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Quien únicamente haya conocido la

obra filosófica del P. Augusto Valensin,


quedará sorprendido ante la revelación
de estas páginas. Fueron escritas sin
pretensión de publicarse, sin ni siquie­
ra esa "segunda intención” de todo es­
critor que mira a un posible público
cuando escribe. Nacieron en la más
estricta intimidad: un hombre que ha­
bla con Dios en su diaria meditación
pero que, para flar Ja atención vacilan­
te, en vez de hablar, escribe: escritura
oral, como la llamaba él mismo, o con­
versación escrita.
Pero lo ttHfeJ"ff(5frs¿ítuyeT a nuestro
parecer, su valor fundamental es la re­
velación de un alma que se sienter-hfts< *
ta lo más hondo,-~fti]o de Dios, que se
lia dado cuenta de esta inefable, enlo­
quecedora paternidad de Dios, y acepta
la misión de comunicarla a los demás.·
En este sentido, las .páginas de este;
Diario del P: Valensin señalan un j a - ;
lón trascendental en la hisípiia-de la ‘
espiritualidad moderiía'~considerada a
partir del Protestantismo. _________
Efectivamente, es curioso constatar
que, a pesar de la condenación^ «leí.Pro­
testantismo en Tren to; el influjo de su
mentalidad continuó filtrándose por
capas cronológica e ideológicámente
muy distantes de la espiritualidad cató­
lica.
Para el Protestantismo el hombre es
radicalmente m alo: su naturaleza se
halla irremediablemente viciada por
el pecado original; el hombre,, por -con­
siguiente, no puede jamás llegar a ser
bueno en un sentido verdadero y real:
puede “aparecer” bueno, cubierto por
los méritos de Cristo. La vida sobre­
natural no es una reajidady-stno lina
capa, una cobertura. “La car-Rg>T^te pi­
cado” continúa la, lifiéa'!q{iéH£róé dél .
Maniqueísmo, y ifegá— ¿ > pfcftqgk
siquiera sospecharlo? — hasW 0ller¿«
“Por la palabra “pecado" éhtiii^dd. l§r,*
vida de la carne", y hablando d$ Cristo^
que habita en el hombre cuando
mulga, dice: “El no hábita en nuestra
carne, hecha a s e m e j a , d e pecado”.
Esta concepción de una naturaleza co­
rrompida—e v i d e n t e m e n t e d e l

(Sigue en la Solapa.)
puro protestantismo consciente—se fil­
tró, a través del Jansenismo, a toda la
Escuela de espiritualidad francesa de
los siglos xvra y xix: Pascal, Bossuet,
Bourdalou, Condren, Fénélon, Massi-
llon, Raneé, Olier; con las únicas ex­
cepciones de San Francisco de Sales y
de San Vicente de Paúl.
Este estado de cosas descubrió y ana­
lizó E. Gilson, y antes que él, el Padre
Mersch, en su obra fundamental, “Le
corps mystique du Christ”. Reciente­
mente ha sido sagazmente descubierto
en la primitiva espiritualidad de la
Trapa, tal y como fué recibida de su
fundador Raneé. Advierte el P. Mersch:
todas las doctrinas posteriores al Pro­
testantismo (Bayo, Jansenio, Saint-
Cyran, Molinos, Quesnel) coinciden en
el* desprecio, en el aniquilamiento de la
naturaleza humana: el hombre, en la
obra de salvación, “ha de abstenerse,,
retirarse, no hacer nada: todo.amor
humano, toda espontaneidad u rtm l,
todo afecto a la creatura, todo K M W
toda expansión, toda búsqueda de fiBÜ-
cidad persona!, incluso toda ink ia fff,
es pecado, o, por io menos, decaden­
cia, torpeza, yerro, otras tantas inva­
siones en el dominio universal de Dios
(obra cit., t. II, p. 321».
Dios es para el hombre un Ser in­
asequible y lejanísimo, ante el cual hay
que sentirse aniquilado, aplastado, sin
osar levantar a El tos ojos de creatura
impura. ¡Qué distintas éstas y tantas
frases de Valensin: “Iré a mi Padre,
muy pobre y sin orgullo; pero, si El
sigue dándome su gracia (y yo sigo pi­
diéndosela), iré a su encuentro sin tur­
bación y hasta con júbilo”. “Nunca lo­
graré aclimatarme lo bastante a esta
idea de que tengo en Dios a “mi Pa­
dre”. Es una locura... ¡Padre, Padre,
locamente Padre, oh!"
Desearíamos que muchas almas reli­
giosas y numerosos cristianos que as­
piran a esta intimidad con su Padre
Dios, a esta presencia actual y honda
de Dios en sus vidas, leyesen, medita­
sen y saboreasen las páginas sencillas
y trascendentales de este “Diálogo es­
piritual” entre una privilegiada alma
sacerdotal y su Padre Dios.
AUGUSTO VALENSIM

LA ALEGRIA DE LA FÉ
PAGINAS DK UN DIAHJO Dt MEDITACIONES

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wm

Dem fEAMOeCO APAJUCÍO, IW

EDICIONES STVDIVM
lllll»
Nihil obstat:
Don Jtjlio L. Sá in z R ozas.
Censor.

Im prim atur:
J osé M a r í a , Ob. Aux
y Vic. Gral.
Madrid, noviembre 1959.

Es traducción de la edición francesa, pu­


blicada por F E R N A N D A U B IE R , E D I­
T IO N S M O N T A IG N E , de París, con el
titulo L A JO IE D A N S L A F O IE

© J u l io G u e r r e r o C ar r a sc o .

E D IC IO N E S S T V D IV M

IMPRESO EN ESPAÑA

196 0

D e p ó s it o legal : M. 150.— 1960.

Bo'añus y Ajruilar, S. L . — General Sanjurjo, 20. — Madrid, 19*iU.


ADVERTENCIA PRELIM INAR

Í^STAS meditaciones fueron escritas durante los años 1937,


■*-*' 1938 y 1939. El Padre Augusto Valensin las fue escri­
biendo de un tirón, día tras día, sin correcciones ni tacha­
duras. Constituían lo que él Uamaba « escritura oral*. Des­
pués tuvo ocasión de leer algunas de ellas en reuniones de
amigos, y nunca se opuso a la idea de una publicación
póstuma.
Hemos hecho simplemente algunas insignificantes su­
presiones, impuestas por la discreción. Pero hemos conser­
vado el orden de redacción. Porque ncs pareció que orde­
narlas por temas no ofrecía interés didáctico alguno; hu­
biera resultado monótono y no habría dejado percibir los
movimientos del alma.
La meditación de la página 123 fue leída sobre la tumba
del Padre, en el mismo día de su inhumación. Expresa los
mismos sentimientos que tuvo en sus últimos momentos.
Como la enfermera de la clínica fuese a cerrar la persiana
de la ventana, exclamó: «¡Oh, no la cierre! Por favor...
¡Deje que entre la luz! ¡Deje que entre el sol! La muerte
es una noticia alegre. Voy al encuentro de Dios, al encuen­
tro de mi Padre, de la Bondad, de la Ternura.»
Padre, me refugio junto a TI, en el regazo de tu ternu­
ra. Siento necesidad de amarte en silencio. Y antes de darme
cuenta de que Tú me amas, a pesar de lo que yo soy. Esto
me ayuda a comprender que Tú sientes hacia mí, tal y
como yo soy, un amor maravillosamente paternal: pensar
que todos los obstáculos capaces, por mi parte, de detener
a tu amor no suponen nada en comparación de los obstácu­
los creados por mi misma naturaleza de hombre... Si Tú
has recorrido un camino infinito para llegar hasta mí, eres
capaz de atravesar esta fealdad mía, que me circunda como
un foso lleno de agua... En el fondo, en algunos Domine
non sum dignus.... lo que late es un espantoso orgullo.
¡Como si mi principal indignidad proviniese de mis peca­
dos!... Me esfuerzo por encontrar una comparación. Tal
vez sirva ésta: un labrador es invitado por un rey, y se ve
confundido por la bondad del rey, la cual hace consistir en
esto: en que el rey le ha invitado a él precisamente, a
pesar de ser más pobre que uno de sus primos, iQué des­
piste! Esto supone imaginarse que el rey le invita por sus
propios méritos. Y precisamente le invita porque es un la­
brador. El amor que siente hacia mí mi Padre es un amor
que recae en mí porque soy hombre, o más bien, en cuanto
que soy hombre; aunque, al mismo tiempo, y porque es un
amor divino, me envuelve también en cuanto que soy yo.
Y todo lo demás, mis pecados y mis méritos, son un sufri­
miento o un gozo que doy a su amor y que lo matizan.
Una cosa hay, por consiguiente, cierta, y esto es lo que
he de repetirme a mi mismo: soy amado, yo, yo mismo,
mimado con una ternura secreta, pero siempre alerta. Si
estoy en pecado, no tengo más que decir: «Perdóname»,
para despertar en el rostro de mi Padre una sonrisa y una
palabra. Si me siento tibio, falta de belleza, pegado el polvo
de los pecados veniales a mi piel, entonces basta con que
8 AUGUSTO VALKNSXN

crea que el Amor me está mirando, ccmo una madre está


contemplando a su hijo travieso que vuelve con la cara
sucia del dulce que acaba de robar.

¡Dios mío, Dios mío, consérvame esta seguridad que


tengo (es una gracia tuya) en tu amor! ¡Que nunca deje
de verte como te veo ahora! Tengo una idea muy pobre
de mí mismo, pero elevadísima de Ti.
Si fuera necesario esperar a ser digno de tu amor para
atreverme a aceptarlo, ya Tú no serías Tú, ya no serías el
Amor. Hago un acto de fe desatinado, pero no me cuesta
nada, en tu indulgencia sin limites. Tú me amas, me amas;
haz que yo también te ame.
«PADRE NUESTRO, QUE ESTAS EN LOS CIELOS...»

Padre, que estás en los cielos, quiero intentar pensar un


poco, bajo tu mirada, con la pluma en la mano, en tu Pa­
ternidad. Quiero procurar gozarla y comprenderla.
Padre, Padre, debo usar la palabra sin pensar en lo que
es muchas veces un padre acá en la tierra. En cierto sen­
tido, se te acomodaría más el nombre de Madre. ¡Oh, Dios
mío, eres mi Padre, pero con toda la ternura de un Dios;
eres la misma indulgencia y la misma comprensión, una
indulgencia y una comprensión que no puede infundirnos
temor!
Cuando reflexionamos un poco seriamente parece algo
increíble... El amor de Jesús es más fácil admitirlo. Uno
como nosotros. ¡Pero Dios! El Ser infinito, infinitamente po­
deroso, Aquel de quien depende mi felicidad eterna, siente
hacia mí, individualmente, hacia mi, que estoy escribiendo
estas palabras en estos momentos, los sentimientos de un
Padre, que es una madre. ¡Él me ama, como me amaba
mamá, y más todavía! ¡Esto parece algo de locura, una lo­
cura deliciosa, locamente deliciosa! Siento necesidad de
repetírmelo a mí mismo para persuadir de ello a mi sensibi­
lidad. Si llegase a persuadirme de esto, no sólo en mi inte­
ligencia, sino en todo mi ser, si esta convicción me penetrase
totalmente, si ocupase todo mi pensamiento, mi vida se
transformaría.
En primer lugar, tendré una fuente de perenne alegría
siempre a mi alcance para alegrarme durante todo el día.
Después, ¡qué sentimiento de seguridad! ¡Mi Padre vela
sobre mí, y es omnipotente! Nada tengo que temer. Lo que
Él deja que suceda es porque no puede hacerme daño, por­
que no puede detenerme en el camino que me lleva a la feli­
cidad eterna, porque, al contrario, le ha de servir para que
yo avance más por este camino. Es decir, que todos los
AUGUSTO VALENSIN

acontecimientos, elevados a la categoría de acontecimientos


providenciales, los veré como realmente son: como medios
puestos a mi servicio, no como obstáculos—como expresión
de la voluntad de mi Padre... Aceptándolos, acogiéndolos,
poniéndoles buena cara, como un diálogo que estoy mante­
niendo con mi Padre—. Y no podré tener miedo de Él. No
me contemplaré a mi mismo para encontrarme indigno;
porque tal consideración no puede ser verdad, sino como
algo fugaz, pasajero, para evitar el orgullo, la propia satis­
facción; pero es malo y diabólico cuando nos deprime. Mi­
raré a mi Padre y me miraré a mí mismo con los ojos de
mi Padre; me sentiré amado, amado por una persona cuyo
amor es infinitamente superior al amor de todos los de­
más... Y digno de este amor. No ciertamente «digno de mí
mismo», pero tampoco «indigno», porque esto supondría
creer que el amor de Dios puede equivocarse de objeto,
puede despistarse, engañarse, como el amor de un joven-
cito que se ilusiona con el valor moral de un compañero y
le da su amistad. Si Dios me ama es porque realmente soy
amable a sus ojos...

Tengo que seguir profundizando en esta última consi­


deración. Volveré mañana sobre ella. El modo cómo ama
Dios al pobre hombre que es débil, pero que no acepta el
pecado mortal; la manera cómo ama Dios al pecador. Hasta
ahora he pensado en el amor hacia el primero... El segundo
también es real, pero la palabra «amor» no tiene en este se­
gundo caso el mismo sentido. Tengo que estudiar este punto
* * *

Ayer no agoté el tema, quiero decir: todavía no le he


sacado todo su jugo ni he agotado todos sus problemas.
Tengo un Padre que me ama.—Cuando se trata del hom­
bre de buena voluntad no hay problema: Dios le ama, dan­
do a esta palabra el sentido que tiene en nuestra lengua:
le ama como una madre ama a su hijo, con la diferencia
de que el amor de la madre es una participación, es decir,
una sombra del amor que está en Dios, que es el mismo
Dios. Y podría detenerme aquí. Esto es lo que me interesa
Tal vez es un problema demasiado teórico para este sitio
preguntarme cómo Dios es Padre para con el pecador. Pero
nos lo ha explicado Él mismo por boca de Jesucristo (pa­
rábola del hijo pródigo). Mientras que un hombre esté vivo,
LA ALEGRÍA DE LA FE 11

no ha fijado su voluntad para siempre (en cuanto depende


de sí) en el odio. Y Dios le persigue con un amor que se le
pone delante y que le ruega... ¡Esto parece una locura!
Pero por ello ningún hombre tiene derecho a considerarse
como excluido del amor. El alma más envilecida puede
volverse a su Padre: su mirada encontrará la mirada de
Dios.
¡Qué maravillosa doctrina! Debo penetrarme a fondo
de ella, hasta el fondo, para que salga por todos mis poros...
Me parece que ya estoy bien convencido. Pero, ¿estoy con­
vencido del todo? ¿Soy para mi Padre tan hijo como un
niñito de cinco afios, que se sube sobre las rodillas de su
abuelo y juega a caballo, teniendo por riendas la cadena de
su reloj? ¿Pienso yo en Él como en alguien que está pen­
sando en mi?

¿Miedo de Él? No, no tengo conciencia, en cuanto me


acuerdo, de haber caído tan bajo de haberle dado este dis­
gusto. Desde que sé que Él existe. (¿Desde cuándo lo sé?
No puedo decirlo.)
¿Miedo al infierno? Sí. Y te doy gracias, Señor, por ha­
berme dado este miedo saludable, este tremendo terror,
idéntico, por lo demás, a mi fe en el infierno, y que, siendo
muy pequeño, te pedía. Pero el miedo al infierno no es
miedo de Ti. Tampoco tengo miedo al infierno como uno que
se cree que por una nonada, por algo meramente dudoso,
podéis precipitarlo en él, porque esto sí que seria dudar de
Ti y temerte a Ti.
Pero debo desconfiar de la tendencia a establecer como
dos categorías entre tus amigos, entre tus hijos: como si
hubiera unos que pueden presentarse desaprensivamente
ante Ti, endomingados con sus méritos, o, al menos, con
sus buenas disposiciones; y otros, los hijos feos, avergon­
zados y pobres, que han de estar siempre por los rincones.
Concepción totalmente falsa, porque lo único que nos
hace valer es el cariño que pones Tú en nosotros, el cariño
de que nos rodeas, como un vestido y como un adorno, el
único adorno nuestro... De esto he de persuadirme prácti­
camente y hasta lo más profundo de mí... Tengo necesidad
de rumiar mucho esta verdad, para que se me haga fami­
liar, para que me guie de manera espontánea y para que
yo sea capaz de convencer de ella a los demás...
¡Oh Dios mío, concédeme que yo comprenda esto para
12 AUGUSTO VALKNSIN

mí, hasta el fondo, y que haga comprenderlo a los demás,


este misterio de tu Paternidad!
¡Que esta fe me sirva para todo! ¡Que yo sea el que ha
creído en tu amor y no en mí mismo!

«SANTIFICADO SEA TU NOMBRE»

Todavía no he agotado la dulzura de la palabra Padre,


todavía no he acabado de saborearla... Volveré otra vez so­
bre ella.
¡Santificado sea tu nombre! No nos hace pedir Jesús
algo en el aire, como si únicamente debiéramos desear que
el nombre de Dios sea santificado, es decir, conocido y ala­
bado y amado. Pedimos más bien la gracia de que haya
apóstoles, que nosotros seamos de aquellos por medio de
los cuales el nombre de Dios es conocido, alabado y amado.
No puedo pronunciar esta fórmula cuando rezo el Padre­
nuestro sin pensar en mi vocación. Y no sólo en mi vocación
religiosa, sino en la vocación propia de todos, vocación que
yo confirmo pidiendo en esta oración que seamos capaces
de cumplirla. Que vuestro nombre sea santificado por mí y en
el día de hoy. Voy a tener ocasión para ello. Esta tarde, en el
Centro (el Centro Universitario Mediterráneo de Niza), pre­
sentando a Blondel. Padre, dadme el tacto, el discernimiento
necesario para que no me propase ni más acá ni más allá
de lo que se requiere. Ni una predicación, que puede parecer
muy oportuna en labios de un seglar, pero que en mí puede
parecer abuso de las circunstancias, pero que se den cuenta
de que soy un sacerdote y que esto haga bien. Que sientan al
sacerdote, pero con cierta moderación: no quiero entregar
nuestra intimidad, ni que me vean entusiasmado. En ejer­
cicios, en presencia de almas conocidas, almas tuyas, puede
hacerse esto con facilidad. En el Centro siento que sería
una especie de desvergüenza hacerlo.
¡Dios mío, concédeme que te haga conocer, que te haga
amar! ¡Hace tanto tiempo que estoy pidiendo la gracia de
hablar de Ti! Actualmente me encuentro seco y sin entu­
siasmo. O más bien, no encuentro gusto más que en hablar
de Ti sin gusto... Esta afirmación de la fe en ausencia de
sentimiento tiene también su dulzura. Y esto mismo es una
gracia, oh Padre mío, por la cual te doy gracias...
LA ALEGRÍA DE LA FE 13

Voy a procurar tener presente durante todo el día esta


oración: «Santificado sea tu nombre.» Que sea mí Jaculato­
ria durante todo el día.
Padre, concédeme que sea sensible a tu gracia, que res­
ponda a tus Inspiraciones, que me deje guiar por Ti—por­
que, según nuestra manera de entender las cosas, manera
humana, de comprender y de hablar, está tu gracia, des­
pués la gracia para obedecer a tu gracia, y así sucesiva­
mente—, pero siempre tienes algún medio en favor tuyo
contra mi libertad, para conquistarla, sin que jamás ten­
gas la posibilidad de doblegarla sin que ella consienta en
doblegarse.

