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A Sangre y Fuego

La Violencia en Antioquia, Colombia

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Massachuseus. donde hizo sus estud.os de yirgnido (B.A-)

y maeslna (M.A.) y de donde obuno su doeu.iado (PI.J ■)

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Stud.es, Ha sido prclwora de h.stona lat.noatncrican.i en

Amheist College en Massacliusetts y en (’oi nell l Jnivcfstly en

Itliaca, New York, donde actualmente es proíesora asociada.

1 la sido brearía de la lailbright, el MacA. tliur Potindalion íor

Peace Studies l ellonship. COLC IkNCJAS. y el Kobel’t and

Helen Appel l ellowship Ior 1 lumanists and Social Scient ists.

l-s autoia del libro filoodand l:nv: L.i \ 'iolcnci.i in Antuxniu,

(.olombu. 1946-1953 (Duke University Press. 2(X)2) y de

\anos ai rútilos sobre violencia. política, cultura y narcotráfico

en colecciones como L.¡ Hlstmi de .Annw/ui.i ^Sur.uncncan.1

de Según». 1988), CocMV: CJM H,sames (Routledgc.

1999 \ Po/incil Cultures ,n the Andes (Duke l Innvrsitv Pn-ss.

enpens.Pvendiivers.is revistas «,1o, nbiattas y estadounidenses.

Acni.dmente es dimerom electa del Progranra dc

Latinoamencanos en Corncl! Universirv.


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Entre 1946 y 1966 una escalada de violencia en Colombia dejó 200.000 muertos, en uno de los peores
conflictos de la historia del hemisferio occidental. Los primeros siete años de este período de terror
conocido como la Violencia constituyen el lema de /\ sangre y luego. Tradicionalmente, los estudiosos
han asumido que el partidismo fue el motor de la Violencia Pero mediante un recuento matizado de
las motivaciones históricas y culturales que están detrás del fratricidio, Mary Roldan pone en tela de
juicio las conclusiones de trabajos anteriores sobre el tema. Si bien la autora reconoce que la animosidad
partidista jugó un papel importante en la desintegración de un discurso civilista que paso a ser violento,
argumenta que los conflictos políticos convencionales se intensificaron a causa de otros intereses
Mediante un análisis de la evolución de la violencia en Antioquia. que en la época era la región más rica
y diversa (en términos económicos) de Colombia, Roldan demuestra la mancia como se combinaron
tensiones entre la política regional y el débil Estado central, diversas formas de prejuicio social y
procesos de desarrollo económico, para convertir a la violencia en un modo predilecto de acción
política. La privatización de la violencia estatal —que pasó a concentrarse en unidades paramihtares—
V el surgimiento de movimientos armados de resistencia tuvieron un horrendo costo para la vida cívica
colombiana, y estos procesos continúan invadiendo el país.
La lectura de Roldan de los hechos históricos sugiere que la experiencia antioqueña de la Violencia fue
resultado de un cierto upo de colonialismo interno en el cual la formación de una identidad regional
basado en supuestos de superioridad cultural fue utilizada para justificar la violencia contra "otros"
raciales o étnicos y sirvió como pretexto para usurpar tierras y recursos naturales. A sangre y fuego
demuestra que, lejos de ser una peculiaridad colombiana, la Violencia fue una consecuencia lógica del
desarrollo capitalista y la formación del Estado en el mundo moderno.

“Este maravilloso libro presenta importantes y múltiples contribuciones. Además de ofrecer su


equilibrado balance de la Violencia, los valores sociopolíticos y las actitudes ctntco/racialcs en
Antioquia, Roldan ilumina rasgos importantes del sistema político. Su trabajo, ya influyente en el
campo de los estudios sobre la Colombia del siglo XX, estara ahora, afortunadamente, al alcance de un
publico más amplio". Frank Safford

"Este libro, renovador como pocos, será el definitivo sobre la Violencia en Antioquia. M.irv Roldan
logra ai ticular de manera ejemplar, tanto a nivel de descripción empírica como de análisis teórico, tres
variables cruciales: cultura, clase y política. Lo hace poniendo en interacción, de manera consistente,
lo local, lo regional y lo nacional. Curas, caudillos, redes sociales y familiares, tradiciones y patrones
de conducta, centros urbanos y regiones periféricas, partidos, instituciones seculares v eclesiásticas
conforman la trama de estas páginas. Es un proyecto ambicioso, admirablemente bien logrado”.
Gonzalo Sánchez

ISBN nSñ-BMRI®1-5

978958 2 181134
El Instituto Colombiano de Antropología e Historia
despliega un programa de edición que busca facilitar a la
comunidad científica y al gran público los saberes de las
ciencias sociales —antropología social, arqueología e historia
colonial— provenientes, aunque no exclusivamente, de las
investigaciones adelantadas en el Instituto.

No veda des editoriales:

Entre los deseos y los derechos. Un ensayo crítico sobre


políticas culturales
de Ana María Ochoa Gauticr

Alma en boca y huesos en costal. Una aproximación a los


contrastes socio-económicos de la esclavitud. Santafé,
Mariquita y Mompox 1610-1660
de Carlos Valencia Villa.

Guerras, memoria c historia


de Gonzalo Sánchez

Antropología, género y familia


de Patricia Tovar (comp.)

Identidades a flor de piel. Lo “negro " entre apariencias


y pertenencias: Categorías raciales y mestizaje en
Cartagena (Colombia)
de Elisabeth Cunin

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A Sangre y Fuego
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iNSTmuro Colombiano de Antropología e Historia


Fundxqón para la Ppomoqón de ia Ciencia y dxTecnología
1

Instituto Colombiano de Antropología e Historia

Maris Victoria Uribe


Diircton
t
Nicolás Morales
Je/é de Proyectos Editoriales

Fundación para la Promoción de la Ciencia y la Tecnología

José Darío Uribe


Presidente i

© A sangre y luego. La Violencia en Antioquia. 1946-1953


© Mary Roldan

© Instituto Colombiano de Antropología c Historia


© Fundación para la Promoción de la Ciencia y la Tecnología

De la edición en inglés:
© Blood and firc. La Violencia in Antioquia, 1946-1953
© Marj- Roldan
© Duke University Press, 2002

Claudia Montilla
Traducción

t
Claudia Caiccdo
Corrección general

t
Carlos Rojas
Comedón final

t
Darío Vargas
Diseño y dhgramadón

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Imprenta Nacional

Impresión

A Débora Arango
El cementerio de h chusma y/o mi cabeza. S.f. Óleo sobre lienzo

Colección del Musco de Arte Moderno de Medcllín. Fotografía de Camilo Moreno

Portada

ISBN 958-8J8I-I3-5
Impreso en Colombia, 2003
Todos los derechos reseñados. Esta publicación no puede ser reproducida en todo ni en parte sin permiso previo
escrito de los editores.
Contenido

Agradecimientos 13

Introducción 17

Capítulo I
La VIOLENCIA EN MEDELLÍN Y EN LOS MUNICIPIOS NUCLEARES 66

Capítulo II
El Bajo Cauca, el Magdalena Medio y el nordeste 145

Capítulo III
El Urabá y el Occidente Antioqueño 217

Capitulo IV
Urrao y el Suroeste 283

Epílogo 345

Apéndices 367

Apéndice A: Tablas 368


Apéndice B: Mapas. 376

Notas 380

Bibliografía 422

II
Agradecimientos

MUCHOS individuos c instituciones han contribuido y apoyado la investigación


y redacción de este manuscrito durante varios años. Deseo expresar mi especial agrade­
cimiento a los empleados del Archivo de la Gobernación de Antioquia por permitirme
consultar la correspondencia del gobernador, así como otros documentos departa­
mentales. Agradezco también en Medcllín a la Fundación Antioqueña de Estudios
Sociales; a la Biblioteca y la Hemeroteca de la Universidad de Antioquia; a la colec­
ción de investigaciones del Instituto de Estudios Regionales de la Universidad de
Antioquia; al salón Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto, y al archivo personal
de Froilán Montoya Mazo. Asimismo, al Archivo de la Alcaldía Municipal de Urrao
y, al Registro Parroquial y la Casa de la Cultura de ese mismo municipio. Y, en
Bogotá, al Centro Jorge Eliécer Gaitán y a su directora, Gloria Gaitán; a la Biblio­
teca Luis Ángel Arango; y a la Biblioteca Nacional. El doctor Montoya Mazo,
quien falleció hace unos años, me presentó y me ayudó a acordar entrevistas con
varios líderes gaitanistas del período de la Violencia y con varios ex-guerrillcros.
Innumerables colegas y amigos colombianos me ofrecieron su hospitalidad, afecto y
guía intelectual. Entre ellos, Jorge Pérez, María Mercedes Botero, Alvaro Tirado
Mcjía, Jorge Orlando Meló, Víctor Álvarez, Beatriz Patino, Patricia Londoño,
Constanza Toro, Ana Lucía Sánchez, Jesús María Álvarez, María Teresa Uribc de
Hincapié, Gonzalo Sánchez y Mauricio Romero. La investigación en que se basa
este libro no podría haber sido realizada sin la colaboración de varios estudiantes
de la Universidad de Antioquia, entre ellos, Gloria Granada, Rodrigo Arango y

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A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Mario Gaviria. Agradezco además a Gustavo Ochoa por sus destrezas como car­
tógrafo y a Fernando Mejía por tantas horas de tediosa inclusión de datos.

En los Estados Unidos, varios colegas e instituciones apoyaron mi trabajo desde


su inicio como tesis doctoral en la Universidad de Harvard. Para realizar la investiga­
ción me brindaron financiamiento durante tres veranos laTinker Foundation, el Raddiffé
Presidcnt’s Fund, el Committec on Latín American and Iberian Studics, el Departa­
mento de Historia y el Sheldon Kennedy Traveling Research Fund de la Universidad
de Harvard, y el Fulbright-Hays Doctoral Dissertation Grane. En términos de riguro­
sidad. no pude haber tenido un consejero académico más exigente que John Womack
Jr., quien nunca aceptó explicaciones fáciles y constantemente me animó a avanzar en
mi investigación y a afinar al máximo mis interpretaciones, y aunque a veces fui terca o
reacia a sus buenos consejos, reconozco que influyó en mi forma de pensar en la
historia de una manera profunda e intangible. Como profesora asistente en la Univer­
sidad de Cornell recibí apoyo financiero del Socicty for the Humanities Summer
Research Fund, el John T and Catherine D. MacArthur Foundation Peace Studics
Research Fund y el Latín American Studíes Summer Faculty Research Fund.

Mis colegas de Cornell también me han brindado su apoyo incondicional.


Agradezco a Tom Holloway, Walter LaFeber, Sandra Greene, Rachel Weil, Itsie
Hull, Shirley Samuels, Billie Jean Isbell, Tom Volman, Lourdes Benería, Bill
Goldsmith, Barbara Lynch, Debbie Castillo y Mary Jo Dudley por proporcionarme
amables cenas, lecturas enriquecedoras, opiniones críticas y palabras cálidas. De­
seo destacar la ayuda de Tom Holloway, siempre más allá de lo debido. Cuando
llegué a Cornell, leyó mi tesis y me dijo qué le parecía bueno y qué debía eliminar,
y mirándome a los ojos me preguntó: "¿Dónde está la sangre?”. Aunque cardé dos
años en descubrir cómo afrontar la “sangre” de la violencia en Colombia y varios
años más en llegar al meollo del asunto, estoy en deuda con Tom por haberme
obligado a encarar mis propios demonios. Cuando leyó el manuscrito final y
emitió un ronco '/Regio trabajo!", salí corriendo y lloré de alivio. Deseo agrade­
cer también a Lisa Dundon, Rich Stoller, Jim Brennan y Jeff Rubín y de manera
especial a Catherine LeGrand, quien ha sido una cálida amiga y generosa colega, y

14
Agradecimientos.

además de brindarme su incondicional estímulo intelectual y comentarios críticos


pero amables y profundos sobre mi trabajo, me animó a continuar cada vez que
perdí la fe. A lo largo de estos años, varios estudiantes de postgrado me han ofrecido
un fértil entorno para discutir espinosas cuestiones teóricas y problemas de tipo
comparativo, entre ellos EstellcTarica, BrettTroyan, Lcslie Horowitz, Anne Brophy,
Angela Wilson y Michcllc Bigenho.También deseo rendir tributo a Michacl Jiménez,
quien falleció antes de que este libro se imprimiera, por ser una persona muy espe­
cial y por haberme honrado con su amistad.

La redacción de este manuscrito no hubiera sido posible sin la generosidad


del programa "Movilidad de Investigadores” de Colcicncias, el Centro de Estudios
Regionales Cafeteros y Empresariales (CRECE) en Manizalcs, su director, el dr.
César Vallcjo Mcjía, y Planeación Nacional en Bogotá. Estas tres instituciones me
brindaron el apoyo financiero y la descarga académica necesaria para poder dedi­
carme de lleno a pensar y escribir con tranquilidad. La edición inicial de este libro
(en inglés) no habría podido publicarse sin el estímulo de Valcrie Mulholland, una
paciente y maravillosa editora, y sin las valiosas críticas de los lectores anónimos de
Duke University Press. La edición en español se pudo hacer gracias al estímulo y
apoyo del Instituto Colombiano de Antropología c Historia (ICANH) y de su
directora María Victoria Uribe. Agradezco la paciencia y calidez de Nicolás Morales
quien jamás desfalleció ante los muchos tropiezos y demoras que tuve para entre­
gar las revisiones al castellano de este manuscrito y quien siempre mantuvo su
sentido de humor. También agradezco a la Fundación para la Promoción de la
Ciencia y la Tecnología y a John Clardy, decano de facultad de Cornell University,
quienes aportaron los fondos que hicieron posible la traducción de este libro, y a
Claudia Montilla, quien se encargó de la traducción inicial. No tengo como agra­
decerle a Claudia Caicedo sin cuya ayuda y apoyo moral me habría sido imposible
cumplir con la difícil tarca de hacer los últimos ajustes y revisiones a la versión
final de esta traducción. Los errores y omisiones son mi exclusiva responsabilidad.

Finalmente, quiero agradecerle a mis padres y a mi esposo, Christopher London,


mi mejor compañero intelectual y quien siempre le encuentra sentido a lo que hago,

15
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

incluso cuando yo misma pierdo la fe. Dar a luz y educar a mis hijos me ha brindado
una nuera perspectiva sobre La violencia y el trabajo. Espero que Lucas y Sophia perdo­
nen a su madre por permanecer frente a un computador durante casi dos años y, con
frecuencia, negarse a salir a jugar con ellos.

16
Introducción

Para muchos, Colombia y violencia son sinónimos. Después de todo, Co­


lombia (Véase mapa 1) produce la mayor parte de la cocaína procesada y enviada
al mayor consumidor de drogas del mundo, los Estados Unidos, y padece el cri­
men y corrupción que resultan de este comercio ilegal. Colombia también alberga
la más antigua insurgencia guerrillera del hemisferio occidental; es el país donde
ocurrió la mitad de los secuestros en el mundo durante el año 2000 y donde los
paramilitares (grupos armados privados que asumen las funciones de fuerzas esta­
tales en cuestiones de orden público) inscriben con motosierras mensajes amenazantes
en los cuerpos de sus víctimas, en su mayoría campesinos; un territorio al cual los
medios estadounidenses se refieren como “del doble del tamaño de Francia”, donde
el Estado central ejerce poca autoridad, y una democracia formal donde un puña­
do de familias monopoliza el control de los medios, la política y la economía
(legal) del país. Además, hasta hace poco, la ciudad colombiana considerada la
cúspide de la ilegalidad era Mcdellín, capital del departamento de Antioquia y durante
la mayor parte de dos décadas, el centro financiero de una empresa global de narcóticos
conocida como el cartel de Mcdellín.1

Este libro no trata directamente de narcóticos, ni tampoco de la crisis contem­


poránea de Colombia. En lugar de ello, examina la experiencia del departamento de
Antioquia (Véase mapa 2) durante los primeros siete años (1946-1953) de una
guerra civil desencadenada entre miembros de los partidos Conservador y Liberal
por el poder, período conocido como la Violencia.2 Mi propósito inicial no era
establecer paralelos entre el período de la Violencia y la Colombia contemporá-

17
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Océano
Providencia Atlántico
Guajira

■ San Andrés
Atlántico

Magdalena

Bolívar
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Córdoba
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Putumayo

Ecuador

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Brasil

Perú

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Mapa 1. Colombia hacia 1950. (Fuente: Instituto Colombiano de Antropología e Historia ICANH).

18
Introducción

nca, pero gradualmente llegué a concebir que la violencia del pasado y la reciente
están entrelazadas de manera inextricable. Creo que puedo señalar con exactitud el
día en que dejé de pensar en la Violencia como algo totalmente diferente de la
realidad cotidiana colombiana. Me encontraba en mi oficina, preparando la última
clase del semestre de mi curso sobre la América Latina moderna. En un momen­
to de distracción, revisé mi correo electrónico. Había recibido un mensaje de
un amigo de Bogotá, un compañero violentólogo de la Universidad Nacional3,
quien me decía que un colega de la Universidad de Antioquia, en Mcdellín, aca­
baba de ser asesinado a quemarropa por tres individuos enmascarados que
usaron armas con silenciadores. Mi amigo omitía en su mensaje el nombre del
profesor asesinado, pero supe al leer el mensaje, con una certeza que no logro
explicar, que se trataba de Hernán Henao, con quien yo había colaborado durante
varios meses en un seminario interdisciplinario dedicado al análisis de la violencia
en Medellín y a la reflexión sobre formas no violentas de terminarla.

No era la primera vez que alguien que yo conocía era asesinado. Durante
un período especialmente horroroso, a principios de los años noventa, había funera­
les todas las semanas —y a veces con más frecuencia— de profesores, periodistas,
estudiantes o defensores de los derechos humanos. Durante el día, la gente hacía
llamadas telefónicas frecuentes para informarles a sus seres queridos que iban
camino a casa, que acababan de llegar a la oficina o que salían a hacer diligencias,
porque cualquier retraso insignificante era causa de temor mortal. A pesar de esta
familiaridad con la violencia, la muerte de Hernán me sumió en una profunda
depresión y superarla me tomó varios meses. Ese día, deambulé por los corredores
de mi edificio estremecida por el dolor. Una y otra vez se repetía en mi imagina­
ción, la visión de Hernán agonizante en el charco de su propia sangre en su oficina
del Instituto de Estudios Regionales (INER), que yo conocía como mi propia
casa. Recuerdo mi sentimiento de ira, miedo, aturdimiento, incredulidad. No po­
día entender por qué razón habían matado a Hernán, un académico que había
dedicado su vida a buscar la manera de negociar un espacio de tolerancia, respeto
mutuo y pluralismo en una sociedad cada vez más polarizada, pero que nunca
había abogado por la violencia ni participado en actividades violentas. Ni Hernán

19
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

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Mapa 2. Departamento de Antioquia y sus municipios. (Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi).

ni ninguno de los demás profesores del INER creían que las masacres, el despla­
zamiento forzado de personas o la violación persistente de los derechos humanos
que tiene lugar diariamente en Colombia se podían atribuir a una única causa.
Hernán y otros investigadores se habían acercado a las víctimas de la violencia de
derecha y de izquierda ofreciéndoles consuelo, educación y programas para re­
construir sus vidas. Su asesinato carecía totalmente de sentido.

Sintiéndome traicionada y vulnerable, descubrí repentinamente la razón


de ser del terror y la manera como funciona. Quiero decir que me di cuenta de ello
en cada una de las fibras de mi cuerpo y no como una simple abstracción intelec-

20
Introducción

tual. Acababa de terminar una versión preliminar de este manuscrito y sentí que ya
era incapaz de pensar más sobre la violencia. Soñé con maneras de dejarlo de lado,
como si haciéndolo pudiera también olvidar la realidad de la violencia. Y, de repente,
tuve la certeza de que aunque nunca pudiera establecer de manera absoluta la trayec­
toria de la violencia, ni aquello que la motivó exactamente —incluso a pesar de no
poder demostrar que hay una “verdad" objetiva de los hechos históricos— debía
intentar rastrear, con la mayor exactitud posible, los hechos sombríos, a veces con­
tradictorios y aparentemente sin relación entre sí, que conducen a la violencia. La
única manera de superar mi propio terror era rehusándome a callar.
Este libro es el resultado de dicha certeza; es el producto de la convicción
de que lo ocurrido en el pasado es fundamental para comprender lo que está ocu­
rriendo hoy, y que es una obligación moral negarse a aceptar que la mayor parte de
la violencia es incoada, casual o inexplicable. También constituye un pequeño tribu­
to a las personas cuya insistencia en descubrir verdades indcscadas, a pesar de la
intimidación, ha sido para mí una constante fuente de inspiración. El que yo haya
tomado conciencia de la existencia de vínculos entre la violencia del pasado y el
conflicto del presente, no debe entenderse como una creencia en que la violencia en
Colombia sea, en cierto modo, inherente, singular, inevitable o estática. Por el con­
trario, si el caso de la Violencia en Antioquia llega a ser representativo de la violencia
colombiana como un todo, lo significativo de este estudio es el descubrimiento de lo
selectiva y concentrada que ha sido esa violencia —supuestamente generalizada—,
y hasta qué punto factores como la etnia y la raza, las diferencias culturales, la clase
social y la geografía han moldeado la evolución, trayectoria, dirección e incidencia
de la violencia en Colombia a lo largo del tiempo. El acto histórico de glosar la
Violencia como un fenómeno generalizado le brinda poca atención a la memoria de
aquellos que se negaron a tomar parte en ella y también a la de sus verdaderas
víctimas, los miles de campesinos anónimos que murieron y cuyas voces han sido
silenciadas u olvidadas. Hernán Henao se dedicó a aclarar las causas de la violencia
y la identidad de sus víctimas, y este libro intenta, a su manera, perpetuar ese legado.

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A Sangre v Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

La Violencia en Antioquia
Se calada que aproximadamente 200.000 colombianos murieron a causa de la
violencia entre 1946 y 1966. Más de dos millones emigraron o fueron obligados a
desplazarse de sus pueblos de residencia, la mayoría para no regresar jamás. El im­
pacto de la Violencia fue tan contundente que produjo el único golpe militar del
siglo XX en Colombia y dio lugar a un acuerdo sin precedentes entre los líderes de
los partidos Liberal y Conservador para alternarse la Presidencia y compartir el
poder durante casi veinte años.
De las regiones más golpeadas durante la Violencia, Antioquia ocupa el tercer
lugar en el número total de muertes violentas registradas en el país entre 1946 y
1957, pues se calcula que aproximadamente 26.000 habitantes del departamento
murieron a causa de la Violencia. Entonces, si en 1951 Antioquia tenía casi el
14% (1’570.000) de la población total del país (11’500.000), la cifra de muertes
violentas se traduce en un tasa de mortalidad regional de aproximadamente I,7%.4
En otras palabras, en Antioquia se produjeron muchas muertes, pero debido a que
la población total de otros departamentos afectados gravemente por la violencia
era mucho menor que la de Antioquia, el impacto de las muertes fue incluso más
pronunciado en estos otros territorios.5 Antioquia también registró el octavo pues­
to en el cálculo de migraciones causadas por la violencia en Colombia (II 7.000), es
decir, el 6% del total nacional de migraciones causadas por la violencia. Pero nueva­
mente, en términos regionales, los siete departamentos que preceden a Antioquia en
las estadísticas tenían poblaciones totales significativamente más bajas y, por lo
tanto, padecieron un desplazamiento de población proporcionalmente mucho más
elevado que el de Antioquia.6 Lo que hace que el caso de Antioquia durante el
periodo de la Violencia sea significativo no es el número de muertes o las migracio­
nes que causó, sino los lugares del departamento donde se produjo y las razones que la
generaron.

En este libro me apoyo en fuentes que hasta ahora no han sido utilizadas, como
los archivos gubernamentales del departamento y los municipios, testimonios judi­
ciales, registros parroquiales de muertes y entrevistas para contar una historia que, a

22
Introducción

la vez que hace eco de los hallazgos de investigadores que han rastreado la trayecto­
ria de la violencia en otras regiones colombianas entre 1946 y 1953, plantea
desafíos con respecto a dichos trabajos.
A pesar de ocupar el tercer lugar entre los departamentos más afectados por
la violencia, Antioquia no fue azotada por la generalización de dicha violencia, ni
la misma se pronunció o se concentró en los municipios productores de café del
suroeste antioqueño, como se ha pensado a lo largo de la historia.7 En cambio, la
violencia demostró ser mucho más severa en las zonas periféricas de Antioquia,
donde, la tenencia de tierra, las formas de producción, la mano de obra y la autori­
dad del Estado fueron significativamente diferentes del paradigma predominante
en los municipios de la zona central del departamento. En Antioquia, la etapa
más temprana de la Violencia (1948-1953) marcó en formas indelebles las áreas
situadas en la periferia, como las tierras bajas tropicales de Urabá, el Bajo Cauca,
el Nordeste y el Magdalena Medio, y no el sector cafetero antioqueño ni los
municipios situados en la región central (Véanse mapas 3 y 4).

Las estadísticas de muertes relacionadas con la violencia ofrecen un cru­


do indicador de las dimensiones espaciales y temporales de la violencia en
Antioquia. La cifra total de muertes registradas oficialmente durante los años de
la violencia oscila entre 22.210 en 1948 y 25.125 en I95I.8 Sin embargo, la cifra
de defunciones correspondientes a tres categorías: “homicidio”, "no definidas o
mal definidas” y “otras muertes violentas”, aumentó de manera significativa entre
1948 y 1951, y luego disminuyó hasta 1959. En 1951, el total acumulado de
muertes clasificadas en estas tres categorías alcanzó un máximo de 10.212, cifra
equivalente a casi un 41% de las muertes registradas ese año.9

Las estadísticas de muertes recopiladas por la Gobernación de Antioquia


(para uso interno, no para divulgación al público) ofrecen una imagen más precisa
de la violencia en el departamento.10 Antes de 1949, el gobierno regional no
mantenía un registro estadístico exclusivo de las muertes relacionadas
específicamente con la violencia. Sin embargo, los datos del gobierno y las entre­
vistas a los sobrevivientes sugieren que la violencia fue esporádica entre 1946 y

23
A Sangre y Fuego: La violencia en Anboquia, Colombia, 1946-1953

ürabá BajoCauca

Norte
Nordeste
Occidente

/
Magdalena
SurOeste
Central

Oriente

Sur

Mapa 3. Subregiones administrativas. (Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi).

1949 y se concentró en los pueblos situados en el centro del departamento, donde


el número total de muertes relacionadas con la violencia fue bajo.” Por ejemplo,
en 1949, tres cuartas partes (12 de 16) de las muertes registradas oficialmente en
los archivos de la Gobernación como consecuencia directa de la violencia tuvieron
lugar en los pueblos ubicados en el centro del departamento. Sin embargo, para
1950, cambió el patrón de muertes esporádicas concentradas en la región central.
Las muertes clasificadas específicamente como consecuencia de la violencia llegaron
a los cientos en 1950 y se concentraron en los pueblos antioqueños localizados en
el extremo suroeste (Urrao),l2en el occidente antioqueño y en las porciones del

24
Introducción

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i Municipios periféricos
Municipios centrales.

Mapa 4. Municipios Periféricos. (Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi).

extremo oriental del departamento (el nordeste, el Bajo Cauca y el Magdalena


Medio). En contraste, los municipios de la región central, como Mcdellín y los
municipios industriales aledaños como Bello y Envigado, las zonas cafeteras del
sur y el suroeste, el oriente cercano y las subregiones del centro-norte cercano
reportaron muy pocas muertes relacionadas con la violencia entre 1950 y 1953.13
De hecho, la mitad de más de 4.000 muertes relacionadas con la violencia, regis­
tradas oficialmente entre 1949 y mayo de 1953, tuvieron lugar en tan sólo cinco
municipios (Dabciba, Puerto Bcrrío, LJrrao, Cañasgordas y Remedios), todos situa­
dos en la periferia del departamento (Véase mapa 5; también apéndice A.I, A. 2).

25
A Sangre y Fuego: La violencia en Ancioquia, Colombia, 1946-1953

. 7
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—.I Betuin•

Número de muertes
1949-1953: x/Y' I l/'K i CóconHy-^
□ 125 a 561
□ 17a 125 k ; ■
□ 0al7

Mapa 5. Muertos por la violencia 1949-1953. (Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi y Archivo
privado del señor gobernador de Antioquia, 1953, voL 9, "Informe sobre la acción del bandolerismo de
1949 a mayj de 1953," Medellíh, May 1953).

Un 43% de todas las muertes relacionadas con la violencia registradas por el


gobierno regional ocurrió en el occidente antioqueño y Urabá, 20% en el suroes­
te, 14% en la región del Magdalena Medio y 13% en la región del nordeste de
Antioquia. Con la excepción del suroeste —densamente poblado—, todas las
áreas con altos porcentajes de muertes eran también las menos pobladas de
Antioquia. La mitad de las muertes violentas registradas oficialmente entre 1949
y 1953, además, tuvieron lugar en el mismo año, 1952. Únicamente el municipio
de Puerto Berrío dio cuenta de casi una cuarta parte del total. La naturaleza

26
Introducción

selectiva y concentrada de la violencia es aún más sorprendente al calcularse las


muertes relacionadas con ella en términos de porcentaje de la población local.
Según el censo de 1951, la cuarta parte del 1% de la población de Antioquia
sufrió muertes relacionadas con la violencia entre 1949 y 1953, pero Puerto
Bcrrío, ubicado en la región del Magdalena Medio, perdió un 6% de su población
durante la violencia, mientras que Caucasia, en el Bajo Cauca, perdió un 14% de
sus habitantes. Los municipios occidentales como Urrao, Dabeiba y Cañasgordas,
perdieron entre 2 y 3% de su población en un período de tres años.

Según la “historia oficial”, la violencia fue un fenómeno ampliamente exten­


dido y genéricamente partidista que se libró de manera indiscriminada entre la
población rural liberal y conservadora, pero el registro oficial revela una violencia
de alcance notoriamente limitado y motivada por muy diversas causas. ¿Cómo se
puede entonces dar cuenta de la especificidad geográfica y temporal de las muertes
relacionadas con la violencia en Antioquia? ¿Por qué razón los pueblos localizados
en las márgenes del departamento fueron escenario de la violencia más severa y
prolongada? ¿Por qué la mayoría de los pueblos en medio de la zona cafetera (el
suroeste) igualmente liberales, y donde siempre se ha supuesto que se centró la
violencia en Antioquia, fueron considerablemente mucho menos violentos que los
pueblos de la periferia? ¿Es posible que factores adicionales a las diferencias par­
tidistas hayan influido en la severidad de la violencia y moldeado una concentración
más pronunciada en áreas geoculturales específicas? Con el tiempo, ¿cambiaron
los objetivos de la violencia y dependieron de factores específicos de las circuns­
tancias locales, más que de las circunstancias nacionales generalizadas? De ser así,
¿cómo debemos reconceptualizar la relación entre la política partidista y la vio­
lencia en Colombia?

A mediados del siglo XX, Antioquia era el segundo departamento más poblado,
el más conservador y posiblemente el más influyente en términos económicos. Tam­
bién era —y había sido durante varias décadas— uno de los mayores productores de
café de exportación en Colombia, el principal productor de oro y un líder nacional en
industria, comercio y finanzas. Los antioqueños solían ocupar menos cargos políticos

27
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

nacionales que los habitantes de otros departamentos, pero los votantes antioqueños
eran numerosos y los hombres prestantes del departamento dominaban, por ejem­
plo, poderosas asociaciones del sector privado, tales como la Federación Nacional
de Cafeteros (FEDECAFÉ), la Federación Nacional de Comerciantes (FENALCO)
y la Asociación Nacional de Industriales (ANDI), entidades fundamentales en la
formulación de políticas económicas y sociales en Colombia.

En un país donde se pensaba que las diferencias entre liberales y conservado­


res definían la identidad personal y que habían causado la mayoría de las luchas
violentas desde el siglo XIX, Antioquia era percibido como un inconforme polí­
tico y como un departamento reacio a tomar las armas en nombre de la política.
En efecto, pocos elementos de su pasado sugirieron que Antioquia se convertiría
en un área azotada fuertemente por la violencia partidista durante la Violencia.
En el imaginano colombiano no se asociaban el departamento, ni su capital Medellín,
con la violencia. Existía un estereotipo de Antioquia y sus habitantes, pero era
uno que caracterizaba a los paisas1-1 como los mejores negociantes y pragmáticos
tecnócratas de la nación, y al departamento como una región de colonos pujantes
y católicos a ultranza. Los antioqueños figuraban en el imaginario nacional como
el pueblo que había colonizado la frontera del suroccidente colombiano, encarna­
do el cultivo y la cultura del café a comienzos del siglo XX, y con quienes surgió
una sociedad caracterizada por un fuerte sentido de regionalismo, familias nume­
rosas y pequeños proprietarios. De hecho, los antioqueños eran objeto de burla
por considerárseles tan obsesionados con la idea de hacer dinero que no tenían
tiempo para participar en política. Se percibía que, en caso de verse obligados a
elegir entre ir a la guerra por diferencias políticas y llegar a una solución negociada
que evitara la agitación y los disturbios y permitiera que los negocios continuaran
prosperando sin impedimento, los habitantes de la región optarían por la segunda
posibilidad. Entonces, ¿qué ocurrió a mediados del siglo XX para que Antioquia
se convirtiera en un departamento tan violento?

Para aquellos familiarizados sólo con la historia reciente de Colombia o de


Antioquia, presuponer que existía una relación inherente entre la violencia y la

28
Introducción

nación o la región puede parecer algo evidente. Como anota con pesar David
Bushnell en la introducción a su reciente síntesis de la historia de Colombia,
"Colombia es hoy en día el menos estudiado de los países de America Latina y, tal
vez, el menos comprendido”.15 En contraste con muchos de sus vecinos, Colombia
raramente ha padecido dictaduras, no ha tenido un ejército poderoso, ha maneja­
do sus finanzas de manera conservadora y no ha parecido experimentar conflictos
basados en diferencias étnicas. A excepción del breve interés que suscitó el líder
populista liberal Jorge Eliéccr Gaitán en la década de 1940 y el gobierno militar
deí General Gustavo Rojas Pinilla a mediados de los años 50, además, Colombia
casi nunca fue víctima del predominio de la política populista o autoritaria. A
mediados del siglo XX, la persistencia en identificarse con los mismos partidos
que habían orientado la afiliación política individual desde el siglo XIX, a expen­
sas de formas supuestamente más modernas de expresión política, reforzó la idea
de que Colombia era en cierto sentido peculiar y que no existía un marco de
referencia común para comparar los hechos ocurridos en Colombia con los del
resto de América Latina. Esto ha relegado el fenómeno de la Violencia a una especie
de limbo histórico; los especialistas colombianos han escrito y se han obsesionado
con él, pero los demás historiadores latinoamericanos lo consideran una aberra­
ción exclusivamente colombiana.

A primera vista, la Violencia aparece como un retroceso a una etapa anterior


de guerras civiles caudillistas y al atavismo campesino que confirma la noción de
Colombia como desfasada con respecto a otras naciones “modernizantes” en la mis­
ma región. La mayor parte de los asesinatos de la Violencia tuvo lugar en zonas
rurales y los campesinos constituyeron la mayoría de los muertos. Las víctimas
fueron a menudo torturadas, desmembradas, mutiladas sexualmentc y, frecuente­
mente, las mujeres fueron violadas en presencia de miembros de sus familias. No
obstante, la mera consideración de estas condiciones no basta para distinguir el
conflicto colombiano de los típicos de otras sociedades latinoamericanas. Aunque
las luchas políticas nacionales, las disputas personales, los disturbios agrarios y la
competencia clicntelista también animaron los conflictos de otras sociedades lati-

29
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

noamericanas, los mismos habían tenido lugar o bien en el siglo XIX o a comienzos
del XX, habían involucrado guerras contra otra nación o habían ocurrido en el
contexto de la eliminación de una población indígena.16 En contraste, la violencia
ocurrida en América Latina en los años posteriores a la Violencia colombiana se
explicaba como insurgencia de izquierda o terrorismo de Estado y anticomunista,
librada en favor de la defensa de la seguridad nacional y la democracia.17 En Amé­
rica Latina no parecía existir un precedente de un conflicto en el cual las personas
asesinadas fueran ciudadanos de un mismo Estado que se atacaban a causa de
diferencias partidistas, y lo hicieron con un salvajismo observado rara vez en un
contexto distinto al de las guerras de motivación ideológica o racial.18 En otras
palabras, lo que distinguió la Violencia colombiana de la violencia ocurrida en otras
regiones de América Latina en el siglo XX fue que se libró en los términos del
partidismo político de mediados del siglo XIX (decimonónico) y no de objetivos
políticos o sociales modernos. Desde luego, en otras partes del mundo existen casos de
conflicto civil de similar brutalidad y complejidad, con los cuales podría compararse la
bolencia, pero esta comparación requeriría atribuirle el mismo valor simbólico e innato
a las diferencias partidistas colombianas que se les atribuye a las diferencias religiosas y
étnico-raciales de otras partes del mundo.19

, De hecho, en Antioquia existían diferencias religiosas, étnicas y raciales, y fueron


| características distintivas de la manera como se desencadenó la violencia en la región.
I En efecto, el argumento de este estudio es que la Violencia en Antioquia no puede
, entenderse si no se toma en cuenta el papel que jugó la percepción de diferencias
geoculturales —profundamente enraizadas— en distintas sub-regiones antioquenas.
' Dichas diferencias fueron a menudo tan cruciales o más que los factores partidistas en
1 ' determinar la intensidad, incidencia y trayectoria de la violencia en la región.

Para aclarar la manera en que la experiencia antioqueña de la Violencia difiere de


las interpretaciones históricas del fenómeno y el significado que tienen dichas diferen­
cias para el estudio más general de la violencia en Colombia, he dividido el resto de esta
introducción en tres partes. Primero, ofrezco un breve panorama de la política y la
sociedad colombianas en las décadas anteriores a la Violencia. Luego, resumo las dis-

30
Introducción

tintas interpretaciones y los estudios de caso regionales que conforman el núcleo de los
estudios sobre la Violencia desde los años setenta hasta el presente, con el fin de ofrecer
una base comparativa para considerar las cuestiones planteadas por la experiencia
antioqueña de la Violencia. Finalmente, defino un marco teórico para reflexionar sobre \
la relación existente entre geografía, política, etnia/raza, clase social y violencia, y exploro
las i-azoncs por las cuales estas cuestiones, más que la identidad partidista exclusivamente,
moldearon el curso del conflicto en Antioquia a mediados del siglo XX.

Política y sociedad en las décadas anteriores a la Violencia


Los primeros intentos por comprender la Violencia buscaron una explicación
en las peculiaridades de la historia política colombiana. Al igual que los liberales y
los conservadores de otras regiones de América Latina en el siglo XIX, los partidos
políticos colombianos estaban divididos en dos campos opuestos de proteccio­
nistas y promotores del libre mercado, centralistas y federalistas, y pro y anticlericales.
La importancia de asuntos específicos para determinar la comprensión y el com­
portamiento político individual variaba hasta cierto punto de región en región,
según la disponibilidad de recursos, la estructura de la tenencia de la tierra y las
formas de producción, las relaciones de consanguinidad, los accidentes de la his­
toria y otro sinnúmero de intangibles. Un conservador antioqueño moderado, por
ejemplo, podía adoptar simultáneamente el libre comercio y el federalismo (posi­
ciones típicamente asociadas con el liberalismo) y, no obstante, apoyar la Iglesia
católica. Lo que diferenció los partidos colombianos de los partidos liberales y
conservadores de otros países latinoamericanos fue la capacidad del sistema colom­
biano para fomentar la profunda identificación de la mayoría de los ciudadanos
con los partidos.20 Los partidos colombianos atraían a individuos de todas las
clases sociales, regiones y orígenes raciales o étnicos, y, según afirman algunos
académicos, en ausencia de un sentido de la identidad nacional bien desarrollado,
la afiliación política a un partido moldeó el sentido de identidad propio y las
creencias del colombiano promedio desde el siglo XIX y a lo largo del XX.21 La
identificación con uno de los dos partidos también persistió en Colombia mucho

31
A Sangre y Fuego: La violencia en Anfioquia, Colombia, 1946-1953

después de que los partidos liberales y conservadores desaparecieran o dieran


paso a sistemas multipartidistas en otras regiones de América Latina.

La política y las diferencias ideológicas entre liberales y conservadores alimen­


taron la mayoría de las reiteradas guerras civiles que hicieron famosa a Colombia en
el siglo XIX, aunque sería más apropiado usar el término "escaramuza” para des­
cribir la mayoría de las llamadas “guerras civiles” que tuvieron lugar en Colombia
antes de la Guerra de los Mil Días (1899-1903). Los aparentes catalizadores de
dichas “guerras” no fueron insignificantes (la clausura de conventos, la abolición
de la esclavitud, la adquisición de poder por parte de los artesanos, las luchas para
tomar el control del gobierno central, etc.), pero rara vez comprometieron a más de
un pequeño porcentaje de colombianos en combates físicos reales. El número de víc­
timas de las guerras civiles fue en la mayoría de los casos relativamente reducido,
aunque la destrucción y confiscación de propiedades que afectó a individuos particu­
lares, clanes o grupos de interés bien pudo convertirse en la base de resentimientos a
largo plazo que aglutinaron y fortalecieron La identidad partidista. Al final, sin embargo,
a pesar de su reputación de desorden crónico, la Colombia del siglo XIX no parece
haber sido notablemente más violenta que otros países latinoamericanos de la época.22

En 1880, el liberal Rafael Núñez ganó la Presidencia de Colombia, y con el


apoyo de los conservadores revocó muchas de las reformas políticas y sociales
aprobadas durante varias décadas de dominio político liberal. La Constitución de
1886 reemplazó la autonomía de los estados por el centralismo estricto, convirtió
cargos que antes eran de elección popular en un sistema jerárquico de nombra­
mientos gubernamentales, estableció requisitos de alfabetismo para el sufragio
masculino en las elecciones nacionales y restauró la preeminencia de la Iglesia
Católica Romana en asuntos como la educación pública.2'' La severa caída del
precio del café durante la segunda mitad de la década de 1890, así como el creciente
descontento entre los liberales a causa de su exclusión política, terminó por encen­
der la chispa que desencadenó la Guerra de los Mil Días (1899-1903), el último
y el más grave conflicto civil del siglo XIX en Colombia.24 En contraste con las
limitadas batallas características de luchas anteriores, esta guerra produjo más de

32
Introducción

100.000 muertos, un elevado número de mutilados y desplazados, y la perdida


definitiva de Panamá.25

El temor a que la continuación de la guerra causara un desmembramiento aún


mayor del territorio (más allá de la dramática pérdida de Panamá) y que el futuro
económico de Colombia se comprometiera, justo en el momento en que el café
parecía prometer una salida al estancamiento económico, convergieron para que la
lucha finalizara. El General Rafael Reyes, quien estuvo detrás de la eliminación de
las políticas más cxcluyentes de la Regeneración (como se conoció el régimen de
Núñez) y el primero y breve mandatario militar del siglo XX, llegó al poder en
1904. Reyes gozaba del apoyo abierto de la facción moderada de los conservadores,
conocida como "los conservadores históricos” —muchos de los cuales eran capita­
listas antioqueño: y del apoyo tácito de muchos liberales.26 Reyes institucionalizó
la representación minoritaria en los diferentes cuerpos legislativos de Colombia y
promovió iniciativas políticas vitales para apoyar la industria nacional y la economía de
exportación, especialmente en el sector cafetero. Aunque una combinación de factores
provocó la caída de Reyes, fue él quien sentó las bases de la expansión económica .
vivida entre 1904 y 1930, período que se caracterizó por la relativa cooperación entre I
los dos partidos y que se ha denominado la “pax conservadora”.27

Varios aspectos de la producción cafetera la convirtieron en el foco de atención en


torno al cual los miembros de ambos partidos y numerosos intereses regionales pudie­
ron cooperar, dejando de lado los antagonismos partidistas que habían debilitado la
estabilidad política nacional durante el primer siglo de existencia de Colombia como
nación. En primer lugar, para 1920, una cantidad considerable de habitantes, tanto de
regiones liberales como conservadoras, se había asociado a la producción o
comercialización del café. En segundo lugar, el café se cultivaba tanto en las tierras de
grandes terratenientes de las regiones oriental y central, como en las de pequeños y
medianos propietarios de la cordillera Central (entre éstas Antioquia y las regiones de
la colonización antioqueña hacia el sur). Charles Bergquist ha afirmado de manera
persuasiva que estas circunstancias aseguraron que “una gran proporción del cuerpo
político colombiano se identificara con la economía política de intereses de importa-

33
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

ción y exportación controlada por el gobierno desde 1910” y que los pequeños
propietarios "respaldaran totalmente la ideología política liberal, el conservarismo
social y las políticas económicas favorables a las exportaciones del nuevo orden”.28

De 1910 a 1930, a pesar de las diferencias entre liberales y conservadores,


también surgió un consenso entre hombres de negocios y cafeteros con respecto a
la importancia y necesidad de inversiones estatales en infraestructura y desarrollo
económico. Durante estos años, muchos de los principales líderes de la élite de
ambos partidos se casaron entre ellos, asistieron a los mismos colegios, y domina­
ron la política regional y nacional.29 En particular, la década del 20 presenció un
gasto público y privado sin precedentes en un ambicioso programa de obras pú­
blicas y educación. Pero la inversión y el crecimiento económico no beneficiaron
a todos los colombianos durante los años de bonanza conocidos como la ‘‘danza de
f los millones". La coalición conservadora de cafeteros, exportadores e industriales
que dominó las fortunas políticas colombianas durante más de dos décadas, se vino
abajo de manera calamitosa en 1930, en medio de rumores de malos manejos fisca­
les y acusaciones de haber sacrificado vidas de nacionales para proteger los intereses
estadounidenses, durante la huelga de los trabajadores de la UnitedFruit Company,
en Santa Marta, en I928.30

En las elecciones presidenciales de 1930, el Partido Conservador se dividió y


perdió ante la oposición liberal. El cambio de administración política en Colom­
bia típicamente significó la sustitución de los miembros de un partido por los del
otro, en los cargos de influencia política y de gobierno. Con la elección del liberal
Enrique Olaya Herrera como Presidente (1930-1934), estalló la violencia en
varias regiones del país y los liberales dieron rienda suelta a un resentimiento
largamente reprimido en contra de la oposición conservadora. En efecto, si bien
muchos académicos consideran el asesinato del populista liberal Jorge Eliécer
Gaitán, el 9 de abril de 1948, como el hecho desencadenador de la Violencia, los
factores que condujeron a la muerte del líder liberal y sus secuelas de graves dis­
turbios pueden rastrearse en parte hasta los cambios ocurridos en Colombia du­
rante las décadas de 1930 y 1940.

34
Introducción

La inversión en obras públicas sin precedente y el crecimiento de empleo


industrial iniciaron la transformación de Colombia, que durante las primeras dé­
cadas del siglo XX pasó de ser de un país predominantemente rural y campesino
a ser uno cada vez más urbano. En 1925, se consideraba que un tercio,(31,5%)-de
la población colombiana era urbano y para 1951 casi la mitad de la población
(46,2%) vivía en áreas urbanas. La migración del campo a las ciudades sólo se inte­
rrumpió temporalmente con la reducción del empleo durante el período de recesión
económica entre 1928 y I932.31 Los efectos del crecimiento urbano —la presión
sobre los servicios públicos, el aumento del costo de vida y el surgimiento de una clase
popular- cada vez más clamores; se sintieron en ciudades como Bogotá, Mcdcllín,
Cali y Barranquilla.32 De esta manera, en 1930, la urbanización coincidió con el
paso a un período de gobierno liberal, después de cincuenta años de régimen conservador
y con el surgimiento de exigencias populares de mayor reconocimiento y participación
política. Estos profundos cambios nacionales se reflejaron en la administración del libe­
ral Alfonso López Pumarejo, quien, en 1934, se alió con sectores de su partido para
orientar las políticas liberales de manera más progresista y socialmentc incluyente.

La-Bxyplución en Marcha (2934-1938) de Alfonso LópezJPumarcjo fue una


versión modesta de la administración Lazare Cárdenas, que llegó al poder en
México en el mismo año, y de los gobiernos progresistas del Frente Popular sur­
gidos en otras partes de América Latina durante la década de 1930. López inició
una legislación social, abolió el requisito de alfabetismo para el sufragio y amplió
el reconocimiento legal de los derechos de los trabajadores y los campesinos.33 A
medida que ampliaba las funciones del Estado, López también iba centralizando
su poder, elevándose a la postura de mediador en conflictos entre grupos de inte­
rés social y económico.34

Durante los años inmediatamente anteriores a la llegada de López al poder, los


disturbios rurales se agudizaron en varias regiones colombianas.35 En algunas áreas
colonos que querían escapar al efecto de la depresión económica de los años veinte
y salieron en busca de regiones donde, se suponía, había abundancia de terrenos
baldíos encontraron que estos últimos habían sido devorados por haciendas agrícolas

35
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

y ganaderas establecidas recientemente. El conflicto surgió en estas áreas entre campe­


sinos sin tierra y poderosos terratenientes capitalistas. En otras áreas, los trabajadores
rurales, quienes antes no estaban organizados, se movilizaron para pedir cambios en las
leyes de tenencia de la tierra, y protestar por los despidos y los bajos salarios en las
plantaciones.'*’ Para resolver el problema de los crecientes disturbios agrarios y
evitar la crisis económica en las regiones donde las luchas por la tierra eran más
severas, el gobierno de López expidió la Ley 200 de 1936. Esta ley le otorgó una
función social a la propiedad y buscó mediar en las demandas sobre tierras públicas,
a la vez que ofrecía títulos de propiedad a aquellos solicitantes que pudieran
probar que habían residido y realizado mejoras en dichas tierras. López no pre­
tendía debilitar el principio de la propiedad privada en Colombia, ni tampoco era
su intención abolir las grandes propiedades.'57 Aunque los disturbios rurales dis­
minuyeron después de entrar en vigencia la Ley 200, la ley de reforma agraria
formalizó la propiedad de sólo un número limitado de solicitudes de ocupantes
ilegales y aumentó además la dificultad para probar la validez de las peticiones
radicadas después de 1934.58 La reacción de la elite contra esta ley se basó más en
su percepción como amenaza que en su impacto real.

Las políticas sociales Lopistas, sumadas al reconocimiento y legalización que


el Presidente le dio a las organizaciones sindicales como la Confederación de
Trabajadores de Colombia (CTC) y la introducción del sindicalismo organizado
en el antes restringido ámbito político alimentaron el resentimiento de sectores
pudientes, entre ellos, los capitalistas antioqueños.39 Además, la tolerancia de López
de líderes comunistas —muchos de los cuales encabezaban importantes sindicatos
de sectores estratégicos como el petróleo, el transporte y la minería afiliados a la
recién creada CTC— provocó que los miembros más reaccionarios de ambos par­
tidos repudiaran la administración López y la tildaran de peligrosamente radical.40
La alarma casi histérica manifestada por los empresarios e industriales a causa de la
defensa de López de los intereses de la clase obrera, sumada a la expansión de la
autoridad estatal entre 1934 y 1938, constituyeron el telón de fondo decisivo de un
aumento en el discurso vituperante contra el comunismo, que a su vez ayudó a
incitar la violencia partidista en la década del 40. La profunda polarización de

36
Introducción

intereses encarnizada en la pugna entre el Presidente y sus críticos es comprensible


solamente si se analiza a contraluz de la creciente inversión de capital y La expansión
económica en curso durante la década precedente al estallido de la Violencia. Por \
ejemplo, entre 1932 y 1940, la industria colombiana experimentó un período de
expansión sin precedente que la condujo a un crecimiento en términos reales de ,
un 10% anual. En ningún departamento del país se sintió tan claramente el crecí- j
miento industrial como en Antioquia, especialmente en la zona industrial de los
alrededores de Medcllín, donde las fábricas textileras y otras entidades de indus­
tria liviana constituyeron el núcleo de la economía local.41
Al concluir la primera administración de López, el Partido Liberal buscó un
candidato que pudiera detener el impulso de la Revolución en Marcha y asegurar los
intereses de las élites. Encontró a Eduardo Santos, reconocido hombre de negocios
y patriarca de la familia propietaria de El Tiempo, el periódico bogotano de mayor
circulación del país. Durante su presidencia (1938-1942), Santos acalló el desaso­
siego laboral, sofocó las huelgas y desvió las exigencias populares, a fin de reducir
el movimiento sindical que su predecesor había alimentado y estimulado.42 A
pesar de la desconfianza que generó entre algunos miembros de la clite, Alfonso
López Pumarejo siguió siendo un carismático líder político y regresó al poder en
1942 con el apoyo de los mismos grupos cuyos intereses defendió durante su
primera presidencia. Pero el segundo período de López resultó ser una decepción para
sus seguidores más progresistas. Las divisiones internas del Partido Liberal, la cada vez
más feroz oposición conservadora y la intensificación del conflicto partidista rural
culminaron, en 1944, en un fallido golpe militar encabezado por oficiales del ejército
descontentos con el segundo período de López como Presidente (I942-I945).43

Cuando López se vió obligado a abandonar el cargo y el liberal Alberto Lleras


Camargo asumió la presidencia en 1945, se pronunció aún más la tendencia con­
servadora en asuntos sociales, ya evidente en los últimos años de gobierno liberal.
Uno de los primeros actos de Lleras Camargo como Presidente fue la disolución
de una larga y amarga huelga liderada por los trabajadores de la Federación de
Trabajadores del Transporte del Magdalena (FEDENAL), tal vez el sindicato
colombiano más fuerte y el único que congregaba a un gremio exclusivo.44 Lleras

37
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Camargo también implemento la Ley 6 de 1945, la cual reglamentaba los pactos


colectivos en Colombia. Si bien esta ley confirmaba los servicios sociales y bene­
ficios que los sindicatos habían ganado bajo la Revolución en Marcha de López
Pumarejo, también marcó un cambio contundente en las relaciones que se habían
establecido en los años 30 entre los sindicatos, el Partido Liberal y el Estado. La
ley establecía de manera estricta los criterios para definir el carácter legal de una
huelga, declarando ilegales las huelgas en el llamado “sector ptiblico”, que com­
prendía a trabajadores de obras públicas, transporte, comunicaciones, gobierno
central y municipal (sectores donde más pesaba la influencia política en la contra­
tación de trabajadores). Los anteriores eran justamente los sectores más beligerantes
de la fuerza laboral y los que más dependían de una alianza con el Estado liberal
para su bienestar.45 El argumento de que no cumplían de manera estricta con los
criterios de la definición de huelga del Código Laboral se convirtió en la base para
rechazar las exigencias de los trabajadores, por bien intencionadas y legítimas que
fueran. Los intereses populares y de la clase obrera, ya golpeados por la reducción
de los salarios reales, el desempleo y la intimidación oficial, se vieron más debili­
tados aún por la pérdida del amparo estatal.46

Además del aumento de la urbanización, la industrialización y la incipiente


r adquisición de poder político de la clase trabajadora organizada durante las décadas
de 1930 y 1940, un sector medio emergente de políticos profesionales de clase
media o humilde también había llegado gradualmente a exigir una mayor partici­
pación política en el escenario nacional. Algunos de estos políticos profesionales
se identificaron con el programa adoptado por la elite tradicional de los partidos,
pero otros utilizaron las arengas populistas y la crítica a las políticas bipartidistas
para ampliar su apoyo electoral y concretar su participación política canto en los
directorios de los partidos como en el gobierno nacional. La división entre la
cultura política del "convivialismo“ (como se denominó el régimen político
bipartidista apoyado por un sector de las elites) y la nueva política de inclusión de
las masas se encarnó en la figura del populista liberal Jorge Eliécer Gaitán. Hom­
bre de piel oscura y cuna humilde, Gaitán simbolizaba no sólo la emeigencia social
de lo mestizo, urbano y popular en la sociedad colombiana, sino además el sutgi-

38
Introducción

miento de políticos que no pertenecían a la clite, envalentonados por la extensión de la


educación y el sufragio que había tenido lugar durante las dos décadas anteriores.'17 La
clase baja urbana y los aspirantes al poder político, provenientes de la clase media
provinciana o los sectores pequeño burgueses, juntaron fuerzas con el fin de pre- \
sionar a una apertura de la esfera política. El choque merejas fuerzas populares ’
repFesenMrhs pnr políticos jóvcnes-de-ambo¿j)artidos y una élite preocupada por
defender el régimen exclusivista y patcrnalista-dija Colombia anterior a 1930 alcan­
zó un clímax decisivo en la campaña presidencial de 1946, , /

El Partido Liberal se dividió en torno a las candidaturas de Gabriel Turbay


(candidato oficial del partido) y el disidente, Jorge Eliécer Gaitán, y perdió las
elecciones frente al conservador moderado Mariano Ospina Pérez. De nuevo sur­
gió, a nivel municipal, un conflicto entre los partidos, similar al de comienzos de
los años treinta, cuando el poder pasó de las manos conservadoras a las liberales.
Los conservadores que habían quedado al margen de la participación en cargos
directivos gubernamentales y de elección popular, durante los anteriores dieciséis
años de hegemonía liberal, celebraron la derrota liberal con su exclusión inmediata
de los cargos, con actos de intimidación y acoso físico en varios departamentos
colombianos. Aunque el propio Ospina realizó su campaña a partir de una plata­
forma bipartidista que prometía la inclusión de liberales en su gabinete y en las
gobernaciones y posiciones de los gobiernos municipales, su postura encontró
considerable oposición por parte tanto de extremistas del Partido Conservador
como de los seguidores liberales de Gaitán. Cuando el Partido Liberal ganó las
elecciones parlamentarias de 1947, se disolvió la base del compromiso de la Unión
Nacional de Ospina.48 Desde esc momento aumentaron constantemente las ten­
siones entre el gobierno conservador y la oposición, cuyo clímax fue alcanzado
con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, el 9 de abril de 1948.

El “Bogotazo”, como se conoce el levantamiento popular que surgió como


respuesta al asesinato de Gaitán, dejó la capital de la nación convertida en una
humeante masa de ruinas; las iglesias y edificios públicos se transformaron en
pilas de escombros, los tranvías fueron descarrilados e incendiados; los almacenes
saqueados; las aceras de la ciudad cubiertas de vidrios y las mercancías arruinadas.

39
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Mientras tanto, los cadáveres en descomposición, apilados apresuradamente en el


cementerio central de Bogotá, parecían poner en evidencia la existencia real de
aquella anónima y peligrosa “chusma", que tanta ansiedad había causado en la
imaginación de las clases dominantes. Parecía haberse cumplido la amenaza, duran­
te años inminente, de un ataque a los privilegios de la élite perpetrado por un ejército
sangriento y harapiento, compuesto por los excluidos de la nación.49 Rodeado de una
ciudad saqueada y en llamas, inseguro sobre el número de soldados o ciudadanos
que lo defenderían, Ospina se resistió sin embargo a la exigencia de los liberales de
abandonar el poder.50 En vez de ceder, el Presidente purgó la policía de liberales
(muchos de los cuales se habían vuelto contra el gobierno y estaban colaborando
con los amotinados), cambió su gabinete y una vez más intentó establecer un gobier­
no bipartidista. También llevó a la práctica reformas modestas en el sistema de
seguridad social, estableció controles a los predos básicos de los alimentos y patrocinó
una misión económica estadounidense para que examinara las políticas de desarro­
llo del país y ofreciera recomendaciones sobre la mejor manera de maximizar la
eficiencia del Estado.51 Pero la tentativa de Ospina de alejar su atención de los
temas relacionados con los partidos para centrarse en asuntos tccnocráticos me­
nos polémicos resultó un fracaso. El líder del Partido Conservador, Laureano
Gómez, y sus seguidores (conocidos como laureanistas) dirigieron una violenta
campaña por la presidencia durante el año de 1949, la cual alimentó aún más las
animosidades partidistas en las zonas rurales de Colombia. Tras el aumento de inci­
dentes de agitación partidista, Ospina Pérez declaró el Estado de Sitio y en noviembre
de 1949 cerró el Congreso de manera definitiva.52 El Congreso permaneció inacti­
vo durante los siguientes nueve años.

Una atmósfera surrealista envolvió a Colombia entre 1950 y 1953. En tanto la


violencia aumentaba en las zonas rurales y distintos grupos orientados por líderes
locales y regionales aterrorizaban el campo, en Bogotá, Laureano Gómez gobernaba
aparentemente alejado del estrépito y el clamor de la extendida contienda.53 En áreas
urbanas como Medellín, los negocios siguieron normalmente, y de hecho, florecie­
ron. En 1950, el presidente de la Asociación Nacional de Industriales (ANDI)

40
Introducción

declaró tranquilamente que la economía colombiana estaba mejor que nunca, y repitió
su afirmación en 1953, en vísperas del golpe militar.54

Insistiendo en que la violencia estaba bajo control, negando su severa realidad y


culpando de su existencia a aislados bandoleros depravados, el gobierno nacional
parecía insensible frente a su incapacidad para afirmar su autoridad fuera de Bogotá
y de las principales ciudades del país. Ya para 1952 había en curso tentativas de
establecer un diálogo entre los miembros más moderados de los partidos, muchos
de los cuales representaban intereses económicos importantes. Varios meses después,
un golpe militar —el primer y único golpe militar en la Colombia del siglo XX,
respaldado por muchos civiles y miembros de la élite— puso fin a la presidencia de
Laureano Gómez, el 13 de julio de 1953.

La dictadura militar que llegó al poder bajo el liderazgo del General Gustavo
Rojas Pinilla en 1953, quien gobernó el país hasta 1957, inicialmente logró redu­
cir las tensiones partidistas en Colombia.53 El gobierno amnistió a grupos de
guerrilleros liberales y.sacó de escena a algunos de los más odiados líderes locales
conservadores, encargados-de movilizar grupos paramilitares contra la oposición
- —— -------------- "
liberal en áreas rurales. Luego de un breve período de sosiego, sin embargo, la
violencia motivada por las diferencias partidistas dio paso a la delincuencia co­
mún, el bandolerismo social y a incipientes ligas campesinas radicales. Más aún, la
creciente ambición política de Rojas Pinilla empezaba a asustar a miembros de la
elite y aquellos grupos civiles que habían apoyado inicialmente su golpe militar.
En 1958, el poder regresó al régimen civil, y en un intento sin precedente por
poner fin a la violencia y simultáneamente evitar intervenciones militares futuras,
los líderes de los partidos Liberal y Conservador hicieron un pacto para compartir
el poder, conocido como el Frente Nacional. Lo que comenzó como un conflicto
partidista en las zonas rurales adoptó un molde distintivamente social y económico
durante los últimos años de la década de 1950, dando origen en algunas áreas al
germen de lo que constituirían los grupos insurgentes de izquierda en la década de
1960. Parecía que la violencia no había terminado, sino simplemente evolucionado.

41
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Cómo interpretar la Violencia


Durante los años sesenta, los científicos sociales asumieron el reto de entender
la Violencia e idearon numerosas teorías para explicarla. Entre otras explicaciones, se
atribuía la violencia en Colombia a los conflictos provocados por la transición de
una sociedad "premoderna" a una "moderna”, a la exagerada agresión atizada por
rivalidades en torno al status social, o a rivalidades entre sistemas clientclistas en los
cuales los campesinos seguían ciegamente los dictados de los directorios partidistas
o el gamonalismo.’’6 Aunque el marco teórico del clientelismo ofrecía claves para
entender el alcance de la violencia, aparentemente nacional, no lograba explicar si
las disputas originadas entre los líderes de la elite en Bogotá podían incitar a los
ciudadanos más distantes a tomar las armas, ni la razón por la cual una cantidad
considerable de áreas del territorio colombiano no fueron tocadas por la Violen­
cia. Dejando a un lado el vago atractivo "cuasirreligioso” del discurso partidista,
en realidad ¿cómo se diseminaron y comprendieron la ideología y la lealtad al
partido entre los colombianos?

Los nuevos trabajos académicos de los años setenta adoptaron otros enfoques
analíticos para entender la Violencia, desplazando la investigación del fenómeno
en otras direcciones. El poder del Estado, la expansión del escenario político, el
surgimiento de nuevos actores y líderes políticos como Jorge Eliécer Gaitán en las
décadas inmediatamente anteriores a la Violencia, y la búsqueda de formas alter­
nativas de movilidad económica y política fueron señalados cada vez más como
temas importantes en el desarrollo de la violencia.57 En la medida en que los
académicos basaron su investigación en estudios regionales específicos, se hizo
más claro aún que, si bien el conflicto partidista ofrecía el elemento catalizador inicial
de la violencia y, quizás, incluso un marco aparentemente lógico para encender la
intensidad del conflicto, apoyarse en la noción de los odios partidistas heredados
era insuficiente para dar cuenta de la divetgencia y especificidad de la violencia. La
Violencia se asemejó la Revolución Mexicana en el sentido de que los historiadores
podrían coincidir en que la decisión de Porfirio Díaz de no buscar la reelección
desencadenó la Revolución Mexicana, pero no estar de acuerdo en cuanto a la com-

42
Introducción

posición de quienes luchaban, sus objetivos exactos o las implicaciones a largo plazo
de la revolución. De manera similar, la Violencia colombiana ha demostrado ser un
fenómeno extraordinariamente heterogéneo y complejo.58
En efecto, los estudios recientes sobre la Violencia plantean tantos interrogantes
como responden viejas preguntas. Revelan, por ejemplo, cuán poco se sabe en realidad
sobre el fiincionamiento de la política colombiana en los ámbitos local, regional y
nacional, o sobre la organización interna de los propios partidos. Esos partidos, ¿eran
monolíticos?59 ¿De qué manera se definía la afiliación partidista de los individuos
pertenecientes a diferentes clases, regiones o grupos étnicos o raciales?60 ¿Es cierto que
la afiliación partidista era más importante que cualquier otro factor de identidad en
Colombia?61 De no ser así, ¿qué factores moldearon las creencias, las acciones y el
sentido de identidad de las personas? Se sabía menos aún sobre la naturaleza del Esta­
do colombiano, qué tan fuerte o débil era, e incluso si existía un Estado central o no.
¿El poder estaba centralizado en el Estado, a tal grado —como lo han afirmado
algunos investigadores— que la competencia entre los partidos por su control pudo
desencadenar una agitación nacional del alcance de la Violencia?62 ¿O el problema fue
todo lo contrario? ¿Quizás no existía un Estado central o éste tenía una presencia tan
leve en la mayoría de las áreas del territorio nacional que cuando estalló demostró ser
incapaz de controlar el conflicto entre los partidos políticos omnipresentes?65

Además, la Violencia tuvo implicaciones sociales y económicas. Acaso la violencia,


¿fue La respuesta de una élite atemorizada a mediados del siglo XX por la expansión del
electorado colombiano y el surgimiento de políticos del sector popular o medio?64 El
surgimiento de Jorge Eliéccr Gaitán y su movimiento político, ¿introdujeron la lucha
de clases en Colombia? El gaitanismo, ¿representó una amenaza para el ejercicio y el
funcionamiento de la política tradicional en Colombia?65 Los levantamientos popula­
res que siguieron a su asesinato y su inmediata represión, ¿son las semillas de una fallida
revolución social?66 La violencia, ¿se libró bajo consignas tradicionales de los partidos
con el fin de alejar la atención (o justificar el aplastamiento) de otras causas latentes de
conflicto como las luchas por la tierra, la disminución de oportunidades de movilidad
social y el creciente descontento laboral?67

43
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

En dos análisis de la violencia muy influyentes se plantea que la Violencia fue el


resultado del dicntclismo partidista excesivo y de la creciente competencia entre dos
partidos monolíticos por controlar el acceso al Estado central. Por una parte, Paul
Oquist argumentó que a medida que el Estado creció en la década del 30, la
competencia entre los líderes conservadores y liberales por monopolizar el acceso
a los dineros e influencia del Estado se hizo cada vez más urgente. Según Oquist,
la lucha por lograr el control "hcgcmónico” del Estado colombiano desencadenó
la violencia que condujo a su "colapso”.68 El sociólogo francos Daniel Pécaut, por
otra parte, afirmó que el poder del Estado para construir un sentido de identidad
nacional o actuar como árbitro suprapartidista del conflicto entre diferentes secto­
res de la sociedad colombiana había sido eclipsado por la persistencia de dos
"subculturas".''9 Estas subculturas se definían mediante la identificación individual
con uno de los partidos, Liberal o Conservador. Puesto que sólo la afiliación parti­
dista podía garantizar la satisfacción de las necesidades materiales individuales y la
supervivencia física, cualquier conflicto entre los partidos inevitablemente conducía
a un conflicto generalizado. El uso de la fuerza, sobre el cual el Estado colombiano
nunca había tenido el monopolio completo, sugería Pécaut, se dispersó más entre
los intereses corporativos enfrentados, a medida que se intensificó la competencia
partidista por el control del Estado.

Varios académicos le dieron más precisión empírica a las hipótesis sobre la


violencia planteadas por Oquist y Pécaut. Por ejemplo, Herbert Braun se centró
en las manifestaciones urbanas de la violencia en vez de las rurales, más precisa­
mente en el preludio y las consecuencias desastrosas del asesinato de Gaitán en
Bogotá, el 9 de abril de 1948. Con mucho más detalle que Pécaut, Braun reveló el
carácter aislado, aristocrático y reservado del juego político en la Colombia ante­
rior a Gaitán. Braun argumentó que los miembros de los partidos que pertenecían
a la elite coincidían en sus puntos de vista c intereses, y que las decisiones políticas
no se tomaban en el Congreso, sino más bien alrededor de tragos de whiskey en
los exclusivos clubes Gun y Jockey de Bogotá.70 La cuestión crítica siempre pre­
sente en la mente de la elite colombiana y elevada al punto de urgencia histérica

44

i
Introducción

por la figura de Gaitán, afirmó Braun, no eran las diferencias ideológicas, sino la
cuestión de cómo tratar a las clases bajas.71 Gaitán desafió el aislamiento de la política
de caballeros, deleitándose precisamente en sus orígenes plebeyos y de mezcla racial, y
manipulando su identificación y atractivo para las clases populares en un movimiento
político más amplio.72 Braun no creía, sin embargo, que la base de la violencia hubiera \
sido el contenido revolucionario o de insurrección del mensaje de Gaitán a los pobres. \
Por el contrario, en la opinión de Braun, Gaitán tenía una actitud fundamentalmente j
pequeño burguesa hacia las masas, las exhortaba a bañarse a diario, a actuar de manera
responsable y a superar su condición socioeconómica mediante el trabajo duro y la edu- !
cación, no mediante La lucha de clases.7'’ Braun sugirió que la reacción excesiva contra las )
clases más bajas, demonizadas por largo tiempo, por una clase dominante aterrorizada
por sus propios prejuicios, junto con su concepción errada del mensaje político de Gaitán,
la condujo a endurecer peligrosamente las condiciones del juego político.

La retórica divisionista e insultante empleada por la élite de la época tuvo el


efecto involuntario de promover y legitimar la violencia entre los miembros de los
partidos que no provenían de la elite, en lugar de reafirmar el sistema político tal y
como había existido antes de que Gaitán movilizara a las clases populares. Aunque
Braun notó que tanto las élites liberales como las conservadoras de igual manera se
oponían a Gaitán, culpó más a los conservadores que a los liberales por el inicio de la
violencia. Braun argumentó que los esfuerzos de los conservadores por apuntalar una
posición electoral erosionada, condujo al partido a desencadenar la violencia con el fin
de recuperar la lealtad de las clases populares, e implicó que cuando los conservadores
se dirigían a los trabajadores, adoptaban la retórica socialista cristiana solamente como
táctica política para debilitar el movimiento de Gaitán. Aunque el esfuerzo por susti­
tuir a los liberales en el mando sin duda fue un factor decisivo del fomento de la
violencia, es posible que Braun haya sido demasiado escéptico al presuponer que la
adopción de algunos conservadores de una cierta posición socialista cristiana con res­
pecto a los trabajadores fuera tan sólo una pose.74

Las tesis de Braun eran bastante convincentes, pero su estudio se limitó a


Bogotá, dejando sin respuesta si sí o no y de qué manera Gaitán y la reacción que

45
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

produjo entre los políticos bogotanos afectó el surgimiento y la naturaleza de la


violencia fuera de la capital. Mientras tanto, Gonzalo Sánchez, Carlos Ortiz y
académicos como Jaime Arocha, James Hcnderson y Darío Fajardo le dieron es­
pecificidad y significado concreto a la abstracción de las luchas libradas en la
capital, al examinar los patrones cotidianos de la violencia en varias regiones de
Colombia.75 Al observar la cultura política de "abajo” hacia arriba, estos estudiosos
también retomaron la relación entre las condiciones socioeconómicas y la violencia,
relación que había desaparecido de la discusión sobre la Violencia, desde su temprana
mención como un elemento crítico en la época de análisis del dicntclismo.

Gonzalo Sánchez argumentó que el análisis de Gaitán y su movimiento era el


punto de partida necesario para entender la Violencia. Como Braun, Sánchez
también creía que la movilización o incorporación política de la clase baja consti­
tuía precisamente el meollo del asunto de la Violencia. Sin embargo, en tajante
contradicción con Braun, Sánchez insistió en que Gaitán había introducido la
cuesrión de la clase social en el escenario colombiano, y que su movimiento cons­
tituía un primer intento de desafío revolucionario al sistema económico y político
colombiano. Para Sánchez, el 9 de abril marcó un punto crítico en la historia de
Colombia. Respondiendo la pregunta que dejara Braun en suspenso, Sánchez in­
sistió en que el movimiento de Gaitán había afectado profundamente la sociedad
colombiana en todos los niveles y constituido “una insurrección nacional que,
especialmente fuera de Bogotá, reveló la enorme capacidad creativa de las masas
para la acción revolucionaria’’.76 Aunque la ‘revolución fracasó porque no tuvo
coordinación y porque la elite colombiana se cohesionó frente a ella, le dejó un amargo
sabor de lo que podía llegar a ser una lucha de clases. Sánchez afirmó que las secuelas
del asesinato de Gaitán provocaron una violenta reacción y el atrincheramiento de la
elite colombiana, primero contra los seguidores de Gaitan y, después, a medida que los
consenadores ganaron poder, contra los liberales, los sindicatos, las ligas agrarias y
contra cualquier otro grupo que pudiera representar una amenaza al status quo.

Según Sánchez, una vez suprimida la amenaza de revolución social desde


abajo por coerción de la elite, lo que siguió entre 1948 y 1953, al menos durante

46

1
Introducción

la primera fase de la Violencia, fue un período caracterizado por lo que se había


experimentado durante las guerras civiles del siglo XIX en Colombia. El máximo
impacto de este período de la Violencia fue reforzar viejas identidades de partido
y vigorizar a los gamonales —jefes locales o intermediarios del poder— en el
seno de los partidos.77 El tenor de la violencia cambió sin embargo cuando, en
1952, los grupos armados populares en los Llanos se dividieron entre los liderados
por liberales y los de orientación comunista. A finales de la primera fase de la Vio­
lencia, afirmaba Sánchez, la violencia partidista ya había cedido el camino a otro
tipo de violencia que tenía poco que ver con disputas entre los partidos Liberal y
Conservador.711 Algunos guerrilleros liberales, a su vez, se convirtieron en el núcleo
de los grupos guerrilleros de izquierda contemporáneos.

Gonzalo Sánchez reconoció (junto con otros académicos) que los objetivos y
naturaleza de la violencia variaban de región en región, dependiendo de las condi­
ciones económicas y disposiciones sociales de cada una. Fajardo, Arocha y Sánchez
teorizaron que era más probable que, por ejemplo, en las regiones ganaderas tales
como los Llanos, la violencia se alejara de los objetivos tradicionales y asumiera
objetivos más radicales. Por el contrario, los pueblos cafeteros, muchos de los cuales
también padecieron violencia, mostraron una violencia partidista pero no revolucio­
naria porque, a diferencia de las zonas ganaderas de frontera, estaban integrados a la
nación a través de redes comerciales, políticas y sociales.Tanto Sánchez como Fajardo
concluyeron algo más en sus estudios sobre la violencia: la violencia coincidió con el
subimiento de grandes haciendas agrícolas/9

Los estudios regionales sobre la violencia sugirieron diferencias importantes


en cuanto al manejo cotidiano de la política fuera de la capital y los factores que
influyeron en las variaciones de la experiencia y trayectoria de la Violencia. Para
los años 80, la noción de una interpretación única y amplia de la violencia, dio
paso al reconocimiento de que la violencia tenía muchas manifestaciones y significa­
dos. Las condiciones locales parecían ser el factor más significativo para determinar
la naturaleza de la violencia y sus objetivos. En el estudio regional más detallado
hasta la fecha, Carlos Ortiz Sarmiento se centró justamente en los asuntos locales

47
A S/Xngre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

al examinar el desarrollo de la violencia en el Quindío.80 Al igual que Sánchez,


Pccaut y Oquist, Ortiz reconoció la importancia de la identidad partidista para
perfilar la trayectoria de la violencia, pero también notó que en el surgimiento de la
violencia influyeron el lugar de nacimiento, las relaciones familiares, la lealtad muni­
cipal y las relaciones entre los partidos.81 Aunque Ortiz reconoció la débil presencia
del Estado, no estaba de acuerdo con Oquist, quien presupuso que la ausencia del
Estado provoca necesariamente un vacío de autoridad. Ortiz, en cambio, mostró
cómo las creencias y los arreglos políticos locales no eran automáticamente afectados
por los acontecimientos nacionales.82 Ortiz reveló el nexo entre el comportamiento
y la comprensión política local y la manera en que se operaba en el ámbito regio­
nal, argumentando que las disputas lejanas entre líderes nacionales vagamente
reconocidos carecían de importancia, a menos que coincidieran con luchas locales
en pos de ganancias, límites territoriales y padrinazgos. Ortiz también centró su
atención en determinar exactamente quién tenía poder y cómo lo usaba a nivel de
la vereda y el municipio.82 Más que asumir que las relaciones clienrclistas funcio­
naban de arriba hacia abajo, demostró de manera convincente que éstas se
renegociaban permanentemente de abajo hacia arriba. Bogotá y el municipio esta­
ban conectados por lazos intrincados y dinámicos existentes entre los gamonales
y los políticos nacionales. La moneda de la adhesión política eran el clientelismo
y los votos.

Ortiz tradujo a términos locales el concepto introducido por Pécaut, Sánchez


y Braun del político profesional, quien a mediados del siglo ganó poder y desafió
a la elite. Gaitán, por ejemplo, después de una recepción inicial tibia, atrajo gradual­
mente el apoyo liberal en el Quindío, pero después del asesinato se desvaneció de la
política en la región.84 La Violencia surgió, más que como resultado de la muerte de
Gaitán, a raíz de la intrusión de “forasteros” —policías y alcaldes nombrados en los
municipios por el gobierno central y regional en 1949, cuya presencia perturbaba
las redes del poder local— ambiciosos de convertirse en gamonales.

Al explorar las alianzas y confrontaciones de los años 40 y 50, Ortiz también rastreó
las complejidades de las lealtades individuales, situándolas en un marco de cambios eco-

48
Introducción

nómicos y políticos de la región y la nación. Tales cambios generaron tensiones no sólo


entre clases o individuos, sino también entre las veredas, pueblos, regiones y el gobier­
no nacional.85 Ortiz concluyó que la violencia se debió menos a una relación umbilical
entre los políticos nacionales dominantes y sus obedientes seguidores en las localida­
des, que a la presencia de actores sociales específicos que operaban en determinado
contexto, quienes podían optar o no por identificarse con ideologías y movimientos
nacionales con el fin de lograr sus objetivos y satisfacer sus aspiraciones locales.86

El caso de Antioquia, entonces, ¿cómo encaja en el marco de referencia más amplio


de los estudios regionales de violencia? La experiencia de Antioquia durante la violencia,
¿en qué formas, confirma o desafia los resultados de otros estudios de la Violencia en
Colombia como totalidad?
Una de las premisas centrales de este libro es que la violencia en Antioquia
estuvo íntimamente ligada a las luchas entre los gobiernos departamental y central,
y entre el departamento y los habitantes de las zonas periféricas por el derecho a
imponer sus propias prácticas políticas, sociales, económicas y culturales. Es más, la
violencia a mediados del siglo XX se desató a partir de conflictos latentes y no resueltos,
en las áreas donde íüc más intensa, y no se puede entender fuera del contexto de transfor­
maciones y cuestiones estructurales más amplias que afectaron a Colombia como una
totalidad. Si bien ningún marco de referencia analítico puede captar totalmente la multi­
plicidad de razones por las niales hubo o no violencia en localidades específicas, una
lectura cuidadosa de los incidentes violentos individuales en Antioquia puede hacer
aflorar las múltiples realidades vividas que son cruciales para reconstruir La violencia y
las causas que continúan moldeando la incidencia geo-específica de la violencia en la
Colombia contemporánea. Un estudio regional de la heterogeneidad de la violencia
local permite, por lo tanto, explorar las maneras contingentes históricamente en que
los diferentes sectores de la sociedad, en diferentes momentos y lugares, cuestionaron
y rcdcfinicron el significado de conceptos como Estado, afiliación partidista, dientelismo,
identidad regional y ciudadanía.

La Violencia en Colombia versó (y sigue versando) sobre la formación del Estado.


