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HüBERT JBDM

BREVE HISTORIA D E l O S
CO N aU O S
Tercera edición. 12,4 x 20J e/n^^j^fágí.

Esta Breve historia de fas concilios ha


sido publicada con el propósito de dar
una orientación objetiva a cuantos, con
ocasión del Concilio ecuménico anun­
ciado por el papa Juan xxni, sienten
interés por el tema.
H ubert Jedín , prestigioso investiga­
dor de la historia de la Iglesia, espe­
cialm ente en lo que se refiere a los
con cilios, reúne todas las condiciones
para llevar a buen térm ino esta obra.
En este librito, el autor nos da una
imagen viva de los grandes concilios
ecuménicos a través de la historia de la
Iglesia. Una introducción general acla­
ra, entre otras cosas, qué es un concilio
y cuáles son sus formas fundamentales
en el derecho canónico y en la evolución
histórica.
En cinco partes se describen los
grandes períodos de los concilios desde
la antigüedad hasta los tiempos moder­
nos y, en una «ojeada retrospectiva»,
se sumarizan los resultados en ellos
obtenidos.
Una extensa bibliografía ofrece al
lector quí quiere profundizar en el
tema, valiosas reseñas, y en una tabla
cronológica, se han ordenado los gran­
des concilios con el sumario de sus
tareas más importantes.
La obra Síntesis de Historia de la
Iglesia no es un mero catálogo de
nombres y fechas, sino un desfile
luminoso y fascinante que destaca
los principales sucesos, movimien­
tos y personalidades que han for­
mado o han sido formados por la
vida de la Iglesia. Este libro ha lo­
grado de manera admirable, con
brevedad y al mismo tiempo sin
perder nada de lo esencial, resumir
en un solo volumen todos los acon­
tecimientos y figuras más relevantes
de los pasados veinte siglos de his­
toria de la Iglesia.
Ideal como obra de consulta, se
diferencia de la mayor parte de
esta clase de obras por la viveza y
amenidad de su estilo narrativo. La
Síntesis de Historia de la Iglesia es
casi única por la concisión e integri­
dad de la información que suminis­
tra.
El padre H u g h e s es considerado
en la actualidad como el más cons­
picuo historiador de la Iglesia cató­
lica en lengua inglesa. Su historia de
la Iglesia en varios volúmenes ha
superado las que se escribieron an­
teriormente en aquel país. La Sín­
tesis de Historia de la iglesia en su
séptima edición inglesa ha sido
completada por E.E.J. H a l e s , repu­
tado autor de una biografía sobre
el Papa Juan y su revolución, con
un capítulo que cubre el período
1939-1965 tan fecundo y tan lleno
de promesas para el presente.

Sobrecubierta de Fkrnando B a iif


PHILIP HUGHES

SÍNTESIS DE HISTORIA

DE LA IGLESIA

BARCELONA

E D IT O R IA L H ERDER
1971
Versión castellana sobre la novena edición de la obra original inglesa
4 Short History ot the Catholic Church, de P h i l i p H u g h e s » nueva edición,

adicionada con un capítulo por E .E .Y . H a l e s , Burns & Oates Lim ited,


Londres 1967.

Primera edición 1958


Cuarta edición ampliada 1971

N ih il obstat: El censor, D r, Á ngel F ábrega G rau, Pbro.

I m p r ím a s e : Barcelona, 7 de enero de 1958

t G r e g o r io , Arzobispo - O bispo de Barcelona

Por m andato de Su Excia. R vdm a.

A l e j a n d r o P e c h , P b r o ., Canciller - Secretario

Chap. I-X1 © Philip Hughes 1939, 1967


Chap. XU © Burns & Oates Ltd, 1967
Cj Editorial Herder S.A., Barcelona 1958

N .° R o t o . 53-59

s propiedad D epósito i h O A i B . 3496*1958 P rinted in S pain

R eprod u cción o ffset: G rai-fsa - Ñ apóles. 249 - Barcelona


Λ Jobtt Λ . A gn ew
ÍNDICE G EN ERAL

1 . Catolicismo primitivo: de San Pedro a Constan­


tino ....................................................................... .......11
El mundo en que nadó la Ig le sia .................................... 11
El gnosticism o..................................................................... 16
Marción, Montano y Manes................................................. 20
Los apologistas..................................................................... 24
La vida de los primeros cristianos.................................... 25
La Iglesia romana................................................................ 27
O ríg en e s........................................................................ ....... 29
Primera expansión de la Iglesia . . . . . . . 30
La persecución................................. . . . . 32

2 . La Iglesia bajo la protección imperial, 313-711 . 37


La conversión del estad o........................................... ....... 37
El problema del emperador c a tó lico ........................ ....... 40
La crisis del arrianismo............................................... .......41
Nestorio y el Concilio de É feso .........................................47
Concilio de Caledonia.................. ........................ .......52
El problema de los monofisitas.........................................54
Justiniano..................................................... . 59
El monotelismo............................. ........................ ...... 62
El Concilio “ in Trullo” ............................ . . . 66
La primitiva vida monacal........................ . . 68
Los Padres g r ie g o s ........................................................... 69

3 . Conversión de Europa occidental, 313-755 . . . 75


El donatismo.........................................................................75
San Agustín........................ .................................. ......77
La invasión de los bárbaros.............................................81
¡> SINTESIS 1)1·: HISTORIA 1>I·; [,A Hil.lvSIA

l'áKa.
Lo* santos Martín, Patricio y B enito............................. 85
Conversión de los francos........................ . . . 91
Los monjes misioneros irlandeses . . . . . . 92
Conversión de los visigodos españoles . . . . . 93
San Gregorio Magno . . . . . . . . . . 95
Conversión de los anglos . . ............................ ..... 97
San Bonifacio . . . . . . . . . 100

4 . Asalto a la cristiandad y reconquista, 714-1123 . 103


M,ahoma............................... ................... . . 103
La herejía iconoclasta............................................... ..... 104
Orígenes del poder temporal de los papas . . . 107
Carlomagno........................ . . . . . . 109
El fracaso de la civilización . . . . . 112
La reforma de Hildebrando................... . . 122
El cisma de Oriente . . . . . 126

5. Triunfo del cristianismo en Occidente, 1123-1270 131


Renacimiento de la cu ltu ra .......................................... 131
Las nuevas órdenes de cistercienses y premonstra-
tenses ............................. ...................................... 133
Extensión de la cristiandad . . . . . . 135
Las Cruzadas..................................................................... 137
La amenaza del emperador.......................................... .... 140
Inocencio m y los albigenses; los dominicanos y los
franciscanos....................... ............................ 144
La lucha contra Federico n ..................................... .... 154
La crisis averroísta y Santo Tomás de Aquino . . . 159

6 . Decadencia, 1270-1517 . ............................ .... 163


Nuevos peligros internos.......................................... ....163
La derrota de Bonifacio v m ..........................................167
La lucha contra Luis de B a v ie ra ............................ 172
La peste n e g ra ................................. ................... ... 173
La corte pontificia de A viñón ......................................... 176-
El cisma de Occidente............................................... 178
Papas contra concilios............................................... ... 183
Nuevas formas de devoción . . . . . . . . 187
ÍNDICE GENERAL,

l*ágs.

El Renacimiento. . . . ....................................... 189


Los papas secularizados................................................ 192

7. Rebelión protestante, 1517-1648 . . . . 201


L u te r o .................................. . . . . . . 201
Calvino. . . . . . . ........................ 204
Inglaterra............................. . . . . . . 205
Los reformadores católicos............................. . . 208
Trento . . . . . . . . . . . . . . . 215
Paulo i v ............................. .................................. 222
La Contrarreforma................................. . . . . 227
La amenaza de los príncipes católicos........................ 231
La guerra de los Treinta A ñ o s ................... . 235

8 . Rebelión de los monarcas católicos. 1648-1789 . . 239


Francia y los hugonotes............................. . . . 239
Resurgimiento religioso en F r a n c ia ........................ 241
El jansenismo................................ . . 242
El galicanismo . . . . .......................................249
El quietismo . . . . ................... 251
Los deístas........................................................ . 255
Guerra contra los jesuítas . . . . . . 257
Febronio y José n ........................ ................... 263
Apariciones del Sagrado Corazón: los pasionistas y
los redentoristas. . . ................... 268

9. Ataque del liberalismo, 1789-1S78 . . . 273


Espíritu de este período................................................ 273
Francia. . . . . . . ........................ 279
A lem an ia.........................................................................285
Nuevas órdenes religiosas: santos; el Concilio Va­
ticano i . . . . . . . . . 294

10. La Iglesia misionera . . . . . 297


La América latina................................. ........................297
La India y el Extremo Oriente . ................... 299
Á f r i c a ................................................. ....................303
Resurgimiento católico en Inglaterra........................ 304
Los irlan deses............................................................... 308
10 SINTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

Págs.

11. Panorama contemporáneo, 1878-1946 ................... 311


Propósitos y realización de León x m ........................ 311
Pío x . . . ........................................... 326
Benedicto xv . . . ........................ 329
Pío xi . . . . . ........................ 332
Pío x i i . . ............................................................ 339

12. La lucha por la paz y el «aggiomamenfo»,


1939-1965 ................................. . . . 343
Pío xn y el reto comunista...................................... 347
Juan x x i i i y el «aggiornamento».............................354
El concilio Vaticano n . . .............................360

Tablas cronológicas .................................................... 383


índice de nombres . ............................................... 401
1. C a t o l ic is m o pr im itiv o :

D e S an Pedro a C o n s t a n t in o

El mundo en que La historia de los orígenes de la Igle-


nació la Iglesia. s¡a se hana en e] Nuevo Testamento,
pues la Iglesia no es otra cosa que
la sociedad de los que creen en Jesucristo, como Dios
encarnado, con la misión de redimir a la humani­
dad y darle a conocer la plenitud de la revelación de
Dios. A estos creyentes ofreció Jesucristo un nuevo des­
tino sobrenatural y los medios de conseguirlo. Les ofre­
ció una doctrina sobre Dios y un medio seguro para
conocerla. Ese medio, por el cual el creyente aprenderá
esa doctrina y alcanzará ese destino, es la sociedad por
Él fundada. Como miembro de esa sociedad es como se
había de salvar el creyente; y ella sería con toda pro­
piedad la continuadora de su labor entre los hombres,
una vez que Él dejara de estar física y visiblemente
presente en el mundo.
L a tarea con que se enfrenta el historiador de la
Iglesia, consiste en relatar las vicisitudes de esta so­
ciedad, de fundación divina, en los dos mil años trans­
curridos, aproximadamente, desde que empezó su misión,
estudiando su campo de acción, las circunstancias que
han favorecido o estorbado su misión, con los personajes
que han contribuido a ello. ¿Cómo se ha desarrollado
la propia sociedad interiormente? ¿H asta qué punto ha
cambiado o se ha conservado uniforme? H oy día cons­
tituye un cuerpo con quinientos millones de miembros.
Entre sus miembros incluye a todas las razas conocidas,
todas las nacionalidades, todas las clases sociales. Es
una sociedad perfectamente organizada, con sus creen­
cias expuestas en una teología científicamente elaborada
[>> SiN T líSIS Di·: H ISTO R IA 1)1-: l'A 1GI.K8IA

v una vida moral en intima dependencia con sus creen­


cias. mientras un detallado código regula los pormeno­
res de su organización y el desenvolvimiento de su vida
corporativa.
Toda historia de la Iglesia tendrá que evidenciar,
de algún modo, cómo todo este complejo se ha desarro­
llado partiendo de aquel grupo inicial de creyentes, “ alre­
dedor de ciento veinte” (Act i, 15), que, después de la
Ascensión de Nuestro Señor, “ perseverando unánime­
mente en la oración*’ (ibid. 1, 14), esperaba en el Ce­
náculo la venida del Espíritu Santo. Toda historia de
la Iglesia tendrá, pues, que batallar, con dos mil años
de compleja actividad humana. Escribirla, aun del modo
más sumario, si se pretende que la reseña de los hechos
sea algo más que una simple enumeración y que todos
los personajes importantes queden al menos bosqueja­
dos, requerirá varios volúmenes. Un libro de las redu­
cidas dimensiones del presente debe contentarse con ser
una extensa tabla cronológica, o bien con dar sólo una
impresión muy general de los principales acontecimien­
tos, de las tendencias y de las personalidades que les
dieron forma o se formaron en ellas. Hemos optado por
lo segundo, aun dándonos perfecta cuenta de las omi­
siones que ello nos impondrá, así como del riesgo que
correrá el relato de convertirse a veces en caricatura.
No hay espacio, desde luego, en un libro como éste
para el examen de distintos puntos de vista, ni siquiera
para la exposición razonada del adoptado por el propio
autor. El libro se ofrece simplemente como una inicia­
ción de carácter puramente elemental, que referirá como
partes de un todo orgánico “ los principales aconteci­
mientos que marcaron el rumbo o fueron considerados
especialmente simbólicos en el decurso de cada época 1,
considerando a grandes rasgos el influjo ejercido en el
desarrollo general por las grandes personalidades de la
Iglesia.
Las fuentes de que dispone el historiador en su re­
construcción de la historia de la Iglesia primitiva están
* M. T revf . l y a n , B ritish H istory in the N ineteenth C en tury and
A .. f « i .
CATOLICISMO PRIMITIVO 13

lejos del ideal. No existen diarios, memorias ni corres­


pondencia de los principales personajes; no hay archi­
vos de documentos oficiales, ni actas sistemáticamente
registradas, ni certificados, ni estadísticas. Nos quedan
las sumarias referencias de la vida de Nuestro Señor,
que llamamos Evangelios. Se conservan cartas de varios
apóstoles a distintas comunidades cristianas y, en los dos
siglos inmediatos, una colección no demasiado volumi­
nosa de escritos polémicos, apologéticos y expositivos.
Pero en parte alguna, salvo en los Hechos de los Após­
toles, encontramos a lo largo de casi trescientos años,
nada que pueda llamarse un documento histórico con­
temporáneo. Preciosos datos no son, a menudo, más que
noticias ocasionales (obitcr dicta), cuidadosamente espi­
gados del teólogo o del polemista, e incluso del descreído
y del hereje no menos que del escritor católico.
No es de extrañar que el porcentaje más elevado de
hechos conocidos para nosotros lo arrojen los que po­
dríamos denominar “ hechos literarios” — la aparición de
nuevas teorías doctrinales o ascéticas, su aceptación o
condena, su repercusión en las creencias ya aceptadas — ,
más bien que los relativos a posibles revoluciones admi­
nistrativas o al choque de políticas y personajes rivales.
Con todo, existe una gran excepción, continuada a tra­
vés de los tres primeros siglos en todas las partes de
la Iglesia, y es el hecho de la aceptación de la muerte y la
tortura por el católico antes que renegar de su religión.
Son los mártires los primeros personajes de este cato­
licismo primitivo, pero de su inmensa maltitud sólo un
puñado nos es conocido, aunque no sea más que por su
propio nombre.
Aparte de los mártires, la historia primitiva, tal como
nosotros la conocemos, es una historia de luchas a vida
o muerte cuyos caudillos han quedado generalmente en
el anonimato: la lucha, por ejemplo, por defender la
verdad revelada del movimiento modernizante que in­
tentaba la amalgama de todas las verdades religiosas, o
para mantenerla claramente diferenciada de las erróneas
teorías con que muchos cristianos pretendían identifi­
carla al explicar sus propias opiniones particulares; o
SÍNTKSIS m s HISTORIA DK LA IGLESIA

i lucha por evitar prematuras explicaciones” doctri-


ales, que 110 hubieran hecho sino perjudicarla.
Entretanto la Iglesia crecía pasando de Palestina al
u ia Menor. Grecia, Italia, Egipto y Africa a las Ga-
as y a España, Alemania y Gran Bretaña. Mas igno-
amos las circunstancias en que la fe se introdujo en
sos países, y de los misioneros que llevaron a cabo esta
abor, si se exceptúan los de la primera generación, no
onocemos apenas ni los nombres. El hecho de la pujante
¡xpansión proselitista está asi, a la vista, y en esos países
puedan iglesias, reconocidas como Iglesia de Cristo por
os fieles de regiones donde el cristianismo existía con
interioridad; pero un desconcertante anonimato se ex-
iende sobre todo lo demás.
Con la misma vaguedad tropezamos al buscar deta-
les cronológicos o personales, relativos al primitivo des-
irrollo de la organización interna de la Iglesia, como,
para poner un ejemplo, en el caso de los orígenes de
una institución tan característica como la vida comuni­
taria, públicamente autorizada, de los consagrados a Dios
por el voto de virginidad. Al iniciar, pues, nuestro es­
tudio de la historia de la Iglesia no debemos prometer­
nos imposibles. Menos aún debemos esperar que un
estudio histórico haga lo que sólo la Iglesia docente
puede hacer, esto es, ofrecernos un cuadro completo de
la revelación hecha por Nuestro Señor Jesucristo. La
historia de la Iglesia únicamente confirma la doctrina
de la Iglesia, nunca puede suplirla ni reemplazarla. No
es, ni podrá serlo jamás, el medio principal para nuestro
conocimiento de esa doctrina.
MI primer hecho importante comprobable en el mun­
do que vió nacer a la Iglesia, es el interés universal que
suscitaba todo lo religioso. San Pablo, escribiendo a los
gálatas, describe a Dios enviando a su H ijo “ en la ple­
nitud de los tiempos” , texto que la historia puede rela­
cionar con el hecho de un movimiento universal de trans­
formación religiosa iniciado en las proximidades de A le­
jandro Magno (muerto el 323 a. de J. C ) , y que alcan­
za su punto culminante hacia la época del nacimiento
de Cristo.
CATOLICISMO PRIM ITIVO 15

En resumen, este movimiento suponía en todas partes


una conciencia mayor de la fraternidad del género hu­
mano y una vuelta hacia la religión y sus ritos que harían
más honda la percepción de este sentimiento. La religión
estaba llamada a desempeñar un nuevo papel social en
la vida del hombre. Y a no se esperaba de ella únicamente
ese formalismo ritual debidamente ejecutado con el fin
de aplacar a los dioses, ganar su favor o dar validez a
los actos de la vida social. La religión tenía que saber
de la miseria humana, de las ansias y las incertidumbres
del hombre, sobre todo de su incertidumbre respecto de
su propio origen y meta. Debía tener en cuenta esa in­
cesante lucha desarrollada en todo corazón humano entre
su “ y o ” ideal y las continuas apetencias contrarias de un
“ y o ” inferior. Debía enfrentarse con el hecho de las fre­
cuentes caídas del hombre y darle de algún modo la
seguridad de que esas caídas no habían, al fin, de hun­
dirle. La nueva orientación comienza, pues, a asociar,
por vez primera, religión y moralidad. Simultáneamente
con esta lenta transformación religiosa, comienza a ac­
tuar, por la asociación a la misma de ideas éticas, otra
nueva fuerza o tendencia conocida por sincretismo. La
gradual sujeción de casi la totalidad del mundo conocido
a la hegemonía política de Roma trajo consigo un en­
sanche del campo de visión. Desaj>areeieron viejas ba­
rreras, como las fronteras entre naciones, y al conver­
tirse todo el mundo en un solo Estado, sus diferentes
culturas y sus innumerables religiones empezaron a in­
fluirse y a fusionarse como nunca había ocurrido hasta
entonces. En todas partes se hallaban ahora los hom­
bres en condiciones de estudiar las religiones y compa­
rar sus mutuas divergencias y puntos de contacto en
ritos y leyendas. Pronto las principales divinidades de
un olimpo pagano empezaron a aparecer en otro y sus
leyendas u. filtrarse de un sistema a otro.
La nueva religión de Jesucristo, apenas hubo salido
del medio judío en que fué predicada ai principio, se vió
sometida a la presión de influencias religiosas esparci­
das a todo lo largo del mundo. En cada dudad había filó­
sofos místicos y maestros de moral dispuestos, con sus
SIN TESIS 1)1·: H IS T O R IA D E Í.A IG I.E SIA

huestes de discípulos y adeptos, a ver afinidades entre sus


propias creencias y la doctrina del recién llegado propa­
gandista. Además, una vez que la Iglesia empezó a hacer
prosélitos de esta clase, nada más natural que éstos se
sintieran atraídos por la labor de convertir a sus anti­
guos compañeros y que intentaran presentarles el cris­
tianismo con el único lenguaje inteligible para ellos, esto
es. mediante una adaptación de la terminología de sus
antiguas creencias filosófico-religiosas.
En toda esa actividad, en esos primeros contactos
del pensamiento cristiano y el pensamiento filosófico pa­
gano. es natural que hubiera mucho margen para falsas
interpretaciones y graves errores. Y la autoridad de la
Iglesia carecía, naturalmente, de precedentes que imitar
en su acción reguladora. Era la primera vez que tales
cosas ocurrían, y la Iglesia tenía que actuar de acuerdo
con su naturaleza.
La historia de esas primeras crisis y su resolución
quedará expuesta con la mayor sencillez en la descrip­
ción de los gnósticos, con los demás herejes y los apolo­
gistas de los tres primeros siglos.

íli gnosticismo. El gnosticismo es el nombre dado a un


movimiento religioso más antiguo que el
cristianismo, cuyos orígenes arrancan de esa fusión de
ideas y prácticas religiosas progresivamente realizada
durante los dos siglos anteriores a Jesucristo y los dos
siguientes. Mucho antes de que el movimiento afectara
al cristianismo, había atacado ya al paganismo del mun­
do clásico y al judaismo. Su aparición en el nuevo mundo
cristiano, amenazando a la nueva religión en el mismo
sentido que a las otras, con el debilitamiento de lo pro­
pio y distintivo de cada una de ellas y el reblandeci­
miento de todos sus principios religiosos y morales, era
sólo cuestión de tiempo.
El gnosticismo, como el nombre lo indica, pretendía
>er un camino para llegar al conocimiento, o mejor di­
cho, a la visión de Dios. Proclamaba que su doctrina,
sus ritos y sus prácticas tenían carácter revelado y ha­
bían sido transmitidos y preservados a través de alguna
C A T O L IC IS M O P R I M I T I V O 1"

misteriosa tradición. Se presentaba como un infalible


medio de salvación, actuando generalmente mediante
fórmulas y ritos mágicos, mas no se ofrecía a todos los
hombres, sino — y éste era el secreto de la atracción que
el movimiento ejercía — a la minoría selecta de los ini­
ciados.
Constituía la base doctrinal gnóstica, la idea de un
antagonismo radical entre el mundo de la materia y el
mundo del espíritu. La materia era mala, sólo el espíritu
era bueno. El Dios supremo no sólo era, por tanto,
puramente espiritual, sino que no tenía, no podía tener,
contacto alguno con lo material. La creación del mundo
material era obra de un dios inferior (Demiurgo) o, en
algunos de los sistemas gnósticos, de los ángeles. Uno
de los rasgos más impresionantes de toda la doctrina
gnóstica, era la cuidadosa elaboración genealógica de esas
sucesivas emanaciones por las que el Dios supremo se
vinculaba a la realidad creada. La doctrina sobre el anta­
gonismo de materia y espíritu v la maldad de todo lo
material, tuvo muv diversas consecuencias en la enseñan­
za y la práctica de la moral gnóstica. Los gnósticos caían
inevitablemente en los extremos. O vivían sin freno de
ninguna clase, puesto que la carne, siendo materia, no
merece tenerse en seria consideración o practicaban un
ascetismo antinatural, pues siendo mala la materia, la
carne es algo vitando y hasta el mismo matrimonio es
pecaminoso.
El hecho histórico de la vida de Jesucristo v su
muerte no representó gran obstáculo para los sistemas
gnóstico-cristianos. El cuerpo de Jesucristo, afirmaban,
era sólo cuerpo en apariencia, va que la materia es siem­
pre perversa. Y , naturalmente, su muerte no fué una
realidad, sino un hecho aparente. Los primeros síntomas
de tentativas gnósticas para fusionarse con el cristia­
nismo pueden señalarse en las advertencias del Nuevo
Testamento 2. Es verdad que no habia un único sistema
gnóstico, pero no es menos cierto que estas ideas eran
comunes a todos los gnósticos v fundamentales en todos

- C f. especialmente C ol, E ph, t y 2 Tirn, 2 P e tr ; lu d a .

‘J s. 11. I.
18 SINTESIS 1) 1« HISTORIA DE I.A IGLESIA

los sistemas. Asi, el gnóstico se jactaba de saber todo


cuanto podía saberse. Era el heredero universal de todas
las tradiciones religiosas, poseía la clave de todos los
misterios y dominaba todos los cultos. Por razón de su
ciencia, el gnóstico sabia cómo salvarse. No era ya la
víctima de las cosas materiales, sino omnímodamente
libre. Y era, naturalmente, el maestro supremo para
enseñar la verdad sobre Dios y su creación.
A pesar de los fantásticos desvarios claramente seña-
labies en el gnosticismo, tenía una manifiesta, aunque
superficial relación con el cristianismo, al interesarse por
ofrecer una solución a los problemas que umversalmente
inquietaban a la humanidad: el significado del mal, la
sanción del pecado, las posibilidades de salvación, la in­
mortalidad del alma. Estos discípulos de la gnosis veían,
con todo, en el cristianismo mucho más material sinteti-
zable en el gran cuerpo de sus creencias, y numerosos
conversos procedentes de las diversas corrientes gnósti-
cas intentaron utilizar sus presupuestos filosóficos en
orden a una explicación racional de los misterios cris­
tianos. El resultado natural de esta tentativa fué la apa­
rición. en el curso del siglo n , de un nuevo gnosticismo
cristiano que pronto comenzó a manifestarse por todas
partes y a ganarse claramente a muchos de la clase
culta, atraídos por sus promesas de una explicación
racional de la fe.
El justificante supremo de todo principio gnóstico era
la propia posesión personal de un especial conocimiento.
Es sumamente interesante observar como, a este primer
intento de subordinar la fe a una particular explicación
de la misma, la Iglesia replicó haciendo hincapié en que
es la propia naturaleza del cristianismo lo que es trans­
mitido por el creyente tal como él lo ha recibido, y que
la fe no es algo conformable por inteligencia humana, sino
algo que la autoridad de la Iglesia ha de proteger contra
cualquiera de esas adaptaciones. Los impugnadores del
gnosticismo eran los obispos de las iglesias donde aquél
se manifestaba, y su única arma contra el sutil peligro
era la proclamación de que el gnosticismo estaba en des­
acuerdo con lo que ellos mismos habían recibido. El
CATOLICISMO PRIMITIVO I*

cristianismo se muestra así, en su primera controversia


doctrinal, como una religión esencial y estrictamente
tradicionalista.
Un nombre ilustre se nos ha conservado de entre
esos obispos impugnadores de los gnósticos, el de San
I reneo de Lyon (muerto hacia 202). Nacido en Oriente,
fué discípulo de San Policarpo, obispo de Esmirna, que
era a su vez discípulo de San Juan Apóstol. Ireneo pasó
algunos años en Roma y luego fué ordenado sacerdote
en Lyon y, por fin, al ser martirizado el obispo de esta
ciudad en la gran persecución del 177, le sucedió en el
cargo. Su obra más lamosa, generalmente llamada A d -
versus Hcereses, tiene por título original E xposición
y refutación de la falsamente llamada Ciencia. Es un
detenido examen del gnosticismo tal como el Santo lo
conocía, con una denuncia de sus errores dogmáticos
y morales. Pero, más que por esto, es importante por el
modo particular como trata el problema de los errores
gnósticos, que constituve un tipo universal de argumen­
tación capaz de contrastar la verdad de toda teoría que
se llame cristiana, y que de hecho ha sido seguida desde
entonces por la iglesia en sus controversias doctrinales.
Aunque sólo fuera por su labor precursora, como intro­
ductora de esta comprobación ahora clásica de la ortodo­
xia cristiana, San Ireneo debe quedar clasificado como
una de las grandes figuras en la historia de la Iglesia-
La pretensión gnóstica de corregir y completar la fe
mediante un superior conocimiento esotérico carece de
valor, pues doctrinas elaboradas por la ciencia no son
cristianas, por no ser auténticas. Si alguien desea conocer
con certeza lo auténtico en materia religiosa, no tiene
más que buscar una iglesia cuyos obispos se remonten
ininterrumpidamente hasta entroncar con alguno de los
doce apóstoles. Lo que estas iglesias nos enseñen como
retransmitido desde los apóstoles, es verdad. L o que
esté en contradicción con esto será necesariamente falso.
La búsqueda de esas iglesias de ascendencia apostólica
sería tarea ardua. Es más sencillo, y suficiente, descubrir
la doctrina de la Iglesia Romana, fundada por los glo­
riosos apóstoles Pedro y Pablo. “ Porque con esta Iglesia
SÍNTESIS DE HISTORIA DE I,A IGI.ESIA

ileberán ir a la par todas las demás, por razón de su


superior autoridad." La prueba de la ortodoxia cristiana
es ¡a doctrina de la Iglesia Romana.
El gnosticismo nunca llegó a desaparecer por com­
pleto. Xo es fantasía decir que a través de toda la his­
toria posterior ha pervivido una corriente gnóstica sub­
terránea, cuvo espíritu informa movimientos todavía
activos. Pero nunca, desde la época de San Irineo, ha
amenazado tan peligrosamente a la Iglesia.
Merecen citarse, además, otros dos movimientos con­
temporáneos del gnosticismo, causa también de gran in­
quietud, pues pretendían, como él, una radical transfor­
mación del cristianismo, y como él lograron, también,
apartar a muchos creyentes de la ortodoxia cristiana. Son
los movimientos llamados, según los nombres de sus fun­
dadores, marcionismo y montañismo.

Marción, M o n - Si los gnósticos nos recuerdan a los mo-


tano v Manes. dernistas de la pasada generación, es a
Lutero a quien nos recuerda Marción.
Hijo de un obispo (nace hacia el año n o ), Marción
abandona la Iglesia para organizar fuera de ella una
vuelta a lo que él consideraba la primitiva pureza del
Evangelio. Para Marción hay dos dioses. El inferior o
Demiurgo, creador del mundo visible, celoso del hombre
por él mismo creado, lo arrojó del Paraíso y así empe­
zó la historia del pecado y la miseria humana que llenan
la crónica del Antiguo Testamento. Los judíos eran el
pueblo elegido de este Dios. La salvación proviene del
Dios bueno, que envió para redimir a los hombres de la
esclavitud del Demiurgo, a Jesucristo realmente Dios,
pero sólo en apariencia hombre, pues siendo la materia
esencialmente mala, no podía tomar un cuerpo real.
Hay, pues, una oposición fundamental entre el Anti­
guo y el Nuevo Testamento, y Marción es profundamen­
te antijudío. Su gran héroe es San Pablo, el más grande
de todos los discípulos de Jesucristo. Las cartas de San
Pablo constituyen la carta magna. Desgraciadamente,
según Marción, estos documentos sufrieron mucho en
manos de los cristianos filo-judíos que perseguían a San
CATOLICISMO PRIM ITIVO 21

Pablo vivo y muerto. Se negó a aceptar mucho del con­


tenido de las epístolas de San Pablo, tal como han llegado
a la Iglesia, y, empleando como criterio de autenticidad
sus propias teorías teológicas, sacó a luz una versión
revisada de San Pablo (y realmente del Nuevo T esta­
mento), de la que cercenó todo cuanto no cuadraba con
su sistema.
Marción tenía genio de organizador. Logró numero­
sos discípulos y. siguiendo el ejemplo de la Iglesia, los
organizó en iglesias por todo el mundo romano y los dotó
de un ritual y un código moral de un rigor imposible,
basado en la noción, que compartía con los gnósticos,
de que todo lo material es malo y de que el discípulo
tiene que liberarse en la medida de lo posible de la ser­
vidumbre de la materia, es decir, de su empleo.
Montano, que apareció en la segunda mitad del si­
glo ii, no surgió como un innovador en materia de
creencias. Su única contribución a la vida de su tiempo
fué la firme convicción de que la segunda venida de
Nuestro Señor era inminente. El suceso había de acon­
tecer en Pepuza, cerca de la moderna Angora, y hacia
allí debían encaminarse todos los verdaderos seguidores
de Jesucristo. La firmeza de esta afirmación la basaba
en una pretendida inspiración privada. Su personalidad
y elocuencia de nuevo profeta le ganaron una multitud
de discípulos, que se congregaron en tal cantidad en el
lugar señalado, que surgió una nueva ciudad para cobi­
jarlos. Tampoco la tardanza de la segunda venida puso
fin al movimiento. Por el contrario, le dio nueva vida
y forma como una especie de cristianismo de selectos,
que no se guiaban por otra autoridad que por el Espíritu
Santo obrando directamente sobre ellos, y que practica­
ban un riguroso ascetismo del mismo tipo que los mar-
cionistas y algunos de los gnósticos.
Los montañistas eran muv numerosos y, como es
natural, fué sólo cuestión de tiempo el planteamiento
del conflicto con los obispos de todo el mundo, pues
para esos protegidos del Espíritu no contaba para nada
la autoridad episcopal. El hecho más importante del mo­
vimiento fué, quizá, la captación de Tertuliano, juriscon-
SÍNTESIS DI·: HISTORIA l)Ií I.A IGLESIA

mito africano de extraordinaria fuerza intelectual, pole-


nista de primer orden, dotado de la clara ferocidad de
iti Svvift y de un estilo literario que nos recuerda a Tá-
:ito. Tertuliano es el primer teólogo latino, y la huella
de su genio es todavía perceptible en la actual técnica
:atequistica. La defección de su gigantesca personalidad
tuvo que ser un golpe terrible para la Iglesia, a la que
desde entonces atacó con toda la habilidad que durante
años había empleado contra los adversarios de la misma.
Nada tiene de llamativo, para el lector medio, una
relación como ésta, pero estamos ya asistiendo a la apa­
rición de tipos que nunca cesarán de reaparecer a lo
largo de dos mil años: cristianos que se proponen expli­
car el catolicismo en conformidad con las corrientes inte­
lectuales de la época; cristianos que apartan la vista de
las dificultades presentes, para volverla a una lejana edad
de oro de la primitiva f e : cristianos que desertan de una
doctrina oficial que no favorece sus gustos personales,
alegando una inspiración privada que los libera de toda
disciplina. En cierto sentido, la historia de la Iglesia es
un tejido donde los hilos de esa clase no hacen sino cru­
zarse y volverse a cruzar.
Cincuenta años, poco más o menos, después de las
primeras manifestaciones del montañismo apareció en
Persia una curiosa secta, que era una fusión de elemen­
tos cristianos, paganos y gnósticos. Su fundador, Manes,
tenía el propósito deliberado de sintetizar en una nueva
religión los mejores elementos de todas las anteriores.
Bajo la denominación de maniqueísmo, algunas de sus
teorías habían de superar todas las tentativas de repre­
sión, tanto paganas como cristianas, durante unos mil
años largos, constituyendo, en el curso de todo ese tiem­
po. un peligro constantemente renovado para la paz del
mundo. Había de llegar un tiempo, en el siglo iv, en que
la pretensión de Manes se vería momentáneamente reali­
zada con la implantación de la iglesia maniquea, desde
Marruecos a China.
Manes, que se llamaba a sí mismo “ apóstol de Jesu­
cristo” , no se tenía menos por el intérprete definitivo
de Zoroastro o de Buda. El Paráclito había descendido
CATOLICISMO PRIM ITIVO 23

sobre él revelándole todos los misterios. El maniqueísmo


es, en realidad, una herejía de tipo gnóstico, pero organi­
zada, como lo fuera el marcionismo, con la capacidad del
genio. Sus doctrinas incluían la común oposición entre
materia y espíritu, la idea de la maldad intrínseca de la
materia y una curiosa yuxtaposición de un ascetismo e x ­
traordinario rechazaban, por ejemplo, el matrimonio,
con la más refinada disolución. De las relaciones entre el
maniqueísmo y la Iglesia en el primer siglo de su exis­
tencia, sabemos muy poco. Pero desde el momento en que
la herejía interfiere con la temprana vida del que fué
una de sus presas más ilustres,· San Agustín de Hipona,
la vemos en continuo conflicto con la Iglesia, hasta su
derrota final en la cruzada albigense del siglo . x i i i .
Algo hay que decir también sobre el vigor intelectual
de aquellas primitivas generaciones cristianas, y los pri­
meros pensadores que intentaron formular de una mane­
ra categórica la respuesta a las cuestiones: ¿ Quién es
Jesucristo? ¿Cómo es H ijo de Dios? ¿ Y si Él es Dios y
el Padre es Dios, cómo Dios es uno? ¿ Y si Dios es uno
y el Padre es Dios, y Jesucristo no es el Padre, cómo
Jesucristo es realmente Dios? En una época tan prolífica
en sectas y teorías religiosas como ésta, cuando según
todas las apariencias, la discusión religiosa era ocupa­
ción de todo pensador y publicista, no pasó mucho tiempo
sin que al pensador cristiano se le plantearan esos pro­
blemas, bien desde el exterior, o bien por inevitable reac­
ción interna ante el medio ambiente.
La Iglesia nada hizo, oficialmente, por formular una
respuesta satisfactoria a tales cuestiones. Todo lo ema­
nado de la autoridad no fué sino una fiel y constante rei­
teración de la fe tradicional: hay un solo Dios, Jesucristo
es verdadero Dios, Jesucristo es verdadero hombre. L as
tentativas particulares de interpretación fundadas sobre
una base lógico-filosófica y más especialmente siguiendo
huellas platónicas, cayeron con no poca frecuencia en el
error. Algunos — así los llamados monarquianos — sal­
vaban la unidad de Dios negando la divinidad a Jesu·»
cristo, que no era sino hombre, y sólo era Dios — según
ellos explicaban — por una especial y única adopción.
¡4 SÍNTESIS J>E HISTORIA DE LA IGLESIA

Jtros lo presentaban como Dios, ciertamente, pero sólo


ti un sentido secundario, subordinado. Otras teorías e x ­
plicaban la Trinidad como tres modalidades, papeles
i tune iones del verdadero y único Dios.
La Iglesia no está asistida en su función doctrinal
por nuevas revelaciones sistemáticas a su jerarquía, ni
esos ministros, los obispos, están guiados por una positi­
va inspiración. Los medios a su alcance son medios hu­
manos. a saber, su propia ciencia y el conocimiento de
la tradición. F.n su papel de guardianes de la tradición
están preservados del error, jam ás afirmarán el carácter
tradicional de una verdad si ésta no lo es, ni al contra­
rio se lo negarán a la que lo posea. En medio de estas
tempranas controversias teológicas tuvieron lugar, en
forma negativa, las primeras actuaciones de la Iglesia.
La actividad intelectual de los cristianos se desarrolla,
y de vez en cuando tiene lugar la condena oficial de una
i! otra teoría. Luego, en un momento dado, una larga dis­
cusión madura y cristaliza en una fórmula unívoca y de
sentido ortodoxo. La Iglesia, entonces, la acepta, la ha­
ce suya y la emplea en adelante como vehículo doctrinal.
En el curso de esos siglos n y m la Iglesia actúa
dentro de ese vigilante sistema negativo. El terreno
queda así desbrozado para la nueva construcción positiva
de las grandes definiciones conciliares que llenan los si­
glos ív y v, obra constructiva a la que llega la ig lesia
desembarazada de toda alianza temporal con la mutabi­
lidad de meras teorías humanas.

Los apologistas. Nos queda por decir una palabra sobre


la obra del grupo de escritores llamados
apologistas. Fueron éstos los primeros “ intelectuales”
católicos, convertidos del paganismo y las religiones filo­
sóficas. Todo el afán de sus escritos era defender al cris­
tianismo de las múltiples imputaciones calumniosas que
en todas partes se tenían por ciertas, y mostrarlo como
racionalmente ideal, como la verdadera cima y perfec­
ción de todo lo que había de mejor en el mundo a que
ellos mismos habían pertenecido antes. Naturalmente,
los aspectos del cristianismo tratados por los apologis-
CATOLICISMO PRIM ITIVO 25

tas, son los que en su opinión tenían alguna semejanza


con las creencias de aquellos a quienes deseaban aplacar
o convertir. Se referían también especialmente a los an­
gustiosos temas que atormentaba al alma pagana, su sed
de inmortalidad y la posibilidad de purificarse del pe­
cado. Las verdades más particularmente subrayadas por
los apologistas son, pues, la existencia de Dios y su
naturaleza; la inmortalidad del alma, la posibilidad de
salvación, la santidad como ideal cristiano y el hecho
de la superioridad moral, y aun santidad, de tantos cris­
tianos, sin distinción de edad, sexo, condición social o
profesión. Varias de esas “ apologías” van dirigidas di­
rectamente al emperador mismo, pues aun en el momen­
to culminante de la persecución esos escritores no per­
dían la esperanza de que la belleza y razonabilidad del
cristianismo se conquistaran la simpatía de quien llegara
a conocerlas. Así. San Justino dirigió su alegato filosó­
fico a Marco Aurelio, y Atenágoras a Cómodo. El más
conocido de todos esos escritores es San Justino Mártir,
de cuyas obras se conservan dos apologías dirigidas a
los emperadores, y el famoso Diálogo con el judío Trifón.
San Justino fué un helenista nacido en Palestina, viajó
por todo el Oriente en busca de nuevas y superiores doc­
trinas filosóficas. Era. en realidad, filósofo y retórico
de profesión, y después de su conversión hacia el año
130, se estableció en Roma, donde abrió una escuela
para la explicación y prueba de la nueva religión. Final­
mente, un filósofo pagano rival. Crescencio, denunció
a San Justino como cristiano y, junto con algunos de
sus discípulos, fué ejecutado.

La vida de los pri-Hasta aquí nos hemos referido a un


meros cristianos. aspecto muy particular del primitivo
cristianismo, a la vida de los pensa­
dores o “ intelectuales” cristianos. ¿ Y el creyente ordi­
nario? Desgraciadamente, ningún detalle de su historia
se nos ha conservado. No i>oseemos ningún diario intimo
de los primitivos cristianos, y nos vemos obligados a re­
construir su vida religiosa cotidiana, con los datos que
la literatura nos puede ofrecer.
26 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

La Iglesia, desde su primera presentación en el N ue­


vo Testamento, está organizada en multitud de “ igle­
sias” . una para cada ciudad. En cada iglesia se distin­
guen dos grupos: el clero con las funciones de presidir,
ofrecer el sacrificio, administrar los sacramentos y expli­
car la doctrina; y el laicado. Esta estructura se repite
en todas partes, con una uniformidad que excluye la
tnera casualidad y revela la imitación de un modelo
común.
El clero era elegido por la totalidad de cada iglesia
local recibiendo los poderes espirituales por el rito de la
imposición de las manos de otros que los habían recibido
ya a su vez, juntamente con la facultad de transmitirlos.
Existe una triple gradación entre el clero. Cada iglesia
estaba presidida por un solo obispo 3, asistido a su vez por
sacerdotes, en la tarea espiritual, y por diáconos, cuya
misión principal era el cuidado de los bienes de la Iglesia,
la distribución de limosnas, la asistencia a los pobres,
viudas y huérfanos y demás obras de caridad y benefi­
cencia que constituyeron una de las notas más caracterís­
ticas del primitivo cristianismo. “ Cómo se aman unos
a otros” fué una de las primeras y más espontáneas con­
fesiones que el paganismo tributó á aquellos cristianos
cuya religión nosotros heredamos.
Las diversas iglesias fundadas por un mismo apóstol
poseían una evidente unidad en relación con el fundador
común. En la mayoría de las cuestiones gozaban de au­
tonomía propia, pero durante el siglo n se inició un
movimiento que hacia mediados del siglo n i terminó por
agrupar a las iglesias de una región determinada en torno
a la iglesia de la ciudad o metrópoli principal. A partir
de esa época se empieza a observar la práctica de re­
unirse en concilio los obispos de una región para asuntos
de general importancia, determinando su acción en co­
mún por la voluntad de la mayoría. Sin duda estas prime­
ras agrupaciones estuvieron en gran parte condicionadas
por las circunstancias qiu- acompañaron la fundación

3 D esde luego, a partir de fines del siglo j ; antes de esa fecha es pro­
bable que las iglesias estu vieran regid as por un co le g io episcopal bajo la
vigilancia de los apóstoles.
CATOLICISMO PRIM ITIVO 27

de las diversas iglesias, agrupándose, por ejemplo, las


iglesias filiales en torno a la metropolitana que las había
fundado. Así, la Iglesia de Alejandría tenía una cierta
soberanía sobre todos los obispos de Egipto, y las igle­
sias de Italia tenían una especial dependencia del obis­
po de Roma.
Todos esos cristianos, miembros de una u otra de
esas iglesias locales, se sentían y eran miembros de la
gran Iglesia universal de la que todas esas eran células,
esto es, de la Iglesia universal, o Iglesia católica, como
la llamó San Ignacio de Antioquía hacia el 107, en frase
que ha perdurado. Entre ellos, la unidad de fe, ritual
y reglamentación de la vida diaria era absoluta.

La Iglesia H ay una que desde la época más temprana


romana. desempeña un papel especial, reglamentando
los asuntos de las demás v actuando con una
especie de autoridad superior sobre las mismas. Ésta es
la Iglesia de Roma, regida según unánime tradición por
San Pedro, a quien Nuestro Señor había dicho: “ T ú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia...
A ti te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo
que atares en la tierra será atado en el cielo, y lo que
desatares en la tierra será también desatado en el cie­
lo ” 4. Ignoramos la fecha exacta, de fundación de la
Iglesia romana, así como la de llegada de San Pedro a
Roma, pero es tradición universal de la primitiva cris­
tiandad romana que San Pedro rigió su Iglesia y que en
Roma dió su vida por Cristo en la persecución de Nerón.
No es mucho lo que sabemos acerca de los primeros
pasos de esta Iglesia romana, velados por la obscuridad
que, en esos siglos, nos vela tantas cosas. Con todo, sa­
bemos relativamente bastante, y es significativo el hecho
de que, siempre que Roma hace su aparición, la vemos
desempeñando ese papel privativo suyo que nunca se le
ha sido denegado (aunque a veces se haya hecho oposi­
ción a su ejercicio), papel que ninguna otra iglesia inten­
tó jamás reclamar para sí. es decir, el papel de una

4. Mt 7. 18-19.
)$ SÍNTESIS I»E H ISTO R IA DE I.A IGI.ESIA

superintendencia general sobre todas las iglesias de la


Iglesia católica.
Asi, venios la Roma del papa Clemente i, hacia
el año t)o. intervenir en los asuntos de la Iglesia de Co­
nato. Aproximadamente en la misma época, San Ignacio
de Antioquía confirma la singular posición de la Iglesia
romana en las famosas cartas escritas la víspera de su
martirio en Roma (107). Hemos visto la tradición como
aparece en San Ireneo. Hacia la misma época, bajo el
papa Yictor 1 (189-198) tiene lugar una enérgica actua­
ción de la autoridad romana para reducir a obediencia
a la Iglesia apostólica de Éfeso en una disputa litúrgica.
Sesenta años después surge otra crisis entre Roma
y Cartago. Esta vez la cuestión no es meramente disci-
plinal, y toda la actitud de Roma es una vez más la de
un juez sin apelación, dictando la ley y un ultimátum
para asegurar su observancia. El personaje enfrentado
con Roma era aquí nada menos que San Cipriano, el
primado de Cartago: y en el año 262 hallamos al papa
Dionisio corrigiendo la teología de su homónimo el obis­
po de Alejandría.
Esas intervenciones son provocadas hasta ahí por
crisis que respectan a la fe, la doctrina tradicional y su
práctica. Pero es la doctrina lo que importa por encima
de todo: ella es la base de todo lo demás. Mantenerla
pura e incontaminada es la función primordial de la
Iglesia, siguiendo en importancia la predicación de
la doctrina, que es la especial misión del obispo.
Esta doctrina se presentaba a los fieles en la con­
gregación semanal, celebrada el primer día de la semana,
en la que se ofrecía el sacrificio de la Sagrada Eucaristía
recibiendo toda la asamblea al mismo Jesucristo realmen­
te presente bajo las apariencias de pan y vino, sobre los
que el obispo que presidía había pronunciado las miste­
riosas palabras rituales. Estas alocuciones tenían como
ocasión la lectura de los libros del Antiguo y Nuevo
Testamento, que se hacían durante el oficio. El texto,
especialmente el del Antiguo Testamento, era a menudo
expuesto en forma alegórica, y de él se extraía la expo­
sición de la verdad y moralidad tradicionales.
CATOLICISMO PRIMITIVO 29

Aparte de estas alocuciones generales, se daba a los


neófitos en todas las iglesias la instrucción sistemática
previa a su recepción en el seno de la Iglesia por el rito
sacramental del bautismo. Estas instrucciones teórico-
prácticas se desarrollaban durante un largo período, a
lo largo del cual se preparaba al catecúmeno mediante
diversos ritos y oraciones especiales para las solemni­
dades de Pascua, en las que tenía lugar su bautizo.
Un tercer sistema de enseñanza empleado por la
Iglesia lo constituían las escuelas catequéticas, tales como
la establecida por el obispo de Alejandría. Aquí, de un
modo muy parecido al de todos los centros intelectuales
del Imperio, el doctor cristiano disertaba, no para cual­
quier público que quisiera acudir a él, como habían hecho
los primitivos apologistas (San Justino Mártir, por ejem ­
plo) en sus aventuradas empresas escolares, sino para el
cristiano anhelante de conocer mejor su fe o de prepa­
rarse para responder a las objeciones que a diario se le
hacían contra la misma. Dos maestros alejandrinos han
dejado un recuerdo imperecedero: Clemente y Orígenes.
Clemente (del 150 hasta aproximadamente el 215)
había nacido en Atenas. Poseía toda la cultura filosófica
y literaria de su tiempo, y. una vez convertido y estable­
cido en Alejandría deleitó a su culto auditorio (A lejan­
dría era entonces la capital cultural del Imperio Romano)
con una exposición científica de la fe. en la que vertía
todo el tesoro de la vieja cultura materna de sus oyentes.
El ciclo completo de las ocupaciones diarias, la totalidad
de los aspectos culturales de aquella civilización, quedan
revisados desde un punto de vista moral en sus minucio­
sos escrutinios. Pues Clemente no es sólo un académico
que fascina a su auditorio con su hábil disertar, sino
un sacerdote que guía a las almas hacia la perfección.

Orígenes. Su discípulo y sucesor. Orígenes (185-254).


es 1111 temperamento completamente distinto,
dotado de un genio tan excepcional, que el mayor timbre
de gloria para Clemente ha sido, sin duda, el contarlo en­
tre sus discípulos. Se puede, desde luego, plantear la
cuestión de si no ha tenido la Iglesia su mayor talento en
JO SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

Orígenes. Estudio de las Escrituras en todas sus ramas,


teología, filosofía, apologética, polémicas, sermones, ex­
hortaciones morales, cartas..., es tanto lo que llegó a
escribir, (pie parece increíble. Con todo, no es Orígenes
un simple compilador. Su pensamiento es sumamente
original y especulativo, y aventuró explicaciones para
todas las dificultades que pudieran surgir ante la mente
de un cristiano reflexivo. Fué un auténtico pionero, que
llegó a crearse un lenguaje propio en la difícil cuestión
de interpretar la doctrina cristiana al mundo no cristiano
y descubrir la trabazón íntima de sus diversos elementos.
Ésta fué una de las causas, además de otras, de que O rí­
genes cayese en puntos de importancia en graves errores
y aunque en vida no fué censurado oficialmente, pues era
realmente un hombre de vida santa, que murió confesor
de su fe después de sufrir espantosas torturas, sus escri­
tos habían de ser, en años posteriores, motivo de nume­
rosas y ásperas controversias. Pero a lo largo de las dos
centurias que siguieron, hasta la consolidación de la
autoridad de San Agustín, es Orígenes quien domina
todo el pensamiento teológico en Occidente y continúa
dominándolo hasta mucho después en Oriente. Pues el
gran mérito de Orígenes fué el intento de explicación
sistemática de todo el “ corpus” de la tradición cris­
tiana. no por afán polémico, sino por amor a la verdad
misma.

Primera expansión El cristianismo, si bien con alguna


de la Iglesia. desigualdad, se fué extendiendo lenta
pero progresivamente, una vez “ se
cumplieron los días de Pentecostés” . L a primera de
entre varias fundaciones decisivas fué el establecimiento
de la Iglesia de Antioquía, la tercera ciudad del Imperio
Romano, destinada a ser el primer gran centro de vida
cristiana y, en siglos posteriores, el focó principal de la
actividad misionera en Oriente. Fué desde Antioquía
desde donde San Pablo evangelizó el A sia Menor, M a­
cedonia y Grecia, y desde donde, en el siglo siguiente,
Osroene, zona neutra de encuentro entre los imperios
Romano y Persa, fué ganada para el cristianismo. Desde
CATOLICISMO PRIM ITIVO

allí, unos cien años más tarde, recibió Persia por vez
primera la nueva religión, mientras, en la misma época,
Armenia era ganada por San Gregorio el Taum aturgo.
A mediados de este mismo siglo iii penetró, además, el
cristianismo en las regiones cjue forman las actuales R u ­
mania y Rusia meridional. Cómo y cuándo la fe se in­
trodujo en Egipto, lo ignoramos, aunque nos consta que
a mediados del siglo n existían ya cristianos en este
país, y poseemos una lista de los obispos de Alejandría
que se remonta hasta el siglo i. Pero Egipto no entra
realmente en la historia de la Iglesia hasta la víspera de
la conversión de Constantino (312). Por aquella época,
aunque nos es imposible ofrecer nada que se parezca a
una estadística, puede afirmarse con seguridad que Siria
y A sia Menor eran en gran parte cristianas, habiéndose
reducido en algunas partes los paganos a una mitad o
menos de la población, mientras algunas ciudades eran
totalmente cristianas.
E s bastante curioso que por estas fechas el núcleo
judío, de cuyas actividades había brotado todo ello, ha­
bía desaparecido por completo. Las divisiones entre los
partidarios de la imposición de la ley judía a todos
los cristianos y los que, con San Pablo, le negaban cual­
quier carácter de obligatoriedad, habían debilitado ya al
cristianismo judío, cuando la guerra del 69-70, con la
destrucción de Jerusalén, destruyó su misma razón de
ser. La Iglesia judia había quedado ya reducida a un
exiguo puñado de creyentes cuando, sesenta años más
tarde, la represión por Adriano de la última revuelta
judía y el establecimiento, sobre las ruinas de la Ciudad
Santa, de la nueva ciudad de Aelia, en la que ningún
judío podía entrar, consumó su destrucción como iglesia.
Los judíocristianos, errantes desde entonces por P a ­
lestina, dejaron de ser reconocidos como cristianos por
sus correligionarios griegos y sirios. Ahora eran los na­
zarenos, considerados, justa o injustamente, como here­
jes, y clasificados a veces como tales en los catálogos de
escritores eclesiásticos.
La evangelización de Oriente se había desarrollado
así con presteza a lo largo de estas tres primeras centu-
SINTKSIS M i HISTORIA DR l.A IGI.P.AlA

:ias. En Occidente fue muy distinto el caso. Sobre los


nismos orígenes del cristianismo en Roma nada sábe­
nos. Existe ya una floreciente iglesia cuando, en el año
■ ^6. San Pablo se refiere a ella. Tres años después llega
él mismo, prisionero, a Roma, en cumplimiento de su
apelación al Emperador. San Pedro aparece aquí, por
primera vez, probablemente unos tres años más tarde,
más o menos cuando San Pablo, libre ya, abandona la
ciudad. En el transcurso de los dos siglos posteriores
fueron fundadas, precisamente por Roma, los cientos de
iglesias de Italia central y meridional.
El Africa romana tenía a Cartago por capital cristia­
na ; y aunque sabemos que la ciudad se convirtió en un
centro de actividad misionera, también aquí ignoramos
cómo recibió ella misma la fe.
En los planes de San Pablo entraba la evangelización
de España, y es probable que visitase efectivamente este
país. Pero poco sabemos del cristianismo español hasta
mediado el siglo m . La primera noticia que nos llega de la
Iglesia en lo que hoy día es Francia, es el clamor de
la gran persecución de Lyon en el 177, y no es sino hacia
el 250 cuando sabemos de las iglesias de Arles, Toulouse,
Reims y la lejana Tréveris. De otras ciudades francesas
¿aDemos que poseyeron iglesias a partir del siglo siguien­
te, pero el oeste de Francia seguía en su mayoría pagano
cincuenta años después de la conversión de Constanti­
no (312).
Tampoco sabemos nada, hasta la segunda mitad del
siglo n i del cristianismo, del valle del Danubio, en Hun­
gría, Austria o Baviera; y la primera información segura
acerca de la Iglesia en Gran Bretaña es la aparición de
obispos británicos en el concilio de Arles, en 314.

La persecución. El cristianismo progresaba con paso fir­


me y rápido, a despecho de divisiones y
controversias doctrinales y a pesar de la constante pre­
sión hostil ejercida desde fuera por la autoridad civil
del Imperio Romano. Durante estos tres primeros siglos,
en realidad, la Iglesia estuvo siempre expuesta a una
cruel persecución, y durante la mayor parte de ese
CATOLICISMO PRIMITIVO n

tiempo la sufrió efectivamente. La causa que motivó esta


actitud en el Estado es clara. El Emperador, autócrata
supremo de toda la vida romana, legislador, juez, gene­
ralísimo y sumo pontífice, incorporaba en su persona
toda la esencia y el poder del Estado. La deificación del
Estado y el culto religioso que se le rendía, habían pa­
sado también al Emperador. Rehusar este homenaje reli­
gioso al Emperador y a Roma era faltar a un deber
cívico fundamental, pregonar como cosa sospechosa la
propia lealtad .
El paganismo — en cualquiera de sus variedades— no
poseía una determinada creencia religiosa. La cuestión
de la incompatibilidad de una forma de paganismo con
otra carecía de sentido. Ningún pagano podía tener es­
crupulosos reparos por unas formas de culto distintas de
las que habían conquistado sus preferencias personales.
Ninguna dificultad había en compaginar su culto favorito
con el culto de Roma y el Emperador. En este aspecto,
para el romano, el cristiano aparecía como un excéntrico
peligroso. Su religión no formaba parte de su nacionali­
dad entendida puramente como nacionalidad, ni podía
formarla al contrario de lo que sucedía con los prejuicios
religiosos judíos. El cristiano era un ciudadano ordina­
rio, que profesaba una fe incompatible con cualquier otro
culto. Rechazaba cualquier reconocimiento de los únicos
dioses que el Estado conocía. Para el Estado era un im­
pío, un ateo, y en una cultura y civilización cuyo funda­
mento era religioso, el cristiano resultaba forzosamente
tan peligroso como un incendiario en un poblado de
chozas de madera.
La imaginación poética, la compasión y gratitud de
posteriores generaciones, la indignación contra los per­
seguidores se han combinado, es verdad, para cubrir los
hechos de la historia con una masa de leyenda. Pero la
historia de la persecución romana es ya bastante terrible,
aun en los escasos pormenores auténticos que conocemos.
Evidentemente, no hubo necesidad de especial legisla­
ción para inaugurar esas persecuciones. Una simple acu­
sación comprobada ante la autoridad competente, en el
sentido de que la práctica religiosa de un individuo in-
:i s. h. i.
\i SÍNTESIS L)K HISTORIA DE I,A IGI.RHIA

rurre en tal contradicción con el orden de cosas estable­


cido. bastaba para llevar al individuo en cuestión a la
pena capital cotuo peligroso para el estado. Esto expli­
caría la aparente paradoja de que los más duros perse­
guidores hayan sido, exceptuados locos como Nerón y
Domieiano. los mejores emperadores, hombres eficaces,
hábiles gobernantes y reformadores, tales como Trajano,
Marco Aurelio. Septimio Severo y Decio.
La descripción clásica de “ las diez persecuciones”
deja mucho que desear como resumen. Es más exacto ir
describiendo la larga agresión de acuerdo con las varian­
tes políticas del estado.
En el primer período la persecución se desarrolla sin
ningún estímulo de la autoridad, por el proceso ordinario
de las leyes en vigor. Luego Trajano (98-117), en res­
puesta a ia conocida pregunta de Plinio el Joven, a la
sazón gobernador de Bitinia, declara que el cristianismo
es en sí un crimen, que los acusados en debida forma
deben ser convenientemente examinados y, demostrada
su culpabilidad, condenados a muerte. Si renuncian a su
fe. serán puestos en libertad. Pero ni la justicia está obli­
gada a tomar la iniciativa en las pesquisas, ni las denun­
cias anónimas se tomarán en consideración. Este régimen
perdura en los cien años siguientes, observándose sin va­
riación notable hasta el advenimiento de Cómodo (180-
192), el hijo vicioso y decadente de Marco Aurelio.
En el tercer período el Estado toma la iniciativa.
Desde Roma se publican edictos y se traza un plan de
conjunto para las operaciones en todo el imperio. A par­
tir de este momento parece abandonarse la política de
Trajano. Quizá su abolición definitiva se deba a A lejan­
dro Severo (223-235). Los edictos se promulgan con
fines especiales. Mientras están en vigor, la persecución
arrecia con una violencia desconocida hasta ese momen­
to, empleándose todo el poder del estado para eliminar
a los nombrados en el edicto y someterlos a obediencia.
Por otra parte, entre los edictos se suceden intervalos
de paz y aun épocas en que la Iglesia goza de la protec­
ción del emperador. Un emperador, Alejandro Severo,
siente una personal veneración por Nuestro Señor y otro,
CATOLICISMO PRIMITIVO ar.

Felipe el Árabe (244-249), es efectivamente un cris­


tiano.
Los principales edictos de este tercer período son:
1) el de Septimio Severo en 201, prohibiendo las conver­
siones al cristianismo; 2) el de Maximiano, en 235,
contra los obispos; 3) el de Decio contra los sospecho­
sos de cristianismo: ésta fué la más terrible persecución
hasta entonces; en pueblos y ciudades, todo sospechoso
era arrastrado ante los funcionarios y enviado al sacrifi­
cio ; 4) el de Valeriano, en 257, contra los obispos, supri­
miendo todas las asambleas de cristianos y confiscando
los cementerios, donde a menudo se reunían; y luego,
en 258, contra los cristianos en general. También fué
ésta una operación bien organizada y sangrienta. Pero el
hijo de Valeriano, Galieno (260-268), hizo la paz con la
Iglesia, revocando los edictos y devolviendo las propieda­
des confiscadas. Desde entonces y durante cuarenta años,
los cristianos se vieron libres de toda molestia.
Esta larga paz, que ofreció a la Iglesia la oportunidad
de perfeccionar su organización y de construir por do­
quier las primeras iglesias, quedó interrumpida, brusca
e inesperadamente, por los edictos del emperador Diocle-
ciano, que se ensañó en la última y más grande de las
persecuciones.
Diocleciano tiene una merecida reputación en la his­
toria como general y gobernante que con su adquisición
del título imperial en 284 contuvo la anarquía que du­
rante cincuenta años había arruinado al imperio. Su gran
mérito fué darse cuenta de que el mundo romano no
podía seguir siendo gobernado por un solo hombre, por
lo que nombró co-emperadores a Maximiano, y que el
emperador debía vivir donde entonces más se le necesita­
ba, nó en Roma sino en la frontera. A cada emperador
le fué asignado una especie de emperador secundario,
el Ccrsar; y así, cuando estalló la persecución en 303, su
dureza varió según las disposiciones de los cuatro gober­
nantes del imperio.
Parece que Diocleciano fué inducido a consentir el
nuevo ataque contra la Iglesia por una curiosa coalición
de filósofos moralistas, sacerdotes gentiles y el burdo.
SÍNTESIS DK HISTORIA DE I,A IGM iSlA

anticuado y rústico paganismo de su ejército. El cristia­


nismo se había desarrollado hasta tal punto en el medio
siglo largo transcurrido desde Valeriano, que sus miem­
bros se encontraban por todas las sendas de la vida.
Hasta la mujer y la hija del propio Diocleciano eran
cristianas.
Las medidas ahora adoptadas tenían por modelo las
de Decio. Lo que se intentaba seriamente era una guerra
de exterminio. La parte del imperio que gozó de algún
respiro fué la gobernada por Constancio Cloro, o sea,
España, las Galias y Gran Bretaña, que eran precisa­
mente las provincias menos cristianizadas. En cambio,
sobre las antiguas iglesias del Oriente, especialmente so­
bre las del Asia Menor, se desencadenaron durante unos
nueve años todas las furias del infierno. A l dimitir Dio­
cleciano y su colega, se desarrolló una serie de guerras
civiles entre los pretendientes a la sucesión. La víspera
de una batalla para la conquista de Roma, uno de éstos,
Constantino, hijo de Constancio Cloro, declarando su fe
en el Dios de los cristianos, colocó la cruz sobre sus es­
tandartes. Su victoria (312) fué el principio del fin, y diez
meses después, una decisión conjunta de Constantino
y su colega oriental, Licinio (el llamado edicto de Milán),
puso término a la persecución en todo el imperio, conce­
dió a todos los hombres la libertad de cuito y compensó,
además, a la Iglesia por todos los daños sufridos en los
diez años últimos.
2. L a I g le s i a b a jo l a p r o te c c ió n im p e r ia l

313-711

La conversión El edicto de Milán, por el que Constan­


do estado. t¡no y Licinio pusieron ñn a la última de
las persecuciones, no fué un manifiesto
pro-cristiano, sino una carta de libertad de culto para
todos los hombres. Fué el acto de un estado que respe­
taba toda manifestación religiosa, sin comprometerse
oficialmente con ninguna religión en particular. Nada
hay de extraño en ello. Licinio era un pagano, reciente
perseguidor de la Iglesia que volvió a repetir su papel
unos meses antes de su muerte. Constantino dominaba
sólo la mitad del mundo romano y, además, no era toda­
vía un cristiano. Cualquiera que fuese su creencia en el
Dios de los cristianos, no llegaba aún a ser una fe como
la Iglesia la entendía. Ni él había de someterse como
catecúmeno hasta veinticinco años después, en su lecho
de muerte, y aun entonces recibió el bautismo de ma­
nos de un hereje.
Por algún tiempo todavía la Iglesia no logró más que
el derecho de vivir, logro no poco considerable, desde
luego. Pero en la amistad personal de Constantino con
los cristianos, en su creciente indiferencia hacia los gen­
tiles, en su magnífica generosidad con los antiguos cenr
tros de piedad cristiana, podían leerse los signos de pró­
ximos cambios.
El clero cristiano fué puesto en igualdad de derechos
con los sacerdotes paganos en la cuestión de exenciones
de cargas civiles. Podía testarse en favor de las iglesias.
Las leyes contra el celibato y la crucifixión fueron abo­
lidas. Ninguno de esos favores se hizo extensivo a las
comunidades disidentes, como los marcionistas y monta-
18 SÍNTESIS lili H ISTORIA DE LA IGI.E81A

nistas, por ejemplo. Y en su entusiasmo por preservar la


unidad religiosa y disciplina, el emperador se mostró
tan activamente hostil a los nuevos disidentes, como los
donatistas, que ninguno de los interesados en la futura
libertad de la Iglesia tenia por qué inquietarse.
Licinio fué derrotado y muerto en 323, pero sólo
cuando a la muerte de Constantino, tras catorce años de
gobierno unitario, se repartieron el imperio sus tres hijos,
empezó realmente el movimiento para la aniquilación del
paganismo. Se promulgaron leyes prohibiendo el ejerci­
cio público de ritos paganos y aun el culto privado (341-
353). Se prohibieron los sacrificios bajo pena de muerte.
Pero donde los paganos eran numerosos y fuertes, esas
leyes quedaron en letra muerta, y en ninguna parte se
encuentran testimonios, o indicios de testimonios, que
revelen la existencia de mártires del paganismo. E l pro­
pio emperador que más hostil se mostró, Constancio 11
(337-361). fué al mismo tiempo un violento perseguidor
del cristianismo ortodoxo... ¡y llamó a los paganos como
aliados suyos!
El sucesor de Constancio 11 fué el infausto joven
que ha pasado a la historia con el nombre de Juliano el
Apóstata. En el aislamiento de su niñez, era el único
superviviente de una hueste de parientes de Constantino
asesinados a la muerte del emperador en interés de sus
tres hijos, fué educado-en el arrianismo. El único cristia­
nismo que conocía era esta escuálida caricatura. L a vida
cristiana se le había presentado como una sucesión de
interminables y áridas controversias, en las que las dis­
tintas sectas arrianas luchaban por la hegemonía. De ahí
que los cultos filosóficos helénicos, a los que fué introdu­
cido cuando contaba veinte años, le deparasen un gran
consuelo. A partir de entonces se entregó decididamente
a ellos, y una vez en el poder se propuso establecer como
religión del estado este neoplatonismo semimágico, con
su promesa de un íntimo contacto con la divinidad y su
práctica de una mística exaltación.
Hizo que en todas partes volvieran a abrirse los tem­
plos. a ofrecerse sacrificios. Su conocimiento del cristia­
nismo le brindaba un modelo para la reorganización. El
LA IGLESIA BAJO LA PROTECCIÓN IM PERIAL n

paganismo tendría ahora un credo y una ley moral. Sus


sacerdotes practicarían la virtud y se entregarían a la
oración, a la predicación y al apostolado. Persiguió a los
cristianos, pero no atacándolos de frente, sino apartándo­
los de toda actividad cultural de la época, prohibiéndoles
enseñar y aprender, acosándoles con disposiciones veja­
torias y consintiendo el inevitable recrudecimiento de los
antiguos odios paganos.
Adonde se hubiese llegado por este camino, es algo
que dejamos a las suposiciones: el único auténticamente
consagrado a la nueva fe era el emperador. Pero el 24
de junio de 363 fué muerto en el campo de batalla, des­
pués de un reinado de apenas dieciocho meses. "Venciste,
galileo” , dicen que exclamó* y, en efecto, todo había ter­
minado. Su artificial y pedantesca reconstrucción se de­
rrumbó inmediatamente, causando la irrisión de cuantos
fueron testigos del hecho.
Bajo los sucesores de Juliano, el imperio volvió a la
política del edicto de M ilán; pero cuando, en occidente,
Graciano (375-383) sucedió a su padre Valentiniano 1,
y en el imperio oriental Teodosio (379-395) sucedió
a Valente, se reanudó el movimiento antipagano. Gra­
ciano rehusó el título y ministerio de sumo pontífice, que
incluso los emperadores cristianos habían retenido hasta
entonces, y procedió a retirar los privilegios al paganis­
mo, suprimiendo todas las exenciones tributarias de que
venía gozando y confiscando las rentas y propiedades de
los colegios sacerdotales. Teodosio prohibió todos los sa­
crificios de divinización y. en 391. clausuró todos los
templos. El paso siguiente fué la prohibición hasta del
ejercicio privado del culto pagano. No quedaron esas le­
yes sin ejecución, pero a la muerte de Valentiniano 11
(392) sucedió una efímera restauración del paganismo en
la propia Roma. A los dos años Teodosio había aplastado
al usurpador, Eugenio, que la había patrocinado. Ahora
era él dueño absoluto del mundo romano, y el Senado
ele Roma votó la abolición oficial de los cultos paganos.
No hubo represalias cristianas como consecuencia de
la victoria; San Ambrosio, obispo de Milán, miró por
ello, pero a partir de entonces el estado romano no sola-
SÍNTESIS 1)E HISTORIA DE LA IGLESIA

nente no tué pagano, sino definitivamente cristiano. Teo-


losio es el primer emperador realmente cristiano. H izo
leí cristianismo la ley de la nación, dió a sus obispos un
>uesto en el estado y reconoció la jurisdicción de los
nismos en todos los asuntos concernientes a la vida de
3s cristianos. Los días festivos de la Iglesia pasaron a ser
le tiesta general, santificándose también la Cuaresma.

problema El imperio, lo mismo que el emperador,


id emperador eran ahora cristianos; pero esta misma
\itolte k · . · ·
victoria trajo consigo una nueva inquie­
tud, un problema que había de impedir
ronstantemente durante siglos el progreso del Evangelio,
obligando a la Iglesia a concentrar todas sus energías en
iefensa de su misma existencia; un problema que sigue
lún perturbando y dificultando la actividad católica: el
problema de las relaciones del estado católico con la
iglesia católica. En su forma primitiva, tal como se
planteó a los cristianos de los siglos m y iv, se reducía
al problema del lugar que había de darse al personaje
:jue era el dueño omnipotente del mundo romano. Su
voluntad, un simple capricho suyo, eran ley para millones
de seres y. durante siglos, la mayoría de sus súbditos lo
consideraban un semidiós. ¿Acaso ahora se contentaría,
como cristiano, con sentarse en un banco y dejar que le
enseñaran su catecismo, recibir los sacramentos, cultivar
una vida espiritual, hacer liberalmente limosnas y asegu­
rar a la Iglesia en sus propiedades y en su derecho
a gozar de protección ? ¿ Podía alguien, humanamente,
esperar que el omnipotente emperador se aviniese a ser
un simple individuo en la vida de este imperio espiritual
radicado dentro de su propio imperio ? ¿ Se podría espe­
rar que se conformase con no ser más que eso ?
El nuevo problema de la posición legal del emperador
cristiano dentro de la Iglesia cristiana presta un interés
especial a los sucesos que llenan los tres siglos siguientes,
esto es, las grandes controversias teológicas. Los miste­
rios fundamentales de la religión quedan nuevamente
fijados en una terminología cuidadosamente elegida que
no deja lugar a interpretaciones ambiguas, y, en segundo
I.A IGI.K61A RAJO I.A PROTECCIÓN IM PERIAL 41

lugar, las controversias brindan al emperador la oportu­


nidad de apoderarse de la Iglesia y hacer de ella un ó r­
gano del estado.
La trascendencia de los sucesos y la potente perso­
nalidad de los principales actores del drama hacen de
éste uno de los períodos niás sugestivos de la historia.
No se trataba precisamente de meras controversias de
teólogos: la población entera participaba apasionadamen­
te en ellas. Las principales etapas de la contienda arriana
se vieron acompañadas de grandes demostraciones popu­
lares, con tumultos y riñas callejeras. En Éfeso, en el
año 431, el pueblo escoltó a los obispos ortodoxos hasta
sus residencias, después de la definición de la fe, con
procesiones de antorchas. A sí también, la conmoción que
se siguió en Calcedonia fué, como se verá, una especie de
guerra civil en Oriente, que sólo terminó cuando esas
provincias se perdieron para el imperio en el siglo v i i .

Lo embarazosa, y aun perniciosa, que para la causa


de la verdad podía llegar a ser la nueva protección im­
perial, había de evidenciarse con tremenda claridad en
los cincuenta años que siguieron a la conversión de
Constantino. En la mitad oriental del imperio comenzó
a retoñar la herejía que había perturbado a la Iglesia
unos cien años antes, negando a la segunda persona de
la Trinidad, Dios H ijo, la divinidad en el sentido en que
el Padre la posee. El movimiento que, en Oriente, brin­
daba ahora al emperador la oportunidad de intervenir
en los asuntos de la Iglesia, estaba así relacionado con
un dogma fundamental para la vida cristiana. Si el H ijo
no era realmente Dios, entonces Jesucristo no era sino
una criatura; y en tal caso, ¿ qué se podía esperar de su
sacrificio redentor, de su misión como maestro y funda­
dor de la Iglesia?

¡ m crisis del La herejía no era nueva. Cuando anterior-


amamsmo. mente se había manifestado, su sino había
sido el de todas las primeras rel>eliones
contra la tradición. Los obispos, como guardianes de la
tradición, la habían condenado, advirtiendo a los fieles
> s i n t k s i s di·; h i s t o r i a ms i..\ i g l e s i a

|iie esto no era cristianismo, y al fin los innovadores,


‘xpulsados de la Iglesia, habían formado un cuerpo disi-
lente fuera de ella. Nunca habían conseguido, desde
«u condenación, mantener al mismo tiempo su puesto
mi la Iglesia y sus opiniones heréticas. L a reaparición
le la herejía traería consigo un cambio radical en esta
uateria. Los heresiarcas serían condenados una vez más,
iero ahora resistirían la expulsión y, apoyados por el
imperador cristiano, más interesado en evitar tumultos
[lie en proteger la pureza de la fe, seguirían conser­
vando sus puestos y desempeñando sus funciones en la
Iglesia. Incluso retendrían, por un momento, casi todos
¡os puestos claves, hasta poder llegar a decir un día
San Jerónimo: “ Todo el mundo se dolió y se asombró
:le ser arriano”
El nuevo hereje era un sacerdote alejandrino, A rrio,
predicador de gran estilo y hombre de extraordinaria
cultura. Denunciado rápidamente a su obispo, se convo­
có un concilio que condenó sus teorías. A rrio, no obstan­
te. se negó a someterse y quedó privado de su iglesia. E l
obispo de Alejandría mandó circulares a los otros obis­
pos, notificándoles la herejía y la sentencia dictada
contra el hereje. Arrio no se mostró menos activo y rápi­
damente se atrajo la simpatía de un amigo de los pri­
meros tiempos, Eusebio, su condiscípulo en la escuela
teológica de Luciano de Antioquía, donde había adquiri­
do sus primeras ideas heréticas. Eusebio, como obispo
de la capital imperial, Nicomedia, era ahora todo un
personaje, que añadía a su posición, su parentesco con
la familia imperial, resultando su adhesión a A rrio un
fáctor de gran importancia.
Se inició entonces una viva polémica literaria y con­
troversista que convirtió el Oriente cristiano en escenario
de conflictos y disputas. Constantino, celoso del orden
público y escandalizado ante el apasionado despliegue
de sentimientos, meditó la manera de poner término a los
disturbios. Quién fué el que sugirió la fórmula adoptada
no lo sabemos, pero el caso es que, por orden del empe­
rador, todos los obispos del mundo romano fueron con­
vocados en Nicea, población muy próxima a la capital,
I.A IGLESIA BAJO LA PROTECCION IM PERIAL

para participar en un gran concilio que juzgaría todo


lo referente a la cuestión y restablecería la paz.
El concilio se reunió en junio del 325. y en él toma­
ron parte unos trescientos obispos bajo la presidencia del
emperador y de Osio, obispo de Córdoba, su principal
consejero en materia religiosa. La Iglesia romana estaba
representada por dos sacerdotes, a los que se reservó un
sitio de honor y cuyas firmas encabezaron la larga lista
de suscripciones al pie del edicto publicado por el con­
cilio.
Los defensores activos de A rrio fueron poco nume­
rosos. El concilio se mostró tan hostil a sus teorías, que
sus amigos no se atrevieron siquiera a hablar por él. sino
que disimularon y se sumaron a la petición de su con­
dena. Sólo dos obispos votaron contra la misma, y ambos,
con su protegido, fueron castigados inmediatamente con
el destierro.
Este último punto debe tenerse en consideración. Por
primera vez el estado interviene, no solamente urgiendo
la convocación de un concilio eclesiástico, o para dar un
cierto “ tono” a sus actos, sino para imponer una pena
civil a los herejes recalcitrantes condenados por la
Iglesia.
A partir de su sentencia. Arrio queda relegado a úl­
timo término y el jefe del movimiento, en los decisivos
quince años siguientes, es Eusebio de Nicotnedia. Éste
era demasiado astuto para intentar cualquier revocación
directa de lo decretado en Nicea. Su política consistió
en proponer, en vez de aquella definición rígida e inequí­
voca. nuevas fórmulas intencionadamente vagas y am­
pliamente comprehensivas, que los católicos pudiesen
interpretar en un sentido tradicional y los arríanos en
un sentido arriano. Así los arríanos podrían seguir den­
tro de la Iglesia. No se producirían tumultos y se guar­
daría una apariencia de unidad y buen orden.
A esta sagaz política, no polemística. sino “ práctica” ,
atrajo Eusebio a Constantino y, después de la muerte de
éste (337), a su segundo hijo Constancio 11 (337-361).
Filé el obispo de Nicomedia quien organizó la facción
y quien, en constante actividad, se ingenió para transfor-
44 SINTESIS L>K HISTORIA DIÍ I.A IG1.KSIA

mar lentamente el episcopado oriental, con la deposición


de los obispos católicos, sustituyéndolos por arríanos,
y todo ello con el activo apoyo de la corte, llegando el
emperador a facilitar policía y tropa para hacer cumplir
los cambios por la fuerza. Las secuelas de los sucesos
de Nicea fueron medio siglo de anarquía eclesiástica, de
la que el cristianismo oriental jamás llegó a reponerse en
realidad, y el comienzo de la injerencia imperial en los
asuntos eclesiásticos como un elemento permanente de la
tradición cristiana.
El gran campeón de la doctrina nicena a lo largo de
todos esos años fué el obispo de Alejandría, San Atana-
sio, sucesor del obispo que había condenado a Arrio,
y alma del concilio. Desplazar a este poderoso y dotado
caudillo era uno de los principales objetivos del partido
de Eusebio. Repetidamente se le acusó ante el emperador
de graves crímenes. Sínodo tras sínodo, al fin se le desti­
tuyó, proveyendo el emperador su sede, por dos veces,
con un arriano. Cinco veces fué desterrado y una de
ellas, puesto precio a su cabeza, pasó siete años oculto
en los desiertos del sur de Egipto.
Cuando Constancio n llevaba diez años gobernando
en Oriente (347), la Iglesia se había dividido en dos
bandos. En aquella parte del imperio no quedaba un
solo obispo que defendiera abiertamente el credo de
Nicea ni la inocencia de su principal campeón, San Ata-
nasio. El poder imperial había, efectivamente, ahogado la
voz del episcopado. Sólo en la mitad occidental del impe­
rio. donde el emperador (Constante) era católico, goza­
ba de libertad el cristianismo.
El 350, Constante fue asesinado y en los cinco años
que siguieron, su hermano y sucesor am ano se empeñó
en someter también el Occidente a esta nueva religión
cortesana. Los métodos adoptados fueron los mismos que
se habían empleado en O riente: nada de posiciones abier­
tamente enfrentadas con Nicea. Se aceptarían las nuevas
fórmulas de compromiso; se celebrarían concilios par­
ticulares presididos por el emperador y sus funcionarios,
donde aparecería la tropa para asegurar el cumplimiento
de su voluntad; y se procedería, finalmente, a la deposi-
I.A IGLESIA BAJO I.A PROTECCIÓN IM PERIAL 4«

ción y destierro de los obispos que no se dejaran con­


vencer, colocando en su lugar a otros arríanos.
El plan imperial culminó en el concilio combinado
que se celebró en 359, en Rimini para Occidente y en
Seleucia para el Oriente, donde, bajo presión, práctica*
mente la totalidad del episcopado se avino a suscribir
una definición ambigua de la fe, que podía interpretarse
en un sentido herético.
Fué una victoria infructuosa, pues inmediatamente se
produjo una revolución política y el emperador murió.
Su sucesor fué Juliano el Apóstata. Tras su efímero rei­
nado, gobernaron de nuevo emperadores católicos en O c­
cidente y, eliminada la presión arriana, el episcopado
volvió espontáneamente a la ortodoxia tradicional. En
Oriente se reanudaron las viejas contiendas, pues allí go­
bernaba de nuevo un arriano: Valente (364-378). Su
gran antagonista fué el obispo de Cesárea de Capadocia,
San B asilio; la muerte de este gran hombre (379) justa­
mente cuando las perturbaciones se aproximaban a su
fin, constituye una de las grandes tragedias de la historia.
Porque Valente murió en el campo de batalla en 378,
y su sucesor Teodosio el Grande (379-395) era católico.
El nuevo emperador decretó en público edicto que to­
das las religiones que difiriesen de “ la fe claramente
enseñada por el pontífice Dárpaso y por Pedro, obispo
de A lejan dría” , eran heréticas, debiendo, en consecuen­
cia, ser abandonadas. Esto señaló el fin del patrocinio
estatal del arrianismo, que desapareció desde entonces
como fuerza importante en la vida del imperio, aunque
sobrevivió, con niuy graves consecuencias, como religión
de los diversos pueblos bárbaros convertidos del paga­
nismo en el siglo iv, por ejemplo, los godos.
Teodosio hizo todavía más, convocando un concilio
ecuménico en Constantinopla el año 381, que habría de
reorganizar el Oriente después de tan prolongada anar­
quía. El símbolo de Nicea y su famoso término homo-
ousion 1 para definir la relación entre Dios H ijo y Dios
Padre, cuyo empleo distinguió a los católicos de los arria-

1 R*to c*. Av una «ola M iW a n e ia (con el Pa<lrr)


№ SÍN TESIS DE H ISTO RIA DE L.A IGLESIA

tíos, fueron de nuevo proclamados oficialmente. L a perni­


ciosa costumbre, en vigor sólo desde los días de Eusebio,
de que los obispos interviniesen en los asuntos de otras
sedes, quedó atajada con la nueva legislación, lo mismo
que la injerencia imperial en la elección de obispos. E l
concilio, más perjudicial aún que los anteriores, como lo
habían de demostrar los hechos, confirió al obispo de
Constantinopla un nuevo y espléndido privilegio. En ade­
lante se hallaría en un grado superior a todos los demás
obispos del mundo, con la única excepción del papa.
Aunque su jurisdicción siguió restringida a su diócesis,
con este privilegio se sembraron los vientos de muchas
tempestades. Porque ¿hasta cuándo el segundo obispo
del mundo se contentaría con la exigua jurisdicción de
su diócesis ? ¿ Cuánto tiempo pasaría sin que su primacía
honoraria empezara a convertirse en primacía efectiva
a impulso de la ambición episcopal y los intereses del em­
perador? Además, el principio que sustentaba esta rara
distinción era nuevo y anticanónico: se declaró que al
obispo de Constantinopla le competía esta primacía por
ser Constantinopla la capital del imperio, la nueva Roma.
Entretanto, no obstante, la Iglesia de Oriente se
emancipó de la tiranía arriana, y durante unos años
reinó la paz. Mas no por mucho tiempo. Para los obis­
pos de Alejandría, el concilio del 381 significaba un des­
censo de categoría. Y en las elecciones para obispo de
Constantinopla en el año 381, y de nuevo en el 397, el
candidato alejandrino fué rechazado. Teófilo, el poderoso
prelado de la capital egipcia, que encarnaba el patriotis­
mo local de ese viejo y misterioso país, esperó su hora.
Político hábil, acaudalado y poco escrupuloso, dió el gol­
pe en el 404. El obispo de Constantinopla era San Juan
Crisóstomo, y Teófilo, con falsas acusaciones, consiguió
su destitución y destierro. Tanto el emperador como
Teófilo eran católicos; no se trataba, por tanto, de here­
jías. Pero, por mandato del emperador, la ley canónica
podía, efectivamente, ignorarse. En Oriente todo depen­
día de la corte, y como la corte era católica, nadie rehu­
saba actuar bajo su responsabilidad aun en cuestiones
eclesiásticas, aunque ello resultara anticanónico.
I,A IGLESIA BAJO T,A PROTECCIÓN IM PERIAL 47

Nestorio y Roma, informada solamente cuando todo ha-


cl Concilio SUcedido, protestó y excomulgó al obispo
c ifcso. ¡ej andría y al intruso sucesor de San
Juan Crisóstomo. Más no podía hacer. V ein ­
ticinco años después surgió una nueva llamarada, esta,
vez en mejores circunstancias. La nueva controver­
sia se centraba, una vez más, en torno al obispo de
Constantinopla, desde el 427 Nestorio, que culminó en el
concilio ecuménico de Éfeso del año 431. Esta vez la
disputa afectaba a una verdad fundamental del cristia­
nismo. ¿Cómo puede Jesucristo ser a la vez Dios y hom­
bre? En su esfuerzo por sintetizar estos dos términos,
habían naufragado ya muchos pensadores al enseñar que
la sagrada humanidad no era una realidad, sino una
apariencia solamente. En cambio, Apolinar de Laodicea
a finales del siglo iv había enseñado que, aunque Cristo
tenía un cuerpo realmente humano, era su divinidad lo
que en Él ocupaba el lugar del alma. Esta doctrina,
naturalmente, había sido condenada. L a solución de Nes­
torio añadía a la anterior que en Jesucristo no hay una
sino dos personas, en cuanto es verdadero Dios y en
cuanto es verdadero hombre. Esta sutil discusión había
andado durante años entre los teólogos, pero en 428
apareció súbitamente en una forma que turbó a toda la
Iglesia, al enseñar un predicador en Constantinopla
que era un error dar a María el título de Madre de Dios.
Ella era simplemente madre de Aquel en quien Dios
“ inhabitaba” como en un templo. Inmediatamente sur­
gieron protestas y, cuando Nestorio apoyó al predicador
y castigó a los críticos de éste, hubo escenas de protesta.
Sobre la marejada de Alejandría todas esas noticias
atizaron y pusieron en movimiento a un personaje más
grande aún que Nestorio. Se trata de Cirilo, que, en
412, había sucedido a Teófilo, su tío, como obispo. San
Cirilo no sólo era un teólogo muy versado en este tema
particular, sino un pensador de gran fuerza intelectual.
Como su tío, cuidaba de ordenar las cosas con gran
habilidad y, como él, recelaba en extremo de la escuela
teológica antioquena; y Nestorio. como San Juan C ri­
sóstomo. era un antioqueno.
ti* SÍN TESIS l>li H IS T O R IA 1>K 1.A lO U iS IA

Knvió a Nestorio una enérgica protesta, denuncián­


dole a la vez al emperador y al papa. Con esta interven­
ción se inicia uno de los capítulos más complicados de
ia historia eclesiástica. Aquí no podemos más que indicar
los elementos que la integraron, a saber: i) los errores
de Nestorio; 2) la fe tradicional defendida por Roma,
por Alejandría y por Antioquía; 3) la posición de las
definiciones teológicas adaptadas por Alejandría y A n ­
tioquía. que no diferían tanto en la esencia como en su
expresión, y que suponían el problema enfocado desde
puntos de vista distintos; 4) la disensión triangular que
a lo largo de cuarenta años venía enemistando a las sedes
de Alejandría, Antioquía y Constantinopla; 5) el hábito
imperial de dirimir esas contiendas y el de todo litigante,
exceptuado el papa, de recurrir al apoyo del emperador
para esos asuntos; 6) las personalidades d e : Cirilo, auto-
crático; Nestorio. inquieto, titubeante y fatuo; y Teodo-
reto (el jefe antioqueno), teólogo más erudito que Cirilo
y más hábil escritor, convencido hasta el día de su muer­
te de que Cirilo era un apolinarista; 7) la gran distancia
de Roma y su dependencia de Alejandría como delegada
suya en el Oriente.
El papa, recibida la apelación de San Cirilo — Nesto­
rio ya había escrito a Roma — , condenó a Nestorio y en­
cargó a San Cirilo la notificación de la sentencia acogien­
do su sumisión. Caso de no someterse, Nestorio debería
ser depuesto. Pero San Cirilo fué más lejos de lo previsto
por las instrucciones de Roma, y para prevenir cualquier
evasiva por parte de Nestorio, redactó doce proposiciones
que Nestorio debía suscribir. Pero estas proposiciones
eran alejandrinas en su terminología, debiendo sonar
a apolinaristas a todo antioqueno, con el agravante de
que tampoco Roma las había autorizado como su propia
exposición de la fe.
Entretanto. Nestorio había recurrido al emperador en
demanda de un concilio que juzgara toda la cuestión,
idea en que coincidió el papa, nombrando al efecto tres
legados para que le representaran en el concilio.
El cometido de San Cirilo podía darse por terminado
ante la nueva providencia. Pero las doce proposiciones
I.A Nll.ESTA BAJO J,A PROTECCIÓN IM PERIAL

eran del dominio público y su aparición había hecho que


se extendiera la disputa. Todos los obispos de Palestina
y Siria, los antioquenos, se habían levantado contra el
intento de imponer los puntos de vista alejandrinos.
La apertura del concilio estaba señalada para el do­
mingo de Pentecostés del 431 en Éfeso. Allí estaba Nes-
torio en esta fecha, así como San Cirilo con su séquito
egipcio. Pero ni los antioquenos, ni los legados romanos
habían llegado todavía. Se concedió un plazo de espera
de quince días y al expirar, a despecho de las protestas
de 68 de los 159 obispos presentes y de los comisionados
imperiales, San Cirilo procedió a la apertura del con­
cilio que presidió él mismo.
Nestorio, llamado a comparecer, se negó a reconocer
el concilio. Su doctrina fué ampliamente examinada
y condenada ptir unanimidad, siendo depuesto a conti­
nuación, en virtud de las facultades conferidas por el
papa a San Cirilo. Cuatro días después llegaron los an­
tioquenos, constituyeron por su cuenta un concilio y, sin
más, excomulgaron al anterior y a su presidente San C i­
rilo, condenando sus doce proposiciones como heréticas.
Por fin llegaron los legados de Roma.
Éstos se unieron a San Cirilo y. en presencia de los
mismos, el concilio celebró sti segunda sesión. Dióse
lectura a la carta que el papa dirigía al concilio, conte­
niendo la solución del problema dogmático debatido
y, como los legados cuidaron de explicar, la petición de
que el concilio la aceptase. A continuación tos legados
ratificaron cuanto se había hecho en la primera sesión
y excomulgaron a los antioquenos. empeñados en mante­
nerse apartados
El obispo de Antioquía apdó al emperador. Él era
quien, según los planes del propio emperador, hubiera
debido presidir el concilio; y respondiendo a la apelación,
el emperador actuó. Sería excesivamente largo referir
cómo el emperador sancionó los edictos de ambos conci­
lios, arrestó lo mismo a San Cirilo que a Nestorio,
y cómo finalmente cambió de opinión restituyendo a San
Cirilo y desterrando al obispo de Constantinopla. Con
su decisión final, en septiembre de 431, la complicada
i 8. H.
SÍNTESIS 1)E HISTORIA DE LA IGLESIA

suon quedó terminada. La amarga herencia por ella


ada lúe el abismo de incomprensión que se abrió entre
Mandria y Antioquía. nueva y grave división en el
iente catolice. El papa se negó a ratificar la excomu-
11 de los amioqueuos. pero les ordenó que aceptasen
mandatos de Éfeso. una vez que estaban confirmados
* Roma. Sólo una cosa se cruzaba en el cam ino: las
pechas de los antioquenos de que San Cirilo no era
odoxo. Era necesario que se explicase en un lenguaje
* ellos pudieran reconocer como católico. Esto se hizo
el 433. San Cirilo se avino a suscribir una fórmula,
laclada por Teodoreto, que hablaba de “ la unión de
dos naturalezas” en Jesucristo. Una vez más hubo
?. después de cinco tormentosos añ os; pero, a pesar de
). perduró la semilla de futuras perturbaciones.
De los que tomaron parte en los grandes sucesos del
i. todos menos tres habían muerto cuando, en 448,
■gieron de nuevo mutuas diferencias. Esos tres eran el
perador Teodosio 11, Teodoreto y el propio Nestorio.
licado en su destierro a consignar en sus memorias,
•cubiertas hace pocos años, la crisis por él vivida.
El agresor era. esta vez, Eutiques, superior de uno
ios numerosos monasterios de Constantinopla, y el
^nco de su ataque, Teodoreto.
Til monje era ignorante, pero influyente. E l principal
nistro de la corte era su ahijado, y cuando Teodoreto
)licó a las impugnaciones que se le dirigían, se le
i-aba de ser nestoriano, siendo juzgada su ortodoxia
r la versión eutiquiana de lo que había enseñado San
"ilo, el emperador puso fin a la discusión prohibiendo
obispo que llevase adelante la controversia y confinán-
le a su sede fronteriza.
Eutiques intentó entonces conseguir que el papa
-obara mis opiniones, la principal de las cuales de­
día la unicidad de naturaleza en Jesucristo, que sólo
■leería la divina2; pero en ese momento fué denun-

De ahí eí nombre de m onofixitas dado igualmente a Eutiques y a


catól icos -le htfiptu <|ue, d e s p u é s de la definición de Calcedonia en 451,
¡m iaron adi<t<;<* a la t e r mi n o l o g í a ciriliana <|Ue hablaba de 44la única
iraleza e n r a m a d a M del L okos .
I.A IGI.IiSIA BAJO I,A PROTECCIÓN IMPKRIAI, 51

ciado como hereje a su propio obispo, Flaviano de Cons-


tantinopla, con lo que surgió amenazadora en el hori­
zonte otra gran crisis.
Una vez más la rivalidad entre las grandes sedes
jugó un papel importante. Durante toda esta campaña
contra Teodoreto. el monje había tenido el apoyo del
obispo de Alejandría, el sucesor de San Cirilo, Dióscoro.
Flaviano, otra curiosa semejanza con el año 431. era
también antioqueno. Conociendo el poder de Eutiques
en la corte, la influencia de Dióscoro y los triunfos
alejandrinos del 404 y 431, a Flaviano no le quedaron
deseos de convertirse en juez del monje. Sin embargo,
no tuvo más remedio que actuar, y de actuar, necesaria­
mente tenía que condenar a Eutiques.
El monje apeló a Roma y Alejandría. Dióscoro con­
denó la sentencia pronunciada contra él y pidió al empe­
rador un concilio ecuménico para juzgar la cuestión.
Los acontecimientos empezaron a desarrollarse en­
tonces según la pauta del 431. El papa. San León 1,
consintió en la celebración del concilio y nombró dos
legados. Dirigió un'escrito al concilio y confió a los le­
gados una resolución dogmática: el llamado Tomo de
San León. El Concilio se reunió en Éfeso el 8 de agosto
de 449, en la misma basílica que el 431. Presidió Diós­
coro. obispo de Alejandría.
Lo que siguió fué una serie de atropellos. El presi­
dente empezó por excluir a todos los que habían tenido
alguna participación en la sentencia de Eutiques y a to­
dos los sospechosos de hostilidad hacia el monje, impo­
niendo su voluntad al concilio con amenazas de destitu­
ción, de destierro, e incluso de muerte, con un gran
despliegue de fuerza armada puesta a su disposición por
el gobierno. Eutiques fué repuesto; se depuso a Flaviano
y a Teodoreto, y las doce proposiciones de San Cirilo,
tomadas en su sentido eutiquiano, fueron adoptadas ofi­
cialmente como definición dogmática. Flaviano, encarce­
lado, murió a causa de los malos tratos.
Los legados romanos protestaron, mas no fueron
oídos, y sólo la huida les salvó de correr la misma suerte
que Flaviano.
V2 SÍNTESIS IMS HISTORIA DE I,A IGI.ESIA

Una vez más la herejía triunfó en Oriente, y sólo


porque los herejes contaban con el apoyo del emperador.
Y una vez más, también, Alejandría había triunfado
sobre Antioquia derrocando al obispo antioqueno de
Constantinopla por tercera vez en cincuenta años. Con­
viene no olvidar este último aspecto del proceso, pues
en la próxima reversión de los acontecimientos del 449,
ei orgullo alejandrino había de sentirse herido tan en
lo vivo que provocaría una permanente rotura de la
unidad religiosa.
Los doce meses que siguieron al triunfo de Dióscoro
no presenciaron sino inútiles protestas del papa ante el
emperador por lo que se había hecho. Hasta abril de 450
no replicó Teodosio 11, y entonces proclamó el derecho
de Oriente a arreglar sus propios asuntos. Pero el papa
se negó a reconocer al nuevo obispo de Constantinopla,
el sucesor de Flaviano, hasta tanto no aceptase la defi­
nición dogmática romana publicada en el Tomo del 449.
La confianza de la Iglesia oriental en la corte se puso
dramáticamente de manifiesto cuando, el 29 de julio del
450, Teodosio n perdió la vida en una caída de caballo.
Sus herederos, su hermana Pulquería y el marido de és­
ta. Marciano, eran católicos. Así, los obispos desterrados
fueron devueltos a sus sedes y se convocó el concilio que
había estado reclamando San León desde que le llegaron
las noticias de la asamblea 3 del 449, pidiéndose al papa
que lo presidiera.

