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Mariola Pietrak

Uniwersytet M. Curie-Skłodowskiej w Lublinie

El amor es una droga dura, de Cristina Peri


Rossi, en el horizonte familiar posmoderno

Resumen: El amor y el deseo surcan la gran parte de la narrativa de Cristina Peri Rossi.
De acuerdo con toda definición y concepción de la familia (o relación de la pareja), son
ambos el fundamento de un “paisaje familiar” organizado a base del amor romántico. Un
acercamiento a la novela El amor es una droga dura (1999) desde la teoría de las emociones
permite rastrear las evidencias de la dimensión sociocultural de las emociones, los cambios
producidos en su construcción a partir de la revolución sexual de los 60, así como sus
consecuencias para esta unidad mínima de la sociedad –el constructo “familia”– en grave
desorden según algunos discursos más conservadores (Roudinesco).

Palabras clave: Cristina Peri Rossi, familia, emociones, sexualidad plástica, amor romántico

El deseo es una gramática […]. Sólo el placer es anterior al lenguaje.


Cristina Peri Rossi (El amor es una droga dura)
El seso, el sexo. El sexo es el seso con una tachadura en medio.
Josefina Plá (Antología poética)

Javier, un atractivo hombre de mediana edad y un reconocido fotógrafo publici-


tario de coches y modelos, sufre una hipertrofia cardíaca. Tras una larga conva-
lecencia en diferentes hospitales, primero, y una desintoxicación en una clínica,
después, decide retirarse de la intrépida vida de la gran ciudad –que hasta enton-
ces albergaba sus éxitos profesionales y grandes triunfos sexuales–, para recluirse
en una vida diametralmente opuesta: cambia su vida de “lobo” urbano, adicto al
tabaco, al alcohol y a la cocaína, por una vida sosegada de campo, de fotografía
artística y de estabilidad emocional junto a una compañera sentimental, Gema.
Sin embargo, la estabilidad dura lo que dura un suspiro (seis páginas, exacta-
mente).1 Ciertos trámites burocráticos lo llevan de vuelta al torbellino de la urbe,
que, al momento, lo devora. El encuentro casual con Nora, con la belleza y la
voz de esta joven modelo, lo atrapan y lo arrastran hacia un amor pasional y

1 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 14–16.
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obsesivo, que desarticulará no solo su vida con Gema, sino todos los esquemas
anteriores, incluido el de identidad (de género).
Este es el paisaje (familiar) que despliega la novela El amor es una droga dura,
de Cristina Peri Rossi. No es un caso aislado en la trayectoria de la autora uru-
guaya, afincada en Barcelona. De hecho, los críticos no se cansan de subrayar
su “interés en la pasión amorosa y la contemplación compulsiva del objeto de
deseo” como elementos que disponen la mayor parte de su obra en un continuum
temático. En esta novela, el personaje de Javier de alguna manera reencarna a
aquel protagonista anónimo de Solitario de amor, consumido por el deseo, “con
el agregado de que ahora posee una historia propia que compartir antes del ena-
moramiento”.2 Tampoco es un caso ajeno al escenario más general de la narrativa
femenina de los últimos decenios del siglo XX, marcado por la ausencia de repre-
sentaciones de familias tradicionales y funcionales –por funcional se entiende la
estabilidad (salud) emocional, la existencia de un sentimiento familiar basado en
los lazos afectivos–.3Aunque, en relación con esta novela, deberíamos de hablar
de la ausencia a secas.
¿Por qué, siendo un libro de amor, tal ausencia de familias? ¿No están unidos,
en Occidente, el amor con el amor conyugal y este con el filial, como consecuen-
cia natural el uno del otro? ¿Estaríamos, acaso, ante un paisaje familiar distópico,
fruto del advenimiento de aquella muerte programada de la familia que, según
algunos4, supuso la irrupción de lo femenino en el siglo XVIII? La declinación
del orden paterno –dice Roudinesco en La familia en desorden (2004)– puso en

