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¿DE SUJETOS (COLONIALES)

A CIUDADANOS (POSTCOLONIALES)?:
NOTAS SOBRE EL DISCURSO DE LA EMANCIPACIÓN

Fernando Unzueta
The Ohio State University
1

La crítica del sujeto transcendental como autor(-idad) y centro epistemológico que determina
unívocamente el significado de los textos es una de las claves del pensamiento postestructuralista
(y postmoderno).1 No es sorprendente, entonces, que en los últimos años se hayan publicado
desde esta y otras perspectivas varios artículos sobre el sujeto de y en la literatura
hispanoamericana; en ellos se empieza a problematizar su autonomía y a explorar su identidad
contradictoria, se considera la emergencia de nuevas formas de subjetividad en situaciones socio-
históricas coloniales o neocoloniales y, filialmente, se examinan las distintas "posiciones"
discursivas que ocupa el sujeto.2

Al mismo tiempo que se viene replanteando la noción del sujeto, gracias a la re-conceptualización
de la nación en términos de su construcción narrativa, se han renovado los estudios en torno a la
formación de las nacionalidades. Sorprendentemente, pocos trabajos exploran la importante
intersección entre estas dos tendencias críticas, teórica y prácticamente relacionadas.3 Los
contactos entre sujeto y nación son, en efecto, muchos y complejos. Tanto la "comunidad
imaginada" de la nación como sus sujetos se constituyen a lo largo del siglo XÍX mediante distintas
instituciones educativas, prácticas sociales y culturales, y una multitud de narraciones
periodísticas, históricas y literarias.

El discurso colonial y postcolonial también se apoya en el cuestionamiento del sujeto "soberano,"


sobre todo si se lo ve como centro de la autoridad (discursiva más que textual) y del poder político
y cultural (ver Seed 1991.184, y 1993.152). En éste nuevo "campo" se destaca la extrema
complejidad de las subjetividades coloniales y postcoloniales: "otras" contradictorias,
fragmentadas, reificadas, híbridas y cambiantes (Adorno i 933 y 1995; Williams y Chrisman
1994,373; Bhabha 1994, 42-44), así como las dificultades que tienen ciertos sujetos para
articularse como agentes históricos, o incluso para "hablar" (o representarse) en contextos en los
cuales las relaciones de poder son asimétricas (Bhabha 1994, 171-97; Spivak 1988).
Sintomáticamente, la mayor parte de los estudios sobre los sujetos latinoamericanos se
concentran en sujeto "colonizado" de los siglos XVI y XVII, en los sujetos femeninos de distintas
épocas, o en sujetos marginados de la época contemporánea, y frecuentemente sugieren
estrategias liberadoras.4 En marcado contraste, la constitución del sujeto latinoamericano
hegemónico ha recibido muy poca consideración crítica. A consecuencia, muchos de los estudios
sobre el discurso marginal corren el riesgo de articular su visión del "sujeto subalterno" un tanto
en el vacío sin considerar sus interacciones con otros sujetos, incluyendo los "dominantes."5

[Elaboré algunas de las ideas iniciales de este artículo en "Sobre la formación de los sujetos nacionales, "Memorias de las
Jornadas Andinas de Literatura Latino-americana (La Paz: Plural Eds. /Universidad Mayor de San Andrés, 1995):783-90]
Con estas discusiones en mente, en estas páginas discuto la constitución del sujeto
hispanoamericano hegemónico en el siglo XIX; más específicamente, examino la producción de los
ciudadanos o sujetos nacionales en algunos textos de los movimientos de la independencia, a
partir de un contraste con el "sujeto colonial," y en relación a los sujetos postcoloniales
subalternos. El análisis crítico de estos tempranos documentos nacionalistas permite cuestionar el
"gran relato" de la emancipación (Lyotard 1934, 35-37) y, seguramente, ciertos paradigmas
existentes sobre el discurso post-colonial.6

El discurso de la emancipación articula, en principio, una doble liberación del sujeto colonial. En
primer lugar, representa la independencia como la ruptura de los lazos de sujeción entre los
súbditos americanos del rey y la corona española; en segundo, insiste en la apertura de un nuevo
horizonte de posibilidades para la expresión y realización de la felicidad de! sujeto en un marco de
libertad y respeto de los derechos del ciudadano.

