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E S P A Ñ A MÍ S T I C A

POR.

JOSÉ Ö R T 1Z ECHAGÜE

CON

288 LÁMINAS EN HUECOGRABADO


Y

22 PLANCHAS EN COLOR

PRÓLOGO

DE

MIGUEL HERRERO-GARCÍA

TERCERA EDICIÓN

III

P U B L I C A C I O N E S O R T I Z -E C H A G U E

TUTOR, 24

MADRID
E5 PROPIEDAD DHL AUTOR
Q u e d a h ech o el depó si to q u e marca
la Ley.
Pr ohi bi da la r e p r o du c ci ó n
de t e \t o > v l á m i n a s .

OBRAS DE LA SERIE
TOMO I.- ESPAÑA: TIPOS Y TRAJES.
TOMO II. -E S P A Ñ A : PUEBLOS Y PAISAJES.
TOMO III.— ESPAÑ A MÍSTICA.

Nihil obsui: [mprim


Dr A vdrfs Df L ucas C as i mi r o , Ob. A u x. y V ie. Gen.

Censor. 17 de novkmbre de 1943.

Impuso en E spaña.
P rinted in S pain.

TERCERA EDICIÓN A M P L IA D A .- 297 REPRODUCCIONES


EN NEGRO Y C O LO R DE FO TO GRAFIAS O RIGINALES DE
JOSÉ O RTIZ E C H A G Ú E .-T R E C E REPRODUCCIONES DE LOS
AUTORES SIGUIENTES: M A C ÍA S (69), M ÁS ( 1 5 3 - 1 5 6 ) ,
A. RIEDEL (158-168-169), SER R A N O (164), P. BERMÚDEZ
(165), LÓPEZ M ARTÍN EZ (184), SO R IA N O (aoi), M ARCO S
(206-207-308).— IMPRESIÓN DE LA M IN A S: «H U ECO GR ABA­
DO A R T E -. BILBAO.-IMPRESIÓN EN CO LO R: -V A L V E R D E .
SA N SEBASTIÁN, Y - HAUSER Y M ENET- . - M ADRID,
SOBRE PAPEL «LA TO LO SA N A ».

B I L B A O - 1 954
P R Ó L O G O
(DE L A PRIMERA EDICIÓN)

Este libro, de láminas espléndidamente espect acidares, lleva el título de España Mística.
Contradicción aparente entre lo visual, tangible y plástico, y lo íntimo, secreto y suprasensible,
que es la Mística. Y , no obstante la contradicción, la he calificado, con justeza, de aparente.
A sí como el conocimiento de D ios no lo alcanza la mente humana más que por la contempla­
ción de las criaturas, ese mundo ocidto de la M ística no se puede barruntar sino por la contem­
plación de ciertas manifestaciones de la piedad, del culto, de la liturgia y del arte, vahos tenues,
pero directamente desprendidos del volcán divino que arde en el fondo del alma española. Del
conocimiento de Dios por el de las criaturas escribió por título el hoy beatificado Cardenal
Belarmino, en uno de sus tratados teológicos, que corren de antiguo traducidos a la lengua
española. Y , sintetizando toda esta remontada teodicea, ahí van las palabras de oro de nuestro Fray
L u is de Granada:

“ ¿Que es todo este mundo visible, sino un grande y maravilloso libro que vos, Señor,
escribisteis y ofrecisteis a los ojos del mundo, así de griegos como de bárbaros, así de sabios
como de ignorantes, para que en él estudiasen todos y conosciescn quién vos crades? ¿Qué
serán luego todas las criaturas de este mundo, tan hermosas y tan acabadas, sino ungs como
letras quebradas y iluminadas, que declaran bien el primor y la sabiduría de su autorf ¿Que
serán todas estas criaturas, sino predicadoras de su Hacedor, testigos de su nobleza, espejos
de su hermosura, anunciadoras de su gloria, despertadoras de nuestra pereza, estímulos de nues­
tro amor y condenadoras de nuestra ingratitud? Y porque vuestras perfecciones, Señor,
eran infinitas, y no podría haber una sola criatura que las representase todas, fn é necesario
criarse muchas, para que así, a pedazos, cada una por su parte, nos declarase algo dellas.
Desta manera las criaturas hermosas predican vuestra hermosura; las fuertes, vuestra forta­
leza; las grandes, vuestra grandeza; las artificiosas, vuestra sabiduría; las resplandecientes,
vuestra claridad; las dulces, vuestra suavidad: las bien ordenadas y proveídas, vuestra m aravi­
llosa providencia

Acomodando esta alta y a la vez llana teoría del elocuente Granada a nuestro caso, ¿qué
son y significan todos estos impresionantes cuadros que uno tras otro podemos contemplar en
este libro? ¿Q ué quieren decir esos rostros de eremitas, sonrientes ante las bocas abiertas de las
sepidturas, que aguardan su presa? ¿E so s claustros, poblados de esfinges animadas, que mar­
chan con plena y augusta seguridad de su destino? ¿E so s ritos suntuosos que envuelven en
oro, seda y poesía la humildad de la oración humana? ¿E sas piedras, volátiles como la espiral
de un sahumerio, que conspiran contra la ley de gravedad por escalar el cielo? ¿E sa s inefa­
bles creaciones de la gubia y del cincel, que infunden vida a la materia y aprisionan dogmas
divinos en fórmulas de arte realista?

Todo es afloración de un secreto estado de alma, y cada una de esas manifestaciones


sirve de camino para penetrar en el reino escondido de que habló la divina palabra: kcgnum
Dei intra vos est. Todas estas láminas hacen el papel de verdaderas metáforas, lenguas que
balbucean el me7isaje de una belleza espiritual, ecos de la fiesta inefable en que se celebran las
bodas amorosas de D ios y el alma, jirones descoloridos de la vestidura real que el amor viste
a sus escogidos.

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Siem pre ha tenido la Mística su sistema propio de expresión, labrado por un proceso
metafórico, que mediante signos materiales trasmita conceptos arcanos y apenas accesibles.
Etchegoycn, aquel malogrado joven francés, se detuvo a estudiar la expresión del Am or Divino
en la literatura de Santa Teresa, y yo ensayé recientemente sistematizar la expresión del pen­
samiento místico de San Juan de la Cruz. La luz, el fuego, el aire, el agua, las flores, los frutos,
los pájaros, los animales, los hombres, y la Naturaleza entera, suministran al Maestro de la
reforma teresiana múltiples lucecillas de vago resplandor para alumbrar la Noche obscura del
alma y emprender la arcana subida al Monte Carmelo, llevando en los labios la flo r del Cán­
tico espiritual. Noches obscuras, subidas de montes y epitalamios nupciales que empiezan
siendo ya puras metáforas cuya iluminación se va a pedir a otras metáforas. Y colocados por
fuerza en este terreno, ¿cómo negar al almenado ábside de la Catedral de A vila, o al Castillo
Colegiata de Alquézar, la virtud evocadora del castillo interior de muchas Moradas, que trazó
la pluma de Santa Teresa? ¿Puede negarse ninguna sensibilidad al estremecimiento de lo di-
vino ante el espectáculo de compunción de los Penitentes de Cuenca, que parecen conmover
hasta el pétreo escenario de su fantástico d esfile? Justo será reconocer que estas iglesias, claus­
tros, torres, procesiones y ritos poseen análogo valor metafórico que el aro de oro y la palo­
mita que bebe en la fuente. A quí están los bosques de espesuras, la cristalina fuente de sem­
blantes plateados, los valles nemorosos, el lecho florido de cuevas de leones enlazado, el cierzo
muerto, el adobado 7 ’ino, el ciervo vulnerado y toda la orgía de color y de ritmo en que el poeta
de Fontiveros envolvió su alta teología de la unión con D ios.

También hay espíritus para los que la poesía de San Juan de la Cruz es el libro de los
siete sellos, 3» habrá seguramente quien no acierte a leer en estas láminas nada que trascienda
de la pura impresión de la retina. Pero cualquiera sensibilidad cultivada atinará con el reca­
tado secreto que ellas guardan, y no se resistirá a aceptar que todo en estas imágenes es eclo­
sión de tina intimidad religiosa, pompa y floración de un huerto secreto, en el que el espíritu
de Dios cultiva amorosamente frutos de caridad, gozo espiritual, paz, paciencia, benignidad,
longanimidad, bondad, mansedumbre, fe , modestia, continencia y castidad. Cada hoja de este
libro deja percibir en sus valientes clarobscuros el dulzor de alguno de esos divinos fru tos; cada
imagen es una glosa reveladora de la seca y lacónica enumeración del Catecismo. Los Ripal-
das y Astetes encuentran al cabo de los siglos, y tras una legión de comentaristas, el gran
comentario, el que se mete por los ojos, habla a la sensibilidad y la hace su intérprete 3' he­
raldo ante la inteligencia. Caridad, la de esas mujeres de Lagartera y Berástegui, que que­
man su cera en ofrenda expiatoria por las almas de sus amados muertos. Gozo espiritual
que brota con la limpidez de fuente cantarína en los coros de novicios o en los de la escolanía
de Roncesvalles. Paz como no la puede dar el mundo y sólo sabe darla Dios la que reina en
esas ermitas de Córdoba y en esos claustros de Poblet, egregiamente simbolizada en el terso
espejo de los estanques de E l Escorial. Paciencia, interno y voluntario sometimiento a la ley
de la vida en los terribles momentos en que la ley desgarra el corazón, el que campea en ese
duelo de Berástegui, externa 3' libre aceptación de la cruz de la penitencia en expiación de
nuestros pecados, la que resplandece en los cruceros de Uriz. Benignidad, sincero sentido de
la fraternidad humana, no se hallará más y m ejor que en esos santos coloquios de monjes car­
tujos, algunos de los cuales trae a las mientes el diálogo inmortal que Marcelo, Sabino y J u ­
liano sostuvieron en “ La Plecha'>'> acerca de los nombres de Cristo, la longanimidad, largueza
de consagrarse de por vida y omnímodamente en el divino servicio, tiene su ápice en la consa­
gración de sacerdotes en Loyola, impresionante espectáculo del sacrificio que unos frágiles
mortales hacen para siempre de su corazón, esperanzados de poder cumplir su solemne com­
promiso en la gracia de Dios. Bondad, la que aparece en el cuadro siempre enternecedor de esas
santas mujeres que tienden sobre la infancia desvalida sus blancas tocas como alas de ángeles
de amor. La estampa de la mansedumbre, más elocuente y expresiva que cuanto pudiera escri­
birse, la forman las devotas del Valle de Aezcoa, las tres M arías de las Salesas Reales y, aun

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si bien se interpreta, esa figu ra de penitente de Cuenca, que parece un león domeñado por el sor­
tilegio de su túnica y su capirote, pero que volverá a su natural ferocidad en cuanto cierre el pa­
réntesis cadañero de su deber de cofrade.

Modestia, virtud que podría parecer auténtica del modo de ser natural de una gente me­
ridional y expansiva, ha hallado medio de florecer por la superposición dominadora de lo religio­
so, v ha producido estilos y continentes corno los de las mujeres de Ansó, las tapadas de Vejer
y toda la rica variedad de cogullas monacales y antifaces de penitentes nazarenos que pueblan bas­
tantes páginas de este libro.

L a continencia tiene su máxima expresión en los dominicos de Sari Vicente de Avila. A llí
está la juventud sana y fuerte, pura y santa a la ves. La castidad triunfa en los cuadros v irg i­
nales de primera comunión. Y no hablo de fe porque sería redundante en un libro como éste, ver­
dadero comentario de luz, glosa visual que un arte exquisito y amablemente cultivado ha escrito a
la teología más sutil y recóndita, poniendo ante la vista demostraciones evidentes de que allá, en
lo secreto de las almas, cultiva su huerto el amor divino y produce frutos que saben a ciclo y an­
ticipan gozos de bienaventuranza. Bien y legítimamente se puede afirm ar que por las páginas de
este libro desfila envuelta en su sayal blanco y negro la España mística.

Cierto, sin embargo, que por estas páginas pasa también otra España que, trocado el sa­
yal por los volantes y faralaes, combina la devoción con la alegría, la copla con la oración, la dan­
za con las genuflexiones; mezcla que escandaliza al puritanismo anglosajón, pero muy a tono con
el carácter español y muy en armonía con el verdadero espíritu religioso. E s un error de exótico
cuakerismo creer que la devoción excluye la alegría. Santa Teresa perseguía y ahuyentaba de sus
conventos el humor melancólico como a un ladrón furtivo que viene a robar la paz de las almas.
L a Iglesia, divinamente asistida, ha integrado en su liturgia los principales elementos expresivos
del jú bilo: la música y el canto.

L a danza, que tan mundana puede parecer, tiene sus orígenes litúrgicos junto a la misma
arca del Testamento, y la inició todo un rey de Israel, ebrio de alegría en las alabanzas del S e ­
ñor. De que no era cosa que desdecía de la reverencia debida a los altos misterios eucarísticos, epi­
centro del culto católico, nos da testimonio aquel santo Juan de A vila, apóstol de Andalucía, que
llegó a escribir: “ Y a que el rey de España (era Felipe I I ) no tiene el espíritu del santo David,
para ir bailando de gozo delante del Santísimo Sacramento en la procesión del Corpus, vaya por
lo menos detrás de la custodia, descubierta la cabeza y dando señales de verdadera devoción \ E s ­
píritu davídico, fielmente interpretado antiguamente en las famosas “ danzas del Corpus” , danzas
de ninfas, de segadores, de indios, de gitanos, de moriscos, de gigantes, de negros, etc., etc., que
iban de gastadores en la magna procesión eucarística, expresando el jiíbilo que el pueblo fiel sentía
en el día triunfal del M isterio del Amor.

Yo sé que los escritores ascéticos han echado mucha agua al vino, 3? a fuerza de rodeos e
interpretaciones han venido a decir digo donde dice Diego. Pero jcóm o negar que el texto sagra­
do del Real Salmista dice: “ Alabad al Señor con sonido de trompeta, alabadlo en salterio y en arpa;
alabadlo en pandero y en coro; alabadlo en cuerdas y en órganos; alabadlo con campanas que bien
suenen, y alabadlo con campatias de aleg ría ''? Copia la traducción precisamente del tétrico Fray
Diego de Estella. Vengan ahora los puritanos de aquende 3' allende a hacer remilgos a la gaita y
al tamboril, a las castañuelas y a las guitarras de la Romería del Rocío. Querrán decir que estos
regocijos no son hijos legítimos de la devoción. Se equivocan.

Puede un N ierem berg disquisicionar todas las especies de gozo que en el alma producen
cada uno de los divinos atributos; el gozo de la Hermosura de Dios, y la perfección de Dios,
de su Felicidad, de su Sabiduría, de su Bondad, de su Omnipotencia, de su Unidad, de su Sim-
pUcidad, de su Infinidad, de su Santidad, de su Libertad, de su Inmutabilidad y de otras ma­
chas de sus inagotables perfecciones; todas así, con mayúsculas, porque todas y cada una son
la misma esencia divina y representan de distintos lados el mismo y uno D ios. Pero el común
de los mortales no discrimina ni disecciona su alegría en especies y matices. S e siente profun­
damente embargado de un sentimiento religioso de complacencia, porque es el día del Señor
o de la Virgen, o el día de su santo Patrono, y nada más. Tiene su fórm ula expresiva de su es­
tado de ánimo que vale por toda una teoría; dice que es día de fiesta. Y esa fiesta es, en su
línea, de la misma raíz psicológica, del mismo carácter emocional que la fiesta del místico más
espiritualizado. Y así tiene que ser. Una verdadera alegría espiritual es imposible sin que rebose
y salga al exterior y quiera hacer partícipe a todo lo que le rodea. F ra y Litis de Granada refiere
"d e un doctor contemplativo, que todos los domingos, cuando se levantaba a maitines, era tanta
el alegría que recibía acordándose del misterio de este día (de la Resurrección del Señ or), que
le parecía que todas las criaturas del ciclo y de la tierra en aquella hora cantaban a grandes
zvees".

Adjúntase a esto otra equivocación que parece la superficialidad vulgar en la apreciación


de algunas de estas manifestaciones. Las carretas del Rocío no hablarán a un espectador vulgar
>nás que de bullanga y jolgorio, donde la devoción no pasa de ser un mero pretexto. ¡Q ué lamen­
table equivocación! Toda esa explosión de alegría es el manto polícromo que encubre una enorme
cantidad de sacrificios, de mortificaciones 3» de penitencias, superiores a cuanto se podría imagi­
nar. Yo dejo aquí la palabra a aquel novelista andaluz, lectoral de la santa, metropolitana y pa­
triarcal iglesia de Sevilla, conocedor del alma de su tierra 3» tesorero de sus riquezas folklóricas.
Y he aquí lo que afirm a don Juan Francisco M uñoz y Pabón:
“ E l Rocío es penitencia, y mucha penitencia.

Aparte de las molestias del camino — el Rocío está lefísimos de todas partes— , molestias
que se acentúan con el calor de junio en Andalucía; aparte lo inhospitalario de la estada y lo
arduo del retorno, en que ya no se lleva ni el acicate de la ilusión, son muchos los romeros ro­
cíanos que le echan los cominitos de una nueva mortificación voluntaria. Frecuente es trope­
zarse por allí con quien ayuna a pan y agua desde que sale de su casa hasta que vuelve; quien
se abstiene de beber durante toda la caminata ( y a pie), dure lo que dure, y quien, como una
pobre cita niña tr ¡añera, venga descalza y andando once leguas de camino, si no es una mujer
de Gibralcón, que ha hecho otro tanto desde su pueblo..., y Gibraleón está a cuatro leguas de
Hitelva, Huelva a siete de La Palm a; L a Palm a a dos de Ahnoute, y Almonte a tres del
Rocío.

H e visto algunos andando de rodillas por la nave, hasta que se consuman las velas de
la promesa.

H e visto otros, en cruz y con ellas en las manos, hasta que se derrita la última gota...,
a este, andando, tendido de espaldas, hasta raerse el pelo de la nuca y hacérsele un llaga, 3» a
estotro...”

“ ¡E s que es de instinto cristiano que el dolor sea oculto!


¿Que en el Rocío se baila? ¡E n el Rocío se hace penitencia!
¿Q ue en el Rocío se bebe? ¡E n el Rocío se comulga!

E l Rocío es una parva trillada en la era — así es, después de todo, el reino de los cie­
los— en la que, si hay mucha paja, hay también mucho grano, y en la que, a vuelta de cuatro
retozos inocentes, se le rinde a la M adre de D ios y de los hombres el cidto más espontáneo y
más siucevo, más fervorosamente entusiasta y más apasionadamente derretido que se le rinde
y se le tributa en ningún otro lugar de estas Andalucías...”

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Esto sin contar que el alma del pueblo tiene una aptitud sorprendente para la cabriola
sentimental, y con una falta de ilación psicológica, inexplicable para los espíritus cultos, se
permiten pasar de un sentimiento a otro. E n una piececilla de teatro del siglo X V I, que por
su enjundia mereció ser atribuida a Cervantes, hallamos esta ob secació n , que ya pareció en
aquella épocas

“ E n lo que nos hemos entretenido esta mañana es en verse dar la batalla dos regato­
nas o placeras de las que allí venden, sobre que una de ellas había llamado a un aldeano que
estaba en la tienda de la otra regateando sobre unas berenjenas. Trabáronse de aquí como
dos sierpes y dijéronse de lo bueno y bien cernido; y luego, la una con nn haz de rábanos, y
la otra con una banqueta de tres pies en que estaba sentada, se acometieron como onzas: y a
mía sobre tuya, se dieron tantas en ancho como en largo, hasta que, entrando gente de por me­
dio, las pusieron en paz; y de puro molidas conto alheña, jaricando se retiraron a sus tiendas.
Pero lo más gracioso fu e que apenas había pasado esa guerrilla, cuando la una llamó a un ciego
y le pidió, poniéndole un cuarto en la mano, que le rezase la Pasión; y apenas hubo el ciego
llegado a aquello de saca Pilatos al Omnipotente, cuando la buena vendedora lloraba como
una criatura de pura compasión

A s í es nuestro pueblo. En su alma viven , pared por medio, el ferv o r religioso y otros
muchos hervores, poco o nada religiosos, y a veces se convierte la vecindad en camaradería o
en amalgama.

Pero España no es meramente la raza que hoy existe, la que en el momento actual se
ha podido sorprender en estas estampas. E l signo de España connota una dimensión pretérita,
es una acción histórica, conforme a nn destino prefijado por la Providencia y servido libre y
conscientemente por sucesivas generaciones. También había que rastrear la actitud del pasado,
V sorprender el gesto de los muertos para poder hablar de la España mística. Y el pasado, en
efecto, ha descubierto su rostro delante de la cámara, dejándola escrutar en su mirada petrifi­
cada por los siglos el mismo anhelo de infinito, la misma sed de amor divino que se lee en ios
ojos vivos y llameantes de los anacoretas de la Sierra de Córdoba, de los franciscanos de Gua­
dalupe, de los dominicos de San Vicente de A vila o de los cartujos de M iraflores. Un rictus
idéntico marca el semblante de la España que fu e y de la España que es. Un mismo aire de
fam ilia persiste inequívoco entre los que hoy salmodian en Santo Domingo de Silos, en el P a ­
rral de Segovia o en L a Oliva de N avarra, y los que, mudos, hacen intérpretes de su voz los
sepulcros carcomidos de San Pedro de Rocas, las palmeras talladas de la Sacristía de Osera,
las columnas trenzadas de San Pedro de Estclla o los capiteles historiados de la Colegiata de
Santillana.

Estos testigos deponen, con acento inconfundible, veracidad en fa vo r de la España


mística. S i en una hipótesis absurda, pero concebida y acariciada en momentos de demencia
colectiva, hubieran desaparecido, sin dejar rastro de sí, todos los elementos religiosos de la
España actual, ¿cómo resolver el problema del pasado y cómo acallar tantas voces como sur­
gen hablando de D ios por todas partes? E s que, cuando enmudecen las campanas y se apagan
las salmodias corales, ¿no hablan con voces que, llegan más al alma de las ruinas de los mo­
numentos sagradosf Ante E l Escorial o Guadalupe se puede pasar indiferente, pero ante una
Cartuja abandonada, ante Sobrado de lo¿ M onjes o Nuestra Señora de Aguilar de Campóo es
imposible pasar sin un estremecimiento de pena, sin una conmoción de protesta dolorosa, con­
tra el completo fatídico de factores causantes de tanta desolación. Ha hecho bien Ortiz Echa
güe en escribir en su libro estas lacrimae rerum, y ha hecho todavía mejor en suscribir algu­
nas de sus láminas con el lacónico “ Claustro en ruinas” . ¿P ara qtté añadir dónde ni por
qué? Dondequiera que estén, y por las causas que sean, siempre constituirán esas lastimosas
ruinas una injuria al arte y una mancilla a la cultura.
Y no vale decir, si es que alguien tiene empeño en ello, que la España mística pertenece al
mundo de lo anacrónico.

Pero vamos a ponernos en todo y a adm itir la difícil hipótesis de que la esencia se
haya ei'aporado y estemos en presencia, pura y simplemente del pomo o esenciero que la con­
tuvo. Todavía, aquella realidad histórica ae la España mística tiene derecho al estudio humano,
o, mejor dicho, la humanidad tiene derecho al deleite intelectual y emocional que reporta siem­
pre el estudio del pasado. E n todo caso, el valor de la documentación arqueológica y artística
es extraordinario. Aquel elocuente romano. M. Tullio, no vió la H istoria más que como mues­
tra de la vid a , testigo de los tiempos, iuz de la verdad y heraldo de la antigüedad. ¿ Y es esto
todo? E s algo más, y mejor probado: fuente de íntimas emociones, venero de refinados de­
leites. Nunca sabremos de una manera incontrovertible si el documento que nos da fe de un
hecho no tiene su negación o su modificación en otro documento desconocido hoy, quizá cono­
cido; mañana, tal ves, destruido para siempre, condenado a la posteridad a permanecer en
su engaño y a tener por verdad lo que no es más que un craso error. L o que sí poseemos, con
conciencia inmediata de ello, es el deleite que aquel conocimiento, cierto o falso, tíos propor­
cionó en el momento en que revivim os aquel pasado y nos pareció asistir a la escena, tener
nuestro papel en la acción y tomar partido en la lucha trabada entre bandos contrarios. No
hay español, por ejemplo, que 110 haya sentido la inquietud que produce el espíritu de bande­
ría política, ante el caso de Isabel la Católica en guerra con Juana la Beltraneja. ¿ Y cuántos espa­
ñoles tienen las pruebas — si algunos las tienen— de la razón que asistía a Isabel?

La Historia nos guardará siempre, tal vez, el secreto de la legitimidad de la hija de


Enrique I V ; nos recatará la verdad, pero nos da de contado y en sana moneda una emoción,
nos comunica un interés, prende en nuestra alma el fuego de la pasión, a cinco siglos de dis­
tancia, que es, en definitiva, permitirnos v iv ir vida de siglos. ¡V iv ir l ¡Como quien no dice nada!
¿Qué es la cultura más que eso, la capacidad de v iv ir? L a diferencia esencial entre el hombre
culto y el inculto se reduce en última instancia a poder o no poder superar el asedio apre­
miante de minúsculos intereses personales y extender sus preocupaciones, sus inquietudes, su
vida a esferas de más amplitud humana. Liberarse de la tiranía del presente para sentirse actor en
el pasado y factor en el futuro.

Por desconocimiento de esta función emotiva de la Historia, $e cayó exageradamente el


siglo pasado del lado intclectualista, llegando a confundir un tratado histórico con un proceso
judicial. La redacción de Tito L ivio y del P a d re Mariana cedió su puesto al estilo de meros
autos procesales. E n esta época de esterilidad estética resucitó Menéndez y Pelayo, en España, el
concepto de Historia como obra de arte, devolviendo a Cito sus antiguos fueros.

Y si la emoción estética, fie l contraste de toda obra artística, es propiedad de la H istoria,


aun de la elaborada entre infolios y legajos, ¿cuánto más y m ejor lo será de las obras artísticas que
encarnan Historia, que subsisten cargadas de H istoria y hablan del pretérito con lenguaje que vence
en claridad al de los Livios y Salustios, Zuritas y M arianas?

Aun los vestigios folklóricos que hoy no interesan más que por su curiosidad etnográ­
fica, por su belleza cromática o por su valor coreográfico, al historiador sirven para percibir
los latidos del alma española hace trescientos, cuatrocientos o más años. E n este sentido, la
España mística puede verse trasuntada en restos de costumbres medievales, como la represen­
tación de la Pasión en Olesa y Esparraguerra. L o que parece meramente teatral, y por completo
ajeno a la devoción interior, tiene un misterioso poder emotivo, que insensiblemente capta al alma
y la subyuga al sentimiento místico.
Esas escenificaciones de la Sagrada Pasión que aún quedan en algunos lugares de E s ­
paña, restos de antiguos autos o misterios medievales, además de estar llenas de color 3- de
poesía, son mantenidas por una tradición que vincula a determinadas fam ilias al desempeño de
tal papel y transmite por generaciones sucesivas tal carácter dramático a los individuos de la
estirpe. Cada personaje está actuando tradicional mente por una misma persona, sobre la cual el
papel representado ejerce una indudable influencia religiosa, con manifiestas consecuencias
ético-sociales.

Otras veces no es éste el caso. L a supervivencia folklórica se halla a mil leguas de su


primitiva y original significación. Pongo un ejem plo: E l año 15 9 5 se descubrieron en Granada
las reliquias del Sacromontc, e inmediatamente se iniciaron las visitas devotas a aquellas ve­
nerables cuevas. H e aquí cómo empezó la devoción, según un escritor coetáneo: “ Unos iban
descalzos, otros con sus rosarios en sus manos, muchos todo el camino de rodillas, y todos con
tal silencio, lágrimas, compostura y devoción, que era una edificación universal. Cuantos en­
traban a visitar aquella sagrada estancia salían publicando haber sentido en el alma la santi­
dad de aquel sitio. Crece cada día más el fervo r, purificando unos, para hacer estación, sus
conciencias con los Santos Sacramentos, movidos de rez'crencia a tal sitio, y otros vuelven de
él tan de veras dispuestos para recibirlos, que no se atreven a d iferir para otro día la p u rifi­
cación de sus conciencias” . Pites veamos ahora en qué han parado tan bellos comienzos, según
describe el costumbrista granadino don José Surroca, catedrático de aquella U niversidad·

“ E11 este día, los granadinos suben al Sacromontc, donde se conservan las cuevas de los
Santos M ártires, y es tradicional en los jóvenes y viejos, cuando las visitan, pasar las manos
en las famosas piedras, con el fin de casarse o descasarse.