Concilio deÉste fué el concilio ecuménico de Calcedonia,


Calcedonia. qlie se
reun]"ó en octubre de 451. Dióscoro
era esta vez el acusado. Fué condenado,
depuesto y desterrado. A continuación se aceptó la defi­
nición dogmática del papa entre grandes aclamaciones,
mientras los obispos gritaban: “ Rs Pedro quien está
hablando por boca de León” . Teodoreto fué repuesto,
y con él otras víctimas del “ latrocinio” de Éfeso.
A continuación el concilio se ocupó de los asuntos

3 “ N o un c onc i l i o , d i j o de esta a s a mb l e a el papa, si no má s bi en un


antro rjr ladrones latro( iniitm’ ', y c o m o ‘’ l a t r o ci ni o *’ lia p a s a d o a la bis*
LA IGLESIA BAJO LA PROTECCIÓN IM PE RIAL S3

disciplinares. Los obispos presentaron una enérgica pro­


testa contra la injerencia imperial en los asuntos de la
Iglesia, y ajustaron de nuevo la jurisdicción de las di­
versas sedes importantes de Oriente. A Jerusalén se le
concedió el mismo rango, el de sede patriarcal, que
tenían Antioquía y Alejandría, y se creó, además, un
nuevo patriarcado para Constantinopla, cuya primacía
de honor después de Roma quedó confirmada, convertida
a la vez en la sede del tribunal de apelación para todo el
Oriente. Esta confirmación de la primacía se nega­
ron a admitirla los legados del papa, y San León los
apoyó, declarándola nula, lo mismo que el canon del 381
en que estaba basada. A esto replicó el obispo de Cons­
tantinopla en una especie de desaprobación de cuanto se
había hecho. Era todo lo que el papa podía esperar, y de
ese modo poco satisfactorio terminó de momento el
asunto (453).
Otra secuela del concilio, más violenta aún, absorbía
en aquellos momentos la atención del emperador, y por
supuesto del papa y de todo el episcopado oriental: una
amplia rebelión extendida por Egipto y por Siria contra
la nueva definición dogmática.
Para el cristianismo egipcio, Calcedonia había sido
una tremenda derrota. Después de salir tres veces triun­
fante en la lucha contra Constantinopla. Alejandría ha­
bía sido abatida al fin. Tras una larga historia de campeo­
na de la ortodoxia, veía ahora su teología condenada
como herética. Egipto era la primera patria del recién
nacido monaquismo, y el obispo de Alejandría se había
convertido en una especie de patriarca de todos los mon­
jes del mundo. San Anastasio. Teófilo, San Cirilo
y Dióscoro, todos ellos se habían visto apoyados en sus
conflictos por ejércitos de esos agradecidos solitarios
y cenobitas. A l menor indicio de una próxima crisis
comenzaban a pulular a millares moviéndose en defensa
de su arzobispo y de sus ideas. De nuevo se desparra­
maron por todo el Oriente, esta vez para denunciar al
concilio de Calcedonia excitando contra él todo el latente
(nacionalismo de Egipto y de Siria y presentándolo
como obra de la tiranía imperial helénica.
SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

E l problema de Los obispos regresaron del concilio para


tos monoftsttas. encontrar sus sedes ocupadas por mono-
fisitas, y hasta que el gobierno envió
tropas en su ayuda no pudieron recuperar sus iglesias
o mantenerse en sus posiciones.
Durante veinticinco años continuaron esos desórde­
nes entre obispos católicos y monofisitas que reclamaban
las grandes sedes, librándose los católicos de la muerte
únicamente gracias a la protección armada del gobierno.
El imperio occidental había casi desaparecido en los
ochenta años que siguieron a la muerte de Teodosio el
Grande, y ahora el oriental se veía amenazado con la
pérdida de los dos tercios de su territorio por esta
funesta división religiosa. Poner remedio a esta división,
reconciliar a los monofisitas, era desde este momento la
primera necesidad de cualquier política imperial.
Veinticinco años de represión por la fuerza física no
habían conseguido en absoluto reducir a los monofisitas,
cuando, en 477, un pro-monofisita usurpó el trono. Su
mandato duró sólo dos años, pero en ese período preparó
una inmensidad de nuevas dificultades para el catolicismo
con la nueva política de compromiso que inauguró. Para
los monofisitas, el escollo lo constituían Calcedonia y la
definición dogmática romana allí aceptada. Cualquiera
que fuese el matiz de sus crencias, y entre ellos ya exis­
tían sectas, todos coincidían en condenar la fórmula de
San León, tildándola de herética. Quienquiera que acep­
tase a Calcedonia, para ellos era necesariamente un nes-
toriano.
El usurpador, Basilisco, publicó entonces una decla­
ración de fe que todos los obispos tuvieron que suscribir.
Repetía la condenación hecha en Éfeso en 431 y aceptaba
el Latrocinio de 449. Condenaba también a Eutiques,
pero al mismo tiempo condenaba a Calcedonia y la
fórmula de San León.
Esta declaración, llamada el Encyclion, fué la pri­
mera de una serie, publicadas sucesivamente por los
emperadores durante los ciento cincuenta años siguien­
tes, para lograr la unión de católicos y monofisitas a base
de constantes concesiones a ambos partidos. Fué la úni­
LA IGLESIA BAJO LA PROTECCION IM PERIAL

ca, no obstante, que contenía una repudiación explícita


de Calcedonia. Sin embargo, constituyó un gran éxito,
y todos los obispos católicos de la Iglesia oriental la
suscribieron, con una notable excepción.
Esta excepción fué Acacio, patriarca de Constan-
tinopla, que llegó a ser el principal consejen) del re­
puesto emperador Zenón cuando el usurpador fué de­
rrocado (4/7). E l Encyclion fué retirado y los obispos
obedecieron, con la misma unanimidad y prontitud, la
nueva orden imperial de retractarse de las firmas estam­
padas al pie de la declaración.

Acacio había sido el único héroe episcopal de la


crisis del 477. Ahora, por una extraña fatalidad, había
de convertirse en motivo de un cisma que duró treinta
y cinco años y que, enseñando al Oriente la manera de
ser católico sin el papa, le ofreció la pauta para buena
parte de su ulterior comportamiento y, tal vez, incluso
para el gran cisma que todavía dura.
Las intenciones del patriarca eran buenas: reconciliar
a los monofisitas, a muchos de los cuales mantenía apar­
tados de la Iglesia una mera diferencia de terminología.
El medio propuesto fué la aceptación, por ambas [»artes,
de un nuevo formulario que expondría la fe sin ninguna
referencia a la candente cuestión de Calcedonia y San
León. Este formulario fué el Henoticon, publicado en
482, no por un concilio, o por Acacio, sino por el em­
perador. Una vez más había de restablecerse la disci­
plina eclesiástica y ponerse fin a la disputa dogmática
por un edicto imperial.
El Henoticon citaba las definiciones de los concilios
de Nicea, Constantinopla y Éfeso. Del mismo modo que
condenaba a Nestorio a satisfacer a los monofisitas. así
condenaba a Eutiques a satisfacer a los católicos. Incluía
las doce famosas proposiciones de San Cirilo, pero no
el Tomo de San León; y mientras no hacia mención
alguna del “ latrocinio” , guardaba también silencio acer­
ca de Calcedonia.
Difícilmente hubiera podido darse con fórmula de
mayor habilidad teológica que salvara con igual maestría
SINTESIS DE HISTORIA DE I,A IGLESIA

,s escollos que amenazaban por ambos lados. Pero,


nplícitamente, proclamaba que era una cuestión evi-
etite, una cosa sin importancia, un asunto que podía
.ejarse a la discreción de cada obispo, la resolución del
nico punto que precisamente dividía a los católicos
monofisitas: la ortodoxia de Calcedonia y San León.
esto para aplacar a aquellos cuya negativa a la
ceptación de Calcedonia les imprimía la marca de
¡créticos.
Lo mismo que el Encyclion del 477, la nueva fórmula
uvo un éxito inmediato. Todo el Oriente se sumó a ella,
oí 1 su autor. Acacio, al frente, secundado por Alejan-
Iria, Antioquía y Jerusalén.
El papa protestó y emplazó a Acacio a juicio. Pero
*n Constantinopla los enviados del papa, después de
<utrir prisión y hasta tortura, fueron ganados para la
meva causa. También ellos suscribieron el Henoticon.
Entonces el papa excomulgó a Acacio, que replicó con
déntica censura contra el papa. El Oriente, salvo unos
jocos individuos, estaba ahora totalmente perdido para
a Iglesia. Una mitad era hereje, los monofisitas, y la
¡litad católica era cismática. Tal estado de cosas duró
reinta y cinco años, y durante ese tiempo los monofisitas
aeron ganando terreno sin cesar.
Acacio murió el 489 y Zenón en 491. El nuevo em­
igrador. Anastasio 1, era monofisita, y su reinado es
notable por su intento de imponer el monofisitismo a los
patriarcas de Constantinopla, que, aunque cismáticos,
seguían firmemente unidos a la religión romana.
La más tremenda confusión se había apoderado de
nuevo de los asuntos religiosos a todo lo ancho del impe­
rio. Egipto se regía por el Henoticon, interpretado con
fuerte espíritu anticalcedonio, como preludio para una
futura condenación de Calcedonia. En Siria, los obispos
aceptaban también el Henoticon, pero con una interpre­
tación procalcedonia, mientras que los monjes andaban
divididos. Constantinopla, exceptuada la corte, era cató­
lica menos en un punto: la negativa a abandonar el
Henoticon y la memoria de Acacio, su promotor. Difí­
cilmente podía decirse que la política del Henoticon
I,A IGM iSIA BAJO I.A I'ROTKCCIÓN IMl'KKlAT. 57

liabía puesto fin a las diferencias religiosas o restablecido


la antigua unidad política de O riente; y a los treinta
y cinco años de haberse iniciado, hacia el 511, Anastasio
planeó una nueva política más decididamente antical­
cedonia.
En ese momento surgió en la capital el hombre que
había de ser, durante treinta años, el alma del partido
monofisita, el más grande teólogo que produjo la secta
y el verdadero fundador del monofisitismo como Iglesia
autónoma, el monje sirio Severo. Gracias a su fuerte
personalidad y a su talento político, que ahora por vez
primera aunó las fuerzas monofisitas dispersas en la
capital, el obispo antimonofisita de Constantinopla fue
depuesto y sustituido por un hereje. Un cambio similar
se llevó a cabo en Antioquia, cuya sede ocupó el mismo
Severo, pasándose entonces los obispos de Siria a la
interpretación más radical, monofisita, del Henoticon.
En Jerusalén hizo alguna resistencia el patriarca, que
por orden del emperador fué destituido y desterrado,
ocupando su puesto un monofisita. Pero, a pesar de la
actividad desplegada por Severo, que había colocado a
monofisitas en todas las sedes principales, quedaba to­
davía bastante sentimiento antimonofisita (especialmente
en la capital) y bastantes monofisitas disidentes en Siria
para provocar al gobierno a una ulterior acción. Pero en
ese momento, cuando los asuntos empeoraban lenta pero
progresivamente, el anciano emperador (contaba ochen­
ta y seis años) murió (9 de julio de 518). Su sucesor,
Justino 1, era latino y católico
La reacción fué instantánea. El pueblo recorría las
calles· de Constantinopla pidiendo el reconocimiento de
Calcedonia y San León y la deposición de Severo. Un
sínodo de obispos reconoció solemnemente los principios
de Calcedonia, repuso el nombre de San León el puesto
que le correspondía en la liturgia, y depuso y excomulgó
a Severo, que entretanto ya había huido. En todas partes,
excepto en Egipto, los católicos llevaron ventaja, y al
mes de su elevación al trono el nuevo emperador había
ya escrito al papa, Hormisdas, pidiendo que levantase
la excomunión y se restableciera la comunión con él.
Hasta marzo siguiente (519) no llegaron a Constanti-
nopla los legados pontificios portadores de un documen­
to que todos los obispos debían firmar en testimonio de
su fe católica y como condición de su reconciliación.
Ésta es la famosa Fórmula del papa Hurmisdas. Recono­
ce que la fe de la Iglesia Romana nunca ha fallado,
según las palabras de Nuestro Señor a su primer obispo:
“ Tú eres P ed ro...” Condena a Eutiques lo mismo que
a Xestorio (asociando a San Cirilo con el papa en esta
última condenación). Reconoce explícitamente las deci­
siones de Éfeso lo mismo que las de Calcedonia. Con­
dena por sus nombres a todos los jefes monofisitas,
incluido Acacio, y a todos sus partidarios. Acepta explí­
citamente el Tomo de San León y, finalmente, reprueba
a todos los “ apartados de la comunión con la Iglesia
católica, esto es, los que no se someten a la Sede Apos­
tólica” .
El emperador propuso una conferencia para discutir
la fórmula, pero los legados se mostraron firmes. Ellos
habían venido simplemente a recoger firmas. El patriar­
ca la suscribió, y así lo hicieron todos los demás obispos
presentes en la capital, y seguidamente los delegados
llevaron la fórmula a todos los obispos de Oriente.
En la capital la tarea fué fácil. Fuera de Constanti-
nopla las cosas eran muy distintas. En muchos lugares,
Éfeso. por ejemplo, y Tesalónica, hubo oposición por
parte de los que, monofisitas de corazón, no estaban dis­
puestos a condenar con Acacio a sus sucesores que, du­
rante el cisma, habían sufrido por su resistencia al empe­
rador monofisita, Anastasio. La mayoría de los obispos
del propio patriarcado de Severo firmaron; cuarenta, no
obstante, se negaron, y los monjes se resistieron en
todas partes. Sólo fué posible vencerlos mediante un en­
carcelamiento general. Se cerraron sus monasterios y se
expulsó a los eremitas de sus soledades, medidas que
contribuyeron grandemente a la causa monofisita, pues
de este modo se desparramaron sobre Siria miles de
vehementes apóstoles que predicaban, dondequiera que
fuesen, contra los obispos y el Concilio de Calcedonia.
Severo, desde su escondite, dirigía todo el movimiento,
1,A IGLESIA BAJO LA PROTECCIÓN IMPERIAL »9

y sacerdotes y diáconos fueron ordenados a cientos para


que ocupasen el puesto de los que habían “ caído" al so­
meterse al papa Hormisdas. En cuanto a Egipto, se
preveía con tanta certeza la resistencia general a cual­
quier intento de restauración católica, que el gobierno
respetó el estado de cosas reinante, y a Egipto empeza­
ron a confluir todos los prófugos y expatriados del resto
del imperio.
El problema monofisita, por tanto, siguió constitu­
yendo una fuente de desórdenes políticos crónicos en el
imperio, manteniendo sobre la Iglesia la amenaza cons­
tante de que, siempre que pareciese ventajoso para el
mantenimiento del orden o la defensa imperial, el empe­
rador no vacilaría en comprometer un artículo de fe.
Con el advenimiento del emperador Justiniano (527-565)
la amenaza se hizo sentir de nuevo, y el efecto de su
larga soberanía sobre la Iglesia en sus dominios fue el
aumento del poder estatal sobre ella y la progresiva
desviación de la tradicional sumisión a Roma y, con ello
de su fundamento, la creencia en la primacía de la sede
romana.

Justiniano. Justiniano, uno de los más grandes empera­


dores, que cuenta en su haber con la recon­
quista de Italia y África y la restauración del derecho
romano, era personalmente ortodoxo y estaba sincera­
mente interesado en el florecimiento del catolicismo.
Pero, al igual que diez siglos después Carlos \\ a quien
ciertamente prefigura en más de un aspecto, Justiniano
interpreta de tal modo su papel de protector de la re­
ligión, que se considera a sí mismo la autoridad suprema
de la Iglesia, y a los obispos, e incluso al papa como
meros asesores técnicos para aconsejarle y ejecutar sus·
decisiones. En la gran compilación del derecho romano
que lleva el nombre de Justiniano, esa perniciosa confu­
sión de autoridad espiritual y temporal se establece
deliberadamente, como norma fija de la política imperial.
“ Nada debe escapar al monarca a quien Dios ha con­
fiado el cuidado de toda la humanidad” , es el principio
en que se basa este nuevo cesaropapismo. La ortodoxia
60 SÍNTESIS DE HISTORIA DE I*A IGLESIA

religiosa queda asegurada mediante brutales castigos


contra la herejía. La actividad misional dentro y fuera
del Imperio es protegida y alentada. Los obispos, que
gozan de gran prestigio y desempeñan un gran papel
como jueces, incluso en litigios sobre asuntos temporales
y seculares, son nombrados, en la práctica, por el em­
perador. El papa ocupa un lugar aparte, pero, en la
mente del emperador, está igualmente incluido dentro
del sistema. No se intenta negar a la Sede su tradicional
supremacía. Se declara que el papa· es “ el primero de
todos los sagrados sacerdotes de D ios” , y Roma “ la
fuente de todo sacerdocio” . Así, entre las varias sedes
del Imperio, sólo Roma continúa gozando del privilegio
de elegir libremente a sus obispos, aunque ahora el elegi­
do necesita que su elección sea confirmada por el empe­
rador. Pero esta supremacía papal sobre la Iglesia la
ambiciona el emperador como instrumento de gobierno
y. para someterla a sus designios políticos, a veces no
rehuye la violencia.
La historia del quinto concilio ecuménico y la rela­
ción que con él tuvieron Justiniano y el papa Vigilio,
constituyen el ejemplo más claro de ello; aunque, nótese
bien, ni aun aquí intentó Justiniano usurpar para sí
ninguna función papal, ni llevar a cabo un cambio ilegal
en la constitución de la Iglesia. No hay negación alguna
de la dignidad pontificia, pero se evidencia una propen­
sión despiadada y poco católica a utilizar al papa contra
su voluntad, que nos recuerda el trato dado a Pío v n
por Napoleón.
El complicado desarrollo de este extraño, el más
extraño de todos los concilios ecuménicos, puede leerse
en cualquier parte. Fué la culminación de un nuevo
intento imperial para reparar la brecha abierta por la
herejía monofi sita. Los monofisitas declaraban nestoria-
nos a los que aceptaban a Calcedonia. Para que quedase
bien claro y sin lugar a duda que los calcedonianos, los
católicos, eran, respecto de Nestorio, tan ortodoxos como
los propios monofi sitas, se sugirió la idea de hacer una
solemne condenación de tres teólogos muertos ya, amigos
de Nestorio o de sus doctrinas. Hecho esto, los monofisi-
J,A IGLESIA BAJO LA PROTECCIÓN IM PERIAL 61

tas no tendrían ya motivo para quejarse y, sin que se


dijera una palabra en pro ni en contra de Calcedonia,
la antigua escisión quedaría atajada. Los tres párrafos 4
de la próxima condenación eran la persona y los escri­
tos de Teodoro de Mopsuestia, los escritos de Teodoreto
contra San Cirilo en la época del concilio de fjfeso, y la
caria en que Ibas, obispo de Edesa, refiere a Maris, el
obispo de Seleucia, la historia del concilio de Éfeso. El
primero de esos tres personajes fué el maestro de Nesto-
rio y una de las principales fuentes de su herejía. El se­
gundo y el tercero eran íntimos amigos de Nestorio,
e igualmente encarnizados enemigos de San Cirilo.
L a oposición de Roma a esta solemne condenación
se basaba en que, puesto que Teodoreto e Ibas habían
sido solemnemente rehabilitados en Calcedonia, cualquier
ataque contra ellos habría de tener una apariencia de un
alejamiento de Calcedonia. Y ésta fué de hecho en O cci­
dente la primera interpretación de la muy ponderada
condenación formulada por el papa en 548. que trajo con­
sigo apasionadas reacciones en todas partes, pero espe­
cialmente en África, donde el mismo papa fué excomul­
gado.
La posición del papa era sumamente delicada y sus
decisiones expuestas a malas interpretaciones por el he­
cho de ser, a la sazón, prisionero de justiniano, que lo
había secuestrado en 545 embarcándolo para la capital
cuando se puso de manifiesto su primera vacilación en
someterse a la voluntad imperial.
Entre la condenación de 548. que el papa revocó, y la
reunión del concilio en mayo de 553, se sucedieron una
serie de crisis, reuniéndose el concilio con la negativa del
papa a tomar parte en él. Hubo, así, diversas condena­
ciones : una del papa, contra los escritos de Teodoro de
Mopsuestia, y otra del concilio, contra los tres capítulos,
o más bien una aceptación por el concilio de la conde­
nación de los mismos por justiniano.
Quedaba por conseguir el asentimiento del papa V igi-
lio, que, anciano ya de más de ochenta años, cedió al fin.
4 Kn latín, capitula. o sea capítulos: de ahí el nombre de los tres ca-
pítalos dado a esta controversia.
62 SINTESIS DE HISTORIA DE I.A IGLESIA

al cabo de seis meses más de amenazas, aislamiento y pri­


sión, siéndole permitido entonces regresar a Roma, de
donde había permanecido ausente casi diez años.

A la muerte de Justiniano sobrevino una larga y pro­


gresiva decadencia del imperio. Los persas, que durante
esos siglos representaron para el imperio romano lo que
los ingleses para Francia durante la Edad Media, se
aprovecharon de la debilidad de sus sucesores, apoderán­
dose de las provincias de Siria y Egipto, con tanta mayor
facilidad cuanto el monofisitismo, y los sufrimientos pa­
decidos por esta causa, habían indispuesto al pueblo con
el emperador.
Con Heraclio (610-641) cambió la corriente. Otra
vez se hallaba al frente del imperio un gran carácter, un
excelente soldado y un gobernante recto y capaz. Tras
casi veinte años de reorganización y guerras, se reco­
braron los territorios perdidos, incluso Jerusalén con la
verdadera Cruz, y Heraclio pudo dictar una paz a los
persas en su propia capital.
Su tarea más urgente era la reorganización de las
provincias recobradas y, al emprender la unificación de
griegos y orientales en Egipto y Siria, condición indis­
pensable para una seguridad duradera, Heraclio se halló
enfrentado con el viejo problema de los monofisitas. Pero
los monofisitas no habían de inquietarle por mucho
tiempo, pues mientras él proyectaba estos planes, se le­
vantaba en Arabia un nuevo poder, el Islam, que había
de arrebatar al imperio rápidamente y para siempre
Egipto y Siria, y esto antes de que transcurrieran quince
años desde la victoria del 628.

E l monotclismo. Pero el nuevo plan de reconciliación con


los herejes sobrevivió a la pérdida por
el imperio de las tierras en que éstos habitaban, y du­
rante cincuenta años continuó siendo la causa de graves
discusiones entre los mismos católicos, dando motivo a
persecuciones y martirios y a otra ruptura con Roma.
El patriarca de Constantinopla. Sergio, filé el autor
del nuevo plan, que, omitiendo toda referencia a Calce­
LA IGLESIA BAJO LA PROTECCIÓN IM PERIAL «3

donia o a San León, lo mismo que a San Cirilo, se


reduce a la reafirmación de que en Nuestro Señor no hay
sino una fuente de actividad (una energía), al no haber en
Él sino una sola persona. Una versión más popular de
la teoría hablaba de que Cristo no poseía más que una
sola voluntad, por lo que la nueva herejía recibió el
nombre de monotelismo. Pues era, desde luego, una here­
jía, en la que se hallaba latente el viejo monofisitismo, y
no poco manifiesto para cualquier versado en la contro­
versia.
Heraclio se dejó conquistar por ella, y los monofisitas
la apoyaron. Pero Sofronio, el patriarca de Jerusalén.
vió la amenaza que representaba para la fe y la denunció
a Roma. Sergio había escrito también, por las mismas
fechas, al papa Honorio i (625-638), que con su hábil
actuación se convirtió en una de las más célebres figuras
de la posterior controversia sobre la infalibilidad papal.
Porque Honorio decididamente omitió el punto en cues­
tión, a saber, si en Cristo existe 1) una voluntad di­
vina y 2) una voluntad humana, ocupándose de otra
cuestión distinta, es decir, si en Cristo puede haber con­
flicto entre lo que quiere como Dios y lo que quiere
como hombre. Y puesto que entre ambos órdenes existe
la más perfecta armonía, hemos de reconocer en Jesucris­
to, concluye Honorio, una unidad de voluntad. La discu­
sión de si hay en Él una o dos “ energías” , puesto que
cualquier expresión está sujeta a ser interpretada en
sentido erróneo, es preferible omitirla.
Esta respuesta supuso una gran adquisición para el
monotelismo, pues vino a sancionar su lema “ unidad de
voluntad” , favoreciendo a la vez la política de “ fuera dis­
cusiones por amor a la p az” .
A los ocho años de esta calamitosa decisión habían
muerto las principales figuras del movimiento: los here­
jes, el emperador y el papa. Y se habían perdido las
provincias monofisitas. Pero la nueva herejía era ya
un credo oficial, que el estado continuaría imponiendo.
Y Roma, una vez aclarado el equívoco, se vería igual­
mente obligada a combatir la herejía y, en caso nece­
sario, a los emperadores que la patrocinaban.
64 SÍNTESIS DE HISTORIA DE I.A IGLESIA

El nuevo proceso se inició con una serie de aclara­


ciones de Roma, en las que los sucesores de Honorio
explicaron lo que éste había sancionado y lo que había
condenado, y demostraron que en modo alguno había
aprobado el monotelismo. En consecuencia, condenaron
la nueva profesión de fe, redactada por el emperador,
en la que se contenía la herejía, y ordenaron al patriarca
de Constantinopla que retirase su adhesión a la misma.
Como se negase a hacerlo, el papa le excomulgó. E l em­
perador (Constante n , 642-668) replicó con un nuevo
edicto: el tipo.
Este mandato imponía simplemente silencio a am­
bas partes. La herejía había de continuar en el poder
y los católicos no debían urgir la fe tradicional. El
primero en desafiar la política del tipo fué el nuevo
papa Martín 1, elegido en el 649, y lo hizo en la forma
más pública posible. Antes de su elección había vivi­
do bastantes años en la corte de Constantinopla como,
embajador pontificio. Conocía toda la controversia con
sus personajes, y en octubre de 649, en un gran con­
cilio celebrado en Letrán, condenó el tipo y a sus pro­
motores. y definió como doctrina de la Iglesia que en
Cristo hay “ dos voluntades naturales, la divina y la hu­
mana” . Dispuso, además, la celebración por todo el
Occidente de concilios similares que divulgasen la conde-i
nación y la definición.
El emperador, en respuesta, empezó intentando ga­
narse al papa para su bando; luego planeó su asesinato
y, por último, después de un intento abortado, lo arrestó
y trasladó a Constantinopla. Allí se le infligieron todo
género de ultrajes: fué procesado (acusado de traición)
y condenado a muerte, sentencia que le fué conmutada
por el destierro. Doce meses más tarde (654), extenuado
por los sufrimientos y todavía en el exilio, murió. Y no
fué él la única víctima de la persecución.
Mientras vivió Constante 11, se mantuvo la misma
política. No obstante, su hijo y sucesor, Constantino iv
(668-685), n0 compartía el entusiasmo de su’ padre por
ella. Aunque no se procedió a una revocación formal
de lo hecho, el tipo dejó de imponerse como profesión
LA IGLESIA BAJO LA PROTECCION IM PERIAL 65

de fe, y un período de diez años de relaciones más


pacíficas entre emperador y papa, preparó el terreno
para el concilio ecuménico de 68o, que puso fin al punto
muerto tanto tiempo prolongado. El papa, Agatón, envió
una carta al concilio, como había hecho San León con
Calcedonia, declarando la doctrina cristiana tradicional
sobre el punto dogmático en discusión, a saber, si en
Cristo había una o dos voluntades. Como en Calcedonia,
así ahora los 174 obispos orientales presentes acogieron
con aclamaciones la doctrina del papa, exclamando: “ Es
Pedro quien habla por boca de A gatón ” . Definida la doc­
trina, el concilio pasó a la condenación de los autores
de la herejía, y con ellos desaprobó al papa Honorio, no
como a uno de los autores, sino “ porque con su respuesta
a Sergio siguió en todos los puntos la opinión de aquel
hombre perverso, y confirmó su impía doctrina*’.
La fecha del vi concilio ecuménico, noviembre 680-
septiembre 681, nos recuerda que, en este rápido exa­
men de las consecuencias que por el catolicismo se deri­
varon de la conversión de su cabeza en lo temporal — el
emperador romano — , hemos rebasado ampliamente la
fecha convencional que separa al imperio romano del
bizantino. Casi cuatrocientos años han transcurrido des­
de la conversión de Constantino, y en ese tiempo ha na­
cido una nueva cultura en el imperio cuyo centro es
ahora Constantinopla, la ciudad elegida por Constantino
para capital. El imperio es ahora, en realidad, un estado
griego, y se acerca el tiempo en que un emperador ro­
mano podrá decir del latín que es una lengua bárbara.
Es ya hora de considerar el desarrollo de la Iglesia
durante estos mismos cuatrocientos años en aquellos
países occidentales, Italia, Africa, España, las Galias,
Gran Bretaña y Germania, donde el emperador, en (>80,
hace ya mucho tiempo que ha dejado de imperar. Pero
antes conviene decir algo acerca de otro gran concilio,
celebrado en Constantinopla en el año 692, que marca
definitivamente el comienzo de una nueva era en las re­
laciones entre Roma y el catolicismo de habla griega.
A partir de este momento se manifiesta un nuevo espíri­
tu, definida y sistemáticamente antirromano, resentido
>* s. h. 1.
66 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

por la función directora de Roma y no poco desdeñoso


de las costumbres romanas y del occidente bárbaro en
general. La insubordinación ocasional de los patriarcas
de Constantinopla. ayudados, si no inspirados, por el
propio emperador, toma ahora el cariz de una guerra
de independencia, y mucho más que el cisma de Acacio,
el concilio de 692 es, en su espíritu, el preludio que
conduce a Focio y al cisma de Cerulario, que todavía
dura.
Motivó la reunión del concilio el deseo de redactar
nuevas normas disciplinares, una especie de suplemento
a los dos últimos concilios ecuménicos 5, en los que no
se había tratado en absoluto de disciplina.

El Concilio El concilio se celebró bajo la cúpula (griego:


m Trullo . troullos) del palacio imperial (de ahí su
nombre de Concilio in Trullo) y reclamó que
se legislara para la totalidad del imperio, y, en conse­
cuencia, para Roma también. Las nuevas leyes son en su
mayor parte una simple codificación de las viejas, pero
hay algunos nuevos cánones, y éstos son innegablemente
antirromanos. Así, el canon que regula los matrimonios
clericales llega a afirmar que la costumbre romana no
está de acuerdo con la tradición de los apóstoles; y en
cuanto a la legislación para los días de ayuno, el canon
exafnina la costumbre romana de ayunar en los sábados
de cuaresma y procede a la prohibición de esta práctica,
incluso en la propia Roma, bajo pena de excomunión.
Además, se admiten como fuentes de este nuevo “ có­
digo” cánones de concilios que Roma nunca había reco­
nocido, y que incluso había rechazado explícitamente.
Surgió, desde luego, el conflicto, en cuanto se requi­
rió el asentimiento de Roma a los nuevos cánones. El
papa, Sergio 1, negó su aprobación y sólo una revolución
en Constantinopla (695) pudo salvarle de correr la mis­
ma suerte que San Martín 1. Cuando, diez años más
tarde, fué repuesto Justiniano 11, planteó de nuevo la
cuestión al sucesor de Sergio 1, Juan v il. Este papa res-
c El v (año 553) y vi (año 630), de donde el nombre de Quiñi-Sexto
dado a veces a éste del 692.
I,A IGLESIA BAJO LA PROTECCIÓN IM PERIAL

pondió con una ambigüedad que ni confirmaba ni repu­


diaba el concilio. Ello no bastó, y se cursó al papa la
orden de presentarse personalmente en la corte. Pero
Juan v il había fallecido cuando la orden llegó a Roma,
y fué Constantino quien debió acatarla. En su séquito
iba el diácono que luego había de ser papa bajo el nombre
de Gregorio n , y, gracias a su hábil diplomacia, el
asunto se arregló sin necesidad de que el papa confir­
mara los decretos.
El cristianismo de los siglos a que nos hemos referido
cuenta con dos grandes glorias en su haber: la institu­
ción y primera expansión del monacato cristiano, y esa
serie de geniales escritores eclesiásticos que llamamos
Padres de la Iglesia.
El principio del monacato fué la práctica, tan antigua
como la misma Iglesia, dé ciertos individuos de ambos
sexos, que se consagraban a Dios mediante un voto de
perfecta castidad. Esas almas heroicas, continentes, ’po­
dían hallarse en cualquier iglesia, y los apologistas hacen
frecuente referencia a ellas como una prueba de la santi­
dad a que la fe conduce a los hombres. Con el tiempo,
las autoridades eclesiásticas fueron reglamentando la
vida de estos continentes para proteger su virtud, fijan­
do la edad en que podía hacerse el voto, y su sistema
de vida con servicios especiales en la Iglesia y ejercicios
piadosos en común.
El siguiente paso consistió en hacer vida por entero
en común. H acia el 270 nos encontramos ya con San
Antonio de Egipto que lleva a su hermana a uno de esos
“ conventos” .
Algunos otros prefirieron seguir viviendo en soledad,
lejos del trato humano,, en las cercanías de las grandes
ciudades primero, y luego en cabañas y cuevas en el
desierto. El más antiguo de estos ermitaños fué San P a­
blo de Tebas, de quien era discípulo San Antonio. En
torno de estos eremitas, especialmente de los santos, se
congregó rápidamente una multitud de discípulos, que,
en la época del concilio de Nicea (325), llegaba a miles
sólo en los desiertos del sur de Egipto. Entonces no exis­
tía aún una reglamentación que regulara los ejercicios
68 SÍNTESIS DE HISTORIA DE I,A IGLESIA

espirituales o las prácticas ascéticas. Cada cual hacía lo


que consideraba más ajustado a sus necesidades. Los do­
mingos se reunían para oir misa y recibir la sagrada eu­
caristía y oir una plática o instrucción. Se procuraban el
sustento con sus trabajos manuales.

La primitiva La siguiente etapa en el desarrollo de la


vida monacal. vj(|a monacai fu¿ establecimiento de co­
lonias con un sistema de vida común,
donde bajo la dirección de un superior todos debían ate­
nerse a una misma norma en la oración, austeridades
y trabajo, siendo la obediencia a sus decisiones el primer
deber de todos. Aquí empieza el monacato propiamente
tai. siendo el primer monasterio el fundado en Tabenisi
por San Pacomio, hacia el año 320.
Hasta entonces el movimiento se había circunscrito
a Egipto, pero hacia esta época un discípulo de San A n ­
tonio lo introdujo en Palestina bajo una nueva forma, la
laura, que era una comunidad sujeta a una regla común
y a un superior, pero en la que cada miembro hacía
vida solitaria en su propia cabaña. Esta nueva modali­
dad se extendió rápidamente por Tierra Santa, donde
llegó a haber poblados con centenares de monjes.
Desde Palestina el monacato pasó a través de Siria
al Asia Menor, donde encontró al gran jefe cuya influen­
cia quedó plasmada en una regla escrita que todavía per­
dura y es observada por millares de hombres y mujeres.
Este jefe fué San Basilio (329-379), que, más tarde,
siendo arzobispo de Cesarea en Capadocia, fué, como ya
se ha indicado, uno de los más grandes adalides de 4a
fe contra el arrianismo.
San Basilio, hombre de gran experiencia, redactó un
método, verdadero código de vida monacal y no simple­
mente una colección de sabias orientaciones generales
para una vida santa. Provee lo necesario para el novi­
ciado, período de prueba para el aspirante. Los monaste­
rios no deben pasar de treinta o cuarenta monjes cada
uno. Se muestra más paternal y benigno que otros en
cuanto se refiere a rigorismos y penitencias por el que­
brantamiento de las reglas.
LA IGLESIA BAJO LA PROTECCIÓN IM PERIAL 6»

A los cincuenta años de la muerte de San Basilio,


en la época del concilio de Éfeso (431), el monacato se
había desarrollado hasta tal punto en las iglesias de
Oriente, que podía decirse que era su característica más
típica. Y ya no era tampoco algo que requiriese desiertos
o vastos parajes para su existencia, sino que, especial­
mente desde la reforma de San Basilio, los monasterios
eran posibles hasta en las ciudades, y así en Alejandría,
Antioquía y Constantinopla los monjes se contaban por
millares, y a menudo desempeñaron un papel decisivo en
las crisis de la historia eclesiástica.

Los Padres El marco en que se desplegó el genio de los


grtegos. máS grandes entre los Padres griegos, fue
el siglo y medio largo de controversia teoló­
gica que recientemente nos ha ocupado. A lgo queda di­
cho de esta controversia en cuanto agitó la propia estruc­
tura de la sociedad. A l mismo tiempo que dió lugar a las
grandes definiciones dogmáticas, ofreció al estado la oca­
sión de esclavizar a la Iglesia.
Otros aspectos no de menor importancia y ciertamen­
te más agradables son, por ejemplo, el asombroso des­
arrollo del pensamiento cristiano, en un cuadro dogmá­
tico científicamente correcto que disminuye las posibili­
dades de interpretaciones erróneas, que ayuda a los
evangelizadores en su tarea de ganar para Cristo a las
refinadas glasés cultas de la época, y ofrece a la contem­
plación del creyente nuevas perspectivas con el consi­
guiente enriquecimiento de su vida espiritual. Los gran­
des oradores y escritores, los estilistas de la literatura
griega, en los últimos siglos del imperio, son no sólo
cristianos, sino eclesiásticos, que desarrollan los misterios
de la fe cristiana y la gloria de servir a Cristo con la
observancia de su ley.
Los Padres representan un enorme adelanto respecto
de los apologistas en cuanto teólogos, es decir, en cuanto
pensadores que asumen la tarea de explicar la doctrina
tradicional de una manera sistemática, empleando la ra­
zón natural y sus leyes para hacer más inteligible la ver­
dad revelada. Han podido aprovechar las arduas tareas
SINTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

de sus predecesores y las correcciones y condenaciones


de los dos últimos siglos de concilios. Ahora la fe es me­
jor comprendida y sus conceptos comienzan a ser verti­
dos en una terminología propia. Los nuevos escritores
son eclesiásticos, diríamos de profesión. Católicos de
nacimiento la mayoría de ellos, han recibido en las
escuelas del imperio una educación muy superior a la de
sus predecesores. De ahí que, aunque se observen todavía
acá v allá ciertos balbuceos e incertidumbres en su len-
guaje, se advierte inmediatamente en ellos una madurez
de expresión y de pensamiento antes no conocida. Su
dominio de la doctrina y su manejo de las técnicas ge­
melas del lenguaje y la filosofía son tan completos, que
en originalidad y agilidad su obra nunca ha sido supe­
rada, y esas dos centurias (328-461) permanecen como
únicas en la historia de la cultura y de la Iglesia,
El primero de esos grandes escritores fué el principal
defensor del concilio de Nicea, San Atanasio (293-373),
obispo de Alejandría durante casi cincuenta años. A un­
que en algunos aspectos auténtico descendiente de la gran
tradición alejandrina radicada en Orígenes, San Atana-
sio es realmente un mundo aparte. Las necesidades de su
vida la convirtieron en un gigantesco polemista, pero con
ello no hicieron sino desarrollar su propio genio natural
para la elección del vocablo exacto y del argumento que
concluye con irrefutable consecuencia lógica. Añádase
a esto, para completar su carácter, una flexibilidad-inte­
lectual que le permitía adoptar en todo momento nuevas
formas de expresión de las viejas verdades que exponía,
entre ellas el dogma cristiano fundamental, y fácilmente
podrá adivinarse la fuerza encarnada en este coloso.
Estrechamente relacionados con San Atanasio, no
sólo por el hecho de su común preocupación por el
arrianismo, sino también por una cierta comunidad de
espíritu con Orígenes, se hallan los tres escritores llama­
dos por la provincia donde vivieron los capadocios. Son
éstos San Basilio (329-379), cuya obra como reformador
del monacato hemos mencionado; su hermano Gregorio,
obispo de Nysa (335-395) y su íntimo amigo, Gregorio
de Ñacianzo (330-390). Los tres participan algo de la
LA IGLESIA BAJO LA PROTECCIÓN IMPERIAL

feliz confianza de Orígenes en la capacidad de la ra­


zón para interpretar los misterios de la fe. Los tres son,
como diríamos hoy, humanistas, cultivados, como ningu­
no hasta entonces, con todo lo que la literatura y la
filosofía griegas podían brindar. San Gregorio Naciance-
no es quizá el mayor predicador-teólogo que jamás se
haya conocido, orador de tal fuerza y simplicidad, que la
más intrincada especulación se hace inteligible para el
más simple de sus oyentes. De los tres, el hermano de
San Basilio, Gregorio de Nysa, es el más filósofo v el que
más claramente depende de Orígenes.
Estos tres escritores representan una posición inter­
media entre la escuela teológica alejandrina y la más geo­
métrica, literal y racionalista de Antioquía. En la reseña
del conflcto que enfrentó a ambas con ocasión del concilio
de Éfeso (431) 6 se ha podido observar la gran diferencia
que los separa. En la doctrina de la fusión en Cristo de la
divinidad y humanidad, el concepto alejandrino partía
de la consideración de lo divino, inspirándole el mayor
recelo todo lo que pudiera comprometer esta verdad. La
escuela de Antioquía, por el contrario, parte del segundo
aspecto, la coexistencia en Cristo de la humanidad, y sus
escritores recelan igualmente de cuanto muestre un entu­
siasmo exagerado en otro sentido. Difieren también las
dos escuelas de un modo característico en el método de
interpretación de la Sagrada Escritura. En Alejandría,
privaba el método alegórico. En Antioquía era el sentido
literal lo único, casi, que se admitía.
Los dos grandes escritores ortodoxos de la escuela
antioquena son San Juan Crisóstomo (de cuya carrera
como arzobispo de Constantinopla hemos hablado y a ) 7
y Teodoreto, el amigo de Nestorio y adversario, de Euti-
ques 8. San Juan ocupa un alto lugar entre los Padres, no
por sus aportaciones a la teología, sino por su maestría
sin par como intérprete de las Sagradas Escrituras,
y particularmente de San Pablo, donde se muestra un
guía tan poderoso, que un moderno erudito bien puede

0 Cf. supra, p. 46 s.
7 Cf. supra, p. 46,
* Cf. supra, p. 50.
SÍNTESIS m i HISTORIA DE LA IGLESIA

decir que los comentadores siguientes han hecho poco


más que explotar el legado de San Juan Crisóstomo.
Desde luego, en materia teológica, este santo es más un
moralista que un especulativo, y su obra va más dirigida
a la enmienda de la vida que al conocimiento de la fe.
Teodoreto, obispo de Cyrrus, que murió hacia el 458,
es casi el último de los Padres griegos de esta edad de
oro, y acaso es el mejor recordado en relación, y por con­
traste, con su gran antagonista, San Cirilo de Alejan­
dría (380-444). El conflicto entre estos dos obispos, indu­
dablemente católicos, refleja en toda su agudeza la pugna
entre las dos escuelas. De San Cirilo ha dicho un experto
en estas cuestiones 9 que es el más potente teólogo de la
Iglesia oriental, y que, después de San Atanasio, ningún
griego ha ejercido una influencia tan decisiva en la de­
finición de la doctrina católica como él. Teodoreto es
el más exacto de los dos, y de no haber sido por la
amistad que le unió con dos de los más grandes herejes
de la época — Teodoro de Mopsuestia, su maestro, y
Xestorio. su condiscípulo — , sin duda hubiera gozado del
prestigio que ciertamente merecía y ocuparía hoy un
puesto mucho más alto en la estima de todos.

Nada hemos dicho, al dar cuenta del ataque arrianó


a ia Iglesia en Occidente (véase p. 43), sobre el “ caso
del papa Liberio” (352-366), pues se trata de un episodio
demasiado complicado para condensarlo y hacerlo inteli­
gible en unas líneas. El punto de vista de P i e r r e Ba-
t i f f o l (La paix constantinienne et le catholicisme, c. ix )
me parece el más verosímil. La cuestión debatida entre
el papa y el emperador es la tácita repulsa del Símbolo
niceno, homoousion. En los concilios de Arles (353) y M i­
lán (355), los legados del papa cedieron. Liberio se man­
tuvo firme y, después de una violenta entrevista con el
emperador, fué desterrado (357). A l año siguiente, B a­
silio de A-ncira, cabeza de un grupo que, aunque católico,
desaprobaba el término homoousion debido al mal uso
que de él se hizo en una controversia del siglo 111, ganó-

w TrxKRont. fíistoire des D o g m r s, lij, 2-3,


I,A IGLESIA BAJO LA PROTECCIÓN IM PERIAL 73

se el favor del emperador, e intentó unir a todos los


católicos sobre la base de una fórmula no-nicena, aunque
tampoco antinicena. Liberio la suscribió en su cautividad,
pero en el sentido católico de-la misma, como explícita­
mente lo declaró. Los falseamientos de los alborotadores
arríanos fueron probablemente la causa que originó la
confusión de la disputa.
3. C o n v e r sió n de E uropa o c c id e n t a l

313 - 7 5 5

Por Occidente debe entenderse el Imperio occidental


con los límites fijados por Graciano en la última división
del 378, a saber: Italia, el África romana, España, las
Galias, Gran Bretaña, Grecia, los Balcanes y Yugoslavia.
Con excepción de Italia meridional y África, estas regio­
nes se hallaban en una fase de cristianización muy infe­
rior al Oriente cuando, en 313, Constantino y Liberio
pusieron fin a la persecución. La conversión de esas pro­
vincias se hallaba todavía en sus primeras etapas cuando
se derrumbó la autoridad central en Occidente, y ese
caótico estado de cosas se engastó en lo que aún resulta
práctico designar con el inexacto nombre de invasión
de los bárbaros. El cuadro que ofrece el cristianismo
occidental durante el mandato de los emperadores cristia­
nos de Roma, no rebasa los estrechos límites de la Iglesia
en Italia y África.

E l donatismo. L a moderna Túnez, en África, fue el es­


cenario de los acontecimientos más dra­
máticos. Aquí, la gran persecución de 303-312 tuvo por
consecuencia un terrible cisma, cuyo fundamento fué
la negativa a reconocer al arzobispo de Cartago como
obispo católico, falsamente acusado de haber ocultado
su fe durante la persecución. La falsedad de la acusa­
ción se comprobó· mediante investigaciones oficiales en
las que se examinaron los registros policíacos y los a r­
chivos de la corte. Pero el donatismo, nombre que de su
jefe Donato recibió el movimiento para sustituir al arzo­
bispo acusado, y a sus seguidores, por otros obispos de
fe “ más segura” , era a la sazón un movimiento disfra-
76 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

zade, que reunía en su seno a todos los descontentos so­


ciales antirromanos de la turbulenta provincia. Pronto
surgieron obispos rivales en cada ciudad, y por doquier
los donatistas se mostraban agresivamente hostiles.
Constantino no perdió tiempo en su intento de reparar el
cisma. Su espíritu y métodos fueron los mismos adopta­
dos más tarde en las complicaciones arrianas por él mis­
mo y por sus sucesores. Primero apoyó a los católicos,
de cuya inocencia, después de las minuciosas investiga­
ciones, nadie podía dudar, y luego, cuando los donatistas
demostraron que estaban preparados para resistir, e in­
cluso para desencadenar una guerra civil, adoptó una
política de dejar hacer. En definitiva, el cisma se prolon­
gó unos cien años, consolidando hasta tal punto los
donatistas sus posiciones, que en muchos lugares los ca­
tólicos, intimidados por las violencias de aquéllós, contra
las cuales la ley ya no les ofrecía protección alguna, si­
mularon pasarse al donatismo.
A l fin la situación llegó a ser demasiado grave para
que aun el más indiferente de los gobiernos pudiese to­
lerarla; y en los primeros años del siglo v, tras una
serie de inútiles conferencias, solicitadas por los dona­
tistas y después rechazadas por anticipado en cuanto
vieron al gobierno dispuesto a celebrarlas, el emperador
Honorio (395-423) revalidó el decreto de supresión
de los mismos. Luego se produjo una guerra civil entre
los propios romanos y, en pos de ésta, la invasión de los
vándalos y el fin del dominio romano por ciento veinte
años.
Poco hay de interés permanente en la historia del
donatismo. Mas debe tenerse en cuenta el importante
principio teológico en que fundamentaba su acción, según
el cual, la validez de los Sacramentos depende del estado
de alma del ministro, principio que reaparece una y otra
vez a lo largo del siguiente milenio. Así, si un obispo, por
ejemplo, incurre en apostasía, pierde todo poder espiri­
tual y ya no puede decir misa ni absolver o bautizar.
Semejante teoría trae consigo la anarquía espiritual,
pues nadie puede nunca decir si su vecino se halla en
estado de gracia; y si la teoría fuese verdad significaría,
CONVERSIÓN Dli El’ ROPA OCCIDP.NTAJ, 77

no ya el fin de toda certeza sobre la salvación, sino el


establecimiento de una inevitable duda general sobre si
nadie, jamás, recibía un sacramento.

San Agustín. Más importante que el donatismo es el


hombre que, en las últimas etapas de
esta doctrina, fue su principal adversario: San Agus­
tín (354-430).
El relato de los primeros años de San Agustín cons­
tituye una de las grandes historias que deben formar
parte de toda educación. Él mismo la reseñó en el libro
de las Confesiones, uno de los textos clásicos universales
desde que se escribió, y donde cada uno puede encontrar
algo de su propia vida y de su propio ser. Esta obra da
derecho a San Agustín para ser tenido por el primer
hombre moderno, ese hombre apasionadamente intere­
sado en su propio desarrollo intelectual y espiritual, y tan
artísticamente desapasionado como para ser capaz de
reseñarlo. Es la primera manifestación de la literatura
personal.
L a importancia de San Agustín no reside únicamente
en su condición de converso distinguido, o de obispo
durante cuarenta críticos años de una de las provincias
claves del imperio. San Agustín fué sobre todo un inte­
lectual, en posesión hasta el último detalle de todos los
refinamientos de la antigua literatura clásica: un filósofo,
un orador, un dramaturgo y un hombre de letras, un
pensador vigoroso, un intrépido abanderado de la es­
peculación, un genio teológico y, rara combinación con
esta última cualidad, un temperamento dotado de toda la
sensibilidad y la comunicativa simpatía del artista. Los
pintores de la Edad Media representaron a San Agustín
con un corazón en llamas, símbolo acertado y fiel de su
esencia humana.
Su vida cruzó a través de grandes convulsiones, des­
empeñando en todas ellas un papel principal, que dió
lugar a una inmensa producción literaria: filosófica, teo­
lógica, histórica y epistolar. En toda ella alienta la heren­
cia cultural del viejo mundo pagano, entonces ya en vías
de descomposición. San Agustín es el puente por el que
SÍNTESIS DE HISTORIA DE I.A IGLESIA

pasa al mundo nuevo que nace, lo más notable del anti­


guo. En él recibe su bautismo la cultura latina que, inte­
grándose en la tradición cristiana, pasa a los fundamen­
tos de la Edad Media, y por aquí a todas las épocas sub­
siguientes.
La composición de sus diversas obras supone la crea­
ción progresiva en el Occidente de una especie de enci­
clopedia universal de una nueva cultura cristianizada.
Apenas hay escritor, gobernante o reformador eclesiás­
tico que no encuentre en ellas su inspiración. Durante
ocho siglos largos el santo, como pensador y maestro,
impera sin rival. Es difícil exagerar su influencia en la
vida europea durante ese tiempo.
En su propia época esa influencia se hizo sentir prin­
cipalmente en la doble controversia con el donatismo y el
pelagianismo. Como obispo de Hipona en el África ro­
mana (396-430), San Agustín llevó la causa' católica a la
victoria, en la medida en que lo argumental podía con­
tribuir a ello; y con su aportación discursiva enriqueció
notablemente la teología católica sobre la Iglesia y los
sacramentos.
El donatismo, en cuanto implicaba un error dogmá­
tico, era prácticamente una herejía, como ya se ha obser­
vado. El segundo movimiento herético con que se en­
frentó San Agustín versaba también sobre un dogma de
inmediatas consecuencias prácticas. Su autor, Pelagio,
era un monje británico, director de almas popular, asceta
y hombre de carácter simpático. Su nueva teoría exponía
los respectivos papeles de Dios y el hombre en orden a la
salvación, afirmando que el hombre, por ser naturalmente
bueno, es capaz de alcanzar la salvación por sus propios
esfuerzos. Implica esta teoría una negación de la doctrina
tradicional del pecado original y sus consecuencias, lo
mismo que de la realidad y eficacia de esas ayudas divi­
nas ofrecidas al hombre, que técnicamente llamamos gra­
cias actuales.
Esta segunda controversia dió lugar a que San A gus­
tín escribiese sus obras teológicas más apreciadas, en las
que discute con una fuerza jamás superada por nadie, la
naturaleza de la actividad de Dios en el alma humana
CONVERSIÓN DE EUROPA OCCIDENTAL 79

y la relación de esta actividad con el libre albedrío del


hombre.
Pero el libro que, como ningún otro, había de influir
en la cultura occidental durante los mil años que siguie­
ron a la muerte de San Agustín, es el titulado L a ciu­
dad de Dios. Fué provocado por la acusación pagana
contra el cristianismo como causante de la decadencia
del imperio. El santo invirtió veinte años en la obra, que
es la primera filosofía de la historia, vasto repertorio de
ciencia pagana y cristiana, síntesis original e inagotable
cantera de ideales políticos y sociales, así como de apolo­
gética religiosa, cuya riqueza aún no se ha agotado.
El arrianismo apenas había rozado el Occidente ro­
mano, aparte el intento imperial de imponerlo como reli­
gión oficial (355-360). L a característica de mayor interés
religioso en el siglo iv era la gradual despaganización
del estado, de la que ya hemos hecho mención. La figura
de mayor relieve de la época, y no sólo en lo eclesiástico,
fué el obispo de Milán, San Ambrosio. En él no se bau­
tiza tanto la cultura latina como el genio romano para
gobernar. No es que San Ambrosio careciese de cultura
o no estimase su valor. Fué, sin duda, en la distinción
de sus sermones donde el retórico Agustín comprendió
por vez primera que la religión de la Iglesia y un
espíritu cultivado no eran incompatibles. Las muchas
pláticas, opúsculos y cartas de San Ambrosio nos lo
revelan como un maestro del estilo ciceroniano. A través
de él también llegó a la Iglesia occidental buena parte
de la erudición de Orígenes. Pero el obispo de Milán
era ante todo el hombre público que había puesto al
servicio de Dios su talento de gobernante. En él se realiza
plenamente el tipo perfecto de obispo medieval, padre es­
piritual de su pueblo, su refugio y amparo, incluso en
las necesidades temporales.
San Ambrosio merece también, por tanto, un lugar
destacado cómo el primer obispo que establece, teológi­
camente, el lugar que corresponde al gobernante cristia­
no dentro de la Iglesia. El papa Liberio (352-366) había
sentado ya un precedente, en los días de la niñez de
San Ambrosio, con sus graves reproches a Constancio 11
SO SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

por su intento de imponer el arrianismo en Occidente.


Pero fue con emperadores católicos con quienes San
Ambrosio tuvo que luchar y en una época en que Milán
era la capital imperial. Su firmeza, a pesar de todas las
violencias, arrestos y amenazas incluso de muerte, en
afirmar que “ el emperador está dentro de la Iglesia, no
por encima de la Iglesia” , sienta un precedente para
todas las épocas futuras en Occidente, y, desde un punto
de vista humano, a San Ambrosio se debe más que a na­
die la relativa independencia que disfrutó la Iglesia en
Occidente. Merece notarse también que el santo tuvo
a su lado durante toda esa lucha, el firme y atractivo
apoyo de su pueblo, lo que revela, aun antes de que co­
menzase la Edad Media, esa instintiva alianza del pueblo
con la autoridad eclesiástica contra la tiranía del E s­
tado.
Un segundo coetáneo de San Agustín, destinado
a ejercer como él una constante influencia en la Iglesia
y en Europa, es el monje San Jerónimo (347-420). De
los tres personajes que estamos considerando, era éste el
más docto. No era un pensador original, ni un filósofo
ni un teólogo, pero sí un hombre de una inmensa erudi­
ción y un maestro del griego y el hebreo, tanto como
de su latín nativo. De joven partió hacia Oriente desde
el norte de Italia, donde, muy probablemente, había na­
cido, para hacer vida eremítica. Regresó a Roma para
dar a conocer allí por primera vez el monacato y ser el
consejero del papa Dámaso 1 (366-384) suscitando no
pocas animosidades entre el mundano clero de la ciudad,
por su propia vida ascética, por sus aciertos en la direc­
ción de doncellas pertenecientes a la clase aristocrática
y por las mordaces frases con que, hombre tan enemigo
de la ficción como de los necios, defendía el cambio de
vida de aquéllas y el ideal monástico contra sus'munda­
nos detractores. A la muerte de San Dámaso regresó
a Oriente y se estableció en Belén, donde se consagró
a la obra que le ha hecho famoso, la traducción de la
Biblia al latín y la serie de comentarios a los distintos li­
bros del sagrado texto. Si San Agustín merece ser lla­
mado el padre de la teología latina, San Jerónimo lo es
CONVERSIÓN DE EUROPA OCCIDENTAL 81

de la exégesis bíblica. Con sus traducciones ejerció un


influjo duradero en la historia posterior del latín, consi­
derado no precisamente como una rara antigualla o una
valiosa herencia, sino como un medio por el cual los
hombres pudieron seguir todavía por otros quinientos
años expresando sus pensamientos y comunicando sus
ideas.
Estos tres grandes santos son los que infundieron a la
cultura medieval cuanto tuvo de cristiana y buena parte
de su clasicismo. Pero, de no haber sido por su carácter
eclesiástico y por su temática religiosa, no es improbable
que hubiese perecido el inmenso legado de cultura antigua
que habían de transmitir, pues vivieron la última genera­
ción que logró ver aún el poder romano imperando por
todo el Occidente. A los pocos años de la muerte de
San Ambrosio (397) y en vida de San Jerónimo y San
Agustín, la catástrofe que tantas veces había amenazado
se produjo al fin. Con el derrumbamiento del poder cen­
tral, con la invasión de auténticos bárbaros como los
francos, los vándalos y los hunos y el consiguiente pillaje
e inconsiderada destrucción, había de llegar el día en
que, de todas las grandes instituciones del imperio, sólo
la Iglesia sobreviviese. Ella se mantuvo en medio del
caos, a flote, como el Arca de Noé, batida, castigada
y con harta frecuencia arrastrada por el viento y las
olas, pero no obstante a flote y segura, llevando en su
interior muchas cosas preciosas, entre ellas nada menos
que la obra y la tradición de Ambrosio. Jerónimo
y Agustín.

La invasión de La historia de la convencionalmente de-


los bárbaros. nominada aún invasión de los bárbaros.
pertenece antéNodo a la historia univer­
sal ; pero gracias, en parte no escasa, a los bárbaros, his­
toria universal e historia de la Iglesia empiezan a con­
fundirse a partir de este momento, no siendo la Iglesia
aún religiosamente considerada, sino civilización, y equi­
valiendo civilización a Iglesia, considerada ésta en la ac­
tividad y vida no religiosa de sus miembros. Desde que
esas nuevas ‘ perturbaciones sociales v raciales iniciaron
6 S. H. I.
£2 SÍNTESIS ni·: HISTORIA DE LA IGLESIA

su obra ele transformación ele la Europa occidental en el


siglo v, hasta la época del descubrimiento de América
en el xv, Europa y la Iglesia católica son dos nombres
para una misma cosa. Esta afirmación no debe, pqr su­
puesto, tomarse demasiado al pie de la letra, pero es bas­
tante exacta para guiar al no iniciado por el laberinto del
siguiente milenio, el periodo llamado Edad M edia; y,
a pesar de su inexactitud, esa afirmación es la única
clave de los muchos enigmas y aparentes contradicciones
que el estudio de la Edad Media presenta al católico
practicante. Más aún, la afirmación es tan cierta, que si
se rechaza quedarían sin explicación tanto la Reforma,
punto de arranque de la moderna, Europa, desde enton­
ces sólo en apariencia una, como consiguientemente nues­
tra propia época y su problema fundamental.
Por lo tanto, la historia de las invasiones bárbaras
pertenece también a la historia de la Iglesia. Los bár­
baros eran los pueblos, de diversas razas, que habitaban
más allá de las fronteras del im perio: germanos, godos,
hunos, vándalos, etcétera. Todos ellos tenían de común
el ser pastores de grandes rebaños de ganado de vida
más o menos nómada, la falta de ciudades y el no dedi­
carse a la agricultura. El imperio siempre les había
atraído, por la mayor comodidad y seguridad que ofrecía
la vida dentro de sus fronteras generalmente. Familias
enteras, tribus y hasta naciones solicitaban la admisión,
y a veces se les concedía. Por una de las estructuras
vitales del imperio los bárbaros se habían ido infiltran­
do en la vida romana desde casi mediado el siglo n , al
ser admitidos como soldados en el ejército. Paulatina­
mente el propio ejército romano, y no sólo las fuerzas
auxiliares, se convirtió en algo privativo de los bárba?
ros. Luego se admitieron bárbaros en el mando, y a par­
tir del siglo n i empezó a darse la novedad de emperado­
res del mismo origen. En un estado como el romano,
donde el gobernante lo era antes que nada por poseer el
mar do supremo del ejército, y donde la sucesión depen­
día de su personal prestigio y poder militar, esta evo­
lución estaba destinada, a la larga, a transformar el
estado
CONVERSIÓN DE EUROPA OCCIDENTAL 83

Lo que ocurrió en el siglo v fué algo parecido. E je r­


cía la autoridad suprema un emperador extraordinaria­
mente débil, Honorio (395-423), cuando se desencadenó
en la frontera una ofensiva inusitadamente fuerte, por
parte de un pueblo bárbaro hasta entonces, sin ninguna
clase de relaciones semicivilizadoras con el imperio.
Esta horda de bárbaros, auténticamente bárbaros, cruzó
el Rin (406) y se precipitó como un torrente sobre las
Galias y España. Tres años más tarde, el escenario de
la invasión fué Italia, y el invasor, Alarico, cabeza de una
nación al servicio del im perio: los visigodos. Alarico,
descontento del puesto que le habían asignado y celoso
de otros bárbaros al servicio del emperador, atravesó los
Alpes y se precipitó sobre Italia el 409, con intención de
mejorar su posición dentro del imperio. A l año siguiente
tomó y saqueó la propia Roma. No es necesario anotar lo
calamitoso que este acontecimiento pareció a la genera­
ción que lo presenció. Cierto que la vieja ciudad no
tenía ya la importancia política que había gozado en
tiempos de Augusto, o aun de Marco Aurelio. Ningún
emperador residía en ella desde hacía ciento cuarenta
años. Pero todavía era Roma, y en cierto sentido inde­
finible el prestigio y el espíritu de la autoridad imperial
estaban encarnados en la ciu dad; y al caer en poder del
ejército de Alarico, el mundo sintió que la idea imperial
acababa de recibir un golpe de muerte.
Alarico murió pocos meses después de su triunfo, y la
política de la corte — Ravena era entonces la capital —
destinó a sus sucesores a limpiar España y las Galias de
los restos de la invasión del 406-407. El resultado final de
todo ello fué el establecimiento, en la Galia meridional,
de jefes visigodos como soberanos, nominalmente lugar­
tenientes del emperador, de hecho gobernantes indepen­
dientes.
Del mismo modo que la Galia y España, se fué tam­
bién deshaciendo la Gran Bretaña calladamente, y para
siempre, del dominio imperial. En 410 la crisis conti­
nental obligó a los ejércitos emplazados en G ran B re ­
taña a cruzar el mar, para no volverlo a atravesar. L a
isla entró en la noche oscura de su historia: ciento cin-
84 .SÍNTESIS DE HISTORIA DE I,A IGLESIA

cuenta años de los que apenas si podemos registrar me­


dia docena de hechos probados.
El establecimiento de los visigodos en la Galia meri­
dional no significó una seria dislocación en la vida públi­
ca, que siguió muy igual a lo que era antes, bajo las
mismas leyes y los mismos funcionarios. Otra cosa fué
la invasión vándala de Africa (425), que constituyó una
auténtica orgía de destrucción, asesinatos y pillaje, y la
implantación, finalmente, de un nuevo Estado bárbaro,
decididamente hostil al imperio y a todo lo romano.
Este estado tuvo otra peculiaridad: la de ser activa­
mente anticatólico. Los reyes vándalos, desde el momento
en que lograron la autonomía, persiguieron a la Iglesia
y enriquecieron su historia con un nuevo y completí­
simo martirologio. Los vándalos no eran paganos; pero,
al igual que los godos, habían recibido el cristianismo
en su primer contacto con la corte imperial, y en ese
momento la corte era arriana. Y así, cincuenta años
después de su desaparición en Oriente con la caída de
la corte arriana, reapareció con gran vigor en Occi­
dente. propagándose por todas partes como religión
oficial.
Las diferencias religiosas entre los nuevos gober­
nantes y sus súbditos y anteriores funcionarios, cuyos
servicios, necesariamente, seguían utilizando, constituyó
desde el primer momento una grave inseguridad en
todos los nuevos reinos bárbaros. No es de extrañar que
en todas partes (en España, por ejemplo, hacia 485) sur­
gieran persecuciones. Con todo, sólo en el reino vándalo
la persecución fué continua y sistemática.
En la época en que San León Magno fué elegido
papa (440) y se desarrollaban los acontecimientos refe­
rentes al concilio de Calcedonia (451), la jurisdicción
efectiva del emperador en Occidente se limitaba a Italia.
Después de la muerte en 455 del último descendiente de
Teodosio el Grande, Valentiniano III (425-455), los ge­
nerales romano-bárbaros lucharon por el poder, impo­
niendo sucesivamente a diversos emperadores. El último
de éstos fué Rómulo, a quien, con una especie de bené­
volo desdén, la gente llamaba Augústulo. Pero quien
CONVERSIÓN DE EUROPA OCCIDENTAL

ejercía verdaderamente el poder era el hérulo Odoacro,


que cansado de la farsa, al cabo de unos años, obligó al
emperador a abdicar, recogió las insignias y las envió
al colega de Rómulo en Constantinopla, Zenón, con el
mensaje de que Occidente ya no tenía necesidad de un
gobernante autónomo. Esto ocurrió el 476. Trece años
después apareció un rival de Odoacro, el ostrogodo Teo-
dorico, rey de un pueblo establecido durante medio siglo
en el imperio de Oriente y que ahora invadió Italia. T ras
una breve guerra y un compromiso entre los dos bár­
baros, el asesinato de Odoacro por Teodorico en 493
simplificó las cosas, reinando pacíficamente Teodorico
hasta el 526. También era arriano. Sobre su reinado
añadiremos algo más adelante.
Las invasiones bárbaras descentralizaron la organi­
zación política de Occidente. Acrecentaron la importan­
cia de lo local, haciendo a su vez jurídica y políticamente
importantes a los hombres que ya lo eran en ese ámbito.
Había nacido la Europa de la Edad Media, con su infi­
nidad de principados y jurisdicciones. Constantemente
fué aumentando el aislamiento de la localidad. Las co­
municaciones, por descuido de los caminos, se hicieron
cada vez más dificultosas. Se impuso el tipo de vida
rústica sobre la urbana. Los hombres se vieron obliga­
dos a “ volver a la tierra” por las necesidades del mo­
mento, y en esas mismas centurias en que la Iglesia
dejaba de ser algo asiático y oriental, dejó también
de ser algo peculiar de las ciudades. Por sus oríge­
nes y anterior desenvolvimiento era una cosa urbana, y
ahora tenía que afrontar el problema de adaptarse a la
nueva estructuración rústica de la vida. A l hacerlo fué
víctima, inevitablemente, de todos los inconvenientes
que tal cambio trajo consigo.

Tres santos sintetizan, con sus vidas,


Los santos Martín,
Patricto y Benito .
ej movimiento de adaptación a las
nuevas condiciones de la Iglesia oc­
cidental. En San Martín, obispo de Tours (375-397),
vemos al campeón evangelizador de las gentes del cam­
po; en San Benito (480-547), al creador de un nuevo
86 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

monacato que ha de ser la cuna de centenares de refu­


gios para una vida santa en medio del general desorden
moral, refugios que han de transformar los perfiles del
campo — solucionando así el gran problema de esos si­
glos — y han de ser, incidentalmente, la salvación de la
ciencia en la hora más negra que la cultura europea
haya conocido jamás. Finalmente, en San Patricio (392-
461) vemos al primer monje misionero formado por este
nuevo cristianismo rural, fundador no sólo de monaste­
rios, sino de todo un pueblo que, andando el tiempo,
llegará a ser un santuario de santidad y cultura. De la
cristiana Irlanda, ésta fué su creación, volverá un día
la luz que ilumine de nuevo a Europa.
San Martín nació en Polonia, la Hungría romana.
Hijo de un soldado, siguió la profesión de su padre, pero
su vocación era otra, y prevaleció sobre su vida militar.
Quería ser un solitario, y fué un encuentro casual con
San Hilario, obispo de Poitiers, lo que le llevó a estable­
cerse en Marmoutier del Loira. Congregáronse discípulos
en torno suyo, y allí, en las cuevas de las márgenes del
rio, surgió la primera colonia monástica de la Iglesia occi­
dental (360-375). La vida de estos monjes era muy pa­
recida a la de sus coetáneos orientales, con la gran di­
ferencia de que, en las Galias, la población que les
rodeaba era pagana. De ellos partió el primer gran es­
fuerzo misional hacia el campo. En 375, San Martín fué
elegido obispo de Tours, y a partir de esta fecha hasta
¿u muerte, él fué el impulsor principal de la vida reli­
giosa en las Galias. Mantuvo, de obispo, la sencillez de
su anterior vida monástica, fué el primero de los obis­
pos ascetas, y conservó su celo por la evangelización del
campo. Su monasterio continuó floreciente, siendo sus
monjes solicitados para obispos por todas las Galias.
A su muerte, su tumba se convirtió inmediatamente en
escenario de milagros y meta de peregrinaciones. Él es
el primer santo confesor, es decir, no mártir, a cuya me­
moria sabemos que se rindieron honores litúrgicos.
En la generación inmediata a la muerte de San Mar­
tín, el sur de las Galias fué escenario de un segundo y
gran renacimiento religioso de inspiración monástica.
CONVERSIÓN 1)E EUROPA OCCIDENTAL K7

El centro fue en esta ocasión la pequeña isla de Lérins,


donde un grupo de hombres devotos llevaban una vida
muy parecida a la de los santos egipcios, medio eremi­
tas, medio cenobitas, muy austeros y — ésta es la par­
ticularidad que distingue su fundación — caracterizados
por un gran fervor en la meditación de la Sagrada E s­
critura. En los primeros años del siglo v (426), los
monjes de Lérins empiezan a ser preferidos como obis-
, pos, desempeñando uno de éstos, San Hilario de Arlés.
en el sur de las Galias, el mismo papel de obispo apóstol
que San Martín había desempeñado en el oeste.
De los primeros años de San Patricio sabemos mu­
cho, pero por otra parte, poco. Se discute su lugar de
nacimiento, aunque se sabe corresponde a la provincia
romana de Britania. En una de las muchas incursiones
procedentes de Irlanda lo hicieron cautivo. Después de
seis años de esclavitud en el norte de Irlanda, en el
transcurso de los cuales se convirtió, de un muchacho
un tanto despreocupado, en un gran predicador, decidió
evadirse, obedeciendo a una inspiración divina. Pasó a
las Galias, donde se hizo monje. Es casi seguro que
Lérins supo de él, así como también Marmoutier. Más
adelante vivió en Auxerre, donde fué ordenado diácono
por el gran obispo San Germán, cuya expedición en 429
para rescatar a los británicos del pelagianismo es uno
de los pocos hechos comprobados de nuestra propia his­
toria, en esta época. Todavía en Auxerre, a Patricio le
llegó el gran momento de su v id a : Consagrado obispo,
partió al frente de una misión a Irlanda, unos dieciocho
años después de su huida.
Durante los treinta años siguientes (432-461). el
santo se entregó a un incesante apostolado, predicando,
bautizando, ordenando, consagrando a otros obispos, es­
tableciendo por doquier monasterios y una curiosa espe­
cie de institución eclesiástica, en parte monasterio, en
parte seminario, en parte centro de administración, que
sirvió de sede episcopal en un país v en una época en
que todavía no se conocía la ciudad.
Por espacio de unos cien años después de la muerte
de San Patricio (461), su obra prosiguió adelante bajo
SS SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

la dirección de sus discípulos, convirtiéndose la iglesia


irlandesa, por influencia de los monjes de origen britá­
nico. en la más monástica de todas, hasta el punto de
que el episcopado se diíumina entre la comunidad mo­
nacal a que pertenecía y su abad.
En Irlanda, el misionero occidental había de afron­
tar una nueva dificultad. Se encontraba en un país que
nunca había tenido el menor contacto con la influencia
romana y donde había que enseñar la lengua latina a
cuantos indígenas necesitasen, como sacerdotes y obis­
pos, sondear las profundidades de su nueva religión. En
esta dificultad hay que buscar, en parte, las raíces de ese
consorcio entre catolicismo y cultura literaria, particu­
larmente latina, que durante siglos había de caracterizar
a la Iglesia irlandesa. Cuando todo había sucumbido en
el resto de Occidente y cuando incluso en Italia la vieja
lengua había degenerado, el conocimiento científico del
latín sobrevivió en este único país occidental donde los
romanos nunca habían puesto el pie, y ese conocimiento,
aportado por monjes misioneros irlandeses, facilitó los
comienzos del posterior renacimiento europeo.
El monacato irlandés era del riguroso tipo egipcio,
tan austero y tan riguroso en las sanciones que afectaban
a la disciplina monástica, que por mucho tiempo se le
llamó "el martirio blanco” . En el siglo vi, el fervor ir­
landés por la conversión del prójimo se tradujo en el
envío de monjes irlandeses, primero a Escocia, con San
Columbo, y luego, con San Columbano, a la Europa
continental. Aquí, en el siglo v n , el monacato irlandés
se encontró con otro tipo de monje, el benedictino.
San Benito, que había nacido en Nursia, a setenta
millas de Roma, en 480, era monje desde hacía quizás
treinta años cuando escribió su famosa regla. Había
sido un solitario, un reformador y un fundador. Su regla,
que todavía hoy es la norma de los 25.000 religiosos que
llevan su nombre, logró un éxito como ninguna otra en
Occidente. Pasó a ser, y sigue siendo, la regla para el
monje. El primer biógrafo del Santo, un personaje de
la talla de San Gregorio Magno, advirtió en seguida
sus dos características principales, raíces de su é x ito : su
CONVERSIÓN DE Jít’ ROPA OCCIDENTAL 8»

moderación y su lucidez. En ella tenemos un código


completo de vida monástica, escrito para el hombre me­
dio que quiera entregarse a Dios, “ una escuela para
principiantes” , como dice la regla con modestia mo­
nacal ; escuela, sin embargo, donde lo que se persigue y
a lo que se aspira es nada menos que la perfección. L a
nueva regla es romana en su impersonalidad. Ni San
Benito ni el prestigio personal de ningún individuo su­
perior, sino la regla, la “ Sagrada R egla” , la “ Regla
Soberana” , es el árbitro final. Es objetiva, permanente,
absoluta: el abad se limita a aplicarla, comenzando por
sí mismo.
La vida que prescribe, aunque ascética y severa, nun­
ca lo es hasta la extravagancia. Disuade la singularidad,
y es la observancia común lo que importa por encima
de todo. Aquí no hay lugar para las pasmosas hazañas
de los ascetas primitivos, ni para la excentricidad que a
menudo era el fruto de las mismas.
Quizá el aspecto más importante de la regla, si se
considera el efecto social del benedictinismo en los si­
glos venideros, fuese el voto de estabilidad del monje.
Éste se hacía monje, comprometiéndose a vivir y morir
en la abadía a la que se agregaba por su profesión. En
un mundo donde todo dejaba rápidamente de ser per­
manente, la estabilidad del monje benedictino se con­
virtió universalmente en la principal fuerza que detenía
el desmoronamiento final.
Otro aspecto de la regla merece destacarse, por su
enorme trascendencia en la vida espiritual de O ccidente:
la devoción a la persona de Nuestro Señor que se evi­
dencia en cada una de sus prescripciones. Es a Cristo a
quien el abad debe servir en sus hermanos, y a quien
sus hermanos deben obedecer en el abad, y a quien deben
ver los unos en los otros y en quienquiera que acuda a
ellos en busca de ayuda. La regla prescribe al m onje,
mucho antes de que la famosa frase fuese inventada
como tarea de su vida, una cotidiana "im itación de
Cristo” , y adondequiera que llegó la regla, allí llegó con
ella, como un primer hábito fundamental, esa fecunda
devoción a la humanidad de Jesucristo.
90 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

San Benito murió hacia el año 550. Treinta años


después los longobardos destruyeron su fundación de
Monte Casino y el papa acogió en el palacio de Letrán
a los monjes dispersos. El siguiente papa, Gregorio
Magno (590-604). era también'monje, muy probable­
mente monje benedictino, y escribió la primera vida del
santo. Benedictinos eran los monjes que envió para
evangelizar a los ingleses en 596, y en el siglo siguiente
la sagrada regla empezó a establecerse en las Galias.
Paulatinamente en el transcurso de los ciento cincuenta
I

años que siguieron, y gracias en parte no escasa a la


buena voluntad de los monjes más antiguos, que se mos­
traron dispuestos a reconocer en ella su superioridad
como instrumento de perfección y como código de.vida
práctica, la regla benedictina fué sustituyendo a las
reglas de San Cesáreo, San Columbano y otras, hasta
llegar a constituir, en tiempos d e »Carlomagno (768-
814), una de las principales fuerzas de regeneración,
tanto social como espiritual.

