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MIGUEL CATALÁN GONZÁLEZ

PLURALISMO, TOLERANCIA Y DEMOCRACIA.


LA PERSPECTIVA NORTEAMERICANA EN EL PRIMER
TERCIO DEL SIGLO XX1

Publicado en: VV. AA., Pluralismo. Perspectivas políticas y desarrollos normativos, Valencia,
Universidad Cardenal Herrera CEU y Tirant lo Blanch, 2004, pp. 85-110.

1
Esta contribución se encuadra en el proyecto de investigación sobre liberalismo político El liberalismo
de John Stuart Mill. Antecedentes, planteamiento y crítica, integrado en Plan Nacional de Investigación
Científica y Desarrollo Tecnológico, con código de referencia es BFF2000-0508-C05-03; su investigador
principal es el catedrático de la Universidad de Valencia D. José Montoya Sáenz.
Apartados:
I. El marco histórico
II. El trasfondo filosófico: dos conceptos de tolerancia y dos conceptos de
nacionalidad
III. La doctrina política: democracia y pluralismo
IV. La cuestión polaca
V. El cambio de metáfora: puesta a punto en lugar de armonización
I. El marco histórico2

Durante los dos primeros decenios del siglo XX entraron legalmente en Estados
Unidos, según la Oficina del Censo de aquel país, unos quince millones de inmigrantes,
casi tantos como en todo el medio siglo anterior. Nunca antes se había dado un volumen
de inmigración parecido y nunca después volvería a darse. Es cierto que a mediados del
siglo XIX el país había incrementado su tasa de inmigración relativa y que ese
incremento había dado lugar a una reacción autóctona hostil encarnada en el partido
nativista semiclandestino Know-Nothing3. Este partido, que más adelante pasó a
denominarse American Party, propuso restringir la entrada de los inmigrantes, excluir a
los extranjeros y católicos de los cargos públicos y exigir un plazo de residencia de 21
años antes de otorgar la naturalización estadounidense; los argumentos esgrimidos eran
de carácter republicano; el más repetido insistía en que los grupos de extranjeros cuyos
miembros crecieron bajo gobiernos despóticos podían resultar una amenaza para los
principios republicanos de la organización política norteamericana. Pero la paulatina
adaptación o asimilación de aquellos inmigrantes hizo que el partido desapareciera
hacia 1860.
En el periodo que nos ocupa, el que va de 1899 a 1924, el Congreso de la nación
fue aprobando leyes de inmigración cada vez más restrictivas. Dejando aparte la
prohibición de inmigración china, consagrada en la Chinese Exclusion Act de 1882
como única gran restricción atendiendo al origen nacional, la Immigration Act de ese
mismo año apenas impedía la entrada a convictos por delitos comunes, además de
“lunáticos, idiotas y personas que previsiblemente van a convertirse en cargas públicas”.
La ley de inmigración de 1891 ampliaba esta nómina a los “enfermos contagiosos y
polígamos”, y la de 1907 impedía la entrada de lo extranjeros varones que no tuvieran
en su bolsillo 25 dólares (15 en el caso de las mujeres), también de los polígamos,
anarquistas, convictos, personas que abogaran por la eliminación del gobierno

2
Agradezco a Terrance Mc Mullan, profesor asistentente de la Eastern Washington University,
y a Scott L. Pratt, profesor asociado de la Universidad de Oregón, sus indicaciones en torno al
marco histórico del debate norteamericano sobre raza, inmigración y democracia.
3
El nombre del partido obedece a la consigna de contestar que no se sabía nada del mismo
cuando un extraño preguntaba por él; el hecho de que los miembros del partido propusieran
arrojar al mar a los irlandeses recién llegados podría explicar en parte esta consigna.
norteamericano, así como de «imbéciles, débiles mentales, niños menores de 17 años
que no fueran acompañados, y personas con defectos médicamente constatados de
carácter mental o físico que afectaran a la capacidad de ganarse la vida». Pero fue la ley
de 1917 la primera que pretendió reducir de manera sustancial la afluencia de
extranjeros al imponer una norma discriminatoria consistente en las pruebas de lectura y
escritura (literacy tests), las cuales se utilizaban para prohibir la entrada a quien no
supiera leer; se pretendía con ello facilitar el ingreso de los europeos del norte e impedir
el de los del este y del sur, incluyendo las colonias portuguesas. Las pruebas de
alfabetismo ya habían sido vetadas con éxito por el presidente Grover Cleveland en
1891 y luego por el presidente Taft en 1913, pero se impusieron finalmente en el
Congreso en 1917, pese a la objeción humanitaria del propio presidente Wilson; éste
había argumentado en 1915 que, bajo la prueba de alfabetismo, aquellos que buscaran
oportunidades de una vida mejor no iban a ser admitidos «a menos que tuvieran ya una
de las principales oportunidades que buscaban, la de la educación». Los efectos de esta
ley se reforzaron en 1921, cuando entró en vigor el sistema de cuotas, el cual imponía
un número máximo anual de 358.000 inmigrantes con un criterio que favorecía de
nuevo a los nórdicos sobre los europeos del sur. El cenit del espíritu restrictivo de la
legislación se alcanzó, no obstante, con la Immigration Restriction Act de 1924. Esta ley
fue restrictiva ya en su propio nombre y anuló para siempre la permisividad que habían
mostrado las normas tradicionales de inmigración hasta principios de siglo; el techo
anual de admisión bajó a menos de la mitad; 164.000 personas al año, y, a partir de
entonces, los postulantes que eran examinados en la isla de Ellis4 y en la propia ciudad
de Nueva York debían probar sus méritos para entrar en el país bajo una ley con
criterios de origen nacional y francos tintes racistas.
En esos dos primeros decenios del siglo XX que cierta historiografía
norteamericana conoce como Era Progresista, marcada por los mandatos de Theodore
Roosevelt, William Howard Taft y Woodrow Wilson, y al hilo de este proceso de
endurecimiento legislativo y de movimientos xenófobos (y hasta racistas, como muestra
el renacimiento del Ku-Klux-Klan en los años 20 o la doctrina contemporánea de la
superioridad blanca), se produjo un debate académico, político y social sobre el sentido
de la ciudadanía norteamericana, la capacidad de asimilación cultural y los límites de la
inmigración. Tal proceso y tal debate en el seno de la democracia más influyente del

4
El papel de este centro de recepción de inmigración se redujo notablemente a partir de 1924.
mundo hicieron de Estados Unidos no sólo un laboratorio sociológico, sino también un
banco de pruebas político para los problemas suscitados después en Europa y otros
lugares a raíz del proceso de mundialización y, en especial, para el problema normativo
de cómo conseguir que los intereses de todos los ciudadanos de un mismo país sean
tenidos en cuenta por igual cuando existen diversas concepciones del bien en
competencia a partir de diversos grupos con distintos grados de integración social.
El filósofo más influyente en la vida social y política norteamericana de esta
época fue sin duda el pragmatista norteamericano John Dewey (1859-1958); antes de
que su influencia sobre los ideólogos del partido demócrata, y en especial sobre el
propio presidente Lyndon B. Johnson, contribuyera a eliminar la racista ley de cuotas y
a imponer la legislación que refrendó el movimiento en pro de los derechos civiles de
los años sesenta, el propósito de Dewey durante el primer cuarto de siglo fue el de
promover una democracia multiétnica en Norteamérica que eliminara las
consideraciones de raza y nacionalidad a propósito de naturalización y educación ante
las comunidades de eslovacos, checos, serbios, croatas o polacos que estaban
asentándose en el país. El reconocimiento del pluralismo cultural de la nación como un
valor positivo del que los norteamericanos debían enorgullecerse ante los demás países
era un aspecto fundamental de su ideología de `puertas abiertas´ a los inmigrantes y de
respeto a su lengua y costumbres como base de un nacionalismo estadounidense de
carácter interracial. Trataremos de fijar los avatares de este problema yendo de lo
general a lo particular y de las ideas a los hechos.

II. El trasfondo filosófico: dos conceptos de tolerancia y dos conceptos de


nacionalidad

Tanto desde un punto de vista cognitivo como desde un punto de vista moral, los
pragmatistas clásicos consideraban la combinación de pluralismo y tolerancia como uno
de los mayores capitales adquiridos de la civilización; en línea con la tradición
ilustrada, pero desde una perspectiva menos fundacionalista, estimaban que ambos
valores tenían que ver tanto con la generosidad hacia los otros como con la inteligencia
para superar los prejuicios nacionales y étnicos expresados en el punto de vista propio.

