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Extracto:

El marco conceptual de este artículo es el de la utopía literaria, es decir, aquella narración

que representa la vida cotidiana de una sociedad perfectamente ordenada. Bajo el supuesto,

sustanciado en mi estudio El prestigio de la lejanía (Barcelona: Ronsel, 2004), de que un cierto

número de utopías literarias no pretenden ofrecer un programa de acción para el futuro, sino sólo

servir como un ajuste de cuentas personal con el pasado, se hace uso del pasaje cervantino del

Retablo de Maese Pedro (Don Quijote de la Mancha, II, 26) con el fin de aplicarlo a dos errores

categoriales que tuvieron serias consecuencias en la vida real. El primero de ellos surge de la lectura

al pie de la letra de En tiempos del cometa (In the days of the Comet), de H. G. Wells, por parte de

un reseñista literario del Times. La segunda, de la lectura al pie de la letra de Viaje por Icaria

(Voyage en Icarie), de Étienne Cabet, por parte de un periodista español. Ambos tomaron la función

compensatoria y fantasiosa de una utopía narrativa por la función propositiva e imaginaria de una

utopía práctica; los efectos de tal confusión resultaron igualmente devastadores.


MIGUEL CATALÁN

LA SUTURA CERVANTINA

(DOS EJEMPLOS NEGATIVOS DE LA UTOPÍA LITERARIA COMO ESCRITURA DE

COMPENSACIÓN).
«Y diciendo y haciendo, desenvainó la espada, y
de un brinco se puso junto al retablo, y con
acelerada y nunca vista furia comenzó a
llover cuchilladas sobre la titerera morisma»

Don Quijote, II, XXVI

Haciendo uso de la historia, la biografía y el análisis de contenidos literarios, hemos

intentado mostrar en una reciente investigación sobre la génesis de las utopías literarias cómo

una buena porción de estas narraciones de la perfección fueron concebidas, no tanto pensando

en la utilidad general de su posible realización futura, sino más bien al contrario, como un

ajuste de cuentas del autor con su propio pasado cuyo último sentido se agotaba en el hecho

mismo de la escritura.

Pronto hube de preguntarme por la situación de aquellos lectores que, arrebatados por

la emoción del relato, pudieran malentender la función centrífuga, compensatoria y meramente

fantasiosa de este o aquel viaje utópico, y tomaran al pie de la letra sus constructos, algo así

como si el autor hubiera dibujando un croquis mientras escrutaba desde una colina los campos

que al día siguiente hubiera de cruzar, en vez de hacerlo de memoria y dejando a las espaldas

la tierra que lo expulsó. No tardé en encontrar dos casos reales que aportaban valiosos detalles

de esta sobreimpresión hermenéutica. En ambos, quien sutura la disociación mental del autor

utópico entre aquello que propone y aquello que verdaderamente está dispuesto a llevar a cabo

no es otro sino el propio lector. Y lo hace siguiendo el modelo cervantino de aquel Alonso

Quijano que, al creer reales los abusos representados en la sesión de guiñol de Maese Pedro, se

decidió a interrumpir la función para impartir justiciai. De suerte no menos cervantina, el

primero de estos errores categoriales fue malicioso y tuvo unos efectos más bien cómicos; el

segundo fue ingenuo y tuvo efectos más bien trágicos.


Precisamos, para entender el primero de estos casos, situarnos en el contexto de la

lucha cívica por la igualdad de derechos de la mujer en que estaba empeñado H. G. Wells a

principios del siglo XX. Como una aportación literaria a la causa, Wells publica en 1903 una

utopía titulada En tiempos del cometa. Allí ensalzaba, desde luego que en brazos de la ficción,

los deliciosos encantos del amor libreii. Pocas semanas después de que los salones de la buena

sociedad londinense elogiaran la audacia de aquella narración, Wells había de presentar en el

mundo real las Bases de la Sociedad Fabiana, agrupación socialista a la que pertenecía por

entonces. Dos facciones se disputaban el control de la Sociedad Fabiana en aquellos

momentos; a un lado se encontraba la llamada “Vieja Guardia”, en tanto que Wells, G. B.

