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MIGUEL CATALÁN

LA LIBERTAD DE OPINIÓN

EN TIEMPOS DE GUERRAi

(Articulo publicado en: Comunicación y Estudios Universitarios, X

(2001), pp. 141-146).

por Miguel Catalán


Immanuel Kant describió mejor que nadie cuál es el significado profundo de la libertad de

opinión. Fue hace más de doscientos años, en un artículo titulado “¿Qué significa orientarse en el

pensamiento?”. La libertad de opinión entendida como libertad de hablar o escribir no extrae su

inmenso valor para la sociedad moderna, señala Kant, del hecho de que al prohibirla o menoscabarla

se está limitando la comunicación del pensamiento de sus integrantes, sino del hecho de que impide

el propio pensamiento entendido como tarea colectiva. Dicho de otra manera, la única forma de que

se produzca entre la ciudadanía un pensamiento competente acerca de lo público reside en la

posibilidad de hacer público el pensamiento de sus individuos: «Puede decirse, por tanto, que aquel

poder exterior que arrebata a los hombres la libertad de comunicar públicamente sus pensamientos,

les quita también la libertad de pensamiento: la única joya que aún nos queda junto a todas las

demás cargas civiles y la única mediante la cual puede procurarse remedio a todos los males de ese

estado»ii. Siglo y medio más tarde, John Dewey parecía estar refiriéndose a la idea del “pensamiento

en voz alta” como forma característica de pensamiento de una sociedad liberal cuando escribió en

La reconstrucción de la filosofía que la prueba que sirve para decidir si un supuesto bien es

auténtico o espurio nos la proporciona su capacidad para resistir la publicidad y la comunicación.

Valores que en tiempos de guerraiii resultan objeto de las dudas más lacerantes pueden darse

tan por supuestos al cabo de un dilatado período de paz social que lleguen a convertirse para

muchos, sin embargo, en una especie de incómodo lujo. Así ocurre con las libertades de opinión o

de información, a las que se juzga con excesiva frecuencia como porciones del sistema de libertades

con relativa poca importancia sobre la vida real de los ciudadanos. No es extraño hoy en día que se

pregunte en general por qué razón la libertad de opinión o de información reciben en un buen

número de decisiones judiciales un tratamiento preferencial a los del honor o la propia imagen o,

como lo expresa J. L. del Hierro, por qué razón se ha de contemplar la libertad de información como

una libertad preferente, necesitada de un núcleo resistente y constitucionalmente indeclinable, capaz

de resistir el embate de otros derechos constitucionales iv.


Las razones históricas de esta prelación, que no son sólo de orden legal, sino también moral,

se pueden rastrear en aquellos pasajes de la historia moderna que, debido a su propia

excepcionalidad, han puesto en entredicho el sistema de libertades y de garantías públicas. Hemos

escogido un periodo y una nación, el relativo al conflicto de la segunda guerra mundial en EE. UU.,

en que el régimen de libertades democráticas se vio amenazado desde dentro, por sus propios

beneficiarios, debido al empuje de los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX.

El pragmatista John Dewey (1859-1952), acaso el pensador norteamericano más influyente

en la época que nos incumbe, fue durante el primer tercio del siglo XX un filósofo marcadamente

crítico con lo que denominaba un liberalismo mal entendido o bastardeado en su país: aquel finance

capitalism según el cual las fuerzas económicas y, en especial, las actividades de los grandes

empresarios norteamericanos, no debían rendir cuentas al Estado ni depender del control de la

sociedad a través de sus instituciones políticas y legislativas. Dewey tampoco tuvo inconveniente en

reconocer públicamente —fue en 1924— la inferioridad de las instituciones académicas americanas

al compararlas con las europeas en lo tocante a lo que él llamaba "liberalidad de pensamiento"v que

el hiperespecialismo del profesorado americano estaba poniendo en peligro, es decir, en lo tocante al

cultivo de una cierta amplitud de intereses intelectuales que les permitiera opinar de manera

informada y competente sobre asuntos comunes: «En tanto cierto grado de especialismo es

indispensable —escribió—, en exceso contribuye al empobrecimiento de la mente»vi. Y, sin

embargo, Dewey fue también el pensador que perfiló con más negras tintas la propuesta de suprimir

en su país de forma provisional las libertades de comunicación y expresión, considerada por muchos

intelectuales norteamericanos como una medida prudente en tiempos de guerra.

