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ANÁLISIS DE LA VIDA BREVE DE JUAN CARLOS ONETTI

La novela clásica, construida alrededor de personajes recortados a partir de


una exploración de la psicología individual y de la intriga como núcleo de
desarrollo, se encuentra, como reacción, ante otro tipo de literatura que
utiliza otros mecanismos. Estos se manifiestan en la huida de las
estructuras tradicionales del relato lineal, en la multiplicidad de los puntos
de vista, en dejar amplio margen a la interpretación subjetiva del lector, en
no rehuir la violencia, en nuevas experiencias de manipulación de la
realidad.
La vida breve, de Juan Carlos Onetti, es un texto representativo de esta
nueva forma de narrar puesto que se aleja de los modos de representación
de la novela clásica, basando sus resultados y procedimientos en un cierto
uso particular del montaje a través del cual expresa la posibilidad de una
nueva coherencia cuyo soporte no está exclusivamente fundado en términos
de progresión lineal y continua de los acontecimientos que configuran la
historia. Esta evoluciona a partir de aproximaciones parciales a los hechos
y a los personajes, por lo que el desenvolvimiento de lo narrado se vuelve
complejo y ambiguo.
Sumado a esto y como expresión formalizada de la profunda
correspondencia entre el discurso poético y el discurso del inconsciente, los
diversos mecanismos de reproducción intratextual ( desplazamientos,
sustituciones, inversiones, identificaciones) conectan la lectura del texto
con la idea de que la novela es una continuidad fluida dentro de la cual
cada yo que enuncia no es un personaje determinado (Brausen, Arce o
Díaz Grey) sino que cada uno es sólo uno de los fragmentos posibles de
dicha continuidad dentro de la cual lo “real” coexiste en un pie de igualdad
con lo que suponemos imaginario porque “ nada se interrumpe, nada
termina, aunque los miopes se despisten con los cambios de circunstancias
y personajes”.
Si bien el texto admite múltiples lecturas como exponente que se desvía
de las técnicas del realismo ( la ambigüedad, la verdad de la ficción, el
papel del lector que debe participar activamente para dar sentido al texto, la
multiplicidad de los planos narrativos, los desajustes temporales), en el
presente trabajo hemos seleccionado dos ejes a desarrollar , ambos
entrelazados:
En primer lugar, el acto de la escritura que, unido a la crisis de lo real ( lo
real textual, obviamente) construye la historia narrada pero también la
suspende sin suprimirla. Creemos que el acto de la escritura afecta,
perturba, desborda la intención y la sicología del escritor, tendiéndose en el
espacio de lo inconcluso, de lo incompleto, llevando a la superficie aquello
que, como invasión y agresión del sentido, aparece en el momento en que
se empieza a escribir.
En segundo lugar y como consecuencia de lo anteriormente expuesto, se
evidencia un paralelismo entre los distintos personajes, tanto masculinos
como femeninos: estos resultan engendrados unos a partir de los otros,
produciéndose así una expansión de lo “ real” en lo ficticio y de lo ficticio
en lo “real”.

El texto instala el tema de la autorrepresentación del narrador y a través


de él el relato remite especularmente a sí mismo, poniendo en escena un
escribir que reproduce el modo en que opera el trabajo sobre la palabra:
imaginar, expandir, volver al unto de partida, mostrando que la
concatenación de los hechos es el producto de sucesivas reescrituras de un
texto único sobre el que se vuelve para ensayar sus más diversas
posibilidades.
Por esta vía, la obra narra su propia historia, evidenciando una firme
voluntad de ruptura con todo efecto meramente representativo. El escritor
acude reiteradamente al acto de imaginación como forma de verificar su
capacidad de control sobre seres y acontecimientos. Al liberar su potencial
productivo, ingresa en la actividad de la invención que libera al artista, esto
le permite transformar la materia y tomar control del discurso además de
llenar el silencio de su vida privada.
Juan María Brausen, redactor publicitario, recibe el encargo de escribir
un guión de cine. Al principio, sus motivaciones son puramente financieras,
pero al cabo de cierto tiempo el estrecho mundo imaginario que empieza a
organizar mentalmente, se va instalando en la trama del relato, sugiriendo
una suerte de intercambiabilidad de planos.
La escritura introduce una modificación en los actos humanos que no es
intrínseca a esos actos, pero que cambia su carácter: Brausen se abstrae del
entorno inmediato, desplaza su interés de él y hace suya sólo la historia que
inventa. Al hacerlo, descubre que aquello a lo que accede al contar no es la
historia misma ( al fin y al cabo descartable) sino a la fuente del poder
infinito, al don de crear seres, porque la palabra todo lo puede. Se siente el
imitador de Dios y como a tal se dirigirá su criatura y, de la misma manera
que Dios puede destruir lo creado, se sentirá autorizado para destruir la
ciudad que ha inventado o que ha asimilado como producto de su actividad
creadora, porque al comienzo del relato Santa María es de naturaleza tan
“real” como Buenos Aires para terminar siendo de naturaleza ilusoria o
imaginaria.

