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La relación entre las acciones de los individuos y el cambio social a largo


plazo siempre ha intrigado a toda clase de observadores de la sociedad.
Teorías sobre esta relación las hay de muchos tipos2, pero quisiera empezar
esta discusión haciendo referencia a sólo dos versiones de entre las que nos
son más contemporáneas.
La primera versión es una etiología de la desorganización social.
Concibe los desórdenes sociales como una función de las contradicciones

1 Una versión previa de la discusión que sigue fue presentada oralmente en el Primer Seminario de
Estudios A EF sobre Teoría Social e Historia, celebrado en la Facultad de Filosofía de la Universidad
Autónoma de Madrid entre octubre de 1996 y junio de 1997. El autor agradece a la Asociación de
Estudiantes de Filosofía, patrocinadora del seminario, y a los organizadores, Jesús Izquierdo y Pablo
Sánchez León, la invitación a participar. Pero especialmente desea agradecer a todos los participantes
en el seminario sus incisivos comentarios a este argumento.
2 Discusiones teóricas específicamente centradas en el fenómeno revolucionario pueden encontrarse en
la lista que sigue en Aya (1979, 1990, 1992, 1995), Calvert (1970, 1970b), Cohen (1975) Farhi (1994),
Freeman (1972), Geschwender (1968), Goldstone (1980), Goodwin (1994, 1997), Janos (1966), Jessop
(1972), Kimmel (1990), Kirchheimer (1965), Krarmnick (1972), Kurnar (1971), Lachmann (1997), Lupsha
(1971), MacIntyre (1973), O'Sullivan (1983), Overholt (1977), Paramio (1990), Pérez Ledesma (1994),
Porter y Teich (1986), Race (1974), Salert (1976), Schwartz (1971), Selbin (1997), Stone (1966), Tanter y
Midlarski (1967), Taylor (1984), Tilly (1992, 1994), Wickham–Crowley (1994, 1997), Wolin (1973) y
Zagorin (1973, 1976). Sobre el marxismo y la racionalidad revolucionaria, véase Shaw (1984).
Discusiones más centradas sobre la historia de las revoluciones, grandes y pequeñas, desde el punto de
vista comparativo, y con fuerte énfasis en el Tercer Mundo, se encuentran en Bonnell (1983, 1984),
Cantor (1970), De Fronzo (1991), Dix (1983, 1984), Dunn (1972), Eisenstadt (1978), Foran (1997b),
Go1dstone (1986,1991, 1997), Goldstone, Gurr y Moshiri (1991), Goodwin (1994), Goodwin y Skocpol
(1989), Greene (1974), Gurr –ya apartado de la teoría de la privación relativa– (1993), Hermassi (1976),
Kirchheimer (1965), Kurnar (1971), McDaniel (1991), Schutz y Slater (1990), Skocpol (1994), Tilly (1993),
Walton (1984) y Wickham–Crowley (1992). Sobre el papel desempeñado por el mundo agrario y
campesino, véanse Paige (1975), Popkin (1979) y Wolf (1969); sobre las ciudades y el mundo urbano,
Farhi (1990), Gugler (1982), Lu (1988), Skocpol (1982) y Traugott (1995). Las discusiones, recien-
temente en boga, sobre el papel de la cultura en Foran (1997), Sesvell (1985) y Skocpol (1985).
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producidas por los desfases entre los procesos de "modernización" que


inducen profundos cambios sociales y los procesos de institucionalización que,
antes o después, acaban por acompañar a estos cambios, sancionándolos
políticamente y cerrando su cielo. El esquema es sencillo: el cambio social
(entendido como "modernización" o de cualquier otra manera) tiene lugar como
resultado de la actividad de fuerzas económicas o políticas que no pueden
estar del todo sujetas al control de las asociaciones y organizaciones sociales
(incluida la más amplia de todas ellas, el Estado) y, por consiguiente, los
procesos de cambio acaban haciendo que se resienta la capacidad del sistema
político para absorber y manejar todas las nuevas presiones y demandas
creadas por esos procesos. La historia discurre aquí a dos velocidades: las
instituciones políticas cambian lentamente mientras que el cambio social
introduce nuevas presiones sobre las instituciones políticas y promueve la
entrada de nuevos grupos que demandan, además, su participación en la vida
pública y que desean ver reconocidos sus intereses (o al menos los que creen
tener) dentro del sistema general en el que todos los intereses reconocidos se
encuentran representados. Las turbulencias sociales son así vistas como una
función directa de los desfases producidos entre modernización e
institucionalización: cuanto más amplia la discrepancia, mayor el desorden.
Esta etiología del desorden cuenta con un amplio pedigree y fue
popularizada por Huntíngton en 19683. Entre sus virtudes se cuenta la de
relacionar cambio y conflicto social. El cambio social se concibe como causa
del conflicto. Sin embargo –también se ha advertido– esta visión descuidaba la
explicación de los procesos por los cuales las determinaciones inducidas por el
cambio social se convierten en movimientos sociales e insurrecciones re-
volucionarias. La segunda versión trata de cubrir esta laguna.
La segunda versión no es una teoría de las causas del descontento sino,
más bien, una teoría de los efectos de la movilización. Opera dentro del
esquema del movimiento social cuya genética queda fuera del radio de acción
de la teoría. Por movimiento social se entiende, grosso modo, un esfuerzo
colectivo deliberado para promover cambios en cualquier dirección y por
cualquier medio. Dependiendo de los casos, el esquema del movimiento no
excluye el uso de la violencia, de la ilegalidad, de la revolución, o de la retirada
hacía comunidades utópicas definidas por los imaginarios colectivos. Ha de
haber cierto grado de organización, aunque éste pueda variar desde los lazos
informales a las organizaciones fuertemente institucionalizadas o
burocratizadas. El compromiso con el programa de cambio y la razón de ser de
la organización se basan en los actos de volición consciente, en el compromiso
normativo con las creencias y objetivos del movimiento, así como en la
participación activa por parte de miembros y seguidores4.
El esquema del movimiento social ha dado lugar a toda una constelación
de estudios sobre la acción colectiva y la movilización popular que se han
hecho particularmente célebres en las últimas décadas. Sin embargo, este
esquema no ha dado hasta ahora respuesta a ninguna de las preguntas sobre

3Huntington (1968). Para una discusión, véanse Gurr (1973) –que hacía un recorrido crítico por varias
versiones del argumento– y Tilly (1973).
4 He tomado la definición de movimiento de Paul Wilkinson, Social Movement, Londres: Pall Mall, 1971,
p. 27 passim.
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las causas de la movilización y ha problematizado poco la genética del movi-


miento, especialmente si la génesis del movimiento se entiende como un
proceso relacionado, de algún modo, con el cambio social. ¿Cómo aparecen y
ganan seguidores los nuevos sistemas de creencias? ¿Cómo obligan las
nuevas ideas a sus partidarios? ¿Cómo compromete el movimiento a sus
seguidores, la organización a sus miembros?
Resulta patente que la primera versión es una teoría de las causas del
descontento, mientras que la segunda es una teoría de los efectos de la
movilización. Aunque la primera pone en relación el descontento con el cambio
social, ambas, sin embargo, descuidan el nexo entre descontento y
movilización. Entre el primero y la segunda hay una coyuntura plástica,
enormemente fluida que, dependiendo de los indicadores elegidos para obser-
varla, llamamos situación de conflicto, revuelta, insurrección o revolución. El
objetivo de la discusión que sigue es el de explorar cuáles son los ingredientes
de esas coyunturas. Pero para llegar hasta ellas necesitamos dar un pequeño
rodeo.
Primero recordar que el nexo entre cambio y conflicto social no es
unidireccional. Si la manera en la que el conflicto social se encuentra
determinado por el cambio social no nos resulta del todo transparente, la
relación entre los conflictos sociales y los cambios "estructurales" que suelen
sucederles no nos es menos opaca. ¿Proceden invariablemente esos cambios
de las revoluciones o de los grandes cataclismos sociales? Y si no es así,
¿bajo qué condiciones un gran cambio estructural acompaña a una revolución
o resulta de ésta?5. Las respuestas a estas preguntas varían en función del
nivel de observación y de la unidad de análisis. Se podría decir, por un lado,
que pocos cambios de tipo "estructural" tienen lugar en el transcurso de, por
ejemplo, una revolución. Para la mentalidad de la mayoría de la gente común
las revoluciones no son sino momentos pasajeros6. Peor todavía, es posible
sostener también que los cambios que las revoluciones traen consigo no son
grandes transformaciones de progreso, sino que con frecuencia suponen
importantes retrocesos frente a la situación original. Por ejemplo, cuando el
resultado de la revolución es el de incrementar la capacidad del estado post–
revolucionario para movilizar militarmente a la población al servicio de los
intereses de la nueva elite dirigente. 0 cuando la revolución sólo resulta en una
todavía mayor burocratización del viejo estado prerrevolucionario7.
Pero se pueden afirmar cosas distintas si los resultados de la revolución
se observan sobre el largo plazo. Las revoluciones parecen imprimir un fuerte
cambio de ritmo y de dirección a las transformaciones estructurales en curso
durante la crisis revolucionaria. Y algunos observadores sostienen que esos
cambios de ritmo y de dirección serán tanto mayores cuanto más amplia sea la
transferencia real de poder a la que la revolución haya dado lugar: «cuando se
produce una amplia transferencia de poder entre las clases, la coalición