El proceso de formación del Estado ocurrió y se debatió en múltiples lugares entre

49
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

sectores diversos y dinámicos, y produjo resultados diversos. La manera como los


participantes departamentales padecieron los efectos de la formación del Estado y la
manera como respondieron a ellos varió en relación con las posturas individuales y
colectivas específicas y subjetivas en el departamento y la nación. El surgimiento de la
dolencia en Antioquia no fue, por lo tanto, resultado de la diseminación monolítica,
coherente y vertical de odios parodistas heredados, ni tampoco el resultado de una
estrategia o mandato del gobierno central. Más bien, la escalada de conflictos partidis­
tas entre liberales y conservadores colombianos ofreció el elemento catalizador para
que en la década de los 40 afloraran los conflictos departamentales y locales, creando
así oportunidades sin precedente para que los sectores antes marginales emprendieran
ludias diveigentes en su búsqueda de poder. No todos los antioqueños experimenta­
ron su relación con el Estado o los partidos de igual manera. En efecto, en Antioquia
existieron simultáneamente múltiples realidades. Las maneras como los antioqueños
negociaron la complejidad y los desafíos de los cambios a mediados del siglo XX, y las
razones por las cuales dichas negociaciones se expresaron más violentamente en las
zonas periféricas constituyen un aspecto esencial de las historias individuales que con­
forman la más amplia narrativa de la violencia regional en este libro. En resumen, en las
áreas afectadas más gravemente, el período de la Violencia no representó la culmina­
ción ni la cúspide de una historia de odios partidistas, sino que más bien marcó una
etapa crítica en la historia de la formación del Estado y de la identidad regional. En
las áreas periféricas que constituyeron el foco central del conflicto, la Violencia
representó una lucha fundamental —y el máximo fracaso— por imponer un
proyecto de régimen departamental hegemónico, basado en nociones de diferencias
culturales, étnicas y raciales.

Un marco teórico para reflexionar acerca del Estado y el clientelismo

En una antología reciente sobre el impacto de la Revolución Mexicana y la


formación del Estado mexicano, Derek Sayer y Philip Corrigan sugieren que se
puede pensar el concepto de Estado como una "cosa" —una entidad tangible y
fija en la cual se cree que reside el poder— o, más dinámicamente, como "una '

50

I
Introducción

exigencia”. En este último caso, el Estado representa un intento de “dar unidad,


coherencia, estructura e intencionalidad a lo que en la práctica constituyen inten­
tos de dominación con frecuencia desunidos y fragmentados”.87 Para Sayer y
Corrigan, aquello que denominamos “el Estado” está sujeto a constante cambio y
renegociación. Estudiarlo requiere abandonar la noción de que existe un aparato
ya definido y totalmente operativo en el cual se centra el poder. En cambio, sugie­
ren Sayer y Corrigan, el estudio del Estado es el estudio de la manera como se
desarrollan y ejercen las prácticas de régimen/gobierno a lo largo del tiempo. La
cuestión central de la investigación es en consecuencia cómo se construye y natu­
raliza el poder político, los efectos de dicha naturalización y las maneras como
aquellos, a quienes el estado supuestamente domina, también moldean la práctica
de la política. “Los desempeños”, afirman Sayer y Corrigan, constituyen una di­
mensión crucial del poder que se representa a sí mismo como “el Estado” y a
nosotros como el “cuerpo político”: "el ejercicio del poder es lo que en sí mismo,
pura y sencillamente, autoriza y legitima; y lo hace, más que manipulando las
creencias, delimitando las fronteras de lo posible”.88

Por lo tanto, son los rituales mundanos —como obtener una patente de con-
ducción, respetar los límites de velocidad y pagar impuestos-- lo que construye el
poder y con el tiempo lo legitiman. Sayer identifica la institucionalización de
dichos rituales con el aspecto coercitivo del ejercicio organizado del poder. Pero
las prácticas de coerción también habilitan el poder. La gente puede aferrarse a las
obligaciones o formas impuestas por el Estado para hacer cosas no imaginadas por
las personas que diseñaron dichas formas. Más aún, el Estado también “incorpora
elementos de culturas contrahegemónicas” con el fin de promover alguna agenda
distinta, o como mecanismo para alcanzar la “legitimidad”. En efecto, “la hegemonía
del Estado es también su aspecto más frágil, precisamente porque depende de que la
gente tenga una vivencia de lo que, la mayor parte del tiempo, sabe que es una
mentira .

Una formulación teórica del Estado como proceso dinámico y cuestionado,


t • ¿cómo nos ayuda entonces a entender la relación entre el Estado y la violencia en

51
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Colombia? Primero, al tratar el Estado como una exigencia que se está constru­
yendo y negociando continuamente y no como algo inmutable y ahistórico, es
posible considerar la existencia de exigencias o estados en competencia, y el papel
que tal competencia puede haber jugado en el desarrollo de la violencia. Una
lucha entre dos exigencias de Estado enfrentadas, o entre dos proyectos hcgcmónicos,
si así se quiere, es lo que precisamente afirmo que tuvo lugar en Antioquia a media­
dos del siglo XX. Por una parte, existía la exigencia departamental cuyas prácticas
de gobierno —construidas durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX—
se caracterizaban por un régimen suprapartidista, pragmático y tecnocrático, con
énfasis en el desarrollo material a expensas de una rígida ideología partidista.90 Se
trataba de una forma de gobierno paternalista y liderado por la elite, en la cual la
participación popular era limitada, pero que prometía una cierta protección, edu­
cación, empleo, movilidad social, inversión pública y desarrollo en una época en la
cual el Estado central no estaba todavía en condiciones de garantizarlo. A cambio,
el Estado departamental exigía de sus ciudadanos la conformidad (o la ilusión de
ella; el “desempeño” a que se refiere Sayer) con un conjunto específico de valores
tales como la observancia de los rituales católicos, el matrimonio, la disciplina de
trabajo, el capitalismo y la moderación política. En Antioquia surgió un pacto que
garantizaba un orden mínimo y la continuidad de la autoridad, pero éste operó sola­
mente donde se materializaron los valores que encarnaban el Estado departamental, es
decir, donde era posible el acceso a la propiedad o la movilidad social, donde existía
una estructura de familia extensa y nuclear y donde operaba un fuerte sentido del
catolicismo. La pieza clave del "orden” fue la prioridad de los intereses departamenta­
les y económicos por encima de las diferencias partidistas, y la reducción de estas
últimas a límites que no desafiaran el status quo departamental

La fiietza de la exigencia de un Estado departamental impidió en Antioquia el


suigimiento o la viabilidad de la exigencia de un Estado central hasta la década del 30.
Se podría induso afirmar que la política del convivialismo, basada en la alianza de los
cafeteros y comerciantes que caracterizó el período entre 1910 y 1930, representó un
momento en el cual se minimizó el conflicto entre los proyectos estatales del departa­
mento y la nación porque ambos coinadían. El período entre I9I0yI930 —uno de los

52
Introducción

pocos períodos de la historia de Colombia en que políticos antioqueños ocuparon la


Presidencia y jugaron un papel visible en la política nacional— puede leerse como un
momento en el cual las elites antioqueñas (aunque hayan fracasado) intentaron moldear
una Colombia acorde con su propia imagen idealizada. Sin embargo, los cambios de la
ley del sufragio, la llegada del Partido Liberal al poder nacional y la expansión de lo
que hasta entonces había sido un débil e ineficaz Estado central, provocaron la compe­
tencia y conflictos entre los proyectos de régimen/gobierno departamental y nacional
De hecho, una de las consecuencias más importantes de esta competencia entre las
distintas exigencias del Estado fue que el clientelismo partidista amenazó con eclipsar
el modelo de Estado departamental suprapartidista o bipartidista. El modelo de Esta­
do departamental mediaba la inclusión en el Estado mediante las relaciones dientelistas
enraizadas en las asociaciones económicas (por ejemplo, la Federación de Cafeteros),
las relaciones familiares, el origen local compartido y la aparente satisfacción con un
régimen departamental idealizado de conformidad cultural, pero no necesariamente, o
tal vez sólo secundariamente, a través de los partidos Liberal o Conservador.91
La limitada importancia del clientelismo partidista en Antioquia antes de 1930
se debió principalmente a la disponibilidad de medios económicos de movilidad
social, a los que se accedía independientemente de la afiliación partidista (por ejemplo
la producción cafetera, la minería o el comercio). Además, se debió a la persistente
visión departamental del gobierno como administración técnica más que a lo que
los antioqueños de la elite denominaban despectivamente como "politiquería”. No
se trataba de un altruismo de la elite per se, sino más bien del resultado del temor a un
conflicto de clases que terminaba por primar sobre cualquier sentimiento de lealtad
partidista. El predominio de la inversión privada sobre la pública, o más bien, la
compleja interrelación de las esferas pública y privada en Antioquia, limitó la movi­
lización e integración de las redes dientelistas regionales en el Estado central.92
Antes de 1930, los antioqueños que dependían del empleo estatal obviamente for­
maban parte de máquinas dientelistas de los partidos (los maestros, los empleados
municipales y el personal de obras públicas), pero éstas eran reguladas a menudo
por normas departamentales más que nacionales y los cargos públicos constituían
un porcentaje pequeño del total del empleo en la región.

53
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

La tradición departamental de no privilegiar excesivamente la afiliación partidista


en la distribución incluso de caigos públicos era muy fuerte, tanto que operó aun en
plena violencia, cuando se agudizó la competencia partidista por la distribución de los
cargos. En 1953, los conservadores antioqueños le recordaron a su gobernador
conservador un acuerdo tácito de no "tomar represalias políticas contra los traba­
jadores de baja categoría, pues los que no convienen al partido de gobierno eran
los que ocupaban altas posiciones."93 Incluso los más adeptos a la regla conserva­
dora excluyeme le insistieron al gobernador para que “remedie por todos los
medios a su alcance el que no se prive de trabajo a hombres cumplidores del deber
y se les arroje a la calle por el hecho de ser contrarios a nuestros credos políticos,
siendo en su mayoría, padres de familia.”94 En Antioquia, en el punto más crítico
de la violencia, sostener un sistema social de género e integración capitalista basa­
do en la familia, era más importante que las preocupaciones partidistas. En las
áreas de la economía (la agricultura, la ganadería y la minería) en que los dueños
del capital pertenecían a distintos partidos, pero compartían intereses económi­
cos, la contratación no dependió de la afiliación partidista ni tampoco del voto por un
determinado partido.95 De hecho, durante la Violencia, la evidente indiferencia del
antioqueño promedio con respecto a la política partidista fite suficiente para alarmar
a aquellos políticos deseosos de reemplazar el modelo regional del suprapartidismo
por el del dientelismo partidista. Estos políticos expresaron públicamente su desenga­
ño a causa de la "insistencia excesiva de nuestra gente trabajadora en meros asuntos
económicos” y se lamentaron porque "los grupos humanos de Antioquia carecen de
una presencia fundamental en la lucha entre los partidos”.96 Esta tendencia en Antioquia
contrastó con otros departamentos de Colombia donde el empleo y la supervivencia
habían dependido de la contratación pública o estatal y se incluía en redes clicntelistas
con intermediación de los partidos, desde el siglo XIX, mucho antes de que surgiera
un Estado central importante.

La exigencia del Estado central contrastó radicalmente con la del Estado depar­
tamental. En contraste a como se manejaba el poder en el proyecto de gobierno
departamental, el proyecto del Estado central no se basaba en la conformidad con
un conjunto específico de valores culturales, económicos o sociales. La participa-

54
Introducción

ción en el Estado central estaba, técnicamente, abierta a cualquier varón adulto,


simple y sencillamente en virtud de haber nacido en el territorio colombiano. Sin
embargo, a pesar de la naturaleza más incluyente del proyecto del Estado central, la
incapacidad del Estado de imponer su presencia en forma consistente en los ámbitos
departamental y municipal disminuyó su atractivo para los antioqueños. Aunque los
habitantes del departamento acogían la promesa del Estado central —de trabajo y
legislación social, reforma agraria y participación política extendida— la incapacidad
del Estado central a la hora de cumplir sus promesas debilitó su base de apoyo
potencial en el departamento. La renuencia a identificarse con el proyecto del Esta­
do central se pronunció especialmente entre los antioqueños residentes de las áreas
ubicadas en el centro del departamento, donde el Estado departamental ejercía una
fuerte presencia y respondía con razonable agilidad a las exigencias y necesidades
locales. Pues a pesar de que el proyecto de gobierno del Estado departamental se
basaba en nociones conservadoras de "respetabilidad” y “conformidad social”, los
líderes políticos antioqueños fueron en ciertos respectos económica y socialmentc
progresistas. Aunque solían ser agobiantcmente paternalistas, también fueron agresi­
vos constructores de escuelas, fábricas, centros de salud y carreteras. Además, el acceso
a los beneficios del régimen paternalista no se basaba exclusivamente en la afiliación
partidista compartida. La disciplina y la voluntad de trabajar gozaban de mucha mayor
estimación que la tendencia política, mientras que el acceso a La movilidad individual
(aunque no la inclusión en la elite) se basaba en la apariencia de conformidad social y
mérito. La elite antioqueña no era igualitaria y el convenio hegemónico implicado en el
intercambio de educación, empleo y acceso político limitado, a cambio de la aparente
sumisión, no representa un intercambio equitativo entre los habitantes del departa­
mento y sus líderes. Sin embargo, el "convenio” establecido entre los habitantes de los
*
municipios ubicados en zonas de asentamiento tradicional (que llamaré de ahora en
adelante la “zona nuclear” o “zona medular" antioqueña) y la elite de Medcllín sí
representaba un intercambio, que por lo regular tuvo mejores oportunidades de ser
parcialmente satisfecho que otros intercambios comparables entre el Estado central y
los ciudadanos locales. Esta actitud contrastó tajantemente con el estilo de gobierno
de otras regiones colombianas o incluso con el del Estado central. Más aún, en la

55
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

zona medular del departamento, la conformidad con las prácticas y valores del
régimen/gobierno del Estado departamental garantizaba la habilitación del poder
que —como anota Saycr— es la otra cara de la coerción. Los habitantes de los
municipios nucleares podían transformar su conformidad con las prácticas del regi­
men/gobierno departamental en peticiones al Estado regional para que tomara en
serio sus exigencias de reconocimiento político e inclusión. Es más, también podían
exigir—y esperar— que el Estado departamental evitara que la violencia amenazara
la prosperidad económica local o el status quo sin que importara (en la mayoría de
los casos) la afiliación partidista.
En contraste, d modelo de régimen/gobierno del Estado nacional era más atractivo
pan aquellos sectores de la sociedad antioqueña que en la década de 1930 se benefi­
ciaron de la expansión del control que ejercía el Estado central sobre el erario y los
cargos públicos y de su crecido poder regulatorio logrado recientemente. El crecimiento
del Estado central coincidió con el ascenso del Partido Liberal al poder. Así, los miem­
bros liberales de la dase baja y los políticos antioqueños de la clase media emergente se
integraron inicialmente al proyecto de régimen/gobierno del Estado central mediante
la expansión del empleo estatal y el reconocimiento y control de algunos sectores
sindicales.9' El proyecto del Estado central también resultaba atractivo para los antioqueños
exduidos por el modelo de régimen/gobierno político del Estado departamental, es
decir, la mayoría de los habitantes que vivían en la periferia de la región (que incluía
importantes sectores de sindicatos de obreros de industrias extranjeras dedicadas a la
minería y la producción de petróleo). Estos sectores, además de identificarse con el
Partido Liberal o con partidos cercanos a la ficción de izquierda del Partido Liberal
(como los partidos socialista y comunista), desafiaron o no asumieron los valones cultu­
rales que sustentaban el proyecto de régimen/gobierno departamcntaL No reproducir
los valores asonados a la antioqueñidad les impidió a los habitantes de la periferia parti­
cipar en el convenio hegemónico que gobernaba las relaciones entre los habitantes de la
zona medular y las autoridades departamentales. Además, en las zonas periféricas el
Estado departamental era inexistente, débil o su presencia se sentía sólo como una fuerza
represiva.

56

l
Introducción

En suma, durante el período de la Violencia, el dicntelismo y La competencia por el


control del Estado jugaron papeles centrales en la definición de la violencia, tanto en
Antioquia como en otras partes del país, pero lo hicieron por razones propias de Antioquia
que deben entenderse en el ámbito departamental. Donde el Estado departamental era
fuerte y gozaba de legitimidad, la violencia partidista nunca amenazó el statu quo y se
evitó o se resolvió de maneras no violentas. Donde la relación entre el Estado departamen­
tal y la ciudadanía local Riera hostil c intermitente, las redes del dicntelismo partidista y el
proyecto de un Estado central diocaron contra el dicntelismo suprapartidista y el proyecto
de gobierno regional, provocando así una violenta conflagración que impidió cualquier
mediación. Fue en Las áreas geográficas periféricas donde las exigencias del Estado central
y departamental y sus respectivas redes dientelistas entraron en severa competencia y
constituyeron un notable elemento detonante de la violencia.

Etnia, cultura y violencia en las zonas medular y periférica


En su trabajo sobre fronteras y protesta campesina, Cathcrinc LcGrand su­
giere una estrecha conexión entre las áreas donde la violencia fue más severa en los
años 50 y aquellas que habían padecido conflictos por tenencia de tierras en las
décadas de los 20 y los 30. Los estudios regionales de la violencia confirmaron
que hubo una relación entre los asuntos de tierras y la violencia, pero se consideró
que la coincidencia entre los conflictos por la propiedad de la tierra y la violencia
partidista había ocurrido principalmente en las zonas cafeteras.98 Existe una co­
rrelación bastante clara entre las áreas que padecieron la violencia más severa y
aquellas donde había habido luchas por la tierra en las décadas de los años 20 y
los años 30 en Antioquia.99 Sin embargo, la incidencia de la reestructuración de la
tierra y el trabajo no ocurrió por lo regular en los municipios cafeteros de Antioquia.

Una explicación de la aparente discrepancia entre la experiencia én Antioquia


y en otras regiones de Colombia podría tener que ver con la ubicación de las zonas
o fronteras departamentales de reciente colonización y los patrones de migración
regional. Aunque la colonización de las fronteras para el cultivo del café aún se
adelantaba en ciertas regiones colombianas durante las décadas de los años 30 y

57
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

40, y la migración reciente desde muchos departamentos seguía caracterizando a las


regiones donde la violencia también fue severa, como el Valle del Cauca, el Tolima y
el Viejo Caldas (actuales departamentos de Risaralda, Quindío y Caldas), en
Antioquia, la frontera del café se había cerrado a comienzos del siglo XX. En el
tradicional cinturón cafetero antioqueño, el mercado de tierras era relativamente
estable, mientras que aún había tierra sin colonizar para el cultivo del cafe en
lugares como el norte del Valle, Tolima, Quindío y Caldas. Otro factor que mol­
deó el diferente foco geográfico de los conflictos —que de otra manera hubieran
sido similares en Antioquia y otros departamentos identificados como cafeteros—
tuvo que ver con las diferencias étnicas y culturales de los distintos grupos que
colonizaron las áreas donde la violencia fue más pronunciada.100

Las zonas periféricas que sufrieron la violencia más aguda en Antioquia compartían
vanos rasgos que las distinguían de manera significativa de los patrones dominantes de
asentamiento, producción y tenencia de la tierra, evidentes en las zonas centrales o medulares
del departamento. Todas las sub-rcgiones periféricas antioqueñas limitaban con de­
partamentos considerados étnica y culturalmente muy distintos de Antioquia, o por lo
menos del ideal antioqueño "imaginado”. Por ejemplo, Urrao limitaba con el depar­
tamento de Chocó, de llanuras bajas sobre el océano Pacífico y con La mayor población
de ascendencia africana en Colombia. El Bajo Cauca limitaba con lo que antes era el
departamento de Bolívar (hoy Bolívar, Sucre y Córdoba), un área conectada con la
costa Caribe. Urabá limitaba con el Chocó y con Panamá, y se abría al mar Caribe,
mientras que los pueblos del nordeste y el Magdalena Medio limitaban con el río
Magdalena y los departamentos de Santander, Cundinamarca y Boyacá. (Siendo estos
dos últimos departamentos importantes áreas de asentamiento indígena). Paradójica­
mente, aunque el vigor colonizador antioqueño era reconocido, todas estas áreas (con
la excepción de Urrao) fueron colonizadas en gran parte por inmigrantes no antioqueños
provenientes de la costa Adántica, el Chocó, Bolívar y Santander.

Antes de la década de 1930, las zonas periféricas de Antioquia (todas tierras


bajas tropicales con la excepción de Urrao) habían carecido históricamente de
atractivo para los colonos antioqueños de los valles y las tierras altas de los muni­
cipios centrales. Un mito regional atribuía la renuencia de los antioqueños a

58


Introducción

aventurarse en las zonas al noroeste y al nordeste de su departamento, al temor al


clima insalubre, el extremado calor y a la presencia de habitantes “salvajes” en las
áreas remotas.101 El mito de que esos lugares estaban deshabitados, con excepción
de algunos bárbaros dispersos y mineros intrépidos, había dominado por mucho
tiempo la imaginación regional. O como lo expresó con contundencia el cx-Presi-
dente Carlos E. Rcstrcpo al explicar la razón por la cual el Bajo Cauca y el Urabá
no eran sitios atractivos para los colonos provenientes de la región central, "para
el antioqueño, como para los suecos y los británicos... el hogar es todo [y] el
hogar no prospera donde hay paludismo”.102 Sin embargo, incluso antes de que
Rcstrcpo escribiera estas líneas en 1927, los antioqueños desviaron su ruta co­
lonizadora, se alejaron del cinturón cafetero tradicional en el sur y se dirigieron a las
zonas occidentales y orientales distantes de su dcpartíuncnto y al bajo Valle del
Cauca.105 Los colonos provenientes de los municipios centrales del departamento
llegaron a las zonas periféricas como ocupantes ilegales, pensando en trabajar las
tierras que suponían extensos terrenos baldíos, y como vaqueros, mineros y personal
de las obras públicas de construcción del ferrocarril y de las carreteras financiadas
por el Estado. Cuando se hizo evidente que muchas de las llamadas “tierras baldías”
eran reclamadas por grandes capitalistas, surgieron conflictos entre los ocupantes
ilegales, los colonos, las compañías mineras y los terratenientes.104

A diferencia de los habitantes de los pueblos de la región central, la mayoría de los


residentes de las zonas periféricas, de origen no antioqueño, no estaba dispuesta a com­
portarse en formas que posibilitaran la reciprocidad que regía la relación entre el Estado
regional y la gente de los municipios medulares. La ausencia histórica del Estado en
dichas áreas, o la presencia intermitente, sólo como fuerza punitiva, también significó
que la infraestructura, la inversión pública y la presencia institucional que integraba los
pueblos de la zona central con el Estado regional tampoco estuvieran presentes. La
relación de hostilidad y desconfianza entre las autoridades departamentales y la perife­
ria antioqucñas estuvo íntimamente ligada a la relación históricamente colonialista
entre el centro y la periferia. Los habitantes locales de las áreas periféricas consideraban
a Medcllín y a los inmigrantes provenientes de los municipios medulares intrusos
arrogantes que se consideraban “más blancos” y más civilizados que los inmigrantes

59
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

no antioqucños, al tiempo que las autoridades y los habitantes de las áreas de asenta­
miento tradicional despreciaban a los de La periferia por ser todo aquello que ellos no
creían ser: perezosos, revoltosos, promiscuos, paganos y maliciosos. En la mente de las
autoridades departamentales y de los habitantes del centro, la periferia estaba ligada al
desorden y a la necesidad de moralidad y control (por la fuerza, si fuese necesario).

En contraste, los habitantes de la periferia consideraban el centro absolutista


y excluyeme, y dispuesto a responder sólo a las demostraciones locales de desafío
y amenaza violenta. Pero en Antioquia, la desconfianza y la antipatía mutuas entre
el núcleo y la periferia existían mucho antes del advenimiento de la Violencia y por
sí solas habrían sido insuficientes para catalizar la intensa violencia en las zonas
periféricas. No obstante, durante las décadas de la Violencia, la construcción de
estereotipos de diferencia cultural adquirió una nueva importancia cuando las
áreas periféricas surgieron como las más dinámicas y valiosas de Antioquia en
términos económicos. Por una parte, el estereotipo de la periferia como un lugar
crónicamente carente de gobierno llegó a ser una justificación de la negativa del gobierno
departamental a comprometerse a la política de negociación y compromiso, característi­
ca de las interacciones del Estado con los residentes de las áreas centrales. Por otra parte,
las percepciones locales del Estado departamental como una fuerza colonial y re­
presiva legitimaron el uso del desafio de los habitantes de la periferia con el fin de
contrarrestar los intentos de imponer el control partidista hegemónico.
Para captar la esencia de la dolencia en las regiones periféricas de Antioquia durante
el período conocido como "la Violencia", se requiere reconocer las desigualdades del
poder imbricadas en el colonialismo.105 Como ocurrió con las colonias y metrópolis en
todo el mundo, esta relación estuvo impregnada de fantasías de extracción de grandes
riquezas, dominación política y subordinación cultural Estas últimas se expresaron y
arraigaron en un discurso regionalista, basado históricamente en jerarquías de diferencias
culturales que dividieron a Antioquia en áreas ubicadas en el centro, percibidas como
ajustadas a un sistema de valores regionales, y en áreas periféricas, percibidas como des­
daciones de dicho sistema. En este estudio defino como "municipios centrales" o
medulares , aquellos ubicados en la región cafetera del suroeste —representantes por
excelencia de los valores y comportamientos antioqueños— hada el norte hasta Yarumal,

60

I
Introducción

hacia el sur hasta Abejorral y hacia el oriente hasta Santo Domingo. Un pueblo como
Urrao, situado en la frontera entre la zona cafetera del suroeste y los pueblos occidentales
de Dabeiba, Frontino y la región de Urabá, estaría en una posición intermedia, una zona
de amortiguamiento entre los valores de la antioqueñidad y las amenazas externas a la
integridad de la identidad y el orden regional. En contraste, el Magdalena Medio, el Bajo
Cauca, las regiones mineras del nordeste y las áreas del sureste de Antioquia (San Luis,
Cocorná) formaron parte de la zona inestable a la que me refiero como “periferia”.

Los apelativos como “costeño”, “negro” y "cosmopolita”, es decir, no blanco, se


utilizaron para legitimar la marginalización o La exclusión y se codificaron como una serie
de atributos o patrones de comportamiento, que podían o no caracterizar a los habitan­
tes de La periferia, pero que constituían un marco de referencia que los habitantes de la
zona meduLar, las autoridades y La elite antioqueña usaban para describir lo "otro”.11*
Estos comportamientos por lo reguLar incluían la convivencia con carácter sexual que
tenía la forma de unión libre (en lugar del matrimonio católico), el nomadismo (la
migración temporal, la transitoriedad y el vagabundeo), los cultivos colectivos (en lugar
de lotes de propiedad privada), la tendencia a abrazar movimientos políticos disidentes y
la práctica de religiones populares en lugar de la religión institucionalizada.107 Estos
atributos —se creía— contradecían y amenazaban los ideales asociados con la identidad
regional o antioqueñidad.

En la mayoría de los casos, la diferencia se confundía con la desviación, la crimi­


nalidad y la corrupción; lo "otro” amenazaba la estabilidad de la identidad, autoridad
y prosperidad antioqueñas. La “competencia cultural” o la observancia de normas de
“respetabilidad” se ligaba, a su vez, al “medio cultural”, a la creencia que “las esencias
racial y nacional podían ser aseguradas o alteradas por el entorno físico, psicológico,
climático y moral en que uno viviera”.103 En términos ideológicos y espaciales, Medcllín
y los pueblos ubicados en la zona central bajo su jurisdicción, cumplían con los crite­
rios de antioqueñidad. Estas eran áreas definidas en el discurso oficial como pobladas
por “individuos de noble raza, fuertes, sanos, valientes y trabajadores, cuna de libertadores
y héroes”.109 En contraste, los pueblos periféricos o fronterizos del noroeste (Urabá),
el Bajo Cauca (Caucasia) y el Magdalena Medio (Puerto Berrío, Maceo) eran zonas
bajas tropicales de migración y asentamiento africanos, indígenas o no antioqueños

61
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

(Véase apéndice A.3). Los antioqueños del centro del departamento imaginaban
que los habitantes de estas áreas eran “enfermizos”, “indolentes" y de “naturaleza
apasionada e inconstante, de espíritu supersticioso y predispuestos al fetichismo y la
anarquía”.110 De mayor importancia aún es que las zonas periféricas no se caracterizaban
por la presencia tradicional de pequeños propietarios, una fuerte iglesia local que podía
promover intereses locales, una élite de residentes vinculada a poderosas asociaciones de
productores, o de representantes políticos integrados a las redes bipartidistas del poder
antioqueño.

El proyecto de hegemonía del Estado departamental, construido y desplegado


por los hombres de negocios y los líderes políticos de Antioquia, se basaba en el
sostenimiento de la jerarquía de la diferencia,111 y el atractivo de tales normas se
extendió más allá de la elite. Las gentes de la zona central de clase baja podían
desplegar tropos de una supuesta diferencia cultural —tal como se hizo durante la
Violencia— para justificar los homicidios, la usurpación de propiedades y la vio­
lación contra los "costeños” y "revolucionarios” de un nivel social similar. La
existencia de un “otro” también se utilizó para construir y reforzar el sentido de
identidad positiva de los habitantes de la zona central (“Yo soy esto porque no
soy aquello"} y se desplegó como un mecanismo de negociación, al pactarse con
la elite del departamento el reconocimiento o la inclusión política. Las formas de
régimen imbricadas en el proyecto hegemónico departamental permitieron, en
consecuencia, que los grupos que no pertenecían a la elite legitimaran la violencia
en nombre de la protección de los valores regionalistas o la antioqueñidad.

Al sugerir la existencia de un proyecto hegemónico departamental y el uso de


estereotipos de diferencia cultural para promoverlo, no estoy afirmando que real­
mente existiera alguna distinción entre las áreas central y periféricas y sus valores,
ni que incluso donde hubiera diferencias observables de producción, organización
y creencias, éstas fueran estáticas o inherentes. En vez de eso, estoy resaltando la
construcción y manipulación de una serie de prejuicios de diferencia e identidad
—dinámica, enraizada y ampliamente extendida— y señalando algunas de sus
repercusiones políticas y sociales. El geógrafo James Parsons alguna vez anotó que

62


Introducción

la “Antioquia contemporánea fue moldeada a partir de una mezcla inicial de espa­


ñoles, indígenas y esclavos negros" y, sin embargo, los antioqueños abrazaron
"una herejía etnológica mediante la cual los habitantes se refieren a sí mismos
como la raza antioqueña".112 Creerse a sí mismos miembros de una raza distinta
(definida por las normas de respetabilidad ya mencionadas) estaba "firmemente
arraigado en la conciencia popular”, afirmó Parsons, aunque en los años 40, cuando
el realizó su estudio sobre la colonización antioqueña, los censos regionales mostraron
que “la preponderancia de sangre mezclada... se hallaba en flagrante contradicción con
la afirmación de que Antioquia es un departamento de blancos”.113

Con el tiempo, entre los municipios medulares de Antioquia surgió un sentido


de región y de identidad regional comparable a lo que Ben Anderson denominó la
"comunidad imaginada” y que —según él— permitió el surgimiento de las na­
ciones e identidades nacionales.114 En Antioquia, sin embargo, las distinciones
culturales fueron creadas y desplegadas para caracterizar áreas particulares del
departamento e imbuirlas de significado simbólico como parte de un proceso más
amplio de construcción de identidad y poder regional, en contraposición tanto a
las poblaciones periféricas como al resto de la nación colombiana. Las comunida­
des crean fronteras y oposiciones contra las cuales se forma y marca su identidad. Para
la elite y las autoridades políticas de Antioquia, los límites de una comunidad regional
fueron trazados alrededor de espacios que por largo tiempo habían sido objetos de
deseo. Estas eran áreas de importancia estratégica, caracterizadas por recursos natura­
les y potencial económico que enriquecerían y extenderían el poderío antioqueño, pero
los cuales, por distintas razones, históricamente habían demostrado ser difíciles de
controlar o resistentes a la dominación cultural, política y económica antioqueña.115
Las áreas periféricas Rieron los lugares donde se pelearon y moldearon los parámetros
de identidad y autoridad regional, y donde la violencia se hizo endémica y se extendió
ampliamente.116

Para comprender de manera adecuada La Violencia en Antioquia es preciso entonces


explorar las características y condiciones que trascienden las consideraciones partidistas.
¿Cuál era la etnia de las gentes en conflicto? ¿Qué patrones culturales y expectativas

63
A Sangre y Fuego: La violencia en Anhoquia, Colombia, 1946-1953

rigieron su comportamiento? ¿Desde cuándo se había ocupado la zona, y de dónde


provenían los colonos? ¿Dónde está ubicado el pueblo en relación con el antiguo cora­
zón del departamento? ¿Cómo eran las relaciones entre los liberales y los conservadores
antes de surgir la Violencia? ¿Qué instituciones estatales operaban en el área, por medio
de cuáles agentes y con qué fines? ¿Cuáles eran las actividades económicas predomi­
nantes en el área y cómo estaban vinculados los habitantes a ellas? ¿Qué grado relativo
de antioqueñidad puede atribuirse a los grupos en conflicto? Un examen de estos y
otros elementos, su interacción y su evolución, ocupan el desarrollo de este libro.

Organización del libro

En el primer capítulo rastreo, de 1946 a 1949, el intento de políticos conservado­


res emergentes de clase media, por convertir los municipios liberales al conservatismo
y reemplazar a los trabajadores liberales que ocupaban cargos públicos con seguidores
conserradores.117 También examino la razón por la cual el empleo en las obras públi­
cas y la competencia por controlar los cargos públicos en Antioquia fue crítico para
consolidar las fortunas electorales en la década del 40. Cuando los esfuerzos de
conversión al conservatismo resultaron poco exitosos, los sectores del Estado depar­
tamental seguidores del líder conservador Laureano Gómez, crearon fuerzas
paramilitares de civiles armados ("contrachusmas”) y las desplegaron hacia las zo­
nas periféricas donde el Estado tenía poco apoyo, pero donde era mucho mayor la
concentración de cargos públicos susceptibles a la influencia clientelista. El uso
oficial de la violencia sistemática provocó una ruptura en el Partido Conservador que
hizo evidente el conflicto entre una tradición política regional suprapartidista y la
nueva política de hegemonía partidista nacional promovida por el Estado.

Los Capítulos 2, 3 y 4 son, respectivamente, análisis detallados de la evolución y


el impacto de la violencia en tres zonas periféricas: el Urabá y el occidente anrioqueño;
Urrao y el suroeste; y el oriente anrioqueño (el Bajo Cauca, el Valle del río Magdalena
y el Nordeste). Estas fueron áreas donde surgieron, entre 1949 y 1953, guerrillas
liberales para ofrecerle resistencia al gobierno nacional conservador. Examino cómo
respondieron los Estados departamental y nacional a la violencia en cada una de

64

I
Introducción

esas áreas, donde el monopolio estatal de la fuerza fue transferido a organizaciones


paramilitares, las razones por las que esto ocurrió y las implicaciones a largo plazo
de tal acción. También exploro las diferencias entre los distintos grupos guerrilleros
en las tres regiones, cómo en algunas áreas se interceptó el conflicto partidista con
las tensiones latentes por la tierra, los derechos laborales y los recursos, y exploro los
factores que impidieron la posible mediación en la violencia. Afirmo que la violen­
cia en las áreas periféricas fue, en gran medida, producto del acoso concertado y
sistemático por parte de ciertas autoridades departamentales más que la conse­
cuencia "natural” de los conflictos partidistas entre los residentes locales. En
otras palabras, el Estado departamental y sus fuerzas fueron los principales
instigadores de la violencia en la periferia, y su objetivo no era solamente establecer
la hegemonía partidista, sino imponer por la fuerza la antioqueñidad. En consecuencia,
la resistencia local al Estado departamental se libró no sólo conforme a líneas partidistas
sino que también involucró las luchas por el derecho a la autodeterminación cultural y a
la articulación de concepciones alternativas de ciudadanía c identidad. En el Epílogo
concluyo con una reflexión acerca de la relación entre la situación actual de “desorden
público” en Antioquia y la Violencia, especialmente con respecto a la consolidación de
formas de terror privadas y paramilitares en la Colombia contemporánea.

65
Capítulo I

La violencia en medellín y en los municipios nucleares

La VIOLENCIA EN Antioquia se desarrolló en dos etapas principales que abar­


can un período de siete años. La primera etapa se inició en 1946 y terminó en 1949,
la segunda transcurrid entre 1950 y el golpe militar contra el gobierno de Laureano
Gómez, el 13 de junio de 1953. Durante la primera fase, la violencia giró en torno
a tres objetivos centrales: lograr el dominio electoral conservador en las elecciones
municipales, departamentales y nacionales, reemplazar a los liberales nombrados a
cargos públicos y marginar los trabajadores afiliados a la Confederación de Trabaja­
dores de Colombia (CTC).
En su primera etapa, la violencia fue selectiva y esporádica; se dirigió princi­
palmente contra los liberales empleados por el Estado y contra los pueblos donde el
nivel de integración entre los gobiernos municipal y departamental sugería que el
acoso ejecutado oficialmente, el fraude y la intimidación podrían ganar una ventaja
electoral para el Partido Conservador. Los pueblos afectados más gravemente por
la violencia electoral, por lo tanto, frieron aquellos ubicados en los municipios
centrales o nucleares (es decir, aquellos municipios ubicados dentro del radio de
operación efectivo del gobierno departamental), donde el Partido Conservador
estaba bien representado, el gobierno local estaba ligado a las estructuras departa­
mentales del poder administrativo mediante una amplia variedad de oficinas y
mecanismos, y cuyos residentes parecían reproducir de manera fiel los valores
asociados a la antioqueñidad. Inicialmente, esta fase temprana de la violencia se
distinguió muy poco de las luchas ancestrales por los cargos públicos y los votos,

I
típicas de la contienda colombiana desde el siglo XIX. Sin embargo, dos hechos
cambiaron el curso de la violencia partidista e intensificaron de manera considerable
sus repercusiones: el asesinato del liberal populista Jorge Elicccr Gaitán, el 9 de abril
de 1948, y, después del asesinato, la creación de grupos paramilitares compuestos
por civiles conservadores (la llamada contrachusma) apoyados y armados por sectores
del gobierno departamental. Además, a principios de 1949, cuando la intimidación
oficial fracasó en arrebatarle las victorias electorales o puestos públicos a la oposición,
las medidas adoptadas por ciertos sectores del gobierno departamental y del Partido
Conservador en su búsqueda de dominación política se hicieron más extremas. La esca­
lada de violencia partidista provocó una grave discordia dentro de ambos partidos y
reveló un cierto umbral o límite, que muchos antioqueños se negaban a traspasar en
aras de alcanzar objetivos partidistas. La intensificación de la violencia estatal también
exacerbó las tensiones entre las autoridades departamentales y municipales con respec­
to a asuntos de prerrogativas y jurisdicción y, en última instancia, estimuló a algunos
liberales de las áreas periféricas a tomar las armas contra el Estado.
En este capítulo se presenta la complicada y, en muchos casos, debatida trayectoria
de la evolución del conflicto partidista hasta convertirse en una confrontación armada
entre el Estado y la oposición, y se intenta descubrir las maneras como cuestiones de
carácter no partidista se involucraron en el conflicto entre liberales y conservadores. La
Violencia se intcrsectó e intensificó una serie de ludias latentes aún no resueltas, relativas
al poder del Estado, al desarrollo económico y a las relaciones entre sectores sociales en
Antioquia. A medida que Lis tensiones partidistas amenazaron con tomar rumbos que
desafiaban el status quo social, económico y político, un sector de la élite regional aún
influyente intervino para mediar las consecuencias de la violencia en los municipios
nudcares. Sin embatgo, para 1949 se hizo evidente que la violencia desatada en pos de
ganar las decciones y nombramientos había evolucionado en términos de su concentra­
ción y ubicación, y había trascendido los parámetros del llamado conflicto partidista
"tradicional”.

67
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

El dientclismo conservador y la violencia electoral


El 7 de agosto de 1946, tras una intensa contienda electoral, se posesio­
nó como presidente de la República el conservador moderado Mariano Ospina
Pérez. Dos candidatos liberales —el populista Jorge Eliécer Gaitán y el candidato
oficial del partido Gabriel Ttirbay— dividieron a la mayoría liberal en Colombia
y dieron fin a un período de 16 años de hegemonía liberal. En Antioquia —su
departamento natal, donde los votantes conservadores todavía superaban ligera­
mente en número a los liberales— Ospina demostró ser un candidato popular
entre los empresarios, cafeteros c industriales del departamento, quienes consti­
tuían el núcleo de la díte local. Los capitalistas antioqueños esperaban que la
victoria de Ospina señalara un regreso a la política del convivialismo bipartidista
que había regido la negociación del poder en el período anterior a 1930 —época
que muchos recordaban con nostalgia como una era de paz social, supuestamente
inalterada por las exigencias políticas de las clases bajas, ni por presión política de
los políticos profesionales emergentes. Antioquia era un departamento donde se
desconfiaba de aquellos hombres que hacían de la política una carrera profesional
Los miembros de la elite liberal y conservadora departamental se habían esmera­
do en construir y proyectar más bien una imagen de sí mismos como "estadistas"
o "prohombres” altruistas, cuya participación política era motivada por el deber
cívico y no por la vil ambición.1 Así pues, la falta de experiencia directa de Ospina
en pugnas electorales, sus impecables credenciales de empresario y su moderación
ideológica le resultaron atractivas a una burguesía regional precavida por lo que
percibía como tendencias cada vez más extremas en ambos partidos y como la
creciente influencia de individuos de origen humilde con ambiciones políticas
populistas.

Sin embargo, Ospina fue acogido con menos entusiasmo por otros conser­
vadores colombianos. De hecho, su candidatura había surgido a regañadientes de
algunos miembros de la dirección nacional del partido, muchos de los cuales
habrían preferido postular como candidato oficial del conservatismo a Laureano
Gómez, su brillante pero controvertido jefe nacional. Gómez tenía fama de ser un

68

1
Capítulo I LAVmu*uixMtwnMYn<iiAMiMtiniR»«wAM5.

feroz nacionalista, abierto admirador de la España franquista y crítico acérrimo


del comunismo. Gómez defendía los valores hispánicos con ahínco y simpatizaba abier­
tamente con un régimen corporativista franquista en el que la participación política se
desarrollaría en forma limitada, y sólo a través de representantes de determinados gixipos
de interés o sector. Le temía a la creciente secularización de la sociedad moderna y
consideraba que La participación masiva del pueblo en la política representaba una ame­
naza contra la estabilidad nacional. El jefe del Partido Conservador también era un gran
orador, un incendiario ideológico a quien sus seguidores veneraban con una intensidad
que rayaba en el fervor religioso, pero cuya intransigencia también provocaba fuertes
reacciones entre algunos conservadores antioqueños y La oposición liberal. La retórica de
Gómez —a menudo mística y violenta— atemorizaba a los conservadores antioqueños
moderados, quienes temían las repercusiones de perseguir los objetivos hegemónicos que
abrazaban el líder del partido y sus seguidores. Frustrado temporalmente en sus aspira­
ciones personales de acceder a la presidencia en el 46, Gómez se resignó a garantizar que
sus seguidores fieles ejercieran a cambio una poderosa presencia en la política departa­
mental y local durante la administración de Mariano Ospina Pérez.

En contraste con los miembros de la elite departamental, los políticos antioqueños


que no formaban parte de ésta, muchos de los cuales conformaban un incipiente
sector intermedio de profesionales de primera generación que nunca habían ocupa­
do cargos públicos, repudiaron la moderación? Este sector intermedio creía que los
acuerdos bipartidistas o suprapartidistas concentraban el poder en las manos de una
pequeña y rica minoría, y relegaba las diferencias ideológicas entre los partidos a un
segundo plano en aras de promover objetivos económicos comunes. Muchos conser­
vadores del sector intermedio consideraban a Gómez un poderoso aliado en su plan
para debilitar la tendencia bipartidista predominante en la política departamental. El
líder conservador había atacado públicamente el “convivialismo” —el sistema de co­
operación política de la elite que moldeó la política colombiana de 1910 a 1930— en
el cual, la elite antioqueña había jugado un papel fundamental. De hecho, Gómez
acusó implícitamente a la elite antioqueña de la caída del conservatismo del poder
en 1930, por haber aceptado sacrificar la ideología en aras de la modernización

69
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

económica. Cuando los miembros del Partido Conservador de Antioquia colaboraron


con el gobierno liberal de Eduardo Santos (1938-1942), Laureano Gómez, por
ejemplo, los criticó mordazmente tildándolos de mercenarios despiadados, interesa­
dos solamente en defender sus intereses económicos a expensas tanto de la doctrina
del partido como de los copartidarios no pertenecientes a la elite? Los conservadores
antioqueños del sector intermedio, quienes buscaban distinguirse de la élite, invocaron
hábilmente la retórica antiliberal y anticomunista de Gómez, abrazaron la bandera del
catolicismo militante y equipararon la política de negociar con la oposición con una
concepción utilitarista de la sociedad y una carencia de fervor partidista. Las diferen­
cias ideológicas fueron entonces desplegadas para justificar arrebatarle el control de los
cargos públicos a la oposición y las riendas del poder departamental a los moderados
de ambos partidos.

Durante el periodo de gobierno liberal, entre 1930 y 1946, tuvieron lugar tres
cambios significativos que agudizaron las distinciones entre la elite y las fuerzas
políticas emergentes en el seno de los partidos e hicieron que la competencia por el
control del patrocinio estatal se convirtiera después de 1946 en un componente sin
precedente de ¡as victorias electorales en Antioquia. Primero, la crisis económica del
treinta desatada por la reestructuración del capital y la producción, tras la caída de
la bolsa de valores mundial en 1929 y la subsiguiente Gran Depresión, provoca­
ron la emigración de las áreas agrícolas cafeteras tradicionales —como las situadas
en el sur y el oriente próximos a Medellín— hacia la capital del departamento y
a nuevas áreas de colonización en la periferia antioqueña. El espectro de conflic­
tos sociales surgió en las áreas de reciente colonización, a medida que colonos,
migrantes recientes, compañías extranjeras y capitalistas antioqueños competían
por el control en las áreas donde los mecanismos de expresión política legales y la
infraestructura gubernamental o partidista eran débiles o inexistentes. Simultá­
neamente, a Medellín llegó un número sin precedente de aspirantes jóvenes de la
provincia en busca de oportunidades educativas, económicas y políticas. Estos
acontecimientos no fueron, necesaria ni directamente, consecuencia del ascenso
del Partido Liberal al poder, pero la coincidencia temporal del descenso político

70
Capítulo 1 ^vmi**n»\ MiunhYinunMixiiinnMuiujv

del Partido Conservador y La incidencia de trastornos económicos y sociales en Antioquia


produjo la impresión de una relación causal, especialmente a los ojos de una clite temero­
sa de Las amenazas populistas y radicales a su control político.
En segundo lugar, cuando la primera administración de Alfonso López Pumarcjo
(1934-1938) aprobó nuevas leyes que ampliaban el electorado colombiano y reco­
nocían c institucionalizaban la importancia política de la organización sindical, cambió
el tenor del debate político departamental. Antes de entrar en vigencia las reformas
legislativas de López, el léxico político antioqueño no intentaba atraer el apoyo
político popular apelando explícitamente a la identidad o intereses de clase. Pero el
surgimiento de sindicatos y la creciente presencia de líderes comunistas o liberales
de izquierda a nivel nacional en la década del treinta tuvo repercusiones palpables en
el ámbito político departamental. La incipiente difusión de programas políticos
oficiales dirigidos específicamente a sectores antes marginados como los trabajadores
y que hacían referencia explícita a la identidad de los beneficiarios como miembros de
una ‘clase’ social o económica hasta entonces desprotegida, en vez de resaltar su
identidad regional como "antioqueños” sin distingos de clase puso en relieve marcado
las diferencias entre la “derecha” y la “izquierda”.4 Aumentó el carácter vituperador
del debate político entre los miembros de los dos partidos y se acentuaron las divisio­
nes entre una élite alarmada por Las reformas de López —sin importar la afiliación
política— y copartidarios identificados con la clase media y baja dentro de ambos
partidos. Algunos de los últimos veían en el creciente énfasis dado a las diferencias
ideológicas partidistas la posibilidad de invocar éstas para presionar a favor de una
inclusión política más amplia.

Finalmente, tanto el poder como las atribuciones del Estado central aumenta­
ron bajo la administración de López Pumarejo. A medida que crecía el poder del
Estado, el Partido Liberal estrechaba los lazos entre el partido y el Estado que les
permitieran a los líderes liberales controlar la distribución de cargos públicos y el
acceso a la mediación del gobierno y a los dineros públicos. A medida que surgían
nuevos ministerios, como por ejemplo el ministerio de trabajo, y que los obreros
entraban a formar parte de las filas de los sindicatos afiliados a la Confederación de

71
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Trabajadores de Colombia (CTC), aumentó dramáticamente la importancia de los


líderes capaces de movilizar y capturar los votantes del sector popular, especialmente
los votantes urbanos? La expansión de las obras públicas y el aumento de cargos
oficiales que acompañaron los cambios electorales y políticos introducidos por López
tuvieron importantes repercusiones en la percepción de aquellos conservadores
antioqueños excluidos de la repartición de empico y dineros estatales durante la época
de hegemonía liberal. Algunos de estos conservadores antioqueños llegaron a conside­
rar la contratación dicntelista en los cargos públicos como una política explícitamente
asociada con el Partido Liberal y como un elemento crucial del dominio de aquel
partido sobre el Estado. Por estas razones, en vísperas del regreso del Partido Con­
serrador al poder en 1946, llegó a jugar un papel crítico y sin precedentes en la
determinación electoral el control ejercido por el Estado central sobre la repartición
de puestos y dineros públicos. La posibilidad de acceder al poder del Estado central
y canalizar sus bienes a través de redes clicntelistas se volvió una condición vital del
éxito político en Antioquia. Este fenómeno produjo una brecha considerable entre
los políticos del sector intermedio —ansiosos de construir una maquinaria política
similar a aquella lograda por sus homólogos liberales— y la elite departamental
conservadora temerosa del impacto de una maquinaria electoral basada en el poder
popular, y ansiosa por restaurar el status quo existente en el período anterior a 1930,

La generación de hombres que habían gobernado las fortunas políticas de


Antioquia desde el cambio de siglo hasta 1930 no dependía, ni principal ni exclu­
sivamente, de una carrera política para asegurar su puesto en la sociedad o ejercer
influencia política. En lugar de ello, estos hombres combinaban el liderazgo po­
lítico con su papel como industriales, financistas y grandes cultivadores y exportadores
de café. Ellos dependían de los lazos familiares y de su fama suprapartidista como
"estadistas", comprometidos con la formulación de políticas tecnomáticas orienta­
das al desarrollo para cimentar sus aspiraciones políticas. Los miembros de la elite
antioqueña se preocupaban más por mantener a raya la agitación y los disturbios
sociales que por monopolizar los cargos gubernamentales; asistían a los mismos
colegios, compartían las mismas profesiones y se casaban entre sí, trascendiendo así

72
Capítulo I

las fronteras partidistas. A pesar de pertenecer a distintas filas políticas (diferen­


cias que a menudo eran resultado de tradiciones familiares arbitrarias o fortuitas
que se remontaban a la época de la Independencia y el siglo XIX), muchos miem­
bros de la elite antioqueña tenían una visión de mundo común. Dicha visión estaba
moldeada en parte por una educación compartida en colegios jesuítas como el de
San Ignacio en Medellín o por lazos profesionales forjados en las facultades de
derecho y medicina en la Universidad de Antioquia y ingeniería en la Escuela de
Minas. La experiencia compartida de ser educados por los jesuítas también puede
dar cuenta, al menos parcialmente, de la frecuencia del discurso anticomunista, así
como la invocación de los ideales de justicia social entre los líderes políticos de la
elite antioqueña de ambos partidos, promulgados en las encíclicas papales como
Rcrum Novarum de León XIII.6
La existencia de un enfoque regional de la política, relativamente cohesionador
entre los líderes de la elite antioqueña nacidos antes de 1910, garantizó que no
existiera una línea divisoria definitiva entre los sectores público y privado mientras
la burguesía regional gobernara el departamento. En momentos de crisis, por
ejemplo, un gobernador como Camilo C. Rcstrcpo (quien era liberal) podía pe­
dirle ayuda a otros miembros de la elite (pertenecientes a ambos partidos) para
sacar de apuros al tesoro departamental y evitar una revuelta entre los trabajadores
del sector público que no habían recibido su salario, sin ninguna otra garantía que
su palabra de caballero, una acción casi inconcebible en cualquier otro departa­
mento colombiano. Aunque la elite antioqueña pertenecía a ambos partidos y
tenía diferencias filosóficas, las élites liberal y conservadora compartían una com­
prensión del gobierno como una labor tecnocrática y su preocupación principal
era mantener intacto el status quo. Aumentar el desarrollo económico y mantener
la estabilidad social definían la agenda política departamental.

En contraste con la elite bipartidista, los políticos emergentes del sector in­
termedio no eran ricos ni estaban bien conectados. Además, el sector intermedio
emergente no gozaba de pertenecer a exclusivas redes familiares, empresariales,
educativas, profesionales o asociaciones sociales compartidas con la oposición

73
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

como era el caso de la élite. El único medio abierto al sector intermedio en su


búsqueda del poder político era generar votos, preferiblemente entre una pobla­
ción urbana de votantes de extracción popular, quienes hasta hacía poco habían
sido políticamente marginados. Desde luego, el bipartidismo se presentaba como
la antítesis de tal empeño. A diferencia de la elite departamental, que podía darse
el lujo de hacer énfasis en su defensa suprapartidista de los intereses departamen­
tales y que en otros tiempos dependía del paternalismo, los lazos de parentesco o
determinantes geográficos compartidos para cimentar su apoyo político con los
ciudadanos de menor categoría social, los políticos emergentes del sector inter­
medio tenían que exagerar —no subestimar— las diferencias partidistas con el
fin de distinguirse de los políticos de extracción social similar pero de la oposición.
Como nunca antes en Antioquia, en las décadas de los 30 y 40, la política giraba en
torno a la lucha por obtener el apoyo electoral e intercambiarlo por cargos públicos
y subsidios ofrecidos por un Estado central en vías de expansión.

La coincidencia del cambio demográfico con las reformas electorales instauradas


en el gobierno de López agudizaron la contienda electoral después de 1935. La
población de Medellín se quintuplicó entre 1912 y 1951, aumentando de 72.000
habitantes en 1912 a 168.000 en 1938 y a 358.000 en 1951.7 Para 1951, las áreas
urbanas de Antioquia crecían mucho más rápidamente que las rurales. Mientras que el
número de habitantes urbanos del departamento aumentó en un 77% entre 1938 y
1951, el número de residentes rurales sólo aumentó en un 13% durante el mismo
período.8 A medida que Medellín crecía, también aumentaba el número de votantes
en potencia, así como el de inmigrantes provincianos en busca de educación y oportu­
nidades para irrumpir en la política departamental.9 Para 1946, el aumento repentino
de la población rotante, el desplazamiento demográfico del campo a la ciudad, la
expansión del papel e influencia del Estado central y la aprobación de leyes favorables
durante la administración liberal de Alfonso López Pumarcjo conspiraron para cal­
dear los ánimos (y la posibilidad de conflicto) en el escenario político antioqueño.

No obstante, sería engañoso sugerir que la ambición y el oportunismo hayan


sido los únicos factores que moldearon la urgencia con que los políticos conserva-

74

I
CAPÍTULO I LAVMlMWiHMiwiliNVlMtmMiTaiirunMcuAWv

dores del sector intermedio le hicieron frente al problema de los cargos públicos y
a la contienda electoral antioqueña después de 1946. Entre algunos liberales y
conservadores existían verdaderas diferencias ideológicas y la preocupación de los
conservadores con respecto al impacto moral y político de ideologías radicales y
materialistas sobre la política y la sociedad colombianas también influyeron en el
celo con que los extremistas atacaron la oposición liberal. La industrialización y el
nacimiento de una clase trabajadora urbana identificablc eran fenómenos nuevos en
Mcdcllín. Los repetidos períodos de prosperidad y rcccsión entre 1913 y 1929, y los
trastornos sociales y económicos que provocaron, constituyeron el telón de fondo del
medio político en que la mayor parte del sector intermedio maduró y formó sus
posturas ideológicas y estrategias políticas. Aunque en términos reales, el Partido
Comunista representaba una amenaza mínima en Antioquia (o en Colombia), el
descontento social y la rápida transformación económica de la década anterior per­
mitieron que los conservadores de derecha aprovecharan las ansiedades ya existentes en
la sociedad colombiana. Algunos de estos conservadores (hombres como Bclisario
Bctancur o José Mejía y Mcjía) simpatizaban con los trabajadores y abogaban por
medidas socialmente progresistas, basadas en las enseñanzas católicas sociales, aunque
repudiaban la lucha de chases. Otros (como Dionisio Arango Fcrrer) consideraban
ingobernable por naturaleza al pueblo y creían que sólo los hombres “cultos” eran
aptos para determinar el destino de la nación. Para este grupo de conservadores, cual­
quier medida que pudiera socavar la “tradición” era caracterizada automáticamente
como agitación radical y preludio a una revolución social. La amenaza de una revolu­
ción comunista podía ser utilizada de manera oportunista para desacreditar tanto a la
oposición liberal como a la élite bipartidista del propio partido. "Comunismo” y
“comunista” llegaron a ser términos enormemente flexibles c incluyentes que podían
sacarse a relucir contra cualquier cosa o cualquier persona que pareciera desafiar el
status quo, ya fueran las trabajadoras de falda corta, la exigencia obrera de un aumento
de sueldo o las alusiones ‘demasiado’ modernistas en la obra de pintores antioqueños.

Los jóvenes del sector intermedio fueron atraídos y moldeados por debates
públicos en torno al futuro del capitalismo, el atractivo de ideas radicales entre

75
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

los trabajadores inconformes y el "colapso” de los valores tradicionales y la moral


causado por la modernidad. En la década de 1930, las universidades y periódicos
de Mcdcllín se convirtieron en campos de batalla ideológica y las manifestaciones
públicas lideradas por obreros, populistas y bandas fascistas compitieron por el
espacio de la ciudad y la lealtad de la juventud. Además, las reformas educativas
introducidas por el presidente liberal Alfonso López Pumarejo, en 1935, contri­
buyeron a la creciente división ideológica y social entre los jóvenes liberales y
conservadores de la región. A diferencia de sus líderes de élite, los políticos liberales
y consenadores del sector intermedio no se habían educado en los mismos colegios
y universidades. Cuando López Pumarejo redefinió el curriculum de educación
nacional e incorporó al sistema de la Universidad Nacional, la Escuela de Minas
de Antioquia, donde tradicionalmente habían estudiado los ingenieros —epítome,
a los ojos de la elite regional, de profesión ideal para los líderes de la región—
alejó a un número considerable de liberales y conservadores antioqueños. Los mo­
derados de ambos partidos resintieron la subordinación de una institución educativa
departamental al sistema nacional y el esfuerzo del gobierno nacional de dictar
políticas educativas sin el aporte departamental, pero, lo más importante, recha­
zaron la insinuación de preocupaciones partidistas en las instituciones públicas.
El propósito de López era convertir los colegios y universidades públicas en lugares
de una ética liberal y “moderna", y para lograrlo contrató a liberales. La naturaleza
conscientemente partidista de las reformas de López provocó, desde 1935, un
éxodo de estudiantes conservadores hacia instituciones educativas explícitamente
católicas o conservadoras. En 1936, la creación de las católicas pontificias Uni­
versidad Bolivariana en Medellín y Javeriana en Bogotá por eminentes defensores
de Acción Católica y anticomunistas, inmediatamente después de iniciarse la Guerra
Civil Española, atrajo a los conservadores del sector intermedio, quienes en otros
tiempos habrían asistido a las universidades públicas de Antioquia. Más aún, el
esfuerzo consciente de López de purgar las escuelas públicas de maestros con­
servadores y su uso de la educación como un medio de patrocinio para avanzar los
intereses de sus seguidores populares, marcó un rompimiento consciente con la
política del convivialismo, seguida no sólo por su predecesor, el liberal Enrique

76

I
Capítulo I

Olaya Herrera, sino también por las administraciones conservadoras moderadas


identificadas con el liderazgo antioqueño entre 1910 y 1930. Como tales, las
reformas educativas de López tenían el objetivo explícito de acabar con el mono­
polio elitista de la educación, mediante el cual la cooperación bipartidista “había
neutralizado la oposición y excluido al pueblo de la política".10

Las reformas de López tuvieron un efecto paradójico sobre los conservadores


antioqueños. Por una parte, la burguesía del departamento interpretó el repudio
de López al viejo acuerdo del convivialismo de no entrometerse en la educación
como una traición a la política de caballeros (gcntlcmcns politics).11 Por otra parte,
los conservadores en ascenso que no provenían de la élite tendían a coincidir en
que la educación, así como cualquier otro aspecto del patrocinio del gobierno,
estaba cargada de significado político y, como tal, debería moldearse por medio de
ideales partidistas. El abandono de estos jóvenes de las universidades públicas se
convirtió en un símbolo de su creencia en que, si las instituciones públicas seguían
dominadas por ideas liberales, perderían su identidad como conservadores y cual­
quier anhelo futuro de representar la vanguardia política del partido. En el ámbito
municipal, la actitud de los jóvenes del sector intermedio también fue influida
por los esfuerzos de Acción Católica, la organización laica y religiosa dedicada a
incitar un renacimiento de la devoción católica y a contrarrestar los efectos noci­
vos de la creciente secularización causada por la modernidad. Acción Católica
clamó a voces por un regreso a la educación y la moral católicas, tronó contra las
instituciones de educación mixta y condenó las reformas de López.12

El abandono de los conservadores no pertenecientes a la elite de las escuelas


públicas antioqueñas de educación secundaria y universitaria también representó
el rechazo explícito del sector intermedio de la ética burguesa que privilegiaba a la
educación técnica. Como López, los jóvenes conservadores aspirantes al poder
que no pertenecían a la elite comprendieron efectivamente que el privilegio dado
por la elite departamental a la habilidad técnica, por encima de las consideraciones
partidistas, los excluía del acceso al poder político.13 Mediante una hábil manipu­
lación de los términos “lealtad” y “legitimidad" política, los disidentes podían

77
A Sangre y Fuego: La violencia en Anhoquia, Colombia, 1946-1953

desacreditar los ideales educativos burgueses suprapartidistas, acusándolos de trai­


dores al partido e incluso de amenazar la moral, el orden social y la defensa de la
religión. En el contexto de la recesión económica, la movilización popular y el
desasosiego global a causa del comunismo, este tipo de ataque cobró una fuerza
considerable. En cierto sentido, las reformas de López le ofrecieron a la juventud
conserradora del sector intermedio una justificación incomparable de los aspectos
más críticos de su rebelión contra el ideal tecnocrático del liderazgo burgués
bipartidista.

Durante los 16 años de mandato liberal, los conservadores de la provincia,


quienes eran excluidos de los elegantes comedores del Club Unión y de las oficinas
del editor del periódico liderado por la élite regional, El Colombiano, se toma­
ron los corredores y aulas de las universidades locales para ventilar públicamente
sus aflicciones y resentimientos y afinar sus habilidades como oradores y líderes.
Forjaron relaciones con miembros de su partido también ajenos a la élite y más
adelante se unieron a periódicos alternativos (£7 9 de abril, La Defensa), asocia­
ciones católicas militantes (¿a cruz de Malea, Haz godo masculino, Alianza para
£ fe) y grupos informales a través de los cuales analizaban y reformaban la polí­
tica, la ética y el destino de la nación entre aguardiente y tangos de medianoche en
los bares y cafés de Guayaquil, el sector bohemio de Medellín.14 Estas experiencias
forjaron un sentido de identidad partidista y generacional, y marcaron en forma
indeleble a los participantes, muchos de los cuales llegaron a ocupar cargos polí­
ticos a mediados de la década de I940.15

Además, para 1945, en Medellín eran evidentes las marcadas diferencias entre
los sectores sociales. La elite, cuyas ganancias y producción crecían y podía darse
el lujo de celebrar su riqueza construyendo elaboradas edificaciones en estilo Are
Déco en los barrios residenciales elegantes como Prado, contrastaba radicalmente
con una clase obrera urbana para la cual era cada vez más difícil sobrevivir con sus
ingresos. A finales de los años 40, la décima parte del 1% de la población colombiana
controlaba el 44% de todos los dividendos generados por lo que un observador
¡
contemporáneo denominó "el período de mayores ganancias de la economía [co-

78

L
Capitulo I

lombiana]”.16 Al mismo tiempo, los peores años para los obreros antioqueños en
términos de salarios fueron de 1939 a 1945, mientras que el crecimiento prome­
dio de empleo descendió de 1,9% entre 1935 y 1940 a 1,4% entre 1945 y I950.’7
Desde finales de la década de 1930 hasta 1953, el 64% del salario de un obrero
antioqueño se destinaba a pagar alimentos.18 Un estudio sobre los trabajadores de
los ferrocarriles —un sector relativamente privilegiado de la fuerza laboral
antioqueña— reveló que, en 1940, la mayoría de las familias obreras sufría de
desnutrición crónica y, en 1946, sólo el 11% de los trabajadores de Mcdcllín
recibió salarios por encima del nivel de subsistencia.19
La miseria generalizada por sí sola no provoca necesariamente agitación social ni
amenaza el status quo, pero sí atemoriza a quienes detentan el poder, especialmente a
aquellos que lo han alcanzado recientemente. Los políticos que ocuparon cargos en
1946 eran hombres que estaban en la cuerda floja entre su actual "respetabilidad”
profesional y un pasado no muy distante de provincianos pequeño burgueses, salvados
providencialmente de un destino rústico gracias a las becas y el apoyo de su partido.
A medida que examinaban su entorno, los políticos del sector intermedio proyectaban
su temor a la agitación y los disturbios sociales y económicos sobre los potenciales
instigadores y elementos “comunistas” que suponían empeñados
em en infiltrar y sub­
vertir a las masas antioqueñas.

La impresión de que un levantamiento radical sería inminente fue confirmada


por los conservadores antioqueños y por algunos liberales de la elite cuando el
líder liberal disidente, Jorge Eliéccr Gaitán, obtuvo en las elecciones presidenciales
de 1946, el apoyo electoral de los trabajadores de las minas, los puertos y el
petróleo en pueblos periféricos como Zaragoza, Caucasia y Puerto Bcrrío.Tres de
los sindicatos más militantes de la CTC f los sindicatos de trabajadores del petró­
leo, las minas, y los puertos y el transporte fluvial) tenían sus bases en pueblos
donde Gaitán ganó entre un 32% y un 59% de los votos.20 Las zonas que apoya­
ron a Gaitán coincidieron con aquellas golpeadas más duramente por los cambios
económicos de la década precedente. En Antioquia, el empleo en las minas dismi­
nuyó casi un 50% entre 1938 y 1951, y durante los mismos años desaparecieron

79
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

más de doscientos mil empleos agrícolas.21 Además, los conflictos entre colonos y terra­
tenientes, que habían dado lugar a la expulsión violenta de cientos de campesinos en la
década de los años 30 y a comienzos de los 40, ocurrieron precisamente en los munici­
pios donde los movimientos políticos disidentes o radicales gozaban del mayor apoyo.

Las implicaciones de una intersección entre trabajadores movilizados y colonos,


poruña parte, y un vibrante líder político disidente en un momento de incertidumbre
y cambio histórico, por otra, no fueron desperdiciadas en los ansiosos observadores
conservadores. Los seguidores de Gaitán a lo largo del río Magdalena fueron
mucho más militantes y estaban mejor organizados que los trabajadores del sector
industrial en Medellín, y como tal, no eran necesariamente indicadores confiables
de la presencia de estratos subversivos en el seno de la clase obrera antioqueña.
Pero la provocación de los trabajadores de las zonas periféricas en los años 40
sirvió para proveer un foco tangible a las terribles advertencias de Laureano Gómez
de una inminente amenaza de la izquierda. Aunque algunos conservadores antioqueños
sensatos reconocieron las difíciles condiciones económicas que caracterizaban las
vidas de los trabajadores urbanos y rurales del departamento y respondieron al descon­
tento con propuestas de reforma, para la mayoría de los políticos recién elegidos, la
represión y la acusación de ser comunistas resultaron opciones políticas más expeditas.
Estos últimos explotaron las ansiedades locales de un mayor descenso económico,
incitaron a pelear a los trabajadores industriales urbanos “responsables” —muchos
de los cuales estaban afiliados a la Unión de Trabajadores Antioqueños (UTRA.N),
guiada por los jesuítas— contra sus homólogos "revolucionarios" afiliados a la
CTC, e invocaron la necesidad de defender a Dios y la nación de la revolución. Estos
clamores viscerales fueron utilizados, a su vez, para justificar, además del despliegue
de coerción contra los votantes liberales recalcitrantes, el acoso y la destitución de
los miembros de la oposición de los cargos públicos.

El ascenso del sector intermedio al poder

Los gobernadores y sus subalternos administrativos jugaron un papel de ex­


traordinaria importancia en el fomento de la violencia partidista en Antioquia entre

80

i
CAPÍTULO I La Vw*fx.iArnMri»ii><vr*íMM *•■»*»•* ««ujuax

1946 y 1949. Su poder de nombrar alcaldes municipales, policías departamentales


y juntas directivas regionales de obras públicas, contratistas, inspectores y superviso­
res, garantizó que el jefe departamental y sus copartidarios pudieran alterar seriamente
la conducta del gobierno municipal mediante el nombramiento calculado de selectos
seguidores fieles en cargos oficiales locales. Mariano Ospina Pérez nombró dos clases
de conservadores como gobernadores de Antioquia entre 1946 y 1950: moderados
como Fernando Gómez Martínez, y otros más intransigentes, ya fuera afiliados abier­
tamente con Gómez o simpatizantes como José María Bernal, Eduardo Berrío González
y Dionisio Arango Fcrrer. El carácter y las simpatías políticas de estos hombres marcaron
la política departamental y el desarrollo de la Violencia de importantes maneras.

José María Bernal fue el primer gobernador nombrado por Ospina y desempeñó
su caigo desde agosto de 1946 hasta noviembre de 1947. Ingeniero y hombre de
negocios, Bernal ocupó una cierta posición intermedia entre el liderazgo burgués tra­
dicional de Antioquia y la clase política conservadora profesional y emergente. Era
un ardiente católico y un conservador con tendencia a la derecha, pero no se definió
explícitamente como seguidor de Laureano Gómez o laurcanista. Bernal y Eduardo
Berrío, su elegido para el cargo de secretario de gobierno, habían estudiado en San
Ignacio, el colegio jesuíta para varones, habían participado en Acción Católica, contri­
buido al periódico La Defensa y trabajado juntos en varias ocasiones en el sector
privado.22 Ambos compartían un interés en consolidar sus carreras políticas, restaurar
la fortaleza electoral del Partido Conservador en el departamento y volver a controlar
la repartición de cargos oficiales y las oportunidades electorales monopolizadas por la
oposición liberal durante los 16 años anteriores.

El gobernador utilizó los meses transcurridos entre la posesión de Ospina y las


elecciones municipales y departamentales programadas para marzo y octubre de 1947,
para registrar votantes, nombrar conservadores confiables en cargos departamentales
clave y reorganizar gradualmente la distribución del empleo en los municipios
antioqueños de más fácil dominio.23 Los pueblos que sufrieron los primeros incidentes
de violencia partidista Rieron, por tanto, aquellos donde predominaban los votantes
conservadores o donde la política era reñida (es decir, pueblos en que no existía una

81
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

clara mayoría de uno u otro partido). Estos pueblos estaban concentrados en la zona
cafetera, en el cinturón industrial alrededor de Medellín y en el norte, el oriente y el
occidente (Véase mapa 6).24 Numerosos factores influyeron en la elección de los
municipios, sesgada a “conservatizar” por el gobernador y sus seguidores. Los más
dados a ser blanco eran densamente poblados y, en comparación con otras partes de
Antioquia, poseían una riqueza considerable. Después de Medellín, estos munici­
pios daban cuenta del segundo porcentaje más alto de gastos del presupuesto
departamental, subsidios nacionales y préstamos.25 El poder o potencial econó­
mico se manifestaba mediante la existencia de lucrativos contratos de obras públicas
para construir carreteras, alcantarillados, acueductos, escuelas y hospitales y consti­
tuía una fuente importante de contratación clicntclista (Véase apéndice B.I.). Estos
pueblos también estaban bien integrados al sistema partidista mediante comités muni­
cipales y la presencia de representantes del Estado como alcaldes, inspectores de poli­
cía y jueces. A diferencia de los municipios periféricos, donde la presencia del Estado
departamental era débil y el nivel de integración entre los gobiernos departamental y
local era tenue, la centralidad de los municipios nucleares garantizaba que ya estuvieran
instituidas las estructuras a través de las cuales se pudiera ejercer la influencia política.
Finalmente, los más radicales del departamento eligieron como blanco de la intimida-
a’ón electoral las áreas donde el Partido Conservador tuviera una presencia significativa.
La ventaja numérica partidista se utilizó entonces para presionar con eficacia y someter a
los municipios adyacentes con mayorías liberales donde el número de votantes conserva­
dores, por sí solo, habría sido insuficiente para alterar la marea electoral (Véase tabla I).

Las autoridades conservadoras evitaron las tentativas directas de reducir el poder


electoral de la oposición en los pueblos mayoritariamente liberales como Santa Bárba­
ra, Amaga, Venecia o Angelópolis, en la zona cafetera del suroeste. En lugar de ello, se
concentraron en convertir al conservatismo, los pueblos alrededor de dichos bastiones
liberales mediante una estrategia de acoso transmunicipal intermitente.26 La policía y los
alcaldes les quitaban a los ciudadanos sus cédulas, sin las cuales no podían
votar; impedían físicamente que los ciudadanos se acercaran a las mesas de
registro instaladas durante los meses inmediatamente anteriores a las elecciones, y
acosaban a la oposición con muestras de abuso verbal y físico. Una vez conducidos a

82

1
Capitulo I

--------------------- ■'*"

Itujngu

Sanjerói.mmo
Urrao
Bello

Envigado

Bolhar redoma

Mapa 6. Violencia electoral, 1947 (Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi y Colombia, Departa­
mento Administrativo Nacional de Estadística).

la órbita de la influencia conservadora, pueblos como Caramanta —desventajosamente


limítrofe con pueblos totalmente conservadores comoTámesis y Jardín—oPucblorrico
—atrapado entre pueblos de mayoría conservadora como Andes y Jcricó— se volvieron
puntos de despliegue para ejercer la presión política contra los pueblos con mayorías
liberales, como Tarso y Amaga. Los pueblos más cercanos a las áreas de dominio liberal
sólido que Rieron gradualmente convertidos al conservatismo entre 1947 y 1949, a su
vez, Rieron utilizados más adelante para extender el radio del control conservador
entre 1950 y 1953.27

83
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

clara mayoría de uno u otro partido). Estos pueblos estaban concentrados en la zona
cafetera, en el cinturón industrial alrededor de Medellín y en el norte, el oriente y el
occidente (Véase mapa 6).24 Numerosos factores influyeron en la elección de los
municipios, sesgada a “conservatizar" por el gobernador y sus seguidores. Los más
dados a ser blanco eran densamente poblados y, en comparación con otras partes de
Antioquia, poseían una riqueza considerable. Después de Medellín, estos munici­
pios daban cuenta del segundo porcentaje más alto de gastos del presupuesto
departamental, subsidios nacionales y préstamos.25 El poder o potencial econó­
mico se manifestaba mediante la existencia de lucrativos contratos de obras públicas
para construir carreteras, alcantarillados, acueductos, escuelas y hospitales y consti­
tuía una fuente importante de contratación clientclista (Véase apéndice B.I.). Estos
pueblos también estaban bien integrados al sistema partidista mediante comités muni­
cipales y la presencia de representantes del Estado como alcaldes, inspectores de poli­
cía y jueces. A diferencia de los municipios periféricos, donde la presencia del Estado
departamental era débil y el nivel de integración entre los gobiernos departamental y
local era tenue, la centralidad de los municipios nucleares garantizaba que ya estuvieran
instituidas las estructuras a través de las cuales se pudiera ejercer la influencia política.
Finalmente, los más radicales del departamento eligieron como blanco de la intimida­
ción electoral las áreas donde el Partido Conservador tuviera una presencia significativa.
La ventaja numérica partidista se utilizó entonces para presionar con eficacia y someter a
los municipios adyacentes con mayorías liberales donde el número de votantes conserva­
dores, por sí solo, habría sido insuficiente para alterar la marea electoral (Vcase tabla I).

Las autoridades conservadoras evitaron las tentativas directas de reducir el poder


electoral de la oposición en los pueblos mayoritariamente liberales como Santa Bárba­
ra, Amaga, Venecia o Angelópolis, en la zona cafetera del suroeste. En lugar de ello, se
concentraron en convertir al conservatismo, los pueblos alrededor de dichos bastiones
liberales mediante una estrategia de acoso transmunicipal intermitente.26 La policía y los
alcaldes les quitaban a los ciudadanos sus cédulas, sin las cuales no podían
votar; impedían físicamente que los ciudadanos se acercaran a las mesas de
registro instaladas durante los meses inmediatamente anteriores a las elecciones, y
acosaban a la oposición con muestras de abuso verbal y físico. Una vez conducidos a

82
Capítulo 1 lav*<imhi*. MimihviMmuMM’iMtii*»)'.

Mapa 6. Violencia electoral, 1947 (Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi y Colombia, Departa-
mento Administrativo Nacional de Estadística). ____________________________

la órbita de la influencia conservadora, pueblos como Caramanta —desventajosamente


limítrofe con pueblos totalmente conservadores comoTámcsis y Jardín—o Pueblorrico
—atrapado entre pueblos de mayoría conservadora como Andes y Jericó— se volvieron
puntos de despliegue para ejercer la presión política contra los pueblos con mayorías
liberales, como Tarso y Amaga. Los pueblos más cercanos a las áreas de dominio liberal
sólido que fueron gradualmente convertidos al conscrvatismo entre 1947 y 1949, a su
vez, Rieron utilizados más adelante para extender el radio del control conservador
entre 1950 y 1953.27

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A Sangre Y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Tabla 1. Tendencias políticas de los municipios con violencia electoral.

Elecciones pira Asamblea Departamental, 16 de marzo de 1947

Municipio Región Tendencia política* Liberales Disidentes Conservadores


liberales
Santo Domingo Oriente Conservador 353 ______ 166 1.428
Jericó______ Suroeste Conservador 327 ______ 185 1.918
Huango_____ Norte Conservador 203 ______ 585 2.112
Amaga_____ Suroeste Liberal 1.080 ______ 278 738
Yolombó Nordeste Liberal 876 ______ 694 1.551
Segovia_____ Nordeste Liberal 514 468 339
Pueblorrico Suroeste Liberal 403 ______ 439 760
Ebejicó_____ Central Liberal 242 ______ 982 314
Olaya______ Occidente Liberal _32 ______ 132 170
Itagüí_______ Central Reñida 1.132 _______ 47 753
Bello______ _ Central Reñida 1.382 ______ 134 1.240
Fredonia_____ Suroeste Reñida 1.728 403 1.649
Envigado Central Reñida 1.383 ______ 538 1.762
Sopetrán_____ Occidente Reñida 566 ______ 329 852
Valdivia_____ Norte Reñida 487 474 936
Maceo______ Magdalena Reñida 238 ______ 426 607
Bolívar______ Suroeste Reñida 510 1.162 1.594
Andes_______ Suroeste Reñida 643 1.676 2.567
Caramanta Sur Reñida 34 747 863

(Fuente: Colombia, DAÑE, Anuario Estadístico de Antioquia, Años 1947, 1948, 1949, Apéndice 2/4
“Estadística electoral")
* Basada en patrones de votación anteriores a 1946.

El uso cuidadosamente calculado de tácticas oficiales de amcdrcntación por


los empleados públicos y miembros del Partido Conservador departamental, en
los pueblos donde el partido ya tenía alguna base de apoyo, fracasó inicialmcnte
en su intento por lograr la abrumadora victoria de los conservadores locales. De
los 19 pueblos que reportaron violencia electoral en 1947, seis eran (o habían
sido hasta 1946) sólidamente liberales, diez eran (o habían sido hasta 1946)
reñidos y tres eran sólidamente conservadores. En seis de los 19 se registraron
votaciones considerables por Gaitán en las elecciones para la Asamblea, en marzo
de 1947, a pesar del repetido acoso por parte de funcionarios del gobierno, mien­
tras que en dos pueblos donde no había habido votos por Gaitán en marzo, se
registraron votos en favor de los gaitanistas en las elecciones para el Concejo
Municipal de octubre de 1947.2H Los mineros y obreros de carreteras, quienes cons-

84
Capítulo 1 L*Vrw«un<MiHu«n* »m

tituían una presencia importante en los lugares donde el apoyo a Gaitán era
estadísticamente considerable, conformaron la vanguardia de la resistencia liberal a
la intimidación electoral conservadora en muchos de los pueblos mencionados.
La votación a favor de Gaitán también fue mucho mayor en los pueblos de mayo­
ría conservadora que en el resto de los municipios antioqueños, incluidos aquellos
donde predominaban los liberales.29 De hecho, donde los conservadores eran cla-
ramente una mayoría, los liberales relegados a la posición minoritaria votaron
masivamente por Gaitán, lo cual representa un evidente acto de protesta y resisten­
cia contra el gobierno departamental y, en algunos casos, contra las políticas del
Directorio Liberal oficial y su junta directiva liderada por miembros de la elite
departamental. En Abcjorral, por ejemplo, donde los conservadores habían domi­
nado históricamente las elecciones locales y donde la presión electoral hizo poco
para aumentar la ventaja conservadora ya consolidada, los liberales no obstante le
dieron un 88% de sus votos a Gaitán en las elecciones para la Asamblea departa­
mental, en marzo de 1947, y en Cocorná —igualmente conservador—un 92% de
los votos liberales también favorecieron a Gaitán. Todos los habitantes liberales de
Toledo, en el norte del departamento, quienes constituían tan sólo un 21% del
electorado de su pueblo, votaron por Gaitán (Véase tabla 2).

