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Juan Gabriel Labaké

Cámpora-Perón-Isabel

EL ÚLTIMO GOBIERNO
PERONISTA

Editorial RECONQUISTA
Labaké, Juan Gabriel
El último gobierno peronista: Cámpora Perón Isabel / Juan Gabriel
Labaké. - 1a ed adaptada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Juan
Gabriel Labaké, 2016.
250 p. + Mapas; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-33-9782-0

1. Historia Contemporánea. 2. Historia Política Argentina. 3. Peronis-


mo. I. Título.
CDD 982.06

Propiedad Intelectual: DNDANº 5258034

Juan Gabriel Labaké


1ª edición: Febrero de 2015

Copyright: Juan Gabriel Labaké


Copyright: Editorial Reconquista, Tucumán 1650, PB, 1, CABA
Una mala historia es el origen de una mala política.

Juan Bautista Alberdi


Índice

A modo de prólogo 9

Capítulo I - Un pasado turbulento 13

Capítulo II - La diosa violencia 29

Capítulo III - Perón les tendió una mano hasta el último


momento 69

Capítulo IV - Perón y la subversión terrorista 77

Capítulo V - El “misterio” de la candidatura de Isabel 95

Capítulo VI - Isabel y la subversión terrorista 111

Capítulo VII - Los preparativos del golpe 141

Capítulo VIII - Los pretextos del golpe 193

Capítulo IX - Las razones del golpe 207

Capítulo X - El dolor es el mismo para todos 219

Capítulo XI - La casa está en orden 229

Epílogo para los argentinos 245


El último gobierno peronista -7

Nota aclaratoria

Este libro fue escrito entre enero y abril de 2007, cuando los jueces
federales Dr. Raúl Acosta, de San Rafael de Mendoza, y Dr. Norber-
to Oyarbide, de la Capital Federal, pidieron la extradición de Isabel
Perón a la Justicia española, aduciendo que ella era responsable de
los crímenes cometidos por el llamado Proceso Militar y por la Triple
A. Con posterioridad, el juez español del caso rechazó esa peregrina
solicitud de los magistrados argentinos, dando así la razón a quienes
hemos sostenido siempre la verdad sobre la conducta de la esposa
del General.
Se actualizó en 2014 por especial pedido de la Comisión Permanente
de Reivindicación de la Sra. María Estela Martínez de Perón, debido
a que en febrero de ese año, un fiscal federal insistió en involucrar
a Isabel en los crímenes del Proceso Militar. El arbitrario criterio del
fiscal fue rechazado por el juez de Instrucción, ante lo cual el fiscal
apeló. El 26 de febrero, la Cámara de Apelaciones rechazó, a su vez,
la sugestiva y machacona pretensión del fiscal.
Para no alterar la redacción original, he optado por conservar el tiem-
po presente del relato, cuando en realidad éste tiene ya 9 años. Re-
cién hoy podemos editarlo, luego de haber recorrido infructuosamente
todas las editoriales grandes de nuestro país…

Buenos Aires, 8 de diciembre de 2015.

Juan Gabriel Labaké


El último gobierno peronista -9

A modo de prólogo

No soy historiador de profesión, sino político.


Tampoco soy ajeno a los hechos que relataré. Fui protagonista de
muchos de ellos.
Pero, como sucede en los juicios de Tribunales, para servir como
testigo no hace falta ser perito, pero sí es indispensable haber visto
personalmente los hechos en cuestión (los testigos “de oídos” sirven
menos) y tener como máximo objetivo ayudar a que surja la verdad,
toda la verdad, y a que se haga Justicia.
Ése es mi primer y originario objetivo.
Por otro lado, la derrota que el peronismo sufrió el 22 de noviem-
bre, aun cuando la responsabilidad de ella sea fundamentalmente del
kirchnerismo, impone la necesidad de una reflexión serena sobre sus
causas recientes y remotas.
Algo profundo debe estar fallando en nuestras filas para que una pro-
puesta abierta y desembozadamente liberal, y dependiente del “lobby”
anglosajón-israelí, nos haya derrotado en comicios libres.
Tal inédita situación no se explica y menos justifica por el hecho de
haber tenido en contra toda la prensa del sistema de la dependen-
cia, porque siempre la tuvimos encarnizadamente en la vereda de en-
frente, desde que Perón comenzó a sentar las bases de su proyecto
nacional y popular allá por 1943.
Algo se ha degradado en nosotros, en nuestro Movimiento, y ése es
el motivo central de la derrota, no la habilidad del enemigo para dis-
frazarse de frívolo portador de un cambio novedoso, o de una supu-
esta modernización que, en rigor de verdad, huele a naftalina.
Y ese algo tiene raigambre moral y ética, por un lado, e ideológica o
conceptual por el otro lado. Lo que hoy se conoce como peronismo,
su dirigencia que es el rostro visible para la gran mayoría de los argen-
tinos, está atravesada por demasiados casos de corrupción personal
y de claudicación doctrinaria. Hemos perdido la brújula de la Historia.
Si analizamos honestamente nuestra situación, comprobaremos que
ya no somos un movimiento de liberación nacional y redención social,
sino una máquina de conquistar poder a cualquier costo. Sólo así se
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explica:
 La existencia de tantos dirigentes supuestamente peronistas que
han dado un salto acrobático para aterrizar en las filas del PRO.
 Que ese salto lo hayan dado también los máximos dirigentes de
una central sindical peronista y el secretario general de las 62 Or-
ganizaciones, que explícitamente apoyaron al candidato oficial de
los mercados y “la” Embajada.
 Que casi todos los dirigentes y gobernantes del Partido Justicialis-
ta acepten mansamente el cambio de la justicia social dignificante
por la dádiva esclavizadora.
 Que asistan impávidos a la desnacionalización de nuestra
economía.
 Que todos los candidatos supuestamente peronistas hayan partic-
ipado en forma activa de al menos dos asambleas del Consejo de
las Américas, fundado, financiado y presidido por David Rockefel-
ler con el explícito objetivo de influir y comprometer a los políticos
latinoamericanos en sus planes de expansión imperial.
 Que todas las propuestas electorales autodenominadas peronis-
tas hayan partido de la falacia de que es indispensable alinearse
con la estrategia internacional de “occidente” (léase, de la alianza
anglosajona-israelí, que es el principal foco de dependencia actual
de nuestro país, y causante de todos nuestros conflictos de ámbito
internacional y consecuencias estratégicas: deuda externa, aten-
tados a la Embajada de Israel y a la AMIA -y su falsas investiga-
ciones-, narcotráfico, usurpación de las Islas Malvinas y avance
de la OTAN sobre el Atlántico Sur y la Antártida, y asedio sobre el
territorio de la Patagonia).
En la práctica, en nombre de Perón, se están alineando con el en-
emigo.
Ante esa lamentable decadencia y claudicación, resultará beneficioso
recordar la conducta y el accionar del último gobierno peronista que
hemos tenido: el de Cámpora, Perón e Isabel, entre 1973 y 1976.
Sobretodo interesa remarcar la dignidad y la clarividencia con que los
tres presidentes enfrentaron, sin desafíos inútiles e infantiles, y sin
ditirambos fuera de lugar, a los mismos poderes que hoy nos entonan
cantos de sirena para engañar a los quieren ser engañados. También
nos beneficiará rememorar la forma en que la última de esos tres
El último gobierno peronista - 11

presidentes, Isabel Perón, supo defender con hidalguía y entereza la


dignidad de la Nación y los legítimos derechos e intereses de su pueb-
lo. No pudieron quebrarla. Tuvieron que apresarla engañada, como
hacen los asaltantes de caminos, y mantenerla prisionera más de si-
ete años, para consumar su traición a la patria y su matanza atroz de
argentinos… deseada e impulsada por la misma alianza anglosajona-
israelí que hoy nos asedia.
Ése es el segundo objetivo de este libro: recordarnos que hubo y hay
un camino para la recuperación del peronismo y del país: el camino
que lleva a las fuentes.

JGL
El último gobierno peronista - 13

Capítulo I

UN PASADO TURBULENTO

Un poco de historia
La historia de la violencia de tipo político en la Argentina comenzó
hace muchos, muchísimos años. Pero, para tomar un punto de inflex-
ión que sirva como inicio de esta truculenta historia, es lícito consid-
erar como tal el bombardeo a la Plaza de Mayo colmada de pueblo
inocente, perpetrado por aviones de la Marina el 16 de junio de 1955.
Insisto, antes hubo violencia política, pero nunca tan grave y de con-
secuencias tan perjudiciales para la Argentina como a partir de esa
fecha nefasta. Quizás lo más lamentable de esa atrocidad fue que
en ella participaron algunos militares y otros tantos civiles, que luego
serían prominentes dirigentes de un gobierno democrático y constitu-
cional al menos en su fachada. Ello significa que, de una manera u
otra, hace ya más de 60 años que la violencia genocida y terrorista
hinca sus uñas en nuestro país y no tiene el condigno castigo, ni judi-
cial ni social.
Pocas semanas después, se sublevaron algunos militares y derroca-
ron al gobierno constitucional. El presidente constitucional renunció,
aun cuando tenía más posibilidades de vencer que de ser derrotado
(porque argumentó: “entre la sangre y el tiempo, prefiero el tiempo”),
y comenzó un largo exilio.
De ahí en más, se apoderó de los gobernantes uniformados y de
sus asesores y colaboradores civiles la utópica fiebre de borrar del
diccionario la palabra Perón. La violencia oficial se ensañaría contra
sus seguidores. Todos los argentinos que se declararan partidarios,
admiradores, amigos o simplemente simpatizantes de Perón serían
perseguidos, tomados prisioneros (los más “peligrosos” serían envia-
dos a cárceles de máxima seguridad como era la inhumana de Ush-
uaia en aquellos años), vejados y aún fusilados. Se decretó que esos
argentinos -la mayoría del país- no podían actuar ni hablar. Quedaban
proscriptos. No existían. En un alarde de autismo entre ingenuo y per-
verso, se dispuso por decreto que la realidad no existía.
Pero los seguidores de Perón siguieron existiendo y actuando. Primero
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fue con huelgas, manifestaciones (siempre reprimidas) y panfleteadas.


El camino legal y democrático siguió cerrado para ellos. Algunos años
después (en 1962 aproximadamente) los proscriptos comenzaron a
usar la fuerza para hacer valer su existencia mayoritaria. Así nació
una nueva forma de violencia entre nosotros: la guerrilla armada.

El atractivo de Sierra Maestra y Argelia


Cuatro años después de que se dictara el decreto por el que se dispu-
so la proscripción de la mayoría del pueblo argentino, en una pequeña
isla del Caribe unos muchachos barbudos, entre los cuales había un
argentino, produjeron un hecho que emocionó y conmovió al mundo
entero: en una situación de inferioridad de fuerzas deprimente a prim-
era vista, lograron vencer a una dictadura que parecía inexpugnable.
La hazaña fue tan grande y admirable que varios periodistas y dirigen-
tes de EE. UU., país que juega como Hermano Mayor del planeta (y al
cual no le gustan ni los barbudos ni su rebeldía) cantaron loas a esos
juveniles héroes de la pequeña isla caribeña. En el resto del mundo,
la algarabía por el triunfo de Fidel Castro y sus barbudos fue estruen-
dosa. Había hecho su presentación en sociedad el modelo cubano de
liberación.
Casi simultáneamente, un país del norte de África, que había sufrido
la dominación de uno de los grandes de Europa durante un siglo, de-
cidió que había llegado el momento de reconquistar la independencia.
Su pueblo escribió otra hazaña de gran impacto romántico mundial
cuando, en 1962 y siempre en inferioridad de fuerzas, venció a Fran-
cia. Había nacido la revolución argelina con todo su encanto.
Cubanos y argelinos fueron el espejo donde se miraron los jóvenes
idealistas de todo el mundo. Con más razón los argentinos, especial-
mente los muchachos universitarios de clase media y alta que veían
como, en su propio país, un decreto militar había eliminado del mapa
a la mayoría del pueblo.
Los muchachos idealistas creyeron, en buena medida y sinceramente,
que el camino cubano y argelino, el de la violencia armada, era el cor-
recto. No eran violentos estructurales, ni ideológicos. La proscripción
tozuda de ellos o de los argentinos que ellos comenzaban a admirar
por su inclaudicable lucha política, sumada al atractivo de las rev-
oluciones de Cuba y Argelia, fueron la causa “natural” del vuelco a
El último gobierno peronista - 15

la violencia armada de numerosos grupos de argentinos idealistas,


jóvenes y maduros.
Y, como era absolutamente esperable, los violentos “estructurales”,
los que veneran a la violencia como obligada y recomendable partera
de la Historia, se plegaron a la corriente “natural”. De ahí en más, fue
muy difícil distinguir a los violentos por necesidad, de los violentos por
vocación. Y quién no creyera que el único y verdadero poder nace de
la boca de un fusil, sería anatematizado como contrarrevolucionario,
pequeño burgués, derechista, conservador reformista, bonapartista,
etc.

Marxismo y cristianismo
Para agregar más leña al fuego, el prestigio de las utopías marxis-
tas era tan sólido en esa época que cualquier muchacho argentino
de clase media, con aspiraciones de intelectualidad “a la page”, no
concebía la liberación de un pueblo si no se adoptaban “in totum” los
postulados centrales de Carlos Marx: el materialismo histórico dialéc-
tico como determinante forzoso de la evolución de la Humanidad, la
ineludible lucha de clases para implantar la dictadura del proletariado,
y la violencia como partera de la historia.
En esa misma época concluyó el Concilio Vaticano II (1965). La Ig-
lesia encaró decididamente su postergado “aggiornamento”. Y como
siempre sucede cuando sobreviene súbitamente un “destape”, mu-
chos jóvenes católicos, sacerdotes y laicos, dieron un salto tan grande
y entusiasta que aterrizaron del otro lado de la raya.
Para ellos, el “aggiornamento” incluía una mayor participación de lai-
cos y clérigos en la política y un mayor compromiso con los pobres
(que siempre será bienvenido). Pero, a la hora de elegir un camino
para expresar tantas inquietudes nobles, experimentaron la influencia
de los atractivos de la época: la revolución cubana, la argelina y el
marxismo constituyeron su único catecismo, tanto en lo referente al
método como a la ideología de la liberación. El resultado fue una sin-
crética y promiscua mezcla de cristianismo y marxismo, pregonada y
puesta en práctica a través de la violencia armada por… sacerdotes
del Dios de la Paz y el Amor. El lema que resumía ese sincretismo,
hoy increíble, fue “Teología cristiana; filosofía y metodología marxis-
tas”. El Credo del Dios del Amor puesto al servicio de la guerra entre
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sus hijos.
Hoy, tales posturas resultan inconcebibles. En aquellos tiempos era
imposible convencer a muchos del dislate al que estaban llegando.
El trágico despiste de esos sacerdotes tuvo un ejemplo tan gráfico
como grotesco: en una Navidad de esa época, el cura de una par-
roquia cordobesa armó un muy singular Pesebre en el cual, junto a la
imagen del Niño, de María y de José, colocó las fotos del “Che” Gue-
vara y de Mao Tse-tung...

Padres proscriptores, hijos guerrilleros


A todo esto, aquellas juventudes de clase media y alta, predominante-
mente estudiantiles, veían que sus padres, o los padres de sus más
cercanos amigos, eran los responsables de que la mayoría del pueblo
argentino estuviera proscripto y perseguido. Además, los motivos de
dicha proscripción y persecución comenzaban a ser muy sospecho-
sos, mejor dicho inconfesables.
De esa forma, los hijos de los proscriptores terminaron siendo guerril-
leros. Hubo casos de padre gobernador nombrado por los militares
e hijo subversivo. De muchos empresarios cuyos descendientes tu-
vieron el mismo final. Y también de militares. El caso más dramático
fue el del general Julio Alsogaray y su familia. Julio Alsogaray (her-
mano del político Álvaro Alsogaray) había sido comandante general
del Ejército, golpista en varias oportunidades y uno de los más duros
proscriptores. Sus dos hijos terminaron en el ERP y murieron en ma-
nos de otros militares. Uno de esos hijos del general proscriptor (Juan
Carlos, según Perdía, pág. 196) cayó en Tucumán el 23 de febrero
de 1976. Su padre y su madre debieron viajar a esa provincia para
reconocer el cadáver. Según la versión que me llegó inicialmente, la
madre, enfurecida, dijo:
“Sí, es el cadáver de mi hijo. Se lo tiene merecido”.
Yofre (pág.76) afirma en cambio que la señora de Alsogaray, al
reconocer el cadáver de su hijo, sacó de su cartera una pistola peque-
ña y, exaltada, dijo:
“Lo quería matar yo, por lo que le hizo a su padre”.
Yofre afirma haber recibido ese relato “de un testigo que pidió anoni-
mato”. Tratándose de un autor como Yofre, que habla en su carácter
El último gobierno peronista - 17

de virtual vocero de los militares golpistas de 1976, es muy probable


que su relato derive de información archivada en los Servicios de In-
teligencia Militar.
Seguramente fue simultánea para estos jóvenes la toma de conciencia
de la proscripción e injusticia que sufría la mayoría de los argentinos
y de la responsabilidad que tenían en ella sus propios padres. Como
también lo fueron el atractivo romántico de las revoluciones cubanas
y argelinas y del marxismo “liberador”, la influencia de la predicación
de los sacerdotes “cristiano-marxistas” y la natural rebeldía de todo
adolescente hacia sus progenitores.
El cóctel sería explosivo: jóvenes de clase media y alta, hijos de pro-
scriptores y represores, con una buena carga de animadversión hacia
sus mayores, tomaron las armas para defender a “la clase trabajado-
ra”, considerando que eran sus legítimos representantes e, incluso,
que ellos eran “los trabajadores”.
La reflexión parece ineludible:
 Esos jóvenes eran verdaderamente idealistas.
 Todo comenzó con un mal asesoramiento de quienes ellos consid-
eraban sus guías espirituales.
 Los sacerdotes saben mucho de teología (aunque no tanto, si se
tiene en cuenta el extraño sincretismo teológico-filosófico-ideológi-
co que sacaron de la galera en esa época) pero poco y nada sa-
ben de política.
 Finalmente, quien pudo haber encaminado en forma constructiva
tanto idealismo juvenil estaba proscripto en Madrid, así como lo
estaban sus seguidores en la Argentina. Los mismos proscriptores
y represores, padres de los muchachos rebeldes e idealistas,
guiados por intereses muy bajos, habían silenciado a un genuino
maestro político e ideológico (quizás el único que podía cumplir
ese papel en tales circunstancias históricas) y abrieron el camino
para que actuaran los maestros ciruela.
Por supuesto, no toda la guerrilla armada surgió de ese cóctel in-
fernal. Las primeras escaramuzas, las más auténticas, tuvieron
como protagonistas a verdaderos militantes de base, peronistas de
nacimiento. Pero la otra guerrilla, la del sincretismo indigerible, pronto
copó la parada y, sobre todo a partir del asesinato de Aramburu (mayo
de1970), cambió la historia.
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La guerrilla según las épocas


Mientras gobernaron los dictadores militares o sus socios civiles, la
guerrilla se justificaba fácilmente, y gozaba de la simpatía de los ar-
gentinos en general (de quien esto escribe, desde ya) porque ayuda-
ba a reconquistar la democracia y el orden constitucional. Además, la
guerrilla armada coincidía en sus objetivos con gran parte del pueblo
argentino, que deseaba reinstalar en el poder a la mayoría proscripta
por decreto y lograr el retorno del hombre en quien confiaba.
De modo que, salvo excepciones (asesinato de inocentes, sevicia o
crueldad con las víctimas, atentados para matar indiscriminadamente,
etc.) a la guerrilla armada se la consideraba legítima en ese entonces,
y realmente lo era.
La situación cambió como del día a la noche cuando, el 11 de marzo
de 1973, el FREJULI (frente político formado, a instancias de Perón,
por el peronismo, el desarrollismo de Frondizi y Frigerio, el conserva-
dorismo popular de Solano Lima y Alberto Fonrouge, la democracia
cristiana de José Antonio Allende y Salvador Busacca y otros partidos
menores) ganó ampliamente las elecciones y abrió la etapa de un
gobierno constitucional. A partir de ese momento, insisto, por ser un
gobierno elegido en forma libre por la mayoría del pueblo, toda ac-
ción armada de los particulares, de cualquier color que fuera, pasaba
a ser un grave delito que la Constitución Nacional y el Código Penal
condenan severamente. Antes del 11-03-73 los guerrilleros podían ser
jóvenes románticos e idealistas. Después de esa fecha clave, ineludi-
blemente eran criminales terroristas, porque luchaban contra un go-
bierno elegido libremente por la mayoría del pueblo y contra el orden
constitucional, que es el único sostén jurídico y político de la sociedad
nacional y garantía de la paz social.
Lo trágico de esta historia es que la dirigencia de los grupos guerril-
leros (peronistas y no peronistas) no comprendió (o no quiso com-
prender) el cambio profundo, cualitativo y definitorio que se había
producido ese 11 de marzo. Insisto, dejábamos de tener un gobierno
militar, de facto, dictatorial, y comenzábamos a vivir bajo el imperio
de la Constitución y las leyes. Se había acabado la proscripción de
la mayoría de los argentinos, que deslegitimaba a cualquier gobierno
militar o civil. La violencia armada, terrorista o no, ya no sería un acto
de “liberación popular”, sino un gravísimo crimen contra la sociedad y
El último gobierno peronista - 19

la Constitución Nacional.
Cámpora lo definió con precisión: “Hasta hoy, la dictadura; desde hoy,
el gobierno del pueblo”.
No lo entendieron.
Así iniciaron la tragedia y abrieron las puertas del Infierno.

El Tío Cámpora
Es notable la prostitución de las palabras y la tergiversación de la
realidad (y de la historia que forma parte de ella) que se ha produ-
cido desde aquellos años terribles hasta hoy, siempre por intereses
políticos de bajo nivel. En torno de la figura del ex presidente constitu-
cional Héctor Cámpora, y su renuncia al cargo, dicha mistificación es
manifiesta y hasta grosera. Prácticamente no hay historia o “relato”
que haga justicia con Cámpora y su actuación durante su efímera
presidencia de la Nación.
El caso más notorio de esta reescritura falsa de la historia, por mo-
tivos políticos, es que se haya bautizado como “La Cámpora” a la
agrupación kirchnerista que reivindica la actuación de Montoneros en
aquellos duros tiempos.
En realidad, los montoneros fueron causantes decisivos de la caída
del “Tío”.
La organización que fundó Fernando Abal Medina y luego dirigió Mario
Firmenich estuvo, en un primer momento, en contra de la elección de
Cámpora como candidato a presidente por parte de Perón.
Según la clasificación ideológica, normalmente estereotipada, siem-
pre esquemática, Cámpora no pasaba de ser un obsecuente de Perón
y un conservador pueblerino, “el odontólogo de San Andrés de Giles”,
como despectivamente se lo llamaba en los círculos que le eran de-
safectos. En realidad, “el Tío” era un conservador nato. No disimu-
laba su origen provinciano y sus inicios en ese grupo político antes de
incorporarse al peronismo muy tempranamente. Sus modales parsi-
moniosos, su ropa cuidadosamente formal y su lenguaje versallesco
delataban el señorío de pueblo chico que no abandonó nunca. Un
rasgo de su vida familiar, íntima, lo pinta de cuerpo entero: con orgullo
simple contaba que él en persona se encargaba de arreglar y guardar
la ropa que acababa de usar, porque, se ufanaba, quería estar siem-
pre impecable. Era casi una obsesión para él.
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No había en Cámpora un solo rasgo de “progresismo” o de “izquier-


da”, ya sea de la izquierda auténtica, que es respetable igual que todo
lo auténtico, o de la que suelen simular o al menos sobreactuar los
recién llegados al “progresismo” y a la lucha por los desaparecidos.
Esa personalidad ceremoniosa se completaba con una lealtad a
Perón tan profunda como su admiración hacia él. Seguramente nunca
soñó con ser el sucesor de su jefe. Pero un día de mediados de 1971,
Perón lo designó su delegado personal para tratar de arrancara los
militares una salida electoral. De ahí en más, las cosas cambiaron y el
país conoció a otro Cámpora. Seguramente, al verdadero, que poco
y nada tenía en común con el estereotipo creado por sus opositores y
la prensa. Apareció un político hábil para la negociación, astuto o duro
según hiciera falta a los objetivos de Perón, hacia quien nunca dejó
de ser leal.
En ese preciso momento lo conocí. Desde marzo de 1972 y hasta
que renunció a la presidencia de la Nación, en julio de 1973, estuve
cerca suyo. Gracias a sus gestiones y virtualmente de su mano llegué
a entrevistarme con Perón. Luego de esa entrevista, fue Cámpora
quien me transmitió el deseo del General de que yo fuera candidato
a diputado nacional. Y así sucedió. De su boca escuché el relato de
lo sucedido con su renuncia y de los motivos que lo llevaron a tomar
esa decisión. Me lo expresó en una charla a solas que mantuvimos
apenas dos días después de renunciar. No le dolía la renuncia en sí,
que consideraba inevitable desde hacía varios meses, sino el ambi-
ente artificial y hostil que le habían creado sus adversarios internos
para hacer creer que lo obligaban a renunciar.
Para Cámpora, su renuncia se caía de madura. Hacía tiempo que la
había decidido. Se la había presentado antes a Perón tres veces. Era
consciente de la precariedad de su situación: una candidatura cuyo
única razón de ser fue burlar la arbitraria proscripción de su jefe por
parte de miliares ensoberbecidos. Los argentinos habían votado por
él pensando en Perón. Nadie puede gobernar con poder prestado. Él
tampoco quería hacerlo. Menos aun cuando los “sobrinos” apresura-
dos y amigos de los fierros le ponían el cuchillo en el estómago para
obligarlo a hacer la revolución en 24 horas. Una revolución ideológica-
mente dogmática, con objetivos clasistas que chocaban con la con-
cepción de comunidad organizada que había profesado siempre su
El último gobierno peronista - 21

jefe. Y, por si faltaba algo, una revolución buscada con la punta del fusil
y no con la voluntad popular expresada en las urnas. Entre el tiempo y
la sangre, Perón había elegido el tiempo. Los dirigentes montoneros,
la sangre. Cámpora estaba en el medio. De un lado tenía a quien lo
eligió como su candidato y puso los votos para que fuera presidente.
Del otro, a los “sobrinos” que, armas en mano, lo apretaban para que
encabezara “su” revolución
Sabía que ese entuerto iba a explotar pronto. Sólo podía arreglarlo
Perón. Renunció antes de que explotara en sus manos.
Además, debía blanquear una situación absurda para el país y ya
insoportable para él.
Los dirigentes montoneros y sus aliados no le daban respiro.
Ejemplos sobran y los relataré en detalle en el capítulo correspondi-
ente. Lo real es que la renuncia de Cámpora tuvo un motivo central,
aunque no único: el acoso a que lo sometieron los montoneros y los
otros grupos armados, para obligarlo a seguir los planes guerrilleros, y
no los de Perón que habían sido votados en marzo de ese año por la
mayoría del pueblo argentino. Es cierto, y Cámpora lo reconocía, que
las “organizaciones armadas” habían sido parte activa en el desgaste
de los militares para obligarlos a dar elecciones y dejar el poder. Perón
y la inmensa mayoría de los argentinos también lo reconocían. Pero
el pueblo había votado claramente a favor de la conducción del viejo
general y de su proyecto de gobierno. Había que respetar el doble
mandato popular. Cámpora lo respetó. Montoneros, no.
En la misma noche del 25 de mayo de 1973, la conducción de Mon-
toneros y afines lo notificaron a Cámpora que debía obedecer a la
boca del fusil (el de ellos, por supuesto) y no a las urnas: le tomaron
por asalto la cárcel de Devoto y liberaron a los presos políticos y a
otros no tan políticos… De nada sirvieron los esfuerzos desesperados
del “Tío” y de su ministro del Interior, Esteba Righi, por disuadir a sus
“sobrinos” de perpetrar tamaño desatino.
El presidente constitucional se vio obligado a dictar un decreto de
emergencia (“de necesidad y urgencia”, diríamos hoy) para disimular
la “travesura” de los montoneros y afines que era, en realidad, un he-
cho delictivo, y grave.
Al día siguiente, el Parlamento Nacional debió aprobar por unanimi-
dad una ley, con la misma urgencia, para disfrazar de legalidad el
22 -

atropello de Montoneros y asociados.


La renuncia de Cámpora comenzó a ser previsible. Sus propios “so-
brinos” le desobedecían y desestabilizaban su gobierno antes de que
“el Tío” lo estrenara.
Luego, y sin solución de continuidad, los mismos montoneros or-
ganizaron el jolgorio de las tomas de fábricas, oficinas y empresas,
privadas y estatales. Cámpora debió pedir auxilio a Perón, que estaba
nuevamente en Madrid. De España llegó la ayuda pedida, pero le
jolgorio continuó.
La suerte de Cámpora estaba echada. Nadie podía soportar ese clima
de asamblea estudiantil permanente que intentaban imponer los mon-
toneros y sus aliados. Creo que, en esos momentos, fue cuando el
entonces presidente constitucional comprendió que su renuncia era
la única salida para la Argentina y para él. Algo de eso dejó traslucir
en la charla que mantuvimos a solas dos días después de renunciar.
La masacre de Ezeiza de junio de 1973 fue la guinda de esa macabra
torta. Una guinda que colocaron, en mutua colaboración, los fierreros
que aprietan el gatillo con la mano izquierda y los que prefieren hac-
erlo con la mano derecha.

Cámpora no sería de La Cámpora


Los sobrinos querían probarse el traje del tío mucho antes de que éste
muriera, sin darse cuenta de que ese traje no era del tío a quien aco-
saban. Querían el poder. Todo el poder. Y de inmediato, como exigen
siempre los adolescentes.
A la vista de aquellos hechos históricos, suena a ironía que, hoy, los
descendientes políticos (y muchas veces biológicos) de aquellos so-
brinos hayan bautizado a su grupo como “La Cámpora”. Con toda
seguridad, Cámpora no sería hoy de “La Cámpora”.
Lo irrebatible es que “el Tío” mantuvo su lealtad a Perón hasta el final.
Aceptó en silencio la Embajada en México, que Perón le encomendó
para librarlo de sus adversarios internos, cuya ferocidad el General
conocía. Y en silencio permaneció en su destino diplomático.
Se le puede reprochar, sí, que haya regresado apresuradamente al
país apenas supo que el estado de salud del presidente era terminal.
Pero ése no fue un acto de deslealtad sino de desconsideración hacia
su moribundo jefe y mentor. Se apresuró a ubicarse en el campo de
El último gobierno peronista - 23

batalla por la sucesión cuando en Olivos aún latía la vida. Tuvo con
Perón el mismo apresuramiento que los montoneros habían tenido
con él, pero “el Tío” lo hizo sin faltar a la lealtad, al menos sin hacerlo
abiertamente.
También es falso que López Rega le haya pedido la renuncia a Cám-
pora por indicación de Perón, como se ha difundido posteriormente. Al
“Tío” no le pidió la renuncia nadie. Me consta personalmente.
Y, finalmente, Cámpora no renunció por las manifestaciones públicas
que surgieron, preparadas con poco disimulo y menos profesionalidad
por sus adversarios internos. Cuando esas manifestaciones tuvieron
lugar alrededor de la casa de Perón en la calle Gaspar Campos, “el
Tío” ya le había presentado la renuncia verbal al General, y éste se
la había aceptado con un silencio que el renunciante supo interpretar
correctamente porque conocía el paño.

El proyecto del entorno de Cámpora


Otro hecho desconocido casi totalmente y que, sin embargo, es rev-
elador del verdadero papel que quiso jugar y efectivamente jugó Cám-
pora en esos años de plomo, es su rechazo terminante del proyecto
que le ofrecía con insistencia su círculo familiar y sus amigos más
cercanos. Dada la importancia de este punto lo trataré detalladamente
más adelante. Ahora me limitaré a enunciarlo.
Dicho círculo doméstico estaba formado por su hijo Pedro, el amigo
íntimo de éste, Esteban Righi, su sobrino Mario Cámpora y, en alguna
medida, Juan Manuel Abal Medina, por un lado, y Miguel Bonasso,
por el otro lado.
El cerebro del grupo era, sin duda alguna, Mario Cámpora. Su for-
mación diplomática y política, y su lucidez intelectual le permitieron
ser desde el principio el asesor de mayor confianza del “Tío” y de su
entorno próximo.
El disparatado proyecto de tal grupo familiar era, según el relato del
propio Bonasso, que Cámpora se abriera de Perón y aprovechara
el poder de la presidencia de la Nación para proclamarse jefe de un
nuevo movimiento popular en el que Montoneros sería la “columna
vertebral”, pero no su conductor. La conducción, obviamente, se re-
servaba para el propio Cámpora. Como bandera para atraer a las
clases medias recientemente “peronizadas”, el proyecto se presen-
24 -

taría bajo el eslogan de “un peronismo democrático”.


El proyecto fracasó antes de nacer porque Cámpora lo rechazó con
cierto desdén: su lealtad a Perón no le permitía perpetrar lo que para
él era una verdadera traición, les respondió a sus familiares y amigos,
autores de tan alucinada propuesta.
De esa forma, Cámpora se constituyó en uno de los pocos políticos
que no traicionó a su propio padrino y mentor. Y ello fue siempre un
mérito apreciable. En la Argentina actual es una rareza.
Fue más leal que su entorno, y también más cuerdo. Efectivamente, a
la luz de lo que ocurrió poco después, el odontólogo de San Andrés de
Giles demostró ser más cuerdo y sensato que los intelectuales de su
entorno. Si Montoneros llegó a matar a José Rucci para condicionar o
doblegar a Perón, nadie puede suponer siquiera hasta dónde habrían
llegado con Cámpora para ponerlo al servicio de su revolución. Y aún
queda por resolver cómo pensaban vencer a Perón en su momento
de mayor poder político.
Suena a fantasía de laboratorio.
Al parecer, la fórmula ideada por el General era correcta: Cámpo-
ra presidente de la Argentina, Perón promotor de un movimiento
latinoamericano de liberación. La frustró el apresuramiento y el opor-
tunismo de los jóvenes fierreros, fundamentalmente. Un apresurami-
ento que sus actuales hijos políticos y biológicos no deben cometer
tratando de quedarse con el santo y la limosna apenas llegados a la
Iglesia.
El apresuramiento y el oportunismo. En los años ’70, esas enferme-
dades de la política nacional iniciaron la tragedia y abrieron las puer-
tas del Infierno.

Contra el comunismo todo vale


Lo peor de todo es que los demonios aprovecharon que estaban las
puertas del Infierno abiertas y decidieron dar un paseo por la Argen-
tina.
Desde hacía tiempo, en Washington, los estrategas del Departamento
de Estado y del Pentágono habían decidido la forma de contrarre-
star el peligroso (para sus intereses comerciales y militares) avance
del romanticismo “cubano-argelino-marxista-cristiano-peronista” en
América latina en general y en la Argentina en particular. El elegido
El último gobierno peronista - 25

fue un método muy digno del Infierno y de Washington, y que antes


(y también después) habían usado a discreción: matar a todos los
románticos de ese tipo y, para estar seguros, a todos los románticos
en general, sin distinción alguna. Lo hicieron en Chile, Uruguay y la
Argentina. Luego lo harían en Afganistán, Irak, Libia, Líbano, Siria…
Tan drástica estrategia político-militar fue adoptada por EE. UU. En
la década de 1950, durante las presidencias de Dwight Eisenhower y
John Fitzgerald Kennedy, “halcón” uno y “paloma” el otro: dos caras
de la misma moneda. Se la conoció con el engañoso nombre de doc-
trina de la guerra revolucionaria y contrarrevolucionaria. La primera
correspondía a la que EE. UU. le endilgaba al “eje del mal”, que en
ese tiempo era el comunismo soviético. Antes habían sido los ale-
manes y los japoneses, y posteriormente serían los árabes. Quizás
algún día sean los habitantes de la Triple Frontera… o de la Patagonia
a ambos lados de la cordillera de Los Andes. La guerra contrarrevolu-
cionaria era, en cambio, la que encaraba el “eje del bien”, represen-
tado por EE.UU. desde su fundación en 1776, y Gran Bretaña (la dos
potencias anglosajonas), y más recientemente por Israel, los tres…
por mandato expreso de un dios de bolsillo creado al efecto por ellos
mismos.
Dicha doctrina fue difundida y apoyada con toda energía por la gran
prensa del mundo entero, incluida la Argentina, claro está. También
fue enseñada y promovida “manu militari” desde la Escuela Militar de
las Américas, perteneciente al Comando Sur del Ejército Norteameri-
cano, cuya sede estaba en la llamada “Franja del Canal de Panamá”
(una de las tantas zonas del mundo invadidas por EEUU, en este caso
en perjuicio de un pequeño país centroamericano).
Y bien, desde que se fundó esa Escuela y hasta que asumió el nuevo
gobierno (25-05-73), entre 1.200 y 1.400 (según los distintos autores)
oficiales superiores de las Fuerzas Armadas argentinas habían sido
becados por el Tío Sam para asistir a ella. Obviamente, el tema cen-
tral de estudio y adiestramiento era la lucha contrarrevolucionaria,
que en última instancia consistía en matar a los comunistas, a los
seudocomunistas, a los criptocomunistas, a los amigos, parientes y
conocidos de los comunistas y a quienes figuraran en la agenda de un
comunista. Y a los peronistas más “peligrosos”, también.
Para nuestra dirigencia autista, la prioridad no era desarrollar nuestro
26 -

país, recuperar la justicia social y los resortes de la soberanía na-


cional y de nuestra economía, o promover la cultura nacional, sino
ayudar a EEUU en su heroica lucha contra la URSS por la conquista
de… los mercados.

Cada golpe tuvo su marca en el orillo


Los 1.200 a 1.400 oficiales superiores programados de esa forma
fueron los principales autores del golpe de 1962 contra Frondizi. En
esa oportunidad, tuvo su primera destacada actuación como ideólogo
de golpes militares Mariano Grondona. Lo hizo de la mano de otro
golpista por vocación: el cordobés Rodolfo Martínez (h). Martínez
fue ministro del Interior de José María Guido, el presidente puesto y
manejado por los militares para reemplazar a Frondizi.
Grondona fue subsecretario de esa misma cartera.
Juntos, y acompañados entusiastamente por Jacobo Timerman, cum-
plieron idénticas funciones en el derrocamiento del presidente Arturo
Illia en 1966. Grondona fue nuevamente subsecretario del Interior.
Fue también el autor del famoso Comunicado 150, ayudado siempre
por el inefable Jacobo Timerman. En 1976, la misma dupla de Gron-
dona y Timerman (secundado eficazmente por su hijo Héctor Timer-
man) prestó sus servicios en la preparación y apoyo del golpe fatal del
24 de marzo que derrocó a la presidente constitucional Isabel Perón.
Los civiles (policías, “voluntarios” de la Tripe A y otros grupos) sos-
tenían idéntica ideología a favor de la estrategia norteamericana de
la guerra revolucionaria y contrarrevolucionaria, pero desde el otro
costado: el “trapo rojo” debía ser eliminado como única y excluyente
prioridad.

¡Bienvenida la democracia!
De modo que, al asumir el gobierno constitucional (25-05-73) de Héc-
tor Cámpora y Vicente Solano Lima, en nuestro país velaban armas
(mejor dicho, las usaban) tanto los ex jóvenes idealistas (ahora terror-
istas subversivos, pues ya había surgido un gobierno constitucional)
como los demonios obedientes a Washington. El gobierno constitu-
cional corría el riesgo de ser el jamón del sándwich, y de hecho lo fue
a partir de la muerte de Perón el 1º de julio de 1974.
No todos querían la democracia y el gobierno constitucional, tal como
El último gobierno peronista - 27

lo deseaba y lo expresó el pueblo argentino en aquel mes de marzo


de 1973. Para los grupos armados, de “derecha” y de “izquierda”, era
sólo una etapa para la conquista del poder total. El gobierno quedaba
en manos de Perón realmente, y de Cámpora formalmente. Pero el
General tenía poca vida y la herencia parecía cercana. Tirios y troya-
nos no quisieron dejar las armas porque a esa herencia había que
conquistarla a punta de balazos. Firmenich, el más locuaz y brutal-
mente sincero de ellos, lo diría sin rodeos unos meses después:
“El poder político nace de la boca del fusil”.
La otra convicción de “bolches” y “fachos” era que Perón volvía muy
viejo y su carácter se había debilitado, de modo que el General haría
lo que las barras que rodeaban los palcos le reclamaran. Movidos
por esa ingenua creencia, ambos adoradores de la violencia se ma-
taron como moscas por ver quién rodeaba el palco de Perón y quién
imponía su consigna para “indicarle” al General el camino a tomar.
El hito trágico de esa estupidez y de esa “violencia-dependencia” lo
sufrimos en Ezeiza el 20-06-1973: “bolches” y “fachos” se mataron
deportivamente para recibir (y rodear) “adecuadamente” a Perón.
Hubo otro sector que directamente no festejó el regreso de la de-
mocracia y la Constitución: el antiperonismo rabioso, popularmente
llamado gorilismo, de algunos militares y varios civiles. Ellos sólo se
replegaron a la espera del desquite. Como acertadamente expresó
el diario La Nación en una editorial de esa época, refiriéndose a las
FF.AA.,
“El león vuelve a la cueva a lamer sus heridas”.
La mayoría del pueblo supo pronto que sería el jamón del sándwich
de la lucha feroz entre “bolches” y “fachos” que, a partir del 24-03-76,
se transformaría en el infierno del terrorismo de Estado.
De todos modos, y a pesar de esos grupos de inadaptados, la inmen-
sa mayoría de los argentinos dijo:
¡Bienvenida la Democracia!
El último gobierno peronista - 29

Capítulo II

La diosa violencia

Jamás imaginé que, salvo para escribir un libro de historia de natu-


raleza académica, algún día necesitaría desempolvar y consultar mi
abultado archivo sobre los años de plomo que van de 1973 a 1976.
De esa época fui, no sólo testigo, sino también protagonista. Me tocó
en suerte ser diputado nacional y estrecho colaborador de sus tres
presidentes: Cámpora, Perón e Isabel. Y luego debí asumir la defensa
jurídica de la señora del General, única sobreviviente de esa tríada de
víctimas del terrorismo de “izquierda” y de “derecha”.
Los tres fueron presidentes constitucionales legítimamente plebisci-
tados por el pueblo argentino el 11-03-73 y el 23-09-73 respectiva-
mente, y los tres debieron soportar el brutal y permanente asedio e
intento de desestabilización por parte del terrorismo de “izquierda” y
de “derecha”, que usaban distintos pretextos pero perseguían idéntico
objetivo: derrocar al gobierno constitucional para enfrentarse a cara
de perro y en forma directa, con los fierros en la mano, sin terceros
“molestos”, e imponer por la violencia su muy particular ideología... o
sus intereses inconfesables.
Los de la “izquierda” juraban que usaban las armas contra Perón e Is-
abel para defender al pueblo, pero se olvidaban de que ese gobierno
había sido recientemente elegido por el 63% de los votos populares.
Los de la “derecha” proclamaban que lo hacían para salvar al pueblo
de la tiranía del “trapo rojo”, pero ocultaban que en el gobierno no
estaban los “rojos”, sino los auténticos y legítimos representantes de
ese mismo pueblo.
Los de la “izquierda” atacaban a balazos a sus oponentes, y creaban
así el clima de terror que necesitaban los de la “derecha” para justifi-
car tramposamente el golpe que ya preparaban en las sombras (luego
lo harían a la luz del día y con todo desparpajo).
Los “compañeros de ruta” de la “izquierda”, que actuaban en la super-
ficie, algunos como senadores nacionales y muchos como diputados
nacionales (los 34 del llamado “Grupo de Trabajo”) boicoteaban al
30 -

gobierno constitucional y (los “34”) le negaban a la Cámara el quórum


indispensable para funcionar, creando así la sensación de que había
“vacío de poder”… Justo lo que necesitaban los de la “derecha” para
dar su golpe del 24-03-76.
Y los de “derecha” echaban leña al fuego a través de la Triple A, cuya
conducción era visiblemente militar (con “apoyo” de policías federales
a su mando y algunos civiles desorbitados, que siempre los hay en
esas locuras, más el paraguas político de López Rega).
Cuando los de “derecha” produjeron su cuartelazo, cargaron todas
las culpas sobre el gobierno constitucional para justificar la matanza
vengativa de los de “izquierda”, y de miles de peronistas y de otros ar-
gentinos que nada tenían que ver en esa pelea feroz entre dos grupos
terroristas. Por eso mantuvieron en prisión prepotente (farisaicamente
disfrazada de sentencia judicial) a la ex presidente Isabel.

Subversión y “subversión”
Es necesario insistir sobre la distinción entre el accionar de grupos ar-
mados que luchan por restituir el imperio de la Constitución frente a un
gobierno usurpador del poder, de facto o militar, es decir subversivo,
que subyuga al pueblo, y la guerrilla subversiva, que esos mismos
grupos u otros ejercen contra un gobierno constitucional legítimam-
ente elegido por el pueblo.
En el primer caso, y salvo acciones aberrantes (reitero, asesinato in-
tencionado de civiles inocentes, colocación de bombas para matar
indiscriminadamente, sevicia o crueldad extrema, etc.), la acción ar-
mada contra los dictadores golpistas es justa y legítima, porque en
esos casos los verdaderos subversivos o usurpadores son los gob-
ernantes. Tal fue la situación de quienes lucharon con las armas (y
sin caer en esos extremos aberrantes mencionados) durante los tres
períodos tiránicos habidos desde el 16 de setiembre de 1955 hasta
hoy: la llamada Revolución “Libertadora” (¡justamente!) de 1955 á
1958, la Revolución “Argentina” (¡otra ironía!) de 1966 á 1973, y el
Proceso de Reconstrucción (que terminó de destruirnos) de 1976 á
1983. Al respecto, y para quienes se interesen por el fondo moral y
filosófico del tema y no caigan en el sectarismo de negarse a leer a
determinados pensadores sólo por ser “viejos” o “dogmáticos”, Santo
Tomás de Aquino lo tiene amplia y exhaustivamente estudiado.
El último gobierno peronista - 31

Pero, bajo gobiernos constitucionales como fueron los de Cámpora,


Perón e Isabel, nada justifica la violencia armada ejercida por los par-
ticulares, sean de “derecha” o de “izquierda”. Insisto, ambas violen-
cias, la de “izquierda” y la de “derecha” son, en esas circunstancias,
vulgares y crueles actos de terrorismo, que deben ser combatidos con
la ley en la mano y con toda decisión y rigor. El gobernante que no
procediera de esa forma, estaría incurriendo al menos en el delito de
incumplimiento de sus deberes de funcionario público.
El accionar de esas bandas terroristas está sancionado muy severa-
mente por la Constitución Nacional (art. 22: “Toda fuerza armada o re-
unión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione
a nombre de éste, comete el delito de sedición”) y por el Código Penal
(el art. 226 pena con hasta 25 años de prisión el delito de rebelión,
que se agrava cuando es cometido por personal militar).
Convengamos, pues, en que Perón e Isabel, no sólo podían combatir
legalmente la subversión durante su gobierno, sino que tenían la obli-
gación legal de hacerlo, y de hacerlo con eficacia.

Radiografía de la subversión
Durante nuestro gobierno (25-05-73 a 24-03-76) actuaron varias gru-
pos armados que, recordemos, por ser el nuestro un gobierno con-
stitucional, sólo merecen el calificativo de bandas subversivas terror-
istas. Las cuatro principales fueron:
1. Montoneros, que desde septiembre de 1973 agrupó a los primi-
genios “montos” y a las Fuerzas Armadas Revolucionarias-FAR. Al
unificarse estos dos grupos, en setiembre de 1973, adoptaron una
conducción conjunta: Mario Firmenich y Roberto Perdía (monton-
eros “históricos”) y Roberto Quieto (por las FAR).
2. Fuerzas Armadas Peronistas-FAP, uno de los primeros grupos
realmente peronistas que realizaron acciones armadas contra la
dictadura militar en la década de 1960. En ellas militaron los leg-
endarios y respetados Envar El Kadre y Gustavo Rearte. Luego
se unirían con el grupo Peronismo de Base, y ambos recibirían el
apoyo intelectual de los Dres. Eduardo Luis Duhalde (secretario
de Derechos Humanos de la Nación desde 2003 hasta su muerte)
y Rodolfo Ortega Peña, diputado nacional brutalmente asesinado
por la Triple A en julio de 1974. Duhalde y Ortega Peña, desde
32 -

el principio, se mostraron contrarios al peronismo y abogaron por


una “alternativa independiente” del Partido Justicialista, en base a
un planteo de neto corte marxista-leninista, el llamado “foquismo”:
un grupo político, auto constituido en “vanguardia iluminada”, con-
duce al pueblo hacia una revolución… sin pueblo y aun a pesar
del pueblo.
3. Ejército Revolucionario del Pueblo-ERP, otra vanguardia ilumi-
nada, esta vez de orientación trotskista, comandado por Roberto
Santucho que murió en un enfrentamiento con la dictadura militar
con posterioridad al 24-03-76.
4. La llamada Triple A, cuyos jefes y principales responsables eran
visiblemente oficiales de las Fuerzas Armadas, como veremos, y
que contaban en sus filas como “soldados” a algunos oficiales de
la Policía Federal y también a un puñado de civiles. La Triple A,
según todos los indicios, gozó de la cobertura política de López
Rega hasta julio de 1975. Luego continuó su tarea terrorista (con
ese mismo nombre o con el de Comando Libertadores de Améri-
ca) sin cobertura política y, al parecer, bajo el mando directo del ya
comandante general del Ejército, Gral. Jorge Rafael Videla, según
la prueba irrefutable y definitoria del caso “teniente Segura”, que
veremos más adelante.
Con el tiempo se sumó una quinta banda, la de las FF.AA. que, luego
de traicionar su sagrado deber de defender a la Nación, a su pueblo
y a su Constitución, y perpetrar el golpe de Estado del 24-03-76, cay-
eron en el peor de los terrorismos, el terrorismo de Estado (el ver-
dadero demonio). Al analizar la conducta de esta quinta banda ter-
rorista, vuelve a nuestra mente la advertencia del diario La Nación,
apenas Cámpora asumió la presidencia en 1973:
“La Fuerzas Armadas son hoy un león que vuelve a la cueva a
lamer sus heridas”.
Debimos prestarle más atención a esa editorial, porque en aquella
época y en cuestiones de cuartelazos contra gobiernos peronistas,
el diario La Nación siempre tenía información directa y privilegiada…
como sólo la tiene la tropa propia.
El último gobierno peronista - 33

DOS PROYECTOS EN PUGNA

1.- El Perón de siempre


Digamos, como introducción a este punto, que Perón regresó a su
patria en 1972 con un proyecto muy claro y manifiesto, que yo tuve
el raro y casual privilegio de conocer el 29 de noviembre de 1972,
cuando asistí a una entrevista privada con el General en su casa de la
calle Gaspar Campos, en Vicente López.
Fue mi primer encuentro personal con Perón. Estaba previsto que la
reunión durara 30 minutos, pero se alargó inesperadamente a una
hora y cuarto. El General estaba entusiasmado. Aprovechó para ex-
playarse sobre su visión de la realidad nacional e internacional y ad-
elantó muchos detalles de su proyecto político “renovado”. En esa
época mi relación con Miguel Bonasso era amigable y muy cercana,
de modo que, al día siguiente, éste me pidió que le relatara con todos
los pormenores del caso lo que habíamos conversado con Perón. Su
diario, La Opinión, de Jacobo Timerman (aquél que, junto con Mariano
Grondona, ayudó a derrocar a Illia y a entronizar al dictador Onganía,
y luego fogoneara como ninguno el golpe del 24 de marzo de 1976),
estaba interesado en difundirlo. Hicimos el reportaje, salió publicado
el 03-12-72 con bastantes detalles y extensión (le dieron la contratapa
íntegra).
De ahí en más, ni Bonasso, ni nadie someramente informado en la
Argentina puede aducir que ignoraba el pensamiento del General al
momento de regresar al país. Estaba todo dicho, escrito y publicado.
Se lo había relatado yo a Bonasso en forma personal y fidedigna. Lo
publicó Jacobo Timerman.
Dijo Perón, relaté yo y publicaron Bonasso y Timerman en La Opinión
de esa fecha:
“(Perón) nos hizo evidente su propósito de conformar un gran frente
popular, que él denomina de Unión Nacional.
Su exposición (la de Perón) tuvo como objetivo central convencer-
nos acerca de la necesidad de unir a las fuerzas populares en un
vasto frente. ‘Es una pena, agregó, que el radicalismo –por su mo-
dalidad partidaria—no pueda estar en esto. Pero me alegra que, al
34 -

menos, hayamos logrado coincidir en el mutuo respeto que existirá


entre ellos y nosotros, cualquiera sea el que llegue a gobernar’.
’El peronismo debe concurrir a elecciones aún cuando no levanten
la cláusula proscriptiva (de él mismo), porque nuestra arma es el
voto’.
Perón hizo hincapié en lo que él considera dos peligros graves, que
además se presentan juntos: el militarismo y el imperialismo. Dijo
entonces que la única forma de lucha contra ese peligro consistía
en la unidad de las fuerzas civiles… y expresó que en la Argen-
tina, en más de una oportunidad, había existido una fusión de los
intereses imperialistas con algunos sectores militares. (…) Puso el
acento en la gravitación que tenía para nosotros el imperialismo
yanqui.
Destacó que el peligro de una influencia imperialista de Europa era
menor, al estar dicho continente flanqueado por Rusia.
Y ejemplificó: ‘¿Cómo va a poder ejecutar Alemania una política im-
perialista si tiene 25 divisiones rusas en la frontera?’ (Luego) relató
sus conversaciones con grandes grupos industriales europeos.
Respecto al ingreso de capitales extranjeros, Perón precisó que de-
bían fijarse dos condiciones para asegurar la capacidad de decisión
del país y su beneficio social y económico:
1º) Que dichos capitales conformen sociedades mixtas con el Es-
tado argentino, donde éste tenga la mayoría neta de los votos.
2º) Que esos aportes desarrollen todo el proceso productivo en el
país incorporando nueva tecnología.
En forma especial y reiterada Perón destacó que todas estas posi-
bilidades debían encararse en función de una América latina in-
tegrada, como esencial reaseguro contra el imperialismo.
Aunque no mencionó al socialismo nacional, señaló en forma in-
equívoca que asistíamos al fin de un sistema social y económico
y que el advenimiento de uno nuevo llegaría en forma irreversible,
por lo que se debía marchar hacia él en paz o, de lo contrario, se
impondría por la guerra”.
El último gobierno peronista - 35

Hasta los más despistados supieron, pues, a partir de ese reportaje


publicado por La Opinión, lo que pensaba Perón y lo que se proponía
hacer en la Argentina. No había sorpresa posible.

2.- Los pícaros de siempre


Los comentarios huelgan. Para comprender que nadie se engañaba
en aquel tiempo y que había dos proyectos distintos (o tres: uno de
la “izquierda”, otro de la “derecha” y otro de Perón), sólo hace falta
comparar esa clarísima exposición del viejo león, efectuada insisto
el 29 de noviembre de 1972, con el lenguaje y las propuestas que
emitían simultáneamente los fusiles de los “revolucionarios” y las de
los “contra-revolucionarios”. Sobre todo, conviene compararla con la
prédica y la acción de ambos grupos después del triunfo del FREJULI
en marzo de 1973, que llevó al gobierno a los legítimos represent-
antes del pueblo argentino. Las metralletas no apuntaron entonces
a los militares que habían subvertido el orden constitucional en 1955
y en 1966, y usurpaban el gobierno hasta ese año clave, sino que
actuaron contra quienes habían ganado en buena ley los comicios, y
se aprestaban a poner en práctica los conceptos escuchados en esa
entrevista clave de fines de noviembre de 1972 y publicados por Bo-
nasso y Timerman en La Opinión.
Perón no los traicionó. Fueron ellos los que falsa y maliciosamente se
dieron por traicionados, para tratar de justificar su propia e ingenua
maniobra de copamiento desde adentro. La maniobra fue desbarat-
ada por el viejo General con un solo discurso, el que pronunció en
forma casi solemne el 21 de junio de 1973, luego de la barbarie de
Ezeiza del día anterior. Ahí comenzó la guerra desembozada de la
conducción montonera contra “su” conductor. Ya lo veremos.

El proyecto de la “izquierda”
Frente a ese proyecto tan claro de tipo nacional y popular, los
grupos subversivos de “izquierda” (todos) respondieron con una
contrapropuesta conceptual y metodológicamente distinta, basada en
tres principios fundamentales e incompatibles con el pensamiento de
Perón:
 Dos de ellos fueron de neta raigambre marxista: su filosofía de la
historia, o si se prefiere su método de análisis de la historia, basa-
36 -

do en el dogma del materialismo histórico dialéctico y en la lucha


de clases, y su opción sistemática por la violencia como “partera
de la historia”. Esos postulados de raíz marxista se notaron desde
el principio y con mayor claridad en el caso del Ejército Revolu-
cionario del Pueblo-ERP (trotskista), mientras que Montoneros
nació en buena medida “católica y nacionalista”, y con el tiempo
fue virando hacia posiciones ideológicas marxistas, hasta llegar a
su clímax al unirse con las Fuerzas Armadas Revolucionarias-FAR
en setiembre de 1973.
 El tercer postulado fue propio de Montoneros, y debemos atribuirlo
a la petulancia e ingenuidad de sus dirigentes, que entonces
eran imberbes. Según ese tercer postulado, el General debía
compartir la conducción del Movimiento con ellos…, porque a
Perón había que controlarlo…, y la herencia les correspondía a
ellos por derecho natural… Según reconoce el ex montonero José
Amorín (“Montoneros, la buena historia”, pág. 247) cayeron en ese
infantilismo porque Firmenich era “un tonto, un confundido, o un
despechado, tal vez las tres cosas a la vez”.
En buen romance: Firmenich quería ser Perón…
Para probar lo que afirmo, más adelante ofrezco una síntesis cronológi-
ca de los documentos de la época (25-05-73 a 23-03-76).

El proyecto de la “derecha”
Los comandos militares de la Triple A (subversión terrorista de “dere-
cha”), en cambio y como ya expresé, respondían sin excepción a la
interesada ideología o doctrina de la “seguridad nacional” (de EEUU,
¡claro está!) y de la guerra revolucionaria (la del comunismo) y la
contrarrevolucionaria (la del “eje del bien”… que, con otro nombre,
existe desde que los EE.UU. recibieron de su dios tribal el “destino
manifiesto” de luchar contra el “eje del mal”…). Casi sin excepción,
los altos mandos militares de esa época habían pasado por la Es-
cuela Militar de las Américas (Comando Sur del Ejército de EEUU)
con asiento en la zona invadida por los norteamericanos a la vera
del Canal de Panamá, y cuyo objetivo era transmitir a los militares
latinoamericanos la necesidad de la guerra contrarrevolucionaria con-
tra los soviéticos (competidores de EEUU y, por lo tanto, “enemigos
de la Humanidad”…).
El último gobierno peronista - 37

LA HORA DE LA VIOLENCIA

Quien desee profundizar sus conocimientos sobre la interminable lista


de víctimas de aquella violencia setentista, puede consultar varios tra-
bajos. Algunos de ellos figuran al final, en la Bibliografía. Yo me he
basado en los siguientes:
a. “El presidente que no fue”, de Miguel Bonasso, que fue directivo
(jefe de Prensa) de Montoneros; visceral antiperonista.
b. “La otra parte de la verdad”, de Nicolás Márquez, analista político
del diario “La Nueva Provincia”, de Bahía Blanca, y defensor de los
militares “procesistas”, es decir, del lado opuesto al de Bonasso,
pero también duro antiperonista. Los extremos…
c. “Documentos”, de Roberto Baschetti, quien no oculta su simpatía
por las “organizaciones subversivas”, pero cuyo prolijo y aséptico
trabajo de compilación historiográfica es de destacar y se torna
insoslayable a la hora de estudiar aquella época.
d. “Montoneros, la buena historia”, de José Amorín, un ex montonero
arrepentido; sincera y auténticamente montonero, y sincera y au-
ténticamente arrepentido de muchas cosas.
e. “Guardia de Hierro”, de Alejandro Tarruella, un periodista que, de
acuerdo con mi memoria, es la primera vez que incursiona en el
ensayo histórico-político.
f. “Montoneros, el mito de los 12 fundadores”, de Lucas Lanusse, un
joven historiador y abogado, que realizó este trabajo como tesis
para su licenciatura en Historia. Es sobrino nieto del ex presidente
de facto Alejandro Agustín Lanusse, pero su obra es bastante ob-
jetiva.
g. “De Taco Ralo a la alternativa independiente”, de Eduardo Luis
Duhalde, fundador de las revistas Militancia y De Frente, e ideólo-
go tardío de la conjunción FAP-Peronismo de Base. Duhalde, que
nunca aceptó abandonar las armas y la vía violenta para lograr
sus objetivos políticos, fue secretario de Derechos Humanos de la
Nación y otro ancestral antiperonista.
h. “Perón, la unidad nacional entre el conflicto y la reconstrucción”,
de Carlos Fernández Pardo y Leopoldo Frenkel, dos autores per-
38 -

onistas que, aun cuando fueron partícipes de muchos de los ac-


ontecimientos que relatan, se colocan como observadores e histo-
riadores imparciales de aquella época y han hecho un trabajo de
investigación muy objetivo.
i. “Fuimos soldados”, de Marcelo Larraquy, antiperonista de la nueva
camada, prohijado por la prensa “seria”, la políticamente correcta.
j. “El último Perón”, de Jorge Taiana, ex ministro de Educación de
Cámpora, luego embajador de Menem en varios países, y padre
de quien fuera el segundo canciller de Néstor Kirchner.
k. “Nadie fue”, de Juan Bautista Yofre, ex jefe de la SIDE, ex emba-
jador en varios países y ex asesor presidencial entre 1989 y 1998.
En total, nueve años ininterrumpidos al servicio de Menem. Vocero
oficioso de los militares “procesistas” y un antiperonista duro más
(aunque frívolo).

1.- ¿Hubo romance entre Perón y la guerrilla?