5 Tilly (1978:219). Tilly (1978: 219).


6 Tilly (1978:219). Tilly (1978: 220).
7 Skocpol (1988).
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ganadora tiene una influencia profunda sobre el desarrollo político


subsiguiente»8. Pero también aquí hay excepciones.
Estas serían las llamadas revoluciones desde arriba en las que algunas
fracciones reformistas de las oligarquías dirigentes deciden romper la baraja
frente a sus aliados de clase, impidiéndoles a continuación el acceso o la
permanencia en el poder, y formando coaliciones con clases y grupos
previamente excluidos del círculo dirigente con el apoyo de los cuales
acometen drásticos programas de reforma. Se trata de un perfil político
conocido. El de los países con problemas de "modernización", los célebres
latecomers, en los que la burocracia y el ejército parecen desempenar un papel
central9.
Todo esto sugiere que la relación entre revolución y cambio social
resulta opaca también cuando se observa en esta segunda dirección. Los
efectos de las revoluciones sobre el cambio social presentan una enorme
variedad. Tenemos revoluciones sociales acompañadas de amplias
transferencias de poder que –incluso si produjeron cambios muy radicales en
un principio en la estructura de la propiedad, las clases y el Estado– presentan
a más largo plazo un balance de creciente burocratización y militarización. Y al
contrario, tenemos grandes cambios estructurales, del tipo de los que –
suponemos– suceden a una revolución social que han sido, sin embargo,
desencadenados a través de procesos políticos que nunca implicaron nada
semejante a una «amplia transferencia de poder».
A la vista de todas estas anomalías, lo primero que parece hacer aguas
son nuestras definiciones de "revolución". ¿Hasta dónde podrían extenderse
nuestras definiciones sin que pierdan significado? ¿Es lícito hablar a la vez de
la Revolución francesa y de la Revolución industrial? ¿Pertenecen estos dos
objetos al mismo tipo de fenómenos? ¿Podemos agruparlos bajo la misma
rúbrica? ¿Debemos observarlos de igual modo? Para sortear estos escollos
hay un argumento que se ha hecho muy popular en las últimas décadas. La
revolución –se nos dice– es un fenómeno político y no tiene sentido alguno
tratar de demarcarla o de definirla en función de parámetros no políticos. El
fracaso de muchas teorías clásicas a la hora de explicar revoluciones concretas
proviene –según esta visión– de la costumbre de demarcar el explanandum
revolución en función de indicadores no políticos10. ¿Cuáles son estos
indicadores?
Son de dos tipos. De un lado se encuentran las intenciones de los
sujetos. No es lícito –se aduce– hablar de revolución siempre que detectamos
la presencia de camarillas o de grupos organizados con intenciones
revolucionarias. La presencia de un grupo de conspiradores no puede ser
suficiente para desencadenar una revolución. Y el otro indicador no político son
los resultados de la revolución, observados desde el punto de vista de las
transformaciones que tienen lugar después de ella. Pero aquí también, estas
grandes transformaciones pueden tener lugar sin que haya sucedido una

8 Tilly (1978: 220).


9 Trimberger (1978). Para una perspectiva desde el sistema mundial, véanse también Skocpol y
Trimberger (1978) y las contribuciones a BosweIl (1989).
10 Tilly (1975,1978);Aya(1979,1987,1989,1990).
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revolución. Según los críticos, la más rechazable de todas las explicaciones no


políticas de la revolución se produce cuando ambos tipos de indicadores entran
a la vez en la definición de la revolución. Se trata de una definición en la que
las transformaciones sociales terminan por ser explicadas en función de las
intenciones de los actores, todo ello en el marco de una visión retrospectiva del
proceso revolucionario. Este tipo de visión presenta, es verdad, varias vías de
agua.
La primera es, tal vez, que la correlación que plantea entre intenciones
de los actores y resultados del proceso en términos de transformación social
podría muy bien ser espuria. Los objetivos de los actores pueden no verse
nunca realizados y las transformaciones sociales pueden tener causas distintas
de las intenciones de los actores. Además, y no menos importante, la visión
plantea el problema siguiente: si cualquier resultado social puede explicarse en
términos de las intenciones de los agentes, entonces no sólo se descuida la
circunstancia de que estas intenciones pueden no tener traducción alguna en la
práctica, sino que –todavía peor– la explicación de las transformaciones
sociales por las intenciones parece conducirnos hacia una variedad de visión
conspirativa de la historia. Otros críticos se quejan además de que esta visión
suele tomar las intenciones de los agentes como dadas –es decir, las imputa a
los actores– con lo que el explanans no queda sujeto a ninguna clase de
escrutinio empírico11. Necesitamos por tanto alguna herramienta que nos
permita aislar analíticamente una crisis revolucionaria de las intenciones
manifestadas por los actores de esa crisis.

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La herramienta, según parece, se encontraba en Trotski. Las páginas


escritas por el revolucionario ruso ofrecían una alternativa a la visión
retrospectiva de la revolución. Ésta podía, al contrario, ser definida de manera
prospectiva, demarcando el explanandum revolución en el interior de ese nudo
político fluido en el que tiene lugar la transformación del descontento en movili-
zación. Se trata ahora de explicar no la revolución sino las distintas situaciones
revolucionarias –todas ellas caracterizadas por el rasgo del doble poder– que
pueden tener tanto causas distintas como salidas distintas.
Los observadores apuntaban que esta visión presentaba varias ventajas
frente a las visiones retrospectivas tradicionales. En primer lugar, la visión
prospectiva ofrecía la posibilidad de comparar distintas situaciones
revolucionarias y de establecer mediante esta observación las semejanzas y
las diferencias decisivas existentes entre las grandes revoluciones y las
revoluciones fracasadas o sin salida revolucionaria.
En segundo lugar, la visión prospectiva nos permite huir de la fantástica
noción de revolución verdadera –esto es, del fútil intento de aislar una serie
exclusiva de "verdaderas" revoluciones según criterios de participación de
masas, innovación ideológica, composición de clase del nuevo grupo dirigente
11 Aya (1979).
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o naturaleza y extensión del cambio social resultante. Conviene huir de esta


noción esencialista porque –advierten los críticos– incluso las grandes
revoluciones también varían enormemente en todos estos aspectos. El intento
de encontrar esencias por parte del observador no sería más que una
reificación, una forma de wishful thinking que no es capaz de distinguir entre lo
que el observador cree que una revolución ha de ser y la evidencia de lo que
ésta en realidad es12.
Por último, la gran ventaja de definir las revoluciones de manera
prospectiva radica en la capacidad que esta visión otorga al observador para
tomar distancia de las intenciones y objetivos programáticos de unos u otros
contendientes en liza. Sin embargo, la defensa de la visión centrada sobre las
situaciones revolucionaria no se encuentra tampoco libre de objeciones. Las
examinamos a continuación.

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Puede que, en efecto, la visión prospectiva favorezca el análisis


comparativo. Pero ello no impide que éste resulte también viable desde otras
visiones del hecho revolucionario. Es mas: la diferencia posible más importante
y decisiva entre dos crisis revolucionarias radica, precisamente, en que la
situación revolucionaria desemboque o no en una salida revolucionaria. Esta
diferencia es la que distingue a los casos positivos de aquellos que no lo son –
por ejemplo, las rebeliones o la “revueltas nacionales” caracterizadas por abrir

12 Pese a sus insistentes llamamientos al análisis estructural, no voluntarista, de las revoluciones, Theda
Skocpol (1976, 1976b, 1979) y su conocido argumento sobre las "causas distintivas" se encontraba
también en el punto de mira de esta crítica. Aya (1987, 1989) sugería que el libro de Skocpol se
articulaba en dos partes claramente diferenciadas. La primera se ocuparía de las causas y explicaría por
qué tuvieron lugar las situaciones social–revolucionarias. La segunda parte se ocuparía de los efectos
(los resultados) y trataría de explicar por qué de aquellas situaciones emergieron ––en los tres casos
positivos que Skocpol compara– salidas social–revolucionarias. Según Skocpol las revoluciones sociales
comprenden cuatro clases de sucesos. Primero, el colapso del viejo régimen. Segundo, una revuelta
desde abajo. Tercero, la transferencia del poder a las vanguardias. Cuarto, la toma por parte de éstas de
drásticas medidas para la transformación del Estado y de la sociedad. Los dos primeros acontecimientos
caracterizan la situación revolucionaria. Los dos últimos sucesos caracterizan las salidas revolucionarias.
Skocpol define las revoluciones sociales como la suma de situaciones revolucionarias con las salidas
revolucionarias. Y pretende que todas ellas (es decir, los casos positivos como Francia, Rusia o China)
poseen causas distintivas propias. Pero Aya advierte (1987, 1989) que incluso si esto fuera cierto para
las situaciones social–revolucionarias puede no serlo para las salidas social–revolucionarias cuyos
rasgos (los sucesos tercero y cuarto) pueden no ser distintivos del largo plazo o "estructurales" (es decir,
pueden tocar a su fin). La crítica es correcta pero incompleta. Pues no hay razón alguna que nos impida
pensar que los rasgos que definen las situaciones revolucionarias podrían también ser más variables o
estar sujetos a más influencias de las que el modelo sugiere (Burawoy, 1989). Sabemos que
innumerables crisis políticas en la historia han transitado por los sucesos primero y segundo (colapso del
viejo régimen y revuelta popular) sin que de ellas se haya sucedido, sin embargo, una insurrección y,
menos todavía, una salida revolucionaria (Moscoso y Sánchez León, 1993). Si los sucesos tercero y
cuarto pueden, según los casos, ser reversibles, los sucesos primero y segundo podrían, según los
casos, no ser suficientes. Más discusiones sobre las aproximaciones centradas en el Estado en
Himmelstein y Kimmel (1981) y, desde un punto de vista algo más empírico y comparativo, en David
Heiser (1992). La última revisión crítica de las state–centered approaches en Goodwin (1997).
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una situación revolucionaria sin salida revolucionaria13. Y sin embargo, cuando


esta diferencia decisiva hace acto de presencia, las visiones exclusivamente
prospectivas pierde toda su utilidad, ya que de lo que se trataría, en tal caso, es
de evaluar trayectorias que necesariamente han de ir más allá de la imagen
congelada de una “situación”.
Las precauciones contra el espejismo esencialista son de recibo. No es
necesario discutir que todas las grandes revoluciones difirieron enormemente,
en efecto, unas de otras desde el punto de vista de la participación de masas,
innovación ideológica, composición de clase del nuevo grupo dirigente, etc.,...
Todo esto es trivialmente cierto para cualquier historiador: ninguna revolución
es igual a otra, pese a que nos sirvamos de razonamientos analógicos para
entenderlas14. Y con todo no es fácil tampoco resistirse al argumento contrario:
las grandes revoluciones sociales han sido el nudo de tránsito hacia un sistema
social cualitativamente distinto –y así es por más que los cambios que dieron
lugar a las nueva forma social hayan resultado después erosionados,
bloqueados o revertidos. Esta observación no pone en duda naturalmente una
protesta común entre historiadores: que quienes iniciaron, lideraron, apoyaron
y, en último término, se beneficiaron de las revoluciones fueron, en las distintas
revoluciones y dentro de ellas también, grupos muy distintos de personas.
Pero el límite más importante que plantea la visión prospectiva es
probablemente de otra índole. A saber: que después de todo no es tan obvio
que adoptando una visión prospectiva nos encontremos en mejores
condiciones para escapar del error de definirlas y explicarlas en función de las
intenciones programáticas de unos u otros grupos en contienda. Antes bien,
podríamos aducir que cuanto más instantánea sea la imagen que generamos
de un proceso complejo, tanto más tiende éste a sobrepolitizarse. Podría ser –
quiero decir– que la visión prospectiva, aplicada a través de la noción de
situación revolucionaria, se prestase todavía más a todo tipo de definiciones y
explicaciones de tipo intencional. Los partidarios de demarcar el explanandum
revolución dentro de los límites de la situación revolucionaria podrían aducir
que su enfoque sobre las "situaciones" permite integrar en la explicación los
factores contingentes y los resultados no buscados de la acción. Pero también
es cierto que, por más problemática que sea, el nexo entre intenciones y
acontecimientos es el que preocupa a los observadores que adoptan una
aproximación prospectiva al conflicto político y social15.