Los resultados de las elecciones de marzo de 1947 significaron una desilusión


para los conservadores más radicales. Los conservadores obtuvieron mayorías con
gran facilidad en partes del suroeste antioqueño desde Andes hasta Jcricó, Támesis,
Pueblorrico y Amagá, pero fracasaron rotundamente en su intención de acabar con
el control liberal en la mayoría de los pueblos históricamente liberales. Aunque el
acoso redujo los resultados liberales en toda la región, solamente cuatro pueblos
donde los liberales tenían o habían tenido una presencia importante antes de 1946
—Olaya, Pueblorrico, Tarso y Yolombó— fueron totalmente "conservatizados”.30

Si bien los intentos de los conservadores antioqueños de utilizar fuerzas oficiales


en su búsqueda del dominio electoral produjeron resultados poco notables, individuos
como José María Bcrnal o Eduardo Berrío González continuaron desplegando a la
fuerza pública con fines partidistas. En efecto, los primeros casos de violencia local en

85
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Tabla 2. Municipios conservadores con alta votación liberal disidente.

Elecciones para Asamblea Departamental, 16 de marzo de 1947

Ijbm/ei Gaitan'utai Cotisemtdorts Porcentaje


Municipio Región Número % Número % Número % gaitanista del
total liberal
Cocomá Oriente 11 1 121 6 1.810 93 92
Guatapé Oriente 2 0 40 8 465 92 95
Angostura Norte 21 2 96 7 1.244 91 82
Narifio Sur 2 0 255 14 1.615 86 99
Peñol
Campamento
Yarumal
Oriente
Norte
Norte
19
30
55
i1
177
136
610
14
13
16
1.113
851
3.185
85
84
83
90
82
92
Toledo Norte 0 _0_ 123 18 577 82 100
Liborina Occidente 35 _2_ 293 21 1.087 77 89
huango Norte 203 7_ 585 20 2.112 73 74
Abejorral Sur 125 4_ 878 27 2.212 69 88
Anón Nordeste 24 2 359 32 741 66 94

(Fuente: Colombia, DAÑE, Anuario Estadístico de Antioquia, Años 1947, 1948, 1949, Apéndice 2/4,
“Estadística Electoral”)

Antioquia surgieron como consecuencia directa del acoso ejercido por el Estado y no
a causa de las divisiones entre los miembros locales de ambos partidos. El Comité
del Partido Liberal de Caramanta —que antes de la llegada del Partido Conservador
al poder en 1946 se ufanaba de tener una pequeña mayoría liberal— fue el primer
pueblo en acusar a las autoridades departamentales de instigar la violencia parti­
dista local. El gobernador había reemplazado al alcalde, nativo de Caramanta, por
un conservador oriundo de otro municipio antioqueño, a quien utilizó para asegurar
una victoria electoral para el partido de gobierno. Al ser confrontado con el redamo
de Caramanta, el gobernador respondió que su reemplazo del alcalde liberal oriundo
de Caramanta por un conservador no nativo había sido “un asunto puramente ad­
ministrativo” y mordazmente les recordó a los liberales locales que al determinarse
los nombramientos "no existen conservadores ni liberales, sino únicamente ciuda­
danos".'1 Sin embargo, como se hizo evidente rápidamente, el derecho a controlar
la contratación del Estado y a moldear los nombramientos locales estaba sumamen-

86

i
CAPÍTULO 1

te influido por consideraciones partidistas y personales, como también lo estaba la


respuesta del gobierno departamental cuando atendía las quejas municipales relativas
a la violencia promovida por empleados públicos o por las políticas oficiales del
departamento.
Por ejemplo, los liberales ricos de Titiribí, otro pueblo cafetero donde se concentraban
algunas de Las haciendas cafeteras más grandes de la región, se quejaron reiteradamente al
gobernador, a causa de las disputas surgidas a partir de las elecciones para el Conce­
jo Municipal en 1947.'2 Les advirtieron a las autoridades departamentales en Medellín
que si se permitía que las tensiones partidistas continuaran pasando desapercibidas, provo­
carían una reacción violenta que tendría serias consecuencias económicas para La totalidad
de la región. Cuando el gobernador Bcrnal ignoró las quejas deTitiribí, los miembros de la
élite local simplemente pasaron por alto al gobernador y se dirigieron directamente al
presidente. Apelaron a Ospina Pérez como hijo nativo de la elite antioqueña y anterior­
mente un hombre de negocios, quien, como ellos mismos, podría apreciar las peligrosas
consecuencias económicas de utilizar a los oficiales del Estado para promover una polí­
tica partidista. Alarmado, tal como se esperaba, el presidente presionó al gobernador de
Antioquia para que detuviera el acoso contra los votantes liberales deTitiribí.1'

Las reacciones locales a la intimidación electoral autorizada oficialmente y la


respuesta del gobierno departamental a las quejas locales se cruzaron cada vez
más con las viejas tensiones entre los habitantes locales y departamentales con
respecto a la centralización y usurpación del poder por parte del Estado departa­
mental. La manera en que los gobiernos departamental y central eligieron reaccionar
a las quejas de violencia —como las presentadas por los propietarios liberales de
Titiribí— hizo aflorar las tensiones latentes entre los partidos en Antioquia. En el
caso de Titiribí, por ejemplo, el presidente compartía los mismos prejuicios que los
cafeteros locales. Tal como ellos, se opuso al uso de violencia de motivación parti­
dista que pudiera afectar las fortunas de la elite o poner en peligro a un sector crucial
de la economía antioqueña. El gobernador, en contraste, tenía poco en común
con la elite del municipio y ubicó las posibles repercusiones económicas de las
políticas partidistas muy por debajo de su prioridad que —como individuo del

87
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

sector intermedio leal a su partido— era asegurar las victorias electorales con­
serradoras. El caso de Titiribí ilustra las diferencias intrínsecas surgidas durante la
Violencia entre una tradición política de élite regional que privilegiaba el desarrollo
económico por encima de las consideraciones partidistas y la política de inspiración
ideológica de los conservadores antioqueños del sector intermedio. Pero la experien­
cia de Titiribí también deja al desnudo la difícil relación entre el presidente y sus
subalternos departamentales del sector intermedio. Aunque la mediación directa del
presidente aseguró que se resarcieran los agravios de Titiribí, el recalcitrante goberna­
dor desautorizado por el presidente permaneció firmemente asentado en su cargo.

El año de 1947 no fue especialmente violento en Antioquia, pero lúe un año en el


que los municipios expresaron cada vez más su repudio a las políticas departamentales
orientadas a moldear la política electoral local y a determinar los nombramientos en
cargos públicos. Dos casos que involucran quejas locales de violencia partidista durante
el mismo año ilustran el carácter de los choques entre los municipios y el gobierno
departamental y la variedad de respuestas oficíales a los incidentes de agitación y
disturbios municipales. Dos meses después de que los liberales de Titiribí presen-
taran su queja, los pobladores de Cáceres —un pueblo fronterizo escasamente
habitado y predominantemente negro—, en la región del Bajo Cauca, también
reportaron incidentes de violencia motivada por diferencias partidistas, pero fue­
ron ignorados tanto por el gobierno departamental como por el central. Cáceres,
como Titiribí, era una población mayoritariamente liberal, pero a diferencia de
Titiribí o de otros pueblos cafeteros liberales del suroeste, los habitantes de Cáceres
poseían pocos medios para influir ya fuera en el gobierno departamental o en el
nacional. Los votantes de Cáceres eran pocos, mal organizados e históricamente
habían mostrado altas tasas de abstención electoral.34 Además, en Cáceres no
había hombres de negocios (como los cafeteros de la elite) que hubieran podido
influir en el gobierno central recurriendo a la mediación de una asociación priva­
da de productores que, a su vez, forzara a su favor la intervención departamental,
Así, cuando el gobernador Bernal nombró a un alcalde conservador en Cáceres y
provocó una indignación similar a la ocurrida en Caramanta y Titiribí, se ganó un

88

1
Capítulo I

leve regaño del gobierno central, pero éste no produjo ningún cambio en la polí­
tica departamental. El gobernador Bernal pudo y, de hecho, defendió su negativa
de reemplazar al ofensivo alcalde, desviando la culpa de la discriminación parti­
dista hacia la ubicación geográfica periférica del pueblo y la pobreza generalizada:
"No me empeño en sostener elementos ignorantes en las alcaldías”, respondió Bernal
sarcásticamente a una reprimenda del gobierno central, “la realidad es que para esos
sitios, climas y esos sueldos, no pueden conseguirse elementos muy capaces. La gober­
nación quisiera enviar todo un alcalde, pero no puede sino enviar 180 pesos de
alcalde”.'5
La violencia que tuvo lugar en los pueblos de importancia económica donde
los conservadores eran numerosos, a su vez, provocó una respuesta bien distinta
de los gobiernos central y departamental. ’6 Fredonia, en el suroeste, producía el
mayor volumen de café en Antioquia. El ferrocarril departamental contaba con
una costosa troncal, entre Mcdcllín y el municipio, exclusiva para servir a las
haciendas cafeteras y ganaderas de los miembros de la burguesía regional. Fredonia,
dividido equitativamente entre los votantes liberales y conservadores, tendía a otor­
garle una pequeña mayoría local al partido que estuviera en el poder en Bogotá?7
Sin embargo, en 1947, los liberales dominaban el Concejo Municipal y por voto
decidían los salarios y controlaban el nombramiento de varios funcionarios gu­
bernamentales locales y de la policía. Cuando el gobernador Bernal nombró a un
alcalde conservador para asegurar el regreso de Fredonia a la mayoría conservadora
en las elecciones de 1947, el Concejo se negó a cooperar con él. De hecho, la policía,
contratada por el Concejo, impidió el intento del alcalde de usurpar la autoridad al
Concejo y le disparó a un líder conservador que intercedía por el alcalde.

Inmediatamente, varios miembros de una influyente familia política conser­


vadora y otros políticos regionales que ocupaban altos cargos se movilizaron con
el fin de persuadir al gobernador con respecto a la severidad de la amenaza al orden
público que se presentaba en Fredonia.38 El gobernador Bernal desplegó rápida­
mente a 10 guardias departamentales y un teniente de policía para restablecer la paz
en el municipio, pero la intervención de la policía departamental desató una confron-

89
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

ración que dejó siete heridos de gravedad y a un miembro del Directorio Conservador
de Antioquia muerto. El gobernador, el presidente de Colombia y los funcionarios
municipales de Frcdonia intercambiaron una lluvia de telegramas. Tanto el periódico
conservador de Bogotá, El Siglo, como el liberal, El Tiempo, informaron extensamente
sobre lo ocurrido en Frcdonia y, en respuesta a las críticas de mal manejo gubernamental
expresadas en ambos periódicos, el gobernador le presentó su renuncia al presidente.

La dolencia en Frcdonia provocó una respuesta del gobernador y del presidente


que no había tenido la violencia partidista que afectaba los intereses de la élite liberal
cnTitmbi y Caramanta. La voluntad del gobernador, tan desafiante en otras circuns­
tancias, de renunciar a su cargo cuando se determinó que la violencia de Fredonia había
sido, al menos en parte, responsabilidad suya es testimonio de la mayor influencia que
ejercían los intereses de la elite conservadora tanto en el gobierno departamental como
en el nacional. Pero estos casos también señalan la importancia de mecanismos
institucionales bien establecidos para garantizar el continuo fluir de la responsabilidad
y el poder eníre las autoridades departamentales y municipales. A pesar de las diferen­
cias en su composición partidista, las experiencias de Fredonia y Titiribí fueron típicas
de la trayectoria de la violencia partidista en los sectores de poblamiento tradicional o
nuclear como la zona cafetera antioqueña. El efecto combinado de los intereses
económicos estratégicos y las redes de influencia política permitió que los ciuda­
danos presionaran al gobierno departamental o al central para que tomara en serio
sus preocupaciones sin tener en cuenta su afiliación política. En contraste, tanto el
gobierno departamental como el nacional ignoraron las quejas locales de violencia
partidista ocurrida en Cáceres. Además de ser abrumadoramente liberal, Cáceres no
tenía los medios para movilizar una protesta colectiva contra el Estado, de tal manera
que garantizara una mínima receptividad. Tenía valor económico, pero sus riquezas
estaban en manos de terratenientes ausentes o de intereses mineros extranjeros, mien­
tras aquellos que habitaban en el pueblo carecían de intermediarios institucionales e
infraestructura política para hacer que sus agravios fueran tenidos en cuenta.

En consecuencia, las decisiones tomadas para resolver los incidentes de violen­


cia en los municipios antioqueños se basaron, al menos parcialmente, en factores

90

I
Capítulo I LaVuíihuinmiuhm

que trascendían la composición partidista del electorado de un municipio en par­


ticular. Más que el hecho de ser un pueblo liberal o conservador, la ubicación y
composición (tanto étnica como partidista), así como la presencia de poderosos
hombres de negocios cuyos intereses no estaban en condiciones de ignorar ni el
gobierno departamental ni el nacional, determinaron las respuestas oficiales a los
incidentes locales de violencia. Estas consideraciones se convirtieron en un factor
importante para determinar la razón por la cual la violencia partidista evolucionó
de maneras fundamentalmente distintas en los pueblos con una mayoría liberal.

La violencia por otros medios: La sustitución de los liberales en los concejos


directivos públicos
El esfuerzo en aras de lograr las victorias electorales para el Partido Conservador
en 1947 fue acompañado por un intento concertado de desalojar a la oposición
liberal de su posición dominante en los cargos del sector público. Los conserva­
dores del sector intermedio también trataron de alterar la composición de las
entidades cruciales, como los cuerpos asesores municipales y varias juntas adminis­
trativas departamentales que regulaban las licitaciones, la contratación y la inversión
en obras públicas. En términos electorales, estaba en juego el control de una porción
cada vez más lucrativa e importante del patrocinio estatal.

Los comités conservadores municipales en lugares como Bello —municipio


ubicado dentro del área metropolitana de Mcdcllín, que era densamente poblado
y en el cual ejercía una fuerte presencia la industria y la clase obrera— fueron los
primeros en intentar usar el ascenso de su partido a la autoridad departamental para
buscar el control de los puestos y los dineros públicos. Los miembros del Comité
Conservador de Bello exigieron que el gobernador del departamento intercediera
y manejara la elección al Concejo de la Cooperativa de Municipios con el fin de
garantizar una mayoría de representantes conservadores. El control mayoritario
del Concejo permitiría finalmente que los políticos conservadores locales usurpa­
ran y contaran con cargos estatales y contratos que durante mucho tiempo habían
sido dominados por miembros de la oposición. Un año más tarde, en 1948, los con-

91
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

serradores locales felicitaron al gobernador por haber "climinadjo] una rosca nefanda
que se había entronizado en La cooperativa, por el Concejo de Administración, la cual
se valía de esa posición para hacer una política odiosa y exclusivista, abusando con los
fondos de los socios".39 La manipulación subrepticia del gobernador de las elecciones
para el Concejo de Cooperativas de Envigado, otro importante pueblo industrial con
mayoría liberal, también logró garantizarles a los conservadores locales una ventaja
sobre la oposición. Los miembros del Concejo recién elegidos cortaron rápidamente el
acceso a los fondos c interrumpieron importantes contratos de obras públicas que ya
estaban en proceso y que habrían beneficiado a contratistas y trabajadores liberales.40

Los gobernadores también intervinieron durante la Violencia para reorganizar


la composición de los juntas administrativas que regían los ferrocarriles, la aduana,
los caminos, las obras públicas y el Instituto del Seguro Social, aunque estas
intromisiones cuyo blanco eran los miembros de la elite de la oposición en ocasiones
resultaron difíciles de lograr. Sólo un cataclismo como la muerte de Gaitán permitió al
gobernador Dionisio Arango Ferrer librarse finalmente de la presencia del capitán
Julián Uribe Gavina, líder antioqueño del Partido Liberal, ex-gobernador del departa­
mento y presidente del comité regional de la Federación Nacional de Cafeteros, el cual
ocupaba un cargo en la poderosa Junta de Rentas de Antioquia.41 Aun así, no fue fácil
retirar a Uribe Gavina. Pocos días después de su despido, el ministro de gobierno,
Darío Echandía, se quejó formalmente de que dichas sustituciones injustificadas eran
ilegales y exigió la restitución de Uribe Gaviria. Pero el gobernador de Antioquia
defendió sus acciones invocando la Ley 60 de 1930, según la cual, los funcionarios
departamentales —entre quienes estaban los miembros de la Junta de Rentas—, no
podían ocupar simultáneamente cargos en un partido y añadió que, en todo caso, los
liberales seguían teniendo representación en la Junta.42 La acción del gobernador se
sostuvo y el gobierno nacional se vio obligado a retractarse, lo que sería La primera de
muchas confrontaciones decisivas entre las autoridades departamentales y nacionales a
propósito de nombramientos y poderes administrativos.

Si bien es cierto que durante la Violencia se ejerció cierta protección con el fin
de impedir la subordinación del progreso material de la región a las excentricidades

92
CaPÍIWO I

de la competencia entre los partidos y limitar la destitución total de miembros de la


díte de los comités departamentales influyentes, también es cierto que a los traba­
jadores se les ofreció muy poca protección. En efecto, la mano de obra sindicalizada,
especialmente la empleada en el sector público, fue uno de los primeros sectores
de la población antioqueña en sentir el efecto de la violencia partidista ejercida
por el Estado en la región. Además de querer reemplazar a los trabajadores liberales
por conservadores, los conservadores más radicales también hicieron blanco del
acoso a los trabajadores del sector público con el fin de aplastar a ciertos sindicatos,
especialmente aquellos afiliados a la CTC en Antioquia, como el sindicato de em­
pleados municipales, los mineros, los trabajadores de carreteras, los ferrocarriles, los
servicios públicos, el petróleo y los puertos.45

Los ataques conservadores a las cúpulas comunista y gaitanista, así como a los
militantes que conformaban la CTC, inicialmcnte tuvieron poca resistencia de los
antioqueños adinerados, incluidos aquellos que le profesaban lealtad al Partido
Liberal. Desde los días de la primera administración de Alfonso López Pumarejo
(1934-38), la burguesía regional había hecho explícita su poca simpatía por la
mano de obra sindicalizada en general, pero especialmente por los llamados “agi­
tadores" y "comunistas”. De hecho, cuando el presidente interino, Alberto Lleras,
reprimió drásticamente al Sindicato de Trabajadores Portuarios del Magdalena
(FEDENAL), en 1945, y reemplazó a 1.080 miembros del sindicato por obreros
que trabajaran durante las huelgas, los hombres de negocios antioqueños aplau­
dieron.44 En las filas liberales, la oposición más seria a las medidas de López
Pumarejo —a favor de los trabajadores— provino, de hecho, de los comerciantes
e industriales antioqueños. Así, cuando el conservador Mariano Ospina Pérez le
dio un duro golpe a la influencia de la CTC mediante el reconocimiento legal de la
Unión de Trabajadores de Colombia (UTC) —la opositora federación sindicalista
nacional inspirada en el catolicismo—, sus acciones provocaron muy poca oposición
de los patrones antioqueños de todas las afiliaciones políticas. Después de todo,
era en Antioquia, el principal centro industrial y minero del país, donde los segui­
dores regionales del líder liberal disidente Jorge Eliécer Gaitán, por muchos años,

93
A Sangre Y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

se habían lamentado de que ‘‘estafba] concentrado todo el poder oligárquico” en


Colombia?5 La burguesía antioqueña se oponía incluso a los intentos modestos
de exigir a los patrones aumentar su exigua contribución al Instituto del Seguro
Social, insistiendo en que cualquier expansión del poder burocrático del Estado
central constituía una tentativa inconstitucional de disminuir o arrebatar el poder
de determinar la política social de manos privadas y departamentales.

Los sectores sindicalistas más militantes de Antioquia, por tanto, previeron


que el ascenso de Ospina y sus seguidores a los cargos de poder intensificaría las
reacciones del Estado a la agitación sindicalista. Y no se equivocaban. Poco tiem­
po después de la posesión del presidente y de su anuncio de que José María Bernal
sería nombrado gobernador de Antioquia, los sindicatos regionales iniciaron una
oleada de huelgas para protestar por las condiciones laborales de los trabajadores
de las compañías mineras extranjeras y el aumento del costo de la vida. Los traba­
jadores rasos del petróleo, empleados por Shelly TropicalOilcn Remedios (Antioquia)
y en Barrancabermeja (Santander) y afiliados al Sindicato Colombiano de Trabajadores
del Petróleo, se declararon en huelga en octubre y noviembre de 1946, al tiempo que
la Federación de Trabajadores Antioqueños (FEDETA), a la cual pertenecían los
empleados municipales, los maestros y los obreros de carreteras, amenazó con emitir
un pliego de exigencias si no se satisfacían las peticiones de los trabajadores de los
mataderos municipales. Además, a manera de protesta política contra la elite que
lideraba el Partido Liberal, los obreros de las minas, el petróleo y las carreteras
votaron mayoritariamente por los candidatos gaitanistas en pueblos como Betulia,
Caucasia, Dabeiba, Ebéjico, Peque, Remedios, Turbo, Segovia, Zaragoza, Titiribí y
Puerto Berrío en las elecciones de marzo de I947.46

Gaitán amenazó con convocar a una huelga general poco después de las elec­
ciones de marzo, si el gobierno central no respetaba las victorias liberales en las
elecciones de Asamblea y Congreso.47 En abril, la CTC votó para hacer realidad
la amenaza de Gaitán y se declaró en huelga para protestar por los despidos ilega­
les de miembros de los sindicatos y el uso de vigilancia y represión policial contra
los trabajadores. Pero los industriales de Medellín (de ambos partidos) y la Unión

94
Capítulo I L*vn»n«iAmMíiMiuN YrNimMi’wtHmHK.irAjav

de Trabajadores Antioqueños (LJTRAN) ■1 sindicato regional de inspiración ca-


tólica— se negaron a respaldar la huelga general, y Gaitán mismo, después de haber
convocado a la huelga, se negó a apoyar abiertamente a la CTC.48 En mayo, cuando
los trabajadores de los ferrocarriles participaron en la huelga general en protesta
por el creciente uso de violencia estatal contra los trabajadores, la disminución de
los salarios y el deterioro de las condiciones sociales, el gobierno departamental
declaró ilegal la huelga y aprovechó la oportunidad para despedir a los trabajadores
considerados "inconvenientes”.49

Está claro que los miembros de la CTC estuvieron entre los primeros objeti­
vos del ataque conservador, pero los únicos que consistentemente fueron blanco
del acoso y los despidos fueron los trabajadores municipales y ferrovarios, es
decir, los individuos con cargos que dependían del clientclismo político y cuyo
patrón era el Estado. A estos trabajadores fue a quienes los conservadores de la
administración departamental culparon por la incapacidad del partido de arreba­
tarle el control a ciertos concejos municipales estratégicos en las elecciones de 1947.
En contraste, el gobierno departamental fue mucho más prudente cuando sorteó
la situación con los trabajadores del petróleo y las minas, quienes no hacían parte
de las nóminas del clientclismo estatal. La reacción del gobernador a la agitación
y los disturbios laborales en el campamento de la Shell Oil en Casabe es un caso
ilustrativo. En agosto de 1947, la gerencia de la Shell telegrafió al gobernador
solicitándole de manera urgente 20 policías departamentales para proteger la com­
pañía de un levantamiento obrero que amenazaba con tomarse el campamento, pero
el gobierno departamental se negó insistiendo en que no sería apropiado defender a
una compañía extranjera en contra de trabajadores colombianos.50 Asumiendo una
postura nacionalista, el secretario de gobierno departamental, Eduardo Berrío, sugirió
que la compañía contratara policías fuera de servicio, tal como lo hacían otras compañías
extranjeras, en lugar de esperar que el gobierno departamental protegiera la seguridad de
laM51
Li respuesta del gobernador a la gerencia de la Shell no emanó de ningún tipo de
empatia personal por los trabajadores. De hecho, el gobernador ya los había ridiculizado

95
1

A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

más de una vez tildándolos de revolucionarios y comunistas. En lugar de ello, a Berrío le


preocupaba dar La apariencia de que el gobierno estuviera arrodillado ante la compañía,
al desplegar fuerzas departamentales para reprimir a los trabajadores, y tampoco quería
correr el riesgo de ser culpado por la posible escasez de combustible que pudiera
resultar de Las protestas obreras. La producción de petróleo en Antioquia se había tripli­
cado entre 1945 y 1947 y los ingresos generados por el impuesto obligatorio se usaban
para financiar proyectos de obras públicas en el departamento.52 El petróleo era, pues, un
bien estratégico demasiado lucrativo como pata que el gobierno departamental se arries­
gara a poner en peligro su producción, incluso si se involucraban principios ideológicos.
Al negarse a ofrecerle a la Shell la ayuda departamental solicitada, el gobernador
intentaba negociar con disimulo para persuadir a la gerencia de la empresa de la
sabiduría de abrir el empleo a los trabajadores conservadores y a la influencia política
conservadora en el campamento, al tiempo que evitaba dar la impresión de que el gobier­
no estuviera interfiriendo para beneficiar a una empresa extranjera.

El levantamiento obrero en Casabe provocó una ansiedad considerable entre


las autoridades departamentales antioqueñas, quienes a finales de 1947 se pre­
ocupaban cada vez más por la presencia de “provocadores” en las filas de la fuerza
laboral Pero las autoridades regionales canalizaron dichas preocupaciones hacia
los trabajadores del sector público, no hacia los mineros ni los trabajadores del
petróleo, quienes constituían las fuentes más probables de agitación. En conse­
cuencia, los gobiernos departamental y nacional se embarcaron en una serie de
medidas orientadas a restringir la movilidad laboral en Medellín y en otras áreas
donde existía una contundente presencia de empleados públicos.53 Entre otras tácti­
cas, las autoridades comisionaron investigaciones para medir la composición y las
simpatías partidistas de los trabajadores de los ferrocarriles, carreteras y los programas
de obras públicas municipales y, simultáneamente, aumentaron el número de guardias
que vigilaban los dormitorios de los empleados de los ferrocarriles. Las autoridades
regionales también impusieron toques de queda y autorizaron las requisas a los traba­
jadores sospechosos de portar armas o de participar en actividades “subversivas”. La
policía departamental, bajo la autoridad directa de la gobernación, surgió como el
medio preferido de represión oficial dirigida contra los trabajadores del sector

96

i
Capítulo 1 LAVMiMuisMmuwvmtm kmwr mui*»1»

público. Por ejemplo, esta policía departamental fue utilizada para aplastar la
huelga de los trabajadores ferroviarios en mayo de 1947.
El uso rutinario de policías para reprimir y acosar a los trabajadores no fue un
fenómeno introducido durante la Violencia, ni tampoco una táctica exclusiva de las
autoridades conservadoras antioqueñas, pero sin lugar a dudas escaló y provocó una
resistencia sin precedentes en las administraciones anteriores. Sin importar la afiliación
política, por ejemplo, las autoridades regionales anteriores habían adquirido el
hábito de desplegar agentes de policía para dispersar las huelgas y proteger la
propiedad privada contra los intereses de la fuerza laboral desde la década de
1910, lo cual había alimentado un sentido generalizado de hostilidad que databa
de varias décadas entre los trabajadores y la policía. Pero cuando la animosidad
entre los trabajadores y la policía adquirió matices partidistas, las tensiones entre
ambos grupos alcanzaron nuevas dimensiones. Finalmente, el asesinato de Gaitán,
en abril de 1948, empeoró las ya resquebrajadas relaciones entre los trabajadores y la
policía en Antioquia, sobre todo cuando aumentaron dramáticamente los ataques
dirigidos por los laurcanistas en puestos departamentales oficiales contra los traba­
jadores del sector público y a medida que se introdujeron nuevas formas de violencia
privada para complementar las actividades represivas de la policía contra los trabaja­
dores de los sectores público e industrial.

El fracaso de la conversión al conservatismo y la escalada de violencia

A pesar del uso autorizado oficialmente en el departamento del acoso contra


determinados trabajadores y pueblos liberales durante los dos primeros años del
mandato conservador en Antioquia, en la región hubo un número sorprendentemente
reducido de incidentes de violencia local. Muchos menos aún fueron reportados en
la prensa y la oficina del gobernador durante los seis meses transcurridos entre las
elecciones de octubre de 1947 y el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, en
abril de 1948. Sin embargo, el asesinato alteró la relativa calma del departamento.

Antes de su muerte, Gaitán no había gozado de gran popularidad en Antioquia.


A diferencia de ciudades como Bogotá o Cali, donde el apoyo a Gaitán había sido

97
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

considerable (alcanzó por ejemplo hasta un 50% del voto urbano), menos del 5%
del electorado de Mcdcllín o de Antioquia había votado por él en las elecciones
presidenciales de 1946. No obstante, para las elecciones parlamentarias de marzo
de 1947, el apoyo antioqueño al líder liberal disidente había empezado a aumen­
tar y varios seguidores de Gaitán obtuvieron escaños en el Concejo Municipal de
Medellín en las elecciones de octubre de 1947. Aun así, la limitada y selectiva
popularidad de Gaitán en toda Antioquia explica probablemente por que Mcdcllín,
así como la mayor parte del departamento, escapó de los efectos más destructivos de
la protesta popular que siguió a su asesinato. El principal blanco de la violencia
popular armada en Medellín fue el periódico conservador, La Defensa, el cual fue
incendiado como castigo por ser el cuartel general de los conservadores laurcanistas
y de extrema derecha, a quienes los sectores populares del Partido Liberal culpaban
tanto de la muerte de Gaitán como de la escalada general de la violencia partidista
en Colombia. Al compararse con los efectos de la ira popular en Bogotá, donde casi
la mitad del centro de la ciudad fue destruida en menos de 24 horas, el alcance de
los daños perpetrados en Medellín parece relativamente insignificante, a diferencia
de la reacción de las autoridades departamentales.

Un eminente abogado laborista de Medellín recuerda que después del asesinato


de Gaitán, "los activistas y líderes sindicales” y quienes "simpatizaban con la iz­
quierda” fueron “apresados de manera indiscriminada”.54 Al llenarse las celdas de
las prisiones de la ciudad, las autoridades se adueñaron de escuelas públicas y, una
vez agorado el espacio en ellas también, construyeron un campo de concentración
provisional en la plaza de toros de la ciudad. La mayoría de los retenidos eran
"empleados ferroviarios, especialmente aquellos que trabajaban en la línea que une a
Medellín con Puerto Berrío”.55 Las autoridades eligieron detener a aquellos pro­
venientes de zonas de Antioquia donde hubo manifestaciones violentas después del
asesinato de Gaitán y donde, en algunos casos, juntas revolucionarias se habían
tomado el control de los gobiernos municipales. En estos pueblos, los mineros y los
trabajadores de los puertos, las carreteras y el sector petrolero constituían una
presencia demográfica y política importante. La mayoría, aunque no la totalidad,

98

I
Capítulo I.

de los sitios que sufrieron la violencia popular estaban ubicados en la periferia del
departamento. Los empleados ferroviarios de la línea Medellín-Puerto Berrío
surgieron como los conductos entre la rebelión rural y la urbana.

El asesinato de Gaitán se sintió con más fuerza en el municipio de Puerto


Berrío, en los campos petroleros de Yondó y Remedios, en los municipios del
suroeste como Andes, Bolívar, Anzá y Urrao, y en los pueblos del occidente como
Buriticá, Peque y Turbo.56 En todos estos pueblos había proyectos de obras públicas
que empleaban a trabajadores de carreteras y ferroviarios, y estos trabajadores
jugaron papeles importantes como líderes de protestas populares. En Puerto Berrío,
en Bolombolo, Vcnecia, y en el campamento petrolero de la Shell en Casabe hubo
incendios y asaltos a establecimientos comerciales y oficinas del gobierno como el
juzgado, la alcaldía y las oficinas de aduanas en los alrededores de la estación del tren.
En Dabeiba, Cáccrcs, Cisncros, Peque, Titiribí, Vcnecia, Fredonia, Concepción, Envi­
gado y Santo Domingo hubo intentos de actos de sedición. Seis de estos municipios
estaban ubicados en el suroeste y en el oriente cercano, no en la periferia, pero todos
se caracterizaban por la fuerte presencia de obreros sindicalizados, especialmente
aquellos empleados en obras públicas, el ferrocarril y las minas.57 Estos municipios
también eran sitios donde un sector significativo del electorado liberal había votado
por la lista gaitanista en las elecciones parlamentarias y para asamblea departamental
en octubre de 1947.

Bolívar, un municipio del suroeste, surgió como foco de la violencia. El


municipio había sido caracterizado por una ligera mayoría liberal hasta 1945,
pero se había convertido al conscrvaüismo durante el período entre las elecciones
para Concejo Municipal de octubre de 1945 y las presidenciales de 1946. Inmedia­
tamente después del asesinato de Gaitán, una de las primeras medidas propuestas
por el alcalde de Bolívar fue el derecho a sustituir a tres miembros de la CTC que
trabajaban en la cuadrilla de construcción de la carretera local, considerados “subver­
sivos”, por tres trabajadores conservadores. Al poco tiempo, conservadores locales le
ofrecieron al gobierno su asistencia con armas y vehículos para enfrentar los retos
planteados por los trabajadores alzados en armas.58 La presencia de conservadores

99
1

A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

voluntarios listos y dispuestos, así como la ubicación estratégica de Bolívar —su


proximidad tanto con el departamento de Chocó como con los trabajadores del
sector público en los municipios cercanos del suroeste—, lo convirtió en un lugar
ideal para la organización conservadora contrarrevolucionaria. Estas organizaciones
que incorporaban tanto a la policía local como a voluntarios civiles conservadores
("contrachusma”) Rieron desplegadas para reprimir los levantamientos liberales
en otras zonas. Por ejemplo, Bolombolo, una población en el municipio de Venccia,
donde los liberales eran poderosos y donde trabajaba y residía una gran concentra­
ción de choferes, trabajadores de carreteras y personal ferroviario, se convirtió en el
blanco inmediato de las cuadrillas conservadoras de Bolívar luego del asesinato de
Gaitán.59 Las fuerzas contrarrevolucionarias con base en Bolívar fueron enviadas a
sofocar los disturbios causados por los trabajadores de las carreteras de Quibdó y
Carmen del Atrato en el Chocó, cuando —en reacción al asesinato— se levantaron
en armas, secuestraron a ciudadanos antioqueños, destruyeron líneas del telégrafo
e impusieron a sus seguidores en cargos de obras públicas.60 Aunque el goberna­
dor Arango Ferrer autorizó la creación de cuerpos policiales civiles y les entregó
armas a voluntarios conservadores reclutados selectivamente en otras zonas del
departamento, Bolívar parece haber sido uno de los primeros territorios de prue­
ba en Antioquia de la recién creada “contrachusma”.61

Las secuelas del asesinato de Gaitán también se sintieron con agudeza en las
zonas donde había presencia de trabajadores militantes que no eran empleados ofi­
ciales. En efecto, estos trabajadores parecen haberse envalentonado a causa del breve
período en que los revolucionarios se tomaron los gobiernos municipales de ciertos
pueblos y del caos general causado por el asesinato de Gaitán. Los huelguistas pe­
troleros de la Shell en el campamento de Casabe utilizaron la excusa del desorden
público como ficha de negociación para exigir el derecho a determinar la afiliación
política de los candidatos a ocupar los cargos de inspector y juez, y como condición
para dejar las armas.62 Exigencias como ésta, acompañadas del uso o la amenaza
de violencia, alimentaron una creciente paranoia en el gobierno conservador. Las
autoridades departamentales y nacionales sospechaban que en todas partes se cons­
piraba para derrocar a los conservadores que ocupaban cargos públicos y que los

100

1
Capítulo I laVmmkuihMhwií»»

sindicalistas eran sus líderes. De allí que el gobernador telegrafiara en forma confi­
dencial una advertencia secreta a sus subalternos, instándolos a vigilar los explosivos, el
transporte, los sistemas de comunicación, las emisoras, los aeropuertos, las bodegas de
municiones, los acueductos, las plantas eléctricas, las reservas de combustible y los
oleoductos.63 Meses después del asesinato de Gaitán, el presidente Ospina Pérez con­
tinuó urgiendo a los gobernadores a mantenerse alerta ante la posibilidad de futuros
movimientos subversivos o de órdenes para que los afiliados de la CTC se declarasen
en huelga. También exhortó a los gobernadores a mantener un estrecho nivel de coor-
dinación con los comandantes militares locales con el fin de tener tropas estacionadas
oportunamente en las principales ciudades de provincia.'64

Aunque muy pocos trabajadores en Mcdcllín y su zona industrial inmediata se


movilizaron para protestar por el asesinato del líder político, las autoridades departa­
mentales aprovecharon la incidencia de protestas revolucionarias en otros pueblos
cruciales de Antioquia para justificar el acoso generalizado y el despido de empleados
y trabajadores oficiales en todo el departamento. Las autoridades conservadoras señala­
ban Las insurrecciones populares en ciertos municipios como evidencia incontrovertible
de un plan comunista, previsto desde hacía mucho tiempo, para asumir el control del
país. La fuerza de este argumento tuvo eco entre algunos miembros de la élite liberal
local, quienes en los años siguientes se refirieron a las explosiones populares de ira por
el asesinato de Gaitán como una “copiosa hemorragia criminal” que justificó el uso de
la represión.65 Después del asesinato de Gaitán, miembros de la oligarquía liberal de
Mcdcllín, como Carlos Uríbe Echcvcrri, por ejemplo, le brindaron su apoyo a Laureano
Gómez lamentando públicamente el no poder esperar sino un mínimo esfuerzo de su
propio partido por combatir el comunismo.66 Aunque los liberales de la élite no
respaldaron el uso de las políticas partidistas para discriminar a los miembros de su
propio partido, la represión dirigida por el Estado contra los sindicatos, especialmente
aquellos percibidos como inspirados por el comunismo, ciertamente gozó del respal­
do tácito de muchos miembros de la burguesía liberal antioqueña.

Ospina Pérez comprendió la naturaleza esencialmente conservadora de sus com­


patriotas de ambos partidos, así como la profunda ansiedad que les generaban las
movilizaciones populares de cualquier tipo, aunque puede haber subestimado el

101
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

temperamento colérico del hombre que escogió para restaurar el orden en su depar­
tamento natal. Con el fin de prevenir la expansión de la insurrección popular en
Antioquia, Mariano Ospina Pérez despertó a Dionisio Arango Ferrer a las 2 de la
madrugada del día siguiente al asesinato de Gaitán y lo nombró gobernador de
Antioquia.67 Miembro del grupo de políticos profesionales del sector intermedio
educado por los jesuítas, Arango Ferrer se había forjado gradualmente una repu­
tación de hombre eficaz para solucionar los problemas del Partido Conservador a
nivel departamental. Era el hombre a quien el partido recurría cuando los asuntos
de orden público alcanzaban proporciones alarmantes. Arango Ferrer, como otros
miembros del sector intermedio, se oponía al bipartidismo y no era renuente a usar
la fuerza para mantener el orden. Pero lo diferenciaba de los políticos más jóvenes
del sector intermedio —que lo rodearon en la burocracia regional, no sólo durante
su gobernación de 1948 sino también entre 1952 y 1953 cuando asumió nueva­
mente el caigo— su claro antagonismo con el populismo. Arango creía que sólo los
hombres ‘‘inteligentes’1 del partido podrían mantener a raya la insubordinación y
desconfiaba profundamente del pueblo.

Una hora después de ser convocado por el presidente, Dionisio Arango Ferrer
avanzó decididamente entre la multitud que se agolpaba en el Parque de Berrío para
recuperar la sede de la gobernación de manos de los que con desdén denominaba “la
plebe” e inmediatamente convocó a una reunión de conservadores “notables”.68
Convencido de que la agitación y los disturbios que habían rodeado al asesinato de
Gaitán eran el preludio de una toma “comunista” del poder, el grupo acordó no
reconocer ningún tipo de junta revolucionaria autonombrada que reclamara haber
depuesto a Mariano Ospina Pérez en Bogotá.69 Arango Ferrer hizo dos cosas más
durante la mañana del 10 de abril: llamó a Eduardo Berrío González a Sanca Rosa y lo
nombró nuevamente secretario de gobierno del departamento y llamó a los reservistas
conservadores del municipio sureño de Sonsón para que protegieran a Medellín.70

Las primeras acciones del gobernador fueron de especial importancia. Eduardo


Berrío González había sido instrumental en el nombramiento de alcaldes leales al
conservatismo en todo el departamento durante su reciente desempeño como secrc-

102
CAPÍTULO I Vhmi.mh i*. Mi 14iip. y rs im muiamv

tario de gobierno. También había jugado un papel primordial en el establecimiento


de las bases legales para organizar patrullas rurales de civiles armados durante el
mismo periodo (1946-47). Además, la movilización de los reservistas de Sonsón
fue significativa porque los habitantes de ese municipio eran reconocidos por su
catolicismo doctrinario y su arraigado conservatismo. Arango Ferrer apeló pues a
los partidarios leales para defender a Mcdcllín y su palacio de la gobernación, en vez
de acudir a la policía departamental, al ejercito o a la Policía Nacional, integradas
por agentes liberales y no antioqueños. La feroz xenofobia, convertida en un rasgo distin­
tivo de Las políticas administrativas antioqueñas a lo largo del período de la Violencia y
que contribuyó de manera no despreciable a intensificar el resentimiento local contra el
gobierno departamental, recibió su primer impulso en La administración de Arango Fenvr.

Los odio meses de gobernación de Arango Ferrer (del 10 de abril al 4 de diciem­


bre de 1948) fueron dedicados a erradicar los supuestos focos de insurrección en el
departamento. En julio de 1948, el gobernador permitió que los funcionarios de las
rentas departamentales fomentaran la creación de fuerzas policiales civiles perma­
nentes y auxiliares en el ámbito municipal.71 Esta acción hizo evidente la razón por
la cual había sido imperativo retirar al capitán liberal Julián Uribc Gaviria de la
Junta de Rentas y fortaleció al tigre de papel creado por el gobernador Bcrnal en
1947, al luchar por el derecho legal de los civiles a portar armas y organizar grupos
patrulleros rurales. La policía civil auxiliar sería pagada, bien mediante fondos
extraordinarios aprobados por los concejos municipales locales o, donde el concejo
municipal se negara a cooperar, con dineros provenientes de las aduanas y el impues­
to al monopolio regional del licor.72 El derecho a asignar fondos para crear lo que
equivalía a una organización paramilitar que invalidó el poder del veto de los conce­
jos municipales legítimamente elegidos, convirtió a los funcionarios de aduanas en
una de las fuerzas gubernamentales más temidas y poderosas y trazó una importante
vertiente en la evolución del conflicto partidista en Antioquia.

Junto con la Policía Nacional, los agentes de aduanas se cuentan entre los
funcionarios públicos contra quienes se registró el mayor número de protestas en
los archivos departamentales.73 Cuando se hizo evidente cuán peligrosos podrían

103
A Sangre y Fuego: La violencia en Aneioquia, Colombia, 1946-1953

ser los grupos armados autónomos pagados por los agentes de aduanas, incluso
para los intereses conservadores, los intentos en el departamento (específicamente
de los visitadores administrativos) de frenar los abusos en Antioquia chocaron
con provocaciones y amenazas de violencia.74 Un año después del asesinato de
Gaitán, los conservadores del municipio de Jardín, en el suroeste, se quejaron de la
presencia de “contrachusmas’’ provenientes del departamento de Caldas, quienes
habían llegado poco tiempo después del asesinato y estaban "sembrando el terror”
en la región.73 Las fuerzas de la “contrachusma" acosaron de manera indiscriminada
tanto a los liberales como a los conservadores que repudiaran sus métodos violentos.
También subvirtieron rutinariamente los conductos de autoridad que vinculaban al
gobierno departamental con el local. Por ejemplo, los detectives departamentales en­
viados a mediar en los asuntos de Jardín informaron que cuando acudieron a los
agentes de aduanas para que les ayudaran a capturar a los hombres armados de Caldas
y, así, proteger a los residentes del pueblo, los agentes de aduanas los rechazaron. “Le
pedimos al administrador de las rentas departamentales... que nos prestara protección...
con el fin de hacer una batida a ver si encontrábamos esos sujetos”, se quejaron los
detectives a su superior y al gobernador, pero “el mismo administrador nos manifestó
que cuando les había dado la orden de que nos prestaran ayuda a los empleados de las
Rentas, el empleado Israel Ramírez le respondió que lo destituyera más bien porque él no
estaba contra esa gente y que no creyeran que iba a ayudar”. Cuando los detectives
departamentales amenazaron a los agentes de aduanas con despedirlos, con presunción
respondieron “que son conservadores y tienen conexión con algunos elementos pob'ticos
que los apoyarían o se harían a su lado en caso de ir a proceder contra ellos”.76

La diseminación de la dolencia y el papel de sectores específicos de la burocracia


departamental para promoverla, especialmente tras la muerte de Gaitán, fracturaron aún
más el Partido Conservador, ya dividido en el departamento. Aunque la mayoría de los
consenadores antioqueños pudo haber estado de acuerdo en entinto a la necesidad de
recuperar los cargos y el poder de manos de la oposición, no existía ningún acuerdo entre
ellos con respecto a los medios que se utilizarían para lograr estos objetivos. Cuando la
“reconquista” empezó a tener mayores repercusiones —afectando tanto a liberales como
a consenadores, comprometiendo La realización de provectos de obras públicas rcgiona-

104

J
Capítulo I

les, amenazando la producción y estimulando conflictos socio-económicos latentes no


relacionados con los asuntos partidistas— la disensión en el seno del Par tido Conserva­
dor se tornó grave. Alarmado por La altivez del individuo a quien le había confiado el
destino político de su región natal, el presidente Ospina Pérez destituyó al gobernador
Arango Ferrar a finales de 1948 y nombró en su lugar a un conservador conciliador.

Una pausa en la escalada de la violencia


La violencia nunca fue constante en Antioquia entre 1946 y 1949, ni siquiera
durante ¡os períodos de los funcionarios políticos especialmente extremistas, ni tam­
poco después del fallecimiento de un líder de la oposición tan importante como
Jorge Eliécer Gaitán. La agitación partidista fue cíclica y concentrada, y mucho más
pronunciada durante los períodos de contienda electoral o inmediatamente después
de un hedió tan devastador como el asesinato de Gaitán. De hecho, los informes
sobre la violencia librada por funcionarios públicos contra la oposición liberal en
Antioquia disminuyeron durante los últimos meses de 1948. Luego, a principios de
1949, una querella —en salmuera por largo tiempo en el Concejo Municipal de
libérale: — convirtió de nuevo la disensión partidista
Mcdcllín dominado por los liberales
en una de las principales preocupaciones del departamento.

Los miembros del Concejo se enfrascaron en una batalla por las dificultades
financieras pendientes de la ciudad y la posibilidad de que estas pudieran condu­
cir a la bancarrota. El recién nombrado gobernador, Fernando Gómez Martínez
(diciembre de 1948 a julio de 1949), intentó razonar con los concejales conserva­
dores recalcitrantes y los instó a negociar con la oposición gaitanista que controlaba
varías cundes en el Concejo. El gobernador insistía en convocar a los miembros de
los partidos Liberal y Conservador y reunirlos para cooperar en el gobierno de la
ciudad y resolver sus problemas financieros sin recurrir a la violencia.77 Sin embar­
go, la porfiada negativa de algunos laureanistas a tener cualquier tipo de trato con
aquellos a quienes trataban peyorativamente de “nueve abrileños” hizo que el goberna­
dor emitiera un manifiesto exhortando a los ciudadanos antioqueños a respetar las
diferencias de opinión política.78

105
A Sangre y Fuego: La violencia en Anhoquia, Colombia, 1946-1953

La disputa entre el gobernador y miembros de su propio partido adquirió el


carácter de un debate público relativo al significado de la política y la manera apro­
piada de conducirla en Colombia. En una entrevista radial con el recién nombrado
secretario de educación de Antioquia, Gómez Martínez aprovechó la oportunidad
para lanzar una campaña educativa que les enseñara a los colombianos a participar
en política pacíficamente. En Colombia, se lamentaba Gómez Martínez:

La labor prcelectoral es de agitación violenta, de insultos al adversario...


Esta apreciación equívoca de lo que es la política y son los partidos es lo
que quisiera que empezara a cambiarse en la mente de los niños de
Antioquia, por medio de una orientación clara de la secretaría puesta a su
buen cuidado... que la política es el arte de gobernar no para un partido
sino para la generalidad de los ciudadanos... yo quisiera que hasta el
alma de los niños se hiciera llegar la impresión de que pelear por política
y odiarse por política es salvajismo.79

El uso indiscriminado de retórica violenta, así como las incesantes disputas por
los cargos oficiales y la distribución clientelista en el Concejo, también provocaron
la furia de la Federación Nacional de Comerciantes (FENALCO). En febrero de 1949,
después del acalorado debate en el Concejo entre los laureanistas y los liberales, la
junta de FENALCO en Medellín escribió una carta abierta en la cual le recordó
al gobernador el compromiso histórico del departamento con la tecnocracia, la contrata­
ción basada en el mérito y el crecimiento económico. La federación insistía en que era
totalmente “ajena en todo momento a cuestiones de índole política partidista” y actuaba
“solamente como [una] fuerza social interesada en el progreso de Medellín”. Pero tam­
bién le recordó con agudeza al gobernador que como “representante del sector comercial
[y] principal contribuyente al fisco municipal” venía contemplando con verdadera in­
quietud el "el lamentable estado de bancarrota en que se encuentra el municipio”.80

La situación fiscal de la ciudad se había deteriorado desde que los políticos


conservadores del sector intermedio, antes marginales, habían comenzado a competir
con los jefes liberales por el control de los nombramientos en puestos públicos y por
el presupuesto de obras públicas de la ciudad. La lucha sin precedente por las rentas

106
Capítulo I

públicas había dado origen, se lamentaba FENALCO, “a la política más insana de


que tenga noticia la historia de la ciudad. La administración [departamental] vive
en permanente interinidad: alcaldes y gerentes de empresa son removidos porque
no satisfacen intereses electorales de uno u otro partido, o se ven obligados a
renunciar porque no cuentan con la colaboración indispensable para el desarrollo
de una urgente obra administrativa”/1 El Concejo se había convertido "en teatro
de reprobables luchas electorales”, donde los miembros de ambos partidos compe­
tían por ganar "la supremacía en el manejo de un presupuesto de 45 millones de
pesos y de varios millares de hombres, para fines exclusivamente electorales.”
FENALCO se quejaba de que “el patriótico programa de eliminar exceso de buro­
cracia ha sido sustituido por la consigna de gravar ilegal y antitécnicamente a los
ciudadanos y empresas para poder saldar permanentes déficits presupuéstales”; a los
empleados y trabajadores "no se les pagan sus sueldos en forma oportuna”; las
“obras de progreso” urgentes como por ejemplo “energía eléctrica, acueducto,
transportes, higiene, escuelas, [y] restaurantes populares” estaban "paralizadas" y
la ciudad había dejado de invertir en la modernización de los barrios obreros. La
asociación de comerciantes les pidió a los sindicatos y a los negociantes unirse en
un acto de solidaridad para exigir que el gobierno departamental “coloca[ra] llos
intereses generales por encima de los políticos”. Con desesperación, la asociación
también hizo un llamado a sus afiliados para que se abstuvieran de pagar sus im­
puestos hasta que el gobierno departamental asumiera la responsabilidad por la
mala administración de los asuntos de la ciudad.

El desafortunado destinatario de esta misiva fue el único gobernador —de los


cuatro conservadores que habían ocupado el puesto desde 1946— que no se había
involucrado abiertamente en la práctica de contratación partidista. En efecto, Gómez
Martínez tuvo que soportar los vituperios de sus copartidarios más radicales, quienes
lo criticaron con vehemencia por negarse a despedir a profesores de la Universidad de
Antioquia, simplemente por ser liberales. Además, se negó a ceder a las críticas con­
servadoras por nombrar a miembros de la oposición, a quienes consideraba mejor
calificados para ser contratistas o ingenieros supervisores de las obras públicas del

107
1

A Sangre y Fuego: La violencia en Aethoquia. Colombia, 1946-1953

departamento.82 Pero el argumento de FENALCO tenía peso. Por varías décadas,


Antioquia se había enorgullecido de no participar en “el tren político de Bogotá"
y se había considerado un líder nacional en "honestidad administrativa y verdade­
ra libertad política”.83 El hijo nativo de la región, Mariano Ospina Rodríguez, había
acuñado la frase "gobernar es administrar”, mientras dos de los más conocidos esta­
distas del departamento, Tulio Ospina Pérez y Alejandro López (conservador y
liberal, respectivamente), habían afirmado con insistencia que los cargos del sector
público se desempeñarían de manera más eficiente si no formasen arte y parte del
clientelismo político.84 Tanto López como Ospina Pérez creían que los cargos
ministeriales de la nación debían ser ocupados por “ingenieros de calidad ministe­
rial que inspiren confianza en la ciudadanía" más que por políticos profesionales.85
FENALCO lamentaba, precisamente, que esta tradición de la administración
tecnocrádca suprapartidista se hubiera sacrificado en nombre de intereses electorales.

El discurso del gobernador sobre la necesidad de civismo político y la carta de


FENALCO que advertía que el conflicto partidista continuo frenaba el desarrollo regio­
nal, estimularon la respuesta irónica de políticos del sector intermedio como aquellos
vinculados al periódico La Defensa. Estos políticos dejaron en claro su indiferencia a los
comentarios que pretendían avergonzarlos para que negociaran con sus adversarios.86
Varios días después, cuando el gobernador escribió un editorial exhortando a los políti­
cos a limitar el uso de discursos prejuiciados, el ex-secretario de gobierno de Antioquia,
Eduardo Bem'o González, replicó denunciando la existencia de una conspiración liberal
comunista contra la nación.87 En respuesta, el gobernador les advirtió a sus copartidarios
que no manipularan el miedo a una revolución comunista para bloquear o interferir con
las reuniones de la campaña liberal Les recomendó a los conservadores permanecer en
sus casas para evitar posibles enfrentamientos y prohibió el uso en piiblico de “abajos” y
“mueras” contra la oposición. Sin embargo, los intentos de Gómez Martínez de reducir
la escalada de antagonismo partidista no lograron competir contra las acusaciones de
comunismo de Berrío González. En tal ambiente, La insistencia del gobernador en que
"los conservadores... debían respetar y aceptar el libre ejercicio del derecho [a La libertad
de expresión] de los liberales" llegó a oídos sordos, como ocurrió igualmente con su

108
Capítulo 1

advertencia de que los alcaldes de los municipios fueran estrictamente imparciales en las
próximas elecciones del mes de junio.83

La reprobación explícita del gobernador de la violencia como herramienta po­


lítica y su negativa a tolerar la idea de que cualquier medio fuera legítimo en la
búsqueda de la victoria electoral marcaron un giro en la política departamental y en
el desarrollo de la violencia.39 Los funcionarios y políticos abanderados del enfoque
hcgcmónico de la política eclipsaron cada vez más a los conservadores que defen­
dían y promovían el derecho de la oposición a tomar parte en el debate y en los
caigos públicos. Políticos como Eduardo Bcrrío asumían una posición de absoluta
intransigencia frente a la oposición y atacaban abiertamente a cualquier copartidario
menos beligerante que no compartiera sus ideas o que estuviera en desacuerdo
con su manera agresiva de hacer campaña política. Los agravios electorales del
pasado, la persecución política y la ‘mística’ conservadora formaban la base del
llamado a defender los intereses partidistas lanzado a gritos por políticos radicales.
Bcrrío y otros extremistas manipulaban el sentimiento popular conservador para
desacreditar y tratar con arrogancia a los copartidarios moderados. En el léxico de
aquella época, Gómez Martínez y otros moderados Rieron calificados con despre­
cio como hombres "notables” y “oligarcas” cuya actitud ecuánime y suprapartidista
excluía deliberadamente, de la verdadera participación en política y en la toma de
decisiones, a todos aquellos que no fueran miembros de la élite económica del de­
partamento. Estas acusaciones eran, en gran parte, válidas. Individuos como Gómez
Martínez representaban, en efecto, una actitud paternalista en la que los asuntos
políticos se resolvían e imponían de arriba hacia abajo, una actitud que típicamente
suponía que las clases populares necesitaban líderes civilizadores y de una élite que
pudieran gobernarlas. Sin embargo, para los electores antioqueños era un mal negocio
tener que optar entre populistas que no dudaban en utilizar la coerción física para
lograr sus metas políticas y una elite que deploraba la violencia pero era incapaz de
ampliar los parámetros de la participación política para incluir a otros.

Para abril, el rompimiento entre el gobernador y el directorio de su partido


era total y, en un sentido más amplio, entre la tradición regional de bipartidismo

109
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

y la nueva política de hegemonía violenta. El 21 de abril, el Directorio Conserva­


dor de Antioquia desobedeció abiertamente el llamado del gobernador al diálogo
entre los conservadores y los gaitanistas en la disputa del Concejo Municipal aún
en salmuera. Como último recurso, en su intento por restaurar un mínimo de
civilidad en la conducta de la política regional, el gobernador recurrió una vez
más a las páginas editoriales de El Colombiano, esta vez para denunciar los ataques
recientes de la contrachusma contra los directorios y electores liberales. "Nuestro
partido”, advirtió, "no acepta ese tipo de servicios... somos una colectividad de
ideas, no de instintos feroces, y operamos con razón o por la razón... En conse­
cuencia, el conservatismo no sólo no respalda actitudes de esa naturaleza, sino que
en lugar de ello las rechaza y las condena públicamente”.90 No obstante, el partido
del gobernador estaba ahora en manos de extremistas, para quienes los encargados
de imponer los votos —que sembraron el terror en el campo y quienes descalificaban
por "traidores” a todos aquellos que no compartieran sus posturas u obstaculizaran
sus acciones— eran sus aliados políticos legítimos. La consternación de Fernando
Gómez Martínez, debido a que la violencia se había convertido en una estrategia
aceptada por los miembros de su partido, es agudamente evidente en uno de sus
últimos intentos por repudiar su uso con fines electorales: "Nosotros, los directores
de los partidos, condenamos sin reservas el uso de la violencia y solicitamos a todos
nuestros copartidarios a condenarlo también, provenga de donde provenga, pues
sería injusto repudiar su uso cuando el propio partido de uno es víctima, al tiempo
que se estimula su ejercicio contra el adversario”.91

La súplica del gobernador de retornar a la civilidad no dio muchos frutos. Se


acercaban unas elecciones consideradas cruciales para el futuro del Partido Con­
servador: las primeras, para el Concejo Municipal, la Asamblea Departamental y
el Congreso, en junio. Y en noviembre, la contienda electoral más importante de
todas, aquella para presidente. Habiendo fracasado en su intento por consolidar su
poder en los cuerpos representativos locales y departamentales en las elecciones de
1947, los laureanistas sintieron con mayor urgencia la necesidad de ganar las elec­
ciones de 1949. Así, el compromiso público del gobernador con la no violencia y la

110

J
Capítulo I.

moderación fue interpretado por los políticos del sector intermedio, como el
principal impedimento para lograr sus ambiciones. En tal contexto, las acciones
que 1c habían generado a Gómez Martínez un mínimo de confianza liberal, sólo
pudieron garantizarle la enemistad de sus copartidarios ambiciosos e ideológi­
camente extremistas. José Correa, el jefe de debate del Partido Conservador antioqueño,
de hecho, ridiculizó públicamente a Gómez Martínez tildándolo de "pequeño
intelectual y mamatoco” y lo acusó de gobernar “con miedo a Emilio Jaramillo (el
editor del periódico liberal El Diario)".92

En tanto aumentaba la presión por asegurar una victoria conservadora, se hizo


más frecuente la participación activa de las fuerzas oficiales como la policía y los
alcaldes en ataques partidistas. De 23 informes de violencia o abuso recibidos en el
despacho del gobernador entre enero y junio de 1949, en 11 se atribuía la violencia
específicamente a las acciones de un alcalde. En siete informes también se mencio­
naba que la policía había participado o se había negado a intervenir en favor de una
víctima que estaba siendo hostigada por miembros del partido de oposición. En
efecto, tal como se lo aclaró Eduardo Berrío González al gobernador Fernando
Gómez Martínez en 1949, los alcaldes que simplemente pertenecían al partido
pero se negaban a utilizar su posición para promover de manera agresiva los intereses
electorales del mismo, eran sólo un poco mejores que los “funcionarios scctario[s],
entreguistafs], y, por consiguiente una amenaza social".93 Berrío recomendó reem­
plazar a dichos "elementos” para evitar la derrota electoral. Sin embargo, las acciones
de alcaldes “leales” como los apoyados por Berrío provocaron una escalada de pro­
testas locales relativas a los abusos de autoridad. En varios municipios estallaron
peleas acerca de a quién debería permitírsele registrarse para votar; los liberales se
quejaron de que su derecho al voto no estaba siendo protegido adecuadamente y, en
general, los habitantes locales protestaron por la falta de agentes de policía confiables
o tropas de soldados capaces de responder a los estallidos de desorden público en
Antioquia.94

Los policías fueron los más frecuentes cómplices del abuso de los alcaldes y, por
lo regular, los trabajadores sindicalizados fueron el principal blanco de sus ataques.

III
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

En abril, la policía fue acusada de maltratar a ciudadanos liberales en los pueblos de


Cisneros e Itagüí, base de numerosos trabajadores industriales y ferroviarios.95 El
alcalde, el jefe de debate y la policía de Itagüí se involucraron en acciones contra los
liberales del pueblo, lo que el directorio liberal local denominó "excesos canibalcscos”.
Este incidente fue seguido el mes de mayo por escaramuzas de motivación partidista
en las que varios liberales resultaron heridos o muertos.96 La violencia en este municipio,
de clase obrera mauritanamente, escaló de manera tan dramática que hasta el ministro
de gobierno intercedió para exigir que el gobernador nombrara a un alcalde militar en
lugar del alcalde civil.'1'

En efecto, el inicio de la temporada electoral de 1949 revivió tensiones entre los


trabajadores y las autoridades departamentales que parecían haberse disipado en los
meses inmediatamente posteriores al asesinato de Gaitán. En enero, la policía subió
a un tren en el cual viajaban varios líderes sindicales ferroviarios, en camino a la
reunión anual del sindicato en Puerto Berrío donde debían presentar su informe y,
literalmente, los arrojó del tren. Inmediatamente, el sindicato acusó al gobierno
de estar involucrado en un "nuevo delito contra el derecho de sindicalización”.98
En marzo, el Sindicato de Trabajadores de las Minas de Oro de la Frontino Gold
Mines, en Segovia, se quejó de que el alcalde nombrado por el gobernador era un
‘‘anglofilo” que ‘‘indinó la cerviz hacia el extranjerismo” en vez de ser “una garantía
para el pueblo”.99 El 23 de abril, trabajadores de las carreteras del mismo pueblo se
declararon en huelga para protestar ya que por largo tiempo no se les había pagado
su sueldo y los comerciantes locales se negaban a darles más crédito. En vez de
negociar, el gobernador envió un pelotón de policías, exacerbando así los ánimos de
los huelguistas. Los trabajadores de las carreteras amenazaron con tomar acciones
violentas y tomarse las bodegas del gobierno si en dos semanas no se les pagaban sus
salarios retrasados ya cuatro meses.100 El 30 del mismo mes, cuando la situación
entre el gobernador y los trabajadores llegó a un punto muerto, el ministro de obras
públicas, en Bogotá, expresó su preocupación de que si no se resolvía la disputa
con los trabajadores de las carreteras que militaban en Antioquia, se daría origen
a "complicaciones de tremendas significaciones en el resto de los campos laborales del

112*

1
Capítulo I

país”.101 Para complicar aún más las cosas, poco tiempo después el alcalde de Mcdcllín,
Julio Arias Roldan, tras investigar su filiación política, despidió a 450 empleados mu­
nicipales de obras públicas que tenían entre 5 y 20 años de antigüedad.102
En una resolución emitida durante su octava reunión sindical anual, en mayo de
1949, la Federación de Trabajadores Antioqueños (FEDETA), afiliada a la CTC,
denunció públicamente al Estado por usar sistemáticamente la violencia contra sus
trabajadores. El sindicato se quejó de que los trabajadores de las carreteras en San
Andrés, Ituango y Segovia “vienen siendo perseguidos ignominiosamente por las
autoridades no sólo civiles sino eclesiásticas”, sin que el gobierno moviera un dedo
para acudir en su defensa. De hecho, los alcaldes nombrados por las autoridades
departamentales en San Andrés e Ituango dirigieron los ataques contra los trabajadores e
impulsaron a FEDETA a alertar a sus afiliados y a los trabajadores departamentales
no sindicalizados “para que no se dcja[ran] provocar ni engañar de los farsantes y
embaucadores del pueblo”. En la misma Resolución, FEDETA acusó también al
alcalde y al inspector de trabajo de Segovia, nombrado por el gobernador, de utilizar
su posición para abusar de los trabajadores de la empresa minera Frontino Gold
Mines.'03 La ludia por controlar tanto los empleos como los votos parecen haber
impulsado el creciente conflicto entre los trabajadores y las autoridades departa­
mentales. Esto se hizo evidente a partir de una queja presentada por el Comité
Conservador de Yarumal (cerca de Ituango y San Andrés), donde varios miembros
acusaban al supervisor de los trabajadores de carreteras de amenazar a los conserva­
dores con despedirlos si votaban en las próximas elecciones.104

A pesar de la abundante evidencia de que los conflictos surgidos en la mayoría


de los municipios antioqueños eran el resultado directo de los abusos cometidos por
funcionarios públicos y la policía departamental o nacional, el gobierno del depar­
tamento insistía en que los conflictos locales eran obra de agitadores laborales y de
la excesiva intemperancia de los habitantes. A finales de abril de 1949, el gobierno
nacional aprobó la prohibición general de cualquier manifestación relacionada con
los sindicatos o partidos, sin distingos de afiliación de sus participantes. Se prohibió
también la venta de licor durante el período inmediatamente previo a las elecciones.103

113
1

A Sangre y Fveüo: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Sin embargo, los intentos del Partido Liberal antioqueño de reunirse con sus segui­
dores sin violar la prohibición del gobierno nacional a las manifestaciones políticas
públicas, sólo sirvieron para enfurecer a los conservadores locales e incitarlos aún
más a cometer actos de violencia. Por ejemplo, cuando el líder liberal, capitán Julián
Uribc Gaviria, sostuvo con sus seguidores una conferencia privada (con la aproba­
ción explícita del gobernador), el alcalde y el jefe de la policía la disolvieran violen­
tamente.106 El mismo día, el Comité Conservador municipal de Bolívar envió un
telegrama al gobernador quejándose de que los liberales de varios pueblos de la
región del suroeste se habían reunido masivamente en Bolombolo para esperar el
tren que traía al líder liberal. Los extremistas locales convirtieron las visitas de las
campañas a los pueblos —como las que habían tenido lugar desde tiempos
inmemoriales durante las temporadas electorales en Colombia— en conspiraciones
en las cuales la finalidad de las reuniones de la oposición era organizar “matones
[de] Andes, Salgar, Pueblorico, [y] Concordia con el fin de tomarse el suroeste
empezando con Bolívar". La policía y el alcalde justificaron entonces su ataque
contra los liberales como actos de defensa propia cuyo fin era contener “un violento
levantamiento liberal” en ciernes.107

Incluso cuando la policía no intervenía activamente en abusos contra los votan­


tes liberales, a menudo se negaba a refrenar a los empleados públicos que lo hacían.
Los liberales de Yarumal se quejaron de que el secretario de gobierno de su munici­
pio (mano derecha del alcalde) había insultado a otro lugareño desde una cantina, y
había sacado una pistola y retado a la víctima gritando: “¡Abajo los que acusaron al
alcalde!, ¡Abajo Rojos hijos de puta!, ¡ viva el Partido Conservador...! No tengo sino
este revólver con seis tiros y te los rastrillo. Estamos mandando. ¡Abajo el Partido
Liberal!”. La policía, al tanto de todo el incidente, lo presenció con indiferencia.108

En efecto, aunque muchos ciudadanos atribuyeron la escalada de violencia a


la ausencia de la fuerza pública, fue esta última la que con frecuencia perpetró la
violencia entre 1946 y 1949. Uno se pregunta entonces por qué razón alguien se
molestaría en sugerir que la presencia de las autoridades hubiera podido ser de
ayuda. Y, aun así, los ciudadanos pedían reiteradamente que el gobierno departa-

114
Capítulo I laVmwminMiími* vmih

mental enviara fuerzas para defenderlos. Los liberales de San Roque y Caracoli, en el
oriente antioqueño, se quejaban, por ejemplo, de que la policía, los conservadores
civiles y los empleados públicos los hubieran hecho pasar “horas terroríficas...
poniendo en peligro nuestas vidas, nuestros hogares y nuestras familias”, y luego
añadían que "carecemos de autoridades”.109 Claro que en un sentido más amplio,
las quejas de los ciudadanos porque que el Estado no los protegía y sus fuerzas no
estaban desplegadas adecuadamente por la región, buscaban denunciar abiertamente
las políticas departamentales. Los antioqueños estaban expresando una profunda
indignación porque el Estado departamental había violado la confianza de sus ciu­
dadanos. AI recordarles a las autoridades departamentales su obligación de defender
los derechos de sus ciudadanos sin distingos de afiliación política, los ciudadanos
(muchos de ellos, liberales) hicieron evidente que el uso de la violencia ejercida por
los empleados públicos con fines partidistas había transgredido las tradiciones y
expectativas políticas del departamento.

Las constantes quejas de ciudadanos del abuso oficial dirigidas al gobernador


también puso en evidencia la existencia de dos mandatos enfrentados en la adminis­
tración departamental de Antioquia. Mientras Gómez Míirtínez defendía el derecho de
la oposición a tomar parte en las elecciones y a ocupar cargos públicos, sus subordinados
cumplían otras órdenes. La insubordinación generalizada en el gobierno departamental
se hace evidente en una queja presentada a la Secretaría de la Gobernación como protesta
por el uso que el alcalde local hizo de la fuerza policial y de la contrachusma para
intimidar a los electores liberales durante las elecciones de junio de 1949. El
remitente describía el terror desencadenado en Olaya, el otrora municipio de
mayoría liberal, donde los conservadores laureanistas estaban en proceso de con­
vertir por la fuerza al conservatismo a los electores. Al ser confrontado con las
quejas de abuso partidista y la amenaza de que estas acciones le serían informadas
al gobernador, el alcalde “a voz en cuello manifiesta que las elecciones venideras
las ganará el Partido Conservador a ‘FUEGO Y SANGRE’ [y] que no le teme al
gobernador de Antioquia [Fernando Gómez Martínez] y a su señor secretario de
gobierno, mientras en la subsecretaría de gobierno esté el Señor Duque y en la

115
1

A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

visitaduría administrativa el Señor Orozco, ya que éstos precisamente le tienen en


este municipio para [garantizar] el triunfo [del partido]’’. El autor de la carta señalaba
que esta actitud contradecía directamente la declaración pública del gobernador, “de
no tolerar en las alcaldías de Antioquia elementos beligerantes en política”.110 En
efecto, cuando un comité bipartidista de líderes liberales y conservadores de Jardín
presentaron una queja similar, también hicieron énfasis en la dicotomía entre la oposi­
ción expresada por el gobernador a que los funcionarios públicos participaran en
asuntos partidistas y la realidad local. En su municipio, por ejemplo, los responsables
de desplegar a la policía y la contrachusma contra los miembros de la oposición se
habían reído cuando una comisión bipartidista les pidió poner fin a tales abusos y,
burlándose, habían añadido que contaban con el apoyo total de miembros del gobier­
no departamental. De manera desafiante, habían declarado que “[eran] conservadores
y tenían conexiones con algunos elementos políticos que los apoyarían o se harían a su
lado en caso de ir a proceder contra ellos”.111

No existía una estructura monolítica de partido que asegurara la coordinación


entre los diferentes niveles de su organización, ni tampoco el aparato del Estado
estaba lo suficientemente integrado como para permitir que el gobernador exigiera
la lealtad de sus subordinados. El poder era un asunto complicado que se negociaba en
niveles de autoridad aparentemente oscuros dentro de la administración departamental
Los conservadores leales que controlaban el funcionamiento diario de la burocracia
departamental, en lo que parecían ser cargos secundarios de poca importancia, sabían
que podían desafiar al gobernador porque gozaban de la protección y el respaldo de jefes
políticos como Eduardo Berrío González (el jefe de debate) o Manuel Chavarriaga
(superintendente de aduanas). Así, para majo de 1949, cuando los extremistas locales
atacaron la política de distribución equitativa de cargos políticos entre los miembros
de la oposición y los conservadores —de acuerdo con la política de Mariano Ospina
Pérez conocida "el cruce”—, ni el gobernador ni el presidente pudieron responder de
manera eficaz. Los extremistas se quejaban con insistencia de que el cruce permitía que
los miembros de la oposición tuvieran cargos políticos sin tener que comprometerse con
ninguna de las políticas del partido de gobierno y que esta política privaba a los conscr-

116

J
Capítulo 1

vadorcs leales de cargos a los cuales, consideraban ellos, tenían derecho por haber llevado
el partido al poder. Para evitar el cruce, los representantes más intransigentes simplemen­
te habían actuado a espaldas del gobernador e ignorado o debilitado paulatinamente la
autoridad de los liberales nombrados por el gobernador en cargos locales.

A pesar de la desobediencia constante de sus subordinados en la administración


departamental, los esfuerzos de Gómez Martínez por defender el derecho de todos
los antioqueños a participar en política parecen haber tenido cierto impacto. Los
liberales que ocuparon cargos políticos durante la administración de Gómez
Martínez le escribieron una carta al gobernador asegurándole que él les había
ofrecido "plenas garantías”. El rompimiento del acuerdo de "unión nacional"
entre liberales y conservadores en mayo de 1949 los había forzado a renunciar a
formar parte del gobierno que “su señoría tan hábilmente dirige”.112 El compromiso
del gobernador con la política de la civilidad también llevó a eminentes liberales a
interceder a favor de ciertos municipios solicitando alcaldes militares, a pesar de que
sabían que todo nombramiento militar en un puesto civil representaba un puesto
dientelista menos en manos de los conservadores. Ricardo Moreno le aseguró a
Gómez Martínez: “Desde mi trinchera de Liberal, lo he admirado siempre. Hoy al
leer su alocución lo admiro más como gobernante”, e insistía en que era justamente
porque creía . .en la sinceridad de sus palabras” que se atrevía a pedirle un cambio
de alcalde para el pueblo de Remedios, abrumadoramente liberal.113

Pero el 24 de mayo las confirmaciones de lealtad y apoyo a la tradición política


bipartidista de la élite, como la enviada por Ricardo Moreno a Fernando Gómez
Martínez, dejaron de tener sentido. Los gobernadores liberales renunciaron y los mi­
nisterios de guerra, gobierno y justicia quedaron en manos de oficiales militares. En un
gesto final y desesperado en búsqueda del acomodo bipartidista, Gómez Martínez les
ofreció a los alcaldes liberales de Antioquia que quisieran permanecer en su cargo, la
posibilidad de hacerlo pero ya era demasiado carde.114 Las divisiones entre el gobernador
y sus subordinados, y entre diferentes sectores de la burocracia departamental, habían
alcanzado proporciones críticas. En tales circunstancias, ningún liberal en sus cabales
estaba dispuesto a arriesgar su vida o su futuro político para apoyar al gobernador.

117
A Sangre y Fuego: La violencia en Anhoquia, Colombia, 1946-1953

Reinaba el caos en la burocracia departamental. Los funcionarios de las Ren­


tas y los soldados de Puerto Bcrrío derribaron las puertas del estanco del licor,
administrado por el gobierno departamental, saquearon las existencias, hirieron a
los empleados y se enfrentaron a golpes con los agentes del resguardo.115 En Caracoli,
en la línea férrea oriental, y en el pueblo conservador de San Rafael, al surorientc,
los liberales solicitaron que la policía municipal fuera acuartelada el día de las elec­
ciones porque desconfiaban de su capacidad para permanecer neutral o garantizar el
orden público. Los liberales locales exigían a cambio la presencia de agentes de la policía
departamental que no fueran secuaces de los políticos conservadores locales.116 En con­
traste, en Titiribí, el alcalde pidió que se dejara al ejército en el pueblo hasta después de Las
elecciones, porque todos los policías municipales eran liberales y probablemente celebra­
rían su victoria electoral con ataques violentos contra los conservadores del pueblo.117

A finales de junio parecía que ya se había desvanecido cualquier rezago de vo­


luntad para refrenar la escalada de violencia en Antioquia. Ambos partidos estaban
divididos internamente en el departamento y se había roto la línea de mando entre
el gobernador y sus subordinados. Sobrevino un enfrentamiento abierto cuyo esce­
nario principal fue el ámbito municipal.

El resultado de la violencia electoral

Tres días después de las elecciones del 9 de junio, el periódico regional El Colombia­
no acusó públicamente a los laureanistas de haber librado la campaña electoral antioqueña
en contra del gobernador Femando Gómez Martínez y del periódico.118 Lo que los
editorialistas querían dar a entender era que los verdaderos perdedores de las elecciones
de junio habían sido los conservadores moderados y la tradición bipartidista del depar­
tamento. En efecto, la ironía de Las elecciones de junio fue que, si bien el uso notorio de
la intimidación oficial dividió irrevocablemente a los conservadores antioqueños, la re­
presión fracasó una vez más en su intento de cambiar la fisonomía política de La mayoría
de los municipios de Antioquia.119 Los municipios liberales continuaban manteniendo
sus mayorías y pocos de aquellos en los cuales ninguno de los dos partidos gozaba de una
clara mayoría se indinaron a favor de los conservadores.

118
Capítulo I

De los 44 municipios en los cuales un 60% o más de los votos de las eleccio­
nes para la Asamblea Legislativa de 1945 habían sido liberales, 24 continuaban
siendo predominantemente liberales en 1949, nueve todavía mostraban una ligera
mayoría liberal (51 % a 60% del número total de votos) y 11 pasaron a tener una
mayoría conservadora. De 17 pueblos que históricamente habían sido reñidos (en
los cuales el porcentaje electoral logrado por cada partido oscilaba entre el 45 y el
55 por ciento de los votos de elección a elección), siete pasaron a tener una mayoría
conservadora en las elecciones de 1949. Además, si bien los conservadores lograron
ganar la mayoría en la Asamblea Departamental (veinte a quince) y en la Cámara de
Representantes (diez a siete), el Concejo de Mcdcllín siguió sólidamente en manos
liberales (con una mayoría de nueve a seis).120

De este modo, varios municipios que siempre habían arrojado una mayoría
liberal continuaron haciéndolo a pesar del uso de la fuerza oficial contra los votan­
tes liberales. En algunos municipios los liberales incluso aumentaron el número de
votos a su favor (nueve pueblos aumentaron su porcentaje de votos liberales entre un
2 y un 10 por ciento en las elecciones para Asamblea entre 1945 y 1949). Los
liberales también ganaron el control de los Concejos municipales en casi todos los
municipios donde históricamente habían constituido una mayoría considerable del
electorado (Véase mapa 7).121 Además, en los municipios con una presencia conside­
rable de trabajadores de obras públicas y mineros, un número significativo de votos
continuaba apoyando a los candidatos identificados como gaitanistas (Véase Labia 3).

Tal como en los resultados de las elecciones de 1947, los pueblos donde el cambio
provocado por amenazas o por el uso real de violencia fue más pronunciado tendieron
a ser aquellos donde históricamente la competencia entre los partidos había sido fuer­
te o aquellos donde los liberales superaban- en número a los conservadores pero no
llegaban a constituir una mayoría abrumadora (Véase tabla 4). También hubo pueblos
donde un atípico aumento en el número de votos conservadores redujo, pero no logró
eliminar las mayorías liberales entre 1945 y 1949 (Véase tabla 5).

Varios factores posibles dan cuenta de la reducida capacidad de estos munici­


pios de soportar la presión conservadora en comparación con la exitosa resistencia

119
A Sangre Y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

u
Turbo

Caucasia

B í
Scgovin
D.U1CIM \

c
i í>

Frontino

Puerto Berrío
1 Umu
Meddlín
Titiribí
.Vencen

Santa Barbara

Mapa 7. Sitios de poder liberal. (Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi y Colombia, Departa­
mento Administrativo Nacional de Estadística ),

de otros, en los cuales la mano de obra sindicalizada tenía una presencia importante
como los del nordeste, el Magdalena Medio, el occidente y Urabá. Los trabajadores
ubicados en los municipios centrales tendían a ser obreros industriales afiliados a los
sindicatos católicos. Además, a diferencia de los pueblos donde el peso de la mano de
obra organizada era sentida de manera más notable (Magdalena Medio, Urabá, Bajo
Cauca, etc), Envigado, Itagüí y Amagá tenían un nitmero significativo de habitantes
consenadores. En general, se demostró imposible convertir al conscrvatismo municipios
como aquellos del oriente y el occidente antioqueños, donde los conservadores locales
eran pocos en número y cuyos municipios vednos se jactaban de tener mayorías liberales.