11 L a primera está en la capilla gótica, o sea, la primera que se descubrió, y la segunda


está e n la galería que circunda la galería de Santiago. Una comisión de concejales sube a dicha
abadía, en la que, después de solemne fiesta religiosa, se celebra una comida, entregando los
señores canónigos a todos los invitados, como recuerdo, una cajita de incienso y ramos de flores
artificiales” .

N o hay duda de que esto es aquello. L a costumbre popular granadina es un legítimo


fósil de la vida devota de hace siglos. Con restos folklóricos por el estilo se puede ¡legar a
reconstruir toda una paleontología mística de España.

Otro caso llama la atención en Andalucía, sobre todo en Sevilla, que en muchos ed ifi­
cios públicos y privados campean inscripciones a modo de vítores, que dicen: María sine labe
concepta. Superficialmente mirado, no parece más que un motivo ornamental, un rasgo típico
de la decoración local. Pero la H istoria nos dice que esos letreros murales son rastros de una
fiebre devota que Sevilla experimentó por el año 16 15 . Sucedió que una mañana amaneció en
la puerta de la Catedral un rótulQ. en letras doradas, que decía: María, concebida sin mancha
de pecado original, con una corona superpuesta y dos palmas cruzadas por base. L a conmoción
popular de tan simple hecho la refiere así Ormaechea: “ E n Sevilla leí más de 10.000 inscrip­
ciones que adornan toda la ciudad: en paredes públicas y privadas, en fachadas de casas par­
ticulares, de templos, de palacios, lo mismo dentro que fuera de los edificios. E n una sola maña­
na aparecieron 2.000 letreros hermosísimos... E11 toda Andalucía, principalmente en Jerez, mi pa­
tria, no se lee otra cosa que rótulos bellísimos con el Maria sine labe concepta” .

¿Quién puede dudar del valor histórico de semejantes rasgos popularesf En estas letras, tan
muertas como se quiera, no hace falta ser un C nvicr para adivinar el molde de una vida mística que
caldeó antaño las almas.

9
A veces no hace falta la acción del tiempo. L a distancia entre dos estados de conciencia
diversos o semejantes las salva en un momento un espíritu travieso que, amparado en la
impunidad del anónimo o despreocupado de las consecuencias, no duda en contradecir la co­
rriente general de la opinión. Veamos un curioso ejemplo, que puede servir de explicación a
otros muchos que se ofrezcan. Aquellas famosas coplas del menestral sevillano M iguel del Cid, que
empiezan:
Todo el mundo en general,
a voces, Reina escogida,
digan que sois concebida
sin pecado original.

tuvieron el siguiente origen, al decir del analista Ortiz de Zú ñiga: A fines de 16 13 predicó nn
fraile en Sevilla que la Virgen M aría no fu é concebida sin pecado original. E n desagravio de aquel
desacato se organizó una procesión de toda la ciudad, uy para ella principalmente hizo don M a­
teo Vázquez de Seca, arcediano de Carmona y canónigo de Sevilla, que M iguel del Cid compusiese
aquellas coplas
Todo el mundo en general...

que se fueron cantando, en varias coplas de música, por todo el pueblo, siendo innumerable el con­
curso. A esta procesión siguieron tantas, que no hay guarismo con que enumerarlas, porque cada
muchacho que comenzaba a cantarlas, yendo a algún mandado, formaba una procesión que, co­
menzando en uno, acababa en una multitud, y no había caballero, clérigo, fraile ni mercader que
no se adheriese en las procesiones que encontraba, cantando, sin recelarse hombres muy graves de
hacer lo mismo” . Pues bien; tanta canción y tanta matraca a los partidarios de la opinión menos
pía avinagró las musas de un poetastro, que quiso poner en solfa el espectáculo de una muchedum­
bre ignava metida a fallar un pleito teológico tan peliagudo, y enjaretó ciertos versos que están
manuscritos en la Biblioteca Nacional, y que me resisto a transcribir. Una crítica superficial con­
cluiría de los tales versos que en el siglo X V I I no se sentía en España entusiasmo por el dogma
de la Inmaculada Concepción. Pero lo que realmente se deduce de ello es todo lo contrario, hasta
el punto de que, si las coplas de M iguel del Cid no hubieran llegado a nuestra noticia y la esta­
tua del poeta no existiera en la Plaza del Triun fo, de Sevilla, por esta chabacanería de los versos
anónimos pudiéramos rastrear su existencia; porque la parodia no es más que el revés del derecho,
y el juramento, aun en medio de su desacato, es la afirmación de la fe , como bien confesaba aquel
desalmado de la comedia calderoniana:

En defensa
de la je, que adoro y creo,
perderé una y mil veces
(tanto la estimo y la aprecio)
la vida. ¡Sí, voto a Dios!,
que pues le juro, le creo.

Mas, sin duda, hemos ido demasiado lejos al hablar de paleontología religiosa. L a E s ­
paña mística no es algo que se desmorona y tiende a deshacerse. Antes al contraio, el rena­
cimiento espiritual de hoy día es un fenómeno evidente. A nuestros propios ojos y pese al clima
escéptico y naturalista que nuestra época heredó del siglo X I X , se recobran multitud de prác­
ticas religiosas, que en algunos casos llegan a superar el espirita y ferv o r del siglo de Felipe II.
H ay muchos hechos que lo demuestran, y aduzco solamente a uno: En 1574 , el rector de la Uni­
versidad de Salamanca hubo de decir en Claustro Uque por muchas causas y razones, le pare­
cía no convenir que hubiese la disciplina general que había el Jueves Santo, de los estudiantes
de esta Universidad, así porque para prepararse de lo necesario para ella andaban desasosega­
dos y levantados de sus estudios más de quince y veinte días antes; lo otro, porque en este gé-

IO
ñero de gente, por ser como es delicada, al sacarse sangre por las espaldas, según los médicos de­
cían, era muy dañoso a la vista, y asimismo por la hora a que salían ser muy tardía que era
cuando acababan 2nás de la una de la noche, lo cual les era de grande daño para la salud, y así
se habían muerto algunos y otros enfermos reciamente; además de lo cual hacen grandes gastos
de cera, túnicas y disciplinas, porque llevan muchas hachas, y las túnicas muy adornadas y pu­
lidas, y las rodajas de plata, y mucha costa, lo cual no conviene a personas que están debajo del
gobierno y mando de sus padres y alimentadorcs por obra de virtud 3’ santidad los más de ellos;
lo cual se hecha de ver en las demostraciones que hacen, que unos llevan guantes adobados; otros
rosarios muy grandes y otras cosas semejantes

Parangonemos ahora el espectáculo que las anteriores palabras dejan entrever con el
que en la actualidad ofrece la Cofradía de Estudiantes de Sevilla, que desde 1924 hace su E s ­
tación de penitencia, la tarde del M artes Santo, conduciéndola el imponente crucifijo de Juan
de Mesa, llamado “ de la Buena M u e r t e T o d o lo que se diga del recogimiento y de la ac­
titud edificante de aquellas interminables fila s de universitarios, estudiantes y catedráticos, ano-
nimados uniformemente por las túnicas negras y los cinturones de esparto, resultará pálido e
inadecuado a la realidad.

Y lo que decimos de esta Cofradía podemos decirlo del noventa y cinco por ciento de
las que salen en Sevilla en su inefable Semana Santa. Podemos y debemos decirlo, porque
también esta incomparable y única manifestación religiosa de Sevilla tiene su leyenda negra,
creada, en parte, por la decadencia espiritual innegable que en el pasado siglo afectó a las mis­
mas Cofradías, y, en parte, por la masa de espectadores llegados de todas las partes del mundo,
la mayoría faltos de fe 3» casi todos animados de un deplorable espíritu de feria o de verbena.
¿P o r qué culpar a las Cofradías del cuadro teatral y disipado en que desfilan? H oy es impre­
sionante observar que después de siete, nueve o más horas de recorrido, con un axfisiante an­
tifaz por la cara y un cirio de cuatro kilos en la mano, el cofrade entra en su templo guar­
dando en la fila el mismo puesto en que salió. L a regla del silencio absoluto son ya muchas las
que la han adoptado; la compostura religiosa es verdaderamente hierática; el espíritu de íntima
devoción gana día por día terrenos en estas mal comprendidas Corporaciones. E l que quiera con­
templar una visión de maravilla, y sentir en su alma la sacudida de lo religioso, salga al encuen­
tro de una Cofradía sevillana en la madrugada del Viernes Santo, en alguna callecita estrecha y
solitaria, lejos de la condenada “ carrera oficial” , cuando ya van de vuelta a sus templos, al claror
indeciso de los luceros del alba. Este espectáculo no lo ven, gracias a Dios, los turistas, 3· no ser
espectáculo les conserva su sencilla sublimidad.

A mí me sería fácil insertar aquí una retahila de textos de nuestra literatura clásica de­
mostrativos del escaso espíritu de devoción que poseían las procesiones de penitencia del siglo
de los Austrias. E l tipo del disciplinante fu é ya el hazmerreír del público, por su vacuidad y
falta de sentido religioso. Valga por todos el chistoso episodio que recogió en su Floresta F ra n ­
cisco Asensio:

“ Llegó un arriero al mesón de un lu ga r; oyendo alabar lo bien que se habían disciplina­


do en él los Hermanos de una Cofradía, pidió a la huéspeda anas enaguas, y habiéndose hecho la
llaga, salió por las calles dándose tan crueles azotes, que la gente, compadecida, se llegó a él di-
ciéndole “ Hermano, con más piedad, que D ios no quiere que nos m a t e m o s Y el arriero, muy
enfadado, respondió: “ Señores, quítense de delante, que esto no lo hago ni por Dios ni por el dia­
blo, sino porque sepan en este lugar hay quien se las m u elhr'.

Indudablemente, hemos adelantado mucho, 3' nuestros penitentes y nuestras Cofradías actua­
les marcan un nivel de religiosidad inmensamente superior al de épocas que pasan por insupera­
bles en punto a fe y a devoción.
M IG U E L H ER R ER O .

11
1
E R M IT A S Y ER M ITA Ñ O S
(’ )

P r im e r o s t ie m p o s fo rm as que em ergen entre una exu b eran te vegetació n , o fre­


cíanles ab rig o s apropiados o cu ltos bajo los espesos robledales.
L o s resto s m ás antiguo s de co n stru ccio n es religiosas que L a s lam entablem ente abandonadas capillas que hoy podem os
existen en E sp a ñ a son las que se en co n traro n hace sesenta co n tem p lar pudieron se r antes del siglo vi un prim itivo c e ­
y cinco años en las excav acio n es realizadas en la cated ral de nobio, ce n tro de reunión y lugar de o ració n de los an aco retas
Santiago y que p ertenecieron al tem plo erigido por los discí­ que vivían en las cuev as que aun existen por los co n to rn o ?.
pulos del A p ósto l, después de traslad ar su cuerp o desde Ira A sí lo acre d ita una lápida del citad o siglo allí enco n trad a, la
F lav ia, el actu al P a d ró n , donde fueron d esem barcados, h asta que nos da a co n o cer que en esta ép o ca era ya San P ed ro de
la colina de Lib red ó n , en la que le dieron sepultura. R o ca s un m o n asterio de tipo hereditario. P arecen ser, pues,
E n los prim eros tiem pos del cristian ism o debió ocu ltarse estas capillas una de las co n stru ccio n es religiosas m ás ar.tigu a-
el lugar de este en terram ien to para librarlo de su destrucción de la Península.
durante las b árb aras invasiones. E s t o exp licaría el que h asta el E l cenobio (2 -3 ) tal co m o actu alm en te se en cu en tra con
añ o 814 hubiera p erm anecido ignorado. sus tre s o rato rio s tallados en el m onolito de la inm ensa ro ca
L o s restos citados han perm itido la reco n stru cció n ideal del produce im presión profunda al que lo co n tem p la.
pequeño tem plo de tipo ro m an o, que sirvió de abrigo al S an to
N o m enor debió ser la que hace y a doce siglos experim en tó
Sepulcro. Son, al p arecer, los m ás antiguos de cu an tas edifica­
el cab allero G em ondo cuan do, cazand o por aquellos lugares,
ciones cristian as se co n serv an en la E u ro p a occid en tal. N ada
descubrió en tre la m aleza las cap illas abandonadas, y decidió
se ha co n serv ad o , en cam bio, de la capilla que el A p ó sto l y
sus discípulos erigieron a la V irgen en el lu g ar en que E s ta , a retirarse a ellas, volviendo a repoblar el cenobio, que fué a g r e ­
orillas del E b ro , se ap areció a S an tiag o sobre un pilar. g ad o después a C elanova.

L a vida so litaria de los prim eros a n aco retas cristian os se A esta ép o ca p ertenece, sin duda, el frente que reg u larizó
p ra cticó ya en E sp a ñ a en los prim ero s siglos del cristian ism o , la en trad a con un puerta p rerro m án ica y las dos sepulturas
en los que los espíritus ascético s buscaban la soledad de las se­ que en un m ism o nicho, tallado en la ro ca, guard aron p ro b a­
rran ías, ap artán d o se del esp ectácu lo que les o frecía una civili­ blem ente un día los restos de G em ondo y de alguno de los
zación sensual y decadente. cab allero s que le aco m p añ aro n en su retiro (4 ) .

L a religión, en aquellos azaro so s tiem pos, sólo podía p ra c­ A n te esta p rim itiva fachada m onolítica hay un breve r e ­
ticarse o cu ltam en te, utilizando abandonadas co n stru ccio n es r o ­ llano, en cu y a parte no rte una puntiaguda peña sostiene una
m anas, recó n d itas cuevas de ap artad as serran ías o su b terrán eos espad aña, cam p an ario p o sterio r del m o n asterio. A los pies, la
de cem en terio s, inviolables estos últim os según la ley ro m an a. hondonada, cu y as en riscad as laderas term in an en p eñascos de
A l com en zar el siglo iv cesa, durante un período, la p e r­ e x tra ñ a s fo rm as, dignas del fondo de la m ás fa n tástica im agi­
secución religio sa, y los tem plos cristian os com ienzan a ser nación de un prim itivo.
levantados. H a y n oticias de c e rc a de un cen ten ar que fueron
erigidos en E sp a ñ a en tre los siglos iv al v i, pero sólo po r E r m it a s d e C ó r d o b a
descripcion es m ás o m enos fan tásticas de los cro n istas de aque­
llos tiem pos, y a que, a excep ció n de las abundantes cu ev as u ti­ D urante la invasión árabe, la m ay or p arte de las co n stru c­
lizadas por los an a co re ta s , ningún v estigio ha sido en co n trad o . ciones religiosas debieron ser destruidas. L a Iglesia cri.stiau.i
queda en la P enín sula dividida en dos p a rte s : al N o rte se
E n los prim eros tiem pos, la vida erem ítica no estab a su ­ refugian los que pueden p ra ctica r el cu lto m ás librem ente en
jeta a reg las, por lo que los an aco retas o erm itañ o s vivían cu zonas a las que la m area m usulm ana no alcan zó de un modo
cuev as o erm itas aisladas, y só lo com en zaro n a su jetarse a p erm an en te: en la invadida, los m o zárab es, que tratan de p er­
alguna disciplina de vida en com ún por v irtu d de las disposi­ m an ecer unidos para g u ard ar su o rgan izació n religiosa en m edio
ciones dictadas a principio de la cu a rta cen tu ria en el Concilio de las p ersecuciones.
de Ilib eñ s, que reunió en la Penín sula a buen núm ero de
O bispos, y por cu y as a cta s se viene en cono cim ien to de la E n las serran ías co rd o b esas la vida erem ítica debió c o ­
e xisten cia de ascetas en la E sp a ñ a de aquella época. m en zar m ucho an tes de la invasión árab e, pues, según las c r ó ­
nicas, el O bispo O sio, am ig o de San A ntonio, al reg resar de
L o s m ás antiguo s re sto s de m onum entos religiosos de la
E g ip to , a principios del siglo iv , im plantó la vida penitente
Penín sula son los que aún quedan en la m itad n o rte de su
en aquellos lug ares. De ser así, la vida religiosa solitaria habría
territorio. Sobre la m ay o ría de ellos se han levantado p o sterio r­
co m en zad o en E sp a ñ a an tes que en parte alguna de O cciden te.
m ente o tra s co n stru ccion es, en las que se puede ad v ertir sus
p artes visigó ticas T al sucede en edificaciones religio sas co m o D esde en to n ces las cuevas y erm itas no debieron faltar
San M illán de la C o go lla, San Ju an de Daños, S an ta C om ba nunca en las serran ías de C ó rdob a, lo que parece confirm ado
de B ande, San P ed ro de la N ave y algunos o tro s , que datan en los escrito s del m ártir co rdobés San E u logio, quo relata
de los siglos v i al ix . los m artirios de los an aco retas cristian os allí refugiados y que
vivían en cu ev as o m o n asterios, tales com o San A n astasio, San
S a v P e d r o d e R o cas T eod o m iro , San R ogelio y o tros m uchos que com o m onje* cita
San E u lo g io
E n las a g re ste s serran ías que por el E ste se apro xim an
a O rense, en el m onte B arb eyó n , vieron, sin duda, prim itivos P o r los siglos v iii y ix , las persecuciones arreciaro n , y los
solitarios un lugar apropiado p ara el retiro . A quellas g ra n í­ m o n asterios desap arecen al huir sus m onjes a C astilla i>a;o el
ticas sierras, co ro n ad as por p eñascos de las m ás fan tásticas terro r de las p ersecuciones de A bderram án I I . M ás tarde aún.

(J) Los níimeroa entre parintrsis se relieren a las lim in a*.

*3
bajo los alm orávides, los que no co nsiguieron ponerse al am paro v erse erm itas abandonadas y que no son sino las prim itivas,
de C astilla y A ra g ó n , fueron d eportados o aniquilados. Son reedificadas en el siglo x v y posteriorm en te. H ubo tiem pos
bien cono cidas las influencias de la arq u itectu ra religiosa de en que el m onasterio benedictino estaba obligado, por dispo­
aquellos tiem pos co m o co n secu en cia de este aflujo de m onjes sición Pap al, a so sten er h asta doce erm itañ os.
m o zárab es a la m itad n orte de la Penín sula. L a s erm itas fueron destruidas una vez m ás durante la in­
L a s erm itas co rdobesas actu ales nada tienen que v er con v asión fran cesa y algunos erm itañ os fueron fusilados. R e c o n s­
las p rim itivas, com o no sea la p erm anencia del lugar elegido truidas después, no volvieron a ser ocupadas.
por el Obispo O sio. O cu p aron an tes una exten sió n m ucho O tro erem ito rio cu y o s resto s pueden aún v erse es el que
m ay o r que la actual, que ab arcab a el espacio entre H o rn a - los C arm elitas D escalzo s establecieron en el prodigioso valle
chuelos y V illaviciosa, co n cen trán d o se la m ay or parte en los de las B a tu ecas, lindando con la desolada reg ión de las H urdes.
alrededores del C astillo de la A lbaida, donde aún se conserv an R ep artid as por las laderas hay re sto s de num ero sas erm itas al
cuevas que llevan el nom bre de E rm ita s V iejas. pie de viejos cipreses
L a existen cia de erm itañ os en el desierto actu al está ase­ L a o sam en ta del que fué tem plo del m onasterio no hace
v erada d o cum entalm ente a p artir del siglo x i v , pero las e r­ aún m uchos años, álzase en lo hondo del valle entre cipreses
m itas que hoy vem os fueron establecidas en el x i v p o r el esbeltos y afilados co m o no se encu en tran en p arte alg u n a de
H erm an o G aspar, que inició la vida erem ítica en el lugar co ­ E sp añ a.
nocido por el C erro de V íb o ras en 1582. C errando el recin to , una esbelta p o rtad a ( 1 ) , co n la V ir­
E n la actualidad , los erm itañ os son 13, bajo la ad v ocació n gen del C arm elo en una h o rnacina, señala la en trad a al c a ­
de San Pablo. Deben dejarse cre c e r la b arb a y visten hábito m inante.
pardo con m anto y capu cha, escapulario y capillo de say as
E n la R ioja, ju n to a las C on ch as de H a ro y en en riscad a
(.6 a 10). C alzan alp arg atas de esp arto.
sierra existe una com unidad de erm itañ os cam aldulenses en el
Se dedican a trab ajos m anuales y ag ríco las, su cam a es de antiguo m onasterio cistercien se de N u estra Señ o ra de H e rre ra
tablas con una estera, un pellejo y una m a n ta ; obedecen a un que fué fundado en el siglo x n y del que sólo se co n serv a una
H erm an o M ay or y tienen cap ellán perm an en te en el D esierto. p arte de su iglesia, alrededor de la cual se ag rupan hoy las e r ­
E l actu al, denom inado de B elén, es, por su em plazam iento, m itas de esto s m onjes cuy a O rden fué fundada por San F .om ual-
un am eno lugar, dom inando la espléndida llanada de C órdob a, do en la llanura italiana de Cam alduli. V isten hábitos blancos
¿1 que se ing resa por un blanqueado p ó rtico de tres a rco s. T r a s con túnica, escapulario y capa (6 0 -6 1 ). Se tonsuran y dejan c r e ­
él se encu en tra una am plia avenida de co rp u len tos cipreses (6 ) , ce r su b arba, dedicándose a la o ració n y a la ag ricu ltu ra.
al final de la cual hay una g ran cruz de m árm ol, de la que
parten dos cam inos. U no conduce a la E r m ita M ay o r o Casa
del O ra to rio ; el o tro al cem en terio , co n stru id o hace doscien ­
to s años
11
E s te cem en terio tiene doce nichos sin inscripción alguna,
de los que uno tiene que c< tar siem pre vacío y abierto, com o
perm an en te p rom esa para los m ás viejos H erm an o s (1 0 ) . P o r MONJES Y MONASTERIOS
ello después de cada en tierro se pro ced e a v aciar el nicho m ás
an tigu am en te cerrad o . Los m o n je s e n E spañ a
E n la C asa O rato rio ( 5 ) reside el H erm an o M ay or, Su H e r ­
m ano adjun to, el cap ellán , los donados — h a sta que cum plen la D urante la cu arta centuria la vida erem ética en la P e n ín ­
edad de trein ta a ñ o s— y los pretendientes. sula va acen tu án d o se. L o s a n aco retas se ag rupan bajo las m ás
diversas reg las alrededor de iglesias donde ofician sacerd otes.
L a invasión fran cesa y las e xclau stracio n es suspendieron
E s t e principio de vida espiritual queda deshecho a principios
tem poralm ente la vida erem ítica en el D esierto de B elén.
del siglo v cuando los b árb aro s irrum pen en E sp a ñ a arrastran d o
A ctu alm en te existen c a to rc e erm itas co n los n om bres de los a la civilización h ispano-rom ana.
A p ósto les y o tro s P atro n o s. C ad a erm ita tiene un o rato rio con
E n tra d o el siglo v i parece cesar el ca ó tico estado y bajo la
el humilde lecho y una habitación p ara trab ajo s m anuales; M onarquía visigoda surg en los prim eros m onasterios que se
am b as dan a un co rred o r por el que se sale a un h uerto, al
rigen por las reg las m ás diversas, hasta que San Isidoro de
que rodea una pequeña ce rc a . T ien e tam bién cad a una su
Sevilla, siguiendo en lo esencial las reg las de San B en ito , tra ta
pequeño cam panario con que responder a los toques de la E r ­
de en cau zar el fervo r de las com unidades surgidas en todos los
m ita M ay or. AI lado de la p u erta de en trad a al huerto hay
ám bitos de la P enín sula.
un torno o ventanillo donde deja la com ida el en carg ad o de
rep artirlas entonando el “ A v e M aría P u rís im a " P ero es San F ru ctu o so el que en la desolada región del
B ierzo dicta a m ediados del 700 las rígidas reg las que fueron
Se rigen por reg las aprobadas por el O bispo de C órdob a,
cap aces de o rgan izar la vida de aquella hetero g én ea m u ch e­
de que dependen. Se reúnen tan sólo para oír M isa en la C asa
dum bre ávida de seguir sus sev eras predicaciones.
O ra to rio , y los sábad os, para ca n ta r la Salve en com unidad.
P ra ctica n la penitencia disciplinándose tre s días a la sem ana. D u ran te el paso del alud m usulm án los m o n asterios espa­
ñoles debieron despoblarse de nuevo y en su m ay or parte
Pueden ten er en com ún paseos dos v eces al m es. L e s es
desap arecer. M ás lard e, al no p retender los in vasores la co n ­
prohibida la carn e, el vino y el tabaco. Se levantan para sus
versión de los cristian os, fué reanudada o tra vez la vida m o ­
rezos desde las dos a las cu atro de la m adrugada, por ser ho ras
en que no lo hacen otr;is Com unidades, y co n seg u irse así que nástica.
en ningún m om en to se deje de im plorar al Cielo. E s de suponer, dadas las duras condiciones en que se des­
envolvía la g rey cristian a, que las edificaciones de aquellos
tiem pos serían m uy hum ildes, por lo que no quedaron v e sti­
gios de las m ism as al ser a rra sa d a s por A b d erram án I I .
O t r o s erm itañ o s
A m edida que la reconquista va avanzando van creándose
L o s erm itañ os de C ó rd ob a son actu alm en te los únicos que zo nas donde la vida religiosa puede ejercerse m ás so seg ad a­
existen en E sp a ñ a practican d o la vida del D esierto . L o s hubo m ente, pese a las frecu en tes incursiones de los árab es, que a
antes por todos los lugares de la Penín sula. E n el antiguo tod as partes llegan. L o s m o n asterios van renaciendo con nom ­
Reino de N av arra y ce rca de P am p lo n a existiero n unos llam a­ bres que aun perduran actu alm en te, y a m ediados del siglo v iii
dos de la P en iten cia. T en ían cinco erem ito rio s, habitados cada sabem os que existían , en tre o tro s, los de Silos, en C astilla;
uno por o ch o so litarios, que llevaban vida m uy ásp era, alim en­ S obrado de los M onjes, en G alicia; los de O bona y L a v a x ,
tándose sólo con legum bres. L lev ab an al cuello una cruz de en A stu rias y C ataluña, y el de San M illán, en la R ioja.
m adera. E n el siglo ix todos los m on asterios españoles, casi sin
En la m on tañ a de M o n serrat habitaron erm itañ os en el excep ció n , adoptan la reg la de S an B en ito . San P ed ro de C a r-
.siglo ix . R epartidos en aquellas g randiosas m ontañas pueden deña, L e y re , Ripoll, S am os se cu en tan en tre los m ás fam osos