El prejuicio de clase, nacional o de raza, incluyendo la doctrina de la


superioridad racial, aparecía a ojos pragmatistas como formas particulares de la
antipatía de la humanidad por todo lo nuevo y extraño, así como de la aversión natural a
reconocer el influjo que los hábitos ejercen sobre nuestras valoraciones; Dewey citó en
alguna ocasión el testimonio del explorador escocés Livingstone, quien, a la vuelta de
sus largos años conviviendo con los aborígenes en África, confesó que la vista de los
europeos le había resultado ahora “repelente”, pues la palidez de su rostro les hacía
parecer enfermos5. La doctrina de la superioridad racial blanca, por su parte, había sido
puesta en duda por el colega de Dewey en la Universidad de Columbia, el antropólogo
Franz Boas, quien en su The Mind of Primitive Man (1911) desacreditó la idea de las
mentalidades rígidamente separadas del hombre primitivo y el moderno para basar sus
diferencias en aspectos más relativos como el contexto social o el papel de la tradición.
El propio Dewey se mostró contrario a la “intervención paternalista” de aquellos grupos
o clases que se encuentran en una posición de superioridad respecto a otros, aun cuando
la intención fuera benévola: «El mismo principio se aplica a los reformadores y
filántropos cuando tratan de hacer el bien a los demás de maneras que mantienen en la
pasividad a quienes se va a beneficiar. (...) El bienestar social sólo puede aumentarse
por medios que despierten el interés positivo y la energía activa de aquellos a quienes se
va a beneficiar o “mejorar”»6.

El fondo filosófico del pluralismo cultural pragmatista radica por una parte en el
fomento de la variedad y en el rechazo de la unanimidad y uniformidad que
encontramos ya en el pensamiento de Ch. S. Peirce, y en especial en su sinequismo, es
decir, en la doctrina según la cual lo que hay en el mundo son regularidades diversas de
carácter contingente caracterizadas por una “continuidad” que exige ser puesta en
relación o mediación; por otra parte, reposa también en el pluralismo metafísico de
William James; en su oposición frontal al monismo y al racionalismo expresado en A
Pluralistic Universe (1909), del que el propio James extrajo consecuencias prácticas al
indicar que monismo y absolutismo no eran sólo errores filosóficos, sino también
políticos. Una buena muestra de esa transferencia jamesiana del pluralismo metafísico al
ámbito práctico las encontramos en su crítica explícita a «la pretensión de nuestra
nación de inculcar sus propio ideales e instituciones internas vi et armis a los

5
Dewey, John, “Racial prejudice and friction”, en OC, MW, XIII, p. 244. Cito en adelante a
Dewey por las Obras Completas, que se dividen en tres grandes bloques: Obras Juveniles (The
Early Works: EW), Obras del Período Medio (The Middle Works: MW) y obras de madurez
(The Later Works:LW). Así pues, la presente nota remite a la p. 244 del volumen XIII de las
Middle Works. La referencia completa es: The Collected Works of John Dewey 1882-1953, Jo
Ann Boydston (ed), Carbondale and Edwardsville: Southern Illinois University Press, 1969-1991.
6
Dewey, John, y Tufts, James H., Ethics, en OC; LW, VII, p. 347.
orientales»7. Como discípulo espiritual de James y de Peirce, John Dewey escribió más
adelante:

«El concepto de uniformidad y unanimidad en la cultura es bastante


repugnante; uno no puede siquiera imaginar que todo el mundo deba
hablar volapük o esperanto, que cultive los mismos pensamientos, las
mismas creencias, las mismas tradiciones históricas, ideales y aspiraciones
de futuro. La variedad es la sal de la vida, y la riqueza y el atractivo de las
instituciones sociales depende de la diversidad cultural de diferentes
unidades. En la medida en que las gentes son todas iguales, no hay toma y
daca entre ellas. Y es mejor dar y tomar».

Asimismo, el consecuencialismo y el empirismo de la ética pragmatista implican


también apertura mental respecto a la posible validez de las perspectivas ajenas. Y, por
último, destaca el antiesencialismo de Peirce, James y Dewey; cuando el
antiesencialismo metafísico o epistemológico se trasponía a los problemas de la
identificación social, suscitaba inmediatamente la crítica al nacionalismo
fundamentalista; pues no existe una esencia ni una naturaleza intrínseca ni un
fundamento ideológico de la comunidad política previos a la constitución de los grupos
humanos, sean nacionales o estatales, que la conforman; el riesgo de que esa sedicente
esencia o fundamento terminara en la práctica con la exclusión de grupos humanos
determinados resultaba demasiado serio y peligroso, como mostraban de manera
elocuente los efectos de la tradición idealista alemana. La escuela de filosofía
norteamericana por excelencia, como se ha denominado en ocasiones al pragmatismo,
tenía en casa el mayor ejemplo de su propia doctrina; pues la nacionalidad
norteamericana carecía en cierto modo de esencia étnica; expresado en términos algo
secos, Estados Unidos era en sí misma una nación de inmigrantes. Tuvieran o no los
pioneros de América buenos motivos para abandonar Europa, como declaró
acerbamente Schopenhauer, lo cierto es que ningún país mejor que Estados Unidos
podía encarnar en la política el antiesencialismo pragmatista. En la conocida opinión de

7
James, Williams, Talks to Teachers on Psychology, p. 5; tomo la referencia de Putnam, Hilary,
Cómo renovar la filosofía, Madrid, Cátedra, 1994, p. 266.
Glazer y Moynihan, el país se estaría formando todavía mediante procesos contingentes
cuya forma final, si había de tener alguna, era desconocida8.
En una comunidad política donde, en las palabras de Randolph Bourne, “todos
somos extranjeros o descendientes de extranjeros”9, y donde las diferencias de estatus
no pueden establecerse sobre las bases del indigenismo, pero también en toda
comunidad política en el deseable futuro según el cosmopolitismo liberal-pragmatista,
se requiere, más que una “tolerancia” negativa que se limita a soportar aquello que
destruiría si pudiera, una apertura mental y práctica a valores distintos de los propios,
apertura sometida al dictado de los hechos (la coexistencia de dos o más comunidades
en un mismo territorio) y vinculada al sentido antropológico de la democracia como la
forma más dúctil e inteligente de la organización social, más allá de las rígidas
separaciones de la sociedad tradicional10. A este efecto, Dewey distinguió pronto entre
la negativa toleration, sustantivo que equivale a `aguantar ´ o `soportar´, y la positiva
tolerance, que equivale a `aceptar´ y `respetar´. En ciertos lugares, asocia la tolerancia
negativa con una actitud pasiva, y la positiva con una actitud activa11; la actitud
emprendedora que se precisa para salir del propio círculo. La tolerancia negativa
representa la forma más primitiva de interacción entre realidades culturales distintas,
pero ningún sistema se encuentra libre de ella de una vez y para siempre sólo porque se
llame a sí mismo democracia:
«¿Cuánta -escribe tras la Segunda Guerra Mundial, hacia el final de su
vida- de nuestra pasada tolerancia (tolerance) era positiva y cuánta era un
tolerar (toleration) equivalente a permitir algo que no nos gusta, a
resignarse a algo porque intentar cambiarlo causa demasiados problemas?
(...) Ciertamente el prejuicio racial contra los negros, católicos y judíos no
es nuevo en nuestra vida. Su presencia entre nosotros es una debilidad

8
Glazer, N., y Moynihan, Daniel P., Beyond the Melting Pot, Cambridge, Mass., MIT Press,
1970, p. 315.
9
Llama la atención el hecho de que pensadores progresistas de la época como Dewey o
Randolph Bourne no consideren ciudadanos norteamericanos a los indígenas americanos; aquí
Bourne no los considera en absoluto al no ser extranjeros ni descendientes de extranjeros, que
son todos los que somos; el propio Dewey afirma en otro lugar que otros países han conquistado
el territorio de su país a los pobladores, en tanto los norteamericanos sólo lo han hecho a la
naturaleza. Menciono al paso estos rasgos de chovinismo como parte del “sentido común” de
los intelectuales estadounidenses del momento.
10
Vid. respecto al concepto de “democracia inquieta” en el pragmatismo las pp. 116-7. del
estudio de J. Carlos Geneyro La democracia inquieta: E. Durkheim y J. Dewey, Barcelona,
Anthropos, 1991.
11
Dewey, J., “Unity of Science as a Social Problem”, OC, LW; XIII, p. 277.
intrínseca y un asidero para la acusación de que no actuamos de manera
distinta a la Alemania nazi»12.

