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DIÁLOGOS CON CRISTO son

una serie de «casos* de ascética,


planteados al Redentor y que Él
resuelve con verdades evangéli­
cas, sólidas por tanto, y siempre
aquietadoras.
En vez de un libro de Ascética
organizada, le pareció al autor
más práctico y sugestivo exponer
concretamente los com p lejos,
confusiones y zozobras que sue­
len torturar a los «buenos».
El interés con que los lectores
de «El Mensajero del Corazón de
Jesús» han seguido estos artícu­
los y las cartas que ellos han
provocado, justifican su publica^'·
ción ordenada y depurada.
Ha tenido el P. Lucas eJ buen
gusto de mantener oculta la má­
quina del Psicoanálisis y las leyes
de la Psicoterapia, hoy tan de
moda.
Todo va envuelto en una . en­
cantadora luz de Evangelio. Todo
va penetrado de unción y piedad.
El espíritu, en consecuencia, se
equilibra y eleva insensiblemente.
La figura de Jesucristo Iq llena
todo en estos estudios, tancpro*
fundos y densos por otra paite.
Pero cruzan también árrté;Él
los mejores Maestros de espíritu:
San Ignacio, Santa Teresa, San
Francisco de Sales, San Juan de
la Cruz y Tomás de Kempis.

Un estilo ágil, movido y colo­


rista da peculiar sugestión a estos
diálogos. No los dejará de la
mano, ni los*leerá una sota vez,
el que aspire sinceramente a ser
mejor.
DIALOGOS CON CRISTO
FRANCISCO JAVIER LUCAS, S. I.

DIALOGOS
CON CRISTO

E D ITO R IA L
«EL M E N S A J E R O D EL C O R A Z Ó N DE JE SÚ S’'
Apartado 73. - Bilbao- - i959
ÍNDICE

Páginas

E x p l ic a c ió n ................................................................................ 5

I. La Redención actual............................. 11
II. Virtudes pasivas...................................... 24
III. Los pecados sutiles. ............................. 42
IV. Los fracasados........................................ 54
V. Penas interiores ..................................... * 65
VI. La difícil convivencia............................. 83
VII. ¿Qué pensar de los hombres?. . . 100
VIII. ¿Cómo andar entre los hombres? . . 112
IX . Almas cerradas......................................126
X. Egocentrismo..........................................137
X I. Melancolía religiosa............................. 149
X II. Esfuerzo de pusilánimes..................... 168
X III. Superación del pesimismo................... 182
XIV . La santidad por el trabajo................ 201
XV. Lealtad apostólica.................................. 219
XVI. Silencio santificador............................. 228
XV II. Las raíces de la paz............................. 246
XV III. Causa de nuestra alegría. . . . . . 257
X IX . El segundo a m o r ................................. 278
X X . Los temores del am or......................... 293
Imprimí poUsi:
F r a n c is c u s X . B a e z a , S. I.

Praep. P rov. Cast. O ccid .

Nihil obstat:
C y p r ia n u s A rana , S. I.
Censor E ccles.

Imprimatur:
*

4· P au lu s, E piscopus Flaviobrigensis.

Bilbai, 1 februarius 1959.

El Mensajero pel Corazón ox Jesús

Шгаектл EUbcrusu Hkos. S. A . - B i l b a o . - Depósito legal BI 46 -1959


EXPLICACIÓN

Con Cristo dialogamos todos los hombres.


Todos.
¡Pero qué diferencia en el tema, en el tono,
en la extensión, en los matices, en la compenetra­
ción y el calor de cada una de estas confidencias!
Cristo no está ausente de nadie.
iyi tampoco le es indiferente a nadie.
Se le adora o se le escupe; se le teme o se le
desprecia; pero siempre y todos le sentirán cerca
como una realidad infinita e ineludible.
Algunos se declararán despreocupados de él.
Es un modo de hacerse los fuertes. En realidad
a todos les importa, les intriga y les preocupa
este amigo inseparable.
Y como a Él también le interesamos todos,
todos en el momento más inesperado recibimos
un golpe de su ternura dentro de nuestro corazón
o un fulgor de su verdad dentro de nuestra inte­
ligencia.
¡Y ya surgió nuestro diálogo con Él!
Quizá fugaz, quizá indefinible o inefable; pero
diálogo.
DIALOGOS CON CRISTO

Ni faltará quien después lo disimule. No:


hablaba conmigo mismo, discutía con mi propia
conciencia, me debatía con mis recuerdos, con
mis penas, con mis nostalgias, con mis despe­
chos, con mis secretas iras.
No hay tal. Ése es el tema solamente o la oca­
sión. El verdadero interlocutor secreto y atentí­
simo era Cristo.
¿No está Él en todas partes? ¿No busca en
todas ellas a sus ovejas fugadas?
Él es además la palabra eterna con que el
Padre se dice a si mismo todas las cosas.
Y también la palabra única con que nos ha
explicado a todos lo que necesitamos saber hasta
que le veamos.
Por eso Cristo se llamó a sí mismo la Verdad.
¿Se puede vivir normalmente sin buscar, sin
rechazar o sin aceptar la verdad?
Si, pues, la verdad no es solamente una fic­
ción, ni una vivencia íntima, sino una Persona
real y física que es Cristo, ¿cómo le será posible
a un hombre no dialogar con Él? ¿Cómo le
será posible dejar de hablar con Él?
Esos diálogos serán tan variados como las
personas.
El que tuvo con la Samaritana sobre el Agua
viva, se prolonga durante los siglos con todos
los espíritus frívolos que aun no son perversos:
E X P L IC A C IÓ N 7

si tú supieras quién es el que te dice: dame de


beber...
El que tuvo con Nicodemus bajo las estrellas
silenciosas de Jerusalén, se alarga todavía con
los espíritus indecisos que aun no son rebeldes.
Aquellas discusiones relampagueantes con los
fariseos, continúan chocando como cuchiUos en
la inteligencia de los que no se deciden a creer.
Las explicaciones confiadas con el grupo apos­
tólico palpitan aún, como lámparas eucarísticas,
en los espíritus desasidos y limpios.
Todo se reduce a un problema de atención.
Si no callas a lo demis, ¿cómo podrás conversar
con Él? ¿Cómo distinguir su voz, queda y pro­
funda como el mar, si te aturde la vocinglería
exterior?
Hay que estar solo. Es preciso callar. Es
necesario purificarse.
Los diálogos que siguen no son coloquios fér­
vidos; ni súplicas acuciantes; ni lamentaciones
llorosas.
Son preguntas humildes. Son problemas espi­
rituales; son inquietudes ascéticas; son secretos
amistosos; son latidos de intimidad.
¿Ibamos a decir todo esto a Cristo en tono
agudo y clamoroso?
Está tan cerca, atiende tanto, responde tan
hondo, que lo mejor hubiera sido suprimir las
8 DIALOGOS CON CRISTO

palabras mismas y sustituirlas por silencios, por


esperas, por miradas o por sonrisas.
¿No es ése en todo caso el lenguaje de la per­
fecto confianza?
Cada hora nos presenta una inquietud distinta;
cada dia nos ofrece una nueva preocupación y
cada persona nos hiere diversamente.
¿Por qué no pedir y dar a todo ello la solución
que nos ofrece el confidente interior?
Es fácil que las preguntas que aquí se selec- m

donan no sean del todo originales, ni completas,


ni siquiera las más interesantes para ciertos
espíritus. Eso es inevitable.
Tampoco es difícil que las respuestas no
solucionen la situación espiritual de cada uno.
¿Pero es que acaso hay dos almas iguales?
Es posible, en cambio, que alguna se vea
descubierta, analizada y retratada tan al vivo,
que ni ella supiera hacerlo, ni quizá conocerse
tan realmente.
Lo importante es que alguno, y ojalá sean
muchos, tomen dentro de sí esta resolución salva­
dora: sí, sí; es preciso habituarse al diálogo
sencillo y continuo con Jesús.
Un caso concreto de Moral práctica— ¿qué
hago, qué no hago?—me lo puede solucionar un
confesor.
Todo ello en frío, de prisa y técnicamente.
E X P L IC A C IÓ N 9

La misma forma evangélica de mi santifica­


ción la puede controlar y dirigir un buen padre
espiritual.
Pero hay situaciones afectivas, hay incógnitas
sutiles, hay inquietudes ascéticas que reclaman
para iluminarse y resolverse la confidencia pura,
larga y sincerísima con el Amigo incansable que
es el Cristo del Evangelio y del corazón.
Sólo tras ella se levanta entre las sombras el
lucero de la paz.
¿Acaso no repite Cristo también y continua­
mente el milagro de la curación del sordomudo?
Son millones los que no le quieren oir ni se
atreven a hablarle.
Él extiende a su voluntad su mano cálida
sobre los oídos cerrados y sobre los labios sella­
dos y dice con sencilla eficacia: abrios.
Y empieza, quizá para no cortarse nunca, el
diálogo con Cristo Verdad, Vida, Solución y
Confidencia de todos los hombres.
I

LA REDENCIÓN ACTUAL

Quédate con nosotros, Señor (Lu­


cas C., X X I V , v. 29).

Caminábamos, como hoy van todos: con los


ojos quebrados de desilusión, sin alzarlos de­
masiado al horizonte. íbamos agobiados por
el hatillo de preocupaciones universales.
No avanzábamos; huíamos.
Y hablábamos de lo que se habla hoy: de
fracasos económicos, políticos, sociales. De
nuestro fracaso personal.

El mundo moral.

Ibamos tristes. ¿Cómo no ir tristes?


Sin advertirlo, emparejó con nosotros Cristo.
Posó enérgicamente su mano sobre mi hombro
para llamarme la atención y hacerse presente.
Venía pegado a nosotros, pero ni le habíamos
visto ni le habíamos conocido. Llevaba el
mismo camino, pero no le habíamos incorpo-
12 DIÁLOGOS CON i KISTO

rado a nuestro destino. Nos escuchaba atento,


pero no queríamos hablar con Él, ni delante
de Él.
Se preocupaba de nosotros, pero nosotros
no nos preocupábamos de Él: porque nos preo­
cupaba demasiado el mundo y nuestra situa­
ción en el mundo y nuestra desesperanza del
mundo.
Presionando aun más su mano caliente, nos
miró los ojos y nos preguntó con audacia:
—«¿Qué conversación lleváis entre vosotros,
caminando, y por qué estáis tristes?»
Yo le miré con ironía. Sonreí, como se sonríe
hoy, con desgana y con recelo: y le respondí:
—¿Tan ausente vives y tan extraño eres a
nuestros problemas, que ignoras Tú la tragedia
que sufrimos? ¿Tan poco te importan las lu­
chas de los hombres, su desazón y desavenencia,
sus recelos mutuos y la pérdida de sus mejores
esperanzas?
¿Qué por qué estamos tristes? ¿Y no es
para estarlo?
Se han impuesto las pasiones más viles: la
codicia de unos, la envidia de otros, la luju­
ria de casi todos, la cobardía de todos, la ce­
guedad de las masas y la desaprensión de los
dirigentes.
Una mancha indeleble de sangre fraterna
LA KKJJKMCIÓJN' A C TU A L 13

lia empapado la tierra que ya se debe llamar


hucéldama, campo de sangre,
¿Y dices que por qué vamos tristes? Tras
los barrotes del comunismo agoniza de deses­
peranza la tercera parte del género humano:
han sido muertos después de idiotizados y
deshumanizados muchos miles de sacerdotes.
Centenares de religiosas han trabajado catorce
horas diarias con el hacha en la mano, cortando
árboles sobre los hielos de Siberia, hasta que
morían de inanición y de frío.
Al no sentimos capaces de dar una solución
al día que vivimos, nos aterra el día que se
acerca.
Esa diosa infernal que se llama Discordia
nos separa para disgregar nuestras fuerzas. Y
aun preguntas, Señor, ¿por qué vamos tan
tristes?

La falta redención.

Yo sentí entonces que la mirada divina de


nuestro acompañante calaba todos los poros
de mi ser y corría dentro de mí como una
avenida de fuego y de ternura.
—«Oh necios—exclamó enérgicamente —, oh
tardos de corazón». Buscáis soluciones de barro
para problemas del espíritu. Preguntáis a la
14 DIALOGOS CON CHISTO

Política, a la Economía, a la Geografía y a


la Diplomacia; pero no me preguntáis a Mí,
que soy la Verdad y que soy el Amor. ¿Acaso
no soy Yo la primera víctima actual? ¿No es
mi Cuerpo Místico el roto y destrozado? Son
setenta y tres millones de católicos los ence­
rrados en calabozos y campos de trabajo y de
hambre. Vosotros lloráis, sí. Pero es por vues­
tras desilusiones materiales; no por mi ausencia.
Vuestras lamentaciones se ciernen como pája­
ros negros sobre las ruinas de vuestras ilusio­
nes materiales. Nosotros esperábamos, decís.
¿Yr qué es lo que esperábais? Un imperio
material de confort y comodidad en el que vos­
otros ocupárais altos y cómodos sitiales. ¿Os
habéis olvidado de que mi reino no es de este
mundo? Mi reino precisamente es el martirio
de esos Obispos y sacerdotes. Mi reino es esa
Misa secreta, celebrada en las tinieblas por
un cautivo que tiembla de frío y bebe mi san­
gre en un bote de hoja de lata y lleva mi
Cuerpo Eucarístico envuelto en un papel de
estraza.
¿Es esto lo que vosotros esperábais? Soñábais
un imperialismo religioso, pero no sobrenatural.
Y todavía me echáis en cara que no creo
con mi poder un mundo mejor o sencillamente
bueno. ¿Acaso no es divino el mundo del
L A R E D E N C IÓ N A C TU A L 15

martirio, de la humildad, de la caridad y de


la concordia?
Este mundo nuevo que esperáis no lo sacaré
de la nada, no será un milagro espectacular:
será el resultado de mi misericordia y de vues­
tro esfuerzo.

Cooperación humana.

Para acelerar esta actual Redención, yo


pongo mi sangre y mi providencia amorosa,
pero a vosotros os exijo tres profundas virtu­
des: una fe pura y total, la aceptación risueña del
dolor y la compasión de los débiles y de los exas­
perados. ¿No os acordáis de mis exigencias de
una recia y ciega fe? Eso es lo primero.
Tomás sólo me confesó Dios cuando com­
probó mi bondad con sus dedos ásperos de
pescador. Y ver ya no es creer. Vuestra fe no
es apasionada, generosa y olvidada de sí.
Piensa demasiado en las dificultades terrenas
y en los poderes contrarios. Es mediocre,
egoísta y tímida, como la de mis primeros
Apóstoles. ¿No os acordáis de la alegría de
mi alma cuando comprobé la fe ingenua y
potente del Centurión, de la pobre Sirofenisa
y de las hermanas de Lázaro? No dudaban, no
tenían prisa, no me ponían condiciones. Ex­
16 DIÁLOGOS CON CHISTO

ponían, esperaban, aceptaban, sonreían con


una absoluta seguridad en Mí.
—Así nos hablaba. El gesto recio y armo­
nioso de sus manos amansaba las muchas
cosas que se rebelaban dentro de nosotros. El
timbre caliente de su voz levantaba llamas
dentro de nuestra alma. Y acabó por cautivar­
nos una pequeña luz dorada y misteriosa
que vibraba en la profundidad de sus ojos.
Con una confianza irreprimible yo me atreví
a exponerle nuestra más secreta preocupación.
—¿Entonces perdurará el comunismo, Señor?
¿Nuestro destino no ha de ser otro que el mar­
tirio debajo de su pie? ¿No podemos esperar
más aurora que la suya, roja de incendios y de
sangre?

Aceptación del dolor.

—Durará ese instrumento en las manos


del Padre cuanto sea preciso para la purifica­
ción de su heredad, dijo Él. Porque mi Padre
es el labrador. Necesita un hacha para cortar
desde su raíz los árboles secos que ocupan su
tierra en vano.
Cogerá el bieldo para lanzar al viento la
parva en que aún no se distingue la densidad
del trigo, de la paja frívola y voluble.
L A R E D E N C IÓ N A C T U A L 17

Su tijera de podador tendrá que hacer gran­


des montones de hojarasca bulliciosa y estéril
y de pámpanos amarillos. ¿Que cuánto durará
esta prueba? Esa limpieza y poda no se hace
en un instante; son evoluciones humanas que
tienen una lenta génesis y desarrollo.
Quizá se cruce de brazos durante un tiempo
para contemplar al mismo Luzbel, que con la
criba en las manos agita, voltea, lanza y
martiriza el trigo ya tantas veces triturado.
¡Clamarán los escogidos por el dolor de los
golpes y por el terror de caer en el abismo!
Sonreirá el Dueño paternalmente porque
sabe que no perecerá nada que merezca vivir.
Ni el Maligno le puede quitar nada que sea
realmente suyo.
También la hoz v el martillo son instru-
mentos providenciales en las manos providen­
tes del Eterno Agricultor. Unos amenazarán
con el puño cerrado, hasta que otros abran eJ
suyo y den lo que exige la justicia y la ca­
ridad.
Urge un equilibrio económico; pero debe
crearlo el amor fraterno y no la envidia, ni
el odio, ni la violencia.
El Ángel del exterminio ha ido volcando
sobre los pueblos el ánfora de la justicia. Tras
*

él vendrá el Angel de la paz, entregando su


18 D IÁ LO G O S CON CRISTO

ramo de olivo místico a los hombres, cuando se


sientan hermanos entre sí.
Vosotros clamáis por la paz de las armas y
yo os digo que ésa debe nacer de la paz de las
almas.
—Ardía como un ascua nuestro corazón
mientras escuchábamos; comprendíamos que
cada vez es Cristo más necesario en la tierra.
Y yo le dije: ¿Quién sino Tú puede mejorar
al hombre interior? ¿Quién puede crear esa
bondad generosa, sino el que se entregó con
divina prodigalidad a sus mismos enemigos?

Compasión de los extraviados.

—Respondió el Señor con un gesto vigoroso


de sus manos y un acento potente: la caridad
mía no ha de hacerlo todo; ha de cambiar
también vuestro propio corazón. Cuanto más
elevado y limpio es éste, tanto ama más y se
hace querer. —Comprendo, Señor—le repu­
se—, que tu amor ha de ser el modelo y el ali­
ciente del nuestro. Sé que no cabe en Ti otro
sentimiento menos sublime, y que cuantas co­
sas te hacen acelerar el punto y el paso son
sencillamente amor o efecto de tu amor.
Unas veces será amor de complacencia so­
bre los pobres, los sencillos, los puros, los
L A R E D E N C IÓ N A C T U A L 19

mansos, los limpios de corazón, los pacientes


y los que esperan.
Otras veces será amor misericordioso sobre
las infinitas miserias que contemplan tus ojos
buenos, y otras veces será el amor sangrante
y fracasado que no encuentra eco ni corres­
pondencia humana.
Pero amor, amor siempre.
—Vas entrando en mis secretos interiores,
me sonrió Jesús. Comprendes por fin que el
móvil de mis actos es normalmente la miseri­
cordia; porque vuestra situación es normal­
mente la miseria. ¡Qué multitud y qué variedad
de miserias humanas! Unas son conocidas y
lamentadas. Otras ignoradas y corrosivas como
un cáncer secreto. Unas son de la carne y
otras del espíritu.
'Los cuerpos tienen hambre, las inteligencias
ignorancia.
Los corazones tienen envidia, ira, despecho,
emulación y egoísmo.
Las voluntades son inertes, inconstantes,
obstinadas, torcidas y retorcidas.
Las conciencias se adormecen, se endurecen,
se embotan, se deforman y traicionan la verdad.
jMiserias! ¡Infinitas miserias de que todos
os quejáis y que todos agraváis por el contacto
de todos! ¡Estos pueblos inmensos sentados en
20 DIALOGOS CON CRISTO

el frío y las tinieblas, que un soplo infernal


ha convertido muchas veces en turbas enloque­
cidas!

El pueblo y las turbas*

Al pueblo le amo; a las turbas las com­


padezco.
Cuando yo convivía con el pueblo, era un
hermano más entre mis hermanos. Cuando ese
pueblo se convertía en turba, intentaba ma­
tarme despeñándome por una roca.
Cuando era el pueblo quien me rodeaba,
comía familiarmente el pan que yo les multi­
plicaba. Cuando ese pueblo se hizo turba, se
enorgullecía de mancharse con mi sangre y
ponerla como señal en la frente de sus hijos.
El pueblo es hogar, es pan caliente y abun­
dante, es rezo madrugador, es salida pisando
escarcha, azadonada en terrones pelados, pan
y aceite en el fardel, piel enjuta, ojos nobles
y alma clara.
El pueblo es, dicho sentencioso, refrán pro­
fundo, alusión cauta, criterio sano, proceder
honrado, sentimiento noble y compasión pronta
y universal.
¿Y la turba? Hasta vosotros sabéis por ex­
periencia lo que son las turbas.
L A R E D E N C IÓ N A C TU A L 21

¡Allá van esas riadas humanas que a flor


de piel llevan los limos más repugnantes y
en lo hondo, lo infrahumano que tiene todo
hombre!
Nadie es nadie; ninguno tiene nombre ni
apellido propio, ni propia responsabilidad; nin­
guno piensa por sí, ni sabe lo que quiere, ni
entiende lo que grita.
Es una oscura bacanal sin placer: un des­
bordamiento de lo inconsciente, de lo cruel y
de lo soéz, que todos lleváis dentro inédito e
ignorado.
Las turbas son ese niño terrible que se deja
guiar por los peores. Ellos son los únicos que
llevan los ojos abiertos y que han pensado
despacio el estribillo envenenado de que las
turbas se van a emborrachar por las calles.
—Sentíamos en el alma la emoción dolorida
de Cristo que hablaba sangrándole el corazón.
Entonces exclamé con vehemencia: ¡Oh Cristo,
yo también participaré de tu compasión por
esas turbas! No cogeré el látigo para domarlas,,
sino para vencer a sus guías y mentores. Los
de abajo son rebaño V montón; su fuerza es
cósmica y elemental; su rebeldía no es suya:
son el instrumento y el arma con que cometen
sus crímenes sociales los Grandes Rebeldes
contra Ti.
22 DIÁLOGOS CON CRISTO

Yo sabré descubrir en ese torbellino de la


multitud el mocetón recio y casto que todavía
en su rincón del suburbio reza cuando se
acuesta y besa entre las mantas las medallas
que lleva colgadas sobre su camisa llena de
sudor.
Tú compadeces y esperas. Y"o también espe­
raré.
Tú sólo sabes la hora del desengaño y del
sentido común. Yo compadeceré.
Tú eres la luz de todos. Yo procuraré ilu­
minar con ella a los pobres ciegos y alucinados.
Tú solo sabes cuántos años durará la hora
de lo social. Yo la aguardaré contigo. Porque
es cierto que ha de llegar. Las cosas mismas
buscan su equilibrio y armonía por leyes in­
trínsecas que radican en tu justicia y bondad.
Todo llegará si Tú sigues con nosotros.
Para Ti no es misterio ni el tiempo, ni el
modo, ni la fórmula de esa pacificación espi­
ritual de la familia humana. Porque Tú, Pa­
dre de todos, eres el que la has de crear.

La paz definitiva.

—Sí—resumió el Señor— , sonriendo y entre­


gado. Me quedaré con vosotros.
—Después de las tres horas que llevábamos
LA R E D E N C IÓ N A C TU A L 23

de camino hacia nuestro íntimo Ejnaús, el


diálogo largo e incandescente se reflejaba en
la fatiga de su rostro, en la nostalgia de su
mirada y en la languidez de sus brazos.
Le sujetamos entonces de ellos con toda nues­
tra pasión y le dijimos: —Quédate, quédate con
nosotros, Señor. Que al irte Tú, nos anegarán
las tinieblas.
—Preparad la mesa familiar, ordenó Jesús:
que sea ancha y acogedora, que son muchos,
que son todos los que se han de sentar a ella.
Todos los que mendigan por los senderos del
mundo, los que van arreando piaras ajenas o
meditando bajo las duras encinas de amos y
señores más duros todavía.
La bendición de mis manos tomará esta
mesa única del pan de los hijos, del pan de
los fuertes y del pan de los caminantes. Éste
es el pan vivo y vital que dará la vida eterna;
éste es el vino de mi sangre que alegrará mi
corazón y engendrará ejércitos de vírgenes.
Y será por fin la paz, la paz mía, la que el
mundo no os ha podido dar, porque no sabe
amar.
Y nosotros, con el corazón rebosante y
los ojos iluminados, respondimos: —Así sea,
Señor, así sea.
II

«VIRTUDES PASIVAS»

Manso y humilde de corazón (M at.,


11, 29).

Te traigo, Señor, con honda vergüenza, mis


fracasados propósitos de santidad.
Nacieron de mi buena voluntad v de mi
inexperiencia.
En este montón de papeles espirituales
rotos latía una ilusión infantil y un secreto
orgullo.
Pensaba yo que el que me había de hacer
santo era yo mismo. Sobre el cuadro dé mis
virtudes fulgía un anhelo de acción y de con­
quista.
Enumeraba mis futuros esfuerzos por la or­
ganización, por la cooperación, por el sistema,
por la táctica, por la técnica, por la moderni­
zación de los sistemas y la adaptación de los
estamentos.
«V IR T U D E S P A SIV A S» 25

No todo era malo allí; pero faltaba lo mejor.


Se echaban de menos las virtudes santificadoras
del Apóstol mismo, que son las más radical­
mente apostólicas.
Y yo me había olvidado de ellas por pensar
demasiado en mí v en mis actuaciones.
Bordeaba la herejía de la acción. Porque
olvidaba la eficacia redentora de tu Pasión y
del vencimiento de las mías.
Hoy vuelvo mansamente a Ti, vencido y apa­
leado por mi propia petulancia.
Necesito hacer el bien. Para ello me es pre­
ciso ser bueno. Y mi bondad moral dependerá
de estas cuatro virtudes «pasivas»: la paciencia,
el abandono en Ti, la aceptación de tu querer
y la obediente ejecución de tu voluntad.
Virtudes pasivas.
¿Pero bajo esa pasividad no palpita la su­
blime actividad del sacrificio? ¿No se entrevén
las agonías del orgullo, del brillo y del egoísmo
en sus mil formas y figuras?
Sufriré, Señor, contigo; me entregaré a tus
planes; aceptaré todas tus palabras, y cumpliré
todas tus voluntades.
¿No es ésta la forma más intensa y única
de la santidad y del apostolado?
DIÁLOGOS CON CRISTO

Paciencia.

Es lo primero. Es ley tuya, Señor, que todos,


aun los jóvenes, aun los niños, aun los santos
y más los pecadores, tengamos que sufrir.
¿Será preciso convencernos de que es una
necesidad impuesta a nuestra libertad? ¿Y por
qué, Señor?
Porque el dolor es el mejor maestro de la
vida, el gran educador, el único amigo serio
que dice todas las verdades, el sabio más sutil
de los secretos del espíritu y el domador de la
jauría de nuestras pasiones.
Es tu más íntimo confidente y el que nos dice
al oido tu más secreto sentir.
El dolor purifica, dignifica, santifica y edi­
fica.
¿Qué mejor compañero para ti, joven, que
pisas el dintel peligroso de la vida?
Él, con sabios palmetazos, endurecerá tu
carne; con inesperado tirón rasgará el telón
pintado de tus ilusiones; con dulce persuasión
te revelará la realidad de las cosas y la verdad
de ti mismo.
El marqués de Lozoya le entona un canto
triunfal:
«V IR T U D E S P A SIV A S» 27

«Dolor: ¡padre de todo lo noble y lo fecundo!


Cada día que pasa vuelves a ser del mundo,
redentor.
Porque tú las heriste, saben volar las almas;
Por ti es bella la vida; tú las pasiones calmas,
joh dolor!
Tú eres radiante y puro como el hermoso fuego.
Tú abrasaste a las almas, para que brille luego
su fulgor.
Sin ti no habría santos; ni poetas habría.
Y hastiado de sí mismo, el mundo moriría,
¡oh dolor!
Dios te bendiga: que eres la luz en el camino.
Mensajero del Rey. Del tesoro divino
portador.»

Cierto. Pero si todo ha de tener su peso y su


medida, ¿cómo no la tendrá este cauterio
divino? Medicina tan eficaz habrá de ser dosi­
ficada exquisitamente: que estimule y no des­
truya, que desintoxique y no enerve.
Por eso viene siempre recetado por tu mano
llagada, aunque los que me lo apliquen me cla­
ven juntamente el aguijón de su mala volun­
tad o de su indiferencia.
La eficacia santificado™ del sufrimiento se
deriva de tres elementos: de la cansa que lo
DIALOGOS CON CRISTO

produce, de la sensibilidad de quien lo padece


y de su propia duración.
Señor, pon la mano en el hombro de ese
muchacho exaltado y dile quietamente: ¿A qué
esos extremos? ¿Por qué esas ráfagas desva­
riadas de tus ojos? ¿Por qué ese duro tachón
de tu frente?
Y luego escúchale con atención: el amor, los
libros, el papá, el dinero, el deporte... ¡Bah!
Si no hay mayores causas, esperaremos que el
nubarrón descargue en quejas y voces, y el cielo
de aquella alma quedará más limpio y más azul
que antes.
Este otro tan pálido y huraño es de una deli­
cadeza suprema, excesiva, sutil en sus percep­
ciones y vibrátil, como si todo él estuviera
en carne viva: le hiere todo lo que le toca.
Señor, acércate también a él con tierna
preocupación: haz que tus palabras tengan la
suavidad del terciopelo. Se verá comprendido.
Y él comprenderá que puede ser un santo,
que puede ser un genio; pero, ¡ay!, que puede
ser también un fracasado: por despecho suyo,
por inercia o por incomprensión.
Aquel otro es noble, capaz, equilibrado. Pero
¡cómo le ha castigado la vida! La suya es un
rosario de misterios dolorosos, una cadena de
negruras.
«V IR T U D E S P A S IV A S » 29

Te responderá: ¿Cómo quieres, Señor, que


juegue, que ría, que alterne, que sueñe? ¿No
ves cuántas cosas me esclavizan? Muchas
están fuera de mí y otras dentro. He tenido
que ser hombre antes de tiempo: mis ideas y
sentimientos y experiencias han madurado
precozmente. ¿Cómo no estar todas ellas un
poco agraces y duras? Pero, en fin, bueno es
saber vivir y agarrar enérgicamente el propio
timón de cara a todas las tormentas.
Por fin, Tú le ofrecerás tu hombro llagado
para su cruz y le harás descubrir un jardín
maravilloso en su propio corazón.
El sufrimiento pasa; el haber sufrido queda.
He aquí por fin al joven que ha perdido
para siempre su sonrisa.
Es el rico y regalado que no tiene valor para
dejar de serlo. No quiere privarse de lo que cree
suyo. No quiere aprender a sufrir. Por eso ya
no sonreirá luminosamente.
Irá triste por los caminos de su vida, recono­
ciendo que no son los suyos. El suyo era mejor:
el que Tú le habías señalado junto a Ti y tus
apóstoles. Su conciencia le repite. silenciosa
e incansable: no encontrarás más al Maestro
Divino que no quisiste escuchar.
Por eso Agustín tiembla: «Temo a Jesús
cuando pasa y no vuelve».
DIÁLOGOS CON CRISTO

Y yo rezo: —Señor, dame las penas que quie­


ras; pero líbrame de esta tristeza que no viene
le Ti: la cobardía para sufrir.

Abandono.

Es la segunda virtud santificadora y apos­


tólica.
Tú sabes con qué ilusión y seguridad te seguí,
y sabes también qué pronto descubrí que no
era de rosas mi camino. Ni llano, ni recto, ni
corto, ni como yo le preveía, jCuántos baches
y caídas! ¡Cuántas encrucijadas y dudas! ¡Cuán­
tas vueltas y sorpresas! Pero sujeto siempre
por tu mano conseguí no salirme de él. ¿Mérito
y valor mío? Ninguno. Ciega confianza en Ti,
¡oh sí!, vida de mi vida, verdad de mi verdad
y camino de todos mis caminos. Porque mi
camino fue siempre el fiarme de Ti.
Y el premio de mi confianza ha sido mi per­
severancia junto a Ti.
Hoy vuelvo la vista atrás, Señor, y beso
tus manos llorando.
Contemplo, para bendecirlas, todas tus rec­
tificaciones.
Las rectificaciones que has hecho Tú mismo
de mis ideales, los cambios que has introducido
«V IR T U D E S P A S IV A S » 31

en mis planes, los fracasos con que has hundido


mis proyectos.
No; mis pensamientos no eran los tuyos.
Con terca obstinación, con tozudez infantil,
me encapriché cien veces con juguetes brillan­
tes que Tu no me querías dar. Lloré, pateé.
jTodo inútil! Podía más tu amor que mi
amor propio.
Tu mano me retenía vigorosa como se tira
de la cadena de un perro goloso y olisqueador.
¡Qué frenazos a todos mis instintos y qué
ahogados ladridos de protesta!
Hoy veo claro que Tú tenías toda la razón
al sustituir tus destinos en vez de mis enso­
ñaciones.
También Marta y María pensaban que debías
estar presente para evitar la muerte del que
tanto amabas. No podían explicarse ni tu
ausencia, ni tu tardanza en venir, ni tu res­
puesta intencionadamente obscura: «Esta en­
fermedad no es para muerte», les decías; y tu
aviso llegó cuando el hermano agonizaba.
¿Es que Tú podías mentir? ¿O engañarte?
¿O engañarlas?
¿Cómo explicarse que tu cariño se aviniera
con aquel abandono, con aquella soledad, con
aquellas lágrimas desoladas?
Yo lo sé; tus planes eran más amplios, más
DIALOGOS CON CRISTO

complejos, más sublimes y más tiernos. Pero


ellas los ignoraban. Y como tienes la costumbre
de callarte, como no sueles dar explicaciones,
como no prodigas las profecías—esto pienso,
esto he resuelto— , dejas a los tuyos en terribles
noches de espíritu.
Ellas no pensaban para nada ni en los Após­
toles ni en los fariseos; pero Tú reservabas a los
primeros una prueba para su cobardía y a lös
segundos un argumento evidente contra su
incredulidad.
En tu combinación entraban elementos igno­
rados para aquellas buenas mujeres. ¿Qué
extraño es, Señor, que se turbaran, que no te
comprendieran?
Es cierto, Señor, cierto; nuestros pensa­
mientos no son como los tuyos ni tus caminos
coinciden con los nuestros. Por eso, cuando al
fin tu idea se hace realidad, qué vergüenza
para nuestras ideas pequeñas, para nuestros
planes de hormigas.
Tú no los respetas ni los cumples.
Sonríes silencioso, como nosotros lo hacemos
ante las exigencias caprichosas de los niños.
También el Régulo insistía casi con deses­
peración: «Baja, Señor; baja a Cafarnaún antes
que muera mi hijo».
Pensamientos limitados del amor y del
«V IR T U D E S P A SIV A S» 33

egoísmo paterno; alas cortas de una fe inci­


piente.
Tú te quedaste quieto y le ordenaste que se
fuese él solo. Solo y fiando en una sola palabra
tuya: Tu hijo vive.
¿Lo creyó? Quizá. Devorando su zozobra
tomó el camino solitario. Tu miráda trémula
le seguía cuidadosa de que no llegara a la exas­
peración.
De repente, el torbellino vociferante de sus
criados le sale al encuentro, dándote, sin saberlo,
la razón a Ti. Unas lágrimas de hombre la­
mentarían haber medido tu bondad con sus
cortos pensamientos.
Es difícil, Señor, es arduo a nuestro egoísmo
aprender a fiarnos de Ti.
¿Es que no tienes crédito para que yo te lo
entregue todo: mis días futuros, mis actividades,
mi cuerpo gastado, mi alma solitaria, mis
ilusiones dudosas, mi destino eterno?
«En medio del camino de mi vida» contemplo
con asombrado amor todas tus rectificaciones,
todos mis cambios de ruta, todos los fracasos
de mis ideas.
. Nada me ha sucedido como yo esperaba;
ninguno de mis sueños cuajó en realidad;
ninguna de las profecías de mis amigos o de
mis enemigos se ha cumplido en mí.
D IÁ LO G O S CON CRISTO

Por la Cruz a la luz.

Porque veo con pasmo que cuanto ha suce­


dido ha sido lo mejor para mí.
Tú, único amigo mío, mientras yo tejía mis
telas de araña, sonreías en silencio, y con tu
mirada penetrante soltabas todos los nudos.
He contemplado campos, cielos y almas que
jamás soñé ver.
Han surgido hermandades interiores con
corazones que entonces ni siquiera existían.
Me he gastado en actividades para las que
todos me creyeron incapaz.
Y he fracasado en empresas para las que
creí haber nacido.
En las encrucijadas súbitas, primero era la
turbación; en los cambios de dirección que me
imprimía tu mano, era el pánico; hoy, ya en el
término, es el Miserere que reza mi orgullo
fracasado y el aleteo de mi abandono filial
en Ti.
«Bueno ha sido para mí el que me hayas
humillado.»
Porque yo no pensaba más que en mí solo.
¿Gran pecado! Creía, necio, que todo había
de girar en tomo a mí. No quería enterarme
de que los destinos de todos están en una sola
«V IR T U D E S P A S IV A S » 35

mano, que es la tuya, y de que ella los relaciona


y subordina entre sí. No sería tu saber infinito,
si no tejieras mi dibujo único con los hilos
policromos de todas nuestras vidas.
Y no se te enreda la madeja, ni igualas los
méritos de cada uno, ni mutilas su libertad.
Santa Teresa de Jesús veía el mundo como
un tablero de ajedrez: nuestras fichas no son
iguales ni en su valor, ni en su significación,
ni en su figura, ni en su eficacia: alfil, caballo,
torre, dama, rey. Y aunque se mueven libre­
mente, hay dos manos ágiles y eficaces que
ordenan sus movimientos: la negra de Luzbel,
por un lado, y la tuya ensangrentada, por otro.
Los que llamamos puerilmente aconteci­
mientos históricos, no son más que jugadas del
Maligno que Tú aprovechas para imponer tu
poder, tu sabiduría y tu amor.
¿No es pedante creer en la filosofía de la
historia?
¿No sería más sincero y verdadero ver su
teología?
Aventurado es someter a claves fijas las
voluntades humanas. ¿No resultará imposible,
y aun impío, querer controlar también la tuya,
que juega, sabia y eficaz, por los entresijos
de las humanas determinaciones?
Y ahora comprendo, Señor, que no se per-
DIÁLOGOS CON CHISTO

derla el más mínimo alfil si él mismo no te


traicionara pasándose a tu enemigo.
Dóciles todos a tu mano, la partida la gana­
rías completa, sin perder ni uno solo de los
que te ha encomendado el Padre.
Pero, eso si, la última jugada solo tuya pue­
de ser. Sólo Tú puedes ser el último que rías.
Pasadas las peripecias de la historia, caídos
todos en la bolsa sin fondo de la eternidad,
tus labios repetirán sencillamente: «Yo he
vencido al mundo...; el Príncipe de este mundo
ha sido echado fuera».
Por eso en tu seno arrojo, Señor, todos mis
cuidados.
Pobre alfil de un alto juego divino, ¿cómo
no renunciar a mis combinaciones personales?,
¿cómo usurpar la cuadrícula ajena?, ¿cómo no
someter mis movimientos a la sabiduría y al
amor de tu mano omnipotente?
Besándola con el alma y con la vida te su­
plico: ¡Lleva Tú mi juego, Señor!

Aceptación.
Porque para decirte que sí a todas tus ini­
ciativas, es preciso que diga que no a mis voces
interiores y a las seducciones del exterior.
Por eso, volviéndome a los hombres, apo­
yándome en mi experiencia y conocidos tus
♦VIRTU DES P A SIV A S» 37

secretos, me creo en el derecho y tengo la auda­


cia de gritarles: hermano, agobiado hermano
mío, ¿por qué desgastas tu vida protestando
contra imposibles? Así cuentas tus días por
tus fracasos*
¿No tendrías más paz y un éxito permanente
si aceptaras limpiamente lo que no puedes
impedir o lo que no debes enmendar?
Si la santidad consiste en tener de acuerdo
tu voluntad con la divina, ¿por qué no repites
en cada latido: hágase, Señor?
Ese fiat tuyo, unido al divino, te asociará
a la obra dedicada e infinita de su Providencia.
Hágase fue la primera palabra creadora:
de ella brotó limpio y grandioso el Universo
visible.
Hágase fue la palabra más fecunda de la
Virgen Madre: de ella surgió manso y humilde
el bendito Jesús.
Hágase fue la palabra definitiva de Jesu­
cristo ante su cáliz: de ella floreció como im
rosal de sangre la redención universal.
Es la palabra que unge los labios creadores
del Padre, los labios maternales de María, los
labios redentores de Jesús. ¿Cómo a tus labios
le cuesta tanto repetirla?
Finges ignorar cuál sea el querer del Padre;
pero Él no engaña jamás ni esconde en su ser
38 DIÁLO G O S CON CRISTO

infinito este secreto: io dice con claridad de


múltiples maneras, porque desea que sea en­
tendido de todos, aceptado dulcemente y eje­
cutado con fidelidad amorosa.
¿Qué son las leyes físicas sino un decreto
suyo contra el cual no admite apelaciones?
Y tú maldices del hielo y del ardor que no
obedecen a tus planes o simplemente a tus
gustos.
Porque el rayo, la escarcha y la alborada lo *
sostiene el Padre en su mano como despenseros
y criados de sus hij os, pero sin someterlos a
sus caprichos infantiles.
Nosotros hemos creado los problemas eco­
nómicos y sociales, reclamando una participa­
ción al Dueño universal en la gerencia material
del mundo. En su frente paternal se dibuja
un ceño de lástima y de pena: porque con todas
nuestras conferencias, tratados e intercambios,
jamás podremos lograr que no haga calor en
verano ni frío en invierno.
¿No sería más sencillo y más lógico poner
nuestro trabajo y nuestra inventiva como una
risueña y gozosa cooperación de sus planes?
Quizá entonces Él, complacido, nos aumentaría
las raciones y nos echaría ese puñadito de más
que solemos dar a los niños cuando han sido
buenos y juiciosos.
«V IR T U D E S P A S IV A S » 39

En el orden moral ha hablado Dios con más


claridad aún. ¿Cuántas palabras ha dicho el
Verbo indicándonos su querer? La ley escrita
es su voluntad dictada para todos los siglos
y a todos los hombres. ¿Por qué torturas tu
imaginación intentando crear un propio cami­
no, una ascética propia, tu propia moral y tu
propia casuística? ¿No resulta risible este
egoísmo pedante? ¿No es claro y preciso el
sermón de las Bienaventuranzas? ¿No son
cristalinas y realistas sus moralejas y sus pará­
bolas? ¿No es tan sencilla como elevada la
síntesis de su mensaje: ámame a Mí y ama a
tus hermanos?
Obediencia.

