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Alberto Muñoz

Los apestados
Heráclito nada
Los apestados
Heráclito nada
EDICIONES EN DANZA
Dirección: Javier Cófreces
Coordinación editorial: Isabel López
Comité editorial: Eduardo Mileo y Alberto Muñoz
Corrección: Eduardo Mileo y Claudia Tomás

Producción gráfica: Damián Wasser


Diseño de cubierta e interiores: Sergio Kern

Imagen de tapa: Frontal de San Vicente de Liesa (S.XIII)

© 2017, Alberto Muñoz


© 2017, Ediciones en Danza
Gaspar Melchor de Jovellanos 1068 (CP 1269)
Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Tel./fax: 4301-5031
E-mail: cofreces@edicionesendanza.com.ar
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Hecho el depósito que marca la ley 11.723


Impreso en la Argentina

Muñoz, Alberto
Los apestados. Heráclito nada / Alberto Muñoz.
1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : En Danza, 2016.
136 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-1869-76-3

1. Poesía Argentina. I. Título.


CDD A861
Alberto Muñoz

Los apestados
Heráclito nada
Los apestados
A modo de prólogo

A pesar del padecimiento, nadie se enferma del todo.


Habría que dejar hablar a las pestes; quizás habite en ellas una
teatralidad del misterio.
“De la enfermedad no tengo el malestar, sino el oráculo.”
Leonor García Hernando. El cansancio de los materiales

“Vos me enviás en esta coyuntura la enfermedad para corregirme y mejorarme; no per-


mitas que yo la utilice para provocar tu irritación con mis impaciencias.”
Blas Pascal. Opúsculos

A la memoria de Andrés Huerta Arena, escritor.

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Helena Rubinstein / Poems
Hablábamos de la piel, de la tersa y de la otra. Una cáscara bonita, nupcial.
Como los viejos inodoros donde la mano recorría suave la loza blanca
y atrevida estoy en ti, Helena, metido en el pote de tu crema diletante.

Yo amé los días de sol, llevo el lóbrego parentesco con saurios que sobre
las piedras se echaban hasta la primera ventisca; tuve un cuerpo atenuado,
músculos y mucha bencina. Fumaba y leía. Amaba las plantas.

La piel es liquen. Ramifica, se estira y se destempla como los tambores.


Muere con el sol. Al sol. Tengo que mostrarte las heridas. Tengo que
desnudarme y ofrecerte las que han cerrado.

¿Por qué tengo la piel roja? ¿Qué ungüentos hay Helena para esta
tablatura? La música que compuse, toda, responde a este modo hiper-
tenso, a esta sangría que se mueve en la cabeza como un río de lava.

Necesito una piel tersa, hidratada, como la de san Bartolomé mártir,


una seda natural sin la espiga del dolor, un mármol. Como si un sueño
no pudiera escapar de su pabellón, porque una columna de soldados sin
piel viene desgarradoramente a saltar la muralla.

Abro tu caja, Helena, abro tu saco de belleza. Me embadurno. Quito las


pequeñas costras que toman mi rostro como las almejillas de río cuando
se adhieren a los muelles. La cara siente la ceniza del viejo volcán. La
piel quita la grasa de su mesa; los convidados exprimen los limones.

Las heridas no abiertas no disponen de cabeza. Las abiertas no pueden


ser miradas mucho tiempo. Son libros de arte hechos polvo. Los sonidos
de mi cuerpo no llegan nunca a estar desnudos, la ira es propia de este
mar oxigenado.

De ser mujer sería una virgen martirizada. Quiero algunas de tus cremas,
Helena, para bajar el músculo de la piel que cubre toda la música de mi
cabeza. Hay un escondite en esos agujeritos de la piel que pueden ser
fotografiados y enviados a Japón o a un congreso donde se vaya a llorar.

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La nariz ha decidido convertirse en animal. Agranda los poros y deja
que el lunar agresivo forme parte de la cabeza de la bestia. Tengo un
erizo debajo de los ojos. Me has acariciado tanto que parte del erizo es
tu melancólico modo de atenderme.

Cruje algo en la frente. Busco tus maquillajes, Helena. Hay una cremita
rosada que evita la picazón y la solemnidad. La extiendo suavemente
con el índice sobre la herida. Calma. Una calma que pareciera venir del
río o de una vena de la propia nariz, pequeña como tu sonrisa.

Voy a encontrarme con Estelita, mi amor, que me quiere aun así, siendo
un hollejo. El aire gasta su cacería en esta tardecita fresca.

Paseamos, nos sentamos en un banco público y nos mostramos la piel.


Me excita ver eso que veo por debajo de eso que lo cubre. Quiero poner
la boca ahí, en público. Quiero chupar y que me vean.

Me toco un lunar, tiene el aspecto de todo París en una vista aérea. Hay
algo de tristeza en este triunfo. Van a practicarme una cirugía debajo
de un ombú. Me decís palabras dulces para que no sienta el efecto del
dolor. Soy tu anestesia —me decís— y me tocás con una lapicera.

Helena me ha maquillado para nuestro encuentro. Te voy a tocar hasta


que el tacto se canse de tu enorme organismo. Voy a meter los dedos
en cada avenida, en cada parte alta. Quiero escuchar tu voz diciendo:
“Amor, ésta es la ciudad que te había prometido”.

Estamos en una cama grande como el tiempo. Te muestro todas mis he-
ridas y las divido en actos. Las entono, canto cada herida y te veo cerrar
los ojos. Estás gozando lo más que se puede sin que seamos un amor.
Helena me ha maquillado una herida del talón para este encuentro.

Tengo fiebre. A veces la fiebre conspira. Yo vi y escuché delirar a mi


madre. Ella estuvo formada en las radas de la doctora Paiva y en los
confines tuyos, Helena. Presencié más de una vez un masaje facial
en su casa de belleza, a escondidas, detrás de un biombo con motivos
orientales.

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Es la primera vez que alguien dice amarme, y no por mi bondad ni por
mi agradable conversación, ni por mis seis álbumes de filatelia
completos, ¡por mi piel! No tengo arrugas, solamente tumores que irán
desapareciendo en los quirófanos, ¡por mi piel! Tocar mi piel es oler
una fruta, es silbar. Todo te lo debo, Helena Rubinstein.

Estoy permanente. Por las heridas de mi cuerpo me vuelvo permanente.

17
Los apestados
Estoy apestada pero no me quejo, es como estar enferma de risa.
Soy bailarina. Danza clásica. Tuve y tengo aún un cuerpo lleno de gracia.
Bailo la música de los grandes maestros, salto, me agacho, abro las piernas,
los oídos; mi vida es un barómetro telúrico, estoy amarrada a una cuerda
inexistente, bailo en un andamio por encima del universo. Vivo en una
casa de madera en lo más alto del cielo. Tengo visones en las yemas de
los dedos. Soy paralítica.

La coreografía es simple: una fila de lápidas por las que me muevo. Los
muertos salen a mi encuentro, nada de qué preocuparse, son bailarines
haciendo de muertos. Uno me levanta por el aire y me transformo en un
ectoplasma. Edipo me abraza, soy la Esfinge. La sala está llena. La música
es de Alban Berg. El público está incómodo porque los muertos bajan
del escenario y sacan a bailar a la gente. Es un ballet moderno. Arrastran
a una mujer de los pelos hasta el escenario. A mí me toca desnudarla y
limpiarla de su estúpida vida. La mujer se deja hacer, está más cómoda
en el escenario que en su vida conyugal. Es una gran escena, la mujer
es la primera bailarina, es superior a mí. Fuera de los ensayos hemos
conversado sobre el arte y la discapacidad. Ella sabe que estoy enferma y
que quizás ésta sea la última pieza que baile en mi vida. Le digo mientras
bailamos que la admiro, que es mi fuente legítima de inspiración. Ella me
dice en el aire a metros del piso, que voy a morir. Que tengo que reírme.
Que la muerte se retira cuando uno se ríe.

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La lombriz solitaria

“La lombriz cose la tierra de acuerdo a su miedo.”


J. J. Ceselli. Los brotes

“Por esta puerta me vuelvo loco.”


Graffiti amatorio pompeyano
I

Tengo la lombriz solitaria y voy a todos lados con mi lombriz. Solitaria.


Una que vive en cautiverio en la tripa intestinal, no perezosa sino activa
hasta la curvatura de la región lumbar donde veranea en una casa
de tejas que se llueve. Lombriz extranjerizante, de raíz latina, imperial.

En los viejos manuales de zoología aparece en el cielo con un solo ojo


y un orificio de descargas; grabados que le dan forma de birome
comida por el fuego o de larva moviéndose entre las estrellas.
Un gusano bondadoso que vive de materia y de paramecios sensibles.

Sus paredes externas están escritas al modo de los graffitis pompeyanos


después de que el Vesubio arrastrara Nápoles, Nuceria y Herculano.
Mi lombriz me habita desde criatura, alcanza catorce metros y ha
soportado todas las angustias y los terrores. Está arrastrada de vivir.

Es creyente, confiada a una virgen flotante que sangra cerca del hígado.
En un pequeño cofre de peltre escondido en su cuerpo guardo mis ahorros:
dólares, euros, moneda brasilera, libras esterlinas.
Los bancos arrasaron el poco dinero que ahorré durante catorce años.

Un dinero solitario y turbulento cerca de los motores de la gran bestia


que se mueve con su mascarón sin provocarme dolor o al menos lejos
del que me provocara el Banco Francés con su pala mecánica.

Nada se puede decir de mi lombriz solitaria cuya castidad la quita del


metano; confío en los duros cortejos que destellan por la extensa tubería
de su ser.

Una vieja postal española la pinta como enfermedad, un monorriel dia-


bólico que espera salir por las viejas hélices del ano. Algo he tragado de
niño, no es espíritu, ni alma; tengo una lombriz. Solitaria.

Puede que Santo Tomás haya tenido una serpiente similar (nadie ha
hurgado en sus entrañas), puede que madame Bovary o Belgrano se
hayan procurado la suya.

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María Callas tuvo una que le hizo misteriosamente bajar de peso y ser
quien fue en los escenarios del mundo; una solitaria grande como el bar-
co de Onassis.

Respiro y sus jirones se mueven, no tiene uñas, no lastima cuando viaja,


no la busca la ley, ¡y la tientan los chocolates!
Cuando leo se mueve, cuando corto el pasto chirría.

Enfurece con la vitamina B. En su casa de tejas que se llueve vive


retirada y solitaria.

II

Cicerón tenía una quinta en Pompeya donde descansaba de las tremendas


contiendas con Hortensio, su gran rival en oratoria.
La mano lavada del Vesubio dejó a Pompeya bajo tierra y nada quedó de
su atrio y su jardín.

El vaciado posterior de los cadáveres petrificados muestra sentados al


lado de sus niños a hombres y mujeres romanos o griegos mirando las
nubes o leyendo una tablilla de cera, intacta, congelada por la lava.

Nada cuenta Cicerón de sus males pero sí del que aquejaba a uno de sus
hijos: una lombriz inexplicable se retorcía en el cuerpecillo de la criatura,
sensible a los largos anuncios del Vesubio.

Cenizas y lapilli que el viento esparció metros arriba de los cuerpos.

Así mi lombriz, enterrada en las heces, mi lombriz escrita en sus paredes


exteriores. Los graffitis de mi gusano son tan cochinos como aquellos de
las paredes pompeyanas: “Aquí tiene su morada una larga verga que es
tu felicidad”.

Miasmas del intestino, carroña del ciego que cela esos mensajes afortunados.

Contiendas que recuerdan a las de Cicerón y Hortensio y a las de los


buenos muchachos del Senado y a la de los jueces que prenden fuego su

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razón por una tobillera repleta de dólares, servilletas escritas con birome.
¡Oh, la Gran Birome!

Solitaria es mi lombriz que sabe tanto de mí como yo de quien amo.

III

Me levanté esta mañana exhalando enormes bocanadas de humo. Un


incendio forestal cerca del costillar. Un atentado. ¿Cuál será el
líquido que apague el fuego de una vieja lombriz harta de vivir?

¡Bendito cestodo plano hermafrodita! siento tus huevos batidos y revuel-


tos como una gran fábrica de números y sílabas, de plumas y envíos mi-
gratorios, de tornillos que salen en las deposiciones como maestras de un
jardín de infantes llevando en caravana a sus caídos, a sus aletargados, a
sus granaderitos que mañana serán centuriones o vendedores de garrafas o
artistas de la radio o quelonios defendiendo causas en los imperdonables
estrados de la Nación.

Exhalo bocanadas de humo y presiento lo peor: una Pala Mecánica envia-


da por la municipalidad para vaciarme de tus huevos, ¡un linchamiento!

La Pala Mecánica manejada por otras larvas de nombres latinos con ca-
bezas de militares retirados, de policías retirados, de aterradores alam-
bres de púas aplastando a su paso mi temple intestinal, mi delgado y
mi grueso.

¡Te siento, aferrada con tus ventosas y tus ganchos a mi belleza nativa, a
mi sangre colorada!

La Pala Mecánica arrastra tus 900 segmentos y no hay dentro mío ningún
ejército de larvas que detenga esta masacre de pedos y violines.
En la exacta mitad de tu cuerpo la P. M. alcanza a leer un graffiti que
dice: “Si cagas aquí, ¡ay de ti!”.

¡Oh! Quisiera que éste fuera un poema para niños, que vivan la encanta-

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dora aventura de un nativo que ha gozado de su viborita gentil, un poema
para recitar de memoria a fin de año, un homenaje al ascensor estomacal,
a la flota estelar.

¡Miren niños, al que tuvo un tranvía misterioso en el escenario intestinal


haciendo sus luces en la tormenta! Sepan los queridos educandos que hay
otras solitarias lombrices que están afuera, comprando armas y pájaros
en el viejo amor de la destrucción.

No hay horóscopos en el vientre.

Puede que los ingleses la hundan o que los políticos se aten a ella como
lo hizo el viejo capitán Ahab.

Puede que Spilimbergo la retome pintándola con grandes ojos, puede


que Minujín la aplaste contra el Congreso, puede que la muestren en una
pecera de Mundo Marino.

¡Se va mi lombriz altanera! Sale por las cloacas después de vivir en la


subterránea sortija de mi primera juventud.

Mi lombriz lleva los graffitis pompeyanos. ¿Cómo han ido a parar allí?
¡Al viejo Jung se le retorcerían las entrañas!

¡Son las larvas interiores!, los piojos interinos que escriben desde siem-
pre la misma carta desde la explosión del Vesubio, desde la primera y
segunda guerra.

Pronto vendrá desde el antiguo mar una flota de lombrices solitarias contra
todas las costas y desaparecerán los ceniceros y los libros y las piernas
ortopédicas y el borde de los besos, y quedarán nuevamente las cucarachas y
las ratas que llevarán graffitis en sus pabellones: “Fortunato lame el
culo”, “Bebe de mí, dulce amiga”.

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Asma mater

“Puedo morir por la boca


o por la herida.”
Irene Gruss. Sobre el asma
Ayer, Betiga se llevó el asma a la boca. Por cuarta vez en el mes. Su asma
está en decúbito dorsal cerca de un cenicero de Cinzano. Duerme y teje.
Teje y busca hacer sonar su chicharra.

Betiga ha sufrido demasiado siendo adulto y busca su generosa infancia


para dejarle a su familia lo mejor de sí. Se lleva el asma a la boca. El asma
salta y en la caída ve debajo de ella, nadando inocentemente, a una criatura.

Como el saltador de Paestum, se arroja desde la llama del ahogo. Mueve


su cabeza en el aire, se retuerce, se aferra a los alvéolos. Toda la caída del
asma es una luz apagada y sin testigos.

La explosión de un cuerpo sobre otro. El saltador, el alma, el asma se


ha arrojado desde el más alto trampolín de un natatorio. Debajo hay una
criatura nadando, inocentemente. El saltador, el alma, va a caer estallando
sobre el cuerpo de la criatura: la bota que pisa la lagartija, el adoquín que
revienta al sapo, el fierro en el lomo de la víbora ciega. El neumático
sobre la cabeza del siamés.