*4
m onasterios que la O rd en benedictina tenía en el siglo x, en ran te och o an os. E l Aliad Raim undo consigue levantar un e jé r ­
el que la vida m o n ástica to m a un g ran im pulso. cito y to m a posesión de C alatrav a en 1158; tal es el origen de
las órdenes m ilitares españ olas, nacidas bajo las severas reglas
L u g a r de refugio de la cu ltu ra durante la reconquista, los
de los m onjes cistercien ses.
m o n asterios, p rotegidos por rey es y nobles, ven au m en tar su
poder y el de los abades que los regían. E n casi toda E sp a ñ a Y a las ó rdenes m ilitares tuvieron sus precu rsores en Es­
van apareciendo las im ágenes o cu ltas por los cristian os du­ paña con los T em p lario s, a los que son debidos las pequeña.'
rante la invasión. L o s hech os sobrenaturales que m u chas v eces iglesias de plan ta o cto g o n al, en recuerdo de la del Santo Se­
aco m p añ an a estas apariciones dan lu g ar a la fundación de pulcro, de la V era Cruz en S egovia, y las de E u n a tc y T o rre s
ca s a s religiosas. O tra s v eces, la co n m em o ració n de gran d es del R ío en N av arra.
v ictorias, la p ro clam ació n de rey es, los lan ccs afo rtunados en P re m o stra te n se s, fran ciscan o s, dom inicos y jcróninios.
que los nobles intervienen son su ceso s que dan origen a nue­ aun apo rtando algunos elem entos, han influido poco en n ues­
vos m o n asterios. L o s m onjes evadidos del Sur de E sp añ a co n ­ tra arq u itectu ra, si bien tienen en E sp añ a m onum entos n o ta ­
tribuyen tam bién con sus fundaciones al aum ento de la vida bles, co m o el M on asterio de A gu ilar de C am póo, el de Sa:i
m onástica. Ju a n de los R ey es y S an to T o m á s , en A vila.
A finales de la décim a cen tu ria toda la zona situada al
L o s cartu jo s, tratan d o de co n ciliar la vida erem ítica con
norte del D uero y del E b r o estab a pobladísim a de m o n aste­
la m o n ástica, m odificaron m uy sensiblem ente las plantas de
rios, y la vida en E sp a ñ a an te las necesidades de la re co n ­
los m o n asterios, y así las ca rtu ja s se ca racterizan por sus
quista se basa ento n ces en su o rgan izació n religiosa.
grandes clau stro s y relativam en te pequeños tem plos, tal co m o
sucede en dos de las m ás fam osas de E sp a ñ a , la de Je r e z y
la de M iraflores, en B u rgo s.
C om enzado el siglo x i, m onjes españoles que reg resan d·' B a jo la preponderancia de los m onjes blancos, los m o ­
Cluny a San Ju a n de la P eñ a y a L e y re introducen en la P e n ­ n asterio s benitos fueron siendo absorbidos, pero no d esap are­
ínsula las nuevas reg las. cieron to talm en te. A fines del siglo x iv se establece la C o n ­
E n el siglo x n , ya m uy av anzada la reconquista y m uy g reg ació n de V alladolid, a la que se aco g en la casi totalidad
v igorizada la personalidad política de E sp a ñ a en el m undo, el de los m o n asterios benedictinos de E sp añ a, que acep tan la
poder m on acal adquiere su m áxim o vig or. Sahagún adquiere nueva reform a, subsistiendo aún a fines del siglo x v i m uchos de
un florecim iento e x tra o rd in a rio ; en su recin to se acuñ a m o ­ ellos, y en tre los m ás fam osos, los de M o n serrat, Silos, San
neda, sus A bades nom bran O bispos en todo el país, que son M illán, R ibas de Sil, N á je ra , H irach e, Celanova, A rlanza,
en su m ayoría m onjes clu n iacien ses; en su gran d io so tem plo, C ard eñ a, S am o s, Sah ag ú n y O ña. Casi en su m ay o r parte p er­
rival de S an tiago , disponen los rey es sus en terram ien tos. L o s tenecen a la ép o ca ro m án ica, y po co s son los que, co m o O ñ a.
A bades de Cluny y Sahag ún dan el im pulso decisivo a las San M illán y N ájera, tienen partes im p o rtan tes de estilo o ji­
pereg rinaciones co m p o stelan as, organ izan d o el llam ado cam ino val, lo que es co n secu en cia ló g ica de la decad encia de la O rden
francés. a p artir del siglo x n .
D urante e sta ép o ca de predom inio cluniaciensc m onjes
neg ros e x tra n je ro s acud en en g ran núm ero a E sp a ñ a e influ­
yen de m an era decisiva en la arq u itectu ra religiosa, que cu l­ L a influencia m o zárab e en los tiem pos de la invasión cesa
m ina en el florido p o stre r ro m án ico , del que tan b ellas co n s­ al term in ar ésta, y son en to n ces los m u d éjares o m oros so ­
truccio n es existen aún en toda la m itad no rte de la Penín sula. m etidos los que, al ser em pleados en las edificaciones religio ­
E n el m ism o x i i una nueva refo rm a, la de San B ern ard o , sas, influyen so bre su estilo, co m o se m anifiesta en m uchos
m onje de C iteau x, ha de cam b iar la fisonom ía de la a rq u ite c­ de nuestros tem plos y en los clau stro s de m on asterios com o
tu ra religiosa no sólo en E sp añ a, sino en toda la E u ro p a o c c i­ G uadalupe y E l P a rra l.
dental. L a llam ada “ C a rta de C arid ad ” atiende en tre sus r e ­ E l siglo x v hace co incidir el auge del poderío español con
glas a cu an to se relaciona con las edificaciones m o n ásticas, el ren acim ien to en el m o m en to en que el g ó tico estab a en su
condenando las co m plicadas deco racion es benedictinas del úl­ m áxim o esplendor. L a v uelta a los cán o n es clásicos vino a
tim o período e im poniendo la m áxim a sobriedad en el o rn a ­ E s p a ñ a con un cierto re tra s o y tuvo su d esarro llo en aquellas
m en to de los tem plos, clau stro s y altares, a fin de que los fieles zonas que m ás tarde se libraron del poder m ah o m etan o y que
tengan co n cen trad a la aten ció n en sus o racio n es. m enos pobladas estaban de m o num entos religiosos, y es así
E s ta s reg las coinciden co n el n acim iento del g ó tico y co n ­ co m o las g ran d es cated rales n eo clásicas se elevan con sus en o r­
ducen, bajo la influencia de los m on jes b lancos, a la tra n s fo r­ m es m oles en G ranada, G uadix, J a é n , M álag a y Cádiz.
m ación de m uchos de nuestros m o n asterios, cu yas iglesias son X o dejó de a fe cta r este reg reso al clasicism o a nuestros
ejem plos de la sobria y n aciente arq u itectu ra g ó tico cistercien se. viejos m o n asterios, que m u chos de ellos vieron ren ovadas su>
A sí sucede en L e y re , F ite r o , A rlan za, Iran zu , H irach e, L a fach ad as y no po co s cub ierto s sus interesan tes tem plos ro m á ­
O liva, S an tas C reus, P o b let, L a s H u elgas, O sera, S an ta M aría nicos bajo ab ru m ad o res rev o co s ren acen tistas, sobre todo d u ­
de la H u e rta , V eru ela, R u ed a y P ied ra, por no citar m ás que ran te los siglos x v i i i y x i x .
los m ás con o cid o s.
L o s m ás grandio so s m o n asterios españoles o, por lo m e­
L o s tem plos del período ro m án ico eran g en eralm en te de nos, los de m ay ores p ro p orcio n es fueron finalm ente co n stru i­
reducidas dim ensiones, salvo los p erten ecien tes a g ran d es m o ­ dos o reedificados bajo el dom inio del n eoclásico m ás o m enos
n asterios o los lev antados para recibir a las g ran d es p ereg ri­ sev ero , y sin c o n ta r la g ig an tesca m ole de E l E sc o ria l, levan­
naciones. L o s tem plos de m ay ores prop orcio n es en tre los e s ­ tad a bajo la influencia jeró n im a, o tra s edificaciones no tan
pañoles eran en tonces, ju n to con S an tiago , los de F ite ro , L a sev eras, pero sin duda g ran d io sas, fueron en su día lev an ­
O liva y S ah agún. E n el período cistercien se, al ceder el ro m á ­ tadas, tales co m o los que tran sform aro n los antiguo s m o n as­
nico su preponderancia al g ó tico , van naciendo m ultitud de terios de Sobrado de los Monjes y O sera, hoy lastimosas ruinas.
iglesias de tran sición , de que se llena E sp añ a.
T r a s tan tas vicisitudes hubieron de so p o rtar aún m ulti­
M onjes n eg ros y b lancos, benedictinos y b ernardos, tu ­ tud de nuevas exp o liacio n es; p ero entre ellas, las debidas a
vieron, pues, en nuestro país, co m o en tan to s o tro s , una in­ la invasión fran cesa y a las exclau stracio n es, con su general y
fluencia decisiva en la arq u itectu ra, que no llegaro n a alcan zar v erg o n zo sa alm oneda, acab aro n co n lo m ás noble en m o n u ­
ninguna de las o tra s ó rdenes religiosas, si bien algunas in tro ­ m entos y tesoro s de arte que pacientem ente y a trav és de los
dujeron ciertas p articularidades en sus co n stru ccion es. tiem pos se habían acum ulado. Edificaciones, m useos m o n ásti­
co s y ricas bibliotecas, en su m ayoría bien con serv ad as h asta
el 1835, fueron dilapidadas en co rto s añ os, y en g ran parte to ­
U n m onje bernardo, S an R aim undo de F ite ro , acud e al das esas riquezas salieron fuera de E sp añ a. L o s edificios,
llam am iento del R ey S an ch o de C astilla para defender co n tra desm oronándose en su general abandono o n i su inicua exp lo ­
los m o ros la plaza fron teriza de C alatrav a, en tran ce de ¡>er tació n co m o ca n teras, fueron aum entando el catálo g o de ruinas
abandonada p o r los T em p lario s, que la habían defendido du­ de nu estra E sp añ a.

x5
E n estos últim os años trata de rem ediarse el extendido S an P e d r o d e A r l \.\7.\
m al: algunos m on asterios vuelven a poblarse, reco n strú yen se
prim ero las m onjías o lev ántase de nueva planta, porque nada E n tre los cenobios benedictinos, uno de los m ás antigü es
quedó de ellas, y después viene la paciente labor de h acer es el de San P ed ro de A rlan za, situado en un p intoresco recodo
surgir el clau stro de aquel m ontón de labrados sillares am o n ­ de este rio, junto a un g ra n p eñasco, co n abundantes cuev as,
tonados en co n fu sión ; de volver a h acer habitable el tem plo, que servían de abrigo a prim itivos a n aco retas hispanovisigo-
tras la re co n stru cció n de su bóveda. A sí van surgiendo nue­ dos, a los que se atribuyen las p rim eras fundaciones, hoy d es­
v am ente los de O sera, Iran zu , L e y re , E l P a rra l, P o b lct, c a r ­ ap arecidas. E n sus ruinas se refugió un día, buscando el des­
tujas de Je re z y V alencia, para no citar m ás que los que v uel­ can so, el Conde F ern án -G o n zález por el año 912. R econstruido
ven a la vida m ás recien tem en te. después, fué en g randecién dose, llegando a tener en el siglo x m
h asta dosciento s m onjes. L o que h oy se con tem p la son unas
lam entables ruinas, m u estrario de todos los estilo s; una r o ­
busta to rre de o jivales v e n ta n a s; el ábside y los m uros de su
herm o so tem plo, cuya bóveda se d errum bó no ha m u ch o ; un
R ecorrien d o hoy los m o n asterios españ oles, una im presión clau stro h errerian o del x v n i , y una po rtada neoclásica
de profunda desolación y desconsuelo se ap odera del visitante, con la im agen de San P ed ro a ca b a llo ... E s t o es lo que queda
y ninguno de ellos produce m ay o r co n stern ació n que la de de uno de los m on asterios que con San P ed ro de C ardeña,
los escaso s resto s del desap arecido m on asterio de S ahagún, prim er sepu lcro del Cid, en cu y o s clau stro s A lm an zo r hizo
h ace seis siglos cen tro de poder y de riqueza, todavía existen te d eg o llar a d oscientos m onjes, fueron un día los hitos m ás
en el siglo x i x y hoy en un estad o tal que sólo por co n jetu ras im p o rtan tes de la h istoria de C astilla.
puede tenerse una idea de su disposición y arq u itectu ra.
De o tro s m enos infortunados quedan parte de sus edifi­ S a n to s D o m in g o d e S il o s
cacio n es, casi siem pre en abandonadas ruinas, y en ra ra s o c a ­
siones y casi siem pre m uy tard íam en te ha co m enzado la am o ­ E n 1041, S an to D om ingo de Silos, evadido de San Millán
ro sa obra de j=u rep aración . de la C o go lla, se refugia en B u rg o s, y so bre las ruinas del an ti­
g uo cenobio de San Sebastián lev an ta o tro del que, po r for­
tuna, se con serv an el m agnífico clau stro (3 6 a 3 9 ) y algunas
S an M il l á n d e la C ogolla partes de su iglesia, bárb aram en te reform ad a en el siglo x v i i i .
Al pie del pico de San L o re n z o , en la sierra de la D em anda, A bandonado durante la invasión fran cesa, fué de nuevo
a caballo entre tierras rio jan as y burg alesas, e xistía y a a fines poblado por benedictinos desde 1812 hasta la exclau stració n .
del siglo vi la erm ita co n stru id a por San M illán de la C o go lla, E n e sta ép o ca d esap arecieron del m onasterio sus m ás im por­
según atestig u a en sus poesías G onzalo de B erceo . tan tes riquezas, y p o steriorm en te, en sub asta pública, fueron
a p arar a F r a n c ia e In g la te rra .
I^os discípulos co ntinuaron la o b ra del San to y fundaron
un cenobio ju n to a la cu ev a del a n aco reta, donde a su m u erte E n 1800 se hace difícil en F r a n c ia la vida de las co m u n i­
le dieron sepultura. E n el siglo x i S an ch o el M ay o r dispone dades religiosas, y m onjes benedictinos franceses en tran en
el traslado de los resto s del cenobio de arrib a o del Suso al el abandonado m o n asterio ; en tre ellos figuran arq u itecto s, que
de abajo o del Y u so . se dedican a la restau ració n del m aravillo so clau stro y de las
dependencias m o n acales. A p artir de en to n ces vuelve a la vida
E l prim itivo cenobio visigodo o m o zárab e, que en ello el rom án ico cenobio, cuy o escrito rio fué un día el m ás fam oso
no están de acu erd o insignes arq u eó lo go s, se co n serv a rodeado del m undo p o r los antiguo s códices que g u ardaba y por los
de o tras co n stru ccio n es posteriores. diestros m iniaturistas que h asta m uy en trad o el siglo x v tr a ­
E l del Y u so nada co n serv a de las edificaciones del siglo X I, bajaron en él.
C onjunto de bastas co n stru ccion es, no e xen tas de grandiosidad Su clau stro se rep u ta co m o el m ás bello de todos los ro ­
y belleza, en las que el g ó tico dom ina, es h oy m o n asterio de m án icos existen tes en E u ro p a, siendo tam bién el m ás original
agustinos, co n serv an d o una im p o rtan te biblioteca (6 6 ) , su ce- e in teresan te. E n un rin cón de su g alería no rte en cu én trase la
so ra de la m uy an tigu a, en la que una fam osa escrib an ía con im agen de la V irg en de M arzo sentada sobre el d orso de dos
diestros artífices rivalizaba con la de Silos en la co n fecció n leones. (3 7 ) . E s una g ran e statu a del siglo x m en la que aún
de bellos có dices. L o m ás im p o rtan te de las co n stru ccio n es de se ven huellas de su an tigu o policrom ado.
San M illán es su h erm o sa iglesia, clau stro s g ó tico s y su rica
sacristía (6 7 * 6 8 ).
S a n t il l a n a
L a O rden de los ag ustinos, b ajo cu y a custodia están hoy
los m onasterios tan im p o rtan tes co m o los de E l E sc o ria l y S antillana, cuy o nom bre proviene de la erm ita que en el
San M illán, es una de las de m ás an tigu a fundación , y sus lu g ar había y que gu ard ab a las reliquias de S an ta Ju lian a, es
reglas sirvieron de base a m uchas o tra s co n g reg acio n es. San el m ás fam oso m o n asterio de L a M o n tañ a, cu y a existen cia
A gu stín , oriundo de A frica, estableció allí n um erosos m o n as­ data del siglo i x . Sus h erm osos ábsides y clau stro rom án ico s
terios a principios del siglo v i. E s to s quedaron d estruidos por (9 3 ) la han dado renom bre en tre las m ás preciadas jo y as a r ­
los vándalos, durante cu y a invasión m urió el San to . P a só la quitectó n icas de n uestro país. E l clau stro llam a la atención
O rden a Italia y se exten d ió p o r E u ro p a o ccidental. p o r sus rob u stas colum nas de finísim os capiteles con historias
A gu stin os debieron ser los prim ero s erm itañ os que se sag rad as y original flora de com plicadísim o trazad o . R om pen
establecieron en E sp añ a, los que m ás tarde fundaron en J á tiv a la continuidad de la arquería especie de p ó rtico s, en que el
su prim er m o nasterio. D esde dicha ép o ca se exten d ieron por ojival apunta.
toda la Penín sula. V isten el m ism o sev ero hábito que v istió L a s reliquias de S an ta Illian a fueron trasladadas al se­
San A g u s tín : túnica n egra, ceñida con c o rre a , y cap u ch a. S o ­ pulcro que existe en la iglesia al fundarse el p rim er m onasterio
bre ella, y en a cto s solem nes, cúb ren se con una capa. T o d o el benedictino, que a m ediados del x i i estab a y a convertido en
hábito es de co lo r neg ro. (6 7 -6 8 ), C olegiata.
B ajo la regla de San A gu stín fundáronse num ero sas c o n ­ Del h erm o so clau stro , sólo tres de los lados se co n serv an ;
g regacion es de C lérigos R eg u lares A gu stin os, a los que en la el cu arto es una v u lg ar co n stru cció n del x v . De e sta r com pleto
Edad M edia confióse la defensa de num erosos castillo s m o n a­ sería, después de Silos, el m ás bello de E sp añ a.
cales. F o rm a ro n dentro de la O rden una clase, en tre cu y as
reg las estab a la defensa co n las arm as de la fe cató lica, y que
o sten tab an la denom inación de C aballeros G uerreros. S an P e d r o d e la Rúa

E n 1148 la In fan ta S an ch a, hija de D oña U r r a c a , en treg ó O tr o in teresan te clau stro ro m án ico del que, d esg raciad a­
a can ó n ig o s agustinos la custodia de San Isidoro de L eó n y m ente, no se co n serv an m ás que dos de sus lados, es el de
su soberbio panteón real (1 3 6 ). San P ed ro de la R ú a, en E s te lla (9 4 ) , iglesia la m ás antigua

l6
de este lugar y que d ata del siglo x i. T ien e co lum nas pareadas Pro teg id o por éste y sucesivos reyes aragoneses, fué en ­
con capiteles niuy notables de sabor o riental. E n uno de los g randeciénd ose dentro de lo que el an g osto terreno perm itía,
interesan tes ábsides del tem plo hay una capilla con un S an to y a él se aco g ían m onjes y cab allero s, unos y o tro s co m b a­
C risto , cuy o a rco es sostenido en uno de sus lados por o riginal tientes por la fe ante los av ances de la invasión.
colum na fo rm ad a por tres eno rm es culeb ras en trelazad as de D os m onjes de San Ju an que residieron en C luny in tro ­
cu y as b ocas sale un triple capitel (1 5 4 ). dujeron en el m o n asterio arag o n és la reg la reform ada, y ello
fué el origen de la iniciación de la revolu ción m onástica en
E sp añ a.
S anta M a r ía d e l S ar L a iglesia es de una nave, y tiene su cab ecera tallada en
la m ism a ro ca . Del clau stro se co n serv an do> alas con arq u e­
E l que fue m o n asterio fundado por el O bispo M unio, que rías sobre bellos capiteles que d escansan en grupos de una,
o cupó la Sede co m p o stelan a, N u estra S eñ o ra de S an ta M aría dos o cu atro colum nas altern ativ am en te, caso excepcional en
del S ar, en G alicia, co n serv a, ju n to a su curiosa iglesia de des­ los clau stro s españoles.
plom ados pilares, una de las alas del que, sin duda, fue el m ás C om unica con la iglesia el panteón real, donde están las
bello e in teresan te cla u stro de G alicia (9 5 ) . D e puro ro m án ico sepu lturas de 15 rey es y príncipes arag on eses. O tr o panteón,
com p o stelan o del siglo x n , tiene bellos capiteles de abundante encerran d o los sepu lcros de los nobles, tiene este m onasterio
flora que sostiene arquerías de tiiedio punto fu ertem ente m o l­
en el atrio , situado a la en trad a de la iglesia, singular m onu­
duradas, co m o no es frecu en te en los clau stro s del estilo. m ento funerario ro m án ico , casi único en su g énero.
L a s sepu lturas, alineadas dentro del som brío recin to de
esta im presionante ala, aum entan aún lo em o tiv o del lugar.
De haberse co n serv ad o com pleto co m p etiría este clau stro v en ­ S an* P e d r o e l V í e j o ( H u e s c a )
tajo sam en te con el de las clau strillas en las H u elg as, de B u r ­
gos (92), con el que guarda ciertas semejanzas de estilo. E s te m o n asterio fué co n stru id o sobre o tro m ozárab e. En
Casi desde sus prim eros tiem pos pasó este m o n asterio a 1096 fué poblado por m onjes benitos.
ser co leg iata, y las sepu lturas que en él se con serv an p e rte ­ E n él se refu g ió, acogién d o se a la O rden, el R ey R am iro II
necen a los priores que tuvo la m ism a, can ó n ig o s reg u lares que que y a había sido m onje de la m ism a an tes de ceñir la co rona.
buscaban el d escanso del intenso trab ajo de la Sede co m p o s­ A ctu alm en te e stá despoblado y sirve su iglesia de parroquia.
telana en los tiem pos de las p eregrinaciones. L a iglesia, del siglo x i i , sev era y sencilla, es una co n s­
H o y S an ta M aría la R eal del S a r es un aislado tem plo tru cció n del m ás elem ental ro m án ico . E l cla u stro (1 0 0 -1 0 1 ) es
parroquial de un m odesto suburbio de S antiago. un in teresan te ejem plar recien tem en te restau rad o con h erm osos
y riquísim os capiteles herm an o s de los de San Ju a n de la Peñ a.
S an* C u c u f a t e
S an E s t e b a n d e R ib a s d e S i i .
E n la ladera norte del T ibidab o, y en el sitio en que fueron
decap itados San C ucufate y sus discípulos, se alza el severo
P o r las inm ediaciones del pueblo de San E ste b a n , en las
m o n asterio benedictino que lleva su nom bre. ab ru p tas laderas que por aquellos parajes lim itan la cuen ca del
P ro teg id o por C arlo m ag n o en los tiem pos de la M a rca
Sil y en tre espesos bosque de robles y ca s ta ñ o s, pueden hoy
H ispánica, no se libró, sin em b arg o , de las san g rien tas y e x - verse las poéticas ruinas de un m o n asterio benedictino cuya
term in ad oras racias árab es. D e la ép o ca caro lin gia existen a l­
e xisten cia e ra y a co n o cid a a principios del siglo X I I y que m á?
gunos resto s en el ábside. L e reedificación del tem plo a raíz
tarde pasó a se r de los m onjes bernardos.
de su últim a d estru cción fué m uy len ta, alarg án d o se desde el
siglo x i h asta el x iv . P o r la turbulenta ép o ca en que fué r e ­ San E ste b a n de R ib as de Sil, co n sus tre s clau stro s des­
co n stru id o tiene exterio rm en te asp ecto de fo rtaleza m ás que m o ro n án d o se e invadidos por p rofusa v e g etació n , es quizá el
de tem plo. R o b u stas to rre s y alm enados m uros, por cuy o c a ­ m ás bello m o n asterio de G alicia. E l de la H osp ed ería, de un
mino de ronda se co m u n icab a el tem plo con las dependencias orden neoclásico , es una sun tu o sa edificación de g ran d es p ro ­
m onacales que rodean el co n ju n to del cenobio. porcio n es. E l denom inado de L o s O bispos ( 9 6 ) , ro m án ico en
Su clau stro (9 7 ) , el de m ás puro ro m án ico de C atalu ñ a su cuerp o inferior, tiene sus cro n trafu ertes, cre s te ría y cuerpo
del siglo X i, es tam bién uno de los m ás bellos y com p letos de sup erior de estilo g ó tico . O tro clau stro de m enores p ro p o r­
E sp añ a. T ien e doble arquería. E n la inferior, a rco s de m e­ ciones y de estilo n eo clásico co m p leta el soberbio conjun to.
dio punto d escarg an en paread as colum nas, cu y o s finos c a ­ L a iglesia, única parte que se co n serv a en buen estad o, es
piteles rep resen tan escen as religiosas y pro fan as. E n el ce n ­ p arroquia del lugar, tiene ábsides ro m án ico s, siendo el resto
tro de cada frente eno rm es m achones aum entan la im presión o jival, co n la p articularidad de ser sus naves laterales m ás
de solidez de este sev ero clau stro en cuy o recin to , no hace a ltas que la cen tral.
m ucho, cen ten ario s árboles com ponían a m aravilla un recio
conjun to. S an J uan d e l D u e r o
C om o tan to s o tro s m o n asterios, San C u g at tuvo en su
día riquísim a biblioteca, cu y o s teso ro s se han desp arram ad o y. San Ju an del Su ero , en S o ria, o m ejo r dicho, sus ruinas,
d esg raciad am en te, no todos d en tro de la Penín sula. perten eciero n a un an tigu o cenobio de la O rden de San Juan
de Je ru salén . Su m o d esta iglesia, de fines del x ii , contiene
dos tem pletes a am bos lados del a rc o triunfal con m arcad o
S an J uan d e la P eñ a
sabor oriental, lo m ism o que el cla u stro ( 9 9 ) , del x ii , con
sus cu atro ángulos en diferentes estilos. T ien e la singularidad
O tro de los m ás antiguos y fam osos m o n asterios es el de
de e sta r uno de los lados co nstituido por arco s entrelazados
San Ju an de la P eñ a. Situado en escab rosísim o lu g ar de la
de form a lanceolada sobre pilares cuad rad os, único ejem plar
sierra de su nom bre y arrim ad o al cobijo de una g ran peña
de este g én ero en E sp añ a. T o d a s estas ruinas respiran un aire
de g ran ito que pro teg e co n su m ole al clau stro (9 8 ), éste no
o rien tal, que tiene su exp licación en la O rden que lo fundó, tan
tiene cub ierta, por no ser n ecesaria, resultando la cu riosa a n o ­
relacionada con Jeru salén .
m alía de h aberse edificado sólo de elem entos su sten tan tes con
una pura idea deco rativa.
San J u a n de la P e ñ a e stá unido íntim am ente a la h isto ria S an to T o r ib io df. L iéea n w
del R eino de A ra g ó n . F u é panteón de sus re y e s; fundado por
G arci-Jim én ez en el siglo v m , es uno de los m ás antiguo s de E l que fué im po rtantísim o m onasterio benedictino de S anto
E sp a ñ a . D om inado y a A ra g ó n por los árab es, este escab ro so T o rib io de L iéb an a, en caram ad o en una alta estrib ación de los
lugar servía de refugio a huidos so litario s, a los que se unieron P ico s de E u ro p a, uno de los prim eros de E sp añ a, ya que su
cab allero s ocu ltos en la m ism a sierra. Reunidos en asam blea, fundación se hace rem o n tar al siglo v i, refugio un día de los
aco rd aro n elegir rey p ara o rg an izar la resisten cia a la invasión. hispanovisigodos ante la invasión árab e, es hoy un co njun to
G arci-Jim én ez fué elegido y co ro n ad o después por los erm i­ de co n stru ccio n es casi abandonadas, cu y a iglesia, ojival, b así­
taños del cenobio. lica del x i i i , es lo m ás interesan te de cu an to se co nserva.

*7
G uarda las tum bas de los dos S an io s T orib io s, O bispos de el nom bre de C o n g reg ación de la E s tr ic ta O b servan cia se c o ­
A s to rg a y P alen cia, éste últim o el fundador del m on asterio. noce la reform a de V a rg a s , y por ella se rigen las com unidades
F u é un g ran cen tro de p eregrinaciones que venían a p o strarse cistercien ses que aún quedan en E sp añ a, que radican en O sera,
ante el L ignum C rucis traído por S anto T orib io de A sto rg a en G alicia; L a O liva, en N a v a rra ; L a Esp in a, en V alladolid,
de su viaje a P alestin a, que parece ser el m ay or tro zo de la y C ó b reces, en S an tan d er, a m ás de P o b let, que ha sido re ­
S an ta Cruz existen te y que se guarda en h erm o so cru cifijo- cientem ente repoblado por m onjes blancos. E x is te n tam bién
relicario de labrada plata, co nservado en m onum ental tem plete. o tro s m o n asterios fem eninos, entre los que el m ás fam oso es
el de las H u elg as (8 6 ).