«VENGA A NOSOTROS TU REINO...»

Tu reino, es decir, tu dominio sobre las almas, tu domi­


nación espiritual... Veo en esta fórmula el mismo sentido
que en la siguiente: ¡que tu Iglesia prospere! ¡Que se ex­
tienda continuamente, cada vez de manera más profunda!
El reino del Padre es Jesucristo, que ha venido a esta­
blecerlo; 'es la obra de Jesucristo, es la Iglesia. Y si debo
pedir que llegue su reino, si después de veinte siglos debe
seguir pidiendo el cristiano que llegue su reino, es señal
de que el reino de Dios no ha llegado, que ni siquiera ahora
ha llegado.
Tampoco aquí mi oración ha de ser una oración aérea.
He de comprender que pido para que la Iglesia se extienda
por medio de mí mismo y por medio de los demás. Por
medio de mí mismo. En mi esfera. Aun cuando yo no hu­
biera escogido, cuando tenía veinte años, consagrarme al
triunfo de Jesucristo, tendría igualmente esta misión. ¡Cuán­
to más ahora! No he de olvidar esto. El peligro del aposto­
lado «indirecto» consiste en que, faltos de vida interior, po­
demos llegar a olvidarnos de lo que estamos haciendo, de
que los estudios están ordenados para este fin. ¿Cómo en­
tregarse al estudio de la morfología griega, por ejemplo, y
pasarse con ella toda la vida, e interesarse en ella, sin pe­
ligro de llegar a creerse que vive uno para esto? Y, por
otra parte, ¡qué error tan grande creerse que el único apos­
tolado es el apostolado directo, el que habla de Jesucristo,
el que predica, oralmente o por escrito!
Es necesario persuadirnos de que el apostolado Indirecto
ALEGRÍA d e l a f e 8
14 AUGUSTO VALSNSIN

es un apostolado real y necesario (y que aclarar un proble­


ma de sintaxis puede ser una hermosísima oración); pero, al
mismo tiempo, hay que defenderse contra sus peligros.
Si el sacerdote, como en tiempo de San Pablo, se gloria
«de no conocer más que a Jesucristo, y a Jesucristo crucifi­
cado», el clero perdería el prestigio entre las almas. El
influjo de la Iglesia iría perdiéndose poco a poco. ¿Cómo
podría decir yo algo de religión en el Centro si no hubiese
tenido la cultura necesaria para ser admitido en él?

Me doy cuenta de que el mundo de reflexiones donde me


he metido al escribir esto es infinito. No resultará inútil, no
será inútil para mí aclarar este punto, aclararlo perfecta­
mente; pero no es éste precisamente el momento.
Teoría del apostolado indirecto, recalcando su eficacia,
no sólo con miras a permitir en determinadas circunstancias
un apostolado directo, imposible de otra forma, sino para
cooperar, incluso sin apostolado directo, a la instalación del
reino de Dios en el mundo. Punto primero.
Punto segundo. Manera de comunicar a nuestros trabajos,
a nuestras ocupaciones, a una vida profana, el carácter del
apostolado indirecto.
Y todo esto habría de tratarlo: 1.° En general. 2.° Apli­
cándolo a mi caso personal.
i Con esto tengo materia para meditar durante semanas
enteras!
Haz, oh Jesús, que, incluso antes de haber aclarado todo
esto, viva de tal manera que mi práctica sea la práctica de
mi teoría. Amarte de verdad, indudablemente, en esto está
todo.

«HAGASE Tü VOLUNTAD ASI EN LA TIERRA


COMO EN EL CIELO»

La perfección consiste en la adhesión amorosa a la vo­


luntad de Dios. Constituir una sola cosa con Él. Querer lo
que Él quiere. Si se trata de la voluntad de Dios que se
ejecuta independientemente de mí, aceptarla (Anuncia­
ción); si se trata de la voluntad de signo, y que depende de
mí cumplirla, cumplirla. Y, finalmente, si se trata de la
voluntad de Dios que está únicamente decretada, colaborar
LA ALEGRÍA DE LA FE 15

con Dios en su manifestación, haciendo cuanto la razón, la


conciencia, la fe me dicen que haga.
Esto es fácil de decir. Incluso fácil (relativamente) de
hacer, cuando nos hallamos ante una voluntad expresa a la
cual sería pecado desobedecer, un per ado evidente y que
tenemos la facilidad de mirar de frente. Difícil en los demás
casos, cuando parece que quien nos habla es únicamente la
razón, el sentido común quien nos aconseja, o que el he­
cho parece el resultado de una convergencia fortuita de cir­
cunstancias... Para encontramos fuertes cuando llega el
momento, hemos de familiarizarnos con la idea de que nada
se escapa a la mirada, a la solicitud d^l Padre, de mi
Padre... Que, como decía Pascal, lo que ocurre es infalible­
mente expresión de la voluntad de Dios; que es lo que es
mejor para mi y que no me queda más que aprovecharme
de ello. Si verdaderamente estuviese persuadido de esto,
¡qué optimismo el mío! Y un optimismo fundamentado.
Pero esto supone que vivimos en el mundo de la fe. que
vivimos de fe. Yo aspiro a vivir de esta manera... En este
mundo tiene que reinar la serenidad; ¿qué es lo que puede
turbarla? Una sola cosa interesa, que no corre peligro al­
guno: a saber, que la Voluntad de Dios se haga, no queda
sitio para la inquietud ni para las turbaciones... Me imagino
la paz de los santos: está fundamentada en esta vida de fe.
«Un cuarto de hora—decía San Ignacio—me bastaría para
resignarme a la destrucción de la Compañía.» Un cuarto de
hora, tiempo suficiente para dejar su alma rehacerse, para
que las convicciones vayan bajando y vayan posándose las
agitaciones de la sensibilidad...

Pero pienso en Nuestro Señor, en su agonía en el Huer­


to de los Olivos... ¿Dónde está el cuarto de hora de San
Ignacio? ¿Qué ha conseguido Jesús? Lo cual demuestra que
hemos de distinguir entre la paz del alma y la paz de la
sensibilidad. La primera es la que depende exclusivamente
de nosotros, en cuanto que depende de las convicciones que
nos hemos formado, de la consistencia, de la fuerza, del
peso que les hayamos dado, que hayamos conseguido darles
a nuestras convicciones. Sobre la segunda, no tenemos más
que un dominio indirecto y precario... Pero veo claramente
que nuestro deber, en todo momento, es procurar aumentar
este dominio. No es «malo» verse trastornado por una mala
noticia, ni tener miedo (coepit pavere et tedere); lo malo
es ceder a ello, aceptar que la sensibilidad sea lo que es, en-
16 AUGUSTO VALENSIN

tregarse a sus caprichos. Hemos de conquistarnos cada día


más para la razón, tener dominio de nosotros mismos; o,
a lo menos, tender a ello, porque, también en esto, el deber
no es el éxito, gracias a Dios, sino el esfuerzo.
En esto tengo mucho por hacer. Soy todavía demasiado
emotivo, aunque es verdad que he hecho inmensos adelan­
tos... Es muy duro despegarse de la propia sensibilidad,
mutilarse, por así decirlo, para convertirse en razón... Y no
tendría valor para esto, efectivamente, si se tratase de con­
vertirse exclusivamente en «Razón». Pero se trata de con­
vertirse en «Amor», amor de Dios. Sustituir una sensibili­
dad que depende del temperamento, al mismo tiempo que
del alma, por una sensibilidad que dependa únicamente del
alma. O más bien, una sensibilidad que no repercuta en el
temperamento, que no exprese el temperamento, que no
utilice las fuerzas o disposiciones del temperamento, sino
con el consentimiento y bajo el control del alma. He aquí la
fórmula del Ideal, de aquello a que debo tender, sabiendo,
sin embargo, que nunca lo conseguiré completamente...

«EL PAN NUESTRO DE CADA DIA, DANOSLE HOY»

El pan que necesitamos diariamente, para alimentar


nuestra alma, ad vitam aeternam, es la gracia... El Padre
no quiere otra cosa más que darnos la gracia de que tene­
mos necesidad; pero quiere que se la pidamos, que nos­
otros mismos se la pidamos, para que cooperemos nosotros
mismos a nuestra salvación. ¡Sería terrible omitir un solo
día el rezo del Padrenuestro, no hacer esta petición, que
tenemos necesidad de hacer! Me parece que lo rezo ahora
con más intensidad de lo que lo hacía antes. Las personas
que no piden cada día el pan que Dios quiere que le pida­
mos y que Él no da, según parece (en caso contrario, la
oración sería superflua), sino a quien se lo pide, son dig­
nas de lástima. Hay gracias que nuestro Padre «ofrece», no
sólo a quienes se olvidan de pedírselas, sino a quienes se
niegan con mala voluntad a pedirlas; pero éstas deben ser
gracias más lejanas, como sería la gracia de pedir la gra­
cia... Sí, la gracia de la oración, o algo equivalente, tiene
que ser ofrecida a todos, y dada a quien no la rechace.
Pero la gracia simplemente, la que nos hace vivir una vida
divina, debe ser ofrecida y dada únicamente a los que
LA ALEGRÍA DE LA FE 17

la piden. Es muy Importante haber comprendido esto. El


Padrenuestro (y esta petición del Padrenuestro) debe ocu­
par un puesto primordial en mi jornada diaria... También
esta oración se halla en el centro de la Misa. ¡Con qué
atención y devoción debo decirla! Teniendo en cuenta, no
sólo la dignidad que le viene por haber sido enseñada por
Jesucristo, sino también por el papel que debe desempeñar
en nuestra vida.

Advierto también que Jesús nos manda pedir la gracia


para el día presente, «hoy», de cada día. Con lo cual quiere
indicarme que mi oración debe ser, renovada cada día. ¿No
es esto lo característico de una oración? ¿Qué significaría
una oración que hacemos de una vez para siempre, como
si después no tuviésemos que contar más que con el fun­
cionamiento de un mecanismo? Esta oración he de hacerla
diariamente; he aquí el punto primero. Pero hay un se­
gundo punto: Jesús me quiere enseñar que, como decimos:
«Basta a cada día su dolor», de la misma manera podamos
decir: «Basta a cada día su gracia». No tengo que mirar
muy a lo lejos ante mí. Suele aconsejarse que no nos ima­
ginemos un futuro y dificultades con que tendremos que
luchar; de la misma manera, tampoco hemos de buscamos
tentaciones eventuales, todavía muy lejanas. No hemos de
hacer provisión de pan, por si algún día nos falta. Dios
podrá siempre proveernos de él. Cada mañana debo pen­
sar, por consiguiente, en el día presente. El día, ésta es la
unidad que hemos de tener siempre ante nuestra vísta. Orar
por la hora, por el minuto que vamos a vivir, parece de­
masiado, incompatible, en una palabra, con las necesidades
de la acción; orar por un mes o por una semana, no es
demasiado... La alimentación espiritual ha de medirse se­
gún las mismas normas de la alimentación material: una
comida al día, una comida abundante, tal es la norma. Por
esto la norma es comulgar cada día, pero solamente una
vez al día.
Propósito: dar más importancia al Padrenuestro, a mi
Padrenuestro diario, al Padrenuestro oficial, que debe apro­
visionar el día. Escojo el Padrenuestro de la Misa.
¡Oh Padre mío, dame hoy, para hoy, tu gracia, para que
yo viva contigo, para que mis acciones sean las tuyas!
18 AUGUSTO VALENSIN

«PERDONANOS NUESTRAS DEUDAS, ASI COMO


NOSOTROS...»

«Asi como...», es decir, de la misma manera que... Es te­


rrible cuando pensamos en ello. Pedimos que se nos aplique
la misma medida que aplicamos nosotros a los demás. Esto
nos impone que perdonemos siempre y pronto y magnífica­
mente. Cuando no tenemos nada que perdonar, como es
mi caso actualmente, esto parece fácil. Recuerdo que en
algunas ocasiones, y concretamente durante mi noviciado,
he deseado tener enemigos, para tener ocasión de perdo­
narlos, tanto saboreaba de antemano el placer de perdo-
donar... Pero cuando llegó la ocasión, me resultó muy duro.
¡Qué lucha para no guardar rencor a X! Tuve necesidad
de estar un largo rato en mi reclinatorio con el crucifijo en
la mano... Finalmente, venció Jesús. Y no hubiera vencido sí
no me hubiera puesto de rodillas.
No, no es fácil perdonar. Perdonar realmente, efectiva­
mente, es decir, hacer que el pasado, incluso sin quedar ol­
vidado, sea estrictamente, rigurosamente, como si no hu­
biera existido; y esto, no sólo en la conducta exterior, sino
en la misma actitud interior.
Me doy cuenta de que una de las cosas mejores que
pueden suceder a un cristiano es tener que perdonar; por­
que el perdón es una oración maravillosa, es tener maravi­
llosamente fe, tener maravillosamente amor. ¡Con qué sa­
tisfacción podemos rezar el Padrenuestro, imitando a Je­
sús, cuando acabamos de perdonar!

Si Jesús nos manda rezar esta oración, es señal de que


ha de ser oída. Verdaderamente, es de desear que nos ofen­
dan. Me encuentro de nuevo con la misma disposición in­
terior que en el noviciado. Es probable, sin embargo, que,
si se presenta ocasión, sienta las mismas dificultades que
en tiempos de... Para estar fuerte cuando llega el momento
es necesario que me prepare desde ahora, penetrándome a
fondo de la importanca y de la belleza del perdón. Dios mío,
concédeme que comprenda perfectamente la obligación d§
perdonar. Me atrevería a decir, pero lleno de temor, dame
pronto ocasión de perdonar, para que pueda rezar el Pa­
drenuestro, y conseguir de esta manera una prenda infa­
lible de tu perdón.
LA ALEGRÍA DE LA FE 19

Jesús tuvo mucho que perdonar... Tal vez durante toda


su vida. En todo caso, desde el dia primero de su Pasión.
Perdonó a Judas; fue Judas quien no quiso el perdón, que
se consideró indigno de él. ¡Insensato!
Sí, insensato. Pero su locura es natural y comprensible.
¡Sí, demasiado lo comprendo! Me parece que yo también
podría ser tan loco como él. He de tener miedo de llegar
a ello...

¡Oh Dios mío, Padre mío, haz que nunca Jamás, pase
lo que pase y aunque haya yo cometido los crímenes más
abominables (no es necesario para esto haber matado a un
hombre), no caiga en la tentación de considerarme indigno
de tu perdón, indigno de tu amor! Haz que yo comprenda
siempre, como lo estoy comprendiendo ahora por gracia
tuya, que la verdadera manera de honrarte no es contem­
plarme a mí mismo, sino contemplarte a Ti, y creer en tu
amor hacia mí, aun cuando yo no me merezca ese amor.
Cubrirme de Jesucristo. Arrojar sobre mi su nombre como
una capa. Extender los brazos dándoles forma de cruz. Des­
pués, presentarme a su Padre y a mi Padre: he aquí la
veraad. Que jamás la olvide. ¡Oh Padre, te pido esta gracia,
en nombre de Jesucristo!

«PERDONANOS NUESTRAS DEUDAS, ASI COMO


NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTROS
DEUDORES»

«Así como nosotros perdonamos...»: dos sentidos; -por­


que y de la manera que...
Jesús hace que pongamos delante, como argumento para
ser perdonados, el hecho de que nososotros mismos perdo­
namos. Hay aquí como un argumento a fortiori: nosotros, que
no somos buenos, perdonamos; ¡cuánto más debéis Vos per­
donarnos a nosotros!
La argumentación es buena. Pero podemos utilizarla
también en otros casos: nosotros, que no somos buenos, no
condenaríamos a este o a aquel, etc. Luego no es posible
que Vos le condenéis.
La bondad de Dios no es de naturaleza absolutamente
distinta de la nuestra; porque si no, la palabra resultarla
equivoca. Nosotros hemos de Juzgar la bondad de Dios por
20 AUGUSTO VALENSIN

nuestra propia bondad. Olvidamos esto muchas veces. Por


ello, nos fingimos un Dios casi aborrecible a fuerza de ser
inhumano, tal que casi habría que sacarse después los
ojos para no verlo indigno del nombre de bueno. No hay
peligro de que nos engañemos figurándonos a Dios como
hay que figurárselo para figurárselo bueno, aun cuando nos
equivoquemos realmente sobre el sentido de la bondad. Lo
esencial es que no le quitemos nada de cuanto puede ha­
cerle aparecer amable.
Persuadirme de esto. Y, correlativamente, cuando tenga
que representar a Dios, tener sumo cuidado, no sólo en ser,
sino también en aparecer bueno. No mostrarse indulgente
en el confesonario es dar a entender que tampoco Dios es
indulgente; es falsear la idea de Dios. Es, en cierto sentido
y muy realmente, traicionar a Dios... Por primera vez me
ha impresionado esta idea con fuerza extraordinaria. Algu­
nas veces se me ocurre que tengo miedo de ser excesivamen­
te bueno, de llegar a ser débil, de no tener cuidado con la
justicia... Sentía escrúpulos, inquietud... Me decía: «Es fá­
cil ser bueno; lo quieren a uno; pero, ¡si el perdón lo doy
en nombre de Dios, no en mi propio nombre!, ¿no es verdad
que debo administrarlo más estrictamente? ¿No es verdad
que debo administrarlo con prudencia?» Veo con claridad
que he tenido razones para pasarme. Más vale ciertamente
excederse por el lado de la bondad, cor peligro de ser dé­
bil; por lo menos, no hago que se deteste a Dios, que le ten­
gan miedo... He de persuadirme de esto para no dudar.