Estrellado. Disperso. Ramificado. El aire llama a los cercanos que tratan


de comunicarse con los familiares. Betiga abre la boca. La pobre criatura
está tirada al borde de la pileta, boqueando; no es un pescado aunque sus
ojos no tengan párpados.

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La culebrilla brilla camino a Ítaca
Se han separado hace ya bastante tiempo, días exagerados, años, meses
sin verse ni oírse. Se extrañaron pero ninguno dio el brazo a torcer. Se
volverían a encontrar al completar el círculo. Se verían y se reconocerían
en un vientre, en la piel de un vientre cualquiera camino a Ítaca. Ahí
culminaría todo destino.

Una fuerza me lleva hacia un lugar que desconozco, estoy viajando hacia
allá. Tengo tiempo, miro por la ventanilla un paisaje hostil en un día hostil
de lluvias y rayos. ¿Cómo estarás? Ha pasado mucho tiempo, estoy
menopáusica, se me seca la vagina cuando a tu lado se llenaba de todo
el mar vivo que tenía en mi corazón. ¿Cómo estarás, más tosco, menos
estrábico, con más cicatrices? Es tal la excitación de volver a encontrarte
que me orino en lugares donde no está bien orinarse. Me orino de pensarte
otra vez ahí, con tu boca ahí, con tu varilla ahí. Yo no estoy demasiado
cambiada, tengo el pelo renegrido y las tetas se fueron de viaje. Me conservo
flaca y una de mis rodillas emite como una radio dolor y dolor.

Tuve un hijo que murió al poco tiempo de nacer. Vos ya te habías ido,
entendí por una de tus pocas y lacónicas cartas que habías navegado por
el Hígado y que ibas camino a Páncreas o a otro lugar similar, oscuro.
Después de la muerte de mi hijo me llené de hombres y mujeres. Me
enamoré de una farmacéutica a la que le di todo. ¿Qué es darle todo a
un amor? Le pagaba sus cursos sobre medicina china, pagué las trece
cirugías de su siamés, compraba las cajas de profilácticos para que su
marido no rozara su asquerosa piel dentro de ella, cigarrillos, drogas,
entradas para el cine, vestidos, cremas vaginales, todo. No creo que vos
sepas qué es darle todo a alguien. Te presiento con arrugas, la cara y la
verga curtida por el sol.

En todo este tiempo te extrañé y mucho, pero me olvidé de todo lo que es


tuyo, extrañé el lado más invisible de tu vida. Estuve enferma de celos.
Morí de celos y en ese estado me dejé enamorar por un chef, un homo-
sexual con una cadena de restaurantes. Viajé a Europa, viví seis meses en
Venecia y te veía en cada sombra de la Serenísima. Comí y descubrí el
placer de vomitar a escondidas.

Estoy yendo por encima de un viaducto. Ítaca nos espera. Cuando me


preguntes cómo estuve en todos estos largos años voy a abrir la boca
como un hipopótamo y te voy a vomitar en la cabeza. Ésa es ahora mi

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defensa. Cuando alguien me lastima le vomito directo a los ojos.
Mi dentista quedó ciego, mi ginecóloga perdió uno de sus ojos porque
miró donde no debía mirar. Ésta soy yo por estos tiempos. Mi novia
volvió con su marido y yo dejé de amar y me dediqué a leer y compren-
der la obra entrañable de Aby Warburg. ¿Recordás mi pasión por el arte
florentino? Todo eso fue influencia de mi padre. El amor por mi padre
desapareció cuando se lo llevó el viento. Pero el viento te trajo a vos, de
ahí en más la fuerza del destino.

II

Tengo cáncer de próstata. Lo saben mi perro Argos y la muchacha que


viaja conmigo. Voy a encontrarte en un punto cerca del ombligo de un
canalla. ¿Sabías que el lugar de nuestra cita es el vientre de un comi-
sario? Ganamos la batalla en el fondo del cerebro. Una enorme fogata
anunció el fin de la batalla. Soy el astuto, soy el mejor, el más inteligente,
y voy camino a un punto para encontrarme nuevamente con vos.

Ya no te recuerdo. Ya no me importa nada de lo que hayas hecho. El


destino quiso que nos encontráramos para completar un círculo que no
nos pertenece. No voy a preguntarte nada sobre tu vida. Quisiera saber
algo sobre mi hijo, ya debe ser un hombre. ¿Qué nombre le pusiste? Me
hubiera gustado que se llamara Alberto. Estoy viajando por la sangre de
un maldito comisario para encontrarme con vos. Cuando nos veamos y
nos abracemos el maldito va a reventar.

¿Cuál era tu nombre? No tenés que ofenderte, perdí mi memoria y por lo


tanto mi virilidad.
Mi madre guardó mi cordón umbilical en un frasco y lo arrojó al mar. Se
ha convertido en una enorme serpiente que alucina y mata. Espero verte
pronto. Estamos a unos centímetros de encontrarnos. El cordón que arro-
jó mi madre al mar es ahora el que nos une.

Estamos a una luz de encontrarnos. El comisario, el vientre del comisa-


rio está a punto de reventar. Va a morir con nuestro encuentro. Somos la
culebrilla, la serpentina maldita.

Esto que podría ser una historia de amor fue un síntoma, una parsimonia,
un crucero de la peste para que el destino se cumpla sobre la barriga de un
mercenario de la ley.

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Diario amoroso del Hombre Invisible

“(…) la muerte, al tocarnos, no nos destruye, sólo nos hace invisibles.”


Doctrina india, citada por F. de Chateaubriand
Anteayer, como anteayer de anteayer, dormí en la farmacia. Me gusta lo
que transita de noche en los pasillos y los altos anaqueles llenos de reme-
dios para curar nervios, jaqueca, dolor de oídos. Dormir y ser despertado
por pequeños timbrazos, lejos de acarrearme displacer, me sumerge en
una urgencia que agradezco.
No hace frío en la farmacia; una templanza, como la de los instrumentos
musicales, mantiene todo en una ingravidez pastosa, sensación ­—se me
ocurre— similar a la de los astronautas en su cápsula. La austeridad que
imparte la repetición de cajitas me adormece. Estoy a pocos días de la
visibilidad y no estoy convencido de querer entrar en su traje mezquino.

Una de las empleadas de la farmacia es joven y la otra no merece la


juventud; de esa me vengo enamorando paulatinamente. Por algún raro
motivo ella intuye mi invisibilidad.
Ningún gesto la delata, ninguna insinuación. Sólo por aburrimiento a
veces, en medio de la noche, dejo caer un paquete de gasas o de algodón,
nada estridente, nada que la quite de su atenta lectura nocturna. Lee una
novela que la tiene atrapada. Hay indicios de que la novela es picante. Por
qué levanta la voz en esos párrafos es un misterio. Pasa por las palabras
con el interés del que cuenta monedas. Me pongo a su lado e indefecti-
blemente estornuda.
Un timbrazo la quita de la lectura.
Camina hasta la pequeña ventanita de vidrio, recibe una receta, busca en
los anaqueles un remedio. Saluda, agradece, cierra la ventanita y vuelve
hasta mí, hasta su libro.

Hace dos noches llovió torrencialmente. Se inundó la farmacia. Ella


empujaba el agua hasta la calle con un secador, el agua regresaba y la
inútil tarea se repetía. En ese arrastre pude disfrutar de su cuerpo. Algo
de la inundación la excitó y se encerró en el baño. La escuché jadear,
reírse, lloriquear. Sin pudor escuché y miré por el agujero de la cerradura.
No podría demostrarlo, pero ella intuye mi presencia.

Supe su nombre: Lu.


Conocí al novio de Lu, un civil de nariz aguileña, tensa como un anzuelo.
Varias veces los seguí por las calles y aprendí de memoria un mapa por
lo demás sencillo: una pizzería, un café, un cine, un hotel. Estuve en los

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cuatro lugares. No me avergüenzo.
En una oportunidad Lu le habló de la novela que leía en la farmacia. Me
tapé los oídos. Fue en una de las tantas idas al hotel. Esa misma tarde, ya
consumada su tertulia amorosa y mientras se cambiaba frente al espejo
le comentó al civil que sentía entre ellos una presencia extraña. El civil
se sorprendió y confesó que lo que ella intuía como extraño era lo que él
guardaba como secreto y ya no podía contener.
La confesión destruyó a Lu; se retiró de la imagen del espejo y me abrazó
sin saber que no era al civil, sino a mí, a quien abrazaba.

Ante el drama desatado y sin pudor la besé y le mordí los lóbulos de las
orejas. El civil se retiró de la habitación del hotel dejándonos solos. La
tomé de la mano y la llevé hasta la cama destendida. Me subí sobre ella
y me fui tornando visible ante sus ojos, primero la cabeza, después una
pierna, la otra, un brazo, parte del torso.
Lu se escabulló por debajo de mí y salió de la habitación con rumbo
incierto dejándome boca abajo y completamente triste.

Medio visible, medio invisible, deambulé por una ennegrecida noche que
no me mojaba, ni me daba frío, ni me dolía.

40
HyV
Héctor, con su navajita, traza un corazón enamorado en un árbol. Pela la
costra y talla con sumo cuidado el nombre de su amada y el suyo.

El árbol está frente a la casa de su enamorada. Ahí está esculpiendo el


corazón más sangrante, más atormentado en la historia de los árboles.

El corazón chorreante de savia da exactamente al frente de su casa. Abrir


la puerta y verlo. Quizás no al día siguiente, quizás al mes, al año.

Un año antes de esa savia que ahora cae, blanca, a los pies del plátano,
Héctor fue expulsado del corazón de su amada sin saberlo. Sentirse no
amado fue en ese año la parálisis.

Las piernas quedaron confinadas a una silla móvil de dos ruedas que sólo
cumplían la función de llevarlo desde cualquier lado hasta el árbol donde
estaban grabados los nombres.

Ella no tuvo corazón, porque a lo largo del larguísimo año no supo ver
el corazón que no deja de sangrar con sangre blanca desde la entraña del
dolor del plátano.

Héctor, contagiado, decide hacer lo mismo que ella le hace a él. Vuelve con
su navajita y modifica la primera inicial: ya no es más “H y V” sino “A y
V”; el palito horizontal sobre la cabeza de la H desafecta para siempre el
amor eterno para tornarlo venal, destilado, no correspondido, porquería.

El corazón del plátano amaneció con las nuevas iniciales. A la primera


mañana posterior, ella por vez primera registra los nombres del corazón.

Héctor, montado en su silla como lo hubiera hecho Facundo Quiroga, vio


el cuerpo enamorado de su amada dándose por entero al plátano. Abrazada
al arbolito apoyó su romántica boca en las iniciales blancas de savia. Ella
supuso que Aníbal había escrito sobre la costra.

El atolondrado Héctor se acercó más a la escena, quería ver con sus pro-
pios ojos el descaro, deseaba que toda su inmovilidad amorosa presenciara
el acto de saberse no amado. La bella, apestada de amor, asomó la lengua
por la boca y chupó desvergonzadamente la savia. Héctor, engañado desde
hacía mucho tiempo, quiso que sus huesos fueran actuales soportando con
entereza la infidelidad.

El corazón sangró todo lo que tenía. Ella tragó las iniciales sintiendo
que ese amor escrito en el árbol podría curarla de la culpa. A metros

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del árbol, de la casa de ella, de la lengua de su amada, Héctor avanzaba
alocadamente con su silla de dos ruedas para desaparecer por los pasajes
buscando con su navajita una vena gruesa y roja para tallar.

44
Bótox de silencio
Ya no habla ni siquiera con la voz. El cuerpo conventual va a las duchas,
amasa el pan, reza, omite ver. La entrega es inmejorable. Ni una palabra
por hora. Vacío. Total vacío hermético.

Ya no escucha el comentar de los pulmones, el recorrido de la sangre


por los acueductos, la orina va silenciosa de un tubo a otro. El flujo no
resbala. Todo está siendo callado.

No más frituras, no hombres por un tiempito. Algo se va reabsorbiendo


en el más absoluto no decir nada. No hay suspiro. No hay de qué suspirar.
No es necesario subir al campanario, ni toser. Fuera del mundo y de todo
lo que en él hay, lejos de la carne de vaca, de la cerveza.

Se va sanando de haber hablado tanto. Hay que esperar. Ni un decir, ni


un susurro siquiera.

Lo más difícil es acallar las voces de la mente. Cuando los pensamientos


chistan desde el hueso craneal: - Ey! Ey!-. No responder.

Ahora sí está dejando de hablar. Nadie la llama desde adentro ni desde


los árboles, todo parece más mudo que un féretro. Podríamos decir que
chau, que ahora son todos mapas o pronósticos del tiempo o necrosis.

Sentada en una silla de mimbre. Quieta de gestos y oyendo el piar de los


pajaritos en su balcón. Está haciendo un silencio. La han inyectado de
silencio. La han estirado de silencio.

47
La vida de un luchador de catch
que no resulta querido
a don Alejandro Barrera Isuzqui, luchador.
Los alfeñiques llevan diarios íntimos, se comportan como señoritas
anotando sufrimiento tras sufrimiento.
Hay poco estímulo para aquel que desea convertir su masa muscular en
algo colosal, en un teorema.

El peso de la noche es mayor cuando se es un estúpido, pero levantar una


barra con 150 kilos llega a ser una clara exploración de la dicha que las
estrellas desconocen. La gravedad puede ser un invento, el músculo no.

La dieta es contrita. Agua que lava impurezas, hidratos flexibles en un


entorno que se sabe piedra. La piedra del músculo en su simplicidad
emociona.

“Lo que se expresa en el cuerpo no podemos expresarlo a través de él”;


así orienta el entrenador.

Los luchadores se quejan por el esquivo interés del público en admitir el


forcejeo como un roce enamorado. El ímpetu domina.
Para los antiguos guerreros la lenta caída a los pies del rival implicaba
falta de interioridad.
Un luchador de catch no tiene interior, su emoción es teatral, como lo es
el corte que le atraviesa la ceja, la pelambre.

Cuelgan de los percheros andrajos, bolsos, sombreros para tapar la


calvicie; los ríos invisibles del sueldito que apenas alcanza para mantener
limpia la pieza de la pensión.

Se entrenan para un combate, quizás el último, contra una mole que


conocen y que lucirá en el ring como un santo al que se le ruega piedad,
o aire.

Noche tras noche se piensa en el adversario, un diálogo con la sombra


venida de un vestuario.
El saludo es cordial. Se ensaya una coreografía.
Nadie sabe quién va a perder hasta el momento de ganar. Hay decisión
final, como en el Juicio. El dolor en los omóplatos es descomunal.

Pastillas o pomadas balsámicas que se pasan unos a otros, amorosamente;


direcciones de odontólogos; la cita con una afrodita que los hace felices
una vez por semana en un camarín de masajes bajo una lamparita roja
que se quema y es reemplazada por otra menos roja que también se quema
y provee de oscuridad a los dedos que se hunden en los omóplatos,
porque la mente está ahí, haciendo su trabajo sucio.

51
No se llega a ser un luchador de catch sin haber tenido alguna vez alguien
a quien dedicarle la pelea, un perro, una tía, una estrella de cine, una novia,
una pistola con el tambor lleno.

Los clubes donde pelean son pequeños, a veces el cuerpo es más grande
que el club. No se puede pesar más de mil kilos, o menos de veinte.

Usan máscara, siempre la misma, roja y blanca, negra.


El hule de la máscara lastima, la transpiración se mete en los ojos y los
dos agujeros se tornan hormigueros por donde asoma la mirada poniendo
sus huevos en el gesto del adversario.

Los nombres se registran en la propiedad intelectual. El gladiador que


apoya el pie sobre la cabeza del león aspira a la leyenda.

El luchador de catch no tiene familia; compra yerba, vendas, algo de


droga y una camisa de seda natural.

Los amigos miran desde el ring side pensando en el tren que perderán si
el combate continúa.

