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Ana María Vargas Gómez

Reseña

La guerra al despertar

“Dijo Chesterton que es natural que lo real sea más extraño que lo imaginado, ya que lo
imaginado procede de nosotros, mientras que lo real procede de una imaginación infinita”
[CITATION Jor \y \t \l 9226 ] Esta cita del texto Acerca de mis cuentos de Borges, célebre
escritor argentino, vuelve a mi mente cada vez que me acerco a un texto, película o imagen
que me sobrepasa al momento de pensar en la realidad, en el qué pasó o en el cómo paso
algo. La realidad y la imaginación son inherentes al ser humano, de las que, por más que
queramos, no podemos alejarnos del todo: no podemos refugiarnos en la imaginación por
completo, ni podemos hacerlo en la realidad. Estos dos elementos funcionan uno junto al
otro; cuando necesitamos llenar espacios vacíos de nuestra memoria, cuando necesitamos
comprender las cosas mejor, cuando necesitamos confort, o simplemente cuando queremos
encontrar una manera de entender una historia –como la de una película– a la que puede
que nos sintamos ajenos, es por medio de la imaginación y la realidad que una animación
documental como lo es Vals con Bashir nos impacta y nos deja pensando.

Esta película israelí, estrenada en el 2008, comprende también estos elementos


mencionados anteriormente, ya que, la imaginación y la realidad son el centro de esta
historia, permitiendo que algo tan crudo como lo es la guerra llegue al espectador, así como
al mismo personaje del filme: Ari Folman. Él, que también dirigió, escribió, produjo y
protagonizó el documental, nos cuenta su propia historia –su propia vivencia– tras 20 años
de haber estado en el frente de la guerra Palestina como un militar de la Fuerza de Defensa
de Israel. Sin recordar nada con claridad sobre su periodo en este conflicto, excepto una
escena en la que está bañándose en el mar junto a otros compañeros mientras presencian la
masacre de Sabra y Chatila –trágico evento en el que murieron aproximadamente 3000
personas, a día de hoy sigue sin saberse el número exacto–, decide emprender un viaje de
reconstrucción de su propia memoria, ¿ese único momento que recuerda es imaginación?
¿Es su mente evitando que recuerde algo más traumático? ¿Es lo que de verdad pasó?
¿Cómo pasó? Es con estas preguntas en su cabeza que comienza a indagar, entrevistar y
acercarse a sus antiguos compañeros y amigos que estuvieron en ese mismo lugar con él
para lograr encontrar ese punto en el que imaginación y realidad se vuelven uno, para tratar
de quitar las telarañas que no le permiten entender lo que ocurrió.

Así, esta película está compuesta por imágenes muy poderosas, casi todas fueron hechas
como animaciones y solo unas escenas al final fueron con personas de verdad, que permiten
reflejar esta angustia de sentirse perdido entre la imaginación y la realidad, no siendo capaz
de encontrar el equilibrio entre estos dos elementos de la integridad humana. Un claro
ejemplo de esto es la escena que le da título a la película, donde uno de los soldados,
compañero de Ari, baila vals mientras dispara y le disparan en medio de un tiroteo, escenas
que si hubieran sido grabadas con personas de carne y hueso habrían roto por completo la
magia, y que crean un juego de significados y de sensaciones que hacen al público sentirse
perturbado, consciente y adolorido. El concepto general de esta película es clásico,
recurrentemente usado en el cine y la literatura, por ejemplo, en el cuento de Apocalipsis en
Solentiname de Cortázar, pero hay algo en la transparencia y aparente inocencia de la
historia que hace que conecte de manera diferente con su público. Es imposible olvidar los
testimonios, las caras de los niños en medio de este conflicto en el que terminaron
involucrados siendo completamente inocentes, de las mujeres gritando y la misma cara de
Ari cuando se siente abrumado por lo que presencia.