Comentaré en lo que sigue un conjunto de textos deweyanosvii, algunos de los cuales

aparecieron en el transcurso de la II Guerra Mundial. Aunque todos ellos tratan de la libertad de

expresión como fundamento moral de la democracia, me centraré principalmente en un address

titulado Religión y moralidad en una sociedad libreviii. Este documento fue leído el 18 de mayo de
1942, mediado ya el conflicto bélico, en el Hollins College de Virginia, durante la conmemoración

del centenario de aquel establecimiento universitario.

La motivación de Religión y moralidad... responde al hecho de que a aquellas alturas de la II

Guerra Mundial, cuando las potencias del Eje parecían encontrar expedito el camino de las

sucesivas invasiones y los aliados aún no habían obtenido sus primeras victorias significativas,

algunas voces en EE.UU. se empezaban a preguntar en voz alta si una prensa libre no sería una

fuente de debilidad nacional en épocas de confrontación armada como aquélla, en donde, por

ejemplo, se aducía que las noticias adversas llegadas de Europa causaban desánimo entre la

población civil.

La forma indirecta en que podía infiltrarse por el camino de la excepcionalidad la violación

constitucional de un valor central de la democracia americana (recordemos que la Declaración de

Derechos de Virginia de 1776 exaltaba la libertad de prensa como "uno de los grandes baluartes de

la libertad" que no podía ser restringida "a no ser por gobiernos despóticos", que uno de los

founding fathers de la nación, James Madison, defendió la libertad de prensa como “el único

guardián eficaz de cualquier otro derecho”, y por último que la primera enmienda del Bill of Rights

a la Constitución de 1787 impidió en lo sucesivo al Congreso la facultad de promulgar leyes que

limitaran la libertad de prensa o de palabra) es la que hace preguntarse a Dewey por los elementos

morales de la fe en la libertad de opinión y publicación.

La tesis deweyana vendría a resumirse en el siguiente razonamiento: si fuera cierto que las

libertades de opinión y publicación se limitan a expresar, como afirman sus adversarios ideológicos

al otro lado del Atlántico, un conjunto de intereses egoístas o particulares desgajados del interés

público de la nación, entonces lo expresarían por igual en tiempos de guerra y en tiempos de paz,

con la única diferencia de que en el primer caso sus efectos desintegradores resultarían más

evidentes y acelerados. Por tanto, cabía preguntarse si el cambio de opinión sobre la importancia de

tales libertades podría obedecer en el fondo menos a una cuestión de prudencia o casuística que a
una cuestión de principios morales y políticos (cabía preguntarse si la Alemania nazi no estaría

ganando la primera batalla en el campo de la confianza de los ciudadanos libres en sus instituciones

típicas).

Dewey comienza en su address por vindicar el trasfondo moral de la contienda que divide

en dos al mundo industrializado: una guerra que a su juicio confronta dos concepciones filosóficas,

antropológicas y sociales diferentes. A un lado se alinearían el idealismo filosófico, el estatalismo

político y el absolutismo moral; herederos en su conjunto de una tradición histórica según la cual la

mayoría de la población no se encuentra preparada para decidir por sí misma sobre la marcha de los

asuntos públicos; de esa tradición proceden los valores de la disciplina, la obediencia y el

autoritarismo, los cuales conllevan a su vez la abolición o, al menos, la fuerte restricción de las

libertades de pensamiento y opinión. Al otro lado se hallaría la concepción democrática liberal,

surgida a raíz de "los cambios en la ciencia y la industria"ix, la cual entiende la paz social como un

resultado del consentimiento de los ciudadanos, promueve los valores de la creatividad, la

comunicación y la libre concurrencia de ideas y valores, y por último protege la libertad de los

individuos frente al poder de la autoridad. Esta diferencia de concepción del mundo o