Los laureanistas reconocieron la existencia de “islas de liberalismo” y, esencial­


mente, las dejaron en paz. Percibieron que toda la zona del norte del municipio

120

j
Capítulo I vin.••-•«i

Tabla 3: Porcentaje total de votos al Concejo a favor de gaitanistas, 1949

Elecciones al Concejo, 9 de junio de 1949

Región Municipio Porcentaje gjitanislj

Occidente Dabeibn_____ 52
llrjbá Turbo_______ 43
Bajo (i,mea Zaragoza 32
Occidente San Jerónimo 32
Nordeste Segovia_____ 30
Central Ebejicó 26
Bajo Cauca Cáccrcs_____ 23
Occidente Frontino___ 16
Oriente Retiro_______ 14
Urabá Chigorodó 14

(Fuenic: Colombia, DAÑE, Anuario Estadístico de Antioquia. Años 1947, 1948, 1949. Apéndice 2/4,
“Estadística Electoral”)_______

occidental de Cañasgordas, la mitad más oriental de Antioquia, el Bajo Cauca y el


Magdalena Medio (es decir, la periferia) era impermeable al proselitismo conser­
vador, sin importar cuán severo c intimidatorío fuera.122 Dadas estas limitaciones
y al no existir un consenso en el partido en el ámbito departamental, con respecto
al uso de la fuerza para lograr las victorias electorales, los laurcanistas centraron
sus esfuerzos electorales en 1949, tal como lo habían hecho en las elecciones de
1945, en los pueblos situados cerca de los municipios monolítica o abrumadoramente
conservadores. La estrategia consistente en movilizar a los conservadores de un
municipio con el fin de atacar a los liberales de otro ayuda a explicar la razón por la
cual los habitantes entrevistados rememoraron el surgimiento de la violencia,
asociándolo con una invasión liderada por extraños o forasteros conservadores.12'
Desde luego, los esfuerzos de estos forasteros sólo tuvieron éxito donde hicieron eco
y encontraron apoyo local. A la inversa, en los pueblos sólidamente conservadores
donde los votantes liberales habían sido históricamente una pequeña minoría, estos
últimos simplemente se abstuvieron de votar en las elecciones para Concejo sin que
tuviera lugar necesariamente algún tipo de violencia.124

Los resultados de las elecciones de junio de 1949 sugieren que los municipios
susceptibles de ser convertidos al conservatismo ya habían cambiado su afiliación
dominante de liberal a conservadora entre 1945 y 1947, es decir, durante la ad-

121
1

A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Tabla 4. Municipios liberales convertidos al conservatismo.


Elecciones para Asamblea Departamental 1945-1949

Idenddad Región Municipio % liberal % de disminución liberal


Partidista 1945 1949 1945-1949
Reñida____ Nordeste Anorí_____ 48 28 _________ -20________
Reñida____ Sur Caramanta 54 40 _________ -14________
Reñida____ Sur Valparaíso 56 44 _________ -12________
Reñida____ Suroeste Andes_____ 56 44 _________ -11_________
Reñida____ Suroeste Bolívar____ 53 42 ________ -11________
Liberal____ Suroeste Tarso_____ 95 36 _________ -58________
Liberal_____ Suroeste Pueblorrico 71 18 _________ -53________
Liberal_____ Occidente Campamento 61 11 _________ -50________
Liberal_____ Occidente Olaya_____ 80 33 _________ -47________
Liberal_____ Nordeste Yolombó 91 47 _________ -44________
Liberal_____ Oriente Concepción 70 36 _________ -34________
Liberal_____ Nordeste San Roque 63 32 _________ -31________
Liberal_____ Central Bello 69 43 ________ -26_______
Liberal_____ Sur_____ Montcbcllo 59 34 ________ -25_______
Liberal_____ Central Barbosa 61 45 ________ -16_______

(Fuente: República de Colombia, DAÑE, Anuario Estadístico de Antioquia - Años 1947, 1948, 1949,
Apéndice 2/4, “Estadística Electoral’’.) _______________

ministración del gobernador José María Bernal. En consecuencia, se logró muy


poco o nada, al aumentar el nivel de intimidación o de fuerza utilizada para extender
estas ganancias electorales en 1949. En efecto, quizá sorprendentemente, el uso de
violencia como táctica de conversión política demostró ser bastante ineficaz en
Antioquia, tal vez porque para ser exitosas, las campañas de conversión al
conservatismo requerían del apoyo considerable y consistente de la administración
departamental. Cuando ocuparon el cargo de gobernador, conservadores de la
línea dura como José María Bernal y Eduardo Berrío González —quienes respaldaron
el uso de la agresión partidista para lograr la victoria electoral— los esfuerzos locales
de conversión al conservatismo tuvieron éxito. Pero cuando la administración departa­
mental estaba dividida internamente o cuando el gobernador se opuso activamente a
tal tipo de esfuerzo, la conversión al conservatismo por la fuerza casi siempre fracasó.
En este sentido, las acusaciones laureanistas contra Fernando Gómez Martínez iróni­
camente fueron precisas, pues su repudio a la violencia contribuyó a la incapacidad de
su partido para extender por la fuerza su control electoral en Antioquia.

122

J
Capítulo I

Tabla 5: Municipios liberales que se resistieron a la conservatización

Elecciones para Asamblea Departamental 1945-1949

Porcentaje liberal Porcentaje de disminución liberal

Municipio 1945 1949 1945-1949

Bctania 87 55 -33

Antioquia Vieja 79 60 -19

(asneros 71 52 -19

Angclópolis 72 56 -16

Amana 71 55 -15

Envigado 65 50 -14

Itagüí 63 53 -11

(Fuente: República de Colombia, DAÑE, Anuario Estadístico de Antioquia - Años 1947, 1948, 1949,
Apéndice 2/4, “EstadísticaJElectoral’\¿ —

En otras palabras, la violencia no fue inevitable y no pudo tener éxito cuando


fue abrazada o perseguida por unos pocos líderes locales o por el gobierno de­
partamental por sí solo. Esta impresión se ve reforzada especialmente por la frecuencia
con la que los ciudadanos locales de ambos partidos atribuyeron la transforma­
ción de la violencia en una guerra partidista total, al punto en que los empleados
públicos y los policías nombrados por el gobierno departamental se cruzaron con la
presencia de extremistas locales. Asi pues, los pueblos en que la violencia electoral tuvo
los mayores efectos fueron precisamente aquellos donde los laureanistas gozaban al
menos de un mínimo apoyo y donde las estructuras como los comités del partido, la
más fuertes. De ahí que la mayoría
Iglesia Católica y la integración económica eran „.ás
de los municipios convertidos al conservatismo entre 1945 y 1947 estuvieran ubi-
cados en las áreas cafeteras del sur y el suroeste y en la industrializada zona central
(Véase mapa 8).125 El éxito de la violencia oficial fue moldeado entonces por la
presencia de fuertes vínculos entre la sociedad local, el gobierno departamental, las
instituciones nacionales y la existencia de cargos susceptibles del control clicntclista.

123
1

A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Paradójicamente, sin embargo, estos mismos pueblos también fueron aque­


llos donde fije más fácil detener la violencia partidista electoral o estatal cuando
amenazaba los intereses económicos o se alejaba de las preocupaciones estrictamente
partidistas. Puesto que el éxito de la violencia electoral dependía de la coordinación
entre lo local y lo departamental, así como de la promoción activa de la violencia por
parte de empleados públicos, la ausencia de vínculos estructurales significó que
no había mecanismos a través de los cuales canalizar la intimidación ni ninguna
base estructural sobre la cual construir una estrategia de violencia. Si no hubiera ni
alcalde ni policía, ¿quien podía actuar como vanguardia del Estado departamental?
Y si no hubiera caigos clicntelistas para distribuir, ¿cómo podía uno construir una
maquinaria electoral clientelista?

La importancia de los vínculos a través de los cuales canalizar la violencia y, además,


mediar en el conflicto también explica parcialmente por qué los laurcanistas evitaron
librar batallas electorales fuera de las zonas centrales del departamento. Aunque la
afiliación abnimadoramente liberal de los pueblos de La periferia fue un elemento natu­
ralmente disuasivo de los esfuerzos de conversión al conservatismo, la ausencia de
comités municipales del Partido Conservador o de una zona próxima de apoyo conser­
rador sólido y de medios de comunicación confiables constituyeron impedimentos más
significativos. Desde el punto de vista logístico, resultó imposible librar una campaña de
conversión al conservatismo o ejercer la intimidación física mediante la presencia de
agentes de policía o contrachusma donde se carecía de apoyos institucionales.

También es impactante que la afiliación partidista dominante en un determinado


pueblo no fuera un indicador contundente de la probable incidencia de la violencia ni
de su éxito. Un pueblo liberal como Caucasia, donde los trabajadores militantes de las
carreteras y las minas eran una presencia importante y donde se podría haber esperado
que el gobierno o el ambicioso sector de derecha del Partido Conservador usara la
fuerza partidista para dar un golpe mortal a los afiliados de la CTC, casi cuadruplica
su electorado liberal. Un fenómeno similar ocurrió en Puerto Berrío, donde los liberales
no sólo duplicaron sus votos sino que también votaron en cantidades considerables
por candidatos gaitanistas en las elecciones para el Concejo Municipal. Irónicamente,
aunque la identificación como miembros de un sindicato militante convertía a ciertos

124

J
Capítulo 1

1 Conservatismo Competitivo
J Liberales Conservatizados
Liberales que resisten la conservatización

Olaya Yolonbó
Antioquia C.iMirrn»
Barbos ■Sj,‘

Bello Concepción
Medellín
ItJgui
Angclopólñ
Envigado
Anugá

Bolíli irso
ieb!cc rpeo
Betani^
a! ' •l’alporjry:
CaramanLi

Mapa 8. Conservatización en 1949. (Fuente: República de Colombia, DAÑE, Anuario Estadístico de


Antioquia - Años 1947, 1948, 1949, Apéndice 2/4. "Estadística Electoral" )

individuos en blanco probable de la violencia conservadora, esta misma característica


demostró ser el factor más disuasivo de los esfuerzos conservadores por cambiar la com­
posición electoral y la autonomía de los pueblos periféricos con una mayoría liberal.

La violencia después de junio de 1949

El decepcionante resultado de las elecciones de junio de 1949 constituyó una


lección muy importante para los conservadores radicales. Los laureanistas sabían
ahora que la intimidación y el nombramiento de funcionarios públicos simpatizan­
tes como alcaldes locales eran estrategias insuficientes para alterar radicalmente la
composición partidista de la mayoría de municipios del departamento. Esto no los
llevó a cuestionar la eficacia del uso de la coerción con fines electorales. En lugar

125
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

de ello, conduy,'cron —como de hecho también lo revelaron los resultados electo-


rale: que sin una política departamental coordinada difundida mediante una
burocracia regional unificada internamente y manejada por un personal simpati­
zante con el laurcanismo, los esfuerzos por convertir a Antioquia al conservatismo
no tendrían éxito. Los conservadores de derecha, en consecuencia, cabildearon
con el fin de aumentar su presencia en el Directorio Conservador del departamen­
to y despojar de su cargo a cualquier conservador (incluyendo al gobernador) que
pudiera impedir o estar en desacuerdo con sus objetivos o tácticas políticas. Mientras
se ponía en práctica esta estrategia, los laureanistas también promovieron y finan­
ciaron la creación de más fuerzas extraoficiales como la contrachusma, surgida en
primera instancia como respuesta a la incapacidad de los agentes de policía con­
servadores de calmar la agitación tras el asesinato de Gaitán.
No haber ganado las elecciones de junio provocó una intensificación de la
violencia dirigida por los conservadores en toda Antioquia. En efecto, la profu­
sión indiscriminada de actos de violencia sólo se convierte en algo corriente en
Antioquia en la segunda mitad del año de 1949, cuando los conservadores de la
línea dura asumieron con una fuerza cada vez mayor, la posición “a sangre y
fuego” en su búsqueda de poder político.126 Las primeras víctimas de la violencia
exacerbada en el período postelectoral fueron los habitantes liberales de pueblos
como Andes, Pueblorrico, Betania y San Carlos, obligados a emigrar por la
contrachusma.12' En este período también comenzó a surgir la confrontación ar­
mada entre liberales y conservadores pagados por terratenientes o jefes políticos
enfrentados entre sí. En el mes de julio, dos bandas de este tipo paralizaron el
centro de Bolívar durante varias horas durante una riña en una cantina.1"8 Al día
siguiente, un ciudadano conservador fue asesinado, al parecer en retaliación por el
asesinato de un liberal en el mes de junio.129 Para agosto, la situación de Bolívar se
había deteriorado hasta tal punto que el ministro de gobierno le preguntó en tono
sarcástico al gobernador de Antioquia si lo apropiado sería nombrar a un alcalde
militar en Bolívar.120 El gobernador ignoró la petición del ministro, empeñado en
lograr a toda costa el dominio conservador en el pueblo del suroeste.

126
Capítulo I.

Las cantinas se convirtieron en los lugares más frecuentes donde tenían lugar el
intercambio de insultos y Las confrontaciones físicas entre miembros de ambos partidos.
El mismo día de La confrontación en Bolívar, gente del pueblo y el alcalde borracho le
dispararon a un hombre en una cantina en Santa Bárbara. Al día siguiente, el alcalde de
Santuario, en el oriente antioqueño, reportó que dos campesinos ebrios hablan gritado:
¡Viva el Partido Conservador! al registrador electoral y a otros hombres también borra­
dlos. El alcalde conservador de Santuario le insistió al gobernador que la oportuna
intervención de la policía había evitado una pelea, pero varios testigos juraron—lo que se
convertiría en práctica común— que La policía había presenciado los hechos y se había
rehusado a intervenir cuando los participantes se atacaron a puños.1”

La escalada de violencia municipal llevó a los gobiernos nacional y departamental


a crear tardíamente comités bipartidistas "pro paz", conformados por representantes
liberales y conservadores de asociaciones importantes de comerciantes, industriales,
financieros y agricultores. Por ejemplo, miembros de la élite departamental domina­
ban el comité de paz de Antioquia.132 Sin embargo, la viabilidad del compromiso o
mediación bipartidista fue socavada a causa de la remoción del caigo del más clamoroso
abogado de la cooperación bipartidista. En julio, Fernando Gómez Martínez fue
relevado de su cargo de gobernador, como parte de una estrategia para sacar del
gobierno no sólo a los miembros de la oposición sino a cualquier funcionario que
se hubiera mostrado crítico de cualquier aspecto del régimen o de los laurcanistas
antes de las elecciones de noviembre.

A medida que se desvanecía cualquier posibilidad de mantener un término


medio, los municipios donde antes no había habido indicios de disturbios em­
pezaron a quejarse de estallidos repentinos de violencia entre julio y octubre de
1949. Además, tal como en el caso de la violencia ocurrida entre 1947 y la primera
mitad de 1949, casi todas las quejas de persecución, extorsión o abuso físico que
llegaron a los despachos del gobernador o del ministro de gobierno en la segunda
mitad del año involucraban a empicados públicos como alcaldes, inspectores de
policía y policías. Se hizo corriente nombrar alcaldes con historial criminal o
cuyos nombres eran mencionados en casos de homicidio y asalto que hasta el

127
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

momento no habían sido cerrados. El juez del circuito tercero de Mcdellín, por I

ejemplo, se vio obligado a solicitarle al gobernador retirar de su cargo a los alcal­


des de La Ceja y La Estrella (donde el gobernador Berrío González tenía fuertes
bases de apoyo político) por varias acusaciones serias contra ambos por homicidio y
lesiones personales.1-13 Los alcaldes acusados a menudo mantenían sus cargos o
simplemente eran trasladados a otro lugar. Así, en algunos casos, individuos que
en el pasado habían sido enviados a un municipio para aplacarlo y se habían
ganado una reputación por aterrorizar a la comunidad y por cometer crímenes,
eran nombrados nuevamente cuando los asuntos locales requerían de nuevo una
"mano dura". Esc fue el infortunado caso de Puerto Berrío, donde el presidente
del Concejo Municipal denunció el reciente nombramiento de un alcalde a quien
se refirió como "de ingrata recordación [en la memoria] de la ciudadanía de este
municipio”.134 La continua presencia de estos funcionarios en cargos locales, incluso
después de conocerse ampliamente su pasado criminal, destruyó la poca confianza
pública que podía seguir existiendo en relación con la integridad o las garantías de
protección ofrecidas por los representantes del Estado a los ciudadanos.

Los meses inmediatamente anteriores a las elecciones presidenciales de noviem­


bre de 1949 también resultaron especialmente tensos, debido a que los extremistas
conserradores redoblaron sus ataques contra la mano de obra sindicalizada. El 11
de octubre, el Sindicato Ferroviario de Antioquia denunció el asesinato del jefe de
la estación de Providencia y las heridas recibidas por un empleado ferroviario a
manos de un inspector de policía ebrio en el cercano pueblo de San José, entre
Yolombó y Maceo, en el oriente antioqueño. El mismo día, en el extremo opuesto
del departamento, en el corregimiento de Bolombolo (municipio de Venecia) en
el suroeste, el jefe de la estación y la policía municipal, gritando vivas a su partido,
atacaron a los trabajadores ferroviarios mientras almorzaban pacíficamente. El
sindicato insistió en que el aumento de los ataques no era producto del azar, ni el
simple producto de estallidos partidistas espontáneos. Más bien, culpó al Estado
y a sus representantes (policías o empleados públicos), así como su hostilidad hacia la
mano de obra organizada por la creciente oleada de violencia contra los trabajadores.

128
Capítulo I. lmVmikcuh*

Aparentemente las autoridades departamentales esperaban que habiendo otor­


gado el poder a civiles conservadores para conducir ataques contra los trabajadores
del sector público, tales incidentes se considerarían poco importantes y serían
descartados como la acción de elementos revoltosos sobre quienes el gobierno de­
partamental no tenía autoridad directa, distanciando así al Estado de la apariencia
de ser instigador de la violencia. Pero los funcionarios del sindicato identificaron
la maniobra. "Esos ataques", insistieron, "no provienen todos de parte de parti­
culares exaltados por las pasiones políticas, sino que en su mayoría se presentan
por parte de los mismos funcionarios y agentes encargados de velar por la tran­
quilidad, honra y bienes de los asociados, en convivencia con personajes de bajos
instintos”.1'5 La "animadversión de los agentes policivos hacia el personal ferro­
viario”, insistieron los representantes del sindicato, "viene haciéndose notoria
desde tiempo atrás ”, aunque el sindicato sentía que recientemente había empeo­
rado, obligando a los trabajadores a escoger entre "la conservación de la vida y...
los intereses de la economía antioqueña”. La actitud “francamente hostil” de la
policía hacia los trabajadores ferroviarios convenció al sindicato de que la policía
se preocupaba por su responsabilidad de "cuidar fábricas particulares”, no las
vidas o derechos de los trabajadores.136

Dos meses después de la protesta del sindicato de los ferrocarriles por el


abuso policial contra los trabajadores ferroviarios, el personal militar acuartelado
enVenecia informó que un grupo de civiles había apuñalado a muerte a un traba­
jador de carreteras, quien se tomaba un trago con su novia en una cantina local. El
incidente había tenido lugar exactamente frente al despacho del alcalde y con
"policías a veinte varas de distancia, y 2 ó 3 minutos de haber practicado la requisa
sobre armas”. Pero, sugería el oficial militar, era probable que la rutina de requisas
no disuadiera a los asesinos, pues cuando se trataba de requisas a "algunos indivi­
duos", éstas se hacían "en forma enteramente supuesta". En efecto, en este caso
particular, "los dos asesinos, luego de cometer su crimen, salieron a esconder sus
armas en la cantina de un jefe conservador... contra quien existen sospechas de estar
instigando la chusma para ultimar liberales en esta población”. Pocos días después, ni el

129
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

alcaldc ni el propietario de la cantina se molestaron en ocultar sus vínculos con la


contrachusma. "Todos los de la chusma y parte de esos señores ebrios armados peinilla
al cinto y [con] revólveres, haciendo alarde de su poderío y apoyo oficial” arremetieron
contra el pueblo y lo aterrorizaron impunemente. Los intentos de detener a las fuerzas
paramilitares organizadas informalmente fueron inútiles en gran medida, se lamentaba el
oficial militar, porque La policía estaba confabidada con los líderes y "porque personal­
mente el Señor Alcalde avisa a la chusma cuándo puede armarse sin cuidado".137

Las elecciones presidenciales

Los informes sobre violencia municipal recibidos en el despacho del gobernador


antes de octubre de 1949 involucraban casi siempre acciones contra los liberales, pero
en el mes de octubre se recibieron reportes de violencia liberal contra miembros
del partido de gobierno. Estos incidentes no involucraron a las fuerzas guerrilleras
liberales como las que pronto se organizarían en los pueblos de la periferia, pero sí
representan las primeras manifestaciones de la resistencia liberal en Antioquia.
Los primeros informes de retaliación liberal contra los funcionarios públicos y
ciudadanos conservadores llegaron de La Estrella, Montebello, Amaga y Concordia,
pueblos afectados durante los tres últimos años por la violencia electoral iniciada
por el Estado. En La Estrella, el alcalde conservador había sido herido, y dos conser­
vadores habían recibido heridas en Montebello, mientras que de los pueblos del
suroeste, Amaga y Concordia, se informaba de un asesinato de un ciudadano con­
senador en cada uno.138 Mientras tanto, una estatua de la Virgen de Fátima, patrona
de los reaccionarios conservadores y símbolo de su programa anticomunista, llegaba
a Antioquia en avión, procedente de Girardot en el departamento de Cundinamarca.
La gente del suroeste antioqueño asociaba el verdadero comienzo de la violencia con
las procesiones en honor a la Virgen de Fátima que tuvieron lugar en el mes de octubre.

Por otra parte, el primer indicio de que los disturbios entre miembros de
ambos partidos podrían tener repercusiones económicas también surgió en el mes
de octubre. Para proteger los cultivos de los asaltos liberales que ya se rumoraban,
el presidente de la Federación Colombiana de Cafeteros sugirió desplegar solda-

130
C/\PÍTULO I VtKl*-»»* IN MllíJir» Y IN im MISMWWnMíllWM.

dos en las zonas del suroeste donde se esperaba una gran cosecha dei grano. 139
Los cafeteros estaban alarmados debido a informes de que agentes gubernamentales,
como un sargento de policía de nombre Bedoya, estaba forzando a prominentes
hacendados liberales de Frcdonia —incluido el presidente del Partido Liberal de
Antioquia— a “abandonar sus haciendas... en momentos de la recolección de La
cosedla de café”.1’*” Los cultivadores estaban especialmente perturbados por informes
do que el gobernador Bcrrío se había negado a interceder a favor de los hacendados
amenazados y a enviar soldados, incluso después de que el ministro de gobierno desde
Bogotá le había ordenado hacerlo. Al ministerio habían llegado reiteradas quejas en
las que se denunciaba que la violencia provocada por agentes del gobierno amenazaba
la cosecha de cafe, el ganado y la producción panelera del suroeste, y forzando el
desplazamiento de muchos habitantes de la zona. Al igual que los miembros de la
Federación de Cafeteros, el ministro sugirió que el gobernador enviara soldados a
patrullar la zona entre Andes y Frcdonia para proteger a los campesinos y rodear
a los "maleantes” que operaban allí. Sin embargo, también insistió en que “para
pacificar en armonía” era necesario que cualquier política adoptada en los munici­
pios cafeteros fuese determinada a través del diálogo y la cooperación bipartidista.141
La insistencia en el uso de la negociación y la participación bipartidista en la resolu­
ción del conflicto son rasgos que distinguieron la manera como el Estado asumió la
violencia en los pueblos centrales de la empleada en los pueblos periféricos donde la
respuesta más común a la agitación fue la represión.

El destino de los pueblos cafeteros del suroeste donde los conservadores ha­
bían concentrado todos sus esfuerzos por lograr victorias electorales en 1947 y
1949, y donde había sido mayor el despliegue de alcaldes, policías partidistas y
civiles conservadores reaccionarios, se convirtió en una preocupación obsesiva para
el gobierno nacional. Esta preocupación surgió, en parte, del deseo de proteger el
sector cafetero de Antioquia, el segundo departamento exportador de la fuente
principal de divisas del país. Pero, también en parte, refleja la preocupación cada
vez mayor del presidente y del ministro de gobierno respecto al posible uso de
violencia contra miembros de la elite sin importar su afiliación política, y a des­
acuerdos entre el gobierno nacional y el departamental sobre la mejor manera de

131
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

mantener el orden público. Esto se hizo evidente en los telegramas, impacientes y


llenos de reclamos, con los cuales el ministro de gobierno, Luis Andrade, y el
propio presidente de la República bombardearon a Eduardo Berrío González tras
el exilio forzoso del líder liberal Julián Uribe Gaviria de sus propiedades.

Cuando el gobernador Eduardo Berrío se negó a colaborar con la oposición


para poner fin a la interrupción de la cosecha cafetera, el ministro se vio obligado
a escribirle al gobernador una segunda y más apremiante advertencia. Le recordó
a Berrío el serio impacto que la violencia podría tener sobre el ganado y la agricul­
tura comercial antioqueña c hizo énfasis en el daño que tales incidentes causarían
a la imagen de Colombia en el exterior. Los individuos responsables de la huida de
familias y de la amenaza a la cosecha cafetera debían ser perseguidos, añadía
Andrade, “sin consideración alguna... [y] sin distinciones de divisas políticas”.
En caso de que en la mente del gobernador quedara alguna duda sobre el significado
de las palabras del ministro, este último reiteró que quería decir explícitamente que
"bajo banderas [de los] partidos tradicionales no pueden sentirse protegidos los
asesinos, atracadores, [y] incendiarios”.142 Una vez más, repitió, la solución debía
ser bipartidista. Cuando el gobernador no hizo nada para castigar a las fuerzas
gubernamentales involucradas en perpetuar la violencia en el suroeste de Antioquia,
el ministro lo amonestó de nuevo: “Reiterárnosle [la] preocupación del gobierno
porque los hechos criminosos cometidos en.el territorio de su jurisdicción sean
severa y rápidamente investigados para definir la responsabilidad de los delincuentes
incluyendo entre éstos a los posibles agentes del gobierno que abusando de sus
funciones puedan resultar comprometidos". El castigo para aquellos hallados culpa­
bles de promover la violencia, añadía el ministro, debería ocurrir “sin discriminaciones
políticas, sociales ni económicas".143

Eduardo Berrío González debe haber sabido que ni el presidente Ospina Pérez
ni el ministro estaban en posición de exigir la renuncia del gobernador y que el
poder había pasado definitivamente a manos del sector laureanista pues a partir de
este momento desafió de manera persistente las exigencias del gobierno nacional y
nunca refrenó a las tropas de choque, cruciales para sus ambiciones electorales y las
i

132
C/\PÍTULO I L*V»«j'«nn<Mniiiw YiNtmut^tmnMinuav

de otros extremistas. En los municipios productores de café donde la Federación de


Cafeteros tenía gran influencia, la indiferencia del gobernador a la violencia entre los
partidos tuvo repercusiones menos graves; la asociación privada de productores del
grano podía y, en efecto, acudió al gobierno nacional y al ejército para que entraran en la
zona y desviaran a los secuaces del gobernador cuando sus acciones amenazaron la eco­
nomía del municipio o las relaciones entre los dos partidos, cuidadosamente negociadas.
Pero en los municipios donde no existía un mediador poderoso como la Federación, el
desplazamiento o la resistencia armada resultaron las únicas respuestas viables a la inten­
sificada violencia estatal Cuando se hizo evidente que ni el presidente de la República
podía evitar que el gobernador y sus secuaces promovieran la violencia, eminentes
hombres de negocios liberales de pueblos como Yarumal y Rionegro, por ejemplo, sim­
plemente cerraron sus negocios y se fueron para siempre.144
La escalada del conflicto partidista entre octubre y noviembre de 1949 tuvo
vastas repercusiones. El jefe nacional del liberalismo, Alfonso López Pumarcjo,
les ordenó a sus copartidarios abstenerse de participar en las elecciones presiden­
ciales mientras que el líder liberal, Darío Echandía, le rogó al Presidente Ospina
Pérez posponer las elecciones y formar un gobierno bipartidista.145 Pero la oferta
de apoyo liberal llegó demasiado tarde. Ospina ya había llegado a la conclusión de
que la influencia de Laureano Gómez sobre los conservadores era demasiada como
para resistirse a ella, se aisló y se tornó cada vez más intransigente. Ya purgado de
sus miembros moderados, el Directorio Conservador de Antioquia recientemente
reorganizado rechazó categóricamente cualquier posibilidad de colaboración con
el Partido Liberal y declaró su total apoyo a Laureano Gómez.146 Para el 29 de
octubre, cualquier negociación entre liberales y conservadores era discutible; el
líder liberal Carlos Lleras Restrepo rompió las conversaciones, declaró una insu­
rrección y ordenó la abstención liberal total. Además, en un acto poderosamente
simbólico prohibió las relaciones entre liberales y conservadores.147

El gobierno nacional respondió a estas acciones y a las amenazas liberales de


retaliación aumentando la presencia del ejército en todo el territorio colombiano,
especialmente en las zonas consideradas económica y políticamente estratégicas,

133
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

como la zona cafetera del suroeste, la zona industrial de Mcdellín y los puertos del
departamento. Para el 9 de noviembre, Mariano Ospina Pérez puso fin al gobierno
democrático y declaró un Estado de Sitio. Mediante el Decreto 3518 cerró el Congre­
so, las Asambleas departamentales y todos los Concejos municipales de Colombia.1'18
La respuesta de los inversionistas y capitalistas a estas medidas no se hizo esperar: las
acciones subieron el 11 de noviembre y los precios del ganado se dispararon en toda
la nación mientras que la prohibición del gobierno de las operaciones "tortuga” o
huelgas de solidaridad ayudó a estimular la confianza de los inversionistas en las
propicias perspectivas del poder dictatorial para el desarrollo capitalista.149 Junto
con el decreto ejecutivo del mes de julio, mediante el cual se nacionalizó a la policía,
La interrupción de los foros democráticos garantizó que ninguna persona insatisfecha
con la naturaleza cada vez más coercitiva del mandato interno tuviera acceso a me­
dios no violentos para expresar su descontento.150

La Violencia entra en su segunda fase

Poco tiempo después de la declaración del presidente Ospina del Estado de


Sitio a finales de noviembre, Laureano Gómez ganó las elecciones presidenciales
en una contienda sin oposición pero notablemente violenta. En pueblos como
Santa Bárbara, La Estrella, Ebéjico, Yarumal, Salgar y Betulia hubo una demanda
tan grande de soldados para mantener el orden público, que el gobierno departa­
mental no logró responder a la abrumadora cantidad de solicitudes de fuerzas
oficiales en los municipios.151 Desde los municipios donde había delegados libe­
rales se informó que estos últimos estaban siendo acosados sin misericordia por la
policía con el apoyo y el conocimiento tácito del alcalde. En algunos pueblos,
además, se obligó a los liberales a votar por Laureano Gómez so pena de ser
castigados físicamente, lo que provocó la huida de muchos ciudadanos al monte
para esperar allí el final del período electoral con la esperanza de evitar ser perse­
guidos por la oposición.152 Por ejemplo, cuando los liberales de pueblos como
Tarso (convertido al conservatismo por la fuerza entre 1945 y 1947) le pidieron
al alcalde protegerlos de los contrachusmas, quienes los habían despojado de sus

134
Capítulo I ^vmimminMiwhh

cédulas de ciudadanía, el alcalde se negó y fríamente les sugirió a las víctimas que
más bien se fueran del pueblo.153
La elección de Laureano Gómez también marcó otros cambios en el desarrollo
de la violencia departamental. En Antioquia surgió un movimiento guerrillero
liberal armado como respuesta a la escalada de la violencia oficial. Los grupos
liberales armados incendiaron, saquearon e incitaron insurrecciones en Ebéjico,
Betulia y San Juan de Urabá para protestar por la elección de Gómez.15* Los
habitantes de este último municipio mataron a tiros al inspector de policía junto
con otros miembros de las fuerzas armadas, y luego buscaron refugio en las colinas
que rodean el pueblo, cuando las autoridades conservadoras hicieron explotar una
bomba para castigar su negativa a reconocer la victoria de Gómez y a aceptar la
imposición de nuevos funcionarios departamentales. El párroco, que actuaba como
intermediario, urgió al gobierno departamental a enviar soldados para restablecer el
orden público. Pero le advirtió al gobernador que no enviara policías, puesto que su
presencia durante los comicios del pasado y sus actos represivos eran precisamente lo
que había provocado en primera instancia la organización de la resistencia local.155

El estallido de la rebelión en toda la periferia antioqueña inmediatamente


después de la victoria electoral de Laureano Gómez marcó el final del conflicto
episódico en el departamento y el comienzo de una prolongada insurrección. Los
obreros del sector público —principales blancos del acoso político entre 1946 y
1949— tomaron cada vez más las armas contra el Estado o se confabularon y
protegieron a grupos liberales armados que operaban en su vecindad geográfica. Por
ejemplo, los trabajadores ferroviarios del tramo entre Tulio Ospina y Anzá, expre­
saron su repudio a las políticas del Estado "obstaculizando la localización de
bandoleros liberales” y negando "a comisiones sucesivas su presencia frecuente en
distintos puntos de dicho sector”.156 Si se hubiera enviado al ejército a patrullar la
zona de Anzá y Urrao y a defender los intereses de los ferrocarriles —como lo había
solicitado el Sindicato de Fcrropacífico en noviembre de 1949— quizá el personal
ferroviario hubiera estado menos dispuesto a encubrir a los grupos guerrilleros
liberales recién creados.157 Por el contrario, los trabajadores del sector público hicie-

135
A Sangre y Fuego: La violencia en Anhoquia, Colombia, 1946-1953

ron gala de su reputación de rebeldía violenta, amenazando con detener el trabajo en


importantes proyectos de obras públicas, a menos que el Estado retirara sus fuerzas
represivas.
La violencia partidista oficial, que involucraba a grupos de paramilitares jun­
to con empleados públicos, provocó una ludia total entre las autoridades locales,
departamentales y nacionales por el monopolio de la fuerza y la definición de los
derechos jurisdiccionales de sectores específicos del gobierno de Antioquia. Estas
fuentes de discordia moldearon de manera determinante tanto la escalada como
el resultado del conflicto en la región entre 1950 y 1953. En efecto, el uso de la
policía para acosar a los obreros del sector público fue tan atroz que el coronel
Carlos Bejarano, director general encargado de la Policía Nacional en Bogotá se
quejó directamente ante el gobernador Eduardo Berrío González, en enero de
1950. El coronel Bejarano afirmaba que el nombramiento de la policía por parte
de funcionarios locales de los partidos y burócratas, así como usarla para asuntos
distintos al mantenimiento del orden público, estaban contribuyendo a la escalada
de agitación y disturbios departamentales.158 El ministro de gobierno secundó la
preocupación del director de la Policía y le advirtió al gobernador que al presidente le
preocupaba lo mismo. El ministro se refirió específicamente a la persistente persecu­
ción de la policía y la contrachusma a los trabajadores y empleados de las carreteras en
el área de Bolombolo, Venccia, y a la aparente indiferencia de las autoridades depar­
tamentales y locales a tales abusos. El ministro le recordó al gobernador, el interés
del presidente en ver terminada la carretera (que comunicaba a Bolombolo con
los municipios cafeteros y Medellín) y le rogó hablar con sus subordinados locales
—el alcalde y el jefe de la policía de Bolombolo— para que cesaran de acosar a
los trabajadores de la carretera y a los ingenieros supervisores liberales.159

El comandante de la IV Brigada del Ejército en Medellín, el coronel Villamil,


también le advirtió al gobernador lo contraproducente que sería utilizar la
contrachusma en los asuntos de orden público. Le señaló el peligro de permitir
que los alcaldes locales expandieran el tamaño y las operaciones de la “policía
cívica" en las áreas donde había presencia de trabajadores del sector público y

136
Capítulo I

donde ya había suficiente policía y ejercito para garantizar el mantenimiento del


orden público.1611 El ministro de gobierno ya le había advertido al gobernador
Berrío que el uso persistente y partidista de la policía no gozaba del apoyo del
gobierno nacional. Pero menos de un día después de recibir la última reprimenda
del ministro, Berrío estaba conspirando con el gobernador del departamento de
Chocó, Guillermo Valencia Ibáñcz, un envío de 150 agentes de policía y armas de
Antioquia para ser utilizadas poniendo en su sitio a los liberales del departamento
en las tierras bajas del Pacífico.161 La insistencia de Berrío en desplegar la policía
como fuerza de choque partidista llevó finalmente al comandante de la IV Brigada
a escribirle directamente al ministro de gobierno quejándose del comportamiento
del gobernador antioqueño. El coronel Eduardo Villamil le informó al ministro que
en sanas ocasiones se había puesto en contacto con Eduardo Berrío a causa de “quejas
[civiles] por el mal proceder de la policía”, pero que en todos los casos sus quejas
habían sido ignoradas. El gobernador, insistía el comandante del ejercito, mantuvo
en sus cargos a oficiales de policía insubordinados como el mayor Arturo Velásquez,
quien estando “ebrio con la policía civil [es decir, la contrachusma]" hizo “desorde­
nes disparando en Bolombolo” hasta que el comandante del puesto del ejercito se
vio obligado a desarmarlo. A raíz de las actuaciones de la policía y la contrachusma,
algunos ciudadanos liberales habían sido “desterrados” cuando, insistía el coman­
dante, era deber del gobierno departamental protegerlos y cerciorarse “de que deben
regresar”.162

Un poco antes de las elecciones presidenciales de noviembre, los ciudadanos


liberales dejaron de presentarle quejas sobre la policía al gobierno departamental
y, gradualmente, los conservadores hicieron lo mismo. Estos últimos concluyeron
que no tenía sentido solicitar que el gobierno hiciera algo con respecto a la policía
o la contrachusma mientras la persona encargada de los destinos del departamento
fuera Eduardo Berrío González o alguien parecido. Más bien, los conservadores
acomodados que presenciaron los abusos de la policía y la contrachusma dirigieron
sus quejas al presidente, guiados quizá por la vana esperanza de que Ospina Pérez
representaba aún un mínimo de civismo.

137
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

La crisis de legitimidad provocada por los empleados públicos que usaron la


violencia para lograr objetivos partidistas se hizo dolorosamente evidente en una
carta dirigida al presidente por un empresario de Medellín en 1950. El remitente
registraba el creciente sentimiento de alienación y horror que experimentaban los
miembros de la elite regional antioqueña, quienes repentinamente se encontraban
viviendo en un Estado policivo. El empresario, quien no estaba acostumbrado a
ser blanco de la brutalidad de la policía, el pan nuestro de cada día de la clase baja
colombiana, estaba consternado por el repentino y presumido sentido de impor­
tancia y el aparentemente ilimitado poder de la policía. “Excelentísimo Señor",
comenzaba su misiva al presidente,

En mi airícter de colombiano, de conservador y de profesional, no puedo


menos que acudir al Primer Magistrado para pedirle encarecidamente su inter­
vención en favor de conciudadanos que están siendo víctimas desgraciadas de
una inmisericotdc persecución, ante el impávido gesto de complacencia, no de
las altas autoridades, sino de algunos agentes de la policía, que ignorando de
buena fe o maliciosamente, las circulares de Su Excelencia, del Señor Ministro
de Gobierno y dclTitular de la Cartera de Justicia, permiten que ante sus ojos se
cometan graves atropellos que día a día van a acrecentar el sedimento de amar­
gura de aquellos que con aparente motivo o sin él, son víctimas de la irrespon­
sabilidad y la crueldad de una chusma enfurecida y agresiva.1ÍJ
El autor de la carta relataba la manera como había presenciado, al volver un fin
de semana de su finca en las afueras de Medellín, a “quince individuos completa­
mente borrachos" que detenían vehículos en la carretera que conducía a la ciudad
mientras gritaban "viva el Partido Conservador". Mientras tanto, “el agente de poli­
cía exigía el pase de chofer, y el carnet conservador”. Mientras “el agente examinaba los
aludidos documentos, los ocupantes del vehículo éramos víctimas del vocabulario
soez y vergonzoso de aquellos exaltados". Increíblemente, “no se limitaron a agre­
dirnos de palabra, los machetes probaron su temple contra los vidrios, guardabarros
y portezuelas de automóvil, los fuegos artificiales de las balas del revólver contrastaban
con la metálica palidez de los mismos, y todo esto, lo repito, ante los complacidos

138
Capítulo I

rostros de tres o cuatro agentes de policía”. La Providencia, decía el remitente de la


carta, "fue generosa con nosotros esa noche”, pues el llevaba consigo el carnet que lo
identificaba como conservador. Sin embargo, los ocupantes de la casa al lado de la
vía donde habían sido detenidos tuvieron menos suerte. Mientras gritaban: "¡Viva
el Papa y abajo los rojos!”, los hombres que habían dejado de golpear el vehículo
una vez seguros de que se trataba de un conservador habían empezado a tumbar la
puerta de la vivienda. Todavía no se había recuperado, le confirmó al presidente, de
la conmoción y la vergüenza de esta horrible experiencia.

En efecto, queda claro en los comentarios que hizo a continuación el autor de


la carta que su encuentro con la contrachusma y la policía había marcado un giro en
su desarrollo moral y político. "Mis ideales se han visto transformados de la noche
a la mañana, el sueño de una Colombia grande, que siempre me hizo amarla más,
parece que está próximo a ser una quimera, porque parece que la paz y la concordia
son plantas exóticas en nuestro medio”. Pasó a confirmarle al presidente que no lo
culpaba personalmente de lo que estaba ocurriendo en Colombia. Sentía que las
condiciones actuales tenían raíces históricas más profundas, pues “todo lo que
ocurre no es fruto del presente, el régimen anterior sembró vientos y ahora nos
toca la desdicha de recolectar tempestades. Todos los colombianos, cual más cual
menos, somos víctimas de un estado de cosas incontrolables”. Su objetivo en
escribirle al presidente había sido dar testimonio, expresar el deseo "del hombre
de la calle, del profesional del común, tal vez del pequeño burgués que aspira a
vivir en paz con Dios y con sus semejantes, es la aspiración de todos los colombianos
a vivir en paz con el hermano, la de vivir respetando y respetados”.

Hombre prudente, el autor guardó su carta en el cajón de su escritorio, pensando


desconsoladamente que no valía la pena molestar al presidente con una queja sobre
eventos que “fácilmente podrían ser controlados por las autoridades civiles y militares
de este departamento”. Mientras tanto, en su puesto como ejecutivo del Banco
Industrial Colombiano, había tenido la oportunidad de conversar "con gentes de
toda índole y de diferentes poblaciones, [y] de todos los partidos políticos”. En
tono confidencial, le habían dicho que “la violencia ha vuelto a ser en Antioquia

139
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

causa primordial de intranquilidad”. Enumeró todos los pueblos donde había


violencia: Caldas, Itagüí, Envigado, Andes, Concordia, La Ceja, Amaga, Bolívar,
Bolombolo y Titiribí, y anotó que los conservadores que se atrevían a quejarse
ante las autoridades o el comité departamental del partido “son perseguidos en su
vida y en sus bienes de una manera implacable". Esto había creado un problema
de refugiados políticos compuesto “no del campo liberal, sino conservadores
perseguidos por los caciques de los pueblos”, y este problema, junto con "el in­
vierno y el alza del costo de la vida" estaban haciendo que la vida en Medcllín
fuera cada día más difícil. Tanta injusticia y la aparente ausencia de cualquier
recurso regional para resolver la crisis lo habían inspirado para mandar su carta,
después de todo. Le rogaba al presidente "hacer valer su autoridad” de manera
que las autoridades departamentales ordenaran a los alcaldes de los pueblos cesar
de promover el "manzanillaje” y castigaran a aquellos que quisieran crear mayores
problemas “por medio de la violencia”.164

Sin embargo, una vez Laureano Gómez ganó la presidencia, desapareció cual­
quier posibilidad de un arreglo negociado para poner fin a la violencia o incluso de
una muestra de autoridad civil como la que pedía el banquero de Medcllín que le
escribió en medio de la consternación a Mariano Ospina Pérez en 1950. Los des­
acuerdos entre los moderados y los laureanistas en el Partido Conservador
antioqueño se convirtieron en una desavenencia insalvable tras la elección de Gómez.
A medida que se acercaba la posesión de Laureano Gómez, tanto en los corredores
del poder regional como en los salones privados, las conversaciones se centraban
en la inminente agitación de los nombramientos en las burocracias departamentales
y municipales y en la proliferación e influencia de paramilitares conservadores
armados en el campo. Se hizo evidente, a pesar de la insistencia de Fernando
Gómez Martínez y otros columnistas de El Colombiano, que la “armonía" no
reinaba ni reinaría entre los ospinistas y los laureanistas de Antioquia.165

Para los laureanistas antioqueños como José Mejía y Mejía y Belisario Betancur,
periodistas e idealistas muy alejados de las realidades sangrientas del conflicto
partidista rural, Laureano Gómez era un líder de principios motivado principal-

140
Capítulo 1

mente por convicciones ideológicas y no por el materialismo. Ellos podían explicar


la proliferación de grupos de extremistas pobres armados como anomalías transitorias
o grupos marginales no autorizados que no representaban los objetivos políticos del
humanismo. Otros simpatizantes del laureanismo como Dionisio Arango Ferrer y
Eduardo Bcrrío González, en contraste, aceptaron la existencia de paramilitares parti­
distas como una medida necesaria a corto plazo que desaparecería una vez la sociedad
hubiera sido "limpiada” de comunistas y liberales radicales. En efecto, a menudo
desechaban informes de que conservadores armados se estaban organizando en todo
el campo antioqueño para eliminar a la oposición liberal, alegando que se trataba
de rumores infundados difundidos por la oposición para desestabilizar el gobierno
conservador. Para los conservadores del sector intermedio, Ospina y sus seguidores
entre la burguesía antioqueña representaban una amenaza diferente pero mucho más
siniestra que la contrachusma. El presidente y sus seguidores encarnaban al político
de elite reservado, guiado por consideraciones tecnocráticas y por el pragmatismo
más que por los ideales políticos o la ideología partidista. Laurcanistas como Mcjía y
Mejía, Vallcjo Álvarez y Bctancur detectaban bajo la estudiada neutralidad y el pacifismo
de los ospinistas, una profunda indiferencia por el bienestar y las preocupaciones del
pueblo o del ciudadano común y corriente. Para estos conservadores, los ospinistas prac­
ticaban otro tipo de violencia, la de La exclusión, la marginalidad y La condescendencia.

Así, el nombramiento de Braulio Henao Mejía como gobernador, en agosto


de 1950, un reticente cx-dccano de la Facultad de Medicina de La Universidad de
Antioquia y pariente político de uno de los más poderosos clanes de la élite con­
servadora, representó por tanto una sorpresa considerable para los seguidores de
Gómez en Antioquia.1W’ Algunos leales apaciguaron su sentido de traición inicial
insistiendo en que La decisión de Gómez había sido resultado de un cálculo político
para calmar a la burguesía antioqueña, el grupo más rico y, estratégicamente, el
más importante de sus seguidores en todo el país. Los conservadores que habían
considerado a Gómez con desagrado pero que eran apolíticos, interpretaron el
nombramiento de un gobernador burgués como confirmación de que la retórica
falangista de Gómez siempre había formado parte de una elaborada fachada y que,

141
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

una vez en el poder, el presidente naturalmente buscaría conciliar con los capitalistas
poderosos y privilegiar el desarrollo económico. Sin embargo, muchos liberales y, even-
tualmcnte, los seguidores fieles del presidente concluyeron (acertadamente) que
Gómez bien podía darse el lujo de realizar el aparentemente magnánimo gesto de
nombrar a alguien no laurcanista en la Gobernación de Antioquia, porque sabía
que a lo largo y ancho de la burocracia departamental, así como en el Directorio
Conservador departamental donde realmente importaba, sus esbirros estaban en
total control de la situación. Cualquiera que hubieran sido los motivos de Gómez,
se hizo evidente rápidamente que el gobernador Henao Mejía no contaba con la
confianza del presidente y que su nombramiento pretendía, al menos en parte,
darle una reprimenda a una región y a una elite que siempre se había mostrado
notoriamente independiente c indisciplinada.

Cuando se recuperaron de su decepción inicial, los laurcanistas antioqueños


se dieron cuenta de que podían pasar por encima de su recién nombrado pero en
última instancia, marginal gobernador buigués. Celebraron la tan esperada llegada
de su santificado jefe al poder y condujeron su cruzada conservadora hacia el último
territorio del departamento que aún quedaba por ser convertido al conservatismo:
la periferia antioqueña. Así comenzó la siguiente y mucho más sangrienta fase de la
Violencia.

Conclusiones

Para 1949 ya era evidente que Antioquia, lo mismo que Colombia, era una casa
dividida. No había nadie que pudiera “hacer cumplir la autoridad del Estado”: ni el
presidente, ni el gobernador, ni los líderes municipales, ni los descontentos miembros
del partido. El poder real lo organizaban a puerta cerrada los caciques políticos y
sus compinches locales, y ciertos funcionarios departamentales en confabulaciones
de trastienda. La generalizada expresión de la violencia hizo evidente no “el co­
lapso del Estado”, como sugiere Paul Oquist, sino la debilidad moral del Estado
y su naturaleza dispersa y fragmentada.167 En tal contexto, el Estado no podía
ejercer un “monopolio de la fuerza” ni tampoco cumplir con su papel como i

I
i

142
Capítulo I. ^vhíimuinmimhwyiwuhMuiAut

defensor del bienestar y los derechos de la ciudadanía en su totalidad. En cambio,


las fuerzas mismas que deberían haber representado el principio del orden no eran
sino uno más entre la gama de grupos armados en competencia, de los cuales,
todos respondían en última instancia a intereses privados y particulares, y no al
interés general.
El uso de la policía con fines partidistas, hasta convertirla en una fuerza que
ni siquiera el presidente podía controlar, no representó un punto de partida, sino
simplemente el fruto lógico de una serie de políticas civiles mal concebidas con
respecto a las fuerzas del orden público en Colombia. El miedo definió dichas
políticas civiles. Inseguros de su legitimidad o fortaleza, los líderes de los partidos
Liberal y Conservador históricamente se habían mostrado reacios a crear fuerzas
viables de orden público por temor a que estas llegaran a desafiar o usurpar la
autoridad civil. Tales fuerzas de orden público, en consecuencia, cumplían las
funciones represivas del Estado, pero nunca se les había permitido crecer hasta
convertirse en entidades lo suficientemente coherentes, vinculadas mediante un
código ético o una identidad profesional. Los bajos salarios, la carencia de disci­
plina y la subordinación del orden público a los intereses de grupos privados, así
como los cambiantes vientos de la influencia política, garantizaron que las fuerzas
armadas nunca compitieran por la paridad moral o física con los gobernantes
civiles. Esta manera de concebir las relaciones entre las fuerzas armadas y los
aviles bien puede haber sostenido, a corto plazo, el monopolio del poder de los líderes
civiles, pero también garantizó, a largo plazo, la imposibilidad de establecer una
relación de respeto y confianza entre las fuerzas armadas y los gobernantes civiles.
Los policías se reconocían a sí mismos como peones de quienes les pagaban. "La
rosca”, en términos de un agente de policía, más que como los garantes neutrales
del bienestar de la ciudadanía en general.

En tanto el Estado se encontrara sometido al ataque de múltiples frentes


durante la Violencia, se apoyó cada vez más en la fuerza represiva de agentes como
la policía para permanecer en el poder. Esta situación aumentó la autonomía de la
policía, mientras que la autoridad del Estado sobre ella disminuyó en proporción

143
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

a su dependencia y creciente falta de legitimidad. Para empeorar la situación,


cuando se enfrentó a una escalada de violencia y a su propia incapacidad para
controlar o dirigir a la policía, el gobierno departamental optó por fracturar aún
más el ya astillado principio del monopolio de la fuerza. Les dió poder a grupos
paramilitares para que estos hicieran La labor que el Estado ya no podía confiarle ni a
La policía —por ser incapaz de llevaría a cabo— ni al ejercito —por no estar dispuesto
a hacerla. Irónicamente, el Estado departamental creó y armó a los grupos que más
tarde amenazarían seriamente su autoridad y el control del territorio departamental.

144
i
Capítulo II

El Bajo Cauca, el Magdalena Medio y el nordeste

El FOCO GEOGRÁ1-ICO de la violencia, así como su carácter y organización cambia­


ron de manera fundamental después de las elecciones presidenciales de noviembre de
1949. Las zonas de Antioquia más afectadas por la violencia a comienzos de la
década de los 50 estaban localizadas en el noroeste y el occidente (Urabá, Dabciba,
Cañasgordas, Frontino), el extremo suroeste (Urrao, Bctulia, Salgar), el nordeste
(Amalfi, Remedios, Zaragoza), el Bajo Valle del Cauca (Caucasia, Cácercs) y el Valle
del Magdalena Medio (Puerto Bcrrío, Puerto Nare, Puerto Triunfo). Las disputas
partidistas por nombramientos, como las que se hicieron evidentes en las zonas
centrales antes de 1949, también caracterizaron la expresión del conflicto entre libera­
les y conservadores en la periferia, pero allí estos conflictos evolucionaron hasta con­
vertirse en confrontación armada entre grupos organizados. Los grupos guerrilleros
liberales se desarrollaron y operaron únicamente en los pueblos de la periferia, y fue
allí, y no en las zonas centrales de asentamiento tradicional, donde ocurrió el mayor
número de muertes y de desplazamientos forzados entre 1950 y 1953. En las zonas
periféricas, la violencia partidista se interceptó con las tensiones existentes de tipo
étnico, cultural o económico, y produjo además una lucha mucho más compleja y
multifacética que aquella propia de los conflictos exclusivamente electorales y
dicntelistas, característicos de la violencia en los municipios centrales durante los
primeros tres años de la Violencia.

Todos los pueblos periféricos que padecieron violencia después de 1950 com­
partían ciertas características. Eran abrumadoramente liberales —muchos habían
apoyado al líder disidente Gaitán y su movimiento en las elecciones locales, departa-

145
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

mentales y nacionales—y casi todos eran zonas de recientes e intensos esfuerzos de


colonización y producción extractiva. Pero la evolución de la violencia en Las zonas
periféricas también varió de un lugar a otro. Las organizaciones paramilitares, financia­
das y tácita o abiertamente respaldadas por los gobiernos departamental y central,
surgieron como la principal forma oficial de mantenimiento del orden ptiblico en
algunos pueblos, mientras que en otros fueron efímeras o inexistentes. En algunos
municipios periféricos, las peculiaridades del desarrollo, la identidad y la resistencia
colectiva determinaron que el ejército o la policía fueran quienes más contribuyeran
a la intensificación del conflicto. En otros pueblos, sin embargo, la violencia co­
menzó como una lucha partidista por el poder entre grupos de guerrillas liberales
y las autoridades conservadoras, y esencialmente, continuó así hasta 1953; mientras
que en otros lugares, las disputas partidistas dieron paso, o bien a incipientes exigencias
sociales que trascendieron las diferencias entre los partidos, o bien al bandolerismo
social y económico y la criminalidad generalizada. En resumen, la historia de la Violencia
en Antioquia radica en los detalles de la historia local y, es el intento por explorar y
subrayar estas diferencias y similitudes, y por deducir las implicaciones políticas y
económicas de la trayectoria de la Violencia, lo que les da forma a los relatos
geográficamente específicos presentados a continuación.

La geografía y la violencia: El Bajo Cauca, el Magdalena Medio y el nordeste

Tres cadenas paralelas de montañas de los Andes atraviesan a Colombia de


norte a sur y convcigen en una masa rugosa, en la frontera con Ecuador, en el macizo
central. De éstas, dos cadenas montañosas —las cordilleras occidental y central—
atraviesan el departamento de Antioquia. Los pueblos cafeteros están situados en lo
alto de las empinadas laderas de la región del suroeste del departamento, mientras
que en el núcleo 1 norte, el oriente y el sur próximos a Mcdcllín— el departa-
mentó se caracteriza por una serie de colinas y valles donde el clima varía desde la
tierra templada (1.000 a 1.500 metros de altura) hasta las áreas aisladas de tierra
fría (2.000 a 3.000 metros). En los límites del departamento, el terreno montañoso
desdende dramáticamente y le da paso en el noroeste, el extremo oriente y el nordeste,

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Capítulo II ®*Jo< Mtw»» n \u«<ir\n

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Mapa 9. Oriente antioqueño. (Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi.)

atierras bajas tropicales (300 a 1.000 metros sobre el nivel del mar), donde la tierra
es menos quebrada y el clima es caliente.1 Hacia el este y el nordeste del Valle de
Aburra y la ciudad de Mcdellín hay grandes extensiones de tierra de pastoreo, vetas
ricas en minerales y un poderoso río —el Magdalena— que constituye la arteria
que comunica a Antioquia con el resto de Colombia. Los pueblos de los valles de los
ríos Cauca, Magdalena, Porce y Nechí y sus numerosos afluentes son tierras bajas
tropicales y planas caracterizadas por las grandes fincas ganaderas y la extracción de
oro y petróleo (Véase el mapa 9). El aire es húmedo y pesado, saturado del perpetuo
zumbido ensordecedor de las chicharras y otros insectos. Suaves colinas alternan
con densos bosques y llanuras. En el nordeste, las depresiones en forma de cráter
crean islas de árida devastación en medio de la frondosa vegetación; estos cráteres

147
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

son el resultado de siglos de implacable extracción aurífera. Hacia el sureste y el extremo


oriente, las tierras de pastoreo se extienden hacia el horizonte y caen en la gran extensión
del río Magdalena. Para los años 40, los ríos de esta región ya presentaban un color
turbio, contaminados por el cieno, el mercurio y los desechos humanos y animales.

Las poblaciones humanas en las regiones del nordeste, el Bajo Cauca y el Bajo
Magdalena históricamente han sido transitorias y escasas. En 1951, los pueblos más
grandes —Yolombó, Puerto Berrío, Amalfi y Remedio: tenían una población que
oscilaba entre los 11.000 y los 26.000 habitantes. En contraste, municipios como
Caucasia, Cáceres, Zaragoza, Segovia y Maceo tenían pocos habitantes —aunque su
tamaño físico era considerable— a duras penas los necesarios para arrear ganado o
manejar las dispersas operaciones de minería. Aunque las regiones del nordeste, el
Bajo Cauca y el Magdalena cubrían un tercio del territorio antioqueño (22.000
Km2), albeigaban a tan sólo un 10 por ciento de la población del departamento. En
virtud de los lazos entre los grupos guerrilleros que operaban en este territorio, la
composición étnica y racial de la población local y las particularidades logísticas del
poblamiento y la producción, para los fines de este estudio he decidido tratar estas
tres unidades administrativas distintas como una sola zona geográfica. Las minas y
haciendas allí establecidas y afectadas por la violencia, a menudo abarcaban terrenos en
más de un municipio y sus trabajadores, quienes se convirtieron en las principales
víctimas de la Violencia, circulaban cada temporada desde el bajo valle del río Cauca a
través de los pueblos mineros del nordeste y Puerto Berrío en busca de trabajo perma­
nente y de tierras por colonizar. La violencia siguió los circuitos de esa migración
temporal y, por consiguiente, hizo casi insignificantes las fronteras administrativas que
las tratan como unidades en sí mismas o entidades discretas.2

El comienzo del conflicto

Los primeros choques entre lugareños y las autoridades departamentales en el


Bajo Cauca, el Magdalena Medio y el nordeste (lo que a partir de ahora denominaré el
oriente antioqueño) surgieron inicialmente, tal como en otras regiones del departa­
mento, a causa de disputas relacionadas con la afiliación partidista de los empleados

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Capítulo II *■* ®on *i< ^-L Mmn > n nihmmui

públicos y el derecho a nombrarlos y controlarlos. Poco tiempo después de llegar


los conservadores al poder, el Directorio Conservador de Antioquia le escribió al
gobernador con el fin de ¿nsistirle en que la presencia continuada de liberales como
alcaldes y agentes de aduanas en los pueblos como Puerto Berrío, Remedios, Caucasia,
Cáccrcs y Amalfi constituía “un verdadero peligro para el mismo gobierno"? El
Directorio Conservador exigía el despido de esos liberales y su reemplazo por
conservadores leales. Sin embargo, el temor de que tales acciones pudieran desatar
disturbios laborales y protestas generales en áreas de importancia económica estra­
tégica, donde el gobierno tenía pocos seguidores y una presencia institucional débil,
hizo que hasta los gobernadores más extremistas evitaran cumplir las exigencias del
Directorio durante la mayor parte del período entre 1946 y mediados de 1948.

Pero después del asesinato de Jorge Eliéccr Gaitán en abril de 1948, cuando las
"juntas" revolucionarias se tomaron el control de pueblos como Puerto Berrío y se
desataron levantamientos laborales en la mayoría de los campamentos mineros de la
zona, Las autoridades departamentales se vieron obligadas a reconsiderar su política
de contención. La agitación y los disturbios en la zona resultaron tan graves y difí­
ciles de sofocar que las autoridades conservadoras de Mcdellín se convencieron de
que había planes en marcha para deponer el gobierno departamental. Para tranqui­
lizarse, el gobernador Dionisio Arango Ferrer nombró un visitador administrativo
para que condujera una evaluación del estado de orden público en el Magdalena
Medio, el Bajo Cauca y el nordeste. El visitador tenía que medir el apoyo conservador
en la zona y la actitud de la población local con respecto al gobierno departamental.
Después de un estudio cuidadoso en Segovia, Remedios, Amalfi y Zaragoza, el agente
gubernamental concluyó que sólo unos pocos de los habitantes de El Bagre (un asenta­
miento minero en el municipio de Zaragoza) podían ser considerados "amigos del
gobierno” y que ninguno de los municipios visitados por él disponía de la guía
contrarrevolucionaria que el gobierno departamental había emitido para prevenir
los "levantamientos populares”. Los conservadores locales tenían tan poco acceso al
gobierno departamental y al Directorio del partido, que ni siquiera se habían ente­
rado de que un decreto reciente Ies permitía crear fuerzas policiales civiles, en caso
de sospechar que la policía municipal había debilitado su lealtad al gobierno o requería

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A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

de apoyo para reprimir futuras insurrecciones.'* El visitador Ies ofreció a sus superiores
pocas esperanzas de que los conservadores o las autoridades regionales pudieran superar
pronto las décadas de aislamiento y el abandono oficial de la zona. En la mayoría de
los pueblos del oriente, la generalizada falta de infraestructura y la débil presencia
del Estado departamental, informó con tristeza el visitador, garantizaban que
estos pueblos operaran en forma semiautónoma, pues allí ni siquiera llegaban las
noticias de los cambios radicales en la política de orden público para la región o, si
llegaban, eran esencialmente ignoradas.

Mudios de los pueblos del oriente antioqueño eran lo que podría llamarse company
tonns, es decir, lugares donde un gran porcentaje de la población económicamente
activa estaba empleada en la misma actividad (la minería o la extracción petrolera) y
por el mismo patrón (generalmente extranjero), en una industria considerada crucial
para los intereses económicos tanto del departamento como del Estado central. El
pueblo de Segovia es un caso paradigmático. Se estima que en 1939, un 40 por
ciento de los 7.000 habitantes del pueblo trabajaba para la Frontino Gold Mines
Companyy la mayoría eran miembros de su sindicato, afiliado a la CTC. El pueblo
también era el principal productor de oro de Antioquia en 1941.5 Cuando los
miembros del sindicato local adoptaban una posición o se movilizaban para protestar
por las actividades del Estado o de sus funcionarios públicos, eran respaldados por
el sentimiento unificado de casi todos los habitantes del pueblo. Lo mismo podía
afirmarse de los mineros en Zaragoza o los trabajadores del petróleo en Remedios.
Esto les dió a los habitantes de pueblos como Segovia, Zaragoza y Remedios un
poder de influencia con respecto a las autoridades departamentales y nacionales, di­
fícilmente reproducible en otras zonas periféricas o predominantemente liberales de
Antioquia Además, la capacidad de protesta efectiva contra las políticas gubernamenta­
les era reforzada en los pueblos mineros por la presencia local de empleados del sector
público, como las cuadrillas de obreros de las carreteras y de los ferrocarriles, quie­
nes como los mineros estaban afiliados a la CTC y compartían muchas de sus
preocupaciones. En momentos cruciales, los mineros y los trabajadores del sector
público aunaron sus fuerzas y montaron una ofensiva coordinada contra el Estado y
sus patrones. Por ejemplo, a comienzos de 1949, los mineros de Segovia se orga-

150
Capítulo II mv.kummuih * ri N«»roi%r»

nizaron para protestar contra la reciente restricción del gobierno de los derechos
laborales.6 Dos semanas después, los mineros de la Compañía Minera de Pato, en
Zaragoza, se aliaron con los mineros de Segovia y también declararon la huelga, en este
caso para protestar por el incumplimiento de la compañía del pacto colectivo firmado
por los trabajadores y la administración inmediatamente después del asesinato de Gaitán.
Lo mismo hicieron el sindicato de trabajadores ferroviarios y el sindicato de emplea­
dos públicos del departamento. Conjuntamente, los tres grupos presentaron peticiones
exigiendo un aumento salarial y mejores beneficios sociales.7 Enfrentados a una posible
huelga laboral de los mineros, empleados públicos y trabajadores ferroviarios en una
zona donde sólo gozaba de una leve presencia, la única alternativa del gobierno depar­
tamental fue negociar las peticiones de los trabajadores de la zona oriental.

La actividad sindical y política coordinada también permitió que los habitantes


de los pueblos mineros del oriente evitaran los intentos de intensificar la intimidación
partidista durante el período de campaña antes de las elecciones de junio de 1949.
Induso aiando fracasaban en sus intentos por contrarrestar de manera absoluta
las medidas oficiales, los trabajadores sindicalizados lograban forzar efectivamente
al gobernador para que anulara las políticas partidistas puestas en práctica por las
autoridades locales. Por ejemplo, dos semanas antes de cumplirse el primer ani­
versario de la muerte del líder liberal, Jorge Eliécer Gaitán, los gaitanistas de Caucasia
se quejaron directamente al gobernador de que el alcalde les había confiscado las
copias del disco “Mataron a Gaitán”. El alcalde también había prohibido que los
"traga niqueles” en las cantinas del pueblo tocaran esa canción. Los trabajadores inter­
pretaron este acto aparentemente insignificante como censura política y como una
violación de su derecho a la libre expresión. Amenazaron con retaliaciones violentas si
el gobernador no limitaba al alcalde. El visitador conservador, cuya misión era in­
formar y arbitrar en la disputa, sugirió que en el gobierno municipal se habían
"infiltrado" simpatizantes gaitanistas y que el personcro y otros funcionarios públi­
cos también eran seguidores del líder caído. La total falta de apoyo conservador obligó
al visitador a concluir que lo prudente sería, dada la militancia de la población local,
insistir para que el alcalde devolviera los discos confiscados y levantara la prohibición
de tocar la canción en lugares públicos.8

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A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Aunque superficialmente la solución del visitador al conflicto de Caucasia fue


conciliadora, el funcionario tenía motivos ocultos para sugerir la capitulación del
gobierno en sus tratos con los habitantes del pueblo. El visitador utilizó su informe
general para hacer patente su percepción de la naturaleza inherentemente ingober­
nable y culturalmcntc inferior de los habitantes de Caucasia y así justificar la futura
adopción de políticas discriminatorias contra ellos. Sacó gran provecho, por ejem­
plo, del elemento "costeño” dominante en la zona y no escatimó esfuerzos para
prevenir a las autoridades departamentales del inminente peligro que esta población
afrocaribcña representaba para la situación general de orden público en Antioquia.
Los lugareños, "en Caucasia y en sus corregimientos, especialmente en los de Ncchí
y Colorado”, se lamentó, "son gentes acostumbradas a vivir sin Dios y sin ley. En los
dedos de las manos se cuentan los matrimonios; los demás viven en concubinato
público y escandaloso, pues ello es corriente por allá. Por la falta de respeto al
juramento, los delitos se quedan impunes, fuera de que la investigación se hace difícil
porque es un pueblo cosmopolita en mucha parte”. La gente local era promiscua, no
tenía sentido moral del bien y del mal, y tenía la inclinación de levantarse contra
el gobierno departamental "No se respeta la autoridad”, insistía el visitador, "a sus
agentes [del gobierno] se Ies ataca, se les hiere por la espalda, se roban sus armas y se
les hace, en suma, una guerra abierta si cumplen con el deber”.9 El termino "cosmo­
polita" era utilizado como palabra dave para describir los pueblos percibidos como
dominados por "lo otro”, donde los valores y patrones de organización y las creencias
asociadas con el ideal de la antioqueñidad poco predominaban. No obstante, a pesar
de su diatriba, el visitador fue lo suficientemente realista como para aceptar que al gobierno
departamental se le salía de las manos alterar —fundamentalmente y de la noche a la
mañana— la "naturaleza” de tales áreas. Como solución provisional, sugirió cambiar al
ofensivo alcalde por el del cercano pueblo de Cáceres, donde no se había reportado
ninguna tensión entre el funcionario conservador y la población liberal local.10

Los habitantes de los pueblos orientales desafiaron aún más a las autoridades
departamentales mediante conmemoraciones de la muerte de Gaitán para movilizar
la opinión pública contra el gobierno conservador y su campaña de intimidación

152
Capítulo II ** ®*io*'*’*

partidista. Algunos pueblos insistieron en hacer ondear banderas rojas a media asta,
otros lideraron protestas públicas y otros incluso se adueñaron de altoparlantes para
denunciar públicamente abusos del gobierno anterior.11 En Zaragoza, además, los
liberales aplicaron las políticas de discriminación e intimidación usadas contra ellos
para maiginar a los conservadores locales. La minoría conservadora de El Bagre se
quejó de sentirse demasiado intimidada por los funcionarios públicos liberales como
para asistir a las reuniones políticas o votar y de que el alcalde liberal, su secretario
y la policía municipal habían conspirado para despedir a los pocos trabajadores
conservadores empleados por la Pato Consolidated Gold Drcdging CompanyP
Así como ocurrió en El Bagre, quejas por la discriminación partidista en Yolombó
provenían no por parte de ciudadanos liberales sino por parte de los conservadores.
Los conservadores insistían en que los registradores electorales liberales de su pueblo le
negaban la posibilidad de registrarse para votar a los conservadores rurales pobres,
quienes habían abandonado sus labores campesinas para acudir a las urnas.1.1
1-’ Sin
embargo, Caucasia continuó siendo el pueblo donde las amenazas liberales contra
el control de las autoridades departamentales fueron más graves. Allí, el pcrsoncro,
el director de la escuela y el presidente y el vicepresidente del Concejo Municipal
incitaron a los ciudadanos a atacar a las tropas de la policía departamental esta­
cionadas en el pueblo. Luego, le hicieron claro a las autoridades departamentales que
los funcionarios conservadores que se atrevieran a inmiscuirse en los asuntos locales
pagarían por ello un alto precio.14

Las repercusiones de las elecciones de junio y la evolución de la violencia

El resultado de las elecciones de junio de 1949 reivindicó la importancia de la


resistencia liberal en el oriente antioqueño. El número de conservadores elegidos
para los Consejos Municipales en localidades como Remedios, Caucasia, Zaragoza,
Scgovia y Puerto Bcrrío se redujo a uno o dos. Antes de las elecciones, los conserva­
dores habían evitado los intentos directos de sacar a los liberales de sus cargos. En
cambio, habían trabajado para contrarrestar la influencia liberal despidiendo los traba­
jadores del sector público y nombrando conservadores como inspectores de policía,

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A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

inspectores de trabajo y alcaldes. Las autoridades departamentales también se ha­


bían mostrado relativamente circunspectas a la hora de desplegar cuerpos policiales
conservadores o patrocinar fuerzas civiles armadas para acosar a los pueblos orien­
tales, especialmente los mineros y portuarios. Esto significó que las fuerzas de la
policía municipal en la zona aún eran abrumadoramente liberales y que los liberales
todavía dominaban los concejos municipales locales y la mayoría de cargos públicos,
incluso hasta 1949. No obstante, cuando el número de votantes liberales en realidad
aumentó en las elecciones de junio, las autoridades departamentales decidieron que
el desafio local había ido demasiado lejos y que ya era hora de reemplazar a codos los
empleados públicos liberales, no sólo aquellos de las obras públicas. Las autoridades
departamentales también empezaron a desplegar fuerzas policiales adicionales a los
municipios del oriente antioqueño y a estimular la organización de fuerzas conserva­
doras de civiles armados (contrachusmas) para asaltar e incluso macar trabajadores.

Al principio, la violencia conservadora fue dirigida contra los trabajadores esta­


tales o públicos, no contra toda la población liberal. Pero dada la naturaleza de los
patrones de empleo en la región, la violencia contra la mano de obra organizada
inevitablemente se esparció hasta afectar incluso a aquellos habitantes desvinculados
de los cargos clientelistas. Inmediatamente después de las elecciones de junio, la
presencia sin precedente de agentes de policía departamental en el oriente antioqueño
y, específicamente, la orden que recibieron de intervenir en los asuntos de orden
público, exacerbaron las tensiones entre los conservadores y los liberales, y entre
las compañías mineras extranjeras, la policía y los trabajadores sindicalizados. En
agosto de 1949, estalló en Segovia una trifulca en el barrio de tolerancia, entre un
policía que no estaba en servicio y el gerente de una compañía minera británica. El
gerente acusó al policía y sus secuaces de impedir la extracción de oro de las minas
de la compañía e insultó al oficial llamándolo "lambón”. El policía respondió apun­
tándole al gerente con su arma. Acusado de asalto por los ejecutivos de la compañía,
el policía defendió sus acciones al gobierno departamental, aunque admitió: "Son
muchos los enemigos que tengo en el municipio de Segovia por haber procedido
contra ellos estando en uso de mis atribuciones como autoridad”. El oficial insistió

154
CzKPÍTULO II *’"* ®*n> * 41 * *• *•' '•'•••‘••'•‘Mimo» n

en que la compañía lo acusaba sólo por ser un probado nacionalista que se había
negado a permitir que los gerentes británicos contrabandearan el oro del país para
evitar pagar impuestos. La compañía minera, argumentó el oficial O'Bricn, conside­
raba a la policía como una fuerza de seguridad privada que le debía mayor lealtad a
la compañía que a la nación. Esto se reflejaba en el "poco apoyo del que gozan los
comandantes y guardias que han prestado sus servicios en este Destacamento por
parte de la compañía minera”.15
La disputa entre el oficial de policía O’Brien y la gerencia de la compañía
minera Frontino Gold Mines parecía en realidad tener que ver con algo más. En
Colombia, las compañías mineras, y las compañías extranjeras en general ( United
Fruit, Tropical OH, etc.) habían estado acostumbradas de largo tiempo atrás a que
los gobiernos departamentales asumieran los costos de seguridad de sus respectivos
campamentos de trabajo. A cambio, se arreglaba la contratación prefcrcncial de
simpatizantes del partido de gobierno como vigilantes de la seguridad, inspectores
de trabajo y médicos oficiales. Debido a que las compañías mineras habían contra­
tado a la mayoría de su personal durante los 16 años anteriores de gobierno liberal
y debido a que la mayoría de los trabajadores llegados a los campamentos eran
inmigrantes de la costa Caribe o de los departamentos de Santander y Norte de
Santander, los trabajadores en el oriente antioqueño que se filtraban a través de este
sistema clientelista eran casi exclusivamente liberales y no antioqueños.16 La llegada
al poder del régimen conservador repentinamente presionó las compañías para
que contrataran antioqueños y conservadores. Una manera de presionar era asig­
nando policías como el oficial O’Brien como fuerzas de orden público y guardias
de seguridad en los campamentos. La agenda abiertamente partidista y represiva de
muchos de estos oficiales provocó una notoria hostilidad entre la mayoría liberal, la
cual se sintió victimizada por los representantes del orden de las autoridades depar­
tamentales. Los policías fueron acusados de insultar y restringir de manera arbitraria
la movilidad física de los trabajadores y de perpetuar La noción de que los trabajadores
continuamente estaban alborotando o revolucionando con el fin de justificar la re­
presión oficial. Los gerentes extranjeros, por su parte, se sentían ambivalentes acerca

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A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

de la presencia en el campamento de agentes de policía nombrados por el gobierno


regional, a pesar de su papel en el control de la agitación y los disturbios laborales.
Las compañías se preocupaban en particular por el posible efecto que podría tener
sobre la producción y las relaciones entre los trabajadores y la gerencia la hostilidad
de los trabajadores hacia la policía departamental (recientemente conscrvatizada).
Sin embaigo, los recién nombrados policías, quienes eran los beneficiarios de padrinos
extremistas, también se sentían con derecho a expresar libremente sentimientos na­
cionalistas, xenófobos y antiprotestantes que molestaban a los gerentes británicos y
canadienses encargados normalmente de las operaciones mineras en la región.
Si el oficial O'Brien percibía los esfuerzos de la compañía extranjera por limitar
la autoridad de la policía departamental en los campamentos como una transgresión I

de la soberanía nacional, los trabajadores no estaban menos dispuestos a invocar los


asuntos de soberanía e identidad nacional al discutir o justificar sus acciones y agra­
vios al Estado departamental. Los mineros acusaron al gobierno departamental de
confabularse con las compañías extranjeras en formas que fundamentalmente viola­
ban sus derechos como ciudadanos de la nación. El gobierno departamental permitía
que las compañías limitaran la movilidad de los trabajadores (restringiendo su entrada
y la de otros civiles a los campamentos) y usaran tropas de policía colombiana para
restringir y cometer abusos contra los trabajadores colombianos en suelo colombiano.
Disputas entre el gobierno y los trabajadores en torno a estos asuntos habían tenido
lugar mucho antes de la llegada de los conservadores al poder nacional y departa­
mental, pero se tornaron más urgentes e inmediatas, una vez la política partidista se
convirtió en un aspecto más dominante de la agenda de la policía. Un año antes,
los mineros afiliados a la Pato Consolidated GoldDredging Company, en Zaragoza,
habían recalcado en sus protestas "la aguda campaña de persecución que vienen
adelantando actualmente la secretaría de vigilancia y la inspectoría de sanidad” en
el campamento minero de Pato. Los funcionarios del sindicato acusaron a los
inspectores de "dictar medidas despectivas y autoritarias, no sólo en contra de los
particulares que transitan por estos campamentos sino, también, en contra de los
trabajadores de la compañía”. Las medidas incluían “el lanzamiento de los comodatos

156
Capítulo I!. K*

con amenazas y actitudes coactivas” y el sometimiento a "la requisa y la cárcel injus­


tificado ,17 El lenguaje utilizado por los mineros sindicalizados para formular sus
quejas se basaba en un discurso de ciudadanía que hacía énfasis en derechos y obliga­
ciones universales. Los trabajadores apelaban al Estado primero y, ante todo, como
ciudadanos y sólo secundariamente como individuos cuyos derechos estaban prote­
gidos y reglamentados por limitaciones propias del sector (como el código laboral).
En efecto, los trabajadores describieron el maltrato de la compañía extranjera como
una acción que, además de violar el código laboral, “pugna[ba] con la tradición
democrática de nuestra patria”, y le exigieron al gobierno departamental "impedir
que se sigan consumando atropellos contra los ciudadanos colombianos que habitan y
transitan por este pedazo de tierra nacional ’.18 Al invocar la ciudadanía como un
derecho adquirido en virtud de haber nacido en territorio colombiano (no basado
en la identidad ni el nacimiento antioqueño), los trabajadores cuestionaron la noción
de ciudadanía del gobierno departamental, para el cual, era un privilegio basado en el
acatamiento de una serie de normas sociales y códigos de conducta.14 Al acusar al
gobierno de aliarse con la compañía contra los trabajadores, el sindicato, además, invirtió
la lógica usualmente utilizada por las autoridades regionales, pues implícitamente sugirió
que la insularidad del gobierno departamental era lo que ponía en entredicho Li soberanía
colombiana, no los trabajadores militantes.

El surgimiento de la violencia liberal armada

La intervención —sin precedente— de los oficiales conservadores recién nom­


brados contra los trabajadores de los campamentos mineros y del sector público, así
como el abuso desencadenado por la Policía Nacional y los empleados públicos
conservadores contra la población liberal local después de junio de 1949, provocaron
el surgimiento de una reacción liberal armada en el oriente antioqueño. Inicial­
mente esos grupos no tenían su base en Antioquia sino que reclutaban a sus miembros
y se organizaban en el departamento de Santander. Después del asesinato de Gaitán,
dieron a conocer su existencia cruzando esporádicamente el río Magdalena y asal­
tando propiedades y oficinas gubernamentales antioqueñas. Estas bandas liberales

157
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

armadas estaban compuestas por individuos —mudaos de ellos seguidores de


Gaitán— que huían del abuso de la policía y de los civiles conservadores en Boyacá
y Santander. Se asentaron en los cerros situados frente a los puertos antioqueños como
Puerto Triunfo, Puerto Boyacá, Puerto Nare, Puerto Perales y Remedios, donde ope­
raban pocas autoridades estatales o donde éstas estaban mal armadas o eran débiles.

