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EPISODIOS DE LA GUERRA CIVIL

P OR

LUIS MONTAN

I L U S T R A C I O N E S DE S . F.

TORTURA Y SALVACIÓN
DE MÁLAGA

EPISODIO NÚMERO 6

LIBRERIA SAMAREN - VALI - ADOLI D


Episodios de la guerra civil, por Luis Montán
|™■' 1 | I l u s t r a c i o n e s de S. F. | i

TORTURA Y SALVACIÓN DE MÁLAGA

AMBIENTE, EXPECTACIÓN
E INTRANQUILIDAD
Posibltemeinte fué la bella ciudad dle Málaga aína dte lias capitales
españolas, en la que los Gobiernos dled Frente Popular más celosamente
habíarn cuidado de 3a propagación cLel (marxismo sin alcanzar el éxito
apatecixio. Sin embargo, era Málaga la ciiudiad más roja dle Andialucía.
Esto que pacieoe un contrasentido, tiemie oioa explicación lógica y po­
lítica,
Málaga lora, sin hipérbole d'e nóngún género, J)a raíz ctól coanu/nismo
español'. Eíl trepubliiraiNsrno dle color ée cosa dle Gómez Chaáx, ¡no bas­
taba a satisfacer Jas aspbadotnes sociafres dle ¡los extremistas, y aniknad'os
éstos en su knpunidlad poa* cuarcitas auitoridiades pasaron por su Gobier­
no civil, fueron a recogerse en ila bandería comunista capitaneada por
el dtootor Bolívar, que a ciencia y paciencia de los gobernantes Venía
conviertiendo su ejercicio dle la Medicina entre uias gentes modestas,
ero (una verdadera captación para el oomumismo.
—Este «dotar» «ez» oin. «zamito»—se oía decir con freouienda a las
genites populares de lia Trinidad y los Percheles.
Y el doctor Bolívar era <u<n «zainto» ponqué ano cobraba las visitas
a las gentes modestas. No las cobraba y además ponía medicinas gra­
tis y dlejaba un. pac de ducos encima de ila mesita dle (noche. Peno a
cambio dle iesta «saintidiaidl» el dlootor Bolívar se llevaba consigo, des-
poiés dle cad'a viscltoa, fe papeilleíta dle inscripción ya suscrita pacía el
ingreso dle iummiliitajntle en led partido comunista. Eran tiempos difíciles,
lia fama dle genecosiidádi y sabiduría de Bolívar, biem <(ítobajad!a» poi
líos lemüajces, se extendía por ilos barrios populares dle Málaga, y el ya
famoso dlootor no tenía minuto Qiiibne ni dle dáa tnd dte moche. Hada cien­
tos de visitas dóarias. No cobraba, ®egalaba medicinas y dinero, y tam­
bién diariamente íkas captaciones se cantaban por dan/tos. El coanumis-
mo avanzaba a pasos agigantados en Málaga. De su organización polí­
tica se cmiidtaba especialmente Enrique ReJgsano, hombre no tan zafio
como Bolívar en su trato y die un dinamismo tan extraordinario, que a
®u ¿labor imoesan/te se debía que ¿a ordenación cDe Aas juveotudies comu­
nistas malagueñas fuera como organización una cosa tan perfecta y
de tai fuerza política, que empezaron a despertar los calos del socia­
lismo madrileño, empeñado inútilmente en ¡introducir en Málaga Ja
influencia d)e una Casa del Pueblo, que en cuanto a eficacia no llegó
a ser minea una verdadera realidad.
En una visita que Largo Caballero ¡realizó a MáHaga, ya se dió per
feota ouemba die que el socialismo había llegadlo taídie a la hermosa
cáiudad mediterránea. El comunismo y ¡ha Cí N. T. acaparaban por
ooanpCleto itodla la extrema iizquderdla. Y dte ahí Jos esfuerzos realizados
durante ed (primer bienio die la República por Largo Caballero, desde
el Ministerio del Trabajo, pama sumar a¿ marxismo español el nombre
die Málaga y las ayudas prestadlas con ed mismo fin por todos los Gober-
oadiares civiDes. En Málaga, el Fuente Popular gozaba de mimos y
preferencias desconocidos en- otras ciudades. Todos ellos estaban sagaz
meóte orientados paira orear un socialismo; pero ai abrir la mano
Los Gobiecnos en busca die tal creación, oon. uoa ayudta sin condiciones
a la extrema izquierda, lo único que positivamente se conseguía, era
que las organizaciones comunistas y die ía C. N. T. fueran extendién­
dose de tal modo, que puedte dtecirse, especialmente de la comunista,
que ecia la única de un podler insospechado y cierto de todo el país.
De ahí que eJL' calificativo de la ((Málaga roja» (respondiera desgracia-
dámanibe ya a una inevitable realidad. Málaga no gozaba en política
de términos medios y se movía tan sólo entre dos grandies fuerzas sepa­
radas por un abismo id’ealógioo, en eC que tomaban asiento unos cuan­
tos republicanos acomodaticios. De un Lado, las clases conservadoras
o dte derechas. De1 otro, la oleada revolucionaria encauzadla en el comu
mismo y en Ja C. N. T. Los Poderes Públicos, en constante colabora­
ción con efl. «extremismo de izquierda, convirtieron a la Málaga de los
últimos años en una ciudad vejadla y escarnecida por los honores d*
mil crímenes siempre impunes.
Especialmente desde las elecciones de Febrero, la situación en Ja
ciudad se había hecho imposible para las personas de orden. En
Málagá no mandaba nadie más que Bolívar y Belgrano. Pasaban los
días con provocaciones constantes, mitines tumultuarios y agresiones
sin sanción. El ambiente de zozobra e intranquilidad era cada vez
más denso. Cada semana una huelga y una nueva imposición por
parte de las clases trabajadoras. Muchos patronos, amenazados, aban
donaban sus negocios y huían de la ciudad. Se entró en el mes dr
5-

Julio ya en una situación caótica imposible de atajar. Imperaba el


régimen de terror más desenfrenado. Las huelgas de dependientes de
comercio, de la Fábrica de cementos y de los empleados de oficinas
habían dejado un sedimento resuelto siempre en un muevo crimen o
una última amenaza. El alevoso asesinato de don José Calvo Sotelo
fué «como un presagio de próximos y sangrientos acontecimientos. Co­
munistas y Genetistas convertidos ya en verdaderas milicias, velaban
arma al brazo dispuestos a abrir la nueva era homicida más cruefl y
horrorosa de cuantas había conocido la Historia.