M o n t se r r a t L o s m ás in teresan tes m on asterios de arq u itectu ra ciste r-


ciense que en m ejo r o p eor estad o se co n serv an en E sp a ñ a
U no de los lugares en los que la vida erem ítica se inició son los de P o b let, S an tas Creus, L a O liva, L a s H u elgas, L ey re,
m ás rem otam en te en E sp a ñ a es M o n tserrat, donde, según la Sobrado de los M onjes y O sera.
tradición, un m onje fundó un m o n asterio a m ediados del si­ P o b let (4 2 a 5 4 ) es co nsiderado en co n ju n to el m o n as­
glo v i. Se co n o ce m ejo r la fundación que hizo W ifred o el terio m ás in teresan te de E sp añ a, aunque en m uchos asp ec­
Y e lioso, y que d ata de la novena centuria. M uy p o steriores tos el de S an tas Creus no le va en zaga.
son las noticias sobre la vida de 10 erm itañ os, que vivían a is­ T ien e una sev era iglesia de transición con giróla y tres
ladam ente en tre aquellas ing entes ro cas. n av es; las laterales, según la disposición clásica del C ister, son
E n 1410, el P ap a L u n a elevó el m o n asterio a la categ o ría de cru cería. E l clau stro es un soberbio ejem plar que co n serv a
de abadía, que m ás tard e fué definitivam ente ocupada por la una de sus alas, la co n tig u a a la iglesia, de puro ro m án ico
O rden benedictina. L o s R ey es C atólico s lo reedificaron nu e­ cistercien se, y las re stan tes de un g ó tico inicial con rem inis­
v am ente, y el m on asterio actu al está levantado sobre los c i­ cen cias ro m án icas en su o rn am en tación .
m ientos de lo que en dicha ép o ca fué constru id o , siendo el
C ontiguo al ala del M ediodía, un herm o so lav atorio suelta
tem plo de finales del x v i.
la m úsica de sus surtido res dentro de un ‘ tem plete exag on al
N uevam ente sufrió g ran d es d años durante la invasión sem irro m án ico.
f ra n ce s a ; reco n stru id o pacientem ente fué de nuevo abando­
nado en 1835. E n 1862 vuelve de nuevo a re sta u ra rse la abadía L a sala capitu lar es, con las de las H u elg as y A gu ilar,
lo m ás h erm oso de su g én ero en E sp a ñ a . B iblioteca ( 3 5 ) , d o r­
y a co ntinuación todos los restan tes edificios, tom ando el m o ­
nasterio la fo rm a actu al (2 8 3 ). m itorio de novicios, refecto rio , co cin a, bodega, g ran ero y o tra s
dependencias están dispuestas al n o rte del brazo m ay or de la
H o y , M o n tserrat es fam oso por su m ilag ro sa V irgen, im a­ iglesia en la disposición co nv entual clásica y co n serv an en buen
g en m o ren a del siglo x n ( 1 5 3 ) , su biblioteca, su su n tuosa estad o lo esencial de sus fábricas.
liturgia y p o r la im ponente n atu raleza donde e stá em plazado.
P o b let fué fundado en 1149 por B eren g u er I V , a cu y a
ép o ca p erten ece la nave m ay o r de la iglesia y ala co n tig u a del
S anta M a r ía d e A g i * il a r d e C a m pó o clau stro . P ro teg id o por Ja im e I y P e d ro I V , que lo hizo
panteón real, se eng randeció rápidam ente. L a s sepu lturas de
L am en tab le y p o ética ruina es la del m onasterio de S an ta sus rey es han vuelto a ser restau rad as y co lo cad as sobre los
M aría de A g u ilar de C am pó o, cuyo bellísim o clau stro ( 1 10- arco s rebajados que dividen los dos gran d es p ó rtico s longitu­
1 1 1 ), de no ser sostenido, d ejará pro nto de existir, pues se dinales del cru cero .
desm o ro na día a día. L a s depredacion es de 1835, cuando ya el m o n asterio se
Situado en la orilla izquierda del P isu erg a, fué, al p arecer, en co n trab a en plena decadencia, hicieron sus efectos sobre las
fundado a principios del siglo i x . E l A bad O pila con v arios m ag nificas sepu lturas, que casi d esap arecieron, dispersándose
clérig o s se refugió en aquel y erm o , dedicándose a co n stru ir los resto s que en cerrab an . L o m ism o sucedió con las grandes
el m o n asterio en los prim eros añ o s del x n . L o s p re m o stra - riquezas del m agnífico cenobio.
tenses sucedieron a los can ó n ig o s, in stalánd ose en él. M uy
E n estos últim os años una paciente reco n stru cció n ha sal­
protegido por A lfo n so V I I I , adquirió im p o rtan cia singular. vado lo esencial de su arq u itectu ra. R ecien tem en te, m onjes b er­
E l clau stro , p erteneciente al tipo cisrtc cie n s c, es de triple n ardos vuelven a ocu p arlo , y novicios de toda E sp a ñ a co m ien ­
arquería cobijada bajo apuntados arco s de d escarg a que ap o ­ zan a llenar sus ap o sen to s, restableciendo la sobria liturgia.
y an en ro b u sto s m achones. L o s arco s, de incipiente ojiv a, ap o ­
L a im presión que en su co n ju n to nos ofrece P o b let, con
yan sobre esbeltas y pareadas colum nas. L o s capiteles, m al­
su recin to am u rallad o, sus n um erosas to rres (5 4 ) y su m o n u ­
tratad o s por el tiem po y por la incuria, son bellísim os y no
m ental p u erta de ing reso , es la de un poderoso a lcázar m ás
co rresponden a la pecu liar sobriedad del estilo.
que la de un m on asterio, sólo delatado al e x te rio r por un g ó tico
L a sala cap itu lar, de la m ism a época, sosten d ría la co m p a ­ cim borrio del siglo x iv (4 2 y 5 6 ), pues su iglesia ca rece de to rres
ración con la de P o b let de no haber sido m altratad a en el y cam p an arios, según era reg la de la au stera arq u itectu ra del
x v i i i para situar en ella el arranque de una escalera ren a­ Cister.
cen tista que da paso al co ro alto de la iglesia. E s t a fué co n s­
E l hábito de los m onjes bernardos con siste en una túnica
truida sobre o tr a ro m án ica, cu yos resto s son visibles, y es
aho ra una confusión de ruinas, en tre las que em ergen los re s­ blanca, con escapulario y capu cha n eg ros (5 0 y 5 1 ). P a ra asistir
al co ro y capítulo cúbrense co n una am plísim a co g u lla blanca
tos de abundantes sepulturas.
co n cap u ch a y g randes m an g as (4 5 a 4 8 ), cuyo vuelo llega con
L a invasión fran cesa y la e xclau stració n fueron las cau sas los brazo s cru zad o s h asta las rodillas. L o s novicios llevan
m ás recien tes de esta d estru cción que, co m o en tan tos o tro s m an to blanco sobre túnica del m ism o co lo r. E s te hábito so ­
casos, ha dejado a E sp a ñ a con o tro m o num ento en ruinas. lem ne y el que visten los ca rtu jo s ha sido el m o tiv o de las
m ás bellas creacio n es de nuestros p intores y escu lto res reli­
POBLET giosos desde los tiem pos en que é sto s cincelab an los relieves
de las estilizadas figuras de m onjes y acen tes, que pueden co n ­
L o s m o n asterios cistercien ses de E sp a ñ a son los m ás in­ tem plarse en las losas sepu lcrales del m o n asterio de Po b let
teresan tes de la P enín sula, no sólo po r su v alo r arq u itectó n ico, y de o tro s m uchos.
sino tam bién porque algunos de ellos co n serv an aún su p arte
conventual en un estado que perm ite reco n stru ir lo que fué
un co n ju n to de edificaciones m o n acales en tre los siglos x n S an ta s C r e u s
al x iv . M ás de medio cen ten ar de m o n asterios co n stru id o s o
reedificados por m onjes blancos, pueden todavía co n ta rs e en H erm an o de P o b let y uno de los prim eros que en E sp a ñ a
E sp añ a. establecieron los b ernardos es S an tas Creus, fundado tam bién
E n el siglo x rv , la O rden decae, y es un español, M artín por B eren g u er IV . F u é m uy pro teg ido por reyes y nobles, y
de V a rg a s , el que la reform a, tratan d o de h acerla v o lver a las m uy especialm ente por Ja im e I I , que se hizo co n stru ir en él
austeridades de la C arta de C arid ad de San B ern ard o . Con bellísim o palacio.

18
L o s p rim eros m onjes blancos que vinieron a C atalu ñ a lo L as edificaciones m o n ásticas, m enos afortunadas que la>
hicicron en 1151, fundando un m o n asterio p ró xim o a San C u g at, de P o b let, lian casi desaparecido, ya que sólo se conservan lo>
T erm in ad a la reco nquista de C atalu ñ a, se traslad aro n al de arranques de un clau stro rom án ico (probablem ente del que en
S an tas Creus, en las o rillas del G aya. De este m on asterio se este tipo de m onasterios tienen su em plazam iento tras la saín
c o n s o n a el arcaico clau stro viejo, la pequeña iglesia y cap itu lar). L a pequeña iglesia, denom inada de San Jesu cristo,
el m utilado refectorio . De 1174 es la g ran iglesia, de puro y tiénese por la prim itiva del cenobio, y asevérase fué co n sag rad a
adusto estilo cistercíen se, con sus tres sobrias naves y cu ad ra­ por siete obispos a l ’ reg reso de un concilio en 1140, si bien al
das capillas absidalcs. T o d o s los m uros están co ro n ad os por co n tem p lar sus reducidas dim ensiones no parece esto probable.
recias alm enas, y un soberbio ro setó n es el único o rn ato del
ábside cen tral, que exterio rm en te da a un ro m án tico cem en ­
terio (5 5 ). S an S a l v a d o r d e L e v r e
E l g ran clau stro ( 5 7 ) , m uy p o sterior, es de un finísimo g ó ­
tico flam ígero, con capiteles de una m aravillosa labra. E x is tió , Del histó rico y real m onasterio de L ey re sólo se ce n ­
sin duda, an teriorm en te o tr o ro m án ico , del que se co n serv a el s e n an sus m uy in teresan tes iglesia y cripta. A ltern ativ am en te
tem plete exag on al del lav ato rio y la sala capitular, am bos an á fué ocupado por m onjes blancos y n egros, acusando la p re­
lo g os a los de P o b let, p ero de m ás m od estas p roporciones. sencia de los p rim ero s la herm o sa nave del tem plo, y de los
segundos, la cab ecera m ás prim itiva y la posterior y florida
E x te rio rm e n te S an tas C reus, es una soberbia fo rtaleza, po rtad a ro m án ica. E n los to sco s capiteles de la cripta, que luego
cerrad a por recios y alm enados m u ro s, delatándose, sin em ­ se repiten en los de la cab ecera del tem plo, ven algunos in ­
b arg o, su destino religioso m ás que en P o b let por el g ran v en ­ fluencias caro lin gias, lo que de ser así explicaría la escasa in­
tanal g ó tico del m uro hastial del tem plo. fluencia que esta arq u itectu ra tuvo en E sp añ a, ya que esta
L a prim era m itad del siglo x i x fué, co m o para c¡ resto crip ta de L e y re d em o straría el retraso arq u itectó n ico de nues­
de la P enín sula, aciaga para S an tas C reus, que vió repetidas tro s vecinos de la novena centuria.
veces saquedo su recin to y desp arram ad as todas sus riquezas.
Grandioso escen ario escog iero n los a n aco retas de la sierra
E l m o n asterio sigue aún despoblado, p ero una parcial r e ­ de L e y re cuan do fundaron el m ás antiguo cenobio de N av arra.
co n stru cció n viene salvándolo de su total ruina, i'o co s en L e y re , dom inado por im ponentes p icach o s, y desde el cual se
E sp a ñ a cau san una im presión m ás hondam ente poética que este contem pla un am plísim o h orizonte, viendo c o rre r a sus pies
de S an tas C reus, con su m a ravillo so clau stro -cem en terio , re ­ el A ra g ó n , es, con M o n tserrat, uno de los parajes en que la o bra
pleto de soberbias a rca s sepu lcrales en alineados nichos, que del hom bre queda em pequeñecida an te la natu raleza que la
llenan toda la exten sió n de sus m u ro s, sus m edio abandonados rodea.
jardines y el perpetuo silencio en que siem pre está sum ido.
Y a en el siglo ix el m á rtir co rd o b és San E u lo g io , que
visitó L e y re , se hacía lenguas de su cerem onial m agnífico.
M o n a s t e r io d e S anta M a r ía d e la H u e r t a ( S o r ia ) Iñ ig o A rista lo eligió co m o panteón real y en él recibieron
sepu ltura buen núm ero de rey es de N av arra. E n él se refu ­
E s te m on asterio cistercien se fué fundado en 1142 por A l­ giaban rey es y obispos cuando los árab es asediaban Pam plona.
fonso V I I quien lo pobló con m o n jes bernardos. P o r la a z aro sa ép o ca en que tuvo vida este cenobio de L ey re
C om o tan tos o tro s m o num entos españ oles su iglesia, h er­ posee una fu erte arq u itectu ra m ilitar, co m parable a las de San
m oso ejem plar de la O rd en , fué em paredada en el siglo x v m C u g at y o tro s m o n asterios catalan es.
b ajo un rev oco neo clásico del peor g u sto que la ocu lta to ­
talm ente.
C onserv a en buen estado toda su h erm o sa fábrica ex te rio r S odrado d e l o s M o n je s
de sillería y su fachada del m ás au stero estilo del C ister.
A un a p esar de las incursiones de A lm an zo r, los m o n as­
E l refecto rio (3 4 ) , es la parte m ás interesan te y g ran d io sa terios de G alicia debieron sufrir m eno s que los restan tes de la
de este m o n asterio, y p o r su arq u itectu ra, belleza y dim en­ Penín sula, dada la brevedad de la ocup ación árabe.
siones supera a todos los de E sp a ñ a y no es superado por
ninguno o tro de E u ro p a. L o s del cam ino de S an tiago o los m uy p ró xim o s a él son
m o n asterios de m uy v a sta s p ro p orcio n es, sin duda exigidas por
E n uno de los lienzos laterales y en el esp esor del m uro las g randes hospederías que en ellos había. P asad o el apogeo
se en cu en tra la escalera de a cce so al púlpito del lecto r, in tere­ de las p ereg rin acion es, era m uy difícil el so stenim iento de estas
sante o bra que en o tro s refecto rio s co m o los de Po b let y R ueda eno rm es co n stru ccion es, lo que sin duda aceleró su ruina, a c e n ­
en co n tram o s con an álo g a disposición. tuada por ser todos ellos codiciada ca n te ra de co n tra tista s d es­
apren sivo s, a los que los g obiernos de sus tiem pos dejaban
S anta M a r ía d e la O l iv a com p lacid am en te m aniobrar.
S obrado de los M o njes (115 a 1 1 8 ), con su herm osa fa­
L a O liva, co n tem p o rán eo de los an teriores, puesto que fué chad a, de un b a rro co que parece reim p o rtad o del colonial m e­
fundado en 1140 po r G arci-Jim én ez, que tra jo m onjes de Cluny jican o , su espacio so tem plo y sus clau stro s, de los que la m ás
para poblarlo, es el m o n asterio m ejo r co n serv ad o de los de profusa v eg etació n se ha adueñado, es uno de tan tos ejem plos,
N a v a rra , ya que los de L e y re e Iranzu son casi un m o n tó n de tal vez el m ás elocuente por las p ro porciones y g randeza de
ruinas que se levantan hoy de nuevo por p aciente reco n stru cció n . sus ruinas, de lo que la barbarie, el sectarism o y el abandono
L a O liva es fam oso principalm ente por su grande y r o ­ han producido en nuestro solar.
bustísim o tem plo, en cuy o fren te hastial una g ran d e y sencilla A trib u y ese su fundación a m onjes del C ister, y su p rim i­
puerta abocinad a y dos ro setones laterales en una po co fre­ tivo estilo debió ser el ro m án ico de m ediados del siglo x u .
cuen te b aja posición (5 8 ) com ponen la au stera fachada. aun cuan do probablem ente su origen es m ás rem oto. A lcan zo
E l severo tem plo está to talm en te cub ierto con bóvedas inusitado esplendor en el siglo x i i i , en el que poseía en L eó n
sobre arco s fajones de reciedum bre extrao rd in aria. A lguien p re­ y G alicia num ero sas villas, aldeas, m onasterios y hasta puerto;*
tende que este tem plo es el m ás an tigu o en que se acusa la propios en las rías p ró xim as. L a s ruinas actuales son las de
iniciación m ás clara hacia lo g ó tico de la arq u itectu ra religiosa las m ag n íficas co n stru ccion es levantadas en el sjglo x v n .
de nuestro país. E l presbiterio está com p u esto por cinco c a ­ E n el x lo poblaban aún m ás do un cen ten ar de m o n jes:
pillas absidalcs. poseía la m ay o r hospedería m onástica de G alicia, con alo ja­
E l clau stro (5 9 ) , de ép o ca po sterior a la iglesia, es uno m iento hasta p ara 3.000 p eregrinos en derred o r del m ás vasto
de los m ejo res ejem plares g ó tico s. Del prim itivo se co n serv a clau stro de cu an tos existieron en los m onasterios españoles.
su sala capitu lar co n la disposición clásica de las del C ister, L o s clau stro s de L as P ro cesion es y del Jard ín tam bién do
algo alterad a en su frente e x te rio r por la adición de la co n s ­ estilo n eoclásico, de m ás reducidas p roporciom s, debieron se;
tru cció n g ó tica. bellísim os.

*9
S a m a M a r ía la R eal d e O se k a berbia to rre, todo ello labrado en una dorada caliza. Su claustro,
en reco n stru cció n , es de un tipo m ahom etano, que recuerda
Fun d ad o tam bién por m onjes de San B ern ard o, el m o ­ vagam en te al de Guadalupe.
nasterio de O sera es o tra obra m agnífica, denom inada por
sus p roporciones E l E sc o ria l de G alicia. Sólo co n serv a en buen
N u e s t r a S eñ o r a d e G u a d a l u p e
estad o su iglesia, de tres naves y tres capillas absidales de
planta cu ad rad a, siendo uno de los tem plos cistercien ses m a ­
T em plo, m o n asterio, fo rtaleza y a lc á z a r; así ha sido defi­
y o re s de E s p a ñ a ; es de estilo ro m án ico tran sitivo . C ontiguo a
nido el co njun to de im ponentes co n stru ccion es que com ponen
la nave m ay o r y en la disposición clásica se encu en tra uno de
el m o n asterio de G uadalupe, y cu y a m asa se adm ira en su
sus clau stro s, con una m agnífica sala cap itu lar (1 2 0 ), que hoy
soberbio co njun to (7 4 ) desde la c a r r e te ra por la que se llega
sirve de sacristía, obra probablem ente del siglo x v .
al m on asterio.
D estruido por un g ran incendio del que sólo se salvaro n
C om o tan to s o tro s m o n asterios españ oles, tiene su origen
iglesia y algunas dependencias, fue reconstruido al estilo c la ­
en la ap arición de una im agen escond ida para librarla de p ro ­
sico du ran te los siglos x v i y x v n .
fanaciones d urante la invasión árabe. A la V irg en aparecida se
dedicó una erm ita, y en sus inm ediaciones se fundó el cenobio,
L a s H u elg a s que fué ocupado por frailes benitos h asta que por intervención
del R ey Ju a n I se hizo venir de Lupiana al P ad re Y á ñ e z con
E l m onasterio fem enino cistercien sc de L a s H u elg as (8 6 ) , o tro s m onjes, que com p letaron las edificaciones, y m uy p rin­
fam oso en la histo ria de nuestro país, a m ás de la p o rten to sa cipalm ente la iglesia y el clau stro .
arq u itectu ra, que culm ina en su iglesia, sala cap itu lar y clau stro Guadalupe es un ejem plar único en el mundo. E l gran
ro m án ico de L a s C laustrillas, ate s o ra los sepu lcros de num e­ clau stro (7 3 ) tiene una arq u itectu ra to talm en te m ah o m etan a,
ro so s reyes y príncipes y enseñ as gloriosas de la reconquista, debida sin duda a la influencia de los alarifes m oriscos que to ­
co m o la de L a s N avas. m aron p arte en su co n stru cció n . E l tem plete cen tral es un
Fund ad o a finales del x i i , tuvo su abadesa g randes p ri­ g ó tico de ladrillo aplantillado, en el que los m udéjares prodi­
vilegios, y entre sus propiedades se co n tab a la de 70 pue­ g aro n su arte de co n stru ir en esta clase de m aterial. L ib re de
blos, pues fué p rotegido p o r el v en ced o r de L a s N av as, que rev o co s en su p arte alta, nos m u estra desnuda su e stru ctu ra,
tiene allí su enterram ien to. que aum enta asi en interés y belleza.
Com o la m ay o r parte de los m o n asterios de la ép o ca, es­ L a iglesia, de tres naves, en g ó tico español, tiene soberbias
tuvo encerrad o dentro de un recin to am urallado, del que se rejerías y su n tuosos sep u lcro s, dos de ellos debidos al m ag istral
cin cel de E g a s .
conserv an algunos lienzos y puertas.
E l m onasterio de Guadalupe e stá lleno de singulares ri­
quezas y pasa por ser el prim er m useo de ropas talares y de
I k a n /.u
m agníficos có d ices, co n serv ad o s a trav és del tiem po m ilag ro ­
sam ente.
Iran zu , en N a v a rra , era casi un m o ntó n de sillares, que
hoy van levantando m o n jes leatin o s, que aco m eten la paciente F u é m uy protegido de rey es, sobre todo de F ern an d o e
o b ra de reco n stru cció n , ayudados por la F u n d ación P r ín ­ Isabel y de C arlo s I. N u estro s conquistad o res lo hicieron lugar
cipe de V iana, de la D iputación de N av arra, Del clau stro sólo de su devoción, encom endándose a su m ilag ro sa V irg en .
quedaban p arte de sus dos alas ro m án icas, m uy apuntaladas H o y lo ocupan m o n jes fran ciscan o s (7 0 a 7 2 ), que visten
(1 0 6 ). L a s o tra s dos, de m ás frágil g ó tico , aun siendo m ás hábito pardo en fo rm a de tú n ica, con m angas no m uy am plias
recientes, son un m o n tó n d e ruinas, de las (iue sobresalen los y puntiaguda capu cha. L lev an adem ás un redondo cuello del
arran q u es de los haces de colum nillas de sus gran d es pilares. m ism o p añ o ; ciñen su túnica con un cordel de nudos. P a r a a l­
Se co n serv a su sobria sala cap itu lar y la h erm o sa co cin a. De g unas cerem o n ias se cu b ren con un m anto del m ism o co lo r.
su gran iglesia quedan en pie los m uros y tiene casi to ta l­ E s t a O rd en tuvo su origen en A sís (I t a lia ). A finales
m ente d errum bada su bóveda. P o c o s m o n asterios han sido tan del x v , un m onje de G uadalupe, de noble fam ilia, el Conde de
m altratad o s co m o éste, prim ero en los siglos x v n y x v m por lien alcázar, fundó co n v en to s en S ierra M o ren a, som etiéndolos
sus propios ocupantes, y p o steriorm en te sufriendo la suerte de u e stre ch a s reg las, de donde salió la O rden reform ad a de los
todos los de E sp añ a. fran ciscan o s reco leto s, que se exten d ió a Italia y después a
F ra n cia .
S anta M a r ía d e E l P a k r a l
L a R á b id a
L a p rim era co n g reg ació n de J e r ó n im o s tiene origen e sp a­
ñol y fué fundada en 1272 po r frailes fran ciscan o s bajo la reg la E l m onasterio de L a R ábida, fundado tam bién por fran ­
de San A gu stín . E l prim er co n v en to jeró n im o español fué el ciscan os, es una ag lo m eració n de edificios de e scasa riqueza
de L upiana, en G uadalajara. L a O rden se exten d ió m uy ráp i­ arq u itectó n ica, co m o es trad ició n en la O rd en , en los que un
d am ente, y bajo la p ro tecció n de m o n arcas y nobles p ro sp e­ clau stro inud éjar y unas arquerías aráb es (6 9 ) son las p articu ­
raron sus m o n asterios, siendo algunos tan im portantes co m o laridades m á s interesantes.
lo s de E l E sc o ria l, Y u ste , Guadalupe y E l P a rra l. E n 1835 Su origen se rem on ta al 1400, ép oca en la que el P u erto
quedó extinguida, y 110 volvió a restau rarse h asta 1925 en el de P a lo s sosten ía activ o co m ercio co n P o rtu g a l, desde cuyo
m o nasterio de E l P a rra l, p o r iniciativa drl ento n ces Obispo país acudió C olón a L a R ábida buscando el apoyo a sus em ­
de Segovia. p resas, que, por fortuna p ara E sp añ a, en co n tró en el P ad re
H o y ha vuelto la vida m o n ástica a aquellos lugares, y se M archena.
re sta u ra piadosa y concienzudam ente el soberbio m onasterio de
S a n ta M aría de E l P a rra l, volviendo así a n acer en E sp a ñ a la S an L o r e n z o d e E l E s c o r ia l
O rd en jeró n im a.
Conocido es el origen del m o nasterio. Ju a n P ach eco , M a r­ Je ró n im o s fueron los m onjes que Felipe II puso en E l
qués de V illcn a, hizo la pro m esa de levantarlo por haber salido E sc o ria l y que intervinieron en los p ro y ecto s del m onasterio,
ileso de un desafío en aquellos lu gares. No era m uy gen eroso según nos relata en sus cró n ic a s sobre las o b ras y arq u itectu ra
t i M arqués, y las o b ras avanzaban con excesiv a lentitud, hasta escurialense el P ad re S igüenza.
que E n riq u e I V hubo de intervenir p ara term in arlas en 1494, Sería preten cio so añadir algo a lo m ucho escrito y discu­
al cabo de cu aren ta añ o s de trab ajo s. Su herm o sa iglesia es tido acerca del g randioso m onum ento. R esu lta injusto negarle,
de una sola nave, con breve cru cero y sobrio estilo g ó tico , de com o hacen algunos, la belleza que su proporcionado equilibrio
acu erd o con los cán o n es J e r ó n im o s de la ép o ca. Su inacabada de líneas y m asa rep resen ta. A u to rizad as opiniones le ach acan
fachada (1 0 4 ) m u estra s ó lo los arran q u es de lo que hubiera falta de clarob scu ro en los enorm es lienzos de sus fachadas,
sido su p o rtad a g ó tica , los escudos de los P ach eco y la so ­ sin un solo cuerpo saliente que altere su m onotonía. N o hay