2 Parizad Dejbord-Sawan, “Imagen, deseo y palabra en El amor es una droga dura de Cris-
tina Peri Rossi”, Revista iberoamericana, 2011 (LXXVII, 236–237), 975–987: 975, 977.
3 Véase, por ejemplo, María del Pilar Martínez Navarro, “Funcionalidad y disfuncio-
nalidad de la familia (Perspectiva de la psicoterapia familiar)”, Anuario Jurídico, 1986
(XIII), 319–326: 320–321.
4 En su reseña del libro de Roudinesco, Martín-Montolíu apunta lo siguiente: “Con
motivo del debate sobre el pacto civil de solidaridad (1999–2003), un grupo de psi-
coanalistas lacanianos decidieron mostrar públicamente su cerrada oposición al reco-
nocimiento legal de las parejas homosexuales en Francia. Argumentaban, en nombre
del psicoanálisis, la defensa de un supuesto «orden simbólico» inmutable. El libro
de Roudinesco pretende fijar históricamente las teorías freudianas sobre la familia y
ser una réplica fundamentada a esas posiciones, a propósito de las cuales ella misma
llega a preguntarse si se trata del anuncio de una agonía conceptual o del signo de una
incapacidad para pensar el movimiento de la historia”. Jaime Martín-Montolíu, “La
familia en desorden”, Aperturas psicoanalíticas. Revista internacional de psicoanálisis
(en línea), 2008 (29), http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000542&a=La-fa-
milia-en-desorden-[Roudinesco-E-2004] [12.04.2016].
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marcha procesos que allanaron el camino no solo al sujeto burgués (las mujeres,
los niños y los homosexuales incluidos), sino también a “la abolición de la dife-
rencia de los sexos y, al final del camino, […] la perspectiva de una disolución
de la familia”.5
Desde la década de 1960, la falta de correspondencia entre la definición domi-
nante de familia y la experiencia de la realidad vivida llamó la atención de ciertos
círculos norteamericanos. Se llegó a afirmar que la familia es un signo que poco
tiene que ver con las familias reales (los grupos que se designan como “familias”)
o, en términos de Bourdieu, que lo que “tomamos por una realidad es una fic-
ción, construida en particular a través del léxico que recibimos del mundo social
para nombrarla”.6 Lo anterior tiene una consecuencia doble: por un lado, se pone
en entredicho el carácter natural –y hasta social– de esta categoría, insistiendo
en su construcción por medio del discurso signado (y limitado) circunstancial
e históricamente; por el otro, se desmitifica el sentimiento familiar como una
invención más del orden moderno.7
El desarrollo de esta segunda línea devolvió interesantes resultados, recogi-
dos bajo el rótulo común de la “teoría de las emociones”, de mucha repercusión
e intensa evolución en las últimas décadas. Desde esta perspectiva teórica, se
postulan las emociones en su dimensión sociocultural e ideológica como  –en
palabras de Katarzyna Moszczyńska-Dürst– “respuestas a estímulos fisiológicos
generadas en el proceso cultural de [su] percepción e interpretación”. Siguiendo
las premisas de la sociocrítica, la profesora polaca precisa que la “totalidad de los
discursos sociales”–desde los textos escritos y las imágenes, hasta los mitos o los
símbolos–, “todo lo que en una sociedad dada se dice y se argumenta, pero tam-
bién se silencia o simplemente ignora”, forja “esquemas y mapas emocionales que
nos preparan para interpretar [y también sentir] los estímulos de una manera u
otra, así como para comunicar nuestra propia historia amorosa en función de
los modelos sociodiscursivos vigentes”.8 Entonces, sin dejar de ser experiencias
inmediatas del cuerpo, fisiología humana, las emociones se sitúan del lado de la

5 Élisabeth Roudinesco, La familia en desorden, Barcelona: Anagrama, 2004, 11–12.


6 Pierre Bourdieu, Razones prácticas: sobre la teoría de la acción, Barcelona: Anagrama,
1997, 126.
7 Véanse Jaber F.  Gubrium, James A.  Holstein, What is a Family?, Mountain View,
CA: Mayfield Publishing Company, 1990 y Edward Shorter, The making of the modern
family, 1975, New York: Basic Books, respectivamente.
8 Katarzyna Moszczyńska-Dürst, “Amor, género y el orden social en El último patriarca
y La cazadora de cuerpos, de Najat El Hachmi”, Sociocriticism, 2012, (XXVII, 1–2),
279–302: 280–281.
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cultura o, para ser más precisos, en “el umbral –dirá Illouz– donde aquello que
no es cultural se codifica en la cultura, donde el cuerpo, la cognición y la cultura
convergen y se fusionan”.9
El enfoque necesariamente historicista de estos estudios pone énfasis no solo
en el vínculo entre las emociones y la cultura; también en la relación existente,
aunque no siempre admitida, entre el amor y la economía.10 Ya en el siglo XVIII,
Adam Smith constataba como un hecho la convergencia (o interdependencia)
de la historia del amor y la de la modernización de la sociedad occidental. Como
explica Bestard-Camps, para este economista escocés, “«el amor, que anterior-
mente era una pasión ridícula, se volvió más serio y más respetable», al ser vin-
culado al desarrollo de la sociedad de mercado”.11Ante la organización “racional”
de la esfera pública y la consecuente transformación de las relaciones sociales,
luego de la disolución del régimen feudal, el espacio familiar centrado en la pareja
conyugal devendría un espacio fuertemente sentimentalizado. Sin embargo, Jo
Labanyi asegura, en su recorrido por la historia de las emociones y del afecto,
que ello no produce (al menos no por el momento) la escisión entre ambas esfe-
ras; al contrario, según aduce, “el Siglo de las Luces no es estrictamente el siglo
de la razón, sino el siglo en que la razón y sensibilidad se complementan como
virtudes cívicas”. El espíritu dieciochesco inventa la sensibilidad precisamente
para instalarla en la base de la sociabilidad ilustrada como aquello que “permite
al individuo contribuir al bien común a través de impulsos sociables como la
simpatía”, creando de paso condiciones favorables a la emancipación femenina.12

