre tísica. Al renunciar el doctor Bernabé José Vargas Díaz a la cátedra de Vísperas, se

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presentó como aspirante sin opositor. A ese efecto sostuvo la lección «Causa materiali ex qua intrinsese considerata internas que intemperierum sunt fluide qui in corpore insunt». La exposición de esta tesis de etiología mereció que el jurado, integrado por el Decano José Julián de Ayala González y los doctores Tomás Romay Chacón, Agustín Florencio Rodríguez Bedía, Francisco Ignacio de Soria Quiñones, José Antonio Bernal Muñoz y Marcos Sánchez Rubio, lo aprobaran de manera unánime. Tomó posesión de la cátedra el 22 de diciembre de 1808 y a título de catedrático recibió los grados de Licenciado y Doctor el 9 y el 11 de junio de 1809, respectivamente. De lo que representó su paso por la cátedra para el progreso de la docencia, no se han encontrado datos que puedan servir de indicios de alguna contribución importante. Después de vencido su sexenio en 1814, no se presentó por segunda vez a optar por la cátedra. En 1811 había sido nombrado por el Protomedicato Segundo Fiscal auxiliar, pero este nombramiento fue anulado y el Consejo de Regencia designó en su lugar al doctor José Antonio Bernal. En 1819 solicitó de nuevo la plaza de Segundo Fiscal, que había sido suprimida al ratificarse a Bernal como Primero, pero tampoco le fue conferida. En definitiva asumió el cargo de Fiscal del Protomedicato en 1833, cuando Bernal era su Regente. En 1835 y 1849 aparecieron sendos prospectos que anunciaban la publicación de una Memoria u observaciones sobre el cólera morbo y su curación escrita por él, pero parece no haberse realizado, pues hasta ahora no se ha visto ningún ejemplar impreso de ese documento. Estuvo casado con María Dolores Martínez, natural de Remedios, y uno de sus hijos fue también médico. Falleció en La Habana el 18 de octubre de 1859.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 14,382/806. Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 8 de defunciones, folio 194, número 485.

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Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p. 212, 338-339. Sevilla. Archivo General de Indias. Audiencia de Santo Domingo. Legajo 1,607. Torriente Brau Z de la, López Sánchez J. Bibliografía Científica Cubana (1790-1848). La Habana: Editorial Academia; 1979. p. 103, 105, 111. Trelles CM. Biblioteca Científica Cubana. T2. Matanzas: Imprenta de Juan F. Oliver; 1919. p. 216.

DR. PEDRO J. ANDREU ZAMORA (1785-1859)

Nació en La Habana el 20 de junio de 1785. Hijo de Pedro Andreu, natural de Hoyosa, Valencia, España, y de Rafaela Zamora, de Guanabacoa. A los 16 años de edad ingresó en el Convento de San Juan de Letrán, donde estudió Filosofía con los profesores fray Agustín Roy y el doctor Juan Rafael Santos, y donde se graduó de Bachiller en Artes el 25 de julio de 1805. Un año antes de graduarse en ese Convento había empezado los estudios médicos. Obtuvo el grado de Bachiller en Medicina el 25 de abril de 1807. Cumplió el período de prácticas desde 1807 hasta 1809 con los doctores Francisco Ignacio de Soria Quiñones y Juan Pérez Delgado y fue aceptado al ejercicio de la profesión el 25 de marzo de 1809 por los Protomédicos Nicolás del Valle de la Vega y Roque J. Oyarvide San Martín. A principios de 1810 se presentó como opositor a la cátedra de Anatomía por renuncia de su titular, el doctor José A. Bernal Muñoz. Según Cowley, dio este paso "más incitado por sus hermanos fray Antonio y fray Mateo, que impulsado por sus deseos". Fijados el día y la hora para la lectura de su lección, sostuvo «Vera, certa qui est sanguinis circulatio in corpore humano». Esa cuestión que no constituyó contribución alguna, pues no era más que un remedo de lo demostrado desde 1628 por Harvey, le dio acceso al profesorado al obtener los votos del Jurado, compuesto por el Protomédico Primero Nicolás del Valle y los conjueces Antonio Machado, Roque J. Oyarvide, Francisco I. de Soria y José A. Bernal. Así, desde el 2 de febrero de 1810 en que tomó posesión de la cátedra, Andreu