Shaw y otros amigos pretendían forzar el relevo. Como cuenta Anthony West, fue un avispado

reseñista del Times Literary Supplement quien tuvo la maligna idea de pasar la la utopía por el

cedazo de la vida real. Al trastocar la función fantasiosa de lo escrito iba a saltar de forma

inesperada sobre los límites del papel y a obtener el mismo lamentable resultado que los

mandobles del bueno de Don Quijote al destrozar el teatrillo de las fábulas. He aquí el

fragmento más inesperado de su reseña a En tiempos del cometa:

«Las esposas de los socialistas, al igual que sus bienes, han de ponerse a disposición del
prójimo. El amor libre ha de ser, según el sr. Wells, la esencia de un nuevo Contrato
Social. Por fuerza hay que preguntarse hasta qué punto estará dispuesto a insistir sobre este
detalle dentro de los estatutos que, según es de dominio público, tanto desea redactar para
la Sociedad Fabiana; hay que preguntarse, por descontado, qué dirá el resto de los
fabianos»iii.

¿Cómo reacciona G. B. Shaw, situado en la misma trinchera política que Wells, a la

propuesta del reseñista de introducir el mandato del amor libre en los nuevos estatutos de la

Asociación? Al fin y al cabo, sólo se trata de poner en práctica entre los propios convencidos

aquello que se propone como bueno, a largo plazo, para toda la humanidad. ¿Quiénes otros

sino los miembros del propio grupo deberían ensayar la fórmula en primer lugar? Por lo

pronto, G. B. Shaw envía una apresurada nota a su amigo Wells donde le cuenta que ha leído
la reseña del Times Literary Supplement. He aquí el resumen que hace el hijo de Wells de la

carta en cuestión:

«El tono (...) era de abierto regodeo. En ella, Shaw le hacía saber a mi padre [Wells] de qué
modo iba a explotarse la cuestión del amor libre en la inminente lucha por el poder, y lo
hacía mediante la irónica sugerencia de que quizá los Shaw y los Wells deberían reunirse y
organizar una juerga a cuatro, como la que se proponía al término de su novela. De ahí
pasaba a darle un esbozo global de los mínimos sobre los que la Vieja Guardia podría estar
de acuerdo para poner fin a la disputa, sin obligar a mi padre a vivir una humillación en
público»iv.

Si bien es cierto que Wells salió del paso en aquel acto público gracias a la

disposición entregada de la audiencia, no lo es menos que en adelante los miembros de la

Sociedad Fabiana estimarían del todo inapropiado, no ya la organización de orgías en su

sede social, sino la simple mención del episodio del Cometav.

Nuestro segundo caso de interferencia categorial se produce con la interpretación al pie

de la letra del Voyage en Icarie realizada por el periodista catalán Joan Rovira. La descripción

inventada que en esa novela había hecho el político francés Étienne Cabet de un país sin

propiedad ni moneda, salarios ni impuestos, envidia ni celos, lujuria ni codicia, deslumbra a un

joven Rovira. El ideal icariano había llegado a Cataluña hacia 1847 de la mano de Narcís

Monturiol, quien fundó junto a Martí Carlé un periódico icariano bajo la cabecera de La

Fraternidad. Rovira enloquece de alegría cuando un buen día le cuentan que en París está

organizándose una expedición de admiradores de Cabet para materializar la Icaria literaria. No

lo duda un instante; lo deja todo en Barcelona (un prometedor puesto de periodista, una

posición económica holgada y una mujer encinta) con el fin de partir hacia la fabulosa Icaria.