9 Eva Illouz, El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales


del capitalismo, Madrid: Katz Editores, 2009, 20.
10 Acerca de la “comercialización” del concepto, véase Eva Illouz, El consumo de la utopía
romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo, Madrid: Katz Edito-
res, 2009, 58. La etimología de la palabra emoción demuestra claramente su relación
con el surgimiento de la teoría liberal y el mercado libre. Si bien existe ya en el siglo
XVI, su uso se consolida en la primera mitad del siglo XIX consagrado por la novela
histórica romántica de Espronceda, Larra, etc., y su inclusión en el DRAE es de 1843.
Jo Labanyi, “Pensar los afectos. Conferencia de Jo Labanyi”, CCCB. Centre de Cultura
Contemporània de Barcelona (en línea), 2016, http://www.cccb.org/es/multimedia/
videos/pensar-los-afectos/223394 [21.04.2016].
1 1 Joan Bestard-Camps, “La familia: entre la antropología y la historia”, Papers. Revista
de sociología, 1991 (36), 79–91: 83.
12 Jo Labanyi, “Pensar los afectos. Conferencia de Jo Labanyi”, CCCB. Centre de Cultura
Contemporània de Barcelona (en línea), 2016, http://www.cccb.org/es/multimedia/
videos/pensar-los-afectos/223394 [21.04.2016], subrayado nuestro.
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La emergencia del concepto de la emoción, en la primera mitad del siglo XIX,


puede entenderse, entonces, como la corrección de la jurisdicción del sujeto libe-
ral con derechos e iniciativa propia. El paso al “individuo autónomo” de la fase
capitalista, “que sabe triunfar en el mercado competitivo gracias a su capacidad
de raciocinio” (seguimos con Labanyi), constituye un giro afectivo que no encu-
bre sus tintes ideológicos.13 Ensalzando la razón como la base (ya exclusiva) de
la sociedad, la nueva organización psíquica, por partida doble, logra contener lo
emocional en los confines de lo privado, lo oculto, lo reprimido, al tiempo que
se arma de recursos para controlar la sexualidad femenina. Roudinesco es explí-
cita al respecto: “¿Cómo abolir el orden monárquico sin poner en entredicho la
potestad paterna y la legitimidad del matrimonio, sobre las cuales se apoyaba?”,
se pregunta. ¿Cómo “poner freno a la amenaza que representaba esa irrupción de
lo femenino, a costa del cuestionamiento del antiguo poder patriarcal”? “Rege-
nerando –se responde– desde dentro los valores de antaño, a fin de que ya no
sirvieran para perpetuar la ideología nobiliaria”.14
El amor romántico reviste esta naturaleza dual decimonónica, de fuerzas
encontradas, de intensas luchas ideológicas. Por un lado, ensalzado en las narra-
ciones de la época, propugna ciertos ideales románticos que determinan modos
de interpretar y vivir el amor. Las prácticas sociodiscursivas, que siempre van
destinadas a crear un marco conceptual para la identificación identitaria de los
individuos, ahora más que nunca se convierten en fuente inagotable de creencias
míticas vigentes o residuales en su mayoría en las sociedades actuales.15 Si bien
codifican sobre todo modelos femeninos (esposa consagrada, madre abnegada)
que vienen a diluirse en uno –el de “ángel del hogar”–, incluyen también com-
portamientos normativos para el sexo opuesto.
Por otro lado, en tanto polo opuesto de la razón, como otras emociones román-
ticas, el amor romántico sigue adscrito a la naturaleza, a los impulsos primitivos