Mucho se ha debatido sobre la relación entre Perón y los grupos
guerrilleros anteriores a nuestro gobierno constitucional de 1973. Al
respecto hay algunos hechos que demuestran en forma segura que
Perón no era partidario de la acción armada, ni siquiera durante los
dieciocho años de dictadura y proscripción. Quizás el más claro de
esos hechos sea el que describe Tarruella, en su libro “Guardia de
Hierro”, y que relataré en detalle más adelante. En resumen, según
Tarruella, cuando los fundadores de “Guardia de Hierro”, Alejandro
Álvarez y Fabio Bellomo, fueron a Madrid en 1967 para que Perón los
conectara con algún país que pudiera entrenarlos como guerrilleros,
el General poco a poco los fue “ablandando” hasta darles el consejo
final: “¡Cómo van a ir a la guerrilla, muchachos, los van a matar!”
Pero, con toda seguridad, Perón habrá sabido distinguir entre la guer-
rilla indudablemente peronista de los primeros años de la década del
’60, a cuyo frente estaban compañeros de indudable trayectoria como
Gustavo Rearte, “Cacho” El Kadre y otros, y la guerrilla que sobrevino
con los montoneros y el ERP, ideológicamente más cercana a la ti-
linguería intrascendente del “mayo francés” (típica de las clases me-
dias y altas de países satisfechos) que a lo nacional y popular.
El ERP, reitero, nunca fue ni pretendió ser peronista. Menos aún proc-
lamaba su respeto a Perón. Al contrario, se declaraba virtualmente su
El último gobierno peronista - 39

enemigo, de modo que en eso no hay dudas: los “erpianos”, ni fueron


peronistas ni a Perón le gustaron nunca.
Con los montoneros, en cambio, la situación es menos nítida. Los
Montos le “dedicaban” a Perón cada una de sus “hazañas” (o haz-
añas), pero jamás le avisaban que la iban a realizar, y mucho menos
le pedían autorización para ello. De modo que cada atentado monton-
ero le era ofrecido a Perón como un presente griego o, para decirlo en
nuestra jerga, como un peludo de regalo.
En esas condiciones, un Perón exiliado a diez mil kilómetros de dis-
tancia, acosado por la dictadura, cercado por la CIA, denigrado por la
prensa nacional e internacional, sin recursos ni aliados seguros, con
una dirigencia proclive a “cortarse sola” cada vez que podía, muy ne-
cio debía ser para rechazar apoyos de cualquier lugar que le llegaren.
Así, el General agradecía la “ayuda” que le brindaban todos y cada
uno de los grupos que, sincera o interesadamente, decían apoyarlo.
Es conocida la anécdota que a mí me ha ratificado Isabel: un día lo
visitaron tres avispados dirigentes peronistas que acababan de “sacar
los pies del plato” con Onganía. Fracasado el intento de “peronismo
sin Perón”, estos aprovechados fueron a rendir pleitesía a Puerta de
Hierro para lavar su culpa, como si nada hubiera sucedido. Perón los
recibió muy atentamente, no hizo referencia alguna a la “agachada”
de los tres visitantes, y los despidió desde el hall de entrada de su
casona madrileña con una gran sonrisa. Mientras se alejaban, Isabel
le preguntó asombrada:
“¿No conocés, acaso, la bajeza que han cometido contra vos esos
tres?
Y Perón le respondió:
“Isabel, el barro para construir una casa se hace con tierra, paja,
agua y bosta”.
De modo que, entre los múltiples apoyos que empezó a recibir Perón
en los últimos años de exilio, hubo de todo, y todo lo aceptó el General
sin beneficio de inventario.
Estimo, sin temor a equivocarme, que Perón jamás alentó un atentado
guerrillero, y mucho menos que lo haya promovido. Pero los hechos
indican que, una vez producidos y habiéndoselos “dedicado” a él,
nunca los rechazó y hasta llegó a justificarlos. Insisto, le guste o no a
40 -

tirios y troyanos, eso indican los datos de la realidad respecto de los


atentados terroristas cometidos durante las dictaduras que, con sus
más y sus menos, asolaron nuestro país entre septiembre de 1955 y
mayo de 1973. Otro cantar totalmente distinto fue, para Perón como
para cualquier persona sensata, la acción guerrillera durante los go-
biernos constitucionales, porque en ese caso no hay cómo justificarla
ni moral ni legalmente.
Sobre esta cuestión, Perdía (pág. 130/135) aporta un par de docu-
mentos imperdibles: una carta de Montoneros a Perón (9 de febrero
de 1971) y la respuesta del General (20 del mismo mes). He aquí ese
diálogo epistolar plagado de sutilezas por parte de Perón:
Escribe la conducción montonera:
“… a nosotros no nos ofrece ninguna garantía ganar una elección”.
Responde Perón:
“Sobre la opción electoral, yo tampoco creo… Sin embargo, no se
puede despreciar esa oportunidad… que frente a la opinión pública
tiene también su importancia”.
Prosigue la carta de Montoneros:
“… Hemos visto la eficacia de nuestro método de lucha… (y) el de-
screimiento popular sobre el sindicalismo… el único camino posible
para que el pueblo tome el poder es la guerra revolucionaria…”
Contesta el General:
“Totalmente de acuerdo en cuanto afirman sobre la guerra revolu-
cionaria… (pero) la Guerra de Guerrillas no es un fin en sí misma
sino simplemente un medio… en lo posible (hay que) operar coor-
dinadamente… con las otras fuerzas que… realizan otra forma de
acción, también revolucionaria”.
Está claro que Perón, ante el hecho consumado de la guerrilla, no
la rechaza, pero trata de integrarla en una estrategia global, y hacer
comprender a los montoneros que ellos no eran la vanguardia, y mu-
cho menos los únicos. Visto está que Firmenich y su gente se hicieron
los distraídos y no supieron o no quisieron interpretarlo.

2.- La presentación en sociedad


La guerrilla y en especial los montoneros pasan a ser un factor político
El último gobierno peronista - 41

importante y, con el tiempo, de enorme gravitación, a partir del ases-


inato del general Aramburu en mayo de 1970.
Sea dicho de paso, siempre me había llamado la atención que Monton-
eros eligiera a Aramburu como su primer objetivo bélico, cuando ya se
sabía que éste había iniciado conversaciones con Perón en búsqueda
de una salida pacífica hacia la democracia y la Constitución. En ese
momento soportábamos la dictadura de Onganía que no quería saber
nada de salidas democráticas.
Con el tiempo y la aparición de documentación inatacable, mis sospe-
chas se han transformado en evidencias. He aquí algunas pruebas
de ello:
1. En los archivos del Ministerio del Interior, existen constancias de
22 ingresos de Firmenich a dicha repartición pública en los me-
ses anteriores al asesinato de Aramburu, mientras su titular era el
Gral. Francisco Imaz y Onganía ejercía la presidencia de facto de
la Nación.
2. En la revista PANORAMA semanal, del 22-4-1969, Aramburu ex-
presó su rechazo a la proscripción del peronismo y a la pretensión
de Onganía de eternizarse en el poder. Dijo Aramburu en esa oc-
asión:
Debemos hacer una democracia real sobre la base del respeto de
los derechos cívicos y sociales de todos los argentinos. Significa
claramente que una democracia estable exige terminar para siem-
pre con las proscripciones.
3. En un diálogo con la revista Esquiú del 31 de mayo de ese año,
Aramburu fue más explícito aún:
Aramburu: Hay que buscar una salida democrática que le devuelva
el gobierno al pueblo.
Periodista: ¿Sin exclusiones?
A.: Exacto.
P.: ¿Incluso los peronistas?
A.: También ellos deben participar.
P.: ¿Y si triunfan?
A.: Se les entrega el poder.
42 -

Hasta acá, la información que me ha transmitido en forma personal el


investigador de temas históricos Alberto Barriaga.
A su vez, Gabriel Levinas, en su documentado e implacable libro
sobre la vida de Horacio Verbitsky, titulado “Doble agente” (Editorial
Sudamericana, Buenos Aire, 2015), ofrece el siguiente testimonio de
Ernesto Jauretche, ex montonero y sobrino de Arturo Jauretche:
Nosotros no éramos foquistas, éramos insurreccionalistas, por lo
tanto, tuvimos relaciones con el poder en todos sus niveles: finan-
ciero, económico, en la oligarquía, el Ejército, la Aeronáutica, la Ar-
mada. (…)
Las relaciones en la época de Onganía con Bobby Roth (Rober-
to Roth, secretario de prensa de Onganía) eran fluidas. El Bobby
bajaba toda la información que se manejaba en el Servicio de In-
formación del Ejército de Onganía; más aún: se preparaban op-
eraciones conjuntas. Nosotros pusimos ciertas condiciones cuando
nos ofrecieron uniforme oficial, armas oficiales y conducción de un
oficial en actividad. (…)
La mayor parte de estas cosas salían de las relaciones que se es-
tablecían con la Inteligencia.
Por supuesto que había una relación entre el gobierno de Onganía
y las publicaciones “Confirmado” y “La Hipotenusa” (dos revistas en
la que escribía el montonero Horacio Verbitsky) pero no te olvides
que había una relación de Perón y Onganía.
Desde el golpe de junio del 66 hasta el Cordobazo, nuestras rela-
ciones con Onganía y sus funcionarios eran fluidas. Más aún, es
cierto que teníamos relaciones con el Ministro del Interior (Gral.
Francisco Imaz) en la casa de Diego Muñiz Barreto…Se dice que
el Gral. Imaz se reunía con Firmenich. No necesitaba reunirse con
Firmenich, a él le llegaba toda la información por otro lado (Página
412).
Finalmente, según el periodista Darío Gallo, de la revista “Noticias”,
el presidente del grupo de inversiones Exxel, señor Navarro, afirmó
hace un tiempo:
En aquel momento, yo fui a la Embajada americana (por norteam-
ericana) y les dije: “Señores, en vez de que ustedes me llamen
aquí a preguntarme qué pasó con el avión de United, qué pasó con
este contenedor, damos vuelta el caso y ustedes me dicen cómo
El último gobierno peronista - 43

se hace, con quién trabajamos en seguridad”. La persona que el-


los habían elegido en la Argentina para representarlos era el señor
Rodolfo Galimberti. Ésa es la historia, no fue una elección nues-
tra. Como no estamos en ese negocio dijimos: bueno, alguna cosa
habrá para que sea así, bienvenido sea, y ahí seguimos… con Gal-
imberti.
Pocas dudas quedan, pues, de que Montoneros fue una creación del
gobierno de Onganía, asociado con la CIA. Que luego arrastrara a
miles y miles de jóvenes peronistas, es otro cantar, y esos jóvenes
merecen nuestro respeto porque fueron a morir por un ideal. Equivo-
cados o no, ofrendaron su vida por algo en lo cual creían. No es el
caso de la conducción de Montoneros que conocía perfectamente la
identidad de sus principales “sponsor” y protectores.
Al margen de ello, los actos bélicos que nos interesan para conocer
los verdaderos objetivos que la guerrilla tenía contra Perón son los
cometidos desde 1972 en adelante.
Por otro lado, 1972 fue un año rico en acontecimientos y enseñanzas.
Conviene tomarlo como punto de partida de esta historia que, lamen-
table e increíblemente, aún no ha terminado.

3.- La lista macabra


Y bien, de acuerdo a las fuentes citadas más arriba (que en conjunto
son indubitables porque se controlan y compensan entre sí), entre
enero de 1972 y marzo de 1973, la muy particular defensa de la de-
mocracia y la Constitución se cobró la siguiente cuota de violencia y
sangre argentina (al margen de mucha más de gente anónima cuyos
nombres no consignan los relatos históricos):
Según afirma Nicolás Márquez:
- “El 6 de abril de 1972 se desarrolló en la provincia de Mendoza una
intensa actividad terrorista que se prolongó durante cuatro días. Se
produjeron múltiples desmanes, saqueos, con numerosos francoti-
radores incendiándose decenas de automóviles particulares. Esas
jornadas se conocieron luego como ‘El Mendozazo’”,
Mientras que para Bonasso,
“… una manifestación contra el aumento de tarifas eléctricas, com-
binada con la represión policial a una manifestación de maestras en
44 -

huelga, hizo saltar por los aires la ciudad de Mendoza… La Policía


fue desbordada, y el Ejército tuvo que salir a contener la marea…
Hubo tres muertos y centenares de heridos”.
Cada uno lo cuenta a su manera, pero los muertos y heridos que re-
lata Bonasso, así como su explicación de la génesis de la batahola y
la acción del Ejército cuando la Policía fue desbordada, fueron reales.
También lo fueron los desmanes, los saqueos, los numerosos fran-
cotiradores y el incendio de automóviles particulares que menciona
Márquez.
 En esos días, un “pelotón” de una de las “organizaciones sub-
versivas” asesinó al comandante principal de Gendarmería Pedro
Agarotti.
 El 10 de abril el ERP asesinó al señor Oberdan Salustro, presi-
dente de FIAT Argentina. Llama la atención que este asesinato se
haya perpetrado pocos días después de que Perón anunciara que
estaban muy avanzadas las conversaciones con Giovanni Agnelli,
presidente de la FIAT, para que la Argentina fuera la cabecera de
la producción de automóviles de esa marca para Latinoamérica
(dato suministrado por el citado investigador Alberto Barriaga).
 El mismo día, la conjunción ERP-FAR hizo otro tanto con el Gral.
Juan Carlos Sánchez, comandante del II Cuerpo de Ejército con
sede en Rosario. Ambos crímenes fueron cometidos con el confe-
sado objetivo de frustrar las conversaciones que dificultosamente
se habían entablado entre Perón y el gobierno militar (a través del
embajador en Madrid, Gral. Rojas Silveyra) para
“discutir a ‘alto nivel’ las cuestiones referidas a las acciones que
han de conducir a la institucionalización del país” (carta de Perón a
Cámpora, de marzo de 1972, citada por Bonasso).
Al parecer, para el ERP y las FAR, la defensa de la democracia y la
Constitución exigía que el país no se institucionalizara, seguramente
porque, según el jefe del ERP, Roberto Santucho, Perón venía a “sal-
var el capitalismo argentino”…
 En junio viajó a España Rodolfo Galimberti para entrevistarse con
Perón. Como para que no quedaran dudas sobre sus objetivos y
los de su “organización subversiva”, antes de tal entrevista, de-
claró:
El último gobierno peronista - 45

“… la juventud cumple con la necesidad de dotar al Comando Su-


perior de una herramienta de guerra para el enfrentamiento con la
dictadura militar… La estrategia es la guerra popular revolucion-
aria”.
Y agregó:
“Nosotros no sólo reivindicamos a los compañeros de las Organi-
zaciones Armadas porque son los que señalan el camino que no
tardará en recorrer el conjunto del pueblo, ni sólo por ser la ex-
presión más consecuente de las estrategias de la guerra revolu-
cionaria… sino que reivindicamos su concepción del Movimiento…
concibiendo al Movimiento como lo que es, como un ejército… En
un país dependiente no hay liberación y construcción del socialismo
sin guerra… Nos referimos a los compañeros de las organizaciones
Montoneros y Descamisados…”
No se trataba ya de una amenaza, como la anterior del Comando
Tecnológico, sino de una meta y una estrategia deseadas: la guerra.
 Dos días después, Galimberti insistió:
“… el retorno de Perón no se resuelve mediante el voto… la única
garantía posible es la constitución de un poder militar popular… Yo
diría que hay una conciencia clara en el grueso del peronismo de
construir un poder militar propio… el futuro Ejército Peronista”.
En ese momento, lejos estábamos de saber que Rodolfo Galimberti
era un provocador que trabajaba ya para la CIA norteamericana, como
he probado más arriba.
 En julio, la revista Primera Plana publicó un reportaje efectuado al
Frente de Agrupaciones Eva Perón de La Plata. La veneración por
la violencia subió de tono:
“La lucha armada es la forma principal de lucha, si bien no es la
única, y a ella deben ir supeditándose todas las demás, tendiendo
paulatinamente a que todos los enfrentamientos vayan adquiriendo
un carácter político-militar… Aquí se enfrentan dos políticas, una de
las cuales se sostiene mediante las armas y la otra –por lo tanto—
debe armarse para poder vencer. El instrumento estratégico para
llevar adelante la guerra es el ejército popular”.
 El 15 de agosto se produjo la espectacular fuga del penal de
Rawson de los principales responsables de las “organizaciones
46 -

subversivas” y, el 22 de ese mismo mes, 16 de ellos murieron


acribillados a balazos en sus propios celdas y otros quedaron
agonizando. Según Nicolás Márquez, los mataron porque “pre-
tendían fugarse”... sin armas, sin conocer el terreno, en medio de
la estepa patagónica y rodeados de un infernal dispositivo militar
que los custodiaba día y noche… siendo, como eran, avezados
guerrilleros que jamás habrían intentado tamaño disparate. Pero,
en defensa de la democracia y la Constitución (¡!), estaba permiti-
do hasta la perpetración de una carnicería humana como aquélla,
para luego bautizarla como “intento de fuga”.
 Inmediatamente Perón emitió un mensaje muy claro y sugestivo
dirigido formalmente a la juventud, pero cuyos destinatarios reales
eran los militares que usurpaban el gobierno (como aquella carta
paulina escrita a los romanos para que la leyeran los corintios):
“Yo no sé si es la insensatez o la ignorancia lo que enceguece a los
que usurpan el poder para no comprender a la juventud… Y es una
pena que sea necesario que una parte de ella comience a decirlo
a tiros, pero también es un aviso serio. Es curioso que, cuando
comienza a subrayarse con disparos y explosivos, coincidan con
la voz del Papa que dijo (en esos días)…: ‘Los jóvenes perciben la
esterilidad de una vida dedicada al consumo’’”.
Luego se preguntaba:
“¿qué está fallando en ellos para que la juventud se oponga violen-
tamente al sistema en que vive”?
Los que tenían los fierros, de ambos bandos, siguieron considerando
que la única garantía era el ejército propio y la guerra revolucionaria,
así como el único lugar disponible para la Constitución (es decir, para
la convivencia civilizada, sino solidaria) era el desván de los trastos
inservibles.
 El 23 de agosto explotó una bomba mortífera en el local de la
Gremial de Abogados, una asociación opositora al gobierno militar
que denunciaba las contradicciones oficiales.
 El 8 de noviembre, en un acto en preparación del regreso de
Perón, Rodolfo Galimberti, en nombre de Montoneros, aconsejó a
los estudiantes reunidos en la Facultad de Arquitectura:
“El que tenga piedras, que lleve piedras; el que tenga algo más,
El último gobierno peronista - 47

que lleve algo más” (de Bonasso), siempre, por supuesto, para de-
fender la democracia y la Constitución…
 Aduciendo tales palabras de Galimberti, el gobierno militar pro-
hibió que la gente pudiera acercarse al aeropuerto de Ezeiza a
saludar a Perón el día de su regreso, luego de 18 años de pro-
scripción y exilio… democráticos.
 El 16 de noviembre, Galimberti y sus muchachos visitaron a Perón
en Roma (punto desde el que partió luego hacia Buenos Aire), y le
propusieron que les diera 10.000 fusiles para defenderlo (a él y a
la democracia, etc.). Bonasso reconoce que “el viejo” le respondió
sarcásticamente:
“Les voy a dar 15.000 fusiles”...
Lo de darles una patada en donde estaba guardada la Constitución
seguramente fue pensado, pero no dicho en ese momento por el Gen-
eral. Iba de suyo.

4.- El retorno tan esperado


 El 17 de noviembre, llegó a Ezeiza el “tirano prófugo”. El recién
llegado quedó preso en el Hotel Internacional de Ezeiza por varias
horas, hasta que decidió jugar todo a suerte y verdad y salió de su
habitación como Pedro de su casa. Al borde del infarto, un comisa-
rio de la Policía Federal, que “cumplía órdenes de la superioridad”,
le suplicó al “ex prófugo”, mientras lo encañonaba con su pistola:
“¡No me obligue! ¡No me obligue!” El viejo no lo obligó, pero pocas
horas después, el comisario recibió orden de guardar su pistola.
La batalla se había ganado como en el póquer: el que mantuvo la
mirada fija, sin pestañar ni aflojar, obligó a ceder a su adversario
a pesar de que éste tenía todas las cartas bravas en la mano (o
creía tenerlas). Lanusse se fue al mazo. El “tirano ex prófugo” se
fue a su casa de Gaspar Campos.
 El 21 de noviembre de 1972 se produjo un hecho que quedó como
una mosca blanca entre tanta violencia y desencuentro: Balbín
y Perón se entrevistaron en la casa de Gaspar Campos. Atrás
quedaban muchos años de enemistad personal y política. Pero
las otras moscas (o casi todas) siguieron siendo negras.
 El 29 de ese mes, se produjo la ya relatada entrevista personal
48 -

mía con Perón, en la que el General dio una completa y clarísima


explicación del proyecto político que lo traía a la Argentina.

5.- Sigue la danza macabra


El regreso de Perón y su propuesta de futuro no conmovieron a los
cultores de la violencia:
 Ese mismo 29 de noviembre de 1972, el Gral. Alcides López Au-
franc, a la sazón jefe del Estado Mayor del Ejército, aclaró, para
que nadie tuviera dudas de que ellos “defendían” (¡!) la democra-
cia y la Constitución, que la cláusula del 25 de agosto no se modi-
ficaría, por lo que Perón no podría ser candidato a la Presidencia
de la Nación.
 El 14 de diciembre Perón partió nuevamente, esta vez hacia Para-
guay y otros países sudamericanos, para recalar varias semanas
después en España. Dejó “su opinión” sobre quiénes debían ser
los candidatos presidenciales y, buen conocedor de sus dirigen-
tes, salió de escena.
 El 15 de diciembre se reunió el Congreso Nacional del Partido
Justicialista y, simultáneamente, la Mesa Nacional del FREJULI
(Frente Justicialista de Liberación). El primero debía elegir el can-
didato a presidente. El segundo, su compañero de fórmula. En
el segundo hubo un largo debate, hasta que quedó consagrado
Vicente Solano Lima. En el primero fue proclamado Cámpora. De
esa forma, los candidatos consagrados por el Congreso fueron
Cámpora y Solano Lima.
 Comenzó la campaña electoral, pero la violencia no decreció pues
ambos bandos querían defender a balazos a la pobre Constitución.
 El 22 de enero de 1973, un comando de dudoso origen asesinó al
secretario general adjunto de la Unión Obrera Metalúrgica de Avel-
laneda, Julián Moreno, y a su chofer.
 Roberto Vidaña era un fuerte puntal de la organización Monton-
eros. Con él compartí varios meses de diputación nacional, desde
el 25 de mayo de 1973, en que asumimos, hasta enero de 1974,
en que, junto con otros 7 diputados montoneros, renunció a su
banca para enfrentar con las armas en las manos a Perón. Por
su serenidad y formación intelectual (había sido seminarista) este
joven cordobés cumplía el papel de numen ideológico de Monton-
El último gobierno peronista - 49

eros. Era un muchacho muy inteligente. Uno de esos casos ante


los cuales cualquiera habría sentido pena de que se expresara
a tiros, desperdiciando su materia gris. El 6 de febrero de 1973,
Vidaña declaró a la revista Primera Plana:
“(El triunfo en las elecciones) no supone otra cosa que la toma del
gobierno… no significa bajar las banderas de lucha… (sino) el de-
sarrollo creciente de las organizaciones armadas para la toma del
poder. En síntesis, el desarrollo completo de la guerra popular rev-
olucionaria. Desarrollo incluso en su más alto nivel, que es la lucha
armada… Todo esto alienta la formación del Ejército Montonero”…
Vidaña era, por lejos, el más inteligente de todos ellos, y por eso mis-
mo el más claro, el más frío y preciso al momento de explicar la es-
trategia guerrera. Realmente, una pena. Perón venía a traer la paz y
la unidad, ellos querían la guerra. Era su diosa pagana. Vidaña cayó
muerto en su ley pocos años después, sin saber que Perón había ac-
onsejado: “¡Cómo van a ir a la guerrilla, muchachos, los van a matar!”.
 El 13 de febrero, el FREJULI respondió a la Junta Militar con una
solicitada, en la que sugestivamente prendió luces de alarma y,
simultáneamente, tendió puentes:
“Cada vez que se produjo la alianza de pueblo y ejército, se logró
una victoria nacional… es ilusorio creer que podrá demorarse o des-
virtuarse el retorno a la soberanía popular. El intento proscriptivo no
puede sino resolverse en estallido social… El dilema surge nítido
para las Fuerzas Armadas: O aceptar su disociación de las grandes
mayorías populares… O retomar el camino de la alianza con el
pueblo… (El FREJULI) también puntualiza su negativa a aceptar
imposiciones dudosas de mandos circunstanciales de las Fuerzas
Armadas…El Frente Justicialista de Liberación es la única fuerza
que puede concluir con el drama de la violencia… porque aborda
de raíz las causas de la injusticia y de la rebeldía… Esa juventud
no está formada por seres ajenos,… sino por nuestros propios hi-
jos… Debemos comprenderlo y aceptar el desafío…El pueblo no
es el enemigo de las Fuerzas Armadas… El pueblo reclama que las
Fuerzas Armadas marchen a su lado”.
 El 20 de febrero, a tres semanas de los comicios, un comando del
ERP “ayudó” a la democracia y a la institucionalización del país
50 -

asaltando el Batallón 141 de Comunicaciones del Tercer Cuerpo


de Ejército (Córdoba). Los militares, para no ser menos, ese mis-
mo día allanaron la sede del Partido Justicialista cordobés. Con-
viene recordar que el ERP era una “organización subversiva” trot-
skista, enemiga declarada del peronismo y de Perón, por lo que
ese allanamiento fue un típico acto de venganza… en “defensa”
de la democracia y la Constitución, tal como se acostumbraba en
ese entonces… hasta hoy.
 El 24 de febrero, Montoneros puso su granito de arena:
“… sólo la lucha popular por todos los medios, en todos los frentes
y en todo momento y lugar, garantizará que no nos proscriban, que
nos entreguen el gobierno y que tomemos el poder… si las mayor-
ías no están organizadas, preparadas, armadas, van a ser irreme-
diablemente derrotadas… El acceso al gobierno no es la conquista
del poder… sólo se garantizará con la constitución del poder militar
propio, con el pueblo armado como milicias peronistas, que for-
marán parte del ejército peronista, cuyos primeros destacamentos
son las actuales organizaciones armadas”. Y concluía con un eslo-
gan revelador: “Con las urnas al gobierno, con las armas al poder”.
 El 8 de marzo, a 72 horas de las elecciones, aún se “defendía” la
democracia y la Constitución a balazos: el llamado “ERP 22 de
agosto” secuestró a Héctor Ricardo García, propietario y director
del diario Crónica y del Canal 11 de TV. Lo “liberó” unas horas
después, cuando García aceptó publicar un texto de sus captores
en el que exponían el pensamiento “democrático” del ERP-22 de
agosto.
 Las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias, de Roberto Quieto,
luego fusionadas con Montoneros) se plegaron a la orgía:
“Sabemos que en el Frente (el FREJULI) y también en nuestro Mov-
imiento existen contradicciones que no se superarán con el simple
hecho de marchar juntos en el acto electoral… Sabemos que hay
una buena cantidad de candidatos no representativos del pueblo…
(La) historia nos ha enseñado que no es suficiente ser mayoría…
ganar las elecciones… llegar al gobierno… las mayorías cuando no
están armadas pueden ser desconocidas… En ese camino, llegar
al gobierno será un paso adelante pero no el definitivo… habremos
El último gobierno peronista - 51

ganado una batalla pero no la guerra. En esta etapa (¡a 3 días de las
elecciones!), la tarea fundamental es… la construcción del instru-
mento que nos permita tomar el poder, el ejército peronista como
fuerza hegemónica del campo popular… Nuestra organización, con
el conjunto del Movimiento, no dará tregua y seguirá participando
en todos los terrenos, en todo momento y por todas las formas de
combate, armadas y no armadas, desarrollando la guerra revolu-
cionaria, forjando el ejército peronista…”
 El 9 de marzo, Cámpora cerró la campaña del FREJULI con un
mensaje de conciliación que, como otros similares, no fue es-
cuchado porque el fragor de las metralletas lo tapaba todo:
“El FREJULI canaliza el patriotismo del pueblo. El FREJULI conoce
el patriotismo de los hombres de armas, y confía en que la cordura,
finalmente, se impondrá… Se trata de saber si la sociedad argen-
tina va a seguir dividida y enfrentada, o va a retomar el rumbo de la
grandeza y la fraternidad”.
 Entre quienes ya no podían escuchar voces sensatas y mensajes
de conciliación, se encontraba en primera fila el Gral. Alejandro
Agustín Lanusse. El 9 de marzo, vigente ya la veda a los partidos
políticos para hacer publicidad electoral, Lanusse aprovechó para
reafirmar sus convicciones democráticas y constitucionales (¡!). En
su carácter de presidente “de facto” se dirigió al país y aterrorizó a
los argentinos meneando el fantasma del peligro de un triunfo de
“la anarquía, la obsecuencia, la delación, la corrupción, el engaño,
el mesianismo, el envilecimiento de las instituciones, el cercenami-
ento de las libertades, la implantación del terror y la subordinación
a la voluntad omnímoda de un hombre…”
Lanusse se abstuvo de dar a conocer el nombre y apellido de ese
“peligroso” sujeto, pero nadie dudó de quién se trataba.
 Aún el 11 de marzo, el mismo día de las elecciones, las FAR
preavisaban que:
“Sabemos que en el FREJULI y también en nuestro Movimiento
hay contradicciones..., que no se superarán con el acto electoral.
(…) Sabemos que hay una buena cantidad de candidatos no repre-
sentativos del pueblo. (…) Las mayorías, cuando no están prepara-
das, organizadas, armadas, pueden ser desconocidas por los que
52 -

tienen la fuerza… Llegar al gobierno será un paso adelante, pero no


el definitivo. (…) Nuestra organización… no dará tregua y seguirá
luchando en todo momento y por todas las formas, armadas y no
armadas, desarrollando la guerra revolucionaria…”
Para cerrar este punto, vaya una curiosidad histórica:
En un acto de la campaña electoral de 1972/1973 realizado en La Rio-
ja, el entonces candidato a gobernador Carlos Saúl Menem comenzó
su discurso en tono de oración y con una frase de antología:
“Hermanos en Cristo, en la Montonera y en el Socialismo”… (Bo-
nasso, Pág. 386).
¡Menem ya era Menem…!

6.- Cuando llegó la democracia


El 11 de marzo se cerró un ciclo: el FREJULI obtuvo un par de déci-
mas menos del 50% de los votos, y nadie, ni siquiera Lanusse, se an-
imó a convocar una segunda vuelta. Si el ganador no obtenía el 50%,
se debía ir a un “ballotage”, según la reforma constitucional redactada
por el Gral. de División don Alejandro Agustín Lanusse, votada por la
unanimidad de los tres comandantes en Jefe e impuesta “manu mili-
tari” unos meses antes por ese gobierno “de facto”. Balbín, segundo
en esos comicios, reconoció inmediatamente el triunfo de Cámpora-
Solano Lima, cortando de cuajo el camino a cualquier jugarreta de-
sesperada de los “defensores” de la democracia y la Constitución.

7.- Violencia contra la Constitución


En abril de 1973 (un mes después de ganar nosotros las elecciones y
un mes antes de asumir, y según Baschetti y Bonasso):
 Las FAR ocuparon los Tribunales de San Isidro para apoderarse
de armas y documentos.
 El ERP secuestró al Cta. Alte. (R) Francisco Alemán.
 Los Montoneros asesinaron en Córdoba al Cnel. de Ingenieros
Alberto Iribarren. El propio Bonasso reconoce que Perón expresó
a los Montoneros su desagrado por ese asesinato ya totalmente
inútil y contraproducente.
 Un comando no identificado secuestró en Córdoba al director de la
empresa Nobleza de Tabacos y lo liberó cinco días después.
El último gobierno peronista - 53

 El ERP atacó el aeropuerto de San Justo y destruyó una avioneta


del Ejército.
 La Juventud Universitaria Peronista arengó a su tropa:
“… las organizaciones armadas peronistas, verdaderos gérmenes
de nuestro ejército, única herramienta apta para la recuperación
definitiva del poder… elevan el nivel de enfrentamiento en cada
etapa”.
 Galimberti insistió en su provocación: crear una milicia armada de
la juventud argentina,
“porque ahora debemos ejercer la violencia en forma orgánica”…
 En ese mismo acto (Sindicato del Calzado, del 18-04-73), Juan
Manuel Abal Medina desafió:
“El 25 de mayo los compañeros presos van a estar en la calle junto
al pueblo”.
 Julián Licastro y Carlos Grosso (socios políticos en ese tiempo)
afirmaron:
“Debemos implementar un movimiento nacional de masas (el per-
onismo y el propio Perón, ¿para qué estaban, sino?) para acceder
a la etapa del poder total…”
El 28 de abril de 1973, Perón respondió a la provocación, defenestró
a Galimberti, propulsor de las “milicias armadas”, y ordenó:
“Hasta mi llegada a la Argentina, no innoven y dejen trabajar al Dr.
Cámpora.”
El 8 de mayo de 1973: Cámpora anunció un “programa de reconstruc-
ción nacional” de cinco puntos, que contemplaba una “tregua política
y social”.
Ante ello, los Montoneros y las FAR desafiaron:
“… desde el punto de vista estratégico, la respuesta adecuada a
un enemigo en retirada es la persecución. (…)… la concepción de
nuestro desarrollo carece totalmente de las nociones de “frente”,
“gobierno de coalición”. (…) (Debemos)… preparar una estructura
de combate (que será) el germen del ejército popular y se desarrol-
lará en el seno del Movimiento Peronista, al cual deberá conducir.
“Esta herramienta organizativa será conducción estratégica ejerci-
54 -

da conjunta y progresivamente con el general Perón” (…) “(Serán)


Funciones (del partido revolucionario): (…) Adoctrinar, formando a
los cuadros en la teoría revolucionaria y educando a las masas
(¡Educar a las masas! Elitismo puro) en la misma”…
El 25 de mayo de 1973, los dirigentes de Montoneros, FAR, FAP y
ERP (todos) organizan una “pueblada” para lograr por la fuerza lo que
el gobierno constitucional proyectaba aprobar al día siguiente con una
ley de amnistía: la libertad de los presos políticos. Con ella, el mismo
día de su asunción lo dejaron a Cámpora políticamente malherido.
Luego todos (“izquierdistas” y derechistas”, y algunos otros irrespon-
sables) comenzaron el deporte de la toma de oficinas públicas. No
se salvaron ni los hospitales. Cámpora se sintió desbordado y pidió
ayuda a Perón. El viejo general le respondió paternalmente al “Tío”:
“Si las hacen con buena intención no tiene importancia, pero hay
que pensar que pueden ser hechas por personas interesadas en
perjudicar al gobierno… Antes de tomar medidas…, será preciso
investigar cada caso y proceder en consecuencia” (Bonasso).
El 8 de junio de 1973, la CGE y la CGT, por pedido de Perón y con el
apoyo de Cámpora, firman el llamado pacto o acuerdo social, base
fundamental del proyecto del General.
Mario Firmenich, por Montoneros, y Roberto Quieto, por las FAR, re-
sponden:
“Apoyamos al gobierno de Cámpora, pero seguiremos armados y
alertas, para controlar y derrotar (¡!) un posible contraataque de las
fuerzas oligárquicas e imperialistas”…
¡Ellos iban a derrotar a las fuerzas imperiales…!
Y el ERP (trotskista) afirma:
“No apoyamos el gobierno del presidente Cámpora porque sus me-
didas no van contra el sistema”.
Alicia Eguren (Peronismo Revolucionario, en “América Latina”, Nº 18,
mayo-junio de 1973) “ayuda”:
“… el pacto social es una traición al pueblo en general y al peronis-
mo en particular… Acá habrá revolución por las buenas o por las
malas… debemos emprender una política de alianzas que confluirá
en la formación del partido de la revolución”.
El último gobierno peronista - 55

El 5 de julio de 1973, las FAP, respaldadas ideológicamente por quien


sería luego secretario de Derechos Humanos Dr. Eduardo Luis Du-
halde (que ya no era un adolescente imberbe…) dijo lo suyo:
“… no alcanza con depositar nuestra confianza en nuestro Líder,
sino convertir esa confianza y conciencia de clase explotada en
organización y fuerza capaz de enfrentar al enemigo y derrotarlo…
(Este gobierno) no nos garantiza… que se respeten nuestros inter-
eses de clase… aún no hemos tomado el poder… Dentro del go-
bierno también están o inciden viejos enemigos de la clase obrera
como Frondizi, Frigerio, Solano Lima, Silvestre Begnis, Gelbard,
Carcagno, Rucci, Osinde, Miguel, Cafiero, Calabró, Taccone, Simó,
Rizzo, Labat, Romero, Jury y otros”.
El 12 de junio de 1973, Montoneros afirma:
“Con respecto a nuestras Organizaciones político-militares, nuestra
estrategia sigue siendo la guerra integral, es decir la que se hace
en todas partes, en todos los momentos y por todos los medios…
hasta el uso de las armas”. (…) “Quienes incurran en desviaciones
o traiciones serán pasibles de las medidas punitivas que establezca
la justicia popular… Se los combatirá por todos los medios y en
todos los terrenos necesarios, por la acción de las masas o por la
acción armada, tanto de masa como de ‘comando’”… (…) “Esos
sectores, como el vandorismo… y el desarrollismo, pueden ser con-
siderados como enemigos internos, y actuaremos con ellos de la
misma forma que lo haremos contra todos los enemigos del pueb-
lo… como ya se ha hecho con unos cuantos asesinos del pueblo…
(con) la pena de muerte”.
El Peronismo de Base (aliado de las FAP del Dr. Eduardo Luis Du-
halde) declara en junio de 1973:
“Los trabajadores no haremos ni respetaremos ninguna tregua
como el famoso ’Pacto Social’” que ha sido concertado a nuestras
espaldas… Hoy nuevamente tratan de engañarnos con el camelo
de la ‘Paz Social’”.
Así recibían a Perón, cuando el Viejo se aprestaba a regresar a su
patria el 20 de junio de 1973.
56 -

8.- Ezeiza y después… más violencia


Producida la matanza mutua de Ezeiza entre “bolches” y “fachos”, el
21-06-73 Perón llamó a la reflexión a todos: tirios y troyanos.
Bonasso nos cuenta (en la pág. 560 de su libro) cuál fue la respuesta
de Montoneros a ese llamado de “su” conductor:
“Juan Manuel Abal Medina trabajaba febril en… el contraputch que
diera por tierra con el Astrólogo (se refiere a López Rega). No era
el único. Varios propusieron ejecutarlo y tropezaron con las reti-
cencias de la conducción montonera (léase Firmenich; ¡eran más
violentos que Firmenich! (…) Abal Medina se encerró a solas con
Don Héctor y le propuso un plan sencillo y contundente: el Bebe
(Esteban Righi) tenía que ‘salir en cadena nacional’, mostrando
quiénes eran los culpables de Ezeiza, mientras se aprovechaba la
nueva reunión para detener a López Rega, acusándolo de sedición,
homicidio y traición.
Cámpora lo miró como dos ojos de huevo duro y le dijo en un su-
surro:
-¿Se ha vuelto loco, Juan Manuel? ¿Usted ha pensado lo que haría
el General si ocurre una cosa así?
Abal Medina lo comentó con Mario Cámpora…
-Juan, Juan….- repitió Mario con tono amistosamente admonitorio-,
si el General se va a España, se cae el gobierno.”
Sigue Bonasso:
Abal Medina no era el único duro. Sin llegar a esas audacias, que
seguramente habríamos secundado de haberlas conocido a tiempo
(…) Yo tuve una charla con Mario Cámpora en la que insinué la
necesidad de una San Bartolomé legal (se refiere a la macabra
noche del 23-08-1572 cuando los católicos parisinos diezmaron a
los protestantes hugonotes, sorprendiéndolos mientras dormían en
sus hogares) en la que arrestásemos a 200 ó 300 cuadros de la
ultra derecha. (…) El Perro Verbitsky y Luis Guagnini se lanzaron
sobre el Bebe (Righi) proponiendo también una secuencia de pro-
cedimientos a cargo de la (Policía) Federal que debían culminar
con la detención de Osinde…
EL 27de junio de 1973, Perón sufre una isquemia coronaria, que para
algunos llegó a ser un infarto de miocardio de poca extensión. Cám-
pora esperó que Perón se repusiera, y le presentó verbalmente su re-
El último gobierno peronista - 57

nuncia (era la cuarta vez que lo hacía, según me relató personalmente


“el Tío” unos días después).
En setiembre de 1973, la Columna José Sabino Navarro, de Monton-
eros, desafía nuevamente:
“… la fórmula Perón-Isabel no nos ofrece, en su segundo término,
garantías suficientes…Cuestionamos a la señora Isabel Martínez
como instrumento de los reaccionarios y burócratas que están al-
rededor de Perón”.
El 11 de setiembre de 1973 Mario Firmenich, a la salida de una entre-
vista con Perón, y ante una pregunta periodística sobre si abandona-
rían las armas tal como lo reclamaba el General, declara (Baschetti):
“El poder político brota de la boca de un fusil. Hemos llegado hasta
aquí en gran medida porque tuvimos fusiles y los usamos; si aban-
donáramos las armas retrocederíamos en las posiciones políticas.”
El 23de setiembre de 1973: Perón e Isabel son plebiscitados por el
63% del pueblo argentino.
El 25 de setiembre de 1973, los montoneros asesinan a Rucci
El 12 de octubre de 1973, asume la fórmula Perón-Isabel, y los Mon-
toneros (Firmenich) y las FAR (Quieto) anuncian su unificación.
El 17 de diciembre de 1973, Firmenich y Quieto anuncian en Córdoba:
“…vamos a hacer la depuración de todos aquéllos que no represen-
tan a los trabajadores… utilizaremos las armas en la medida en que
insistan con las agresiones… A este gobierno hay que defenderlo,
apoyarlo y controlarlo” (Baschetti).
A fines de 1973, Montoneros proclama:
“Creemos que la estrategia de Perón y su implementación no son
correctas. Perón tiende a producir una acumulación de poder den-
tro del régimen constitucional (cosa que es imposible)…
Luego de abogar por producir una fractura en las FF.AA, expresan:
“Pero solamente se va a fracturar el ejército si se ve obligado a un
enfrentamiento prolongado, continuo, violento y con cierta duración
con el pueblo; para ello, la única solución es que nosotros alcanc-
emos a desarrollar las milicias, porque obviamente Perón no las va
a desarrollar”.
58 -

Con seguridad, ésa es la frase más clara y definitoria de la estrategia


de Montoneros en su enfrentamiento con Perón, y define con pre-
cisión los motivos que los llevaron a provocar la desestabilización del
gobierno de Isabel para “ayudar” a producir el golpe del 24-03-76, a
fin de lograr ese enfrentamiento prolongado, continuo, violento y con
cierta duración (del ejército) con el pueblo (que en la mentalidad entre
adolescente y fantasiosa, eran ellos mismos y sólo ellos).

9.- ¡Que venga el golpe!


Algunos dirigentes montoneros sobrevivientes aducen que ellos no
querían el golpe militar. Se basan en una reunión del Consejo Na-
cional de esa organización guerrillera realizada en setiembre/octubre
de 1975.
Según el relato personal que me ha hecho Roberto Perdía, el Con-
sejo Nacional de Montoneros estaba constituido por los tres miembros
de la Conducción Nacional (que en esa época eran Mario Firmenich,
Roberto Perdía y Roberto Quieto) y los jefes de cada una de las siete
u ocho Regionales.
El coronel Cesio les había informado que el golpe era seguro y se pro-
duciría aproximadamente en marzo siguiente. Ante esa información,
que los montoneros dieron por cierta, debatieron la conducta a seguir.
Siempre de acuerdo al relato de Perdía, la decisión fue suspender
todo acto de provocación y comenzar tratativas para actuar en la “su-
perficie” y con métodos democráticos, justamente para evitar el golpe.
Respeto la palabra de Perdía, pero los hechos demuestran lo con-
trario.
En efecto:
 El 5 de octubre de 1975, Montoneros perpetró un atentado de
gran envergadura: aprovechando la ayuda de un conscripto que
militaba en sus filas clandestinamente, atacó el Regimiento 29 de
Infantería de Monte radicado en Formosa. El jefe de ese opera-
tivo era Raúl Clemente Yaguer, uno de los más altos dirigentes
de Montoneros. En ese asalto mayúsculo participaron alrededor
de 100 montoneros. El Ejército perdió 10 soldados, un oficial y un
suboficial. Los guerrilleros perdieron a 16 de sus hombres. Hubo
un gran número de heridos (Yofre Pág. 244 a 246).
El propio Bonasso, a pesar de haber sido dirigente montonero
El último gobierno peronista - 59

reconoce:
“En los primeros días de octubre de 1975, los Montoneros atacaron
el Cuartel de Formosa y sufrieron una cruenta derrota militar, que
no tardaría en convertirse, también, en derrota política. La Organi-
zación (se refiere a Montoneros) aparecía objetivamente hacién-
dole el caldo gordo al golpismo y poniéndose en la primera línea de
fuego contra el ejército, que ya casi había aniquilado al ERP”.
 El 3 de diciembre de ese mismo año (es decir, dos meses después
de aquel cónclave montonero) un comando de esa organización
asesinó al general (R) Jorge Cáceres Monié, y a su esposa Beatriz
Sasiaiñ, hermana del general del mismo apellido. El hecho tuvo
una enorme repercusión nacional e internacional, porque Cáceres
Monié había sido jefe de la Policía Federal y comandante en jefe
del Segundo Cuerpo de Ejército durante la dictadura de Lanusse.
Evidentemente era un acto de provocación que buscaba el golpe.
 El 15 de marzo de 1976 (¡nueve días antes del golpe!) los monton-
eros hicieron explotar una bomba dentro de un automóvil Citroën,
que estaba en la playa de estacionamiento del Edificio Libertador,
sede del comandante general del Ejército Jorge Videla. Según
Yofre (Pág.340) el objetivo principal de esa bomba era matar a
Videla. “Sólo” murió el chofer de un camión y 26 personas resul-
taron heridas, entre ellas un coronel. La propia organización Mon-
toneros se adjudicó el atentado y señaló como jefe del pelotón
que lo había ejecutado al actual periodista Horacio Verbitsky. La
provocación de este acto terrorista es inocultable.
Insisto que no tengo derecho a dudar de la palabra de Perdía pero, si
la decisión de Montoneros en setiembre/octubre de 1975 fue abando-
nar todo acto de provocación y dedicarse a la tarea política democráti-
ca, estos tres gravísimos atentados y varios otros que se produjeron
en ese lapso demostrarían que en esa organización reinaba una anar-
quía total.
Que los montoneros sabían que con su accionar subversivo alentaban
y prohijaban el golpe militar, y que intencionadamente así lo hacían,
fue reconocido en forma expresa por el propio Firmenich. En efecto, el
jefe de esa “orga” declaró, en un reportaje efectuado en abril de 1977
por Gabriel García Márquez, e insertado en su libro “La Voluntad” por
los ex montoneros Anguita y Caparrós:
60 -

“Gabriel García Márquez: Ya hace un año que la junta militar pre-


sidida por el general Jorge Videla está en el poder en la Argentina.
Mi impresión personal es que este lapso le ha bastado para exter-
minar la resistencia armada. Entonces ustedes, los montoneros, no
tienen nada que hacer; al menos en el terreno militar: están liqui-
dados.
Mario Firmenich no se inmutó. Su repuesta fue seca e inmediata
Mario Firmenich: A fines de octubre de 1975, cuando todavía es-
taba en el gobierno Isabel Perón, ya sabíamos que se haría el golpe
dentro del año. No hicimos nada para impedirlo porque, en defini-
tiva, también el golpe formaba parte de la lucha interna en el Mov-
imiento Peronista. Hicimos en cambio nuestro círculo de guerra, y
nos preparamos a soportar en el primer año un número de pérdidas
humanas no inferior a 1500 bajas. Nuestra previsión era esa: si
lográbamos no superar ese nivel de pérdidas, podíamos tener la
seguridad de que tarde o temprano venceríamos.
GGM: ¿Qué sucedió?
MF: Sucedió que nuestras pérdidas han sido inferiores a lo pre-
visto. En cambio, en el mismo periodo, la dictadura se ha desinfla-
do, no tiene más vía de salida, mientras que nosotros gozamos
de gran prestigio entre las masas y somos en la Argentina la
opción política más segura para el futuro inmediato…”
Y Firmenich siguió fantaseando sobre un poder de fuego que ya no
tenían, y sobre un prestigio “entre las masas” paulatina e irremedia-
blemente perdido desde el 25 de mayo de 1973 en que ese poder de
fuego lo usaron, ahora criminalmente, contra un gobierno constitu-
cional libremente elegido por el pueblo.

10.- Más pruebas de las diferencias


En la ya citada proclama de fines de 1973, los montoneros reconocen
por primera vez que:
“Perón es Perón y no lo que nosotros queremos. En rigor, el social-
ismo nacional no es el socialismo, lo que Perón define como social-
ismo nacional es el justicialismo. Un libro que nosotros no hemos
leído es “La Comunidad Organizada” que es el que fija el pensami-
ento filosófico e ideológico de Perón, y él mismo lo dice”. (…)
El último gobierno peronista - 61

(Pero) Perón es el representante de los trabajadores, y esa política,


de acuerdo a la estructura del país, desembocará en el socialismo
necesariamente, cosa que Perón no quiere, pero que es así, es un
hecho objetivo. No está determinado por lo que uno quiere sino por
la realidad de la estructura económica”.
Los comentarios huelgan: pensamiento más determinista, dogmático
y ortodoxamente marxista es difícil de concebir. Además, las difer-
encias con Perón quedan expresamente reconocidas por los propios
montoneros, y no son justamente pequeñas ni superficiales.
Para que no quedaran dudas, en esa verdadera proclama agregaron:
“Nuestra “tercera posición” no es ideológica, sino sólo política, en
el aspecto internacional geopolítico (se oponían a ambos imperial-
ismos: el norteamericano y el soviético)… (Por eso) La ideología
de Perón es contradictoria con la nuestra, porque nosotros somos
socialistas. (…)”.
En el análisis que hace Perón de la historia de la humanidad tam-
poco pensamos igual. Perón tiene un pensamiento evolucionista.
Más adelante dirán que Perón tiene un pensamiento reformista,
evolucionista, que no posibilita el pensamiento riguroso (y ponen
como contra ejemplo a… Mao).
Siguen: (Para nosotros) la humanidad avanza contradictoria-
mente… lo que hay son una serie de contradicciones que se re-
solvieron de determinada manera y que posibilitaron el surgimiento
de otro sistema (inequívoca referencia al materialismo histórico di-
aléctico, idea central del pensamiento de Marx).
Luego vino la confesión final:
“De nuestra pretensión, tal vez ‘desmedida’ (entre comillas en el
original), de ser la conducción estratégica (del Movimiento) surgen
confrontaciones o competencias de conducción (con Perón, claro
está)”.
Y la megalomanía (o adolescencia) grupal:
“Solamente nosotros podemos constituir una fuerza organizada,
una fuerza incluso decente…”
Tuvo razón Perón el 1º de mayo de1974: eran bastante imberbes y…
Pero Eduardo Luis Duhalde, como ya dije, no era imberbe. Sin em-
bargo, pontificó:
62 -

“El general Perón ha traído al país, desde su largo exilio, un precon-


cebido plan político, que por sus particularidades conciliacionistas,
’de buena letra con el enemigo’, de ‘desensillar hasta que aclare’,
etc., se aviene exactamente para ser ejecutado por la burocracia
traidora, con su única arma de que es capaz: con el vasallaje”.

11.- Cae la máscara


A pesar de sus francas, casi brutales, y reiteradas proclamas sobre
sus diferencias de fondo con Perón, y su desafío público de reemp-
lazar al General en la conducción del Movimiento, la dirigencia de los
Montos, como si fuera autista, produjo su último documento de 1973,
en diciembre, para quejarse con amargura (¡!):
“¿Por qué entonces Perón ahora nos deja de lado y encima nos
acusa de infiltrados?” (Baschetti).
Nadie entre los dirigentes montoneros (ni joven, ni viejo) respondió
ese interrogante adecuadamente. Les hubiera venido muy bien hac-
erlo, o al menos meditar un poco sobre ello.
Con esos antecedentes, más la desobediencia abierta al pedido de
Perón de reformar el Código Penal, el General les reclamó pública-
mente que se definieran, en enero de 1974. Ocho de los quince diputa-
dos nacionales montoneros renunciaron y pasaron directamente a la
lucha armada subversiva sin atenuantes: Armando Croatto, de la pro-
vincia de Buenos Aires; Santiago Diaz Ortiz, de la Capital Federal,
aunque no era estrictamente montonero; Jorge Glellel, de San Luis;
Aníbal Iturrieta, de Misiones; Carlos Kunkel, de la provincia de Bue-
nos Aires; Diego Muñiz Barreto, de Capital Federal; Roberto Vidaña,
de Córdoba, y Rodolfo Vittar, de Tucumán. Siete prefirieron quedarse
para fundar la JP Lealtad y seguir la oposición desde adentro (Nilda
Garré, Julio Mera Figueroa, Enrique Svrsek, Juana Romero, Nicolás
Giménez y Juan Manuel Ramírez figuran en esa segunda lista). Esos
siete, junto con Julio Bárbaro, Osella Muñoz, Luis Rubeo y Ricardo
de Luca del Partido Justicialista, Carlos Auyero y Jorge Gualco del
Partido Popular Cristiano, y los tres quinta columnas que las FF.AA.
lograron “colar” entre nosotros (Eduardo Farías por el Ejército, Luis
Sobrino Aranda por la Marina y Carlos Palacios Deheza por la Aer-
onáutica) serían pieza clave en la formación del llamado “Grupo de
El último gobierno peronista - 63

Trabajo”, equipo de 34 diputados que nos dejó intencionalmente sin


quórum desde octubre de 1975. Esa parálisis legislativa (no pudimos
aprobar el presupuesto de 1976, por ejemplo) fue usada por las FF.AA
para aducir que había vacío de poder y dar el golpe del 24-03-76. No
hay duda posible: los extremos se tocan… y se ayudan, y bajo la capa
de ser un purista duro, a veces se oculta el rostro de un provocador,
consciente o inconsciente.
Así llegamos al 1º de mayo de 1974, en que Perón produce dos
hechos históricos:
 expulsa de la Plaza de Mayo a quienes sostenían que “no eran
peronistas sino socialistas, y que el poder político brota de la boca
de un fusil”,
 y anuncia desde el Parlamento su Modelo Argentino para el
Proyecto Nacional a todos los argentinos de buena voluntad que
seguíamos creyendo que el poder político legítimo surge sólo de
las urnas.

12.- Conclusiones
Las conclusiones son ineludibles:
1. La conducción montonera nunca fue ideológicamente peronista,
sino de inspiración básicamente marxista. Se puede ser legítima-
mente marxista, liberal, peronista o lo que se desee. Nadie puede
negar a otro ese derecho. Lo que jamás aceptaremos es que nos
quieran hacer pasar gato por liebre. Se es peronista o se es marx-
ista. Podemos efectuar tareas en común, pero no somos lo mismo.
Al fin y al cabo, hubo (hay y seguramente habrá siempre) algunos
grupos ideológicamente marxistas que, sin renegar de sus prin-
cipios ideológicos, fueron aliados de Perón y del peronismo, tal
como detallo más abajo respecto de la Izquierda Nacional.
2. Los dirigentes montoneros nunca creyeron en, ni aceptaron de
buena fe, la jefatura de Perón, e infravaloraron al General en su
capacidad de conducción y por eso intentaron usarlo. Pero fueron
por lana y salieron trasquilados. Hoy, muchos de ellos lo recono-
cen con hidalguía y han hecho su “mea culpa”. Otros mantienen
incólume su antiperonismo.
3. La conducción montonera nunca acató la indicación de Perón, y
de la Constitución también, de abandonar las armas ante un go-
64 -

bierno libremente elegido por el pueblo, y transitar los caminos de


la democracia.
En definitiva, lo de 1973/1974 fue una pulseada entre un león herbívo-
ro, pero no tonto, que defendía lo suyo (su conducción, su Movimiento
y, fundamentalmente, su país), y algunos avispados (o despistados)
imberbes que le quisieron vender un buzón (al viejo león y al pueblo
argentino). Afortunadamente, no consiguieron comprador.
Distinta fue y es la conducta de la Izquierda Nacional, fundada en los
albores del primer gobierno de Perón por Jorge Abelardo Ramos y
Blas Alberti. Ellos nunca pretendieron hacerse pasar por peronistas,
“colarse” por la gatera a nuestro Movimiento y, desde adentro, tratar
de desplazar a Perón. Todo lo contrario: siempre actuaron de frente
y con toda lealtad hacia el General. Eran marxistas, no lo ocultaban,
pero sostenían, para mí con toda razón, que al margen de las difer-
encias ideológicas, ambos podíamos realizar una política nacional y
popular común en muchos aspectos.
Incluso, cuando en 1975/1976 todos nuestros aliados abandonaban
el barco, la Izquierda Nacional se mantuvo firme en la defensa del go-
bierno constitucional de Isabel Perón hasta el último momento, codo
a codo con los pocos dirigentes peronistas que dimos la cara en esas
difíciles circunstancias. Doy fe que eso es cierto, y también que luego
me brindaron un importante apoyo mientras yo defendí a Isabel frente
al calvario que le hicieron sufrir los militares de la dictadura.
Y, en honor a la verdad, debo decir que recibí otra ayuda apreciable en
esa última tarea: la del Partido Comunista Revolucionario que, según
estimo, sostienen ideas cercanas a las de Mao Tse-tung.
Muerto Perón, comienza la matanza de otro signo, la que producen
los grupos de la “derecha” o Triple A y, simultáneamente, se exacerba
la de la “izquierda”. La herencia parecía estar próxima. Ambos bandos
apresuraron sus planes para exterminar al competidor. Pero eso es
tema para otro capítulo.

13.- En su momento, todos fuimos montoneros


Justo es decirlo: antes del 25 de mayo de 1973, cuando los monton-
eros luchaban contra la dictadura de Onganía y Lanusse, la inmensa
mayoría del país los vio con ojos románticos. Eran los muchachos
idealistas que, a semejanza de Fidel y el Che desde Sierra Maes-
El último gobierno peronista - 65

tra, se jugaban la vida por sus ideales. Su lucha ayudaba en nuestra


búsqueda del retorno de la democracia y de Perón. En ese clima se
les perdonó (les perdonamos) muchas cosas. Incluso, entre nuestra
asunción (25-05-73) y mediados de julio de ese año (en que comien-
zan a enfrentar muy abiertamente a Perón y a agraviar a Isabel) varios
diputados nacionales aceptamos conformar con los 15 colegas mon-
toneros un grupo parlamentario juvenil (aunque yo tenía ya 39 años…)
destinado a contrarrestar la influencia de los “viejos y retardatarios”.
Pero el trabajo legislativo en común con ellos se tornaba cada día más
difícil, porque no aceptaban ceder un palmo de terreno en su cerrada
oposición en temas sensibles: lealtad a Perón, respeto a Isabel, plu-
ralidad de líneas internas, convivencia con los aliados del FREJULI y
apoyo al pacto social (alentados ambos públicamente por el General),
etc.
La situación explotó al momento de elegirse la fórmula presidencial:
“Si Evita viviera, Isabel sería copera” y “No rompan más las bolas,
Evita hay una sola” fue su inapelable e insultante argumentación. Dejé
de concurrir al grupo parlamentario juvenil de trabajo. Cinco meses
después, con motivo de mi defensa del proyecto de reforma del Có-
digo Penal, que solicitó en forma expresa Perón, tanto Montoneros
como el ERP me condenaron formalmente a muerte, de acuerdo a
una nota que recibí en enero de 1974 de cada uno de esos grupos
subversivos terroristas. La condena sería ejecutada en el momento y
en el lugar en que “la conducción” lo decidiera…
El 1º de julio de ese año de 1974 murió Perón. Para los violentos de la
“izquierda” y de la “derecha” había llegado el momento que con tanta
ansiedad esperaban: enfrentarse a cara de perro y con las armas en
la mano para que uno de ellos, el que tuviera más poder de fuego y
suficiente estómago como para matar más adversarios (competidores
por la herencia del Viejo), se quedara con el botín. Y así sucedió.
Las víctimas propiciatorias de esa orgía de sangre fueron, en primer
lugar, los inocentes que murieron por las balas de uno y otro bando,
el pueblo argentino en general y el gobierno constitucional de Isabel
en particular.

14.- Perón fue siempre el mismo


Aún hoy, los defensores de los grupos guerrilleros adoradores de la
66 -

diosa violencia (Bonasso, especialmente) insisten en que Perón cam-


bió de postura al ganar las elecciones del 11 de marzo de 1973, y por
eso traicionó a los montoneros (nada dicen los del ERP, porque esa
organización armada nunca fue ni se dijo peronista, sino trotskista).
Los hechos relatados muestran que no hubo cambios ideológicos
postelectorales de Perón, sino que mantuvo su posición de siempre.
Es más, esa postura invariable fue detalladamente explicada por el
viejo General el 29 de noviembre de 1972, como ya relaté, en una
reunión privada de la cual participé en forma activa y que, con la firma
de Miguel Bonasso, fue difundida “in extenso” por el diario La Opinión
gracias al relato que hice a dicho periodista.
No hubo, pues “un nuevo proyecto de Perón”, o un Perón que traicionó
a los montoneros, sino, como el propio General dijo en su discurso
televisado del 21 de junio de 1973 (al día siguiente de la masacre de
Ezeiza), “somos los que las 20 verdades dicen que somos”.
Es interesante transcribir la explicación que dio el coronel Jorge Sosa
Molina, jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo (custodia presi-
dencial) sobre la pretendida “derechización” de Perón en su última
etapa y lo que realmente sucedió (ver capítulo 6):
“Efectivamente, la gente que trajo López Rega influyó mucho. Sobre
todo porque Perón sufrió como una afrenta la rebelión de la tenden-
cia revolucionaria, y la violencia guerrillera lo puso definitivamente
del lado de esa gente en la última etapa. Pero mientras estuvo vivo
lo respetaron de alguna manera, de un lado y de otro. Antes de su
muerte la Triple A recién estaba naciendo. Después, fue el caos’’.
A ello debe agregarse el relato que hace el ex montonero José Amorín
(pág. 246) sobre la oferta que el General les hizo a ellos de ocupar
el Ministerio de Bienestar Social (en abril de 1973). El propio Amorín
reconoce que:
“Ante nuestro rechazo, (ese Ministerio) quedó en manos de López
Rega”.
Amorín tiene razón: varias veces Perón les ofreció integrarse al Mov-
imiento. Fueron ellos quienes rechazaron la mano que les tendía el
General y lo dejaron sin el contrapeso de la “izquierda”. El campo
quedó libre para que avanzara la “derecha”. ¿De qué se quejan?
La ceguera de la dirigencia guerrillera queda más en evidencia aún a
El último gobierno peronista - 67

la luz de las revelaciones de uno de su riñón: Miguel Bonasso. Este


ex secretario de prensa de la Conducción Nacional de Montoneros
afirma en la página 405 de su citado libro:
“Desde el año anterior la enfermedad cardiaca de Perón (avanzada
arterioesclerosis y pericarditis senil, que pre-anunciaban futuros in-
fartos) había empezado a manifestarse. Cuando Abal Medina llegó
a Madrid a comienzos de marzo (1973), ese diagnóstico ya estaba
casi configurado…nuevos exámenes complementarios (a los que
Perón aludió en su charla con Abal) vinieron a confirmar las hipó-
tesis más pesimistas. Isabel y López Rega ocultaron los resultados
a Cámpora y Abal Medina, pero la Embajada argentina en Madrid
tuvo acceso a una información estratégica: Perón había sufrido un
infarto”.
Sin dudas, cuando Perón llegó al país el 20-06-73, la conducción de
Montoneros sabía que le quedaba poca vida. El hombre que les es-
taba ofreciendo el Ministerio de Bienestar Social y un lugar promi-
nente en el peronismo y el gobierno, en realidad, los estaba invitando
a participar de la herencia en calma y paz. Pero, para ellos, “el poder
político nacía de la boca de un fusil” y por eso lo enfrentaron, para
arrebatarle todo el poder (no sólo la parte que les habría correspon-
dido) y hacerlo por la fuerza bruta. Lo combatieron adolescente y ton-
tamente (también cruelmente) en lugar de ayudarlo a culminar, con
todos, la obra interrumpida el 16 de setiembre de 1955.
Para ser lo más benigno posible: la conducción montonera cometió un
grueso error de consecuencias históricas tremendas.
El último gobierno peronista - 69

Capítulo III

Perón les tendió la mano hasta el último momento

Mucho se ha dicho y escrito, por parte de algunos historiadores y


políticos desafectos a Perón (digamos medios gorilas, o gorilas del
todo), sobre que el General traicionó a los montoneros y, una vez usa-
dos para acceder al poder, los tiró a la basura como limón exprimido.
Sin embargo, los datos de la realidad indican todo lo contrario. Ya he-
mos demostrado que tanto Perón como los montoneros se conocían
mutuamente a la perfección. El General, que no era ni tonto ni ciego
ni sordo, conocía la verdadera ideología y las aspiraciones hegemóni-
cas de los “montos” (que incluían el infantil designio de reemplazarlo a
él por Firmenich). Y los montoneros proclamaban, ante quienes quisi-
eran escucharlos, sus diferencias ideológicas con Perón y su ansiosa
urgencia de sentar a uno de ellos en la conducción del Movimiento en
el lugar del “Viejo”.
Además, los mismos datos de la realidad demuestran, sin ningún lu-
gar a dudas, que Perón quería disciplinar a la conducción montonera
y alejar a esos muchachos de las armas para que se integraran al
trabajo constructivo en democracia, pero no echarlos del Movimiento.
Pruebas sobran.