(Dicen algunos que hemos de temer a Dios. ¡Qué ho­


rror! Como si dijeran que hay que tener miedo a la madre.
Lo que hace falta es tener miedo de darle disgustos, de ha­
cerla sufrir.)
¡Cuántas veces nos ha enseñado Jesucristo con su ejem­
plo lo que es la Bondad de Dios! El modo cómo Él ha sido
bueno, ni yo mismo me atrevería a practicarlo: es escan­
daloso. Podemos, por tanto, preguntarnos qué es lo que ha
hecho Jesús con la Justicia... El ladrón que acaba de blas­
femar de Él: tres palabras, y es premiado como un gran
santo. María Magdalena, etc.
¿Debo yo comportarme de manera distinta? Imposible.
Dejemos que griten los fariseos. Escandalicémosles. No nos
interesa más que una cosa: cuando yo obre en nombre
suyo, proceder de manera que ofrezca una imagen de Él
que le haga ser amado. No puede haber equivocación en este
LA ALEGRÍA DE LA FE 21

proceder. Si condenar a X o a Y me parece propio de un


Juez severo, he de creer que Dios no puede condenarlos.
No puede caber duda de ello.
¡Oh Dios mío, concédeme la gracia de no dudar nunca,
ni teórica ni prácticamente, de esta verdad tan hermosa,
tan consoladora, que veo tan evidente en estos momentos y
que me mueve a amarte! Cuando esta certeza mía se bam­
bolee por las opiniones de los teólogos, que la fortalezca
una mirada del Crucificado. ¿No hay contradicción entre
esa locura de amor que hace que el Padre acepte la muerte
de su Hijo, y esta justicia, esta seudojusticla calculadora que
le atribuimos nosotros?

«Y NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACION...»

Dios no tienta por sí mismo: Dios prueba, lo cual es muy


distinto. No nos pone asechanzas, no procura hacernos caer:
únicamente nos proporciona, disponiendo de una manera
determinada las circunstancias, ocasiones para hacer actos
meritorios. Incluso la mayor parte del tiempo se contenta
con permitir lo que es ocasión de nuestras acciones... Para
nosotros viene a ser lo mismo; y es importante que no
investiguemos curiosamente sobre el origen de los hechos.
Hay una cosa cierta: nada se escapa a la mirada de Dios y
nada ocurre que no haya Él aceptado de antemano. Las
tentaciones son en sí mismas malas, y son moralmente
malas para aquel que las busca, pero son buenas para nos­
otros. Semejantes a pruebas, pueden ser ocasión de actos
meritorios. Por eso las llaman muchas veces «pruebas».
Cuestión de terminología. Son · efectivamente pruebas, pero
que Dios permite, no de las pruebas que el mismo Dios
envía.

La petición del Padrenuestro: «No nos dejes caer...» es


necesariamente infalible, por lo menos durante el espacio
del día. Porque esta petición también ha de ser diaria. Y he
de creer firmemente que es infalible, que no puede dejar de
ser escuchada. ¡Qué tranquilidad interior! Hemos de dar al­
guna explicación de las apariencias que nos inclinan a creer
lo contrario. Y todas tienen su explicación. El borracho que
pide no sucumbir a su vicio, y que cae el mismo día... na
tenía voluntad de caer, no ha pecado.
22 AUGUSTO VALENSIN

Hay mucha gente que no sabe esto. Y por ello oran


menos bien, con menos fe. Les parece que, a causa del
pecado material que han cometido porque no han podido
evitarlo, no han sido oídos en su petición, y ya no piden
con la confianza que hay que tener para ser escuchados.
Dios se preocupa muy poco de las apariencias. No es un
hombre; no tiene que dar cuenta a nadie. Puede descuidar
las apariencias. Y ama tanto la vida de fe en nosotros que,
efectivamente, las deja a un lado, y esto nos desconcierta.
Quien rezare todos los días el Padrenuestro, pero seriamente,
pensando en lo que dice, y lleno de confianza, puede estar
tranquilo durante todo el día. Y lleva camino de penetrar
en las profundidades de la amistad con Dios. «El Camino de
perfección» es el Padrenuestro. ¡Y pensar que la mayoría de
la gente va a buscar este camino no sé por dónde!

Propósito: mi Padrenuestro, todos mis Padrenuestros,


pero sobre todo el de la Misa, rezarlos como obedeciendo al
mandato de Jesucristo. Y estar tranquilo con ello, seguro de
mi amistad con Dios. Espiritualidad sencilla, simplificada,
pero muy sólida.

«MAS LIBRANOS DEL MAL...»

iCuántas veces, Dios mío, te he dirigido esta petición,


sin saber a punto fijo lo que pedía! Pero también, ¿es tan
necesario que lo sepa? Tu Hijo no va a mandarnos pedir
más que cosas buenas. Repitiendo sus palabras te pido lo
que Él mismo quiere que te pida. Sin embargo, si me per­
mito tener alguna interpretación, no he de entender bajo
el nombre de Mal una enfermedad, porque no es un mal
más que para el cuerpo, y contra ella tengo todos los me­
dios de la higiene y de la Medicina. Yo sé que Tú puedes,
ciertamente, preservarme de la enfermedad o curarme de
ella. Pero me parece comprender que no te agrada hacerlo.
Y, además, prefiero defenderme de lo único que verdadera­
mente es el Mal. Ahora bien, el único Mal que veo es el
pecado.

Pero tal vez hemos de entender el texto refiriéndose al


«Malo.», y .tu Hijo nos manda pedir que nos libres del Dia­
blo. Las dos interpretaciones pueden sostenerse e, induda-
LA ALEGRÍA DE LA FE 23

blemente, no es necesario decidirse por una de ellas: po­


demos aceptar las dos. Sí, Dios mío, Padre mío, te pido que
no permitas que yo caiga bajo la servidumbre del Malo.
Quiero pedirte con esto, no que no te ofenda, que no pe­
que (esto ya te lo he pedido en las peticiones anteriores),
sino que no dejes que se me acerque el Malo y me vaya
poco a poco seduciendo. Entiendo esta petición, quiero en­
tender esta petición última del Padrenuestro como una ora­
ción contra las seducciones inconscientes, contra los desli­
zamientos insensibles... Este es, tal vez, el peligro más real
para mí y para un religioso en general. Dejarme invadir por
el espíritu del mundo, ir abandonando la oración, pensar
de manera terrena, y todo esto poco a poco... De esto te
pido, Dios mío, que me preserves, i Que esto quede entre
nosotros de una vez para siempre! Si tu Hijo pretendía
otro sentido distinto, lo hago mío; pero añado este sentido
que acabo de explicar. Líbrame de todas las formas insidio­
sas del mal, haz que yo pueda seguir adelante por los ca­
minos, sin tener que temer a las víboras ocultas, por que Tú
te preocuparás, gracias a mi petición, de limpiar de ellas
todos los matorrales y todos los rincones de mi alma.
FIESTA DE SAN FRANCISCO REGIS

16 ábrü 1937.

San Francisco Régis. Alma de apóstol. Pero quiero fijar­


me ahora en las pruebas que le purificaron, obligándole a
mostrar su afecto exclusivo a Jesucristo. Se dice que fue
calumniado dentro de la Compañía, y (no sé lo que dicen
las biografías más recientes, más críticas) incluso echado.
De todas maneras, era poco estimado y murió aislado, des­
pojado de todo. Hubiera podido acusar a su mala suerte y
convertir su vida en un purgatorio, si no en un infierno.
En vez de esto, se unió de tal manera a Jesucristo, vivía de
tal manera con Él y había «colocado» todo cuanto tenia va­
lor para él en la vida futura, se encontraba tan desapegado
de todo, buscaba de manera tan exclusiva su consuelo con el
sentimiento de haber cumplido con su deber, que ni si­
quiera se le ocurrió la idea de que fuese digno de compa­
sión. Esto es lo maravilloso. No se dice que su oración era
consolada. Me agrada pensar que era seca y que Régis no
sentía a Dios, que caminó siempre en pura fe. ¡Oh, qué pura
es la religión, la existencia que sigue a esta columna oscura!
¡Y cómo debe agradar a Dios! Pero esto no deja de tener
sus sufrimientos, porque el hombre que hay en nosotros es
sensibilidad, y así fue incluso en Jesucristo. Jesucristo cono­
ció también a este respecto la derrota de la soledad, del
abandono.
Dios mío, te pido me hagas comprender esto, no para
enriquecer mi doctrina, ni siquiera para explicarlo a los
demás, sino para saber adónde he de tender. Encuentro
todavía alguna dificultad en la conciliación entre el desasi­
miento que hace que nos abandonemos a Ti, la adhesión a
Ti, que hace que nada fuera de Ti tenga importancia ni
interés para nosotros, y la tristeza que nos producen las
26 AUGUSTO VALSNSIN

criaturas, esa tristeza que hizo correr por el cuerpo de Je­


sús lágrimas de sangre y le hizo prorrumpir en aquel terri­
ble, estremecedor Eli, Eli, lamma sabactani, que sigue reso­
nando para siempre a través de los siglos. Con este grito
Jesús se mostró verdaderamente humano. Y no podemos
añadir que fue «demasiado humano». Por consiguiente es
licito el sufrimiento. Pero aquí no está el problema. Lo que
desearía saber es cómo es posible. No quiero conocer la teo­
ría, porque en estos momentos no hago filosofía, sino saber
discernir en un sufrimiento lo que nos prueba que no te per­
tenecemos totalmente, y lo que no es más que el tributo que
debemos pagar a la naturaleza humana. Una cosa es cierta,
Padre mío: quiero amarte como debes ser amado, hasta el
fondo, y todo lo demás quemarlo en este amor. Pero yo
nada puedo: a Ti toca conceder este amor a mi oración.
¡Que San Francisco Régis, mi hermano, me ayude!

NO TENER MIEDO AL PADRE

24 abril 1937.

¡Oh Dios mío. Padre mío, concédeme la gracia, confír­


mame la gracia de no tener miedo de Ti! No hace falta que
descanse en una falsa seguridad y me imagine que, sin
hacer oración, he de mantener las disposiciones en que
ahora me encuentro, como si fueran naturales. Veo que, al­
rededor de mí, son raras estas disposiciones. Es menester
que tenga miedo de tener miedo, y que tome mis garantías
para ello. ¿Qué tengo yo para presentarme ante mi Padre?
La carmelita puede hacerse ilusiones sobre mí; M. también;
todo el mundo, en suma, puede hacerse ilusiones sobre mí;
pero yo sé perfectamente lo que hay, y, no hay por qué
insistir más sobre ello, no quiero detallar mi miseria, no
siento gusto, ni natural ni sobrenatural, en contemplarla.
La siento más que la veo; y esto basta para que no se me
ocurra estar satisfecho de mí mismo... Pero tengo una cosa,
una sola cosa tal vez, que no tengo por mí mismo; te pido,
Padre mío, me la conserves: es un sentimiento profundo de
tu Paternidad, de tu amor hacia mí; un profundo «senti­
miento filial para contigo. ¡Qué tesoro! Tengo que arroparlo
en oraciones, para defenderlo, y estar alerta con él, celo­
samente alerta.
LA ALEGRÍA DE LA FE 27

No exageraré si hablo de «la debilidad» que Tú tienes,
iba a decir, por tus hijos; pero se trata ahora precisamente
de mi, como si yo estuviera solo en el mundo; y tengo que
decir: por mí. He hecho el propósito de cerrar mis oídos,
de hacerme el sordo, a cuantos me hablan en sentido con­
trario. Indudablemente, hay que tener en cuenta tu justicia
y que no podrás salvarme si yo me niego obstinadamente a
ser salvado; Tú no puedes imponerme tu amistad, si yo no
la acepto; pero no hay en tu justicia nada que pueda ha­
cernos temblar. En concreto, debo defenderme contra la
idea de un pecado desconocido de que uno es culpable...
Sencillez y confianza. Te honramos cuando nos acercamos a
Ti sin prejuicios; con tal de que, ya se entiende, no nos
apoyemos en nuestros propios méritos.
Nunca lograré aclimatarm· lo bastante a esta idea de
que tengo en Dios a «mi Padre». Es una locura. ¡Cuánto
debo agradecer a Jesucristo que me haya enseñado esto!
¡Y qué pocos son los cristianos para quienes esta noticia,
esta «buena nueva» constituye el centro de su religión! Será
conveniente que en Perugia predique sobre todo esta buena
nueva, que busque la manera de pensar sobre ella, porque
en estos momentos no me siento movido más que a sabo­
rearla. Hasta me parece que no tendría nada que decir so­
bre ella. No me canso de dar vueltas a esta verdad, como
un diamante del que no se nos ocurre decir nada cuando
lo estamos examinando a la luz.
Pero es evidente que aquel que relegase la Paternidad
de Dios, en el sentido privilegiado que tiene esta palabra
en el Cristianismo, a un segundo plano, deformaría la Re­
velación, el Mensaje de Jesús. Y se priva a si mismo de
esta felicidad, de este' gozo inefable e inagotable que siento
yo cuando pienso en ella. Un Padre, pero un Padre mater­
nal... Preferiría que se hablase de la Divinidad en feme­
nino, y que pudiéramos decir que en el cielo tenemos una
Madre... Fundamentalmente nada hay que se oponga a
ello porque Dios no es una criatura humana, y no hay razón
para hablar de Él en masculino o en femenino. Es una
idea ésta que nos formamos sobre el hombre, al considerar
al varón como jefe, y a la mujer como subordinada.
De todas maneras, el amor de Dios hacia mí, su ternura
es verdaderamente maternal. Por consiguiente, debo pensar
en mi madre, y por ella imaginarme a Dios. Atribuirle a
Dios los sentimientos, las disposiciones de mamá para con­
migo; y alargar esto, no digo hasta el infinito, porque ello
28 AUGUSTO VALENSIN
*

no tendría sentido; pero sí, al menos, hasta lo trascendente,


por analogía.
¡Padre, Padre, locamente Padre, oh!

JUGAR CON DIOS

25 abril 1937.

Dolor de cabeza. Voy a descansar junto a mi Padre, di-


ciéndole o escribiendo lo que salga. Recuerdo una frase de
un santo hindú, que he citado en otra ocasión en mi dia­
rio: propone a un niño «jugar con Dios» Formidable. Todos
los filósofos tienen ya matera para gritar. Cuando pensa­
mos en lo que es Dios para la inteligencia abandonada a sí
misma, esta idea nos parece escandalosa. Pero si Dios es
Padre, ¿por qué no va a entretenerse con sus hijos como
un padre con sus niños? ¡Qué diferencia entre el Dios de la
Filosofía y el Dios de la fe! ¡Y qué maravilloso es «mi» Dios!
Debo tener cuidado para conservar mi tesoro, para hacerlo
fructificar, es decir, para sacar partido de él, primero para
mi y después para los demás.
Mi Padre me está contemplando mientras escribo esto;
es decir, mientras estoy pensando en Él como puedo, a
través o más bien entre estas líneas que sirven de pretil
para mi imaginación, demasiado fácil en sentir vértigo...
Me contempla y asiente... Creo esto, porque sin ello no ten­
dría mi vida sentido. ¡Qué bueno es!
No es posible ilusionarse. He asociado esta certidumbre
a la certidumbre de mi fe, a la certidumbre del Bien y del
Mal. ¡Qué bloque más sólido!
Sí, Tú me vas siguiendo los pasos, oh Dios mío, oh Pa­
dre mío, inaulgente y tierno, como quien tiene miedo sola­
mente de que yo tenga miedo... Es tan hermoso esto que
no consigo, me doy perfecta cuenta, llegar a sentir en mí
toda su belleza. Debería vivir en una continua exaltación de
gozo...
Lo que en mí es certidumbre debo esforzarme por con­
vertirlo, a la larga, y cada vez más, en sentimiento. Repi­
tiéndomelo. Volviendo una vez y otra sobre la idea, como
estoy haciendo en este momento. No tengo que profundizar
«n ella, como si se tratase de una teoría que hay que poner
en claro; sino penetrarme de ella. Familiarizarme con ella.
LA ALEGRÍA DE LA FE 29

Vivir en esta atmósfera de manera continua. Padre mío,


Padre Infinitamente tierno, Padre que me amas, a mí, a mí.
tan indigno como soy (¡pero si no quiero pensar en esto!),
ayúdame a sentirme hijo. ¡Que yo comprenda quién eres
Tú, cada día más, y que sienta ansias, que tenga habilidad,
para «dar a conocer tu verdadero Nombre».

LA VERDADERA ORACION

26 abril 1937.