Sí. Porque es la costumbre de Dios enviarnos


un intérprete autorizado y humano de su eterna
voluntad: «Toda potestad legítima viene de
Dios», dice San Pablo. Y San Agustín reduce la
esencia de la santidad a la dócil, gustosa y
total obediencia.
¿Que el delegado divino es hombre limitado
y ruin? ¿Qué te interesa a ti eso? ¿Que está
sujeto a errores y miserias? Él los llorará.
Yo recibiré con precisa fidelidad el querer
de un Dios que fielmente se me transmite,
y cada cual daremos cuenta al mismo Señor
40 DIALOGOS CON CHISTO

de nuestro cometido. Como un teléfono de


Dios es el que manda legítimamente.
¿Que Él lo hace por soberbia, o por venganza,
o por intereses propios? Allá £l.
¿Que se empina ridiculamente por sobre­
salir? ¿Que sonríe hinchadamente al sentirse
obedecido? Allá ti.
Sin que nosotros lo advirtamos, tras su mueca
enfática se esconde el rostro benigno de Cristo,
v sus ojos buenos me dicen tiernamente lo
mismo que 91 me grita con ira.
Sólo cuando se me ordenara un pecado, el
rostro del Señor se volvería como quien recibe
un salivazo.
Con silenciosa seriedad me advertiría: «Hijo,
se ha falsificado mi firma; han pisado mi vo­
luntad para imponer su maldad».
Este abuso del poder y esa dificultad de
obedecer, ¿no es el eje y la clave de todas las
revoluciones?
Choques minúsculos o colisiones gigantes de
hombres contra hombres.
Si el de arriba sólo transmitiera el divino
querer, el de abajo besaría la orden y también,
la mano que se la entrega. Ante el Padre cómún
todos nos sentiríamos hermanos. La justicia
engendraría el amor y del amor nacería la paz.
Esa sería la auténtica paz de Cristo: cuando
«V IR T U D E S P A SIV A S» 41

a través de los hombres reinara el mismo


Cristo.
Subía el Dante de mano de Beatriz las escar­
paduras del astro en que residen los gober­
nantes del mundo. De repente, en aquel cós­
mico silencio se vieron girar por los espacios
suaves enjambres de luceros palpitantes y
vivos. Una sutil armonía guiaba sus movi­
mientos parsimoniosos. Y lentamente fue des­
cubriendo el poeta unas letras temblorosas que
iban formando las estrellas; al fin pudo dele­
trear escrita sobre los cielos esta lección divina:
«Amad la justicia los que gobernáis la tierra».
He aquí tu mano etemal, Señor, escribiendo
con luceros la fórmula de la concordia v de la
armonía humana.
Porque, realmente, el «fruto de la justicia
es la paz».
¡Ah!, pero la flor de esta paz es la mansa
aceptación de tu ley: el sí cordial a cuanto viene
de arriba; la sonrisa filial a todas las órdenes
del Padre; la mirada de aceptación que intuye
los porqués de todas las cosas tristes.
«Los desgarros de la vida
los remendaba Teresa
con la aguja de la fe
y el dedal de la paciencia.»
E. Marquina.
III

LOS PECADOS SUTILES

Cuando creció el trigo, apareció


también la cizaña (M at., X I I I , 27).

¡Con qué trémula gratitud beso hoy tus ma­


nos, Señor!
Te has dignado visitar mi parcela interior.
Es la que sembró tu mano, la que iba creciendo
fecundada por tu sol y por tus lluvias; la que
arraigó gracias a tus heladas y tus tormentas.
;En ella tenías tu complacencia y tu ilusión!
Pero hoy has descubierto y me has revelado
a mí algo grave e importante: la cizaña.
Sí, la cizaña que, aprovechando mis horas
de sopor y descuido, sembró el Maligno.
Yo pensé que tu sembradura crecía limpia
y cuajada, flexible al más leve soplo de tu .
amor. Y no era así. Guardaba un negro se­
creto de esterilidad y malicia. La mano hostil
esparció secretamente sutiles granos de egoísmo
que han producido mis pecados interiores, to­
davía más sutiles porque parecen virtudes.
LOS PECADO S SU TILE S 43

Confíteor. Yo te los confieso con el rubor


en la frente, la sinceridad en los labios y el
arrepentimiento en el corazón.

Pesimismo.

Mi primer pecado oculto es el pesimismo:


un vicio que parece celo y es la carcoma del
amor.
Porque mi vida ej:a una lamentación ince­
sante, una inquietud crónica de ser como soy
y de verme como me veo.
No se cansaban mis labios de llamarme co­
barde, tibio, vulgar. Pero estos insultos llevaban
proyectado el fastidio y el orgullo de no verme
tan bonito y bueno como yo me soñé.
Yo esperé un día que Tú hicieras el milagro
de mi santidad perfilada e impecable; y cuando
descubrí tantas flaquezas, más que de mí mismo,
protesté de tu cuidado; como si no hubieras
cumplido tu promesa y me escamotearas el
gusto de verme perfecto. ¿No te pidieron los
fariseos un milagro en el cielo, aparatoso e
inútil? Tus milagros cordiales, prodigados sin
énfasis, a oscuros medigos, no les convencían.
Ésa era también mi ilusión. jQué bien, si de
golpe y sin ese lento esfuerzo mío, tú hubieras
purgado mi alma de todas sus ruindades! ¡Con
44 DIÁLOGOS CON CHISTO

qué espiritual narcisismo me hubiera yo gozado


en una perfección sin arruga ni mancha,
pulida y elegante!
En resumen: rugía sordamente en mí un
despecho egoísta y una protesta disimulada
contra tu misma bondad.
Y ese es mi primer pecado sutil; esa es la
cizaña soterrada que roba su jugo a la autén­
tica virtud que Tú me exiges.
Más agravado todavía cuando se ceba en
las deficiencias ajenas o en las obras que ellos
llevan y Tú fecundas. Confíteor. Cometí el
pecado de Caín mirando sólo lo malo de los
que son buenos. Tenía un regusto envidioso
en numerar las deficiencias y fracasos ajenos,
como si con eso se justificaran los míos; como
si mis tibiezas y deslealtades quedaran en me­
jor lugar, comparadas con otras caídas ajenas
más visibles. Y torcía la mirada para no des­
cubrir ni ponderar los arranques nobles, las
entregas emocionantes y los sacrificios ocultos.
Me hubiera quizá gozado en verlos abandonados
de Ti y sumergidos en el torbellino de su pro­
pia suerte.
Santa Tere sita gozaba al descubrir sus limi­
taciones y descuidos, no porque lo fuesen, sino
porque le encendían una luz interior y la
empujaban, como un viento de paraíso, hacia
LOS PECAD O S SU TILES 45

el abandono y la confianza en Ti. Y yo, risible


gorrión, me aburría de mis pequeñeces y pro­
testaba de no ser águila que se meciese orgu-
llosa sobre las crestas doradas de los montes
y bajo un cielo impecablemente azul. Confíteor.
Me confieso ante Ti de este orgullo disfrazado
y de este pesimismo casi blasfemo.

Ingratitud.

Y confieso también mi segundo pecado: El


pecado negro de la ingratitud.
Embebido y obcecado en cantar siempre mi
lamentable lamentación, me olvidé de entonar
ante tu rostro el noble y radiante Magníficat
de mi debida gratitud.
Me dije: No avanzo en mi camino espiritual.
Pasan sobre mí los días y los años todos igua­
les y mustios, como el acompañamiento de un
duelo. ¿Qué huella han dejado en mi concien­
cia? ¿Qué resonancia de pasos heroicos, de
arranques generosos o de entregas totales? Y
vuelto siempre sobre mí mismo, no reparaba
en esa silenciosa obra de divinización que tu
gracia verificaba en mí. ¿No es un bien infi­
nito no haberme Tú dejado caer en faltas
graves? La tenebrosa legión de los ángeles del
abismo ha cruzado delante de mí sin rozar
46 DIÁLOG OS CON CRISTO

mi carne ni mi alma. Era el ángel de la apostasía,


el de la lujuria, el de la ira, el de la traición,
el de la duda. Tú interpusiste tu mano protec­
tora para que no me arrastraran consigo. ¡Y
yo no quería enterarme de este infinito favor!
La monotonía de mi labor diaria, de mi tra­
bajo incesante, ha ido madurándome y pulién­
dome con una secreta sabiduría.
También tu mano se posaba sobre la mía
para que yo no traicionara mis deberes, tal
vfz pesados y siempre meritorios en toda su
longitud.
Alguna lengua se ha movido contra mí: y
Tú pusiste en la mía una risueña calma y una
discreta medida para que no devolviera mal
por el mal que me hacían.
Y cuando la nube morada del dolor físico
me envolvió de pies a cabeza, Tú abriste en
ella un rompiente de luz sobrenatural por donde
bajaron sobre mí como palomas la paz y la re­
signación. ¡Nada de esto te he agradecido,
Señor!
Es cierto que mi ruindad y malicia íntimas
no han desaparecido. Siempre estará justifi­
cada en mis labios la palabra de Pedro: Apár­
tate de mí, Señor, que soy hombre pecador.
No veo en mí el crecimiento que Tú esperabas,
ni descubro el vigor interior de tu savia divina.
LOS PECAD O S SU TILE S 47

Pero ¿acaso es necesario que yo lo vea?


¿No sería una soberbia sin pudor? ¿No sería
un placer infernal?
Tampoco veo subir ese trigal verde y claro,
ni oigo bajo la tierra el romper del grano
germinal, ni soy capaz de medir, al día, el
crecimiento de ese tallo grácil en que se mece
la espiga en el aire limpio de abril.
Pero sé muy bien que en el verano próximo
hundiré mis dos manos en los montones áureos
de trigo y comeré un pan blanco y esponjoso.
¿No es así tu influjo vital en mi alma? ¿No
es vida también la gracia y la santidad? Vida
silenciosa y virginal, pero potente y llena:
vida derivada de Ti mismo, a quien llamó
San Agustín: Vita vitarum: «Vida de las vidas».
Por eso también Confíteor: Confieso mi in­
gratitud egoísta contra tu delicada y eficiente
generosidad.
Magnificat: mi alma te magnifica porque
haces en ella grandes cosas sin que se entere
mi soberbia ni padezca mi pequeñez.

Ilusionismo.

Y te vuelvo a confesar mi tercer pecado: el


ilusionismo místico.
Confíteor. Cuando tu mano se puso sobre
48 DIALOGOS CON CHISTO

mi hombro y me dio aquel recio tirón para


sacarme del montón vulgar, yo quedé sobre­
cogido por tu dignación. ¿De dónde a mí?—
repetía con aturdimiento—. Tu cercana y suave
benevolencia, tu comprensión paternal crea­
ron en mí tal confianza, que me sentí comple­
tamente tuyo para siempre: hijo y heredero
de la casa paterna.
Pero ¡qué pena! De eso tan santo y justifi­
cado brotó otro venenoso germen de mi egoísmo.
Soñé una vida de santidad fulgurante y
llamativa, desprecié las virtudes sencillas: pa­
ciencia, obediencia, trabajo, oscuridad. Forjé
no sé qué ensueños de conquistas exteriores:
la predicación clamorosa y multitudinaria, las
misiones pintorescas y arriesgadas, quizá los
milagros, quizá el martirio. ¡La imaginación
tejía su malla de oro y surgía una novela de
místicas aventuras!
Cuando la realidad desinflaba esos globos
de colores, yo sentía el pinchazo no en el corazón,
sino en el egoísmo. Mi ensueño recogía sus alas
irisadas y decía: ¿me habré equivocado en la
elección de mi camino? ¿Por esta monótona
llanura habré de dar mis pasos sin espectado­
res de mis éxitos, sin compensación de mis
esfuerzos? ¿Pues no fui elegido para grandes
cosas? ¿No dijiste Tú a tus apóstoles que en
LOS PE CA D O S SU TILE S 49

tu nombre curarían los enfermos, beberían sin


riesgo los venenos y expulsarían los demonios?
¡Y mis horizontes se amurallan de nubes gri­
ses y ante ellos me desgasto en la vulgaridad
de un trabajo anónimo: ni comprendido, ni
agradecido, ni pagado!
La consecuencia de estas ridiculas medita­
ciones era el abandono y la tibieza. ¡Loca
fatuidad! Me iba alejando de Ti, que seguías
redimiéndome en el rincón pueblerino de tu
taller de carpintero. Pero gracias a tu paciencia
hoy inicias en mí una seria regeneración. Me
suscitas la admiración de las virtudes oscuras
y me haces sentir su inefable seducción. jOh!,
es cierto. No está la santidad en un sitio, y
menos si es brillante. Tampoco está en una
ocupación singular, ni en una práctica deter­
minada: está en esa dócil disposición interior
que lleva al olvido total de sí mismo, al des­
precio de todos los valores fugaces y al escon­
dimiento en Ti; pues, como dijo San Pablo:
vuestra vida, vuestra santidad, está escondida
con Cristo en Dios. ¿A qué cambiar las cosas
exteriores? ¿No es mejor cambiarse a sí mismo?
«Piense cada uno—dice San Ignacio—que tanto
más aprovechará en todas cosas espirituales
cuanto saliere de su propio amor, querer e
interese». Salir, sí; pero no de sitios, ni de
50 D IÁ LO G O S CON CRISTO

cargos, ni de compañeros, ni de superiores, ni


de ambientes, ni de climas. Salir del amor
propio, salir del interés propio, salir del pro­
pio querer. Eso es lo único necesario. ¿No es
éste un martirio tan sublime como el de la
sangre y las balas rojas? ¿No es más brillante
a tus ojos este apostolado que las aventuras
apostólicas admiradas por todos?
«No es menor cosa vivir para Cristo que
morir por Cristo», dice San Ignacio. Y San
Bernardo, con más vigor aún: «Mayor cosa es
vivir en castidad que morir por la castidad».
Confíteor. Confieso de lo más hondo de mi
ser, mi pecado de ilusionismo soberbio y ex­
tiendo mi mano para que Tú me lleves de la
tuya.
...Por la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido.

Mimosidad.

Y te confieso por fin, Señor, mi cuarto


pecado sutil: el infantilismo codicioso.
¡Soy tan interesado en cuanto hago! Verdad
es que la oración es la respiración de mi alma.
Que tengo hambre de tu contacto eucarístico.
Que en cada rincón solitario te espero para
LOS P E CA D O S SU T IL E S 51

un coloquio de luz y de vida, Pero también


es cierto que si tu presencia no me infunde la
dulzura y el gozo que yo espero, me inquieto,
me canso, me ofendo y me entristezco.
No te busco a Ti por amor a Ti: busco tus
golosinas; espero la propina que se da a ese
niño caprichoso para que haga el mandado o
cumpla su obligación. ¡Vergonzosa cosa, por
cierto, pero real!
Tú me enseñaste también a buscarte en
tus hijos: me dijiste que no te quiero derecha­
mente, si no me doy a cuantos me reclaman.
Pero, ¡feo pecado el mío!, me cuesta a par de
muerte hacerlo todo de balde.
Cuando me sonríen agradecidos, se me abren
espontáneos el corazón y las manos.
Cuando me halagan zalameros, me disuelvo
todo como un azucarillo.
Pero si, inconscientes o torpes, no me dan
esa deleznable recompensa, mi caridad se mus­
tia como una flor. ¡Humano, sí, demasiadamente
humano!
Sé que mis superiores son el altavoz de tu
voluntad; sé que es a Ti a quien respeto, es­
cucho, obedezco y amo en ellos. Pero ¡ay si
se olvidan de ponderar mis servicios, de agra­
decer mis esfuerzos, de exaltar mis éxitos o
lamentar mis fracasos...! Falto de mimo y de
52 DIALOGOS CON CRISTO

alientos, me siento er mi rincón enfurruñado


y renuncio airado a mi labor.
Sé que este proceder no es serio, ni varonil,
ni evangélico: es simplemente vergonzoso.
Pablo, tan varonil como sincero, me ofrece
el limpio esquema de la santidad perfecta.
Para él la santidad consiste en el amor; en
la doble caridad hacia Ti y hacia los tuyos;
en la eliminación de todo egoísmo, de todo apego
y de toda pequeñez. El Santo, pues, es paciente,
es benigno: no es envidioso, no se enorgullece,
no es ambicioso, no busca su propio interés,
no se irrita, no piensa mal, no se goza con la
iniquidad, sino que se alegra con la verdad.
El Santo todo lo sufre, todo lo cree, todo lo
espera.
;Fuera por tanto de mí la ruindad, la mez­
quindad, la envidia, el fariseísmo! ¿Por qué mi
vida no ha de ser ahora un himno cordial y
bello; un cántico alegre, optimista, vigoroso y
sencillo? Nó; no será más la lánguida lamenta­
ción de mis pequeños males. Tendrá que ser
el noble Miserere de mis grandes culpas. Pero
sobre todo y siempre será un Magnificat.
¡Mi alma te glorificará a Ti en el amanecer
de todos mis días vulgares!
Te engrandeceré también bajo el agobio ar­
doroso de mis esfuerzos apostólicos.
LOS PECADO S SU TILES 53

Y en el ocaso de mis fuerzas y de mi vida mi


espíritu se gozará solamente en Ti.
¡En Ti, que has sido y serás para siempre
mi luz y mi salud! Amén.
IV

LOS FRACASADOS
f

Fo soy; no temáis (Juan, 6, 20).

Hoy no vengo solo a tu Corazón, Señor; me


acompaña la turba oscura de los fracasados
como yo lo fui, de los que siguen hundiéndose
como Pedro en las olas móviles y devoradoras
de la vida, porque aún tu mano no los agarró
con la fuerza que a mí, ni tus labios les ha
dicho: «¿Por qué has dudado?» No te acuso,
no, benigno Salvador de todos los náufragos.
Yo sé que siempre caminas sobre nuestro mar.
Son ellos, sí; son ellos los que no han tenido
la fe suficiente para gritarte como Pedro y yo:
«Sálvame, Señor».
Hoy me veo reproducido en ellos; recuerdo
con amor sin límites que todos los fracasos son
superables menos el eterno; sólo hacen falta
dos cosas: una fe ciega y fuerte en Ti y esa
omnipotencia tierna tuya que no se nos niega
jamás.
¡Pero cómo lacera el alma ver y escuchar
LOS FR A C A SA D O S 55

esa peregrinación de mendigos, esa cuerda de


cautivos, ese coro de vencidos, esos luchadores
acobardados que son los fracasados!
¿Y quién los conoce mejor que Tú?

El pecador.

Un triple fracaso los divide. He ahí el primer


grupo.
Éstos se sienten dejados de Ti mismo. Se
reconocen pecadores, traidores, pródigos; pero
en vez del confiado arranque, «Sálvame», se
resignan al hundimiento definitivo, como si te
faltara amor por ellos, como si fueras sólo un
juez intransigente o un carcelero sin corazón.
¿Conoces bien a éste? Sonrió ante tus sonri­
sas: aspiró a la santidad; pero la vida en ciertas
fatales circunstancias le sedujo con amores
falsificados, con regalos frívolos, con caprichos
estúpidos. Y cayó. Fue una locura que él
descubrió en sus momentos lúcidos; pero ya
tema encadenados los pies, las manos y la
voluntad. Hoy gime desalentado en su rincón
sucio, hecho una basura innoble. Se conoce
bien a sí mismo y se desprecia profundamente;
pero le falta la valerosa humildad de alzar a tus
ojos buenos su mirada llorosa. Además que él
no quiere llorar: un negro pesimismo moral le
36 DIALOGOS CON CHISTO

tiene exasperado; la vergüenza orgullosa tira


de él haeia atrás, y espera un futuro más
triste con calma fría y amarga, como algo irre­
mediable. Su palabra cobarde y fatalista es
ésta: «No puedo; sea lo que debe ser». Es el
fracaso religioso,

El desgraciado.

Aquel otro es bien distinto; no es un cobarde


ante Ti: es una liebre apaleada por los hom­
bres. Creyó que la vida era riente y clara.
Esperó un amanecer rosado y un campo verde
y suave cubierto de margaritas cándidas e
infantües. Pero al abrir los ojos soñadores,
¡qué prematura desüusión! En las manos duras
de una madrastra el niño no aprendió jamás a
besar, ni a pegar a sus iguales, ni a romper
sus juguetes. La miseria, más áspera aún que
su madrastra, le educó en la sordidez y en la
envidia. Con un rencor demasiado precoz
miraba los escaparates repletos y los niños
bien vestidos, caprichosos, gordos y mimados.
Su triste corazón maduró muy de prisa. Lo
sentía todo y no se atrevió a amar nada ni a
nadie, persuadido de que sólo recogería desaires
e ironías. Bullían en él grandes capacidades
apenas comprendidas y por nadie sospechadas.
LOS F R AC A SA D O S 57

Hombre ya, ¿qué hacer? ¡Huir! Hubiera sido


un incendiario, un rebelde, si no tuviera tanto
corazón y en él tanta nobleza y tanto pesimismo.
Procuró un trabajo honrado; intentó pisar
la senda decorosa por donde va la turba media:
esas masas honorables y mediocres que sin
mirar demasiado a los más altos, saben también
que detrás vienen quienes envidian su medio­
cridad. Y se le cerraron las puertas, parte
por estrechos egoísmos, parte por esa cortedad
ingénita del que no cree en sí mismo.
¿Y es que no tenía razón para sentirse un
vencido de la vida? Fracasado como hombre,
es simplemente un hombre fracasado.

El caldo.

Este tercero, Señor, llegó a su mediodía


vigoroso y normal. Tú le pusiste la mano en­
cima del corazón y le dijiste: «Ama*. Y el amor
le sublimó con su llama de oro. Miraba de
frente el rostro ajeno con calma y seguridad.
Pero ¿no fue culpa suya? Quizá. Lo cierto es
que la vergüenza manchó su nombre, su honra
quedó rota y cerró todos sus horizontes dorados
una densa nube color de acero. Fue la caída
vertical, exasperante.
Aún intentó a codazos abrirse entrada en
58 D IALOGOS CON CRISTO

ciertos círculos humanos; pero su convivencia


era violenta, se movía con indisimulable cor­
tedad, y comenzó a mirársele de lado; se le
tenía por un audaz, por un cínico. ¿Y qué
remedio? La entrega. La dejación de sí mismo
a una suerte brutal y vengativa.
¡Cuántos millones de tragedias como ésta
no contemplan tus ojos, Señor! .
Y no son precisamente blasfemias ni rebel­
días las que se elevan hacia Ti; es una desilu­
sión total.
No esperan auroras ni se atreven a lanzarse
a la ventura de vivir. ¿Cuál es su pecado? La
desconfianza en Ti y en los hombres; el ímpetu
de fuga y una universal inseguridad. El efecto
de esos hundimientos es la inseguridad.

Triple inseguridad.

Y primero de Ti, Señor, porque no pareces


haberte enterado de su tragedia; a lo menos
no te has hecho presente a ella; has dejado que
caigan las fuerzas naturales y humanas como
un río de lava que se lleva por delante dulces
hogares con cunas de niños, ahorros familiares
y tiernas esperanzas.
También sienten la inseguridad de los hom­
bres, que son necios y tardos de corazón para
LOS FR AC A SA D O S 59

creer en los demás hombres. Aprietan los puños


para no extender la mano, para sujetar bien
la bolsa y escamotear el abrazo fraternal.
Desprecian no al que es peor, sino al que tiene
menos o tiene menos fuerza para hacerse es­
cuchar. La consecuencia es una tercera inse­
guridad: la inseguridad sobre sí mismos. Per­
dida la fe en su valor, se entregan al amargo
paladeo de su pequeñez y flaqueza. Se ven
árboles estériles, útiles solamente para dar
sombra y leña a los demás.
En el mejor caso irán tirando del carro de la
vida, donde, subidos los más afortunados, beben,
ríen y avanzan sin agradecerles su esfuerzo.
Pero lo cierto es, Señor, que Tú y yo no somos
así. Tú esperas el alarido de su fe y yo recuerdo
la mía cuando me rehabilitaste, y compadezco
a los hundidos. ¡Oh, sí! Yo quiero tomar de tus
manos tu vino y el óleo de buen samaritano y
volcarlo sobre esas postemas espirituales: qui­
zá se unjan también de nuevo las cicatrices
de las mías para que no se abran de nuevo
o se vuelvan a infectar.

¡Aceptación!
Yo creí y creo aún con mi ser entero que el
remedio de un fracaso no está en que el mundo
y los hombres cambien su conducta con nos­
60 DIÁLOGOS CON ( KISTO

otros. Está en que nosotros cambiemos nuestros


criterios, nuestros sentimientos v nuestra vo-
r v.

luntad. Debemos prescindir de nuestro plan


en la \ida y aceptar el tuyo. ¿Por qué mi voca­
ción y destino había de ser el que yo pretendía?
¿Por qué había de actuar en este escenario
móvil como rico Epulón y no como Lázaro
mendigo? ¿Por qué he de creer un mal que tu
mano moviera las causas exteriores para que
torcieran violentamente mis pasos? ¿No te
debo agradecer con el alma y la vida esta rec­
tificación? Cuanto más pienso en que tu Pro­
videncia lo hizo, más se ilumina mi espíritu,
se rasga lentamente mi tiniebla interior y se
inicia en mi vida un amanecer dorado y silen­
cioso. ¡Todo lo hiciste Tú para bien y no para
mal mío! ¡Necio de mí, que no lo comprendía!
La soberbia y la envidia pusieron una venda
a mis ojos interiores. Tú fuiste quien cambiaste
mi vocación exterior y me revelaste una voca­
ción interior, más sublime aún que la de fuera.
Por dentro será mi destino la mansa paciencia,
el martirio silencioso, la pobreza amada, la
humildad sonriente, ¡una santidad pura y
auténtica con que jamás soñé!
Y has hecho que por fuera mi vocación
exterior sea coherente con la interior.
Quizás los hombres juzguen que soy .más
LOS F R AC A SA D O S 61

desgraciado que antes. ¿Qué me importa? Tú


y yo sabemos que no es así. No soy un fracasado;
soy un elegido.
Has purificado y desinfectado mi corazón.
Has limpiado con sabio escozor el pus de mi
petulancia y de mi frivolidad.
Quise ser un superhombre y Tú me conviertes
en buen amigo tuyo. ¿No es esto infinitamente
más y mejor?
De aquellos apretamientos de espíritu he
sacado un bien imponderable: la profundidad.
La profundidad por la aceptación.

Elevación.

En consecuencia, tengo ahora una capacidad


sutil para percibir los aleteos del Espíritu
Santo y también para comprender las palpita­
ciones de los corazones humanos y analizar
las múltiples fulguraciones de su mirada. ¡Qui­
zás al sentirse ellos comprendidos por mí, te
comprendan también a Ti!
¡Y nueva maravilla! Por este camino he re­
cuperado sin pensarlo la confianza en mí mismo.
Ya me creo capaz de algo bueno; no siento
el viejo instinto de fuga, ni la vergüenza de
mirar el rostro ajeno, ni el tirón hacia el rincón
más remoto. ¡Así dignifica el dolor aceptado!
62 DIÁLOGOS CON CRISTO

¡Así aploma la humillación y el fracaso! ¡Así


vigoriza tu cercanía! ¡Así de distintos se ven el
mundo y los hombres!
Y ¡qué contraste! Yo que me creí despreciado
y pisado, siento ahora que soy un rosal entre
rosales; un amigo que vuelve de lejos y es
asediado por alegre círculo de preguntas y
sonrisas. Los de alma más noble me comprenden
del todo y no dan importancia a mis tareas, ni
a mis limitaciones, ni a mis caídas. Tal vez
me extienden la mano para salir ellos de su
hondura y caminar por la luz.
Y si alguno que otro no se complace con­
migo y me mira desde arriba, es que tiene
todavía criterios demasiado materiales. Le
compadezco y no me importa su gesto, no me
duele su desdén.
Pero te lo confesaré todo aún, Señor. Una
dulce zozobra aletea todavía en mi pecho: es
preciso lograr una victoria nueva. Curada la
inteligencia y la sensibilidad, urge vigorizar la
voluntad. Porque la medida del hombre es el
valor. Recuperado uno y hecho dueño de sí
mismo, debe salir del cerco de sus recuerdos
y afecciones deprimentes: debe rasgar sus redes
de tela de araña; debe quebrar las cadenas ya
oxidadas de sus aprensiones, debe abrir a la
vida todas sus puertas y ventanas para gozar
LOS FRACASADOS 63

risueño de un placer nuevo: la evaporación en el


aire y en la nada de aquellos viejos fantasmas
aterradores.

Acometividad.

Ante una acometida resuelta, las dificultades


ceden; ante un rostro endurecido, las murallas
caen.
Un paso atrás és una derrota y primer esla­
bón de otras mayores. ¿Qué más tiene un
hombre que otro hombre? Es una mujer,
Teresa de Jesús, la que cincelaba en roca
abulense estas alentadoras palabras: «Importa
mucho y aún el todo una muy grande y de­
terminada determinación de no parar hasta
no llegar al fin. Venga lo que viniere, suceda lo
que sucediere, trabájese lo que se trabajare,
murmure quien murmurare. Siquiera no llegue
al fin, siquiera se muéra en el camino o no
tenga corazón para los trabajos que hay en
ellos, siquiera se hunda el mundo».
¡Y surge otro misterio más! Descubierta la
vocación interior de entrega y de celo, se
comprende el nuevo destino exterior, el plan
sabio que nos tenías reservado: hacer el bien
a los demás en lugar de vivir entre ellos y
como ellos.
64 DIÁLOGOS CON CRISTO

Yo creí mi vida sin objeto, fuera de ser el


polvo del camino común; pensé que mis pasos
no dejarían huella visible, y ahora descubro
con asombro que vienen hacia mí millares, con
la sonrisa del que busca a un padre, con la
ilusión del que sigue a una estrella y con la
seguridad del que encuentra una solución.
Esto, Señor, no es mérito ninguno mío.
Es la obra tuya de siempre; hacer que los pri-.
meros sean los últimos y los últimos sean los
primeros; decir al que se sentaba en el puesto
postrero del banquete de la vida: «Sube- más
alto».
O como inculcaba enternecido tu apóstol
Pablo (1 Cor., 1, 26): «Mirad, hermanos, vuestra
vocación: que no hay muchos sabios según
la carne, ni muchos poderosos, ni muchos
nobles».
Dios escogió lo necio del mundo para con­
fundir a los sabios; lo débil para confundir a
los fuertes; lo vil, lo despreciable, lo que no
es nada para anular lo que es.
Para que no se gloríe nadie delante de Dios.
Por Él vosotros estáis en Cristo Jesús, que de
parte de Dios se ha hecho para nosotros sabi-
duríá, justicia, santificación y redención.
A fin de que, como está escrito, «el que se
gloría, se gloríe en el Señor».
V

PENAS INTERIORES

El sabía lo que había en cada


hombre (Juan, I I , 24).

jCómo envidio, Señor, esa nítida objetividad


de todos tus juicios; esa limpia precisión de
tus miradas!
Las cosas y las personas son como las ven
tus ojos; ni mejores ni peores; ni mayores ni
menores; ni distintas de como las defines y las
tratas.
Son como niños que juegan ingenuos y des­
nudos ante tus ojos paternales. De ahí tu se­
guridad.
Tus pasos tienen siempre una sencilla y
grave majestad lejana de toda languidez, de
toda zozobra y de toda prisa. Porque Tií sabes
adonde vas, a lo que vas y cuándo debes llegar.
Sólo Tú puedes decir: no ha venido aún mi
hora; o bien: mi hora ha llegado y ésta es.
Tu mirada sondea siempre todos y cada uno
5
66 DIÁLOGOS CON CRISTO

de los abismos; todas y cada una de las almas


amigas, hostiles e indiferentes.
Lo mismo es para Ti que su mar esté en cal­
ma que en tormenta: en sus más oscuros abis­
mos descubres con la misma facilidad las bellas
arenas de oro que los secretos monstruos de
sus pasiones.
¿No caminaste tres años por los mismos
senderos que Judas, sin que ni tus ojos ni tus
labios revelaran su negra verdad, siempre
presente a Ti?
Nada te puede sorprender ni desconcertar,
porque llevas el día en tus ojos y en tu co­
razón.
Ni las tinieblas nocturnas ni las penumbras
vespertinas te borran el perfil de ningún acto
humano.
Por eso los hombres asustados y empeque­
ñecidos te quisieron tentar. «Y Tú, ¿qué dices
de Ti mismo?», te preguntaron.
Sabían que el entendimiento más vigoroso
se ofusca al analizarse a sí mismo; el egoísmo,
centro de la vida humana, exhala un hálito
oscuro que nubla la inteligencia. ¿Quién es
recto juez en su propia causa? Ignoraban ellos
que tu luz eres Tú mismo, y que no caben en
Ti ni errores ni ignorancias.
Las confesiones que hiciste de tu divina
PENAS INTERIORES 67

persona fueron tan deslumbradoras, en su


sucinta sencillez, que los exasperaron más
todavía.
Porque Tú posees tu verdad interior con el
mismo vigor que las ajenas.
No caben en Ti obsesiones pasionales, ni
desfiguraciones imaginarias, ni pánicos egoístas.

Dudo de los hombres.

Y ése es el doble mundo de sombras en que


yo me siento sumergido, Señor.
¿Qué hay en los hombres? ¿En cualquier
hombre? ¿Qué hay en mí mismo?
Tú discretamente me ordenas que no juzgue
a nadie y que no condene a nadie. Es lo más
sabio y lo más justo. Porque ¿qué sé yo lo que
hay tras cada una de esas miradas que se cla­
van en la mía? ¿Cómo llegar al fondo de esa
sonrisa de doble filo? ¿Cuál es el verdadero
significado de esa palabra ambigua que busca
mis palabras?
Alguien dijo audazmente que el pensamiento
sirve para disfrazar las intenciones, y las pala­
bras para disfrazar el pensamiento. ¡Triste y
grotesco carnaval de las almas!
Por eso, Tú, previniendo esta tortura mía
ante tantas incógnitas, me quisiste curar de
68 DIALOGOS CON CRISTO

esa enfermedad moral que se llama recelo, que


se llama cautela, suspicacia, desconfianza, ma­
lignidad.
«Debes ser sencillo como una paloma», me
dijiste un día en secreto.
Tu honradez sincera y tu simple confianza
será una diplomacia más certera y más eficaz
que la del embuste, el silencio o las medias
verdades.
Hasta que no te hagas niño no podrás entrar
en este Reino mío del reposo y de la dicha
interior. ¿No ves cómo la envoltura carnal del
niño se hace casi transparente sobre las reali­
dades de su alma? Sus gozos, sus risas, sus gri­
tos y sus lágrimas tienen una seducción que
convence y enternece.
Nos cuentan todos sus pequeños agobios
sin reservarse nada; se confían enteros a nuestra
lealtad. Traicionarles sería romper el cristal
de su inocencia y nublar los horizontes encan­
tados de su mirada.
Ellos son los príncipes de este Reino mío
secreto: Reino de la sinceridad, de la sencillez,
de la entrega, de la generosidad y de la buena
voluntad: «Es el Reino de los niños en el
espíritu».
PENAS INTERIORES 69

Confusión interior·

Bien, Señor, pero yo te rogaría que entrases


Tú mismo con tu luz de aurora y tu armonía
divina en este otro mundo íntimo, cerrado y
confuso de mis pensamientos y mis preocupa­
ciones.
¡Hay en él tantas tinieblas y tantas penum­
bras, me torturan tantos recelos, me atemorizan
tantas sospechas!
Le falta a mi juicio la rectitud para calibrar
justamente y le falta a mi inteligencia la obje­
tividad de mis juicios. No puedo discernir las
obsesiones de las realidades. Y esas mismas
realidades no sé valorarlas con justeza.
Quizá les doy excesiva importancia; quizá
les doy demasiado poca. El aislamiento o el
exceso de trabajo mella el filo de mi inteli­
gencia y me impide hacer la necesaria disec­
ción de los casos y de las cosas.
Tal vez temo sincerarme con un amigo o un
Padre espiritual; me asusta la ironía de su
sonrisa: «Tú estás loco».
Y entre tantos problemas, posiblemente
irreales, es realísima mi asfixia interior. Pienso.
¿Será todo esto una tela de araña? ¿Será una
red de Lucifer? ¿Será una cadena pasional?
70 DIALOGOS CON CRISTO

¿Será el dogal de un vicio solapado? Jesús,


Maestro bueno, ¿qué he de hacer para lograr
mi reposo y armonía interior?
Hoy, apoyando mi frente en tu hombro
paternal, te dictaré la serie de mis obsesiones
o de mis confusiones, quizá pueriles, quizá
fantásticas, pero siempre amargas, roedoras
como un cáncer, debilitantes como una vena
rota.
De ordinario veo la Humanidad a la luz de
tu mirada. Juzgo a los hombres buenos como
hechura de tu amor, y así adivino en tomo
de ellos un dorado fulgor de divinidad. Mis
brazos se extienden para entregarme y reci­
birlos. Creo en su nativa honradez y en la
dignidad de su conducta, y busco mis palabras
más sinceras para cambiarlas, como rosas,
por la hidalga flor de su lealtad.

Temor.

Pero..., de golpe, mi ingenuidad se quiebra.


Golpean mis ojos y mi corazón unas risas
que parecen muecas, y empiezo a dudar de la
rectitud de un proceder humano.
Corre por mis fibras un temblor de asco,
como el que toca con los labios un gusano que
roía el corazón de una manzana.
PENAS INTERIORES 71

¿El mundo es malo? ¿Es necio? ¿Es frívolo?


Y ya no sé si estos seres tan cercanos me
hostilizan, me desprecian o me aman.
Queman mi mente los juicios que lanzan
sobre mí; las quejas de mi conducta. ¿Los
repele mi egoísmo? ¿Les molestan mis cosas?
¿Se avergüenzan de mi amistad? ¿Rehuyen mi
confianza? ¿O será que me envidian? ¿Fingen
al sonreírme para no humillarme o para no
comprometerse? Y he aquí por qué en la vida
mis pasos se hacen vacilantes y mi conducta
se vuelve rara y mi gesto poco natural, y en
mi frente aparece ese tachón vertical del
recelo, de la obsesión o de la duda ante mis
semejantes.
Temo, temo al mundo y a los hombres.
Los temo como a ese ladrón que no se contenta
con robar a los ricos, sino que prende una
lengua de fuego en el trigal de un pobre.

Incapacidad.

Luego mi obsesión se aprieta como un dogal


sobre mí mismo. ¡Me veo tan inútil, tan defi­
ciente, tan inferior a todos!
¿Con quién me podré comparar sin avergon­
zarme? ¿Con quién podré alternar dignamente?
Las deficiencias y limitaciones de mi carácter,
72 DIÁLOGOS CON CRISTO

tan diverso de los demás, se me amontonan


de golpe como bajo una lente mágica y me
asustan como monstruosas deformidades o
inexplicables desequilibrios. Todo lo mío me
parece ridículo y vergonzoso.
El ímpetu de fuga me acomete y el deseo del
arrinconamiento'me empuja. ¿Preguntaré mi
verdad a los amigos? No; que me darán con­
soladoras evasivas.
¿Serán entonces mis enemigos los que me .
revelen mi realidad? ¿O mejor esperaré, espe­
raré en silencio el equilibrio y la luz? De nuevo
cruza por encima de mí el pájaro negro de la
preocupación por mi salud física: los más
vulgares síntomas me parecen revelar enfer­
medades terribles; huyo del frío, del calor
y del aire templado; todas las medicinas me
parecen urgentes y pocas; todos los diagnós­
ticos los juzgo incompletos; multiplico las
píldoras y las cautelas, hasta que, cansado de
mí mismo, empiezo a reírme de mí, temeroso
de ser ridículo como cualquier vulgar enfermo
mental.
Y apenas esa suave calma reposa mi corazón,
me vuelve a herir en lo más vivo la preocupa­
ción familiar.
Será la situación moral o económica de los
míos. Será la desunión y desavenencia de sus
PENAS INTERIORES 73

miembros. Será la conducta desordenada de


alguno.
Y creeré yo deber intervenir como un lubri­
ficante de sus roces, como un pacificador de sus
egoísmos. Sueño en adoctrinarlos enérgica­
mente y en buscar el alivio de sus necesidades.
No dejo de comprender que quizá mi pre­
sencia exasperaría más el avispero; que mi
inexperiencia enconaría, más bien que cerraría,
las llagas abiertas.
Sin embargo de todo, la obsesión sigue tala­
drando mis sienes como un clavo enrojecido.

Desconfianza.

Otras veces mi atención queda cautivada


por una persona determinada. Es el pájaro
entre las manos de un muchacho que tal vez
lo acaricia, tal vez lo oprime.
Siento la ley de la atracción y repulsión; el
impulso al amor y el temor de la traición.
¿Será esto un efecto excesivamente humano?
¿O será el vuelo hacia esa lucecita de bondad
que me llama en unos ojos amigos?
Me parece un hermano recién hallado o un
padre lejano que me invita.
Tiene la serena grandeza de un hijo tuyo
y una estela conmovedora marca su paso,
74 DIALOGOS CON CRISTO

parecida a la que dejabas Tú mismo en los


campos y en las almas. Mi espíritu, como recién
resucitado, reposa junto al suyo, como la luz
sobre una flor.
Pero ¿y aquel otro? Con un mazazo cruel,
el terror me invade como sintiendo la cercanía
y la mirada de un reptil.
Y surge la duda: ¿será ésta una hostilidad
injustificada? ¿O suscita también el miedo
y la repulsión de los demás?
Tiene la frialdad altanera del que carece
de corazón y de luz en el espíritu: es eficaz en
su egoísmo. La ternura, la infancia y la humil­
dad provocan su carcajada. Y va derecho a su
éxito terrenal, como un huracán o como una
tormenta.
Acaso estoy leyendo en el seno dorado de
una tarde otoñal un libro amigo y profundo,
mis ideas se ensanchan y mi corazón se eleva,
y es entonces precisamente cuando cae sobre
mí, como un tropel apocalíptico, la preocupa­
ción de los males universales que ni yo provoco
ni yo puedo remediar.
Es cierto lo que dice San Juan: El mundo
está embebido en la maldad hasta sus últimos
poros.
El mal físico y el mal moral lo sujetan como
una tenaza: el sufrimiento rodea la tierra como
PENAS INTERIORES 75

un espeso cerco de espinas y los campos se


empapan en sangre de inocentes, en sangre de
mártires y también de verdugos.
. El horror y el pánico de esta castigada
Humanidad anegan mi ser, como si yo fuera
el peor de los mortales.
Me envuelve esa roja nube de maldad y de
blasfemia colectiva que cubre sacrilega tu
rostro benignísimo.
Y yo me consumo buscando soluciones: solu­
ciones que no están en mi mano, que nadie
escucha ni acepta y que solamente Tú nos
puedes dar.
Éstas, Señor, y otras mil son las obsesiones
que caen como nublados sobre mi frente y como
ceniza sobre el ascua de mi corazón.
Mis culpas, tan lloradas y jamás olvidadas,
me aprietan con una actualidad que ya no
tienen; mis deficiencias morales, que persisten
como una enfermedad crónica; el fracaso de
tus planes sobre mi vida y de los míos sobre
los demás.
Y ese vacío de todo lo humano, y esa incom­
prensibilidad de todo lo eterno, y esa limitación
cada vez más visible de mis capacidades...
¿Que estos agobios son comunes a todos?
Pase. Eso me impide que yo sienta su agudeza
como una astilla clavada en mi carne.
70 DIÁLOGOS CON CRISTO

«Con amor eterno te amé».

Siempre, al fin de mis lamentaciones, sentí


el calor de tu presencia y de tu palabra: «Hijo—
rae dijiste— , te escucho y se anegan de amor y
de pena mis miradas sobre ti».
¡Y Yo que modelé tu barro con mis manos
y spplé en tu frente un espíritu vital con la
esperanza de que tú aceptaras ese ser y ese
carácter como el mejor para tu santidad y mi
servicio!
Me duelen tus protestas. En todas ellas re­
suena sordamente la palabra fracaso.
Hice sensible, como un instrumento músico,
tu sistema nervioso, porque es el mejor para el
amor, y para el sacrificio, y para el desengaño,
y para el apostolado: las cuatro cosas a que
Yo te he destinado.
Esa tu nostalgia de lo divino es el freno que
puse a tu desbordada efectividad ante tantas
seducciones humanas.
¿No recuerdas los Santos, los grandes Santos
que han tenido tu mismo temperamento?
Ellos supieron conseguir varonilmente el equi­
librio interior que los hizo amados de mi
Padre y de los hombres. ¿Te quejarás del mejor
medio de tu perfección? Sin él jamás lograrías
la humildad.
PENAS INTERIORES 77

Tus anomalías son el ángel de Satanás, que


Yo permití a tu lado para que te abofetee.
Si fueras siempre claro y recio, esperarías
demasiado poco de Mí y te amarías demasiado
a ti mismo.
Si caminases siempre con pasos recios y
seguros sobre tranquilas cumbres, tus ojos lo
mirarían todo desde arriba con repugnante
desdén; el aire sutil de la altura hincharía tu
soberbia y haría que se desvaneciera tu cabeza.
Esos oscuros valles en que te ves hundido,
te obligan a mirarlo todo desde abajo con implo­
rante humildad y a extender los brazos pidiendo
a cualquier caminante una limosna de fuerza,
de luz y de elevación.
Bien está que salgas al exterior para compul­
sar tus aprehensiones con la realidad objetiva.
Los fantasmas nocturnos descubren su nada v
su ridiculez ante el más leve rayo del sol.
Pero mejor está que seas el eterno discípulo
y siempre dócil alumno de un bueno y sensato
Padre espiritual. Tú preferirías oinne dictarte
directamente palabras de solución y de vida.
Pero ¿no sería eso mucho más peligroso?
¿No las deformarías a gusto de tu capricho o las
adaptarías a tus prejuicios y a tus imagina­
ciones?
Aunque seas maestro de otros, necesitas
78 DIÁLOGOS CON CRISTO

siempre ejercitar la humilde sencillez del niño;


del niño que todo lo necesita aprender y no
tiene rubor de preguntarlo todo.