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que suponer que tal recu rso fuera descon ocido por arq u itecto s De la celda pueden salir sólo tres veces para m aitines, cor»·
co m o Ju an B au tista de T oled o y H e rre ra , que sin duda bus­ y m isa. C om en aislados, salvo los días festivos, que lo hacrn
caro n deliberadam ente esta unidad en la com p o sició n , que so la­ en com ún en el refectorio .
m ente llega a ap reciarse en todo su v alo r co ntem plando el E l hábito co n siste en una túnica de fuerte paño hlauco.
co n ju n to del m onasterio desde lo alto de la sierra v ecina o escapulario co n capu cha tam bién del m ism o color. L o s costad os
desde el p eñ asco denom inado L a silla de F elipe I I ( 1 1 4 ) , en del escap u lario se unen en su parte inferior por bandas del
el cual este m o n arca contem p lab a la m arch a de las o b ras. m ism o paño. L o s co n v erso s visten lo m ism o, salvo la form a
del escapulario, que es redondo y sin banda de unión (15 a 3.1).
E l patio de los E v an g elistas, con su cen tral tem plete y
su jard ín de re co rta d o boj’, es uno de los tro zo s de arq u itectu ra
m ás herm o so s que han podido co m ponerse. L a s equilibradas S a n to T o m á s uü A v il a
p roporciones de su inm ensa iglesia son tales, que casi hacen
perder la idea de su m agnitud. L o s dom inicos o p redicadores fueron fyndados en F ra n cia
en 1210 po r el español D om ingo de G uzinán, descendiente de
L a sev era m ajestad del m o n asterio hubiera requerido una
noble familia de S o ria, y su fin era el de p redicar com batiendo
soledad abso lu ta en m edio del gran d io so em plazam iento de la
la herejía. P o c o m ás tard e el propio S an to D om ingo fundó
sierra, y es lástim a que p o r seguir la o rien tació n clásica de
cu atro co n v en to s de la O rden en E sp a ñ a , que se extendió luego
los tem plos, su fachada no haya quedado m irando h acia L e ­
rápidam ente por todo el país. L o s m on asterios de esta O rden,
v an te, del lado hacia el que caen las v ertien tes de la m o n tañ a,
generalm en te g ó tico s de una nave, se caracterizan por su m o ­
con lo que la im presión del visitante que m arch a hacia la
destia y sencillez.
sierra hubiera sido m ucho m ay or.
U n a excep ció n a esta reg la es la del sun tuoso m onasterio
B ien co nocido es el origen del m o n asterio, erigido por
de S an to T o m á s de A vila, situado a ex tra m u ro s de la a m u ra ­
Felipe I I para co n m em o rar la v icto ria de San Q uintín sobre
llada ciudad, en la ad u sta y fría p aram era abulcnse.
los fran ceses el día de San L o ren zo . Su m ole se lev an ta sobre
un g ran rectán g u lo de ce rc a de 20 0 m etro s en cad a lado. B a jo De las p o strim erías de un sobrio estilo ojival, la iglesia, de
el a lta r del tem p lo, la b arro ca crip ta de los R ey es de E sp a ñ a , una nave, tiene la singularidad de su alto p resbiterio, frente a
y al lado de la ep ístola, las hum ildes h abitaciones, desde las cu y a g ra n b ó veda el cu erp o del In fan te D on Ju a n reposa en
que desde su lech o podía o ír la m isa el m ás g ran d e M on arca p o rten to so sepu lcro de alab astro en el ce n tro del cru cero de
de la ép oca. la iglesia.
E l clau stro , co n o cid o por el de los R ey es, tiene en cada
Co m en zóse en 1563 y fue term in ado en 1584. C ato rce años
lado doce a rco s de m edio punto sobre colum nas perladas o c to ­
m ás tard e, en la pequeña ccld a ju n to al altar exp irab a el g ran
R ey. E xp u lsad o s los jeró n im o s en 1835, fue cincuenta años gonales. E n el ce n tro de cad a frente g ru eso s m acho nes alojan
pu ertas reb ajad as que dan a cc e so al jardín (6 4 -6 5 ).
m ás tarde puesto bajo la custodia de los agustinos.
A esta O rd en se enco m en d ó , en todo el m undo, los
asun tos de la Inquisición, de acu erd o con los fines p ara que
C artujas fue fundada, de co m b atir la herejía. M ás tarde se aso ciaron a
estos tribunales los m iem bros de la O rden fran ciscan a. A n ti­
L a O rden de los ca rtu jo s fué fundada por San B ru n o en g u am en te ya en F r a n c ia dom inicos y fran ciscan o s form aban
1084, en un afán de acen tu ar la vida co n tem p lativ a y tratan d o de p arte de los tribunales del S a n to O ficio.
con ciliar la vida solitaria co n la m o n ástica. E n 1163 se estab leció
L o s dom inicos ad o p taro n desde su fundación las reg las de
en E sp a ñ a la p rim era O rden, fundando el m o n asterio de E s -
la C a r ta de C arid ad, alg o m odificadas. E l hábito de estos reli­
cala-D ei en T a rra g o n a . D u ran te la E d ad M edia esta O rden
giosos co n siste en túnica b lanca, sobre la que ponen escap u ­
se exten d ió escasam en te en n u estro país, en el que só lo llegó
lario del m ism o co lo r con cuello y cap u ch a (6 2 -6 3 ). P a ra a l­
a poseer 14 m o n asterios.
gunas cerem o n ias cú b ren se con capa n eg ra.
A rq u itectó n icam en te, los ca rtu jo s no traen rev olu ció n a l­
guna a la arq u itectu ra m o n ástica, y ú n icam ente necesidades
derivadas de sus reg las se h acen n o tar en las plantas do sus Ix>voi..\
edificaciones. L a vida aislada de sus m onjes exig ía clau stro s E l S an tu ario de L u y óla ( 7 6 ) , que g u ard a dentro de sus
de g ra n d esarro llo, donde poder a g ru p a r las viviendas. L a s m uros el castillo donde nació S an Ig n acio , es de m uy severas
iglesias, en cam bio, podían ser relativam en te reducidas, pues líneas, sólo alterad as por el b arro co p ó rtico de la fachada. E l
solam ente se planeaban p ara alo ja r en ellas los dos c o r o s : tem plo, de planta circu la r, responde a la tradición de riqueza
el de los P ad res, situado en la p arte an terio r, y el de los H e r ­ y suntuosidad jesu ítica, y e stá cu b ierto por una gran cúpula
m anos, en la po sterior, dejando un reducido espacio d etrás de de 60 m etro s de altura. C o m enzado en 1689, no llegó a term i­
este últim o con destino a los fieles. narse hasta casi dos siglos después, debido a las vicisitudes por
E n el gran claustro tenía también su emplazamiento el las que la C om pañía de Je s ú s pasó durante tan larg o período.
cem en terio . L o s H erm an o s tenían sus celdas en cla u stro se ­ Con m otivo de la co n m em o ració n del 450 aniversario del
parado. n acim iento de San Ig n acio se celeb raron en el Santu ario de
E l clau stro de m ay o r belleza arq u itectó n ica solía ser el L o y o la las co n sag racio n es de novicios jesu ítas de todos los c o ­
de la tertu lia, o sea el destinado para co n v ersar los dias señ a­ legios de E sp a ñ a . L a s cerem o n ias religiosas de la co n sag ración
lados para ello, cuan do la in clem encia del tiem po no perm itía de sa cerd o tes, y a de suyo solem nes, adquirieron un m ay o r
el pasco sem anal que la re g la fija. realce por tan e xtrao rd in ario núm ero de religiosos. L o s pasajes
siguientes son los rep resen tad os en este lib ro: O rdenació n de
E n E sp a ñ a han existido h asta 22 ca rtu ja s. A ctu alm en te las sa c e rd o te s: E n la m isa celebrada a una co n el O b isp o : “ Y a no
únicas habitadas son las de A ula-D ei, P o r ta Cceli, M o n tcaleg rc os diré siervos, sino a m ig o s ” ( 7 8 ) , y en la profesión de la fe:
y M iraflores. O tra s ren acen de sus ruinas, co m o la de Je re z , “ C reo en D ios P ad re to d o p o d ero so '’ (7 9 ).
con su cla u stro g ó tico , donde se encu en tran las celdas y el ce ­
m en terio (1 2 ) , y el m ás íntim o y bello de las tertu lias (1 3 ) . E l
tem plo contenía un p o rten to so retab lo con lo m ás selecto de C a s t il l o s m o n acales
la o bra de Z u rb arán , en g ran parte m alvendida al e x tra n je ro .
A ctu alm en te vuelve a la vida m o n ástica esta c a r tu ja cuy a re ­ G ran núm ero de castillo s de E sp añ a fueron levantados
co n stru cció n se ha em prendido. por los C aballeros T em p lario s, que entre sus v otos tenían el
de to m ar las arm as co n tra los infieles, para cuyo ejercicio les
T ien e una herm o sa po rtada ch u rrig u eresca del x v n (1 1 ), o frecía la Penín sula e xten so cam po.
que se co n serv a en buen estado. E s t a ca rtu ja fué fundada en
el xv . A p artir del siglo x n to m aron parte activ a en la reco n ­
quista; y ju n to con los C aballeros H ospitalarios organ izaro n
L a s celdas de los ca rtu jo s tienen co cin a, dorm ito rio , cu a rto la p ro tecció n de los p eregrinos de Coinpóstela, tan am enazados
de trab ajo y un pequeño h uerto, que ellos cultivan. por las razias de los m usulm anes. E n 1314 el P ap a Clem ente V

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ordenó la extin ció n de la O rden del T em p le, que Jaim e I I de ésta fué en adelante cen tro de v en eración en aquellas m o n ta­
A rag ó n se ap resu ró a cum plir. L o s castillo s h asta ento n ces ñas. S an tu arios y m o n asterios, que en rem otas ép o cas allí se
ocupados por ello? fueron g uarnecidos por las O rd en es m ili­ edificaron, fueron destruidos por diversas cau sas, y sólo se co n ­
tares españ olas que les sucedieron, y así, en la m ay o r p arte serv an escaso s resto s de las edificaciones antiguas, y a que tan to
de los de la Penín sula se enco m en d ó la defensa a las de C ala­ la capilla de la g ru ta co m o el santuario actuales (1 4 8 -1 4 9 ) son
trav a, M o n tesa, A lcá n ta ra y San tiago . De ellas, la prim era de reciente co n stru cción .
es la m ás antigua, siendo su fundador el cistercien se San
R aim undo de F itero , que habiéndose o frecido al R ey Sancho
de C astilla a defender la plaza de C alatrav a, abandonada por
los T em p lario s, dejó su m o n asterio, y aco m pañado de algunos III
m onjes reclu tó un ejército .
L a de M o n tesa tuvo por origen la defensa del castillo de LAS PEREGRINACIONES
este nom bre, situado entre V alencia y A lican te, y que, su sti­
tuyendo a los T em p lario s, o cuparon tam bién m onjes del C íster,
acom pañados de varios cab allero s, poniéndolo bajo la a d v o ca­ San tiago , según la trad ició n , llegó a la H ética en una nave*
ción de la V irgen de M o ntesa. D esaparecido casi to talm en te de m ercad eres. D esem b arcó ce rc a de Itálica, to m ó el cam ino
en el terrem o to de 1748, era el tipo m ás perfecto de castillo de M érida, desde donde fué a G alicia, visitando Iria, a o rillas
m onacal existen te en E sp añ a, co n clau stro s, sala capitular, so ­ del U lla, donde perm aneció algún tiem po ocupado en sus p re ­
berbio tem plo, refectorio , g ran ero , palacio episcopal y toda dicaciones. E n P ad ró n se v enera el lugar donde el A pósto l
clase de dependencias m ilitares en tre fortísim os m uros, que predicaba.
prolongaban la inaccesible ro ca. T r a s el terrem o to , el v anda­
lism o y el saqueo dieron fin a los in teresan tes resto s de esta D esde allí, y siem pre predicando, m arch ó a V aria, la hoy
Mtijíular fo rtaleza religiosa. V area, c e rc a de L o g ro ñ o , hasta donde el E b r o era entonces
navegable p ara las alm adías y pequeñas em barcacio nes, en una
L a O rden de los C aballeros de A lcá n ta ra tuvo su origen
de las cuales bajó hasta C e sarag u sta (Z a r a g o z a ). O cupado allí
en la de San Julián del l ’eral, que y a existia ju n to a Ciudad
en su san ta m isión, se le apareció la V irgen sobre una colum na
R o d rig o en 1176. E n el año 1200 fué conqu istad a a los m o ro s
p a ra infundirle la fe tan n ecesaria en su tarea. D esde aquel
la villa de A lcán tara, y los de C alatrav a, en carg ad o s de su de­
m o m en to el A p ó sto l con los discípulos que le aco m pañaban
fensa, la en treg aro n a los de San Ju lián en 1219, siendo éste
se dedicaron a lev an tar un santuario donde quedara en cerrad o
el origen de la nueva O rden. el pilar sag rado .
L o s C aballeros de S an tiago fundáronse con el principal fin
de p ro teg er a los pereg rin o s co m p o stelan os durante el s*glo XI, L a fam a del san tu ario se exten d ió entre los cristian os, que
apogeo de vida en el C am ino F ra n cé s. A co m p añ aro n frecu en ­ con tin u aron engrandecién dole en sucesivos siglos, y cuando fué
tem ente a los C ab alleros de S an tiago can ó n ig o s reg u lares, co n ­ dem olido para lev an tar el nuevo tem plo actu al era una im por­
g regad o s bajo la reg la de San A g u stín , y ju n tos tuvieron a su tante iglesia con notables retablos y ricas rejerías en la qu^
carg o la defensa de n u m erosos castillo s fron terizos. la S an ta C apilla estab a alum brada por ce rc a de 100 soberbias
L as p artes m o n acales de estos castillo s-m o n asterio s eran lám paras.
m uy im po rtan tes, co m o podem os fo rm a m o s ¡dea al con tem p lar
E n 1681, el Cabildo, considerándolo sin duda incapaz para
las ruinas de los m enos m altratad o s, entre los que se cuen tan
poder co n ten er a la crecien te m uchedum bre de las p ereg rin a­
los de L o a rre y M o n tearag ó n , en H u esca. E n la m ism a p ro ­
ciones que a él acud ían, en carg ó a H e rre ra el M ozo el g ran
vincia, el castillo co leg iata de A lq u ézar (1 0 3 ) nos ofrece aún
tem plo, de estilo neocláscio , en el que cobijar la C apilla de la
un co n ju n to in teresan te de castillo m onacal, situado sobre
V irg en , que p ro y ectó y ejecutó V en tu ra R o dríguez.
inaccesible peñón. T ien e un clau stro de planta casi triangular
(1 0 2 ) obligada por lo lim itado del em plazam iento, y en uno de E s un ediñeio de g ran d es dim ensiones, no exen to de g ra n ­
sus frente» se co n serv a aún m ía in teresan te arquería rom án ica. diosidad. L o cub ren 11 cúpulas y fué p ro yectad o con cu atro
E n 1069 fué reco nquistada a los sa rracen o s po r el que to rres, de las cuales las dos del lado n orte quedaron in aca­
luego fué P rio r de su co leg iata agustiniana. E l tem pio actual badas ( 1 4 6 ) . M ediante cuan tio sas lim osnas y la venta de parte
es una herm osa co n stru cció n g ó tica de finales del xv , en la del tesoro lo g ró term in arse el tem plo en 1872, en que tuvo
que se co n serv an alg uno s resto s ro m án ico s. lug ar im ponente pereg rin ación . L a im agen de la V irg en , co lo ­
cad a en la m ism a co lum na en que ap areció a Santiago, lleva
M uch os o tro s castillo s españoles en cierran co n stru ccion es siem pre riquísim os m an to s, que son d onativos de sus m ás fer­
religiosas en su recinto, consecu en cia de la ép o ca en que fueron vientes devotos (1 4 7 ).
levantados, en la que m onjes, clérig os y cab allero s com b atían
juntos por la fe y g u arn ecían las fro n teras larg o tiem po e sta ­ De las p redicaciones del A p ó sto l en G alicia se conserv an
bilizadas durante la prolo n gad a g estació n de la reconquista. tradiciones a las o rillas del U lla. E n lo que fué populosa Iría
C alatrava, L o a rre , M o n tearag ó n , P o n ferrad a, M o n terrey, F la v ia son veneradas unas peñas entre las que el A p ósto l p er­
Peñ ísco la, A lcalá la Real, San P e d ro de R o d a son, en tre o tra s m aneció escondido algún tiem po y en las que predicaba. E n
m uchas, las fortalezas m o n ásticas que se co n serv an , aun den­ ellas se levanta hoy una cruz y a sus pies ha sido co lo cad a
tro de su g en eral ruina, en estad o que aun p erm ite darse cuen ta una im agen de S an tiago (1 3 8 ). E n las inm ediaciones se levantó
de lo que fueron aquellas im ponentes co n stru ccio n es, m ezcla un v enerado santuario. N o m uy lejos, en el m ism o P ad ró n ,
de castillo s y de m o n asterio s, que tan im po rtante papel d esem ­ la antigua Iria F lav ia, existe una fuente que la tradición afirm a
peñaron en el tran scu rso de nuestra E d ad Media. hizo b ro ta r el A p ósto l, en recu erd o de lo cual se ha cub ierto
por un m onum ento con su im agen y un relive rep resentando
la llegada de su cuerpo en la m ilagro sa barca.
COVADONGA
R efiérese en las cró n icas que ésta llegó a Iria, donde
E n el sitio en donde desem bocan los m ás intrincados am a rró a un poste de piedra de los que allí había con este
valles que dan paso a la laberíntica can táb rica tratan d o de es­ ob jeto y que se denom inaban pedrones, del cual proviene el
quivar la p étrea m asa de los P ico s de E u ro p a, escog iero n su nom bre del actu al P ad ró n . Sobre el lu g ar donde estaba el poste
refugio godos e hispanos barridos por la m area árabe que lle­ se levantó una iglesia, h oy p arroquia, bajo cu y o altar puede
gab a hasta el pie de los co losales escarp es. E l descendiente verse el an tigu o pedrón.
de Don R o drig o tenía m ucho que v en gar, y elegido R ey esperó
la o casión propicia. No tardó en o frecérsele en los estrech o s C onocida es la tradición según la cual el cuerpo del A póstol
valles del I.)eva, donde los ríos desbordados au m en taro n la fué tran sp ortad o desde Iria F lav ia en un c a rro tirado por dos
hecatom be que los cristianos causaron a las huestes m usul­ fieros to ros, los que se am an saro n al uncirlos. U n a vez que
m anas. atra v e sa ro n el T am b re por un puente, éste se hundió para
E l co n cu rso de la n aturaleza fué atribuido a la m ilagrosa librar la sag rad a c a r g a de la p ersecución de sus enem igos,
im agen que Don I’elayo había depositado en una cueva, y siendo en terrad o al fin en el M onte S acro .

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L a to rm en to sa ép oca de g u erras, invasiones y p ersecu cio ­ hum ildes y a rtista s trash u m an tes que traen los modelos, arq u i­
nes cristian as hizo que el lugar del sepu lcro perm aneciera ocu lto tectó n ico s del N o rte y llevan las réplicas co m p o stelaras. P o r
en los prim ero s siglos. L a revelación del lu g ar acaece a prin­ e sta ru ta jalonada de m on asterios tran sitaro n durante la Edad
cipios del ix . U n a m isteriosa luz parpadea sobre el M onte M edia p eregrinos del m undo e n te ro ; por ella pasaron los R a ­
S acro . U n m onje percibe el celestial m ensaje y avisa al Obispo m iro, O rdo ño y A lfonso, San to D om ingo de G uzm án, San
de Iría, se e x ca v a la cim a del m onte y ap arece la sepultura L u is, R ey de F r a n c ia ; San F ra n cis co , los R ey es C atólicos,
con el cuerpo del A pósto l y a los lados sus dos co m p añ ero s. C arlo s V , Felipe I I , o tro s rey es de Jcru salén y A ntioquía, San
V icen te F e r re r , el Gran Capitán y m ultitud de o tros p erso ­
P ro n to un san tu ario rodea el lugar y ju n to a él se funda
n ajes que venían a postrase ante el Sepulcro. A nte la gran
un m o n asterio. A fines del siglo i x , A lfonso I I I hace levantar
basílica no había idiom a ni dialecto que dejara de entender
una basílica, que las cró n ic a s de la ép o ca describen m agnífica.
sus voces. T o d o s contribuían con sus ap o rtacion es a levantar
L a s incursiones norm andas^ y las razias de A lm an zo r dieron
el nuevo tem plo sobre los re sto s del que A lm anzor d e stru ­
cuen ta de ella y de la inm ediata ciudad, que se vió saqueada
y era. N uevas cam p an as hubieron de sustituir a las que el
c incendiada. U n icam en te el sepu lcro y un m onje g uardián
g u errero m usulm án hizo tran sp o rtar a la m ezquita de C órdob a
fueron respetados.
a hom bros de cau tiv os cristian os, y así surgió el nuevo tem plo
E l O bispo G elm írez fue el alm a y el cereb ro del tem plo que la cristiandad levantaba co m o un reto al poder de los
p resente, o b ra cum bre de la fe cristian a en aquellos tiem pos. C o ­ califas co rdobeses. E r a p reciso un ideal para im pulsar la re ­
m enzado en 1075, fué term in ado en 1128, tra s frecu en tes inte­ conquista, y S an tiago fué el caudillo de la cristiandad en aque­
rrupciones de actividad. llos años de larg as y h ero icas luchas.
L a P u e rta de las P laterías, cuy o m a estro , de nom bre ig n o ­ L a s pereg rinaciones tuvieron una influencia enorm e en la
rado, dejó sus huellas en d iversos tem plos de la ru ta co nipo s- a rq u itectu ra religio sa de la P enín sula, irradiando el ro m án ico
tclatia desde T o lo sa a S an tiago , es la única que se co n serv a de por L e ó n y C astilla, y así vem os hoy los pequeños tem plos de
las varias ro m án icas que tuvo. aquella época co n stru id o s bajo una inspiración sem ejante. L a s
condiciones del duro clim a im ponen un nuevo elem ento que
E l P ó rtic o de la G loria (1 4 1 ) (pie de la lám ina e rró n e o ),
las ha hecho c a r a c te r ís tic a s : el atrio, que g eneralm ente cubre
p ertenece a una ép o ca p o sterior, ya que fué levantado entre
sus fachadas de M ediodía para servir de abrigo a los fieles y
1158 y 1188 por el m aestro M ateo , que realizó en él la ob ra
C o n cejos que en él se reunían. A v eces este a trio se extiende
m aestra del arte ro m án ico de todos los tiem pos. E s t a o b ra
a dos o tres fachadas. A sí venios g ran núm ero de in teresan tí­
hizo escuela, sobre todo en Galicia, donde y a en pleno ap o ­
sim as iglesias de las p rovincias de S o ria, A vila y Seg ov ia (1 0 9 ).
geo del g ó tico , seguía im perando la tradición ro m án ica, p ro ­
duciéndose obras tan bellas co m o la cated ral de O ren se con E n lugares en que la piedra escasea es el ladrillo el que
su P ó rtic o del P a ra ís o (1 4 2 -1 4 3 ;. im itación servil del de la da lu g ar a un peculiar estilo exclu siv am en te nacional con sus
Gloria. ábsides y m u ro s cu ajad os de arq u erías que deco ran y aligeran
las fáb ricas y sus eno rm es to rre s a m odo de linternas levan­
E n los últim os siglos, diversas co n stru ccio n es han sido
tadas sobre los cru cero s de los tem plos, tal y co m o hoy los
ag reg ad as exterio rm en te al soberbio tem plo, o cultando así su
ca ra c te rís tic a silueta ro m án ica, so bre todo por la parte de su? v em os en S ah ag ú n , C u éllar, O lm edo y A rév alo (2 6 9 ).
ábsides, y ya en el x v i i i se lev an ta la g ran fachada b a rro ca N o fueron sólo iglesias m od estas las que, fuera de S a n ­
del O brad o iro (1 3 7 ), sinfonía de piedra que por si sola haría tiago , se lev antaro n por nuestro suelo en la segunda m itad
que perd o n áram os al estilo todas sus e xtrav ag an cias. del x i i . O tras influencias venidas de O rien te y que entraban
en E sp añ a por las ru tas del E b ro y el D uero influían sobre el
R odeado de b a rro ca d eco ración está el altar con el busto,
estilo de gran d es tem plos, co m o los de T o r o , Z am o ra y S a la ­
ro m án ico , del A póstol. E l a lta r es de plata, o sten to sa o b ra de
finales del x v i i ( 1 3 9 ). T r a s el a lta r la escalera p ara b ajar a la m an ca, o riginando las g ran d es cúp ulas sobre arq u erías con que
crip ta, en la que se g u ardan las reliquias en rica urna de plata. ilum inar sus cru cero s. L a cated ral vieja de S alam an ca (129)
es, probablem ente después de S an tiago , el m onum ento ro m á ­
D esde que en el siglo ix fué d escubierto el sepu lcro del nico de m ay o r interés que se ha levantado en E sp a ñ a y que
A pósto l, la E sp a ñ a cristian a que se debatía en los albores de co n serv a abso lutam ente in tacta su gran linterna bizantina, cuya
la reco nquista to m ó a S an tiag o co m o estan d arte de su fe, y cúpula, cu b ierta por tejado de piedra con d eco ración de e s c a ­
C o m postela se erig ió en rival de C órdob a. m as, descan sa sobre un doble cuerp o de h erm o sas arquerías.
H acen aún m ás m agnífica e sta deco ración cu atro redondas
to rre cilla s y o tr o s tan tos trian gu lares pináculos colo cado s entre
ellas.
L a s pereg rin acion es com en zaro n desde to d a E u ro p a. E n
los p rim ero s tiem pos, llenos de incom odidades y de riesgo s,
servíanse de las ru tas de la co sta p ara librarse de las em b es­ R o n c esv a lles
tidas de los árabes.
L o s tres cam in o s que por F ra n c ia seguían los peregrinos
E s d urante el apo geo cluniacense, ép o ca del florecim iento que m arch ab an a S an tiago y que se unían en O s ta b a t, al pie
de Sah ag ú n , cuan do las ru ta s desde F ra n cia a tra v é s del P i­ de los P irin eos, siguiendo la antigua vía ro m an a de B urdeos
rineo se organ izan , g ra cia s a la inag o table actividad de H u g o , a A sto rg a , pasaban por el puerto de Ib añ eta, a cu y o pie se
el A bad de Cluny, que g obernó 200 abadías de m on jes neg ros en cu en tra R oncesvalles.
durante m ás de sesen ta añ o s de su dilatada vida. C reáro n se
hospederías, hospitales, m onasterios. F u n d áro n se herm andades E n Ib añ eta en co n trab an los p eregrinos la capilla llam ada
para vigilar los cam inos, creó se, en fin, la com p licad a o rg a n i­ de C arlo m ag n o y al pie del puerto, junto a un santuario, el
zación que con todo detalle refiere el C ódigo C alixtin o. g ran hospital.
R efiérese que los p eregrinos eran som etidos a toda clase
D esde diferentes puntos de F ra n c ia co n v ergían tre s ru ta s
de v ejacion es en aquella b árb ara E d ad , y que para pro teg erlos
hacia O s ta b a t, que se unían en Cize, para p asar los P irineos.
O tra los pasaba por C an fran c y J a c a . L a s dos se reunían se cre ó una herm andad que adoptó co m o distintivo una cruz
v erde, cu y o brazo es al m ism o tiem po báculo y em puñadura
en E sp a ñ a en Puente de la Reina, levantado para facilitar la
m arch a de los p eregrinos por la esposa de S an ch o de N av arra. de espada.
L u eg o seguía por L o g ro ñ o , N ájera, San to D om ingo, B u rg o s, E l an tigu o santuario es hoy co leg iata, regida por una c o n ­
F r o m is tá , S ah agún, L eó n , A sto rg a , P o n ferrad a y en trab a en g reg ació n de 12 clérig os bajo la regla de San A gu stín y entre
G alicia por cam inos sem b rad o s en sus inm ediaciones de m o ­ los cu ales se nom bra el P rio r. E s to s clérig os llevan sobre las
nasterio s con g ig an tescas hospederías, co m o los de R ibas de ropas talares la antigua cruz verde.
Sil, Sob rad o de los M onjes, O sera y o tro s m u ch o s hasta llegar E x te rio rm e n te , R o n cesvalles presen ta el asp ecto de una
a San tiago . m aciza casa fuerte (1 5 0 ). T en ia un soberbio clau stro g ótico
E r a una ru ta internacional, un cam ino del m undo, por el que se hundió b ajo el peso de la nieve en aquel duro clim a,
que discurrían rey es y nobles, obispos y m onjes, penitentes y aleccio n ad o s sin duda por el desastre edificaron el actual