La forma más corriente de apartarse de lo real es a través de la ilusión y no


hay nada más frágil que la facultad humana para admitir la realidad: se la
puede tolerar bajo ciertas condiciones y hasta cierto punto, pero si se
muestra desagradable la tolerancia a lo real se suspende y ésta es
rechazada.
A Brausen la realidad se le muestra frustrante: la disolución de la situación
de pareja, la ausencia de dinero, la posible pérdida de la situación laboral,
la necesidad de simular ante su mujer y los otros, la decadencia física. Es el
momento de la pérdida del tiempo y las pasiones, de la vida sin sentido, de
las ilusiones perdidas.
Ante tantos elementos reales caídos la posibilidad de escribir se le presenta
como una forma de ir elaborando una alteridad, de ocasión de una toma de
distancia, de buscar sustitutos que provengan de otra cadena: la de la
imaginación. Comienza a producir su ficción “contándose la película” a sí
mismo: espectáculo y espectador se inscriben en una misma persona.
En cuanto se “levante el telón” comienzan a interaccionar tres términos: la
escena ( el consultorio de un médico en Santa María), el Yo real y un Yo
diferente, un Yo espectador que nace de la dimisión provisoria del Yo
consciente y estructurado que condiciona las relaciones del sujeto con lo
real.
Brausen se encuentra en las mismas condiciones esenciales que presupone
el contemplar cualquier espectáculo: pone fuera de juego el sistema motor,
separa los lugares de la escena y del mundo real y expone una fantasía que
suministra material para proyecciones e identificaciones.
Puesta en funcionamiento esa relación triangular ( escena- Yo real- Yo
espectador) se comienza a negar la oposición entre el orden de lo real y el
orden de lo imaginario: puesto que es una ilusión, dicha oposición no es
planteada.
A intervalos, el Yo real desplazará al otro Yo y recuperará sus
prerrogativas pero sin dejar de oscilar entre roles intercambiables. La
ficción principal, narrada en primera persona, pone de manifiesto la visión
interior, puramente subjetiva del protagonista: la imagen de Brausen y
desde Brausen al mismo tiempo. El relato de la segunda ficción por
momentos es narrada en tercera persona entregando una visión exterior y
objetiva del personaje pero, de manera sorpresiva se produce una
alternancia de la tercera a la primera persona anulando el distanciamiento y
reforzando el juego de identificaciones.
Esta oscilación, unida al intento de la escritura ( porque Brausen
manifiesta poseer una incapacidad para desarrollar plenamente sus ideas
por escrito) , le permiten salir de los moldes convencionales, librarse de
leyes y normas, sustituir las reglas habituales por otras no cotidianas,
extrañas.
En su papel de creador, Brausen es un hombre ávido de penetrar en la
materia narrativa y pasa del proyecto de narrar a la participación en lo
narrado: Brausen y Díaz Grey van en camino de fundirse.
De esta manera, frente a la ortodoxia del narrador omnisciente y a la
dictadura de la tercera persona que en la novela realista clasifica y opera en
todo momento como férreos manipuladores del relato, el texto expone
mecanismos que obligan a un atento trabajo de reinterpretación de lo dado.