Sé humilde.

En definitiva, ¿es que no acabas de compren­


der que la raíz de tus obsesiones es un orgullo
sutil?
No te sometes. No te entregas. No quieres
aceptar.
Y en aceptarlo todo, lo real y lo imaginario>
estaría tu quietud.
¿Ignoras que la virtud enemiga de la ton­
tería es la humildad? Tus cavilaciones te exas­
peran porque te rebajan ante los demás y ante
ti mismo.
Te rebelas. Te ofendes. No quieres sentarte
agradecido y sonriente en el último lugar.
¿No has comprendido aún que ése es el ver­
daderamente tuyo? ¡El último!
No eres modesto, ni abierto, ni dócil, ni
resignado, y por eso tu vida pierde toda su
nobleza, su amabilidad y su dicha.
¡Dichoso el que tiene por naturaleza o por
virtud un espíritu claro y un sólido buen
sentido!
PENAS INTERIORES 79

¡Cuántas necias figuraciones huirían de tu


mente si supieras juzgar con corrección!
Pues aunque ese desdén o esa hostilidad
fueran reales, los calibrarías con exactitud, sin
exagerarlos, y los aceptarías con dignidad, sin
creer una injusticia intolerable o una tragedia
de alto tono esa ridicula pequeñez.
Porque tu enfermedad y tu error consisten
en exagerar el volumen y la importancia de lo
que te molesta. Lo que en otros juzgarías
baladí, en ti lo reputas gigantesco. ¡Necio
V

orgullo pueril! ¡Ridicula y egoísta sensibilidad!


¿Es que no lo merecen todo tus antiguas
culpas? ¿No te santificarías mejor así que con
apretados ayunos y sonoras disciplinas? ¿No
sería más aquietador y evangélico moderarte
y aceptar?
Si hay puños crispados frente a ti, mis bra­
zos te esperan en la penumbra de la fe y en la
cálida confianza. ¿Por qué no abandonarte
en Mí?
¡Amoroso abandono, refugio, vigor, triunfo
V consuelo de los débiles! Un «amén» sin reser-
%/

vas sería tu liberación.


Porque en un «amén» y en un «hágase»
puse Yo las llaves de mi Reino.
№ DIÁLOGOS CON CRISTO

Santo abandono·

Sí, Señor, sí; te ruego una vez más. Sostén


mi frente entre tus manos y pon en ellas el
sello de una santa aceptación.
«Quiero lo que Tú quieres; lo quiero porque
Tú lo quieres; lo quiero como Tú lo quieres;
lo quiero mientras Tú lo quieras».
Veo que esas ideas crueles tomaron su amar­
gura de mi rebeldía y orgullo. Veo que para
curar mi juicio es preciso entregarte mi vo­
luntad.
Veo que el mejor tratamiento para mi sen­
sibilidad es el abandono y la mansedumbre.
He preferido ser cualquier feo monstruo al
dócil y suave cordero.
Tú eres mi ejemplar y modelo, extendido del
todo en la Cruz, con la carne en el suplicio,
con el perdón en los labios, con la agonía en
el alma, con la aceptación en la voluntad y con
la entrega en el corazón.
Si vuelve la idea torturadora, ladrón de mi
sueño y gavilán de mi paz, yo me cobijaré
bajo las alas calientes del Espíritu Santo,
Amor esencial que procede de Ti y verdad que
el mundo no quiere recibir.
Es preciso que sus dones sean la medicina
PENAS INTERIORES 81

de mi inteligencia; es necesario que mi juicio


recupere la rectitud para ver la realidad y
suprimir las falsas nociones, para rectificar las
deformaciones imaginativas y para adaptarse
al perfil auténtico de la realidad.
Necesito también el don de la sabiduría,
porque tengo ansia de paladear las verdades
y criterios divinos, corrigiendo los camales;
porque tengo anhelo de que se abran a mis
ojos los panoramas claros de la eternidad;
porque deseo las nociones y certezas espirituales
que impongan a mi ser entero la armonía de
la santidad.
Tres demonios.
Porque yo te voy a confesar, por fin, Señor,
mi último y más íntimo secreto.
Al bajar ahora a los abismos de mi ser he
descubierto, en su fondo, tres sutiles demonios.
Estos eran los que levantaban mis tormentas
y mis negruras más apretadas. Son el demonio
del orgullo, el demonio de la impaciencia y el
demonio de la envidia.
Mi rebeldía a ser pisado, a ser superado, a ser
hostilizado o a ser simplemente olvidado,
venía de aquel serafín orgulloso que cayó de
su sitial por decir en tu mismo rostro: No te
serviré.
DIÁLOGOS CON CRISTO

Descubro con asco que aquellas rabiosas


zozobras apretaban mis nervios, porque los
tocaba la mano del enemigo nocturno que,
después de sembrar la cizaña, empujaba impa­
cientemente a tus siervos para que, al arrancar
las malezas, arrancaran también las verdes
matas de tu sembradura.
Y aquellas hostilidades agudas e incompa­
tibilidades absurdas eran atizadas por el ser
envidioso que no puede amar. ¡Cómo le devora,
más que el fuego eterno, la envidia de los que
llegan a Ti por las sendas limpias de la sencillez!
¿Y no querrás ya, Dueño único y Maestro
verdadero, echar tu cadena a estas tres pasiones
abismales que han dominado todo mi ser?
Gracias a tu presencia, hoy mis olas son una
caricia de seda y mi mar un vaivén transpa­
rente que absorbe todo tu cielo con toda su
calma y su infinitud.
Sólo falta que sobre mi orgullo, mi envidia
y mi impaciencia resuene tu palabra eficaz:
callad, enmudeced.
Así espero que caminando Tú sobre mis olas,
sin hundirte, seguro y suave, me des la paz y
la humildad cuyo manantial eterno es tu propio
Corazón.
VI

LA DIFÍCIL CONVIVENCIA

Llegué tras agria subida hasta Jesús.


Se erguía noble y triste sobre las peñas
más áridas de su desierto.
El largo ayuno había puesto en sus facciones
un agudo perfil de águila, y había llenado su
mirada de mayor misterio y de un cierto
reposo incandescente. Desechadas las insinua­
ciones del Maligno, derramaba la infinita paz
de su pecho por los horizontes sin fin del atar­
decer. Me esperaba.
Casi sin aliento besé sus pies largamente;
El, extendiendo su mano delgada y fuerte, la
puso sobre mi cabeza; sus ojos me invadieron
por completo y sus labios murmuraron con
interés: ¿Me buscabas a Mí?
— A Ti, Señor, y tu soledad. Me he escapa­
do de entre los hombres como de los barrotes
de un calabozo. Su convivencia me aniquila.
Son banales o perversos. Tú lo sabes mejor
que yo.
$4 DIALOGOS CON CRISTO

Soledad egoísta.
Sí—respondió con calma—; pero no está
bien que el hombre esté solo. Yo que existo
desde siempre, jamás he estado solo: tengo mi
convivencia eterna con el Padre y el Espíritu,
en una infinita plenitud de ser, de inteligencia
y de amor. Y en este mundo, del que tú huyes,
siempre he vivido en familia con mis padres
o con mis discípulos. No, no es bueno que el
hombre esté siempre solo.
Pero es peor, Señor—insistí—, estar tan mal
acompañado como lo estamos los hombres: nos
miramos con ira o con desprecio; nos acecha­
mos, mordemos y destrozamos como perros.
Porque no tenéis—repuso Cristo—el valor
de amaros como hermanos.
La convivencia es la mejor escuela de for­
mación humana y de santificación divina.
La soledad total es mala consejera: sugiere
engaños, alucinaciones y extremados egoísmos.
¿Quién te dirá en ella tus defectos y limita­
ciones? ¿Con quién ejercitarás la paciencia, la
mansedumbre, la benevolencia y el amor? Un
venenoso egoísmo surgirá en tu corazón un
aprecio excesivo de ti mismo que extenderá
sus raíces por todo tu ser como un cardo del
desierto.
LA DIFÍCIL CONVIVIENCIA 85

Pero, Señor—dije entristecido— , allá abajo


la lujuria, la codicia, la envidia, la venganza,
la ira* todas las pasiones más audaces y refi­
nadas hierven como en una cueva de serpientes.
¿No dijiste Tú mismo que el mundo todo
está puesto en malicia y que su príncipe es
Lucifer?
Sí—añadió Él—, por eso os advertí que
aunque estuvierais en el mundo, no fuerais
del mundo.
¿Y no sería mejor—dije suplicante—que a
lo menos a mí me sacaras del mundo?
Y fuera de él estás—explicó Jesucristo— , si
eres mío, aun conviviendo con todos.
¿No me escuchas dentro de ti a través de
tu conciencia? ¿No tienes una soledad íntima,
un desierto silencioso dentro de tu corazón en
que te sueles refugiar cada minuto hasta en­
contrarme?
La frivolidad aún no te ha seducido del todo;
la mentira social aún no te ha esclavizado, no
te ha ofuscado todavía el fulgor del oro falso
ni los colorines de la farándula exterior.
En nuestro coloquio diario y cordial contras­
tas todas las falsificaciones con mi pensamiento
y mi palabra, que son la única verdad.
Cierto es eso—respondí—, que no puedo vivir
en mí con anchura, si no siento tu caliente
DIÁLOGOS CON CRISTO

cercanía. Pero tengo que buscarte a través de


la turba que clama en este desierto silencioso
donde habitas solo Tú. Mi ideal sería quedarme
siempre aquí, en esta auténtica soledad exte­
rior, entregado al sacrificio y a la oración per­
manente. ¿No sería esto más eficaz para tu
gloria que todas mis palabras y trabajos ex­
teriores?

Soledad en común.

¡Pobre hijo, pobre ciego!—exclamó Jesús—.


¡Cómo te domina aún el egoísmo carnal! Lo
que pretendes es librarte de aquel rudo des­
gaste, de aquel trabajo agobiador y de aquellos
deberes absorbentes que te he impuesto Yo
mismo. Dices buscar la soledad y te buscas
a ti mismo; porque no soy Yo quien te llama
a ella. Otros son los que te necesitan allá y
tú también necesitas que ellos te prueben.
¿No recuerdas que la medula de mi Evangelio
es la humildad y la caridad? ¿Y cómo habías
de ejercitar estas virtudes estando solo?
Eso sería—repliqué—, si yo las pudiera con­
seguir entre los hombres; si yo tuviera la gran­
deza de alma suficiente para superar peque-
ñeces; para darme sin tasa; para ser santo en­
tre los que no lo son; para hacer de la vida
LA DIFÍCIL CONVIVENCIA 87

una depuración de mi espíritu: pero de mi


experiencia deduzco que soy vencido por la
misma vida; que soy un seducido de todas las
invitaciones bajas.
¿Y no ves Tú misino, Señor, en los rincones
más santos y en los sitiales más altos miles
de fracasados en la santidad?
Entre las almas más nobles y en los claus­
tros más austeros se esconden las flaquezas
más lamentables.
Tú que oyes todas las voces y sabes distin­
guir la lamentación de la blasfemia, sabes in­
terpretar también los agudos alaridos de estas
almas esclavizadas. No blasfemas ciertamente,
ni de Ti, ni de tus planes, ni de tu providencia;
pero maldicen como Job todo lo que les ro­
dea y las mismas circunstancias de su vida
destrozada.
¡Fueron tantas sus desilusiones, son tan pro­
fundos sus desengaños! ¡Son tales las pruebas
que tienen de la ruindad de los humanos, que
con gusto los verían desaparecer!
Por eso, buscándote a Ti siempre, les parece
lenta su huida y corta su maldición o su ana­
tema.
Callan casi siempre ante los demás con cauta
reserva, para no escandalizar a los menos ex­
perimentados o menos firnies.
88 DIALOGOS CON CRISTO

Disimulan sus negros desencantos a aquellos


que te siguen primerizos y se entregan con
ilusionado amor a la benevolencia ajena.
Pero su verdad interior es bien distinta.
Es una desesperada y casi crónica lamenta­
ción de Jeremías.
Se sienten tan vencidos por la vida, que no
tienen más aspiración que lograr su salvación
y tu perdón, besando llorosos tus pies sangrantes
como yo lo hago ahora, Señor.

Apóstoles fracasados.

Noté entonces que los ojos de Jesús se


nublaban de lágrimas; que su pecho gemía
para librarme de un peso profundo, y al fin
dijo muy despacio, como si las palabras le. san­
graran en los labios:
Conozco bien a ese ejército oscuro, murmu­
rador y quejumbroso; son los buenos que no
han madurado internamente; que no han su­
perado alegremente las amarguras de la vida:
los ha vencido su misma cobardía; son los
apóstoles fracasados, los enviados que no lle­
garon a la meta, los mensajeros que no trans­
mitieron íntegro su mensaje, los que empezaron
a edificar y no pudieron terminar, los que
LA DIFÍCIL CONVIVENCIA S9

pusieron mano al arado, pero su surco no fue


firme, ni derecho, ni fecundo.
Les faltaron las tres virtudes más humanas
y más divinas: la comprensión, la magnani­
midad y la paciencia.
Olvidaron que el fin de la vida no es el ha­
lago vanidoso, ni la expansión afectiva, ni el
medro personal, sino la perfección moral.
Olvidaron que no se debe vivir para sí mismo,
sino solamente para Mí en los que son miembros
míos o me representan por pobres, por santos
o por desgraciados.
Olvidaron que al mundo se viene a dar y
no a recibir. Chocó el egoísmo con el egoísmo
de todos y en medio quedó destrozada y desan­
grándose la virtud de mis preferencias: la di­
vina caridad.
Como para olvidarse de este amargo pensa­
miento, Jesús contempló en largo silencio des­
de su cumbre al mundo, que se extendía allá
abajo misterioso y entenebrecido.
Me pareció que un dorado fulgor circundaba
la austera figura de Cristo, y que el cielo con
todos sus luceros y los horizontes con su calma
le escuchaban respetuosamente.
Al fin prosiguió: —¿Ves, hijo, ese mundo ma­
terial? Es tan sólo la envoltura de polvo del
mundo espiritual. Ahí dentro se mezcla la luz
90 DIALOGOS CON CRISTO

v las tinieblas, el bien y el mal, la verdad y


los errores, los vicios y los heroísmos, las co­
dicias y los desprendimientos, las azucenas y
los cardos, las palomas y las serpientes.
El Maligno fingía, hace poco, ofrecerme to­
dos esos oropeles y mentidas grandezas. Se
juzga príncipe de todo lo creado y simula ig­
norar que todo ha brotado de mis manos y
todo ha sido rescatado de las suyas por mi
vida y mi sangre. Por eso no puedo odiar
cosa ninguna, ni las puedo destruir ni las pienso
cambiar.
Entre todas bullen, presas, como mariposas
de oro en un fanal, las almas que Yo procuro
santificar. ¿No adivinas cómo? Me pedías sa­
lir del círculo humano en que Yo te coloqué;
y mi plan es precisamente el contrario: no
cambiar las cosas ni separarte de los hombres,
ni mudar los destinos, sino elevarte y purifi­
carte en el mismo sitio en que te puse y gra­
cias a las ajenas limitaciones. La convivencia
humana, por dolorosa que sea, y precisamente
por serlo, es una escuela de santidad, campo
de luchas interiores y de secretas victorias que
sólo galardono Yo con mis miradas.
LA DIFÍCIL CONVIVENCIA 91

Escuela de santidad.

El Malo piensa que domina el mundo,


porque soplando los fuegos secretos, que cada
cual lleva dentro, consigue que hiervan las
pasiones con infernal vehemencia.
Y no quiero Yo con un golpe de poder echar
abajo esa organización de la vida.
Le quiero vencer dentro de su misma for­
taleza y volviendo contra él su maliciosa es­
trategia.
Los pecados de muchos son el yunque de
la santificación de los míos. Así los conservaré
en humildad.
Porque si todos se les sometieran, como cor­
deros, creerían hacer obras excepcionales; se
juzgarían distintos y superiores a los demás y
se canonizarían en su propio pensamiento.
Pero ocupados en sufrir mansamente a sus
hermanos y esforzándose en ahogar dentro de
sí rebeliones y protestas, venganzas y repulsio­
nes, descubrirán su radical pequeñez y sus
flaquezas morales. No se atreverán a juzgarse
mejores que nadie; pues, efectivamente, no
lo son.
Entonces, Señor—interrumpí—, ¿eres Tú mis­
mo quien, ha seleccionado las cosas, las perso-
92 DIÁLOGOS CON CRISTO

ñas y las circunstancias y las ocupaciones que


forman la malla de mi vida? ¿No te ha dado
compasión rodearme de ellas como de cuchi­
llos cortantes que hacen sangrar mi alma cada
minuto?
Exactamente—me respondió—: mi sabiduría
y mi amor han formado ese plan a favor tuyo.
Te he visto soslayar sagazmente y esquivar
sus contactos; aislarte en una soledad egoísta
y soberbia. Y no es así; no es así como Yo te
quiero.
La convivencia humana puede estar cercada
por las paredes de un hogar o las puertas de
un convento o las de una oficina o las de un
taller o las de una prisión o las de un palacio.
¿Qué más da?
En cada uno de esos círculos vitales habrá
alguien que mande y alguien que debe ejecutar
lo mandado; unos más altos y otros más ba­
jos; unos de temperamento claro y otros avie­
sos y de ruines instintos; unos que abusan y
otros que soportan; trigo y cizaña, rosas y
zarzas, sol y nublados, mar y peñascos, lobos
y corderos, buenos y malos.
Claro es que cada uno se tendrá a sí mismo
por luz entre tinieblas, por víctima entre ver­
dugos, por justo entre pecadores. ¡Pero cuán
engañados están todos!
LA DIFÍCIL CONVIVENCIA 93

Sólo mis ojos deslindan la verdad de cada


uno. Sólo mis labios sonríen con total compren­
sión. Sólo mi mano se extiende amigable a
todos. Sólo mi pecho no excluye a nadie de
su calor y su confidencia. ¿No te dije que los
he juntado a todos para un alto fin de amor?
Por eso estoy siempre en medio de todos:
sosteniendo flaquezas, armonizando discordias,
equilibrando desniveles y creando la paz.
¡Y yo que venía—dije—repleto de protes­
tas a proponerte mil cambios y modificaciones
que si no mejoraran el mundo a lo menos
dulcificaran mi vida...!
No—me interrumpió Jesús—; todo seguirá
como está; sólo eres tú el que debes cambiar:
debes hacerte comprensivo, paciente, humilde
y silencioso.
Estas cuatro virtudes serán los clavos de tu
crucifixión y convertirán tu rinconcito en un
rosal de sosiego y de paz. Son las cuatro vir­
tudes para vivir bien.

La primera es la comprensión.

Que es una visión total de las cosas y de


los hombres, de lo bueno y de lo malo, de lo
útil y de lo estéril, de lo gozoso y de lo repe­
lente. Yerras mirando solamente los elementos
94 DIÁLOGOS CON CRISTO

o cualidades aisladas: ni todos son defectos,


ni sólo son virtudes.
Cuando tu mirada tenga la anchura y la
profundidad de la mía, confesarás que cada
cosa de las que te punzan o de las que te aca­
rician es sencillamente buena, porque es un
reflejo trémulo de mi propia bondad.

La segunda es la paciencia.

El aguante risueño que te suaviza a ti, que


amansa a los demás y me seduce a Mí mismo.
Es un obediente «sí» a todas mis voluntades,
que enternece mis entrañas y te hace a mis
ojos amable como un hijo dócil o como un
niño que llora.

La tercera es la humildad.

El voluntario sometimiento que te toca en


tu propio sitio, ni más alto ni más bajo; que
te impide reclamar los derechos que no tienes;
que se ríe de los honores que sabes no mereces;
que ahoga toda protesta por los males que te
causan, siempre inferiores a los que en justicia
debieras soportar.
Que no te esclaviza a nada, porque de nada
necesitas; que te da unas alas blancas para
LA DIFÍCIL CONVIVENCIA 95

volar a mis manos, nido elevado y único de


los corazones libres.

La cuarta es el silencio.

La santa entrega a los males que Yo permito


o que expresamente envío.
Silenció ante las ofensas o los desdenes,
ante los olvidos o las interpretaciones absurdas
que dicta contra ti la necedad o la malicia.
Silencio ante las lenguas audaces o frívolas o
picantes que ignoran la palabra «perdón» y la
palabra «delicadeza».
Silencio para escuchar mis confidencias. Por­
que sólo en medio de esta suspensión del alma
arde mi verdad como un lucero y se ilumina
tu inteligencia como una aurora.
He aquí las cuatro virtudes de la vida hu­
mana.
Éstas son las que te levantarán sobre ella
para abarcarla y dominarla como las alas
de un águila o como la curva azul del cielo
que, ancha, suave y clara, abraza todo con
complacencia y con amor.
Señor—pensé yo silenciosamente—, ¡cuántas
veces he buscado esa paz que Tú me prometes,
por lo menos creando un desierto espiritual
dentro de mi propio espíritu!
96 DIÁLOGOS CON CRISTO

He procurado la inhibición y el aislamiento


interior; he cerrado valerosamente las ventanas
de mi curiosidad y he mordido mi lengua has­
ta sangrar. ¿Qué se me da a mí de mí y de todo
lo que no eres Tú?
He probado, como San Juan de la Cruz, a
«tener acerca de todas las personas igualdad
de amor e igualdad de olvido».
Él mismo me aconsejó al oído: «No pienses
nada de ellos, no trates nada de ellos, ni bienes
ni males, v huve de ellos cuanto buenamente
J w·'

pudieres».
Pero ha sido una nueva desilusión, porque
seguían vivas las raíces de mis apetitos.
Me irritaba que no se coincidiera con mis
criterios o mis gustos. Juzgaba a los demás
ridículos o inútiles, apasionados o ignorantes.
Echaba de menos el apoyo íraterno, la palabra
generosa, la mirada cordial, la sonrisa alenta­
dora.
¡Cómo me avergüenza, Señor, hacer estas
confesiones delante de tus ojos! ¡Qué ruin es
aún la sangre de mi corazón! ¡Qué ligera la
capa de piedad que envuelve y encubre mis
pasiones aún vivas!
—Guarda, hijo mío—me aconsejó Jesús—,
guarda de poner el pensamiento y menos la
palabra en lo que pase en la comunidad; qué
LA DIFÍCIL CONVIVENCIA 97

sea o haya sido de algún religioso en particular.


No de su condición, no de su trato, no de
sus cosas, aunque más graves sean; ni con color
de celo ni de remedio; sino a quien conviene
de derecho decirlo a su tiempo.
Y jamás te escandalices o maravilles de
cosas que veas ni entiendas; procurando tú
guardar tu alma en olvido de todo aquello.
Porque si quieres mirar en algo, aunque vivas
entre ángeles, te parecerán muchas cosas no
bien por no entender tú la sustancia de ellas.
Y acuérdate de lo que dice el apóstol San­
tiago: «Si alguno piensa que es religioso y no
refrena su lengua, la religión de éste vana es.
Lo cual se entiende no menos de la lengua
interior que de la exterior».
—Estos consejos, Señor, de tu amigo Juan
de la Cruz, que Tú me repites, ¡qué bella
orientación son para mi vida! ¡Pero cuánto
me asustan!
Será preciso que con un carbón encendido
quemes sobre mis labios toda palabra frívola
o maliciosa.
Será necesario que inundes de tu caridad
estos fondos oscuros que descubro dentro de
mi ser.
Entretanto, las estrellas temblorosas del
firmamento iban cayendo unas tras otras,
9$ DIÁLOGOS CON CRISTO

como si se sacudiese el terciopelo negro en que


estaban prendidas.
A poco el mismo sublime manto se fue
replegando, como si un Rey se ausentase.
Y por fin, un dardo triunfante de oro y de
carmín tocó las cumbres frescas de los montes.
Parecía una nueva creación del mundo.
Surgían de la niebla, como si nacieran de
la nada, los pueblos humildes, los caseríos
blancos, las ciudades fastuosas, las torres y
las cúpulas.
Todos los seres parecían coronados de rosas
y de inocencia, como preparándose a una blanca
comunión infantil.
—¿Ves—me dijo Jesús—cómo el mundo es
bueno? ¿Ves brillar ese rocío con que todo lo
ha coronado la noche?
Simboliza el llanto secreto de las conciencias
9

de los hombres que se reconocen malos.


Sólo Yo les escucho en sus horas de soledad
y arrepentimiento.
Si tú pudieras también ser testigo de sus
tímidos Misereres y de sus lamentaciones aho­
gadas, les tendrías la misma compasión que
Yo y te enamorarías de su humildad. ¿Cómo
condenarlos? ¿Cómo fustigarlos? ¿Cómo tener­
los por perversos cuando se les ve llorar?
Ahora comprenderás por qué la puerta de
LA DIFÍCIL CONVIVENCIA 99

oro de mi Corazón no sólo está abierta para


los amigos íntimos, sino también para los hijos
pródigos.
Los brazos de Jesús se extendieron como
en una gran absolución universal.
Luego, posando en mí sus ojos buenos, de
milagrosa profundidad, me dijo con acento
penetrante: Y tú no llames impuro lo que Yo
he santificado con mi sangre.
VII

¿QUÉ PENSAR DE LOS HOMBRES?

No juzguéis y no seréis juzgados


(Mat., VII, 1 ) /

Tú eres el único que conoces del todo mi


vieja lucha interior.
Muy por encima de mí veo con embeleso esa
minoría de hombres recios y puros que te rodea
como una constelación: son los espíritus vale­
rosos que ya ostentan en torno a su frente la
aureola gloriosa, o vivos aún, la ceñirán des­
pués; unos y otros tiran de lo mejor de mí
con inefable vehemencia; siento que me digni­
fico y depuro sólo por oir sus palabras siempre
nuevas y con analizar a fondo su conducta
firme y clara.
Pero, ¡ay!, en torno a mí bulle otra masa
sinnúmero de hombres buenos que no lo son
del todo. Es fuerza convivir con ellos, tratarlos,
oírlos y aun padecerlos.
Y de esta convivencia me he permitido sacar
una deprimente deducción: aun en lo más alto
¿QUÉ PENSAR DE LOS HOMBRES? 101

y santo hay cosas que no son santas. Buenos


son, pero en su exterior se advierte un poco
de farsa y en su interior un mucho de egoísmo.
¿Me equivocaré demasiado, Señor?
Pero lo que más me duele y humilla es que
también ellos arrastran una gran parte de mi ser.
La luz y las tinieblas no se avienen dentro
de mí a una alianza gris y tranquila; sin cesar
un instante me torturan, me dividen y me
desalientan.
Sublime dolor, me digo algunas veces, de
que también San Pablo se quejaba.
Pero yo que soy infinitamente más débil
que San Pablo, temo perderme en el montón
de los vulgares.
Éste es mi debate; ésta es la agonía crónica
de que, mil veces, busqué apoyo en tus brazos.
Confieso que siempre salí renovado y mejo­
rado, Señor.
Pero hoy se me plantea otra crisis interior
no menos cruel.

¿Intransigente o comprensivo?

Ante el número sinnúmero de grandes y pe­


queñas flaquezas, ¿qué postura tomar? ¿Seré
el intransigente defensor de la ley pura o el
comprensivo abogado de los pobres reos?
102 DIÁLOGOS CON CRISTO

La actitud rígida y la protesta tajante me


traen la ventaja de sostenerme a mí mismo en
una conducta íntegra e irreprensible.
Así evitaría, a lo menos, que cualquiera me
dijese: Médico, cúrate a ti mismo. O bien:
Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo para
que puedas ver claro y ayudarme a sacar la
mota del mío.
Pero medir a todos con esa vara tan recta,
¿es caritativo?, ¿es justo?
Lo será en el jefe responsable del orden, cuyo
oficio es la defensa de la ley.
Pero yo, uno de tantos, peor que muchos,
amigo y aun cómplice de todos, ¿debo clamar
contra el débil, rasgar mis vestiduras y con­
denar a mi hermano?
Allá en secreto mi conciencia grita: Aun sólo
con tu silencio cooperas al mal y fomentas la
disolución y el pecado. Pero, por otra, mi
inteligencia se excusa: ¿Acaso soy yo guarda
de mi hermano? Y sobre todo, ¿soy capaz de
juzgar los actos ajenos y la interna responsa­
bilidad de ellos?
Me quema las entrañas tu palabra rigurosa:
«No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis
y no seréis condenados». Y cuando someto
a juicio mis propios juicios, te doy siempre la
razón.
¿QUÉ PENSAR DE LOS HOMBRES? 103

Porque me falta tu divina intuición, tu com­


prensión universal, tu noble equilibrio y tu
benignidad paternal: mis datos son siempre
incompletos y mis ojos se ofuscan inconscien­
temente por mis prejuicios y pasiones.
Aún danzan en mi memoria, siempre inquie­
tos, los fallos y sentencias que lancé jubilo­
samente.
El equivocado.
La conducta de aquel superior me pareció
excesiva, abusiva y violenta; pero al oir su
justificación murmuré en mis adentros: lo
que hace está objetivamente mal, pero piensa
con ello servir a Dios y hacer un bien al san­
cionado.
Ante mi reticencia y mis gestos, se irguió
con impresionante ascetismo y silabeó severa­
mente: «Pondría la cabeza y la vida antes de
volverme atrás; es preciso agradar a Dios antes
que a los hombres».
Y yo, disimulando mi sonrisa, me guardé
de ofrecerle un martirio tan fácil: el martirio
por un error o por un perjuicio anticuado.

El temperamental.
Aquel otro cordial amigo mío tenía la cabeza
repleta de ideas justas; pero sus nervios, o su
104 DIALOGOS CON CRISTO

hígado, o la celeridad de sedimentación de su


sangre, le hacía desdoblar su personalidad en
circunstancias muy comprometidas, con las­
timoso daño de un tercero.
«Que se frene y se triture—decía yo en mi
interior—. ¿Por qué han de pagar sus arran­
ques estos corderos inocentes?» Pero al punto
reaccionaba: «Cierto es eso; ¿pero no será
preciso reducir un tanto su responsabilidad a
favor de su temperamento? Al menos ante los
ojos divinos tendrá más mérito, con todas sus
deficiencias, que ese otro tranquilo varón que,
sentado risueñamente al sol, derrocha las me­
jores horas de su día y de su vida».

El incompetente.

Este tercero no es así; es un bendito cuyo


corazón destila mieles de bondad a costa de la
cortedad de su inteligencia. Para colmo, está
abrumado de cargos y de cargas. Las conse­
cuencias son inevitables. Resuelve con excesiva
precipitación y dudoso acierto. Yo grité: «La
culpa es de quien le sostiene en ese pedestal».
Pero rectifiqué avergonzado: «¿Seré yo capaz
de condenar a ambos, precisamente porque su
pecado es un exceso de benignidad?»
Y en esas horas cálidas de amistosas confi­
¿QUÉ PENSAR DE LOS HOMBRES? 105

dencias, ¿no confesamos todos que buena parte


de nuestros errores y de nuestros abusos habrá
que adjudicarla al estado atmosférico, a la
cercanía de una persona molesta, a la enfer­
medad o ausencia de un ser querido, a la radio
incallable del vecino, o simplemente a la de­
masiado lenta digestión de la cena anterior?
Miradas así las cosas, Señor, ¿no resulta
injusta nuestra intolerancia de pensamiento, de
sentimiento, de palabra?
Cierto que la incompatibilidad con el mal
tiene un fulgor glorioso; revela un impulso
sano y digno.
Es bello ser el paladín armado de la verdad
y de la justicia.
Si a esto se junta un temperamento viril y
franco, tendremos un espléndido caballero an­
dante de lo ideal.
¿No le hemos oído clamar alguna vez: «Yo
perdono las ignorancias, las flaquezas recono­
cidas y las anormalidades psicológicas; lo que
no puedo soportar ni perdonar son los fari­
seísmos, las petulancias, las groserías, los abusos
de los engreídos y los pagados de sí?
Es un gozo justo y necesario el quitar la
careta a los farsantes y el chafar el penacho
a los fatuos».
106 DIÁLOGOS CON CRISTO

Consecuencias.

Oh, sí, bien, muy bien. Pase que todo eso


sea justo; pero ¿y las consecuencias? ¿Compen­
san al meaos el mal rato de ese desfogue vindi­
cativo? ¿No brotarán de él palabras excesivas
y quizá escandalosas y actos crueles y abusivos?
¿Y el tono? ¿Y ese timbre irónico que corta
como un estilete, que no convence jamás y
abre una herida que casi siempre se encona?
¿Y esa sonrisa superior, irritante, que in­
yecta un veneno fatal en cada palabra?
¿No se causa un escándalo mayor que el que
se pretende evitar?
¿No se revela el vengador como más pecador
que el delincuente?
Consecuencia: que aun cargada de razón,
si es apasionada, la corrección es contrapro­
ducente.
Porque frente a ella las fierecillas fustigadas
afilan sus uñas y sus colmillos contra el do­
mador. ¿No merecería él también unas pasadas
de fusta y látigo por su apasionamiento in­
humano?
Pero sea un caso distinto: pongamos que el
corrector sea dulce y bueno como una tórtola
y perfecto como un San Francisco.
¿QUÉ PENSAR DE LOS HOMBRES? 107

Basta que sus apreciaciones sean equivoca­


das o algo exageradas para que los de abajo
reaccionen, quizá no contra su persona, pero sí
contra la religiosidad que él representa; no
dejarán de agitarse los dardos y las sátiras
contra la misma ley y contra el legislador
primero. Los chistes contra los sacerdotes y
contra la santa Iglesia son con frecuencia un
desquite de los justamente apaleados, que
muerden el palo, pero también miran con ojos
aviesos y babeando de ira la alta mano que lo
manda manejar. Y dirán: «Ellos son buenos;
pero nos hacen malos con su excesiva exigencia
y su poca comprensión».
Por eso, Señor, bien sabes Tú cuántas veces
pensé en inhibirme de todo y dejar rodar ese
turbio oleaje de las cosas y los hombres.
Si no hemos de sacar un mayor bien, ¿a qué
molestar y molestarse?
Si sólo hemos de agitar la bilis propia y
ajena, ¿a qué tantos choques y disgustos?
Si en vez de desaparecer los delitos, es la
paz y la caridad las que se pierden, ¿qué ven­
taja nos traen esas posturas épicas, tan heroicas
como perniciosas?
Y envolviéndome en el ancho manto de una
indiferencia fría, intenté girar sobre mí mismo
y dar la espalda a esa ingrata realidad humana:
IOS DIALOGOS CON CRISTO

«¿A mí qué se me da de todo ello? ¡Allá se las


havan!»
Sí, sí; pero, ante todo, esa indiferencia,
¿es sincera? ¿No será el despecho de un amante
desairado que quisiera apagar las ascuas de
su cariño echándole encima un puñado de
ceniza? ¡Ah! Porque si esa retirada obedece al
despecho o a la venganza, entonces no es digna
de un padre, de un amigo o de un hombre de
sano corazón.
¿Cómo dejar al enfermo agonizar lentameíite
sólo porque dé un manotazo a la medicina
que le ofrecías? Corres un peligro más grave aún.
Te expones a que el despecho malhumorado
se convierta en venganza. Y ese es el momento
negro en que el Maligno sopla en tu oído su
lógica homicida.
Este código sutil consiste no en sacar un
bien de cualquier mal, como lo hace Dios, sino
en hacer un mal mayor por cualquier simple
desliz.
Es devolver una serpiente al que te dio un
escorpión; es abrasar el cortijo al que quemó
tu pajar; es ofrecer un veneno al que despreció
tu pan.
¡Con qué irónica solicitud estará ahora el
Maligno soplando en el corazón de los rectores
del mundo!
¿QUÉ PENSAR DE LOS HOMBRES? 109

¡Ah, si él lograra que esas armas apocalíp­


ticas, recientemente inventadas, sirvieran no
sólo para la justa defensa de la justicia y la
patria, sino para incendiar el mundo y millones
de inocentes en la pira de una venganza y
desquite por injurias reales que merecen muy
distinta sanción!

Ecuanimidad.

Por eso, Señor, yo me refugio en Ti y suelto


a tus pies la espada de fuego con que quise
primero dar a tantos débiles y luego vengar
su rebeldía.
¿No soy yo mucho peor que ellos? ¿No debo
yo ser mejor para que ellos sean buenos?
Es la oración, la cordial y verdadera oración;
la que me educará en tu divina ecuanimidad
con que, paciente y silencioso, esperas siempre
para él abrazo de la reconciliación.
¿No te definiste tú por la fiebre amorosa de
esa gallinita que llama y cobija a sus pollos
traviesos, precipitados y loquillos?
Tu infinita amplitud nos cobija a todos como
una bella cúpula dorada.
Tu palabra resuena siempre, aun en el corazón
más lejano, como una campana invitadora y
dulce.
110 DIÁLOGOS CON CRISTO

Porque Tú eres el único que lo sabe todo:


tu mirada es infalible y cala en el fondo de
cada acto humano, y Tú sabes que en el fondo
de todo corazón vive la bondad.
Por eso tu invitación es tanto más eficaz
cuanto más amiga; pasa como una caricia por
la frente hundida, en el momento más propicio,
y tu mano se extiende caliente y abierta para
recoger todo corazón sin apretarlo demasiado,
como ese pájaro que muere asfixiado entre las'
manos de un niño cruel.
Corrige, pues, mi temperamento para bien
de todos.
Suprime mis insensateces, las miras estre­
chas, las teorías mezquinas, el procedér esqui­
nado y exigente, las palabras excesivas, la
frialdad arisca, la incomprensión egoísta y,
sobre todo, el despecho, que es padre de la
venganza sobre el pecador, que no lo es más
que yo mismo.
Espero de Ti, de mis experiencias y de mi
buena voluntad, que mi carácter se mol­
dee y mi constitución moral se ilumine y
ablande.
Entretanto contemplaré con hondo sosiego
ese mar de paz y ese suave oleaje de amor
que llena tu pecho paternal, porque necesito
y quiero absorber de Ti un buen humor hu-
¿QUÉ PENSAR DE LOS HOMBRES? 111

mano y sonriente, una ecuanimidad armonio­


sa, un carácter abierto y un corazón incandes­
cente.
Envuélvame, por fin, Señor, por dentro y
por fuera, esa irradiación mansa de tus ojos
que se llama bondad.
VIII

¿CÓMO ANDAR ENTRE LOS HOMBRES?

Tu palabra es la verdad (Juan C.,


X V I I , 17).

Si cada uno somos un mensaje tuyo a los


hombres, ¿qué responsabilidad la mía, Señor!
Porque debo ser tal como Tú me quieres
para no traicionar ni tu plan ni mi misión.
¡Difícil autenticidad!
¿Heroica fidelidad a Ti que me envías y a
mis hermanos que me deben escuchar!
¿Cómo presentarme a ellos para que me
crean? ¿Qué decirles con mi ser y con mi vida
para que comprendan la palabra que Tú les
dices por mí?
Tú que eres la Palabra eterna del Padre,
dicha en carne, a los hombres, ni fuiste reci­
bido ni fuiste comprendido. ¿Y quién más fiel
que Tú al Padre de que procedes, engendrado
desde siempre? ¿Quién más sincero y más
igual a sí mismo que Tú, que eres la Verdad
esencial?
¿CÓMO ANDAR ENTRE LOS HOMBRES? 113

Frente a la trascendencia infinita de tu


mensaje desaparece la pequeñez del mío.
Pero tengo el deber de parecerme a Ti en
ser del todo auténtico y sincero. Es el único
modo de evitar la doble traición; a Ti que me
envías y a mis hermanos con quienes debo
vivir y hacer de mi vida una lección constante.
«Andaré en verdad como decía Santa Te­
resa; andaré en verdad de cuantas maneras
pudiere delante de Dios y delante de los
hombres.»
¿Qué otro puede sfcr mi programa para no
malograr mi misión, que una limpia sinceridad,
una alta nobleza y una interior libertad?
Son las tres virtudes de todo mensajero,
de todo embajador fiel.

Sinceridad interior.

Será la primera ley de mi fidelidad: la con­


ciencia perfecta de mi realidad.
¡Ah! ¿Pero cómo soy yo?—Abro el cuaderno
de mis apuntes íntimos delante de Ti y creo
ponerme ante un espejo fiel. ¡Qué engaño!
¿Acaso soy yo tal como me veo? ¿Acaso me
veo tal como sov?
%/

¿Son siquiera justos los juicios ajenos que


114 DIÁLOGOS CON CRISTO

oigo sobre mi persona? ¿Me atrevo yo siquiera


a aceptarlos?
Me sorprenden o porque los creo falsos o
porque me parecen nuevos o porque se trata
de un ángulo de mi ser o de mi proceder en
que vo jamás había reparado.
Quizá me ofende tanta audacia, tanta saga­
cidad o tanta exageración. ¡Y más si se trata
de un defecto que yo había justificado y cano­
nizado!
¿Pero en realidad no resulta necio y fari­
saico vivir satistecho de mí mismo, persuadido
y quizá alardeando de que todo lo que* digo
es bueno y todo lo que hago está bien?
¿Les parecerá igual a los que me ven neutral­
mente y a la conveniente distancia? ¿Te pa­
recerá igual a Ti, Señor, que calas a lo más
profundo y separas con tu soplo el trigo de
la paja?
A mi vez yo he criticado también de otros
frívolamente.
Luego, a solas, la voz de mi conciencia me
susurra en secreto: Has hecho algo grave; has
herido la honra ajena o has dado por cierto
lo malo sin pruebas suficientes.
Y un sobresalto me turba, como una piedra
echada en el lago de mi conciencia. Pero reac­
ciono a punto: mi criterio es sano, está bien
¿CÓMO ANDAR ENTRE LOS HOMBRES? 115

formado y mi conciencia no me traiciona. Y


me embarco en comparaciones secretas, an­
teponiéndome a los demás. Yo soy bueno; ellos,
en cambio... 4

Hasta que de repente escucho dentro de mí


aquella recia palabra tuya: «¡Ay de vosotros
los que al mal llamáis bien y al bien llamáis
mal!»
Cuando tus manos de Dios formaron este
palacio de vida y de amor que es el corazón
del hombre, que es mi propio corazón, insta­
laste dentro de él un confidente tuyo que
jamás se durmiera y jamás transigiera: es la
conciencia.,
Tú la dictaste tu ley desde el principio y
la mandaste que aun en los momentos de
máxima exaltación la proclamara con fría
lealtad. Es como si estuvieras Tú mismo den­
tro de todo hombre.
¡Y qué saludables puñados de sal arroja
de vez en cuando en las llagas vivas del alma!
Pero Tú lo has dicho, Señor: La sal puede
volverse insípida; puede no escocer, no desin­
fectar y no cicatrizar. ¡Ay de nosotros entonces,
porque empezaremos a llamar bueno a lo malo
y malo a lo bueno! Es que la conciencia ha
cedido a las seducciones constantes y se ha
pervertido. Ése es el pecado que engendra
DIALOGOS CON CRISTO

otros mil peores que él. Nido de víboras


que devoran el corazón y envenenan el pen­
samiento.
Ése es el pecado padre del fariseísmo.
Y fariseísmo es el amor y el gozo de la men­
tira, la virtud puramente ritual, el gesto mís­
tico con la frialdad o la perversidad por dentro.
Es el exhibicionismo de las ceremonias santas
o de los actos caritativos sin jugo, sin calor,
sin fe verdadera.
Es la meticulosidad mecánica de ciertos pre­
ceptos, normas, advertencias o avisos «sin
justicia, sin misericordia y sin buena fe».
Es la persuasión de que uno no es como
los demás hombres. ¡Como esos pobres hombres
que proceden con sencilla y clara honradez!
Ellos pecan y lloran sus pecados. El fariseo
juzga que él no peca jamás ni tiene por qué
llorar.
Ante esta alta soberbia y odio a la verdad,
yo te ruego que me libres de ellos, ya que tengo
que transmitir un mensaje tuyo y verdadero.
¡Líbrame del pecado del fariseísmo!
¡Líbrame de que me tengan por mejor qué
los demás!
¡Líbrame de que un grupo de ingenuos ve­
nere mi persona, copie mis palabras o exagere
mis hechos!
¿CÓMO ANDAR ENTRE LOS HOMBRES? 117

¡Líbrame de que me defiendan y de que me


justifiquen en todo!
¡Líbrame de que me respeten con exceso y
4

de que pongan los ojos en blanco cuando


hablan de mí!
Tú, que cruzaste todos los caminos con la
más limpia sencillez, hazme todo verdad.
Tú, que curaste todas las llagas humanas y
fuiste pagado con espinas de indiferencia,
hazme sencillamente bueno.
No sea el siervo más que su Señor, ni el dis­
cípulo más que su Maestro.
Envía la luz de tu verdad hasta los más
lejanos escondites de mi espíritu.
Y en el barro de mi corazón siembra un pu­
ñado de violetas de evangélica humildad.
Y si es precisa, como lo es, el agua de la
humillación para que no se marchiten, no me
escatimes esa lluvia de vida que baja de tu
roto corazón.
Haz que pase entre los hombres como la
brisa de la mañana limpia y silenciosa, lim­
piando y alegrando a todos; pero sin que nadie
me detenga, ni nada me manche a mí.