A los veintiséis están acabados; ya no hay necesidad de usar máscara; el


abdomen los torna necesariamente en mongoles provenientes del Asia.
El público abuchea y el dolor de no ser querido sangra por la herida.

El catch no es un deporte, es un atolondramiento.


El árbitro los separa, no saben de qué, ya están separados de todo, sudando
para que parezca más real el dolor.

52
Una madre es lo primero que vemos por dentro
Una madre es lo primero que vemos por dentro. Los ojos cerrados,
recién haciéndose; una piletita de agua junto al espinazo. Es lo primero
que vemos sin salir de las tiendas. No hay demasiado que hacer ahí en
el avispero. Al costado de la cabeza crecen orejas, haciéndose, se escucha
el armado de las chapitas acústicas.

Una madre es lo que no se quiere encontrar en el suburbio.


Pedalear, cazar larvas, mear ida y vuelta en el subte umbilical vestido
de trajecito azul, visitando las momias y el camarín de la pleura.

La mía fue Managua, fray Mamerto Esquiú; otras madres son los
melancólicos apóstoles, el Helicón; las menos, la zampoña, la fama con
todos sus cipreses.

Las damas adoratrices que limpian el hígado cantan las melodías que
ellas entonan en la cocina. Una tarifa moderada permite darse vuelta en el
líquido. Se llenan los primeros cuadernos. Bajan los primeros estiletes.

Boca abajo se desata la brida de lo que será el bigote o el bozo. Feto


soberbio. La nariz se construye entre cristales. Feto soberano, feto sobrio.
Madre es lo primero en coleccionarse.

Se abre la flor vaginal y ya está; llegan los carros al umbral.


Asoma la cabecita y eso será todo.

55
El ciego con las manos
Eso es como tocar el ciego con las manos-, dice uno de ellos. La voz
viene de atrás del barbijo; el otro apura un comentario con la clara voz
de un cordero. La frente está empapada de sudor. Una vieja Arpía, una
Furia está trabajando dentro de mi vientre. Le secan la frente, le hablan
cerca del hombro: -cenar -casa -champagne -juguetes -mamar-.

La sangre lleva a la orilla una barquita de celulosa, plateada; los camalotes


son quitados del río de sangre con horquillas.Aquí lo tengo -dice-, es como un
sábalo, nunca vi una cosa tan grande. Voz de cordero: -no sé si vale la pena
llevarlo hasta tan lejos, va a volver, es como un camalote peronista.

Mirá, la válvula ileocecal está comida-. La gotita de sudor entra en su ojo


y lo enceguece; ve, no ve: -cena fría -ojalá llueva -el ventanal -la luz de
los letreros -la lámpara de pie-. La instrumentadora le seca la frente con
una gasa y con su pierna le roza un testículo.

Hay crecida dentro de mi vientre, la peor, como la del 50, intraperitoneal.


La Furia. La gente pobre en los techos con lo poco, con el perrito poco
y la caja de sidra llena de poco. La sangre se desmadra, sube y sube puta
y llena de rojo: -la vamos a pasar bien-. Lo seca, lo limpia con gasa fina
como si fuera un culito, una gota culito. El anteojo, consolado, deja caer
en la camilla una baba romántica. La mano enguantada se dispone a
cortar el ciego.

El ciego tonto y enfermo quiere irse a otro municipio, a otra pequeña


parcela de mierda:- no veo bien, limpiame. Ve, no ve: -¿Baden Powell?
-lencería negra -¿Oscar Peterson? -no veo, limpiame-; veo. -Voy a
chuparte sodio y potasio-.

La sangre busca irse a los toneles. -Lencería negra-. Es como tocar el


ciego con las manos-; ¡Cielo! quiero pensar yo, ¡Cielo con las manos!,
le digo a la instrumentadora, a la que lo limpia; ¡Cielo, cielo!, camino a
otro mundo, cielo.

Nadie escucha. Se llevan el camalote al laboratorio. Feo y negro, peronista.

59
Por qué soy un enfermo de los nervios

“Estoy mal de los nervios esta noche. Sí, mal. Quédate conmigo.”
T. S. Eliot. Una partida de ajedrez
º
“(…) no tengo principios: lo único que tengo son nervios.”
R. Akutagawa, citado por Brodsky en Marca de agua

“retablo y cuerda/del viejo circo/ papeles/de quien se fue/quedando”


Susana Villalba. XIV, Clínica de muñecas
Uno

En los años ‘50 le practicaron a mi madre electroshock. Algunas de esas


descargas llegaron hasta mí. Me aterra todo estilo de electricidad. He
sufrido por los tubos fluorescentes, por las lamparitas, por las planchas y
por las estufas de cuarzo. Me dan miedo el cable y los relámpagos.
El que sufre de los nervios, el sujeto eléctrico, padece insomnio. Ese
tipo de trastorno del sueño no es letal; nadie muere de un ataque de no
dormir. A veces meo electricidad. Unas chispitas centellean en el fondo
de la taza.

Todo ser vivo está medicado. El gato que come yuyos para desintoxicarse,
el mono que mastica la costra del árbol, mi viejo profesor de violín que
toma pastillas para el reuma y para el Parkinson. Los movimientos en el
aire de su violín espantan. Ha dejado de tocar en público hace años. Ahora
su hijo, también violinista, compone e interpreta piezas sencillas sobre la
movediza agonía de su padre. Al viejo sólo le quedan algunos alumnos
que continúan por lástima, por sordos. Hace tiempo que abandoné las
clases, ahora quiero dejar de tocar el violín, voy a vender mi instrumento.

En la última internación conocí a un zapatero judío sumamente amable


y conversador. Tenía una enfermedad extraña que desorientaba a los
médicos alopáticos y a los otros. Los síntomas eran escalofriantes,
como los míos cuando siento el recorrido por los cables sanguíneos,
una fuente de sangre que hierve como un géiser.

En ese estado fui la última vez al hospital, en ese estado me revisaron en


la guardia. Sólo había perplejidad en los guardapolvos blancos.

Nada me interesa en la vida. Hago uso de ella porque es práctica y se deja


desgastar como una suela. Hay algo eléctrico en mi carácter que desearía
se manifieste con mayor cautela, sin el ab irato que suele caracterizarme.
La personalidad siempre está construida sobre algún defecto. El mío es
ser voltaico.
Curiosamente, mi arco voltaico no me hizo un gran amante. Cumplí con

63
los pavoneos, con el cortejo, di algunas promesas pero nadie me recuerda
como un gran amador. No sé si alguien me recuerda. No sé si alguien ha
hecho el ejercicio de olvidarme. Los nombres de las chicas y señoras con
las que compartí un lecho, un bosque, un pasto, un bote, están guardados
con el mismo entusiasmo con que se guarda una escarapela en un
costurero.

Buscando un día un botón de la campera surgieron Stella Maris, Odetta,


Emilia y una a la que le gustaba la lluvia.

Pude haber sido un héroe debido a mi condición de transmitir energía


suave o violenta según las necesidades. Si un perro callejero ataca:
energía violenta. Si hay en medio de la calle un gato atropellado por un
vehículo: energía suave.
Cabe señalar que cuando bailo -si estoy obligado a llevar de la cintura a la
compañera- no ejerzo más que una liviana tensión recibida sin denuesto
por ella. Doy la mano con simpatía, no descargo si no estoy nervioso.

La cama del hospital nunca es como la cama de la casa de uno. Están


fabricadas con estulticia. Coincidíamos en ese concepto con Simón, el
zapatero judío. Nos contábamos los males cuando el hospital bajaba las
luces y las enfermeras raleaban sus visitas.
Cada uno contaba su peste y el que escuchaba entonaba luego una canción.
Simón cantaba muy bien, su voz no era eléctrica como la mía, tenía una
de esas voces que la cancionística italiana de los ‘60 hubiera incorporado
a sus filas.

Estoy suelto y camino por las calles viendo y disfrutando de las impiadosas
pestes del mundo: piezas ortopédicas, cegueras, obesidades, bocas desden-
tadas, labios desfigurados por la fealdad del quirófano. Tubérculos.

Añadiduras escalofriantes como los síntomas de Simón el zapatero judío,


y los míos, heredados de la vieja psiquiatría que contrajo y fagocitó los
nervios de mi querida madre y parte de los de mi amigo Simón.

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Dos

En poco tiempo no quedará nada del planeta o muy poco: Inglaterra,


Barcelona y las islas del Paraná. Estas novedades las comunico, no
porque haya tenido una tonta revelación, no porque haya soñado o reci-
bido inspiración a través de las páginas de Aleister Crowley, no porque
haya pisado un cable, un alargador o una zapatilla de seis bocas donde
generalmente se enchufan la TV, la disquetera, la play, la bandeja gira-
discos y el antiguo equipo con Dolby. No. Esta certeza es ya de todos:
no habrá más mundo, sólo refulgirán el antiguo Imperio Británico, la
Barcelona de Gaudí y el fino sistema arterial del Paraná.
Inglaterra será por fin la dueña de los pedazos. Barcelona será un
gigantesco laboratorio de drogas, y el Paraná albergará a todos los que
escriben poemas y prospectos en la República.
Cada caja de remedios dispondrá de un prospecto y de un poema. Dará
lo mismo leer uno u otro a la hora de consultar sobre las contraindica-
ciones. Estoy ocupado escribiendo el poema que irá en la caja de enalapril,
comprimidos. Todo hipertenso esencial, sin compromiso orgánico,
estará acompañado de por vida con mi poema.
Nada de esto es una alucinación estúpida. Tengo el oficio de escritor de
prospectos, tengo el oficio de poeta. Mis afirmaciones un tanto oracu-
lares obedecen a un exceso de electricidad en mi hemisferio derecho.
Mi inspiración -en caso de que exista tal cosa en mí- está relacionada
con el 220.

Odio los juegos de mesa. Simón el zapatero, vive entusiasmado por ellos.
Su vida, según cuenta, ha sido un juego. La mía, un acumulador.
Es fácil advertir si hemos sido o no sujetos infelices.

Tres

Las predicciones de Alois Irimayer son un bien de familia. La madre de


mi madre sostenía que yo debería haber nacido para ángel pero que en la
mitad de la concepción alguna peste se apoderó de mí, feto aún, llenán-
dome de una furia que llevo en la corteza cerebral, en el humor y en los

65
cojones. La madre de mi madre leía y releía libritos esotéricos buscando
en sus fuentes algún indicio de mi enfermedad. No había Biblia en casa.
Era entretenido y bastante moderno vivir sin Biblia en casa.

Con el paso de los meses Simón y yo, como los artesanos que trabajan a
desgano un metal impuro, fuimos haciendo una amistad. El amigo Simón
resultó ser, no un zapatero, sino un vendedor de juguetes.
Se había casado con una viuda polaca mayor que él; la mujer murió
y Simón heredó su enorme galpón con juguetes. Visité el tinglado, una
suerte de kermesse o museo de cera con piezas de porcelana, de lata, de
madera; la antesala de un onírico paisaje aterrador.
En ese galpón le confesé a Simón que me dedicaba a escribir prospectos
para un laboratorio de especialidades medicinales. Simón se revela ven-
dedor de juguetes y yo, escritor de prospectos.

Los juguetes también sufren enfermedades, se apestan.

La clínica de muñecas de S. Villalba es prueba de ello. Un hospital loco,


con el cuerpo mutilado de Yolinda, “la muñeca argentina que paso a
paso camina”, la cabeza de Sulamita junto a piernas y brazos de cartón
de la casa Adalid, los caballitos mecánicos, galopadores Pampa, con
óxido en las entrañas. Los juguetes de papel maché de los Capusotto
comidos por las ratas o quemados, los títeres Eico, partidos como las
muelas del juicio, los animalitos de cibelina, Marilú, con una conchita
insinuada, y el culito y las piernas de Elenita, y la cabellera dorada de
Mabel vistiendo un deshabillé.
Visitamos la clínica con Simón; su dueña, una bella mujer sin tiempo,
nos homenajeó con caña y nos obsequió a cada uno un catálogo de
muñecas de la firma Eidema. Todas las muñecas estaban apestadas,
desahuciadas, locas, hablando solas en la penumbra.

Cuatro

Los médicos, desorientados. No saben muy bien cuál es mi enfermedad.


Hay momentos donde la electricidad que pasa por mi cuerpo tiene el

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valor de una pila. Toco la radio portátil sin pilas y funciona.
Simón piensa que es un don que Dios me ha dado y yo no sé cómo
instrumentarlo. Simón es un gran lector.
Volvemos a recorrer el galpón de la polaca.

Un pasillo oscuro, con anaqueles de chapa y estantes vencidos por la


humedad. Por ahí caminamos como los viejos monjes de la Edad Media
buscando un rollo, o un libro cubierto de polvo. Nos detenemos frente
a un avión, un tren y un camión desarmables marca El Pibe. Tocamos,
soplamos el polvo.
La carreta con los tarritos de leche y el caballo de madera con ruedas
verdes marca Hurlingham. Tocamos y soplamos.
Simón lagrimea. Es evidente que este lugar lo conmueve y redobla el aire
de su enfermedad, que no se sabe bien cuál es.
Señala con el índice un sulkiciclo con el caballito marrón de crines y
patas blancas. Tose. Pareciera estar a punto de morir. Me toma la mano
intentando decir algo que podrían ser sus últimas palabras. Lo escucho
con atención. Dice: “Tengo la bicicleta y el remociclo Richmond” y se
desmaya en mis brazos. Ambulancia. Hospital. Médicos desorientados.

Digo ser un pariente de Simón. Estoy alterado. Me toman la presión. Me


internan. La enfermera intenta ponerme un suero pero el recipiente estalla.
Tengo una carga eléctrica ideal para que los galenos me estudien, y
conmigo está Simón, que también tiene una extraña enfermedad.

Salimos a la semana un poco mejor alimentados y llenos de propósitos.


Nos despedimos con Simón porque era evidente que nuestra relación
era refractaria. Siempre sería más o menos igual: una experiencia, una
internación.

Cinco

Conseguí una entrevista en un nuevo laboratorio. Su escritor de prospectos


había muerto de cáncer. Buscaban a alguien joven, instruido.

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Pasé por varias entrevistas. Había otro candidato que al parecer también
conocía el oficio. Más joven que yo. Con una redacción asombrosamente
cabal. Yo lo tenía de mentas. Él había redactado el prospecto de Regadione
simple y compuesto.
No corría con ventaja, salvo que el laboratorio se interesase por mi elec-
tricidad o mi vena futurológica o por mi buena relación con la escritura.
Nada de todo esto parecía considerar la empleada que tomaba las entre-
vistas. Yo era un poeta.
La chica tenía un tic: no dejaba de pestañear, doscientas o trescientas veces
por minuto. También ella era voltaica. Quizás -llegué a pensar- pone su
voto sobre mi persona porque mi conversación aliviaba el tormento de
sus pestañeos. Pestañeaba cada vez menos, estaba convencido de que
alguna empatía se estaba produciendo entre su pequeña máquina abani-
cadora y mi corriente eléctrica.
Ella parecía no darse cuenta de todo esto, o quizás nada de todo esto esta-
ba sucediendo. No había modo de que ella intuyera mi electricidad o mi
talento. La última pregunta estuvo destinada a medir mis conocimientos
literarios. Mi lista fue apabullante, deseaba impresionarla con el único
objetivo de volver a verla pestañear; su maquinita me daba un poco de
risa, volvió a pestañear trescientas o cuatrocientas veces por minuto. No
recuerdo a qué poetas, a qué escritores mencioné; la joven y rubicunda
empleada parecía no conocer a ninguno. Se encontraba en un severo es-
tado de fatiga.

No volvieron a comunicarse conmigo. Era obvio que el puesto lo había


ganado el más joven, con más tino, más modestia y quizás con un
novedoso estilo de vanidad.
Yo amaba a la gente de estilo. Simón era un hombre de estilo. Un enfermo
de estilo. Ninguno de los médicos que me trataron eran hombres de estilo.

