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U.B.A. C.B.C. Sede 7 “Alberto J.

Fernández” (“Ramos Mejía”)


SEMIOLOGÍA MARAFIOTI
Agosto de 2020. Semana 14 (3 de agosto)

El análisis semiológico de las ideologías


Roland Barthes, Mitologías

Roland Barthes (1915-1980) es una figura de gran predicamento en las ciencias sociales de 1
la segunda mitad del siglo veinte y hasta hoy; sus libros se han diseminado mucho más allá
de su Francia natal y han ejercido una fuerte influencia en las aulas universitarias de todo el
mundo, particularmente en el área de la teoría literaria y la crítica cultural.

Su obra es extensa, no tanto por la


cantidad de artículos y libros que
publicó, sino por el carácter vertiginoso
y cambiante de su pensamiento, en el
cual no obstante la diversidad también
es posible detectar permanencias,
recurrencias y obsesiones.

Sus comienzos están teñidos por la


figura de Jean Paul Sartre y el
existencialismo de posguerra, así como
por la práctica artística y la reflexión de
tradición marxista del alemán Bertolt
Brecht. Su incursión en los estudios
literarios rápidamente se extendió hacia
otros quehaceres culturales, de igual
modo que su pelea en el interior de las
universidades por la renovación de
planes de estudio, metodologías y
enfoques conceptuales. Tampoco es
pobre su participación en diarios y
revistas como agudo comentarista de
temas artísticos y culturales.

A poco andar el impacto de la “nueva”


antropología y la lingüística lo transforman en uno de los fundadores de la corriente
estructuralista. Pero rápidamente se alejará de ella y se convertirá en uno de sus críticos; lo
hará potenciando el componente de tradición psicoanalítica de sus análisis.
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Más allá de las “etapas” y las influencias múltiples que se acaban de detallar, lo medular es
el modo absolutamente original y distintivo de sus escritos. En ese contexto, Mitologías es
uno de sus primeros grandes libros, de gran repercusión y descendencia, hasta el día de hoy.

El libro fue publicado originalmente


por Éditions du Seuil en 1957; una
segunda edición se dio a conocer en
1970. Una década más tarde la 2
editorial Siglo XXI distribuyó su
versión castellana. La traducción fue
obra del argentino Héctor
Schmucler (1931-2008). Schmucler
desarrolló su carrera docente en la
Universidad de Córdoba, fue
miembro del consejo de redacción
de la publicación Pasado y Presente
en los años sesenta y una figura
destacada en el área de la teoría de la
comunicación en nuestro país.
Además, y no por casualidad, entre
1966 y 1969 estudió semiología en
la École Pratique des Hautes Études,
bajo la dirección de Roland Barthes.

La estructura de Mitologías es
sencilla de describir: dos grandes
partes más dos pequeños prólogos
del autor.

La primera parte, la más extensa (ocupa 182 páginas de las 256 de la edición en castellano),
coincide en su título con el del volumen. Se trata de una compilación de cincuenta y tres
breves ensayos semiológicos que Barthes concibió a razón de uno por mes y publicó a lo
largo de tres años (entre 1954 y 1956) en diversos medios de la prensa escrita.

La segunda parte -denominada “El mito, hoy”- es una reflexión teórica acerca de los
fundamentos conceptuales que alimentaron los análisis desarrollados en la parte inicial. En
esta sección Barthes define qué entiende por mito. El mito, para Barthes, es un “habla”, un
“discurso”, un “sistema semiológico”, un “lenguaje segundo”, un “lenguaje robado”. Desde
la perspectiva semiológica, el mito interesa en cuanto a su carácter formal, y se organiza en
una retórica, es decir en “un conjunto de figuras fijas, ordenadas, insistentes” que vertebran
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su soporte significante, conjunto del cual Barthes enlista poco más de media docena de
“casos”.

El mito, según Barthes, es otro modo de referirse al sentido común, a la ideología de la


pequeña burguesía y su criterio de “normalidad”. Aunque más “natural” o “propio” de la
cosmovisión de la derecha política antes que de la izquierda, el mito, por definición, envuelve
la totalidad de la cultura, y en consecuencia también a la ciencia y el quehacer y la figura del
propio mitólogo. 3

Entre las fuentes teóricas de las que abrevan las Mitologías deben mencionarse la lingüística
y la antropología, dos disciplinas centrales del estructuralismo que por esos años despuntaba;
aunque también hay elementos tomados del psicoanálisis, la sociología y el marxismo. De
cualquier modo sería un error concebir las mitologías de la primera parte del libro como el
resultado de la aplicación de un esquema teórico-metodológico firme y bien delimitado, más
bien todo lo contrario. El propio autor ha reconocido, por ejemplo, que en aquellos años
recién comenzaba su lectura de Ferdinand de Saussure y los textos fundamentales de la
lingüística moderna.