Ambos aspectos están presentes en el Diálogo de Atahualpa y Fernando Vil (I SOS) de


Monteagudo. En esta obra, el inca observa que cuando un monarca "nada mira por el bien de sus
vasallos, faltando él a sus deberes, ha rolo también los vínculos de sujeción y dependencia de sus
pueblos" (1974, 259); considerando que eso es lo que ha sucedido en la América española,
Atahualpa concluye su "diálogo" con Fernando VII (en los Campos Elíseos) con la siguiente
exhortación a los americanos, "vasallos" de su interlocutor: "Quebrantad las terribles cadenas de
la esclavitud y empezad a disfrutar de los deliciosos encantos de la independencia...publicando
vuestra libertad seréis lodos dichosos" (261). En el mismo ámbito de rebelión anticolonial criolla—
tanto intelectual como política—en el que circula el manuscrito de Monteagudo, la famosa
"Proclama" de la Junta Tuitiva de La Paz (1809) también anuncia esta doble emancipación: "Ya es
tiempo, pues, de sacudir yugo tan funesto a nuestra felicidad...para ser en adelante tan felices
como desgraciados hasta el presente". (1 977, 72) Ambos textos confinan la "esclavitud"
("sujeción y dependencia," "yugo") al pasado y proyectan la "felicidad" ("dichosos," "felices") al
futuro; la independencia conduciría, entonces, al "goce de la libertad."7

Según esta interpretación, el "despotismo y [la] tiranía de un usurpador injusto" ("Proclama")


habían "inmolado" la "primitiva libertad" de los americanos, que vivían "sujetos a. los reyes de
España" o "sujetos a una nación extranjera" Monteagudo [1808] 1974,259 y 261). La
"servidumbre" en que se encontraban los sujetos coloniales americanos, observa Bolívar, se
traduce en su "nula", existencia política y, por lo tanto, en su falla de capacidad para actuar en el
ámbito político ([18 15] 1981, 37). El proceso emancipatorio debía liberara los sujetos coloniales y
transformarlos en ciudadanos libres, capacitados, por un lado, para disfrutar de los "deliciosos
encantos de la independencia" a los que se refería Monteagudo, y por otro, para participar como
agentes históricos en el futuro de sus repúblicas.

La participación del sujeto en la vida republicana se concibe en términos de la representación,


entendida tanto como la inscripción de lo nacional mediante la escritura ("mimética" y/o
constitucional) y como la representación política de los ciudadanos por un cuerpo legislativo. En
muchos textos del siglo XIX ambos elementos de la representación están relacionados y son
constitutivos de la "nación liberal":

La nación la constituyen actos deliberados del pueblo, representado en asambleas, y hay de sus bases y
condiciones constancia escriturada, porque es la inteligencia y la voluntad las que constituyen la asociación y
no la tierra ni la sangre. (Sarmiento [1858] 1883-1900, 106)
En el racionalismo legalista de esta cita, el "pueblo," cuyas acciones constituyen la "nación," debe
estar "representado en asambleas." En última instancia, y el "ejemplo" de Sarmiento resulta en
esto paradigmático, son los "representantes" (y no el pueblo o los sujetos representados) los que
dejan "constancia escriturada" de la nación.

En términos más generales, el "hombre libre" que proclama el discurso de la emancipación —y


que supuestamente precede y sigue al sujeto colonial—es producto ya sea de un mito ilustrado
("el buen salvaje" antes de sujetarse a un contrato social) o de un constructo liberal (el ciudadano
libre, también de origen ¡luminista).8 Si bien el discurso de la emancipación utiliza en su lucha anti-
colonial la supuesta libertad "natural" o "primitiva" del sujeto americano, esta estrategia resulta
secundaria en comparación a la urgencia que se percibe en las repúblicas por definir y constituir el
sujeto post-colonial.

Me interesa cuestionar precisamente el ideomito del "ciudadano libre, preocupándome por su


sujeción discursiva más que por la opresión y exclusión política que muchos sujetos postcoloniales
sufren. Por lo tanto, considero "la división de los ciudadanos en activos y pasivos" propuesta por el
propio Bolívar ([1819] 1981 67) como un punto de contraste entre el sujeto dominante (en el que
me enfoco) y los sujetos subalternos. Dicha división (aún vigente en las prácticas políticas y
electorales contemporáneas, aunque ya no en los códigos legales) implica, claro está, la exclusión
de las mujeres, los indígenas, los ciudadanos sin propiedad y otros grupos subalternos de la
ciudadanía activa.9 Me concentro, entonces, en un caso muy sutil de subyugación: la del
ciudadano "activo," sujetó, como se verá, a pesar de su supuesta autonomía y universalidad.