A fines del siglo v todo el Occidente estaba gober­


nado por reves bárbaros, todos ellos arríanos o paganos.
Hasta el emperador era, en ese momento, el monofisita
Anastasio 1 (491-518). Sólo en Irlanda obedecían los
católicos a un soberano católico. Luego, en 496, el
pagano Clodoveo, rey de los francos, fué bautizado en
Reims por el obispo católico San Remigio. La impor­
tancia de esta conversión fué enorme. Los francos eran
quizás los más feroces de todos los pueblos bárbaros
invasores del imperio. También habían de mostrarse los
más capacitados y, desde luego, los únicos bárbaros a
los que ninguna diferencia religiosa separaba del pueblo
que gobernaban. Desde el principio, el reino de los
francos tuvo el apoyo entusiasta de los obispos católicos.
De las diversas razas que entonces gobernaban las pro­
vincias desmembradas, sólo lorf francos sobrevivieron,
para convertirse en una fuerza permanente y domina­
dora de Europa.
CONVERSIÓN 1)E EUROPA OCCIDENTAL 91

Conversión de El siglo v i vió a los francos extender su


los francos. poderío a toda Francia, sometiendo a los
burgundios del sur y del este y a los vi­
sigodos del sur. Las Galias viéronse libres de sus
reyes arríanos. Pero el franco, con harta frecuencia, no
perdía su ferocidad al ser bautizado, y las páginas del
historiador contemporáneo, San Gregorio de Tours, es­
tán llenas de relatos de traiciones, robos y asesinatos,
como pocas en la historia. A las luchas contra los otros
bárbaros sucedieron guerras civiles entre los descen­
dientes de Clodoveo, en las que fueron quedando deshe­
chos los últimos restos materiales del sistema romano.
La Iglesia se vió gravemente afectada por esta nueva
anarquía. Característica natural de la situación creada
por la conversión de esta raza bárbara fué que el interés
del rey por el catolicismo tomase la jorm a de protección
y patronazgo. Constituyó un infortunio que el rey pro­
curase y consiguiera desde el principio tener voz en el
nombramiento de los obispos. Desde la época del con­
cilio de Orleans (511), ningún obispo podía ser consa­
grado sin la venia real. Ahí empezó esa estrecha de­
pendencia de la Iglesia respecto del estado que ha
caracterizado al catolicismo en Francia y en otras par­
tes, hasta nuestro tiempo.
La peculiar evolución social, de la cual fueron esce­
nario los anárquicos siglos v i y v il, hizo el interés del
rey por la personalidad de los obispos, más natural y
más acuciante tod avía; pues a medida que avanzaban
esos siglos, maduraba el proceso por el que las Galias
eran gobernadas por el gran personaje local, seglar o
eclesiástico, conde, obispo o abad, cuyo único vínculo
con el rey era el de su lealtad personal. L o que más
importaba al rey era que el titular de una sede, el su­
perior de un monasterio, le fuese personalmente fiel y
capaz de sostener la pesada carga de los deberes civiles
y militares que acompañaban al ministerio y que, cada
vez más, eclipsaban sus implicaciones religiosas. Y a en­
tonces, y hasta cierto punto inevitablemente, por la fuer­
za de las circunstancias no menos que por la preferencia
de voluntades particulares, esa perniciosa institución del
9-> SÍNTESIS DE HISTORIA 1>E LA IGLESIA

príncipe-obispo empezó a manifestarse más o menos por


doquier. Y durante esos dos siglos en que las Galias
fueron convirtiéndose lentamente en Francia, los reyes
no sólo se entrometían en el nombramiento del personaje
a su medida para el episcopado, sino que muy a menudo
imponían, por razones de estado, a sus propios y feroces
guerreros. De ahí toda una serie de escándalos eclesiás­
ticos y una decadencia religiosa en las Galias, casi uni­
versal al finalizar el siglo v n .
x\ntes de esa época, no obstante, y antes del gran
esfuerzo reformador de San Bonifacio, se había produ­
cido una notable reacción contra esta paganización del
catolicismo, centrada en torno del monje misionero ir­
landés San Columbano.

Los monjes misto- San Columbano, oriundo de Leinster,


ñeros irlandeses. se formó en la gran abadía de Ban-
gor bajo el fundador de la misma,
Comgall. Sus cartas y sus poemas revelan que fué un
maestro de toda la cultura de su tiempo. Alrededor de
los cuarenta años, en 550, obtuvo de su abad la apro­
bación para marcharse con doce compañeros y, en un
exilio penitencial, establecerse en el extranjero. La apa­
rición en la corte de los decadentes reyes francos, de
esos ascetas monjes irlandeses, eruditos y apóstoles, con
su fervoroso afán de combatir la ignorancia y el pecado,
fué la sensación de la época. Su abnegación y sinceridad,
su extrema valentía y carencia de temor ante lo humano,
su insistencia en la necesidad de la penitencia y la con­
fesión sacramental, todo su estilo de vida, en suma,
mientras les hacía perder rápidamente el favor de los
reyes, puso ejércitos de discípulos a sus pies. Inmedia­
tamente empezaron a fundarse monasterios del tipo ir­
landés en la selvática región de los Vosgos, Annegray,
Fontaines, Luxeuil, y después, cuando San Columbano
hubo satisfecho el inevitable castigo por su candor ante
los adulterios reales, fundáronse otros entre los alema­
nes de la moderna Alsacia, en Suiza y en los territorios
lombardos de la Italia septentrional. Por donde el santo
pasaba surgían monasterios, y en el más famoso de todos
CONVERSIÓN DE EUROPA OCCIDENTAL í>3

ellos, Bobbio, en el norte de Italia, fue donde murió


en 615. Su gran energía, su incondicional entrega a Ja
doble tarea de restablecer la vida cristiana y catequizar
a los paganos, fue como un legado que transmitió a sus
numerosas fundaciones. Y su admirable ejemplo había
de ser para las generaciones venideras una fuente inago­
table de inspiración que llevó a cientos de monjes ir­
landeses a poblar esos monasterios y fundar otros, e
hizo que se convirtieran en los primeros predicadores del
Evangelio por el sur de Bélgica, Luxem burgo, Suiza.
Lorena y Baviera. Entre estos fundadores irlandeses de
sedes germanas se cuentan San Corbiniano de Freising,
San Virgilio de Salzburgo y el mártir San Quiliano de
W ürzburgo.
El fervor del nuevo movimiento ejerció su influencia,
naturalmente, sobre la vida religiosa de la Iglesia fran­
ca. Una hueste de apóstoles francos salió de los nuevos
monasterios para reformar las sedes de las G a lia s: San
Audomaro a Boloña, por ejem plo; San Amando, para
la sede flamenca de M aastricht; San Eloy, a Noyón ; San
Leodegario, a Autun, y muchos otros.
Mientras los reyes francos extendían su soberanía a
toda Francia, los visigodos v los suevos en España aban­
donaban el arrianismo. Los suevos de Galicia y Portugal
fueron atraídos al catolicismo por San M artín, obispo
de Braga, hacia la mitad del siglo v i. L a conversión de
los visigodos, sin embargo, implicó una gran tragedia
familiar para la casa reinante.

Conversión de Jos El rey de los visigodos, Leovigildo,


visigodos españoles,además de un gran soldado, era un
gran legislador y reformador. L o s
primeros años de su reinado habían visto el afortunado
rescate por Justiniano de ciertas regiones de la costa de
Valencia y el establecimiento en España de una pro­
vincia bizantina. A partir de ese momento se apoderó
del ánimo de Leovigildo la sospecha muy natural de que
existieran proyectos imperiales de lanzarse a una recon­
quista de España análoga a la que acababa de expulsar
a los ostrogodos de Ita lia ; y como los bizantinos eran
94 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

católicos, tal sospecha suponía una predisposición a


identificar al catolicismo con posibles traidores simpa­
tizantes de ese proyecto. Las disensiones familiares en
materia religiosa acabaron de complicar la situación.
Por entonces todas las familias reales de Occidente eran
católicas, excepto los visigodos. Por tanto, si los mo­
narcas españoles querían desposarse con personas de su
rango y al mismo tiempo establecer alianzas con otras
casas reinantes, habían de tomar esposas católicas. A sí
ocurrió que la esposa del heredero de Leovigildo, H er­
menegildo. era católica. Para dar satisfacción a su madre
política arriana, fué rebautizada a la fuerza. Su esposo,
por apoyarla en sus protestas, fué relegado a Sevilla,
como para infligirle una afrenta. A llí se convirtió al
catolicismo, bajo la influencia del obispo San Leandro.
El desarrollo de los sucesos que siguieron no se conoce
con exactitud. Hubo una guerra civil. Hermenegildo fué
derrotado y hecho prisionero. Sus aliados, los suevos,
cayeron con él, y los visigodos se hicieron dueños de
toda la península. Luego Hermenegildo fué asesinado,
tras negarse a recibir la comunión de manos de un
obispo arriano.
La consiguiente represión del catolicismo se. prolongó
con el reinado de Leovigildo. Pero en 586 su segundo
hijo, Recaredo, que le había sucedido, llamó a San Lean­
dro, hizo de él su principal consejero y anunció su
intención de abrazar la fe del difunto Hermenegildo. L a
nobleza arriana fué cediendo paulatinamente, y en un
gran concilio celebrado en Toledo el año 589, se forma­
lizó la gran reconciliación al abjurar el rey, sus nobles
y los ocho obispos arríanos proclamando su sumisión al
catolicismo. Habían pasado justamente doscientos años
desde el concilio de Constantinopla, que había señalado
el fin de la herejía al refrendar, con ligeras variantes, el
símbolo de Nicea.
El catolicismo español contó con una gran ven­
taja desconocida allende los Pirineos: su organización en
torno a la sede primada de Toledo. Era también honda­
mente nacional: los obispos eran nombrados por el rey,
siguiéndose los males habituales a esta práctica, cuales-
CONVERSIÓN DE EUROPA OCCIDENTAL 95

quiera que fueran los beneficios que de ello se derivaran


para el estado. El aislamiento de España no hizo sino
acrecentar el mal. En los ciento veinte años subsiguien­
tes parece no haber sido removido el estancamiento re­
ligioso del país por ninguna influencia del exterior. E l
catolicismo hubiese podido salvar la vitalidad nacional,
pero al suceder la invasión árabe (711), el catolicismo
español era en gran parte lo que la decadente monarquía
y aristocracia habían hecho de él.
Existe, sin embargo, un gran personaje, cuya his­
toria destaca sobre el triste panorama de la España del
siglo v il. Es éste San Isidoro de Sevilla, el único eru­
dito que produjo el Occidente en aquella época. Durante
treinta y seis años (600-636) fué obispo de Sevilla. E ra
también monje, y escribió una célebre regla para mon­
jes; y con sus obras proveyó a su época, y a las que
siguieron, de una verdadera enciclopedia de erudición
religiosa, lo que le confiere la gran importancia histórica
de ser el vínculo entre los Padres y los escolásticos de
los siglos posteriores.

San Gregorio Los últimos años del agitado siglo v i


Magno. vieron la elección del papa que es gene­
ralmente considerado el más grande de
todos: San Gregorio Magno. Había dedicado su juven ­
tud al servicio del estado llegando hasta primer m agis­
trado de Roma, su ciudad natal. Se hizo monje, y el papa
lo envió por algunos años a Constantinopla, como re­
presentante suyo en la corte imperial. Contaba cincuenta
años cuando, en 590, fué elegido papa.
A San Gregorio lo hemos mencionado ya en relación
con el monacato benedictino, v la influencia de su acción
en este campo bastaría para que ocupase un lugar des­
tacado en la historia. P ero posee, además, otro título,
representado por su vasta serie de escritos religiosos.
No es exagerado decir que lo que San A gustín fué para
el erudito medieval, lo fué San G regorio para el lector
medio. Él es el gran vu lgarizad o s y con ello uno de los
que jmás influyeron en la fe y la piedad populares del
siguiente milenio. Sus escritos son el prim er gran con-
96 SÍNTESIS DK HISTORIA DE Í,A IGIJ3SIA

junto hagiográfico. Uno de sus libros, el. Regula pas-


toralis , alcanzó una popularidad, durante la Edad M e­
dia, igual a la del De chita-te Dei, de San Agustín. Es
un tratado práctico de espiritualidad y de las cualidades
que deberían adornar a los obispos y a todos aquellos
que tienen a su cargo la cura de almas. Durante siglos
sirvió para dar al cura párroco su formación “ profesio­
nal” . San Gregorio fué uno de esos espíritus atraído
constantemente por la soledad. Era un inválido que, en
la eterna miseria, el hambre y la guerra que llenan su
época, veía las señales, no mal acogidas, de que el mun­
do se estaba acercando a su fin. Todo su interés se
cifraba en lo espiritual, para poder presentarse y pre­
sentar a su grey en el cercano día del juicio con unas
disposiciones que, en lo posible, se ajustasen a las re­
queridas. Y , sin embargo, fué el más capaz, el más prác­
tico y uno de los más afortunados papas en su acción.
Justamente a mitad de camino entre su nacimiento y
su elección como papa, se habían lanzado sobre Italia,
apenas recuperada del horror que significaron los treinta
años de la reconquista imperial, los longobardos, la
última oleada bárbara. El logro de Justiniano se vió
completamente frustrado en el curso de unos pocos años.
Toda Italia, excepto las grandes ciudades y su hinter­
land, cayó en poder del invasor; y en el curso de otros
ciento sesenta años el lento pero persistente ataque lon-
gobardo había de concentrarse también sobre las ciu­
dades. El imperio era demasiado débil para vencer a
los longobardos, apenas lo bastante inerte para conte­
nerlos, y demasiado orgulloso para negociar con ellos.
San Gregorio era, nominalmente, sólo un individuo más
dentro del Imperio, pero hacia él volvía Roma su mi­
rada siempre que se producía un encuentro con los lon­
gobardos. Él recogía dinero entre sus fieles para liberar­
los del invasor rescatándolos con ello. Rescataba a los
cautivos y organizó importantes servicios asistenciales
para viudas y huérfanos. Finalmente, en 598, consiguió
una tregua de treinta años. San Gregorio fué, durante
este tiempo, el verdadero gobernante de Roma y, con
ello, en realidad, el fundador de la monarquía papal.
CONVERSIÓN DE EITROPA OCCIDENTAL 97

San Gregorio fué un papa muy consultado, y sus


cartas nos revelan su activa intervención en todos los
sectores de la Iglesia. Inició una reforma general en
Roma y las sedes de Italia, empleando medidas tan
enérgicas como la deposición de obispos donde ello era
necesario. También en las Galias hizo cuanto pudo para
promover la tan necesaria reforma, insistiendo en que
los seglares no debían ser nombrados obispos. Pero aquí
sus llamamientos chocaron con oídos sordos, y nunca
pudo ver la celebración del concilio nacional que con
tanta insistencia había reclamado.

Conversión de El hecho más notable, en un principio, de


los anglos. su gran reinado y uno de los que procu­
raron al santo un consuelo más puro, fué
la misión el 596 a la corte inglesa de Etelberto, rey de
Kent, casado con una católica hija de un rey franco.
La componían monjes benedictinos del monasterio que
el mismo papa había fundado en el Monte Celio.
No es que sólo hubiera paganos en la isla. L a Igle­
sia se había establecido en ella desde los últimos años
del siglo n i, pues tres obispos británicos tomaron parte
en el concilio de Arlés, en 314. Pero en esta lejana
provincia la invasión de los bárbaros había sido más
catastrófica. Los invasores de Gran Bretaña eran los
más salvajes de todos los bárbaros de la época, excepto;
quizás, los hunos, y mostraban una especial aversión por
todo lo cristiano. Entre ellos y los antiguos habitantes,
incluso un siglo después que había pasado lo peor de
la furia, se abría un abismo tal de odio y suspicacias, que
los obispos británicos renunciaron simplemente a cris­
tianizarlos. La misión romana enviada por San G regorio
había de llevar a cabo su obra, mientras ellos la contem ­
plaban como espectadores. Durante unos años el éxito se
logró fácilmente y se establecieron sedes episcopales en
Cantorbery, Londres y Rochester. Es de notar que
en esta Iglesia, que era creación directa del papado, no
se concedió puesto alguno a la autoridad real. E l cato­
licismo empieza su vida entre los ingleses con la más
absoluta independencia del estado.
7 a. h. l .
98 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

El segundo paso importante, después de una reacción


pagana en Essex que duró algunos años, fué la funda­
ción, en el 625, de la sede de York. También aquí, el
rey, Edwin, se convirtió al poco tiempo, y con él, .gra­
dualmente, su reino de Deira. Pero Edwin murió el 633
en el campo de batalla, combatiendo a una extraña coali­
ción de cristianos britanos con el pagano rey sajón de
Mercia. Su sucesor, el jefe de un bando rival de la fa­
milia real, era, sin embargo, católico también, y pronto
la obra, tan trágicamente interrumpida, pudo continuar
nuevamente. Pero no era ni de Cantorbery ni de la mi­
sión romana de donde Oswaldo había recibido la fe, sino
de los monjes irlandeses establecidos en lona, Escocia.
Este famoso monasterio había sido fundado en el
año 563 por San Columbo, que se había desterrado a sí
mismo como penitencia por haber promovido una guerra
intestina. Había constituido un centro para la conversión
de los moradores de la zona montañosa del norte, y aho­
ra, con la subida de Oswaldo al trono de Northumbria,
había de proporcionar durante treinta años sucesivas
generaciones de fervorosos monjes apóstoles que, ex­
tendiéndose por los montes y los valles del norte de In­
glaterra, fueron los primeros en hacer de esta región
una plaza fuerte del catolicismo. E l primero de estos
obispos de lona fué San Aidano, que estableció su sede
en Lindisfarne.
Mientras, la misión romana en el sur había seguido
progresando. Roma envió una segunda misión alrede­
dor del 630, y hacia el 644 los ingleses vieron al primer
obispo salido de sus propias filas. Y ahora, en N ort­
humbria se encontraron las dos ramas del catolicismo,
uno en la fe, pero con distintos calendarios y costumbres
litúrgicas. Una gran conferencia celebrada en W hit­
by (664) estableció que debían prevalecer las fórmulas
romanas. Cuatro años después llegó de Roma el monje
griego, San Teodoro de Tarso, nombrado arzobispo, de
Cantorbery, y bajo la práctica de su eficaz regla la Igle­
sia alcanzó en Inglaterra una verdadera y positiva
unidad. Él fué quien finalmente puso en orden las dife­
rentes sedes e introdujo el método romano en todas par-
CONVERSIÓN DE EHROPA OCCIDENTAL 99

tes. Todavía hizo más: fue, acaso, el hombre más hábil


de su tiempo, y de Roma se trajo al abad Adriano, el
africano, que fundó una gran escuela en Cantorbery, y
a Benito Biscop, un noble del norte que se había hecho
monje, el cual estableció dos grandes monasterios en
Jarrow y Wearmouth. De estas fundaciones salió toda la
temprana cultura de la Inglaterra medieval, gran parte
de la propia Inglaterra y el espíritu que, junto con el cau­
dal procedente de Irlanda, había de revitalizar en el
siglo venidero a los países del continente. La mayor glo­
ria de los monasterios de Benito Biscop fué San Beda.
San Beda (672-735) da la medida del éxito y la im­
portancia del recobro de Gran Bretaña por Roma. Este
inglés, nacido a los veinte años de la muerte del último
rey pagano, no sólo es el gran erudito de su época, sino
uno de los más grandes de todos los tiempos. Como San
Isidoro de Sevilla, compila y transmite a las generacio­
nes futuras todo lo que puede salvar del pasado. Co­
menta la Sagrada Escritura, escribe sobre astronomía
y matemáticas, revelando en todas partes lo que era y
lo que se preciaba de ser: el monje pedagogo. Conser­
vamos buen número de sus sermones, algunas de sus
cartas y sus versos. Pero en San Beda nos encontramos,
además, con algo peculiar y personal: él es el primer
historiador inglés. Es la Historia eclesiástica del pueblo
inglés lo que le vale a San Beda el señalado lugar que
ocupa en la historia, el lugar reservado a los genios. El
carácter de su obra, su gracia literaria, la diáfana sen­
cillez de su estilo hacen a San Beda superior a cual­
quiera de los historiadores de los siglos venideros. E s
la única producción de su tiempo que se conserva hoy
tan fresca y viva como cuando fué escrita, hace mil dos­
cientos años.
Uno de los discípulos de San Beda, Egberto, fué el
fundador de la escuela de Y o r k ; v de la escuela de Y o r k
salió Alcuino, a quien recurrió principalmente Carlo-
magno a fines del siglo v m , cuando buscaba a un maes­
tro que resucitara la vida intelectual de las Galias e
Italia.
too SÍNTESIS DE HISTORIA DE I,A IGLESIA

San Bonifacio. Un lugar todavía más destacado en la


historia debe concederse a un coetáneo de
San Beda, otro monje benedictino inglés: W infrido o
Bonifacio. Su primera formación, como la de San Beda,
era mixta, en parte irlandesa, en parte romana. Su gran
cultura es símbolo de lo conseguido por el catolicismo
en el sur de Inglaterra; Bonifacio había nacido en Devon
y se formó en un monasterio de Hampshire, así como
San Beda representa lo equivalente en el norte. Con
acierto se ha dicho de San Bonifacio que ningún otro
inglés ha ejercido jamás una influencia tan grande en la
evolución de Europa. La justificación de este juicio, un
tanto sorprendente, está en la obra realizada por el
santo, no sólo al convertir una gran parte de Alemania
v al reformar la Iglesia en las Galias, sino también al dar
al catolicismo germánico su organización definitiva y
hacerlo como mandatario acreditado de la santa sede
apostólica.
El santo, siguiendo instrucciones de Roma, cumplió
primero un noviciado misional de tres años con San
Wilibrordo, el misionero inglés fundador de la sede de
Utrecht y patriarca del catolicismo holandés. Luego, en
el 722, el papa Gregorio 11 (715-731) lo hizo llamar y lo
consagró como jefe de una misión independiente a A le­
mania. Su condición de agente de la Sede Apostólica y
la protección de! rey de los francos, Carlos Martel, ha­
bían de ser el principal apoyo del santo en los treinta
años siguientes. En ese tiempo, con la ayuda de un ejér­
cito de benedictinos ingleses, hombres y mujeres, San
Bonifacio evangelizó Hesse y Turingia, fundando mo­
nasterios, infundiendo nueva vida a antiguas sedes y
estableciendo otras nuevas. El siguiente papa, Grego­
rio n i, le concedió el palio de arzobispo. Pronto suma^
ron ocho esas nuevas iglesias: Salzburgo, Freising,
Ratisbona, Passau, Duraburg, Erfurt, W ürzburgo y
Eichstätt, establecidas ahora sobre una base estable, per­
manente, con un obispo residente como en la tradición
romana, y al propio tiempo bien protegidas contra el
único punto débil de la misión irlandesa, esto es, la falta
de estabilidad en el misionero u obispo.
CONVERSIÓN DE EUROPA OCCIDENTAL 101

Como reformador de las Galías, San Bonifacio tenía


ante sí una tarea más difícil que la que afrontó, como
reformador, de Alemania. Los reyes francos, dispuestos
a proteger toda misión que trabajase en la frontera de
sus dominios y más allá de la misma, miraban con recelo
cualquier movimiento de reforma y reorganización que,
forzosamente, tenía que debilitar su influencia en el
episcopado franco. El santo consiguió, ciertamente, con­
vocar el concilio nacional que los papas venían deseando
a lo largo de un siglo. Se abastecieron numerosas sedes
vacantes y se fundaron otras. Se restableció la disciplina
en la vida clerical, al menos como un ideal por el cual
todos debían trabajar. Pero en cuanto al nuevo plan de
hacer depender a los obispos de los arzobispos, para la
guarda del orden nuevamente establecido, los reyes se
mostraron firmes y decididamente hostiles. Hasta el ad­
venimiento de Carlomagno, sesenta años más tarde, no
encontró el apoyo real este aspecto esencial de la re­
forma.
La primera inspiración misionera de San Bonifacio
había sido la de evangelizar a los paganos salvajes de la
costa de Frisia. Aquí volvió en los últimos años de su
vida, y aquí, a la avanzada edad de setenta y cinco años,
la sublime gracia del martirio coronó su larga vida al
servicio de Cristo (775). La abadía de Fulda, que él fun­
dó, y donde se veneran sus reliquias, es hoy día el cen­
tro del catolicismo alemán, monumento a un tiempo al
monacato benedictino, al celo misionero inglés y a la
utilización de ambos por la Sede Apostólica al servicio
del Evangelio.
4. A salto a la c r ist ia n d a d y r e c o n q u is t a

7 1 4 - 1123

Mahoma. En la época en que San Gregorio Magno em­


pezaba su carrera como embajador pontificio
en Constantinopla (580), nació en Arabia un muchacho
cuya vida había de originar una revolución en Oriente,
que todavía dura, y había de afectar íntimamente a la
Iglesia y a toda Europa. Fué éste Mahoma. Y el medio
de su influencia, la religión por él creada, el Islam, un
credo sencillo, de simple organización, con elementos co­
piados del judaismo y, en menor grado, de las herejías
monofisitas de Arabia. H ay un solo Dios, cuyo profeta
es Mahoma. En las revelaciones de Dios al profeta se
basa todo. L a moralidad no era estricta y sus ideales
eran en extremo materialistas. Un simple código de ri­
tual externo justificaba al creyente y mantenía su san­
tidad. Y al creyente se le imponía la sagrada obligación
de propagar su fe y de aniquilar al incrédulo haciendo la
guerra santa.
E l primer logro del Islam fué la unión de los árabes
errantes del desierto. En Ornar, el primer sucesor de
Mahoma, encontraron éstos un caudillo de genio, y a
los diez años de la muerte del fundador no sólo habían
invadido toda la península arábiga, sino que se habían
adueñado del imperio persa, de Egipto, de Palestina y
de Siria. Cincuenta años después se reanudó la ofen­
siva. A hora fué el Á frica romana la que cayó en su po­
der (695), y en 711 cruzaron el estrecho de Gibraltar y
conquistaron España. N o se detuvieron aquí, sino que
atravesaron los Pirineos y dominaron todo el sur de
Francia. Todas las grandes islas del Mediterráneo, ex­
cepto Córcega, fueron también mahometanas, y en el 717
pusieron sitio a Constantinopla y estuvieron a punto de
conquistarla. El héroe del sitio,· y más tarde quien re­
chazó a los mahometanos en Oriente, fue el emperador
León u i (717-741). En Occidente fue el franco Carlos
Martel quien detuvo su avance, derrotándolos y cau­
sándoles una gran mortandad en el 732, en la batalla
de Poitiers. Pero todo el Mediterráneo, en el área com­
prendida entre el Ródano, Gibraltar, Alejandría y An-
tioquía, continuaba en su poder. El asedio a la cristian­
dad había dado comienzo, y en todas las generaciones
siguientes, durante otros 'novecientos años, se lanzó con­
tra ella algún violenta ataque desde alguna región del
mundo mahometano.
Sin duda tenía que constituir una de las mayores
desventuras del cristianismo el que, durante los pri­
meros siglos de esta nueva amenaza religiosa, el prolon­
gado y latente antagonismo entre los católicos de habla
latina y de habla griega se agudizara cada vez más, y la
sumisión del este a la primacía romana quedase, en
primer lugar, gravemente debilitada, para luego desapa­
recer totalmente.

La hercjh El motivo de la primera prueba que, durante


iconoclasta. ese perj0do, tuvieron que soportar las muy
sufridas iglesias orientales, fué la serie de re­
formas religiosas introducidas a partir de 725, aproxima­
damente, por el emperador León 111. Los inmensos servi­
cios que León prestó al Imperio y al cristianismo como
defensor común contra el Islam, los hemos señalado ya.
También ocupa un destacado lugar en la historia bizanti­
na por su sabia reorganización del estado. Su política
religiosa, demostración práctica de la supremacía del em­
perador tanto en lo eclesiástico como lo civil, no dejaba
de ser natural, dado su carácter y su formación. Originó el
mayor conflicto con las prácticas tradicionales la prohi­
bición imperial de rendir culto religioso a las imágenes
de los santos y la orden de retirarlas de las iglesias. Por
doquier se produjeron tumultos en el pueblo y deposi­
ciones, encarcelamientos e incluso sentencias de muerte
entre el clero recalcitrante. Intervino el papa con sus
ASALTO A L ^ CRISTIANDAD 105

protestas, e incluso con la audaz respuesta a la amenaza


del emperador de una invasión de Italia, de que llamaría
a los príncipes bárbaros en su defensa. Y sólo la des­
trucción por una tempestad de la flota imperial enviada
para arrestarlo, salvó al intrépido papa.
El emperador se aferró tenazmente a su política,
mantenida con más encono aún por su sucesor, Cons­
tantino v (741-775). En su reinado, efectivamente, el
estado fué más lejos aún. No sólo se prohibió el culto
a las sagradas imágenes, sino que se condenó como pe­
caminoso el principio en virtud del cual reciben culto,
llegando el emperador, en el concilio de Hieria, a encon­
trar a 338 obispos dispuestos a proclamar esto como
doctrina católica (753). Tal decreto fué la señal para una
verdadera cruzada iconoclasta. La mayoría del clero ce­
dió, lo mismo que sus obispos. Pero los monjes se man­
tuvieron firmes en todas partes, y en seguida se desen­
cadenó contra ellos una ola de ejecuciones y torturas
por todo el imperio.
A la muerte de Constantino v amainó la persecución,
y después del advenimiento al poder, en 780, de la em­
peratriz Irene (regente por su hijo menor, Constanti­
no vi), se iniciaron los primeros movimientos hacia una
restauración católica. Ésta se estableció formalmente en
un concilio ecuménico en el año 787. El papa, A dria­
no 1 (772-795), envió legados para presidirlo, los cuales
eran portadores de una carta que exponía la tradicional
doctrina católica sobre la legitimidad de venerar a las
imágenes. Las directrices romanas fueron aceptadas y
se condenó el edicto de 753.
Pero sus sesenta años de triunfo vigoroso habían he­
cho de la corriente iconoclasta un asunto de interés para
el estado bizantino. E l ejército, principalmente, era
adicto a la herejía, y una revolución militar en el 813
le infundió otros veinte años de vida. Fué tarea de la
emperatriz Teodora (regente por el pequeño M iguel 111)
y de San Metodio de Constantinopla el restablecimiento
final de las prácticas católicas con la aceptación general

1 Considerado el n de Nicea.
106 SÍN TESIS L>Iv H ISTO RIA M í I.A TGUÍSIA

de la doctrina verdadera. Pero durante casi un siglo se


habia mantenido una grave división entre los obispos
orientales y Roma, y el creciente espíritu antirromano
se había visto con ello notablemente incrementado. Si
llega a darse el caso de otro cisma semejante, sin la ven­
taja para Roma de que el punto de divergencia sea una
tradicional práctica católica tan cara al pueblo bizan­
tino como a la propia Roma, el vínculo entre las igle­
sias se hubiera visto grave y permanentemente ame­
nazado.
Carlos Martel, cuya victoria de 732 en Poitiers salvó
a Francia y el norte de Europa del islamismo, como la
defensa de Constantinopla por León m salvó a Europa
oriental, no era ei rey titular de los francos. Debía su
poder al hecho de ser el jefe de una familia que, desde
hacia varias generaciones, era la que venía gobernando
realmente, ya que la soberanía de los decadentes y medio
imbéciles descendientes de Clodoveo apenas si llegaba a
ser nominal. Carlos Martel fué el más grande soldado
que el Occidente conoció durante siglos, y en los casi
treinta años que estuvo en el poder (714-741) dió a Fran­
cia una unidad como no la había conocido desde los
tiempos en que era la provincia romana de las Galias. Su
hijo y sucesor, Pipino, prosiguió la obra con menos fe­
rocidad y nuevo tacto, y en 752 consiguió la transferencia
formal de la autoridad regia a su propia familia. Se
solicitó y se consiguió la sanción pontificia para el golpe
de estado, y el nuevo rey fué solemnemente consagrado
en su dignidad por San Bonifacio. Tres años después se
repitió la ceremonia, siendo ahora el propio papa quien
ungía a Pipino y, con él, a sus dos hijos, Carlomán y el
futuro Carlomagno, declarando: “ Es el Señor quien a
través de nuestra humilde persona os consagra rey” Con
este acto se inauguró entre el Papado y la nación fran­
cesa una alianza que estaba destinada a ser la piedra
angular sobre la que se edificaría la Europa medieval,
una alianza que no ha finalizado aún, una asociación que
di ríase lleva en sí algo que la hace perpetua. En efecto,
desde entonces nada hubo capaz de afectar a uno de esos
poderes sin que al mismo tiempo afectara al otro.
ASALTO A LA CRISTIANDAD 107

Orígenes del Esta pública ratificación papal de una


poder temporal decisión previamente tomada, estuvo li-
de los papas. , ,r . , A A ,
gada a otra serie de acontecimientos des­
tinados también a la Edad Media, y a
toda la historia posterior, uno de los más sorprendentes
aspectos de su compleja estructura, a saber, el estable­
cimiento del poder temporal de los papas en Italia.
A l igual que otros muchos grandes cambios, no fue
éste el producto de un plan diestramente concebido, sino
más bien el resultado del planteamiento e intento de so­
lución práctica de un problema. Desde la época juvenil
de San Gregorio, Italia venía siendo escenario de una
larga serie de incursiones y sitios entre longobardos y
bizantinos, A l paso de las generaciones los bizantinos se
iban debilitando, y la inquietud por el establecimiento de
los fuertes estados mahometanos los dejó con menos
energías que nunca para defender el poco territorio que
les quedaba en Italia: Venecia, Nápoles, Ravena, Roma
y la campiña que rodeaba a estas ciudades.
E l papa se veía distendido entre las dos fuerzas. Los
longobardos, por entonces, se habían convertido y mos­
trábanse piadosos católicos, llegándose más de una vez
a convencerles para que, por amor a San Pedro, aban­
donasen sus conquistas y levantasen el sitio de Roma. La
lealtad de los papas al decadente y moribundo régimen
bizantino era la única y última seguridad del mismo.
Esta seguridad quedó gravemente comprometida por el
desatino de León m cuando, al planear secuestrar al
papa Gregorio n (715-731), de acuerdo con su política
de reforma de la religión popular 2, lo mismo que Cons­
tancio 1 1 3 había secuestrado a San Martin. En Roma
todo el mundo acudió en defensa del papa, y un ejér­
cito longobardo marchó también en su ayuda. El empe­
rador hubo de contentarse con la confiscación de lo*
vastos estados papales de Sicilia, de los que había sa­
lido, en su mayor parte, el sustento de los pobres de
Roma durante siglos.

2 Cf. supra, p. 100.


3 Cf. supra, p. 43 ss.
108 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

Todo estaba a punto para una ruptura entre el em­


perador y este último súbdito leal, súbdito de nombre
tan sólo, siendo de hecho un príncipe independiente cuyo
prestigio el emperador no podía aminorar. El adveni­
miento de un nuevo rey longobardo, Aistulfo, en 749,
que no se dejaba convencer con alusiones a San Pedro,
llevó la situación a una crisis. Se produjo una nueva
invasión. El emperador no podía hacer nada y nada hizo,
excepto ordenar al papa que mandara a Aistulfo reti­
rarse. Ante lo desesperado de h situación, el papa, E s­
teban n i, buscó ayuda cerca del rey de los francos. Fué
en el curso de esta importante negociación cuando volvió
a consagrarle rey.
Pipino y su pueblo se sumaron a la causa de San
Pedro. Los francos invadieron Italia y rechazaron a los
longobardos del territorio amenazado, decidiendo así. en
gran parte el curso de la historia al entregarlo en sobe­
ranía al papa.
Durante cincuenta años los papas habían gozado de
una independencia de hecho de cualquier poder político.
Ahora habían de ser, también de derecho, independien­
tes de cualquier poder temporal. Con tal que el nuevo
estado pudiera mantenerse, se habría solucionado una
inquietud crónica. ¡ Si los papas lograran evitar que la
nueva soberanía no se convirtiera nunca, como había
ocurrido antes o después en todas las demás soberanías,
en objeto de la ambición y del afán de dinero y poder!
Pero los primeros años se encargaron de demostrar
que, junto con una nueva seguridad, los papas habían
adquirido una nueva fuente de inquietudes d e . la más
grave naturaleza. Fué una época escabrosa y bárbara, en
que la traición y la crueldad se ejercieron sin disimulo y
fueron el acompañamiento ordinario de lo que, a falta
de una palabra mejor, hemos de llamar vida política.
Estas fuerzas tenebrosas habían de envolver también
el nuevo trono papal e influir de modo inevitable en el
papado.
El soberano del nuevo estado era un sacerdote y los
personajes más importantes eran eclesiásticos. Era inevi·
table, pues, que se formase una aristocracia clerical.
ASA I/TO A I,A CRISTIANDAD 109

Pero la antigua aristocracia militar opuso una fuerte


resistencia. E ra natural, e inevitable, que el m ejor medio
para conseguir la supremacía era conseguir el papado
para algún civil. H asta entonces ningún laico había
considerado interesante ser papa; pero ahora ser papa
era también ser rey, y en adelante, durante generaciones,
el laicado no dejó escapar la ocasión de colocar a su can­
didato frente al candidato de los electores, la clerecía de
Roma.
Los primeros intentos de violencia se produjeron a
la muerte del papa Paulo (767), cuando los militares con­
siguieron imponer a su candidato, el seglar Constantino,
que logró mantenerse en el poder durante casi un año.
Luego el partido clerical, con ayuda de los longobardos,
le derribó, rechazándole a él y a sus sucesores con las
mismas crueldades que él había usado.

Carlomagno. Pipino murió el 768. y hacia 771 su hijo


menor, llamado Carlomagno. impuso su
poder. Su advenimiento coincidió con la elección del lon­
gevo A driano 1 (772-795).
El primer gran acontecimiento que señala el período
de pacífica cooperación entre Adriano y Carlos en la
superintendencia general para la prosperidad del cris­
tianismo, pues nada menos que esto aseguró el régimen
de Carlomagno, fué la derrota de los longobardos frente
a los francos (773-774). A partir de entonces, el rey de
los francos fué también rey de los longobardos. De ahí
que surja por vez primera, para el soberano del estado
papal» la amenaza-cuya posibilidad había de turbar, en
lo sucesivo, hasta su sueño; una amenaza que debía con­
jurarse por todos los medios a su alcance. Y esta ame­
naza la constituía, justamente, el poderoso protector
franco que era también su vecino inmediato. Carlomag­
no, rey de los francos, preparado desde el otro lado de
los Alpes a descender y proteger a los papas cuando la
situación lo requiriese, era una cosa: Carlomagno. sobe­
rano supremo en Italia, era ya cosa distinta, y no tardó
en producirse lo inevitable. El nuevo rey de los longo-
bardos no podía menos que ser la persona más interesada
110 SÍNTESIS DE HISTORIA DE I,A IGLESIA

de Italia en todo lo relacionado con la suerte del estado


papal, y su título honorario, “ Patricio de Rom a” , le
procuró el medio de establecerse en el corazón de la
administración del estado, de modo que, gradualmente,
imperceptiblemente, el estado empezó a ser considerado
en cierto modo como parte integrante del imperio que
Carlomagno estaba edificando. El cambio adquirió un
carácter muy definido a la muerte del papa Adria-
n° (795) >pues su sucesor, León m , al notificar a Carlos
su elección, rogó a éste que enviase una delegación para
prestar los juramentos romanos de fidelidad. Carlos ya
es así, en cierto modo, soberano en común con el papa,
y en su respuesta a éste le recomienda que se muestre
gobernante hábil y prudente. Como ya había ocurrido en
Oriente, el César iba logrando una especie de soberanía
sobre la Iglesia en Occidente.
Obra fué de Carlomagno la fundación de un gran
estado que se extendía desde el Ebro hasta el Elba y
desde el M ar del Norte hasta más allá del Tíber. Era un
auténtico estado, no una simple colección de territorios
y jurisdicciones, fundado en el principio de hacer rea­
lidad la ciudad de Dios sobre la tierra. Carlomagno es el
príncipe cristiano, en un sentido mucho más propio que
Constantino o Justiniano. Fué a través de la fe común de
sus súbditos como gobernó, y sobre esta fe sobre la que
edificó; y fué por la prosperidad de esta fe y por su
difusión por lo que luchó con afán a lo largo de cua­
renta años. De ella fué el campeón contra el Islam en el
sur y contra las tribus herejes de Germania, los sajones,
en el norte.
Treinta años de guerra supuso la sumisión y cris­
tianización de estos últimos por la fu erza : desafortunada
injerencia en la Iglesia, que acaso haya afectado a todo
el posterior catolicismo germano. En esta reciente pro­
vincia cristiana se establecieron ocho nuevas sedes. Fué
una especie de consumación de la labor realizada por
San Bonifacio, y es de notar que fué el paisano de San
Bonifacio, Alcuino, quien encabezó la protesta de la
Iglesia contra la conversión forzosa impuesta por Car­
lomagno al enemigo vencido.
ASAL,TO A LA CRISTIANDAD 11!

E n los largos años del reinado de Carlom agno (768-


814) se realiza una gran obra de restauración. Fundá­
ronse escuelas por doquier, se reformó y reorganizó la
vida eclesiástica: la vida religiosa adquirió en todos sus
aspectos un interés primordial para el celo protector del
estado. Iglesia y estado parecían al fin fundidos en una
sola cosa; obispos y papas eran ahora entusiastas a u x i­
liares de los reyes francos. Cuando, en la Navidad
del 800, León 111 coronó solemnemente emperador a
Carlos, restableciendo el imperio de occidente en su
persona, el acto pareció poner el sello divino a los gran­
des triunfos de su vida.
E l cuadro, sin embargo, presenta también otra cara.
En ésta, el nuevo estado aparece como algo que amenaza
con atascar a la Iglesia. L a voluntad del emperador lo
es todo. Si él se muestra propicio, la Iglesia puede seguir
adelante. Donde él manda que se detenga, allí debe de­
tenerse. Carlom agno no era, por ejemplo, nada amigo
del monacato. Erudición y habilidad para gobernar era
lo que buscaba en los eclesiásticos. Continuó haciendo
uso de las grandes abadías para recompensar los leales
servicios de sus grandes hombres, y si, muy a menudo,
los altos funcionarios del estado fueron clérigos, en
modo alguno fueron siempre modelos de vida clerical.
El emperador era quien nombraba los obispos, y. otra
innovación, a partir de Ludovico Pío, hijo de C arlo­
magno, empezó también a nombrar al papa.
Cómo hubiese podido la Iglesia librarse de un pa­
trocinio que, a la larga, había de ahogar por completo su
libertad de acción, es difícil decirlo. L a titánica lucha
que hubiera debido seguirse nunca tuvo lugar, pues en
el término de medio siglo después de la muerte del em ­
perador, su imperio se vino abajo y nunca tuvo la Iglesia
un segundo Carlom agno con quien competir. E l único
gran problema, tanto para los reyes rivales como para
los papas y los obispos, en el curso de los cien años que
siguieron, fué sobrevivir a los efectos sociales del caos
político y la permanente guerra civil.
112 SÍNTESIS DE HISTORIA DE I,A IGLESIA

El fracaso de Para colmo de calamidades, los mahome-


ia emitcacton. taños renovaron su agresión, imponiendo
ahora su fuerza en el mar, de modo que
el M editerráneo occidental quedó cerrado a la navega­
ción cristiana. Invadieron las costas de Francia e Italia
y, en 844, saquearon Roma y las tumbas de los A p ós­
toles. Procedente del norte, se abatió sobre Europa otro
enem igo: las tribus piratas de Dinamarca, hordas sal­
vajes. ferozmente anticristianas. Habían hecho sus pri­
meras manifestaciones de fuerza en los últimos años del
reinado de Carlomagno. Saquearon Lindisfarne en 793
y realizaron sus primeras incursiones en Irlanda, donde
finalmente establecieron un reino, en 795. A sí dió co­
mienzo otro flagelo para otros cien años. Pronto no
quedó una sola ciudad costera a salvo de sus ataques.
Inglaterra, especialmente, estaba a merced de ellos. A se ­
sinato y pillaje, destrucción de abadías y sepulcros, era
lo que marcaba su paso por d oquier; y como sus incur­
siones dieron lugar al establecimiento de colonias, man­
tuvieron durante más de otros cien años su amenaza
sobre el cristianismo en el norte* amenaza imposible
de conjurar. Alfredo de Inglaterra sólo salvó la mitad de
su reino a costa de reconocer la soberanía de los inva­
sores en el Danelaw (878). Por fortuna, esta contención
parcial de su avance fué seguida de su completo fracaso
en el famoso sitio de París (888) y de su derrota en la
gran batalla de Lovaina (891). L a supervivencia del
cristianismo quedó así asegurada. Pero esos piratas ha­
bían ocasionado el más grave retroceso· conocido· por
la Iglesia desde el cese de las persecuciones romanas,
cuatro siglos antes. A l finalizar el siglo ix , la Europa
occidental ofrecía el panorama de un caos indescriptible»
de un inmenso desierto, con sólo unas pocas isletas se­
guras y de vida ordenada, diseminadas aquí y allá. Y du­
rante otra generación entera, los restos supervivientes
del cristianismo tuvieron escasamente fuerzas para se­
guir alentando.
Ln el transcurso de esos años de incesante desorden,
de esas centurias de constante invasión, guerra, rapiña y
destrucción, el naciente sistema eclesiástico sucumbió
ASAT/fO A I,A CRISTIANDAD

con todo lo demás. L a erudición se desvaneció y el clero,


con harta frecuencia, apenas conocía más que los sim­
ples rudimentos de la doctrina cristiana y las fórm ulas
de la práctica sacramental. L a disciplina clerical era
escasa o nula. L a corrección de los desórdenes y la mala
vida se hizo tan difícil que llegó a ser imposible, incluso
allí donde los obispos eran celosos de las viejas tradicio­
nes y de la santidad de vida. T ales obispos constituían
rara excepción. L a desafortunada fusión de las funcio­
nes civiles, militares y religiosas en la persona del obis­
po, las obligaciones inherentes a su condición de go­
bernante temporal, acarreaban, dadas las circunstancias
de la época, abundancia de malos frutos. L a usurpación
por los seglares de cargos y nombramientos eclesiásticos
llegó al m áximo. Jamás conoció la Iglesia, ni antes ni
después, unos obispos tales como los que, con harta fre­
cuencia, en el curso de esos horrendos siglos, hacían
presa en las sedes de Europa occidental. Llevaban una
vida exactam ente igual a la de la feroz, inculta v licen­
ciosa burguesía de que procedían. A menudo, contravi­
niendo toda ley o tradición, se casaban, y luego hacían
objeto principal de su vida el transmitir la sede, cual si
fuera un artículo de propiedad personal, a uno de sus
hijos. C on frecuencia, también, habían comprado su
nombramiento, y su reinado representaba una continua­
da tortura financiera para los desventurados súbditos,
mientras el prelado intentaba resarcirse de su desem­
bolso inicial.
E l recuento de los escándalos qüe, casi sin interrup­
ción, deshonraron a la primera sede cristiana durante
más de cien años, revela hasta qué punto la bancarrota
de toda seguridad y orden había perjudicado a la Iglesia.
La situación en Rom a se complicó por las innumerables
ventajas que la sede brindaba a la iniquidad, por el p r e ­
dominio creciente del poder secular en la elección del
papa y por la permanente instalación, en los E sta d o s
l>ontificios, de un feudalism o ingobernable. E n tre d ase­
sinato del papa Juan v i t i ^882) v el concilio de S u tri
(1046), que señala definitivamente el fin de esos h orro­
res. hubo treinta y siete papas en ciento sesenta años.
8 s, 11. 1.
»14 SINTESIS DE HISTORIA Í>E I.A IGLESIA

Kn modo alguno fueron todos ellos indignos. L a mayo­


ría fueron celosos pastores, entre los que sobresalieron
enérgicos reformadores. Pero un número muy crecido de
estos murieron de muerte violenta a manos de sus ad­
versarios. El escándalo llegó a su culminación cuando la
familia romana llamada la casa de Teofilacto se monopo­
lizo la sede, imponiendo a su arbitrio, durante casi seten­
ta años, los nuevos papas, que constituyeron los verda­
deros “ malos papas” , figuras capitales de la controversia
religiosa.
Sin embargo, un papa del siglo ix , San Nicolás i, es
uno de los tres únicos 4, entre los doscientos sesenta res­
tantes. a los que la posteridad ha otorgado el título de
“ Masfno” . Tuvo una acertada intervención en la cuestión
del cisma de Focio 5 y puso de manifiesto la tradicional
fidelidad de Roma a los principios al negarse, a despecho
de las amenazas de invasión de sus estados, a reconocer
el divorcio de Lotario, rey de Lorena (863).
Siempre que los amos de la sede romana pertenecían
a la aristocracia militar, podía darse casi por seguro que
se haría una elección funesta; y una vez desaparecido el
imperio de Carlomagno, la única posible competencia se
entabló entre las familias romanas rivales.
Mediado el siglo x, no obstante, surge en Alemania
un gran rey, Otón 1 (936-973), con el que se restablece
el imperio, se da a Roma un nuevo dueño nominal y al
tan vejado papado una débil esperanza de tiempos me­
jores. En 963, Otón destituyó (desde luego, ilegalmente,
pero no menos efectivamente) al indigno papa Juan x n
(955'9^4)> Y durante el resto de su reinado ejerció so­
bre Roma y las elecciones papales una vigilancia tan es­
trecha como lo permitían las circunstancias. Su hijo,
Otón 11 (973-983), y su nieto, Otón 111 (983-1002), si­
guieron la misma política, y de' ahí que, durante la se­
gunda mitad del siglo x, gracias a la intervención impe­
rial y al apoyo del emperador a los elementos reforma­
dores, fueron elegidos papas dignos que, en ocasiones,

4 Los otros dos son San León r M4Q-461) y San Gregorio i (590-604).
I f. infra. i). 1 U)
ASALTO A LA CRISTIANDAD 116

pudieron contener el impulso de las malas corrientes,


Pero, semejante proteccionismo estatal, por más que es­
taba dando ahora buenos resultados, no dejaba de ser el
mismo funesto sistema de sumisión al estado. L a refor­
ma y el bienestar de los cristianos estaba a merced de
que el propio emperador fuese una buena persona y es­
tuviera interesado en ello. ¿Q ué ocurriría si el empera­
dor que le sucediese no era mejor que la burguesía a la
que había desbancado ? El siglo siguiente había de cono­
cer a dos de esos emperadores: Conrado n (1024-1039)
y su nieto, Enrique iv (1056-1106). Durante el reinado
de este último príncipe comenzó en serio la gran guerra
por la independencia de la religión.
E sos emperadores de la nueva estirpe germana no
fueron, sin embargo, las únicas fuerzas que lucharon p o r
una reform a, ni aun las primeras en la acción. Sin hablar
de los varios papas que sólo fracasaron porque las cir­
cunstancias materiales de su reinado hacían imposible el
éxito, pero que, no obstante, mantuvieron vivo el ideal
reformista, hay que contar con el gran movimiento ori­
ginado en Cluny, y los éxitos locales de prelados, tales
como San Dunstan, arzobispo de Cantorbery (9C>7?-9o8).
El monasterio benedictino de Cluny, en Borgoña, fué
fundado en 910. Desde el principio fué su propósito una
completa restauración de la vida de acuerdo con la santa
regla estrictamente interpretada. El centro de esta vida
era la sagrada liturgia observada con toda la perfección
posible. Los monjes de Cluny jam ás abandonaban su
claustro. Su apostolado consistía en atraer a otros hom­
bres al claustro por la santidad de sus propias vidas y
por el hecho, evidente por encima de todo, de que la vida
era un completo y entero servicio de Dios. Cluny consti­
tuía entre las demás abadías de la época una excepción
en cuanto a su estado legal, pues su único superior terre­
nal era el propio papa. Esto significó un cambio revolu ­
cionario en los cánones, que durante casi cinco siglos ha­
bían puesto todos los monasterios bajo la jurisdicción del
obispo local. E l episcopado se hallaba ahora tan um ver­
salmente corrom pido por el espíritu del mundo, que es­
tar sujeto a él representaba a menudo una am enaza in­
116 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

mediata para el bienestar espiritual y temporal. Cluny


tenia el privilegio de abadía exenta y era independiente
del obispo
L a segunda característica propia de Cluny consistió
en que, cuando la abadía comenzó, poco a poco, a refor­
mar o fundar nuevos monasterios, estableció una depen­
dencia entre éstos y la propia abadía. Pronto existió algo
que la Iglesia nunca había visto hasta entonces: una gran
congregación u orden de monjes, que vivían en centena­
res de prioratos, y todos ellos sujetos a un único superior
común, el abad de Cluny. E sta estrecha unión y subor­
dinación de las casas menores a C luny era una salvaguar­
dia de su futuro espiritual, pues todas ellas gozaban de
la exención cluniacense, y una fuente de energía inmen­
sa para el movimiento de reforma. O tra causa de la pros­
peridad del movimiento cluniacense reside en la extraña
y afortunada coincidencia de que los cinco prim eros aba­
des de Cluny no sólo fueron hombres excepcionales por
su personalidad y por la santidad de su vida, sino tam­
bién favorecidos por una notable longevidad. E n el trans­
curso de doscientos cincuenta años sólo hubo seis cam­
bios de autoridad y a contar de un siglo de la funda­
ción, el abad de Cluny fué, después del papa, el más
importante personaje de la Iglesia, una especie de conse­
jero universal de papas y reyes.
Adem ás de Clunv y la nueva fórm ula benedictina por
ella implantada, se dió en esta época un resurgim iento de
la más antigua tradición con grandes reformas, que pro­
gresivamente iban barriendo los muchos abusos existen­
tes en unos siglos de tanto desconcierto. San G erardo de
Brogne, por los años de la fundación de Cluny, inició un
renacimiento benedictino que se esparció por todo Flan-
des. Otros santos hicieron lo mismo en la región com-
pi^ndida entre el M osela y los Vosgos. Los príncipes lo­
cales ayudaron en todas esas fundaciones, y lo propio
hicieron los obispos de las sedes respectivas: Cam brai,
Lieja, Metz, Toul, Verdún, Colonia, M aguncia, A ugs-
burgo, Constanza y Ratisbona.

* En el m i s m o pr rí oHo h u b o c u a r e n t a y o c h o pa p a s .
ASALTO A LA CRISTIANDAD 117

Alem ania tuvo su propio Cluny en H írschau, y un


movimiento similar para unir a las abadías en un único
centro común obtuvo el mismo éxito en Italia, tanto en
Piamonte como en el sur, donde la antigua abadía de
C ava contó en seguida con otras cuatrocientas casas de­
pendientes de ella.
Italia, desde las postrimerías del siglo x , fué escena­
rio de un renacimiento monacal más impresionante a ú n :
la fundación por San Romualdo, en 982, de la orden de
los camaldulenses, monjes eremitas. Su régimen de vida,
el perpetuo ayuno a base de pan y agua (las verduras
sólo se añadían como un lujo en días de fiesta) y los tre­
mendos castigos corporales, nos recuerdan los grandes
días de los Padres del desierto.
O tra fundación italiana de la misma época fué la de
los monjes de Valleum brosa, debida a San Juan Gual-
berto. A quí la vida era benedictina, pero el espíritu con
que se interpretaba la sagrada regla estaba más próxi­
mo al de San Romualdo.
T odas esas nuevas fundaciones, establecidas en una
época de relajam iento tan universal, fueron estimuladas,
alabadas y apoyadas incluso por los papas menos reco­
mendables de la época, figurando Juan x i y Juan x n ,
por ejemplo, entre los más firmes partidarios de Cluny.
Cluny fué, con todo, la más floreciente de todas las
nuevas fundaciones, representando respecto a las mismas,
una posición parecida a la que los jesuítas, seiscientos
años después, habían de ocupar respecto a la infinidad
de órdenes similares fundadas en la misma época.
Sucedió a Otón m , San Enrique 11 (1002-1024), acre­
ditado como soberano modelo y enérgico reformador de
la vida eclesiástica. P ara esto último contó con el cons­
tante apoyo del papa Benedicto v m (1012-1024). En
1024 murieron ambos, el celoso papa y el santo empera­
dor, y ambos tuvieron en las personas de Conrado 11 y
Juan x i x unos sucesores que fueron su reverso. Cuando
Juan x i x murió, ocho años después, le sucedió su sobri­
no con el nombre de Benedicto íx , e inmediatamente se
renovaron los peores escándalos dfcl siglo precedente. L a
crisis se produjo en 1046. Benedicto había abdicado y
118 SIN TKSIS I)lí H IST O R IA 1)1·; l.A KW.IÍSI \

Gregorio vi tué elegido — por simonía suele afirmarse —


en su lugar. Luego volvió Benedicto con el intento de re­
cuperar el puesto. Mientras, un tercer candidato resultan­
te de una "deposición" de Benedicto ix en 1044, Silves­
tre 111, reclamaba también el papado para sí. Enrique n i
(1039-1056) patrocinaba la candidatura de Benedicto en­
tre la baronía, y en 1046 marchó sobre Roma con un
ejército para poner fin a los escándalos y proteger sus
propios intereses. En el concilio de Sutri depuso a los
tres pretendientes y nombró papa a un excelente prelado
alemán, el obispo de Bam berg, que tomó el nombre de
Clemente 11. Apenas hubo regresado a Alem ania el em­
perador. reapareció Benedicto ix y, ayudado por su fac­
ción, se repuso en la sede, mientras Clemente moría, al
parecer, envenenado. Transcurrió un año antes de que el
emperador tuviera ocasión de intervenir, y entonces
(1048) nombró otro obispo alemán, Dámaso 11, que sólo
reinó tres semanas. De nuevo hubo un prolongado inte­
rregno. durante el cual Benedicto ix desapareció final­
mente, y por fin, en 1049, el emperador nombró su ter­
cer papa, el obispo de Toul, que tomó el nombre de
León ix . Con esta designación empieza decididamente
una nueva época en la historia de la Iglesia y de Europa.

San León ix trajo consigo a Roma, en 1049, todo


un cortejo de capacitados reformadores, afanosos de co­
laborar en la gran labor, que pronto iba a empezar, con­
tra la simonía, la vida irregular de los sacerdotes y la
usurpación por los laicos dé las investiduras eclesiásticas.
Los reformadores no estaban, sin embargo, en absoluto
de acuerdo sobre los mejores procedimientos a seguir
para la restauración, ni coincidían sus pareceres en cuan­
to a los principios fundamentales de la misma. Sus di­
vergencias ocasionaron más de un alto en los diez años
siguientes, y pueden inferirse de los curiosos cambios de
política observados en los cuatro breves pontificados
de San León ix (1049-1054), Víctor ir (1054-1057), E s­
teban x (1057-1058) y Nicolás n (1059-1061).
El punto clave en torno al cual giraban las diferen­
cias de los reformadores, era la actitud que debían adop-
ASAI,TO A I,A CRISTIANDAD 119

tar respecto de los príncipes católicos, y en prim er lugar


respecto del emperador. Una parte, agradecida al empe­
rador por cuanto éste había hecho en favor de la reforma,
hubiera visto de buen grado reforzada v continuada la
antigua tradición de los tiempos de Carlomagno. y estaba
perfectamente de acuerdo con que el emperador designa­
se los papas y los obispos, con tal que nombrase hombres
dignos y no vendiese las investiduras. San León j x com ­
partía, al principio, esta opinión, lo mismo que el gran
cardenal italiano San Pedro Damián. O tros veían en esa
injerencia imperial en la cuestión de las investiduras
eclesiásticas la causa fundamental de todos los males de
la época. P o r lo tanto, deseaban verla completamente ex ­
tirpada como perniciosa innovación, y restablecer en to­
das partes la antigua tradición, según la cual los obispos
eran elegidos libremente por su clero y los abades por
sus monjes. E l primer gran caudillo de este partido fué
Hum berto, abad de M oyenmoutier, a quien León ix
llamó a Roma y. luego de nombrarlo cardenal, empleó
f'omo legado en importantes misiones.
L a nueva era empezó cuando San León ix abandonó
Roma y se dedicó a recorrer Europa, celebrando conci­
lios por doquier en Italia v en Francia, donde predicó
la reforma y destituyó a obispos indignos, castigando la
simonía y la incontinencia clerical con las antiguas pe­
nas. Desde Reims, M aguncia y Pressburgo, bajando lue­
go por Italia hasta el sur, anduvo bregando el papa in­
cansablemente, concilio tras concilio. A llí donde él no
podía llegar enviaba a los nuevos cardenales y a sus le­
gados, y poco a poco toda la Iglesia occidental llegó a
comprender, por su contacto personal con el papa, que
la sede romana se había empeñado sinceramente en la
restauración general de la vida cristiana en la Iglesia y
en la supresión de los vergonzosos abusos que. casi en
todas partes, se habían convertido en algo connatural.
San León había comenzado su vida como soldado, y
en una guerra por la defensa del pueblo del sur de Italia
contra las brutalidades de los invasores normandos, ter­
minó su vida (1054). Como sucesor, el em perador nom ­
bró al obispo de Eichstätt, que tomó el nom bre de Y ic -
120 SlNTKSlS l'tfi HISTORIA DK I,A IGUÍHIA

tor 11. Era el cuarto y último de los papas que había de


serlo por el simple nombramiento del emperador, pues
Enrique u i murió antes que Víctor, y el hecho de que
el nuevo emperador, Enrique ív (1056-1106), fuese en­
tonces un niño de seis años, brindó la oportunidad a los
reformadores romanos. Sin aguardar ninguna intimación
de los deseos imperiales, a las pocas horas, por cierto, de
llegada la noticia de la muerte de Víctor, eligieron a uno
de los cardenales de San León, el abad de Monte Casino,
Federico de Lorena, con el nombre de Esteban x. Éste
era el primer papa libremente elegido, desde hacía si­
glos, por la clerecía romana. Todos los pactos estableci­
dos en los funestos siglos pasados confiriendo derechos
al emperador en el asunto, quedaron ignorados en esta
ocasión. Con este importante acto, la voluntad de Roma
de emancipar a la Iglesia se puso de manifiesto sin lugar
a dudas.
El papa Esteban murió, no obstante, antes de un año.
La nobleza romana, volviendo a los calamitosos tiempos
pasados, impuso a su candidato: Benedicto x. Pero el
clero se negó a reconocerlo, y así hizo, también, la corte
imperial. Para suceder a Esteban x, fué elegido el obis­
po de Florencia, Nicolás 11, discípulo del cardenal H um ­
berto, el más radical de todos los reformadores, y bor-
goñón. Los dos años escasos de su reinado vieron dos
innovaciones de enorme significado. En el concilio ro­
mano de 1059 se promulgó una ley, según la cual, en
adelante, el papa sería elegido exclusivamente por los
cardenales; y se formalizó una alianza entre el papado y
los normandos. A sí le quedó cortada al emperador cual­
q u i e r futura injerencia en las elecciones papales, y el
papa contaba con un protector para el caso de que aquél
intentase, por la fuerza de las armas, reclamar sus de­
rechos.
A la muerte de Nicolás n (1061) el movimiento re­
formador, como es fácil imaginar, se había creado mu­
chos enemigos. Ahí estaban los obispos depuestos y sus
fam iliares; y las familias y amigos de los obispos no de­
puestos todavía, pero que, muy probablemente, habrían
de correr la misma suerte si no se ponía coto a la refor-
AHAI.TO A LA CRISTIAN DAD t2i

ma. A h í estaban las m últiples protestas de la nobleza ro­


mana, defraudada en sus pretensiones desde hacía casi
treinta años, y la misma corte imperial, puesta a raya
desde la última ordenación electoral. E l resultado de todo
ello pudo apreciarse, de pronto, en 1061. Los cardenales
eligieron al obispo de Lucca, reformador cabal y expe­
rimentado, que había servido como legado a los papas
anteriores. Tom ó el nombre de A lejan dro 11, L a corte,
cuatro semanas después, eligió al obispo de Parma, el
candidato de la nobleza romana, y envió a Italia un e jé r­
cito para apoyarle.
T res años duró el cisma, hasta que A lejan dro hubo
de consentir en someter su caso a un concilio reunido
por convocatoria imperial (1064). D urante los nueve
años restantes de su pontificado, el papa pudo continuar
libremente la gran obra reform adora de sedes y abadías
por medio de sus legados y de los concilios que éstos
convocaron. Cuando m urió (1073), Ia reform a estaba só­
lidamente cimentada, aunque en modo alguno consuma­
da, en casi la totalidad de la cristiandad. Incluso los
príncipes-obispos alemanes habían tenido que someterse
a lo dispuesto y acudir a Rom a para sufrir el examen
relativo a la simonía.
A la muerte de A lejan d ro 11 apareció al fin en el
puesto supremo el reform ador que, a despecho de su po­
sición subordinada, descolló por encima de todos los de­
más durante cerca de treinta años. F u é éste el cardenal
Hildebrando, elegido papa con el nombre de G rego­
rio v il. H abía empezado su carrera en 1045 como secre­
tario de G regorio v i. San León ix lo había llamado a
Roma, nombrado cardenal y enviado como legado para
dirigir la reforma en Francia. H abía gozado de la plena
confianza de V ícto r n y más aún de Esteban x , quien al
morir dió instrucciones en el sentido de que no debía
procederse a la elección de nuevo papa hasta que re g re ­
sara H ildebrando. A sí intervino en la elección de N ico ­
lás 11 y, dos años más tarde, fué su influencia lo que
decidió también la elección de A lejan d ro 11.
San G regorio era m onje, y aunque no precisam ente
Huniacense, estaba estrecham ente relacionado con C luny
122 S Í N T E S I S DH H I S T O R I A D l i I.A K W J í S I A

y era un entusiasta defensor de la abadía cuyo abad, San


H ugo, era uno de sus más íntimos amigos y a cuyo prior,
O dón, se llevó consigo para convertirlo, como cardenal-
obispo de O stia, en jefe de sus legados, llegando luego al
solio pontificio con el nombre de Urbano 11.

La reform a H ildebrando destaca manifiestamente


de H ildebrando. p 0 r encima de todos sus contem porá­
neos, y esto no tan sólo por la fuerza
de su carácter o su pureza de intención, sino por el acier­
to con que vió que los principios en torno de los cuales
se estaba centrando la batalla eran auténticamente fun­
damentales. V ió que sólo el papado podía salvar a la
Iglesia y que la salvación había de venir mediante un
restablecim iento de la tradición. V ió también que debía
procederse a reeducar a la Iglesia en materias tales como
la acción prim acial de la Santa Sede, la libertad en las
elecciones episcopales, la gravedad de la simonía y del
incumplimiento de la antigua tradición del celibato cle­
rical. F u é el prim ero en ver la necesidad de esta cam­
paña reeducadora, y desde el primer momento de su
regreso a Rom a, veintitrés años antes de su elección pon­
tificia, empezó a disponer las necesarias investigaciones.
E l resultado fué la gradual aparición de libros de cáno­
nes de un nuevo tipo, que dieron por resultado final­
mente la gran obra de Graciano y el magistral código de
derecho canónico, que ha sido el más poderoso instru­
mento de la Iglesia para el mantenimiento del buen
orden.
San G regorio v n era esencialmente hombre de paz
y, en los largos años que sirvió a la Santa Sede como
cardenal, jam ás se le encuentra entre los extremistas.
Siem pre fué su deseo, salvando la independencia de la
Santa Sede, colaborar con el emperador. Sólo la fuerza
de las circunstancias le em pujan a una guerra a muerte
en contra de su inclinación natural, al enfrentarse con la
disyuntiva de dom inar al em perador o d ejar que la Igle­
sia sea dominada. Los doce años de su pontificado (1073-
1085) fueron años tempestuosos, casi sin interrupción.
La designación de seglares para dignidades eclesiásticas
ASALTO A LA CRISTIANDAD 123

(investidura laica) se prohibió en términos más rigu­


rosos que nunca y se amenazó con la excomunión a los
desobedientes. El emperador Enrique iv, escandaloso
por su cínico tráfico en obispados y abadías, hizo públi­
ca mofa del edicto pontificio. Gregorio v i i aceptó el de­
safío. E xcom ulgó a Enrique iv y, acto totalmente nuevo,
sin precedentes, lo destituyó y relevó a todos sus vasa­
llos de sus juram entos de lealtad. Fué algo verdadera­
mente revolucionario.
El emperador se hallaba de momento en una posi­
ción aparentemente fuerte, pues acababa de someter un
gran levantamiento de sus nobles. Pero la sentencia pa­
pal infundió nueva vida a la rebelión: incluso sus obis­
pos le abandonaron, y una asamblea nacional (octubre
de 1076) ratificó el acta pontificia de destitución. El em­
perador vióse perdido y adoptó el único recurso que le
quedaba: el de ofrecer personalmente su sumisión al
papa, que se hallaba ya en camino para el gran concilio
alemán que había de elegir al sucesor. Papa y empera­
dor se encontraron en el castillo de Canossa, el 28 de
enero de 1077, en una de las más famosas escenas de la
historia medieval. San Gregorio, no muy convencido de
la sinceridad de Enrique, y en contra de su criterio
de hombre de estado, no pudo, sin embargo, como sacer­
dote, negarse a absolver al penitente imperial.
L a guerra proseguía en A lem an ia; los vasallos eli­
gieron un nuevo emperador y el papa se declaró neutral.
Cuando Enrique volvió a su antigua práctica de confe­
rir cargos episcopales y abaciales, el papa puso de relie­
ve la mala fe del emperador y renovó la excom unión y
reconoció a su rival, R o d o lfo de Suabia. P ero esta v ez
los obispos alemanes apoyaron a E n rique y, propalando
toda suerte de calumnias contra el papa, lo declararon
depuesto y eligieron en su lugar (ju nio de 1080) al a r z o ­
bispo de Ravena, que, durante diez años, capitaneó en
Italia la oposición al papado. R o d o lfo m urió en com ­
ísate y el em perador m archó sobre Italia para lle v a r a
efecto la deposición de San G rego rio v n e im poner a
“ Clemente m ” , lo m ism o que su padre había depuesto
a G rego rio v i substituyéndolo por Clem ente 11.
124 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

U na ciudad tras otra fueron abriéndole las puertas y


se le unieron todos los descontentos de la reforma, más
los enemigos de la aliada del papa, la gran condesa M a­
tilde de Toscana. F u 1082 puso sitio a Roma. A l año
siguiente tomó San Pedro, mientras G regorio buscaba
refugio en la fortaleza de San t’A ngelo. En marzo de
1084, la ciudad, cansada del asedio, se rindió, una ren­
dición en la que la traición, incluso la traición de car­
denales, tuvo su parte, y “ Clemente 111” fué solemne­
mente entronizado en el palacio de Letrán.
Los aliados normandos de G regorio fueron los que le
salvaron. E l emperador huyó en cuanto supo que se acer­
caban. Saquearon la ciudad, sin embargo, y al retirarse
se llevaron también al papa. Sólo le quedaban unos me­
ses de vida, y el 28 de mayo de 1085, todavía semipri-.
lionero de sus aliados, murió en Salerno. E l antipapa
reinaba una vez más en Rom a, los cardenales leales se
desperdigaron y por el momento pareció que la causa de
la reforma estaba perdida.
Durante casi tres años la Santa Sede permaneció va­
cante, pues el efím ero pontificado de V ícto r m fué solo
cosa de unas semanas, en el verano de 1087. Su elección
fué un último destello de vida del partido de San Pedro
Damián, que desaprobaba la nueva política y buscaba la
salvación cooperando con el emperador. Después, el
12 de marzo de 1088, la larga noche llegó a su fin con la
elección de Odón de Cluny, U rbano 11. En él Rom a re­
cibió al auténtico heredero de San G regorio v n . En los
once años de su pontificado pudo reparar los daños infli­
gidos a la Iglesia desde 1080. A l im pedirle la entrada en
Roma, durante años, los ejércitos del emperador, reanu­
dó la práctica de San León ix , convocando una serie de
concilios locales a través de Italia y de Francia, y presi­
diéndolos personalmente. El más importante de estos
concilios fué el de Clermont (noviembre de 1095), donde
el papa Urbano n predicó la prim era Cruzada, y al que
acudió una inmensa multitud de cien mil forasteros y
peregrinos.
Esta popularidad de los papas y del movimiento re­
formador es una de las características más llamativas de
ASALTO A L,A CRISTIANDAD 125

la época. E l hombre medio comprendía muy bien que los


papas se preocuparan por vencer, de una vez y para
siempre, a una pandilla de ricos aristócratas que había
monopolizado los ministerios de la Iglesia durante ge­
neraciones y había utilizado su poder para el enriqueci­
miento de sus familias. En más de un lugar los laicos se
habían' abanderado, junto con el clero que pudieron
atraer a su causa, para expulsar a los obispos manchados
de simonía y a los sacerdotes concubinarios. Milán, en
particular, fué durante años escenario de una guerra ci­
vil de este tipo. E sa popularidad había de perdurar a
través de los cíen años venideros, durante todo el si­
glo x i i , y había de ser uno de los fundamentos del éxito
papal en la gran pugna por la libertad de la Iglesia en
tiempos del emperador Federico B arbarroja y el papa
A lejandro m .
U rbano i i , a pesar de sus dotes conciliatorias, no ha­
bía de contemplar el fin del conflicto de las investiduras.
Este gozo le fué reservado al siguiente papa, el francés
C alixto i i (1119 -112 4 ), sucesor de Pascual 11 (1099-
1118), que estuvo a punto de echarlo todo a perder por
su debilidad y falta de dotes políticas, llegando en una
ocasión a ofrecer al emperador la cesión de todas las
propiedades y derechos temporales de la Iglesia, y en
otra el propio derecho de investidura.
Es como jefe de la oposición contra Pascual 11 como
Calixto 11, entonces arzobispo de V ien a. hace su entrada
en la historia. E l convenio que hizo con el emperador,
llamado el concordato de W orm s, estableció que en ade­
lante todas las elecciones de obispos y abades deberían
efectuarse libremente por los propios electores eclesiás­
ticos. L a inquietud del príncipe respecto de la lealtad
de los prelados, que eran también sus vasallos, pudo
desvanecerse mediante la providencia de que le rendi­
rían el debido juram ento de respeto por las tem porali­
dades que de él recibieran, y de que éstas les serían con­
feridas con un espaldarazo del cetro real. E n cam bio,
el emperador renunció en lo sucesivo a conferir con el
báculo y el anillo, la investidura por la cual el rey con­
cedía la sede o abadía.
126 SIN T ES IS 1)K H IS T O R IA D E I,A IGLESIA

E l comienzo de este período de “ asalto y reconquis­


ta ” se caracteriza en Oriente, como hemos visto, por una
nueva m anifestación del afán intervencionista del estado
en los asuntos eclesiásticos, particularmente con la larga
persecución de los emperadores iconoclastas. A penas ha­
bía ésta terminado (842), gracias a los buenos oficios de
la em peratriz T eodora, cuando surgieron nuevas dificul­
tades, menos importantes en sí, pues los motivos eran
personales y no implicaban ninguna cuestión doctrinal,
pero destinadas a repercutir en todos los siglos venideros
y a proporcionar a los contendientes de ambos bandos,
en el cisma que siguió, las consignas, las acusaciones y el
clam oreo partidista que todavía tienen vida y poder.

E l cisma Cuando M etodio murió, en 847, le sucedió


de Oriente. como Patriarca de Constantinopla el hijo del
emperador M iguel 1, Ignacio. E l nuevo pa­
triarca, hombre de vida santa, no era muy hábil en polí­
tica. F u é un celoso defensor de la emperatriz regente
y enemigo decidido de César Bardas, segundo tutor del
joven príncipe. El prolongado conflicto entre Ignacio
y Bardas se agudizó al retirarse la emperatriz, y alcanzó
su punto culminante cuando el patriarca negó pública­
mente la sagrada eucaristía a Bardas por su mala re­
putación de libertino. L a crisis se resolvió, como tantas
veces en la historia bizantina, con la dimisión del patriar­
ca. E n su lugar, como buscando una especie de compro­
miso entre los bandos dominantes, el concilio de obispos
eligió al seglar Focio, auténtico cerebro del estado, un
hombre que no sólo fué el más grande erudito de su
siglo y uno de los más ilustrados que hayan existido ja ­
más, sino también hombre de reputación y vida irrepro­
chable. L a fórm ula constituyó un éxito demasiado gran­
de. P ronto se habló de elegir un nuevo patriarca. Loí
partidarios de Ignacio empezaron a retractarse del asen
timiento que habían dado a la elección de Focio, y final
mente intervino Roma por boca del papa reinante, Ni
colás 1 (858-867). Éste envió dos legados al concili
convocado en Constantinopla (861). Los legados se pr
sieron del lado de Focio y del gobierno, y asintieron a 1
A S A I / r O A I,A CRISTIANDAD 127

solemne condenación (jue el concilio pronunció contra


Ignacio. Pero el papa, debido, según suposición, a las
intrigas de los partidarios de Ignacio, desautorizó a sus
legados y, además, los degradó. Y no sólo eso, sino que
se declaró definitivamente favorable a Ignacio.
A quí hay que hacer constar que en el debate inter­
venían otros dos elementos, motivo de antiguas diferen­
cias entre Roma y Oriente. Estaba pendiente, ante todo,
la cuestión de la restitución a la jurisdicción del papa,
como patriarca de Occidente, de las iglesias de Iliria,
sobre las cuales, desde los tiempos de León m , el patriar­
ca de Constantinopla venía ejerciendo una jurisdicción
que no le correspondía. En segundo lugar, mediaba la es­
pinosa cuestión de si Bulgaria tenía que ser evangelizada
por misioneros latinos de Roma o por misioneros griegos
de Constantinopla. Nicolás i, al apoyar a Ignacio, no
había perdido la esperanza de que su protegido le satisfa­
ría en las dos cuestiones debatidas.
Pero el resultado del concilio del 861, a pesar de la
negativa papal a ratificarlo, fué la custodia en prisión de
Ignacio, mientras Focio escribía sus polémicas obras an-
tirromanas, que han sido la principal cantera de donde
los polemistas ortodoxos, contradictores de la primacía
romana, han venido extrayendo desde entonces sus más
fuertes argumentos.
En el año 867, el emperador, que había patrocinado
a Focio, fué asesinado. El usurpador le sucedió con el
nombre de Basilio 1 y, ante la reacción general contra
M iguel n i, Focio se vió obligado a abdicar e Ignacio fué
restituido. N icolás 1 murió en este mismo año (867),
y fué su sucesor, Adriano 11 (867-872), quien recibió la
invitación de enviar legados a un gran concilio que debía
anular el daño causado por la “ usurpación” de F o cio
y restablecer la total unión entre Roma y Oriente.
E l concilio, considerado el octavo de los ecuménicos,
se reunió el año 869. Anatem atizó solemnemente a F ocio
y confirmó la restauración de Ignacio. P o r el momento
todo resultó bien, y Focio e Ignacio procuraron con vivir
amistosamente durante los pocos años de vida que le
quedaban a este último.
128 SÍNTESIS 1)E HISTORIA DE LA IGLESIA

Las relaciones del patriarca repuesto con Rom a fue­


ron menos satisfactorias. A quél no llevó a cabo la espera­
da devolución de I liria, y hasta se mostró activamente
antilatino en Bulgaria. E l papa con quien había de con­
tender. Juan v in (872-882), replicó enérgicamente, y só­
lo la oportuna muerte del patriarca pudo salvar a éste de
la excomunión.
Focio pasó una vez más a ocupar el puesto de Igna­
cio. Pidió, y obtuvo, la celebración de un concilio para
examinar toda la cuestión relativa a la legalidad de su
primer nombramiento y consagración en 858, y de la ac­
ción del concilio del 869. A l nuevo concilio, celebrado
en 879-880, Juan v i i i envió sus legados. Cuando los re­
unidos procedieron a revocar todo lo acordado en el
concilio de 869. los legados asintieron, y Juan v i i i rati­
ficó su asentimiento.
A sí acabó la curiosa y complicada historia de Focio.
Durante el resto de su vida, salvo los críticos meses de
pontificado del diácono M arino, uno de los legados en el
concilio del 869, sus relaciones con Rom a fueron pacífi­
cas, y murió a edad avanzada, todavía en comunión con
Roma, aunque no en posesión de su sede, pues en 886
el emperador León v i lo depuso otra vez para hacer sitio
a un joven hijo de la casa imperial.
La única importancia del cisma de Focio está en que.
nunca hasta entonces las diferencias entre Rom a y Cons-
tantinopla se habían hecho referir al orden de los princi­
pios por parte de los rebeldes como entonces. A hora, por
vez primera, se acusa a Rom a de que al tolerar la adición
de la palabra F ilioque al símbolo, enseñando que el E s­
píritu Santo procede del Padre y del H ijo , ha corrom ­
pido la fe. En adelante, todas las diferencias litúrgicas
y disciplinares entre las dos mitades de la cristiandad
harán referencia, y bajo esta luz se debatirán, a una teo­
ría teológica que no tiene la menor conexión con ninguna
de ellas. Y esas diferencias, relativam ente insignificantes,
adquirirán una importancia como si fueran en sí doctri­
nas fundamentales.
Fue aproximadamente a los ciento cincuenta años de
la muerte de Focio cuando volvió a enturbiarse la sitúa-
ASALTO A LA CRISTIANDAD 129

ción. Esta vez la causa estuvo principalmente en la am­


bición personal del patriarca, Miguel Cerulario, a lo que
hay que añadir la falta de tacto de los legados romanos
en Constantinopla, ridiculamente faltos de preparación.
Cerulario había iniciado de súbito una activa campaña
antilatina en su patriarcado (1053). Para justificar su ful­
minante cierre de las iglesias latinas en Constantinopla,
había resucitado todas las acusaciones de la época del
cisma de Focio. Los legados eran demasiado ignorantes
para estar en condiciones de argumentar. En efecto, aun­
que parezca increíble, replicaron a la acusación acerca
del F ilio q u e acusando a los griegos de haber excluido la
palabra del texto original. Luego, en una fecha triste­
mente memorable, el 16 de julio de 1054, excom ulgaron
solemnemente al patriarca.
Lo trágico está en que el papa en cuyo nombre actua­
ban, San León ix , había muerto, y en el momento en
que actuaron, la Santa Sede estaba vacante. Tam poco
fué excom ulgado nadie más que Cerulario. Y todavía al
cabo de veinte años de este hecho, cuando Cerulario lle­
vaba ya largo tiempo reposando en su tumba, Roma
seguía en comunión con Antioquía, la cual, a su vez, se­
guía en comunión con Roma. Pero, cualesquiera que sean
las minucias del derecho canónico que traduzca, aunque
no arregle una tal situación, lo cierto es que si a partir de
la excomunión de Cerulario, las dos sedes, y los patriar­
cados de ellas dependientes, siguieron rumbos distintos.
Cuando las Cruzadas vinieron a form ar parte de la vida
cristiana, se produjo definitivamente la ruptura. Y el
contacto establecido a través de las Cruzadas, la mutua
hostilidad de los latinos que despreciaban la felonía de los
griegos, y de los griegos que despreciaban el salvajism o
de los latinos y a sus obispos empuñando las armas, no
hizo sino ensanchar el abismo que los separaba. L u ego
vino el fanático saqueo de Constantinopla por los cru za­
dos en 1204, y el establecimiento de un emperador latino
y de un obispo latino en la sede de San Juan Crisóstom o.
A partir de ese momento, el antilatinismo pasó a ser un
elemento básico del patriotismo oriental.

S. H. I .
130 SINTESIS DE HISTORIA 1>F, I,A IGLESIA

Los proyectos de reconciliación sólo obedecerían en


lo sucesivo a artimañas políticas por parte de los grie­
gos, a oportunismos en momentos en que 110 tenían dón­
de buscar ayuda contra los turcos. Las reconciliaciones
logradas en los concilios ecuménicos de Lyon, en 1274,
v de Florencia, en 1438, tuvieron una vida en extremo
efímera. Y el cisma todavía dura, aunque hoy día la pre­
sencia en la Iglesia de unos ocho millones de católicos de
rito oriental hace que confiemos en que la unidad que en
un tiempo fue una realidad, lo pueda volver a ser de
nuevo.
5. T r iu n f o del C ristianism o en O c c id e n t e

1123 - 1270

Renacimiento E l concordato de W orm s fné un simple


de la cultura, compromiso, pero el principio fundamen­
tal por el que habían luchado los papas
a lo largo de dos generaciones había triunfado: se había
conseguido que los reves se abstuviesen en adelante del
uso de su derecho a nombrar los obispos. Habían trans­
currido más de seiscientos años desde que, con Clodoveo,
esta nociva costumbre arraigó en el nuevo cristianismo
de Occidente. E l desarraigarla había impuesto una lucha
que conmovió al catolicismo germano hasta sus cimien­
tos, pero una lucha que, no deja de ser curioso, desplegó
también nuevas energías espirituales, hasta tal punto que
los dos siglos de la restauración hildehrandiana son pro­
bablemente únicos en la historia por la magnitud del vas­
to renacimiento social y cultural que supusieron.
El botín de la lucha fué la libertad papal en todas
las cuestiones relacionadas con cualquier parte de la
Iglesia. Debido a la naturaleza de los acontecimientos
se había desarrollado una nueva centralización de la au­
toridad eclesiástica. E l papado había sido el instrumen­
to de las reformas, el apoyo de todos los obispos celosos
de la cristiandad que afluían espontáneamente cada vez
más, de todas las partes de la Iglesia, a Roma en busca
de ayuda contra los déspotas y de solución para sus
diversos problemas cotidianos. Para ayudar a la obra de
esta nueva centralización, los papas contaban con dos
nuevos instrumentos de la mayor importancia: el “ cuer­
p o ” permanente de legados que actuaban sobre las jerar­
quías locales en los grandes concilios provinciales y na­
cionales que ahora se celebraban continuamente por tod<
132 SÍNT FSIS M i HIST ORIA 1>K J,A IGIJÍSIA

el Occidente, y el derecho canónico recientemente organi­


zado. Diecisiete años, poco más o menos, después del
concordato de W orrns, apareció el más famoso de todos
los textos de derecho canónico, el llamado D ccretum de
Graciano, profesor de derecho canónico en la naciente
universidad de Bolonia. N o era una simple compilación
de leyes, viejas y nuevas, clasificadas de acuerdo con la
materia, sino una obra de jurisprudencia y ciencia legal
que trataba del medio por el cual ciertas leyes aparente­
mente contradictorias habían de concillarse en la prácti­
ca por el legislador, sentando de esta manera los princi­
pios de una verdadera ciencia legal de derecho canónico.
H acia la misma época apareció el manual que ejerció
en teología la misma influencia que la obra de Graciano
en el campo del derecho canónico: el L ib er Sententiarum
de P ed ro Lom bardo, maestro en las escuelas de París.
D urante casi los cuatro siglos venideros había de ser el
texto clásico sobre el que basarían sus lecciones todos
aquellos que enseñasen teología en cualquier parte de
E u rop a occidental. L a aparición de esas dos grandes
obras resume y simboliza el rápido avance de ese renaci­
miento cultural, del que fueron testigos la segunda mitad
del siglo x i y la totalidad del x n .
O tro aspecto del mismo, cuyos frutos, sin embargo,
no habían de madurar hasta pasado otro medio siglo
y mas, fué la renovación del interés por los estudios
filosóficos, renovación estimulada y determinada por
la aparición de las primeras traducciones latinas de los
escritos de A ristóteles. Estas traducciones fueron princi­
palmente obra de clérigos españoles, cuyo interés por las
cuestiones filosóficas y científicas se debía a su contacto
con los árabes, entre los que se rendía, desde hacía siglos,
un verdadero culto a A ristóteles y a los filósofos neopla-
tónicos. A l mismo tiempo que empezaron a darse a cono­
cer de esta forma al Occidente católico la lógica y la
física de A ristóteles, se comenzó la publicación por esos
mismos españoles de traducciones de sus comentadores
moros y árabes, de A vicena (980-1037) en primer lugar
y más tarde de A verroes (1126-1198), el más grande d<
todos ellos.
TRIUNFO DKJ, CRISTIANISMO UN OCCIDIÍNTK IMII

Dos nombres sobresalen entre los iniciadores de este


gran resurgir del pensamiento: San Anselm o, el abad
benedictino de Bec que en 1093 Pas¿ a ser arzobispo de
Cantorbery y gran paladín de los ideales hildebrandia-
nos contra los dos reyes ingleses, Guillermo ir y E n ri­
que 1, y Pedro Abelardo, uno de los más brillantes maes­
tros de la historia y uno de los creadores de la teología
científica, por su empleo de la nueva lógica en el estudio
de la doctrina tradicional.
O tro efecto del resurgimiento general es la multipli­
cación de nuevas parroquias por doquier, la construc­
ción de iglesias, de abadías y de las nuevas catedrales,
que todavía permanecen como un desafío al atrevimiento
humano. Se renueva la predicación que empieza a formar
parte integrante de la tarea del sacerdote, cuando había
sido una misión exclusiva del obispo, facilitada por la
redacción, a cargo de los teólogos, de nuevas pautas doc­
trinales para la instrucción del pueblo. L a práctica reli­
giosa halla una poderosa ayuda en la nueva tendencia
a meditar la vida humana de Jesús y de la Virgen. San
Anselm o es, también aquí, un innovador, aunque el ex ­
ponente más famoso del movimiento es San Bernardo,
uno de los predicadores más grandes de todos los tiem­
pos. E s ahora cuando la Salve Regina y el Santa Marta
hacen su aparición. L a fiesta de la Inmaculada Concep­
ción se celebra también ahora por vez primera y precisa­
mente por San Anselmo. Uno de los frutos de esa predi­
cación es el resurgimiento de la devoción a la Pasión
de N uestro Señor. Em pieza a popularizarse el crucifijo
y la devoción a las cinco llagas. Se escribe el Jesu dulcís
memoria.