Weltanschauung entre ambas tradiciones fue expuesta con algunas variantes en el mismo año 1942,

en el prólogo deweyano a la segunda edición de su German Philosophy and Politicsx: a un lado se

encontraría el “principio autoritario de la imposición”, con su intento de alcanzar el ideal de una

comunidad unida (una sociedad volkische o popular) mediante la imposición, pero también

mediante la propaganda y la educación ideológicas, de unas verdades absolutas e incontrovertibles,

y al otro lado el “principio democrático de la comunicación”xi, que busca alcanzar el ideal de la

comunidad mediante la conexión y el consenso de los individuos y asociaciones de individuos, “de

abajo arriba”.
Cuando Dewey, en su labor de retracción en busca de la raíz de una y otra concepciones del

mundo que están batiéndose en los campos de batalla se pregunta por el quale de la diferencia, la

establece en la “libertad de la inteligencia”.

Dewey estima que en el corazón de la pregunta: «¿no podría ésta o aquella opinión

equivocada (p. ej., la opinión de que la guerra debe abandonarse), mantenida por personas

influyentes, desalentar al resto de la sociedad de manera que se produzca un estado indeseable de

desorden o falta de confianza en la nación?» late la disparidad clave entre un tipo de sociedad

autoritaria (de la cual el totalitarismo es la más reciente de sus formas) y un tipo de sociedad

democrática. Si en periodo de guerra se cede a la tentación de hacer uso de las posibilidades

uniformadoras que confiere la autoridad gubernamental o legislativa para acallar las voces

discordantes o divergentes, no se hace por una cuestión de prudencia, sino porque se piensa que en

sí misma es más eficaz. Ahora bien, si se decide conculcar la libertad de pensamiento, hay que saber

que se está optando por el principio del absolutismo moral.

En el retrato sin claroscuros que hace Dewey, el principio de absolutismo moral se halla

enquistado en la creencia de que las verdades por las que una sociedad debe ser gobernada se

encuentran en manos de “un pequeño grupo ilustrado” (los “líderes patrióticos” en la versión del

nacionalsocialismo y el fascismo, la “minoría consciente” en la versión del marxismo-leninismo) al

que la “masa” o el “pueblo” debe disciplinada obediencia. Por tanto esa minoría no sólo puede sino

que debe, en base a su superioridad moral, decidir qué debe o no debe saber la población. Dewey

sugiere que si se imita la conducta de Alemania al “inculcar” desde arriba las “verdades” morales en

vez de seguir el método democrático de “construir” desde abajo el consenso de las ideas, lo que se

está haciendo es dar la razón a sus adversarios en el combate ideológico que se esconde tras las

armas, y con ello darse por vencidos de antemano al asumir el código moral autoritario para el tipo

de sociedad que se defiende. Lo que propone Dewey es, por el contrario, entender la libertad de

conciencia y de expresión como la causa de las otras libertades, y no como su consecuencia; contra
el monopolio de la verdad últ ima, propone “ampliar el área de libre investigación y de libre

comunicación”. Como ha indicado Robert W. Westbrookxii, Dewey también se opuso firmemente

en los peores momentos de la guerra a secundar a aquellos que pretendían luchar contra Hitler en su

propio terreno, compitiendo con él en la “fundamentación” de una serie de “principios morales

absolutos de la democracia”. En “The One-World of Hitler´s National Socialism”, Dewey opinó a la

contra que la aducida debilidad ideológica y propagandística de la democracia americana no se

solucionaba con menos democracia, sino, al contrario, con más democracia: sólo podía solucionarse

profundizando en el modo de vida democrático, en sus métodos y sus fines propios, es decir, en la

educación según los valores del pluralismo y la convivencia, en la paciente observación de la

realidad empírica siguiendo los métodos de la ciencia y en la armonización de los intereses

particulares mediante la comunicación y la libre competencia de ideas. Es cierto que no alcanzaría la

“certeza racional” del idealismo alemán, pero a cambio sí alcanzaría la “convicción razonable” del

empirismo británico. No cuesta mucho confirmar, por nuestra parte, que es en esa segunda tradición

filosófica donde la libertad de opinar e informar ha tenido su defensa más brillante y sostenida.