En efecto, una lectura cuidadosa de los textos de y sobre la independencia, apunta a un cambio en
el tipo y naturaleza de la sujeción más que a una "liberación" del sujeto. En otras palabras, el
vasallo colonia! se convierte en súbdito de la nación o ciudadano-sujeto (ver Balibar 1991). Desde
esta perspectiva, los sujetos "siempre” lo son; lo que cambian son los tipos de interpelación
ideológica y discursiva que transforman a los individuos en sujetos (Althusser 1971,170-76). Al
conceptualizar el sujeto post-colonia! en estos términos, se evita la engañosamente simple
dicotomía entre una esclavitud (metafórica) y la "libertad, 10 y se reconoce que esta contraposición
es en sí una estrategia de legitimación que utiliza el "ciudadano."11 Resulta más productivo,
entonces, estudiar los cambios que sufre "el sujeto" en el proceso político y discursivo de la
emancipación, proceso que inicia la formación de los sujetos nacionales.12 Me interesa, entonces,
cuestionar el discurso de la emancipación, y más específicamente, examinar los límites impuestos
por lo "nacional" al sujeto postcolonial dominante, el ciudadano "activo."

En la "Carta de Jamaica" (1815) de Bolívar se empiezan a percibir algunas de las aporías de la


libertad del futuro ciudadano. En este texto se parte de la noción contractual del sujeto colonial
(1981, 39), y se espera que el "pueblo" americano cobre "los derechos con que el Creador y la
naturaleza lo han dotado" (36); consecuentemente, romper las "cadenas" implica ver la "luz" y
lograr la "libertad" (32). Esta liberación se debe implementar mediante la fundación de "un
gobierno legítimo, justo y liberal," de un "gobierno constitucional," que debería ser "digno del
presente siglo y adecuado a nuestra situación" (39,40). La libertad del ciudadano se define en
función de la protección que le otorga un gobierno paternalista.13 En la "ojeada" de la "situación"
política del hemisferio que hace Bolívar, sin embargo, destaca los peligros de la "anarquía" y del
"caos de la revolución" (39, 40); cuando el orden y la estabilidad se ven amenazados, el gobierno,
supuestamente benevolente, tiende a ignorar la constitución y, eventualmente, a restringir los
derechos del ciudadano: "Los acontecimientos de la Tierra Firme nos han probado que las
instituciones perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y
luces actuales" (41). A partir de este temprano e importante documento político, y en otros a lo
largo del siglo, se sanciona un gobierno autoritario para la república liberal y se homologan el
poder y la autoridad paternales con los estatales.

Bolívar alude en el "Discurso de Angostura" (1819) a la ambivalente concepción rousseauniana de!


"ciudadano": por un lado, es un agente autónomo partícipe de la autoridad soberana, pero por
otro es un "sujeto," sometido a las leve del estado (ver Rousseau 1987, 25; y el comentario de
Balibar 1991, 48). En el "gran relato" de la emancipación, sin embargo, la democracia
representativa apenas se aleja del modelo de la democracia directa: el ciudadano delega
voluntariamente sus derechos a un legislador que eroga las leyes que él desea y que está sujeto a
las mismas leyes; es decir, el ciudadano se "auto-gobierna" a través de sus representantes (ver
Lyotard 1984, 35). Resulta sintomático, entonces, que cuando renuncia a sus "títulos" de
Libertador y Pacificador, Bolívar aspira únicamente al de "buen ciudadano," y deposita su destino y
el de Venezuela en manos de los legisladores, cuyas funciones incluyen "la creación de un cuerpo
político y aun se podría decir te creación de una sociedad entera" ([1819] 1981, 50-51).14

La "felicidad" en esta sociedad civil, "creada" por el Congreso, "consiste en la práctica de la virtud,"
las buenas costumbres y, en última instancia, en la subordinación de los ciudadanos ante "el
imperio de las leyes," ya que sólo sometiéndose a ellas logran la libertad ([1819] 1981, 52). En
otras palabras, los magistrados o representantes legislan la polis; en el proceso, inventan y limitan,
a la vez, las libertades y los derechos del ciudadano.15

En la poesía patriótica, fundadora de los mitos de los héroes nacionales, se hará eco pocos años
después a los anteriores argumentos políticos. Olmedo, en su "Victoria de Junín"(1826), elogia la
imposición de nuevas leyes" por la "sanguínea espada" de Bolívar (1971, 454-55), cuya "gloria" se
define en este poema tanto o más por su papel legislativo que por el de guerrero: "Tuya será
Bolívar, esta gloria: /Tuya romper el yugo de los reyes,/Y a su despecho entronizar las leyes" (465).
En estos versos se aprecia claramente cómo el súbdito del rey se transforma en sujeto ante la ley.
Además de sancionar la sujeción legal del ciudadano, Olmedo previene que el "brazo" vengador
del Inca, debe estar preparado para arredrar a "sediciosos y a tiranos" y para "poner a olas civiles /
Limites ciertos" (469). Como en el texto de Bolívar (18 15), cuando el gobierno percibe que el
"orden" social se ve amenazado, "limita" los derechos de asociación y expresión de los
ciudadanos.