13 Tilly (1975, 1978), Walton (1984).


14 Deutscher (1952), Burawoy (1989).
15Véase si los partidarios de las explicaciones intencionales, incluso aquellos que abiertamente adoptan
esquemas neoclásicos de explicación de la acción, conciben o no conciben la parte principal de sus
explananda en términos situacionales. A juzgar por la estrecha asociación que parece existir entre
aproximaciones prospectivas y explicaciones intencionales, lo que cabría reconocer es, al contrario, que
la lógica situacional es probablemente inseparable de toda explicación de un fenómeno político que
quiera estar basada en las intenciones, objetivos, deseos y preferencias económicas de los actores. De
entre la literatura que aparece en el apéndice bibliográfico, esta asociación podría ser rastreada,
naturalmente, en Aya (1990, 1994, 1994c, 1994d). Pero la cuestión de si los partidarios de las expli-
caciones intencionales en el marco de una teoría de la elección racional se sirven o no se sirven de la
lógica situacional, podría evaluarse directamente en Buchanan (1979), Grossman (1991), Muller y Opp
(1986), Muller y Weede (1994), Oberschall (1994), Opp (1991, 1994), Silver (1974), Taylor (1988) y
Tullock (1971, 1974). Discusiones más generales en Berejikian (1992), Kranimick (1972) y Tilly (1975,
1978).
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Uno de los más encendidos partidarios de la adopción de la lógica


situacional para el estudio de las revoluciones, Rod Aya, se ha pasado varios
años lanzando vehementes invectivas contra esas visiones de la revolución
que (como las de algunos historiadores tradicionales que levantaban sus
narrativas en torno a los juegos de poder entre personalidades) conectaban las
intenciones de los actores con los resultados sin problematizar el nexo entre
unas y otros. La crítica era correcta en lo que tenía de negar que los resultados
satisfagan invariablemente los propósitos. Pero el propio Aya debe apelar a
esta conexión en otro lugar16, a propósito de un comentario a los críticos de
Theda Skocpol. Algunos de éstos17 dan por buenas las declaraciones de
Skocpol cuando la autora defiende que las ideologías revolucionarias y las
gentes comprometidas con ellas fueron ingredientes necesarios en las grandes
revoluciones sociales, pero que estas ideologías no proporcionan clave
predictiva alguna ni sobre las actividades de los propios revolucionarios ni –
mucho menos aún sobre las salidas de la revolución18. Según la propia
Skocpol, esto es así debido a que los revolucionarios se encontraban tan
«enormemente limitados por las condiciones estructurales y azotados por los
trepidantes cambios en el curso de la revolución» que «acabaron llevando a
cabo tareas muy distintas y promoviendo la consolidación de nuevos
regímenes de una clase bien diferente de los que en un principio se habían
propuesto ideológicamente»19. Es en este punto en el que los críticos de
Skocpol han situado la mayor parte de sus baterías. Se decía que las razones
ofrecidas por Skocpol para sacar las intenciones fuera de la explicación eran
manifiestamente débiles. Skocpol basaba su alegato en que los resultados rara
vez satisfacen las intenciones, mientras que sus críticos contestaban que no
porque estos resultados rara vez satisfagan aquellas intenciones dejan los
resultados no buscados de la acción de ser parte del explanandum de toda
teoría intencional de la acción social. «No podemos explicar» –escribe Rod

16 Aya (1987).
17 John Walton (1984), por ejemplo.
18 Digo que los críticos de Skocpol «daban por buenas» las declaraciones de Skocpol en el sentido de
que muchos de ellos han tomado la agenda metodológica que la autora declaraba seguir como sí ésta en
realidad informase después toda su práctica narrativa, lo cual no es cierto, Aya (1979, 1987,
1989,1990,1992) encuentra con frecuencia en la obra de Skocpol el recurso a la explicación intencional,
y Burawoy (1989) insiste en que su análisis «estructural, no voluntarista» nunca pudo prescindir por
completo, por suerte para ella y para mayor descrédito del método de Mill, de las intenciones de los
actores. Aya (1987) llega a decir lo siguiente: «cada eslabón en la cadena de causación histórica de
Skocpol está formado por acciones humanas que la autora explica mediante elección racional en
términos de los objetivos y las constricciones de los actores. Es decir, lleva a cabo un análisis
estratégico de las situaciones políticas en las cuales los actores relevantes [...] se comportan todos ellos
de manera apropiada a la consecución de objetivos dados y dentro de los límites impuestos por las
condiciones y las constricciones dadas» (p. 13). Y más adelante –a propósito del argumento de Skocpol
de que para producir salidas social–revolucionarias, no bastan las situaciones social–revolucionarias–
Aya aduce que «sus casos de estudio muestran que para que las revoluciones sociales triunfen o (como
Skocpol dice) sean "plenamente consumadas" tenían que suceder dos cosas más: las vanguardias
revolucionarias tenían que tomar el poder, y empezar a rehacer la sociedad» (p. 14, son los sucesos
tercero y cuarto de una revolución social), por lo que, concluye Aya, «Cuando Skocpol dice que no
podemos hacer depender las "salidas social–revolucionarias" de la ideología de vanguardia, la autora
niega lo que sus casos de estudio muestran –señaladamente, que estas salidas se deben principalmente
a las políticas puestas en marcha por el nuevo régimen» (p. 16).
19 Skocpol (1979: 171).
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Aya– «los resultados no buscados de las acciones sociales a no ser que


expliquemos primero estas acciones. Y no podemos explicar estas acciones sin
referencia a los objetivos hacia cuya consecución se encontraban
encaminadas, bajo condiciones y constricciones dadas»20.
En vista de todo ello, la cuestión podría quedar reducida a cómo hacer
compatible el rechazo a la visión que conecta de forma inmediata las
intenciones de los actores con los resultados (esa visión tan frecuente en
algunas historiografías tradicionales y que Aya identificaba con la
retrospección) con la necesidad de tomar en consideración las intenciones y los
objetivos de los actores. Para empezar, podríamos tratar de aislar qué hay de
inaceptable en la versión que vincula intenciones a resultados sin mediación
alguna. Se trata, prima facie, de dos problemas. El primero es que toda
explicación por las intenciones que descuide las variables que pueden operar
contra la satisfacción de aquéllas puede ser empíricamente falsa. El segundo –
aunque Rod Aya no lo menciona– podría ser que la explicación por las in-
tenciones es una variedad de explicación teleológica. Pero conviene observar
que estos problemas no pertenecen exclusivamente al ámbito de la visión
retrospectiva de la historia. En primer lugar, las visiones retrospectivas se han
servido tradicionalmente de dos clases de teleología y no de una sola. Se han
servido, es verdad, de una teleología subjetiva que da cuenta de los resultados
históricos de tal o cual proceso como si éstos fueran una función de los
objetivos de los actores. Ello nos conduce a la concepción conspirativa de la
revolución que Aya y otros han criticado. Pero las visiones retrospectivas se

20 Aya (1987: 15). Pero, como ya hemos advertido, todos sus críticos admiten también que,
afortunadamente para ella, Skocpol no consigue cumplir con sus propios compromisos metodológicos.
Otro observador escribía lo siguiente: «De hecho, en sus detallados desarrollos históricos de las
revoluciones francesa, rusa y china– que se encuentran salpicados de afirmaciones o presuposiciones
sobre la acción intencional –Skocpol no consigue en absoluto cumplir con sus ideales metodológicos "no
voluntaristas y estructurales”» (Taylor, 1988: 97). Cabría añadir, además, que en el análisis de Skocpol,
las situaciones políticas, ésas que presumiblemente colocan el curso de los acontecimientos «fuera del
control de los individuos», se encuentran por lo general configuradas como resultado (buscado o no) de
las intenciones de actores de uno y otro género (pensemos, por ejemplo, en las dinámicas de rivalidad
entre estados). Es lógico, por consiguiente, que la obra de la americana termine por complacer
globalmente a sus propios críticos (a Taylor, por ejemplo). Pues la fractura entre lo que Skocpol dice que
hace y lo que acaba haciendo se resuelve finalmente en un tipo de narración fuertemente teñida de
análisis estratégico de esa clase que tanto gusta a los individualistas metodológicos. Los críticos de la
socióloga americana aquí en España parecían, sin embargo, haber dado lectura a un libro distinto. Hubo
quien escribió lo siguiente: «El énfasis en la perspectiva estructural marca profundamente la lógica
interna de su argumentación a lo largo de todo el libro» (Casanova, 1987: 86). Y más adelante: «La
cuestión que debemos plantear es si resulta posible explicar las revoluciones sociales recurriendo
exclusivamente a factores estructurales. La respuesta de Skocpol es afirmativa y ahí están los
resultados: nos quedamos sin saber cómo los hombres hacen en realidad una revolución» (Ibid.: 97).
Afortunadamente, la mayoría de los críticos han sabido distinguir entre lo que Skocpol decía que iba a
hacer y lo que en realidad hizo y ninguno de los que han sabido trazar esta distinción ha caído en la
trampa fácil de la crítica externa: si el análisis de Skocpol hubiera resultado ser un genuino espécimen
del estructuralismo, difícilmente se le podría haber formulado ninguna crítica seria exigiendo a su método
tener en cuenta un objeto que su propia teoría habría excluido de antemano. La manera de discutir la
capacidad de una teoría no es sacando la lista de todo lo que ésta no hace, sino escrutando hasta qué
punto la teoría hace bien el trabajo que se propone. Sólo desde una crítica en este terreno puede aflorar
alguna conclusión sobre qué cosas no hace la teoría y por qué. Y lo que resulta, desde luego,
inadmisible es conectar las intenciones metodológicas declaradas por Skocpol con los resultados de su
propia obra: no debemos olvidar que también los intelectuales obtienen con frecuencia resultados bien
distintos de los que se habían propuesto.
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han servido también de una teleología objetiva que explicaba los procesos y
sus resultados en función de los fines imputados a la historia. Así pues, la
crítica se encuentra sesgada en su enfoque, porque –aunque puedan serlo– las
visiones retrospectivas de la historia no son necesaria e invariablemente
intencionales.
Y al contrario también. La teleología subjetiva introducida en la
explicación por las intenciones no tiene por qué funcionar exclusivamente en un
marco de retrospección. No, al menos, si la explicación intencional se plantea
dentro de un marco dominado por la lógica situacional, que es la heurística
defendida por los críticos de la visión retrospectiva. Pero antes de continuar
examinando la alternativa propuesta por Charles Tilly, Rod Aya y el resto de los
"situacionistas", convendrá observar con más detalle la manera en la que
organizaron su ofensiva contra la explicación retrospectiva e histórica.