Padre mío, no quiero pedirte en mi oración nada tem­


poral. Acabo de leer en Santa Teresa que ella no lo hacia
jamás sino para complacer a los que se lo pedían, y con la
certeza de que no debía ser escuchada. Dice que sus Car­
melos no fueron hechos para pedir por tales fines. Pero no
dejaré de pedirte que se haga tu Voluntad, es decir, que lo
que sea útil para mi santificación, para la santificación
de X., para la santificación del mundo, no deje de realizarse.
Y no me detendrá la impresión aparente de que no soy
oído. Ya sé que quieres que te insista... Esta es tu táctica;
y la comprendo perfectamente. Entra en tu táctica general,
que consiste en recurrir a nuestra fe.
Vuelvo una vez y otra a lo mismo. Aquí está el resorte
de mi vida espiritual. ¡Qué gracia haber comprendido la
misión, la importancia, el valor de la vida de fe! No te
lo he agradecido bastante«. Pero quiero hacer en estos mo­
mentos el acto de fe de afirmar que desde mi nacimiento
Tú has velado por mí, que nada ha ocurrido en mi vida
que no haya sido revestido por Ti con una gracia, para
que, en su misma realidad concreta, se convierta cada he­
cho de mi vida en algo verdaderamente «providencial». De
esta manera todo a mi alredor ha sido ordenado para ayu­
darme; todo, incluso aun cuando yo no he sabido abrir a
ello mismo ojos, ha sido luz para mí; todo, fuerza, todo. Inci­
tación. He avanzado a lo largo de mi vida gracias a tus
solicitaciones, cercado por tus llamamientos, vigilado por tu
inquietud (me atrevo a escribir esta palabra). ¡Y yo no me
daba cuenta de ello!
Hablamos de ingratitud. La ingratitud que yo he tenido,
la que todos tenemos para contigo supera a cuanto podemos
imaginarnos. Tus atenciones, ni siquiera las he advertido...
a l e g r í a de l a f e 3
30 AUGUSTO VALENSIN

Perdón, Dios mío; perdón, Padre mío. Dame Tú mismo lo


que me inspiras que te pida me des; concédeme que piense
en la presencia de tu amor sobre mí, que piense muchas
veces, que piense siempre. Que yo sepa acoger todos los
acontecimientos, es decir, todas las anunciaciones con esta
visión de fe, de que me traen una gracia tuya. Me veo
rodeado de máscaras; nada tiene para mí su verdadero ros­
tro, y por eso me veo obligado a buscarte. Mantén despierto
en mí el ojo que traspasa las apariencias, y que, en todas
partes, a través de todo, te vea yo, y que ésta vista de Ti
se convierta dentro de mi alma en un salto de gozo.
¡Sería tan sencillo vivir con un júbilo que fuese inte­
rrumpiendo los sufrimientos de la Pasión! Bastaría para
ello ser cristiano, pero a fondo, es decir, ser un santo. Pero,
no. Eso no es verdad más que del júbilo superior, en la cum­
bre del alma... Para que pudiese estar alegre en toda mi
alma sería necesario que la fe bajase hasta la raíz misma
de la sensibilidad; que la misma sénsibllidad, y la imagina­
ción, se hiciesen cristianas... Pero esto no es sólo una gra­
cia: es un favor... Podemos ser santos sin tenerlo: yo lo de­
seo, Padre mío, lo deseo locamente, pero no te lo pido.

27 abril 1937.

Ante el crucifijo de Magali. Jesús, que me has revelado a


tu Padre y a mi Padre, y que fuiste un hombre como yo,
que quisiste conocer todo lo del hombre, excepto el pecado,
hoy quiero hablarte. Con toda sencillez. Hacer proyectos ante
Ti, contigo. Ha comenzado una vida nueva en Niza...; pues
bien, quisiera que fuese para servicio tuyo... Concédeme que
te haga conocer y amar, que no me busque a mí mismo,
que no corra tras el éxito vano, sino, por el contrario, si
tengo éxitos, que me den amargura, si no puedo por medio
de ellos llevar almas a TL Comprendo perfectamente una
actividad totalmente intelectual, con tal que produzca fru­
tos, visibles o invisibles. Los frutos, esto depende de Ti. Pero
te pido que me inspires para que yo pueda introducir en
mis conferencias en el Centro, y en mis conversaciones,
precisamente lo que hace falta para que se abra un camino
hacia Ti. Digo: precisamente lo que haga falta, porque me
doy perfectamente cuenta de que mi misión no es la de un
predicador oficial... Hay funciones distintas. Dar a conocer
la sotana, hacerla apreciar, esto es ya un apostolado. El
LA ALEGRÍA DE LA FE 31

apostolado se Irá haciendo casi sin que yo lo busque; al me­


nos yo tengo esta idea; pero lo delicado, lo que te confío
a Ti, puesto que Tú quieres que te pidamos lo mismo que
Tú nos pides, es que jamás llegue a Inspirar una idea mala
del sacerdote, es decir, que jamás te juzguen a T i mal -en
mí. Tengo necesidad para ello de continuas Inspiraciones
de tu Espíritu. ¡Es tan fácil escandalizar! Un chiste fuera
de lugar, una actitud un poco mundana, ¿qué sé yo?, y un
alma a punto de ser herida. Yo solo me reconozco incapaz
de esto. Absolutamente incapaz. Tengo necesidad de que
me mantengan atento; necesitaría un admonitor perpetuo...
Este es el oficio de tu Espíritu: envíale a mí, y que Él me
hable interiormente todas las veces que sea necesario. Yo
procuraré por mi parte mantenerme atento. Pero es nece­
sario afirmar el discernimiento del alma. Delicadeza, pero no
escrúpulo. Reserva, pero no timidez. ¡Oh, qué difícil es, sin
Ti, avanzar entre estos escollos! ¡Pero qué fácil debe ser
contigo! ¡Que tu Espíritu, interior a mí mismo, me dirija,
sin que yo lo note!

Esto es lo que te pido. Me lo darás, pero eres Tú mismo


quien me inspiras que te lo pida, y no esperas más que mi
petición para dármelo.
Estaré tal vez muy a la vista de todos durante algunos
años en Niza, y es menester— ¡oh, esto lo deseo con todas
mis fuerzas!—que se pronuncie un juicio unánime sobre el
sacerdote. El conferenciante puede ser discutido; en reali­
dad, no deseo ser discutido—te lo digo honradamente—,
pero, al fin y al cabo, pase. Pero el sacerdote deseo con to­
das mis fuerzas que permanezca muy por encima de las
críticas, por encima de toda suspicacia... Esto sería fácil
contemporizando; pero ¡no quiero! Prefiero luchar con la
dificultad; aunque no quiero ser presuntuoso, y no pretendo
luchar con la dificultad más que confiado en la ayuda del
Espíritu Santo.
Veni, Sánete Spiritus!
Te dirijo desde hoy esta oración con todas mis fuerzas.
32 AUGUSTO VALSNSIN

LA FAMILIARIDAD CON DIOS

28 abril 1937.

Los libros piadosos nos hablan de ella. La consideran


como un trato asiduo de oración y de pensamiento con
Dios... Es la facilidad para vivir unidos a Él, bajo su mira­
da, para referirlo todo a Él. Pero yo querría entenderla
también en otro sentido... Me parece, Padre mío, que quie­
res de nosotros, que quieres de mi, algo distinto de la ado­
ración, del respeto, o (sobre todo) del temor. No merecía
la pena habernos enviado a tu Hijo y que Él nos revelase
lo que eres para quedarnos con esto. El Dios de la Filosofía
exige ya la adoración, y el respeto y el temor; pero tu nom­
bre, ya lo conozco yo, es otro distinto, es el Amor. Tú no me
pides más que el amor. Y tu nombre es Padre: quieres, por
consiguiente, de mí, el amor de un hijo, y que me acerque
a Ti con toda sencillez, con mi corazón entre las manos,
como aquella pelota de que nos habla Claudel, en la cual la
niñita ha bordado un horrible dibujo. Yo siento en mí
(desde siempre, a mi parecer) esa espiritualidad de amarte
simplemente, sin preocuparme demasiado por los usos y las
convenciones. Rectitudo et simplicitas in gaudio Christi. Es
necesario que cobre fuerzas con mi lema; él es quien ha
hecho mi alma, él es quien debe conservarla. Tener pureza
de intención, pensar en mi Padre y seguir adelante. Fuera
lo convencional; fuera de mí lo artificial.

Que a primera vista me tomen por un filósofo, o por un


literato, o por lo que quieran; después, en cualquier mo­
mento, de repente, pero como una cosa natural, una cortina
que se corre y se descubre la presencia real con su lámpara
encendida y con las flores. La historia de los adioses a la
Facultad. La emoción del momento está alimentada por todo
lo que ha precedido. Pero nada teatral, afectado; diría
mejor, nada voluntario o deliberado. Es menester que se
trate de una floración espontánea... Y para ello debo vivir
Interiormente unido a Jesús, bajo su mirada, protegido por
la ternura de mi Padre. Esto es lo que se llama devoción.
Esto es lo que yo llamo devoción, y esto es lo que llevo pi­
diendo desde la primera «novena de la gracia» (para mí
LA ALEGRÍA DE LA FE 33

y para X)... Concédemelo, concédemelo. Me parece que me


lo vas a conceder, Padre mío, me parece.

Que yo te ame, y que este amor, en ciertos momentos,


brote como un surtidor a la luz. Pero sin pretenderlo, sin
premeditación, y únicamente porque ha encontrado en aquel
momento un escape, porque estaba estallando por todas
partes. Amén.

¡Padre mío, mi Padre, Padre de Jesucristo, te amo!

«A TE NÜMQÜAM SEPARARI...»

29 abril 1937

A Te numquam separari permittas. Esta es la oración


por excelencia que he de hacer diariamente poniendo en
ella todo mi corazón. Estar alerta para no dejarla pasar,
en la Misa, sin fijar mi atención. Lo más tremendo: vivir,
durante un solo minuto, separado de Jesús. ¡Que jamás
ocurra esto! ¡Defiéndome, oh Jesús, contra mí mismo, si
estuviera en algún momento a punto de separarme de T i!
¡Violenta mi libertad si fuere necesario! Pienso en lo que
debió ocurrir en Jerusalén... Habías anunciado el hecho
maravilloso de la Eucaristía, y a algunos de tus oyentes, de
tus discípulos, les parecía aquello muy duro de admitir. Et
iam cum ülo non awbulabant. Y desde aquel momento de­
jaron de pertenecer a tu grupo. Cuando pasabas por las pla­
zas públicas te cruzarías con los que estaban antes contigo
y que ahora rodeaban a algún otro rabbi... Sentirías una
dolorosa tristeza. Desearía poder conocer la calidad de tu
tristeza, poder imaginarme la mirada que les dirigías, adi­
vinar tus sentimientos... ¡Oh, ciertamente, no la tristeza
egoísta de quien se cree abandonado por otro, la tristeza
de los celos, sino más bien la amorosa tristeza de quien
ve desdeñado su amor... Pero tengo la impresión de que
esta tristeza tuya no puede captarla nuestro análisis; son
demasiados los elementos que entran en su composición.
Lo que veo con evidencia es que esta separación te causó
una pena, tanto mayor cuanto que tu sensibilidad era más
refinada y tu corazón más amoroso. No quiero producirte
54 AUGUSTO VALfiNSIN

jamás esta pena Esta vez no pienso en que esta separación


constituiría para mí una terrible y espantosa desgracia (pen­
sar en ello me produce, Incluso físicamente, un estremeci­
miento), sino en lo que Tú has hecho por mí, en el amor con
que me sigues y me persigues... Tú me has escogido: yo
soy uno de tus apóstoles, me has dado derecho a hablar en
tu nombre, poder de atar y desatar; quien me contempla
te contempla a Ti; yo te represento... Alejarme de Ti sería
▼olver a repetir el gesto de Judas. ¡Qué horror! Pero no
basta pensar que ser separado de Ti es algo horrible, y no
basta que tenga miedo, un miedo saludable ante esta posi­
bilidad; es necesario que me asegure también contra esta
eventualidad, ya desde ahora. Y lo mejor para esto, lo
único seguro fundamentalmente, es pedirte a Ti mismo que
me defiendas, si es necesario, contra mi mala voluntad. Esta
oración no puede dejar de ser oída. ¡Oh Jesús, te pido, so­
lemnemente, que no permitas que me aparte de Ti. Reténme
junto a Ti por todos los medios: la enfermedad, el sufri­
miento físico y moral, todo lo que quieras, todo medio es
bueno... En aquel momento tal vez no lo comprenderé; ¡no
importa! Me habrás escuchado si un día veo que por cual­
quiera de estos medios me has unido a Ti. Esto es lo único
que estrictamente me importa, es lo único que me interesa.
Lo demás, y X, y todo = nada.

¡Tú, ahora y siempre!

EL MES DE LA SANTISIMA VIRGEN

Mayo 1937.

Magnífica ocasión para volverme a templar en la devo­


ción a María. Examinarme y hacer propósitos. Me parece
que mi devoción está adormilada... No, no es verdad, o no
es verdad más que en determinados momentos. Cuando
rezo el Rosario en voz alta, los «Dios te salve, María...» me
llenan siempre la boca de una dulzura líquida que baja
hasta el alma. Me basta pensar en Ella para adquirir con­
ciencia de mi amor hacia Ella. ¡Que sea siempre así!
Padre mío, en nombre de Jesucristo, que nos afirmó so­
lemnemente que todo cuanto te pidiéremos en su nombre nos
lo concederías, te pido una intensa devoción hacia la Madre
LA ALEGRÍA DE LA FE 35

de tu hijo, y el don de hablar de Ella, de hacerla amar.


Así es. Amo a María, es verdad. Y ya entreveo que algún
día, explicando a Dante, ante un numeroso auditorio, sin
pretensiones, después de unas frases sobre la música o so­
bre la danza—¿yo qué sé?—, frases muy profanas, diré de
repente algo sobre esta Princesa que brillará de repente
como una sonrisa en una mirada.

Es un gran don saber hablar de la Santísima Virgen sin


sosera y sin rebuscamiento. Es un don del amor. Primero,
amarla; hablar de Ella con eficacia, dignamente, es una
consecuencia. Y para amarla no hay más que pensar en
que es su Madre. Este es el privilegio del cual derivan todos
los demás. Todos los sentimientos de Jesús los ha experi­
mentado María, y Ella me ama como me ama Él; es una
consecuencia necesaria. Veo en ello una realidad más cierta,
más auténtica que cualquier otra realidad. Pero no más
cierta que ésta: que Jesús la ama. O que ésta: que el Padre
la ama, y no como ama a cualquier otra criatura, sino con
un amor ante el cual nuestro mismo corazón siente vértigo,
y que es el amor de un padre hacia la madre de su Hijo.
El Padre, mi Padre, está satisfecho de que yo ame a
María. Cuando digo: «Dios te salve, María...», me está oyen­
do, y se alegra... Sabe que estoy satisfecho; yo lo digo como
si lo dijera con Él... ¡Anda, pues si es verdad, y no se me
había ocurrido nunca, que la salutación angélica, su parte
propiamente «angélica» podía ponerse perfectamente en
boca de Dios. «El Señor es contigo» se convierte en <Yo
estoy contigo», y nada hay que cambiar en lo demás.
Dios, los ángeles, los hombres pueden decir igualmente
esta oración. Sí, el mismo Dios, porque* no es una oración
de petición, sino de felicitaciones. ¡Cómo queda ennoblecida
la fórmula del saludo! ¡Cómo debo estimarla! ¡Qué her­
mosa, qué hermosa! Siento que la amo apasionadamente...
Gracias, Dios mío, Tú me escuchas: amo a la Madre de
Jesús. ¡Infinitamente!
* * *

La Santísima Virgen... Debería, querría pensar en sus


alegrías; pero sus sufrimientos son los que se me imponen.
No resistiré más. Y me presento a María durante la Pasión.
¡Qué dolor el suyo! Ningún dolor, ciertamente, puede com­
pararse con el suyo. Y ¿qué es el martirio, al lado de lo que
ha sufrido Ella en su corazón? Ella amaba a Jesúa*como
36 AUGUSTO VALENSIN

evldemente ninguna otra madre ha amado a su hijo. Tam­


bién Jesús era su Hijo de una manera que hacia que Ella
se encontrase en Él totalmente. Ella no vivía er> si misma,
sino en Él; Ella le seguía... Y esto me hace pensar en el
sufrimiento, antes de llegar la Pasión, que supuso para
Ella simplemente el verse alejada de Jesús. Él tenía que en­
tregarse a su ministerio: abandonó a su Madre, y su Madre
aceptó este abandono... Pero el sufrimiento debió ser des­
garrador. Concédeme, oh María, que penetre un poco en
tu corazón y comprenda lo que debió pasar en él. Las dos
partes sí; la cima del alma, y la parte baja; las nubes
y la tempestad sobre toda una región, y la calma, la tran­
quilidad en la cima. Es una imagen, pero me parece verda­
dera. Pero querría penetrar toda su significación psicológi­
ca. ¿Por qué? No es vana curiosidad, oh María, sino deseo
de conocerte... Si yo fuera un santo hallaría en mi expe­
riencia algo con que captar la verdad de la imagen. Y tal
vez, sin ser un santo, puedo comprenderla hasta cierto pun­
to. Un sufrimiento que se acepta, sin que levante ninguna
protesta, incluso hasta con cierta alegría, la alegría de
cumplir a través del dolor, la voluntad del Padre, no es
algo de que no tenga idea. Lo que veo de todas maneras
muy claro es que en Ti no existió lucha alguna. No tuviste
que sufrir—ni que domar—la rebelión de tu voluntad: por
sí misma, la voluntad se las entendía perfectamente con el
sufrimiento, lo cual quiere decir que, espontáneamente, no
tenías que hacerte violencia alguna. En esto no puedo imi­
tarte; pero lo que en ti era espontáneo puedo hacerlo yo
deliberadamente, lo que hacías sin esfuerzo alguno puedo
hacerlo yo con esfuerzo... Pero esto resulta complejo, difí­
cil; tendré que reflexionar sobre ello, y con esto me meto
en un problema (¿cómo Jesús no contaba con el sufrimiento
cuando pidió a sus apóstoles que velasen con Él?... (Ya lo
veo..., hay que distinguir.) No es éste el momento: estoy
aquí para hacer oración, no para filosofar. La misma ora­
ción tiene necesidad para apoyarse de ideas sólidas; pero
no es ella quien ha de encuadrarlas y de colocarlas... Vuel­
vo a Ti, y a tu dolor cuando te abandonó tu Hijo. Debiste
conocer ese vacío en el estómago, ese malestar físico, esa
imposibilidad de fijar la atención en otra cosa, esa necesi­
dad de llorar. Pero, cuando intento imaginármelo, no con­
sigo verte como encerrada en tu pena y muda... Tu sufri­
miento era para Ti y no para los demás—que lo adivinaban
solamente y lo respetaban—. ¡Qué noble manera de sufrir!
LA ALEGRÍA DE LA TE 37

Entraste en casa después de su partida, y te entregaste a i a


tarea doméstica; hablabas con las vecinas como si nada
hubiera pasado; tu pensamiento, sin dejar de seguirle, es­
taba en lo Que tenías que hacer... i Un nuevo problema!
Algo que profundizar. Decididamente, el cristiano tiene ne­
cesidad del filósofo; me parece que es necesario mantener
a los dos. ¿Cómo conciliarios? ¿Y por qué no me lo enseña*
Tú misma? El pensar en Dios no impide a los santos ocu­
parse en sus obligaciones... Indudablemente ocurre que en
vez de tener que dividirse, como si el pensamiento en Dios
y en su tarea del momento los distendiese en sentidos dis­
tintos, el primer pensamiento cubría al segundo... Pero esto
no resuelve la dificultad: ¿cómo podías seguir a tu Hijo
con la imaginación, por los caminos, y estar ocupada ente­
ramente en lo que estabas haciendo?