Su idea es la de volver en pocos años para embarcar también a los suyos. En París le aguardan

cuarenta emigrantes más; Cabet, le informan, ha comprado un terreno en Nauvoo, un antiguo

asentamiento mormón del Estado de Illinois. La expedición parte del puerto de L´Havre el 3

de febrero de 1848.
Algunas incidencias ensombrecen la travesía en el Rome, pero cuando arriban a las

costas americanas se encuentran con un entusiasta recibimiento en el puerto; no entienden qué

ocurre, a qué vienen las banderas, la música y los vítores. Una vez en tierra, todo el mundo

quiere contarles que en París ha estallado la revolución por la que tantos de ellos han estado

luchando. Se producen sentimientos encontrados en la parte francesa del pasaje; para algunos,

constituye una verdadera desgracia haber abandonado el vórtice de los acontecimientos en el

preciso momento en que empieza a dar sus frutos su trabajo de tanto tiempo. El viaje en

caravana hacia el interior de América resulta infame; la torridez del clima, el peligro de los

caminos, la hostilidad de los nativos, la precariedad de la alimentación: todo se vuelve en

contra. Violentas fiebres y enfermedades desconocidas acaban con la vida de siete

expedicionarios; las deserciones no se hacen esperar. Al llegar por fin a la anhelada Icaria, se

encuentran con un lugar pantanoso, inhóspito y lleno de peligros. Ha resultado, además, que el

terreno al que tienen derecho es diez veces más pequeño de lo que suponían. Y queda una

última jugada del destino, verdaderamente diabólica: los cien acres que les corresponden no

son continuos, sino que sólo se tocan por los vértices. En una cruel ironía acerca de la

racionalidad y geometricidad utópicas, la Compañía propietaria ha vendido a Cabet los

terrenos por cuadros, siguiendo líneas imaginarias, pero no necesariamente continuas.

Los supervivientes se instalan como pueden junto al Río Mississippi. Y siembran en

los escaques negros del tablero de ajedrez icariano. No es tiempo aún de recoger la primera

cosecha comunitaria cuando se acaban los fondos y se multiplican los enfermos. Una asamblea

vota la retirada general, en cuanto mejoren los más graves. Todo el mundo se pregunta por

Cabet.

Una nueva expedición que sale de Burdeos, desanimada por el estado en que encuentra

a las dos primeras, acuerda disolver Icaria. No obstante, se extiende el rumor de que, por fin,

va a llegar père Cabet, el mismo buen patriarca de quien una vez, en tiempos más felices,
Rovira escribió: “M. Cabet, el Redentor, nuestro padre, nos ama y adora como a sus hijos

queridos, es la luz de la filosofía actual, considerado como el primer talento y la bondad

inmaculada”vi. Viene el padre Cabet, y una débil llama de esperanza prende entre los

icarianos. Pero el carisma no surte efecto y Rovira, en medio de una tormentosa asamblea,

termina acusando a Cabet de haber abandonado a su suerte a las primeras expediciones. Père

Cabet no acepta las críticas. Rovira es expulsado, como cabecilla de la oposición, de Icaria.

Nuestro hombre se queda solo en Nueva Orleáns, sin bienes ni esperanzas de reunir dinero

para volver a la realidad de su vida anterior. Al cabo de unas semanas de vagabundear por la

ciudad, Joan Rovira acaba pegándose un tiro.

***

¿Se enriqueció Étienne Cabet, el hábil pergeñador de perfecciones de ingenuidad y altruismo

social, con aquellos que tomaron al pie de la letra su obra Voyage en Icarie, escrita en sus horas

bajas como político? El profesor Bermudo, autor de un útil prólogo a la edición española del

Voyage..., ha incluido al venerable Cabet en la nómina de los “ingenuos utópicos”; capaz de firmar

por cien mil acres pagar por un millónvii. Puede en cualquier caso parecer un error demasiado grave,

incluso para un ingenuo utópico; sobre todo cuando Cabet se nos había ido mostrando como un

político con tendencia al populismo que en los momentos más bajos de su carrera decide escribir

una utopía para atraer voluntades a la causa. Soler Vidal, por su parte, nos recuerda el
Comentario [X1]:
procedimientoviii de la colonización: un empresario (en este caso, Cabet) recibía el terreno con la

condición de establecer allí un número determinado de familias en un período de cinco años. Los

usufructuarios de las tierras pagaban un porcentaje al Estado y el promotor recibía, a modo de