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La crítica ha discurrido por tres líneas de ataque distintas que podríamos


distinguir bajo las siguientes etiquetas. Primera: crítica de la explicación
intencional no situacional. Segunda: crítica de la hipótesis de la amenaza
radical. Tercera: crítica del sistema de definición y evaluación por los
resultados. Las examinamos a continuación.
Sobre la explicación intencional se han hecho dos clases de
observaciones. La primera es que, con frecuencia, lo que conocemos como Ios
objetivos de los actores" es un objeto que va tomando forma, por así decir,
sobre la marcha. «Muchas veces» –escribe Rod Aya– «los objetivos no existen
cuando la secuencia de acontecimientos que globalmente se conoce con el
nombre de Ia Revolución" se puso en marcha por primera vez»21. Y la segunda
observación se refiere, como ya hemos anunciado, a la presencia de efectos
contrafinales: «lo que parece un resultado buscado es, tras una inspección más
detallada, una consecuencia no proyectada, no intencional, incluso imprevista»
de la secuencia de acontecimientos desatada por las acciones de los actores22.
Se trata, no hay duda, de dos observaciones de envergadura. Pero
conviene reparar en sus implicaciones. Pues decir que con frecuencia los
objetivos no existen cuando el torbellino social se desata puede equivaler a
confirmar la vieja idea bolchevique de que «las revoluciones no se hacen por
gusto, pues no hay más ley sobre la conciencia de los hombres que la de su
propia existencia». Y afirmar la primacía de la "ley de la existencia" es una
buena manera de impugnar la conexión directa e inmediata entre intenciones y
resultados. Porque, en efecto, esa "ley de la existencia" daría cuenta no sólo
del negligible peso de los objetivos ante la elemental fuerza de los hechos, sino
que refuerza también la idea de que los resultados que los actores obtienen

21 Aya [1979(1985:16)].
22 Aya [1979 (1985: Ibid., infra)].
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son no sólo más modestos de lo que éstos desean sino también, y con
frecuencia, los que no desean en absoluto. Los objetivos, por tanto, pueden no
existir y, si existen, pueden no quedar nunca satisfechos. La cuestión sería
entonces cómo encajar en la explicación intencional en la indomable corriente
de la fuerza de los hechos sin caer ni en el determinismo más aberrante («todo
objetivo es producto inmediato de la situación»), ni tampoco en la más oscura
de las visiones conspirativas de la historia («todo suceso es puro resultado de
intenciones a las que corresponde o satisface completamente»). De la hipótesis
conspirativa nos ocupamos a continuación.
La hipótesis de los radicales al acecho es a juicio de muchos
observadores una de las versiones más zafias de la visión conspirativa de la
historia. Es también, sin embargo, una de las más comunes en varias
historiografías tradicionales y, a la vez, una de las tesis más contundentemente
refutada por las reconstrucciones históricas. ¿Debe haber un desafiador con
una agenda radical para que se produzca o triunfe una revolución? Los
observadores más sensatos tienden a ser tajantes sobre este punto: «los
revolucionarios radicales apenas han supuesto serias amenazas para el statu
quo hasta que otras fuerzas –sin esa intención lo han debilitado». Así se
pronunciaba Rod Aya haciendo referencia a la necesidad de la aparición de un
entramado de circunstancias que favorecieran la acción de los radicales. Sin la
concurrencia de las circunstancias políticamente oportunas, las amenazas de
los radicales son vacías. Es más: con frecuencia «los movimientos de ideas e
instintos conservadores se encontraron a sí mismos presionando en favor de
exigencias revolucionarias una vez que el colapso del poder estatal les colocó
ante una serie de nuevas opciones [...]. Las revoluciones comienzan normal-
mente con el esfuerzo de una restauración conservadora, y concluyen con
resultados que apenas habían sido pretendidos o previstos por los principales
intervinientes en ellas»23. Sólo cabría añadir que si es cierto que el partido
revolucionario puede –en ciertos contextos– determinar el curso de los
acontecimientos, no lo es menos que las circunstancias determinan –no en
ciertos contextos, sino siempre– la fortaleza, capacidad, implantación, y hasta
la existencia misma del partido revolucionario. Algo que, en general, los padres
fundadores de la teoría del partido revolucionario sólo aceptaron a
regañadientes o nunca aceptaron en absoluto.
Pero el problema no reside en cómo refutar las tesis conspirativas, sino
en qué sentido damos a esa refutación. Aya sostenía que todas las versiones
que parten de la presuposición de la existencia de grupos subversivos, de
radicales al acecho, no son sino distintas variantes de la visión retrospectiva de
las revoluciones que él desea combatir: «[...] sea por ello máxima (si se
requieren transformadores radicales) o mínima (si se requieren reformistas en
protesta cuya presión desemboca en un cataclismo social), la definición de la
revolución en función de la intención subjetiva es un punto muerto»24.
Volvemos así a la igualdad que los críticos de la visión retrospectiva
tenían planteada desde el principio: las visiones retrospectivas de la revolución
nos introducen en una concepción personalista y "subjetivista" de la historia. Lo

23 Aya [ 1979 (1985: 19)].


24 Aya [1979 (1985: Ibid.]
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que queda por ver es si la tesis que necesariamente complementa a ésta se


puede sostener: ¿Son las visiones prospectivas de la revolución invariable-
mente más "objetivas"?
Es cierto que muchas visiones históricas de la revolución y el conflicto
social toman de una u otra forma en consideración las opiniones e intenciones
de los participantes. Pero no se sigue de ahí que el interés por esas
"subjetividades" –a las que se convierte en "objeto" de estudio– conduzca
invariablemente al "subjetivismo". La confusión entre ambas posiciones es
moneda corriente en algunas discusiones historiográficas. Pero no es igual
escribir una –digamos– historia leninista del leninismo que hacer una historia
del leninismo en la que los posibles efectos sobre el orden social que pudieran
tener las opiniones e intenciones de Lenin y sus socios sean tomados en
consideración. Ni es lo mismo –más en general– tomar en cuenta los factores
subjetivos en una explicación cualquiera que disolver el discurso del
observador hasta confundirlo con la subjetividad de los actores, mimetizando
su lenguaje o adoptando sus visiones del mundo, lo que, en efecto, sí
conduciría inexorablemente a acabar diciendo de las conciencias lo mismo que
éstas nos dicen del mundo y de sí mismas.
Tampoco la hipótesis complementaria es menos problemática. Pues
nada hay de necesariamente "antisubjetivo" en la visión prospectiva que
Charles Tilly y sus seguidores empezaron a defender hace ahora más de veinte
años. Para Rod Aya la visión prospectiva de la revolución se centra en aquellas
situaciones caracterizadas por la presencia de un poder dual, y el enfoque so-
bre esta clase de situaciones es el principal recurso para trabajar dentro de lo
que Charles Tilly llamó en su momento el modelo interpretativo político. Dentro
de este modelo, la noción de situación revolucionaria en tanto que
caracterizada por la dualidad de poder es atribuida por Tilly y otros a la
monumental Historia de la Revolución Rusa escrita por León Trotski en 1932.
Es verdad que la visión de Trotski sobre las situaciones revolucionarias
se encuentra claramente articulada en torno a la idea de la dualidad de poder:

El poder único, condición necesaria para la estabilidad de todo régimen,


subsiste mientras la clase dominante consigue imponer a toda la sociedad,
como únicas posibles, sus formas económicas y políticas [...]
El régimen de la dualidad de poderes sólo surge ahí donde chocan de
modo irreconciliable las dos clases; sólo puede darse, por tanto, en épocas
revolucionarias, y constituye, además, uno de sus rasgos fundamentales25.