La creencia común de que la Reforma protestante y la tolerancia religiosa del


siglo XVIII como consecuencia de las guerras de religión del XVII vacunaba a
Occidente de la tentación de la intolerancia también fue matizada por Dewey en 1920
mediante la misma distinción semántica:

«La reforma protestante (...) no fue lejos al principio en tolerance o


respeto a la divergencia en materia de convicciones morales y religiosas.
Pero en la práctica tendió a la desintegración de las instituciones
establecidas. Al multiplicarse las sectas y las iglesias, promovió al menos
una toleration negativa del derecho de los individuos a juzgar de los
asuntos últimos por sí mismos; con el tiempo, desarrollaron una creencia
razonada en lo sagrado de la conciencia individual y en el derecho a la
libertad de opinión, creencia y culto»13 (las cursivas son mías).

En parte basada en esta distinción abstracta, Dewey realizó ya durante la Primera


Guerra Mundial14 otra distinción de mayor pregnancia política: la que se da entre dos
significados distintos del concepto de nacionalidad y, por tanto, de nacionalismo. El
punto de partida y de llegada del primer concepto de nacionalidad sería la
homogeneidad. Esa homogeneidad suele definirse en términos étnicos, sobre la base de
la raza y de la unidad de sangre, y viene a exigir que la nacionalidad se transforme en un
Estado (“toda nación exige un Estado”).
Este primer tipo de nacionalidad puede funcionar en ciertos casos, pero lo
normal es que aboque al fracaso de la convivencia, debido a que la idea de unidad
nacional es la mayoría de las veces y cada vez con mayor frecuencia un concepto creado
a partir de oscuras ideas de comunidad y patria originarias más que a partir de una
perfecta integridad racial o de otro tipo. El “nacionalismo” típico completamente
integrado por una raza o lengua estaría representado según Dewey por Alemania, que a
principios del siglo XX entendía las nacionalidades culturales como un fenómeno del

12
Dewey J., Democracy and Human Nature, OC, LW; XIII, p. 153.
13
Dewey, J., Reconstruction in Philosophy, OC, MW; XII, p. 105.
14
Dewey, J., “The Principle of Nationality”, OC, MW; X, pp. 285-291.
pasado (del siglo XIX) que debía ser superado por el nacionalismo étnico. La razón de
que Alemania intentara en aquellos años extirpar la cultura indígena de la Alemania
polaca era justamente la de la homogeneización nacional germánica.
Mucho antes del Holocausto nazi, en “Nationalizing Education” (1916), Dewey
había escrito que todo nacionalismo homogéneo conlleva en sí mismo el conflicto, al
resultar demasiado sencillo para los gobernantes el despertar el odio latente y el
desprecio hacia los grupos menos integrados del propio país y hacia otras naciones a fin
de mantenerse en el poder o de ampliar el territorio mediante la invasión; la Primera
Guerra Mundial sólo se entendía como un conflicto causado por ese mismo sentido de
nacionalismo homogéneo, que era el propio de los pequeños países de Europa.
El segundo tipo de nacionalismo, en cambio, era el heterogéneo; basado en la
nacionalidad cultural, resultaba fácilmente adaptable a la existencia de los Estados
multinacionales. Un ejemplo característico lo proporcionarían los propios Estados
Unidos:

«No importa cuán alto proclame alguien su norteamericanismo; si supone


que cualquier rasgo racial o componente cultural, no importa cuán pronto
se estableció en nuestro territorio, o cuán eficaz ha probado ser en su
propia tierra, ha de formar un patrón al que deban adaptarse el resto de
razas y culturas, entonces es un traidor al nacionalismo norteamericano.
Nuestra unidad no puede ser un ente homogéneo como el de los Estados
separados de Europa de donde proceden nuestras gentes; debe ser una
unidad creada mediante los procesos de extraer y componer en un todo
armonioso lo mejor y más característico que cada raza y pueblo tienen
para ofrecer»15.

Haciendo valer su prestigio como educador, Dewey propuso que se inculcara en


las jóvenes generaciones, desde la escuela pública y con independencia de nacionalidad
de origen, clase social o raza, la idea de que la nación norteamericana era
intrínsecamente compleja y compuesta, interracial e internacional16, idea que se
expresaba en los conceptos previos de que Norteamérica se había construido con las
grandes olas de inmigración (es decir, que no existía un país previo a, e invadido por,

15
Dewey, J., “Nationalizing Education”, en OC, MW, X, p. 205.
las olas de inmigración) y de que la peculiaridad de su nacionalismo era el
internacionalismo17. La comparación posterior del nacionalismo norteamericano que
contenía el motto incluyente de “Uno a partir de muchos” con el nacionalismo
nacionalsocialista excluyente que quiso ir en la dirección contraria con resultados
trágicos no obedecía a la casualidad histórica; el “odio entre pequeñas naciones,
constituidas o no en Estados”, que había sido concausa de las dos guerras mundiales
podía explicarse al menos en parte a partir de esta distinción.
Respecto al conflicto de nacionalidades de la Primera Guerra Mundial, ciertas
nacionalidades como las formadas por los polacos, irlandeses, bohemios, serbios o
judíos pretendían alcanzar un Estado debido según Dewey a que no sentían reconocidos
sus derechos por el Estado al que pertenecían. Tal pretensión suscitaba a su vez
respuestas intolerantes por parte del Estado, el cual pretendía sofocar no sólo la
pretensión de autodeterminación, sino también las manifestaciones culturales de la
nacionalidad. Puesto que en aquella época de fin de imperio las pretensiones
contemporáneas de innumerables pequeñas nacionalidades de convertirse en Estado
eran a menudo incompatibles entre sí, además de que dentro de la propia nacionalidad
existían nuevas zonas minoritarias con sentimiento nacionalista (“rumanos en Hungría,
sudetes en Bohemia, rutenos en la Galitzia polaca, y judías en casi todas partes” en la
descripción de Oscar y Lilian Handlin), en 1918 Dewey manifestó que los derechos de
las pequeñas nacionalidades no podían salvaguardarse en general mediante una
independencia política y militar que no hacía sino multiplicar los problemas, sino
evitando la autocracia centralista al estilo del imperio austrohúngaro que agonizaba por
aquellos días y respetando al máximo la pluralidad cultural y de costumbres en un
marco de libertad económica y democracia política18.
La formulación normativa propuesta por Dewey podría ser la siguiente: «si ha de
existir una paz duradera, debe ser como reconocimiento de los derechos culturales y
privilegios de cada nacionalidad, el derecho a su propia lengua, literatura, ideales, visión
moral y espiritual del mundo, su completa libertad religiosa, y tanta autonomía política
como puede resultar consistente con el mantenimiento de la unidad social general»19.

16
Ibid., pp. 202 y 204
17
Ibid., p. 206.
18
Dewey, J., “The Principle of Nationality”, OC, MW; X, p. 289.
19
Ibid., p. 288.
III. La doctrina política: democracia y pluralismo

“Tengo derecho a creer


lo que tú piensas que es falso”

(Horace Kallen)

La doctrina de `puertas abiertas´ propugnada por Dewey respecto a la


inmigración formaba parte, como hemos visto, de su ideal de democracia multicultural y
transnacional. Ahora bien, no todos pensaban como él tras el drástico aumento de
inmigración de principios de siglo XX; el darwinismo social reinante en las ciencias
humanas de la época parecía dar por acabado en Estados Unidos el idealismo ilustrado
de los llamados Padres Fundadores para reforzar las ideas de la superioridad de la raza
blanca y de la competencia por la supervivencia cultural entre etnias. Frente a la
realidad de los inmigrantes que primero fueron víctimas y después verdugos de quienes
llegaron más tarde (los irlandeses, por ejemplo, antaño odiados como inmigrantes
pobres, fueron especialmente celosos en perseguir más adelante a los chinos en la Costa
del Pacífico20), la visión deweyana liberal de la peculiaridad norteamericana, en cambio,
nunca abandonó del todo el espíritu ilustrado de emancipación de las tiranías políticas y,
por tanto, la concepción de George Washington según la cual Estados Unidos debía
constituir un lugar de asilo para los “oprimidos y perseguidos de todas las naciones del
mundo”. A principios del siglo XX este cosmopolitismo liberal había sucumbido en
ambientes políticos y culturales norteamericanos a la visión nativista y, en cierta
medida, republicanista, que asociaba la ciudadanía americana menos con valores de
libertad y emancipación que con unos rasgos culturales específicos originarios del norte
de Europa e Inglaterra, incluyendo la religión protestante (de ahí el aspecto ad hoc de
algunas normas de inmigración de la época). Ese modo de vida y sus instituciones
propias se veía amenazada según los nativistas por la gran cantidad de europeos
meridionales y del Este, muchos de ellos analfabetos, que estaban llegando y se
naturalizaban con relativa facilidad21. Dewey y los demás pensadores liberales eran de