Sinceridad exterior.
Porque quizá es más difícil aún ser autén­
tico ante los demás.
118 DIALOGOS CON CRISTO

Tú que nos conoces a todos en nuestra des­


nuda realidad, estás siempre seguro de tu
acierto y de tu eficacia.
¿Pero qué sabe el hombre lo que hay en el
hombre? ¿Y qué sabe el que habla de lo que
piensa el que escucha?
¡Y si no fuéramos más que ignorantes!
¡Si fuéramos simplemente pecadores o dé­
biles!
Pero los hay malintencionados. Los hay as­
tutos. Los hay fascinadores y envolventes. ¿No
llamaste Tú a algunos víboras?
Los que tienden su red de mentiras no son
tan peligrosos como los que hacen su juego
con medias verdades. ¿Cómo librarse de ellos?
¿Cómo convivir con ellos? ¿Cómo convertirlos
a Ti?
Yo recuerdo bien tu fórmula: Debo ser
sencillo como las palomas y prudente como
las serpientes. Lo que me es difícil es la apli­
cación concreta de esta ley. La dosis y propor­
ción de prudencia y candor.
Porque cuando mi sencillez ha sido víctima
de una ruin asechanza, entonces reacciono con
exceso: mi cautela hace que no me fíe de nadie
y que lastime injustamente a algún espíritu
noble.
Tal vez mi confiado candor se ve cercado
¿CÓMO ANDAR ENTRE LOS HOMBRES? 119

de sonrisas burlonas y befas crueles. En reac­


ción, no me fío ni de la sonrisa de amor ni de
la caricia inocente.
«Así habéis de hablar: sí, sí; no, no. Y lo
4

que pasa de ahí procede del Maligno.»


Cierto, Señor, jamás he de mentir. Pero
¿cuántas y cuáles verdades debo callar? ¿Cuán­
tas mentiras ajenas disimular? Entre la ver­
dad oficial y la verdad real, ¿qué postura debo
adoptar?
Tal vez es divertido contemplar la farsa de
la vida, en que los colores, las músicas, las
risas y las palabras sólo sirven para encubrir
los pensamientos y los deseos. Pero cuando a
uno mismo se le asigna algún papel en la co­
media, ¿qué hacer si ha de ser fiel a tu verdad
y a la propia suya?
Aquél te ofrece a tragar su anzuelo envuelto
en la carnaza de sus más cálidos halagos.
Éste procura arrancarte un si a fuerza de
marearte con el humo del incienso de sus ala­
banzas.
Otro te hace gratuitamente un bello ser­
vicio que procurará cobrarte después con
gruesos réditos.
jCómo deprime, Señor, esta cautela perpe­
tua, esta reserva de sí mismo, este hermetismo
de la palabra y aun del pensamiento!
120 DIÁLOGOS CON CRISTO

De nuevo siento que me dictas amorosamente


al oído: «la verdad os librará».
¡Oh sí! Esa es mi esperanza. La fe en la
verdad y en su eficacia es el único refugio
para las almas claras.
La luz puede ser envuelta por las tinieblas,
pero no extinguida por ellas. Ellas tienen «su
hora». La verdad tiene tu Eternidad.
Y ésta es la razón de aquella serena gran­
deza tuya entre las injurias y calumnias fari­
saicas. Vencieron. Pero sólo durante tres horas.
Crucijixerunt lucem—dice San Agustín—:
«Crucificaron a la Luz». Pero la luz crucificada
disipó sus mentiras.
¿Y he de ser yo menos, Señor? No. En vez
de este retraimiento cauteloso ante el hermano,
repartiré mi pan con todos, sin analizar sus
méritos, ni sus intenciones, ni exigir su gra­
titud.
¿Acaso doy algo mío?
Y dilataré mi afecto, mi luz y mi calor aun
a los más lejanos. Pues aun el más alejado
tiene derecho a mí. ¿Acaso la luz es mía? «El
Dios de Dios, luz de luz» eres Tú mismo, que
acaricias siempre, como el sol, las cabezas de
los buenos y de los malos.
¿CÓMO ANDAR ENTRE LOS HOMBRES? 121

Nobleza siempre.
4

Porque la mentira siempre es una vileza y


hay muchas vilezas peores que la mentira. Y
sólo la nobleza las puede superar.
Mi nobleza, pues, consistirá en estar por
encima de todas las pequeñeces.
Mi independencia será vencerlas todas por
elevación.
Mi nobleza será anchura frente a la estrechez.
Mi independencia será inhibición sin desprecio.
Mi nobleza será decir: jpobrecillo! Mi inde­
pendencia será repetir: sólo Dios basta.
Mi nobleza será caridad con los innobles.
Mi independencia será no esclavizarme ni a
los buenos.
Ciento ochenta monjas vivían con doña Te­
resa de Ahumada en el Convento de la Encar­
nación. ¿Serían todas recogidas y silenciosas,
caritativas y obedientes, abnegadas y discretas?
La misma Santa exclamará después: «De mu­
chas mujeres juntas, líbrenos Dios».
Sin embargo, ¡qué noble lealtad la suya!
«No tratar mal de nadie por poco que fuese—
dice de sí en el capítulo VI de su vida— ; sino
lo ordinario era excusar toda murmuración;
porque traía muy delante cómo no había de
122 DIÁLOGOS CON CRISTO

querer ni decir de otra persona lo que no que­


rían dijesen de mí. Tomaba esto en harto
extremo para las ocasiones que había. Y así
a las que estaban conmigo y me trataban,
persuadí tanto a esto, que se quedaron en cos­
tumbre. Vínose a entender que donde yo es­
taba todas tenían seguras las espaldas».
¡A todas las cubría ella con su capa blanca
de carmelita!
¡Nobleza hidalga de esta mujer castellana,
cuyas palabras, como tu luz, son limpias, cla­
ras, alegres y calientes siempre!
Nobleza es no criticar, sino alabar. No
envidiar, sino perdonar. No exigir, sino agra­
decer.
Nobleza es dar y darse, consolar, olvidar y
sonreír al bueno sin excluir al malo. Nobleza
es abrazar al amigo sin negar su abrazó al
traidor.
¿No somos los hombres menos malos que
desgraciados? ¿Menos falaces que pequeños? ¿Y
no sería yo más ruin que todos si pretendiera
vengar sus pequeñeces?
¡Nobleza siempre! ¡Nobleza, que es ese oro
en luz que forma el halo de las almas grandes!
Las cuales, por más cercanas a Dios, no tienen
otra definición que la propia definición divina:
bondad.
¿CÓMO ANDAR ENTRE LOS HOMBRES? 123

Sí. Pura y sencilla bondad, Pero bondad


con alas. Las alas que me levanten sobre todo
lo mudable, sobre todo lo ruin, sobre todo lo
mentiroso.
¿Hay algo* más doloroso que la esclavitud?
¿Hay nada más humillante?
Sólo hay cuatro esclavitudes que ennoblecen:
la de la verdad, la de la justicia, la del deber
y la de la gratitud.
La de un hombre a otro es envilecedora.
Si es por la fuerza, rebaja al tirano; si es volun­
taria, revela una incomprensible pequeñez mo­
ral.
Con todo, ¿quién levantará las manos y el
corazón libres de cadenas? Afectos, compro­
misos, adulaciones, servilismos, complicidades,
secretos, engaños, ardides, intereses, carnali­
dades, ambiciones, odios, venganzas, compe­
tencias. ¡Qué diabólica red de pasiones huma­
nas nos envuelve, nos envilece y nos sujeta
a todos!
Todos ambicionamos, todos tenemos, todos
amamos y todos gemimos bajo esta voluntaria
esclavitud de unos hombres a otros, tan peque­
ños unos como otros.
Un poeta español del siglo XV, Juan de
Tapia, escribe estas recias cuartetas contra un
amigo suyo extranjero que le fue traidor:
124 DIÁLOGOS CON CRISTO

«Mal haya quien su secreto


dice a persona nascida,
para siempre ser suyecto
cativo toda su vida.
Yo erré en confesar
lo que vos fui a decir:
fuísteme a difamar
e del todo a descubrir.
Todo home mire el efeto:
su lengua tenga escondida,
no descubra su secreto
a persona de esta vida.
Oir, e ver e callar
yo siempre lo loaré:
hame pesado fablar;
de esto me arrepentiré.
Pues que yo no fui discreto
en Patria desconoscida,
no descubras tu secreto
a persona de esta vida.»

Santa libertad.

Hermano: ¿No sientes bullir dentro el ím­


petu de un vuelo liberador? ¿No se te escapan
los ojos hacia aquella libre altura de la eter­
nidad? ¿No ensayan tus alas el latigazo res-
tallador de la escapada?
¿CÓMO ANDAR ENTRE LOS HOMBRES? 125

iQué alegremente se debe estar allí arriba,


sin careta, riéndose de los colorines y disfra­
ces de este carnaval del mundo!
¿Que tiran de ti tus compañeros de farsa?
¡Bah! Clava .seriamente tu mirada en el fondo
de sus ojos y descubrirás esta verdad: ni te
necesitan, ni te aprecian, ni te admiran, ni
te aman, ni te lloran, ni te recordarán.
Lo que suelen buscar en ti es alguna conve­
niencia suya.
A esto se le llama desengaño. ¿Pero hay algo
más sabroso? ¿No es esto hallarse a sí mismo?
¿Hay algo más elevado y liberador? ¡Qué cosa
más deseable que el andar en verdad! ¿Y no
eres la Verdad, Tú, dulce Cristo solitario y
esperándome?
Pero mi corazón se oprime. ¿Podré siempre
caminar con esta limpidez interior y exterior
entre los hombres? ¿Tendrán fuerza las alas
de mi corazón para levantarse a esta noble
libertad?
A lo ícenos es cierto que sólo así puedo trans­
mitir ese mensaje tuyo, que soy todo yo.
Y más cierto aún es que sólo con esta per­
fecta honradez puede el siervo bueno y fiel
cumplir el encargo de su Señor.
IX

ALMAS CERRADAS

Vuestro Padre dará espíritu de


bondad a los que se lo pidan (L uc., I I ,
13).

Comprendo la sonrisa gozosa de tus ángeles


cuando recuperas un alma perdida.
Hoy se me‘ha abierto a mí un alma cerrada
y creí hallarme en el dintel del Paraíso.
;Misteriosas profundidades, secretos delicio­
sos, delicadezas séductoras, guardadas como
tesoros no soñados en el fondo del mar!
Me parecía un mundo recién descubierto y
enteramente mío que, al abrir sus compuertas,
se volcaba hasta el fondo de mi ser como un
firmamento con todos sus luceros.
Y al mismo tiempo me penetró un indefinible
respeto, porque sentí que aquellas intimidades
eran un templo solamente digno de Ti.
Y esa es la verdad. El centro del alma, su
séptima morada, es un vacío misterioso y santo
ALMAS CERRADAS 127

que sólo Tú debes ocupar y sólo Tú puedes


llenar.
Por eso te llamé apresuradamente, y tomando
de la mano al alma dócil, la puse frente por
frente de tu infinito Corazón.
Y ahora, postrado a tus pies, te hago una
pregunta y una petición: ¿Por qué hay tantas
almas cerradas para las demás almas? Tú,
que tienes todas las llaves y conoces todos los
secretos, [ábrelas, Señor!

El egoísmo ajeno,

Las cerró el egoísmo ajeno; las debe abrir la


bondad.
El niño corre por su vereda de flores sonriendo
a los hombres como a las golosinas y a los ju­
guetes; nos cree buenos y sencillos como él
y como ellos; nos tiende los brazos, como el
pájaro las alas en el aire, seguro de que no lo
dejaremos caer.
Pero apenas duda de nuestra bondad y se
desengaña de nuestra sinceridad, deja de ser
niño y va plegando las alas de su corazón.
La vida le va descubriendo, día por día, se­
cretos nuevos y más tristes, y empieza a titu­
bear, temeroso de caer en un lazo a cada paso
que da. Al fin cuaja un hombre, como todos
128 DIÁLOGOS CON CRISTO

lo somos, con algo más de serpiente que de


paloma.
Y como la vida sigue, se ve forzado a apren­
der una ciencia sutil: la ciencia del vivir, el
arte de convivir, la táctica de no quedarse
atrás ni ser menos que otro cualquiera.
Se le van imprimiendo lentamente las fór­
mulas prácticas de subir, de prosperar, de go­
zar, de vencer, hasta que un día cualquiera
se quita el velo que llevaba ante los ojos, pierde
el pudor interior y suelta la rienda de su potro
para que galope alegremente.
Piensa que si la vida es una competición
y un concurso, resulta necio tener miramientos
y delicadezas con quien le procura superar.
¡Ni faltaría la sonrisa burlona sobre su inge­
nuidad v su inocencia!
Y así se impone uno en la vida, a costa de lo
mejor de la vida, que es el corazón y la nobleza.
Y he aquí cómo las almas se van concentrando
y cerrando en sí mismas, buscando dentro un
mundo mejor, en que reinen el amor y la
bondad, que no han encontrado fuera.

Al margen de la vida.
¡Y se empieza a vivir al margen de la vida!
Convertidos unos en censóres exasperados
de cuanto ven o suponen, sonrientes otros al
f
ALMAS CERRADAS 129

descubrir los burdos cordeles que mueven


secretamente las marionetas humanas.
Unos son los satíricos agrios y otros los
irónicos comprensivos.
Entre ellos hay la misma distancia que entre
Quevedo y Cervantes o entre Gracián y Santa
Teresa.
Cada uno suele elaborar su filosofía con los
elementos de su propia historia. ¡Y son éstas
tan diversas! ¡La novela de cada alma!
Tal espíritu vulgar se irá atrofiando lenta­
mente por falta de luz y energía interior para
interpretar o superar las peripecias del mundo;
se irá habituando a no pensar, ni querer, ni
sentir, y lo que fue mariposa de oro se arras­
trará hecho gusano.
Éste tiene mayor agilidad, pero no mayor
elevación; y obligado al frívolo comercio hu­
mano, va dando a las cosas el valor y aprecio
que no tienen ni merecen, hasta que, absorbido
por ellas, es un alegre farsante más de la necia
farsa y un enamorado más de todo lo brillante
y baladí. ¡Y entre tontos anda el juego!
Y quedan, por fin, las almas recias y elevadas
que, por no envilecerse ni transigir, vuelan al
mundo del espíritu y crean dentro de sí su
propio mundo. ¿Y cómo no ser almas cerradas,
si abrirse y entregarse es perecer?
9
u o DIÁLOGOS CON CRISTO

¿Y no es esto triste, Señor?


¿No es lamentable esta situación de aisla­
miento, de negación y de distancia?
Se cruzan las miradas, se juntan las manos,
estallan las risas con su música gloriosa, pero
la verdad de cada uno está silenciosa y ais­
lada.
Tan aislada y solitaria como las estrellas del
firmamento, que aparecen a nuestros ojos apre­
tadas y juntas en armoniosos racimos.
¿Y quién tiene la culpa de ello? ¿No es el
egoísmo humano? ¿No es la fiera crueldad de
vivir para sí mismo, de hacer de su convenien­
cia el centro del universo, de subordinarlo todo
al propio gusto o al propio interés?
Tú dijiste que no habías venido a ser servido,
sino a servir. Y nosotros hacemos siempre
todo lo contrario.
No miramos a los demás como superiores,
ni siquiera como iguales, con derechos propios
a ser dignos y libres; los queremos obligar
siempre a que sean meros instrumentos de
nuestro placer o nuestra vanidad.
¡Y el resultado es tan triste! Chocan egoísmos
con egoísmos, y nos repelemos unos a otros con
vehemencia. ¿No lo recuerdas, hombre?
Te ofrecían tímidamente un afecto sincero,
como una rosa recién cortada. No te interesó;
ALMAS CERRADAS 131

te fue indiferente. Y el frío de tu mirada heló


la flor y el alma que se te daba.
Santa Teresa dijo de*sí: «Tengo un ánimo tan
agradecido, que con una sardina que me den,
me sobornarán». ¡El tuyo no se despierta ni
con los latidos cercanos de un corazón!
Aquél venía con la lealtad en los ojos, la
nobleza en la frente, la generosidad en los
labios; no te fiaste; suponías una segunda inten­
ción y respondiste con otra sutil falacia. ¿Qué
había de suceder?
El alma se replegó en sí misma con un dolor
sangrante y un asco profundo.
Este pobre tenía sus limitaciones que com­
prendía mejor que nadie, pero empezó a cami­
nar entre todos porque es necesario vivir y
porque fiaba en la comprensión y misericordia
ajenas.
No tuviste tú esa nobleza; fue nada más que
una ironía, una burla simulada. Pero eso bastó;
con ella rompiste para siempre el cristal de un
alma buena. ¡Crueles pequeñeces de todos los
días!
Las groserías, las ruindades, las desconfianzas,
las desatenciones, los olvidos, las frialdades,
las distracciones, los mil detalles que revelan
egoísmo y falta de bondad, crean el amargo
divorcio de las almas.
02 DIÁLOGOS CON CRISTO

¿Quién entregará su mejor tesoro, lo mejor


de sí mismo, cuando nadie lo quiere recibir?

Consecuencias.

Los de voluntad más recia responden con


iracundo desprecio, con odio vengativo. ¡Paga­
rán en la misma moneda!
Los de más suave condición huirán con miedo
y desconfianza. Unos y otros pondrán al des­
engaño por guardián de su castillo interior.
■Jamás bajará el rastrillo sin registrar hasta
los pensamientos y segundas intenciones del
que pretenda entrar!
¡Jamás abrirá ligeramente el postigo para
que el alma salga a este mundo exterior!
Cierto que esta vida concentrada tiene- se­
cretas delicias para el que es poeta o es santo.
Pero cierto también que hay millones de
seres que se consumen a sí mismos, como devo­
rados por un cáncer espiritual.
El poeta y el santo, purificados por el dolor,
tuvieron fuerza en las alas para elevarse sobre
la vida y encontrar un limpio amor y una
realidad divina.
Los que no son para tanto, yacen oprimidos
bajo sus experiencias crueles, sin más alivio
que su esperanza en Ti y en tu Eternidad.
ALMAS CERRADAS 133

¡Y ahora, Señor, escúchame! ¿No librarás


a estos esclavos?
¿No tendrás una llave misteriosa que abra
sus compuertas y los devuelva a la vida del
amor fraternal?
¿No le§ harás extender sus alas en la luz y
recuperar su fe en la bondad? Son un mar
represado; son una luz escondida.
¿No podrá tu mano creadora romper todos
los diques y disipar todas las tinieblas?

Solución.

Sí, sí. Yo sé que lo haces. Lo haces cada


día; pero sin alarde, sin ruido; con la sublime
sencillez con que iluminabas a los ciegos y
amansabas el mar; con una breve palabra:
Yo soy.
Porque éste es el comienzo de la rehabili­
tación: dar una experiencia evidente, innegable
de tu propia bondad. 0 beata solitudo, untca
beatitudo!
En esa soledad interior surge ante todo la
oración, la respiración del alma; y con ella el
silencio de las cosas y de las pasiones, y la luz
de tu palabra y la cercanía de la Eternidad.
La oración es la llave de todos los calabozos.
134 DIÁLOGOS CON CRISTO

Porque envuelto en su luz y en su aroma te


acercas Tú mismo.
Y contigo el dulce diálogo, la cordial compa­
ñía, la confidencia segura, la amistad confiada,
el apoyo fiel, el horizonte rosado, el amanecer
riente y, por fin, ¡el amor!
¡Oh, sí! Éste es el segundo amor a Ti, tan·
distinto de aquel primer amor ilusionado y
soñador, que si no se disipó del todo, perdió
su impetuosidad y exclusivismo al cruzar por
entre las seducciones de la vida.
Ahora el desengaño de todo lo demás le ha
convertido en el único asilo del corazón lace­
rado; es la hendidura en la roca donde el nuevo
nido queda bien seguro y protegido de las per­
secuciones exteriores y de las tormentas pa­
sionales.
¡Ya sólo bastas Tú! Y teniéndote a Ti,
bondad sin limitaciones, ¿qué importa ya que
los hombres sean egoístas y que en la vida no
exista la bondad?
Tú mismo, como recuerda San Agustín,
«con mano mansísima y misericordiosísima
modelas de nuevo y rehaces el corazón». Vas
arrancando de él los despechos e iracundias
secretas, limpias sus heces carnales, das cris­
talina transparencia a sus deseos, pones an­
chura y magnanimidad en sus alas y lo lanzas
ALMAS CERRADAS 135

de nuevo sobre el mundo libre y amoroso,


hecho mensajero de Ti mismo.
jAlondra crucificada en el azul, sembrará
las notas de su .ternura recuperada sobre los
barbechos humanos!

La vuelta a la vida.

Y volverá a convivir, pero jcon qué libertad!


Y hablará con todos, pero sólo palabras tuyas
comprensivas y benévolas. Se entregará sin
reservas, pero no para poseer ni ser poseído,
sino para dejar algo de Ti en el fondo de cada
cáliz.
Estas almas renovadas forman la vanguardia
de tus conquistas: la conquista por la bondad.
¡Benditos y santos todos los demás instru­
mentos de apostolado! Pero ¿hay mejor vehícu­
lo de tu gracia que la bondad personal?
Santo cura rural, ¿por qué sudas y gesticu­
las tanto para atrapar imas palabras cultas
que entonen tu homilía dominical? ¿No ves
a tus feligreses sonreír atentos y compasivos
deseando que pase aquel mal rato?
Hace tiempo que aprenden más de tu virtud
que de tu oratoria. Tú tienes la llave de las
almas desde que saben que ni tu arca, ni tu
casa, ni tu alma tienen llave.
136 DIÁLOGOS CON CRISTO

El bueno, puro y santo se irradia a sí mismo


sin quererlo vi sentirlo, como un rosal en la
noche.
Porque la bondad, que es una derivación de
Ti mismo, Señor, actúa como Tú, por encima
del tiempo y del espacio.
Y llega donde no penetra ni la palabra, ni
la acción, ni la organización, ni el dinero; al
centro vivo del alma llagada por el egoísmo
circundante, que es el pecado de todos y el
gran disolvente social.
¡Y ésta es mi única ilusión, Señor! Cumplir
en mí la palabra con que te definiste a Ti mismo:
El hombre bueno, del tesoro bueno de su co­
razón saca cosas buenas.
La bondad es amor y el amor despierta
amor. Y he aquí el modo cómo la creación
entera se convertirá en aquella «Cándida Rosa»
que contempló el Dante. Nosotros seríamos los
pétalos temblorosos, y el centro vital y dulce
serías Tú, oh Cristo, Rey del amor.
X

EGOCENTRISMO

Su corazón está lejos de M í (M at.,


15 , 8).

Solo y triste, Señor, en esa colina que do­


mina a Jerusalén, irradias una desolación con­
movedora.
Allá abajo, un mar bullente de pasiones;
aquí arriba, Tú infinitamente olvidado, y en
medio, caos mágnum, un gran abismo repleto
de desdén por parte de ellos, y de amor fra­
casado por parte tuya.
La cercanía física es tanto más cruel cuanto
es mayor la distancia de los espíritus.
Y ésa es la gran tragedia de tu alma; que,
rodeado de cristianos, eres para ellos el gran
ausente y el gran desconocido.
Muchos te rezan, te tocan, te escuchan, te
comen, pero su espíritu está ausente.
«Su corazón está lejos de Mí», confiesas Tú
mismo. Son egocéntricos.
Lo humano y lo divino giran en torno a sí
mismos: absorbidos por su egoísmo, no ven las
US DIALOGOS CON CRISTO
i

cosas, ni a Ti mismo, sino en razón de sus con­


veniencias, intereses, planes, criterios y trabajos.
La desinteresada generosidad de Pablo grita
con escándalo: ¡Todos buscan sus propios in­
tereses y no los de Jesucristo! ¡Todos!
Y no se refiere a judíos duros ni a gentiles
camales, sino a aquellos «santos» por quienes
Él se consumía, y que no comprendían aún
que, para ser tuyos, el primer paso eficaz es el
olvido de sí mismos y la asimilación de tus
planes redentores y de tus intereses divinos.
No comprenden porque no aman.
¡Negro pecado el del egoísmo religioso, que es­
teriliza la vida interior y el apostolado externo!
Tus palabras, que son semilla de vida, re­
pletas de vigor y eficacia santificadora, sólo
producen en estos espíritus innobles meros ri­
tos mecanizados y fórmulas muertas.
Componen con ellos su vida exterior, pero
te niegan el contacto del corazón donde Tú
tendrías que germinar y florecer.

Fariseísmo actual.
¿No es ésta una rama nueva de fariseísmo?
¿No les llamarías Tú sepulcros blanqueados
fulgentes por fuera y por dentro vacíos o
hirviendo en pasiones secretas con careta de
virtudes?
EGOCENTRISMO 139

¿Y qué intereses religiosos pueden tener, que


en realidad no te interesen a Ti?
¡Oh, muchos! Despreocupados de tu gloria,
de tus almas, de tu Reinado, de tu Iglesia, de
tus pobres, de tus sacerdotes, de tus Misiones,
de tus obreros, de tus niños, de tus enemigos,
cierran su panorama dentro de sí mismos.
No les preocupa más que verse buenos y pu­
ros, tener «paz» en su conciencia, bañarse en de­
votas dulcedumbres, tener sus cuentas minucio­
samente saldadas, prolongar meticulosamente
sus confesiones, escuchar beatamente la pala­
bra del confesor que les asegura el buen estado
de su alma, devorar golosamente libros piado­
sos, tener a su servicio incluso un director que
se desviva por ellos, cumplir diariamente todos
sus rezos y devociones almibaradas, huir de
toda contaminación con otros seres menos píos
y timoratos, y, encerrados en su torre de marfil,
cantarse internamente el Te Deum de sus
propias excelencias. ¡Falsa mística!
¿No serán éstos, Señor, los que Tú dibujaste
con tan varonil vigor en aquel fariseo de los
ayunos semanales, de los diezmos del anís y
del comino, que no se creía como los demás
hombres, y salió condenado ante los ojos de
tu Padre?
Donde falta humildad ante Ti y misericor­
140 DIALOGOS CON CHISTO

dia para con los demás, ¿qué queda sino paja


para el horno de fuego que no se extingue?
Pero, Señor, ¿no exagerará tu apóstol Pa­
blo al unlversalizar esta ruin polilla espiritual?
¡Todos, dice él, todos buscan sus propios
intereses!
¿Seremos todos? ¡Es para temblar!
Señor, si Tú metieras el bieldo en este gran
montón de nuestras actividades religiosas, ¿se­
ría todo trigo? ¿Se llevaría el viento mucho
tramo de frivolidad y egoísmo?
Esa teatralidad excesiva, esa música blanda,
esa oratoria con trémolos, ese maquillaje de
las imágenes, ese afeminamiento de la piedad,
ese apostolado aparente, esas limosnas caca­
readas, ¿son verdaderos intereses tuyos? ¿Será
paja volátil? ¿Será cizaña maligna?
Porque quizá no falte quien, aireando la
cándida bandera de tu gloria, procure envolver
en sus pliegues ciertas conveniencias perso­
nales que no son tuyas.

Conveniencias propias.

Por ejemplo: que se solucionen los problemas


sociales, pero sin apretar su conciencia ni su
bolsa; que se desinfecten los grandes cauces
de difusión, prensa, radio, cine, pero sin que
EGOCENTRISMO 141

padezca su quietud regalona y su economía


doméstica; que este mundo convertido en ha-
céldama, campo de sangre, se convierta por un
milagro tuyo gratuito y cómodo en una Jauja
mística, a la medida de ciertos piadosos in­
dolentes.
Tú los conoces. ¿No pulularán algunos de
ellos por atrios y pórticos sagrados, recitando
sus salmos, pero eludiendo todo sacrificio y
sin comprender que Tú eres caridad?
¿No te vibra de nuevo el látigo en la mano
para purificar de ellos la Casa de tu Padre?
¿No te hierven en los labios aquellas palabras
doloridas: «Éstos me honran con los labios,
pero su corazón está lejos de Mí»?
¡Y tan lejos! Es San Juan de la Cruz quien,
con buril afilado, dibuja la silueta ruin de es­
tos falsificadores de la santidad.
«Tanto reina—dice él—, así en los espirituales
como en los hombres comunes, el apetito de su
propia voluntad y gusto en las obras que hacen,
que apenas hallarás uno que puramente se
mueva a obrar por Dios sin arrimo de ningún
interés de consuelo o gusto u otro respeto.»
Coirio los gorriones, se posarán sobre Ti
acariciadores y mimosos; pero será solamente
mientras picotean golosos el puñado de trigo
que tienes en el cuenco de la mano.
142 DIÁLOGOS CON CRISTO

Intenta aprisionar y rasgarán como flechas


la seda del cielo, gozosos de su libertad y su
glotonería. ¡Ah, picaros!
Te duele, Señor, ¿cómo no ha de dolerte?,
este mezquino abuso de tu generosidad, este
egocentrismo animal aplicado a las cosas di­
vinas.
Por culpa de él eres aún el triste Dios solita­
rio que, siendo la vida y teniendo derecho a
que toda la humana vida gire en torno a Ti,
miras desde tu colina melancólica a este gran
Jerusalén del mundo que ríe, blasfema y lucha
sin qiie le quemen la frente esas serenas lá­
grimas que viertes sobre ella.
;Y qué es de aquel programa de vida que
Tú proclamaste con tan sencilla sublimidad?

Tu programa.

Fue en la loma suave de las bienaventuran­


zas donde abriste los horizontes nuevos de la
dicha y de la paz; que son la negación y el
olvido de sí mismo y la entrega· gratuita al,
amor de Ti, de todos los tuyos y de todas
las cosas.
Suprimido el egoísmo, caerían todas las ba­
rreras, y todos los vacíos se llenarían de tu
sonrisa y de tu luz.
EGOCENTRISMO 143

Las aguas de cada corazón represadas se


desbordarían sobre la tierra, cubriéndola de
milagrosa fecundidad.
Tú que llenas el abismo interior de una se­
guridad inquebrantable, crearías al mismo tiem­
po la nobleza, la magnanimidad, la generosi­
dad, la hidalguía y la buena fe.
Porque el que cree en Ti, se fía también
de sus hermanos; el que espera tus promesas
eternas, no traiciona ni engaña a los demás;
el que te quiere, también se sabe amado por
Ti, aprende también a llorar con el que llora,
a reir con el que ríe y a fundir toda su vida
con los que viven por Ti, porque Tú vives
en ellos.
La sencilla bondad, la clara inocencia, la
sinceridad sin dolor, la confianza entera, la
entrega fraternal tienen siempre abiertos los
corazones y los brazos humanos para la con­
vivencia alegre y para el apoyo mutuo.
¿Puede idearse más alta fórmula dé la paz
social?
¿Que eso no es más que un sueño rosado?
Quizás lo fuera si no hubieras existido Tú.
Pero Tú, Señor, hecho carne, fuiste uno más
entre los que sufrimos y el primero de los que
trabajamos y el más dolorido de los que llo­
ramos.
144 DIÁLOGOS CON CRISTO

Por eso, tu lev de vida no se disolvió en el


aire, ni en el tiempo, sino que cuajó en siglos
de hombres y en ejércitos de almas que se
parecieron a Ti.
Eran cristianos verdaderos. Los tuyos.
No te sentían ausente ni lejano; convivían
contigo y aplicaban literalmente a la vida
real tus palabras de vida eterna.
Por eso tus lágrimas eran buenas y sus
palabras generosas; no les endurecían las in­
justicias humanas, sabían compensarlas con las
más amables virtudes: la humildad, la gratitud,
el perdón, la serenidad, la sumisión y la obe­
diencia.
Te veían por la fe entrar por sus puertas,
cruzar por todos sus senderos, hasta que Tú
mismo les franqueabas el portón dorado de
tu eternidad.
No; éstos no habían deformado tu ley ni
adulterado tu programa: no habían quemado
aún ni tus templos ni las páginas de tu Evan­
gelio.
Acaso esa revolución vergonzante de los espí­
ritus se reservaba para ciertos cristianos de hoy.

La deformación.
¿Cuáles son los elementos prácticos de la
vida cristiana?
EGOCENTRISMO 145

Pienso que cuatro: la oración, los sacramentos,


la obediencia y la caridad con el prójimo. #
Pues es curioso cómo de todos ellos han
sabido deducir estos egoístas píos las ventajas
personales, eliminando cautamente todo sa­
crificio y don de sí mismo.
Tú nos enseñaste a orar en plural, ésforzán-
donos en abrir tus arcas sin fondo para todos
nuestros hermanos; ellos martillearán tus oídos,
declinando infatigables el pronombre personal
«yo» y el posesivo «mío».
Nuestro interés se debe centrar ahincada­
mente en las cosas espirituales: la gloria de tu
nombre, el advenimiento de tu Reino, el cum­
plimiento de tu voluntad, el perdón de nues­
tros delitos; ellos tendrán una gula devoradora
del pan de cada día, y te acuciarán para que
no sea sólo pan lo que les des, sino una colmada
despensa para largos meses y años.
En los sacramentos desbordas sobre nosotros
el mar de tus aguas vivas, crean4o una unión
fecunda en frutos de vida sobrenatural; pero
a ellos no les incitará el amor agradecido;
vendrán a buscar sólo la seguridad de su per­
dón, la liquidación de sus cuentas o también
el paladeo azucarado de una piedad sensi­
blera.
Y ¡ay! si tus sacerdotes les reclaman para
10
146 DIÁLOGOS CON CRISTO

una cooperación eficiente que es una intromi­


sión abusiva.
¿No los elegiste Tú para su servicio?
¿No son los siervos encargados de atar las
sandalias y poner la túnica limpia a los hijos,
que son ellos?
Y si sus hermanos dolientes o menores los
necesitan, ya tendrán buen cuidado de que su
limosna caiga sonoramente en la bandeja y su
nombre destaque con énfasis en la lista de
donativos.
Y aún sería preciso pagar con adjetivos
rotundos y zalemas exageradas los céntimos
que dieron sin pasarlos por el corazón suyo
ni por el tuyo.
Solamente Tú murmurarás con seriedad: ya
recibieron su galardón.

Sencillez humilde.
jAlmas claras que rodeábais a Jesús por
sencillas veredas y las que aún las seguís con
humilde docilidad!
Como vosotras quiero ser. Sí.
Como esas flores del campo, que no tienen
nombre propio, ni se distinguen de las demás,
ni se duelen de ser pisadas, ni tienen más
fulgor que el iris con que las corona el rocío
matinal.
EGOCENTRISMO 147

Almas ignoradas de todos y desconocidas


de sí mismas, que no tienen ni grandes secretos,
ni grandes problemas, ni derechos que exigir,
ni ofensas que olvidar, ni enemigos a quien
besar.
Almas que se creen deudoras de todos,
porque ^cayó sobre ellas alguna mirada o se
posó alguna sonrisa en su corola.
Serviciales y abiertas, como el agua limpia
de las rocas que hombres y animales pueden
beber; y aún les quedará generosidad para
cubrir las eras de margaritas blancas y los
riscos de clavelinas moradas.
Almas que no ponen precio a sus dones,
como esas ramas secas que recogen los pobres,
los viejecitos y los niños descalzos para ca­
lentarse en el invierno.
Corazones sin aristas, como los guijos blan­
cos del arroyo que tiran los zagales a los
corderos que van retrasados; o también como
esos enjambres silenciosos de luceros sin nombre
que llenan la creación solamente para llamar
hacia lo alto las miradas de los hombres y
para pensar en Ti, en un éxtasis de siglos.
¡Allá se las hayan los que, a fuerza de pensar
en sí, se crean un cerco de frío, de soledad, de
hostilidad y antipatía!
Es Ja penitencia de su pecado. Quedarán
148 DIÁLOGOS CON CRISTO

enjaulados como alimañas en sus preocupa-


dones y petulancias.
Para los más penetrantes, serán ridículos y
despreciables; para los más sencillos, serán
aburridos y escandalosos; y para los sincera­
mente tuyos, serán dignos de la más dolorida
compasión. *
¿Y no tendrás Tú, Señor, para ellos una
gracia de conversión y de cambio?
¿No tiene la humillación y el dolor una efi­
cacia casi milagrosa?
¿No fue el hambre quien trajo a tus brazos
al hijo derrochador y engreído? ¡Lo que no
pudo el amor filial, lo logró el desprecio y
dureza de los hombres!
Con mano exquisita fuiste dosificando y
graduando el fracaso de sus ensueños, hasta
que sólo bajo la encina «volvió en sí» y, «levan­
tándose», vino a Ti.
«Cruz, sabroso descanso de mi vida: vos seáis
la bienvenida», cantaba Teresa de Jesús. Por­
que sabía bien que el más eficaz medio de salir
de las propias ruindades y egoísmos es el dolor
bien paladeado.
Esta es la medicina que esperamos de tus
manos los enfermos de egocentrismo religioso,
que, en mayor o menor grado, somos todos,
Señor.
;
XI

MELANCOLÍA RELIGIOSA

Y se marchó triste (Marc., X , 22).

Se nubla el alma, Señor, al ver la negra de­


presión con que se aparta de Ti ese joven rico
que no se atreve a dejarlo todo por seguirte.
Desanda lento, paso tras paso, el camino
hacia sus comodidades. ¡Pero qué peso moral
agobia su cabeza y desgarra su espíritu!
Es una melancolía religiosa, es un veneno
secreto que no proviene ^de Ti y que Tú mismo
no puedes remediar.
Él mismo es su propio dolor.
Radica en su voluntad; en su falta de volun­
tad. Porque ese descontento tiene un nombre
humillante: cobardía.
Tú le proponías un rasgo de valor. Pero no
se atrevió y perdió en Ti el júbilo infinito de
que gozan los ángeles. ¿Cómo no caminar triste?
Pero, Señor, ¿es acaso ese muchacho el
único melancólico entre los tuyos?
150 DIALOGOS CON CRISTO

¡Oh, no! Esos lamentables y lamentosos son


legión. Deprime asomarse a ciertos círculos y
ambientes de gente buena.
Apenas si se oyen más que quejas, protestas
y suspiros.
Pueden ser entidades piadosas de jóvenes
seglares o agrupaciones masculinas de acción
y propaganda; quizá sean organizaciones feme­
ninas de caridad, o cualquier clase de círculos
de formación.
Esperaba uno verlos a todos vibrar en una
luz optimista y exultar en un aire conquistador.
Y no suele ser así.
Las conversaciones son un rosario desgra­
nado de ayes e insatisfacciones.
Yo te pregunto, Señor: ¿es quizá inseparable
la tristeza de la bondad? Tu doctrina del desasi­
miento, ¿es un velo morado de pasión que cae
sobre la vida del que la practica?
La defensa de tus derechos y de tu persona,
¿es preciso que deje en el paladar un sabor de
derrota, de cansancio o de inutilidad?
Los que bajan a los suburbios con un abrazo
de religiosa humanidad, ¿es inevitable que
vuelvan con los brazos caídos de desaliento?
¿Es que no puede ser tuyo uno y hacer algo
bueno por Ti, si no es gimiendo y llorando?
La respuesta me la da la misma experiencia.
MELANCOLÍA RELIGIOSA 151

Cobardía moral.

Podríamos dividir tu ejército en dos partes:


los entregados sin reservas y los que lo hacen
a medias.
Infaliblemente, los primeros rebosan por
todos sus poros alegría sobrenatural, mientras
los segundos rezuman en todos sus gestos y
palabras derrotismo y desánimo.
Luego no es tu persona, ni tus verdades, ni
tu cercanía, ni tu imitación la que deprime y
agobia, sino la cobardía personal.
¿Hay algún santo o algún apóstol total que
no irradie júbilo y optimismo contagioso?
¿Hay algún joven o viejo, varón o mujer,
abnegados de veras, que no caminen envueltos
en un halo de riente paz?
San Juan Bosco arrastraba como un imán,
con su sonrisa abierta y clara, a millares de
jóvenes que llenaban de gritos alegres sus talle­
res y oratorios. Eran un enjambre de inconte­
nible y bulliciosa alegría.
Cuando él descubría a alguno con el rostro
contraído, le ponía sus dos manos, anchas y
recias, sobre los hombros, posaba su mirada
llena sobre sus ojos apagados y exclamaba:
State allegro: «Sonríete».
Señor, las veces que me has hecho cruzar las
152 DIÁLOGOS CON CRISTO

puertas de un noviciado religioso, guardadas


por el heroísmo y la piedad, me parecía sumer­
girme en una atmósfera embriagadora de
paraíso.
Ni Tú eres triste, ni la santidad, ni el apos­
tolado, ni tu doctrina, ni tu imitación, ni tus
exigencias.
Cuando cruzabas los caminos de Palestina
y te seguía una riada de hombres. Y cuando te
sentabas, te rodeaban los niños como un en­
jambre de oro.
Creo, pues, comprender el misterio: la melan­
colía religiosa es exclusiva de la cobardía moral.
Y por lo tanto es inevitable en los mediocres.
Porque es el remordimiento del que no cumple
su deber. Es la carcoma del árbol que amarillea.
Es el gusano de la manzana dañada. Es la
tibieza o el olvido de la oración. Es la activi­
dad sin alma sobrenatural. Es la concesión al
egoísmo, a las pasiones o a las vanidades.
El que no te entrega todo lo que es y tiene,
¿cómo no ha de sentir una escisión íntima y un
desgarramiento cruel? Tú tiras de lo más alto
de él y la tierra de lo más ruin.
¿Cómo no ha de lamentarse y gemir?
Pero como el orgullo le impide quejarse de
sí mismo, atribuye sus melancolías a Ti mismo,
a los tuyos o a las circunstancias.
MELANCOLÍA RELIGIOSA 153

El que es sólo suyo, vive cerrado en sí.


Y no hay nada más amargo que la soledad del
egoísmo.
Si levantaras sus compuertas, ¿cómo no le
habías de anegar en tus delicias, Tú, que eres
el mar en que beben sin saciarse jamás ángeles
y bienaventurados?
«El joven se fue triste». Y todos los que como
él sean cobardes le tendrán que acompañar
en lánguida procesión por todos los caminos del
mundo.
¡Oh senderos infinitos de ceniza y melan­
colía religiosa!
Lógicamente este aplanamiento tiene grados:
tantos cuántos sean los de la cobardía espi­
ritual.
Enumeremos sólo tres: la melancolía juvenil,
la de la madurez y la senil.