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regenteó durante seis años una asignatura que le era prácticamente desconocida, tanto en lo referente a su magnitud como a su importancia. En realidad, cumplió el sexenio reglamentario sin renunciar a ella, ante la necesidad de que se impartiera en la Universidad Pontificia, porque por falta de profesores había cerrado la que había sido inaugurada por el licenciado Francisco Xavier Córdova en el Hospital Militar de San Ambrosio. Por su condición de catedrático, se le confirió el grado de Licenciado en Medicina el 14 de abril de 1810 y el de Doctor el 23 del mismo mes y año. El 9 de septiembre de 1812 comenzó a ejercer el cargo de Tesorero de la Universidad, el cual desempeñó durante cinco años con absoluta probidad. Después de practicar la cirugía el tiempo reglamentario, hasta el 2 de enero de 1813 en el Hospital de San Ambrosio con el licenciado Joaquín Muñoz, solicitó al Protomedicato lo convalidara como cirujano latino. Examinado por el licenciado Marcos Sánchez Rubio, fue aprobado como tal el 8 de enero de 1813. Sus hermanos fray Antonio y fray Mateo fueron destacadas personalidades religiosas y catedráticos de Sagrados Cánones. El primero llegó a ser Rector cancelario. Él fue médico del Hospital Militar de San Ambrosio, socio de número de la Sociedad Económica de Amigos del País y, aunque ejerció la profesión médica por más de 50 años, no dejó huella de alguna acción destacada en su trabajo. Casado con María Belén Soler, murió en La Habana el 10 de diciembre de 1859.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo de la Catedral de La Habana. Libro 15 de bautismos, folio 135, número 503. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 580/805. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de Doctores, folio 136v. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego; 1876. p.171-172, 251-252.

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DR. ANTONIO VIERA INFANTE (1784-1834)

Nació en La Habana el 13 de noviembre de 1784; hijo de Manuel Vicente y de María Josefa. Comenzó a estudiar Filosofía en 1801 en el Colegio Seminario de San Carlos, donde tuvo como profesores al padre José Agustín Caballero y al doctor Rafael de los Santos. Finalizados estos estudios, empezó el Bachillerato en Sagrados Cánones, que abandonó, después de vencer los cursos de 1803 y 1804, para iniciar la carrera de Medicina. Se graduó de Bachiller en Artes el 16 de abril de 1806 y en Medicina el 21 de marzo de 1807. Sus jueces sinodales fueron los doctores Nicolás del Valle, José de Jesús Méndez, José Pérez Bohorques, José Antonio Bernal y Francisco Ignacio de Soria y los bachilleres Ambrosio de Aragón, Marcos Sánchez Rubio y José M. Leyba. Realizó su práctica con el Protomédico doctor José Caro y, al fallecimiento de éste, la continuó con el doctor José Pérez Bohorques. Fue examinado y aprobado por el Protomedicato el 13 de marzo de 1809. Se ocupó también de la Cirugía, cuya práctica llevó a cabo desde 1806 hasta 1811 en el Hospital San Francisco de Paula con el doctor José A. Bernal. Obtuvo el título de cirujano latino el 5 de marzo de 1811. Según Cowley, Viera fue el caso de un médico sin vocación profesional, pues en todos los actos de su vida predominaba un afán desmedido de lucrar por medio de los negocios. Los títulos y honores que recibió eran medios de que se valía para satisfacer su extraordinaria ambición, lo que explica su aspiración al Rectorado en 1823 y su interés por graduarse de Doctor en Jurisprudencia. Fue catedrático vitalicio de Prima, asignatura que asumió por primera vez el 24 de marzo de 1812 como único opositor. Alcanzó los grados de Licenciado y de Doctor en Medicina el 30 de septiembre siguiente. En su segunda oposición tuvo como contendientes a los bachilleres José J. Navarro, Bernardo J. Riesgo y Francisco Sandoval. Esa vez tomó posesión de la cátedra el 27 de abril de 1818. En 1824 volvió a concursar, en esa ocasión sin opositores al igual que en la primera. Los 22 años que se mantuvo como titular de la cátedra de Prima significaron una rémora para el avance de los conocimientos fisiológicos, pues realmente ignoraba los trabajos experimentales de esta ciencia básica de la Medicina y se mostraba