20
Dewey, J., “Racial Prejudice and Friction”, MW; XIII, p. 245
21
Smith, Rogers M., “The Meaning of American Citizenship”, en
http://www.apsanet.org/CENnet/this constitution/smith.cfm
la opinión, por el contrario, de que debían mantenerse abiertas las puertas incluso a los
analfabetos, contra quienes se dirigían la pruebas de alfabetismo de las leyes de
inmigración de aquellos años. Ante la exigencia de los literacy tests, Dewey propuso
que se eliminara el analfabetismo nativo tanto como el sobrevenido sin dejar de admitir
a las personas que quisieran entrar en el país, alfabetizadas o no22.
Frente a la fe anglófila de aquellos años en una sola y verdadera Norteamérica
que se estaba extendiendo en lugares como Nueva York, Filadelfia o Boston, se situaron
los intelectuales llamados “progresistas” (progressive) en defensa del pluralismo
cultural; nombres como los del autor y editor Herbert Croly, el sociólogo W. E. B. Du
Bois, el crítico y ensayista Randolph Bourne, el antropólogo Franz Boas, el escritor y
académico Horace Kallen o el propio Dewey empezaron a aparecer asociados en torno a
la idea de que la única forma posible de fomentar en Estados Unidos una verdadera
comunidad democrática era favoreciendo la diversidad cultural y étnica. Así, frente a la
retórica chovinista y explícitamente racista (Rogers M. Smith) en que degeneró con
frecuencia la reacción contra los inmigrantes durante el primer cuarto de siglo XX,
Dewey propuso que el aprendizaje del inglés fuera obligatorio junto con el derecho de
cada emigrante a hablar la lengua de origen y a que sus hijos la aprendieran junto a la
lengua de adopción. Dewey expresó la idea de que una verdadera democracia sólo podía
funcionar si permitía la pervivencia de todas las raíces culturales de origen. Sólo de esa
manera la naturaleza “guionizada” (hyphenized) del país, por la cual los
norteamericanos eran polaco-germano-anglo-franco-hispano-italiano-greco-
escandinavo-bohemio-judíos podría seguir significando el hecho de que los guiones
unían en vez de separar23.
Así pues, tras la primera gran ola de inmigración del siglo, Dewey participó de
la crítica al movimiento de americanización que pretendía eliminar de los recién
llegados los rasgos culturales de origen. Entró así en sintonía con Horace M. Kallen, un
activo autor judío de origen alemán cuya familia había emigrado a Estados Unidos en el
decenio de 1890. Deudor sobre todo del pragmatismo de James, de quien había sido
discípulo en la Universidad de Harvard, Kallen encabezó en los años 20 y 30 el llamado
“movimiento del pluralismo cultural” bajo la tesis de que la esencia norteamericana
consistía precisamente en la variedad étnica y de costumbres. El concepto cultural

22
Dewey, J., “Federal Aide to Elementary Education”, OC, MW; X, p. 129.
23
Dewey, J., “Nationalizing Education”, OC, MX; X, p. 205.
pluralism fue acuñado por Kallen en “Democracy versus the Melting Pot”24 de 1915 y
utilizado al año siguiente por Randolph Bourne para elaborar su proyecto de una
“Norteamérica transnacional”25. En el plano concreto, Kallen buscaba una alternativa a
los llamados “programas de americanización” que pretendían convertir en culturalmente
angloamericanos a los extranjeros, y por tanto separarlos de sus culturas originarias
(promoviendo la renuncia, entre otras cosas, a la lengua de origen). La expresión
metafórica melting pot (“crisol de razas o culturas”) usualmente se utiliza en un sentido
meliorativo de integración o asimilación (fusión) enriquecedora que permitiría la
igualdad de derechos de la población unificada resultante; sentido tan meliorativo que se
ha observado con frecuencia que no denota ninguna realidad en Norteamérica ni en
ningún otro país, sino que sólo es un mito; un ideal de convivencia imposible de llevar
a cabo en la práctica26. Sin embargo, la expresión melting pot también disponía del
sentido restrictivo, más rígidamente etimológico, de “crisol” en el sentido de cedazo o
de filtro que deja fuera lo característico de cada cual para que al final del proceso “todo
sea lo mismo”: una fusión milagrosa de diversas sangres por transmutación, en la
expresión de Kallen, que pretendía igualar en aspecto, tradición y espíritu a judíos,
eslavos, polacos, franceses, alemanes, hindúes o escandinavos hasta convertirlos en
descendientes por igual de los primeros colonos ingleses; en herederos igualmente
empobrecidos de los puritanos de Nueva Inglaterra; tal cedazo riguroso al gusto de los
conservadores anglófilos convertiría según Randolph Bourne las cualidades distintivas
originarias en un “fluido de uniformidad inodoro e insípido” que convertiría a los
individuos procedentes de formas distintas de espiritualidad en sólo participantes de la
forma más vulgar y plana de la vida americana: en masa indistinta. La expresión melting
pot, popularizada en 1908 por la obra del mismo título del dramaturgo inglés Israel
Zangwill, tenía ese sentido de asimilación obligatoria que desagradaba a Dewey tanto
como a Kallen:

«La teoría del melting pot —escribió por entonces el primero—


siempre me ha causado cierta comezón. Mantener que todos los elementos
constituyentes geográficos, raciales y culturales de los Estados Unidos

24
Kallen, Horace, “Democracy versus the Melting-Pot”, en Nation, C, 18-25 de febrero de
1915, pp. 190-4, 217-20.
25
Bourne, Randolph ,“Trans-National America”, The Atlantic Monthly; CXVIII (1916), pp. 86-
97.
26
Glazer, N., y Moynihan, Daniel P., op. cit., pp. 288-9.
deben revolverse en un melting pot hasta convertirlos en un producto
uniforme e invariable resulta desagradable. El mismo sentimiento que nos
lleva a (...) respetar la individualidad de persona a persona, también nos
lleva a respetar aquellos elementos de diversificación de rasgos culturales
que diferencian nuestra vida nacional»27.

Este argumento de Dewey que relaciona el pluralismo cultural con el


mantenimiento de la riqueza peculiar de la vida nacional estadounidense está tomado en
parte de Kallen, cuyo pluralismo cultural implicaba la creencia de que cada grupo étnico
tenía una única contribución que hacer a la variedad y riqueza de la cultura
norteamericana. De ese argumento se deriva una metáfora que Dewey adoptó a partir de
otra de Kallen; me refiero a la metáfora deweyana del director de orquesta, con la que se
expresaba el papel que debía desempeñar el Estado en una sociedad debidamente
pluralista, tomada de la metáfora de la orquesta que según Kallen interpretaba la
sinfonía que era toda civilización En su “Democracy versus the Melting-Pot” Kallen
había escrito que así como cada tipo de instrumento en una orquesta tiene su timbre y
tonalidad específicas, necesarias para interpretar una sinfonía, también en toda
civilización debe respetarse la cultura de cada grupo étnico que la conforma. A
diferencia de Kallen, sin embargo, Dewey estaba preocupado por la posibilidad de que
tal mosaico cultural resultante, dejado al azar de su propio desarrollo, terminara por
quebrar la unidad social de la propia nación. En una carta que Dewey remitió a Kallen
un mes después de que apareciera el artículo de este, le dice textualmente: «Estoy
bastante de acuerdo con su idea de la orquesta, pero bajo la condición de que realmente
obtengamos una sinfonía y no un conjunto de diferentes instrumentos tocando a la vez.
Nunca me interesó la metáfora del melting-pot, pero la genuina asimilación de unos a
otros –no al polo anglosajón- me parece esencial para Estados Unidos»28 (el subrayado
es de Dewey). A Kallen el secesionismo cultural no le preocupaba tanto, como denota
su vislumbre de que Estados Unidos podría muy bien terminar convirtiéndose en una
federación de Estados étnicos. Aplicando aquí una fraseología posterior, Kallen no
estaba preocupado por el hecho de que su pluralismo acabara siendo separatista y
buscara sólo las identidades particulares en detrimento de las identidades dentro de una