LA LEY MARCIAL
Amaneció el día 18 de Julio con gran inquietud en 'la ciudad. Sobre
ésta parecía flotar como un fatal augurio, confirmado horas más
tarde por la realidad.
A (tas diez de la mañana comenzó a circular por la población un
ruanoc dte vemdladera gravedfeud, que se esparció por Centros oficiales,
Comercios y hasta por los Mercados. Se decía que las fuerzas de
Marruecos se habían sublevado, y que a mediodía preparaban un gran
desembarco en Málaga. Parece ser que en el primer sitio que se co­
noció la noticia fué en da Comandancia Militar, comunicada desde
Sevilla. El general Patxot, jefe de la plaza, estaba comprometido en
el movimiento, secundado por los restantes jefes y oficiales de la pe­
queña guarnición con que en aquel entonces contaba Málaga.
Recibidla la ooamuiniicación, el general Patxot reunió a los jefes y
oficiales a los que dió cuenta del suceso, y dijo:
—El Ejército de Marruecos se ha levantado en armas contra ei
Gobierno de Madrid, y espero de todos, como militares y caballeros,
que habrán de secundarme en la medida que voy a tomar: Debemos
estar al lado del Ejército, y hay que declarar el Estado de Guerra.
Él capitán Huelín, que se encontraba entre los urgentemente cí
tados, respondió:
—Debemos unimos pama salvar a España. Y si hay algún disi­
dente entre nosotros, qué tenga el valor de declararlo. Puede marchar­
se a su casa, dando su palabra de honor de que no ha de hacer armas
contra el Ejército.
El teniente coronel de ias Heras insinuó:
—Yo soy de la opinión de que no debemos proceder con precipita
dones. No basita que el Ejército de Marruecos 9e haya sublevado.
Es necesario conocer la actitud de las restantes guarniciones de la
Península.
El comandante de Estado Mayor Delgada Jiménez, le respondió:
—Todos los jefes y oficiales de España habrán sabido cumplir con
la palabra dada. Sevilla ya se ha unido ai movimiento. Y alguien
debe ser el primero.
El teniente Coronel de las Heras insistió:
—¿Y Madrid? ¿Qué va a hacer Madrid? Madrid es ía lfajve de
todo.
El capitán Hucl'ín sacó su pistola, y dirigiéndose a las Heras •.<
replicó con energía:
—Mi teniente coronel: dudar del honor de líos compañeros es ya
un insulto y una cobardía. Y aquí no queremos cobardes. Usted ¿está i
o no está con nosotros?
—¿Yo?... Yo estoy con todo el Ejército. Pero para una inten­
tona sin resultados no cuenten ustedes conmigo. Ustedes me avisan
lo que haya. En mi casa estoy.
Y dando media vuelta abandonó a los reunidos. Eli capitán- Hudín
montó su pistola para disparante; pero le detuvo d brazo efl capitán
Pedrosa, didéndole:
— ¡No! Si quieres «matarle debes dispararle de frente.
El general Patxot, nervioso y algo violento por el incidente tan
inesperadamente desarrollado, exclamó:
—Es necesario que vayamos unidos. Ha sido una escena depflo-
nablie que no apruebo. Si empezamos ya así, estamos perdidos.
Los reunidos siguieron su cambio de impresiones para estudiar aque­
llas medidas urgentes que convenía adoptar. Y el general Patxot en­
cargó al comandante Delgado que se entrevistara con el coronel de
la Guardia civil Gómiez Camón, y el teniente coronél de Carabineros
Florán, para conocer la actitud de amibos, que había de ser la de
las fuerzas respectivas que mandaban. El comandante Deügado, con las
instrucciones recibidas, salió en automóvil a cumplir su cometido,
mientras d1 capitán Pedrosa redactaba el Bando que había d<e pro­
clamar el Esftadb de Guerra, y aprobado, salía para encargar su im­
presión a una imprenta de toda confianza, cuyo propietario pertene
cfa a la Falange malagueña.
El teniente coronel Bello recibfla también la orden de preparar las
ftutemzas die Infamiberfa die! Regimiento dte Victoria, número 8, de guar­
nición en el Cuartel de Capuchinos, con objeto de tenerías dispuestas
para que salieran a proclamar la Ley marcial; y ya debidamente ar­
madas y amunicionadas, quedaron a punto para el cumplimiento de
otros cometidos, de los que sería portador al capitán* Huelín, que q<ue
daba con Patxot.
El comandante Delgado se entrevistó con. etl coronel dle La Bene
mérita Gómez Carrión, al que encontró en su casa. La entrevista entre
ambos se desarrolló de la siguiente manera:
—Mi coronel: vengo a vede cumpliendo órdenes del generail Patxot,
para comunicarte que todo ed Ejército de Marruecos, al mando del
general Franco, se ha levantado en armas contra é Gobierno de Ma­
drid, y todas Jas guarniciones de la Península hemos hecho causa
común con nuestros compañeros de Africa. Sevilla ya se ha subfleva-
do, y Queipo de Llano, que se encuentra allí, va a declarar el Es­
tado de Guerra. Nosotros vamos a hacer lo mismo en Málaga, y con­
fiamos en que la Guardia civil' estará a nuestro Hado.
—La Guandha esvij no se ha comprometido con nadie.
—Pero eflebe estar a?: Jadb dtefl. Ejército. Este es movimiento
nacional!.
—Si es un movimiento naáonadl, Ja, Guaadáá cúvid estará donde esté
¡a mayoda dtefl país. Ya sabe usted' qiue 00 soy sospechoso. Soy un
hombre de oidlen y dé dleceahas. Perno illa Benemérita no dfebe meterse
en ninguna aventura hacúendb costado a un gnupo de oificiaies que
.«rían aplastados si no tenían asistencias generales.
—Se trata de Aa oficiaílid'ajd dle foodla España.
—Desearía que así fuese. Pero antes necesito comprobado.
—Es que ila cosa es urgente. Cualquier tiempo que se pieaxüa puede
seamos funesto.
—Pues nuce usted1. Esto no es dJeciir que yo eefté contra ei¡ movimien­
to'. Peno necesito tener mis seguiridladtes y no quáeao pmedp¿taime.
El comandante Dedgadb nepilicó ya inquieto:
—Entonces ¿qué va a hacer la Guardia civil?
—UstedJes no diesoonfíen de la Guardia civil. Esta cumplirá como
dtetbe. Ustedes sacan las fuesnzas a la calle, que yo me encargo dle que
la Guajdfia civil esté acuaoitetladiá y dÜspuesta paca ed primer aviso.
Desde lluego no ha dle haceirae ammas contra ustedtes. Mientras yo estudio
la situación, la Benemérita quedará a la expectativa. Luego... mi mejor
deseo es que podíamos ir todos juntos.
—Y 4o que usted decida...
—Iré personalmente a comunicárselo aü general Patxot. Y márchese
tranquillo respecto a mi actitud. Pase io que pase, cuando menos no
seré un enemiigo dle ustedes.
Eli comandante Delgado manchó desdle aquí a la Comandancia dt*
Caraibinenos a entrevistarse con ed teniente oooondl dle este Oueipo , se
ñor FQorán, persona de significación derechista.
El teniente coronel Florán le manifestó que salía inmediatamente
hacia ed Cuartel ¿on objeto de concentrar en él todias las fuerzas volantes
de los puestos y quedar a la expectativa para 9ecundiar el movimiento
tan pronto como la presencia die los cajahimeros hiciera falta en las
calles.
Por su cuenta el comandante Delgado aún hizo una nueva visita.
Marchó al domicilio de Falange con objeto de entrevistarse con los
jefes para comunicarles la gravedad del momento. Pero ni en Falange
ni en los domicilios de los jefes encontró a nadie. La mayoría de I03
falangistas más destacados estaban presos. Recorrió media Málaga in
útilmente, y al llegar al domicilio del jefe de las milicias malagueñas,
Carlos Assiego, se enteró de que éste había marchado la noche an­
terior a Antequera.
Al pasar, ya rayando las doce, por un bar de la calle de Granada,
vió un grupo de gente reunido a la puerta escuchando la Radio. Esta
estaba dando cuenta de da sublevación del Ejército de Africa y lan­
zando una vibrante arenga a las clases obreras de Málaga para que
estuvieran- dispuestas a cualquier asalto del Poder por parte dd Ejér­
cito y fascistas, y aconsejándoles que, caso de declararse ed Estado
dte Guerra, fueran a la huelga general revolucionaria.
La noticia del alzamiento de las tropas de Africa, divulgado por
la Radio, causó gran sensación en Málaga. En las aoeras de Larios,
Constitución y Riego, la gente del pueblo comentaba apasionadamente,
formando corrillos, ed suceso, haciendo toda clase de vaticinios. Ai
domicilio de Acción Popular comenzaron a acudir numerosas per­
sonas para conocer detalles de la sublevación. Los teléfonos de los
periódicos funcionaban incesantemente respondiendo a llamadas con
ias que los malagueños pretendían calmar su inquietud y su curiosidad.
A mediodía, coincidiendo con esta nerviosidad que ya era tónica
unánime en toda la ciudad, d general Patxot fué llamado por telé­
fono desde él Ministerio de la Guerra de Madrid. Casares Quiroga
buscaba la coartada para evitar la adhesión de los militares malague­
ños al alzamiento.
—Es necesario que acuartde usted todas las fuerzas y espere.
—¿A qué es lo quie tengo que especiar?
—A que le lleguen a (usted refuerzos die Granada, que ya han salido
ooui dirección a Málaga, oon objeto de qute no se perturbe lo más míni­
mo ed oidien. La noticia die -Ja sublevación de Marruecos ha levantado
Ja ¡protesta de todo ed país, y lo6 comunistas pueden echarse a la calle.
—Es que mis noticias son. die que se han sublevadlo todlas las guar-
nicijoiies contra d Gobierno.
—Eso es falso. En Marruecos se ha dlominadio a los rebeldes y está
— 9 _