En la definición utilitaria de! gobierno que propone Bolívar, se articula una tensión entre la
libertad (o "felicidad") del ciudadano y el control que le impone el estado: "El sistema de gobierno
más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de segundad
social y mayor suma de estabilidad política" ([1819] 1981, 57). Para preservar la "seguridad social"
y la "estabilidad política," claro está, el "sistema de gobierno" debe restringir la libertad de acción
del individuo, convertirlo en un ciudadano-sujeto, sometido a las "leyes" y a las "buenas
costumbres," elementos que definen su ambigua libertad: 16

El imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y
todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son
las columnas de las leyes; que el ejercicio de Injusticia es el ejercicio de la libertad. ([1819]
1981,52)
La sujeción postcolonial, entonces, ejerce una forma de poder "moderna," basada en ' la
hegemonía y el consentimiento más que en la fuerza o el temor.

Para Bolívar y otros escritores liberales a lo largo del siglo XIX no son las leyes o costumbres
republicanas sino la opresiva herencia del sistema colonial lo que mantiene a los ciudadanos en
una (parcial) sujeción: "Nuestras manos ya están libres, y todavía nuestros corazones padecen de
las dolencias de la servidumbre" 1819] 1981,58).17 Unas décadas más tarde, el movimiento
romántico de la llamada emancipación mental asumirá la misma actitud. En ambos casos se
considera que después de la independencia política, la "servidumbre espiritual" (de la "mente" o el
"corazón") sólo es atribuible a sujetos constituidos en un ambiente dominado por la sobrevivencia
de prácticas retrógradas del pasado, y desaparecería en cuanto los ciudadanos inventaran sus
propios y originales modelos culturales. La formación de los sujetos nacionales, por lo tanto, está
ligada a prácticas discursivas específicas n sus consecuencias. En este sentido, Bolívar está
consciente de que no es suficiente cambiar las leyes; según él, hay que "regenerar el carácter y las
costumbres" ([1819] 81, 67) de los americanos. Es decir, se tiene que crear nuevos sujetos
(nacionales): s ciudadanos libres, hombres virtuosos, patriotas e ilustrados.18

Si bien Bolívar afirma que los "ciudadanos activos" "crean" la sociedad o constituyen" la república
mediante su labor legislativa y sus prácticas sociales y discursivas, no parece preocuparse por el
hecho que los mismos discursos e instituciones republicanos que ellos imponen en la sociedad
limitan la libertad de dos los ciudadanos y producen sus formas específicas de "servidumbre" en el
proceso de formación de los sujetos nacionales. Pese a que los textos de la época privilegian en la
representación de la independencia los elementos liberadores, el fenómeno de sujeción colonial
de los criollos—que el discurso de la emancipación contribuye a la organización política de la
época virreinal—es comparable al que se articula en el mismo discurso para los ciudadanos en la
república. En ambas situaciones, la formación de los sujetos, sean coloniales o nacionales, se
produce mediante su incorporación en distintas comunidades imaginadas y sus complejas redes
de relaciones simbólicas, axiológicas y emotivas. Estos elementos sujeción discursiva refuerzan y
complementan el control impuesto por las leyes y estado, consolidando su hegemonía.

El sujeto colonial americano, hasta poco antes de la independencia, se define sobre todo en
términos de su amor y fidelidad al rey, centro incuestionado del poder absoluto, por delegación
divina.19 Resultan ilustrativas las observaciones de Monteagudo en su disertación universitaria de
1808, escritas durante los "últimos días" de la Audiencia de Charcas y sólo un año antes de alzarse
contra el rey:

El Rey asegurado en su trono reyna pacíficamente y rodeado del resplandor que recibe de
la misma Divinidad alumbra y anima su vasto reyno. Ninguna idea de sedición llega a agitar
el corazón de sus vasallos: todos le miran come a imagen de Dios en la tierra, como fuente
invisible del orden y el Astro predominante de la sociedad civil. (En Moreno 1978/89)

La transformación ideológica de Monteagudo (futuro "prócer de la patria") entre este pasaje y el