Es por esto que un factor que entra en juego a la hora de narrar una película como esta es
plantearse la pregunta de ¿cómo contar la guerra? ¿Cómo narrar un conflicto tan difícil y
crudo? Esto es muy complejo y es una de las grandes cuestiones cinematográficas, porque
¿hay alguna forma humana para contar algo inhumano? Lo que puede causar que la historia
se vuelva un simple documental que muestra sangre y heridas o puede pasarse al lado de lo
cursi, contando una historia de guerra casi que romántica e idealizada donde el héroe
vuelve a casa en perfecto estado y sin traumas; por esto, la manera en la que Folman
decidió construir esta narración es muy inteligente, pero al mismo tiempo es su gran y
único fallo. El método seleccionado para este filme fue no usar escenas completamente
orquestadas, con diálogo artificial, con actores perfectos o reconocibles por un fan del cine,
ya que la esencia de las vivencias de Ari se verían opacadas si nos encontráramos a Bruce
Willis, Chris Hemsworth o a Scott Eastwood como las caras principales del largometraje,
además de caer en el cliché de americanizar toda narración.

En esta medida, Folman prefirió presentar su historia por medio de la animación, lo cual lo
hace bastante curioso e innovador. Tendemos a pensar en animación como un sinónimo de
infantil, de Disney, de fantasía, casi como si el imaginario colectivo hubiera condenado a la
caricatura o a la película animada a un mundo infantil y a historias simples, y es por esto
que Folman revoluciona la manera de ver y entender la guerra contándola por medio de una
animación. Y no es el tipo de dibujos que casi que parecen una persona real, como puede
ser la animación de la película de Las aventuras de Tintín (2011), sino que se siente más
casero, como si Folman nos estuviera presentando su diario por medio de bosquejos,
simples, sin mucha decoración, permitiéndole a la historia, a la cruda realidad de la guerra,
tener protagonismo y no opacarla con una animación perfecta. Pero, hay un elemento en
esta forma en la que decidió contar la guerra que no termina de tener sentido en la película:
el final de la misma, que termina siendo su gran fallo. No refiriéndome al final narrativo,
sino al final técnico o de imagen al que se recurrió en el filme, ya que, las últimas escenas
dejan de ser animaciones y son fotos y videos –reales– de lo que pasó en la masacre de
Sabra y Chatila. Son clips de las mujeres de esta población gritando, llorando, pidiendo
auxilio, mientras todos los muertos –hombres, mujeres, niños y ancianos– están a sus pies
en un mar de sangre que ahora ocupa la calles de Sabra y Chatila; incluso hay una parte de
estos desgarradores videos donde hay un primer plano de una niña muerta. La idea de esto
era conectar y volver real lo que la animación había presentado durante toda la película,
pero genera todo lo contrario.

Lamentablemente, esto rompe por completo el efecto que la animación llega a causar; los
pocos clips de escenas tan reales y explícitas consiguen que el acercamiento que se llega a
tener con la animación se vuelva ajeno, lo cual es completamente paradójico, pensar que la
animación –los dibujos– acercan y las fotos de verdad, alejan. Este efecto se da por algo tan
simple como no querer sentirse tocado o afectado por eventos o imágenes tan fuertes,
porque sabemos que ver fotos de hombres completamente masacrados, de mujeres gritando
desesperadas y, lo más impactante, de niños muertos es algo que no todos podemos tolerar
–incluyéndome– y que inconscientemente se bloquea para no tener que procesarlo,
haciendo que el espectador se aleje y cuando termine la película solo la archive en su
memoria como otra de las muchas que se ha visto. Y es gracias a la animación que estas
escenas se vuelven digeribles, sin quitarles lo crudo, logrando acercar al público a la guerra
lo suficiente para tocarlo sin alejarlo; en este caso, los dibujos acercan, permitiendo
asemejar la situación a nuestra propia realidad, acercándonos a una guerra que, para
nosotros, como colombianos, aunque esté a un continente de distancia, parece que
hubiéramos estado ahí, se siente como si hubiera pasado en la esquina de nuestra casa. Así
que, estas escenas finales con fotos y videos de verdad, tomados los días posteriores a la
masacre, hacen que todo lo maravilloso de la hora y media de película se pierda, genera un
choque innecesario que si se hubiera mantenido animado habría dejado una película
perfectamente realizada.