1.- El caso Galimberti


Miguel Bonasso es, seguramente, uno de los autores que más odio
destilan contra Perón en sus escritos. En un rapto de “peronofobia”
(por no decir gorilismo) exacerbada, llegó a escribir ese voluminoso
libro de más de 600 páginas (“El presidente que no fue”) con dos ob-
sesivos e inocultables propósitos:
 denigrar al General: “viejo de mierda”, “ambicioso”, “envidioso
de Cámpora”, son las palabras más “cariñosas” que le dedica a
Perón, además de acusarlo, sin dar razón seria alguna, de asesino
y otras lindezas;
 demostrar la cuadratura del círculo: “que en 1973, el líder que rec-
lamaba el pueblo argentino y que tenía derecho prioritario a enca-
70 -

bezar el Movimiento Nacional, no era Perón, sino… Cámpora”, y


que “Perón, sólo por ser un viejo envidioso, lo obligó a Cámpora a
renunciar para ocupar su lugar”.
Sin embargo, ese visceral y casi cómico enemigo de Perón se ve ob-
ligado a reconocer (pág. 433) que el General tuvo un gesto paternal
hacia Galimberti y Abal Medina, en un momento clave.
Como se recordará, Galimberti era secretario nacional de la Juventud
Peronista designado por Perón y, en su calidad de tal, puso en peligro
toda nuestra estrategia política, al proclamar infantil e irresponsable-
mente que debíamos crear milicias populares armadas. Eso fue en
marzo de 1973, pocos días después de ganar la primera vuelta elec-
toral, cuando aún faltaba la segunda de abril y los militares dudaban
sobre si nos entregarían el gobierno o no. Por si habían quedado al-
gunas dudas, apenas triunfamos en la segunda vuelta, y mientras los
militares seguían debatiendo la entrega del poder, Galimberti reiteró
su peregrina propuesta. Seguramente ya estaba “controlado” por la
CIA.
Pocos días después de la segunda vuelta electoral de abril, el General
llamó a Madrid a su plana mayor: Cámpora, Abal Medina, Galimberti y
algunos más. Con la cara que es de suponer por las dos “metidas de
pata” de los jóvenes dirigentes, el Viejo los reprendió, siempre como
un padre, pero como un padre enojado, y pidió la renuncia de Galim-
berti.
Con Juan Manuel padre se pueden tener muchas disidencias ideológi-
cas y políticas, pero nadie puede desconocer su línea de conducta sin
fisuras. Al día siguiente elevó su renuncia como secretario general
del Movimiento a Perón, en un sobre cerrado que entregó a Cám-
pora, y éste al General. El Viejo llamó a Abal Medina poco después,
le entregó el sobre aún cerrado, y le pidió que se quedara porque “el
asunto no era contra él”. A continuación, Perón le explicó:
“Que Galimberti debía salir de la conducción para no entorpecer un
gobierno de unidad nacional, pero que se lo debía tener en cuenta
en la reorganización del Movimiento” (Bonasso, pág. 433).
Luego de conocer ese gesto paternal del General, nadie puede decir
seriamente que Perón odiaba a los montoneros y que fue él quien or-
denó su exterminio físico. Sin embargo, el propio Bonasso, relator de
ese episodio esclarecedor, es el principal y más furibundo sostenedor
El último gobierno peronista - 71

de tan absurda acusación contra Perón.

2.- Una revolución con fusiles y sin diputados


El mismo Bonasso (pág-332) se queja del infantilismo de la conduc-
ción montonera que, mientras se “cocinaban” las listas de candidatos,
no quería aceptar las bancas parlamentarias que se le ofrecían. Es
decir, nadie los corrió, ni Perón les negó su lugar. Ellos mismos, alu-
cinados por los fusiles, despreciaron las bancas.
Recuérdese que el General dispuso en ese tiempo que, de la “vieja”
división tripartita de candidaturas y cargos partidarios (partes iguales
para las tres “ramas”: política, femenina y gremial) se pasara a una
cuatripartita, agregando justamente la cuarta rama, que era la juvenil.
De ese modo, la indicación precisa fue que las candidaturas se dis-
tribuyeran a razón del 25% para cada “rama”. Bonasso nos informa,
ahora, que esa proporción no se alcanzó respecto de la Juventud Per-
onista, sólo por el revolucionarismo infantil de la conducción monton-
era:
“En esos días, Beto, el Canca y otros “jetones” como “el Perejil”
Leonardo Bettanin… discutían sobre posibles candidatos de la
Rama… (en esos casos) no faltaba el ‘oscuro’ que, mitad en broma
y mitad en serio, deslizaba la sospecha de que el compañero se es-
taba convirtiendo en “burócrata” y podía estar acariciando, incluso,
la idea abominable de ser diputado”.
Luego dirían (Bonasso en primer lugar) que Perón programó y llevó
adelante, desde el comienzo, una verdadera persecución contra el-
los, que les negaba su legítimo lugar en el Movimiento, y otras fan-
tasías por el estilo que les servían como pretexto para… no largar
las amadas armas.

3.- Una oferta nunca transmitida


Según relata el citado ex montonero José Amorín (pág. 246):
“En abril de 1973 (es decir luego de que el General defenestró a
Galimberti por su disparatada propuesta de crear milicias popu-
lares), Perdía, Quieto y Firmenich se reunieron con Perón en Ma-
drid. Al respecto, Perdía escribió:
“Perón destacó que los próximos cuatro años debíamos utilizarlos
72 -

para aprender a gobernar y asegurar un eficaz trasvasamiento en


el Movimiento y en el país. Manifestó que asumía la responsabili-
dad de asegurar que, progresivamente, se nos fueran asignando
crecientes responsabilidades. Argumentó sobre la necesidad de
avanzar en la organización popular y (…) veía en las tareas de pro-
moción social una manera eficaz para darle continuidad a nuestra
organización. (…) El general Perón le manifestó en esa oportunidad
(a Bidegain) la conveniencia de integrar a su próximo Gabinete a
algunos muchachos de la Juventud Peronista para que se fueran
acostumbrando a gobernar”.
Amorín reconoce que al sugerirles que se hicieran “cargo del trabajo
social”, Perón les estaba ofreciendo el Ministerio de Bienestar Social
el cual, en las propias palabras de Amorín,
“ante nuestro rechazo, quedó en manos de Lopez Rega”. (…) …”sig-
nificaba, nada más ni nada menos, que fortalecer el crecimiento de
nuestra Organización en las bases peronistas y, con ello, darnos
una autentica posibilidad de lograr, en cuatro años, la hegemonía
política del movimiento peronista. Nos heredaba el Movimiento, nos
ofrecía el futuro porque, digámoslo de una buena vez, el presente
era él, el propio Perón”.
Aunque parezca mentira, y siempre según Amorín,
“La conducción nacional de Montoneros jamás informo a sus cuad-
ros de esa oferta”.
En este tema, Perdía y Amorín tienen razón: varias veces Perón
les ofreció integrarse al Movimiento, porque quería que “la juventud
maravillosa” figurara entre sus herederos, pero sin pretender ser los
únicos, sin tirar un viejo por la ventana cada mañana, sin apresurami-
entos infantiles, sin ínfulas de hegemonía y sin las armas. Es decir, sin
destruir la esencia del peronismo, que es su carácter de movimiento,
una organización que debe abarcar al pueblo en su conjunto y ser
conducida como lo hacía Perón (con la oreja atenta al clamor popular;
en un verdadero y permanente diálogo conductor-pueblo), y no al es-
tilo de los leninistas y trotskistas iluminados por un espíritu santo de
bolsillo, siempre elitistas.
Perdía, a su turno, niega que existiera desde el principio la tendencia
de Montoneros a constituir un partido elitista-vanguardista-leninista,
El último gobierno peronista - 73

pero acepta, igual que Amorín, que terminaron siéndolo. En la página


285, Amorín lo reconoce expresamente:
“(En 1974/75) Habíamos virado hacia posiciones ‘izquierdistas’ y
vanguardistas, más cercanas a las que sostenía el ERP. Además,
nuestra propia evolución militarista e ideologista había creado las
condiciones para ese acercamiento”.

4.- No al acuerdo con Perón, sí a los fusiles


Y hay más. El 6 setiembre de 1973, es decir pocos días antes de que
Perón fuera plebiscitado en las elecciones del 23-09-73, y de que los
montoneros asesinarán a Rucci el 25-09-73, el General mantuvo otra
reunión conciliatoria con Firmenich y Quieto. Según reconoce Amorín
(página 247):
“El Viejo les ofreció un acuerdo: los montoneros seguiríamos al
frente de la juventud, de la Universidad y de los espacios de poder
en el Estado que teníamos hasta ese momento. Y podríamos actuar
en el Partido Justicialista, al cual el Viejo nunca le dio mucha impor-
tancia; dentro de los límites impuestos por los estatutos partidarios,
él no iba a interferir. Como contrapartida nos exigió respeto al Pacto
Social y que dejáramos de meternos con el sindicalismo. (…) Fir-
menich, en la reunión de la Conducción Nacional, interpretó: ‘El
Viejo nos da lo que ya tenemos y a cambio quiere que disolvamos
la Juventud Trabajadora Peronista’”. ¡Increíble ceguera!

5.- …Usted es el responsable


Cuenta el doctor Oscar Alende (cofundador, junto con Arturo Frondizi,
de la Unión Cívica Radical Intransigente, ex gobernador de Buenos
Aires y candidato presidencial en la formula Alende-Sueldo en 1973
por la Alianza Popular Revolucionaria) que el 01-05-74, una vez termi-
nado el acto en la Plaza de Mayo en donde el General dijo aquello de
“imberbes estúpidos”, dirigiéndose a López Rega lo conminó:
“No quiero que ocurra absolutamente nada y usted es el responsa-
ble”.
El episodio lo relató Alende a Felipe Pigna, y lo transcribe José Amorín
en el mencionado libro “Montoneros: la buena historia”. El propio
Amorín, que estuvo en esa Plaza todavía como montonero, reconoce
74 -

que, sin esas palabras de Perón, esa noche se habría producido una
masacre similar a la de Ezeiza.
Una vez más, Perón “cubrió” a los montoneros.

6.- Un intento más


Otro ejemplo del real deseo de Perón respecto de los montoneros lo
da Amorín, en el mismo libro arriba citado. En la pág. 256 reconoce
que:
“Después del asesinado de Rucci, Hobert (uno de los principales
dirigentes montoneros), secundado por el Canca Gullo, Perdía y,
tal vez, también por Dardo Cabo, hicieron lo imposible por arreglar
los tantos con el sindicalismo y con Perón. Sé que llegaron a un
acuerdo con Lorenzo Miguel y que el Viejo se sentía predispuesto
a conciliar. Y sé que, como hecho simbólico del potencial acuerdo,
apostaron a la manifestación del 1º de mayo del ’74. Pero, como
tantas veces sucede en la historia de las revoluciones, los insensa-
tos les ganaron de mano”.
Es de destacar que, por lo que dice Amorín, Perón se sentía dispuesto
a conciliar aún después del alevoso asesinato de Rucci y antes del 1º
de mayo de 1974.

7.- El postrer esfuerzo


Más todavía, después de todas las afrentas, Perón conservaba la su-
ficiente templanza y grandeza de alma como para abrir una nueva
posibilidad de diálogo con los montoneros. Para ello, habilitó a Duilio
Brunello, a la sazón interventor federal en Córdoba y vicepresidente
del Partido Justicialista, para que iniciara conversaciones conciliatori-
as con la conducción de Montoneros. Brunello encargó a su secretario
privado y asesor político Carlos “Chango” Funes que tomara contacto
con la conducción montonera. Los detalles de esas conversaciones y
sus resultados me fueron transmitidos en forma personal por Carlos
Funes años después.
Según el “Chango”, las reuniones comenzaron a mediados de mayo
de 1974, apenas unos días después de los brulotes de los imberbes
contra Isabel en Plaza de Mayo. Por la conducción de Montoneros
asistieron tres de sus miembros, encabezados por Juan Carlos Dante
El último gobierno peronista - 75

“Canca” Gullo. El diálogo no fue fácil porque, si bien Gullo era par-
tidario de “volver a Perón”, el resto de la conducción (que no asistía
a las reuniones) seguía pensando que “el poder brota de la boca del
fusil” y rechazaba toda posibilidad de reconciliarse con el General.
Sin embargo, la paciencia del “Chango” y del “Canca” hizo posible
que, a mediados de junio, y luego de varias reuniones, se aprobara un
borrador. El primer punto era el acatamiento de Montoneros a la con-
ducción de Perón. Para hacerles menos duro el trago, se convino una
forma elegante de proclamarla: Montoneros pediría autorización al
General para asistir, como representante de la Juventud Peronista, al
Congreso de Juventudes Políticas Latinoamericanas que se realizaría
en Cuba en el siguiente mes de julio. El resto de lo acordado coincidía
en líneas generales con la propuesta que les había hecho Perón a
Quieto y Firmenich en la ya citada reunión del 6 de setiembre de 1973.
Funes entregó el borrador a Brunello, y éste lo puso en manos del
General alrededor del 20 de junio. Y ahí quedó, como simple proyecto,
porque, primero el viaje a Paraguay, luego el agravamiento de la salud
de Perón e inmediatamente después su muerte anularon esta última
posibilidad de evitar la tragedia.
Ese diálogo final que, según todo indica, fracasó sólo porque la parca
dio su veredicto inapelable, fue posible porque Montoneros estaba
sensiblemente “ablandado”, ante la abrupta pérdida de adherentes
que experimentó sobre todo a partir del asesinato de Rucci.
La sangría se agravó cuando enfrentaron a Perón en enero 1974 frente
a las cámaras de TV y ante la perentoria admonición del General de
que se definieran, y 8 de sus 15 diputados nacionales renunciaron.
Pero, con toda seguridad, las bases juveniles abandonaron masiva-
mente a la conducción montonera cuando, con total soberbia y abso-
luta falta de sensatez, insultaron a la esposa de Perón (“No rompan
más las bolas…”) y amenazaron a los sindicalistas (“Rucci traidor,
saludos a Vandor”). El Viejo los echó, pero no todos se fueron. El pro-
pio Amorín relata (página 298 y siguientes):
“Nosotros (se refiere a su actividad política como montonero, pero
él ya sin armas, en el Oeste del Gran Buenos Aires) movilizábamos
familias: abuelos, padres, nietos. Gentes que tenían ganas de ver
a Perón y, de paso, darse una vueltita por Buenos Aires. Gentes
que no sólo no estaban preparadas para ningún tipo de enfren-
76 -

tamiento sino que eran, además, las víctimas propiciatorias de los


mismos. (…) Eran simples hombres, mujeres y niños, humildes en
su mayoría cuya única aspiración consistía en saludar a Perón. (…)
(la indicación era concentrarnos) en la explanada de la facultad de
Derecho, donde debíamos reunirnos con el resto de las columnas:
no había mucha gente y, la inmensa mayoría, eran militantes de la
Jotapé. Además, se respiraba un clima de guerra: las columnas,
formadas de manera militar ordenadas y encuadradas por sogas,
hacían marchas y contramarchas… los militantes carecían de ese
aire festivo qué siempre había caracterizado a las movilizaciones
de la Jotapé. (…)… supe que había cambiado la historia y los mon-
toneros estábamos solos: el pueblo había dado un paso al costado.
(…) Y sentí que una puñalada me atravesaba el estómago cuando,
frente al Viejo en el balcón comenzaron las consignas contra Isa-
bel… Cuando las columnas Montoneras comenzaron a marcharse
de la plaza, di la orden de quedarnos y gritar ‘Perón, Perón’.
La soledad que la conducción de Montoneros comenzó a sufrir la for-
zó, sin dudas, a permitir que los ”moderados” de ella, como el “Canca”
Gullo y otros pocos, dialogaran en mayo/junio de 1974 con los repre-
sentantes de Perón y elevaran al General el proyecto de conciliación
mencionado. Pero, esta vez, la muerte fue la que dijo no.
El último gobierno peronista - 77

Capítulo IV

Perón y la subversión terrorista

Quienes aún hoy intentan crear una leyenda negra contra Perón in-
sisten, no solo en que el General traicionó a los montoneros, sino que
ordenó su asesinato masivo.
Como si respondiera a una campaña orquestada, desde fines del
2006 se observó una llamativa proliferación de libelos periodísticos,
juicios penales, libros, programas de radio y televisión, etc., destina-
dos a intentar convencernos de que existió un Perón ogro, traidor y
asesino de montoneros.
En esa tarea descolló durante varios años el ya citado Miguel Bo-
nasso, con su libro “El presidente que no fue”, luego la posta pasó a
manos de Juan Bautista “Tata” Yofre. Finalmente vino la legión de imi-
tadores y pescadores de río revuelto: Marcelo Larraquy, Hugo Gam-
bini, Horacio Verbitsky, etc.
Yofre publicó en septiembre del 2006 un libro titulado “Nadie fue” que,
visiblemente, está dedicado a demostrar lo imposible: que el golpe
militar del 24-03-76 era indispensable, que estuvo totalmente justifi-
cado y que, por ello mismo, los argentinos deberíamos estar agra-
decidos de aquellos golpistas inhumanos. Eso no es de extrañar por
cuanto el “Tata” siempre ha sido un hombre sugestivamente muy cer-
cano a los militares, y siempre ha escrito en órganos periodísticos no
justamente afectos al peronismo.
En ese libro y siempre en su afán de justificar las atrocidades de los
militares golpistas, hace mil piruetas para endosarle a Perón una su-
puesta orden de asesinar a los montoneros. Con ello, insinúa Yofre,
los genocidas quedarían “blanqueados” ya que habrían actuado cum-
pliendo con la “obediencia debida” a… Perón.
Esa peregrina tesis la ha repetido el “Tata” en dos notas que publicó
en el diario Ámbito Financiero los días 11 y 12 de enero del 2007
En tales notas se asegura que, cuando los montoneros ya desorbita-
dos total e irreversiblemente, asesinaron a Rucci en forma premedita-
da y alevosa (Amorín reconoce que ese crimen se organizó semanas
78 -

antes y fue una expresa declaración de guerra contra Perón), el Gen-


eral emitió el llamado “Documento Reservado”, que Yofre denomina
con el misterioso nombre de “Somatén”.

El “Somatén”
La historia del Somatén es por demás pintoresca y constituye una
prueba notoria de la capacidad ilimitada para inventar leyendas ne-
gras que tiene el amplio y bien publicitado sector “peronofóbico” (en
buen romance, gorila). También es una muestra palmaria de que los
extremos se juntan, se necesitan, se justifican mutuamente, se aman
y se ayudan. Dicha historia (tentado estoy de llamarla historieta) del
Somatén fue inventada por el “izquierdista” Bonasso, y usada para
sus escritos por el “derechista” Yofre. Una mano lava la otra, y las dos
tratan de ensuciar la cara de Perón.
Según el enemigo acérrimo de Perón señor Bonasso (pág.436), Glo-
ria Bidegain visitó al General, junto con su padre Oscar, mientras éste
era gobernador de la Provincia de Buenos Aires. En la charla de los
Bidegain con Perón estuvieron presentes López Rega y su hija Nor-
ma, y “algunos extraños que Gloria no conocía”. Según el ex dirigente
montonero:
“Perón se volvió hacia don Oscar (Bidegain) y dijo algo extraño, que
la jovencita (se refiere a Gloria Bidegain) tardaría años en descifrar:
‘Lo que hace falta en la Argentina es un Somatén’”.
Luego Bonasso “fabula” en versión libre al expresar que:
“Mucho después, la hija de Bidegain creyó recordar que el Somatén
había sido un cuerpo represivo no oficial, probablemente creado
por Franco que había actuado después de la caída de la República
Española. En realidad el Somatén es una institución armada de
Cataluña que se remonta al siglo XI, fue reflotada en 1876 por el
brigadier Joaquín Mola, y cobró un nuevo impulso en 1923, cuando
el general Miguel Primo de Rivera, padre del creador de la falange,
encabezó un golpe de estado”.
Y para rematar su fábula maliciosa, Bonasso saca la antojadiza con-
clusión que le conviene para enlodar a Perón:
“La sombra de aquella charla se extendería sobre los cadáveres
que la Alianza Anticomunista Argentina sembraría en los bosques
El último gobierno peronista - 79

de Ezeiza, alimentando una sospecha que Gloria no podría confe-


sarse nunca: la idea de la Triple A no había nacido en la cabeza de
López Rega, sino en la del propio Perón”.
No hay que ser muy perspicaz para descubrir el truco de Bonasso,
empeñado, como buen montonero resentido con el General, en deni-
grarlo y manchar su figura. Obsérvese que:
1. Gloria era casi una adolescente: tenía apenas 20 años y nada sa-
bía de política, tal como el propio Bonasso lo informa poco antes
de la parrafada transcripta.
2. La propuesta de crear un Somatén que, por lo visto, es la “proto
Triple A”, la formula Perón nada menos que a Bidegain… uno de
los dirigentes “de superficie” de los montoneros. Nadie, salvo Bo-
nasso y Gloria Bidegain, puede creer que Perón fuera tan estúpido.
3. La jovencita Gloria retuvo en su memoria el nombre Somatén
durante años (“tardó años en descifrar”, dice Bonasso) lo cual,
para una muchacha de esa edad e inexperta en política, resulta
bastante extraño. En este caso, Bonasso y Gloria nos toman por
estúpidos a nosotros.
4. La jovencita Gloria “creyó recordar (es decir, nada seguro) que el
Somatén había sido un cuerpo represivo no oficial, probablemente
(tampoco seguro) creado por Franco”. De modo que la memoria
privilegiada de Gloria, que pudo retener durante años esa pala-
breja, no alcanza sin embargo para recordar si el Somatén era un
cuerpo represivo y si lo había creado el dictador Franco. Pero el
objetivo del calumniador de Perón estaba logrado: con esa frase
ambigua deja la sospecha de que Perón se refería a la futura Tri-
ple A, y la llamaba crípticamente Somatén. Seguro: nos toman por
estúpidos.
5. La malicia y el odio con que Bonasso escribe esta historia tiene
su punto de mayor gravedad en esa frase final…”La sombra de
aquella charla se extendería sobre los cadáveres…” Ahora resulta
que la matanza de Ezeiza fue producto del crimen de uno solo de
los bandos, y no una carnicería mutua. Y, para colmo de la leyen-
da, ese bando criminal era… la Triple A, por lo cual, el 20 de junio
de 1973 cometió su primer horrendo crimen una organización que,
según el propio montonero Bonasso, recién nacería en diciembre
del mismo año (es decir, seis meses después). Conclusión final: el
80 -

estúpido parece ser Bonasso.

El turno de la “derecha”
Juan Bautista “Tata” Yofre es un viejo conocido nuestro. El ex presi-
dente Menem, apenas asumió, lo designó como jefe de los espías
argentinos, es decir de la SIDE.
Una vez terminado su ciclo de agente secreto, Yofre fue designado,
siempre por Menem, como embajador en Panamá, y luego en Portu-
gal, para culminar su periplo menemista como asesor presidencial.
Recién en 1998 dejó la función pública menemista y regresó a la
actividad privada. De modo que Yofre vivió “pegado” a Menem, y al
parecer con mucho gusto, durante nueve años. Y en ese prolongado
lapso jamás se le escuchó o se leyó una palabra suya de oposición
a las barbaridades que se estaban cometiendo, ni de denuncia so-
bre la corrupción galopante que reinaba. Recién en 2007, es decir, 8
años después del jolgorio menemista-alsogariano, surgieron sus in-
quietudes tan sugestivamente moralistas. Pero no contra Menem,…
sino contra Perón.
Veamos.

Las notas de Ámbito Financiero


En dichas notas, y como buen extremo de un lado, Yofre se abraza
al extremo del otro lado y parte, para redactar su fantasía, de las “en-
señanzas” de un historiador tan poco serio como Miguel Bonasso.
Para ello transcribe, como si fuera la Biblia, el párrafo íntegro del ex
montonero:
“Perón se volvió hacia don Oscar (Bidegain) y dijo algo extraño…
‘Lo que hace falta en la Argentina es un Somatén’”… “La sombra
de aquella charla se extendería sobre los cadáveres… la Triple A
no había nacido en la cabeza de López Rega, sino en la del propio
Perón”.
El “Tata”, a continuación, le enmienda la plana a su maestro: en
lugar de colocar el origen del Somatén en el siglo XI, se muestra
un poco más modesto en historia y jura que la idea fue del teniente
general Alejandro Agustín Lanusse, quién, siempre según Yofre, “la
lanzó en presencia del general Alberto Samuel Cáceres, jefe de la
El último gobierno peronista - 81

Policía Federal”. El diálogo, dice el “Tata”, fue presenciado por tres


testigos:
“Lanusse: ¿No habrá llegado el momento de formar grupos redu-
cidos para la lucha argentina contra el terrorismo? Ir al terreno que
ellos (los terroristas) nos plantean.
“Cáceres: Mi General, si eso se hace, al día siguiente no controlo a
esa gente. No lo aconsejo.
“Lanusse dejó pasar unos segundos y finalmente aceptó el consejo:
Haga de cuenta que no dije nada. Délo por olvidado”.
Yofre no nos dice quiénes fueron los testigos. Y, como los protagoni-
stas de ese diálogo ya no existen, nos quedaremos con las ganas de
saber si fue real o sólo se trata de un invento más o de un “chimento”
que le hicieron llegar los servicios de Inteligencia Militar.
El “Tata” cita a continuación al periodista y editorialista frecuente del
diario La Nación Marcelo Larraquy (“Fuimos soldados”, Ed. Aguilar,
Buenos Aires, 2004) quien, según Yofre,
“En su biografía sobre López Rega, (Larraquy) relató que la ob-
sesión de Perón era liquidar al Ejército Revolucionario del Pueblo-
ERP, y que ‘en diciembre de 1973 le había propuesto a (Rodolfo)
Galimberti conducir un grupo de represión ilegal contra la guerrilla
marxista’”.
En este caso, el alumno Larraquy, discípulo del alumno Yofre, le mató
el punto al maestro de ambos, Bonasso, en cuanto a la enverga-
dura del invento transcripto. Hasta el propio Yofre estima prudente
despegarse de su alumno Larraquy y reconoce que:
“El dato parece confuso…porque para ese diciembre de 1973…Gal-
imberti estaba replegado sobre las entrañas de la ‘orga’ Montoneros
(en la Columna Norte), como consecuencia de su traspié al anunciar
la formación de ‘milicias populares’ en abril de ese año, provocando la
furia del propio Perón”.
De todos modos, Yofre se olvida de que, en diciembre de 1973, Galim-
berti estaba “replegado” no sólo por su disparatada propuesta de las
milicias populares, sino porque Montoneros como tal ya había enfren-
tado abiertamente a Perón al asesinar dos meses antes a Rucci. Al
parecer, la Triple A habría cometido crímenes bastante antes de nacer,
82 -

y los Montos seguían al lado de Perón después de haberse separado


de él. Cosas de una fantasía “gorila” desbordante, que resuelve de un
plumazo dos imposibles metafísicos: que algo exista antes de existir,
y que siga existiendo después de haber dejado de existir.
Aun así, Yofre trata de salvar la ropa de su “colega” Larraquy, y con-
cluye:
“De todas maneras, hay que tener en cuenta que Larraquy escribió
una extensa biografía de Galimberti y de allí que haya podido es-
cuchar una confidencia del propio dirigente montonero”.
En definitiva, Larraquy asegura, y a Yofre le parece posible al menos,
que Perón, en el colmo de la estupidez humana, en diciembre de 1973
(insisto, dos meses después del asesinato de Rucci por Montoneros,
y también dos meses después de la declaración pública de la dupla
Montoneros-FAR sobre su ideología marxista) le haya encargado al
dirigente montonero Rodolfo Galimberti “la represión ilegal de la guer-
rilla marxista”. O Perón estaba loco, que no lo estaba con toda segu-
ridad, o estos dos “historiadores” han llegado demasiado lejos en su
fantasía gorila.
Es de destacar que Yofre basa buena parte de su relato también en un
trabajo de Carlos Manuel Acuña, quien fuera un destacado periodista
del diario “La Prensa” en la época en que sus propietarios pertenecían
a la familia Gainza Paz, destacados y ancestrales antiperonistas de
siempre. Es Acuña quién más insistió en el famoso “Somatén”. No por
casualidad, Acuña terminó sus días como agente privilegiado de la
CIA (decir CIA, es decir CIA-Mossad), que le “bancaba” y abastecía
de “chimentos” su sitio digital “El Informador Público”.
Está todo dicho.

El “Documento Reservado”
Siempre según Yofre:
“El Acta Fundacional de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA)
es del 1º de octubre de 1973, seis días más tarde del asesinato de
José Ignacio Rucci, Secretario General de la CGT, durante una re-
unión que presidió el propio General Perón como presidente electo
de la Nación, y la presencia de Raúl Lastiri (presidente interino);
los ministros del Interior, Benito LLambí y de Bienestar Social José
El último gobierno peronista - 83

López Rega; el Senador Nacional y Secretario General del PJ, José


Martiarena; y los gobernadores, sin excluir a los cinco que estaban
enrolados en la tendencia revolucionaria, y los vicegobernadores”.
En esa reunión se habría leído:
“un Documento Reservado que fijaba directivas para terminar con
el ‘entrismo’ de la izquierda”.
A esta altura de mi relato, es bueno aclarar que efectivamente Perón
(a simple título de jefe del Movimiento, pues aún no era presidente), al-
rededor de esa época efectivamente dio directivas internas al peronis-
mo para evitar la acción disolvente de los montoneros, que pretendían
coparlo… en nombre de Perón, e imponiéndole una ideología extraña
y reemplazando la conducción del General por la de Firmenich, según
he demostrado en los capítulos anteriores. Insisto, las directivas las
dio Perón en persona, o en todo caso como jefe del Movimiento, y
para uso de sus dirigentes, de modo que ni era una orden oficial ni,
mucho menos, la orden era matar. Para mayor ilustración de mis lec-
tores, al final de este capítulo transcribo en forma íntegra el tal docu-
mento, titulado muy claramente INSTRUCCIONES DEL COMANDO
SUPERIOR AL MOVIMIENTO JUSTICIALISTA. Con un simple cotejo
de su texto, se puede inferir la malicia de Bonasso, Yofre y Larraquy.
La trampa de Yofre consiste en no aclarar con precisión que eran di-
rectivas internas y tergiversar las palabras de Perón, para hacer creer
que la orden era asesinar montoneros. Insisto, lo mejor para desen-
mascarar esta falacia es analizar el famoso Documento atribuido a
Perón, y la interpretación que Yofre hace caprichosamente. Yofre ase-
gura que la interpretación que él usa se la solicitó a un oficial retirado
del Ejército, “especialista en cuestiones de inteligencia y estrategia”,
pero no nos da su nombre. Ésa es una muy original forma de hacer
historia, sin citar la fuente o reservándose el nombre de ella. Y tal
prueba, en un personaje como el “Tata”, o resulta totalmente increíble
o hay que atribuirla, una vez más, a “carne podrida” entregada “gen-
erosamente” a Yofre por algún servicio de Inteligencia Militar, de los
cuales este “historiador” parece sugestivamente muy amigo. Aún así,
veamos lo que dice el “especialista” consultado por Yofre:
a. Donde el Documento (de muy dudosa existencia) afirma,
“…la agresión de los grupos marxistas-terroristas en forma sis-
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temática importa una guerra desencadenada contra nuestra or-


ganización y dirigentes… y tilda a los montoneros de enemigos…
el “especialista” asegura que debe interpretarse que Perón está ya
justificando su matanza.
b. Donde el Documento dice,
“Ese estado de guerra… no puede ser eludido y nos obliga… a
atacar al enemigo en todos sus frentes y con la mayor decisión…”
el “especialista” decide interpretar que Perón está preparando el
terreno para justificar la matanza de montoneros.
c. Donde el supuesto Documento anuncia que,
“Se organizará un sistema de inteligencia al servicio de esta lucha”,
el “especialista” dice que el General está creando “estructuras de
Inteligencia paralelas a las institucionales del país”.
Pero se olvida que Perón, insisto, no habla como presidente, ni
trata de formar una SIDE privada, sino que dispone que en su Mov-
imiento se haga la lógica y necesaria inteligencia sobre el mov-
imiento de agentes provocadores. Si el “especialista” es realmente
especialista en estos temas, sabrá mejor que todos nosotros que
en cualquier organización (política, sindical, empresarial, depor-
tiva, social, barrial) sus directivos tienen la obligación de averiguar
si hay provocadores para evitar el daño que podrían ocasionar.
Hasta la comisión directiva de un equipo de fútbol, si no investiga
(es decir, no hace “inteligencia”) a los “barrabrava” que perturban el
desarrollo de los partidos, está faltando a su deber.
d. Donde recomienda,
“Utilizar todos los medios que se consideren eficientes en cada
lugar y oportunidad…”
el “especialista” deduce que Perón está hablando de matarlos…
e. Donde el Documento ordena,
“Los compañeros peronistas en los gobiernos nacional, provincial
o municipales deberán participar en la lucha, haciendo actuar a
todos los elementos de que dispone el Estado para impedir los
planes del enemigo y para reprimirlo con todo rigor”,
el “especialista” interpreta que: “Eso puede ser considerado como
un antecedente documental de los decretos que dos años más
tarde involucraron a las FF.AA. en la lucha contra el terrorismo”.
El último gobierno peronista - 85

He ahí un original y nada tímido intento de justificar las matanzas de


la dictadura militar: ¡los procesistas, según el “especialista” de Yofre,
habrían matado y torturado porque Perón se los ordenó ya en octubre
de 1973…!
Obsérvese que el supuesto Documento indica a “los compañeros
peronistas” que “hagan actuar a todos los elementos de que dispone
el Estado”, y El estado, lo sepan o no Yofre y el “especialista”, sólo
disponía de elementos que estaban dentro de la ley, porque nuestro
Estado era un Estado de Derecho, y no una dictadura o gobierno “de
facto” como el que al parecer defienden ambos “seudos”: historiador
y especialista.
Pero lo más arbitrario y desopilante es lo que viene: el ”especialista”
ignoto, sin otras pruebas o indicios que las antojadizas interpreta-
ciones citadas, saca la siguiente “Conclusión general” (que el “Tata”
acepta con gusto) :
“En ese marco, las Tres A constituyeron el instrumento paralelo
del gobierno peronista que se resistió a ser trasvasado ideológica-
mente y a ceder el espacio de poder disputado y ganado en las
urnas. Constituyó una respuesta oficial, apreciada como necesaria,
aun en la forma, a los grupos terroristas que enfrentaban el gobi-
erno y la sociedad.
Y la remata “dignamente”:
“Este documento analizado podría ser definido como la ‘partida de
nacimiento’ de la Triple A., oficializado directamente por el General
Perón con la aprobación de los máximos dirigentes del movimiento”.
Lo que antecede es de una insondable mala fe. Nunca las Tres A
fueron “el instrumento paralelo del gobierno peronista”, sino que, fuer-
on creadas, dirigidas y operadas por los futuros golpistas genocidas,
comandados ya por el general Videla, en ese entonces Jefe del Es-
tado Mayor Conjunto. Un ministro, López Rega, les prestó cobertura
política, haciendo las veces de “perejil”, aunque con una terrible culpa-
bilidad personal. Y cuando Isabel fue informada en forma fehaciente
y creíble para ella de que López Rega andaba en esas “aventuras”,
suscribió su separación del Gabinete, tal como demostraré más ad-
elante con el testimonio de su Jefe de Granaderos, el coronel Jorge
Sosa Molina. De ahí, a decir que “la Triple A fue instrumento del gobi-
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erno peronista”, hay un abismo que Yofre y su sedicente “especialista”


rellenan con bastante malicia.
Además, afirmar que ese supuesto Documento fue la “partida de
nacimiento de la Triple A, oficializado directamente por el general
Perón” es una calumnia y un dislate que escapan a todo parámetro de
sensatez, según he demostrado al rebatir cada afirmación del “espe-
cialista” y del “historiador”.

El testimonio de un protagonista
Es interesante destacar que el propio Perdía reconoce la verdad so-
bre el supuesto Somatén. En la pág. 200 de su libro afirma:
“Antes de asumir, el 1º de octubre, en una reunión con los goberna-
dores, Perón, Lastiri y el ministro del Interior -Benito LLambí- formu-
laron durísimas críticas a nuestro accionar. Hacia la opinión pública
trataban de asemejarnos e identificarnos con el ERP, y hacia aden-
tro –movimiento y gobierno- decidieron cerrarnos todas las puertas
y procurar nuestro aislamiento.
Era la respuesta de Perón a un hecho que había conmovido a toda
la sociedad. El 25 de setiembre, 48 horas después de la victoria
electoral de Perón, José Ignacio Rucci –secretario general de la
CGT- fue muerto, a la salida de una casa… la mayor parte de las
miradas apuntaron hacia nosotros…”
A pesar de que Perdía dice no conocer a los autores de ese ases-
inato, al cual él llama sólo “muerte”, está demostrado (hasta Bonasso
lo reconoce) que fueron ellos mismos, los montoneros, quienes “le
cortaron las patas” a Perón con el atentado contra Rucci, su mano
derecha en el campo sindical.
Al margen de eso, lo que interesa ahora es comprobar que Perdía,
al referirse a la reunión del 1º de octubre (la del fantasmal “Soma-
tén”), afirma que sus participantes trataban, hacia la opinión pública,
de asemejar los montoneros con el ERP, y hacia adentro, de cerrar-
les todas las puertas y aislarlos (objetivos totalmente razonables, da-
dos los ataques de Montoneros a Perón y al peronismo). Nada dice
el ex número dos de Montoneros, en cambio, sobre la fantasiosa
aseveración de Bonasso, Yofre y Larraquy (hoy repetida por Hugo
Gambini y cuanto “historiador” peronofóbico existe) de que ese día y
El último gobierno peronista - 87

en esa reunión Perón haya ordenado matar a todos los montoneros,


es decir al propio Perdía y a sus amigos. Ello constituye una verdad-
era confesión de parte (en este caso, de la supuesta víctima, que
libera de toda culpa a los acusados de ser sus victimarios), y es una
prueba más de cómo y cuánto se miente cuando se trata de enlodar
al peronismo y a sus dirigentes auténticos y leales.

Los absurdos de Yofre


El señor Yofre, aventajado discípulo del señor Bonasso, comete algu-
nas incongruencias tan groseras que no puedo pasar por alto.
1. Trata de hacernos creer que Perón, siendo general de la Nación,
destacado estratega e historiador militar, reconocido como un há-
bil político con treinta años de experiencia en esa materia, cometió
la chiquilinada (más parecida a una estupidez) de difundir un “Doc-
umento Reservado” (mejor dicho, reservadísimo, ultra-secreto y
más que confidencial y comprometedor, según el propio Yofre) en
una reunión multitudinaria: la plana mayor del PJ y del Movimien-
to, y todos los gobernadores y vicegobernadores.
2. Pero el más truculento de los absurdos de Yofre, como ya expresé,
no es la multitud ante la cual él dice que se leyó el Documento,
sino que jura que en esa muchedumbre estaban los cinco gober-
nadores que respondían de una u otra manera a Montoneros… ¡a
los cuales, siempre según Yofre, se ordenaba asesinar!
3. Remarco que, según este tan particular historiador, el Documento
Reservado es del 01-10-73, (“La Opinión” lo publicó al día sigu-
iente). Pero resulta que Perón, de acuerdo con lo que he dem-
ostrado con citas de autores intachables en este caso, entre oc-
tubre de ese año y su muerte el 1-7-74, ofreció más de una vez a
los Montoneros reincorporarse al Movimiento y darles generosos
espacios políticos. ¿Cómo se compagina ese ogro que pinta el
“Tata”, con el Perón real, el casi paternal que invita a los hijos
pródigos a volver al hogar común, incluso luego de que éstos in-
sultaron a su propia esposa?
¡Si todas las acusaciones contra Perón son como las de Bonasso,
Yofre y la del “especialista”…!
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Una perla muy sugestiva


En la época en que Perón lidiaba con la ley en la mano para reprimir
a los subversivos terroristas sólo con la policía, los civiles amigos,
defensores, protectores y, aun, cómplices de la dictadura militar, alen-
taban ya los métodos que pronto usaría la Triple A. A ellos, por rara
casualidad y muy extrañamente (mejor dicho, con total coherencia),
nunca nadie les ha iniciado juicio penal alguno, ni ninguna organi-
zación extranjera o local de derechos humanos ha reclamado que se
los juzgue y condene.
Al respecto, veamos lo que llegó a escribir quien fuera unos años
después ministro de Economía del Proceso, y uno de los hombres
más promovidos por la prensa “seria” nativa y extrajera. Me refiero al
Dr. Roberto Alemann, el cual en su diario “Argentinisches Tageblat”
(escrito en idioma alemán y español), editorializaba poco antes de
morir Perón:
“...se llega a la conclusión de que el Gobierno podría acelerar y fa-
cilitar ampliamente su victoria actuando contra las cabezas visibles
(de la subversión), de ser posible al amparo de la noche y la niebla
y calladamente, sin echar las campanas al vuelo. Si Firmenich, Qui-
eto, Ortega Peña entre otros, desaparecieran de la superficie de la
tierra, ello sería un golpe fortísimo para los terroristas. Las guerril-
las tendrían que buscarse nuevos líderes y sería mucho más difícil
encontrar gente para cubrir esos puestos, si todo aquél que actuase
pública y políticamente como dirigente de la izquierda armada su-
piese que automáticamente firma su propia sentencia de muerte. Si
Perón se dejase aconsejar por sus vecinos, (¿Pinochet?) estos se-
guramente le darían el consejo de obrar así. Pero, evidentemente,
Perón ve las cosas de otro modo”.
(Fuente: El Faro del Fin del Mundo - http://desdeelfarodelfindelmundo@blogspot.
com)
Las palabras huelgan.

El verdadero texto del “Somatén”


Para concluir este capítulo y descubrir la calumnia, nada mejor que
transcribir íntegramente el documento aprobado por el Movimiento
Nacional Justicialista aquel 1º de octubre de 1973.
El último gobierno peronista - 89

INSTRUCCIONES DEL COMANDO SUPERIOR AL MOVIMIENTO


JUSTICIALISTA A PROPÓSITO DE LA INFILTRACIÓN MARXISTA

I. SITUACIÓN
1- El asesinato de nuestro compañero José Ignacio Rucci y la forma
alevosa de su realización marca el punto más alto de una escalada
de agresiones al Movimiento Nacional Peronista que han venido cum-
pliendo los grupos marxistas, terroristas y subversivos en forma sis-
temática y que importa una verdadera guerra desencadenada contra
nuestra organización y contra nuestros dirigentes. Esta guerra se ha
manifestado de diversas maneras, por ejemplo:
a) Campaña de desprestigio de los dirigentes del movimiento, buscan-
do ridiculizarlos mediante eslóganes, estribillos o insultos, atribuyén-
doles defectos personales e imputándoles “traición” al general Perón
o a la doctrina.
b) Infiltración de esos grupos marxistas en los cuadros del movimiento
con doble objetivo: desvirtuar los principios doctrinarios del justicial-
ismo, presentando posiciones aparentemente más radicalizadas; y
llevar a la acción tumultuosa y agresiva a nuestros adherentes (es-
pecialmente sectores juveniles) colocándose así nuestros enemigo al
frente del movimiento de masas que por sí solo no pueden concitar,
tal que resultan orientado según sus conveniencias.
c) Amenazas, atentados y agresiones destinadas a crear un clima
de miedo o desconfianza en nuestros cuadros, y a intimidar a la po-
blación en general.
d) Asesinato de dirigentes peronistas.
2- El estado de guerra así planteado, se dirige en el fondo contra el
país, ya que si bien aparenta afectar a nuestro movimiento, tiende a
impedir la constitución y actuación del gobierno que presidirá el gen-
eral Perón por decisión mayoritaria del pueblo argentino.
El crimen cometido contra el compañero Rucci, particularmente por
el modo y la oportunidad en que fue consumado, indica que se trata
de destrozar al Movimiento Nacional Peronista y a sus dirigentes, cre-
ando al mismo tiempo una situación de caos social, que haga posible
la frustración del gobierno del Pueblo.
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3- Ese estado de guerra que se nos impone no puede ser eludido, y


nos obliga no solamente a asumir nuestra defensa, sino también a
atacar al enemigo en todos los frentes y con la mayor decisión. En
ello va la vida del movimiento y sus posibilidades de futuro, además
de que en ello va la vida de sus dirigentes.

II. DIRECTIVAS
1- Movilización: El Movimiento Nacional Justicialista entra en estado
de movilización de todos sus elementos humanos y materiales, para
afrontar esta guerra. Quien rehúya su colaboración para la lucha que-
da separado del movimiento.(Nota de Labaké: (Esta disposición es la
clave de todo: la pena que impone a los perturbadores y provocadores
[recordar: cinco días después de que ellos asesinaron a Rucci] es la
separación del movimiento, algo lógico en toda institución privada, no
el asesinato, del cual nada se dice ni se insinúa siquiera).
2- Reafirmación doctrinaria: Debe realizarse una intensa campaña
para difundir y reafirmar los principios doctrinarios del movimiento, es-
clareciendo sus diferencias fundamentales con el marxismo. En esta
campaña no se admitirá intromisión alguna de elementos pro-marxis-
tas, con pretexto de polémica u otro similar, y se les excluirá de toda
reunión y del acceso a todos los medios de difusión del movimiento.
3- Información: Se debe hacer saber a todos los dirigentes de todos
los niveles y al pueblo peronista, la posición que toma el movimiento
con relación a los grupos marxistas, explicando las circunstancias de-
terminantes y llevando a su convicción la necesidad de participar en
forma activa en la lucha contra nuestros enemigos.
4- Definiciones: Los grupos o sectores que en cada lugar actúan in-
vocando adhesión al peronismo y al general Perón, deberán definirse
públicamente en esta situación de guerra contra los grupos marxistas
y deberán participar activamente en las acciones que se planifiquen
para llevar adelante esta lucha. Asimismo deberán acatar estas direc-
tivas.
5- Unidad: Para esta lucha es fundamental consolidar la unidad del
movimiento. Para ello:
a) Las orientaciones y directivas que emanen del general Perón en
el orden partidario o en función del gobierno, serán acatadas, difun-
didas y sostenidas, sin vacilación ni discusiones de ninguna clase, y
El último gobierno peronista - 91

ello como auténtica expresión de la verticalidad que aceptamos los


peronistas.
b) Nadie podrá plantear cuestiones personales o disensiones de gru-
pos o sectores, que afecten o entorpezcan la lucha contra el marx-
ismo.
c) En cada rama del movimiento se actuará con estricta disciplina,
para cumplir los programas o planes de acción que elaboren por las
direcciones superiores correspondientes.
d) No se admitirá comentario, estribillo, publicación o cualquier otro
medio de difusión, que afecte a cualquiera de nuestros dirigentes.
Quien los utilice o quien los reproduzca o tolere, será considerado
enemigo del movimiento y quedará expulsado del mismo. La defensa
de todos comienza en la defensa de cada uno. (Nota de Labaké: In-
sisto, el castigo típico de cualquier organización contra quienes aten-
tan contra su unidad y su normal funcionamiento es, justamente, la
expulsión).
e) No se admitirá que ningún grupo utilice expresiones destinadas a
menoscabar a otros grupos peronistas, o a exaltar el propio grupo en
desmedro de los demás.
f) Las cuestiones que se susciten en el orden partidario se plantearán
por vía reservada a la autoridad superior del movimiento que corre-
sponda en cada rama. Ninguna cuestión interna se considerará más
importante que la lucha emprendida ahora.
g) Las objeciones a actos de gobierno producido por los peronistas
que ejercen funciones públicas, se harán también por vía reservada,
al funcionario peronista de mayor jerarquía que corresponda, con co-
municación a la autoridad superior del movimiento en cada rama.
h) Debe excluirse de los locales partidarios a todos aquellos que se
manifiesten de cualquier modo vinculados al marxismo, a sus posi-
ciones políticas o a sus actos. (Nota de Labaké: Otra forma de expul-
sión).
i) En las manifestaciones o actos públicos los peronistas impedirán
por todos los medios que las fracciones vinculadas al marxismo tomen
participación. (Nota de Labaké: Ídem).
j) Se prestará apoyo solidario a todo compañero o grupo que pueda
ser afectado a raíz de actos de lucha cumplidos en razón de esta
campaña que se inicia.
92 -

6- Inteligencia: En todos los distritos se organizará un sistema de in-


teligencia, al servicio de esta lucha, el que estará vinculado con el
organismo central que se creará.
7- Propaganda: Se impedirá toda propaganda de los grupos marx-
istas, máxime cuando se presenten como si fueran peronistas, para
confundir. Se impedirá la difusión por todos los medios. (Nota de La-
baké: como se trata de un documento interno, se entiende que la or-
den es impedir la difusión de esos libelos dentro del movimiento).
8- Participación popular: Se esclarecerá ante la población de cada
lugar cuál es la posición del movimiento y las motivaciones y sentido
de esta lucha, todo ello para suscitar el apoyo y la participación de
todos en la misma.
9- Medios de lucha: Se utilizarán todos los que se consideren efi-
cientes en cada lugar y oportunidad. La necesidad de los medios que
se propongan será apreciada por los dirigentes de cada distrito. (Nota
de Labaké: dentro del contexto anterior citado, esta directiva es clara:
se trata de medios políticos, legales).
10- Acción de gobierno: La actuación de gobierno de los compañeros
peronistas en los gobiernos nacionales, o provinciales o munici-
pales, sin prejuicio de sus funciones específicas, debe ajustarse a los
propósitos y desenvolvimiento de esta lucha, ya que a ellos compete
la principal responsabilidad de resguardar la paz social. En tal sentido:
a) Deberán impulsar el inmediato cumplimiento de medidas tendientes
a dar vigencia a los principios del justicialismo.
b) Deberán actuar en permanente comunicación con los sectores
populares y velando por la solución de los problemas.
c) Deberán participar en la lucha iniciada, haciendo actuar todos los
elementos de que dispone el Estado para impedir los planes del en-
emigo y para reprimirlo con todo rigor.
d) Deberán prestar la mayor colaboración a los organismos del mov-
imiento movilizados en esta lucha.
11- Sanciones: La defección de esta lucha, la falta de colaboración
para la misma, la participación de cualquier clase en actos favorables
al enemigo y aún la tolerancia con ellos, así como la falta de ejecución
de estas directivas, se considerará falta gravísima, que dará lugar a
la expulsión del movimiento con todas sus consecuencias (Nota de
Labaké: Dice, expulsión, no asesinato).
El último gobierno peronista - 93

Conclusión
Esta última disposición resume y aclara todo una vez más: se trata
de un documento político que contiene disposiciones y sanciones
meramente políticas, dirigidas exclusivamente a los integrantes de un
grupo político. Quien quiera interpretar lo contrario está falseando la
letra y el espíritu de esa legítima resolución (elemental defensa pro-
pia) del Comando Superior del Movimiento Justicialista.
El último gobierno peronista - 95

Capítulo V

El “misterio” de la candidatura de Isabel

Muerto Perón, para los violentos de la “izquierda” y de la “derecha”


había llegado el momento que con tanta ansiedad esperaban: enfren-
tarse a cara de perro y con las armas en la mano para que uno de
ellos, el que tuviera más poder de fuego y estómago para matar más
“enemigos”, se quedara con la herencia del General.
Las víctimas propiciatorias de esa orgía de sangre fueron, en primer
lugar, los inocentes que murieron por las balas de uno y otro bando,
el pueblo argentino en general y el gobierno constitucional de Isabel
en particular.
Según he podido comprobar en mis largas y frecuentes charlas con
ella (mantenidas especialmente durante los años en que fui su abog-
ado), Isabel recordaba en detalle y respetaba escrupulosamente las
enseñanzas que había escuchado del General. No tengo la menor
duda de que Perón le fue transmitiendo su experiencia política. Isabel
conocía perfectamente los secretos de esa temática, qué poderes se
movían a la sombra o a la luz del día, cuáles eran los problemas fun-
damentales, qué grupos y poderes internacionales nos enfrentarían
solapada o abiertamente, con cuáles sectores nacionales podíamos
contar y con cuáles no y las normas básicas de la conducción política.
El descontrol que sobrevino luego de la muerte del General no se de-
bió a la ignorancia de Isabel sobre esos temas, como muchos creen o
interesadamente simulan creer, sino a un conjunto de factores nega-
tivos que la sobrepasaron y bloquearon entre el 01-07-74 y finales de
octubre de 1975 aproximadamente. Para usar sus propias palabras:
“Con la muerte del General perdí al hombre que más amaba, a mi
esposo, mi asesor y guía, a mi presidente y al Conductor del Mov-
imiento”.
A esta pérdida insondable se sumó su endeble constitución física y
un hipertiroidismo severo, que hace su aparición cada vez que las
circunstancias adversas o una gran responsabilidad la abruman. Yo
personalmente presencié una de esas crisis hipertiroideas: pocas ho-
96 -

ras después de escuchar mi relato sobre los escabrosos detalles del


atentado contra el cadáver de Perón (junio/julio de 1987) Isabel sufrió
un agravamiento inusitado de su hipertiroidismo. Su frecuencia cardi-
aca sobrepasó las 200 pulsaciones por minuto, sus ojos se pusieron
saltones como nunca, sus manos se crisparon y el médico temió lo
peor. Por indicación del facultativo, Isabel debió recluirse en su de-
partamento durante una semana, y yo hacer mutis por el foro en ese
lapso. Según su médico, Isabel no debía afrontar situaciones tension-
antes mientras los síntomas de la crisis hipertiroidea permanecieran.
¡Me imagino la cantidad de esas crisis que habrá sufrido la viuda de
Perón durante el ejercicio de la presidencia de la Nación!
Lo cierto es que, pasado el primer año, Isabel se recuperó lo sufi-
ciente como para retomar el mando efectivo del gobierno. Fue ahí, y
no por casualidad, que los golpistas civiles y militares abandonaron la
cueva donde se habían recluido a lamer sus heridas, y comenzaron
los preparativos del golpe del 24-3-76. Lo pudieron hacer gracias a la
ayuda solapa o abierta de varios “peronistas” que cruzaron la línea de
la decencia, como explicaré más adelante.
De modo que Isabel conocía sus limitaciones, tanto las de orden físico
como las de orden espiritual (una sensibilidad no apta para sobrellevar
la despiadada lucha política que se desató). Sobre esto último, con-
viene tener presente que Isabel, luego de su bachillerato, hizo el curso
de danza clásica en el Conservatorio de Danzas del Teatro Colón.
En ese instituto compartió sus estudios con Haydée Padilla, conocida
artista que supo conmover al país con su entrañable personaje “la
Chona”. Años después la reencontré a Haydée en una fiesta familiar
en la que, a nuestro pedido, hizo de “la Chona” por unos instantes y
nos contó varias anécdotas de Isabel, su compañera de estudios en
el Conservatorio del Colón.
Viene al caso recordar que el gorilaje de variado pelo, que desgraci-
adamente todavía abunda en nuestro país, está empecinado en de-
scribir a Isabel como “una bailarina de cabaret”, cosa que jamás fue
real. “Perón se casó con la noctámbula Isabelita”, escribió canallesca-
mente de ella en estos días un periodista peronofóbico, que no hace
honor a la verdad histórica, y tampoco a la hidalguía hispánica que
mamamos desde los albores de nuestra nacionalidad. Y lo escribió en
el decano de los diarios gorilas del país: LA NACIÓN (¡cuándo no!).
El último gobierno peronista - 97

Una vez concluidos sus estudios de danzas en el Colón, Isabel se in-


corporó a una compañía de baile folklórico, que poco después realizó
una gira artística a través de varios países latinoamericanos, entre
ellos Panamá, donde residía Perón.
Según la creencia generalizada, abonada por el relato de Roberto
Galán (que luego se destacó como animador de programas de TV)
fue él quien hizo la presentación de Perón e Isabel. Galán aseguraba
haberla conocido en una función de la mencionada compañía folk-
lórica, cuando ésta actuaba en Panamá, al final de la cual Isabel le
habría manifestado su deseo de conocer al General.
Esa historia de Galán no es cierta. Con seguridad Galán no mintió,
porque efectivamente fue él quien acompañó a Isabel en ese primer
encuentro panameño con Perón, y no tengo dudas de que lo hizo de
buena fe. Pero, según me confió Isabel en persona, y ya es hora de
revelarlo, ése fue solo el primer encuentro panameño, pero no el prim-
ero de todos. Antes hubo otros, en Buenos Aires. La incorporación de
Isabel a la compañía folklórica, que pronto haría una gira y llegaría a
Panamá, fue el camino elegido por ella para posibilitar su encuentro
con Perón que, en realidad, fue un reencuentro. Perón e Isabel tenían
relaciones íntimas desde mediados de 1954 aproximadamente, época
en que concibieron un hijo que no llegó a nacer. Durante su exilio en
España concibieron un segundo hijo que también terminó en un abor-
to natural, para dolor de ambos.
Anécdotas aparte, lo cierto es que tanto el cuerpo de Isabel como
su espíritu denotan una personalidad proclive al arte y no a la lucha
política. Pero, muchas veces, el camino a recorrer no lo trazamos no-
sotros. Estoy seguro de que ése fue el caso de Isabel.
Sólo ella y Dios saben cuánto hubo de deseo y decisión personal de
Isabel, y cuánto de exigencia de las circunstancias históricas que se
vivían en ese momento (incluida la voluntad de Perón) en la acep-
tación de la candidatura a vicepresidente de la Nación e, incluso, has-
ta dónde ella buscó esa candidatura. Por lo mucho que he charlado
con Isabel sobre este tema, estoy seguro de que en aquella opor-
tunidad se sintió cruzada por sentimientos contrapuestos. Es lógico
suponer que experimentó miedo ante la posibilidad de aceptar una
responsabilidad tan pesada que fácilmente podía exceder su capaci-
dad de resistencia física y espiritual. De la misma manera debe darse
98 -

por sentado que Isabel conocía el precario estado de salud del Gen-
eral y la probable proximidad de su muerte, que la obligaría a ella a
asumir la presidencia de la Nación. Y, por otro lado, como le suced-
ería a cualquier mortal, Isabel debe haber experimentado el atractivo
(para muchos, irresistible) de llegar a esa altísima jerarquía, habiendo
comenzado su vida como una mujer de pueblo sin mayores aspira-
ciones salvo la danza. Conociéndola a Isabel como la conozco, estoy
convencido de que en ella el temor fue más fuerte que lo atractivo.
Debe haber sido Perón quién volcó el fiel de la balanza hacia el platillo
de la aceptación. En realidad, las evidencias demuestran que Perón
deseaba que Balbín fuera su vicepresidente y siempre mantuvo la
esperanza de que ésa fuera la solución, hasta el último minuto de su
vida. A esa conclusión he llegado, especialmente, luego del relato que
me hizo personalmente el coronel Jorge Sosa Molina (h) sobre lo que
su padre vio y vivió en esos días finales del General.
Pero, en vista de la imposibilidad de lograr esa fórmula de unidad na-
cional, es evidente que el General fue quien decidió que Isabel fuera
la candidata a vicepresidente.

Un punto de confluencia
Como siempre sucede cuando se trata de explicar las decisiones
políticas, hay versiones para todos los gustos y para todas las fobias.
Como ya dije, a mí me tocó asistir jurídica y políticamente a Isabel
Perón de 1983 a 1988. Al comprobar el sufrimiento y el desgaste de
su salud, ocasionados por aquella vicepresidencia y sus derivaciones
anteriores y posteriores al golpe militar, me inclino a pensar que Isabel
dudó mucho antes de aceptar la decisión de su esposo, conductor y
maestro. Pero había razones políticas, al margen de las personales,
en aquella ocasión tan delicada.
En primer lugar, el General debía señalar a alguien que fuera respeta-
do y obedecido dentro del Movimiento, para evitar el caos inmediata-
mente después de su muerte. Eso no era sectarismo, o confusión de
partido con país, sino la cruda realidad: si el peronismo, netamente
mayoritario y gobernante, no lograba mantener una mínima unidad
y cohesión, sería el país quien sufriría las consecuencias. Guste o
no, no había quien pudiera gobernar fuera del peronismo. ¿Bueno o
malo? Bueno no es, porque lo óptimo es que haya siempre una opción
El último gobierno peronista - 99

de recambio, pero era y sigue siendo la realidad.


Y esa cualidad de ser obedecido internamente, seamos honestos,
sólo se podía lograr con el apellido Perón y la seguridad de una acri-
solada y probada lealtad del candidato a vicepresidente. El tiempo lo
demostró. A pesar de todas las limitaciones que se le puedan endil-
gar a Isabel, su figura fue el único punto de referencia común para
los peronistas, tanto antes del golpe militar del 24-03-76, como luego
del retorno de la democracia. Mientras ella no renunció voluntaria y
definitivamente a la presidencia del Partido Justicialista (que ya era
más simbólica que real) y abandonó toda actividad política (lo hizo
a fines de 1984), no hubo un solo dirigente capaz de enfrentarla. Sí
hubo quienes pactaron con los militares procesistas del último perío-
do (1982/1983) un acuerdo innoble: que Isabel quedara inhabilitada
políticamente hasta que el Congreso partidario de setiembre de 1983
eligiera la fórmula presidencial. Pero esa grave acción obligó a todos
los dirigentes del Partido Justicialista a dar explicaciones (más exac-
tamente, a disculparse y proclamar de viva voz su lealtad) ante Isabel
en diciembre de 1983, cuando ella regresó al país para asistir a la jura
de Raúl Alfonsín como presidente y, de paso, convocó a una reunión
de “reconciliación” peronista en el Hotel Bauen. Sólo faltó a ese en-
cuentro Ítalo Lúder. Pero el ex candidato presidencial había enviado
a Isabel una orquídea unos días antes, junto con su pedido de entre-
vista personal, que fue denegada por la viuda del General “porque no
habría audiencia individual para nadie”.
Isabel, en ocasión de ser elegida candidata a vicepresidente, como
en toda su vida pública, cumplió con su deber de esposa, compañera
y argentina.

YPF era argentina y…


Los hechos posteriores a la muerte de Perón avalan la tesis de que,
a mediados de 1973, Isabel era la única acompañante aceptable para
la fórmula presidencial. Basta pensar qué habría ocurrido al momento
de sacar las castañas del fuego, si alguno de los otros precandidatos
(había varios…) hubiera sido el elegido.
Isabel gozaba del respeto de la generalidad de la dirigencia peroni-
sta, salvo casos aberrantes. Eliminada ella de la escena, “cada uno
comenzó a valer por el quiosco que tenía”.
100 -

En un mensaje que me llegó en 2008 por Internet, proveniente de una


humilde Unidad Básica “de las de antes”, sus militantes me decían
simplemente:
“Con Isabel, YPF era argentina, no teníamos deuda externa y
comíamos todos los días”.
Ésa es la realidad. A pesar de todo lo que le han inventado, y
de todos los errores que pueda haber cometido, más los que le
quieren adosar interesadamente, con Isabel, YPF era argentina, no
teníamos deuda externa y todos los argentinos comían todos los días.
El resto es especulación.
Es cierto, no poseía la retórica de los políticos clásicos, ni la picardía
de los dirigentes “con estaño”; Dios no le había concedido la habili-
dad dialéctica para “salvarse” de los periodistas acosadores, ni la ver-
sación filosófica del doctor angélico, pero no falló en lo fundamental:
YPF, la deuda, el pan nuestro de cada día, la corrupción y las otras
cuestiones de fondo fueron atendidas debida, decente y patriótica-
mente, como nunca sucedió después.

Perón-Balbín, hasta último momento


Perón seguramente intuía que, al llegar el momento de su muerte y
sin Isabel en la fórmula, el PJ (y con él, y por él, el país) sufriría un
proceso de convulsiones y anarquía imparable. Y ese panorama se
avizoraba ya en 1973, cuando los “fachos” y los “bolches” dirimían
sus diferencias con la retórica de las ametralladoras y las bombas. Es
cierto que el General conocía la influencia nada saludable que ejercía
López Rega y sus “pases mágicos” sobre el temperamento siempre
sensible en ese aspecto de su esposa. De todos modos, las razones
de la permanencia de López Rega en el entorno íntimo de Perón, y
la confianza que le dispensaba Isabel al “brujo”, son temas que req-
uieren un análisis más profundo y amplio. Lo intentaré más adelante.
Al respecto, es de interés el informe personal que me brindó en 2007
el coronel Jorge Hernán Sosa Molina, sobre las experiencias vividas
por su padre mientras fue jefe del Regimiento de Granaderos a Ca-
ballo (1974/1975). Todo indicaría que Perón, hasta el último minuto
de su vida, pensó en Balbín para sucederlo en la presidencia de la
Nación. Relata el coronel Sosa Molina hijo:
El último gobierno peronista - 101

“Según me contó mi padre, Perón trató hasta sus últimos momen-


tos de vida de lograr alguna vía constitucional para que Balbín qu-
edara de presidente al fallecer él. En la última semana de junio de
1974, es decir pocos días antes de morir, le encargó a un grupo de
personas entendidas que estudiaran esa posibilidad legal. Uno o
dos días antes de la muerte del General, las personas encargadas
de estudiar el tema le manifestaron que no era posible porque no
había ninguna vía constitucional para hacerlo”. 

¿Joven de día, viejo de noche?


