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Prólogo

La batalla inevitable constituye un testimonio que se adentra en los


orígenes, desarrollo y clímax de una etapa del proyecto nortea-meri-
cano para liquidar la Revolución Cubana, cuyo desenlace final fue la
derrota de la Brigada de Asalto 2506, en las arenas de Playa Girón.
La obra se sustenta en una acuciosa investigación, donde re-
salta lo inédito o poco conocido. Pero quizás, lo que más llama la
atención y sorprende, es la magnitud del proyecto de la CIA, que
no descuidó ningún detalle, tanto militar, económico como político;
preparación y desencadenamiento de una guerra de insurgencia
en zonas montañosas; verdadera desestabilización subversiva en el
país y su forma más relevante, el terrorismo; el clima psicológico; los
centros de reclutamiento y entrenamiento y la óptima preparación
de estas fuerzas para un enfrentamiento convencional con alcance
limitado y que incluyó en su aseguramiento detalles tan sofisticados
como los sombreros-mosquiteros para protegerse el rostro de las
molestas picadas de insectos; los medios técnicos de que dispusieron,
la integración, estructura de las fuerzas y el trabajo ideológico con
sus miembros; la función manipuladora y hegemónica de los jefes
militares y políticos norteamericanos.
El desastroso fracaso en Playa Girón ha sido uno de los acon-
tecimientos que más análisis, informes, artículos y libros han produ-
cido en Estados Unidos. La profunda amargura que provocó en los
círculos políticos y agencias de la administración, obligaba a efectuar el
recuento de qué había fallado en la casi siempre perfecta maquinaria
bélica norteamericana. Y es difícil, excepto en muy contadas excep-
ciones, encontrar hoy, en la literatura de ese país, una explicación

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el valor, la firmeza, el denuedo y el espíritu de victoria con que lo
hicieron las fuerzas revolucionarias.
De aquí lo extraordinario del alcance de la victoria del pueblo cu-
bano, como seguramente sorprendió al gobierno de Estados Unidos,
que esperaba otros resultados. Y eso solo se explica por el coraje de
un pueblo que vio en el triunfo del 1ro de enero la posibilidad real
de dirigir sus propios destinos, razón por la cual vistió con orgullo la
camisa azul de mezclilla, la boina verde olivo y se dispuso a combatir
con la certeza de que no pasarán.
El hombre que aclamó a Fidel Castro en su recorrido triunfal
por casi toda la isla, durante los primeros días de enero de 1959,
es el que ya convencido de la causa, fusil en mano, el 17 de abril
de 1961, está decidido a resistir y vencer la agresión norteameri-
cana. En ese corto período de tiempo, la obra revolucionaria y, en
es-pecial la prédica de Fidel, calaron hondo en los sentimientos del
cubano. La gente se identificó con los conceptos de soberanía
nacional, justicia social, igualdad, dignidad. La Revolución había
resuelto el problema de la tierra, daba pasos seguros y tangibles para
liquidar la discriminación racial y de la mujer, aseguraba el acceso
de las grandes masas al trabajo, a la educación, a la salud pública,
al deporte, a la cultura; en la conciencia popular se enraizaba la
erradicación de todo tipo de corrupción.
La narración que hace el autor alrededor de los cambios a par-
tir de 1959 en la Ciénaga de Zapata, futuro teatro de operaciones
—además de su valor estético-político—, constituye una demostra-
ción concreta de las realizaciones económicas y sociales alcanzadas
en tan corto tiempo.
“El pueblo cubano vivía momentos cumbres de patriotismo y
fervor revolucionario y el apoyo a la Revolución y a su líder Fidel
Castro mostraba una espiga como nunca antes la había logrado nin-
gún gobernante en el hemisferio” —señalaba el autor y ello será la
causa fundamental de la derrota mercenaria. “¡Levántate, que llegó
la invasión y los americanos están atacando! ¡En la Ciénaga están los
americanos!” Eran las voces que corrían de casa en casa en el pueblo
de Jagüey Grande, el más próximo al escenario del desembarco.
Creían que se trataba de marines yanquis y se iban concentrando en
el local de la milicia, el gobierno municipal y el cuartel del Ejército