13 Jo Labanyi, “Pensar los afectos. Conferencia de Jo Labanyi”, CCCB. Centre de Cultura


Contemporània de Barcelona (en línea), 2016, http://www.cccb.org/es/multimedia/
videos/pensar-los-afectos/223394 [21.04.2016]
14 Élisabeth Roudinesco, La familia en desorden, Barcelona: Anagrama, 2004, 43.
15 Usamos el término en el sentido que le da Jo Labanyi: “en cualquier momento histórico
se solapan tendencias culturales emergentes, dominantes y residuales, es decir, restos
de momentos anteriores” que, por otra parte, coincide con el concepto crosiano de la
“coincidencia de la no-coincidencia”. Jo Labanyi, “Pensar los afectos. Conferencia de
Jo Labanyi”, CCCB. Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (en línea), 2016,
http://www.cccb.org/es/multimedia/videos/pensar-los-afectos/223394 [21.04.2016];
Edmond Cros, Sujeto cultural: sociocrítica y psicoanálisis, Medellín: EAFIT, 2003.
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e irracionales. Como expresión auténtica del yo, es ante todo impulso antiso-
cial que empuja al individuo a poner sus deseos por encima del bien común.
En el caso extremo del matrimonio por amor, deviene fuerza subversiva bruta
que atenta contra el sistema de matrimonios concertados y contra el capitalismo
mismo, y como tal será temido hasta su normalización a principios del siglo
XX. Es solo en la década de 1930 cuando las dos vertientes convergen en una
nueva narración amorosa que impone el amor romántico como el fundamento
más relevante del matrimonio burgués y la experiencia más deseada y legítima
de la vida de las mujeres. Para entonces, ya se había convertido en “el opio de las
mujeres”.
Desde este punto de vista, parece sintomático que Javier, el protagonista de
El amor es una droga dura, pertenezca al mundo de la industria de la imagen, al
igual que su mujer, Gema. Muchas son las opiniones que insisten en la impor-
tancia de la publicidad y del cine hollywoodense de los años treinta en la consa-
gración y generalización en el imaginario occidental del amor romántico, como
el paradigma amoroso y la base de identidad genérica. Eva Illouz, por ejemplo,
ha demostrado cómo la más mínima referencia al amor aumentaba considera-
blemente el éxito de taquilla, resaltando de nuevo la estrecha relación entre el
amor y la economía.16Asimismo, numerosos ejemplos literarios parecen señalar
una mayor, por no decir exclusiva, influencia de los tópicos románticos en el
comportamiento de los personajes femeninos, más que de los masculinos.
En este caso, curiosamente, es Javier quien parece actuar en función de una
película romántica que reproduce en solitario. Ella, Nora, belleza estática, el
admirado objeto del amor, solo aparece para alimentar el gozoso tormento de
la pasión y para intensificar la sumisión. El primer encuentro, que le provoca
gran conmoción estética y sexual, desencadena una larga y ansiosa espera de
otro reencuentro fugaz. Desde entonces, su vida, cada decisión que toma, está
subordinada a la caprichosa voluntad de la joven mujer: “Sintió una especie de
conmoción, una fuerte sacudida externa, pero diferente a cualquier cosa que
hubiera sentido antes. No tenía que ver sólo con el cuerpo […] La conmoción
era de otra índole, similar a una revelación. Y había accedido a través de los
sentidos”.17 “De todos modos para disimular su turbación desvió la mirada, pero
enseguida comprendió que se trataba de una maniobra inútil […] Comenzó a
transpirar y contuvo un arrebato de ansiedad que podía convertirse en pánico”.18

16 Eva Illouz, El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales


del capitalismo, Madrid: Katz Editores, 2009, 57–58.
17 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 20–21.
18 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 20–23.
El amor es una droga dura, de Cristina Peri Rossi 83