Jorge Taiana padre (“El último Perón”) relata que el General, en 1973,
conservaba plenamente sus facultades mentales y volitivas durante
el día, pero que al caer la tarde perdía buena parte de su lucidez, y
su voluntad flaqueaba. De ahí se han tomado algunos exégetas de
Perón (algo interesados) para afirmar que, al momento de elegir su
acompañante en la fórmula presidencial, el león estaba tan viejo y
herbívoro que dejó hacer a su entorno.
No me parece seria ni creíble esa deducción. Yo he conocido per-
sonalmente a “ese” Perón de 1973, y he sido su interlocutor y su co-
laborador directo en varias oportunidades. Ese “viejito valetudinario”
del atardecer que nos pinta Taiana, jamás pudo haberse impuesto al
sólido Perón diurno que era quien tomaba las decisiones. Difícilmente
a la noche pudieron haberle arrancado un sí a fuerza de insistencia
machacona. De todos modos, concedámoslo. Pero, con toda segu-
ridad, a la mañana siguiente las aguas volverían a su cauce lógico,
sobre todo en una cuestión de tanta importancia como el nombre de
su acompañante en la vicepresidencia.
Y si mi opinión parece poca prueba de ello, conviene recordar lo que
hizo ese “viejito” supuestamente valetudinario cuando, sólo cuatro
meses antes (en abril de ese año), Galimberti reclamó públicamente
formar las milicias populares armadas; o cuando Anchorena y Guer-
rero, en diciembre del año anterior, quisieron alzarse con la provincia
de Buenos Aires.
A ese Perón, ¿se lo puede imaginar agachando sumisamente la ca-
beza a las nueve de la noche de un día de agosto de 1973, ante la
supuesta imposición de su entorno sobre la candidata a la vicepresi-
dencia?
102 -

La venganza y el nepotismo
Otros han preferido suponer que Perón, al elegir a su propia esposa
como candidata a vicepresidente en 1973, se tomó una tardía y esper-
ada revancha de la cerrada oposición de los militares a la postulación
de Evita para ese cargo en 1951.
Los seres humanos jamás tomamos una decisión por un solo mo-
tivo. Con mayor razón, en los políticos, me refiero a los bien nacidos,
las motivaciones altruistas van irremediablemente mezcladas con las
personales: con el desafío personal que siempre significa una candi-
datura, con el discreto (o no) encanto de los honores, las alfombras
rojas y los flashes. Con todo. El asunto es no dejar que las segundas
anulen a las primeras. Pero decir que se acepta un cargo sólo “como
un sacrificio” o como “un acto de servicio”, y que nada personal (legíti-
mo) nos mueve a ello, es una hipocresía.
Seguramente Perón debió sentir el placer de la venganza cuando se-
ñaló a Isabel en 1973, pero deducir de ello que ése fue su motivación
determinante o principal parece un dislate.
Y finalmente, hay quien atribuye esa elección de Perón en 1973 a
su nepotismo. Tampoco esa explicación parece tener asidero. Ex-
ceptuado lo de sus dos esposas (cuestión que ya analizaremos) y el
nombramiento de Juan Duarte como secretario privado en la primera
época, no hay casos de nepotismo en Perón. Quien más alto llegó por
vía familiar fue su hermano: tan estrecho parentesco sólo le alcanzó
para ser director del Jardín Botánico de Buenos Aires.
El único caso que podría catalogarse realmente de nepotismo fue el
ya mencionado: el de su cuñado Juan Duarte, que ocupó la Secretaría
Privada del General en la primera época y hasta su suicidio. Pero
ese nombramiento fue un pedido especial de Evita, quien sentía un
entrañable afecto por su hermano menor y único varón de una familia
sin padre. Y se me ocurre que el General, en 1946, ni siquiera intentó
resistirse a un pedido de ese tipo, viniendo de quién venía.
Diferente fue la actitud de Perón hacia sus dos últimas esposas, las
que actuaron en política. Eva, por su propio peso y sobrados méri-
tos, era la candidata segura a la vicepresidencia en 1952. Y Perón
así lo deseaba. Se interpusieron los prejuicios machistas de muchos
militares. El General sentía, no sólo un tierno cariño, sino una gran
admiración por esa mujer extraordinaria. Así lo demuestran innumera-
El último gobierno peronista - 103

bles testimonios y hechos documentados. Esos sentimientos se pro-


longaron luego de la muerte de Evita. De ahí los homenajes que se le
rindieron y, sobre todo, los tenaces esfuerzos de Perón por encontrar
su cadáver, restaurarlo y cuidarlo hasta que él mismo se topó con la
muerte.
Dicen que los afectos son el talón de Aquiles de quienes luchan por
sus ideales, porque de ellos se aprovechan sus enemigos para neu-
tralizarlos cuando resultan inútiles las tentativas de soborno y las ame-
nazas. Sin embargo, en 1951 el General antepuso las razones políti-
cas a las afectivas y Evita quedó relegada, aunque siempre ocupó un
lugar excepcional junto a (y en el corazón de) su esposo presidente.
El papel de Evita no se debió sólo a su esposo. Lógicamente, sin el
General, Eva Duarte habría sido una actriz popular y quizás no mucho
más. Pero Perón sólo le facilitó el camino, la orientó y la dejó actuar.
El resto lo hizo ella.

Las “tres” Isabel


Con Isabel, las cosas se dieron de distinta manera. No había nacido
en la extrema pobreza y en el abandono social como Evita. No era hija
natural o extramatrimonial, en una época en que eso era un baldón
imposible de levantar en la Argentina y con mayor razón en el Ejército.
El propio General, según uno de sus más documentados biógrafos (el
Dr. Hipólito Barreiro, “Juancito Sosa, el indio que cambió la Historia“,
Ed. Tehuelche, Buenos Aires, 2000), nació en Roque Pérez, provin-
cia de Buenos Aires, y era hijo natural de madre india (tehuelche),
doña Juana Sosa. Posteriormente fue reconocido por su padre Mario
Perón. La formalización del casamiento de los padres del General, así
como su “re-anotación” en el Registro Civil de Lobos y su bautismo
bajo el nombre de Juan Domingo Perón (en el Registro de Roque Pé-
rez figura como Juan Sosa) se realizaron unos cuatro años después y
fueron obra de su abuela paterna doña Dominga Dutey. En homenaje
a esa abuela se le agregó el segundo nombre: Domingo. Esas circun-
stancias fueron celosamente ocultadas, primero para poder ingresar
al Colegio Militar y seguir su carrera, y luego por razones políticas.
Perón y Evita, pues, venían de la marginación social (hijos extramatri-
moniales, provincianos y pobres) mucho más Eva que el General por
supuesto.
104 -

Isabel no provenía de un pueblo del interior, sino de un barrio porteño.


No es cierto que haya nacido en La Rioja; ella, siendo pequeña, se
trasladó junto con su familia a vivir en esa provincia, cuando su padre
fue designado gerente de la sucursal riojana del Banco Nación. Pocos
años después, los Martínez Carta regresaron a Buenos Aires, donde
continuaron la vida de una típica familia de clase media, cuyo jefe
es un empleado bancario de cierta jerarquía. Su vocación artística la
llevó a estudiar danza en el Conservatorio del Teatro Colón.
De modo que entre Evita e Isabel hubo una enorme diferencia de
pasado infantil, adolescente y juvenil. La misma diferencia que va de
una muchacha de familia rural y marginada, a otra criada en un hogar
medio de gran ciudad.
Evita y Perón se enamoraron en el fragor de la lucha política, cuando
el General era aún joven. Isabel y Perón se conocieron en Panamá
(o antes…) cuando él estaba de vuelta de muchas cosas, y exiliado.
Perón supo siempre que Eva era una gran política, o mejor dicho, que
era el fuego y la pasión al servicio de la política. Isabel, en cambio, fue
por muchos años solo su secretaria y compañera del hogar. Recién en
1964, cuando necesitó frenar las maniobras neoperonistas, recurrió a
ella y la envió en misión política a la Argentina, pero la hizo rodear de
muchos amigos y compañeros suyos que la ayudaron y cuidaron sin
descanso.
Por otro lado, Isabel no es un genio político, pero tampoco es una
negada en esa materia. Lo demostró en esa gira que duró varios me-
ses entre 1964 y 1965, y en la cual gozó del respeto general y obtuvo
logros políticos y personales nada desdeñables. Y lo ratificó siendo
vicepresidenta y luego presidenta: sabía con exactitud (por intuición y
por haberlo escuchado de labios de Perón) quiénes eran los amigos
y quiénes los enemigos de la Argentina y de su pueblo. Ella tenía
un concepto bien definido de los dos proyectos de país que son el
sustrato permanente de nuestras luchas políticas desde 1810 (y aún
desde antes). Puede faltarle retórica y muñeca política, también salud
y serenidad en los momentos álgidos, como ya expresé, pero sus
ideas en los problemas básicos fueron claras y firmes, y su conducta
ética y moral, intachable.
Quizás haya que pensar que, volitivamente y antes del golpe del 24-
03-76, hubieron dos Isabel muy distintas entre sí: una, antes de que
El último gobierno peronista - 105

muriera el General (más segura y tranquila, siempre protegida por su


esposo), y otra como su viuda (con un permanente sentimiento de
desprotección y bastante inseguridad). A la primera la conocí por los
diarios y por alguna reunión política (partidaria u oficial). A la segunda
la conocí someramente por haber sido, en alguna medida, un colabo-
rador suyo desde el cuarto trimestre de 1975 hasta el golpe de marzo
del ‘76.
Ello, sin contar con que hay una tercera Isabel: la prisionera de los
militares que nunca perdió su dignidad y que “resucitó”, junto con la
democracia, luego de los siete años y medio de cárcel y de la verdad-
era tortura moral a que la sometieron.
A la “tercera” Isabel creo que he llegado a conocerla bien.

La medalla y la cruz de Isabel


Lo que he relatado sobre la experiencia vivida por el coronel Sosa
Molina padre, respecto de los postreros intentos de Perón para dejar
como presidente a Balbín, indicarían que la designación de Isabel en
la vicepresidencia podría haber tenido otro motivo: era la única per-
sona que le aseguraba al General que, si llegaba el caso extremo,
aceptaría ser reemplazada por el líder radical, sabiendo que ésa era
la voluntad de su esposo. Con cualquier otro vicepresidente ese cam-
bio habría sido imposible. De todos modos y aunque es válido pen-
sarlo, esto no pasa de ser una conjetura.
El día del Congreso del PJ, ni yo ni nadie con dos dedos de frente
tenía duda alguna: sería Isabel. Y lo fue, aunque no porque la historia
zigzaguee en un permanente ‘corso e ricorso’, sino porque llevaba el
apellido aglutinador dentro del Movimiento gobernante. Con el tiem-
po, Isabel comprobaría que ese apellido funciona, simultáneamente,
como una medalla honorífica y poderosa, y como una pesada cruz.

Domar el potro no es fácil


De modo que, al morir el General, Isabel se sintió abrumada. Luego
llegaron las presiones a granel. Las primeras tuvieron su origen en el
interior mismo del peronismo y del gobierno.
El peronismo fue siempre un Movimiento (no sólo ni preponderante-
mente un partido político) es decir, albergó a personas y grupos de
variadas tendencias. En el caben posiciones un poco mas corridas
106 -

hacia la “izquierda” (Perón los llamaba simplemente “apresurados”)


o hacia la “derecha” (para Perón, eran los “retardatarios”), distintas
“ramas” con sus particulares aspiraciones e intereses (masculina,
femenina, gremial, juvenil, profesional, artística), todos los sectores
socioeconómicos (trabajadores, en su sentido más amplio, y empre-
sarios), los más diversos credos religiosos, etc. Ese conglomerado
“movimientista” se aglutinaba alrededor de su máximo principio (“la
grandeza de la patria y la felicidad del pueblo”) y de las tres banderas
que lo hacían posible: soberanía política, independencia económica,
y justicia social, que en esa época incluían la Tercera Posición, hoy
transformada por lógica en el postulado de una política internacional
independiente. Arturo Jauretche, con esa fantástica capacidad de en-
contrar frases sintéticas e incisivas, lo expresaba pedagógicamente:
“Se puede ser de izquierda o de derecha, siempre que se sea na-
cional”.
Va de suyo que a ese factor ideológico se le sumaba indefectible-
mente, como aglutinante del Movimiento, la conducción del propio
Perón, sin la cual no era concebible el peronismo.
El problema se presentó porque, muerto el General, ni Isabel ni el
más pintado de los dirigentes peronistas podía reemplazarlo en forma
efectiva y total en la conducción del Movimiento. Las tensiones inter-
nas eran previsibles y se desataron con una fuerza inusitada.
En realidad, fuera del peronismo y del gobierno, pero con enorme
influencia y conexiones en su vida interna, se sumaba la terrible
presión de los atentados terroristas de “bolches” y “fachos”, “izqui-
erda” y “derecha”. Con el tiempo apareció un tercer foco de presión
que terminó siendo predominante e incontrastable: el de las Fuerzas
Armadas.
En ese clima no es de extrañar que Isabel entrara rápida y progresi-
vamente en un estado de ánimo depresivo, aunque sin llegar a lo que
médicos y sicólogos llaman clínicamente depresión. Tampoco es de
extrañar que, en ese momento, quien había sido entre mayordomo
y secretario de la pareja Perón (y hacia el cual Isabel sentía cierto
temor reverencial por sus pregonadas dotes de mago-brujo) comen-
zara a asumir funciones de gobierno hasta llegar a dominar la escena
política del país.
En ese aspecto, el relato del coronel Sosa Molina padre es categórico:
El último gobierno peronista - 107

“En realidad Isabel era muy influenciable, ciclotímica y depresiva.


No estaba al tanto de los problemas del gobierno, ni leía los diarios,
y evidentemente López Rega ejercía sobre ella un gran poder…
Pero aclaro que jamás la conducta personal de Isabel mereció la
menor objeción. Jamás. Su comportamiento fue siempre intach-
able, nunca hubo el menor comentario sobre algún desliz por parte
de quienes estábamos allí. Pasaba a veces cuatro o cinco días sin
salir de la cama por sus estados depresivos’’ (Sosa Molina se re-
fiere al período en que él fue jefe del Regimiento de Granaderos
a Caballo; más concretamente, desde la muerte de Perón hasta
mediados de 1975).
Aproximadamente en julio de 1975, según pude comprobarlo, y los
datos de la realidad confirman, recién Isabel comenzó a reponerse de
su depresión y también progresivamente comenzó a interesarse y a
actuar realmente como presidente. En ese mes dio su consentimiento
para la separación de López Rega y aceptó que el jefe del Regimiento
de Granaderos a Caballo (que es la custodia militar oficial de los presi-
dentes) desarmara a los custodios de López Rega, y se fletara a éste
a España.

El último en enterarse suele ser el presidente


Lo expresado sobre la depresión anímica de Isabel, y su deseo de
no echarse de enemigo a López Rega, de ninguna manera significa
que Isabel estuviera anulada en su personalidad, pero sí que cada
día dejaba más responsabilidades en manos de su ministro de Biene-
star Social. Al respecto, la anécdota que relata Bonasso demuestra
que Isabel, a pesar de todo, supo imponer su autoridad sobre López
Rega en épocas en que su salud no flaqueaba. Expresa Bonasso
(pág. 556):
“En la noche del 26 al 27 de junio de 1973, Perón recibió una nueva
llamada de la muerte más perentoria que las anteriores…El doctor
Cossio… propuso instalar una unidad coronaria permanente en la
casa de Gaspar Campos y López Rega lo atajó furioso: ‘ No, no,
eso va en contra del prestigio político del General’. El cardiólogo
respondió: ‘Entonces nos arriesgamos a una muerte súbita’. Isabel
miró a Daniel y luego le dijo en voz baja a Cossio: ‘Doctor, haga lo
que le parezca mejor’. López Rega quedó furioso.
108 -
Está claro que, mientras la muerte del General no la tumbó física y
espiritualmente, Isabel tenía la suficiente voluntad para enfrentar a
López Rega y a quien fuere. Y esa voluntad tampoco pudo ser doble-
gada por la cárcel y la persecución de los militares procesistas. Yo lo
he comprobado luego en numerosas ocasiones.
De la misma forma, cuando afirmamos que Isabel fue ajena a los
crímenes de la Triple A, no significa que Isabel no tuviera noticias de
los crímenes. Aunque no todos los días, pero en esos tiempos acia-
gos de depresión leía los diarios, escuchaba la radio, miraba la tel-
evisión y le llegaban opiniones de sus colaboradores y también de los
opositores. El problema radicaba en que Isabel seguía considerando
increíble que su más cercano colaborador fuera el responsable final
de tan terribles actos de terrorismo. Su confianza en López Rega fue
disminuyendo con el tiempo, hasta llegar a la mínima expresión en
julio de 1975, en que aceptó su separación del Gabinete y su envío
forzado a España.
Por otro lado, Isabel, como le sucede a muchos gobernantes, pero en
su caso fue en grado apreciable, no tenía acceso directo a informa-
ciones reservadas, porque en esa materia las FF.AA. gozaban de un
privilegio especial: no sólo hacían su propia inteligencia interna, sino
que buena parte de los responsables de la SIDE (a cargo del general
Otto Paladino) y de la Policía Federal (uno de su jefes fue el general
Albano Harguindeguy) respondían a los uniformados más que a los
civiles, cosa “normal” en aquellos tiempos. Muchos años después, du-
rante la presidencia del doctor Alfonsín, se dictó la ley por la cual a los
servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas se les prohibió hacer
inteligencia interior, y se les ordenó limitarse a realizarla respecto de
peligros originados en el extranjero.
Esta anormalidad de que un presidente no tenga información precisa
y fidedigna de lo que hacen sus ministros y, sobre todo, los distintos
servicios de inteligencia del Estado, es algo común en nuestro país.
El caso más conocido y extremo, aunque no el único ni mucho menos,
es el del presidente Yrigoyen. A don Hipólito, según aseguran algunos
biógrafos suyos, sus colaboradores más cercanos (pero obviamente
no los más leales) llegaron a imprimirle un ejemplar del diario Crítica
especial para él, con notas invariablemente laudatorias hacia el gobi-
erno, cuando en realidad dicho matutino publicaba numerosas y duras
El último gobierno peronista - 109

críticas contra el presidente.


Los dramáticos episodios vividos este año, debido a la separación del
Ing. Antonio Stiusso de la ex SIDE, nos demuestran sobradamente
que el accionar virtualmente autónomo de los espías de los servicios
de inteligencia perdura todavía. También su frecuente dependencia de
la CIA y, en los últimos tiempos, del Mossad.
Con Isabel, la desinformación jamás llegó a tanto, pero es real y me
consta que ni López Rega ni la FF.AA. le informaban la verdad de
lo que estaba sucediendo. Al contrario, desde ambos sectores le
negaban rotundamente las sugerencias u opiniones que, sobre los
crímenes atribuidos a la Triple A, le hacían llegar amigos y adversarios
políticos de buena fe (entre ellos, Ricardo Balbín). Las revelaciones
hechas por el coronel Sosa Molina ratifican que Isabel, en esa época,
no estaba informada de cuestiones fundamentales.
Vista a la distancia, nuestra falla es evidente: todos, oficialistas y
opositores, debimos acordar en julio de 1974 que Isabel se tomara
una licencia tan prolongada como fuera necesaria para recuperar su
salud y su ánimo, y que el presidente del Senado asumiera interina-
mente el cargo. Una cosa habría sido que, en las primeras semanas
posteriores a la muerte de Perón, adoptáramos esa resolución ser-
enamente y por consenso, ante el pedido de la propia Isabel, y otra
muy distinta fue la arremetida de la oposición externa e interna para
obligarla a renunciar en los últimos meses de nuestro gobierno. En la
primera oportunidad se habría tratado de una decisión civilizada que
le habría dado estabilidad al gobierno constitucional. La segunda, en
cambio, habría significado una mera “arrugada” poco digna y suicida
frente a la presión militar.
Pero, en julio de 1974, en todos (oficialistas y opositores) privó sincera
y auténticamente el deseo de conservar las formas de la continuidad
institucional. Ante el ofrecimiento de la renuncia por parte de Isabel, y
su reconocimiento de estar agobiada por la muerte de su esposo, la
respuesta fue unánime: “Por favor, permanezca en su cargo; la vamos
a apoyar”.
El último gobierno peronista - 111

Capítulo VI

Isabel y la subversión terrorista

Los tres decretos


Respecto de la total inocencia de Isabel en los llamados “excesos” de
los militares en la represión de la guerrilla subversiva, las cosas son
muy claras, aunque un pícaro juez de San Rafael, Mendoza, el Dr.
Raúl Acosta, y el muy conocido e impresentable juez Norberto Oyar-
bide se hayan hecho los distraídos.
Hasta fines de 1974, la guerrilla había cometido actos atroces pero
limitados a los que podríamos llamar acciones puntuales o, para usar
la terminología norteamericana, “guerra limitada”: el asesinato de
Rucci, los asaltos “express”, el secuestro de un empresario o de un
alto militar. Pero el 5 de enero de 1975, un avión militar en el que
viajaban altos mandos del III Cuerpo de Ejército, sufrió un “accidente”
donde murieron los trece oficiales que viajaban en él, entre ellos el
jefe del III Cuerpo de Ejército y el jefe de la Brigada de Tucumán.
Pronto supimos que había sido, en realidad, un atentado terrorista.
El hecho conmocionó al país. Además, se tomó conciencia de que la
guerrilla poseía armas de mucho poder y había logrado controlar una
“zona liberada” en el monte tucumano.
Isabel se había aferrado siempre al criterio permanente de Perón: La
guerrilla era un problema policial y, por lo tanto, debía combatirse con
la Policía. Las FF.AA. no debían participar en esa tarea.
Pero, ante la envergadura de la acción guerrillera en el monte tucuma-
no, los criterios cambiaron. Estaba claro que la policía no podría
reprimir por sí sola el accionar de los subversivos. Además, la ex-
istencia de una “zona liberada” indicaba que los guerrilleros eran lo
suficientemente numerosos y poseían la indispensable organización
militar como para haber logrado esa base territorial estable. Se hacía
urgente la participación de las FF.AA. en la lucha contra la subversión
terrorista.
Ése fue el motivo por el cual Isabel y todo su Gabinete dispusieron
el lanzamiento del llamado “Operativo Independencia”, y dictaron el
decreto Nº 261 de febrero de 1975 que dispuso:
112 -

“… El Comando General de Ejército procederá a ejecutar las opera-


ciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o
aniquilar el accionar de los elementos subversivos que actúan en la
provincia de Tucumán”.
Sin dudas, la terminología tiene más olor a cuartel que a Gabinete
presidencial. “Neutralizar”, “aniquilar”, y “elementos subversivos” son
términos propios de la jerga militar, muy difícilmente se los podrá en-
contrar en la redacción de un juez o de un legislador. Con toda se-
guridad el texto de esa parte sustancial del decreto fue propuesto o
sugerido por los responsables de las FF.AA. Tengo la convicción de
que debió ser así, pero ello siempre me pareció lógico: se acordó que
intervinieran las FF.AA, y éstas sugirieron o solicitaron el texto del
instrumento legal necesario.

Entre cortar el dolor de cabeza y cortar la cabeza


Pero, de ahí a sostener que Isabel ordenó a las FF.AA. exterminar a
los subversivos, tal como sugestivamente lo hacen al unísono los mili-
tares procesistas y los náufragos setentistas, hay un abismo que sólo
pueden llenarlo intereses de sospechosa procedencia.
Si se me permite la ironía, cuando un profesor de medicina o un texto
médico indican que un facultativo debe eliminar el dolor de cabeza
del paciente, nadie en su sano juicio puede interpretar que le están
indicando eliminar la cabeza del paciente o el paciente mismo. Es tan
absurda esta conclusión (absurda hasta el ridículo y la comicidad)
como lo es la acusación de “izquierdistas” y “derechistas” de que Isa-
bel ordenó la matanza de los guerrilleros.
Yofre (Pág.77) hace hablar a “un joven oficial que no llegaba a 30
años” y que solicitó reserva de su nombre. Es decir Yofre usa con
seguridad información que le facilitaron interesadamente los Servicios
de Inteligencia del Ejército (de los cuales él se muestra siempre muy
cercano), como suele suceder en estos casos. El “joven oficial menor
de 30 años” dice:
“El general Vilas llegó a Tucumán con la expresa orden del poder
político de ‘aniquilar’ la subversión ‘con métodos convencionales y
no convencionales’. Vilas entendió ‘como sea’, de allí que instaló
el primer lugar secreto de detenidos, La Escuelita, a tan sólo cinco
cuadras del Comando Técnico en Famaillá…Isabel Perón visitó el
El último gobierno peronista - 113

puesto de comando y, delante del general Vilas y todos sus ofi-


ciales, reiteró que había que aniquilar a la tropa guerrillera y que
‘todo el poder político estaba detrás de él para apoyarlo’. ‘Matarlos
y aniquilarlos a todos’, afirmaron ella y José López Rega. Nos ex-
plicaron que debíamos aniquilarlos así, porque todavía el gobierno
no había instrumentado las medidas legales para combatir la sub-
versión…”
Algunos renglones más adelante, Yofre hace decir al mismo “joven
oficial”:
“Recuerdo la impresión con la que volvió a la provincia de Tucumán
un joven oficial (¡otro más!), compañero mío, de una gestión que le
encargó el general Vilas en Buenos Aires: le ordenó llevar a Isabel
Perón una documentación. Ahí, la presidenta le dijo: ‘dígale al
general Vilas que aniquile a las fuerzas subversivas’”.
La mistificación de Yofre es tan manifiesta y tiene patas tan cortas
que no cuesta mucho esfuerzo desnudarla. En primer lugar, es una
falta total de seriedad intelectual y respeto por los lectores abusar,
como abusa Yofre, de “testigos anónimos” que tienen un olor muy
penetrante a “servicios”, o a inventos del autor. En segundo lugar,
para la fecha de esa supuesta visita de Isabel, ya existía el decreto Nº
261 del 7 de febrero de 1975 que ordenaba “aniquilar el accionar de la
guerrilla”, y no a los guerrilleros; y también existía el decreto Nº 1.800
del 7 de julio de 1975 que ordenaba a las Fuerzas Armadas entregar
al juez federal competente a los guerrilleros tomados prisioneros junto
con los documentos probatorios de los motivos de la detención. De
modo que, insisto, en este punto como en varios otros, el relato de
Yofre es muy endeble y poco creíble.

La mala memoria de un juez


Es insoslayable de que ambos extremos se estaban tomando
venganza. Los “izquierdistas” todavía no habían digerido el fiasco
que soportaron cuando, en 1973/1974, fueron al peronismo por lana
y salieron trasquilados por Perón. Y los “derechistas” del Proceso
jamás olvidaron que el viejo general les torció el brazo a pesar de
estar solo en su exilio madrileño y luego los metiera en caja como era
lo debido. Tampoco los procesistas (uniformados y civiles, que estos
últimos suelen ser los peores) han podido perdonar jamás a Isabel su
114 -

negativa a dejarles el campo libre para la matanza antes del 24-03-76,


como ellos lo pretendían, y la dignidad con la que los enfrentó durante
el cautiverio que le impusieron.
Y como la venganza es un plato que se come frío, “izquierdistas” ofi-
ciales y “derechistas” del Proceso se lo sirvieron 30 años después…
no ya frío, sino congelado… quizás “fiambre”.
La prueba central de que esa acusación era totalmente maliciosa, in-
sisto, y producto del rencor vengativo, es que los acusadores ocul-
taron la existencia de ese segundo decreto, el que lleva fecha del 7 de
julio de 1975, es decir, cinco meses después del anterior.
A Isabel le llegaron los trascendidos de que los militares, que hasta
ese momento combatían la guerrilla solamente en Tucumán, estaban
perpetrando excesos incalificables. Ante la pregunta presidencial el
Ejército negó los cargos. Sin embargo, Isabel, como medida de res-
guardo, dictó el decreto Nº 1.800 en la fecha arriba mencionada y
cuya parte central dispone:
“Toda vez que, en la ejecución de operaciones militares antisubver-
sivas, la autoridad militar deba poner a disposición del magistrado
federal competente a una persona detenida o a elementos secues-
trados como consecuencia de dichas operaciones, lo hará acom-
pañando las actuaciones que en el orden militar deberán labrarse
con tal motivo, juntamente con las piezas probatorias si las hubiere”.
El juez Raúl Acosta pareció haber olvidado ese decreto, ¿o es que
no lo conocía o no lo quería conocer? Es una pena, pues su texto es
muy significativo y claro: los militares, no sólo debían poner los pri-
sioneros a disposición del Juez Federal competente, sino que tenían
la obligación de justificar cada detención. Si ello no fue cumplido de-
bidamente por las FF.AA durante nuestro gobierno constitucional, ya
no es responsabilidad nuestra. Como se sabe, y ya lo relaté, la infor-
mación que recibía Isabel al respecto era retaceada por los propios
militares. Con mucha mayor intensidad lo fue una vez que los guerril-
leros terroristas “coparon” la zona del monte tucumano. Siempre, y
especialmente en esa etapa, nuestro real control sobre lo que hacían
las FF.AA. (dentro y fuera de la Triple A) fue muy difícil, sino imposible
de ejercer.
A su vez, las atrocidades que perpetraron las FF.AA. después del golpe
del 24-03-76 ya son de su exclusiva responsabilidad y de quienes,
El último gobierno peronista - 115

consciente o inconscientemente, sirvieron de compañeros de ruta de


los golpistas y crearon el clima que “justificara” el cuartelazo.

Un invento de la “derecha” apoyado por la “izquierda”


En 1984, cuando el gobierno del doctor Alfonsín enjuició a las Juntas
Militares de la dictadura, desde las usinas “procesistas” se lanzó por
primera vez la leyenda negra de que la matanza indiscriminada se
había producido siguiendo las órdenes del gobierno constitucional de
Isabel. He dicho más de una vez que lo paradójico de este caso es
que esa leyenda inventada por los dictadores militares, sea hoy resu-
citada por “izquierdistas” nostálgicos de los ‘70 que dicen ser enemi-
gos mortales de la dictadura militar.
Cuando se difundió esa leyenda por primera vez, reitero, a principi-
os de enero de 1984, yo formaba parte de la “Comisión de Enlace”,
que tres meses después se convirtió en el “Comando Superior del
Movimiento Nacional Peronista” (ambos cuerpos designados per-
sonalmente por Isabel para conducir al conjunto del Movimiento). En
esa oportunidad nos vimos necesitados de ofrecer una conferencia
de prensa para aclarar las cosas. De ella participamos Pedro Arrighi,
José Alberto Deheza, Jorge Camus y otros integrantes más de aquel
Comando Superior. Para fundamentar y demostrar nuestra posición
sobre la inocencia de Isabel en los actos de vandalismo que podrían
haber cometido los militares en esa época, entregamos a los periodis-
tas presentes una fotocopia del mencionado decreto número 1.800,
dictado por nuestro gobierno el 07-07-75. Tengo en mi poder aún el
recorte del diario Clarín del 23-03-84 donde consta lo que acabo de
exponer.
De modo que, si existiera un poco más de memoria y algún tanto de
decencia, desde esa fecha, es decir, desde hace más de 31 años,
nunca nadie debió acusar a Isabel de tan terribles crímenes y mucho
menos dos jueces federales “distraídos” (o algo peor…) como sucedió
en 2007. Sin embargo, y en forma muy sintomática, en estas más
de tres décadas transcurridas desde nuestra conferencia de prensa
aclaratoria, cada vez que estos criminales del Proceso se han visto
en situación judicial comprometida, han recurrido a la leyenda negra
contra Isabel. Pero, insisto, la leyenda siempre la usaron los militares
procesistas. La insólita novedad de hoy es que la están usando los
116 -

“izquierdistas”, ex dirigentes máximos de los terroristas guerrilleros


de aquel entonces que acosaron a Isabel permanentemente. Es que
los extremos se tocan, se ayudan, en definitiva se “aman” porque se
necesitan mutuamente: los atropellos de uno le sirven al otro para
”justificar” sus propias tropelías. Así, ambos grupos terroristas (claro
que no iguales porque el terrorismo de Estado no tiene punto de com-
paración con ningún otro, como crimen horrendo) se limpian la boca
con Isabel cada vez que tienen que tapar su cola de paja.
Hay otro elemento de juicio de primera magnitud que los jueces y
gobernantes actuales parecen, o simulan, ignorar. En la citada opor-
tunidad (1984, presidencia del Dr. Alfonsín) en que la Cámara Federal
Penal juzgó los delitos cometidos por los integrantes del Proceso, se
incluyó la cuestión de la eventual responsabilidad de Isabel y de los
otros gobernantes constitucionales derrocados el 24-3-76. La con-
clusión de ese alto tribunal fue unánime y muy precisa: tales gober-
nantes no tenían culpa alguna en esos crímenes, pues los decretos
firmados eran totalmente legales y disponían que se actuara dentro
de la ley. Es decir, la inocencia de Isabel y sus ministros, respecto
de esos delitos y con motivo de tales decretos, es ya cosa juzgada y
ningún juez puede reabrir la cuestión.
El sanrafaelino juez federal Dr. Raúl Acosta, ¿ignoraba también los
alcances del instituto universal de la cosa juzgada, o desconocía
aquel fallo de la Cámara?
Es probable que, algún día, estos jueces tan “distraídos” deban en-
frentar un juicio político por sus “olvidos”.

Si lo ignoran, malo; si lo conocen, peor


Una prueba irrefutable y muy fresca de que hay una sociedad real
(aunque en algunos casos involuntaria), entre los militares procesis-
tas y los “izquierdistas” actuales, es lo sucedido en esos días en la
causa donde se investiga las atrocidades cometidas en la ESMA. El
ya fallecido ex comandante de Operaciones Navales durante la dicta-
dura, y tercero en la línea de mando de la Marina, Almirante Luis
María Mendía, debió declarar ante el juez Sergio Torres por su even-
tual participación en los crímenes investigados. Según el diario La
Nación del 02-02-07:
“Mendía negó la existencia de un plan de exterminio ideado por
El último gobierno peronista - 117

las FF.AA. y sostuvo que la dictadura militar había luchado contra


la subversión de manera legal, en cumplimiento de las leyes y los
decretos dictados en el gobierno de la viuda de Perón. ‘Las FF.AA.
y las fuerzas de seguridad nada inventaron el 24 de marzo de 1976’
dijo Mendía. Su declaración, sin embargo, coincide con la reciente
investigación de dos causas judiciales en la que se investiga la
represión ilegal previa al golpe de estado de 1976, y que derivaron
en dos pedidos de captura internacional de Isabel Perón”.
El almirante Mendía hizo evidente lo que ya sabíamos, insisto: hay
una connivencia manifiesta entre la “izquierda” setentista, y su supu-
esta enemiga “la derecha procesista”, para atacar al apellido Perón y,
de paso, defenderse mutuamente.
Pero queda claro que, desde el dictado del decreto 1.800 (07-07-
75) en adelante, quien haga responsable a Isabel de la matanza de
guerrilleros por parte de los militares, o desconoce tal decreto (lo cual
es muy grave en un juez federal y en un caso de extraordinaria impor-
tancia institucional y de tanta trascendencia nacional e internacional),
o está actuando de mala fe (lo que sería mucho peor aún).

El decreto de Lúder
El segundo decreto del cual se habla que, por lo dicho, es en realidad
el tercero, fue dictado el 6 de octubre de 1975, mientras Isabel se
reponía en Ascochinga, Córdoba, es decir que jamás lo pudo firmar, y
realmente no lo firmó. Fue su reemplazante, Ítalo Lúder, quien lo su-
scribió junto con todo el Gabinete, de modo que Isabel es totalmente
ajena a dicha norma legal.
De cualquier manera, el decreto Nº 2.772 del 6 de octubre de 1975
sólo dispuso extender a todo el país la orden dada originariamente
para que las FF.AA actuaran en Tucumán. Y ello, porque la guerrilla
terrorista había demostrado tener en el resto del territorio nacional
el mismo poderío que poseía en la provincia norteña. Un día antes,
el grupo Montoneros había atacado el Regimiento de Monte de For-
mosa, operación en la cual hubo muchos muertos y tuvo una enorme
repercusión nacional e internacional. El rutinario texto de ese decreto
fue:
“Las FF.AA bajo el comando superior del presidente que será ejer-
cido a través del Consejo de Defensa, procederán a ejecutar las
118 -

operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a los


efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en
todo el país”.
Como se ve, la misma orden, el mismo lenguaje, el mismo objetivo:
eliminar el dolor de cabeza, no la cabeza.

Isabel y la Triple A
Unos días después de la acusación del juez mendocino doctor Acos-
ta, el doctor Norberto Oyarbide, juez federal de la Capital, dictó una
segunda orden de captura internacional contra Isabel, esta vez por su
eventual responsabilidad en los crímenes atribuidos a la Triple A.
El Dr. Oyarbide basó su acusación en 8 “pruebas” que no resisten el
menor análisis. La más sólida de todas es que el entonces secretario
de Derechos Humanos de la Nación doctor Eduardo Luis Duhalde,
“izquierdista” rabioso si los hay, declaró que un amigo le dijo que un
pariente suyo le contó que un allegado a su familia le susurró que un
conocido de su esposa le relató que un vecino del Consorcio le ase-
guró que… en el Gabinete de Isabel se proyectó un video o película
en la que se mostraba a todos los que serían liquidados por la Triple
A. El problema es que esa interminable cadena de dimes y diretes
está cortada en varios eslabones, porque muchos (sino todos) los que
dijeron lo que Duhalde (el supuesto defensor de nuestros derechos
humanos) dice que le dijeron a otro, etc., etc., están muertos… por lo
que no pueden ratificar ni desmentir los dichos del secretario de Dere-
chos Humanos. Un pequeño detalle que se les pasó a los distraídos
juristas Oyarbide y Duhalde.
En segundo lugar, ese Duhalde (no el ex presidente) fue el máximo
ideólogo de las Fuerzas Armadas Peronistas-FAP, uno de los grupos
más empecinados en continuar la lucha armada aun durante el gobi-
erno constitucional de Cámpora, Perón e Isabel, y enemigo a muerte
de la candidatura a vicepresidente y esposa del General.
Es más, antes de nuestro triunfo electoral de marzo de 1973, ya E.
L. Duhalde y los suyos propusieron la llamada “alternativa independi-
ente”, es decir, crear una organización política (partido o lo que fuere)
separada de Perón y del Movimiento. Es que la animadversión de
Duhalde y sus amigos contra Perón venía de lejos. Nunca quisieron
estar bajo su conducción. En ello adoptaron la misma conducta que
El último gobierno peronista - 119

el trotskista ERP, lo cual no quiere decir que fueran ideológicamente


idénticos, sino que adolecían y adolecen de la misma “peronofobia”.
Y ésa “peronofobia” de Eduardo Luis Duhalde la sigue sufriendo hoy
Isabel, como debió sufrir la de los civiles y militares “derechistas” del
golpe del 24-3-76.
De modo que ese Duhalde podía saber mucho de derechos humanos
(si lo sabía…) pero poco y nada de ética, porque, por ser enemigo
manifiesto de la acusada, debió inhibirse de declarar contra ella, y
el juez Oyarbide tenía la obligación de impugnarlo o, al menos, dejar
constancias de ese impedimento en la causa.
Y, por si fuera poco, ambos bizarros abogados, uno juez, y el otro
defensor de derechos que deberían ser sagrados, pasan por alto que
los ministros del Gabinete de Isabel, salvo que fueran todos unos
soberanos infradotados, jamás habrían proyectado un video con los
candidatos a ser asesinados… por ellos mismos, o por orden de la
presidente. Los peronistas podemos ser algo tontos y hasta “incor-
regibles”…según Borges, pero jamás tan imbéciles. Además, téngase
presente que en ese Gabinete figuraron personalidades como Alfredo
Gómez Morales, Ernesto Corvalán Nanclares, Oscar Ivanissevich,
José Ber Gelbard, Antonio Benítez, Jorge Garrido y otros de recono-
cido prestigio e intachable conducta. Afirmar que tales personas se
dieron “el gusto” de proyectar un video macabro o premonitorio de
atrocidades, no sólo ofende nuestra inteligencia, sino que es un grave
atropello a su memoria.
Hay más: Duhalde (el “defensor”) declaró ante el “impoluto” Oyarbide,
como testigo de cargo y, diez minutos después, el juez Oyarbide lee
a los periodistas su fallo acusando a Isabel… Por lo visto, este juez
tiene gruesas fallas e irregularidades en su conducta que son sufi-
cientes para sospechar al menos de su imparcialidad y de la legalidad
y justicia de la captura que dictó contra Isabel. En diez minutos no hay
tiempo material de escribir una sentencia, al menos una sentencia
seria de un juez responsable e independiente.
Dictar un fallo de esa envergadura y trascendencia institucional y
mundial, sólo diez minutos después de escuchar al testigo clave a
quien, para colmo, le corresponden las generales de la ley, es una
irresponsabilidad gigantesca, o algo más grave… propio de un juez
como el impresentable Dr. Oyarbide, el del anillo de U$S 250.000.
120 -

Pocas dudas caben que a jueces “flexibles” como Oyarbide los man-
tiene y protege el poder político, para usarlos cuando le conviene. De
no ser así, hace rato que el Parlamento nacional les habría instaurado
el correspondiente juicio político.

Sosa Molina, un testigo intachable


Para corroborar lo que sostengo sobre la inocencia de Isabel re-
specto de los crímenes de la Triple A, transcribo algunos párrafos de
un reportaje que el periodista José Blas Made le hizo en 1990 (diario
HOY de Mendoza) a quien fuera el jefe de Granaderos a Caballo en
1974/1975, el probo coronel Jorge Sosa Molina, testigo clave de un
hecho definitorio. Dice el citado coronel en ese reportaje:
“En realidad Isabel era muy influenciable, ciclotímica y depresiva.
No estaba al tanto de los problemas del gobierno, ni leía los diarios,
y evidentemente López Rega ejercía sobre ella un gran poder…
Pero aclaro que jamás la conducta personal de Isabel mereció la
menor objeción. Jamás. Su comportamiento fue siempre intach-
able, nunca hubo el menor comentario sobre algún desliz por parte
de quienes estábamos allí. Pasaba a veces cuatro o cinco días sin
salir de la cama por sus estados depresivos’’.
“(López Rega) Era medio afeminado, nunca se lo vio con una mujer.
Tenía cara de lobo, con los dientes medio salidos. Andaba siempre
rodeado por una banda de atorrantes y delincuentes, que en gen-
eral eran exonerados de la policía. Ellos lo llamaban Daniel. Era un
hombre primario. Un agente de policía. Hay que reconocer que era
muy vivo, supo ir ganándose la confianza de Perón hasta ejercer
sobre él una influencia muy nociva”.
El coronel Sosa Molina, que con tanta crudeza define la personalidad
y el estado anímico de Isabel, reconoce gallardamente que su con-
ducta fue siempre intachable. Y el mismo militar, luego de calificar
duramente a López Rega, afirma, sin embargo, que éste en la práctica
fue sólo un títere de los militares en el accionar de la Triple A. He aquí
sus propias palabras:
“Fue lo más negativo del último gobierno peronista. Creo que tam-
bién fue utilizado por los sectores más reaccionarios, porque no
tenía la capacidad ni la inteligencia para hacer todo lo que hizo. Y
El último gobierno peronista - 121

así fue usado por aquellos poderes que yo llamo `fácticos’, que es-
taban muy preocupados por el avance de la izquierda radicalizada,
de la guerrilla marxista o neoperonista, y que no vieron mejor solu-
ción que oponerle a esa radicalización el extremismo de derecha”.
(…) “Un día, de vuelta de un acto oficial en Casa de Gobierno, un
vehículo del regimiento tiene un desperfecto mecánico en la Av.
Figueroa Alcorta. El oficial a cargo, un teniente de apellido Segura,
que iba de uniforme, es auxiliado por un policía que lo invita a pasar
a una casa, diciéndole que está entre amigos, compañeros de la
misma causa. Cuando Segura entra a la vivienda se da cuenta de
que está en un centro operativo muy importante de la Triple A. Le
presentan a una secretaria del jefe, que era López Rega, y le co-
mentan que allí trabaja personal de las fuerzas armadas y de la
Policía Federal”.
“El teniente llegó al regimiento espantado, y me comentó lo que
había visto. Le pedí entonces que redactara por escrito lo que me
contaba, para denunciarlo oficialmente al Comando en Jefe del Ejé-
rcito. Por razones de seguridad le dije que no se identificara, que
yo me hacía cargo de la denuncia. Entonces elevé, ese mismo día,
el expediente a los efectos de que se investigara la posible partici-
pación de oficiales de las fuerzas armadas en la banda terrorista”.
“Me recibió el general Rosas, jefe de Operaciones del Estado
Mayor del Ejército. Cuando lo leyó me expresó que era una cosa
gravísima, que seguramente iba a tener una trascendencia enorme.
A los dos o tres días me llama el general [Jorge Rafael] Videla, jefe
de Estado Mayor, acompañado por dos o tres generales más del
organismo, entre los que estaban Suárez Mason, Menéndez y el
mismo Rosas. Me dice entonces que tiene que elevar la denuncia
al ministro de Defensa Savino, que era hombre de López Rega,
advirtiéndome que podía pasar cualquier cosa. Por supuesto, que
decidí seguir adelante con la denuncia. El Comandante General,
que era el general Anaya, estaba en ese momento en el extranjero.
A su vuelta es citado con urgencia por el ministro, quien le reprocha
duramente el tenor de mi denuncia. A los dos o tres días el general
Anaya fue relevado del cargo’’.
(…).
122 -

“(Al día siguiente) Me llamó López Rega a su despacho en Biene-


star Social y me preguntó, poniendo detrás de mí a gente armada,
por qué lo había denunciado. Casi llorando, juró ser inocente de
todo, que lo único que quería era la grandeza de la patria, y que
todo lo hacía con ese ideal. No pasó a mayores, pero yo había to-
mado mis previsiones poniendo a granaderos armados en la puerta
del despacho, por lo que pudiera ocurrir”.
“Hasta Massera me felicitó por la denuncia, porque aunque había
sido anteriormente aliado con el ministro, se habían peleado. Me
convertí entonces en una referencia entre los que habían sido at-
emorizados por la Triple A, y vinieron a verme varios periodistas y
políticos con mucho miedo, y hasta el ministro Benítez, algo inau-
dito, me contó llorando que lo habían amenazado’’.
El coronel Sosa Molina entregó a los ex custodios de López Rega a
la policía. El hijo del coronel, quien me ha completado el relato de su
padre, no sabe quién hizo la denuncia judicial del “arsenal” descubi-
erto por el teniente Segura en la avenida Figueroa Alcorta. Lo cierto
es que alguien denunció el hecho y la causa quedó radicada en el
juzgado Federal Penal del doctor Teófilo Lafuente. Dicho juez requirió
por oficio al Ejército que entregara todos los antecedentes del caso.
El general Videla, que ya era el comandante en jefe de esa Fuerza,
guardó silencio sobre el requerimiento judicial. Lafuente se vio obli-
gado a enviar un segundo oficio reiterando su pedido, el cual también
obtuvo como respuesta la tozuda negativa de Videla a revelar la ver-
dad. El juez cumplió su deber: envió un tercer oficio al futuro golpista
conminándolo a responder bajo apercibimiento de hacerle juicio por
desobediencia. Recién ahí el general Videla respondió que no daría
los datos requeridos porque,
“se trata de una operación secreta sobre la cual debe guardarse
total confidencialidad”.
Los comentarios huelgan.
El ex jefe de Granaderos relata luego el triste epílogo de esos episo-
dios:
“El 28 de agosto de 1975 la presidenta María Estela Martínez de
Perón, después de una grave insubordinación de los altos
El último gobierno peronista - 123

mandos desconociendo al comandante general, Alberto Numa


Laplane, y en consecuencia la propia autoridad presidencial,
designó al frente del Ejército al general Videla, y como jefe de Es-
tado Mayor al general Roberto Eduardo Viola”.
Inmediatamente después, el coronel Sosa Molina pidió su retiro. No
quería ser cómplice de lo que él sabía que se avecinaba.
Nadie podrá decir que cito al coronel Sosa Molina por haber sido él un
peronista. Su opinión sobre los golpes militares del siglo XX es defini-
toria y nada amable hacia nosotros. En el reportaje citado, afirma:
“El único pronunciamiento castrense del siglo ‘con alguna legitimi-
dad’, fue la Revolución Libertadora, porque ‘en 1955 el gobierno era
ejercido mediante prácticas autoritarias inaceptables, que impedían
cualquier posibilidad de expresarse a la oposición’. Del resto de los
golpes (1930, 1943, 1966, 1976) dice ‘que no son para poner orgul-
loso a ningún militar, por fanático que sea’’’.
Ello le da más credibilidad y valor aún a sus palabras transcriptas
antes.
Este relato de Sosa Molina aporta algunos datos que son la clave para
entender el drama que se vivió entonces:
1. La Triple A, sin ningún lugar a dudas, fue un operativo militar, pen-
sado y ejecutado por la cúpula del Ejército.
2. López Rega, sin que ello disminuya su gravísima responsabilidad
en esos delitos, era solo un “perejil” que les prestaba a los mili-
tares la cobertura política necesaria.
3. El “arsenal” de la Triple A es descubierto por el teniente Segura en
abril de 1975, y lo actuado por Sosa Molina abarca desde ese mes
hasta junio del mismo año. López Rega es eliminado del gobierno
en julio de 1975, pero con posterioridad continúan las atrocidades
de la Triple A con más virulencia y frecuencia que antes, ya sin
López Rega en el gobierno, lo cual prueba que esa organización
macabra no era “de” López Rega, sino de otros…
Al respecto, interesa sobremanera la afirmación que hace el ex mon-
tonero y duro calumniador de Perón, Miguel Bonasso, sobre este
tema en su citado libro (pág.614):
“Tras la huida de López Rega y sus policías, la Triple A dejó de
operar, pero siguieron apareciendo cadáveres ametrallados y dina-
124 -

mitados. Sin firma. O con el nuevo sello ‘Comando Libertadores de


América’”.
Está claro: mientras los cubrió López Rega, actuaron como Triple
A. Luego lo hicieron como Comando Libertadores de América. Ya
no necesitaban el paraguas político del “brujo”, porque el poder real
había pasado a sus manos desde que Videla asumió la Comandancia
General del Ejército el 28 de agosto de 1975.
4. Isabel era ajena a esos crímenes infernales porque, según afirma
el coronel Sosa Molina:
“…jamás la conducta personal de Isabel mereció la menor objeción.
Jamás. Su comportamiento fue siempre intachable…”

El hijo ratifica al padre


La enorme importancia que reviste para los argentinos (peronistas
o no) ese reportaje efectuado hace ya 25 años al coronel Sosa
Molina, me llevó a entrevistar a su hijo, el también coronel Jorge
Hernán Sosa Molina. He aquí sus palabras textuales:
“Mi padre fue el coronel Jorge Sosa Molina, jefe del Regimiento de
Granaderos a Caballo durante el tercer gobierno de Perón y el de
Isabel.
“Durante el segundo gobierno de Perón (1952/1955) hubo simul-
táneamente tres generales Sosa Molina que eran hermanos: José
María Humberto, ministro de Guerra de Perón; José María Epifanio,
mi abuelo y jefe de lo que hoy es el Tercer Cuerpo del Ejército con
asiento en Córdoba; y José María Arnaldo Sosa Molina, que fue jefe
de Arsenales.
“Mi padre, al momento de asumir Perón en 1973, acababa de ser
jefe del Regimiento 2 de Caballería de Olavarría, que en ese enton-
ces contaba con importante cantidad y calidad de material mecani-
zado y blindado, por lo que papá siempre supuso que fue nomb-
rado por el presidente Lanusse, quizás para colocar en un puesto
operacional a gente que no creara problemas al próximo gobierno
constitucional o bien respaldara su asunción al poder y su estabili-
dad, de  ser necesario
“Perón dispuso que a mi padre se lo designara jefe del Regimiento de
Granaderos a Caballo, noticia que recibimos, tanto mi padre como
El último gobierno peronista - 125

el resto de la familia, sorpresivamente mientras estábamos reuni-


dos en la quinta de mi abuelo en los primeros días del año 1974.
“Por lo que relataba mi padre, López Rega estaba muy implicado
en la Triple A y su custodia tenía mucho armamento, y a juicio de
él este personaje fue lo más nefasto del gobierno peronista de ese
período.
“Mi padre solía decir que López Rega fue utilizado por los sec-
tores más reaccionarios y los llamados ‘fácticos’ que estaban muy
preocupados por el avance de la izquierda radicalizada, la guer-
rilla marxista o la  neoperonista , y que no tuvieron mejor idea que
responder con el extremismo de derecha. También afirmaba que
López Rega tenía fondos muy importantes provenientes del Ministe-
rio de Bienestar Social, que le permitieron solventar holgadamente
el accionar de la Triple A, responsable de más de 1.000 crímenes
que no han sido investigados. 
“Sobre la responsabilidad de Isabel al respecto, mi padre me dijo
varias veces que era casi imposible que Isabel supiera algo de esto
porque, mientras él fue jefe de Granaderos, la presidente estaba
bajo la influencia psicológica y esotérica de López Rega, quien
además la medicaba y le daba el apoyo espiritual dado que la presi-
dente era ciclotímica y altamente depresiva, por lo que casi siempre
se hallaba encerrada en su habitación. Por otro lado, en esa época
Isabel no estaba al tanto de los problemas del gobierno, ni leía los
diarios y no tenía otro contacto con lo que sucedía en el país que la
información que le proporcionaban sus ministros y especialmente
López Rega.
“Mi padre también afirmaba que, muy probablemente, en la Triple A
actuaban militares. Incluso, cuando me relató el episodio del teni-
ente Segura en el centro operativo y arsenal de armas de las tres
A de la avenida Figueroa Alcorta, me dijo sonriendo: ‘A Segura lo
dejaron entrar a esa casa porque estaba con uniforme y lo confund-
ieron con uno de ellos’. También relató mi padre que los ocupantes
de la casa le manifestaron que ahí se reunían militares.
“Mi padre era un profesional moralmente íntegro, que sentía un
gran respeto por la capacidad intelectual y la visión estratégica de
Perón, como así también por su persona, pero que nunca actuó en
política ni manifestó adhesión a ningún partido o grupo.
126 -

“Mi padre hizo la denuncia del centro operativo de las Tres A de la


avenida Figueroa Alcorta directamente a sus superiores, y quién lo
llamó inicialmente para conversar sobre este tema fue el general
Rosas, jefe de Operaciones del Estado Mayor. A los pocos días lo
llamó el Gral. Jorge Rafael Videla, que en ese entonces era jefe del
Estado Mayor, quien estaba acompañado por los generales Suárez
Mason, Menéndez y Rosas, los cuales le manifestaron lo complica-
do que era hacer prosperar esa denuncia dado que se debía elevar
al ministro de defensa Sabino, que era hombre de López Rega. No
obstante ello, mi padre decidió seguir adelante con el tema
“Mi padre, varios días después del descubrimiento  de avenida
Figueroa Alcorta y de la posterior denuncia, fue convocado por
López Rega en su despacho y le colocó gente armada detrás, pre-
guntándole por qué lo había denunciado, y allí se dio una conver-
sación en la cual López Rega decía que era inocente y explicaba
con ojos llorosos su lucha contra el comunismo, tratando de justi-
ficar los métodos violentos para llegar a tal fin. Mi padre le increpó
acerca de cómo había obtenido el dato de su denuncia, dado que
la misma era confidencial y la había presentado por la cadena de
comando militar.
“Recuerdo que, en julio de 1975, como consecuencia de los pre-
parativos de la salida de López Rega del país, se juntaron cerca de
200 miembros de las Tres A muy bien armados cerca de la quinta
presidencial, con la manifiesta idea de ingresar a la misma. Mi pa-
dre reforzó convenientemente la guardia de Granaderos, y ordeno
dejarlos entrar. Una vez que ingresó el último, se los rodeó y se
procedió a desarmarlos.
“Yo no lo recuerdo, pero hay artículos periodísticos en los cuales
mi padre manifiesta que en el año 1975 recibió órdenes para facili-
tar o garantizar la seguridad para que el ministro Garrido pudiera
plantear el alejamiento de López Rega a la presidente que se en-
contraba en Olivos.  
“Según me contó mi padre, Perón trató hasta sus últimos momen-
tos de vida de lograr alguna vía constitucional para que Balbín qu-
edara de presidente al fallecer él. En la última semana de junio de
1974, es decir pocos días antes de morir, le encargó a un grupo
de personas entendidas, pero que no eran ministros ni secretarios,
El último gobierno peronista - 127

que estudiaran esa posibilidad legal. Uno o dos días antes de la


muerte del General, las personas encargadas de estudiar el tema
le manifestaron que no era posible porque no había ninguna vía
constitucional para hacerlo”. 
Y un dato para la reflexión. El coronel Sosa Molina hijo conserva una
foto de su padre, tomada durante el traslado de los restos de Perón,
en la cual se ve la cureña con el féretro cubierto por la bandera argen-
tina, e inmediatamente atrás al coronel Sosa Molina montado en su
caballo, marchando al frente del Regimiento de Granaderos. El rostro
del coronel es la expresión más vívida que yo he visto de la preocu-
pación y de los temores que nos invadieron a todos en aquellos días,
por lo que podía suceder después de la muerte del General.
Según ya expresé, la denuncia judicial quedó radicada en el Juzgado
Nacional en lo Criminal y Correccional Federal Nº 3, que en aquella
época estaba a cargo del doctor Teófilo Lafuente. He buscado con
todo detenimiento esa causa penal sobre la Triple A en las dos sec-
retarías (5 y 6) de ese Juzgado, en donde debería estar archivada.
Pero, lamentable y muy sugestivamente, no he encontrado el expe-
diente. ¡Desapareció! De todos modos, los datos transcriptos más ar-
riba sobre su contenido son fidedignos.

Antonio Lloveras: otro testimonio clave


El Dr. Antonio Lloveras es un conocido jurista sanjuanino: profesor
emérito de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de
Cuyo, y coautor (junto con el fallecido constitucionalista y constituy-
ente de 1949 Dr. Pablo Ramella) de textos jurídicos universitarios.
Durante nuestro gobierno constitucional de 1973/1976, Lloveras se
desempeñó como Fiscal de Estado en la gobernación de Eloy Camus,
cargo del que solicitó licencia para ejercer la intervención primero y
el rectorado después de la Universidad Nacional de San Juan. Había
sido designado en la Universidad estatal por el gobierno de Isabel
Perón y, “como corresponde”, fue destituido por el golpe militar.
Cuando supo que se editaría este libro, Lloveras me envió la siguiente
declaración personal, para que fuera usada como testimonio de mis
afirmaciones. La transcribo íntegramente y sin comentarios porque de
por sí es muy elocuente.
“En el segundo semestre del año 1976,  don Eloy Camus, gob-
128 -

ernador de San Juan depuesto por el golpe militar de marzo de


1976, estaba detenido en la Cárcel Pública de San Juan por orden
del gobernador militar y, además, sometido a un proceso penal pro-
movido por la dictadura, buscando posibles delitos cometidos en el
ejercicio de sus funciones. Don Eloy nos pidió al Dr. José Amadeo
Conte Grand, conocido dirigente del peronismo sanjuanino y amigo
personal suyo, y a mí, que había sido su Fiscal de Estado, que lo
asistiéramos como sus defensores. (…)
“En esa condición yo visitaba todos los domingos a don Eloy…. En
una de esas visitas (que tuvo lugar antes de que concluyera el año
1976), me manifestó que recelaba de la persona encargada por las
autoridades del penal para hacerle la limpieza de la habitación en
la que estaba alojado. Era un hombre joven, cuyo nombre me dijo
pero ahora no recuerdo, y estaba también detenido por su partici-
pación en el asesinato del diputado nacional y dirigente vitivinícola
Pablo Rojas, ocurrida en 1975.
“Don Eloy basaba su recelo en la implicación de esa persona en
el crimen de Rojas y en no saber los motivos por los cuales las
autoridades del Penal le habían asignado esa tarea que lo hacía
tener una presencia próxima a su persona en el ámbito en el que
estaba detenido. Por ello, me solicitó averiguar los motivos de esa
presencia. Pero, en mi visita del domingo siguiente, me dijo que su
recelo se había disipado porque el individuo, que se había manifes-
tado muy respetuoso y servicial para cumplir cualquier sugerencia o
mandado que le hiciera, le había “confesado” que era militar, subo-
ficial con el grado de cabo, no recuerdo si retirado o en actividad,
del Ejército, que estaba asignado a la organización Triple A, para
cumplir las operaciones que le indicaran las autoridades militares
de la Guarnición Mendoza, de la que dependía con otros miembros
que integraban un grupo especial de “tareas”; y en la que se había
refugiado después del asesinato de Rojas. Cuando se ordenó su
detención por su participación en ese crimen, el gobernador Camus
tuvo que solicitar al ministro de Defensa que hiciera cumplir dicha
medida al jefe de la Guarnición Mendoza, pues éste se negaba a
“entregar” a su subordinado.
Los datos de identidad de este personaje seguramente constan en
El último gobierno peronista - 129

el proceso penal por el asesinato de Rojas que se tramitó en el


Juzgado Federal de San Juan, y en el archivo de la Cárcel Pública
de San Juan.”
Luego de leer este relato personal del Dr. Lloveras, ¿quién puede
dudar de que la Triple A fue un operativo militar?

Cuando lo razonable es insólito


Hay un hecho insólito, casi increíble, que demuestra hasta dónde
López Rega y los militares jefes de la Triple A, y luego golpistas, form-
aban una sociedad muy estrecha. Afirma el doctor José Alberto De-
heza, ex ministro de Justicia y luego de Defensa de Isabel (pág. 57 de
su libro “Isabel Perón: ¿culpable o inocente?”) que, al asumir el gen-
eral Numa Laplane como comandante general, el general Jorge Ra-
fael Videla, a la sazón Jefe del Estado Mayor Conjunto, debía pasar
forzosamente a retiro por ser él más antiguo que su nuevo jefe. Eso
es de ley para las FF. AA. Sin embargo, el general Numa Laplane
tardó en disponer ese retiro y, de hecho, no lo hizo durante su corto
mandato. La razón es extraña a primera vista. Según relata el doctor
Deheza en el libro citado:
“Quien más bregó por evitar el retiro de Videla fue Raúl Lastiri, en
ese entonces presidente de la Cámara de Diputados”,
En realidad, ese pedido de Lastiri (yerno de López Rega) no fue extra-
ño, sino totalmente lógico… a la luz de la verdadera asociación ilícita
llamada Triple A, que formaron el jefe militar y el entonces ministro de
Bienestar Social.