La primera víctima reportada de esta violencia originada por una guerrilla con
base fuera de Antioquia fue el pueblo de Puerto Perales, en el municipio de San
Luis, donde se culpó a individuos santandereanos de destruir 120 casas y causar
daños estimados en 150.000 pesos en septiembre de 1948?° Dos meses después, la
guerrilla con base en Santander dio un golpe en el caserío de Zambito (situado en
la ribera santandereana del río Magdalena entre Puerto Nare y Puerto Berrío, i

pero informalmente bajo jurisdicción antioqueña). Los hacendados antioqueños


y los colonos que dominaban la zona se quejaron de que tanto ellos como sus propieda­
des eran blanco frecuente de "prófugos” que aprovechaban la ausencia de representantes
del gobierno para infestar la zona?1

Después de estos dos asaltos, siguió un período de seis meses de calma en el


que no se presentaron más disturbios, pero los aterrorizados terratenientes con­
servadores invocaron la amenaza de una inminente invasión guerrillera para forzar
el despliegue de tropas policiales y protección gubernamental. Los terratenientes
locales insistieron en que los guerrilleros eran intrusos sin seguidores visibles en la
zona, pero en quejas previas los conservadores sugerían algo distinto. Por ejemplo,
durante las elecciones de 1949, la policía municipal liberal de Puerto Nare requisó
la sede del Partido Conservador, arrestó al presidente del Comité Conservador
local y arrancó los carteles de la campaña conservadora. Los miembros del comité
insistieron en que los policías municipales eran gaitanistas que habían tomado parte
en los levantamientos de los días siguientes al asesinato de su líder, y que ahora
simpatizaban y se confabulaban con las guerrillas de Santander?2 Un mes después,
la Sociedad de Mejoras Públicas del municipio, compuesta por los ciudadanos
más ricos y prominentes, se quejó al gobernador de que el inspector de policía y su
secretario estaban confabulados con "bandoleros” (guerrillas liberales). No ahorra-

158
CAPÍTULO II. *• fc*-MMrtHo % 11. Mo«nr«it

ron ningún esfuerzo para persuadir a las autoridades departamentales de que tal
conducta era “a todas luces reprobable y perjudicial para la tranquilidad e intereses
de los habitantes” y que en las autoridades locales (las cuales, al igual que la policía
municipal, aún eran liberales) “no se puede tener confianza en ningún campo”.23
Los miembros de la Sociedad de Mejoras señalaron los casos de un bandido que
había herido a un comerciante y quedado en libertad sólo diez días después; el de
un agente de la policía municipal que había cobrado 300 pesos por devolverle la
propiedad robada a un ciudadano, y la práctica del inspector de policía de cobrarles
a los ciudadanos por liberarlos del encarcelamiento arbitrario. Ya para el mes de
septiembre, el presidente del comité conservador de Puerto Nare estaba solicitando
refuerzos al gobernador para detener lo que él denominaba "el peligro comunista”,
representado tanto por los empleados públicos del pueblo como por los guerrilleros
que acampaban en la ribera opuesta.24

Un año después, las únicas muertes reportadas en el oriente antioqueño como


consecuencia de la actividad guerrillera habían ocurrido en dos puertos sobre el
Magdalena: nueve muertos en Puerto Perales, en el municipio de San Luis, y tres en
Puerto Triunfo, en el municipio de Cocorná.25 En consecuencia, aunque las quejas
de los conservadores por la amenaza que representaban los liberales armados no
eran entonces infundadas, existía poca evidencia de la confabulación entre los libe­
rales locales y las guerrillas de Santander. Sin embargo, lo crucial de estos ataques
guerrilleros, circunscritos geográficamente, es que permitieron que tanto los
extremistas conservadores locales como el gobierno departamental justificaran una
campaña represiva generalizada contra todos los habitantes liberales del oriente
antioqueño. Esta campaña se extendió hasta lugares donde no se había reportado
dolencia o donde ésta no había sido el resultado de ataques liderados por las guerrillas
liberales ni por la “insubordinación ” liberal local.

En septiembre de 1949, de acuerdo con la recién aprobada política de reorganizar


los nombramientos en los pueblos donde el gobierno gozaba de poco o ningún apoyo,
el gobernador de Antioquia adoptó finalmente la sugerencia del Directorio Conservador
regional de sólo designar a conservadores “doctrinarios” como alcaldes en los muni-

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A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

cipios históricamente liberales como Puerto Berrío. Pero las acciones del elegido del
gobernador provocaron inmediatamente que el presidente liberal del Consejo Mu­
nicipal acusara al nuevo alcalde de provocar disturbios en una localidad donde nunca
antes habían existido. El nuevo alcalde había procedido a usurpar la autoridad de
la policía municipal de Puerto Berrío (que gozaba del apoyo de la mayoría de los
habitantes) y la había reemplazado por policías departamentales conservadores.
Después, el alcalde y la policía departamental despidieron a todos los empleados mu­
nicipales liberales, cerraron las tabernas (una violación imperdonable en un pueblo de
mineros bebedores, estibadores y marineros) y prohibieron el consumo de alcohol
Además, el pueblo ya había tenido una muestra del alcance de las medidas represivas
del alcalde, pues parece haber prestado servicio brevemente tras al asesinato de Gaitán.26 i

Las acciones del alcalde de Puerto Berrío formaban parte de una estrategia
conservadora regional más amplia, orientada a marginar la autoridad de las fuerzas
policiales municipales liberales en los pueblos del oriente, donde se percibía a la
policía como aliada estrechamente con los sectores sindicales que controlaban escaños
en los Concejos Municipales. Los conservadores, tanto en Puerto Berrío como en
Puerto Nare, se habían quejado con insistencia al gobierno departamental de que
las fuerzas policiales locales eran abrumadoramente liberales y “revolucionarias”, y
urgieron al gobierno a reemplazarlas o a disminuir su poder. En efecto, una semana
después de que Puerto Berrío presentara una queja contra el alcalde conservador,
las autoridades departamentales anunciaron nuevas reglas para determinar la selec­
ción de policías destinados a patrullar los campamentos mineros de Providencia, El
Bagre, Pato y Santa Margarita en los municipios de San Roque, Zaragoza y Amalfi.
Se escogerían 40 agentes oriundos de zonas distintas de aquellas en las que prestarían
el servicio con el fin de "evitar los graves inconvenientes que ofrece su reclutamiento
entre individuos de la localidad”.27 Eso sí, la elección de personal quedó en manos
del comandante departamental de la Policía Nacional y no de las compañías mineras.
Este cambio de criterios de selección de policías para los campamentos mineros
coincidió con un despliegue cada vez mayor de agentes conservadores de la Policía
Nacional a las zonas donde estaban concentrados los. trabajadores del sector público y

160
Capítulo II %. f» maimum h Nu*of«n

obreros sindicales. El número de informes de encuentros violentos entre trabajadores


y policías en el oriente antioqueño aumentó respectivamente.

En octubre, el Sindicato Fcrrovario se quejó de que los trenes y su personal eran


blancos constantes de los abusos de la policía a lo largo de la línea entre Mcdcllín y
Puerto Bcrrío. Los funcionarios del sindicato añadieron que la Policía Nacional
recibía la ayuda de "personajes de bajos instintos”, es decir, de contrachusmas con­
servadoras provenientes de pueblos cercanos del suroricnte o eran reclutados entre la
población conservadora en pueblos como Maceo y San Roque, a orillas de la línea
férrea.24 En noviembre se desató nuevamente la violencia que involucró a trabajadores
ferroviarios y agentes de policía, cuando varios policías bien armados y disfrazados de
bandoleros abordaron el tren que operaba entre Mcdcllín y Puerto Bcrrío. Varios po­
licías armados con machetes y pistolas también atacaron a los trabajadores liberales en
San José de Providencia (uno de los campamentos mineros a los que habían llegado
agentes de policía recién asignados).29

El repentino aumento de la violencia policial dirigida contra los miembros de


los sindicatos provocó la hostilidad generalizada en municipios como Puerto Bcrrío.
De hecho, pocos meses después de su llegada, los agentes de la Policía Nacional
fueron obligados a buscar refugio en la alcaldía por temor a las amenazas de retaliaciones
violentas del ejército y los civiles.30 Por ejemplo, cuando el gobierno nacional decretó
el Estado de Sitio en noviembre de 1949, los habitantes del pueblo ferroviario de
Cisneros organizaron una manifestación en la que mataron a un policía e hirieron a
otro.31 El comandante local del ejército disculpó implícitamente los ataques contra
la policía, al atribuirlos a la frustración popular con “el alcalde, el juez, la policía y
el resguardo de rentas”. Estos funcionarios, insistió el comandante, “amparados
en sus posiciones oficiales... encabezaron la ola de violencia sindicándoseles toda
dase de delitos” contra la población civil de Cisneros. Los abusos fueron tan graves
que los civiles tuvieron que “recurrir a este comando solicitando protección”.32 En
el cercano pueblo ferroviario de San José de Providencia, en el municipio de San
Roque y en el pueblo minero de Zaragoza también ocurrieron enfrentamientos en-
tre los habitantes y la policía, y entre la policía y los empleados públicos.33

161
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

En consecuencia, a principios de 1950, cuando los trabajadores del campa­


mento de la Shell OH Companyen Casabe oyeron rumores de que el gobernador
pensaba reemplazar al inspector de policía local, supusieron correctamente que
este cambio significaba la puesta en mardia de una política represiva contra ellos,
similar a la que ya estaba en vigencia contra los trabajadores ferroviarios en la zona
cercana a Puerto Bcrrío y Cisneros y contra los mineros en el nordeste. Su sindicato
se movilizó para abogar al gobernador por la permanencia del actual inspector en su
puesto, argumentando que el campamento había estado “en completa calma” desde
su posesión?4 Sin embargo, el gobernador ignoró la solicitud del sindicato, acción
que indujo al representante legal de la Shell a presentar una protesta menos de seis
meses después en nombre de la compañía por la conducta de la Policía Nacional y
del inspector de policía encargado de la vigilancia del orden público en Casabe. El
abogado afirmó que el inspector había “traído un ambiente de intranquilidad para
el personal”, el cual, advirtió ominosamente, “puede culminar en algún incidente
grave". El consejero legal de la Shell se. apresuró a tranquilizar al gobernador dicién-
dolc que la intención de la compañía no era “interferir de manera alguna en las
acciones de las autoridades departamentales en el campamento de Casabe . Las
acciones de la compañía fueron provocadas “ante el temor de futuros incidentes,
que la perjudicarían en grado sumo y que traerían también problemas graves para la
Gobernación”?5 Una advertencia velada, pero advertencia al fin y al cabo, para un
gobernador, a quien la gerencia de la Shell conocía como un nacionalista declarado
y un extremista político crítico del poder de la compañía extranjera que, además, era
la principal fuerza detrás del despliegue de empleados públicos y policías partidistas
en la zona. El mensaje parece haber surtido efecto, pues dos semanas después del
redamo de la Shell, los conservadores locales le escribieron al gobernador Eduardo
Bcrrío González, suplicándole que revocara su decisión de retirar las fuerzas de la
Policía Nacional del campamento de Casabe.36

La presencia represiva de tropas de la Policía Nacional y la imposición agresiva


de funcionarios conservadores en el oriente antioqueño terminó por provocar un
ataque a gran escala de las guerrillas liberales contra el gobierno departamental y sus
L

162


CapItulo II. "»«■•< •••». r. ><««.,>

representantes. El 4 de agosto de 1950, varios grupos guerrilleros conformados por


ciudadanos de Antioquia y Bolívar convergieron en el caserío de Guarumo, en Cáceres,
y en el pueblo de Caucasia, en lo que parece haber sido una operación coordinada
que incluyó ataques guerrilleros en Urrao y Urabá (en el occidente antioqueño) el
mismo día.’7 Los guerrilleros incendiaron edificios y mataron conservadores en
Guarumo antes de continuar hacia Caucasia. El telegrafista del pueblo, que había
logrado escapar a Magangué, en el departamento de Bolívar, justo antes de llegar los
guerrilleros, le pidió al gobernador con carácter de urgencia que enviara en avión
tropas al pueblo para responder a la presencia de 300 hombres armados?8 Durante
Las tres horas que duró el ataque, los guerrilleros saquearon el comercio local y atacaron
las oficinas de rentas, la alcaldía, la tesorería y la rcgistraduría, y mataron al capitán de
la guardia costera, el registrador, dos policías municipales, un comerciante y un agente
de la Policía Nacional. '9 Las autoridades necesitaron varias horas para rccstableccr el
control, pero afirmaron haber capturado a 100 guerrilleros y recuperado la mayor
parte de las armas de la policía robadas por la guerrilla durante el ataque.4*’

No fiie coincidencia que los ataques a Guarumo y Caucasia ocurrieran justo


antes e inmediatamente después de la posesión de Laureano Gómez como Presidente
de la República el 7 de agosto. Lo sorprendente fue lo poco preparado que estaba el
gobierno departamental para enfrentar el posible ataque liberal armado cuando éste
ocurrió. El gobierno departamental había estado circulando rumores de un plan
armado y había justificado la represión policial durante los meses anteriores, su­
puestamente, porque un evento de ese tipo era inminente. De hecho, menos de un
mes antes del ataque en el Bajo Cauca, el gobernador había recibido informes de tres
fuentes distintas advirtiéndole sobre posibles actividades subversivas en la carretera
de San Jorge que unía a Antioquia con la costa Caribe pasando por Caucasia. El
inspector de policía fi.ro el primero en informarle al gobernador que las autoridades
se habían apoderado de varias bombas poderosas que habían sido robadas por cri­
minales de Las obras públicas que operaban entre Caucasia, en Antioquia, y Montelíbano,
en Bolívar. Le advirtió al gobernador que la carretera de San Jorge estaba muy
desprotegida y que pocos trabajadores estaban presentes por las constantes “amenazas

163
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

al orden público".41 Dos días después, el gobernador de Bolívar confirmó el infor­


me del inspector, al quejarse de que Antioquia no ejercía ningún control sobre la
carretera de San Jorge y acusó a la cuadrilla de obreros de ayudar a los '‘revoltosos”.
El gobernador de Bolívar le rogó a su homólogo antioqueño no enviarles más dinamita
a los trabajadores de la carretera porque ellos sólo estaban interesados en “perturbar
el orden público”.'12 Finalmente, el 13 de agosto, el mayor Arturo González Arcila,
Comandante de la División Colombia de la Policía le informó al Director de la
Policía Nacional en Bogotá que los guerrilleros eran liderados por un ex-sargento
del ejército y cx-policía (un rasgo bastante corriente entre los comandantes gue­
rrilleros) de apellido Ortiz. Los guerrilleros, insistió el Mayor, habían anunciado
públicamente su intención de atacar a la policía (mas no al ejército), y él confirmó
que el ataque estaba programado para coincidir con un levantamiento guerrillero
en los Llanos, planeado con el fin de impedir la posesión de Laureano Gómez.42

Estos informes debieron haber provocado que el gobernador de Antioquia refor­


zara las tropas de la zona contra un previsto asalto, pero en todo el territorio antioqueño
la dirá antiripada de incidentes en protesta por la llegada de Gómez al poder demostró
ser demasiado alta para Las escasas fuerzas del orden público a disposición del gobierno
departamental. En efecto, los ataques a El Guarumo y Caucasia no fueron sino las
primeras de muchas acciones de los liberales armados. El ataque puso en evidencia
la casi total ausencia de autoridades departamentales en zonas de importancia estra­
tégica en Antioquia, y debilitó cualquier posible pronunciamiento del gobierno con
respecto a su legitimidad y control efectivo de los asuntos de orden público. Pronto
se hizo evidente que aunque el gobierno departamental tenía suficientes hombres
para acosar y abusar de manera intermitente a la oposición local, no contaba con las
fuerzas necesarias para enfrentar las consecuencias de este tipo de política. En todo
caso, para manejar la incidencia de disturbios públicos en el Bajo Cauca fue más fácil
convertir en chivos expiatorios a los obreros de carreteras, a los agentes provocadores
provenientes del departamento de Bolívar y al supuesto historial de rebelión de la
región, que considerar el efecto local de las fuerzas represivas del Estado recién nom­
bradas. No fue fortuito que los principales objetivos del ataque guerrillero fueran los

-
164
C/XPÍTULO II ®1,0 ***•••*• ti Mm.dqi*» Mittiu i ii Mn«ut*tr

policías y las oficinas del gobierno, sin embargo, el comité local del Partido Conser­
vador culpó de la violencia al ingeniero encargado de contratar a las cuadrillas de
obreros de carreteras. Él había precipitado la violencia al ser “condescendiente con
H
sus paisanos” además de no "atender ni darle prioridad a los conservadores” en sus
decisiones de contratación.44 Las identidades partidista y regional fueron fusionadas y
el problema del conflicto partidista fue representado como una cuestión de diferencias
tanto culturales como políticas. Si los obreros de la carretera de San Jorge hubieran
sido reemplazados por conservadores antioqueños, insinuó el comité, el asalto armado
podría haberse evitado.
Caucasia estuvo en calma durante un breve período de tres meses después del
devastador ataque en agosto y durante esc tiempo tampoco hubo actividad guerrillera
liberal en ningún otro lugar del nordeste. Pero en noviembre, el administrador de
hacienda nacional le informó al gobernador sobre un telegrama que había recibido de
un agente de rentas del municipio, previniendo sobre rumores de un segundo ataque
guerrillero.45 Nuevamente, el gobierno departamental no hizo nada para preparar al
pueblo y, una vez más, a pesar de la alerta, el pueblo fue tomado por sorpresa por
guerrilleros provenientes del departamento de Bolívar. Como el anterior ataque a
Caucasia en agosto, el de diciembre también parecía formar parte de un asalto coor­
dinado en varios frentes antioqueños. El mismo día, guerrilleros liberales atacaron
Caucasia, Urabá y Urrao en el occidente, y Puerto Perales, al sur de Puerto Berrío a
orillas del río Magdalena.46 Los guerrilleros cortaron el cable del telégrafo que
conectaba a Caucasia con Medcllín e impidieron cualquier comunicación directa
entre el pueblo y la capital del departamento durante tres meses.47 Aunque el go­
bierno no envió tropas para enfrentar a la guerrilla durante el asalto, el registrador
electoral de Cauctisia informó que menos de un mes después la Policía Nacional
estaba conduciendo ‘aplanchamientos’ contra civiles liberales en retaliación por las
actividades guerrilleras.48 Cuando el registrador denunció públicamente la presencia
de tres miembros de la contrachusma conservadora que colaboraban con la policía
en sus asaltos, la policía intentó asesinarlo e intimidó y amenazó al alcalde por encar­
celarlos.44 Mientras tanto, detectives en la nómina del departamento de seguridad

165
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

departamental insistieron en que —al igual que el Directorio Conservador tres meses
ante el enemigo de Caucasia se encontraba “adentro” del mismo• pueblo. Los de­
tcctives departamentales acusaron a los trabajad,ores de carreteras de iser guerrilleros y
a los contratistas cncaigados de La carretera (todos liberales) de prestarles revólveres,
camiones y dinamita para atacar al gobierno conservador y a sus representantes locales.50

Los trabajadores públicos de carreteras, los mineros y los grupos liberales ar­
mados del Bajo Cauca y las regiones del nordeste sí se confabularon entre sí, pero
sólo después de un largo período de despidos originados en el gobierno, acoso y
abuso policial contra trabajadores ferroviarios y de carreteras fue que se movilizaron
en un comportamiento abiertamente insubordinado. Una carta escrita por un ha­
cendado conservador que vivió durante todo el período de la violencia en el caserío
de Colorado, en Caucasia, corrobora la impresión de que la violencia local no fue un
desarrollo orgánico sino el resultado de repetidas provocaciones de las autoridades
departamentales. Su relato cubre heriros ocurridos en la región desde 1949 hasta
comienzos de 1952 y ofrece una crónica devastadora, no sólo del papel jugado por
policías y contrachusmas en la difusión de la violencia sino de la reticencia con que los
liberales y conservadores locales asumieron el surgimiento de la resistencia armada
liberal.

El autor de la carta se refirió a sí mismo simplemente como “Arturo .5I Se


consideraba atípico entre los hombres de la región de su clase y generación por
haberse negado a subir “como buen antioqueño en el tren de los burgueses ”. En
cambio, se había enterrado en el Bajo Cauca para trabajar la tierra entre “este verde
circundante muchas veces monótono y otras tantas apacible”. Arturo le confiaba a
José, el supuesto destinatario de su carta, que él y sus vecinos en el Bajo Cauca y el
departamento de Bolívar estaban tensos, a la espera de “caer en manos de esa caterva
de asesinos que son los policías". El y otros locales ya habían sido obligados a
“ presenciar] los mayores crímenes , cuyo solo recuerdo produce náuseas". Estas
experiencias lo habían llevado a escribir “un libro que en estos momentos reposa bajo
la tierra de miedo de los sicarios uniformados”. Aunque le temía a la policía conserva­
dora, Arturo no hacía ninguna apología de los guerrilleros liberales, quienes, creía

166
Capítulo 11. m h

Arturo, habían jurado "luchar hasta que el último de ellos quedase sin vida, y con la
consigna de matar a todo policía o individuo de filiación conservadora que hallasen
en su camino
Para indicar esta sed de venganza que motivó a los guerrilleros que operaban en
la zona, Arturo citó el ejemplo de un grupo de 22 hombres y un niño de 11 años
que eran dirigidos por una mujer joven conocida como "la Cucaracha”. Este grupo
guerrillero había jurado no dispararle “a los soldados sino en último caso”. Cuando
"los toman vivos los sueltan y si los matan en combate los abandonan intactos sin
quitarles siquiera el fusil". Pero, tal y como el mayor Arturo Vclásqucz le había adver­
tido a su superior, los guerrilleros no 1c daban cuartel a la policía. La Cucaracha y sus
hombres habían eludido en repetidas ocasiones a la policía, a pesar de los "doscientos
de policía y ejercito” enviados a capturarlos. En cambio, los guerrilleros habían
resultado expertos en emboscar a la policía. Decapitaban a los policías en un elabo­
rado y macabro ritual, y luego "juegan fútbol” con "las cabezas de la Policía... como
si esto fuese parte del programa”. La Cucaracha dictaba sentencias de mutilación
que correspondían a la agresión y perdida de familiares sufridas por ella misma a
manos de la policía y los civiles conservadores: "Como mataron a mi padre ”, dice ella,
y descaigan sobre la nuca un tremendo machetazo. “Como mataron a mi hermano";
otro golpe por la garganta. Entonces la cabeza queda suspendida precariamente por la
piel de los costados. “Como mataron a mi madre”, agrega, y dan el último mache­
tazo en el vientre. A los policías, fuera de todo esto, los pican en rebanadas”. Arturo
reconocía que las bandas de liberales armados que rondaban por la región matando
diariamente a civiles conservadores eran despiadadas y sanguinarias. Repudiaba y
aborrecía todo esto. Pero también sentía que aunque las acciones de los guerrilleros
fueran execrables, también eran comprensibles. Aunque algunos guerrilleros eran,
sin duda, “asesinos natos o criminales fanáticos de una causa”, muchos también
eran individuos enloquecidos por la violencia que habían padecido. En sus palabras,
"son vengadores de vejámenes que pesan sobre ellos... todos ellos hambrientos de
venganza contra los elementos del Gobierno que en otra hora asesinaron a sus pa­
dres, a sus hermanas y hermanos”.

167
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Arturo también anotó que a pesar de la abrumadora mayoría liberal de la re­


gión, los guerrilleros inicialmcntc gozaron de poco apoyo de los lugareños. En efec­
to, la primera respuesta, tanto de liberales como de conservadores, tras la aparición
de los guerrilleros había sido movilizarse "en una franca cruzada contra los chusmeros,
en apoyo desinteresado y sincero a las autoridades’’. La ciudadanía local había estado
dispuesta a arriesgar su vida para eliminar las bandas de liberales annados, "aun los
mismos liberales (mayoría abrumadora pese a que ellos nada temían) con tal de que
se les trajese la paz en la región". Y la paz, anotó secamente el autor, "vino con la
policía”. Un grupo de 40 policías provenientes del departamento de Bolívar, bajo
el comando del teniente de policía Muñoz, "hicieron su entrada triunfal por la
región de Sapo, prendiendo fuego a las casas de los colonos, robándoles descara­
damente el dinero de los bolsillos y el arroz en concha de los depósitos. Nadie,
hasta el momento, ha podido saber cuántos hombres murieron aprisionados en
las llamas de sus propios hogares; cualquier conjetura en este sentido es peligrosa y
audaz . La policía "atacó, saqueó y quemó Villa Uribe” —un caserío predominante­
mente liberal limítrofe con el caserío de Regencia, predominantemente conservador,
que antes había sido devastado por la "chusma liberal... después de asesinar a muchos
de sus moradores”—. Un desafortunado campesino había confundido a los poli­
cías por guerrilleros y se identificó como liberal. El teniente Muñoz “lo hizo
prender a un árbol, le sacaron los ojos con la trompetilla de un fusil y luego
ordeno fusilarlo. El cadáver de este pobre conservador quedó allí por el gravísimo !
pecado de haber dicho que era liberal”. En otra ocasión, el inspector local de policía
no había hedió nada mientras un trabajador del primo de Arturo fue “martirizado”
públicamente en las calles del pueblo durante dos días. Los guerrilleros “después de
cortarle las orejas se las quisieron hacer comer”. El trauma también lo dejó mudo en
forma permanente.

La policía cometía abiertamente robos, abigeato y extorsión, y su comporta­


miento provocó que los lugareños justificaran el asesinato de vecinos liberales en
nombre del Partido Conservador, cuando el motivo real, insinuó Arturo, era la mera
avaricia, los celos o las rencillas familiares de vieja data. Pero Arturo dejó para el

168
CAPÍTULO II ****** * M'*• •• s«wu«rr

final su peor acusación, el asesinato a balazos de un empleado público conductor de


grúa y de su asistente por el mero gusto de hacerlo, y el posterior envío de los
cadáveres en un ataúd al alcalde local con una nota que decía que las víctimas habían
sido "muertos en un encuentro con la chusma”. Como si estas actividades de la
policía no fueran suficientemente censurables, los policías ni siquiera eran capaces
de hacer lo que supuestamente se les había enviado a hacer a la región: vencer y
erradicar a la “chusma liberal”. En cambio, insistió Arturo, “la Policía le huye a la
chusma, no le hace frente, le tiene miedo. Sólo va en pos de ella sembrando el terror,
acabando con lo que ella deja”. Y concluyó prediciendo algo que efectivamente
ocurriría:
No podrá haber paz mientras los elementos del Gobierno compitan en crí­
menes con los bandoleros y los superen en ratería. No podrá haber paz mien­
tras los hombres, los honrados trabajadores del campo, no depositen nueva­
mente la confianza a las autoridades hoy completamente perdida. El Gobier­
no ha cometido errores de una transcendencia tal que estamos a punto de una
revolución, una revolución de odios y venganzas porque en cada corazón ultra­
jado existe el germen latente de un futuro vengador. Dios quiera que no, pero
acá, en los campos y montañas, se siente palpitar con la fuerza de los aconte­
cimientos próximos a realizarse... Nosotros, si las cosas continúan así, no
tendremos más remedio que buscar amparo en los mismos bandoleros.

Sólo es posible especular con respecto al impacto que tuvo esta carta cuando
fue interceptada por la policía en marzo de 1952, entregada al Ministro de Guerra,
José María Bernal (ex-gobernador de Antioquia) y luego al gobernador Braulio
Henao Mejía en Mcdellín. Su contenido, sin embargo, no tomó por sorpresa a las
autoridades departamentales. La crítica conservadora al comportamiento de em­
pleados públicos extremistas, conciudadanos conservadores y policías no era ninguna
novedad. En muchas ocasiones los ciudadanos habían indicado que el blanco más
frecuente de estas fuerzas —contrario a la justificación dada por las autoridades
departamentales a su existencia— no eran las guerrillas liberales sino la indefensa
población civil.

169
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Entre los más de 33 informes de actividades de la contrachusma y 61 de violencia


guerrillera liberal en las regiones del Bajo Cauca, el Magdalena Medio y el nordeste
recibidos en el despacho del gobernador o de su secretario entre 1948 y 1953 —de
los cuales, la gran mayoría corresponde al período entre 1952 y 1953— en ninguno
se mencionan ataques de la policía civil conserv;adora (es decir, la contrachusma) a
las guerrillas liberales, ni encuentros armados intencionales entre la contrachusma y
las guerrillas liberales. Es más, de los 61 informes que denuncian ataques de las guerri­
llas liberales o encuentros entre éstas y las fuerzas del gobierno, en ninguno dice que la
policía tomara la ofensiva y buscara y persiguiera a la guerrilla en sus campamentos
antes de que ocurriera un ataque guerrillero. Típicamente, los encuentros entre la
policía y la guerrilla solamente tuvieron lugar cuando esta última asaltaba un pueblo
en el cual, coincidcncialmcnte, estaba estacionada la policía o cuando las guerrillas
emboscaban policías con el fin de robarles las armas, uniformes y abastecimientos.
Los pocos casos en que la policía persiguió a la guerrilla fueron sólo después de que
ésta ya hubiera atacado y dejado atrás muertos civiles. Los informes finales de la
policía concluían invariablemente que, incapaces de ubicar su objetivo, las tan buscadas
fuerzas guerrilleras se habían desvanecido en el monte cercano y habían sido perdidas
de vista.
La violencia de la policía y la contrachusma dirigida contra la población civil,
combinada con el evidente fracaso de estas fuerzas para proteger a los civiles de
ataques guerrilleros, llenó de amargura a muchos habitantes del oriente antioqueño.
Algunos de ellos eran conserradores moderados como Arturo, quien se negó a aceptar
el comportamiento violento de sus copartidarios y se opuso al uso de la violencia
contra miembros inocentes de la oposición. Ellos le advirtieron al gobierno depar­
tamental que no era recomendable presionar demasiado a los habitantes locales. El
gobierno, insistieron ellos, no estaba en capacidad de refrenar la violencia, en caso de
que los liberales locales decidieran que ya habían tolerado suficiente abuso y optaran
por apoyar o unirse a las incipientes bandas de liberales armados cada vez más activas
en la región. Por ejemplo, Juan de Dios Arango, un ingeniero conservador a caigo de la
planta de energía eléctrica de Puerto Berrío y propietario de tierras, denunció a algu-

170
C/\PÍTULO II l * ***P* **•'*'• I-1 Mu.M|HvMllil<»» II huBIMMlt

nos de sus copartidarios por haber acusado falsamente a la oposición liberal de activi­
dades subversivas con el único fin de legitimar sus despidos. Arango insistió en que el
alcalde liberal nunca había abusado de los conservadores, como insistían algunos
extremistas, y que su único “crimen” había sido concentrarse en hacer avanzar el
desarrollo y el crecimiento de una zona donde “el progreso había sido postergado
20 años". Este alcalde fue el primer funcionario en tomar en serio la terminación de
los proyectos de alcantarillado, electricidad y acueducto, tan necesarios para el pue­
blo. Los laureanistas, inclinados a castigar a los conservadores moderados que se
negaran a confabularse en los abusos contra la oposición, eran, según Arango, las
verdaderas fuentes de disturbio local. En su propio caso, copartidarios conservadores
habían intentado obligar “al suscrito a renunciar la gerencia de la empresa de energía"
por defender al alcalde y por atribuir el "atraso" de Puerto Berrío a las “intrigas
políticas”. Explicaba Arango que las quejas contra el alcalde no eran más que un
ejemplo "de las ambiciones de mando de nuestros propios copartidarios que están
deseando intervenir en la administración para hacer nombrar policías, etc”. Arango,
sin embargo, había resistido los intentos de obligarlo a renunciar insistiendo en que
“de ninguna manera podemos trabajar sujetos a las intrigas de estos políticos”.
Además, le recordó al gobernador que aun cuando podía no haber ningún perjuicio
en perder el tiempo con nombramientos políticos en otros pueblos donde las necesi­
dades locales eran menos urgentes, hacerlo en un pueblo de la importancia estratégica
de Puerto Berrío tendría consecuencias desastrosas.52 Sorpresivamente, el.comité
del Partido Conservador secundó a Arango y también le pidió al gobernador refre­
nar a los extremistas locales del partido y bloquear sus intentos de forzar el despido
del alcalde liberal del pueblo.53

Más aún, desde 1950, los lugareños, entre ellos muchos conservadores, habían
estado protestando por las actividades partidistas de sus copartidarios en el oriente
antioqueño. Por ejemplo, el anterior administrador de rentas y recaudador de la
Administración de Hacienda Nacional en Zaragoza, se quejó al gobernador de que
el alcalde local lo había despedido de su cargo y lo había denunciado al comité
conservador local como “un mal conservador”, por negarse a despedir de manera

171
A Sangre y Fvego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

arbitraria a empleados públicos liberales.51 Dos meses después, en enero de 1951, el


registrador municipal de Caucasia escapó por poco a un atentado contra su vida,
tras haberse negado a tolerar el tratamiento arbitrario dado a miembros de la oposición
por policías nacionales y sus ayudantes entre la contrachusma.55 Más tarde ese mismo
mes, el Comité Conservador de Puerto Bcrrío denunció al alcalde y a agentes de la
Policía Nacional por abusar de ciudadanos "por motivo de la intemperancia alco­
hólica tanto del alcalde como de la policía”. El alcalde y la policía habían asesinado
a un ciudadano desarmado y habían causado frecuentes escándalos públicos. Este
comportamiento, le recondó el Comité al gobernador, "se refleja de mala manera en el
gobierno Consenador”.56

Los factores determinantes de la violencia en el oriente antioqueño frieron,


por tanto, mucho más complejos que lo sugerido por cualquier diferencia inhe­
rente e inevitable entre los grupos monolíticos de liberales y conservadores: la
explicación tradicional dada a la Violencia. En muchas zonas no había conflictos
inherentes; éstos fueron creados y alimentados por los propios agentes del Estado,
quienes se aprovecharon de unos pocos seguidores locales descontentos o los im­
portaron de zonas cercanas para avivar y hacer arder las llamas de la diferencia
partidista. También parece —con base en las numerosas quejas presentadas por
empleados públicos de filiación conservadora pero moderados y por funcionarios
elegidos en las zonas periféricas— que entre los conservadores anrioqueños no
existía consenso con respecto a la conveniencia de utilizar la violencia con fines
políticos. En ciertos casos esto pudo brotar, menos de un sentido de simpatía
ideológica con los miembros de la oposición local y más de los temores al impacto
económico de la agitación y los disturbios partidistas. Pero cualquiera que haya
sido la motivación detrás de la falta de un abrumador apoyo local conservador a
las actividades de las autoridades departamentales, lo evidente es la necesidad de
cuestionar el concepto generalizado de afiliación partidista violenta "por naturaleza”
como explicación de la Violencia en Colombia.

Por latgo tiempo, el gobernador Braulio Hcnao Mejía se mantuvo reacio a


responder o a creer en los informes conservadores que sugerían que el principal ele-

172
Capítulo II. Fl B • >«> ( um, Fi M r*«a Mr»i*> i n Ngxiimi

monto catalizador de la violencia local en el oriente antioqueño era la incontrola­


ble presencia y la aparentemente ilimitada autoridad ejercida por funcionarios
públicos extremistas, contrachusmas y tropas de la Policía Nacional. Además,
ignoró las insinuaciones de que la rivalidad entre las facciones conservadoras
jugara un papel determinante en el aumento de la influencia de la policía y la
contrachusma. Pero los hechos ocurridos en el occidente antioqueño, donde la vio­
lencia ya había alcanzado niveles de gravedad y de donde se habían recibido quejas
comparables contra los extremistas conservadores, gradualmente lo convencieron de
que había algo de cierto, tanto en los rumores de incapacidad de la policía como en
las acusaciones contra la contrachusma de cometer actos arbitrarios en las zonas
donde había violencia. El gobernador expresó por primera vez sus crecientes dudas
acerca de la naturaleza exacta y la escala del conflicto que se vivía en las zonas
periféricas de Antioquia en una carta detallada y confidencial enviada el I de marzo
de 1951 a su gran amigo y paisano Gonzalo Restrepo Jaramillo, Ministro de Rela­
ciones Exteriores en Bogotá.57 En la carta, el gobernador confesaba no saber a quien
creerle y no tener idea de cuántos hombres estaban alzados en armas, si realmente
eran “millares” o simplemente "si su extraordinaria movilidad los hace aparecer
en gran número”. Anotó además que la violencia —atribuible sólo desde hacía
poco a conflictos organizados conforme a lincamientos partidistas claros— ya no
parecía tan fácil de clasificar. "Más grave que la torcida inspiración política inicial
y que las acciones en pandilla o guerrilla contra el gobierno y contra las instituciones,
que era lo que veníamos contemplando hasta hace un par de meses”, escribió con
evidente preocupación, “es lo que estamos presenciando ahora, o sea, que grupos de
verdaderos vándalos entregados absolutamente al pillaje como principal motivo y
compuestos ya de elementos de los dos partidos”. Henao Mcjía admitió saber
que en ese momento había, por lo menos, dos tipos de grupos armados en Antioquia.
Aquellos cuyo único propósito era “ robar y que de paso asesinan, incendian y violan”,
y para quienes las consideraciones partidistas parecían jugar un papel secundario, y
otros que cumplían una variedad de funciones (“las hay mezcladas en las mismas
tarcas”, es decir, tanto partidistas como económicas). En ambos tipos de bandas
armadas había liberales y conservadores involucrados.

173
1

A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

La carta del gobernador al Ministro de Relaciones Exteriores fue motivada


principalmente por preocupaciones relativas a la presencia de grupos guerrilleros en
la porción de carretera que unía a Dabeiba y Turbo en la región de Urabá, al noroes­
te. Pero la decepción causada por la incapacidad de la policía de enfrentar el reto de
las guerrillas liberales y la escalada de bandolerismo económico en otros lugares de
Antioquia influyeron en su cambio de actitud con respecto al asunto del orden
público en todo el departamento. Preocupado por la ineficacia de la policía, el
gobernador Henao Mejía le insistió al ministro de relaciones exteriores en que sólo
con la total militarización de las regiones afectadas gravemente por la violencia
(como el onente antioqueño) se podría empezar a enfrentar el problema de la agita­
ción y los disturbios en el departamento. El gobernador concluyó que lo único que
serviría sería el control absoluto del ejercito porque, como le confesó a Restrepo
Jaramillo: "a nuestra valerosa policía por escasez numérica y por absoluta falta de
elementos, nos la han derrotado lamentablemente dos veces en el último mes, en
ocasiones en que hubieran podido hacer labor espléndida”. Más aún, el gobierno
central parecía haber abandonado al departamento para que manejara la escalada de
violencia por su cuenta. Aunque en reuniones secretas el Presidente le había prome­
tido al gobernador los suministros, armas, radios y aviones necesarios, Antioquia
todavía no había recibido ninguna ayuda. Sin lo solicitado, advirtió el gobernador,
difícilmente se podría esperar que él frenara “la tónica subversiva del liberalismo
[que] se acentúa cada día”. Mientras el gobierno central se tardaba, el conflicto en
Antioquia se intensificaba. Todos los días, las áreas de reciente colonización y de
produca’ón agrícola intensiva eran “asoladas, las cosechas robadas o destruidas y
sus hombres de trabajo asesinados o dispersados con la esperanza de salvar sus
vidas”. Henao Mejía estaba convencido de que sólo podría ganar la guerra contra
la subversión, si el gobierno central le mandaba el apoyo necesario para enfrentarla.
Como tal, concluyó su misiva con una nota belicosa, y exigió “más jueces, más
armas, más soldados, pero sobre todo mucha más diligencia para colaborarnos”.

Braulio Henao Mejía nunca recibió las tropas y el apoyo adicionales que
insistía eran necesarios para restablecer el orden público en Antioquia. Quedó

174
Capítulo II. « *, Ei M ««.mu** Midi» » ti V»auf«ia

reducido, durante todo su período como gobernador (agosto de 1950 a julio de


1952), a escribirle un torrente de memorandos al gobierno central, suplicando
ayuda y recursos económicos adicionales con los cuales afrontar el aumento en los
gastos para mantener el orden público en el departamento. Mientras tanto, los
laurcanistas y otros extremistas conservadores le reprochaban públicamente y lo
tildaban de ser un líder regional ineficaz, demasiado tímido para imponer medidas
autoritarias que pusieran fin a la subversión liberal. Además, en respuesta a inci­
dentes de orden público, Hcnao Mejía continuó desplegando de manera rutinaria
a los mismos policías cuya eficacia había cuestionado en su misiva a Bogotá. El
gobernador también llegó a tolerar, o bien por inercia o bien por convicción, los
esfuerzos de los conservadores locales para armar voluntarios c ignorar o minimizar
las preocupantes quejas de los miembros del partido, relativas a las implicaciones
a largo plazo de continuar promoviendo políticas arbitrarias y violentas contra la
oposición.

Las predicciones de los conservadores moderados de que la escalada de represión


gubernamental incitaría intensas retaliaciones de los liberales armados se cumplieron
finalmente cuando varios grupos de liberales armados emprendieron, desde febrero
hasta julio de 1952, una oleada de violencia contra las haciendas, minas y pueblos.
Ya para el mes de octubre, la violencia guerrillera alcanzó niveles comparables a
los de la violencia de la contrachusma, y las zonas rurales del oriente antioqueño,
donde los asuntos de orden público no habían sido una preocupación urgente del
gobierno antes de 1952, repentinamente se convirtieron en algunos de los lugares
del departamento más gravemente afectados por la Violencia.

La intensificación del conflicto guerrillero

El 13 de junio de 1953, un mes antes del golpe militar que depuso al gobierno del
Presidente conservador Laureano Gómez, una joven fiic capturada en Puerto Bcrrío y
conducida a Mcdcllín para rendir testimonio de su vida entre los guerrilleros liberales
que operaban en el oriente antioqueño.58 Su nombre era Angela Rosa y tenía 24 años,
era soltera, hija ilegítima y formaba parte de las oleadas de trabajadores temporales

175
i
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

que andaban de hacienda en hacienda por todo el oriente antioqueño en busca de


trabajo. Ángela Rosa había nacido en el pueblo minero de Amalfi, donde el descenso
de la producción y el crecimiento de grandes propiedades había obligado a cientos
de colonos a emigrar en busca de sustento desde finales de la década de 1920 hasta
comienzos de los años 40. Había estado viviendo en Maceo, otro pueblo minero al
sur de Amalfi, cuando un terrateniente la entregó a la policía y la acusó de ser espía
de los alzados en armas contra el gobierno conservador. Después del arresto, el jefe
del Departamento de Investigación Criminal en Mcdcllín le pidió a Ángela Rosa
contar todo lo que supiera sobre “en qué lugar vivía esc grupo de bandoleros vecino
a donde Usted vivía, cuántos son, cómo se llaman, cómo visten, cómo consiguen la
comida, quienes los dirigen, qué conexiones tienen en los pueblos vecinos y qué es lo
que han hecho”.

La transcripción textual de su testimonio ofrece un.a rica muestra de la vida coti­


diana y de las privaciones que caracterizaban el diario vivir de los colonos inmigrantes
en la región del Magdalena Medio antioqueño, así como del efecto de la violencia en
su modo de vida. Los hechos narrados por Angela Rosa en su declaración judicial
tuvieron lugar entre mediados de 1952 y mayo de 1953, el año en que las guerrillas
liberales fueron más activas en el oriente antioqueño y cuando se reportó en la zona el
mayor número de muertes, expropiaciones y actividad criminal en general.
Ángela Rosa comenzó su relato sacando al investigador de su impresión de que
ella hubiera “vivido” con los guerrilleros: “no vivíamos con ellos propiamente, pero
sí junto a ellos y por eso nos dábamos cuenta de todo lo que hacían”. La cercanía se
convirtió en intimidad cuando en algún momento de 1952, a Angela Rosa y su
compañero, Alfonso, les notificó el propietario de la finca donde habían estado
trabajando como arrendatarios que tendrían que “desocupar”. Ángela Rosa y su
acompañante se fueron a la finca de su padrastro, donde permanecieron un mes.
“En ese tiempo estaban recogiendo a los liberales dizque para matarlos”, y entonces
Alfonso y otros cinco jóvenes "cogieron el monte”. Ángela Rosa y su media hermana
Teresa se quedaron. Después de deambular durante seis días sin ver a los guerrilleros,
Alfonso regresó junto a las mujeres y se hizo amigo de Manuel, con quien planeó

176


Capítulo II ®**°^**r<*»^1 n NnBotw

renovar su búsqueda de la "chusma liberal”. Sin embargo, antes de que pudieran irse
un grupo de contrachusmas bajó del monte y "se echaron candela". Herido en la
escaramuza, Alfonso se escapó al monte con Jesús (el compañero de Teresa) y Pedro
para renovar su búsqueda de los guerrilleros mientras las mujeres buscaron refugio
en otra finca. Unos días después, cuando ellas estaban a punto de partir hacia una
tercera finca los hombres volvieron y les rogaron que se fueran con ellos al “monte”.
Alertado por rumores de que las contrachusmas conservadoras “iban matando
mujeres, niños, hombres y todo lo que encontraba”, el grupo viajó y se alojó en cuatro
fincas en menos de una semana. Finalmente, llegaron a una finca llamada "Nuevo
Mundo”, donde Ángela Rosa notó que "nosotros siempre vivíamos anteriormente"
como aparceros o arrendatarios.59

Una semana después de llegar el grupo a Nuevo Mundo, aparecieron miembros


de una banda liberal liderada por un hombre apodado "Piclroja” y les insistieron a
los hombres en unirse a su guerrilla porque "ahí tan solos los mataban ”.60 Una vez
más, el problema era qué hacer con las mujeres. Alfonso y Jesús insistieron en volver
a donde el padrastro, pero ellas se negaron: “a nosotras nos daba miedo volvernos
solas”. Ellas les propusieron continuar juntos y quedarse en una finca a una lengua
de distancia del campamento de Piclroja cerca a la orilla del río San Bartolo.61
Alfonso todavía sufría por las heridas que había recibido en la escaramuza con la
contrachusma, de manera que Piclroja lo devolvió a la finca para que las mujeres
lo cuidaran, pero acordó mandar a buscarlo cuando “Alfonso estuviera aliviado y
ellos fueran a hacer alguna comisión Los hombres de Piclroja estuvieron muy
pendientes de la recuperación de su recluta durante los dos meses que duró la con­
valecencia. Cuando su brazo estuvo curado, Alfonso “salía a comisiones y volvía
orea vez a la casa y así se estuvo como un mes más”. El mes en que Alfonso acompañó
a los guerrilleros en sus "comisiones”, la banda atacó una vereda en el municipio de
Yalí y mató a cinco hombres. Luego avanzaron a Ité, donde se enfrentaron con las
fuerzas del gobierno y mataron a otros seis hombres. En julio de 1952, su mes de
juerga violenta culminó con un intento fallido de volar el puente ferroviario en
Monos.62

177
A Sangre y Fuego: La violencia en Aneiooliia. Colombia, 1946-1953

Después de eso, Alfonso abandonó la guerrilla y b uscó trabajo en la hacienda


donde sus compañeras habían encontrado empleo. Firmó un contrato por seis
meses con el propietario, en el cual “se nc>goció la mitad de la finca y [Alfonso] se
puso a empradizar y a arreglar los potreros y las sementeras”. Seis meses después
les llegó la noticia de que la banda de Piclroja había matado hacía poco a 18
personas en “Las Partidas", entre ellas a un hombre, sus cuatro hijos, un yerno y
a otros, a quienes Ángela Rosa conocía. Por la misma época, llegaron a la finca
otros dos grupos de guerrilleros liberales, uno liderado por el capitán Corneta y el
otro por un líder guerrillero llamado Santander. Tal y como lo sugiere su nombre,
Santander era oriundo del departamento del mismo nombre. Inicialmcntc había
organizado su base al otro lado del río Magdalena, pero el líder se había vinculado
con la banda antioqueña liderada por el capitán Corneta y se había convertido en el
segundo al mando. Estos dos grupos, que sumaban aproximadamente 190 hombres,
estuvieron a punto de atacar El Coco, un corregimiento cerca de El Tigre, en el
municipio de Amalfi.63 Después de incendiar medio caserío y asesinar a “mucha
gente”, avanzaron a La Susana, en las cercanías, donde quemaron varias viviendas
y mataron a otras 20 personas, entre ellas, a una mujer que Angela Rosa también
conocía.64 Después de descansar tres días en la finca de Alfonso, los hombres del
capitán Corneta y los de Santander unieron sus fuerzas a la banda de Piclroja.

Los ataques en El Coco y La Susana tuvieron el efecto de empujar al ejercito a


actuar. Llegaron buscando a los guerrilleros, los rodearon y los obligaron a huir al
norte, en dirección del pueblo minero de Segovia.65 Las fuerzas gubernamentales
mataron a tres guerrilleros de un destacamento de siete hombres enviado a buscar
sal en una de las fincas donde Ángela Rosa y Alfonso se habían refugiado, pero los
otros cuatro escaparon después de matar a varios mineros, entre ellos el suegro del
dueño de la finca. Aterrorizados de que el ejército los matara, Ángela Rosa, su
hermanastra, la concubina de uno de los hombres de Pielroja y Alfonso huyeron a
una casa segura, propiedad de otro guerrillero, donde permanecieron durante una
semana mientras el dueño de la finca construía una choza para su mujer y su suegra
en el monte, donde pudieran esconderse. Alfonso y Angela Rosa se reunieron con el

178

fe
CAPI IUI O 11. B0,1 *’***•• F-’ M Mimo t rt Notwtm

dueño y su familia en el escondite y, mientras tanto, Teresa se organizó con otro de


los hombres de Pielroja apodado “Relámpago”. Tres semanas después, Alfonso y
Angela Rosa tuvieron "un pereque” con el propietario y se mudaron a otra finca de
propiedad de "Lalo”, uno de los proveedores locales de la guerrilla. Pero una semana
después, los hombres de Pielroja se la tomaron y Alfonso y Rosa también tuvieron
que abandonarla.
Mientras descansaban en una choza entre los matorrales en la finca “Pescadero”,
el grupo oyó decir que 40 de los hombres de Santander habían llegado a la finca de
Lalo y buscaban a "Amanda, Luis (compañero de Amanda), Alfonso y Ángela Rosa”.
Les exigieron a los hombres "entrar en fila" y a las mujeres “que fuéramos mujeres
de ellos [de los guerrilleros]”. Al oír esto, las mujeres y sus compañeros huyeron
pero no alcanzaron a llegar a alguna finca segura antes del ocaso. Diez de los hom­
bres de Santander los alcanzaron y les anunciaron: "Bueno hombres, ustedes es que
son godos o somos nosotros los godos pero ustedes viven huyéndonos a nosotros,
así es que venimos por estas mujeres, esta es la orden que traemos; nos las llevamos
si ustedes quieren y si no también”. Cuando las mujeres empezaron a llorar, los
guerrilleros les dijeron que las dejarían en paz si dejaban el llanto, pero más tarde
esa misma noche la banda de guerrilleros las violó. "Por la noche nos cogieron e
hicieron con nosotras lo que les dio la gana, todos nos usaron y, como Alfonso y
Luis nos cogieron, se enojaron porque nos habían alejado de ellos y uno que
llaman ‘Lucero’ desaseguró-el fusil para tirarles”. Después de haber sido violada
sucesivamente por 10 hombres, Angela Rosa concluyó su relato diciendo: “se
calmó todo y nos acostamos”.

Después de la violación masiva, los hombres de Santander fueron a reunirse


con la banda de Pielroja, mientras que Alfonso y Luis, quienes aparentemente
habían acordado reunirse más tarde con los guerrilleros y entregarles a las mujeres,
salieron con Amanda y Ángela Rosa en dirección a la finca “El Presidio”. Allí,
Luis esperaba vender sus únicos bienes terrenales —su pistola y su ruana— con la
esperanza de reunir suficiente dinero para que Amanda pudiera escapar hacia el
pueblo de Puerto Bcrrío. Pero en lugar de eso, dos de los miembros de la banda de

179
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Piclroja los ahondaron y los obligaron a guiarlos al escondite de las mujeres. En el


camino, Alfonso se escapó y corrió a avisarles a las mujeres que huyeran. En una de las
distintas fincas donde ellas se detuvieron buscando refugio, un sirviente las alimentó y
se mostró dispuesto a alojarlas, pero el propietario y su capataz lo descubrieron y las
entregaron a las autoridades de Maceo acusándolas de ser “espías de la chusma",
Ángela Rosa y Amanda fueron enviadas a Medcllín, donde las autoridades tomaron
sus testimonios y las presionaron para que dieran detalles sobre la ubicación y fortaleza
de los guerrilleros.

Seis bandas guerrilleras operaban en el oriente antioqueño. La de Piclroja, con 70


hombres y dos mujeres, tenía su base cerca de La Susana, en Maceo, entre Puerto
Berrío y Yolombó. La banda de Santander y Corneta tenía 190 hombres y su base en
San Vasconio, cerca de los campamentos mineros de Remedios y Scgovia. Vicente
Mejía (abas “El Dormido”) tenía 18 hombres y tres mujeres y estaba ubicado a lo
Lugo del ferrocarril entre Maceo y Puerto Berrío. Un cuarto grupo, liderado por “El
Chicote”, tenía su base en el departamento de Santander, pero Angela Rosa declaró no
conocerlo. Otras dos bandas, lideradas por Rafael Rangel y Trino García, tenían su
base al otro lado del río Magdalena, cerca del campamento de Santander pero de vez
en cuando cruzaban el río para operar en Antioquia. Como Ángela Rosa no había
tenido contacto con ellos, no pudo ofrecer más información (Véase el mapa 10).

Para sobrevivir, Piclroja, Corneta, Santander y Vicente Mejía “cada rato sal[ían]
a robar ganados”.66 El grupo de Pielroja se quedaba con el ganado marcado para su
propio consumo y le vendía las reses no marcadas a un terrateniente de Maceo que
no permanecía en su hacienda y vivía en Puerto Berrío. La sal, un producto de impor­
tancia crucial para la supervivencia de los guerrilleros y cuyo comercio era controlado
estrictamente por las autoridades, se obtenía principalmente robando lo dejado en
los potreros para el consumo del ganado. Como se conocía la gran necesidad que
tenían los guerrilleros de la sal, las autoridades a menudo la envenenaban. Para evitar
envenenarse, los guerrilleros sólo robaban sal de los abrevaderos en los potreros
donde recientemente hubiera estado pastando el ganado. Cuando entreviste al el ex­
líder guerrillero, capitán Corneta, me dijo que la sal era teñida con azul de mctileno,

180


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Guerrilla» libérale» de Anapel, Bolívar


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El Dormido

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I 1 Municipios Periféricos
* Localización de la base guerrillera
♦Movimientos de guerrilla

Mapa 10. Operaciones de guerrilla y movimientos en el oriente antioqueño, (Fuente; Instituto Geográfico
Agustín Codazzi; Archivo privado del señor gobernador de Antioquia, 1950-1953; Archivo de la Secretaría
de Gobierno de Antioquia, 1950-1953).

pero como los guerrilleros estaban tan desesperados, a pesar de la tintura, la lavaban
y se la comían.67 Los guerrilleros obtenían otros productos necesarios para el diario
vivir como granos, manteca, panela y ropa robándolos en fincas aledañas. Sin em­
bargo, la sal, el salitre y los cigarrillos había que traerlos de Puerto Berrío. Varios
propietarios de fincas y comerciantes que vivían en Puerto Berrío colaboraban para
suministrarle estos productos a la guerrilla. Cuando se le preguntó hasta qué punto los
habitantes de los pueblos distintos de Maceo le brindaban apoyo logístico a los hom­
bres de Pielroja, Angela Rosa respondió: “De las otras poblaciones circunvecinas no

181
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

he oído decir que les ayuden". Ella no pudo (o no quiso) decir si los lugareños servían
como "espías" o informantes que le pasaban a la guerrilla información relativa a las
operaciones del gobierno.
Ángela Rosa refirió con fluidez los apodos de numerosos participantes en la
banda de Piclroja. Pero los hombres bajo la dirección de Santander y Corneta eran,
insistió ella, "todos desconocidos para mí”.68 Mientras que los hombres de Piclroja
parecen haber sido en gran parte lugareños y haber circunscrito sus actividades a la
zona de Maceo/Pucrto Berrío, el grupo de Corneta y Santander se movilizaba
mucho y su origen no era local. Ángela Rosa declaró: “Esta cuadrilla [de Corneta]
anda mucho, dizque estuvo por Bolívar en las ciénagas de Barbacoas, en Itc, y
últimamente están por los lados de Segovia y Remedios, por el cañón de Mata". El
grupo de Corneta y Santander también estaba considerablemente mucho mejor
armado que Piclroja y sus hombres.60 Con excepción de algunos fusiles y revólveres,
la mayoría de los hombres de Corneta carecía de armas y sólo iba armada con las
peinillas o machetes pequeños que comúnmente portan los campesinos en toda
Colombia. De hecho, una escasez de armamento había obligado al grupo a reducir
sus actividades a tal punto que “ya casi no salen”. En contraste, Corneta y Santander
poseían 17 rifles—15 robados a la policía y dos con la marca del ejército—, varias
carabinas y revólveres, muchos fusiles, yataganes (espadas) y peinillas. Estas bandas
también habían robado uniformes de la policía.70 La mayoría de los participantes en
las bandas, sin embaigo, vestía las ropas típicas del paisano (pantalones de dril,
camisa, ruana y sombrero de paja o fieltro), lo que les permitía mezclarse con los
lugareños y pasar inadvertidos en el campo.
Ángela Rosa terminó el largo relato de su experiencia con los guerrilleros
narrando el destino de un grupo de ocho hombres que inicialmcnte habían salido
en busca de la guerrilla menos de un año antes. Alfonso y Luis se habían unido a
la banda de Vicente Mcjía; otros tres hombres habían muerto a manos de las
fuerzas del gobierno; el paradero de otros dos era desconocido, y el compañero de
la hermanastra de Ángela Rosa se había unido a Santander.

182

s
Capítulo II ** r** mibu>wi &»•»•<»«•»•

El contexto del relato de Ángela Rosa

Uno de los rasgos sorprendentes del testimonio de Angela Rosa es que la Vio­
lencia no parece haber tocado su vida ni la de sus vecinos antes de 1952. En efecto,
su relato —que cubre un período aproximado de 11 meses entre junio de 1952 y
mayo de 1953— abarca casi con exactitud la duración del conflicto armado cons­
tante en la mayor parte del oriente antioqueño. A diferencia de Urabá o Urrao, en el
occidente antioqueño, —donde la violencia partidista dio origen, a finales de 1949,
a una respuesta guerrillera liberal bien organizada y con bases locales, y donde existió
un estado de conflicto armado casi constante desde entonces hasta 1953—, la
mayoría de los civiles y trabajadores de las haciendas del oriente antioqueño lograron
evitarlos efectos de la violencia intensa hasta 1952. Aunque desde 1948 ocurrían
ataques guerrilleros en los caseríos portuarios antioqueños y las «áreas mineras
aledañas a Caucasia, todos los ataques habían sido llevados a cabo por grupos
guerrilleros provenientes de fuera de Antioquia (de los departamentos cercanos
de Bolívar y Santander), y al parecer, contaron con poca participación o apoyo
liberal local. Las fuerzas del gobierno, aunque bastante brutales, también habían
hallado dificultades aplicando una política de acoso generalizado en todo el oriente
antioqueño. Esto se debió en parte a la vastedad de la zona y a su falta de infra­
estructura, especialmente alrededor de las regiones mineras del nordeste y el Bajo
Cauca, pero también a la relativa falta de apoyo conservador local a Liles esfuerzos.
Además, a pesar del uso de la violencia oficial contra los trabajadores estatales y
mineros desde 1948, las organizaciones obreras liabían tenido un gran éxito desviando o
resistiendo los intentos del gobierno por elimin«irlos o por usurparles su control de los
cargos y el poder político locaí

El punto de giro en la difusión de la violencia tuvo lugar en 1952, cuando sutgió


al menos un grupo guerrillero (bajo el liderazgo del antioqueño capitán Corneta) con
base en el territorio antioqueño y cuando el gobernador Braulio Henao Mejí«a respaldó la
expansión inici.il de la función y el número de fuerzas conservadoras paramilitares que
operaban en el oriente antioqueño. M«ás aún, cuando Dionisio Arango Fcrrcr, parti­
dario de los grupos de contrachusmas conservadoras desde mucho antes, asumió el

183
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

control de la gobernación de Antioquia en julio de 1952, la responsabilidad de man­


tener el orden público en el departamento recayó primordialmcnte en la contrachusma.
La combinación de estos dos faetones modificó el foco de la violencia, alejándolo del
acoso y el despido de los trabajadores y empleados políticos, y lo dirigió hacia una
violencia mudio más sangrienta y generalizada contr a los campesinos y trabajadores
de las haciendas.
En un contco de muertos civiles y bandoleros registrados por las Fuerzas Ar­
madas en 1949, de un total de 16 muertes de civiles en el departamento, el oriente
antioqueño reportó 2 (en Amalfi y Cáccres). En 1950, la misma región reportó 12
civiles muertos de un total departamental de 49 (concentrados en dos pueblos,
Puerto Triunfo/Cocorná y Puerto Pcrales/San Luis). Sin embargo, no fue sino
hasta 1951, y especialmente en 1952, que el número de muertos de la región
alcanzó proporciones alarmantes y constituyó un porcentaje considerable del total
de muertes violentas ocurridas en Antioquia. Amalfi, Puerco Berrío, Remedios y
San Luis dieron cuenta de un 14% del total de 468 muertes de civiles en el depar­
tamento y un 1% del total de 502 bandoleros muertos en 1951 (Véase el apéndice
A.4). Pero para 1952, los pueblos del oriente daban cuenta de más de la mitad del
total de I.II4 muertes de civiles en el departamento y de un 37% del total de
"bandoleros’’ muertos en Antioquia (1.154). Estos datos son sorprendentes, debido
especialmente a que en los pueblos del oriente habitaba menos del 10% de La población
total del departamento. Es más, en 1951 y 1952, el mayor número de muertes se
registró en Puerto Berrío y sus inmediaciones, precisamente la zona abarcada por el relato
de Ángela Rosa (Véase el apéndice A.6).
El gobernador recibió los primeros informes de que un grupo de liberales ar­
mados con base local estaba operando en el oriente antioqueño cuando unos espías
se quejaron de que un hacendado de Yolombó, quien además era representante liberal
en la Asamblea Departamental, había enviado a su mayordomo a llevarles provisiones
a los guerrilleros liberales que acampaban en las montañas cercanas.71 Cinco días
después aparecieron ocho guerrilleros en una hacienda de la región de Alicante, entre
Puerto Berrío y Yolombó, averiguando la afiliación política de los trabajadores. Cuando

i
184
CAPÍTULO |¡ ** H***» < »i < ». Fi M *«.íi*ii** Miimu > «1 Vmonn

resultó que todos eran liberales, les perdonaron la vida pero robaron en la hacienda.
Para finales de febrero, se informó que los guerrilleros habían "inicia[do] posiciones”
en los alrededores de la hacienda “La Gallinera”, en las cercanías de Yalí.72 Por ese
tiempo, en el poblado de Nechí en Caucasia, los guerrilleros cruzaron los límites
del departamento de Bolívar y atacaron el caserío de Regencia (situado a cinco
leguas de los límites con Bolívar), destruyeron 43 casas, dejaron muchos muertos y
heridos y violaron a la mayoría de las mujeres casadas del caserío. Al no encontrar
ninguna oposición oficial, los guerrilleros escaparon hacia Ayapel (Bolívar) sin
perder ningún hombre.7’ Sobrevino una emigración masiva de habitantes de la zona,
que provocó que el gobernador le pidiera al notario de Caucasia “en estos días de
pavor no formalizar] escrituras para evitar los abusos que los audaces están deseando
cometer con gentes sencillas y aterradas”.74 No se reportaron ataques guerrilleros
en el oriente antioqueño por más de un mes.
En abril, sin embargo, se encendió de nuevo la actividad guerrillera y duró hasta
julio. Liberales armados atacaron Puerto Narc a comienzos de abril, asesinando a
una mujer y dejando ocho habitantes desaparecidos.75 Dos semanas después, un
grupo guerrillero (40-150 hombres) bajó de la línea ferroviaria cercana a Puerto
Berrío y atacó una hacienda en el caserío de Santa Rita, en el municipio de San
Luis. Los guerrilleros dejaron 14 muertos y a 75 familias aterrorizadas que huyeron
en busca de refugio al monte.76 El ataque a Santa Rita desató el pánico entre los
conservadores en otras parres de San Luis, como Samaná, donde los rumores de
una inminente incursión guerrillera obligaron a los dispersos campesinos a trasladarse
al pueblo. En su prisa por abandonar sus propiedades antes de la llegada de los guerri­
lleros, los habitantes dejaron “trojes llenos de maíz, centenares de reses en diversas
fincas, [y] miles de cerdos vagando”, mientras ellos mismos estaban "sin habitaciones,
alimento [ni] trabajo”.77 Ellos se unieron para enviarle una petición al gobernador
solicitándole establecer un puesto del ejercito en el caserío con el fin de urgir a los
campesinos a regresar, quienes habían dejado “las tierras de Samaná desocupadas
por temor a la chusma”, precisamente al comienzo de la temporada de siembra. Sin
embargo, tan sólo una semana después de que los habitantes de Samaná le rogaran al

185
1

A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

gobernador que les enviara soldados para protegerlos, una banda liberal de 40 hombres
armados, liderados por el jefe guerrillero santandercano Trino García, cruzó el río
Magdalena a la altura de Puerto Nare y nuevamente sembró el terror en los puertos
antioqueños y las zonas rurales aledañas.78

Mientras Trino y sus hombres atacaban el sureste, el ejército perseguía montaña


abajo en Caucasia a otros dos líderes guerrilleros, el capitán Corneta y el satgento
Santander. Dada la ausencia de cualquier autoridad que pudiera hacerlo, el telegrafista
de Caucasia asumió la responsabilidad de enviarle al gobierno departamental un
informe de orden público desde Taraza, a donde había huido después de que los
guerrilleros cortaran la línea telegráfica de Caucasia. Le informó al gobernador
que todo el comercio del pueblo estaba cerrado, los habitantes habían huido y el
cura y las monjas del colegio femenino habían escapado por el campo hacia Puerto
Antioquia, en compañía de los funcionarios públicos. Tres días después, tropas de la
Policía Nacional se enfrentaron con los guerrilleros cuando los encontraron intentando
incendiar reseñas de gasolina de propiedad del Gobierno. La Policía Nacional asesinó
a 11 personas.79 Cáceres, en las cercanías, parecía un pueblo fantasma. Todas sus
fincas habían sido abandonadas, pues sus habitantes habían huido en vísperas de un
ataque guerrillero en el cual los campos fueron arrasados y las casas incendiadas.80
Corneta y sus hombres lograron escapar por el río Cauca y un mes después atacaron
campamentos mineros en El Bagre, Remedios y Segovia. Justo antes de los ataques,
los habitantes alertaron al gobernador sobre la falta de policías, soldados y armas
para defender el pueblo.81 Después de asaltar y robar las minas de oro, los hombres
de Corneta prosiguieron hacia Puerto Berrío donde sus hombres, los de Pielroja y
los de Vicente Mcjía, dieron rienda suelta a la devastación en las numerosas haciendas
concentradas en la zona entre Maceo, Amalfi, Yolombó y Puerto Berrío.

El 18 de mayo, entre 30 y 40 guerrilleros atacaron una finca en Viiginias. Per­


tenecía al ingeniero conservador a cargo de la planta de energía eléctrica de Puerto
Bcrrío 1 mismo que antes había denunciado a los conservadores extremistas y
alertado al gobernador para que impidiera que la policía y la contrachusma acosaran
a los liberales locales evitando que éstos se levantaran en armas contra el Estado.

186

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Capítulo II ’** *’*•'*■ m <<.•««** mimu»™ N<»«>rMi

Algunos de los trabajadores lograron escapar (muchos eran liberales) pero otros
fueron capturados y asesinados por la guerrilla.82 El 10 de junio, los guerrilleros
incendiaron una hacienda en La Susana, propiedad de una conocida familia industrial
de Mcdcllín, asaltaron una hacienda en un lugar en Puerto Berrío llamado Alicante
y se robaron el ganado.83 Cuatro días después, la guerrilla atacó de nuevo, esta vez
una hacienda perteneciente a la misma familia, en Murillo, Puerto Berrío.81 En
cuestión de días, otras haciendas se convirtieron en escenarios de ataques guerrilleros
en Remedios y a lo largo de toda la línea forrea entre Cristalina y Puerto Berrío.85
En un solo ataque a una finca fueron asesinados 25 trabajadores, mientras en el
pueblo cercano de Yalí el 25 de junio un grupo de 90 guerrilleros asesinó al hacendado
liberal Raúl Isaza Sierra porque tenía trece empleados conservadores y lo negó cuando
le preguntaron por la afiliación política de ellos.86 Los ataques guerrilleros a las
haciendas en Maceo y Puerto Berrío continuaron todo el mes julio, hasta que final­
mente el desborde de violencia guerrillera terminó con ataques a los campamentos
déla Shell OH Company en Casabe y de la Paro Consolidated Mining Company en El
Bagre, donde los guerrilleros hurtaron polvo de oro, dinamita, carpas y maquinaria.87

La velocidad c intensidad del asalto guerrillero en el oriente antioqueño consternó al


gobierno departamental. Aunque los conservadores que vivían en los puertos sobre el
río Magdalena en el sureste y en los poblados mineros de Caucasia ocasionalmente habían
sido blanco de ataques liberales desde 1948, dicha clase de asaltos había sido espo­
rádica y liderada por guerrilleros cuya base de operaciones estaba fuera de Antioquia.
Además, los blancos típicos de estos primeros ataques guerrilleros no habían sido
los trabajadores de las haciendas sino las oficinas y agentes del Estado. En contraste,
la mayoría de los ataques ocurridos entre febrero y julio de 1952, de octubre a
noviembre del mismo año, y los primeros cuatro meses de 1953 fueron llevados a
cabo por fuerzas guerrilleras basadas en Antioquia y realizados como parte de una
estrategia sistemática e intensiva de erradicación humana. Los objetivos principales
de estos últimos ataques frieron los campamentos mineros y las haciendas que produ­
cían gran parte del oro, ganado y productos agrícolas comerciales de Antioquia. La
amenaza a la economía regional sumada a que los ataques fueran perpetrados por

187
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

guerrillas con base en Antioquia —las cuales eran percibidas como más dadas a granjearse
el apoyo de los hacendados y lugareños— provocaron que finalmente el gobierno depar­
tamental tratara el asunto de orden público en la región con la atención que hasta
entonces sólo le había dedicado a asuntos similares en el occidente antioqueño. Sin
embargo, el problema central que enfrentaba el gobierno departamental a comienzos
de 1952 era cómo responder a los desafíos de orden público que estaban surgiendo
simultáneamente en varios frentes, si se carecía de suficientes soldados y municiones.

El 29 de abril de 1952, el gobernador Henao Mejía recibió un telegrama del


secretario del Ministerio de Gobierno de Bogotá, animando al líder antioqueño a
responder a la creciente actividad guerrillera armando a civiles conservadores. Para
reforzar su mensaje, el secretario envió copias de las numerosas quejas en las cuales
ciudadanos conservadores de todo el territorio antioqueño expresaban su descontento
por haber sido dejados a merced de las bandas de liberales armados. Mencionó a
Puerto Berrío como principal ejemplo de un pueblo que se beneficiaría con la organi­
zación de ‘‘defensa personal”.88 Sin embargo, cuando el telegrama de Luis Ignacio
Andrade llegó a manos del gobernador, Henao Mejía ya se había reunido con los
miembros del Directorio Conservador de Antioquia. Ellos habían acordado crear y
armar contrachusmas (es decir, grupos de civiles armados o defensa personal) en
pueblos como San Luis y Remedios, en el oriente, y Caiccdo y Titiribí en el suroeste.
En principio, estos grupos de la contrachusma pretendían complementar, no su­
plantar, a las fuerzas oficiales cuando éstas eran demasiado escasas para defender
zonas específicas contra los ataques liberales. Pero en realidad, lo que ocurrió foe
que los patrocinadores locales aprovecharon la oportunidad para formar grupos
paramilitares que actuaran independientemente o en lugar de las tropas oficiales, sin
tener en cuenta si en verdad había o no suficiente fuerza pública.89

Por ejemplo, los habitantes del municipio de San Luis le informaron al gobernador
escuetamente que los miembros de la Policía Nacional eran “cobardes" y que ‘‘la
única solución... es armar a todos los conservadores de esa región para que se
defiendan y proveer a los reservistas que pasan de 20, de armas de largo alcance”.90
/\1 despacito del gobernador le llovieron solicitudes de armas. A cada telegrama de

188
C\PÍTULO II 1 "** ‘ '•••»<•** Mimw » rt N<»b«»*«ií

petición, el gobernador respondía, tranquilizando a los solicitantes, “se han mandado


armas", y "se han repartido más de mil revólveres. Todos los días se está haciendo”.
En un intento desapasionado por mantener al menos la apariencia de cierto control,
el gobernador también añadió que necesitaba “los nombres propios siquiera” de los
reservistas voluntarios, antes de que se Ies repartieran uniformes, alimentos y armas.
También les advirtió a los conservadores de San Luis que no repitieran lo que ya
había ocurrido en el municipio occidental de Ituango, donde los conservadores
también se habían ofrecido como voluntarios para formar un grupo de policía civil
pero habían desaparecido una vez se distribuyeron las armas.91

Este no fue el primer intento de organizar tropas de policía civil conservadora


en el oriente antioqueño. Los conservadores extremistas y ciertas autoridades regio­
nales ya las habían movilizado antes de las elecciones parlamentarias de 1951. No
obstante, la mayoría de estos esfuerzos se habían concentrado en los pueblos donde
el apop conservador era mínimo y nunca directamente en los municipios mineros del
nordeste o el Bajo Cauca, donde los seguidores leales al Partido Conservador eran
pocos. En esas zonas, o simplemente no existía suficiente antagonismo local entre los
miembros de los dos partidos, o la oposición liberal era demasiada como para que
los conservadores contemplaran seriamente la posibilidad de formar unidades
paramilitares con el fin de atacar a los miembros del Partido Liberal en esos pueblos.
Además, la fuerza de la organización sindical en los pueblos mineros como Remedios,
Zaragoza, Segovia y Caucasia impidió el surgimiento del tipo de acoso electoral
ejercido por la contrachusma en los municipios liberales del suroeste entre 1946
y 1949. El gobierno regional tampoco había recibido mucho apoyo de los terra­
tenientes conservadores del oriente antioqueño para su proyecto paramilitar. Los
terratenientes no mostraron ningún interés en promover una agenda partidista
que beneficiara los intereses de algunas autoridades departamentales extremistas,
sobre todo si dicha estrategia significaba la posible alteración de frágiles mercados
de trabajo y la valiosa producción local. Esto dejó a los conservadores extremistas de
la región con una sola opción: importar o estimular la inmigración de individuos
que no tuvieran intereses económicos ni lazos bipartidistas en las zonas del oriente

189
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

antioqueño dominadas por los liberales con el fin de promover la violencia a cambio
de recompensas materiales y políticas.

En consecuencia, sólo hasta que ocurrieron los acontecimientos de 1952 fue


posible desplegar grupos de civiles armados conservadores para usurpar el poder de
las mayorías liberales en el oriente antioqueño. En últimas, la creación o despliegue
de fuerzas civiles conservadoras tuvo mucho más éxito en los pueblos donde los
trabajadores liberales de los sectores ferroviario y público habían sido víctimas de
abuso oficial desde la muerte de Gaitán en 1948 y en uno o dos pueblos donde
los conservadores tenían una presencia fuerte. Por ejemplo, los conservadores de
San Roque se confabularon con los de Maceo y Caracoli, a quienes el párroco de
Maceo les había encargado obligar a los liberales a votar en las elecciones parlamen­
tarías de 1951. Juntos obligaron a los liberales a gritar vivas al Partido Conservador
y a desfilar por las calles el día de las elecciones “con la bandera azul adelante para
poder salvar el pellejo”. Los liberales toleraron esa humillación, relató un testigo,
por miedo a la amenaza implícita de ser llevados a “un paseo” en el tren que iba de
San Roque a Puerto Berrío donde serían "decapitados en la estación de Monos”,
la cual no sorprende que fuera uno de los blancos de los ataques guerrilleros.92
Otros lugareños confirmaron que desde Maceo y Caracoli se enviaron a San Roque
refuerzos a la contrachusma para “predicar la violencia y acabar con los liberales".93

Los miembros de la contrachusma reclutados y oiganizados en Maceo y Caracoli


expandieron con el tiempo sus actividades a pueblos como San Carlos, San Luis y
Cocorná en el sureste. Se dice que, en San Carlos, un hombre llamado Emilio Es­
pinosa, a quien los lugareños se referían como “forastero”, había llegado montado en
un caballo blanco, ondeando una bandera azul y liderando “una turba de campesinos
que había recogido” en el camino. Con el apoyo del párroco de San Carlos, Espi­
nosa y su pandilla reclutaron trabajadores agrícolas dcscmpleados y “comenzaron
a machetear todas las casas y los negocios de los liberales”.94 Sin embargo, la posibi­
lidad que tenía la contrachusma de ejercer violencia contra los liberales locales que
no tenían ningún vínculo aparente con las guerrillas liberales dependía del apoyo de
los conservadores locales. Cuando el alcalde conservador de San Carlos intercedió

190
Capítulo II b%joí'u«».fi mu.ouimMhuiií •< n«»««h»h

para defender a un miembro liberal del Concejo Municipal y líder de su partido, los
hombres de la contrachusma “metieron otra vez los machetes y se fueron".95 Pero
en los sitios donde la contrachusma encontró el apoyo de los funcionarios oficiales
locales, prosperó y llegó a desafiar o usurpar el control ejercido por sus copartidarios
menos extremistas. Dichas fuerzas crecieron gradualmente y de manera tal que llegaron a
contemplar la posibilidad de penetrar en zonas cercanas donde el apoyo conservador
era débil y donde abundaban los trabajadores liberales. Por ejemplo, la contrachusma
dcYolombó se esparció hacia el norte hasta Yalí y Amalfi al mismo tiempo que la de
Caracoli se movilizó hacia Alejandría y Puerto Bcrrío.9(’
La movilización de un “ejército” de campesinos sin tierra, en su mayoría
dcscmpleados o subcmplcados, hizo aflorar los verdaderos problemas de la crisis
agrícola, la concentración de tierras y el descenso de empleo, subyacentes en muchas
de las tensiones entre el primordialmentc agrícola sureste, los decepcionados colonos
en el nordeste y los trabajadores de los sectores público y minero de propiedad
extranjera. La violencia fue librada por unidades paramilitares avaladas oficialmente
(las contrachusmas) que se convirtieron en canales legítimos de expresión de las
rencillas de vieja data y disputas que no estaban relacionadas directamente con las
diferencias partidistas. Las contrachusmas estaban integradas y lideradas por ambi­
ciosos políticos y curas locales o por empleados públicos recién nombrados como
los alcaldes y jefes de policía procedentes de otras zonas del departamento. El uso
de la fuerza contra los ciudadanos liberales y conservadores que no cooperaban se
justificó invocando la defensa de la religión o los golpes preventivos contra una
posible subversión "comunista”. El propósito real —como lo dejaron ver claramente
los párrocos y líderes locales llamados a justificar, ante críticos del departamento y
del país que desaprobaban sus acciones, su decisión de armar a civiles pobres— era
recuperar puestos de trabajo, resolver el desempleo rural y restablecer el “orden”. En
otras palabras, la contrachusma se convirtió en un medio crucial para deshacer en­
tuertos políticos y económicos.

A partir de estos primeros esfuerzos, poco después de los primeros ataques a las
haciendas en abril de 1952, comenzó a adquirir forma una respuesta conservadora

191
A Sangre Y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

armada y consolidada a la presencia de las guerrillas liberales en los puertos de la


ribera antioqueña del río Magdalena. La misión explícita de estos refuerzos del
orden público era repeler y erradicar las guerrillas liberales e inhibir la emigración de
campesinos y colonos, cruciales para la producción de las haciendas en la zona.97
Pero las fuerzas de la contrachusma fueron vistas rápidamente por sectores conside­
rables de la población antioqueña —incluidos muchos propietarios conservadores
prestantes y varios empleados públicos conservadores— como un remedio peor que
la enfermedad que pretendían aliviar. Las acciones violentas y arbitrarias de la
contrachusma provocaron que incluso los conservadores sugirieran la adopción
de soluciones alternativas al problema de otden público que no incluyeran La formación
de bandas de civiles armados. Por ejemplo, ciudadanos liberales y conservadores en
Cáceres conjuntamente firmaron y le enviaron al gobernador una petición en la cual
dedaraban abiertamente su apoyo a la iniciativa Pro Paz —anunciada por los direc­
torios de ambos partidos el mismo día que el gobernador había enviado, en secreto,
armas a civiles conservadores— y le pidieron al gobierno departamental promover
un proyecto de colonización p;
para repoblar las zonas devastadas por la violencia
guerrillera. Además insistieron en que, en lugar de armar a más gente, al Estado
departamental le iría mejor haciendo sentir su presencia en la zona nombrando auto­
ridades legítimas y comprometiéndose a invertir en el desarrollo económico de la
región.98 Esto parece sugerir que los lugareños estaban perfectamente conscientes de
que al menos uno de los atractivos de participar en grupos armados era el hambre de
puestos de trabajo y de tierras.