detenido él general Franco. Sólo está sublevada en parte la guarnición


die Valladodid; pero marchan veinte mil hombres a sofocarlos. Todas
lias guarniciones de k Península han enviado su adhescón al Gobierno.
Estas medidas que le ordeno no tienen más ñri que sujetar a los comu­
nistas malagueños si provocaran algún conato de motín. El Ejército
no no6 interesa parque está todo él a nuestro liado.
El general Patxot, desconcertado ante la añagaza, sólo respondió:
—Cumpliré esas órdenes.
El capitán ayudante Pedrosa, que estaba presente en la conver­
sación, intervino con gran entereza:
— ¡Ese Casares es un traidor! No hay que hacer caso de nada
y dimitamos a cumplir lo acordado, que es nuestro deber.
—Lo extraño es ese anuncio de fuerzas de Granada.
—Eso ha sido para atemorizarnos. Si Casares supiera, que sólo
era un movimiento de protesta comunista con nosotros, la Guardia civil
y los de Asalto sobrábamos en Málaga.
El general Patxot comenzó a comprender, y aun con cierta inde­
cisión ratificó todas las órdenes dadas anteriormente.
En la Casa del Pueblo y en los Centros comunistas y de 9a C. N. T.
i'ba creciendo 3 a. animación. Míllán reunía a su Directiva, y Beilgrano
hacía lo propio con la suya, de las Juventudes Comunistas. Y a las
dos de la tarde comenzaban a repartirse armas enitre los obreros. De
la Secretaría de das Juventudes salían varios significados elementos,
en automóviles, con dirección a los Percheles, Victoria y Trinidad, lle­
vando gran cantidad de pistolas, que después repartían las mujeres, a
domiciilio, llevando las armas ocultas en cestas y capachos de los que
se usan para ir a lia compra y llevar la comida. Por parte de los obre­
ros afiliadlos a las asociaciones de extrema izquiecda, todo parecía
estar preparado para reñir la esperada batalla en plena calle.
Peno no queremos pasar aidleuanite sin recoger un interesante detalle,
que conecta con ed curso raaturail de lo que pudiéramos denominar pró­
logo de la caída die Málaga.
Dejamos ya relatada la actitud un poco confusa dlel teniente coro­
nal Las Heras en la reunión die la Comandancia militar y el modo
como éste abandonó a los convocados. El teniente coronel Heras, hom­
bre die izquierdas y protegido die Azaña, no inspiraba ninguna confianza
a la oficialidad malagueña, y como se verá esta desconfianza tuvo ííu
los resultados dte la gestión de tan mai militar y patriota su plena jus­
tificación.
E l temiente coronel Heras, cDesdfe la Comandancia militar marchó
directamente al Gobieomo civil, donde consumó su primara traición aí
— IO —

dar cuento ail gobernador Fernández Vega de los aouieirib6 tomados


momentos antes por sus compañeros.
Fernández Vega cocManicó ¿nmediajtajmente can eü Ministeiriio dle 1a
Gobernación, pamendb al ministro al oorrróenifce dle lo que preparaba
la guarnición de Málaga. Y se anee que trasladada tal actitud par él
ministro de ala Gobernación al de la Guerra, a ello obedeció la llamada
telefónica que más tamde hacía Casases Quiroga al general Patxot.
El gobernador reunió inmediatamente en su despacho a los jefes
y oficiales de Asalto, a Jos qiuie dió órdenes, no para echarse a la
calle y contener al Ejército, sino que en 9U cobardía lo que sólo le
preocupó fué lia defensa die su persona, y así lies dlijo:
—En Málaga apenas hay guajjnición, y die ja poca que hay, ya diará
buiena cuenta ed pueblo. Así es que de do primero que hay que ocu­
parse es dle defender este edificio del Gobierno civil, que será segura­
mente eü primero que ataquen 4os militares.
Y acto seguido se dispuso fueran montadas en. das ventanas altas
dial vetusto caserón vadas ametralladoras y se avisaría al cuartelillo
dle Asalto -pama que domilcillk) por domicilio fueran recogiéndose todos
los guardias fmíneos dle servició y 9e les coooenitraira urgentemente.
A las tres die la taede ¡¡la Comandancia (militar era un hervidero. Mi­
litares (retirados y hasta paisanos sin ninguna graduación, acudían* a
ofrecerse al mando llevados die uní acendrado patriotismo.
El generad Patxot habló a esa hooa oon Sevilla y supo poa* el propio
general Queipo die Llano, que ya en aqaiella capital estaban las tropas
en la calle y se había declarado el estado dé guerra.
—Pues entonces yo voy a preparar aquí la salida.
Y*oofligó paira llamar ail Cuartel dle Capuchinos d&ndo órdenes al
teniente coronel Bello dle que apresurase Jos preparativos con objeto ái
que cuamto amtes saflrieran a la calle las fuerzas a proclamar la Ley
mancdail.
Mientras tanto el Secretario del Gobernador, un tal Rodríguez, prac­
ticante de oficio y sujeto de malísimos antecedentes, se ponía por telé­
fono en. comunicación con Millán, para d'ecir a éste que urgía tener
preparada a la gente para el primer aviso y que convenía tomar pre­
ferentemente la calle de Larios y la Raza de da Constitución como
arterias principales de la ciudad, y desde las cuaNes ya se irradiaría
ed motín a la periferia.
A las cuatro de la tarde reuníanse en el Cuartel' dle Capuchinos la*
fuerzas disponibles del Regimiento de La Victoria con su Banda de
música al frente. Ya formadas, el teniente coronel Bello Janzó a los sol­
dados una patriótica arenga, pidiéndoles a todos él máximo de sacri­
ficio en la cruzada que para la salivación dle España iiba a comenzar.
Los soldados contestaron con un vítor ¡unánime levantando los fusiles
por encima de la cabeza, y así, envueltos en un magnífico aire de
victoria^ abandonaron Capuchinos al rarando del capitán Huelín.
La fuerza irrumpió en la calle ante la expectación del público, que
se paraba en las aceras y se asomaba a rejas y balcones.
La primera intención del capitán Huelín fué la de fijar d primer
Bando en la misma fachada defl Gobierno civil; pero había salido
sin él del Cuartel y se limitó a desfilar sólo por los alrededores del Go-
biemp para daise cuenta de cómo se encontraba aquella zona, y al
propio tiempo hacer una demostración de fuerza. Viró a la derecha
y se dirigió a la Comandancia Militar, a la que subió Huelín, bajando
ai poco tiempo acompañado diell comandante Delgado, que era ya
portador del Bando.
La fuerza, a los sones de la marcha de «Los Voluntarios», desfiló
por la calle de Lados. Desde los
bafloones e interior de los estableci­
mientos, la gente aplaudía y vito
reaba a los infantes, y en medio de
un sobnecogedor silencio, el coman­
dante Delgado fué fijando los Ban­
dos en diferentes sitios céntricos de
la población.
Ya la tropa en la calle, la Radio
intensificó sus llamamientos en fran­
co plan revolucionario. Cumplien­
do órdenes del Gobernador, se ex*
citaba a los paisanos y organiza­
ciones obreras para que se echa­
sen a la vía pública, con las armas en las manos, para «destrozar a
las fuerzas fascistas que querían derribar a la República».
Mientras la Compañía del capitán Huelín proclamaba la Ley mar­
cial emel centro de la cAudíad, ya dtesembocaban en ed muelle varios ca­
miones llenos de comunistas enarbouanido banderas trojas y aniñados
hasta los dientes al grito dte ¡Viiva Rusia! ¡Viva la Revolución!
Un señor, del que só’o hemos podido averiguar que se llama Mon-
tejo, se acercó en la calle de Lados y dijo al comandante Delgado, del
que em oooocido:
—En el muelle de Heredia se está fGormando una concentración co­
munista.
- 12 —

El oomaimianíte Herecfaa y ed capitán Saavedlra iban vitoreando a


España y dirigiéndose ail público que había en las aoeras gritaban:
—]Todto6( todbs a*dafendleir a España! ¡Los hombres de bien a ooger
fas amias!
Algunos se unieron a las fuerzas pidiendo fusiles, otros ante el
rombo que iban tomando Jos acontecimientos, desaparecieron. La gente
se recluía en el interior die sus casas. Los taxis y automóviles particula­
res se (retiraron del tránsito de la ciudad en cosa de media hora.