Los nervios me estaban jugando una mala partida. Estrellar los puños
contra la heladera, patear con fuerza descomunal la jaulita de los loros
de un vecino con quien apenas nos saludamos, pegar cabezazos contra
la puerta de chapa del mecánico Anselmo, no hacían más que confirmar
que estaba dentro de un nuevo corifeo, una nueva estela enfermiza que
culminaría en la estrecha y calurosa cama de un hospital público.

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Odio los hospitales. Odio sus enfermeros y sus médicos de guardia. Odio
los orinales y los pinchazos. Odio la maldita jarra de agua tibia. Odio los
gatos que caminan por el alféizar de la ventana para terminar entre las
piernas de un agonizante.

Seis

El doctor Abásolo, con su ojo tuerto, me visita con un puñadito de


jóvenes discípulos. Explica con cuidado mis síntomas. Los estudiantes
me miran con curiosidad; la más resuelta de las jovencitas tiene labio
leporino; otro se me acerca de costado, del lado del brazo que le falta;
todos parecen estar resfriados, no paran de sonarse la nariz, ejercen una
fuerza desmedida forzando las narinas. Alguna ventosidad se escapó
bajo un mugroso guardapolvo blanco.

Me hacen preguntas irreverentes, yo mantengo un discurso prospéctico,


soy una máquina de hablar. Los confundo. Me parezco a la chica que
pestañeaba. El doctor Abásolo advierte mi fatiga y se lleva al racimo de
mediquitos a la puta que los parió. Asoma luego su cabeza para dirigirse
a mí graciosamente; parecía en verdad una cabeza sola, como la de
Sulamita, sin cuerpo, abriendo y cerrando su tonta boca, haciéndome
notar mi falta de estilo. Toco la jarra de vidrio y estalla. Lastimo el ojo
sano del doctor Abásolo.

Me aplican un calmante. Una enfermera que al pasar deja caer sus enor-
mes tetas sobre los botones de su guardapolvo me entona una canción
muy bonita, quizás para ayudarme a cerrar los ojos o para morir o para
ingresar en la melancolía que tiene todo escritor de prospectos.

Siete

Estoy internado. Simón viene de visita. No sé cómo pudo enterarse. Dice


jocosamente: -Los juguetes me dijeron que estabas aquí-.
Me trae un juguete de hojalata litografiado Matarazzo, un trompo gigante.
Lo hace girar en la mesa de metal que está al costado de la cama. Sale

69
música: una música que me hace llorar. El vacío de la vida. El trompo no
para jamás su giro, ni su música, y mi electricidad empieza a crecer. Tiro
de un golpe el trompo y se apaga la luz del hospital.

Por una semana no volví a ver a Simón. Me llamaron de otro laboratorio.


Fui a las pruebas. Aprobé. El sueldo era magro, me dieron los datos del
medicamento para que armara un primer prospecto.
La gramática de los prospectos es particular, yo domino ese aspecto y tengo
noción de cómo ocultar aquello que el laboratorio no quiere mostrar. Todos
los medicamentos ocultan “esenciales”. Esto lo aprendí de la alquimia y
forma parte de nuestras repetidas conversaciones con Simón. Oculté con
calidad. Fui admitido por el director del laboratorio, con quien compartí
un almuerzo magro, como el salario que me ofrecían.
El hombre era cardíaco severo. Había sido abierto como un pollo hacía
dos años pero se reía de su peste como hacen en general los cardíacos.
Les divierte la idea de que el corazón pueda explotar como una bola de
fraile rellena. Son idiotas ásperos. Me habló de su enfermedad, de la
de su mujer, que era diabética, y de la enfermedad de uno de sus seis
hijos, que tiene un nombre raro igual que su hijo. Pidió dos whiskies y
yo comencé a temblar temiendo el encuentro de mi mano con el vaso de
vidrio. Hizo el gesto de brindar. Tomé mi vaso de whisky, que explotó
en el brindis como el de él, y varios de los vidrios se clavaron en su cara
y en sus ojos. El hombre se desangraba en el piso. Todos los presentes
caminaban nerviosos en ronda; parecía un ballet, una obra musical para
ballet; todo se comportaba como el trompo Matarazzo que me había
obsequiado Simón.
Me senté en una silla sin mesa a contemplar: el cardíaco severo, el director
del laboratorio, había estallado como una lamparita Philips.

Ocho

Simón me llevó otra vez por los pasillos de la Edad Media, ahora para
visitar a las muñecas. Ahí, en caso de desearlo, podíamos masturbarnos;
de hecho lo hicimos tocando a las muñecas, oliéndolas, bajándoles o

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subiéndoles la ropita: Marilú, Gracielita, Linda Miranda, Lolita Johnson,
las Famil, la Cholita del dúo Cholita y Cholito.
Yo estuve con Gracielita; Simón, con las Famil.

Nueve

Mi enfermedad de los nervios buscaba una etiología. No conocía a nadie


que compartiera conmigo esta desdicha. Ser un hombre eléctrico, una
batería humana, un magiclick católico.
Era muy probable que muriera por una descarga excesiva. Casi un pro-
nóstico obvio. La enfermedad de Simón era más extraña aún. Supuse en
cierto momento que se trataba de la enfermedad de Ehlers-Danlos, la de
los contorsionistas. Nunca lo vi haciendo nada con su cuerpo que me
diera esa pista, pero sí su mirada, el modo en que miraba o me miraba.

Diez

Dejé pasar un tiempo para presentarme en otro laboratorio. Los escribas


son harto celosos; si se consigue un puesto no se abandona hasta la muerte.
Así se comportan también los narices, esa extraña logia tan requerida
por los perfumistas. El homme-nez profesional puede distinguir siete mil
olores distintos. Su nariz en plena oscuridad reconoce el tono de una flor
cualquiera. El hombre-nariz huele todo lo que hemos hecho durante el
día: cuando fuimos al baño, qué tipo de heces largamos; cuál es la marca
de loción para después del afeite; qué comimos al mediodía; qué vino
tomamos la noche anterior. Los olores impregnan pizarras, pulóveres,
relojes de bolsillo, lapiceras, gemelos, corbatas, las gotas de orín del
pantalón que llevamos puesto, la aureola de ropa interior, la cabellera. El
paraíso del hombre-nariz se encuentra en Grasse, en los Alpes marítimos,
cerca de Antibes y Cannes.
Son artistas, como lo es cualquier escritor de prospectos medicinales,
como lo soy yo.

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Once

En un cuarto pobrísimo al fondo del galpón de juguetes junto a un


camastro y una desvencijada mesa de noche con una foto enmarcada
donde están los padres y los hermanos de Simón, está su biblioteca.
Los tomos están vencidos por la humedad pero huelen como panecillos
calientes. Simón decía: -Huele éste, en el fondo de la nariz hay ciruelas,
huele despacio, si no se pierde la esencia escondida detrás de los pega-
mentos y los hilos del libro… ¿hueles?-.

Los libros no eran muchos: obras de Eliphas Levi, Moisés de León, los
cinco tomos del Zohar de Editorial Sigal, un librito de Moisés Cordovero,
el Tratado elemental de magia práctica del doctor Gérard Encausse,
obras de Jacobo Frank, Natán da Gaza, Isaac Luria, Yehuda Halevi y los
tomos de León Dujovne sobre Spinoza.

La mente de Simón, con su mirada elástica, estaba al sur del monte Ararat,
entre el Tigris y el Éufrates. La construcción de la torre de Babel fue
su primer juguete mental, su primera visión y quizás -como él mismo
comentaba- el origen de su enfermedad: -Un día te voy a llevar a hacer
ladrillos y cocerlos al fuego; el betún nos va a servir de argamasa. A mí
me gustaría volver a levantar la torre de Babel-.

No era el Dios de la Fuente S, aquella del Dios distante y frío y sin


comunicación con nosotros, sino el Dios de la Fuente E, aquella que
toma a Elohim como nombre de Dios. En esa fuente se inspiraba Simón.

Doce

ME ENTERO DE LA HORRIBLE MUERTE DE SIMÓN.

Larga agonía. Se ahoga tragándose una ruedita de un auto de juguete.


La enfermera recrimina mi ausencia: -Él era verdaderamente su amigo, no
podía entender por qué usted dejó de visitarlo. Suponemos que fue un
suicidio, ningún pariente reclamó su cuerpo-.

72
Trece

Uno o dos años después, en una de mis internaciones, me entero a través de


la misma enfermera, que Simón le explicó los motivos de mi ausencia: una
muerte trágica y voluntaria.

73
No estoy en condiciones de cantar para las ballenas
No estoy en condiciones de cantar para las ballenas.
Ellas se lo tragan todo, han engullido el escritorio donde se escribieron
las grandes odas al hemisferio, los relojes de pared con sus agujas
hipodérmicas, todo, los zapatos de los reyes de España, el reloj pulsera
de Galtieri cuando Aqueronte lo transportaba al basural de la otra orilla.
Todo. Son mamíferos atroces y estúpidos que merecen silencio, y nosotros
con nuestras extravagancias, bajamos a sus aguas oftálmicas para can-
tarles canciones como si fueran pavos reales. Si estuvieran en guerra se
comportarían como choferes de la Cruz Roja para tragarse a los ampu-
tados, a los esquirlados, a los que llevan el corazón en una mano y en
la otra la bolsa de la transfusión.
Se tragan todo y lo defecan, y nosotros amamos sus excrementos y
los estudiamos como regiones, como reinos del Cantábrico. Todo se lo
tragan. Lo sé por Jonás, que vivió en su vientre como en el Sheraton:
la cama hecha, la tv con animaciones de cebras corriendo y lagartos;
con noticias sobre los últimos poemas de Petrarca; recorriendo el taller
de costura en su vientre donde los actores noche a noche interpretan su
dolor y su necesidad cetácea.

¡Cuánta verdad tenía el capitán Ahab! El contrariado acto de montarla,


clavándole su lanza en el agujero correcto una y otra vez, ¡qué duda cabe
que fue para su goce!, qué duda cabe que esos gritos y ese chorro hablaban
de su felicidad en el mar junto al hombre de sus sueños. Melville fue el
primero en advertirnos que hay que destruir a las ballenas antes de que
nos invadan como los marcianos, desde el fondo del mar.

Me entreno diariamente para que mi voz las lleve, como Hamelin, hasta
la flota de los balleneros.

77
The Tarzan Collection
Ya estoy viejo para cargar sobre los hombros a Maureen O’Sullivan;
bastantes dificultades tuve con esos animales que entraron a mi casa
esta mañana a disponer de aquellas cosas que aún mantienen mi alegría.
Son películas, cintas enroscadas como serpientes que atacan si uno
apoya al descuido la planta de los pies. No tengo en qué mirarlas, las
estiro frente al sol para ver los cuadros donde está el nadador. Esa es
mi vida que no se mueve.

Estoy viejo y con un enjambre que se va con pastillas. La moviola es


atroz. Me gustan los cuadritos detenidos; estiro las cintas de un árbol a
otro y me siento en una piedra para ver a los monos; el ojo del sol ve lo
que yo no veo en esta sala ciega. Va muriendo el día y me revuelco en
el río luchando con una bestia, un cocodrilo negro que a la luz es verde
y que despanzurro con el cuchillo mientras las sombras deambulan por
el patio.

La muchacha que me acompañaba en los decorados nunca me quiso.


Yo insistía en olfatearle el culo porque esa es mi naturaleza.
Hay un cuadrito donde estamos solos en una pequeña hoguera bajo las
estrellas y ella parece sentir frío, pero no era frío, era simulación de frío,
como la casa del árbol, donde yo deseaba llevarla para comer hormigas.
Sólo recuerdo a la muchacha cuando los elefantes mueven las orejas
camino a las duchas. Estoy sordo.

La cinta me muestra en un lugar donde pego mi grito. Cierro las dos


manos alrededor de la boca, alrededor de una taza blanca, una sopa, un
polvillo amarillo que con el agua hirviendo se disuelve.
Tengo en el armario The six original classic feature films, los mucha-
chos las pasan los domingos; Maureen a veces viene y se sienta en el
banco largo; está vieja, no podría cargarla sobre los hombros, pero
ya no importa.

81
El Predicador
Uno

Nadie en mi familia ha sido ascensorista. Soy el primero.


No deben suceder ciertas cosas: viajar con animales, fumar, hacer obs-
cenidades con las manos, escupir.
El gabinete cuenta con un pequeño ventilador y un botón rojo de
emergencia.
Nada es tarde visto desde aquí. El vagón baja y sube. Los dedos cumplen su
ceremonia sobre la plancha de bronce, presiono los botones y ellos
obedecen, soy el maquinista del sol azteca. Ágiles los dedos que no hace
mucho quitaron el rocío sobre la lápida donde descansa mi madre,
cuerpo de piedra.

Sube el vagón. Un traje azul tose y levanta el cuello para mirar el tubo
fluorescente que titila y martiriza al insecto atrapado cerca de los con-
densadores. Se abre la puerta y el traje azul sale buscando su oficina
donde la asfixia se reparte comunitariamente como las porciones de una
empanada gallega.

Los que trabajan aquí en su mayoría son agentes de bolsa, ¿qué se re-
partirán cuando la bolsa de Wall Street caiga como una piñata pinchada
por un cigarro vertiendo pitos y chicles y trozos de aviones de la guerra
del Medio Oriente y ranitas de lata que croan, verdes del musgo que el
látex difunde entre las porquerías que alguien barrerá con un cepillo de
barbas azules y levantará en una pala junto a las cenizas y los excre-
mentos que traen los zapatos acordonados?

El que limpia los baños se llama Esteban, le dicen “Chicho”, tiene ar-
trosis y sufre de dolor. A veces almorzamos juntos y hablamos de la in-
fancia. A los dos nos gusta conversar sobre ese tema; yo miento y mis
mentiras no le atraen. Él habla de un lugar maravilloso cercano a la selva
misionera y de una víbora que se tragó a su hermano; nunca terminamos
la comida porque tanto lo verídico como lo falso nos corta la digestión.

Desciendo a la PB. El adiós de una muchacha rubia queda en su perfu-


me; huelo su edredón, huelo el aroma de una pomada que lacera todavía
adherido al dedo que la arrastra.

85
La puerta tijera se abre.
Salen de la oficina y entran al vagón riéndose de sus bromas. Algo
escribieron sobre una estampita de un santo desequilibrado que tiene
un corazón sangrante por encima de las tetillas.

La puerta tijera se cierra. Ascienden conmigo en el vagón. Me ignoran.


Las risas se apagan recién en el piso tres.
Escribieron con birome roja el nombre de la compañera que falta desde
hace una semana por enfermedad. No se entiende la broma, quizás sea
algo interno que durará unas horas; a nadie se le escapa la crueldad que
encierra su nombre entre tanta víscera cristiana.

Después de una hora visito la oficina, está sucia y huele rancio. El nom-
bre de la muchacha atraviesa las zonas pudendas del santo. Pero su nom-
bre no está solo. Hay una mosca. Hablo en voz baja con la mosca, se
mueve, escucha con atención. Le señalo una magdalena seca cercana
a los lápices. La monta con avidez, engulle y vuelve a la estampita, le
acerco mi mano para que suba pero el ruido del subte la aleja.
Recibo un cielo vacío por encima de los árboles, la lámpara recorta la
silueta de la mosca contra el escritorio de metal que se mueve cada vez
que el imán de los subtes pasa bajo tierra arrancando a los alacranes de
las cuevas.

Baja el vagón y soy el responsable del viaje llevando cajas que entrarán
al pabellón del subsuelo donde están los hormigueros. Voces que dictan
la urgencia de un naturalista. Las cajas son dromedarios que mueven las
cabezas. Chorrean una saliva espesa que desprendo con mi zapato negro.
Las hormigas del subsuelo pueden salvarme el día, hablaré con cada una
de ellas para desbaratar el plan de destruir los cimientos. El edificio no
es sólido en las bases. Allí están las mangueras y el matafuego rojo: el
depósito huele a insecticida.

Almas perdidas. Nueces vacías. Patas que se arrastran sin mente por efec-
to del veneno. El aire es irrespirable. No daré estampitas de animales, no
mostraré la victoria del dragón ni la renuncia del gusano que ya ve salir
de su cuerpo un ala amarilla. Sólo los arrepentidos entrarán en las cajas.