Y sin embargo, en la visión prospectiva de Trotski no todo son


elementos de carácter "político" y "objetivo". Por ejemplo, el origen de este
poder dual se encuentra, en la obra de Trotski, en la independencia de clase –
un estadio organizativo del movimiento y de conciencia de clase que se
conquista antes de que pueda erosionar el poder coactivo del Estado y generar

25Trotski [1932 (1985: vol. 1, capítulo xi, p. 177)]. Citaré la obra en lo sucesivo bajo las siglas HRR. Para
una discusión de la noción de situación revolucionaria vista desde la óptica de la soberanía múltiple de
Trotski, véase Amann (1962).
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una crisis política. La misión de la revolución, de la contrarrevolución o de


cualquier otro poder emergente consiste, para Trotski, en triunfar en cada
nueva etapa sobre la anarquía de la dualidad de poderes. La manera en la que
Trotski se sirve de la noción de independencia de clase presenta, por lo demás,
un sorprendente parecido con algunas de las formulaciones de Gramsci sobre
la célebre cuestión de la hegemonía. Hay un pasaje de Trotski donde esta
convergencia resulta impresionante:

La mecánica política de la revolución consiste en el paso del poder de una


a otra clase. La transformación violenta se efectúa generalmente en un
lapso de tiempo muy corto. Pero no hay ninguna clase histórica que pase
de la situación de subordinada a la de dominadora súbitamente, de la
noche a la mañana, aunque esta noche sea la de la revolución. Es ne-
cesario que ya en la víspera ocupe una situación de extraordinaria inde-
pendencia con respecto a la clase oficialmente dominante; más aún, es
preciso que en ella se concentren las esperanzas de las clases y de las ca-
pas intermedias, descontentas con lo existente, pero incapaces de de-
sempeñar un papel propio26.

Hasta aquí hemos puesto en discusión la idea de que toda visión


retrospectiva de las revoluciones deba ser necesariamente "subjetivista".
También hemos puesto en cuestión que toda aproximación prospectiva sea
siempre independiente de factores intencionales o, más en general,
"subjetivos". De todo ello, sin embargo, tampoco pueden seguirse las hipótesis
contrarias: que las visiones prospectivas deban quedar indefectiblemente
atrapadas en un universo "subjetivista". Lo ya señalado para las visiones
históricas debería aplicarse también ahora: tomar en consideración las
intenciones o las creencias de los participantes no es igual que definir una
situación política exclusivamente a través de las percepciones que de ella
tienen los actores. Pero vayamos al último frente de ataque a las visiones
retrospectivas.
Una tercera forma de definir las revoluciones retrospectivamente sería
hacerlo en función de los grandes resultados institucionales que las
revoluciones contribuyen a poner en marcha. «Definidas por los resultados, las
revoluciones se equiparan a la suma total de los cambios sociales y políticos
inducidos por las violentas pugnas en pos del poder del Estado, o
consecuencia directa de las mismas, así como también a los programas
transformadores propugnados por los partidos triunfantes»27. Aya recurría en
este punto a la célebre definición de Samuel Huntington según la cual «la
revolución es un cambio interior rápido, fundamental y violento, de los valores
dominantes y los mitos de una sociedad, de sus instituciones políticas, de su
estructura social, de su liderazgo y de la actividad y las políticas de su
gobierno»28.
Rod Aya reconocía algunas virtudes en esta perspectiva.

26 HRR, Ibid.
27 Aya [1979 (1985: 19–20)].
28 Huntington (1968: 264). Véase también Deutsch (1961), sobre lo mismo.
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La primera es que Huntington presentaba una demarcación claramente


política de los cambios, lo que facilita la exclusión de otros procesos a largo
plazo de índole socioeconómica a los que tradicionalmente se ha otorgado
distintivo "revolucionario". En segundo lugar, Huntington incorporaba una nítida
distinción entre las revoluciones y otros acontecimientos políticos de menor
envergadura –tales como insurrecciones, rebeliones y revueltas que no dan
paso a ningún cambio social fundamental (que carecen, según la jerga, de
salida revolucionaria), o golpes de Estado (que no implican ninguna situación
revolucionaria), o guerras de independencia nacional que en general no
fuerzan cambio básico alguno en la estructura social. En tercer lugar, la
definición de Huntington acota bien a las llamadas Grandes Revoluciones,
revoluciones triunfantes o revoluciones sociales, quedando así relegadas las
revoluciones fracasadas o abortadas y las contrarrevoluciones (ambas
comparten el rasgo de que sus desarrollos imposibilitan cualquier salida
revolucionaria). Por último, la definición de Huntington imponía la restricción de
que el cambio fuera desencadenado desde el interior del Estado (domestic), y
ello excluye de la definición a todos los cambios sociales estructurales
resultantes de ofensivas exteriores manu militari29.
La definición de Huntington era falsable y eso la hacía atractiva: era lo
suficientemente amplia como para no quedar en una pura descripción, pero
también lo bastante restringida como para ser significativa y susceptible de ser
probada. Aya tenía, pese a todo, dos objeciones que hacer al respecto.
Primera: que las Grandes Revoluciones difirieron enormemente en la forma y
grado en que llegaron a satisfacer la definición de Huntington. Y segunda: que
la definición no distingue entre los cambios inducidos por la violencia de la
revolución y los generados por la violencia de la dominación, es decir, por el
monopolio postrevolucionario del poder30. Pero veamos.
Puede que, en efecto, las Grandes Revoluciones hayan sido
enormemente diferentes en aspectos tales como la participación de las masas,
la innovación ideológica, el liderazgo o los grupos dirigentes post–
revolucionarios. Caben pocas dudas, sin embargo, de que todas ellas
significaron la apertura de un proceso de profundos cambios sociales. Debe
advertirse, es verdad, que existen grandes diferencias entre los procesos de
transición de la sociedad feudal a la sociedad capitalista y los procesos de
transición desde el capitalismo hacia las sociedades post–capitalistas hoy en
retroceso. Las diferencias radicaban, sobre todo, en el significado de la ruptura
revolucionaria. Pues las revoluciones antifeudales tuvieron más de sanción
política de las transformaciones estructurales que habían tenido lugar
previamente, mientras que las revoluciones socialistas han presentado,
además, el rasgo de haber abierto un proceso de transformación estructural
posterior. Pero pese a esta diferencia, que separaría a Francia de Rusia y de
China, todas ellas han supuesto profundos cambios en la estructura de la
propiedad, el Estado, el Derecho y el régimen constitucional. Huntington fue
consciente además del riesgo que las diferencias entre los grandes casos
entrañaban para su definición. Por ello se sirvió también de una claúsula ad
hoc que hacía referencia a la autoridad y a la estabilidad de las instituciones a

29 Aya [1979 (1985: 20–21)].


30 Aya, Ibid 21
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las que las revoluciones dan lugar31. Se trataba de establecer una conexión
política entre dos estadios conocidos de una misma secuencia: la salida
revolucionaria y los resultados a medio y largo plazo. El factor de
indeterminación residía en la evidencia de que no todas las salidas
revolucionarias producen a medio y largo plazo resultados equiparables. Más
allá de los programas y de la voluntad política de los nuevos dirigentes, la pro-
fundidad de los cambios post–revolucionarios debe tener que ver con la fuerza
política del régimen emergente y ésta, a su vez, no puede explicarse más que a
través de la amplitud de la transferencia de poder que ha tenido lugar.
Recordemos que éste era el elemento que Charles Tilly consideraba decisivo
para justipreciar los resultados de una revolución, y el modelo político de Tilly
es el que Aya adopta como vara de medir para todos los demás. La definición
de Huntington no se encuentra, en realidad, tan lejos del modelo político. La
única diferencia en este punto es, tal vez, la siguiente: si el factor decisivo de
conexión entre una salida revolucionaria y los resultados a largo plazo es la
fuerza política que el nuevo régimen puede hacer valer, ése factor adopta
nombres distintos para distintos observadores. Huntington lo describe como
«autoridad y estabilidad de las instituciones post–revolucionarias». Para Tilly se
trata de encontrar un instrumento de medida: la «amplitud de la transferencia
de poder».
En segundo lugar, es cierto que no clarifica si los cambios son inducidos
por la violencia de la revolución o por la violencia del monopolio post–
revolucionario del poder. Si seguimos aquí también a Tilly, sin embargo,
deberíamos acordar que pocos cambios duraderos –más allá, quiero decir, de
la alteración del orden público, político y constitucional pre–existente– ocurren
en el transcurso mismo de una revolución. La mayoría de estos cambios –y
también los más importantes– son el resultado de la dominación ejercida ex
post y de manera sostenida una vez que la batalla por el monopolio del poder
se ha ventilado a favor de una de las partes durante las jornadas
revolucionarias. Pero estas observaciones tampoco afectan demasiado a la
definición de Huntington salvo, tal vez, en el aspecto de que éste integra los
resultados sociales y políticos dentro de la secuencia revolucionaria misma,
mientras que tales transformaciones suelen tener lugar, por el contrario,
«dentro de los límites de la continuidad política»32 –aunque ésta sea, es cierto,
una continuidad política post–revolucionaria. Es verdad que se trata de un
período posterior y diferente de la revolución misma, pero hubiera bastado que
en lugar de escribir «la revolución es un cambio[...]» Huntington hubiera escrito
«la revolución consiste en una serie de acontecimientos políticos que
desencadenan un cambio[...]». Claro que con un predicado de esta clase
hablaríamos de lo que las revoluciones hacen, y no de lo que son.
Rod Aya, en todo caso, no se deja convencer. Protesta que el enfoque
de Huntington resulta confuso para definir la revolución en sentido estricto,
pues la definición huntingtoniana (incluida la cláusula sobre la estabilidad
política) sólo abarca una parte de la secuencia revolucionaria (la salida) e
introduce además un elemento ajeno a tal secuencia (el desarrollo social post-
revolucionario). En resumen, la vieja artimaña del Picking up winners o, como

31 Huntington (1968: 266).


32 Aya, Ibid, 22
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Aya escribía, la confirmación del giro radical de la visión whig de la historia,


pues se toman por verdaderas revoluciones sólo aquellas que triunfan y,
además, se introduce un sesgo en la calificación al considerar los resultados a
largo plazo que –de añadidura– entran en la definición del fenómeno.
Cabe preguntarse, sin embargo, si las cuatro virtudes que Aya
encontraba en la definición de Huntington no son, en realidad, deseables para
cualquier otra definición alternativa. Si la respuesta es afirmativa, entonces
tendremos que aceptar que no resulta tan sencillo prescindir por completo de
toda visión histórico–retrospectiva de las revoluciones y que –incluso si ello fue-
ra posible– cualquier otra definición prospectiva que pretendiera incorporar las
ventajas señaladas tampoco podría escapar a la visión whig de la historia. En
este sentido, es verdad, definiciones como la de Huntington son ideológicas.
Pero también es cierto que no hay en ellas ni un sólo elemento "subjetivista",
intencional, que conduzca a la teleología subjetiva. Y éste, y no otro, era el
defecto fundamental que los críticos imputaban a las visiones retrospectivas.