Entre sus primeros modeladores se cuenta John Milton, que defendió en su Areopagítica la libertad

de prensa; en esta obra de todavía deliciosa lectura Milton se opone a la orden de supresión de la

libertad de imprenta dictada en 1643 por el Parlamento inglés. El autor de El paraíso perdido

propuso allí la conveniencia de publicar tanto las ideas buenas como las malas, y lo hizo con el

argumento de que a la larga estas últimas caerían en descrédito por sí mismas, sin necesidad de que

fuesen prohibidas por las autoridades; además, los lectores ganarían en sabiduría al verse obligados

a discernir continuamente por sí mismos entre lo bueno y lo malo; Milton proclamaba con

sorprendentes visos de modernidad que la verdad sólo podía lograrse con la libre exposición de las

tesis rivales en la arena pública ante el examen ilustrado de los lectores, y adelantaba ya la gráfica

opinión de John Stuart Mill según la cual sin una opinión completamente libre nuestra civilización

terminaría por “osificarse”. No muy otra es la concepción que Dewey mantiene de las virtudes del
espacio público para discriminar el valor de las nociones políticas: aquellas ideas o prejuicios acerca

de la vida en común que pueden triunfar en el seno de un pequeño grupo debido a la falta de

contacto con el mundo exterior muestran toda su inanidad o estulticia apenas se someten a la

consideración de un público más amplio.

Ante la pregunta: ¿por qué tanta importancia a la libre comunicación?, Dewey xiii responde

con un argumento antropológico: «la esencia de la sociedad humana es la comunicación». En

“Challenge to Liberal Thought” xiv ya señaló Dewey que «la comunicación es el rasgo que separa

definitivamente al hombre del resto de las criaturas», y en “The Crisis in Human History”xv viene a

indicar que la intercomunicación por el habla es una propiedad intrínseca de la naturaleza humana

sin la cual el desarrollo del individuo simplemente se estancaría.

Mediante el lenguaje, cada nueva experiencia satisfactoria y cada nuevo descubrimiento

pueden ser comunicados a los demás, convirtiéndose a partir de ese momento en una porción del

patrimonio común. Cuando el totalitarismo se preocupa tanto por silenciar las opiniones adversas,

por absorber las escuelas, la prensa, los libros, la radio, está sin saberlo rindiendo un tributo a la

sociedad libre, porque lo que hace es apropiarse de su principal fuente de progreso. Y aquí reside la

diferencia cualitativa respecto a la libertad de comunicación: la democracia moral reposa en la

creencia de que, puesto que no hay un sistema cerrado de verdades ya en posesión de una minoría

que la autorice a reprimir o suprimir ideas contrarias, las verdades se encuentran abiertas a una

continua búsqueda, comunicación y discusión pública. Esa libertad optimista que confía en todas las

potencialidades del ser humano afecta a los medios y los fines que las actualiza.

Así pues, en opinión de Dewey, siendo la libertad de expresión un derecho histórico

conquistado a costa de grandes dificultades y sacrificios, no se posee en ningún caso de manera

permanente, de una vez y para siempre, sino que hay que sostenerla y ampliarla con esfuerzo cada

vez; por tanto, tampoco se puede ceder por razones tácticas sin poner en peligro su futuro. Al ceder

a la pretensiones de cercenar la libertad de expresión en cualquier época se está significando que la


libertad de conciencia, investigación y expresión, raíz moral de nuestra sociedad, pueden suprimirse

en aras de la unidad de la nación. Dewey tildó de grave error aquella convicción, ampliamente

compartida por distintas ideologías, de que se puede llegar llegar a fines libres siguiendo métodos

totalitarios. Y señaló el error contrario de Hitlerxvi: «A partir de las necesidades de su propia

campaña por el poder, comprendió [Hitler] que para que un pueblo sea fuerte debe estar unido.

[Pero] él nunca comprendió el principio moral (...) de la democracia norteamericana: que esa unidad

es más fuerte y resistente cuando es obra de un consentimiento voluntario continuamente recreado,

que a su vez es producto de la comunicación continua, las reuniones, las consultas, los contactos; del

libre dar y tomar de seres libres. Él pensaba que debía ser el producto de la fuerza y del tipo de

propaganda que sólo es posible mediante la supresión de la libre expresión, publicación, reunión y

educación».