86
Dos

La dueña de la pensión me destrata desde que no le doy a planchar mi


camisa. Ofendida, corre la cortina para no verme entrar en mi habitación.
Me quiere como se quiere a un perro.
No hay espejos en mi cuarto. Me afeito en el baño, de memoria. Para
algunos ahora soy un señor, ser ascensorista es ser un señor. Los viejos
inquilinos no me tenían respeto. “El naturalista” ahora vive en un frasco
de metal, es un señor.

Predico ante las hormigas: “Oh, cristianas, desde la lejana Ley trabajan
infatigablemente. El gentío está harto de ustedes, de cada una de ustedes;
soy el protector, voy a darles un sermón egregio, una carnada para va-
cilar, para hurgar, ¡al fin antenas, en la inacabable montaña del tarro de
azúcar! Aquí traigo para ustedes una taza de azúcar del piso 12, ¡ninguno
de ellos se dará cuenta!, porque apenas advierten sus vidas dispersas en-
tre pliegues; el escollo para ellos está en la apertura del día y la clausura.
Abren y cierran, llenos de horas que les cubren la cabeza y envuelven
sus oídos, como líquenes adaptados al afluente sanguíneo. Oh, cristianas,
obreras, ¡Predico en tanto ustedes oigan!, en tanto se acerquen a lo que
en otro tiempo fue natural y hoy es durlock. No hay paredes que soporten
el sermón”.
Vuelvo a mi puesto de maquinista, vuelvo a mi tablero de luces, a mis
dedos hiperbólicos.

Ratas -¿Cómo que hay ratas? Fumigamos-. Hay ratas en la terminal de


los cables. Cadáveres de ratas reventadas por Gamexane. Traslado un
cuerpo caliente, de la planta baja al último piso, agoniza. Emito chillidos
porque me encuentro predicando por ellas. Viaja en una caja de alfajores
adentro del vagón. Llaman del tercer piso. Se abren las tijeras, ingresa
una mujer mayor que invade nuestro vagón con un perfume que se des-
peñará por los tubos fluorescentes hasta ser parte de los condensadores;
los tubos titilan intoxicados y la mujer desciende montada en sus zapatos
rojos y anchos, del tamaño de la rata. Llevo en la mano la caja. Está
muerta y no puedo predicar. No hay adiós posible ante la mujer que con-
tinúa mirando sus zapatos. Nada de lo que sucede puede interrumpir mi
sermón silencioso, quiero acabar dando pequeños chillidos, llamar por lo
bajo a las crías que merecen un consuelo.

87
La dueña de la pensión me alcanza un sánguche envuelto en un papel de
diario. Abro la puerta y su brazo se asoma, un brazo corto de aspecto foliar,
con cilios pecosos, sin abertura anal. No hay en los turbelarios ni aparato
circulatorio ni respiratorio, es evidente que viene de una división transver-
sal. Sacude el sánguche en el aire para que le preste mayor atención.
-Usted sabrá-, dice. -El pan es de hoy...-
Estoy tentado de cortarle el brazo; conozco la planaria, sé que en un
corto tiempo el fragmento caudal regeneraría la porción cefálica y
volveríamos a ver los neoblastos bailando de alegría con sus células
en un lugar fantástico, de auténtica y frenética alegría.
Recibo el sánguche. Cierro la puerta no sin antes agradecerle la imagen
que me ha hecho feliz. Nelly es una mujer demasiado sombría, pero sus
gestos nos simplifican la vida a la hora en que la noche se vuelve un
pómulo hinchado.

La señora Gorgonia Cavolini es dueña de todo lo que hay aquí. El


edificio es suyo, el sol que entra por las ventanas es suyo, nosotros
somos suyos.
Su simpatía con cada uno de los que trabajan para ella es por vía agámica.
Dulce al hablar, al gesticular, elocuente y mordaz de ser necesario, no
deja a nadie sin vacaciones, sin su medio de locomoción propio, sin un
atuendo ejemplar.
La señora Cavolini es imperecedera. Pocas cosas me incomodan de ella:
su elegancia, su pequeña tosecita que golpea en el silencio del vagón. Es
una mujer de pólipos jóvenes. Más de una vez la he mirado presintiendo
que va a pronunciar mi nombre. -Señora Gorgonia-, estuve a punto de
decirle, -intuyo que está por nombrarme-. Su elegante esqueleto ramifi-
cado no se inmutó; nada de mi intuición le concernía.
Tiene una oficina pequeña en el piso trece. Baja meneando su hermoso
culo trajeado de pronta ramificación.
Así somos los empleados, los asalariados; nos encontramos frente a una
analogía y nos dejamos llevar como un alga en el mar.

Tres

Abro la puerta tijera y encuentro pegado en el espejo un cartel: “Matar al

88
Predicador”.
Viajo durante todo el día con el cartel a mis espaldas. Nadie lo quita,
nadie lo lee.

¿Fui joven alguna vez? Sí, claro que lo fui. Tengo fotos con libros debajo
del brazo que indican que lo he sido. Mi saco marrón de las fotografías
no es el mismo que el que llevo puesto hoy. He envejecido en poco tiempo.
La señora Nelly también. Pero ella no sufre. Yo tengo la sensación de
haber dejado un cuerpo anterior, un gusano florido, rojizo. He sido joven,
no hay dudas, he sido un naturalista excepcional. Todo ello pertenece a
otra vida y no quisiera regresar a ella; era una vida vacía, geoquímica.
Nadie me recuerda como naturalista, no lo soy; tampoco un aventurero.
Hablo con las criaturas inferiores, me comunico y no entristezco porque
no hay tristeza en un predicador.

¿De qué pueden acusarme? De nada.


Fuera de hora limpio, vacío los cestos de papeles, acomodo los folios;
es una tarea que no me concierne, como tampoco la de pasar mis manos
por donde están los lápices y las biromes con que se escribirán estupide-
ces, firmas, garabatos, carteles para poner en el vagón. Nadie dibuja al
Elegido, el aire es adviento. Limpio de levaduras inocentes, de insultos,
de olor. Luego llegarán los empleados de limpieza y arremeterán con
furia odiando sus propias desdichas, simulando una obligación de polvo,
esperando que el edificio explote para cobrar una indemnización. Cuelgo
mi traje de maquinista en una percha que se parece a mí. Saludo a los que
quedan después de hora. Voy al sótano donde están las criaturas esperando
y ofrezco otro sermón.
Vienen a mí, sobre un fondo arenoso con sus series circulares concéntricas,
con sus vejigas urinarias, con sus heces colgando, sus enquistes, sus ojos
hemisféricos; náyades y ninfas juveniles y marginadas.
Los tubos fluorescentes se apagan y escucho las cerraduras trabarse.
El sermón requiere de una gran oscuridad; la tengo y la brindo a mis
criaturas.
Voy camino a la pensión, ningún vehículo me atropella, estoy predicando
mientras el cuerpo me lleva a una dirección correcta, siempre la misma
desde hace muchos años, donde me ven entrar y me comentan las
noticias del día.

89
Falta el aire.
Soy una cámara elástica, una cubierta de caucho; mi alma es la gomita
del pico. Soy el Predicador.

Cuatro

Los días de lluvia la gente entra al vagón chorreando, tarde o temprano


alguno moja mis zapatos. Pongo un gran cuidado en mis zapatos, es la
única prenda a la que dedico poesía. En mi vida anterior, en mi pasado,
fui lector de poesía, pero es un hábito que abandoné, como también aban-
doné dibujar o pintar con pinturitas insectos o animales. Aquello resulta
tan lejano que aun hablando de ello no me reconozco. He sido y no he
sido todo aquello. La única persona que comprende esto es la dueña de la
pensión. Nada de preguntas, nada de recuerdos a la hora del baño.
Pago mi renta por aquello que fui y por esto que soy. Solamente un pen-
sionado ha sido fiel a esta casa singular. Nadie sabe nada sobre ese
inquilino, es una cara que ha ido cambiando con el tiempo y que ya ni
siquiera saluda. Es un judío que vive en la habitación contigua. A veces
lo escucho cantar unas melodías muy bonitas y bajo ese canto es que me
vuelvo el Naturalista por unos instantes que no valen la pena sostener
con los ojos abiertos.

Mojan mis zapatos y sin que nadie lo advierta los seco en mi botamanga
una y otra vez, no con obsesión, sino con encargo, como frotando una ob-
sidiana, el negro charol abotonado. Éstos son los zapatos del Predicador.

Bajo y subo a la señora Gorgonia Cavolini. Hoy no tiene un buen día.


Ella es la dueña del día del edificio y también la dueña del día de los que
trabajamos aquí. Es mi dueña. La gente de desinfección se ha enfrentado a
su carácter despótico. Rehúsan continuar su tarea a no ser que ella pague
otra suma por los servicios. Sobre esa petición se ha montado el personal
de limpieza y el de seguridad. Los de seguridad cuidan sombras, los de
desinfección eliminan sombras, los de limpieza barren sombras. Todos
tienen razón en pedir más dinero; esas sombras se multiplican con los
días. Apoyo sus causas y podría adherir a cualquiera de sus medidas de
fuerza. La señora Cavolini odia al personal y de ser posible aumentaría

90
el sueldo de las sombras.
Se ha quejado por el vagón que chirría del piso nueve al once y me
hace responsable. No es el vagón el que chirría sino los murciélagos,
que habitan cercanos a una cañería. He dado varias veces el sermón a
los murciélagos y es debido a ello que no han avanzado. En la oficina
de la señora Gorgonia hay tres hermosos ejemplares parapetados detrás
de su armario de roble. No han salido aún, no han chillado y no han en-
gendrado. Debajo del mueble hay diariamente cagaditas que el personal
de limpieza interpreta como excremento de ratas. Diseminaron por la
oficina un veneno atroz que ya me ocupé de desactivar. Nada saben aún
de aquello que están produciendo los fulgóridos. ¿Cómo han llegado ahí?
Es inexplicable; fueron amores de los antiguos naturalistas que afirma-
ban que sus prolongaciones cefálicas eran luminosas. Daré un sermón a
oscuras, con el único fin de saber de dónde vienen.

Cinco

Ayer conocí a la señora Gómez. Tuvimos una ocasional conversación


muy agradable en el ascensor. Podría decirse que tenemos los mismos
gustos. Paseamos de la planta baja hasta la terraza, ida y vuelta por más
de veinte minutos hablando de música, de plantas, de animales. Subía-
mos y bajábamos a sabiendas de que estábamos trabajando una pequeña
intimidad. Sobre el final de la conversación me comentó que tenía una
modesta fábrica de juguetes y que su visita al edificio se debía a que de
manera clandestina vendía sus juguetes por las oficinas. Eran juguetes
antiguos que habían quedado de la fábrica de su padre que me invitó a
conocer. Acepté gustoso la invitación. -Los martes es un buen día- dijo.
Bajó del ascensor y la seguí con la mirada. Caminaba con pasos peque-
ños, como una japonesa. No era demasiado bella y se dejaba mirar hasta
que su lejos se tornaba una i latina que se perdía entre el resto de las letras
de un abecedario ordinario y poco colorido. El martes era un buen día
para mí como lo hubiera sido el jueves o el lunes. Cerré la tijera y ascendí
mirando los botones y la llave que apaga y prende la luz del ascensor.

Le di mi camisa a la señora Nelly. Prometió lavarla y plancharla. Supuso


que se debía a un hecho ejemplar. Nada sabrás, querida Nelly,-pensé.

91
Soñé toda la noche con los murciélagos; planeaban la destrucción del
edificio junto a las ratas, las hormigas, las moscas. Yo estaba entre ellos
predicando, salvando sus almas y la mía, que quedaría debajo de los
escombros.

No es un martes habitual. Conduzco el vagón con una alegría que


desconozco.
A mi abuelo se lo devoró un oso en los bosques de Canadá. Era fotógrafo.
Fotógrafo y naturalista. Había vivido un largo tiempo entre los osos, casi
llegó a ser uno de ellos, pero una hembra lo deglutió. A mi abuela no le
importó demasiado, él prefería por mucho a las osas. No hubo velatorio.
Lo enterrado fueron hojas con sangre y una parte del cráneo. Quizás
mi amor por la naturaleza venga de su locura. Por él conocí la vida de
Andrea Cesalpino, Nicolás Steno, John Ray, Hooke, Van Leeuwenhock,
María Sibylla Merian, Fabricius, a Erasmus Darwin, a Lamarck, a
Cuvier, a Humboldt. No, no es un martes habitual.

La fábrica del padre de la señora Gómez parecía un pequeño circo de


pueblo. Muñecas de porcelana y piezas de lata y de madera con las que
yo he jugado alguna vez y la señora Gómez también. Tomamos un oporto
Ferreira y leímos a Fernando Pessoa, su poeta favorito. Tenía unos senos
muy pequeños que asomaban a través del vestido como caracoles. Le
pedí que me los mostrara y ella accedió sin reparos. Deseaba tener mi
lupa para ver en detalle la belleza de esos caracoles. -¿Quieres probarlos?-,
dijo. No supe en verdad qué contestar, acerqué mi boca y los soplé como
si apagara dos pequeñas velitas de cumpleaños.

El amor no lo es todo para un ascensorista, para un predicador.


No fue una buena noche. Pessoa tenía altibajos, su libro Mensagem era
demasiado oscuro: “Que jaz no abysmo sob o mar que se ergue?”.
-Quieres llevarte un juguete?-, me dijo. Quisiera esos caracoles...

No pude entrar al edificio. Los empleados estaban atrincherados. Pedían


aumento de salario, se habían plegado los de seguridad; las sombras
armadas hasta los dientes. Enormes pintadas contra la señora Gorgonia
Cavolini: “Perra nos chupás la sangre/ de aquí no nos movemos hasta
que tengamos un salario digno/ basta de explotación/ etc.”.

92
La policía había vallado el lugar. Mi ascensor estaba con las tijeras abier-
tas. Yo no era un carnero. Adherí. Grité. Insulté. Desde las entrañas del
edificio se escuchaba un sonido atronador. No era el subte. Mi camisa
estaba arrugada y sucia de transpiración. El trabajo de las hormigas, las
ratas, las moscas y los murciélagos había llegado a su fin.
Me arrodillé y oré por todos. El edificio comenzó su derrumbe. La señora
Cavolini lo miraba desde su Bugatti. Mis ángeles ponían las cosas en su
lugar. Mi abuelo estaba al lado mío con su cráneo y sus hojas; me abracé
al pecho de la señora Gómez.
¡Cuánta belleza! ¡Cuánto amor en este día!

93
Autobiografía
Me arrojaron una serpiente a quien debía encantar.

97
Heráclito nada
(126 brazadas han sido suficientes, Heráclito.)
“Es conveniente señalar que los fragmentos que subsisten de Heráclito son citas
hechas por sus contrincantes para rebatirlo, empalidecerlo o desmentirlo.”
Arturo Uslar Braun. Hasta 100 hombres: Heráclito

101
“En el río de Heráclito
el pez ama al pez,
tus ojos -le dice- resplandecen como peces en el cielo,
quiero nadar hacia un mar compartido,
contigo, la más bella del cardumen.”
Wislawa Szymborska. En el río de Heráclito

“¡Menguada vida humana! En la fortuna


es sombra nada más; y en la desgracia,
pintura frágil que una esponja borra.”
Esquilo. Últimas palabras de Casandra junto a la puerta de Agamenón

103
1
Olvido lo que hay que olvidar estando despierto; nadie sueña si no nada.
Miro una orilla reverdecida que puede ser un ojo; la razón es un pequeño
ojo. Lo que me rodea parece triste pero es pura sagacidad. Una razón
estabiliza todas las palabras que el oído no puede soportar. Se rompe la
cáscara contra la orilla. Llegan noticias que viajan por el aire como nubes
o desprendimientos. Habla una voz que hemos construido para enten-
dernos. Nadando la voz se fatiga y sufre. La voz no esconde sus lujos. La
voz es el manjar de la muerte.