Pobre chico.

Los santos jóvenes como Teresa del Niño


Jesús, Gabriel de la Dolorosa, Estanislao y
Domingo Savio, juntan al júbilo natural de la
edad el de su arrojo y generosidad. La concien­
cia les dice: Alégrate porque lo has hecho
bien.
Y Tú mismo les colmas de tu vino embria-
154 DIÁLOGOS CON CRISTO

gador animándoles: Bien, siervo bueno y fiel,


entra en el gozo de tu Señor.
¡Pero qué diferente es esa masa de jóvenes,
también discípulos tuyos, pero lánguidos y
prematuramente envejecidos en su interior!
¿Por qué? Todo joven, por serlo, es un poco
disconforme e insatisfecho.
Cree traer una solución nueva a problemas
que otros no han sabido resolver o han solu­
cionado mal.
Su experiencia y su fantasía en llamas le
hacen fingir un mundo que no coincide con
el real.
¿Cómo evitar que su contacto con él, con las
personas y con las cosas sea un verdadero
choque?
¿Cómo suavizar el golpe de sus ensueños
con las duras realidades?
Se le desgarran como nubes en los picachos
de un acantilado. Rebota la pelota de sus ilu­
siones al estrellarse contra los hechos incon­
movibles.
Quizá se trata de táctica de apostolado, 9 de
obras ya organizadas, o de figuras prestigiosas,
o de los maestros que los guían.
¡Nada resulta a su gusto! ¡Nada sucede como
ellos esperaban! ¡Nada obedece a sus criterios
personales!
MELANCOLÍA RELIGIOSA

Afanosos y entusiastas, ofrecen el bello regalo


de sus planes, de sus fórmulas, de sus energías
y de su generosidad.
Pero ven con inmensa sorpresa que no son
apreciados, o no son aplicados, o de hecho no
producen el resultado que ellos esperaban.
¡Qué amargas horas las del aprendiz de in­
ventor, que lucha en el laboratorio por hacer
realidad la fórmula que ya lo era en la teoría
y en el papel! ¿Cómo no dejarse invadir de
honda melancolía? ¿Cómo no llorar hacia
dentro y protestar hacia fuera?
Sí, sí. Es infinitamente dolorosa esta cruel
comprobación. Los valores íntimos mimosa­
mente acariciados no valen en la realidad.
¿Será que no son nada?
Las cosas y las personas se presentan duras
e impermeables. ¿Será que el mundo es malo y
la vida es siempre hostil?
También la joven Teresa del Niño Jesús,
al hacerse Carmelita Descalza, sintió el toque
peligroso de esta experiencia. ¿Señor, qué valor
tiene la clausura, la descalcez, la penitencia, el
silencio, la pobreza, el frío 3· la convivencia
conventual?
¿Es que no constituye un molde seguro de
santidad?
Espíritus menos iluminados y vigorosos que
156 DIÁLOGOS CON CRISTO

el suyo reaccionan diversamente. Unos se dejan


caer en el desánimo y en la mediocridad reli­
giosa.
Son los débiles. Iban volando, flechados como
pájaros de oro hacia lo mejor.
El escándalo v la desilusión los hirieron como
una bala en el corazón y cayeron para siempre
sobre el barro de la mediocridad espiritual,
iYa estarán para siempre tristes; irremediable­
mente tristes!
Otros golpearán iracundos las cosas y per­
sonas que los rodean o los cercan. Se sienten
iconoclastas de falsos ídolos y de santidades
farisaicas.
Se les azuza el sentido crítico y sienten la
fiebre del análisis moral.
Su palabra y su lema es la autenticidad.
Un poco mesiánicos, se creen predestinados
para la reforma o creación de nuevas formas
más eficientes y actuales. Custodios de una luz
y un fuego nuevos, piensan que con ellos em­
pieza a amanecer.
Teresa del Niño Jesús conservó su equilibrio
interior, su paz secreta y su sonrisa sincera.
Superó estas experiencias defraudadoras, por­
que conservó la unión y el trato íntimo contigo,
sublime Maestro de los humildes y de los man­
sos.
MELANCOLÍA RELIGIOSA 157

«No me escandalizaré de nada», escribe ella


con sangre de su corazón.
«No me excusaré jamás», añadió sabiamente.
Porque el remedio de esta juvenil melan­
colía no está en la entrega pesimista a la me­
diocridad ni en la lucha poco ca* itativa contra
lo bueno que existe:^está en la superación de
lo deficiente por el mejoramiento personal.
Está en la excelencia propia frente a la pe-
queñez, claudicación o escándalo ajenos.
Cruel sería desanimar a un joven herido
en sus ideales.
Más cruel aún castigar su alma como irres­
petuosa o rebelde.
Lo justo, lo noble y lo necesario es procurar
que sea más tuyo, oh Señor, para que desde tus
divinas alturas vea lo creado y lo actual con
la misma calma comprensiva de tus ojos buenos
y la misma misericordia de tu pecho abierto.
¿No fuiste Tú el que nos advertiste que jamás
se debe superar un mal con otro /nal mayor?
¿Sería auténtico remedio remediar las faltas
de caridad pecando contra el amor más gra­
vemente?
No es eso, no es eso, gritará ante la vida el
joven dolido de esta noble melancolía.
No se le debe engañar, haciéndole creer que
las cosas que existen son como debieran ser.
158 DIÁLOGOS CON CRISTO

Más bien se le debe empujar a lo sobrenatural


y a lo perfecto para mejorar lo presente.
;Ojalá él te diga, con la misma generosi­
dad de Pablo, lo que nosotros no nos atrevi­
mos a decir!: Señor, ¿qué quieres que haga?

Pobre hombre.

El segundo grado de melancolía es el de la


madurez. ;Y cuánto más profundo que el
juvenil!
Puede llevar a la dejación pesimista o a la
conversión total.
Es la situación del mediocre discípulo tuyo
que ha comprobado las realidades terrenas y
siente su natural consecuencia: el negro vacío
que dejan siempre por su limitación, ya que no
por su falsedad o por su traición.
Existe una visión pesimista de las cosas, de
las personas y de sí misma.
Es la exageración del resentido que todo lo
juzga dañino.
Existe la visión optimista del inconsciente,
o del frívolo, o del cínico, que no se molesta en
pensar ni en sexitir profundamente; ni quiere
analizar, ni es capaz de reaccionar en serio
ante cosas que son inmensamente serias.
Y existe la visión sensata y moderada del
MELANCOLÍA RELIGIOSA 159

que tiene su cabeza más alta que el torbellino


de sus pasiones y las tempestades exter­
nas.
Ésta es la visión jjista, pero precisamente
por eso, penetrada de nostalgia religiosa.
La comprobación de cuanto existe descubre
su pequeñez en comparación del hombre in­
terior, y esto nubla los ojos de desencanto.
¿Podrá llamársele desengaño a esta inelu­
dible impresión?
¿Será la exasperación ante el fracaso de la
propia vida total o parcialmente hundida, como
casi todas las vidas?
Es sólo la verdad triste del descubrimiento,
con la muerte consiguiente de casi todas las
ilusiones y de muchas esperanzas.
¡Cómo se goza la vida en ir pinchando con el
alfiler de ásperas realidades los globos colo-
ristas de nuestra fantasía juvenil!
Se nos impone austera e innegable la verdad
de las cosas, la verdad de las personas y la
verdad moral de nosotros mismos.
Y como substrato y raíz de todas estas ver­
dades, la verdad común de que todo es pobre,
todo es pequeño, todo insuficiente, todo baladí
y todo fugaz, incapaz por tanto de saciar v
aun de entretener un alma elevada.
¡Todo es incapaz de aquietar las alas de un
160 DIÁLOGOS CON CRISTO

corazón hecho a la medida de tu infinitud,


Señor!
Todo hombre experimentado tiene crucificado
su espíritu por estos tres clavos candentes: el
disgusto de las cosas, el disgusto de los hombres
y el disgusto de su propia conducta.
Tras las cosas corrió, ¿y por qué no?, sedu­
cido por sus promesas, sus guiños y sus seduc­
ciones.
Una tras otra las fue exprimiendo todas,
para recoger en su lengua las gotas de dulzuras
que ellas puedan dar. Y al fin las barrió todas
fuera de sí, con esta breve y elemental filosofía:
d o valen lo que cuestan.

En las personas buscó lo que todo hombre


necesita como complemento de su propio ser:
el amor, la orientación, la energía, el apoyo
en las vacilaciones, el refugio confidencial de
la amistad, el sostén en el decaimiento y la
compañía en el desamparo interior.
¿Quedó defraudado? Quizá recibió cuanto
ellos pueden dar de sí a cambio de entregár­
seles él mismo.
Pero, en definitiva, debe confesar ante su
propia conciencia: cuando estuve con los hom­
bres, volví menos hombre.
Pero tampoco los estima demasiado, ni los
admite, ni espera de ellos cosa de importancia.
MELANCOLÍA RELIGIOSA 161

Los compadece. Y se compadece a sí mismo.


Sí. Tiene lástima de ser lo que es y de haber
vivido lo que vivió, y de verse tan ruin y malo
como se ve.
Y cuanto más frío se estudia y se analiza,
más cerca está de despreciarse. ¿No es esto
una desoladora melancolía?
Debe confesarse y confesarte a Ti, verdad
única, que es radicalmente malo; que siempre
fue mediocre, pocas veces bueno y muchas ve-
cer perverso.
La vida, que es seria, le enseña al fin a con­
templarse seriamente.
Y se ve de pie, con sus brazos cruzados, en
una encrucijada moral que es ineludible y
trascendental. ¿Me dejaré llevar de la corriente
vulgar empujado por mi cansancio, mis des­
engaños y mi debilidad, o intentaré un giro
espiritual hacia arriba?
¿Me daré a lo divino, con exclusión de todo
lo demás, o seguiré arropado y esclavizado en
la red de mis antiguas flaquezas?
A esta edad, la más peligrosa de todas, se
acerca el demonio meridiano para excitar con
ciega y brutal exacerbación sus peores fondos
humanos.
Pero se hace oir también la conciencia, quizá
narcotizada, pero no pervertida, que le repite,
11
162 DIÁLOGOS CON CRISTO

como un martilleo en las sienes, las palabras de


San Agustín: Recibe, Señor, el resto de rafe
años.
Y en estos silenciosos debates interiores
está lo más agudo de la melancolía de madurez.

Pobre viejo.

La tercera es la senil.
Haya sido un día feliz, o gris, o tormento­
so, todo atardecer es melancólico.
Por la fuerza misma de las cosas, aun sin
culpa de nadie, aun sin hostilidades, ni fra­
casos, ni grandes remordimientos, la vida mis­
ma va rodeando al viejo de soledad y lo va
aposentando, paso tras paso, hasta llegar al
último rincón.
La conciencia y la experiencia le obligan a
hacer estas tres ingratas deducciones: soy inútil
para casi todo; estorbo a los demás, y debo
dar el salto a lo eterno, de donde no se puede
volver.
La primera exaspera su amor propio, pero
le convence de que su hora ha pasado y de que
su programa está cumplido; la segunda roza su
sensibilidad ásperamente, pero le hace humilde,
y la tercera le atenaza con un miedo tras­
cendental que le obliga a hacerse más piadoso.
MELANCOLÍA RELIGIOSA 163

¿Defenderse? ¿Evadirse? ¿Cambiarse? ¿De­


tenerse? Imposible, imposible.
Señor, es misterioso que el último acto que
nos exiges sea tan heroico: aceptar. Sí; aceptar
lo más duro y lo totalmente inevitable con
quieta mansedumbre. ¿Hay nada más me­
lancólico?
Alguna vez envuelves al anciano en mimos
familiares y en inconsciencias seniles. Con ello
le ahorras este último trago de vino mezclado
con hiel. Tú sabes la causa. Nosotros dudamos
si eso es un privilegio o es un castigo. ¿Es que
se haría insoportable? ¿Es que se desesperaría?
¿Es que blasfemaría de Ti?
A otros, por el contrario, les alargas los años
de plena luz mental. ¿Será para que se puri­
fiquen, o para que se vuelvan más a Ti, o para
más alto ejemplo de los suyos?
Lo cierto es que la última página del libro
de la vida es deprimente y difícil de aprender.
Los días se le hacen al pobre hombre cada
vez más amargos, por las ingratitudes que des­
cubre y por el derrumbe de su propio ser.
Pero ¿y el salto hacia adelante? ¿Cómo no
temblar?
Porque no lo da voluntariamente, sino em­
pujado por una fuerza superior a todas las
humanas. Y la eternidad, aun teniendo fe y
164 DIÁLOGOS CQN CHISTO

esperanza, es un abismo incógnito y aterra­


dor.
La mirada hacia atrás tampoco le tranqui­
liza del todo.
¿Quién fiará de su rectitud propia? ¿Quién
podrá justificar todos sus pasos?
Nuestra última palabra tiene por necesidad
que coincidir con la tuya: Consumado está.
Que es la aceptación.
Y en tus manos encomiendo mi espíritu.
Que es la entrega confiada.
Sólo ella puede dulcificar y aun eliminar
totalmente la melancolía senil.

Solución.

Pero un santo, que la padeció con inmensa


negrura en sus años, jóvenes, nos da la fórmula
de la perfecta alegría recuperada, de la diso­
lución de toda melancolía interior:.
«Arrojaré mi pasado en tu Misericordia. Mi
futuro en tu Providencia. Y mi presente en
tu Amor.»
Con estas palabras intenta levantar San
Francisco de Sales todo triste peso de las es­
paldas de quienes no somos santos.
Al anciano le agobia su pasado, que no puede
suprimir ni cambiar. Pero sí puede confiártelo
MELANCOLÍA RELIGIOSA 165

a Ti, que eres el gran Perdonador, el Testigo


íiel y universal y el Abogado defensor de la­
drones y Magdalenas.
Tú, que eres anterior al tiempo, puedes,
mientras dura el tiempo, saldar deudas, revisar
espedientes, corregir errores y rectificar con­
ciencias con magnánima generosidad.
Y este senil responsable hará suyas tus divi­
nas rectificaciones, dará por válidas todas tus
enmiendas, acatará todos tus fallos. Porque
sabe que has puesto tu sangre y tu vida en la
balanza de todas las causas perdidas.
Aunque todos sus días hayan ido a la deriva
por el mar de la vida, sabe que todos pueden
sumergirse, para salir purificados, en el mar
de tu perdón.
Su palabra es la de Pablo: Sé bien a quién
me he entregado.
El joven, dolorido de escándalo, de desalien­
to o de rebeldía, siente el porvenir como una
incógnita indescifrable, como una responsabi­
lidad ineludible y como un quehacer imposible
de ejecutar con perfección.
Lo ve como la puerta de un mundo cuya
llave no tiene en sus manos.
¿Pero es acaso él quien ha de resolver solo
todos los enigmas? ¿Quizá va solo a esta ardua
aventura?
166 DIÁLOGOS CON CRISTO

Tú, Señor, y el tiempo lleváis cogido de la


mano a este niño asustado que empieza a vivir
en serio.
Por tanto, joven preocupado, arroja tu por­
venir en la Providencia del que te guía y te ama.
Porque si es verdad que debes llevar un
mensaje nuevo, quien te lo ha de citar es el
Señor.
Yo sé que te esperan horas desconocidas y
encrucijadas desorientadoras; pero tú debes
saber también que no vas solo. La Providencia
es el Poder divino, y la infinita Sabiduría al
servicio del eterno Amor hacia ti.
Si tienes fe recia y limpia, junto a ti hallarás
siempre a Jesús, que te echa el brazo sobre el
hombro con cariñosa intimidad de peregrino
en tu misma senda.
Él pondrá en tus manos o en tus labios solu­
ciones que nadie, ni tú mismo, esperaba de ti.
«Y mi presente de madurez y plenitud lo
entrego a tu Amor.»
Sí; el Amor precisamente. ¿Y por qué no?
¿Es que se puede vivir quietamente sin amor?
¿No es el amor la mayor fuerza, la mayor
dicha y la más dulce esperanza del hombre?
¿No fracasaron, o se disiparon, o eran simple­
mente falsos mis viejos amores? ¿Y cómo llenar
su hueco, si no es, Señor, con tu divina caridad?
MELANCOLÍA RELIGIOSA 167

Cuando en medio de la vida descubre ésta


todos sus abismos, ¿no es preciso, para va­
dearlos valerosamente, embriagarse primero en
tu vino espiritual añejo de eternidades?
Cuando los tesoros incandescentes del cora­
zón se han derrochado, ¿cómo suplir esa miseria
íntima, si no con la única riqueza eterna, que
es tu amistad y confidencia?
¿Y no es el momento más bello y fuerte del
amor el de la reconciliación? ¿Y la única solu­
ción de los errores pasados, no es la rectifi­
cación noble y sincera?
Aquí tienes, por tanto, Señor, a tu pródigo,
de rodillas en el polvo de sus caminos errados.
Quizá es pretensión excesiva el seguir viviendo
contigo como un hijo: séante útiles mis es­
fuerzos sirviéndote como esclavo.
Se acerca el atardecer. ¡Pero qué me importa!
¿No estás Tú, luz eterna, dentro de él?
El fuego de nuestro mutuo amor lo hará
más encendido e íntimo que lo fue la cándida
aurora de mi vida.
XII

ESFUERZO DE PUSILÁNIMES

Se asustaron diciendo: es un fan­


tasma (Juan, 6, 18).

Es claro, Señor, que los hombres y las cosas


de los hombres no te causan a Ti la misma
impresión que a nosotros.
Ante tus ojos se abren realidades y abismos
que nosotros ignoramos.
Y, además, tus reacciones van siempre pe­
netradas de una noble elevación y de una com­
prensiva ternura de que nuestra ruin peque-
ñez es incapaz.
Lo que a nosotros nos exaspera, a Ti quizá
te hace sonreír.
Y Tú te compadeces de lo que nosotros nos
burlamos.
¿No es éste el caso de los cobardes, de los
pusilánimes?
En todo ven fantasmas. Aún en Ti.
Hay seres apocados y asustadizos que no
ESFUERZO DE PUSILÁNIMES 169

/
saben hablar sin tartamudear, ni andar sin
*

enredarse en las alfombras o tropezar en los


adoquines. Dan lástima, ciertamente; pero
también provocan la carcajada.
Ellos se angustian y pretenden con ahinco
ser naturales, y precisamente entonces son más
ridículos.
Intentan pasar inadvertidos, pero lo hacen
con tal prisa y cautela, que todos los ojos se
clavan en ellos para advertirles que no nos
dejamos engañar.
¿No serán injustas nuestras ironías y crueles
nuestras burlas?
Sí: ¿pero no son también irremediables?
Aquel aspirante a torero que, al acercársele
una vaca tranquila y maternal, se sube pre­
cipitado a la copa de un árbol, ¿no excita con
su pánico injustificado una justificada ovación?
Esa escrupulosa trémula y crónica que cada
mañana vuelca en la rejilla del confesionario
el agobio absurdo de sus terrores, ¿no se tiene
bien ganada la pintoresca reprimenda del con­
fesor y el seco portazo de la ventanilla?

La burla como medicina.


¿Es que somos incomprensivos? Quizá no.
Es que la cobardía es contagiosa y un pusi­
lánime hace ciento. Y todos necesitamos defen-
170 DIÁLOGOS CON CRISTO

der nuestro propio valor y vigorizar nuestras


resoluciones agitando el látigo contra los inde­
cisos y débiles.
Al que en plena batalla vuelve la espalda
agarrotado por el pánico, se le puede fusilar
allí mismo, para impedir que arrastre consigo
a los más cercanos y se produzca una desban­
dada general.
Podemos compadecerle, pero no podemos
excusarle, so pena de ser también nosotros
traidores a un sublime deber y a los demás
hermanos que exponen noblemente su vida
por él y por todos nosotros.
Si por las sendas múltiples de la vida se
dejara libre y fácil circulación a los temerosos,
pronto quedaría el mundo sumergido bajo una
capa de sopor y de inercia muy parecida a la
parálisis y muy cercana a la muerte.
Es una medida de higiene social el sarcasmo
que acompaña siempre a los asustadizos y la
admiración de los valerosos que llenan el aire
de luz y de optimismo y sacuden nuestras ener­
gías latentes.
A los mismos apocados se les hace un gran
favor picando su amor propio, a ver si el temor
al ridículo es superior a todos sus otros temores.
El arte de poner banderillas puede ser cruel
e inútil cuando el toro cumple bien; puede
ESFUERZO DE PUSILÁNIMES 171

ser una presunción estúpida de lucir su gracia


y garbo delante de los demás; pero confesemos
también que, a veces, es una verdadera nece­
sidad.
Quizá por eso, Señor, Tú nos dejas hacer.
Permites las burlas sangrantes de unos y los
vergonzosos sonrojos de otros, para que la
vida social sea digna y cada cual llene su pro­
pia medida, y no deje dormir dentro de sí
mismo las capacidades que Tú le diste gratui­
tamente. «Trabajad hasta que Yo vuelva».
Lamentarás la petulancia y el desenfado de
algunos, pero sonreirás complacido ante su
efecto vigorizador en otros.
Entonces es cuando Tú deslindas delicada­
mente en esas almas doloridas lo que es inercia
culpable de lo que es natural debilidad.
Solamente Tú conoces las causas de su timi­
dez: ves la honda raíz de ese gesto lánguido
y de esa mirada fugitiva; sabes por qué tiembla
ante esa persona determinada; por qué enrojece
como una amapola al tratarse de tal tema en la
conversación, y por qué se siente mareado y
sin sangre al acometer esa empresa para él
heroica y para los demás baladí.
Tú eres el único confidente de ese secreto
que le aplasta y de esa vergüenza que no es
capaz de disimular.
172 DIÁLOGOS CON CRISTO

¡Cuántas veces la cortedad exterior brota de


la nobleza y honradez interior!
¡Cuántos impúdicos y despreocupados pa­
recen valientes precisamente porque carecen
de delicadeza moral!
Si nuestra mirada, siempre corta, calara con
la tuya en ciertas oscuras profundidades del
alma, en vez de la sonrisa cortante, florecería
en nuestros labios la dulce compasión y en
nuestros ojos la admiración más amorosa. ¿Qué
sabe nadie de nadie?

El porqué de la cobardía.

Hay pusilánimes por simple herencia fisio­


lógica.
Esos nervios débiles, ese temperamento pobre,
esa angustia perpetua, esa arquitectura rui­
nosa no son culpa suya.
¿Cómo competir con ese bagaje en la lucha
humana frente a los atletas fornidos e insensi­
bles?
Ellos superarán a los demás en capacidad
de sentimiento:.y escogerán, como una arpa
exquisita, el último rincón de silencio y pobre­
za para vivir su propio dolor.
Como cualquier roce humano los tortura,
ESFUERZO DE PUSILÁNIMES 173

aceptarán su destino: el de ser vencidos y aban­


donados de los que triunfan.
En un momento de exaltación reclamarán
a gritos sus dereclios, pero les faltará el arte
y el coraje para imponerlos.
El paso de los fuertes los asusta, la voz pre­
cisa y ruda de los hombres prácticos los calla,
la mirada indiferente de los que cruzan los
confunde y vuelven a concentrarse dentro de
sí mismos para seguir paladeando morbosa­
mente la desgracia de ser así.
¿Se quejarán? Siempre. Pero más de sí
mismos que de los demás.
Quizá también de Ti, porque no los hiciste
distintos de lo que son: más vulgares, más
prácticos.
A otros los acobardó una educación equivocada
y destructora.
Quizá en el propio hogar, quizá entre manos
extrañas y frías, quizá entre paredes hostiles
sin retratos familiares, quizá en un rincón de
miseria física y moral. ¡Hay tantas historias
que jamás se escribirán!
¡Hay tantos secretos que jamás se revelarán!
Lo cierto es que ese puñado de semillas di­
vinas que es la infancia puede corromperse
antes de germinar o puede también florecer
en el estiércol.
174 DIÁLOGOS CON CRISTO

Lo que pudo ser un plantel de rosas de oro


coronadas de mariposas, puede fracasar en un
pudridero moral.
La voluntad, reina de la vida, debe ser edu­
cada con el limpio decoro de una princesa.
La energía moral, espada de victorias, debé
templarse entre el frío y el fuego de una dis­
ciplina sabia.
Las repugnantes claudicaciones que nos irri­
tan o escandalizan, ¿no tendrán muchos años
antes sus grandes responsables anónimos e
ignorados?
¿Qué conseguirá nuestro desprecio o nuestra
fusta al caer sobre ciertos pobres seres?
Antes de ser delincuentes fueron víctimas de
otros criminales mayores.
Existen, por fin, los cobardes y desalentados
por ira o desfecho contra los abusos ajenos.
Su complejo es un efecto de las malas ju­
gadas, de las zancadillas de los menos no­
bles.
Éste, seguro de su capacidad y de la hon­
radez de los competidores y de los jueces, se
presentó a la lucha de la vida.
Probó para su mal que no basta el mérito
para imponerse; que hay otras mil fuerzas com­
binadas, grandes y pequeñas, legítimas y frau­
dulentas, que también deciden el éxito.
ESFUERZO DE PUSILÁNIMES 175

El balón no sigue siempre la línea recta,


ni va sólo impulsado por la fuerza física.
¿No es cierto que.pululan por el campo, mez­
clados entre los jugadores, ciertos duendecillos
crueles y burlones que se ríen del reloj y del
árbitro y de las opiniones del público? ¡Des­
graciado el jugador que no aprende a perder!
Pero los hay. Por un exceso de pundonor,
por un puntillismo exagerado, quieren vengarse
de una silba o pateo injusto, no jugando más.
¿Y no son ellos mismos quienes pierden?
¿No son ellos mismos los castigados?
¿No es cobarde e injusta solución la de huir
la responsabilidad, la de escabullirse para no
dar la cara a quien te puede abofetear de nuevo,
en vez de superarle tú con gallardía?
Sí. Pero es que la raíz de la pusilanimidad
es la desconfianza.
Una desconfianza universal: de la Providen­
cia, de los hombres y de sí mismo.
Desconfían de sí; y no sólo por mera incapa­
cidad objetiva, sino por una pereza egoísta
ante el esfuerzo y un secreto orgullo ante el
posible fracaso.
Desconfían de los hombres: y no sólo porque
seamos falaces o abusivos, sino por cierta al­
tiva independencia y amor a la propia libertad.
Y desconfían también, Señor, de tu cariñosa
176 DIÁLOGOS CON CRISTO

y sabia Providencia; y no porque nieguen su


intervención en todos los problemas humanos,
sino porque exigen que les entreguen la palma
dorada sin discusión y esfuerzo personal.
¡Qué oscuros fondos los de estos apocados,
tan dulces, que se presentan siempre como víc­
timas cándidas de la malignidad ajena!
¡Que si se retiran o inhiben no es por humil­
dad, sino por temor a no ser proclamados su­
periores!
Claro es que en el pecado llevan la penitencia.
Y ésta consiste en la soledad y olvido que
los rodea, preferida por ellos a la sana y edu­
cadora risa que fustiga a los menos esforzados.

No todo es pecado.

Pero vuelvo a acordarme, Señor, de que Tú


no eres como nosotros: no desprecias al más
débil, ni te burlas del vencido; no unlversalizas
ni mides a todos con la misma vara, ni juzgas
a todos con las mismas leyes; porque yes que
es distinta la responsabilidad de cada uno; ni
hay dos almas iguales ni dos casos idénticos.
Tú mismo, entre las sombras plateadas de
los olivos, paladeaste la hiel y el ajenjo de la
suprema postración.
Los testigos aterrados de tu aniquilación
ESFUERZO DE PUSILÁNIMES 177

buscaron para expresarla las palabras más


extremas: «pavor», «tedio», «tristeza», «des­
aliento».
Vieron al polvo empaparse en la sangre que
sudabas de todos tus poros.
Escucharon tus palabras rotas y desalentadas:
Mi alma está triste hasta morir de angustia.
Y con todo, comprobaron que tu voluntad
no cedía ni claudicaba ni se retiraba vencida.
Temblaba en tus manos el cáliz que te daba
tu Padre, pero lentamente, gota a gota, du­
rante veinte horas, lo fuiste apurando hasta
el último sorbo, que fue de vinagre y soledad
infinita en la cruz.
Y es que el valor está en la voluntad y no
en los nervios ni en el temperamento ni en la
contextura física.
Homines sunt volúntales, como decía San
Agustín. Y por la voluntad mides y juzgas
Tú la responsabilidad en bien o en mal de cada
acto humano, no por la sensibilidad.
¿Pudiste acaso justificar la cobardía de tus
discípulos? ¡Con qué amarga reconvención se
la profetizaste!
¡Pero con qué delicada hidalguía disimulaste
con noble silencio al recogerlos después de su
traición!
Porque comprendías que la carne es flaca,
178 DIÁLOGOS CON CRISTO

perdonaste a Pedro con sólo la mirada y no con


palabras que revelarían a los demás su triste
perjurio.
Porque sabías que, a pesar de sus flaquezas y
desmayos, su espíritu estaba pronto, cumpliste
a tus discípulos todas las promesas que les
hicieras en los días claros de su fidelidad.
¡El imponer un sambenito eterno por la
caída de un minuto se queda para nosotros,
que no sabemos olvidar más que nuestras
propias vilezas!
¡El recordar con regusto el baldón que mancó
la honra ajena, se qneda para quienes encu­
brimos con hipócritas fanfarronadas nuestros
secretos deslices!
¡Buen cuidado tendremos en que no se nos
iguale ni ponga su hombro junto al nuestro
el que fue indigno una vez!

Tú eliges lo más débil.

Tú, en cambio, edificas tu Iglesia frente al


oleaje de los siglos, sobre aquellos hombres
hábiles como la arena y mudables como el
mar.
Tú eres el único, Señor; el único que, haciendo
confianza de nosotros, conviertes en fortaleza
ESFUERZO DE PUSILÁNIMES 179

nuestra innata cobardía: Tú que tienes el se­


creto de convertir el barro en roca; Tú que
tienes la palabra eficaz para sacarnos de nues­
tro sepulcro interior.
Veni foras; sal de ti mismo y júntate a mi
comitiva radiante; deja el frío, la soledad y las
tinieblas de ese abismo de muerte que es tu
conciencia deprimida y pesimista y vive una
vida nueva creada por Mí.
Y ¿cómo será esa vida, Señor? ¿Qué cambios
he de hacer en mí?
—No serás tú solo—respondes—. Seré Yo
en ti quien cambie los tres elementos de tu vida.
«En vez de esa fantasía asustadiza y defor­
madora, Yo acostumbraré a tu inteligencia a
ver la realidad objetiva de las cosas y las per­
sonas.
Andarás en verdad. No verás fantasmas, me
verás a Mí en todas partes.
Después sacudiré de tu voluntad esa pereza
egoísta que rehuye todo esfuerzo y te lanzaré
a la acción desinteresada, para gloria mía y
bien de tus hermanos.
Dejarás de pensar y de vivir para ti solo,
como hasta aquí. De ahí venía tu depresión.
Y, por fin, haré que confíes en Mí sobre todas
las cosáis sin despreciar a ninguna.
No vivirás en esa ingenuidad universal;
180 DIÁLOGOS CON CRISTO

porque sentirás que Yo estoy siempre contigo,


y que sigo amando a los demás, que también
son míos.»
—¡Oh, Señor! ¿Eso será una resurrección!
;Será un amanecer en el mar de mis tinieblas!
ISerá llenar de rosas el hueco de mi sepultura!
—Sí—insistes—; será una vida solamente apo­
yada en Mí, que soy la luz de los fracasados,
el amigo de los tristes, el compañero de los
débiles.
No temerás a los hombres porque cuentas
con mi omnipotencia; no te buscarás a ti mismo,
sino mi honor y voluntad.
Eras cobarde, porque eras egoísta y buscabas
tu honra. ;No te basta mi amor?
—Scio cui credidi: Sé bien a quién me he
entregado, Señor.
Aquellos horizontes repletos de monstruos
se abren para dejarme al descubierto un camino
sobre roca.
Mi entendimiento grita: ya no soy yo, sino
la gracia de Dios conmigo.
Mi corazón, que era un amasijo de tinieblas,
se abre como un huerto de confidencias, di­
ciendo: Ven, Señor Jesús.
Mi voluntad, armada de una confianza sin
fin, exclama: Aunque me mate, en Él esperaré.
—Y Yo que soy Jesús—afirmas—, de quien
ESFUERZO PE PUSILÁNIMES 181

tú prescindías, te escojo para que lleves mi


nombre a los pueblos, a los reyes y a los hijos
de Israel; y te mostraré a su tiempo cuánto
tendrás que padecer por Mí.
XIII

SUPERACIÓN DEL PESIMISMO

No temas; tú cree solamente (Luc.,


V III, 50).

Toda tentación maligna es una falacia para


el entendimiento y una seducción para la
voluntad.
Tú, Señor, que eres la Verdad y la Impecabi­
lidad, ¡con qué noble y sencilla facilidad de­
sechaste las tres tentaciones del Malo!
No podía ser de otra manera.
¡Pero nosotros, qué diferencia! Nos cerca el
poder de las tinieblas; nos agita el torbellino
pasional, y perdemos la fuerza y el dominio
de nosotros mismos, aunque nos quede la con­
ciencia y la libertad.
Quizá no nos hayamos entregado del todo.
¡Pero qué dudosa confusión nos sigue royendo
el interior!
¿Estaré en pie o caído?
La paz. La paz total ya la tenemos perdida
SUPERACIÓN DEL PESIMISMO 18 3

desde que perdimos la inocencia. ¡Y ésta duró


tan poco!
La paz de la penitencia no puede ser tan se­
gura ni tan profunda.
La paz de la ignorancia tampoco dura dema­
siado.
¡Qué rápidamente se encarga la vida de
rasgar en girones ese velo rosado que nos
encubría los secretos del bien y del mal!
Y la paz de la experiencia sólo la gozan
los que maduran en la virtud. Los que han
superado con altura las crisis que eslabonan
la vida.
Todas estas pérdidas de paz van dejando en
el fondo del ser un poso inevitable de pesimismo
moral.
Nuestro paladar siente de continuo un acre
sabor de desengaño y desilusión, que sale a los
ojos y a las palabras convertido en desánimo
y languidez, en dejación y fatalismo.
¡Hemos visto tanto! ¡Hemos sufrido tanto!
¡Hemos aprendido tanto! Y así, para muchos,
la vida es una prolongación diluida de tus
tres horas de Getsemaní.
Sobre tu alma se acumularon los sentimientos
más aniquiladores: el pavor, el tedio, la tris­
teza y la angustia.
Y eso que Tú sabías la duración de tu prueba.
184 DIÁLOGOS CON CRISTO

Las tinieblas no tendrán acción sobre Ti, que


eres la Luz más que por una hora. Por tres
días.

La peor tentación.

Yo quiero recordarte mis tres mayores ten­


taciones. Tuve otras muchas. Cedí mil veces.
Lloré mis caídas, y tu sangre me purificó.
Pero todo allí era preciso y claro. Yo sabía,
y sé aún a qué atenerme respecto de aquellas
horas trágicas.
La tentación del pesimismo es distinta. Se
filtra por los resquicios del alma, como el frío
v como la noche.
Lo invade todo sin violencias, sin alarmas *
ni discusiones.
Es como un lúgubre poder cósmico que im­
pone su realidad. Es la fascinación del Mal.
Es el hipnotismo de Luzbel.
La consecuencia de ese pesimismo moral no
es un pecado preciso, que con clara materia­
lidad y grosería descubra el engaño del tentador.
No. Es una dejadez aburrida, es una resig­
nación al mal, es una insensibilidad moral que
quita los frenos a la voluntad y narcotiza la
conciencia.
Las culpas que después se cometan ya casi
SUPERACIÓN DEL PESIMISMO 185

no remuerden: se justifican en gran parte y


se tienen como casi inevitables.
Cuando el náufrago se cree incapaz de bra­
cear vigorosamente hasta* la orilla, siente cier­
to placer en dejarse llevar por todos los vai­
venes de la corriente.
Yo te bendigo, Señor, porque hiciste con­
migo el milagro de salvarme de este pesimismo.
Sí; fue un milagro. El milagro de que recuperara
la fe en Ti, en mí,
y
en la vida y en los hombres.
Me devolviste el ideal primitivo, que fue
como resucitarme a nueva vida.
Una vida mejor y más vigorosa: la del escar­
mentado. ¿Recuperar el optimismo, no es vol­
ver a la juventud?
Pero una juventud más fuerte, porque lleva
en sí la experiencia de la madurez.
¡Bello y divino optimismo que no se nutre
de la ignorancia, sino de la realidad experi­
mentada! ¡Gracias, Señor, por este milagro!
¡Gracias por esta resurrección después de los
tres días o de los muchos años de pasión,
bajo el peso y poder de las tinieblas!

¿Qué es pesimismo?
El pesimismo es una visión parcial de la
realidad: de sólo la cara fea y mala de las
cosas.
186 DIÁLOGOS CON CRISTO

El pesimista niega o esconde los elementos


positivos y esperanzadores.
Tiene un feroz cuidado en no ver el problema
por sus cuatro costados, sino por sólo uno: eli

más deprimente, ruinoso y amenazador.


Ni lograrás que haga un análisis a fondo,
abriendo el asunto y escudriñando su interior.
Ni mucho menos se avendrá a hacer una
comparación de su caso o su persona con otros.
Evitará conocer su realidad por la relación y
contraste con otras realidades.
Atacado de miopía suprema, se embebecerá
en su punto de vista.
Se alucinará con su fragmento de verdad.
Y se cerrará como un suicida en su cuarto
oscuro para envenenarse en la propia tristeza,
en la falsificación de su verdad.
¡Y qué horrible variedad de pesimismos!
Porque hay pesimistas totales y parciales.
Éste será el pesimista de Ti, ¡oh dulce y
benigno Maestro!
Será el que deforma y mutila tu Persona,
tus atributos y tus actuaciones, hasta hacerte
odioso, temible, repugnante o incapaz.
¿Existe mayor blasfemia que ésta?
Éste será el pesimista de sí mismo: que siente
un placer morboso en descubrir en sí cada
vez mayores y nuevas deficiencias.
SUPERACIÓN D EL PESIMISMO 187

Éste será el pesimista de la vida, de los hom­


bres y del porvenir.
¡Para él lo peor es lo que existe, si no fuera
porque lo que vendrá será aún más desgraciado
y doloroso!
Todos ellos forman esa legión entenebrecida
de los quejumbrosos, de los aguafiestas, de
los falsos profetas, de los melancólicos y de los
insoportables.

El ángel negro.

¡Qué sutil fue su estrategia! Me esperaba


agazapado- al término de mi juventud.
Era la hora peligrosa de la verdad sobre mí
mismo; de la comprobación práctica de mi
propio valer.
Tú me habías lanzado a la vida con un bello
ímpetu conquistador. Quería ser útil, quería
hacer el bien y quería ser santo. Estaba per­
suadido enteramente de que podría lograr todo
esto, y de que lo conseguiría.
Hoy espero lo mismo; pero entonces me equi­
vocaba en el modo de conseguirlo. Ahora sé
que lo eficaz es aguantar, callar, hacer, sufrir
sin buscarse a sí mismo. Entonces una intensa
mezcla de egoísmo coloreaba mi ideal.
Como si la vida fuera un concurso o una
188 DIÁLOGOS CON CRISTO

competición deportiva, vi con mis propios


ojos, llenos de asombro, que me ganaban todos.
En vez de ser el primero, era el rezagado. ¡No,
no era tan fuerte, ni tan sabio, ni tan bueno,
ni tan digno de amor como cualquiera de los
que me rodeaban y me sobrepasaban!
¿Serían injusticias humanas? ¿Serían zan­
cadillas contra reglamento? ¿Serían golpes ba­
jos e incorrectos? No, no era nada de eso.
/

Era una comprobación fría, matemática, de


que mi juicio sobre mí mismo era excesivo.
Las cosas mismas, por su propia fuerza, me
descubrían mi valor real; me iban colocando
en mi propio sitio. Total: mi primer desengaño,
mi primera experiencia, mi primera verdad.
Todo era corriente y normal. Pero para mí era
un momento delicado. Era una hora trascen­
dental. ¿Qué sentir ya de mí mismo? Y, sobre
todo, ¿qué hacer en adelante?, ¿qué nuevo ideal
forjarme? Un desengaño equivale a una ver­
dad. Debería haberme alegrado de su posesión.
Pero fue el momento en que el príncipe de
las tinieblas, el ángel negro se me acercó como
un amigo consolador.
Tienes razón—me dijo— . No vales nada;
no puedes nada: eres un fracasado. Debes re­
tirarte: tus ideales son absurdos. ¡Qué gran
ridículo has hecho!
SUPERACIÓN DEL PESIMISMO 18 9

La inundación del pesimismo me anegó por


completo y llenó todos mis poros. ¡Qué amar­
gura! Pero sentía al mismo tiempo una ruin
alegría: he quedado libre de la lucha, del avance,
del pugilato, de la competición humana. Me
han dado un boleto de retiro y de quietud.
Ya me puedo permitir el desahogo de la protesta
contra todo y contra todos.
Mucho más contra los que me han educado,
formado y lanzado a una caída tan vergonzosa.
Si no pude triunfar, mi desquite está en la
lengua.
Y así hubiera seguido, si Tú, Señor, no te
hubieras acercado a mí con seductora bene­
volencia y con una sonrisa complacida.
Hij o—me dijiste— . Eres como Yo te hice
y como Yo te quiero aún. Acepta ser como eres
y así cumplirás tu destino. Así me conviene a
Mí que seas para que cumplas la misión que
te resta. Ibas equivocado y te era necesaria
esta rectificación.
En esta partida de ajedrez que yo tengo plan­
teada al Malo sobre el tablero del mundo,
creías ser rey, o caballo, o torre. No lo eras.
Debes dejarte mover por mí dócilmente, pero
sólo como alfil. Te necesito en esa categoría
y actividad para ganar mi juego.
Comprende que debes vaciar tu alma de
190 DIÁLOGOS CON CRISTO

ridículos orgullos y de iniciativas personales,


para situarte valerosamente en tu sitio y bajo
mi mano.
¡Verás qué jugadas tan grandiosas nos que­
dan por hacer!
Tu destino, tu santidad, tu eficacia están en
la verdad que yo te descubro y en la sencilla
humildad que yo te aconsejo.
Alégrate. Sonríe con todo tu ser al horizonte
dorado que te abren mis manos. Ésta es mi
hora: éste es el minuto más trascendental de
tu vida.
La paz, la buena paz tuya me iba acariciando
mansamente como a un niño lloroso. Ea, no
ha pasado nada: tu caída se debió a que no
ibas en verdad interior. Ahora andarás en ver­
dad de cuantas maneras pudieres delante de
Dios v delante de los hombres.
Y no recuperaré la paz de la inocencia ni
tampoco la paz de la ignorancia; pero sí la
paz de mi primera experiencia. El ángel negro
me reveló la realidad de mi flaqueza. Tú, Se­
ñor, me descubriste la senda de la humildad
y de la confianza, único camino para hacer
cosas grandes delante de tus ojos.
SUPERACIÓN DEL· PESIMISMO 191

/
El demonio meridiano.