ya mencionado Diálogo que escribiría pocos meses después, tiene un eco en la re-construcción
ficcional del mismo período y contexto histórico de transición en Juan dé la Rosado Aguirre (1885);
en esta novela, un sacerdote criollo y posteriormente fervoroso patriota, se refiere inicialmente a
"nuestro bondadoso rey don Fernando Vil," e insiste en "el amor, la sumisión, el respeto...la
veneración que debemos tenerle todos sus vasallos" (1987, 25).
Después del descentramiento de la comunidad monárquica española y su disolución (casi total) en
las Américas, se interpela a los individuos como a ciudadanos o sujetos nacionales y ya no como a
"vasallos." En el caso colonial, el poder reside en la figura del rey, pero a pesar de representar un
absolutismo incuestionable, este "centro" de la sociedad no deja de ser externo al sujeto. Más
aún, en un claro paralelo al discurso religioso, en el que se apoya, la autoridad del rey parece
basarse en una "sumisión" de los sujetos semejante a la producida por el "temor de Dios."
Asimismo, el "respeto" a la divinidad o al rey se difunde mediante el dogma y tienen la
certidumbre de las verdades absolutas y trascendentales.
Curiosamente, en la sujeción postcolonial! se sigue apelando a los sentimientos del individuo en
términos parecidos (pero no idénticos) a los que se prescriben para el súbdito colonial. Según
Bolívar: "El amor a la patria, el amor a las leyes, el amor a los magistrados, son las nobles pasiones
que deben absorber exclusivamente el alma de un republicano" ([1819] 1981, 65). A diferencia de
la "fidelidad" que se le debe al monarca, las "pasiones" republicanas deben ser cultivadas y no son
simplemente transmitidas.

De cualquier manera, la formación del "espíritu nacional" supone la sujeción de los "republicanos"
mediante el amor a la "patria," con todo lo que ello implica; el ciudadano no sólo debe respetar y
obedecer a los "magistrados" y sus "leyes," también tiene que "amarlos." Para "fundir" el "espíritu
nacional" en "la masa del pueblo," para inculcarle los sentimientos del amor patrio, Bolívar
recomienda forjar la unión social y, sobre todo, promover la educación: "La educación popular,"
señala, "debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del Congreso." En particular, impulsa
la creación de una "potestad" republicana "cuyo dominio sea la infancia y el corazón de los
hombres, el espíritu público, las buenas costumbres y la moral republicana," y continúa con la
siguiente exhortación: "Constituyamos este Areópago para que vele sobre ¡a educación de los
niños, sobre la instrucción nacional" ([1819] ¡981, 66). Este omnipoderoso aparato ideológico de
estado sugerido por el "Libertador" pretendía un control casi absoluto de los sujetos nacionales ya
que debía tener jurisdicción para corregir, juzgar y castigar el comportamiento, los pensamientos y
hasta los sentimientos (o el "corazón"), tanto de los niños como de los hombres o ciudadanos –
supuestamente libres.

Afortunadamente, en la experiencia republicana las instituciones y prácticas discursivas de


sujeción no han tenido el poder ni control totales del Areópago propuesto por Bolívar. El desafío
de la república en cuanto a información de sus sujetos consiste en imponerse por oíros medios:
hacer que los sujetos internalicen su poder. Los nuevos estados deben educar a los ciudadanos
para que acaten voluntariamente sus leyes, costumbres y modelos; estos sujetos "modernos,"
entonces, aceptan la hegemonía de la nación: "las buenas costumbres y no la fuerza, son las
columnas de las leyes" (Bolívar [1819] 1981,52). Las leyes y las '' constituciones a las que se
somete el ciudadano, a pesar que garantizan todas sus libertades y derechos, también lo
determinan cómo sujeto.

La formación de los sujetos nacionales se produce a través de una pluralidad de aparatos


ideológicos estatales y culturales, incluyendo las instituciones legales y educativas, por medio de
prácticas sociales, y a través de múltiples textos periodísticos, históricos y literarios. En la prensa
boliviana de la primera década independiente, por ejemplo, se traza un paralelo entre la
educación familiar y la que los magistrados imparten a "todo un pueblo" al enseñarle a "amar" a la
patria; una de las obligaciones de los legisladores es "formar ciudadanos."20 Se crea y fomenta el
"amor patrio" ligando "el bienestar individual a la existencia de la patria, no por empleos, sino por
leyes benéficas y protectoras."21 En otro periódico también se asocia "el respeto y amor que
deben formar el carácter de un Ciudadano" con la "bondad" de los "códigos" republicanos: el
"amor a las Leyes" conserva la "libertad" nacional y la hace prosperar.22 Asimismo, se sugiere que
estos sentimientos son internalizados por los sujetos nacionales al incorporar una ética cívica
("pública") en su vida privada y viceversa; para ser un buen "ciudadano," es necesario primero ser
buen padre, hijo, esposo y amigo, ya que "las virtudes domésticas son el fundamento de las
virtudes públicas" y, consecuentemente, "el mejor capital de una Nación consiste en las
"costumbres domésticas de los ciudadanos."23

