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¿ARTE PREHISPÁNICO?

El fracaso de los bordes

Jonathan Tobón Arango.

¿Cómo construir la historia de una expresión o manifestación humana que fue tallada,
escrita, pensada, hablada, imaginada bajo otros paradigmas sin que se termine haciendo
una interpretación un tanto amañada en los modos de vida con los que se está intentado
estudiar? Para ser más puntual ¿Cómo ir formando una historia del arte prehispánico que
pueda ser lo más cercana a las estructuras de prácticas y pensamientos propias de estas
culturas sin terminar elaborando un relato o discurso que en vez de exaltar las dinámicas
precolombinas termine en caminos eurocéntricos como sucedió con Gauguin y su viaje a
las islas polinesias, Picasso y las máscaras africanas o el primitivismo o negrismo?

Afortunadamente o desafortunadamente esto que hoy llamamos América, especialmente


Latinoamérica, ha sido lugar de diferentes encuentros, invasiones, guerras, intercambios;
que obliga a usar la palabra “identidad” como un mero formalismo en el lenguaje así como
volver un poco laxo ciertos conceptos pues es claro que no podemos hablar de “cultura o
identidad latinoamericana pura”.

La historia, quisiera mejor decir las historias, son relatos que permiten ver el pasado,
configurar el presente y prever o esbozar elementos del futuro, asegura Beatriz de la
Fuente en su texto Para qué la historia del arte prehispánico. A esta visión que plantea de
la Fuente, quisiera agregar que, a mi modo de ver, pasado y futuro están ahí con nosotros
en el presente, no sé hasta qué punto lo que propone la autora es una espacialización del
tiempo como hablaría Henry Bergson, que antes que entender la historia en flujos, la
configura en datos.

Evidentemente esta determinación de los datos, que en el texto podríamos decir que son
todas las características de los estilos mesoamericanos, se construyen en clave de un
lenguaje que no es el de estas culturas. Lo anterior da pie para entender que en estos
casos sí es necesario postular la historia como una interpretación de objetos sean
considerados o no artísticos, distribuciones espaciales, edificaciones, formas míticas,
escrituras, etc; más que un ejercicio de traducción o bien aceptar las posibles dificultades
e inexactitudes que conlleve hacer este proceso.

No soy historiador, tampoco soy filósofo, lingüista o filólogo y apenas si acabaré la carrera
en artes, por eso con este escrito solo he planteado preguntas o algunas objeciones
metodológicas a las que, con mucha sinceridad, no creo tenerles respuesta o por lo
menos no en este texto y si hallara alguna solución o camino puede ser muy flaco.
Tampoco estoy desmeritando el trabajo de la autora, es loable la manera en como intenta
tomar estas piezas tan enigmáticas, separadas, algunas de ellas difusas de interpretar
para nuestra época; y construir un relato coherente a nuestras creencias y paradigmas.
Enunciar “arte mesoamericano” es una manera de empezar a evaluar expresiones o
manifestaciones de dichos pueblos bajo disciplinas del conocimiento propias de
occidente, maneras que las culturas mesoamericanas no tenían y, que para quienes las
vivían, tampoco era relevante si se llamaba “arte”, “artesanía”, “objeto”, “cultura”; esto solo
nos interesa a nosotros que las estudiamos, a la distancia y con dificultad para
vivenciarlas en tanto que solo sabemos de esto, mayormente, por objetos que se han
preservado en el tiempo. Es bien sabido que los renacentistas no se llamaban a sí mismo
“renacentistas”, así como no sabemos en treinta años como los historiadores, filósofos,
sociólogos, antropólogos y demás, enfocados o no en el arte, llamarán a nuestra época y
prácticas artísticas.

Lo anterior, que pareciera ser otro reparo, quisiera usarlo como argumento para plantear
otra mirada del concepto de “arte” qué no es nueva pero que a veces es muy temida.
Espero que con esto no termine en un discurso romántico vestido de contemporaneidad –
y no hablo de contemporáneo como actualidad sino como perspectiva más filosófica en el
arte –.

Beatriz de la Fuente así como el documental de El alma de México, exponen el “arte”


mesoamericano como una relación política, ética y mágico – religiosa que configurarían
eso que nosotros llamaríamos “estética”. Las piezas eran construidas para dominación y/o
adoración sea política o espiritual y en donde el objeto “artístico” no era elemento
contemplativo, así la diferenciación entre objeto artístico, objeto político, objeto religioso o
moral, no presentaban, muchas veces, diferencias en términos de función; aunque
también cabe resaltar que “arte” no es un término que data del renacimiento. ¿Por qué
aceptamos en estas dinámicas culturales que el objeto artístico tenga posibilidad
interactiva con los indígenas? O a propósito de nuestros tiempos ¿No seguimos viendo el
arte desde una mirada eurocéntrica cuando aceptamos que el objeto o la producción
artística son elementos de la contemplación y elaboración del discurso intelectual del ser y
no constructores de experiencia(s) para saberes que no siempre sean discursivos?
¿Necesitamos tanto del discurso o del enunciado para validar la práctica artística?