2
El agua sale por la boca, es una fuente; se adhiere a la comunidad. Común
es el aire que la lleva y la mueve. Común es la respiración que se adhiere
a la comunidad. Viene de otro lado el ruido de unos escombros cayendo
sobre la chata membrana del río. La comunidad se rompe, nace suave-
mente un huevo, un vicio lleno de saberes. El agua no sabe, muere cada
vez que sabe. El agua es comunal. El saber, descomunal.

3
Los pies tocan la orilla. El cuerpo montado sobre ellos es amarillo y
caliente. Caminando sobre una verde estación de hojas comienza la
música. El cielo es el único tamaño a considerar. Si estuvieras cerca
diría: Me complace tocarte y darte un tamaño mayor al de toda mi vida.
¿Sabés cuánto mide mi vida?

4
Tu perro está triste. Deberías enseñarle a nadar. Esos huesos que roe
no pueden ser más que hiedras parásitas. Deberías atarle al cuello una
felicidad bien enhebrada, leche de los astros que pueda sosegar su fe-
rocidad. Yo tengo pocos animales a mi cuidado. Me complacería tener
una boa, pero requiere de cuidados que sólo le otorgué alguna vez a mi
madre y hace mucho tiempo.

5
No es difícil fabricar un dios. Una mesa, una plancha, un cuaderno,
requieren de trabajo e inteligencia; un dios no. Todos hemos hecho
alguno en la infancia.

105
6
Aquello que enciende al sol es potente, húmedo y con gases como la voz
del vencedor. Golpea sus pies en la tierra y vuelve otra vez a pelear para
que nadie olvide que la nada se recicla.

7
Veo a lo lejos una mancha en el cielo. Están quemando libros. Llegan
hasta la nariz palabras dulces y amargas.

8
La eternidad no es armoniosa. Varios instrumentos tocan a la vez mien-
tras los músicos fuman y toman alcohol rodeados de tiempo y de mujeres.
Aquí nos incomoda la eternidad. Preferimos la finitud de los conejos, de
las comadrejas, de los embarcaderos. Prefiero la finitud de tus ojos que se
me hacen grandes como el río. En vos no cabe la eternidad, ninguno de tus
vestidos le entra.

9
Hay algo que aprender del asno, su ojo elije pajas secas y amarillas. A
mí me llaman la miel pura y el sombrío vino de mesa que hace olvidar
tus largas piernas (que al parecer no estarán bajo la luz de mi lámpara).

10
La saliva de una boca y la boca de una saliva se tornan íntimas. Hay
amistad en los besos que no echan a perder la frivolidad y el eructo.

11
Se arrastran las palabras por el vino barato, se arrastran los hilos del
zapato, se arrastran las cartas por debajo de la puerta, se arrastra tu voz
en la mía. Se arrastran las estrellas bienhechoras. Se arrastran las prendas
camino al lecho.

12
Hay en el universo un equilibrio como lo hay en la cantidad de huevos
que pone una gallina. Lo que está transcurriendo mientras nada sucede
hace posible que el universo no se agote. Son varias las lágrimas que
deben caer para que el llanto deje de ser un rebaño del ojo.

106
13
No somos cerdos. No somos inmundicia. No somos agua pura. Agua y
escombro, agua asustada. Una piedra que ha perdido el cielo de otro
tiempo. La belleza nada en el luminoso polvo de los árboles, hace sonar
su arpa antigua y el río se vuelve extraño. ¡Se han soltado los cerdos
que corren locos por la peste! No somos cerdos. No somos inmundicias.
Somos agua imantada.

14
Estás detrás del agua, como una reina que todo lo ha podido. Tu cuerpo
ha dejado de hablar porque no es mío. Ninguno de mis huesos sabe cómo
morir en el deseo. Estás hermosa detrás del agua, actúo como los grandes
príncipes, sufriendo.

15
Están avergonzadas. Han despegado los sarmientos de la tierra y se los
han metido en sus orificios. ¡Es un arte desquiciado, una voluntad que
sólo dispone de cantores tristes! Las que tapan los muelles incuban lajas
con forma de huevo. ¡Las mareas están demasiado calientes y demasiado
solas! Dios las quiere en un quirófano, operadas de su pie y de su ano
laxo, las quiere lejos de la cordura. ¡Son viejas drogadictas del tamaño
del mundo! Sus vacaciones nunca son en familia.

16
Nado como si el agua supiera algo de mí. Una brazada y ya se abre y ya
se cierra. Desaparezco de toda sequedad. El agua tiesa como una liebre
no deja que ninguno de mis dedos la pretenda. Sin orificios, sus oscuras
y blandas cavidades la envuelven y protegen. Dejo de nadar porque algo
muerto me golpea los pies. Todo se estremece cuando somos tocados por
un cuerpo que flota boca abajo.

17
El catre ha perdido su dormitorio en el aire y la mujer que amo viene de
nadar. Se quita la malla y abre su vagina ¿Querés comer? dice, podés
sacudir un zapato y vas a ver cómo bailan las pequeñas luces del jardín.
¿Querés comer de aquí? ¿Un poco de hermosura en el torrente? Me dice
al oído: Lavate las manos, la nariz y tu miembro. Ya refregué mis manos
en la arena para que el roce duela.

107
18
Aquí nos movemos con sensibilidad, lo que está cerca nos pertenece y lo
que está lejos espera la conquista. Me aturde el viento, te espero, tengo
las prendas para tu cuerpo desnudo. Dejo las prendas sobre una piedra y
escapo del juicio de los árboles.

19
El agua lleva su habla nadando.

20
No hay más fuerza que ésta que ves, amor. Estás reunida bajo tu vestido.
Da lo mismo que vayamos a la oscuridad para amarnos, podemos tender-
nos aquí y esperar a que las hojas del otoño nos cubran. Es pequeña la
estación donde estamos parados conversando. Por encima nuestro sobre-
vuela una mosca. No importa quién, pero alguno de los dos carga mierda.

21
Nada de lo desconocido viene a buscarnos. Eso que vemos adelante imi-
tando el polvo es una entrada a la oscuridad. Nadie duerme confiado; en
esos confines la muerte trabaja todo lo amado.

22
El agua es transparente en la superficie, el amor no. Los primeros acon-
tecimientos que vienen al cuerpo son las estrellas miradas desde el agua.
Nadamos, ocultos en ruidos y brazadas. Toda el agua es igual a la exten-
sión. La orilla es un reflejo mecánico. El corazón bombea y pesa en el
centro del pecho como una bolsa llena de piedras. Nadie se hunde dos
veces en el mismo río.

23
Porque existe nadar estamos secos. Porque existe la llama de la vela
estamos a oscuras. Porque abrís la boca tengo lengua. Porque estamos
callados, cerca de nosotros hablan los grandes nadadores.

24
Venimos de una guerra amorosa. Ha sufrido nuestra economía. Perdimos
la casita, la instrucción, han agonizado los espejos. Te has quedado con
un relámpago que era mío y yo con una remota boda rústica. Nos esta-

108
mos separando en una guerra silenciosa, como si alguien hubiera puesto
en marcha mis zapatos y los tuyos camino al dolor.

25
El agua se mueve por la lluvia. Son infinitas agujas de óxido que bajan
de los árboles. El cuerpo entra en ese pequeño mar de escombros para
continuar su huida. Estoy nadando sobre líquenes y penas, sobre alegrías
e insectos. No tengo descanso pero siento la recompensa del silencio. La
orilla está lejos, desaparecida a lo ancho de todo mi olvido. Estoy siendo
fácil de olvidar. Poca cosa requiere quitarme del pensamiento. Agradezco
que sea verano y que el sol pegue en los hombros y en las piernas mien-
tras nado. Parezco más lleno de vida, de aire y de invocaciones.

26
Estoy despierto. Prendo una lámpara antigua. Los difuntos están callados
y las flores del jardín duermen cerca de los muros. Una nueva mujer ha
entrado en mi casa, es blanca, muy blanca. ¿De qué agua ha salido? No
me dice su edad ni su número de calzado, ni el nombre de su madre. Es
delgada como el Jesús olímpico. Tiene una voz frágil y chillona, desagra-
dable. Se advierte que su destino tiene majestades y es corpóreo. Cuanto
más se queda en mi habitación más bella se torna. Apaga la luz de la
lámpara y se recuesta en mi cama. Pareciera acostumbrada a encender
la luz para sí misma. No es difunta, es una aparición de mi corazón, una
necesidad. Lo más parecido a lo que siento es una campana grande y
plena de misericordia.

27
No hay después de la muerte ningún tren. Sobre los techos se juntan
cenizas, los hombres quitan las cenizas con sus palas con temor al hun-
dimiento de los techos. Son las exequias industriales. Todo va camino a
un polvo gris, como si hubiese caído un planeta. El humo llega hasta no-
sotros como presagios. Cuando comienza un nuevo amor cae un planeta.

28
Retengo tu voz. Voy hasta la orilla a nadar. Me sumerjo en una parte
de tu cuerpo blanco. Tu cuerpo se parece a cada día que he vivido. No
estamos convencidos de nuestra propia fragilidad. Retengo un pequeño

109
desenlace de tu voz, decís te quiero. Podemos cenar en ese abismo.
Cualquiera de los dos no es más que un ejemplar para el otro. Estoy
dando brazadas en el agua como si estuviera nadando cerca de tus nalgas.
Todo roza mi corazón.

29
Se hacen como animales las gotas de la lluvia. Prefiero este cielo al otro
que descansa por debajo. Me voy enterando de a poco que tu alma tiene
mástiles. No soy el único en tu vida, cerca de mí hay otro que abre tus
grandes ventanas. Prefiero lo más teatral tuyo, tus telones cenicientos, tus
pequeños bancos de sacrificio. Nadie es infiel y nadie conoce la voluntad
de amar. No soy profundo. Una tempestad llega hasta mis oídos, es tu
voz que renuncia. Ya no estarás más. Ya serás un hervor, una historia
horrible del silencio.

30
Debajo de los viejos álamos unos amantes leen un libro lleno de recursos,
misterioso. Más allá de eso nada practican. Leen el mismo libro que ha
leído el tiempo. Es un libro de filosofía que puede leerse entre las sábanas
o limpiando una úlcera. Son fragmentos que hablan de este mundo, que
es el de todos. Los amantes arrojan el libro al agua. Les gastan una broma
a los peces.

31
Tu boca es de fuego. Mueve la lengua acostumbrada al idioma que la
mueve. No es hablando que dice lo que dice sino moviendo la lengua
con elasticidad, una espina musculosa. Fuego haciendo y deshaciendo.
Saliva que en su propio cansancio escupe y raspa. El mismo ruiseñor lo
advierte en el aire. La lengua sopla dentro y fuera de la boca, gasta su
juventud repitiendo los mismos himnos en el frío. Nadie debería besar
esa boca sin perder la vida.

32
Anoche tomé un vino malo. Los caballos se preguntan unos a otros si se
llaman caballos. Entran en el agua. Las yeguas van hacia la orilla y los
galanes las siguen, atormentados de amor. Si una de ellas fuera impre-
vistamente llevada por la corriente, todos irían al rescate en círculo. No
hay más que caballos en los caballos que nadan, ni yeguas en las que se

110
van por la corriente. El dios de los caballos finge ser una gallina y pone
huevos en el légamo. No quiere ser advertido, tiene sus remedios para no
ser visto. Si vemos una gallina hay un caballo.

33
Me someto a una ley seca de amor. Nado de noche contra la corriente.
Cada brazada es una noticia que se entierra en las aguas marrones. Estoy
en un río del Paraná. Estoy cruzando algo peligroso. Una ley domina mi
musculatura. Soy un esclavo y puedo aparecer degollado en una zanja si
no cumplo con lo que la ley indica respecto a bracear de noche. No se
puede derramar el ungüento mientras se nada en un pensamiento.

34
Estoy ausente. Cada necesidad tuya no es escuchada. Cada ruego, cada
crueldad. No estoy presente en la presencia con que me das amor o celos
o trocitos crocantes de muerte. Amar cuesta un Perú. Cuesta amar, hasta
a los bichos les cuesta. Los barcos no aman si no es en los bíceps tatuados
de los marineros.

35
Amo tu cuero y eso es lo más sabio que encuentro.

36
Tu voz procede del conjunto de la noche. Son justos y hermosos tus
pasos. No hay planeta que no esté trabajando en el momento en que
respirás. El alma se convierte en agua y el agua en dinero y el dinero en
carros con mierda. Te convertís en una madre que busca medicinas para
su hija, y tu hija se convierte en un caballo que sufre. La tierra procede
de un tonto que baila dentro de una bombilla, y el vidrio luminoso
procede de un padre que cae boca abajo en un osario. Estoy soñando
con el álbum familiar.

37
Lavo tu espalda. Los insectos se lavan entre ellos con polvo. Pareciera
que fuera a oscurecer pero no, todo se ilumina como si fuéramos buenos.

38
Miro las estrellas y dejo de nadar. No se puede ver y a la vez hundir la boca.

111
39
Hay un paraguayo que vivió dentro de una canoa toda su vida. Lo mataron
para robarle un diente de oro. La sangre parecía una bujía, una amistad
entre las encías. Me lo contaron unos pescadores anteanoche. Nadie rezó
por él ni por su diente. A nadie le importa el oro que se va de la boca. Yo
hablé de vos sin que me lo preguntaran, dije que flotabas como nadie,
que eras un pez de otro mundo; los pescadores se rieron, no llegaron a la
burla, pero recogieron el hilo de sus cañas y se marcharon. Me quedé solo
mirando el río; estaba demasiado enamorado para esos hombres sensatos.
Me pareció ver el diente de oro flotando en las aguas.

40
Ningún librito enseña a comprender por qué el rayo fulmina al caballo en
pleno galope, por qué quema una canoa, por qué chamusca a la vieja que
tiende las sábanas cerca de las totoras. El río no enseña tanto como la
libreta de los que adeudan rostros y pájaros. Ningún filósofo ha comen-
tado nada cuando no le ha respondido su verga.

41
Dame una sola razón para que pueda salir de esta habitación sin olvidar mi
lengua enroscada en la tuya. Los carbones encendidos responden fiel-
mente a los párpados; me miraste demasiado caliente. Si no fuéramos
cínicos nos dejaríamos dignificar por el amor.

42
Homero se llama tu barquito. Deberías reparar su hélice y las viejas
botavaras. Tu dueño anterior pescaba anguilas. Nadie sabe qué fue de él,
un tal Arquíloco, un remendón de velas y dueño de la única habitación
donde dormiste abierta. Escucho esas cosas y pienso que estoy demasiado
viejo para que me mires nadar.

43
No tengo ningún espíritu que se encargue de distribuir mis residuos. Yo
te amé como aman pocos. Si fueras una verdad sentirías mi latido, la
huasca llenando el vacío.

44
Levantaron una muralla y sobre ella han escrito consignas políticas. Parecen

112
hombres con buenas intenciones pero los pájaros cagan sobre la muralla y
salpican sin quererlo sus caras y sus nombres. Trabajé para que las cosas
mejoraran, me hubiera gustado que me vieras levantando una pala contra
los poderosos, los dueños del agua.

45
Una vez entré en un alma y quedé abotonado como un perro. El alma
mirando hacia los costados, pidiendo que la dejen de empujar.

46
Estoy enfermo de verte y de oírte. Parezco una parte que no le interesa
a nadie.

47
No renuncies a esa majestad. La lengua es poco y la muerte demasiado.
Vayamos a nadar como quien es ágil en la muerte. Estoy envejeciendo,
pero los insectos comentan que desde abajo parezco un relámpago.

48
Besé el mejor de tus dedos y comí la mejor de tus obscenidades. Ya es
hora de despedirnos. Algunos caballos que entran en los patios antiguos
de Entre Ríos se desploman después de haber amado. No vamos a morir
de amor ni a tensar demasiado el arco de nuestros sufrimientos. Aprove-
chemos para comernos y leer el pequeño librito y bebernos.