Más apoyos civiles para los golpistas


Otro hecho destacable, que tampoco es demasiado insólito pues for-
ma parte de la lógica con que nos llevaron a aquella tragedia, lo con-
stituye la defensa de López Rega que hicieron en esa época Jacobo
Timerman y Mariano Grondona. Efectivamente, en la última tirada de
diciembre de 1974 del diario La Opinión, ambos socios periodísticos
dedicaron la nota de tapa a elogiar al entonces ministro de Bienestar
Social. En la portada de dicho ejemplar del diario de Timerman apare-
ció una enorme foto del “brujo”, con un título muy sugestivo (Sivak,
pág. 150):
130 -

“¿El hombre del año?”“


Y en el texto de la nota, Grondona afirmaba:
“Hay nombres que parecen decir todo el bien y todo el mal, como
el señor López Rega. López Rega ha promovido o facilitado una
serie de desenvolvimientos que se aprueban en voz baja y se
critican en vos alta. La firmeza ante la guerrilla, la desideologización
del peronismo, la recuperación de la Universidad, pasan por el dis-
cutido secretario. De la estirpe de los (Alberto) Ottalagano y los
(Raúl) Lacabanne, José López Rega es uno de esos luchadores
que recogen, por lo general, la ingratitud del sistema al que prote-
gen… cumplen el papel de meter mano en las tareas antipáticas,
haciendo de pararrayos de la crítica. Sería por lo menos arriesgado
prescindir, hoy, de este servicio”.
En mayo de 1975, poco antes del “rodrigazo”, Grondona continuó su
prédica lopezrreguista, esta vez desde su nueva revista “Carta Políti-
ca”:
“Nos hallamos ante un espectáculo tan viejo como el mundo: el
ascenso de un hombre hacia la plenitud del poder (…) La polémica
sobre si conviene o no conviene el advenimiento del lopezreguis-
mo abarca asimismo el tema ideológico. Según aquéllos para los
cuales el dilema central del debate es la opción comunismo-anti-
comunismo, el ministro de Bienestar Social se presenta como un
hombre que, pese a ser atacado y discutido, supo hacer frente a la
ultraizquierda en un momento en que ella prometía adueñarse del
país”.
En otra entrega de Carta Política, Grondona se preguntó:
“¡Qué quedará de la Argentina sin la espada y sin la cruz?
Y se respondió a sí mismo:
“La Argentina es católica y militar”.
A lo que Mons. Tortolo, vicario general de las FF. AA., olvidándose de
las enseñanzas evangélicas, agregó:
“La Iglesia piensa que el gobierno de las Fuerzas Armadas es una
exigencia de la coyuntura”.
Cuando cayó López Rega, el ex compañero de Grondona en el dia-
rio La Nación, Tomás Eloy Martínez, ratificó la sospecha de que éste
El último gobierno peronista - 131

(junto con Neustadt, y además de Timerman) mantenía una alianza


secreta con López Rega y todo lo que él representaba. Dijo en esa
oportunidad Tomás Eloy Martínez:
“Nos sorprendíamos de que Bernardo Neustadt y Mariano Gron-
dona fueran los únicos periodistas independientes autorizados a
decir por televisión lo que les diera la gana”.
Téngase presente que, al aparecer esos artículos de Timerman y
Grondona en La Opinión y en Carta Política, la Triple A ya había per-
petrado varios de sus horrendos crímenes, entre otros, el atentado
al entonces senador nacional Hipólito Solari Irigoyen que tuvo una
enorme repercusión.
También es interesante recordar que, a mediados de 1975 (época de
la mencionada nota en Carta Política), Grondona ya frecuentaba el
grupo de “notables” que preparaba el plan de gobierno para los mili-
tares golpistas, y que estaba conformado por Jacques Perriaux, Ho-
racio García Belsunce (padre), José Alfredo Martínez de Hoz, Mario
Cadenas Madariaga y Jorge García Venturini.
Debemos remarcar también que, producido el golpe cuartelero de
marzo de 1976, Grondona pasó a ser el principal asesor del Proceso,
junto con el citado Jacques Perriaux, el economista y banquero Ri-
cardo Zinn y el filósofo y embajador de la dictadura militar ante la
UNESCO Víctor Massúh. Éste es el grupo que “veía en las Fuerzas
Armadas a los responsables de salvar a la Argentina y a toda la civili-
zación” (Sivak, pág. 175/176). Dicho grupo de “expertos” fue el autor
del plan ofrecido en 1978 a la Junta Militar, como un gran descubrim-
iento que les permitiría a los procesistas dictadores gobernar hasta
1983…
Simultáneamente, Mariano Grondona, infatigable asesor-colabora-
dor de dictaduras militares (Guido, Onganía, Lanusse, Videla), fue el
principal integrante del equipo “técnico” armado y financiado por el
aprovechado y meteórico banquero Raúl Piñeiro Pacheco para hacer
“lobby” sobre la Junta Militar a favor de sus negocios “fronterizos”.
Ese equipo fue comandado por el escribano Wenceslao Bunge (lue-
go hombre del riñón de Alfredo Yabrán) y en él figuraron, además,
Rosendo Fraga (hoy, Fundación Nueva Mayoría), Carlos Floria (revis-
ta católica Criterio), José Luis de Imaz (sociólogo de moda), Manuel
Mora y Araujo (encuestador de moda) y Ernesto Sábato (héroe eterno
132 -

del “Nunca Más”, y comensal y panegirista del Gral. Videla, como ya


veremos).
Lo más notable y sintomático de este relato es que todos los nomb-
rados, todos sin excepción, son en la actualidad columnistas asiduos
del diario La Nación. No es casualidad.
Sivak (pág. 185) aporta otro dato sumamente sugestivo:
“(Neustadt y Grondona)… una vez por mes comían con los princi-
pales oficiales y ministros de la Junta Militar (Harguindeguy, Viola,
Suárez Mason), acompañados por Hugo Gambini (revista Redac-
ción, hoy columnista de La Nación, especializado en calumniar a
Perón e Isabel), Horacio Agulla (revista Confirmado) y Alberto Ga-
brielli (revista Primera Plana).
El “lobby” de ese equipo de “influyentes” consistía en lo siguiente:
cuando la política de Martínez de Hoz hizo crisis (1979/1980), el
citado Piñeiro Pacheco intentó comprar por “chirolas” el tristemente
célebre Banco de Intercambio Regional-BIR, de propiedad de un gran
estafador financiero: José Rafael Trozzo. Para ello necesitaba de la
“comprensión” de los militares procesistas y de su súper-ministro de
Economía, porque el Banco hacía agua por todos lados y, legalmente,
se imponía su liquidación por el Banco Central. Piñeiro Pacheco no
lo dudó: el nexo “desatanudos” entre los avispados banqueros y el
gobierno militar fue Grondona, quien para ello fue designado en el
Directorio del BIR, con un módico sueldo de 6.000 dólares mensuales.
Al final, el BIR se fue a pique, porque el desfalco era tan grande que
ni el terceto cívico-militar Grondona-Harguindeguy-Martínez de Hoz
pudo salvarlo. Trozzo y Piñeiro fueron a la cárcel. Grondona, no.
Grondona continuó su tarea de eslabón perdido entre los civiles y
los militares procesistas hasta el final, hasta diciembre de 1983. Lue-
go, como he demostrado al tratar sus “enseñanzas” transcriptas por
Nicolás Márquez para justificar a los militares golpistas, Grondona se
dedicó a explicar “las razones” del Proceso.
Esa vergonzosa lista de prematuros y entusiastas colaboradores de
la dictadura militar habla a las claras sobre el clima que debimos so-
portar durante el gobierno de Isabel, y el muy escaso poder “residual”
que pudimos ejercer en esos largos meses de terror. Ni López Rega,
ni los militares golpistas y sus 34 compañeros de ruta (voluntarios o
no) del Grupo de Trabajo de la Cámara de Diputados, estaban solos.
El último gobierno peronista - 133

Tampoco los guerrilleros terroristas de “izquierda” y los de la Triple


A de “derecha” nos bombardeaban en soledad: ellos sí que estaban
custodiados (y protegidos y ayudados) por expertos… en golpes cuar-
teleros. Formaban parte del “establishment” golpista.
A pesar de toda esa evidencia, hay todavía jueces que acusan a Isa-
bel de los atropellos de aquella época, y nada dicen de los “expertos
custodios”...

Una ley fundamental nunca aprobada


Por gentileza de los funcionarios y empleados de la Dirección de In-
formación Parlamentaria del Congreso de la Nación, que agradezco
vivamente, he obtenido una fotocopia del trámite legislativo que se le
dio al proyecto de ley de Isabel y su Gabinete sobre “Régimen para la
Defensa Nacional”.
Ese proyecto ingresó a la Cámara de Diputados el 21 de octubre de
1975, y fue girado a las Comisiones de Defensa Nacional, de Asuntos
Constitucionales y de Legislación Penal. Las comisiones lo aprobaron
por amplia mayoría (el bloque del FREJULI y algunos más) mientras
el grueso de la oposición formuló sólo objeciones parciales. El dicta-
men de las Comisiones ingresó al Plenario de la Cámara el 19-11-75.
Durante el muy extenso debate (que abarca nada menos que 298 pá-
ginas del Diario de Sesiones), el miembro informante, diputado doc-
tor José Luis Lazzarini, fundamentó el dictamen de mayoría con la
solvencia de un profesor de Derecho Constitucional, como lo era en
efecto. Y con una paciencia digna de Job, respondió y rebatió inacab-
ables y muy repetidas objeciones de la oposición. Hay pasajes en
donde resulta tediosa la lectura de este debate porque los opositores
repetían cinco y hasta seis veces la misma objeción, a pesar de haber
sido respondida debidamente por Lazzarini desde el principio.
El debate giró fundamentalmente sobre la cuestión de cuál de los
Poderes del Estado debía declarar una “zona de emergencia”, en la
que podrían actuar las Fuerzas Armadas. La oposición argumentaba
que debía ser el Poder Legislativo, pero Lazzarini demostró en forma
inatacable que debía hacerlo el Poder Ejecutivo, por razones constitu-
cionales y de rapidez, informando de inmediato al Congreso para que
éste pudiera actuar y tomar las medidas que considerase oportuna,
incluida la anulación de lo dispuesto por el Poder Ejecutivo.
134 -

Además, y para mayor garantía de los derechos de quienes fueran


tomados prisioneros, la ley disponía que, aun en las “zonas de emer-
gencia”, la competencia del Juez Federal seguía vigente.
La ley de Defensa Nacional tuvo media sanción de la Cámara de
Diputados en esa cesión del 19-11-75. Pero pocos días después su-
cedieron acontecimientos que perjudicaron enormemente al país:
con una terquedad inaudita, la oposición, que ya sumaba a los 34
rebeldes del Grupo de Trabajo, amenazó con incluir en ese período
de sesiones extraordinarias el juicio político contra Isabel. La facultad
de decidir qué temas deben tratarse en las sesiones extraordinarias
había sido tradicional y legalmente del Poder Ejecutivo. Pero en esa
oportunidad, la oposición (con los 34 “peronistas” comprometidos en
la maniobra) argumentó que los legisladores podían incorporar otros
temas, con el declarado objetivo de iniciarle juicio político a Isabel.
Para evitar sorpresas, el Poder Ejecutivo se vio obligado a clausurar
el período de sesiones extraordinarias, y reabrirlo el 24-02-76 con un
acotado temario, que incluía esa Ley de Defensa Nacional. Como ya
tenía media sanción de Diputados, el proyecto ingresó directamente
al Senado para su aprobación definitiva. Pero, por motivos que nadie
ha sabido explicarme con precisión, el Senado no llegó a iniciar su
tratamiento en ese mes que aún restaba para el golpe del 24-03-76.
Es cierto que en esos treinta días finales vivimos un clima de ver-
dadero terror por los rumores que lanzaban las propias FF.AA., y las
tremendas presiones de militares y civiles (incluidos los famosos 34
diputados “peronistas”…) para que entregáramos la cabeza de Isabel.
Pero, de cualquier forma, dicha ley era tan importante para el país que
nada justifica el silencio del Senado durante ese mes que fue clave en
nuestra historia.
No pretendo cargar culpas sobre nadie, pero lo real es que en ese
proyecto de ley figuraban, con toda claridad, los recaudos que el
Poder Ejecutivo propuso tomar para que, en la lucha contra la sub-
versión terrorista, no pudieran cometerse excesos y, menos, aberra-
ciones. Y también es real que ese proyecto de ley lleva la firma de
Isabel y todo su Gabinete, que la Cámara de Diputados le dio media
sanción, y que en el Senado estuvo “dormido” durante 30 días. Ob-
viamente, la dictadura militar no tuvo ningún interés en sancionar esa
ley luego del golpe.
El último gobierno peronista - 135

Quizás la transcripción cronológica de los hechos acontecidos en


esos últimos meses de infarto para los que permanecimos leales ar-
roje alguna luz sobre tal aparente misterio:
 El 21 de octubre de 1975, el Poder Ejecutivo envía al Congreso el
vital proyecto de Ley de Defensa Nacional.
 El 19 de noviembre de 1975, a menos de un mes de haberlo re-
cibido, la Cámara de Diputados logra su aprobación en tres co-
misiones (Defensa, Asuntos Constitucionales y Asuntos Penales;
aclaremos que los proyectos de ley deben ser tratados y aproba-
dos por cada Comisión por separado), y lo trata “in extenso” (298
páginas del Diario de Sesiones) en el plenario, para aprobarlo ese
mismo día.
 Inmediatamente arrecia la campaña de la oposición y de los 34 ob-
struccionistas del Grupo de Trabajo para intentar destituir a Isabel
por juicio político, ya que ella no aceptó renunciar ni “bordaberryz-
arse” a pesar de las numerosas y duras presiones recibidas.
 Ante ello, el Poder Ejecutivo se ve obligado a clausurar el período
de sesiones extraordinarias.
 El general Videla, con el proyecto de Ley con media sanción y
pronto a ser enviado para su aprobación, se apresura a arrogarse
facultades de virtual presidente de la Nación y pronuncia su men-
saje de Navidad con una clara amenaza al gobierno que, “si no
haya cambios (de presidente, con la renuncia de Isabel o el juicio
político, obviamente), las Fuerzas Armadas sabrán cumplir con su
deber”…
 El 24 de febrero de 1976, el Poder Ejecutivo re-envía al Congreso
el proyecto de Ley de Defensa Nacional, que entra directamente
al Senado.
 El Senado no tocó siquiera ese proyecto en los 30 días subsi-
guientes. En 30 días, recuérdese, Diputados pudo completar el
trámite a pesar de una oposición más numerosa, que contaba
además con la inestimable ayuda del Grupo de Trabajo.
 El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas dieron el golpe
fatídico, sin ley alguna que regulara la Defensa Nacional, aunque,
obviamente, de existir dicha ley no la habrían respetado.
La tragedia pudo evitarse. ¿Quién se opuso a ello?
136 -

Este claro y decisivo proyecto de Ley de Defensa Nacional debe su-


marse a las ya numerosas y sólidas pruebas que demuestran la ino-
cencia de Isabel respecto de los terribles crímenes cometidos antes y
después del golpe militar que dio origen a la dictadura.
Y recordemos: por segunda vez en seis meses (el 07-07-75, con
el decreto 1.800, y el 21-10-75 y 24-02-76, con este fundamental y
definitorio proyecto de ley), Isabel promovía una norma para evitar
excesos y aberraciones por parte de los militares.
Y, sin embargo, en 2007, hubo dos jueces que pidieron su captura
internacional…
Con lo expuesto en este capítulo, alcanza y sobra para dejar dem-
ostrado que:
1. Por ser los de Cámpora, Perón e Isabel gobiernos constitucionales
elegidos libremente por el pueblo, toda acción armada de los par-
ticulares cometida entre 25-05-73 (nuestra asunción) y el 24-03-76
(nuestro derrocamiento por el golpe militar) debía ser reprimida
por el Estado. De lo contrario el gobernante responsable habría
caído en el delito de incumplimiento de sus deberes públicos, sino
en el de encubrimiento de un delito tan grave como es el de ter-
rorismo.
2. En ese lapso, tanto los de “izquierda”, como los de “derecha”,
cometieron atroces actos de violencia terroristas que el gobierno
constitucional tenía la obligación de reprimir por todos los medios
legales que la Constitución Nacional le confiere. Y eso es lo que
hicieron Perón e Isabel en cumplimiento de su obligación constitu-
cional.
3. Los tres decretos tan meneados demuestran, sin lugar a duda al-
guna, que la orden presidencial se encuadraba estrictamente en la
obligación que la Constitución le impone a todo presidente.
4. Isabel fue ajena a las atrocidades cometidas por la Triple A,
cualquiera haya sido su origen y conducción.
5. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que las dos acusa-
ciones que sufrió Isabel en enero de 2007, por parte de jueces fed-
erales penales, no tienen ningún sustento legal, y por ello mismo
su origen debe ser buscado en otro lado, lo cual confirma que
fueron iniciados e impulsados por una inconfesable motivación
política.
El último gobierno peronista - 137

El pensamiento de Isabel sobre los derechos humanos


Por considerarlo de interés histórico, transcribo a continuación el
documento entregado por Isabel Perón a los miembros de la Co-
misión Interamericana de Derechos Humanos-CIDH que la visitar-
on en el lugar donde los militares del Proceso la mantenían prision-
era en ese momento: la quinta de San Vicente. La visita de la CIDH
tuvo lugar en setiembre de 1979. El texto de la nota de Isabel es el
siguiente:
“Estimados señores:
“Les agradezco infinitamente esta visita, la que quiero interpretar
como una muestra de solidaridad americana, y les doy la bienve-
nida a nuestra Patria.
“El Movimiento Nacional Justicialista ha rechazado siempre toda
injerencia extranjera en nuestros asuntos, pero ha sido invariable-
mente sensible a toda acción a favor del acercamiento de los pueb-
los de un mismo origen y destino. Por ello, ningún latinoamericano
es extranjero en la Argentina.
“El tema que motiva vuestra misión no es para el justicialismo
novedoso ni ajeno. El Movimiento Nacional Justicialista es esen-
cialmente humanista. Concibe al hombre en su plena dimensión y
ha asumido su decidida defensa y protección.
“La doctrina justicialista, basada en los Evangelios, reconoce al
hombre como criatura de origen divino, hecho a imagen y seme-
janza del Señor.
“En el tema de los derechos humanos, el cristianismo es tan mile-
nario como insuperable. Y la Iglesia, al decir de Su Santidad, “es
experta en humanidades”.
“Me satisface la actual preocupación de la Organización de Esta-
dos Americanos en bregar por el respeto de los derechos humanos
en el continente y creo que el justicialismo tiene mucho que apor-
tar. Lleva ya casi cuatro décadas de lucha por la dignificación del
hombre argentino, lo que le otorga una significativa autoridad en el
tema.
“Tal posición en defensa del hombre excede con creces aquella
visión limitada y caduca del demo liberalismo individualista. Para
el justicialismo, los derechos humanos no se agotan en la igualdad
138 -

ante la ley, la condena ante toda tortura y vejamen, la garantía del


debido proceso, etc., ya consagrados en la Constitución de 1853,
pero ampliamente superados por la evolución histórica.
“El justicialismo, en total armonía con las enseñanzas de la Iglesia,
planteó hace ya 35 años la defensa del hombre, no como individuo
sino como persona, y promovió su dignificación desarrollando su
derecho a participar en la vida social, económica, política y cultural.
Ya en 1949 consagró en la Constitución Nacional los derechos del
trabajador, de la familia, de la ancianidad, etc. Con tal profundidad
que aún hoy  es una legislación verdaderamente revolucionaria y
que creo no superada en ninguna parte del mundo.
“Entiendo así los derechos humanos y afirmo que sólo pueden ser
realidad cuando el pueblo participa en la vida social y política para
decidir su destino. Cuando se encuentra impedido de hacerlo, las
violaciones a sus derechos ocurren por añadidura.
“Al respecto, adhiero a la palabra de Su Santidad Juan Pablo II
cuando expresa: “El pueblo es soberano de su propia suerte. Este
sentido no llega a realizarse si, en vez del ejercicio del poder medi-
ante la participación moral de la sociedad o el pueblo, asistimos a
la imposición del poder por parte de un determinado grupo a todos
los miembros de la sociedad”.
“’El primero de los derechos del hombre toca profundamente el sec-
tor de la justicia social y se convierte en medida para su verificación
fundamental en la vida de los organismos políticos’ (Conferencia
‘Redemptor Hominis’).
“Si con desapasionamiento se analiza la acción de nuestro gobi-
erno sobre este tema, se verá que, frente a todos los intentos de
violación de los derechos humanos, se promovió la defensa de la
comunidad siguiendo el principio del teniente general Perón: ‘Den-
tro de la ley, todo, fuera de la ley, nada’.
“Como cristiana y justicialista, repudio la violencia y el crimen y
nunca justificaré el avasallamiento de los derechos del hombre y
del pueblo, sin importarme el signo ideológico que adopte. En esto,
como en todo, el justicialismo es la tercera posición. No es lícito
responder al crimen con el crimen.
“Lo que se ha dado en llamar avasallamiento de los derechos hu-
manos es la consecuencia de un sistema esencialmente inhumano.
El último gobierno peronista - 139

Aquí también son verdades palpables aquellas palabras de Su


Santidad cuando dice: ‘... en verdad, es un hecho significativo y,
confirmado repetidamente por la experiencia de la historia, cómo la
violación de los derechos del hombre va acompañada por la viol-
ación de los derechos de la nación’.
“El pueblo argentino está hoy impedido de ejercer sus derechos
para decidir sus formas de organización tanto en lo social como en
lo político. Esto es lo que me preocupa. Mi prisión y todas las otras
circunstancias que la acompañan, aunque injustas, constituyen la
consecuencia de lo que represento.
“En el momento que la Argentina retome el camino de un Estado de
Derecho, comenzarán a darse las condiciones mínimas y esencial-
es que aventarán situaciones que, como las que hoy nos ocupan,
impiden a los argentinos ser verdaderos artífices de nuestro des-
tino, reencontrarnos con nuestro propio camino, que es en última
instancia el de todos los pueblos de América.
“Les deseo que puedan llevar a buen destino la misión que les han
encomendado. Les agradezco nuevamente vuestra visita.
“Muchas gracias.
“Isabel Perón

Esa pieza de Isabel es una definición nacional, popular, humanista y


cristiana, es decir, peronista tan clara y contundente que no necesita
comentarios. Por ello mismo, es indispensable ponerla de relieve,
porque a Isabel se la ataca, y se la seguirá atacando, justamente por
su adhesión y defensa inalterable del pensamiento político legado por
Perón y Evita.
He ahí el meollo de la cuestión.
El último gobierno peronista - 141

Capítulo VII

Los preparativos del golpe

Las Fuerzas Armadas abandonan el terreno


Para comprender debidamente la tragedia que sufrimos y sus reales
motivos y propulsores, es necesario analizar la conducta que tuvieron
desde el principio las FF.AA. hacia el gobierno constitucional.
Cuando, al fin, logramos que la dictadura convocara a elecciones
para el 11 de marzo de 1973, el país había soportado ya casi 18 años
de prepotentes atropellos a los derechos del pueblo.
Primero fue la llamada Revolución Libertadora de Lonardi, Aram-
buru y Rojas, que constituyó una cruel dictadura. En una segunda
etapa que comenzó en 1958, presionaron de tal forma al gobierno
surgido de esas elecciones seudo–constitucionales, que llegaron a
contabilizarse 32 intentos de golpe militar y varios cambios de gabi-
nete forzados. Cuatro años después derrocaron a Frondizi para evitar
que asumiera un puñado de gobernadores peronistas. A Frondizi, los
militares y sus socios civiles lo reemplazaron por un presidente títere:
José María Guido.
Para el siguiente turno electoral, los militares volvieron a proscribir a
Perón y al peronismo e, incluso, a sus aliados y a cualquier partido
que llevara a un peronista en su fórmula presidencial. Así, en ese
ambiente de asfixia, logró ganar la presidencia de la Nación con el
23% de los votos el radical Arturo Illia en 1963, el cual tampoco pudo
cumplir su mandato porque los militares lo derrocaron en 1966 para
imponer al general Juan Carlos Onganía.
Con Onganía, se instala en la Argentina el dominio de los militares
debidamente “programados” por EE.UU. en la Escuela Militar de las
Américas del Comando Sur de su Ejército, con sede en la invadida
“Franja del Canal de Panamá”.
Luego, en 1971, el general Alejandro Agustín Lanusse derrocó a On-
ganía y colocó en su lugar al general Marcelo Levingston. Un año
después Lanusse derrocó a Levingston y se sentó él en la Casa Ro-
sada. Finalmente, los militares, cansados del repudio popular y ante
una situación política, económica y social y aun militar insostenible ya,
142 -

se vieron forzados a dar elecciones en marzo de 1973. Las ganamos


nosotros a pesar de todos los condicionamientos y obstáculos que
nos puso ese gobierno “de facto”.
Inmediatamente después del triunfo electoral, ensayaron algunas
trampas más pero la suerte estaba echada para ellos, y nadie se las
tomó en serio.
Sin dudas, las Fuerzas Armadas se vieron obligadas a dar elecciones
debido a la habilidad con que Perón condujo su estrategia “disuasiva”
desde el exilio madrileño. Pero, con la misma seguridad se puede
dar por cierta una determinada cuota de influencia ejercida por las
acciones guerrilleras en los ánimos castrenses, que los “ayudó” a
comprender que la situación no daba para más. Con cada bombazo,
con cada secuestro o asesinato, las Fuerzas Armadas se acercaban
a la saludable convicción de que se les acababa el tiempo. Por su-
puesto que en la estrategia de Perón hubo un lugar para tales ac-
ciones guerrilleras, que él no había buscado, ni inventado, ni en el
fondo deseaba para sus muchachos, los realmente “suyos”, y que
la increíble miopía de sus enemigos engendró a partir de 1955 para
terminar regalándoselas a él.

18 años después, la Constitución


Luego de nuestra asunción al gobierno, los militares, mascando el
freno, volvieron a los cuarteles pero lo hicieron como un “viejo león
que vuelve a la cueva a lamer sus heridas”.
Para ser honesto, debo reconocer que, durante nuestro gobierno y
mientras Perón estuvo vivo, no sufrimos problemas desde el flanco
militar. Incluso, y como también ya mencioné, los altos mandos ofre-
cieron, creo que sinceramente, su colaboración a Isabel cuando ésta,
una semana después de enviudar, sintió flaquear sus fuerzas y habló
de renunciar.
Ello no significa afirmar que, con el ascenso de Cámpora y de Perón
a la presidencia, el departamento de Estado, y sus sempiternos so-
cios menores “nativos” (civiles y militares), se sintieran felices de que
el peronismo retomara el poder. De ninguna manera. Pero, si bien la
bronca existía, la disimulaban con la debida discreción a la espera de
una ocasión propicia. Como en todos los ámbitos y sectores de la vida
nacional, la muerte de Perón cambió radicalmente la historia entre los
El último gobierno peronista - 143

uniformados. El personaje a quien obedecían, muchos a la fuerza y


sin ganas, y otros tantos por convicción, ya no existía. En esa primera
etapa respetaron a la viuda, pero sabían, igual que nosotros, que Isa-
bel no era Perón. El camino para los militares golpistas quedaba libre
de ese principal escollo.
Luego, nuestros propios errores ayudaron a crear el clima que los
golpistas de 1955 y 1966 esperaban ansiosos, mientras lamían sus
heridas en la cueva. Y, para ser veraz, reconozcamos que nuestros
errores, muerto el General, no fueron pocos ni pequeños.
La falta de unidad, y el desprecio sobre su inmenso valor en ese mo-
mento, fue seguramente nuestra primera y más grave equivocación.
Creo que esa enfermedad comenzó a manifestarse en las primeras
horas posteriores a la muerte de Perón, aunque ya existía en forma
larvada en vida del General.

Muerto Perón, vivan los quioscos


Mis recuerdos no son agradables en esa materia.
De común acuerdo entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo, se decidió
que, a partir del 2 de julio, el féretro del General fuera velado en el
Salón Azul del Congreso Nacional. Con ese motivo, los diputados na-
cionales peronistas decidimos montar guardia ante el féretro en forma
permanente, para lo cual formamos tres grupos que se turnaron cada
dos horas, para estar presentes día y noche en el Salón Azul. En los
“descansos” de cuatro horas, intoxicados con café y asfixiados por el
humo de los cigarrillos, nuestro tema recurrente de conversación era
el futuro de la Argentina y del peronismo, sin Perón.
En la penumbra de ese bloque oficialista, poblado de legisladores
y empleados al garete, sin brújula ni timonel, se escuchó una voz
aguardentosa y ronca, de honorable procedencia legislativa nacional:
“Muerto el General, ahora cada uno vale por el quiosco que tiene”.
Anochecía sobre Buenos Aires. Era el 2 de julio de 1974. El Salón
Azul estaba empapado en lágrimas y saturado de notables; el país,
invadido por la tristeza y la incertidumbre, preocupado. Sólo algunos
entendidos sabían lo que ocurriría: cada uno valdría por el quiosco
que tuviera. ¡Mala cosa!
Y así fue: a partir de ese día de luto, casi todos los grupos peronistas
144 -

quisieron hacerse valer según su fuerza propia o la que aparentaban


tener.
A ello se sumó, como es lógico y siempre sucede en un gobierno
popular, la tensión social producida por la puja distributiva, agravada
no sólo por la ausencia de un líder moderador, sino también por la
crisis mundial que ya mostraba sus garras.
En 1973 se produjo el primero de los meteóricos aumentos del
petróleo, producido por un agravamiento de la guerra en la Palestina
invadida. Ese aumento tuvo inmediata repercusión en el mundo en-
tero y provocó, a su vez, la suba de todos los precios internacionales,
especialmente de los bienes industriales que constituían (como aún
hoy nos sucede, desgraciadamente) el grueso de nuestras importa-
ciones.
Vale la pena recordar que tales aumentos originaron algunas manio-
bras especulativas por parte de ciertos sectores empresarios, y ello
condujo a Perón a convocar al pueblo por última vez a la Plaza de
Mayo el 12 de junio de 1974, ocasión en la que pronunció la frase que
más recordamos los argentinos:
“Llevo en mis oídos la mejor música, que es la voz del pueblo”.
De modo que, a la muerte del General, la tensión social había comen-
zado y, como es lógico, se agravó en su ausencia.

La realidad… esa terca realidad


La primera reacción del ministro de Economía José Ber Gelbard,
ante la inflación que venía de afuera, fue subsidiar ciertos insumos
importados para evitar que el aumento de los precios internacionales
provocara su correlato en nuestro país. Con ello se evitó una deval-
uación monetaria, que siempre fue un tema muy preocupante para el
peronismo, pues invariablemente produce la disminución del salario
real. Pero la sobrevaluación de nuestro peso respecto del dólar nos
trajo otras lacras, que los argentinos, después de Martínez de Hoz y
de Menem–Cavallo, hemos aprendido a temer en toda su magnitud y
peligrosidad.
En primer lugar, conocimos el “encanto” de salir de vacaciones al exte-
rior con dólares baratos, y en ello se nos fue buena parte de nuestras
reservas de divisas. Entre agosto de 1974 y marzo de 1975, había-
El último gobierno peronista - 145

mos perdido U$S 200 millones en turismo en el exterior, equivalentes


al 10% de nuestras reservas internacionales (Todesca).
Por otro lado, la bonanza económica que experimentamos durante
1973 y 1974, como resultado directo e inmediato de las medidas
económicas adoptadas apenas asumimos, produjo un desequilibrio
cada día mayor entre los bienes producidos (oferta) y los consumidos
(demanda). Ese problema se vio agravado en las zonas de frontera,
pues el retraso cambiario incentivó una progresiva avalancha de chile-
nos, bolivianos, paraguayos y aún brasileros y peruanos que vaciaban
nuestros comercios de alimentos y ropa especialmente, al encontrar
precios sensiblemente menores a los suyos. Con seguridad, el efecto
estrictamente económico que produjo tal vaciamiento fronterizo fue
menor, pero repercutió muy negativamente en la población.
En julio/agosto de 1974, el error era ya evidente, pero Gelbard se
negaba tercamente a tomar las medidas indispensables que, reco-
nozcámoslo, en un gobierno popular significan siempre una decisión
muy dolorosa.
La terquedad del ministro de Economía, y la revelación de que desde
hacía al menos un año mantenía un pacto secreto con montoneros,
provocaron su salida forzada del Gabinete. Dicho pacto consta en la
pág. 602 del citado libro de Bonasso, quien afirma:
“Montoneros inició un intento secreto de negociación con Perón,
a través de Gelbard, que es casi desconocido y que me consta
personalmente, porque me tocó iniciar las tratativas… Tras consul-
tarlos con el Pinguli (Carlos Hobber), que estuvo de acuerdo, le
propuse a Gelbard que él fuera nuestro canal para llegar a Perón.
Aceptó encantado y puso algunas condiciones muy lógicas: 1) la
gestión debía ser secreta; 2) antes de hablar con Perón, quería
reunirse con Firmenich; 3) iniciaría la gestión con un sondeo a la
señora Isabel, que era la vía ineludible para llegar al General… La
‘Orga” con su estilo entre estudiantil y lumpenesco, le dio más de
un disgusto a Gelbard. Una tarde don José nos recibió al cabezón
Habegger y a mí con el seño adusto, y nos dijo: ‘¿ustedes creen
que los servicios no existen o que son boludos?’”.
La conducción de Montoneros había difundido las gestiones de Gel-
bard ante Isabel, en una muestra más de su adolescente irresponsa-
bilidad.
146 -

López Rega, a su vez, trabajaba desde hacía tiempo para reempla-


zar a Gelbard por su amigo Celestino Rodrigo. Isabel, en cambio, se
inclinaba por el veterano Alfredo Gómez Morales, quien se había de-
sempeñado con gran eficacia como ministro de Perón durante la crisis
agraria provocada por la fuerte sequía de 1951/1952, y a la sazón era
presidente del Banco Central. El reemplazante de Gelbard en 1974
fue Gómez Morales.
Debido a que yo formaba parte de la Comisión de Industria y de la de
Comercio de la Cámara de Diputados de La Nación, tuve oportunidad
de dialogar algunas veces con el nuevo ministro de Economía. Luego
de su renuncia, ese diálogo continuó en forma muy fructífera para mí,
porque Gómez Morales era un economista capaz y serio, y el más re-
spetado en ese momento. Hasta su muerte, se lo consideró el maes-
tro de los economistas nacionales (peronistas, radicales y de otros
sectores afines). A ese grupo de verdaderos discípulos de Gómez
Morales pertenecieron, entre otros radicales, Bernardo Grinspun y Al-
fredo Concepción, ministro y viceministro de Economía de Alfonsín,
quienes prepararon el único plan radical (y peronista, también…) de
la nueva etapa democrática para enfrentar debidamente los embates
del FMI. Ese fue el plan que acordaron Alfonsín e Isabel en junio de
1984. Grinspun y Concepción debieron resignar sus cargos en enero
de 1985, cuando Alfonsín cedió ante los insaciables banqueros inter-
nacionales y sus “expertos” del FMI. Recuerdo bien la campaña de
desprestigio y el asedio que le hicieron a Grinspun y Concepción los
diarios “serios” e “independientes”…, La Nación y Clarín, para que
Alfonsín los reemplazara.
El plan que presentó Gómez Morales al Gabinete era de tipo gradu-
alista y constituía la más sensata respuesta a la crisis que ya era
de envergadura. Pero López Rega lo boicoteó permanentemente y,
con seguridad, a tontas y a locas, porque de Economía no entendía
nada y su único objetivo era colocar en el Ministerio a su amigo Ce-
lestino Rodrigo. ¿Presiones de la CIA, a la cual ya respondía López
Rega? Quizás. También podría ser de los Rosacruces, secta en la
cual revestía Celestino Rodrigo, y era muy cercana a la P-2 de López
Rega.
La lucha de Gómez Morales por lograr la aceptación de su plan en
el Gabinete duró seis meses, un tiempo excesivamente largo para el
El último gobierno peronista - 147

ritmo que llevaba la crisis. “Para bien del país, debí renunciar antes”,
me reconoció Gómez Morales meses después. Estimo que no lo hizo
antes porque Isabel deseaba retenerlo (le tenía gran confianza) y él la
respetaba mucho.
Celestino produjo el conocido “rodrigazo”, cuyas consecuencias infla-
cionarias y de malestar social forzaron su renuncia y nos introdujeron
en una turbulencia económica que, al momento del golpe militar, re-
cién habíamos logrado calmar a medias y con grandes esfuerzos.
Defenestrado Rodrigo y producida la huelga general masiva de 48
horas, la suerte de López Rega quedó echada.
La acción sicológica de los militares golpistas llevó a los argentinos
a creer que la salida de López Rega del gobierno fue planificada y
ejecutada por las FF.AA. Así lo difundieron maliciosamente desde el
primer momento y así lo enseña la “historia oficial” hasta hoy. Sin em-
bargo, tal historia es una falsedad, tal como ha quedado demostrado
por el relato del coronel Jorge Sosa Molina, en aquel entonces jefe del
Regimiento de Granaderos a Caballo, que transcribo en el capítulo 6.

La salida de López Rega


La verdad histórica es que, cuando en los ámbitos más íntimos del
gobierno se conoció la denuncia del coronel Sosa Molina sobre el es-
cabroso asunto del “arsenal” de la Triple A (y no tengo ninguna duda
de que fue el propio Sosa Molina quien informó a los ministros de
confianza la situación), cuatro ministros leales y decentes decidieron
tomar el toro por las astas. Según afirma el doctor José Alberto De-
heza, ex ministro de Justicia y de Defensa de Isabel, en su libro “Isa-
bel Perón: ¿inocente o culpable?”, el ministro de Cultura y Educación
Oscar Ivanissevich, el de Defensa Jorge Garrido, el del Interior Anto-
nio Benítez, y el de Justicia Ernesto Corvalán Nanclares se reunieron
con Isabel y le dijeron abiertamente que el principal generador de la
crisis era López Rega, por lo que le aconsejaron separarlo.
De acuerdo con todos los testimonios que he logrado reunir, doy por
seguro que los cuatro ministros leales basaron su postura, entre otras
cosas, en el episodio del teniente Segura relatado por el coronel Sosa
Molina.
Ante tal sugerencia, Isabel accedió. Hasta ahí los testimonios recibi-
dos.
148 -

No cuesta mucho atar cabos y completar el episodio: los cuatro minis-


tros, o uno o dos de ellos (seguramente Garrido, por ser el ministro de
Defensa), le pidieron al coronel Sosa Molina que desarmara a los cus-
todios de López Rega, cuestión que dicho militar ejecutó de inmediato
con el Regimiento de Granaderos a Caballo. Que fue Sosa Molina y
sus granaderos quienes desarmaron a los custodios de López Rega
es un dato histórico aceptado y demostrado por todos los que han
incursionado en este tema. En cambio, al origen del alejamiento de
López Rega la “historia oficial” siempre se lo ha asignado como mérito
a los altos mandos de las FF.AA., y más concretamente a Massera.
Lo sugestivo es que esa leyenda, habiendo sido creada por los mili-
tares en 1975 y mantenida por ellos durante los años de su dictadura,
fuera luego aceptada por los gobiernos civiles subsiguientes. Y digo
sugestivo, porque tal leyenda llevó y aún lleva como objetivos:
 despegar a las FF.AA. de la Triple A;
 despegar también a las FF.AA. de López Rega;
 hacernos creer que las FF.AA. protegían a Isabel y que por eso
fueron los militares quienes eliminaron del gobierno a López Rega;
 y, finalmente, simular que el “dueño” de la Triple A era López Rega,
sobre el cual cargaron todas las atrocidades de esa macabra or-
ganización, mientras ellos, los militares golpistas, se hacían los
distraídos.
Las declaraciones públicas del coronel Sosa Molina, y el relato que
me hizo personalmente su hijo sobre el episodio del teniente Segura y
sus derivaciones, echan por tierra la leyenda creada por los militares
y transmitida ingenuamente por los civiles. Hay otro hecho que dem-
uestra, también en forma indubitable y decisiva, que el papel de López
Rega en la Triple A no era central, sino que las FF.AA. fueron las prin-
cipales responsables de ella: después de eliminado López Rega del
gobierno, la Triple A siguió con sus andanzas. ¿Cómo se explica eso?
Para el gobierno, la presencia de López Rega era nefasta, pero para
los militares golpistas era indispensable, pues les servía de cobertura
política para sus atrocidades de la Triple A. Por ello, sin López Rega,
la continuación del gobierno de Isabel les resultaba muy peligroso y
totalmente contrario a los objetivos que ya habían adoptados: la guer-
ra contrarrevolucionaria, aprendida en la Escuela Militar de las Améri-
cas. A ese objetivo se sumó el designio de implantar a sangre y fuego
El último gobierno peronista - 149

el neoliberalismo financiero monetarista, enseñado desde Chicago y


“custodiado” por los expertos David Rockefeller, Henry Kissinger (am-
bos, jefes máximos del “Council of Foreign Relations” de Nueva York)
y los “Chicago boys” de Martínez de Hoz.
La tilinguería y, ¿por qué no?, la “peronofobia” (en buen romance,
gorilismo) de los “izquierdistas” nativos y extranjeros, le han hecho
un enorme favor a la dictadura militar: cegados por su rencor contra
Perón e Isabel, trataron y aún tratan de culpar a éstos de los crímenes
de la Triple A, encubriendo así, consciente o inconscientemente, a
los verdaderos responsables que fueron los militares golpistas y sus
“sponsors” civiles de adentro y de afuera del país.

Un paso decisivo hacia el golpe


A los hechos hay que remitirse: en julio salió López Rega, y un mes
después los militares produjeron su primer “apriete” desembozado.
El 27 de agosto de 1975 los argentinos nos despertamos con una
fatídica novedad (en realidad, vieja y repetida novedad): los militares
se habían sublevado. Con el general Carlos Delía a la cabeza, los
uniformados exigían la renuncia del comandante general del Ejército
general Numa Laplagne, y su reemplazo por el general Jorge Rafael
Videla. Los rebeldes contaban con el apoyo de los Cuerpos de Ejérci-
tos, con la única excepción del Primer Cuerpo con sede en Campo de
Mayo, a cuyo frente estaba el general Alberto Cáceres.
El pretexto que esgrimían los rebeldes era insostenible. Aducían que
el nombramiento del coronel en actividad Vicente Damasco, como
ministro del Interior, comprometía al Ejército en los vaivenes políticos
del gobierno. Por ello, exigieron a Numa Laplane que pasara a retiro
a Damasco inmediatamente. Numa Laplane defendió ese nombrami-
ento esgrimiendo argumentos irrebatibles:
 Desde hacía un año Damasco se desempeñaba como secretario
político de la Presidencia de la Nación, sin que ningún general se
hubiera rasgado las vestiduras por ello.
 Años atrás, el general Osiris Villegas había sido ministro del Inte-
rior manteniendo su situación de actividad en el Ejército.
Pero, como lo de Damasco era sólo un pretexto y no un verdadero
motivo, los golpistas insistieron en su reclamo de pasar a retiro al sec-
retario político de la Presidencia y, mostrando su juego real, le agre-
150 -

garon la exigencia de cambiar al comandante general Numa Laplane.


A todas luces, el recambio en la cúpula del Ejército exigido por los
rebeldes era el primer gran paso hacia el golpe que, desde ese mo-
mento, se tornaba irreversible, como realmente lo fue. Pero muchos
ministros y algunos dirigentes sindicales y políticos, del peronismo y
de la oposición, consideraron (o simularon considerar) que no había
nada que temer pues “Videla era un general apolítico, democrático
y legalista”, mientras que “la tendencia peronista de Numa Laplane
perjudicaba al Ejército, y parcializaba al gobierno”…

Una dramática reunión de Gabinete


Antes de tomar una decisión, Isabel dispuso que el Gabinete, sin su
presencia personal, debatiera la cuestión y llamara a consulta a di-
rigentes parlamentarios y sindicales, y a los gobernadores.
Por ello, habían sido invitados a esa reunión de consulta: el presidente
del Senado, Ítalo Lúder, el de Diputados, Nicasio Sánchez Toranzo, y
los secretarios generales de la CGT (el luego “borrado” Casildo Her-
rera) y de las “62” (Lorenzo Miguel).
En esa época y luego de la exclusión de López Rega, los diputados
nacionales peronistas habíamos pedido la renuncia del presidente
de la Cámara, Raúl Lastiri, y propusimos a Isabel la opción entre el
mendocino Arturo Ruiz Villanueva y el tucumano Sánchez Toranzo.
Yo fogoneaba la candidatura de este último, con quien había trabado
una buena amistad al calor de su bonomía provinciana y su hombría
de bien. La afinidad con Sánchez Toranzo incluía muchas coinciden-
cias en el campo de la sensatez, no sólo en el de la política estricta-
mente hablando. Esas circunstancias hicieron que, cuando el nuevo
presidente de la Cámara decidió nombrar a tres asesores personales
(uno de cada “rama” del peronismo) para que colaboraran con él, me
eligiera a mí por el sector político. Por ese motivo, el 27 de agosto de
1975 acompañé a Sánchez Toranzo y participé en forma activa en la
reunión de consulta convocada por el Gabinete Nacional.
Al mediodía de ese 27 de agosto, la sala principal de reuniones de
la Quinta Presidencial de Olivos era un hervidero de funcionarios, di-
rigentes, asesores y colaboradores, cada uno de los cuales daba su
particular opinión, conjetura o rumor.
Mientras esperábamos ingresar a la reunión del Gabinete, llegó a Ol-
El último gobierno peronista - 151

ivos el general Alberto Cáceres. El Gabinete por indicación de Isabel


le ofreció asumir como nuevo comandante en jefe. Cáceres, con total
lealtad, manifestó que eso significaría reprimir con las armas a los
rebeldes y, que a pesar de contar sólo con el primer Cuerpo de Ejér-
cito, ello era posible dado que su ubicación metropolitana y su poder
de fuego le aseguraban el predominio sobre los otros tres Cuerpos.
Pero el precio en sangre y en daños materiales podía ser grande. En
una muestra más de su honestidad, Cáceres desaconsejó su propio
nombramiento.
Sin la solución de Cáceres, que era la óptima para sortear el escollo
de los rebeldes, al gobierno no le quedaron cartas de negociación, y
se vio enfrentado sin remedio a los “alzados”.

Lorenzo, el último “rebelde”


Primero, Isabel y su Gabinete debatieron el asunto en reunión secreta,
en cuyo transcurso la decisión quedó tomada. El ministro de Defensa
Ángel Federico Robledo estimó que no contábamos con fuerzas para
repeler la rebelión y que, además, se podía confiar en Videla. El min-
istro de Economía, Antonio Cafiero, no abrió juicio sobre Videla y sus
cualidades éticas y democráticas, pero reclamó que se aceptara el
planteo castrense, porque al día siguiente debía viajar a EE.UU. para
mantener conversaciones con el Fondo Monetario Internacional, y “no
era posible hacerlo con una sublevación militar en casa, pendiente de
solución”. El resto de los ministros sólo ofreció una resistencia módica
y casi formal, salvo el de Educación, el mendocino Enrique Corvalán
Nanclares (el legendario vencedor de Serú García, en 1965, cuando
Isabel fue enviada por Perón para cortarle el camino a ese intento ne-
operonista). Pero Corvalán Nanclares al poco rato quedó solo frente
a todos, pues los otros ministros prefirieron volcarse hacia la posición
de Robledo y Cafiero.
Definida la pulseada en el Gabinete, sorpresivamente llegaron a Ol-
ivos los comandantes de la Marina (Massera) y de la Aeronáutica
(Fautario). De inmediato ingresaron a la reunión de los ministros (ya
sin Isabel) y los tranquilizaron asegurándoles que Videla era un gener-
al “profesionalista y legalista”. Siempre con la excepción de Corvalán
Nanclares, los ministros creyeron lo que querían creer.
Luego llegó nuestro turno. En la reapertura de aquel debate, los cu-
152 -

atro nuevos consultados se dividieron en dos partes iguales: por la


aceptación lisa y llana de Videla se pronunciaron Lúder (Senado) y el
“borrado” Casildo Herrera; mientras que Sánchez Toranzo y Lorenzo
Miguel aconsejaron aceptar la propuesta del general Alberto Cáceres
de defender la legalidad y rechazar el planteo de los rebeldes.
Del debate se pasó pronto a la discusión “enfática”: Lorenzo Miguel
rebatía a Casildo Herrera no siempre en tono amable, mientras Lúder
y Sánchez Toranzo confrontaban ideas con “glamour” versallesco.
Pronto el presidente de Diputados me pasó la posta a mí, y el debate
con Lúder perdió algo… o mucho de su “glamour” anterior. Al final, y
cuando ya del “glamour” no quedaba nada, Sánchez Toranzo me pidió
dar por concluido ese tan particular “diálogo parlamentario”. Lorenzo
Miguel quedó solo frente al mundo, repitiendo “¿No se dan cuenta de
que éste es el inicio del Golpe?”, pero la mayoría de los ministros no
se daba cuenta o no quería hacerlo. Acorralado, Lorenzo pidió hablar
en privado con Isabel antes de emitir su opinión final. La presidente y
el gremialista conversaron unos 15 minutos a solas, en el primer piso
de la Residencia de Olivos.
Al regresar, Lorenzo anunció, con los ojos inyectados de sangre, que
retiraba su oposición porque así se lo había pedido Isabel. Cuando
unos meses después compartí con el secretario general de las “62”
(y con otros treinta y tantos ex funcionarios y dirigentes peronistas) la
prisión militar en el barco “33 Orientales”, Lorenzo relató que Isabel le
había reconocido que sospechaba de Videla y de los rebeldes, pero
que el general Cáceres había sido claro sobre el costo de la represión.
Ella no deseaba ser responsable de la muerte de argentinos: prefería
buscar alguna forma de mantener a raya a las FF.AA. con diplomacia.
Al fin y al cabo, muchas veces había escuchado de boca del General:
”Entre el tiempo y la sangre, prefiero el tiempo”.
Al anochecer de ese día, estaban ya en Olivos los gobernadores, pero
la decisión había sido tomada y ellos, con las más variadas formas de
protestas, no tuvieron más remedio que aceptar el hecho consumado.

La licencia de Isabel
Al día siguiente, los tres Estados Mayores comenzaron la tarea de
preparar el golpe institucionalmente. Esta vez no sería un general
ambicioso, o un grupo de oficiales gorilas. Serían las Fuerzas Arma-
El último gobierno peronista - 153

das como tal, “debidamente programadas” en la Escuela Militar de


las Américas, las responsables de derrocar al gobierno constitucional
para aplicar la doctrina de la guerra contrarrevolucionaria… de los
EE.UU. en nuestro país, e imponernos el neoliberalismo agradable a
los ojos… de EE.UU.
La rebelión del 27 de agosto y las tensiones sufridas por ese motivo,
agravaron el estado de salud de Isabel, quien pronto debió tomar un
descanso prescripto por sus médicos. Por ello, a fines de setiembre
la presidente viajó a la localidad cordobesa de Ascochinga para tomar
unos 20 días de vacaciones, con la “grata” compañía de las respecti-
vas esposas de los tres comandantes en jefes de las FF.AA.
En su ausencia, asumió como presidente provisional Ítalo Lúder, en
su calidad de titular del Senado tal como establece la Constitución Na-
cional. Durante ese breve lapso, se dictó el segundo de los decretos
tan meneados, que dispuso extender a todo el país la participación
de las FF.AA. para reprimir el accionar de la guerrilla, que hasta ese
momento estaba circunscripta a la provincia de Tucumán.
De por sí es sintomático que la presidente constitucional tomara sus
vacaciones con tan inusitada compañía pero, para ser honestos,
debemos reconocer que fuimos nosotros mismos (es decir, el gobi-
erno peronista) quienes propusimos la conformación de tan original
grupo de “descanso”. Lo que ocurría es que, dentro de nuestro gobi-
erno, se sentían ya con mucha fuerza las presiones militares y la ac-
ción de la Triple A (que nadie entre nosotros dudaba que respondiera
directamente a los militares, sobre todo en esa época en que ya no
estaba López Rega). Por otro lado, el gobierno constitucional sufría
la paradoja grotesca de no contar casi con servicios de inteligencia y,
menos aún, con Fuerzas Armadas verdaderamente propias. Ya man-
daban, en la práctica, los militares y los guerrilleros terroristas, pues
solo ambos grupos tenían los “fierros”. Nosotros nos fuimos quedando
sólo con el poder formal, los timbres para pedir café y las alfombras
rojas.
En ese contexto, la dirigencia peronista oscilaba entre:
 “bordaberrizar” a Isabel, como habían hecho en Uruguay al de-
jar solo al presidente apoyado por los militares, para lo cual clau-
suraron el Parlamento, como proponía acá un pequeño grupo de
estratosféricos;
154 -

 o resistir la presión militar pero con guante de seda, dada nuestra


debilidad ya apuntada.
Como se ve, nadie proponía enfrentar abiertamente a los militares
porque entre nosotros no había ninguno tan lunático (¡menos mal!...,
aunque algunos eran medio locos) como para “reprimir” a las FF.AA.
en su totalidad con los Bomberos de la Boca.
Obviamente, la mayoría de nosotros apoyó la política de “guante de
seda” seguida por la presidente. Eso explica el variopinto grupo vaca-
cional que acompañó a Isabel a Ascochinga, la resignada aceptación
de Videla como comandante en jefe y nuestra no muy enfática acción
contra la Triple A de los militares, entre otras cosas.

Nuestro propio miedo


Y acá es indispensable detenerse un momento para reconocer el ter-
cero de nuestros grandes errores (el primero fue nuestra desunión, y
el segundo la demora fatal e injustificada en poner remedio a la crisis
económica surgida a principios de 1974). Es cierto que fuimos ajenos
(nosotros e Isabel) a los crímenes de la Triple A, pero también es
real que no hicimos todo lo que debimos y, creo, pudimos hacer para
frenarlos. Seguramente, si el grupo de senadores y diputados leales
hubiera presionado más para que se investigara la matanza que ya
era por demás manifiesta, otra habría sido la historia. Lo pedimos,
pero no con el énfasis y la insistencia que podríamos haber puesto
en ello.
El miedo también anidaba en nuestro interior, como en el de todos.
No había un solo dirigente (político, sindical, empresarial) que no
supiera, o sospechara al menos, que detrás de la Triple A estaban, o
podían estar los militares y López Rega (éste, al menos hasta julio de
1975). La sospecha se hizo certeza respecto de los militares luego de
la salida de López Rega. ¿Quién quedaba como responsable de la
sigla macabra sino la cúpula de las FF. AA? Pero los militares, cada
vez que abríamos el tema, negaban rotundamente todo y lo atribuían
a “rumores interesados originados en la propia guerrilla”. Además, nos
recriminaban que su gente moría todos los días a manos de los sub-
versivos terroristas, y nosotros poco hacíamos al respecto (aunque
esto último no era cierto).
Sobre este espinoso asunto, vale la pena recordar las enseñanzas-
El último gobierno peronista - 155

amenazas de Grondona desde Carta Política, que eran compartidas


por todo el “establishment” nacional y extranjero:
“… José López Rega es uno de esos luchadores que recogen, por
lo general, la ingratitud del sistema al que protegen… cumplen el
papel de meter mano en las tareas antipáticas, haciendo de parar-
rayos de la crítica. Sería por lo menos arriesgado prescindir, hoy,
de este servicio”.
Por otro lado, los jueces (por lo que fuere) dejaban en libertad a los
guerrilleros tomados presos con mucha, demasiada facilidad y fre-
cuencia. El artículo 23 de la Constitución Nacional establece que, du-
rante el estado de sitio el presidente de la República puede “arrestar
o trasladar de un punto a otro de la Nación (a personas que perturben
el orden) si ellas no prefiriesen salir del territorio argentino”. Esa dis-
posición constitucional fue cumplida por varios jueces con algunos
guerrilleros (incluso con responsables de anteriores muertes o ases-
inatos que habían sido liberados por la ”amnistía” del 25 de mayo de
1.973) que en ese momento estaban detenidos a disposición el PE
sólo por actos de perturbación del orden, no por delitos como tal. Si
uno de esos guerrilleros solicitaba salir del país, el juez lo liberaba de
inmediato. Tales “liberados”, casi invariablemente, pocos días después
de salir de nuestras fronteras regresaban para tomar nuevamente las
armas. Ese problema era de muy difícil solución porque la norma es
nada menos que de naturaleza constitucional y, por otro lado, el re-
greso de los guerrilleros era un hecho insoslayable de la realidad. Lo
que ocurre, lamentablemente y si se me permite la ironía en un tema
tan delicado como éste, es que los militares no entendían mucho de
cuestiones constitucionales… y los jueces poco y nada comprendían
de exigencias de seguridad…
Lo real es que los jueces también tenían miedo, igual que nosotros.
Recuerdo que, cuando arreciaron las quejas militares por nuestra “pa-
sividad”, varios diputados nacionales leales decidimos ir en grupo al
velatorio de cada víctima uniformada. Era una forma de decirles: “Es-
tamos con ustedes en esta lucha”. Luego, cuando pedíamos legalidad
en los métodos, podíamos aducir que, con ello, no pretendíamos de-
jarlos solos frente al accionar terrorista.
Al miedo a descubrir a los verdaderos responsables de la Triple A, se
sumaba el temor (o terror) a la guerrilla subversiva. Yo, entre otros, ya
156 -

estaba formalmente condenado a muerte por el ERP y los Monton-


eros. Lo más aterrador era ver con qué saña torturaban y mataban.
En agosto de 1975 había aparecido el cadáver del mayor Argentino
del Valle Larrabure. O mejor dicho sus despojos: 40 kilos de piel y
huesos, señas de tortura en todo su cuerpo, y las marcas de haber
sido ahorcado.
La sola posibilidad de caer en esas manos aterraba tanto como la de
ser apresado o “ajusticiado” por la Triple A. Realmente vivíamos pri-
sioneros de dos temibles grupos asesinos.
El asesinato de Larrabure terminó de convencernos de que la guerrilla
terrorista se había constituido en un peligro público de gran enverga-
dura. A los argentinos en general les sucedió lo mismo e, incluso,
hubo algunos que se “pasaron de rosca”, como el Dr. Roberto Ale-
mann, cuya increíble editorial de su diario “Argentinisches Tageblat”
ya he relatado en el capítulo 4:
“...se llega a la conclusión de que el Gobierno podría acelerar y fa-
cilitar ampliamente su victoria actuando contra las cabezas visibles
(de la subversión), de ser posible al amparo de la noche y la niebla
y calladamente, sin echar las campanas al vuelo”...
“Si Perón se dejase aconsejar por sus vecinos, (¿Pinochet?) éstos
seguramente le darían el consejo de obrar así. Pero, evidente-
mente, Perón ve las cosas de otro modo”.
De esa forma, los militares gozaron de cierta condescendencia públi-
ca para que la matanza y los excesos no fueran investigados a fondo
en esos últimos meses de nuestro gobierno.
Lo dicho no significa que mi objetivo sea justificar nuestra poca insist-
encia en que se investigaran a fondo los crímenes de la Triple A (o de
su sucesor “legítimo”, el Comando Libertadores de América), sino que
intento colocar nuestro accionar en su verdadero contexto histórico.
No hicimos todo lo que debimos y pudimos hacer, pero estuvimos
cerca.
Y, seamos francos, ¿con qué y con quién íbamos a investigar a las
Fuerzas Armadas, si el jefe de la Policía Federal era el Gral. Albano
Harguindeguy, la jefatura de la SIDE estaba en manos del Gral. Otto
Paladino y antes lo había estado en las del contraalmirante Aldo Pey-
ronel?
El último gobierno peronista - 157

Las 62 no se engañaban
Luego del nombramiento de Videla como comandante general del
Ejército, los acontecimientos se precipitaron.
En realidad, la imagen presidencial venía sensiblemente dañada des-
de la fecha del “rodrigazo” y la posterior huelga general, al menos.
Pero los episodios de la salida de López Rega dejaron en la incerti-
dumbre a muchos argentinos y, aún, a los peronistas. A partir de fines
de julio, quién primero y más claramente comprendió que debíamos
apuntalar la figura presidencial y, a su vez, la jefatura del peronismo,
fue Lorenzo Miguel, por un lado, y un grupo de diputados nacionales
más algunos senadores, a quienes luego la oposición interna y ex-
terna trataría de descalificar con el mote de “ultraverticalistas”.
El 31 de julio, las 62 Organizaciones lideradas por Lorenzo Miguel,
aprobaron una resolución categórica para:
“1.- Expresar públicamente nuestro total acatamiento a la señora
María Estela Martínez de Perón en su calidad de Presidente de la
Nación y Jefa del Movimiento Nacional Justicialista”.
Para que las cosas quedaran totalmente en su lugar la resolución de
la 62 afirmó además:
“2.- Ratificar nuestro apoyo al concepto de verticalidad que es de la
esencia de la filosofía justicialista y que, en el marco de la disciplina
que nos caracteriza, da la pauta de la acción política”.

La deuda del país con Lorenzo Miguel


A la luz de esa declaración, a nadie debió extrañar que cuando se
sublevaron los militares para imponer a Videla, fuera Lorenzo Miguel
el más duro opositor a ese cuartelazo. Pero, de todos modos el cuar-
telazo se produjo.
De ahí en más, Lorenzo y “sus” 62 se convirtieron en el baluarte de la
estabilidad del gobierno constitucional de la señora de Perón.
Cada vez que algún sector trataba de tumbar al gobierno o crearle
problemas, el jefe de las 62 salía inmediatamente al cruce para neu-
tralizar la maniobra (de adentro y de afuera del Partido Justicialista,
que hubo de todo). Y cuando Lúder tardaba en definirse ante los in-
sistentes pedidos de la oposición (interna y externa) de abrir la vía
legislativa para el desplazamiento forzado de la presidenta legítima,
158 -

fue Miguel quien conversó a solas con él y volcó el fiel de la balanza


hacia el platillo de la legalidad constitucional e institucional, y de la
sensatez.
La propia CGT, o mejor dicho, su secretario general Casildo Herrera
fue acomodando su discurso a la resignación frente al golpe, y cul-
minó esa triste etapa de su vida con el famoso “Yo me borro” y su hu-
ida a Uruguay, apenas se conocieron las primeras noticias del golpe.
Lorenzo, en cambio, se jugó hasta último momento. Podrá haberse
equivocado luego del regreso de la democracia, en 1983. Pero su
hombría de bien hizo que rectificara su error y, ya en 1984, estuviera
nuevamente en la senda correcta.
No sólo el peronismo, sino la Argentina le debe mucho a la conducta
insobornable y a la lealtad que Lorenzo puso sobre la mesa cuando
las papas quemaron entre agosto de 1975 y el día del cuartelazo de
marzo del ’76.
Nuestro bloque de diputados nacionales leales, más algunos sena-
dores (Martiarena, Cornejo Linares y no muchos más) fue el otro pun-
tal sobre el que descansó el gobierno para su estabilidad. Tanto Lor-
enzo, como nosotros, nos opusimos tenazmente al nombramiento de
Videla impuesto por los militares rebeldes el 27 de agosto de 1975.
Y, de ahí en adelante, proclamamos ante quien quisiera escucharnos
que nos opondríamos a cualquier golpe: al militar desembozado, al de
la bordaberrización de Isabel y al disfrazado de juicio político. No en
vano nos motejaron de “ultraverticalistas”, nos tomaron prisioneros en
la madrugada misma del 24 de marzo de 1976 y, aún hoy, nos deni-
gran y tratan de tapar nuestra boca o de ignorarnos.
Por eso mismo, no para todos fue la cárcel militar.

Balbín y LA NACIÓN abren el fuego


Por esa época, octubre de 1975, y viendo Isabel que las cosas se
ponían muy oscuras en los cuarteles, dispuso que la subsiguiente
elección presidencial, que debía realizarse en marzo de 1977, se ad-
elantara a octubre de 1976. De esa manera, desalentaba cualquier
golpe porque pasaba a ser absurdo derrocar cualquier gobierno con-
stitucional apenas unos meses antes de su renovación. Pero, cuando
los golpes se deciden en el Departamento de Estado norteamericano
y en Wall Street, y se planifican en la Escuela Militar de las Américas
El último gobierno peronista - 159

del Comando Sur del Ejército también norteamericano, no hay ad-


elantamiento de elecciones ni absurdos que valgan. El golpe había
que producirlo, y los ex alumnos de la Escuela Militar de las Américas
lo produjeron obedientemente el 24 de marzo de 1976.
Y desde los factores de poder nativos, que desde siempre están aso-
ciados al poder hegemónico extranjero (nacieron dependientes…), se
le brindó al golpe cuartelero el apoyo que necesitaba. El 2 de noviem-
bre de 1975, el diario LA NACIÓN hizo terrorismo periodístico al anun-
ciar demasiado sugestivamente que:
“En medio de crecientes escándalos por ineptitud y por denuncias
de corrupción en altos niveles del Estado, las conducciones de las
FF.AA. siguen confiadas en que todavía es posible superar los se-
rios problemas por vías legales y políticas” (resaltado mío).
Obsérvese bien que el diario LA NACIÓN, sempiterno aliado de golpes
militares contra el peronismo, previene al país que es posible todavía
evitar el golpe.
El 5 de noviembre de 1975, el doctor Balbín puso más leña al fuego de
los golpistas al declarar, también muy sintomáticamente:
“Hay hechos concretos que muestran que existe inmoralidad… Si el
gobierno y su titular no comprenden este problema, no comprenden
al país, y si no comprenden al país no pueden gobernar”.
Tratándose de un veterano político como Balbín, el mensaje que quiso
dejar al país era clarísimo.
Al respecto, Yofre (pág. 333) transcribe un diálogo de Balbín con Vi-
dela que pinta al líder radical de cuerpo entero, aunque la credibilidad
de lo escrito por el “Tata” es muy escasa dado que, una vez más,
recurre al anonimato de la fuente. De todos modos, y según Yofre,
45 días antes del golpe se reunieron ambos a pedido de Balbín, y el
diálogo fue el siguiente:
“Balbín: Esta situación no da más. ¿Van a hacer el golpe? ¿Sí o
no? ¿Cuándo?
“Videla: No está definido. Ahora, si esto se derrumba pondremos la
mano para que la pera no se estrelle contra el piso.
“Balbín: Si van a hacer lo que pienso que van a hacer, háganlo
cuanto antes. Terminen con esta agonía. Ahora, general, no espere
160 -

que salga a aplaudirlos. Por mi educación, mi militancia, no puedo


aceptar el golpe de Estado”.
Si esa conversación existió realmente, debemos lamentarnos de que,
a Balbín, la educación y la militancia le hayan alcanzado para opon-
erse al golpe, y también para apoyarlo con su silencio y sólo pedir que
lo apresuraran… ¡Una simpática y cómoda manera de ser educado,
militante (de la democracia y la república, se supone) y golpista a la
vez!
Mientras Balbín dialogaba tan edificantemente con Videla, el mismo
5 de noviembre de 1975 el gremialismo peronista, en cambio, mar-
caba una vez más el camino de la lealtad y de la sensatez. El Comité
confederal de la C.G.T. resolvió: “Declarar a toda la clase trabajadora
del país en estado de movilización en apoyo de la plena vigencia del
sistema constitucional.”