i
LOS PRIMEROS TIROS
Y LAS PRIMERAS VÍCTIMAS
Debajo de Jfos badeones áe Aoción Popular se cruzó la Compañía
can -un grupo die obreros. Uno die ellos se detuvo y gritó provocadora
mente, ¿levantando la mamo y cerrando el puño:
- ¡U . H. P.!
No había hecho más que lanzar el reto, cuando el teniente Sega
lerva 3o dtejó tendido de un pistoletazo. La confusión que la detonación
prodfujo no es paca descrita. Cocría La gente en todas direcciones, st
bajaban precipitadamente los cierres metálicos. Sonaban puertas, gritos,
y <íe pronto, de uno de los grupos de obreros salió una descarga die
pistolas automáticas codtra Ja fuerza. Dos cornetas cayeron heridos.
Los soldados se desplegaron a las voces de mando del capiJtán Huelín:
—¡DespQegad! ¡Abriros! ¡Todos junto a las panedes! ¡Fuego contra
esos canallas!
El tiroteo se generalizó. Los comunistas, desde las bocacalles y para
petadlos en Los árboles, disparaban incesantemente.
. La calle de Larios pasó a ser un verdadero campo de batalla. Nue­
vas fuerzas salidas de Capuchinos se dirigieron hacia ed muelle, y
hacia este punto avanzaron también los soldados de la compañía Hue-
lín, ya que por su reducido número era temerario que quedase aislada.
El teniente Segalerva, al mando diel primer pelotón, avanzó valiente­
mente hacia la Plaza de la Constitución, desde cuyas esquinas lo?
comunistas seguían haciendo un fuego infernal. Los infantes, desple­
gados por la acera de la Marina y aprovechando los huecos de los
portales, proseguían su marcha, respondiendo incluso al fuego qui
se les comenzaba a hacer desde las azoteas.
»3 ~

BATALLA EN EL MUELLE DE HEREDIA


Las restantes fuerzas salidas a eso de 'las ocho y cuarto de Capuchi­
nos, al mando de un comandante cuyo nombre no hemos podido averi­
guar, llevaban dos morteros, un cañón de 7,50 y ocho máquinas ametra­
lladoras, que enfilaran frente ad cuartel die la Parra, hacia la calle
dle Lados barriéndola completamente, ya que en ella habían surgido
Jos primeros incendios, aprovechando que Ja Compañía deü capitán
Huelín la había ya abandonado.
Numerosos grupos die sospechosos, saüendo de Jas bocacalles,
comenzaron a invadirDa. En la casa Moagamti sonó como un goljp¡e
seco ai cerrar uno de tos balcones, y
la muchedumbre comenzó a aullar:
— |Un tiro, un tiro! ¡Son los fas­
cistas !
Las mujeres gritaban como energú­
menos. Varias botellas dte líquidb in
flamabíle 9e estrellaron en los interiores
del edificio, y el inmueble comenzó a
arder. Lo mismo se hizo en la Libre­
ría de Rivas, cuyo dueño tenia una
gran significáción derechista. Las turbas rompieron los cierres, pene­
traron en el establecimiento y sobre líos anaqueles repletos de libros
estrellaron muevas botellas que (prendieron rápidlamenie en el paped,
conrvirtiando en cosa dte momentos la planta baja en una gran hoguera.
Barrida la calle dle Larios y dominada la situación en el corazón
dle M ciudad, lias fuerzas se situaron en ed muelle die'Heredia, entablando
una verdadlera batalla con das hordas rojas, que iban creciendo en
número. Resguardadas tras ed monumento al comandante Benítez, se
colocaron dos máquinas paca limpiar la explanada, cosa que se con­
siguió tras algún esfuerzo al segundo disparo de cañón que se hizo
contra las conoentraoones rojas, que se iban parapetando tras los mon­
tones de mercancías de (La dársena.
Los comunistas habían acudido aü puerto como ya dejamos dicho,
en camiones que diejaron agrupados junto a uno de los ((docks». Tras
ellos, un compacto gcopo seguía hacienda un nutrido fuego de fusile­
ría. Tiraban echados a ¡la larga en las plataformas y en tierra, ampa­
rados por las mismas raedlas de I06 vehículos. Localizada la situación
de Jos camiones a unos' ochocientos mertmo6 dle dtomde ee encontraba
satinadlo ed cañón, de 7,50, éste disparó una última granadla sobre k con-
— *4

aeotmdiióai noja. Los efectos no puidúeiron ser más desastrosos para s-us
defensores. Dos camiones volaron convertidos em mü astillas. Inmedó-
taanewfce oesó el fuego «rojo. Una docena die milicianos yacían exánimes
sobre las losas.

LA TOMA DE LA TELEFONICA
Y EL ATAQUE AL GOBIERNO CIVIL
A las nuievie de Ja ¡noche, ponedle deatse qué Jo más importante d*
la duidlad estaba dominado-. El tendiente Ibáñez era. completamente
dluteño die Ja o?Jle de Lados, y ayudadas Jas fuerzas por nuimeirosos
paisanos que se brindaron a ello, se so­
focaron los incendios de dicha vía.
También había quedado lknp¿a d.
focos la Plaza de la Constitución. El
muelle de Heredi a, dominado igual­
mente por ell «teniente La Rosa, no ofre­
cía por sus alrededores más obstáculos
que la resistencia que desdfe la Aduana
ofrecía ell Gobierno civil, donde los
guardias de Asalto se habían hecho
fuertes y disparaban desde balcones >
ventanas con ametralladoras.,
Se ha dicho por ahí, especialmente
en su día, por las Radios rojas, que
ejl' Gobierno civil no se rindió. Y así fué en efecto. Pero conviene
aoliairar, que biten, pud*o no neodikae, lo quie no fué die on modo especial
ajtaoadJo con -la orden de ser conseguido a toda ooeta.
El g'emiaraü Patxot destinó pnacisamemte fos fuerzas al mando del
capitán Saavedlra y defl teniemibe Nesprait a la toma ded Gobiecmo ciivil
después de varias conminaciones a la imdición hechas al Gobernador
Fecmández Vega por teléfono. La última se desenvolvió en los siguien­
tes términos:
—Por segunda y última vez íe e^djo que se rinda sin resistencia y
me entregue el mando.
—Yo no me niego a entregarme; porque ya sé que usted por la
violencia puede imponedme su voluntad.
— *5 —

—Desde (luego. Y es mejor que se rindan ustedes a que me obli­


guen a tomar por Ja fuerza el edificio, causando víctimas inevitables.
—-Estoy conforme, mi generad. Pero yo no estoy aqui soflb. S*
hallan conmigo todos los jefes y oficiales de Asalto con ias fuerzas
locadles de este Cuerpo y algunos, mili tares; poseen abundante arma­
mento, y a mis ruegos de rendición une responden que de ningún modo,
que creen poder resistir hasta que lleguen en su auxilio fuerzas di*
Granada que ya han salido de allí. Por estas razones soy de hecho ur.
gobernador ya sin mando.
—Es que tenemos ya dominada toda da población, y es inútil que
usted¡es resistan.
—Lo mismo creo, y así do he comunicado a quienes en este mo­
mento me acompañan. Yo creo que do que. debiera Usted hacer es
esperar. Puesto que el Ejército ya lo tiene todo dominado, espere us­
ted a mañana a que estos señores se
convenzan de la situación y entonces
!a rendición 9erá como usted y yo de­
seamos: sin nuevas víctimas.
Eli general Patxot 'se dejó conven­
cer por aqud canto de sirena, y dis­
puso que bien cercado el Gobierno
divil, las fuerzas se diedicaran a apo­
derarse de la Telefónica, con obje­
to de cortar das comunicaciones coü
Madrid.
Ya habían salid'o a la calle, cum­
pliendo órdenes del coronel Gómez
Camón, dos secciones de la Guardia civil unidas al movimiento. Una
sección quedó en el Parque vigilando -todas las (bocacalles, con el fin
de evitar po-r aquel sector filtraciones rojas, y da otra, unida a la»
fuerzas dd capitán Saavedra, tomó tras ligero tiroteo y dos dispa­
ros de mortero la TeLefánita, cuyos dtefemsores huyeron por la puerta
trasera.
A las diez menos cuarto de la noche habían cesado ya los fuegos
en el sector céntrico de la ciudad. Los soldados quedaban patrullan­
do por las calles vitoreados por la gente, que creyéndolo todo ganado
se asomaba a los balcones.
Los vecinos d¡e la calle de Larios y Plaza de la Constitución, a los
que el desarrollo de los sucesos había sorprendido lejos de sus domi­
cilios, volvían a ellos con grandes precauciones. Como sombras s?
deslizaban pegados a las fachadas con los brazos en alto.
- 16 -