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a lo ocurrido en estas playas, que no esté lastrada por esquemas y
presupuestos preconcebidos —ausencia de raids aéreos, dificultades
con los suministros, si la invasión debió haber sido por Trinidad,
o por otro lado..., si esto o si lo otro. En la mayoría de los análisis
norteamericanos no se menciona un factor tan evidente y que a la
postre sería decisivo, con absoluta vigencia 45 años después, como
es el hecho incuestionable de que la población cubana vivía en total
clímax revolucionario, y mantenía una incuestionable cohesión de
ideas políticas con Fidel y, al mismo tiempo, esperaba una invasión,
incluso directa. Para los cubanos se trataba de enfrentar; rechazar y
derrotar una invasión extranjera. Y existe una fuerza más poderosa
que el vapor; la electricidad y la energía atómica: la voluntad de los
hombres.
El autor trata con amplitud la labor de enfrentamiento que
desplegó la Revolución con el objetivo de vencer los planes del ene-
migo. Se destacan las acciones contra el bandidismo, la penetración
del Centro CIA en La Habana y sus organizaciones contrarrevolu-
cionarias en Cuba y Estados Unidos; la lucha contra el sabotaje, que
redujo a cenizas algunos de los más importantes centros comerciales
y diversas industrias del país; la liquidación de los planes de atenta-
dos contra la vida del Comandante en Jefe, los que constituyen un
récord en el período previo a Girón; la labor esclarecedora de Fidel
frente a los planes de intimidación al pueblo, a través de operaciones
psicológicas, donde se evidenció todo el arsenal de me-dios, métodos
y técnicas de la propaganda de guerra subversiva, con sus principales
armas: Radio Swan, las bolas y los rumores, carentes de ética y de
un cinismo inaudito, como aquellas que impulsaron la operación de
la “patria potestad”, encaminada a violentar los más puros valores
de la familia cubana.
Debemos decir que la concepción de la operación, desde el
punto de vista estratégico y táctico, no fue un error; escogieron una
porción de tierra donde podían desembarcar, donde había una pista
de aviación, construcciones, y que estaba separada de la tierra firme
por un pantano, a través del cual solo había tres accesos por carretera
y sobre estos lanzaron a los paracaidistas; venían bien organizados,
bien armados, con un buen apoyo, pero les faltó la razón, la justeza
de la causa que defendían. Por ello no combatieron con el ardor,

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le entregaba un pequeño impreso a cada miliciano para comprobar
el recorrido y se acuñaba en distintos puntos. Esa noche cayó un
tremendo aguacero. Fidel se incorporó, durante la marcha, a una
parte del recorrido, bajo la lluvia. Al siguiente día, por la mañana, a
la hora estimada, no regresaba nadie. Suponíamos que iban a co-
menzar a llegar poco después del amanecer del siguiente día, pero
amaneció y nadie llegó. Como a las diez de la mañana llegaron los
primeros; y así, a las once, a las doce, a la una, a chorritos, la gente
llegaba agotada; y después, sobre cualquier vehículo, los que no
vencieron la prueba.
Cerca de las cuatro de la tarde, reúno a los cuadros de mando
y estoy analizando y criticando, allí en un aula, cuando se abre la
puerta y entra Fidel, le explico. Entonces me ordena que mande a
formar el batallón. Organizamos a aquel despojo. Unos con más
ánimo. Fidel les habló a los milicianos. A los que no habían pasado
la prueba les dijo que para formar parte del batallón era necesario
vencer la prueba de los 62 kilómetros y el que no, que aquello era
voluntario. A los que llegaron primero, los puso a un lado y les dijo
que ellos constituían la “compañía ligera de combate”, que era una
unidad con destino y armas diferentes, la tropa de choque. Al fina-
lizar, expresó a los que no habían vencido que si querían, podían
marcharse; los que decidieran quedarse, tendrían que repetir la
caminata. Nadie se marchó. “¿Cuándo la hacemos?” —preguntó.
Siempre hay exagerados y ahí los hubo. “¡Hoy mismo!”, contesta-
ron muchos enardecidos. Se decidió hacerla dos días después. Y la
vencieron todos.
Es importante decir que los milicianos, durante el tiempo que
duraba el curso, no vivían ni dormían dentro de los edificios, era en
la hamaca, debajo de los árboles; se cocinaba con leña, a la intem-
perie; letrinas rudimentarias en la tierra, sin agua corriente y por
ello sin duchas; no había otra luz que la de la luna y las estrellas y
cuando llovía, era la lluvia y el lodo; todo el día haciendo ejercicios
militares, de noche las guardias. Aquello no era fácil. Y cada batallón
tenía 995 efectivos.
Al finalizar el curso, que duraba dos semanas, se entregaba a
cada miliciano la boina verde que se convirtió en un emblema. La
entrega de la boina era un motivo de fiesta. Las milicias se con-
virtieron en una gigantesca escuela de revolucionarios. Del anoni-
mato de sus filas surgieron los cuadros de mando; no vinieron de