Lo que en psicología se conoce como el síndrome de Stendhal19, aquí responde


a las pautas del amor cortés de finales del siglo XII. Frente al primero, definido por
Peri Rossi como “trastornos psicosomáticos que sufren ciertos individuos ante
la contemplación de la belleza”20, el amor cortés se construye en relación con la
dimensión sexual del amor y con la gran exaltación que acompaña al amor adúltero.
El deseo carnal que un joven caballero (célibe) siente por la dama, por lo gene-
ral casada y de otro estatus social, y el reto del amor imposible que, por tanto, tal
relación representa, constituyen el motor de esta invención literaria considerada,
generalmente, la primera de las revoluciones del campo amoroso, a la que luego
sucederá el mito romántico.21 Así, la narración de Javier, contada episódicamente y
en primera persona a su amigo Francisco, un psicoterapeuta, da cuenta de la evolu-
ción de ese desafío de seducción hacia un amor cada vez más espiritual, aunque no
carente de deseo carnal (o de posesión), cifrado en modificaciones importantes que
sufre el lenguaje y el carácter del protagonista:
—Tú deberías dejar de fumar —le dijo ella. […]
—No suelo intentar dejar las cosas que me provocan placer. —Se descubrió filosofando.
Pero ¿qué estaba diciendo? Se dio cuenta de que la embriaguez de los sentidos que le provo-
caba Nora era tan fuerte que carecía de cualquier importancia el lenguaje. El texto pronun-
ciado, dicho, era sólo un simulacro, una afectación.
[Y añade después:] El enamorado sólo desea hablar de amor; cualquier otro tema le parece
insoportable, superfluo, vano e irrespetuoso.22

19 La exaltación de la belleza propia en ambos fenómenos (“Era el precio de la contempla-


ción de la belleza. ¿Acaso los museos no cobraban la entrada?”, Cristina Peri Rossi, El
amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 38) se ve luego modificada –en
la novela– por el objeto del deseo psicoanalista: “En cuanto a él, Javier, cuando veía a
Nora, sentía deseos de vomitar como si su belleza tuviera un revulsivo insoportable
de digerir. Pero él era un valiente: no huía. En realidad, su desafío mayor era atraparla,
analizar, descubrir la belleza. Poseerla para dominarla, y de ese modo, desentrañarla”
(Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 82–83).
Véase también Elena M. Martínez: “Género y posmodernismo: intención paródica en
El amor es una droga dura de Cristina Peri Rossi”, en Desde aceras opuestas. Literatura
/ cultura gay y lesbiana en Latinoamérica, ed. Dieter Ingenschay, Madrid, Frankfurt
am Main: Iberoamericana, Vervuert, 2006, 209–221.
20 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 73.
21 Katarzyna Moszczyńska-Dürst, “Amor, género y el orden social en El último patriarca y
La cazadora de cuerpos, de Najat el Hachmi”, Sociocriticism, 2012, XXVII, 1–2, 279–302.
22 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 37, 39.
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El desafío de la seducción hecha cuerpo, hecha realidad, supone una segunda


revolución, que no solo se da en el campo amoroso.23 El amor romántico san-
ciona la reciprocidad de sentimientos con el deseo carnal, a través de la familia
moderna. Hasta este momento, la ficción trovadoresca, esa “ridícula pasión”, el
amor carnal, se instala en la base misma de la organización social, marcando, con
ello, el corte definitivo en la historia de la cultura y de la familia en Occidente.
Introduce, a cambio, un nuevo mito en el centro de la lógica moderna.
Esta “ficción dominante” (como la llamaría Kaja Silverman),24 es la masculini-
dad falicizada; poderosa creencia ideológica en la que se sustentan las diferencias
de género, la familia y las demás estructuras sociales derivadas de ellas. Fundada
en la dialéctica castrado/no-castrado, la subjetividad masculina se ve constan-
temente impelida a la economía de posesión y penetración, a la compulsión de
satisfacción del deseo, que por definición permanece insatisfecho. La dramática
confrontación entre la imagen fantasmática de un macho conquistador y com-
petitivo y la naturaleza esquiva del objeto de deseo, se convierte –dice Saona–en
la encarnación de la crisis ya no del sujeto masculino, sino de la subjetividad
posmoderna en general.25 Es, pues, una masculinidad que cae presa de su propia
fantasía, exponiéndose a una perpetua contradicción.26
De acuerdo con Saona, Peri Rossi codifica esta contradicción en deterioro de
la imagen de Javier como “macho” ejemplar, un deterioro revelado en la finitud
de su cuerpo humano y en la frustración del “reiterativo fracaso de sus intentos
de poseer a Nora”, dentro dela lógica fálica del espacio urbano.27 Sin embargo,