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El empeño de los críticos por delimitar la secuencia de la revolución y


darle una definición política parece conducir hacia una serie de asociaciones
entre definiciones, unidades de análisis y... tal vez... hasta tipos de explicación.
Tal vez se pueda plantear que a las definiciones retrospectivas deba
corresponder un enfoque centrado sobre las causas o los resultados de la
revolución y que la explicación del proceso revolucionario o de sus salidas
pueda adoptar cualquier tipo de explicación: causal, funcional (teleología
objetiva), o intencional (teleología subjetiva). Y quizás pueda plantearse
también que las definiciones prospectivas correspondan a un enfoque centrado
exclusivamente sobre las situaciones revolucionarias y que el tipo de
explicación que corresponde al análisis de este objeto es la explicación causal.
Sin embargo, la línea divisoria entre estas dos estrategias de análisis no está
tan clara.
A continuación mostraré que la visión prospectiva de Trotski, centrada
sobre las situaciones revolucionarias, no descuida tampoco los factores
intencionales toda vez que busca situarlos en el marco de una lógica no
conspirativa. Se podría ir más lejos todavía: no se trata sólo de que en el
prospectivismo que Charles Tilly y sus seguidores imputan a la visión de Trots-
M nos encontremos con la presencia de factores subjetivos. Es que, además,
en sus líneas dedicadas al arte de la insurrección33, Trotski se esfuerza
precisamente por combinar las dos perspectivas. El centro del análisis es ahora
el proceso insurreccional.

33 HRR, Vol. ii, capítulo XLIII, pp. 357–378.


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Ha habido siempre cierta asimetría en las valoraciones que la sociología


y la teoría política de la sociedad burguesa han dado sobre los dos elementos
básicos del proceso insurreccional. La parte conspirativa de los procesos
revolucionarios ha sido siempre caracterizada como un tipo de acción dotada
de una máxima racionalidad de cálculo político. Invadida por maquinadores
individuales perfectos, la narrativa de la gran conspiración –ésa que cambia o
desafía al rumbo de la historia ha sido patrimonio de la historiografía y de la
teoría política. Al contrario, la parte insurgente de las revoluciones ha sido
retratada desde Sorokin y los críticos reaccionarios de la revolución como un
tipo de acción en la que prevalecía la máxima irracionalidad, la ausencia de
todo cálculo político, el espontaneísmo, la fiebre de las pasiones contra la
razón, la enfermedad mental, la deformidad social y las mutaciones de unos
sujetos incapaces de controlarse. La descripción de esta clase de episodios
vino primero de la mano de los críticos de la Revolución francesa y fue después
sistematizada por la sociología34. El pensamiento político bolchevique y,
señaladamente, algunas de las obras de Trotski trataron de equilibrar esta
asimetría.
Nada hay de irracional en el levantamiento popular para Trotski y,
menos aún, cuando ese "impulso fundamental” viene acompañado por una
conspiración que actúa a su servicio. Ni las conspiraciones son tampoco tan
"racionales" desde el punto de vista del cálculo político si no aparecen
asociadas al movimiento de las masas. Al contrario, según Trotski, el acto
conspirativo por si mismo puede llegar a ser no sólo irracional sino incluso
síntoma inequívoco de enfermedad social cuando éste tiene lugar aislado y de
espaldas al empuje de las masas:

[...] es necesario cierto grado de enfermedad social –como en


España, en Portugal y en América del Sur– para que la política de
las conspiraciones pueda alimentarse constantemente [...]. Las
"revoluciones" crónicas de las repúblicas sudamericanas no tienen
nada en común con la revolución permanente sino que, al contrario,
son en cierto sentido su antítesis35.

Pero lo que nos interesa de este intento de combinación de las dos


perspectivas es cómo Trotski hace funcionar los factores "objetivos" y los
"subjetivos" en la descripción del proceso revolucionario. Para empezar, Trotski
distingue claramente entre la fuerza de los hechos y los factores intencionales
y, dentro de estos últimos, entre las fuerzas de la conspiración y las fuerzas de
la insurgencia:

[...] en una revolución no hay otra coacción que la de las


circunstancias. La revolución se produce cuando no queda ya otro

34 Para los tratamientos sociológicos de la primera mitad del siglo, véanse (cito por orden alfabético)
Brinton (1938), Brogan (1951), Edwards (1927), Ellwood (1905), Gottshalk (1944), Hopper (1950), Le Bon
(1913), Pettee (1938), Riezler (1943), Sorokin (1925, 1937) y Yoder (1926).
35 HRR, Vol. II capítulo XLIII, p. 357, infra..
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camino. [...] Una insurrección victoriosa que sólo puede ser la obra
de una clase destinada a colocarse a la cabeza de la nación es
profundamente distinta, tanto por la significación histórica como por
sus métodos, de un golpe de Estado realizado por conspiradores
que actúan a espaldas de las masas36.

Y sin embargo, todo esto en absoluto significa

[...] que la insurrección popular y la conspiración se excluyan


mutuamente en todas las circunstancias. Un elemento de
conspiración entra casi siempre en la insurrección en mayor o menor
medida. Etapa históricamente condicionada de la revolución, la
insurrección de masas no es nunca exclusivamente elemental. [...]
Una insurrección de masas puede ser prevista y preparada. Puede
ser organizada de antemano. En este caso, el complot se subordina
a la insurrección, la sirve, facilita su marcha, acelera su victoria.
Cuanto más elevado es el nivel político de un movimiento
revolucionario y más seria su dirección, mayor es el lugar que ocupa
la conspiración en la insurrección popular. [...] Es cierto que la
historia demuestra que una insurrección popular puede vencer en
ciertas condiciones sin complot [... Pero] derribar al antiguo poder es
una cosa. Otra diferente es adueñarse de él. [Es más: una masa
desprovista de privilegios sociales anteriores al derribamiento del
viejo orden que sólo cuenta con su número, su cohesión, sus
cuadros, su Estado Mayor] «necesita de la conspiración también
después del derribamiento del antiguo poder»37.

Entonces... ¿se ha alineado Trotski con la concepción conspirativa de la


política de los escritores oscuros de la burguesía? No parece que sea así. Para
el revolucionario ruso la cuestión se resuelve en la combinación –en la teoría y
en la práctica revolucionaria– de la intromisión consciente con el proceso
elemental:

En la combinación de la insurrección de masas con la conspiración, en


la subordinación del complot a la insurrección, en la organización de la
insurrección a través de la conspiración, radica el terreno complicado y lleno de

36 HRR, Ibid., p. 357, supra.


37HRR, Ibid., pp. 357–358. El papel desempeñado por el golpe de Estado en la revolución ya había sido
reconocido por John Dunn (1972) en su clásico Modern Revolutions. Las disecciones clásicas,
anatómicas, del proceso revolucionario también se ocuparon de las relaciones entre golpismo e
insurrección dentro del proceso revolucionario: véanse Brinton (1938) y Pettee (1938). Menos centrados
sobre la "anatomía" de la revolución y más sobre su proceso, Pye (1964) y Shugart (1987) también
discuten el lugar ocupado por levantamientos y coups d'etat. Sobre revoluciones y contrarrevoluciones,
Lipset (1969) y Rice (1990).
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responsabilidades que Marx y Engels denominaban "el arte de la


insurrección”38.
Si examinamos los pasajes de Trotski que hemos incorporado a esta
discusión, podemos reparar, además, en que hay tres niveles distintos en los
que definir la relación de fuerzas entre las clases contendientes. Existe, en
primer lugar, una relación de fuerzas de carácter estructural que refiere a las
capacidades de clase, a su posición en la sociedad y a sus posibilidades de
«desempeñar un papel propio». Existe, en segundo lugar, una relación política
de fuerzas que remite a las capacidades organizativas de la clase para, por
ejemplo, organizar un largo período de resistencia o, al contrario, ir
conquistando la «independencia de clase». Y hay, por fin, una relación de
fuerzas puramente militar, que es de todas ellas la más rápidamente alterable,
cambiante y episódica. Dentro de esta última tienen lugar tanto el hecho in-
surreccional como las escaramuzas entre los grupos de conspiradores y el
poder establecido.
Toda situación revolucionaria puede verse como un momento de lucha
abierta en búsqueda de la apropiación del poder coactivo. Naturalmente, la
situación revolucionaria se resuelve (en el sentido de pasar o no a tener una
salida revolucionaria) siempre en el terreno militar. Pero para que el desenlace
natural de toda situación revolucionaria tenga finalmente lugar, es preciso que
previamente se produzca en el escenario de la sociedad y dentro también del
mismo aparato del poder coactivo –en el ejército– un episodio combinado de
insurrección y conspiración. La lucha por el ejército y la tropa tiene tanto de
lenguaje de sables desde la base como de complot desde el vértice.
Trotski, sin embargo, nunca identificó el hecho revolucionario con la
tercera relación de fuerzas (la militar), ni situó el conjunto de los problemas de
la táctica insurreccional exclusivamente dentro del ámbito militar. Si la
revolución se resuelve en el terreno militar, se prepara en el terreno político. Es
en sí, por tanto, más amplia que los episodios de conspiración y de insu-
rrección. Sus problemas tácticos abarcan aspectos anteriores y diferentes de la
estrategia militar, de la conspiración o de la organización del levantamiento
popular. Al contrario, Trotski combatió las visiones tacticistas cuyo origen
situaba en la tradicion conspirativa de Babeufe insistió en que la reflexión y la
práctica de Marx, Engels y Lenin había rechazado siempre el enfoque
conspirador de los alquimistas de la revolución.
El revolucionario galo, Louis–Auguste Blanqui estuvo en el punto de mira
de estas críticas. Había en la tradición blanquista tres igualdades falsas en las
que la primera de ellas daba origen a las otras dos. Primera: la insurrección se
equiparaba con la revolución misma. Por tanto, en segundo lugar, en nada
difería la táctica revolucionaria general de la mera táctica insurreccional. Por
último, en tanto que las tácticas revolucionaria e insurreccional eran reducibles
a una sola, se hacía posible una tercera reducción: cualquier cuestión táctica
era, en último término, un problema militar. Louis–Auguste Blanqui había
deducido varias reglas tácticas sin el respeto de las cuales la victoria de una
revolución (una insurrección) se consideraba altamente improbable. Todas
estas reglas hacían referencia a los problemas militares de la insurrección.