Las nuevas órdenes Pero los signos más notables de que


de asterctenses amanecido una nueva era son las
y premonstratenses. niuchas órdenes religiosas que sur­
gen, especialmente los nuevos m on­
jes de la orden del Cister y los nuevos canónigos regula­
res de Prém ontré. Cluny sufría, por el momento, un
ligero eclipse. U n a excesiva prosperidad y un abad in­
digno habían sido causa de su decadencia temporal, des-
134 SÍNTESIS 1»E HISTORIA DE I,A M'.T'ESIA

pues de casi dos siglos de fervor y eficaz servicio a la


Iglesia. Luego, a la fundación de las dos órdenes senii-
eremíticas de Grandmont y La Chartreuse, sucedió el bc-
nedictinismo reformado de la abadía de Citeaux, fundada
en 1098. El verdadero fundador de la orden, por ser el
autor de la Charta caritatis que la organizó, fue el tercer
abad de Citeaux, el inglés San Esteban H arding (1 134).
Pero el más conocido de todos sus monjes fue el abad
de Claraval, San Bernardo (1091-1153). L a regla segui­
da era la de San Benito, pero el fin que el monje cister-
ciense se proponía era la penitencia en expiación del pe­
cado, de sus propios pecados y los de sus hermanos del
mundo. Practicaban una vida duramente ascética; las
abadías se construyeron en parajes desérticos y la orden
110 contaba con propiedad alguna, excepto lo que les
procuraba el trabajo manual, del cual vivían los monjes,
al tiempo que les servía de ocupación. En las marismas,
los selváticos montes y las tierras incultas del norte de
Europa, los cistercienses, durante los cien años siguien­
tes, trabajaron sin cesar, debiendo ser considerados
como los pioneros de la agricultura. Sus trabajos trans­
formaron más de un erial en rica tierra de labranza. No
era su propósito encargarse de la cura de alm as; una se­
vera simplicidad distinguía marcadamente sus iglesias
y su liturgia de los antiguos monjes. Los edificios eran
lisos, desprovistos de ornamentación. Las cruces y demás
objetos del culto eran de madera y hierro. Pero la mayor
innovación de Citeaux, llamada a influir en toda la his­
toria posterior, fué su sistema de gobierno. Aparte y por
encima de la autoridad autónoma de la abadía estaba la
autoridad, no del abad de Citeaux, sino del capítulo
general de todos los abades que se reunían anualmente
para discutir el estado de la orden. Éste constituía el ins­
trumento más eficaz imaginable contra la relajación,
y desde entonces no se ha fundado una orden que 110
haya copiado en esto, de un modo u otro, a Citeaux.
La rapidez con que se desarrolló la nueva orden su­
pera cualquier ejemplo de un movimiento religioso en
los tiempos modernos. Existían 19 abadías en 1 1 22.
70 en 1 134, 350 en 1153, 530 hacia fines de siglo.
T K U N l'O DKI, CRISTIANISMO RN OCCIDENTE 135

L a orden de Prémontré era también un movimiento


reformador, pero de clérigos no monjes, que vivían con
todo en comunidad, al tiempo que atendían a la cura
de almas en una parroquia. Este tipo de vida monacal
había sido prescrito para el clero por Nicolás n en 1059,
y desde entonces se habían llevado a cabo varios intentos
para organizar esta vida en común sobre la base de la
regla de San A gustín y los tres votos de pobreza, casti­
dad y obediencia. L a orden fundada en Prémontré en
1120 por San Norberto (1080-1134) fué la más famosa
y la más afortunada de todas ellas. E l espíritu de la regla
era tan austero como el del C ister; pero, por primera
vez en la historia de la Iglesia, la disciplina intelectual, el
estudio y las clases formaron parte de la regla espiritual,
en vistas, naturalmente, a la predicación y al servicio de
las almas a que el premonstratense se consagraba por sus
votos. Como en el caso de los cistercienses, el éxito de la
nueva orden fué algo sin precedentes. En vida de su
segundo general, el beato H ugo de Fosses, fundáronse
más de doscientas nuevas abadías, los primeros semina­
rios que la Iglesia católica conoció.

Extensión En todas partes empezaron también


de la cristiandad. a construirse hospitales, orfanatos, asi­
los para ancianos y para penitentes,
así como leproserías, fundándose a la vez cofradías de
fieles para sostenerlos y congregaciones religiosas para
atenderlos. Este movimiento, tendente a procurar una
especie de seguridad colectiva para la piedad del seglar,
halló también expresión en el sistema por el cual el pro­
pio seglar podía ahora afiliarse a las abadías de las nue­
vas órdenes religiosas, y en el fratres ad succurrendum
de los premonstratenses pueden verse los comienzos del
movimiento de la “ orden tercera” , que, en el siglo х ш ,
había de operar un cambio tan grande en la vida social
de la época.
Dos aspectos de la vida cotidiana se vieron especial­
mente beneficiados por el renacimiento religioso y el
legal que de éste se siguió. El antiguo respeto al m atri­
monio, a su indisolubilidad y santidad, que tanto había
i:№ SÍNTESIS I)E HISTORIA 1)K I,A IGLESIA

sufrido en los siglos de anarquía, filé gradualmente res­


tableciéndose. Con esta campaña por la moral, en el más
estricto sentido, libróse una guerra igualmente vigorosa
contra la usura y contra la brutalidad de que daban testi­
monio por igual instituciones como las ordalías y los
torneos. Tam bién aquí es la Iglesia la que establece
y propaga la práctica llamada tregua de Dios, en un in­
tento de salvar a los particulares y no contendientes, de
la violencia de las continuas guerras y venganzas perso­
nales. Con ello, y por la consagración de la caballería
como un servicio religioso, el soldado se compromete
a no molestar a las mujeres, ni a los mercaderes ni a los
paisanos, así como a no asolar las cosechas o devastar
los huertos, y a no luchar en ciertos tiempos de peniten­
cia ni, por respeto a los días santos, desde la noche del
jueves hasta la mañana del martes. A l propio tiempo
continúa el movimiento en pro de la abolición de la
esclavitud y la trata de esclavos, que lentamente trans­
form ará al siervo en hombre libre.
E l principal teatro de la actividad y expansión misio­
nera durante esos años de restauración general continuó
siendo Escandinavia, las tierras entre el Elba y el V ís­
tula. Bohem ia y Polonia y los principales actores las
nuevas órdenes del Cister y Prém ontré. E l gran obs­
táculo para la expansión de la fe lo constituyó la proce­
dencia germ ana de la m ayoría de los misioneros y el
carácter germ anizante de sus métodos. Bohemia sufrió
especialmente por esta razón, lo mismo que el catolicismo
germ ano había sufrido antaño por el hecho de ser sus
prim eros apóstoles francos. L a sede de Praga, por ejem­
plo, era una dependencia de M aguncia, y de sus diecisie­
te prim eros obispos, siete fueron germanos. L a reforma
hildebrandiana tardó un siglo en llegar a los checos.
El mismo obstáculo se oponía a la expansión del
catolicism o en P o lo n ia ; pero los polacos establecieron
un contacto más estrecho y sistemático con la Santa
Sede, protegiéndose así contra la germanización. Entre
1050 y 1150 se fundaron numerosas sedes en Polonia,
y misioneros polacos empezaron la conversión de Po-
merania y Prusia.
TRIUNFO DEI, CRISTIANISMO EN OCCIDENTE 137

L o s treinta años que siguieron al concordato de


W orm s y al i concilio ecuménico de Letrán (1123-1153),
los años que vieron florecer la mayor parte del progreso
que venimos reseñando en las últimas páginas, fueron
años de paz entre el papa y el emperador. Antes de ocu­
parnos de las nuevas hostilidades entre ambos, hemos
de completar el cuadro de la época de Hildebrando con
una referencia a la nueva ofensiva cristiana contra el Is­
lam. Cuando G regorio v n fué elegido papa, la cristian­
dad se hallaba todavía en posición in ferior al islam en
todos los aspectos materiales. El M editerráneo era un
m ar m ahom etano; la cultura y prosperidad de la E sp a­
ña musulmana rivalizaban con todo cuanto podía m ostrar
el Occidente cristiano, y una nueva raza, los turcos seJ-
júcidas, ejercía fuerte presión en torno a Constantino-
pla y había invadido las tierras todavía cristianas de
Asia M enor, derrotando con enormes pérdidas al empe­
rador bizantino en M anzikert (1071).
En España, el siglo x i había visto el principio de
una ofensiva antimahometana francamente victoriosa.
J_,os nuevos reinos cristianos de Castilla y A ragón habían
ido ensanchando sus territorios a expensas del territorio
musulmán, y las hazañas del gran héroe que conocemos
por el nombre de Cid Campeador y la conquista de T o ­
ledo (1085), hacen que sea éste un siglo glorioso en la
historia de la España católica. De haber sido menor la ri­
validad entre los diversos Estados cristianos nacientes,
la ofensiva hubiese podido ser más eficaz aún. De hecho,
por el este no se extendió más hasta pasado un siglo,
pero en el oeste una cruzada liberó Portugal y en 114 7
conquistó Lisboa.

Las Cruzadas. Las victorias islámicas en el este habían


impresionado hondamente a San G reg o ­
rio v ii, que planeó un movimiento general europeo para
recobrar las tierras perdidas. Este plan no había de lle­
varse a efecto en su tiempo, reservándose su ejecución
a su discípulo predilecto. Urbano 11, en el concilio de
Clermont (icx>5). El papa concedió indulgencia plenaria
a todos aquellos que se comprometiesen a luchar por e·
138 SINTESIS Dlí HISTORIA DK I<A IGLESIA

rescate ele los Santos Lugares del poder de los turcos,


y los caballeros, soldados y paisanos de Occidente acudie­
ron en inmensos ejércitos y enormes multitudes a la li­
beración de Jerusalén para salvar sus almas. Jamás ha­
bía conocido Europa una propaganda tan vasta y lograda
como la predicación de esta primera cruzada, y su éxito
es una prueba elocuente de la influencia sobre el público
medio que la nueva reforma prestaba al papado, y de su
popularidad entre todas las clases sociales.
N o debe pensarse, con todo, que ese inmenso movi­
miento se viera milagrosamente libre de las plagas que
siempre medran cuando la humanidad se m oviliza en
masa. Timadores, logreros, aventureros, maleantes de
toda índole, falsos profetas, charlatanes y fanáticos reli­
giosos hallaron aquí su hora ignominiosa a la sombra de
la gran aventura espiritual. N i dejaron de necesitar
aquellos rudos soldados las virtudes de la justicia y tem­
planza una vez que la fe hubo consagrado su fortaleza al
servicio de Dios.
Los grandes ejércitos reclutados avanzaron lenta­
mente hacia el este durante 1097 y 1098. Tom aron diver­
sas plazas fuertes a los turcos en A sia M enor y, en 1098,
después de un largo asedio, cayó Antioquía en su poder.
El 14 de julio de 1099 conquistaron Jerusalén, la meta
de sus sueños, y establecieron varios estados latinos, en
torno a los cuales había de girar una grandísima parte de
la historia de los dos siglos venideros.
Esos estados jamás gozaron de una posición realmen­
te fuerte, y es bastante dudoso que hubiese sido posible
establecerlos en esas condiciones, de no hallarse el Islam
resquebrajado por escisiones internas en el momento de
las cruzadas. En cuanto cesasen estas disensiones, en el
momento en que el Islam recobrase su unidad y surgiera
un nuevo caudillo, esos estados se hallarían inmediata­
mente en grave peligro. Para defender el dominio cató­
lico sobre los Santos Lugares, surgió entonces la má;
sorprendente de todas las instituciones del catolicisnw
medieval, las órdenes religiosas cuyos miembros no eral
sacerdotes sino soldados, con los tres votos de pobreza
castidad y obediencia, más un cuarto de defender con 1
TKIUNFO DFIy CRISTIANISMO P,N OCCIDENTE 135)

espada los Santos Lugares. Los más famosos de esos


monjes soldados fueron los Caballeros Hospitalarios
y los Caballeros del Temple.
Pero, aparte del peligro mahometano, los católicos de
Siria tenían un segundo perpetuo enemigo en los empe­
radores bizantinos, que, aunque muy interesados en que
el Occidente atacara en sus reductos al Islam, no conta­
ban con verlos luego instalarse establemente en ios terri­
torios que iban liberando. Desde el primer contacto entre
cruzados y bizantinos hubo traición por una parte y vio­
lencia por la otra, y una contienda funesta para la cru­
zada que culminó con la conquista y saqueo de Constan -
tinopla por los cruzados, en 1204, que impusieron un
latino en el trono de Bizancio.
Consecuencia inmediata de estas disensiones entre la­
tinos y bizantinos fué el éxito alcanzado por la contra­
ofensiva mahometana que reconquistó Edesa en 1144. El
desastre cayó en Occidente como un aviso que despertó
de nuevo el fervor religioso. Fué San Bernardo, que do­
minaba todos los aspectos de su época como a pocos les
ha sido dado, quien predicó de nuevo la cruzada. Pronto
se organizaron nuevos ejércitos y el mismo emperador
y el rey de Francia abrazaron la cruz. Pero una serie de
desastres dejó al ejército diezmado mucho antes de lle­
gar a Jerusalén (1148), no pudiendo ni recuperar Edesa
ni tomar Damasco. Éste fué el desdichado final de algo
que parecía prometedor. Con él la propia idea de la cru­
zada recibió un golpe del que nunca llegó a recobrarse en
realidad.

El fracaso de la segunda cruzada puede considerarse


como un indicio del desgaste sufrido por la energía espi­
ritual de la restauración hildebrandiana. O tro indicio cla­
ro de lo mismo lo encontramos en el nuevo ataque a la
libertad de la Iglesia, para el cual el agresor encontró
no pocos aliados entre los obispos, e incluso entre los
cardenales.
Iba a em pezar un forcejeo que supondría casi cien
años de tensión y lucha, en los que la reform a m oral y la
restauración de los ideales cristianos que acababan de
uo S ÍN T E S IS DE H IS T O R IA 1>E I.A IGLESIA

llevarse a cabo se verían gravem ente comprometidos. El


mismo siglo había de ver también la aparición de una
doble amenaza, no sólo para la Iglesia como expresión
suprema de la vida cristiana, sino para su propia exis­
tencia. en el súbito resurgim iento y expansión del mani-
queismo y en la difusión de una filosofía materialista
y atea en las nacientes universidades. L a Iglesia, no
obstante, había de conservar su vitalidad. Aunque ínti­
mamente herida por la larga lucha con los príncipes secu­
lares. pudo, sin embargo, superar los demás peligros,
fundó las universidades y una nueva filosofía cristiana
y creó las dos nuevas órdenes religiosas de los Predica­
dores y de los Faites M enores, fundadas, respectivamen­
te, por Dom ingo de Guzm án y Francisco de A sís.

La amenaza E l nuevo forcejeo con el césar no empe-


del emperador. como una lucha por recobrar los de­
rechos sobre la Iglesia, injustamente
usurpados por el emperador, sino como una defensa
de la libertad recientemente conquistada frente a la tenta­
tiva de imponer por la fuerza algo parecido al régimen
que había agostado a la Iglesia oriental. E l emperador
Federico i ( u 50-1190), llamado B arbarroja, declaró ex­
plícitamente que él era el sucesor de Constantino y Jus-
tiniano, tanto como de Carlom ágno, y reclamó sobre la
cristiandad la misma autoridad que ellos habían ejercido
en su tiempo sobre el imperio. E n apoyo de su preten­
sión. y para darle una apariencia y forma legal, invocó
el recientemente redescubierto derecho romano, con su
concepto del estado absoluto y su vasto repertorio de
principios y estatutos acomodados a esta doctrina. “ La
ley es lo que quiere el em perador” , declaró su canciller
en la dieta de Roncaglia (1158) a los legados papales.
El peligro de esas ideas era tanto m ayor cuanto las aspi­
raciones imperiales de Federico no se limitaban a su
territorio germ ano, sino que planeaba seriamente conver­
tirse en em perador efectivo de Italia y de la misma
Rom a. “ Si yo, em perador de los romanos, no tengo de­
rechos en Roma, declaró, entonces no tengo derechos en
parte algu n a”
TRIUNFO DEI. CRISTIANISMO EN OCCIDENTE 141

A l cabo de varios años de escaramuzas con el papa


— A driano iv (i 1 5 4 -1 1 5 9 )1 — , en que las posiciones
quedaron bien definidas y el papado hubo de enfrentarse
con la realidad de ver a Federico convertido en verdade­
ro emperador de Roma y dueño de la Iglesia, si no se
preparaba para la lucha, la guerra empezó en abril de
1159, con la tercera de las ya numerosas invasiones im­
periales de Italia. Cinco meses después moría el papa re­
pentinamente, y los partidarios del emperador eligieron
un papa por su cuenta, en oposición al papa elegido por
la m ayoría de los cardenales, Rolando Bandinelli, que se
llamó A lejan dro 111.
El nuevo papa era uno de los discípulos más distin­
guidos de Graciano y el primero de los grandes canonis­
tas que se sentaba en la sede de San Pedro. Fué provi­
dencial para la Iglesia que su reinado durase veintidós
años (115 9 -118 1). L a enorme cantidad de decisiones dic­
tadas por su cultivado intelecto y expuestas en una ter­
minología científica, respuestas a apelaciones procedentes
de toda Europa (y de Inglaterra más que de cualquier
otra parte), había de constituir la base principal para la
primera compilación oficial de derecho canónico, realiza­
da en 1234 por su sucesor, G regorio ix . En esa actividad,
desarrollada día a día por la curia romana, preocupada
ahora por todas las iglesias del mundo, empezamos a ver
los frutos de la reciente centralización, el ejercicio de su
recobrada primacía, que. desde la restauración bajo los
papas de la época hildebrandiana, se había convertido en
una segunda naturaleza del papado. A le ja n d ro m me­
rece, como legislador y estadista eficaz, ser clasificado en­
tre los más grandes p a p a s: uno de los diez primeros en
la larga lista de 260. Su actividad de eficiente reform a­
dor culminó en la legislación del concilio general por él
convocado en 1 1 7 9 2.
E l gran afán de A lejan d ro 111, como de todos los
papas medievales, es la perfección de la vida cristiana,
y su m ayor problema es cómo lograr que se obedezcan
sus mandatos. Las comunicaciones eran difíciles, hasta un
1 El único inglés que llegó al trono pontificio.
u Considerado el n i de Letrán.
142 SINTESIS Dlv H I S T O R IA 1)15 I,A IGI,IJSIA

punto casi inconcebible hoy d ía ; el papa medieval no te­


nía la libertad en la elección de sus subordinados que
tienen los papas modernos en general, y aun cuando po­
día elegir sus obispos, las circunstancias de la época
agarrotaban hasta tal punto la actividad del obispo con
empleos civiles, políticos y militares, que el ministerio
pastoral quedaba siempre oscurecido y, con harta fre­
cuencia. totalmente olvidado. Las leyes mejores langui­
decieron siempre que no se dispuso de medios para
obligar a acatarlas, y las leyes de tipo positivo, no sim­
plemente punitivas, deben operar de otro modo que por
el temor a la sanción si han de producir los frutos desea­
dos. “ Es el espíritu lo que da vid a” , en esto como en
todo, y aunque el espíritu nunca cesó de batallar a través
de la Edad Media, el mundo pesaba, muy a menudo por
cierto, demasiado para él en el desarrollo de la burocra­
cia eclesiástica y del gobierno de la Iglesia. E l magnífico
programa de A lejandro m nunca se llevó realmente a la
práctica, y cuarenta años más tarde, en el siguiente con­
cilio gen eral3, su ilustre sucesor, Inocencio i i i , al publi­
car una colección de leyes más admirable todavía, de­
clara explícitamente repetidas veces que él no hace sino
revalidar los cánones de i t 79 que en ninguna parte
fueron obedecidos.
Respecto de Federico Barbarroja, con quien siendo
todavía legado pontificio ya había tenido ocasión de cru­
zar las espadas personalmente, A lejan dro 111 adoptó des­
de el primer instante una postura firme. Se negó a some­
terse a cualquier especie de arbitraje en la causa entre
él mismo y el antipapa impuesto por el emperador,
y aunque obligado a abandonar Roma por el ejército
imperial, logró evitar que el cisma se propagase a Fran­
cia y a Inglaterra. Su genio político hizo también que
se sumaran a la causa de la Iglesia las grandes ciudades
del norte de Italia, cuya independencia estaba asimismo
amenazada por el nuevo espíritu que se manifestaba en
Germania. Federico replicó con unas medidas que son
un anticipo a las de Enrique vi 11 de Inglaterra contra

;i Considerado ti iv *k- Lrtrán. 1215.


T K ir N F O 1) 1*1, CRISTIANISMO EN OCCIWíNTE 143

un papa posterior. Se obligó a todos los obispos, abades,


sacerdotes y monjes a repudiar bajo juramento a A le ­
jandro y reconocer al antipapa. El castigo por negarse
a ello consistía en la deposición, pérdida de bienes, mu­
tilación y destierro. U na intensa propaganda forzó a que
se aceptase la imposición por toda Alemania. Así. por se­
gunda vez en el transcurso de un siglo. Alemania se vió
sometida a una especie de catolicismo antipapal. Esta
situación había de repetirse una y otra vez durante
los dos siglos venideros, dato que hay que tener en
cuenta para explicarse el éxito obtenido por el más im­
portante de todos los movimientos contra Roma en la
Alem ania del siglo x v i.
L a guerra prosiguió con fortuna variable durante
diecisiete años, hasta que en la gran batalla de Legna-
no (29 de marzo de 1176) el ejército de las ciudades
italianas derrotó por completo al emperador. Por la |>az
de Venecia (1177), éste reconoció a Alejandro como
papa, solicitó la absolución y prometió llegar a un acuer­
do en lo tocante a la restitución de las tierras que por
derecho pertenecían al papa en Toscana
Cuatro años después moria Alejandro, después de
veintidós de pontificado. A partir de este momento, en
los 17 años que siguieron se sucedieron nada menos que
cinco papas, todos ellos ancianos achacosos, el último de
los cuales rayaba en los noventa años cuando ítté elegido.
En esos años, buena parte de la obra realizada por A le­
jandro se vino abajo y, en un momento fatal, un papa.
Lucio 111 (118 1-118 5 ), consintió el matrimonio entre el
heredero de Barbarroja. Enrique, y la heredera del tro­
no de Sicilia. Si Enrique llegaba un día a emperador,
como la dignidad era electiva, y solo el papa jxxlír
consagrar y coronar al cmj>erador electo, el papado se
vería en una posición aún peor que en tiempo de A le ­
jandro, pues el reino de Sicilia incluía todo el sur de
Italia, siendo su rey a la vez emperador y. por lo tanto,
fuerte y quizá hasta poco escrupuloso, quedaba el estado
pontificio y la independencia del papa a su merced.
B arb arroja murió en 1190. camino de T ierra Santa
para tomar parte en la 111 Cruzada. Enrique, que ya
U4 SINTESIS I)E HISTORIA DK I«A IGLESIA

reinaba en Sicilia desde la muerte de su suegro en 1189,


fué elegido emperador. Para hacer frente a este form i­
dable personaje, los cardenales eligieron papa a un an­
ciano de ochenta y cinco años, Celestino 111 (1191-1198 ).
D urante los siete años siguientes, Enrique v i fué de
triunfo en triunfo. A plastó a sus rivales y vasallos rebel­
des, y se hizo realmente dueño de Alem ania e Italia
central y meridional, ocupando para ello buena parte de
los propios estados pontificios. Planeó hacer el Imperio
hereditario para su familia, lo cual, de haber tenido efec­
to, hubiera significado el fin de la independencia papal,
y soñaba en una nueva cruzada que había de convertirle
también en emperador del Oriente.
L o que liberó a la Iglesia fué la súbita muerte de E n ­
rique (septiembre de 1197). Pocos meses después, el an­
ciano Celestino 111 moría también. Enrique había dejado
un niño de tres años como heredero del trono de Sicilia.
Los cardenales, en cambio, eligieron para el solio ponti­
ficio a un joven de treinta y siete años, Lotario de Segni,
que se llamó Inocencio m . H abía de reinar durante die­
ciocho años (1198-1216), y su pontificado es generalmen­
te considerado como el momento cumbre del dominio
papal en Europa.

Inocencio I I I H ay justo motivo para considerar los


y los albtgcnses; diecisiete años (118 1-119 8 ) que me-
los dominicanos ,· . T . ai ·
V los franciscanos. d ,an Inocencio III y Alejan-
entre
dro n i como el período más crítico de
la Edad Media. Y si esto es verdad,
Inocencio es, debido a las afortunadas resoluciones que
adoptó para afrontar la crisis, el salvador de la civiliza­
ción medieval y, por ende, de la civilización posterior
De cuantos peligros se cernían entonces sobre la cristian­
dad, el m ayor d§ todos era el resurgimiento del maní
queísmo, que. iniciado unos cien años antes, había hech<
suyo todo el sur de Francia (Provenza) y buena part
del norte de Italia. L a situación era más grave en Fran
cía, porque la familia reinante, los condes de Provenzí
patrocinaban el movimiento. Éste reapareció con todc
sus señuelos habituales. A h í estaba la antigua soluciói
TRIUNFO DKI, CRISTIANISMO KN OCCIDÍiNTK 143

tan obvia en apariencia al problema que siempre ha ten­


tado al entendimiento humano: ¿qué es el mal, cómo se
origina, cómo podemos librarnos de él? El mal, para el
maniqueo, era la materia, y la materia era el mal. Esto
llevaba aparejada la creencia en dos dioses, un dios bue­
no y un dios m a lo 4, y la práctica de la abstención: abs­
tención de alimentos, del matrimonio y, principalmente,
de concebir. M orir de hambre, el suicidio y el aborto
eran actos buenos. El “ amor libre” y el vicio contra la
naturaleza, aunque inconvenientes, eran, sin embargo,
menos graves que la fructífera unión conyugal. Se divi­
dían en dos grados: los “ perfectos” , que practicaban la
doctrina ascética en toda su rigidez, y los “ oyentes” , que
se limitaban a comprometerse a un futuro alistamiento
entre los “ perfectos” . Se les admitía en este grado me­
diante el rito llamado consolamentum, y mientras lo re­
cibieran en el lecho de muerte, tenían asegurada la sal­
vación. E l culto se reducía a simples explicaciones de la
Biblia, y la jerarquía constaba de una serie de oficiales.
Bien organizada como estaba, pronto ganó adeptos entre
la culta nobleza de esa tierra de trovadores, lo mismo
que entre la adinerada clase mercantil. L a secta, llamada
de los “ albigenses” , nombre tomado de la ciudad de
Albi (Provenza), construyó por doquier escuelas y abrió
talleres para procurar un medio de vida a sus adeptos.
El sur de Francia era una provincia curiosamente
orientalizada desde los dias de la invasión mahometana,
hacia quinientos años, y por el número de judíos que
en ella medraban, se la venía llamando la segunda Judea.
Hacia fines del siglo x n todo hacía prever que, entre el
papado y sus dos grandes apoyos, las iglesias francesa
e inglesa, iba a interponerse una nueva cultura anticris­
tiana, militante y activamente hostil.
Inocencio m trató la cuestión como lo requerían su
gravedad y urgencia. Intentó la persuasión y ensayó la
predicación. T ra s el fracaso de los misioneros, fué, natu­
ralmente, a los cistercienses a quienes recurrió en ese
s*g1o cisterciense, así como otros papas posteriores recu-
4 Ks éste un modo de expresarlo sumamente elemental, pero que et
Concia responde a la verdad.

10 S. H . I.
I 4t> SÍNTESIS DE H IS T O R IA D E I,A IGLESIA

rririan a los jesuítas, y asesinados sus legados y puesta


de manifiesto la traición v las intenciones anticatólicas
del principe reinante, Raimundo v i, se decidió a lanzar
una cruzada contra Provenza. Durante veinte espantosos
años se prolongó la lucha, sin que los papas lograsen
siempre mantener a los cruzados dentro de los límites
convenientes, encontrándose desde el principio que, uni­
da al entusiasmo por la fe. iba muy a menudo la codicia
de los bienes y tierras de los herejes. En lo político, el
resultado de la guerra fué que el rey de Francia se hizo
dueño tanto del norte como del sur.
De esta empeñada defensa de la religión y la civiliza­
ción. del más grave peligro que jam ás las habían amena­
zado. nacieron dos instituciones que habían de tener un
gran porvenir: la Inquisición, y una nueva sociedad reli­
giosa. la Orden de predicadores, fundada por un canóni­
go regular español. Santo Domingo de Guzmán.
La Inquisición era un tribunal nuevo, instituido por
el papado y responsable ante el mismo, cuya misión era
descubrir y castigar a los católicos que abrazasen la he­
rejía. Mucho antes de que la Iglesia decretase ningún
castigo particular contra los herejes, la opinión pública
se había mostrado en toda Europa bárbaramente hostil
a ¡os mismos, y muchos de ellos habían hallado la muerte
en neveras depuraciones. Los príncipes tampoco se ha­
bían mostrado menos crueles, y, en cierto modo, fué
bajo su presión como los papas, desde últimos del si­
glo x ii. habían empezado a decretar otros castigos para
!a herejía, aparte de la excomunión. L os últimos pasos
>e dieron con el edicto del concilio de Letrán de 1215,
que castigaba con la confiscación de bienes y el destierro
a todos los h erejes; y el establecimiento por Gregorio ix
(1227-1241), en 1233, de los tribunales especiales que
habían de entender en el asunto. Los inquisidores adop­
taron un procedimiento muy parecido al de los nuevos
tribunales de justicia de Inglaterra, y en torno de la ins­
titución fué creándose gradualmente un nuevo sistema
de leyes y de enjuiciamiento criminal. En dos importan-
tes a fectos vióse éste influido por el resurgir con­
temporáneo del derecho romano, a saber: en la introduc­
TRH NFO DEL, CRISTIANISMO F,N OCCIDENTE 147

ción de la pena de muerte para el hereje convicto, y en el


uso de la tortura en el interrogatorio de los acusados.
Santo Domingo era un canónigo regular español,
a quien la casualidad de un viaje diplomático puso en
contacto con la misión cisterciense destinada a los albi-
genses, hacia el año 1205. En seguida comprendió que
la pompa oficial de los legados y sus ayudantes era un
gran impedimento para su labor y, además, que los cató­
licos vacilantes sólo podrían mantenerse en la fe ayuda­
dos por unos sacerdotes que la conocieran a fondo tanto
para defenderla como para sentirla, y que en su vida
fueran tan despegados de las riquezas y comodidades
como los ascetas de la secta. En el grupo de predicado­
res congregados en torno suyo tenían cabida todos esos
ideales, y de esa afortunada asociación nació una orden
religiosa totalmente distinta, la primera orden religiosa
propiamente dicha. H asta aquí habían existido canónigos
regulares y monjes, y en algunos casos los varios monas­
terios estuvieron vinculados por un superior común, el
abad de Cluny, c el Capítulo General de Citeaux. Pero
el monje estaba ligado al monasterio particular, y cada,
monasterio, en los dos casos citados, gozaba de una auto­
nomía efectiva. Los frailes predicadores no eran una
simple colección de masas, sino un ejército de sacerdotes,
organizado en provincias bajo un Maestro General, y dis­
puestos a acudir donde se les necesitase, y sin la obliga­
ción de residir en ese o en aquel convento. Su permanen­
cia, no estaba ligada a un convento particular, sino a las
órdenes y la voluntad de su superior. Esto constituyo
una innovación sorprendente y sumamente provechosa,
adoptada por todas las órdenes desde entonces.
Los hermanos de Santo Domingo no se dedicaron
generalmente a la cura de almas, como los canónigos re­
gulares de Prém ontré, sino a la obra específica de la pre­
dicación. E sta dedicación suponía para los miembros de
la nueva institución una especial obligación de estudio,
como parte de su vida y disciplina religiosa, en un grado
desconocido para las órdenes anteriores. También esto
significó un cambio de muy vasto alcance, y antes de que
el siglo terminase, la Orden había adquirido ya ese ca­
148 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

rácter, que todavía conserva, de sociedad de teólogos


profesionales. Sus estatutos fueron una interesante com­
binación de Citeaux y Prémontré, con una especial flexi­
bilidad para acomodarse a las nuevas necesidades. N o es
extraño, por tanto, que su expansión fuese rápida y que
pronto toda Europa conociese la nueva institución.
Con todo, su expansión no fue tan rápida como la de
otra nueva orden contemporánea, la de los frailes me­
nores. Si la aparición de los dominicos, a los que, por
cierto, Inocencio m no pudo ver organizados en vida 5,
demostró la necesidad de una reeducación en la fe, la de
los frailes menores puso de manifiesto el creciente espíri­
tu mundano de los cristianos cuya fe se conservaba or­
todoxa. y un cierto descontento entre los fieles piadosos
por el bajo nivel espiritual del clero en general.
L a prolongada lucha entre papa y emperador había
brindado infinidad de oportunidades para que se pusiera
de manifiesto que las costumbres de la cristiandad esta­
ban todavía lejos de alcanzar la perfección. L a antigua
codicia y rapacidad, el desprecio de las leyes matrimonia­
les, la sempiterna preocupación de los prelados por las
cuestiones de este mundo, el descuido en que tenían su
elemental obligación de maestros y padres espirituales,
originaron, a través del renacimiento del siglo x n , una
multitud de movimientos más o menos anticlericales, con
una aspiración com ún: el retorno a una imaginaria épo­
ca perfecta del cristianismo, en que, de haber sacerdotes,
eran perfectos, y en que las distinciones jerárquicas im­
portaban poco, si es que importaban algo. A menudo
esos movimientos eran tan heréticos como anticlericales.
El predicado por Pedro de Bruys, por ejemplo, procla­
maba la abolición de toda religión organizada y denun­
ciaba la misa como vana exhibición. El más famoso de
todos esos grupos del siglo x n fué el llamado de los
valdenses, nombre tomado de su fundador, Pedro Valdo,
un comerciante lionés convertido. Los valdenses eran, en
primer lugar, ortodoxos en materia de fe, con la única
pretensión de una vida en la que nadie fuese propietario.

Y ué su suc^or Honorio iií, quien, en 1216, los aprobó.


T RIUNFO PPL, CRISTIANISMO EN OCCIDENTE 149

L a propiedad debía venderse y el producto entregarse


en caridad. A sí empezaron a practicar la pobreza y a pre­
dicarla. Com o eran seglares, pronto se les prohibió
predicar en muchos lugares, por lo cual muchos de ellos
se rebelaron y empezaron a acusar a la autoridad ecle­
siástica, cayendo pronto todo el movimiento bajo la sos­
pecha de herejía.
L os movimientos en pro de una vida de rigurosa
pobreza dedicada a predicar la misma vida al prójim o
no eran, por tanto, una novedad cuando, un día de 1208,
un joven ciudadano de A sís, Juan Bem adone, com ún­
mente llamado Francisco, o el Francés, debido a su p ri­
mitiva afición a las modas francesas y al estilo de vida
francés, com pareció ante Inocencio 111 y pidió la ben­
dición papal para esa forma de vida en la pobreza. E ste
nuevo recluta de la vida apostólica era hijo de un rico
comerciante, y su generosidad, su ingenio, sus dotes poé­
ticas y musicales, su maravillosa alegría natural y buen
humor lo habían convertido, desde h ad a tiempo, en el
jefe de la juventud de A sís. Luego se había vuelto hacia
Dios, en una entrega sin reservas. Con un puñado de
amigos, viviendo en chozas construidas con ramas y ba­
rro, predicó la penitencia por el pecado y la felicidad de
una perfecta imitación de Cristo. Su sustento lo confiaba
a la caridad del pueblo.
E l movimiento era, empero, absolutamente ortodoxo.
H abía una notable lealtad a la Iglesia, a sus m inistros
y a sus sacramentos. En él se unían toda la austeridad
de los valdenses con la poesía de los trovadores y el ca­
tolicismo más conservador. El papa bendijo la obra
y todo el grupo se ordenó, Francisco de diácono y los
demás de órdenes menores. En seguida se dispersaron
para predicar por todos los pueblos y ciudades de Italia
central.
N o era éste un apostolado erudito, destinado a recon­
quistar a los que se habían pasado a la h erejía o a fo r­
talecer a los católicos que vacilaban en su fe. E r a una
misión para los propios católicos que llevaban una vid a
moralmente desordenada, en los que lo m undano y la
prosperidad material habían sofocado los im pulsos de
SÍNTESIS DE H IS T O R IA DE I,\ K'.I.KSJA

la caridad. Lo que San Bernardo había hecho para el


monje y el clérigo con sus sermones latinos, esta nueva
orden de los hermanos menores (frailes menores) lo hizo
para el hombre corriente eti el idioma vulgar. Ellos le
expusieron, con toda la simplicidad y ternura del evan­
gelio, los sucesos de la vida de Nuestro Señor, le invita­
ron a mirarse en el evangelio como en un espejo y a ha­
cer la enmienda necesaria.
Los frailes menores obtuvieron el éxito más extraor­
dinario que ninguna otra orden conociera jamás. Donde
los dominicos fundaban sus conventos por decenas, aqué­
llos los fundaban por centenares. A los diez años de su
aprobación por Inocencio m había cinco mil francisca­
nos, y en 1221 acudieron al capítulo general quinientos
nuevos aspirantes en busca de admisión. Para que un
movimiento con tan rápido desarrollo conservara su ge­
rmina orientación, se necesitaba algo más que el contacto
personal con San Francisco y las generalidades evangé­
licas de la primera regla. P or esto se redactó una nueva
regía, más detallada, en gran parte bajo la inspiración
del cardenal Ugolino. más tarde papa, Gregorio ix (1227-
1241). La gran característica de la orden era su extra­
ordinaria devoción por la p obreza; y en esto, antes de la
muerte de Santo Domingo, los frailes predicadores se
apresuraron a imitarla. L a pobreza personal, desde lue­
go, había ya distinguido al primitivo monacato. En estas
nuevas órdenes la innovación consistió en que no sólo el
fraile no podía poseer, sino que hasta la propia orden
como tal rechazaba la propiedad, confiando enteramente
en lo que la providencia de Dios quisiera procurarle. En
este aspecto eran los dominicos los imitadores. Éstos,
a su vez, prestaron ayuda a San Francisco cuando los
frailes menores emprendieron el estudio de la teología,
al desarrollarse su obra y unirse a ellos algunos sacer­
dotes. Muy pronto las dos órdenes, aunque cada una de
ellas conservase su objeto, espíritu y sistema de gobierno,
desarrollaron en todas partes casi el mismo tipo de labor.
Codo con codo con los dominicos, los franciscanos ense­
ñaban teología y filosofía en las universidades, y en la
mayoría de las ciudades donde una de las órdenes tenía
Í K I I ' N l · ' ) OKI, CKISTIANISM O EN OCCIDENTE lf»J

convento e iglesia, podía hallarse a la otra también. En


adelante, mientras en aquellas partes donde ambas flore­
cieran. la Iglesia poseyó lo que posteriormente ha veni­
do faltando: un cuerpo activo de predicadores profesio­
nales y de diestros confesores. No es fácil encarecer ia
importancia de estas dos órdenes para la prosperidad ge­
neral del catolicismo en el último período de la Edad
M edia.
U na causa muy particular de su éxito fué el estable­
cimiento de la orden tercera, verdadera orden religiosa
abierta al pueblo, por medio de la cual hombres y muje­
res, lo mismo casados que solteros, que continuaban en
el mundo ejerciendo sus profesiones y formando sus fa­
milias. vivían bajo la dirección de los franciscanos, se­
gún una versión modificada de la propia regla de los
frailes. V ivían dentro del espíritu de la orden, compar­
tiendo todas las ventajas espirituales de esta estrecha re­
lación con ella, y ayudados en su vida por un constante
empeño de introducir en la misma algo de tos ideales de
la propia orden.
Los predicadores y los frailes menores fueron las
principales, pero en modo alguno las únicas órdenes de
frailes.
Para com pletar el cuadro de la asombrosa influen­
cia del movimiento, habrá que mencionar también
a los carm elitas, a los servitas y a los ermitaños de San
Agustín, y a las congregaciones de seglares unidas a
ellos. Y por lo menos habrá que citar a dos asociaciones
sumamente fervorosas que trabajaban por la redención
de los que habían caído cautivos de los m oros: los frailes
trinitarios y los de la orden de Nuestra Señora de la
Merced.
T al panorama ofrecía el deseo general de servir a
Dios y estar unido a Él a través de su Iglesia. A pesar
de ello, la lucha más espectacular por independizar a la
Iglesia de la mediatización laica, en todo lo relacionado
con el alma humana y, por consiguiente, en todos los
asuntos propios de la misma Iglesia y en muchos de las
mismas naciones cristianas, hubo de proseguir con sos­
tenida violencia.
SINTLiSIS l»K HISTOKIA 1»»· I,A U'.I.I SIA

Inocencio m es el papa bajo cuyo mandato la mo­


narquía papal, es decir, la soberanía efectiva del papa
sobre toda la vida pública de la cristiandad, se conside­
ra generalm ente que alcanzó su cénit. La Iglesia era
ahora, por fin, un estado del mundo, no tanto interna­
cional como supranacional, con su magistratura y sus le­
yes. su burocracia centralizada, su sistema financiero y
sus ejércitos preparados para contener por la fuerza de
las armas, por la amenaza y por la realidad de una gue­
rra santa, cualquier rebelión contra las reglas doctrinales
y morales o contra las directrices políticas del papado.
Fué, no obstante, una gran suerte para este papa ju ­
rista el no haber tenido que hacer frente a un adversa­
rio tal como Barbarroja lo fuera en la generación prece­
dente. o como el nieto de Barbarroja, Federico n . había
de serlo en los años venideros. Federico, en la época de
Inocencio, era el rey niño de Sicilia fi, e! vasallo del papa
y pupilo suyo celosamente protegido, mientras en A le­
mania los príncipes rivales contendían por el imperio en
una guerra civil, brindando al papa las mejores oportu­
nidades para la proclamación de su doctrina de que el
em perador es tal por gracia del papa, y el imperio existe
para servir a la Iglesia. A quí hay una revocación de lo
convenido, cuatrocientos años antes, bajo el primero de
esos emperadores medievales, Carlomagno. Entonces el
em perador había prácticamente gobernado la Iglesia.
A h o ra el papa, el V icario de Cristo, se proponía gober­
nar el estado, y esto en todas partes. M edia Europa es­
taba ya bajo la soberanía feudal del papado, v el reina­
do de Inocencio vió también a Inglaterra sometida a esta
soberanía. En Francia, una disputa entre el rey y el
papa por una cuestión matrimonial llevó al cumplimiento
de la am enaza de destitución, y el rey de León fué ex­
com ulgado por una causa similar. En todas partes don­
de este papa intervenía se apuntaba, aparentemente, ttn
triunfo. Incluso la gran tragedia del reino, la impía sub­
versión de la iv Cruzada en provecho de Venccia y el

* El heredero del emperador Enrique vi, que murió en 1197. l ’f. *il
nra ti 14 4
TRIUNFO DK I, CRISTIANISMO KN OCCIDENTE \$$

saqueo de Constantinopla que se siguió, pareció capaz de


encauzarlos para bien, una vez constituido el imperio la­
tino en Oriente.
Su pontificado se clausuró gozando el papa de sobe­
ranía en todas partes, y el iv concilio ecuménico de Le-
trán ( i 215) pudo presentar el más amplio panorama
material y espiritual que jamás había conocido el cristia­
nismo, con un programa perfectamente elaborado y deta­
llado, de ulteriores consecuencias.
H asta qué punto serían éstas llevadas a la práctica
dependía, en último término, del interés y buena volun­
tad de los obispos de todo el mundo, y de que el papado
estuviera lo bastante libre de otras preocupaciones para
vigilar a los obispos. Los cuarenta años que siguieron,
no obstante, habían de encontrar a los papas más atarea­
dos que nunca en la lucha por la existencia contra otro
rival imperial. También, hay que tenerlo presente, el es­
píritu de la soberanía papal estaba cambiando rápida­
mente. Los papas benedictinos de la época de Rildebran-
do no sólo habían sido apóstoles de la reforma, sino que
habían luchado con armas espirituales principalmente, v
su intención sacerdotal y pastoral nunca se había empa­
ñado. Pero ahora era el canonista, el jurisperito, el esta­
dista eclesiástico quien empezaba a predominar en los
papas sucesivos, y de ahí que en adelante no sea tan
evidente en la personalidad de los mismos aquella feliz
síntesis de soberano, reformador y guía espiritual que
había simbolizado la pugna del siglo precedente. N o ca­
rece de significación el hecho de que, mientras de los
once papas del grupo anterior, dos han sido canonizados
y otros dos beatificados, de los quince que tuvieron que
hacer frente a los Hohenstaufen, ninguno ha sido siquie­
ra citado hasta el presente para tal reconocimiento
de santidad. Estos papas posteriores, aunque ninguno de
ellos indigno, recurrieron a las armas de este mundo.
Supieron m anejarlas y salieron victoriosos, pero al pre­
cio terrible del prestigio de su ministerio, cuando no.
todavía, del prestigio de su propia sede.
l)4 SÍNTKS1S \>H H ISTO R IA 1)1·. LA 101,1 :S1.\

La lucha K 1 nuevo enemigo era el joven rey de


contra l'edcruo II. Sicilia, Federico, elegido emperador
en 1213 Por voluntad de Inocen­
cio 111. Condición de su elección había sido el que F e ­
derico jamas uniría sus dos dignidades, pero en 1220
tuvo un hijo, al que había de entregar Sicilia al ser ele­
gido rey de romanos v futuro emperador. Y así originó
en Sicilia el estado elaborado más despóticamente que se
había conocido en la Europa occidental desde el tiem|W)
del imperio romano. Federico dispuso de once años, los
once años que duró la regencia de su viejo tutor, el papa
Honorio 111 (1216-1227), durante los cuales fué cimen­
tando sin tregua su intento de dominar el papado. Pero
el sucesor de Honorio, Gregorio ix , el amigo y protector
de San Francisco, estaba fundido en otro molde. Parien­
te de Inocencio 111 7, era un erudito, un canonista y un
experto diplomático. Inmediatamente puso manos a la
obra y. mediante un perentorio requerimiento a Federi­
co. puso fin a la farsa, prolongada durante once años, de
la solemne promesa anual del emperador de que partiría
en la Cruzada, y de su desdeñoso incumplimiento anual
de tal promesa. El emperador, en réplica, denunció al
papa y fué excomulgado. A cto seguido partió hacia
Oriente con un ejército y. mediante un tratado con el
sultán, coronóse rey de Jerusalén en la iglesia del Santo
Sepulcro. El papa había aprovechado la oportunidad
para invadir su reino vasallo de Sicilia, del que Federico
fué solemnemente despojado. El emperador regresó para
encontrarse con el territorio en poder de las tropas pon­
tificias. Una breve guerra las arrojó de allí, y Sicilia
quedó a merced de la venganza de Federico. Gregorio lo
excomulgó de nuevo e intentó levantar a la cristiandad
contra él, pero en vano. Luego, por la paz de San G er­
mano Í1230). el emperador cedió de pronto en todos los
puntos, fué absuelto y rehabilitado.
Transcurrieron diez molestos años, en que Federico
consolidó su poder en su propio reino y, mientras com-

f orno Inocencio lo era ríe C lem ente m y como el propio (¡regorin

de Alejandro rv, y como Alejandro iv He Bonifacio v m . Ks de no t ar el


TRIUNFO DEL, CRISTIANISMO EN OCCIDENTE

praba la paz en A lem ania mediante liberales concesiones


a los príncipes, se hizo dueño del norte de Italia como

antes de Sicilia. Poco podía hacer Gregorio ix , fuera de


negociar y argüir. E n 1239 renovó la excomunión. D u­
rante dos años se prolongó el duelo, replicando el empe­
rador a las excom uniones pontificias con diversos alega­
tos, mientras los escritores de ambos bandos trataban
con violentos folletos de atraerse la simpatía de la cris­
tiandad. G regorio m urió el 21 de agosto de 1241, cuan­
do las tropas de Federico se hallaban, en su avance, sólo
a nueve millas de Roma.
En los dos años siguientes la Iglesia careció de
papa 8, mientras Federico retenía prisioneros a dos de
los once cardenales y los demás se dispersaban, temien­
do por sus vidas. A l fin intervino el rey de Francia, San
Luis ix , y habiendo puesto en libertad el emperador a
sus prisioneros, se procedió a la elección. E l nuevo papa
fué también un canonista, después de A lejandro 111 el
más grande de todos hasta entonces, Sinibaldo Fieschi.
que tomó el nombre de Inocencio iv (1243-1254).
L a actuación de Federico y sus manifiestos no deja­
ban lugar a dudas en cuanto a sus intenciones. Se pro­
ponía dom inar en la Iglesia, lo mismo que en el reino de
Sicilia. E l anticlericalismo, acaso natural de un soberano
enfrentado con las reivindicaciones eclesiásticas de su
época, se alió entonces con la vieja doctrina pagana del
estado omnipotente, y el emperador invitó a todos los
príncipes de la cristiandad a que se le unieran en una
cruzada para destruir a la Iglesia como sociedad inde­
pendiente del estado.
Las intenciones de Inocencio no se manifestaron con
menor claridad. Pretendía la destrucción de Federico y
de cuanto éste representaba. En 1245 convocó un conci­
lio general en Lyon, donde se ju zgó y condenó a F ed e­
rico. T a l como había procedido Inocencio 111 con los
condes de Toulouse, así procedería Inocencio iv con F e ­
derico 11. Predicóse una gran cruzada y se intentó alzar
a toda A lem ania contra él, mientras el papa buscaba
s H ay que exceptuar los once días de pontificado de C elestin o i v . en
H verano de 1241.
15« SINTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

aliados en Italia, poniendo ejércitos en pie de guerra y


prodigando subvenciones.
L a guerra se desarrollaba con éxitos alternos, hasta
que. tras una serie de derrotas, mientras meditaba Fede­
rico huevos planes y una reanudación de la contienda, le
alcanzó la muerte el 13 de diciembre de 1250. Cuatro
años después moría su hijo mayor, Conrado, dejando
sólo un niño como sucesor y nombrando al papa como
tutor del mismo. Pero la guerra no había terminado aun.
O tro de los hijos de Federico, M anfredo, resistió toda­
vía y hacia últimos del mismo año (1254) infligió una
grave derrota al ejército pontificio.
Cinco días después moría Inocencio iv . Su sucesor,
A lejan dro iv (1254-1261), mostróse débil y vacilante, y
durante los siete años de su pontificado, M anfredo fué
de victoria en victoria. H acia 1261 la influencia del pa­
pado era tan menguada como en los días que precedie­
ron a la elección de Inocencio 111, setenta años antes. La
causa de la Iglesia se salvó gracias a la elección sucesiva
de dos capacitados papas franceses, U rbano i v (1261-
1265) y Clemente iv (1265-1268), ambos hábiles admi­
nistradores. Reorganizaron la curia y con no menor
acierto las finanzas papales. N egociaron nuevas alianzas
y al fin consiguieron la cooperación activa, aunque indi­
recta, del rey de Francia, San L u is ix , que hasta enton­
ces se había mantenido decididamente al margen de la
titánica lucha. A hora permitió a su hermano, Carlos de
A njou, que aceptase el ofrecimiento papal del trono
de Sicilia, v en 1265 llegó Carlos a Italia y procedió a
desalojar a Manfredo.
El 20 de enero de 1266 M anfredo fué derrotado en
medio de una gran carnicería. Tam bién él cayó, en Be-
nevento, y Carlos se convirtió en rey de Sicilia de hecho.
Inició su mandato con tal despotismo, que movió a su
patrocinador el papa a form ular enérgicas protestas. Sus
oprimidos vasallos buscaron un caudillo y llamaron de
Alemania al joven duque de Suabia, Conradino, hijo
de Conrado iv y nieto de Federico n , que se puso en
marcha en septiembre de T267, recibiendo, una tras otra,
en las ciudades de su paso, una benévola acogida. Tañí-
TRIU N FO I>F,I* CRISTIANISMO RN OCCIIiF.NTK 1.',7

bien R om a se pasó a él, y Carlos fracasó en su intento


de reconquistarla. Pero el 23 de agosto de 1268, la en­
carnizada batalla de T agliacozzo puso fin a la larga lu­
cha. Conradino fue derrotado y, después de una especie
de proceso, C arlos le hizo decapitar públicamente en
Nápoles.
E sto señaló el fin de los H ohenstaufen, aunque no,
desde luego, el fin de las zozobras para el papado, que
había logrado liberarse del enemigo germano, pero lla­
mando al francés. A h o ra quedaba por ver hasta qué pun­
to el francés se m ostraría dispuesto a continuar siendo
el subordinado y sumiso vasallo del papa. Y a en el pri­
mer año de la nueva alianza se habían observado indicios
de próxim as desazones. En este momento tuvo que so­
portar la Iglesia el gran desastre de ver vacante, a la
muerte de Clem ente i v (1268), la sede romana durante
tres años. E ra la segunda vez que esto ocurría en los úl­
timos treinta años.

D urante esos años de lucha contra los H ohenstaufen


había ido tomando cuerpo un debate no menos im por­
tante para la suerte del catolicismo. Se trataba de una
gran controversia filosófico-teológica, que se centraba en
torno a la cuestión de si la fe debía o no transform arse
por el empleo de nuevos métodos en su explicación y de­
fensa. E ra el antiguo problema de apologistas y gnósti­
cos que volvía ahora a plantearse. L a causa de este re­
planteamiento fué el descubrim iento gradual, por k>s
católicos de la E uropa occidental, de todo el cuerpo de
doctrina aristotélico ; descubrim iento que quedó más o
menos com pletado en el prim er cuarto del siglo x m .
N osotros apenas si podemos medir el influjo ejercido
sobre las generaciones que lo presenciaron, por el g ra ­
dual descubrim iento de la genial obra aristotélica. E n
ella se encerraba una enciclopedia de la ciencia hum ana,
una amplia y detallada observación, descripción y análi­
sis de la vida en todas sus form as. E l mundo físico, el
hombre, la vida y el pensamiento humanos, la n atu rale­
za y causas de las cosas, la causa prim era de todas las
causas, el fin del hom bre v los ideales de la conducta
158 SINTESIS DE HISTORIA DE IyA IGLESIA

humana, todo ello estaba sistemáticamente expuesto por


Aristóteles. H acía la impresión de una guía para la vida
del hombre tan completa como pretendía serlo el cris­
tianismo, y era puramente racional. ¿Cóm o podía aju s­
tarse toda esa nueva ciencia a la fe tradicional? ¿ E s que
los católicos tenían que ignorarla? ¿Podían ignorarla?
Y si no, ¿podían continuar siendo católicos y atenerse
a ella?
Estas cuestiones comenzaron a debatirse apasionada­
mente por todas partes a partir, aproxim adam ente, de la
fundación de la universidad de P arís en 1205, la prime­
ra y más famosa de todas las universidades y por largo
tiempo una de las tres instituciones de trascendencia
europea, junto con el imperio y la monarquía papal. Teó­
logos y filósofos se combatían mutuamente con gran
ardor.
Complicaba aún más la cuestión el hecho de que nin­
guno de los controversistas poseía el verdadero texto de
Aristóteles, o el suficiente conocimiento del griego para
desconfiar de la fidelidad de las traducciones que habían
de utilizar. Es cierto que hacia 1220 com enzaron a apa­
recer traducciones directas del griego, pero hasta enton­
ces el texto latino no era con frecuencia sino una traduc­
ción de una traducción árabe hecha sobre otra siríaca,
ésta, a su vez, hecha del original. N um erosos fragmentos
no aristotélicos y neoplatónicos pasaron con frecuencia
como de Aristóteles. Estas obras neoplatónicas tenían
una apariencia a primera vista más conform e con la doc­
trina y la práctica católicas. H acían hincapié en creen­
cias tales como la inmortalidad del alma y la realidad de
la Providencia, y además los sistemas se ofrecían como
un medio práctico por el cual el alma podía unirse en
éxtasis con Dios. Lo pernicioso de estos sistemas, que
no aparecía tan manifiesto, estaba en que eran a menu­
do, en el fondo, realmente panteístas, lo mismo que Aris­
tóteles era en apariencia materialista, fatalista y ateo.
Complicó todavía más aún la situación el hecho df
que ese conjunto doctrinal aristotélico, de ciencia, lógica
y filosofía, llegase al Occidente introducido por árabes,
moros y judíos. Era en el ámbito musulmán, mucho más
TRIUNFO DEI, CRISTIANISMO EN OCCIDENTE 1M

culto que el Occidente cristiano, y que anduvo muy cerca


de destruir la cristiandad y arruinar por completo su
vida cultural, donde, desde hacía quinientos años, se ha­
bía desarrollado el culto a Aristóteles, y era allí donde
habían surgido los grandes comentadores, a través de
cuya erudición el Occidente pudo por vez primera cono­
cer e interpretar al propio Aristóteles. Los nombres de
dos de ellos, por lo menos, deben quedar consignados
aquí: A vicena (980-1037) y Averroes (1126-1198). El
conflicto surgido en las universidades del siglo x m ,
y del que venimos hablando, puede en verdad resumirse
como un duelo entre averroísmo y catolicismo.
L a primera medida de la autoridad fué la prohibición
del estudio de Aristóteles, exceptuados sus tratados de
lógica, medida en modo alguno innatural ni ilógica, dado
el general confusionismo que se había creado. L a prime­
ra de esas prohibiciones se dió en 1210. Veinte años des­
pués, Gregorio ix la renovó, pero con alguna modifica­
ción. Paulatinamente el estudio iba poniendo en claro lo
que había de estimable en la nueva enciclopedia y dónde
residía exactamente el peligro ideológico. A llí donde es­
taba prohibido, se mantuvo la censura, pero con la sal­
vedad de “ hasta su corrección". L a corriente que busca­
ba la “ corrección” de los textos y la clasificación exacta
de las doctrinas siguió adelante hasta que. finalmente, se
alcanzó el punto en que los papas hicieron obligatorio el
estudio de la Física v la Metafísica de Aristóteles para
todos los candidatos a un grado. E l aristotelirmo se ha­
bía convertido, como todavía sigue siéndolo, en la más
valiosa ayuda humana para la explicación y defensa ra­
cional de la Revelación.

La crisis averroísta T res nombres de grandes santos


y Santo Tomás Van unidos a esta revolución y a la
(( . quino. lucha católica contra el inminente
peligro de averroísmo que amena­
zaba al cristianism o: San Alberto Magno (1193-1280),
San Buenaventura (1221-1274) y Santo Tom ás de Aqui-
110 (1225-1274). El primero y el último eran dominicos,
el segundo franciscano.
160 SÍNTKSIS JUi HISTORIA U lí I„A ICI,ESIA

Es mérito de San Buenaventura haber sido el pri­


mero en atacar el averroísmo y combatirlo con las armas
naturales de la dialéctica. Nunca llegó a completar real­
mente su obra, pues a la edad de treinta y seis años que­
dó alejado de las universidades para, como general de su
orden durante diecisiete años, convertirse en el segundo
fundador de la misma (1257).
San Alberto era 1111 intelectual de un tipo completa­
mente distinto. Una especie de Aristóteles católico, cien­
tífico tan completo como acabado teólogo, el cual, con es­
píritu aristotélico, se dedicó a aprender y a hacer ase­
quible a los otros cuanto podía saberse del universo
creado y de la relación de éste con su Creador. No era
un polemista, y aunque el problema averroísta ocupó na­
turalmente gran parte de su pensamiento y es el tema de
una de sus obras más famosas, la influencia que él ejer­
ció íué indirecta: la de buscar a tal problema otra solu­
ción, y precisamente aristotélica. Fué San Alberto quien
enseñó al más grande de todos los pensadores católicos,
Santo Tomás de Aquino. En éste, al fin, encontró A ris­
tóteles al pensador católico perfectamente preparado
para comprenderlo, para distinguirlo de los comentado­
res, para conocer dónde su pensamiento estaba incomple­
to, y desarrollarlo dentro de la mentalidad aristotélica
y demostrar que estaba en armonía con la doctrina cató­
lica. Es indudable que contribuyó grandemente a la fu­
tura historia de todo el pensamiento europeo por el uso
que hizo de la distinción, científicamente expuesta por
San Alberto, entre filosofía y teología, y por su insis­
tencia sobre los derechos de la filosofía como ciencia in­
dependiente. Razón y fe son cosas distintas; y la razón
tiene sus derechos. La razón es suprema autoridad den­
tro de su campo propio, pero por ser limitado este cam­
po. hay cosas que la razón no puede descubrir y ver­
dades que. cuando son conocidas de otro modo que
a través de la razón, la razón no puede demostrar
que son ciertas.
Para sus contemporáneos, la síntesis de Santo T o ­
más, contenida en su Summa Theologica, fué algo re­
volucionario. Fn muchas de sus concepciones capitales
TRIUNFO DEL CRISTIANISMO EN OCCIDENTE 161

abandonó los métodos apologéticos tradicionales y se puso


abiertamente enfrente de la otra escuela antiaverroísta
fundada por San Buenaventura y que, en cierto modo,
él mismo seguía dirigiendo. Los innovadores del pensa­
miento raramente viven para ver triunfar sus nuevas
ideas. Santo Tom ás no fue una excepción de esta regla,
y por mucho tiempo después de su muerte sus discípulos
tuvieron que sostener una doble lucha contra los ave-
rroístas y contra los otros católicos que les hacían opo­
sición. Aunque Rom a nunca condenó a Santo T om ás,
los teólogos de París sí lo hicieron en más de una oca­
sión, así como también algunos prelados de su propia
orden. Sólo a los cincuenta años de su muerte quedó su
posición asentada como enteramente ortodoxa. N o e x a ­
geramos al afirmar que este lento reconocimiento del
genio enviado por Dios para salvar al catolicismo de la
emboscada más sutil que jam ás se le tendió y para
construir la más valiosa de todas las concepciones sobre
la fe y la ra zó n ; esta lentitud en darse cuenta de lo que
Santo Tom ás era y lo que había realizado, es una de las
tragedias más grandes del catolicismo medieval. V erd a­
dera tragedia, que no se debía a la mala voluntad ni a la
necedad de ningún hombre.
6. D e c a d e n c ia

1 2 7 0 - 1517

Nuevos peligros Santo Tom ás de Aquino murió en 1274


internos. cuando se dirigía al x iv concilio ecu­
ménico adonde le había llamado San
G regorio x (1271 -1276). Doscientos cuarenta y tres años
más tarde, sólo cuestión de semanas después de la so­
lemne clausura del x v m concilio ecum énico2, un fraile
alemán, M artín Lutero, inició aquel decidido ataque con­
tra el papa León x , que había de ocasionar el fin del
mundo que Santo Tom ás había conocido. E l período que
va de Santo Tom ás a Lutero ofrece el mayor contraste
con los doscientos años anteriores, poco más o menos,
que separan a Santo Tom ás de San León ix . Entonces
todo era constructivo en el esfuerzo general cató lico ;
cada generación vió alguna nueva arremetida contra al­
gún abuso inveterado, alguna embestida lanzada con sin­
cero afán, secundada por el pueblo, siendo la prosperi­
dad del catolicismo lo más importante en el mundo para
los miembros de la Iglesia. Los abusos, es cierto, nunca
llegaron a remediarse totalmente, y parte de la necesaria
obra de construcción nunca pasó de sus com ienzos; pero
la tendencia general de la época se mantuvo siempre en
esa dirección.
Los cien años últimos del gran período, desde el co­
mienzo de la lucha con los Hohenstaufen en 1155? con~
templaron el desarrollo de nuevos abusos, en parte debi­
do a esa lucha y como secuela inseparable de la misma,
en parte por la nueva perfección que la burocracia
eclesiástica v su instrumento, el derecho canónico, iban
w>

1 El 11 de L yon,
- E l v de L etrán .
164 SÍNTESIS DE H ISTORIA DE I«A IGLESIA

alcanzando, y en parte, también, porque la naturaleza


humana es siempre humana, y la lucha de la Iglesia
contra ésta, por no tener nunca fin, aparece envuelta en
un cierto aire de derrota. Ni el sacerdote concubinario,
ni el monje profesional, ni el obispo político desapare­
cieron nunca por completo. El problema de la prepara­
ción y la instrucción profesional del clero parroquial
apenas se tomaba en consideración. Contra esos males
v defectos, el papa del siglo x iv , que asumía su función
con toda la seriedad que ésta merecía, tenía que luchar
tan de continuo como sus predecesores del x n . Pero te­
nía que luchar, además, contra nuevos males y nuevas
adversidades.
Constituyó un nuevo infortunio el hecho de que el
sistema electivo como medio para la designación de obis­
pos y abades, el sistema que los papas hildebrandianos
habían procurado restablecer como un medio para librar
-a la Iglesia de la mediatización laica y asegurar la se­
lección del mejor hombre para el cargo, hubiese bajado
a un nivel desastroso. Las elecciones habían significado
competencia y, con harta frecuencia, camarillas, rivali­
dades permanentes, pendencias, sediciones, oposición en­
tre obispos y hasta la intervención del poder civil busca­
da por todos los medios. En parte para contrarrestar
esto, en parte por una natural afinidad con la tendencia
general a la centralización, los papas, desde Clemente iv
(1268), tienden a sustituir la elección absolutamente libre
(o la designación para beneficios menores) por una espe­
cie de nombramiento indirecto desde Roma. Ellos desig­
nan los nuevos obispos, abades, canónigos, etc. Inevita­
blemente Roma, o mejor la curia papal, que, residente
sólo con suma rareza en Roma durante el siglo x i i i ,
mantiene una ausencia permanente durante tres cuartos
del x iv , establecida, con los papas, en la sede de A vi-
ñón (Francia), se convierte en un centro al que acuden,
por decenas de millares, los que buscan nombramientos
eclesiásticos, con buena o mala intención. La extensa red
administrativa resulta costosa, y se hace incesante el
pago de retribuciones. Se producen, además, esos otros
corolarios financieros, inevitables entonces como ahora
i>jx\ni;Ncr>

en cualquier corte, lo mismo que en todas las burocra­


cias gobernadas por autócratas con excesivas ocupacio­
nes para estar realmente en condiciones de vigilar a sus
subordinados, y con demasiados gastos para com probar
que todos se pagan honradamente. El sistema de 1>enefi-
cios, tal como se desarrolló y se administró en los si­
glos x iv y x v y comienzos del x v i. y progresivamente
al correr de los años, ofrece en muchos asjjectos uno de
los más grandes escándalos de la historia de la Iglesia.
Otro escándalo del mismo orden financiero fue el im­
puesto papal, exigido a los bienes de la Iglesia. renta>
eclesiásticas, pagas, pensiones, etc., por todo el ámbito
de la Iglesia universal. Creáronse registros para seña­
lar el valor de aquéllos, y en todas las regiones fue apa­
reciendo gradualmente una nueva clase social de recau­
dadores de impuestos, intermediarios entre el papa y el
clero local obligado a satisfacer esos tributos.
Todo ese dinero se requirió para fines no siempre
laudables, y especialmente una vez que el papado quedó
radicado en Francia, separado, en apariencia para siem­
pre, de sus propios estados y de las rentas que de los
mismos pudieran haberse obtenido, y sin el vasallaje
efectivo de los reinos feudatarios. Ese dinero servía para
el sostenimiento de la corte papal. Era necesario para fi­
nanciar las llamadas cruzadas o guerras del papa contra
el emperador, o de príncipes católicos contra herejes
cuando el papa decidía ayudarles. Se requirió también
para sostener la lucha entablada por los dos papas riva­
les, en ese período desgraciado para la cristiandad que
duró cuarenta años (1378-1417), cuando un papa en
Roma y otro en Aviñón se disputaban la fidelidad del
orbe católico. Y debe también decirse que no poco de ese
dinero halló con frecuencia su destino entre los parien­
tes del papa. Cuando en 1314 murió Clemente v, había
en la tesorería más de un millón de florines oro, de los
que sólo setenta mil llegaron a su sucesor. L os legados
daban cuenta del resto. A sí había de repetirse una y otra
vez, y como los fondos se precisaban para las eternas
guerras en Italia contra los saqueadores del estado pa­
pal, el papado no sólo había de exigir todos los tributos
16« SIN TESIS 1>K H ISTO RIA M í 1,A IG U Í81A

posibles, sino que tuvo que acudir a los banqueros soli­


citando fuertes préstamos y a elevado interés.
Esas operaciones financieras hicieron que el papado
centralizado fuese objeto de acerbas críticas en todos los
ámbitos de la Iglesia. Desde la época de San G rego­
rio v n los papas tenían nueva responsabilidad frente a
la Iglesia en general. Habían centralizado su poder. H a­
bían monopolizado la iniciativa en gran parte. Si eran
hombres dignos y gobernantes prudentes, toda la Iglesia
podía beneficiarse de ello y les bendeciría, pues todos
conocían ahora sus actos. Si eran frívolos, o débiles, el
papado, por la misma razón de que ahora tendía a ser
omnipresente, sufriría una pérdida de prestigio como no
era posible antes.
O tro nuevo hábito papal, nacido de la concepción de
la Iglesia como un estado, bien que fuese un estado su-
pranacional, fué el de lanzar a un enemigo contra otro.
A sí, los antiguos papas se aliaron con la liga de ciuda­
des longobardas contra Federico Barbarroja, y en el
siglo siguiente Inocencio iv , A lejandro iv y Urbano iv
se esforzaron en buscar ayuda contra los descendientes
de aquél, ofreciendo la corona que había perdido a R i­
cardo de Cornualles, Edmundo de Lancaster, Alfonso
de Castilla y Carlos de Valois, sucesivamente. Aunque tal
acción pudiera estar basada en la unidad esencial de una
Europa en la que, siendo todos los hombres igualmente
católicos, todos se hallaban igualmente en su propia casa
en cualquier parte de E u ro p a ; tal práctica contribuía en
definitiva a que se rompiera esa unidad. Los odios na­
cionalistas se manifestaron ya activamente en el si­
glo x i i i , como lo había evidenciado el levantamiento si­
ciliano de 1282 contra el rey francés, Carlos de A njou ,
entronizado por el papa, y la atroz matanza con que el
francés respondió. Este sentimiento nacionalista había
de progresar constantemente, en adelante, por todas par­
tes. El papado inspiraría recelo en la Inglaterra del si­
glo x iv por ser los papas franceses y residir en Francia,
país con el que Inglaterra sostenía la guerra de los cien
años. Más adelante aún, los papas, obligados por las cir­
cunstancias, habían de aliarse contra sus enemigos con
D R C A D K N C IA 167

cualesquiera poderes que pareciesen amistosos, de lo que


había de resultar toda una sucesión de alianzas y ligas
santas. Q uizá todo ello fuera inevitable, pero tal proce­
der nunca se vió milagrosamente libre de los malos efec­
tos que generalmente acarreó consigo, llegando el papa­
do, aparte de ser aborrecido por sus exacciones finan­
cieras, a ser despreciado y temido por su papel político.
Entonces se llegó al último peldaño de la degradación.
Durante cincuenta años no pocos papas se aprovecharon
de cuantas ventajas les procuraba su posición para esta­
blecer a sus parientes en los diversos tronos de Italia,
y unirlos mediante matrimonio con las casas reales de
Europa.
El período que va de 1270 a 1517 es, pues, de cons­
tante decadencia. Pero en todas las generaciones surgen
reformadores que hacen frente a los males de la época
y recuerdan los primitivos ideales denunciando con len­
guaje claro y abierto los abusos en que se hallan envuel­
tos y sus causas. Tampoco faltan papas entre esos refor­
madores. Pero los intereses creados representan, con
harta frecuencia, algo más que una lucha para los m ejo­
res entre los papas reformadores, y el principal obstácu­
lo para la reforma es, una y otra vez. la curia romana,
y a su cabeza el colegio cardenalicio.
El primer signo inequívoco de que había empezado
una nueva era para el catolicismo fué la ruptura entre el
papado y su apoyo tradicional, la monarquía francesa, en
los años finales del siglo x m , que terminó con una tre­
menda derrota para el papado.

La derrota El rey francés, Felipe iv (1285-1314),


de Bonifacio l ///. narnacio el Hermoso, en el proceso de
extensión y centralización del poder
real, y especialmente en la cuestión tributaria, encontró
(jue los derechos de la Iglesia eran un importante obs­
táculo para sus designios. Sin consultar al papa, impuso
diversos tributos al clero, y en la mayoría de los casos
obligó al pago por el terror. El clero apeló a Roma, y el
papa, Bonifacio vi 11, en una famosa bula. C lericis laicos,
reiteró la teoría tradicional según la cual el poder laico
tas SÍNTESIS 1)1·: H ISTORIA DI·: l.A M il.líSIA

no puede imponer tributos a la iglesia sin el consenti­


miento de la Iglesia (i2t/>). La Huía prohibía el pago
ele los impuestos y excomulgaba a todos los que los pa­
gasen o los percibiesen. El rey replicó con un violento
desafio. El estado es la autoridad suprema en sus domi­
nios. y en los asuntos temporales nadie es superior al rey
en este mundo. Un real decreto prohibiendo la exporta­
ción de oro y plata retuvo los tributos pontificios recau­
dados en Francia. El papa fue cediendo gradualmente de
su posición, y durante cuatro años (1297-1301) se man­
tuvo una paz molesta. El motivo para la reanudación de
la lucha fue el arresto por el rey francés del obispo de
Pamiers. Al negarse el rey a dar satisfacción a las pro­
testas del papa. Bonifacio retiró las concesiones hechas
en 1297. y en la Bula Ausculta fili (1302), reprendiendo
a Felipe por sus diversos crímenes públicos y por la tira­
nía de su régimen absolutista, le amenazó con deponer­
le. Además, llamó a todos los obispos franceses a Roma
para discutir con él las medidas que se debían adoptar
para la protección de la religión en Francia. El rey re­
plicó con otra asamblea de prelados y nobles para pro­
testar por la usurpación que el papa hacía de la jurisdic­
ción real. De momento, la aplastante derrota del ejército
francés en Courtrai (11 de julio, 1302) detuvo al rey.
Para ganar tiempo fingió sumisión, mientras Bonifacio,
en la Bula Unam sanetam, solemnemente repitió la doc­
trina de que la salvación de toda criatura humana gira
en torno de su obediencia al papa.
La discordia había llevado así a una discusión de
principios fundamentales. En ambos campos los escrito­
res se mostraron activos y se desarrolló una intensa pro­
paganda, arguyendo los teólogos del lado del papa y los
juristas, no canonistas, pero letrados formados en el re­
cientemente resucitado derecho antiguo del imperio ro­
mano por la parte del rey.
Luego de la declaración final de Unam sanctam (no­
viembre de 1302), el rey determinó asestar un nuevo
golpe. ílnvió fuerzas a Italia para arrestar al papa y
traerlo cautivo a Francia. El 7 de septiembre de 1303
los franceses irrumpieron en el palacio papal de Anagni
D K C A IW N C IA I«»

y, en un momento tremendo para Europa, quedó de ma­


nifiesto la debilidad del papado, la eterna debilidad de
la razón ante la fuerza. Bonifacio se mantuvo firme fren­
te a las amenazas y se negó a revocar sus edictos. El co­
misionado francés vaciló. Dar muerte al papa sería una
locura, y, sin embargo, conducirlo a través de Italia,
cautivo del extranjero, del aborrecido francés, apenas
era factible. M ientras dudaba, el pueblo de Anagni se
levantó, fueron expulsados los invasores y se salvó el
papa. Pero la impresión del ultraje fué demasiado fuerte
para él, y al calx> de un mes dejaba de existir ( u de oc­
tubre de 1303).
N o vamos a negar que una cierta imj>etuosa brus­
quedad y una naturaleza altiva en el papa contribuye­
ron bastante a agravar la situación, como tampoco pue­
de negarse que en Felipe el Hermoso encontró un ad­
versario más peligroso y mejor armado que Federico 11
o Enrique iv . Pero la importancia del suceso desborda
esos pormenores. Había venido a discutirse la cuestión de
la autoridad de la Iglesia sobre los reyes. U n rey había
desafiado abiertamente al papa, y en Anagni “ lo inconce­
bible había tenido efecto” . Y el papado tuvo que aceptar
la situación. U na tremenda sacudida había derrocado su
prestigio para siempre, no por cierto en todos los aspec­
tos, pero lo había derrocado de esa región de principios
universalmente aceptados como esenciales en la vida.
El nuevo papa. Benedicto x i, en su breve reinado de
nueve meses, aunque excom ulgó al jefe efectivo del ejér­
cito francés, no se aventuró a condenar al rey. Siguió
luego un interregno de un año, y cuando, finalmente, fué
cubierta la sede romana por la elección del francés C le­
mente v, sólo fué para establecer un reinado que señaló
el verdadero nadir de la reivindicación papal por la in­
dependencia política.
E l rey de Francia no cesó de perseguir a su enemi­
go, el papa Bonifacio. Los famosos edictos contra la ti­
ranía real todavía seguían en pie, y sólo la condenación
de Bonifacio como hereje y falso papa, cosa que ya se
había esforzado en lograr cuando el papa vivía, y que
era todavía posible ahora que había muerto, podía anu­
170 SIN TESIS L»E H ISTO RIA D lí I,A IGLESIA

lar la importancia de sus actos y los principios que su­


ponían. Desde el comienzo del reinado del desdichado
Clemente v (1305-1314), terriblemente aquejado por un
cáncer torturador, el rey francés insistió en que ese ju i­
cio debía celebrarse. El papa, aunque revocó las bulas
Clericis laicos y Unarn sanctam “ en cuanto representa­
sen una injuria para el re y ’’, se negó, y con éxito, al
propuesto juicio. Pero a un alto precio, el precio de ser
cómplice del rey en la supresión y destrucción de la gran
orden religiosa de los Templarios, uno de los críme­
nes más grandes de la historia, una horrorosa y cruel
traición.
Clemente v murió, como había vivido, en Francia.
Jamás fue su intención establecer permanentemente el
papado fuera de Roma, pero su propio estado de salud,
las informaciones que recibía de la confusa situación, de
las anárquicas condiciones de vida en Italia y en Roma,
y la urgencia de negociar asuntos de la mayor importan­
cia con el rey francés, le retuvieron de continuo en su
país natal. En 1309 inauguró su residencia en Aviñón,
en el priorato de los frailes predicadores. Mucha mayor
significación aún encierra el dato de que de los veinti­
cuatro cardenales por él creados, veintitrés eran fran­
ceses.

El primero de esta serie de papas franceses había


arriado su bandera ante Francia. Fué la desventura de
su inmediato sucesor, Juan x x n (1316-1334), tener que
librar una batalla perdida con el emperador, una batalla
que, en definitiva, no implicaba ningún principio impor­
tante, y que con tacto y buen sentido político por parte
del irascible y anciano papa hubiese podido terminar en
seguida y, posiblemente, evitarse por completo.
Juan x x i i fué elegido al cabo de casi dos años de
vacante la sede romana. Uno de los actos postreros
de su predecesor, a la muerte del emperador Enrique v il
(1314), fué declarar que, en virtud de los juramentos de
fidelidad de los príncipes y de los poderes conferidos
a San Pedro por Nuestro Señor, el imperio como estado
estaba sujeto al gobierno del papa durante el interregno.
l U 'C A D I 'X U A 171

Los príncipes electores no habían lograrlo j>oners¡e de


acuerdo sobre quién debía ser emj)erador. y Ju an x x n
encontró a Alemania dividida entre los rivales de Lu is
de Baviera y Federico de Austria. No jíermitió que se
considerase emperador ninguno de los dos y anunció su
intención de juzgar por su cuenta el asunto. Entretanto
él, el papa, gobernaría el imperio, y nombró un vicario
para los derechos imperiales en Italia. L a guerra prosi­
guió, a despecho del papa, y en 1322 Luis venció defi­
nitivamente a su rival. K1 papa se negó, no obstante,
a reconocerle, y los dos jxxleres se encontraron inmedia­
tamente en guerra en Italia. Todas las fuerzas descon­
tentas de la Iglesia se unieron a Luis.
Entre éstas constituía un partido muy importante el
de los franciscanos extremistas, llamados los espiritua­
les, que pretendían se impusiera como regla para toda la
orden la pobreza absoluta practicada por San Francisco
y sus primeros compañeros. No admitían ninguna miti­
gación en la norma, y al denunciarlo a los papas cuyo
sentido práctico admitía tales mitigaciones, pasaron a la
posición herética de considerar que esas mitigaciones
eran heréticas en sí. Por tal causa habían ya tenido que
sufrir a manos de Juan x x n , y el emperador encontró
en ellos- unos útiles auxiliares.
Otro gran apoyo en la lucha lo encontró el empera­
dor en los tres grandes pensadores de la época: Guiller­
mo de Ockham, Marsilio de Padua y Juan de Jandun.
El papa conminó a Luis a que cesara en el ejercicio
de los derechos imperiales, y como se negara, lo excomul­
gó (23 de marzo de 1324). El emperador replicó con un
manifiesto denunciando al papa como herético y M arsi­
lio publicó su obra, que hizo época. Defensor f>(bñs. E n
ésta quedaba expuesta una teoría completa de política
europea, según la cual todo estalla subordinado al e m ig ­
rador como representante del pueblo. El papado se defi­
nía como una institución humana, subordinada al conci­
lio general, y convocar el concilio general era un derecho
del emperador.
172 S IN T K S IS m í H IST O R IA l'U l,A IC .U iS lA

La lucha contra Luis invadió Italia seguidamente y, en


Luis de va. una so|emne asamblea en Roma, fué
aceptado como emperador por aclama­
ción popular ( 11 de enero de 1328). Seis días después
fué consagrado y coronado, v luego, en abril, ya por ter­
cera o cuarta vez, en otra asamblea popular pronunció
la destitución del papa por herejía y traición. Para com­
pletar el programa marsiliano sólo faltaba dar un “ su­
cesor" a Juan x x ii, y Luis lo halló en un frasciscano,
a quien designó públicamente, dándole el nombre de N i­
colás v e invistiéndole personalmente con el anillo del
pescador.
La lucha duró años. Juan x x i i murió sin verla ter­
minada. lo mismo que su sucesor Benedicto x n (1334-
1342), de disposición más conciliatoria. Entretanto, el
catolicismo alemán era víctima de toda clase de desór­
denes. pues en las diversas sedes y órdenes religiosas
una parte apoyaba al papa y otra al emperador. Los pa­
pas procedieron según el método habitual de buscarse
aliados entre los príncipes alemanes; pero, también aquí,
;iis derechos sufrieron un grave descalabro cuando, en
Rense (16 de julio de 1338), los príncipes electores hi­
cieron una declaración en el sentido de que la dignidad
de emperador se recibía directamente de Dios y recaía
en quien obtuviese la mayoría de votos de los propios
príncipes. El emperador, una vez elegido, no tenía nece­
sidad de ninguna confirmación papal para asumir legal­
mente sus funciones.
Dos años después. Luis vióse obligado a abdicar y el
papa Clemente vi (1342-1352) tuvo la satisfacción de
llevar a efecto la elección de Carlos de Bohemia, que
había dado satisfactorias garantías de subordinación al
papado.
Pero el triunfo pontificio fué mera apariencia. Una
vez proclamado emperador y desembarazado de sus ri­
vales, Carlos se mostró tan independiente como su pre­
decesor, aunque más honesto y respetuoso. En 1356
renovó la declaración hecha en Rense, dieciocho años
antes, del modo más sorprendente, publicando la llamada
Bula aurea” , fijando las condiciones según las cuales
173

fueron elegidos todos los emperadores de allí en adelan­


te. Esta bula áurea señaló los siete príncipes electores
y estableció quién debía ejercer el poder imperial du­
rante un interregno. De la Iglesia, el papa y los derechos
tanto tiempo reivindicados, y tan a menudo ejercidos
por la sede romana, no se decía una palabra. E l imperio
es una institución secular, y en ella no le cabe ningún
lugar al papado. E l imperio es totalmente independiente
del papado, como lo temporal de lo espiritual. E l papa,
Inocencio v i (13 5 2 -13 6 2 ), ni siquiera protestó. Y aun,
bajo la presión de este príncipe tan favorable a la Ig le­
sia que, irónicamente, era llamado “ el emperador de los
curas” , desautorizó la declaración de Clemente v, como
Clemente había desautorizado las de Bonifacio v m bajo
la presión de Felipe el Hermoso.
Los papas habían ya empezado a adentrarse por la
senda de las concesiones a los príncipes católicos, hechas
a veces bajo presión, a veces propuestas como un cohe­
cho, que habían de conducirles, finalmente, a ceder al
por mayor los derechos y ejercicio de jurisdicción, por
los que San Gregorio v n y su época habían luchado tan
magníficamente y con tan buen éxito. Y como conse­
cuencia de esas concesiones y renuncias había de pro­
ducirse, en los diversos países de toda Europa, una
renovación de todos aquellos desórdenes de los que la
restauración hildebrandiana había librado por un tiempo
a la Iglesia.

La peste negra. Mediado el curso de este siglo deplo­


rable sobrevino la inmensa catástrofe
de la “ peste negra” . E ra ésta una especie de peste bu­
bónica, procedente de China y la India por las rutas co­
merciales. E ra en extremo contagiosa. Aquellos a los
que atacaba morían en cuestión de horas y no había re­
medio conocido para combatirla. Y principalmente eran
las personas jóvenes y sanas las que caían víctimas de
la infección. Italia fué el primer país de Occidente donde
se manifestó, a principios de 1348. Se propagó rápida­
mente. España, el sur de Francia y luego Baviera y R e-
nania quedaron rápidamente infestadas. H acia el verane
174 SÍN TESIS 1>E HISTORIA 1>E I.A IGLESIA

del mismo año el contagio había alcanzado a Inglaterra.


Ningún país de Europa se libró, propagándose la peste
a Islandia y a Groenlandia. La mortandad fue increíble.
En Aviñón, por ejemplo, el papa, aparte de otras cari­
dades en mayor escala, cedió terrenos para un cemente­
rio especial, en el que fueron inhumados en sólo seis se­
manas unos once mil cadáveres. En Inglaterra pereció
en doce meses la mitad de la población. Ninguna clase
sufrió tanto como el clero. Esto, al mismo tiempo que
testimonia su leal cumplimiento del deber, hace adivinar
la enorme escasez de sacerdotes que se produjo, con el
lamentable remedio de tener que ser cubiertas muchas
veces las bajas por individuos inexpertos e inconve­
nientes.
Es imposible exagerar lo catastrófico de la situación
que siguió a aquel azote que en menos de dos años acabó
con unos cuarenta millones de personas en la Europa oc­
cidental. Hasta qué punto desorganizó la vida económica
de aquel siglo, es materia que no nos compete. E l histo­
riador de la Iglesia señalará cómo, en muchos aspectos,
quebrantó el espíritu de la generación que la padeció.
L a tentación de desesperar de lo espiritual y vivir sólo
para el momento presente se apoderó universalmente de
los supervivientes. A partir de entonces se aprecia cla­
ramente cierta indiferencia y temerario desafío a la ver­
dad y a los castigos divinos. L a primavera había desapa­
recido del calendario. En la vida de Europa se había
desvanecido algo que la había animado desde la gran
victoria sobre el caos del siglo x. En adelante se advierte
en todo el mundo la sensación de que puede suceder lo
imprevisible, y lina indiferencia general por lo que ello
pueda ser y cuándo pueda ocurrir.