A medida que avanzaba iba descubriendo


verdades nuevas que ya no se referían a mí
mismo.
Las sorpresas eran incesantes. Y tantas co­
mo las ruindades y las malicias de los hombres.
Yo, ingenuo, los había juzgado siempre bue­
nos, honrados, sencillos, serviciales y generosos.
¡Cruel desencanto! ¡Qué rabia! ¡Qué odio! ¡Y
yo que les abría mis secretos y les entregaba
mis dones con tanto candor!
Mis comprobaciones eran claras. Hallaba en­
gaños donde las sonrisas eran más acogedoras.
Descubría abusos donde más confianza ha­
bía puesto. Escuchaba carcajadas de burla
donde yo esperaba comprensión y compasión.
Este momento de depresión aprovechó el
Engañador.
Le advertí repentinamente junto a mí, co­
mo un Viandante más. Hablaba con calma
persuasiva, con perfecto aplomo.
Ésta es la ciencia de la madurez—me dijo— .
Estás en el mediodía de tu vida.
Debes dejar las tímidas candideces de la
infancia y la nobleza generosa de tu juventud.
Endurece tu rostro. Ya eres un hombre
DIÁLOGOS CON CHISTO

entre los hombres; con hombres te debes enten­


der y con ellos debes luchar y vencer.
¿Por qué te admiras? ¿De qué te exasperas?
El código de la convivencia humana es hacer
lo que hacen todos: ojo por ojo y diente por
diente.
Bueno es que hayas sido víctima de abusos
ajenos. De ellos sacarás la ciencia del vivir.
Para alternar con pillos no se pude ser
ingenuo.
Para tratar con ladrones no se puede ser
justo.
Para entenderse con embusteros no se puede
ser sincero.
Para convivir con maliciosos no se puede
ser confiado.
Para caminar entre egoístas no se puede ser
generoso.
¿Cómo vas a hablar con los malos ignorando
la ciencia del mal?
¿Cómo ser benigno entre perversos? ¿Cómo
ser noble entre ruines?
Serías su eterna víctima y su continuo es­
carnio.
Escarmienta, pues, e imita.
Yo notaba, Señor, que las tablas de la ley
evangélica se desmenuzaban en añicos dentro
de mí. Se me despertaban capacidades nuevas
SUPERACIÓN D EL PESIMISMO 193

de intriga y de artificio. Resolvía rodear de


cautelas mis palabras y de subterfugios mis
tratos. Comprendía que, si mi camino era por
una selva de fieras, no había más solución que
la defensa o la ofensa; pero jamás el confiado
abandono.
Entre lobos y víboras, ¿cómo no ir siempre
alerta y con las armas en la mano?
¡Ah! Pero notaba con infinita pena que la
paz, aquella paz que Tú me habías devuelto,
volaba de mi corazón como un pájaro asus­
tado.
Y una desoladora soledad ocupaba su nido.
De nuevo, Señor, te me acercaste dulce y
fulgurante como un amanecer.
El demonio meridiano, convertido en som­
bras; se disolvió repentinamente.
Y tus palabras me iban acariciando y vigo­
rizando: —Hijo; tú debes vencer el mal con
el bien.
¿No recuerdas que he borrado con mi sangre
las normas de la vieja ley?
No .te empequeñezcas con las pequeñeces
ajenas. Supéralos a todos con tu grandeza
moral. Si alguien te quita el manto, entrégale
también generosamente la túnica. Si él es
bueno, se te entregará conmovido; y si es
malo, te admirará secretamente: y los que sean
13
194 DIÁLOGOS CON CRISTO

nobles como tú se te unirán para rodearme todos


a Mí, que soy la Bondad sin límites.
¿Es que la malicia ajena puede justificar
tu propia malicia?
Te ha sido ventajoso conocer las malas artes
de los hombres, pero no lo será el que las imites.
Basta que rodees de cierta cautela tus pasos,
pero no que cambies de camino.
Como las serpientes, debes defenderte con la
fuga y la vigilancia: sólo en caso extremo,
con tu propio veneno, matando para no ser
muerto.
¿Pero no es mucho mejor la táctica de la
paloma, cuya defensa está en sus alas?
Sobre este bajo mundo de pasiones se abre
el mío espiritual, que es el refugio, la esperanza
y el destino de los corazones limpios.
El ser malos con otros te hará tan desgraciado
como ellos. El placer que producen las pasiones
lleva un fondo necesario de amargura.
Por eso a mi código de la convivencia hu­
mana le puse el nombre de Bienaventuranzas,
¿Olvidaste que el manso y humilde encuentra
dentro de sí la fuente de la paz?
Un asentimiento vigoroso brotaba del fondo
de mi ser. Todas mis fibras te decían que sí,
porque mi conciencia, saliendo de su alucina­
ción, captaba con evidencia que en tus pala­
SU PE R AC IÓ N PEL PESIM ISM O 195

bras estaba no solamente la verdad, sino tam­


bién la alegría. Mi voluntad fue también re­
machando mis normas nuevas de convivencia.
No me creeré jamás mejor que el peor de
mis hermanos.
No me defenderé con las mismas armas con
que me hieren.
No juzgaré mal, sino con pruebas evidentes.
No atribuiré a todos las faltas de unos o
de pocos.
No odiaré al pecador cuando repruebe el
pecado.
No recordaré las ofensas pensando en las
que yo te hice a Ti.
No me refugiaré en mi aprisco, puritano y
orgulloso, para avergonzar a las ovejas tuyas
escapadas, heridas o enfermas.
No multiplicaré el escándalo, añadiendo cul­
pas mías a las que reciba de otros.
Creeré que aun los peoras llevan en el cora­
zón una fuente de bondad, quizá cegada por
las arenas de la frivolidad o el desaliento.
A medida que esto pensaba y resolvía, se
ennoblecía mi espíritu y me iba sintiendo
mejor, aun cuando no lo practicaba todavía.
Cuanto más se dulcificaban mis miradas,
más pequeñas me parecían las flaquezas de
mis hermanos.
196 DIALOGOS CON CRISTO

Cuanto con más ternura les extendía mis


brazos, tanto más intensamente sentía la pre­
sión vivificante de los tuyos.

El demonio vespertino.

Pero mi camino iba lentamente en pronun­


ciado descenso.
Cada paso me sumergía en el atardecer
nostálgico de mi vida.
Junto con la disminución de mis fuerzas
físicas, iba desapareciendo la luz de mis ilu­
siones y el calor de las amistosas compañías.
Como si navegara solo por un mar de ne­
grura, la soledad me iba dominando cada vez
con más fuerza. ¿Dónde mirar para encontrar
apoyo, esfuerzo o comprensión? Los viejos
compañeros de mis aventuras habían ido des­
apareciendo, uno tras otro. Me rodeaba una
fría indiferencia. Me oprimía una total incom­
prensión. Era un extraño dentro del torbe­
llino juvenil, que a mí me parecía infantil.
Recibía, a lo más, una señal de saludo res­
petuoso o de despedida cortés.
Mi mundo no era el mundo que me rodeaba.
Cuando mis flaquezas físicas requerían ciertas
caricias infantiles, era solamente el frío, un
SUPERACIÓN D EL PESIMISMO 197

frío congelador el que me llegaba hasta el fondo


del corazón.
¡Peligroso momento el de la declinación de
la existencia!
El demonio vespertino se me acercó cargado
de sombras y de caricias.
Esta definitiva tentación de pesimismo era
la más peligrosa, lá de consecuencias más
irremediables.
Se recoge lo que se siembra, me dijo.
¿Qué has dado tú a otras almas para que
ahora les puedas exigir esa cercanía amorosa
que tanto necesitas?
¡Vida estéril de un ser egoísta! Ésa fue la
tuya. ¿Cómo no ha de ser solitaria y fría tu
vejez?
Y si miras hacia el porvenir, ¿tienes derecho
a esperar algo bueno y perdurable? ¿Has amado
desinteresadamente a tu Dios y a tus herma­
nos?
¿No son tus días una triste suma de abusos
tuyos de la paciencia y bondad de tu Señor?
Los hombres no te miran, porque tú tampoco
los has mirado antes. Dios no te acaricia,
porque tú no le has obedecido filialmente.
¡Qué agonía! Todas estas negras considera­
ciones me parecían verdaderas y golpeaban
mi alma con obstinada persistencia. En mis
198 DIÁLOGOS CON CRISTO

sienes caía de continuo este martilleo cruel:


fracaso, fracaso.
Un fracaso doble: el de mis días pasados y
el de mi eternidad inminente. Tenía prisa por
acabar: era el reo, condenado a muerte, que
sufre más con los preparativos de los días pre­
cedentes que con el golpe de la guillotina o
el sacudimiento de la silla eléctrica.
¡Dulce y bendito Redentor! También ahora
fuiste bueno para mí.
Sin que yo lo hubiera advertido, vivías
dentro de mi mismo ser, y allí te hiciste sen­
tir v escuchar.
Todo lo iluminaste como en una gloriosa
resurrección. Tus palabras eran tan deliciosas
y claras como las que se dicen a un niño. Y
con cándida ingenuidad te escuchaba yo.
Hij o: ¿vas a valorar tu vida sólo por las
obras exteriores? ¿No sabes que lo que más
vale ante Mí es el amor o el arrepentimiento
amoroso? ¿Crees que tu actual inacción no
es más fecunda que el ruido y el clamoreo
de otros triunfadores?
Vuestra máxima eficacia está en acertar y
cumplir lo que yo ordeno, por pequeño que sea.
Y tú, en definitiva, siempre has terminado
por decir que sí a mis planes sobre ti. ¿Crees
que no tengo presentes todas las penas silen­
SUPERACIÓN DEL PESIMISMO 199

ciosas de tu vida? ¿Crees que se me ha olvi­


dado ni una sola de tus súplicas?
¿Y cuándo has estado más unido a mí que
ahora mismo?
¿No adviertes el contacto con la eternidad,
según va desapareciendo el camino de tu vida?
¿No te aquieta, y te engrandece, y te ennoble­
ce, y te ilumina esta creciente cercanía e in­
vasión de lo inmutable?
Dentro de esa inmutabilidad vivo Yo, v me
acerco a ti.
¿Qué nos importan a ti y a mí las demás
cosas? Jamás me has querido más limpiamente
que ahora. Por eso soy Yo mismo el que es­
panta de ti y te aísla de las cosas y de los
hombres.
Este claro y total desengaño es el que te
descorre todos los velos y te hace patente mi
Realidad y mi Bondad.

Deducción.
Así es, Señor. Bajo esta luz que mana de
tu presencia, es como se me aclara la realidad
de todas las cosas y de mí mismo.
¡Cómo lamento aquella valoración materia­
lista y laica ^que yo hacía de mis peripecias
y de los acontecimientos exteriores!
No se descubre la verdadera realidad de
200 DIÁLOGOS CON CHISTO

nada si no es relacionándolo contigo. Los he­


chos no tienen significación total si se les
desconecta de tu Providencia paternal.
Los pecados ajenos y los propios sólo des­
cubren su valor frente a tu Justicia, o Paciencia,
o Perdón.
Ni el tiempo es medido exactamente si no
es por comparación con la Eternidad.
Cuando se omiten esas relaciones esenciales,
surge el pesimismo irremediablemente.
¿Pero no es él una ceguera clara y una lo­
cura incomprensible?
El pesimismo es la visión de una parte de
las cosas: de la peor parte.
Eso ya no me sucederá a mí, Señor.
Te me has revelado como a Pablo. Como
Pablo me quedaré ciego para todo, menos
para contemplarte a Ti. Y si mis ojos se posan
en algo, será para verlo relacionado contigo.
La Eternidad me vendrá corta para penetrar
tus misterios. ¿No sería yo un loco, mientras
camino por el tiempo, si algo me distrajera
de esta amorosa visión?
«Jesús del atardecer.
Amor de mi último día.
Para verte bien a Ti,
no miraré nada más
que a Ti.»
XIV

LA SANTIDAD POR EL TRABAJO

Llama a los trabajadores, empezando


por los últimos, y dales su jornal
(Mat„ 20, 8).

Después de tantos esfuerzos, Señor, ;qué


desencanto!
El trabajo, mientras se ejecuta, lleva dentro
de sí luz, rosas, horizontes, ilusiones. Ése es
su aliciente y su belleza.
Pero, acabado ya, nos aplasta la fatiga físi­
ca y a veces la depresión interior. Es que no
resultó como se esperaba o se comprueba que
nuestro desgaste ha sido estéril.
Pensábamos hacer un bien a los demás y
esperábamos su reacción gozosa; y nos respon­
den con una sonrisa fría, porque la obra no les
es útil o no les es grata.
Quizás soñamos hacer algo original y exqui­
sito; lo exhibimos con disimulado orgullo; pero
las miradas circundantes nos convencen de que
somos una vulgaridad más entre los vulgares.
202 DIÁLOGOS CON CRISTO

Entonces nuestra soberbia se rebela, atribu­


yendo a envidia nuestro fracaso; nos gozamos
en afirmar que las cualidades ajenas son infe­
riores a las nuestras, y apelamos al fallo del
tiempo. Pero no será raro que el mismo tiempo,
con una mueca irónica, nos quite de los ojos
el velo ilusionado y nos convenza de nuestra
limitación.
Tensión, esfuerzo, generosidad, ensueños...,
¡todo humo!
Con este temblor dentro vine en busca del
gran Trabajador y del gran Incomprendido, del
Carpintero que hizo el mundo físico y creó el
mundo moral, del Obrero oculto que inició la
Redención por el trabajo: la Redención social
y también la personal.’
Al verme se levantó sorprendido y risueño;
me envolvió del todo con una mirada de fuego,
y sus largas y recias manos se extendieron
hasta mí con enérgica bondad.

Redención laica.

No te esperaba—me dijo Jesús— . Los tra­


bajadores de la tierra no suelen acordarse de
Mí, a pesar de que su desaliento es aún mayor
que el tuyo y su alma está devorada por el
LA S A N T ID A D POR EL TRABAJO 203

fracaso. Ardieron en un ideal que les pareció


sublime y hoy se espantan de sí mismos, al
verse salpicados de sangre y engañados por
su codicia y la de los que les conducían.
¡Pobres ilusos míos! ¿Es que creían que el
trabajo les iba a redimir de trabajar?
¿Soñaban que a los golpes de su martillo
sobre las cosas santas se iba a construir un
mundo nuevo y mejor?
¿Pensaban que su hoz sólo servía para segar
naciones y no para recoger el pan fraterno para
toda la familia humana?
Señor—repuse yo con temor—, les dijeron
que la recuperación del mundo debía venir por
el trabajo y por la eliminación de los explota­
dores del sudor ajeno.
Sé bien—explicó Cristo—que en su ilusión
había una noble luz, pero casi ahogada por las
tinieblas. Ni sólo el esfuerzo mecánico, ni sola
la fuerza bruta, ni sólo el empuje desbordado
de las masas pueden crear: la creación es un
poder espiritual y divino.
Esos rebaños inconscientes, esas olas empu­
jadas por un vendaval de ira, esos ejércitos
de acero pueden pulverizar, pero no pueden
crear una flor ni una cultura.
¡Pobre reacción laica, sin virtudes ni sacri­
ficios personales!.
204 DIÁLOGOS CON CRISTO

¿Es que el odio y la violencia pueden tener


eficacia vital?
¿Es que puede haber algo fecundo sin el
amor?
Su mística era el éxtasis de la fantasía y de
la envidia, la vibración del resentimiento y el
desquite de la codicia.
¿Qué mundo mejor puede florecer de raíces
tan venenosas?
Pero, Señor—me atreví a proponer—, ¿es
que todo es vil en su ideal?
¿Sólo con hiel está redactado su programa?
Todos sabíamos que había pasado ya la era
del hombre hazañoso y medieval, y también
la del filosofante y teorizador.
Era, pues, urgente que el trabajador mate­
rial se dignificara, que dejara el último lugar
de la fila e iniciara, en cabeza, una nueva fase
de la Historia.
Había tantos fracasos que rectificar, que bien
merecía la pena que él condujera la caravana
humana hacia nuevos horizontes.
Dijo Jesús: —Ese ideal, sin sus errores ni
apasionamientos, lo inicié Yo en este taller
hace muchos siglos y lo he verificado en la
sociedad plenamente.
¿Por qué, pues, prescinden de Mí?
¿No estaría bien un carpintero entre ellos?
LA SAN T ID AD POR EL TRABAJO 205

¿No he convivido Yo en dulce igualdad con


aldeanos, campesinos, pescadores, dolientes y
desheredados?
¿No hubieran tomado sus pequeñas ideas
un alcance y firmeza infinitas incorporadas al
código de mi Evangelio?
Si sus endebles fragmentos de verdad se
hubieran fundido en la mía, que es eterna,
¡qué nueva luz hubiera iluminado vuestro siglo!
Tienes toda la r^zón, Señor—dije conven­
cido— . Han sido ciegos guiados por otros más
ciegos qué ellos.
Les persuadieron ladinamente que Tú te
habías vendido a los más fuertes y a los más
ricos.
Hicieron caricaturas, poniendo del brazo
al Obispo y al millonario, y cruzando el báculo
y la cruz con la bolsa repleta de onzas de oro.
Sustituyeron la palabra caridad por la de
justicia social, profanando su justa significa­
ción.
Quisieron quemar las cartas de Pablo y tus
parábolas del Epulón, del buen Samaritano y
del Acreedor Cruel.
Repetían tus invectivas de látigo y relám­
pago sobre fariseos y codiciosos.
Yo veía que el rostro contraído de Jesús era
una confirmación de mis palabras; leí en sus
DIÁLOGOS CON CRISTO

ojos una infinita pena, y como ahogada en


lágrimas escuché su voz:
Oigo continuamente esas palabras profa­
nadas y rotas como lo fueron mis sacerdotes y
mis templos. Pero ellos las dicen sin miseri­
cordia v sin bondad.
Con todo, no tengo de ellos menos compasión
que la de las turbas arrastradas tras su locura.
Todos son míos; tengo derecho a ellos y no
los dejaré perecer.
Porque no ha de ser la aurora roja de Moscú
la que traerá la paz por el trabajo; será la luz
blanca de Belén y el fulgor que irradia el Monte
de las ocho bienaventuranzas.
Me parecía que la figura de Jesús, mientras
hablaba, se iba agigantando hasta llenar todos
los horizontes de fuerza y claridad.
¿Será esto una realidad?, me atreví a pre­
guntarle.
Sí—me respondió— ; el comunismo no ha
sido más que una prueba de mi Padre; ha sido
el látigo en sus manos, el bieldo y la criba
para purificar su cosecha.

Redención cómoda.

¿Y cómo—le pregunté—iniciarás esta hora


radiante?
LA SAN T ID AD POR EL TRABAJO 207

¿Serán milagros nuevos como los de los sen­


deros de Palestina?
¿Serán lenguas de fuego sobre tus apóstoles
actuales?
¿Será un huracán ‘ espiritual que agite los
espíritus?
¿Será un Pentecostés de sangre y de mar­
tirio?
Extendió Jesús su mano y la apoyó sobre mi
hombro; clavó en mis ojos tímidos su mirada
infinita y se quejó conmovido:
Los hijos de los hombres buscáis siempre
pruebas visibles que os ahorren el esfuerzo y
el cambio de vuestro espíritu.
Preferís que mi Omnipotencia os solucione
gratuitamente los problemas que han levan­
tado vuestras pasiones en el polvo de la tierra.
¿Es que no creéis en la sola eficacia de mis
palabras?
Señor—le repliqué—, la gran mayoría no
las comprende y muchos se ríen de ellas.
Hay escribas y fariseos que han pervertido
su propia conciencia y llegan, como Tú dijiste,
a llamar al bien mal y al mal bien.
No tienen más fe que la comprobación ma­
terial de sus sentidos; por eso tus frases de vida
resbalan sobre su piel y su inteligencia, sin
calarla ni ablandarla.
208 DIÁLOGOS CON CRISTO

Orgullosos de sus descubrimientos, han lo­


grado el arte de quitar a los vencidos la posi­
bilidad de la reacción y la rebeldía.
Han hallado el secreto científico de defor­
mar hasta el espíritu; sus drogas e interroga­
torios alucinantes aniquilan la voluntad y
desequilibran la personalidad.
Levantan por fin su puño cerrado frente a Ti
y te desafían con altas carcajadas; te enseñan
las llaves de la naturaleza y se yerguen en su
cumbre, mientras la Humanidad es arrebatada
sin poder y sin defensa, como polvo de un
vendaval.
¿No apacigüé Yo—repuso Cristo—otros ven­
davales y otras tormentas?
Pues bien urgente es—le repuse—que ex­
tiendas tu mano sobre la presente.
¿Y podría saber yo, Señor, cuál será tu pa­
labra de paz?
¿Puedes adelantarme la fórmula de tu triunfo?
Mi palabra actual—dijo Jesús—se llama
desengaño.

Redención por el trabajo.

Todo gran error tiene su evolución: naci­


miento, desarrollo, apoteosis y caída.
Las tinieblas que desató Luzbel sobre mi
L A SAN TID AD POR EL TRABAJO 209

Calvario no fueron eternas: fue solamente


«su hora».
¡Cómo apretaban sus manos los sellos y
precintos del sepulcro! Ignoraban la eficacia
del amanecer del domingo de Pascua.
La palabra que mi Padre dijo al hombre
fue que trabajara, y la primera corona que puso
en su frente fue la corona del sudor: Trabajad,
hijos, hasta que Yo vuelva.
Por eso los trabajadores míos tendrán ya su
Código eterno y su Carta magna. ¿No conoces
ya sus principios? ¿No sabes de memoria sus
leyes morales? ¿No has oido mil veces sus bases
eternas?

El primer principio.

Es que el trabajador coopera con Dios.


Por eso todo esfuerzo es un rito sagrado y
litúrgico: es aplicar el propio esfuerzo y capa­
cidad a una obra buena y útil, fundiéndolos con
el poder de Dios Creador; es sumar honrada­
mente sus fuerzas con su poder y sabiduría
infinitos para producir una creación nueva y
bella.
No vive, pues, el obrero en una soledad oscura
5’ agria: debe sentir el calor de la divina cer­
canía paternal.
210 DIÁLOGOS CON CRISTO

¿Podrá entonces brotar de sus manos algo


feo v contrahecho?
¿Podrá lanzarlo a la vida con hostil desgana,
mirando sólo al lucro egoísta y mercantil?
Todo cuanto Dios hizo es bueno, bello, artís­
tico y refinado, porque lleva una aureola santa
que le dejó adherida la mano creadora. Toda
obra de manos lleva el perfil y la luz del alma
que la crea.
¡Se, pues, noble y amorosa, alma del obrero
fabril, del obrero rural, del obrero ciudadano,
y viviréis todos entre cosas armoniosas, puras
y elevadoras!

El segundo principio.

Es que la medida de la propia capacidad es


el trabajo, y de él dimana la dignidad y liber­
tad de la persona.
No es orgullo, no, la conciencia de la propia
habilidad; es un aliciente para desarrollarla
del todo y completarse. a sí mismo. ¡Cuántos
gérmenes sublimes laten en el fondo de toda
criatura racional!
¡Y cuántos se han podrido dentro de ellas
por incomprensiones o crueldades ajenas, por
penuria de medios o por apocamiento personal!
Crecerá el trabajador, hecho artista, como un
LA SA N T ID A D POR EL TRABAJO 211

bancal de rosas, como un trigal de oro o como


un valle de álamos, que no son sólo útiles para
sí mismos, sino gratos y necesarios a los demás.
¡Qué recios entonces sus pasos por la vida,
cuando su conciencia le dice: No eres inferior
a nadie ni has recibido de limosna tu libertad
económica ni el imperio de tu hogar!
A ti se debe esa risa turbulenta y gozosa de
tus hijos; a ti la sonrisa acogedora de la esposa
buena. Sólo tienes un colaborador invisible y
silencioso que te mira desde los cielos.

El tercer principio.
Es que el trabajo es un servicio fraterno,
necesario y cordial.
Porque no hay hombre sin hombre; todos
necesitamos de todos, en casi todas las cosas,
y todos nos debemos a todos por gratitud, por
unidad de origen, de penas y de destino.
Esa ley nos puso el Padre común para que
jamás nos faltaran las dos virtudes que cons­
tituyen el eje de la vida: la humildad y la
caridad, recibir y dar.
¿Hay quien se baste a sí mismo?
¿Hay quien no tenga que extender sus manos
cada día?
¿Hay quien se atreva a negárselas a la nece­
sidad ajena?
2U DIÁLOGOS CON CRISTO

Cuando eso sucede, el organismo social se


descompone y la vida pierde su sonrisa.
¿No se llama actualmente a eso revolución?
La vida y la paz se crean dando.
Si alargas tus dones y tu trabajo a tus her­
manos, vendrán a ti a ofrecerte los suyos.
Si comprueban que tu don no es una estra­
tegia ni una explotación, además te entregarán
su confianza en Ti.
¿Y no es ésta la forma más humana y más
divina de la paz?
¿No es la flor de fuego que todos quisierais
llevar prendida sobre el corazón?

El cuarto principio.

Es que la vida familiar tiene por base el


trabajo y es al mismo tiempo su más dichosa
compensación.
Porque el hombre solo se deformaría; su alma
se cerraría en tenebrosa soberbia o en airado
despecho, y su carne sería devorada por la
lujuria. /
El centro natural de la vida es el hogar; nido
santo del amor conyugal; castillo almenado
contra los enemigos de fuera; roca en medio de
un mar atormentado; vergel de azucenas que
son los hijos; remanso de atardecer para la
LA SAN T ID AD POR EL TRABAJO 213

ancianidad; puerta del cielo por donde bajan


los ángeles niños y por donde entran los pere­
grinos de la vida.
Es el reflej*o y figura de la Divina Trinidad.
Pero sus cimientos se amasan con el sudor
paterno y con las colaboraciones familiares.
Si éste fallara, «la casa» se convertiría en una
ruina lastimosa y solitaria.
Y cuando el hogar no existe, el obrero es un
Caín vagabundo y marcado en la frente con el
sello de ira y de fracaso.
Mientras esto decía Jesús, su mirada se lle­
naba a veces de luz, a veces de sombras dolo­
ridas; porque la historia de la Humanidad
cruzaba por su frente.

La Gorredentora.
De repente, sus facciones enjutas, afiladas y
juveniles se distendieron en un júbilo de in­
fancia y de emoción; se puso de pie, respetuoso,
y volvió su noble cabeza: era su Madre que venía
hacia nosotros.
Yo creí que todo se me nublaba ante aquella
figura suavísima; una ola de ternura me subió
por el pecho repleta de lágrimas buenas, y me
sentí infinitamente niño.
Hijo, ¿no comes hoy?, dijo Ella con sencilla
naturalidad.
214 D IÁLO G O S CON CRISTO

Sí, Madre-repuso el Señor—; es que habla­


ba del mundo mejor, de la Edad nueva del
trabajo santificador que los hombres empiezan
a aprender.
La dulce Virgen posó sobre mí sus ojos lim­
pios, inocentes y cálidos, me sonrió con mater­
nal confianza y me dijo con un timbre de voz
que hizo vibrar hasta romperse todas las fibras
de mi ser: ¡Oh, sí!, cualquier cosa que Él OS
diga, hacedla.
De nuevo nos acariciaron sus ojos, y se retiró
con suavidad.
Jesús me contemplaba con no disimulada
complacencia, como si gozase en mi enterne­
cimiento, y al fin añadió benignamente: Ahí
tienes a tu Madre.
Con esta frase se me hizo sumamente difícil
recuperar el dominio de mi pensamiento y
aquietar el aleteo del corazón. Al fin pude
exclamar torpemente:
Voy comprendiendo, Señor, tu plan actual,
y por fin he descubierto mi vocación personal:
la santidad por el trabajo.
Que es—añadió Jesús—una de las formas de
mi Redención y la escuela de mis elegidos.
No sólo fue la sangre de mi agonía: fue
también mi sudor de treinta años los que dieron
a la Humanidad derechos divinos.
LA SA N T ID A D POR E L TRABAJO 215

Allí enseñé a sufrir con silencio y paz; aquí,


en este taller, a trabajar en oscuridad y po­
breza.
Difícil lección ésta—insistí—, que dura tan­
tos años y cuesta tantas fatigas. Pocos la ha­
brán comprendido.
Yo la reservaba para el siglo en que tú
vives—aclaró Jesús.
Hoy, que todo se va haciendo refinado y
sutil, las almas están más preparadas para esta
absoluta renuncia al egoísmo con todas sus
privaciones y matices.

Los santos actuales.


Han desfilado durante los siglos legiones de
santos orantes y penitentes, de vírgenes flore­
cidas en los jardines claustrales, de apóstoles
en llamas, de doctores fúlgidos, de mártires
purpúreos.
¿Por qué no se ha de cubrir la tierra de san­
tos obreros, como se cubren los trigales de ama­
polas, el otoño de campanillas moradas y abril
de ingenuas margaritas blancas?
Será un tipo de santidad aquilatada y sin
mezcla que reflejará como un espejo la simpli­
cidad de la Esencia divina. Será una ascética
compuesta de las tres virtudes más evangélicas,
que son: la humildad, la caridad y la paciencia.
216 DIÁLOGOS CON CRISTO

Todo trabajo debe ser un don fraterno supe­


rior a todo negocio de compraventa y a todb
lucro y ganancia.
Claro es que de él hemos de comer cuantos
somos pobres; pero es necesario que superemos
ese material egoísmo con la magnanimidad del
que no sólo da el fruto de sus sudores, sino
gratuitamente también su corazón.
La madre que vela y besa a su hijo dormido,
sabe bien que no recibirá un beso de recom­
pensa, ni siquiera el reconocimiento de su
abnegación. Ni por eso disminuye su amor.
¿Pues no ha de ser más pura y más ancha
vuestra caridad?
A más que sería locura esperar de los hom­
bres una gratitud equivalente a nuestra fatiga.
Y locura mayor aún dolerse y agobiarse por
esa indiferencia. \

¡Si vieras con qué ilusión espero ya ese


ejército de trabajadores, que rodearán la tierra
como un corona de fuego y abrirán por toda
ella un camino de heroísmo para tantos hom­
bres sencillos!
No será cosa fácil, Señor—le repliqué— .
Y menos si los hostiliza la ruindad y la envidia
de sus hermanos de faena, no convencidos aún
ni iluminados por Ti.
Toda cooperación es ardua.
L A SAN TID AD POR E L TRABAJO 217

Porque la suma de fuerzas, para un resultado


común, supone la aniquilación de lo personal
y lo propio. Y nadie tiene gusto en ser absor­
bido ni en desaparecer.
Cierto es eso— aclaró Jesús—. Cuando José,
mi padre legal, era jefe del taller, Yo le estaba
sujeto siempre, porque el amor lo superaba
todo.
Los que no se aman ni se respetan, difícil­
mente podrán colaborar en paz.
Cuando no coinciden los pensamientos, ni los
ideales, ni los afectos, sólo la fuerza material
o el interés pecuniario puede juntar las manos
de los trabajadores.
Pero con cuántos roces, con cuántas iras, con
cuántas venganzas solapadas.
Se unen más fuerzas, pero se repelen las
almas.
Y en esto consiste precisamente el carácter
propio de esta santidad: en la serena paciencia
y en el aguante risueño frente a las malas artes
de los que conviven y sudan a la par.
Dichas estas palabras, se iluminó la figura
de Cristo. La Madre divina se acercaba de
nuevo hacia nosotros para invitarnos a comer
juntos.
A su faz se asomaba la inocencia más sub­
yugadora, pero en el fondo infinito de sus pu­
218 DIALOGOS CON CRISTO

pilas latía una solicitud maternal: — ¿Venís ya


a comer, hijos míos?— exclamó.
Al sentirme yo incluido· en aquel plural re­
velador, vibré de inefable emoción.
Jesús me sonrió de nuevo: Tu túnica naza­
rena dejaba traslucir la línea fibrosa y ágil
de un auténtico trabajador.
Y cogiéndome confiadamente del brazo, me
dijo: Quédate con nosotros; no quiero que vayas
en ayunas para que no desmayes en tu camino.
XV

LEALTAD APOSTÓLICA

Porque todos vosotros sois hermanos


(Mat., 23, 8).

Después de seguirte apasionadamente por los


caminos evangélicos, hoy he querido buscarte,
Señor, entre los hombres.
Te hallé y ya no puedo apartar de Ti mi
pensamiento ni mi corazón. Siempre te veré así.
Era un suburbio actual: tugurios de lata v
montones informes de basuras. Las sobras de
los poderosos y el refugio de los miserables.
Allá lejos., una ciudad babilónica se erguía
soberbia sobre sus edificaciones: de día la
envolvía la fascinación de la codicia, v de noche
la fosforescencia luciferina del placer. Y en
medio, equidistantes de ambos mundos, esta­
bas Tú. Te vi clavado en un falo de telégrafo.
Pendías, dulce y bueno, sangrando de todas tus
llagas sobre un barrizal.
J 20 DIÁLOGOS CON CRISTO

Calvario actual·

Era la hora pensativa y roja del atardecer.


En torno a tu Calvario moderno no aparecía
ni una sola persona.
¡Soledad infinita! Abandono total. Sólo el
silencio serio y dolorido acariciaba tu suave
cuerpo redentor. Estabas del todo muerto,
y tu gesto benignísimo de entrega no era reco­
gido por nadie. Ni la ciudad enloquecida ni el
suburbio agrio daban muestra de haberse
enterado ni de haber comprendido nada.
He aquí el Calvario moderno. Y el mío. Y el
del mundo.
Sólo un perro. Un noble perrazo cortijero,
campesino, estaba al pie de tu Cruz, contem­
plando inmóvil con ojos humanos el despojo
divino.
Horas enteras estuve yo a su lado. ¡Lanzaba
él ese alarido largo, insistente, pidiendo un
auxilio lejano para su amo! ¡Había resuelto
morir junto a Ti antes de abandonarte!
Y yo lo comprendí todo. Yo comprendí que“
ése era el símbolo de mi fidelidad; era la imagen
viva del destino y vocación de mi vida.
Cuando tus hijos, ¡oh Padre abandonado!,
pródigos todos, te dejan morir de esta manera,.
LEALTAD APOSTÓLICA 22 1
*

¿qué menos que el ladrido lacerado del perro


fiel que agradece tardíamente las caricias
antiguas, el pedazo de pan echado al aire por
la mano dadivosa y el cobijo caliente de la
ancha portalada de la casa paterna?
La llaga rota y ancha de tu pecho me estuvo
hablando largamente. Sus labios de amor me
aleccionaban. Y aprendí. Aprendí la causa de
la división de tus redimidos. Aprendí lo que
yo les debía enseñar. Y acepté la ley de la pa­
ciencia y mansedumbre apostólica.

Tu tragedia.
*

Y la nuestra es que la ciudad y el suburbio


están vueltos de espaldas a la Cruz. Son los dos
bandos hostiles que se reparten la tierra y no
piensan en tu eternidad, ni en Ti, que eres la
única Paz.
Sin embargo, cada uno ha recogido de Ti,
Padre común, una palabra santa, que airea
contra el otro como una bandera de sangre,
no sin antes haber deformado su puro signifi­
cado con ruines egoísmos.
Éstos claman libertad, y aquéllos caridad.
Pero ninguno es sincero del todo; saben bien
que a esa guerra fraterna les empuja una am-
DIÁLOGOS CON CRISTO

bidón codidosa. Quieren garantizar con un


sello divino intenciones demasiado humanas.
En nomore de la libertad los más fuertes
han apaleado a los débiles, hasta expulsarlos
de su propia casa y apoderarse de sus derechos
nás íntimos: el derecho de vivir, a comer, a
cuidar de sus hijos, a mirar serenamente el
horizonte del futuro. Han acumulado para sí
los bienes de todos, y sólo permiten a los demás
escarbar y hurgar en el montón de sus sobras
y basuras, para sacar de ellas el chusco de pan
endurecido. ¡Igual que los perros!
Pero no han sido menos crueles los falsifica­
dores de la caridad. En nombre de ella se re­
claman justamente todos los derechos humanos
de los de abajo. ¿Pero con qué métodos? ¿Con
qué modo y sistema? Seles saca de debajo de
la bota de los fuertes, pero es para someterlos
en trailla a la esclavitud de un estado más
cruel y absoluto.
Se une al más ruin engaño la más sarcástica
injusticia. Y empujado por esa masa alucinada,
se lanza sobre la tierra el rulo gigantesco de la
Dictadura del proletariado.
Ciertamente que la inmensa apisonadora
comunista todo lo nivela y todo lo iguala, pero
es después de haberlo pulverizado todo. Debajo
de su peso triturador queda la Religión, con sus
LE A L T A D APOSTÓLICA 223

imágenes, sus sacerdotes y sus Obispos; queda


la cultura y el arte, con sus nobles depura­
ciones; queda la fanjilia, con el germen del
porvenir, y la juventud, con su fuerte alegría
y sus promesas de amor.
Dime, Señor, ¿cuál de las dos falsificaciones
es más cruel?
Antes, todos eran hermanos; hoy son dos
fieras eloquecidas que se preparan para los
zarpazos definitivos. Claro es que en ambas
partes gimen individuos de buena voluntad, de
altas intenciones y de pensamientos justos.
¿Pero qué pueden estos átomos inocentes den­
tro del torbellino destructor? ¿Y cómo será
esta destrucción? ¿Desaparecerán ambos ban­
dos? ¿Será sólo el aniquilamiento de uno?
¿Pero qué solución puede dar el que quede,
si tampoco su verdad es pura, aun en el caso
de que su intención sea buena y honrada?
¿Qué flor de paz puede brotar de una tierra
empapada en sangre fraterna, en bilis venga­
tiva, en llantos de inocentes?

Tu solución.

Y es que la Verdad estaba en medio y nadie


quiere juntarse a ella: la Verdad eres Tú; Tú,
que tienes en una mano la justicia y en otra el
224 DIÁLOGOS CON CRISTO

amor. Tú mueres entre el suburbio y la ciudad,


en el silencio y en la despreocupación de todos.
Y en vez de Ti, surge entre ambos mundos un
abismo que no se sabe si es de odio o es de
miedo.
¿Pero aun muerto, no eres la Vida? ¿Y tu
contacto no produce la Resurrección? Quizás
no permitirás que la familia humana perezca
tan pronto; quizás Tú tienes señalada la hora
en que las manos ensangrentadas se estrechen,
temblorosas de contrición, después de haber
partido las varas con que se han apaleado.
¿Pero cuándo será este cuando, Señor? ¿Será
antes del monstruoso fratricidio? ¿Nacerá la
reconciliación de la ruina y el escarmiento?
Hace veinte siglos que, día tras día, tus labios
buenos hacen la rectificación de las humanas
falsificaciones.
También hoy, sentado entre el Epulón so­
berbio y el Lázaro leproso, condenas la liber­
tad por el abuso, y también la venganza disfra­
zada de caridad.
Tú tienes para el rico una palabra austera:
«Tienes el derecho a poseer lo adquirido legíti­
mamente. Pero tienes también el deber de no
creerte ni superior ni mejor que tus pobres
hermanos. Iguales sois todos para Mí, y si
alguna predilección tiene mi pecho, no es para
L EALTAD APOSTÓLICA 225

los más afortunados, sino para los que comen


como Yo el pan con las manos encallecidas.
Junto con mi herencia material te dejo la
preocupación de mis desheredados. Dales cuanto
reclama la justicia, y si con ello no son aún
felices, no les niegues la sonrisa de tu caridad».
Y también para el leproso tienes una pala­
bra grave: «Tu lote será comer el pan preciso
bien amasado en el sudor de tus horas fatigadas.
Has de contentarte con un hogar modesto y
una vida sin derroches. Si alguna vez tienes que
presentarte con sonrojo ante tu hermano ma­
yor, sé humilde; que no es vileza obedecer.
Si no fuere bueno contigo, no te tomes la jus­
ticia por tu mano, pues la de él es más fuerte.
Ten esperanza. Cuando a la puerta de mi mo­
rada eterna, los dos dejéis el disfraz de vuestra
peregrinación, ambos seréis iguales ante Mí,
que daré a cada cual el premio y el castigo
justo de sus obras».
La pena es que después de haberte oido tan­
tas veces, aún no hemos aprendido tan bella
y clara lección. Peor: la hemos olvidado.
Mucho peor aún: la hemos tergiversado. Y no
por limitación de nuestra inteligencia, sino por
malignidad de nuestro corazón.
Se han hecho, pues, necesarios estos tus
palmetazos sonoros, ¡oh paternal Maestro!
i.»
226 DIALOGOS CON CRISTO

Encerrados unos y otros en el sótano oscuro


de este mundo confuso, pasamos hambre y
tenemos miedo. Nuestro angustiado corazón,
siempre infantil, nos golpea el pecho, y nosotros
golpeamos también la puerta de nuestro encierro
para que Tú, que vives fuera del tiempo, nos
devuelvas la luz y la alegría. Tu corazón se
preocupa más de nosotros que nosotros, mismos.
Pero te es imposible alzarnos el castigo antes
de que hayamos hecho una fiel y honrada rec­
tificación.
Ante Ti, Padre bueno y recto, no nos queda
más solución que llorar nuestra aventura y
juntar nuestros pechos fraternales bajo tu
bendición.
«Porque todos vosotros sois hermanos», repite
la boca de tu pecho rasgado.

Mi juramento.

Entretanto, el perro fiel y conmovido, que


soy yo, decide allá en su fondo cosas nobles y
duras.
Primera: No abandonar jamás, ni por ham­
bre ni por fatiga, a mi divina Víctima, incom-
prendida y despreciada por mis hermanos.
Precisamente, de mirarte fijamente, como en
una oración elemental, me sentí dignificado y
LEALTAD APOSTÓLICA 227

transformado en hijo y amigo del Padre soli­


tario, y en apóstol incesante.
Segunda: No dejar, de día ni de noche, de
clamar en estas soledades, con alaridos lace­
rantes, a todos cuantos pasan de la ciudad
enloquecida y del suburbio despechado. Ellos
llevan la cabeza repleta de pequeñas ideas
egoístas. Pero bien puede ser que despierte
algún corazón que tenga ahogado en el fondo
una fuente de lágrimas.
Tercera: No herir, ni morder, ni lacerar a
ninguna criatura. ¿Es que puede haber alguna
más ruin que yo mismo?
Porque no es ira lo que expresa tu dulce
cabeza inclinada bajo el peso de tus pensa­
mientos de amor. Ni es justicia lo que piden
tus labios entreabiertos como una violeta hu­
milde.
Ni es estrecha ni apretada la llaga que abre
tu pecho, como una hendidura en la roca,
para todas las aves perseguidas. Como la por­
talada ancha y siempre abierta de un padre,
para todos los hijos ausentes.
Porque, en realidad, «no saben lo que hacen»,
como Tú sigues diciendo, Señor.
XVI

SILENCIO SANTIFICADOR

Le preguntaba sobre muchas cosas;


pero Él a nada respondía (Luc.,
X X I I , 12).