Hoy he divagado. Mi media hora se ha enredado en los


zarzales. En una palabra, que he estado «distraído». Y no
he dicho lo bastante a María que deseo ¡amarla, amarla,
amarla!

SOBRE LAS LETANIAS DE LA SANTISIMA VIRGEN

Mayo 1937

Es necesario que medite las letanías de la Santísima Vir­


gen y que invente nuevas invocaciones. Me siento movido
a hacerlo, pero, al mismo tiempo, me siento cohibido; en­
cuentro todavía demasiado júbilo en las letanías. Mi alma
no sintoniza todavía con ellas. Y debería sintonizar, porque
tengo siempre motivos para estar alegre: los que provienen
de Ella, los dones que Ella recibió, sus brillantes obras. Pero
todavía no llego a esto: a encontrar fuera de mi y fuera
de la Naturaleza mi fuente. Ni siquiera a encontrar una
fuente fuera de mí y fuera de la Naturaleza No bebo más
que aguas filtradas por la tierra, y es necesario que esto
cambie. Meditar en la Virgen triunfante debería producirme
alegría, aun cuando las circunstancias en que se halle mi
vida me produjesen al mismo tiempo tristeza. Padre mío,
en nombre de Jesucristo, fundado en la confianza que Él
nos ha proporcionado, te pido esta gracia: sentir tan viva­
mente lo que pertenece a tu Hijo, a la Madre de tu Hijo,
38 AUGUSTO VALENSIN

a tu reino, q u e encuentre en esto verdaderamente motivos


de alegría.
Y también lo contrario. Porque debo sentir dolor única­
mente por el mero hecho de pensar en los dolores de María
o de Jesús. Me parece que no soy verdaderamente cris­
tiano mientras no llegue a esto de una manera habitual.
Pero me doy cuenta también de que esto es una gracia,
aunque, con más exactitud, un favor, porque no es necesa­
rio para 1& salvación... Esta merced la pido lleno de con­
fianza; porque es buena y es útil; pero no puedo contar
con conseguirla infaliblemente... La oración que estoy aho­
ra haciendo, veo, me doy cuenta ahora de que no tengo
estricto derecho a hacerla como la he hecho. Mas no me
resta sino pedir humildemente a mi Padre que me conceda
esta merced.
La Santísima Virgen la poseía ciertamente, y esta mer­
ced no se distinguía siquiera de su privilegio inmaculado.
Su sensibilidad estaba acorde por sí misma con los objetos
capaces de excitarla. Según el grado mismo en que estos
objetos lo merecen. Por consiguiente, ante todo, las causas
de alegría—o las causas de sufrimiento—que le venían de
las vicisitudes del reino de Dios tenían la virtud de con­
moverla. Sensible, además, para otras cosas, pero menos
que para éstas. Y se podía afirmar verdaderamente de Ella
que vivía en Dios, de Dios... Ella estaba en el orden: del
cual nos hizo salir a nosotros el pecado original. ¡Qué be­
lleza moral! Me imagino que la contemplación de su alma
y de los movimientos de su alma, si hubiéramos podido
contemplarla, nos hubiera producido una satisfacción ma­
ravillosa de orden estético. La espontaneidad dentro de la
Regla. Nada necesitaba ser rectificado ni canalizado; ¡un
surtidor!

¿Cómo hubiera podido ser menos bella la Madre de Dios?


Y para conocerla no es necesario, como cuando se trata de
un personaje ordinario, que compulse documentos, que vaya
pasando de lo que sé de Ella a lo que debió ser, y recons­
truir su fisonomía partiendo de rasgos que encuentro en la
Historia. Ella no es una realidad, con la cual construyo, o
en la cual encuentro un ideal... Es precisamente todo lo
contrario... Me figuro a María de manera que sea total­
mente bella, y en la medida en que consigo este ideal,
afirmo que existe, y que esto es Ella. Este es el procedi­
miento más seguro... No es científico... El hombre cargado
LA ALEGRÍA DE LA FE 39

de libros no puede dar dos pasos en esto, pero Ella se revela


a los devotos. ¿Quién conoce mejor a la Virgen, el que a
fuerza de estudiar las obras orientales, ha conseguido saber
cómo se vestía, cómo comía, etc..., o ei que ha conseguido
verla maravillosamente amable? No hay duda sobre ello.
Ni tampoco hay temor de equivocarse. Nunca me engañaré,
oh Madre de Jesús, cuando te alabe. Tú eres enteramente
bella, enteramente tierna, comprensiva, indulgente, bueni-
sima, purísima, inteligentísima. Infinitamente más que la
mamá de Frangois y que Frangois, Tú y tu Hijo os ilumi­
náis mutuamente. Jamás ha habido, jamás podrá haber
unión más completa entre Madre e Hijo, y esto es lo que
me mueve a decir que Tú me amas, porque Él me ama.

EL «MEMORIAL» DE FRANGOIS

5 mayo 1937

¿Cómo meditar en algo distinto del «Memorial» de Fran­


gois? Pero, ante todo, gracias, Dios mío, por haberme con­
cedido ser vuestro intermediario... Permitido, es decir, dado
los medios; permitido, es decir, haber comunicado a mis
palabras la gracia que le ha dado su eficacia.
«Me he dado cuenta de lo que es Dios. Me he dado cuen­
ta de la absoluta continuidad de la presencia en la Con­
ciencia divina.» Es verdad que cuando esta verdad deja de
ser un concepto para convertirse en sentimiento, el alma
recibe de ella una impresión... Tiene dificultad en acomo­
darse a ella, como el ojo no se adapta a una luz demasiado
brillante. No sólo me está viendo Dios en estos momentos
en que pienso con la pluma en la mano, sino que me con­
templa. Como si estuviera yo solo en el mundo. Es una
locura. Esta pequeña bola de la tierra en medio de los
millones de soles; y sobre la tierra, en medio de los conti­
nentes y de los mares, este pequeño, insignificante rincón,
esta habitación y esta mesa sobre la cual tengo puesto el
papel. Es verdad que, desde el punto de vista del idealismo,
la verdad es distinta, pero más bella aún. Dios me mira a
mí, el único que le intereso, y mira en mí al mundo que
en mí llevo, cuyo centro soy yo... i Sublimidad de las al­
mas! En definitiva, de una o de otra manera, Dios me mira,
me sigue, comunica conmigo... ¡Qué maravilla! Dios, es
40 AUGUSTO VALENSIN

decir, el Infinito... (Aquí es necesario que lo considere bajo


el aspecto de Infinito más que bajo el aspecto de Padre).
Se trata de saber si a este Infinito, que se manifiesta como
Amor, le voy a entregar algo mió... ¡Oh, cómo no dárselo
todo! Es verdad, Dios mío, hace años que te lo he dado
todo, y no me he arrepentido de ello; no lo he vuelto a
tomar, al menos conscientemente. Lo he tomado en deta­
lles cada vez que me he buscado a mí mismo; pero nunca
me he tomado la entrega total, la entrega de principio que
me convirtió en algo consagrado a Ti... En este momento
me parece que, con tu gracia, no duraré un segundo en
abandonarlo todo de nuevo para seguirte, en una leprose­
ría o en cualquier otro sitio, todo cuanto quiero y me
agrada... Pero Tú eres un Padre bueno, Tú llevas cuenta
de todo, Tú no te complaces en hacerme sufrir...
¡Yo sé, oh Padre mío, que está bien que te lo haya
entregado todo! Aunque no lo sienta así, seguiré diciéndolo,
aunque no lo sienta, lo «sabré». Pero me parece que, a fuer­
za de saberlo, y de decirlo (de decírmelo), acabaré por sen­
tirlo. ¡Feliz autosugestión, que consigue hacer bajar hasta
la misma sensibilidad las certidumbres de la razón!

LA ASCENSION

6 mayo 1937.

El momento de la Ascensión: ¿triste o alegre? Triste, si


pienso en mí; alegre, si pienso en Él. Como hombre, Jesús
sufría; como hombre, es feliz. Para mí sería magnífico que
continuase viviendo entre los hombres: mas, ¿para Él? No
podemos dudar: he de ponerme en su punto de vista. El
amor exige de mí que me sitúe en el punto de vista de
Jesús. Fuera egoísmo y egocentrismo: el amor se dirige
siempre hacia el otro.
Para la Santísima Virgen, me sentiría inclinado a decir:
triste también para Ella. Pero como Ella no pensaba en sí
misma, y como la felicidad de su Hijo era, naturalmente,
su propia felicidad, como sus sufrimientos habían sido sufri­
mientos de Ella, no es posible decir de Ella lo que digo de
mí, lo que digo de los hombres en general. Me parece que,
verdaderamente, este momento de la separación debió ser
para Ella un momento de bendición; tuvo que exultar, como
LA ALEGRÍA DE LA FE 41

una mujer que se entera de que su hijo ha salido de una


prisión.
Debo procurar sentirme feliz como la Santísima Virgen
pensando en la Ascensión. Hoy me resulta fácil; el hecho
histórico se me presenta como feliz para Jesús, y si es
triste para algunos, éstos tienen que ser los judíos de en­
tonces, los hombres de entonces.
Los apóstoles, ¿se alegraron? No lo creo. Ellos no eran
todo amor, como era su Madre; vivían todavía para sí mis­
mos en el amor de sí mismos, contaban consigo mismo para
algo... Su vida no estaba enteramente fuera de sí; el amor
no había realizado todavía el milagro... Esto aparece evi­
dente para quien lee el Nuevo Testamento.
Comprendo que debo alegrarme, sin volver sobre mí mis­
mo ni sobre los demás, por todo cuanto produce felicidad
a Jesús, y ejercitarme con esto en la alegría. Convertirlo,
literalmente, en causa real de alegría. Ver a Jesús liberado
de su vida de sufrimiento y de dificultades debería hacerme
saltar de alegría; debería saber utilizar todo esto para de­
fenderme de la tristeza, ¡y ni siquiera pienso en ello!
Recuerdo que en Lourdes, mientras estaba haciendo el
Vía crucis, me encontré con una anciana que lo estaba
haciendo. Y como veía que sollozaba entre sus harapos creí
que tendría alguna causa de dolor exclusivamente perso­
nal... Le pregunté y me respondió con gran sinceridad y
sencillez que estaba llorando al pensar en los pecados que
se cometen en el mundo y por la tristeza de Jesús. Estos
son detalles que leemos en las vidas de los santos y que no
nos impresionan: el dolor de aquella mujer me impresionó,
y fue para mí como una revelación. Así debería ser yo:
llorar pensando que Jesús lloró, alegrarme pensando que
Jesús se alegró. Y de esta manera vivir siempre fuera de
mí, en Él, con Él y de Él.
Jesús, por mis propias fuerzas no puedo llegar a esto.
Concédeme esta gracia, esta merced. ¡Te la pido en nom­
bre de tu Madre!

JESUS Y JUDAS

Jesús en compañía de Judas. Y no en los últimos tiem­


pos, sino cuando comenzó a insinuarse una oposición entre
Él y Judas. Embarazo de Jesús. Todavía duran las aparien­
cias de familiaridad, puesto que nada ha trascendido al
42 AUGUSTO VALENSIN

exterior; pero, de una parte, el desapego encubierto por una


cortesía hipócrita, y por otra, un afecto desilusionado que
no puede expresar su decepción. Situación extremadamente
penosa. Me imagino cómo Jesús se domina. La tentación
estaría en romper abiertamente, en demostrar a Judas que
conoce su doble juego, ponerle en situación de retirarse...
Si Jesús hubiera hecho esto, no hubiera hecho más que
desenmascarar a un falso hermano, y lo hubiéramos en­
contrado perfectamente natural. Esto es lo que hace la
Iglesia cuando excomulga, y es lo que hacen las Ordenes
Religiosas cuando arrojan a uno de sus miembros. ¿Por qué
no procedió Jesús de esta manera? Me parece que porque,
humanamente, no hacía más que adivinar o deducir la trai­
ción de su discípulo, que permanecía oculta a los demás.
¿Tenía tal vez esperanza de atraer a Judas?... No debemos
apagar la mecha que está humeando... Esta longanimidad
nos demuestra en todo caso la discreción de Jesús y su
bondad. También su paciencia; porque el contacto diario
con aquel hombre debía ser para Jesús una fuente conti­
nua de sufrimientos íntimos, y de Él dependía terminar con
aquel martirio del corazón.

Jesús, concédeme tu paciencia, tu longanimidad, .tu


bondad.

ORACION A LA VIRGEN

Virgen María, concédeme que viva en una atmósfera es­


piritual, semejante a aquella en que viviste Tú. Conversa­
rías continuamente con tu Hijo, es decir, con Dios; cuando
estaba junto a Ti y cuando estaba lejos; y no hacías nada
si no era en compañía de Él. Y pensar en Él era algo com­
pletamente natural en Ti. Y tus alegrías—y tus tristezas—
procedían de Él. De ordinario, estaba serena tu alma; pero
conociste también—¿no es verdad?—la turbación, la inquie­
tud, la angustia... ¡Cómo no, si tu mismo Hijo las conoció!
Quería que me modelases a tu imagen; muy distinta de
los santos que nos describen las biografías piadosas, de los
santos sin humanidad, que son «una regla» y tienen toda
la rigidez de la regla. Nos preguntamos cómo era posible
que amasen a Dios, porque parece que no tenían corazón;
pero muy distinta también de los hombres cuyas vidas no
han estado enteramente entregadas a Jesús... Se trata de
LA ALEGRÍA DE LA FE 43

ser verdaderamente—y como Tú, a tu imagen—sobrenatu­


ral. Es necesario que me lo enseñes; porque yo por mí mismo
no sé hacerlo. N1 siquiera me atrevo a arriesgarme a hacer
la teoría de esta actitud, como si me la representara per­
fectamente... Me doy cuenta que es cuestión de intuición
cada vez que tratamos de llevar a Dios en nosotros, de
unirnos a Él sobre todas las cosas y de sentir las inspira­
ciones interiores con naturalidad...
Cada vez con mayor frecuencia se me ocurre, cuando me
recojo, la idea de que debo hacer que irradie de mí el
sacerdote (el amor y la fe). Pero no es esto algo que pode­
mos conseguir por simple cálculo, como si para ello tuvié­
semos que comportamos de esta u otra manera, hablar de
tal y tal cosa, etc.... Mi ideal consiste en la perfecta espon­
taneidad; y, por medio de esta espontaneidad, que se trans­
parente mi alma de sacerdote. En el fondo, así debía ser
María. A Ella toca, por consiguiente, formarme; se lo pido
instantemente, y tengo confianza de que lo alcanzaré de
Ella...
Mi sueño: conducir, seducir para Jesucristo. Pero esto es
difícil. Terrible peligro; seducir para mí mismo, como una
primera etapa, y quedarme ahí. Esto sería robarle a Jesu­
cristo, hacer algo abominable (si es consciente). Por esto,
la verdadera fórmula no es: «Seducir para mi, para seducir
para Jesucristo», sino «Seducir en mí para Jesucristo.»

No se me oculta que esto es jugar con la dificultad; pero


¡qué hermoso puede resultar esto! ¿Método? No pensar en
mí, primer punto. Segundo punto: tener en mí a Jesucristo
vivo. ¡Virgen María,-te pido esta gracia! ¡Que sea éste tu
regalo de mayo! Me doy perfecta cuenta de que, incluso en
este orden, resultaría presuntuoso pretender algo instantá­
neo; que la gracia actúe como la Naturaleza, poco a poco.
Esperaré, pero lleno de confianza, y renovaré mi oración,
incluso en los días de sequedad y de desaliento.

DESALIENTO
9 mayo 1937.

Santa Juana de Arco. No me siento movido a meditar


sobre ella; sino que me siento arrastrado de nuevo por mis
ideas cotidianas y quiero dejar que obre en mí el espíritu...
44 AUGUSTO VALENSIN

Quiero repasar las ideas que mi Padre quiere que tenga


sobre el desaliento y el temor a Él.
Tal vez lo más importante en una vida es no desani­
marse; porque lo que Dios nos pide es, ante todo, la orien­
tación de nuestra voluntad, que siga siempre distendida hacia
el bien... Recuerdo a una hormiga que me gustaba hostigar.
Se dirigía, penosamente, por el peso la brizna de paja que
iba arrastrando, hacia el hormiguero; pero yo la desviaba...
Unas veces, con un obstáculo, la obligaba a caminar hacia
la derecha; otras veces la forzaba a avanzar hacia la iz­
quierda; la hacia volverse completamente sobre sí misma,
etcétera. Y en cuanto cesaba mi coacción, volvía a recobrar
la hormiga la buena orientación... Al final estaba más lejos
del hormiguero que al principio, pero no había dejado de
tender a él, no había dejado de pretender volver; ella había
mostrado y desarrollado esta voluntad mucho más que otra
hormiga que no hubiese tenido más que seguir por un ca­
mino perfectamente orientado, metida en una fila. Y si
hemos de apreciar esta voluntad, más que el éxito, si en el
orden moral el éxito mismo consiste en hab^r querido hacer
y no en haber hecho, esta hormiga es exactamente el símbo­
lo de lo que nosotros debemos ser. El desaliento es la abdi­
cación de la voluntad; renunciamos, nos cansamos de lu­
char, de volver ai buen camino, aceptamos el despiste; y
esto es el pecado... Y nos dejamos ir de esta manera, porque
pensamos en el fin, y nos decimos, incluso vemos, que no
tenemos posibilidad de conseguirlo. Pero nos olvidamos de
que en el orden moral no cuenta el fin determinado, sino
nuestra tendencia hacia él. El fin, la orientación a seguir,
y el bien consiste en conservar esta orientación. ¡Y ni si­
quiera esto! El bien consiste en jamás renunciar a esta
orientación y en volverla a recobrar en el momento que
podamos.
Me ha hecho mucho bien repetirme esto. Me parece que
estoy en camino de llegar a persuadirme mejor de lo que
ya estaba persuadido, de lo que predico a los demás, y sin­
gularmente a X. ¡Cómo se hace todo, en cierto sentido,
fácil! Porque no me pide Dios que no caiga, sino que me
levante. Y el pecador a quien abandona Dios (como puede
abandonar Dios a un alma que no está fijada para toda la
eternidad) es el que se instala en su pecado... Iba a escri­
bir <y debo escribirlo, ésta es la verdadera fórmula, aun
cuando paradójica) quien consiente ert su pecado; quien
consiente en el pecado, no en el momento de cometerlo
LA ALEGRÍA DE LA FE 49

(esto ya se entiende; si no consintiera no habría pecado),


sino cuando lo ha hecho; quien dice: estoy en pecado, per­
manezco en él; quien se queda en el barro, hace de él su
lecho, extiende en él sus brazos y sus piernas, porque le
resulta muy penoso levantarse. El primer consentimiento
es arrebatado a la voluntad por sorpresa; el segundo nace
de la misma voluntad... Lo que importa es el segundo con­
sentimiento. E incluso puedo decir, tengo que decirlo, es el
único que cuenta, sí, el único que cuenta... Es la renuncia
al bien antes del apremio, antes de la «sorpresa» de la
voluntad.
Esta mañana he tocado una de las verdades cardinales
de la vida moral, una verdad vital. Y me parece que toda­
vía no estoy saturado de ella. Mi meditáción ha sido buena
hoy; pero me ha dejado apetito, aunque ya ha pasado la
media hora. Es menester que esta verdad de que he hablado
ahora llegue a formar parte de mí mismo.
Gracias, Padre mío, que me habéis hecho comprender lo
que deseáis de mí y de los hombres. Me parece que estoy
convencido; pero concédeme que convenza también a los
demás.