La quinta columna
Poco después, tres de los diputados “rebeldes” mostraron la hilacha:
eran “puntos” de los militares. Uno trabajaba para la Marina (el ro-
sarino Luis Sobrino Aranda), el otro para la Aeronáutica (el cordobés
Carlos Palacios Deheza) y el tercero para el Ejército (el bonaerense
Eduardo Farías). En aquel entonces, todo se repartía en forma tripar-
tita entre ellas: hasta los quintacolumna que nos metían dentro de
nuestro bloque tenían que pertenecer uno a cada arma.
A tal punto llegó la prepotencia y la presión de las FF.AA. sobre nues-
tro gobierno constitucional que, el 5 de noviembre de 1975, los tres
quintacolumna citados, uno por cada arma, ofrecieron una insólita
conferencia de prensa. El tema es tan increíble y desopilante, que
conviene remarcar que los tres que ofrecieron dicha conferencia de
prensa eran diputados nacionales peronistas, y estábamos todavía
bajo el gobierno constitucional de Isabel. Es decir, en ese gobierno
constitucional, los tres “voceros militares” eran, insólitamente, no sólo
parte del Poder Legislativo, sino afiliados al Partido Justicialista e in-
tegrantes del Movimiento Peronista, ambos conducidos por la propia
Isabel.

No hay peor astilla que la del mismo palo


Y bien, según el diario LA NACIÓN del 6 de noviembre de 1975 (sigo
El último gobierno peronista - 161

el relato del libro del doctor Deheza), los diputados nacionales peroni-
stas y “voceros” de los golpistas, Palacios Deheza, Sobrino Aranda y
Farías, informaron a la población, muy sueltos de cuerpo, que:
 ”Las FF.AA habían promovido la institucionalización del país y se
habían subordinado al poder civil.
 Pero el proceso de institucionalización no era un fin en sí mismo,
sino el medio para consolidar un régimen democrático y de res-
peto a la Constitución Nacional.
 Las FF.AA. advertían que la presidente Isabel no ejercía el gobi-
erno con aptitud y eficiencia, y se quejaban de la homologación
de los convenios colectivos de trabajo y del nombramiento del
coronel en actividad Vicente Damasco, como ministro del Interior
(hecho que ya era añejo, de agosto, para usarlo como pretexto en
noviembre).
 Las FF.AA también expresaban su disgusto por algunas personas
del círculo de la presidente, sin nombrarlas (habían pasado cuatro
meses desde la destitución de López Rega).
 Se quejaban de ‘un verdadero vaciamiento en el Poder Judicial’.
 Remarcaban que existían enfrentamientos en el bloque de diputa-
dos nacionales oficialista (eso era el colmo de la hipocresía: los
tres conferencistas eran, justamente, parte de la conducción del
Grupo de Trabajo ‘rebelde sin causa’…o por causas inconfesa-
bles).
 A juicio de los comandantes: ’la solución de la crisis debía bus-
carse en el artículo 45 de la Constitución Nacional, que establece
el juicio político al Presidente de la Nación por mal desempeño de
su cargo’”.
No hay palabras para definir adecuadamente este hecho. Para usar
la forma más suave posible, digamos que fue el máximo del absurdo
y la deslealtad: tres diputados nacionales oficialistas de un gobierno
constitucional sirvieron de voceros oficiales a los militares golpistas.
Como prueba irrefutable de nuestra debilidad como gobierno frente a
los golpistas y “dueños” de la Triple A, de la ciega y suicida oposición
política que sufríamos y del desparpajo con que las FF.AA. hacían y
deshacían a su antojo, digamos que ese verdadero delito y a la vez
traición política de los tres quintacolumna quedó impune. Los militares
los apoyaban como sus verdaderos voceros, la oposición (incluido
162 -

los 34 del Grupo de Trabajo) los consideró patriotas que defendían


la democracia, y nosotros, acorralados por todos ellos, ya no tenía-
mos fuerza ni quórum para sancionarlos debidamente. De modo que,
de ahí en adelante, la Honorable Cámara de Diputados de la Nación
efectuó sus reuniones con la presencia de tres de sus integrantes
que, abierta y públicamente, trabajaban para la disolución de la propia
Cámara y de todo el gobierno constitucional. ¡Paradoja de paradojas!
Pero todo es posible, hasta el mayor de los absurdos y la más abyecta
de las bajezas, cuando la hipocresía se enseñorea de la dirigencia
de una sociedad, el rencor genera los sectarismos más extremos, y
los intereses pequeños e inconfesables asfixian los ideales y los prin-
cipios.

El Grupo de Trabajo… golpista


Habían pasado ya cinco meses desde la destitución de López Rega.
No quedaba en el Gabinete ninguno de sus amigos y los ministros
eran personas totalmente respetables.
En ese momento se separaron de nuestro bloque los 34 “rebeldes” y
constituyeran una bancada aparte bajo la denominación de “Frente
Justicialista de Liberación – Grupo de Trabajo”. De esos 34 diputados,
21 eran peronistas o “peronistas”, entre los que figuraban:
 Nilda Garré, quien con los años fue funcionaria de de la Rúa, y
diputada, ministro de Defensa y embajadora del matrimonio Kirch-
ner,
 Julio Bárbaro, un peronista “democrático” y “correcto” que no tar-
dó en ganarse la Secretaria de Cultura con Menem (después de
haberle “arrimado” a los dueños de Bunge y Born al presidente
riojano), y el COMFER con Néstor Kirchner, para culminar exi-
tosamente su carrera “profesional” en lo más alto del podio de
la política correcta: columnista de los “serios” e “independientes”
diarios LA NACIÓN y Clarín (Bárbaro tendrá su monumento y su
calle… y una estrepitosa necrológica en LA NACIÓN),
 el fallecido ex ministro del Interior (de Menem) Julio Mera Figuer-
oa,
 Jesús Porto, Enrique Sversek, los gremialistas Ricardo de Luca
(Electricistas Navales), Luis Rubeo (Carne) y su inseparable ase-
sor Enrique Osella Muñoz, más los tres “puntos” de los militares
El último gobierno peronista - 163

golpistas: Carlos Palacios Deheza por la Aeronáutica, Luis Sobrino


Aranda por la Marina y Eduardo Farías por el Ejército, y algunos
más que ingresaron a ese grupo por razones meramente individu-
ales. Al Grupo de Trabajo se sumaron los demócrata-cristianos
Carlos Auyero (fallecido) y Jorge Gualdo, y varios desarrollistas.

Apunten a Fautario
El 18 de diciembre de 1975, en las primeras horas de la mañana, el
comandante general de la Aeronáutica, brigadier Héctor Fautario, de-
bía viajar a Córdoba. Mientras esperaba en el Aeroparque, se produjo
la rebelión del brigadier Armando Capellini, a quién, al parecer, apoya-
ban el contraalmirante Gómez Beret en la Armada y el general Buaso
en el Ejército.
Fautario fue detenido por los rebeldes.
Tanto Capellini, como Videla y Massera, intentaron disfrazar la rebe-
lión como un simple problema interno de la Fuerza Aérea, pero los
volantes que se arrojaron desde los aviones rebeldes sobre la Capital
eran muy claros:
“Está totalmente agotado el actual proceso político que ha devas-
tado al país…Desconocemos a las autoridades que detentan al go-
bierno Nacional.”
Según Yofre (Pág.286), en un comunicado de los rebeldes se expresó:
“Requerir que el comandante general del Ejército asuma en nombre
de las Fuerzas Armadas la conducción del gobierno nacional como
un deber ineludible con la patria”.
En realidad, lo de Capellini fue un importante paso hacia el golpe.
Aun cuando el brigadier Fautario nos había aconsejado aceptar la im-
posición de Videla como comandante general del Ejército, su posición
era irreductiblemente antigolpista. Necesitaban sacarlo del medio.
Capellini hizo el trabajo sucio.

Una Navidad con amenazas


El 23 de diciembre de 1975 el E.R.P. cometió la audacia (mejor di-
cho, el gravísimo error para ellos) de tomar por asalto el Regimiento
Viejobueno, ubicado en la localidad de Monte Chingolo en el Gran
Buenos Aires. Dicen que hubo una infidencia y el Ejército se enteró
164 -

con anticipación del ataque guerrillero. Con infidencia o sin ella, esa
acción del E.R.P. equivalió al canto del cisne, aunque su dirigencia
jura que lo hizo de buena fe.
Al principio fue una batalla como tal, pero terminó siendo una ver-
dadera caza de guerrilleros en fuga. Desde ese día, el E.R.P. perdió
toda significación como peligro militar y toda su influencia política. Un
verdadero canto del cisne.
Como es lógico suponer, los mandos del Ejército actuaron como bra-
zo armado de la Nación, es decir por orden expresa de la presidente
Isabel, y en base a los dos decretos que autorizaban su accionar en
estos casos. También deberían haber respetado el otro decreto, el
número 1.800 del 7 de julio de 1975, que los obligaba a entregar inme-
diatamente al juez competente a los guerrilleros tomados prisioneros,
junto con las pruebas que justificaran su detención. No tengo la menor
duda de que a este último decreto lo tienen que haber dejado olvidado
en algún cajón del edificio Libertador pues, muy extrañamente, en esa
batalla no hubo prisioneros: sólo muertos y algunos pocos afortuna-
dos que lograron escapar.
La presidente Isabel había dado todo su apoyo al Ejército para rep-
rimir la aventura “erpiana” de Monte Chingolo, poniendo a disposición
del general Videla la Policía Federal, la Gendarmería y, si hubiera sido
necesario, hasta los Bomberos de la Boca. El gobernador de Buenos
Aires, Vitorio Calabró (que en esa época ya estaba trabajando con los
militares a favor del golpe y en contra de su propio gobierno constitu-
cional, y que había enfrentado públicamente a la presidente) también
dio apoyo al Ejército en esa ocasión, como era su obligación e, insisto,
según la orden impartida por Isabel. La Policía de la provincia puso
hombres y móviles a disposición de los uniformados.
Sin embargo, el general Videla, que ya estaba lanzado abiertamente a
preparar el golpe, publicó una elogiosa felicitación y un casi romántico
agradecimiento… a Vitorio Calabró, y nada dijo respecto del gobierno
nacional.
Calabró, en octubre, había proferido palabras muy agraviantes con-
tra el gobierno de Isabel ante varios representantes de la prensa ex-
tranjera. Yofre (Pág.212) asegura que las aspiraciones de Calabró y
su grupo iban muy lejos: el gobernador de la provincia de Buenos
Aires quería reemplazar a Isabel en la presidencia de la Nación. En
El último gobierno peronista - 165

ese operativo, siempre según la fuente citada, se alinearon detrás de


Calabró:
“…caciques gremiales como Donaires, Rachini, Elorza y Roqué…
Había, además, figuras de las ramas políticas como Julio Bárbaro.
La operación consistía en (hacer) renunciar a Isabel, que asumiera
interinamente Lúder, y se convocara a la Asamblea Legislativa para
elegir presidente del país a Calabró”.
Ello produjo la expulsión de Calabró del Partido Justicialista. Como
el gobernador de Buenos Aires continuó su campaña de agravios y
virtual alzamiento contra el gobierno nacional, el Gabinete dispuso
intervenir la provincia, medida que debía hacerse efectiva justamente
el 24 de diciembre. Horas antes de que se produjera la intervención
federal y se eliminara el frente golpista armado por Calabró en la pro-
vincia de Buenos Aires, el general Videla difundió su felicitación al
rebelde gobernador, en la cual expresaba su:
“Enorme satisfacción por la forma abnegada, valiente y sumamente
eficiente con que la Policía de la provincia de Buenos Aires cooperó
en el aniquilamiento del enemigo subversivo”.
También alabó:
“La permanente y valiosa colaboración de las autoridades de la pro-
vincia”.
Y, como para que no quedaran dudas, le envió un mensaje personal
a Calabró, que fue difundido inmediatamente, y en el cual, entre otras
lisonjas y zalamerías, afirmaba:
“Esta acción mancomunada es la que brindará a la Nación la fuerza
para reencontrarse con su destino de grandeza”.
El amor de Videla por Calabró fue correspondido por éste en la noche
del 31 de diciembre. El gobernador de Buenos Aires, en su mensaje
de fin de año, difundió que:
“Cuando advierto la sordera y la ceguera y la sordidez de quiénes,
traicionando los ideales del teniente general Perón, están sirviendo
sus intereses personales destrozando la unidad de nuestro Mov-
imiento Justicialista, cuya premisa fundamental es estar al servicio
de la Patria. Cuando advierto que prostituyen el honor de servirla, y
traen la incredulidad en las instituciones republicanas, en los gob-
166 -

ernantes sinceros y la fatiga moral en los espíritus”…


Pero el apasionado e idílico amor de Videla por Calabró terminó el
mismo 24 de marzo de 1976, cuando la provincia de Buenos Aires,
como todo el país, se quedó sin autoridades constitucionales, para
dar paso a la dictadura. Calabró desapareció del mapa porque, como
se hace con los limones, una vez exprimido, los militares lo tiraron a la
basura. Dicen que Roma no pagaba traidores. Parece que los golpis-
tas aprendieron la lección de los romanos.

Videla ya actuaba como presidente


Digamos, de paso, que el jefe del Ejército nada tenía que agradecer
a nadie, pues él era un subordinado que cumplía órdenes del Poder
Ejecutivo. Mal se puede agradecer la orden recibida. Lo único que de-
bió decir Videla ese día fue: “Misión cumplida, señora presidente”. El
hecho de que asumiera el papel de héroe y de autoridad máxima del
país en ese momento, al agradecer a sus superiores “la colaboración
que le habían prestado”, es ya un síntoma muy grave del golpismo
que anidaba en la cabeza de los militares.
Dicho desconocimiento de la autoridad legítima por parte de Videla y
sus cómplices golpistas fue el factor determinante para que, a partir
de esa Navidad, nadie respetara al poder civil y todas las miradas
de los especuladores y logreros de siempre se dirigieran hacia los
cuarteles. Es posible que existiera vacío de poder o descontrol en esa
época, pero ello era producido fundamentalmente por esas actitudes
de las FF.AA., que fueron acompañadas por el apoyo, o al menos
el silencio cómplice, de la oposición y de la prensa. Y para ser total-
mente honesto, también por nuestra debilidad.
Hasta los niños de pecho podían darse cuenta de que las Fuerzas Ar-
madas dominaban la situación y ejercían su poder con el desparpajo
y la prepotencia que eran moneda corriente en ellos.
Las cosas no terminaron ahí. Al día siguiente, 24 de diciembre, el
comandante general del Ejército, es decir el mismo golpista general
Videla, difundió un insólito saludo de Navidad “al pueblo argentino”,
como si él fuera el presidente de la Nación:
“…es imprescindible que el pueblo argentino y sus Fuerzas Arma-
das tomen conciencia de la gravedad de las horas que vive la Pa-
El último gobierno peronista - 167

tria… La delincuencia subversiva, si bien se nutre de una falsa ide-


ología, actúa favorecida por el amparo que le brinda una pasividad
cómplice (…)
“Frente a estas tinieblas, la hora del despertar del pueblo argentino
ha llegado. (…)
“El Ejército argentino, con el justo derecho que le concede la cuota
de sangre generosamente derramada por su hijos héroes y mártires,
reclama con angustia pero también con firmeza una inmediata toma
de conciencia para definir posiciones”.
Conviene remarcar la soberbia y la falsedad de Videla en ese saludo
navideño:
1. Nos endilga una pasividad cómplice ante la subversión, cuando
hacía meses que tenían los decretos necesarios para actuar,
aunque, ¡claro!, sólo legalmente, no como sádicos torturadores
nocturnos. Digamos, de paso, que la “izquierda” terrorista nos
acusa de que, en ese mismo período, nosotros fuimos los respon-
sables de la matanza y de tales torturas nocturnas perpetradas
por los militares y su brazo largo, la Triple A. Caso arquetípico del
españolísimo “Palos porque bogas, y palos porque no bogas”.
2. Aun así, para Videla (igual que para los subversivos de la “izqui-
erda” terrorista) nosotros éramos las tinieblas, y ellos (ambos ex-
tremos) seguramente eran la luz…
3. Los héroes y mártires eran hijos del Ejército, no de la Nación; eran
ante todo soldados, por lo visto, no argentinos.
Y la remata con una bravuconada cuartelera:
“No cejaremos hasta el triunfo final y absoluto que será, a despe-
cho de injustificadas impaciencias o intolerables resignaciones, el
triunfo del país.
El emplazamiento golpista era clarísimo.
El broche de oro de esta seguidilla de actos preparatorios y anun-
ciadores del golpe a plazo fijo lo dio el diario La Razón, que en esa
época era de propiedad del Ejército. Durante la dictadura de Onganía-
Lanusse, el Ejército había confiscado “manu militare” las acciones del
tradicional vespertino y las mantenía en la caja fuerte del comandante
general. Y bien, el viejo diario La Razón, al día siguiente del saludo
168 -

navideño de Videla, tituló más que sugestivamente:


“En 90 días las fuerzas armadas cumplirán su misión”.
La suerte quedó echada y nuestro poder real destruido.
En adelante nadie apostó un centavo por nuestra estabilidad, nadie
quiso obedecer al gobierno y virtualmente nadie (políticos, opositores
y hasta muchos oficialistas, empresarios de todos los pelajes, perio-
distas, embajadores extranjeros, un sector de sindicalistas y varios
diputados peronistas “rebeldes”) se privó de golpear la puerta de los
cuarteles para conversar con algún militar amigo, aunque fuera con el
cabo de guardia.

La oposición da otra mano a los golpistas


En los primeros días de enero de 1976, los diputados pertenecientes
a la Fuerza Federalista Popular (el partido de Francisco Manrique,
ex ministro de Lanusse), comandados por el mendocino Francisco
J. Moyano (luego embajador de la dictadura militar) presentaron un
proyecto de resolución para que la Cámara pidiera un informe sobre
los bienes restituidos a Perón. Su objetivo era evidente: crear sospe-
chas sobre la transparencia de esa restitución, que fue un acto de es-
tricta justicia, pues el General, en 1955, fue despojado “manu militare”
de todos sus bienes… por los militares amigos de Francisco Manrique
y de Francisco J. Moyano. Como se ve, este último se ganó en “buena
ley” la Embajada con que poco días después lo premió la dictadura.
Por supuesto, los diarios que ya estaban en el golpe le dieron a ese
proyecto una gran difusión, que dejó casi olvidado el hecho más im-
portante de esa semana: el Ministerio de Relaciones Exteriores, el
3 de enero, había emitido un comunicado alertando sobre la misión
“Shakleton”, con la cual Gran Bretaña comenzaba el estudio de las
riquezas de las Islas Malvinas para su explotación comercial. Ése fue
el punto de partida del conflicto que desembocó en nuestra acción
militar para recuperar las islas el 2 de abril de 1982.
El entorpecimiento progresivo de las tratativas sobre las Islas Malvi-
nas, por parte de Inglaterra, llevó a nuestro país a pedir el retiro del
embajador inglés el 13 de enero. Justamente, esa dura medida de la
Cancillería argentina fue la respuesta a la decisión de Gran Bretaña
de suspender las negociaciones sobre las Malvinas y enviar la citada
El último gobierno peronista - 169

misión “Shakleton”.
Para que se tenga una idea completa sobre la irresponsabilidad de la
oposición política y empresarial de ese momento, debo agregar que,
el mismo día 3 de enero, la Confederación General Económica emitió
un duro comunicado dando los motivos para un paro empresario gen-
eral y la movilización de los empresarios.
En medio de ese irresponsable ataque empresario, Lorenzo Miguel y
las 62 organizaciones dieron una muestra más de sensatez y lealtad.
Pero, desde Mar del Plata, Casildo Herrera en nombre de la CGT
expresó su desagrado por no haber sido consultadas para el nom-
bramiento de los nuevos ministros y acusó al gobierno de estar rode-
ada por “lopezrreguistas”. Los diarios dieron enorme repercusión a la
acusación del líder sindical. ¡Casildo y su grupo acusaban de “lopezr-
reguista” a personas tan reconocida honorabilidad como los doctores
Roberto Ares y José Alberto Deheza, entre otros!
Ése fue el momento en que Lorenzo Miguel repitió su conducta
ejemplar. Visitó a la presidente y, ante las preguntas de los periodistas
sobre una supuesta influencia de López Rega en el gobierno, contestó:
“¡Eso es una barbaridad! Quién piense eso desconoce a la señora
presidente”.
Cuatro días después Lorenzo ratificó su apoyo al gobierno constitu-
cional, pero ello no impidió que el Grupo de los 34, la oposición en
general y virtualmente toda la prensa repitiera hasta el cansancio que
el gobierno volvía a ser “lopezrreguista”. De nada sirvieron las des-
mentidas, los argumentos y las pruebas contundentes de los minis-
tros leales, especialmente las del doctor Roberto Ares que fue hombre
clave en la defensa de la estabilidad constitucional en esas semanas
dramáticas.

El regimiento de la caballería empresaria


En las postrimerías de 1975 las asociaciones empresarias contrarias
al peronismo habían logrado reagrupar sus fuerzas, debilitadas desde
que Perón volcó su apoyo a la Confederación General Económica-
CGE de José Ber Gelbard. Ese apoyo del General, el posterior Min-
isterio de Economía de Gelbard y el pacto social que firmó éste con
Rucci a principio de julio de 1973, le dieron a la CGE un enorme poder
170 -

político. Debido a ello, la tradicional Unión Industrial Argentina-UIA y


otros grupos antiperonistas debieron arrear bandera e ir a conversar
con Gelbard. En esos dos años largos, la UIA se disolvió y se unió con
la Confederación General de la Industria-CGI, que era el sector indus-
trial de la CGE. Las otras organizaciones empresarias opositoras al
peronismo siguieron la misma conducta, siempre por conveniencia.
Cuando, en agosto de 1975, asumió Videla como comandante gen-
eral del Ejército y comenzó formalmente la preparación del golpe,
los sectores empresarios antiperonistas lo supieron de inmediato y
prepararon su artillería. Se reunieron en asamblea y decidieron crear
la Agrupación General Empresaria-APEGE, a la cual adhirieron las
siguientes instituciones: Cámara Argentina de Sociedades Anónimas
(Federico Peña), Confederaciones Rurales Argentinas (Jorge Agua-
do), Cámara Argentina de Comercio (Armando Braun), Federación
Industrial de la Provincia de Córdoba (Marcos Peña), Sociedad Rural
Argentina (Celedonio Pereda), Cámara Argentina de la Construcción
(César Polledo), Unión Comercial Argentina (Jorge Sabaté), Feder-
ación Económica Bonaerense (Félix Villarreal) y el secretario general
de la APEGE, Ingeniero Roberto Meollo.
EL 28 de enero de 1976, la APEGE puso su enorme grano de arena
para colaborar en la desestabilización del gobierno constitucional dis-
poniendo un paro general empresario que, según ellos, era:
“… en defensa de la iniciativa privada, la libertad de asociación y
la dignidad del ser humano; para terminar con este largo y penoso
período en que la única voz que se escucha es la que está compro-
metida con el esquema (en referencia a la CGE) colectivista, esta-
tizante y demagógico que padecemos, y que es la razón del des-
calabro económico, político, social y moral que amenaza a nuestra
Nación”.
Y para que no quedara ninguna duda del deseo de la APEGE de co-
laborar en la tarea de los golpistas de desestabilizar al gobierno de
Isabel, remataron su comunicado con una amenaza abierta:
“Si en el plazo que puede ubicarse entre una semana y un mes, el
gobierno nacional no satisface los reclamos empresariales modifi-
cando sustancialmente su actual política económica, se dispondrá
un paro general patronal, la suspensión del pago de los impuestos,
El último gobierno peronista - 171

de la retención de cargas fiscales y de aportes sindicales y otros


gravámenes”.
Finalmente, la APEGE dispuso el estado de movilización de los em-
presarios y facultó a su Secretariado directivo para que dispusiera las
medidas conducentes al paro.
Como si fuera un juego dialéctico permanente (en realidad, lo era) la
62 Organizaciones se reunieron dos días después bajo la presiden-
cia de Lorenzo Miguel, con una masiva asistencia de los delegados
gremiales, y resolvieron:
“Reiterar su total apoyo a la presidenta de la Nación, doña María
Estela Martínez de Perón”.
En el siguiente capítulo de esa puja, la APEGE reunió su directiva el 3
de febrero y dispuso concretar el paro empresario el 16 de ese mismo
mes, para:
“Asegurar concreta y efectivamente el orden y la seguridad tanto
para las personas como para los bienes”.
Obsérvese que los empresarios opositores al gobierno cargaban so-
bre él la responsabilidad de la inseguridad reinante, simulando ignorar
que un general era jefe de la Policía Federal, otro era jefe de la SIDE,
y las Fuerzas Armadas ya dominaban todos los resortes efectivos de
poder y comandaban la lucha contra la subversión terrorista. Objeti-
vamente hablando, acusar al gobierno por la inseguridad reinante en
tales condiciones, era cuanto menos un acto de desestabilización y
sectarismo, sino un sarcasmo.
El paro empresario se cumplió el 16 de febrero en trasgresión a vari-
os artículos del Código Penal, pero el gobierno desestimó la idea de
seguir acciones criminales contra sus dirigentes por considerar que
no era prudente hacerlo.
Como siempre sucede en estos casos, la propia CGE de Gelbard y
Broner no quiso perder el tren y se sumó al paro empresario.

Balbín y Videla protegen al gobernador desleal


En el terreno político la oposición mostraba ya su perfil desestabiliza-
dor en forma abierta. A fines de enero de ese año de 1976, el gremi-
alismo de Mar del Plata proyectaba realizar un paro para repudiar
172 -

la acción disolvente del gobernador Calabró contra el gobierno con-


stitucional, y protestar por la detención de algunos de sus dirigentes
por parte de la Policía provincial. Sintomáticamente, la UCR decidió
reunir su dirigencia nacional en Mar del Plata y el 26 de enero declaró
públicamente:
“Es leal defender a los compañeros detenidos, pero hay carriles
naturales por los que se debe transitar…Realizar un paro con el
sólo objeto de repulsar al gobernador y procurar la sonada inter-
vención a la provincia, es un acto de irresponsabilidad inadmisible”.
Notable: el 23 de diciembre, el general Videla evitó la intervención
de la provincia de Buenos Aires, y un mes después Balbín y los radi-
cales cuidaban nuevamente las espaldas del gobernador provincial.
Calabró tenía buenos y poderosos protectores.
El 2 de febrero de 1976 asumió como jefe de la Policía Federal el
general en actividad Albano Harguindeguy, que luego del golpe sería
ministro del Interior de Videla.
El 6 de febrero la Fuerza Federalista Popular-FUFEPO, bajo la con-
ducción del futuro embajador de la tiranía diputado Francisco J. Moy-
ano, sumó su voz a la algarabía desestabilizadora, reclamando en
el Congreso el tratamiento urgente del proyecto de juicio político a
Isabel, y reiteró sus acusaciones de
“inmoralidad, inconstitucionalidad, ilegalidad e ineptitud en la
gestión presidencial”.
Conviene recordar siempre que, en esos mismos días, el buque inglés
que traía a la misión “Shakleton” incursionaba en aguas territoriales
argentinas, y nuestros diferendos con Gran Bretaña se profundizaban
día a día. Pero ése no era un problema importante para la oposición,
enfrascada como estaba en ayudar a desestabilizar el país como les
convenía a los golpistas.
También el 6 de febrero de 1976, en un comunicado oficial, Isabel
insistió:
“Ante versiones políticamente interesadas, debo decir que continu-
aré en el ejercicio del mandato que me ha conferido el pueblo de
la Nación hasta la finalización del término fijado por la ley, y lo haré
porque así lo impone una responsabilidad histórica ineludible: el
deber de evitar la dispersión de las fuerzas populares que, de no
El último gobierno peronista - 173

ser así, buscaría la defensa de sus conquistas y esperanzas en la


izquierda marxista. No me interesa la reelección y, en tal sentido, no
aceptaré candidatura alguna en el próximo período constitucional”.
¿Qué más podía pedir la oposición? ¿Qué más que no fuera vulnerar
la Constitucional Nacional con una renuncia presidencial forzada o
con un golpe cuartelero?
Sin dudas, quería algo de “eso más”, porque ese mismo 6 de febrero
el Comité Nacional de la U. C. R. declaró públicamente:
“…La evidente ineptitud del Poder Ejecutivo para gobernar angus-
tia al pueblo, desconoce sus aspiraciones de liberación, rompe los
cauces morales y enferma de inseguridad a la República…Toda
la Nación percibe y presiente que se aproxima la definición de un
proceso que, por su hondura, vastedad e incomprensible dilatación,
alcanza su límite…La Unión Cívica Radical hace un llamado a to-
dos los sectores del país…en procura de coincidencias básicas con
toda urgencia para crear una alternativa ante la grave situación que
afecta al país…”
No hace falta ser muy sagaz para comprender que la “alternativa”
de los radicales, igual que la de los militares, era el juicio político a la
presidente. El aliento al golpe militar era ya desembozado, aunque
siempre bajo el manto del deseo de resguardar la democracia…

Un desorden ordenado por los golpistas


Es interesante consignar que el doctor José Alberto Deheza relata
en su mencionado libro una reunión mantenida en esa época con los
tres comandantes generales. En dicha ocasión, el general Videla hizo
referencia al desorden gremial y político que desbordaba a las institu-
ciones. Ante ello, Deheza le respondió:
“Por informes que tengo, ese desorden es fomentado por el Jefe de
su Estado Mayor General al anunciar, a sus numerosos visitantes,
la inminencia del golpe militar”.
Lamentablemente el doctor Deheza no nos informa ni la eventual
respuesta de Videla (creemos que no existió, pues ante la evidencia
de la culpa propia, la mejor respuesta es el silencio) ni la cara que
puso el militar golpista al sentirse descubierto en su hipocresía. De
cualquier manera, cuando la cúpula militar (la norteamericana y la de
174 -

acá) traza un plan y decide concretarlo a plazo fijo, no hay razones ni


descubrimientos de culpa que valga: el 24 de marzo darían su golpe.
En esas circunstancias fue cuando Isabel convocó a su despacho a
su ministro de Defensa, doctor Deheza, y al doctor Julio González y
les dijo que el general Otto Paladino, secretario de Inteligencia del
Estado (la actual SIDE), le acababa de informar oficialmente que el
golpe militar solamente podía evitarse con la renuncia presidencial,
“y que cualquier resistencia que se intentara sería aplastada sin
ninguna consideración”.
E Isabel agregó:
“Doctor Deheza, le hago saber a usted que no voy a renunciar
aunque me fusilen, porque hacerlo es claudicar y traicionar el le-
gado que me dejó Perón”.
Una vez más Isabel, una débil mujer a quién sus detractores quieren
cargarle todas las culpas sin reconocerle virtud alguna, había dado
muestra de una entereza y coraje ausentes en muchos dirigentes
políticos (oficialistas y opositores), y había salvado la dignidad y el
decoro de la Nación. Nadie debe sorprenderse si luego los militares
golpistas demostraron tanto odio contra ella: la viuda del General los
había enfrentado como ningún otro político argentino se animó a hac-
erlo. Los “próceres” aceptaban cualquier solución “sugerida” por la
cúpula de las Fuerzas Armadas. Isabel les informó que la tendrían
que fusilar si querían que el sillón presidencial quedara libre para las
botas y sus títeres.

Aún así, los golpistas insisten


EL 22 de febrero los tres comandantes generales se reunieron con el
ministro de Defensa para manifestarle que:
“El ejército se verá obligado a intervenir si los poderes políticos del
Estado se muestran incapaces de cumplir con su misión dejando
un vacío que será ocupado por la subversión. Impedir esto es ob-
ligación irrenunciable de las Fuerzas Armadas para con toda la
Nación”.
Tres días después les respondió, como siempre, Lorenzo Miguel,
quien declaró:
El último gobierno peronista - 175

“Estamos convencidos de que no hay solución para los trabajadores


en otro gobierno que no sea el peronista, y ello nos lo demuestran
los dieciocho años de desgobierno que sucedieron al golpe de Es-
tado de 1955”.
En la misma fecha, la FUFEPO, el partido del futuro embajador de la
dictadura Francisco J. Moyano, pidió en el Congreso el tratamiento
sobre tablas del proyecto de juicio político a Isabel, como ya dije. El
proyecto fue apoyado por los diputados de la UCR y los 34 del Grupo
de Trabajo (recuérdese que 21 de ellos eran “peronistas”), pero fra-
casó.
El Grupo de Trabajo (21 “peronistas”…), el más activo desestabiliza-
dor de ese entonces, solicitó dos días después al doctor Lúder la con-
vocatoria de una Asamblea Legislativa para que juzgara la capacidad
de la presidente para ejercer el cargo.
Isabel, totalmente decidida a defender la autoridad presidencial, y en
su calidad de presidente del Partido Justicialista, convocó en esa se-
mana a un Congreso Nacional del PJ para el 6 de marzo. En ese
Congreso la señora de Perón logró unificar a la dirigencia de su pro-
pio partido bajo su conducción, eliminando de cargos clave a quienes
se mostraban dubitativos frente al planteo militar: Ángel Federico Ro-
bledo y José Genaro Báez especialmente. Más adelante daré detalles
de ese Congreso cuyo papel fue fundamental para consolidar la au-
toridad de Isabel, pero que los militares y civiles golpistas no tuvieron
jamás en cuenta porque el golpe ya estaba decidido.
El 27 de febrero el almirante Massera reunió a los sindicalistas Lor-
enzo Miguel, Casildo Herrera, Victorio Calabró, Adalberto Wimmer y
Oscar Smith y les comunicó que
“el único modo de salvar el orden constitucional era la renuncia de
Isabel Perón, y la asunción de Lúder como presidente”.
Por enésima vez, Lorenzo Miguel puso las cosas en su lugar: le ex-
presó al almirante Massera
“que apoyaría a Isabel hasta las últimas consecuencias, ya que
jamás abandonaría a la presidente, jefa del Partido y esposa de su
amigo Juan Perón” (Deheza).
Inmediatamente después, un representante del Grupo de Trabajo de
los 34, Ricardo de Luca (secretario general del Sindicato de Obreros
176 -

Navales y uno de los más rencorosos enemigos de Isabel, y aun de


Perón), atacó a los sindicalistas leales, en cumplimiento del objetivo
desestabilizador que animaba a los “peronistas” rebeldes de ese sec-
tor. En esa ocasión, de Luca declaró públicamente que:
“Lorenzo Miguel, Adalberto Wimmer y otros no tienen representativ-
idad, porque miles de trabajadores realizan movilizaciones y huel-
gas al margen de sus direcciones”.

Lúder, a la hora de la verdad


Ante el pedido del Grupo de Trabajo de los 34, efectuado a Lúder,
para que convocara a una Asamblea Legislativa y se tratara la supu-
esta incapacidad de Isabel para ejercer el cargo, la presidente con-
vocó el miércoles 3 al presidente del Senado, al ministro del Interior
doctor Ares y al ministro de Justicia doctor Deheza. Sin dar tiempo a
dilaciones innecesarias, Isabel, dirigiéndose a Lúder le dijo:
“Lo que yo quiero saber es si usted va a hacer lugar o no al pedido
de Asamblea Legislativa”.
Según relata Deheza, Lúder, visiblemente emocionado, se paró, se
acercó a Isabel y tomándole las manos le dijo:
“Isabel, yo he subido con Perón y voy a caer con usted”.
Cinco días después, Lúder difundió su resolución oficial en la cual
dispuso (resumen mío):
“1.- La alusión al mal desempeño de las funciones del Poder Ejecu-
tivo sólo puede resolverse por el procedimiento del juicio político y
es totalmente ajena a las atribuciones de una Asamblea Legislativa.
“2.- No se observa que haya ‘inhabilidad’ en el sentido que usa el
término el artículo 75 de la Constitución Nacional.
“3.- Por ello resuelvo no hacer lugar a los pedidos de convocar la
Asamblea Legislativa”.

Los idus de marzo


El 9 de marzo, según relata el doctor Deheza, el general Alberto Sam-
uel Cáceres (aquel que quisimos designar como comandante general
del Ejército en lugar de Videla, el 27 de agosto de 1975) le informó
personalmente que el golpe militar era cuestión de horas, y que no
El último gobierno peronista - 177

había posibilidad de resistir, ya que todas las unidades del Ejército


respondían a sus mandos naturales que, según este probo oficial,
estaban
“complotados desde el momento mismo en que el general Videla
asumió la comandancia general”.
Desde principios de ese mismo mes de marzo de 1976, Jacobo Timer-
man editó un vespertino llamado “La Tarde” (duró sólo 5 meses), en
sociedad con Abrasha Rotenberg. Timerman, igual que lo hacía desde
su matutino La Opinión, dedicó ese nuevo vespertino a preparar de-
sembozadamente el golpe. A tal punto llegó en su golpismo mani-
fiesto, que su socio Rotenberg renunció y posteriormente escribió un
libro (“Historia Confidencial”) en el cual denuncia el verdadero objetivo
de Timerman al crear ese diario. En el número inicial del 16 de marzo
de 1976, “La Tarde” alentó abiertamente el golpe y, siempre según
Rotenberg, de ahí en más
“se convirtió en una obscena usina del apoyo que Jacobo y su hijo
Héctor Timerman brindaron al golpe castrense”.
Lo notable del caso es que Jacobo Timerman (seguramente ayudado
por su hijo Héctor) durante mucho tiempo jugó a dos cartas: con la
mano derecha hacía el panegírico de los militares procesistas (mien-
tras éstos mataban a granel) y, simultáneamente, recibía con la mano
izquierda millones de dólares de los montoneros (producto de la gen-
erosa “contribución” de Bunge y Born), vía David Graiver. Un buen día,
los militares golpistas se cansaron de ese doble juego y le ajustaron
las clavijas (en el mejor estilo mafioso) a Jacobo, el papá. Claro está
que, en el caso de Timerman, sólo llegaron a encarcelarlo, pues don
Jacobo tenía muy poderosos padrinos internacionales (¡nada menos
que Israel y los Estados Unidos!) y al tiempo salió en libertad. “Siem-
pre es bueno tener palenque donde rascarse…”
El 23 de marzo de 1976, Francisco Manrique, el eterno conspirador y
proscriptor, aportó su cuota golpista y declaró:
“Aquí han quedado sólo dos alternativas: el triunfo de la guerrilla
con un gobierno que se da la mano con ella aunque parezcan en-
emigos, o lo que yo llamo la solución heroica que es el pronunci-
amiento militar”.
Al día siguiente Manrique remataría su campaña golpista al manifes-
178 -

tar por radio:


“Estamos asistiendo a las horas en que están echando a la pan-
dilla”.
También el 23 de marzo los diarios hicieron lo suyo. Todos, sin excep-
ción, anunciaron y alentaron el golpe. Como siempre, “La Opinión” de
ambos Timerman (padre e hijo) se llevó los mejores laureles. A toda
página tituló:
“Una Argentina inerme hasta la matanza. Desde el comienzo de
marzo hasta ayer, las bandas extremistas asesinaron a 56 perso-
nas; desde el primero de enero, a 152”.
Y, como era lógico, el diario de los militares, “La Razón”, tituló:
“Es inminente el final. Todo está dicho”.
El resto es historia conocida. El golpe comenzó a producirse antes de
la medianoche del 23 de marzo, aunque el momento decisivo, la de-
tención de Isabel, se produjo en los primeros minutos del 24. Lo que
tanto anhelaban los opositores y alguna parte de los que se decían
peronistas se había producido: una vez más los militares, alentados
por ciertos grupos civiles, derrocaban a un gobierno popular constitu-
cional.

Hay golpes y golpes


En honor a la verdad debo reconocer que no todos los sectores que
alentaron voluntaria o involuntariamente el golpe eran conscientes de
lo que vendría luego. Recuerdo que estando prisionero en el barco 33
Orientales, mi esposa me escribió un día que había conversado con
un amigo mío, el cual me recomendaba soportar la cárcel con un poco
de paciencia porque
“uno o dos meses más y el gobierno de facto tendrá que llamar a
elecciones, y en ese caso los que estuvieron presos conducirán
seguramente el proceso electoral”.
Esa era la creencia generalizada, aunque la dirigencia sabía, o al
menos tenía obligación de saber que el golpe se daba para otra cosa,
no simplemente para dar elecciones dos meses después.
Si se analiza con objetividad la serie de golpes del siglo XX, se llega
a una conclusión ineludible: cada vez que los militares y civiles gol-
El último gobierno peronista - 179

pistas actuaron contra un gobierno realmente popular, lo hicieron con


la vana esperanza de destruir a ese movimiento político y volver al
reinado de las elites privilegiadas, no para barajar y dar de nuevo en
60 días.
El 6 de setiembre de 1930, la conjunción cívico-militar conservadora
derrocó a quién era el jefe del movimiento popular de ese momento,
Hipólito Yrigoyen. De ahí en más, se movilizaron todos los poderes
nacionales y extranjeros de predominio elitista e intentaron mil argu-
cias para destruir al radicalismo y, fraude patriótico por medio, gobern-
aron durante trece años.
Es notable que, cuando en 1962, los militares golpistas, ayudados
por los civiles Rodolfo Martínez y Mariano Grondona, derrocaron al
radical Frondizi, dejaron como presidente a otro radical (José María
Guido). Esta aparente contradicción se explica con facilidad: el radi-
calismo ya no era el representante del movimiento popular, sino jus-
tamente su oponente, y la bandera de la liberación había pasado a
manos del peronismo. El golpe se hizo contra los peronistas, no con-
tra los radicales. Por ello, los golpistas dieron elecciones rápidamente
pero con el peronismo proscripto, e hicieron todo lo necesario (legal
e ilegalmente, proscripciones incluidas) para que ganara un radical
(Illia) u otro radical (Oscar Alende) y, de ser posible, uno de su propia
tropa (Aramburu).
El mismo esquema se pudo observar en 1966, cuando el general On-
ganía, con los militares golpistas y los civiles Rodolfo Martínez y Mari-
ano Grondona (historia repetida), esta vez con el acompañamiento de
Jacobo Timerman, derrocaron al radical Illia. En ese momento, el radi-
calismo tampoco era el representante del movimiento popular, sino
que lo seguía siendo el peronismo. Por eso el golpe se decidió en el
momento en que Illia dio señales de que convocaría a las siguientes
elecciones presidenciales sin proscribir al peronismo, algo inadmis-
ible para el golpismo cívico-militar. Y por eso, también, Illia se pudo
ir tranquilamente a su casa el día que lo destituyeron, mientras que
Perón permaneció proscripto y exiliado en España. Es que ese golpe
de 1966 no era contra Illia, en realidad, sino contra el General.
El golpe de 1976 fue, de ese modo, el quinto intento militar del siglo
XX de destruir al movimiento popular (el primero fue el de 1930 con-
tra Yrigoyen) y el cuarto que pretendió aniquilar al peronismo (1955
180 -

contra Perón directamente, 1962 para evitar que asumieran los gober-
nadores peronistas triunfantes, 1966 para impedir que las siguientes
elecciones las ganara el peronismo, y 1976 para intentar por última
vez matar al Movimiento y, de paso, a los movimientistas…).
La diferencia de este último manotazo cívico-militar, respecto de todos
los anteriores, es que el jefe del movimiento popular había muerto,
circunstancia “favorable” que no se dio en ninguna de las otras cuatro
ocasiones. Si a esa particular desgracia del campo popular, pensaban
los golpistas, se le unía una represión brutal y la instauración de un
neoliberalismo de capitalismo salvaje, el movimiento popular perdería
toda su fuerza política y hasta podría desaparecer. Los hechos dem-
ostraron lo contrario: el peronismo siguió vigente a pesar de los siete
años de dictadura militar con su despiadada represión. Sólo pudo ser
destruido realmente (es decir, en su esencia como movimiento de lib-
eración nacional y de redención social) cuando, a partir de 1989, lo
dinamitaron desde adentro gracias a un frívolo imitador de Facundo
Quiroga, que terminó siendo un vulgar Bernardino Rivadavia.

La resistencia no era una opción sino un deber


En esas circunstancias a nadie debería extrañarle que toda la
oposición, como es lógico, y buena parte de los dirigentes y funcion-
arios peronistas, que ya no es tan lógico, ejercieran sobre nosotros
una fortísima presión para que destituyéramos a Isabel, haciéndole un
juicio político. En realidad, el camino del juicio político a la presidente
y su reemplazo por Lúder fue un plan expresamente impulsado por
los militares, a través de sus numerosos y aceitados contactos con
políticos de la oposición y también del oficialismo (en el mencionado
“Grupo de Trabajo de los 34” detectamos, como ya he relatado, por lo
menos a tres de tales “contactos”, que trabajaban a dos puntas; ahora
sabemos que había otros más).
El propio Lúder dejó correr demasiado tiempo antes de dar una respu-
esta a ese plan “cívico-militar”. En ese lapso de incertidumbre arre-
ciaron las presiones sobre nosotros de todos los “golpistas institu-
cionales”. Francamente, los que resistimos a pie firme y hasta último
momento no fuimos muchos, pero lo logramos. Estábamos convenci-
dos, como medio siglo atrás lo había estado don Hipólito Yrigoyen, de
la conveniencia de que “se quebrara pero que no se doblara”.
El último gobierno peronista - 181

Lo que ocurre es que la prensa “seria” e “independiente” reserva el


prestigioso nombre de “intransigencia” para la resistencia y la leal-
tad de los no peronistas. En nuestro caso, en cambio, cada vez que
defendemos nuestros principios y somos leales a quien nos conduce
legítimamente, la “seriedad” e “independencia” de esos medios poco
serios y sumisamente dependientes (de poderes extranjeros, por su-
puesto) sólo les alcanza para usar los epítetos que mejor le sirven
para volcar su rencor. De esa manera, la intransigencia y lealtad de
un radical, se transforman en “ultra-verticalismo” cuando las practica
un “obsecuente” partidario del “tirano prófugo”.
Lo cierto es que había varias razones para nuestra intransigencia ina-
movible.
La primera: nos parecía inmoral y una indignidad ceder ante la presión
militar y poner en el lugar de Isabel a un presidente que, con toda seg-
uridad y por las características de su eventual nombramiento, pasaría
a ser el Bordaberry argentino, un títere manejado por los comandan-
tes generales.
La segunda: mal futuro le esperaba a la Argentina si sus gobernantes
constitucionales le daban formalmente el poder real a los militares y,
además, les servían de taparrabos de sus tropelías.
La tercera: si los militares habían condicionado de tal forma a Isabel,
harían lo mismo con Lúder; y si éste osaba enfrentarlos, presionarían
nuevamente a los legisladores nacionales para que “nombraran” otro
títere, y así hasta que lograran la suma del poder que es lo que visi-
blemente buscaban.
Si resistíamos, en cambio, nos derrocarían con un golpe con toda
seguridad, pero quedarían a salvo algunos valores fundamentales:
la dignidad y el decoro de la Nación y de sus instituciones constitu-
cionales, la posibilidad de recuperar el gobierno democrático el día de
mañana con la frente alta, y la conservación de las estructuras par-
tidarias (tanto la del oficialismo como las de la oposición) que serían
indispensables en el futuro, y muy difícil de recuperar si la hecatombe
se producía por nuestra propia debilidad y nuestro acatamiento a los
caprichos de las Fuerzas Armadas. Sabíamos que, cuando se pierde
la dignidad una vez, se pierde para siempre.
Recuerdo una dramática conversación, que se realizó en una de las
dependencias de la presidencia de la Cámara de Diputados y a pedi-
182 -

do del bloque radical, de la cual participamos: Antonio Tróccoli y José


Miguel Zamanillo, presidente y vice del bloque de la U.C.R. respecti-
vamente, por una parte, y José Carmelo Amerise y yo en represent-
ación de nuestro bloque. Fueron dos largas horas de diálogo tedioso
y áspero, aunque siempre en tono de amistad y educación. Tróccoli
y Zamanillo expusieron el arsenal completo de razones que avalaba
su propuesta de destituir a Isabel por juicio político y reemplazarla
por Lúder. Nosotros dos, por nuestra parte, contestamos con el otro
arsenal de razones, el que demostraba, para mí sin lugar a dudas,
que todos (oficialismo y oposición) debíamos permanecer en la huella
aunque los militares vinieran degollando. Así terminó aquella reunión,
en un “impasse”: cada uno siguió en lo suyo.
La incertidumbre terminó, aunque no totalmente, cuando Lúder al fin
se decidió (todo indica que por “sugerencia” de Lorenzo Miguel) a
rechazar la posibilidad de “golpe constitucional” y le transmitió a Isa-
bel su total respaldo. Es probable que aquella “sugerencia” de Lor-
enzo haya existido efectivamente porque, desde ese día, el dirigente
gremial manifestó respeto por Lúder, hasta llegar a imponerlo como
candidato presidencial en 1983, cuando Lorenzo alcanzó el pináculo
del poder dentro del Partido Justicialista.
Con la decisión de Lúder, la presión de los militares, los intentos de
hacerle juicio político a Isabel y la acción desestabilizadora de políticos
opositores y algunos oficialistas, y nuestros problemas no desapareci-
eron. Al contrario, a medida que avanzaba la cuenta regresiva de 90
días, anunciada oficialmente por el diario de los militares (La Razón)
y su vocero oficioso (La Opinión, de los dos Timerman), nuestra sit-
uación se tornaba progresivamente más complicada, y la estabilidad
institucional se esfumaba tan rápido como el humo de un cigarrillo.
Por un lado, la presión militar se acentuó con cierta saña, segura-
mente porque el esquematismo mental de los uniformados no sopor-
taba una “desobediencia”, y menos una “gran desobediencia” como
era la nuestra. Las Fuerzas Armadas, ante el ejemplo de Uruguay,
soñaban con una solución “a la Bordaberry”, siempre más “limpia”
que un golpe desembozado, en el cual los golpistas tienen que poner
la cara en forma directa, sin máscara. En la “bordaberrización”, en
cambio, se guardan las formas de un recambio hipócritamente institu-
cional. Pero cuando se cuenta con el favor de toda la prensa de la Ar-
El último gobierno peronista - 183

gentina y del mundo, es fácil hacer pasar gato por liebre y transformar
lo hipócrita en auténtico.
En Uruguay, el débil presidente Bordaberry se prestó al juego de los
militares, para lo cual debió disolver el Parlamento, silenciar a la Justi-
cia y amordazar a la prensa. En realidad, esto último no habría hecho
falta entre nosotros, porque la prensa se había auto-amordazado a
favor de los golpistas, y con mucho gusto practicó el consejo de los
norteamericanos: “Relax and enjoy” (Relájate y disfruta).
De esa forma, nuestros hermanos orientales fueron informados de
que el presidente constitucional permanecía en su cargo “respaldado
por las Fuerzas Armadas”.
Ese original método, no sólo les permitió sostener el fariseísmo de que
el cambio había sido “institucional”, sino esconder la mano genocida
detrás del bastón presidencial. Los decretos necesarios los firmaba
Bordaberry, y la vista gorda indispensable ante las brutalidades de
los militares golpistas también estaba a cargo del presidente “con-
stitucional”. De modo que, como en las “timbas” clandestinas, todo se
trataba de “un juego legal y de suerte”… pero “trucho”.
La presión que ejercían sobre nosotros los golpistas de adentro y de
afuera fue de tal magnitud que algunos funcionarios intermedios de
gobierno, al percibir que el golpe era inevitable, prefirieron abrazarse
a una desesperada salida tipo Bordaberry.

Un plan para “bordaberrizar” a Isabel


Recuerdo que, en los tramos finales de nuestra agónica resistencia,
fui invitado a una reunión a realizarse en el despacho de Julio Ca-
ros González, secretario privado de Isabel y secretario general de la
Presidencia de la Nación.
La reunión comenzó, como es de rigor en estos casos, cerca de la
medianoche. Además del funcionario anfitrión y de sus colaboradores
inmediatos, asistimos como invitados cinco diputados de los que en-
tonces fuimos motejados de “ultraverticalistas”. Insisto: lo absurdo de
la situación que vivíamos tiene en ese mote despectivo una de sus
pruebas clave: los defensores de la estabilidad constitucional éramos
degradados al nivel de los ciegos obsecuentes, y los militares y civiles
que atentaban contra la Constitución Nacional eran los buenos de
la película. El absurdo conceptual intencionado se mantuvo muchos
184 -

años, sostenido por la fuerza militar y los “izquierdistas progre”, pero


también por la obsecuencia del periodismo, ciertos políticos, muchos
empresarios y hasta algunos sindicalistas interesados. Cuando las
atrocidades del Proceso dejaron al descubierto el insondable error
que habían cometido quienes apoyaron ese golpe (es decir, todos
menos el puñado de “ultra-verticalistas”, ayudados por la Izquierda
Nacional de Jorge Abelardo Ramos y Blas Alberti, y el Partido Comu-
nista Revolucionario de tendencia maoísta), esos grupos golpistas,
digo, en lugar de reconocer su error, guardaron un sepulcral silencio
hasta hoy. Ya no nos dicen “ultraverticalistas”… porque no les con-
viene menear la soga en casa del ahorcado, pero tratan de silenci-
arnos e ignorarnos o calumniarnos cada vez que pueden. Es que no
somos “políticamente correctos”, por eso nos han ocultado tras una
impenetrable cortina de silencio y condenado a un ostracismo forzado
desde 1976 a hoy.
En aquella reunión nocturna, Julio González propuso redondamente
“bordaberrizar” a Isabel. La estrafalaria propuesta mereció el apoyo
inmediato de los presentes, salvo el suscripto y los dos diputados
jóvenes que yo había invitado a esa tenida para que “se fueran fogue-
ando en los secretos del poder”: el santafesino Rubén Contesti y el
sanjuanino Marcos Zapata. ¡Y vaya si esa noche conocieron lo que
son los secretos del poder! No nombro a los otros dos diputados pre-
sentes, porque sé que actuaban de buena fe y total convencimiento,
aunque estaban profundamente equivocados.
Aproximadamente a las 2 de la mañana, y luego de un intercambio
superficial de ideas sobre los detalles de la metodología a emplear
para lograr el más rápido y contundente éxito de la “operación”, Julio
González dispuso que:
 Uno de los dos diputados que no nombré debía entrevistar al
presidente del Senado Ítalo Lúder e indicarle que presentara su
renuncia en el acto.
 El otro diputado innominado debía cumplir similar función ante el
presidente de la Cámara de Diputados Sánchez Toranzo.
 Inmediatamente de obtenidas ambas renuncias, el Poder Ejecu-
tivo debía intervenir por decreto el Parlamento Nacional, la C.G.E.
y la C.G.T.
De ese modo, Isabel podría gobernar con el “firme respaldo” de las
El último gobierno peronista - 185

FF.AA. sin el estorbo de esos organismos que “impedían la unidad de


criterio oficial”.
Jamás supe fehacientemente quién fue el autor intelectual de ese dis-
paratado plan pero me animo a afirmar, sin ruborizarme y sin cargo
de conciencia, que su origen tenía color verde oliva y olor a gorra y
pólvora. Tampoco nunca supe cómo pensaba Julio González lograr la
aprobación de Isabel y del Gabinete para su plan, “pequeña” cuestión
que no fue debatida en esa oportunidad.
Hasta ese momento yo había permanecido en silencio, no sé si por
prudencia o porque lo insólito de la propuesta me paralizó la mente
y las cuerdas vocales. Por supuesto que los dos diputados jóvenes
invitados por mí abrían los ojos desmesuradamente, y en forma pro-
gresiva, a medida que avanzaba el debate sobre tan peregrino “plan”.
Creí llegado el momento de hablar indispensablemente cuando el an-
fitrión propuso las draconianas medidas, que “debían concretarse en
forma perentoria a la mañana del día siguiente”.
Recuerdo haber expresado mi preocupación porque ese absurdo plan
parecía irreversiblemente adoptado ya, y aclaré que expondría mis
ideas libremente aunque sin esperanzas de que fueran atendidas, y
“sólo para no irme a dormir con un cargo de conciencia”. Comencé
usando los argumentos de tipo práctico o de conveniencia y de facti-
bilidad del plan. Hice notar que resultaba impensable la aceptación
de Lúder a una propuesta de ese tipo, y que, conociéndolo como lo
conocía a Sánchez Toranzo, su respuesta sería negativa igual que la
de Lúder, con el agregado de un estruendoso portazo que tendría una
repercusión inimaginable. Luego reflexioné ante todos sobre la altísi-
ma probabilidad de que los militares, si triunfaba el alocado plan, usa-
ran a Isabel para que les “legalizara” las tareas sucias y luego tirarla
como limón exprimido. Para concluir mi corta intervención, expuse el
enorme daño institucional que sufriría el país y la segura disolución
del peronismo ante una “agachada” de esa naturaleza.
Sorpresiva y asombrosamente, cuando terminé de hablar, el anfitrión
Julio González, que me había mirado fijamente durante los pocos
minutos en que lo hice, cambió su tono de imperativo a comprensivo,
y manifestó estar de acuerdo con mis prevenciones y mi oposición.
Pidió disculpas por su apresuramiento y nos rogó a todos olvidar la
reunión. Otro de los misterios que permanece en mi espíritu es cómo
186 -

una idea tan alocada pudo surgir en la mente de ese funcionario, y


cómo desapareció tan rápidamente de ella. Sin dudas, hubo oca-
siones en que nuestros nervios se agotaron en esos días finales.
Lo cierto es que, desde esa truculenta noche, nunca nadie entre no-
sotros propuso otro plan de “bordaberrización”. Sí, en cambio, au-
mentaron a ritmo desbocado las presiones de la oposición externa e
interna y los rumores golpistas originados, con toda seguridad, en los
propios cuarteles, y sazonados modosamente con el argumento de
que el golpe era lo mejor que le podía suceder a la Argentina.

La traición fue decisiva para el golpe


En aquellas dramáticas circunstancias quedó de manifiesto la ceguera
(y en algunos casos la traición) de los 34 diputados nacionales que
formaban el llamado Grupo de Trabajo. Entre ellos, la gran mayoría
estaba formada por peronistas (o “peronistas”) y sólo unos pocos pert-
enecían a partidos aliados, el más notable y activo de los cuales era el
popular cristiano Carlos Auyero.
Si esos 34 “rebeldes” se hubieran organizado y actuado durante el
reinado de López Rega, su actitud podría tener alguna coherencia,
pero el único sector que institucionalmente enfrentó a López Rega
hasta lograr su desplazamiento fue el sindicalismo. Claro está que el
Grupo de Trabajo, en el cual pisaban fuerte los 7 ex montoneros que
no habían renunciado luego del “reto televisado” de Perón (enero de
1974), mal podía apoyar a la “burocracia sindical” en su lucha contra
el “brujo”. En la época de esa lucha, el principal blanco de las dia-
tribas (y de otras cosas…) de los montoneros y los erpianos era, jus-
tamente, la “burocracia sindical”, aún por encima de López Rega. El
hecho sintomático es que el Grupo de Trabajo se constituyó después
de la salida de López Rega y a las pocas semanas de la rebelión mili-
tar que impuso a Videla como comandante general del Ejército. De
ello, cada uno puede sacar las conclusiones que considere adecua-
das, pero la cronología de los hechos fue ésa, y fue y seguirá siendo
muy sugestiva.
Otro hecho sumamente sintomático es que, entre los cabecillas del
Grupo de Trabajo no hubo ni desaparecidos ni prisioneros de los mili-
tares. Insisto, entre los cabecillas: Carlos Palacios Deheza, Eduardo
Farías, Luis Sobrino Aranda, Nilda Garré, Julio Bárbaro, Mera Figuer-
El último gobierno peronista - 187

oa…
Sólo con esos datos no es lícito afirmar que el Grupo de Trabajo se
formara por iniciativa o con el aliento de los militares golpistas, pero lo
objetivo y real es que fue totalmente funcional a ellos, y tres de sus ca-
becillas eran directamente quintacolumnas militares en nuestras filas.
Y como dicen los italianos, “se non è vero, è ben trovato”…

Un golpe impune
Al margen de ello, y siendo ese golpe el principal y primer enorme
crimen de los jefes de las FF.AA., el que abrió las puertas al poste-
rior terrorismo de Estado, ¿por qué nunca nadie quiso investigarlo
y condenarlo judicialmente como exige la Constitución Nacional y el
Código Penal? Quien desee averiguarlo, sólo deberá leer los diarios
de la época: salvo un puñado de peronistas y algunos aliados que nos
jugamos por la estabilidad y el respeto al gobierno constitucional de
Isabel (sin desconocer algunos, o muchos si se prefiere, errores de
ese gobierno), el resto de la dirigencia argentina (de todo tipo: político,
periodístico, empresarial y unos pocos sindicalistas) ayudó a preparar
el golpe, lo alentó, lo fomentó, y lo recibió con alborozo y aplausos.
¿Quién podía promover un juicio penal para castigar debidamente a
los autores de dicho golpe criminal? Esos sectores nombrados que
lo prohijaron, seguramente no lo podían hacer, porque tenían cola de
paja.
Balbín había recibido alborozado a los dictadores con un insólito “Vi-
dela es un general democrático”, y había abierto el camino al golpe
con su desafortunado “Yo no tengo soluciones”. Balbín, pues, no
podía promover el juzgamiento de los golpistas por los Tribunales
de la Nación. Alfonsín, compañero de liceo militar del Gral. Albano
Harguindeguy (ministro del Interior de Videla), había logrado que 51
partidos de la provincia de Buenos Aires fueran entregados, como
botín de guerra… o de golpe cuartelero, por la dictadura militar a in-
tendentes radicales. En todo el país, la UCR obtuvo de los militares
310 intendencias. Los peronistas no se quedaron atrás y lograron 192
intendencias. Además, los radicales consiguieron una Embajada (la
de Venezuela) para su correligionario Hidalgo Solá y otra para Rubén
Blanco en el Vaticano. Además el dirigente radical Ricardo Yofre fue
alto funcionario de Videla: nada menos que subsecretario general de
188 -

la Presidencia. El silencio de los radicales estaba bien asegurado.