Todos pensábamos que el silencio era un


refugio necesario del alma, una defensa del
exterior y la medida de la propia discreción.
Pero hoy veo que el silencio es mucho más:
es la clave de la santidad.
En tus labios, tantos años cerrados, Señor,
había y hay dulce misterio que casi nadie
comprende: el silencio es santidad; el silencio
es el alma v la esencia del Amor.
Y lo es ante todo, porque el amor perfecto
y puro no cabe en palabras humanas y también
porque exige e impone el olvido de sí mismo,
y de todas las cosas que no son Tú.
Hay un silencio material que es la distancia
del tráfago humano.
Pero ¿para qué sirve, si las peticiones y los
SIL E N C IO SA N TIFIC A D O R 229

instintos llenan el mundo interior de zozobras,


de ¡reclamaciones y de protestas?
El silencio santificador es el que irradia de
un corazón perfectamente entregado y de una
inteligencia repleta sólo de tu verdad.
Sí: Tú dijiste que Magdalena te amaba mu­
cho. Y era precisamente porque jamás se
preocupó ni habló de sí misma, aun en las
ocasiones más incitantes o lacerantes.
Pero no, no callaban las lenguas interiores
y exteriores de los que ni la comprendían a
ella ni, mucho menos, a Ti.
I

Todos se desataban contra aquel amor en


llamas como un huracán asolador.
Simón, el fariseo, por soberbia; Marta, por
candorosa ignorancia; Judas, por codicia, y
los Apóstoles, por inconsciencia, todos tenían
su palabra que decir contra esta enamorada
silenciosa.
Mas ¿para qué replicar? ¿De qué defenderse?
¿Cómo justificarse? ¿Me entenderán? ¿Se exa­
cerbarán más? ¿Herirán de rebote a mi Señor?
Además, que ni ella misma conocía sus
méritos ni las razones a su favor. ;Oh sí! Callar,
callar.
Sólo Tú que ves el fondo de las realidades
más secretas, puedes decir la palabra adecuada.
Pero ¡oh misterio! También Tú callas» en el
230 DIÁLOGOS CON CRISTO

tiempo, con los que callan. ¿Será que reservas


todas las verdades para tu eternidad?
Porque también el tuyo, Señor, es un «ca­
llado amor».
Juan de la Cruz, el gran incomprendido y
el dulce ignorado, penetró en el secreto de este
silencio: «La mayor necesidad—dice—que te­
nemos para aprovechar, es callar ante este
gran Dios: con el apetito y con la lengua;
cuyo lenguaje que El más oye sólo es el callado
amor».
Silencio de sí mismo, silencio de los hombres
y de las cosas para que ni mis pasiones o preo­
cupaciones, ni mis temores o deseos, ni mis
rebeldías o seducciones, interrumpan la unión
de amor contigo en que consiste la santi­
dad.
Cada gran santo suele formar su cuadro de
virtudes. Son el sistema ascético opuesto a sus
inclinaciones naturales, y la escuela dé sus
seguidores.
San Francisco de Sales reduce el suyo a
estas cuatro virtudes: caridad, aceptación, con­
fianza y paciencia.
«El servicio de Dios—dice—consiste en .las
cuatro cosas siguientes: el ejercicio de la cari­
dad con el prójimo; firme resolución de hacer
la voluntad de Dios; humilde y sincera confian-
SILEN CIO SA N T IF IC A D O «. 231

za en Él, y el sufrimiento de sí mismo en medio


de las propias imperfecciones.»
Logradas estas virtudes, el amor entrará en
el alma y con él Tú, Señor, que eres el esencial
Amor.
Pero he ahí el secreto: ninguna de estas
virtudes radicales llega a su perfección sin ese
doble silencio de la lengua y los apetitos.

«El callado amor».

No es auténtico si sube solamente a Ti como


una llama recta y blanca: debe abrirse para
calentar a todos los hermanos. Todo misticismo
es falso si se cierra en la conveniencia personal,
por espiritual que sea o lo parezca. Es preciso
darse gratuitamente a todos los tuyos.
Y nunca este don será perfecto si no es fi­
nalmente silencioso.
El Padre nos dio a su Hijo sin el menor
ruido terrenal. ¿Y no fue así como Tú, Señor,
te entregaste Tú mismo a nosotros? Dum
médium silentium tenerent omnia. En el mo­
mento en que el Universo entero callaba,
cuando todas las cosas estaban sumergidas en
el más sublime silencio y la noche llegaba a
la mitad de su camino, entonces fue cuando Tú,
Palabra Omnipotente, dejaste tus reales mo­
DIÁLOGOS CON CRISTO

radas pa^a venir a refugiarte en el rincón más


escondido. jOh callado Amor!
La corte que te rodeaba ya para siempre
y el acompañamiento que te anunciaba, eran
la pobreza, el desprecio, la humildad, la pa­
ciencia y la sencillez.
¿Cómo no habías tú de reclamar de mí lo
mismo, cuando yo me entregara a los demás
por Ti?
Ponderar los propios dones es ya disminuirlos
y desvirtuarlos. ¿No sería una venta interesada
de mis esencias más nobles, cambiarlas por la
moneda falsa de una dudosa gratitud o una
fútil alabanza humana?
Sí, Señor. Cuando yo rompa mi pomo de
alabastro a los pies de cualquier hermano,
siempre más limpios que los míos, no pensaré
que mi perfume vale trescientos denarios; me
acordaré solamente que es una nube perfumada
que llegará hasta tu cabeza y te la rodeará sua­
vemente como una caricia humilde e infantil.
¿Y qué me importa que algún fariseo, duro
de alma, en vez de apreciar mi don, descubra
ante todos mis realidades más humillantes?
¡Silencio! ¡Silencio!
La caridad debe callar, no sólo cuando da
lo mejor que tiene o lo más que puede, sino
también cuando recibe lo que no merece.
SILEN CIO S A N T IF IC A D O « 233

Y en mi caso, ¿hay algún mal que no merez­


can mis secretas culpas, mis íntimas traiciones
a tu amor?
¡Dulce caridad fraterna: sólo cuando seas
mal comprendida y peor pagada se purificará
tu llama de todo humo egoísta. E iluminarás
el corazón con una auroraí!
¡Oh dulce y callado amor de caridad!

Aceptación.

Si el amor es la unión de las voluntades


como dos hogueras que forman un incendio o
dos arroyos que hacen un río, en el punto
de fusión y compenetración surge esta breve
y honda palabra: sí.
Sin ese sí misterioso y total no puede existir
la santidad.
Toda negativa, toda reticencia, toda ré­
plica, toda discusión, toda dilación o polémica
o morosidad abrirá un mortal abismo entre
las dos voluntades. Pondrá una fría distancia
de hielo entre los dos corazones. Soltará la
lazada de seda que iba a unir definitivamente
las dos almas.
Sin ese sí, volverán a encerrarse a solas
dentro de su egoísmo y ruin comodidad.
Pues bien; ese sí suave y divino, ese punto
254 DIÁLOGOS CON CRISTO

incandescente del amor, esa forma plena de la


aceptación y de la entrega, es también silen­
cioso.
Su fórmula es el asentamiento total y su
expresión es el sello simple e irrompible.
Pero es curioso que ese sí, cuanto es más
absoluto, menos necesita pronunciarse. Es
tanto más pleno cuanto más callado.
¿Qué falta hace que los labios se muevan?
¿No basta con un signo de cabeza? ¿Con un
relámpago en los ojos? ¿Con un temblor en
la sonrisa?
La manera más enérgica de decir· que sí es
también el callado amor.
¡Oh dichoso, fuerte, suave y amoroso silen­
cio! Signo de la perfecta acéptación. Porque
la distancia entre dos que no se quieren se
suele llenar con un diluvio de palabras. Mien­
tras para la unión verdadera sobran todas.
Tú, Señor, tienes dos maneras de manifes­
tar tu divino querer.
La primera consiste en imponérnoslo inelu­
diblemente.
Usas de todos los derechos de tu Omnipoten­
cia sin consultarnos. Acepte yo o me rebele,
Tú me impones una enfermedad o un aconte­
cimiento adverso o una persona hostil o un
percance doloroso. Y todo insoslayablemente.
SILEN CIO S A N T IF IC A D O « 235

¿Gritos? ¿Protestas? ¿Rebeldías? Todo sería


inútil. No consultas, no avisas, no amenazas.
¿Es que estás cierto de nuestra callada acep­
tación?
Mi cabeza entonces debe pensar: todo sucede
bien para quien acepta lo que envías como
una muestra de amor.
Mi corazón debe latir: te amo en la luz y te
amaré en las tinieblas por apretadas que sean.
Y mis labios deben decir callando: todas mis
protestas y sacrificios desaparecen para dar
paso a esta breve palabra luminosa: fiat, fiat:
sí, sí, hágase,
¿No se llenarán de luz enternecida tus ojos
*

buenos cuando se posen sobre esta confiada


aceptación? Te gozarás en descubrir lo que ya
sabías: que me he fiado de Ti como un infante;
que no me molesto en discutir, ni menos en
analizar tus órdenes y tus resoluciones; sí que
todas proceden de un amor que es también si­
lencioso. Callas y dispones. Callas e impones.
Callas y esperas. Callas y sonríes. Sabes bien
que no necesitas explicarte ni justificar tus
planes.
Otras veces tienes la delicadeza de proponer
suavemente tu voluntad, por medio de supe­
riores humanos, que son tus servidores y
también míos.
DIÁLOGOS CON CHISTO

Quizá también ahora quieres gozarte en mi


silenciosa aceptadon.
Yo quisiera; he pensado; me gustaría; todo
ello en un sondeo a mi fidelidad.
Los superiores terrenos que Tú me has
asignado son los encargados de transmitirme,
con palabras claras y precisas, esas misivas
tuyas. Son los ujieres respetuosos que en la
bandeja de plata de su palabra me presentan
la voluntad de mi eterno y único Señor. ¿Puede
haber para estos mensajeros y para sus mensa­
jes mejor respuesta que un emocionado y
humilde silencio? ¿No es un gusto aceptar la
voluntad del ser amado sin que él mismo en
persona la manifieste? No son precisas explica­
ciones porque no se temen rebeldías.
Ni es precisa la respuesta explícita, porque
está dado hace mucho tiempo el sí con que se
entregó la propia voluntad y todos sus derechos.
Pero ¡mal pecado! Si alguna vez surge la
crítica contra los superiores humanos, ¿no que­
daría evidente la rebeldía e infidelidad al amor
dado?
Porque si mi rebelión va contra ellos, es que
olvido que no es a ellos a quien juró lealtad
mi corazón. No, no. Ellos no merecen tanto.
Mi obediencia fue al dueño de ellos y mío.
Y si lo que me rebela es la orden misma,
SILEN C IO SAN TIFICAD O !* 237

mi pecado es mayor. Señal cierta de que se


ha desvanecido mi primer amor ¿Discuto?
¿Analizo? ¿Disminuyo la extensión del man­
dato? ¿Difiero su ejecución? Queda bien patente
que lo que parecía unión voluntaria, es escla­
vitud forzada, violenta sujeción.
Abundarán entonces las palabras interiores
y exteriores. Demasiadas palabras. Cuantas
más sean, más claramente descubren la ausen­
cia y muerte del verdadero, del callado amor.

El pacífico abandono.

Nace del conocimiento íntimo y crece con


el trato familiar. '
El estudio de tu Persona, su regalada y
morosa contemplación, la experiencia de tu
Providencia, crean en mí la persuasión de que
no soy indiferente y de que jamás estás ausente
de mí.
Por eso, a cada paso que doy, levanto mis
ojos arriba para comprobar que tu mirada me
sigue siempre como una luz confortadora.
Así se diluyen las sombras de mi temor y
mi pesimismo, y me invade la seguridad de
que soy algo muy tuyo y de que puedo contar
contigo.
23 8 DIÁLOGOS CON CRISTO

El aumento de esta confianza es obra de la


oración
En ella se aclaran, lentamente, mis ignoran­
cias de Ti.
Los rasgos de tu faz se van definiendo cada
vez con más vigor, hasta que abro mis brazos
y levanto todas mis compuertas interiores ante
la invasión de tu mfinito mar.
Pero otra vez mi corazón me grita: aprende
bien que toda esta maduración espiritual tiene
por maestro al silencio.
¿Acaso no estorban las palabras en este
sosegado y continuó diálogo espiritual?
¿Cómo, sin el silencio de las demás cosas,
podremos estrechar este trato secreto y sutil?
¿Sin que callen todas las palabras, cómo podré
captar la palabra única que todo lo dice, que
todo lo crea v todo lo contiene: la cual eres
Tú, oh Verbo eternal del Padre?
;Oh sí! tínicamente como en la recogida
calma de la naturaleza, igualmente en la inte­
rior te haces escuchar. Cállanse solemnes los
cielos; callar los montes sublimes; callan las
flores humildes. Y sólo en este concierto de
silencios se abre tu confidencia con una cer­
canía cálida y cordial.
¿Acaso no eres Tú el más silencioso de los
seres? Una sola palabra eres Tú mismo, pro­
SILEN CIO SANTIFJ.CADOR 239

nunciada por el Padre en el seno de la eterni­


dad. ¡Y qué pocas palabras nos dijiste cuando
bajaste a doctrinarnos y a convivir con nos­
otros!
Los que buscamos tu amistad nos esforzamos
en decirte infinitas cosas, en hacerte preguntas
interminables, en desahogar ante Ti nuestros
anhelos y penas. ¿Nos oyes? [Oh sí! Todo lo
escuchas atentamente. Pero te callas. Te ca­
llas a todo, como si no lo comprendieses o no
te interesases o te molestase el diálogo.
Contestas con obras. Pero aun ésas son si­
lenciosas y casi invisibles.
¿Por qué te guardas todas las respuestas?
¿Es que esperas a que nos callemos nosotros
para acercarte y hacerte invisible?
Hay quien te blasfema, te desafía, te escupe
y te calumnia. Son los que procuran excitarte
e irritarte para escuchar una palabra tuya.
Tienen esa trágica curiosidad: desean percibir
tu respuesta.
Pero Tú callas. Prolongas el silencio triunfal
del Pretorio con el que subyugaste al pueblo
y admiraste a Pilato. Por tu actual silencio,
comprendemos también tu fuerza y tu grandeza
sin límites.
Por tu calma serenísima tenemos un atisbo
de tu divinidad.
240 DIALOGOS CON CRISTO

Nuestra palabrería fluvial es señal de pe­


quenez y flaqueza. No podemos escucharlo todo
hasta el final. Nos falta la sobria contención
que está por encima de los interlocutores.
Las palabras ajenas son la chispa que cae
en la dinamita acumulada de nuestras pasiones.
Y respondemos por explosiones, no por razones
persuasivas ni por sonrisas conciliadoras.
Tú no eres, Tú no puedes ser así.
Tus ojos lo ven todo; tus oídos lo escuchan
todo. Pero tus labios callan: callan hasta el
fin de nuestro monólogo, que coincidirá con
el fin de nuestra vida. Porque eso sí, la última
palabra sobre ella la tienes Tú. Tu palabra
será nuestra eternidad.
¿Y cómo yo, tan cercano a Ti, no aprendo
de tu silencio?
Porque temo: confieso que temo al silencio
de los hombres. Porque existe un silencio que
es rencor, es disimulo, es ficción, es cautela,
es acecho, es espera de una oportunidad cruel.
¿Cómo no he de temer al silencio de la víbora
que se desliza cautelosamente? ¿Cómo no he
de temblar del silencio del tigre que acecha
en la maraña oscura?
¡Líbrame a mí también, Señor, de estos si­
lencios envenenados y homicidas! Siento bien
que no soy mejor que el peor de mis hermanos.
SILEN CIO S A N T IF IC A D O « 241

Enséñame a decir a tiempo las pocas pala­


bras que son precisas para convivir limpiamente
con ellos: est, est, non, non: al sí, sí, y al no,
no. Porque todo lo demás procede del Maligno.
Y si alguna palabra más nace de mí, que brote
siempre de mi corazón como un manantial
puro.
Y que esta palabra sea la tuya: aquella pala-
bra de tu exclusividad, que tienes preparada
para todos. La palabra que unos esperamos
con ilusión y otros con pánico: la palabra ven.
Ven es la palabra creadora para lanzamos
a la vida.
Ven fue tu llamamiento para la purificación
y la santidad.
Ven será la cita para la eternidad inmutable.
Señor, yo te mego que sea ésa mi palabra,
mi única palabra para todos: venid.

«Callar y padecer».

Es el arte de sufrir bien, es el secreto de


convertir el dolor en paz, en luz, en miel, en
redención, en apostolado y en paraíso.
Y sólo el silencio hace ese milagro. Sólo él
transforma el padecimiento en santidad.
Hablar cuando lloramos. ¿Por qué? ¿Para
16
242 DIÁLOGOS CON CRISTO

qué? ¿Cuáles serán mis palabras? ¿A quién se


las diré? ¿Qué me responderán? ¿No serán la
profanación de un templo misterioso en el que
sólo Tú querías habitar?
¿Protestas, hombre dolido? Entonces vuelcas
el cáliz redentor que te alargaba el ángel de
Getsemaní.
¿Te quejas? Con ello viertes la mitad de
él y sólo consumas parte de tu pasión.
¿Alardeas? Con ello conviertes en hiel de
soberbia el vino embriagador que compartías
con Jesucristo.
¡Silencioso Maestro del sufrir: hazme com­
prender tu secreto!
Al comenzar tu agonía dijiste tu palabra
eficaz: fiat. De ella brotó la Redención universal
como del primer fiat nació el Universo, y al
fiat de tu Madre se siguió la Encarnación.
El Padre que te escuchó puso a tu lado
un ángel morado y dulce que tampoco te dijo
una sola palabra: era el ángel del silencio.
Fue el que te acompañó hasta el final por
todos los caminos humillantes de los tribunales
humanos y por el Vía Crucis sangriento de tu
total inmolación.
Callabas y nada respondías. ¿Por qué hablar?
¿Para qué hablar? ¿Qué decir? ¿Cómo expre­
sarse?
SILEN CIO SAN TIFICA D O R 243

¿No habías dicho todo desde el principio:


hágase? No había ya nada que decir; solamente
hacer.
Así lo comprendió Juan de la Cruz, cuando
caminaba agobiado por la suya: «Es imposible
ir aprovechando, si no es haciendo y pade­
ciendo; todo ello envuelto en silencio».
En silencio iba envuelta tu dulce Madre
siempre junto a Ti, para sostener tu corazón
sobre el cual pesaba la cruz más que sobre
tus hombros.
Envuelto en silencio iba Juan, el amigo en­
trañable: el único de los doce que no te aban­
donó, porque no apoyó su amor en palabras
de alarde ni en juramentos orgullosos de fi­
delidad.
Envuelta en silencio iba Magdalena, que
aprendió a amar mucho callando siempre a
todo.
¿Quién no callaría en sosiego si escuchara
por dentro tus consuelos? Pero eso ya no sería
sufrir, ni amar, ni redimir.
Tampoco el Padre te consoló sensiblemente
en el Huerto, ni siquiera en la Cruz.
No existió jamás en los siglos momento de
mayor sublimidad.
Al silencio tuyo de víctima absoluta se ünía
el de la creación entenebrecida y el de los
244 DIÁLOGOS CON CRISTO

ángeles sobrecogidos v el del Padre desagra­


viado.
¡El silencio! Éste era el modo más litúrgico
V solemne con que las manos paternas debían
recoger con tu sangre el precio de nuestra
Redención.
í
Propósito.
Me lo dicta con su jugosa sobriedad el viejo
Maestro de Santos, Tomás de Kempis: tacere
et pah acquirit pacem et facit laetitiam: el sufrir
calladamente consigue la paz y produce la
alegría.
¡Divina solución! Los mortales, como un
rebaño dispersado por un rayo, corremos alo­
cados en busca de la paz. ¿Adonde ir? ¿La
hallaré fuera de mí? Cada intento sería un des­
engaño mayor y una azadonada más que
ahondaría mi vacío interior.
¿Hallaré la paz dentro de mí? ¿En mis
conveniencias egoístas? ¡Mala compañía la de
mí mismo, repleto de apetencias y rebeldías!
Tacere et fiati: Callar y padecer.
Sólo en el sufrir con callado amor a Ti,
florece la alegría y aletea la paz.
Si estos labios pecadores olvidaran, por fin,
la palabra yo, ¡qué deliciosa sonrisa los ba­
ñaría!
SILENCIO SANTIFICADO!« 245

Tacere et pati: Sellaré, pues, mis labios,


para acallar mis pasiones, mi imaginación, mis
deseos, mis quejas y mis desavenencias. Con
lo cual mi boca no tendrá ya nada humano que
decir y aprenderé como Tú, Señor, a hablar
con el silencio y con las obras.
¿Qué palabra podría ocurrírseme que va­
liera más que el silencio y la oración?
Esperaré, esperaré, pues, con santa ilusión
que el padecer silencioso ilumine de paz y de
alegría mi turbado mundo interior, dentro del
cual solamente vives y hablas Tú.
Tacere et pati: Callar y sufrir. Amén.
XVII

LAS RAÍCES DE LA PAZ

No temáis vosotros (Mat., 10, 28).

Tienes empeño, Señor, en que la vida de los


tuyos sea radiante. Las luchas, los desengaños,
los fracasos y las hieles de la vida de aposto­
lado, nos van dejando en el alma no sólo un
peso de precaución y cautela, sino también un
fondo tenebroso de miedo y cobardía.
Jóvenes, nos arrojamos a todo; viejos, le
tememos a casi todo. ¿Quién no teme las len­
guas ajenas, las intenciones ajenas, los egoís­
mos ajenos, las zancadillas ajenas?
Los que fueron víctimas de muchas malas
partidas, se miran bien antes de entablar una
jugada, aun para gloria de Dios.
Este recelo, si es exagerado, puede parali­
zarnos o reducir nuestra actividad y nuestra
eficacia divina y divinizadora.
Por eso es necesario y urgente rodearnos de
una atmósfera de claro y pacífico optimismo.
LAS RAÍCES D E L A PAZ 247

Para respirar con holgura, el aire debe ser


limpio y luminoso.
¿Pero es esto posible? ¿Puede uno crearse un
clima moral en que floten acariciadoras la paz,
la seguridad y la alegría? Sí. La conciencia
limpia y el proceder noble vigorizan y aplo­
man la voluntad en tal grado, que nos sentimos
superiores a los enemigos y a las dificultades.
Cuando los ángeles se acercaban a las almas
claras de los pastores y de las santas Mujeres,
siempre les advertían amigablemente: No te­
máis vosotros.
Y tu saludo normal a tus amigos, apocados
a veces, pero siempre sanos, era éste: La paz
con vosotros; Yo soy, no temáis.
«Ten la conciencia limpia y hallarás la paz»,
resume Tomás de Kempis.
«No hay paz para los perversos», subraya
Salomón.
¿Pero cómo explicar entonces las íntimas
tragedias de tantos justos?
¿No hay hijos de Dios que se ahogan en san­
grantes tinieblas interiores? ¿No los hay que
se secan en soledades de desierto?
Cierto es. Pero ¿quién dice que esas almas no
tengan paz? Ese lucero celeste, nacido en la
mano de tu Padre, prefiere lucir en las noches
más oscuras y sobre las mayores tempestades.
248 DIÁLOGOS CON CRISTO

En la tarde morada del Viernes Santo se posaba


quietamente sobre el Corazón de tu Madre
dolorida.
La paz interior es un don gratuito del Espí­
ritu Santo, pero es también una virtud moral
que se puede conseguir.
Existe una ascética de la paz: es la paz por
la victoria.

Conquista de la paz.
Santa Teresa padecía desequilibrios físicos
y múltiples enfermedades deprimentes: la ace­
chaban enemigos envenenados; la urgían com­
promisos y actividades agobiantes; los ojos de
todos estaban clavados en ella, dispuestos a la
mofa o a la veneración. Y sobre todo ello le­
vantaba su frente serena, su mirada cálida y
su sonrisa graciosa. ¿Era puro regalo tuyo? No.
Era también el dominio acerado de todas sus
inquietudes por una voluntad recta, flexible
y dura como una espada.
En el libro de rezos llevaba siempre escrita
de su mano aquella letrilla suya que comienza:
Nada te turbe.
Era el ideal y el lema de su vida interna:
no inquietarse, no acobardarse por riada. En
los frágiles versillos llevaba el tónico de su
energía moral.
LAS KAÍCES DE LA PAZ 249

El ambiente de su espíritu era como el de su


ciudad amurallada: alto, fuerte, claro y cordial.
«Mi alma— dice ella— está como en un cas­
tillo con señorío, y ansí no pierde la paz.»

«¡Nada te turbe! ¡Nada te espante!»

La turbación es una zozobra trémula por un


peligro que se nos acerca.
El espanto es la entrega al pánico ante una
calamidad que nos supera.
Ambos sentimientos los cree Teresa injus­
tificados. No se debe perder el dominio de sí
y de las circunstancias ¡por nada! Sólo el pecado
grave y el infierno eterno se deben juntamente
temer. Porque «en pecando uno mortalmente,
es del demonio».
Pero lo demás, ¿qué es? ¿No es polvo y ce­
niza y nada? Y los hombres, ¿qué pueden?
¿No son «palitos de romero seco»? Y los de­
monios, ¿qué son? ¿No se reía ella de ellos como
de pulgas y moscas?
Entonces, ¿a qué perder este divino tesoro.,
que es la paz, por todo lo demás, que es y no es:
que si es no será?
«En fin, hijas, todo lo que tiene fin, no ha}’
que hacer caso de ello.»
Cuatro son las razones con que la Santa pone
250 DIÁLOGOS CON CRISTO

alas de acero a su alma para dominar con ellas


estos mundillos turbados: la fugacidad de lo
creado, la Inmutabilidad divina, la eficacia de
la paciencia y las compensaciones que Dios da.

«Todo se pasa».

Es la visión serenísima que tienes Tú mismo


de todo lo que fluye en el tiempo.
¿Qué es, desde la Eternidad, esta gimiente
caravana de siglos y de hombres? «Como naves,
como nubes, como sombras», que cantó el
poeta.
¿Y los grandes conflictos humanos, con sus
apasionamientos colectivos y sus moviliza­
ciones gigantescas y sus destrucciones atómi­
cas? Vistos por dentro, ¡qué infantilmente ridí­
culos te deben parecer! Vistos por fuera, son
una polvareda más de las muchas que consti­
tuyen la Historia. Polvo somos y polvo sere­
mos, por muy altos que nos levanten los vien­
tos de la soberbia y la ambición.
Envueltos en el torbellino de la vida, per­
demos la capacidad de calibrar y valorar sus
acontecimientos.
Elevados sobre el tiempo por la noble re­
flexión, asentados junto a Ti en la clara cima
de la Eternidad, sufrimos, sí, el hondo desen­
LAS RAÍCES DE LA PAZ 251

gaño de todos los ideales humanos, pero dueños


de la verdad, sonreímos tranquilos. ¡Rali·
¿Placeres, enfermedades, honras, fracasos? ¡No
merecen la pena! «Como las naves, como las
nubes, como las sombras». ¡Todo se pasa!

«Dios no se muda».

Siendo Tú la plenitud del Ser, nada se te


puede añadir y nada puedes perder: luego, en
tu Esencia, nada puede cambiar.
Ni siquiera en tus decretos, que son desde
siempre y para siempre. ¿Podría caber en Ti
rectificación? Ni en tus predilecciones, que
siendo libérrimas son fidelísimas: «Con amor
perpetuo le amé», dijiste.
;Dulce secreto éste para mi corazón! Porque
yo sé que me amaste con insistente eficacia y
con divina seriedad. ¡Pájaro loco, mi amor se
te voló mil veces de las manos!
Igual que el de Pedro y Tomás, que se aver­
gonzaron de ser tuyos. Pero Tú, noble amador,
110 renunciaste a nosotros. El amor te lanzó a
buscarnos y a olvidar nuestros olvidos. No
contabas con nosotros, los prófugos de tu casa;
pero nosotros contábamos siempre con tus
dos puertas abiertas y con tu fuego secreto
inextinguible.
DIALOGOS CON CRISTO

Y ésta es hoy, Señor, mi fuerza y mi vigor.


¡Cuento contigo para siempre!
Por mi traición contra Ti, jcuántas traiciones
me han hecho, cuántas me tendrán que hacer!
¿Qué importa? ¿Acaso tengo yo derecho a
su fidelidad? ¿No me basta con la Tuya?
«Mirar bien— dice Santa Teresa— cuán presto
se mudan las personas y cuán poco hay que
fiar de ellas; y ansí asirse bien de Dios, que no
se muda.»
Jurando no dejarte más, quiero paladear
siempre las palabras con que me acogiste,
cuando, apaleado por los hombres, me volví
a Ti gimiendo.
«Todos te olvidan, pues me olvidaste.»
«Todos traicionan al que me traiciona.»

«La paciencia todo lo alcanza».

¡Saber esperar; saber callar; saber no hacer


nada! ¡Oh discreta sabiduría de los que han
sufrido! ¿No es loco oponerse a lo inevitable?
¿No es infantil bracear con el más fuerte?
Ridicula e inútil la desesperación, el grito,
la protesta y la amenaza.
La tierra humilde y sabia, discípula de tantos
siglos, sabe que el cielo la domina,
¿Cómo defenderse de sus rigores, de sus iras?
LAS RAÍCES D E LA PAZ 253

Sufre en largos silencios su calcinación, sus


hielos, sus tormentas. |Y su paciencia es fe­
cunda! Al fin sonríe coronada de amapolas
y con el oro de sus trigos en las manos more­
nas.
La paciencia es virtud de madurez y expe­
riencia. Y es invencible, porque siempre es ella
quien dice la última palabra y la última que se
ríe.
¡Hombrecito de Dios, cobija en tu seno la
paciencia! Su enemigo es el dolor. Pero ella,
acariciándolo, lo dulcifica y lo vence, hasta con­
vertirlo en el sabio confidente que eleva y
ennoblece.
Él llamará a tu puerta inesperadamente.
Si no le abres, forzará la cerradura y te gol­
peará como un ladrón airado. Si le abres
sonriente, te sonreirá él también, y se conver­
tirá en médico de las enfermedades de tu alma.
Si te sometes paciente y manso, el dolor te
abrirá el tumor de tu fatuo orgullo, o te que­
mará con un cauterio vivo la podredumbre
de tu carne. Y luego, en palabras sobrias, te
dejará misteriosos preventivos para tus futuros
males.
Tú, Señor, y el dolor sois amigos tan antiguos,
que soléis ir siempre juntos.
Por eso la eficiencia del dolor es tan divina.
254 DIÁLOGOS CON CHISTO

Por eso el que ama el dolor es amado por Ti.


Por eso el que se alegra al sufrir te encuentra
sonriente. Y el que te halla a Ti, dueño de to­
das las cosas, las posee él también.
Y así resulta cierto que «la paciencia todo
lo alcanza».

«Quien a Dios tiene, nada le falta».

En la luz eternal del paraíso, Tú lo eres todo


para los bienaventurados.
Ven lo que creyeron, aman lo que ven y
poseen lo que aman, que es puramente a Ti,
con la inefable seguridad de no poderte perder
jamás.
En la penumbra de nuestro destierro no se
tiene la posesión fruitiva de la Divinidad ni la
seguridad absoluta de esa posesión; pero bien
puede uno decir: «Dios mío», no sólo ^n deseo,
sino en realidad. La gracia santificante es una
participación creada de la naturaleza divina,
que nos da un derecho real a poseerte a Ti en
la eternidad. «Si alguno me ama— dijiste— ■ , el
Padre le amará a él, y vendremos a él, y hare­
mos morada en él».
Con lo cual cada alma en gracia es un cas­
tillo, de un diamante o muy claro cristal, en
cuyo centro vive realmente la Trinidad bea­
LAS RAÍCES D E L A PAZ 255

tísima, iluminando, calentando, perfumando


y saturando de paz las celdas y capacidades
todas de ese mundo interior. ¡Sólo Dios la
llena, y sólo Dios le basta!

«Sólo Dios basta».

Sí. Frente a esa plenitud de verdad, de vigor


y de amor, ¿qué pueden ser ni valer las demás,
cosas creadas?
No se las desprecia, no, ni se las odia. Re­
flejos de la divina luz, tienen su seducción;
pero sólo para quienes no han bebido a grandes
sorbos de ese divino manantial. ¡Aun tenién­
dolo todo, todo les falta!
Como fruto de esa profunda posesión, el
alma descubre en sí tres virtudes poderosas:
una indiferencia total para todo lo que no es
su Dios, una docilidad heroica para todo querer
divino y un paladeo sabroso de todo sufri­
miento. El cáliz que le ofrece el Padre, ¿no lo ha
de beber? ¡Sólo Dios le basta! ¡Sólo Tú me
/

bastas!
Y hecha ya un ave de fuego, levanta el vuelo
sobre los mundos creados y canta, con Juan de
la Cruz, la plenitud de tu posesión:
«Míos son los cielos y mía es la tierra. Mías
256 DIALOGOS CON CRISTO

son las gentes. Míos son los justos y míos los


pecadores. Los ángeles son míos, y la Madre
de Dios v todas las cosas son mías. Y el mismo
Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío
y todo para mí.»
O como dijiste a Santa Teresa:
«¡Ay, hija, qué pocos me aman de veras!
Que si me amasen, no les encubriría Yo mis
secretos. ¿Sabes qué es amar con verdad?
Entender que todo es mentira, lo que no es
agradable a Mí.»
O como la misma Santa gritaba a los mortales:
«Tu deseo sea de ver a Dios.
Tu temor, si le has de perder.
Tu dolor, que no le gozas.
Y tu gozo, lo que te lleve allá.
Y vivirás en gran paz. Amén.»
XVIII

CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA

Después dijo al discípulo: he ahí


a tu Madre (Juan, X IX , 27).

Gracias, Señor, porque has creado a tu Madre


no solamente para Ti, sino para que llene
todos los espacios del mundo y también el
vacío de todas nuestras almas.
Si algo nos va produciendo la vida, es una
oquedad· interior cada vez más negra y más
honda de tristeza, de soledad, de angustia y
desesperanza.
El destino de la dulce Madre universal es
ir colmando de luz, de sonrisas y de ternura
esos abismos interiores que todos sentimos y
casi todos disimulamos.
¿Cómo imaginarnos los ámbitos materiales
del Universo sin luz, sin astros, sin esa armo­
nía sublime de sus movimientos?
¿Cómo mirar los espacios infinitos sin color,
sin fuego y sin su geometría subyugadora?
17
258 DIÁLOGOS CON CRISTO

Ese terror cósmico sería pequeño comparado


con la asfixia interior de un alma humana
sin la presencia cálida y esperanzadora de la
Virgen.
Solución divina.

Ésta es tu solución; la que tú das a todas


las angustias humanas: tu propia Madre.
¿Cuál es el supremo mal de los hombres
actuales?
Sin duda alguna, el desánimo, la tristeza y
el temor.
Esto tendrá causas múltiples exteriores o
personales. Pero el hecho es comprobable aun
por las estadísticas:
Es evidente. La carcoma del mundo moral
es el pesimismo. El cáncer de los espíritus es
la depresión.
¿Qué solución le buscamos los humanos? ¿La
siquiatría? ¿La diversión? ¿El arte? ¿El amor?
Tú ofreces una solución divina. La cual,
como tuya, es para nosotros original, inespera­
da, sencilla y eficaz.
¿Quién si no el que creó nuestros espíritus
conocerá mejor su engranaje, sus reacciones,
su funcionamiento, sus fallos y su reparación?
¿Quién más certero en descubrir y aplicar
el remedio a sus quiebras?
C A U S A D E N U E ST R A A L E G R ÍA 259

Nosotros diagnosticamos estos morbos ínti­


mos por sus manifestaciones y nuestras de­
ducciones.
Tú por la intuición directa del Creador, del
Padre y del Amigo. ¿No coincidimos todos en
que la suprema medicina moral es la pacífica
alegría? Sí.
Pero variamos Tú y nosotros en el modo
de producir esta medicina misteriosa y vital.
Tú dices simplemente a cada ser dolorido:
ahí tienes a tu Madre; y le pones delante de
sus ojos a la tuya.
¿Puedes equivocarte? No.
¿Puede cegarte tu cariño hacia Ella? Tam­
poco.
Sí, Ella, Ella es la solución única, dulce,
eficaz, rápida a las múltiples soledades de nues­
tro desterrado y solitario corazón.
Cierto es que los casos individuales pueden
tener y tienen grados y matices distintos.
Son formas infinitas de la desolación hu­
mana.
Son complejos variados y aun opuestos:
temor, pesimismo, despecho, desesperanza, re­
beldía, depresión, hostilidad, ira, blasfemia, iro­
nía, desprecio, sarcasmo.
Pero en el centro de todos estos pequeños
o grandes mundos interiores no hay más que
260 DIÁLOGOS CON CRISTO

el vacío, la soledad. Una lacerante y agobiadora


soledad!
¿Cómo llenarla de alegría, de paz, de ilu­
sión, de energía, de música, de sonrisas y 4e
amor?
Ecce, Mater tua: «Ahí tienes a tu Madre».
Ésta es tu fórmula y tu divina solución.
Todas las nuestras son ineficaces por insu­
ficientes ante ella.

¡Oh vida!

La máxima angustia que sentimos todos


procede de la ausencia de Dios.
Mejor dicho: de nuestra ausencia del Dios,
siempre y en todo presente.
Quizá no queramos confesarlo. Quizá ni lo
advertimos siquiera. Tú, Señor, que eres la
plenitud del ser, eres también la causa original
y creadora de nuestro propio ser.
Ese tirón inefable, delicioso, que ejerce so­
bre nosotros la maternidad humana, ¿no lo
había de ejercer también con infinita potencia
la paternidad divina?
El infante hambriento, asustado, se lanza
con ciego y casi feroz instinto al seno mater­
nal: aquí me dieron lo que soy, aquí me darán
lo que me falta.
CAUSA DE N U E S T R A A L E G R Í A 261

Es que la necesidad de Dios, que todos sen­


timos, ¿no es inefablemente superior, aunque
a veces ciega el inconsciente a cualquier atrac­
ción humana?
Y aquí surge la tragedia.
Al no sentirte cercano, al comprobar tu
lejanía y~"tu inasequibilidad, nuestro vacío
interior se colma hasta los bordes de nostalgia
lacerante.
Es simplemente nuestra hambre de Dios.
Sentimos hambre de Ti, Señor. El corazón
gira ciego y enloquecido buscando su centro.
Quizá ignora dónde está: pero va disparado
hacia Ti.
¿Cómo poseerte?, ¿cómo abrazarte? ¿Por la
inteligencia? ¿Por la purificación? ¿Por la
súplica? ¿Por el insulto?
He ahí a tu Madre. Esas paces sólo Ella
las puede y las sabe hacer.

El impío.
Este hombrecillo se quiere persuadir a sí
mismo de que Tú no existes, o de que si existes
él no cree en Ti, o no se fía de Ti, o no necesita
de Ti»
¿Rebeldía? Sí. Pero una rebeldía amarga que
tiene una raíz muy dulce: el deseo exasperado
de Ti.
262 DIÁLOGOS CON CRISTO

Despechado y molesto de su misma infide­


lidad, alardea de ella y la extrema.
¿Por qué? Porque está cierto de la bondad
de su Padre Dios.
¿No sucede esto mismo cada día en la fa­
milia humana, con los hijos consentidos y
mimados en exceso?
La misma extremosidad del insulto, de las
protestas, de las amenazas filiales, está reve­
lando la seguridad en el amor paterno.
¿Haría o diría cosas semejantes con un
extraño?
El exceso de confianza lleva al exceso de
insolencia.
¿Y quién ignora que la reconciliación de
estos pequeños rebeldes, de estos minúsculos
blasfemos, pertenecen al fuego y al arte ma­
terno?
He ahí a tu Madre. Las conversiones de in­
crédulos no son siempre efectos de libros, es­
tudios o discusiones. No. Porque con frecuencia
no es la cabeza la que blasfema, sino el corazón.
¿Y qué es lo que amansa a la fierecilla del
corazón, sino la suavidad de la presencia, del
acento y de las lágrimas maternales?
Esto es evidente. La Virgen. Sólo Ella es
quien cambia en luz de alegría la negrura
rabiosa de los impíos.
CA U SA DE N U E S T R A ALE G R ÍA 263

Ei pecador.

Este otro es el pecador vulgar. Es la víctima


de sus flaquezas morales.
Cree, sí, pero no obedece.
Lo sabe todo, pero no cumple con nada.
Y esa conciencia de su perversidad le rasga,
como a un Caín, los velos más íntimos del alma.
Si lá conciencia, esa insobornable consejera,
se callara o se durmiera, ¡ah!, entonces sí que
sería feliz en sus delicias.
Cien veces intentó seducirla, engañarla. Todo
fue inútil. Más veces aún la dejó gritando ver­
dades para aturdirse en el estruendo de las
carcajadas profanas.
Pero cuando el santo silencio le invade, ¡qué
soledad!, ¡qué ola de llanto!, ¡qué desazón!,
¡qué nostalgia de Dios!
He aquí también la tristeza infinita de no
ser fiel.
¿Levantarse? ¿Ir al Padre? ¿Quién se atreve?
¿Cómo hacerlo? ¿Por qué tan pronto? ¿Me
enmendaré después?
No. No. Tiene que ser la Madre.
Ella es la que no espera al Hijo viéndole
desde el torreón de la eternidad venir arrastrán­
dose por los lodos humanos.
Ella es la que baja y busca, y convence, y
264 DIÁLOGOS CON CHISTO

facilita la entrevista, y empuja al abrazo de la


reconciliación.
¿Virgen inefable e inagotable en tus amoro­
sos artificios!
¡Divina causa de nuestra alegría de recon­
ciliados!

El santo fracasado.

Tampoco el ser privilegiado que aspira a la


santidad se ve libre de ofuscaciones, caídas y
desalientos.
¿No es a él a quien martiriza más que a
ningún otro la ausencia, la lejanía de Dios?
También, sí, también en el centro vivo de
su ser puso su nido el fracaso: el fracaso en la
santidad.
¡Qué amargura! De su vida, de su vocación,
de su heroísmo, no quedan más que tristes re­
cuerdos.
El fracaso le va royendo como un cáncer.
Llora este profeta sin luz sobre las ruinas
de su vida, que quiso ser perfecta.
El cansancio, el escándalo y la rutina han
convertido en montón inútil sus planes de
ascetismo.
Piensa: fueron humo todos mis esfuerzos de
austeridad, de unión, de celo y de observancia.
CA.USA DE N U ESTR A A L E G R ÍA 265

¿Existe algo más desolado y más desolador


que un santo fracasado?
Empezó a edificar y no pudo terminar.
Helo ahí llorando sobre los surcos de su sem­
bradura, que empezaron rectos y han termi­
nado torcidos e infecundos.
Hasta la esperanza voló de su lado.
¿Cómo empezar de nuevo? ¿Por dónde? ¿Qué
hacer? ¿Y mis ilusiones? ¿Y mis promesas?
¿Y mi vocación?
He ahí a tu Madre. Solamente una Madre
sigue siempre fiel junto al hijo vencido.
Sólo Ella lo comprende todo y casi lo jus­
tifica todo.
Sólo a Ella se le cuenta todo.
Y sólo de Ella se espera todo.
Porque sólo Ella puede solucionarlo todo.
¡Qué misterio! ¿Por qué en la sencilla dedi­
cación a la dulce Virgen concentraste, Señor,
las más eficaces esencias de la santidad? Con
el tierno amor a Ella lo recuperamos todo.
¿Se deshicieron aquellos cuadros de virtudes
ascéticas, de ejercicios vigorosos, de medita­
ciones sabias?
Basta con que le reces a Ella con dulce hu­
mildad.
La honda devoción filial suple por todo y
lo compensa todo.
26o DIÁLOGOS CON CRISTO

Ni San Juan Bosco, ni Gabriel de la Dolo-


rosa, ni Domingo Savio, ni Bernardita, ni
Antonio Clare t, ni Catalina Labouré, supieron
ni quisieron saber más que amar y rezar dul­
cemente a la Madre compasiva.
Quizá sea tarde para desarrollar de nuevo
el programa de tus años fervientes. ¿Pero no
te será posible desgranar las rosas de tu rosario?
¿No la puedes querer llorando como el niño
que se perdió y ha sido recuperado?
«Tú sabras mucha Teología— decía mamá
Margarita a su hijo Juan Bosco— ; pero tu
Madre sabe que todos tenemos que rezar y
que basta con rezar.»
Y poco antes de morir, confesaba cándida­
mente Santa Bernardita: «Lo cierto es que yo
jamás he podido aprender a meditar».
Y he aquí cómo la alegría virginal rasga,
como un dardo de luz triunfante, los lienzos
negros de la noche oscura de tantas almas
buenas y desalentadas.
jOh Vida! No eres Tú, Virgen, la vida esen­
cial y divina: no.
Pero nos la traes siempre en tu seno, en
tus labios, en tus manos, en tus ojos, para
los muertos a la fe, a la gracia o al amor.
¡Oh cercana, oh amorosa Vida!
CAUSA DE N U E ST R A ALEG RÍA 267

Dulzura.