1C mayo 1937.

No sentir miedo de Jesús, no sentir miedo de mi Padre.


Me imagino a Jesús con sus apóstoles. Llega a la orilla
del lago donde los niños juegan. Y, al verlo, huyen los
niños. Una madre que le conoce le trae a su niñito, de seis
años, y el pequeñín, aterrado, se agarra a las faldas de su
madre, grita, quiere escaparse de allí. Lo contrario de lo
que sabemos que ocurría. Y yo me pregunto: ¿Qué senti­
mientos hubiera experimentado Jesús? En lugar de: «Dejad
que los niños se acerquen a Mí», ¿no hubiera, entristecido,
rogado a los apóstoles que no obligasen a que los niños se
acercaran a Él? ¡Es tan doloroso darse cuenta de que se
infunde miedo!
Y todavía el miedo de un niño no puede realmente en­
tristecernos porque es irrazonado; pero Jesús, que vino por
amor a los hombres y fue todo amor para ellos, si hubiera
visto a los que se acercaban a Él y a quienes ofrecía su
afecto, retirarse muertos de miedo; si hubiera visto a sus
apóstoles tratarle como a un maestro severo, mientras que
Él se mostraba para con ellos indulgente y suave; si hu­
biera visto que los pecadores, Magdalena, evitaban, incluso
ALEGRÍA DE LA FE 4
46 AUGUSTO VALKNSIN

por respeto, su presencia, ¡qué pena hubiera experimen­


tado!
Por eso no puedo imaginarme que se pueda tener miedo
a Jesús sino bajo esta forma: «¡Es demasiado puro para
atreverme a hablar con Él!» Pero el Evangelio nos hace ver
perfectamente que esta humildad no le agrada a Jesús Lo
que la encanta es la sencillez, la confianza... Un ladrón
puede hablarle. Le escucha e inmediatamente accede a su
petición. No tenemos necesidad de ser puros para acercarnos
al que nos purifica. Eres todo bondad, oh Jesús, y cuando
pienso en lo que has sufrido por mí, puedo tener miedo
de hacerte sufrir; pero ¿miedo de Ti? Imposible. No, real­
mente, no puedo hacerme la idea de que pueda ser algu­
na vez inconveniente que yo me acerque a Ti. Si soy mise­
rable, ¿no eres Tú quien nos transfigura? Para recibirte
dentro de mí por la Eucaristía, sé perfectamente que hemos
de estar sin pecado (grave), mas porque se trata de una
visita de amor; es el Amor quien baja hasta el amor. Mas
para hablarte, muy cerca, y pasar un momento junto al ta­
bernáculo en que moras, no tengo que arreglarme de nin­
guna manera; basta con que quiera acercarme y que mi
intención sea recta... Creo con todas mis fuerzas (estoy
obligado a creerlo) que posas en mí una mirada, en la cual
pueden hallar sitio muchos sentimientos, pero en la cual
la ternura y la indulgencia arden.
Nunca somos indignos de acercarnos a Ti; siempre tene­
mos bastante para tener derecho a implorar de Ti todo
aquello que no poseemos.
¡Ojalá nunca me abandone esta certidumbre! Podrá
acercarse la tentación, es necesario que me fortalezca con­
tra ella para que en aquellos momentos la defensa sea como
un acto reflejo... Por consiguiente, confianza, confianza ab­
soluta; que no haya estorbo alguno en nuestras relaciones
con Jesús...
Ni tampoco en mis relaciones con mi Padre. No olvidar­
me de que su nombre, su esencia, es Amor. Después de
cuanto ha hecho Él por mí, enviándome a su Hijo, ¿cómo
iba a sentirme encogido ante Él? No quiero mirarme a mí
mismo, ni perder tiempo despreciándome; basta con que
sepa que no soy un santo y desee serio; lo importante es
mirarle a Él, decirme y repetirme que me ama, que sus
brazos están abiertos... Este es quien nos ha revelado a
Jesucristo. ¡Qué maravilloso es! Y no basta con que la bon­
dad concebida de esta manera sea una cosa magnífica para
LA ALEGRÍA DE LA FE 47

que esté seguro de encontrarla en Él. Gracias, Padre, por


hacerme comprender y admitir (creer) esto.

LA ESPERA DE PENTECOSTES

«ERANT PERSEVERANTES UNANIMITER IN ORATIONK


CUM MARIA, MATRE JESU.~»

11 mayo 1937.

¡Cuántas cosas en estas dos lineas! Los apóstoles se ha­


bían retirado al Cenáculo; se estaban preparando... Se les
había anunciado la venida del Espíritu Santo. Hubieran
podido estar esperando su venida simplemente, pero Dios
quiere que colaboremos a lo mismo que Él tiene decidido
darnos, y depende de nosotros que esta gracia fructifique
más o menos. Comprender esto de una vez, que nada pode­
mos nosotros, y que, sin embargo, todo ocurre como si nos­
otros pudiésemos algo. Porque, aunque es Dios quien «hace»,
hay como necesidad, para «hacer», de que nosotros se lo
pidamos. La oración es el instrumento por excelencia, el
medio (fundamentalmente) único para colaborar nosotros
con Dios. Los apóstoles lo sabían y me imagino que en el
Cenáculo oraban para ser hechos capaces del Espíritu, y lo
llamaban... También debo llamar yo diariamente a la gra­
cia (el pan de cada día), y también la gracia de saber uti­
lizar la gracia.

Y perseveraban . ¿Cuándo iba a venir el Espíritu? La


oración ha de ser continua... Nos cansamos, nos desanima­
mos muy pronto. Debo tener presente siempre el ejemplo
que conté a S. de aquella mujer curada de repente de cán­
cer muy avanzado... ¡Había hecho sus cuarenta y tres o
cuarenta y seis novenas! Después de la cuarta yo me habría
detenido, hubiera considerado el asunto cancelado, hubiera
decidido que DJos no quería oírme... Y, sin embargo, su
mismo Hijo nos ha dicho: pedid y recibiréis. Él es quien
nos ha manifestado el secreto, aconsejándonos ser impor­
tunos, como si tratase de agotar la paciencia del Padre, de
que quiera que lo dejemos tranquilo con nuestras importu­
nidades. Dios mío, que deseas que perseveremos en la ora­
ción, que ves en esta perseverancia un acto de fe, capaz de
48 AUGUSTO VALENSIN

conmover tu corazón, concédeme fuerza para esta misma


perseverancia.
Unanimiter. Todos juntos, formando una sola cosa. Fuer­
za de la oración en común. Por consiguiente, de la oración
litúrgica, que hace que yo, español, francés, esté orando
unido a los chinos, a los americanos. . Pero esta unani­
midad he de realizarla también en mí mismo, cuando hago
oración, es decir, evitar la división, hacer de suerte que el
hombre exterior esté perfectamente de acuerdo con el hom­
bre interior, y mi cuerpo con mi alma. Me doy cuenta de
que esta unanimidad la descuido demasiado, evidentemente
demasiado. Esos Rosarios que rezo por la calle no sólo
están interrumpidos por las distracciones que vienen es­
pontáneamente a unirse a las Avemarias, y que, a fin de
cuentas, puedo presentar al Padre excusándome—como po­
demos excusar un ramo de flores que llevamos mucho tiem­
po en la mano y que ya está un poco marchito (¡no pode­
mos sacudir el polvo a las flores!)— ; sino también se agre­
gan a éstas las distracciones que consisten en seguir con
la vista el movimiento de la calle, en mirar a los escapa­
rates... No hay unanimidad- Debo corregirme de ello. Debe­
ría estar sobre mí y procurar que la oración vocal de la
calle sea más oración. Hay que guardar un exacto término
medio. Padre mío, te pido perdón. María perdóname. Quiero
corregirme, pero enséñame, por medio de un sentimiento
interior, lo que debo hacer: ¡ayúdame a corregirme!

PERSEVERANCIA EN LA ORACION

«L·. UNANIMITER PERSEVERANTES IN ORATIONE, CUM


MARIA, MATRE JESU»

12 mayo 1937.

Los apóstoles esperan la venida del Espíritu Santo, y yo


espero a la gracia. Ellos esperan orando, pero no están so­
los; están con María. ¡Qué instructivo es esto! A su Madre
la han llevado consigo, la tienen en medio de ellos. La ro­
dean de afecto y de respeto, y no considerarían que hacían
bien oración si no orasen juntamente con Ella. Me repre­
sento a esta Madre dolorpsa y que no quiere pensar en su
propio dolor, sino en el dolor de sus hijos... Su sufrimiento
LA ALEGRÍA DE LA FE 49

se trasluce, a pesar suyo, en su rostro estilizado, diáfano,


en sus ojos enfebrecidos... Acaba de salir apenas de un
drama terriblemente impresionante: es un verdadero mi­
lagro que todavía tenga vida... Muy bien la llaman «Reina
de los Mártires». En ella tienen todavía los apóstoles a su
Hijo. Ella los protege, y ellos se sienten junto a ella peque-
ñitos, sus hijos pequeños muy cerca de Ella. Y cuando llega
el momento de orar miran hacia Ella; hacen lo que haga
Ella, toman la actitud que Ella tome, recitan el salmo que
comience Ella con su voz rota de emoción... ¡Qué felices
son estos apóstoles! Jesús les había enseñado a orar, pero
María acaba su enseñanza; María, enséñame también a mi
a orar; oremos juntos. Quiero que mis súplicas pasen por
Ti, y que mis deseos pasen por Ti. Estando contigo debían
sentir los apóstoles encerrados en el Cenáculo un gusto in­
menso en orar: tu fervor los calentaba.
Pero no quiero desanimarme; te importunaré, y me diré
todos los días: ipara mañana! Así procedían, estoy seguro
de ello, los apóstoles en el Cenáculo. Actualmente nos pa­
rece perfectamente natural que, después de la Ascensión,
hubiese que esperar diez días para que llegase Pentecostés,
pero Jesucristo no había dicho que el Espíritu Santo llegaría
diez días después de haber subido Él al Padre; y los após­
toles tenían razón para desanimarse. Ellos contaban al
principio con que el Espíritu Santo llegase el primer día;
decepcionados, se dirían: vendrá mañana. Y de esta manera
fueron arrastrando los diez días. Cuando pienso en que
estaba con ellos la Madre de Jesús, y que María participaba
(ciertamente) en su espera, aquella promesa que no llegaba
a realizarse era para desconcertarles. Pero seguían perse­
verando... «Perseverantes». Y no vemos otra razón para este
retraso del Espíritu Santo más que esta voluntad, en el
Padre y en el Hijo, de poner a prueba la fe de los Apóstoles
y de hacerles orar. Es lo menos que podemos hacer nos­
otros para colaborar en la obra de Dios. Seria demasiado
simple pedir una sola vez, y que en esto consistiese toda
nuestra contribución. Si no podemos hacer por nosotros
mismos nada más que orar, por lo menos que esta oración
equivalga a un trabajo, como si debiera producir ella lo que
pide... Esto es, devolver a la oración su dignidad y tener
idea exacta de su importancia, de su eficacia, concederle de
esta forma una eficacia activa, proporcionar el efecto ob­
tenido a su intensidad, a su duración, a su calidad. Me
parece que esta mañana he llegado a comprender mejor el
50 AUGUSTO VALENSIN

puesto de la oración en la vida del Cristiano. Gracias,


Dios mío.

PENTECOSTES
14 mayo 1937.

Los apóstoles, agrupados alrededor de Maria, en el Ce­


náculo, esperaban... No se desanimaban, no se cansaban de
llamar al Espíritu, aun cuando aquella prolongación anor­
mal de la espera debió poner a ruda prueba su fe. Es ver­
dad que tenían entre ellos, con ellos, a su Madre... ¿Cómo
atreverse a dudar de su presencia? Y Ella los arrastraba a
ellos. Hemos de tener siempre a Maria con nosotros; jqué
garantía! Y para esto, mezclarla en todas lps oraciones que
yo haga... En suma, vivir con Ella como vivo (como preten­
do vivir) con Jesús.
Y he aquí que de repente se dejó oir un gran ruido,
como de un viento violentísimo. Es el Espíritu, que viene.
Espíritu, es decir, soplo, es decir, viento. No en vano uti­
liza Dios el simbolismo del viento para hablarme. Me invita
a pensar en el Espíritu por medio del viento. Intentémoslo.
El viento es el movimiento del aire, lo que manifiesta la
presencia del aire; la realidad del viento es el aire. Y me
parece que Dios quiere significarme con esto que así como
yo no puedo vivir sin aspirar el aire, tampoco puedo sobre­
naturalmente desarrollarme sin recurrir al Espíritu Santo.
La vida es una operación inmanente, pero que necesita para
producirse una aportación exterior. Sin respiración, ni el
hombre ni la planta podrían vivir; cuando sus pulmones
funcionan mal el hombre se debilita. ¡Qué locura sería
creerme que en el orden sobrenatural puedo bastarme a mí
mismo; que basta con que yo mismo me anime a la virtud,
como si en este orden la vida pudiera bastarse a sí misma.
No, el simbolismo de Pentecostés llama mi atención sobre
la necesidad de alimentar mi alma y de beber en la atmós­
fera de la gracia las fuerzas para ser bueno.
El viento penetra por todas partes, el aire se filtra por
todas las fisuras más aún que el agua. De la misma manera
que nos encontramos sumergidos en el aire estamos también
sumergidos en el Espíritu. Él no está lejos de nosotros: in eo
vivimus, movemur et sumus. Está bien pensar que el Espíritu
Santo—es decir, la gracia por medio de la cual se pone en
contacto con nosotros—puede ser considerado como el medio
LA ALEGRÍA DE LA FE 51
en el cual nos desarrollamos. De suerte que, para recibir la
gracia dentro de nuestros pulmones no necesitamos ir a bus­
carla muy lejos, a costa de enormes esfuerzos, sino únicamen­
te abrirle paso. Ella nos presiona por todas partes; no hay
acontecimiento que no le ofrezca una ocasión para inva­
dirnos. Para vivir mal, para ahogarnos, como bajo la opre­
sión del asma o para perecer asfixiados, es necesario que evi­
temos positivamente que la gracia nos penetre. Los pulmo­
nes del alma son la oración de nuestro corazón (pulmón
derecho, el más potente de los dos fuelles de que dispone­
mos) y la oración de nuestras acciones (pulmón izquierdo) Y
no hay otros. Debo mantenerme alerta para que trabajen
mis dos pulmones, para recibir en mí lo más posible de
gracia, para atraer, para almacenar dentro de mí lo más
posible de gracia, estrujar cada hecho y extraer de él todo
lo que encuentre para mí de gracia: por consiguiente, unir­
me a Dios con el pensamiento (oración del corazón), unir­
me a Dios por medio de mis actos, en cuanto que se los
ofrezco a Él (oración de mis actos).
Padre mío, que has querido que yo colabore con los mis­
mos dones que quieres hacerme, que has querido que te
pida realices en mí lo mismo que Tú estás deseando darme,
no permitas que yo viva rodeado de gracias y cerrado a las
gracias. ¡Que no se me pierda ninguna gracia de las que
yo pueda aprovechar!

SOBRE EL ESPIRITU SANTO

15 mayo 1937

El nombre de la tercera Persona es Espíritu, y es Amor.


El Padre ama al Hijo, y el Hijo ama al Padre: entre ellos
existe este amor, igual en uno y en otro, que es toda la
naturaleza del Padre y toda la naturaleza del Hijo, que
es la misma Naturaleza divina; pero en cuanto que se re­
fiere del Padre al Hijo y del Hijo al Padre... Esto basta
para que este amor se convierta en una Persona, igual a las
otras dos. El Espíritu Santo es, por tanto, la perfección del
Amor... A Él he de dirigirme para aprender a amar. Esto
se aprende. ¡Tantas personas se creen que aman y resulta
que no aman! Han galvanizado este nombre. Recuerdo,
cuando yo era niño, la sorpresa que experimenté al ver que
52 AUGUSTO VALKNSIN

siempre traían los periódicos tiros cruzados entre amigos»


entre amigos y entre amantes. Pero esta gente, capaz de
matar, son tiranizados por una pasión, no son héroes de
un amor. Hazme comprender, Amor sustancial, lo que es el
Amor, y cómo hemos de amar para poder decir que ver­
daderamente amamos.
Jesucristo nos lo ha enseñado; pero esto mismo que Él
nos ha dicho es necesario, para que lo entendamos, que Tú
mismo nos lo repitas en el interior de nuestra alma. Y el
ejemplo que Él nos ha dado, Tú lo tienes que iluminar con
tu luz.
«Nadie puede dar mejor prueba de amor que dar la vida
por aquel que ama.» Esto es lo que nos ha dicho. Y lo que
Él nos ha dicho que es la mayor prueba de amor, Él lo ha
hecho, por nosotros, por mí. Jesús, quiero amarte, y darte,
también yo, la mayor prueba de amor. ¡Cuántas veces he
soñado en el martirio! Y aquella novena a San Francisco
Javier, hecha cuando estaba todavía en el colegio y cuando
ni siquiera pensaba aún en la vida religiosa, hecha en un
momento en que nada hacía previsible su objeto; aquella
novena, hecha con un fervor, con una confianza, con una
fe extraordinaria, pidiendo la gracia de ser mártir, nunca
he podido olvidarla. Me siento movido a dudar de que haya
sido oído; he admitido que una muerte por caridad (en
tiempo de epidemia, por ejemplo) podría ser considerada
como martirio, es decir, impedirme considerar el fracaso de
una oración hecha en las mejores condiciones posibles: en
ciertos momentos he perdido la esperanza, puesto que todo
hacía inverosímil para mí el martirio pedido; después, en
algunos días, la eventualidad no me parecía tan improbable
y volvía a tener esperanza. (Por ejemplo, cuando en Niza
hubo aquellos amagos y se temía se produjesen matanzas
análogas a las de España.) Tal vez fui excesivamente román­
tico (novelesco) en mi oración de niño; pero de esto sea
como Tú quieras, Jesús: concédeme que te ame y que dé
mi vida por Ti, aunque no sea derramar mi sangre. Para lo
cual es necesario—y basta—no hacer nada que no esté or­
denado—o sea ordenable—al servicio de mi Padre.
No basta amar: quiero hacer que te amen. Enséñame a
conseguir esto, Espíritu que descendiste sobre los apóstoles
y les enseñaste.
LA ALEGRÍA DE LA FE 53

«MATER DIVINAE GRATIAE»

30 mayo 1937.