23 Anthony Giddens, La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en


las sociedades modernas, Madrid: Cátedra, Teorema, 1998. También asesta un duro
golpe a los matrimonios concertados, convirtiéndose en la expresión del libre albedrío
del nuevo sujeto. Es necesario subrayar, sin embargo, con Giddens, que la asociación
del amor con el matrimonio y la maternidad (“invención de la maternidad”) termina
frustrando el fuerte potencial subversivo que poseía el amor romántico en su primera
vertiente pasional. Anthony Giddens, La transformación de la intimidad. Sexualidad,
amor y erotismo en las sociedades modernas, Madrid: Cátedra, Teorema, 1998, 46, 51.
24 Kaja Silverman, Male Subjectivity at the Margins, London, New York: Routledge, 1992.
25 Margarita Saona, “La masculinidad en crisis: El amor es una droga dura de Cristina
Peri Rossi”, Espéculo. Revista de estudios literarios (en línea) 2007 (XII, 35), https://
pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero35/crimascu.html [12.04.2016].
26 Anthony Giddens, La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en
las sociedades modernas, Madrid: Cátedra, Teorema,1998, 139.
27 Margarita Saona, “La masculinidad en crisis: El amor es una droga dura de Cristina
Peri Rossi”, Espéculo. Revista de estudios literarios (en línea) 2007 (XII, 35), https://pen-
dientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero35/crimascu.html [12.04.2016]. De
acuerdo con la crítica norteamericana, estos elementos se combinan con la lógica fálica
El amor es una droga dura, de Cristina Peri Rossi 85

tampoco puede obviarse la evidente inversión de los roles que el ethos del amor
romántico establece entre ambos sexos. Así, por ejemplo, la reclusión en la habi-
tación del hotel, en la que se exilia luego de conocer a Nora, puede leerse (¿por
qué no?) como una suerte de experiencia mística por efecto de la droga (Javier
pronto reincide en todos sus vicios). También puede interpretarse como una
versión masculina del modelo del “ángel del hogar”: es él quien se queda en el
espacio de lo doméstico, mientras Nora se desenvuelve con éxito en el espacio
público; es él quien se dedica a cuidar su apariencia, mientras espera –pura pasi-
vidad, acción negada adscrita a lo femenino– otro encuentro con ella28; es él
quien, finalmente, soporta con paciencia las distancias de Nora:
Javier imaginó un porvenir desolador: ella, trabajando en la televisión, admirada por
todo el mundo, con incontables citas y amantes, y él, esperándola rabiosamente, espe-
rándola miserablemente, esperándola celosamente, loco de deseo y de ansiedad. […] se
sintió incómodo. El papel no le iba.29

Tal inversión culmina en la simbólica toma de fotografías por Nora, mientras


él eyacula. Si la cámara es como “un falo permanentemente erecto, con el cual
intentaba penetrar la realidad, dominarla, conquistarla y retenerla”30 –como se
dice en otros pasajes del libro–, ¿cómo se debe entender que Nora lo despoje de
ella? Las preguntas que se hace Javier: “¿Era un fotógrafo desprovisto de falo? ¿Le
había cedido su falo a Nora, en el acto de amor más generoso que un hombre
podía hacer?”31, no hacen sino resaltar que, aquí, el único que sigue atrapado
en el fuste cultural romántico es él mismo. El comportamiento sexual de Nora

del espacio urbano marcado por la competitividad: “no tenía ganas de que le pisaran el
terreno. A pesar de la aparente sofisticación de las sociedades ricas, él consideraba que
eran más salvajes que las llamadas primitivas. En las sociedades primitivas, la escasez
obligaba, a menudo, a cierto espíritu de solidaridad y de colaboración. Pero en las socie-
dades de la abundancia, en cambio, había que acotar el territorio, vallarlo, custodiarlo,
eliminar a los rivales, enfrentarse a los enemigos, cerrar el paso a los machos jóvenes
dispuestos a derrocar a los jefes y competir duramente por las hembras” (Cristina Peri
Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 10). Sin embargo, entra
en contradicción con la visión de la ciudad como “una gran loba hambrienta, [que]
deglutía, consumía vorazmente objetos y personas” (Cristina Peri Rossi, El amor es
una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 55).
2 8 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 50–56.
29 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 39, 47.
30 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 21.
31 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 221.
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presenta características propias de la siguiente fase en la evolución del campo


amoroso.
La sexualidad plástica viene a ser, a grandes rasgos y en términos de Gid-
dens, una sexualidad “separada de su integración ancestral con la reproducción,
el parentesco y las generaciones”, que, junto con la difusión de la moderna con-
tracepción y de las nuevas tecnologías reproductivas, constituye la “condición
previa de la revolución sexual” de la segunda mitad del siglo XX:  “La sexua-
lidad plástica puede quedar moldeada como un rasgo de la personalidad y se
une intrínsecamente con la identidad. Al mismo tiempo –en principio– libera la
sexualidad de la hegemonía fálica, del desmedido predominio de la experiencia
masculina”.32
No es extraño, pues, el desfase que se produce en la conversación de los per-
sonajes de Peri Rossi, en relación con su vida sentimental:
—¿Casarme?  —repitió ella, muy asombrada. […] detesto los compromisos emocio-
nales. A  él la expresión […] le resultó algo extraña. […]  —¿Quieres decir que no te
enamoras? —intentó simplificar. —Claro que me enamoro.— respondió Nora, visible-
mente molesta. (“Algo va mal en este diálogo”, pensó Javier. “Algo, o todo el diálogo en
sí mismo”)33.