A su vez, Tomás de Anchorena consiguió la Embajada en Francia.
El MID había “colado” a Oscar Camilión en nuestra Embajada en
Brasil.
Los demócratas mendocinos (los “gansos”) obtuvieron la Embajada
de Colombia para Francisco Moyano, el más empecinado propulsor
del juicio político contra Isabel.
El Partido Demócrata Progresista recibió la Embajada en Italia para
Rafael Martínez Raymonda.
El Partido Bloquista de San Juan obtuvo la Embajada en la Unión So-
viética para su jefe Leopoldo Bravo.
El Partido Socialista Democrático colocó a Américo Ghioldi en la Em-
bajada en Suecia.
Y ya se sabe que las embajadas son exilios dorados para políticos
conformistas. Ninguno de esos partidos abrió la boca. Estaban satis-
fechos y mudos de alegría con esos nombramientos. Nada dijeron del
atropello a la Constitución y a las leyes.
La participación de tales políticos en el gobierno militar fue conse-
cuencia de un arreglo promovido desde la dictadura por los gener-
ales Videla, Viola y Villarreal, con quienes colaboró el general reti-
rado Hugo Miatello. Ese grupo de militares, algunos meses antes del
golpe, comenzó a reunirse con el llamado Grupo Perriaux que, como
ya expresé, formaban el citado Perriaux, José Alfredo Martínez de
Hoz, Horacio García Belsunce, Alberto Rodríguez Varela y Mariano
Grondona, y fue, sin dudas, el primigenio autor del plan económico
aplicado luego.
El Partido Comunista tampoco dijo nada. ¡Ni pensarlo! La Unión So-
viética firmó un acuerdo amplio con la dictadura, que le permitió a
los rusos sortear el embargo de cereales de EEUU, y a los comunis-
tas vernáculos tener mullidos sillones oficiales y buenos sueldos que
les permitieron pasar la dictadura militar con toda comodidad y cus-
todiados por expertos. De esa forma muchos dirigentes comunistas
ocuparon cargos en la dictadura. Uno de ellos, seguramente el más
conocido pero no el único, es Aníbal Ibarra, hoy encumbrado “izqui-
erdista”. Aníbal militaba en la Federación Juvenil Comunista, la “Fede”
para los chicos del colegio secundario de aquel entonces. Gracias
a que su papá era dirigente del PC, Ibarra fue nombrado en un alto
El último gobierno peronista - 189

cargo en la Justicia del Proceso y, me imagino, por sus manos habrán


pasado varios pedidos de hábeas corpus. Sería interesante saber
cuál fue su dictamen en esos casos. Con el tiempo, Aníbal recibió la
bendición de “Chacho” Álvarez lo cual, por lo visto, es suficiente para
transformar un colaborador de la dictadura, que permaneció mudo
durante años, en apasionado defensor de los derechos humanos.
Caso semejante es el del Dr. Raúl Zaffaroni, que fue nombrado juez
de Instrucción por la dictadura militar y, con toda seguridad, juró por
sus Estatutos… y hoy figura como adalid de los derechos humanos.
La verdad es que el Partido Comunista apoyó al general Videla desde
antes del golpe. El 19 de diciembre de 1975, el Comité Ejecutivo de
los comunistas solicitó públicamente la formación de “un gobierno
cívico-militar, de amplia coalición democrática”… Ese apoyo del PC
continuó, aunque parezca increíble, hasta 1978. Al cumplirse dos
años del golpe, los dirigentes socialistas y comunistas Américo Ghiol-
di, Rubén Iscaro y Francisco Nadra todavía declaraban públicamente:
“El mensaje de Videla abre la perspectiva de una nueva etapa del
proceso político en curso, la etapa de iniciación del fecundo cambio
de opiniones entre militares y civiles sobre el futuro inmediato del
país y sus posibilidades a largo plazo”.
La información sobre la colaboración de los políticos con la dictadura
militar la he obtenido básicamente del libro de Jorge Lanata “Argenti-
nos” Tomo II, páginas 371 a 376.
También otros partidos prolongaron su apoyo a la dictadura militar
hasta bastante después del 24-03-76. Según relata Juan José Sebrelli
(citado por Nicolás Márquez):
“Raúl Alfonsín en 1977 propuso una reforma constitucional que es-
tableciera un poder conjunto de militares y civiles, con presidente
militar (cargo que ocuparía Videla) y primer ministro civil”.
En junio de 1977 (también según Nicolás Márquez) los principales
dirigentes radicales declaraban públicamente al diario La Prensa:
“El 24 de marzo de 1976 cayó un gobierno votado por siete millones
de argentinos. La ineptitud presidencial y la falta de respuestas…
por parte del entorno oficial… más la presencia de organizaciones
para la subversión y la violencia… abrieron el camino para que las
Fuerzas Armadas ocuparan el poder… Como saldo quedó el pueblo
190 -

solidarizado en sus bases, y las Fuerzas Armadas con la suma de


responsabilidades…” Firmado: Raúl Alfonsín, Ricardo Balbín, Anto-
nio Tróccoli, Víctor Martínez, Arturo Ilia, Fernando De la Rúa, Juan
Carlos Pugliese, Eduardo Angeloz, Cesar García Puente, Ricardo
Barrios Arrechea y muchos dirigentes más.
¡Habían pasado ya catorce meses de atropellos horribles a los derechos
humanos y de neoliberalismo, endeudamiento brutal y entrega del
patrimonio nacional…y los radicales continuaban apoyando oficial y
públicamente a la dictadura!
En diciembre de 1978, el grupo “militar dialoguista” Videla-Villarreal-
Yofre organizó la llamada Cena de la Amistad, que tuvo una concur-
rencia espectacular: 400 dirigentes radicales se dieron cita para com-
partir la mesa con los dictadores y proclamar su “amistad” con ellos.
En esa larga lista figuraron, entre otros, Ricardo Balbín, Fernando De
la Rúa, Juan Carlos Pugliese, Antonio Tróccoli y Juan Trilla (Lanata).
Para ser totalmente honesto, debo reconocer que dentro del per-
onismo, si bien sus máximos dirigentes no cayeron en ese bochorno,
hubo varios “caciques” provinciales que colaboraron con la dictadura.
Además de los 192 intendentes, hubo dirigentes que se prestaron a
representar al partido político y al diario fundados por Massera para
promover su propia candidatura presidencial. Recuerdo el caso de
“agachadas” de Santa Fe (con Luis Sobrino Aranda) y de La Rioja
(con un “peronista” conocido, pero no Menem…).
La actitud de los políticos frente a la dictadura militar fue realmente
vergonzosa, por lo visto, y permaneció hasta bien entrados los años
de genocidio, y a pesar de que los atropellos incalificables y la entrega
del país ya eran suficientemente conocidos.
A la luz de tantas y tan graves claudicaciones de los dirigentes políti-
cos, resulta irónico, sino sarcástico, que hoy sean ellos los padres de
la democracia, mientras tratan de acusar a Isabel de complicidad con
los atropellos de los derechos humanos, siendo que, cuando esos
dirigentes confraternizaban con los dictadores, la Sra. de Perón per-
manecía presa y vejada por los militares golpistas en El Mesidor.

No hubo inocentes entre los golpistas


La verdad es que desde el primer momento posterior al golpe comen-
zaron a difundirse boca a boca los casos de desapariciones. He relat-
El último gobierno peronista - 191

ado ya el almuerzo de Videla con los cuatro escritores, durante el cual


el padre Castelani pidió por la aparición de Haroldo Conti. Ese ágape
se efectuó en mayo de 1976, sólo dos meses después del fatídico 24
de marzo, y ya Castellani hacía público un caso de “desaparición”.
Hacia finales de 1976, llegó a mis manos un listado de “desapareci-
dos”, especialmente guerrilleros de Montoneros y del ERP. Era una
planilla hecha por los exiliados montoneros en París y traída a la Ar-
gentina por un allegado mío. Es decir, ya en esa época circulaban
listas de desaparecidos.
En septiembre de 1977 los “desaparecieron” a un abogado de mi
amistad y a su esposa. Ésta última había sido secretaria de mi Es-
tudio jurídico hasta unos meses antes. Los familiares de ambos me
pidieron que tratara de lograr alguna información sobre su paradero.
Lo hice a través de amigos míos con buena llegada a los militares, y
la respuesta que obtuve fue de terror:
“A la chica la vamos a liberar pronto. De él no preguntes nunca
más”.
Efectivamente, mi ex secretaria apareció dos semanas después en
el Gran Buenos Aires. La habían torturado, igual que a su esposo,
para que “confesara”. Durante el cautiverio común, pudieron mirarse
y darse un abrazo furtivo sólo una vez. Uno de los guardias era per-
onista y se arriesgó por ellos: les sacó la capucha, los introdujo en un
baño y los dejó solos unos segundos.
De su esposo, nunca más se supo.
Relato estos hechos para dejar bien en claro que ningún político, em-
presario, periodista o dirigente de cualquier otra actividad puede decir
seriamente que, al menos desde mediados de 1976 en adelante, ig-
noraba lo que estaba sucediendo. Todos, sin excepción alguna, para
esa época tenían ya la fuerte sospecha, sino la evidencia, de las atro-
cidades que se estaban perpetrando.
Por lo expuesto, y dicho sea sin petulancia alguna, ningún dirigente,
salvo nosotros (los pocos que, desde adentro o desde afuera del per-
onismo, defendimos hasta el último momento la estabilidad del go-
bierno constitucional, y nos opusimos siempre a la dictadura militar)
tenía (ni tiene) las manos limpias para iniciar juicio penal a los golpis-
tas del ‘76 por el hecho mismo de haber dado ese manotazo contrario
192 -

a la Constitución y a las leyes. Tampoco a nadie de los nombrados


más arriba le conviene hacerlo, ni que el tema se menee. Por eso, y
desde aquel entonces, tratan de descalificarnos con el mote de “ul-
traverticalistas”, nos calumnian y nos han condenado al ostracismo
periodístico, confiando, erróneamente, en que lo que no se publica en
los diarios, no existe.
El último gobierno peronista - 193

Capítulo VIII

LOS PRETEXTOS DEL GOLPE

Problemas teníamos y, sin ningún lugar a dudas, cometíamos errores.


Pero, de ahí a pretender justificar el golpe por tales problemas y er-
rores nuestros, hay un abismo.
Los militares y sus compañeros de ruta civiles esgrimieron cuatro ar-
gumentos centrales para perpetrar el cuartelazo del 24 de marzo de
1976. Ellos fueron: el vacío de poder, la inflación y la crisis económica,
la corrupción y la necesidad de luchar eficazmente contra la subver-
sión terrorista. Veamos cada uno de ellos.

1.- El vacío de poder


En su afán de justificar el golpe militar del 24-03-76, Nicolás Márquez
argumenta (pág. 62):
“Tomemos los conceptos que el doctor Grondona escribió, no en
1976, sino en 1986:
‘el orden es el valor más elemental de la sociedad; es como respirar.
Cuando hay orden, uno se olvida que lo hay. Cuando no hay orden,
hacemos cualquier cosa por restituirlo. Ejemplo: el Golpe de Estado
de 1976 (acatar a una Junta y esperar a que ponga orden) es el
contrato hobbesiano perfecto. Hay algo peor que el despotismo: la
anarquía”.
Es interesante señalar la forma desembozada en que el sofista Dr.
Mariano Grondona justifica el golpe, y el aprovechamiento interesado
que hace Márquez de ello.
En verdad, si existió hasta ese momento algún vacío de poder, ello
se debió, tal como ya expresé y demostré, a la disolvente y voluntaria
acción de los opositores (de adentro y de afuera) que negaban el
quórum para sesionar en Diputados, y sólo en Diputados. En el Sena-
do, en cambio, donde no había ningún “Grupo de Trabajo” aunque sí
un bloque opositor, y algunos peronistas disconformes, jamás existió
parálisis.
Bajo la conducción de Lúder y a pesar de ciertas diferencias de éste
194 -

con el Poder Ejecutivo, las cosas marcharon razonablemente en paz


y cordura. Cuando creyeron oportuno hacer oposición al gobierno en
algún tema puntual la hicieron, pero jamás pusieron en peligro la es-
tabilidad constitucional.
Debo reconocer que muchos temimos por la suerte del gobierno luego
de la elección sorpresiva de Lúder como presidente del Senado, pues
éste nunca tuvo un historial claro y definido de lealtad. En 1946 había
sido candidato a diputado provincial de la Unión Cívica Radical por su
provincia, Santa Fe. Triunfante el peronismo en aquella oportunidad,
Lúder se trasladó a La Plata y se fue aproximando poco a poco, y
más como abogado que como político, a quien se considera padre
de la Constitución de 1949, el doctor Arturo Sampay. Nunca ocupó ni
cargos partidarios elevados ni candidaturas, aunque adquirió cierto
prestigio como constitucionalista.
Fue Cámpora quien influyó para que Lúder fuera candidato a senador
por la provincia de Buenos Aires en 1973. Su señorío, que lo tenía,
y su buena preparación profesional, que también tenía, hicieron el
resto: a la hora de elegir un presidente de equilibrio para el Senado, la
mayoría se inclinó por él.
Pero con el correr de los meses nuestros temores resultaron ser in-
fundados. Si bien demoró innecesaria y perjudicialmente su definición
frente a quienes querían hacerle juicio político a Isabel (o declararla
poco menos que insana) y designarlo a él como presidente provisional
de la Nación, al final su postura fue la correcta. Insisto, en una en-
trevista personal con Isabel le hizo saber que no aceptaba el juego
y que la seguía apoyando como presidenta del país, como jefa del
Movimiento, y como presidenta del partido.
La elección de Lúder como presidente del Senado, y la correcta ac-
titud suya que acabo de relatar, son pruebas irrefutables de que no
había vacío de poder pues, desde los presidentes de ambas Cámaras
legislativas para abajo, todos acataban la conducción de la viuda de
Perón.
Por otro lado, si respetábamos la conducción de Isabel éramos “ultra-
verticalistas”, es decir antidemocráticos, defecto suficiente para derro-
carnos a fin de que pudiera gobernar un general “democrático”… Y si
no la respetábamos, había vacío de poder, lo cual justificaba el golpe
para que pudiera gobernar… un general “democrático”. ¿Está claro?
El último gobierno peronista - 195

Es bueno reconocer que hemos adoptado la división tripartita de po-


deres formalmente en 1853 pero, seamos francos, eso fue un injerto
que todavía no terminamos de incorporar a nuestras costumbres:
para bien o para mal, seguimos siendo fuertemente presidencialistas,
y conviene recordar que las costumbres sociales no se cambian por
decreto, sobre todo cuando vienen de épocas inmemoriales.
La mentada división de poderes tampoco es perfecta en ningún lugar
del planeta. Lo que sucede es que -insisto en el tema- siguiendo el
invento sarmientino de “civilización o barbarie” (la madre de todas las
zonceras argentinas, según Jauretche), los avances de un presidente
sobre los otros poderes del Estado en el Primer Mundo (que es la
única “civilización” reconocida por la historia oficial) se llama “lider-
azgo fuerte”. Mientras que si lo hacemos nosotros, que somos los
“bárbaros”, lo catalogan de “dictadura”, “tiranía”, “verticalismo”, “obse-
cuencia” y un rosario más de epítetos que le vienen bien…al Primer
Mundo dominante.
Por ello, y dicho sea de paso, no debemos otorgarle demasiada im-
portancia a la forma en que nos ve y nos trata la “civilización” de los
bárbaros del Primer Mundo, especialmente a través de la prensa “se-
ria”…
Otra prueba irrefutable de que no había vacío de poder en aquellos
últimos meses de nuestro gobierno es la ya referida decisión de Lor-
enzo Miguel de conversar a solas con Isabel, antes de dar su opinión
al Gabinete sobre el reemplazo forzado del comandante general del
Ejército, el 27-08-75. Remarco: los ministros del Poder Ejecutivo, por
indicación de Isabel, debieron recibir en consulta a las autoridades del
Poder Legislativo y a otros dirigentes más, pero la decisión fue de ella
y de su Gabinete.
Pero lo más sugestivo es que Juan Bautista Yofre, manifiesto defen-
sor del golpe, deba reconocer (pág. 391):
“(Una de las causas del golpe fue) La sensación creciente –real o
declamada— de ausencia de autoridad presidencial, el “vacío de
poder’”.
¡Y si para Yofre pudo haber sido sólo declamada… es seguro que lo
fue!
196 -

2.- La inflación y la crisis económica como pretexto


El segundo gran pretexto utilizado por los golpistas para justificar su
criminal acto fue la inflación.
Sería absurdo negar o disimular que tuvimos una altísima inflación a
partir del “rodrigazo”, de la misma manera que no se puede ocultar
que ella sobrevino por nuestros errores, como ya expresé anterior-
mente, amén de las presiones inflacionarias que venían del exterior.
Pero si se analizan los números, y en estos temas solo los números
valen (el resto es fantasía), al momento del golpe la inflación estaba
aceptablemente controlada y las perspectivas no eran tan escabrosas
como adujeron los militares y los “Chicago boys” de Martínez de Hoz.
La dictadura siempre ha pretendido que la inflación de marzo de 1976
“anualizada” (es decir tomar el número de ese mes y multiplicarlo por
12) habría sido de 17.000%. Lo que esconden, en un acto de deshon-
estidad intelectual, es que esa inflación de marzo estaba engordada
artificialmente. Según denuncié en un libro publicado en las postrim-
erías de la dictadura (“Carta a los no peronistas” Ed. Leonardo Buschi,
Buenos Aires 1982):
“Empresarios que me merecen la mayor fe me refirieron que en ese
fatídico mes de marzo fueron instruidos ‘amigablemente’ por Mar-
tínez de Hoz y sus ‘boys’ para que produjeran, anticipadamente, los
aumentos de precios que calcularan necesitar en los meses pos-
teriores. Incluso, según fuentes directas, los índices de marzo de
1976 fueron retenidos en secreto por el INDEC para ‘acumularles’
todos los aumentos que se produjeran en los primeros días del pro-
ceso. En una persona como Martínez de Hoz, ese fraude a la opin-
ión pública no puede extrañar. El hecho es que hay muchos testigos
de la mistificación de las tasas inflacionarias de marzo de 1976”.

El aporte de Latrichano
La misma leyenda de “nuestra incontrolada inflación” inventaron los
golpistas de 1955 para justificar el cuartelazo de ese año, pero hoy
contamos con datos irrebatibles que demuestran lo contrario, gracias
a la obra del doctor Juan Carlos Latrichano, docente de la Universidad
Nacional de Lomas de Zamora (“La economía al servicio del hombre-
avances y retrocesos en la Argentina”, editorial El Escriba, Buenos
Aires, 2002, libro que tuve el gusto y el honor de prologar por gentileza
El último gobierno peronista - 197

de su autor). Según Latrichano:


1. El resultado fiscal en por ciento de PBI fue superavitario entre
1946 y 1962, y cero en 1953 y 1954.
Esta serie rompe el tabú de la “historia oficial” sobre el descon-
trol del gasto en el gobierno del General. El déficit de 1955 puede
atribuirse en parte, al menos, a los tres últimos meses en que gob-
ernaron los militares.
2. El PBI aumentó ininterrumpidamente entre los años 1945 y 1955,
salvo una ligera baja producida en 1952 debido a la ya conocida
sequía del bienio 1951/1952.
3. En 1955, la deuda externa ascendía sólo a U$S 65,8 millones,
de los cuales más de 50 millones correspondían a la compra del
primer alto horno que tuvo la Argentina. Es decir, era deuda com-
ercial, no financiera.
4. Las reservas en divisas al final de 1945 eran de U$S 1.639 mil-
lones, y al terminar 1955 sumaban U$S 509 millones (con tres
meses de gestión militar), que equivalían a más de cinco meses
de importaciones, algo normal según los economistas. Estos da-
tos desmienten una doble leyenda: que al subir Perón los pasillos
del Banco Central estaban abarrotados de lingotes de oro, y que
al ser derrocado nuestra posición de divisas era débil.
5. El índice de inflación también desmiente la leyenda de la “historia
oficial”: fue de 3,8 en 1954, subió a 12,3 en 1955 (con 3 meses de
gobierno militar) y había trepado a 31,8 en 1958.

La economía en 1973/1976
De la misma manera, las estadísticas de nuestro gobierno ‘73/’76 y la
de los años subsiguientes destruyen la nueva leyenda, esta vez sobre
el supuesto desastre inflacionario y económico que pretextaron los
militares y los civiles golpistas para perpetrar el cuartelazo del 24-03-
76. Los números son claros:
1. El crecimiento del PBI fue mayor al 6,0% en 1973 y 1974, dis-
minuyó 1,40% en 1975, y en 1978 los militares lo habían hundido
un 3,5%.
2. Entre 1973 y 1976 obtuvimos un superávit comercial de 1.280 mil-
lones de dólares.
198 -

3. En el mismo período, las reservas en divisas crecieron en U$S


1.270 millones.
4. La deuda externa disminuyó un 15% entre 1973 y 1975, mientras
que aumentó un 700,5% entre 1976 y 1983.
5. El desempleo fue de 2,5% en 1974 y 1975, y en 1980 ya era de
5,8%.

Los datos de Yofre


El propio Yofre (pág. 391 a 398) debe retorcer mucho los hechos y
los argumentos para concluir que “el golpe era inevitable”. Pero los
fríos datos suministrados por el Banco Central y transcriptos por Yofre
indican que en 1975 el PBI tuvo una caída del 2%, algo severo pero
de ninguna manera catastrófica y menos justificativa de un cuartelazo.
Siempre según el BCRA, el consumo durante 1.975, a pesar de todo,
había crecido un 2,8%.
La famosa inflación de 1975, que existió sin duda alguna, debe ser
analizada por períodos para ver su evolución que es lo realmente im-
portante. El propio Yofre lo dice: hasta mayo de ese año la inflación
mensual fue del 6% en promedio; en los dos meses subsiguientes
subió en forma abrupta (el “rodrigazo”), para descender paulatina-
mente hasta llegar al 11% en el último trimestre. No era baja, pero
se estaba controlando. La trampa de Martínez de Hoz, repetida por
Yofre, es que, para justificar el golpe injustificable, manosean las es-
tadísticas. Para ello, y como expresé más arriba, parten de la base
de una inflación de marzo de 1976 ya “inflada” generosamente con
los aumentos “anticipados” de precios que hicieron los empresarios
“amigos”, los mismos que armaron la APEGE, ese “regimiento de ca-
ballería empresaria” que colaboró en la preparación del golpe. De esa
forma, la inflación de marzo la ubican amañadamente en el 54%, que
anualizada da el espantoso 17.000%. La manipulación de las cifras
del INDEC que sufrimos en estos días, por parte de los gobiernos del
matrimonio Kirchner, es un juego de niños al lado de aquélla. Eso es
tramposo.
Aun así, la inflación anual entre 1977 y 1983 jamás bajó del 100%,
como lo demuestran los datos aportados por Latrichano y ya expues-
tos más arriba.
Además, nosotros, es cierto que con grandes esfuerzos, bajábamos
El último gobierno peronista - 199

la inflación pero sin matar la economía… y la gente, y sin endeudar


al país de por vida. Ellos mataron todo y nos endeudaron a todos por
varias generaciones.

3.- La corrupción
Que yo recuerde, en todos los golpes militares del siglo XX se usó el
pretexto de la corrupción para derrocar al gobierno constitucional y,
también en todas las oportunidades, producido el golpe, la corrupción
siguió tan campante como siempre y, en la mayoría de las veces, au-
mentó sideralmente. Ése es justamente nuestro caso.
El centro de las acusaciones de corrupción en aquella época los con-
stituyó el famoso cheque presidencial. Apenas asumimos el 25-05-73,
y por nuestra iniciativa en la Cámara de Diputados de la Nación, se
sancionó una ley que dispuso indemnizar al general Perón por todos
los daños que le produjo la llamada Revolución Libertadora. Los daños
eran enormes pues aquellos golpistas de 1955, borrachos de impuni-
dad y de odio, confiscaron todos los bienes del General: inmuebles,
joyas de Isabel y hasta la vestimenta y el calzado que encontraron en
los roperos. Muchos de esos bienes se vendieron en subasta pública.
Y otros, como es costumbre en estos casos, desaparecieron “miste-
riosamente”.
Cuando se hizo el inventario o liquidación de los daños, su monto
arrojó una cifra espectacular, 16.600 millones de pesos que, a una
paridad con el dólar de 1 a 1.000, daba exactamente un monto de
U$S 16.600.000. A Perón le pareció demasiado, por lo cual pidió que
una comisión de gente intachable fijara una cifra más módica. La tal
comisión, creo que sólo a ojo de buen cubero, estimó que era razon-
able abonar el 50%, es decir $8.300 millones, equivalentes a U$S
8.300.000.
De acuerdo con lo que me relató personalmente en alguna ocasión
Isabel, Perón le indicó que una vez cobrada esa suma entregara a
las hermanas de Evita $3.100 millones, o sea U$S-3.100.000. A prin-
cipios de agosto de 1975, y ante el reclamo judicial de las hermanas
Duarte, el doctor Antonio Benítez (ministro del Interior y abogado de
Isabel) informó a la presidente que debían depositar esa cifra, para lo
cual el propio Benítez llenó un cheque de la Cruzada de Solidaridad,
que era una fundación. Es decir, Isabel aparecía pagando una deuda
200 -

particular con fondos de una fundación que, por ley, equivalen a fon-
dos públicos.
Al día siguiente, el diario La Prensa, que aún pertenecía a los Gainza
Paz, furibundos enemigos de Perón, publicó que dicho cheque había
sido depositado en el Banco de la Nación Argentina a la orden del juz-
gado donde tramitaba la sucesión de Perón. Benítez inmediatamente
se dio cuenta de la “metida de pata”, e informó de ello a Isabel, la cual
dispuso cambiar ese cheque por dinero en efectivo que, de urgencia,
facilitó José Ber Gelbard. El cambio se realizó antes de cumplirse 24
horas del depósito del cheque. Es decir el delito estrictamente hablan-
do no llegó a concretarse.
Sin embargo, la oposición civil y militar, que ya preparaba el golpe,
utilizó el tema del “cheque presidencial” como caballito de batalla para
denunciar “una profunda, generalizada e insoportable corrupción del
gobierno”.
Nosotros contestamos que, si bien hubo una falla formal y una gran
desprolijidad, jamás llegó a existir una real defraudación. Además, ¿a
quién se le podía ocurrir que un abogado experto como Benítez iba
a participar de una defraudación hecha a la luz pública, depositando
un cheque en un banco oficial y para ser acreditado a la cuenta de
un juzgado? La cuestión era tan disparatada que no cabía otra expli-
cación que la que realmente corresponde: una gran desprolijidad, una
histórica “metida de pata” producto de las tremendas tensiones que
se vivían.
Pero, lo más notable de todo es que se abrió el correspondiente pro-
ceso judicial, y el juez actuante dictó el sobreseimiento definitivo de
Isabel (en aquel tiempo el juez podía sobreseer en forma provisoria o
definitiva, hoy se ha unificado y existe sólo el sobreseimiento, que es
definitivo). Pero igualmente se armó un gran escándalo político peri-
odístico que fue usado como pretexto por los militares (mejor dicho,
fue impulsado por ellos) para dar el golpe.
Una vez instalada la dictadura militar, el fiscal Martín Azoátegui solic-
itó que se dejara sin efecto ese sobreseimiento que ya tenía autoridad
de cosa juzgada, y se reiniciara el proceso contra Isabel. Así lo dis-
puso el juez García Moritán con total desprecio del Derecho y de la
Justicia (también del decoro) y, de ese modo, la dictadura militar logró
condenar a Isabel como quería (por ése y por cuatro juicios más de la
El último gobierno peronista - 201

misma índole tramposa) a ocho años de prisión.


Cuando reconquistamos la democracia, junto con otros colaboradores
de la ex presidente, reclamamos al Congreso de la Nación que anu-
lara esos vergonzosos juicios de la dictadura. Lo logramos. Luego,
como abogado defensor de Isabel, me presenté ante la Cámara Fed-
eral Penal y solicité que se declarara la vigencia y constitucionalidad
de esa ley justiciera. El fiscal de Cámara Dr. Julio Strassera se opuso
a ello. No era para menos: había sido fiscal de primera instancia de
la dictadura. ¿Cómo iba a borrar con el codo lo que había escrito con
la mano? Pero la Cámara hizo caso omiso de ese dictamen fiscal bo-
chornoso e interesado, y ordenó que se aplicara la ley, anulando así
los juicios de los militares del Proceso contra Isabel.
Corría el año 1986. Una década de persecuciones “procesistas” contra
la ex presidente constitucional había terminado. Nadie podía suponer
que, dos décadas después, otros jueces federales reiniciarían la per-
secución contra Isabel, atropellando el Derecho, la lógica y el decoro.
Es que la realidad suele superar a la ficción.
Aquella Cámara Federal Penal hizo Justicia. Los jueces Acosta y
Oyarbide quisieron pisotearla.
Otros juzgados penales de la dictadura iniciaron contra varios de
nosotros numerosas causas criminales. Han pasado 40 años, pero
nunca nos encontraron nada ilícito. Nunca pudieron siquiera dictarnos
el procesamiento, menos aún una condena. Sin embargo, desde en-
tonces y hasta hoy, la leyenda creada por la ”derecha” y repetida por
la “izquierda” es que nuestro gobierno, y especialmente Isabel, fueron
“extremadamente corruptos” al punto de que ello justificaba y todavía
justifica aquel golpe.
Por otro lado, durante los casi tres años en que gobernamos, en la
Cámara de Diputados llegué a detectar sólo dos legisladores corrup-
tos, más bien “rateros”. Los dos se pasaron al Grupo de Trabajo de
los 34 rebeldes…
Criticar la corrupción está bien, muy bien, pero que un funcionario a
tiempo completo de Menem, como fue Yofre, venga a rasgarse las
vestiduras y a justificar el golpe por los supuestos actos de corrupción
de aquel gobierno nuestro ya es el colmo.
202 -

4.- La lucha “eficaz” contra la subversión


El cuarto y decisivo pretexto usado por los militares golpistas, y sus
socios civiles conscientes o no, fue que el gobierno de Isabel se
mostraba incapaz de luchar con eficacia contra la subversión y que
ello, sumado al accionar de la Triple A, llevaba al país hacia el caos
total.
El tema de la Triple A ya lo he tratado en otros capítulos, de modo
que no vale la pena insistir en ello. Sólo recuerdo que, según todo lo
indica, en la creación y la conducción de ese tenebroso grupo tuvi-
eron participación decisiva, sino única, los mismos militares golpistas.
López Rega, que era más vanidoso que inteligente, prestó su nombre
y su cobertura política, cumpliendo un verdadero papel de “perejil”, tal
como al parecer lo cumplió en la P-2 del italiano Licio Nelly.
Respecto de la lucha contra la subversión en sí y la necesidad de que
fuera eficaz, el pretexto de los golpistas resulta ser demasiado pueril.
El país entero sabe hoy que, desde febrero de 1975, las FF.AA. esta-
ban directamente a cargo de “aniquilar el accionar de la subversión”
en Tucumán. Y desde octubre del mismo año, lo estuvieron en todo
el país.
Además, también el país entero sabe que el gobierno constitucion-
al puso a disposición de las FF.AA. todo lo que éstas necesitaban y
pedían para que esa lucha fuera eficaz, salvo por supuesto los bru-
tales excesos que cometieron. Tales excesos, justamente, les fueron
expresamente prohibidos por un tercer decreto presidencial (en re-
alidad, el segundo), el que nunca los acusadores del peronismo se
acuerdan de mencionar, el número 1.800 del 07-07-75, que obligaba
a los militares a poner a disposición del magistrado federal compe-
tente a toda persona detenida, así como las pruebas que justificaban
su detención. Esto nos permite afirmar con absoluta tranquilidad de
conciencia que, cuando los militares golpistas (y aquí, si, sólo los gol-
pistas militares, no los civiles) hablaban y hablan de que con el gobi-
erno constitucional no podían reprimir eficazmente a la subversión, lo
que están diciendo en realidad es que no les permitíamos ni la tortura
ni otras “gracias” por el estilo que, luego de sacarnos de la escena,
practicaron a discreción.
El último gobierno peronista - 203

Para ser eficaz hay que torturar


En historia, como en Derecho, “a confesión de parte, relevo de prue-
ba”. Si el demandado reconoce su deuda, no hacen falta otras prue-
bas. Aunque en Derecho Procesal Penal no es exactamente así, el
adagio sirve para nuestro caso, en el que hay una expresa confesión
de parte sobre el deseo de los militares golpistas, luego torturadores
“procesistas”, de que les diéramos “piedra libre” para torturar y así
hacer “efectiva” la lucha contra la subversión.
La tesis “torturadora” fue adoptada por la ya descripta doctrina de la
guerra contrarrevolucionaria, madre espiritual y política del Proceso.
Para explicarla, lo mejor es citar al principal defensor civil de los gol-
pistas: el periodista Nicolás Márquez, quien, en su libro “La otra parte
de la verdad”, expresa (Pág. 78):
“Un brillante intelectual como Mariano Grondona afirma:
‘(Existe) la racionalidad respecto de los fines (Maquiavelo: el fin
justifica a los medios), y la racionalidad respecto de los valores (E.
Kant: que se haga justicia aunque el mundo perezca). En los casos
límite salta a la vista el conflicto entre ambas racionalidades. Nozick
imagina a un policía que se ha vedado a si mismo torturar en nom-
bre de un valor: los derechos humanos. Pero ocurre que su prision-
ero sabe dónde está la bomba atómica que hará volar la ciudad en
un par de horas… ¿Qué hará en este caso el policía moral? Para
que se cumpla un principio, ¿dejará perecer a la ciudad? Por eso
Weber sugiere que no hay una sino dos éticas: la ética de la convic-
ción (obrar según valores) y la ética de la responsabilidad (medir
las consecuencias prácticas de nuestras acciones). La moral de la
convicción es sostenida habitualmente por teólogos, filósofos y pe-
riodistas… la moral de la responsabilidad es propia de los políticos,
los empresarios y los militares…´”
Hasta ahí las “enseñanzas” de Grondona, el supuesto especialista
en filosofía griega que, por lo visto, leyó sólo a los sofistas, sin llegar
jamás a Sócrates (a los libros de Sócrates, en realidad, sólo pudo
leerlos Carlos Saúl Menem…), quien murió por defender “la moral de
la convicción”.
Hace 20 años, Grondona, defensor de la tortura, escribió un libro titu-
lado “Bajo el imperio de las ideas morales”, ¡nada menos! (Sudameri-
204 -

cana, Buenos Aires, 1987). En él, este sofista televisivo “enseña”:


“Los representantes más notables de las ideas morales en el mudo
actual son, sin excepción, (los utilitaristas) anglosajones Rawls, No-
zick, Dworkin y Hart”… “La Latinidad no tiene otro modo de com-
petir con los anglosajones que haciéndoles una reverencia, como
hizo Japón en 1945”… “el utilitarismo no sólo es hedonista, también
es progresista” (¡menos mal!)… “Nozick sostiene la legitimidad del
‘Estado mínimo’… Por eso, el debate sobre el pensamiento moral,
es hoy un debate anglosajón”.
En definitiva, el maestro de la tortura “grondoniana”-procesista es un
anglosajón llamado Nozick, utilitarista en filosofía, y legitimador del
Estado mínimo, el concepto central de los neoliberales (Menem y
Cavallo, por ejemplo). Está todo claro.
Nicolás Márquez avala y alaba la indisimulada defensa que hace el
“brillante intelectual” de la tortura aplicada masivamente por la dicta-
dura militar, y agrega:
“Esta grave disyuntiva es la que enfrentó Francia con Argelia, y
EE.UU. con Vietnam. En la actualidad, Israel la tiene en su virtual
guerra con Palestina y la resolvió optando por la autorización legal
de efectuar interrogatorios bajo tortura y ejecuciones especiales de
adversarios sin juicio previo. Opciones similares ejerció EE.UU. con
los terroristas prisioneros en Guantánamo, o los rusos con los ter-
roristas chechenios”.
Queda claro que, para Márquez, admirador de Grondona, la tortura
aplicada por los “procesistas” fue legítima y loable, especialmente, por
el hecho de que también la usan los países del Primer Mundo.
De esa forma, Márquez pretende justificar los crímenes de la dicta-
dura militar y, sin quererlo, ratifica nuestra afirmación inicial: la ide-
ología y la metodología usadas por el Proceso nacieron en el vientre
del monstruo imperial. Nuestros criminales y torturadores “de Estado”
aprendieron “el oficio” de sus maestros primermundistas, cuyo cuartel
general “conjunto” estuvo en la citada Escuela Militar de las Américas
del Comando Sur del Ejército norteamericano.
Los civiles (policías y “voluntarios” de la Tripe A y otros grupos) sos-
tenían idéntica “ideología”: el “trapo rojo” debía ser eliminado como
única y excluyente prioridad, aun a costa de torturarlos, para mayor
El último gobierno peronista - 205

gloria de EE.UU. y sus multinacionales.

Peronismo: el hecho maldito


De donde se deduce, con total objetividad, que los golpistas usaron
como “motivo válido” para derrocarnos por las armas nuestra negativa
a que torturaran. Esa evidencia no impide que hoy, 40 años después,
los “peronofóbicos” de variado pelaje (de “derecha” y de “izquierda”)
acusen a Isabel y a su gobierno peronista de ser los culpables de las
torturas.
Para entender esta contradicción, mantenida arbitrariamente durante
tanto tiempo, hay que comenzar por aceptar que el peronismo fue
y es (y seguirá siendo mientras permanezca fiel a sí mismo) el “he-
cho maldito” para los dominadores del mundo y sus corifeos y so-
cios menores nativos. Por eso, a Isabel, que guste o no lleva el apel-
lido Perón, la derrocaron los de “derecha”, y hoy la calumnian los de
“izquierda”. Isabel es el único Perón que queda vivo. Ya está entrada
en años, algo enferma de acuerdo a las fotos que se observan, y con
toda seguridad nunca más actuará en política. Pero lleva el apellido
“maldito” y, por ello, han decidido “delenda est Isabel” (la Cartago cri-
olla).
Finalmente, el pretexto de que, con el gobierno constitucional, no se
podía reprimir eficazmente a los subversivos terroristas cae por su
propio peso si se tiene presente que, al 24-3-76, el ERP estaba diez-
mado y sin poder de fuego real (luego de las derrotas de Catamarca,
Tucumán y Monte Chingolo), mientras los montoneros habían sufrido
ya pérdidas muy importantes (la de Formosa en primer lugar). Al mo-
mento del golpe, la guerrilla subversiva no era ya un peligro tan impor-
tante como un año antes, ni mucho menos. Sin embargo, Yofre, con
todo desparpajo, afirma (pág. 391), ¡luego de Tucumán, Formosa y
Monte Chingolo!, que una de las causas del golpe fue “El crecimiento
de la subversión…”
Si los militares hubieran cumplido la ley y respetado al gobierno legíti-
mo, habrían liquidado ese grave problema en el mismo tiempo que lo
hicieron con la brutalidad y los atropellos incalificables que conocimos
luego. El golpe y la masacre fueron, en ese aspecto, totalmente in-
útiles, además de terribles.
El último gobierno peronista - 207

Capítulo IX

LAS RAZONES DEL GOLPE

El golpe de marzo del ‘76 no se perpetró porque existiera realmente


vacío de poder, o porque la inflación estuviera desbocada, o por nues-
tra corrupción, o por una fantasmagórica falta de apoyo a la lucha
contra la subversión.

Seamos francos
Si verdaderamente queremos escribir la historia de esa época, es
decir, ser objetivos hasta donde el ser humano puede serlo, y escribir-
la de forma tal que sirva como maestra de la vida y de la política para
proyectar el futuro de la Argentina, debemos ser totalmente francos
e intelectualmente honestos. De otra manera, la historia servirá sólo
para lo mismo que ha servido hasta ahora: dividirnos y mantener en
forma inconcebible las disputas entre los argentinos.
No sólo nos debemos una historia veraz de aquella década tan dura
de la cual nos separan 40 años y un poco más, sino que todavía no
hemos sido capaces de escribir la historia honesta de los primeros
200 años de nuestra vida como Nación. Hay una historia interesada
de Perón, de la misma manera que hay una historia renga de Artigas,
de Rivadavia, de Rosas, de Mitre, de Yrigoyen y de Sarmiento.
Sin ánimo de encontrar chivos expiatorios, es obligatorio recordar que
la primera gran amputación, el primer gran atropello a la verdad de
nuestra historia lo cometió don Bartolomé Mitre. Una vez terminada su
presidencia, tomó dos decisiones que a la postre han significado dos
grandes problemas para la Argentina:
 Quemó la mitad del Archivo Histórico Nacional (por supuesto la
mitad que no le convenía a sus intereses políticos) y escribió “su
historia” exclusivamente en base a la otra mitad.
 Fundó el diario LA NACIÓN, el cual, como con gran ingenio dijo
Homero Manzi, se convirtió en “el guarda-espalda permanente de
Mitre”. Para ello siguió quemando la mitad del Archivo Histórico
Nacional, en este caso a todos los pensadores y escritores que
208 -

no pertenecían o pertenecen al mitrismo liberal, ése que siempre


mira a Europa o Estados Unidos, y se mantiene inmutable en su
porteñismo y su elitismo originarios.
Si tenemos en cuenta la máxima de Juan Bautista Alberdi, “Una mala
historia es el origen de una mala política”, debemos aceptar que la
mala política cultural de nuestro país, las leyendas negras contra el
peronismo y esta negación de la mitad del país que sufrimos, tuvo y
tiene un puntal básico en la prédica y en la conducta sectarias de la
desaparecida revista Sur (en cuya publicación Victoria Ocampo gastó
su fortuna) y del diario LA NACIÓN, que hicieron una mala historia,
una historia tuerta y renga.
Tan es cierta la afirmación de Homero Manzi que, aún hoy, nadie se
atreve a escribir o hablar a favor de los escritores argentinos que no
son aceptados en las páginas de Cultura de La Nación. Quizás el
ejemplo arquetípico de lo que estoy afirmando sea el libro de la seño-
ra Ivonne Bordelois (“El país que nos habla”, editorial Sudamericana,
Buenos Aires 2006), ganador del premio al mejor ensayo “Sudameri-
cana-La Nación- 2006”.
La señora Bordelois, nacida en un pequeño pueblo de la pampa bon-
aerense, no puede ocultar su origen y su pensamiento enraizado en
la tradición criolla, luego reprogramado y condicionado por la Sorbona
y el diario LA NACIÓN. En su libro hace una inteligente y encendida
defensa de nuestro idioma español argentinizado. Con toda razón y
eficacia destruye los argumentos de quienes querían atarnos al espa-
ñol de España. De la misma forma, la señora Bordelois arremete con-
tra los tilingos que, no por necesidad sino por puro “snob”, ensucian
nuestro idioma con indigeribles giros y palabras inglesas.
Sin embargo, la señora Bordelois, al momento de enumerar los es-
critores argentinos cuyo ejemplo debemos seguir, se acuerda sólo y
excluyentemente de
“La línea de escritores que va de Echeverría a Borges, pasando por
Sarmiento”.
De esa manera la Sra. Bordelois, a pesar de defender nuestro idi-
oma, deja enterrados bajo cuarenta toneladas de tierra, como para
que nunca sepamos que existieron, a José Hernández, Leopoldo Lu-
gones, Ricardo Güiraldes, Manuel Gálvez, Ricardo Rojas, Leopoldo
Marechal, Horacio Quiroga, Raúl Escalabrini Ortiz, Arturo Jauretche,
El último gobierno peronista - 209

Jorge Luis Bernárdez, Arturo Capdevila, Roberto Arlt, Leonardo Cas-


tellani, Atilio Castelpoggi, Julia Prilustky Farni, Fermín Chávez, Osval-
do Guglielmino, Alfonsina Storni, Graciela Maturo, Nemer Barud, José
María Castiñeira de Dios y una legión más de los mejores pensadores
y escritores que salieron de nuestra tierra y jamás pertenecieron a “la
línea Echeverría-Sarmiento-Borges”.
Mitre quemó la mitad del Archivo Histórico Nacional para poder escri-
bir una historia argentina de bolsillo “ad ussumdelphinii”, que sirviera
a su partido político y descalificara a los adversarios. La señora Bor-
delois ha quemado a la mitad del país cultural para que el diario de
Mitre le diera el primer premio. Porque, seamos francos, si la señora
Bordelois hubiera hablado del idioma de los argentinos todos, incluida
la legión de los calificados como malditos por Mitre, LA NACIÓN, su
guardaespaldas…, jamás le habría otorgado ese galardón.
Pertenecer tiene su precio.
Al parecer, y por lo que dice en su libro (mejor dicho, por lo que calla
en él), la señora Bordelois sabe que el diario LA NACIÓN publica sólo
la labor de autores que pertenezcan a la línea excluyente que va “de
Echeverría a Borges, pasando por Sarmiento”. El resto, no es que
sea malo, regular o bueno. Simplemente no existe, tal como no existe
la mitad del Archivo Histórico Nacional que quemó Mitre. Es que, en
definitiva, para ciertos dirigentes argentinos, de ayer y de hoy, la que
no existe es la mitad del país que no les gusta y que, numéricamente
hablando, es bastante más de la mitad. El elitismo de ellos no con-
siste en pretender ser superiores a los demás, sino en algo peor: se
sienten los únicos civilizados, los únicos que cuentan. El resto es sólo
barbarie. No interesa. No existe.

Primer motivo real del golpe del 24-03-76: destruir al peronis-


mo
Esa mitad “invisible” del país, la inmensamente mayoritaria, la que
quemó Mitre para escribir su historia, a partir de 1945 tiene nombre y
apellido: es el peronismo. No cualquier “peronismo”. Con toda seguri-
dad, no las versiones dietéticas de peronismo que conocimos a partir
de 1983. No. Me refiero al peronismo que rechaza, que desea ignorar
la elite dominante, es decir al auténtico, al que sigue tozudamente
el sendero marcado por su fundador. A las versiones dietéticas, en
210 -

cambio, las aúpa el diario LA NACIÓN. “Por los frutos las conoceré-
is…” Son inofensivas, inodoras, incoloras e insípidas. En la jerga de
nuestro pueblo, “no joden a nadie”. Hacen buena letra, igual que la
señora Ivonne Bordelois, y por eso las aúpa el diario guardaespaldas
de Mitre.
El que “jode” es el peronismo de Perón, y por eso “jode” el recuerdo
de Perón y el apellido Perón. Y en 1976, como en 2007 y 2016, reitero,
el único apellido Perón era el que lleva Isabel por su matrimonio, y que
ha honrado con su actitud digna, insobornable e inquebrantable como
presidente de la Nación. He ahí la razón verdadera y de fondo de las
absurdas acusaciones de dos jueces funcionales al “establishment”
de “izquierda” y al de “derecha”.
Esta fobia fanática y ciega contra Perón viene de lejos y tiene su
origen, como casi todos nuestros males, en Londres, el gran perjudi-
cado por la política nacional y popular del peronismo. De Londres pasó
a Washington sin solución de continuidad y llave en mano. Braden fue
el primero, y seguramente el más torpe, que tomó la antorcha entre-
gada por los ingleses.
El más acérrimo enemigo que ha tenido Perón y el peronismo fue, no
por casualidad, el ex primer ministro británico Winston Churchill. El
odio de los británicos contra Perón, hizo que Churchill, al conocer el
cuartelazo de septiembre de 1955, dijera, en un rapto de sinceridad
eufórica y de “democracia” ejemplar:
“El derrocamiento de Perón (por un golpe cuartelero, no olvidarlo)
es un hecho tan importante como la derrota de Alemania en la Se-
gunda Guerra Mundial”.
Para que no quedara duda alguna, tres décadas después la señora
Margaret Thatcher, al tratar de justificar su criminal acción durante la
guerra por nuestras Malvinas, apostrofó públicamente:
“La culpa de esta guerra la tiene Perón, porque le metió a los argen-
tinos en la cabeza que las ‘Falkland’s son argentinas”.
La transferencia de la antorcha fóbica, de Gran Bretaña a EE.UU., fue
ratificada hace poco más de una década por la señora Condoleezza
Rice, ex secretaria de Estado norteamericana, al culpar al peronismo
y concretamente a Perón de todos los males que sufre la Argentina…
y Latinoamérica.
El último gobierno peronista - 211

El odio contra el peronismo y contra Perón es real hoy dentro de los


ambientes gorilas, y lo era en muchísima mayor medida en 1973 ó
1976 entre los militares y sus socios civiles de la “derecha”, tanto
como entre las filas guerrilleras de la “izquierda”.
A partir del derrocamiento cuartelero de Isabel, y concluidos los años
de plomo, el peronismo comenzó poco a poco a ser aceptado por los
dueños del país y del mundo… pero sólo en la medida en que comen-
zaba a dejar de ser peronista.
Expresado con absoluta objetividad, de los problemas de fondo que
afronta la Argentina (sus relaciones con el poder internacional de tur-
no, su indispensable estrategia internacional, su necesidad de adoptar
un proyecto de desarrollo económico y tecnológico integral con justi-
cia social, la defensa y el aprovechamiento y poblamiento integral y
armónico de nuestro territorio, la promoción de la cultura nacional, la
planificación a largo plazo de la salud y la educación, quién es nuestro
verdadero enemigo, etc.) Isabel demostró tener mucha más concien-
cia que los gobernantes subsiguientes.
Reitero lo del mensaje que me envió por Internet una humilde Unidad
Básica:
“Con Isabel, YPF era argentina, no teníamos deuda externa y
comíamos todos los días”.
Está todo dicho.

La nobleza de Isabel ante la fobia de sus enemigos


Isabel es la última Perón. Y por ende, ha heredado la fobia que los
poderes de la dependencia y el privilegio profesaban (y aún profesan,
a casi 42 años de su muerte) contra el General.
Los militares “procesistas” tenían un motivo más para odiarla: les
había desobedecido en la cara cuando, en su prepotencia, la trataron
de arrinconar para que renunciara y les dejara el campo libre.
Se la cobraron.
Prisionera de los militares de la dictadura en El Mesidor, Isabel debió
soportar vejámenes morales indignos de varones honorables.
Entre otras muchas humillaciones, la pelaron a la papa dos veces, con
el pretexto de que en la casona neuquina había piojos…
También fueron “tacaños”, vergonzosa y rencorosamente tacaños:
212 -

cuando la trasladaron como prisionera a su quinta de San Vicente, y


como Isabel “ya estaba en su casa”, la obligaron a pagarse la comi-
da… Seguramente porque el presupuesto oficial sólo alcanzaba para
pagar los intereses usurarios y fraudulentos de la deuda contraída
con los bancos de Rockefeller, y el sobreprecio pagado (en realidad,
coimeado) a Martínez de Hoz por la Ítalo de Electricidad.
Las amarguras que le hicieron pasar reventaron en su organismo. Un
día, estando presa en su propia quinta de San Vicente (1980/81), la ex
presidente contrajo una úlcera gastroduodenal hemorrágica: una her-
ida típica del sufrimiento y del “stress”. Un sufrimiento al cual no era
ajeno, entre otros, el hecho de que Isabel, para ir de su dormitorio al
baño, debía atravesar un pasillo, en camisón si era a la medianoche,
desgreñada si era a la mañana temprano, en el que siempre había un
soldado armado “vigilándola” por orden de la Junta Militar… la de los
valientes “machos”.
Los militares, por rencor o por miedo a que se supiera que la esta-
ban torturando moralmente al punto de producirle dicha úlcera, se
negaban a internarla en un centro médico adecuado para tratar esa
grave enfermedad. A través de una amiga y compañera, la ex diputada
nacional Arolinda Bonifatti, ya fallecida, Isabel me envió un mensaje
personal pidiéndome urgente ayuda. Se me ocurrió entrevistar al jefe
de redacción de la Agencia DyN y proponerle un trato delicado: ellos
publicarían la noticia, y yo me haría responsable públicamente de su
autenticidad. Así le evitaría a DyN algunos “dolores de cabeza” frente
al gobierno de la dictadura. El jefe de redacción aceptó y publicó la
noticia junto con mi respaldo personal a su veracidad. De esa manera
se supo que Isabel estaba gravemente enferma, y el gobierno militar
no tuvo más remedio que internarla en un sanatorio de Buenos Aires
y, recién ahí, hacerla tratar como a un ser humano.
Pero la tortura mayor de Isabel, la más canallesca, la cometieron los
“procesistas” cuando difundieron la calumnia de que la ex presidente
había quedado embarazada debido a un romance con el jefe de su
custodia en El Mesidor.
La custodia de Isabel en el sur estuvo a cargo de un pelotón de Gen-
darmería, a cuyo frente pusieron a un comandante de esa fuerza de
seguridad. El comandante resultó ser un entusiasta peronista… para
su desgracia.
El último gobierno peronista - 213

Isabel acostumbraba salir al patio de El Mesidor para caminar un rato.


Siempre debía hacerlo bajo la mirada vigilante de su custodia, por si
intentaba fugarse…
En uno de esos “paseos”, el comandante -un “incorregible” peronista,
al fin- le pidió a Isabel sacarse una foto con ella.
Obviamente, Isabel accedió.
Fue el minuto fatal para ambos fotografiados.
Al comandante, para que aprendiera a ser democrático y a no sacarse
fotos con la testaruda viuda del tirano prófugo, le cortaron la carrera.
A Isabel, para enterrar el apellido Perón y vengarse de su “afrenta” al
no renunciar, los machos uniformados le levantaron la calumnia de
que había quedado embarazada del comandante incorregible.
Para Emilio Mondelli, Pedro Arrighi y yo, lo más doloroso de este in-
digno episodio se produjo poco después.
En esa misma época, pedimos entrevista con Mons. Juan Carlos
Aramburu, el cardenal primado de aquel entonces, para interesar al
Episcopado en un pedido de libertad para Isabel.
El señor cardenal no pudo atendernos porque estaba muy ocupado…
Nos atendió un obispo auxiliar, Mons. Carlos Galán, quien luego sería
arzobispo de La Plata.
Explicamos a Mons. Galán nuestro objetivo y recibimos una respuesta
paralizante:
“La Iglesia no puede interceder por una mujer que ha quedado em-
barazada del comandante de su guardia”…
Sin comentarios.
Con esos antecedentes, resalta aún más la cristiana (por su humil-
dad) y criolla (por su nobleza e hidalguía) actitud de Isabel al regresar
a su patria casi 8 años después del golpe cuartelero: en diciembre de
1983, cuando vino para asistir a la asunción del mando de Alfonsín,
los perdonó a todos.
También sin comentarios.

Segundo motivo real del golpe: los inconfesables intereses


norteamericanos
Sobre este tema ya he dado algunos detalles. En 1973-76 estaba en
pleno desarrollo la guerra fría entre EEUU y la URSS por el dominio
214 -

del planeta.
Como siempre hacen, los norteamericanos trazaron su principal obje-
tivo de política internacional (la guerra contrarrevolucionaria para an-
iquilar al comunismo…y a los comunistas), lo elevaron a la categoría
de verdad revelada por Dios y exigieron a los países del patio trasero
su seguimiento acrítico.
También relaté la forma en que la mayoría de los oficiales superiores
de nuestras FF.AA. habían sido debidamente programados en esa
doctrina en la Escuela Militar de las Américas, del Comando Sur del
Ejército norteamericano, con sede en la franja de Panamá invadida
por Estados Unidos. Desde Onganía en adelante, las cúpulas de las
FF.AA. llevaron el sello de la guerra contrarrevolucionaria en el orillo.
Los grupos subversivos terroristas eran la representación del demo-
nio: debían eliminar su poder de fuego y, para que nunca más resur-
gieran, se propusieron eliminarlos físicamente también.
El gobierno constitucional produjo, en julio de 1975, dos hechos clave
(ya mencionados) que convencieron al Comando Sur del Ejército nor-
teamericano de la necesidad de derrocar a Isabel:
1.- El Poder Ejecutivo dictó el decreto Nº 1.800, del 7 de julio de 1975,
por el cual obligó a las FF.AA. a entregar los prisioneros al juez federal
competente, junto con la documentación que justificara legalmente la
detención. Y eso, tanto para los genocidas que luego darían el golpe,
como para sus mentores y padrinos de la Escuela Militar de las Amé-
ricas, era peligrosísimo y les quitaba “eficacia”.
2.- El 19 del mismo mes, la presidente Isabel, ante la sugerencia de
sus ministros Ernesto Corvalán Nanclares, Oscar Ivanissevich, Jorge
Garrido y Antonio Benítez, eliminó del Gabinete a López Rega, contra
la voluntad de los Altos Mandos y con el apoyo leal del coronel Sosa
Molina. Este paso de la presidente era, para los genocidas y sus men-
tores norteamericanos, tan peligroso y perjudicial como el anterior,
pues les quitaba el paraguas político del ministro de Bienestar Social.
De ahí en más, el golpe fue algo indispensable para los genocidas y
sus padrinos. Por eso justamente, un mes después se rebelaron con-
tra el gobierno constitucional e impusieron al general golpista Jorge
Rafael Videla como comandante general del Ejército. Y en diciem-
bre volvieron a sublevarse para eliminar de la Aeronáutica al legalista
brigadier Fautario, y reemplazarlo por quien sería el tercer responsa-
El último gobierno peronista - 215

ble del golpe: el brigadier Agosti.

Tercer motivo real del golpe: nuestra política económica dis-


gustaba a los poderosos.
En 1973, y debido a la guerra en Medio Oriente, los árabes aumen-
taron abruptamente el precio del petróleo. Los jeques autocráticos vi-
eron llenarse sus arcas de dólares, pero, como en esos países aún
no había un sistema bancario desarrollado, optaron por depositarlos
en los mismos bancos occidentales, cuyos verdaderos “capi di mafia”
son, desde tiempos inmemoriales, los Rockefeller y los Rothschild.
Isabel, tan tozudamente como antes lo había sido Perón, se negaba
a tomar créditos internacionales que no necesitábamos, lo cual em-
pobrecía las ya “humildes” alforjas de los gemelos Rockefeller-Roth-
schild y sus laderos de Wall Street y de la “City” londinense.
Además, Isabel, como todos los peronistas “incorregibles” (al decir de
Borges), era muy escéptica sobre las bondades de la libertad total del
comercio entre el lobo y los corderos, de modo que se empecinaba en
mantener la línea de economía nacional y humana que el viejo gen-
eral sostuvo desde que fue Perón.
Estos dos sacrilegios del gobierno Cámpora-Perón-Isabel constituían
una afrenta insufrible para los bolsillos de los anglosajones domi-
nantes, de modo que el derrocamiento de Isabel pasó a formar parte
del mandato divino que recibieron los norteamericanos, hace más de
200 años, de que “América (fuera) para los norteamericanos”, por
aquello del destino manifiesto y otros cuentos del tío por el estilo.
Los militares argentinos “made in Escuela Militar de las Américas” re-
alizaron las dos consultas obligatorias para todo buen alumno:
 A Henry Kissinger le preguntaron si podían dar el golpe y re-
alizar el genocidio que sobrevino. Kissinger, con cara de póquer
(es decir, de estadista internacional…) y alma de “destino mani-
fiesto”, les respondió: “Lo que tengan que hacer, háganlo rápido”.
Y “nuestros” militares practicaron, como solía suceder, la obedien-
cia debida.
 Y por aquello de zapatero a tus zapatos, consultaron, ahora no
con Kissinger, sino con David Rockefeller (Chasse Manhattan
Bank), con el Citicorp del barón de Rothschild, y con los otros tres
bancos del llamado “Steering Commitee” que monitoreaba nuestra
216 -

deuda externa. La consulta fue muy concreta: a quien “nos con-


venía” designar como ministro de Economía una vez producido
el cuartelazo. Rockefeller respondió en el acto: “Designen a José
Alfredo Martínez de Hoz, pues él es el de mayor confianza para
nosotros”.
Desconozco, honestamente, si los militares, en su sempiterna in-
genuidad e ignorancia sobre temas económicos, conocían o no que
Martínez de Hoz era socio de Rockefeller y miembro del Directorio
Internacional del Chasse Manhattan Bank. Lo real es que los ban-
cos acreedores nuestros, con el nombramiento de los “Chicago boys”,
lograron plantar “una pica en Flandes” y gobernar la economía argen-
tina.

Cuarto motivo real del golpe: los liberales coimeros.


Los principales motivos por los cuales se produjo el golpe del 24-03-
76 fueron, efectivamente, de gran envergadura: eliminar la epidemia
de “rabia” peronista, realizar el sueño de la guerra contrarrevolucion-
aria y obedecer la presión de los bancos acreedores, tal cual hemos
expuesto.
Pero en la política siempre hay una buena cuota de miseria humana,
y el cuartelazo de marzo de 1976 no fue una excepción.
Durante el segundo semestre de 1975, los dueños de la compañía
“Ítalo Argentino de Electricidad” presionaron insidiosa y desemboz-
adamente al gobierno de Isabel para que, vencida la concesión, el
precio de compra por el Estado (del patrimonio residual) fuera el que
ellos deseaban. Los dueños de la Ítalo pretendían cobrar 340 millones
de dólares por los restos de lo que había sido la tristemente célebre
CHIADE.
Los más viejos recordarán que esa empresa suiza, al final de la déca-
da de 1930, sobornó escandalosamente a los concejales de la Capital
Federal para que su concesión fuera prorrogada. Dicen las malas len-
guas (o las buenas…) que, con parte del producido de ese soborno,
los radicales de la Capital compraron la casona que aún hoy les sirve
de sede metropolitana, en la calle Tucumán 1660. Desde entonces, la
Casa Radical tiene olor a electricidad…
Pero, sobornos viejos aparte, los dueños de la ex CHIADE pretendían
por la Ítalo Argentina de Electricidad la astronómica suma mencio-
El último gobierno peronista - 217

nada. Isabel, que no es tonta, sospechó que el precio era más que
excesivo, y encargó a un hombre recto a carta cabal la realización de
un cálculo decente. La elección del tasador oficial recayó en el intach-
able Juan Pablo Oliver, fallecido hace años.
Oliver hizo su trabajo a conciencia y llegó a la conclusión de que,
cualesquiera fueren los parámetros a tomar en cuenta, el precio de la
Ítalo no podía ser mayor a 90 millones de dólares y, si se apretaban
los torniquetes, el monto podía bajar hasta 40 millones de esa mone-
da. Una diferencia tan grande entre piso y techo se explica porque,
al vender inmuebles o equipos industriales usados, su precio puede
variar apreciablemente, según se tome el valor contable o el de mer-
cado. Una máquina comúnmente debe amortizarse desde el punto de
vista contable en plazos cortos: 5 ó 10 años. Un inmueble, en cambio,
en 20 años. De modo que, en ambos casos, y cumplido dichos pla-
zos de amortización contable, el valor técnico es cero. Pero, obvia-
mente, tanto las máquinas como los inmuebles usados, por antiguos
que sean, tienen un valor de reventa en el mercado. De ahí la brecha
entre 90 y 40 millones de dólares.
Isabel dispuso ser amplia con la Ítalo y les ofreció comprar esa em-
presa en 90 millones de dólares. La diferencia entre la pretensión de
los dueños privados y el precio ofrecido por el Estado era tan grande
como para que más de un empresario avaro apoyara el golpe. El
problema se complicaba porque el presidente de la Ítalo, y uno de sus
principales accionistas era, ¡Oh casualidad!, el doctor José Alfredo
Martínez de Hoz, socio de David Rockefeller en el Chasse Manhattan
Bank, y miembro del directorio internacional de ese grupo, como ya
hemos dicho.
De modo que, quien ya había sido elegido por los bancos extranjeros
(es decir, Rockefeller) como ministro de Economía del futuro gobierno
militar (es decir, Martínez de Hoz, socio de Rockefeller), tenía 250
millones de dólares de interés en que el golpe se produjera y debió
ejercer la consabida influencia para ello.
Antes de que el Proceso militar y cívico de Videla y Martínez de Hoz
cumpliera su primer año de vida, el Estado Argentino compró la Ítalo
en 340 millones de dólares…
También por eso nos derrocaron.
El último gobierno peronista - 219

Capítulo X

El dolor es el mismo para todos

Es necesario reiterar el calificativo moral y legal que se debe aplicar


tanto a la guerrilla (en sus dos épocas: durante el gobierno constitu-
cional y fuera de él) como a la dictadura militar. No pueden caber du-
das de que el terrorismo de Estado, ejercido por el llamado Proceso,
ocupa el primer lugar en ese vergonzoso podio de atrocidades. Si se
quiere hablar de demonios, francamente creo que hubo uno: la cúpula
responsable de la matanza cometida por la dictadura militar, y los que
cometieron delitos aberrantes dentro de ese equipo de criminales.
Pero durante el gobierno constitucional de 1973 a 1976 también hubo
terrorismo, no de Estado, pero sí de los particulares; y con la mis-
ma cruda franqueza usada en el párrafo anterior, es indispensable
reconocer que dicho terrorismo fue perpetrado, tanto por los grupos
subversivos de “izquierda”, como por los de “derecha”, entre los que
figuraba la Triple A.
Esa tenebrosa organización, insisto, fue comandada directamente por
los más altos jerarcas de las FF.AA. pero, nos guste o no, su acción
no puede ser catalogada como terrorismo de Estado. Y ello, porque
el Estado como tal, es decir la presidenta de la Nación no lo avalaba,
y mucho menos lo protegía, ni siquiera conocía con certeza quiénes
eran sus autores. Podrá discutirse si el hecho de que uno de los min-
istros sirviera de paraguas político de la Triple A es suficiente para
que se constituya la figura del terrorismo de Estado. Personalmente
estimo que no, y hay razones universalmente aceptas que avalan mi
criterio. Pero, aún cuando se estime que la Triple A cometió terrorismo
de Estado, en la práctica vamos a caer en la misma situación: como
López Rega ha muerto, y no hay otro miembro del Gabinete sospe-
chado, los sobrevivientes culpables de los crímenes de la Triple A son
hoy los mismos que los culpables de la matanza posterior al golpe,
pero en distinta situación jurídica: antes del golpe no representaban al
Estado, no eran sus responsables constitucionales. Luego del golpe
lo fueron, aunque no constitucionales, y eso agrava su situación.
De todos modo, insisto, a los fines que nos interesan en este libro, du-
220 -

rante nuestro gobierno constitucional hubo terrorismo de “izquierda” y


de “derecha”, pero no terrorismo de Estado.
Al margen de lo expresado, los deudos de las víctimas de ambos ter-
rorismos, el de “izquierda” y el de “derecha”, hayan sido de Estado o
no, sufren hoy la pérdida de sus seres queridos de la misma manera,
con la misma intensidad, con el mismo dolor humano y con el mismo
derecho a que se sepa quiénes fueron los asesinos de sus seres que-
ridos y se los castigue debidamente.
Esta elemental igualdad, que tanto la razón como el corazón de los
seres humanos normales reclama, está hoy insólitamente descono-
cida, sino pisoteada. El más puro y elemental criterio de justicia y de
igualdad que todos los hombres y mujeres del mundo llevamos im-
preso en nuestro interior de forma indeleble, exige que la ley sea igual
para todos, y que también lo sea el tratamiento político de la cuestión.
En el último capítulo de este libro me explayaré sobre la necesidad
de superar esta etapa de odios y revanchas, pero ahora quiero insistir
en que, de una buena vez, reconozcamos que el dolor es igual para
el hijo de un subversivo tirado al Río de la Plata o “desaparecido” en
algún calabozo clandestino, que para el hijo de un militar asesinado
por la guerrilla. No sólo porque los hijos no deben pagar la culpa de
sus padres, sino porque el dolor de un hijo es ajeno a la conducta
de su progenitor, y viceversa. Es habitual y totalmente comprensible
que la madre de un criminal convicto lleve, en cada visita a su hijo
encarcelado, la comida que éste prefería en la niñez. Para ella, nada
ha cambiado en ese aspecto: su hijo sigue siendo el niño de siempre.
Es que el amor paterno-filial o materno-filial nada tiene que ver con las
andanzas del hijo, del padre o de la madre. Es amor a un ser humano
entrañable, cualesquiera sean sus debilidades o defectos.
Desgraciadamente, hoy se manosea impúdica e irresponsablemente
esta delicada cuestión, se la parcializa y se la usa sectariamente como
arma de baja estofa en una lucha política despiadada.
Ejemplos sobran.