27
Dewey, J., “The Principle of Nationality”, OC, MW; X, p. 289.
identidad común, en tanto que para Dewey era preciso mantener integrada la diversidad
dentro de una nación cuyos principios democráticos liberales obraran también de
paraguas protector del derecho de las distintas nacionalidades a ser como eran. Así que
Dewey buscó una figura complementaria que completara la metáfora de la orquesta,
cual era la del director, y le asignó un papel tan reducido como concluyente: el de
buscar la “armonía” del conjunto. Básicamente, como la definió en Reconstruction in
Philosophy, la supremacía del Estado se debía asemejar a «la del director de una
orquesta, quien no produce música por sí mismo, sino que armoniza las actividades de
aquellos que al producirla están haciendo lo intrínsecamente valioso»29. En un principio,
el papel del Estado debía limitarse a mantener la unidad política y administrativa del
país (evitar la segregación) y a armonizar los intereses de los diversos grupos sociales,
que eran los verdaderos motores de la vida social: cualquier intento del Estado por ir
más allá en pro de una idea particular del bien común significaba una amenaza a la
libertad social y un retorno a la dialéctica de la dominación y la sumisión según lo cerca
que se estuviera de los centros de poder. Este pluralismo de la práctica política se
hallaba en abierta contradicción con las teorías políticas de tradición monista o
estatalista, las cuales conferían al Estado una importancia artificial e interesada respecto
a las fuerzas sociales y resurgían incluso en países de tradición liberal en épocas de
crisis: «Una razón para la creciente desmoralización de la guerra es que lleva al Estado
a una posición anormalmente hegemónica»30.
Concebir el Estado al modo de un director de orquesta era una forma de
preservar el pluralismo social que amenazaban ya en Europa tanto los
nacionalsocialistas y fascistas como los comunistas. Antes de escribir contra el
monismo racial nacionalsocialista de finales de los años 30, en los 20 Dewey
argumentó: «Las variedades del absolutismo social no acaban con el derecho divino de
los reyes y el prusianismo (...) La lectura marxista de Hegel en su monismo, su
absolutismo y su convicción de que todo movimiento llega a partir de la lucha interna
está hoy encarnado en la Rusia bolchevique», añadiendo a continuación que los
bolcheviques sabían bien lo que hacían al mostrar su más profundo desprecio por la
democracia, siquiera porque veían en ella un pluralismo esencial y su correspondiente

28
John Dewey a Horace Kallen, en carta del 31 de Marzo de 1915; American Archives, Box
number 2493-2521. Reproducida con permiso del Centro de Estudios Dewey por Eisele, J.
Christopher, “Dewey and the Immigrants”, p. 71.
29
En Reconstruction in Philosophy, OC, MW, XIII, p. 196.
30
Ibid., p. 197.
tolerancia. Es evidente que Dewey, quien durante los años 30 se opuso por idénticas
razones a comunistas y nacionalsocialistas por causa de su intolerancia y absolutismo
ideológicos, asignaba a la democracia liberal un papel histórico de respeto activo por las
minorías.

IV. La cuestión polaca

La teoría del papel estrictamente armonizador (o mediador) del Estado federal


norteamericano ante las diversas razas y grupos nacionales que habitaban su territorio
se pondrá a prueba a finales de la Primera Guerra Mundial; aludo en este punto a una
investigación académica que tuvo lugar en el curso 1917-1918 sobre las condiciones de
vida de un grupo humano de Filadelfia perteneciente a la comunidad polaca31. La polaca
era durante aquellos años la segunda comunidad inmigrante en importancia, sólo
superada por la italiana: un millón y medio de polacos entraron en el país durante el
periodo 1899-1924. En los informes derivados de esa investigación, dos primeros de
carácter breve y urgente y un tercero mucho más amplio y analítico32, Dewey
argumentó que los valores de la democracia tenían que hacerse valer por encima del
respeto a los valores particulares de cada país cuando ambos entraran en colisión.
La investigación sobre la cuestión polaca fue financiada por el médico y químico
de Filadelfia Albert C. Barnes, que se había convertido en millonario gracias a una
afortunada patente. Barnes, que se encontraba interesado en las teorías sociales de
Dewey, se inscribió en un seminario que impartía el filósofo de Vermont en la
Universidad de Columbia a fin de conocer más de cerca sus ideas. Una vez trabó
contacto personal con Dewey, se ofreció a financiar una investigación sobre un nutrido
asentamiento de polacos de Filadelfia, de donde él procedía; la comunidad polaca de
Filadelfia, informó Barnes a Dewey, formaba una sociedad aparte de los nativos, de
manera que conservaban su propia lengua, costumbres, creencias religiosas e incluso
indumentaria; Brand Blanshard, uno de los estudiantes de la investigación que más

31
Sigo para la descripción de la “cuestión polaca”, aparte los memorándums e informe del
propio Dewey, las pp. xiv ss. de la Introduction de Oscar y Lilian Handlin al vol. XI de las
Middle Works de Dewey, la Note of Confidential Report of conditions among the Poles in the
United States, pp. 398-408 del mismo vol., así como las pp. 214-223 de Westbrook, Robert,
Dewey and American Democracy, Nueva York: Cornell University Press, 1991.
adelante enseñaría filosofía en la Universidad de Yale, informó después que aquel no
era un grupo de chabolistas con problemas de integración por motivos económicos, sino
un asentamiento con profesionales y hombres de negocios entre sus miembros que
disfrutaba de un aceptable nivel de vida; pese a ello, manifestaban como grupo una
notable resistencia a la influencia externa y formaban, en expresión de Blanshard, una
“sociedad dentro de la sociedad”33. La investigación34 sobre esta especie de isla cultural
fue llevada a cabo durante los meses de primavera y verano de 1918 por estudiantes de
postgrado de la Universidad de Columbia. A los estudiantes se les asignó diversas áreas
de la vida social de los polacos americanos de Filadelfia, tales como religión, educación
o vida familiar. La investigación, que al principio carecía de hipótesis sustantivas de
trabajo, experimentó un giro inesperado y comenzó a adquirir un tinte político cuando
se comprobó que los polacos de Filadelfia no sólo mantenían escaso contacto con los
nativos del mismo Estado, sino que se encontraban además seriamente enfrentados entre
sí por facciones que pretendían el control de la nueva Polonia independiente que el
presidente Wilson pretendía para cuando terminara la guerra mundial. Polonia se
encontraba en aquel momento ante una perspectiva llena de interrogantes. Ante la
inminente disolución del imperio austrohúngaro, se abría la posibilidad de reconstruir
una Polonia libre por primera vez desde su partición y sometimiento por otros Estados
en 1795; y el apoyo de los polacos norteamericanos a una u otra facción era decisiva
para el destino de su país de origen. Según los informes derivados de la investigación,
los polacos americanos no estaban dirimiendo sus diferencias políticas con arreglo a las
reglas del juego democráticas de su país de adopción a partir del principio
representativo y las reglas de publicidad, entre otras cosas porque la participación
política era mínima: menos del diez por ciento de la población polaca estaba afiliada a
alguna organización representativa, de tal suerte que el pequeño número de polacos
organizados manipulaba a la mayoría cuando no hablaba ilícitamente en su nombre35.
Las luchas por el poder reproducían más bien en su finalidad y en sus métodos la turbia
actividad de las facciones excluyentes que luchaban en Europa en esos mismos