Los habitantes de Cáceres no fueron los únicos ciudadanos que sugirieron la existencia
de un vínculo entre la ausencia de autoridad del Estado, incentivos económicos y la
incidencia de violencia en el Bajo Cauca y el Magdalena Medio. Por ejemplo, una
reconocida familia conservadora, propietaria de varias haciendas en la zona entre
Remedios y Puerto Berrío, se unió a un miembro liberal de la Sociedad de Agricultores
Colombianos y a un miembro liberal de la Asamblea, ambos también hacendados en
el nordeste y el Magdalena Medio, y juntos le hicieron una peculiar oferta del sector
privado al coronel Luis Abadía, comandante de la IV Brigada en Antioquia, en mayo

192
Capítulo II *1 ®*í,,^-***<*■ »« Nu*<wvt

de 1952." Estos terratenientes le ofrecieron tierras a cualquier soldado dispuesto a


comprometerse a proteger las haciendas de la zona durante cinco años. Los firmantes
estaban dispuestos a cederles a los soldados una porción de sus terrenos y a
suplementarias con concesiones obtenidas de la reserva de terrenos baldíos de pro­
piedad de la nación. También ofrecieron pagar por cuarteles y bases, una pista de
aterrizaje y provisiones con el fin de atraer una presencia permanente de oficiales del
Estado a la zona.100 Tanto en esta carta como en otra de junio, enviada con nuevas
firmas, los propietarios hicieron énfasis en la importancia estratégica del oriente
antioqueño para la economía del departamento. Además sugirieron que el fracaso
del Estado en hacerse sentir y respetar en el oriente antioqueño había contribuido
a que la región se hubiera convertido en uno de los principales escenarios de la
violencia y en un blanco fácil de atacar.
En su carta de junio, los solicitantes recalcaron "la extrema gravedad de la
situación en que han quedado las haciendas ganaderas de la ribera occidental del río
Magdalena, especialmente las situadas entre Puerto Nare y las orillas de los ríos San
Bartolomé e Ité, comprendidas entre los límites municipales de Puerto Berrío y
Remedios”. Los terratenientes también le recordaron con sarcasmo al gobierno la
importancia de la zona como proveedora de productos agrícolas y ganado para
Medellín y los municipios industriales satélites que rodeaban la capital: "Su Señoría
no ignora que las haciendas de la región que dejamos indicada están surtidas con un
poco más de sesenta mil cabezas de ganado, amen de que ellas constituyen la des­
pensa de nuestro departamento. Las fincas en aquella región proveen en un setenta
por ciento a las ferias de ganado de Medellín. Además, suministran un alto porcentaje
de productos agrícolas para el consumo de esta ciudad, y de otras muchas poblaciones
dd departamento”. Los firmantes se quejaron de la inseguridad pública de la zona
que los había obligado a limitar su compra de ganado de engorde, al tiempo que la
amenaza de robo había comprometido seriamente su capacidad para transportar a
los mercados el ganado listo para el matadero. Los propietarios fueron muy claros
en cuanto al efecto de una reducción en la productividad de las haciendas. Ellos le
advirtieron al gobernador que los precios de la carne y los productos agrícolas subí-

193
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

rían de manera "exorbitante” en detrimento de consumidores enfrentados a ciclos


de precios p inestables y ascendentes y “producirían] serios trastornos en la economía
colectiva". Además, la violencia estaba obligando a los. trabajadores a abandonar lis
haciendas y conduciendo a una esoisez de mano de obra y una consecuente elevación
de los costos de operación y demanda, al tiempo que los ex-productorcs rurales se
convertían en consumidores urbanos. Los preocupados terratenientes también sugirie­
ron varias maneras de proteger la propiedad privada en la región y evitar “el trastorno
económico social que se avecina, como consecuencia del éxodo multitudinario de
los trabajadores del campo”. Solicitaron el aumento de la presencia del ejército y la
policía, especialmente de aquellos familiarizados con la zona (es decir, lugareños); el
establecimiento de un cuerpo de personal armado dentro de algunas haciendas para
restablecer la confianza de los trabajadores que temían ser asesinados; patrullas perma­
nentes en toda la región, y botes y otros medios de transporte que pudieran ayudar a
perseguir y capturar a los guerrilleros.101

Lo sorprendente de la solicitud de los hacendados de una mayor presencia


militar en el área y su ofrecimiento de "cooperar con las fuerzas armadas por todos
los medios a nuestro alcance” es que los terratenientes firmantes pertenecían a ambos
partidos. La amenaza a la propiedad privada se debía, según los propietarios, al
"pillajey... bandolerismo” que habían convertido la región en "el más terrible foco
de vandalaje y ruina", y no a la violencia motivada por diferencias partidistas.
Dado el discurso ampliamente politizado que empleaban las autoridades depar­
tamentales al referirse al problema de la violencia, es notorio que la motivación
económica de la movilización armada fuera puesta en evidencia por ganaderos con
intereses en la zona de Remedios/Puerto Berrío, mientras las cuestiones partidistas
casi no se mencionaban. Esto pudo deberse, como lo sugiere otra evidencia, a que los
terratenientes estaban conscientes de que liberales y conservadores por igual eran
responsables de la violencia que ponía en peligro los intereses económicos de la
región y, por tanto, tuvieron cuidado de no enemistarse con las autoridades depar­
tamentales al acusarlas directamente de fomentar la violencia. Pero esto también parece
sugerir la persistencia de una actitud bipartidista típica de la elite regional que

194
Capítulo 11 *'L *»r». 1i tt Nn»«>i«vr

privilegiaba el desarrollo económico y la calma social por encima de objetivos par-


tidistas distintivos.

Las estrategias propuestas por los hacendados locales —la mayoría de los cuales
eran propietarios ausentes con intereses industriales y comerciales en Medellín—
para acabar con la violencia sugieren que tanto ellos como el gobierno departamental
estaban motivados por preocupaciones muy distintas con respecto al orden público.
En el oriente antioqueño, los hacendados de ambos partidos dependían en igual
medida de una fuerza laboral predominantemente liberal y sabían que intentar alterar
su composición por la fuerza era no sólo poco realista sino bastante peligroso.
Los terratenientes también temían las posibles consecuencias a largo plazo de delegarle
el mantenimiento del orden público a grupos armados integrados por hombres
pobres en una zona caracterizada desde la década de 1920 por la lucha por la tierra
y los recursos, incluso si dichos individuos compartían La afiliación política con el
hacendado. El destino de la propiedad privada en un corregimiento específico durante
la Violencia—El Tigre en Amalfi— fue bien conocido por todos los terratenientes
del oriente antioqueño c ilustra con intensidad la base material de los temores de los
hacendados durante este período.

El Tigre
En diciembre de 1947, los propietarios de la hacienda El Tigre, localizada en
los límites entre Amalfi y Yolombó en un caserío conocido también como El Tigre,
se quejaron al secretario de gobierno de Antioquia de que sus tierras estaban siendo
invadidas por colonos. Para proteger su propiedad, exigían que se les permitiera
crear grupos armados de defensa privada similares a los que, afirmaban ellos, habían
sido organizados y financiados por las compañías mineras extranjeras que operaban
en los alrededores.102 Aunque los propietarios de El Tigre no lo decían abiertamente,
sólo seis meses antes el gobernador José María Bernal y su secretario, Eduardo
Berrío, habían cabildeado considerablemente con el fin de revocar una medida que
prohibiera la venta de armas y municiones a civiles. El gobierno central había pro­
puesto la medida como parte de un esfuerzo de limitar la escalada del conflicto

195
A Sangre y Fuego: La violencia en An tioquia, Colombia, 1946-1953

partidista.11" Pero el gobernador y su secretario argumentaron que una ley de esa


naturaleza discriminaba a los campesinos que usaban sus escopetas y otras armas de
Riego para cazar y defender sus cosechas y animales de los ladrones. No es sorprendente
entonces que el derecho a portar armas en defensa propia se hubiera convertido rápi­
damente en el fundamento de una política gubernamental de distribución de armas
entre los civiles conservadores entre 1947 y 1953, y que aumentara enormemente el
número de los grupos armados privados utilizados por los jefes políticos y terrate­
nientes locales en Lis zonas donde eran más comunes las disputas con colonos.

Dos meses después de que los propietarios de El Tigre hubieran invocado el


deredio a conformar grupos armados de defensa, el pcrsoncro de Amalfi le informó
al gobierno que la disputa entre los propietarios y los colonos por el control de la
hacienda ya llevaba mucho tiempo y que los terratenientes “ya habían recurrido a
medios violentos... para establecer cuadrillas de hombres armados con el fin de
desalojar a los contrincantes”. El personero insistió en que una disputa privada
por la tierra se había convertido en un asunto de orden público y solicitó la presen­
cia inmediata de seis agentes de policía departamentales para mantener la paz.101 La
policía intervino a favor de los propietarios, pero los colonos siguieron intentando
obtener el reconocimiento de sus derechos. En junio de 1948, 11 campesinos viajaron
hasta el despacho del gobernador en Medellín para quejarse de que en el curso de
varios años habían hecho, de manera pacífica, mejoras consistentes en “casas de habi­
tación, rozas [y] cultivos... en grande extensión a lo largo de la montaña La
Gallinera”, en los terrenos en disputa.105 Pero un hombre llamado Luis Restrepo,
quien decía tener el título legal de propiedad de las tierras en que ellos se habían
asentado, los había expulsado, encarcelado de manera ilegal y multado. Los colonos
no disputaban la legitimidad de los títulos de propiedad de Restrepo (aunque su
validez no se había determinado aún), pero insistieron en ser reembolsados por las
mejoras que habían hecho antes de que los obligaran a desalojar. En agosto, cuando el
conflicto todavía no se había resuelto, los colonos protestaron nuevamente porque
Restrepo estaba abusando de ellos. Le había ordenado a la policía rodearlos y los
había amenazado con llevarse sus bienes y cosechas.106

196 ■
Capítulo II. E1 m.......... .

La disputa económica entre colonos y terratenientes en El Tigre terminó por


coincidir con el sufrimiento de la violencia partidista, y la policía y las Rierzas de
seguridad privada empleadas originalmente para detender la hacienda se convirtieron
en el núcleo de un grupo de la contrachusma.1 7 La población donde estaba situada la
hacienda se convirtió además en lugar de repetidos asaltos e invasiones, donde los
colonos y los peones rurales soportaron lo peor de la violencia indiscriminada tanto de
la contradiusma como de las guerrillas liberales. Los habitantes conservadores reporta­
ron que la contrachusma atacaba a los campesinos en general, incluso a los conservadores,
aporreándolos, exigiéndoles dinero, armas, [y] atemorizando trabajadores, como ocu­
rrió con [,...] un miembro del Comité Conservador de esta localidad”.I,w Mientras
tanto, los guerrilleros liberales saquearon la oficina de aduanas, se robaron el dinero
y la mayoría de las existencias de licor, quemaron la oficina y los archivos del telégrafo
y destruyeron la mitad de las casas del pueblo. Luego invadieron la iglesia y a machete
dejaron en pedazos la estatua de la Virgen de Fátima.lw Ambas fuerzas partidistas
concentraron su furia en la población civil pero nunca se enfrentaron en combate, aun
cuando la meta de eliminar a la otra constituía la justificación palpable de su mutua
existencia. Para febrero de 1953, la mayoría de los habitantes de El Tigre había
huido y la violencia se había vuelto tan grave que la Caja de Crédito Agrario y Minero
se quejó al gobernador de que “gentes [desesperadas en términos económicos] se
niegan rotundamente a penetrar esa región”.1,0

La situación vivida en El Tigre era ampliamente conocida por los propietarios


y trabajadores del nordeste, y su historia ¿lustra una faceta de la compleja situación
provocada por la violencia partidista en zonas donde ya existían conflictos por la
tierra, la mano de obra o los recursos. Lo que había empezado como una lucha por
la propiedad de la tierra entre colonos y propietarios había abierto el camino para
que grupos armados (inicialmente financiados por los terratenientes con la finalidad
de desalojar a los disgustados colonos que desafiaban su autoridad) asumieran gra­
dualmente el control sobre la hacienda y actuaran por su cuenca. Los grupos de
' autodefensa" sin duda desalojaron a los colonos, pero también provocaron ataques
de la guerrilla liberal en la zona y en última instancia crearon una situación de violencia

197
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

tan grave que los propietarios originales no pudieron ni volver a tomar posesión de
sus tierras ni atraer mano de obra para trabajarlas. Para los terratenientes locales, la
lección de El Tigre era clara: habilitar a grupos armados, especialmente a aquellos
que podían justificar sus actividades violentas mostrándose como aliados del go­
bierno departamental en una zona caracterizada por luchas por la propiedad y la
mano de obra, era sencillamente una estrategia demasiado arriesgada para ellos,
incluso a pesar de ser conservadores.

La lógica contranaba la creación de grupos armados organizados informalmente,


por oficiales que Riesen sus objetivos. La mayoría de los colonos y trabajadores de la
zona eran liberales, y muchos eran inmigrantes de otros departamentos. Muchos de
los terratenientes eran conservadores y vivían en Mcdcllín, lejos de sus haciendas.
Durante años, antes de estallar la violencia, los propietarios ausentes tenían un
sistema para garantizar una mano de obra estable, así como la continua productividad
de sus tierras: contrataban mayordomos y administradores liberales y les permitían
determinar la afiliación política de la mayoría de los trabajadores. Muchos de ellos
eran transitorios o temporales, o arrendatarios de mínimo estatus quienes, como
Alfonso en el relato de Ángela Rosa, pasaban de un contrato de tiempo definido
a otro, para trabajar en Las tierras de otra persona. Para los terratenientes, la ventaja
de este sistema era que nunca permitía a los trabajadores establecer reclamos sobre
propiedad de tierras cuyo estatus (privadas o usurpadas de terrenos baldíos) era a
menudo dudoso. Varios industriales y comerciantes prominentes de Mcdellín,
con grandes propiedades en la zona de Puerto Berrío/Remcdios/Yolombó, ya habían
tenido que enfrentar reclamos de colonos pobres y' de hecho habían desalojado a miles
de ellos en las décadas de 1920 y 1930.111

Paradójicamente, el surgimiento de las guerrillas liberales no amenazó las relacio­


nes laborales en las haciendas ni tampoco la propiedad privada en el oriente antioqueño,
como sí lo hicieron las bandas armadas conservadoras que operaban en cooperación
con la policía. Lo anterior no se debió a que las guerrillas liberales fueran menos
violentas que las contrachusmas conservadoras. La lista de robos, asaltos y asesinatos
perpetrados por gnipos de liberales armados en las haciendas de la zona enere 1952

198

i
CAPÍTULO II Mu:kiir*iMreii>tti

y 1953 deja pocas dudas sobre su brutalidad. Pero el interés primordial de las gue­
rrillas liberales era sostenerse económicamente con el fin de financiar su rebelión
contra el gobierno conservador; no las motivaba la sed de tierras ni el desempleo.
Además, la mayoría de los miembros de los grupos guerrilleros que operaban en la
zona no era oriunda del departamento ni tenía un pasado de campesinado pobre.
Eran antiguos empleados públicos, mineros y vaqueros, no agricultores sedentarios.112
Lo que la guerrilla tenía en común con la mayoría de trabajadores y mayordomos del
oriente antioqueño era la afiliación política. Por eso, los guerrilleros podían robar
una hacienda o negociar con los mayordomos para apoderarse de parte de la produc­
ción de la hacienda y si los trabajadores eran liberales, no los molestaban ni tocaban la
tierra. Los propietarios locales tampoco parecen haber creído los argumentos de las
fuerzas armadas y el gobierno departamental, según los cuales los liberales eran
inherentemente revoltosos o imposibles de distinguir de los guerrilleros. En efecto, el
reducido tamaño de la mayoría de bandas que operaban en la zona, así como La cantidad
de no antioqueños que militaban en clLas, sugiere que aunque es posible que los lugareños
lujan recurrido a la guerrilla para que los defendieran de la violencia conservadora,
pocos de ellos se integraban a dichas bandas. Por ejemplo, Alfonso, el compañero de
Angela Rosa, y sus amigos sólo se sintieron forzados a buscar y unirse a un grupo
guerrillero después de que los trabajadores liberales de las haciendas se convirtieran
en blanco de los ataques de la contrachusma procedente de otras regiones a mediados
de 1952. La amenaza del desempleo y el repentino y forzoso desplazamiento de un
terrateniente parecen haber actuado como elementos catalizadores más fuertes de la
militancia guerrillera que la amenaza de perjuicios personales causados por las bandas
errantes de la oposición conservadora o por algún sentimiento de lealtad partidista.

En consecuencia, la peculiar estructura de la economía local, por una parte, y


las presiones políticas, por otra, se interceptaron para crear un mercado laboral
temporal, en el cual el robo, los ataques contra el Estado y la violencia general
alternaban con empleos más tradicionales en la minería, el despeje de tierras para
pastoreo y el trabajo agrícola. Los jóvenes sin otros medios viables de sostenimiento
y pocas posibilidades de defenderse entraban y salían con facilidad de las bandas

199
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

armadas y de la violencia al trabajo temporal en las propiedades de la región. Los


ataques guerrilleros aumentaban al terminarse el trabajo temporal en las haciendas y
disminuían cuando los jóvenes que reclutaban encontraban empleo despejando bosques,
sembrando cultivos, cuidando ganado o extrayendo minerales. La estructura y ope­
ración de las guerrillas, por lo tanto, se adaptó y reprodujo los cíelos temporales de
producción y empleo de la zona sin amenazar ni reorganizar indebidamente estas
actividades.

En contraste, la confabulación entre las contrachusmas y las autoridades locales


transformó el robo indiscriminado en preludio de unos patrones más complejos y
permanentes de extorsión y, en últimas, de usurpación de tierras. A diferencia de las
guerrillas liberales, la contradiusma amenazaba no sólo la producción de las haciendas,
sino también la estabilidad del mercado laboral de la zona, pues operaba bajo la
creencia de que todos los liberales (incluidos los trabajadores de las haciendas) eran
guerrilleros o simpatizantes de la guerrilla, y de que eso justificaba su abuso y eli­
minación. La contrachusma y sus aliados de la policía también justificaban una
amplia gama de actividades como el abigeato, el hurto de la producción agrícola y
La apropiación de tierras, en nombre de la erradicación de la subversión y la defensa
de los intereses de valores como la religión, el orden y la democracia. De ahí que la
contrachusma amenazara los intereses de los terratenientes, cosa que no pudo hacer
la guerrilla, al acusarlos de traicionar al gobierno por contratar trabajadores liberales
y ser cómplices de las fuerzas guerrilleras.

En enero de 1953, un propietario conservador en San Roque (donde la


contrachusma era especialmente activa) se quejó al secretario del gobernador de que
había regresado a su finca tras dos meses de ausencia y la había encontrado tomada
por diez hombres armados que lo golpearon y acusaron de liderar un grupo guerri­
llero de 40 hombres alzados contra el gobierno.1’3 Otro conservador se quejó de
que su tierra había sido tomada por un antiguo administrador con ayuda de "la
policía acantonada en este paraje” y que le habían prohibido entrar a el y a sus
trabajadores a su propiedad.”4 Incidentes como estos probablemente influyeron en
la decisión de un conservador propietario de varias haciendas en Remedios —cuyas

200
Capítulo I!

propiedades habían sido blanco de repetidos ataques de la guerrilla liberal— de


rechazar la oferta del líder local de la contrachusma, quien le sugirió formar un grupo
annado dentro de los límites de su hacienda. El hacendado le informó al gobernador
que había rechazado la oferta de protección animado por “mi creencia de que esto [el
monopolio de la fuerza] sólo compite a las autoridades”.115 Pero a el también debe
haberle preocupado que, una vez dentro de la hacienda, nada podría impedir que
ocurriera un incidente como el de El Tigre, ni prevenir que la contrachusma terminara
por usurparle el control sobre sus propiedades.

Los conservadores que no estaban de acuerdo con las tácticas empleadas por sus
copartidarios extremistas llegaron incluso a cuestionar la justificación, de estos últimos,
de la necesidad de la militancia conservadora. Por ejemplo, en Puerto Triunfo, además
de repudiar el uso de la violencia contra liberales locales inocentes, los conservadores
moderados acusaron a la contrachusma y a sus seguidores civiles de atraer, en lugar
de impedir, los ataques de la guerrilla liberal. Los conservadores señalaron al
inspector de policía local como el principal instigador de “los atropellos que
nuestros copartidarios vienen realizando contra pacíficos moradores de esa tierra".
Las acciones del inspector preocuparon a los conservadores moderados porque
podrían incitar a “la chusma que opera frente al puerto en las montañas de Boyacá
[para que] se organicen y hagan un ataque a ese puerto con resultados... desfavorables
para el Partido Conservador y para el gobierno”. El hecho de que los conservadores
estuvieran en el poder y constituyeran una mayoría local, insistieron los moderados,
era una débil excusa para provocar a la oposición. La importancia económica de los
liberales pesaba considerablemente para los conservadores moderados, muchos de
los cuales eran terratenientes. Ellos describieron a los liberales locales como “gentes
liberales que... son trabajadores que en nada se han mezclado" y quienes tenían la
tasa de productividad más alta en toda la región del Magdalena Medio. En conse­
cuencia, el sentido común provocó que los conservadores moderados urgieran al
gobierno departamental para que no acosara a los liberales locales en lugares donde
"el gobierno carece de policía suficiente para atender a los tantos disturbios". Pero
sus quejas también estaban motivadas por una preocupación más profunda en relación

201
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

con las funciones apropiadas del Estado. Éste debería "respetar la vida de los ciuda­
danos para mantener la tranquilidad de la región” y no promover ni perpetrar actos
violentos.116
Sin embargo, las fuerzas armadas y los extremistas conservadores rechazaron la
tentativa de los moderados locales de persuadir al gobernador para que cesara el
despliegue de fuerzas y no tolerara los ataques oficiales contra los trabajadores rurales
liberales. Insinuaron que los terratenientes locales Ies habían permitido a sus traba­
jadores y mayordomos usar su posición privilegiada en las haciendas para robarlas y
saquearlas a voluntad y que, por lo tanto, eran accesorios criminales de la violencia
guerrillera. El comandante del ejército de Puerto Berrío trajo a colación esto preci­
samente, en relación con una hacienda en Murillo, en el norte próximo al pueblo. La
hacienda había sido atacada por enmascarados que habían amarrado al celador y
cogido su fusil "luego de que hubieran amarrado todos los trabajadores mansamente".
Los guerrilleros sabían exactamente dónde tenía el mayordomo otro fusil, lo sacaron
y "le dijeron [al mayordomo] que sacara la familia y todas sus cosas pues le iban a
prender fuego a la casa”. Luego dejaron ir ilesos a los trabajadores, para que pudieran
"contemplar el incendio de la casa de sus patrones”. Sólo hubo un herido, "un
individuo de filiación conservadora”, a quien los atacantes habían buscado “para
matar".117 Los propietarios mismos, afirmaron las autoridades, habían creado las
condiciones que ahora ponían en peligro la viabilidad económica de sus propiedades.
“La mayoría de hacendados de filiación conservadora o liberales que no están de
acuerdo con la chusma no va con confianza a sus haciendas por temor a ser asesinados.
A fin de que sus propiedades no sean atacadas, se rodean de administradores, ma­
yordomos y trabajadores totalmente desafectos al gobierno... con mayor razón lo
hacen los hacendados de filiación liberal”.118 En efecto, afirmó el comandante del
ejército, “los bandoleros están dentro de las mismas haciendas... en esta forma es
supremamente difícil controlar la situación, si no existe por parte de los hacendados
el sincero deseo de colaborar con el gobierno en el recstablecimiento de la normalidad".
El único medio posible para erradicar el bandolerismo liberal, concluyeron las auto­
ridades, era importar “personal nuevo... personal sano que no estuviera como el de

202
Capítulo II *"* **,','*^"*,ic'*®* n n«»iob*tb

toda esta región lleno de ideas revolucionarias”. Según el militar, esta era la única manera
de "sanearla región" y pacificarla.119 Una manera de pacificar era desplegar contradiusmas
del sureste, donde no sólo había mayor presencia conservadora, sino también un número
mayor de pobres sin tierra con pocas o ninguna oportunidad de empleo.
La formación de contrachusmas o "ejércitos de campesinos armados”, tal y
como sugirió abiertamente el párroco de Yolombó en 1952, había sido presentada
desde hacía rato por párrocos locales y comités municipales conservadores como
una solución eficiente al problema de orden publico.120 La formación de bandas
armadas conservadoras resolvió en el sureste el creciente problema de la privatización
de tierras antes públicas y el simultáneo aumento del desempleo.121 La contrachusma
le ofrecía trabajo a los conservadores necesitados, o bien empleándolos como policías
civiles o usándolos para arrebatarles a los liberales los cargos públicos clicntclistas o
el empleo en las haciendas. Además, la creación de la contrachusma también era
percibida como la solución a otros "problemas”. Se creía que los voluntarios civiles
con intereses en la región eran los antagonistas de la guerrilla más comprometidos y
que constituían un medio barato y eficaz para complementar lo que todo el mundo
en la región consideraba unas tropas gubernamentales insuficientes. Además se per­
cibía que la contrachusma ejercía una presencia que rehabilitaba moral y étnicamente
las poblaciones, según la policía de Puerto Bcrrío, llenas de ideas "revolucionarias”.
Los voluntarios de la contrachusma eran reclutados entre emigrantes “blancos" de
los municipios centrales que se habían asentado en el sureste recientemente y,
como tales, se convirtieron en tropas de choque étnico de los intereses de extremistas
conservadores que atribuían la violencia local a la presencia de ingobernables negros
y forasteros.122

Los esfuerzos orientados a persuadir al gobierno departamental para que mo-


dificara sus políticas indiscriminadamente represivas contra los liberales en cl oriente
antioqueño Rieron pues sofocadas por los argumentos de las fuerzas armadas y los
extremistas conservadores, quienes trataban el asunto del orden público como una
cruzada moral. Es más, las repetidas derrotas del ejército y la policía a manos de las
guerrillas en Urabá, el occidente antioqueño, el Bajo Cauca y el Magdalena Medio en

203
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

1952, convencieron a los extremistas del gobierno departamental de la necesidad de


adoptar medidas más severas —no más laxas—para restablecer el orden público.

La respuesta del Estado a la violencia guerrillera

El papel del ejército en la contención del conflicto civil fue el primer aspecto de
la política de orden público que sufrió un cambio drástico en la región del Magdalena
Medio a mediados de 1952. En junio de esc año, el Comandante de las tropas
estacionadas en Puerto Bcrrío emitió un memorando dirigido a los hacendados y
administradores de fincas, en el cual anunció una serie de políticas que pretendían
controlar la contratación y movimiento de los trabajadores de las haciendas en la
región. Una vez más, las fuerzas armadas acusaron a los hacendados conservadores
de contratar mayoidomos a sabiendas de que eran liberales y permitirles "enganchar"
trabajadores liberales. El ejercito insistía en que estos individuos eran "bandoleros
en potencia" que robaban e incendiaban haciendas. Por eso, el ejercito anunció
que, a partir de junio, “los propietarios de las haciendas o sus administradores
llevarán un libro de control de trabajadores” en el cual se debían anotar los nombres
de todos los trabajadores, la descripción de sus labores, las fechas de empleo, el
pueblo de origen, la cédula de ciudadanía y la situación militar.1”’

Cuando un trabajador dejaba un empleo o era despedido, quienquiera que estu­


viera a cargo de la hacienda estaba obligado a “avisar al Comando de la Guarnición
inmediatamente sobre la fecha de salida y lugar hacia donde éste se dirige”. El registro
de trabajadores de la hacienda debía llevarse en tinta, y los propietarios estaban
obligados a entregarlo a la base militar local para su inspección, al comienzo de cada
mes. El empleo en las haciendas también dependía de que los trabajadores aceptaran
colaborar con las autoridades en la identificación y captura de los guerrilleros. Los
salvoconductos que les permitían a los individuos obtener un puesto de trabajo sólo
se les expedían si estaban de acuerdo en ayudar al ejercito y la policía, y sólo después
de que los patrones hubieran garantizado una “reconocida honorabilidad” y "buenos
antecedentes”. Se prohibía a los hacendados contratar "personal desconocido” o a
personas que no pudieran dar la información exigida en el proceso de expedición del

204
|| * Bfcio C ítct.Fi M u.k«iiw« Mi% ti >■•»*«ti

II
salvoconducto. Es más, cualquier individuo sorprendido en la región "sin el corres­
pondiente salvoconducto” sería "considerado como un sospechoso del bandolerismo
y será detenido por el ejército y la policía". Además, si un trabajador perdía su salvo­
conducto "no se le expedirá uno nuevo debiendo abandonar la región".12’*

Los trabajadores sintieron el efecto de estas medidas, tan sólo una semana des­
pués de ser emitido el memorando. El 17 de julio, la policía requisó las haciendas
"sospcdiosas” en las parroquias de Alicante y La Florida, donde robó ganado y diez
caigas (125 kg) de maíz y fríjoles y asesinó a 30 trabajadores. El 22 de julio, la
policía de Puerto Berrío llegó a Maceo y sus haciendas, y asesinó a otros 40 campe­
sinos sospedtosos de ser guerrilleros.125 Además, puesto que el empleo dependía de
la colaboración con las autoridades, los trabajadores con mayor frecuencia cada vez
asumían el papel de informantes para seguir vivos y mantener sus empleos. Por
ejemplo, algunos liberales que supervisaban las haciendas de los conservadores en
Maceo reportaron haber visto a los guerrilleros de Piclroja y le informaron al ejército
que esos guerrilleros habían llamado a un trabajador liberal y le habían encargado
pedirles a los líderes liberales del pueblo que les mandaran provisiones. El jefe de
los guerrilleros les había hecho saber a los trabajadores que "le parecía muy raro
que sabiendo los liberales de Maceo que por ahí en esas montañas estaba con su gente,
no se le hubieran ofrecido para ayudarles en algo".126 Otros liberales informaron que
entre Maceo y una hacienda llamada “Playa Rica”, en Remedios, se transportaban
cargamentos de municiones, zapatos y ropa destinados a los guerrilleros.127

La agresiva campaña de los militares, que buscaba ganar ventaja en los asuntos
de oidcn público en el oriente antioqueño, Ríe debilitada en parte por el nombra­
miento —para un segundo período— de Dionisio Arango Fcrrer como gobernador
de Antioquia a finales de julio de 1952. Arango Ferrcr había sido nombrado gobernador
antes, el día siguiente al asesinato de Gaitán, cuando el gobierno central consideró
necesario usar la fuerza para cortar los brotes de subversión liberal en el departamento.
Durante su primera administración, la preferencia del gobernador por las fuerzas pri­
vadas de civiles conservadores para mantener el orden público y sus tácticas violentas
habían desatado una protesta de los conservadores antioqueños moderados, por lo

205
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

que sólo ocho meses después de su nombramiento dejó su cargo. Su segundo nombra­
miento, en 1952, reflejaba tanto la desesperación del gobierno central como el alcance
de su temor a que el orden público se hubiera deteriorado en el departamento más
importante de la nación. Arango Ferrcr no era amigo del ejército.128 Sospechaba que
sectores de Las fuerzas armadas simpatizaban con la oposición liberal o, por lo menos,
desaprobaban que el gobierno conservador instigara la guerra partidista, y temía que la
hostilidad del ejercito pudiera, en últimas, provocar un golpe de estado. Por esta razón,
Arango Ferrcr se negó a aumentar el poder del ejercito en los asuntos de oiden público.
En cambio, el gobernador depositó su confianza en La policía y las fuerzas aunadas de la
contrachusma conservadora, a pesar de Las abrumadoras candencias de su brutalidad c
ineficacia. Durante su gestión, eligió estas dos fuerzas para sostener y reforzar la campaña
para restaurar el oidcn público en Antioquia, desde el 31 de julio de 1952, hasta que el
golpe militar contra Laureano Gómez también lo derrocó el 13 de junio de 1953.

Poco después de asumir la gobernación, Arango Ferrcr les ordenó a los alcaldes
de Puerto Berrío, Remedios, Maceo, San Luis, Caracoli y Yalí comunicarse con los
presidentes de los comités conservadores de sus pueblos. Les pidió enviar un delegado
especial a una reunión en el despacho del gobernador, en la cual se discutiría la
situación de orden público. Los delegados debían presentar• un informe detallado
del estado del orden público en sus áreas y los nombres (y números de las cédulas de
ciudadanía) de potenciales voluntarios conservadores.129 A dichos voluntarios se
les distribuyeron armas y municiones. Dos semanas después, las fuerzas armadas
emitieron un mensaje confidencial a todos sus comandantes de Antioquia, en el cual
—como una manera de recuperar el prestigio de la institución y la confianza ciudadana
en el ejército como un combatiente eficaz contra la violencia guerrillera— anunciaron
una política sin cuartel contra las guerrillas liberales. Admitieron con reserva que
—además de Urrao y Dabeiba, en el occidente— uno de los lugares donde consi­
deraban que su estrategia de contrainsuigcncia había sido más deficiente era Puerto
Berrío, el municipio del departamento donde apremiaba detener la violencia.130

La combinación de esas dos medidas: el fortalecimiento de las fuerzas de


contrachusma y la decisión de adoptar una política sin cuartel contra los guerri-

206
Capítulo II RNoCtu». fi Mu,uu.ivMit>n>iu .smuim

litros, pronto provocó una ola de terror en todo el oriente antioqueño. Menos de un
mes después de distribuirse las armas y tolerarse la creación de contrachusmas en
Remedios, Maceo y Yalí, tanto funcionarios como ciudadanos reportaron numerosos
asesinatos y robos indiscriminados realizados por las fuerzas de la contrachusma
contra la ciudadanía de la zona. A finales de septiembre, el alcalde de Remedios le
advirtió al gobernador, en un mensaje cifrado, que los liberales del pueblo estaban
huyendo a causa de un rumor de que estaban a punto de llegar las contrachusmas
conservadoras.131 Mientras tanto, la gravedad de la violencia de la contrachusma en
Micro provocó que ciudadanos liberales y conservadores crearan bandas para emboscar
y asesinar al “guerrillero conservador Evelio Carmona” cuando este se encontraba
desarmado y sus hombres estaban acuartelados.132 Además, en Yalí y Vcgachí, en
Yolombó, el alcalde reportó haber acompañado al visitador administrativo a investigar
sobre los reportes de violencia de la contrachusma contra liberales y conservadores.
Encontraron que hombres bajo la dirección de Emetcrio Castro habían asesinado
a diez campesinos, de los cuales cinco eran conservadores; asaltado y robado a libe­
rales y conservadores por igual, y violado a mujeres vecinas de ambos partidos. El
visitador concluyó que la contrachusma conducía "chantajes en general" y operaba
“sin control alguno", y recomendó que la policía civil debía "exterminarse totalmente”
porque su comportamiento sólo desacreditaba al gobierno. En lugar de armar grupos
paramilitares informales y sin supervisión, el visitador le sugirió al gobernador que le
iría mejor aceptando la oferta de los hacendados locales de pagar “casa y... gastos de
sostenimiento y dotación para la policía” y nombrando un inspector de policía para
supen’isar la región.133

El repudio conservador a la violencia partidista fue incluso más pronunciado en


los pueblos donde los liberales eran una abrumadora mayoría. Una reunión que
sostenían conservadores moderados en Remedios fue interrumpida violentamente
cuando el líder local de la contrachusma irrumpió en la sede del partido y anunció
que 'el tenía una lista de liberales aprobada por el Directorio Conservador [dile
Antioquia] para eliminarlos”. Consternados, los conservadores moderados telegra­
fiaron inmediatamente al gobernador para averiguar si eso era cierto. Le advertían

207
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

que. de ser cierto, el gobernador estaba siendo cómplice de "abusos contra ciudadanos
pacíficos cuyo tínico delito es pertenecer al partido contrarío". Furibundos, insistieron
en que “un 80 por ciento de muchas de las tragedias que este pueblo ha sufrido” no
eran producto de la violencia de la guerrilla sino de las contrachusmas que habían
obligado a "familias de honorabilidad reconocida y pertenecientes a los dos partidos"
a tener que "abandonar la ciudad”. Un mes después, las mismas voces moderadas
reiteraron su preocupación por las actividades de la contrachusma y su utilización
contra "ciudadanos liberales pacíficos, gente indefensa que está trabajando en los
campos". El alcalde conservador se quejó de que los abusos eran cometidos por "un
grupo de conservadores encabezados por el tesorero en Remedios", quien había
organizado “grupos que ellos llaman contrachusma para salir a los campos a matar
liberales". El alcalde justificó su renuncia diciendo que la contrachusma quería que
él tomara parte en “toda clase de venganzas: cosas que no quiero aceptar”. Una cosa
era, insistió el alcalde, perseguir a “los que prestan su colaboración a los grupos alzados
en armas" y "perseguir y sancionar a los que se les compruebe que son responsables [de
la violencia guerrillera]”, pero otra cosa muy distinta era asumir que por el mero hecho
de pertenecer a la oposición, todos los liberales eran bandidos. El párroco local y los
miembros del Comité Conservador estuvieron de acuerdo con el alcalde pero no el
gobernador, quien aceptó la renuncia del alcalde con considerable presteza.134

El inspector de policía de Puerto Nare también denunció a la policía y a sus


ayudantes de la contrachusma y acusó al gobernador de violar la confianza ciudadana
al presuponer que "la misión de los empleados de menor categoría es asesinar
manzanillos (traidores) con el fin de pacificar el departamento”. En caso de que esa
fuera la expectativa del gobernador, entonces el inspector de Puerto Nare renunciaría
porque “mi condición de hombre honrado y de tener un alma para Dios no me
permiten manchar mi nombre y mi reputación”. El inspector de policía añadió que
la tan frecuentemente invocada justificación de las tácticas de represión indiscriminada
utilizadas por el Estado en la zona, la llamada “chusma” liberal, no era nada más que
gente de la cual ha abusado la policía que huye a las montañas a buscar refugio y
venganza.153 Las mismas fuerzas cuyo comportamiento reprensible condenó el inspec-

208
Capítulo II ** H'1*** *,r ••

tordc policía— “Gente de mala conciencia que dice ser conservadora, pero de esos
que edifica el doctor José María Bcrnal de cuatreros que quieren hacerse dueños de
las propiedades ajenas”, como se lo dijo el consternado hijo del inspector al secretario
de gobierno ocho meses después— conspiraban para destituir al inspector.1 El
inspector de Colorado, en el municipio de Caucasia, también puso en claro que
intereses que trascendían los objetivos partidistas constituían el núcleo de mudias
disputas entre la contrachusma y sus oponentes. Por ejemplo, atribuyó las acusacio­
nes levantadas en su contra por los partidarios locales de la línea dura —similares a
Lis que había padecido el inspector de policía de Puerto Narc— a su negativa a conver­
tirse en un "instrumento de venganza” contra liberales locales "ricos y apolíticos”.1-57

Muchos observadores conservadores que vivían en las regiones del nordeste y


d Magdalena Medio estaban consternados por la brutalidad de la policía y la
contrachusma. Su indignación, expresada públicamente, corroboró y difundió las
críticas de los funcionarios públicos de Puerto Narc y Puerto Triunfo. Lo que
estaba en juego no era el uso legítimo de la fuerza para defenderse de los asaltos
de la guerrilla liberal. Hasta los liberales locales admitían que los guerrilleros de
su partido con frecuencia eran can sanguinarios y sádicos como sus oponentes
conservadores. Más bien, lo que les molestaba a quienes denunciaban las acciones
de la contrachusma y la policía era el uso indiscriminado de violencia contra los
civiles por el simple hecho de pertenecer a la oposición. El Estado estaba encargado
de proteger y no de vulnerar a los ciudadanos, afirmaban estos críticos, y el aval
oficial a las fuerzas paramilitares violaba el contrato que ataba a los ciudadanos y
el Estado. Una cosa era, como había afirmado Arturo en el Bajo Cauca, cuando
"los bandoleros cometen crímenes horribles, los han cometido siempre y los conti­
nuarán cometiendo”, pues eran individuos fuera de la ley, desterrados y excluidos de
la sociedad civil. Pero otra cosa completamente distinta era cuando "a los otros, a
los policías, se les defiende, se les paga y se les glorifica para que tergiversen su
misión de paz por la del robo descarado y la del crimen”.138
138 No se podía medir con
la misma vara el comportamiento de aquellos que habían jurado sostener la ley y
aquellos que estaban alzados en armas. Los ciudadanos locales les recordaron a las

209
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

autoridades departamentales que un Estado que moldeaba su comportamiento a


partir del de aquellos que precisamente debía disciplinar, y justificaba el comporta­
miento criminal argumentando que los fines justificaban los medios, corría el riesgo
de perder su legitimidad a los ojos de su ciudadanía.

La estrategia del gobierno departamental de promover las fuerzas de


contrachusma para combatir a la guerrilla tuvo tres consecuencias fundamentales
para la situación de orden público en el oriente antioqueño. Primero, hizo aflorar
diferencias irreconciliables en el seno del Partido Conservador antioqueño, relativas
al mantenimiento del orden público, y actitudes con respecto a la oposición. Estas
diferencias contribuyeron, en últimas, a catalizar el apoyo conservador local hacia
un golpe militar en junio de 1953.139 En segundo lugar, el uso de las fuerzas de la
contrachusma provocó una reacción violenta entre los grupos guerrilleros liberales
que operaban en la zona, sin reducir de manera significativa la impunidad en que
actuaban. Y, finalmente, la proliferación de fuerzas paramilitares condenó a la
región a convertirse en lugar de conflicto permanente, incluso mucho después de que
los guerrilleros liberales hubieran entregado sus armas y dejado de ser un desafio para
las autoridades del departamento o el Estado.

Los meses comprendidos entre octubre de 1952 y junio de 1953, cuando


escaló el despliegue de fuerzas conservadoras de contrachusma, se caracterizaron
por actos brutales de venganza y retaliación entre las guerrillas liberales, la
contrachusma y las fuerzas oficiales del Estado (especialmente la policía). El foco de
la lucha continuó centrado en las haciendas de la región y los civiles que trabajaban
en ellas. Primero, un grupo barría las zonas rurales de pueblos como Remedios,
Amalfi y Puerto Berrío, violando, matando, robando e incendiando, y luego llega­
ban las fuerzas de la oposición a acabar con lo poco que quedaba o perseguían
indiscriminadamente a sus enemigos en Las comunidades vecinas para vengarse. El
Tigre, en Amalfi, Santa Isabel en Remedios, las estaciones ferroviarias de Virginias,
Sabaleras, Cristalina y San José de Ñus, en Maceo, y Puerto Berrío se convirtieron en
escenarios de martirio repetido, asaltados y saqueados por bandas armadas enfrenta­
das, hasta que no quedaron ni personas ni bienes. Los que sobrevivieron emigraron,

210
A P j T"LJ LO II ** ^OIu biiim Mibki , ii Nok.i.t,

aumentando el número de refugiados muertos de hambre en pueblos como Puer­


to Bcrrío. En diciembre de 1952, el párroco calculó que Puerto Bcrrío tenía al
menos 500 cabezas de familia desempleadas, una tasa alarmante de mortalidad
infantil debida a la desnutrición, y un número incalculable de pobres, “todo a
causa del bandolerismo”.140

Además, la distribución de armas del gobierno no hizo sino aumentar el


número de depredadores en la región, sin disminuir ni la carnicería ni la destruc­
ción causadas por la guerrilla ni su capacidad de evadir a las autoridades. De
hecho, lo único que cambió fue que, en vez de una fuerza activa que robaba,
violaba y mataba, ahora había dos. Rara vez —si alguna— llegaron estas dos fuerzas
a enfrentarse en combate directo. En lugar de eso, conducían una complicada
danzado evasión, rodeándose y fingiendo maniobras pero nunca cruzándose, ago­
biando sin misericordia a las desafortunadas poblaciones encontradas a su paso.
Entre enero y mayo de 1953, las muertes de civiles en el oriente antioqueño alcan­
zaron un 42 por ciento del total de civiles asesinados en Antioquia (141 del total
departamental de 334), mientras que en el mismo período las muertes de guerri­
lleros en la región sólo llegaron al 20 por ciento del total departamental.1,1 La
presencia de tropas policiales aumentó en la región, pero también lo hizo la inci­
dencia de violencia. En enero de 1953 había 60 agentes de la Policía Nacional en
Puerto Bcrrío y 32 en Zaragoza, mientras que otros municipios violentos
antioqueños tenían menos de 25 agentes cada uno.142
142 En febrero había 97 policías
en Maceo, mientras que Urrao, en el occidente del departamento, tenía sólo 27
agentes; y, en marzo, en Remedios se habían acuartelado 138 policías, cuando los
municipios más violentos del suroeste (Betulia, Salgar y Urrao) tenían 29 agentes
cada uno.143 Cualquier justificación de que la contrachusma era necesaria porque
las fuerzas gubernamentales estaban ausentes o eran insuficientes era claramente
risible, pues en el oriente antioqueño se desplegaron más tropas que en ninguna otra
zona del departamento. En cualquier caso, pronto se desvaneció hasta la pretensión
del combate, eclipsada por las oportunidades lucrativas de usurpar y ocupar las
tierras y bienes que gentes desesperadas y asustadas habían dejado abandonadas.

211
A Sangre y Fuego: La violencia en Anhoquia, Colombia, 1946-1953

Para comienzos de 1953 estaba claro que las principales fuentes de inestabilidad en
la región eran las fuerzas del gobierno mismo.

El "fin" de la violencia en el oriente antioqueño

En 1953, el conflicto motivado por la ideología dio lugar en el oriente antioqueño


a una guerra en la cual los únicos objetivos realmente importantes del conflicto
armado eran los bienes materiales y el acceso al empleo. Ya en 1952 era difícil
establecer con un mínimo de precisión quienes integraban los distintos "bandos"
del conflicto. La competencia generalizada por los bienes dio origen a situaciones
como las reportadas por 200 familias de colonos de Puerto Triunfo, quienes habían
huido a La Dorada para "salvar nuestras vidas, seriamente amenazadas". Dejaron
sus fundos y cultivos, asi como los animales de que disponíamos para los trabajos
agrícolas". En una petición al gobernador, en la cual le solicitaron protección, ofre­
cieron una dolorosa lista de personas asesinadas en su pueblo, todos ellos colonos
pobres y trabajadores de haciendas. Los colonos insistieron en que los asesinatos
y robos que los habían obligado a huir "se vinieron preparando en Puerto Triunfo
por personas perfectamente conocidas en dicho poblado” y afirmaron que la vendad
de sus aseveraciones podía ser corroborada por sus "vecinos conservadores... quienes,
con su buena voluntad y espíritu cristiano, habían impedido otros atentados". Los
asesinos busca[ban] todos los medios posibles para hacerse la amistad y la obe­
diencia pasiva de la policía”, pero las preocupaciones partidistas no parecían ser la
motivación central de sus actos violentos. Esto llevó a los refugiados a concluir que
el problema no era partidista, sino más bien el resultado de la “descomposición
social". "Ni los suscritos, todos, pertenecemos a un solo partido político”, reiteraron,
"ni los instigadores y ejecutores de las depravaciones relatadas están afiliados a un
solo bando”.144

Los refugiados sugirieron que un contrato tácito entre ellos y el gobierno había
sido roto por los hechos de la violencia y, al hacerlo, expresaron un sentimiento
común de muchos habitantes del oriente antioqueño. La vida de la mayoría de estos
lugareños estaba dominada por el arduo trabajo agrícola y la modesta expectativa de

212
Capítulo II *■* *. r» h 5u»<>í»ii

que años de "esfuerzo de nuestros músculos haciendo riqueza y patria en regiones


inhóspitas” íes garantizaría, al menos, la promesa mínima de supervivencia. Para
ellos no era mucho pedir a cambio de "varios años de ímprobos esfuerzos con careci­
miento de las más pequeñas comodidades... y [considerando] el pago de nuestros
impuestos y contribuciones”, que el gobierno al menos "nos garantice la vida y la
tranquilidad". El hedió de que el propio gobierno encargado de protegerlos estuviera
promoviendo la violencia al darle poder a individuos como los policías y contradiusmas,
“que no sabemos por que causa se entrega y obedece órdenes de personas irresponsables
c interesadas en perjudicar al gobierno, a la región y a los particulares", confundió a las
gentes que antes vivían en Puerto Triunfo e hizo más profundo el sentimiento de
aislamiento y alienación al que habían sido condenados los habitantes del oriente
antioqueño por largo tiempo.
En efecto, a medida que aumentó el número de denuncias de violencia de la
contrachusma hasta alcanzar proporciones alarmantes y que aumentó también el
número de protestas presentadas por ciudadanos conservadores, se hizo evidente
que los seguidores y detractores de una respuesta paramilitar a los problemas de
orden público estaban divididos por algo más que las diferencias partidistas. Lo que
comenzó como conflicto partidista gradualmente se cristalizó en líneas de interés
económico opuestas. Quienes apoyaban la formación de grupos de contrachusma y
aquellos que la defendían, incluso cuando sus copartidarios las denunciaron como
asesinas, tendían a ser miembros selectos del clero local —acostumbrados a ac­
tuar como agentes políticos—, funcionarios públicos extremistas que ganaban
autoridad y prestigio mediante su asociación con hombres armados sobre los
cuales ejercían cierto grado de control y conservadores pobres que a menudo
emigraban de áreas económicamente deprimidas y se ofrecían como voluntarios
para formar grupos de contrachusma con la esperanza de obtener recompensas
materiales y políticas. Por el contrario, aquellos que más expresaron su oposición
a la contrachusma eran terratenientes ricos, funcionarios conservadores nativos de
la región vinculados por interés o amistad a prestantes liberales, o conservadores
pobres sospechosos de deslealtad para sus copartidarios porque desde mucho antes

213
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

coexistían y se casaban con miembros de la mayoría liberal local, y se negaban a


colaborar en la eliminación de sus vecinos y parientes. A diferencia de los sentimientos
encontrados que provocaba la contrachusma, liberales y conservadores diferían poco
en su punto de vista de la guerrilla liberal. Los terratenientes de ambos partidos
repudiaban los actos a menudo arbitrarios y vengativos de los guerrilleros, y atri­
buían mudias de las dificultades económicas de la zona a sus constantes robos de
ganado y otros bienes. El apoyo popular liberal a los guerrilleros, aunque amplio, a
menudo parece haber sido producido por las circunstancias y la necesidad, más que
por algún sentido profundo de comunión o identificación ideológica.
En junio de 1953, las quejas de violencia indiscriminada contra liberales y
conservadores por igual y, en gran parte, motivada por la competencia económica
y no partidista, hicieron eco entre los habitantes de todas las condiciones en el
oriente antioqueño.145 Los principales agentes de la violencia fueron descritos de
manera muy similar a las fuerzas encargadas de controlar el orden público en la
región y proteger las vidas de sus habitantes. Es más, para colmo de males se esperaba
que los lugareños mantuvieran a los grupos paramilitares mediante contribuciones
forzadas de 500 pesos o más en pueblos como Yalí.146 La extorsión de los habitantes
locales, junto con el apoyo directo de las autoridades departamentales, permitió que
bandas bien armadas y casi independientes de asesinos errantes, legitimadas por la
autoridad oficial, se atrincheraran en el oriente antioqueño. Estas bandas continuaron
operando muchos años después de que los grupos guerrilleros como el del capitán
Corneta aceptaran la amnistía militar en julio de 1953.147 Para agosto de 1953, el
Directorio Liberal de Antioquia le advirtió al gobernador militar que ni siquiera el régi­
men militar estaba a salvo de la contrachusma. Esta, se decía, pretendía “derribar" el
régimen con el apojo del obispo de Santa Rosa, Miguel Ángel Builes, y el ex-gobernador
Dionisio Arango Ferrer.148

Para gran desesperanza de los moderados antioqueños, su departamento surgió


como líder nacional en la organización y distribución de armas a fuerzas paramilitares
y se convirtió en punto de referencia para otros gobernadores y departamentos que
querían seguir su ejemplo (Véase el apéndice B.2.). Por ejemplo, en abril de 1953,

214
Capítulo II ** ♦.f» Mimo v NmumTi

el gobernador del Huila exhortó a Dionisio Arango Ferrer a que compartiera con él
y su gobierno regional "por cuál camino obtuvo esa gobernación compra de carabinas
y pertrechos para armar conservadores a fin de contrarestar la acción bandolera y
mantener el orden público”. El arsenal de última moda compuesto por fusiles de
repetición Windiestcr y rifles Hornct calibre 22, utilizado por los grupos de la
contrachusma antioqueña, se había convertido en una fuente de considerable admi­
ración para las autoridades conservadoras, ansiosas de reproducir el éxito de Antioquia
en sus propios departamentos. 149

Condusiónes
La creación y consolidación de una respuesta paramilitar a problemas de orden
público fue quizás el resultado más importante de la lucha que comenzó como un
conflicto motivado por diferencias partidistas en el oriente antioqueño. Moldeó el
surgimiento de una violencia endémica alrededor de las haciendas y minas de la región,
y a diferencia de lo que han sugerido los estudiosos que analizan el efecto de la violen­
cia sobre la identificación con los partidos en otras regiones del país, la Violencia
parece haber debilitado, no fortalecido, la lealtad local a los partidos colombianos
tradicionales.150 Por ejemplo, los habitantes de pueblos como San Roque, San
Luis, Maceo y Cocorná se alejaron de las tendencias principales de los partidos Liberal
y Conservador para engrosar Las filas de movimientos políticos disidentes que desafiaron
tanto el tradicional sistema bipartidista como la legitimidad del gobierno departa­
mental en las décadas posteriores a la Violencia.151 Además, los incidentes como la
invasión de tierras y la expropiación forzosa de propiedades se convirtieron en algo
corriente en el oriente antioqueño en todos los lugares donde se habían desplegado
en forma intensiva fuerzas paramilitares conservadoras y agentes gubernamentales
durante la Violencia. Pueblos como San Roque, Puerto Nare, Nús, Puerto Triunfo,
Amalfi, Puerto Perales, Yolombó, Remedios y Cisneros, todos reportaron inciden­
tes de este tipo en los meses que siguieron al golpe militar. No obstante, el gobierno
militar para entonces ya había aprobado un decreto para recolectar las armas que se
habían distribuido a los conservadores en el gobierno civil anterior.152

215
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Los guerrilleros liberales que se rindieron y entregaron sus armas cuando los
militares llegaron al poder no pudieron regresar a la vida civil ni a sus trabajos tradicio­
nales como vaqueros, empleados de obras públicas o mineros. La presencia continua
de contrachusmas garantizó que fueran acosados sin misericordia y, en últimas, despla­
zados de sus tierras. Desalojados y exiliados de la fuerza laboral en las minas locales,
varios cx-gucmlleros partieron finalmente hacia los Llanos y se unieron a los incipientes
grupos guerrilleros de izquierda que se organizaban allí.153 Los cx-gucrrilleros que
permanecieron en el oriente antioqueño se quejaron de que las fuerzas armadas con­
servadoras llegaban incluso a prohibirles expresar abiertamente su apoyo al gobierno
del General Rojas Pinilla.154 Las semillas de una futura rebelión, que terminarían por
caracterizar la vida cotidiana de los habitantes del oriente antioqueño durante los
años 60 y 70, pueden rastrearse hasta los desplazamientos forzosos, las expropiaciones
y el abuso indiscriminado ejercidos por los grupos a los cuales el Estado otorgó su
"monopolio de la fuerza" en los años 50.

216
Capítulo III

El Urabá y el Occidente Antioqueño

El URABÁ Y ciertas zonas del noroccidcntc de Antioquia han sido percibidas


por Lugo tiempo como regiones de gran valor pero indómitas. La naturaleza virgen
y exuberante magnificó y reforzó las percepciones, por un lado, de una promisoria e
ilimitada economía y, por otro, de peligro político. En los años 40, el Urabá conti­
nuaba siendo una región primordialmcntc selvática, una llanura costera insalubre y
cubierta de densa vegetación, ubicada entre las tierras bajas del departamento de
Chocó al occidente y Córdoba (entonces parte del departamento de Bolívar) al
oriente. Pastos extensos salpicados de ganado y pina silvestre definían el paisaje, así
como los bosques de finas maderas y palmeras de coco. En sus costas infestadas de
tiburones, en numerosas ensenadas, floreció el contrabando. A pesar de abarcar una
porción considerable del área física del departamento de Antioquia (13.560 kilómetros
cuadrados), en 1949, el Urabá tenía sólo cuatro municipios:Turbo, Chigorodó, Murindó
y Pavarandocito. Tan sólo 17.000 habitantes, esparcidos en asentamientos distantes,
constituían la población oficial del Urabá según el censo de I95I.1 Los asentamientos
que desde entonces se han convertido en municipios, como Mutatá, Apartado, Necoclí,
San Pedio de Urabá y Arboletes, no eran más que pequeños caseríos y corregimientos,
y estaban subordinados a la autoridad jurisdiccional de Turbo, Chigorodó o
Pavarandocito (Véase el mapa II). Entre un oasis de concentración humana y otro,
predominaban las enormes distancias a menudo inexploradas.

217
1

¿X Sangre y Fuego: La violencia en Aniioquia, Colombia, 1946-1953

San Juan de UrabA Arboletes


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•La Pintada

Mapa 11. Urabá y occidente antioqueño. (Fuente: Instituto Geográficc^Agusiín Codazzi.)

En contraste, el occidente antioqueño estaba constituido por 14 municipios, su


área era igual a medio Urabá (6.600 kilómetros cuadrados) y tenía una población
casi ocho veces mayor (I33.000).2 La mayor parte del occidente antioqueño era
quebrado y empinado, surcado por arroyos y ríos con lechos bordados de oro, y un
terreno demasiado rocoso para la mayoría de los tipos de agricultura. Grandes
porciones de la región (Frontino, por ejemplo) estaban aún cubiertas casi en su
totalidad por bosque primario inexplorado. Con la excepción de Cañasgordas, donde
había extensas plantaciones de cafe, los municipios del occidente antioqueño produ­
cían principalmente ganado, azúcar, oro y productos agrícolas comerciales como el
algodón (en Dabeiba) y el cacao (en Sabanalarga). Gran parte de esta producción se

218
Capítulo III v f-*- occim»»» a«vm»v<i*o

concentraba en grandes haciendas (especialmente en municipios como Frontino e


Ituango), situadas a considerable distancia entre sí y del casco urbano del municipio,
lo que dificultaba el patrullaje y la vigilancia en estas áreas. La falta de carreteras
pavimentadas o de caminos de herradura significaba que para viajar se requería cono­
cer bien las trochas ocultas en la selva o los pasos de las montañas, o implicaba navegar.
Las canoas y piraguas eran el principal medio de transporte para entrar y salir del
Laberinto de canales, ríos y arroyos sumergidos en la profundidad de la selva y conocidos
únicamente por baquianos conocedores del terreno y por moradores de mucho tiempo.

Antioquia había cabildeado intensamente para lograr el control del Urabá desde
comienzos del siglo XIX, pero no fue sino hasta 1905, después de la ignominiosa
perdida de Panamá ante los Estados Unidos (1903), que la región pasó a ser oficial­
mente parte de la jurisdicción del departamento.’1 El Urabá le dio a Antioquia no
sólo el acceso al mar Caribe, sino activos en el lucrativo comercio entre Panamá,
América Central, los Estados Unidos y Colombia, y una región rica en productos
forestales, fierras baldías para ser colonizadas y la posibilidad de plantaciones extensas.
En 1926, cuando el presidente conservador, Pedro Nel Ospina, firmó un contrato
pira comenzar la construcción de la Carretera al mar, que uniría a Medellín y Turbo
con una serie de troncales intcrconcctadas, el sueño antioqueño de controlar los
recursos del Urabá parecía próximo a hacerse realidad. Sin embargo, la comunicación
entre el centro de Antioquia y el Urabá seguía siendo prácticamente inexistente
hasta bien entrada la década del 50, a pesar de haberse iniciado la construcción de la
carretera y de los esfuerzos de colonización patrocinados por el Estado. En conse­
cuencia, aunque Antioquia decía controlar el Urabá, la vida cotidiana y los asuntos
de orden público relativos al Urabá se resolvían en los departamentos de Bolívar y
Chocó, no en Antioquia. Además, casi toda la producción de la región se canalizaba
hacia el norte, a Cartagena o Panamá, no al territorio antioqueño. Ni siquiera se
podía decir que Antioquia hubiera colonizado el Urabá, pues la mayoría de los
colonos de la región provenían del Chocó, Bolívar o la costa Caribe.4 Las cosas eran
un poco menos dramáticas en el occidente antioqueño, donde algunas partes (Santa
Fe de Antioquia, Buriticá y San Jerónimo) habían estado vinculadas a Antioquia
desde la colonia por su importancia como centros mineros y comerciales. Aun así, la

219
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

ubicación geográfica de los municipios noroccidcntalcs como Frontino, Dabeiba,


Peque e Ituango (a una distancia considerable de Medcllín y de la sede del poder
departamental) y el carácter disperso del asentamiento humano en relación con su
vasto tamaño, hicieron que estas áreas hieran aisladas c integradas de manera desigual
al resto de Antioquia,
La violencia alteró las decisiones administrativas que separaron al Urabá del
resto de Antioquia o, al menos, expuso las inconsistencias inherentes a esta división.
Dada la finalidad de este libro, he optado por darle prioridad a los parámetros de
subregiones, tal y como Rieron redefinidos por la violencia, y no a las divisiones
administrativas oficiales definidas por el Estado (Véase el mapa 3). En efecto, en la
época de la Violencia, el gobierno departamental ignoró sus propias jurisdicciones
administrativas y, para fines de orden público, consideró a los municipios como
Ituango, parte del occidente antioqueño y a Dabeiba, una prolongación del Urabá.
La realidad es que existían buenas razones para hacerlo. Los grupos guerrilleros
que operaban en estas áreas a menudo colaboraban y estaban relacionados entre sí.
Más aún, la Carretera al mar suigió como un foco de violencia, vinculando así el
Urabá y el occidente antioqueño en una zona de orden público coherente. Y final­
mente, el movimiento de productos, personas, armas y Ricrzas oficiales durante el
período de la Violencia creó un circuito amplio de intercambio: desde el Urabá y por
todo el occidente antioqueño hasta Cañasgordas y de regreso. Por ejemplo, el abigeato,
que consumía un aspecto importante de la violencia en esta región, encontró uno de
sus principales canales de salida a través de Ituango y hacia el departamento de Bolívar
(hoy en día el departamento de Córdoba), enlazando así un municipio nominalmcnte
norteño con el complejo del occidente/Urabá. Por tales razones, consideraré la cues­
tión de la violencia en el occidente antioqueño y el Urabá en conjunto.

Los primeros años de la época de la Violencia


Las implicaciones estratégicas de la falta de infraestructura y décadas de in­
diferencia del Estado en el Urabá y el occidente antioqueño se hicieron dolorosamente
evidentes en los días posteriores al asesinato de Gaitán. Butírica ardió en llamas

220
Capítulo III?' t",,‘' Fl °* < IBIVTV A'ÍP )I|V
m i

mientras los simpatizantes gaitanistas armados, conectados con el alcalde por con­
sanguinidad y amistad, ocuparon la oficina del telegrafista y lo amenazaron de muerte
cuando se atrevió a informarles a las autoridades departamentales que todo el pueblo
estaba en un estado de rebelión abierta? En efecto, semanas después de que las
autoridades departamentales lograran calmar los disturbios en otras partes de
Antioquia, Turbo y Peque continuaban alzados en armas? La muerte de Gaitán
hizo aflorar una compleja combinación de ira partidista y resentimiento profundo
contra un gobierno departamental que por décadas había ignorado las necesidades
locales, gobernando mediante la imposición, sin consultar ni negociar. Tan sólo
cuatro ineses después de los levantamientos que afectaron a estos pueblos, el ministro
de higiene notó con alarma que estos y otros municipios del occidente antioqueño
y el Urabá se contaban entre aquellos donde los servicios sanitarios y de salud eran más
pobres o inexistentes y donde se carecía hasta del médico oficial obligatorio nombrado
normalmente por el Estado.7 Estos pueblos también se caracterizaban por una infra­
estructura de comunicaciones y transporte tan anticuada, modesta o inadecuada que
creaba serias dificultades no sólo para el desarrollo económico de la región sino para
que el Estado respondiera de manera efectiva a los episodios de desorden público.
Por ejemplo, a finales de 1948, cuando los guerrilleros cortaron la línea de telégrafo
que constituía la única forma de comunicación entre Turbo y Mcdellín, pasó más de
un mes antes de que las autoridades departamentales pudieran reestablecer el contacto
por radio con el área? Durante ese tiempo las armas de contrabando fluyeron libre­
mente desde América Central y Panamá para abastecer a los grupos insurgentes a lo
Ligo de la Carretera al mar, mientras los pocos representantes del gobierno departa­
mental no pudieron hacer nada para impedido.9

Sin embargo, como la mayor parte del resto del departamento, el occidente
antioqueño y el Urabá se mantuvieron relativamente tranquilos durante casi un año
después del asesinato de Gaitán. Pero en mayo de 1949, durante la candente tempo­
rada prcclcctoral, resurgieron las tensiones partidistas latentes. Liberales y conserva­
dores se acusaron unos a otros de involucrarse en actos de intimidación y acoso. La
minoría conservadora de Turbo insistió en que la mayoría liberal del municipio
había atacado sin piedad al alcalde conservador y solicitaron el nombramiento de

221
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

un alcalde militar que le brindara protección durante las elecciones de junio.10 En


contraste, los votantes liberales de Turbo y los delegados electorales, nombrados por el
gobierno central para vigilar las elecciones locales, insistieron en que se necesitaban
tropas del ejército para proteger de la intimidación y el fraude, no a los conservadores
sino a los liberales.11 No obstante, en el occidente y en el Urabá, tal como en otras
zon.is de Antioquia donde los liberales eran una abrumadora mayoría, la intimidación
conservadora tuvo muy poco efecto en los resultados electorales. Los liberales ganaron
ampliamente las elecciones de junio de 1949 y los gaitanistas de Turbo, Dabeiba,
Peque y Frontino ganaron mayorías en las elecciones al Concejo Municipal.

Si el gobierno departamental hubiera aceptado estas victorias liberales y com­


prendido que al ejercer más presión no aumentaría el número de seguidores del
gobierno en el Urabá y el occidente antioqueño, es posible que la violencia —como
la que llegó a predominar para finales de 1949— hubiera podido prevenirse. Por el
contrario, luego de un breve respiro, el gobierno departamental renovó su campaña
de intimidación y humillación pública contra los miembros de la oposición en pre­
paración para las elecciones presidenciales de noviembre. Un impenitente político
laureanista de la época confesó que él y otros conservadores habían acorralado a los
moradores liberales en la plaza central de pueblos como Cañasgordas y les habían
quitado sus cédulas. Luego, los laureanistas los golpearon con el plan del madictc
(acto conocido popularmente como un ‘aplanchamiento’) para asegurarse aún más
de que el número de votos del candidato conservador aumentara sin impedimen­
tos.12 Estas tácticas a menudo produjeron el efecto deseado de inflar el número de
votos conservadores, aunque a nadie engañó su naturaleza fraudulenta. Por ejemplo,
en Dabeiba, un pueblo donde antes de 1945 los votos conservadores nunca habían
alcanzado más de 458, Laureano Gómez obtuvo 1974 votos.

El uso de fuerzas del orden público y empleados oficiales con fines partidistas
durante las elecciones de 1949 ahondó las divisiones, no sólo entre los habitantes del
occidente del departamento, sino entre los liberales en dichas zonas y las autoridades
departamentales. Lis diferencias partidistas con frecuencia sumadas a los antagonismos
étnicos resultaron una volátil combinación que afectó incluso a distintas ramas de las

222
Capítulo III .%*•!«>«>••*<•

fuerzas armadas del gobierno enviadas a mantener el orden en la región. Desde el


primer momento, la combinación de las divisiones partidistas y étnicas entre las distintas
ramas de las fuerzas armadas del gobierno impidió la posibilidad de desarrollar una
política de orden público coherente en el Urabá y el occidente antioejueño. Por ejemplo,
los soldados enviados a mantener el orden público en el Urabá en 1948 y 1949 (y
más tarde, en los años 50), por lo regular, provenían de la Segunda Brigada de Cartagena,
no de la base del ejercito en Mcdcllín. La gran distancia entre el Urabá y Mcdcllín hizo
muy costoso c ineficiente usar las fuerzas antioqueñas pues era necesario movilizar al
ejercito por vía aerea. Los soldados del departamento de Bolívar, a diferencia de
muchos de los reclutados en Antioquia, tendían a ser negros y a compartir la afilia­
ción política liberal de la mayoría de los habitantes del Urabá. En consecuencia, al
contrario de la hostilidad con que los habitantes del suroeste recibieron a las fuerzas
del orden público llegadas a Antioquia desde otras regiones de Colombia, los urabeños
acogieron a los soldados provenientes del departamento de Bolívar con más simpatía y
respaldo del que les brindaron a las fuerzas del gobierno antioqueñas. En contraste, la
minoría conservadora del Urabá, constituida primondialmcntc por colonos e inmigrantes
anrioqueños, no de Bolívar ni de Chocó, sospechaba que las tropas costeñas estaban
confabuladas con La guerrilla y dudaban de su disposición para defender la vida de los
consenadores. Estas percepciones alimentaron rumores de que el ejercito no apoyaba
al gobierno conservador. Esta era una creencia tan ampliamente difundida en el Urabá
y el occidente antioqueño para finales de 1949, que el comandante de la IV Brigada en
Mcdcllín, el coronel Eduardo Villamil, se sintió obligado a advertirle oficialmente al
gobernador Eduardo Bcrrío que se adelantaba una campaña subversiva para intentar
poner al ejército en contra del gobierno.13

En contraste con los soldados de la costa Caribe enviados a patrullar el Urabá,


liberales y negros en su mayoría, los policías nacionales desplegados al Urabá y el
occidente antioqueño provenían principalmente de departamentos identificados con
una fuerte presencia indígena como Boyacá, Cundinamarca y Huila, donde el Partido
Conservador históricamente había sido fuerte. Los conservadores del occidente antio­
queño y el Urabá tendían a preferir la presencia de la policía a la del ejército, —porque

223
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

percibían que aquella mostraba más simpatía por sus intereses de partido, aunque en
ocasiones la identidad indígena de muchos policías también originó fricciones entre
los colonos conservadores antioqueños con conciencia de raza. A su vez, la mayoría
de la población liberal en la zona despreciaba a la Policía Nacional tanto por su
origen étnico como por percibirla como simpatizante del Partido Conservador. Para
complicar la situación aún más, la policía municipal del Urabá, además de ser nativa
de la región, era abrumadoramentc liberal y se opuso a la Policía Nacional, conser­
vadora y forastera. A su vez, los agentes de aduanas, quienes eran nombrados en
Mcdcllín y se contaban entre los pocos representantes del gobierno en el occidente
antioqueño y el Urabá, enfrentaban el resentimiento de los habitantes liberales porque
la administración de aduanas se había convertido al conservatismo después de 1948
y el contrabando constituía un mecanismo primordial de supervivencia defendido
ferozmente en el ámbito local. Las diferencias de vieja data, culturales, étnicas y regio­
nales (aparentes o reales), sumadas a las de carácter partidista, crearon un sentido de
alineación entre ciertos sectores específicos de las fuerzas del gobierno y las poblaciones
en las cuales debían ejercer su autoridad.

Al principio, el gobierno departamental intentó ignorar las percepciones de


partidismo en el seno de las fuerzas armadas tildándolas de fantasiosas y rcdiazó la
influencia de los conflictos étnicos e interdepartamcntales al formular y aplicar las
políticas de orden público en Antioquia. Sin embargo, las acciones del gobierno de
Mcdcllín desmentían tal rechazo. Cuando los ciudadanos de Turbo atacaron e hirieron
a uno de los agentes departamentales de aduanas, en noviembre de 1949, Las autoridades
de Mcdcllín no enviaron agentes de la Policía Nacional, su única fuerza disponible de
orden público, poique previeron una reacción violenta de la ciudadanía.14 A comienzos
de 1950, el gobernador Berrío mantuvo negociaciones con Smith y Wesson para
comprar dos mil de sus calibres .38 “especiales” con el fin de mejorar la defensa de
la región y privilegió, al distribuir las armas, a las fuerzas cuyas tendencias culturales
y partidistas fueran más dadas a obtener el apoyo conservador local. Cuando los
miembros del Comité Conservador del municipio occidental de Dabeiba cuestiona­
ron la lealtad partidista y étnica de los soldados (negros de Bolívar) y de los policías

224
Capítulo III.*1 *-**••*' EiomMMtAMwno

(reclutas indígenas de Cundinamarca y Boyacá), enviados a mantener el orden público


en el pueblo, el gobernador generosamente distribuyó las armas entre los grupos de
contrachusmas, voluntarios y constituidos localmente, y las fuerzas policiales aceptables
culturalmentc. Se trataba de grupos con credenciales regionales y partidistas intadia-
bles.15 En efecto, el gobernador por lo regular optó por armar a los civiles y policías
nativos de /Xntioquia y no a las fuerzas oficiales, en las cuales ciudadanos no antioqueños
tuvieron un papel importante, además de pasar por alto las necesidades tácticas de
dichas fuerzas.16 Los Smith y Wesson recién negociados se destinaron a equipar a los
funcionarios de aduanas y el resguardo de rentas (reorganizados y conservatizados), a
los policías confiables y a los civiles conservadores de ciertos municipios selectos.
Ninguno de los revólveres llegó a manos del ejército.17

Una vez alineadas las fuerzas —al menos en las mentes de muchos de los habi­
tantes locales y de las autoridades departamentales— con los liberales y el ejercito a
un lado, y al otro los conservadores, las contrachusmas locales y la Policía Nacional,
la violencia en el occidente antioqueño escaló dramáticamente. En pueblos como
Caicedo, agentes de la policía destruyeron impunemente los retratos de héroes y
miembros liberales del Concejo exhibidos en las oficinas municipales y los reempla­
zaron por carteles de Laureano Gómez. Cualquier persona que intentara impedir las
acciones de la policía era arrestada y encarcelada. Posteriormente, los policías se
confabularon con las fuerzas civiles conservadoras para empapelar la entrada de los
almacenes liberales con imágenes del presidente conservador y advirtieron a los
descontentos comerciantes liberales que cada vez que alguien dañara el cartel ten­
dría que pagar una multa de cinco pesos.18 Cuando se le pidió investigar y condenar
tales acciones, Jorge Salazar, el oficial de policía encargado del Departamento de
Investigación Criminal de Antioquia, exoneró a los policías y a los civiles conserva­
dores responsables de tales violaciones. El jefe de la policía insistió en que, en el
occidente antioqueño, el ejército solamente les expedía salvoconductos para portar
armas a los liberales y que, por lo tanto, los conservadores tenían derecho a defenderse
de la oposición usando cualquier medio, incluidos el armarse y utilizar a la policía
con fines partidistas.1'’

225
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Organización de la resistencia armada liberal

Poco después de las elecciones de junio de 1949, en el LJrabá y el occidente


antioqueño surgieron grupos guerrilleros cuyo objetivo inicial era acosar y derrocar
al gobierno conservador. Con rapidez obtuvieron, además de considerable apoyo
local, un lugar estratégicamente ideal desde el cual montar ataques concertados contra
el Estado, sus representantes (empleados públicos, policías, ejercito, oficiales de
aduana, etc.) y la pequeña minoría de habitantes conservadores. Aunque muchas bandas
guerrilleras —que variaban en tamaño desde una docena hasta varios cientos— ope­
raron en la zona en Turbo, en el LJrabá y en Frontino, en el occidente antioqueño
sobresalen varios grupos no sólo por el alcance de sus actividades sino por su capa­
cidad de atacar y eludir con eficacia a las autoridades (Véase el mapa 12). Uno de
estos grupos, liderado por Seigio David, tenía su base en el valle ubicado entre los
ríos Sinú, Sucio y San Jorge en el departamento de Bolívar (en una zona hoy en día
parte del departamento de Córdoba), inmediatamente al norte de Antadó e Ituango, y
al oriente del Urabá.20 A su vez, los campamentos satélites comandados por hombres
del clan David, junto con miembros de las familias Arias, Cartagena, Duarte,
Velásquez, Higuita, Montoya, Pino, Romero, Serna, Torres, Tuberquia y Usaga,
extendieron el alcance de la guerrilla hasta Chigorodó, Mutatá y a lo largo de gran
parte de la Carretera al mar. Además, un ramal del grupo David, bajo el mando
inmediato del capitán Patricio Usaga, estableció el control del caserío conocido como
Caucheras, cerca de Mutatá, donde había importantes plantaciones de caucho.21 Un
segundo grupo guerrillero —aproximadamente 100 hombres liderados por Ramón
Elias Calle—operaba en El Carmen, Chocó, justamente frente a Bolívar, Antioquia,
y una tercera base guerrillera estaba ubicada en el municipio de Frontino, en un
caserío de Murrí conocido como "La Blanquita”. En el cuartel de La Blanquita,
docenas de guerrilleros con Aparicio Escobar al mando, mantuvieron una operación
de robo de ganado que se extendió hasta Peque, Juntas de Uramita, Frontino y Pabón, en
Urrao.22 Otros grupos menores o satélites de mayores organizaciones guerrilleras opera­
ron también en la zona entre Sabanalaiga y Barbacoas (capitán Vidal Torres), en
Guiasgoidas (Salomón Marín), Antadó (compuesto de ex-convictos) y Vijagual/ Apartado
(comandado por un individuo llamado Sandón).

226
Capítulo ¡II ’’ 1 ***•'' * *

San Juan de Urabá Montería


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J Urabá

* Localización de las bxscs guerrilleras

♦Movimientos de guerrilla

Mapa 12. Operaciones y movimientos de la guerrilla en el Urabá y el occidente antioqueño. (Fuente:


Instituto Geográfico Agustín Codazzi; Archivo privado del señor gobernador de Antioquia, 1951, vol 8,
"Asociación, instigación para delinquir.” Ministerio de Justicia. Juzgado 82 de Instrucción Crimina], Oficio
íOMO, 4 de febrero. 1951).

El campamento guerrillero más importante de los que operaron en el occidente


antioqueño, al menos desde el punto de vista del gobierno y las fuerzas armadas, era
el situado en Camparusia (hoy en día municipio de Armenia), en Dabciba. El coman-
danto militar encatgado de supervisar el mantenimiento del orden público en Frontino
describió Camparusia como “el campamento guerrillero mejor organizado en Antioquia
y el que tiene el mayor número de hombres preparados para entrar en combate con

227
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

cualquiera de las fuerzas del gobierno".2"1 Allí, Arturo Rodríguez Osorio y Aníbal
Pineda forres (nativo de la zona de Urama/Uramita en Dabeiba) construyeron un
cuartel casi impenetrable donde buscaron refugio varios cientos de hombres y muchas
familias liberales desplazadas. Aunque bajo un comando independiente, las guerrillas
basadas en Camparusia estaban nominalmente ligadas a la organización guerrillera
dirigida por el capitán Franco en Urrao (en el sector norte del suroeste).
A diferencia de los hombres independientes que operaban como guerrilleros
liberales en el oriente antioqueño y que rara vez reclutaban militantes entre la pobla­
ción local, los guerrilleros basados en las zonas de Dabeiba y Chigorodó, y a lo largo
del río Sinú, en Bolívar, participaron en la resistencia armada como miembros de
clanes familiares locales, aunque estos clanes se movilizaran constantemente entre
Bolívar y Antioquia. En una lista de hombres y mujeres buscados por el gobierno
como sospediosos de ser guerrilleros, 185 hombres y mujeres con el mismo apellido o
identificados como miembros de grupos familiares claramente distinguibles aparecen
como la principal fuente de disturbios en la zona.24 Los guerrilleros o "diusma”,
"bandoleros” y “maleantes”, como prefería referirse a ellos el gobierno, iniciaron sus
actividades como organizaciones defensivas. Pero su relativo aislamiento, el fácil acceso
a las armas de contrabando y la debilidad general del gobierno departamental y sus
fuerzas permitieron que los guerrilleros tomaran la iniciativa contra el gobierno en
lugar de defender a los liberales locales del mismo. Al cabo de dos años de su
aparición inicial, varias de estas bandas armadas expandieron sus actividades para
servir principalmente a los intereses políticos y personales de poderosos individuos
de la región. Gradualmente, surgió un floreciente mercado informal de bienes y
animales robados (muías, caballos, ganado), del cual los guerrilleros hicieron parte
integral.
En Dabeiba, por ejemplo, los guerrilleros participaron en lo que un observador
denominó "toda clase de negocios" y recibieron dinero y asistencia táctica de siete
reconocidos comerciantes y líderes políticos liberales. La interacción y mezcla de los
civiles locales y los guerrilleros Ríe tal, que uno de estos jefes se vanagloriaba en público
de poder "detener las chusmas bandoleras para que no asesinen más gente" con una
sola orden. Los pronunciamientos como este llevaron a las autoridades departamentales

228
CAPÍTUIO III ImwlYFi AmioolHo

a conduir que no era posible distinguir entre los civiles y los guerrilleros, y que los
civiles eran los mismos “jefes de la banda”.25

A cambio de mercancías, comida, dinero y apoyo logístico, los guerrilleros les


garantizaban a sus seguidores y protectores poder viajar libremente a través de
zonas estratégicas en conflicto. Por ejemplo, un patrocinador de los guerrilleros
en Dabeiba arrendó por una suma exigua 14 haciendas de los conservadores que
“|ia[bían] tenido que abandonarlas” por temer, precisamente, que los asesinara la
guerrilla. Los guerrilleros acompañaban a su padrino político cada vez que él
necesitaba vigilar la producción “en todas las zonas rurales sin que nada tenga que
temer por su vida”. A otros patrocinadores, los guerrilleros les servían para imponer
sus disposiciones y como asesinos a sueldo que eliminaban u obligaban a huir a los
colonos, trabajadores o rivales indeseables. Un terrateniente contrató al “jefe ban­
dolero, Patricio Usuga, para que viniera en la noche y le diera muerte a Justo
Gíraldo en su casa de habitación, pues lo tenía allí en calidad de peón”. Los guerri­
lleros también actuaron como fuerzas de seguridad privada o guardaespaldas de
terratenientes locales. Varios terratenientes “salen con frecuencia a sus fincas que
quedan un poco retiradas de esta cabecera, siendo observados ya varias veces en
compañía de ocho y más escopeteros del bandolerismo”.26 Incluso los líderes
liberales de Medellín simpatizantes con la causa guerrillera —de luchar para res­
tablecer su partido en el poder—, y quienes ocasionalmente les ofrecían asesoría
e instrucción a los guerrilleros, admitieron en privado que, en algunos casos, los
objetivos partidistas de los guerrilleros en el occidente antioqueño rápidamente
habían dado paso a objetivos monetarios menos loables. Algunos líderes políticos
liberales de Medellín que los aporaban decían que los líderes guerrilleros del occidente,
como Salomón Marín, "no hacen sino quitarle pesitos a la gente”.27

El comienzo de la actividad guerrillera liberal

Después de varios meses de contrabando reportado desde Panamá hasta Urabá y


partes del Chocó, en junio de 1950, los guerrilleros liberales del occidente antioqucño
condujeron su primer ataque contra Murrí, en el extremo noroccidental del municipio

229
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

de Frontino. Ocuparon la población y robaron ganado por valor de 60 mil pesos.23


El gobierno departamental había sido advertido con anterioridad sobre la inminencia
del ataque, tal como tres semanas antes se le había avisado al gobernador de un ataque
similar en agosto, en Caucasia, Bajo Cauca.29 El aviso no surtió efecto: las autoridades
departamentales simplemente no estaban en posición de responder a los disturbios
en las fronteras del departamento. Los años de abandono y la falta de inversiones en
infraestructura y bienestar en tales zonas no podían superarse de la noche a la maña­
na. El ataque contra Murrí se esparció hasta otras zonas del occidente e incitó a los
funcionarios conservadores locales a reportar que un ejercito guerrillero de 500 hom­
bres estaba a punto de tomarse el control de la región.'"’ Las zonas limítrofes con los
departamentos de Chocó, al occidente, y Bolívar, al noroccidcntc, eran lugares donde
no se producía nada distinto a ganado, pero las atravesaban caminos y escondites
que las convertían en refugios ideales para los hombres alzados en armas.