premio, una parte del terreno colonizado. Pero... «La Compañía Peters, en la red de la cual se había

enrededo Cabet, era una de aquellas empresas colonizadoras de pocos escrúpulos que hacían su
fortuna a costa de los emigrantes. Cabet nunca pudo aclarar de manera documentada qué tipo de

tratos había tenido». Tal como cuenta Jules Proudhommeaux, la conducta de Cabet fue, al menos,

dudosa, pues firmó un contrato que exigía la presencia de 3.125 colonos el 1 de julio de 1848

cuando sabía perfectamente que a mediados de marzo apenas habían llegado, y con grandes

dificultades, 65.

¿Creía Cabet realizable su proyecto? A. L. Morton ha señalado que Cabet veía en su

libro un mero ensayo “teórico”, a la manera de Moro, y que por tal razón le “aturdió” su

enorme éxito; la respuesta del público fue tan calurosa que más adelante «se vio obligado y

coaccionado a ponerse a la cabeza de un movimiento de masas que esperaba regenerar Francia

y al mundo entero estableciendo comunidades icarianas en América»ix.

Como hemos expuesto en nuestras consideraciones sobre la génesis de las narraciones

utópicas, también aquí resulta sintomático que Cabet decida viajar en apoyo de los

expedicionarios justo cuando su carrera política acaba de sufrir un serio revés que le lleva a

preguntarse si no será mejor abandonar; desplazado de la candidatura oficial en las elecciones

de abril y derrotado en las elecciones de junio, es sólo entonces cuando decide viajar, a pesar

de que desde mucho tiempo atrás se le venía intimando con insistencia a que lo hiciera. Por un

momento, el embarque negligente y tardío de un “coaccionado” Cabet nos ha recordado los

viajes segundo y tercero que en medio del escepticismo emprende Platón, arrastrado por

terceros entusiastas hacia la localización de su propia utopía.

La historia nos cuenta que Cabet intentó convertirse en dictador absoluto de Icaria tras

la expulsión de Rovira, pero que no se lo permitieron. Relevado a la fuerza de su cargo, Cabet

emprendió con algunos de sus secuaces una huida hacia delante que le llevaría a St. Louis,

Missouri, donde finalmente moriría rodeado por las deudas. Pese a que al final Cabet casi

acabó creyéndose Icar, y pese a que tras su muerte se sucederían otros intentos igualmente

fallidos de establecer el Estado comunal en Iowa y California, es Rovira quien concita todas
nuestras simpatías. Él reaviva la noble historia quijanesca de quien ha creído en la

realizabilidad de una ensoñación que no fue concebida para hacerla realidad. Es Rovira, y

otros como él, quien la ha querido levantar desde el principio, a diferencia de quien la

describió como si ya existiera mientras se beneficiaba del acta de diputado en la capital

política del mundo.

i
Cervantes, Don Quijote de la Mancha, II, 26.
ii
“In the old days –recuerda el protagonista- love was a cruel proprietary thing. But Now Anna could let Nettie live
in the world of my mind, as freely as a rose will suffer the presence of white lilies”: Wells, H. G., In the Days of the
Comet, en The Complete Science Fiction Treasury of H. G. Wells (Nueva York: Viking Books, 1978), p. 855.
iii
West, Anthony, H.G. Wells (Barcelona: Circe, 1993), p. 331.
iv
Ídem, p. 332-3.
v
Ídem, p. 355.
vi
Artículo en La Fraternidad del 6-II-1848. Cit. en Bermudo, J. M., “El proyecto icariano”, en Cabet, É., Viaje por
Icaria (Barcelona: Orbis, 1985), vol. I, p. 25.
vii
Bermudo, J. M., “El proyecto icariano”, op. cit., vol. I, p. 23.
viii
Soler-Vidal, J., Pels camins d`Utopia (México, D.F.: Club del Llibre Català, 1958), p. 87.
ix
Morton, A. L., Las utopías socialistas, (Barcelona: Martínez Roca, 1970), p. 135.