Mater divinae gratiae, Madre de gracia, porque está Jle-


na de ella, y porque es su distribuidora. ¿Quién podría ser
favorecido por Dios más que su Madre? No podemos conce­
bir que Dios no la haya colmado de gracia... Era necesario
que ninguna creatura, fuera de Jesucristo considerado en
su Humanidad, fuese capaz de sostener comparación con
María. Esto era de necesidad. Tuvo todos los dones sobre­
naturales. ¿Y los dones naturales? ¿Hemos de concederle
por ejemplo, la belleza? La belleza que procede del alma, ex­
presada en Ella, sí, ciertamente. María debía ser cautiva­
dora. Pero, ¿y la otra belleza? ¿La que depende de la forma
de la nariz, del color de los ojos? Esta belleza, como los
demás dones que no tienen un valor absoluto en sí mis­
mos, quiero atribuirlos a la Santísima Virgen, mas para ex­
presar que la Madre de Dios me es enteramente admira­
ble... Tengo necesidad, yo, que no puedo juzgar todavía
desde el verdadero punto de vista (exclusivamente), de que,
bajo el punto de vista desde el cual la contemplo, me
aparezca como un esplendor. Y esto me autoriza para ador­
narla con todo cuanto puede hacérmela amable sobre toda
criatura. Un negro tiene derecho a representársela negra
si tiene necesidad de representársela asi para que le resulte
bella. La verdad de la representación es la belleza.

María es la Madre de la gracia también en el sentido


de que Ella la produce en nosotros. Como Dios nos ha dado
a Jesús por medio de Ella, Jesús por medio de Ella nos da
la gracia, las inspiraciones, sus ayudas. No que tengamos que
figurarnos una especie de transmisión material, que haría
pasar la gracia, las gracias, como cosas de mano en mano.
Ni tampoco en el sentido, ya mucho más espiritual, de que
entre Jesús y nosotros se interponga María: la acción di­
vina que constituye la gracia es directa. Contemplando a
María como mediadora universal, la Iglesia pretende única­
mente no renunciar a la imagen de María, puesto que Ella
misma nos da a su Hijo. Y la Iglesia fija esta imagen, fue­
ra del tiempo y del espacio: lo que María realizó en una
ocasión, lo sigue haciendo para siempre, eternamente; y
54 AUGUSTO VALKNSIN

con razón, porque eternamente es Ella la Madre de Jesús.


Jesús, la gracia eres Tú mismo, es tu voz en mi alma, tu
ardor en mi voluntad, tu habitación en el centro de mí.
Y asi como debo a María que hayas venido a la tierra para
salvarme, le debo también poder escuchar tus inspiracio­
nes, sentir tu presión sobre mi voluntad, le debo tenerte
conmigo... Y también Ella desea, como Madre, que com­
pletes tu obra. Ella te engendró para esto; y no son pala­
bras vanas o literatura considerar que al comunicarte a mí
accedes a su oración...
María, María, no seré de los que tienen miedo de que
lleguen a multiplicarse excesivamente tus privilegios, o que
vaya a exagerarse tu influencia... Tú eres para toda la eter­
nidad la Madre de Jesús, y esto mismo es una garantía de
que la eternidad no cambia las relaciones que han nacido
en el tiempo.

Intimidad de María con Jesús. Ella vivía continuamente


con Él. Doquiera que fijemos nuestro pensamiento, allí está
posada su mirada sin que ni tan siquiera tenga Ella que
pretenderlo. Jesús estaba presente a Ella sin interrupción:
Ella le estaba contemplando trabajar en el taller de José
y Ella misma trabajaba junto a Él; le oía hablar; en todo
momento se le presentaba ocasión de un contacto material
con el que más tarde se sentirían bienaventurados con ha­
ber rozado el borde de su vestidura... ¡Y qué intercambio
de pensamientos! ¡Qué maravillosa formación para María!
Y no cabe duda de que Ella tuvo que formarle antes a Él;
pero esto no consistía más que en enseñarle lo que podía
aprenderse entonces (leer, escribir, las nociones corrientes);
las ideas no tuvo María nunca que inculcárselas; al contra­
rio, Ella las fue aprendiendo de Él. Pero no deseo detenerme
en este punto. Lo que me atrae ahora es contemplar este cua­
dro de la Madre y del Hijo, esta unión de sus pensamientos...
María es la patrona de la vida interior, si por vida interior
entendemos (como debemos entender) la vida unida a Je­
sús. María, ayúdame a no abandonar a tu Hijo; y no pre­
tendo decir: a no separarme de Él por el pecado, aunque
esta oración te la dirijo también; sino ayúdame a pensar
en Él en el curso del día, en las interrupciones de mi tra­
bajo... Y haz que este pensamiento no sea un pensamiento
frío; haz que, sin esfuerzo, me represente, no ya la imagen
de Jesús (renuncio a esta suavidad), sino «su presencia». Po­
demos percibir la presencia de alguien a quien no vemos.
LA ALEGRÍA DE LA FE 55

Y de esta manera quiero percibir, en todo momento, junto


a mí (en mi), a Jesús.

María, Madre de Jesús, dame a Jesús.

LAS LETANIAS DEL ESPIRITU SANTO

16 mayo 1937.

Espíritu Santo, que eres como un viento. El viento lo


barre todo; se lleva el polvo, arrastra las partículas de
paja; detrás de él no va quedando más que lo adherido al
suelo, por sus raíces o por su peso. Yo quiero, oh Espíritu,
que pases sobre mi alma, para que no quede en ella más
que lo que tenga raíces profundas en ella, lo que forme
parte de ella misma, lo que la gracia (tu gracia) me haya
dado y que no pueda arrancarme sin desgarrar mi mismo
ser de bautizado. Pero lo que el mundo ha depositado en
mi inteligencia, en mi sensibilidad, en mi corazón, y que
no lleva tu sello, sóplalo todo como una tempestad, y llévalo
lejos. Este trabajo de purificación, ¿cómo podría hacerlo
yo por mí mismo? Me resulta tan difícil incluso dejar lim­
pia mi mesa de trabajo, limpiar sobre el cristal que la cubre
las insignificantes salpicaduras de la estilográfica; distingo
lo grande, pero no sé distinguir lo pequeño, y me parece
que está bien que yo no lo distinga (bueno, para mí, porque
no me atrevo a dictaminar sobre los demás). Pues entonces
es necesario que Tú te encargues de ello...

Espíritu Santo, que eres como un fueíjo. El fuego que­


ma: haz que nunca sea yo tibio. Seco, sí; sin gusto, sí; y
vacío de oración, como de deseos; pero ¡tibio, no! Y te
pido incluso algo que sé no es necesario; te lo pido tam­
bién bajo condición, como una concesión a mi debilidad:
no permitas que, engañándome a mi mismo, confunda la
tibieza con el estado de distracción que tanto se le parece...
Sé perfectamente que tal error no tiene importancia, pero
da que sufrir. Y sé perfectamente que bastaría pensar con
precisión para ver muy pronto que sufrir por verse tibio es
señal de que no somos tibios; pero en estos casos no discu­
rrimos bien, y sufrimos. Tengo miedo de este mismo sufri­
miento, como de la misma tibieza. Querría—y Tú puedes
56 AUGUSTO VALENSIN

hacer lo que quieras—, querría ser ardiente y sentirme ar­


diendo. Pero si agrada más al Padre que yo ignore lo que
soy, que me engañe a mí mismo, hallándome frío e inerte,
porque mi mismo fuego permanece oculto a mí, lo acepto
de todo corazón.

Espíritu, que eres como un fuego. El fuego se propaga.


¡Que yo no sea cristiano para mi solo, sino que mi fe se co­
munique a los demás, sabiéndolo yo y no sabiéndolo! ¡Que
nadie pueda acercarse a mi, acercarse a mi fe, ni siquiera
como simple curioso, sin que sea deslumbrado por sus ra­
yos! Esta vocación me agrada, y me parece que es la mía:
llevar ante los intelectuales el testimonio de Jesucristo, no
precisamente por medio de una predicación expresa, sino
con la simple irradiación de mi certidumbre. ¡Espíritu San­
to, haz que sea esto así! Amén.

18 mayo 1937.

Veni Pater pauperum! «Padre de los pobres»: no de los


que no tienen dinero o pan material, sino de cuantos se
hallan sobrenaturalmente en la miseria o en necesidad.
Cuanto menos tengamos, más derecho para invocarte. Si
yo fuera rico de virtudes, ¿por qué iba a invocarte con este
título? Cuando el alma se encuentra hastiada, cuando pa­
rece una buhardilla que no ha sido barrida desde hace
muchos meses, llena de telas de araña, donde viven los
ratones y que apesta, entonces es cuando merece tu visita,
Pater pauperum. Y sería absurdo no pedirle esta visita.
¡Que jamás caiga yo en este absurdo! Líbrame del faleo
orgullo, o más bien, y esto es lo que quería decir, de esa
falsa y mala honra, de ese desprecio de sí mismo que es
un verdadero orgullo. Que tenga el sentimiento de mi po­
breza, sí; que no tenga la ridiculez o la desfachatez de es­
tar orgulloso o simplemente contento de mí mismo, sí.
Que, apenas me mire, me vengan ganas de vomitarme;
pero que, precisamente, deje entonces y pronto de mirarme
para mirarte a Ti; que yo piense en tu visita y que yo
sea exactamente el que puede recibirte a Ti, Pater pau­
perum!

Y esto no es todo: que yo sea para los demás lo que Tú


eres para mí. ¡Pater pauperum, que ye sea paternal para
con los pecadores!
LA ALEGRÍA DE LA TE 57

Veni, datór munerum! Dador de regalos. No de cosas


esenciales, porque en cuanto que das la gracia eres Fater
pauperum. Dator munerum: El que nos trae regalos, cosas
que son agradables, que no son más que agradables, sin ser
necesarias ni siquiera útiles (en el sentido estricto de la
palabra). Me alegro al ver que el Espíritu Santo es saludado
por la Iglesia con este título. Voy a tener el atrevimiento
de pedirle ese gusto de la oración, sin el cual puede darse
la santidad, sin el cual Jesús mismo pasó dolorosamente.
Y voy a tener el atrevimiento de pedirle el sentimiento
de su presencia... ¡Dator muneram, dame tus presentes!
Después de haberme dado lo que es necesario, dame un poco
de lo agradable. Prueba que la Iglesia tiene razón al darte
este nombre. Y desde hoy mismo voy a invocarte con este
nombre, Dator munerum. Te conmoverá esto. Quiero de esta
manera como picar tu amor propio, repitiéndote machaco­
namente tu nombre... Ya sé a quién tengo que acudir para
esas oraciones no infalibles, que Jesucristo no nos ha prohi­
bido, pero que no encontraba nada en la Liturgia ni en
sitio alguno que nos moviera a pedirlas. Algo nos anima a
esto, porque no van a llamarte inútilmente El que da re­
galos...
Pater pauperum, Dator munerum, uno tras otro, ¡qué
completo eres para mi gusto, oh Espíritu, Tercera Persona
de la Trinidad! Mi espiritualidad se siente amplificada, y
he aquí que sonrío alegre al adorarte.

21 mayo 1937.

Dulcís hospes animae. El Espíritu Santo habita en el alma,


pero no como quien está en su casa: la habita como un
huésped que ha sido acogido, a quien hemos recibido, al cual
festejamos, y que está dispuesto a permanecer con nos­
otros todo el tiempo que fuere necesario. No todas las
almas gozan de su presencia, sino únicamente las almas
que le han invitado, que lo han invocado: Veni, Sánete
Splritus, y que lo retienen, Mane nobiscum, quoniam adve-
sperascit. Eres mi huésped, Espíritu de amor, desde el día
de mi bautismo; pero un huésped al cual no siempre he
prestado atención, con el cual no he tenido siempre las
atenciones que se merece. Cuando pienso sobre esto, veo la
belleza de ser tanto y más aún que una iglesia, un Tabernácu­
lo, la morada especial de Dios. Mejor, porque no se halla en
nosotros sin hacer nada: el Espíritu se halla en el alma
58 AUGUSTO VALENSIN

para colaborar con sus potencias... Cuando un alma reco­


bra el estada de gracia, Dios está, por este mero hecho,
más presente en el mundo, porque se halla de una manera
diferente de todas las demás; el cristiano que circula por
una calle va llevando al mismo tiempo la Presencia de
Dios... Gracias a él, visita Dios tal o cual barrio de la
ciudad, tal rincón del campo, a donde tal vez no había ido
nunca antes; porque es verdad que Dios está en todas par­
tes, pero no está en todas partes de esta manera.
Pienso en las procesiones del Santísimo Sacramento,
cuando el sacerdote, llevando en sus manos la custodia, pa­
sea la Presencia eucarística; y los sitios que atraviesa que­
dan benditos, y, al paso de Jesús-Hostia muchos enfermos
quedan curados en Lourdes. El cristiano que lleva a Dios
dentro de sí, dulcís hospes animae, hace algo semejante. Y
quien se le acerca, literalmente se acerca a Dios. El cristiano,
sin saberlo, sin pretenderlo, es un bienhechor.

Dulcís hospes animae... Dulcís, suave, tierno. ¿Realmen­


te, tu presencia en el alma produce esta dulzura? Muchas
veces, sí; mi misma experiencia me lo dice. Pero si he de
proclamar que eres el Huésped dulcísimo de mi alma, no
es porque esta dulzura la sienta yo, sino porque tiene que
ser asi Dulzura, experimentada o no, creo y afirmo que se
derrama entera por toda mi alma. ¿No hay medio de ser
dulce para alguien sin que él se dé cuenta?
Dulce refrigerium. Tú eres también el que refresca. ¡Pero
si yo no te pido, Dios mío, que me refresques, sino todo lo
contrario, que me quemes! ¡Sí, pero con tu amor! ¡Pero
si es la fiebre del mal la que va subiendo dentro de mí,
entonces ven, sí, ven, oh refrescador! Me imagino que
cuando salimos de una tentación, cuando la lucha nos ha
agotado y necesitamos un poco de agua fresca en las sie­
nes, entonces hemos de invocarte a Ti con este título:
Dulce refrigerium.

22 mayo 1937.

Consolator optime. Tiene que serlo: lo es. El mejor de


todos, porque únicamente Él puede hablar discretamente
al alma, sin hacer ruido, sin agitar el aire para formar
sonidos, sin tener que decir palabras. Y Él solo es quien
puede tocar al alma, derramar en ella el consuelo con la
seguridad de quien sabe exactamente derramar el aceite so-
LA ALEGRÍA DE LA FE

bre la llaga. No puede haber consolador más eficaz... Esta


es la teoría. Pero, ¿y en la práctica? ¿Es verdaderamente
para mí el Consolador por excelencia? Y si no lo es. la
culpa es mía, si ya no el pecado. El Espíritu Santo no
actúa físicamente y como un remedio terapéutico, en con­
tra de nuestra misma voluntad: es necesario que nosotros
lo queramos; por consiguiente, que nos dirijamos a Él, que
le invitemos a consolarnos, y que nos sometamos a su
Influjo. Él es el Consolador, porque es el Huésped. No es
ésta una manera de abrirle las puertas, de no volver a pen­
sar más en Él. E, indudablemente, con el Padre, con Jesu­
cristo, tenemos al Espíritu Santo, porque los tres son uno;
pero ninguna de estas tres Personas ha de hacer inútil
para nosotros a una de las otras dos; no tener en cuenta
al Espíritu Santo, con plena conciencia, es privarse de las
gracias mismas cuya concesión se atribuye a Él. Tal vez no
tengo esto lo bastante en cuenta para mi vida espiritual.
El Padre ocupa en ella un buen puesto; Jesucristo, también,
y la Santísima Virgen... Pero el Espíritu de inteligencia y
de amor, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, por
no haber meditado suficientemente sobre Ella, no ocupa en
mi espiritualidad el puesto que debería ocupar. He de re­
formarme en esto. Y este ha de ser el fruto de este Pen­
tecostés, que haya atraído mi atención sobre este punto.
La Trinidad entera (la que celebro hoy) ha de ser el
objeto de mi trato en la oración. Orar a la Trinidad, y orar,
sucesivamente, a cada una de las Personas de la Tri­
nidad...