Una vez cesado el fuego, unos transeúntes fraternizando con las


tropas, aporrearon líos cierres de algunos establecimientos con objeto
die que abrieran de nuevo y poder convidar a los oficiales y soldados.
Abrieron algiinos bares y tabernas, y pueblo y solidados brindaron
con «Málaga» y manzanilla por España y por d Ejército. Ya a media
noche el público se retiró a sus casas a reposar de las zozobras del
día. No quedaba «en pie» más que ed Gobierno civil. Lo demás se
había ya incorporado con Málaga «la bella» a la nueva España

LA ACCION DE FALANGE
Es posible que alguien haya ya advertido la ausencia de Falange
en d alzamiento malagueño. Hemos dte comenzar por decir que lejos
de 9er una omisión, es un retando voluntario dte ¡¡nakisión en d relato
para desviar lo menos posible la atención dd itector en el proceso del
movimiento.
La Falange malagueña sólo disponía como fuerza de choque de
tres centurias, y desorganizadas en virtud de las constantes persecu­
ciones de que los camteas azules eran objeto por parte de las autoridades
de la ciudad de la Caleta. Cuanto en Málaga odia a Falange, corría un
riesgo inevitable. Comunistas, faístas, Genetistas y hasta ios esbirros
de Asalto tenían puestos en los falangistas sus más profundos odios,
que les llevaban al asesinato airado al revuelo de cualquier circunstan­
cia favorable. De aquí que aun dignos de elogio y homenaje los falan
gistas de otras ciudades españolas, posiblemente pocos merecerán la
gratitud patria en mayor medida que éstos de la hemmosa Málaga,
obligados, por razón de residencia, a moverse en d mismo cubil de
ia fiera comunista. Sus abnegaciones, sus heroísmos habrán de pasar
a la Historia.
La Falange malagueña estaba también comprometida en d alza­
miento, y tenía pactado con ftos elementos dirigentes de lia guarnición
que se la avisase con dos días de anticipación al del movimiento, con
objeto de poder unirse a éste con ias máximas efectividades desplegadas.
La Falange contaba con un capitán diplomado, creemos que ape­
llidado Hernández, para su enlace con d Ejército. Pero a raíz del
asesinato de Calvo Sotelo, los camisas azules malagueños se movili­
zaron con cierto aparato, y ello dió ocasión a las autoridades para
— 1 7 —

hacer una nueva redada y meter en £a cárcel a sus jefes más caracte
rizados. Así, pues, llegado el día 18, el enlace del día 16, que era lo
pactado, no pudo realizarse, y el alzamiento cogió desprevenidos a los
falangistas, al extremo de que como ya dijimos anteriormente, incluso
d jefe provincial de milicias Carlos Assiego se encontraba al estallar
d movimiento en Anitequera; al menos está versión hemos recogido.
De todos modos, Assiego no se presentó en la Comandancia Militar
hasta cerca de las nueve de la noche del mismo día 18, cosa que nos
hace creer en su desplazamiento a Antequera, ya que de haber estado
en Málaga, 9u presentación no se hubiese retardado tanto. Assiego dijo
ail general Patxot:
—Mii general: La Falange dispone die cerca die trescientos hombres
de choque para colaborar con d Ejército. Y sólo vengo a que usted
me indique cuál es nuestro sitio.
Ya en aquella hora Patxot lo daba todo ganado para ed Ejército
y llevado de una exagerada disciplina, o no 9e sabe con qué cliase óa
miras, Techazó la ayuda de la Falange:
—Lo agradíezco, pero en estos momentos no- necesito dfe más fuerza
Insistió Assiego, y Patxot replicó con viveza:
—¡No! Quiero dar la impresión de que este movimiento es pur*
mente militar. La intervención de Falange podría hacer creer a la geni*
que 9e trataba de algo fascista.
Y Assiego salió defraudado, pero no vencido, de la Comandancia.
La prueba está en la acción heroica de Falange el día 19 por la tarde,
cuando ya las tropas habían sido acuarteladas de nuevo y La ciudad
estaba en poder de las hordas rojas. Un centenar de heroicos camisas
azules no supieron rendirse, y en una proporción de uno por qui
nientos se echaron a la calle, regando «las márgenes dd Guadalmedina
con la generosidad de su sangre por España y por la Falange.
— I * —

LA RETIRADA DE LAS TROPAS


Avanza*ba la noche <M 18, y después de una conferencia cdJebrada
con ed ooromel Gómez Carrión, eQgeneral Patxot desistió de su primi­
tiva idea de dejar el asalto deü Gobierno civil para el siguiente día, caso
de que éste no se rindiese sin resistencia como lo había hecho creer ei
propio Gobernador.
El generad Pataot llamó ad capitán Huelfrn y le encomendó que visi
tase en su nombre al Gobernador y de comunicara que no podía es­
perar más, y que después de entregar él edificio resignase ed mando.
Serían das dos y pico de la madrugada. Por teléfono se comunicó al
edificio de la Adueña la llegada de Huelín con una misión, con objeto
de que se le dejara franco «edpaso y no se le tirotease. El general Paitxot
añadió a su emisario:
—Usted prepare ya toda la fuerza, y caso de resistirse me toma
por asadito ed edificio sin temor a nuevas víctimas.
El capitán Huelín, delante dél (teniente coronel Heñas y del capitán
de Asalto Modino. que mandaba las fuerzas que defendían el edificio,
conminó a Fernández Vega a que resignara el mando y entregara ei
edificio'. La escena fué muy violenta:
—Debe usted entregarse con objeto die que no haya nuevos derra
mamientos de sangre. Si se resiste usted bombaidearemos el edificio,
que tenemos ya cercado.
—No, si yo ya le he dicho al general Patxot... Por mí... Ya com­
prendió que por la fuerza acaibadam tomándloilo listadles. Si estos seño­
res quiiemem...
Y señaló ail capiitán Moüitno. Este sacó rápidamente su piisitoda, puso
di cañón sobre la tetilla izquierda dlel capitán Huelín y-le dijo:
—Tú enes >un canica y aun traidor aC Gobierno.
Huelín, sin inmutarse, le respondió:
—Me 3)0 dices temiéndbme encañonadlo. ¿Necesitas que llevante los
brazos o quiüemes dlamme sólo unos segumdos de libecrbad? ¿Qué prefieres?
El Goibenmador, blanco como la cenia, se abalanzó sobre fe pistola
die Mofliino.
Huelín agregó:
—<Esa pristoúa, si os obstináis en no nemdliiros, puede hacerte falta
pana otra cosa dtetnítno dle muy poco.
Modino rugió enfurecido:
— ¡No! No ños remcíimos máeinitaias quledle aquí um 90C0 guandfki.
- ly —

—(Eatá hien. Ahora voy a maroharme dandlate la egpaildJa, Molino.