La segunda fuente de amargura humana


brota del corazón.
Consiste en la ausencia de amor o en la
incapacidad de amar.
Trágica soledad. En ella se devoran muchos
a sí mismos. Es la falta de ternura, la ausencia
de los afectos, la indiferencia ante todo, la
inercia para reaccionar ante lo ingenuo, lo
tierno, lo puro o lo lastimoso.
¿No es ésta la tara sicológica más actual y
más lamentable? La falta de emotividad. \
¿Le echaremos la culpa irracionalmente o
ladinamente a la vida?
¿Pero la vida, qué es? ¿No somos la vida
nosotros mismos? Siendo en realidad prota­
gonistas, preferimos llamarnos espectadores.
Nos gusta considerarnos víctimas y somos
de hecho verdugos. Todos de todos.
Nuestras lamentaciones no tienen término
ni medida: el mundo es cruel, la vida es hostil,
la gente es egoísta, los hombres son fieras.
¿No es ésta la letanía de los cobardes?
Sí; hemos sido cobardes y lo seguimos siendo
y en ese grado mismo somos infelices.
Nos ha faltado valor para superar con gene­
rosidad las cicaterías ajenas, y con nobleza las
268 DIÁLOGOS CON CRISTO

ruindades de machos, y con rectitud los en­


redos de otros.
Hemos descendido al mismo plano y nos
hemos puesto a boxear con las mismas artes
sucias, y a negociar con los mismos fraudes
vergonzosos, y a convivir con las mismas ma­
lignas cautelas.
Y en el pecado llevamos la penitencia.
¿Porque cuál otro podría y debía ser el re­
sultado?
La misma falta de confianza mutua, la
creciente distancia de los espíritus y la conge­
lación del corazón.
¿A quién entregarlo? ¿Quién me ofrecerá el
suyo?
Cercado está el mío con la argolla de hierro
del miedo a la generosidad. ¿Cómo exigírsela
a otros?
Mi propio egoísmo me hace sangrar hacia
dentro.
¡Soledad de soledades! Yo soy para mí mi
propio calabozo, en cuya estrechez agonizo.
¿A qué quejarme de nadie?
Veo con evidencia el remedio. Lanzarme a
todos los senderos y a todas las encrucijadas
repletas de hermanos míos, hambrientos de
amor como yo, y darles mi ser hecho pan de
ternura.
CAUSA DE N U ESTR A ALE G R ÍA 269

¡Darme gratuitamente y a todos, siempre!


Juan de la Cruz, que lo hizo así, me aconseja
heroicamente: «Donde no hay amor, ponga
amor y recogerá amor».
¿Será esto cierto? ¿Recogeré amor?
Sí, sí. Seré amado por alguien alguna vez;
seré amado por alguien que tenga, como yo,
cegado, pero no seco, el manantial de la bondad.
Por eso, antes de este arranque supremo,
antes de esa aventura noble, que se dice mejor
que se cumple, es preciso dilatar, suavizar y
amansar mi propio corazón.
Si no me siento amado primero, ¿me atre­
veré a amar con el temor a otro fracaso mayor
y a otra desilusión más negra?
Porque puedo lograr un humilde cariño dando
el mío. Pero también es posible que nadie me
corresponda o me traicione después, consu­
mando la tragedia de mi vida.
He ahí a tu Madre: he aquí a mi Madre.
Por serlo y por ser ésta la más perfecta de
todas, quedará en el fondo de mi ser como dulce
reserva de miel para después de todos los fra­
casos y todos los vencimientos.
Ella, que es solo amor, es la que me puede
alzar a la entrega desinteresada de mí mismo
a todos los que son hijos suyos y hermanos
míos.
Porque la mujer irradia calma consoladora
aun sin sentir.
Ella misma es una dulzura sedante.
Sólo la mujer, sin esfuerzo y sin alarde,
llena con una sonrisa y con una palabra los
vacíos más angustiosos y diluye las soledades
más agudas.
Sólo Ella tiene el poder mágico de ahogar
los rugidos de las peores fieras humanas con
la tranquilidad clara de sus ojos o con la
unción de su llanto.
Por eso, he ahí a tu Madre. He aquí a mi
Madre.
Sólo Ella, que es mujer, y es Virgen, y es
Madre, y es Dolorosa, y es Reina, se puede fil­
trar por las hendiduras de lo más duro y ce­
rrado.
Sólo Ella, que es aroma de la paz del Paraíso,
penetra sin ruido por los resquicios de lo más
impenetrable.
Sólo Ella tiene el don de imponer su cetro
de suavidades en el mundo del dolor y de los
afectos enconados.
Por eso, yo te bendigo, Padre celestial, por­
que en esta Virgen Madre que llora por todos
has acumulado la solución de todas las angus­
tias humanas.
CA U SA D E N U E ST R A ALEG RÍA 271

Yo sé que recé en mi agonía,


Virgen de la Soledad,
Y te vi a la vera mía.
Para mi angustia, y para cualquier otra
peor o diferente de la mía, para mi abandono
o para otros más negros o más incomprensi­
bles, tienes Tú, joh única!, la compañía más
eficaz.
Soledad llevas por nombre,
Y eres la mejor «compaña»
De las penas de los hombres.
Porque mi Dios se complació en concentrar
en Ti todo lo que nos falta de vida, de dulzura
y de esperanza.
jOh Tú, inagotable, asequible, cercana, uni­
versal Dulzura!

Esperanza nuestra.

Nuestra tercera fuente de horrares es la


ausencia de soluciones eficaces.
De los problemas actuales, ¿quién no habla?
Abundan los análisis: análisis agudos, des­
piadados y a veces acertados de la situación
social, de la situación política, de la situación
familiar, de la propia situación moral y si­
cológica.
272 DIALOGOS CON CRISTO

¿Es que no pecamos todos de un criticismo


excesivo?
¿Es que no coincidimos todos en no hallar
los remedios apropiados y viables?
Arbitristas de lo imposible, caemos unos
tras otros, con las alas cortadas, en los brazos
de la más desolada desesperanza.
La desesperación total sería el suicidio o la
locura.
La desesperanza no es más que la amargura
y el desánimo.
* ¿Qué otra, sino ésa, es la raíz del existencia-
lismo, filosofía del abandono y del despecho?
Empinados de puntillas sobre las rocas de
estos días agudos, atisbamos los horizontes y
buscamos los caminos hacia un destino cierto
v sereno.
Y sólo hallamos tinieblas en el fondo y
barro lábil bajo los pies.
¿Adonde ir? ¿Por dónde ir?
¿Será, Señor, que quieres humillar la sober­
bia de nuestra inteligencia, colmándola hasta
los bordes de incógnitas y de interrogaciones
vitales?
Nos niegas la potencia y el gozo de hallar
una respuesta aquietadora.
Nada más humillante. Pero nada más ne­
cesario.
CAU SA D E N U E ST R A A L E G R ÍA 273

Quieres que la fe sustituya a nuestras dé­


biles filosofías.
Quieres que el abandono en tu amor llene
nuestros fracasos. Dejas que todo se nos hunda
en tomo, para que por fuerza nos abracemos
a Ti.
Y para que este recurso único sea más de­
purado, no quieres ser Tú mismo directamente
el arca en nuestro diluvio y la tabla en nuestro
naufragio.
He ahí a tu Madre: aquí tenemos a nuestra
Madre.
También ha de ser Ella la esperanza y la
solución de la maraña mundial.
¿Si no, por qué esas apariciones blancas y
mate males de la Virgen dulcísima?
¿Por qué esas peregrinaciones de la Señora
por todos los Continentes y todas las razas,
en que todo lo arrastra tras de Sí?
Igual que las palomas, la siguen los mahome­
tanos, los hindúes y los negros de la selva.
¿No será que en el fondo de todo ser humano
palpita un instinto filial hacia Ella, dormido
durante siglos, y que en los instantes de altas
crisis se despierta diciendo: Madre?
La paz de Dios. Si ha de ser la paz el fin de
esta gigantesca cadena de tormentas bélicas,
parece lógico que sea la Madre común quien
18
274 DIÁLOGOS COK CRISTO

reúna en torno a Sí a los hermanos dispersos


o encontrados.
¿Y eso, cuándo? ¿Y eso, cómo? Es más
dulce y más seguro cerrar los ojos y rezar:
;0 h Vida! ¡Oh dulzura! ¡Oh Esperanza nuestra!

Salve.
t *

Si, como ha dicho el Sumo Pontífice, esta­


mos viviendo «la hora de la Virgen»; si éste
es su momento maternal, ¿cómo pensar, ni
querer, ni esperar cosa alguna fuera de Ella?
;Cómo no concentrar en Ella toda nuestra fe,7
V.

nuestra esperanza y nuestro amor?


¿No es Ella la causa actual de nuestra alegría?
¿Cuál es el instante supremo de la madre?
Cuando empieza a serlo y cuando deja de serlo:
al nacer el hijo y cuando se le va a morir.
En estos dos momentos es cuando la Madre
revela todos los inéditos secretos, todos los
misteriosos recursos de la Maternidad.
Si es cierto que la Humanidad se debate en
horas de agonía, también lo será que la divina
Madre está a su lado.
¡Qué cierto, qué cierto es ésto!
Estás a nuestro lado. Al lado de todos y
cada uno.
CA U SA D E N U E ST R A ALE G R ÍA 275

Lo sabemos, lo sentimos, lo gozamos.


Tú lo vas llenando todo del oro y rosa, de
la esperanza más risueña y de la más profunda
alegría.
¿No tenemos razón para llamarte con todos
los nombres más actuales de los sitios donde
te encontramos y te vemos? No suprimimos
las antiguas letanías mediovales. Pero tenemos
derecho a llamarte también Nuestra Señora
del Suburbio.
Y de la chabola de latas.
Y del sótano sin luz.
Y de la portería sin sol.
Y de la buhardilla, y del desmonte, y de la
cueva.
Lo serás, porque en todos estos rincones de
mugre y de dolor vives Tú dulce y presente,
hecha maternidad, esperanza y ternura.
Madre universal, como eres, no te puedes
admirar de que te llamemos con palabras de
miel: Nuestra Señora del jornal insuficiente.
Y de la niña tísica.
Y de la esposa abandonada.
Y de la ancianita recogida.
Y de los niños sin padres.
Y de los que, sin ser huérfanos, no tienen pa­
dre o no tienen madre.
Y de los que no pueden ir a la escuela.
27 6 DIALOGOS CON CHISTO

Y de los que perdieron la inocencia por


culpa de otros peores.
Fundida Tú, como la luz, a nuestra realidad
hosca y amarga; cruzando las sendas más os­
curas y los tugurios de los cuerpos y de los
espíritus, ¿cómo no vas a aceptar sonriente
los títulos de tu nueva realeza?
Sí. Tú serás para muchos la Reina del in­
vierno sin ropa.
Y de la cuesta de enero.
Y de la medicina cara.
Y del tónico imposible.
Y de la enfermedad incurable.
Lo serás, lo serás, joh blanca Reinal Serás
la Reina de los mineros y de los traperos.
De los betuneros y de los deshollinadores.
De las chicas de servicio.
Y de las que no hallan dónde servir.
Así, Señora, así será como irás dilatando tu
imperio, que es el de Dios; porque tuyo será
todo aquello adonde llegue tu presencia, tu
mirada o tu recuerdo.
¿No ves cómo las fronteras de los espíritus
van cayendo delante de tu paso?
¿No gozas de las oraciones nuevas de los
que no sabían rezar?
¿No ves temblar de ternura los labios que­
mados de viejas blasfemias?
CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA 277

¿No ves ráfagas de cariño en los ojos que


te acaban de descubrir?
Tú, que no eres Dios, vas llenando este
mundo de Dios. Para que logre ser voluntaria­
mente de Dios. Porque todos te vemos por fin
sonreír como una aurora nueva y eterna, y
sentimos que se va cumpliendo tu vocación de
Madre universal,
jOh clemente!
jOh piadosa!
jOh dulce Virgen María!
Amén.
EL SEGUNDO AMOR

¿M e amas tú más qtie éstos? (Juan,


21, 15).

En esta tarde dolorida, vov con el alma


azorada camino del infinito. Y dentro de mí
mismo surge como una llama súbita esta
pregunta: ¿Y para qué vives tú? ¿Tienes un
amor que lo jutifique? ¿Y ese amor, es el de
Cristo? ¿Eres suyo en tus actos todos, o llenas
tus horas de fórmulas vanas?
No lo puedes negar. Tu amor primero no
existe: has perdido la primera caridad. Sufres,
luchas, piensas, cumples tus deberes. Pero ¿y la
pasión, la divina pasión que sublima todas las
vulgaridades?
Cierto es que sin Cristo no podrías vivir;
pero también es cierto que pesados copos de
ceniza tibia cubren y ahogan tu pasión juvenil.
La necesidad de amar.
Y esto, Señor, que yo siento hacia Ti, en este
atardecer de mi vida, ¿será auténtico amor?
E L SE G U N D O AMOR 279

Las personas y las cosas, como ya no me


necesitan, no me buscan, ni me adulan, ni me
tientan, ni casi me engañan. Surgen en mí la
soledad y el vacío. Si es el momento en que
más te necesito, ¿por qué no ha de ser el del
mejor amor?
Temo con terror una sola cosa: temo vivir
para mí solo; temo el egoísmo senil. Temo que
de las raíces amargas de los fracasos y de los
desengaños brote la flor triste de la ironía y
de la desconfianza. Temo la concentración en
mí mismo, que equivaldría a mi propia con­
sunción.
Por eso, mi bueno y eterno Amigo, dime:
¿Estamos tan tejos Tú y yo como teme mi
corazón? ¿Podrán aún dilatar mi pecho las
amplias oleadas de aquella joven pasión por Ti,
que era bella, fuerte, azul, amplia y soñadora
como un mar?
Yo recuerdo a Agustín, víctima noble de
tantos amores ruines, que proclama con brío,
casi con ira, la necesidad de amar. «¿Acaso se
os ha dicho que no améis? El que no ama es
perezoso, muerto, detestable, miserable». Esa
pereza, esa muerte, esa odiosidad v esa miseria
es lo que yo temo con pavor.
Yo siento que el corazón, aun el viejo y
fracasado, debe ser siempre una lámpara en­
280 DIALOGOS CON CHISTO

cendida en óleos puros. Porque su luz es una


ilusión necesaria para la vida, y una fuerza
para sus embates, y un calor que nos acoge y
nos compensa de sus derrotas. ¿Qué nos im­
porta un vencimiento de fuera, cuando dentro
fulgura triunfante un amor?
¡Cuántos hemos visto endurecidos por los
años y entenebrecidos por la desilusión! Muer­
tos a todo afecto alto, se desprenden de todo y
de todos para encerrarse en la cárcel de hielo
del propio egoísmo. Del jugo de aquellas pri­
meras rosas de fuego se nutre ahora el amor
propio, como un cardo reseco y morado al que
no se acerca nadie y al que nadie puede acer­
carse sino a costa de agrias punzadas que
hacen sangre.
Diligite, ergo!, me grita exaltado San Agustín.
Ama, pues. Y luego me advierte con cautela:
Sed quid ametis videte: «Pero escoge sabiamente
el objeto de tu amor».
¿Pero es que ese objeto puede para mí ser
otro que Tú mismo, Señor?
Javier, otro huracán de llamas, me habla
desde sus Indias de «un amor desengañado».
Defraudado por tan ruines pagas, besado por
tantos Judas, ¿con qué otro amor puedo yo
quererte, sino con amor de desengaños? Lancé
mis latidos al viento y los sembré en los surcos
EL SEG U N D O AMOR 281

móviles del mar; sólo para Ti fui escogido,


único amigo que no me has defraudado jamás.
«Perderás— me dice el Kempis— cuanto pon­
gas en los hombres, fuera de Jesús». ¿Por qué
te apoyas en esas cañas huecas y te extasías
ante la flor del heno?
El Doctor iluminado sorprendió, en un rom­
piente de gloria, este diálogo inmortal: «El
Amigo le dijo al Amado: Dime, loco de amor,
si yo te desamase, ¿qué harías? Y él le res­
pondió y le dijo: Yo te amaría siempre; te ama­
ría aunque sólo fuera para no morir. Porque el
no amar es muerte, y el amar es vida».
Por temor a esa muerte te busco yo, Señor,
antes que la carnal haga mi cuerpo cenizas.
Repositá est haec spes mea in sinu meo: «La flor
de esta esperanza amorosa perfuma mi interior».
Y hay otro amigo dulce que la alienta.
Compañero de todos mis pasos, aun los desca­
minados; confidente de todos mis secretos,
tanto de los más tristes como de los más glo­
riosos, es el dolor.
Paje y emisario tuyo, no me traicionó jamás;
quizás porque en esta su fidelidad conmigo
cumplía un encargo tuyo: el de impedir que
me esclavizara la frivolidad, diosa loca del
mundo. Cuando alguna ventana de ilusión me
ofrecía su horizonte dorado, él, fiel a Ti y a mí.
DIALOGOS CON CRISTO

me la cerraba de golpe, como una racha de


eternidad, jCuántas veces limpió con lágrimas
las visiones profanas de mis ojos ilusionados!

El segundo «si».

Por eso creo en tu amor para conmigo y


espero tu paso por mi senda. Y esta infinita
tortura de mi alma, ¿no será el aire que Tú
mueves al cruzar? Perdido por estos caminos
de polvo y bajo estos cielos agonizantes, ¿esta­
ré yo absolutamente solo? ¿No serás Tú el
compañero de estas mis andanzas misteriosas?
Este viento largo de la tarde, que suaviza los
campos llanos con su mano traslúcida, ¿no será
un soplo de tu boca que se lleva mis cenizas
de años y deja al descubierto el ascua del an­
tiguo amor?
Ese silbo tan suave por las lomas, ¿no serán
palabras tuyas?: Diligis me?: «¿Me quieres
aún?» Diligis me plus his?: «¿Me quieres más
que todos y más que a todos?»
Señor, todas mis inquietudes espirituales se
levantan en un revuelo de oro. ¿No será la
resurrección del amor? Sí. Ta ntas lágrimas mías
sobre el fracaso y muerte de mi santidad, te han
arrancado la palabra viva y santificadora:
KL SEGUNDO AMOK 283

«Levántate y anda». Es la rehabilitación de mi


vida. Es el nacimiento de segundo amor.
Pero ¿cómo decirte que sí? ¿Podremos Tú
y yo creer otra vez en mi palabra?
¿No será preciso antes un ennoblecimiento
de mi ser, un noviciado de pruebas, un examen
de mi capacidad?
Esta claridad de que, me invades me permite
analizar tu acercamiento. Tampoco a Pablo
viniste de golpe. Como él, he presentido tu
llegada. No ha sido una sorpresa violenta ni
Tú esclavizas por la fuerza.
¡Cuántos años llevo dando coces al aire,
para sacudir la espuela con que me venías
domando, jinete celestial!
Ha sido una doma sabia y lenta, antes del
vigoroso revolcón.
Lebrel del cielo, has perseguido largamente a
la liebre fugitiva, cobarde y a la par traidora,
que era mi voluntad. Cortabas todos sus quie­
bros y levantabas todas sus madrigueras.
Como al desgarrador poeta inglés Francis
Thomson:
Tú, con caza sosegada
y paso imperturbable,
prisa pensada,
majestuosa urgencia,
me seguías detrás;
2S 4 DIÁLOGOS CON C RISTO

v tu v<*z por encima de tus pasos:


«Nada te ha de acoger,
pues no me acoges».
Y es hoy cuando Tú me has propuesto que
mi cobardía y mi temor se diluyan ante tu
rostro como una vedija de humo. Tu amor,
tan paciente, es tan urgente, que exige la reso­
lución y el si en que me juegue de una vez el
tiempo y la eternidad.
Bien, Señor. ¿Cómo te podré decir que no?
¿Cómo callarme ante tus ojos? Pero esperemos
un poco. Juntos los dos para jamás separarnos,
analicemos con paz este momento divino.
¿Es que hay delicia más sutil que la recupera­
ción de un amor? Los amores terrenos suelen
morir a traición; el nuestro no pudo morir así.
Entre criaturas es precisa la comprobación
evidente de la infidelidad, o de la indiferencia
fría o de la distancia buscada. Aun así, se re­
siste a morir el amor: su agonía es lenta.
Poco a poco, un velo fúnebre va invadiendo el
Universo; las ilusiones van cayendo como pá­
jaros asfixiados, la vida deja de tener objeto,
los ojos se cierran porque no hallan dónde
asirse, el corazón aprieta bien sus alas y el
abandono le arropa con su capa de hielo.
Bien puede volver el infiel, por curiosidad,
EL SEG U N D O AMOK 285

o por crueldad, o por cálculo, a tocar las fibras


yertas. Es inútil. El arpa está rota y ha volado
de ella la armonía.
«Hoy te tienta el recuerdo de la esperanza
[muerta.
Estaba en tu memoria como una flor marchita.
No llames a mi puerta.
Cuando el amor ha muerto, nadie le resucita.»
\
(Cristina de Arteaga.)
Pero no, Señor, no. No es éste nuestro caso.
Ni tu amor ni el mío murieron a traición. El
mío, porque Tú no se la hiciste; el tuyo, por­
que sufrió, con paciencia todas las mías. No
tomaste en serio aquellos juramentos de que no
te conocía, porque sabías bien que eran falsos.
Por eso, Tú, infinito perdonador, y yo, infi­
nitamente perdonado, ¡gocemos hoy de la
arrobadora dulzura de nuestro acercamiento!
¡La paz nueva de la definitiva reconciliación!
Porque es una vida virgen y un Universo recién
creado que sonríe infantilmente; es un mar
interior que se desborda en lágrimas, y son los
sueños que vuelven en círculos de mariposas
de oro. Son tus miradas sin sombras, y tus
preguntas sin recelo, y tus palabras sin recon­
venciones.
¿Me quieres para siempre? ¿Más que a nadie?
DIÁLOGOS CON CRISTO

;Y más que a ti mismo? Y es la respuesta


trémula y breve como un latido: ¡Sí!
Eficaz como una vuelta de llave: ¡Sí!
Insondable como una eternidad: ¡Sí!
Un joven novicio jesuíta definía así, al morir,
su vida de diecinueve años: «Toda mi vida no
ha sido más que un continuo y grande sí dado
a Dios».
Yo te diré: Lo peor de mi vida fue un no
dado a tu amor; lo que me queda de ella será
el humilde si de mi humildad, a tu misericordia.

Leyes del segundo amor.

«Tú, entonces, con mano muy mansa y


compasiva, dabas vueltas y componías mi
propio corazón». Así describe Agustín su vida
recuperada. Con esta audaz confianza pongo yo
también en tus manos mi segundo amor.
Tú sólo puedes y debes ponerle leyes nuevas
que impidan sus vuelos locos. Porque Tú y
yo sabemos bien que:

«Hay corazones que son


como veletas de torre:
que toman la dirección
de cualquier viento que corre.»
E L SEG U N D O AMOR 287

Pureza.

Sea, pues, la primera ley de mi amor: su


limpia pureza. Llama blanca sin humo, y sin
humos de hinchados egoísmos. ¿No fue ése el
pecado de tus primeros amigos? Tú les bus­
caste a ellos, pero ellos se buscaron a sí mismos.
Se soñaban en un reino de oro, sentados en los
más altos sitiales, bebiendo el cáliz de una
gloria terrena.
«¡Grande mal— clama San Juan de la Cruz—
es tener más ojo a los bienes de Dios que ai
mismo Dios! Los nuevos e imperfectos amado­
res son como el vino nuevo, que fácilmente se
malean hasta que cuecen las heces de las im­
perfecciones y gustos del sentido.»
¡Crea, pues, en mí, Señor, un corazón lim­
pio e infunde en mis entrañas un espíritu de
honrada lealtad! «¿Dónde iría otra vez mi cora­
zón huyendo de mi propio corazón?»
En esta noble desnudez del espíritu humi­
llado, ponía también Agustín su amor y su paz.
«Ubi autem chantas, ibi fax; etubi htqmUtas,
ibi chantas.»
Dureza.

Sea la segunda ley de mi amor, su dureza.


«Dime, amigo— preguntó el Amado— , ¿ten-
2S8 DIÁLOGOS CON CRISTO

drías paciencia si te doblase los dolores?»


Respondió el amigo: «Sí, con tal que me dobléis
los amores» (R. Lullio).
El dolor lo has creado Tú, Señor, no con ira,
sino con prudente benignidad. Es castigo de
las culpas, consejero de la conciencia, preser­
vativo de las caídas, sal en las llagas, consuelo
en las soledades, freno en las victorias, confi­
dente del alma, lazarillo de las cegueras, com­
pañero de todos los caminos, caricia del divino
Amigo, nobleza de los afectos, divinizador de
la vida, corona de Cristo, llaga abierta de su
corazón.
Una noche de amor dijiste a tus amigos:
Satanás ha reclamado cribaros como al trigo.
¡Trágica y amante permisión! Los pobres granos
de tu trigo gritaban enloquecidos en el horrible
zarandeo, como si el mundo se acabase y como
si Tú no los mirases. Creían que los golpes de
furor de la diabólica mano eran más fuertes
que tu poder. Perdieron el amor y la confianza;
Tú habías conseguido que no perdieran la fe.
Pero no quisiste evitar la prueba, para que la
verdad que Tú veías en ellos la comprobaran
ellos mismos, y naciera en su pecho la dulce
humildad.
Añadiste, oh divina cepa embriagadora, que
tus sarmientos éramos todos los tuyos, pero
E L SEG U N D O AMOR 2$9

que tu Padre tenía siempre en la mano sabia


las tijeras de podar.
¿No escuchas nuestros alaridos de dolor ante
tantas sangrantes mutilaciones? ¿No te enter­
nece el ánimo ese inmenso montón de pám­
panos y hojas cuyo destino es el fuego sin
término?
¡Oh, sí! Pero tus ojos se van ilusionados a los
dulces joyeles de racimos futuros, que no bro­
tarían sin aquella limpia exigente: Ut fructum
plus ajferant! Más te interesó el llanto de Pedro
que sus vehementes baladronadas. Y el grave
temor ta la tijera intransigente produce, des­
pués, el mosto dulcísimo del amor que em­
briaga en Ti.
Unum de duobus palmiti congruit: aut vitis
aut ignis— decía San Agustín— : «Sarmiento de
Cristo, me veo obligado a escoger entre mi
cepa o el fuego».

Largueza.

Será mi tercera ley la largueza: la entrega


sin restricciones a tus corderos y ovejas. ¿No
fue ésta la prueba que exigiste a Pedro de su
amor resucitado? Te amo. Pues apacienta mis
corderos. Saliste por tu humillación del egoísmo
carnal. Del espiritual has de salir por el celo.
19
290 DIALOGOS CON CRISTO

— Señor, que mi amor es tierno aún y ne­


cesita la cercanía, la intimidad, la confiden­
cia.
— La tendremos en la oración, no como la
antigua en que no podías velar conmigo una
hora. Yo seré el refugio de tus cansancios y el
vigor para tus trabajos. Pero en ellos no has
de estar lejos de Mí. Si te das por amor mío
a las exigencias de tantos, me encontrarás en
todos ellos, y hallarás dentro de ti la compren­
sión y la paciencia, la magnanimidad y el
perdón. No todo es malo en los malos. Si todos
llevan en los labios el beso de Judas, todos lle­
van en el corazón los aromas de María Magda­
lena. Sin transigir con el mal, abraza a mi ene­
migo, para despertar con el contacto de tu
pecho lo puro y lo noble que todos llevan
dentro.
Hasta ahora tú distinguías a los tuyos de los
que no lo eran. Desde hoy no hay ninguno
entre los hombres que no te pertenezca: los de
blanco vellón nevado no tienen más derecho
que los negros a tu vigilancia y sacrificio.
— Bien, Señor. Pero ¿y Juan? ¿Y mis alle­
gados, mis cercanos, los que me comprenden,
y me quieren, y me esfuerzan, y me defienden,
y me consuelan? ¿Los amigos, necesidad de mi
vida y mitad de mi alma?
EL SEG U N D O AMOK 291

— Quid ad te? Tu me sequere: «¿No te basto


Yo solo? Tú, sígueme»,
— Señor, Señor, prolonga este momento de
fuego por toda mi pobre vida.
Bien estamos aquí. En esta tarde solitaria,
por estos campos extasiados, junto a estas
lomas de humilde paz, frente a estos incendios
purpúreos que llenan los cielos lejanos como una
explosión de infinitas auroras. ¡Bien estamos
aquí! ¿No ha sido este momento para mí un
secreto Tabor donde me has dejado transpa­
rente el cielo sin límites de tu Corazón? Sí.
Yo sé que tu Corazón es el centro de estos
cielos transparentes y sublimes, como es el
centro de todos los mundos creados. El uni­
verso de los espíritus que esperan aún como
el mío, gira en torno de tu amor. Y el de los
que ya le gozan, forman los pétalos temblorosos
de aquella infinita rosa blanca que ocupa el
Paraíso de Dios. El centro de ellas es también
tu Corazón.
¿Cómo ver nada en adelante, sino a esa roja
luz reveladora? ¿Qué se puede comprender
sin ella?
¿Cómo no fundir en ella todos mis deseos,
todas mis palabras, todas mis lágrimas y todos
mis latidos?
Nos autem sensum Christi habemus: «He
29 2 DIÁLOGOS CON CHISTO

descubierto en tu Corazón tocios tus secretos,


oh Cristo».
Por eso yo tomaré para mi vida el consejo
de tu amigo Agustín:
Pervola ad manus.
Pervola ad pedes.
Invola lateri.

Mis trabajos serán un revuelo en tomo a tus


manos rotas en la Cruz.
Mis oraciones serán un enjambre de abejas
en las llagas de tus pies.
Pero el nido de mi alma y de mi paz será la
Rosa viva y siempre abierta de tu mismo
Corazón. Amén.
XX

LOS TEMORES DEL AMOR

Señor, Tú sabes que te amo (Juan,


21. 15).

A poco que este pájaro aturdido del cora­


zón humano se reposa en tus manos, Señor,
le invade un seguro sosiego y esta clara evi­
dencia: Oh Cristo, Tú eres la única paz, la
única sonrisa buena^ el único horizonte claro,
el único centro de todas las cosas, el alfa y el
omega, el principio y el fin.
Es decir: que el Cristocentrismo de Juan y
de Pablo, de Francisco de Asís y de íñigo de
Loyola no es más que un problema de atención:
es un caer en la cuenta, es el simple descubri­
miento de una verdad que Pablo resumió así:
omnia in Ipso constant: cuanto existe tiene
su fundamento en Cristo.
Ni es esta revelación privilegio de algunos
espíritus gigantes. Cualquiera que clave obs­
tinadamente sus ojos en los tuyos, sentirá que
H)4 1MALOGOS CON C R ISTO

todo se centra en Ti. Todos los demás seres


se le irán perdiendo de vista, disminuyendo has­
ta fundirse en la sombra y en la nada, mientras
Tú, Señor, vas creciendo y llenándolo todo sin
limitación alguna.
También fue Pablo el que acertó a definir
esta típica infinitud: omnia et in ómnibus
Christus. En Ti está todo y en todas las cosas
te encuentras Tú.
Entonces es cuando el avecilla roja del
corazón agita sus alas de fuego al sentir que
le nace dentro una cosa nueva y divina: el
apasionamiento por Ti. En los ámbitos infi­
nitos de tu ser, de tu belleza, de tu fuerza, de
tu sencillez y de tu gracia, se siente a sí mismo
perdido como un átomo incandescente, cómo
un ser nuevo o recién resucitado.
Y querrá definirse a sí mismo como el le-
guito benedictino que presentó ante los demás
mendigos al peregrino de Manresa: «Aqueste
es un loco por Nuestro Señor Jesucristo».
Porque, como él, empieza a ver el mundo cam­
biado o cambiado su propio entendimiento. Por­
que con embelesante sorpresa descubre en
todas las cosas su relación contigo in ómnibus
Christus.
LOS TEM O RES D EL AMOR 295

Modos de amar.

«fe*
Ése es el momento inefable en que nace un
nuevo y definitivo amor. Nuevo, porque no
se puede confundir con los demás amores hu­
manos. Y nuevo, porque cada enamorado tuyo
tiene un modo distinto de amarte.
El amor de Juan era contemplativo; el
águila en llamas que cruzaba los espacios del
Apocalipsis bebía serenamente en Ti con su
mirada los secretos del Hijo de Dios y los
destinos del Hijo del Hombre.
Pedro, el impulsivo, te amaba con la volun­
tad, ese peligroso y sublime instrumento de
todo amor.
Santiago, realista y sencillo, te amaba con
obras: su fórmula era una palabra humilde y
eficaz: servir.
Y en estos tus primeros amigos buscarán
su modelo los que vendrán después. Diversos
y aun opuestos en lo accidental, los santos
cristocéntricos coincidirán en este hecho: para
ellos todo lo que eres Tú. Lo demás les llamará
la atención por la relación que tenga contigo.
Y como no hay nada independiente de Ti, toda
la universalidad de las criaturas les repetirá
con diverso tono y distinto acento, el único
nombre idolatrado: Jesucristo. El timbre y la
DIALOGOS CON CRISTO

vibración de esas voces es distinta, como lo es


el mensaje que cada una tiene que transmitir
a la creación. Pero sólo estos amigos tuyos
tienen el don de captar esa polifonía sublime
que es el eco y resonancia de la que llena el
Paraíso.
El mortal que comprende esas voces vive
en el éxtasis riente de Francisco de Asís o en
la alegría triunfal y acometedora de Teresa de
Jesús o en la energía enternecida de Francisco
Javier. Y ya toda su actividad se reducirá a
mezclar sin desentonar su acento personal con
las notas de ese himno universal a tu amor,
Señor.
Y captado ese secreto, tiene en él la clave
de todas las cosas: la llave de su vida interior,
mar de pureza que sólo agita el amor; la llave
de tus tesoros inacabables: investigábales divi-
tias Christi; la llave de tus efectos y preferen­
cias; y la llave de esa vida potente que consiste
en conocerte con profundidad, en amarte con
firmeza y en imitarte con fidelidad.
¡Pero esta vida supone tantas muertes!...
Tú proclamaste que no era digno de Ti el
que no te prefiriera a sus padres y a sus hijos
y a su misma vida. Es la llama blanca, limpia,
sin humo, sin ruido y sin olor en que se debe
quemar el corazón como un incienso digno.
LOS TEM ORES D E L AMOR 297

Y éste es el problema. ¿Cómo amarte así?


Apasionarse por Ti no es difícil. Basta con­
templarte con calma y honradez. Nuestro sen­
timiento de criaturas y de redimidos al punto
descubre en tu figura la irradiación de tu poder
infinito y de tu generosidad sin reservas.
Cada palabra del Evangelio nos esclaviza y
arrastra.
¿Pero quererte del todo? Ese es el heroísmo
de los pocos; de los pocos escogidos para lo
mejor.
Porque unos te quieren con cierta pasión
fría que nace del estudio y la convicción: pero
es un amor tan cerebral, que deja dormir el
corazón y volar la voluntad por los rosales
del mundo.
Otros te aman casi sólo con la sensibilidad:
el encanto fascinador, las sutiles armonías de
tu carácter, el idilio de tus pasos por la tierra
los enternece y embelesa, pero no los impulsa
al sacrificio y al olvido de sí; no les pone la
santa Cruz sobre los hombros y sobre el corazón.
¡Tampoco éstos son del todo dignos de Ti!
Y hay muchos que te quieren estéticamente;
el arte buscó siempre tu rostro, tu mirada,
tu sonrisa. Fray Angélico, Vinci, Sodoma, El
Greco, Velázquez, Miguel Angel, Montañés, te
han robado algún rasgo, un fulgor fugitivo. Y
298 DIÁLOGOS CON CRISTO

es sabroso reposar en esos atisbos y soñar,


como Juan de la Cruz, «con sola tu figura».
Pero eso no es casi nada. Tú que borraste
con sangre tu belleza y escondiste tu divinidad
detrás de los látigos y los salivazos, exiges
que se te sepa encontrar a través de la humi­
llación y de la muerte. ¡No, tampoco éstos son
dignos de Ti!
Homines sunt vokintates. Quieres todo el
querer del hombre. Quieres que se te quiera
«con todo el corazón, con toda el alma, con toda
la mente y con todas las fuerzas». Tienes
derecho al todo de todas nuestras facultades.
Tú que nos las diste todas y te entregaste
del todo.
Y aquí grita desalentado nuestro egoísmo:
¿pero es esto posible? El coro flameante de
los Santos cristocéntricos responde que sí.
Pablo te amó en la contemplación como
Juan; en la pasión como Pedro; en la acción
como Santiago. Y Agustín afirma que «la
medida del amor a Ti, debe ser quererte sin
medida».
Para acercarse a Ti, sólo el primer paso es
costoso: luego Tú lo anegas todo como una
aurora dorada.
LOS TEM ORES D EL AMOR 299

Temores en el amor.

Pero el dedo austero del Kempis se extiende


con esta grave advertencia: sine timare non
vivitur in amore. Los que sentís la vocación del
amor, no soñéis con una paz meliflua, ni con
una lánguida seguridad. ¡Se temen tantas co­
sas mifentras caminamos sobre el tiempo,
mientras guardamos nuestros aromas en án­
foras de barro! Temo perderte otra vez, Se­
ñor. Temo perderte como otros que fueron
mejores que yo. Temo cansarme. Temo trai­
cionarte. Temo engañarme. Temo engañar a
otros. Con tres clavos ¿ r temor tengo el alma
crucificada. Si esa crucifixión es santa, no me
la quites, Señor.

Mi temor primero.

Es no sentir bien de Ti, mutilar tu grandeza,


deformar tu figura.
En los años ilusionados de mi primer amor
yo gozaba mirándote en toda tu plenitud.
Hoy también siento con frecuencia el divino
júbilo de vislumbrarte paseando entre tus siete
candelabros de oro, con las siete estrellas en tu
mano derecha, con tus ojos como de muchos
500 DIÁLOGOS CON CRISTO

mares, causa eficiente, ejemplar y final de todo


cuanto existe.
Pero con más frecuencia en mi vida familiar
contigo, prefiero robarle a Juan o a Pablo las
fórmulas que revelen tu sencillez, tu benigni­
dad, tu amor.
Juan te oyó decir que eras un regalo gra­
tuito que el Padre hacía a los hombres movido
por el amor. Sic Deus dilexit... Y sacó la con­
secuencia de que tu venida y todas tus obras
eran una función de amor y una manifestación
de él. Por lo cual Agustín, entusiasmado,
definió: et Chrisius charitas est. ¡También Cristo
es amor!
Pablo vio en Ti la revelación de la benigni­
dad y filantropía divina. Y confesó humilde
que, precisamente por ser el mínimo de los
escogidos, recibió un conocimiento especial de
tu amor: scire etiam supereminentem scientiae
charitatem Christi. ¡Por su humildad compren­
dió tu caridad!
¿No es, pues, bien excusable, Señor, que mis
ojos lavados ya con tantas lágrimas busquen
en Ti lo que más necesitan, que es comprensión
y piedad? No te niego sublimidades, busco tu
cercanía. ¿No sería así el Jesús de Pedro lloroso,
el de Tomás confundido, el del ladrón recu­
perado?
LOS TEM ORES D EL AMOR 301

Además, Señor, yo necesito ver el mundo a


la luz de tu amor. Víctima de sus seducciones
y locuras, me es preciso contemplarlo bajo tu
bautismo de fuego que lo purifique y trans­
figure. Como el mundo de la Bienaventuranza
gira al ritmo de los latidos de tu Corazón,
¿no podría por fin este mundo de pecadores
redimidos someterse del todo a Ti? Ut lyra
Christus, decía San Bernardo. ¿No será ya la
hora de exclamar ut lyra mundus y que el
himno de esta lira sea primero un Miserere de
lágrimas y luego un Magnificat de amor?

Mi segundo temor.

Es el de cansarte. El de abusar, como Judas,


de tu paciencia de Dios; el de vencer con mi
maldad tus bondades inefables; el de ser ex­
cesivamente ingrato con el excesivamente ge­
neroso.
Porque yo sé que tu amor a mí es distinto
del que tienes a las demás criaturas; y distinto
también al grado de tu misericordia conmigo.
Para cada uno tienes una palabra nueva y
una mirada peculiar, y un grado distinto de
gracia y una espera mayor o menor, Y tiembla
el alma pensando: ¿Hasta cuando durará la
hora de tus benignidades? Sobre Corozain y
302 DIÁLOGOS CON CRISTO

Betsaida, sobre Cafarnaúm y jerusalén se


voleó el abismo de tu Corazón, y el diluvio
de tus lágrimas. Pero tuvieron la suficiente
dureza para hacerlo todo inútil.
Cuando tu mirada recorre mis laberintos in­
teriores, ;no encuentra allí el mismo frío y la
misma oscuridad? Tremor amoris. Me alienta
y esperanza el saber que mientras dura el
tiempo dura la hora de tus perdones. Y que
Tú jamás estás ausente de ninguno. Abrazas
al que te es fiel, porque tu fidelidad es mayor.
Y estás junto al que aún no te quiere, porque
es el que más te necesita.
¿Y quién te necesita más que yo, Señor?
Por eso comprendo ahora más que nunca
aquel arranque viril de Pablo: ¡condenación
para quien no ame a Nuestro Señor Jesucristo!
Y aquella serena y férrea consigna de San
Benito: nihil amori Christi praeponere. ¡Nada
preferir a Ti! Y con una energía aún más
exaltada: amori Christi omnino nihil praeponant.
¡Que nadie en absoluto dé a cosa alguna más
importancia que a tu amor!

Mi tercer temor.

Es no lograr tu amistad. Porque puedo no


perderme. Pero puedo también quedarme a
LOS TEM ORES D EL AMOR 303

medio camino, y no llegar a la verdad de tu


amor.
¿No es una amistad fuerte, fiel y serena la
mayor necesidad de una vida? Los jóvenes po­
drán, quizás, hacer diversos nidos en sucesivas
primaveras: los mayores no podemos crear más
que un refugio y sosegado; el de una noble amis­
tad para los días que nos queden.
¿Y qué otro escondite hay para mí en la
tierra sino tu propio Corazón?
¿No está abierto siempre lo mismo a las
palomas que a los erizos? Y ésta es mi tortura.
Se dice que «la amistad es un consentimiento
en las cosas divinas y en las humanas con
amor y benevolencia». Su raíz es la coincidencia
interior. La identidad de criterios y de gustos
y de sentimientos y de dolores crea esa her­
mandad de los espíritus que se llama amistad.
Cuando las vidas se sienten paralelas, los cora­
zones se abrazan. Cuando los mutuos destinos
coinciden, se funden los ideales y los pensa­
mientos.
Y yo analizo en tu Evangelio tus ideas, tus
afectos, tu destino y tu dolor, y ¡no coincidimos,
Señor! Yo soy mundo, carne y ruindad y Tú
eres Divinidad clara, noble y benignísima.
¿Cómo puede fundirnos en uno la amistad?
Su nota esencial es el desinterés.
DIALOGOS CON CRISTO

Yo te veo entregado al que te merece y al


que te escupe. Y yo soy el egoísmo congelado;
que ni siquiera a Ti te busco desinteresada­
mente.
Cierto que ese germen divino, que es la gra­
cia santificante, me da real participación con­
tigo, que tienes la plenitud de la Divinidad.
Pero nos falta la unidad o al menos la semejanza
moral.
Tú eres el «Don de Dios» y yo soy aún de
*los que buscan sus cosas y no las de Jesucristo».
¡Amargo dolor el mío!
Pero bien estamos así, Señor. Sentado a
tus pies, todas las horas de mi vida, yo escu­
charé tus verdades, comprobaré tus latidos,
interpretaré tus miradas. El mutuo trato crea
la semejanza. Si aún soy el esclavo fugitivo,
el hijo pródigo, el discípulo traidor, guarda
viva la esperanza de dignificarme lentamente
e irme pareciendo a Ti. Quizás un día que Tú
sabes, me encuentres tan coincidente contigo,
que me digas las palabras de aquella noche
de amor: jam non dican vos servos sed atnicos
meos: «Sube, hijo, al abrazo de mi amis­
tad».
Y yo, entretanto, guardaré quietamente es­
te segundo amor que es un ascua del tuyo.
¿Y qué me importa todo lo demás?
LOS TEMORES DEL AMOR 305

«Si muero, en Vos confío. Si vivo ¿qué


[es la vida?
Indiferente a todo, la gastaré por Vos.
Sé que no hay en la tierra felicidad
[cumplida
sino en hacer, callando, la voluntad de
[Dios.»