Esas prolongadas contiendas con Francia y el impe­


rio fueron los principales episodios de una lucha que se
sostuvo, más o menos continuamente, por toda Europa
durante ese infortunado siglo. Ningún país gozó de par.
Inglaterra estaba empeñada efi una de las mayores per­
versidades de su larga historia, en esa sucesión de in­
cursiones piratas contra Francia que se conoce por el
DKCADF.NCIA 175

nombre de guerra de los den años. Los perjuicios que


para el catolicismo se derivaron de ese pillaje realizado
por una fuerza católica en un país católico fueron tales
que, al fin, intervino la Providencia directamente y, para
librar del azote al país, envió el inspirado caudillaje de
la doncella campesina de Lorena, Santa Juana de A r ­
co (1428).
Rasgo notable de la vida del siglo x iv es el descon­
tento social y político alimentado por un rápido incre­
mento de la riqueza y por el consiguiente aumento de la
codicia individual. Por doquier la acaudalada burguesía
aumentaba su caudal. Disputaba a los nobles el dominio
de las ciudades, y comenzó a establecerse como apretada
oligarquía en los gremios o agrupaciones de oficios, me­
dio inventado para reducir a los obreros a una casta de
la que jamás podrían emanciparse. Y ambos partidos,
los nobles lo mismo que la burguesía, hallaron una vícti­
ma común, para hacerla objeto de sus ataques, en los
dignatarios eclesiásticos. Todos los pequeños principados
de Francia, Alemania e Italia donde el señor era un
obispo o abad, fueron cayendo sucesivamente ante la vio­
lencia de sus súbditos.
Por doquier, a lo largo de este siglo, aparecen indi­
cios de c[ue el creciente individualismo y particularismo
repudia la sujeción a un sistema de leyes morales im­
puestas desde fuera, y a los clérigos como funcionarios
del sistema que incorpora la autoridad y administra esas
leyes. Los estados vasallos fueron sacudiendo gradual­
mente su sometimiento a San Pedro. Inglaterra se niega
reiteradamente a pagar sus atrasos tributarios y, en 136 4.
rey y parlamento rechazan de plano a su soberano papal
y declaran que, al ceder su reino a Inocencio 111, Juan
procedió más allá de su poder, pues lo hizo sin el con­
sentimiento de la nación. E s en Inglaterra, también, don­
de el estatuto de los Provisores ( 1 3 5 1 ) se convierte en
ley, para evitar que los clérigos provistos por el papa de
beneficios ingleses perjudiquen los derechos de los patro­
cinadores ingleses, así como los estatutos de Prcrmunire
0 3 5 3 · 1 393)· P3 ™ castigar con la confiscación de todos
los bienes y reclusión perpetua a quien intente desquitar-
t:« SÍN TESIS DE HISTORIA I)E I,A IG I,ESIA

se con la apelación a la sede romana, haciendo uso del an­


tiguo estatuto.
El daño mayor que produjeron los papas franceses
del siglo x iv , después de su exagerada e imprudente ex­
plotación del sistema financiero, se debió a su excesiva
predilección por sus compatriotas. Hasta tal punto se ex­
cedieron en el nombramiento de súbditos franceses para
el colegio cardenalicio, que apareció el peligro de un
mundo oficial para el cual un papa no francés parecía
una anormalidad, resultando, por el contrario, legal cual­
quier medida que asegurase la sucesión francesa. Esta
mentalidad jugó un papel no poco importante en el cis­
ma con que se cerró el siglo.
E l primero que intentó trasladar de nuevo la sede
pontificia a Roma fué el papa benedictino Urbano v
(1362-1370). Nunca había sido cardenal, y debió su elec­
ción a un punto muerto entre los bandos contendientes
en el conclave que siguió a la muerte de Inocencio vi.
De papa siguió observando la misma vida santa de ora­
ción y penitencia que había llevado siendo monje. Fué
en 1366 cuando concibió por vez primera la idea de vol­
ver a Roma. El rey de Francia, los cardenales y toda la
corte pontificia opusieron todos los ob'stáculos imagina­
bles a tal designio. Urbano se mantuvo firme, y el 16 de
octubre de 1367 entraba en la ciudad que no había visto
a su obispo durante más de sesenta años.

La corte pontificia Pero, en poco más de dos años, las


de Amnon. revueltas, en las que los romanos
contaron con el auxilio de las cuadri­
llas de bandoleros capitaneadas por el inglés Juan Hawk-
wood, convirtieron a Roma en lugar inseguro. Y como
ninguno de los reyes cristianos, a los que el papa apeló,
acudió en su auxilio, resolvió volver a Aviñón. Y a des­
pecho de los ruegos y las profecías de Santa Brígida de
Suecia, se mantuvo firme en su decisión. E l 27 de sep­
tiembre de 1370 hizo de nuevo su entrada en el gran pa-

3 De los 134 ca r den al es creados por los siete papas f r an ces es entre
■305 y 1378, 113 eran franceses.
DECADENCIA 177

lacio del Ródano, y en diciembre, como Santa Brígida


había profetizado, falleció.
Once días después, tras un breve conclave de sólo
unas horas de duración, los cardenales eligieron papa,
por unanimidad, al más joven de ellos, Roger de Beau­
fort, de cuarenta y dos años. Tomó el nombre de G rego­
rio x i. Su primer pensamiento fué llevar a cabo la em­
presa que su predecesor había tenido que abandonar. Un
obstáculo tras otro iban surgiendo ante él. Con frecuen­
cia se fijaba la fecha de la partida, y con la misma fre­
cuencia tenía que anularse. Finalmente llegó de Italia,
para alentar la voluntad del papa y arrumbar a un lado
los últimos impedimentos, la voz del único personaje
realmente grande que produjo ese calamitoso siglo : San­
ta Catalina de Siena. E l 13 de septiembre de 1376 aban­
donaba el papa Aviñón, y el 17 de enero del siguiente
año hacía su entrada en Roma.
Gregorio x i sobrevivió a su retorno a Roma sólo ca­
torce meses. E l -8 de abril de 1378, mientras la plebe
rugía en torno al Vaticano: “ Elegid a un italiano o mo­
riréis’', los dieciséis aterrados cardenales eligieron como
sucesor al arzobispo de Bari, el primer papa italiano des­
de hacía setenta y dos años, que tomó el nombre de U r­
bano vi.

¿Fu é Urbano v i (1378-1389) válidamente elegido?


Los historiadores lo afirman hoy día casi universalmente.
Pero, dadas las circunstancias de la elección, el caso se
prestaba a ser explotado para dudar de su validez, siem­
pre que así conviniese a alguien. Y pronto fueron mu­
chos los interesados en librarse del papa Urbano, y por
todos los medios posibles.
Como Bartolomeo Pregnani, arzobispo de Bari, U r ­
bano había sido un funcionario modelo en su alto cargo
de vicecanciller en la corte de Aviñón. Llevaba una vida
austera y se le conocía como firme defensor de la refor­
ma. Ahora, después de su elección, cambió todo su pro­
ceder, o su gran celo por la reforma ahogó su serenidad
de juicio. Más adelante fué tal su proceder, que bien
puede hablarse de pérdida de la razón, siendo posible
12 s. h. 1 .
S l N T I Í S I S 1)K H I S T O R I A 1>K J,A IGI.IÍSIA

que este trastorno empezara a raíz de su elección. Lo


cierto es que su modo de obrar sin el menor tacto y su
proceder tiránico hicieron que rápidamente se indispu­
sieran con él los cardenales que lo habían elegido y que,
para elegirlo, se habían salido del sacro colegio. Uno de
sus defensores más leales fue Santa Catalina de Siena,
y ella misma le escribe: “ Por el amor de Jesús crucifi­
cado, Santo Padre, suavizad un poco los bruscos impul­
sos de vuestro carácter.”
Lentamente aumentó la oposición, y los cardenales,
excepto cinco de los dieciséis que había en Roma, pues
todos los demás eran franceses, empezaron a huir de la
ciudad. En junio, Urbano intentó hacerlos regresar, pero
el único resultado fué provocar una declaración en el
sentido de que dudaban que la elección hecha fuese váli­
da, y esto después de tres meses en que todos ellos le ha­
bían reconocido repetidas veces, habían buscado y acep­
tado de él favores como papa y lo habían proclamado
papa en una carta colectiva dirigida al mundo cristiano.

E l cisma En agosto anunciaron que no era papa.


de Occtdente. hatnan elegido simplemente para es­
capar de la muerte que les aguardaba si
procedían de otra manera. Entretanto habían conseguido
sembrar dudas en otros personajes, especialmente en el
rey de Francia, Carlos v (1364-1380). Cuando los trece
cardenales se reunieron en Fondi, una carta del rey fran­
cés puso fin a su última vacilación. Procedieron a una
nueva elección y, sin que votasen los tres italianos, eli­
gieron por unanimidad al cardenal Roberto de Ginebra,
que durante algunos años había sido, como legado en
Italia, el afortunado generalísimo del ejército pontificio,
e indudablemente algo más que un simple condottiere.
Adoptó el nombre de Clemente vir.
Todos los cardenales, excepto uno, reconocieron a
Clemente como papa. ¿Qué debía hacer la cristiandad?
;Cómo iba a decidir entre las dos posiciones en pugna?
; Y cómo podía saber si este mismo grupo de cardenales
había elegido realmente papa en abril, hacía unos meses,
o más bien ahora en septiembre ? Pronto se dividió la
DECADENCIA «79

cristiandad en dos bandos con marcada orientación po­


lítica, según que las simpatías fueran francesas o anti­
francesas. Y los dos bandos eran igualmente representa­
tivos de la Iglesia, hallándose personas de vida santa,
posteriormente canonizadas, tanto entre los defensores
del papa de Aviñón como entre los de su antagonista
romano. ¿ E s que estaba dividida la Iglesia? Tan sólo
en el punto concreto de si era Urbano el verdadero papa
o lo era Clemente. En el conjunto doctrinal, en el punto
de los poderes papales y la obediencia debida al papa,
todos estaban de acuerdo. En parte alguna se produjo
una rebelión contra el papa reconocidamente legal. L a
división no era un cisma, en el sentido real de la palabra.
Pero era una división muy real y que duró poco menos
de cuarenta años.
Urbano v i murió, y sus cardenales — el nuevo sacro
colegio que él creó después de su elección de septiem­
bre de 1378 y de haber excomulgado a cuantos tomaron
parte en ella — eligieron a Bonifacio ix (1389). Luego
murió Clemente v n (1394), y sus cardenales, rehusando
terminar la división por sí mismos eligiendo a Bonifacio,
eligieron a Pedro Luna, que tomó el nombre de Bene­
dicto x i i i . Cuando Bonifacio ix murió (1404), los car­
denales romanos le reemplazaron primero, por Inocen­
cio v il y después por Gregorio x i i (1406). H ay que
afrontar la triste verdad de que ningún papa, así de un
lado como del otro, estaba a la altura de su cargo. T o ­
dos ellos eran jefes partidistas de facciones rivales, y al
fin la Iglesia como un todo, cansada de ambos, rechazó
su autoridad y, reuniéndose en un singular concilio ge­
neral en P isa (1409), eligió un tercer papa por su cuen­
ta, Alejandro v.
L a Iglesia en modo alguno se resignaba pasivamente
a la división. Desde el primer momento en que se dió
cuenta de que la división existía, se formularon planes
para una reunión y se discutieron por ambas partes.
Y como tales proyectos tenían que justificarse haciendo
referencia a principios teológicos, empezaron a circular
nuevas y extrañas ideas, y esto bajo las firmas más res­
petables. L a idea de que debía convocarse un concilio
ISO SÍNTESIS I>E HISTORIA DE I*A IGLESIA

general para entender en el asunto era bastante natural,


y estábil nuiy generalizada. Los partidarios de esta idea
empezaron luego a explicar que la verdadera autoridad
vle la Iglesia residía primariamente en el episcopado
como cuerpo, y que los concilios ecuménicos eran supe-
riores a los papas. Uno de los personajes más famosos
de la época. Juan Gerson, canciller de la universidad de
París, fué un paso más lejos. No sólo los obispos, sino
los sacerdotes, y aun todos los bautizados, constituían
el verdadero fundamento de la autoridad papal. E l poder
reside en la Iglesia como un todo, y sólo puede conferir­
lo la elección legal. Como la Iglesia tiene el derecho de
elegir, asi tiene el derecho de corregir, y de castigar,
y aun de deponer al papa en caso necesario. En un con­
cilio general todos los católicos tienen derecho al voto.
Otra corriente de opinión se resignaba a la división,
por considerarla una manifestación de la voluntad de
Dios en el asunto, y si no, la división nunca se hubiera
producido. ; Por qué sólo dos papas, seguían argumen­
tando. y no uno para cada país ?
El movimiento general para poner fin a la división
empezó de hecho con la elección de Gregorio x n en 1406,
pues todos los cardenales romanos en el conclave habían
jurado que, cualquiera de ellos que saliese elegido, esta­
ría dispuesto a renunciar si el papa de Aviñón, Benedic­
to x i i i . hacía lo mismo. Así quedaría abierto el camino
para una sola elección conjunta de un papa, al cual am­
bas partes, y por tanto la Iglesia toda, habrían de reco­
nocer. Inmediatamente después de su elección, Grego­
rio x ii renovó solemnemente su juramento.
Los dos años siguientes se pasaron en negociaciones
para convenir un encuentro entre los dos papas, fijar el
lugar y señalar la fecha. Benedicto se mostraba hábil
y escurridizo; Gregorio, aunque honrado, vacilante.
Nunca llegaron a encontrarse, aun cuando en una oca­
sión sólo les separaba un día de camino. “ El uno era un
animal terrestre que no podía arrostrar el mar, dijo un
testigo de la época; el otro un animal marino que había
de morir en tierra.” Y cuando el rey de Nápoles con­
quistó Roma, nadie se alegró tanto como Gregorio x n .
DECADENCIA 181

pues ahora tenía como nunca un argumento para justi­


ficar su imposibilidad de reunirse con su rival (1408).
El rey de Francia abandonó entonces al papa de A v i-
ñón y se declaró neutral. L a universidad de París hizo
lo mismo, y rogó a los dos grupos de cardenales que es­
tablecieran contacto y se esforzasen por lograr la re­
unión. Esto tuvo efecto en el término de unas semanas,
y la mayoría de los cardenales de ambos papas se re­
unieron en una asamblea conjunta, convocando un con­
cilio en Pisa. Cada uno de los papas convocó también un
concilio a su vez. Pero mientras los concilios convocados
por los papas resultaron tristes fracasos, a Pisa acudie­
ron, además de los veinticuatro cardenales, numerosos
obispos y trescientos doctores en teología y derecho ca­
nónico. A las nuevas teorías sobre la constitución de la
Iglesia se les presentaba ahora su oportunidad.
Ambos papas fueron citados en Pisa, y en vista de
que no comparecían se les condenó en su ausencia por
cisma, herejía y perjurio, y fueron depuestos. Luego los
cardenales eligieron al arzobispo de Milán, uno de los an­
tiguos defensores del papa romano. Tomó el nombre
de Alejandro v. A continuación el concilio procedió a la
promulgación de una serie de decretos para la reforma
de la vida eclesiástica, encaminados principalmente a de­
fender la autoridad tradicional de los obispos.
La situación era ahora, en muchos aspectos, peor que
nunca. Había tres papas en lugar de dos. y. en definiti­
va, era al tercer papa — el que de los tres, precisamente,
con mayor certeza no era papa — a quien prácticamente
obedecía toda la cristiandad, pues Benedicto no tenia
sostenedores fuera de la pequeña localidad española don­
de ahora moraba, y Gregorio sólo contaba con la lealtad
de unos príncipes italianos que variaba según las pers­
pectivas políticas de los mismos.
E l papa Alejandro duró sólo diez meses, eligiendo
a continuación el partido pisano como sucesor a Baldas-
sare Cossa, que tomó el nombre de Juan x x m . E ra éste
un financiero eclesiástico con fama de haber sido pirata
en otro tiempo, y ahora negociante de indulgencias tan
indigno de cualquier cargo eclesiástico, que, por último,
182 SÍNTESIS 1)E HISTORIA DE I*A IGLESIA

el emperador Segismundo intervino y puso en marcha la


serie de acontecimientos que al fin salvaron a la Iglesia.
Como papa. Juan x x m no mostró nada de la habili­
dad política que le había valido la tiara. Durante tres
años fue dando traspiés, cayendo de error en error y ale­
jando de sí a todos sus valedores, uno tras otro. De no
haberle obligado el emperador, Segismundo, a convocar
un nuevo concilio, no es improbable que la Iglesia hu­
biera visto una nueva división, y aun un cuarto preten­
diente al papado.
Este concilio, que se celebró en Constanza (noviem­
bre de 1414). es el más extraño de toda la historia de
la Iglesia por su composición, su actuación y la natura­
leza de lo que se llevó a cabo en el curso del mismo. Los
frutos de cuarenta años de caos quedaron ahora de ma­
nifiesto. Las más disparatadas teorías sobre el principio
de la autoridad eclesiástica parecía que iban a tener efec­
to cuando acudieron a la ciudad, además de los 185 obis-
d o s . 300 doctores en teología y derecho, 18.000 eclesiás­

ticos más y una inmensa multitud de magnates, príncipes


y representantes de ciudades y corporaciones, hasta un
número superior a los cien mil. L a figura dominante era
el emperador, y él fue quien había de salvar la situación
en el momento crítico, cuando Juan x x m , dándose
cuenta de que debía afrontar un juicio y, con toda se­
guridad. su propia deposición, huyó de la ciudad con el
intento de revocar su convocación, declarar nulo el con­
cilio y provocar un movimiento contrario. E l papa fue
arrestado y puesto bajo vigilancia, y el concilio prosiguió
sus deliberaciones.
Todos los doctores tenían voto, lo mismo que los
obispos, y las decisiones se tomaban, no computando
los votos individuales, sino los votos de las naciones repre­
sentadas en el concilio, que eran cinco: Italia, Francia,
Inglaterra. Alemania y España. Cada una 4e ellas con
derecho a un voto. Los cardenales, que juntos tenían de­
recho a un sexto voto, no tenían más autoridad de la de
cualquier otro miembro particular de la propia nación.
El papa fue juzgado por diversos cargos y, seguida­
mente, condenado por simonía, malversación de los bie-
I)KCAf »UNCIA 183

nes de la Iglesia y desleal administración en tos asuntos


tanto espirituales como temporales. El 29 de mayo de
14 15 fué depuesto, y seis días después aceptó su con­
dena.
Entretanto, el papa romano, Gregorio x i i , que con­
taba ochenta y nueve años de edad, seguía manteniéndo­
se firme en Rímini. Había rehusado la invitación del em­
perador al concilio, así como la cita del propio concilio.
Pero, finalmente, decidió abdicar y reconocer el conci­
lio como una asamblea convocada por el emperador. E l
15 de junio de 14 15 llegaron a Constanza sus delegados,
no acreditados ante el concilio, sino ante el emperador,
y el 4 de julio dieron lectura a la bula de Gregorio para
el concilio.
En primer lugar convocaba solemnemente el concilio,
y después anunciaba su dimisión al concilio así convoca­
do. E l concilio se lo agradeció formalmente y le notificó
su nombramiento como cardenal-obispo de Oporto, por
lo cual el expapa expuso su agradecimiento e hizo un
acto de sumisión al concilio.
Todavía quedaba, en la lejana España, el sucesor del
papa que había iniciado el cism a: Pedro de Luna, B e­
nedicto x i i i , que se mantuvo obstinado hasta el fin, y a
la condenación de que le hizo objeto el concilio (26 de
julio de 14 17 ) replicó con una renovada excomunión
y amenazas de deposición de los príncipes. Sus valedores
quedaban ahora reducidos a sus sirvientes particulares
y a un puñado de guardas.
Por fin, el día de San Martín. 1 1 de noviembre
de 14 17 , el conclave (integrado por veintitrés cardenales
y cinco prelados de cada una de las seis naciones) eligió
papa al cardenal Odón Colonna. con el nombre de M a r­
tín v. E l cisma había terminado. Toda la Iglesia estaba
unida en obediencia a un solo papa.

Paf>as contra Pero este mismo concilio que había dado


concilios. a| cjsma> había esparcido las semillas
de no pocas discordias futuras. Cuales­
quiera que fuesen las sutilezas del derecho canónico para
salvaguardar la legitimidad de la gran liquidación que
IM S ÍN T líS I S P R H IST O RIA 1>R LA IGI.RSlA

se había hecho con un problema tan complejo, quedaba


en pie el hecho ele que el concilio de Constanza había
juzgado y condenado a dos pretendientes al papado, eli­
giendo a su vez un nuevo papa. Y había declarado tam­
bién, en términos explícitos, que los concilios generales
eran superiores a los papas, disponiendo que cada cinco
años se reuniría este concilio general, al que el papa, en
cierta medida, rendiría cuentas de su gestión. En virtud
de las pretensiones del concilio de Constanza se había
producido una auténtica revolución: en lo sucesivo la
Iglesia sería gobernada de un modo parlamentario y no
por la autoridad absoluta, divinamente otorgada, de su
cabeza, el Vicario de Cristo. Los cuarenta años que si­
guieron al concilio habían de contemplar los esfuerzos
de los diversos papas, Martín v, Eugenio iv y Nico­
lás v, por desarraigar esa nueva teoría y mantener a raya
los concilios basados e inspirados en la misma. Pero don­
de se recogieron los frutos del grave mal en toda su ple­
nitud fué en las prolongadas disensiones del concilio de
Basilea (1431-1449).
Entretanto, la causa de la reforma sufrió un retroceso
imposible de medir. Y , en esos mismo años, un nuevo
resurgir del Islam conquistó provincia tras provincia del
imperio cristiano de Oriente, e incluso territorio en E u ­
ropa, preparándose de este modo el camino para el he­
cho más resonante de todos, la conquista de Constanti-
nopla en 1453. Contra esta amenaza para la existencia
misma de Europa, los papas se esforzaron reiteradamente
en organizar a los príncipes de Occidente para hacer
frente a esta amenaza que comprometía la misma exis­
tencia de Europa. Pero sus llamamientos resultaron in­
útiles. El prestigio supranacional del papado en cues­
tiones políticas había desaparecido, y con él el único
custodio efectivo de Europa contra los peligros anti­
europeos. Los príncipes se habían negado a combatir el
Islam en el Jordán y en Siria. Ahora tendrían que hacer­
le frente en el Danubio, en Alemania y en Italia.
Martín v (14 17 -14 3 1) se consagró principalmente
a la obra de reconstrucción de Roma, ciudad en ruinas
con una población reducida a unos diez mil habitantes.
y a recuperar poco a poco el dominio sobre los estados
pontificios. L a experiencia de Aviñón y lo ocurrido en
los años del cisma habían demostrado bien a las claras
que el papa que no fuese realmente un soberano propen­
día a convertirse muy pronto en vasallo, pasando a ser
su poder el instrumento de la política de cualquier sobe­
rano. El concilio ecuménico ocasionó a Martín v relati­
vamente pocas molestias. Se convocó, como se había
previsto en Constanza, y se reunió en Pavía el 23 de
abril de 1423. A l declararse la peste fué trasladado a
Siena. Pero la concurrencia fué tan reducida que hubie­
ra sido un desacierto seguir adelante. El papa aprovechó
el pretexto de buen grado y disolvió la asamblea. M ar­
tín v no vivió lo bastante para ver reunido el segundo
concilio que convocó y que correspondió a su sucesor.
Eugenio iv (14 3 1-14 4 7 ) — sobrino de Gregorio x i i — .
enfrentarse con él. Fue este el famoso concilio de Basilea.
Desde el comienzo se advirtió en él una firme determina­
ción de someter al papa y continuar la obra perniciosa
de Pisa v Constanza. Las alternativas de impetuosa vio­
lencia y débil sumisión por parte del papa hicieron el
juego a tales designios. En realidad, éste no poseía nin­
guna de las dotes diplomáticas de su predecesor. Disol­
vió la asamblea, y ésta se negó a obedecerle. A continua­
ción el concilio suspendió al papa y luego le destituyó.
El papa, a su vez, excomulgó al concilio, abriéndose ne­
gociaciones en las que finalmente se llegó a un compro­
miso, por el cual accedía el papa a anular la orden de
disolución. Luego el concilio propuso establecer un nue­
vo sistema permanente de intervención cerca del papa
y la curia romana. Pero en esto Eugenio se mantuvo fir­
me y trasladó el concilio, primero a Ferrara (1438) v des­
pués a Florencia (1439). Un pequeño grupo que se negó
a seguirle permaneció en Basilea. depuso una vez más
a Eugenio y, en su lugar, eligió al duque de Sabova.
“ Félix v ” . '
En Florencia, entretanto, se desarrollaba un asunto
de capital importancia ; el gran proyecto en que E u ge­
nio había estado trabajando tenazmente dnrante años
la unión de las iglesias cismáticas orientales griega, ar­
IW» SINTESIS l)R HISTORIA I)E I#A IGI.USIA

menia y jacobita. Los innovadores teológicos recibieron


una enérgica réplica a sus teorías con la definición de la
primacía papal sobre toda la Iglesia como algo divina­
mente instituido (1439).
Estos dos primeros papas, que reinaron después de
restablecida la unidad, fueron hombres de vida admi­
rable y agudos reformadores. Por doquier empezaba a
advertirse el comienzo de días mejores. L a nueva congre­
gación de Santa Justina reorganizó la vida de los mo­
nasterios benedictinos en Italia. Los canónigos regulares
crearon en Holanda la nueva congregación de Winde-
sheim. de donde había de salir la nueva escuela ascética,
cuyos frutos más conocidos son tal vez Tomás de Kem-
pis y la Imitación de Cristo. También en la orden fran­
ciscana se inició una renovación de la vida primitiva, esta
vez de signo ortodoxo, libre de llamativas extravagancias
y bendecida por los papas, cuyos guías fueron santos,
tales como Bernardino de Sena, uno de los más grandes
predicadores de masas que jamás se ha conocido, y
Juan de Capistrano, que más tarde había de levantar en
armas a Hungría con tan buen éxito para la derrota de
los turcos. Realizó una obra semejante de restauración
entre las monjas franciscanas la borgoñona Santa Cole­
ta. A la orden de Predicadores le infundieron nuevo vi­
gor los discípulos de Santa Catalina de Siena, y con
San Antonino, arzobispo de Florencia, dió a la Iglesia
un guía modelo, un reformador y uno de los primeros
teólogos especializados en moral.
En todas partes, en España, en Alemania, en Fran­
cia y en Italia, a través de sus legados y mediante los
concilios provinciales que éstos convocaban, los papas ur­
gieron la restauración de la vida católica, tan maltrecha,
y en Florencia, en 1436, Eugenio iv fundó el primer se­
minario : una casa de estudio y disciplina clerical para
la formación de aquellos que se sentían con vocación
a formar en el clero secular. El último, aunque no el
menor, de sus méritos, tanto en Martín v como en
Eugenio j v , estriba en que eligieron excelentes cardena­
les, y al tiempo que ampliaron los privilegios y la juris­
dicción del sacro colegio, lo elevaron, gracias al cuidado
DECADENCIA

de sus nombramientos, a un lugar más alto que el que


venía ocupando en la Iglesia durante los cien últimos
años.
¿Pero hasta qué punto podrían los papas, en este
mundo posterior al cisma, ejercer libremente la plenitud
de sus poderes sobre las iglesias locales y, así, llevar
a cabo las necesarias reformas ? Aquí estaba el nuda de
la cuestión. Los años de disensiones habían sido una
gran oportunidad para los príncipes, y «Si desconcierto
de los papas una gran ocasión en provecho de los laicos.
E l rey de Francia y los príncipes alemanes aceptaron ios
decretos antipapales del concilio de Basilea y, sin repu­
diar en modo alguno la primacía de Roma, empezaron
a actuar muy marcadamente como papas locales en lo
tocante a la legislación de los concilios locales, a la ad­
ministración de las iglesias y a los nombramientos de
obispos. Contra sus declaraciones, las pragmáticas san­
ciones de Bourges (1438) y Maguncia (1439), los papas,
durante años, no se atrevieron a hacer más que pro­
testar.

Nuevas formas La primera mitad de este siglo x v con-


de devoción. templó una efectiva renovación de la
piedad popular. Mientras persistía la cu­
riosa abstención medieval de la frecuente comunión,
existía ahora, más que nunca, una profunda devoción
por la vida de Nuestro Señor en sus aspectos más paté­
ticos. L a espiritualidad y el arte religioso empezaron
a hacer un llamamiento directo a la emoción en todo
cuanto se refiere a la pasión y muerte de Nuestro S e­
ñor y a los sufrimientos de su Madre. Ahora es cuando
empiezan a aparecer las imágenes de Nuestro Señor co­
ronado de espinas, los cuadros que lo representan clava­
do en la cruz, o en espera de ser puesto en ella, san­
grante y lacerado, mientras sus verdugos preparan el
madero. E s por esta época, también, cuando se celebra
por primera vez la fiesta de los siete dolores de la
Virgen.
A veces esta nueva devoción se desarrolla de tal
modo, que surge el riesgo de que la visión de los sufrí-
JH}, S lN T K S IS Dlí H ISTO RIA Olí I.A IGLKHIA

mientos obscurezca la verdad más importante del sacri


tk'io de dar la vida realizado a través de los mismos. De­
voción y dogma no siempre van de la mano. Empieza
a existir, en algunos casos, un pernicioso divorcio entre
teología y piedad. Es de notar que los tres grandes pre­
dicadores de la época: San Vicente Ferrer, San Hernar-
dino y San Juan de Capistratio. se hallan completamente
libres de esa tendencia, a pesar de que jamás en la his­
toria hubo otros predicadores que como ellos arrastrasen
a las masas humanas por su detallada exposición de los
tormentos de la pasión.
Este creciente divorcio entre el pensamiento católico
y la piedad católica popular, de lo que inevitablemente
se derivará una práctica algo mecánica de la religión,
una confianza desmedida en las prácticas y no pocas su-
]>ersticiones. tiene, indudablemente, relación con la ten­
dencia. entre los filósofos católicos del siglo siguiente
a Santo Tomás, a disminuir el papel de la razón. No es
el sistema y el espíritu de Santo Tomás lo que domina
en el pensamiento del siglo x iv , sino el espíritu escépti­
co. agnóstico, de Ockham. No podemos, realmente, po­
seer una garantía racional — tal es la conclusión a que
éste tiende — para las verdades más elementales de la re­
ligión natural. No hay nada absoluto en moral, excepto la
voluntad de Dios. La filosofía se convierte cada vez más
en una gimnasia mental, ingeniosa pero estéril. La men­
talidad que fomenta repugna al piadoso, v justamente,
pues esa autosatisfacción se encuentra en los antípodas
del ideal cristiano. Así, el teólogo cesa de nutrirse con el
necesario alimento mental, y la teología cesa de nutrir
a la piedad. Pensamiento y oración amenazan seguir ca­
minos distintos.
Prueba interesante de la decadencia de la teología es la
popularidad de Juan Wycliffe, el verdadero hereje de
la época. Este docto sacerdote inglés quería reconstruir
el cristianismo sobre la sola base de la piadosa medita­
ción de las Escrituras. El papado, la jerarquía, el sa­
cerdocio y los sacramentos eran para él otras tantas in­
venciones humanas. La única certeza se halla en la
Sagrada Escritura, y la única cosa realmente necesaria
DECADENCIA

es que las Escrituras se prediquen. Las indulgencias, la


confesión, la misa debían rechazarse. Y la Iglesia debía
volver a su primitivo estado de simple pobreza. Esta
doctrina revolucionaria, predicada en Inglaterra por los
lolardos durante unos cuarenta años (13 7 6 -14 15 ), conti­
nuó manifestándose en algunos rincones del país en el
transcurso del siglo siguiente. También fué llevada a Bo­
hemia, y en Juan Hus no sólo encontró un apóstol su­
mamente hábil, sino también su principal mártir. El mo­
vimiento nacional antigermano de los checos halló en la
herejía un medio adicional de expresión, y Hus, desde
su muerte, ha venido siendo el gran héroe de su raza.
Algo de esta mistna idea de que los sacramentos no
son realmente necesarios para la perfección, o más bien
que la única cosa necesaria en la vida espiritual es la
oración y la meditación sobre las Escrituras por parte
del individuo, puede hallarse también en el libro titulado
Theologia Germanica, que estuvo bastante en boga du­
rante toda la segunda mitad del siglo x v y cuya influen­
cia puede apreciarse en Erasmo y en Lutero.

E l Renacimiento. Aquí anidaba el germen de futuras


desazones, que al fin frustraron los es­
fuerzos de Martín v o Eugenio iv por la reforma v que
bien hubieran podido inquietar a estos papas, de no ha­
ber sido para ellos tan imposible como lo es para nos­
otros leer el futuro en el presente. Otra causa, más po­
derosa, de futuros males radicaba en el espíritu pagano
inherente al nuevo florecimiento cultural y literario, el
movimiento llamado Renacimiento por antonomasia.
Este florecimiento del siglo x v difería de sus prece­
dentes — los renacimientos mucho más potentes de los
siglos x ii y x iii — , ante todo, en que era un movimiento
artístico más que filosófico. Era la literatura, como tal, de
los griegos y los latinos lo que ahora tenía importancia.
Las ideas, aunque desde luego no se desdeñasen o igno­
rasen. tenían, sin embargo, una importancia secundaria
frente al modo con que se expresaban. L a verdadera in­
quietud de este renacimiento radicaba en la imaginación
y las facultades criticas del artista, y era. por tanto, de
190 SINTESIS DE HISTORIA DE I*A IGI.EftIA

un efecto directo sobre la sensibilidad. Consecuencia


inevitable de esta preocupación por lo individual y lo
personal íué una nueva exaltación del hombre. Lo pura­
mente humano fue ensalzado y venerado, adorado in­
cluso. cual nunca lo fuera desde los tiempos del viejo
paganismo. Nada hubiese podido ser más fatal para la
vida cristiana, aun en la plenitud de su vigor,’ que el
fomento de tai espíritu. Los papas que se convirtieron
en los patrocinadores de poetas, literatos y artistas, a los
que el movimiento debía su existencia, no se pusieron,
es verdad, a alentar ese espíritu, pero fueron demasiado
condescendientes en aceptar, por razón de su utilidad
artística, los servicios de unos hombres completamente
poseídos de ese espíritu, y esto en una época en que las
tradiciones cristianas pugnaban trabajosamente por re­
vivir, tras siglo y medio de decadencia.
Gradualmente, inevitablemente, el espíritu amoral del
renacido paganismo hizo presa en la Iglesia, deteniendo
en realidad todo el movimiento de reforma y divorcian­
do del mismo al papado. Porque el logro final· del neo-
paganismo renacentista y lo más inesperado de todo fué
conseguir el colapso moral del mismo centro del orbe
cristiano. E l papa Nicolás v (1447-1455) había deseado
ver a Roma convertida en el centro del nuevo saber, de
ia nueva cultura y del nuevo arte. Cincuenta años des­
pués Roma era todo eso y, además, el centro de todos
los nuevos vicios. Esta situación se prolongó por espa­
cio de unos cuarenta años, de modo que Adriano v i
(15 2 1-15 2 3), que vivió todo este período4, pudo prelu­
diar su reforma con la afirmación consciente de que
la Iglesia romana había sido el primer foco de todos
los males que los hombres de bien lamentaban por
doquier.
El sucesor inmediato de Eugenio iv fué Nicolás v,
que, como Tommaso Parentucelli, había sido uno de los
propulsores de la nueva escuela clásica; como teólogo
y experto helenista, había desempeñado un importante
papel en el sínodo conciliatorio de 1438, y como sacer-

6 Había nacido en 1459.


DECADENCIA 101

dote y obispo se había mostrado hombre de vida inta­


chable. Sti breve reinado, inmortal por el generoso me­
cenazgo en favor de científicos v artistas, del que son
testimonio la Biblioteca Vaticana y la nueva Basílica de
San Pedro, fue, sin embargo, una larga lucha con las
fuerzas que trabajaban contra la independencia del papa.
Para asegurarse la paz en casa y salvarla de las intri­
gas de los príncipes vecinos — durante esos años hubo
varios intentos de revolución en Roma, además de un
„ grave complot para asesinar al papa y a los cardena­
les — , Nicolás v púsose a sembrar la discordia entre sus
enemigos, política que había de volverse contra su propio
autor y sus sucesores.
El primero de éstos, Calixto n i (1455-1458), vióse
envuelto en una guerra italiana seguidamente a su elec­
ción. También Pío 11 (1458-1464) se encontró con que
una insoslayable guerra italiana absorbía todas las ener­
gías que él hubiese preferido destinar a la reconquista
de Constantinopla. Este papa, como Eneas Silvio Picco­
lomini, había sido una figura singularmente típica dei
renacimiento humanista. Fué un defensor del concilio
de Basilea y un adversario de Eugenio iv, v su vida
privada había sido tan mundana como la de muchos
otros humanistas. Luego se había reformado, hizo acto
de sumisión al papa, recibió las órdenes sagradas y de­
dicó su genio al servicio de la religión. Su nombre al­
canza valor de inmortalidad entre los papas por ser el
último de los cruzados. En este aspecto siguió fielmente
la política de Calixto 111. que se había declarado dis­
puesto a vender manuscritos lo mismo que cálices a fin
de aportar fondos para la reconquista de Constantinopla.
Pío 11 suplicó, exhortó, negoció con los príncipes católi­
cos durante todo el tiempo de su breve reinado. A l fin
reunió un ejército v una flota, los mejores que pudo,
pero insuficientes para enfrentarse'con los del poderoso
genio que gobernaba a los turcos, Mohamed 11, y murió,
viejo y agotado, al llegar a Ancona para participar de
las fatigas de la expedición.
También Pío 11 tuvo que hacer frente a diversas re­
beliones en sus propios estados, y no consiguió recaudar
192 S t N T l í S I S 1>E H1 S T OK I A 1>E Í,A K'.I.ESIA

de sus súbditos siquiera los impuestos destinados a la


defensa. Hacia el fin del siguiente pontificado — el de
Paulo 11 (1464-1471), un veneciano y otra figura erudita
del Renacimiento —, el papado era, sin embargo, lo bas­
tante fuerte para merecer la respetuosa desconfianza de
todos sus vecinos.
Sixto iv (1471-1484), Francesco della Rovere, tuvo
por ello que afrontar una oposición más fuerte que las
conocidas hasta entonces. Es con su reinado con el que
empieza el nuevo cautiverio del papado, su servidumbre
en métodos políticos al espíritu de los príncipes secula­
res de la época. Las armas espirituales de la Iglesia se
muestran sin eficacia alguna contra el espíritu impío de
las altas esferas, y los papas recurren en adelante, deci­
didamente. a las armas seculares de la diplomacia y la
política. Tal práctica había de resultarles no poco cara,
y en modo alguno obtuvieron siempre con ella el éxito
apetecido.

Los papas Generalmente se considera que a Sixto iv


secularizados. je correspondió gran parte de responsa­
bilidad por los escándalos de los sesenta
años venideros. Con sus nombramientos hizo que baja­
ra el prestigio del sacro colegio, y cedió los altos puestos
fiel gobierno pontificio a sus indignos parientes en un
grado jamás visto hasta entonces.
El sacro colegio era todavía un cuerpo muy limitado.
Raramente llegaban a veinte los votantes en un concla­
ve del siglo xv. De ahí el afán por parte de los príncipes
de obtener el capelo para algunos de sus súbditos y, así,
pesar en las elecciones y, en último término, obtener
nuevas concesiones de fondos eclesiásticos o de jurisdic­
ción. Los papas se ven, en ocasiones, constreñidos a ce­
der a tal presión, y empiezan a existir unos intereses
creados antipapales en el propio colegio cardenalicio.
Sólo un papa fuerte podrá mandar en su casa, y aun los
papas más fuertes, hasta el golpe de estado de León x
<·>' 1517, con la creación de treinta y gn cardenales de
una vez, se encontraron a menudo con que el sacro co-
M-gio escapaba a su dominio.
DECADENCIA

En cada vacante a partir de entonces, los cardenales


se unían en bloque para limitar el poder del papa que
iba a ser elegido, ora destinándose a sí mismos una nue-
¡va parte de la riqueza de la Iglesia, ya resucitando la
idea, marcadamente herética, de los concilios generales
periódicos para fiscalizar al papa. Lo asombroso, dada la
naturaleza humana y las circunstancias de entonces, es
que los papas de esa época resistieran siempre. Ninguno
de ellos cayó jamás en lá tentación de llevar a cabo las
capitulaciones, de unirse a sus colegas y patrocinadores
de los días de cardenalato en un saqueo colectivo de los
bienes eclesiásticos para el lucro personal. El peor de
los cardenales, una vez elegido papa, demostraba una
nueva lealtad a su ministerio, una lealtad engastada ilógi­
camente, si se quiere, en el desorden de su inmoralidad
personal, pero no menos real a pesar de ello. Un arma
de que disponían los papas contra los cardenales deslea­
les, era nombrar a sus parientes para el sacro colegio.
Así, de las nueve creaciones de Calixto m , tres fueron
para sobrinos suyos, lo mismo que otras tres de las diez
de Paulo n.
Sixto iv, por tanto, más que inventar un nuevo
principio, dió nuevo impulso a un principio ya existen­
te. Gracias al carácter de casi todas sus creaciones, el
sacro colegio se transformó rápida y decididamente
en m al; transformación, sin embargo, en la que las ne­
cesidades de la política tuvieron una parte, tan grande
al menos, como el excesivo amor del papa a sus parien­
tes. Ahora, por vez primera, son admitidos en el sacro
colegio personas indignas, y por un hombre, ex general
de los franciscanos, docto, humilde, laborioso, que se
halla por encima de todo reproche en su propia vida pri­
vada. De treinta y cuatro cardenales, nada menos que
seis son parientes suyos, sobrinos v primos. Para ellos
son todos los cargos más importantes, y las riquezas, en
forma de beneficios, se vuelcan liberalmente sobre ellos.
Uno solo, Giuliano della Rovere, reunía ocho obispados
en cuatro países diferentes, además de varias abadías.
A otros de su linaje que no abandonaron la condición
de seglares, el papa los elevó a aquellos cargos civiles
13 s. h. i.
ÜU SÍNTESIS. IHí HISTORIA DE I,A IGLESIA

v militares que no podía confiar a la desleal nobleza ro­


mana. Uno de los sobrinos pasó a ser prefecto de Roma,
a otro el papa le confirió lmola como feudo, luego de
haber obtenido su restitución del duque de Milán. Los
familiares del papa instalados en los puestos principales
de la Iglesia y el estado, reinando como vasallos suyos
en los feudos papales y unidos por lazos matrimoniales
a los principes vecinos: tales eran las líneas generales
del nuevo régimen gradualmente establecido por S ix ­
to iv para asegurar la paz en el exterior y el orden y la
tranquilidad en el interior.
Su política aseguró ciertamente el orden en el inte­
rior ; cierta clase de orden. Pero el sistema volvióse casi
inmediatamente contra sí propio, pues el sucesor de
cualquier papa que hubiera prodigado de ese modo los
cargos entre sus parientes tenía que enfrentarse con
una oposición permanente de la peor especie. Para lo
sucesivo hay que contar con un nuevo elemento en todos
los conclaves: la lucha de los que ocupan un cargo para
evitar la elección de un papa que pudiera desplazarlos.
A partir de entonces, en el sacro colegio, se forma un
sólido bloque constituido por ese grupo de parientes,
poderosos bajo el último papa y, casi inevitablemente,
en cerrada oposición a su sucesor. Muerto Sixto iv , la
influencia de della Rovere consiguió sin duda la elección
de su sucesor, victoria que no obtuvo dos veces, y, bajo
Alejandro vi, la pugna de della Rovere contra los Bor-
gia fué una de las principales características políticas de
la época.
La consumada perversidad de los sobrinos de S ix ­
to iv envolvió a la Santa Sede en una serie de episodios
infamantes y escandalosos: la terrible conspiración de
los Pazzi, por ejemplo, con el asesinato de Julián de Mé-
dicis, y la desastrosa guerra contra Venecia con que se
cerró el pontificado.
Siguió la elección simoníaca de Inocencio v m (1484-
1492), efectuada por cardenales todos ellos creación de
Sixto; efectuada principalmente por su sobrino más há­
bil, el cardenal Julián della Rovere, el mismo que un día
sería elegido papa simoníacamente y, bajo el nombre de
DECADENCIA 1*5

Julio ir, publicaría el edicto que en adelante haría impo­


sibles tales elecciones.
Con Inocencio v m el papado cae más bajo aún. No
es que su vida particular como papa fuese reprobable:
pero era débil y vacilante, mero instrumento de sus su­
bordinados, y esto siempre es un defecto en cualquier
gobernante. Pero él es el primer papa que reconoce a sus
hijos naturales nacidos anteriormente, que les brinda el
lugar que un príncipe casado brinda naturalmente a sus
hijos, y que se sirve de ellos en el juego diplomático, en
apoyo de la política papal. Casó a su hijo con la hija de
Lorenzo de Médicis, sellando así un pacto con el gran
príncipe-banquero florentino que, durante años, había
sido el más encarnizado enemigo del papado.
El conclave que siguió a la muerte de Inocencio cayó
más bajo aún que el que lo había elegido. Pues la mayo­
ría eligió, fuertemente sobornada, al cardenal Rodrigo
Borgia, un hábil gobernante, es cierto, pero un hombre
cuya vida, al cabo de cuarenta años en el sacro colegio,
era todavía tan públicamente escandalosa como cuando,
siendo un joven cardenal de veintiocho años. Pío n le
había reprendido por ello. Éste es el hombre conocido
como Alejandro vi.
Reinó durante once años (1492-1503). años que se­
ñalan un punto decisivo en la historia de Europa, pues
contemplaron el descubrimiento de América y la primera
aparición de España como un solo reino unido, después
de la expulsión final de los mahometanos en 1492, con
lo que dió comienzo esa pugna, prolongada por siglo
y medio, entre esta nación y Francia por el dominio de
Italia. Inevitablemente, el papado había de verse envuel­
to en esa larga contienda, en parte porque los papas eran
príncipes italianos, y en parte porque la necesidad a que
está sujeto el papado de hallarse manifiestamente libre
de la dominación xle cualquier estado determinado, hacia
imposible que los f>apas vieran con buenos ojos que
Francia o España se adueñasen realmente de cualquier
porción considerable de Italia, ya fuera del reino de Ñ a­
póles en el sur o del ducado de Milán en el norte. Lo úl­
timo para el papado era que un dia, el mismo poder.
1!)6 SÍ NTIÍSIS ni·: HISTORIA I)K I,A IGLESIA

llegara a adueñarse de las dos porciones. De ahí su eter­


na vacilación, que apoyaba por turno a España o a Fran­
cia para librarse de ser sojuzgado por la potencia rival,
y luego, al concretarse la victoria de su aliada, cuidaba
de impedir la destrucción del poder que había estado
combatiendo. Y para subvencionar todo ello/ejército,
flota, diplomacia, se necesitaba dinero y más dinero.
Ahora bien, para conseguir el dinero se adoptan todos
los recursos y métodos del estado moderno, y tales
métodos se aplican también a las finanzas eclesiásticas
y a los bienes espirituales.
Alejandro vi fué el primer papa a quien correspondió
hacer frente a una invasión francesa de Italia, así como
a la consiguiente guerra franco-española.
Con la muerte de Alejandro, en 1503, llegó a su fin
la inmoralidad de la corte papal. Los cardenales eligieron
como sucesor a un hombre admirable, el cardenal Fran­
cisco Piccolomini 5, que reinó sólo unas semanas. Luego
eligieron a Giuliano della Rovere, el papa Julio 11, que se
reveló rápidamente como uno de los gobernantes más
enérgicos de Europa. En Julio 11 (15 0 3 -15 13 ) la Santa
Sede tuvo lo que, dadas las características del nuevo sis­
tema, venía necesitando desde hacía mucho tiempo: un
papa que era un diplomático de primera línea y un ex­
celente general en el campo de batalla; un organizador
enérgico y capacitado, duro e inflexible. Con él, los ba­
rones romanos quedaron finalmente sometidos y los esta­
dos pontificios se organizaron realmente por vez pri­
mera, con el papa como gobernante efectivo. También
Julio 11, aunque su reinado se vió libre de muchos de los
vicios que habían degradado a Roma en la época de su
predecesor, llevó adelante su política de alianzas median­
te uniones matrimoniales. Casó a una sobrina con un
poderoso heredero de la casa de los Colonna; a un so­
brino con una Orsini, mientras que un segundo Orsini
se casó con una de las hijas naturales del propio papa.
Pero este papa aspiraba a mucho más que al encumbra­
miento de su propia familia. Julio era quien gobernaba,

ft Pío iíí
DECADENCIA 197

y cualquiera que fuese la dignidad a que promoviera


a sus parientes — introdujo a cuatro sobrinos en el sa­
cro colegio — , se la otorgaba por los servicios que po­
dían rendir a la Iglesia.
Dado el sistema de gobierno de la Iglesia, el tradi­
cional desde hacía cincuenta años, Julio n fué un papa
excelente; si, además, recordamos que fué precisamente
durante su reinado cuando la Santa Sede tuvo que afron­
tar realmente por primera vez el peligro político de los
grandes estados nacionales, deberíamos añadir que éste
fué el papa que requería la época. En adelante, Nápoles
no fué sino una provincia del nuevo imperio español. En
el norte, el ducado de Milán era poco más que una
provincia francesa, y Venecia, inevitablemente hostil a un
papa que se proponía arrebatarle las tierras pontificias
que venía ocupando desde hacía tanto tiempo, estaba a la
altura de su importancia internacional.
E l papa se impuso a Venecia mediante una alianza
con Francia y el emperador... sólo para encontrarse con
que Francia era ahora una amenaza mucho mayor de
lo que había sido Venecia. Empezó a negociar una alian­
za antifrancesa, y el rey de Francia replicó resucitando
una vez más el espíritu del concilio de Constanza. E l
emperador se le unió, y, con el apoyo de cinco cardena­
les, en mayo de 1 5 1 1 convocaron un “ concilio general”
para celebrar -en Pisa, para reformar la Iglesia en su
cabeza y en sus miembros. Todo el latente espíritu anti-
rromano, en Francia y en Alemania, se hizo eco inmedia­
tamente. Julio no tenía absolutamente nada que le prote­
giera, excepto la dignidad del papado. Un siglo después
de Constanza, el papado, todavía sin resolver el proble­
ma de su independencia política, se encontraba aún a mer­
ced de los príncipes católicos y amenazado con un nuevo
cisma, que los cismáticos trataban de justificar con el
nombre de Constanza y a base de las teorías que Cons­
tanza había consagrado.
El papa dió la réplica a los cismáticos convocando él
mismo un concilio: el v de Letrán, que abrió sus sesio­
nes en mayo de 15 12 . La diplomacia conquistó a Venecia
y logró desligar al emperador de su alianza con los fran-
U)8 SINTESIS 1>E HISTORIA 1>E I.A IGLESIA

ceses, que, después de perder a su mejor general en Ra-


vena (15 12 ), fueron arrojados de Italia por los aliados
del papa con una facilidad que dió a la victoria una apa­
riencia de cosa milagrosa. El concilio cismático se hun­
dió a remolque de la estrella política de su principal
patrocinador, v sin que se procediera a una disolución
formal, desapareció de la escena. El papa Julio murió en
este momento de triunfo, y la reconciliación con el rey
de Francia y los cardenales cismáticos quedó para su
sucesor.
El sucesor de Julio 11 fué el cardenal Juan de Médi-
cis. León x ( 15 13 -15 2 1). Su carrera sintetiza la época
con todas sus tendencias. Había recibido el capelo de
manos de Inocencio v in a la edad de trece años, como
parte del tratado de paz entre el papa y su padre, el po­
deroso señor de Florencia, el hasta entonces antipapal
Lorenzo. En su primer consistorio, León confirió el ca­
pelo a un nieto de Inocencio v m , que era a la vez so­
brino suyo, pues — y ésta era otra de las cláusulas del
tratado — la hermana de Juan de Médicis casó con el hijo
natural de ese papa. Otro pariente que recibió el capelo
en este consistorio fué el primo hermano del papa, Julio
de Médicis, hijo natural de un tío apuñalado durante la
misa, años antes, en Florencia, por unos asesinos que,
aunque no recibieran del papa reinante el encargo de
cometer tal acto, estaban ciertamente a su servicio y rea­
lizaron la hazaña en provecho del mismo. Otros tres so­
brinos y otro primo hermano completan la lista de pa­
rientes próximos, seis en total, nombrados cardenales por
este papa.
Como cardenal, León x, a la muerte de su padre,
había sido el cabeza de su familia. Una revolución obligó
a los Médicis a abandonar Florencia en 1494. Él fué el
centro de unión de la familia en el destierro, mantenien­
do esta misma supremacía cuando, en 15 12 , por efecto
del cambio político general, volvieron al poder. El hecho
de que el papa elegido en 15 13 fuese el jefe de la familia
reinante en Florencia, recientemente restaurada, añadió
todavía otra complicación más al embrollo de la diploma­
cia papal. Los papas Médicis que habían de gobernar
DECADENCIA

durante los veinte años siguientes en su lucha por la


Santa Sede, ni por un momento j>erdieron de vista los
intereses de la soberanía familiar. Las dificultades del
papa seguían siendo la oportunidad del cesar, y conse­
cuencia de la gran victoria francesa de 15 15 fue un con­
cordato que, no sin razón, es considerado como la más
amplia concesión a un cesar de jurisdicción eclesiástica
que conoció la época: concesión de derechos de nombra­
miento de tal alcance que, a efecto de gobierno, el papa­
do dejó prácticamente de funcionar en Francia, a no ser
por gracia de los reyes de este país.
Durante la mayor parte de esos veinte años f r 5 r 3-
15 2 1 y 1523-1534 ), la vacilante diplomacia de los Mé-
dicis pudo acarrear enormes daños al prestigio de la
Santa Sede y convertirla en el estado que menos con­
fianza merecía a príncipes y diplomáticos. Fue, en medio
de la inquietud mayor entre todas las que desazonaf>an
a León x, la próxima elección del joven rey de España
(rey también de Ñapóles, señor de las Américas recien­
temente descubiertas, de los Países Bajos y de Borgoña)
como cabeza del Sacro Imperio Romano, cuando hizo su
aparición la última de las complicaciones: la rebelión de
Martín Lutero. No es de extrañar que el papa desesti­
mase la importancia de esta última perturbación en una
Iglesia ya bastante trabajada. La política de León x lle­
vóle a desviarse de Francia y volverse hacia el empera­
dor, y luego, cuando tuvo noticias de los primeros éxitos
de la nueva alianza, murió prematuramente, en diciem­
bre de 15 2 1, cuando le faltaban todavía cuatro años para
alcanzar los cincuenta.
7. R e b e l ió n p r o t e s t a n t e

1517-1648

Lutero. L a Iglesia católica de los primeros años del si­


glo x v i, un centenar de años después de termi­
nado el cisma, estaba, pues, lastimosamente enferma, así
en la cabeza como en los miembros. Ni siquiera el mé­
dico más eminente hubiese sabido por dónde empezar la
cura. Y entonces surgió lo que la vida europea de los dos
últimos siglos habían echado en fa lta : un personaje ge­
nial. Fué éste Martín Lutero, religioso agustino, profesor
de teología en la universidad de Wittenberg, cuyo genio
destructivo consumó el más vasto repudio de la doctrina
tradicional y de la práctica religiosa que presenciara el
mundo desde los tiempos de A rrio o de Marción.
Lutero resumía en su persona cuanto de bueno y de
malo, cuanto había de más típicamente germánico, como
ninguno otro de su raza lo había logrado hasta entonces
ni lo lograría en lo sucesivo. Él era Alemania. Tierno de
corazón y brutal, sensible, embotado, contradictorio, abs-
truso, audaz y dogmático, arrogante, no demasiado in­
formado en ninguna de las materias de las que se ocupó,
excepto en la cuestión siempre tan importante de la na­
turaleza humana, de sus aspiraciones y, especialmente,
de sus debilidades, y el hecho en aquel entonces impor­
tante de los incontables escándalos en la vida eclesiás­
tica, sólo tuvo que alzar su potente voz; “ Y o . el Dr.
Martín Lutero” , coreada por el catolicismo germánico
con un clamor aprobatorio que conmovió a la Iglesia
hasta sus cimientos.
Lo mismo que otros muchos de su tiempo, Lutero era
un monje que nunca hubiera debido serlo, y que bajo
la superficie de su ajetreada vida monástica ocultaba
202__ SINTESIS DK HISTORIA DK L,A IGI,HSIA

insondables profundidades de ansiedad, fruto de la con­


tinua lucha por observar sus votos y de la dificultad en
mantenerse fiel a ellos y amigo de Dios. Su vida religio­
sa era subjetiva, como la de toda su época, y de buena
parte de la humanidad a partir de entonces. Su conoci­
miento de la teología era superficial en extremo. Sus
únicos mentores eran los escolásticos de la decadencia,
siendo nominalista su tendencia y estando, de hecho,
convencido de la imposibilidad de cualquier síntesis de
razón y fe. Abandonando esas fuentes infecundas Lute-
ro acude a la Sagrada Escritura y a San Agustín,
y paulatinamente elabora un sistema al margen de sus
dificultades. Los pecados del hombre, así se lo aseguraba
su alumbrado descubrimiento, no son culpa del hombre.
Éste no debe constituir, no constituye, una barrera entre
Dios y su propia alma, y se debe a una corrupción uni­
versal y esencial de su naturaleza, que es la consecuencia
del pecado de Adán. No sólo no puede el hombre evitar
el pecado: ni siquiera puede obrar bien aunque lo desee.
Sus acciones tienen que ser pecaminosas, aunque él no
tiene la culpa de que lo sean. De las penas que en justicia
le corresponden por ese cúmulo de maldades, el hombre
es redimido por la gracia de D io s; y la condición para
obtener la gracia de Dios es la fe, es decir, el hombre
habrá de creer que Dios quiere salvarle y habrá de
poner su confianza en ello. Tal es la teoría revolucionaria
llamada técnicamente justificación por la fe sola. Si esto
es verdad, entonces toda la estructura tradicional del
cristianismo es una mera ficción, vacía e inútil: la misa,
los sacramentos, las renunciaciones del sacerdocio, la je ­
rarquía docente, el papado, las prácticas de penitencia, el
ascetismo, los propósitos de dominarse a sí mismo, la
propia oración. Nada: todas esas cosas son un estorbo,
una enorme farsa, un tremendo sistema de embustes,
y, por lo tanto, hay que barrerlas y destruirlas por com­
pleto.
La ocasión se le brindó a Lutero con la llegada a Wit­
tenberg. en octubre de 15 17 , de los predicadores de una
indulgencia papal destinada a allegar recursos para la
construcción de la basílica de San Pedro, en Roma.
REBELION PROTESTANTE 203

Lutero entabló un debate en torno al tenia de las indul­


gencias y a la mecánica concepción popular de la salva­
ción mediante acciones piadosas y prácticas autorizadas.
La controversia así provocada continuó hasta el verano
de 15 18 . En este período se reveló Lutero como predi­
cador genial, ganándose con su furioso ataque contra
el papado como máquina financiera, una inmensa multi­
tud de adeptos en toda Alemania.
De Roma llegó la orden imponiéndole silencio y re­
quiriendo su sumisión. Lutero se mofó de ello en un gran
sermón sobre “ la farsa llamada excomunión'’. L a Iglesia
verdadera, explicó, es invisible. Se le concede un plazo
de sesenta días para que se presente en Roma. Tras
esto, Roma envió al cardenal Cayetano, uno de los más
grandes teólogos de la época, dominico ejemplar, para
arreglar la cuestión y procurar la sumisión de Lutero
o su arresto y traslado a Roma.
Y aquí empieza la historia de lo que no sólo salvó
a Lutero, sino que puso en marcha al luteranismo como
organización religiosa permanentemente establecida: la
intervención de los príncipes católicos, protegiendo al
hereje frente al papa. La cosa no se había llevado a cabo
con éxito desde los días de Arrio. Ciertamente se había
intentado, trescientos años antes de Lutero. por los
condes de Provenza, y ya hemos referido cómo el papa
organizó una cruzada que desbancó al protector. Ahora
se intentó de nuevo, y esta vez con éxito. La época de las
cruzadas había terminado. Las conveniencias y la polí­
tica, no los principios, regían el movimiento de los ejér­
citos católicos. Incluso el mismo papa no deseaba ofender
al soberano de Lutero. Y por idénticas razones, los prin­
cipes católicos no iban a apoyar al emperador en una
guerra contra los príncipes luteranos, no fuera a suceder
que una victoria católica contribuyese a restablecer en el
imperio aquel poder imperial tan temido por ellos.
L a situación política favoreció a Lutero y, al desple­
garse su genio, el movimiento avanzó de éxito en éxito.
Luego de predicar pasó a escribir revelándose como fo­
lletista. Pronto todo el mundo leía en Alemania sus es­
critos breves, que la recién inventada imprenta divulgó
204 S1NTHSIS 1>I\ historia dk i.a iomísia

como ningún libro había sido divulgado hasta entonces;


libros escritos en un convincente estilo popular, lleno de
frases logradas y con una ligera despreocupación por
cuanto hacia referencia a la honestidad, lo cual resultaba
más eficaz que cualquier argumento.
De su papel de protectores de Lutero los principes
pasaron, invitados por él mismo, al de patrocinadores
del movimiento, que en 1526 se convirtió en una especie
de departamento de estado, en la primera Iglesia pro­
testante organizada, dominada por el príncipe. Él mismo,
con anterioridad, había confiscado todos los bienes ecle­
siásticos y forzado los monasterios y conventos, los cua­
les. hay que reconocerlo, fueron abandonados por no
pocos religiosos y religiosas con escandalosa rapidez
para sumarse al nuevo movimiento, con harta frecuencia,
como predicadores y esposas de estos predicadores. A los
diez años del reto de Wittenberg, Alemania era el esce­
nario de un caos religioso, en el que había aparentemente
naufragado el catolicismo. L a confusión se había adue­
ñado de Escandinavia, al tiempo que amenazaba con
extenderse también a Polonia.

Calvino. Suiza tuvo también su revolución religiosa, y


un luterano francés refugiado en Suiza, Juan
Calvino, iniciaría, en la generación posterior a Lutero,
una nueva ofensiva que arrebataría a la Iglesia buena
parte de Francia, los Países Bajos y Escocia. E ra una re­
ligión militante, de cruzada, que había eliminado toda la
suavidad y disimulo del luteranismo y desarrollaba hasta
sus últimas consecuencias la doctrina latente en él, que
ni el propio Lutero se había atrevido realmente a afron­
tar : Dios crea a unos para salvarlos y a otros para mos­
trar, al condenarlos, su justicia divina. Así, por predesti­
nación y por la exclusiva voluntad de Dios hay dos
clases de hombres: los elegidos y los reprobos. El calvi­
nismo rechaza todo patrocinio de la religión por el esta­
do. Sitúa al estado en el plano de los seres humanos
que lo gobiernan, y éstos, elegidos o reprobos, están
sometidos a la Iglesia. Ni el más soberbio teorizador
papal del siglo x iu hubiese podido enseñar a esos pri-
REBEMÓN PROTESTANTE

meros calvinistas nada acerca de la primacía de lo espi­


ritual. Y , en Ginebra, la influencia de Calvino estableció
tin modelo para todos los estados, una república donde
los ministros calvinistas gobernaban, juzgaban y casti­
gaban todos y cada uno de los pecados y flaquezas hu­
manas, tal como imaginaban que un día Dios juzgaría
y castigaría para la eternidad. En Ginebra fundó Calvino
un importante colegio, donde recibieron instrucción los
ministros calvinistas, muchos de ellos ex sacerdotes y re­
ligiosos, con cuya labor conquistó miles de adeptos para
la secta.

Inglaterra. El tercer elemento principal de la Reforma


fue inglés. Inglaterra había resistido al lute-
ranismo del modo más ortodoxo, y el rey Enrique v iii
(150 9-1547) había combatido a Lutero y recibido de
León x, en reconocimiento a su libro La defensa de los
siete sacramentos, el título de defensor de la fe. Pero diez
años después, aunque su fe seguía siendo la misma. Enri­
que empezó a planear un cisma. E l motivo fué su deseo
de que Roma declarase inválido y nulo su matrimonio, y
su creciente convencimiento de que, a los ojos de Roma,
el matrimonio era perfecto y válido. L a única forma de
eludirlo sería una repudiación de la primacía pontificia
sobre la Iglesia universal. Si los papas no eran primados
universales, el episcopado local tendría tanta autoridad
como los papas habían reivindicado para sí. La cuestión
del matrimonio podía dejarse que la decidieran los obis­
pos ingleses, y Enrique no abrigaba la menor duda acer­
ca de cuál sería la decisión de éstos.
Entre 15 3 1 y 1535, los años del pontificado de Cle­
mente vil (15 2 3 -15 3 4 ), la reforma inglesa consumó sus
actos más esenciales. Se repudió la supremacía papal y se
declaró al rey cabeza suprema, en la tierra, de la
Iglesia de Cristo en Inglaterra. Esta nueva doctrina
habían de reconocerla bajo juramento todos los súbditos.
La pena era de muerte para los que se negasen, y pronto
una valiente minoría de cartujos, monjes, algunos sacer­
dotes seculares, el obispo de Rochester, Juan Fisher
y Tomás Moro, últimamente canciller del reino, subió al
206 SÍNTESIS 1>E HISTORIA DE LA IGLESIA

patíbulo antes que abjurar de su fe. Sobre Inglaterra se


extendió un reinado de terror que duró varios años.
Fuera de su insubordinación contra la autoridad pon­
tificia, ya definida en Florencia en 1439, Enrique vn r se
mantuvo ortodoxo durante el resto de su vida, así como
enemigo de las nuevas doctrinas. No obstante, era entre
los nuevos herejes donde había encontrado a sus prin­
cipales instrumentos, y de acuerdo con el espíritu de los
mismos disolvió los monasterios, allanó los conventos
confiscando sus rentas, naturalmente, e hizo traducir
la Biblia oficialmente al inglés repartiendo copias de la
misma a todas las iglesias. Murió en 1547, dejando como
heredero un niño de nueve años.
Durante los seis años del reinado de Eduardo vi
(1547-1553), el partido herético ganó terreno entre los
consejeros del soberano anterior y la reforma continental
obtuvo su primer triunfo en la isla. La misa quedó pro­
hibida, y en su lugar se proyectó e impuso un rito sin
sacrificio. A Eduardo le sucedió su hermana mayor,
María, católica a ultranza, y con su advenimiento se
produjo un retorno al catolicismo y una enérgica perse­
cución de la herejía (1553-1558).
María, empero, no tuvo descendencia, y la hija menor
de Enrique v m , que la sucedió en el trono, Isabel (1558-
1603), volvió a la nueva secta. La restauración católica
patrocinada por María vióse contrarrestada y el régimen
protestante, en parte calvinista, en parte luterano, de la
época de Eduardo v i se impuso de nuevo. Los obispos
católicos fueron depuestos todos y encarcelados. Se creó
una nueva jerarquía. Al soberano se le declaró una vez
más autoridad suprema en los asuntos eclesiásticos; se
prohibió de nuevo la misa y volvió a imponerse el servi­
cio religioso eduardino. El castigo para quien se negara
a hacer los nuevos juramentos era la pena de muerte.
Se obligó a todo el mundo, bajo pena de fuertes multas,
a asistir a los nuevos servicios religiosos todos los do­
mingos y fiestas de guardar. Todos los sacerdotes queda­
ron obligados, bajo pena de reclusión perpetua, a atender
a tales servicios. Tiempo vendría en que decir it oir misa
o incluso ser sacerdote acarrearía la muerte.
REBELIÓN PROTESTANTE 207

Lutero había iniciado su acción en 1 5 1 7 . Hacía 1560


la revolución religiosa, en sus líneas esenciales, se había
completado y Europa quedó estructurada aproximada­
mente sobre la misma base actual. Irlanda, España, Ita­
lia, el sur de Alemania y Polonia eran católicas. Francia
y los Países Bajos se dividían aún entre una y otra ten­
dencia. El resto de la cristiandad se había rebelado
situándose en una permanente oposición a la Iglesia ca­
tólica, o para expresarlo en términos vulgares, era pro­
testante.
A esta gran revolución se la conoce universalmente
con el calificativo de Reforma; pero, si reformar signi­
fica corregir los abusos de un sistema, enderezar lo tor­
cido, restaurar las buenas costumbres, tal denominación
es engañosa. Lo que Lutero, Calvino y demás herejes
hicieron no fué reformar el sistema católico en que ellos
se habían formado, sino crear nuevos sistemas, sistemas
basados en sus revolucionarias y falsas teorías teológicas.
La Iglesia católica, sin embargo, no desapareció. L a pér­
dida de tantos millones de fieles no la destruyó, y en el
seno de la Iglesia católica el movimiento para desarrai­
gar los abusos, para sanear la administración y revisar
tanto el mecanismo como las creencias para cuya protec­
ción existía el mecanismo; ese movimiento que jamás se
había paralizado por completo, ni siquiera bajo los peores
papas, empezó ahora a vencer todos los obstáculos. Este
movimiento es, sin duda alguna, una reforma en el más
exacto sentido de la palabra. En efecto, la reforma ca­
tólica en el siglo x v i fué el triunfo más grande de lo
espiritual sobre lo material — de los aspectos más nobles
del hombre sobre los más bajos, que desde hacia tanto
tiempo venían triunfando — que el mundo haya presen­
ciado jamás. El problema inicial de la perversidad se
enfoca, no ya negando, con Lutero. la responsabilidad del
hombre, sino reconociéndola, y del modo más absoluto.
El único remedio, se declaró, está en el arrepentimiento
y la enmienda. Los medios son la oración, la penitencia y
una más estrecha unión con Dios, de cuya gracia, real­
mente, depende todo. Las nuevas sectas solventaban la
dificultad de la práctica religiosa haciendo concesiones
‘¿OM S í N T líSIS DK H ISTO RIA IMí I,A IGI.KSIA

a la debilidad humana. P ero, 1a Iglesia católica mantuvo


el ideal a su eterna altura, y con una política sin conce­
siones combatió la natural tendencia humana a rebajarlo.

Los reformadores Esta gran restauración de la espiritua-


um víteos. lidad católica recibe, generalmente, el
nombre de Contrarreforma; y si con
ello quiere decirse que tué la réplica de la Iglesia al reto
de los reformadores, puede admitirse el término.
Ksta renovación cíe la vida espiritual fué obra prin­
cipalmente de siete grandes papas: Paulo iii (1534-
1549), Julio ni (1550-1555), Paulo iv (1555-1559).
Pío iv (1559-1565), San Pío v (1566-1572), Grego­
rio x iii (1572-1585) y Sixto v (1585-1590). Fueron estos
pontífices verdaderos capitanes de la Iglesia, secundados
por toda una pléyade de santos realmente grandes. Estos
santos, con las órdenes religiosas que fundaron o refor­
maron, así como con las muchas almas que influyeron
con su santidad, supusieron un ejército de ejecutores de
la nueva política pontificia, que, con el gran concilio
de Trento, es el logro supremo de esos sesenta años.
Los papas seguían siendo, en muchos aspectos, hijos
de la época en la que luchaban por restablecer los ideales
católicos, y siguieron haciendo uso de todos los medios
que se les ofrecían: las armas de la diplomacia y aun
de la guerra, y no sólo la meramente defensiva. Existe,
pues, un aspecto político en las actividades de esos papas
de la Contrarreforma, que dificulta no pocas veces el
progreso de la misma. Además, no hay que omitirlo, los
papas portaestandartes de la reforma eran también hi­
jos del Renacimiento, y algunos de los hábitos señalados
anteriormente continuaban dominándoles, si no en su
vida privada, sí, en cambio, en su gestión pública de la
política de la Iglesia. Paulo n i, por ejemplo, en medio
de las complicaciones que suponía su plan de convoca­
ción de un concilio general, nunca dejó de lado sus pla­
nes de colocar a su familia entre los principes reinantes
de Italia.
La elección de Paulo m , Alejandro Farnese. tuvo
lugar en 1534, a los diecisiete años de haber iniciado Lu-
REBELIÓN PROTESTANTE 209

tero su campaña y catorce después de su solemne con­


denación y excomunión por León x. Aunque no resulte
muy exagerado decir que a León x hubieran tenido que
empujarle para que emprendiese alguna acción contra
Lutero — es verdad que tampoco advertía la importancia
de lo que estaba sucediendo, atado como estaba ya con las
complicaciones de la situación política en Alemania — ,
había, no obstante, intentado en principio unir a los prín­
cipes para contener al heresiarca. L a dieta de Worms,
que había presenciado el enardecido reto de Lutero, veía
también la manifiesta división de los católicos, con sus
obispos totalmente indiferentes o, como refirió el legado
pontificio, temblando lo mismo que conejos cogidos en
la trampa. Se debió en gran parte a los obispos el que
el emperador, deseoso de una acción vigorosa, quedase
reducido a una minoría de uno solo.
León x murió en diciembre de 15 2 1, tan inesperada­
mente — contaba sólo cuarenta y seis años — y tan car­
gado de deudas, que la noticia causó un verdadero pánico
financiero. Su sucesor era un sencillo y probo holandés,
antiguo profesor de teología en la universidad de Lovaí-
na y sacerdote ejemplar: el cardenal Adriano de Utrecht.
Leyendo los memorándums redactados para él por dos
de los reformadores pertenecientes al sacro colegio: el
alemán Schinner y el italiano Lorenzo Campeggio1 . se
aprecian en seguida las causas del mal y, al propio tiem­
po, se comprende por qué la reforma se hallaba tan en
sus comienzos desde hacia tanto tiempo. Los hábitos per­
niciosos de tantas generaciones habían creado, para esas
fechas, un especial interés en el mantenimiento de los
abusos. Y si se barría el lodo, ¿podría sostenerse la
pared ? La venta de cargos, instaban los cardenales, debía
cesar y había que reducir el número de funcionarios.
Tendrían que fijarse salarios y reducir las pagas. No de­
berían concederse beneficios sin el consentimiento del
beneficiado legítimo. Nadie debería gozar más que de
un solo beneficio; a nadie debería concederse una abadía

1 Este cardenal fue a Inglaterra seis años mas tarde para presidir,
con Wolsey* la vista de la causa de nulidad del matrimonio d? Enrique v n i .

14 f. 11. 1
S ÍN T E S IS HF H ISTO R IA 1>F I,A IC.I.FSIA

simplemente para tener derecho a una renta. Había que


restringir las indulgencias. El papa no debía prescindir
de las decisiones de sus tribunales. Los cardenales ha­
bían de contar con unos ingresos fijos, v ninguno de ellos
debía ser al mismo tiempo obispo. Tampoco deberían
hacerse más concesiones de jurisdicción a los príncipes.
El papa comenzó por decir a los cardenales que “ los
escándalos romanos eran la hablilla del mundo” . E l sa­
cro colegio había acudido a recibirle en la frontera de
los estados pontificios, y fué preciso explicarle que ellos
eran los cardenales, pues así por su indumentaria como
por sus modales eran simplemente príncipes del Renaci­
miento. Adriano v i puso en seguida manos a la obra,
y lo primero que hizo fué desmontar la estructura finan­
ciera de la Iglesia, que León x había dirigido como una
banca. Diez mil solicitudes de favores, privilegios y nom­
bramientos aguardaban al nuevo papa. Concedió uno
solo. “ Aquí tiembla todo el mundo, escribía el embajador
de Venecia a los suyos; los cardenales ya han puesto sus
barbas a remojar” . De la corte que le había legado su
predecesor — una corrompida masa de parásitos, liberti­
nos, pendencieros y rufianes — surgieron rugidos de ra­
bia contra el papa “ tacaño” , e incluso calumnias y com­
plots para asesinarle.
El papa se mantuvo firme y entonces la plaga cedió
y la podredumbre se retiró de Roma, capitaneada por los
cardenales mundanos. Todas las concesiones a los prín­
cipes sobre el derecho de nombramiento para beneficios
menores, hechas a partir de 1492, fueron revocadas aho­
ra. Para proseguir la labor de salvamento del catolicismo
alemán, se envió un legado especial a esa nación, con el
encargo de declarar, en nombre del papa, que la herejía
era una calamidad debida principalmente a los pecados
de los prelados y del clero, y que el mal se había propa­
gado del papa a la jerarquía, y de los obispos al pueblo.
Era una confesión franca y sencilla, con valor de una
garantía respecto al deseo verdadero del papa de refor­
mar la Iglesia. Mas, para la propaganda luterana, fué
simplemente un testimonio papal que venía a corroborar
la verdad de sus argumentos. La dieta de Nuremberg,
KEBEMÓN PROTESTANTE 211

en la que hablaron los legados, se negó a poner en ejecu­


ción los edictos antiluteranos, declarando que eran “ im­
practicables ” ; y fué el voto de los sacerdotes católicos
lo que inclinó a la dieta en tal sentido, pues eran m ayoría
en los escaños. A la mayor parte del alto clero alemán
le era indiferente en absoluto el progreso del luteranismo,
así como durante generaciones le había sido completa­
mente indiferente la suerte del catolicismo. Esta inercia
había de representar una de las mayores dificultades
para Roma en los setenta años siguientes.
Adriano vi reinó demasiado poco tiempo, por todos
los conceptos. Su muerte (14 de septiembre de 1523)
sobrevino exactamente a los doce meses y dos semanas
de su desembarco en Ostia, y con Clemente v n (Julián
de Médicis), primo de León x, el mal retornó de nuevo.
Aunque no, por cierto, con la misma fuerza de antes,
pues Clemente no era, en modo alguno, personalmente,
un indigno. Pero el vigoroso impulso reformador quedó
detenido, y es indudable que la reforma no volvió a inten­
tarse con el espíritu radical del papa holandés hasta Pau­
lo iv, treinta años más tarde.
Los once años de reinado de Clemente v n (1523-
1534) fueron un continuo desastre. Este papa había sido
un admirable arzobispo de Florencia y uno de los con-
tadísimos prelados que tomó completamente en serio los
edictos del v concilio de Letrán en pro de la reforma.
Pero era timorato y vacilante, y aunque sólo contaba
cuarenta y cinco años al ser elegido, careció de la energía
necesaria.
Empezó por enviar a Alemania al más hábil cano­
nista de la curia, el antiguo consejero de Adriano v i,
Campeggio (febrero de 1524). Bajo su presidencia cele­
bróse un concilio nacional en Ratisbona y se decretaron
numerosas reformas, al tiempo que el legado conseguía
formar la Unión de Ratisbona, por la que los principes
se comprometían a no admitir más innovaciones. Luego
se produjo el levantamiento de los campesinos y su san­
grienta represión. Esto lo interpretó Roma — tan mal in­
formada estaba — como una derrota de Lutero, y el papa
envió a Felipe de Hesse un mensaje de felicitación..., sin
212 SINTESIS 1>E HISTORIA DE T.A IGLESIA

sal>er que este príncipe alemán era luterano desde hacía


ya dos años.
Luego intervino la política internacional, la eterna
oscilación papal entre Francia y los Habsburgos. El papa
estuvo pronto en guerra con el único adalid de la fe en
Alemania, el emperador, v en 1527 un ejército imperial
tomó v saqueó Roma con una brutalidad poco corriente
hasta en aquellos tiempos. Durante varios meses el papa
tué prisionero del emperador.
Las cartas dirigidas a Alemania fueron escaseando
cada vez más, y durante algún tiempo las comunicaciones
cesaron por completo. Se reanudaron al llegar a un
acuerdo Clemente v n y Carlos v, y entonces, una vez
más. empezó a requerirse la celebración de un concilio
general. A Clemente, la sola idea de un concilio le cau­
saba pavor. Abrigaba temores de que pudiera significar,
por añadidura a las inquietudes que ya le atormentaban,
un nuevo motivo de división entre católicos en torno a los
papeles respectivos del concilio y del papa. M ejor era
dejar que las cosas siguieran en Alemania el mismo cur­
so que en los últimos años, antes que exponerse a que
surgieran nuevas divisiones en torno a la cuestión conci­
liar. Xo obstante, el papa tuvo que fingir su aquiescencia,
puesto que el emperador se mostraba porfiado; pero sólo
accedió a condición de que los protestantes volvieran
a someterse primero y, después, que prometieran por
adelantado atenerse a las decisiones del concilio.
En cuestiones tales como recibir la comunión bajo
ambas especies y el matrimonio en el clero, el papa estaba
dispuesto a hacer concesiones. Pero el emperador no
se fiaba del papa; y cuando los príncipes protestantes se
negaron a discutir siquiera un retorno provisional a la
sumisión, el proyecto de celebrar un concilio se vino
abajo. Lo que Roma no había advertido aún era que el
protestantismo ya había pasado a constituir un complejo
de intereses creados, una verdadera organización, y no
simplemente un problema de teorías erróneas entre los
teólogos alemanes.
Las cosas seguían aún en ese estado tan poco satis­
factorio cuando (septiembre de 1534) nutrió el papa.
REBELIÓN PROTESTANTE 21»

El conclave que siguió fwé casi el más breve que


registra la historia. Apenas transcurridas un par de ho­
ras, los cardenales habían elegido, por unanimidad,
a Paulo i i i , cardenal Alejandro Farnese. E ra éste un
débil anciano de sesenta y seis años, con la salud que­
brantada, pero, como lo atestiguan los maravillosos re­
tratos del Tiziano, sin merma alguna en su vigor intelec­
tual o en su natural viveza.
A Inocencio v m debía su primera promoción, y A le ­
jandro v i fué quien le abrió el camino de la fortuna al
concederle el capelo cardenalicio, en unas circunstancias
que nada decían en favor de su buen crédito, cuando sólo
contaba veinticinco años Hasta la edad madura vivió la
vida liviana de la corte, fué un generoso patrocinador
de las artes y adquirió una bien cimentada reputación
como uno de los hombres más cultos de su tiempo. H a­
bía servido a la Santa Sede admirablemente como admi­
nistrador y diplomático. Luego, a sus cincuenta años, se
había convertido, recibió las órdenes sagradas y dedicó
sus grandes facultades a la causa de la reforma. Había
ya sido candidato al papado en el conclave de 15 2 1, y de
nuevo en el de 1523.
Una vez elegido papa, actuó sin pérdida de tiempo.
Un nuevo tono empezó a notarse en todas las instruccio­
nes de Roma a los agentes papales en Alemania. Teolo­
gía, y no solamente, como venía ocurriendo desde hacía
demasiado tiempo, política y diplomacia, era ahora la
orden del día. Se convocó a los expertos en cuestiones
alemanas y, para remediar la increíble ignorancia de la
Curia romana acerca de la situación en aquellas regiones,
se encomendó a uno de los más destacados de entre ellos,
Vergerio, la misión de recorrer Alemania para informar
luego a Roma. Esta misión de Vergerio no fué sino la
primera de una serie de ellas que habían de conducir, por
último, al establecimiento dentro del imperio de un sis­
tema de embajadores eclesiásticos permanentes, antece­
sores de las modernas nunciaturas, a través de los cuales
se vertería principalmente la actividad reformadora del
papado. Aquí, como en todo lo demás, Paulo 111 se
muestra como un innovador.
214 SlNTESTS DE HISTORIA DK I.A IGLESIA

El papa anunció a su primer consistorio que convo­


caría el concilio tanto tiempo deseado, y, a despecho de
las vacilaciones del emperador, temeroso de que ante la
noticia se rebelasen los luteranos, apareció efectivamente
la bula de convocación en 1536. E l concilio había de ce­
lebrarse en Mantua, en mayo de 1537. Los protestantes,
puestos en aprieto por esta innegable demostración de la
voluntad pontificia de reforma, se rebelaron y, en el
Artículo de Esmalcalda, sus teólogos declararon una vez
más la guerra al catolicismo, mientras sus príncipes de­
volvían. sin abrir, las cartas en que se les invitaba al con­
cilio. Los franceses eligieron este momento para reanu­
dar su guerra con el emperador y alegaron los riesgos
que supone viajar en tiempo de guerra como razón que
les impedía tomar parte en el concilio.
Todo se conjuraba así para detener al papa, mas él
perseveró tenazmente en su propósito. Después, en el úl­
timo momento, cuando sólo faltaban cuatro semanas para
la reunión del concilio, el duque de Mantua se negó
a darle hospitalidad en su ciudad. E l papa se limitó
a buscar otro punto de reunión, y al cabo de meses de
negociaciones consiguió de la República de Venecia la
ciudad de Vicenza para este fin. De nuevo se convocó el
concilio, que debía reunirse allí para mayo de 1538. Se
preparó el programa, se designaron los legados y llegó
la techa señalada. Pero a Vicenza no acudieron, aparte
de los legados, más que cinco obispos. Del resto del epis­
copado católico no se tuvo ni una señal, ni un delegado,
ni una justificación. El papa, aparentemente, se encon­
traba solo en su afán reformador. Los obispos alema­
nes se mantenían en su apática y mundana indiferencia.
Los franceses hacía tiempo que se mantenían aleja­
dos por las intrigas del rey inglés, Enrique v m , y la
disculpa de la guerra. Paulo ji i aplazó el concilio por un
año y aprovechó el intervalo para reconciliar a los fran­
ceses con el emperador.
Luego surgió el obstáculo mayor de cuantos se ha­
bían presentado hasta entonces. Persuadido el empera­
dor de (jue un compromiso con el protestantismo era
posible, la víspera de la fecha señalada para la aplazada
REBEI.IÓN PROTESTANTE 215

apertura del concilio se comprometió con los luteranos


a convocar una reunión de mesa redonda para el arreglo
de las diferencias doctrinales. Parecía como si el empe­
rador y los luteranos fuesen a llegar a un acuerdo y pre­
sentar al papa el hecho consumado.
L a situación exigía que el papa pusiera a contribu­
ción todos sus recursos. No tuvo más remedio que sus­
pender el concilio indefinidamente: no era posible expo­
nerse ahora a una repetición de la farsa de 1538. Por
otra parte, tenía que vigilar, de un modo u otro, la nueva
y peligrosa política de “ reunión" antes de que acabase
con el poco de auténtico catolicismo que aún quedaba en
Alemania. L a Alemania católica no debía tomar decisio­
nes en cuestiones de fe sin consultar a la Santa Sede,
y, sin embargo, Roma no debía mostrarse dictatorial
y arrojar a esos católicos mal preparados en manos de los
luteranos. L a tarea requería los cerebros más preclaros,
las inteligencias más claras de que disponía el papado.
En Contarini y en Morone, eclesiásticos de limpio histo­
rial, doctos, sagaces, pacientes, caritativos, resueltos
y comprensivos con las necesidades que habían provoca­
do el rompimiento, encontró Paulo 111 unos agentes idea­
les para este servicio. L a gran conferencia acabó en un
fracaso. Pero había servido para aplazar el concilio por
otros tres años, y en este sentido los luteranos se habían
apuntado un éxito. Pero, por otra parte, los católicos ale­
manes habían aceptado la autoridad de la Santa Sede. Su
prestigio al norte de los Alpe:» alcanzaba un nivel supe­
rior al que viniera teniendo durante generaciones, y la fe
quedaba a salvo en Alemania.
Paulo i i i , sin acobardarse por los sucesivos fracasos
a lo largo de ocho años, emprendió una vez más la tarea
de convocar el concilio.