Similarmente, a partir de mediados de siglo, las novelas hispanoamericanas insertan a los sujetos
en la familia y la nación, como si fueran las únicas modalidades de organización social imaginables.
Tanto a la familia como a la nación, el sujeto 'es debe amor, lealtad y obediencia; debe estar
dispuesto a sacrificarse—e incluso dar la vida—por ellas, tal como lo haría por la persona amada.
El sujeto se entrega, entonces, a los lazos simbólicos y emotivos que le impone la nación para
incorporarlo en ella; estos lazos se consolidaban en términos de "costumbres," prácticas
cotidianas y regulaciones sociales; en última instancia, todos estos aspectos son parte de una
'auto-disciplina" que limita la libertad social e individual del ciudadano de manera más efectiva
que muchas leyes, a la vez que le confiere un carácter menos represivo (o más "humano") al poder
hegemónico del estado nacional.24

En una nota más positiva, se debe insistir en la flexibilidad de la sujeción nacional. Incluso en
sociedades autoritarias, los más diversos textos, discursos aparatos ideológicos compiten por la
atención del sujeto, solicitando sus lealtades desde posiciones divergentes y potencialmente
opuestas. La sujeción del ciudadano entonces, no es monolítica ni absoluta, y resulta problemático
concebir su subjetividad como una unidad indivisible y coherente, sin tomar en cuenta sus
resistencias contradicciones y distintas filiaciones ideológicas, así como la existencia concreta de
cada ser humano.25 A pesar de estas posibles aperturas,)'de la relativa autonomía de los sujetos, la
nación, gracias a todas sus narraciones y prácticas culturales, adquiere una marcada fuerza
hegemónica a lo largo del siglo XIX, tanto en el plano político y social, como en la constitución del
imaginario patrio de sus miembros y, sobre todo, en la producción del ciudadano como sujeto
nacional.26

La constitución del ciudadano como el sujeto nacional dominante no implica que el sujeto
postcolonial deje de ser un sujeto contradictorio, ni que se pueda hablar de un sujeto nacional no
diferenciado, como la retórica igualitaria de la ciudadanía (y de la nación) pretenden. De aquí qué
no tiene mucho sentido asumir, como parece que lo hace Anderson ([1983] 1991, 50), que con el
texto de San Martín en el que decreta que los indígenas son "ciudadanos" y serán llamados
"peruanos" se los constituye como el mismo sujeto nacional que es el legislador que eroga ese tipo
de leyes o el "ciudadano activo."27

La mayoría de los estudios sobre los sujetos latinoamericanos ofrecen una perspectiva contraria a
los discursos celebratorios de la "fábula maestra" de la emancipación; al centrarse en los sujetos
marginados, cuando mencionan al sujeto hegemónico a veces articulan una visión simplista de él,
considerándolo como un agente histórico que ejerce su poder sobre los sujetos subalternos en
términos absolutos. Estas interpretaciones problematizan las subjetividades tradicionalmente
silenciadas ("alienadas" o marginadas) y el entrecruzamiento de sus distintas posiciones, pero
perpetúan el mito del sujeto "soberano" en el caso del sujeto dominante, ignorando que éste
también debe conceptual izarse en toda su complejidad, destacando tanto su potencial para la
acción como sus limitaciones y aporías.

En los textos examinados, el sujeto nacional se define en contraste al concepto de un "sujeto


colonial" que el mismo discurso de la emancipación construye, y en relación con—y
representación de—los ciudadanos "pasivos" y otros sujetos subalternos (incluyendo a los
"ciudadanos" o "peruanos" indígenas que menciona Anderson), que quedan marginados dentro de
lo nacional. En este proceso, el sujeto nacional se auto-declara (o se concibe a sí mismo) como
sujeto universal y autónomo. Como bien lo destaca Rosaldo (1994, 250), sin embargo, la
ascendencia de ciertos individuos como sujetos "universales" conlleva la subordinación de algunos
y la exclusión de otros. En otras palabras, la "representación" política (y mimética) de unos sujetos
por otros, característica y definidora del concepto mismo de la ciudadanía moderna, generalmente
implica una estrategia de dominación de ¡os ciudadanos "pasivos" por los "activos" que desmiente
la supuesta homogeneidad o "universalidad" del sujeto postcolonial. Asimismo, mi análisis del
discurso de la emancipación muestra que el "sujeto nacional," a pesar de ser un sujeto dominante,
tampoco es autónomo; su precaria libertad está marcada por una aporía: si bien "rompe sus
cadenas" coloniales y se constituye en sujeto hegemónico, como ciudadano, sigue "sujeto"—a la
nación.