Se da la paradoja, entonces, de que uno de los principales atractivos y desafíos de Mitologías


es ese desajuste entre el esquema teórico y la “resistencia” de lo particular, del objeto que se
analiza.

¿Cuál es ese objeto? La respuesta que Barthes brinda a esta pregunta es un escándalo para su
época y el contexto de la vida intelectual y universitaria inmediatamente posterior a la
Segunda Guerra. La respuesta es: todo, y en ese todo caben las más heterogéneas
manifestaciones de la vida cultural y social contemporáneas. Desde el mundo del catch hasta
los afiches políticos que presentan en sus fotografías a los candidatos presidenciales, los
reportajes a un escritor, el discurso publicitario, las fotos de las marquesinas de los teatros y
los juguetes, el modo en que se ofrece un predicador, el vino y la leche, el bife y las papas
fritas, el jabón y el detergente, la madera y el plástico, el horóscopo y las guías de viaje…

La mirada semiológica sobre la cultura dice que no hay alto y bajo, productos comerciales
versus verdaderas obras artísticas; la cultura es ese todo que produce sentido y la importancia
o no de un determinado fenómeno es lo que queda como tarea del analista. Dicho de otra
manera: no hay un a priori, sino que es la labor analítica la de “demostrar” la importancia
del fenómeno que estudia, en tanto producción de sentido de impacto social.

El “Prólogo a la primera edición” se resume a una página y media en las cuales, en primera
persona, el autor resume en pocos trazos el porqué de sus mitologías. Vale subrayar que
realiza una decisiva mención genérica en relación a ellas, dice que se trata de “ensayos”. Esa
simple calificación trae consigo una problemática que los apuntes semiológicos barthesianos
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arrastran hasta la actualidad, y que -en última instancia- se puede sintetizar como la tensión
entre ciencia y literatura. Los críticos dirán que, en buena proporción, el ejercicio barthesiano
se resuelve echando mano al capricho, el gusto y la erudición personal, que no hay un método,
una fundamentación conceptual definida, por lo tanto deberían ser guardados en el estante de
las obras de ficción. Otros sostendrán que, el revés, lo que Barthes viene a demostrar es que
las ciencias sociales no pueden ser acorraladas con la justa demanda de metodología clara y
conceptos precisos que se les exige a la física o a la biología.
4
A lo largo de su propia obra Barthes
parece siempre haberse sentido
cómodo y motivado por dicha
tensión. En un juego pendular que en
su “etapa” estructuralista pareció
orientarse hacia los requerimientos
de la ciencia y unos pocos años
después reírse de ella (en sus
Fragmentos de un discurso amoroso,
por ejemplo). En varios reportajes el
Barthes maduro supo ironizar sobre
la “obsesión científica” de algunas de
sus primeras obras, al mismo tiempo
en que enfatizaba que la teoría y la crítica literaria no se diferencian demasiado del objeto (la
literatura) que dicen estudiar.

Como para que no se le pidiera lo que no podía ni quería dar, aquel prefacio de 1957
subrayaba que sus ensayos “no aspiran a un desarrollo orgánico” y reclaman “vivir
plenamente la contradicción de mi tiempo”. Se trata, en definitiva, de un ejercicio de libertad,
que no acepta -dice Barthes- el “divorcio entre la naturaleza de la objetividad del sabio y la
subjetividad del escritor”. Esa falta de ataduras fuertes es lo que posibilita que las Mitologías
“salten” en sus análisis del presente a la antigüedad clásica, de la economía a la lingüística,
de la antropología a la psicología, de la sociología a la “nota de color” periodística. La
amalgama posibilita, en palabras del autor, un “intento de reflexión” que abre una dimensión
argumentativa, pero donde, en la mayoría de los casos, ni las tesis ni los argumentos son
evidentes; y es más bien la seducción del estilo la que enhebra el conjunto y lo vuelve
cautivador y convincente.