38 HRR, Ibid., p. 358.


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Blanqui había muerto en 1881, pero todavía muchos años después el peso de
esta tradición se hacía sentir en el movimiento obrero europeo y en las
discusiones que tenían lugar dentro de sus organizaciones. Fueron los
socialdemócratas quienes calificaron de blanquista el reglamento táctico de
Blanqui y lo compararon con lo que en Alemania empezaba a conocerse como
aventurerismo o putchismo revolucionario. Es verdad que la comparación entre
Blanqui y el KPD era confusa porque Blanqui y sus seguidores fueron siempre
escépticos sobre la utilidad de la huelga general como arma revolucionaria39.
Pero la verdadera dimensión del aventurerismo blanquista estaba en otro lugar.
El aventurerismo de Louis–Auguste Blanqui era una teoría de la ofensiva
militar mientras que el putehismo de la Alemania de posguerra se basaba en
una teoría de la ofensiva política revolucionaria formulada por los dirigentes
alemanes después de la derrota de la Revolución de Noviembre, hacia 1920 y
192140. En la versión alemana había una confusión entre las nociones de
época y coyuntura que conducía a soslayar el problema de las condiciones
concretas afirmando de manera abstracta el carácter revolucionario del período
mismo: puesto que la época era revolucionaria, la única estrategia correcta era
la ofensiva que debía ser emprendida incluso contra la disposición o el estado
de ánimo de las masas ya que su razón de ser no radicaba en sus objetivos
políticos sino en su impacto subjetivo sobre la consciencia de clase. Las
filípicas de Trotski en contra de la teoría de la acción armada parcial contra el
Estado tras la desastrosa ofensiva de Marzo de 1921 son conocidas. Pero lo
que importa de ellas es que Trotski nunca identificó la política de los «cafres de
la ofensiva» del KPD con la visión blanquista de la ofensiva militar. Su crítica a
Blanqui consistió en identificar el alcance real de su propuesta y en establecer
sus límites.
Trotski nunca pensó que la propuesta de Blanqui fuera infalible ni
siquiera si ésta era evaluada desde un punto de vista estrictamente militar.
Incluso desde este punto de vista tecnológico, las reglas tácticas de Blanqui
tenían un punto débil: debían ser modificadas al tiempo que evolucionasen las
condiciones sociales y las técnicas militares. Trotski recuperaba así la crítica de
Engels al blanquismo y al fetichismo de la barricada, apoyándose en la
evidencia de los cambios tecnológicos generales y de las mutaciones
experimentadas por la técnica militar. La tecnología insurreccional del
blanquismo encajaba con el carácter del viejo París, con su proletariado
artesanal, sus calles estrechas y con el sistema militar y de orden público de
Luis Felipe41. Ésta era una crítica técnica a un planteamiento técnico. Pero,
además del papel crecientemente secundario de la barricada, Engels puso de
relieve otra cuestión: el lugar secundario de la insurrección en la revolución42.

39 Sobre el papel de la huelga general en las revoluciones europeas, véase Goldstein (1984). Sobre el
problema de la táctica militar y de las fuerzas armadas, véanse Chorley (1943) y Russell (1974), y sobre
la guerra "exterior" y sus relaciones con las "guerras internas", Starr (1994).
40Estas últimas y las observaciones que siguen son una glosa de las de Perry Anderson en «The
Antinomies of Antonio Gramsci», New Left Review, núm. 100, 1977.
41 HRR, Vol. 11, capítulo XLIII, p. 359.
42Lugar secundario, digo, en el sentido de las dimensiones relativas de un episodio frente al otro. Los
socialdemócratas lo entendieron como una claudicación de Engels ante lo que él llamó el «cretinismo
parlamentario».
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Ahí precisamente radica el núcleo de la crítica política al planteamiento


tecnológico de Blanqui, pues pone al descubierto la estrecha concepción que el
blanquismo tiene del proceso revolucionario. Y Trotski recupera a Engels en
este punto, pues sus críticas a la teoría blanquista de la ofensiva militar no
tienen por objeto el carácter "ofensivo" de la propuesta –Como era el caso con
el putchismo alemán– sino su naturaleza exclusivamente militar. Trotski no
criticó la teoría por su carácter ofensivo sino por estar formulada y por ser
llevada a la práctica independientemente de la caracterización de las
condiciones concretas de la lucha de clases. Criticó la formulación abstracta de
éstos y otros predicados, pues para el revolucionario ruso las fases "ofensivas"
y "defensivas" se insertaban en momentos diferentes y variables de la lucha y
sólo determinables a través de la evaluación de las condiciones reales de la
contienda. Ello incluye precisamente los tres niveles de relaciones de fuerza
por medio de los cuales hemos relacionado la visión de Trotski sobre la
"independencia de clase" con la noción gramsciana de "hegemonía". En el nivel
más profundo –sujeto a cambios más lentos– se encuentran las condiciones
que ponen los límites absolutos a todo movimiento social. No cualquier
estructura de clases permite cualquier política. En el nivel político se
encuentran las capacidades organizativas de los contendientes, que remiten a
cómo éstos han conseguido movilizar los recursos de lealtad a su disposición.
Y, por último, un nivel de superficie, el más cambiante y coyuntural, en el que la
estrategia y la conciencia, las percepciones, creencias y decisiones se
interconectan: las disposiciones de las partes, los repertorios de acción, y las
estrategias de posición y trinchera o de maniobra son algunos de sus ele-
mentos. No cabe aquí descubrir regularidad ni correspondencia invariable
alguna: un estado de ánimo muy caldeado puede corresponder a un revés
defensivo y un repertorio de formas de acción colectiva muy moderadas puede
corresponder a una larga ofensiva.
De otro lado, nada había de exclusivamente blanquista en la obsesión
por una correcta táctica insurreccional. Estas preocupaciones eran compartidas
por el marxismo revolucionario. Es por ello por lo que Trotski no encontró razón
alguna para hablar de blanquismo como sinónimo de una teoría de la ofensiva
militar. Si de algo se trataba era de poner de manifiesto la ausencia en esa
misma teoría de una concepción política de la revolución:

La insurrección es un arte y como todo arte tiene sus leyes. [...] Las reglas
de Blanqui respondían a las exigencias del realismo en la guerra re-
volucionaria. El error de Blanqui consistía no en su teorema directo sino en
el recíproco. Del hecho de que la incapacidad táctica condenaba la
revolución al fracaso, Blanqui deducía que la observación de las reglas de
la táctica insurreccional era capaz por sí misma de asegurar la victoria.
Sólo a partir de esto es legítimo oponer el blanquismo al marxismo. La
conspiración no sustituye a la insurrección En principio el error del
blanquismo consistía en la identificación de revolución con insurrección. El
error técnico del blanquismo consistía en identificar la insurrección con la
barricada43.

43 HRR, Ibid., p. 359.


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Así pues, a la visión tecnológica basada en el fetichismo de la barricada


Trotski opone una concepción política del proceso revolucionario. Ahora bien,
esta visión política se encuentra invariablemente conformada por la
combinación de elementos de carácter "objetivo" y "subjetivo". De hecho, el
momento revolucionario se compone para Trotski de tres elementos que, en
contra del sistema de pura conspiración, se encuentran en una relación de
reciprocidad condicional. En primer lugar, la incompetencia del régimen. Esta
circunstancia, junto a la existencia de una "clase revolucionaria" conforman
algo así como –por hacer uso de la jerga contemporánea– un "marco de
oportunidades". El tercer elemento es la resolución de las alianzas. Es obvio
que al menos dos de estos tres factores tienen un alto contenido de
"intencionalidad", Trotski era consciente de ello y no trata de sustraerse a la
necesidad de explicar cómo interactúan los factores intencionales con los
procesos objetivos situados fuera del control de los individuos. Recurrió para
ello a una más de sus metáforas generativas. Se sirvió de la metáfora de la
obstetricia:

[...] el hecho de que no se pueda provocar cuando se quiere un levanta-


miento y que para la victoria sea necesario organizar oportunamente la
insurrección, plantea a la dirección revolucionaria el problema de dar un
diagnóstico exacto: es preciso sorprender a tiempo la insurrección que
asciende y completarla con una conspiración. Aunque se haya abusado mucho
de la imagen, la intervención obstétrica en un parto sigue siendo la ilustración
más viva de esta intromisión consciente en un proceso elemental44.

La convergencia de los factores intencionales con los procesos


"objetivos" es aquí impresionante, toda vez que Trotski nos sitúa en un
escenario en el que la revolución no es explicada como el precipitado de una
suma de factores causales sino como un proceso de causación continuo y
cambiante45. La correcta elección del momento de la insurrección era el
problema clave para Trotski, ya que este momento es el nexo de relación entre
la política revolucionaria de Lenin y la tecnología insurreccional de Blanqui y los
blanquistas46. Así entendida, la política revolucionaria no es sino un constante
esfuerzo de comprensión ginecológica de la dinámica social. Complementa a la
táctica insurreccional en cuanto que la sitúa política y cronológicamente en su
lugar preciso. Establece una jerarquía de las tareas políticas porque, como
hemos visto, los problemas tácticos de la revolución se desenvuelven hacia
atrás y hacia adelante de la propia crisis revolucionaria, involucrando aspectos
anteriores, posteriores y diferentes de la pura estrategia militar que queda
siempre cercada por un marco político que la limita y la constriñe, y englobada
dentro de una red de problemas más amplios que le son infranqueables.
Establece, por fin, en la política revolucionaria una agenda, vinculada a un

44 HRR, Ibid, pp. 360–361 (cursivas mías). Para la relación entre los tres elementos aludidos
(incompetencia del régimen, clase revolucionaria y alianzas), véanse las páginas 361–362 passim.
45Burawoy (1989) se sirve de esta misma contraposición para criticar el método inductivo adoptado por
Theda Skocpol.
46 HRR, Ibid., pp. 361 ss. passim.
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orden cronológico riguroso dentro del que las infracciones han tenido siempre
un alto precio.
Si tuviéramos que representar gráficamente esta secuencia, podríamos
hacerlo de esta forma:

FIGURA 1.
ESQUEMA DE LA REVOLUCION SOCIAL EN UNA SECUENCIA TRIFÁSICA

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La discusión precedente ponía de relieve algunas limitaciones de las


definiciones y etiologías de la revolución más usadas en la literatura sobre el
tema. Hemos visto cómo algunas definiciones incluían elementos extraños a la
revolución o, al contrario, dejaban fuera de la secuencia de acontecimientos
relevantes algunos "nudos de acontecimientos" de máxima importancia. En
otras definiciones el factor intencional quedaba descartado so pretexto de no
caer en una identificación inadmisible con los propósitos o la visión del mundo
de los actores. También hemos visto cómo la contraposición entre prospección
y retrospección nos conducía a la observación de ciertos "nudos de
acontecimientos" desde una única perspectiva. Finalmente, las restricciones
impuestas por un canon de definición exclusivamente político nos impedían la
consideración de elementos tan importantes para una explicación histórica

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como son los factores (causas) estructurales, toda vez que esas restricciones
eran opacas con respecto a una definición de la revolución que pudiera
hacerse cargo también de los resultados históricos a largo plazo. El llamado
modelo político en particular, con su insistencia en la visión prospectiva y su
enfoque exclusivo sobre las situaciones revolucionarias, podía impedirnos
observar la secuencia de los acontecimientos revolucionarios "hacia atrás".
El esquema presentado en la figura 1 tiene varias características. Introduce,
primero, una visión política de la revolución que incorpora la combinación entre
movimientos de insurgencia colectiva y la racionalidad política de la pequeña
camarilla de conspiradores. Todo ello queda unido a la existencia de una salida
revolucionaria, es decir, a la consumación de un momento de ruptura definitiva
y sin marcha atrás con el régimen. Hemos operado, sin embargo, una
reducción que los "situacionistas" nunca aceptarían: la situación revolucionaria
queda fuera de la secuencia de la revolución social en sentido estricto. Es vista
como algo anterior y diferente de la revolución misma. Además, hemos
procurado introducir una distinción nítida entre la salida revolucionaria –inscrita
en la esfera de los desarrollos políticos– y los resultados históricos que quedan
enmarcados en la lógica del cambio social a largo plazo. Además, la secuencia
crisis revolucionaria cum revolución tiene un momento intermedio de máxima
incertidumbre y de desenlace completamente abierto que significa tanto el final
de la primera fase (la crisis) cuanto la posibilidad de comienzo de la segunda
(la revolución). La secuencia entera puede verse como el proceso histórico por
el que se genera un micro–ámbito de elección y decisión; un nudo político
inscrito en una trayectoria de cambio social a largo plazo. Por último, la
secuencia es tanto desencadenada como desencadenante. Se configura como
una estructura de recursos y oportunidades políticas en las que las intenciones
y los propósitos de los actores pueden –aunque no necesariamente– instaurar
un: giro profundo y definitivo en el curso de los acontecimientos47. Pero se trata
ahora de entender el flujo de los acontecimientos desde una ginecología de la
revolución y no desde una simple mecánica. Para ello nos hemos servido del
razonamiento analógico de Trotski basado en la metáfora de la obstetricia. Éste
era un modelo de definición secuencial y una etiología de la revolución de claro
cuño político, de orientación prospectiva, y en el que, sin embargo, tienen
cabida los efectos perversos de las acciones de los agentes: los planes de los
actores pueden torcerse. Otra cosa es que uno tome las motivaciones de los
actores (como en su día hizo la corriente de la relative deprivation theory: RDT,
y en general, todas las etiologías del desorden social) o la movilización de sus
recursos (como hiciera la corriente de la resource mobilization theory –RMT–
en sus variantes más o menos dependientes de la economía neoclásica y, en
general, todos los esquemas basados en el movimiento social) por el conjunto
de la secuencia...48. Sobre la racionalidad que anima a los actores, o los

47 Esta visión de las coyunturas políticas fluidas debe mucho a la de Michael Dobry, Sociología de las
crisis políticas. La dinámica de las movilizaciones multisectoriales, Madrid: cis–Siglo XXI, 1988.
48Las contribuciones de Goldstone (1994) y Lichbach (1994) –ambas traducidas en este número– se
ocupan, en parte, de comparar estas dos corrientes. Ejemplares de RDT (y su población "flotante")
incluidas en la bibliografía que sigue a este artículo son Davies (1962, 1969), Feierabend y Feierabend
(1972), Feierabend, Feierabend y Nesvold (1969, 1973), Gurr (1968, 1968b, 1971), Jorthson –desde el
funcionalismo–estructural– (1964, 1966), Schwartz (1971) y, todavía un manual de consulta con su
célebre teoría del "valor añadido", Smelser (1961). Los críticos al modelo "volcánico" o –como Tilly
gustaba decir– "hidraúlico" de la movilización popular aparecen en la lista en Aya (1979, 1990, 1994,
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estímulos que jalean a conspiradores e insurrectos, ni Trotski, ni la visión


marxiana de la "conciencia de clase" tenían, naturalmente, teoría alguna49.
Pero la cuestión de cómo podrían las principales teorías de la acción colectiva
cubrir esta laguna merece tratamiento aparte.

B
BIIB
BLLIIO
OGGR
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A

La siguiente lista de referencias está pensada para ofrecer una panorámica de


la literatura angloamericana escrita en este siglo dentro del campo de las
teorías sociológicas sobre la revolución. La lista deliberadamente excluye las
obras clásicas de los siglos xviii y xix (los escritos de los propios jacobinos, las
Reflexiones sobre la Revolución Francesa de Edmund Burke [1790], los
ensayos del conde Joseph Marie de Maistre o El Antiguo Régimen y la
Revolución Francesa de Alexis de Tocqueville [1856]), así como las
contribuciones formuladas desde la teoría política o la filosofía política (por
ejemplo, la obra de Hannah Arendt no se encuentra en la lista). La lista
tampoco incluye las obras producidas en las culturas francófonas (a excepción
de una edición inglesa de Le Bon), germana, rusa (a excepción de una edición
castellana de Trotski) o italiana, y sólo incluye unos pocos títulos, muy
recientes, de entre las contribuciones escritas en español. No hará falta decir
que la selección de contribuciones en español es enteramente arbitraria. Todas
las exclusiones mencionadas explican la ausencia de nombres como los de
Ortega y Gasset, Tarde, Sorel, Canetti, Debray o Fanon. La lista excluye
también la abundantísima literatura existente sobre las teorías de los
movimientos sociales, así como los monográficos sobre casos históricos de los
períodos medieval, moderno y contemporáneo. Tampoco han sido incluidos los
estudios de casos sobre las revoluciones en el tercer mundo ni todos los
estudios comparativos sobre revoluciones clásicas o revoluciones
contemporáneas en los mundos capitalista, socialista y en situación de
subdesarrollo. Algunos de estos estudios (de casos, o comparativos) se han
mantenido en la lista si satisfacían el criterio de presentar, además del estudio
empírico, una discusión teórica relevante, o bien si la factura del estudio
representó una novedad en el momento de su publicación. Una lista más
completa que ésta ha sido confeccionada por Charles Tilly, «Selected Readings
on Political Change: 1995 Version», New School for Social Researeh, Nueva
York: julio 1995, mimeografía (115 páginas), pp. 96–105. Hay, no obstante, un
buen número de referencias incluidas en esta lista que no se encuentran en los
«Selected Readings» de Tilly. Su listado representa pobremente, por ejemplo,
a la nutrida cohorte de estudios que buscó aplicaciones de la teoría de la
frustración y la agresión al estudio empírico de las revoluciones y la violencia

1994b, 1994c, 1994d), Goldstone (1994), Kuran (1991), Lichbach (1994), Muller y Opp (1986), Muller y
Weede (1994), Oberschall (1994), Taylor (1988) y Tilly (1978). Algunas de estas últimas contribuciones
siguen prisioneras de la lógica olsoniana de la acción colectiva y de las definiciones estrechamente eco-
nómicas (y neoclásicas) de la racionalidad de los actores.
49 Véase Fernando Aguiar, «Conciencia y Existencia: La Crítica de Cohen a Plamenatz», Zona Abierta,

núm. 61/62, 1992.


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colectiva. De añadidura, la relación bibliográfica que sigue ha buscado rastrear


reediciones y versiones en español, siempre que esta información se ha
encontrado a nuestro alcance. He procurado también que la lista que sigue se
ajuste estrictamente a la entrada "revolución". Para no contaminarla con otras
referencias ajenas a este campo y de las que, sin embargo, me he servido en
el texto, he dejado a estas últimas fuera de la lista, dando la referencia com-
pleta en el propio texto por el sistema tradicional. Las publicaciones periódicas
especializadas que han preparado alguna vez una edición monográfica sobre
teorías o historiografías de la revolución incluyen revistas tan conocidas como
Comparative Politics, Comparative Studies in Society and History, The Journal
of Modern History, Theory and Society y Rationality and Society. En el mundo
de lengua castellana, la revista Zona Abierta ha preparado ya dos monografías
sobre el tema, en 1985 y la presente edición de 1997.

Amann, P. (1962), «Revolution: A Redefinition», Political Science Quarterly,


núm. 77.
Aya, R. (1979), «Theories of Revolution Reconsidered», Theory and Society, 8,
núm. 1, julio [versión castellana en Zona Abierta, núm. 36/37, julio–
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política: Generalización y explicación en la sociología histórica», Política y
Sociedad, núm. 18, 1995].
– (1994d), «Explaming Revolutionary Violence After Thucydides: A
Methodological Polernic», ponencia presentada al seminario sobre Teorías
de la Violencia Colectiva y de la Revolución, Madrid: Fundación Pablo
Iglesias, 21–24 de febrero de 1994 [versión castellana en este número de
Zona Abierta, pp. 7–311.
– (1995), «Micromechanisms and Macromodels of Revolution; or, Exorcism of
Historicism; or Tillyology Sí, Teleology No», manuscrito sin publicar,
Department of Anthropology, Universiteit van Arnsterdam.
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