Me atrevería a asegurar que, bajo la idea de lo que aceptamos en occidente como


discurso, las culturas mesoamericanas así como la construcción de su “experiencia” con
los objetos “artísticos” si bien construía discursos, estos no eran a priori a ellos. Podría
asegurar también, que la experiencia construía el discurso, el discurso no construía la
experiencia, y no me refiero a lo que conocemos como discurso desde la filosofía y/o
lingüística sino discursos vívidos. A esto debo agregarle que el concepto de “mágico –
religioso” también se entiende bajo una mirada científica del asunto, y que, me atrevería
decir, el arte rodea y sobrepasa esos límites de lo que no tiene forma científica en tanto
que puede llevarnos a lugares inefable e indescriptibles, esto ya lo enunciaba Kant en el
siglo XVIII como característica del arte.

¿No es acaso la contemporaneidad esa disolución de las fronteras y los bordes que el
enciclopedismo europeo había marcado? ¿No es el arte contemporáneo el ponerle los
ojos a esos lugares oscuros que nadie quiere ver y que no sabemos muchas veces si lo
que se propone hace difusos los límites entre la política y el arte, la filosofía y el arte, la
lingüística y el arte, la física y el arte, la biología y el arte, la medicina y el arte; o todas las
anteriores y el arte? ¿No es la estética contemporánea una pregunta por lo ético y lo
político de la propuesta artística? No estoy haciendo igualdad de términos entre “arte
contemporáneo” y “arte prehispánico” sería atrevido tal afirmación pues ambos contextos
son diferentes en sí, pero si acercarme a una idea de las historias como una dinámica
cíclica e incluso poner en duda la idea de innovación para nuestros tiempos. La amplitud
del diámetro del círculo determinará la lejanía o cercanía para que volvamos nuevamente
a dinámicas pasadas adaptadas a nuestro contexto, como decía al inicio, el pasado vivido
a las formas del presente. Con todo lo anterior, se hace necesario pensar la estética como
una manera de pensamiento que se conecta con todo lo demás y que no sólo se mira
hacia el arte. Así mismo, pensar el arte con sus respectivas implicaciones éticas, estéticas
y políticas ¿A qué formas ético – estético – políticas le estamos apostando? El fascismo a
veces tiene formas bien sutiles en los repliegues de la carne.

Partiendo del postulado que “El arte es parte edificadora de lo cultural y que la cultura no
se construye a priori sino en una constante interacción con el afuera, en el hacer diario”,
sería contradictorio seguir postulando un arte donde el contenido o la idea sometan a la
forma y que esté aislado o retirado de los devenires cotidianos para su contemplación; ya
no es más un simple objeto y mucho menos sublime, inútil y contemplativo. El arte, así
como lo contempla de la Fuente y El nuevo amanecer de México con respecto al “arte”
prehispánico, ya no diferencia esferas y a veces no diferencia funciones.

Es evidente que las culturas mesoamericanas no postulaban el “yo” como lo plantea


Descartes, no sé siquiera si este enunciado de “yo” hacía parte de sus lenguas y si existía
el “yo” sería en tanto con el otro/lo otro. Lo anterior da pie para entender porque culturas
antiguas, no solo las precolombinas, no tenían el rol de artista, no había una atribución a
quien hacía la pieza ¿Si no hay un yo, una interioridad que enjuicia “subjetivamente” el
afuera, como habrá artista? Pensaría que habría más un artífice. Gombrich afirma que
“No existe realmente el arte, solo artistas”, desde esta perspectiva no podríamos hablar
de arte prehispánico.

Así, lo que quiero conectar es el arte como un accionar más de la humanidad que,
discrepando con el postulado de Beatriz de la Fuente, no es resultado supremo de la
expresión humana si no una de las tantas formas que existen para expresarse, ninguna
por encima de la otra. El arte empieza a entrometerse en todos los rincones de la vida,
posibilitando salir de algunas estructuras racionales que dejan al cuerpo nulo, a la carne
palpitante como podría suceder en los diferentes rituales prehispánicos, el encuentro con
discursos y saberes no racionales. Y acá vuelvo a preguntar ¿A qué tipos dispositivos o
discursos éticos, políticos y estéticos apunta las prácticas artísticas que hacemos o
pensamos? Y no estoy exaltando o maximizando las formas prehispánicas, creería que,
ya que las queremos conocer e intentar entenderlas hasta donde se nos sea posible,
revisarlas y hacerles preguntas, sin una pretensión homogeneizadora.
Bibliografía

Fuente, B. d. (2006). Para qué la historia del arte. Anales del instituto de investigaciones
estéticas (89), 7-21.

Instituto Nacional de Antropología e Historia Televisa S.A. [Ruben Cabillo Fabila]. (2020,
Agosto 30). El Alma de México 01 Amanecer en Mesoamérica [Archivo de video].
Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=nXByzO5Dcik