23
de pesadas ojiv as y recios co n trafu ertes sin concesión alguna IV
a las filigranas g ó tica s , y que m ás p arece patio de arm as de
una fo rtaleza que clau stro de un m onasterio. L a co leg iata es de
un fino g ó tico del x m con tre s n aves y ábsides de rasg ad o s M IS T IC O S P A R A JE S .— S IL E N C IO S O S
v entanales, espléndido triforio y calado ro setó n en el hastial.
E s un prodigio de diafanidad y equilibrada belleza. R IN C O N E S . — H U M IL D E S S A N T U A R I O S
E n ella se v enera la fam osa V irgen (1 5 2 ), bella im agen
de p lata, cu y a ap arición, dice la leyenda, fue debida a un ciervo
cu y as a sta s resplandecientes sirvieron de gu ía a los p astores,
Ju n to a P e ñ a s G rajeras, donde el E re s m a y el C lam o res
que la en co n traro n bajo un a rco de piedra.
se reúnen después de m odelar la ro ca en que se asienta el
H o y la co leg iata, situada en m edio de los bosques m ás A lcá z a r segoviano, ha fundado en 1586 San Ju a n de la C ruz
herm osos de E sp a ñ a , ha restau rad o su bella iglesia. A un se un co n v en to de d escalzos habilitando el que un a O rden de trini­
co n serv a la ro m án ica capilla de S an tiago , el silo donde se e n ­ tarios había abandonado.
terrab a a los p eregrinos y donde aseveran se g u ard aron los
resto s de los C aballeros de C arlo m ag n o cuan do la ro ta de P eñ as G rajeras son unas estériles ro cas, que los dos ríos
R o n cesvalles. unidos logran rom p er en su ca rre ra hacia el llano, y por las
que trepa la ca rre te ra que conduce a Z am arram ala. A l pie de
E n lo que fue sala capitular, co n v ertid a en capilla y en tan ta peña estéril hay unos rellanos, donde el río hace b ro tar
un g ran sepu lcro de piedra, se g uardan los resto s del R ey huertecillos am ables en los claro s de una fron da de co rp u ­
Sancho el F u e rte , uno de los venced o res de L a s N av as, cuy a lentos árboles. P ro n to el viejo conv en to queda estrech o , y el
estatu a y acen te, que por su tam añ o justifica el apodo de aquel Santo M ístico co m p ra, doce año s m ás tarde, las m ism as peñas.
R ey, cub re la losa sepulcral.
E n ellas hay una cuev ecilla que m ira al M ediodía y de
E n las fiestas solem nes, la E sc o la n ia de R o n cesv alles en­
la que el S an to había hech o su m o rad a m ien tras el convento
tona sus cán tico s a la v enerada im agen de la V irg en (1 5 1 -1 5 2 ).
co b rab a nueva vida. S obre la lom a que dom ina la cu ev a sus
m ano s edifican m o d esta erm ita, y a su lado p lan ta el com p añ ero
inseparable, un cip rés, que al cab o de los año s puede aún
E l H o s p it a l df .l R e y ( B u r g o s )
co n tem p larse apuntalado y carcom id o (2 6 8 ).
E n tr e los hopitales que aún subsisten de la ép o ca de las
p ereg rinaciones, aunque natu ralm en te m uy tran sform ad o s en
sus edificaciones, se en cu en tra el H osp ital del R ey en B u rg o s.
F u é fundado por A lfo n so V I I I después de la d e rro ta de
A larco s en 1195 y ad scrito al M o n asterio de las H u elgas. El am plio boquete de la cueva encu ad ra el pan o ram a de
la ciudad, que se extiende por alarg ad a lom a y d estaca su m ís­
E l cuidado del H o sp ital fué puesto b ajo siete C o m endado ­
ras que vivían en clau su ra y usaban traje m onjil con cru z de tica silueta sobre el fondo de la nevada sierra. F in aliza el x v i,
y una serie de iglesias ro m án icas salpica la ladera, d estacando
C alatrav a en el pecho que les daba apariencias de señ o ras m e­
en tre el apretado ca s e río ; San E ste b a n , con su alta y bizantina
dievales.
to r r e ; m ás abajo, la V era C ruz, que los T em p lario s lev an taro n ;
E s ta s co m en d ad o ras (8 5 ) han subsistido h asta hace pocos en lo alto, las to rres ro m án icas de San A n d rés, E l Salv ado r
años en que fueron su stituidas por H erm an as H osp italarias. y San Ju sto . R ep artid as po r toda la ciudad, las de San M artín,
San Ju an de los C ab alleros, San A gu stín , San L o re n z o , San
Millán y h asta c e rc a de v einte tem plos ro m án ico s, que p arecen
Los C r u c e r o s fo rm ar el pedestal de la colina donde un Gil de H o n tañ ó n ha
dejado al m o rir casi term in ado el po em a de piedra d orada de
Aún se celebran en R o n cesvalles las pereg rinaciones p ro ­ la cated ral dom inándolo todo.
cesionales iniciadas en el siglo X I I y que, después de larg os
eclipses, vuelven a re to rn a r por todos los valles de los co n to rn o s. P o co ha cam biado desde los tiem pos de San Ju an de la
C ruz el pan o ram a que desde la cu ev a que sirvió de m orad a
P rim itiv am en te fueron o rgan izad as por las antigu as co fra ­ al S an to o frece la m ística ciudad. E l la ladera de las peñas
días que creó el O bispo de Pam plo na en 1132. E s ta s cofradías, y en el m ism o con v en to que el S an to levantó g u árd an se hoy
que alguien pretende son las p rim eras del m undo cristian o en sus resto s en suntuosa sepultura.
la E u ro p a o ccidental, se p ropagaron en seguida por toda E u ­
ropa. E l fin principal que perseguían era el de alle g a r fondos P o r el lado opuesto, hacia M ediodía, o tro s pan o ram as ca u ­
para so sten er el hospital de pereg rino s de universal renom bre tivan nuestra aten ció n . D esde la erm ita de la Piedad y entre
en la Edad Media, durante la cual fueron muy poderosos. las cru ces del calvario, es nuevam ente la cated ral la que des­
taca su arq u itectu ra (1 2 6 ). H o y la to rre y a no o frece la esbelta
U n ejem plo de este poder es la form idable fachada de la
silueta de an tañ o desde que hace tres siglos perdió su g ó tico
iglesia del S an to Sep u lcro en E s tc lla (1 1 9 ) , levantada por una
rem ate, calcinad o por el fuego, y fué levantada la redonda
herm andad de co m ercian tes de la ciudad en la E d ad M edia.
cúpula que ahora co ntem plam os.
T o d av ía en el siglo x v i co n servaban su fuerte o rg an izació n
en todos los valles que se extienden hasta unas ocho leguas
en derred o r del santuario. A l decaer el m o n asterio fueron des­
apareciendo.

L a s po cas que aún persisten con serv an el antiguo espíritu


P o co frecu en te es en E sp añ a el situ ar los cem en terio s
de penitencia y acuden en larg as procesion es a la co leg iata el
ju n to a las parroquias. E n los hum ildes lug ares g alleg os, donde
día an terio r a P ascu a de P e n te c o s té s vestidos con túnicas ne­
g ra s, cub ierto el ro stro y carg ad o s con pesadas cru ces de r o ­ la o rganizació n parroquial tiene ta n ta im p o rtan cia; donde la
llizos tro n co s de haya (2 0 4 -2 0 5 ), reco rrien d o en ayunas 30 ó 40 población no vive ag ru p ad a, sino que se disem ina por todo e!
cam p o , el cem en terio se cobija ju n to a la humilde iglesia.
k ilóm etro s para co n fesar y co m u lg ar ante la V irgen.
Salpicando los cam po s de G alicia, el cru c e ro , la pequeña iglesia
D esde todos los valles las p rocesiones acuden a un lu g ar parroquial y el cam p o san to (2 7 4 ) están siem pre unidos y a cen ­
determ inado, donde, reunidas, form an interm inable carav an a, túan la poesía de su verde paisaje.
llegando al m on asterio en las prim eras h oras de la m añana.
T erm in ad a la cerem o n ia, reg resan bajo la pesada c a rg a los •E n m uchos pueblos castellan os son los lienzos del derruido
▼ecinos de los v alles de B u rg u cte, E sp in al, A rce , A ezco a y E rro . castillo los que encierran en su recin to el cem en terio ; a r : os

34
eu B rih u eg a ( 2 7 3 ) , sobre la m eseta de la A lcarria, al borde de cobijar al pueblo. E s a principios del siglo x r n , a raíz de la
del T a ju ñ a . O tra s v eces la parro q u ia es la an tigu a capilla del v icto ria de L a s N av as, al no quedar duda alguna sobre el p re­
castillo , y en su patio de a rm as ap riétanse las sep u ltu ras; tal dom inio cristian o, cuando los obispos tom an parte im portante
o cu rre en G arcim uñoz ( 2 7 5 ) , donde una humilde espad aña, con en el trazad o de las gran d es cated rales; es el m om en to a partir
su cam p an a, co ro n a uno de los cuhos de su g ran fortaleza. del cual el poder episcopal dom ina sobre el m onacal.

Y a el g ó tico había sido im portado a E sp añ a por los m onjes


del C íster, y en nuestro arraig ad o ro m án ico se iniciaba la e v a ­
luación, cuando fué levantada la soberbia catedral de T a r r a ­
gona, últim o g ran tem plo ro m án ico co nstruido entre 1193 y
L o s suntuarios y erm itas se en caram an sobre los ce rro * 1287. E s ta s dos fech as quedan perfectam ente definidas por su
de E sp añ a. A ellos se asciende por penoso calvario p ara llegar ábside, fuerte cub o con alm enas y m atacan es, preparado para
al v enerado lugar. L o s de A ndalu cía suelen ser cla ro s y rien tes, la defensa, y su h astial de purísim o g ó tico , cuajado de im a­
co m o el de la V irg en de G racia, en C arm o n a ( 2 7 6 ) , y el de gin ería (1 3 5 ) . E r a n aún el C íster, con su sobrio estilo, el que
N u estra S eñ o ra de la E s tr e lla , en V illa del R ío (2 7 2 ) . dejaba sentir su influencia, y a él p ertenece el bello cla u s­
tro (1 0 8 ) que en el ala n o rte aco m p añ a a este severo tem plo
A veces son alardes populares del b a rro co , co m o é sta
de m ajestu o sas p ro p orcio n es, sin par en el ro m án ico español,
de la V irg en del P e rp e tu o S o co rro , en A n teq u era, con su*
fuera de S an tiago .
filigranas de ladrillo sobre enjalbegado fondo y su tejadillo
de vidriadas tejas (2 7 1 ). T am b ién seg lares del N o rte habían traído a E sp añ a el
ojival, y en plena co n stru cció n del tem plo tarracon en se, hacia
E n L e v a n te , son las blancas capillas rem ate de calvarios,
1221, com en zab an las o b ras de la cated ral de B u rg o s (1 2 3 ),
jalonados por m ilen arios cipreses.
cu y o purísim o g ó tico queda hoy casi o cu lto exterio rm en te pur
P o r la M an ch a y C astilla la N ueva son humildes co n s­ la pom pa del flam íg ero y del p lateresco y bajo el cúm ulo de
tru ccio n es de tapial, frecuentem ente adosadas a la cu ev a del co n stru ccio n es con que fué rodeada. A ún no han surgido las
ce rro en que acaeció la m ilagro sa aparició n, tal co m o en la finas e stru ctu ra s del tem plo de L e ó n . E l de B u rg o s es de ro ­
erm ita del S an to N iño, ju n to al pueblo de L ag u ard ia. b ustos pilares (1 2 5 ) y de sólidos m uros, co n sencillos arb o ­
tan tes y co n trafu ertes. T erm in a d a en 1250, su ejecución fué
E n la V ieja C astilla, el p ó rtico de la erm ita sobre pilare> prodigio de celeridad. Muy posteriores, del siglo x v , son
de piedra o frece al M ediodía abrigo al cam inante. las calad as flechas con que Ju an de C olonia re m a tó sus to rres.
Desdichadamente, en el siglo x v m la puerta de su hastial fué
E n N av arra, el pequeño san tu ario es un rem edo de iglesia
m odificada, co lo cán d o se las vu lg arísim as actu ales, sustituyendo
g ó tica, que se cubre de laja? de piedra señalando las b ó ve­
a o tra s de rica im aginería. E n tre todas las riq u ezas de su o r ­
das (2 8 2 ) .
nam en tació n p lateresca sobresale la m ag n ífica linterna, re m a ­
tad a de g ó tica s flechas ( 1 2 4 ) , que cu b re el cru cero .

Junto a la cabecera del templo, a principios del x iv , los


clé rig o s de la cated ral vivían sin duda en co n g reg ació n , y a
L o s pequeños tem plos que en plazas y callejas »c esconden ello se debe la co n stru cció n del clau stro g ó tico de dos plantas,
cu tod as las ciudades y pueblos españ oles suspenden vuestro que co n el de P am p lo n a (1 0 5 ) son los m ás bellos ejem plares
ánim o, com poniendo los m ás ev ocad ores lug ares. T a l es el de su g én ero en E sp añ a.
que, subiendo por la em pinada y blanquísim a calle de A rco s,
e n co n tráis co m o una d o rad a aparició n al tro p ezar rep en tin a­ A l m ism o tiem po, p ero m u ch o m ás len tam en te, venía ele­
m ente en un en san ch am ien to de v u estro cam in o con la iglesia vándose el tem plo de L e ó n . L a casi totalidad de su prodigiosa
de S an ta M aría ( 2 8 0 ) , cu y o s arco s b o tareles d escarg an sobre fáb rica fué lev an tad a en el tran scu rso de tre s siglos, en tre
las co n stru ccio n es del lado opuesto de las callejuelas circu n ­ el x i n y el x v . O b ras p o sterio res han p rolongado su co n s­
dantes, y dan a A rc o s el cu rioso a sp ecto o rigen de su nom bre. tru cció n m u ch o m ás tiem po. A p esar de ello, es el tem plo
Y tam bién la filigrana de ladrillo de la cap illa que en C arm o n a españdl de m ay o r p ureza y unidad de estilo. De aérea e s tru c ­
co m pone una deliciosa plazuela del p in to resco pueblo (2 7 6 ). tu ra, diáfano y sutil, espiritualización inverosím il de la m a ­
O el co nocido rin có n de la re ca ta d a P la z a del C risto de los teria, es, co n el de A m ien s, la o b ra niás atrev id a del arte
F a ro le s , en C ó rd ob a, con el blanco co n v en to que le sirve de g ó tico . Sus g ran d es y rasg ad o s v en tan ales únense en su base
fondo co m o una sabia com po sició n e scen o g ráfica ( 2 7 8 ) . Y el a lo s del calad o triforio, suprim iendo to talm en te los m uros.
tem plo, ad o sado al que fué castillo árab e, con su p u erta de D obles, airo so s y atrev id o s arb o tan tes refieren los em pujes
acceso en lo que fué uno de sus to rreo n es, cu y as alm enas se a esb elto s pilares, que p rolongan los finos co n trafu ertes de las
han m etam o rfosead o en g racio so s pináculos. T o d o deslum - naves b ajas, y to d a la estru ctu ra , con su sabia organ izació n ,
b rad o ram en te en calado, brindando al sol la filigrana de sus m u éstra se co m p leta, sin aditam en to s que la oculten (1 2 1 ).
ju eg o s de luces (2 7 0 ).
Sus hastiales están poblados de rica im aginería, que cu l­
Y en V ald crro b res, al rem ate de la em pinada callejuela,m ina por su riqueza en el soberbio p ó rtico de la fachada (1 3 5 ).
la g ó tic a p o rtad a y el calado ro se tó n del g ó tico tem plo, que
se am p ara ju n to a la m ole de su castillo (2 7 7 ). Y la silenciosa Con m enos fo rtu n a el soberbio tem plo de C uen ca se e n ­
c a lle ja que en tre cip reses o s conduce en M o rella al soberbio cu en tra h o y ex te rio rm e n te casi o cu lto, sobre todo p s r la parte
tem plo de S an ta M aría, de doble en trad a g ó tica , que diestro s de sus ábsides, tapado to talm en te por ab ig arrad o co n ju n to de
c an tero ?, padre e hijo, labraro n en porfiada co m p eten cia (2 8 1 ). co n stru ccio n es lev an tad as so bre las ro cas en que la cated ral
e stá cim entada.

De finales del x n es la cabecera de la catedral de Avila,


singular co n stru cció n religio sa y m ilitar, que exterio rm en te es
v un fu erte cub o de sus m u rallas y por su interior se resuelve
en una doble c in teresan tísim a giróla. E l resto del tem plo e>
nn construcción gótica del x iv levantada bajo la influencia
LAS CATEDRALES del tem plo leonés ( 1 3 1 ) . E n tr e sus dos fuertes to rres (1 3 0 ),
una inacabada, leván tase una p o rtad a m ezcla de g ó tico y pla­
teresco que no co rresp o n d e al valor de la situada en la fa­
A m edida que la reco n q u ista se v a afianzando, el poder ch ad a norte.
m o nacal v a dism inuyendo y los abades dejan paso a los obispos.
El m o n asterio y a no es el refugio tan n ecesario a la cu ltu ra, E s t a singular cated ral-fo rtaleza con su alm enada torre y
ni el tem plo ha de serv ir tan sólo p ara los o ficios de la co m u ­ su fuerte cubo defensivo es un elem ento esencial en el recinto
nidad. L a s ciudades van en g randecién dose y las iglesias han am urallado de la ciudad, a cuy a defensa contribuía eficazm ente.

25
No todo era en nuestro g ó tico m odelos im po rtado s, al hoy se con o ce por C asa de E’ilato. E s ta s Cofradías, hacían el
m ism o tiem po alzábase la cated ral de T oledo, en que el genio reco rrid o desde dicha ca s a h asta el hum illadero de la C ruz del
español asim ilaba a su m an era los m odelos franceses. C am po por el V ía C ru cis que en to n ces existía y del cual se
co n serv ab an aún en el siglo pasado las c a to rc e cru ces de su
T o co s tem plos de E u ro p a le aven tajan en m ag n ificencia y
reco rrid o , a cuyos pies, religiosos de distantas co n g regacio n es,
riqueza. Sus cin co naves y doble g iróla ap ó yan se en robustos
reco g ían lim osnas. E s t a fué la prim era H erm andad de P en i­
pilares. N um ero sas capillas aló jan se entre los grandes co n tr a ­
ten cia que se recuerda. San V icen te F e r re r , con sus p red ica­
fuertes, que en sus rem ates reciben por fuera el em puje de
ciones en Sevilla, en el patio de cu y a cated ral se co n serv a su
sim ples botareles. pulpito, im pulsó la form ació n de p ro cesiones públicas de p e­
Su fachada oeste (1 2 2 ) d ecó rase con triple p o rtad a de nitentes.
abundante im ag inería y su única to rre, de m uy m ovida arqui­
tectu ra, con ro bustos co n trafu ertes en sus ángulos, levanta su H a s ta 1586, las C ofradías se fundaban y disolvían con
ca ra c te rís tic a silueta, rem atad a en aguda ílcch a, sobre la c o ­ plena au to n o m ía; pero a p artir de en tonces el C ardenal C astro
lina por la que T oledo extiende su ab ig arrad o caserío . im puso el requisito de som eterle sus reg lam en to s, que habían
de ser ap robados po r su autoridad p ara p oder co nstituirse. Con
Su co n stru cció n dió com ienzo reinando F ern an d o I I I , y
Carlo s I I I se exig ió tam bién la apro b ació n real. E n 1620 todas
por iniciativa del O bispo Jim én ez de R ad a, en 1227, tcri™ ·
las C ofradías sevillanas tienen ya sus reg las, y son c e rc a de
nándose to talm en te a finales del xv . siendo con L e o n la de
60 las constituidas.
m ás lenta co n stru cción de todas las españolas.
Durante el siglo x v , las nuevas aportaciones extran jeras de Cuando las C ofradías tenían un c a r á c te r parroquial o de
artista s traídos por n u estros reyes, co m o los C olonia y E g a s , g rem ios de barrio encab ezaban sus desfiles las m an g as de cad»
de una p arte, y de o tra , las de los artífices m udejares parro q u ia. Al to m a r una organ izació n m ás e xten sa las m a n ­
que tan ta influencia llegan a ten er en las a rte s esp a n o ia s, se guillas fueron sustituidas p o r cru ces de m adera. L a Cofradía
introducen en el g ó tico español y conduciéndole a e x ceso s de­ rom p e la m arch a encab ezad a por la Cruz de Guía. Después
co rativo s relegan a segundo térm in o las esenciales n orm as venia el m uñidor, que avisaba el paso al son de cam panillas,
co n stru ctiv as, iniciando su decad encia no sin producir que en algunas m ás solem nes eran tro m p etero s que daban
níficas o b ras, co m o San Ju an de los R eyes, la Capilla del las señales para m a rch a r y h acer alto. D espués venían los
Condestable en B u rgo s y San G regorio en V alladolid, por p en iten tes; éstos eran “ de luz** y ‘’ de s a n g r e ". L n s de sangre
no cita r m ás que las m ás ca ra c te rís tic a s. m archaban p rim ero, desnudos de cin tu ra a la cabeza, discipli­
Sin embargo, el gótico españolizado, nacido muy tardíam en­ nándose con látigos de rodelas, llevando la cabeza cub ierta
te, no se resigna a m orir, y en pleno x v i, ya en la decadencia con flácidos capu ces que se prolongaban tapando el ro stro .
del estilo, las m agníficas cated rales de S alam an ca y S egovia L o s penitentes de luces eran los po rtad o res de g ru eso s cirios.
(126 a 1 2 8 ), o b ras culm inantes de los Gil de H o n tañ o n , saben
L o s nazarenos llevaban una túnica m o rad a ceñida con
co n serv ar su p ureza y sobriedad, dentro de las n orm as clasicas
cu erd a de esp arto a la cin tu ra, iban descalzos y con pesadas
en S egovia, y con o rigin ales soluciones en Salam an ca, ultim a
cru ces, cub rían su ro stro con abundantes m elenas postizas que
m anifestación de un m agnífico g ó tico nacional que el R en aci­
caían sobre sus hom bros y sobre su frente. D isciplinantes y
m iento, de nuevo im perante, ah o gó en germ en . n azarenos llegaban, sin duda, a las m ay ores e x tra v a g a n cia s con
Sin filiación determ inada levan tó se en tretan to el colosal sus flagelaciones, sus v estiduras y sus m elenas. E l fino esp í­
tem plo de Sevilla, una de las m ay ores o bras que ha erigido ritu sevillano decidió ab o lid o s, y su rg ió el penitente actu al con
en el m undo la fe cristian a, ju n to al o rg u llo de la G iralda que su cap irote, que es el antiguo capuz arm ad o para term in ar en
el árabe levantó en rem em oració n de su v icto ria de A larco s agunda p u n ta; llevan túnica o so tan a ceñida con cu erdas de e s­
(1 3 2 -1 3 3 ). p a r to ; la tela del cap irote cae sobre el ro stro en fo rm a de
antifaz y se p rolonga en fo rm a de escapulario por pecho y e s ­
palda. L a túnica term in a m uchas veces en am plia c o la ; en
ocasion es cúb ren se con una capa. T a l es el hábito bajo el
cual se o cu lta el anó nim o penitente de las C ofradías sevillanas
(1 6 2 -1 6 3 -1 6 6 -1 6 7 ).
VI
L o s hábitos son con frecuencia blancos y n egros, pero m u­
COFRADÍAS Y PROCESIONES ch as v eces se com binan diferentes co lo res, y m orad os, verdes
y ro jos en variados m atices ponen su n o ta distintiva en cada
Cofradía. L o s h erm anos llevan larg as v aras de plata, re m a ta ­
S e v il l a das po r el em blem a de la C ofradía.

L a s m ás fam osas C ofradías de E sp a ñ a , son, sin duda, las E l orden en que hoy desfilan es el sigu ien te: a la cabeza
de Sevilla. N o son las m ás an tigu as, puesto que su fundación la C ruz de Guía (antig u am en te la m anguilla parro q u ial). Sigue
coincide con la co nquista de la ciudad p o r San F ern an d o en el “ se n a tu s”, con las iniciales de los rom an os que acom pañaban
el año 1248, m ientras las H erm an d ad es que se fundaron en el al R ed en to r; vienen después las b anderas ( 1 6 2 ) , una por cada
norte de E sp a ñ a p ara p ro tecció n de los pereg rin o s d atan, según ‘ paso ’ ; son de g randes dim ensiones y con una g ran cru z en
parece, de 1132. De la del S an to E n tie rro , que parece ser una el cen tro del paño. D elante del “ p a s o ”, el estan d arte co n la
de las m ás an tigu as, el R ey San F ern an d o fué el prim er H e r ­ enseñ a de la Cofradía (1 6 3 ) y d etrás del estan d arte los ’’ p a so s",
m ano M ayor. E n 1340, nace la p rim era C o frad ía de P en iten cia rodeados de los penitentes (1 6 6 -1 6 7 ).
fundada por el grem io de hortelan o s, que fue la Cofradía del
L o s " p a s o s ” sevillanos, sobre todo las D olo rosas, creació n
Silencio.
del sentim iento de sus d evotas m u jeres, cu y as delicadas m anos
Se tratab a en esta ép o ca de H erm an d ad es G rem iales con visten a m aravilla la im agen y parecen infundirla vida, son
fines de aso ciación y h um anitarios. L a s C ofradías con fines alg o de difícil aclim atació n fuera de aquel am biente. L a s c a ­
p rocesionales son m uy p o steriores y datan tod as del x v i, aun­ m areras de la V irgen pliegan las to cas que encu adran el ro stro ,
que son casi siem pre tran sform acion es de H erm an d ad es m ucho co lo can el pesado m anto (1 6 4 ) desb ordante de o ro y p ed rería;
m ás antiguas. A sí v em os que fueron form adas por grem ios suspenden el palio, cuajad o de bordados, sobre las finas varas
de h ortelanos, co ch ero s, navegan tes, ton elero s, c ig a rre ra s, es­ de plata, que p arecen cim b rean tes juncos. Dispone el capiller
clavos, etc. E n tr e sus fines los hay m uy distintos y siem pre el ó rg a n o de la cand elería, sinfonía de luces y de cera, jardín
hum an itario s: p ro tecció n de huérfanos, sostenim iento de sa c e r­ de flores encendidas que b ro ta a los pies de las D o lorosas. E s
dotes desvalidos, alivio de encarcelad o s, cuidado de niños e x p ó ­ un alum brado litú rg ico que Sevilla ha cread o y que no v o l­
sitos y o tro s m uchos. veréis a e n co n tra r en parte alguna. E l capiller ordena, enciende
L a s C ofradías de P enitencia p arece fueron las fundadas y cuida, p rovisto de una larg a cañ a, d urante todo el recorrido
p o r el cab allero don F adrique H enríquez de R ib era, después el com plicado g rad erio de las luces p ara que ni una sola ck
de un viaje a Jeru salén en 1533, en cuya ép o ca edificó la que ellas deje de lucir.