49
La calidad de tus cuerdas mejora el aire, me lo ha dicho un nadador
experto. Sintió el zumbido de tu arco mientras tenía la cabeza debajo
del agua. No es la cantidad de tus flechas que aciertan en el aire lo que
le resulta cautivante, sino la cantidad de aire que se abre ante el filo de
tus flechas. Conozco a otros que piensan que sos medio putita y que
te ahogás fácil con palabras al oído. Yo te conversé mucho tiempo, me
gustaba cómo abrías el oído; te abrazaba y salpicabas.

49ª
Entramos y no entramos, somos y no somos ríos.

113
50
No me digas que sos única. ¿Oíste hablar de Dionisio Zagreus? Un guita-
rrero de las orillas, un orillero que toca su instrumento con tres cuerdas.
Ya nadie atiende sus estrofas, anda mareado de vino y sin dios, en los
esteros lo esquivan porque agrede. No sos única, mi amor, hay tres por
lo menos a las que les arrastro el ala, tres, como las cuerdas de Dionisio.

51
Veníamos hablando en los pajonales del arco y de la guitarra. Cazar y
cantar para comer. Lo muerto se ingiere, pero adentro, en la tripa, el
animal no abandona la caza. Armonía, dicen los músicos que así se llama
ese barullo que hay detrás de la melodía. Veníamos hablando y de pronto
nos callamos y de pronto nos tiramos al pajonal y cada uno sacó lo suyo
del cuerpo.

52
A Ismael le enseñaron a jugar con las piedritas. Su padre le ha dicho
que él no tiene tiempo para esas cosas, que en la iglesia lo requieren, y
que está un poco harto de que se rían de sus visiones. Tiene que apren-
der a leer para anotar las cosas que le dice la virgen. No puede olvi-
darse de que es pescador, y que las piedritas lo van a tornar un zonzo.
La virgen no juega cuando se le aparece, aunque ella le diga cosas que
no se entiendan, él tiene que mirar para abajo, con la humildad de un
pescador, y mover la cabeza como diciendo: Sí, mi señora. Y si la vir-
gen se va hasta la orilla porque quiere orinar, él tiene que acompañarla
y mirar para otro lado o ponerse a jugar con las piedritas hasta que la
redentora termine. Sólo para eso sirven las piedritas. ¿Por qué te hablo
de Ismael? No lo sé, supongo que a las mujeres jóvenes les gusta que
les hablen de asuntos misteriosos.

53
Hay tormenta. Se escucha la discordia de las ramas chocando unas con
otras. Es una guerra en medio de la lluvia, la única paz viene de una ven-
tana alumbrada con un farolito. Al dueño de la casa le han matado a su
perro. Mañana, cuando escampe, va a matar al que degolló al animal. Su
perro está enterrado en los fondos y el que mañana morirá descansará a
su lado. Esa noche no va a prender el farol por si el hijo del muerto busca
venganza.

114
54
No sé más, no tengo más cosas raras que contar. Mucho te estuve amando,
más en silencio que otra cosa. Capaz que a vos te pasaba algo similar.
Nunca sabremos nada a menos que digamos la verdad; yo estoy dispuesto
a mentir tanto como sea necesario.

55
Lo que más aprecio de tu silencio es que algo dice sin que vos lo adviertas.

56
Vamos a sacarnos los piojos a la orilla. Me gusta cuando levantás los
brazos porque las tetas se te ponen duras. Me gustás pero no es para
tanto. No tendría empacho en morir por vos, tampoco en vivir por vos.
Los piojos nos reúnen una vez a la semana para que tengamos algo de
qué hablar.

57
Mi madre decía que es un tonto el que muere de amor. Que sufrir, sí, pero
que morir de eso, no, que yo era demasiado sensible, que tenía que nadar
para que se me fueran esas mierdas de la cabeza. ¿Por qué te cuento esto?
No lo sé, vivo en un mundo extraño para los demás. Tu boca es extraña
para todos. Me lo cuenta el agua que se mete todo el tiempo en la tuya.
Hay uno que se compró un jaulón inmenso, no sabemos aun qué busca
poner adentro, quizás una gallina o un cangrejo de río o una comadreja.
Él dice que va a llenar la jaula con palabras. No convence. Nadie que
junte palabras llena una jaula.

58
A veces te veo dormida y me da miedo. Te parecés a vos despierta pero
no sos tan hermosa. Me gustaría dormir una tarde a tu lado y sin que te
dieras cuenta morirme junto a vos.

59
Una bolsa enredó la hélice de la canoa. El olor y el humo alarmaron. La
corriente nos llevó despacio hasta la orilla; el agua era curva, y el cielo
reflejado, recto. El río abrió su quijada y todo era una guerra, los perros
sueltos mostraban los dientes y arrastraban los hocicos oliendo nuestras
intimidades; de ser por ellos nos hubieran partido el cuello pero empezó

115
a llover. Los perros y la lluvia que comenzaba a caer eran separaciones;
también tus ojos y el diccionario de rimas que te había regalado el cura
cuando le dijiste que querías escribir.

60
Le estaban sacando las tripas al animal, pero yo sólo miraba tu boca roja.
Eran dos caminos, inocentes y frenéticos.

61
En esta agua amorosa en la que estamos, sobre el púlpito y cerca de las
máquinas voy a llorar. Me dijeron que no me amás, que en mi alma estás
como adentro de un incesto; que soy para tu voz una farándula. Mejor
así, saberlo antes para sufrir menos. Vos también sufrís porque algo te di.
No me cabe entender por qué tu amor es de este mundo.

62
No hay nada inmoral en el que sufre. Las gárgolas de la capilla están lle-
nas de arañas. Tejen en el cuchitril; se hacen a la idea de que tu cuerpo es
una baba, te copian. Las mujeres están rezando arrodilladas en un banco
largo, vos hecha virgen estás cerca de los que se escarban los dientes.
Afuera se escucha una radio, un caracol está muriendo cerca de unos
zapatos. Somos mortales adentro y afuera de esta puta iglesia.

63
Es en el hígado, nunca te lo dije, pero ahí anida el pequeño odio que
tengo porque no me ames. Hay música que se toca para sí misma, y pa-
reciera reventar, pero no, alguien detrás del púlpito escucha sin quererlo,
sin saberlo, y se la lleva a la parte carnal, como vos cuando copiás los
sonetos de Shakespeare. Capaz que el cura también está apasionado por
tu cuerpo blanco. Pero hay algo que ni él ni vos saben: el amor ataca al
hígado, como cuando tomás un vino malo.

64
Ahí, en tu rayo, está toda mi piedra.

65
Pensando que volvería a verte fui hasta el puente y me puse a lamer las
heridas para que me vieras. Dejaste caer tus ojos como corderos y, como

116
si estuvieras pintando un retrato, cerraste los mosquiteros y te enfermaste
de no ser mía.

66
Te juzgo como el mal bailarín juzga a la compañera. Leo una carta tuya
donde decís que el fuego se ocupará de todo. No quiero preguntar qué
hacías ahí, parada en la punta del otoño.

67
Me voy a llevar a la boca una de esas cosas que los hombres nos lleva-
mos a la boca cuando estamos con la amada. El pudor hace que diga que
me llevo una bocanada de aire pero es más que eso, estoy nadando hacia
tu casa, ¿estarás durmiendo? ¿Durmiendo de mí?

67ª
Así como doliéndole a la araña el corte de hilo, mi alma-mosca está
escondida del viaje; antes vivía rechoncha en la juventud de los cueros;
ahora, apestada, quisiera estallar como un azulejo antes de seguir lesio-
nada y turbada. El cuerpo no la deja, el cuerpo es de otro tiempo, como
la madre que aconsejaba sobre el amor.

68
Tomo un remedio, verde, espeso como el ajenjo. Lo voy tomando de a
sorbos. La gallina me mira desde su cuchitril, debe pensar que el calor
agobiante me viene de las plumas, no sabe que esto es el amor no corres-
pondido.

69
El agua de río no purifica, eso era antes, ahora el líquido romántico está
impregnado. Estoy nadando nuevamente hacia tu casa, quiero pasar por
debajo de tu balcón. Me vas a ver y a reconocer, voy a llevar puesto un
cuerpo sufriente.

70
Sobre el agua no opino. Es de familia opinar sobre todo, opiniones
sobre la bajante, sobre el orgullo, sobre los agujeros de las chapas en los
techos, sobre los modos en que vamos olvidándonos unos a otros. Sobre
el agua no opino aunque pidan, secos de odio, que diga algo sencillo y en

117
lo posible con gracia.
Los niños de la familia tocan el agua y se ríen.

71
Había encontrado una senda para amarte, no estaba lejos de llevarte hasta
mitad de camino; es cierto, el origen reniega de su agujero húmedo.
Agarrado a ese hilo fino pero resistente, miraba hacia adelante para
entusiasmarte. Al fin, pensé, no es demasiado difícil amarla. Dormimos
juntos uno cerca del otro. Cuando desperté ya no estabas, el hilo fino
y resistente estaba atado a una ramita. Entendí que me habías llevado
como la araña hasta ahí, que la senda era tuya mucho antes; me estabas
abandonando y no me daba cuenta, me estabas ahogando, me estabas
dejando sólo carne.

72
El olvido hoy está frío, marrón y con gran correntada. No voy a nadar
ahí. Estoy armando una pequeña fogata, estoy juntando palos y ramas, no
pienso en vos hace un tiempo de varios ratos.

73
Unas ranas saltan alrededor de un balde, parece una danza, dan vueltas
alrededor del latón oxidado; es agradable verlas, nada se parece a las ra-
nas, sólo nadar, nadar sí. Han desaparecido. El balde continúa allí hasta
ser polvo de óxido. Todo se parece a todo esta mañana. No he despertado
ni está en mí hacerlo. ¡Han vuelto las ranas! Hay una menos...

74
Qué nos han dicho nuestros padres debajo del agua: Una brazada, otra
brazada, se levanta la cabeza, se mira, una brazada, otra, se levanta la
cabeza, se respira. Respiramos de manera continua como los grandes
trompetistas. Nos peinan debajo del agua, nos nombran y luego se emo-
cionan. ¿A qué hemos venido?-, preguntamos.

75
¿Están construyendo un bote, una oración, una muerte, un pasadillo,
un cabresto, una lámina de metal? ¿Están mirándote y deseándote y
tomándote y disfrutándote? ¿Dónde estoy yo? No es mucho pedir, qui-
siera que no estés, no estoy pidiendo que traduzcas.

118
76
El aire vive de la muerte del fuego, y el fuego, de la muerte de la tierra,
y la tierra vive de la muerte del agua y yo aun no vivo ni estoy por morir
de vos.

77
Tengo muchas cosas por dormir. Nada tuyo se muere en el ojo de agua
donde vivo. Me despiertan y me dicen: “Ella está aquí”; entonces me
escondo donde puedo. “Ella se ha marchado.” No puedo descansar si ella
continúa braceando de este modo. Va y vuelve como las aguas del río;
estoy quieto, mi amor se va tornando quieto, desamor. Voy a dormirla.

78
Ninguna naturaleza, ningún conocimiento de mí. Estoy dormido. Estoy
de espaldas en el agua, flotando, dejándome llevar por algo divino que
está debajo.

79
Fui un niño dado vuelta. No fue fácil para mi madre alimentarme; mi
padre me comparaba con los otros niños que no habían nacido dados
vuelta. Ella me dijo en una oportunidad que yo le hacía recordar a todas
las lámparas que se apagan.

80
La guerra me une a las nubes que viajan; la justicia y la discordia viajan
por arriba de nuestras cabezas soleadas. Estoy enamorado de un pequeño
racimo necesario. Subido al árbol más alto veo el río y veo bracear a la
que amo. Ella saca la cabeza y lo que comenta lo escuchan sólo los peces.
Así es la guerra puesta a nadar.

81
Hay un charlatán de feria que insiste en que por unas monedas puede
darme la información amorosa que deseo. Pago. El charlatán mira hacia
las nubes e invoca a una pequeña divinidad numérica que parece mani-
festarse: “Te ama ­—dice—, pero no lo sabe”. Desaparece entre la gente
y deja la moneda que le di sobre una canasta. Así no se puede ser feliz.

119
82
Un mono saca una tarjeta; el organillero no cobra mucho. La tarjeta dice:
“No confíes si de verdad quieres saber algo”. La melodía del organillero
es italiana y sufriente. Los ojos del monito están rojos de no dormir. El
organillero no tiene ojos, tiene unos hoyuelos vacíos; son oídos que se
sacrificaron. La tarjeta es amarilla y del otro lado de la anotación hay un
santo que reconozco: es san Sebastián, tiene dardos en los pulmones y en
el ano. Sufriente como el organillero y como el monito. Salgo de la feria;
la gente se entusiasma con la cestería y los cacharros. Estoy perplejo como
si hubiera comprendido nuestro amor.

83
Ahora son ratas. Unas ratas merodean la basura. La tarde cuelga de una
uva pesada y negra. Se viene la lluvia, los trabajadores del remolcador
han venido a comprar vino, sacan de los bolsillos su dinero. Todos tienen
heridas en las manos y en las caras. Pelean todo el tiempo con palos o
cuchillos desafilados. A nadie le importa si el otro queda despanzurrado
en la orilla, la cabeza llena de moscas prendidas a la teta de su sangre ma-
rrón. Ellos tienen apetitos que Dios deplora. Cuando suben al remolca-
dor, ebrios, golpeados, reniegan de la vida y no se avergüenzan de morir.

84
En tu valija hay un viejo camisón, creo que fue de la tía que te crió. Así
te vi el día en que nos conocimos, con ese viejo camisón desteñido, col-
gando ropa de la soga. Estabas demasiado bella para invitarte a nadar.
No querías cambiarte, nadamos de una orilla a otra. Salimos del agua y
se te veía descansada, cambiada y descansada. Cierro la valija porque
estoy por acompañarte. Uno de los dos se va del otro. A través de los
mosquiteros desaparece la tarde y entra algo oscuro en la garganta. Es un
animal pesado.

84a
Llevo tu valija con toda invalidez. Te vas para todo el calendario, ahora que
conseguí trabajo como conductor, ahora que voy a poder comprar lámparas.
No te voy a escribir ni me vas a escribir. Caminamos como invisibles, ningún
cometa pasa cerca. El agua ya no está tibia. Hace de todos los fríos posi-
bles. Me chirrían los dientes. Pateo una naranja y rueda hacia abajo, en
llamas, con la cáscara llena de venas.

120
85
Escucho en el alféizar el recorrido de las cucarachas. Son demasiado vie-
jas para cantar. Hoy voy a pescar durante todo el día. Quisiera fabricarme
unas piernas de madera y unos ojos de madera y una garganta de maíz.
Algo así me gustaría para estos tiempos. Ningún alma por ningún lado,
ponerme al cuello una cinta colorada para alejar a los perros y esperar
que todo pase, que todo esté fuera de fecha.

86
Hay un médico cerca de aquí que sabe bastante de la locura. La gente de
la draga y los motoristas lo visitan y también los marineros. Habla poco
y da unos calmantes hechos con yuyos y cáscaras. Junta picos de pájaros.
El hombre es sureño, de Villa Pehueña. A su padre lo ahogó una nieve.
El cuerpo lo encontró el agua y lo devolvió nadando boca arriba. Fui a
ver al médico para que me quitara un poco de locura. Escuchó mi relato
austero y me dio de beber un agua rancia con gusto a azufre. Deje unas
monedas y unos panes. Salí del lugar un tanto decepcionado. Me acerqué
a la orilla para ver si veía pasar al padre.

87
A los perros hay que llamarlos con tono fuerte, se les castiga con la vara
de la voz. El grifo por donde sale la orden tiene que ser cierto. El indolen-
te se echa a la sombra y se deja afectar por la pereza, igual que los pájaros
y las viejas. Prefiero no pensar con quién estás y si te están metiendo la
lengua en el oído.