Unas décadas más tarde la importante corriente anglosajona llamada “Estudios culturales”
juzgará a Mitologías como texto irremplazable en el desarrollo de la crítica de la cultura de
la posguerra.
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¿Cuál es el objeto sobre el cual las Mitologías reflexionan? Barthes lo define así: lo-evidente-
por-sí-mismo, el sentido común, los “mitos de la vida cotidiana francesa”, es decir el conjunto
de los usos y costumbres que asoman en los medios de la comunicación masiva y la vida
cotidiana que cobran su fuerza por ser así, porque así se debe ser y de ninguna otra manera,
y así se imponen con la fuerza de un “abuso semiológico”.

Frente a la heterogeneidad y lo alejado que a primera vista se presenta un asunto del otro, la
homogeneidad la ofrece una única certidumbre: “el mito es un lenguaje” y entonces sí, a 5
partir de la predicación se puede auscultar “de manera metódica” su estructura y
funcionamiento.

Barthes, consecuentemente, fija un norte para el desarrollo de la “semiología general de


nuestro tiempo”: el develamiento de los mitos del “mundo burgués”.

El “Prólogo a la edición de 1970”, agregado por el autor para acompañar la segunda edición
de Mitologías, es aún más breve que su antecesor, pero más fuerte y directo como definición
programática.

Barthes convierte aquel “intento de reflexión” en “una crítica ideológica dirigida al lenguaje
de la llamada cultura de masas”. La meta es “un primer desmontaje semiológico de ese
lenguaje”. Se trata de una tarea que no nace del deseo o el capricho del investigador sino de
una necesidad, una imposición de época, una “emergencia” que Barthes describe con solo
dos términos: Mayo 1968. La referencia, claro, es el fogonazo de tomas de universidades,
huelgas generales y manifestaciones obrero-estudiantiles que sacudieron Francia y buena
parte del mundo, incluida la Argentina. El vocabulario utilizado y la intención se han vuelto
políticos.

Por otra parte, no se trata únicamente de volver sobre la ideología como materia de análisis,
sino de percibir esa materia desde una perspectiva diferente. ¿Para qué? Para enriquecer su
estudio, darle una orientación definida. El cambio consiste en concebir a las ideologías -las
“representaciones colectivas”- como sistemas de signos y, por tal senda, propugnar el análisis
de las “falsas conciencias” de manera más profunda y pormenorizada. La meta es “dar cuenta
en detalle de la mistificación que transforma la cultura pequeño burguesa en naturaleza
universal”.

Barthes subraya que lo que busca es una estrategia para escapar del empantanamiento de la
“denuncia piadosa” de la ideología. Se evidencia en la observación una polémica. La
semiología debe servir para trascender los análisis más superficiales y obvios en los que
suelen abundar ciertas corrientes sociológicas, el marxismo rápido y la buena conciencia
“progresista”. Debe cavar más hondo, hasta encontrar los procedimientos formales que sirven
de andamiaje a la “naturalización”.
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En este punto los ensayos barthesianos se tocan con el trabajo de un conjunto de intelectuales
-entre ellos se puede destacar a Louis Althusser- que a partir de mediados de los años sesenta
desde la filosofía, la sociología y el marxismo estaban buscando nuevos enfoques para
estudiar los fenómenos ideológicos, su naturaleza y función. El intento era el de abordar las
ideologías en su especificidad y materialidad, y no como simple derivados de las
determinaciones económicas y la estructura social.

Ya no se pueden escribir Mitologías, sostiene el autor, porque en estos quince años la 6


semiología se ha convertido en un “lugar teórico” en desarrollo que ha posibilitado una
relativa “liberación del significante” (análisis de la forma); lo que permanece es “el
enemigo”: “la Norma burguesa”. La semiología, aquel desafío lanzado por Ferdinand de
Saussure más de cuatro décadas antes, encuentra en las Mitologías de Roland Barthes, un
potente y definido camino para su desarrollo.