Cuando la identidad real fracasa puede surgir una identidad


imaginaria dentro de la cual todas las combinaciones son posibles y es así
que Brausen adopta una segunda personalidad, Juan María Arce,
comenzando a llevar una doble vida con una prostituta que en el día de
Santa Rosa se ha mudado al departamento vecino: es otra irrupción de lo
imaginario para un personaje cuyo imposible por excelencia es la realidad.
Detrás de la pared que la mirada no puede atravesar, el narrador imagina y
construye un territorio que alimenta de suposiciones. Ambos espacios
comienzan interactuando de manera simultánea pero luego, cuando lo
habitual y cercano se torne hostil y ajeno, pasará a ser la “salida” que le
permita la otra “entrada” y esto funcionará como espacio compensatorio de
las pérdidas sufridas: será el mundo de la Queca, la Gorda, Ernesto: la
otra vida.
En el momento en que Brausen traspone la puerta del departamento de la
Queca, comienza la transición, el abandono del espacio anterior,
simbolizando los cambios que vendrían. La puerta es el pasaje que marca lo
que nace y lo que muere, lo nuevo y lo antiguo, el comienzo de su
metamorfosis en Juan María Arce.

A partir de aquí, la novela presenta tres historias que avanzan en


líneas que entretejen nexos de pensamientos, angustias, sospechas y
recuerdos a través de un juego de duplicaciones y desplazamientos
entre los distintos personajes. Éstos, construidos mediante un nombre,
una historia y ciertos tópicos sicológicos, concentran sus rasgos, dando
origen a seres ambiguos que oscilan en la ambivalencia, producto del
desajuste entre esencia y apariencia.
Los personajes de los tres planos de la historia comparten todos la
característica del engaño, constitutivo de las relaciones que entablan: todos
mienten. Es una “cadena de falsarios” para quienes la traición, la
extorsión o la posibilidad de ser extorsionados hace que se desplacen entre
los límites de un permanente movimiento oscilatorio entre la realidad y la
ficción. Todos asumen diversas máscaras, ocultando siempre el rostro que
permita identificarlos: máscaras, carnaval, “mundo loco”, mundo al
revés, son significantes que completan la atmósfera de rarificación que
atraviesa todo el texto.

Entre lo real y lo fantástico


Por encima de todo, hay una cosa que caracteriza a esta novela tan poco
convencional de Juan Carlos Onetti: su condición como mediadora entre
la corriente realista y la novela fantástica. Escrita en pleno boom del
realismo mágico en Hispanoamérica, La vida breve tiene la capacidad de
desmarcarse de esta tendencia y optar por un cierto realismo, no exento de
elementos fantásticos, que poco tiene que ver con aquello que, a modo de
ejemplo, escribían los no menos geniales Borges o Cortázar.
Aunque la novela La vida breve de Juan Carlos Onetti pertenece al género
de ficción, su trama psicológica es ineludible. Los personajes que
desarrollan su vida en la imaginación del autor tienen tantas facetas
devenidas de lo netamente humano, que van atrapando al lector en una
enmarañada amalgama de sensaciones en las que de una forma u otra se
verá identificado.

Una trama compleja


La trama comienza presentando a Juan María Brausen, que trabaja en una
firma publicitaria, cuando su mejor amigo llamado Stein debe escribir un
guion cinematográfico, así que Brausen comienza a ayudarle redactando un
guion a partir de su propia vida. La necesidad económica es lo que le
obliga a aceptar el proyecto, aun a pesar de no ser el más estimulante.
No obstante, Brausen no ha tenido en cuenta las condiciones de su propia
vida: precarias, compartidas con una mujer que se consume poco a poco en
el cáncer.
La vida de Brausen realmente es complicada, pues es despedido de su
trabajo y, además, se halla viviendo con una esposa a la que no ama, pero
que está enferma y no puede dejar. Una tarde él oye un rumor a través de
las paredes de su casa, que lo hace dejar volar su imaginación. El proceso
creativo del guion en el que trabaja Brausen tiene como consecuencia
la aparición del doctor Díaz Grey, un personaje que Onetti utilizará en
varios escritos posteriores.
Acaba de mudarse al lado una prostituta llamada Queca, quien logra
meterse en su mente de tal forma, que Brausen se va convirtiendo en un
hábil detective, y luego de un tiempo termina introduciéndose en el
apartamento de esta seductora mujer.
Estando allí surge un nuevo personaje en la personalidad de Brausen,
llamado Arce, quien es un monstruo que planea sus actos deleitándose
en la brutalidad. Con el paso de los días Arce intentará asesinar a Queca,
lo que dejaría moralmente devastado a Brausen.
La Queca realmente es asesinada por Ernesto, quien pasa a ser realmente el
enfoque central de la maldad, por llamarlo de alguna forma en una
dimensión real.