NOTAS
1
Seed (1991, 184) destaca al respecto la importancia de los trabajos seminales de Barthes y Foucault. Para
un análisis abarcador y crítico sobre el lema, ver Smith) I988.
2
La literatura crítica en torno al sujeto latinoamericano crece exponencialmente en los últimos años. Ver
Adorno (1988), Mazzotti (1989) y las referencias mencionadas en las dos notas siguientes.
3
En cuanto a la reconceptualización de la nación, ver Anderson ([1983] 1991) y el libro editado por Bhabha
(1990). En el contexto latinoamericano, ver Sommer (1991) y Shumway (1991). En torno a las posibles
relaciones entre los sujetos y la nación, ver Cornejo Polar (1988), Ramos (1993) y Pratt (1993).
4
Ver, además de los ya citados, los artículos de Guerra (1985), Martínez-San Miguel (1994), Prada-Oropeza
(1990) y Beverly (1993). Mishra y Hodge (citando a Hutchcon) señalan que las respectivas "agendas"'
políticas del postmodernismo y el postcolonialismo asumen distintas perspectivas (y definiciones) sobre el
sujeto: en el primer caso se privilegian desafíos radicales a la coherencia y autonomía del sujeto
trascendental; en el segundo, como en el feminismo, se trata primero de afirmar subjetividades
previamente alienadas (1991, '101-05). Sin reconocer estas diferencias, y en el contexto de la crítica literaria
latinoamericana, Vidal desconfía del discurso colonial y postcolonial (como una nueva tendencia
"tecnocrática") por los mismos motivos que arriba se critican en la orientación postmoderna; por ello insiste
en la creación mediante la labor crítica de una esfera pública para lo marginal: "Thus the study of the
construction of a social subjectivity becomes a necessary previous step to deconstructing the canonical
authority of the official cultures" (1993, 1 19).
5
Cornejo Polar (1993) destaca la importancia de relacionar las distintas subjetividades que se analizan
críticamente con las de otros sujetos y en un "diálogo" con ellos y sus identidades. Similarmente, a Martínez-
San Miguel le parece impórtame "estudiar al sujeto en su proceso de contraposición con unos 'otros' que
pueden ser tanto externos al sujeto como internos" (1994, 262).
6
Según Williams y Chrisman,”Future close critical analysis of early anti-colonial discourse is crucial and may
necessitate a substantial revision of existing theoretical paradigms of anti- and post-colonial discourse"
(1994, 15). No existe un consenso en cuanto a la terminología. De cualquier manera, generalmente se
considera que lo post-colonial no sólo es posterior a lo colonial sino que también mantiene una actitud
cultural anti-colonial en lo discursivo (Williams y Chrisman 1994, 3-4. 12-13); en otras definiciones lo
postcolonial (sin guión) estudia la constitución de subjetividades en relación al colonialismo europeo y a las
prácticas discursivas de resistencia que surgen ante el legado colonial (ver Barker et al i994, 4-5). Mishra y
Hodge (1991) tratan de marcar una diferencia más radical entre lo que en muchos casos obedece a simples
preferencias (Williams y Chrisman usan sólo pose-colonial); consideran que la oposición post-colonial en
torno al "momento" de la independencia ya "murió," y que en la teoría contemporánea se debe hablar de
un postcolonialismo en el que coexisten formas cómplices del poder y otras de oposición. En este estudio
utilizo tanto post-colonial como postcolonial, y también post(-)colonial cuando quiero incluir todos los
matices de ambos conceptos, incluyendo el de oposición anti-colonial poco antes y después de la
independencia en Hispanoamérica (c.1808-1830).
7
La expresión es de Bolívar ([1815] 1981, 37). El deseo de ser libre(s), claro está, es uno de los tópicos
principales de los himnos nacionales de esa época; en la mentalidad ilustrada, la libertad estaba
íntimamente relacionada al terna de la felicidad.
8
En el Diálogo, por ejemplo, se insiste en la liberación de los súbditos coloniales que traerá la
independencia: "sus vasallos están a punto de decir viva la libertad" (Monteagudo [1808] 1974, 261), y
también se destaca que esa libertad futura es una recuperación de la primigenia: "el hombre libre por
naturaleza...si obligado a vivir preso en sociedad ha hecho el terrible sacrificio de renunciar el derecho de
disponer de sus acciones y sujetarse a los preceptos y estatutos de un Monarca, no ha perdido de reclamar
su primitivo estado..." (259; mi énfasis).
9
En estos casos, que no estudio ahora, la sujeción discursiva también es necesaria, instrumental y mucho
más obvia. Las limitaciones constitucionales que determinan la personería jurídica constituyen una de las
maneras más efectivas de excluir a ciertos grupos de la ciudadanía ("activa") y su participación en la vida
"nacional." Ver, por ejemplo. Ramos 1994.
10
Este tipo de interpretación ruptura! no es exclusiva al discurso de la emancipación. Anderson, por