Ruedes aprovechar lia ocasión. ¡Buienas noches!
Y el capitán Hueíín dtó media vuelta y salió sin volver la cabeza,
pfisaodo- fiimementie. •
Momentos dle&pués oamemmba ed ataque a fondo ail Golbiemno civil.
Las ametralladonas y fiuaiOles abrían aiTLpílii¡a&ibooas die fuego en balcones
y ventanas. Las .fuerzas, al mando de Huelín, iban estrechando el cerco.
Ed tinoítéo llevaba más die una hora die fcieipkiair oantkiuo. La mesisten-
cáta iba dlebifldltándiosie, cuando a las ouaitro menos ouaito die ¿a mañana
llegó hasta el capitán Huelín un enilaoe de la Comandancia con un sobre
acoradlo. Era del generad Patxot, que diecía esouebamuenite: ((Cese usted
él fuego y «retírese con lias fuerzas ad ouairted de Capuchinos».
Huelín, desconcertado primero ante aquella orden, y presa die gnan
diesesperacrión, lloraba oomo un chioo.
—¿Qué ha pasadlo? ¿Qué ha pasadlo?
Diez minantes más die asedio y ed Gobierno ovil se hubiese tomado.
Huelín hizo cesar éi fuego, concentró la fuerza en Capuchinos, como
ge lie mandaba, y del Cu-ambell' manchó s¿n pender instante a la Coman
dlancaia.
Al giimarail Patxot, dé pie y pálido junto a su atiesa, lie rodteaban el
cooxwniel Gómez Carraón, ed comandante Delgado y ed capitán Pedrosa.
Hudín se atrevió a interrogar:
—Mi generad. ¿Qué ha oouuriidio?
—.No nos han secundado más que Sevilla y VaJlad)oiIlid,, y el movi­
miento ha fracasadla.
—No lo creo, mi general—respondió Huélín oon. gran vehemencia.
—Tarugo la absoluta ceciteza. La persona que me ha teflefoneado
para dlecfamelo es die toda mi confianza por su seriedad .
—¿Quién ha sddlo?
—Me ha llamado don Dilego Maütímez Barrio paca comunicarme,
bajo su pajUabra de honor, que en toda España, ¿ncuus^ en Africa, ha
\ abortado el movimiento y que hasta lia esouadna se ha puesto dteü liado
dtel Gobierno. En estas coodooones, haber seguido h/ubiera sido una
temeridad sin, objeto.
—jNo lo oreo! ¡Martínez Bamrio lé ha engañado a usted! Esto es
la peaxÜción de 'todos; peiro por mi parte, yo sé cual es mi deber.
Y el capitán Huelín se dispuso a abandonar diignamente ed' despa­
cho. Al llegar a Ja puerta se diebuivo unos instantes y a zarpazos se
airaocó lias estrellas die las bocamanigas.
De nuevo, en Capuchinos perdemos ya la ¡pista del capitán Huelín.
Unos afirman que se suicáldó apenas llegadb ail Cuaurbel. Otmos, que fué
muiercto a tinos a la mañana sdguiiienifce por ilmi brigada.
/ — 20

EL DESPERTAR DE MALAGA
A las ocho dle ila mañana d'd siguiente día, un vooedo ensrancieoedíoa-
despertó a ios vecinos dé Málaga, que tan. confortados se habían acos
tadio la noche antes, dando ya por asegurado el triunfo dial Ejército.
La gente se asomó sobresaltada a ios balcones, y el espectáculo que se
ofreció a sus ojo6, no pudo ser más horroroso y desconsolador.
Se habían echadlo a la calle los guardias de Asalto que duran/te
la noche se hallaban cobijadlos en el Gobierno civil y a éstos marcha
han unidos, en procaz manifestación, grandes grupos die imijerzuelas
flameando banderas y trapos rojos, hambres con la feaocidad reflejada
en el semblante, lanzando es­
tentóreos gritos de |Viva Ru­
sia ! ¡ Viva la Revolución!
¡ Muera 'la burguesía!
Las manifestaciones engro
saban a medida que avanzaba
la mañana. Iban devastando
cuanto encontraban a su pa­
so : rompiendo escaparates,
asaltapdo las tiendas, cuyos
cierres forzaban a patadas v
pedradas. Las aceras 9e llena­
ban de cajas vacías, de restos
de ropas, de desperdicios de comestibles, por cuya posesión luchaban a
brazo partido lanzando toda clase de imprecaciones. Las mujeres de vida
airada salían 4e las tiendas de moda tocadas grotescamente con los
sombreros robados, destrozando, por el solo goce de destruir, sedas
crujientes y lienzos riquísimos. Se blasfemaba; las más soeces inju­
rias y los más duros insultos invadían las calles.
Al llegar a la de Larios, las mujeres, convertidas en verdaderas
fieras, rociaban las escaleras y los ascensores con gasolina que lle­
vaban en cubos, y la prendían luego fuego. Los vecinos, señoras, vie­
jos y niños, casi en ropas menores, se atropellaban por las escaleras,
presas de gran pánico, para salvarse del incendio. Era un trágico des­
pertar, nna sucesión de escenas dantescas que la pluma se resiste a
describir. Infimas mujerzualas habían arrebatado a los Guardias sus
fiusñes, y no sabiendo disparar remataban a culatazos en plena acara a
- 21 —

los desgraciados vecinos que desde 1a caima, y apenas sin cubrirse,


habían ganado precipitadamente la escalera para ponerse a salvo. Si
asesinaba a mansalva, sin piedad, ante los sollozos de los deudos
esposas e hijos que quedaban abrazados a Jos cadáveres lanzando des
garradores ayes. ’
La hermosa vía del Marqués de Larios era una inmensa hoguera
crepitante. Enloquecida de pavor, desde eü segundo piso die la finca
denominada Casa Larios se arrojó una pobre mujer, que quedó horri
biemente mutilada en mitad de la calzada, entre el sarcasmo de las
hordas que pateaban furiosamente los restos sangrientos.
Esta obra de destrucción tomó gigantescos caracteres por la tarde,
al convencerse d populacho que las tropas habían sido desarmada?
en los cuarteles y que eran completamente dueños de la ciudad. Se
intensificaron los incendios, 9e multiplicaron los asesinatos. Por 1p
Radio, el Gobernador civill había dictado un bando en el que entre otras
cosas decía a los malagueños que el pueblo debía tomarse la justicia
por su mano, y que durante cuarenta y ocho horas podía hacer cuanto
apeteciera, ya que durante ese tiempo «d Gobernador sería sordo, mudo
y ciego». Ya había llegado al puerto- d cañonero «Sánahez Barcái-ztegui»
con la tripulación ya sublevada y los oficiales presos en d pañol. La
marinería dd «Barcáiztegui» desembarcó, y unida a los manifestantes,
luego de ser paseada en hombros por las principales calles de la po
blación, participó en crímenes y saqueos.
Seguir desde este momento con cierto orden el desarrollo de los
sucesos en Málaga no es posible. Los asesinatos, ¡los robos, los incen­
dios, las crueldades brotaban por todas partes, se amontonaban. Má
iaga vivía ya bajo un régimen de terror rojo que dificulta la separa
ción de los sucesos, ya que la ciudad toda era un caos luctuoso, ate
rrador, inexpresable. No obstante, procuraremos poner un poco de or­
den en la corifusión de nuestras propias notas.
— 22 —

EL ASALTO A LOS CUARTELES


A'l mediodía -del día 19 eran detenidos por !los Guardias de Asalto
ed general Pa«txo»t, d coroned de la Guardia civil Gómez Carrión, el
comandante Delgado y la inmensa mayoría de los jefes y oficiales do
la guarnición y de la Guaodüa dvül, así como ei teniente corooed de
Carabineros señor Florán, que fueron, llevados primeramente a los
sótanos del Gobierno civil. Ded mando de la guarnición fué encargado
el (traidor teniente corone® Heras, y de las fuerzas de Infantería de
Capuchinos un sargento llamado Ríos. Entre los pocos oficiales que
lograron salvar su vida, figuraba el capitán cajero de la Guardia civil
señor Román. Su cargo y la inteligencia desplegadla cuantas veces los
rojos quisieron sumar su nombre a la lista de ios asesinatos perpetra­
dos le salvó, porque el capitán Román, tan buen patriota como acen-
dinadlo católico, estaba apuntado die antiguo en las listas negras. Asegu­
radla ya su vida, ouamto se diiga del tacto y diplomacia despegados
por el capitán Román durante el tiempo que las circunstancias le obli­
garon a convivir con las hordas asesinas, es pálido ante la realidad.
El capitán Román sauvó oom su diplomada numerosas vidas, y su
cello, siempre vigilante, evitó la cansurneudón, de ¡nuevos y monstruosos
crímenes pciepamados. Hemos hataladlo con numerosas personas die Mi-
Haga, que ementan y no acaban de La aibmegacián ded bizarro oficial,
ad cua)l deben muchos ed haber podíkk> ilustrar con. niuevos detalles este
mato.
Eil día 19, pon- ,1a taedie, las tumbas iotmitaironi asaltar ed Cuartel (fe
Capuchinos, creyendo que aún se hallaban en él los jefes y oficiales.
Un grupo logró penetrar en Capuchinos, pero ed sargento comunista
Ríos, les diinigió una arenga dictándoles, que ya k>s jefes y oficialles se
encontraban dietenidos en otro lugar, y que los soldados que allí se
encontraban ecan soldados dled pueblo, que habían renovado su pro­
mesa al servicio de la República. Esto apaciguó a la bestia humana,
quie siguió hacia el Limonar, obsesionada en su afán dlestructoir y
homicida.
— 4 4 —