En este conjunto de artículos que difícilmente podían dejar de ser “de combate” en favor de

su país visto el momento en que están redactados (el propio Dewey había escrito en 1924, en el

período de entreguerras, que el estado de guerra introduce en los humanos un arduo dilema: o

lealtad beligerante a su propia comunidad o un pacifismo cercano a la pasividad moral), nuestro

autor juzga esa supresión en su propio país de la libertad de opinión como el mejor homenaje a sus

adversarios y como una amenaza para la supresión de la democracia sólo comparable a la victoria

por las armas de las potencias del Eje. Quizá cabría concluir este repaso a la lección de enérgica

confianza en el modo de vida democrático que John Dewey dio en su tiempo con una advertencia

para todo futuro: “La guerra contra un poder totalitario —escribió Dewey hacia la mitad de la II

Guerra Mundial— es una guerra contra una forma agresiva de vida que sólo puede mantenerse viva

mediante la extensión constante de su esfera de agresión. (...) Y usando los mismos métodos de

organizar cada aspecto de la ciencia y cada forma de teconología para imponer un servil corsé de

conformidad, al cual se le da el alto título de unidad social. Estamos comprometidos por el reto

dirigido a todo elemento de una forma democrática de vida para usar el conocimiento, la tecnología
y cada forma de relación humana con el fin de promover la unidad social mediante el libre

compañerismo y la libre comunicación»xvii.

i
Este trabajo se encuentra vinculado a la investigación individual sobre la obra política de John
Dewey que, a su vez, forma parte del proyecto de investigación GV00-158-08 para grupos de
investigación I+D emergentes. Este proyecto de investigación se halla integrado en el Plan
Nacional de Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico bajo el título de La teoría de la
democracia ante los desafíos contemporáneos: competencia cívica y globalización, y está dirigido
por la profesora de la Universidad de Valencia Dª Mª Pilar González Altable.
ii
Kant, Immanuel, “¿Qué significa orientarse en el pensamiento”, en En defensa de la
ilustración, Alba: Barcelona, 1999, pp. 165-182.
iii
Algunos de los artículos que escribió John Dewey en torno a la guerra y su posible
erradicación han sido traducidos y comentados en: Catalán, Miguel, Proceso a la guerra
(Valencia: Alfons el Magnànim, 1997).
iv. Del Hierro, J. L., "Libertad de prensa", en Benito, A. (ed), Diccionario de Ciencias y Técnicas
de la Comunicación, Ed Paulinas: Madrid, 1991, pp. 869-870.
v. “The Liberal College and Its Enemies”, en Dewey, John, Collected Works, Illinois: Southern
Illinois University Press, 1969-1991 (en adelante: O. C.), Middle Works, 15: 205-211
vi
Ibídem.
vii
"Religion and Morality in a Free Society", "Contribution to Democracy in a World of
Tensions", "Why I selected "Democracy and America" y “The One-World of Hitler´s National
Socialism”.
viii. Dewey, John, "Religion and Morality in a Free Society", en Dewey, John, O. C., Later Works,
vol. 15, pp. 170-183.
ix. Op. cit., p. 173
x
Dewey, J., “The One-World of Hitler´s National Socialism”, en O. C. / Middle Works, 15: 445.
xi
Ibídem.
xii
Westbrook, R. W., John Dewey and American Democracy, Nueva York: Cornell University
Press, 1991.
xiii. Dewey, en "Contribution to Democracy in a World of Tensions", O.C. / Later Works, 16: 403,
observa que "la Constitución en su estado original no contenía ninguna garantía del derecho
político primario -el de tomar parte, a través del ejercicio del sufragio, en la selección de las
autoridades que constituyen el cuerpo gubernamental-. El, en principio, muy restringido derecho
del sufragio se ha extendido paulatinamente gracias a las libertades particulares que estaban
garantizadas: aquellas de la libre discusión pública de asuntos que conciernen al bienestar del
pueblo.
xiv. Dewey, J., O.C. / Later Works 15: 266
xv. Dewey, J., O.C. / Later Works 15: 210.
xvi. Dewey, J., "Why I selected "Democracy and America" ", en O.C. / Later Works, 15: 367.
xvii
Dewey, J., “The One-World of Hitler´s National Socialism”, ed. cit., p. 446.