ejemplo, marca un contraste paralelo entre los "súbditos" (subjects) de las monarquías y los "ciudadanos"
de las comunidades nacionales ([I983J 1991, 19).
11
Según Balibar: "The condition of the subject will be retrospectively identified with that of the slave, and
subjection with 'slavery,' from the point of view of the new citizen and his revolution (this will also be an
essential mechanism of his own idealization)" (1991, 44).
12
También me apoyo en los estudios de Foucault, quien sintetizando los trabajos de sus últimos 20 años,
afirma: "My objective, instead, has been to create a history of the different modes by which, in our culture,
human beings are made subjects" (1982, 777).
13
Los estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las
heridas del despotismo y la guerra" (Bolívar (1815] 1981, 42).
14
A este tipo de "creación" se refiere Sarmiento, seguramente, cuando señala que las asambleas dejan
"constancia escriturada" de la nación. O, en el lenguaje de Foucault, el lenguaje y las prácticas discursivas no
sólo representan sus objetos (como la "nación" o la "sociedad") sino que también los "forman" (1972, 49).
15
En las últimas líneas del "Discurso" se cristalizan las tensiones entre emancipación y sujeción legal cuando
se incita a los legisladores a hacer triunfar "la igualdad y la libertad...bajo el imperio de leyes inexorables"
([1819] 1981, 71).
16
Balibar también señala las aporías de la "libertad" del sujeto: "(Freedom can in fact only be thought as the
freedom of the subject, of the subjected being, that ¡s, as a contradiction in terms"(1991, 36). Estas
contradicciones vienen de las propias definiciones ¡lustradas de la libertad (jurídica): "It ¡s the priviledge to
lend obedicnce to no external laws except those to which I could have given consent" (Kant 1986, 93).
17
La cita completa es de interés: "Las reliquias de la dominación española permanecerán largo tiempo antes
que lleguemos a anonadarlas; el contagio de despotismo ha impregnado nuestra atmósfera, y ni el fuego de
la guerra, ni el específico de nuestras saludables leyes han purificado el aire que respiramos. Nuestras
manos ya están libres, y todavía nuestros corazones padecen de las dolencias de la servidumbre" ([1819]
1981, 57-58). Cabe notar que a diferencia de muchas otras experiencias históricas, el discurso nacionalista
hispanoamericano surge en una situación post(-)colonial. Esto explicaría el énfasis en lo cultural más que en
lo político del nacionalismo temprano, o mejor, el hecho que lo político transita por lo cultural en esta
época.
18
Los códigos, los sistemas, los estatutos por sabios que sean son obras muertas que poco influyen sobre las
sociedades: ¡hombres virtuosos; hombres patriotas, hombres ilustrados constituyen las repúblicas!" (Bolívar
[1819] 1981, 58).' La exclusión de las mujeres que implica este modelo resulta evidente.
19
Gabriel Rene Moreno recoge múltiples testimonios al respecto, incluyendo las enseñanzas de un
"Catecismo regio" de 1793: sólo Dioses superior al Rey y éste [a diferencia del Rey] no está "sujeto" al
pueblo ([1896] 1978, 280.y 288); cita también un documento oficial titulado "Testimonio de fidelidad y amor
a nuestro Monarca augusto el señor don Fernando VII..." de 1808(237).
20
Educación pública," El Iris de La Paz 15 ago. 1829: 3-4. Las interconexiones entre ciudadano, magistrados,
leyes y nación se hacen obvias en el siguiente argumento circular del mismo artículo: "Los hombres fundan
los pueblos o erigen las naciones, ellos hacen las leyes y forman a los ciudadanos y majistrados, y la nación
[,] la lei y el majistrado forman a su vez a los hombres y ciudadanos...."
21
"Constitución política," El Iris ele La Paz 6 may. 1832: 2.
22
Códigos," El Boliviano 7 abr. 1831: 2.
23
En una carta remitida a los editores de El Boliviano 2 oct.' 1836: 4, firmada por “Un patriota."
24
Según Chatterjee, "The principal justification for the modern regime of power is that by making social
regulations an aspect of the self-disciplining of normalized individuals, power is made more productive,
effective, and humane" (1993, 17).
25
Para un argumento semejante, ver Smith 1988, 17-18.
26
Smith señala que si bien las distintas posiciones de sujeto le permiten a un "agente" histórico resistir
ciertas presiones ideológicas, las resistencias también se producen en un determinado contexto ideológico
(1988, xxxv).
27
Para hacerle justicia, debo mencionar que según Anderson, la "camaradería horizontal" que caracteriza a
las comunidades imaginadas nacionales existe a pesar e/e las marcadas diferencias socioeconómicas ([1983]
1991, 7). Mi argumento va más allá de estas diferencias y se concentra en los distintos tipos de sujetos
nacionales.

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