OTRO ASESINATO
En días sucesivos y aprovechando las horas dle k noche y die la
madrugada, para que las conducciones no fueran advertidas por el
populacho, dispuesto a tomarse «Ja justicia por su mano», fueron tras­
ladadlos dios jeifes y oficiales detenddo6, dlesoe el caserón die la Aduana
a la bocjega d)d buque ((Marqués de Ghávarai», andadlo en la dársena.
Una de estas conducciones comprendía tan sólo ail general Patxot y
a su ayudlante, caipiltán Pedbosa. Llegaran éstos oonduoidos en. un coohe
entine guardias die Asalto hasta la pasameik d¡d buque, y al dlescendetr
dtel vehículo, uin grupo die miTiciano6 allí apostadlo hizo sobcne dios una
dle9carga cerrada, cayendio muerto acmibiilladb a balltazos d capitán
Piedrosa y quedando gravemente herido Patxot, quie fué tmaslaidlado al
Hospital Müütair por los mismos guardias.
Ya las bódiegas del «Chávasri» estaban llenas dle militares y signi­
ficados hombres die dlereohas, cuyas detenciones fueron, las primeras
que se practicaron, en lia tajrdle dJed 19 y en la noche dteil mismo día.
Entre los paisanos se encontraba d exmiimstoo señor Estirada.
A bordo, los d)etenido6 eran, objeto dle tales mamtáriós, que d coro-
raed de la Guardia civil, señor Camnión, cayó en una grave peirtucbatión
mental, por lo que se hizo necesario tiadladladlo al Hospital. El corond
Cainrión había emfloquecidio y en d Hospital cometía mil extravagancias
propias d)e su triste estadio, que en vez die compadecer a los milicianos
encargados de su oustodria, les servían de diversión y de chacota.
Para enjuiciar a los presos did «Chávacri», acudía diariamente ai
buque d tribunal popular presididlo' por d asesino Millán, que también
tenía en la ciudad su ((Checa)) en constante; servido. Los condenados
a muente eran sacados pon la noche did buque y llevados frente a un
pamedón de La Caleta, junto al cual habían abierto una profunda zanja
en la que se iban amontonando los cadáveres de los ejecutadlos.
—* 5 —

Como diariamente se sacaban y se llevaban nuevos detenidos al


«Chávarri», La Caleta etna escena, noche tras noche, de horripilantes
matanzas.
Una mañana llegó Mülán al Hospital Militar y vio sentado en un
aülón, convaleciente die sus heridas, al general Patxot.
—.Este, ¿ya está bueno?
—Aún tardará linos ocho días en quie se le dié die alta.
-Pero ¿ya anda?
—Con dífioiiltaxl1, peax> ajadla.
-Pero se tiene en pie, ¿no?
—Eso sí.
—Pues entonces, ya quie esttá bueno, esta misma noche que lo lleven
a Gibrailfamo, que su juicio está ya falladlo hace tiempo.
La crueldad del sanguinario Millán le llevó a esperar a que el gene­
ral Patxcyt sanara de sus heridas para fusilarlo altevosamente. También
por orden del monstruo al día siguiente fué subido a Gibralfaro el des
graciado coronel Cardón, san que
bastara para compadecerle su acen­
tuado estado de demencia. Giibral-
faro, trazo ruinoso de lo que fué
hermoso castillo, era. otro die los lu­
gares elegidos para cumplir las sen­
tencias de los condenados a muerte. Nosotros hemos visto sobre uno
(te los muros die su Alcazaba, junto al sido denominado «La Puerta df
ia Llave», los impactos blancos dJed plomo die los fusiles, abriéndose
como rosetas de imperceptibles pétarlos en el granito pardo de la
muralla.
Conocedor di populacho que de madrugada eran trasladados los
detenidos en la Aduana al «Chávam», una mañana se apostaron cerca
de sesenta pescadores y pescadoras dd barrio de Miraflores del Palo,
y ai salir conducido un militar cuyo nombre no nos fué posible ave
riguajr, los pescadores se abalanzaran sobre el detenido, lo arrebataron
de las manos de los guardias y do arrastraron atado de una soga al
cuello por el mudle de Heredia. Luego le cortaron las manos y arro
jaron el cadáver al mar. Durante varios días <(d pueblo» acudió ai
muelle de Heredia. En él, junto a una farda, se veía como un gran
manchón de sangre, y en su centro eí cinturón dd correaje de un
uniforme. Nadie se aiürevía a tocarle.
26 —

LOS INCENDIARIOS
Describir en un pequeño fascículo todo lo que fué él terror mala
gueño durante ocho angustiosos meses, es materialmente imposible. De
aquí que las limitaciones de espacio nos fuercen a un relato de am­
plias generalizaciones, deteniéndonos sólo momentáneamente en algu­
nos detalles.
Málaga quedó sometidla a los .pocos días die dominación comunista
a una serie de Tribunales Populares o Checas; la más importante d?
las cuales, quizás la que juzgaba a las personalidades de más relieve,
estaba presidida por efl. expresidiairio Millán, qué se valía preferentemen­
te para sus persecuciones de setecientos penaídos que habían sido pues­
tos en libertad, casi con el excki&úvo fin de sostoemeir un régimen dt
continuados crímenes.
Millán se estableció con todo boato en el edificio dd Hotel Imperio,
y desde él, a la vista las Estas negras, iba diariamente facilitando el
parte de Ibs nuevos detenedlos, que eman sacados de sus dbni'icilLios du­
rante la noche, pana 9er fusilados hooas después en Gibraifairo.
Cumpliendo óaxJeoes dd mismo Millán, hombres efe su comfianaa, se
dedicaron a desvalijar los Bancos, especialmente d Español de Cré­
dito, cuyo saqueo fué personalmente dirigido por d propio monstruo
comunista.
ImpUanltado d régimen colectivista, dos Comités de Obreros se apo-
dieran de las princípafes casas de comercio, de (Los .edificios públicos,
dfe los.tesoros dle las Iglesias y hasta dd dinero y joyas de los par­
ticulares. El comunismo había implantado una 9eíeoción a la inversa
y en- manos dle los más ineptos la dirección de los negocios, llegó mo­
mento quie la experiencia se vino abajo, y la confusión más granule,
el más homo-roso desbarajuste fué la tánica de la vida maíltagueña, en
la que comenzó a aparecer la trágica máscara dd hambre.
El pacititaulliar no podlía disponer die siu dinero, d númemo dle emplea­
dos aumentó extraordinariamente, fueran o no fueran útiles, ya que
de lo que se quería diar la sensación es de que no existían parados, y
d presupuesto dle gast0 6 se inoriemenitó de taü modo, que llegó un sábado
y ya no se pudo pagar a empleados y obreros. E3 dinero dd que
en los Bancos disponían lbs Comités die fábricas y comercios, se había
tieiminado.
Todo d mundo en Málaga quería ser miliciano para vivir sin tra­
bajar. Los servicios municipales quedaron desatendidos, y la dudad iba
— 27 —