Actividades:

1- Leer los dos prólogos de Mitologías de Barthes y señalar las diferencias entre ellos.
¿Qué es Lettres Nouvelles y qué tiene que ver con Mitologías?
2- ¿Qué es un mito desde la perspectiva del Barthes de Mitologías? ¿Cómo se relaciona
con la ideología?
3- ¿Cómo se vincula la semiología que postuló Barthes con la de Saussure?
4- “La semiología es una semioclastia”, califica el curioso vocablo (un neologismo) con
el que se cierra el “Prefacio a la edición de 1970”. La tarea que queda planteada es
realizar una mínima búsqueda etimológica de la segunda parte de esta palabra
compuesta, y una vez que se identifique el origen de la palabra y su significación,
escribir un texto explicativo breve, de una doscientas palabras, que lleve la cita como
título-consigna y donde se detalle la concepción de la semiología que resumen los
dos prólogos de Mitologías.
5- Hace ya tiempo que los planes de estudio de las escuelas secundarias de la Argentina
se ha incluido en el área de la Lengua y la Comunicación el análisis de afiches
publicitarios, series de televisión, canciones, videoclips, estereotipos publicitarios,
diversas formas del discurso político. De acuerdo con su experiencia escolar,
¿considera que esos contenidos -y las reflexiones y ejercitaciones que los
acompañaron- se pueden poner en relación con la aspiración de aquellas Mitologías?
Justifique y, si es posible, ejemplifique su respuesta.

JORGE WARLEY
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Leer mitologías: la metamorfosis del lector barthesiano

Ya presentados Barthes y su Mitologías, habiendo estudiado antes Saussure, Peirce,


Benveniste, ha llegado el momento de leer mitologías (así, en minúscula y bastardilla, para
distinguir los ensayos de la primera parte de la obra respecto del libro total que los contiene). 7
A continuación, nos proponemos acompañarles en una primera lectura de estas mitologías,
mostrándoles un poco el mundo que él miraba agudamente y desde el cual escribía sus
denuncias semiológicas. El fin último de trabajar con Barthes es entender su punto de vista
y posicionamiento para después revisar (etimológicamente, volver a ver) nuestro mundo, el
de acá y ahora.

Para esta primera lectura de mitologías, relájense un


poco y disfruten. Barthes es un gran teórico, pero
también un gran lector y escritor de literatura. Nunca
descuida (ni en la universidad, ni en el periodismo ni en
la intimidad) el placer estético que la comunicación
escrita puede provocar tanto a quien escribe como a
quien lee. Imagínense a un Barthes lector,
aparentemente cómodo en su sillón, leyendo revistas y
diarios, hojeando noticias y artículos, mirando las fotos,
las recetas, el horóscopo y las publicidades. Es una
lectura que es un trabajo, pero del que se ha desvanecido
el esfuerzo, como si fuera un juego. Lo lúdico es una
gran vía de aprendizaje y crecimiento. Leamos así.

En sintonía con esa escena de lectura, las mitologías no


requieren un orden lineal de lectura. Las siguientes
notas apuntan a describir rápidamente, casi como guía de turista, el París al que se refiere el
autor de Mitologías; es necesario porque sus circunstancias nos pueden resultar ajenas a
primera vista, por falta de algunos datos, porque no vivimos en el lugar y el tiempo de
Barthes. Pero no crean que se trata de simple eurocentrismo, (del mito acerca) del
egocentrismo francés. Por el contrario, es parte del método de lectura en el que estamos
incursionando: atender a lo que nos rodea, en especial a lo que comúnmente se considere
banal o intrascendente. Intentaremos no espoilear.
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Paris Match

Paris Match es un semanario francés que se publica desde 1949, es decir que cuando Barthes
escribe sus mitologías esta revista tenía unos pocos años en la prensa gala. Pueden ver en
estas imágenes algo de lo que está publicando en 2020 on line y en la revista en papel: alguna
noticia sobre príncipes y princesas ingleses (una confesión de intimidades acerca de un regalo
8
en tiempos de aniversario del matrimonio real), una entrevista al expresidente Sarkozy, un
relato en primera persona de un empresario millonario que ha tenido una experiencia
extraordinaria en Libia, un desfile de alta costura Dior en Italia e historias de dinastías sin
corona, pero con plata y poder (la familia de Trump).

La escena que Barthes asocia con la lectura de esta revista es la peluquería: “estoy en la
peluquería, me ofrecen un número de Paris Match. En la portada, un joven negro vestido con
uniforme francés hace la venia con los ojos levantados, fijos sin duda en los pliegues de la
bandera tricolor” (p.112). Esa es probablemente la portada más famosa de Paris Match,
debido a las reflexiones de Barthes en Mitologías acerca de ese nene de una colonia africana
que es fotografiado saludando con respetuoso patriotismo la bandera francesa, que no se ve
en la foto pero se supone por la venia (gesto, signo) que está haciendo.
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La Madre Patria francesa exhibe así


cómo abraza a todas las razas que la
honran. Ese signo borra, advierte
Barthes, la historia del poder colonial
que sometió al pueblo del que proviene
ese nene. 9