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Rebelde, reclamando armas e instrucciones.
Los millones de cubanos que, como los pobladores de Jagüey,
se dispusieron a resistir, o aquellos que enfrentaron la invasión di-
rectamente y dieron sus vidas o vencieron, o los que neutralizaron la
contrarrevolución interna auténticamente anexionista, sabían por qué
lo hacían. Pero, contrario a lo acontecido a otros pueblos, el nuestro
no estaba desarmado ni desorganizado al producirse la agresión.
Mas, ni siquiera la necesidad de defender la Revolución ante tan
descomunal peligro, llevó a Fidel a hacer concesiones. Ser miliciano
no era fácil. Había que ganarse ese derecho.
Me encontraba en el campamento de la Escuela de Cadetes de
Managua, ubicado en la desembocadura del río La Magdalena, en
la vertiente sur de la Sierra Maestra. Desde allí subíamos al Pico
Turquino. La orden era ascender veinte veces y cuando llevábamos
cumplida la mitad de la misión, recibí la orden de presentarme ante
el Comandante en Jefe, aquí en La Habana. Él me indicó buscar
un lugar para instalar una escuela en la que daríamos cursos a un
numeroso grupo de trabajadores, dirigentes sindicales y estudiantes
seleccionados quienes después dirigirían, a su vez, los batallones de
milicias. Debo decir que cuando tuve contacto con ese primer curso,
ya, por indicación de Fidel, sus integrantes habían escalado cinco
veces el Turquino.
Pocas semanas después de organizado este curso en la Escuela de
Responsables de Milicias en Matanzas se comienzan a organizar los
batallones de milicias. Fidel me manda a buscar para que me hiciera
cargo de dirigir el entrenamiento de los batallones de la capital. Es
cuando nos pregunta a qué prueba los vamos a someter para medir
su voluntad, firmeza, y decisión de ser milicianos.
Recuerdo que Fidel propuso que fueran y regresaran en una jor-
nada desde Managua hasta Santa Cruz del Norte. Buscamos el mapa,
medimos la distancia. Había más de 100 kilómetros, ida y vuelta.
Se requería un hombre de excepcionales condiciones físicas y bien
entrenado para que lo hiciera en una jornada. Era casi imposible.
Finalmente, se escogió la ruta por Managua, saliendo por la carretera
que conduce a Batabanó, hasta San Antonio de las Vegas, de ahí a
la Ruda, saliendo a la Carretera Central, San José, Cuatro Caminos
y regresaban a Managua. Ese es el origen de la famosa prueba de
los 62 kilómetros.
El primer batallón en pasar la prueba y la escuela fue el 111. Se

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castas; obreros industriales, agrícolas, trabajadores intelectuales,
estudiantes.
Los soldados y oficiales del Ejército Rebelde y de la Policía
Nacional Revolucionaria eran sometidos a pruebas también muy
duras. Conocedores de la guerra de guerrillas, apenas comenzaban
a dominar el nuevo armamento y el arte de la guerra convencional,
cuando se produjo el desembarco. Los tanquistas iban por el camino,
hacia la zona del combate, aprendiendo cómo se cargaba el cañón.
Los pocos pilotos que teníamos despegaban en aviones que ellos
mismos calificaban de “Patria o Muerte”; no estaban ni de alta ni
de baja, simplemente volaban por la inventiva de los mecánicos y
el coraje de los aviadores. Los soldados de las columnas principales
eran movilizados constantemente.
Todas esas pruebas, esa concepción de Fidel, que no era nueva, era
de la Sierra, contribuyó mucho a la alta moral de las milicias y de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias; sobre todo en aquellos hombres de
la ciudad que nunca habían tenido una vida tan rústica, día y noche;
tan difícil, a la intemperie, bajo la lluvia, el sereno; factores decisivos
en la derrota de las bandas armadas, de los mercenarios de Girón y
factor importante durante la Crisis de Octubre. Una disposición que
se ha repetido muchas veces y que ya es tradición de nuestro pueblo.
No puede dejar de mencionarse que en ese mismo espíritu,
en esa pasión revolucionaria que impregnó Fidel en la Sierra, en
aquellos tiempos iniciales de la lucha, han continuado educándose
nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias, bajo la dirección de
Raúl, y que son ejemplo de austeridad, honradez, abnegación y
patriotismo.
Una pasión como la que se ha demostrado en los últimos tiempos,
como esas que se ven, sobre todo, ante un peligro real, inminente;
como fue Girón, cuya victoria asombró al mundo y preservó la
Revolución, porque Fidel había desatado la fuerza del pueblo. Solo
así se explica cómo se logró vencer un proyecto tan descomunal y
agresivo como el que se describe en esta obra.

José Ramón Fernández

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