Trcnto. Tampoco durante otros cuatro años logró su


empeño. Pero el concilio pudo reunirse al fin en
diciembre de 1545, y no en Mantua o en Vicenza, sino
en Trento, ciudad imperial situada justamente fuera de
la frontera italiana. L a reunión, además, no se debió
a ningún rey o emperador. Era verdaderamente el con-
216 S ÍN T E S IS 1)R H ISTO RIA I»K I.A IGI.KSIA

cilio del papa; y esto porque sólo su paciencia, su habi


lidad diplomática y su voluntad de reforma habían hecho
factible su celebración.
El emperador no deseaba excesivamente que tuviera
efecto el concilio; pero lo necesitaba principalmente para
poner coto a los abusos, y nada temía tanto como las
definiciones claras en los puntos doctrinales controverti­
dos. En beneficio de la unidad política estaba dispuesto
a transigir con la herejía. El papa insistió en la función
dogmática del concilio y dispuso que los dos aspectos de
la labor del concilio se estudiasen simultáneamente. Sólo
a los obispos se les concedió voto, y el papa envió a tres
cardenales para que presidieran, como legados suyos: del
Monte (el futuro Julio m ), Cervini (el futuro Marce­
lo n) y el inglés Reginald Pole. Los decretos eran re­
dactados por comisiones de teólogos expertos. Luego
pasaban a ser discutidos por los obispos en sesiones pri­
vadas y. finalmente, llegados a un acuerdo, eran solemne­
mente promulgados en sesión pública.
Todo el cuerpo de doctrina católica se discutió a la
luz de la crítica protestante, y fué ratificado, a la’ vez que
se publicaban edictos sobre la Sagrada Escritura, el pe­
cado original, la justificación, los sacramentos en general,
el bautismo y la confirmación. A l propio tiempo se esta­
blecieron nuevas reglas prácticas para el uso de la B i­
blia, para la enseñanza de la teología, para regular la
predicación, en orden a la abolición del abusivo sistema
del predicador de colectas para indulgencias, y una mul­
titud de reglamentos, con penas automáticas, para la re­
forma de la vida episcopal y un mejor control de la vida
clerical por los obispos locales.
Hasta el último momento el emperador puso reparo
a los decretos dogmáticos, y sobre todo al de la justifi­
cación.
Una vez puesto en claro el abismo que separaba
la doctrina católica de la teoría protestante, no podía ha­
ber esperanza de un arreglo diplomático que permitiese
a católicos y protestantes ser miembros de una misma
Iglesia. Algo de esta esperanza nunca dejó de perseguir
la mente del emperador.
KKUKMÚN PKOTK8TANTK 217

Al terminar el año 1546, los legados, incómodos por


la amenaza que representaba la influencia del emperador,
empezaron a pensar en trasladar el concilio a alguna ciu­
dad de Italia. El emperador, en réplica, amenazó con
ponerse por su cuenta de acuerdo con los protestantes.
Luego, en febrero de 1547, se declaró la peste en
Trento y el 11 de marzo el concilio acordó, por una ma­
yoría de dos tercios, trasladarse a Bolonia, con la enér­
gica protesta de los cardenales y obispos imperiales.
A Paulo iii no le causó demasiada satisfacción el
traslado, que, según él barruntaba, representaría una
grave interrupción de la labor emprendida. Carlos v es­
taba furioso. Denunció el traslado como una estratagema
papal y lanzó la amenaza de convocar un concilio por su
cuenta y de celebrarlo en Roma.
Exactamente diez días después de esto, el emperador
consiguió la gran victoria de su reinado sobre los protes­
tantes en Mühlberg (24 de abril, 1547). Su gran enemigo,
Francisco 1 de Francia, había muerto tres semanas antes,
y Carlos era, por el momento, dueño de Europa como
nadie lo había sido desde los días de Carlomagno. Si ha­
bía que evitar el cisma, el papa tenía que transigir; y el
fin de las largas negociaciones fué la suspensión del con­
cilio (febrero de 1548).
Paulo n i es el papa que convocó el concilio de Tren-
to. Pero Trento nunca hubiera funcionado si el papa no
hubiese creado previamente todo un cuerpo de nuevos
expertos inspirados en un gran celo por la reforma, ca­
pacitados y deseosos de emprender la tarea técnica y su­
mamente laboriosa que implicaba la dirección del conci­
lio. Y también, en los once años durante los cuales la
tenacidad del papa batalló para que el concilio llegase
a tener efecto, batalló con igual afán para reformar su
propia casa y los empleados de la curia.
En los sucesivos consistorios Paulo 111 otorgó el
capelo cardenalicio a los más distinguidos eclesiásticos
de la época, incluso — en el caso de Contarini, un Tomás
Moro veneciano — a un seglar. Jamás se vió un más sa­
bio, más pronto ni más generoso reconocimiento de la
síntesis de talento y virtud. Jamás el sacro colegio había
21» SINTIÍSIS DE HISTORIA DE I.A M.I.ESIA

ofrecido un conjunto tan destacado como durante este


pontificado.
Mientras la Roma oficial soslayaba el nuevo espíritu,
los nuevos cardenales trabajaban hasta presentar, en
marzo de 1537, al papa su famoso informe, Dictamen de
la comisión de cardenales sobre la reforma de la Iglesia,
emitido por orden del papa Paulo m . Aquí se halla en
embrión toda la reforma que Trento había de decretar
más adelante.
Estudiar, planear y decretar la reforma era relati­
vamente fácil. Faltaba que los decretos se cumplieran.
Al mostrarse la curia reacia, como ante una táctica lenta
de persuasión no queda más alternativa que la destitu­
ción, y la destitución del personal técnico sólo hubiera
llevado a una paralización de toda la máquina adminis­
trativa del gobierno de la Iglesia, la reforma progresaba
muy lentamente. Paulo 111 no se dejó vencer por el des­
ánimo. Conocía demasiado bien a la naturaleza humana
para hacerse la ilusión de que los abusos podrían re­
mediarse por la legislación tan sólo. Advirtió a los car­
denales que las dificultades serían casi insuperables, man­
tuvo incesantemente la actividad reformatoria de los
mismos y les daba nuevos ánimos cuando vacilaban ante
la tarea que les aguardaba. Tampoco esperó el papa a que
se reuniese el concilio para lanzarse a la obra de refor­
mar la Iglesia en general. Se han hallado centenares de
cartas suyas dirigiendo la reforma de monasterios y con­
ventos en todos los lugares de Europa. La orden del pro­
pio Lutero y los dominicos fueron especialmente objeto
de la vigilancia del pontífice. La nueva orden de los
Teatinos, fundada por San Cayetano y por Juan Pedro
Carafa, a quien Paulo 111 hizo cardenal, recibió el mayor
estímulo y procuró al papa un ejército de hombres ex­
celentes, a los cuales encomendó el gobierno y la reforma
de las diócesis de Italia, tanto tiempo descuidadas. Alen­
tó y consagró la gran obra de las primeras monjas U r­
sulinas, y bendijo los comienzos de una obra más gran­
de aún cuando, en 1540, dió su aprobación a la Compañía
de jesús.
REBELIÓN PROTESTANTE

El futuro del catolicismo seguía aún pendiente de un


hilo cuando falleció Paulo m (10 de noviembre de 1 5 4 9 )·
Su enorme influencia en pro de la reforma no había te­
nido aún tiempo bastante para dar sus frutos, y ahora el
viejo conflicto entre los dos cabezas de la cristiandad,
el papa y el emperador, amenazaba una vez más con
echarlo todo a perder. El punto en litigio, suscitado por
la misma convocación del concilio reformador, era el de
si había que dejar al papa en libertad de elegir los me­
dios por los cuales deberían repararse los daños de los
treinta últimos años. ¿Quién había de dirigir la reforma
de la Iglesia: el papa o el emperador?
E l emperador Carlos v, que era también, no hay que
olvidarlo, rey de España, soberano de los territorios que
hoy día llamamos Bélgica y Holanda, rey de Nápoles
y soberano también del sur de Italia, por la victoria de
Mühlberg (1547) se había convertido recientemente, se­
gún todas las apariencias, en dueño de Alemania como no
lo había sido otro emperador en el transcurso de varios
siglos. ¿Aspiraba ahora a dominar a la Iglesia como do­
minaba al estado? No era infundado el temor que en tal
sentido inquietaba al papado. Debido precisamente, en
buena parte, a la política del emperador, el concilio ha­
bía sido suspendido indefinidamente, hacía meses. ¿V o l­
vería a reunirse algún día; y en este caso, sería aún
católico el emperador?
E l conclave que siguió a la muerte de Paulo 111 fué,
así, uno de los más notables que conocieron muchas ge­
neraciones, debido a la hora critica en que tuvo lugar.
Fué notable, también, por el número de cardenales que
tomaron parte en él, cincuenta y uno de los cincuenta
y cuatro que componían el sacro colegio, y por su larga
duración. Sus diez semanas de agitación interna termina­
ron el 8 de marzo de 1550, con la elección de Giovanni
Maria del Monte, legado presidente en el concilio de
Trento, que tomó el nombre de Julio 111.
La figura de Julio 111 ocupa un elevado puesto en la
historia por su gestión como reformador. En primer lu­
gar reunió de nuevo el gran concilio, por el cual había
trabajado hasta esclavizarse materialmente durante la
220 S Í N T K S I S l)»v H IST O R IA 1>K I.A Jl'.I.HSIA

mayor parte de tres años. Sus primeras actuaciones como


papa fueron dedicadas al concilio. Conviene tener presen­
te que la posición del nuevo papa no era nada ventajosa.
X o habia sido el candidato del partido reformador en el
conclave. Xo poseía, entre los cardenales, un número de
adictos personales con los que poder contar. Tendría que
maniobrar entre los varios partidos, sin la ayuda de nin­
gún partido propio. Y e! emperador había cursado, efec­
tivamente, órdenes a sus súbditos, entre los cardenales,
para que cerrasen el paso a del Monte. El rey de Francia
no estaba, tampoco, más dispuesto a tolerarle.
Para Carlos v fue una sorpresa increíble el hecho de
que el papa relegase al olvido las tormentosas escenas
de Trento. donde, insultado y vilipendiado por los em­
bajadores imperiales, había tenido que defender la liber­
tad del concilio contra la injerencia del emperador; sor­
presa increíble cuando acudió simplemente en busca de
la cooperación del emperador para poner de nuevo en
marcha el concilio. Carlos supo colocarse a la altura de
la generosidad del papa; y, mientras el rey de Francia
se negaba por adelantado a reconocer nada de lo que el
concilio pudiera decretar, los preparativos se llevaron
adelante con firme pulso y el i.° de mayo de 1 551 tuvo
lugar la primera sesión pública dfe la segunda convo­
catoria.
Xo fue hasta septiembre cuando los obispos llegaron
en número suficiente para que el concilio fuese una rea­
lidad ; pero a partir de ese momento la labor se desarro­
lló admirablemente, con reuniones diarias de teólogos
y canonistas para preparar el material, y de obispos para
discutir y decidir lo que los expertos habían propuesto.
Así fueron elaborándose gradualmente los decretos sobre
la sagrada eucaristía, la penitencia, la extremaunción
y toda una serie de decretos reformatorios destinados
a mejorar el carácter del episcopado y robustecer la
autoridad de los obispos ante el clero relajado. La e x ­
periencia de las sesiones precedentes, bajo Paulo i i j ,
hizo que el concilio se desenvolviera con mayor facilidad
que antes, pero la mayor ayuda de todas, indudablemen­
te, estaba en la presencia en la sede de San Pedro de un
REBKLIÓN PROTESTANTE 221

hombre que había sido el primer presidente del concilio.


La probada sabiduría y experiencia de Julio i i í , la firme
constancia de su guía y apoyo, su determinación de pro­
teger la labor de los obisj>os, quedan bien de manifiesto
en todos los pormenores de la historia del concilio.
El concilio prosiguió sus sesiones hasta dos días an­
tes de cumplirse el año de su inauguración. En ese mo­
mento, la súbita renovación de la guerra religiosa en
Alemania obligó a suspenderlo. Y ya no hubo ocasión,
en vida de Julio n i, de reunirlo otra vez/ Pero el refor­
mador que alentaba en el pontífice no desesperó por ello.
Ahora contaba sesenta y cinco años, su salud empezaba
a quebrantarse y la gota le atormentaba de continuo.
Además ,se había visto envuelto en una pequeña pero
desastrosa guerra con los Farnesios por la posesión de
Parma, que había minado grandemente su prestigio
y achicado sus recursos. La reforma, sin embargo, era
antes que todos los demás problemas. Podía no existir
la posibilidad de reunir el concilio, pero al menos la la­
bor preparatoria podía continuar. Se creó una importante
comisión de técnicos y se la mantuvo en constante ac­
tividad, estudiando y examinando los problemas teoló­
gicos y prácticos que quedaban por resolver. Estaban
todavía entregados a esa labor, acumulando un vasto re­
pertorio de conocimientos que en su día había de repre­
sentar una valiosa aportación al concilio, cuando (23 de
marzo de 1555) el papa sucumbió, víctima de la gota que
desde tanto tiempo le venía atormentando.
Julio n i, lo mismo que Paulo 111, nunca llegó a des­
pegarse por entero de los hábitos del mundo semipagano
del Renacimiento en que se había formado. Su sucesor,
no obstante, pertenecía al grupo de los más estrictos re­
formadores. era uno de aquellos a los que Paulo 111 ha­
bía otorgado el capelo para hacer de él un jefe del mo­
vimiento reformador. Era éste el cardenal Cervini, que,
junto con Julio n i y Reginald Pole, había presidido el
concilio. Al ser elegido papa conservó su mismo nombre
de Marcelo. E l júbilo que a todos produjo la nueva de
su elección trocóse pronto en tristeza, pues en el plazo
de un mes el nuevo papa había muerto.
222 SINTESIS DE HISTORIA DE I<A IGLESIA

Paulo iv. El conclave que siguió elevó al trono papal


a un anciano de setenta y nueve años, Juan
Pedro Caraffa, Paulo iv.
Su breve pontificado (1555-1559 ) se yergue en medio
del siglo x v i cual un alto dique. Con él, al fin, se logra
desterrar del papado el paganismo renacentista y se des­
tierra la última asociación del secularismo con esa alta
dignidad. Su celo elemental, su ardor, su sincera entrega
de inagotable energía al fin propuesto, su desprecio por
las componendas y las medias tintas, toda su devoción
a ese designio de purificar la Iglesia y convertirla una
vez más en el instrumento preciso al servicio de Dios,
encontraron ahora, al cabo de cincuenta años de impa­
ciente espera, la gran oportunidad.
El reinado de Paulo iv señala el fin de esa condes­
cendencia con lo mundano, que había empañado hasta la
ejecutoria de los mejores papas. Si Roma, la Roma pa­
pal. tiene hoy día, y ha tenido durante siglos, algo de la
apariencia de un monasterio; si los modernos papas,
cualesquiera que sean sus faltas como individuos y como
papas, han vivido todos, principalmente, como sacerdo­
tes, en un marco de oración y un cierto decoro religioso,
esta restauración se debe en la mayor medida a Pau­
lo iv. Pues él aisló, y aisló para siempre, con la tajante
violencia de su vigor, esa larga tradición por la que el
espíritu mundano en el clérigo encumbrado se conside­
raba más bien como algo natural. A partir de él nunca
ha vuelto a manifestarse con ese franco e inconsiderado
descaro que, antes de su pontificado, había representado
durante generaciones como una segunda naturaleza. Su
tesón imprimió tan profundamente la pauta de una vida
austera, que ni siquiera sus mundanos adversarios se atre­
vieron a destruirla cuando se produjo la reacción.
La plebe romana, con el tácito consentimiento de las
autoridades, pudo profanar los monumentos a él dedica­
dos cuando el anciano papa yacía agonizante; pero él
había establecido tan firmemente la ley de una vida de­
cente sobre su trono, que no ha habido plebe, ni afán
mundano de altas dignidades eclesiásticas que desde en
tonces haya podido desterrarla.
REBELIÓN PROTESTANTE

Su carrera había empezado en los calamitosos días de


Alejandro vi, y en esa corte vivió, sin por ello contami­
narse. Fué durante bastantes años nuncio en Londres,
y luego, por un período más largo aún, nuncio en E sp a­
ña. Era napolitano por su nacimiento, y sólo su pasión
por la reforma superaba su aversión a los españoles, que
ahora gobernaban su país natal. E ra un patriotismo que,
en último término, había de envolver a su pontificado en
desastres políticos, con repercusiones adversas en sus
proyectos religiosos. Había sido arzobispo de Nápoles
y renunció a esa importante sede para fundar, con San
Cayetano, la orden llamada de los teatinos, trabajando
como simple religioso en los barrios bajos de Roma y de
Venecia, predicando, catequizando y administrando los
sacramentos. Paulo m lo nombró cardenal y, cuando la
Inquisición fué reorganizada, fué a Caraffa a quien colo­
có a la cabeza de este tribunal.
Jam ás hubo una voluntad tan férrea y rígida; jamás,
debemos añadir, existió tal intolerancia con cualquier
apetencia contraria a sus nobles fines. E ra un hombre
para el cual tacto significaba traición. De todos los pro­
blemas de la época, después de la herejía v el relaja­
miento del clero, ninguno le soliviantaba tanto como la
mediatización de la Iglesia por los príncipes católicos.
Para acabar con ello, era capaz de removerlo todo; y. por
desgracia, las únicas armas que consideraba útiles eran
las que, siglos atrás, se habían puesto herrumbrosas
y caído en desuso. Paulo ív fué un Inocencio iv nacido
con tres siglos de retraso.
Este vigoroso reformador no volvió a reunir el con­
cilio. Toda la prudente cautela de Paulo m y de Julio i i i
para llevar a los soberanos católicos a una aceptación
de la política papal, había irritado su rigorismo hasta po­
nerlo furioso. Tampoco en la historia del concilio — sus
retrasos, interminables negociaciones y compromisos —
había visto razón alguna para variar su opinión de que
esos métodos eran indignos de la causa en litigio y. ade­
más, estériles. Él poseía otros métodos, y si cuando era
cardenal no había vacilado en reprochar a los papas,
ochándoles en cara lo que había de mundano en su modo
SINTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

de vida, ahora, cual imponente figura del Antiguo T es­


tamento, púsose, látigo en mano, a fustigar la marcha de
la reforma, a cuyo lento progreso había asistido, durante
veinticinco años, con no contenida impaciencia.
Pronto empezaron a aparecer no nuevas leyes — las
leyes eran ya bastantes, declaró el papa — , sino nuevas
disposiciones para el cumplimiento de las ya existentes
y comisiones para asegurar su observancia. Las dispen­
sas por carecer de la edad reglamentaria los que habían
sido elegidos obispos dejaron de concederse, y las alie­
naciones de bienes de la Iglesia se declararon nulas: so­
bre esto se advirtió severamente a los cardenales en las
primeras semanas del pontificado. A Sicilia fueron en­
viados obispos de confianza, acompañados de jesuítas
como auxiliares, para reformar los monasterios y con­
ventos de mujeres. Otros fueron enviados a España con
una misión análoga. La práctica de conceder abadías
a no religiosos, in commendam, fué abolida, prohibién­
dose al penitenciario dar estas dispensas. Empezó a ma­
nifestarse el más estricto rigor en los nombramientos de
obispos, y, en un solo día, de cincuenta y ocho que eran
los propuestos, el papa los rechazó a todos. Atajó el vie­
jo mal de los religiosos que abandonaban sus órdenes
para buscar otro empleo clerical con una terrible ley que
les privaba de cualesquiera beneficios, rentas, grados
o dignidades adquiridos a partir de ese momento — y esto
sin tener para nada en cuenta su categoría actual — , y les
ordenaba reintegrarse a sus monasterios so pena de sus­
pensión inmediata. Todas las dispensas que permitían
a esos monjes y frailes pasar a otras órdenes fueron in­
validadas, aun cuando hubiesen sido concedidas por los
mismos papas. En lo futuro, sólo las órdenes eremíticas
de los cartujos y los camaldulenses podrían admitir vá­
lidamente a tales religiosos. La propia Roma fué esce­
nario de redadas de estos infortunados que fueron arres­
tados a docenas. Tampoco su categoría logró salvarles.
Unos fueron enviados al calabozo, otros a galeras.
A los obispos se les ordenó que renunciasen a todos
los beneficios que no fuesen los de sus respectivas sedes,
y se obligó al más riguroso cumplimiento de los nuevos
REBELIÓN PROTESTANTE 22ó

decretos que prescribían la residencia en las propias se­


des. Se descubrió que en Roma vivían ciento trece obis­
pos titulares de diócesis. Eludieron la primera orden que
se dió para que regresaran a sus sedes, y entonces se
publicó otra con la pena de deposición más los castigos
ya establecidos para los monjes errantes si en el plazo
de un mes no la habían cumplido. Apenas transcurridas
seis semanas, habían partido todos'los obispos.
Los obispos que llevaban una vida reprensible reci­
bieron un trato más severo todavía. Uno de ellos, el
obispo de Polignano, fué condenado a reclusión perpe­
tua, con un castigo anual encima, de tres meses a pan
y agua.
Todo el aspecto financiero de recaudación fué revi­
sado. Se abolieron las gratificaciones que los que tenían
concedido el palio percibían por tal concepto, y el papa
puso término al viejo problema de la Dataría aboliendo
todos sus derechos, a pesar de haberse afirmado que su
reforma nunca podría afrontarla la Santa Sede: hasta tal
punto dependía ésta de los ingresos que le proporciona­
ba dicho organismo. El hecho de que con ello perdió n-
mediatamente dos tercios de su renta no detuvo ni por
un instante a Paulo iv. Y no tuvo más miramientos con
las personas. A pesar de los excelentes nombramientos
hechos por los papas desde 1534. quedaban todavía algu­
nos cardenales del antiguo estilo, poco recomendables.
El anciano papa declaró a los mismos cardenales que
poco antes le habían elegido, que no había entre ellos
ninguno en quien pudiera confiarse realmente. A los no
ordenados les concedió tres meses para que recibieran el
sacramento o renunciasen. Sé les conminó a enviar una
lista de los beneficios que disfrutaban, se les permitió
elegir uno de ellos y los restantes se consideraron vacan­
tes y fueron concedidos a otros. En sus propios nombra­
mientos, el papa se negó por completo a prestar la me­
nor atención a los deseos de los principes católicos. De­
liberada y explícitamente, los dejó de lado: incluso las
demandas del rey de Francia cuando, en la guerra con­
tra Felipe 11 de España, Francia era la única aliada
del papa.
ir> S. H. I.
226 SINTESIS DE HISTORIA I>E LA IGLESIA

E l fui de su reinado fue, sin embargo, trágico. Los


asuntos políticos, así como el gobierno de los estados
pontificios, los hahia dejado Paulo iv en manos de su
sobrino, el cardenal Cario Caraffa, a fin de poder dispo­
ner él libremente de iodo su tiempo para dedicarlo a los
a>untos de la Iglesia y su reforma. El sobrino, un Cé­
sar Borgia de menor altura, aspiraba al establecimiento
de los Caraffa en algún principado arrancado a los esta­
dos de la Iglesia, como se habían establecido los della
Rovere. los Borgia y los Farnesio. E l papa, sólo él en
toda Roma, ignoraba los ambiciosos sueños de su sobri­
no y lo mal que andaban las cosas. Pero, al fin, llegó un
día en que también él se enteró. En una escena terrible
rompió con su sobrino y rompió para siempre con toda
su familia.
La ambición del sobrino produjo un efecto bueno: el
furor que su descubrimiento provocó hizo que terminara
para siempre, si no ya el nepotismo, al menos el nepo­
tismo en gran escala. Y a nunca más los parientes de un
papa intentaron establecerse como familia reinante. Po­
cos meses después de esta tragedia moría Paulo iv (18 de
agosto de 1559).
Hasta el día de Navidad no lograron los cardenales
ponerse de acuerdo sobre quién había de sucederle. E li­
gieron a Juan Angel Medici, un milanés, que se llamó
Pío iv. E l nuevo papa era un hombre de sesenta años,
cuya carrera había sido más útil que brillante, pues ha­
bía ido abriéndose paso lentamente a través de la curia
como canonista en funciones. E ra por naturaleza mode­
rado, de tendencia conciliadora, y estaba dotado de una
gran capacidad de adaptación. A los dos años su diplo­
macia había reconciliado a los príncipes católicos con la
Santa Sede y conseguido la reapertura del concilio de
Trento (18 de enero de 1562).
Esta vez el concilio no se interrumpió hasta su con­
clusión, y en los dos años siguientes publicó decretos
sobre el resto de la doctrina de la Iglesia y una abun­
dante legislación reformadora de la disciplina, que había
de establecer el modelo de vida católica para los tres
siglos venideros.
REBELIÓN PROTESTANTE 227

Para el cargo de secretario de estado, Pío iv — él


mismo era en muchos aspectos un tipo del Renacimien­
to — eligió a uno de sus sobrinos, Carlos Borromeo, un
joven de veintiún años, a quien otorgó, junto con el cape­
lo, la sede de Milán. En este joven prelado halló el siglo
de Trento el nuevo tipo perfecto de obispo que los de­
cretos conciliares intentaban crear. Las reformas a que
San Carlos se entregó durante veinte años en la gran ar-
chidiócesis habían de ser la aplicación modelo de la le­
gislación de Trento que inspiraría, incluso en sus
pormenores, a otros obispos de todo el mundo hasta
nuestros días.
Pío iv murió en 1565, legando a la Iglesia la con­
clusión del concilio de Trento y un pacífico entendimien­
to con las potencias católicas. Su sucesor fué uno de los
pocos papas de los tiempos modernos que han sido ca­
nonizados: Michele Ghislieri, un dominico, que tomó el
nombre de Pío v.
Fué, así, a un hombre de vida santa, un modelo de
piedad y desapego de lo mundano, y un hombre tan
enérgico como el propio Caraffa, a quien correspondió
inaugurar la aplicación práctica de la nueva legislación.
San Pío v hizo de la obediencia a los decretos del con­
cilio la única norma de su vida, y sus seis años de pon­
tificado (156 6 -1572) aseguraron el que la obra realiza­
da en Trento no se sumiera en esa esterilidad que había
sido el sino del concilio precedente, el v de l^etrán
(1512-1517).

La Contrarreforma. San Pío v y sus dos sucesores inme­


diatos, Gregorio x iii ( 1 5 7 2 - 1 5 8 5 )
y Sixto v (1585-1590), son los papas que inician la ofen­
siva contra la herejía, hasta entonces victoriosa. No sólo
robustecen la vida católica mediante una enérgica impo­
sición de los decretos de Trento. fundando por doquier
colegios y seminarios para la educación del nuevo clero,
sino que entran definitivamente en el campo de la polí­
tica nacional e internacional, procurando constantemen­
te, mediante el nuevo servicio diplomático que ellos crea­
ron, fundar alianzas entre príncipes católicos para lograr
228 SÍN TESIS DE HISTORIA DE I<A IGLESIA

la derrota de los protestantes y la extirpación de la


herejía.
San Pío v excomulgó y degradó a Isabel de Ingla­
terra. Gregorio x iii envió contra ella un ejército a Ir­
landa y, hasta el fin de su reinado, la combatió en el con­
tinente. Sixto v subvencionó la Armada Invencible. A sí
se hacía en Francia, y lo mismo en Alemania. Donde­
quiera que existiese la esperanza de una ofensiva cató­
lica contra los regímenes protestantes recientemente es­
tablecidos, esos papas estaban dispuestos a apoyarla con
dinero, si no con armas.
Su obra perdurable fué, no obstante, la reforma de
la vida católica v la aplicación constructiva de los decre­
tos de Trento; y, en esto, sus principales auxiliares fue­
ron las nuevas órdenes religiosas.
Esta renovación de la vida espiritual se remonta a los
primeros años del siglo. Sus primeros síntomas pueden
apreciarse, antes de producirse la rebelión de Alemania,
en la Roma corrompida del reinado de León x , en la
sociedad llamada Oratorio del divino amor, donde se re­
unían los prelados de la corte papal, sacerdotes y segla­
res para entregarse a una vida más espiritual, de donde
>alieron, además, los fundadores 2 del nuevo tipo de or­
den religiosa, los llamados teatinos (1524). Eran éstos re­
ligiosos que vivían bajo los tres votos, pero efectuando la
labor del clero parroquial, predicando, visitando enfer­
mos y administrando los sacramentos, en los suburbios
de las grandes ciudades italianas. Hacían un voto de po­
breza singularmente riguroso, pues no les era siquiera
permitido mendigar.
Las otras nuevas órdenes contemporáneas fueron la
de los barnabitas, fundada por San Antonio María Zac­
earía (1532) para las misiones rurales en las poblaciones
del norte de Italia, y la de los Somaschi, que fundaron
orfanatos y cuidaban de los niños abandonados y desca­
rriados. Estas dos órdenes no llegaron a alcanzar gran
importancia fuera de Italia, lo mismo que la nueva re­
forma franciscana de San Pedro de Alcántara quedó cir-

- San Cayetano y J u an Pedro C a r a f f a (Paulo iv).


r e b e l ió n pr o t e st a n t e 229

cunscrita a España. Pero existían otras órdenes cuya in­


fluencia había de ser universal.
La primera de éstas en el tiempo fué la franciscana
reformada, que se llamó de los capuchinos, y empezó
a funcionar en los últimos tiempos del reinado de C le­
mente v il, proporcionando a los papas de los ciento cin­
cuenta años siguientes un ejército de predicadores popu­
lares, celosos y bien preparados, los cuales desarrollaron
una labor inestimable entre las masas populares de Ita­
lia, de Francia y de Alemania. Ni siquiera los jesuítas
tuvieron una participación mayor que la de estos nuevos
franciscanos en las victorias de la Contrarreforma.
España, mediado el siglo, fué escenario de un gran
resurgimiento de la orden carmelitana y de la vida con­
templativa, que de un modo continuado fué progresando
desde entonces. Sus actores fueron Santa Teresa de Je­
sús (1515-1582) y San Juan de la Cruz (1542-1591).
La más famosa de todas las nuevas órdenes fué tam­
bién española en su origen: la Compañía de Jesús. No
era sólo una nueva orden, sino una orden de tipo distin­
to, de religiosos que prescindían del principio clásico de
la vida en comunidad y del coro. Dondequiera que se
hallase un jesuíta, allí estaba la orden. Todo el indivi­
dualismo .característico de la época fué aprovechado por
la Compañía y puesto al servicio de la religión. La dis­
ciplina de la orden, que reflejaba las tendencias autorita­
rias en boga, era algo nuevo en su severidad militar
y proporcionó el instrumento más perfectamente subor­
dinado que el papado tuviera jamás a su disposición. La
instrucción era la rg a : una disciplina de la voluntad al
servicio de la voluntad de Dios, puesta de manifiesto en
la ejecución de cualquiera de las órdenes que diese el
superior, era su principal objeto. El jesuíta debía estar
perfectamente impuesto en lo mejor que el Renacimiento
podía brindar. Dondequiera que la Santa Sede los nece­
sitase, allá iban los jesuítas, dispuestos a realizar cual­
quier labor que se ofreciera. Desde el primer momento
gozaron de una merecida reputación como predicadores,
controversistas, confesores y educadores, y sin darse
cuenta viéronse pronto envueltos, al igual que sus supe­
*30 SÍNTESIS liE HISTORIA DE I.A· IGLESIA

riores los papas, en toda la actividad político-religiosa


de las postrimerías del siglo x v i.
En los nombres de sus primeros grandes santos — Ig­
nacio de Lovola, Francisco Javier, Francisco de Borja,
Pedro Canisio, Luis Gonzagri, Roberto Belarmino — que­
da reflejada toda la historia de un aspecto de la Contra­
rreforma. San Ignacio no sólo fundó la Compañía y la
dotó de instrumento tan maravillosamente eficaz como
los Ejercicios Espirituales, sino que, como director es­
piritual. su personalidad influyó progresivamente en toda
la espiritualidad del catolicismo. San Pedro Canisio fue
para Alemania un segundo San Bonifacio, y San Ro­
berto Belarmino dió a la vida católica teológica una
orientación que se mantuvo a lo largo de otros dos si­
glos y más.
Es verdad que el papel de la Compañía se ha exage­
rado. así por los que la detestan como por sus enemigos,
pues ha sido, desde el principio, blanco de contradicción
y raramente se ha escrito sobre ella con esa serenidad
práctica que constituye su propio rasgo característico.
Pero, sin la Compañía de Jesús, la Contrarreforma hu­
biera llegado a ser poco más que una solemnidad de pia­
dosas resoluciones.
Una fuerza más oculta que esta compañía militante,
y tan vital como ella para el éxito final de Trento y de
todo cuanto Trento propugnaba, fué la influencia del
sacerdote florentino San Felipe Neri ( i 5 15-1595). que
durante cuarenta años, desde su humilde alcoba de R o­
ma, dirigió la espiritualidad del gran mundo de la curia.
A su labor, la dirección personal de un sinnúmero de al­
mas. tanto como al indomable tesón de Paulo iv , se debe
el destierro definitivo de la vida desarreglada de esas
altas esferas. El enérgico papa arrojó a los demonios,
y en el saneamiento colaboró San Felipe Neri, de un
modo simple, sin ostentación, casi en broma, forjando
un nuevo tipo de oficial de elevada espiritualidad, una
nueva casta, de la que habían de salir nuncios, cardenales,
legados y papas. En la obra del Oratorio Romano, que
fundó San Felipe, se conserva lo mejor de la vieja tra­
dición humanista y se abre un refugio para los espíritus
KUHKMÓN I»ROTI{»TANTlí *¿:tl

religiosos que no pudieron sentirse captados j>or los rí­


gidos teatinos, o por las severas virtudes militares de la
gran Compañía española.

La amenaza de los En el programa que se había pre-


principcs católicos. parado para Trento figuraba un im ­
portante capítulo que el concilio no
se atrevió realmente a afrontar, a saber: la reforma de
los príncipes católicos. Los hechos habían de demostrar
que nada de cuanto hiciera el gran concilio tenía más
importancia que e sto ; y, sin embargo, de hal)erse proce­
dido a la discusión de las espinosas cuestiones relaciona­
das con este asunto, el concilio hubiera envuelto, sin duda,
a la Iglesia en tantos cismas, casi, como príncipes había.
Pues, bajo este capítulo, el concilio se hubiera visto obli­
gado a hacer declaraciones claras y precisas .sobre la ple­
na autoridad papal en cuestiones de moralidad pública
tanto como privada; a reiterar las reivindicaciones for­
muladas, en circunstancias harto diferentes, por los pa­
pas de la Edad M e d ia : a exigir un explícito reconoci­
miento de la Iglesia, dentro de su campo de la fe y la
moral, como sociedad libre e independiente, y a exigir
para esta independencia garantías concretas y definidas.
Y para cualquier príncipe del 1562. el dar tales seguri­
dades hubiera sido ir contra la corriente general de las
tendencias políticas de la época.
Por muy imposible que resultara esta reforma de
momento, y por más que pudiera asegurarse que forzar
su realización hubiese sido inoportuno, todavía fueron
peores, poco menos que desastrosas, las últimas conse­
cuencias adonde condujeron las tendencias absolutistas
que quedaron entonces sin reprimir. A la larga, el abso­
lutismo de los príncipes católicos había de arruinar la
influencia del catolicismo en el sur. con tanta certeza
como los protestantes la habían derribado en el norte,
y había de infligir a la religión unos ultrajes que todavía
se sienten como un obstáculo real. Y el descuido de re­
formar la moralidad pública de los estados católicos re­
percutió en último término sobre el propio papado. E ra
en un poder temporal no reformado en el que el papado
*:ii SINTESIS 1>E HISTORIA DE I,A IGI.ESIA

tenia que apoyarse, siendo el precio de este apoyo, como


siempre, las concesiones. El oportunismo, a despecho
de Paulo iv y de San Pió v, se infiltró de nuevo en
los consejos pontificios. En ellos alentaba algo mundano,
que desempeñó su papel pernicioso en la corte pontificia
y en los conclaves. Una vez que la critica situación de
vida o muerte del siglo x v i hubo pasado, reapareció,
a trechos, en el propio papado un aseglaramiento mitiga­
do y un nuevo nepotismo que prodigó el oro y la cate­
goría social de príncipes romanos entre los parientes del
papa. Es entonces cuando empieza la gran época de las
familias de los Borghesi, Barberini, Pamfili, Chigi, etc.,
los afortunados parientes de Paulo v (1605-1621), U r­
bano v in (1623-1644), Inocencio x (1644-1655) y A le ­
jandro v ii (1Ó55-1667).
Uno de los mejores ejemplos de la dificultad, y aun
de la amenaza, que el príncipe católico podía representar
para el papado reformador — el príncipe católico entu­
siasta de la reforma, pero decidido, a causa de la concep­
ción absolutista de su autoridad, a dirigir él mismo la
propia reforma — , lo ofrece el caso de Felipe 11 de Espa­
ña (1556-1598). Durante cuarenta años fué casi el único
príncipe en cuya fidelidad a la fe podía ponerse una con­
fianza ilimitada. Casi el único de los grandes príncipes,
católicos o protestantes, para el cual la religión era un
asunto de convicción profunda, íntima, personal.
Pero el rey hacía lo posible para conservar en sus
manos toda la cuestión de la disciplina eclesiástica. A l
poder real le corresponderá descubrir a los herejes, ju z­
garlos, castigarlos. Será a través del estado como los mo­
nasterios habrán de inspeccionarse y reformarse, y como
los decretos de Trento, que el rey ha convertido en ley
de la nación, habrán de imponerse. El rey gozaba ya
del derecho de nombrar todos los obispos y, a través del
mecanismo de la Inquisición, ejercía una estrecha vigi­
lancia sobre las acciones de los mismos.
Pío iv se mostró, por necesidad tanto como por na­
turaleza, conciliador; San Pío v, independiente; Grego­
rio x iii, nuevamente conciliador, viendo principalmente
en Felipe n un aliado convencido contra los herejes del
KKHLÍMÓN PKOTK8TANTK 25»»

norte. Pero entre Sixto v y Felipe, las disensiones oca­


sionadas por la determinación del papa a hacer real la
independencia de la Santa Sede, llevaron al rey más de
una vez al borde de la excomunión y enfrentaron a E s­
paña con la perspectiva de un interdicto.
La crisis se produjo en los dos años que siguieron
a la muerte de este papa. La política del rey de introdu­
cir a sus propios candidatos en el sacro colegio le había
resultado tan bien, que ya figuraban entre los cardenales
catorce súbditos suyos, tres de los cuales eran parientes
próximos del mismo rey. En los cuatro conclaves de
esos dos años, los que siguieron a la muerte de Sixto v
(27 de agosto de 1590), de Urbano v n (27 de septiem­
bre de 1590), de Gregorio x iv (13 de octubre de 1591)
y de Inocencio ix (30 de diciembre de 1591). la injeren­
cia del rey fue mayor que nunca, y ello con vistas a ase­
gurarse la exclusión de cualquier cardenal que pudiera
resultar un papa demasiado independiente. A l reunirse
el segundo de esos conclaves, envió una instrucción al
sacro colegio en la que excluía a varios de sus miembros.
En Gregorio x iv tuvo Felipe el papa de sus deseos. Pero
la Providencia intervino, y después del siguiente y breve
pontificado, la elección de Clemente v u r (1592-1605),
a quien Felipe había puesto el veto tres veces, dió a la
Iglesia un papa con toda la independencia de Sixto v
y la flexibilidad de Pío iv. El serio inconveniente de un
papa excesivamente vinculado al católico rey de España
se había conjurado.
Durante toda la segunda mitad del siglo x v i los le­
gados papales, jesuítas y capuchinos, batallaron heroica­
mente en Alemania, Suiza y Polonia por salvar para el
catolicismo lo que aún quedase sin haber sido arrastra­
do por las nuevas herejías y por recuperar todo lo |>o-
sible de los países que se habían perdido. El éxito que
consiguieron fué considerable, aunque el norte de A le ­
mania y Escandinavia se mantuvieron hostiles hasta el
fin. Los desalentados católicos de la Alemania meridio­
nal sólo necesitaban, al parecer, la experiencia de unos
sacerdotes realmente entregados a su vocación y j>erfec-
tamente preparados para que se afirmasen en su antigua
sín te s is d e h is to r ia ni·: l a ic .le s ia

fe. El mayor obstáculo estaba todavía en los prelados


nativos de alta alcurnia y en las disposiciones políti­
cas de los príncipes católicos. Cuando Carlos v abdicó
en 1556, el título imperial y los territorios germáni­
cos hereditarios de su linaje no pasaron a su hijo, Feli­
pe 11 (que entonces se convirtió en regente de España,
los Países Bajos, Milán, Ñapóles y las nuevas tierras de
América), sino a su hermano Fernando 1. El nuevo em­
perador. aunque católico, mostróse todavía más inquieto
que Carlos v ante las repercusiones que en sus planes de
unidad alemana habría de tener la ofensiva de un genui­
no resurgimiento católico. Así se reanudó la vieja polí­
tica de un vago e indefinido entendimiento entre las dos
fuerzas religiosas que dividían el imperio.
Fernando murió en 1564, y su hijo y sucesor, M axi­
miliano 11 (1564-1576), se mostró manifiestamente fa­
vorable al protestantismo. El largo reinado del siguiente
emperador, su hijo, el débil y excéntrico Rodolfo 11
(1576-1612), fué un gran desastre para la Iglesia. Los
protestantes vieron que se les ofrecía la ocasión, y el
compromiso establecido en Augsburgo en 1555 fué tan
sistemáticamente violado que, hacia fines de siglo, pare­
cía que los reformadores sólo tenían que presentar sus
exigencias a costa de los católicos para ser complacidos.
El heredero de Rodolfo fué su hermano Matías. Sus in­
trigas le despojaron, antes de que terminase el reinado,
de todo, excepto del título im perial; en la práctica, un
cambio de gobernante que, una vez más, no representó
ventaja alguna para sus súbditos católicos.
La única esperanza estaba en el siguiente heredero,
el primo de Matías, Fernando, duque de Estiria. y en
la cooperación de Fernando con los duques católicos de
Baviera, que a lo largo de dos generaciones habían sido
el puntal de la Contrarreforma en Alemania. Fernando,
discípulo de los jesuítas, se había mostrado resuelto hasta
la crueldad á impedir la penetración protestante en su
estado católico. Había cerrado sus escuelas y desterra­
do a los profesores y misioneros. Al ser elegido empera­
dor, en 1618, se propuso salvar el resto de sus dominios
en la misma forma. Naturalmente, la elección de un ca-
REBELIÓN PROTESTANTE **»

tólico tan activo, que era también un gobernante de pro­


bada competencia, después de cincuenta años de deca­
dencia y vacilación, fué un reto que los protestantes no
pudieron ignorar. Eligieron como rival al elector pala­
tino, Federico, un príncipe calvinista cuya esposa era
hija de Jaime i de Inglaterra. Esta elección originó la
terrible guerra de los Treinta Años (1618-1648), el úl­
timo gran acontecimiento en la historia de la Contra­
rreforma, pues dejó a ambas partes completamente exte­
nuadas, la población de Alemania reducida a la mitad
o quizá a un tercio y regiones enteras del país arrasa­
das, convertidas en parajes desérticos sólo frecuentados
por los lobos, que erraban libremente por los mismos lu­
gares donde antes se levantaban pueblos y ciudades.

La guerra de _ L a guerra de los Treinta Años, que


los Treinta Años, nunca fué una guerra puramente re­
ligiosa, se convirtió al fin en una cues­
tión puramente política, en la que Francia y la casa de
Habsburgo libraron otra de las batallas de su antigua
enemistad. Su consecuencia religiosa fué la de confirmar
en Alem ania la norma adoptada en Augsburgo en 1555.
de que en materia religiosa el pueblo alemán debía se­
guir la religión de sus príncipes respectivos; y como en
el imperio había nada menos que trescientos cuarenta
y tres príncipes autónomos, ello representó un increíble
mosaico de variadas y pequeñas tiranías religiosas.
Contra la adopción de este principio cínico, inmo­
ral y esencialmente antirreligioso, el papa Inocencio x
(1644-1655) protestó enérgicamente, negando toda vali­
dez al tratado de W estfalia (1648), que lo había ratifi­
cado. Estos tratados, además, contenían innumerables
cláusulas que disponían de bienes eclesiásticos y de ju ­
risdicciones civiles que pertenecían a los principes ecle­
siásticos. Toda esa nueva ordenación, nuevas expoliacio­
nes a la Iglesia y condonación de viejas expoliaciones,
fué llevada a cabo prescindiendo por completo de la
opinión o los deseos del papa. No se le hizo más caso en
W estfalia en 1648 que en Versalles en 1919. N i pudo él,
tampoco en 1648, hacer más que elevar su protesta.
236 SINTESIS DE HISTORIA I)E LA IGLESIA

En este aspecto, la paz de 1648 señala realmente el


fin de una época o, mejor, constituye la señal definitiva
de que los tiempos en que la Iglesia católica, representa­
da por su cabeza el papa, era una fuerza reconocida en
la vida pública de Europa, había terminado. A l cabo de
más de un milenio, el estado volvía a resolver sus cues­
tiones como si la Iglesia no existiera, y la Iglesia se
vería ahora considerada, cada vez más incluso por las po­
tencias católicas, simplemente como una asociación co­
lectiva de los que compartían las mismas creencias en
materia religiosa: ya no sería la Iglesia, sino una igle­
sia. Los ciento cuarenta años que van desde la paz de
W estfalia hasta la Revolución francesa se hallan domi­
nados por el desarrollo de este nuevo principio antica­
tólico, en virtud del cual, por la negación en él implícita
de la autoridad de la Iglesia como guía moral en las
cuestiones públicas, los príncipes católicos tienden de
nuevo a esclavizar al catolicismo, a ahogar su voz inde­
pendiente y. fraccionando a .la Iglesia en una serie de
cuerpos nacionales, a convertirlo, cada cual dentro de sus
dominios, en un mero órgano del estado. No se negará
la doctrina católica tradicional sobre la encarnación, la
redención, la gracia, o los sacramentos, así como tampo­
co la primacía papal. Los príncipes, en estas cuestiones,
se jactan de su ortodoxia y continúan reprimiendo y cas­
tigando el protestantismo. Pero en ese otro campo, esa
negación práctica del derecho de la Iglesia a enseñar
y hacerse oir, son tan peligrosos para la existencia de la
propia Iglesia como pueda serlo cualquier protestante.
A l mismo tiempo empieza a manifestarse el inevita­
ble segundo estado del protestantismo, esto es, un cris­
tianismo que rechaza totalmente la creencia dogmática,
que se convierte en una simple cuestión de “ buena vo­
luntad para los hombres” , que niega la existencia (o cog­
noscibilidad) de lo sobrenatural y se convierte en un mero
culto de moralidad y benevolencia. Esta nueva deriva­
ción, el deísmo, ve en el catolicismo a su inevitable ene­
migo : si el catolicismo vive, no puede él sobrevivir, y el
siglo x v iii se convierte en escenario de una enconada lu­
cha, en la que los deístas toman la ofensiva y en la que
REBELIÓN PROTESTANTE 237

cuentan con la ventaja de que los mejores entendimien­


tos de la época son sus aliados.
El deísmo — y la francmasonería, la nueva secta in­
ternacional en la que aquél halla su expresión social — no
queda en modo ajguno circunscrito a la Europa protes­
tante. En el primer cuarto del siglo x v m , en la reacción
general contra la religión que sigue a la muerte de
Luis x iv (1643-1715), adquiere gran influencia en F ran ­
cia y, de aquí, se extiende a España y al reino español
de Ñápoles.
Hacia la mitad del siglo x v m la Iglesia católica se
encuentra más aislada de la vida europea que nunca en
su historia. Los monarcas católicos no ven en ella sino
un instrumento político, la intelectualidad está conjura­
da contra ella, la lealtad de los obispos y el clero en los
países católicos es precaria y dudosa, y la necesidad de
una reforma de la vida religiosa en todos los países en
que Roma ha quedado reducida a la impotencia, se hace
otra vez urgente.
L a tragedia final, y la prueba de las trabas que los
príncipes han puesto a la Iglesia, es la supresión, im­
puesta al papa Clemente x iv , de los mejores defensores
del catolicismo: la Compañía de Jesús (1773). El catoli­
cismo ha alcanzado en Occidente el mismo punto en que
desapareció de Oriente: ¿cómo puede sobrevivir en esta­
dos absolutistas, mientras sus ideales no se impongan
a esos estados? Una solución al problema, una momen­
tánea liberación del círculo vicioso, la proporciona la
revolución, que arruinó las viejas monarquías absolu­
tistas, dejando a la Iglesia arruinada también, es cierto,
pero, por vez primera desde hacía siglos, libre, aunque
tan poco acostumbrada a la libertad que. durante otro
siglo aproximadamente, anda vacilante y da algunos
traspiés en medio de la inesperada luz.
8. R e b e l ió n de l o s m o n a r c a s c a t ó l i c o s

1648 - 1789

Francia A sí como el Imperio y España fueron


y los hugonotes, teatro de los principales acontecimien­
tos del catolicismo en el periodo 1517-
1648, así en este siglo y medio posterior es Francia la
causa principal de inquietudes para la Iglesia.
Los primeros avances de la revolución luterana ape­
nas si tuvieron en Francia la menor repercusión. G ra­
dualmente, a lo largo de los veinte años que siguieron
a la condenación de 1520, empezaron a formarse peque­
ños grupos de protestantes en diversas ciudades, que
emprendieron una vigorosa ofensiva, atacando a la misa
por medio de proclamas, que dieron lugar a detenciones,
juicios y ejecuciones. A partir de ese momento, el rey.
Francisco 1 (1515-1547). se mostró decididamente hostil
a los reformadores. Sin embargo, el movimiento se ex­
tendió, y especialmente desde que el desterrado súlídito
francés, C.alvino, hubo divulgado su nueva religión, que
era francesa hasta la médula. Bajo el sucesor de Fran­
cisco 1, Enrique 11 (1547-1559). el calvinismo comenzó
a arraigar por todas partes, sin que, a pesar de las pro­
testas del nuncio papal, se le molestara para nada. Sus
jefes empezaron incluso a concebir la esperanza de que.
con un poco de tacto y paciencia, la casa real seria un
día calvinista, del mismo modo que tantos principes ale­
manes se habían vuelto luteranos. A la muerte de E nri­
que 11 por accidente en un torneo, quedó por heredero
un menor de edad que murió antes de transcurridos dos
años, y a quien sucedió a su vez un niño más tierno a ú n :
Carlos ix (1560-1574). En el forcejeo de los diferentes
partidos para manejar la regencia, la división religiosa
>4(» Sí NTKSIS 1>I·: HISTORIA Dli I,A IGI.KSIA

adquirió nueva importancia. Surgió el político calvinista


para hacer trente al político católico, y de este afronta-
miento nacieron, en gran parte, las llamadas guerras de
religión, que habían de perturbar a Francia por casi cua­
renta años (1562-1598).
Ésta es la época de Catalina de Médicis y Coligny,
de los Guisa y Enrique de N avarra; época de asesinatos,
traiciones y matanzas sin fin, a una de las cuales, la co­
nocida por noche de San Bartolomé (24 agosto 1572),
se le dio especial publicidad, por ser las víctimas calvinis­
tas. Para entonces ya varios millares de sacerdotes y re­
ligiosos habían sido sacrificados por el fanatismo calvi­
nista. que los detestaba como idólatras, a pesar de ser
no pocos ministros calvinistas sacerdotes y frailes após­
tatas. Cortarle las orejas a un sacerdote se convirtió en
una especie de pasatiempo, y el jefe calvinista solía lle­
var una banda hecha con ellas.
Dondequiera que triunfasen los calvinistas se saquea­
ban las iglesias, y sus tesoros artísticos, vidrieras, imá­
genes y cálices eran bárbaramente destruidos. Más de
veinte mil iglesias en total fueron destruidas de esta for­
ma en Francia. Los calvinistas no eran sino una mino­
ría que la indolencia del gobierno permitió que se im­
pusiera en el país. A la postre, fué el simple patriotismo
y la fe de la mayoría católica traicionada lo que salvó
a Francia. El pueblo se levantó en un intento de obligar
al rey a una actuación digna de su linaje. Finalmente,
el último de la decadente dinastía de los Valois, Enri­
que iíi (1574-1589), fué asesinado por un dominico loco,
y cinco años después el heredero protestante del trono,
Enrique iv (1589-1610). se sometió a la Iglesia.
Entonces tiene lugar en Francia un resurgir de la
vida católica en todas sus formas como pocas veces lo ha
conocido la Iglesia, un resurgir que constituye, en algu­
nos aspectos, el pasaje más brillante de toda la épica de
la Contrarreforma.
Con San Francisco de Sales (1567-1622), obispo de
Ginebra desde 1602 hasta 1622, originario de Saboya, el
renacimiento francés se bautiza y el humanismo se hace
piadoso. Fundó la nueva orden de la Visitación, y con
REBELIÓN PE LO» MONARCAS CATÓLICOS______________________ i4t}

su inmensa correspondencia, tanto como con su popular


obra Introducción a la vida devota, hizo por la nobleza
de la corte y de la curia algo de lo que San Felipe N eri
había hecho por el mundo de la curia romana. L a más
grande de sus obras, el Tratado del amor divino, una
de las obras maestras de la teología mística, puede pre­
sentarse como muestra del resurgimiento general que la
vida de oración experimentó entonces en todas las ó r­
denes religiosas y dando origen a una literatura popular
extraordinariamente rica. Recientemente, un historiador
francés ha realizado la gran obra de relatar la historia
de este aspecto de la vida del siglo x v i i , hasta ahora
poco conocido y, sin embargo, el más importante de to­
dos y típicamente característico de toda la Contrarre­
forma 1.

Resurgimiento reli- El nutrido cuadro que aquí se nos


gioso en / rancia. ofrece, además de incluir las figuras
de innumerables predicadores de re­
tiros y misiones y un ejército de santas mujeres que res­
tauraron la vida familiar de Francia tanto como la vida
de sus conventos, es particularmente atractivo por el
grupo de reformadores del clero que contiene. Tales fue­
ron., por ejemplo, el cardenal de Bérulle. que fundó el
Oratorio francés y fomentó una nueva devoción al sa­
cerdocio de Nuestro Señor, traducida prácticamente en
una renovación del ideal sacerdotal y en la formación de
innumerables sacerdotes en los muchos seminarios que
los oratorianos fundaron y dirigieron. O tras dos nuevas
órdenes se dedicaron también a esta labor de fundamen­
tal importancia, de formar el nuevo tipo de sacerdote pre­
conizado por T rento: los euditas, congregación fundada
por San Juan Eudes, y, la más famosa de todas, la C o m ­
pañía de San Sulpicio, fundada por Juan Jacobo O lier.
Aun en los momentos más difíciles de los dos siglos si­
guientes, la Iglesia de Francia dispuso, gracias a la obra
de esas fundaciones, el fruto de un abundante plantel de

1 ( f. Hf.nhi Bhémond. H istoirc L ittcra ire dti S e u tim c n t R é lig ie a r en


f'ranee, 10 vols.

Iti a. h. i.
*42 SlN T K SIS 1>E H ISTORIA DE I,A IG LB8IA

ministros del altar instruidos y bien preparados, a los


que jamás lograron influir la negligencia, malos ejem­
plos o aseguramiento episcopal.
H ay otro santo a quien debemos mencionar en este
capítulo, si bien la fundación de una nueva orden de
sacerdotes, misioneros para los distritos ru rales2, fue
tan sólo una de las varias o b rr' apostólicas puestas en
marcha por él. Fué éste San Vicente de Paúl (1576-
1Ó60), uno de los más grandes organizadores de obras
de caridad que hayan existido jamás, el fundador, con
Santa Luisa de Marillac, de las H ijas de la Caridad, y el
primero que logró organizar con éxito, al mismo tiempo,
una orden de religiosas dedicadas al ejercicio de la cari­
dad fuera de sus claustros.
Sin embargo, el fruto más extraordinario de esos
años de abundante e intensa dedicación a la causa de
Dios, fué la Congregación del Santísimo Sacramento.
Era ésta una especie de sociedad secreta bienhechora no
obligada por juramento que, aunque incluía sacerdotes
y obispos entre sus miembros, estaba bajo dirección se­
glar. Sus miembros prestaban ayuda a toda suerte de
actividades católicas, al tiempo que hacían sentir su pre­
sión ante los obispos negligentes e imponían reformas
donde eran precisas. Fué la generosidad de esta liga lo
que hizo posible muchas de las empresas de San V i­
cente, así como la fundación del gran colegio parisiense
de Misiones Extranjeras en 1663.

E l jansenismo. El primer gran obstáculo para este re­


surgimiento fué la expansión del movi­
miento llamado jansenismo, movimiento cuya base era
una teoría herética sobre la gracia, que dió por resulta­
do una especie de catolicismo “ calvinizado” .
Las apostasías del siglo x v i habían hecho que los teó­
logos católicos se aplicasen naturalmente a un estudio
exhaustivo de las materias controvertidas. Nunca, desde
los tiempos de San Agustín y Pelagio, había tenido el

2 Llamados en Francia lazaristaa, en Inglaterra e Irlanda vicentia*


nos; oficialmente esta orden recibe el nombre de Congregación de la Misión,
REBELIÓN DE LOS MONARCAS CATÓLICOS 243

tema de la gracia tanta actualidad. Fué, jmes, una con­


secuencia muy natural de la controversia calvinista y lu­
terana la aparición de una nueva teoría católica para e x ­
plicar cómo el libre albedrío del hombre seguía siendo li­
bre albedrío bajo la influencia de la gracia. A partir de la
aparición de esta teoría se desarrolló una violenta con­
troversia doméstica entre los católicos, en la que destaca­
dos teólogos de la reciente Compañía de Jesús y de la
vieja Orden de Predicadores tomaron posiciones contra­
rias. L a cuestión fué presentada ante Clemente v m . Este
papa murió antes de publicar una decisión, y su sucesor,
Paulo v, puso término a la discusión permitiendo a am­
bas partes mantenerse en su opiniones respectivas y
prohibiendo que ninguna de las dos tildase a la otra de
herética (1606).
Unos años antes, sin embargo, un profesor de Sa­
grada Escritura de la universidad de Lovaina. Miguel
Bayo, había concluido, de su estudio de San Agustín,
una nueva teoría de la gracia que Roma condenó, prime­
ro en 1567 y después, nuevamente, en 1579· Bayo acep­
tó la censura de R o m a; pero, así como el eterno proble­
ma de rechazar las teorías calvinistas y profundizar en
el estudio del misterio de la gracia seguía apremiando,
así también, en los círculos teológicos de los Países B a­
jos, continuaba latente algo del espíritu de la solución
dada por Bayo.
Cincuenta años después de la muerte de éste (1589),
sus ideas reaparecieron en un libro titulado Augustinus,
obra de Jansenio, antiguo profesor de Sagrada Escritu­
ra en Lovaina, y después, por algún tiempo, obispo de
Y pres (1635-1638). E l libro fué publicado por los ami­
gos del autor, dos años después de su muerte. Pero ha­
cía ya algunos años que un seguidor suyo, el abad de
San Cirano, venía aplicando las teorías del holandés al
ejercicio práctico de la dirección espiritual, dando así
a la nueva doctrina una aplicación sistemática en el cam­
po de la ascética y la moral.
L a publicación del Augustinus proporcionó al nuevo
movimiento su justificación teórica y en un momento
oportuno. En Lovaina. el jansenismo había sido poco
244 SÍN TESIS DE H ISTORIA DE I.A IG LE SIA

mas que un debate académico entre teólogos. En Fran­


cia fue, desde el principio, una facción organizada de
sacerdotes, monjas y seglares, todos ellos bien relaciona­
dos, ricos e influyentes. La lucha entablada entre este
partido de innovadores y ia Iglesia se prolongó casi du­
rante un siglo, viéndose pronto complicada por ulterio­
res divisiones, entre los católicos, en torno a la cuestión
de hasta qué punto la autoridad pontificia podía legal­
mente imponerse a la Iglesia en Francia. A sí surgió la
controversia sobre los llamados “ derechos de la Iglesia
galicana” .
Durante esa centuria se debaten, por tanto, tres te­
mas del mayor interés para Francia: i) la relación en­
tre la gracia y la libertad en el hom bre; 2) la función
de los sacramentos de la penitencia y eucaristía, con la
cuestión de la conducta de una auténtica vida cristiana;
3) la relación entre el papado y la jerarquía episcopal.
Jansenio se consideraba a sí mismo un hombre elegi­
do por la Providencia para salvar a la Iglesia de la Com­
pañía de Jesús — a la que aborrecía intensamente — a
base de resucitar una doctrina primitiva, tiempo ha olvi­
dada, sobre la gracia y la auténtica vida cristiana que
sólo esa doctrina podía engendrar. T al doctrina, según él
afirmaba, estaba contenida en las obras de San Agustín,
de las cuales era un experto conocedor. Era una doctrina
que los teólogos habían perdido de vista hacía siglos.
Los teólogos definirían el nuevo sistema como “ San
Agustín visto a través de los lentes de C alvino” .
Según la nueva teoría, los dones sobrenaturales con
que Dios dotó al primer hombre, más los llamados pre­
ternaturales (la inmunidad frente a la muerte y las en­
fermedades), eran, en realidad, naturales para el hom­
bre. El efecto del pecado original es una corrupción
radical de la naturaleza humana. En adelante, todo lo
puramente natural es perverso. La voluntad humana,
desde la caída de Adán, es impotente ante el asalto de
la concupiscencia. No puede evitar el pecado en tanto
no le sea concedida la gracia. La gracia es omnipotente,
es incluso irresistible. El alma, pues, oscila entre las dos
fuerzas del pecado y de la gracia. Si Dios concede la
KKBKMON DE l,< >8 MONAKCAS CATÓLICOS 24»

gracia, el hombre evita el pecado; sin la gracia, no pue­


de hacer sino pecar. Y la gracia sólo se concede a unas
pocos, a la pequeña minoría a quien Dios desea salvar.
Pues Dios no quiere en modo alguno salvar a todos los
hombres, ni murió por todos, sino únicamente por la mi­
noría a la que se proponía salvar. Esta doctrina sobre la
predestinación anulaba, efectivamente, toda devoción
a los santos o a la Virgen. El mejor homenaje que po­
día tributarse a la V irgen, decían, era “ el himno del si­
lencio” .
Como teoría teológica, el jansenismo ocupa, eviden­
temente, un lugar en la historia de las tentativas del pen­
samiento católico por defender las teorías tradicionales
de la gracia contra el calvinismo. Estas tentativas ha­
bían originado nuevas teorías en explicación del gran
problema de cómo conciliar la función de la gracia con
la libertad humana, y esas nuevas teorías habían provo­
cado, a su vez, nuevas discusiones entre los católicos,
aparte de la oposición de los que se atenían a las teorías
anteriores a la aparición del calvinismo. Hubo, por par­
te de algunos de esos católicos opuestos a las nuevas
teorías, una manifiesta tendencia a poner término a la
disputa mediante el argumento histórico de que las nue­
vas teorías eran contrarias al escritor clásico en estas
cuestiones: San Agustín. Jansenio no es más que uno.
aunque sea el principal, entre los muchos que han recu­
rrido a los escritos de San Agustín para justificar su
oposición a ulteriores avances, y que han excogitado esa
justificación a costa de la falsa interpretación de muchos
otros conceptos.
Pero estrechamente vinculada a esta herejía, que es
simplemente la ya condenada teoría de Hayo, presentada
de un modo más completo y con mayor erudición, está
la práctica jansenista en el uso de los dos sacramentos
de la penitencia y la eucaristía. Tampoco aquí se halla
exento el movimiento, en sus orígenes, de un claro afán
de anular unas prácticas que los jesuítas tanto habían
hecho por introducir y fomentar.
En la época del concilio de Trento (y de la funda­
ción de la Compañía de Jesús, pues ambas cosas son
24« SINTESIS 1>K HISTORIA DE LA IGLESIA

contemporáneas) no se conocía la frecuencia de estos


dos sacramentos entre la generalidad de los fieles. El
concilio propuso como ideal la recepción de la comu­
nión por todos los presentes a la misa y enseñó explíci­
tamente que el efecto del sacramento es purificar al
hombre de los j>ecados veniales y fortalecerle contra el
pecado mortal. La consecuencia inmediata de este de­
creto fue la aparición en todas partes de apóstoles del
nuevo ideal de la frecuente comunión, entre los que des­
tacaron San Carlos Borromeo y San Felipe Neri. Tam ­
bién los obispos de Francia se aplicaron de un modo
notable a introducir la reforma, y por doquier la nueva
Compañía de Jesús fue singularmente leal a los decretos
tridentinos. Estos decretos, podríamos decir, vinieron
simplemente a sancionar con una autoridad superior lo
que desde el principio había sido uno de los principa­
les elementos de la espiritualidad de su fundador, San
Ignacio.

La oposición a la nueva práctica de la frecuente co­


munión, que raramente significaba más que comunión
mensual para los seglares y semanal para los religiosos,
estaba en armonía no sólo con la doctrina jansenista,
sino también con su postura antijesuítica, puesta de ma­
nifiesto en toda ocasión. La doctrina jansenista sobre
este punto hay que leerla para creerla. “ No sólo de pan
vive el hombre” , había dicho Nuestro Señor en respues­
ta a la tentación del demonio, y el jansenista hacía uso
del texto para justificar su abstención de recibir la co­
munión. La comunión sólo debía recibirse cuando existía
una cierta proporción entre el que la recibía y Aquél
a quien se recibía. Era una recompensa para el que triun­
faba en la virtud, y rechazar la recompensa era más me­
ritorio que aceptarla. “ Vuestra tristeza por no haber
podido recibir la comunión durante vuestra enfermedad,
escribían los de S. Cirano a una monja, es un vestigio
de vuestro antiguo espíritu mundano, de esa devoción
mundana que hacía de la confesión y comunión las cosas
principales de la vida. También yo solía pensar así,
y para mí solía ser muy duro no decir misa todos los
RHBKUON I»K I«<>8 MONARCA» CATÓLICOS 247

días... Pronto comprenderéis que hacéis más por vos


misma no recibiendo la comunión que recibiéndola/’
En cuanto al sacramento de la penitencia, los jan se­
nistas enseñaban que, sin una perfecta contrición, no
tenía ninguna utilidad, y planearon la restauración de lo
que creían era la práctica de la Iglesia primitiva. N o
debía darse la absolución hasta haberse cumplido la peni­
tencia impuesta, debiendo restablecerse la antigua dis­
ciplina de días, semanas y meses de castigos corporales.
Nada había de humanamente atractivo en esta lóbre­
ga herejía; pero entre la especie humana son siempre
bastantes los que, en materia religiosa, prefieren seguir
los impulsos de sus sentimientos o su imaginación antes
que hacer uso de su juicio crítico o seguir los dictados
de la autoridad. Los jansenistas eran sombríos y de as­
pecto más austeros que el resto de la humanidad. Eran
conscientes de que componían una selección, y su aisla­
miento del rumbo común de los hombres, la vida solitaria
que exigían a sus adeptos, tenía también sus atractivos.
En la práctica, en su reacción ante los mandatos del
papa, estos ultracatólicos, pues por tal se tenían, mostrá­
ronse los casuistas más veleidosos del siglo. Jamás exis­
tió una herejía que poseyera una técnica más consumada
para las artimañas de la reserva mental y la falacia.
L a historia de esta herejía es una historia de infini­
tas condenaciones, de sumisiones, de subterfugios median­
te los cuales el hereje, al ser condenado, se somete y luego
desvirtúa su sumisión, se le condena de nuevo y -niel-
ve a someterse; apela, se somete, y siempre con una
nueva salvedad, con algún nuevo subterfugio que le per­
mite evadirse para confirmar, siempre dentro de la Igle­
sia, su condenada teoría. Luego, como en tantos otros
casos, interviene el soberano católico; en esta ocasión,
no para proteger directamente la herejía, sino temeroso
de que el éxito de Roma al condenarla pueda rebajar su
prestigio como protector, y aun jefe en la práctica, del
catolicismo francés.
Para limitar el relato a las actividades de Roma, di­
remos que el Santo Oficio condenó la “ obra m aestra’’
de Jansenio en 1641, y Urbano v m confirmó la conde-
nación en 1642. Los jansenistas alegaron primero que
la bula era una falsedad, y después, aceptándola, expli­
caron que no condenaba ninguna teoría particular de
las que el libro contenía. A l cabo de siete años de con­
troversia, en el transcurso de los cuales la Santa Sede
perdió a su más firme defensor en la cuestión, el carde­
nal Richelieu, se extrajeron de la obra cinco proposicio­
nes. que resumían la esencia de la herejía, y se pidió
a Roma que las condenara. Inocencio x (1644-1655), en
respuesta a una petición contraria, nombró una comisión,
y oído su informe, después de un estudio que duró dos
años, condenó las cinco proposiciones como heréticas.
Otra vez los jansenistas aceptaron la sentencia papal.
Pero ahora explicaron que aun cuando las cinco pro­
posiciones eran heréticas, no eran heréticas tal como apa­
recían en el libro de Jansenio, o no aparecían en el libro
en el sentido en que habían sido condenadas. De ahí
nuevas controversias, nuevos formularios y, finalmente,
en 1664, la redacción de un formulario muy concreto
ordenada por Alejandro v il (1655-1667). Cuatro obispos
se opusieron firmemente, y el asunto derivaba rápida­
mente hacia una nueva especie de crisis cuando el papa
murió (22 mayo 1667).
Entonces fué cuando la influencia real se hizo sentir.
Los jansenistas habían adquirido también preponderan­
cia en los círculos oficiales, y cuando el nuevo papa, Cle­
mente jx (1667-1699), se propuso reanudar el asunto en
el punto en que lo había dejado su predecesor, diecinue­
ve obispos de Francia protestaron y declararon pública­
mente que cualquier medida categórica contra sus cuatro
colegas sería “ lesiva para los intereses y la seguridad
del estado” .
Ksta postura motivó las negociaciones finalizadas con
lo que se ha dado en llamar la Paz de Clemente ix . Los
obispos jansenistas se avinieron a suscribir la fórmula,
pero luego, en sus sínodos, ante el clero de sus respec­
tivas diócesis, desvirtuaron oralmente su sumisión. A l
papa le dijeron simplemente que se habían sometido.
Pero empezaron a circular rumores, y cuando éstos lle­
garon a Roma, Clemente ordenó nuevas investigaciones
RKBKMÓN !>K 1,0 8 MONARCA» CATÓLICO*

v nonil)ró una comisión de cardenales para tal fin. Des­


esperando. al parecer, de llegar nunca a la verdad de los
hechos, la comisión recomendó que se aceptase como
verdadero el informe oficial, esto es. que la sumisión
de los obispos era sincera y sin doblez. En las bulas pu­
blicadas para sellar la reconciliación se hace constar así
explícitamente, y se ensalza públicamente a los obispos
por su auténtica, completa e ilimitada obediencia a las
decisiones de Roma.
Siguió entonces un i>eríodo de treinta años, durante
los cuales la controversia jansenista quedó relegada a se­
gundo término, oscurecida por nuevas dificultades y ame­
nazas.

Hl fialicanistno. El primero de estos contratiempos, y el


más duradero, filé una disputa entre
el rey de Francia, Luis x iv (1643-1715). y la Santa Sede.
La disputa se centró en torno a la serie de costumbres,
privilegios y derechos de los soberanos franceses en ma­
teria eclesiástica, y que se agrupaban bajo el nombre
colectivo de “ Libertades de la Iglesia galicana” . L o que
(lió principio al malestar fué la pretensión de Luis x iv
de extender a todas las sedes de Francia el derecho, con­
cedido por el concordato de 1516, a disfrutar de las ren­
tas de ciertas sedes durante una vacante. A l ser presen­
tada una reclamación a Roma en tal sentido. Inocen­
cio x i (1676-1689) condenó la usurpación y amenazó
con emplear contra Luis "los recursos que Dios ha pues­
to en nuestras m anos” . L a réplica definitiva del rey fué
la suscripción por la asamblea del clero de Francia,
en 1682, de una declaración en los siguientes térm inos:
1) ni los papas ni la Iglesia tienen poder alguno sobre
los príncipes temporales como ta le s; éstos no pueden
ser depuestos, ni sus súbditos relevados de sus juram en ­
tos de lealtad ; 2) los decretos de Constanza sobre la
superioridad del concilio general respecto del papa, se­
guían manteniendo aún toda su vig en cia; 3) la prim a­
cía papal debía ejercerse con la debida consideración
a las costumbres de las iglesias locales: 4) los decretos
papales, en cuestiones de fe. no son irreform ables en
250 SIN TESIS DE HISTORIA U li LA IGLESIA

tanto la Iglesia toda no haya significado su conformidad


con los mismos.
Éstos son los famosos cuatro artículos de 1682 que
el rey dispuso se enseñasen en los seminarios y que de­
bían ser aceptados por todos cuantos se graduasen en
teología.
El papa anuló todas las disposiciones de la asamblea
y se negó a colocar en las sedes vacantes a ninguno de
los que habían suscrito los artículos. E l rey, en cuyas
manos estaba el nombramiento de los obispos, insistió
precisamente en nombrar a los miembros de la asamblea
condenada. Las cosas siguieron en este punto muerto
hasta que hubo nada menos que treinta y seis sedes va­
cantes en Francia.
En 1687, una disputa en torno a los derechos de
asilo de que gozaba la embajada de Francia en Roma
produjo nuevos resquemores, y el papa se disponía a ex­
comulgar al rey, a lo cual Luis hubiera sin duda repli­
cado separándose del catolicismo.
N o fue hasta 1693 cuando terminó la crisis. E l rey
retiró el edicto que imponía la enseñanza de los artículos
en los seminarios, y el papa Inocencio x n (1691-1700)
designó a los obispos que habían de cubrir las sedes
vacantes.
Pero en los seminarios continuaba enseñándose los
artículos, y la masa del clero de Francia se formó según
los mismos, en una franca desconfianza hacia Roma,
constituyendo así unos posibles partidarios del rey en
cualquier disputa que pudiera surgir en lo sucesivo. Con
los artículos no se había inventado en realidad nada
nuevo, en cuanto hacía referencia al pensamiento católi­
co en Francia, pero con ellos se había dado forma con­
creta y explícita a lo que hasta entonces no era sino una
tendencia vaga, aunque no muy extendida. Esta doctri­
na explícita se enseñó en adelante generalmente al clero
parroquial. Dominicos y jesuítas opusieron una fuerte
resistencia. La lealtad de la Compañía a los principios
romanos durante el siglo venidero había de ser, en rea­
lidad, una de ías causas de que se la señalase para su
destrucción.
REBELIÓN DS LQ8 MONARCA* CATÓLICOS_______________________ » 1

Otra consecuencia de esta disputa, por el hecho de


haber producido la formulación explícita de una doctrina
antirromana y favorable al regalismo, fue la de popula­
rizar el galicanismo en todos los países donde existiera
un soberano absoluto que fuese católico, es decir, en to­
dos los ámbitos de la católica Europa.

El quietismo. Mientras la disputa entre Luis x iv e Ino­


cencio x i se hallaba en su apogeo, hizo su
aparición la nueva herejía llamada quietismo.
El iniciador de este movimiento fue un sacerdote es­
pañol, Miguel de Molinos, que residió durante muchos
años en Roma, donde dirigía a todo un ejército de almas
piadosas, hasta que, en mayo de 1685, fué arrestado por
la Inquisición. Su doctrina y su práctica en la vida espi­
ritual, la oración y la conducta moral, consistía en que
el hombre debía reducir a la nada todas sus potencias.
Pues el deseo de mostrarse activo en la vida espiritual
de uno mismo es ofensivo a Dios. El hombre no debía
ocuparse en pensamientos acerca del premio o del casti­
go, de la muerte o la eternidad, de sus pecados o de sus
virtudes. Las tentaciones deben ignorarse, ni siquiera
deben resistirse, pues ello implica una actividad. En vez
de esto, hay que cultivar un hábito y un estado de pasiva
resignación. Cuando el demonio invade violentamente al
hombre, y esto es inevitable, hay que padecer la invasión
y las acciones pecaminosas que de la misma resulten, con
resignación, por ser ésta la voluntad de Dios para ella
en ese momento. Tampoco debe el hombre confesa^ lo
que hace en tales ocasiones, pues este “ proceso interno“
no es cosa sujeta a confesión, y no es confesándolo como
quedará superado el deseo. En resumen, que Dios hace
a veces imposible la confesión para el alma perfecta.
El cultivo de esas ideas y su aplicación habían arras­
trado a Molinos y a sus adeptos a una sorprendente vida,
compuesta de práctica religiosa e impurezas sexuales.
Más de doscientas personas en Roma, clérigos, monjas
y seglares, a quienes Molinos había dirigido, estaban
enrolados en el nuevo sistema. Más de doce mil cartas
de sus “ clientes” fueron descubiertas, y hasta al cabo de
252 SIN TESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

otros veinte años no llegó la Inquisición al término


del asunto. El propio Molinos, después de un largo pro­
ceso, fué condenado, el 3 de septiembre de 1687, a
pena de reclusión perpetua, habiendo confesado no sólo
m i s propias aberraciones, sino el haber enseñado que esos
actos impuros y carnales son lícitos para los que oran,
pues es sólo el hombre bajo, sensual, el que está afec­
tado por ellos.
Este deplorable asunto tuvo sus repercusiones en
Francia, a través de una cierta madame Guyon, una
penitente de un discípulo barnabita de Molinos. Añada­
mos inmediatamente que nunca se probó que esta dama
estuviese complicada en el aspecto inmoral del movi­
miento quietista. Desarrolló unas teorías sobre la ora­
ción y la vida contemplativa que estaban estrechamente
relacionadas con las de Molinos, y por su influencia per­
sonal, pues era una mujer sumamente atractiva y sen­
cilla. y totalmente entregada a sus prácticas espirituales,
y a través de sus escritos difundió copiosamente, en el
mismo centro de las clases dirigentes del país, el siste­
ma llamado semiquietismo. Los obispos se alarmaron,
y dondequiera que ella fuese empezaron a suplicarle que
abandonase sus diócesis. Después, en 1686, fué arrestada
y estuvo algún tiempo recluida. Una vez puesta en liber­
tad conoció al gran hombre por cuya amistad pudo des­
arrollar hasta el máximo su labor, a la que debe sobre
todo el ser conocida. Nos referimos a Francisco de la
Mothe Fénelon, que pronto sería tutor del heredero del
trono y arzobispo de Cambrai.
En los ocho años que siguieron (1686-1694), la in­
fluencia de madame Guyon como fuerza espiritual alcan­
zó su cénit. Luego, en 1694. los obispos se movieron de
nuevo. Sus teorías fueron condenadas, viéndose forzado
el mismo Fénelon a suscribir la condena. Esto fué el fin
del movimiento.
Pero el aspecto más pernicioso de toda la cuestión
fué el carácter sospechoso que confirió a la vida con­
templativa en general. El jansenismo había ya causado
mucho daño a la práctica de la oración, y ahora la reac­
ción contra todas las formas del quietismo aumentó el
K EBELIÓW DE IyOS MONARCAS CATÓLICOS ..... „ . J £

mal. Llegado el momento en que, más que nunca, el ca­


tolicismo de la provincia clave de la Iglesia necesitaba
de la fuerza que sólo la vida contemplativa puede dar,
resultó trágicamente que esta vida de contemplación se
contrajo a las proporciones más reducidas, y la religión,
aun para muchas almas santas, adquirió demasiado a me­
nudo la apariencia de no ser sino un esfuerzo, asistido de
la protección divina, para el logro de la perfección moral.
Fué en 1696 cuando la condenación de madame Gu-
yon puso fin a la propagación efectiva de sus teorías per­
turbadoras. Cinco años después resurgió el movimiento
jansenista como activo elemento perturbador de la vida
católica.
En los treinta años que siguieron a la paz de Cle­
mente ix, el jansenismo llegó a desaparecer prácticamen­
te por completo. Y a no era, en toda su plenitud, el credo
del partido jansenista. El partido, desde luego, continuó
existiendo y afirmando que la Iglesia no era infalible
en su declaración de que Jansenio enseñaba, en su Ait-
gustinus, la doctrina que la propia Iglesia había conde­
nado. Continuó, además, fiel a su primitivo rigorismo en
el uso de los sacramentos y en sus arcaicos gustos espi­
rituales. Y estas estériles teorías y normas de vida conti­
nuaban influyendo, fuera del partido propiamente dicho,
en los católicos cuya fe era completamente ortodoxa, pero
que estaban temperamentalmente inclinados a lo que pu­
diéramos llamar, vulgarmente, un concepto puritano de
la vida. A sí, existía permanentemente una penumbra
de católicos “ jansenizados” . que incluía obisjKJs. sacer­
dotes, religiosos y seglares.
H acia 1701 toda la cuestión se aireó de nuevo, a pro­
pósito de unas discusiones sobre la licitud para un católi­
co de atenerse al punto de vista jansenista, de que podia
acogerse con “ un respetuoso silencio" la censura papal
que suponía haber enseñado Jansenio el jansenismo.
Esta nueva discusión indujo a Luis x iv , cuyo largo rei­
nado de setenta y dos años duraba todavía, a pedir una
decisión a Rom a; y en 1705 Clemente x i (1700-1721)
declaró que un “ respetuoso silencio" no bastaba. L a doc­
trina papal debía aceptarse como cosa cierta.
254 SÍN TESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

Este decreto no puso término al resurgimiento janse­


nista, pues las recientes discusiones habían dado nueva
publicidad a un libro escrito por un ex oratoriano, Pas-
quier Quesnel (1634-1710), que ya había sido motivo de
inquietudes. Tratábase de una reimpresión del Nuevo
Testamento, con reflexiones morales para cada versículo.
En esta labor devota, Quesnel, que estaba saturado de
teorías jansenistas, procuró introducir la misma esen­
cia de la doctrina condenada, ocultándola bajo la capa
de una orientación piadosa.
Cuando apareció el libro en 1684, fué aprobado por
de Noailles, obispo de Quesnel, entonces obispo de
Chartres y ahora (1708) arzobispo de París y cardenal.
L a condena del libro por Clemente x i fué algo superior
a lo que podía soportar su orgullo. No se opuso al papa
abiertamente, pero pidió “ explicaciones” , y así empe­
zaron otros treinta años de lucha en torno a la vieja
cuestión, de condenaciones — la más famosa de ellas, la
bula Unigenitus en 1713 — , de sumisiones, explicaciones,
subterfugios, recursos, y una serie de disputas acerca de
hasta qué punto los que apoyaban la convocación de un
concilio general (hecha por el cardenal en 1717), y a los
que Clemente x i había excomulgado en 1718, podían re­
cibir los últimos sacramentos, y hasta qué punto podía
castigarse a los sacerdotes que se negasen a administrár­
selos. El conflicto, en este último estado, fué ávidamente
recogido por las asambleas legislativas denominadas par­
lamentos, el más famoso de los cuales fué el parlamento
de París, donde los juristas regalistas vieron en la con­
troversia una oportunidad para oponerse a una presunta
intrusión papal en la disciplina interna del catolicismo
francés.
Con el acto de sumisión del cardenal de Noailles
en 1728, unos meses antes de su muerte, desaparece el
jansenismo como secta organizada. Con todo, sobrevivió
en muchos individuos, y como espíritu en las clases
dirigentes y en los parlamentos, a los que inspiró y alen­
tó en la larga lucha, que entonces dió comienzo, para
conseguir la supresión de la Compañía de jesús.
RKBK IJÓ N DE LOS MONARCAS CATÓLICOS tii

El principio fundamental de los reformadores del si­


glo x v i es el derecho de enjuiciamiento personal. Se ne­
gaban a reconocer la existencia de algo así como una
autoridad docente impersonal en materia religiosa. Con
la Biblia a su disposición, el hombre podía llegar con
toda certeza y seguridad al conocimiento de la verdad
divina. N o obstante, ya en los primeros meses del mo­
vimiento surgieron divergencias entre los lectores de la
Biblia, en cuanto al significado de lo que leían. A l correr
de los siglos estas divergencias aumentaron y se multipli­
caron las sectas. T al evolución era inevitable, y como
sólo existía una solución para las dificultades del texto
sagrado y los residuos de la doctrina tradicional, a saber,
la honrada opinión de cada individuo, no pasó mucho
tiempo sin que empezara a desarrollarse el escepticismo
respecto de las verdades que, según se afirmaba, debía
enseñar la Biblia; escepticismo incluso respecto de ver­
dades tan fundamentales como la propia existencia de
Dios.
Siempre había existido en Europa, incluso en la Edad
Media, un foco latente de ateísmo estrechamente relacio­
nado con el culto a las ciencias naturales y vinculado a la
práctica de una vida inmoral. En el Renacimiento semi-
pagano del siglo x v y principios del x v i halló su hora
y oportunidad, y el derrumbamiento de la creencia en
la autoridad religiosa en toda Europa, producido por la
revolución luterano-calvinista, dió lugar a que se des­
arrollase libremente, ya apenas sin tropezar con otro
obstáculo que el convencionalismo.

Los deístas. Los dos países en que primero se desarrolló


el ateísmo realmente, como una especie de
proyección filosófica en la vida, fueron Holanda e Ingla­
terra. L a religión, la única clase de religión que Europa
había conocido durante mil doscientos años, es decir, un
conjunto de doctrinas y prácticas que se consideraban re­
veladas por Dios al hombre, fue totalmente rechazada
por esos nuevos pensadores. La única religión que reco­
nocían como razonable era la religión natural, una reli­
gión sin más dogma que lo que la razón, sin ayuda, pue­
.,56 SINTESIS DE HISTORIA DK LA IGLESIA

da descubrir y cuyo único fin era la práctica de la virtud


natural. Éste es el sistema llamado deísmo, y sus prime­
ros inventores fueron ingleses del siglo x v u . En los úl­
timos años de este siglo y primeros del x v m , los deístas
empezaron a combatir la religión revelada tal como se
manifestaba en las diversas sectas y, una vez que el mo­
vimiento hubo atravesado el Canal, empezó una guerra
de exterminio contra la Iglesia católica. Su mayor adqui­
sición fué la conquista de los principales escritores, cien­
tíficos. filósofos y publicistas de la época, entre ellos uno
de los más grandes propagandistas que hayan existi­
do jamás: el brillante, cínico, desaprensivo e inmoral
Voltaire.
En esta Francia en que el catolicismo yacía desvalido
abrumado por la controversia jansenista, desconectado
de Roma por su galicanismo, encadenado por su larga
identificación con el estado, agobiado por una jerarquía
con harta frecuencia incompetente y no pocas veces ase­
glarada; una Francia cuyas clases dirigentes se entre­
gaban cada vez más a la inmoralidad, el escarnio de
Voltaire, en una sola generación, llevó a la Iglesia al
banquillo de los acusados. Se emplazó al catolicismo
a que explicara qué derecho tenía a la vida. Odiado, es­
carnecido, se convirtió, a partir de entonces, para la más
brillante intelectualidad de Francia y, en consecuencia,
para la intelectualidad del mundo entero, en una infamia
que no se podía tolerar.
Los deístas *v ateos franceses se valieron de todas las
armas literarias a su alcance para asegurarse el asenti­
miento de miles de inteligencias, a las que nunca ten­
dría acceso una labor seria de teología o apologética.
El jansenista había sido un adversario grave y serio,
y se le pudo combatir, intelectualmente, sin gran dificul­
tad. Pero a la mofa de estos nuevos enemigos, los pre­
cursores de los modernos ataques a la fe y a la moral
tradicionales, no era posible hacerles frente con las armas
del saber. Eran los primeros en reírse, y la plebe que
coreaba su risa estaba ya fuera del alcance de la dialéc­
tica. Para la hora en que la plebe se detuviera a refle­
xionar, el movimiento preparó un gran compendio del
r e b e l ió n d r l o s m o n a r c a s c a t ó l ic o s

saber, la primera Enciclopedia, en la que la civilización


del siglo x v iii encontró una esj>ecie de educador |>opu-
lar universal con que iniciarse en el conocimiento de
todas las ciencias y escrita de tal modo que, en todo mo­
mento, la totalidad del saber humano sirviera para mani­
festarse en contra de la religión, y especialmente en con­
tra de la Iglesia católica.
L a Iglesia no se encontraba preparada para luchar
contra esos filósofos, los enciclopedistas, contra esos poe­
tas, dramaturgos y reformadores sociales, que practica­
ban y recomendaban todo hábito licencioso (Voltaire, Di-
derot, D ’Alembert, Rousseau, etc.), y que en una época en
la que ser civilizado equivalía a ser francés, y cuando
en toda Europa el pensamiento francés y las costumbres
francesas se copiaban ávida y entusiastamente, eran es­
critores que marcaban la pauta al mundo entero como no
se había dado el caso desde los tiempos de Erasmo. Sus
mejores defensores eran los jesuítas, provistos como es­
taban, no sólo de una perfecta formación teológica y una
sólida base espiritual, sino también de una habilidad
práctica en el uso del lenguaje que los convirtió en maes­
tros de un moderno estilo clásico. Desde 1750. aproxim a­
damente, la ofensiva contra el catolicismo se convierte en
ofensiva contra los jesuítas, para la que encuentran los
deístas poderosos aliados entre los mismos católicos.