Comparando las portadas salta a simple


vista la continuidad de esta publicación,
con la etiqueta de su nombre en negro y
blanco sobre fondo rojo, con sus noticias
internacionales, con su interés por los
desfiles. Tal vez haya desplazado su
interés desde los desfiles militares hacia
los menos intimidantes de la alta costura,
aunque afirmar esto requeriría elaborar
una nueva mitología. Mientras tanto
digamos solamente que Barthes prestaba
atención a que en su época Paris Match
llegaba a 1.500.000 lectores que tenían
un nivel económico relativamente alto en
Francia relación con el de sus compatriotas. La compara con el teatro de guiñol (Barthes ve
el mundo como teatro). El teatro de guiñol es de títeres, de esos de mano con los que se hacen
espectáculos tradicionales, con frecuencia para un auditorio infantil. Cuentan generalmente
historias repetidas, con personajes estereotipados (“el bueno”, “el malo”, “la bella”, “el
príncipe”); en el teatro de Paris Match Barthes distingue un lenguaje conservador que
difumina el poder colonial de una nación o el económico de unas pocas familias privilegiadas.
La matriz estructuralista de la lectura del mitólogo Barthes se evidencia cuando contrasta el
discurso de la prensa con el de la ciencia, por ejemplo el que iba desplegando en su época la
antropología de la mano de investigadores como Claude Lévi-Strauss.

Mitologías que refieren a Paris Match son “Bichín entre los negros”, “El bistec y las papas
fritas”, “Fotos impacto”, entre otras. Barthes también presta mucha atención a otras revistas
francesas, en particular a revistas “para mujeres”, como la revista Elle. No hay que dejar de
leer la mitología “Novelas y niños”, imprescindible.
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El señor Poujade

“Poujade” es un nombre tan repetido en Mitologías que


parece una obsesión. Pierre Poujade contaba con la
historia heroica de haber luchado con la aviación francesa
contra los ejércitos nazis en la Segunda Guerra. Hizo
carrera política después representando fundamentalmente
intereses de jóvenes, trabajadores autónomos, de la clase 10
media (un episodio en el que lideró a comerciantes de
Lyon a resistirse a pagar impuestos nuevos fue el que lo
impulsó a esa representación en 1953).

Con frecuencia se lo designa a Poujade


como “el abuelo del populismo”. El
poujadismo es, entonces, el
movimiento que reconoció el liderazgo
de Poujade; conformó por algún
tiempo un partido político (UDCA,
Unión de Defensa de Comerciantes y
Artesanos) pero Poujade se
proclamaba más bien “apartidario” y
dispuesto a apoyar a diversas figuras
políticas, de distintos partidos. En 1954 declaró:
“Nosotros, los de la UDCA, no estamos por la
política, estamos por el bistec, poco nos importa
que este sea comunista o realista”. En 1956 tuvo un
gran éxito electoral, con el que logró colocar 51
diputados en la política francesa. El 11,6% del
electorado lo había votado, 2.600.000 ciudadanos
franceses. Barthes, atento a ese número.

Desde algunos sectores de Francia, se lo acusó de


representar a la extrema derecha, lo juzgaban un
fascista elemental, primitivo, básico, simplista,
antiintelectualista; Barthes lo enfoca enfrentado a
políticos universitarios y de gran prestigio
académico, como Edgar Faure. Los detractores de
Poujade llegaron a llamarlo “Pujadolf”,
identificándolo despectivamente con el nazismo y
señalándolo a la vez como un hombre peligroso.
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Poujade mantuvo distancia con los miembros de su


movimiento que asumieron tal extremismo, como Jean-
Marie Le Pen, lo cual generó rupturas en su organización
política. Pero Le Pen llegó a ser diputado, en 1956, con
la gran elección de Poujade.

Es tan recurrente el poujadismo en Mitologías porque en


él ve Barthes un sistema de signos, el de un sentido 11
común que encuentra necesario desnaturalizar,
desmontar. Es difícil elegir dos o tres mitologías
representativas del tratamiento que Barthes hace de
Poujade y el poujadismo. “Racine es Racine”, “Fotogenia
electoral” son ineludibles; pero presten atención, que
Poujade también está allí incluso cuando no se lo nombra,
como en “El hombre jet”.