Volviendo a la narración como tal y alejándonos de los aspectos técnicos de esta, otro
elemento muy importante es el hecho de que sea una historia de verdad, contada por
Folman de primera mano. No es un personaje inventado con una vida perfectamente creada,
sino que es muy humano, muy real, y este elemento documental de la película es
increíblemente atrapante. Contar una guerra no es fácil y menos hacerlo de manera
transparente; la violencia y todo lo que envuelve a un militar son situaciones que, para un
simple espectador sentado en la sala de su casa, son muy complejas de ver y de entender, es
muy difícil sentirse apelado por la situación, y al tener a este personaje que se presenta de
manera vulnerable se logra conectar con el público de forma orgánica. Folman no es el
militar por excelencia o el soldado estereotipado, no nos está contando su día a día en el
campo de batalla, sino que nos narra su desesperación, su necesidad de respuestas, la
cuestión de la memoria que ha cautivado a la humanidad por años, nos cuenta el dolor que
deja la guerra –tanto para la víctima, como para algunos victimarios–, y el choque de su
pasado con su presente, permitiendo que la historia pueda impactar a alguien, mostrando las
situaciones de crueldad, inhumanas, que se dan en la guerra, como la misma masacre de
Sabra y Chatila, dándonos diálogos increíblemente dicientes como “ –¿A quién le
disparabas? // –Yo qué sé a quién–” o “Reza y dispara” donde la guerra se empieza a ver
sin sentido y sin rumbo. Así, consigue llenar nuestra mente de cuestionamientos, nos lleva a
preguntarnos nuestro lugar en el mundo, en la violencia de Latinoamérica, de Colombia,
¿qué hacemos para contribuir en esta? ¿cómo evitar aportar a la violencia? ¿cuál es mi rol?
¿por qué como colombianos seguimos matándonos y viendo en los noticieros una gran
cantidad de muertos día tras día?

La guerra mecanizada es otro de los temas que se tratan en la película, donde ya no se sabe
por qué o para quién se pelea, no hay límites, no hay moral, y todo se empieza a vislumbrar
como una cuestión de orgullo que lastima a más personas de las que beneficia, si es que
podemos decir que la guerra beneficia a alguien. Nadie sale ganando con la guerra. Ni
siquiera el del bando ganador. El claro ejemplo de esto es Folman que, incluso 20 años
después, sigue golpeado por un evento que no tiene razón y no tiene excusa. Y que la forma
en que su cerebro –su memoria– le recuerda esta situación sea por medio de lo onírico
consigue crear una historia donde el renacer mítico, que uno de los excompañeros de
Folman comenta al inicio de la película mientras están llegando a la guerra en el ‘crucero
del amor’, nombre del barco, cobre sentido, porque, volviendo a la cita inicial de Borges
citando a Chesterton, lo real se vuelve mucho más extraño que la imaginación. Pensarse en
una situación como es la guerra se vuelve casi como algo inimaginable –insoportable–, y lo
que nos presenta la mente, en este caso el sueño de la playa, se siente como lo real, porque
confiamos en nosotros mismos, en nuestra mente. Es así como Folman muestra que la
guerra hace que incluso se deje de confiar en el propio recuerdo, es tan surrealista, siendo
completamente real, que la única escapatoria es la imaginación, es refugiarse en su propio
subconsciente para, de cierta manera, encontrar evasión.