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renuente a aceptar o a introducir cualquier nueva teoría. Esto daba lugar a serias contradicciones con sus alumnos, sobre todo con los que procedían del Seminario de San Carlos, quienes habían recibido conocimientos de una Filosofía opuesta al escolasticismo, que entonces imperaba en la Universidad Pontificia. De otra parte, entraba también en contradicción con la enseñanza de las otras cátedras en la misma Facultad, como la de Agustín Encinoso de Abreu en Patología, Ángel J. Cowley en Terapéutica y Nicolás J. Gutiérrez en Anatomía, con independencia de la incongruencia que significaba el latín por él mantenido, lengua que chocaba con el español ya predominante en el alto centro de estudios. Nunca desistió de su propósito de graduarse de Bachiller en Sagrados Cánones, cuyo título logró el 23 de junio de 1824. El de Doctor en Derecho Civil lo alcanzó el 27 de junio de 1825; recibió la borla por donación del licenciado Miguel Hernández Aguilar, catedrático de Prima en Leyes, quien a su vez la había hecho de ella en herencia de su padre. En más de 12 ocasiones fue tesorero de la Universidad; Fiscal en 1813; Rector en 1822; Conciliario en 1823; médico cirujano del Regimiento de Infantería de Milicias; tercer Protomédico en 1833 y miembro de la Junta Superior de Sanidad. Falleció en La Habana, el 29 de septiembre de 1834, víctima de la epidemia de cólera morbo que desde el año anterior había azotado la ciudad.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 1,498/803. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de Doctores, folio 138v. Archivo de la Parroquia del Santo Cristo. Libro 12 de bautismos, folio 155, número 621. Calcagno F. Diccionario Biográfico Cubano. New York: Imprenta y librería de Ponce de León; 1878. p. 683. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y librería de A. Pego, 1876. p. 141-149, 339. Dr. Antonio Viera. La Clase Médica 1908;2(7):6-7. Torriente Brau Z de la, López Sánchez J. Bibliografía Científica Cubana (1790-1848). La Habana: Editorial Academia; 1979. p. 103.

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DR. SIMÓN J. VICENTE DE HEVIA RODRÍGUEZ (1788-1849)

Nació en La Habana el 27 de octubre de 1788. Hijo de Francisco de Hevia, Primer Piloto de la Real Armada y natural de la villa de Graña, en Galicia, y de Bárbara Josefa Rodríguez, de La Habana. Empezó a estudiar Filosofía en 1803 en el Colegio Seminario de San Carlos, donde tuvo como profesores a José Agustín Caballero, José R. de los Santos, Remigio Cernada y José Bernardo O'Gavan. Obtuvo el grado de Bachiller en Artes ante un Tribunal integrado por fray José M. Espinosa, Dámaso Inestrosa y Francisco Ignacio de Soria. Continuó la carrera de Medicina con los catedráticos Francisco I. de Soria en Prima; Marcos Sánchez Rubio, José María Leyba y Nicolás Vicente del Valle en Vísperas; José Antonio Bernal en Anatomía y Marcos Sánchez Rubio en Methodus Medendi. Se graduó de Bachiller en Medicina el 1ro. de junio de 1809 con los examinadores Tomás Romay, José Pérez Bohorques, José Liberato García, fray Manuel Casaverde, Francisco I. de Soria, Nicolás V. del Valle y José A. Bernal. Según Cowley realizó sus prácticas con el doctor Andrés Terriles y el licenciado Alonso F. Romero. Sin embargo, en su expediente consta solamente el certificado expedido por el doctor José A. Bernal, donde quedó registrado que de 1805 a 1810 practicó con él la Cirugía y desde 1809 hasta 1811 la Medicina. Alcanzó la categoría de cirujano latino el 19 de diciembre de 1810 y su título aparece firmado por los doctores Nicolás V. del Valle y Roque J. Oyarvide. Fue convalidado como tal por el Protomedicato el 20 de febrero de 1811. Con ese motivo presentó una certificación de Tomás Romay quien, como sinodal en su examen de Bachillerato, acreditó su capacidad médica, su buena educación y su honorable conducta. En 1813 fue designado médico del Regimiento de Infantería de las Milicias Disciplinadas de la plaza de La Habana. Al declararse vacante la cátedra de Methodus Medendi en 1813, aspiró a ella y la obtuvo con una tesis derivada de los aforismos de Hipócrates, cuyo título se traduce así: «Desde el punto de vista médico no hay definición completa y exacta de lo que es y significa la fiebre». Aunque esa tesis trataba más de una cuestión de patología que de terapéutica, no se puede juzgar como una elección impropia, pues los opositores debían abordar

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los temas, según los puntos que le tocasen en suerte. En estas oposiciones actuó como Juez el doctor Tomás Romay y como miembros del Tribunal el Pro Decano José de J. Méndez y los también doctores Marcos Sánchez Rubio, Pedro Andreu, Antonio Viera y Nicolás V. del Valle. Tomó posesión de la cátedra el 14 de abril de 1813 y bajo su regencia la asignatura experimentó notables progresos. A título de catedrático, obtuvo el grado de Licenciado en Medicina el 16 de octubre de 1813 y, al día siguiente, el de Doctor. Este último lo recibió de manos del Pro Decano José de J. Méndez. Sus argumentales fueron los doctores Francisco I. de Soria y Marcos Sánchez Rubio. En sesión del claustro celebrada el 9 de febrero de 1822, fecha enmarcada en el breve período constitucional que disfrutó la isla, propuso que ese cuerpo docente se reuniera una vez por semana hasta tanto se reorganizara la Universidad "con la perfección de que era susceptible". Su moción, que fue aceptada, significó un ataque a los privilegios eclesiásticos y de la corona en la regencia de la institución. Sin embargo, el intento de promoverla quedó frustrado con la abrogación de la Constitución y el restablecimiento de la monarquía absoluta. Su impugnación al doctor José A. Bernal sobre las propiedades de la píldora de Ugarte, dio lugar a una controversia importante en la historia médica. Produjo un documento revelador de una ética profesional y científica acorde con los progresos alcanzados en su época y, tras exponer y razonar críticamente las principales teorías en boga, se pronunció en contra del dogmatismo de los sistemas y se declaró empirista y ecléctico. Acerca del doctor Hevia refirió Cowley que, además de buen médico, era de un carácter afable y jovial. Aunque son escasos los escritos que dejó representativos de sus conocimientos y dedicación a la Medicina, se debe considerar que junto a él se formaron médicos de tanta valía y reputación como los doctores Agustín Encinoso de Abreu y Fernando González del Valle. Hasta 1833 fue Secretario de la Junta de Sanidad. También fue Fiscal y tercer Protomédico, Médico Honorario de la Real Familia y Tercer Vocal de la Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía.