Guerra contra En el año 1770 sumaban 23.000 los


los jesuítas. miembros de la Compañía de Jesús, en­
tre sacerdotes, escolares, legos y novi­
cios, y además de sus casas europeas administraban dos­
cientos setenta y tres puestos en misiones extranjeras.
Fué en Portugal donde la ofensiva obtuvo su prim era
victoria. E l rey, José 1, hombre de facultades corrom pi­
das por largos años de vida licenciosa, era el muñeco de
su ministro el M arqués de Pombal, un aventurero que,
con el manejo de las finanzas y la creación de innum era­
bles monopolios, especialmente en el tráfico vinícola, ha­
bía acumulado una enorme fortuna. Los porm enores de
su prolongada malversación, el naufragio de la organ i­
zación militar, de las escuelas y las universidades, debido
17 s. h. 1.
SÍN TKSIS DF, HISTORIA I>li I,A IG I.K SlA

a su actuación; su salvaje represión de todo juicio crí­


tico, son hoy día lugares comunes de la historia. En los
jesuítas veía al único poder que, mediante una posible
renovación de su influencia ante la familia real, podía
derribarle con la misma facilidad con que se había en­
cumbrado. A l ser atacados por un jesuíta los monopo­
lios, resolvió lanzarse.
Su método consistió en presentar una denuncia al
papa. Benedicto x iv (1740-1758), acusando a la Compa­
ñía de participar en empresas comerciales por el hecho
de que los jesuítas vendían el producto de las grandes
reducciones que habían creado en el Paraguay. E l papa
consintió en que se abriera una investigación. De ésta
se encargó el cardenal-patriarca de Lisboa, Saldanha.
Antes de quince días, sin haberse escuchado la explica­
ción o defensa de un solo jesuíta, se encontró con que
la Compañía había sido declarada culpable.
El anciano pontífice murió justamente al día siguien­
te de haber sido informados los jesuítas por la comisión.
Fué a su sucesor, Clemente x m (1758-1769), a quien
apelaron los religiosos contra el procedimiento seguido.
Pombal, temiendo que una política más enérgica por
parte de Roma pudiera empujar al rey a solidarizarse con
la Compañía, recurrió a la falsificación y presentó al rey
una decisión de Roma confirmando la condenación de
Saldanha. El papa descubrió la trampa, y la falsificación
fué quemada en Roma por el ejecutor oficial. Pombal,
según todo hacía prever, tendría que ser ahora destitui­
do. Pero en estas circunstancias tuvo lugar un atentado
contra el rey cuando regresaba de una cita con la mujer
de uno de sus nobles, dirigido por el marido agraviado.
Falló el tiro, pero el asunto sirvió de excusa para anun­
ciar que existía un vasto com plot; practicáronse cente­
nares de detenciones y, naturalmente, se consideró a los
jesuítas complicados en el asunto. El 12 de enero de
1759, todos los jesuítas de Portugal fueron detenidos,
y la mayoría de ellos embarcados para los estados ponti­
ficios y abandonados en la costa, provistos únicamente de
sus sotanas y breviarios. Sus casas, sus colegios y sus
tierras fueron confiscados, y cuando el nuncio protestó,
REBELIÓN DE 1 ,0 8 MONA R C AS CATÓLICOS ________________________ «M

también él fué expulsado retirándose a la vez al emba­


jador portugués en Roma.
Luego les llegó el turno a las provincias francesas
de la Compañía. “ Cuando hayamos destruido a los jesuí­
tas, escribía Voltaire, en 1761, a un correligionario, fá­
cilmente podremos acabar con la Infamia” (es decir, la
Iglesia católica). En Francia, a partir de 1750, se había
unido a los jansenistas, galicanos y filósofos, todos elk>s
rabiosamente hostiles a los jesuítas, una nueva fuerza,
a saber, la concubina del rey, Madame de Pompadour,
que nunca perdonó a la Compañía la negativa de sus
miembros que desempeñaban el cargo de confesores de
Luis x v (1715-1774), a sancionar sus relaciones adúlte­
ras con el monarca. Llegado el momento crítico, todo
dependería del rey, y su compañera, en ese momento,
podría vengarse.
El motivo para la supresión en Francia fué el desca­
labro financiero de la misión jesuíta de la Martinica, de­
bido a la captura de sus cargamentos por barcos ingle­
ses, en las primeras semanas de la guerra de los siete
años (1756). E l déficit ascendió a un millón de libras
esterlinas, y el principal acreedor reclamó su dinero al
jesuíta que desempeñaba el cargo de procurador general
para las Misiones.
Éste declinó toda responsabilidad, alegando, lo que
al parecer era verdad, que el administrador de la misión
de la M artinica, P. I^avalette. había efectuado sus tran­
sacciones sin la debida autorización y además que cada
casa de la Compañía era la única responsable de sus
deudas.
El acreedor demandó entonces a la Compañía, y los
tribunales la declararon responsable y ordenaron que
debía pagar. Los jesuítas apelaron al tribunal supremo,
el parlamento de París, donde, por una centuria larga,
se había sentado el más influyente de sus muchos enemi­
gos. O tra vez se falló contra ellos, y no sólo se les con­
denó a pagar, sino que el alto tribunal aprovechó la
oportunidad para hacer una investigación oficial sobre
la Compañía, ordenando la presentación de sus estatutos
al propio tribunal. A lo largo de los años 1761 y 1762,
280 SINTESIS OK HISTORIA I>H I,A IGI.ESIA

incitadas, provocadas o estimuladas por este ataque del


parlamento de París, todas las acusaciones formuladas
en cualquier época contra la Compañía, o contra sus
miembros, se renovaron violentamente por medio de fo­
lletos y hojas volantes, al tiempo que su inclusión en los
documentos oficiales del proceso les confería ante el pue­
blo ignorante cierto carácter de autenticidad. R1 (> de
abril de 1762 se tomó la decisión de que la Compañía,
por ser poco menos que una asociación de delincuen­
tes. responsables de todos los cismas y herejías que
habían existido, blasfemos e impíos en sus doctrinas, de­
bía suprimirse.
Durante otros dos años se prolongó la batalla, pri­
mero en los parlamentos de las diversas provincias de
Francia y después en la conciencia del rey, cuya firma
era necesaria para dar fuerza legal a los edictos. A l cabo
de un largo asedio, Luis x v capituló y, en noviembre de
1764. firmó el decreto que negaba la existencia legal a la
orden y ponía a sus miembros bajo la jurisdicción de los
obispos locales.
Hasta qué punto procedió el rey al tomar esta reso­
lución en contra de lo que todavía quedaba de mejor en
él, lo declaran sus propias palabras a su ministro, Choi-
seul: “ No siento personalmente ningún afecto especial
por los jesuítas, pero todos los herejes los detestaron
siempre. No digo más sobre este punto. Si, por la paz de
mi reino, los expulso, contra mis inclinaciones, no quiero
que se crea, ni por un momento, que estoy de acuerdo
con todo lo que los parlamentos han dicho y hecho contra
ellos... No digo más, o tendría que decir demasiado” .
La supresión se llevó a efecto a despecho de las pro­
testas de los obispos de Francia y su clero y, finalmente,
del mismo papa. Clemente x m los protegió enérgicamen­
te, protestando contra los edictos del parlamento de Pa­
rís; y cuando llegó el último acto y Luis xv firmó el
decreto, publicó, en la bula Apostolicum (9 enero 17O5),
la más elocuente defensa de la Compañía de Jesús, una
especie de reconocimiento formal de todo cuanto había
hecho por la iglesia, y una nueva aprobación de los prin­
cipios ríe la institución y de sus muchas obras buenas.
REBELIÓN DE LOS MONARCAS CATÓLICO« 2<1

“ Me felicitas por lo de R u sia: felicítame también por


lo de España", escribía Voltaire en 1768 a un librepen­
sador protestante amigo suyo, el ministro calvinista Ver-
nes. Hablaba a continuación de su otro amigo, el conde
de Aranda, primer ministro de España, que “ en un solo
año ha llevado a los españoles más lejos de lo que han
adelantado los franceses en veipte años” . La hazaña de
Aranda fué la supresión de la Compañía de Jesús en
España, la nación entre todos los países católicos en que
la Compañía se hallaba más floreciente, y esto en pleno
reinado de un soberano, Carlos m (1759-1788). que
era universalmente considerado como un modelo de
vida católica. “ Tm quoquc, fUi m i” , le escribió el angus­
tiado papa.
La supresión en España fué la más misteriosa de to­
das, y nunca ha llegado a ponerse en claro cómo fué que
el rey se prestó a ello. En marzo de 1766 se produjeron
graves disturbios en Madrid, así como en otras ciudades
importantes. Se alegó que los verdaderos autores de este
movimiento político, cuyo objeto era en realidad protes­
tar contra la excesiva influencia de los napolitanos intro­
ducidos por el rey desde 1759, eran los jesuítas, y en
octubre se abrió una investigación. Todo el asunto fué
llevado con inusitada reserva. Los nombres de los testi­
gos, la naturaleza de las pruebas, nunca fueron revela­
dos. Tampoco se oyó a los acusados en su defensa. Y to­
dos los documentos de la investigación fueron destruidos,
una vez que el rey los hubo estudiado. En febrero de
1767 se tomó la decisión, y se dispuso que se anunciara
sin dar explicaciones de ninguna clase. Se expidieron
órdenes selladas, que se abrirían en la noche del 2 de
abril de 1767. En la mañana del día 3, de acuerdo con
estas instrucciones, todos los jesuítas que se hallaban
en los dominios del imperio español fueron detenidos,
enviados a los puertos previamente designados, embarca­
dos v conducidos a los estados pontificios. El monarca
español anunció simplemente que graves razones de
estado, que para siempre guardaría encerradas en su
real pecho, requerían y justificaban este modo de
proceder.
2«2 SIN TESIS P K HISTORIA DE I,A ItíI,E 8IA

En noviembre, su hijo, el rey ele Ñapóles, y en enero


del siguiente año (1768), su sobrino, el duque de Par-
ma, siguieron su ejemplo.
Ahora ya sólo faltaba forzar al papa a la supresión
universal de la Compañía. Quedaban todavía diez mil
jesuítas en los dominios austríacos, en Alemania y en el
reino italiano del norte de Cerdeña, pues estos soberanos
no habían sido hostiles a la Compañía. La nueva cam­
paña contra el papa empezó inmediatamente, dirigida
por Carlos 111 de España. El papa se mantuvo firme
frente a toda suerte de insinuaciones; frente a la ame­
naza (1768) de que los poderes borbónicos le destrona­
rían y se repartirían sus estados, y frente a la toma efec­
tiva de Aviñón, Benevento y Ponte Corvo.
En enero de 1769, las tres potencias, Francia, España
y Nápoles formularon una petición oficial conjunta para
la supresión de la Compañía. Clemente x m la rechazó
total y rotundamente. Fué su último acto. El largo es­
fuerzo de sus once años de lucha con este decadente ca­
tolicismo borbónico acabó, al fin, con su resistencia,
y mientras las tres potencias planeaban un bloqueo de
Roma y una insurrección *jue obligaría al papa a huir,
éste falleció el 2 de febrero de 1769.
No disponemos aquí de espacio para referir las intri­
gas que llenaron las largas semanas del conclave subsi­
guiente (15 febrero-18 mayo). Su resultado fué la elec­
ción del franciscano conventual Lorenzo Ganganelli, que
tomó el nombre de Clemente x iv . ¿Acaso, en prenda de
su elección, había prometido la supresión de la Compa­
ñía? Así se ha afirmado por serios y competentes histo­
riadores, aunque parece no ser verdad. Lo cierto es que,
ya a partir de la primera semana de su pontificado, co­
menzó la ofensiva contra la inocente Compañía. María
Teresa, emperatriz de Austria, cesó de apoyar a los je ­
suítas. El rey de Cerdeña, también buen amigo de ellos,
falleció y gradualmente el papa fué cediendo. Los Bor­
dones redactaron el decreto y, el 21 de julio de 1773,
Clemente x iv lo firmó. Fué el breve Dontinus ac Hc-
demptor. No juzgaba a la Compañía ni pronunciaba
sentencia contra ella. El decreto refería simplemente
REBELIÓN DE LOS MONARCAS CATÓLICOS ___ __ **3

cómo desde siempre los jesuítas habían sido un blanco


de contradicción, y exponía muchos de los cargos que se
les imputaban. P or la causa de la paz, que no podría
mantenerse mientras ellos existieran, el papa suprimió
la Orden.
Con los repartos de Polonia, iniciados casi en ese
mismo año (1772), la supresión de los jesuítas es el gran
crimen que introduce la nueva era del liberalismo. Las
intrigas, los embustes, la blasfemia, el libertinaje y la
tiranía que lo originan, caracterizaron al movimiento li­
beral contra la religión a lo largo de la siguiente centu­
ria, hasta el logro de su triunfo más espectacular: la
supresión del poder temporal de los papas y la destruc­
ción de sus estados (1870).

Febronio y L a crónica de esos quince años (1758-1773)


José II. es una aterradora demostración de lo poco
de catolicismo que había sobrevivido realmente en esas
monarquías católicas absolutistas que el concilio de Tren-
to había aspirado, pero no se había atrevido, a reformar
y recordarles su deber. Apenas transcurridos dos siglos,
habían obligado a doblar la rodilla al propio papado.
Otros triunfos se registraron, no tan brutalmente violen­
tos, pero igualmente significativos, en los estados no
borbónicos. H ay que reservar un espacio para hacer
mención del movimiento germánico denominado febro-
nianismo y sus repercusiones italianas en el sínodo de
Pistoya (1786), y para una descripción sumaria de las
reformas del emperador José n (1765-1790).
Febronio era el seudónimo de Juan Nicolás de
Hontheim, obispo auxiliar del principe obispo de T ré-
veris. E ra un canonista, discípulo del más famoso tal vez
de todos los canonistas galicanos, el profesor de Lovaina,
Van Espen. En 1763. como contribución al movimiento
para reconciliar a protestantes v católicos, publicó una
obra titulada La constitución de la Iglesia y la autoridad
legal del Romano Pontífice. Aquí, todas las teorías rela­
cionadas con el concilio de Constanza, y refrendadas en
los artículos galicanos de 1682, se enunciaron de nuevo,
y de un modo más radical aún. L a jurisdicción, se de­
264 SIN TESIS DE HISTORIA DE I<A IGLESIA

claraba, pertenecía a la Iglesia como un todo y el papa


estaba supeditado a la Iglesia. La primacía no iba nece­
sariamente unida a la sede de Roma, y la Iglesia podía,
en caso de necesidad, hacer papa a cualquier otro obispo.
La primacía papal es en realidad una gestión administra­
tiva, más que una fuente de potestad. De este análisis
teórico, Febronio pasó a los hechos, v explicó la con­
tradicción de éstos respecto de su teoría afirmando que
durante el último milenio los papas habían usurpado gra­
dualmente muchos de los poderes que propiamente co­
rrespondían a los obispos. El papa, declaró también ex­
plícitamente, no es infalible. El verdadero primado de la
Iglesia es el concilio general, sin el cual el papa no
puede promulgar decretos sobre la fe, ni decretos que
afecten a la disciplina de la Iglesia universal. Tampoco
puede el papa legalmente admitir apelaciones de toda la
Iglesia.
La conclusión práctica del libro es que la usurpación
debe terminar y debe restablecerse la disciplina primiti­
va. Para conseguirlo, se invita a los soberanos católicos
a rechazar los decretos del papa, y a los obispos a recla­
mar la ayuda del gobernante civil para que les proteja
contra el papa.
El libro fué condenado por Roma al año de su publi­
cación (27 febrero 1764); pero aunque en Alemania se
hallaron diez obispos dispuestos a obedecer al papa y su­
primir la obra, el año siguiente (1765) vió dos nuevas
ediciones y rápidamente fué traducida al alemán, fran­
cés. italiano, español y portugués. Entre 1770 y 1774,
Febronio publicó tres volúmenes complementarios de­
fendiendo su tesis contra la condenación, y en 1777 pu­
blicó un compendio manual de la misma obra. Hacia el
año 1780 las nuevas ideas estaban bien difundidas por
toda la parte de Europa que todavía se llamaba católica.
Pío vi (1775-1799), el sucesor de Clemente x iv , no
contento con la condena del libro, conminó a su autor
a retractarse de lo que había escrito, y en 1778 Febro­
nio hizo un simulacro de retractación. Pero el mal ya
estaba hecho y el libro resultó un instrumento sumamen­
te útil en manob de los canonistas austríacos, dedicados
REBELION DE LOS MONARCAS CATÓLICOS «M

ahora a esclavizar al catolicismo sometiéndolo al estado


en los dominios de José n.
El libro proporcionó también una base para una de­
mostración antipapal por parte de los príncipes obispos
alemanes. Los electores de Colonia. Maguncia y Tréveris
se reunieron en Coblenza en 1769 y públicamente se pro­
clamaron agraviados por las “ usurpaciones” de la curia
romana en la jurisdicción que a ellos les pertenecía.
A los once años de esta protesta, al pasar el dominio
íntegro del imperio a manos de José 11, pareció que iba
a traducirse en hechos la totalidad del programa febro-
niano. El nuevo emperador era un liberal, simpatizante
con todas las ideas características del siglo x v m , deter­
minado a reformar totalmente su administración, a abo­
lir antiguos servilismos y a construir un estado moderno
de ciudadanos ilustrados y libres. La compleja varie­
dad de costumbres, leyes y jurisdicciones sería sustituida
por la uniformidad de una eficiente máquina guberna­
mental, fuertemente centralizada. Los principales agentes
de esta política eran el canciller, Yon Kaunitz. amigo de
Voltaire, y V an Sweten, el ministro de educación (si se
nos permite esta denominación anticipada), que era jan­
senista.
Para José 11 la Iglesia era primordialmente un de­
partamento de estado cuya misión era fomentar el orden
moral. En la vida de la Iglesia el emperador seria la au­
toridad suprema, y ahora, en sucesivos edictos, se pro­
hibió a los obispos recibir o tomar nota de los decreto:
pontificios sin el consentimiento del emperador; se les
prohibió comunicarse con Roma, e incluso pedir facul­
tades a Roma, lo mismo que publicar cartas pastorales
mientras no las aprobase el censor imperial. Los monas­
terios y conventos inútiles (es decir, los de las órdenes
contemplativas) fueron suprimidos. Sumaban éstos 318,
entre un total de 915. Las órdenes terceras y congrega­
ciones fueron suprimidas también, y toda la riqueza de la
Iglesia se fundió en un solo fondo central, que el estado
se encargaría de administrar en provecho de la religión.
Las parroquias fueron reorganizadas a base de una igle­
sia por cada setecientas personas, y se estableció como
SÍNTESIS HE HISTORIA DE LA lUUESIA

norma que nadie tenia necesidad de vivir a más de una


hora de cualquier iglesia, y que en ese radio no se nece­
sitaba más que una sola iglesia. Las promociones de
clérigos se admitirían mediante exámenes ante el es­
tado; y en lugar de los diversos seminarios diocesanos
y de las casas de estudio de las órdenes religiosas, el em­
perador fundó doce nuevos seminarios del estado, y en
ellos únicamente recibiría instrucción el clero, regular
y secular. Los directores y el cuerpo docente de estos
seminarios fueron cuidadosamente seleccionados entre
los elementos liberales que integraban el clero, no po­
cos de ellos francmasones, y con ello se introdujo una
corriente de ideología liberal en la vida eclesiástica de
Austria que seguiría constituyendo una fuerza hasta muy
entrado el siglo x ix . ‘ Mi hermano el sacristán” , como el
rey librepensador de Prusia motejaba al emperador, fué
todavía más lejos en los detalles. El número de cirios
que debían encenderse en el altar para la misa, las ora­
ciones que debían recitarse, los himnos que debían can­
tarse.... todo se fijó minuciosamente por decreto impe­
rial. Sólo se celebraría una misa diaria en cada iglesia,
y debia celebrarse en el altar m ayor: todos los demás
altares había que quitarlos. Se permitieron las misas
para los funerales, mas no para los aniversarios. El bre­
viario fué sometido a escrupulosa censura, y las fiestas,
tales como la de San Gregorio, fueron prohibidas. Los
sermones sobre la doctrina cristiana no se perm itieron;
se prohibió la letanía lauretana y el rosario. La custodia
no debía emplearse para exponer el Santísimo.
Pío vi, alarmado por el futuro del catolicismo en
Austria, cuyo soberano estaba pensando seriamente
en una ruptura formal con Roma y en el establecimiento
de una iglesia nacional, dió el paso inusitado de visitar
personalmente al emperador para defender la causa de
la unidad religiosa. Llegó a Viena en marzo de 1782, y la
discusión se prolongó durante un mes. El emperador no
quiso revocar lo que ya había decretado, pero hizo al
papa la promesa de no injerirse en cuestiones dogmáti­
cas y de no hacer nada que pusiera en duda la primacía
de la sede romana.
REBELIÓN DE 1,08 MONARCAS CATÓLICOS ____267

En España, Cerdeña. Venecia y especialmente en


Nápoles. empezaron a copiarse las reformas de José 11.
El rey de Nápoles rechazó explícitamente la soberanía
papal, que databa de siete siglos, y, reivindicando el de­
recho de abastecer las sedes vacantes independientemen­
te de la aprobación pontificia, dió lugar a que hacia 1790
se hallasen sin obispo más de la mitad de las diócesis
del reino.
En Alem ania, en 1786, los príncipes obispos se re­
unieron una vez más, en Ems, para protestar contra las
“ usurpaciones” romanas. U no de ellos, el elector arzo­
bispo de Colonia, era hermano de José 11, y el manifiesto
es prácticamente una exigencia de que la Iglesia en
Alemania sea reconocida como independiente de Roma,
y una aseveración de que, en la práctica, los obispos no
tienen a nadie por encima en la tierra. El motivo de esta
rebelión fué el establecimiento de una nunciatura en la
corte bávara. Esos príncipes eclesiásticos solían ignorar
las obligaciones de su estado, y eran los nuncios ponti­
ficios los que tenían que administrar los sacramentos de
la confirmación y el orden en sus diócesis. El estableci­
miento de otra nunciatura, y la llegada a sus territorios
de otro prelado de Roma con fines episcopales, fué un
agravio para esos nobles mitrados.
Justamente un mes después de la declaración de Em s
manifestóse la misma intolerancia respecto de lo sobre­
natural, mucho más cerca de Roma, en el sínodo convo­
cado por el obispo de Pistoya. en Toscana. A quí el so­
berano. el gran duque Leopoldo, era también hermano
de José ii ; y el sínodo tenía por finalidad emprender
en Toscana un movimiento de “ reform a” similar al que
prosperaba en Italia y Austria. Los obispos de Toscana,
no obstante, negáronse a apoyar a su colega de P istoya.
v, excepto lo que significó como demostración antipapal
y como nuevo testimonio de lo exigua que era la fe de
los príncipes católicos, el sínodo no tuvo mayor im por-
tnucía.
No es difícil comprender al historiador francés que
ha dejado escrito: “ Dios salvó entonces a la Iglesia en­
viándonos la Revolución francesa para destruir el abso­
268 SIN TESIS DE HISTORIA DE l,A IGLESIA

lutismo real” . Efectivamente, hacia i7<)0, fuera de los


estados de la Iglesia y de los nuevos Estados Unidos
de América. 110 había un solo país en el mundo en que
la religión católica gozara de libertad para vivir plena­
mente su propia vida, y ni un solo país católico en que se
le ofreciera otra perspectiva que la de una progresiva
esclavitud y un gradual debilitamiento.
Pero, antes de considerar los efectos de la revolu­
ción, hemos de decir algo sobre el anverso del sombrío
cuadro que presenta el catolicismo en esos ciento cua­
renta años (1648-1789), sobre la continua intervención
sobrenatural que mantuvo viva la fe, la cual se mani­
fiesta del modo más sorprendente en las vidas de los
grandes santos y en el progreso de la devoción. T res
santos especialmente merecen un com entario: Santa
M argarita María Alacoque (1647-1690), San Pablo
de la Cruz (1694-1775) y San Alfonso M. de Ligorio
(1696-1787).

. Ipariciones dei Santa M argarita María era una reli-


sagrado Corazón; gjosa de la orden de la Visitación,
los pasiomstas 7 , , o t- · j c*
V los rcdcntorisias.fmldada lx)r San francisco de Sa-
les, y pertenecía a la comunidad de
Paray-le-M onial, en Borgoña. En
este convento se apareció Nuestro Señor varias veces
a la santa entre los años 1673 y 1675, dándole instruc­
ciones para que fuese heraldo de una nueva devoción que
recordase a la Iglesia el amor de Dios a los hombres
y la realidad de su justicia. L a devoción había de cen­
trarse en torno a la contemplación del Sagrado Cora­
zón de Jesús, y la santa recibió el expreso mandato
de proclamar al mundo el apasionado amor de este
Sagrado Corazón por los hombres. En una de estas
apariciones, Nuestro Señor se la mostró con sus cinco
heridas irradiando luz cual cinco soles y el corazón des­
cubierto en su pecho y en llamas, como centro y fuente
de toda luz. La santa recibió el encargo de establecer la
práctica de honrar especialmente al Sagrado Corazón de
Jesús el primer viernes de cada mes y de dedicar ella
misma la última hora de cada jueves a una vigilia u ora-
REBELIÓN DK 1 ,0 8 MONARCAS CATÓLICOS *69

ción “ en parte para aplacar la cólera divina implorando


misericordia para los pecadores, en parte para mitigar
en cierto modo la amargura que Y o sentí al verme aban­
donado por mis apóstoles” . Las palabras de Nuestro
Señor al aparecerse durante la octava del Corpus Christi
de 1675, resumen toda la significación y el espíritu de
lo que la nueva devoción quería promover: “ Contemplad
este corazón que tanto ha amado a los hombres, que
nunca evitó agotarse y consumirse para probar su amor.
Y en correspondencia, de la mayor parte de la humani­
dad sólo recibo ingratitud, desdén, irreverencia, sacri­
legio e indiferencia en el sacramento que es el mismo
amor. Lo que más me aflige es precisamente que sean
aquellos cuyos corazones se consagran a Mí los que me
traten de ese modo. Por esto te encargo que el primer
viernes siguiente a la octava del Corpus Christi sea dedi­
cado a una fiesta especial en honor de mi corazón, en
honrosa reparación por los insultos que ha recibido
cuando ha estado expuesto en el altar. Y Y o te prometo
que mi corazón se ensanchará para derramar con mayor
abundancia el influjo de su santo amor sobre aquellos
que le rindan este tributo y que trabajen para que este
tributo le sea rendido.’’
L a nueva devoción progresó muy lentamente. La
propia comunidad de Paray estuvo dudando largo tiem­
po. Gradualmente fue conquistando los conventos de la
orden, y en dos virtuosos jesuítas, el venerable Claudio
de la Colombiére y el P. Juan Croiset, tuvo unos activos
apóstoles que la dieron a conocer en el e xterio r3. El
venerable Claudio murió en 1682; Santa Margarita Ma­
ría en 1690. Fué sobre el P. Croiset sobre el que recaye­
ron las primeras críticas realmente adversas. Era el mo­
mento de alarma universal por el quietismo y empezaba
a cundir una desconfianza general respecto al misticismo.
Ahora, al parecer, se trataba de otra novedad mística,
y en 1704 el libro del P. Croiset. La dez'oción al Sagrado

3 l· 110 de los prim eros lugares en que se predico la nueva devoción


fue el palacio real de Londres, donde el venerable Claudio residió algún
tiempo (16 7 6 ) como capellán de la duquesa católica de Y o rk , M aría de
Módena
•i70 SÍN TESIS L>E HISTORIA DR LA IGLESIA

Corazón, fue puesto en el índice. Las instancias para que


se instituyera la festividad del Sagrado Corazón fueron
rechazadas en Kx)f>, y de nuevo treinta años más tarde.
No fue hasta 1765 cuando Clemente x u r , en medio de
sus esfuerzos para salvar a la Compañía de Jesús de los
príncipes católicos, promulgó el decreto que la incluía en
el calendario.
Italia, en la generación que presenció estos primeros
esfuerzos para establecer la devoción al Sagrado Cora­
zón, fue testigo de un gran renacimiento espiritual capi­
taneado por el franciscano San Leonardo de Porto Mau-
rizio (1Ó76-1751). Aproximadamente desde el año 1710
estuvo constantemente de camino, predicando, y especial­
mente en Toscana, Genova, Córcega y en Roma. Con sus
sermones hizo mucho por restablecer la práctica de la
oración d iaria; y, en una época que tendía a desvalorar
la necesidad de los sacramentos, él predicó constante
e invariablemente las ventajas de la misa. En su fidelidad
a estos dos temas y en la extrema austeridad de su vida,
San Leonardo es una especie de precursor de San A lfon ­
so, para el cual, realmente, él es “ el gran misionero del
siglo” .
San Alfonso poseía otros dones que hicieron sentir su
influencia en un campo más amplio. Pero otro santo, que
como San Alfonso es fundador de una nueva orden, ocu­
pa un lugar entre éste y San Leonardo. Nos referimos
a Pablo Danei, San Pablo de la Cruz (1694-1775), fun­
dador de los pasionistas. San Pablo es principalmente un
gran místico, hombre de increíbles penitencias y de in­
cesante oración, cuya vida toda está caracterizada por
visiones y revelaciones especiales que se centran en torno
de la devoción a la pasión de Nuestro Señor. E s una vida
que constituye la misma antítesis del jansenismo. Como
San Leonardo, era originario del norte de Italia, y allí
fué donde trabajó principalmente. La orden que él fun­
dó tenía por objeto predicar el significado de la pasión.
El pasionista se entregaba a una vida de unión con Je­
sucristo en el sufrimiento, y con este espíritu predicaba
su misión, que había de tratar, en fuerza de su voto, de
la Pasión.
kE BF,I,IÓ N DE L 0 8 MONARCAS CATÓLICO» 271

San Alfonso tal vez sea conocido sobre todo como


fundador de los redentoristas, orden fundada con el
solo objeto de devolver a los pecadores al recto camino
y fortalecer a los fieles en su lealtad al mismo. El fun­
dador fué la única gran personalidad católica de su tiem­
po. Napolitano de noble cuna, con sangre española, era
ya figura destacada en el foro cuando, en 1723, dió un
giro a su vida para consagrarse a la labor sacerdotal
y apostólica. Los grupos a quienes se dirigía en su apos­
tolado eran las abandonadas gentes de la campiña napo­
litana. L a nueva orden, fundada en 1732, tenía un plan
de acción definido y un alto nivel de estudios. Los reden­
toristas llevaban en sus moradas una vida tan rigurosa
como la de un cartujo.
San A lfonso hizo, y observó, un voto de no perder
jamás un momento; y cuando, después de casi veinte
años de actividad misionera y vida religiosa empezó
a escribir (1745), su producción literaria fué prodigiosa.
H ay en el catálogo de sus obras innumerables libros de
devoción popular, que continúan reimprimiéndose y si­
guen familiares a todos los católicos: asi, las Visitas al
Santísimo Sacramento y el Camino de salvación. Com pu­
so también himnos a los santos, pues era un poeta y mú­
sico nada vulgar. Tiene numerosos escritos antijansenis­
tas lo mismo que libros, extensos y breves, en réplica a
los ataques de los filósofos contra la doctrina y la prácti­
ca católicas. En fin, tenemos de él la obra que lo ha colo­
cado entre los doctores de la Iglesia, su Teología moral,
una de las grandes obras cuya aparición señala en verdad
el comienzo de una nueva época. Nadie ha hecho más,
no sólo para derrotar al jansenismo como sistema ético,
sino para poner término a la influencia jansenista sobre
moralistas católicos ortodoxos y directores espirituales,
que San Alfonso. Esto y el establecimiento de una nueva
tradición positiva en la ciencia de la teología m oral, le
hacen altamente acreedor a la gratitud de las generacio­
nes posteriores.
Su congregación de los redentoristas tuvo que afron­
tar toda la virulencia de las teorías regalistas en N ápo-
les y la injerencia del omnipotente ministro de C arlos n i,
·>:·> .SINTESIS r»U HISTORIA 1)K LA IGLESIA

Tanucci, que hizo mucho para impedir el temprano des­


arrollo de esta orden. Pero fue como una especie de ré­
plica divina el que de la misma orden saliera San Cle­
mente Hofbauer (1751-1820), no sólo el apóstol del
renacimiento católico en Austria en la generación que
siguió a José 11, sino el victorioso jefe de la oposición
trente al intento de imponer un nuevo regalismo después
de las guerras napoleónicas.
Entretanto, redentoristas y pasionistas siguen contán­
dose, junto con los dominicos, franciscanos y jesuítas,
entre las fuerzas más conocidas que, en el moderno cato­
licismo. colaboran para mantener y extender la primacía
de lo espiritual.
9. A ta q u e del lib e r a lis m o

1789 - 1878

Espíritu de No es exagerado decir que la revolución


este período, francesa fué, para las autoridades que go­
bernaban la Iglesia, corno un rayo caído
de un sereno cielo estival. A Pío vi, la larga serie de
acontecimientos desarrollados desde 1758 le habían alec­
cionado en todo, excepto en la única cosa que realmente
importaba, esto es, que más pronto o más tarde, tanto las
monarquías absolutistas como el papado, que no acer­
taba a independizarse de ellas, serían igualmente victi­
mas de la nueva agresión filosófica. El papado había ca­
pitulado incluso ante la criminal injusticia de la supresión
de los más leales siervos de la causa de Dios, y se había
rebajado hasta ensalzar públicamente como un modelo de
monarca cristiano al perverso, al lujurioso rey de Fran­
cia, que había sido uno de sus principales tormentos.
Ahora el propio papado sufriría un largo castigo de
ochenta años (1789-1870), para ser renovado, consumi­
do su antiguo espíritu mundano en el fuego de nuevos su­
frimientos soportados con espíritu sobrenatural. Y en el
desbarajuste universal del cuarto de siglo que siguió a la
destrucción de la Bastilla (14 julio 1789), serían destrui­
dos los últimos restos de la estructura material que había
conservado el catolicismo de la Edad Media. En Francia
primeramente, y después en todos los países que cayeron
bajo su influencia, en Alemania, Italia y España, desapa­
recieron las grandes abadías principescas, para no re­
surgir jamás, excepto como casas religiosas, y desapare­
ció también el permanente, el irreformable escándalo del
príncipe-obispo. Tanto lo bueno como lo malo sufrieron
las consecuencias, pues los revolucionarios no obraban
18 s h. i.
2T4 SÍNTESIS DE HISTORIA DE I<A IGLESIA

inspirados por amor al bien, sino con un afán iconoclas­


ta de destruir toda la obra del catolicismo. Los estados
semisagrados de la Iglesia fueron ocupados sin el menor
escrúpulo en 1798 por el nuevo estado absolutista creado
por la revolución, y el anciano papa puesto en cautive­
rio, en la ciudadela de Valence (Francia), donde murió
dieciocho meses después (1799).
La misma suerte del cautiverio aguardaba en 1808 a
su sucesor Pío v ii (1800-1823), y en los sufrimientos de
estos dos papas la cómoda y frívola mundanería del ré­
gimen dieciochesco había de hallar su expiación, y había
de cimentarse esa devoción a la persona del papa reinan­
te que, desde hace setenta años, ha sido característica tan
destacada de la vida católica y fuente del prestigio de que
goza el papado moderno.
Pió v i i volvió a su capital en 1815 para enfrentarse
con la tarea de reconstruir una Iglesia en ruinas por do­
quier, y una Iglesia que en la catástrofe había perdido
toda esa inmensa organización de órdenes religiosas que,
durante un milenio, había sido el mejor instrumento de
gobierno del papado. Desde los tiempos de San Gregorio
Magno nunca habían existido tan pocas abadías benedic­
tinas. Los dominicos sufrieron tan duramente, que ha­
brían de transcurrir sesenta años para que volviesen
a constituir una fuerza. Newman, en 1846, pudo hablar
del ideal de los dominicos como de algo magnífico, pero
desgraciadamente fenecido. Hasta nuestros días no se
han recobrado los canónigos regulares de la agonía de
aquellos años de guerra y revolución. Y éstas eran las
órdenes a cuya prosperidad iba ligada, por ser una gran
base de su prosperidad, el público desempeño de la li­
turgia sagrada y, con ello, la proclamación del carácter
social de la piedad católica y de los mismos católicos que
no son simplemente una colección de individuos piadosos
que labran su salvación bajo sus directores particular­
mente elegidos. F1 catolicismo del siglo venidero había
de verse grandemente perjudicado en su desarrollo por
esta carencia de religiosos. Había de ser un grave percan­
ce el que este importante aspecto de la vida católica no
e-tuviera representado en el cuadro de la restauración.
ATAQUE DEL LIBERALISMO S7S

Las órdenes monásticas, y con ellas la influencia de


la liturgia, habían quedado reducidas casi a la nada. O tra
grave pérdida fué la desaparición de todas las universi­
dades. Éstas habían sido fundaciones católicas, y con
frecuencia papales. En todas ellas había existido una fa­
cultad de teología, en torno a la cual había girado toda
su vida intelectual. Ahora se habían perdido, y al crear­
se de nuevo, lo serían como universidades estatales, aca­
demias para la investigación y exposición de verdades
naturales tan sólo. L a educación, la formación de la
mente católica en la nueva Europa católica sufriría un
daño inconmensurable, y la formación religiosa sería, res­
pecto de su desarrollo intelectual, algo aparte, un apén­
dice. Otro efecto pernicioso sería que, a partir de enton­
ces, no serian universidades sino seminarios los que
darían el tono a la vida teológica. Los conductores del
pensamiento católico no serían ya pensadores profesiona­
les surgidos de una universidad, sino técnicos, a los cuales
se encomienda la importante tarea de formar al futuro
sacerdote y que, entre otras cosas, le enseñan teología.
El efecto de esta destrucción de las facultades de teolo­
gía en las universidades de la Europa católica, su des­
aparición de la vieja Salamanca, Alcalá, Coimbra, Bolo­
nia, Douai, Lovaina y París, es un tema que todavía
espera su historiador. Cierto que Lovaina se restableció
en 1834, pero el saludable intercambio entre las mentes
teológicas de una decena de universidades católicas, el
siglo x i x no había de conocerlo jamás l .
Esto es lo que registra el “ debe” de la cuenta. En los
años recientes, no obstante, figuraban en el activo al­
gunas partidas más esperanzadoras. Se observaba por
doquier la renovada buena voluntad de los católicos en
general, su nueva adhesión al papado y su nueva aprecia­
ción del valor de una religión independiente de la esclavi­
zante tutela estatal. L a vieja tradición de la primacía de
lo espiritual en la alianza eternamente necesaria entre lo
espiritual y lo temporal había renovado su vigencia
en todos los ámbitos de la Iglesia. Las monarquías abso-
1 Los lectores de Newman recordarán los numerosos comentarios amar·
une la falta de universidades católicas suscita en su< obras.
276 SÍN TESIS DE HISTORIA DE L A IGLESIA

lutistas, tal como existían antes de 1789, habían desapa­


recido para siempre. Y allí donde todavía existían, como
en Austria, país destinado a ser el ángel malo del pa­
pado 2 durante otros treinta años aún, existían bajo la
mirada de una nueva Europa y un nuevo catolicismo,
tan hostiles a su reivindicación de regular lo espiritual,
como los liberales a su reivindicación de un absolutismo
político.
Había también una multitud de nuevas y activas ór­
denes religiosas femeninas, y particularmente órdenes de­
dicadas a la enseñanza, gracias a cuyo celo y abnegación
el sistema de la libre educación popular, destruido por
la revolución, se restablecería en Francia, Bélgica y A le­
mania.
En fin, existían de nuevo los jesuítas, pues en 1814
P ío v n había devuelto la existencia a la gran Compa­
ñía, que gracias a su flexible organización sería el prin­
cipal auxiliar de los papas en la restauración católica de
los sesenta años venideros.
El gran resultado de la revolución había sido des­
truir para siempre el incuestionable reino del absolutis­
mo. Pero en 1815 la derrota del estado francés revolucio­
nario acarreó una restauración general de monarquías
absolutistas, restauración en algunos casos restringida
por las garantías de ciertos derechos constitucionales
a los súbditos. Este arreglo causó gran descontento en
todos los países de Europa, pues en todos los países exis­
tía, hacia 1815. un poderoso núcleo de liberales, un par­
tido que había hecho su evangelio de los principios de
1789 y que, luego de la experiencia de verlos traducidos
en acción durante más de veinte años, no toleraría pa­
cientemente ninguna limitación de la expresión práctica
de los mismos. La situación de 1815 duraría exactamen­
te el tiempo en que fuese posible conjurar el conflicto en­
tre los dos monarcas instaurados y sus súbditos liberales.
Hablando en términos generales, los primeros treinta
años (1815-1848) son un período durante el cual los mo­
narcas absolutistas procuran recuperar el terreno perdi-

Kn apunto*) puramente polítkrx..


ATAQUE DEL LIBERALISMO 377

do y los liberales intentan derrocar la situación estable­


cida en 1815. Los primeros levantamientos liberales, en
Kspaña y en Italia, son sofocados con facilidad. Pero el
éxito de los liberales al derribar la restaurada monarquía
borbónica en Francia (1830) y al establecer, aliados con
los católicos, el reino de Bélgica, señala el comienzo de
un gran cambio. En España, durante los años “ treinta” ,
y lo mismo en Portugal, se desencadena una guerra civil
entre liberales y absolutistas, culminando dicho periodo
en el año de las revoluciones, el 1848. que ve triunfar una
revolución liberal en casi todas las capitales de Europa.
De 1848 a 1870 el liberalismo alcanza su apogeo, y con el
movimiento que integra la totalidad territorial de Italia
bajo la casa ele Saboya, logra el más espectacular y sim­
bólico de sus triunfos.
Los papas son soberanos temjíorales y. como sobera­
nos temporales, son teóricamente absolutistas. No pue­
den, por tanto, sino estar interesados y verse afectados
por este duelo político entre lil^eralismo y absolutismo.
Pero el liberalismo les atañe de otra forma, pues posee
también un aspecto moral. Es un sistema que se propone
luchar contra todos los males que afligen a la humanidad,
y en esta lucha no tan sólo no se propone valerse del sis­
tema espiritual representado por la Iglesia católica, sino
(jue niega a este sistema toda existencia legal, consintien­
do únicamente en tolerar la profesión y la práctica del
catolicismo por el ciudadano particular. P eor aún. el li­
beralismo niega a la Iglesia católica el derecho a ser un
sistema que se interese por la moralidad de la vida pú­
blica. L a política es algo independiente de la moral. P o ­
see su propio código de lo justo y lo injusto, y la Iglesia
debe aceptar la acción del estado tal como se le pre­
sente. La situación se complica v se hace inevitable la
crisis, por el hecho de ser en los estados de m ayoría ca­
tólica donde el movimiento liberal desarrolla una m ayor
actividad. En fin, algunos de los postulados fundam en­
tales del liberalismo son inconciliables con la doctrina
católica, y algunas de las instituciones más característi­
cas del estado liberal son de tal naturaleza que la Iglesia
no puede aprobarlas. Y , por desgracia, los liberales son
278 SÍNTESIS 1>E HISTORIA DE LA IGLESIA

casi en todas partes el único partido realmente interesa­


do en mejorar las condiciones materiales de la humani­
dad y en la corrección de los abusos sociales.
L a Iglesia combate en todas partes al liberalismo, en
el sentido anteriormente apuntado, y, al propio tiempo,
sigue todavía enfrentada con la amenaza de los reyes
absolutistas. A éstos ya no los tolera con la suplicante
mansedumbre del siglo x v m , sino que los combate con
los primeros impulsos de un nuevo rigor, luchando el
restaurado catolicismo de esos años especialmente por la
libertad de la Iglesia en los estados de Sudamérica, que
hasta poco antes habían sido colonias de España en acti­
va rebelión contra la madre patria.
El período termina con la derrota final del papado
como poder temporal, destruido en este aspecto por los
estados liberales. El hundimiento de los estados ponti­
ficios en 1870 es una especie de símbolo de que el pro­
ceso iniciado en W estfalia en 1648 ha alcanzado su
culminación. A l propio tiempo, el concilio Vaticano con­
vocado este mismo año da testimonio del triunfo final,
dentro de la propia Iglesia, del antiguo concepto romano
de la función papal. En adelante no habrá más galicanis-
mo, ni siquiera de nombre, ni siquiera como escuela de
i>olitica eclesiástica. Y , lo más notable de todo, habrá un
nuevo tipo de p ap a; una nueva mentalidad regirá en
adelante los destinos de la Iglesia. Los papas de la res­
tauración del siglo x ix (1800-1878) 3 son todos hombres
preeminentes en santidad y de probada capacidad. Pero
todos ellos son hombres del siglo x v m , o más bien de
la época absolutista que este siglo corrientemente simbo­
liza. Les resultaba difícil comprender el mundo nuevo
que la revolución había creado; el modo de combatirlo y
el modo de convertirlo. Pero a la muerte de Pío íx
(1846-1878) fué elegido un papa extraordinariamente do­
tado, tanto por su capacidad política como por sus dotes
diplomáticas. Fué éste León x m (1878-1903), la más
grande autoridad pontificia desde Paulo 111 (1534-1549).
tradicionalista v conservador que pensaba en términos

P í o v i i H XOO I X m i ( | X _ \ M 8 J 9 ), P í o v i i i ( 1 8 J 9 - 1 8 J 0 ),

( i r c g o r i o x v i ( 1 8 .il ) 8 1 ')), r i o i x ( J 8 4 «»· 1 8 7 8 ) .


ATAQUE DEL LIBERALISMO 27»

modernos y se expresaba en el lenguaje moderno, y cuyo


largo reinado señala el comienzo de una nueva época en
la historia del catolicismo, la época en que vivimos, una
época que se halla todavía en estado de transición y cuyo
carácter revolucionaria sólo ahora empieza a manifestarse
para nosotros.

Francia. L a revolución francesa fué un acontecimiento


de magnitud tan compleja, que no podemos,
aquí, sino limitarnos a enumerar los principales sucesos
que más directamente afectaron a la Iglesia.
Los estados generales, convocados (por primera vez
desde 1614) para aconsejar a Luis x v i en la crisis ge­
neral de la nación, se reunieron el 4 de mayo de 1789.
Era un cuerpo con tres “ miembros” : el clero, la nobleza
y el “ tercer estado” . Los representantes del primer es­
tado habían sido elegidos por un sistema que concedía
a cada cura párroco un voto, mientras que los monaste­
rios y abadías tenían un solo voto por convento, y los
cabildos un voto por cada diez canónigos. A sí fué como
los párrocos de Francia decidieron la elección, y de los
296 representantes del clero. 208 eran párrocos y sólo
se contaban 47 obispos. Fueron también los párrocos
quienes determinaron que los estados generales debían
convertirse en asamblea nacional (22 junio 1789), y el 4
de agosto siguiente, por votación de la asamblea, la Igle­
sia de Francia perdió todos sus privilegios y exenciones
legales. El 10 de octubre. Talleyrand, todavía obispo de
Autun, propuso que la nación se hiciera cargo de los bie­
nes de la Iglesia, dos mil millones de francos de capital,
con setenta millones de renta al año. y el 2 de noviembre
asi lo votó la asamblea por 568 votos contra 346. L u ego
se dispuso la venta de los bienes y se hicieron los corres­
pondientes inventarios (enero de 1700). En febrero p ar­
tieron los encargados de “ libertar” a los religiosos y re­
ligiosas. Hacia fines de año todas las comunidades habían
desaparecido 4 v la mayor parte de los bienes se hallaban
en trámite de venta.
1 La m itad de los religiosos salieron sin coacción, \»ero todo el cucr-
|*o de religiosas resistió firm em ente hasta el tin.
28« SINTKSIS I>E HISTORIA l)R l,A IGLESIA

La asamblea adoptó, a continuación, la medida fatal


que divorció inevitablemente a la Iglesia del movimiento
de reforma, pues no afectaba a los bienes sino a la ju ris­
dicción eclesiástica, y al fundamento último, la primacía
de reforma, pues no afectaba a los bienes, sino a la juris-
ohra de los innumerables juristas galicanos, que fueron
la herencia que los parlamentos legaron a la asamblea.
Ahora se les presentó la ocasión, a esos jansenistas ga­
licanos, para vengarse de los autores de la bula Unigéni­
tas y excluir al papa totalmente de la vida eclesiástica
francesa. Lo que consiguieron fue dividir la vida nacional
de Francia como jamás lo estuviera, división que todavía
perdura. Las diócesis de Francia hubieron de reorgani­
zarse y. en adelante, los obispos serían elegidos por el
pueblo. El arzobispo confirmaría la elección y consa­
graría al elegido; el nuevo obispo escribiría entonces
una respetuosa carta para notificar al papa su sucesión
(12 julio 1790). Luis x v i, aconsejado por sus obispos,
firmó el decreto. Escribió a Roma pidiendo la aproba­
ción. y la nunciatura de París escribió en el mismo sen­
tido. Pasó tiempo antes de que el papa se aventurase
a un enjuiciamiento público. En privado exhortó al rey
para que revocase su firma, y entretanto empezaron
a manifestarse señales de resistencia en la propia Fran­
cia. En octubre, 93 obispos denunciaron la ley, y en
réplica a esta oposición la asamblea (27 de noviembre)
decretó que todos los eclesiásticos debían prestar ju ra­
mento de que acatarían la constitución.
Las altas autoridades seguían vacilantes entre la des­
aprobación y el temor de que una declaración definitiva
tuviera como consecuencia la pérdida de Francia para la
Iglesia. Finalmente, antes de que el papa se decidiera, el
rey firmó el decreto que establecía el juramento, también
aconsejado por los obispos (26 de diciembre). Y ahora,
por toda Francia, se produjeron escenas que podían re­
cordar la instauración de la supremacía regia en la In­
glaterra de Enrique v m . El clero, privado de toda guía
que no fuese el buen sentido de cada cual, quedó dividido
en dos bandos. Los que se negaron al juramento fueron
desposeídos de sus beneficios, y, mientras esto se iba
ATAQUE DEL LIBERALISMO 281

llevando a efecto por todo el país, llegó la noticia de que


el papa había replicado al fin ( j o abril 1791) condenando
la constitución y prohibiendo que se prestase el ju ra­
mento. Además, los que habían jurado habían de retrac­
tarse en un plazo de cuarenta días, bajo pena de ser
suspendidos en sus funciones.
L a posición era clara al fin, e inmediatamente empe­
zó una persecución del clero que se negaba a prestar
juramento y de sus partidarios. Los católicos rechazaban
en todas partes los servicios de los sacerdotes y obispos
del gobierno, y mediante una serie de nuevas medidas el
clero leal a las decisiones de Roma fué acorralado, en­
carcelado, desterrado y, una vez iniciado el período san­
griento, enviado a la guillotina. En septiembre de 1792
hubo matanzas de sacerdotes en toda Francia, y, en el
caso de mayor benignidad, deportaciones en masa.
Tampoco fué la revolución, en su progreso, más in­
dulgente con su propia creación, la Iglesia constitucional.
La despojó de todos sus cálices, de todas sus imágenes
y pinturas, prohibió la vestidura talar, se injirió en la
liturgia, abolió el celibato del clero. Finalmente se -ins­
tituyó, en lugar del catolicismo, el culto a la razón, y una
actriz fué entronizada como diosa de la razón en el altar
mayor de la catedral de París (1793).
Todavía durante otros seis años la suerte del catoli­
cismo mejoraría o empeoraría, al compás de los cambios
políticos. La misa, durante la mayor parte de ese tiempo,
estuvo proscrita y los sacerdotes que no habían prestado
juramento carecieron de existencia legal. Miles de sa­
cerdotes fueron deportados y centenares perecieron en
las cárceles. En i/<)7 el régimen más suave del D irecto­
rio permitió que regresaran unos doce mil sacerdotes,
pero a los pocos meses el antiguo salvajismo se impuso
de nuevo. Entonces fué cuando entró en funciones el sal­
vajismo definitivo, y la gran iglesia abadial de Clutiy, la
segunda entre las más grandes del mundo, fué arrasada
hasta los cimientos, como también las catedrales de
Arras, L ieja, Cambrai y Brujas, mientras que la de
Amberes se salvó únicamente por la llegada del hombre
que había de cambiarlo todo: Napoleón.
282 SIN TESIS 1>K HISTORIA DE I,A IGLESIA

K1 golpe de estado del () de noviembre de 1799 ins­


taló a Napoleón en el poder, y al día siguiente de la
batalla de Marengo (14 junio 1800), que afianzó defini­
tivamente su posición, envió un mensaje al papa recien­
temente elegido. Pió v il, manifestando que estaba dis­
puesto a restablecer el catolicismo en Francia y a llegar
a un acuerdo respecto de la futura dotación a la Iglesia.
Pío v il, un papa “ joven” de cincuenta y ocho años,
que ya se había enfrentado, siendo obispo de Imola, con
la revolución en la persona del propio Napoleón, y que
estaba dispuesto a reconocer que el mundo anterior
a 1789 había terminado de una vez y para siempre, se
apresuró a aceptar el ofrecimiento de negociar. El resul­
tado de la conferencia de estos dos personajes fue el con­
cordato de 1801, que aseguró el inmediato restable­
cimiento de la religión en Francia, Bélgica, Holanda,
Suiza ¿v norte de Italia,7 determinó la suerte del catoli-
cismo en Francia hasta 1906 y sirvió de modelo para las
relaciones generales entre Roma y los diferentes estados
a lo largo del siglo x ix .
N c era, desde luego, celo religioso lo que inspiraba
a Napoleón. “ Si yo gobernase a los judíos, manifestó,
estaría reconstruyendo el templo de Salomón.” Deseaba
restaurar el catolicismo a fin de acabar con una división
(¡ue poco a poco iba destruyendo a la nación; y la Iglesia
restaurada, según su propósito, sería un instrumento más
de su gobierno absoluto. En cuanto a Roma, lo que inte­
resaba al papa era el restablecimiento de la vida católica,
que hubiera ocasión para celebrar la misa y administrar
los sacramentos, así como para el reclutamiento de nue­
vos sacerdotes que viniesen a nutrir las mermadas filas en
un país donde más de la mitad del clero de 1789 había
desaparecido, arrastrado por la muerte, el cisma o la
apostasía. y donde, en el entretanto, no se había ordena­
do ningún nuevo sacerdote.
El arreglo, en algunos aspectos, fué revolucionario.
Las j 33 antiguas sedes fueron suprimidas y se crearon
óo nuevas en sustitución de aquéllas. Los clérigos que
quedaban de la antigua jerarquía fueron invitados por
Roma a someterse y así lo hicieron todos, excepto trece:
ataque d e l l ib e r a l ism o 2**

estos trece fueron destituidos por el papa. Éste se


avino a convalidar los matrimonios autorizados por ios
sacerdotes apóstatas de los años de confusión, y también
a admitir entre los nuevos obispos a algunos de los que
habían sido elegidos y consagrados bajo la Constitución
civil del clero. E l catolicismo no fué declarado religión
oficial del país, pero la autoridad del obispo en su dióce­
sis fué reconocida y apoyada por el estado, al cual se le
restituyó el derecho de nombramiento que anteriormente
disfrutaban los soberanos de Francia. El clero, en com­
pensación por la pérdida de sus bienes, recibiría una pe­
queña paga. Se garantizó el pleno y libre ejercicio de la
religión católica, se restablecieron los cabildos y los se­
minarios, y las catedrales e iglesias fueron devueltas a los
obispos.
A este concordato añadió Napoleón, y recurriendo
a un ardid obtuvo para ello el consentimiento del legado,
cardenal Caprara, otra serie de artículos en que reapa­
recían las viejas reivindicaciones de los teólogos gali­
canos, limitando el ejercicio de la autoridad papal en
Francia. E l papa protestó y, después de una especie de
desautorización por parte de Talleyrand, se consideró
resuelta la cuestión... para luego motivar nuevos disgus­
tos, como no podía ser menos.
Fué el domingo de Pascua de 1802 cuando se publicó
el concordato, y los tres cónsules que entonces goberna­
ban en Francia asistieron a una misa solemne en acción
de gracias en Notre Dame.
En el decurso de los diez años siguientes. Napoleón
fué de triunfo en triunfo, desalojando a antiguos sobe­
ranos e instalando a sus parientes en los tronos vacantes.
Entre 1806 y 1808, sus ejércitos ocuparon, una ciudad
tras otra, los estados pontificios, que por un decreto
del 17 de mayo de 1809 fueron anexionados al imperio.
Pío v il replicó excomulgando al emperador y entonces,
el 5 de julio, fué arrestado y hubo de sufrir un cautive­
rio que duró casi seis años y no terminó hasta la abdi­
cación del emperador, en 1814.
A partir de la conversión de Clodoveo. fué Francia
casi invariablemente la provincia clave del catolicismo,
284 SÍN TESIS DE HISTORIA. DE LA IGLESIA

A sí había ele ocurrir también en el siglo x ix , y el exa­


men de la historia de la restauración católica bien puede
hacerse empezando por Francia. Bajo los Borbones res­
taurados, Luis x v m (1814-1824) y Carlos x (1824-
1830), que aceptaron el convenio eclesiástico de 1801,
los obispos se apoyaron confiadamente en la monarquía
para gozar de su protección y, al producirse una crisis,
estuvieron a punto de crear, a su vez, una nueva crisis
con el papa, León x n (1823-1829). Pero la figura pro­
minente en la Iglesia francesa durante esos años no era
un obispo, sino un sacerdote, escritor gen ia l: L,amen-
nais. Este dotado publicista vió en la alianza de la Igle­
sia con el estado el origen de todos los males que aque­
jaban al mundo religioso de su tiempo. La revolución
francesa de 1830 significaba para él el comienzo de una
nueva era. B ajo la nueva monarquía liberal orleanista,
la Iglesia, desligada del estado, ejercería la plenitud de
su influencia. Este intento prematuro de conciliar ca­
tolicismo y revolución suscitó el más enconado anta­
gonismo. Los obispos de Francia se alarmaron seria­
mente, y cuando el profeta intentó ganarse la simpatía
del papa, Gregorio x v i (1831-1846), en favor de su
solución a un problema que, en realidad, él simplifica­
ba hasta el máximo, no se hizo esperar el fin. En una
encíclica famosa, Mirari vos (15 agosto 1832), fueron
condenadas sus teorías, aunque no se mencionaba a L,a-
mennais ni a sus colaboradores igualmente fam o so s: el
conde de Montalembert y Enrique Lacordaire. El golpe
de esta condena por Roma fué decisivo para Lamen-
nais, que abandonó la Iglesia y se convirtió en su más
acerbo crítico.
La discusión que él tanto hizo encender entre galica­
nos y ultramontanos (como se dió en llamar al partido
antigalicano) prosiguió con creciente encono durante los
cuarenta años subsiguientes; discusiones, es cierto, sobre
cuestiones de disciplina y política y relativas a la actitud
que propiamente debía adoptar la iglesia ante los nuevos
tiempos, nunca discusiones sobre doctrinas definitivas,
pero discusiones, al fin, que a la vez envenenaban la
vida católica y la debilitaron para la generación inme-
ATAQUE DEL LIBERALISMO 28S

diata posterior. Esos cuarenta años presenciaron otras


tres revoluciones en Francia. Las numerosas divisiones
políticas en el seno de la nación, de las cuales dan testi­
monio dichas revoluciones, produjeron también el inevi­
table efecto de dividir a las fuerzas católicas en la pugna
por la auténtica libertad religiosa. Hacia la época en que
murió Pío ix (1878) se iban sintiendo todas las conse­
cuencias de esas divisiones, y los católicos de Francia
pronto se hallaron enfrentados con la transformación de
la tercera república en un típico ejemplo de estado libe­
ral perseguidor y desprovistos de una dirección efectiva,
eclesiástica o seglar; desgracia que había de privar de la
mitad de su valor al gobierno magistral de León x i i i .

Alemania. L a entrada de las tropas francesas revolucio­


narias en Alemania, en 1792, sorprendió allí
a la Iglesia, según todas las apariencias, en el umbral de
una grave ruptura con Roma. Pero los príncipes-obispos
huyeron ante el vencedor, y su importancia política des­
apareció para siempre y con ello la amenaza para la
unidad católica. “ Ahora somos libres, clamaron sus súbdi­
tos, y otra vez se dirá la misa en latín.” Veinte años des­
pués, terminadas las guerras por fin. hubo que hacer
frente a un grave problema de reconstrucción religiosa.
Los tratados de 1815 ratificaron la gran reforma de Na­
poleón, que había reducido de 303 a 38 el número de
estados independientes en Alemania. Los princi})ados
eclesiásticos no se restauraron en el congreso de Yie-
11a, y, como resultado de los traslados masivos, cente­
nares de miles de católicos quedaron bajo autorida­
des protestantes. Fué a la vez un |>eligro y una liendición
el que sólo hubiera cinco obisjXKs en toda Alemania,
cuatro de ellos de ochenta años de edad. R1 primer
movimiento instintivo en esas altas esferas eclesiásti­
cas de Alemania fué planear una Iglesia nacional inde­
pendiente. Gracias en buena parte al redentorista San
Clemente Hofbauer. pudo conjurarse este peligro. La
Iglesia pudo agradecerlo también al cálculo de los prin­
cipes germanos, que esperaban obtener de Roma conce­
siones que les asegurarían un más fácil dominio de la
386 SINTESIS DE HISTORIA DB LA IGLESIA

vida eclesiástica que el que podrían ejercer si existiera


una sola Iglesia nacional para los 38 estados.
Napoleón había mostrado a los príncipes el camino,
y su concordato sirvió de modelo para una serie de ellos
que entonces se negociaron entre la Santa Sede y los di­
versos príncipes: Baviera en 1817, Prusia en 1821, Han­
nover en 1824 y los principados del Rin en 1827. Todos
estos príncipes procuraron imitar el ardid ideado por
Napoleón, esto es, agregar al concordato ciertas cláusu­
las que les conferían poderes adicionales en asuntos ecle­
siásticos. Ello acarreó en cada caso una grave crisis que
puso a prueba toda la capacidad diplomática de la Santa
Sede para superarla. Los concordatos produjeron un
efecto admirable, si bien inesperado, en toda Alemania.
Fueron un reconocimiento práctico por parte de todos
los príncipes, tanto protestantes como católicos, de que
la Santa Sede era la primada efectiva de toda la Iglesia.
K1 galicanismo de Alemania, el josefinismo, recibió con
ello un golpe del que no se recobró jamás.
Inicióse entonces un sorprendente resurgimiento de
la vida católica en todos los estados de Alemania, resur­
gimiento tanto más singular por cuanto procedía de aba­
jo. Sus propulsores no eran obispos, ni siquiera eclesiás­
ticos, sino eruditos distinguidos, escritores y publicistas,
y muchos de ellos eran conversos. Fué sobre las obras
de Stolberg, Schlegel, Görres y Möhler sobre las que se
cimentó el nuevo catolicismo. Los estudios teológicos de
una nueva generación de eruditos, entre los que se con­
taba Ignacio Döllinger, dotaron al resurgimiento de una
base intelectual que hizo del catolicismo alemán algo úni­
co durante cincuenta años y dió a la Iglesia un prestigio,
entre este pueblo tan amante del saber, cual no había go­
zado jamás. El movimiento romántico, con su interés
por la cultura de la Edad Media, influyó también pode­
rosamente en favor del resurgimiento católico.
Una de las ventajas de este resurgimiento católico
fué el que se desarrollara con independencia del patro­
cinio del estado y de cualquier partido político. En Ba­
viera, es cierto, debió mucho al interés personal del rey,
Luis 1 (1825-1848), pero ni siquiera aquí fué nunca una
ATAQUE DEL LIBERALISMO »7

restauración dirigida desde el poder. En otros estados el


movimiento tuvo que abrirse paso, a menudo, contra la
oposición de la burocracia estatal, decididamente opuesta
a cualquier tendencia que acentuase las diferencias entre
catolicismo y protestantismo y ávida de fomentar un in­
di ferenlismo religioso que pudiera derivar hacia un am­
biguo “ cristianismo” común. Las diferencias sobre la
cuestión práctica de los matrimonios mixtos dieron, final­
mente, lugar, en Prusia, a una persecución en miniatura,
siendo encarcelados el arzobispo de Colonia y el obispo
de Posen al resistirse a las órdenes del gobierno de ig­
norar las instrucciones de Roma sobre este punto (1837).
El nuevo espíritu puesto de manifiesto por estos obis­
pos influyó muy poderosamente en todo el episcopado,
y Roma se sintió lo bastante fuerte para ordenar que re­
signara su sede el único obispo que todavía mostraba el
antiguo servilismo. Y a el gobierno prusiano empezaba
a vacilar ante la tarea de reprimir a sus millones de nue­
vos súbditos católicos cuando, en 1840, el advenimiento
de un nuevo rey, Federico Guillermo iv, le dió ocasión
para reanudar las negociaciones sin perder de su presti­
gio. El resultado fue la concesión de una libertad reli­
giosa, de una verdadera independencia del estado, cual
los católicos no habían conocido hasta entonces, y que
durante treinta años hizo del sistema prusiano un mode­
lo que los católicos de los otros estados alemanes desea­
ban ver imitado.
En Austria, país que desde 1815 ya no gozaba de una
incontestable hegemonía en los asuntos alemanes, el re­
surgimiento católico hizo pocos progresos. Los obispos,
en su mayoría todavía prelados cortesanos, elegidos en­
tre la nobleza, preferían el sistema josefinista, que con­
sentía las irregularidades de su conducta y les protegía
de la “ injerencia” romana; y mientras en otras partes de
Alemania los católicos estaban poniendo los cimientos
de una tradición de vida cívica católica y de apostolado
en cuestiones sociales, la Iglesia austríaca permanecía en
su voluntario estancamiento, contentándose simplemen­
te con procurar una especie de marco religioso al sistema
ix^lítico.
288 SINTESIS DE HISTORIA DE I,A IGLESIA

El año de las revoluciones, 1848, presenció otra ini­


ciativa de enorme importancia, no sólo para Alemania,
sino para la Iglesia toda. Nos referimos al Congreso de
Maguncia. Con la aparición por toda Europa de consti­
tuciones que establecían en todas partes algo así como
un sistema parlamentario, el catolicismo sumó una nue­
va partida en su haber, la de los votantes católicos, y los
obispos contrajeron una nueva responsabilidad, a saber,
la de educar a los votantes para sus funciones cívicas
y organizados en el ejercicio de las mismas. Fueron los
católicos de Alemania los que primero advirtieron las
nuevas posibilidades y entendieron el modo de convertir­
las en realidad, y constituye un timbre de gloria para
el nuevo episcopado alemán el haber acogido y bende­
cido, medio siglo antes de que lo hiciera el resto de la
Iglesia, la nueva iniciativa, y haberse asegurado con ello
no ya el derecho a dirigirla, sino la entera confianza del
ejército de entusiastas que había puesto en movimiento.
En Maguncia se fundó por vez primera una unión de
católicos para el fomento de los ideales católicos en la
vida social. “ Esta asociación, rezaba su programa, no
puede limitarse al objeto puramente educativo de la li­
bertad legítima de la Iglesia ni a la educación en sí. Por
el contrario, debe luchar para despertar de nuevo e in­
fundir nueva vida en la opinión pública católica; debe fo­
mentar la misma y los ideales morales del catolicismo,
debe sembrar estos ideales por todo el ámbito de la vida
nacional y, así, preparar la solución al gran problema
de nuestro tiempo, el problema social” . ¡ Esto se dijo más
de cuarenta años antes de que León x m publicase su
Nerum Novarum! Aquí estaba el principio de un mo­
vimiento maravilloso que pronto tuvo en Ketteler, obis­
po de Maguncia, un guía genial.
La unión de Alemania bajo la dirección de Prusia
se consumó al terminar la guerra de 1870. Este triunfo
nacional no quedó sin su precio para los católicos. Bis-
marck, que lo había planeado, era anticatólico, y así lo
había demostrado ya. Ahora, dueño de una Alemania
unida, aplicóse a jx>ner al catolicismo alemán en su lugar
tomo institución supeditada al estado. La generosidad
ATAQUE DEL LIBERALISMO

de la antigua constitución prusiana no había de inspirar


al régimen del nuevo imperio alemán. La primera manio­
bra consistió en intentar, a través de Roma, la supresión
del partido político, el Centrum, en que se integraba la
mayoría de católicos alemanes. Aquí fracasó Bismarck.
que luego, por una serie de leyes dictadas entre 1871
y 1875, privó a la Iglesia de la dirección de sus propias
escuelas, expulsó a los jesuítas y otras órdenes religiosas,
se incautó de los seminarios, reivindicó el derecho de
nombramiento del clero y, finalmente, castigó con se­
veras penas de reclusión a los sacerdotes que violaban
alguna de esas disposiciones.
Los católicos opusieron una resistencia admirable.
Pronto centenares de sacerdotes sufrieron prisión, y con
ellos, los arzobispos de Posen y Colonia y el obispo de
Tréveris. La persecución se mantuvo en todo su rigor
a lo largo de siete años. Luego, el temor al creciente
poder de los socialistas frenó algo a Bismarck. La fuer­
za del partido del centro y la habilidad de su gran jefe.
Windthorst, empezaron a hacerse sentir, y cuando
León x iii fué elegido papa (1878), el canciller estaba
ya dispuesto a llegar a un acuerdo. Gradualmente fue­
ron revocadas las leyes persecutorias, de forma que al
advenimiento del emperador Guillermo 11 (1888), la Igle­
sia alemana estaba rehaciendo con gran ímpetu su vasto
sistema de escuelas, colegios, hospitales, universidades
sus innumerables sociedades, clubs de estudios y orga­
nizaciones sociales que hicieron de ella, en los primeros
años de este siglo, un modelo para todo el orbe católico.
En parte alguna, en el siglo que siguió a la revolu­
ción francesa, la lucha del catolicismo con los principios
de la revolución fué tan enconada como en Italia, y la
razón de ello estaba, naturalmente, en la circunstancia
de que en Italia los papas eran también soberanos tem­
porales.
Italia, durante siglos y siglos, no había sido más
que “ una expresión geográfica” . Existían siete estados
italianos, más el territorio pontificio, que desde Roma se
extendía en dirección nordeste, dividiendo la península
en dos mitades. Al sur de este estado pontificio estaba
H» s. h . 1.
'290 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

Nápoles, donde en 1815 fueron restaurados los Borbo­


lles. A l norte estaban situados los ducados habsburgueses
de Toscana y Parma, Lombardía y Venecia, que eran
provincias del imperio austro-húngaro, y el reino de Cer-
deña. Este último reino estaba regido por los más nacio­
nalistas de todos esos príncipes. Era, aproximadamente
desde 1830, el único reino en que el liberalismo tenía de­
positada alguna esperanza; v desde 1848, cuando se puso
en guerra con Austria, su poderosa vecina, en un des­
esperado intento de arrojar a los austríacos del suelo
italiano. Cerdeña se convirtió en aliada inseparable de
la causa del liberalismo, del anticlericalismo, por tanto,
y de la unidad italiana.
En los diez años que median entre sus dos guerras
con Austria, la derrota de 1849 y el triunfo de 1859, este
estado, desde el cual se organizó la revolución que en
1860 desalojó a todos los soberanos italianos menores
(incluido el papa), desarrolló un drástico programa de
legislación antirreligiosa. Se suprimieron los monaste­
rios. se expulsó a las órdenes religiosas, se encarceló
a sacerdotes v obispos por hacer resistencia a las nue­
vas leves, y aun por criticarlas. Había de constituir la
tragedia del nuevo movimiento nacional italiano el R i­
sorgimento, el que sus promotores atacasen no sólo a los
papas como obstáculo político a su proyecto, sino al pro­
pio catolicismo, y que para hacer su ataque más efectivo
llamasen en su ayuda a todas las sociedades secretas,
y especialmente a los francmasones. El resultado inevi­
table fue un siglo y medio de controversia en extremo
enconada y una pérdida inmensa de almas para la
Iglesia.
Sólo con gran dificultad pudo convencerse a las po­
tencias, en el congreso de Viena de 1814, a que restable­
cieran los estados pontificios. Durante años habían for­
mado parte del imperio napoleónico y a lo largo de todos
esos años Austria había ambicionado su herencia. Pero
la diplomacia de Consalvi, cardenal-secretario de Esta­
do de Pío v j j , había triunfado; y a partir de 1815, como
parte del precio de su independencia, los papas tuvieron
que afrontar el insoluble problema de gobernar un país
ATAQUE DEL LIBERALISMO »1

cuya inteligencia, cuya clase culta en bloque era deci­


dida e irremediablemente contraria al sistema político
y a los ideales que ellos representaban. Y la raíz de este
malestar, según observó el propio Consal vi, era la na­
tural disconformidad del seglar a estar gobernado por
sacerdotes. Y en este estado toda la administración, pode­
mos afirmarlo sin pecar de exagerados, desde el sobera­
no hasta los mismos empleados de las oficinas públicas,
era clerical. Y era ineficaz. Cierto que los tributos no
eran gravosos, pero la industria y el comercio eran
nulos y una enorme proporción del pueblo vivía del por­
dioseo sistemático. En ninguna otra parte conquistaron
,'uleptos tan rápidamente las sociedades secretas, y los
conquistaron en todas las clases sociales, incluso entre el
clero y las órdenes religiosas. El recuerdo del eficiente
sistema de gobierno de los franceses, de las ventajas que
podían obtenerse de un sistema jurídico uniforme defi­
nido ; el recuerdo de una época en que todos eran iguales
ante la ley, y la mezquina tiranía del pequeño funciona­
rio podía ser corregida por los tribunales.... todo ello se
mantenía vivo y endurecía el espíritu de los hombres
contra las admoniciones paternales, los favores espiritua­
les y las excomuniones, que era cuanto unos papas
como León x n (1823-1829), Pío v m (1829-1830) y
Gregorio x v i (1831-1846) podían oponer a la propagan­
da revolucionaria. Si ello había de traducirse algún día
en una insurrección, los papas se verían impotentes para
contrarrestarla, en tanto no acudiese en su ayuda una
potencia amiga con sus tropas. L?na de esas potencias
amigas era Austria, que, bajo la guía de su gran can­
ciller, el príncipe de Metternich. se había consagrado,
desde 1815, a la tarea de reprimir el liberalismo donde­
quiera que se manifestase. Consalvi había temido el re­
sultado final de pasar a una dependencia de Austria.
Comprendía muy bien que el antiguo espíritu de José it
seguía alentando aún, y con suma habilidad consiguió
mantener independiente la política exterior pontificia.
Pero murió en 1824, y sus sucesores se arrojaron volun­
tariamente en brazos de Austria, obsesionados por la idea
de (pie el liberalismo debía ser aplastado a toda costa.
SÍNTESIS DE HISTORIA Dli LA IGLESIA

En 1831 se produjo la rebelión, una grave amenaza


cuyo centro radicaba en Bolonia. El papa apeló a Aus­
tria. de donde enviaron un ejército que restauró su au­
toridad y se estableció con carácter de ocupación per­
manente en las provincias alborotadas. Los franceses,
celosos de la intervención austríaca, sin que se les invitara
enviaron una flota y un ejército al puerto papal de A n ­
colia y lo ocuparon por todo el tiempo que los austríacos
permaneciesen en el norte. Un estado que había de tole­
rar tal situación, que había de recurrir a ejércitos extran­
jeros para defenderse de sus propios súbditos, estaba
claramente predestinado a la ruina.
El sucesor de Gregorio x v i fué Pío ix (1846-1878).
un prelado benigno, bien intencionado, benévolo, incluso
con los revolucionarios, y dispuesto a introducir refor­
mas. Los dos primeros años de su reinado presenciaron
una serie escalonada de concesiones cuya suma represen­
taba una revolución, y que llenaron de horror a la ma­
yoría de los cardenales y funcionarios curiales. Una de
las mayores dificultades con que tropezó el papa, fué la
hosca negativa de éstos a cooperar con él. No obstante,
construyéronse ferrocarriles, redujéronse los aranceles,
restringiéronse los monopolios, se reorganizaron los tri­
bunales. se abolió la censura de prensa, se formalizaron
tratados comerciales con países extranjeros, se celebraron
concilios locales v se concedió una amnistía para todos
los delitos políticos. Los romanos “ fueron obsequiados,
en un par de años, con un progreso constitucional de tan
vasto alcance como el conseguido por los ingleses, traba­
josamente, en un par de siglos” r>.
Pío ix no era. bajo ningún aspecto, un hombre de
este mundo. Ni poseía dotes políticas, ni se le podía lla­
mar un hombre de estado. Y entre los liberales, que aco­
gieron con júbilo sus reformas proclamando que era uno
de ellos y planearon utilizarle para fomentar el liberalis­
mo bajo capa de patriotismo italiano y los reaccionarios
clericales, estaba destinado a fracasar pronto como sobe­
rano temporal.
K. A. Simpson. \fupnlroH diut thr R t i n v c r y o f Frane e , 1923,
A T A Q U E DEL LIBERALISMO 299

La crisis se produjo en 1848, al lanzarse Cerdeña


contra Austria. El papa, que como soberano no tenia
desavenencia alguna con Austria, se negó a representar
el papel de “ libertador’’ que le habían asignado los libe­
rales. Éstos replicaron volviéndose definitivamente contra
él y promoviendo una revolución en la misma Roma.
En noviembre de 1848 el papa se vió obligado a huir,
proclamándose inmediatamente la República romana.
Ésta duró hasta julio del año siguiente, cuando un ejér­
cito francés conquistó Roma y restauró la autoridad pon­
tificia. Pío ix quedó curado de cualquier inclinación
a promover reformas políticas, y durante el resto de su
reinado fué la guarnición francesa en Roma la que ga­
rantizó la independencia del papa y su seguridad.
Diez años más tarde (1859) hubo otra guerra con
Austria, siendo ahora Francia aliada de Cerdeña. El em­
perador francés. Napoleón 111, una vez terminada la gue­
rra concedió libertad de acción al primer ministro de
Cerdeña, Camilo Cavour, que con Garibaldi llevó a cabo
la unidad italiana (1860), expulsando a todos los sobe­
ranos extranjeros de sus territorios, con la excepción de
Austria, que retuvo todavía Venecia, y el papa, a quien se
le dejó la capital con el distrito circundante, es decir, el
llamado patrimonio de San Pedro. A l cabo de otros diez
años la guerra franco-prusiana tuvo por consecuencia la
retirada de la guarnición francesa de Roma. Con la entra­
da de las tropas italianas se puso finalmente término al
poder temporal del papa (20 septiembre 1870).
Para los papas este acontecimiento tenía una trascen­
dencia mucho más grave que cualquier pérdida de terri­
torio o de ingresos. Todos los hombres son una de estas
dos cosas: o soberanos, o súbditos de soberanos. El papa,
por la Iglesia que rige, no podía consentir en ser súb­
dito, ya que en tal caso, a los ojos del mundo, convertiría
a su soberano en jefe activo de la Iglesia católica. Si los
italianos no querían reconocer explícitamente que el papa
es un soberano, ¿ qué podía hacer el papa para demostrar
al mundo su independencia del gobierno italiano? Por
lo menos podía negarse a reconocer el “ hecho consu­
mado” de 1870 y no dejar pasar ocasión sin protestar
294 SINTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

de la violencia que le había hecho, y de la situación


ambigua en que esta violencia le había colocado. Éste es
el significado de ese papel de “ prisionero del Vaticano”
que los papas adoptaron durante los cincuenta y nueve
años siguientes, pues sólo así podían refutar cualquier
idea de que el papa no tenía ahora otra opción que la de
ser rey de los curas de Italia.

Xuezxis órdenes El reinado de Pío ix (1846-1878),


religiosas; santos; el e| nl¿s iargQ en los anales del papa-
Loncxho Vattcano l 1 <· ' , 1»,· r
do, fue, en lo político, una sucesión
de desastres, un período en que mu­
chas inquietudes, que ya iban madurando antes de ser
elegido papa, alcanzaron su desagradable punto de sazón.
Y fue un reinado caracterizado por graves pérdidas para
la posición oficial del catolicismo en casi todos los países
de Europa. Pero, en el sentido puramente religioso, esos
mismos años son años de inmensa recuperación y nue­
vos progresos. Son los años en que los numerosos insti­
tutos docentes femeninos empiezan a recristianizar la
educación de la mujer en Francia, España, Bélgica, A le­
mania e Italia. Son los años en que, poco a poco, y como
por una serie de milagros, las dos grandes órdenes de be­
nedictinos y dominicos vuelven a la vida. Las figuras
principales son, en ambos casos, súbditos franceses: Dom
(¡uéranger para los benedictinos y Lacordaire y Jandel
para los dominicos.
Francia es también el escenario de la heroica vida de
San Juan María Vianney (1786-1859), el Cura de Ars,
y de muchas apariciones de la Virgen (1830, 1846, 1858,
1871), siendo las más conocidas la serie de las ocurridas
en Lourdes en 1858, ante la niña que había de ser San­
ta Bernardita Soubirous. Italia puede mostrarnos a San
Juan Bosco y San José Cottolengo, y al joven pasionista
San Gabriel de la Dolorosa.
España da a la Iglesia dos figuras gigantescas: San
\ntonio María Claret, fundador de los Misioneros del
inmaculado Corazón de María, y Santa Micaela María,
fundadora del Instituto de Hermanas del Santísimo Sa­
cramento y de la caridad.
ATAQt’ K DEL LIBERALISMO 2*5

Y el reconocimiento de la primacía papal alcanza


una nueva plenitud en las últimas etapas del movimiento
para la definición del dogma de la Inmaculada Concep­
ción. Éste fue proclamado por Pío ix (8 diciembre 1854),
en un acto personal, en respuesta al apremio de todos los
obispos del orbe católico. La demostración más impre­
sionante, sin embargo, de la esencial independencia de la
Iglesia, independencia de todo, excepto de la gracia de su
divino fundador y su divino puía, fué el concilio ecu­
ménico del Vaticano 1 (convocado para d 8 de diciembre
de 1869). Aquí se congregó el episcopado del mundo en­
tero en número jamás visto hasta entonces; y después de
definir de un modo singularmente concreto la tradicional
creencia católica en el valor de la razón y de sus derechos
en-el campo de la religión, pasó a definir nuevamente
la primacía universal del Romano Pontífice en la Iglesia
de Cristo, y la infalibilidad que le asiste en el ejercicio
de su magisterio, como supremo maestro de toda la Igle­
sia, prometida por el mismo Jesucristo.
Las largas discusiones entre neogalicanos y ultra­
montanos, en las que, por ambos lados, habían abundado
las exageraciones, se acabaron ahora para siempre. La
Iglesia podía afrontar los problemas de los nuevos tiem­
pos con una nueva unidad interna, sin verse perturbada
por la última herencia de viejas disensiones, la última
tradición de un modelo de teología renacentista especial­
mente pernicioso. Después de cuatrocientos cincuenta
años la Iglesia se vió finalmente líbre del infortunio del
gran cisma y de los errores de Constanza.
El estallido de la guerra franco-prusiana puso térmi­
no al concilio mucho antes de haber finalizado sus tareas.
Pero muchas de las principales reformas que se había
convenido discutir, fueron puestas en práctica por ulte­
riores papas: León x m (1878-1903). San Pío x Í1903-
1914), Benedicto x v (1914-1922) y Pió xi (1922-1939).
y hallaron expresión legal permanente en el Código de
Derecho Canónico, compilado por disposición de San
Pío x y promulgado (1917) por Benedicto xv.
10. La Ig l e s i a m isio n era

La América latina. Esta historia ha sido hasta aquí,


casi por entero, una historia del ca­
tolicismo en los países que formaron parte del antiguo
imperio romano. Esos países eran, y siguieron siéndolo
durante varias generaciones, los términos del mundo co­
nocido. Más allá de los mismos, o para ser más exactos,
más allá de los países limítrofes, se extendían las regio­
nes orientales, como la India y China, acerca de las cua­
les poco se sabía de cierto, excepto el hecho de que exis­
tían. En cuanto a América, ni su existencia se sosj>echaha
siquiera. Pero hacia fines del siglo xv. y en i>oco más
de cincuenta años, el valor de los navegantes españoles
y portugueses descubrió todas esas tierras para Europa.
No nos compete a nosotros, en un resumen de historia
de la Iglesia, analizar la enorme repercusión de esos des­
cubrimientos en todos los aspectos de la vida europea,
pero para la Iglesia católica la importancia del asunto
radica en esto: en que justamente por los mismos años
en que el protestantismo le estaba disputando su hege­
monía sobre buena parte de Europa, se abrió para ella
otro imperio espiritual en el nuevo mundo. Las posibili­
dades que ello ofrecía se advirtieron desde el primer mo­
mento, y todo el organismo católico se puso instintiva­
mente en movimiento, en un gran afán de conquista
espiritual.
Entre 14<)3 y 1550. españoles y jxjrtugueses se hicie­
ron dueños de Centro y Sudamérica, de regiones y pue­
blos que habían desarrollado un cierto grado de civili­
zación, así como de “ indios” totalmente primitivos en su
modo de vida y en su religión. Algunos sacerdotes ha-
SÍNTESIS 1>K HISTORIA l>K I.A IGLESIA

bian acompañado a las primeras expediciones como ca­


pellanes : y desde el momento en que la conquista estuvo
asegurada, por doquier apareció un ejército de sacerdo­
tes dispuestos a empezar la predicación del Evangelio
a los indígenas. Franciscanos, dominicos y agustinos, en
los primeros añ os; jesuítas, en la segunda mitad del si­
glo, y clero secular, empezaron a hacer realidad un nue­
vo catolicismo desde California a la Argentina. Las
primeras sedes se establecieron casi tan pronto como
llegaron a Roma las noticias de la conquista. Fundáronse
escuelas, hospitales, conventos y, en 1553, en Méjico, la
primera universidad.
La conquista llevaba consigo todas las secuelas que
siempre, antes v después, han caracterizado a esta clase
de empresas. Pero en esos países, donde aun el peor de
los opresores debía lealtad a los ideales católicos, y don­
de los reyes nunca dejaron de proclamar estos ideales, los
misioneros, desde el primer momento, libraron una gran
batalla en favor de su desvalida grey indígena. En esta
lucha viéronse alentados y fortalecidos por la firme acti­
tud de los papas, y la famosa bula de Paulo 111 en 1537
señaló una nueva era, con su declaración de que los in­
dios eran tan humanos y gozaban de los mismos derechos
naturales que sus señores. Y el esfuerzo misionero para
salvar a esas razas indígenas tuvo, además, otros pode­
rosos auxiliares en los profesores de las universidades
católicas de la metrópoli. El más notable de todos ellos
fué el dominico Francisco de Vitoria (1480-1546), que
con una lucidez en su análisis crítico de los derechos fun­
damentales de la corona que arroja un rayo de luz en la
libertad de pensamiento que se gozaba en la España de
Carlos v, expuso los derechos naturales de los indios y
las limitaciones del poder real respecto de los mismos.
El fin del siglo x v i vió al catolicismo establecido por
doquier en las nuevas tierras, y combatiendo los males
que tanto tiempo había combatido en el viejo mundo.
Con la lucha surgieron los primeros santos americanos:
el heroico arzobispo de Lima, Santo Toribio de M ogro-
vejo (1538-1616), el gran misionero franciscano San
Francisco de Solano (1549-1610), cuya predicación, se*
1„A IGLESIA MISIONERA

ñalada }x>r una renovación del milagro de Pentecostés,


convirtió por millares a los indios del Chaco, y la reli­
giosa dominica Santa Rosa de Lima (1586-1617), nacida,
efectivamente, en tierra americana, lo mismo que su coe­
táneo, el lego dominico Beato Fray Martín de Porres,
hijo mestizo de un noble español libertino.
El esfuerzo para liberar a los nativos de la opresión
de sus amos, y de la plaga aun peor de su ejemplo, cosa
que historiadores tendenciosos han exagerado hasta lo
inverosímil, convirtiéndose en ecos conscientes de la le­
yenda negra, condujo finalmente, en Sudamérica, a la
fundación por los jesuítas de las famosas “ reducciones’'
del Paraguay. Eran éstas unas poblaciones integradas
por centenares de indios cada una de ellas. El centro
lo constituía la iglesia con sus misioneros y sus religio­
sas, su escuela y su hospital. Toda la población desarro­
llaba su vida natural bajo la atenta dirección de los
Padres. El trabajo estaba repartido y sometido a inspec­
ción, y toda la comunidad cuidaba de ello en un régimen
paternal que se aproximaba, como ninguna otra institu­
ción anterior o posterior, a la plena realización de lo que
el Evangelio puede hacer por la vida, tanto pública como
privada. Era la ciudad de Dios realmente erigida sobre
la tierra. Hacia 1750 eran casi 100.000 los indios que
vivían en estas poblaciones regidas por los jesuítas, habi­
tantes en verdad de un “ paraíso terrenal“ . En toda la
monstruosa historia de la supresión de la gran Compañía
110 hay capítulos cuya lectura resulte más dolorosa que
los que describen cómo los pobres indios se vieron des­
pojados de sus protectores jesuítas, para enfrentarse, in­
evitablemente, con la suerte a la que la invencible sim­
plicidad de los nativos había condenado mucho antes de
esto a todos sus iguales, para ser los siervos de una de­
cadente civilización.