En este punto, Arce es el opuesto al doctor Díaz Grey. Representa la


perversión, la corrupción, los deseos oscuros y en verdad la inclinación
al mal por lo que se convierten en personalidades de contrapeso para
Brausen, quien termina siendo afectado por ambos. Díaz Grey representa,
en cierta forma, la inocencia, la amabilidad, la bondad, lo inalcanzable
para cualquier persona que viva en la ciudad, acosado ante el paso terrible
de la modernidad.
Pero en lo que tampoco ha reparado Brausen es en el poder de la
capacidad creativa del ser humano, por la que pronto se deja llevar. Tras
construir la ciudad de Santa María y a los primeros de sus habitantes como
marco en el que transcurrirá el guion que tiene que escribir, Brausen pronto
empieza a descubrir que el mundo que ha creado es mucho más rico y
profundo de lo que en un primer momento había pensado.
Santa María empieza a comerle terreno a la realidad y ambos planos de
existencia comienzan una relación complicada, con préstamos e
influencias que van a enmarañar la narración, que abandona toda linealidad
para abrirse a una libertad absoluta donde casi cualquier cosa puede ocurrir.
Brausen encuentra rápidamente una vía de escape a una vida
desencantada y abrumada por la soledad. Ya no solo se identifica con
sus personajes, sino que incluso encuentra en Santa María un alter ego. El
viaje por esta nueva realidad sacará a relucir lo más profundo del
personaje, una inusitada violencia que es quizá una consecuencia de una
vida frustrada y apática.
Considerado como un clásico de la literatura La vida breve ha sido la
consagración de Juan Carlos Onetti como autor, dejando huellas
significativas en las letras hispánicas, pues a través de los personajes de
su novela muestra el análisis de la angustia existencial que todos
vivimos.

Un lugar y unos personajes presentes en toda la obra de Onetti.


Brausen crea la ciudad de Santa María y en ella origina más personajes que
luego Onetti utiliza en otros libros, así que la maravilla real de La vida
breve es la sugerente incitación a descubrir la propia personalidad del
lector, en la que hay continuos desdoblamientos, con varios personajes
mezclados.
Juan Carlos Onetti nos plantea una obra en la que trata de reflejar la vida
misma tal y como él la concebía: como una lucha entre las diferentes
personalidades que luchan dentro de nosotros mismos, fantaseando un poco
sobre lo que quisiéramos hacer o no, imaginando los futuros posibles, o
viajando al pasado para hallar esos recuerdos en los que fuimos víctimas o
héroes, dependiendo de quién de nosotros lo cuente.
La realidad en la que cada personaje de Juan Carlos Onetti vive es un país
psicológico. Las diferentes personalidades toman parte por turnos, sin que
puedan escapar de esa realidad salvo a través de una huida hacia la
ficción, en esos pequeños instantes en los que pueden vivir la vida de
otros.

Una novela con estructura de cajas chinas


Un autor creando un personaje de novela, que a su vez crea otros
personajes en una trama verdaderamente motivante hace que La vida
breve sea una obra magistral de la literatura, particularmente porque cada
vez que se abre ante el lector, la interpretación que realice de los
personajes, y de la obra en sí, será diferente, pues verá una obra cambiante
en la que la ficción estará del lado de la realidad.
La complejidad de la obra no es inconveniente para disfrutar de una novela
llena de matices que explora en profundidad la psique humana y su
relación con la enfermedad, con la creación y con la vida misma. Juan
Carlos Onetti, a veces comparado con Faulkner, no tiene reparos en
incluirse a sí mismo en una novela que trata de la novela misma,
convirtiéndola en una suerte de autobiografía, en un testimonio ineludible y
autorreferencial, en varios sentidos.
La vida breve es una lectura sin la cual no se puede explicar la narrativa
hispanoamericana de mediados del pasado siglo. Pero es mucho más que
eso: es un ensayo sobre los límites de la realidad, la magia de la creación
como vía de escape a una vida anodina, y es también un viaje a lo más
hondo de las pasiones humanas, en las que la propia identidad se
desdibuja peligrosamente.