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El 1ro. de agosto de 1814 se había casado con María Josefa López Rubio, de la que enviudó. El 15 de mayo de 1819 contrajo segundas nupcias, esa vez con María Asunción, la hermana de su primera esposa. Falleció en La Habana el 10 de noviembre de 1849. Un año antes, el 30 de marzo de 1848, había testado ante Pedro Vidal Rodríguez.

BIBLIOGRAFÍA

Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 6,624/810. Archivo Central de la Universidad de La Habana. Libro Primero de Doctores, folio 142v. Archivo de la Parroquia del Santo Ángel. Libro 6 de bautismos, folio 201, número 2. Calcagno, F. Diccionario Biográfico Cubano. New York: Imprenta y librería de Ponce de León; 1878. p. 348. Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y librería de A. Pego, 1876. p. 226-227, 295-315. Rosaín D. Necrópolis de la Habana. Historia de los cementerios de esta ciudad. Habana:

Imprenta "El Trabajo"; 1875. p. 305-312. Simón Vicente de Hevia. La Clase Médica 1878;2(5):5-7. Torriente Brau Z de la, López Sánchez J. Bibliografía Científica Cubana (1790-1848). La Habana: Editorial Academia; 1979. p. 88, 123, 126. Trelles CM. Biblioteca Científica Cubana. Matanzas: Imprenta de Juan F. Oliver, 1919. p. 79, 171.

DR. PABLO JOSÉ MARÍN PEGUDO (1788-1846)

Hijo de Francisco Xavier Marín y María de Paula Pegudo, nació en La Habana el 13 de diciembre de 1788. Comenzó sus estudios en el Convento de San Juan de Letrán con fray José María Espinosa, Remigio Cernada y Fernando Seydel. Se graduó de Bachiller en Artes el 12 de septiembre de 1808. Luego matriculó la carrera de medicina en la Universidad Pontificia, donde estudió Prima con Francisco Ignacio de Soria; Patología con Nicolás V. del Valle; Anatomía con José A. Bernal y Methodus Medendi con Marcos Sánchez Rubio. El 10 de noviembre de 1812 obtuvo el grado de Bachiller en Medicina y el 2 de septiembre de 1813 recibió

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el título de Cirujano latino, después de acreditar una práctica de 1809 a 1812 -que

simultaneaba con sus estudios médicos- en el Hospital de San Francisco de Paula con el doctor José A. Bernal. Recibido como médico ante el Protomedicato en 1814, se presentó ese mismo año como único opositor a la cátedra de Vísperas. El título de la lección que dedujo al afecto fue «Omnes morbi a replectione vel inactione proveniunt, id est vigore vel debilitate». Según Cowley, el doctor Marín fue educado en la época de mayor apogeo del origen dualista de las enfermedades y su proposición en los actos de prueba de la oposición tenía que ser en ese sentido. Aprobado por el Tribunal, integrado por los doctores Nicolás V. del Valle, Pedro Andreu, Tomás Romay, José de J. Méndez, Antonio Viera y Simón V. de Hevia, tomó posesión de la cátedra el 28 de febrero de 1815. A título de catedrático, alcanzó el grado de Licenciado en Medicina el 6 de marzo de 1815 y el de Doctor el 22 de agosto siguiente. Sus argumentales fueron los doctores José A. Bernal y Antonio Viera.

El doctor Marín se dedicó con preferencia al ejercicio práctico de su profesión. Como tenía muy buena reputación, reunió una buena clientela y ello le llegó a

causar dificultades para atender debidamente la cátedra. Eso hizo que renunciara

a ella el 26 de marzo de 1820. Su prestigio como médico fue reconocido por el

doctor Nicolás J. Gutiérrez, Presidente de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana quien, en el discurso que pronunció en sesión