El dolor de Fabián
Fabián y yo fuimos panelistas (junto con el doctor José Ignacio García
Hamilton, el doctor Miguel Radrizzani Goñi y el ex senador nacional
Hipólito Solari Irigoyen, aunque este último habló en “off” desde Pu-
El último gobierno peronista - 221

erto Madryn, Chubut) en el programa “A dos voces” que se transmitió


el 17 en enero de 2007.
Fabián Fagetti es hijo de un “desaparecido”. Su papá era un honesto
trabajador de 25 años, que desarrollaba una benemérita acción social
en San Rafael, Mendoza. Entre febrero y marzo de 1976 lo detuvo la
policía sin motivo aparente alguno. Luego de 30 días de cautiverio,
durante los cuales fue cruelmente torturado, la policía lo “liberó”, haci-
éndole firmar una constancia de ello. La firma de esa constancia era
una costumbre muy difundida entre los represores. Si al preso luego
le sucedía algo “desagradable”, la Policía se lavaba las manos: ellos
eran inocentes, tenían el papelito firmado en este caso por Fagetti.
(Un papelito similar debí firmar yo cuando me “liberaron” del barco 33
Orientales…pero gracias a Dios yo no tuve el mismo fin que el papá
de Fabián).
Y a Fagetti le pasó algo desagradable: una semana después cayó en
manos “anónimas” y fue asesinado. Todo indica, y Fabián así lo cree,
que fue la Triple A la que torturó a Fagetti padre durante un mes, lo
“liberó” y después lo mató.
Digamos, de paso, que la tortura y el asesinato de Fagetti ocurrieron
entre siete y ocho meses después de la salida de López Rega (julio de
1975 a febrero/marzo de 1976). El interrogante permanece: entonces,
¿quiénes comandaban la Triple A?
El relato que hizo Fabián sobre esos macabros episodios, en el refer-
ido programa de TV que compartí con él, conmovió a todos, y no era
para menos. Fabián tenía muy corta edad cuando mataron a su pa-
dre. De él sólo pudo rescatar el papelito con su firma donde constaba
que “quedaba libre”…, y una foto que mostró en pantalla mientras
aclaraba:
“Es la única foto que tengo de mi papá. Me la dio una tía hace años,
y la conservo como recuerdo”.

El dolor de Arturo
El mayor Argentino del Valle Larrabure estaba destinado en la Fábrica
Militar de Villa María, Córdoba, de modo que resulta muy difícil creer
que haya participado en los crímenes horrendos de la Triple A (y en
los de la posterior dictadura militar, menos aún, pues fue asesinado
222 -

siete meses antes del golpe del 24-03-76). Tampoco nadie lo ha acu-
sado jamás de tales delitos.
Sin embargo, el E.R.P., cuando el 11 de agosto de 1974 atacó la Fá-
brica Militar de Villa María, se llevó como rehén a Larrabure, su prin-
cipal técnico en explosivos (era ingeniero químico). Lo mantuvo cau-
tivo en una pocilga durante 372 días. Lo torturó física y moralmente,
intentó sobornarlo (sin éxito) para usar sus conocimientos científicos,
lo maltrató hasta el punto de hacerle perder 40 kilos y, finalmente, el
19 de agosto de 1975 lo ahorcó cuando ya era sólo un cadáver que
respiraba. Larrabure había pasado 372 días en una “cárcel del pueb-
lo”, cuyo tamaño y condiciones higiénicas ponen la piel de gallina.
Arturo Larrabure, hijo de aquel militar asesinado, luego de ver el pro-
grama de TV que compartí con Fabián Fagetti, me escribió presen-
tándose y me solicitó difundir su noble campaña por obtener, también
él, justicia. Para ello, me hizo llegar mucha documentación que abre
nuestras mentes y conmueve nuestros corazones. Después de leerla,
uno puede asegurar que el mayor Larrabure fue un hombre excep-
cional, de una gran sensibilidad humana y moral, de profunda y sin-
cera fe cristiana, y de una rectitud de vida encomiable. Lo asesinaron,
luego de torturarlo inhumanamente.
Transcribo algunas cortas muestras del profuso material que me hizo
llegar Arturo.

Carta a su esposa Marisa


Lo que sigue es el contenido de la primera página de una carta en-
viada por el mayor Larrabure desde el cautiverio, a su esposa Marisa
y a sus hijos, cuya fotocopia conservo en mi poder:
“22 de octubre de 1974
“Mis queridos Marisita, Susanita, Arturito y Nita:
“… Hoy les escribo de nuevo para hacerles llegar la tranquilidad
que físicamente estoy bien, de mi asma mejor, dispongo de todos
los remedios y soy bien tratado. Quiero saber cómo anda mamá y
en especial vos, Marisita querida. A todos los extraño muchísimo,
de noche, antes de dormirme, hablo con todos Uds. Y trato siempre
de ofrecerte tu lugar en mi pecho.
El último gobierno peronista - 223

“No bajes la guardia Marisita y seguí adelante...


“… Les agradezco infinitamente a mis hermanos y a todos los ami-
gos, personal del ejército y de la Fábrica que te ayudan en esta
emergencia.
“A mis hijos y ahijado especialmente, que no olviden mi mensaje
‘aún suceda lo peor, no deben odiar a nadie y devolver la bofetada
poniendo la otra mejilla’”.
La carta está escrita en un papel con el escudo del E.R.P. como mem-
brete: una bandera con una franja azul y otra blanca en sentido hori-
zontal, y en el centro una estrella roja de cinco puntas con la sigla
E.R.P. Al pié de la página se lee:
“¡A vencer o morir por la Argentina! Ejército Revolucionario del
Pueblo”.

El relato de Antonio Petric


Según relata Antonio Petric, en su libro “Así sangraba la Argentina”
(Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1980), material que también me
envió Arturo:
“A Larrabure, sus carceleros le impedían ya leer diarios o revistas,
e inclusive escuchar la radio…”
El 8 de octubre de 1974 escribió a una de sus hijas:
“Querida María Susanita:
“Por las razones conocidas no puedo acompañarte en tu cumplea-
ños, pero sí te llegará mi amor de padre, a través del espacio, de la
distancia. Cumples 18 años. Toda una señorita. Debes tener la en-
tereza para sobrellevar este infortunio y estar dispuesta a esperar
lo peor.
“Dale un beso grandote a mamá, dile que la extraño muchísimo, lo
mismo que a Arturo, a Jorgito y a ti. Cuiden a mamá. Estudien. A
mis hermanos, cuando vayan, también dales un gran abrazo. Salu-
dos al personal militar, civil, amigos y alumnos. Un beso grandote
para los cinco. Mi tirón de orejas para ti. Tu padre…”.
Sigue el Relato de Petric:
“Pero ya en enero de 1975, cinco meses después del secuestro, la
224 -

letra de Larrabure se hacía, por párrafos, difícil de descifrar.


“Tras referir que ‘he vivido momentos muy inciertos, pero creo que
los voy superando’, en esta nueva carta, dirigida a ‘Querida Maris-
ita, queridos hijos María Susana y Arturo Cirilo, queridos Jorgito y
Nita’, Larrabure expresa:
“Si están todos juntos sean fuertes. No tengan mucha esperanza
en volverme a ver. Sepan que siempre los quise mucho. A vos,
Marisita, un beso fuerte y la reafirmación de mi amor…
“A mis hijos les dedico lo mejor de mí, los quiero con toda mi alma.
Tuve desesperación cuando creí que habían sufrido algún daño.
Cuiden a su mamá…
“Tras recordar a su madre, a sus hermanos, amigos, colaboradores
de la Fábrica de Villa María, y a muchas personas más que evi-
dentemente estaban grabadas en su corazón, Larrabure concluía:
“Marisita, fuerza y adelante. Te adoro con todo corazón. Quiero que
esta carta la leas a todos a quienes tú creas que corresponde”.
“Por supuesto, las cartas que el secuestrado escribía en su celda
de Rosario, eran despachadas desde Córdoba.
De su puño y letra dejó este desgarrador poema, que tituló “Sole-
dad, desesperanza”:
“En la soledad del cautiverio,
Lacerado por el recuerdo y la tristeza,
Se agiganta tu figura de mujer amada
Rondando la locura y la desesperanza.
Bloqueado en el pensamiento y el habla,
Solo, casi junto a la nada,
va pasando el impertérrito tiempo
en su marcha hacia Dios, hacia la eternidad deseada.
Y yo junto a ti, a nuestros hijos amados.
Y yo lejos de ti, de nuestros hijos amados,
Penando en la incerteza, en el no saber nada.
Sabiendo solo de tu amor, de tu amor incalculado.
Así va todo trascurriendo…
El último gobierno peronista - 225

Como trascurren las cosas en la tierra.


En la tierra habitada por los hombres que hacen,
Y por los hombres que torturan y matan”.
Continúa el relato de Petric:
“En el centro de secuestradores de la casucha de Garay esquina
Bariloche, en Rosario, (donde lo tenían cautivo)…Sus ataques de
asma ya no merecían atención por parte de sus carceleros. El re-
cinto donde se lo tuvo durante más de nueve meses tenía dos met-
ros de largo por metro y medio de ancho, y junto al catre había un
retrete portátil.
(…)
“A la celda de Larrabure y a la contigua, ocupada sucesivamente
por varias personas que fueron secuestradas con fines extorsivos
y que luego reconocieron el lugar, se llegaba a través del “placard”
del dormitorio de la pareja (que los “custodiaba”). Las celdas “A” y
“B”, denominadas así en los brevísimos diálogos que los secuestra-
dos podían oír, carecían de otra luz que la de un tubo fluorescente
encendido o apagado a criterio de los terroristas. En la celda B, un
industrial fue testigo del temple de Larrabure ante la muerte, cu-
ando lo oyó cantar el Himno Nacional frente a sus asesinos.
“Un mes antes, en la última carta que pudo hacer llegar a su familia,
Larrabure consolaba todavía a su mujer: ‘espero nos encontrare-
mos pronto’. Pero, inclusive, su estado físico era grave. Había per-
dido cuarenta kilos y el asma lo asfixiaba con creciente frecuencia.
No tenía con quién hablar. Sólo el “capitán” encargado del centro
de detención, que venía ocasionalmente, estaba autorizado para
contestar las preguntas del detenido, siempre que tuviera voluntad
de hacerlo.
“Hay indicios firmes de que se le exigió a Larrabure que pasara
al bando subversivo. Su negativa fue determinante para que en
ningún momento cediera el rigor sobre su persona, y para que al
final se lo asesinara”.

Los últimos días


Sigue el relato de Petric:
226 -

“A partir de esas imprecisas fechas, que se sitúan en el comienzo


de 1975, ya nada se sabe de cómo se desarrolló el cautiverio. Si
hubo nuevos intentos de obtener su deserción, evidentemente ter-
minaron como el primero… A mediados de agosto de 1975 terminó
(todo) con las torturas de que fue objeto y su ahorcamiento el 19
de ese mes.
“El 19 de agosto de 1975, el industrial que ocupaba la celda conti-
gua a la de Larrabure, sin saber de quién se trataba, oyó durante
largos ratos una voz entrecortada por accesos de tos, que rezaba.
Hacia el atardecer, según supuso, oyó que ese mismo compañe-
ro de encierro, en voz muy alta, si bien con evidentes problemas
respiratorios o de de garganta, cantaba el Himno Nacional. Luego
hubo ruidos distintos, que no pudo interpretar, y finalmente un si-
lencio largo como si el ocupante de la celda vecina hubiera sido
evacuado.
“Pasado el mediodía del sábado 23 de agosto, la comisaría 18º de
la policía provincial santafecina recibía una llamada. La voz, de un
hombre que evitó cualquier detalle identificatorio, informó que en un
zanjón próximo al cruce de la avenida Ovidio Lagos y calle Muñoz,
poco antes de la salida de la ruta 178, había ‘un bulto que les va a
interesar’.
“En el lugar, despoblado, casi frente a la abandonada estación El
Gaucho, del Ferrocarril Belgrano, un grupo de niños ya había des-
cubierto el llamativo paquete de revestimiento plástico. Sin embar-
go, habituados a la frecuente aparición de cadáveres o de bombas,
se hallaban en prudente espera frente al bulto.
“Al acercarse la policía se encontró con un documento del mayor
Larrabure. Desenvuelto con cautela el envoltorio, en su interior se
encontró el cadáver de un hombre de “impresionante delgadez”,
“El cuerpo estaba vestido solamente de un pantalón pijama y un
pulóver en mal estado. En el cuello había marcas profundas de
estrangulamiento o ahorcamiento”.
“Trasladado el cadáver al Hospital Municipal Central, el médico fo-
rense dictaminó que el cuerpo había permanecido congelado du-
rante por al menos 36 horas, y de que la muerte databa de 27 horas
El último gobierno peronista - 227

antes del hallazgo. Además de las marcas del ahorcamiento, se


observaron en el cuerpo señales de golpes, así como lesiones pro-
ducidas por larga permanencia en posición cúbito-dorsal”.
En el informe médico constan las numerosas marcas de tortura que
presentaba el cuerpo de Larrabure, incluso afirma dicho informe:
“En los órganos genitales (se observa una), gran zona congestiva
inflamatoria, probablemente por pasajes prolongados de corriente
eléctrica.
“El cadáver presenta signos evidentes de deshidratación grave en
vida por falta de líquidos y electrolitos suficiente, ratificado por una
rebaja de peso superior a los 40 kilos de su peso en oportunidad del
secuestro, según resulta de fichas”.
(…)“En un comunicado, la organización Ejército Revolucionario del
Pueblo daba cuenta de la muerte de Larrabure, confirmando la fe-
cha del 19 de agosto”.(…)
“El sádico asesinato de Larrabure contribuyó indudablemente, junto
a otros hechos similares, a movilizar la opinión pública”.

¿Cuál es la diferencia?
Me ha sido difícil contener las lágrimas mientras transcribía el relato
del martirio del mayor Larrabure, de la misma manera que debí hacer
esfuerzos para contenerlas cuando Fabián Fagetti exhibió la foto de
su papá asesinado en marzo de 1976.
Las preguntas son ineludibles:
¿Qué diferencia de crueldad inhumana hay entre la tortura que
aplicaron los militares del Proceso a los guerrilleros terroristas en la
ESMA y en otros centros clandestinos de detención, y la sufrida por
Larrabure a manos de esos mismos guerrilleros terroristas?
¿Qué diferencia hay entre la foto del papá de Fabián y las cartas del
papá de Arturo?
¿Quién se anima a decir si el dolor de un hijo es mayor o más
importante que el dolor del otro hijo?
Fagetti padre era un muchacho de unos 25 años y, por lo que cuenta
su hijo, nunca estuvo en la guerrilla armada, sino que se dedicaba al
trabajo social en San Rafael, Mendoza.
228 -

El mayor Argentino del Valle Larrabure era un brillante ingeniero


químico, que trabajaba en la planta de Fabricaciones Militares en Villa
María, Córdoba. Que se sepa, nunca intervino en la represión ilegal.
¿Qué diferencia hay entre un asesinato y el otro?
Y aun cuando uno de ellos, o los dos, hubieran participado en activi-
dades ilegales, ¿quién se cree tan omnipotente como para torturar-
los brutalmente y matarlos por su cuenta en una grotesca justicia por
mano propia?
La larga parrafada que dedico en este capítulo al martirio del mayor
Larrabure y a los esfuerzos de su hijo por lograr justicia no significa
que estoy tomando partido por unas víctimas o por las otras. Mientras
Dios me dé fuerzas, insistiré tozudamente en que el dolor de todos es
el mismo. Pero, como el dolor parece hoy tener solamente relevancia
cuando lo sufre la mano izquierda, considero justo relatar algo del do-
lor de la mano derecha, para que la balanza se equilibre y la Justicia
permanezca con ambos ojos vendados.
Juan Bautista Alberdi escribió aquella sabia frase que sirve de intro-
ducción a este libro: “Una mala historia es el origen de una mala políti-
ca”. Podríamos agregar: “Una justicia tuerta es el origen de la peor de
las injusticias”.
El último gobierno peronista - 229

Capítulo XI

La casa está en orden

Como ya relaté, todo indica que el golpismo cívico-militar decidió sac-


arla a Isabel de la presidencia justamente cuando se liberó de López
Rega y, en el mismo mes, ordenó a los militares entregar al juez com-
petente a quienes detuvieran en su lucha contra la subversión (de-
creto 1.800). Se puede afirmar que, mientras López Rega cubriera
políticamente las atrocidades de la Triple A (engendro totalmente mili-
tar, insisto) e Isabel, por su estado anímico, dejara hacer, nadie tenía
interés en el golpe. Era más fácil y cómodo que el trabajo sucio se lo
cargaran al ministro de Bienestar Social (“No se puede prescindir de
ese servicio”, había pontificado Grondona), y la responsabilidad jurídi-
ca y política al gobierno constitucional, mientras ellos (los jefes de la
matanza) lograban sus fines. Cuando se les acabó esa situación ideal
de tirar la piedra sin mostrar la mano, comenzaron a preparar el golpe.

Apunten a Isabel
Veamos, sino, una síntesis de los hechos, muchos de los cuales figu-
ran en el capítulo 8:
1. Según el coronel Jorge Sosa Molina:
“El 28 de agosto de 1975 la presidenta María Estela Martínez de
Perón, después de una grave insubordinación de los altos mandos
desconociendo al comandante general, Alberto Numa Laplane, y en
consecuencia la propia autoridad presidencial, designó al frente del
Ejército al general Videla, y como jefe de Estado Mayor al general
Roberto Eduardo Viola”.
Inmediatamente después, el coronel Sosa Molina pidió su retiro. No
quería ser cómplice de lo que él sabía que se avecinaba.
2. Según relata Juan Bautista Yofre (Pág.210) el general Alberto
Cáceres, al conocer la designación de Videla como Comandante
en Jefe, redactó inmediatamente su pedido de retiro, se dirigió
al Estado Mayor Conjunto para entrevistarse con Videla y le en-
tregó dicha solicitud, rogándole le diera el más urgente trámite.
230 -

Yofre pone en boca del general Cáceres las siguientes revelado-


ras palabras:
“Antes de retirarme del despacho de Videla, éste me preguntó por
qué me iba. Mi respuesta fue: ‘Te voy a ser muy sincero, me voy
porque no quiero ser cómplice de lo que ustedes van a hacer’”.
3. El 9 de marzo, de acuerdo con lo escrito por el doctor Deheza, el
general Alberto Cáceres le informó personalmente que el golpe
militar era cuestión de horas, y que no había posibilidad de resistir,
ya que todas las unidades del Ejército respondían a sus mandos
naturales,
“complotados desde el momento mismo en que el general Videla
asumió la comandancia general”.
El relato de Sosa Molina sobre su pedido de retiro y estos dos de
Alberto Cáceres no dejan lugar a dudas: ambos oficiales legalistas
sabían que la exigencia de los altos mandos militares de elevar a la
Comandancia en Jefe a Videla fue el primer y definitorio paso para
preparar el golpe. Y esa decisión la tomaron los militares una vez
que Isabel se hubo librado de López Rega y hubo firmado el Decreto
Nº 1.800 del 07-07-75. Es decir, decidieron eliminarla de la escena
cuando los dejó sin la cobertura política de la Triple A y les cortó la
posibilidad de cometer “excesos” impunemente en la lucha contra la
subversión.
Es sintomático que el 24 de agosto de 1975, en el pro golpista diario
“La Opinión”, su redactor Heriberto Kahn, que fue un verdadero voc-
ero de los militares, escribiera:
“¿Habrá un golpe militar esta semana en la Argentina? No. Pero
necesariamente deberá resolverse la crisis militar planteada a partir
de la designación del coronel Vicente Damasco como ministro del
Interior”.
El mensaje era nítido: o lo sacan a Damasco o hay golpe, y si lo sacan
no habrá golpe…esta semana.
4. El 2 de noviembre de 1975, el diario La Nación hace terrorismo
periodístico al anunciar demasiado sugestivamente que:
“En medio de crecientes escándalos por ineptitud y por denuncias
de corrupción en altos niveles del Estado…las FF.AA. siguen con-
El último gobierno peronista - 231

fiadas en que todavía es posible superar los serios problemas por


vías legales y políticas”.
¡Todavía…!
5. El 4 de noviembre el teniente general (R) Benjamín Rattenbach
pronunció un discurso en la peña El Ombú. Según Yofre (Pág.268),
al referirse a la presidente señora de Perón dijo:
“Dado el clima de subversión que se está gestando exijo que se
halle al frente del gobierno una persona fuerte y sumamente capaz,
para que pueda dominar ese peligro, evitar una nueva revolución y
conducir al país a un estado de orden y tranquilidad que tanta falta
le hace”.
6. De acuerdo al testimonio de un marino (Yofre, Pág. 273):
“La Armada empezó a planificar a fines de octubre o principios de
noviembre de 1975 la estructura que debía tener el gobierno militar
próximo…”
7. El 6 de noviembre de 1975, los tres diputados nacionales peroni-
stas que servían de quinta columna de los golpistas, Palacios De-
heza, Sobrino Aranda y Farías, informaron a la población, muy
sueltos de cuerpo, y luego de aclarar los motivos del “malestar” de
las FF.AA., que:
“A juicio de los comandantes: ’la solución de la crisis debía bus-
carse en el artículo 45 de la Constitución Nacional, que establece
el juicio político al Presidente de la Nación por mal desempeño de
su cargo’”.
8. El 23 de diciembre de 1975, el general Videla elogia y agradece
a Calabró la “colaboración” de la provincia de Buenos Aires en
la acción de Monte Chingolo, salvándolo de la inminente inter-
vención por su alzamiento contra la estabilidad de la presidente
constitucional del país.
No contento con ello, el general golpista y futuro jefe de la ma-
tanza le envía una nota privada a Calabró cubriéndolo de elogios
y agradecimiento.
9. Al día siguiente, 24 de diciembre, el comandante en Jefe del Ejér-
cito, es decir el mismo golpista general Videla, difundió su insólito
saludo de Navidad “al pueblo argentino”, como si él fuera el presi-
232 -

dente de la Nación, en el cual emplazaba al gobierno para que


“produjera cambios”, es decir, para que Isabel renunciara.
10. Dos días después el diario La Razón, de propiedad del Ejército,
puso fecha al emplazamiento de los golpistas: “En 90 días las fuer-
zas armadas cumplirán su misión”.
11. El 5 de enero de 1976 la cúpula militar hizo a la presidente su plan-
teo por escrito, exigiendo cambios que nunca especificó, y ame-
nazó con intervenir si tales cambios no se producían.
12. El Dr. Julio González interpretó bien ese ultimátum. Al ofrecer el
Ministerio de Justicia al Dr. Deheza, le dijo:
“Tenemos que levantar un pagaré que ya venció y nos será presen-
tado para su cobro en cualquier momento”.
13. Los sectores empresarios antiperonistas comenzaron a preparar
el clima golpista apenas asumió Videla como comandante general.
14. El Dr. Deheza, como ministro de Defensa, le enrostró a Videla que:
“Por informes que tengo, el desorden es fomentado por el Jefe de
su Estado Mayor General al anunciar, a sus numerosos visitantes,
la inminencia del golpe militar”.
Y Videla guardó silencio, porque nada podía decir para rebatir la
afirmación del ministro.
15. EL 22 de febrero los tres Comandantes en Jefe se reunieron con
el ministro de Defensa para manifestarle que:
“El ejército se verá obligado a intervenir si los poderes políticos del
Estado se muestran incapaces de cumplir con su misión dejando
un vacío que será ocupado por la subversión. Impedir esto es ob-
ligación irrenunciable de las Fuerzas Armadas para con toda la
Nación”.
16. El 27 de febrero el almirante Massera reunió a los sindicalistas
Lorenzo Miguel, Casildo Herrera, Victorio Calabró, Adalberto Wim-
mer y Oscar Smith y les comunicó que “el único modo de salvar el
orden constitucional era la renuncia de Isabel Perón, y la asunción
de Lúder como presidente”.

EEUU, el cerebro del golpe


También es evidente que el gobierno norteamericano estuvo detrás
El último gobierno peronista - 233

del golpe. Es más, de acuerdo a ciertos trascendidos que no he po-


dido confirmar, pero que me llegan de fuente confiable, el Departa-
mento de Estado, en 1974, apenas muerto Perón, habría enviado a
la Argentina al señor John Negroponte, a la sazón, subsecretario de
Estado del gobierno norteamericano, con el específico objetivo de or-
ganizar grupos paramilitares para reprimir la guerrilla, que luego se
conocerían como Triple A.
Por otro lado, es sintomático el interés de la CIA y del Departamen-
to de Estado en monitorear los preparativos del golpe. Según Yofre
(Pág.218), el gobierno norteamericano habría creado un “grupo de
trabajo para combatir el terrorismo”, presidido por el señor Robert A.
Pearey. Ese grupo preparó el llamado Memo Confidencial 91, en el
que se informaba a los militares de ese país sobre “la coordinación de
los grupos terroristas en América Latina y en la Argentina”. Obsérvese
cómo EE.UU. había puesto sus ojos especialmente sobre nuestro
país. En ese grupo de trabajo el señor Buchanan, perteneciente a la
oficina de Inteligencia e Investigaciones del Departamento de Estado,
“mencionó que el terrorismo más virulento de América Latina ocurre
en la Argentina”.
Yofre cierra su relato con una frase de Buchanan que es por demás
sugestiva:
“No habrá una ofensiva contundente contra los terroristas en la Ar-
gentina a menos que un gobierno militar asuma el poder”.
Sigo a Yofre en casi todo este punto, pues ese autor utiliza en su libro
(“Nadie fue”) información de evidente origen militar, concretamente de
Inteligencia Militar. De modo que, no sólo la información que ofrece
sobre la actividad de los golpistas previa al 24-3-76 es de “primera
mano”, sino que debe ser considerada como verídica. Si Yofre la con-
signa, debe estar en los archivos militares. Es más, en numerosas oc-
asiones se escuda en el supuesto pedido de su informante de guardar
reserva sobre su nombre, lo cual es indicativo de que se trata de in-
formación que le facilitaron los servicios de Inteligencia de las FF.AA.
Siempre según Yofre (pág.249), la Embajada de los Estados Unidos
en Buenos Aires, en noviembre de 1975 envió dos cables secretos de
alta prioridad al Departamento de Estado, los Nº 6.713 y 6.714, en los
que informaba sobre el decreto 2.272 (el que ordenaba aniquilar el ac-
234 -

cionar subversivo), pero con el texto “ligeramente” reformado. Según


la Embajada norteamericana la orden que el Poder Ejecutivo había
dado a los militares era “exterminar a los subversivos”… ¡Pequeña
diferencia! Y dicho cable remataba la información transmitida al go-
bierno de EE.UU. por su embajador con otra frase por demás rev-
eladora:
“Las Fuerzas Armadas tienen ahora la autoridad que han añorado
desde hace tiempo para esta lucha”.
La “preocupación” de Estados Unidos por los preparativos del golpe
tuvo otra muestra a mediados de octubre de 1975. Robert Hill, emba-
jador norteamericano en Buenos Aires, informó al Departamento de
Estado sobre la presidente Isabel Perón:
“Su autoridad y posición está tan socavadas que no puede tomar
las riendas del poder. La manera en que deje estas riendas, de
buena voluntad, tendrá mucho que ver con quién la reemplazará.
En caso de que vuelva el 17 de octubre (se refiere a su regreso de
Ascochinga, donde Isabel descansó unos días) a retomar la presi-
dencia y se dedique a gobernar, poco después tendría lugar un
golpe militar, posiblemente hacia fin de año”. (Yofre Pág. 256)
Esa precisa información que el embajador norteamericano le trans-
mitía a su gobierno sólo podía tener una fuente: la cúpula militar de
la Argentina que ya preparaba el golpe y, por lo visto, discutía sus
pormenores con el embajador de Estados Unidos.
El 29 de diciembre de 1975, la Embajada de EE.UU. envía al Departa-
mento de Estado el informe Nº 8.456, por el cual queda en evidencia,
una vez más, que poseían información directa de los militares. En ese
informe se asegura:
“Los tres comandantes generales informaron a la señora de Perón,
a través de monseñor Servando Tortolo, vicario castrense, que su
propia remoción del poder era un punto no negociable”.
El 26 de enero de 1976, la Embajada norteamericana da otra muestra
de estar en íntima relación con las Fuerzas Armadas golpistas. En un
telegrama enviado a su gobierno afirma que Quieto seguía vivo (un
mes después de haber sido tomado prisionero, cuando todos lo daban
por muerto)
“y estaba siendo interrogado mientras las autoridades militares de-
El último gobierno peronista - 235

cidían qué hacer con él”.


Finalmente, el 16 de marzo de 1976, el embajador de los EE.UU.
Robert Hill envió al Departamento de Estado el cable secreto número
1.751, en el cual informó:
“Hoy tomé un café acompañado por el banquero Alejandro Shaw
y el almirante Emilio Eduardo Massera. El almirante aprovechó
la ocasión para hablar en privado conmigo, y me dijo que no era
secreto que los militares tendrían que entrar en la arena política
muy pronto… Me dijo que quería acercarse a mí como un amigo y
decirme que los militares estaban terriblemente preocupados por
las relaciones públicas en los EE.UU… Me pidió si le podía acon-
sejar una o dos compañías de relaciones públicas de EE.UU. con
buena reputación que pudieran manejar el problema para un futuro
gobierno militar… Le dije que no podía recomendar a ninguna, y
que sólo podía darle la lista de todas las firmas de relaciones públi-
cas, lo cual aceptó”.
¡Sin palabras!

La crisis interna
Es cierto que las turbulencias provocadas por el accionar de López
Rega y por las tensiones sociales hicieron mella en el interior del Par-
tido Justicialista. Desde el principio del año 1975 se observaba un
apreciable malestar entre algunos dirigentes del Consejo Nacional del
P.J. Tal como era costumbre, Isabel era la presidenta del Partido, pero
de hecho no actuaba como tal (tampoco lo hizo Perón mientras vivió),
sino que los asuntos partidarios quedaban en mano de un vicepresi-
dente que actuaba a modo de un primer ministro interno. El vicepresi-
dente del partido era el doctor Ángel Federico Robledo, y el secretario
general el gremialista José Genaro Báez. Ambos, en forma más o
menos disimulada, eran partidarios del juicio político a la presidente
y su reemplazo por Lúder, aunque nunca “sacaron los pies del plato”
en forma pública y manifiesta. Era un secreto a voces, pero guardado
bajo “estricta” confidencialidad...
Esa situación se venía arrastrando, insisto, desde un poco antes del
“rodrigazo”, y tuvo algunas manifestaciones claras, pero aún no de-
sembozadas, cuando los militares golpistas se sublevaron para exigir
236 -

el cambio del comandante general del Ejército. En ese momento Ro-


bledo era ministro de Defensa y se mostró “demasiado” inclinado a
favor del nombramiento del general Videla. Fui testigo presencial de
ello, como relaté en el capítulo 7.
Como se recordará, a partir del nombramiento del futuro dictador,
se fue forjando la oposición interna (Grupo de Trabajo, fundamental-
mente) que, como toda astilla del mismo palo, fue la peor y la más
dura de las oposiciones que debimos sufrir. Tal oposición interna se
aglutinaba progresivamente alrededor de la figura de Robledo, el cual
dejaba correr las aguas como quien no quiere la cosa.
Durante mi cautiverio en el barco 33 Orientales pude enterarme, con
verdadera sorpresa, que el Dr. Robledo mantenía una sugestiva y muy
lucrativa sociedad profesional-comercial con uno de los tres “puntos”
quinta-columna que las FFAA tenían infiltrados en el Congreso. En
efecto, el diputado Eduardo Farías, que no era abogado pero tenía
buenos e influyentes “amigos” en Caseros, partido de 3 de Febrero,
proveía al Estudio del Dr. Robledo de juicios muy fáciles de ganar y sin
posibilidad de perderlos, porque los hacían en conjunto con la Policía
de la Provincia y los “levantadores“ callejeros de apuestas clandesti-
nas de quiniela… Ese “negocio” dejaba pingües utilidades y llevaba
varios años de evolución favorable y pacífica. Mi fuente en este caso
es inatacable e indubitable: el propio Farías me propuso crear una
“sociedad” semejante entre él y yo, luego de nuestra salida del barco,
para ampliar el “negocio”. La libertad me iba a encontrar en la pobreza
total, con nuestros siete hijos aún pequeños y mi Estudio jurídico fun-
dido (no me había quedado un solo cliente, por supuesto), pero todo
tiene su límite, o al menos debe tenerlo. Obviamente, no acepté la
plata dulce del quinta columna de los golpistas y socio de Robledo.
La prisión de Farías durante esos cuatro meses que estuvimos de-
tenidos en el barco es otro síntoma de la “unidad” que reinaba entre
las tres FF.AA. Ese diputado nacional era, efectivamente, “punto” del
Ejército (de Videla-Viola, concretamente), pero los presos del barco
estábamos a disposición de la Marina. El comandante general de esta
última Fuerza le había mojado la oreja a sus competidores del Ejér-
cito, gracias a la ayuda de los aviadores del brigadier Agosti: Farías
había sido tomado prisionero en el preciso momento en que se dis-
ponía a viajar a Chile en las vísperas del golpe (el 23 de marzo a la
El último gobierno peronista - 237

tarde). Su avión fue detenido por orden de la Fuerza Aérea (a cargo


de la seguridad de los aeropuertos), cuando ya correteaba por las pis-
tas de Ezeiza. Lo tomaron prisionero, lo llevaron a un descampado, lo
maniataron, le vendaron los ojos y le hicieron conocer las delicias de
un simulacro de fusilamiento. Farías llegó al barco destrozado, para
confirmar la costumbre romana de no pagar traidores, y la nuestra de
que no hay peor astilla que la del mismo palo.
Sin dudas hubo un “canje” entre ambos grupos patoteros para que
Farías “zafara” del barco, pero nunca supe cuál fue el precio que pa-
garon “los verdes” para que Massera les liberara a su ex quinta co-
lumna en el Congreso.

La “muñeca” de Camus
Luego del descanso de Isabel en Ascochinga (setiembre/octubre de
1975) y ante la evidencia de que la presidente regresaba recuperada
física y anímicamente, comenzamos la tarea de apuntalar su autori-
dad y unificar al peronismo a su derredor. Como ya dije, una de las
medidas centrales que adoptó Isabel fue reorganizar al Partido Justi-
cialista (hasta ese momento, en manos del Dr. Ángel Federico Roble-
do, el socio de Eduardo Farías), para darle una conducción totalmente
leal y segura. Un hito importante en ese proceso de reagrupamiento
y unificación fue la decisión de Lúder de no prestarse al juicio político
contra Isabel.
Producido ese hecho clave, nuestra acción sobre el partido fue fácil.
Se convocó al congreso Nacional del P.J., el cual se reunió el 6 de
marzo del ‘76 y decidió renovar al órgano ejecutivo interno que es
el Consejo Nacional. Por unanimidad (se presentó una sola lista) el
Congreso eligió a un nuevo Consejo presidido, obviamente, por Isa-
bel. En la posición vital de la vicepresidencia, se designó al chaqueño
Deolindo Bittel, a quien secundó una lista totalmente segura y leal que
fue acatada por todo el peronismo.
El común de los peronistas, y también de los argentinos, nunca supo
hasta dónde le debemos a la “muñeca” política de don Eloy Camus
aquella reunificación del partido y apuntalamiento de Isabel. En esa
época, Camus era gobernador de San Juan, presidente del Congreso
Partidario y hombre de confianza de Isabel, tanto como lo había sido
de Perón. Don Eloy “nació” bloquista, es decir comenzó su actividad
238 -

política en el partido fundado en San Juan por los tres hermanos


Cantoni: Federico (el jefe), Aldo y Elio. El nombre completo de ese
partido fue inicialmente el de Unión Cívica Radical Bloquista, porque
surgió como un desprendimiento del radicalismo durante la primera
presidencia de Hipólito Yrigoyen, en tiempos de armas llevar tanto en
San Juan como en la Argentina. Tiempos del fraude patriótico de los
conservadores, que eran enemigos (nada de adversarios en aquella
época) de los Cantoni. Pero, el bloquismo estaba enfrentado también
a los radicales (mejor dicho a Yrigoyen) por las referidas circunstan-
cias de su nacimiento.
El asunto era que en San Juan el radicalismo no tenía casi signifi-
cación alguna, por lo que se daba la paradoja de que el verdadero en-
frentamiento era entre el bloquismo, por un lado, y los conservadores
apoyados por Yrigoyen, por el otro lado. La extraña situación eclo-
sionó en febrero 1934: caso poco visto en nuestra historia nacional,
los conservadores hicieron una revuelta civil armada. Para ello, a la
madrugada tomaron posición en algunos bares y otros edificios priva-
dos de las calles que rodean la plaza principal, a cuyo frente estaba la
casa de Gobierno antes del terremoto de 1944, y esperaron que llega-
ra el doctor Federico Cantoni, gobernador de la provincia. Al aparecer
don Federico llovieron balas sobre su auto y sobre su cuerpo, pero
milagrosamente salvó la vida y logró escapar. Su chofer, no.
La “conmoción interna” de que habla la Constitución Nacional se había
producido, y el presidente radical Hipólito Yrigoyen intervino la provin-
cia gobernada por la Unión Cívica Radical Bloquista. De ese modo,
abrió el camino para que los conservadores ganaran la gobernación
poco después, con el consabido fraude patriótico de por medio.
El bloquismo, o “cantonismo”, se anticipó a aplicar en San Juan mu-
chas medidas de tipo social que poco después adoptó Perón en el
país. Se destaca, entre muchas otras (mejora de salarios, protección
social, etc.), el voto femenino que en esa provincia se había estable-
cido ya en la Constitución de 1927 bajo un gobierno bloquista.
Para las elecciones de 1946, los hermanos Cantoni, aun comprendi-
endo que el peronismo tarde o temprano gobernaría todo el país y los
desplazaría de la preferencia popular de los sanjuaninos, prefirieron
presentar candidaturas propias y tentar suerte frente a Perón. Pero
hubo una excepción: don Eloy Camus quién, a pesar de sus pocos
El último gobierno peronista - 239

años de vida, tuvo el olfato político más afinado que los jefes de su
partido. Camus adhirió tempranamente al peronismo y, en aquella
primera elección, salió electo diputado nacional en la lista que apoy-
aba al General. Desde entonces su bonomía y su “muñeca” política
hicieron que, ya durante el exilio en España, el sanjuanino ocupara
los más altos cargos partidarios y conquistara la confianza de Perón
y de Isabel.
De esa manera, Camus había jugado importantes papeles en nuestro
gobierno del ‘73 al ‘76, además de ser el presidente del Congreso
Nacional del PJ. A su vez, don Eloy era el “buen viejo” que con cierta
discreción impulsaba el ascenso de una nueva camada de dirigentes
provinciales. Deolindo Bittel era uno de ellos, quizás el preferido de
Camus. Fue don Eloy quién deslizó a los oídos de Isabel el nombre
del chaqueño y dio a la presidente la seguridad de su lealtad y capaci-
dad para conducir el partido. Y en esa época, Bittel no hizo quedar mal
a su maestro y padrino político.

Lucha interna hubo y habrá siempre


Elegido Bittel 18 días antes del golpe, la presidente constitucional
retomó totalmente el poder sobre el gobierno y sobre su propio par-
tido. Es cierto que subsistía el descontento de algunos dirigentes y la
rebeldía de los 34 diputados del Grupo de Trabajo, entre los cuales
figuraban los tres “puntos” de las FF.AA. Pero, de la misma manera,
es cierto que estos disidentes eran una pequeña minoría en el partido
gobernante.
No pretendo afirmar la tontería de que en esos meses todo era un
mar de rosas para nosotros. Había disidencias, había descontentos y
había un intenso debate dentro y fuera del partido Justicialista. Pero,
¿quién se anima a decir que alguna vez en la larga historia argentina
un gobierno no tuvo disidencias internas, ni descontentos, ni debates
cuya intensidad siempre aumenta con la gravedad de la situación que
se vive? Ni las dictaduras más horrendas han estado exentas de esos
acompañantes invariables, porque la disidencia, el descontento y el
debate son parte indisoluble de la naturaleza humana y, especial-
mente, de la tarea política. La paz total, que yo sepa, sólo existe en los
cementerios. Incluso durante la férrea dictadura militar que se instaló
después del golpe, y como ya he expresado y demostrado, hubo du-
240 -

ras luchas internas dentro del “partido” gobernante, aún cuando sólo
lo formaban tres personas: los tres comandantes generales. La difer-
encia entre esa lucha interna y la nuestra es que aquélla se resolvía
por las armas, “chupando” sórdidamente dirigentes del adversario “in-
terno”. Eso fue lo que le sucedió (además de Farías) a nuestro emba-
jador en Venezuela el radical Hidalgo Solá, y a la diplomática Elena
Holmerg, cuando uno de los bandos internos del “partido militar” los
descubrió trabajando para el “enemigo” de adentro, o desbaratando
los planes de otro comandante. Sin necesidad de dar ejemplos de la
dictadura, pocos años antes, Frondizi había obligado a renunciar a su
vicepresidente Alejandro Gómez, en prevención de alguna hipotética
jugada para desplazarlo.
De modo que, aferrarse a nuestras disidencias internas de aquella
época para justificar el golpe, a pesar del Congreso partidario del 06-
03-76 que unificó al peronismo o al menos a su gran mayoría detrás
de la figura de Isabel, es cuanto menos un grave error histórico, sino
una hipocresía de las tantas que han jalonado nuestra vida política en
las últimas décadas.
Lo que había era, como en todo grupo humano y más en la política y
en tiempos difíciles, un intenso debate interno… al estilo peronista, en
el cual nunca faltan los gritos estentóreos, las amenazas de división,
y algunas cosas más… Pero, como suelen decir nuestros muchachos
de las unidades básicas, “los peronistas somos como los gatos: cu-
ando se escuchan nuestros gritos no es porque estemos peleando,
sino porque estamos haciendo más gatitos”. Eso no siempre es cierto,
pero es una forma elegante de explicar las eternas peleas internas.
Existía, si, un grupo de dirigentes dura e irreversiblemente enfrenta-
dos con Isabel. Pero sus integrantes eran justamente los 34 del Grupo
de Trabajo, entre los cuales, insisto, al menos tres trabajaban como
quinta columnas de los militares golpistas, siete eran ex montoneros
que jugaban como “leales”, y varios otros que estaban comprometidos
con la desestabilización por motivos o intereses personales. Ese grupo
de los 34, consciente o inconscientemente, trabajaba para el golpe y
en algunos casos, reitero, lo hacían bajo las órdenes de los golpistas.
Salvo algunas excepciones, justo es hacerlas, el núcleo central de los
34, el que le daba impulso y orientación, buscaba el golpe.
El último gobierno peronista - 241

Un vacío de poder, pero con poder


Lograda la reorganización partidaria quedaba totalmente huérfana de
motivos valederos cualquier acción de rebeldía interna, porque Isa-
bel había sido ratificada en todos los aspectos de la conducción. Sin
embargo, los 34 del Grupo de Trabajo no se dieron por enterados de
la novedad, y siguieron torpedeando la estabilidad institucional, con
más virulencia que antes aún. En eso, como en muchos otros as-
pectos, coincidieron objetivamente con la necesidad de los golpistas
que deseaban acumular pretextos, disfrazados de razones, para per-
petuar su aventura cuartelera. Además, la preparación voluntaria o no
del golpe, como ya expresé varias veces en este libro, no estuvo sólo
a cargo de los 34, sino de muchos más, entre los cuales figuraban
políticos, empresarios, periodistas, etc.
Pero, aun aceptando que había una disidencia organizada dentro
del bloque de diputados nacionales peronistas, es necesario tener
presente, insisto, que representaban sólo una minoría. El bloque del
FREJULI estaba compuesto por 127 diputados, de los cuales aproxi-
madamente 115 pertenecían al partido Justicialista. De ese total de
127, los 34 “rebeldes” significaban, pues, apenas una cuarta parte.
Nada calamitoso. El problema era que no jugaban limpio, porque una
cosa es oponerse democráticamente, y otra muy distinta es negarse
en forma sistemática a dar quórum, lo cual de democrático no tiene
nada, y de oposición pasa a ser obstrucción o desestabilización. Y eso
es lo que fue: un grupo obstruccionista y desestabilizador.
Lo real es que los golpistas se aferraron a la falta de quórum para de-
ducir farisaicamente que “había vacío de poder” y que “la presidente
ya no controlaba la situación”. Una típica profecía auto-cumplida o,
con más precisión aún, un pretexto prefabricado por los golpistas y
sus socios civiles (verdaderos compañeros de ruta, lo hayan hecho o
no en forma intencional), justamente para dar el golpe.

¿Por qué el odio contra Isabel?


Ya he demostrado en este libro que, en nuestra triste historia de los
siglos XIX y XX, hubo golpes y golpes. Un golpe “blando”, que sólo
perseguía la salida de un presidente para llamar pronto a elecciones,
y otro golpe “duro” que se perpetraba para que no quedara piedra
sobre piedra de lo anterior y no tuviéramos entre nosotros “ni el polvo
242 -

de los huesos” del gobernante depuesto.


En el siglo XIX hubo algunos golpes “blandos”. El arquetipo de ellos
fue la arremetida que la dirigencia política llevó contra Juárez Celman:
los primigenios radicales, opositores al presidente, hicieron la Revolu-
ción del Parque, y los amigos de Juárez Celman (Roca y Pellegrini)
aprovecharon para forzarlo a renunciar. De esa forma “elegante”, el
presidente “molesto” fue desplazado y asumió el vice Carlos Pel-
legrini. Todo quedaba en familia, en la familia de la elite dominante,
por eso no hubo crueldad ni persecuciones.
Pero en el mismo siglo las cosas no fueron siempre ni tan “elegantes”
ni tan “blandas”. Efectivamente, fueron duras y sangrientas en las
oportunidades en que las elites deseaban extirpar la “mala costum-
bre” de elegir gobiernos populares.
Cuando los liberales unitarios quisieron sacarse de encima al gober-
nador Manuel Dorrego, reciente y legítimamente elegido por el pueb-
lo, decidieron fusilarlo para que, muerto el perro, se acabara la “rabia”
federal. Y cuando los herederos políticos de esos fusiladores decidi-
eron derrocar a Juan Manuel de Rosas, para lo cual se aliaron con el
extranjero, lo habrían degollado con mucho gusto, de no ser porque el
gobernante depuesto optó por ser el primer “tirano prófugo” (de todos
modos se dieron “el gusto”: en los 20 días subsiguientes a la batalla
de Caseros, donde cayó vencido Rosas, los unitarios “civilizados”
degollaron a 500 rosistas, según relata Adolfo Saldías, un historiador
insospechable de ser un “bárbaro” federal). Y para que no quedaran
dudas de que “ni el polvo de sus huesos la América tendría”, a Rosas
lo declararon infame traidor a la patria y le confiscaron todas sus pert-
enencias, por una ley de la provincia de Buenos Aires. Incluso, para
que el polvo de sus huesos ni siquiera nos trajera “malos” recuerdos,
en el predio donde estaba su casa en Palermo se erigió el monumento
a su más cruel enemigo: Sarmiento. Recién en 1974, la Legislatura
de la provincia de Buenos Aires derogó aquella ley de los unitarios
revanchistas. Rosas dejó de ser un infame traidor a la patria… 100
años después de muerto. Los bienes no pudieron ser restituidos a
sus herederos porque ya habían pasado a manos más “avispadas”…
como siempre sucede. 15 años más tarde, en 1989, sus huesos pudi-
eron regresar a nuestro país, de donde nunca debieron salir, porque
todos los argentinos tenemos derecho a descansar en paz en el hogar
El último gobierno peronista - 243

nacional común.
Como se puede comprobar, en el siglo XIX hubo golpes “blandos” y
golpes “duros”. Los primeros deseaban sólo producir un cambio de
guardia, los segundos intentaban “aniquilar el accionar” de la mayoría
popular y, de paso, aniquilar a dicha mayoría
La misma historia se repite en el siglo XX. En 1962 y 1966 se produ-
jeron golpes “blandos”, porque solo se deseaba cambiar un presidente.
Por ello, Frondizi sufrió una corta cárcel en la isla Martín García, e Il-
lia se fue a su casa en taxi sin pasar jamás una noche en prisión. En
cambio, en 1930, 1955 y 1976, el consabido golpe se dio para que no
quedara piedra sobre piedra, y el polvo de los huesos no perturbara la
paz de los cementerios.
Insisto, el de 1976 fue un golpe “duro”, durísimo. Además, la presi-
dente a derrocar se había animado a enfrentar a los omnipotentes
altos mandos militares golpistas, con una terquedad que los irritaba
y los dejaba mal parados como “machos” armados. Y, para colmo del
bochorno, quien demostraba no tener miedo a esos “machos” era,
¡horror de horrores!, una mujer menuda, sin demasiada “muñeca”
política y por si fuera poco… peronista. De esa mujer realmente no
debía quedar ni el polvo de sus huesos, ni un ladrillo de lo que repre-
sentaba, ni su recuerdo. Nada.
Sólo una conjunción tan tremenda de factores generadores de odio
puede explicar la conducta que tuvieron los militares y los civiles gol-
pistas con Isabel, antes y después del golpe. La saña con que busca-
ron su “aniquilamiento” en los últimos meses de su gobierno ya está
expuesta en los capítulos anteriores. La inhumana persecución que
sufrió después del 24-03-76 es menos conocida y conviene decir al-
gunas palabras sobre ella.

La cacería humana
La secuestraron, con una mentira indigna de gente noble, de “ma-
chos”. Mientras Isabel se trasladaba en helicóptero a su casa, obli-
garon al piloto a descender en Aeroparque, aduciendo que el aparato
tenía una falla.
Inmediatamente la tomaron prisionera y la “internaron” en un recón-
dito lugar del sur argentino, a 1.600 kilómetros de la sede de su gobi-
erno. La mantuvieron incomunicada y aislada como a los criminales
244 -

más peligrosos, durante años. En el Mesidor, como ya dije, llegaron


a raparla “a la papa” dos veces, porque “había muchos piojos en la
residencia neuquina” (textual).
Y, no conforme con ello, inventaron aquel rumor infame de que Isa-
bel había quedado embarazada porque mantenía un amorío con el
comandante de su propia guardia militar (una calumnia que, por tra-
tarse de la honra de una mujer, es más inconcebible aún en un ver-
dadero “macho”).
El rumor del embarazo corrió por todo el país. Como se recordará, en
1977 el ex ministro de Educación Pedro Arrighi, el ex de Economía
Emilio Mondelli y yo pedimos audiencia con el cardenal primado Mons.
Aramburu para rogarle, como católicos, que la Iglesia intercediera por
la libertad de la ex presidente constitucional. Mons. Aramburu estaba
“muy ocupado”. En su lugar nos recibió un obispo auxiliar, Mons. Ga-
lán, quien, al escuchar nuestro ruego, nos dio aquella terrible respu-
esta:
“La Iglesia no puede interceder por una mujer que ha quedado em-
barazada del comandante de su guardia”…
Lo difundo con mucho dolor, porque soy creyente y practicante católi-
co, pero es indispensable hacerlo para que se comprenda hasta
dónde llegó el odio de ciertos sectores de poder hacia Isabel y su
gobierno, y hasta dónde la ex presidente debió sufrir ese odio atroz e
insondable. Si un obispo de la Iglesia llegó a sumarse a esa delezna-
ble calumnia (pecado gravísimo, si los hay) y a ese implacable rencor
contra la viuda del conductor del peronismo, no puede extrañarnos
que, en 2007, hicieran lo mismo dos jueces políticamente correctos y
muy funcionales…
Para completar el relato sobre la forma en que los terroristas de Es-
tado maltrataron a Isabel, recordemos el episodio de su úlcera gas-
troduodenal, y la forma inhumana en que sus carceleros “machos”
trataron de ocultarlo.
Está claro: el golpe de 1976 fue del tipo “duro”, durísimo, pero no pudo
evitar que el “polvo de los huesos” regresara a la escena nacional.
Ese polvo recién sería dispersado, o al menos paralizado, cuando
lo bombardearon desde adentro, con Menem, un típico Caballo de
Troya, a partir de 1989.
El último gobierno peronista - 245

Epílogo para argentinos

Mirar hacia adelante

Todos los dirigentes argentinos, de cualquier sector social, económi-


co, político, sindical, etc. que se considere, cargamos con nuestra
cuota de responsabilidad por el advenimiento de la dictadura militar y
el clima atroz que vivimos después de la muerte de Perón.
Repasemos brevemente los hechos sobresalientes:
1. En primer lugar, lo decente es reconocer que nosotros, los per-
onistas, no estuvimos exentos de culpa en ello. Como ya relaté,
nuestras luchas y nuestras divisiones internas, muchas veces de-
salmadas, comenzaron en la misma noche del 2 de julio de 1974,
cuando aquella voz ronca sentenció: “Ahora cada uno vale por el
kiosco que tiene”.
Si bien es cierto que, al final, logramos revertir aceptablemente
esa situación (en el Congreso partidario del 6 de marzo de 1976),
el daño ya lo habíamos producido: nuestras reyertas internas
habían repercutido profundamente en la sociedad argentina, y le
habían regalado a los golpistas un pretexto de envergadura para
dar su cuartelazo.
2. Tampoco podemos librarnos de la acusación de que no investiga-
mos a la Triple A con todo el vigor necesario. Para ser francos, tu-
vimos miedo de hacerlo. Miedo, en realidad, tenía toda la dirigen-
cia argentina, porque todos sabíamos o intuíamos que la Triple A
tenía uniforme verde oliva. De todos modos, quienes estábamos
en situación legal de investigar éramos nosotros, todos los inte-
grantes de aquel gobierno.
3. Al margen de ello, lo real es que no contábamos con los medios
para investigar a fondo. Desde la muerte de Perón, y también con
una cuota de responsabilidad por nuestros errores y divisiones, los
militares fueron asumiendo resortes de poder en forma progresiva.
Y, al promediar 1975, intensificaron su predominio sobre nosotros
hasta anular cualquier posibilidad de que ellos fueran investiga-
dos y sancionados. A tal punto, obviamente, no se llegó sólo por
246 -

nuestra responsabilidad, sino que todo el espectro opositor (salvo


la guerrilla, claro está) apoyaba el accionar de las FF. AA. y no
hubiera permitido jamás que se actuara contra ellas en una inves-
tigación genuina.
4. Un tercer motivo para hacer este “mea culpa” nuestro lo constituye
la cantidad de errores que cometimos como gobierno en mate-
ria económica. Tal como relaté en otros capítulos, el “rodrigazo” y
sus terribles consecuencias fueron el resultado de casi un año de
empecinamiento de Gelbard, y seis meses de bloqueo a Gómez
Morrales por parte de López Rega. Y, como ocurre siempre, los
errores en el manejo de la economía se pagan al final con moneda
política. John Kenneth Galbraith, economista canadiense nacion-
alizado norteamericano, gustaba decir que “En economía se pu-
ede hacer cualquier cosa, menos eludir las consecuencias de lo
que uno hace”. Lo penoso fue que Gelbard y la dupla López Rega-
Rodrigo hicieron “cualquier cosa” en economía, y las consecuen-
cias políticas debimos soportarlas otros.
5. Como estamos en tren de franqueza total, es necesario recalcar
que la oposición también tuvo su buena cuota de responsabilidad,
el radicalismo en primer lugar.
Luego de la imposición de Videla como comandante en jefe, Ri-
cardo Balbín cometió uno de esos errores históricos y que siempre
traen graves consecuencias: declaró públicamente: “Videla es un
general democrático”. El mensaje fue claro: el país podía dormir
tranquilo porque no habría golpe. Y el país durmió tranquilo…de-
masiado tranquilo, aunque sólo hasta el 23 de marzo de 1976 a
la noche.
6. Justo un día antes del golpe, Balbín cometió su segundo y grave
error de consecuencias trágicas. En forma totalmente incomp-
rensible e injustificable en un veterano político como él, y cuando
el país estaba pendiente de sus palabras para encontrar alguna
salida que evitara el golpe, don Ricardo se despachó con aquel
desafortunado “Yo no tengo soluciones”. Nuevamente el mensaje
para el país fue meridianamente claro pero mucho, muchísimo
más dañino: si el líder de la oposición, que había acusado antes al
gobierno de no poder ni saber gobernar, confesaba ahora que él
tampoco tenía soluciones, el camino quedaba expedito y teórica-
El último gobierno peronista - 247

mente justificado para que los militares hicieran lo que hicieron.


Estos dos enormes errores políticos de Balbín equiparan las cargas:
 Isabel había cometido el error político de confiar en López Rega y
Balbín el de confiar y hacer confiar al país en Videla (francamente,
no sé cuál de esos dos errores fue más grueso y nefasto).
 Nosotros habíamos sido remisos en investigar debidamente a la
Triple A, y Balbín les abrió el camino a los golpistas (continúa mi
duda sobre cuál de los dos errores fue el de mayor gravedad y
peores consecuencias).
Y bien dijo un pensador francés del siglo XIX “En política, los er-
rores son más graves que los pecados” (si no se me acusa de
hereje por repetirlo).
Digamos, de paso, que llama la atención la ferocidad con que se
acusa y descalifica a Isabel por sus errores, y nada se dice de la
viga en el ojo de Balbín.
7. También hubo errores por parte de Oscar Alende, de los desarrol-
listas de Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio, de los conservadores
populares de Solano Lima, de los partidos provinciales en gen-
eral y muy especialmente del mendocino Francisco Moyano y del
sanjuanino Leopoldo Bravo (fueron ambos dirigentes “provincial-
es” quienes, desde principios de 1976, revolvieron permanente-
mente el avispero presentando e impulsando un proyecto de juicio
político contra Isabel en el Senado, y ambos fueron poco después
representantes diplomáticos del Proceso…) y otros grupos que
habían sido aliados o no del peronismo en el gobierno. Todos se
apresuraron a abandonar el barco cuando la tormenta arreció, sin
darse cuenta de que con esa actitud fomentaban y apresuraban el
naufragio común.
8. El error mortal de la oposición se vio reflejado después del golpe
con las actitudes complacientes de los distintos partidos políticos
que, velada o públicamente, pero siempre en forma vergonzosa,
pidieron y obtuvieron puestos en aquella dictadura. Como se nos
quiere echar la culpa a los peronistas de todo lo que pasó, son
pocos los que recuerdan que el gobierno de Videla designó los ya
mencionados embajadores e intendentes políticos, pertenecientes
a casi todos los partidos de la entonces oposición.
9. Los empresarios, a su turno, pusieron varios granitos de arena a
248 -

favor del golpe, al cual le habían jugado todas sus fichas. Para
demostrarlo, basta recordar las muy sugestivas y ya citadas activi-
dades patronales realizadas entre enero y febrero de 1976:
 EL 28 de enero de 1976, la APEGE dispuso un paro general em-
presario “… en defensa de la iniciativa privada…” y amenazó con
un paro.
 Inmediatamente después decretó el estado de movilización em-
presarial.
 El 3 de febrero dispuso realizar el paro.
 El 16 de febrero concretó su amenaza y paralizó el país hasta
donde pudo.
10. Sobre la conducta del periodismo antes y después del golpe
podríamos escribir varios libros, pero es suficiente con lo tran-
scripto del diario La Nación en el capítulo 8:
“En medio de crecientes escándalos por ineptitud y por denuncias
de corrupción en altos niveles del Estado, las conducciones de las
FF.AA. siguen confiadas en que todavía (¡todavía…!) es posible
superar los serios problemas por vías legales y políticas”.
11. Finalmente, y para no alargarnos demasiado, vale la pena record-
ar que las FF.AA. provocaron el clima golpista con claras medidas
de desestabilización política, como las felicitaciones al rebelde
gobernador Calabró después de la locura “erpiana” en Monte Ch-
ingolo, el insólito mensaje de Navidad del general Videla en tono
“presidencial”, y la más insólita aún conferencia de prensa dada
el 5 de noviembre de 1975 por los tres diputados nacionales que
vestían la camiseta peronista y jugaban para los golpistas (Pala-
cios Deheza, “representante” de la aeronáutica, Sobrino Aranda
“por“ la Marina y Eduardo Farías “por“ el Ejército).

Entre el “mea culpa” y el perdón


Relato todas estos hechos, que en realidad entristecen, no para ti-
rar culpas a diestra y siniestra, ni porque a uno le guste sufrir con
los recuerdos, sino porque la generalización de aquellas culpas, que
cometimos todos, todos sin excepción, es el principal motivo que debe
llevarnos a adoptar una actitud de cierta humildad (que siempre va
acompañada por la grandeza de espíritu) como paso previo a la rec-
onciliación nacional.
El último gobierno peronista - 249

Si todos fuimos culpables en alguna medida, si todos cometimos er-


rores y algunos cometieron horrores, si nadie tiene realmente las ma-
nos limpias (al menos, totalmente limpias) y si todos somos hones-
tos, lo que corresponde hacer es sincerarnos, reconocer cada uno su
cuota de error y/o culpa, y promover un amplio movimiento de recon-
ciliación nacional.
No se trata de olvido, sino de perdón.
Por supuesto que el perdón, en política como en el sacramento de la
confesión de los católicos, es el quinto paso: lo primero que se exige
es el reconocimiento de haber pecado (en nuestro caso errado o de-
linquido); el segundo es arrepentirse (delante del cura en la religión,
y en público en la vida política); el tercer paso en ambas materias es
prometer solemnemente que no se incurrirá nuevamente en la falla (la
Iglesia lo llama a esto “propósito de enmienda”). Y aún hay una cuarta
etapa: la “penitencia” o “condena”. Recién luego de cumplidas esas
cuatro etapas, el cura da la absolución, y la sociedad civil su perdón,
pero no antes. Porque, así como el cura condiciona la absolución al
cumplimiento de la “penitencia” (simbólica o real), en política se exige
que se haya cumplido la correspondiente pena. Quizás este último
sea el punto de más difícil solución, porque los deudos de las víctimas
(las de ambos lados) siempre querrán que se aplique la máxima de
las penas imaginables. Pero no es eso siempre lo que más beneficia
al país.
La política, como el amor, tiene razones que a veces la razón no en-
tiende. Todos los países del mundo que han sufrido tragedias como la
nuestra, en algún momento de su historia han encontrado la forma de
reconciliarse. Duele comprobar que nosotros no la hayamos descubi-
erto después de casi 40 años de rencores y ocultamientos interesa-
dos, y no nos percatemos de que esta herida abierta impide reiniciar
la marcha de la Argentina.
No estoy proponiendo el olvido de lo que pasó ni una solución mezqui-
na o sectaria para un grupo u otro. Lo que sugiero es que, ante todo,
cada uno reconozca su pecado. Y “cada uno” quiere decir todos, ab-
solutamente todos. Recién en ese momento podremos hablar de per-
dón, que también deberá ser para todos.
Esa es la única forma de reiniciar el camino. No veo otra. Mejor dicho,
no hay otra.
250 -

Y es indispensable adquirir plena conciencia de que, mientras no po-


damos reiniciar el camino, el futuro se seguirá alejando de nuestras
manos.
Me sentiré satisfecho si este libro sirve para ayudar en tal sentido.

Buenos Aires, 9 de enero de 2016.


J. G. L.