/ a India y el Mientras unos miembros de todas


l'.xtremo Oriente esas órdenes religiosas laboraban asi
por la conversión de los nativos en los
dominios europeos del Nuevo Mundo, sus hermanos in­
tentaban una labor todavía más ardua en Oriente. Aquí,
300 t i t N T E M S 1*1·: H I S T O R I A HE L,A H W . F M A

sin ninguna protección efectiva del propio estado a que


pertenecían, y a menudo contra la más dura hostilidad
del estado en que se hallaban, se intentaba convertir a la
fe a unos idólatras en posesión de una cultura más anti­
gua que cualquier institución de la que Europa pudiera
blasonarse: los indios, los chinos y los japoneses.
Cuando los portugueses, en los primeros años del si­
glo x v i, establecieron su primera colonia en la India, en­
contraron allí algunos pequeños grupos de cristianos.
Eran los restos dispersos de las iglesias establecidas, si­
glos antes, por nestorianos de Persia. Hacia fines de si­
glo. en el sínodo de Diamper (1599), se efectuó una re­
conciliación entre ellos y la Sede Apostólica. Integraban
la expedición portuguesa franciscanos y dominicos; y es­
tos intrépidos religiosos, penetrando bastante más allá
de los límites seguros de las colonias, hicieron cuanto pu­
dieron para evangelizar a los nativos. En 1541 el movi­
miento recibió una gran ayuda con la visita de San Fran­
cisco Javier, uno de los primeros compañeros de San
Ignacio de Loyola, acaso el espíritu más brillante de este
grupo elegido, a quien el fundador sacrificó de buen
grado por las misiones a petición del rey de Portugal.
La misión prosiguió firmemente a lo largo del medio si­
glo que siguió y los jesuítas penetraron incluso hasta la
corte misma del mogol Akbar.
En el Japón los riesgos eran mayores. Aquí fué el
propio San Francisco Javier el adelantado de la fe
(1549), y cuando partió, dos años después, con el intento
de entrar en China, dejó un grupo de 3.000 japoneses
católicos. Hacia 1582 habían aumentado a 200.000 y po­
seían 250 iglesias. Luego surgieron las primeras mues­
tras de recelosa hostilidad por parte del estado; pero,
a pesar de ello, el número de católicos se incrementó rá­
pidamente, y en 1597 sumaban ya 300.000. Éste fué el
año que presenció los primeros m artirios: 26 sacerdotes
y seglares fueron crucificados juntos en Nagasaki.
A este estallido siguió un intervalo de paz, durante
el cual llegaron más misioneros todavía, procedentes de
rodas las órdenes religiosas y del clero secular. El protes­
tantismo hizo su primera aparición en 1609, con los co-
I,A IGLESIA MISIONERA 301

merciantes holandeses, y luego, cuatro años más tarde,


con los mercaderes ingleses. En 1616 se reanudó la
persecución, ordenándose en un edicto el completo exter­
minio de todos los católicos y prescribiéndose una profa­
nación anual del crucifijo por todos los japoneses. N aga­
saki fué una vez más escenario de un gran holocausto
en 1622, cuando 52 mártires fueron inmolados en un solo
día. Quince años después se perpetró la matanza de
37.000 católicos, y en 1640 el Japón cerró sus puertas
como para protegerse de los católicos extranjeros.
Desafiando el edicto imperial y sus terribles sancio­
nes, los dominicos y los jesuítas nunca dejaron de inten­
tar su penetración en la tierra prohibida. Algunos lo lo­
graron y, cogidos rápidamente, fueron ajusticiados con
inhumanas torturas.
En el siglo x ix se reanudaron los esfuerzos, y a par­
tir de 1858 se admitieron misioneros en los puertos fran­
cos, con destino a las iglesias para residentes extranje­
ros. Entonces, en 1865, se manifestó la gran maravilla
del catolicismo japonés, cuando un grupo de 15 japone­
ses hizo saber a los misioneros que ellos eran católicos
y que en total sumaban unos 30.000. los que, sin sacer­
dotes ni sacramentos (excepto el bautismo), durante más
de 200 años habían buscado el medio de mantener viva
la tradición católica. Conocieron que los misioneros eran
católicos como ellos, por tres cosas: su reconocimiento de
la autoridad del papa, su devoción a la V irgen y el celi­
bato del clero. Éste fué el principio del catolicismo del
Japón moderno. H oy día existen unos 230.0c» católicos,
y del clero que los asiste, varios obispos y unos cuatro­
cientos sacerdotes son japoneses.
Los primeros cristianos que China conoció eran nes-
torianos de Persia, que hicieron allí su aparición en el
siglo v il y establecieron una floreciente iglesia con nu­
merosos obispos. De aquí heredó Kubla Khan la sangre
cristiana que pudiera correr por sus venas. Los nestoria-
nos chinos se convirtieron en una fuerza tan poderosa
dentro de la secta que, en el siglo x m , dieron un pa­
triarca a la iglesia madre de Persia. De este mismo siglo
data la misión católica a China. Su origen fué el intento
:m SÍNTKSIS 1>K HISTORIA 1>I·: I.A IGIJÍSIA

de Inocencio iv. preocupado, aun en medio de su lucha


con el emperador, por liberar a Oriente de los turcos,
estableciendo una alianza con los mongoles, que, bajo
(íengis Khan, hostigaban el poderío turco desde el lejano
Oriente. Fueron los enviados franciscanos de este papa
los que primero revelaron a Europa la existencia de esta
antigua civilización. La misión diplomática fué seguida
de tentativas para convertir a los mongoles, a cargo de
obispos dominicos y franciscanos. La misión se mantuvo
por espacio de más de un siglo, hasta que, con la caída
de los mongoles en 1368, tocó a su fin en circunstancias
que nos son poco conocidas.
La misión moderna en China empieza realmente con
la llegada del gran astrónomo jesuíta Mateo Ricci,
en 1568. Otros jesuítas de la misma condición, eruditos
en ciencias exactas, desempeñaron un gran papel en su
desarrollo. El éxito de su penetración hasta el mismo
corazón de la cultura china, y por ende de la clase diri­
gente, de sus íntimas relaciones con los emperadores, de
su prestigio en la corte como astrónomos y su propagan­
da en favor de la fe, es uno de los capítulos más singula­
res y más interesantes de toda la fascinante historia de
las misiones católicas.
No fueron los jesuítas los únicos misioneros. Fran­
ciscanos y dominicos compartieron sus tareas; y desde
fines del siglo x v n Luis x iv empezó a enviar sacerdotes
del seminario de Misiones Extranjeras, recientemente
fundado en París. Los lazaristas o vicentianos empeza­
ron también a participar en la obra, tomando bajo su
responsabilidad, después de la supresión de los jesuítas,
las misiones que éstos abandonaron.
La misión en China no careció de dificultades. La
conquista de los manchúes, en 1644, ocasionó un consi­
derable retroceso, y mediado el siglo x v m la persecución
empezó a ser sistemática. Hubo nuevos edictos y nuevos
martirios durante toda la primera mitad del siglo x ix ,
hasta 1870. En parte alguna se vió, no obstante, en el si­
glo pasado, un heroísmo mayor que el de los cristianos
de Corea, cuyo martirologio nos recuerda los peores
tiempos de las persecuciones romanas: las torturas en­
LA IGLESIA MISIONERA rww

tonces infligidas a las víctimas superan en horror hasta


los más atroces relatos legendarios. Muchos de estos
mártires, indígenas y europeos, obispos, sacerdotes y se­
glares, han sido beatificados en estos últimos años.

Africa. Para completar el relato de las actividades mi­


sioneras de la Iglesia moderna, hay que decir
algo de África. Aquí fueron los portugueses los intro­
ductores, y fue por medio de ellos como los jesuítas lle­
garon a las colonias de la costa occidental en 1596 y los
dominicos a Mozambique en 1614. También fueron
los jesuítas a Abisinia, en la época del propio San Igna­
cio ; y aunque la misión no consiguió todo lo que se espe­
raba dió muchos mártires a la Iglesia en el siglo x v u .
Es con el siglo x ix cuando empieza realmente la
exploración de África y con ella la actividad misionera
sistemática que hace de este continente casi el principal
campo de actividad misional, con más de un centenar de
obispos, miles de sacerdotes procedentes de treinta y cua­
tro órdenes religiosas y un número todavía superior de
monjas misioneras. Fueron las necesidades de Africa
las que dieron origen a algunas de las más grandes con­
gregaciones modernas, puramente misionales, tales como
los Padres del Espíritu Santo (1842). la Sociedad de las
Misiones Africanas (1859), l° s Padres Blancos del car­
denal Lavigerie (1868), los Misioneros de Scheut (186HI1
y la inglesa Sociedad de San José (1866).
Aunque sea odioso comparar el esfuerzo misional de
im país con el de otro, nadie podrá negar la supremacía
de Francia en este aspecto, en la que además se proyec­
tó y organizó (y durante casi un siglo se administró) la
excelente obra que constituye el principal apoyo a todas
esas misiones en todo el mundo, es decir, la asociación
para la Propagación de la fe, fundada por Paulina M a­
ría Jaricot, en Lyon, en 1835.
El siglo x ix . el siglo de las pérdidas y los infor­
tunios para el catolicismo en todos los países católicos
de Europa, es, pues, al mismo tiempo el siglo en que la
fe ha sido llevada por fin a todas las partes del mundo.
Por doquier ha hecho cuando menos su aparición, y por
304 SINTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

doquier se ha emprendido la inmensa tarea de convertir


a los dos tercios de la población del mundo que todavía
sigue siendo pagana. Es también el siglo que ha visto
a las razas del norte de Europa ocupar el nuevo mundo
occidental, así como el siglo x v i vió a las razas de Eu­
ropa meridional extenderse de modo parecido. El Cana­
dá, salvo el Quebec de habla francesa, firmemente cató­
lico desde principios del siglo x v n , lo mismo que África
y Oceania. fueron principalmente campo de la emigra­
ción y colonización inglesa, irlandesa y escocesa durante
el pasado siglo, siendo los católicos que allí se estable­
cieron en esa época irlandeses o de origen irlandés en su
inmensa mayoría.
En los Estados Unidos de América, que son en bue­
na parte otra creación de la expansión europea del si­
glo x ix , todas ias razas vieron un lugar propicio para
la emigración, v todas las que allí se establecieron lleva­
ron consigo su religión. De la actual población de 172
millones, se calcula que linos 34 millones son católicos.
Éstos son principalmente, por su ascendencia, irlandeses,
alemanes, eslavos e italianos. Cuando estos estados con­
siguieron de Inglaterra su independencia (1783), estaban
bajo la jurisdicción espiritual del obispo católico de Lon­
dres. En 1789 se creó en Baltimore la primera sede nor­
teamericana. y un miembro de la Compañía de Jesús,
recién suprimida, fué nombrado ohispo. A lo largo de los
ciento cincuenta años desde entonces transcurridos, nun­
ca dejó de incrementarse la jerarquía hasta llegar a las
106 sedes de la actualidad.

Resurgimiento cató- Cabe reseñar aquí un último e im-


heo en Inglaterra. portante aspecto de la historia de la
Iglesia en los noventa años que me­
dian entre la revolución y la elección de León x u i,
pues tiene cierta conexión con el esfuerzo misional que
acabamos de describir. Nos referimos al considerable
aumento, durante ese tiempo, de la población de habla
inglesa en el seno de la Iglesia. En 1789 era por demás
ii¡dignificante. Es dudoso que alcanzaran el medio millón
!<<-, c;itóbro< de habla inglesa, y de éstos ni siquiera cin-
J.A IGLESIA MISIONERA &6

cuenta mil eran de sangre inglesa. Los católicos ingleses


110 constituyen todavía un cuerpo numeroso, pero los
católicos que hablan la lengua inglesa deben andar «hoy
día cerca de los cincuenta millones, es decir, una sexta
p^rte del total de la Iglesia.
En Inglaterra, con el advenimiento de la reina Isa­
bel (1558-1603), la obra de restauración llevada a cabo
por su hermana María quedó totalmente destruida. Las
antiguas leyes antipapales de Enrique vi 11 fueron reva­
lidadas, se resucitó la doctrina de la supremacía real,
se prohibió de nuevo la misa y se estableció una nueva
religión con un nuevo Book of Common Prayer (1559)
como prescripción litúrgica, los Treinta y nueve artícu­
los (1563) como código oficial de profesión de fe para
distinguirla de la antigua religión, y disposiciones parla­
mentarias como base del cambio, con penas apropiadas
para todos aquellos que se resistieran. Estas penas alcan­
zaban hasta la de muerte por negarse al Juramento de
Supremacía.
Los obispos fueron todos depuestos, y en su lugar se
estableció una nueva jerarquía de herejes, consagrados
por sí mismos. El clero, en su mayor parte, aceptó la si­
tuación. Más tarde, en 1568, un sacerdote de Lancashire,
el Dr. Guillermo Alien, fundó en la ciudad universitaria
de Douai un colegio para adiestrar a escritores y contro­
versistas. Seis años después este colegio empezó a enviar
sacerdotes a Inglaterra, para que sucedieran a los pocos
sacerdotes leales a la antigua religión, cuyas filas empe­
zaba a diezmar la muerte. Esto ocurría cuatro años des­
pués que San Pío v había excomulgado y depuesto a Isa­
bel, acto que dió motivo al gobierno de esta soberana
para decretar que cualquiera que volviese a la fe cató­
lica sería ajusticiado, así como los sacerdotes que “ re­
conciliasen” a tales apóstatas. La llegada de los celosos
y bien preparados sacerdotes del seminario de Douai. el
fruto más excelente de la Contrarreforma, parecía que
iba a echar por tierra los proyectos religiosos del go­
bierno con mucha más facilidad que la lejana diplomacia
papal, y la reacción filé violenta y rigurosa. En 1577
Douai tuvo su primer mártir. Cuthbert M ayne, ajusticia-
-O s. n. 1.
306 SÍNTESIS DE HISTORIA DE I.A IGLESIA

do en Launceston. de conformidad con las nuevas leyes,


por el crimen de haber introducido en Inglaterra ag-
nusdeis y una bula que promulgaba el Jubileo. Hubo
otras dos ejecuciones en 1578.
En 1580 fueron enviados a misionar a Inglaterra
dos jesuítas ingleses, Roberto Persons y Edmundo Cam-
pion1 : los doce meses siguientes vieron el más activo
esfuerzo jamás concertado para devolver a los ingleses
a la fe. Su resultado inmediato fué otro recrudecimiento
de la legislación anticatólica, nuevas penas, más arrestos
y el espectacular proceso de Edmundo Campipn y otros
doce, acusados de alta traición, por un complot para
asesinar a la reina.
Complots los había en abundancia, complots real­
mente auténticos, y aun complots para asesinar a Isabel;
y que un papa tuviera al menos conocimiento de una de
esas conspiraciones, parece cierto. Pero, en tales com­
plots, ni aun en el asunto más admisible de la actividad
diplomática pontificia contra el protestantismo, ninguno
de esos hombres tuvo jamás arte ni parte, y ahí han que­
dado los atestados de sus procesos para demostrarlo. Que
el gobierno recurriera al viejo ardid de las falsas conspi­
raciones no tiene nada de particular. Es una estratagema
a la que los actuales gobiernos recurren todavía. Pero la
reacción por el proceso de Edmundo Campion y sus com­
pañeros fué tal, que el gobierno tuvo que buscar otros
medios para luchar con los misioneros, que ahora suma­
ban unos doscientos en el país. Así pues, se dispuso que
incurriría en delito de alta tración el sacerdote ordena­
do en el extranjero que entrase simplemente en Inglate­
rra, y el hecho de cobijarlo o encubrirlo se castigaría
con la pena de muerte. Al propio tiempo las multas im­
puestas, desde 1559, a todos los que 110 asistiesen cada
domingo al nuevo servicio religioso, fueron aumentadas
hasta un importe ruinoso.
Bajo la doble presión de las multas y la horca (y de
las cámaras de tortura en la Torre y en otras partes),
y con la creciente identificación popular del catolicismo
1 A es a 1) í|ih* se llama en tndos los libros “ la inv.T.iinn je
'UÍr ic;i '*
I,A IGJ,BSIA MISIONERA »»7

con España, la enemiga nacional, el número de fieles ca­


tólicos declarados menguó constantemente. El respiro
parcial que se disfrutó en los reinados de Carlos i (1625-
1649) y de Carlos 11 (1660-1685), llegó demasiado tarde
para que tuviera la menor repercusión en la realidad.
Ni siquiera un hombre más sagaz que el católico Ja-
cobo ji (1685-1688) hubiese apenas podido lograr para
los católicos algo más que una sus]>ensión en la aplica­
ción de las leyes más sangrientas dictadas contra ellos.
La nueva religión había sido una cuestión de intereses
particulares desde el momento en que Enrique vi 11 ha­
bía compartido el saqueo de las abadías con la clase me­
dia anticlerical y la clase más acomodada de los co­
merciantes. En la época de Jacobo 11. hacía tiempo que
se había convertido en cuestión de interés nacional.
De ahí que, durante otro siglo, la decadencia se preci­
pitara cada vez más, hasta que. hacia 1780. no había más
de 60.000 católicos en toda Inglaterra, y diversos indi­
cios hacían prever que éstos desaparecerían también.
Varias fueron las causas que concurrieron para que
se salvara esta reliquia de la antigua Iglesia. El gobierno
empezó a suprimir gradualmente las penas decretadas
contra la práctica del catolicismo y a franquear de nuevo
a los católicos las puertas de las profesiones liberales, la
jurisprudencia, la medicina, la docencia, de las que tanto
tiempo se les había tenido excluidos. Poco a poco, a par­
tir de ese momento, empezaron a efectuarse conversio­
nes. I..liego la revolución francesa arrojó sobre este pan
a miles de sacerdotes refugiados v. en parte por caridad,
en parte por sentido político, Inglaterra los atendió
y acertó a descubrir una nueva utilidad en el “ papismo’*
— que así, casi universalmente, aparecía el catolicismo,
y así se le llamaba — como un aliado contra la revolu­
ción. En fin, por entonces comenzó (aproximadamente
desde 1790) una nueva inmigración irlandesa hacia In­
glaterra del norte debido a su resurgimiento industrial,
de poca importancia en comparación con la ola inmigra­
toria de 1847-1850. pero, sin embargo, más importante
»[lie todo cuanto se había visto hasta entonces. Fué, por
1<> demás, una inmigración de obreros expertos.
sos SÍNTESIS DE HISTORIA I)E I.A IGI.ES1A

Constantemente, a través de los primeros cuarenta


años de este siglo x ix , el número de católicos fué en
aumento. Los 60.000 del año 1780 se habían convertido
en medio millón hacia 1840. Luego se produjo la gran
crisis irlandesa del hambre, de 1846-1847. Kn tres años
los refugiados víctimas de la calamidad habían doblado
la población católica de Inglaterra. Fué a partir de ese
momento cuando el catolicismo en Inglaterra empezó
a mostrar esa apariencia irlandesa que, para la mayoría
de los ingleses, todavía posee.
Ronia había permitido que la antigua jerarquía, que
databa de San Gregorio Magno, se extinguiera. Luego,
al cabo de ciento cuarenta años, envió nuevamente una
serie de obispos con el título de Vicarios de la Sede
Apostólica: uno en 1685 y cuatro en 1688. Este número
se dobló en 1840, hasta que, en 1850, se restableció la
jerarquía.

L o s irlandeses.Esos irlandeses, que a. partir de 1847


empezaron a incrementar el número — y
últimamente la importancia política — de los católicos
en Inglaterra 2, procedían del único país donde la refor­
ma sustentada por el estado no había logrado imponerse.
En Irlanda, como en Inglaterra, la reforma estaba res­
paldada por todos los recursos del estado, pero el irlan­
dés se mantuvo católico. Irlanda estaba, desde luego,
en los tiempos de Enrique v m y también en los de
Isabel, en su mayor parte sólo nominalmente sujeta a la
jurisdicción del rey inglés. Pero desde el reinado de
Isabel empezó a adoptarse el plan de extirpar al irlandés
católico en provecho del inglés protestante (y más tarde
de los escoceses) introducidos como colonos. Mediado
el siglo x v ii subió al poder Cromwell, que con su odio
sanguinario al catolicismo sometió a los irlandeses a una
persecución que apenas tiene igual en los tiempos mo­
dernos. Con sus guerras casi exterminó la raza, pero lo
que quedó de ella seguía firme en la fe. Después de O li­
verio Cromwell vino el respiro relativo de los últimos
hl mismo fenómeno es de notar en las colonias inglesas, y muy es
penal ment e en Australia.
UA JC#1,KSIA M ISIONARA

Estuardos, y a continuación, como reacción frente al


pasajero régimen católico de 1687-1691, el inhumano
código penal de Guillermo de Orange, de Ana y de los
primeros reyes hannoverianos. Se trataba de un plan de­
liberado, concienzudamente estudiado, para forzar la
apostasía de los irlandeses mediante un riguroso blo­
queo social, económico y cultural. Mantenerse leal al
catolicismo equivalía a reducirse voluntariamente a la
condición de salvaje. Prácticamente no se le dejó nada
al católico irlandés que permanecía en Irlanda — de ahí
que muchos miles huyeran del país — , como no fuera el
consuelo y la fortaleza que podía hallar en su religión.
Pero este pueblo sobrevivió aún a este siglo tan de­
sastroso, y con él sobrevivió su fe. A partir de 1774 em­
pezó a aligerarse la pesada carga de las leyes y, a des­
pecho del poder social de la minoría protestante en el
gobierno, poco a poco la Iglesia volvió de nuevo a la
plenitud de su vida. Consecuencia de ello fué que a lo
largo de todo el siglo x ix , cuando, especialmente des­
de 1846, las condiciones sociales de Irlanda empujaron
a los irlandeses a ultramar en un interminable éxodo
hacia las nuevas tierras, tanto como hacia Inglaterra,
llevaron consigo la fe católica; y hoy día. en los Estados
Unidos y el Canadá, en Australia y en Africa del Sur.
hay millones de católicos de ascendencia irlandesa, y
miles de sacerdotes irlandeses, y casi una tercera parte
del episcopado católico del mundo anglosajón lleva nom­
bres irlandeses.
11. P anoram a co n te m p o rá n e o

1 8 7 8 -1 9 4 6

Propósitos y realiza- Con la elección de León x in , el j o


cioncs de León X III. febrero (Je dio comienzo,
como ahora se reconoce universal-
mente, una nueva era en la historia de la Iglesia. Pió ix
había dicho claramente, poco tiempo antes de morir, que
sus métodos y su política habían tenido su época, y que su
sucesor necesitaría alterar toda la orientación de la
acción papal. El nuevo papa no sólo lo comprendió asi
perfectamente — ella fué la señal más evidente de su ge­
nio — , sino que emprendió su tarea con los principales
objetivos ya previamente establecidos, y con planes defini­
dos para la consecución de los mismos. Era un hombre
ya anciano, de sesenta y ocho años, enjuto, frágil y deli­
cado, pero con una resistencia superior a las mejores
esperanzas y con vida en una constante actividad para
otros veinticinco años más.
Pocos papas iniciaron su reinado tan bien informados
sobre la naturaleza de las dificultades que había que
afrontar, como León x m ; y esto gracias a su propio
estudio personal del pensamiento de la época, tanto como
a su atenta observación de los hombres y los aconteci­
mientos. Hubo una fuerte oposición a su elección y abun­
dantes críticas cuando su política se puso de manifiesto.
Pero él se mostró insensible y, sin inmutarse lo más
mínimo, se desentendió de los reaccionarios. “ Esos hom­
bres son demasiado viejos para mí” , dijo. A la cordial
afabilidad de Pío ix sucedió la férrea determinación de
un pontífice que parecía pura inteligencia, todo voluntad,
capaz de trabajar sobre la mesa de su despacho diez
y doce horas al día, semana tras semana, año tras a ñ o ;
»12 SINTESIS I)E HISTORIA DE I,A IGLESIA

y que daba por descontado que el resto de la humanidad


podia hacer, y haría, lo mismo en favor de la Iglesia.
No habría más errores de carácter impulsivo, ni gestos
sentimentales, ni mutaciones extremistas. Una vasta in­
formación, un sereno juicio penetrante y equilibrado, un
genio político esencialmente constructivo, pero cuya más
impresionante característica acaso fuera un profundo
sentido realista de los límites de lo que fera inmediata­
mente posible, iba a presidir durante la siguiente gene­
ración a la Iglesia universal.
La nueva política puede resumirse muy simplemente.
Los prelados que alcanzaron su madurez en esos años de
desastre general que siguieron a los acontecimientos
de 1789 y que pasaron a regir la Iglesia en los primeros
dos tercios del siglo x ix , habían concebido a través de
sus experiencias personales tal horror por los principios
en cuyo nombre se había llevado a cabo la destrucción,
que no podían pensar, desde 1815, en otra tarea más que
en trabajar por la extirpación del moderno liberalis­
mo. Pero, infortunadamente para las energías gastadas
en ello — allí donde esta generación llegaba a mostrarse
enérgica — , el liberalismo estaba demasiado bien atrin­
cherado para poderlo desalojar: en una o en otra forma
había de permanecer. Y tampoco, por supuesto, la des­
trucción del liberalismo había de significar necesaria­
mente un resurgimiento del catolicismo. Estas verdades,
no obstante, se les ocultaban a la inmensa mayoría de
eclesiásticos en los comienzos del siglo x ix . De ahí su
persistencia en una lucha tan prolongada como inútil
y la consiguiente renovación de un amargor contra la
Iglesia en todos los llamados países católicos del mundo.
De ahí, también, la casi instintiva predisposición de tan­
tos de esos eclesiásticos a sumarse a las violentas luchas
políticas de la época como íntimos aliados de los gobier­
nos antiliberales, en apoyo de los carlistas en España, de
los borbones en Francia y de los austríacos en Italia.
Defender estas causas equivalía a estar, en todas partes,
del lado de los vencidos; y así, hacia la época en que el
largo reinado de Pío ix tocaba a su fin, se respiraba en
los círculos católicos una sensación general de frustra-
PANORAMA CONTI'MI’OKANI'O »13

ción, de que era inútil hacer nada, y una tendencia a des­


perdiciar energías en simples lucubraciones infructuosas.
León x m estaba resuelto a sacar a la Iglesia de este
callejón sin salida. Habiéndose afianzado el literalisnio,
había que mostrar a los católicos el modo de vivir, y de
vivir según sus principios católicos, en un mundo libe­
ral. Debían aprender, no sólo cómo ¡jodían sobrevivir
en ese mundo, sino cómo jx>dían ser leales ciudadanos
activos de los estados literales. K1 papa sería su maes­
tro. En cierto modo la Iglesia del>e afrontar la tarea de
acomodarse a las nuevas orientaciones políticas. Debe
negociar con aquello sobre lo cual ya no puede ejercer
su dominio, y de lie planear una nueva formación espi­
ritual, más recia, para los católicos que han de vivir,
como católicos, en ese mundo no religioso. Fué uno de
los méritos más grandes de León x m el haber insis­
tido, con ocasión y sin ella, ante una generación de
católicos inclinados a evitar todo contacto con la cosa
impía en nombre de la pureza de su fe. en el hecho
de que sólo viviendo en este mundo nuevo podía la
Iglesia, en verdad, sobrevivir, pues vivir en ese mundo
era la primera obligación de la Iglesia; y sólo mediante
este contacto vivo podía cumplir su misión de conver­
tirlo.
Más audazmente todavía, el papa se propuso enseñar
también al mundo liberal, mostrar a los hombres sin­
ceros que lo integraban, es decir, a los literales de buena
fe, que el catolicismo es la mejor, más aún, la única
garantía de libertad verdadera. Este papa proclama los
principios católicos tan estrictamente como sus predece­
sores del antiguo régim en; pero la verdad de estos prin­
cipios se razona ahora de un modo persuasivo y se
aporta el testimonio de la historia en apoyo de la tesis
del papa, de que está en la misma naturaleza de las
cosas — y toda la historia del pasado lo atestigua así — el
([lie las civilizaciones que se apartan de Dios perecen
inevitablemente. Y León x m , al tiempo que formula
más de una advertencia conmovedora y llena de ansie­
dad acerca del desastre que él vislumbra cada vez más
cerca, ofrece el catolicismo a los gobernantes y a los
SÍNTESIS DE HISTORIA DE I*A IGLESIA

pueblos del mundo como la guía más segura para ellos,


como su más firme protección. Hace constantes adver­
tencias sobre lo razonable de las peticiones de la Iglesia,
cuando se dirige al mundo exterior; y sobre lo razo­
nable de las órdenes de la Iglesia, cuando se dirige
a los católicos. He aquí un papa con el cual nadie tendrá
ocasión de armar pendencia.

El espíritu de la acción de León x m puede estu­


diarse en sus grandes encíclicas, en los diversos decretos
administrativos que modernizaron el gobierno de la
Iglesia, y también en su modo de afrontar las muchas
dificultades con que se encontró como herencia de los
sucesos de les cincuenta años que precedieron a su
elección. Las tres dificultades principales estaban en
las relaciones del catolicismo con las tres nuevas enti­
dades políticas, ninguna de las cuales contaba todavía,
en 1878. con diez años de existencia: el reino de Italia,
la tercera república francesa y el imperio alemán. Las
relaciones con las tres eran ya tirantes antes de que
León x m iniciara su reinado. Tuvo éxito en la paci­
ficación de Alem ania; pero, aunque no por falta de
habilidad ni de buena voluntad, fracasó con Francia
v la crisis italiana fué, hasta el fin, insoluble.
Las medidas de Bismarck para someter al catoli­
cismo, en Prusia, al dominio del estado han sido ya
descritas, así como la consiguiente persecución de los
católicos. El aprieto de éstos era, al parecer, ansiedad
ante el nuevo papa, pues dió lugar a su primera demos­
tración de que pensaba mandar en la Iglesia y de qué
manera, cuando en la misma tarde de su elección echó
a un lado la carta preparada para su firma, en la que se
anunciaba su elección al emperador alemán, y se puso
él mismo a escribir, en sustitución de aquélla, una carta
personal expresando, además, su esperanza de que la
guerra religiosa tendría una pronta terminación.
Así, mediante su acción personal, se inició una reanu­
dación de relaciones y un largo lluelo diplomático entre
él y Bismarck, que no terminó hasta al cabo casi de diez
años, hl emperador no era en modo alguno hostil a las
PANORAMA CONTHMPORANEO

instancias del papa de que fuesen derogadas las leyes


de la persecución. Bismarck nada había ganado con
ellas; pero su orgullo estaba hondamente comprometido
en el asunto, así como sus sentimientos personales, pro­
fundamente anticatólicos. Y , a medida que se desarro­
llaba la lucha, se le sugirieron nuevos planes. Los cató­
licos de Alemania habían demostrado que no había
límites en lo que estaban dispuestos a sufrir por no ceder;
habían demostrado también, con el nuevo partido del
Centro por ellos creado, una habilidad para organizar
su independencia política que constituía una novedad
en Alemania. Eran, en verdad, una fuerza dentro del
imperio. Esta lucha, llamada ahora Kulturkampf, los
había forjado. Se le ocurrió de pronto a Bismarck que
podría hallar en el papa el instrumento para mediatizar
el nuevo partido católico y utilizarlo en sus maniobras
parlamentarias. Tendió más de un lazo al papa en este
sentido. Pero el pontífice era demasiado leal para de­
jarse tentar y, a la vez, demasiado prudente para in­
ferir ofensa al eludir a su adversario. Los planes del
canciller para deshacer la alianza del papa y los cató­
licos fracasaron una v otra vez: v cada vez León x m
daba a los jefes del partido del Centro mayores seguri­
dades de que su voluntad era ver resuelto el asunto.
Cuando el delegado pontificio, el entonces nuncio en
Munich, pareció correr peligro de ceder demasiado a las
hábiles maniobras de Bismarck, se le trasladó con el
mismo cargo a Lisboa, transfiriéndose la gestión del
asunto al nuncio en Viena. Ludovico Jacobini, uno de
los consejeros más capacitados de León x m , y más
tarde (1882-1887) su secretario de estado. El papa se
mantuvo inflexible en su exigencia de que se anulasen
las leves que sometían la educación del clero al gobierno
de este país protestante y que sometían a los tribunales
del mismo la tutela de los obispos católicos sobre su
clero. En cuanto a la reivindicación por parte del go­
bierno del derecho al nombramiento para ciertos cargos
eclesiásticos, el papa se mostró dispuesto a negociar.
Pero ninguno de los favores que Bismarck ofrecía, sien­
do el principal de ellos el restablecimiento de una em­
3lft SÍNTESIS l)K HISTORIA DE I,A IGLESIA

bajada en el Vaticano, logró que el papa cediera un


ápice en su primer punto. Enmiendas a un código in­
conveniente, mejoras... anotaba simplemente; aprove­
chando cada vez la ocasión para expresar cuán radi­
calmente inaceptables eran las leyes. Y , con habilidad
suprema, León x m supo hacer todo esto sin aumentar la
hostilidad del canciller alemán, como supo también man­
tener sus buenas relaciones, sin crearse la menor des­
confianza, con el partido del Centro y su gran jefe,
Windthorst.
Bismarck no estaba dispuesto a retractarse en unas
leyes que él había promovido. El papa, por su parte, no
se avendría a nada que no fuese una revocación formal
de las mismas. Pero, al correr del tiempo, el canciller
vió en el incremento del socialismo una amenaza para
cuanto él había realizado. Un día tendría necesidad del
partido del Centro como aliado. La solución del con­
flicto religioso se hacía cada vez más urgente para él...
Y . sin embargo, no cedería aún. En 1885 hizo un gran
esfuerzo para ganarse el favor del papa. Había surgido
una disputa entre el nuevo imperio y España sobre la
ocupación por Alemania de las islas Carolinas, en el
Pacífico. Bismarck propuso, con la anuencia de España,
que se solicitase de León x m su mediación entre las
dos potencias. El papa aceptó, y pronunció una sen­
tencia que, de modo notable, satisfacía a las dos partes.
Pero los cumplidos que con esta ocasión se hicieron
llegar de Berlín, ni por un momento hicieron vacilar
al papa en su firme voluntad de que las leyes de mayo
fuesen revocadas.
Al fin se puso término a la larga disputa gracias
a la habilidad diplomática de Mons. Galimberti, enviado
del papa, en 1887, para asistir a las solemnidades del
jubileo de Guillermo 1. En marzo y abril de este año
la dieta prusiana votó las nuevas leyes. El propio Bis­
marck pronunció un elocuente discurso en defensa de
las mismas y ensalzó al papa como agente de paz en el
imperio.
La admirable unidad de los católicos de Alemania
durante la larga lucha fué, sin lugar a dudas, un ele-
PANORAMA CONTEMPORÁNEO %x-

niento capital para el triunfo del papa. Los obispos se


mostraron unánimemente leales a las normas pontificias;
v sus fieles no sólo les fueron leales, sino que estuvie­
ron perfectamente organizados y dirigidos por un polí­
tico del genio de Windthorst, que era a la vez un exce­
lente católico.
Las condiciones bajo las cuales León x m había de
actuar en Francia, eran muy diferentes. Aunque, tam­
bién aquí, se trataba de uno de los nuevos estados de­
mocráticos donde la religión se vería perseguida; es
decir, bajo un régimen en que el poder residía en un
parlamento elegido por votación popular; y también
aquí la política del papa se cifraba en que los católicos
se asegurasen la justicia dentro del régimen, utilizando
sus derechos como ciudadanos. Era éste un objetivo que,
en Francia, persiguió León x j i i durante veinticinco
años, con una tenacidad y una paciencia que una larga
serie de contratiempos no pudo quebrantar. Fracasó,
no obstante, en su empeño. La mala voluntad de los
enemigos del catolicismo fué algo superior a él, así como
también, no hay que omitirlo, las discordias increíble­
mente enconadas entre los propios católicos. Estas divi­
siones eran, en buena parte, una herencia del turbulento
proceso de la historia de Francia durante el siglo x ix ,
cuando en menos de sesenta años hubo media docena
de revoluciones políticas. En el curso de su propia vida
había visto el papa en Francia un imperio (bajo N a­
poleón), un reino bajo los restaurados Borbones, una mo­
narquía más liberal bajo el principe Luis Felipe, una
república, un nuevo imperio (bajo Napoleón m ) y ahora
de nuevo una república, que era la tercera en la his­
toria de la nación. Cada revolución había dejado tras
sí a un sector deshecho y desposeído que esperaba la
futura restauración del régimen más particularmente
favorable para poder desquitarse. Ninguno de esos regí­
menes, por cierto, cualesquiera que fuesen sus ideales,
había dado realmente al catolicismo el lugar que lógica­
mente le correspondía dentro de lo que era, oficialmen­
te, un país católico. Algunos le habían sido violenta­
mente hostiles; otros habían favorecido a la Iglesia, pero
318 SÍNTESIS 1>E HISTORIA DE h A IGLESIA

sólo como el medio de utilizar su prestigio para fines


jxditicos.
Hacia la época de la elección de León x m había,
pues, en Francia, una agitada masa de políticos de todas
las tendencias, en extremo descontentos; y los católicos
estaban tan hondamente divididos como el resto del país.
La nueva república se había establecido hacía sólo tres
años, y por una mayoría de un solo voto, casi por ca­
sualidad, con una constitución ideada para una restaura­
ción monárquica. Y dentro de esta tercera república, una
crisis muy reciente había barrido a los conservadores
del poder, para siempre, según los acontecimientos ha­
bían de demostrar, introduciendo la primera de esas
combinaciones de grupos radicales que, en adelante, ha­
bían de dominar toda la historia de la república, hasta
que el ensañamiento crónico de sus luchas sin cuartel
arrastró al país a la catástrofe de 1940. Una sola cosa
tenían esos grupos radicales de com ún: su odio y temor
a la vez al catolicismo; y recientemente habían llegado
al poder, en 1877, en tales circunstancias, que un nuevo
ataque concertado contra la Iglesia no se haría esperar.
Tal era la situación con que se enfrentó León x m
en 1878. La solución que él propuso era tan simple
como categórica. El papa consideraba que la causa de
la monarquía estaba muerta. No había la menor proba­
bilidad de que el pueblo francés volviera a colocarse de
un modo permanente bajo otra restauración, ni borbó­
nica ni de la casa de Orleáns. Los católicos, como hom­
bres sensatos, debían aceptar el “ hecho consumado” y
acatar la república, luchando dentro de ella, por medios
constitucionales, por sus derechos como leales ciuda­
danos. Desgraciadamente, apenas había un solo cató­
lico francés que fuese republicano. En su gran mayoría
eran monárquicos de la extrema derecha; y entre éstos
se contaba casi todo el clero, los obispos y todos aquellos
seglares que tenían alguna representación en la vida
pública de la época. El papa se enfrentaba con una tarea
poco menos que imposible, pues no podía hacer más
que insistir sobre la sensatez de lo que proponía y abo­
nar su legitimidad. Quedaban ya muy atrás los tiempos
PANORAMA CONTEMPORANEO 31»

en que era posible dictar órdenes para tales casos, supo­


niendo que el papa hubiese querido recurrir a elk).
Entretanto, el enemigo común estaba a punto de
lanzar su primer ataque bien planeado, encontrando en
la abierta oposición de todos los sectores católicos al
régimen republicano una evidente excusa para imponer
la tiranía que se disponía a ejercer.
En marzo de 1880 promulgáronse nuevas leyes
que privaron de sus asientos en el Consejo Superior de
Instrucción pública a los miembros nombrados por los
distintos cuerpos religiosos, y retiraron todo reconoci­
miento oficial a las universidades católicas. Cuatro me­
ses después, por un decreto gubernamental, los jesuítas
fueron expulsados de Francia: las demás órdenes dis­
ponían de tres meses para pedir su reconocimiento al
estado; aquellas a las que se negase este reconocimiento
debían ser disueltas. Esta ley afectó a unos 8.000 hom­
bres y 100.000 religiosas. La reacción católica fue inme­
diata y enérgica: 2.000 letrados emitieron la opinión
coleciiva de que los decretos eran ilegales, y 400 magis­
trados dimitieron antes que forzar su aplicación. Todo
ello sin resultado. Otra serie de decretos prohibió la
instrucción religiosa en las escuelas: en las primarias
y en las de humanidades; fueron suprimidas las facul­
tades de teología católica en las universidades, y las
capellanías en las grandes escuelas normales; los semi­
naristas quedaron sometidos a las leyes del servicio
militar y se abolieron las capellanías castrenses: se les
prohibió a las monjas servir como enfermeras en jos
hospitales, y las capellanías de los hospitales se su­
primieron también. Creóse, en fin. un tribunal para
divorcios.
Esta radical y despiadada secularización de la vida
francesa, realizada en cosa de seis añus, engendró un
amargo resentimiento que difícilmente se puede expre­
sar. Pero el papa se mantenía en su punto. Su consejo
a los católicos franceses seguía siendo siempre el mismo :
que abandonasen para siempre el sueño de reconquistar
sus derechos mediante el derrocamiento de la república;
que se organizasen: y que reprimiesen las imprudencias
320 SlN T l-SlS 1>K HISTORIA DF. I.A IGI.HSIA

que sólo servían para hacer el juego a sus enemigos.


Se ha alegado, en defensa de los católicos irreconcilia­
bles. que León x m nunca llegó a darse cuenta de lo
profundo que era el odio antirreligioso que inspiraban
esos enemigos. No obstante, la política que el papa
recomendaba era la única política posible; y por muchas
que fuesen las críticas a esta política y a su autor, nin­
guna otra hubiese podido triunfar en un cuerpo cuyos
jetes se combatían y despedazaban unos a otros en
público como lo hacían los primeros católicos de Fran­
cia en esos años. Durante largo tiempo muchos de ellos
fingieron que dudaban si esa política de “ adhesión” era,
realmente, la que deseaba el papa. Cuando esto quedó
más que claro, por las propias declaraciones del pontí­
fice. se hicieron el remolón. Luego, en 1894, surgió el
asunto Dreyfus, y para consternación del papa los cató­
licos tomaron cartas fanáticamente en el asunto y aun
del lado malo. Sus adversarios veían claramente la sabia
orientación práctica de la política de León x m ; ésta era,
también, lo último que ellos deseaban ver triunfar, y
saludaban cada nuevo paso de aproximación a la repú­
blica que daba el papa, con aullidos de rabia.
Hacia el fin de su pontificado (1899-1903) la perse­
cución activa empezó de nuevo, bajo el mando de un
ex seminarista. Emilio Combes. Las últimas religiosas
que quedaban fueron ahora expulsadas de F ran cia; sus
conventos y escuelas fueron embargados. Se introdujo un
sistema de espionaje en el ejército, y los oficiales til­
dados de católicos practicantes fueron perseguidos y
arrojados del cuerpo militar.
Todos los esfuerzos de León x m habían sido, al
parecer, inútiles. A un cardenal francés que, para con­
solarle, le dijo unos días antes de su muerte: “ Francia
no es un país antirreligioso. Hay sólo un pequeño grupo
de perseguidores” , le replicó secamente: “ Sin duda.
Pero son los amos; y se les deja hacer” . Pero la larga
y paciente diplomacia y la abundancia de sabios conse­
jos no habían sido inútiles. K1 papa, aunque él no
llegara a darse cuenta, había infundido realmente un
nuevo espíritu al catolicismo francés; su paciencia había
PANORAMA CONTEMPORÁNEO

impedido que aumentase el divorcio con la idea de un ré­


gimen republicano; había enseñado a la joven generación
de católicos que un buen católico podía ser un buen
republicano, y por muy lentamente que llegaran a apren­
derse la lección, lo cierto es, como los hechos se encar­
darían de demostrarlo, que la llevaron bien aprendida;
y la insistencia del papa había disipado para siempre,
en la mente de todo hombre sensato, la fábula de que el
catolicismo estaba ligado a los sistemas políticos del anti­
guo régimen, y, en fin, había evitado a los católicos la
torpeza última y fatal de ser los agresores en una especie
de guerra civil.
Lo que León x m había sembrado con lágrimas ha­
bían de cosecharlo un día sus sucesores jubilosamente.
Pero antes tendría que producirse la tormenta del ponti­
ficado de San Pío x.

Las probabilidades de que algún papa llegase a con­


cillarse al gobierno de la república francesa habían de
parecer escasas, para los que conocían el espíritu que
animaba a los partidos triunfantes de izquierda. I^as posi­
bilidades de León x m en Italia, ante el nuevo poder,
eran nulas. La violenta invasión y conquista de los esta­
dos pontificios habían traído, como complemento, la céle­
bre ley de garantías (1871), que. intento extraordinario
de los poderes victoriosos para conseguir de su víctima
una tácita renuncia a la soberanía, ofrecía una compen­
sación monetaria por la expoliación, pero eludía todo
reconocimiento de la condición del papa como soberano,
para tratarle sólo como a un súbdito favorecido de la
monarquía sarda. A esto sólo podía haber una respuesta;
y al ser conocida la determinación de Pió íx , de negarse
rotundamente a reconocer el hecho consumado, el nuevo
gobierno, a fin de coaccionar su voluntad, inició una
violenta campaña contra la religión. Las órdenes reli­
giosas aún existentes fueron disueltas, con la confiscación
de sus monasterios en Roma utilizados para fines del
estado; los sacerdotes se vieron forzados a ingresar en
H ejército como soldados; en los tribunales se abolió el
juramento religioso; la enseñanza religiosa se desterró
‘21 s. H. 1.
322 SÍNTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

de las escuelas; violando sus propias leyes, el gobierno


permitió que circulasen diarios y revistas llenos de blas­
femias anticristianas e injuriosos ataques al papa, y con­
sintió manifestaciones antipapales junto a los muros del
propio Vaticano. Con un abuso sistemático de los pode­
res que había usurpado, llegó hasta prohibir el nombra­
miento de obispos hasta que hubo más de sesenta sedes
vacantes. Verius in aliena potestate sumus quam nos-
tra, dijo León x m , en protesta.
La inseguridad de la que nunca cesaba de lamentarse
públicamente estaba lejos de ser imaginaria. Un inci­
dente tras otro han quedado registrados como testimonio
de la realidad de la inquietud del papa. Existió el intento,
por parte del gobierno italiano, de apoderarse de los
fondos de Propagación de la fe, las limosnas enviadas
de todas las partes del mundo con destino a las misiones
entre infieles, así como el de confiscar los fondos de la
asociación católica italiana de caridad. Tuvieron lugar
las conmemoraciones oficiales, que se tradujeron en una
orgia blasfema de odio antirreligioso, de unos aconteci­
mientos históricos tan remotos como la muerte de
Arnaldo de Brescia en la hoguera (i 155) y las Vísperas
Sicilianas (1282). Se celebraron igualmente las exequias
de Garibaldi. Se desarrollaron las terribles escenas del
traslado del cuerpo de Pío ix al cementerio de San Lo­
renzo cuando, con la connivencia del gobierno, una chus­
ma de la más vil calaña infiltrada en el fúnebre cortejo,
logró casi arrojar al Tíber el cuerpo del difunto pontí­
fice. Pero, sobre todo, en la inauguración del monumento
a Giordano Bruno, se puso de manifiesto aquel espíritu
por los honores rendidos a las banderas que presidian
¡a manifestación: la bandera roja de la revolución, la
bandera verde de la masonería y la bandera negra de
Satán. Ese horrible día lo pasó el papa en oración ante
el Santísimo expuesto.
No exageraba León x í j i ; no era propio de su carác­
ter. Sabía perfectamente cuáles eran las fuerzas que le
combatían, la naturaleza de su hostilidad y la impotencia
de lo*, sucesivos gobiernos italianos para sujetar a esas
fuerzas del mal que habían llamado en su ayuda. En más
PANORAMA CONTEMPORÁNEO 328

de una ocasión — tan intensamente acusaba la presión del


bando cuya finalidad era la destrucción del papado — el
pontífice pensó seriamente en abandonar Roma. Nunca
cesó la hostilidad contra él, iniciada el mismo día de su
elección, en que una circular del gobierno prohibió a to­
dos los funcionarios asistir a los oficios en acción de
gracias por la elección del nueva papa. De semejante
régimen hubiera sido locura esperar una política de
juego limpio. Nada cabía hacer sino, con toda la pacien­
cia posible, evitar cuidadosamente cuanto pudiera consi­
derarse una aprobación de la iniquidad masónica, y,
manteniendo intactos los principios, esperar los tiempos
mejores que un día habrían de llegar.
Fué uno de los principios básicos del largo reinado
de León x m , mantenido a lo largo de todas las vicisitu­
des — principio, además, que ciertamente ha caracteriza­
do toda la ulterior gestión pontificia — , el de que nunca
debía la Iglesia consentir en verse aislada de la vida gene­
ral de la época. La lucha del pontífice para llevar al papa­
do a un contacto cada vez más estrecho con la vida coti­
diana de la Iglesia en todo el mundo no fué sino una
consecuencia del mismo. Entonces es cuando empieza,
por ejemplo, no la costumbre de las peregrinaciones
a Roma, sino un desarrollo tal de las mismas, que bien
pronto no queda apenas una ciudad en el mundo que
no cuente con algunos católicos que hayan visto al papa,
escuchado su voz y recibido su bendición. Desde la época
de León x m , el papa reinante es una figura más familiar
para los católicos, en general, de lo que lo fueron los
propios obispos, con harta frecuencia, en épocas ante­
riores.
Cuando el invento de la telefonía sin hilos hizo posi­
ble a toda la Iglesia escuchar la misma voz de su cabeza
en la tierra, la Iglesia ya estaba mucho más familiarizada
que en cualquiera otra época con la dirección práctica
y activa de todas las cuestiones del dia. León x m no
prestó a la Iglesia servicio más grande que el de esta­
blecer la práctica de instruirla y guiarla mediante fre­
cuentes encíclicas, verdaderos tratados sobre el dogma
y la moral, que adaptaban los principÍQS eternos a las
m SÍNTESIS DR HISTORIA DE LA IGLESIA

necesidades siempre cambiantes de la humanidad. Aquí,


mejor tal vez que en ningún otro aspecto, puede medirse
la importancia de León x m como creador de una nueva
era en la historia del catolicismo. Esas grandes encíclicas
constituyen su monumento más perdurable. Las fuerzas
hostiles que tan a menudo obstaculizaron su acción han
desaparecido: el imperio de los Hohenzollern, la tercera
república, la Casa de Saboya, y también los mismos
monarcas católicos, que le correspondieron poco más que
con palabras: los Habsburgos en Austria y los Borbones
en España. Sus propios nombres empiezan a ser arqueo­
logía. Pero las encíclicas siguen tan vivas, tan eficaces
y tan oportunas como el día en que fueron escritas. Hoy
se estudian con más atención que nunca, y los sucesores
más ilustres de León x m han tenido que hacer poco más
que edificar con mayor extensión sobre los cimientos que
él dejó.
Debemos mencionar aquí tres de esas encíclicas, por
representar los tres aspectos principales de la influencia
de León x m sobre el pensamiento católico y encarar
en su conjunto la nueva orientación que todavía rige
la vida del catolicismo. Son el origen de todo lo mejor
que ha sucedido desde entonces, sucede ahora y es pro­
bable que suceda en líis generaciones venideras. Estar
familiarizado con sus enseñanzas, saturado de su espí­
ritu. es poseer el secreto de una inteligente cooperación
con el gobierno del pontífice en la más crítica de todas
las épocas. Esas tres encíclicas so n : la / Ictcrni Patris,
del 4 de agosto de 1879; la Immortalc Dci. del 1 de no­
viembre de 1885. y la Rcntm Novarum, del 15 de mayo
de 1891.
La primera de ellas trata de la restitución de Santo
Tomas de Aquino al lugar que le corresponde, co m o
príncipe de la filosofía y la teología católicas, y es el
origen de toda esa influencia contemporánea del catoli­
cismo en los pensadores contemporáneos, menos acusada
quiza en Inglaterra que en cualquier parte del mundo,
excepto Ru^ia. y que constituye una característica tan
PANORAMA CONTEMPORÁNEO m

la Iglesia, que, en este aspecto de capital importancia,


esté acaso más sana que en cualquier otro momento des­
de la muerte del propio Santo Tomás. La Immortale D ei
es la carta magna del católico que cree en la democracia
como el mejor sistema de gobierno. Es un compendio
de doctrina católica sobre el estado, desde el punto de
vista de toda la larga controversia entre católicos y los
postulados de 1789, y sienta unos principios prácticos
para guiar al ciudadano católico de los nuevos estados
saculares. La tercera encíclica, Rerum Novar uní, es tal
vez la más conocida de todas las obras de León x m , su
tema es La condición de las clases trabajadoras, y es
la base de toda esa actividad católica en cuestiones socia­
les que, desde 1891, ha caracterizado cada vez más al
catolicismo del siglo xx.
El reducido espacio de que disponemos no nos per­
mite más que catalogar el resto, incluso las otras obras
capitales, de este gran reinado: las cartas Divinum illud
sobre el Espíritu Santo, Mirae cañtatis sobre la sagra­
da eucaristía, las cinco encíclicas sobre la devoción al
rosario, la consagración de toda la humanidad al Sagra­
do Corazón; la institución y desarrollo de los congresos
eucaristicos: la extensión de las misiones extranjeras;
la encíclica sobre los estudios bíblicos y la creación de la
Comisión Bíblica; la carta sobre el deber de los católicos
de ser historiadores íntegramente sinceros, y la deci­
sión de abrir de par en par los archivos secretos del V a ­
ticano para los estudiosos de todo el mundo; la funda­
ción de las nuevas universidades católicas de Friburgo
y Washington, y de un Instituto de filosofía tomista en
Lo vaina; la enorme expansión de la jerarquía. Pero aún
debemos mencionar un último punto: el raro don del
papa en la elección para colaboradores suyos, de enten­
dimientos realmente privilegiados. Desde la época de
Paulo 111, nunca, en ningún momento, contó el sacro co­
legio en sus filas con un conjunto de personalidades se­
mejante ; y entre ellas, creado en el primer consistorio
de su pontificado, nuestro propio Newman.
León x n 1 murió a los noventa y cuatro años, el 20
de julio de 1903.
326 SINTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

Fio X. El cardenal José Sarto, que, con el nombre de


Pío x, fué elegido como sucesor de León x m
(4 de agosto), era de carácter tan diferente que los histo­
riadores se han dado con excesiva facilidad a exagerar la
diferencia entre las respectivas políticas. Hubo, cierta­
mente, un cambio de orientación en la gestión pontificia,
hacia una manera que acaso fuera más española que ro­
mana en la diplomacia y en el modo de tratar y ejecutar
las medidas para la persecución del modernismo. Pero no
se trataba únicamente de que, con la política de suaviter
in modo, se había hecho ya el más sereno experimento,
sino que el ataque se hizo ahora tan súbitamente rudo
que sólo una enérgica réplica podía servir de algo. Ante
la propia herejía y los nuevos herejes, las medias tintas
no hubieran sido posibles en ningún pontificado. Y ha­
berse allanado a los nuevos actos del régimen anticató­
lico de Francia no hubiera sido más que un fútil “ apaci­
guamiento”
El presidente francés, en 1904, ignoró el protocolo
de los jefes de estados católicos y efectuó una visita al
rey de Italia en Roma, declarando así ante el mundo
que Francia había abandonado la política seguida des­
de 1870 y había aceptado el hecho consumado de que el
papa no era ya un soberano independiente. Cuando
Pío x protestó, se retiró del Vaticano al embajador fran­
cés. Poco después, cuando dos obispos llamados a Roma
para responder de las graves acusaciones formuladas
contra ellos apelaron al gobierno, el primer ministro,
Emilio Combes, presentó al papa un ultimátum. O se
retiraba la demanda, o el gobierno francés consideraría
anulado el concordato. Entretanto se promulgaba en
Francia una ley que establecía la separación de la Igle­
sia y el estado. ¿ A quién pertenecerían ahora las igle­
sias, las escuelas, las rectorías, los seminarios y otras
propiedades eclesiásticas? No a la Iglesia, pues ésta no
existía ya a los ojos de la ley. Fué el estado quien decidió
la cuestión estableciendo como propietario un sistema de
comités: las Assotiations cultuelles. Pío x adoptó una
postura firme: negóse por entero a reconocer el nuevo
sistema y prohibió a los católicos de Francia que se reía-
PANORAMA CONTEMPORÁNEO «7

donasen para nada con él; y los católicos de Francia,


aunque tal decisión no constituyera, ni mucho menos,
su felicidad, obedecieron leal y unánimemente. Antes
que admitir un sistema que dejaba toda la vida de la
Iglesia a merced de un gobierno fanáticamente hostil,
prescindieron de todos sus bienes y de algo asi como
unos 3.000.000 de libras de renta al año. Esta crisis
puso de manifiesto la esencial ortodoxia del catolicismo
francés y la energía de la generación que se había for­
mado durante los veinticinco años del reinado de
León x i i i . Sacrificios inmensos: ésta era ahora, por do­
quier, la orden del día; y el fruto de estos sacrificios
fué un resurgimiento católico de una calidad y en una
escala como jamás se había visto. A partir de ese gran
momento, el catolicismo francés jamás se ha visto retro­
ceder.
La herejía conocida por el nombre de modernismo
intentaba acomodar el catolicismo a las ideas de la épo­
ca, a base de desechar su objetivo carácter sobrenatural
y reducirlo a una cuestión de psicología religiosa indi­
vidual. Los modernistas nunca fueron, en realidad, muy
numerosos, y las actuaciones de Pío x contra ellos, el
decreto Lamentabili, en julio, y la encíclica Pasccndi,
en septiembre de 1907, constituyeron para la mayoría
de los católicos las primeras noticias de su existencia.
Pero el grupo ocupaba importantes puestos en varios
seminarios y universidades, y se preveía el peligro de
que poco a poco corrompiera la fe del clero y de los se­
glares más cultos, pervirtiendo la teología y la filosofía
y toda la teoría de la vida espiritual. La enérgica acción
del papa, sin embargo, desenmascaró a los encubiertos
modernistas y en un plazo muy breve la Iglesia quedó
libre de ellos.
Estos sucesos esiíectaculares. y aun dramáticos, eran,
sin embargo, como los duelos político-religiosos de
León xi 11 que hemos referido, distracciones, aunque in­
evitables y necesarias, de la verdadera obra del reinado
de San Pío x. eminentemente constructiva, práctica y re­
formadora. Ningún papa había llevado a cabo, desde el
concilio de Trento, tantos cambios importantes y nece­
SINTESIS DE HISTORIA DE LA IGLESIA

sarios en la vida católica. En su mero recuento resalta


su trascendencia.
En el centro de la vida de la Iglesia está la eucaris­
tía. San Pío x inició una gran campaña por hacer que
esto fuera una realidad entre los fieles. En primer lugar
zanjó para siempre con su autoridad las disputas en tor­
no al significado exacto de la instrucción tridentina
sobre la frecuente recepción dei Sacramento; y en se­
gundo lugar estableció que los niños habían de ser ad­
mitidos a la primera comunión en cuanto tuviesen la
suficiente edad para comprender, de un modo proporcio­
nado a su edad, las verdades necesarias para la salvación
y la diferencia entre el Santísimo Sacramento y el pan
ordinario. Estos dos decretos (del 23 de junio de 1905
y 8 de agosto de 191 o) han revolucionado poco a poco
la piedad católica. En cuanto a la liturgia en general,
San Pío x restituyó ante todo la música llamada canto
llano a su justo lugar en todas las funciones sagradas,
adoptando las sabias investigaciones de los benedictinos
de Solesmes, a los que confió la composición de la nueva
versión oficial por él publicada y estableciendo en Roma
un instituto pontificio de música sacra, con facultad
para dar grados. Luego procedió a una severa revisión
del calendario de fiestas y restituyó a su antiguo lugar el
ciclo de los oficios dominicales, que es un importante
recordatorio sistemático de las verdades fundamentales
de la fe. Finalmente, el papa transformó el mismo centro
del rezo oficial cotidiano de la Iglesia, el Oficio divino,
al disponer el salterio, de modo que, semana tras sema­
na. el sacerdote recitase todo el libro de los salmos. Me­
jorar la educación del clero fué una constante preocu­
pación para San Pío x, que introdujo muchas mejoras en
los seminarios de Italia. De su protección a la cultura
religiosa, dada la limitación del espacio, sólo nos cabe
mencionar el impulso todavía mayor que dió a los estu­
dios tomistas y la creación de una comisión de sabios
benedictinos encargada de reconstruir el texto primiti­
vo de la traducción de la Biblia efectuada por San Jeró­
nimo: la Vulgata. San Pío x llegó a la jefatura suprema
de la Iglesia con una experiencia personal de las reali-
PANORAMA CONTEMPORANEO 32»

dades de la vida pastoral, poco frecuente en los papas.


Había pasado por todos los grados eclesiásticos: vicario,
párroco, profesor de seminario y luego, durante veinti­
cinco años, vicario general y obispo en tres grandes se­
des italianas.
Consecuencia natural de tal carrera fue su experiencia
y conocimiento de los puntos débiles en el mecanismo
central del gobierno de la Iglesia, efectuando como papa
un reajuste de cargos, deberes y procedimientos cual no
se había visto desde el reinado de Sixto v. Y mientras así
se transformaba la curia romana a la vista de todo el
mundo, quedamente, y sin que nadie lo viera, iba pro­
gresando la reforma más importante de todas, reforma
tiempo hacía necesaria, como todos lo reconocían, pero
de la que se hablaba siempre como de algo imposible,
y que había sido intentada, en parte, por muchos papas,
sin que ninguno de ellos llegara a afrontarla, con todo, de
un modo decisivo: la recodificación del derecho canóni­
co. Desde la Edad Media ningún papa se había lanzado
a hacerlo en semejante escala, constituyendo ese con­
junto de leyes desde hacia tiempo el laberinto que descri­
be el prefacio del nuevo código. San Pío x murió cuando
la gran obra, que fue promulgada por su sucesor en 1917.
ya se había completado.
Fué San Pío x un hombre de vida verdaderamente
santa, un párroco modelo, un obispo virtuoso y un papa
ejemplar. No tiene nada de sorprendente el que, a partir
de su muerte, se apreciara un gran movimiento en pro
de su canonización. Difícilmente cabe exagerar lo que la
Iglesia debe a las múltiples iniciativas personales de su
breve reinado de once años.

Benedicto X l\ El siguiente pontificado había de ser más


corto todavía, pues Benedicto x v (elegi­
do el 2 de septiembre de 1914) duró poco más de siete
años. Corrían los años de lo que, hasta recientemente,
se venía llamando la gran guerra. Había ésta empezado
en los primeros días de agosto de 1914. y su estallido
tuvo, indudablemente, mucho que ver con la muerte de
San Pío x.
330 SÍNTHSIS 1>I·: HISTORIA Dlí I,A IC.Í.KSIA

Toda la energía de su sucesor estuvo condicionada


por la guerra v sus secuelas. Jamás el papado dió al
mundo un ejemplo más grande de caridad universal,
y pocas veces se vio a la par un papa tan denigrado por
todas las partes. Desde el principio de su reinado, Be­
nedicto xv. diplomático formado en la escuela de
León x m y de Ranipolla, evidenció dos cosas con la ma­
yor claridad: en una cuestión en la que sólo poseía in­
formes de una de las partes, no se pronunciaría entre los
contendientes, ni diría cuál de los bandos tenía razón;
tampoco determinaría la cuestión de hecho sobre ciertas
atrocidades que cada una de las partes imputaba a la
otra. Sería auténtica y perfectamente neutral; y, no obs­
tante. repetiría, con ocasión y sin ella, que hay una ley
moral que impera en el modo de hacer la guerra, protes­
tando en cuantas ocasiones so produjesen hechos que fue­
sen indudablemente una violación de esa ley. A veces,
las protestas se hicieron en declaraciones públicas, pero
más a menudo a través de representaciones diplomáticas
ante los jefes de las naciones beligerantes. La segunda
característica del programa del papa consistió en que iba
a mostrar la misma compasión por todas las víctimas de
la guerra, sin que importase el bando a que pertenecían,
cualesquiera que fuesen los crímenes de sus gobernantes,
y. formando parte de ese programa de caridad, aprove­
charía cuantas ocasiones se presentasen para proponer
una tregua y el restablecimiento de la paz.
Los tres documentos clásicos del apostolado dé la paz
de Benedicto xv son: su encíclica inaugural, A d beatissi-
mi (i noviembre 1914); la nota diplomática a las poten­
cias en guerra (1 agosto 1917), que contenía sus propo­
siciones de paz. y la carta Paccm Dei munus (23 mayo
1919). No han perdido nada de su actualidad, y hoy,
cuando después de un desastre mayor todavía, los jefes de
estado parecen estar próximos a repetir tantos de los
errores de veinticinco años atrás, resulta dolorosa su
lectura. El papa, como su Maestro, tiene muy parecidas
razones para llorar cuando mira a Jerusalén.
En lo que se refiere al amor al prójimo de Bene­
dicto x v ... es una historia maravillosa que nunca ha sido
PANORAMA CONTEMPORANEO

contada realmente, y ya se ha olvidado. Realizó, por


ejemplo, numerosas intervenciones ante las potencias be­
ligerantes: proposiciones para el intercambio de heridos
incurables, para el cambio de cierta clase de prisioneros
civiles, para el traslado a un país neutral de los lisiados
sin posible recuperación, y de los prisioneros que fuesen
padres de tres o más hijos. La acción diplomática del
papa obtuvo también éxito al conseguir de los Imperios
Centrales la seguridad de que a los prisioneros de guerra
no se les obligaría a trabajar en domingo. Debemos ano­
tar también las protestas del papa ante Alemania contra
la deportación de súbditos franceses y belgas para hacer­
los trabajar en la propia Alemania: protestas, también
ante Alemania, por las represalias tomadas sobre prisio­
neros de guerra; ante Austria, por el bombardeo de ciu­
dades abiertas, y ante Italiá, por la confiscación de la re­
sidencia romana del embajador austríaco cerca de la
Santa Sede. Y por el Osservatore Romano del 31 de di­
ciembre de 1917, sabemos que varias veces había formu­
lado Benedicto x v sus protestas ante Alemania y Austria
por su violación del Derecho Internacional en los méto­
dos de guerra empleados.
Buena parte de esta actividad diplomática de la San­
ta Sede no fué públicamente conocida hasta después de
terminada la guerra. Más conocida, aunque nunca real­
mente bien conocida, fué la inmensa labor de caridad por
él realizada en favor de todos los beligerantes, indepen­
dientemente de sus nacionalidades y religiones. El ins­
trumento principal de esta obra fué la oficina de prisio­
neros de guerra, creada en el Vaticano en diciembre
de 1914. como un medio de comunicación y consuelo en­
tre los prisioneros y sus familias. Luego se dió curso
a una serie de cartas de adhesión a los obispos y pueblos
de los diversos países, doce de ellas a Bélgica y veintidós
a Francia. Y , con las cartas, se enviaron limosnas en
cantidades realmente espléndidas si se tienen en cuenta
los escasos recursos del pontífice. Durante la guerra, fué
a los países devastados por la ocupación alemana adonde
se destinaron las limosnas principalmente: después a Ru­
sia y a la hambrienta población infantil de la Europa
832 SINTESIS DK HISTORIA DE LA IGLESIA

central. Kn el transcurso de la guerra, Benedicto x v


repartió unos cinco millones y medio de liras de su bolsi­
llo. más otros treinta millones reunidos mediante colec­
tas en aquellas iglesias católicas con las que pudo esta­
blecer contacto.

Pío XI. La política de ios tres pontificados que se han


sucedido a partir de 1914, ha tenido una con­
tinuidad no poco rara en la historia papal. Ello se ha
debido, primero, a la musitada circunstancia de que el
nuevo papa Pío xi, elegido en 1922, retuviera en su
empleo al cardenal que desde 1914 había sido el secreta­
rio de estado de Benedicto xv, Pedro Gasparri; y, lue­
go. a que el mismo papa designase como sucesor de
Gasparri a su propio discípulo, Eugenio Pacelli; y a que,
finalmente, a la muerte de Pío x i, fuera elegido papa el
propio cardenal Pacelli, felizmente reinante como
Pío xii.
¿Cómo describir, en un compendio, la rica, intensa
y constructiva actividad pontificia de estos últimos vein­
ticinco años con sus múltiples enseñanzas, su adminis­
tración, su expansión y reformas? En primer término,
debemos subrayar la rara combinación de talentos en
Pío x i ; hombre vigoroso, consciente de su fuerza, de
aguda inteligencia, desarrollada en grado sumo; erudito,
sobre todo, formado a lo largo de cuarenta años de estu­
dios constantes y escrupulosos; de un interés universal
por las cosas del espíritu y poseedor de un conocimiento
enciclopédico del mundo moderno; con una predilección,
abiertamente proclamada, por su propio tiempo y una
apreciación de los períodos de crisis como momentos de
la oportunidad católica. Era propio de su instinto pla­
near en gran escala, dar y hacer con esplendidez; era la
cncarnaoón de la liberalidad, la generosidad y la magni­
ficencia; poseía un valor inasequible al desaliento; y tuvo
la capacidad de reafirmar las antiguas verdades de la fe
en función de! apostolado que requerían las necesidades
de la época. Los diecisiete años de su reinado (6 febrero
1922-10 febrero 1939) fueron, indudablemente, trascen­
dentales
PANORAMA CONTEMPORÁNEO ass

En Europa habían sucumbido recientemente tres


grandes imperios, y de la hecatombe habían surgido va­
rios nuevos estados. Uno de los primeros problemas del
papa fué concertar con esos nuevos estados diversos tra­
tados que garantizasen a sus ciudadanos católicos el libre
ejercicio de su religión. De ahí esa serie de doce concor­
datos , el más famoso de los cuales, atendiendo a sus re­
sultados, fué el concluido con el Reich alemán, suscrito
el 18 de septiembre de 1933 y destinado a ser violado
por los nazis cuando la tinta de su firma estaba todavía
húmeda. En Francia, el peligro nacional de 1914-18 ha­
bía quemado los restos del miserable anticlericalismo de
tiempos pasados. Hacia el fin del reinado de Benedic­
to x v se restablecieron las relaciones diplomáticas con
la Santa Sede, y en 1924 Pío x i tuvo la satisfacción de
negociar un acuerdo sobre los bienes eclesiásticos me­
díante un nuevo proyecto de Assoctattons Cultuelles, en
las que la Iglesia estaba ahora oficialmente representada.
El acontecimiento más sensacional, empero, en este
campo de la diplomacia político-religiosa, fué la solución
de la Cuestión romana en 1929. Nunca se ha puesto bas­
tante de manifiesto que lo que entonces tuvo efecto no
fué simplemente un acto diplomático por el cual el estado
italiano reconocía plenamente la soberanía legal del pon­
tífice, y la independencia omnímoda del pequeño territo­
rio que satisfacía al papa por considerarlo adecuado a los
fines de expresar su estado legal de soberano; fué tam­
bién, y sobre todo, un acto religioso, un auténtico con­
cordato entre la Santa Sede y el estado italiano, que li­
beraba a la Iglesia en Italia de un yugo que había tenido
que soportar durante siglos. No será exagerado decir
que, para Pío x i, la importancia política del tratado re­
sidía, sobre todo, en que este concordato hizo posible
“ la restitución de Italia a Dios ', según sus propias
palabras. Por vez primera desde hacía siglos, el papa po­
día ahora designar obispos para todas las sedes de la
península italiana, sin estorbo ni obstáculo por parte de
la autoridad civil, y la educación en Italia quedó definiti­
vamente centrada en torno de la enseñanza religiosa.
I .uego de casi un siglo de virulencia antirreligiosa, el ca­
SINTESIS DE HISTORIA t>B LA IGLESIA

tolicismo gozaba al fin de seguridad jurídica para sus de­


rechos más elementales. Inútil es decir que los malos há­
bitos de esa centuria no se extirparon inmediatamente.
Muchos efectos perniciosos del largo período de agita­
ción y servidumbre habían de seguir manifestándose:
sólo el tiempo, la paciencia y la prudencia lograrán bo­
rrarlos. Después del gran acontecimiento de 1929 se
produjo más de una crisis. Pero, de la oportunidad tan
audazmente aprovechada por Pío x i, y de los tratados
que con tanto interés negoció con Mussolini, está ya sur­
giendo una nueva Italia católica, que no parará ahí.
Que un papa de los antecedentes de Pío x i hiciera
mucho por la causa de las letras y las ciencias, era natu­
ralmente de esperar. Fundáronse nuevas universidades
católicas en Milán, en Polonia y en H olanda; en la pro­
pia Roma se crearon nuevos Institutos Pontificios para
Estudios Orientales; se elevó el nivel de estudios en las
diversas universidades romanas, y todo el sistema do­
cente de la Iglesia quedó regulado por el importante
decreto Deus Scientiarum, de 1930. He aquí otra de
esas providencias que adquirirá toda su importancia
a medida que transcurran los años.
Otra importante reorganización se llevó a cabo en la
obra de las misiones extranjeras. El primer indicio de lo
que la Santa Sede se proponía se puso de manifiesto en
la carta Máximum illud, de Benedicto xv, de 1919. Lo
que este papa había planeado, lo cumplió su sucesor. El
instituto mundialmente conocido por Asociación para la
propagación de la je, se convirtió, durante el reinado de
Pío xi, en un organismo oficial de las misiones, encar­
gado de la colecta de limosnas, trasladándose su sede de
Lyon a Roma. Otras congregaciones auxiliares fueron
agrupadas en torno de ésta. Una gran exposición mi­
sional permanente en el Palacio de Letrán es el signo
visible de la nueva ciencia de la “ Misionología” . Es un
signo, también, del nuevo espíritu que ha fomentado,
como cosa esencial, el celo de los misioneros por el bien­
estar social de los nativos, y que ha tenido por consecuen­
cia el interés activo por las misiones extranjeras que
forma parte de la vida de todas las parroquias del mundo.
PANORAMA CONTEMPORANEO

Pero el aspecto más importante de los nuevos avan­


ces es la realización del viejo ideal, de que el mejor clero
para cualquier pueblo es un clero indígena. Hacía ya
muchos años que había, ciertamente, sacerdotes indíge­
nas, pero con Pío x i se consagró una serie de obispos
indígenas que ha culminado con la creación de los dos
primeros cardenales, chino e indio, por Pío x i i . Y estos
dos últimos papas han dado a los fervientes misioneros
europeos en esos países la lección de que una de sus
principales tareas consiste en formar un clero indígena
tan eficiente que esté en condiciones de asumir la direc­
ción de ese naciente catolicismo. “ Sería un criterio to­
talmente erróneo, dijo Pío x i, clasificar a esas razas
indígenas como si estuvieran hechas de una clase de na­
turaleza inferior y degenerada” . Son también necesarias
nuevas órdenes religiosas, dice el papa, órdenes indíge­
nas, de religiosos especialmente; y el papa insiste en que
las artes tradicionales de esos países deben hallar su
expresión en la iglesia y en la escuela y que no hay por
qué seguir importando e imponiendo los estilos eu­
ropeos.
Pío x i adoptó y amplió la práctica iniciada por
León x i n de instruir a la Iglesia mediante frecuentes
encíclicas. Su encíclicas fueron más frecuentes y son
mucho más largas. Analizan las causas de la inquietud
del mundo, discuten la nueva evolución de la autoridad
de los estados, exponen la verdadera naturaleza de la
educación cristiana, recuerdan, con la más honda preo­
cupación por las aberraciones contemporáneas ampara­
das en la moda, todo lo que se entiende por matrimonio,
y por matrimonio cristiano; y consideran, con verdadero
interés por la novedad como tal, las posibilidades para el
bien y los peligros latentes de un invento no menos po­
deroso que el de la imprenta: el cine.
Pero las encíclicas más célebres de esa colección son
las que tratan de las cuestiones sociales propiamente di­
chas, de la cuestión de la guerra y la paz y del desarro­
llo del totalitarismo en Italia, Alemania y Rusia. El
cuadragésimo aniversario de la Rerum Novarum, de
León x iii, fué conmemorado con una amplia revisión
3;№ ..... ........... SÍNTF.SIS DI? HISTORIA DIÍ I,A IGI.ESIA

de la cuestión capital-trabajo, de la naturaleza y el va­


lor de la sociología cristiana como remedio para los
abusos del capitalismo, de la participación que los cató­
licos habían tenido y no habían acertado a tener en el
movimiento mundial para un mejoramiento de las con­
diciones sociales; y una vez más insistió el papa en
que todos esos problemas son, en el fondo, no una cues­
tión de técnica sino de moral.
El hecho más impresionante ocurrido en la historia
del mundo en los años que siguieron a la guerra de
19T4-18 fué, indudablemente, la reaparición, desnuda
y descarada, del estado totalitario, que tuvo su primera
manifestación en Italia, sólo unos meses después de la
elección de Pío xi. No es de extrañar que, desde el pri­
mer instante, el papa vigilase el régimen de Mussolini
con gran inquietud. Año tras año habló públicamente de
los peligros que encerraba la teoría de que el estado es
omnipotente. Hasta cierto punto, el peligro podía pare­
cer menor a los ojos de otros observadores, porque el
estado fascista se mostraba dispuesto a llegar a un arre­
glo en la “ cuestión romana” . Pero, incluso en los proce­
dimientos parlamentarios que ratificaron las actas de
1929, Mussolini inspiró bastante desconfianza para que
Pío xi lo arriesgase todo rechazando públicamente sus
ideas, como incompatibles con el cristianismo. Dos años
después, cuando los valentones de Mussolini irrumpieron
en los círculos del movimiento de la Juventud Católica
y se cebaron a golpes en todos aquellos a los que pudie­
ron echar mano, estalló realmente la tempestad, y Pío xi,
en una carta sumamente enérgica, N on abbiamo bisogno
(29 junio 1931), proclamó que ningún católico podía ser
un genuino fascista. No hubo respuesta por parte del
gobierno, y la cosa quedó por algún tiempo en un incó­
modo punto muerto. Luego se estableció un modus vi­
ve nd i.
La versión italiana del estado absoluto resultaba, no
obstante, una cosa pálida e insignificante en comparación
con la que, diez años después, conoció Alemania con el
advenimiento de Hitler al poder, en 1933. No es nece­
sario detenerse sobre su peculiar combinación de engaño
PANORAMA CONTEMPORANEO m

y violencia e ignorar su maravillosa capacidad de organi­


zación. Todos lo conocemos sobradamente. El primer
acto de los nazis fue una aproximación a la Santa Sede
con la oferta de negociar un concordato para toda A le­
mania; oferta que, de ser sincera, hubiera puesto tér­
mino a las inquietudes que habían preocupado a los
papas durante más de cincuenta años. Pío x i aceptó,
y las negociaciones dieron como resultado el concordato
de 1933. Apenas se había suscrito cuando el régimen
empezó, no ya a violar simplemente el tratado, sino in­
cluso a utilizarlo para rechazar con él los esfuerzos de la
Santa Sede para remediar la violación. Pronto empezó
una lenta exterminación oficial del catolicismo en Ale­
mania, con toda la técnica nazi en pleno funcionamiento
y por ser la víctima simplemente la religión cristiana,
sin la menor conmoción en el mundo exterior. La pa­
ciencia del papa tuvo, finalmente, que ceder el paso
a otra actitud, y, en la encíclica Mit brennender Sorge,
del 14 de marzo de 1937, Pío x i expuso con “ fuerza
arrolladora” la mezcla nazi de fraude y crueldad, y de­
nunció toda la concepción nazi de la vida como entera
y necesariamente anticristiana.
Ni el fascismo ni el nazismo esperaban, ni recibieron,
de la Iglesia católica otra cosa que la más rotunda con­
denación de sus teorías fundamentales. La razón fun­
damental de esa condenación estaba en el hecho de que
ambos sistemas eran una negación de los derechos del
hombre como ser humano. El estado que habían erigido
reivindicaba unos derechos que pertenecían tan sólo
a D io s; y reivindicaba el ejercicio de esos derechos, no
como los ejerce Dios, que obra siempre de acuerdo con
la naturaleza por Él creada, sino en flagrante violación
del fin del hombre. Por idéntica razón tenia que con­
denarse también el comunismo, que. condenado ya por
León x iii en 1878, estaba entronizado ahora, al igual
que esas otras tiranías con él emparentadas, como estado
soberano. Pió x i trató el problema de Rusia en una
larga encíclica fechada cinco días después que la carta
dirigida a Alemania. No era la primera vez que el papa
hacía referencia a Rusia. Este imperio, ciertamente, nun-

l'l s 11. i.
K
338 _ SÍNTESIS de HISTORIA DE LA IGLESIA

ca se había mostrado sino hostil al catolicismo. Los zares


habían perseguido a sus súbditos polacos a lo largo del
siglo x i x ; habían perseguido a los pocos rusos que eran
católicos, v sobre todo a aquellos rusos católicos que
adoptaban la misma liturgia y los mismos ritos griegos
que sus opresores cismáticos. Esto no impidió, en modo
alguno, que los papas, cuando las terribles epidemias de
hambre del período de postguerra asolaron la Europa
central v oriental, enviasen a Rusia toda la ayuda po­
sible en especies v en dinero. Si más no hicieron, fue
principalmente debido a que los soviets, una vez afian­
zados en el poder, rehusaron aceptar su ayuda. Ha­
cia 1920 la persecución adquirió mayor ensañamiento,
v no sólo contra los católicos, ya fuesen latinos o unia-
tas, sino contra toda religión, en nombre de un nuevo
ateísmo militante. El n ú m e ro total de víctimas todavía
nos causa vértigo, no obstante estar ahora mejor prepa­
rados para creer en la realidad de las crueldades en gran
escala por la referencia de los horrores perpetrados, más
recientemente, por los nazis. Contra las crueldades del
sistema soviético no cesó el papa de protestar; lanzó un
llamamiento a los católicos del mundo entero para que
hicieran reparaciones por su blasfema cruzada anti-Dios,
y ordenó que se hicieran rogativas por Rusia al término
de cada misa, todos los días, en todo el mundo. Final­
mente, se publicó la encíclica sobre el Comunismo ateo,
en 1937. Esta referencia de la reacción de Pío x i frente
al comunismo requiere, para ser completa, una alusión al
menos a sus diversas declaraciones sobre las persecucio­
nes en España y en Méjico, que asimismo tuvieron lu­
gar durante su pontificado.
Hasta aquí las actividades externas del pontificado
que acabamos de describir. Como siempre, la parte más
significativa de la acción pontificia se sitúa en otro plano.
La clave de toda la realización de este gran papa hay
que buscarla en los dos temas que nunca cesó de des­
arrollar e inculcar a lo largo de los diecisiete años en
que rigió los destinos de la Iglesia: que el único modo de
lograr Iíi paz es mediante el reinado de Cristo sobre toda
la vida humana. y que actuar constantemente como cató­
PANORAMA CONTEMPORANEO 39»

lico sobre el medio en que Dios le haya situado es, para


todo católico, un elemental deber apostólico. “ Cristo
R ey” y “ Acción católica” : he aquí los ideales máximos
de su pontificado, el camino de salvación para nuestro
tiempo.

Pío XI I . Pío x i murió, tras breves días de enfermedad,


el 10 de febrero de 1939, justamente a medio
camino entre los acuerdos de Munich y el comienzo de
la última guerra. £1 conclave de 1939 hizo algo por
demás inusitado. A la primera votación eligió al cardenal
secretario de estado del último papa, que tomó el nombre
de Pío x i i .
Cualesquiera que sean las glorias o amarguras que
el futuro le tenga reservadas a un pontificado que cuenta
actualmente con dieciocho años, la historia siempre aso­
ciará el nombre del actual pontífice a una inmensa labor
en favor de la paz. En los siete meses críticos que me­
diaron entre su elección y el estallido de la guerra.
Pío x i i dirigió nada menos que seis llamamientos pú­
blicos, firmes, desapasionados y patéticos a las naciones
del mundo entero. Eran los llamamientos de un experi­
mentado hombre de estado y de negocios públicos, de
una mente y un corazón llenos de angustia al pensar en
los horrores que amenazaban a millones de seres inocen­
tes ; llamamientos surgidos del fondo del alma de alguien
para quien el mensaje de paz de Nuestro Señor Jesu­
cristo tenía más valor que la vida misma. Y a través de
las vías diplomáticas a su alcance, el papa desarrolló una
incesante actividad. Pero el destino de la humanidad es­
taba, un vez más, a merced de las fuerzas del mal. y los
inocentes habían de pagar muy cara la larga incompeten­
cia práctica y la indiferencia moral de los gobernantes
de ambos bandos. Llegó la guerra. Pío x i i , aun consu­
mido en la angustia de su conmiseración universal por la
humanidad doliente, no flaqueó en su gran obra. En los
dieciséis primeros meses de la guerra, hizo otros treinta
llamamientos públicos de una u otra especie.
Estos llamamientos, para darles un nombre genérico
no del todo satisfactorio, no eran, en modo alguno, sim-
340 SINTESIS DE HISTORIA DE I«A IGLESIA

pies efusiones de sentimiento humanitario. Eran el pro­


ducto de una gran inteligencia, patentemente realista,
y fundida en el molde de una gran tradición jurídica.
Juntos constituyen el más grande toque de llamada a los
postulados de la Ley que jamás se haya hecho a la civi­
lización occidental: la absoluta necesidad del imperio
de la ley, los derechos inalienables del hombre, los dere­
chos de las naciones, por muy pequeñas que sean, la cri­
minal perversidad del estado tiránico, la naturaleza de la
verdadera democracia y sus derechos, la necesidad de
desterrar la mentira, y el semiembuste, de la política
oficial, y de reconocer que ésta se ha basado en gran
parte, y aún sigue basándose, en falsedades y semifal-
sedades... Así, llevando en su mente tales pensamientos,
y haciendo la más aguda exposición de todos ellos como
elementos que harán triunfar o frustrarán el esfuerzo
por la paz, es cómo Pío x n ha desempeñado su gran
misión. Su esfuerzo ha suscitado abundantes encomios
en sectores que, durante siglos, fruncían el ceño con sólo
oir el nombre del papa, y numerosas manifestaciones de
asentimiento. De los estados totalitarios, cuyo sistema
de gobierno fué, una vez más, el blanco inevitable de la
condenación papal, surgieron incesantes denuestos, ca­
lumnias, ofensas y amenazas... y surgen todavía del
poder que tiene a Rusia esclavizada.
Estas alocuciones de Pío x n en tiempo de guerra
son, pues, una fuente de sabia orientación sobre los más
apremiantes temas del día. Son una constante, detallada
y explícita afirmación del cristianismo como única solu­
ción al problema que mueve todo el mecanismo de la
política y la diplomacia. Pero, comprendiendo que la
Iglesia debe ser en el mundo como la sal para conservar­
lo sano, el papa nunca cesa en su esfuerzo de mantener
la sal en vigor. Recuerda a su grey que las cuestiones
de la justicia social e internacional son cuestiones de
conciencia, no simple idealismo político. Y en grandes
encíclicas, tales como Sam m i Pontificatus y M ystici
Corporis Christi, exhorta y guía a los fieles a una prác­
tica más firme y más real del catolicismo, basada en una
comprensión rada vez más profunda de su significado.
PANORAMA CONTEMPORANEO 341

A l lado de estas encíclicas debemos también hacer men­


ción del nuevo programa de estudios bíblicos, la encíclica
Divino afjlante.
La paz sólo puede lograrse por la justicia, por el
triunfo de lo justo y de lo recto. Y los católicos, por
encima de todo y antes que nadie, es necesario que prac­
tiquen la justicia. Éste, creemos, es el gran principio
clave de la cruzada de Pío x ii por un mundo mejor, en
la que invita a ponerse a su lado a todos los hombres de
buena voluntad, comprometiéndose él explícitamente
a “ realizar la obra de la Verdad en la Caridad” . De esta
caridad universal, su propia actuación ha sido el ejemplo
más impresionante, y esto lo sabe todo el mundo: el
mundo, en todo caso, de esas gentes sencillas con las
que, decía Lincoln, Dios debe de estar muy encariñado,
puesto que las creó en tan gran número.
12. L a l u c h a p o r l a p az y e l « a c g io r n a m e n to »

1 9 3 9 -1 9 6 5

Pío x i falleció tras pocos días de enfermedad el


10 de febrero de 1939, exactamente a mitad de cami­
no entre los acuerdos de Munich y el comienzo de la
segunda Guerra Mundial. El conda ve de 1939 realizó
algo sumamente desacostumbrado. Al primer escruti­
nio, eligió por unanimidad al último cardenal secreta­