Incapaz de responder efectivamente a la presencia de guerrilleros liberales con


fuerzas permanentes propias, el gobierno departamental intentó matar de hambre a
los guerrilleros, bloqueando sus rutas de abastecimiento y medios de supervivencia.
Pero tal como muchas otras políticas, formuladas en distintas ocasiones por unas
autoridades demasiado alejadas de la realidad cotidiana de las zonas que nominal­
mente gobernaban, el racionamiento de alimentos castigó a la población civil pero
hizo poco para desanimar a los guerrilleros que operaban en sus zonas. Los propie­
tarios locales simpatizantes con el gobierno departamental se contaron entre los
primeros en insistir en que el racionamiento de alimentos era un medio ineficaz para
controlar la insurrección armada en la región: “En coda esa región se carece de
chocolate, manteca, panela y otros alimentos indispensables para los trabajadores
honrados, pero creer que los bandoleros se retiran por falta de víveres es un error,
puesto que hay inmensas cantidades de maíz... ganado, plátano, yuca, etc., suficiente
para los bandoleros vivir muchos años’’.31 En efecto, en tanto los guerrilleros se
aprovisionaban por medio del robo y el intercambio ilícito con los contrabandistas,
en el Chocó los inversionistas se quejaban de que la escasez de comida había hecho
subir los precios de los productos básicos en la región hasta niveles peligrosos. Esto

230
Capítulo III f» oc«i»r*i«

ató problemas laborales en las minas de la zona y, a su vez, tuvo repercusiones


negativas en la economía del Chocó y en la situación de orden público.32

Por otra parte, estaba claro también que, aun cuando los comerciantes, terrate­
nientes y personas no involucradas en los combates no apoyaran necesariamente la
idea de alzarse en armas contra el gobierno, a menudo existían pocos incentivos para
negarle el apoyo material a los guerrilleros, especialmente si había posibilidad de
obtener una ganancia considerable. El sargento segundo inspector de Uramita, quien
había sido acusado de colaborar con los liberales locales y los guerrilleros, pero lo
había negado de manera rotunda ante sus superiores, ofreció una persuasiva expli­
cación de la razón por la cual los intentos de eliminar a los guerrilleros usando
políticas como el racionamiento de alimentos estaban condenados al fracaso. Los
comerciantes de Uramita, insistió el inspector, habían cumplido con el decreto
gubernamental que prohibía la venta de comida o mercancías a quienes fueran
sospechosos de ser guerrilleros o de apoyarlos. Pero los guerrilleros sencillamente
habían trasladado sus negocios a Urama, Juntas de Uramita y Peque, donde los
comerciantes estaban totalmente dispuestos a venderles sus productos. Como con­
dujo correctamente el inspector, “los chusmeros siempre se proveen en otras partes”,
especialmente por no haber fuerzas del gobierno para imponer la prohibición de
ventas a la guerrilla. Y, continuó el inspector, “proveedores de chusmeros, en este
corregimiento, podfríamos] decir que son todos los comerciantes, pues todos
venden sus mercancías sin averiguar a quién, no les interesa sino su negocio".33 En
otras palabras, la incapacidad del Estado de hacer valer sus propias políticas y
leyes destruyó cualquier incentivo a cumplidas, incluso entre sus más fervientes
seguidores. Pero también parece ser cierto que para muchos lugareños, las diferen­
cias partidistas, simple y sencillamente, no eran tan apremiantes como impedir
negociar con la oposición.

El 16 de julio, poco después del ataque a Murrí, 300 hombres armados con
escopetas, revólveres y machetes atacaron una tropa de soldados en Tucura (hoy
departamento de Córdoba), varios kilómetros al norte de Playones, en Dabeiba.
Los guerrilleros hirieron a cuatro soldados, cometieron una serie de asesinatos y

231
A Sangre y Fuego: L,\ violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

robos, y luego huyeron al sur para atacar Playones.3'1 Hubo ataques simultáneos en
Urrao y La Cámara, en el municipio de Salgar, donde los guerrilleros obligaron a los
campesinos y trabajadores conservadores a abandonar las haciendas donde laboraban.35
Estos hechos, especialmente la ocupación de valiosas haciendas, obligaron al gobierno
departamental a reconocer la gravedad de la amenaza al control estatal en el occi­
dente antioqueño y el Urabá, y provocaron el despliegue de tropas del ejercito y
policías adicionales a la zona. El 26 de julio, el coronel Eduardo Villamil, comandante
de la IV Brigada en Mcdcllín, ordenó al subteniente y al comandante de los cuarteles
en Dabeiba, patrullar permanentemente con dos automóviles la carretera entre Mutatá,
Dabeiba y Clrigorodó. Además, mandó como refuerzos dos oficiales de menor rango y
30 agentes de la división antioqueña de la Policía Nacional. Anticipando que el
despliegue de policías produjera la resistencia de algunos soldados y lugareños libe­
rales, Villamil dio instrucciones a sus subordinados para formar patrullas mixtas de
policías y soldados con el fin de garantizar que los agentes de policía fueran tratados
con "respeto y amabilidad por las tropas del ejercito”.36 Además, con la esperanza
adicional de disipar rumores de que el ejército cooperaba con la guerrilla, el coronel
insistió en que sus hombres penetraran en las profundidades de la selva para perseguir
a los bandidos y no tuvieran misericordia con ellos.

Pocos días después, los funcionarios públicos de Dabeiba pudieron reportar su


primera victoria sobre los guerrilleros liberales, al capturar a seis personas y detener a
otras nueve, sospechosas de enviar suministros desde “La Montañita”, en las inmedia­
ciones del pueblo.37 Sin embargo, en otras partes del occidente, en un patrón que se
convertiría en lugar común, los frustrados funcionarios del Estado, incapaces de
localizar a los guerrilleros, descargaron su venganza contra la población civil. En Caicedo,
por ejemplo, miembros de la Policía Nacional y voluntarios conservadores atacaron a
diez habitantes con machetes y pistolas en Guasabra, y justificaron su acción argu­
mentando que ese era uno de los muchos corregimientos sospechosos de apoyar a
los guerrilleros.38 Excesos como estos provocaron altercados y acusaciones mutuas
entre la policía y los oficiales del ejército. Sólo un día después de recibir el informe
del comandante militar de Caicedo de abusos de la policía a civiles, el coronel Villamil

232
Capítulo III *'* a*»h>q«»*u

se quejó ante el gobernador Berrío de que Joige Salazar, el policía a cargo del Departa­
mento de Investigación Criminal de Antioquia, se había excedido en sus funciones y
violado varios decretos nacionales. A su vez, Salazar acusó a Villamil de deslealtad y de
ser un simpatizante liberal camuflado/9 Mientras la policía y el ejercito intercambiaban
acusaciones, los pueblos como Ituango y Caucasia, cerca de los límites del departamento
de Bolívar, chinaban a voces la ausencia de funcionarios del gobierno que los defendieran
del inminente ataque guerrillero.'40

El esperado ataque tuvo lugar el IO de agosto, cuando la guerrilla golpeó simultá­


neamente caseríos en el Urabá, al norte de Turbo, Dabeiba, Caucasia, en el Bajo Cauca,
y Urrao. La noticia del asalto llegó a oídos del gobernador, no por un canal oficial sino
a través del secretario del Directorio Conservador de Antioquia, quien le informó que
en el Urabá había sido asesinado un gran número de conservadores y que el párroco de
Dabeiba liabía sido muerto por la guerrilla liberal. Más tarde esc mismo día, el ministro
de gobierno, Domingo Saresty, le envió al gobernador una lista de las personas
asesinadas en el pueblo. El ministro se quejó de que el alcalde local y su secretario,
junto con los soldados estacionados por la IV Brigada en la región, habían impedido
físicamente que las tropas de la Policía Nacional, bajo el mando del mayor Arturo
Velásqucz, enviaran un grupo de voluntarios civiles armados y policías a perseguir a
los guerrilleros, "dejando así en libertad a los asesinos”.41 Estos hechos provocaron
que el ministro amonestara al gobernador Berrío e hicieron evidente la falta de fe del
ministro en el ejército como una fuerza de orden público confiable. El ministro
abiertamente se alió con los conservadores de Dabeiba, al declarar ellos: "que el
teniente Quintero del ejercito es una amenaza social para nosotros, pues se ha soli­
darizado con el liberalismo, que son sus copartidarios”.42 A partir de este momento,
Dabeiba se convirtió en un lugar de constante conflicto y en uno de los principales
centros de organización de la contrachusma. El pueblo formaba una especie de corre­
dor entre el Urabá y el occidente antioqueño, el último escenario geográfico posible de
la fortaleza paramilitar conservadora, ya que era imposible reclutar suficientes conser­
vadores en el Urabá. En consecuencia, Dabeiba se convirtió en un gran campo de
batalla y sufrió el mayor número de muertes registradas oficialmente por causa de la

233
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

violencia en Antioquia entre 1949 y 1953. En tres años y medio, Dabeiba perdió
(oficialmente) 560 de sus habitantes, equivalentes al 3% de su población que ascendía
a 19.000 en 1951.43

Si las cosas andaban mal en Dabeiba, la situación de orden público era mucho
peor en las poblaciones de El Carmelo y Turbo, en el Urabá. Pasó una semana, antes
de que el gobierno departamental reconociera que había tenido lugar una invasión
guerrillera. Para el 18 de agosto, cuando las fuerzas del gobierno aún no habían
llegado a evaluar la situación, los observadores locales reportaron tentativamente
más de 50 muertos conservadores. Cuando las tropas por fin llegaran aTurbo el 21 de
agosto, 11 días después del ataque inicial, se reportó que "mil” hombres armados
provenientes del departamento de Bolívar habían atacado una vez más El Carmelo.44
Los guerrilleros saquearon "los principales almacenes”, asaltaron las oficinas de
aduanas y destruyeron el despacito del inspector de policía. Dos policías y varios
oficiales de aduanas resultaron heridos y un policía fue asesinado. Pero fue difícil
calcular el número de civiles muertos porque los cadáveres habían sido arrojados al
río, donde “fueron despedazados por los tiburones”. El inspector de policía, en su
informe sobre el ataque, le suplicaba desesperadamente al gobernador que enviara
“un fuerte destacamento del Ejército Nacional permanente” para contrarrestar a las
autoridades civiles de la zona, cuyos miembros eran “enemigos del actual gobierno"
y quienes aprovecharían "la oportunidad de exterminar a las Autoridades”.45

Sin embargo, las únicas tropas disponibles para desplegar al Urabá provenían de
la infantería de marina de Cartagena. Los conservadores de Turbo consideraban a
los costeños perezosos c ineptos, y estaban convencidos de que "llegaban, se embria­
gaban y no hacían nada”. No se sabe a ciencia cierta si la infantería no hizo "nada",
pero está claro que muchos de sus hombres no estaban de acuerdo con las acciones
de Antioquia y del gobierno conservador contra la población liberal del Urabá. Lo
anterior fue corroborado ampliamente por una carta de un infante capturado varios
meses después por la Policía Nacional. En la carta, el autor ofreció un detallado
testimonio del profundo sentido de camaradería que unía a las fuerzas costeñas con la
población del Urabá. Expresó su vergüenza porque: "yo y mis compañeros también

234
Capítulo III ’■*

hacemos parte de la actual administración pública o sea de este Gobierno


ensangretado, [aun cuando] no vinimos a cometer atropellos contra aquellas vícti­
mas, que su crimen para ser perseguidos es ser liberales. Nosotros vinimos fue para
dar garantías". Estacionado en el puerto de San Juan de Urabá, el oficial hizo evi­
dente el peso que tenían las consideraciones étnicas y raciales en los asuntos de
orden público: “Sus moradores que lo poblan son morenos, pero son nobles y respe­
tuosos de las autoridades. Fuimos bien recibidos en esta población; nos querían
todos estos moradores, porque alcanzaron a comprender que nosotros éramos la
seguridad de sus bienes, de sus vidas, [y] de sus honras y no el atropello, el robo,
y la persecución, como lo habían sido en otros días anteriores; atropellados los
hogares, violadas sus hijas y asesinados sus padres, por las mismas autoridades
azules y enmascarados con los uniformes militares”.46 Sentimientos como estos,
expresados por las fuerzas enviadas de la costa Caribe, provocaron que los conserva­
dores de Turbo le recordaran al gobierno la ubicación estratégica del pueblo, entre el
departamento Bolívar y Panamá, y solicitaran “miles de soldados” comandados por
oficiales de alto rango cuya lealtad política fuera incuestionable.47 Pero no fue
sino hasta el 29 de agosto que la IV Brigada de Medellín logró disponer de hombres
adicionales para enviar al Urabá. En esta fecha, el coronel Villamil envió seis aviones
Denos de personal del ejército a mantener el orden público en Turbo.48

En medio de una etapa de varios ataques guerrilleros a numerosos pueblos


periféricos en los límites norteños de Antioquia, en agosto de 1950, la gobernación
del departamento cambió de manos. Eduardo Berrío González, quien prefería armar a
civiles conservadores como policías voluntarios, así como desplegar fuerzas de la
Policía Nacional con el fin de mantener el orden público y subyugar las zonas
liberales recalcitrantes —sin importarle el efecto de estas políticas para la población
civil—fue reemplazado por Braulio Henao Mcjía. A diferencia de Berrío, el nuevo
gobernador era un hombre pausado que mantenía relaciones cordiales con el ejercito y,
aunque no se opusiera abiertamente, desconfiaba de armar a los civiles conservadores
y de formar contrachusmas. Aunque el nuevo gobernador apoyaba a la policía, le
preocupaba desplegar fuerzas policiales a zonas donde el odio contra ellas era tal

235
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

que pudiera desencadenar la rebelión popular. Mientras que el ex-gobernador Bcrrío


le atribuía la escalada de violencia liberal a la falta de cooperación del comandante
de la IV Brigada —cuya destitución le recordó al presidente en tono beligerante
(“Hace 6 meses vengo clamando ante el gobierno nacional”)—, el gobernador Henao
Mcjía le atribuía la ineficacia de la estrategia de orden público del departamento a la
clara insuficiencia de tropas del gobierno, no a las afinidades partidistas o turbulentas
de los oficiales del ejercito.49 Tan sólo dos días después de su posesión el 22 de
agosto, el gobernador Henao le informó al presidente que Antioquia, simple y
sencillamente no tenía suficientes hombres para suprimir los numerosos focos de
“sedición” en el departamento. El batallón antioqueño del ejercito había tenido que
pedir tropas prestadas de Pcreira y Manizalcs, en el departamento de Caldas.511 Es
más, lejos de sospechar de la lealtad del ejército, como lo hacían Bcrrío González y
el ministro Saresty, el gobernador Henao le confió la difícil y potcncialmcnte sensible
tarea de conducir un análisis detallado de las causas de la propagación de los distur­
bios en el Urabá a un oficial militar, el coronel Luis Abadía, a quien se le dieron
amplios poderes para manejar, según estimara conveniente, la situación del orden
público en la región del noroccidcntc.

La situación de orden público en el Urabá

Si el gobierno departamental esperaba un destello de identificación o simpatía


de los habitantes del Urabá con el gobierno del departamento de Antiocjuia, los
hallazgos del coronel Abadía fueron dcscorazonadores. Su informe cubrió cinco
zonas cruciales en el Urabá: San Juan de Urabá, Arboletes y Damaquiel sobre la costa
Caribe, cerca de la frontera con el departamento de Bolívar, Nccodí cerca al golfo de
Urabá, y Turbo, el extremo norte de la Carretera al mar (que conecta a Mcdcllín con
Turbo). Lo que primero notó el oficial fue hasta que punto incidieron los intereses
económicos y la clase social en La percepción de la amenaza guerrillera en la región.
Los habitantes más pudientes de la región, escribió con ironía mal disimulada, eran
los más dados a quejarse de la amenaza de un ataque de la guerrilla. Los grandes
terratenientes “sienten por todas partes a los bandoleros, pero no saben explicar exacta-

236
Capítulo III *’**■*'f« (hueñi» bnmniM>

mente en dónde están, ni de qué se trata, sino que a lo último acaban por decir que
lian oído rumores de gentes que vienen de los campos”. Un individuo que tenía
"propiedades y es hombre rico" denunció que la chusma estaba cerca a Turbo, y otro
en Ncodí dijo "la misma cosa exactamente igual... [y] en Las mismas condiciones de
tiempo y lugar ¡a esperan en San Juan y Arboletes" (situados a gran distancia de Turbo).51

El coronel Abadía estaba convencido de que, a los nerviosos terratenientes primor-


dialmcntc los impulsaba a solicitar el despliegue inmediato de tropas del ejercito, la
preocupación por sus grandes inversiones de capital y sus propiedades. Las haciendas
locales eran tan grandes, anotó el oficial, que abarcaban todo el territorio entre
ciertas poblaciones o municipios, lo que obligaba a los viajeros a atravesar las ha­
ciendas para poder trasladarse entre los asentamientos.52 En efecto, entre 1918 y
1931 se hicieron 24 concesiones de tierras baldías en Turbo, cuya extensión promedio
por lote era I.06I hectáreas, mientras que el tamaño promedio de las concesiones
forestales en Chigorodó entre 1900 y 1953 era de 15.000 hectáreas.53 El coronel
aclaró que los temores a la extorsión económica, más que el conflicto de inspiración
partidista, atizaban los numerosos rumores de inevitables disturbios en el Urabá.
Los terratenientes de ambos partidos, por ejemplo, reiteraron haber sido "amenazados
por la banda de Hincapié”, que iba de hacienda en hacienda pidiendo municiones y
provisiones, y extorsionando a mayordomos y trabajadores.

Desviando su atención hacia la vecina población de Damaquiel, el coronel Abadía


anotó que 100 civiles armados habían llegado al puerto, al esparcirse por el pueblo
la noticia de la llegada de las tropas del gobierno. Pensando que la policía había sido
enviada para vigilar el orden público, la ciudadanía de Damaquiel se movilizó para
repeler por la fuerza a los agentes del gobierno.54 Sólo cuando cercioraron de que el
gobernador había enviado al ejército y no a la policía, la gente se dispersó y guardó
sus armas. La actitud de los moradores convenció al coronel de que muchos de los
habitantes del Urabá se sentían aislados y desconfiaban de Antioquia, y de que sería
demasiado aventurado por parte del gobierno departamental insistir en enviar fuerzas
de la Policía Nacional a patrullar la zona. Las observaciones del coronel respecto de
los habitantes y las condiciones existentes en el asentamiento de Damaquiel también

237

k
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

revelan el grado hasta el cual, las jerarquías de diferencia cultural impregnaron y


dieron forma a las evaluaciones oficiales de las condiciones locales y la violencia.
Damaquicl fue descrito como "dolorosamente abandonado... no hay quien repre­
sente la autoridad. El corregimiento en sí da la sensación de que existe allí la más
grande indolencia por su abandono, por el ambiente hostil y desconfiado. Los hombres
no trabajan sino que a esa hora se encontraban todos tendidos en sus hamacas,
reflejando en sus rostros el rictus de una raza vencida y atormentada por la pereza".
Lo mismo podía decirse de San Juan de Urabá, donde se notaba "un espectáculo de
desintegración; multitudes de casas abandonadas con las puertas abiertas y en el
estado más espantoso de suciedad”.55 Es más, aquellos que no habían huido del
pueblo después del ataque de agosto se escondieron de las autoridades.56

Finalmente, el coronel concluyó su investigación explicando por qué, desde la


perspectiva del interés propio, le competía a las autoridades departamentales tomar
medidas inmediatas para remediar la situación actual de orden público en el Urabá:
“[El Urabá] representa para la economía nacional una de las fuentes, pudiéramos
decir, de más amplio porvenir; y si se relaciona con Antioquia, los aspectos econó­
micos que representan esos rincones alejados del Departamento, son fundamentales
y de unas proyecciones incalculables en el futuro de los intereses del mismo".57 El
informe del coronel Abadía expuso las fantasías coloniales de extracción y riqueza que
históricamente habían cimentado la actitud del gobierno departamental de
Antioquia hacia el Urabá. Sugirió que la integración del Urabá a Antioquia y el
control departamental de la península seguirían siendo tenues mientras la zona se
orientara económicamente hacia el Caribe y no hacia Antioquia: "Produce arroz en
grandes cantidades, manteca, maíz, plátano, etc. en forma tal, que es una continua
peregrinación de embarcaciones rumbo a Cartagena y demás puertos importantes
en donde hace su comercio”. “Semanalmentc vienen dos o tres barcos de Panamá y
transportan bananos, cocos y otros productos”, pero en lugar de ser utilizados para
"abastecer los escasos mercados de Antioquia, se orientan precisamente a donde los
medios de comunicación se lo permiten, con perjuicio para la economía y para la
vida misma del departamento”.58 En otras palabras, mientras fuera el caso de que

238
Capítulo Y Et <>« • itiiwir A»noqi i*<»

muy pocas de “las características económicas” del Urabá se orientasen hacia


Antioquia —parecía sugerir el oficial del ejercito— el sueño antioqueño del control
político no se convertiría en realidad. No se contaba con embarcaciones oficiales
a motor para patrullar la región. El servicio aereo se ofrecía de manera providencial,
según el capricho de Avianca. La comunicación desde Urabá se lograba mediante
mensajeros que viajaban a pie o en canoa porque no había radio ni líneas de telégrafo
que conectaran la región con Mcdcllín, y los únicos funcionarios representantes de
Lis autoridades departamentales eran los agentes de aduanas y algún alcalde o ins­
pector de policía esporádico.59 Desde el punto de vista del coronel, el problema de
la violencia en el Urabá se debía entonces a las diferencias culturales, políticas y
económicas tanto como a los conflictos partidistas.

La única esperanza de la integración futura del Urabá a Antioquia y de la


identificación con sus valores e intereses era la culminación de la carretera que
conectaba a Medellín con el Urabá. El coronel estaba convencido de que sólo la
Carretera al mar podía comenzar a resolver los problemas del Urabá e introducir
“progreso y rcestablecimiento económico”. Más importante aún, la carretera tam­
bién garantizaría la afirmación del control político y los valores culturales antioqueños.
El oficial del ejército argumentó con insistencia "la necesidad de hacer llegar
hasta esos lugares los aspectos morales y civiles del pueblo antioqueño, que son
garantía para la la redención de muchos hombres que en esas apartadas regiones
viven una vida primitiva y relajación moral y mental”. Sin embargo, antes de poder
esperar cualquier cambio en la actitud del Urabá —advirtió el coronel Abadía a
sus superiores y a las autoridades civiles del departamento— éste último debía
demostrar que "Antioquia toda vive pendiente de ellos”.60 Pero era poco probable
que esto ocurriera en el futuro inmediato. En efecto, sólo un mes después de que el
coronel terminara su extensa investigación sobre la situación de orden público en el
Urabá, la región estaba nuevamente sumida en los rumores del contrabando de
armas y La inminente actividad guerrillera. Es más, los guerrilleros habían establecido
el dominio absoluto del área que abarca desde Turbo hasta Puerto Abaldía, en el golfo
de Urabá61

239

k
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Para finales de 1950, el problema de la insurrección abierta en el Urabá dejó de


ser un asunto de orden público estrictamente departamental. Para noviembre, los
incidentes de contrabando de armas, los ataques a La propiedad privada y los asesi­
natos habían cruzado las fronteras de Antioquia al Chocó y Bolívar y provocado que
los gobernadores y las fuerzas del orden público en estos dos departamentos ex­
presaran su preocupación con respecto a la aparente incapacidad de Antioquia de
vigilar sus fronteras y asuntos internos. El problema era que el Urabá no era y nunca
había sido una zona estrictamente antioqueña; sus colonos, comercio, inversiones,
fuerzas policiales y recursos, con frecuencia y facilidad, trascendían distintas fronteras
administrativas y físicas. Hasta hacía muy poco tiempo, el Urabá había sido un
espacio comunal de sclx'a escasamente poblada, donde el Estado, la ley y sus represen­
tantes —departamentales o nacionales— rara vez se sentían. Se habría necesitado un
pequeño ejercito de oficiales de aduanas, policías, guardacostas y soldados provistos
de formas modernas de comunicación y transporte para someter tantas ensenadas,
ríos y densos bosques del Urabá a la vigilancia efectiva del gobierno departamental.
Y, en 1950, Antioquia no tenía ni siquiera una lancha a motor con la cual patrullar
la costa del Urabá y, menos aún, una estación central de radio en Turbo, seis estaciones
para embarcaciones, puestos de control a lo largo de las carreteras y ríos de la región,
ni dos aviones, elementos que en diciembre, el gobernador de Bolívar le había advertido
a Braulio Hcnao Mcjía, eran imprescindibles para evitar el contrabando masivo de
armas en la zona y para impedir que se esparcieran las fuerzas guerrilleras.62

En efecto, los esfuerzos conjuntos de las fuerzas departamentales de Bolívar,


Antioquia y Magdalena, por controlar el tráfico de armas ilícitas, resultaron inútiles.
Esto se debió, no a que los contrabandistas fueran ayudados por “ideologías comu­
nistas capitaneadas desde Rusia”, como solían insistir los miembros de la policía,
sino a que las fuerzas del gobierno no tenían suficiente equipo y carecían casi total­
mente de aporo logístico en su empresa. En contraste, la mayoría de Lis embarcaciones
comerciales propiedad de comerciantes cartageneros, quienes transportaban sus pro­
ductos por el río Arquía, así como los barcos bananeros que viajaban por el río Atrato,
estaban equipados con ametralladoras, rifles y equipos de radio.63 Por su parte, el

240
Capítulo III 1-1 ’h o<«»nn

gobierno carecía de oficiales de aduanas que detuvieran y requisaran estas embarcaciones,


dejándolas en libertad de comerciar armas destinadas a guerrilleros, empleados o
escondidos a lo largo de la Carretera al mar. En Sautatá, sobre el río Sucio, donde los
hermanos Ahuchar, una casa comercial con base en Cartagena, tenía el aserradero
más grande de la región, fueron frecuentes los informes de este tipo de comercio
ilícita6* En varias ocasiones, el gobierno departamental recibió inventarios detallados
y exactos de la cantidad y el tipo de armas que pasaban a través del Urabá y el
occidente antioqueño, las rutas por donde llegaban y quién comerciaba con ellas,
peno no hizo absolutamente nada al respecto.65

El efecto combinado del flujo de armas a los guerrilleros y el desastroso desem­


peño del Estado en el Urabá y el occidente antioqueño hicieron que diciembre de
1950 fuera el mes más turbulento en la región desde los múltiples incidentes de
asaltos guerrilleros en agosto. El 12 de diciembre ocurrieron en Turbo disturbios
armados, mientras los conservadores de Cañasgordas se quejaron de que más de
200 haciendas habían sido invadidas por guerrilleros y los 200 soldados enviados
a patrullar la zona por el comandante militar de Medellín se habían negado a entrar a
las zonas invadidas con el fin de recuperarlas.66 Para mediados del mes, la Caja de
Crédito Agrario, Industrial y Minero informó que los guerrilleros también estaban
ocupando valiosas zonas agrícolas e invadiendo terrenos baldíos reservados por el
gobierno para el desarrollo cauchero en Villa Arteaga y Pavarandocito.67 Las ins­
talaciones y trabajadores de la plantación experimental de caucho en Villa Arteaga
—operada conjuntamente por un consorcio colombo-estadounidense— habían
sido atacados varias veces en los ocho meses anteriores y habían sufrido pérdidas
por valor de sesenta mil dólares. Las pérdidas económicas estaban acompañadas
del temor a la hambruna y disturbios laborales, en tanto la política gubernamental
de racionamiento de alimentos afectaba a la población civil.68 Aunque ya se habían
gastado 1,2 millones de dólares en la plantación y estaba a punto de producirse la
primera cosedla, los inversionistas estaban considerando abandonar el proyecto debido a
que la protección gubernamental era muy poco confiable y esporádica. La Caja de
Crédito Agrario, aterrorizada por la posibilidad de que tales amenazas se hicieran

241
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

realidad, ofreció pagar con sus propios recursos el costo de estacionar a 50 soldados en
la zona y también ofreció financiar, conjuntamente con la Cruz Roja, servicios médicos
y hiunanitarios para los colonos locales.69 Para el 27 de diciembre, circulaban amenazas
verbales y avisos de extorsión ("boletas”) a lo largo de la Carretera al mar y en lugares
tan al sur como Dabeiba. Los propios funcionarios del gobierno departamental admi­
tieron que era imposible controlar a los "bandoleros” o atacarlos por sorpresa, porque
todos los habitantes del pueblo —por convicción o simplemente por miedo— infor­
maban a los guerrilleros sobre las operaciones del gobierno antes de que ocurrieran.7"

La militarización del Urabá

La gravedad de la agitación y disturbios en el occidente antioqueño y el Urabá,


así como la repetida derrota y el ineficiente desempeño de las fuerzas oficiales pro­
vocaron que las autoridades departamentales, una vez más, encargaran a agentes del
gobierno y miembros de las fuerzas armadas para que analizaran la situación de
orden público en el Urabá. Un visitador encargado redactó el primero de los informes
comisionados en enero de 1951. En el mismo, concluyó que los pueblos más afec­
tados por la violencia en toda la zona del occidente eran Dabeiba, Frontino,
Cañasgordas y Peque, y atribuyó el estado de desorden permanente a la incapacidad
del gobierno de impedir en estos pueblos la confabulación de la población civil
liberal y los alzados en armas.71 Por el mismo tiempo, un destacado funcionario
conservador de Caiccdo produjo un informe detallado que parecía confirmar las con-
dusiones del visitador. Pero el funcionario de Caicedo añadió que los conservadores
moderados que se negaban a romper relaciones con la oposición en zonas donde su
partido tenía una representación débil, donde el Estado era casi ausente y donde la
oposición dominaba los asuntos locales, también constituían un obstáculo para es­
tablecer el control conservador departamental en la zona.72

En Caiccdo había una mayoría liberal de 500 votantes y 145 votantes conserva­
dores, una situación que amenazaba seriamente la influencia de los últimos en los
asuntos locales. Además, el alcalde conservador contribuía a la continuada maiginalidad
de La minoría conservadora, por ser un "enemigo del conflicto y amigo de la vida apaci-

242
Capítulo III *■ .ohimmiamiwiiim»

ble". El alcalde tenía una relación difícil con el recién instalado y abiertamente
reaccionario Comité Conservador y con el párroco del pueblo. También sufría de
una "dependencia económica del liberalismo, pues sus necesidades de compra y
crédito de víveres las satisface, por ser las mejores, en las tiendas y en los graneros
liberales, lo que crea por lo menos un obstáculo material en cuestión de proce­
dimientos administrativos”.73 En su informe, el analista de Caiccdo tocó un punto
sensible c importante para las autoridades departamentales extremistas: el gobierno
departamental gozaba, incluso entre sus propios seguidores, de muy poca credibili­
dad como para arriesgarse a romper definitivamente sus lazos con la oposición o
emprender acciones abiertamente desafiantes que pudieran desencadenar ataques
guerrilleros adicionales. En caso de hacerlo, ¿quién acudiría en su defensa? ¿Unas
fuerzas de orden público mal pagadas, poco entrenadas y escasas, tan en desacuerdo
entre sí como lo estaban con los individuos que debían combatir? ¿Los funcionarios
del partido que rara vez se aventuraban más allá de los límites de Mcdcllín?

Aunque los sectores extremistas del gobierno departamental provocaron y


acosaron insistentemente a la oposición en zonas distantes, rara vez consideraron
el costo de tal política para los lugareños y no tuvieron en cuenta la incapacidad
del gobierno de responder eficazmente a las reacciones de los liberales a tal acoso.
Las autoridades departamentales tampoco reconocieron el grado hasta el cual los
intereses de sus copartidarios locales estaban entrelazados con los de la oposición,
ya fuera a causa del parentesco, los negocios u otras asociaciones de vieja data.
Para muchos pobladores, las exigencias de los sectores extremistas del Partido
Conservador departamental o nacional no eran realistas o, simplemente, tuvieron
muy poco impacto en los asuntos locales. Las lealtades enfrentadas produjeron
una respuesta contradictoria entre los conservadores locales. Los extremistas con­
senadores, incapaces de ganar el apoyo de los moderados, prefirieron cada vez
más las soluciones paramilitares o no oficiales, al despliegue de fuerzas del ejérci­
to o la policía para hacerle frente a los ataques de la guerrilla. Mientras tanto, los
conservadores moderados se distanciaron de su partido y de los extremistas del
mismo y se limitaron a presionar al gobierno inútilmente para que evitara promover

243
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

el conflicto partidista o, en algunos casos, optaron por aliarse subrepticiamente con


miembros de la oposición contra los funcionarios del gobierno departamental.

El conflicto denominado estrictamente partidista simplemente no logra captar


las complejidades de la lucha local, ni puede dar razón de la posible existencia de
relaciones de vieja data entre los miembros de ambos partidos. En efecto, el tono de
estupefacción utilizado por el gobernador de Antioquia en su informe sobre la
composición de las bandas armadas que operaban en el occidente antioqueño, al
ministro de relaciones exteriores en Bogotá, puso en evidencia una tendencia oficial
a reducir la violencia a una serie de oposiciones binarias, y este fue uno de los
principales obstáculos para diseñar una política de oidcn público eficaz en el occiden­
te antioqueño. En respuesta a la teoría del presidente, de que la violencia en El tiraba
y el occidente antioqueño estaba siendo organizada y dirigida por miembros del
Directorio Liberal de Antioquia y que los guerrilleros eran gaitanistas, el gobernador
de Antioquia se vio obligado a reconocer que no era posible derivar una conclusión
tan precisa sobre los participantes en la agitación y disturbios de la región.74 En
lugar de ello, el gobernador admitió apesadumbrado que había recibido numerosos
informes de que la violencia obedecía cada vez más a motivaciones económicas y no
a factores puramente partidistas, y de que muchos conservadores participaban en
ella, actuando en sus propias bandas armadas o en grupos que incluían tanto liberales
como conservadores.75

La dificultad para identificar con exactitud a quienes estaban alzados en armas


y por qué, fue un punto al que se refirieron una y otra vez varios de los analistas
comisionados por el gobierno departamental de diagnosticar las fuentes de agitación
en el occidente. Por ejemplo, los detectives empleados por la oficina de seguridad
interna insistieron en que no había fuerzas guerrilleras per se, sino más bien que ser
trabajador de carreteras y ser guerrillero era lo mismo (tal como lo sospechaban los
analistas militares de la zona del Bajo Cauca).76 Así se fusionaron la actividad gue­
rrillera en nombre de un partido y la militancia sindical. Esta opinión fue secundada
por un informe de orden público del ejercito, de febrero de 1951, en el cual se acusa
a los trabajadores de carreteras de proporcionarles a los guerrilleros información,

244
Capítulo III.r‘1 El •»«■►««. amukii»

alimentos y transporte clandestino de armas a través del Urabá. Separar los intereses
sindicalistas de los partidistas fue difícil porque las autoridades conservadoras se
empeñaron en fusionar a los trabajadores, los comunistas y los liberales, y porque
los empleados estatales eran, necesariamente, el producto de un sistema político
dientelista y, por lo tanto, tendían a pertenecer al partido que estuviera en el poder
en el momento de su contratación. Por ejemplo, para evitar que colaborasen o trai­
cionasen a sus compañeros de trabajo ante el ejército, los nuevos trabajadores de
carreteras, enviados a reemplazar a aquellos sospechosos de colaborar con la guerrilla,
eran asesinados por trabajadores antiguos (contratados durante un período anterior
de mandato liberal).77 Claramente, los trabajadores de la Carretera al mar usaron
amenazas como aquellas dirigidas contra los trabajadores conservadores enviados
a reemplazar compañeros liberales, para curarse en salud, no sólo de ser despedidos
sino de la discriminación y el acoso partidista.

El Inspector Nacional de Bosques también sugirió que el conflicto partidista


disfrazaba, aunque muy tenuemente, las luchas entre los intereses económicos enfren­
tados en la región. Informó que había viajado a Chigorodó con el fin de inspeccionar
las concesiones madereras a nombre de varios liberales antioqueños prominentes,
propietarios de un importante aserrío en la zona. Durante su investigación, descubrió
que era “opinión unánime de los vecinos... en el sentido de que la empresa ha fomen­
tado, apoyado y sostenido el estado de inseguridad reinante allí, con fines de obtener
un monopolio económico de los productos forestales que abundan en la región".7'’ En
efecto, el gobernador ya había recibido informes previos que vinculaban el aserrío de
Surambay con el contrabando de armas a través del Urabá.79 Sin embargo, es difícil
establecer a ciencia cierna si las acusaciones del inspector fueron motivadas por el deseo
de beneficiar a un grupo igualmente prominente y bien conectado de ex-funcionarios
conservadores, quienes también habían constituido un consorcio para explotar una
concesión maderera en el Urabá, o si lo motivaron las genuinas protestas de los lugareños
contra la privatización.80 Privatizar la extracción de lo que durante mucho tiempo
había sido considerado terrenos baldíos fue claramente una cuestión de considerable
conflicto y preocupación entre los habitantes, y lo había sido por varias décadas.81

245
A Sanure y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia. 1946-1953

En cualquier caso, en las luchas armadas que tuvieron lugar en el Urabá estaba en
juego mucho más que la pregunta de cuál partido controlaría los destinos de Colom­
bia. Varios informes que vincularon la violencia con el surgimiento de un importante
e informal mercado de madera y ganado robados n el cual, según se decía, par-
ticipaban miembros de ambos partido: reforzaron aún más la impresión de que,
en algunos casos, la denominada violencia partidista enmascaraba conflictos más
apropiadamente definidos como económicos y personales?2

Todos los analistas enviados a informar sobre el occidente antioqueño y el Urabá


estuvieron de acuerdo en que la existencia de redes económicas ilícitas —en las niales
se confabulaban y beneficiaban miembros de ambos partidos— dependía de un estado
continuo de desorden público. Los analistas también creían que la colaboración de los
pobladores con La guerrilla y el rechazo de algunos conservadores a participar en la
opresión generalizada de la oposición debilitaron la capacidad del gobierno de im­
poner el orden en la zona. Pero se creía que el principal factor determinante de los
continuos disturbios en el occidente antioqueño tenía otra causa. Los informantes
del gobierno concluyeron que el principal impedimento para derrotar a los insur­
gentes armados era la falta de consenso relativo a la legitimidad de usar la fuerza
para imponer la hegemonía partidista. Dicha falta de consenso creó un problema
inmanejable: la persistente negativa de miembros del partido de gobierno y las fuerzas
armadas a cooperar entre sí o a tomar parte en lo que se percibía como violencia
motivada por el sectarismo.

A finales de enero, el alcalde civil de Turbo se quejó de que los soldados estacio­
nados para defender el pueblo se habían rehusado a colaborar con las autoridades
civiles conservadoras o con la policía para buscar y combatir a los “bandoleros”.83
Dos semanas después, el gobernador desplegó a 29 agentes de la Policía Nacional
para reforzar las fuerzas de Turbo, pero el coronel Luis Abadía (recién nombrado
comandante de la IV Brigada de Medellín) le notificó que la policía se había negado
a ser comandada por el ejército (a pesar de las órdenes del gobernador). En efecto, la
policía había declarado públicamente que no cooperaría con el ejército bajo ninguna
circunstancia. El mayor González, cabeza de la Policía Nacional en Antioquia,

246
Capítulo III.r* »t* oc>™«„

tuvo que viajar en un avión militar para imponer el control sobre sus hombres.M
El conflicto entre soldados y policías se resolvió temporalmente asignándoles
distintas jurisdicciones. A la policía se le encargó la defensa de Turbo y la región
deVijagual, y al ejercito se encomendó el resto de la región.85

Las tensiones étnicas y partidistas entre las distintas ramas y divisiones de las
fuerzas armadas, como las sugeridas por el mayor González, contribuyeron a la
ausencia de un frente oficial unido contra la insurgcncia armada. En enero, el mayor
le informó al gobernador sobre la necesidad de relevar a las tropas provenientes del
Cauca y el Huila estacionadas en la zona, porque "afectan de manera adversa el
comportamiento de las tropas antioqueñas y son totalmente indisciplinadas".86
Uno de los herederos de una familia de conservadores industriales de Mcdcllín,
propietario de una gran hacienda en Chigorodó, secundó la observación del mayor.
El terrateniente conservador le advirtió al gobernador que mientras la responsabilidad
de mantener el orden público en el Urabá estuviera en manos de policías
“cundiboyaccnses” (es decir, de origen indígena) habría pocas esperanzas de ganar la
confianza de los civiles o de erradicar a los guerrilleros.87 Además, en una carta
confidencial dirigida a Laureano Gómez a comienzos de 1951, el gobernador Hcnao
atribuyó las reiteradas derrotas de las fuerzas del gobierno, propinadas por la
guerrilla en el occidente antioqueño, al “lamentable material humano de muchos de
los guardianes del orden” e infirió que esto era, en parte, resultado de su identidad
étnica y regional (es decir, no eran antioqueños y eran descendientes de indígenas).88
En contraste, los conservadores locales culparon al "ejército costeño liberal”
que patrullaba la Carretera al mar, del aumento de asesinatos, robos y extorsiones de
la guerrilla, y los acusó de apoyar abiertamente a los insurgentes al venderles sal y
3TIT13S» ü9

En la mayoría de los casos, las disputas sobre la relación entre la identidad


étnica y la capacidad de mantener el orden público no eran más que una expresión
de la xenofobia antioqueña y una excusa de lo que, en realidad, eran conflictos
relativos a la jurisdicción y las prerrogativas. Las autoridades regionales resentían la
intrusión de las fuerzas provenientes de fuera de Antioquia en los asuntos de orden

247
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

público, por no poder subordinarlas fácilmente a la ideología o al sistema de valores


regionales predominantes. Peno, paradójicamente, así como las autoridades regionales
consideraban a tales fuerzas como una amenaza a su poder, las localidades también
resentían la intrusión de las fuerzas departamentales, las cuales eran percibidas como
foráneas o como fuerzas que no se podían subordinar fácilmente a las maquina­
ciones locales. A finales de enero, el pueblo conservador de Anzá reportó que 200
guerrilleros habían atacado uno de los corregimientos del municipio, el cual estaba
protegido solamente por seis agentes de la policía departamental, un solo policía
municipal, el inspector de policía y tres agentes de aduanas. El pueblo había quedado
indefenso porque el racismo no había permitido el despliegue de soldados costeños
a La zona.90 Además, los agentes de la Policía Nacional, boyaccnses y cundinamarqucscs
estacionados en Dabeiba, se habían convertido en blanco de los guerrilleros que
operaban en la Carretera al mar, quienes sabían que los soldados negros costeños
(de Bolívar) estacionados en las guarniciones de Chigorodó y Mutatá no harían
ningún esfuerzo por ayudar o rescatar a los policías cundiboyacenses.91

Tras los hcdios ocurridos a comienzos de 1951, y después de considerar los disan­
tos informes que analizaban las fuentes de la continua y creciente violencia en el LJrabáy
el occidente antioqueño, el gobernador Henao Mejía tomó varias medidas para reafirmar
la autoridad departamental sobre una zona que, tanto él como el gobierno central te­
mían, estaba escapando rápidamente de su control.92 Primero, el gobernador organizó
una reunión entre el coronel Abadía de la IV Brigada, el mayor González de La oficina
departamental de seguridad, el jefe de la oficina regional del departamento nacional de
carreteras, el secretario de Obras Públicas de Antioquia y Gregorio Mejía, el contratista
liberal encaigado de contratar a los trabajadores de la Carretera al mar. Estos hombres
acordaron estacionar a 100 hombres del batallón de ingenieros en La carretera, donde
“los bandoleros... amedrentan los trabajadores de la vía y particulares, interrumpen el
transito, roban a los colonos y mantienen un ambiente de terror”.93 El gobierno depar­
tamental también decidió reoiganizar, una vez más, el despliegue de tropas en La región.
Cañasgordas, Peque, Ituango, Dabeiba y Frontino (municipios del occidente) quedaron
bajo el control de La policía, y Mutatá, Caucheras, Chigorodó y Riogrande (municipios
del Urabá) fueron asignados al ejército.

248
Capítulo III.” '•••*»». o.

Las autoridades regionales justificaran su decisión de asignar policías y soldados


a diferentes zonas geográficas argumentando que los policías habían sido destinados
a zonas donde había un mayor número de habitantes y donde los incidentes de
dolencia estaban más relacionados con “asuntos policiales”, mientras que el ejército
patrullaría zonas que involucraban asuntos "técnicos” (como la construcción de la
carretera).94 Sin embargo, las verdaderas razones para asignar la policía y el ejército
a diferentes zonas de orden público, así como a cuáles específicamente, respondió a
otras preocupaciones. Tanto al gobierno central como a las autoridades departamentales
antioqueñas les preocupaba que los disturbios de los trabajadores impidieran la culmi­
nación de la carretera. En efecto, en febrero, el gobernador había confesado su temor a
una “revuelta masiva de los trabajadores’’.95 En últimas, lo que determinó la asigna­
ción del ejército a esta zona fue el temor de enemistarse con los trabajadores (liberales
en su mayoría) y a poner en peligro el control y acceso de Antioquia a importantes
recursos naturales y al comercio. En este sentido, los trabajadores de las carreteras del
Urabá aprovecharon de manera efectiva su fama de militantes —quienes no se deten­
drían ante nada para impedir los despidos y el acoso— con el fin de influir en el
gobierno departamental, tal y como habían podido hacerlo los mineros en los pueblos
del oriente como Segovia. En contraste con las consideraciones que incidieron en la
manera como el gobernador trató los asuntos de orden público en las zonas del
oriente antioqueño dominadas por los trabajadores, en el occidente, a las autorida­
des departamentales inicialmente les preocupó más enemistarse con los seguidores
conservadores que desconfiaban del ejército pero apoyaban a la policía. A principios
de 1951, el gobierno departamental estaba convencido de que, a diferencia del Urabá,
los pueblos del occidente antioqueño también eran zonas donde la fuerza que provo­
caba la violencia se ceñía más estrechamente a asuntos partidistas y no era motivada
por razones económicas, ni atizada por diferencias culturales y no involucraba a los
trabajadores sindicalizados.

Los cambios de políticas del gobierno departamental empeoraron imcialmente


la situación de orden público en el Urabá. El primer fin de semana después de ser
estacionadas las tropas del ejercito a lo largo de la Carretera al mar ntrc Mutatá
y Dabeiba— tuvo lugar una serie de ataques guerrilleros que provocaron que el

249
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

gobernador le informara al alarmado presidente: “Me temo que la rebelión se haya


extendido peligrosamente”.96 En efecto, en los últimos días de febrero, la actividad
guerrillera aumentó de manera tan dramática en toda la zona, que el visitador adminis­
trativo recomendó, como única manera de detener el avance guerrillero, bombardear a
Río Sucio y los campos guerrilleros ubicados en Mutatacito y Chadó.97 Para el 16
de marzo, el gobernador admitió que las fuerzas del gobierno habían sido incapaces
de derrotar a los hombres armados en Turbo, Río Grande, Micuró, Vijagual, San
Juan de Urabá y Necodí. El gobernador se limitó a ordenar el traslado de unos
cuantos soldados a la zona con el fin de “mantener guarniciones en esos lugares [y]
hacer las batidas necesarias para la defensa de los ciudadanos... hasta que la Gober­
nación esté en condiciones de poder guarnecer esas regiones”.98 Pero el Estado
departamental nunca logró aumentar su capacidad de proteger dichas zonas, cuya
continua debilidad simplemente generó más agresión guerrillera. El 20 de marzo, la
guerrilla aprovechó que las tropas del ejército desplegadas en El Carmelo habían
abandonado el asentamiento 20 días antes. Los guerrilleros atacaron el despacho del
inspector de policía, mataron a 50 conservadores y obligaron a los aterrorizados
sobrevivientes a abandonar el pueblo.99 Cinco días después, un grupo de 50 guerri­
lleros atacó en las cercanías de Turbo. Mientras tanto, los conservadores locales se
quejaron de que los soldados apostados para defender el pueblo estaban borrachos
y les habían gritado vivas al Partido Liberal e insultos vulgares al alcalde y a los
demás conservadores.100

Para finales de marzo, el gobierno había perdido la batalla contra las fuerzas
guerrilleras en el Urabá. El recaudador de impuestos del Chocó informó que los gue­
rrilleros controlaban Titumate y Tanda y se disponían a arrasar los caseríos en el
distrito de Acandí, una zona a través de la cual fluía gran parte del contrabando entre
Antioquia y Panamá.101 Mientras tanto, el oficial militar a cargo de vigilar el orden
público en la zona entre Chigorodó y Cañasgordas informó que, a pesar de la presencia
de guarniciones militares en Mutatá y Chigorodó y de la asignación permanente de
soldados en las plantaciones en Caucheras, existían tres campamentos guerrilleros
activos entre Caucheras y Chigorodó.102 Según el oficial, la incapacidad del ejercito

250
Capítulo lll.Fl l,iu*ti<>r.iH«n

de destruirlos se debía en parte a la negativa general de la población a cooperar con el


ejercito y a su filiación política como liberales. Pero también mencionó la percepción
—bastante generalizada entre los hacendados de la zona que no apoyaban a los guerri-
llcro! de que si delataban a los guerrilleros, el ejército sería incapaz de defenderlos.
Esto también incidió en la incapacidad del gobierno de contener los disturbios de
manera efectiva. El 27 de marzo de 1951, agobiado por la aparente imposibilidad
de contener la insurrección armada en el Urabá y bajo considerable presión tanto de
los terratenientes liberales como de los conservadores de la zona, el gobernador
Hcnao Mcjía informó a sus superiores en Bogotá que había hecho todo lo que
razonablemente se podía esperar de él, y que la única solución a la violencia en el
Urabá era cederle al ejército el control de la zona.103

El foco de la violencia se dirige al occidente

Una vez que el gobernador optara por declarar la zona del Urabá bajo el control
absoluto del ejército, el escenario principal de la confrontación armada se desplazó
del Urabá al occidente antioqueño, especialmente a los pueblos de Peque, Frontino,
Cañasgoidas y Dabciba. Los ataques guerrilleros en el occidente antioqueño después
de marzo de 1951, a diferencia de los reportados en el Urabá, en 1950 y a principios
de 1951, evitaron convertir en blanco de sus ataques las oficinas del gobierno y el
personal de orden público y, en lugar de ello, se concentraron en atacar la propiedad
privada y a la población civil. De manera irónica —dado que el gobernador suponía
que la violencia en el occidente era más partidista que económica— el abigeato, la
extorsión de los hacendados y administradores, la venta forzada de tierras y el robo
se convirtieron en expresiones de violencia cada vez más comunes. Por ejemplo, a
finales de marzo, 400 cabezas de ganado y 130 muías y caballos de la hacienda
“Argelia” de Mora Hermanos y Cia., en Urama, fueron robados y llevados a
Camparusia, donde Arturo Rodríguez, líder de la guerrilla liberal, tenía su cuartel
general. El administrador de la hacienda logró identificar a los ladrones por su
nombre e insistió en que todo el mundo los conocía en la región.104 Poco menos de
un mes después, los guerrilleros liderados por Aparicio Escobar, oriundo de Frontino,

251
A Sangre y Fuego: La violencia en Ai^tioquia, Colombia, 1946-1953

se robaron otras 95 cabezas de ganado y, en junio, otra hacienda local y gran parte
de su ganado fueron quemados por unos diez guerrilleros. Las pérdidas ascendieron
a 50 mil pesos.11'5

En efecto, en Frontino, los ganaderos de ambos partidos se quejaban cada vez más
de los robos y del movimiento de ganado robado hacia Murrí y los pueblos cercanos.105
En agosto, ya era evidente que los circuitos establecidos para la distribuir y vender el
ganado y las propiedades robadas excedían la mera necesidad de supervivencia. Los
hermanos Mora, quienes en marzo habían padecido el robo de varios cientos de
cabezas de ganado, reportaron una vez más ataques contra sus propiedades, esta
vez en Argelia y El Palermo.107 Nuevamente, el administrador conocía a los ladrones c
insistió en que también se conocía la identidad de quienes compraban el ganado robado
Los ladrones de ganado se concentraban en Peque, Juntas de Uramita (Cañasgordas),
Antesalas (Ituango) y a lo largo de todo el río Sinú en el departamento de Bolívar, en
la frontera con Ituango, mientras que el ganado robado en el corregimiento de Tabacal
(Buriticá) era conducido a través de Cañasgordas y Uramita.108

En septiembre de 1951, la Caja de Crédito Agrario, Industrial y Minero anun­


ció que más de siete mil cabezas de ganado habían sido robadas en el occidente
antioqueño a lo largo de un período de varios meses. La institución advertía que, si
esta situación continuaba, en siete u ocho meses el abigeato "destruiría absoluta-
mente la economía de esta importante región”, 109 Para contrarrestar las enormes
pérdidas de las reservas de la Caja —caus,adas por préstamos perdidos—, la agencia
de crédito optó por restringir los préstamos en las zonas afectadas por la violencia,
especialmente los destinados a la compra de ganado. La institución prestataria también
solicitó la aprobación de su oficina principal en Bogotá para negar todas las soli­
citudes de crédito mientras la situación de orden público en el occidente siguiera
siendo tan grave. La Caja argumentó que no tenía sentido extender más crédito para
comprar ganado, mientras el descaro de los guerrilleras aumentaba ante la incapacidad
del gobierno departamental de proteger la región, hasta el punto de que atacaban
haciendas situadas tan sólo a seis o siete kilómetros de distancia de los cascos urbanos
de ¡a zona.110

252
Capítulo III?* L’"‘' ,h

El impacto de la violencia sobre la propiedad c intereses económicos de los


habitantes del occidente antioqueño, así como el aumento de las víctimas civiles
causadas por los ataques guerrilleros y la incapacidad del gobierno de impedir la
dolencia con eficacia, provocaron el llamado cada vez más apremiante de los conser­
vadores locales para que el gobierno les diera armas. El alcalde y otros descontentos
conservadores de Ituango ya habían ofrecido organizar un grupo de contrachusma
conservadora para combatir al grupo de 600 bandoleros que almacenaban todo lo
que podían robarse en la zona. El alcalde insistía en que el único medio eficaz de
erradicar los guerrilleros de allí era una fuerza voluntaria de pobladores, porque los
policías que habían sido enviados a defender el pueblo, primordialmente conservador,
eran unos "inútiles”.1,1 Cuatro meses antes, los conservadores del vecino municipio
de Dabeiba, en la frontera occidental de Ituango, habían amenazado con crear una
contradausma, en retaliación al ataque guerrillero en que habían asesinado a su párroco.
No podía haber daño alguno en armar a los civiles conservadores, insistían los conser­
vadores de Dabeiba, pues "por más armados que estemos... lo estamos para defender
el orden”.112
Tal como en el caso de las fuerzas de contrachusma que operaron en otras
partes de Antioquia como el Magdalena Medio y el Bajo Cauca, las contrachusmas
del occidente antioqueño generaron una considerable preocupación y crítica de miem­
bros del propio partido de gobierno. Unos meses después de que Dabeiba le brindara
su apoyo a la contrachusma local, el obispo de Santa Fe de Antioquia, Luis Andrade
Valderrama, se sintió suficientemente alarmado —a raíz de los hechos ocurridos en
Dabeiba y su vecino Cañasgordas— como para enviar a un sacerdote de la zona a
hablar con el gobernador en una audiencia privada; en la reunión, el emisario transmitió
“varias cosas muy graves... sobre la situación de orden público en aquella región”.113
El párroco de Giraldo, quien declaró públicamente que la única violencia de su
pueblo era La creada por La fuerza policial que vivía en permanente estado de embriaguez,
también tuvo la misión de reunirse con el gobernador. El sacerdote acusó a los
policías de ser "esa clase de malhechores que tanto deshonran el prestigio del go­
bierno, y que realmente no son sino comunistas disfrazados con el fin de minar el

253
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

honor del gobierno”.1 N Las acusaciones del sacerdote provocaron que el obispo
Andradc le insistiera al gobernador para que detuviera a quienes promovían la vio­
lencia "vengan de donde vinieran”, postura que le ganó elogios por parte del líder
liberal Alberto Jaramillo Sánchez.115 En una cena en el Hotel Nutibara en Mcdcllín,
en julio de 1951, Jaramillo Sánchez declaró que el obispo Andradc era “el único
prelado en Colombia que había dejado oír su voz para pedir paz y tranquilidad" y
que se había expresado en contra de las “guardias civiles” (es decir, la contrachusma)
creada por Dionisio Arango Fcrrer en 1948 y los “aplanchadores” financiados por
Eduardo Bcrrío González poco tiempo después.116 De hecho, unos meses antes,
tanto Jaramillo Sánchez como el capitán Agustín Salcedo, agregado militar de la IV
Brigada, habían desatado la alarma por las actividades de la contrachusma en el
occidente antioqueño y solicitado el desarme total y la disolución de "las policías
cívicas" en la zona que atravesaba Carretera al mar. Ambos insistieron en que, si se
asignaban soldados para controlar el orden público en las áreas afectadas por la
violencia, ellos personalmente garantizarían el “respeto y acatamiento [de los traba­
jadores] al ejército, y el regreso a sus labores, en consideración a que tenemos plena
confianza en que los oficiales y soldados garantizarían la seguridad y tranquilidad de
los asociados”.117 Para los extremistas conservadores, este tipo de pronunciamiento
sólo servía para confirmar sus sospechas de vieja data de que el ejercito y el Partido
Liberal trabajaban en confabulación.

A pesar de las protestas de ciertos miembros de las fuerzas armadas, del obispo
de Santa Fe de Antioquia y de numerosos párrocos y líderes liberales como Alberto
Jaramillo Sánchez, para mayo de 1951, en lugar de disminuir, aumentaron los pue­
blos que optaron por crear fuerzas de contrachusma en el occidente antioqueño.
Atrapado entre Dabeiba, Cañasgordas e Ituango y temeroso de un inevitable ataque
conducido por el jefe guerrillero Aníbal Pineda y 300 hombres provenientes del
Llano de Urarco, Peque se ofreció organizar a ciudadanos voluntarios para defender
el pueblo, a cambio de armas del gobierno departamental. Pero los pocos policías
disponibles en la zona, indicaron los conservadores voluntarios, entre todos no tenían
más de 20 balas. Es más, la fe en las fuerzas del gobierno se había ido a pique, al punto

254
Capitulo III.’' ' •> ....... .

que el párroco, desde el púlpito en la misa del domingo, exhortó a sus parroquianos
a abandonar el pueblo y el mismo huyó dos días después con varias familias.11'1
Mientras tanto, muchos propietarios conservadores huyeron hacia el sur del fortín
de Pineda en los Llanos de Urarco y buscaron refugio en Anzá, y los conservadores
de Peque buscaron refugio en Sabanalarga, al otro lado del río Cauca.119 En parte
como respuesta a la oleada de refugiados en busca de asilo y a la presencia de guerri­
lleros comandados por el capitán Vidal Torres y Pablo Emilio López, acuartelados a
14 kilómetros del corregimiento de Barbacoas, el sacerdote de Sabanalarga le insistió
al gobierno regional que le permitiera armar a los voluntarios del pueblo y pagarles
"un jornal de acompañante de policía" para "recuperar Lis tierras" y perseguir a los
guerrilleros.120 Para el 5 de junio, parece que el gobernador había atendido la petición
del párroco, pues este último informó que un grupo de policía civil armada había
logrado matar al líder guerrillero liberal VidalTorres.121

En junio, el gobierno departamental y la IV Brigada de Mcdcllín se reorganizaron


y aumentaron la distribución de soldados en todo el Urabá, a lo largo de la frontera
con el Chocó y en el occidente antioqueño, con el fin de reflejar la intensificación de
la actividad de la guerrilla y la contrachusma en la zona. El número de soldados
presentes en la región aumentó dramáticamente de los 92 que patrullaban la zona
entre Turbo y Frontino a 380.122 Dos semanas después, en un mensaje de las fuerzas
armadas se declaró al Urabá la tercera zona más violenta de Colombia (después de
los Llanos y el Tolima) y se anotó que, para las autoridades centrales, el occidente
antioqueño se estaba convirtiendo rápidamente en una preocupación de orden público
comparable al Urabá.122

Varios incidentes de disturbios públicos alimentaron la creciente preocupación


de las fuerzas armadas en el occidente antioqueño. Los guerrilleros atacaron a Peque,
profanaron La iglesia, colgaron niños vivos de ganchos para carne y desollaron viva a
una mujer. De los 35 policías enviados en busca de los guerrilleros, cuatro se escaparon
y dos resultaron heridos, mientras que los guerrilleros no tuvieron ninguna baja.124
Mediante la interceptación de las líneas telefónicas, realizada por el Jefe del Depar­
tamento de Seguridad, se grabó la reacción de los oficiales del ejército acuartelados

255
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

en Dabeiba, cuya responsabilidad era reforzar a las tropas de la Policía Nacional que
se defendían del ataque en Peque. La transcripción de su conversación deja pocas
dudas de que consideraban a La policía uno de los principales impedimentos para la
defensa efectiva del orden público en la región. Al oír que cuatro de los policías
enviados tras los guerrilleros se habían escapado y que los demás no habían conti­
nuado su operación, simplemente porque algunos de los suyos estaban heridos, el
mayor Peña Sánchez se quejó a su compañero, el mayor Márquez: "esa policía no
sirve, pues... apenas les hacen un tiro del monte, emprenden la fuga”. Cuando el
mayor Márquez lamentó no tener más hombres para enviar como refuerzos que los
treinta policías nacionales, Peña Sánchez murmuró: "Que vaina, carajo. Lo que voy
a hacer es sacar a 15 soldados de los puestos que tengo y me pongo al frente de la
cosa”, a lo que Márquez sugirió con sorna : "Lo que pasa es que a los puestos que
llegues, quítales la policía para que los jodan, porque eso es lo que han querido eso
piscos".’25 Tal y como el mayor Márquez había previsto, los 30 policías provocaron
otro ataque guerrillero tres días después.’26

Mientras los aterrorizados refugiados huían de Peque a Sabanalarga, el sacerdote


instó una vez más a las autoridades regionales y a los pobladores conservadores, a
armar y organizar unidades de contrachusma para perseguir a los guerrilleros y
vengar a los muertos conservadores.127 Pero el gobierno departamental tomó otras
medidas como respuesta a la oleada de actividad guerrillera que asolaba el Urabá
y el occidente antioqueño. En agosto, el gobierno decidió imponer un sistema de
salvoconductos que limitaba la movilidad dentro de la zona de la Carretera al mar.
Cualquier persona que quisiera entrar o salir de la jurisdicción de la carretera (es
decir, de Turbo a Cañasgordas y a través de Dabeiba y Frontino) sólo podía hacerlo
con un pase emitido por el gobierno. Quien no portara el salvoconducto sería ex­
pulsado de la zona. El nuevo mandato también era aplicable a los trabajadores de las
plantaciones de caucho en Chigorodó y Caucheras.’28 Tal y como lo harían con los
trabajadores de las haciendas en el oriente antioqueño a mediados de 1952, las auto­
ridades departamentales con gran eficacia criminalizaron a los trabajadores del occidente
antioqueño y, al mismo tiempo, los convirtieron en una fuerza laboral cautiva.

256
Capítulo 111? I I ka*t > Et O««ifr«MK

La intensificación de la violencia en el occidente antioqueno también provocó


que el sector privado tomara medidas para mitigar los efectos de los disturbios en las
inversiones locales. En septiembre, la Federación Nacional de Cafeteros formuló un
atuendo con el gobierno para prevenir la posible perdida del principal producto de
exportación de Antioquia. Cualquier productor que temiera que su plantación estu­
viera en peligro por la amenaza de la violencia podía solicitar de manera inmediata
que las tropas del gobierno departamental recogieran la cosecha.129 Existían buenas
razones para sospechar que los incidentes violentos interrumpirían la cosecha, pues
a finales del mes se llevarían a cabo las elecciones parlamentarias, en las que los
únicos candidatos eran los conservadores. Las elecciones generalmente implicaban
la distribución indiscriminada de licor y el uso de la intimidación para obligar a la
oposición a votar. Los pueblos de Frontino, Buriticá, Dabeiba y Juntas de Uramita
(en Cañasgordas) reportaron disturbios electorales que coincidieron con el inicio
de la cosecha cafetera, y todos solicitaron al gobierno tropas que los protegieran
de los ataques. En Uramita, dichas amenazas emanaron de las propias fuerzas del
gobierno, en tanto las contrachusmas aliadas con miembros de la Policía Nacional
sembraban el pánico entre la población trabajadora rural.130

El creciente temor provocado por la policía y sus secuaces de la contrachusma


no alcanzó sólo a los liberales sino también a los conservadores moderados, quienes
trabajaban con liberales (o los empleaban) y no apoyaban la creación de grupos
paramilitares o de vigilancia que usaran el partidismo para satisfacer sus intereses
económicos particulares. Los extremos a los cuales dichos grupos podían llegar, se
hicieron evidentes cuando un grupo de policías y civiles conservadores pusieron en fila
a 11 campesinos liberales —empleados de la prominente familia Martínez Villa— y
los asesinaron por tener puestos de trabajo que podían haber sido ocupados por
campesinos conservadores.131 Este incidente, así como otro ocurrido un mes después,
marcaron una nueva dirección de una violencia orientada a obtener el monopolio
conservador de los puestos y los votos o a reducir las actividades de la guerrilla
liberal, a una violencia en la cual las consideraciones económicas jugaron un papel
determinante. En noviembre de 1951, un grupo de productores de café de

257
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Cañasgordas 1c informó «al gobernador que 80 "policías rurales” de Tabacal, Buriticá,


estaban dedicados a “hacer toda clase de depredaciones tales como asesinatos, hurtos
de ganado mayor, cerdos, café, maíz [y] fríjol”. Las cosas estaban tan mal, se quejaron
los cafeteros, que "hasta... hemos tenido que abandonar la región".132 Los cultiva­
dores informaron que la policía rural se había robado de un almacén veinte mil
pesos en bienes de la cosecha y, luego, lo habían incendiado, se habían robado de las
haciendas locales el equivalente a 40 mil pesos en bienes y asesinado a muchas mujeres
y niños en el corregimiento de El Naranjo. Más aún, 60 policías picaros y sus oficiales
tenían “una tienda, una cantina y una carnicería en donde venden los ganados, el cafe
y el maíz que nos han robado” en Tabacal. Seriamente alarmado por las posibles
repercusiones de tales hechos, la regional de FEDECAFÉ insistió en que el gobierno
departamental condujera una rigurosa investigación para determinar si dichas acu­
saciones eran fundadas o no. La Federación de Cafeteros advirtió que, de ser cierto,
habría que tomar medidas para proteger “una fuerza económica de inigualable signifi­
cación en el país”.

A finales de febrero de 1952, un preocupado párroco de Caicedo y miembros


del Comité Conservador municipal también reportaron que los miembros de la
Policía Nacional estacionados en el pueblo y sus ayudantes civiles voluntarios no
perseguían a los guerrilleros. En lugar de ello, aterrorizaban el campo, “abusando de
las mujeres y robando bestias y dinero a campesinos inocentes”.133 Sin embargo,
varios municipios occidentales continuaban organizando, con gran entusiasmo, más
unidades paramilitares conservadoras. Por ejemplo, los conservadores de Caicedo
estaban divididos, y a pesar de previas quejas del terror causado por la policía y la
contrachusma, su pueblo se contaba entre los que, a comienzos de abril de 1952,
le recordaron al gobernador su promesa de equipar a los voluntarios con armamento
oficial para complementar el insuficiente número de soldados disponibles y poder
así combatir a los guerrilleros.134 El gobernador envió más de 20 rifles (grases)a
las cercanías de Frontino y otros 20 a las de Cañasgordas.135

Debido a que se habilitó a las facciones locales para vengarse de la oposición


con impunidad y para utilizar la amenaza del terror con el fin de obtener verdaderas

258
Capítulo 111.1:1 ‘«•••vrn». • iiimv iui

ventajas materiales, las fuerzas de la contrachusma fueron populares, a pesar de los


evidentes riesgos que implicaba armar a extremistas locales sin ningún entrenamiento.
Pero los lugareños también preferían los grupos armados no oficiales por percibir
que ¡as fuerzas oficiales del gobierno eran ineficientes y corruptas, una percepción
que las políticas y actitudes del gobierno mismo hacían poco por contrarrestar. El
párroco de Ituango, una de las primeras poblaciones en solicitar armas para los
civiles conservadores, por ejemplo, le escribió al gobernador cinco meses después
de creadas las unidades, con el fin denunciar las atrocidades cometidas por la Policía
Nacional asignada para defender el pueblo. Los policías, insistió el sacerdote con
furia, pasan el tiempo "consumiéndole licores al gobierno, matando a gentes inde­
fensas y pacíficas, [y]... aterrando a los vecinos que ven en ella [es decir, la policía]
a un enemigo más terrible que los mismos bandoleros . Mientras los guerrilleros
liberales se apoderaban de las tierras de los moradores, la policía vivía del precario
presupuesto público del pueblo y no hacia nada por detenerlos. Este estado de cosas llevó
al sacerdote a reflexionar en voz altar Uno se pregunta si estos campesinos que se ven
desamparados del gobierno y extorsionados por una policía que no obedece sino a ins­
tintos depravados sí acudirían a defender el mismo gobierno cuando sea necesario”.136

El fracaso de la policía en perseguir activamente a los guerrilleros puede haber


sido resultado de no habérseles pagado a tiempo o lo suficiente, estar mal armados
y saber que no había refuerzos. Pero estas razones no excusan los repetidos informes
de brutalidad policial contra la población civil en las zonas donde la policía había
sido enviada a patrullar. Más aún, las quejas de corrupción entre las fuerzas del
gobierno eran demasiado comunes como para descartarlas como algo excepcional.
A comienzos de mayo, desde Uramita se informó que la Policía Nacional había
confiscado siete caballos, alforjas llenas de bienes y tres cargas de café (aproximada­
mente 375 kilos) por valor de unos 400 pesos y que se había confabulado con un
civil de la localidad que actuaba como su fachada para esconder y dividir el botín. El
incidente salió a la luz cuando uno de los oficiales vendió los artículos en cuestión,
pero estafó a sus subordinados y les robó su parte. Sobrevino una lucha pública
feroz. Quienes denunciaron el comportamiento de la policía sugirieron que este

259
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

tipo de incidentes eran algo corriente.137 Las posibilidades de obtener ganancias


parecen haber sido tales, que atrajeron la atención y participación de los policías del
cercano pueblo de Frontino. Se decía que los policías de Frontino emigraban a
Uramita en busca de “formas alternativas de supervivencia económica” como una
manera de superar la escasez de comida y suministros, así como la falta de salarios,
sufridos en el municipio vecino, al que habían sido asignados.138
Para junio de 1952, la confabulación de los miembros de las fuerzas oficiales
del gobierno con civiles inescrupulosos y de civiles con guerrilleros o contrachusmas
había alcanzado proporciones alarmantes. El ejercito le advirtió al gobernador de
Antioquia que era imperativo proteger a los campesinos cuando transportaban sus
productos al mercado para liberarlos "de la coacción que sobre ellos están ejerciendo
comerciantes inescrupulosos que capitalizan en provecho propio la situación anormal
de la región”.139 Mientras tanto, comerciantes locales esparcían rumores de que estaban
a punto de ocurrir ataques guerrilleros o que la guerrilla estaba cerca, con el fin de
aterrorizara los campesinos para que vendieran sus bienes a precios inferiores al valor del
mercado, obteniendo así enormes ganancias.

Al principio, Las actividades ilícitas llevadas a cabo por la policía y las fuerzas
locales de contrachusma eran comparables a las perpetradas por los guerrilleros
liberales en la región. A comienzos de 1951, los ganaderos detectaron y reportaron
el desarrollo de redes de comerciantes e incluso de ganaderos como ellos, quienes
comerciaban con el ganado y los bienes robados por la guerrilla. Más aun, en la
segunda mitad de 1951, se hizo cada vez más evidente la importancia de estos
mercados informales recién creados y del robo indiscriminado de bienes, sin que
importara la afiliación política. Por ejemplo, en septiembre, miembros del Comité
Conservador de Toledo se quejaron al ministro de guerra de que un centenar de
guerrilleros armados con fusiles y machetes habían robado recientemente 300 cabe­
zas de ganado y 30 bestias de carga de los hacendados y que “los robos se hacen
indistintamente a elementos conservadores y liberales”.140 Los ganaderos tanto li­
berales como conservadores también se quejaron de que ladrones de ganado conocidos
rondaban la zona de Murri y Rioverde, en Frontino.141

260
Capítulo III.’1 f ■ •<"

Lis posibilidades de obtener ganancias, provocadas por el permanente estado


de agitación, afectaron incluso los medios de subsistencia de los líderes guerrilleros,
supuestamente motivados por intereses partidistas. A comienzos de febrero de 1952,
Arturo Rodríguez Osorio, el jefe guerrillero de Dabciba, fue escuchado cuando
respondió con desden a la oferta de 150 pesos hecha por funcionarios del Directorio
Liberal de Medcllín para que creara un nuevo grupo guerrillero en el departamento
de Santander. Rodríguez rechazó la oferta del Directorio, haciendo alarde de que él
podía ganarse fácilmente entre 400 y 500 pesos diarios liderando una banda armada
c independiente.142 En efecto, durante la primera mitad de 1952, abundaron los
reportes de ataques guerrilleros cuyo único objetivo parecía ser el robo de ganado y
otros bienes. Las violaciones, torturas y abusos también acompañaron, cada vez más,
estos robos.14-' Para marzo, eran tan atroces los abusos cometidos en Dabciba por el
líder guerrillero liberal Aníbal Pineda, que provocaron que los asqueados miembros
de su propia banda lo asesinaran.144 Tres meses después, por razones similares, Pa­
tricio Usaga corrió la misma suerte a manos de sus seguidores.145 En abril, la Caja
de Crédito Agrario notó con alarma que los grupos guerrilleros del Urabá habían
avanzado del robo a la ocupación de tierras (Véase el apéndice B.3). Los guerrilleros
se apoderaron de tierras de propiedad privada y las ocuparon contra de los deseos de
sus dueños, en Drama (Dabciba), Urarco (Buriticá), Carepa (Mutatá), Carauta,
Murrí y Platanales (Frontino).146 Mientras tanto, los habitantes de Cañasgordas
reportaron en julio que los guerrilleros con base en Camparusia (Dabciba) habían
sembrado toda la zona circundante de fríjol y maíz, y esperaban una gran cosecha en
agosto. Si no se hacía ningún esfuerzo por ponerle fin a esta situación, advirtieron
los habitantes del pueblo, los guerrilleros podrían comprar armas y comida y per­
manecer activos en la región indefinidamente.147

Para mediados de 1952, además de aumentar los robos, la región del Magdalena,
Urrao, el Urabá y el occidente antioqueño estaban inmersos en una oleada de homici­
dios sin precedente. Las estadísticas de muertes de civiles y guerrilleros mantenidas
por las fuerzas armadas en Anttoquia estimaron que 2.225 individuos perdieron la
vida como resultado de la violencia en 1952, más del doble de muertes reportadas

261
A Sangrú y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

en 1951 (970) o en 1953 (910).148 El occidente antioqueño dio cuenta de un 34%


del total de muertes relacionadas con la violencia que habían sido registradas oficial­
mente en todo el departamento. En efecto, aunque el número de muertes del occidente
antioqueño era increíblemente alto, lo más aterrador era que el pueblo de Dabciba
dio cuenta de más del 10% de las muertes reportadas en Antioquia en 1952 (266).
Esta estadística convirtió a Dabciba en el segundo pueblo más violento de Antioquia
en esc año, después de Puerto Bcrrío, en el oriente antioqueño. Otros pueblos del
occidente, como Cañasgordas, dieron cuenta del 6% del total de muertes en el depar­
tamento y Anzá dio cuenta del 4% el mismo año. Una quinta parte de las muertes
de la Violencia en Antioquia en 1952 tuvo lugar en tan sólo tres municipios del
occidente (Véanse los apéndices A.3 y A.6).

El ejército respondió al aumento de homicidios relacionados con la violencia


intensificando sus tácticas de contrainsuigcncia. Pero la escalada de actividad militar,
sumada a la proliferación de los grupos de contrachusma, aumentó de manera dra­
mática la violencia en toda la región en lugar de reducirla. Los hechos ocurridos en
un solo municipio del occidente ilustran vividamente este proceso. Abriaquí no
había registrado ninguna muerte antes de 1952, pero ese año se convirtió en el lugar
de destino de una gran cantidad de refugiados conservadores de Caicedo y Anzá,
quienes huían de la violencia de la guerrilla liberal.’49 Los refugiados comenzaron
a organizar fuerzas de contrachusma para combatir a los guerrilleros y conducir
correrías en las zonas donde los grupos liberales les habían usurpado sus propiedades.
Cuatro meses después del éxodo masivo hacia Abriaquí, el alcalde del pueblo informó
con angustia: "Algunos conservadores quieren que el suscrito patrocine la matanza
de liberales pacíficos y honrados que jamás han intentado irse contra las autoridades.
Hacen circular la falsa especie de que su señoría ordenará masacrar al liberalismo sin
discriminación y que los alcaldes que no cumplamos dicha orden correremos la
misma suerte”.150 "Si era cierto" que el gobernador había ordenado el asesinato de
liberales, anunció el alcalde, él renunciaría. “Si los alcaldes no podemos dar garantías
por igual a todos los ciudadanos... suplico a su señoría que me reemplace en el
cargo que hace tres años y medio vengo sirviendo con lealtad y sin atropellos a los

262
Capítulo III.*• • •••»'»■

derechos ajenos”.151 Dio la casualidad de que el recién nombrado gobernador,


Dionisio Arango Ferrer, y su secretario habían animado a los alcaldes de todo el
occidente a organizar fuerzas conservadoras voluntarias y a reunirse con las autori­
dades departamentales para la distribución de armas. A finales de 1952, en Abriaquí,
44 individuos se habían convertido en víctimas de la violencia, 29 de las cuales eran
supuestos bandoleros perseguidos y asesinados por las fuerzas paramilitares recién
creadas y compuestas por refugiados de otros pueblos.152

Entre los muchos problemas causados por el estímulo dado a las fuerzas
paramilitares, para que cumplieran con lo que debía ser la responsabilidad exclusiva del
Estado y sus fuerzas armadas legalmcnte constituidas, estaba la falta de supervisión
por parte del gobierno. El gobernador y su secretario, Alfredo Cock, exhortaron a los
alcaldes y miembros de los comités conservadores —encargados de armar a los volun­
tarios civiles— para que controlaran el uso y ubicación de las armas distribuidas a las
contrachusmas.155 Pero en la mayoría de los casos, una vez que las armas salían del
despacho del gobernador, él cesaba de influir en los individuos que las empleaban en
nombre del gobierno. La mayoría de las armas terminó en manos de caciques locales
con influencia económica y política o de funcionarios públicos que no informaron
ni sobre su situación, ni sobre el uso de dichas armas.

La falta de control ejercida por el gobierno sobre sus seguidores locales condujo
a una situación en la cual todo tipo de excesos podía justificarse como el cumpli­
miento de órdenes oficiales. Por ejemplo, el I de octubre, en Toledo, conservadores
voluntarios y miembros de la Policía Nacional estacionados en el pueblo aunaron
esfuerzos para organizar un grupo de 55 hombres armados, quienes debían unirse a
los voluntarios conservadores y policías de pueblos vecinos, supuestamente con el fin
de perseguir a los guerrilleros con base en Bocas de Peque y Orobajo, en Sabanalarga.154
Sin embargo, nueve días después, el alcalde de Toledo informó que en lugar de perse­
guir a los guerrilleros, las fuerzas de la contrachusma y la policía se habían involucrado
en robos de ganado y otros bienes tanto en Toledo como en Sabanalarga.155 Por su
parte, en Uramita, Cañasgondas, varios hacendados conservadores se quejaron de que su
ganado también había sido robado por el mismo grupo.156 El alcalde de Cañasgordas

263
A Sangre Y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

—obligado a comunicarse mediante mensajes cifrados para evitar que los simpatizan­
tes locales de la contrachusma lo descubrieran y lo mataran— le informó al goberna­
dor que las contrachusmas conservadoras estaban involucradas en el robo de ganado
generalizado, "inclusive a los conservadores”, y que necesitaba urgentemente diez policías
departamentales para mantener controlada a la contrachusma.157

Las actividades ilícitas de la contrachusma que operaba en Dabeiba alcanzaron tales


proporciones para diciembre que el alcalde conservador del pueblo recomendó su inme­
diata disolución. Había una “imperiosa necesidad de desterrar de esta [población] a
cinco conservadores, evitando así enviarlos largo tiempo a la cárcel”, insistió el alcalde,
"por estar dedicados al hurto do ganado caballar y maíz, vendiéndolos posteriormente en
el corregimiento de Uramita".158 Debió parecer una ironía bastante dolorosa que las
fuerzas de la contrachusma les vendieran los bienes robados a sus copartidarios, a comer­
ciantes de Uramita, conocidos como los principales proveedores de la guerrilla liberal

La violencia, librada inicialmente en defensa de intereses particulares de partido o


para proteger la vida de miembros del partido de las acciones de la oposición, evolu­
cionó hasta convertirse en un dcspclotc total en el occidente antioqueño. El deber y la
lealtad partidista dieron paso a la búsqueda de acumulación personal entre los miembros
armados de ambos partidos c incluso de las propias fuerzas del gobierno. En efecto, el
reclutamiento de policía y fuerzas de la contrachusma se convirtió —tal como en el
oriente antioqueño— en una vía para que el gobierno canalizara, de manera no ame­
nazante, el resentimiento de los campesinos en las zonas donde la propiedad de la
tierra estaba concentrada en las manos de unos pocos y el único empleo disponible era
el de peón mal pago en las haciendas locales. Al dirigir la violencia contra miembros de
la oposición de un nivel social similar, las autoridades locales desviaron la agresión de
las agudas desigualdades económicas y sociales típicas de una economía que giraba en
torno a la ganadería a gran escala y las grandes plantaciones de caña de azúcar domi­
nadas por hacendados que eran a la vez jefes políticos. La competencia partidista y las
represivas políticas estatales produjeron en el occidente antioqueño el mundo de Hobbes,
en el cual la oportunidad de obtener ganancias surgió gradualmente (mediada en oca­
siones, mas no siempre, por el deseo de venganza o hegemonía partidista) como el
único objetivo viable de la violencia hacia finales de 1952.