32
Preliminary confidential memorandum (OC, MW, XI, pp. 248-254), Second Preliminary
confidential memorandum (OC, MW, XI, pp. 255-258) y Confidential report of conditions
among the Poles in the United States (OC, MW, XI, pp. 259-330).
33
Entrevista privada de J. Christopher Eisele a Blanshard el 1 de agosto de 1973. Reproducida
parcialmente en Note on “Confidential report of conditions among the Poles in the United
States”, Dewey, J., OC, MW, XI, p. 399.
34
El informe se encuentra reproducido en Dewey, John, OC, MW, XI, pp. 259-330.
35
Confidential report of conditions among the Poles in the United States, p. 285.
momentos con el fin de imponer en Polonia un gobierno reaccionario o radical o,
aunque no se dijera expresamente, la tradición política autocrática de la región
geográfica de origen: Horace M. Kallen había hablado de la nacionalidad polaca en su
célebre artículo sobre el melting-pot como una “nacionalidad eslava generalmente
subyugada”, y, al mismo tiempo, de los polacos americanos como “indomables”
[indomitables]. Llegado a ese punto, el ámbito de la investigación sociológica se abrió a
las consecuencias prácticas en relación con la política de Wilson en un momento
histórico en que la democracia liberal ya se encontraba amenazada en Europa y en una
época en que Dewey empezaba a participar activamente en pro de una federación de
naciones democráticas que pudieran deslegalizar el recurso a la guerra mediante la
promulgación de un Tratado y el establecimiento de un Tribunal Internacional36. En
vista de los primeros resultados, Dewey entró en contacto con autoridades
gubernamentales a fin de someter a su consideración los informes derivados de la
investigación.
Según la descripción del último informe elaborado por Dewey, la primera
facción de la comunidad polaca de Filadelfia era el Comité Nacional Polaco, dominado
por los conservadores que pretendían aplicar a la Polonia libre que saliera de la guerra
un ideal monoétnico (eslavo) de la Polonia blanca e imperial, de carácter fuertemente
racista y en especial antijudío. El Comité Nacional Polaco (o también Comité de París,
por la ciudad donde tenía enclavado su cuartel general) pretendía establecer una “gran
Polonia” monárquica de entre treinta y treinta y cinco millones de habitantes,
incorporando por tanto regiones no polacas a su futuro territorio. Los sacerdotes
polacos, pertenecientes en su mayoría a este partido, además y a diferencia de los
católicos irlandeses emigrantes en Estados Unidos, se mostraban contrarios a la
americanización de sus feligreses, en parte porque temían perder influencia sobre ellos.
El presidente del Comité, Roman Dmowski, era de tendencia antisemita e imperialista,
y en su Thoughts of a Modern Pole había abogado sin ambages por una filosofía del
combate racial37. El líder del Comité de París en Estados Unidos era el célebre pianista
Ignacy Jan Paderewski, que disponía de influyentes contactos en el gobierno del
presidente Wilson; por la influencia personal de Paderewski y otras cuestiones de

36
Vid. Catalán, Miguel, Proceso a la guerra. El programa de deslegalización de la guerra
(1918-1927), Valencia, Alfons el Magnànim, 1997.
37
Cit. en Zerby, Charles L., “John Dewey and the Polish Question”, en History of Education
Quarterly, núm. 15, 1975 p. 20.
hecho, este era el grupo más influyente en las altas esferas de la nación, así como
también en Francia e Inglaterra.
La segunda facción estaba representada por el llamado Comité de Defensa
Nacional (KON). El KON pretendía establecer en Polonia un Estado republicano con
una forma democrática de gobierno y una política de orientación socialdemócrata,
incluyendo el sufragio directo, universal y secreto, los referendos, el impuesto
progresivo, la jornada de ocho horas, la prohibición del trabajo infantil y la paulatina
socialización de la tierra. Contemplaba la creación de Estados independientes como
Estonia o Lituania que pudieran federarse más adelante con Polonia. Esta facción, que
debía su fuerza a los campesinos y a los trabajadores cualificados, era la más fuerte en
la propia Polonia. La tolerancia del gobierno austriaco hacia las aspiraciones nacionales
polacas hizo que el KON diera al principio de la guerra su apoyo a Austria y Alemania;
no obstante, para cuando Dewey estaba redactando su informe, la posición austriaca
había cambiado hasta tal punto que el líder de este grupo de liberales y radicales, el
general Joseph Pilsudski, era un preso político en Austria. El apoyo inicial del KON a
los enemigos de Estados Unidos en la guerra mundial determinó en adelante la
prevención del gobierno de Wilson tanto respecto al KON como a sus defensores,
incluyendo al propio Dewey.
Cuando Dewey concluía su investigación, se encontraba ante el Congreso el
llamado Proyecto de ley Hitchcock, por el cual el gobierno norteamericano tenía
previsto conceder de manera oficial al Comité de París la autoridad para distribuir los
fondos concedidos por Estados Unidos para la reconstrucción de Polonia, así como el
reconocimiento oficial del gobierno polaco en el exilio. Este último reconocimiento iba
a facultar al Comité de París para decidir qué inmigrantes polacos debían ser expulsados
del país como enemigos. En la fase final de su investigación, Dewey estaba en
condiciones de demostrar que los métodos del Comité de París habían sido abiertamente
antidemocráticos, incluyendo el control por medios espurios de toda la información de
la Oficina de Prensa Polaca en Washington. Con el fin de apoyar al Proyecto de ley
Hitchcock, además, el Comité de París había impulsado el Congreso Polaco de Detroit,
a cuya celebración se opuso Dewey desde el principio. Pese a que el Congreso se
presentaba como una expresión de la voluntad común de todos los polacos americanos,
Dewey describió en un artículo de The New Republic38 cómo el proceso de selección de
delegados había sido arbitrario, así como el hecho de que tanto el procedimiento de
selección como las reglas del propio Congreso habían sido concebidos de manera
“autocrática” por la facción de Paderewski con el principal propósito de excluir la
participación de liberales y radicales. Aquel método de aplastamiento del rival se
extendía también a la manipulación de la opinión pública y de los representantes
oficiales mediante el monopolio de la información que salía de la comunidad polaca en
dirección a los centros de poder de Washington. El artículo de Dewey, titulado
significativamente “Autocracia enmascarada”39, describe así los métodos de los
autoerigidos como representantes de todos los polacos americanos:

«(...) el Comité se ha arrogado el derecho a decidir qué determinadas


organizaciones incumplen unas reglas vagamente acordadas y cuáles
pueden enviar delegados [a la convención de Detroit]. Las sociedades
locales que pueden enviar delegados acuden a sus reuniones convocadas
por el sacerdote de la parroquia; se celebran habitualmente en las iglesias
y son presididas por el párroco si él así lo desea. Estos hechos excluyen
automáticamente a todo elemento inconveniente»40.

“Autocracia enmascarada” fue uno de los artículos que Dewey y sus


colaboradores publicaron en diversas revistas explicando la ideología y tácticas del
Comité de París, pero también recomendando la necesidad de posponer el Congreso de
Detroit hasta que se dieran “genuinas garantías de representatividad”. El Congreso, no
obstante, se celebró en agosto de 1918. Los tres informes de Dewey derivados de su
investigación emitían asimismo recomendaciones políticas acerca de la necesidad de
modificar el proyecto de ley Hitchcok y sugerían que, se pospusiera o no el Congreso de
Detroit, el Estado debía intervenir de forma activa guiando la actividad política de la
población polaca en el sentido de la política oficial del país, puesto que en las
condiciones existentes esa población carecía de poder para establecer controles

38
El semanario The New Republic fue el principal foro de las ideas pluralistas; Dewey, Bourne
y Kallen fueron colaboradores más o menos habituales de esta revista fundada por Herbert
Croly.
39
“Autocracy under Cover”, New Republic, XVI (1918), pp. 103-161; reproducido en OC, MW,
XI, p. 241-247.
40
Ibid, p. 243.
democráticos sobre su minoría dirigente. En el Preliminary Confidential Memorandum,
Dewey refiere la insatisfacción de la mayoría de polacos con la gestión de los asuntos
financieros por parte de la minoría en el poder: lo acusaban de desviación de fondos;
duplicación de cargos, salarios extravagantes, escasez de recursos enviados a Polonia,
etc.41. Dewey recomendaba intervenir en los asuntos internos de la comunidad polaca
practicando controles sobre el destino de los fondos concedidos, pero sobre todo
nombrando una comisión “categóricamente auspiciada por norteamericanos” (under
definitely American auspices) que se ocupara de unificar los grupos y partidos polacos
en la línea internacionalista expresada por la política del presidente Wilson que, según
Dewey, compartían ya las masas de polacos residentes en Estados Unidos. También
propuso convocar posteriormente una consulta para que la comunidad polaca eligiera a
sus legítimos representantes. Lo significativo de las recomendaciones de Dewey fue que
no se limitó a encarecer la necesidad de reforzar la libertad de prensa de las facciones no
representadas o la limpieza democrática de los procedimientos de elección interna, sino
que condicionó la representatividad polaca en Washington a la defensa de ciertas formas
políticas concretas que tenían que ver con el liberalismo internacionalista promovido
por la política de Wilson.
Así pues, la cuestión de fondo (la autodeterminación democrática de la
comunidad polaca) y la cuestión de forma (las posiciones políticas concretas de unos y
otros) se entremezclaron en los informes derivados de la investigación. Las simpatías de
Dewey iban tanto en la dirección de la política exterior declarada de Wilson como en la
dirección ideológica del KON; en cierto pasaje de su tercer informe, Dewey advierte del
mal efecto que obraría en Europa la implicación del gobierno de Estados Unidos en la
causa conservadora; en documento privado también definió al Comité de París como
“un pequeño partido de conservadores reaccionarios, vinculados al Zar antes de la
guerra”.
Pero lo fundamental en la cuestión polaca es que Dewey propuso la intervención
del Estado, tutelar y hasta cierto punto antidemocrática, para romper con el predominio,
obtenido también antidemocráticamente, de la facción reaccionaria; una American
Commission for Polish Affairs que tomara las riendas de la unificación de los polacos
americanos y promoviera su lealtad a la causa norteamericana y de los aliados en la