intensificando su impresión de abandono y suciedad. Por Jas principa-


fes vías se amontonaban grandes hacinamientos de basura.
A la par que la población presentaba este trágico aspecto, 'la vida
corría en cuanto a oíden interior parejas con aquélla. Los saqueos, los
robos, los crímenes, los incendios estaban a 'la orden del día. El asalto
e incendio de la Unión Mercanftil fué algo de aguafuerte. Las turbas
penetraron en dicho Círou-lo, y cada hombre, cada mujer, se preocu
parpn primeramente de coger algo útil. Sillones, mesas, ropas, todo
fué sacado a la calle para engalanar hiego con ellos los domiciTios d*
estos perfectos «demócratas». Lo que no se podía llevar era destruido,
y cuando ya en el interior no quedaba nada útil para ed robo, los mue­
bles y enseres, convertidos en grandes
montones die astillas, se rociaban con
gasolina y se des prendía fuego. Así
ardió el magnífico ¿«mueble del Círcu­
lo de illa Unión Mercantil, orgullo da
Málaga.
Por illas noches era temerario ciren­
tar ipor las calles más céntricas. La
gente de orden se retiraba a sus casas
a las siete de Ja (tarde. La población se
veía invadida por paitrullas de milicia­
nos borrachos, y el grito consigna de
«¡U. H. P .!» se oía por todas partes
como el salvoconducto imprescindible
para no morir asesinado ai voltver h
prinlera esquina.
La estatua del Marqués die Larios
fué arrancada de su pedesitail, Ihecha trozos, y éstos, llevados en procaz
manifestación, arrojados al mar entre vivas, denuestos e (imprecaciones.
En la noche defl 19 se iniciaron ios incendios de las Iglesias. Mu­
jeres provisitas de grandes teas penetraban en los templos. Iban alum
brando ed camino á los hombres que las seguían. El espedtácu’lo era
como una visión de pesadilla. Al robo y aü saqueo seguía la otara de
jos incendiarios. La Catedral fué la única Iglesia que se libró deJ si
ndiesfoo, pero el saqueo pejpetradb en tedia fué ihocciible. Por las puer­
tas del Perdón, del Sol y de las Cadenas se vela salir a la chusma
cargada con ricos cállüces, con casullas, con candeüa>bros, celebrando con
bestiales carcajadas el fruto de sus latrocinios. La cabeza cM Eoce-
Homo, reliquia de gran mérito, fué sacada clavadla en la punta dt
una especie de pica. La abusara se ensañó con el retablo de Pedro
- 28 -

Mena, de la Capilla de Nuestra Señora de los Reyes, junto a la Sa­


cristía, dlestrozándoío a golpes asestados con Jas patas de los bancos
esgrimidas a modo de martillos. La estatua en bronce de Luis de
Torres, Arzobispo de SaJjemo, fué profanada con los actos más as­
querosos y destruida luego.
Los incendios prendieron en las Iglesias de Santiago, la Merced,
Los Santos Mártires, San Felipe Neri, San Juan, Santa María de
la Victoria, La Trinidad, Las Catalinas y otras. Y en -todas ellas e!
saqueo y la destrucción precedió a la tea incendiaria. En la de Santia­
go fué decapitada la -magnífica escultura de San Juan de Dios, y en
la de San Felipe Neri, quemada en plena calle de Guerrero la es­
cultura de Nuestra Señora de las Servitas.
Las hordas pusieron especial ensañamiento en los Conventos de
monjas, singuijarimeiiite en los de la Encairnaaión y dle la Trinidad. En
este último, las monjas que pretendieron huir por la Iglesia de la Auro­
ra del Espíritu Santo, en la esquina de Aliamos y Plaza del Teatro,
con la que el Convenlto se comunica por el interior, no lo consiguieron,
y ya en poder de la chusma, ésfta cometió con las Hermanitas los actos
más bochornosos y soeces. Algunas monjas fueron sacadas completa
mente desnudas a la calle y muertas a cuchilladas por las mujeres
El odio de dlases llegó a unos extremos durante la tortura di
Málaga, que la plebe enfurecida no perdonó nada. Los mejores ho
telles de recreo die Málaga son hoy un montón dle ruinas y hiearos re
quemados. Los de la Avenida de Prices, en La Caleta, ios die! Limonar,
los dd Valle de los Galanes. Las propiedadies de los Alexa/ndfce, Barca,
Hiñojosa, Pérez Asensáo, Baiema y otros mucho6, han desaparecido. Sólo
se salvaron de la Avenida de Prices los edificios de los consulado* allí
establecidos y Aa famosa Villa Salcedo, en fla que los ix>jos instalaron
sai Comité die SaAud Pública
— 99 —

LA ESCUADRA ROJA Y LA NOCHEBUENA


La escuadra, roja, comandada por el «Jaime I», lltegó a Málaga a
últimos del mes de Julio. Las hordas revodiucionarias dispensaron a los
marinos asesamos un tmuníaJ recibimiento, paseándolos en hombros por
Jas calles. En la Casa del Pueblo, uno ide ios marineros dió una confe­
rencia, explicando cómo la marinería había realizado la sublevación y
apodferado die los mandos, después de asesinar a toda la oficialidad.
Noches hoaribles d!e Málaga, con- sus cuerdas de detenidos y sus
descargas homácidlas en Gibralfaro y La Caleta. Pero quizá ninguna
dfe ellas fué trágioa como la defl 24 al 25 die Diciembre, noche die la
Nochebuena cristiana.
Por la tardle, dos trimotores naoionalies habían bombaindieadb Má­
laga. Quedó destruido el depósito die gasolina de la Campsa, medio
dernumbado el puente die Tetuán y apagados los fuegos die una bate
ría antiaérea allí instalada; diesmoronado el ángulo derecho dlel edificio
de Correos, donde los rojos tenían instalado su Cuartel general. Bom­
bardeo tan. eficaz desató las iras dlel comunismo. En la Plaza die la
Constitución se organizó un mitin fafeta, en el que los oradores invi­
taban die nuevo a la matanza a sus asociados. La chusma salió dei
mitin sediemita de venganza, y por la noche, Málaga fué testigo de
más hocriibue carnicería que registra la Historia. Los crímenes se inicia
ron- en la calle de Martin García, y continuaron pon* toda Málaga. Era
ha caza del hombre, el rencor sediento de sangre, q.ue no respetó incluso
ni a mujeres ni a niños. Aquella noche de Nochebuena se calcula qu¿
quedaron sobre las losas de las calles malagueñas, unos ochocientos
cadáveres, algunos die los oualles eran luego rociados con gasolina y
quemadlos.
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SALVACION DE MALAGA
La tortura de Málaga iba tocando a su fin coo lia proximidad dle las
tropas liberadoras dled general Queipo de Llano. Huían a primeros die
Febrero los lidíeles y directores did comunismo. Los milicianos eo<ns-
trnuíaii tamcheiras paira defenderse dd asalto de las fuerzas nacionalistas.
JE1 general ruso- Kuieber, con el coronel Vi-llauba, llevaban, la dliirec-
ción die la defensa. Pero el heroico Queipo, al faente de sus fuetizas,
■>:íe iba aproximando ca
U da vez más aJ frente dt-
sus columnas. La Radio
anunciaba el peligro en
que se encontraba la du­
dad dle ser tomada poi
los «facciosos». Desde sus eaoood&tes, las pecsomas dle aridlein, desfalle­
cidas, muertas de (hambre, oon el temor reflejado en s«us semblantes,
sonreían, al cabo de ocho meses, por vez primera a Ja esperanza, aguar­
daban angustiados contando los minutos por días.
Había comenzado la evacuación de ¡la ciudad,. vifanernte engaña­
da por los dirigentes ro
jos. Ya las fuerzas na­
cionales estaban en Mar-
bella. Desde la ciudad
se percibían daramente
los estampidos de los
cañones de las tropas li­
beradoras. Huía el' co­
barde Villalba, h u í a
también en avión el ase­
sino d'eft Gobernador ci­
vil en urtión de Kflleber.
De Bjmaimecida, un, -buque, con bandtera inglesa, safliüa dleil puerto llevando
a focuidb ík> más selecto die los maodlos rojos mailaguteños.
Herías después eil' Ejéxito entraba tid-uefallimenibe em Málaga. La
baindena ibiooloc era paseada en triunfo por la calle de Laidos. Málaga
estaba ya saüvadla. Eíl desfile de ios maiciooailes por ed centro de la ciu­
dad, era acompañado con viivas a flor de labio, casi imperceptibíle^
por 9a emoción. Las ¡lágrimas lemmiHes dle o>jos agarrotaban lias gargan­
tas, frustraban ios vítores salidos dd corazón.