88
Me pegué un susto tremendo. Yo estaba pelando papas y me vi lejos,
caminando, parloteando para el aire. Mis rodillas se movían como hor-
migas y buscaban agua. Todo en mí busca la brazada, no quiero la
quietud sentándose en el pecho. Me tengo lástima. A veces he sentido
lástima del río o de mi propio brazo asomando en el agua marrón. Me
ha dado lástima el barro. Así como lo digo: hablaba solo por ahí lejos
de donde yo estaba pelando y lavando las papas. El perro iba conmigo
caminando pero a la vez estaba echado a mis pies con los ojos cerrados.

89
Son muchas las cosas que se me duermen. Hay una campanada que vie-

121
ne de una iglesia que está lejos. Puro bronce tañido complacidamente.
A veces suena para despertar a algún muerto y a veces para dormir a
quien no tiene aun energía eléctrica. Con el paso de la vida uno se atonta
y por más que ponga la cabeza debajo de la canilla no despierta lo que
tiene que despertar. No son ganas de andar muriendo pero tampoco de
andar nadando. En invierno las orejas se duermen y en verano las uñas.
El esqueleto nunca duerme, siempre anda como una calle concurrida.
Los huesos tienen mundo propio, también las moscas y las gallinas que
escapan por la puerta trasera.

90
Vendí las pulseritas y las medallas de oro. No valían gran cosa, pero
hay vino en casa. Quizás en los sueños venga una culpa por esto. El oro
familiar era para cuando hubiera que hacer un anillo de bodas. No hay
bodas en este destino. Las botellas de vino son las muchachas jóvenes
que pasan por casa a probarse las pulseras.

91
No me voy a bañar en el río en que nos bañábamos. Ahí debe estar tu olor
y no me va a resultar sencillo encontrarlo. En esa agua también cambiamos
saliva, no sé qué habrá sido de ella, quizás aun navegue en el Paraná
buscando volver a la boca original. Nada de eso me gustaría encontrar.
Vos, a partir de ahora, en mi mente, te bañás en un río que no es el mío.

92
Fui a ver a uno que hace horóscopos y lee más o menos bien el alma. Me
dijo que ya estás más lejos de lo que yo puedo amarte. A mí me conviene
buscar otro río. Ya estoy harto de vivir en estos humedales de mierda.
Aquí no se ama más que al silencio.

93
Las señales llegan de todos lados. La pluma del pájaro que arrastra el
viento, el camalote que se adhiere al pilote del muelle, la chapa que
se oxida siendo nueva, la radio que pasa la misma canción doce veces, el
corte de luz cuando cocino, la llamada a la puerta de un animal que podría
derribar la casa. La lágrima que cuelga del ojo sin motivo alguno. Todo
indica que estás pensando en mí o que me estás olvidando por partes.

122
94
El agua no va a subir más de lo que sube para esta época. Vamos a tener
una inundación más cerca de fin de año. Todos estaremos festejando la
Navidad arriba de los techos: las gallinas, los perros, el gato. El agua no
va a ser mayor que ella misma; al día siguiente bajaremos al barrial con
los regalos un poco húmedos. La soledad llevará un vestidito floreado y
habrá para ella una taza de leche.

95
Vos no lo sabés porque no me has leído, no conocés lo que he escrito con
un palo en el agua; palabras que se ha llevado la correntada, enormes
confesiones para que atrase el reloj de mi circulación. El vino hace bien
a la sangre. No soy ignorante del todo, aprendí a escribir en un pupitre de
manzanos; lápiz no faltó nunca en casa. Ayer sin más, escribí tu nombre
hasta que el palo perdió la punta. ¿Has visto al río marcado?

96
Se murió el lechero, un hombre cabal que tenía un audífono para escuchar-
nos a todos. Reventó cerca de una heladera. No hubo funeral; no parecía
muerto sino recién apagado. Mañana será resaca, leche pasada, nata, vaca
en un afiche. Los lecheros no van a ningún cielo, son comunes, van a parar
cerca de los pétalos o a tarros oscuros de aceite para máquinas.

97
A veces creo que no tuve infancia, que nací grande y responsable. Traba-
jaba en el criadero mientras mamaba. Estaba lamido por los cuzcos del
patio de tierra. A veces chupaba sus huesos así como ellos comían mi
vómito o lamían la leche materna que quedaba en la cara. Conozco otros
de la zona que también nacieron grandes: Aurelio nació y murió a los
dos años, se le cayó a la madre en el río. Nadie dijo nada para aliviarle el
dolor a ella. Los perros lo encontraron lejos del rancho meses más tarde,
tampoco dijeron nada.

98
Debe venir tu olor por la orilla de enfrente. Los perros están como locos.
Yo me encuentro comiendo una manzana y no voy a salir para ver. Ya
no hay nada que ver en caso de que estés merodeando. Un polvo se mete
por los postigos, son ejercicios de la miel, de las abejas que andan locas

123
buscando dónde hacer medianoche. Tengo la escopeta cargada. Si entrás
en la casa como fantasma la voy a descargar en tu esqueleto. El vecin-
dario está preparando las casitas de alquiler para el verano. Hay olor a
Gamexane. A mí me llega el olor de tu intimidad, ese es el que huelen
el Étor y la Nunú. Ellos en otro tiempo y de cachorros estuvieron en tu
falda. Yo recuerdo que les hablabas como Caperucita Roja.

99
Si sólo hubiera noche, siempre noche, día y noche noche, los astros es-
tarían vagando en la cúpula como avispas que no hallan el nido. Muchas
veces me encuentro pensando en eso. Habría más brujas, supongo, me-
nos bailes, las sartenes llenas de aceite quemado. De ser noche todo el
rato no vería tu cara dibujada en las plantas. Me imagino moviéndome
en un sótano húmedo y frío, sin puertas, con algunos excrementos que
dejan el aire viciado. Tengo entendido que al instinto le gusta la noche;
no conozco instinto que hociquee en la luz. El mío te busca sin que yo lo
sepa, lo siento llorar a veces como un destetado.

100
Cuando se aprende a nadar ya no se olvida uno de las horas. Al nacer se
viene de nadar, después hay que aprenderlo de nuevo. No recuerdo haber
estado en mi nacimiento pero sí el momento en que te conocí; estábamos
los dos mojados, braceando, las cabezas asomadas y los ojos espiando;
abrías la boca como si quisieras decirme algo.

101
Estuve espiado por un tiempo por el recuerdo de mis padres. Ellos me
compraron la primera canoa y me enseñaron a pescar, a desplumar
gallinas y a robar huevos. Me costó aprender a escribir y no leí nunca,
no había nada que leer; se miraba, se escuchaba, se tocaba, se lamía. Vino
a vivir a nuestra casa una prima de Formosa, algo mayor que yo. Tenía
un hermoso esqueleto. Al tiempo de conocernos se dejó tocar. Con ella
aprendí todo lo que había.

101a
Me gustaba escucharla cuando rezaba; no parecía hablarle a nadie, se
comía las palabras, el pecho se le agitaba y por nada ni nadie abría los

124
ojos. Me da vergüenza confesarlo, un día mientras estaba arrodillada al
costado de la cama yo le fui por abajo. Eso que ella tuvo mientras rezaba,
me enteré después, se llama trance.

102
Para Dios, dice el entendido, el agua es justa, hermosa y buena; somos
nosotros los que la vemos sucia y peligrosa.

103
Los caranchos andan dando vueltas en el cielo, hacen un círculo perfecto,
como un remolino. Pareciera que se van a tragar algo muerto que hay
abajo. La osamenta sube por el aire y va derecho a la garra y al pico de
las bestias. Lo que es imperfecto sube, lo que es perfecto se queda ahí
hasta que algo o alguien lo mueve. Yo tiendo a subir.

104
El vino a veces los hace cantar de más. No llegan a afinar los instrumen-
tos, tocan con la euforia propia de la borrachera. Los acordeones son
como hojas de tabaco desprendidas. Cantan litoraleñas; algunas músicas
son horribles pero el corazón las percibe como aromas de cocina. Hay
un patrón de lancha al que le gustan las arias de ópera, la música fina,
y opina que los guitarreros son convictos, hombres que han cometido
una macana con la música. A mí me gustan esos, los que no afinan ni el
garguero ni la cuerda. El agua, que escucha mejor que nosotros, también
los prefiere.

105
El griego cerró la ferretería hace tiempo; la mujer quedó sorda y él ya no
podía dialogar con nadie. Vendieron las dos embarcaciones que tenían y
se encerraron. Abrieron las llaves del gas hasta que el sueño los dejó piedra.
El griego dejó unas hojas escritas con las deudas a cobrar. Robaron de los
techos la veleta con el gallo.

106
Sin tu amor un día es igual a otro.

107
Andan robando por la zona. Entraron por una ventana y se llevaron el

125
reloj de pared. Era de mi madre, marcaba bien las horas menos bárbaras.

108
Hay que aprender a separar la paja del trigo, el vino de la embriaguez, el
odio de lo que hace odiar. Me quito la ropa y me tiro al río. Al rato salgo
limpio de mí.

109
La ignorancia no se manifiesta en los pájaros que no vuelan demasiado
alto ni en las hojas. La verdura no es ignorante ni tampoco la langosta. La
lluvia no es ignorante. Los libros son ignorantes, el cuero del chancho,
la pezuña. El viento no tiene un pelo de ignorante. Yo soy ignorante, vos
desnuda nunca lo fuiste.

110
Si yo lograra todo lo que deseo haría mucho mal. Vos estarías sufriendo
de una costra creada por mi rencor. Es mejor que yo no tenga deseo ni
logro; con taparme con una manta y no sufrir me basta.

111
No hay reposo posible. Una sola vez vi reposar al agua: el día que nevó.
Parecía un vidrio, un ventanal para espiar a las anguilas. El río había
perdido el esqueleto, era una carne preparada para venderse con otros
animales. Nadie daba dos centavos por esa agua, no era navegable ni
bebible y lo más hondo que parecía tener era su música blanca como un
hueso. Tiré una piedra y se llenó de mierda de los fondos.

112
Nunca me viste diciendo una verdad, me hubiera gustado; no es cómodo
el ejercicio, pero vale la pena de vez en cuando decir algo de la anguila
que la anguila desconoce.

113
Nadar es común a todos. Una noche te levanté la pollera y vos dijiste que
para vos la tierra no giraba. Yo me hice el interesado en tu comentario
pero lo único que quería era ser salvaje con esa parte tuya abierta. Esto es
un recuerdo y no instruye a nadie. Las cosas que les pasan a los otros no
dejan enseñanza. Nadar de espaldas sí, cansa menos y uno puede pensar

126
en cosas que le han pasado sin que la sangre se ponga violeta.

114
Nadie cree a esta altura del tiempo que haya cosas divinas. Somos deri-
vados del azúcar y del ajo. En esta parte del mundo donde me toca vivir
no hay nadie que rece. Se ponen de rodillas solamente para cortar los
malvones. No hay ángeles que entren a visitar los placares, ni sombras
engañosas, ni vírgenes que lloren sangre por los ojos. Estamos descreídos.
La sidra fría nos saca de la zoncera. Estamos pegajosos del cuerpo y con
ganas de bailar con alegría.

115
Un pez se movía entre los juncos, llevaba clavado un anzuelo cerca del
ojo. ¿Cuánto tiempo más puede aguantar cerca de los cañaverales?. Chupa
una soleada teta negruzca pegada al barro. Su alma viaja adherida al hilo
del anzuelo.

116
Es probable que me vaya a vivir cerca de otro río, más al Norte. Casa
sin cerraduras, tener un gancho donde colgar las camisas, un estante alto
para que el agua no se lleve las botas, una soga de tender, dos cañas, el
sombrero rojo. Amontonar mugre debajo de las uñas y dejarme morir sin
que el esqueleto lo note. Que cada articulación y cada estación de la ojiva
circular por donde la sangre lleva el lastre se acomode para aguantar el
martillazo final. Sensatez y poca discordia. Uno ya se conoce en pelotas
y vestido, ahora hay que empezar a no mirarse más. Dormir sólo si lo
pide la música.

117
Nunca viví cerca de un trigal ni de una viuda. Sí una de mis parientas, la
bizca que sangraba por la nariz. Ella enseñaba a leer. Todos teníamos los
cuadernos manchados de violeta. Decía cabizbaja que Dios le había dado
el don de enseñar. Con ella no pude aprender nada. Vivía recordando un
paisaje extraño: un trigal sin límites; su dueña era una viuda que había
heredado hectáreas amarillas. Mi parienta vivió en ese lugar y enseñaba
matemáticas a los hijos de la viuda y del trigal. Los chicuelos también
tenían manchados sus cuadernos de violeta. Visitó ya de grande las islas
y se quedó un tiempo en las casas. Decía asustada que se le humedecía el

127
alma y que los pies le crecían mes a mes. La encontré muerta en el catre,
manchada por completo.

118
Vos tenías un esqueleto seco, yo quería chupártelo pero te daba asco que
yo pensara de ese modo. Algunos esqueletos son amargos; por eso la
persona es taciturna. Mi esqueleto es de agua, blando, se estira con faci-
lidad; por eso no me va a ser fácil morir.

119
El carácter a veces enloquece como les pasa a esos niños que ven la
yarará. El destino es el carácter, el carácter es yarará.

120
Los que fallecen en la aurora han sido mejores. Los que se van en plena
noche, peores. Lo que hay que pagar dejando el cuerpo en la pudrición es
cosa de los parientes. Si no hay parientes conviene el fuego o la misma
correntada. La brazada que se da en el último viaje es una cerilla viajando
en su cajita. No se debe pedir permiso para andar muerto, cuando se
parte, se parte.

121
No se va a ninguna parte. Hay aproximación pero conviene quitarse de la
cabeza que nos van a recibir con pañuelos o cornetas. Allá es oscuridad
porque no hay lámpara alguna.

122
Lo que hay es frío y poca carne con hueso.

123
Voy a quedar oculto de todos. Pero deseo verte cuando vos también te
quedes ligera de ropa viniendo a morirte. Me vas a reconocer porque voy
a estar triste sin vos.

124
Acaso estoy pensando mal todas estas cosas, no tengo más que rabia y
poca sabiduría. Si pudiera meter la nariz en el orden cósmico dejaría de
lloriquear como lo hago, me sentaría a entender las estrellas y a esperar

128
que se declare algo más poblado que la soledad. Alguna vez dormí en la
basura y también en un regazo y también en un catre soñando la misma
cosa sin valor. Nado hacia la orilla equivocada ya sin fuerzas.

125
Estoy agitado porque puse uno de mis ojos en venta. Hay una piedra
interesada. En el teatro se valora mucho el ojo del nadador; hay actores
que dan lo que no tienen por una pupila encantada.

125a
La riqueza de este lugar va ser mayor cuando mañana a la mañana ya
no esté. Sin enamorada, dejando a los dos perros y a la parte que se
despierta con la lengua. En el limonero hay una mosca que pesa tanto
como el mundo.

126
Lo frío se calienta, lo cálido se enfría, lo húmedo se seca, lo seco se
humedece.

129
ÍNDICE
Los apestados

Helena Rubinstein/ Poems . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13


Los apestados . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19
La lombriz solitaria . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23
Asma mater . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29
La culebrilla brilla camino a Ítaca . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33
Diario amoroso del hombre invisible . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 37
H y V . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41
Bótox de silencio. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 45
La vida de un luchador de catch que no resulta querido . . . . . . . . . . . . 49
Una madre es lo primero que vemos por dentro . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53
El ciego con las manos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
Por qué soy un enfermo de los nervios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 61
No estoy en condiciones de cantar para las ballenas . . . . . . . . . . . . . . . 75
The Tarzan Collection . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 79
El Predicador . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 83
Autobiografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 95

Heráclito nada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 99
La presente edición de Los apestados/ Heráclito nada,
de Alberto Muñoz,
se terminó de imprimir en febrero de 2017
en AMERIANGRAF,
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Tel.: (011) 4815-6031 / 0448.
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www.ameriangraf.com.ar
Alberto Muñoz
147 Los apestados /
Heráclito nada

ISBN: 978-987-1869-76-3