41
Dewey, J., Preliminary Confidential Memorandum, en OC, MW, XI-251.
futura Conferencia de paz. Como señala Robert Westbrook, Dewey terminó
proponiendo una manipulación para acabar con la manipulación.
Los resultados prácticos obtenidos por Dewey y Barnes en la política
norteamericana para con la comunidad polaca fueron nulos; no sólo no se pospuso el
Congreso de Detroit, sino que el Gobierno norteamericano hizo caso omiso del resto de
recomendaciones de los informes y siguió apoyando al Comité de París. Quizá una de
las razones del fracaso de Dewey, aparte los intereses estratégicos de Washington en
Europa, fuera su manifiesta simpatía por el KON, patente no sólo para quienes leyeron
sus informes, sino para el propio Dewey. En efecto, en el mes de julio de 1918 presentó
Dewey el caso a la Comisión de Investigación que había sido constituida oficialmente
en septiembre del año anterior por el consejero político del presidente Wilson, Edward
M. House, ocupado en reunir materiales para la Conferencia de Paz que se celebraría en
París tras la guerra; en una carta que acompañaba al memorándum enviado al presidente
de la Comisión de Investigación, E. Mezes, Dewey confesaba que su escrito podía sonar
a dogmático; Mezes entregó el memorándum a Robert H. Lord, un historiador de
Harvard especializado en asuntos polacos y rusos, el cual reconoció que el Comité de
París no gozaba del apoyo de todos los polacos americanos, pero añadió que había que
elegir entre una facción u otra, y esta era la que había evidenciado una mayor
organización y la que se había mostrado a favor de los aliados al principio de la guerra.
Lord se mostró, pues, contrario a la investigación en profundidad que Dewey solicitaba.
En una carta de Dewey a Lord, aquél reconocía que el memorándum podía retratar a su
autor como un ardiente partidario del KON, cuando lo que pretendía era desautorizar a
los actuales representantes de la comunidad polaca para que el KON no fuera excluido
de su legítima cuota de representatividad; y solicitaba con estas palabras la intervención
oficial norteamericana: «En vez de tomar una actitud puramente pasiva en los asuntos
polacos o reconocer una sola facción, la política norteamericana debiera utilizar su
enorme poder y prestigio actuales para, en primer lugar, enfrentarse a los hechos (...) y
después armonizar los diversos grupos y entrar en contacto con los representantes de
todas las facciones»42 (la cursiva es mía). Lord no estaba dispuesto a desautorizar la
representatividad polaca en Washington, aparte otras cuestiones de hecho; Dewey no se
conformó con esta negativa, y procuró influir en el propio House por medio de un
amigo común, el fundador del semanario The New Republic, Herbert David Croly.

42
Carta del 27 de julio de 1918; reproducida en OC, MW, XI-403.
Croly escribió a House lo siguiente: «[Dewey] ha estado dirigiendo una investigación
entre los polacos de Filadelfia durante las últimas seis semanas y ha hablado con
muchos de ellos. Percibe fuertemente el peligro para la causa liberal en caso de que
nuestro gobierno permita que su política sea dictada por el reconocimiento del grupo de
Paderewski y por la sospecha de pro-germanismo hacia sus oponentes»43. El propio
Dewey explicó en una carta a su esposa Alice su idea de una dirección temporal
estadounidense de los asuntos de la comunidad polaca: «El gobierno de Estados Unidos
debe emplear su autoridad moral para hacer que los polacos se unan , y ponerlos bajo el
control de representantes americanos, para así evitar la manipulación via Paderewski y
los sacerdotes de una pequeña camarilla de París»44.
Barnes y Dewey lograron concertar una entrevista con House en la casa que este
tenía en Manchester, Massachusetts. Fueron recibidos por el consejero presidencial, que
los escuchó de forma tan educada como distante. Ni Barnes ni Dewey sabían hasta qué
punto House era un admirador del carismático Paderewski, a quien veía como el líder
espiritual que había renunciado a los laureles de la música para dirigir la unificación de
Polonia, y con quien, de hecho, se había reunido en 1916 con unos mapas del centro y
este de Europa donde ambos habían «trazado lo que pensaban debía ser una Polonia
homogénea». Dewey recuerda la entrevista en una misiva familiar donde afirma que,
tras aguardar toda la tarde, hablaron con él unos veinte minutos; aunque House
escuchaba con aparente afabilidad, resultaba imposible saber qué impresión le causaban
las palabras de Barnes y de él mismo.
Dewey también informó de la investigación al Military Intelligence Bureau
(MIB), posiblemente gracias a los contactos de The New Republic con el MIB45; fue en
Washington, donde pasó una semana a mediados de agosto y donde preparó los dos
memorándums confidenciales. Sabemos que en al menos una de las sesiones con el
MIB se encontraban presentes miembros del oficial Polish Press Bureau, con alguno de
los cuales mantuvo una fuerte discusión sobre el grado de representatividad de este
último46. El 25 de septiembre, por último, Dewey escribió al propio presidente
Woodrow Wilson una carta explicándole que su informe completo «incorporaba algunas
condiciones que encontraron de forma inopinada mientras hacían una investigación
sociológica en Filadelfia (...) El objeto de la investigación, el Informe y el artículo en

43
Carta del 3 de agosto de 1918; reproducida en OC, MW, XI-404.
44
Ibid.
45
Zerby, Charles L., “John Dewey and the Polish Question”, p. 18.
New Republic indicaban cómo las fuerzas operativas entre los polacos de los Estados
Unidos iban contra los principios norteamericanos que usted ha establecido tan
claramente en diversos pronunciamientos públicos». El presidente contestó al filósofo
diez días después que había examinado sus informes con “verdadero interés” y había
utilizado la información que contenían47.
La investigación de Barnes y Dewey, sin embargo, no tuvo mayor efecto en la
Polonia de la posguerra; en ningún momento consiguieron convencer a su gobierno de
que los miembros del KON disponían de información que merecía escucharse.
Paderewski fue signatario del Tratado de Versalles y responsable de la Constitución
Polaca de 1919, así como Primer Ministro y Secretario de Asuntos Extranjeros tras la
independencia del país en 1918. Lo único que Barnes y Dewey sacaron en claro de su
considerable esfuerzo de 1918 fue el hecho de resultar investigados por el Departamento
de Justicia por subversión debido a sus “simpatías pro-germánicas”, pues los
representantes en Washington del Comité de París también habían realizado su trabajo
de influencia en los altos cargos del Gobierno. Dewey se lo tomó con filosofía; dijo a
Barnes que fue hermoso mientras duró y al propio House que en cuanto le enviara el
memorándum dejaría de molestarle para volver a sus ocupaciones habituales.