26
Vestido y alumbrado el "p a s o ”, tapizado su piso de olorosas En 1852 volvió a resucitar la Cofradía o Hermandad bajo la
flores, carg a su enorme peso sobre los costaleros. ¡A brum ador advocación del Taso I'lanco, tal y como hoy sc la conocí*. I.ov
trabajo el de estos hom bres! Las trabajaderas, enormes made­ hermanos vestían y siguen vistiendo túnicas blancas con vivos mo
ros, nervios esenciales de la trabazón que soporta el “ paso”, c a r ­ rados, teniendo por emblema un águila coronada.
gan implacables jobre sus cuellos. No exhiben su trabajo como
los penitentes llevando los "p a s o s” de Cuenca, o los Hombres de T res años más tarde sc fundó la Hermandad del Paso Azui.
T rono que llevan los de M álag a; van tapados tras los paños y vistiendo túnicas blancas con vivos capirotes azules, llevando como
caladas molduras que dan entrada al aire, ocultando a los sudo­ emblema un corazón de oro atravesado por una espada.
rosos y jadeantes m ozarrones, verdaderos penitentes de estas pro­
cesiones. U n capataz elige y coloca a los costaleros repartiendo Ambas Hermandades, en noble emulación, han hecho de la
debidamente la c a r g a ; ordena sus movimientos con voces de anti­ Semana Santa en L o rca algo extraordinario.
guo conocidas por sus hombres, y consigue, en fin, con disciplina­
dos movimientos dar a todo el “ paso” un majestuoso balanceo Figuras y hechos del Antiguo y Nuevo Testam ento repre­
que parece infundir vida a las imágenes. sentando personajes romanos, de Antioquía, de Israel. Carrozas
conduciendo a Salomón (189-190) escoltado por esclavos al rey
Así circulan lentamente las Cofradías procesionales de Se­ Asuero, a la reina E sth cr, a Clepoatra (198-199), a Nabucodono-
mana Santa por las angostas callejas, en cuyas encrucijadas suena sor. Jinetes en espléndidos caballos (192 a 195), representando a
a intervalos el agudo canto de la saeta, cante jondo religioso que Nerón, Mahorna, A lejandro. Atila y otros muchos.
entonan con agudas voces espo ntán eos esp ectad o res. T o d as hacen
la estación de la catedral, por cuyos ámbitos se extienden cual U na gran carro za representa el Triunfo del Cristianismo (196
la riada saliendo de estrechas barranqueras al ancho llano. E s 197), en el que un ángel en alto levanta su flameante espada sobre
aquí, lejos del bullicio callejero, cuando las Cofradías, en su lento un grupo de demonios, entre los que figura Lucifer encadenado,
desfile, adquieren todo su sentido religioso. Cruzan bajo las altí­ todos ellos con culebras rodeando el cuello. Escoltan la carroza
simas bóvedas del anchuroso templo, desde la puerta de San M i­
nutridos grupos de ángeles y arcángeles con grandes alas de plu
guel a la de los Palos, y cumplido este esencial deber regresan
mas de seda (191) y túnicas de delicados colores.
a sus capillas.
Centurias de romanos muy bien caracterizados nazarenos, por
MÁLAGA-CUEN< A-ZAM0RA taestandartes con enormes banderas que ondean aclamados por el
público completa el brillante cuadro, en que rivalizan en lujo y
Com parte el prim er rango con Sevilla por el esplendor de sus propiedad todos los personajes que en él toman parte.
procesiones la ciudad de M álaga. Tiene también su especial estilo.
Son ordenadas y deslumbradoras, son más densas y quizá más E n tre los largos intervalos que dejan “ pasos” y carrozas,
ostentosas. Díganlo si no Cofradías com o las del Cautivo, con sus los jinetes lucen sus habilidades haciendo caracolear y empinarse
blancos penitentes portando gigantescos cirios, y el monumental a los caballos, entre los clam ores de la m ultitud
“ p a s o ” de L a Cena, llevado a hom bros de 180 H o m b res
de Trono vestidos con túnica y fláccidos capuces, que m arcan el Al final de las cabalgatas que presentan las dos Cofradía?
paso rítmicam ente bajo el enorme peso, que reparten sobre aquella van los Pasos Blanco (186-87) y Azul (188) con ricas imágenes
m asa hum ana sus seis larg as v igas. L a s D olo rosas llevan ta m ­ sobre suntuosos tronos bajo riquísimos palios y cubiertas por los
bién espléndidos mantos y se alumbran con grandes y complicados
mantos más espléndidos que imaginarse pueda, de finísimo borda­
cand elabros (165-171 a 1 7 3 - V I - V I l - V I I I ) .
do que las m ujeres de L o rca van bordando pacientemente a punta
de aguja, sin que quede al descubierto un solo milímetro de la
No le van a la zaga las monumentales procesiones de Córdoba
y Z am ora, con sus formidables “ paso s" que la fe de aquel pueblo enorme superficie.
renueva, valiéndose de nuestros más diestros imagineros del día
Aquí, lo mismo que en C artagena y que en Cieza y otros
(176 a 181-185-V ).
sitios de Levante, los '‘ pasos” son llevados sobre ruedas, lo que
E n Cuenca también existe una antigua tradición de H erm an­ se intentó hacer arraig ara en Sevilla, sin conseguirlo. En Lerante
dades, transform adas hoy en Cofradías procesionales. Son los a n ­ la cosa es diferente; estas procesiones son más bulliciosas y el
tiguos gremios que agrupaban a hortelanos bajo la advocación del g raderío de las velas se sostendría mal entre aquellos clamores.
“ paso” de la Oración del H u erto ; a los albañiles y canteros, bajo Se impuso el alumbrado eléctrico, y es curioso ver a cada Cofradía
el de Cristo atado a la columna, y así otras muchas. encuadrada en su circuito de flexible que obliga a conservar dis­
tancias, exigiendo un rígido orden, que de otro modo sería difícil
Los “ paso s" son conducidos por penitentes con capirotes que conseguir del temperamento levantino. L a procesión es así un ascua
m archan al descubierto (170), imprimiéndoles un fuerte balanceo. de luz que diestros y veloces portadores de larguísimos cables sc
Cóbrense con telas de pesados terciopelos que les obligan a des­ encargan de m antener con las instalaciones dispuestas al efecto en
cubrir con frecuencia sus rostros, sobre todo a los de más abru­
todo el recorrido.
mador trabajo que llevan las imágenes, los pesados estandartes y
las banderas (160). No suelen llevar cirios y sí varas terminadas
en fanales de cristal que protegen las luces (159-161). Las túnicas
de los penitentes terminan en larguísimas colas.

E n Madrid, las procesiones de Semana Santa adquieren cada


VII
dia m ayor esplendor. N ota curiosa son los hábitos que visten los
tres niños cantores que en la procesión del Viernes Santo en las REPRESENTACIONES RELIGIOSAS
Salesas Reales representan a las tres M arías (174).

L evante E ntre las representaciones religiosas más famosas de España


hemos de contar el M isterio de Elche, I,a Loa y Auto de la Al-
Las famosas procesiones acompañadas de cabalgatas bíblicas berca, los bailes de los Seises de la catedral de Sevilla, las P a ­
que por Semana Santa tienen lugar en L o rca están organizadas siones que se representan en Olcsa y Esp arraguera de la región
por dos Cofradías o Hermandades denominadas de “ Los B lancos” de M ontserrat y las cabalgatas bíblicas que acompañan a las pro
y “ Los A zules”.
cesiones de Semana Santa. Los rom arces de los huertanos de L e ­
vante, que aún perduran, y las comparsas de pastores c.ue en la
La que dió origen a la de los blancos estaba formada por
cien nazarenos y tiene tradición muy antigua. L a disolvió, en 1766, Misa del Callo acudían a los templos a adorar al Niño Jesús,
el C orregidor de L o rca con motivo del famoso bando de Esqui­ que han persistido hasta no hace mucho en los pueblos de Castilla
ladle prohibiendo los grandes sombreros y las largas capas, impues­ y le ó n , también pueden incluirse en el genero de representado
tos por la moda. nes religiosas.
E l M i s t e r i o d i: E l c h e m ortuoria, conduciendo aquélla al centro del trono. M ientras tanto
desciende otro pequeño trono con la Santísima Trinidad, que queda
E l m ás interesante y curioso parece ser el M isterio de Elclie, suspenso en el espacio, al tiempo que sube el “ A raeeli” con la
dram a de carácter sacrolirico, cuyo libreto, según la tradición, fué imagen, que queda detenida a la misma altura.
traído dentro del arca en que por m ar vino a Elche 1?. imagen de
la Virgen en 1370, época en que las representaciones dentro de A parcce en este momento Santo Tom ás, que llega de largo
lo? templos eran frecuentes. viaje, y al ver a la V irgen subiendo al Cielo rompe en cánticos
dirigiéndose a E lla, m ientras una corona cae sobre las sienes de
E l dram a religioso siguió representándose en Elche, a pesar M aría, a los sones del órgano, que llena de melodías el amplio
de la prohibición que las autoridades religiosas dietaron en el mun­ templo.
do entero sobre esta elase «1c actos.
A ctores y público entonan juntos la Salve, terminándose a<:
L a disposición arquitectónica del soberbio templo de Santa la representación sagrada.
M aría, donde ><.· representa, hace pensar en que sn autor lo pro­
yectó ya teniendo en cuenta las representaciones que con la deno­
minación de “ Misterio de la Muerte, Asunción y Coronación de L a L oa y E l A u t o d e i . a A l b e r c a
la V irg en ” fueron al fin autorizadas por disposición excepcional
tic Roma. E l 16 de A gosto y después de celebrarse el solemne ofer­
torio de la Virgen, el día de la A sunción, tiene lugar en la A i-
E l drama se compone de dos actos, que se celebran cada uno berra y sobre un tablado improvisado frente a la escalinata de
en las tardes del 14 y J5 de Agosto. la iglesia, la representación por los mozos del pueblo de la L o a
Los actores son elegidos cada año entre los de voces más y al Auto, piezas del teatro religioso español que con el M isterio
adecuadas, y el dram a se representa sobre un gran tablado situado de Elche, son casi las únicas que perduran.
en el crucero del templo y bajo su soberbia cúpula, elemento esen­
L o a y A uto en la fluida versificación, son representados por
cial para la representación.
el Demonio, el A rcángel, el gracioso y los Galanes. Comienzan
I-os personajes son, r.deniás de la Virgen M aría, los doce con una parte de canto celestial, comentan la alegría del pueblo
Apóstoles, los judíos, cuatro ángeles que componen el “ A raeeli" e ironizan con las mozas que presencian la función. E l Demo­
y el grupo de los tres personajes que componen la coronación, a nio (229), principal personaje, invoca todas las furias contra M a­
m i? de grupos diversos de angelillos. ría y acaba por ser expulsado por el A rcángel.

Los actores del M isterio esperan en la inmediata erm ita d<" L a presentación del Demonio es lo más espectacular de la
San Sebastián a que los “ Caballeros E le c to s" los introduzcan en representación. A parece montado sobre un dragón de siete ca ­
la iglesia, lo que hacen ya vestidos para el dram a y acompañado* bezas de primitiva ejecución popular, el que se desliza por una
<:cl clero. ram pa vomitando fregó a fuerza de cohetes y petardos de que
va bien provisto. En esta aparición, el Demonio recita lo si­
En el primer acto c! retablo representa el H uerto de G ctsc- guiente :
nianí, donde M aría, arrod illad a canta sus dolores por la Pasión
de su divino H ijo , echándose después en el lecho disponiéndose
a m orir. E n ese momento desde la bóveda de la iglesia desciende E sa voz que a mis oídos
una gran esfera dorada, que se entreabre, saliendo de ella un ángel M e resuena tan veloz
que cantando se dirige al lecho de la V irgen con una palma que Me arrebata los sentidos
le envía el Señor, la que besa y coloca sobre su cabeza. Y me llena de pavor
¡V o z que imploras mis servicios
L a Virgen pide entonces que se acerquen los Apóstoles para
Ven a este puesto veloz
acom pañarla en su muerte y enterrarla después. E l ángel, en nom­
Que entre las nubes y el viento
bre del Señor, concede c ito a la V irgen, y retorna al cielo. L a
ascensión se simboliza elevándose de nuevo dentro de la bola do­ T e espero en esta ocasión.
rada, que va cerrándose a medida que asciende. T oda esta escena Sal pues que Luzbel te llama
se desenvuelve en medio de agudos cánticos del ángel acom paña­ Con agitado rencor
dor por el órgano. Lucvan rayos y centellas
Tiemble el mundo a n i valor
A parece en seguida San Juan, que llama, cantando, a los otros
Vom ita ya vil serpiente
Apóstoles, los que van llegando en diversos grupos entonando o ri­
I.as iras de mi corazón.
ginales y variados cánticos (201).
Rodean a la V irgen en su lecho de muerte entonando en coro
L as P a s io n e s
una Salve mientras la Virgen muere. I-a recogen los Apóstoles
y la dan sepultura, quedando en el lecho la imagen con la m as­ E n algunos pueblos de las estribaciones de M onserrat du­
carilla de la muerte. A parcce en este momento el “ A raeeli", áureo rante los días festivos de Pascua antes de la Semana Santa se
trono ocupado por cuatro ángeles, que entonan celestiales cantos, celebra con toda propiedad y realismo el dram a de la Pasión del
dando paso a un sacerdote, que recoge el alm a de la V irgen, sim­ Señor por los vecinos de la localidad.
bolizada en una diminuta imagen, que conduce al cielo. E l primer
acto termina, desfilando los actores en eomitiva hacía la erm ita de E sta costumbre perdura principalmente en los pueblos de E s ­
San Sebastián, de donde salieron. parraguera y Olcsa. E s lástim a que estas representaciones no se
celebren al aire libre y ante los magníficos escenarios de aque­
Al día siguiente idéntica comitiva se traslada a Santa M aría
lla grandiosa naturaleza, recluyéndose en lugares cerrados, como
para la representación del segundo acto.
hoy sucede.
Sobre el lecho está yacente la imagen de la Virgen con la
m ascarilla m ortuoria. L a rodean los Apóstoles, que entonan la L a Pasión de E sp arraguera tiene por origen las representa­
Salve, seguida de otros cánticos. Oj'ense rumores, y aparecen los ciones que se realizaban en la plaza del lugar bajo los cober­
judíos en tropel. Vienen a robar el cadáver de la V irg en ; llegan tizos de los canteros que trabajaban en la erección de su gran­
hasta el escenario, parece que van a lo g rar su propósito y repen­ dioso templo a mitad del siglo x v i. E n aquella época la Abadía
tinamente quedan inmóviles. Ante el m ilagro, se prosternan e im­ de M onserrat era dueña de extensos términos, comprendiendo el
ploran perdón. Entonces, San Pedro, rociándoles con un hisopo, de Esp arraguera.
vuélveles el movimiento, tras lo cual humildemente be«an las san­ E stas representaciones estaban patrocinadas por los diferen­
dalias de la V irgen muerta. tes gremios existentes en la industriosa localidad. E n 1792 el P a ­
Entonan los Apóstoles y judíos un solemne concertante, y se­ dre Antón Jerónim o versificó estas representaciones, que se rea­
guidamente se celebra el entierro, al que asisten todos los actores lizaron, desde entonces, en locales cerrados. Sufrieron di­
y el clero. Durante el sepelio desciende el “ A raeeli” con el alma versas interrupciones, principalmente durante la primera mitad
de la Virgen, quitándose entonces a la imagen yacente la careta del siglo x i x .

28
Actualmente, y con la. adición de coros y orquesta en al­ traje talar. Los de Sevilla llevan trajes a modo de pajecillos
gunos de sus cuadros, han aumentado en interés y atractivo de confeccionados con ricas telas de damasco, cuyos colores
tai modo que pueden seguirse sin fatiga sus cincuenta y siete varían según la festividad en que se emplean. Danzan en la C a ­
cuadros con una duración de cinco horas y en los que intervienen tedral ante el altar m ayor, en presencia de S. E . el Arzobispo,
m ás de doscientos actores. componiendo las figuras m ás diversas y entonando primitivos vi­
Durante los cuatro siglos que estas representaciones vienen llancicos al son de las castañuelas que todos ellos llevan (223-
X V III-X IX ).
succdiéndose, los papeles de los principales personajes han e s ­
tado por frecuencia vinculados por largos períodos en miembros
de la misma familia transmitiéndose por herencia a través de di­
versas generaciones.

Como en tantas otras manifestaciones de la vida cultural V I I I


de Cataluña es ésta una de las que m ás ponen de manifiesto
el espíritu de cooperación existente en aquella región, ya que
estas representaciones de la Pasión organizadas a base de una DEVOCIÓN POPULAR
selección entre la inasa trabajadora de la localidad están lo­
gradas con un buen gusto y acierto en todos los detalles y A t u e n d o s r e l ig i o s o s
ademanes de sus actores, siendo extraordinariam ente acertado
el concepto de la composición, colorido e iluminación que han En la indumentaria popular española los trajes para asistir
tenido a través del tiempo los directores de tan complicada
a ceremonias religiosas tienen especial importancia. Bodas, bau­
rep resen tació n (2 0 9 a 2 1 7 - X V ) .
tizos, entierros y funerales son los actos para los que los habi­
Las representaciones de Olesa están también montadas con tantes de pueblos y aldeas reservan sus mejores y más cos­
todo lujo y propiedad, tomando parte en ella gran número de per­ tosas prendas. Los actos religiosos son, por otra parte, los que
sonajes (206 a 208), que la ejecutan con el m ayor fervor. No más han contribuido a conservar el indumento popular español,
hace muchos años fueron celebradas al aire libre. Actualm ente pues en lugares donde éste ha casi desaparecido del uso co ti­
se representan en espacioso teatro provisto de amplísimo escenario. diano, aun lo conservan las más ancianas del lugar para ¡r a
Estas Pasiones son poco conocidas en España, fuera de C ata­ misas y rosarios (247 a 249).
lu ñ a; desde luego mucho menos que las famosas de Ober-
ranmergau. E l A lto A ragón y La A lberca son los lugares en que para
asistir a la iglesia vístense sus m ujeres con los más impresio
nantes trajes que pueden verse en el atuendo popular español.
R o m an ces Parecen muchos de ellos concebidos especialmente con un alto
sentido religioso.
También son dignos de mención los romances, a que tan
aficionados son e:i Levante, y sobre todo en las huertas de M ur­ E n el traje ansotano, el femenino para entierros y fune­
cia y L o rca, en las que el sentimentalismo popular concentra rales (240) es el más solemne. El que usan para asistir a misa
su atención en las escenas más tiernas de la Pasión, tales como (241) más sencillo, con negra falda y blanca mantilla con su
la despedida de Jesucristo a su M adre, así como sus padecimien­ jí rail borla o recato, es enteramente un traje monjil. Niñas, m o­
tos, relatados en versos. zas y viejas tienen sus prendas y colores especiales para asistir
a las diversas ceremonias (240 y 241 títulos cambiador).
Estos romances son recitados la noche anterior a jueves
Sanio en los largos recorridos de los V ía Cruris del lugar, du­ E l traje de vistas de L a A lberca (219) se viste ya sólo ei>
rando hasta la madrugada. T ra s de cada huertano recitador se
raras ocasiones. Se trata de un traje de hechura talar, de te r­
agrupa un nutrido conjunto de gentes de toda clase, recorrien­
ciopelo galoneado, que se completa con el adorno de pesados
do reunidos las estaciones, ante cada una de las cuales recita
collares con toda clase de medallas, relicarios, amuletos y C ris­
el romance adecuado. L a letra ingenua de estas composiciones
no está escrita en parte alguna y se transm ite de generación en tos, que cuelgan en profusión por ambos lados. O tras cúbrense
generación como un patrimonio de cada familia, que se confía además con el gran manteo llamado vemíicscno.
exclusivamente a la memoria.
Contrastando con estos complicados indumentos, las mujeres
E n Castilla, donde también existieron costumbres parecidas, del Sur asisten a la iglesia ocultas bajo el simple y ligero cobijo
se han extinguido casi totalmente, y sólo perduran en algunos (242-243), cruzando las calles de V ejer y T arifa más oculta? aún
lugares en form a de romances cantados. que si fueran árabes.

E n los valles navarros sólo perduran los trajes conservados


Los S e is e s de la C a te d ra l de S e v illa para asistir a la iglesia, y así podemos ver a las devotas de ios
valles de A e/.coa y Salazar, con ccstillos de cera y rosarios, cu­
L as danzas y cautos de los seises de la Catedral de Sevilla biertas con mantillas negras y vistiendo aún los corpinos y picha­
constituyen, por su rareza, uno de los atractivos que el ceremo­ das faldas (250).
nial religioso de la ciudad ofrece al visitante.
H ay trajes populares de Cofradía, tales como los quo se usan
P arece que el origen de esta extrañ a costumbre proviene de
en algunos lugares de la provincia de Kuelvn, como Puebla de
los primeros tiempos del cristianism o y de ceremonias religiosas
que se celebraban en las catacum bas de Rom a, donde niños ves­ Guzmán, y más al N orte, en Jabugo y Cortesana. Los de P u e­
tidos de ángeles bailaban ante el A rca del Sacram ento. bla de Guzmán son muy lujosos, como do gentes pudientes, qui­
en sus tiempos fueron Jas cofrades de la Virgen de la Peña,
Perduraron en las catedrales de Sevilla y Toledo durante la erm ita encaram ada en u ra roca a alguna distancia del lugar. P o r
Edad Media, en la cual ya recibieron el actual nombre de seises ello, los cofrades se trasladan el día de la Virgen en vistosas g ru ­
por ser seis el número de los que entonces actuaban y que poste­ pas. T al vez a ello es debido el corte de amazona de este fastuoso
riormente se ha elevado a dic.’:. traje de terciopelo galoneado, cuyo corpino cierran hermosos bro­
Existieron primeramente en la Catedral de Toledo de donde ches. Cubren su cabeza altos sombreros de copa con grandes plu­
San Fernando los llevó a Sevilla después de la reconquista de la mas, que colocan sobre blancas mantillas de delicado encaje (254).
ciudad.
O tras prendas populares de sabor religioso y muy caracte­
H oy sólo se conserva totalmente este ceremonial en la rísticas en la región son los collares de oro con grandes Cristos
Catedral de Sevilla y durante la O ctava del Corpus, la Inm acu­ en el centro (234-235), que llevan en Ibiza todas las mozas cu sus
lada y el T riduo de Carnaval, pues en Toledo sólo toman parte trajes de gala como ui:a santa obligación. Estos collares, co n ­
estos seises en los cánticos de su capilla y van vestidos con feccionados con arreglo a un patrón único por los orfebres del

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iujjar sólo difieren entre si, por el número de vueltas que cada M is a s y O f i c i o s d e a l i >ea
-.lita puede llevar, que dependen de las posibilidades y rumbo de
cada familia y constituyen lina parte importante del dote de las “ La campana a p r c m ü ; la fauce negra del templo trag a vie
lijas. jecitas devotas y hombres que quieren reposar sobre el banco;
la nave está fresca y sombría, trasudando incienso y olor de al-
L a m antilla es de un empleo general y casi siempre tiene una bahaca. y tras el negro barandal del coro asom a pintada en tene­
borla, que cae sobre la frente, unas veces diminuta, como en N a­ broso lienzo la cabeza de un santo, y el órgano apunta a los fan­
varra y los pueblos zam oran os, otras veces, de gran tam año, para tasm as con la escala de sus negros flautines; allá en la vanguar­
recatar el rostro, como e:i A n só . E s generalmente negra (244), y dia de la devoción figura la vieja más rica d d pueblo, que hasta
con frecuencia blanca, como la graciosa mantellina de L ag artera rezando g ru ñ e; más acá, las buenas m ujerucas de rostros plá­
(336), o las que llevan las ansotanas (240-241). En Lagartera cidos y como encogidos bajo el manto, y los palurdos, en cuyos
usan a diario para la iglesia, bien el pañuelo (239) o el cubrepiés, rostros se burla con extraños resplandores el brillo de los le­
que es una falda plegada de modo especial sobre la cabeza (245). janos cirios, y el sacristán sábelotodo, y el avaro que vive a la
Las de L a A lberca llevan una mantilla de encaje (219.) o el gran luz de la iglesia por no g astar la de su casa, y el viejecillo di-
manto que llega hasta el suelo. cliarachero, y los rapaces avisados, que, moco al aire, se sienten
E n algunos pueblos de la Riuja, A lava y N avarra es fre­ encogidos por la dulce presión de un desconocido respeto.
cuente ver a las ancianas vistiendo aún grandes mantos de luto La voz del cura plañe en el pulpito, alargando a voluntad las
(248). E n el Roncal visten mantillas muy lujosas de variados co­ sílabas...*’ (L . de S áa.) (255).
lores, haciendo juego con el traje. Y la más lujosa mantill?.
popular es sin duda la de Candelario (246), colocada sobre e'i
alto moño de picaporte, después de rodear el rostro con blanco Rocío
pañuelo de seda.
1.a erm ita de la Virgen del Rocío, la Blanca Palom a, como
E n tre los hombres no existe u ia tan &ran variedad en los los andaluces la designan, es un blanco santuario situado en me­
trajes de iglesia. En las fiestas solemnes vistensc los trajes c o r ­ dio de los extensos a r e ales de las marismas del Guadalquivir, en
tos de color negro, con tus pesadas capas y sus grandes som­ la provincia de Huelva.
brero*.
Según la tradición, la imagen, que permanecía oculta para
librarla de profanaciones durante la invasión sarracena en un bos­
E l O f e r t o r io d e A lberca que denominado L a Rocina, apareció a un cazador en el tronco
de un árbol.
El 15 de· A gosto, fiesta de la Asunción, se celebra en este
típico pueblo serrano salmantino, esta tradicional fiesta. E ste bosque de L a Rocina distaba unas tres leguas de A l-
inonte, pueblo el más próximo. E l asombrado cazador cargó la
Después de la fiesta religiosa celebrada en la parroquia, la imagen a sus espaldas, encaminándose a la iglesia del citado lu­
Virgen es trasladada procesionalincnte a la plaza del pueblo, donde gar. A los pocos kilóm etros quedó rendido por la fatiga y se dur­
be la deposita sobre pequeño altar (218). 1.a procesión va prece mió. Al despertarse vió con asombro que la V irgen había des­
dida por los danzantes con el típico traje serrano y acompañada aparecido. P o r si lo ocurrido era sueño, regresó presuroso al
de los mayordomos (257) y de la Comunidad de dominicos del ve lugar de la aparición, donde encontró a la V irgen en el mismo
ciño convento de la Peña de Francia. tronco del que ya no dudaba la había antes sacado. C orrió presu­
Una vez en la plaza, parejas de ofertantes ataviados en o ca­ roso a Almonte, relatando lo acaecido.
siones, con el formidable traje de vistas, se aproxim an a la Religiosos y vecinos del lugar no vacilaron tn interpretar
Virgen, se arrodillan ante Ella (219) y depositan su ofrenda. Los que era bien manifiesto el deseo de la V irgen de que no se
danzantes tejen sus afiligranadas danzas ante la V irgen, en me­ moviera su imagen de aquel sitio, por lo que decidieron levantar
dio del estruendo de petardos y cohetes y la procesión se organiza sobre el mismo tronco del árbol una capilla donde guardarla.
de nuevo para el regreso a la iglesia.
E ste es el origen de la erm ita de la Virgen del Rocío, así
llamada por el nombre del bosque de L a Rocina, donde apa­
P r o c e s io n e s reció.
Con ostentosos adornos, cubiertos busto y cabeza con pañue­ Desde que se fundó la capilla, la veneración a la Virgen ha
lo s de flecos, va:i las ibicencas a las procesiones, llevando ellas venido en aumento. Junto a la erm ita, y desde muy antiguo, al
a las santas y ellos a los santos. Conducen las imágenes en j>osi- parecer desde 1635, se establecieron ermitaños, que fomentaron
ción baja, formando armoniosos grupos (234). P o r Semana S an ­ el culto a la sagrada imagen.
ta, para conducir a la Dolorosa, colocan se mantillas hlancas re­
Poco después se fundó la Hermandad de Almonte, y su­
bordeadas de negras bandas de terciopelo (235).
cesivamente lo fueron otras en diversos lugares, y así nacieron
De modo parecido son conducidas en L ag artera cuando en el entre otras las de Palos de M oguer, Villamanrique, L as Pilas,
lugar se celebra la fiesta de la V irgen de A g o s to . Más té ­ L a Palm a, Sanlúcar, y más recientemente las de Triana, Um
tricas y obscuras suelen ser las procesiones en los pueblos de C as­ brete y Coria del Río.
tilla, en las que hombres cubiertos de negras capas forman la
escolta del Crucificado al regresar al templo, va caída la tarde Todas ellas y algunas otras m ás lejanas acuden cada año,
a últimos de mayo, en interminables caravanas, recorriendo en
(232-2*3).
varios días los casi impracticables caminos que a través de are­
nales conducen desde varios lugares hasta el santuario.
C f. ras
En cabeza m archa la carro za del Simpecado, denominación
En todas las regiones de España perdura la costumbre de que dan las Hermandades a sus estandartes de la V irgen, a
llevar ccra.s a la iglesia en un canastillo o bandeja, o bien senci­ causa de la leyenda que llevan al pie. Rivalizan en lujo la de
llamente arrolladas. En los altos valles de N av arra usan pequeños las diversas H erm andades; tienen form a de templete sobre co ­
cestillos, en los que se ocultan los rollos, saliendo los dos largos lumnas, y éstas son de plata (266) en las m ás ricas. T ra s la
extrem os (250). E n Ansó son pequeños carretes, que van des­ carroza del Simpecado va la caravana de blancas carretas ( X X ) ,
arrollando y que colocan directamente en el suelo (240). En otras tiradas por pesados bueyes, muy adornados con lujosas y g ran ­
regiones de N avarra, como Berastegui, se emplean largas velas, des cinchas y con altísimos y vistosos frontiles. Las carretas,
colocadas en una espccie de pulpitos, más o menos complicados alegres y vistosamente decoradas, muestran sus racimos de mu­
(251), y también m adejas planas de cera sobre el sucio. En 1.a- jeres ( X X I ) y sueltan por la embocadura de sus grandes toldo?*
t^artera son enormes mazos con abundante cora (244) o gruesos la algarabía de cantos y el repiqueteo de los palillos y panderetas
•irios en sus ciriales (249). que llevan dentro-
Eti León en lugares como Costra Contrigo lleva» largos cirios Recorriendo de un extrem o a otro la interminable fila van
en cestos que colocan en el suelo encendiéndolos dentro de los los jinetes en andaluzas jacas, caracoleando entre las carretas
: n¡ -'inos (230-231) y llevando a la grupa la pareja elegida (262).