La comida, la bebida y los placeres cotidianos


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¿Qué sería Francia sin sus cafecitos, sus quesos, su Malbec? Lo mismo que Argentina sin
mate, dulce de leche o asado. ¿Lo ven ahí a Barthes con sus colegas del grupo Tel Quel (era
1974 y Tel Quel articulaba discursos del marxismo, el psicoanálisis y la lingüística)?

Lo que se come y se bebe, y lo que se dice acerca de comida y bebida, los modales con que
comemos y bebemos, todo eso, conforma nuestra identidad con tanta potencia que está
siempre en la mira de Mitologías, como lo está en toda antropología. No importa si se trata
de la prensa o de la política, de la publicidad o de nuestra casa: siempre está ahí, en las recetas 12
de cocina, en las luchas por el salario, en los carteles callejeros, en los hábitos familiares y
las salidas con amistades.

En Roland Barthes por Roland Barthes, un diccionario/novela/autobiografía que Editions du


Seuil publicó en 1975 y la editorial argentina Eterna Cadencia publicó en 2018 con
apasionada traducción de Alan Pauls, Barthes experimenta escribir su vida como lo hace un
diccionario con el sistema de la lengua. Allí define “Francés” así:

Francés por las frutas (como otros lo fueron “por las mujeres”): gusto por las
peras, las cerezas, las frambuesas; un poco menos por las naranjas; y
totalmente nulo por las frutas exóticas, mango, guayaba, lichi.

Pero cuando el mitólogo detiene su mirada en los productos comestibles o bebibles, los
traspasa para pensar en su historia, en quién, cómo y dónde los produjo. Piensa en el proceso
de producción que no se ve a simple vista, que está borrado o deformado para que los
consumamos sin pensar que llega a nuestras manos a través de una publicidad que alienta la
vanidad u oculta la explotación de un trabajador en un pueblo aplastado por un poder
imperial.

Barthes no se niega al goce del vino, o de cualquier otro producto, como la ropa bien lavada
por un poderoso detergente o el cine norteamericano protagonizado por un hombre muy
erotizante, como lo fue Marlon Brando. La misma boca con que comemos -observa el
mitólogo- es con la que hablamos y besamos. Con la historia del ser humano que nos
reconstruye la antropología, piensa que al pasar a la posición erguida nuestra boca se liberó
de la predación, lo que nos dio la posibilidad de inventar el lenguaje y el amor. Siguiendo el
mismo razonamiento (lo cuenta en Barthes por Barthes) imagina un futuro en que las
personas progresen, liberadas del trabajo manual, para no hacer otra cosa que discurrir y
besarse. No, de ninguna manera se niega Barthes a los placeres. Sí se niega a miradas
superficiales, que borran incomodidades propias y ajenas. Denuncia ese borrado porque
detecta el beneficio final de algún grupo que se reserva privilegios derramando migajas a los
demás, a modo de vacunas que evitan la rebelión en el proceso de producción. Apunta a que
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el lector que consume mitos/productos/enunciados se transforme en un mitólogo que vea lo


invisibilizado/la producción/la enunciación.

¿Qué mitologías leer para inferir el método de esta lectura barthesiana? “El bistec y las papas
fritas”, “El vino y la leche” son tan obvias que casi no haría falta mencionarlas; “Sapónidos
y detergentes”, “Juguetes” o “Los romanos en el cine” son otras en las que el mitólogo
reconoce y denuncia el sistema de signos de lenguajes muy peligrosos, como el racista. El
Barthes que, a poco de nacer, perdió a su padre en la Segunda Guerra o que cuestionaba las 13
prisiones binarias del sexo tenía bien claros los peligros que entrañan esos lenguajes.

Actividades:

1. Miren el meme que circuló en las redes aparentemente en 2016


(https://medium.com/antistatic/cave-of-forgotten-memes-fe2eeba27239)

Ese meme apareció después de que el Instagram de la Academia Militar de Estados Unidos
publicara esta foto de una ceremonia de graduación en la Academia Militar de West Point,
donde hizo carrera un inmigrante haitiano. ¿Cómo pueden relacionar estas dos imágenes
con la presentación que han leído de Mitologías?

2. Lean tres de los ensayos o mitologías mencionadas en esta exposición y observen en


cada una de ellas las narraciones que hace Barthes, los conceptos que elabora a partir
de los casos que trata (¿algo sobre el significante, el significado, el sistema, la
lengua?) y las conclusiones a las que llega. ¿Qué presenta en cada mitología como
apariencia evidente y qué, como sentido denunciado?

SYLVIA NOGUEIRA

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