V. El cambio de metáfora: puesta a punto en lugar de armonización

En parte por la cuestión polaca y en parte como respuesta a la acusación de


optimismo ingenuo que “demócratas realistas” como Walter Lippmann le habían hecho,
Dewey había ya abandonado su metáfora radicalmente pluralista del Estado como
director de orquesta en 1927 con The Public and its Problems (en adelante, PIP), para
pasar a atribuirle un papel decididamente más interventor48. En efecto, los “realistas”
como Walter Lippmann habían expresado la idea de que los ciudadanos de las
democracias liberales sólo tenía una idea vaga y generalmente falsa de los verdaderos
problemas políticos que los especialistas (gobernantes, partidos, jueces, empresarios de
medios de comunicación) dilucidaban en su nombre, tal como ocurría en otras formas

46
Ibid., p. 24.
47
Fragmentos de las cartas de Dewey a Wilson y viceversa reproducidos en OC, MW, XI-407.
48
Aunque me ocupo con mayor detalle de esta controversia entre Lippmann y Dewey en “John
Dewey y el ideal de la democracia participativa” (Valencia, Universidad de Valencia, en
prensa), sigo aquí en aras de la concisión la línea expositiva trazada por Robert Westbrook en su
John Dewey and American Democracy, pp. 293-304.
previas de gobierno. Esa falsificación sistemática que tenía algo de convención útil era
consecuencia lógica de la falta de preparación de la gente corriente. El conocimiento
limitado que tenía el pueblo de los asuntos públicos obedecía a los intereses de las elites
gobernantes, pero también a la falta de preparación, de interés o de tiempo de los
votantes. La obra de Dewey que se enfrentó al modelo de democracia elitista de
Lipmann aceptando al mismo tiempo buena parte de su diagnóstico fue PIP, donde
Dewey mantuvo que el Estado era una entidad de segundo orden que no podía someter
ni excluir a ningún grupo u organización social, que eran las entidades de primer orden,
pero ya le asignaba un papel superior al del mero negociador de conflictos o conductor
de sensibilidades: me refiero al papel de organizador de “lo público” (the public), que es
en Dewey la contraparte ciudadana del gobierno en la conformación del Estado. Dewey
estableció en PIP que el Estado se encuentra en la obligación de intervenir allí donde las
actividades de un grupo pongan en riesgo el interés público con sus prácticas
antidemocráticas; el Estado es competente, pues, en la reorganización de esas
agrupaciones primarias: «La naturaleza inclusiva del Estado significa sólo que las
autoridades públicas (incluyendo, desde luego, a los legisladores) deben actuar con el
fin de fijar aquellas condiciones bajo las cuales ha de operar toda asociación»49.
Westbrook resume el cambio de orientación de Dewey señalando que la anterioridad
temporal y lógica de las agrupaciones primarias respecto al Estado permanecía
invariable, pero ahora Dewey rechazaba la noción pluralista radical de que el Estado era
o debía ser un mecanismo neutral diseñado para resolver conflictos entre grupos
sociales y la reemplazaba «por una concepción del Estado como organizador de un
grupo clave: lo público (the public)»50.
Para algunos, esta capacidad reguladora del Estado en favor de la ciudadanía
afectada por las decisiones legislativas (lo público), amenazaba el aspecto liberal del
Estado, pero Dewey no quería establecer una limitación legal de la actividad del Estado,
puesto que en ciertas circunstancias (el eco de la `cuestión polaca´ resuena en este
argumento) la imposibilidad de intervenir por parte del Estado iría en detrimento del
interés público; Dewey se mostró partidario (PIP, p. 281) de que no hubiera una norma
estricta al respecto; el Estado debía limitar o ampliar sus cometidos en función de las
nuevas circunstancias y se hallaba siempre facultado para intervenir en asuntos que
pusieran en peligro no sólo la propia existencia del país, sino los valores centrales de

49
Dewey, J., PIP, p. 280.
convivencia: «los inmigrantes en Estados Unidos tienen que ajustar sus aspiraciones y
preferencias nacionalistas al hecho de un estado unificado nacional», había escrito ya en
192451.
En palabras de Westbrook, la acción del Estado al intervenir en los grupos
primarios no siempre iba a ser benéfica, y esto Dewey lo sabía, pero al mismo tiempo
“no estaba dispuesto a garantizar a grupos privados derechos inviolables que limitaran
el poder del Estado para proteger el interés público”. Forzando todavía una vuelta la
metáfora original de Kallen, diríamos, el director de orquesta podía modificar el timbre
y la tonalidad del instrumento si ello era necesario para una ejecución competente de la
sinfonía.
La doctrina deweyana respecto al respeto y fomento de la pluralidad de etnias y
culturas como mejor forma de mantener la riqueza creadora del Estado norteamericano
se mantuvo intacta; sin embargo, Dewey fue abandonando las implicaciones más
radicales de la metáfora orquestal de Kallen en el punto de fricción con los valores de la
democracia expresados principalmente en los principios liberales. El ideal deweyano de
la gran comunidad (Great Community) sólo podía tomar forma bajo una organización
democrática de la vida en común. La democracia deweyana también era, por expresarlo
a partir de la interpretación epistemológica de Hilary Putnam, la condición previa para
afrontar con ciertas garantías los problemas sociales gracias al flujo irrestricto de
información, la supresión de privilegios y la libertad de presentar y criticar hipótesis
acerca del bien común52. En ese sentido, los valores democráticos de libre flujo de
información y de transparencia representativa tenían preferencia sobre cualquier
peculiaridad étnica o cultural. Ahora bien, la tesis de que esa democratización podía
lograrse mejor desde dentro, mediante la educación pública de los hijos de inmigrantes
junto a los hijos de los nativos en una escuela que debía ser también un centro social
además de un lugar de instrucción, así como la intervención del Estado cuando los
sistemas de representación no fueran legítimos y transparentes, y sólo excepcionalmente
mediante la restricción política, permaneció inalterada53 desde la primera intervención

50
Westbrook, R., op. cit., p. 303-4.
51
Dewey, J., “The Turskish Tragedy”, OC, MW; XV, p. 142.
52
Putnam, Hilary, Cómo renovar la filosofía, Madrid, Cátedra, 1994, pp. 247 y 255-6. Vid. en
general sobre la justificación epistemológica de la democracia en Dewey el cap. IX, “Una
reconsideración de la democracia de Dewey”.
53
Suscribo aquí la opinión mantenida por J. Christopher Eisele en “John Dewey and the
Immigrants”, p. 76, acerca de la congruencia de Dewey a lo largo de toda su carrera en torno a
de Dewey sobre inmigración en 190254 hasta PIP en 1927, en línea con la afirmación de
Randolph Bourne según la cual la americanización debía realizarse con el
consentimiento de los gobernados55.
Empujadas por el movimiento en pro de los derechos civiles de los años 50 y 60,
las tesis liberales de Bourne, Dewey y Kallen terminaron imponiéndose en cierto modo
en los años 60, una vez se redujo la hegemonía intelectual que a principios de siglo
habían merecido las tesis del darwinismo social; en 1964 se promulgó la Civil Rights
Act o Ley de Derechos Civiles, que suprimió la discriminación por razón de raza o
etnia, lengua u origen nacional en lugares públicos y permitió crear programas de
adaptación curricular a las necesidades de las minorías étnicas o culturales; al año
siguiente se promulgó la Immigration and Naturalization Act, que dejaba en suspenso el
sistema de cuotas nacionales y con él la separación indefinida de numerosas familias
desde cuarenta años antes, y por último, en 1968 se suspendía definitivamente el
sistema de cuotas para dar paso a un sistema ordinal no discriminatorio; la consecuencia
fue que desde 1965, los países latinoamericanos y asiáticos superaron a los europeos
como fuente de inmigración en Estados Unidos.
Los actuales debates sobre multiculturalismo y diversidad en un momento de
creciente movilidad de la población mundial adquieren un nuevo aspecto, a nuestro
modo de ver, cuando se los considera a la luz de las bases propuestas por Dewey y otros
pensadores liberales en el primer cuarto del siglo XX, el único momento previo en que
la presión migratoria en un solo país ha sido comparable a la que hoy se vive en el
primer mundo en general, en especial cuando se considera que tales bases, inspiradas en
los principios de igualdad jurídica y respeto a la diversidad cultural en el seno de una
democracia unitaria, contribuyeron a inspirar los cambios legislativos estadounidenses
de los decenios 60 y 70 del siglo XX.

la necesidad de una escuela pública donde los hijos de los nativos y los hijos de los inmigrantes
fueran instruidos igualitariamente en el seno de una educación en valores democráticos.
54
“The School as Social Center”, charla pronunciada en julio de 1902 en un encuentro de la
National Education Association en Minneapolis.
55
Bourne, Randolph , op. cit., p. 97.
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