De esta forma, por medio de una cruda realidad mostrada desde la animación, se consigue
un efecto sorprendente, en una película que, en mi experiencia personal, no me llamaba la
atención inicialmente, porque me costó bastante entender hacia dónde me quería llevar el
director. Pero es tras los primeros veinte minutos que la película empieza a encaminarse en
uno de los mejores cuestionamientos y desarrollos de la guerra en un formato audiovisual
que haya visto, haciéndola completamente merecedora del Globo de Oro por mejor película
de lengua no inglesa que se llevó en el 2009 y a su nominación al Oscar por mejor película
extranjera. Esta animación documental se encarga de contar la guerra de manera sencilla,
acercándosela al público, volviéndolo comprensible, pero no por esto fácil de digerir; al
partir del sueño, de la incertidumbre y de sentimientos que todos hemos tenido en cierto
punto de nuestra vida lo hace humano, nos muestra que la guerra es entre personas y que,
lamentablemente, sigue existiendo y en esta participan humanos que han sido incorporados
a un sistema mecánico en el que ya no se entiende para qué se está en la guerra, ya no hay
motivos, solo hay dolor y trauma.
Una cita de la película que resume perfectamente lo que hace la historia es cuando, en las
primeras escenas, nuestro protagonista busca a su amigo, el psiquiatra, para tratar de
entender su sueño, que apareció tras oír el sueño de otro amigo: “¿Por qué necesité del
sueño de Boaz con sus perros locos para reactivar mi memoria? Algo completamente ajeno
a mí”. Esta sensación que tiene Ari es exactamente lo que le pasa al espectador, sentados
tras nuestras pantallas oímos el sueño –no el de Boaz, sino el de Ari– y algo se reactiva en
nuestras propias memorias. La humanidad está acostumbrada a ver guerra, violencia,
injusticias y dolor, y en cierto punto empezamos a bloquear las cosas, a extraernos a
nosotros mismos del mundo para evitar contacto o sentir más de lo necesario, algo que,
como colombianos, estamos acostumbrados a hacer; y es a través de un sueño ajeno a
nosotros, de alguien que vivió esto hace más de veinte años, en otro lugar completamente
diferente, que logramos despertar, por lo menos un poco, y ver lo inhumana y destructiva
que es la guerra. Pero no viéndolo desde el lente de un fotógrafo o desde nuestro asiento de
espectador, sino sintiéndonos permeados y afectados por ello.

Finalmente, Ari Folman logró construir una increíble película, donde la estética, con la
animación, funciona perfectamente para crear una unidad audiovisual muy bien realizada;
desde la música, que también ayuda a contar la historia y no se queda como simple música
instrumental de fondo, hasta los mismos personajes. Cada elemento está ubicado de manera
estratégica, y, personalmente, me dio la sensación de estar viendo las confidencias o el
diario de Ari, de estar entrando en su memoria casi como si fuera una persona entrometida
escuchando lo que no debía, pero justamente es esta transparencia y honestidad de
sentimiento lo que hace que sea imposible despegarse de la pantalla. Esta película, a
excepción de sus últimas escenas que ya se explicaron anteriormente, comprenden uno de
los grandes acercamientos a un conflicto bélico, a lo más humano y a la memoria, que
hacen que el filme sea digno de recordar y recomendar. Así, como señala el mismo director
y protagonista, Ari Folman, la película fue pensada de una manera modesta y no es
necesario tener el presupuesto más grande para hacer un largometraje digno de
recordar[CITATION Ari \y \t \l 9226 ] , de este modo, sin pretensiones, sin necesidad de gritar
la narración a los cuatro vientos, la historia de Ari consigue más de lo que se esperaría al
leer solo la sinopsis, se vuelve una película a la que es necesario volver, repetir escenas,
investigar y envolverse en la memoria del director que la construyó.

Bibliografía
Borges, J. L. (s.f.). Ciudad Seva. Obtenido de Ciudad Seva: https://ciudadseva.com/texto/acerca-
de-mis-cuentos/

Folman, A. (s.f.). El Pais. Obtenido de


https://elpais.com/cultura/2009/02/14/videos/1234566001_870215.html

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