Tocando al fin la larga caminata, se llega a lugar próximo Kste afán de la representación trágicamente humana ele C ris­
a la ermita, y entre pinares se entregan al descanso m ientras las to se extiende de N orte a ¿ u r por toda la Península E l do
Hermandades se concentran para el desfile. LeiO con su lívida faz y abundante cabellera, que la devoción
Este comienza por la Hermandad de Alinonte, la que. des­ popular ha compuesto en exceso, es otra de las más tétricas im á­
pués de humillarse ante la V irgen, deposita su Simpecado. F o r ­ genes del Crucificado, no tanto, sin embargo, como el descon­
man tras el Herm ano M ayor en fila ante la puerta del santuario, solado semblante, áspero y rudo, que, agobiado bajo la cruz y la
enorme corona de espinas, talló Juan de Mesa para la famosa
que permanece abierta mientras dura el desfile, colocando en el
centro la gran bandera o guión «le la Hermandad, conducida por Cofradía sevillana del Jesús del Gran Poder (158V
inconfundibles almonteños.
Nadie ha superado a los tallistas españoles cu las represen­
A continuación van desfilando las otras Hermandades, pre­ taciones de Cristos y Dolorosas. Los siglos x v i y x v u son los
cedidas de sus jinetes con banderas y estandartes. Depositan en de mayor apogeo de nuestra escultura religiosa. Gran número de
la erm ita sus Simpecados y pasan saludando a la Virgen, ante templos se levantan por toda la Península que pareccn dispuestos,
la que se arrod illan , incluso los jinetes con sus ja c a s v hasta lo* casi exclusivamente, para cobijar complicados y enormes retablos,
toros de las c a rre ta s. T o d o al son de las flautas y de los tam bores. dorados, inmensos, como en parto alguna del mu;ido e x i ^ n . Abu- -
daban entonces los encargos de Cabildos y Obispos. En los ta ­
Term inado el desfile, acampan en los lugares que cada H e r ­
lleres de fíerru;'uetc, Hernández Montañés, Cano, Mesa, Roldan.
mandad tiene desde siempre acotados junto a las casetas de su
Mena y muchos otros, formados en ¡as escuelas en tellana y an­
propiedad. Los jinetes dedícanse a vistosos recorridos, entre los
daluza, no cesa la actividad creadora.
arenales, con sus parejas a la grupa. E n las casetas reúnense
para el baile y para el canto. Las prim eras canciones son para la
Valladolid y Sevilla son los emporios del arte de estos ima­
Virgen (263). Son seguidillas ro d eras las que con agudas y sen­
gineros españoles, que dan al pueblo una clara lección de m ís­
timentales voces entonan los romeros acompañados del tambor
tica. Después de los grandes retablos son los pasos procesiona
y la flauta. Cantan a su Blanca Palom a, ponderándola sus be­
les que salen de las iglesias a ponerse, en contacto con las mul­
llezas, sus m ilag ro s; le cuentan las penas de sus am ores, los dolores
titudes, conducidos por las Cofradías, cuyo auge es cada día
familiares, y acaban implorándola toda clase de inverosímiles favores.
mayor. P a ra satisfacer sus encargos, más de 200 imagineros tr a ­
En la penumbra de la erm ita grupos de romeros se suceden bajan febrilmente en los talleres sevillanos en los siglos x v i y
devotos ante la V irgen. Mozos de rostros alucinados consumen X V II.
sus cirios arrodillados hasta sentirlos extinguirse al cabo de las
lioras sobre las palmas de sus manos. L a cera se amontona eu Montañés es el astro de primera magnitud, y su Cristo de
llam aradas caldeando los ciriales de forjado hierro (259 a 261- la Clemencia es juzgado como la obra cumbre de la escultura
X X II). religiosa. O tras figuras del Crucificado dan nombre y fama a
Pero el fervor sube de punto y llega al paroxism o cuando muchas de las Cofradías sevillanas, como la del Calvario (168),
al dia siguiente es sacada la imagen en procesión. Se apiñan, se a rre ­ cuya serena imagen, tallada por Ocampo, sería digna de la gubia
batan las andas, todos quieren conducirla sobre sus hombros. Y la de sus contemporáneos Montañés y M esa, y la violenta y barroca
santa imagen camina sobre las cabezas de aquella multitud enfebre­ del Cristo de la E xpiración, obra de Ruiz Gijón (169), por no
cida, que a pesar de todo, realiza el m ilagro de que vuelva a su e r ­ citar más que dos de las joyas que se guardan cu las iglesias
mita sin que ?e descomponga ni «no solo de sus adornos. sevillanas y en las capillas de sus Cofradías.

Más tarde llena el siglo x v m el último gran artífice de


los grandes pasos procesionales, el levantino Salcillo. que aban­
IX dona la carre ra religiosa para atender el taller de escultura de
su padre muerto. Pronto se hace famoso con sus barrocos pasos
llenos de humanidad y ternura como la famosa figura, del ángel
IM Á G E N E S que consuela a Cristo en la Oración del H uerto (184).

El afán de contemplar a Cristo sangrante en toda ¡>u tr á ­ U na imagen singular del Crucificado es la de la mudejar
gica realidad es peculiar de la devoción española. Y a a Teófilo capilla que junto al T a jo se encuentra en las afueras de Toledo,
Gautier, en su viaje por España, realizado en 1840, no dejó de cuyo brazo derecho cae desclavado del madero (155), según la
sorprenderle este alucinante deseo. E l Cristo de Burgos (156) le conocida leyenda del Cristo de la V ega, p ara dar fe ante el juez
impresiona profundamente, y escribe en su conocido libro: " E l y la am ante abandonada de las promesas del infiel soldado.
célebre Cristo tan venerado en Burgos, y que no se puede ver
sino después de encender las velas, es un ejemplo sorprendente
de este extraño g u sto ; no es de piedra ni de m adera pintada;
es una piel humana — así dicen, por lo menos— rellena con mu­
cho arte y cuidado. Los cabellos son de v erd ad ; los ojos tienen X
pestañas; la corona de espinas es de escaram ujo y no le falta
ningún detalle. N o hay nada más lúgubre ni más impresionante
que este Crucificado con un falso aspecto de vida y su inmovili­ T O R R E S
dad de m uerte; la piel, de un tono rancio y de hollin, aparece sur­
cada de unos largos hilos de sangre, tan bien imitado«., que
La torre y el castillo caracterizan la silueta de los pueblos
parece efectivamente que manan.
españoles. T orres y castillos se agrupan con frecuencia como
No es preciso un gran esfuerzo de imaginación para dar viejos amigos que en otros tiempos tuvieron necesidad el uno del
crédito a la leyenda de que este m ilagroso Cristo sanara todos otro. E l amigo castillo es ya una ruina, un andrajo innecesario
los v iern es...“ en el mundo de hoy. P o r eso, en los pueblos, como a los viejos
Unaniuno también se sobrecoge contemplando otros Cristos abandonados, sólo desean no verlos sobre la tierra, y para ello
nada m ejor que despanzurrarlos y convertirlos en cantera. La
«le España y el del convento de Santa C lara, en Palencia, 1c ins­
pira tenebrosos versos al que él llama “ E l Cristo Formidable de torre es ya otra co sa ; por casi todos los lugares, aunque cargada
esta tierra *’ : de años, se mantiene en pie

' E ste Cristo español que no lia vivido En muchos pagó cara su amistad con el castillo De tanto
negro cual el mantillo de la tierra, quererle, la contagiaron sus la cras; y es que siempre se pagan
yace cual la llanura, horizontal, tendido, las malas compañías. Y así vemos que donde torre e iglesia se
sin alma y sin espera, encaram aron en el cerro para ponerse al cobijo de muros y ¡li­
con los ojos cerrados cara al ciclo, meñas, los vecinos del lugar acabaron por abandonarlas.
avaro en lluvia y que los panes quema,
y aun con sus negros pies de g arra de águila Los más rezadores bajo sus bóvedas fueron envejeciendo; la
querer parece aprisionar la tie rra .” cuenta era cada día más penosa; el pueblo vería bajandose hacia

3[
d llano, junio a la carretera, donde alineaba sus vulgares ca¿a£, pre amplios horizontes. En las lejanías, sobre pelados cerros, se
y allí arriba quedó, sola, la torre, aún en pie junto al andrajo aprietan los com pactos caseríos, y en la cúspide sois siempre,
del que fué su orgulloso amigo. Los pendientes caminos eran ya iglesia y castillo, las imágenes poderosas del pasado oue nosotros
torrenteras rellenas de cantos, que caían cu avalancha si se inten- queremos siempre aún, contemplar intactas. T al como la neblina
:aba cam inar sobre ellos. N o era tarea para viejos, y la iglesia y la ilusión nos hace veros a lo lejos.
quedó abandonada, pues para los jóvenes era más acogedora la
T orres españolas, hermosas y variadas como las de ningún
taberna del casucho de la carretera
otro país. T orres pesadas y macizas de templos defensivos, junto
:i los cuales se agrupan los pueblos de N avarra. T orres mudeja­
res, de bordado ladrillo, como finas y octógonas columnas de obs­
curo color vino, que decoran las rojas tierras de A ragón (284)
T orres barrocas de los pueblos riojatios. T orres tinas y airosas de
Iglesias encaram adas cu los cerros d e España junto a los delicada porcelana, a que se semejan las de K cija (285 a 286), la
un día orgullosos castillos, como las de Ix>rca por tierras uc L e ­ ciudad de las torres por excelencia. R aras torres aisladas, cual
vante, las de Alcalá la Real y Montcfrío en la alta Andalucía, campaniles italianos, como las de Jerez. Pequeñas torres moras
las que en A ragón trepan por los cerros de Mal tienda, la de A r- de Andalucía, anónimas do siempre, acogotadas por la fama de
tajona metida en E l Cerco (288) un día orgullo de N avarra. T o ­ la colosal Giralda.
das tenéis al lado la ruina de vuestro compañero y ya la ruina se
Y como una losa que quiere acabar con la inagotable gracia
apodera también de vosotras.
de la variedad de torres españolas, las torres herrerianas que ago­
A uji te n é is un c o n s u e lo . Caminando p or las ásperas tierras de bian la arquitectura de los pequeños templos nacidos no hace m u­
r<ta m artirizada España, desde sus altas mesetas, divídanse siem­ cho más de trescientos años.
L Á Μ I N A S
Eremitorio de las Batuecas.
Son Pedro de Rocas. (Golício).
Sa n P *d ro de Roeos. (Galicia),
San Pedro de Rocas. (Galicia).
Erem itorio de C ó rdoba .— Ermita M a y o r
En (as Ermitas de Cordoba.
El Cristo de tos Ermilos.
Ermitaños de C órdoba.
En una Ermita de C órdoba-
Ermitas de C órdoba. - £1 N ich o Vocío.
Corhj|a de Je re z .-F a c h a d o del Templo.
Cartujo de Jerez.
Cartujo de J e re z .-U n Claustro.
iglesia de la Cartuja de Míraflores,
Cartuja de M iraflores, - Profesión de Votos Perpetuos.
M is a en fa Cartujo. - M o m e nto de la Efevadón.
M isa en la C a rtu ja . - C o m u n ió n d e Podres.
Lavatorio en la Cartuja de A ula D q í .
El Deso de lo Trabo del P. Prior.
Cartu¡oí meditando en dio de paseo.
Conducción dil Novicio o Ια crido de Io Cartufa
Ceremonia de posesión de la celda en la Cartuja.
Frugol comido del Cartujo en su celda.
Oración on la celda de la Cartujo.
Monje Cartujo
Cortujo de Aulo Dei. - Hermano Converso en Oración.
Cartii[o de Aufa D e í-- Hermano Converso en Oración.
Los Hermanos Cortujo« en el Refectorio.
Entierro de un Hermono Cartujo.
I. C a r t u jo s en P a seo .
C e m e n te rio d e Ια C a rtu ja
Refectorio del Monasterio de Sta, M.“ de la Huerta. - Soria.
Biblioteca del Monasterio de Poblet.
£1Oauitro <ta Silo».
I

- «Μ

* Zt .

C lau iíro de Silos. - la Virgen de Marzo


El Cloustro de Silos.
Sitos. - Capítoles d d Claustro.
Silos. - El Padre A bad en lo Misa Conventual.
II. B e n d ic ió n de los cam po s.
S ilo s .-C o ro en la Miso Conventual.
Abside del Monasterio de Poblet.
En el Templo del Monasterio de Poblet.
Monasterio de Poblet. - С кгиsiго y Lavatorio.
Monjes de Poblet en lo Solo Capitulen.
Monasterio de Poblet. - Confesión de faltos.
Monasterio de Pöblet. - Confesión de faltos.
Monasterio de Poblet. -C e re m o n io en la Solo Capitular.
Monosterio de Pöblet. - Ceremonia en lo Sala Capitular.
Monje* Bernardos en el Templo
Monjes Bernardos en el Templo.
N ovicio Bernardo.
Novicio Bernordo.
Monasterio de Poblef.-Tarragono.
El Cementerio del Monasterio de Santos Creus.
Ooustro e Iglesro del Monosterio de Poblet. - Torragona.
Claustro e iglesia del Monasterio de Sontas Creus,-Tarrogon a.
Fechada del Monasterio Ciftterciense de la O liva.
Claustro del Monasterio de lo O livo. - N avarra.
Eremitorio de Ια Herrera (Rioja).-Erm íloños С o mo Idu lenses,
Erem itorio de Ια Herrero. (Rioja). - Ermitaño Comoldulense.
Dominicos.
Er d Clawitro de Santo T o m á s.-A v ilo .
III. S a l a m a n c a . — C a p il l a de la V era C ruz.
Dominicos en el Claustro de Sonto T o m á s.-A v ilo .
Bibliofoco del Monasterio do Son Millón, - Rioja.
So crista del Monasterio de Son Millón. - Rio jo.
Monje Agustina de San Mülán.
En el Monosterio d* la Rábida.
Franciscano «n Guadalupe.
Novicios Francisconos en Guadalupe.
En ei Claustro de Guadalupe.
IV . S alamanca .— C atedral.
Claustro de) Monasterio de Guadalupe. - Cáceres.
Monosterio de Guadalupe Сасегез.
Sacristía del Monasterio de Guadalupe.
Son Jgnociode L o y o la .-Guipúzcua.
Loyola.—Consagración de Sacerdotes
к

»·. . л Vs
η . '
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San Ignacio de lo yola. - Consagración de Sacerdotes.
toiso Mayor.
Μ«α Moyor»
Primero Comunión en Alquézor.
Niñas del Sagrado Corazón.
4«*

Hermanos de lo Coridod.
Antiguas Comendadoras del Hospital del Rey. - Burgos.
Monasterio de tos Huelgas. - Burgos.
Profesión ел lo Salo Capitular. - Las Hutlgas
Tomo de hábito de una N ovicia en el Coro.
Abrazo do obediencia a la Rvda. Madre Abadesa después d» lo Profesión.
Profesión Cisterciense en lo Sola Capitular ante la Rvda. Madre Abodeso
Procesión Solemne Conventuol en el Monosterio de Los Huelgas.
Procesión Solemne Conventuol en el Monasterio de Las Huelgas.
Sanlillana. (Santander), - Claustro de la Colegiata.
Estello.-Claustro de San Pedro de la Rúa.
Santiago de Compostela. - Claustro de Sonta Moría del Sar.
Orense.'-Claustro de San Esteban de Ribas de Sil.
Barcelona. - Claustra del Monasterio <Je Son Cugat.
Aragón. - Claustro del Monasterio de San Juan de la Peña.
Soria. ~ Claustro de Son Juan del Duero.
Huesca. - Claustro de Son Pedro el Viejo.
Hueseo. - Capitel de San Pedro el Viejo.
H ue tco.-Clau stro de la Colegiata de Aiquézar.
El Costillo Monacal de Alquézar. ~Hu«ca.
Monos terio Jerónimo del Parral.-S e g o v ia .
Claustro de lo Catedral de Pamplona.
Claustro del Monasterio de Iranzu. - Navarra.
Monasterio Jerónimo cíe Fredesval - Burgos.
Claustro de lo Catedral de Tarragona.
Arrio de Son Martín. - Segovia.
Cloustro м ruinös de Sto. Μ.α de Aguilor de Compoo< - PolerKio.
Claustro en ruinas de Sía. M .° de Aguifar de Cam poo. - Palencia.
A lava.—Monasterio de Quejano.—Sepulcro de los López de Ayala
Catedral de Sigöenza. - Sepulcro del Doncel.
Monosterio de EJ Escorial. .
Sobreda de los Monjes. (Galicio). - Monosterio en ruinen.
Sobrado de los Monjes. (Galicia).-M onasterio en ruinas
Sobrado de los Monjes. - Ruinas de un Claustro.
Sobrado de los Monjes. (Galicia). - Monasterio en ruinas
Sobrado de jos Monjes. - Ruinös de un Claustro.
iglesia del Monasterio de Sobrodo de los Monjes.
iglesia del Santo Sepulcro. - Es te IIa
Sacristía del Monasterio de O sera - Galicia.
León. - Catedral.
Catedral de Toledo.
Ca ted raí de Burgos.
Cimborrio de Ια Catedral de Burgos.
Ca ted rol de Burgos. - Crucero.
Calvo rio y Co ledro I de Segovia.
Abside de to C atedral de Segovia.
Sektmenco. - Cctedrol
V, C ó rdo ba.— S em an a S a n t a . — P a so dei S e ñ o r C R u cm cA D O .
Solo monea. - C a ted ral Vieja.
Catedral d* Avila.
Transcoro de la Catedral de Avila.
Catedral de Sevilla.
Sevilla-Lo Giralda.
Catedral de León.-Apostolado y Virgen Blanca.
Apostolado de la Catedral de Tarragona.
Leó n .-S a n Is id o ro .-E l Panteón.
VI. S emana S anta en M alaga .
Ca ted rol de Santiogo. - Focha da del Obradoiro
Padrón. (Galicia). - Lugar donde p re d ic a d A p ó ito t
Santiago de Compostelo. - t\ A lta r del Apóstol.
Avila. - Pórtico de Son Vicente.
Catedral de Orense. —Pór!¡со de la Glorio
Caled ral de Orense.— Pórtico del Poroíso.
Catedral de Oreme.—Pórtico del Paraíso.
Laguordio. (Alava). - A p ostolado de Santa M aría.
V II. S em ana S anta en M álaga.
Pórtico del M onosferio de Ripoll. -C a to lv ñ o
¿arcg o zd . - El Pik»·
Oroíorio de El Pilar - Zurogoio,
Sonruorío de Covadonga.
lo Grutb de Covodonga.
Sen! Colegiota de Roncesvclfes. - Navarro,
£sco?oriío dff Ια 8eoí Co!egín»a de Roncssvoües
Nuestro Señora de Roncesvolles.
VMI, Se m a n a S a n ta en M á l a g a .
La V irgen de M ontserrat.
Cristo de San Pedro de lo Rijo.-Estella.
El Cristo de lo V*go. - Toledo.
El Cristo de Burgos.
Ante el Cristo de El Pordo
N vtttro Señor iesús del Gran Poder. - Sevilla.
Semana Santa en Cuenco.—Penitentes
Un Penitente en Cuenca.
IX . C o n greso E u c a r ís t ic o de B a r c e l o n a .— B a n d e r a s de C o n g r e g a c io n e s E x t r a n je r a s .
Semono Santo en Cuenca.Paso de las Piedad.
Sem ana Sania en Se v illa .— Una c o fra d ía
Semana Santa en Sevilla.—Uno cofradía
Semana Santa en Sevilla. - Manto de una Doloroso.
Semona Sonto en M á la g a . - M on to de una Doloroso.
Sema no Santa en Sevilla. - Penitentes negros.
Se mo no Sonto ел Sevilla. - Penitente bloncos.
Semana Santo en Sevilla. - El Cristo del Calvario.
X . C o n g reso E u c a r ís t ic o de B arcelo n a.— C o n s a g r a c ió n de S a c erd o tes.
Semana Santa en Sevilla. - El Cristo da la Expiación.
Semana Santa en Cuenca. - Paso del Sto. Cristo.
Semono Sonto en M d fog a. - Paso de lo Dolorosa.
Semo no Sonto en M á la g a , - Unn Cofrodfa,
Sem ana Santa en M á la g a .- L o * hombres d e trono escuchan la Saeta.
la s S a le ia s Reales. (Madrid). - Las Tres M aría s.
Semana Sania en Turégano. - Cofradía de la Doloroso.
Semana Sania en Córdoba.'—Una Hermandad
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X I. C o n g r eso E u c a r ís t ic o de B a rcelo n a.— C o n s a g r a c ió n de S a c erd o tes.


¿ornono Sonta en C ó rd o b a .— Paso de N tro . Sra. del M G yo r D o lo r
*

Semana Sonto en C ó rd o b a .— Paso de Nfrp. Sra. de las Lágrim as


Semana Santa en Córdoba.—Poso del Crucificado y la Doloroso
Semana Santa en C ó rd o b a
Semana Santa en Puente Genil.—Hermandad de Nuestra Señor de la Paciencia
Sevilla —Virgen de la Macarena
La Virgen de Eiche
Lo Oración del Huerto. - Murcio.
X II. C o n g reso E u c a r ís t ic o de B arcelona. — C o n s a g r a c ió n de 8 oo S a c erd o tes.
Semana Santa en Z am o ra.-E l Descendimiento.
Semana Santa en Lorca. - El Paso 8lanco.
lo r c o .- P o s o B la n c o ,- M a n to de la D oloroso.
Semana Sania en Lorca.—El Paso Azul
Semana Santa an torco.-Salomón en so carro.
Semana Sonta en Lorco. - El Manto bordado ds Salomón.
Semana Santa en Lo rca.-G ru po de Arcángeles.
Semana Santa en Lorca. - Personaje bíblico.
X IIL S em a n a S a n ta en L o r c a .— S oldados R o m a n o s.
Semana Santa en Lorca. - Personaje bíblica.
Semano Santo en Lorca,- Perionaie bíblico.
Semana Sonto en Lorca.- l a Gloria.
Sema η о Santo «n L o r c a . - La G lo r ía y lo» Infierno».
Sem ana Santa en Lorca.— C leo p atra.
Semana San Га en lo r c a .-L a Hija de Cleopatra,
Semana Sonto en lo rc o .— N e ró n en su frono
X IV . S em a n a S an ta en L orca .— S é q u it o de C leo pa tra .
El Misterio de Elche.
Sacristán de aldeo.
Pertiguero de una Catedral.
Cruceros de Roncesvalles.
La Pasión de O le s a .-Ju d o s colgado.
Lo Pasión d# Ot«so. -Criifo Crucificado.
La Pasión de Olesa. - El Calvario.
X V 7. La P asió n de E s p a r ra g u e ra .— El D escendim iento.
la Posíón de Esparraguera. - El Calvario.
I

La Pasión de Esparraguera. - La Verónica.


La Pajión de Esparraguera. - Judas.
La Pasión de Esparraguera. - Las Tres Marías.
La Posión de Esporraguera. - Cristo y lo Verónica
La Poslón de Esporragu«ra. - El Encuentro*
La Pasión de Esparraguera. - El Encuentro.
La Pasión de Esparraguera. - Ei Descendimiento.
XVI. D anza ante la V jrgex en A n g u ia no . — R iOfA.
Lo Alberca. —La Virgen de Agosto.
Ια Alber ca. - Ofrenda a la Virgen.
Congreso Eucorlttico de Borcelono
Congreso EucarfstTco de Borcelono.—El Cordenol Tede«cKíní ante Io custodia de Toledo
Corpus Christi en Sevilla.-lo Custodio.
Corpus Chrwti en Sevilla. - Seises de lo ColedraL
Corpus Christi Totedo.
XV 1L C o rp u s Chrísu en T o le d o .
Corpus Christi μ Toledo.
Corpus Chrisfi en Toledo.
Corpus Christi en Toledo.
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Corpus Chrisfi en Toledo.


Ofertorio de lo Alberca. - Loa del Angel y el Oemonío.
León. - Devotas de Castro Contrígo.
León. - Devotas de Costro Contrigo.
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Procesión en Turégono
XVIII. S. E. El C ardenal A r z o b is p o de S e v il l a eo s Los S e is e s .
Procesión dt Semana Santo en Turégano.
Procesión en Ibíxo,
Procesión en Ibiza.
La Virgen de Mayo en lagartero
Oración de lo torde.
Confesión.
Aguo Bendita.
En « I Atrio de Am ó.
F uneral en A nsó.
Tapada ел la Iglesia de Vejer.
Saliendo d« lo Iglesia de Ve¡er.
Miso ·π Logortero.
Misa en Lagartera.
Devota de Candelorio.
Vieja Devota de la Alberca.
Devoto de Ezcoroy.
XIX. C e r e m o n ia de Los S e is e s en l a C ate d ral de S e v i l l a .
Vieja Devota en La 9 ó riera.
Devotot de Vülaftvera de Aezeoo. (Novarro]
^evoíos de Berostegui. (Navarro).
0ueblG de Guzmón. (Huelvo). Cofrades de lo Virgen de la Peña.
Sermón en Viguero. (Riojo)-
Después de Miso M oyor.
XX. A lm on te.— C arretas bn el Rodo.
lo Blanca P alom a .-{V irg en del Rocío,)
Ante la Blanca Paloma
Romería del Rocío. Ante lo Blanca Palomo
Romería det Rocío. - Ante lo Blanca Paloma
Hermandad de T riaría. - Carreta del Sinpecodo,
Romería del Rocío. - Cantos o la Blanca Paloma.
Noche en el Rocío. - Las carretas descansan
XXI. A lm on te. — C arreta en el R o c ío .
Donzo nocturna en et Rocío
Rocío. - Carreta del Simperado
S eg ovio.-D e sd e la Ermita de S. Juan de le Cruz.
Iglesia de la Luga reja de Arevalo.
Jgleskr ΛικΜνζα.
Villa d d Río. - Santuario de la Estrella.
XXII. A lm o s t e .— A n ie la V ir g e n d el R o c ío .
Iglesia Cementerio de Brihuega. {Guadalajara).
Cepillo y Crucero en Galicio.
La Igletta Castillo de Gorcimuñoz. (Cuenca).
Capilla en Carmona.
Iglesia de Votderro bre s.-A ragón .
Patio de los Faroles en Córdoba.
Carm ona. - Santuario de San Jerónimo.
iglesio en Arcos de Ια Frontera.
M o r e lia .-Calle Conventual.
Uno Ermito en Novorro.
Monoíterío de Moflsermi.
Torre Mudéfar en Calotoyud.
Torre de Erija.
Torres de Ecija.
Torres de £c¡¡o.