Tema
La idea central de la novela es que el ser humano no está condenado a una
vida concreta y específica, sino a una determinada forma de ser, lo que le
permite vivir varias vidas, necesariamente breves. De esta forma se
establece un proceso continuo de sucesivas muertes y renacimientos como
posible vía de acceso a una cierta suerte de inmortalidad. Brausen afirma en
ese sentido: “…la gente cree que está condenada a una vida, hasta la
muerte. Y sólo está condenada a un alma, a una manera de ser. Se puede
vivir muchas veces, muchas vidas más o menos largas.”

No obstante, ello no pasa de ser un juego, una farsa, pues nada permite
evitar el fracaso, la desesperanza y el hastío de la existencia. Así lo
reconoce Brausen cuando concluye : “Puedo, sí, entrar en muchos juegos,
casi convencerme, jugar para los demás la farsa de Brausen con fe.
Cualquier pasión o fe sirven a la felicidad en la medida en que son capaces
de distraernos, en la medida de la inconsciencia que pueden darnos.”

Motivos
- La multiplicidad de vidas posibles: el protagonista irá asumiendo distintas
personalidades a lo largo del texto: Brausen, Díaz Grey, Arce, e incluso la
del propio autor. Un personaje menor incluso llevará el nombre de Onetti.
Estas personalidades pueden ser sucesivas, pero también simultáneas, hasta
llegar a confundirse en algunos momentos, estableciéndose una relación de
tensión entre ellas en la lucha por el triunfo de una sobre las demás. Será
Díaz Grey quien se alce con él, pero no en La vida breve, sino de cara a
obras posteriores de Onetti, en las que el protagonista será el doctor.
- La falta de voluntad: los personajes se nos muestran aquejados de una
especie de abulia vital, como manejados por alguna clase de destino fatal
frente al que sería absurdo e ineficaz rebelarse. Es necesario (o quizás
inevitable) “despreciar lo que debe ser alcanzado con esfuerzo, lo que no
nos cae por milagro entre las manos.”
- Conciencia de la propia esencia: al ser humano sólo le cabe concentrarse
en el propio ser. Así el absurdo obispo pontificará que “la eternidad es
ahora” y que el hombre debe poner todos sus esfuerzos en ser él mismo.
Brausen afirma que “Toda la ciencia de vivir…. está en la sencilla blandura
de acomodarse en los huecos de los sucesos que no hemos provocado con
nuestra voluntad, no forzar nada, ser, simplemente, cada minuto.”
- Realidad del sueño y la imaginación: los mundos oníricos y los
imaginados cobran vida como formas del mundo real con el que se
relacionan e interactúan (Díaz Grey y Santa María). Ello acentúa la
apariencia fantasmagórica y absurda de muchos de los actos de los
personajes, que se mueven impulsados por la disparatada lógica de los
sueños, en los que la secuencia cronológica de los sucesos carece de
relevancia.
- Omnipresencia de la mujer: en todas las historias de la novela juega un
papel relevante una mujer, que es a la vez todas las mujeres, puesto que
Onetti recurre al arquetipo femenino, otorgando a cada una de ellas el
correspondiente papel de esposa, amante, prostituta, hermana.
Símbolos
- Santa María.- Como en el caso de otros autores y muy señaladamente de
su admirado Faulkner, Onetti crea un espacio físico en un inicio ficticio y
más tarde, en obras posteriores, real, como escenario para sus criaturas. En
ese mundo se desenvolverán en adelante algunos de los personajes que  ya
aparecen en esta novela y especialmente Díaz Grey.
- Los disfraces: serán el inevitable aderezo del cambiante juego de
identidades de los capítulos finales.
- El alcohol: la presencia de la bebida es constante a lo largo de la novela
como elemento favorecedor de la dimensión onírica e imaginaria de la
vida.
- La amputación: la amputación de Gertrudis antes del inicio de la acción
preludia la consciencia de estar incompleto del ser humano, aludiendo
posiblemente a la ausencia de Dios.
- El sexo: son continuas las referencias a actos o actitudes de contenido
sexual, apareciendo el sexo como vía de escape a la condición mortal.