Salta a la vista, sin embargo, la insistencia de Peri Rossi en la separación de la


sexualidad, no solo de las necesidades de la reproducción, sino también del
matrimonio y la familia. Si la primera tiene sus raíces en el siglo XVIII, con la
restricción del número familiar, la vinculación del sexo con la familia coincide
con la normalización del matrimonio por amor, que solo se desvincula en las
pasadas décadas.34 Denuncia, de paso, un fuerte trasfondo de las relaciones del
poder y la investidura cultural:  hablando el lenguaje de Roudinesco, el terror
a la irrupción de lo “femenino no adherido a la función materna” encierra la

32 Anthony Giddens, La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en


las sociedades modernas, Madrid: Cátedra, Teorema, 1998, 35, 12.
33 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 41–42.
34 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 34–35,
48–52. Menor mortalidad de los niños, cambio del carácter del núcleo familiar basado
en el sentimiento familiar, así como el desarrollo de los estudios demográficos (como
los de Malthus), son los principales factores que inciden en el control del número de la
descendencia (planificación familiar). Roudinesco habla de la “maternalización” de la
célula familiar como consecuencia de la organización de la familia burguesa (afectiva),
en la que pasan a tener lugar preponderante el niño así como el amor y la sexualidad
de los cónyuges. Élisabeth Roudinesco, La familia en desorden, Barcelona: Anagrama,
2004, 104–110.
El amor es una droga dura, de Cristina Peri Rossi 87

sexualidad femenina en la noción de la “mujer respetable”, inscribiendo el amor,


la pasión y el sexo en el núcleo de la institución matrimonial.35 También en una
normatividad sexual prescriptiva sujeta a la masculinidad fálica, renqueante,
como se ha visto.
Aun cuando afecta a las mujeres principalmente (en la realización de sus rei-
vindicaciones del placer sexual), de forma directa o indirecta alude también a
la sexualidad masculina. Concebida como descentrada, presupone el corte de
la relación  –obligatoriamente dependiente– entre el deseo masculino fálico y
el objeto mismo del deseo. La liberación de la identificación proyectiva de este
amor, que Giddens llama “confluente”36, abre camino a la configuración de mas-
culinidades nuevas (en plural), cuya emergencia constatan tanto Silverman,
como Giddens o la misma Peri Rossi. Hacia el final de la novela, Javier renuncia
a la intención de poseer a Nora. Nora, en cambio, siente la necesidad de cuidar al
otro. Abrirse uno a otro, afectar y ser afectado, es la condición indispensable para
una relación que lejos de ser dependiente –droga dura– sea una relación pura.
Oposición perfecta del amor romántico, calibrado en función de los roles
sociales de los sexos, la “relación pura” es “una relación de igualdad sexual y
emocional”. Por consiguiente, tendrá “connotaciones explosivas respecto de
las formas preexistentes de las relaciones de poder entre los diversos papeles
sexuales establecidos”.37 Efectivamente, desasido del cincho cultural, el placer
sexual adquiere dimensiones de experiencia anterior al lenguaje38, lo que per-
mite, o al menos crea, condiciones para una unión absoluta. Para Peri Rossi,
estos requisitos se ven cumplidos en las relaciones homosexuales (lesbianas, más
exactamente), en las que están ausentes las normas culturales impuestas a los

35 Élisabeth Roudinesco, La familia en desorden, Barcelona: Anagrama, 2004, 104–110.