264
Capítulo III.1'

El gobierno departamental responde al colapso del “orden"

En enero de 1953, varios miembros de la Policía Nacional estacionados en


Frontino emprendieron la misión de capturar guerrilleros y recuperar el ganado
robado que tenían escondido en las afueras del pueblo. Varios días después, la policía
regresó con 280 animales confiscados en haciendas de las afueras, sin tener en cuenta
la afiliación política del propietario ni su posible relación con la guerrilla. Se le
confiaron al alcalde 40 cabezas de ganado mientras, supuestamente, se localizaba y
contactaba a sus "verdaderos dueños”, y los 240 animales restantes fueron llevados
por la policía a una hacienda en Musinga, Frontino. El dueño de la hacienda era
un destacado miembro del Comité Conservador y con él era "la negociación". El
hacendado le revendió el ganado robado, capturado por la policía, a otros hacendados
conservadores de la zona. Cuando el alcalde protestó, los miembros del Comité Con­
servador intervinieron para que fuera reemplazado.’59

Simultáneamente, la Caja de Crédito Agrario, Industrial y Minero se quejó


de que el estado de desorden en las cercanías de Frontino (causado, según la Caja,
por las actividades cada vez más violentas de la contrachusma) habían hecho “casi
imposible la consecución de trabajadores” en la zona.’60 Alarmado por los informes
de que los conservadores locales estaban enfrascados en una disputa sobre si apoyar
o no a los voluntarios conservadores armados y de que algunos conservadores se
estaban confabulando con los liberales, en franco desafio a los intereses de su partido,
Dionisio Arango Ferrer le solicitó al Directorio Conservador Antioqucño enviar a
un visitador especial a Dabeiba, Cañasgordas y Frontino, para que reportara el estado
del partido en la región y el papel de las fuerzas conservadoras armadas en el fomento
de la violencia local.

El informe del visitador sobre Cañasgordas reveló (quizás sin intención) una so­
ciedad sórdida, corrupta, dividida y violenta, desgarrada por el sectarismo, Las rencillas
familiares, las animosidades locales, las envidias personales, la venganza, la avaricia,
los conflictos entre ricos y pobres, y las luchas por el poder.161 El informe excusó los
homicidios y la brutalidad como "excesos de juventud” y descartó a quienes se
oponían al extremismo partidista, como el párroco, el alcalde o un anciano patricio

265
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

y líder político, tildándolos de corruptos, promiscuos o seniles. El nepotismo y la


confabulación predominantes se trataron como aspectos sin importancia de una
cultura política local, en la cual el gobierno regional y el central no podían confrontar
las complejas maquinaciones de las exclusivas roscas familiares. Los lugareños desa­
fiaron rutinariamente al gobernador o a cualquier funcionario del gobierno que
intentara restringir o condenar sus acciones. Al conservador que se atreviera a sugerir
que los liberales estaban en peligro, se le respondía glacialmente: "Mejor atendidos
no se podían encontrar los señores liberales, para que algunas personas digan hoy
que en Cañasgordas no se puede vivir, y que la persecución es horrible”. Como
prueba de su gentileza con la oposición, los conservadores de la localidad anotaron
que “se ha respetado el busto de Santander después de tantas persecuciones por
parte de los liberales... el busto está intacto”. Mientras tanto, los cuerpos mutilados
de aquellos que se oponían a los contrachusma se pudrían entre nubes de moscas
en las haciendas de los alrededores.

Los atroces actos de violencia eran atribuidos a una improbable "consigna liberal”.
Los liberales, supuestamente, habían acordado “hacerse pasar por conservadores
para cometer fechorías a nombre del Partido Conservador”. Cuando fue imposible
ocultar que algún conservador reconocido estaba comprometido en actos violentos,
.el visitador también encontró alguna explicación. "Emilio Cifúentes (Milo), con­
servador hasta la saciedad, tiene fama de terrible bandido”, reconoció el visitador,
pero, “¿Que ha hecho? Siempre ha salido en comisiones con la policía y con otros
conservadores civiles. Ha atacado en puntos donde seguramente hay un bandolero”.
En efecto, si la violencia era perpetrada por la contrachusma conservadora, se
excusaba como el producto desafortunado de la necesidad económica y no de la
ambición personal. El visitador insistió en que "no se puede asegurar que únicamen­
te robe a gente indefensa, para enriquecimiento personal. Es casado, tiene tres hijos
y es muy pobre". Otro asesino conservador, Samuel Ruiz, fue alabado por ser “de
principios y tiene buena educación”, aun cuando había robado la hacienda liberal en la
que era administrador. Finalmente, “Rapidol”, otro líder de contrachusmas, fue des­
aíro como un dechado de virtudes, quien “prohibía el robo, la violación de mujeres,

266
CAPÍTULO 111." El Itoi»,,,,

etc., a quienes lo acompañaban”. Desgraciadamente, esta parece haber sido la senten­


cia de muerte de Rapidol pues miembros irritados de su propia banda lo asesinaron.
El visitador encontró que ninguno de los hombres que participaban en la
contrachusma de Dabeiba o Cañasgordas era reservista del ejército, a pesar de que
el gobierno departamental había especificado que sólo se podía distribuir armas a
los reservistas. En efecto, en algunos casos, los miembros de las contrachusmas ni
siquiera poseían cédula de ciudadanía y, por lo tanto, no podían ser buscados por
la justicia por ningún crimen cometido mientras actuaran supuestamente en nombre
del gobierno. Los reclutas de la contrachusma eran descritos homogéneamente como
hombres pobres, jóvenes, casados, con muchos hijos y empleados como jornaleros,
varios de ellos en haciendas de liberales locales. Los terratenientes y los dueños de
tiendas, que dominaban la economía local y la toma de decisiones políticas en el
pueblo, se hallaban en contraposición al ejército de jornaleros perpetuamente
subcmplcados. El visitador reportó que algunos terratenientes y comerciantes
apoyaban a la contrachusma, por ver en ellos un vehículo para la expansión de su
propia influencia y la oportunidad de obtener ganancias considerables. Otros se
le oponían con vehemencia, aterrorizados ante la posibilidad de que una banda de
hombres subcmplcados, resentidos, armados y pobres terminara por desafiar sus
derechos de propiedad y su derecho a determinar los destinos de su partido en el
municipio. En efecto, la imagen surgida a partir de la observación del visitador, de
los comités conservadores en Antioquia y las cualidades de los hombres que servían
en ellos, es patética y dcsoladora.

En Dabeiba, el farmaceuta era el presidente del Comité Conservador local, pero


a él se oponía un hacendado que originalmente provenía de Fredonia, al suroeste. El
hacendado ambicionaba “ser el gamonal de Dabeiba, pues tiene plata y es blanco,
según sus propias palabras”. La oposición del hacendado de Fredonia al presidente
del Comité contaba con el apoyo del ex-sccretario del Comité, quien administraba
varias haciendas de propiedad “de liberales únicamente”. El ex-secretano del partido
lúe acusado de comprar y vender bienes y ganado a los liberales, incluso a los sospe­
chosos de ser “bandoleros”. Ambos se opusieron a la creación de la contrachusma y

267
A Sangre Y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

se negaron a hacer una contribución “voluntaria” al comité local del partido para
patrocinar las actividades de la contrachusma. Lo anterior llevó al visitador a con­
cluir que los detractores de la contrachusma no eran más que "tres o cuatro ricos que
ni de Dabeiba son, y no hay manera de decir cuál de todos es más mal conservador". Lis
cuotas para apoyar las actividades del partido que estos hombres se negaron a pagar
se Ies exigían tanto a los empleados públicos como a los copartidarios del pueblo.
Los ricos recibieron cartas solicitando una contribución de 500 pesos junto con una
nota firmada por el presidente del partido, "advirtiendo enérgicamente que les exi­
gían la cuota debido a la apatía que siempre habían mostrado para servirle al partido
en este municipio". Quienes se negaron a contribuir Rieron amenazados de muerte,
mientras los empleados públicos que no pagaron un porcentaje de sus salarios fueron
despedidos y reemplazados por otros que lo hicieran.

Quienes contribuían a las arcas del partido podían exigir certificados en los que
se declaraba que ellos y sus dependientes, trabajadores o amigos, eran "conservadores
a paz y salvo”, un documento requerido para obtener empleo en las haciendas y para
evitar ser asesinado por la contrachusma local. Por ejemplo, si un hacendado se
negaba a pagar su cuota asignada, el comité le avisaba "que entonces no solicitara del
comité recomendaciones, ni favor alguno pues si a éste no le servía nada tendría que
corresponderle”. Es más, el nepotismo estaba bien arraigado en este sistema de
hacer política. A los preferidos y a los parientes de aquellos a paz y salvo se les
pagaba frecuentemente por actuar como intermediarios y mensajeros entre el comité
local y el gobierno departamental.

Como parte de su descripción del funcionamiento de la política en Dabeiba, el


visitador también ofreció una breve sinopsis de su operación en el cercano municipio
de Sabanalarga. Al igual que los empleados públicos de Dabeiba, los de Sabanalarga
también tenían que pagarle al comité local de partido una contribución forzada.
Ello dio lugar a la creación de un sistema de jefes, quienes distribuían los puestos
públicos y anulaban cualquier neutralidad política entre los recomendados. Cuando
era necesario despedir o reemplazar a un funcionario, simplemente se le acusaba
de "ser manzanillo”, de “concubinato” o de "embriaguez”. En Sabanalarga, dos

268
CaPÍTULO III.r‘ Fi 0<m<«n Amiuvi,'»

hermanos "sin educación” ocuparon los puestos de alcalde y juez. El recaudador


de impuestos era hermano del presidente del comité conservador local y primo
del alcalde y del juez. El inspector del corregimiento era tío del recaudador y del
presidente del comité. El personero era de la familia política del inspector, y el
agente de aduanas era primo hermano del personero. Las dos hijas del presidente
de los conservadores eran maestras de escuela que habían obtenido sus cargos tras
acusar falsamente a sus predecesores de traición al partido.

Si los comités locales del partido de Dabciba, Cañasgordas y Sabanalarga


eran madrigueras de intereses privados enfrentados y rivalidades mezquinas, el estado
del Partido Conservador en Frontino —tal vez el municipio más importante y más
grande del occidente antioqueño—, según el enviado del gobernador, era mucho
peor. Para comenzar, el medico de 72 años de edad, que históricamente había sido
presidente del comité local conservador, se negó a colaborar con el nuevo presidente
y con los miembros recién elegidos. Le informó al visitador que "a unos los consi-
deraba casi bandoleros y a otros de reducidos conocimientos’’. El doctor era un
hombre "respetado”, pero a quien se oponía un sector de los conservadores del
pueblo, porque continuamente los reprendía y declaraba públicamente que le gusta­
ría “verlos [a todos] en la prisión, con sanciones más fuertes que las merecidas por
reconocidos bandoleros” [la guerrilla liberal]. El visitador concluyó que tan violenta
evaluación del comportamiento de los miembros de su partido se debía al "estado
de nervios que le impiden ver la realidad política con seriedad y acierto". Según el
visitador, aquellos acusados por el doctor, de ser brutales asesinos, no eran más que
“muchadios fogosos en política, pero limpios y horados, en cuanto al respeto de lo
ajeno y de la vida humana”. Pero a pesar de esta defensa del comportamiento de los
conservadores locales, hasta el visitador concluyó que la mayoría de los hombres que
actualmente servían en el comité conservador eran “incapaces para trabajar en po­
lítica” y que el único miembro útil del comité era un mecánico, aunque el “no es que
posea excelentes capacidades”.

El problema del Partido Conservador en Frontino se reducía a algo relativa­


mente sencillo: los mejores candidatos y los más deseables para ser miembros del

269
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

comité conservador eran, principalmente, terratenientes y comerciantes sospechosos


de estar confabulados con los liberales, de hacer negocios con ellos y de contratarlos.
La poca confiabilidad de dichos conservadores acomodados había creado la opor­
tunidad para que, los individuos que el visitador describió como miembros del
liimpcn —pobres, desempleados o subemplcados y “resentidos”— finalmente
accedieran al mundo de la política. Estas eran las tropas de choque de los movimientos
ideológicos de derecha en todas partes. El lumpen se alió con los arribistas: individuos
con una cierta riqueza o nivel y que esperaban desplazar a quienes históricamente
habían regido las fortunas locales mediante una estrategia de terror c intimidación. El
visitador percibió a la contrachusma, no como funcionarios del comité, sino como
quienes hacían cumplir sus mandatos. La contrachusma constituiría el apoyo popular
necesario para darle al comité actual la fuerza para soportar la oposición de conser­
vadores como el ex-presidente del comité. Depender exclusivamente de terroristas a
sueldo presentó, obviamente, problemas para un comité local; pero, aparentemente,
estos eran obstáculos menos serios que los planteados por la neutralidad o el
bipartidismo de los ricos. Como ejemplo, el visitador mencionó los nombres de tres
hermanos, propietarios de varias haciendas en Santafé de Antioquia, Cañasgordas,
Frontino y Dabeiba, y cuyos primos eran los dueños de El Colombiano, el periódico
conservador de Antioquia. Haciendo uso de su influencia en el comité conservador
de Frontino, los tres habían solicitado y obtenido varias veces, certificados que
daban fe de la afiliación conservadora de los trabajadores de sus haciendas, a pesar
de que la mayoría, en realidad, era liberal. Trabajadores como estos normalmente
portaban dos tipos de identificación —un certificado conservador y una tarjeta de
identidad liberal— que mostraban, dependiendo de quién les pidiera identificarse.

La composición del nuevo comité conservador de Frontino incluyó una buena


cantidad de hacendados, pero a diferencia de los hacendados considerados indignos
por el visitador, los propietarios que formaban parte del comité apoyaron la formación
de contrachusmas. Esto pudo deberse en parre a que, además de "defender" los
intereses del partido, la contrachusma también servía a las ambiciones económicas
ilícitas de los terratenientes.Tres de los hacendados nombrados al comité estaban en
proceso de investigación por comprar ganado robado a miembros de la policía y

270
Capítulo IIU* *■*•* vri <><*!►••»• imifjw*'*

sus cómplices civiles, durante los allanamientos dirigidos supuestamente a liberar


la región de la guerrilla liberal. Los hacendados en cuestión habían unido sus fuerzas
a la policía y la contrachusma para recuperar el ganado y los bienes que antes les
habían robado los guerrilleros. Aparentemente habían logrado con gran éxito su
objetivo, ya que menos de dos años después de sus pérdidas iniciales, todos tenían
nuevas propiedades más cerca al casco urbano y habían comprado cafés y tiendas en el
pueblo. Se sabía que en Frontino, según lo reconoció el visitador, los nuevos miembros
del comité se habían hecho ricos comerciando con ganado y bienes “traídos de partes
afectadas y de partes no afectadas por la violencia... y hasta de fincas de conservadores,
y se reservaban el dinero para ellos... sin estar autorizados por nadie”.

El visitador reconoció que los miembros del partido en la localidad estaban


totalmente divididos y que aquellos que con más ahínco defendían la organización
de grupos civiles conservadores armados eran también quienes más involucrados
estaban en beneficiarse económicamente de la Violencia. Compraban ganado y
bienes robados, los revendían y usaban a la contrachusma como su propio ejército
privado para aterrorizar y eliminar a quienes no estuvieran de acuerdo con ellos o
desafiaran u obstaculizaran sus ambiciones económicas. El visitador no hizo ningún
esfuerzo por ocultar sus descubrimientos, pues admitió libremente que los proveedores
de los guerrilleros liberales eran “conservadores débiles pero negociantes de Dabeiba,
tiramira y Nutibara” y que destacados miembros del comité estaban involucrados en
robos contra miembros de su propio partido. Hasta los policías fueron tratados despec­
tivamente como “boyacenses” que robaban y extorsionaban en aras de "enriquecimiento
personal” y quienes “hace[n] con frecuencia desafíos y humillaciones fastidiosas a los
antioqueños, no sólo de la policía sino de La ciudadanía en general, provocando discusio­
nes nada convenientes”. En últimas, sin embalo, el visitador estuvo dispuesto a pasar por
alto el mal comportamiento de los conservadores como “muchachos fogosos” quienes,
con una riqueza de dudosa procedencia, conformaron la contrachusma, la policía y los
hacendados, porque eran “de filiación reconocida al menos”.

Lo importante, según sugirió el visitador en su informe al gobernador, era una


incuestionable lealtad al partido, sin que importara la naturaleza moral o ética de las

271
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioouia, Colombia, 1946-1953

verdaderas motivaciones de quienes actuaban en su nombre. Por ejemplo, el visitador


no sólo exoneró el comportamiento desobediente de la contrachusma, sino que
recomendó que el fervor partidista expresado como violencia fuera utilizado con
buenos fines por las autoridades departamentales en otras zonas. Concluyó su infor­
me recomendando que los miembros de la contrachusma acusados de asesinato y
robo fueran reclutados como policías y enviados a otros pueblos dominados por
liberales, como Puerto Berrío, “para que cambien de lugares conocidos. Con esta
actuación, se sacarían de Cañasgordas donde están molestando y se reviviría el valor
que tienen bajo la disciplina de la policía en lugares necesitados y determinados".
No es sorprendente que la policía gozara de can poca estima entre la población civil,
si el gobierno y sus representantes consideraban la institución como un canal por medio
del cual la agresión de la clase baja podía utilizarse de manera segura y legítima contra las
poblaciones de las zonas maiginales, según el gobierno, colonizadas por indeseables.

El desencadenamiento de la violencia en el occidente: de 1953 en adelante

Dos meses antes de que el general Rojas Pinilla derrocara el gobierno conser­
vador de Laureano Gómez, en junio de 1953, la situación de orden público en el
Urabá y el occidente antioqueño seguía siendo tan grave como en 1950. El abi­
geato se había convertido en un rasgo permanente de la economía de la zona, a
pesar de los repetidos decretos que pretendían estrangular la exportación de ganado
desde la región y los allanamientos conducidos por la policía y el ejército para
desalojar los campamentos guerrilleros que, según ellos, eran los conductos para
mover los animales robados en la región.162 Más aún, los guerrilleros continuaron
conduciendo ataques certeros contra los civiles, los trabajadores rurales y los funcio­
narios del Estado, a pesar del creciente número de tropas estacionadas en La zona.163
El único cambio tangible en la situación de orden público de la zona era el carácter
cada vez más arraigado de la contrachusma. Las autoridades municipales que llegaron
a lamentar haber armado a civiles recordarían los primeros meses de 1953 como el
momento en que los hombres armados que ellos mismos habían organizado con el fin
de defenderse de las fuerzas de la guerrilla liberal asumieron un momentum propio.

272
Capítulo IIIJ1 ihnmnamichu

En un largo mensaje cifrado enviado por el alcalde de Caicedo al gobernador


en abril, aquel lamentaba que cuando había intentado expulsar a la contrachusma
asignándole una misión en un lugar distante, los miembros del grupo lo habían amena­
zado con regresar y “nuevamente formar una guerrilla con los Montoya”.,w Además, los
líderes locales de un municipio desplegaron cada vez más a la contrachusma para
extender su control sobre los habitantes de otro. Los organizados por el alcalde de
Dabeiba, por ejemplo, fueron enviados a operar en Chigorodó, donde asesinaron a tres
adultos y a seis niños en abril y, luego, atravesaron las montañas y regresaron impune­
mente a su base.165
Mientras tanto, el gobierno y sus fuerzas seguían siendo una presencia práctica­
mente ineficaz y ausente en la región. Los trabajadores y los choferes de Uramita, en
Cañasgordas, sufrían asaltos a lo largo de la carretera principal del municipio a causa
de la falta de puestos militares en San José, San Benito y Aguadas, mientras la desti­
lación ilegal de licores florecía en Chigorodó porque todos los agentes de aduanas
habían sido obligados a abandonar la zona.166 El desorden que inicialmente parecía
ser un horroroso pero temporal producto del conflicto partidista a finales de
1949, para 1953 se había convertido en algo endémico y difícil de describir. Los
conservadores, que inicialmente habían apoyado cualquier esfuerzo gubernamental
de acabar con la oleada de robos y asesinatos perpetrados por la guerrilla liberal,
gradualmente perdieron la fe en la capacidad de las autoridades departamentales
o las fuerzas armadas para derrotar a la guerrilla o mantener el orden público. En
muchos casos, la policía, que según los extremistas locales era la única fuerza cuya
identidad partidista le otorgaba credibilidad, se mostró tan desordenada y rapaz
como la oposición armada. Algunos terratenientes conservadores llegaron incluso
a urgir a las autoridades departamentales a no nombrar miembros de la Policía
Nacional para vigilar los asuntos de orden público porque la fuerza policial “barre
con todo elemento humano que a su paso encuentra”.167 La ciudadanía ofreció en
últimas costear los gastos de la defensa pública —tal como lo habían hecho los
terratenientes en el oriente antioqueño— para garantizar así una mínima protección
de sus vidas e intereses económicos.168 Otros conservadores optaron por armar

273
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

bandas de civiles conservadores que cumplieran con la responsabilidad del gobierno


de proteger la propiedad privada y la vida, mientras otros le retiraron el apoyo al
gobierno y a su partido y se confabularon con miembros de la oposición para defender
sus intereses personales.

Pero la desilusión también se apoderó de aquellos que inicialmentc apoyaron la


creación de grupos de contrachusma, en tanto éstos demostraron, cada vez más,
tener agendas que trascendían su función subordinada como estrictos defensores de
intereses partidistas. Para 1953, las actitudes locales hacia la contrachusma y las
guerrillas liberales eran en cierto sentido idénticas a las del oriente antioqueño. Los
conservadores moderados y los terratenientes o comerciantes locales establecidos
desde tiempo atrás, y que no tenían interés en desplegar hombres armados de su
partido para que atacaran a los trabajadores liberales o las propiedades de la oposición
con la cual compartían intereses comerciales, se opusieron a las contrachusmas, a
menudo poniendo en riesgo su propia vida. Los arribistas, así como los lugareños,
resentidos por la colaboración entre la vieja guardia y la oposición, o resentidos a
causa del control de los asuntos locales ejercido por la oposición, se aferraron a la
contrachusma como un medio para aumentar sus fortunas personales y simultá­
neamente saldar disputas de vieja data.

Los campesinos, colonos y jornaleros pobres y conservadores, que soportaron


lo peor de los ataques guerrilleros, apoyaron o participaron en la contrachusma para
defender sus intereses o su vida, pues parecía que las fuerzas del gobierno ofrecían
poca protección. Algunos terminaron por lamentar su participación, dado que la
naturaleza indiscriminadamente vengativa de estas fuerzas se hizo cada vez más
evidente. Un fenómeno similar ocurrió entre los liberales pobres que inicialmentc
apoyaron a la guerrilla pero que no encontraron diferencia ninguna entre una or­
ganización criminal y otra, pues ambas les imponían impuestos, los asaltaban y les
robaban de manera indiscriminada. En otras palabras, el desorden produjo tanto
oportunidades sin precedente para algunos como tragedias para otros. Los colonos
y arrendatarios indescados eran expulsados de sus tierras y propiedades.169 Algunos
comerciantes locales empacaron y se marcharon, pero otros aprovecharon el surgí-

274
*

Capitulo I1I.El *■••••' lio.,»»,.

miento de los nuevos mercados informales de bienes robados. Quienes sólo tenían
empleos marginales o los pobres encontraron una fuente alternativa de supervivencia
económica como miembros de ejércitos privados, y las oficinas públicas y los comités
de partido fueron reorganizados para reflejar las fortunas y niveles sociales recién
adquiridos.

Desde luego, todo esto ocurrió con un costo considerable. Solamente el occidente
antioqueño dio cuenta del 40% de todas las muertes violentas registradas oficialmente
en el departamento, entre 1949 y mayo de 1953, y del 41% de las muertes registradas
durante los peores seis meses de la Violencia, entre agosto de 1952 y enero de 1953.
En términos reales, estos porcentajes equivalieron a un total de 1.700 muertes en el
occidente antioqueño, de las cuales, aproximadamente dos tercios ocurrieron en
sólo tres municipios: Dabeiba (561), Cañasgordas (368) y Frontino (I70).l7u

Sin embargo, la trayectoria de la violencia varió entre el Urabá y el occidente


antioqueño, tal como lo hizo hasta cierto grado su impacto a largo plazo. La zona del
Urabá, considerada por las fuerzas armadas como la tercera más violenta de Colombia
en 1951, en realidad registró un número de muertes relativamente bajo entre 1949 y
1953. Un 2% (77) del total de víctimas del departamento ocurrió en el Urabá, mientras
que sólo 4 muertes fueron registradas en 1952, el año en que el resto del departa­
mento registró la mayor cifra de muertes a causa de la violencia.171 Lo significativo
es que la mayoría de Las muertes registradas oficialmente en el Urabá tuvieron lugar en
1951 (63), en los meses anteriores a que el gobierno departamental le cediera el
control de la zona al ejército y sacara a la Policía Nacional. Aun cuando el Urabá dio
cuenta de un porcentaje muy bajo del total de muertes causadas por la Violencia en
la región, también dio cuenta de un porcentaje considerable de presos políticos (es
decir, guerrilleros capturados) internos en la cárcel “La Ladera” en Mcdellín (32%)
(150) (Véase el apéndice A.6). En contraste, las cifras de muertes de civiles y guerri­
lleros en el occidente antioqueño eran altas, mientras que el número de guerrilleros
capturados y encarcelados equivalía a sólo el 10% (50) de los presos.172

Li explicación de esta discrepancia puede radicar en la arraigada presencia de la


contradiusma en el occidente y su relativa ausencia en el Urabá. La mayoría de

275
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

presos de "La Ladera”, oriundos del Urabá, habían sido detenidos después de que el
ejercito asumiera el control del Urabá. En contraste, con la excepción de la porción
de la carretera en Dabeiba, controlada por el ejército (que dio cuenta de la mayoría
de los prisioneros del occidente antioqueño [33 de 50]), casi ningún prisionero fue
capturado en esta región después de 1952, cuando la contradiusma se tornó espe­
cialmente activa en la zona. Estos hechos conducen a varias conclusiones. Los grupos
de contradiusma empezaron a operar extensivamente en el occidente antioqueño a
finales de 1951 y comienzos de 1952, y recibieron impulso y armamento adicionales
del gobierno departamental después de julio de 1952. El mayor número de muertes
en la zona se registró entre agosto de 1952 y enero de 1953, cuando estos grupos
Rieron más activos. Por otra parte, el Urabá experimentó muy poca actividad de la
contradiusma (exceptuando los ataques esporádicos conducidos por las contrachusmas
de Dabeiba contra la sección de la Carretera al mar que unía a Dabeiba con Mutatá)y
registró muy pocas muertes después de 1951. Esto parecería sugerir que la violencia
fue directamente proporcional a la presencia de fuerzas irregulares, especialmente de la
contradiusma. Por ejemplo, cuando el gobierno le cedió el control del Urabá al ejercito
(soldados provenientes principalmente del departamento de Bolívar) en marzo de
1951, la violencia disminuyó sustancialmente en el Urabá.

En otras palabras, el aumento sin precedente de muertes de civiles parece estar


relacionado directamente con la presencia de fuerzas paramilitares en el occidente
antioqueño, y no con los conflictos entre las fuerzas armadas y la guerrilla o con las
actividades de la guerrilla. En efecto, un resumen de los males del pueblo de Peque,
suministrado por el párroco después del golpe militar, ofrece una visión del in­
transigente y significativo impacto de la violencia paramilitar en la región, incluso
después de que el gobierno militar había llegado al poder. El 27 de junio, el padre
Blandón Berrío le informó a Pioquinto Rcngifo, nuevo gobernador militar de
Antioquia, que aproximadamente once mil personas vivían en Uramita (Cañasgoidas)
y Peque antes de la Violencia. Sin embargo, para mediados de 1953, sólo 3.000
exiliados residían en Peque, mientras varios cientos de ex-residentes habían muerto
y otros 7.000 vivían encuevados “en los montes, rodeados de miseria, desnudez,

276
Capítulo t< o. < l»f MI l*«

hambre y enfermedades”. Estaban demasiado aterrorizados como para regresar al pueblo,


por temor a perder la vida, no a manos de los guerrilleros liberales, sino de los grupos
de contrachusma todavía activos en las inmediaciones (Véase el apéndice B.4).’7-’
No es sorprendente que el sacerdote de Liborina haya aprovcdiado el pulpito
para denunciar a la contrachusma y declarar durante una misa, a finales de mayo de
1953, que “el gobierno de Braulio Henao Mejía había sido un desastre, pero el de
Dionisio Arango Fcrrer era peor”.174 En una larga misiva dirigida al gobernador
Dionisio Arango Fcrrer en junio, el ex-gobernador Fernando Gómez Martínez,
de hecho, afirmó que los principales instigadores de la violencia en el occidente
antioqueño eran los grupos de contrachusma avalados y armados por el gobierno
departamental. Gómez Martínez también acusó a la administración de Arango Fcrrer de
nombrar de nuevo en caigos públicos, a individuos acusados de comportamiento crimi­
nal en lugar de despedirlos y encarcelarlos; de detener de manera ilegal a sospechosos y de
ejecutados arbitrariamente con La ayuda de la Policía Nacional, y de usar la tortura para
obtener confesiones, incluso cuando la evidencia obtenida de dicha manera había sido
declarada ilegal e inadmisible por la Corte Suprema de Justicia de Colombia.

El cx-gobcrnador antioqueño utilizó los excesos de las fuerzas paramilitares


avaladas por el Estado en Cañasgordas para ilustrar sus acusaciones. Después de que
miembros de una división se dispararan unos a otros en una disputa pública por
bienes que habían robado recientemente a moradores inocentes, obligaron a los
"habitantes, especialmente a las mujeres liberales, a [que] guardaran luto, y Las armas de
la república hicieron guardia de honor al féretro durante el traslado al cementerio”.175
Poco tiempo después de este incidente, la contrachusma del pueblo erigió un busto en
honor de Arango Fcrrer, lo que confirmó el grado hasta el cual su existencia había sido
el producto del respaldo del gobernador.

De hedió, las contrachusmas fueron los grandes ganadores en Antioquia. Con­


tinuaron operando mucho después de agosto de 1953, cuando el gobierno exigió
oficialmente la devolución de las armas distribuidas por el anterior gobierno de­
partamental y después de que los grupos guerrilleros liberales habían sido capturados
o se habían sometido voluntariamente a la política de amnistía del gobierno militar.176

277
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Su presencia continua hizo imposible sanar las heridas de los habitantes, exhaustos
a causa de un conflicto que ellos no habían apoyado ni entendido. El párroco de
Caicedo, quien prologaba su crítica a la contrachusma identificándose como un
conservador leal toda una vida, denunció enfáticamente el efecto persistente que
tenían los grupos conservadores armados en la vida local. En julio, poco tiempo
después de que los militares asumieran el poder, ofreció una misa de reconciliación
en el día de la Viigcn del Carmen para reincorporar a los liberales que habían per­
manecido lejos de la Iglesia durante los últimos cuatro años. Sin embargo, sus buenas
intenciones fueron arruinadas cuando “tres tipos de lo más bajo del conscrvatismo
de este pueblo... tres hombres hasta recalzados [liberales convertidos al conscrvatismo]
e implicados en los grandes robos de los famosos Montoya Giraldo de la
contrachusma”, irrumpieron en el patio de la iglesia, arrastraron a varios congregantes
liberales "pacíficos” y los encarcelaron.177 En los demás lugares, los policías y
contrachusmas siguieron trabajando en pro de intereses de grupos e individuos priva­
dos, intimidando a los trabajadores y negándoles sus derechos legales.178 Para agosto,
en Juntas de Uramita y Cestillal, Cañasgordas, circulaban informes de que 100
contrachusmas estaban en las montañas que separaban las dos poblaciones y se estaban
organizando "en todo el occidente antioqueño” para “tumbar al gobierno”.179

Aunque todos los guerrilleros liberales que alguna vez estuvieron activos en el
occidente antioqueño y en el Urabá se rindieron o habían sido eliminados para
octubre de 1953, los homicidios, el robo de ganado y el desplazamiento forzado de
trabajadores, colonos y campesinos aumentaron, en lugar de disminuir.180 En los
pueblos del occidente como Sabanalarga, Cañasgordas, Dabciba, Caicedo, Uramita
y Frontino, ciudadanos de ambos partidos se quejaron al gobierno militar de que
"cuatro o cinco desocupados se han dedicado a sembrar el terror”, obligando a la
gente a huir y luego apoderándose de sus tierras.181 Los individuos que perpetraban
los desórdenes se organizaban públicamente y eran conocidos por todos. En varias
ocasiones, el gobernador y varias entidades del sector privado como la Caja de Cré­
dito Agrario, la regional de la Federación Nacional de Cafeteros y los directorios
Liberal y Conservador recibieron listas con los nombres de los miembros de la
contrachusma, así como de sus patrocinadores en pueblos como Cañasgordas,

278
Capítulo III.' Kl •••'»» A*n«»oir*«»

Uramita, Buriticá y Frontino durante los meses siguientes al golpe de estado.182


Pero los sectores mismos de la sociedad con los que se podría contar para detener el
desorden provocado por intereses privados - —el clero, los líderes políticos, los emi­
nentes hombres de negocios y terratenientes, la policía y los empleados públicos-
fueron precisamente quienes más involucrados estaban en perpetuar la violencia
paramilitar en la región. Por ejemplo, la lista de futuras víctimas en Buriticá era
sometida en forma previa y rutinaria al párroco para que la aprobara."”

La incidencia del abandono forzado de tierras como resultado del terror de la


contrachusma se tornó tan grave en el occidente antioqueño, que la Caja de Crédito
Agrario previno al gobernador de que tendría que negar los créditos a estas regiones
hasta que se erradicara a las dcsestabiíizadoras contrachusmas.184 Más aún, la Auditoría
General del Departamento de Antioquia declaró oficialmente que la mayor parte del
ganado robado en Uramita, Frontino y Chigorodó había sido hurtada con la con­
fabulación y participación de las autoridades y fuerzas del gobierno.185 En efecto,
los miembros del Partido Conservador local, a quienes un año antes el visitador
del Directorio Conservador había encontrado culpables de confabularse con las auto­
ridades para revender el ganado robado y obligar a los arrendatarios y campesinos a
huir, en noviembre de 1953 fueron acusados una vez más de liderar "cuadrillas de
asesinos y ladrones” para atemorizar a los habitantes de Cañasgordas, Dabeiba, Frontino

y Buriticá.186
Es imposible establecer una correlación absoluta entre la violencia paramilitar,
el proceso de la concentración de la propiedad de la tierra, el aumento del valor de
las propiedades y la expansión de la producción comercial de caña de azúcar y
ganado a gran escala en el occidente antioqueño como resultado de la Violencia. Sin
embargo, algunos datos sugieren que la violencia respaldada por poderosos agentes
económicos en ciertos municipios occidentales y partes del Urabá, afectadas por la
dolencia de la contrachusma, tuvo repercusiones a largo plazo en los mercados locales
y los modos de producción. El Catastro departamental (el archivo de avalúo de im­
puestos a la propiedad) contiene el número de propiedades avaluadas en un año dado
y su valor total en cada municipio desde 1941 hasta 1961.187 Dividir el valor total de

279
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

las tierras municipales por el número de propiedades municipales y el resultado por el


número de habitantes registrados en el respectivo censo, nos ofrece una imagen general
de las tendencias de la tenencia de tierras tras el desencadenamiento de la Violencia
(Véanse los apéndices A.7 y A.8).

Mientras que el promedio departamental del número de propiedades per cápita


en Antioquia entre 1941 y 1958 era de 0,13, los pueblos del occidente antioqueño
y el Urabá figuraban entre los quince municipios de Antioquia con el menor número
de propiedades per cápita. La cantidad promedio de propiedades per cápita en
Turbo, Sabanalarga, Santa Fé de Antioquia y Dabciba era la mitad o menos del
promedio departamental. Es más, los pueblos con el mayor aumento del valor de
las propiedades per cápita en Antioquia, entre 1941 y 1958, fueron aquellos dedi­
cados a la producción de ganado, la agricultura comercial (como el procesamiento
de caña de azúcar, cacao, arroz, caucho y coco) y a la extracción de madera. Induían
a Chigorodó y Turbo en el Urabá, y Butírica, Anzá e Ituango en el occidente. El
valor de la tierra en estos municipios sobrepasaba incluso el de los municipios
industriales, líderes tradicionales en valor de la tierra en Antioquia hasta 1941.
Además, para el período de avalúo de impuesto a la propiedad comprendido entre
1958 y 1961, Frontino resultó ser el pueblo con el mayor aumento en el valor
promedio de la propiedad. Este era el municipio donde, precisamente, los hombres
de negocios y terratenientes en vía de ascenso movilizaron más activamente a las
fuerzas de contrachusma con el fin de promover sus intereses económicos y donde
las autoridades departamentales reunieron la evidencia más contundente de la
confabulación de estas fuerzas en la usurpación de tierras y el abigeato.

En efecto, tanto el crecimiento absoluto como el relativo de los valores de la


propiedad en los pueblos del occidente y el Urabá fueron excepcionales entre
1941 y 1958, y nuevamente entre 1958 y 1961. Chigorodó aumentó de un valor
promedio de la propiedad de 419 pesos en 1941 a 5.900 pesos en 1958 y a 20.975
en 1961. Dabeiba sufrió un aumento similar durante el mismo período, de 876
pesos en 1941 a 5.064 en 1958 y a 21.661 en 1961. Frontino, donde el valor
promedio de la propiedad era de 842 pesos en 1941 y 1.687 pesos en 1958, exhibió

280
Capítulo 111.” 1 • r»«wii Awtiour i v>

el cuarto promedio más alto en el departamento para 1961 (25.063 pesos).


Sabanalarga, uno de los principales centros de organización de la contrachusma,
registró el tercer promedio más alto del valor de la propiedad en Antioquia en 1961.
Había aumentado de un promedio de 865 pesos en 1941 a 3.568 pesos en 1958 v
a28.78I pesos en 1961.

Aunque la culminación de la Carretera al mar da cuenta en parte del aumento


del valor de la propiedad en pueblos como Turbo, Chigorodó y Dabeiba, por sí sola
no logra dar cuenta ni de la concentración de la propiedad de la tierra ni del aumento
del valor de la misma en la zona; la carretera no atravesó ni Sabanalarga ni Frontino,
los municipios del occidente con el mayor incremento del valor promedio de la pro­
piedad. Todos los pueblos con los aumentos más dramáticos del valor de la propiedad
tenían en común la presencia u operación de fuerzas paramilitares bien organizadas,
respaldadas y desplegadas para ejercer el abigeato, el robo, la eliminación de trabaja­
dores y la usurpación de tierras por sectores de los económicamente poderosos. .

Conclusiones
El golpe militar que acabó con el mandato conservador no logró llevar la paz al
occidente antioqueño. Esto se debió en parte a que, más allá del antagonismo partidista
que atizó los disturbios iniciales en Antioquia, la época de la Violencia puso al desnudo
las debilidades de la autoridad del Estado c invalidó cualquier posibilidad de que ésta
pudiese legítimamente redamar un monopolio de la fuerza en Colombia. Si bien es
cierto que los guerrilleros del occidente antioqueño tenían acceso a armas, infor­
mación logística y provisiones que, en algunos casos, excedían las disponibles a las
propias fuerzas del gobierno, la causa de la continua violencia en la región no fue
instigada principalmente por las guerrillas liberales. La falta de consenso en el
seno de los gobiernos central y departamental y del Partido Conservador en el
departamento, sumada a la desconfianza entre el gobierno y sus propias fuerzas
armadas fue lo que, desde el principio, condenó al fracaso los esfuerzos del gobierno
por refrenar la agitación y los disturbios en La región. Más aún, cuando el Estado le cedió
la responsabilidad de mantener el orden público a los grupos armados de copartidarios

281
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

constituidos informalmente, perdió legitimidad y credibilidad, no sólo entre la aislada


oposición sino entre muchos de sus seguidores.

Cualquiera que haya sido la naturaleza de las disputas que inicialmente desen­
cadenaron la agitación y los disturbios en el occidente antioqueño y el Urabá —y en
muchos casos dichas disputas fueron partidistas, aunque también estaban ligadas de
manera inextricable a las cuestiones económicas y cultúrale: para el final oficial
de la Violencia, contener a las guerrillas liberales e imponer la hegemonía partidista
no eran los principales objetivos de las fuerzas del orden público. En efecto, es difícil
evitar la impresión de que, para determinados sectores sociales, lo que comenzó
como violencia partidista evolucionó hasta convertirse en oportunidades de ganan­
cia personal sin precedente que, contrario a los objetivos explícitos de grupos como
la contrachusma, para prosperar requerían que la violencia persistiera, no que finali­
zara. En efecto, el Estado y las fuerzas locales no sólo promovieron la violencia sino
que la mantuvieron, incluso mucho después de que la justificación de los disturbios
—a existencia de la insurrección armada organizada y liderada por miembros de la
oposición— hubiera cesado.

282

I
Capítulo IV

Urrao y el Suroeste

AUTORA: ¿A usted por qué no la mataron?

GRACIELA Urrego, COMPAÑERA de un GUERRILLERO: Porque Dios estaba con nosotros y el

diablo con ellos.

En vista de que, en La Mina y La Guamala desde la Guerra de los Mil Días esos vecinos le

han dado bastante que hacer al gobierno y que las mujeres y los niños prestan gran colabora­

ción a los bandoleros, el suscrito, sin consultarlo pero obrando con la mejor intención, orde­

nó la desocupación de esas veredas... Me dio bastante pesar pero creo que donde las familias

de conservadores honorables no pueden vivir, tampoco hay razón ninguna para darles garan­

tías a los enemigos. —Mayor Arturo Velásquez Acosta

La ZONA más ASOCIADA con la Violencia en Antioquia es el suroeste, especial­


mente el municipio de Urrao. Su experiencia ha sido el punto de referencia a partir
del cual tradicionalmente se ha medido la violencia ocurrida en el departamento
entre 1946 y 1953. Sin embargo, en muchos aspectos, la trayectoria y el carácter de
la violencia en el suroeste siguieron una senda muy distinta de la violencia típica en
el oriente antioqueño, el occidente y el Urabá, las otras zonas de Antioquia donde la
violencia fiic grave. La razón por la cual la Violencia y el suroeste se han convertido

283
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

en sinónimos tal vez tiene que ver con el hecho de que la violencia del suroeste
parece concordar casi exactamente con lo que, en retrospectiva, llegó a ser la versión
idealizada de la Violencia. Los conservadores se opusieran a los liberales, los liberales
se alzaron en armas para defender su partido, y cuando los militares derrocaron al
gobierno conservador de Laureano Gómez, los guerrilleros liberales depusieron las
armas, aceptaron la amnistía y la Violencia llegó a su fin. Esta es una historia de
pérdidas y tragedias, pero también es heroica y familiar: es una historia en la cual los
dos bandos y sus objetivos fueron claramente trazados conforme a un patrón que
evoca las guerras civiles del siglo XIX. O, en las suscintas palabras de la esposa de un
jefe de La guerrilla liberal de Urrao: "La [pelea] de nosotras fue obligación, matando
esos berracos; yo no entiendo eso de ahora que es?".1

En La región del suroeste no había inmigrantes, sindicalistas militantes, odios


étnicos ni rivalidades abiertas por los recursos o la tierra que enturbiaran el desarrollo
de La Violencia, o que sugirieran que su principal propósito hubiera sido mucho más
complejo que una disputa abierta entre dos partidos. Al construir un marco de
referencia para reflexionar sobre la violencia, los antioqueños y otros colombianos
usaban un lenguaje reconocible —el lenguaje de la política partidista tradicional—
sin importar cuán extrema o grave fuera dicha violencia y concluían que era producto
de los odios de vieja data. Cuando se luchaba por principios y lealtades inteligibles
para todos, el conflicto entre personas que hasta poco tiempo antes habían sido
vecinos, amigos, asociados o parientes se revestía de cierto tipo de nobleza (e
inevitabilidad). Este era el caso particular en el suroeste, donde los objetivos de la
ludia parecían no cuestionar la distribución del poder en la sociedad colombiana ni sus
acuerdos básicos económicos y sociales, como sí la cuestionaban en el oriente antioqueño,
el ocadcnte y Urabá.

La violencia en el suroeste merece ser estudiada, precisamente porque su trayec­


toria parece haber diferido considerablemente de la manera como evolucionó la
violencia en el resto de Antioquia durante el mismo período. En otras palabras, la
versión aceptada más comúnmente de la Violencia en la región fue la excepción, no
la regla. Sin embargo, incluso en el suroeste, donde la violencia parece haber rcpro-

284
Capítulo ¡v.'”

ducido una versión menos compleja de la Violencia —un conflicto librado exclusi­
vamente en torno a asuntos partidistas— para 1952 también empezó a aflorar la
ambigüedad con respecto a sus objetivos exactos, especialmente en relación con la
distribución de la tierra y el trabajo. Las luchas por la tierra en ciertos pueblos del
suroeste, especialmente aquellos caracterizados por las grandes propiedades, sugieren
que la Violencia, al menos en Antioquia, fue un ensayo general previo a las luchas
por la tierra inspiradas abiertamente en el marxismo en los años 60 y que siguen
siendo aún un determinante crucial de la violencia actual en Colombia. Si esto fue
así, incluso en una zona de supuesto asentamiento tradicional, ¿qué impidió que la
violencia en el suroeste se convirtiera en la viciosa guerra intestina por los recursos
materiales y derechos en que se convirtió en el oriente y el occidente de Antioquia?

¿Por que la violencia logró mantenerse relativamente contenida en el suroeste?


¿Por qué el Estado logró vencer allí a los guerrilleros sin tener que recurrir a las organi­
zaciones paramilitares a las cuales les otorgó su autoridad en materia de orden
público en otras partes de Antioquia? Y, finalmente, ¿por qué logró Urrao, el epicentro
de la Violencia en el suroeste, a diferencia de otras regiones también afectadas, airar los
vestigios del conflicto fratricida y volver a tejer los viñados de identidad colectiva
después del período denominado la Violencia?

Redefinición de los parámetros geográficos de la violencia en el suroeste

El término “violencia en el suroeste” es un poco engañoso. Como lo aclara un


mapa de los pueblos afectados en el suroeste, la violencia no fue un fenómeno genera­
lizado en toda La región (Véase el mapa 13). Aunque casi todos los pueblos de la zona
cafetera del suroeste sufrieron algún tipo de conflicto electoral entre 1946 y 1949 y/o
sufrieron una violencia estimidada por funcionarios conservadores nombrados en pues­
tos públicos en La región, sólo Urrao, Betulia, Salgar, y en un grado menor Concordia y
Bolívar, sufrieron una violencia generada por conflictos entre Las guerrillas liberales
armadas y las fuerzas del gobierno entre 1950 y I953.2 De estos cinco municipios,
cuatro eran importantes productores de cafe, aunque en Urrao, donde estaba concen­
trada La guerrilla, el café jugaba un papel menor en la economía local. Lo que vinculó

285
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Urrao

Dctulia
Pabpn*
• Mcdcllin
. Titiribí
Bolívar• Salgar prc(jon¡a
Jcricóx^_^
Andes

Ciudades del surorientc no afectadas por la violencia. 1949-1953.


Ciudades del suroriente afectadas por la violencia. 1949-1953.

Mapa 13. Suroccidente Antioqueño. (Fuente: Instituto Geográfico Agustín Codazzi; Archivo Privado del
Señor Gobernador de Antioquia, 1949-1953; Ardiivo de la Secretaría de Gobierno de Antioquia, 1949-1953)

estos pueblos en una zona de violencia cohesionada fríe el surgimiento de la resistencia


liberal armada en Urrao. La violencia se irradió desde Urrao hasta afectar los pueblos
cercanos. Por estas razones, en el análisis que sigue, la mayor parte de lo narrado se
centrará en Urrao y sólo secundariamente en los cuatro pueblos del suroeste y los dos
del occidente en el radio de influencia de Urrao.

Aunque Urrao técnicamente forma parte de la subdivisión administrativa cono­


cida como el suroeste, se asemeja y está vinculado más propiamente, por interés y

286
Capítulo IV.'

ubicación, a la región conocida como el occidente. El municipio está situado en un


amplio valle cruzado por claros arroyos y el río Pendcrisco. Al occidente, la densa
selva forma una frontera natural entre Urrao y las llanuras del departamento del
Chocó sobre el Pacífico, mientras al noroeste, Urrao colinda con el esparcido po­
blado del municipio de Murindó, en Urabá. Tierras altas tropicales (el páramo de
Frontino) separan a Urrao de Frontino y la península del Urabá al nordeste. El
cinturón cafetero del suroeste termina en frontera sur de Urrao. Ubicado entre la
selva y la "civilización”, Urrao constituyó un espacio intermedio o corredor entre
los límites del asentamiento antioqueño tradicional y los territorios menos explorados
del Chocó y el Urabá.
Con excepción de varias veredas en los límites sureños de Urrao, donde flore­
cieron pequeñas fincas cafeteras, la economía del municipio giraba en torno a la
ganadería, el cultivo de caña de azúcar, la manufactura y venta de licor destilado
dandestinamente ("tapetusa”), el contrabando, la guaquería y la agricultura de sub­
sistencia. Las tierras más accesibles estaban concentradas en lis grandes haciendas,
algunos de cuyos propietarios en el siglo XX eran descendientes de los dueños
coloniales. Sin embargo, una considerable cantidad de tierras seguían siendo tienas
baldías, o tierras públicas, cubiertas de densos bosques y selva. Casi 4.000 Kms2 de
área convirtieron a Urrao en el segundo municipio más extenso de Antioquia (des­
pués de Turbo, en Urabá), con una población aproximada de 20.000 habitantes a
comienzos de la era de la Violencia. Sin embargo, esta población estaba concentrada
y la gran mayoría del territorio municipal estaba deshabitado.

Los urraeños se percibían a sí mismos y eran percibidos por otros antioqueños


como independientes, rebeldes y fieros individuos con fama de licenciosos e icono­
clastas. Tal como otros pueblos fronterizos en toda America Latina, la supervivencia
económica y el comportamiento social en Urrao a menudo giraban en torno a
actividades al margen de la ley? Las fortunas de muchos habitantes, por lo demás
“respetables”, eran producto de las oportunidades de ganancia ilícita ofrecida por la
peculiar topografía y ubicación de Urrao. El contrabando había circulado libremente
desde los tiempos coloniales, desde el golfo del Darién por el río Atrato, en el Chocó,

287

t
A Sangre y Fuego: La violencia en Aniioquia, Colombia, 1946-1953

y desde allí hacia los innumerables y ocultos senderos y arroyos de Urrao. Los mora­
dores habían creado sistemas ingeniosos para contrabandear bienes y armas desde y
hacia la región, y estos sistemas les fueron de utilidad durante La época de la Violencia.

Los contrabandistas se aprovecharon de las creencias locales como la brujería y el


animismo para camuflar el contrabando en ataúdes cargados en procesión por hom­
bres vestidos con sábanas y portando antorchas, a través de las fronteras selváticas del
municipio en medio de la noche. El temor de encontrarse con espíritus molestos
disuadía tanto a los agentes de aduanas del departamento como a los policías locales
de seguir de cerca esa clase de incidentes, lo que benefició a los insurgentes armados
que conocían de sobra el terreno y el poder de la superstición local. La tenacidad de
la resistencia local también fue expresada mediante una larga tradición de destilerías
ilegales que ni siquiera la persecución más agresiva de los agentes de las rentas depar­
tamentales logró desmontar. Los agentes de rentas del departamento se quejaban
con pesadumbre, aún en los años 50, de que el licor de caña ilegal (“tapetusa”) que
se producía en Urrao era tan popular, que siempre obligaba al monopolio del licor
en la región a bajar sus precios para poder competir.

La inconformidad en Urrao adquirió formas sociales y económicas. Las normas


de la clase media de piedad y respetabilidad que constituían la base del ideal departa­
mental del comportamiento antioqueño, rara vez operaron de manera consistente en
Urrao Muchos de los habitantes del municipio vivían en unión libre y no en matrimonio
legalmente constituido, y la tasa de nacimientos ilegítimos era considerablemente más
elevada que en los otros municipios de la región.4 En el pueblo abundaban las cantinas
y buideles. Estas facetas contribuyeron a que Urrao se le aplicara un estereotipo a nivel
regional de ser un lugar de moral ligera y tendencias políticas radicales. Los cafeteros
de los pueblos aledaños, cuyo comportamiento era vigilado permanentemente por los
párrocos y La Legión de María, perpetuaron la fama de Urrao como un pueblo sin
moral, al escaparse para pasar allí los días de fiesta y encontrar solaz entre el licor y las
prostitutas.

Además de su reputación como lugar de “rebeldías” o "desgobierno” donde era


posible deshacerse, al menos temporalmente, de las restricciones de la sociedad de los

288
Capítulo IV.' "l" •"

pequeños propietarios conservadores católicos a ultranza, Urrao era famoso por el


espíritu independiente de sus habitantes y su defensa de la autonomía local.5 Esta
reputación del pueblo data del período colonial, cuando Urrao se convirtió en refugio
de gentes de color, esclavos fugitivos y otros que huían de las restricciones de la
economía minera y ganadera de Santa Fe de Antioquia, al noroeste. Los atractivos
naturales de la zona —su exuberante vegetación, suaves colinas y valles escasamente
habitados de tierras bien irrigadas y abundantes bosques— ofrecían un respiro al
escrutinio y las exigencias coloniales. Los archivos antioqueños están llenos de ex­
tensas peticiones y demandas iniciadas por los plebeyos de Urrao, gente libre de
color, contra los abusos ejercidos por poderosos terratenientes y burócratas coloniales.
Aunque pocas de estas demandas prosperaron, el precedente de la resistencia local y
el deseo de no subordinar las necesidades locales a las reglas establecidas de jerarquía
y poder, siguieron siendo un aspecto importante del acervo local y de la imagen que
los urraeños tenían de sí mismos durante el período de la Violencia .

Urrao también era famoso por ser un centro de fervor liberal en un departa-
mentó históricamente conservador. Los liberales siempre habían controlado la
mayoría de los puestos públicos y la riqueza del pueblo, algo que no cambió
cuando el Partido Conservador llegó al poder en 1946, pero como era común en
otros pueblos liberales durante los años 40, los liberales locales estaban divididos.
En las elecciones presidenciales de 1946, la mayoría de los liberales en Urrao votó
por el candidato oficial del partido, Gabriel Turbay, pero los gaitanistas controlaban
el consejo municipal en I947.6 Los conservadores de Urrao, que constituían tal vez
un 20% del electorado del pueblo, se identificaban principalmente con la política
moderada de Mariano Ospina Pérez, aunque algunos también apoyaban a Laureano
Gómez. Sin embargo, no fue sino hasta el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en abril de
1948, que los liberales de Urrao comprendieron que su monopolio de la autoridad
local podía ser amenazado por la llegada del Partido Conservador al poder departa­
mental y nacional.

Al esparcirse la noticia del asesinato, los liberales de los pueblos al sur de Urrao,
como Andes y Vcnecia, especialmente aquellos caracterizados por la concentración

289

I
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

de hombres empleados en los ferrocarriles y en la construcción de carreteras públicas,


organizaron manifestaciones para protestar por la muerte del líder liberal con el
apoyo de policías municipales liberales y empleados públicos locales. El gobernador
Dionisio Arango Fcrrer respondió a estas protestas promoviendo la formación de fuer­
zas de conservadores voluntanos. Dichas fuerzas se concentraron en el municipio sureño
de Andes y en Bolívar. Arango Ferrer también desplegó tropas del ejercito para prevenir
una posible insurrección en Fredonia, Jardín, Andes, Betania, Tarso, Pueblonico, Salgar,
Bolívar, Bctulia y Urrao, pero los temores a una inminente rebelión resultaron infunda­
dos.7 No se reportó ningún incidente de disturbios ni de escaramuzas partidistas en
Urrao ni en otros pueblos del suroeste durante el año siguiente al asesinato de Gaitáre

Sin embargo, en febrero de 1949, el alcalde de Urrao y el presidente liberal del


Concejo Municipal le escribieron al gobernador de Antioquia (en esc entonces, el
moderado Fernando Gómez Martínez) para pedirle una audiencia inmediata. Varios
asuntos administrativos estaban empezando a crear tensiones entre los ciudadanos
locales/ El párroco del pueblo, un ferviente laureanista llamado Manuel Zapata, fue
acusado de conspirar para crear un monopolio de la carne y de entrometerse cada vez
más en Las prerrogativas seculares de las autoridades municipales, al intentar consolidar su
posición como intermediario en el nombramiento para puestos públicos y otras facetas
dd poder local9 Un marginado maestro de escuela conservador alborotaba con amenazas
el monopolio liberal de los puestos públicos y clamaba a voces ser nombrado personen)
del pueblo. Enredado en una amarga disputa con el dividido Concejo Municipal de
Medellín y amenazado con la bancarrota de las finanzas de la ciudad, el gobernador
Gómez Martínez les prestó poca atención a las quejas de Urrao. Poco después, el gober­
nador le dio una sorpresa desagradable al pueblo nombrando a un alcalde conservador
sin consultara los funcionarios locales. El nuevo alcalde desairó a los empleados públicos
de Urrao y se negó a colaborar con el Concejo Municipal. Parecía cada vez más evidente
que el gobierno departamental estaba empeñado en eclipsar en Urrao la autoridad de la
mayoría liberal y sus representantes.

Por la misma época, a comienzos de 1949, en otros pueblos del suroeste


surgieron tensiones administrativas que involucraron los concejos municipales

290
Capítulo IV.' '•

predominantemente liberales y a los candidatos conservadores nombrados a


cargos públicos. Un mes después de los hechos de Urrao, el recién nombrado alcalde
conservador de Valparaíso le informó a la gobernación que había descubierto un centro
de fabricación de dinamita, municiones y armas en la casa de un político liberal y lo
acusó de preparar una revuelta local contra las autoridades conservadoras.1" Dos sema­
nas después, el alcalde y el jefe de la policía de Jericó asaltaron a dos visitadores
fiscales liberales que habían sido enviados con la misión de revisar irregularidades
en la contabilidad municipal. Además, en Bolívar, donde todavía estaba fresco el
recuerdo del asesinato de Gaitán y la represión conservadora que sobrevino inme­
diatamente después, los disturbios en el aniversario de la muerte del líder caído en
abril provocaron que el gobernador desplegara diez policías para evitar que los des­
órdenes se extendieran a los pueblos vecinos.”
Sin embargo, ni las crecientes tensiones entre los miembros de los partidos Liberal
y Conservador, ni la usurpación de la autoridad local por los conservadores nombrados
logró impedir que en los pueblos predominantemente liberales del suroeste, como
Urrao, los candidatos liberales obtuvieran una victoria absoluta en las elecciones de
junio de 1949. Siete liberales —cuatro de ellos autodenominados gaitanistas— y dos
conservadores moderados ganaron escaños en el Concejo Municipal de Urrao. Enva­
lentonados temporalmente por su capacidad de resistir a la presión conservadora sin
recurrir a la violencia, los líderes políticos de Urrao continuaron denunciando sus
agravios al gobierno departamental mediante peticiones, campañas para escribir cartas
y reuniones bipartidistas de representantes locales de los partidos.

Sin embargo, para 1949, los intentos pacíficos para oponerse a la campaña de
conversión al conscrvatismo desatada por el gobierno departamental habían llegado a
un punto muerto. El alcalde, nombrado por el gobernador, prefirió coordinar sus
actividades con el padre Zapata, en lugar de cooperar con los funcionarios elegidos
popularmente en Urrao. El verdadero poder municipal comenzó a recaer cada vez
más en manos del reaccionario sacerdote. El señaló a víctimas de humillaciones y
palizas públicas (los llamados “aplanchamientos”) e instruyó a la policía para llevarlas
acabo. El 30 de septiembre de 1949, los liberales y los conservadores moderados del

291
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Concejo Municipal convocaron a una reunión urgente para discutir el deterioro de las
relaciones entre los partidos y los excesos del saceidotc. Pero el alcalde, a quien el Concejo
había invitado expresamente, no asistió.12 Dos semanas después, una procesión, encabezada
por conservadores de pueblos vecinos y los pocos laureanistas de Urrao, se tomó la plaza
central del pueblo. Sosteniendo en alto la estatua de la Virgen de Fátima, un ivducido grupo
de hombres borrachos y armados le dispar ó al busto del héroe liberal Rafael Uribe Uribe,1'
La confrontación escaló después de la aparición de la Virgen. En las cantinas
estallaron disputas que sirvieron de ensayos generales para organizar la resistencia
liberal armada. En diciembre de 1949, "Chócolo”, quien se convertiría en un
miembro destacado de la guerrilla liberal de Urrao, provocó c insultó a agentes de
la policía departamental y a conservadores locales desde la seguridad de la cantina
Cantaclaro. "¡Abusen godos hijueputas que el día se nos llegará a nosotros!’’, se le
oyó gritar desafiante, ante la mirada impasible de los laureanistas. En los archivos
judiciales del pueblo, las quejas de los conservadores acusan a Chócolo de "antisocial"
que "provoefa] a ciudadanos pacíficos... incitándolos a la riña” y “agitador" que
hacía alarde de su relación personal con un distinguido abogado y político liberal
como prueba de su impunidad y poder.14 Pero el desafuero de Chócolo sirvió como
advertencia del creciente malestar de la mayoría liberal del pueblo, cuyo único medio de
expresión eran los estridentes insultos bajo la máscara protectora de la embriaguez.15

En contraste, los presidentes locales de los partidos Rieron cautelosos y evitaron


cualquier acción incendiaria. Prefirieron responder a la violencia enviándole informes
al gobernador, en los cuales acusaron al alcalde y a la policía de incitar a los ciudadanos
a saquear los almacenes y atacar a otros habitantes del pueblo. Ellos les enviaron copias
de sus quejas a las autoridades departamentales y centrales, a las asociaciones privadas
de productores en Medellín (FENALCO, FEDECAFÉ y ANDI) y a las juntas
directivas de las principales industrias de la ciudad (Coltejcr, Fabrícate, Litografía
de Bedout y Cervunión).16 Los líderes de los partidos de Urrao parecían seguir
trabajando bajo la impresión de que una amenaza a la economía local movilizaría a
la elite de la región contra la difusión de la violencia en la localidad. Pero la élite
regional estaba enredada en su ineficaz intento de frenar al gobierno departamental

292
Capitulo IV.' "

de involucrarse en actividades partidistas y resultó sorda o demasiado impotente


para atender la petición de Urrao. En lugar de eso, aquellos que se atrevieron a hacer
público el mal uso de la autoridad de los funcionarios públicos conservadores en­
cararon prontas represalias de los extremistas locales. La oficina de uno de ellos fue
incendiada con todo su contenido, la gasolinera de otro recibió amenazas de incendio
premeditado, un sacerdote moderado fue asaltado a palizas y un distinguido miembro
moderado del Comité Conservador debió abandonar el pueblo por ser amenazado de
muerte.17 En los días siguientes a estos hechos, los laureanistas locales destruyeron o
invalidaron las cédulas de ciudadanía de los liberales del pueblo, al tiempo que el padre
Zapata le dio instrucciones a la policía para que condujera linchamientos y
“aplanchamicntos”.18
Cuando el gobierno central declaró el Estado de Sitio en noviembre, el presi­
dente del Concejo Municipal de Urrao, quien era liberal, junto con su buen amigo
y compañero concejal, quien era un conservador moderado, decidieron actuar a
espaldas del directorio de sus respectivos partidos y asumir por su cuenta los asuntos
de orden público. A los dos hombres les preocupaba que la violencia librada por las
autoridades departamentales y los conservadores de otros pueblos alterase en forma
irreparable, lo que hasta entonces habían sido unas relaciones competitivas pero no
abiertamente violentas entre los miembros de los dos partidos. También temían que
su capacidad de influir en los acontecimientos del pueblo se desvaneciera tan rápida­
mente como los funcionarios departamentales recién nombrados y los individuos
antes maiginalcs se posesionaban en cargos de poder. Los dos hombres resolvieron
consultar a las dos instituciones que aún creían capaces de influir en las políticas
del gobierno y en el destino del pueblo: la Iglesia y el Ejercito.19 Por separado y en
secreto, para no despertar las sospechas de las autoridades locales recién nombradas
por el gobierno departamental, cada uno viajó y se reunió con el obispo de Santa Fe
de Antioquia, la cabeza eclesiástica de la parroquia de Urrao, y con el comandante
de la Cuarta Brigada en Medellín. Le rogaron al obispo, Luis Andradc Valderrama,
que trasladara al padre Zapata y le rogaron al coronel Eduardo Villamil que enviara
soldados para controlar el comportamiento de la policía.

293
A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Los líderes religiosos y militares a quienes apelaron estos concejales de Urrao


no fueron elegidos al azar. Ambos habían forjado una reputación de tolerancia y
rectitud y habían expresado públicamente su rechazo de la violencia partidista. Du­
rante varios años, antes del período de la violencia, el obispo Andrade Valderrama
había enviado cartas instando a abstenerse a los p.árrocos bajo su autoridad de
utilizar la retórica partidista o el pulpito para influir en cuestiones políticas.20 En
desquite, los conservadores extremistas regaron rumores de que el obispo estaba
conspirando en un “levantamiento general por parte del liberalismo”.21 De igual
manera, el coronel Villamil gozaba de la desconfianza de sectores de la burocracia
conservadora del departamento, pues su actitud de neutralidad fue malintcrpretada
como una defensa de los intereses liberales." Tanto Andrade Valderrama como
Villamil acordaron ayudar a los representantes elegidos popularmente en Urrao. El
reaccionario sacerdote fue trasladado cvcntualmentc y, mientras tanto, para mitigar
la influencia del padre Zapata en Urrao se nombró un prelado menos partidista. La
gente del pueblo también recordó la llegada de los soldados como un fiictor disuasivo
de los abusos policiales. Los urraeños insistieron en que, hasta 1951, cuando el
coronel Villamil fue retirado de su puesto en Mcdcllín y se inició una persecución
aerea contra la guerrilla local, el ejercito había tenido en el pueblo una presencia
neutral y hasta solidaria.23 A pesar de la tentativa emprendida por los representantes
liberales y conservadores de Urrao de mediar en el incipiente conflicto partidista en
formas no violentas, no lograron prevenir que Urrao se convirtiera desde 1950
hasta 1953 en el primer lugar de la lucha armada entre los liberales y conservadores.

La organización de la guerrilla liberal de Urrao

Cuenta una leyenda local que a Pabón, una vereda sureña en el municipio de
Urrao, cerca de los límites con Beculia y Salgar, llegó un hombre llamado Juan de
Jesús Franco con solo lo puesto, una carta de presentación firmada por el líder
nacional del Partido Liberal, Carlos Lleras Restrepo, escondida en uno de sus zapatos,
y el cambio del pasaje que le habían comprado en la sede del partido en Medellín.24
En junio de 1953, tras el derrocamiento del gobierno conservador, en una carta

294
Capítulo IV.1'■

dirigida al gobernador militar de Antioquia, Pioquinto Rengifo, Franco explicó sus


razones para tomar las armas y su elección de Urrao como lugar para conducir una
insurrección armada. Liberal toda una vida, que poco había participado abierta­
mente en los asuntos de su partido antes de la época de la Violencia, Franco explicó
que su educación política había comenzado cuando asistió a una reunión en la sede
del Partido Liberal en Mcdcllín, poco tiempo después del asesinato de Gaitán.
Durante la reunión, un grupo de conservadores armados atacaron las oficinas liberales,
rompieron la propaganda del partido y destruyeron totalmente las instalaciones. Des­
pués de la refriega, varios liberales fueron encarcelados, Franco entre ellos.

Este hecho convenció al futuro líder guerrillero de Urrao de que sólo con las
armas se podría defender a su partido y restablecerlo en el poder. Se dirigió al
Directorio del Partido Liberal y les solicitó a sus miembros que cubrieran los gastos
de su viaje a Urrao. Dubitativo, pero pensando que no tenía mucho que pender, el
Directorio aparentemente aceptó.25 Franco escogió Urrao debido a un trabajo que
realizó en el ejército y la policía; alguna vez había estado estacionado en el pueblo
del occidente y creía que su terreno difícil y quebrado, su proximidad a las selvas del
Chocó y la solidez y fidelidad de su población liberal eran ventajosos para montar
un grupo subversivo. La historia podría ser más apócrifa que cierta; a pesar de la
íirma de Franco al final de su piiblica apología a tomar las armas, fue un miembro
del Directorio Liberal de Mcdcllín, no el líder guerrillero mismo, quien le envió la
misiva al gobernador militar de Antioquia. Preocupado de que Franco pasara a la
historia “como un mero bandolero”, el funcionario del Partido Liberal se había sentido
obligado a justificar el suigimiento de la rebelión popular armada y a tranquilizar a las
autoridades departamentales de que tales grupos obedecían a motivaciones políticas,
no sólo criminales, y que su ideología había sido liberal, no comunista.26

Cuando Franco llegó a Urrao encontró los vestigios de un grupo armado ante­
rior, organizado por un hombre llamado Arturo Rodríguez. Rodríguez, a quien los
líderes liberales de Mcdcllín se referirían después como un bandolero glorificado,
había dejado casi una docena de hombres armados con algunos fusiles, deambulando
por las montañas en las afueras del pueblo cuando abandonó Urrao y se mudó a

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A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Dabeiba. En últimas, Rodríguez creó en Camparusia (hoy en día "Armenia'1),


Dabeiba, uno de los campamentos guerrilleros más poderosos de Antioquia.27 Poco
tiempo después, a Franco se unió un alto recluta rubio y ojiazul, proveniente del
Valle y conocido afectuosamente como "El Míster”, quien contribuyó con su fervor
liberal y una ametralladora al esfuerzo local de conformar una banda guerrillera. A
medida que se esparció por toda la región la noticia de la llegada de Franco, los
jóvenes liberales perseguidos en sus pueblos de origen llegaron en bandadas a Pabón,
el poblado donde la guerrilla estableció su cuartel general. Además de los hombres
de Urrao, llegaron otros de Salgar, Caicedo y partes de Bctulia. Sin embargo, la
mayoría de los reclutas guerrilleros eran hombres y muchachos de Urrao. Ninguno
de sus compañeros, insistieron los guerrilleros con altivez, provenía de Altamira, la
parroquia de Bctulia dominada por el sacerdote reaccionario Manuel Vargas, quien
redutaba y armaba personalmente a voluntarios civiles conservadores (las llamadas
‘contrachusmas’) para enfrentar a la guerrilla de Urrao.

Los hombres de Franco llegaron a cubrir la mayor parte de la región del


occidente de Antioquia (Véase el mapa 14). Las fuerzas de Pabón se unieron a las
bases guerrilleras en Camparusia y trabajaron (con los hombres de Ramón Elias
Calle en El Carmen, Chocó) al occidente, en las zonas aledañas a la carretera al
mar que conecta a Antioquia con Urabá, a lo largo de los límites con el Chocó, y al
sur y al sureste a través de Salgar, Bolívar y Caicedo. Esporádicamente, se reportó la
presencia de guerrilleros en pueblos tan al sur como Jardín, en el corazón de la zona
cafetera del suroeste y tan al norte como Mutatá, en el Urabá, pero el núcleo del
grupo de Franco estaba concentrado en las montañas y la selva, entre el Chocó,
Urrao y Dabeiba. El área de sus operaciones abarcó los pueblos de Urrao, Caicedo,
Bctulia, Salgar, Bolívar, Anzá, Santa Fe de Antioquia, Peque, Frontino, Dabeiba y
varios pueblos en el Chocó como El Carmen. La gran ventaja de los guerrilleros,
concluyeron después con tristeza los agentes del gobierno, fue que establecieron sus
bases en "una región poco accesible”.28

Los estimados oficiales del tamaño del grupo guerrillero variaban entre 800 y
varios miles.21’ Sin embargo, algunos cx-guerrilleros calcularon que una célula de

296
Capítulo IV.' •

Dabeiha Peque

'rontHio

Antioquia

• CAiccdo
/.Anzá McdcIUn
Bctulia *
Capitán Franco f Titiribí
palpar
Fredonia
ElCarmcn ' r**
olivar • Jericó
rodea •
Departamento del
Chocó

★ Localización de las bases guerrilleras


—►Movimientos de la guerrilla

Mapa 14. Operaciones y movimientos guerrilleros desde L'rrao (Fuente: Instituto Geográfico Agustín
Codazzi; Archivo Privado del Señor Gobernador de Antioquia, 1949-1953; Archivo de la Secretaría de
Gobierno de Antioquia. 1949-1953)

150 hombres permanentes, que podía alcanzar hasta 300 en tiempos de combate,
era una apreciación más realista del número de hombres alzados en armas de Pabón/1
La notoria diferencia entre ambos estimados del tamaño del grupo revela el fracaso
inicial del gobierno para derrotar a la guerrilla. Con el fin de excusar la ineptitud de
las fuerzas gubernamentales, especialmente de la policía, se hizo necesario exagerar
al máximo el número de combatientes, armas y campo de acción del enemigo. Las
guerrillas también contribuyeron a alimentar las percepciones erradas sobre su

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A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

numerosidad. Para mejorar su poder de negociación con el Estado central, afirmaron


haber incorporado un número de reclutas mucho mayor que el número real de hombres
que se presentó a la IV Brigada buscando amnistiarse después de llegar los militares al
poder en junio de 1953.
Inicialmcntc, todos aquellos que quisieron unirse a la guerrilla fueron aceptados.
El reclutamiento se fue haciendo más selectivo a finales de 1950 y comienzos de 1951,
a medida que los miembros de la banda de Franco empezaron a desconfiar de posibles
espías infiltrados y a no estar dispuestos a incorporar a aquellos abocados a la guerrilla
por una noción romántica de la vida al margen de la ley, ni a quienes sólo los
motivaba la venganza. Únicamente aquellos que pudieran mostrar una carta de pre­
sentación de su respectivo comité liberal —y, según dijeron algunos, conocieran el
saludo secreto— podían esperar ser admitidos.'11 Los guerrilleros estaban organizados
en una serie de campamentos, cada uno de ellos, bajo el liderazgo de un solo hombre,
un miembro de la plana mayor de la guerrilla. En cada campamento había entre 20
y 40 reclutas que operaban en un territorio dado. La estructura interna del grupo se
definía conforme a la jerarquía militar: a la cabeza, un comandante supremo (el
capitán Franco), después un grupo de unos 20 tenientes y sargentos y, en la base,
los soldados rasos.12 Las responsabilidades se definían diaria o scmanalmente y se
publicaban en una cartelera en el campamento. Los oficiales se armaban con rifles
o pistolas automáticas y los soldados rasos usaban escopetas o machetes. Sólo los
oficiales llevaban "kepis" (gorras) “oficiales” y uniformes de la policía o el ejército;
los demás hombres se vestían común y corriente, es decir, con ropas de campesinos:
ruana, pantalones de dril, camisa blanca y sombrero de fieltro o de paja.3'1

Los hombres de Franco construyeron una fundición para reparar y manufactu­


rar armas, contrataron como cocineros a varios hombres que nunca combatieron y
emplearon enfermeros. Los remedios y la comida se preparaban y almacenaban en
los campamentos, pero se racionaban para que los guerrilleros pudieran llevar a su
casa y compartir con sus mujeres y niños. Los guerrilleros armaban “rancherías”
(pequeñas casuchas que se podían construir y desbaratar con facilidad) a cierta
distancia de las bases, de manera que las mujeres permanecieran en constante

298
Capítulo IV.'

contacto con sus maridos, amantes y parientes alzados en armas. En las rancherías
se guardaban suministros, ropa, municiones y bienes contrabandeados, así como
máquinas de coser para la manufactura de uniformes. Un rasgo distintivo de la
guerrilla de Urrao —uno que no se encontró en ninguna de las otras fuerzas guerri­
lleras que operaron en Antioquia o el resto de Colombia— fue la incorporación del
ritual Católico en la vida cotidiana de la guerrilla. En los campamentos guerrilleros
en Urrao se exhibían altares y santuarios portátiles para las tres figuras de La devoción
guerrillera: la Virgen del Carmen, el milagroso Señor Caído de Buga y la Santísima
Trinidad.” Antes de cada batalla, los guerrilleros se reunían alrededor del altar y
rezaban el rosario o recitaban el trisagio’5. Para garantizar que el altar fuera llevado
a lugar seguro, siempre había un guerrillero de guardia en caso de que las fuerzas
del gobierno atacaran el campamento. Muchos años después, miembros del grupo
reiteraron que habían perdido muy pocos hombres, a pesar de la fuerte militariza­
ción de la región, porque "Dios estaba con nosotros y el diablo con ellos"?6 El
padre Ramírez, quien reemplazó al padre Zapata, visitaba los campamentos para
decir misa, celebrar bautizos y matrimonios y darles consuelo a los guerrilleros. (Los
conservadores que no aprobaban este comportamiento decían que el padre Ramírez
también bebía y bailaba con los guerrilleros). Con la excepción de la contratación de
enfermeros y cocineros —empleados en lugar de las mujeres para "evitar posibles
celos” entre los hombres—, los guerrilleros reproducían en sus campamentos las
costumbres de la vida doméstica rural?7

El núcleo de la organización armada estaba constituido por miembros de clanes.


Por ejemplo, los siete hermanos Urrego, provenientes de Caiccdo y que se habían
mudado a Urrao con sus hermanas (de las cuales Graciela se convertiría en la
compañera de Franco), se unieron a familias como los Cañólas y los Cartagena.
La lista de los guerrilleros encarcelados después de la Violencia en la prisión "La
Ladera”, en Mcdellín, y la del registro parroquial de los caídos en combate en Urrao
están repletas de redes de tíos y sobrinos, padres e hijos, hermanos y primos. Entraban
en las filas de la guerrilla o todos juntos o individualmente, y entre tanto rotaban entre
la actividad guerrillera y la búsqueda de su subsistencia como agricultores y jornaleros.

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A Sangre y Fuego: La violencia en Antioquia, Colombia, 1946-1953

Los patrones de reclutamiento y conflicto a menudo obedecieron a añejas rencillas


familiares. Por ejemplo, los Urrcgo se unieron a Franco, mientras que sus enemigos de
toda la vida, los Cossio y los Montoya Montoya procedentes de Caiccdo, integraron
las filas de la policía y la contrachusma conservadora en los pueblos cercanos. ’8 El
intrincado sistema de lealtad basada en el parentesco —en la cual, mudias familias in-
duían a miembros afiliados a ambos partidos especialmente por vía del matrimonio—
así como las disputas, provocaron que incluso algunos conservadores también se
unieran a la guerrilla. Los hombres que formaban parte de la guerrilla de Urrao eran
bien conocidos por los habitantes de la región. Un gran número de las familias del
pueblo tenía, por lo menos, un pariente cercano o lejano involucrado en las actividades
guerrilleras. Cuando se tomó el testimonio de los civiles que habían estado en
contacto con la banda de Franco, ellos con frecuencia se refirieron a los guerrilleros
por su nombre, situándolos claramente en redes familiares y veredas definidas. Un cam­
pesino de Urrao anotó, por ejemplo, que cuando lo detuvieron los guerrilleros que pa­
trullaban Las zonas rurales y le cobraron un impuesto a los bienes transportados hada y
desde los campos agrícolas, él “conocía perfectamente” a tres de los cinco guerrilleros
que lo abordaron?9

Las mujeres de Urrao jugaron un papel fundamental manteniendo el viñado


entre la resistencia civil y la armada, en formas que parecen no haberse repetido en el
mismo grado en ninguna de las otras zonas ocupadas por la guerrilla en el territorio
antioqueño. Las mujeres servían como espías, mensajeras, proveedoras de comida y
ropa, transportadoras de armas y centinelas informales.40 Penetraban las filas de la
policía cuando el pueblo estaba ocupado, pasando información crucial a través de
una amplia red de rumores y chismes que envolvían al pueblo en una estrecha relación
de conspiración y complicidad. Como las soldaderas de la Revolución Mexicana, las
mujeres de Urrao seguían los campamentos guerrilleros de un lugar a otro, asegurando
que la vida estuviera organizada como un hogar donde la devoción religiosa, las
relaciones conyugales normales y los rit