36 Anthony Giddens, La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en
las sociedades modernas, Madrid: Cátedra, Teorema, 1998, 53.
37 Anthony Giddens, La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en
las sociedades modernas, Madrid: Cátedra, Teorema, 1998, 11–12.
38 En estado de máxima embriaguez, el personaje masculino confiesa: “«Soy un adicto,
tengo que llenarme de algo. De humo, de alcohol, de objetos capturados con la mirada,
de cocaína, de deseo. No hay nada que tense más que el deseo, que llene más, que vuelva
más dependiente». La voz, las voces, no balbuceaban. Tenían una correcta sintaxis. «El
deseo es una gramática», acotó. «Sólo el placer es anterior al lenguaje»” (Cristina Peri
Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 130). Es lo que buscaba
en su pasado afectivo, anterior a la socialización: “Sólo quería escuchar […] el latido
del píloro, el regurgitar de la laringe, el espasmo involuntario del estómago. Ése era el
lenguaje del cuerpo. […] Quería un cuerpo anterior al lenguaje, asocial” Cristina Peri
Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 87.
88 Mariola Pietrak

comportamientos y a las mentalidades de géneros.39 Las normas son transgre-


didas al concebir el lesbianismo como una conducta sexual llevada a cabo por
voluntad propia, como una elección. Es por ello por lo que Javier experimenta
emociones desconocidas, prófugas del lenguaje, durante el encuentro erótico
con Nora y su actual pareja, Andrea: “De pronto se dio cuenta de que no tenía
urgencia por follar. Los tres estaban compartiendo algo que no tenía nombre,
algo que les daba bienestar, algo sin ansiedad, sin angustia, sin prisa, sin finalidad
orgásmica”.40 Estas transgresiones también son posibles en las relaciones hete-
rosexuales, siempre y cuando las acompañe una reestructuración genérica de
la intimidad, que deseche los espejismos de las falsas subjetividades modernas.
Con ello, los pasajes familiares actuales, posmodernos, se alejan resueltamente
de la definición dominante de la familia afectiva burguesa. Sin embargo, ¿real-
mente hay lugar para la categoría de distopía? A juzgar por el siguiente aserto de
Roudinesco, la discusión se desenvuelve más en términos de la conceptualiza-
ción de la familia, de lo que la familia es y lo que debe ser:
La definición de una esencia espiritual, biológica o antropológica de la familia, fundada
en el género y el sexo o en las leyes del parentesco, y la definición existencial, inducida
por el mito edípico, son sustituidas por la definición horizontal y múltiple inventada
por el individualismo moderno y disecada de inmediato por el discurso de los peritos.
Esa familia se asemeja a una tribu insólita, una red asexuada, fraternal, sin jerarquía ni
autoridad y en la cual cada uno se siente autónomo o funcionarizado.41

La abolición de la diferencia sexual como base de la célula familiar puede ate-


morizar o complacer, según las expectativas, pero no puede determinar que
la familia esté en desorden. El testimonio de Peri Rossi rinde cuentas sobre el
advenimiento de nuevas variaciones modales de la familia, que cumplen su rol
social. Los “pactos civiles de solidaridad”, que precisamente inspiran el libro de
Roudinesco, y que tanto temor producen entre los círculos conservadores, res-
ponden al proceso natural e inevitable de evolución que, como se ha visto, viene
sufriendo la organización familiar a lo largo de los siglos.42

39 Anthony Giddens, La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en


las sociedades modernas, Madrid: Cátedra, Teorema,1998, 65.
40 Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura, Barcelona: Seix Barral, 1999, 227.
41 Élisabeth Roudinesco, La familia en desorden, Barcelona: Anagrama, 2004, 170.
42 En todo caso, se trataría del “desorden” de un tipo de familia (la familia conyugal
moderno-industrial, nuclear, biparental) y no familia en general, como ya había cons-
tatado Elisabeth Beck-Gernsheim, La reinvención de la familia: en busca de nuevas
formas de convivencia, Barcelona: Paidós, 2003.
El amor es una droga dura, de Cristina Peri Rossi 89

Javier y Gema, Andrea y Nora, ¿Nora y Javier? (el desenlace no está claro) pre-
sentan nuevas formaciones familiares que coexisten en el tiempo con las moda-
lidades más o menos tradicionales. La “coincidencia de la no-coincidencia” o la
“sincronía de lo no sincrónico”; es decir, la coexistencia en el tiempo y espacio
“de valores, valoraciones, identidades y otredades pertenecientes a mundos dis-
tintos, e incluso, contradictorios”43, apuntan a que son procesos todavía no con-
clusos, objeto de profundas tensiones “en los que se hallan implicados intereses
sociales de fundamental importancia”.44

43 Katarzyna Moszczyńska-Dürst, “Amor, género y el orden social en El último patriarca


y La cazadora de cuerpos, de Najat El Hachmi”, Sociocriticism, 2012, (XXVII, 1–2),
279–302: 300.
44 Edmond Cros, Sujeto cultural: sociocrítica y psicoanálisis, Medellín: EAFIT, 2003, 137.