De la Trinidad Como tal debo tener en cuenta que la


misma esencia divina parece confirmar y recordar esta
verdad: Vae soli. Ni el mismo Dios puede estar solo. Perte­
nece a la naturaleza del Espíritu la exigencia de comuni­
cación y de intercambio. El cristiano no puede estar jamás
solo; mas para ello necesita una fe viva. Padre, concédeme
esta fe, que me haga unirme a T i continuamente.
60 AUGUSTO VALSNSIN

FESTIVIDAD DE SAN BERNARDINO DE SIENA

20 mayo 1937

Recuerdo la deliciosa escena de su innamoramento. Es


menester que yo sea como él, enamorado de la Virgen mi
hermana, la jovencita judia que fue la Madre de Jesús.
María, Tú eres quien tiene que concederme tu amor. Pero
ahora sé, e incluso ahora lo sé mejor que hace unos días,
que, en la economía sobrenatural, las oraciones han de ser
renovadas incesantemente... Te pido que yo sienta en mi
corazón algo muy dulce para contigo, y que sienta gusto,
que tenga habilidad para hablar de Ti. Te dirijo de nuevo
la antigua plegaria de otros tiempos. Desearía conseguir po­
der hablar de Ti de la manera más natural del mundo.
Nada de lenguaje piadoso, y nada de convencional. María,
como si fuera de mi familia. Estoy seguro de que tratar de
esta manera a María, con amor y familiaridad, debe agra­
dar a Jesús. ¿Cómo habla Él de Ella? Cuando niño pequeño
me lo puedo figurar fácilmente. Un muchacho, ya a la ca­
beza de su pequeña banda, tengo más dificultad en repre­
sentármelo. Su respeto, su deferencia, ciertamente magnífi­
cos. Y el respeto mutuo, encontrándose en sentido distinto;
de la Madre al Hijo, del Hijo a la Madre, ¿cómo se anuda­
ban estos dos respetos, cruzándose, sin embrollarse sus
manifestaciones? ¿Intervenía María para colaborar en la
obra de su Hijo? ¿La tenía Jesús al corriente? Pensando en
ello, me doy cuenta de que necesitaba María una infinita
delicadeza, una delicadeza instintiva para conciliario todo,
para ser madre e hija, la que da y la que recibe... María,
enséñame. Fórmame... ¿Dónde ha de detenerse la discreción,
la reserva necesaria? ¿Dónde comienza la falta de inicia­
tiva o de valor? ¿Cuándo hay que hablar? ¿Cuándo hay que
callarse? El tacto sobrenatural: he aquí lo que poseía Ma­
ría en sumo grado. Ella, habitada por el Espíritu Santo
de una manera excepcional... Dulcís hospes animae... Para
progresar imitándola a Ella estoy a punto de dar el paso
esencial, que no consiste en examinar en qué forma hemos
de actuar a lo largo del día para atinar en cada circuns­
tancia con la conducta mejor, sino en abrir por medio de
la oración las esclusas de la gracia. María me irá formando
LA ALEGRÍA DE LA FE 61
según se lo vaya pidiendo yo. Esto es algo que voy com ­
prendiendo cada vez mejor.
El verdadero Instrumento indispensable, y el Instrumen­
to Indispensable en el orden sobrenatural, cualquiera que
fuere lo que emprendemos, es la oración.
María muy sensata, María muy prudente, María muy rec­
ta y muy hábil, enséñame a tratar con las almas. Enséña­
me a hablarles de Ti, pero antes que nada a hablarme a
mí mismo. Ya es algo que yo tenga deseos de amarte. Y a
es el amor, y esto me lo has dado Tú...

SOBRE LA SEQUEDAD

24 mayo 1937.

Dios mío, me pongo en tu presencia, pero me hallo seco,


sin gusto, como sin ideas. Ninguna materia de meditación
me atrae; y mi meditación consistirá en no hacer nada.
Te ofrezco esta miseria espiritual, esta pobreza, que no es
culpa mía; te ofrezco mis buenos deseos y mi buena vo­
luntad. Sé que Tú quieres sobre todo—e incluso exclusiva­
mente—esto; y que no subordinas tus gracias al entusiasmo
con que pueda yo pensar en las cosas de la salvación. Una
meditación no es una disertación; y una oración no es un
discurso. Me he liberado de esas ideas en que caemos fácil­
mente. Ya no me pregunto si me ha salido bien la medi­
tación, y la misma palabra de ejercicio piadoso no quiere
decir nada para mí. Lo esencial consiste en la voluntad de
pertenecerte a Ti, el deseo de tratar contigo y de T i; de
dar ocasión a tu gracia para que se pose, como un rayo de
luz, sobre las ideas útiles para mi vida sobrenatural. Pero
sin desconocer que, de esta misma ocasión que tengo obli­
gación de procurarme, Tú no necesitas para ayudarme, y
puedes pasar perfectamente sin ella, si no te la frustro por
culpa mía. Esto puede infundirme total tranquilidad. El
estado de sequedad puede ser doloroso, pero no dañoso; y
hasta puede hacerme mucho bien. En este estado nos da­
mos perfecta cuenta de que no hacemos nada; no hem os
de tener miedo de ilusiones. Por el contrario, cuando nos
dejamos arrastrar por una facilidad que puede perfecta­
mente explicarse por circunstancias naturales e incluso fí­
sicas, podemos creernos que hemos hecho buena oración
ALEGRÍA DE LA FE &
62 AUGUSTO VALENSIN

porque hemos estado conmovidos, y nuestra oración, en rea­


lidad, no ha pasado de ser un ejercicio bien conseguido. La
emoción es dulce y dulce es el sentimiento de amarte. Con
frecuencia te he pedido ambas cosas, y hace muy poco, pero
como una merced. Y sé perfectamente que puedo pertene-
certe totalmente aun cuando no haya en mí para llamarte
«mi Padre», sino una voluntad fría y testaruda, la cual
también es una gracia y tal vez (y con seguridad) la mejor,
la más necesaria, la más preciosa de las gracias. ¡Oh Dios
mío, continúa en mí esta gracia de la vida de fe! ¡Que ja ­
más me abandone! Ella me ha sostenido desde que comen­
cé a pensar mi religión. Te ofrezco, en agradecimiento, todo
cuanto he hecho para extender a mi alrededor estos mis­
mos puntos de vista que Tú me has inculcado y me has
enseñado... Yo puedo darlos a conocer, pero eres Tú quien
los puede iluminar desde dentro, Tú quien los hace acep­
tar... Espero que los versos: «Cuando esté despreciado...»
harán algún bien; te pido te sirvas de ellos, oh Dios mío,
y cuando pienso en ello, qué honor extraordinario—hasta
quedar estupefacto—, que Dios, que el Infinito, el Infinito*
el Infinito (¡para perder la cabeza!), que el Infinito se sirva
para Sí mismo de algo que yo he hecho. Sin embargo, esto
es lo que ocurre cuando una palabra mía cuando una pá­
gina impresa mía conduce a un alma a hacer un acto sa­
ludable. La condescendencia de Dios es algo de locura; com o
su amor. Alguno, no sé qué Padre de la Iglesia, habló en
cierta ocasión de la humildad de Dios. El término es cho­
cante... Y, sin embargo, ¿no puede caracterizar bien este
proceder de Dios, que utiliza para sus fines el gesto de una
criatura? Y no tiene necesidad de ello.

Pero, más que en la humildad de Dios prefiero pensar


en su amor, o, lo que permite conciliario todo, y suprime
incluso la paradoja que acabo de citar, en la humildad de
su amor. El amor no es orgulloso... ¡Qué cosa más mara­
villosa el amor! Y Dios es Amor, es el Amor sustancial, el
Amor mismo. ¡Qué hermoso es, Dios mío, y más hermoso
de cuanto puede el hombre imaginar! Tú eres el Amor: es
menester que yo te reproduzca a Ti. Pensaré sobre ello.
LA ALEGRÍA DE LA FE 63

SOBRE LA PIEDAD DE MARIA

27 mayo 1937.

¡Dios mío, Dios mío, concédeme que te ame! La form a


más preciosa de la piedad no es, a mi parecer, la que noa
hace encontrar gusto en la oración, que nos permite m an­
tenernos recogidos, sin distracciones, ante el tabernáculo,
durante largos ratos; la piedad es la que nos hace pensar
en Ti de una manera continua, a través de todas las ocu ­
paciones; pensar en Ti con sordina, de manera que pensar
en Ti no sea una distracción entre lo que se está hacien da
sino acompañe a lo que estamos haciendo y lo transfigure.
Me imagino que la Santísima Virgen tenia esta clase de
piedad. Tenía también la otra, y podía, es evidente, pa­
sarse horas enteras en silencio, «en contemplación» ante su
Hijo. Sin embargo, no puedo concebirla en manera alguna,
tengo enorme dificultad en representármela ociosa. Siento
repugnancia en atribuir a María esa piedad de brazos cru­
zados (o de manos juntas), al menos de una manera habi­
tual. Tal seria la suya en Belén, en los momentos en que
no tenía que hacer para Él o para la casa; pero ordinaria­
mente María no debía dejar de estar haciendo algo, en
compañía de su Hijo, teniéndole presente ante sus ojos o
teniéndola Él a Ella ante los suyos. En Ella no había vaga­
bundeos de la imaginación. Estaba absorta toda en su ocu­
pación, pero al mismo tiempo y cor. la misma intensidad,
era toda para su Hijo. Un pensamiento único se posesiona­
ba de Ella: Él y lo que estaba haciendo. Esta es la manera
de unir indisolublemente, indivisiblemente, la atención de
Jesús y la atención a las ocupaciones de la casa, que cons­
tituían para María una oración ininterrumpida.
María, enséñame a fondo este arte...
Querría estar todo penetrado del pensamiento del Padre,
del Hijo, del Espíritu Santo, del pensamiento de Ti, o, en
general, penetrado todo de pensamientos sobrenaturales. La
práctica de las oraciones jaculatorias es magnífica, pero hay
que entrenarse en ellas. No cogerle miedo al principio, y
para adquirir la costumbre, el hábito, imponerse oraciones
a horas casi fijas. Para comenzar podría tal vez determi­
narme a elevar mi pensamiento a Dios cada vez que co­
mienzo una obra nueva, cada vez que Interrumpo y vuelvo
64 AUGUSTO VALENSIN

a reanudar un mismo trabajo. Decir en voz alta, aun cuan­


do esté solo (o mejor, al menos cuando estoy solo): «Dios
mío, te amo. Esto lo hago por Ti y contigo.» O besar el
crucifijo. Ya lo hago, pero sin haberme obligado a ello. Y
ocurre que muchas veces no lo hago.

El Espíritu Santo me inspira ahora que no abandone


esta práctica al azar y a la arbitrariedad. Quiero intentar
mezclar oficialmente (e incluso aunque espontáneamente no
me sienta movido a ello), alguna oración jaculatoria a todo
cuanto haga. Comienzo desde hoy mismo...
Gracias, Dios mío, por haberme inspirado esta idea sa­
ludable. La fuerza también me la darás. ¡Que yo sea fiel
en abrirme a tu gracia!

LA EUCARISTIA

28 mayo 1937.

La Eucaristía. La Octava me invita á pensar en ella. Es


necesario que renueve y avive mi fe. repitiéndome lo que
yo creo; Jesús, ese personaje histórico que circulaba por
Palestina hace cerca de dos mil años, y cuya historia nos
cuenta el Evangelio, cuyas palabras me cita. ¡Qué feliz
hubiera sido pudiendo convivir con ese hombre! Con toda
mi alma creo que él es la encarnación de la segunda Per­
sona de la Santísima Trinidad. Y Él mismo está aquí, vive
en la misma casa que yo. ¡Con su cuerpo vivo, es mi vecino!
Esto es una locura. Puedo ir a buscarle para hablar con
Él, ponerme muy junto a Él. ¡Ah, tengo que darme cuenta
de esta verdad! Mi fe es excesivamente teórica; es verbal,
y tal vez, precisamente, porque se desenvuelve entre va­
guedades no me ofrece dificultades. Hago una visita al San­
tísimo Sacramento, y este nombre me disfraza la verdadera
realidad. A quien visito es a Jesús: he de repetírmelo una
y otra vez. Piensa en que te hace falta repetírtelo. Debería
emocionarme antes de entrar en la capilla, al pasar delante
de la capilla, al colocarme, al situar mi habitación con
respecto a la capilla. Y recuerdo mis paseos italianos, los
paseos en coche, cuando divisábamos un campanario, las
palabras de X : «Él está ahí.» Dios mío, ayúdame a dar un
sentido concreto a lo que creo. La presencia «real» de Jesús
LA ALEGRÍA DE LA 7E 65
deberla transformarme un paisaje, una casa, una calle...
Y, para comenzar, debería visitar con más frecuencia a
Jesús en su casa.

En la pequeña capilla donde celebro la Misa diariamente,


en el momento de la consagración, puedo muy bien decir
que Él aparece de repente como un tercero, y soy yo quien
le hace venir. Todo esto es algo más que maravilloso. Y n o
me produce bastante admiración. He de confesar que resul­
ta difícil; podemos decimos las cosas, pero no por ello se
impresiona la imaginación; la sensibilidad no se conm ueve
por ello, y la certeza «voluntaria» de la fe no tiene la fuer­
za de levantar las potencias interiores, de conmover Jas
facultades emotivas.

No debo inquietarme por permanecer frío; esto es nor­


mal, pero debo desear no serlo, porque debo acoger a la
Eucaristía con toda el alma. Jesús, Jesús, ayúdame a «dar­
me cuenta» de tu presencia, a gustarla, a explotarla. Re­
cuerdo que, cuando estudiante y religioso, me pasaba horas
completamente inmóvil junto al Tabernáculo, sin pensar en
nada, pero también sin distraerme, ocupado exclusivamente
en mantenerme bajo su ambiente, su irradiación. La mujer
de que nos habla el Evangelio quería tocar su vestido; yo
procuraba acercarme a Él y quería captar algo de la virtud
que sigue saliendo de Él. Actualmente ya no sé hacer esto;
ya no puedo, no tengo salud para esto; pero no por ello
querría ser menos creyente que entonces. ¿Soy ahora menos
creyente? ¿Menos fervoroso? ¡Oh Jesús, presérvame, defién­
deme; que no me .sienta decepcionado! Tú eres mi Todo
y Todo.

LA SANTISIMA VIRGEN

29 mayo 1937

Debo entregar a la Santísima Virgen estos últimos días


de mayo. Tomaré sus letanías: la primera Invocación que
me impresiona, el primer título es el de Sancta Dei G eni-
tríx. Han hecho muy bien en ponerlo al frente de todos los
demás, los contiene a todos, explica a María, la pone aparte.
¡Madre de Dios! ¡Qué distinto de este otro título: Madre
de Jesús! Claro que se puede decir que Jesús es Dios, pero
66 AUGUSTO VAL5NSIN

el efecto no es el mismo. «Madre de Dios» es una locura,


cuando pensamos en lo que es Dios. Comprendemos en­
tonces que ninguna alabanza es lo bastante grande, y que,
con tal de no hacerla mayor que Dios, podemos decir de
María todo lo más grande que se puede decir de una
mujer. Quantum potes, tantum aude. Estaremos siempre
muy por debajo de lo que merece. Y ¡qué c^ulce debe
ser para Dios oir que alabamos a su Madre! He aquí
un buen argumento para decir las letanías: agradar a Dios,
al Padre, que debe mirar a María con una complacencia
especíalísima; pero también, iba a decir, sobre todo... Y ¿por
qué no decirlo?, supuesto que nosotros admitimos una ma­
nera de hablar antropocéntrica, con la salvedad de que hay
que transportarle analógicamente hasta el infinito; por tan­
to, sobre todo, su Hijo, la segunda Persona de la Santí­
sima Trinidad. En el cielo debe conservarse algo (lo esen­
cial) de lo que constituyeron las relaciones entre Jesús y
María; María es su Madre para toda la eternidad. Senti­
mos vértigo cuando pensamos seriamente en esto; cuando
nos imaginamos el primer encuentro en su propio palacio,
fuera del espacio y del tiempo, cuando Él estaba libre ya
de las miserias de su cuerpo mortal y cuando ya, incluso
como hombre, no es como los otros hombres. Y sentimos
vértigo cuando nos imaginamos sus relaciones actuales. La
Madre y el Hijo: la creatura y su Dios. Hay en esta asocia­
ción de palabras lo suficiente para aturdir a la razón, para
desconcertar a nuestra fe. Para hacer las cosas menos in­
concebibles, hemos de introducir el amor. El amor es lo que
puede explicar lo que sorprende a la razón. Ni rey, ni due­
ño ni siquiera Dios, cuando existe el amor. Ya sabemos
algo de esto, lo cual nos permite adivinar los misterios del
Faraíso: por amor se ha hecho Dios uno de nosotros, ha
vivido como nosotros, y se ha dejado asesinar por nosotros.
Lo que ocurra en el cielo, ¿puede ser más extraordinario
que esto?

¡Oh María, María, Tú nos enseñas verdaderamente que


el nombre propio de Dios, el que nos revela mejor su esen­
cia no es el nombre de Infinito, ni de Perfecto, y mucho
menos el de Omnipotente, o Justicia, sino el nombre de
Amor! Deus caritas est. Y caritas no quiere decir caridad,
sino amor. Si Dios es Amor, ¡qué cosa tan magnífica debe
ser el Amor! Ahora comprendo que Jesús lo haya hecho su
precepto por excelencia... María, Madre del Amor, Mater
LA ALEGRÍA DE LA FE 67
pulchrae dilectlonis, ora pro nobis. No me gusta la palabra
pulchra. Dilectlo me basta, y hasta preferiría decir: M ater
Amoris, Mater Amoris.
María, Mater Sancta Amoris, doce m e amare.

LAS LETANIAS
* 31 mayo 1937.
*

Las letanías son la forma natural de expresarse el am or;


manera de alabar Indefinidamente, repitiendo sin cesar lo
mismo bajo diversas formas, y lo que repetimos es la belle­
za de la persona a quien amamos, y le repetimos nuestro
amor. Torre de marfil, Casa de oro, Arca de la Alianza... Me
resultaría muy difícil glosar literalmente estas invocaciones,
diferenciar, por ejemplo, Casa de oro de Torre de marfil;
pero, a través de todas estas apelaciones·, me dirijo siempre
a celebrar a María, la única en el mundo que encerró den­
tro de sí, que contenía a aquel tesoro maravilloso... Ella es
la Torre que divisamos desde lejos, que se levanta por enci­
ma de nuestras vulgares casas, que nos Indica que allí vive
un grande, y está tallada en marfil. Milagrosa construcción,
y todo era necesario para recibir a Jesús, el Hijo de Dios.
Hay torres elevadas para defensa, para protección; y otras
elevadas para orgullo, para ostentación. Hay torres que están
iluminadas y sirven de señal a los navegantes: la torre del
faro. Si bien María es grande, no es una grandeza para
ostentación, para hacerse valer, para hacerse admirar, y
comprendo perfectamente que Ella sea una torre con su
crestería, con sus troneras, provista de sus atalayas, para
que ofrezca protección a cuantos vengan a refugiarse en
ella. Pero María no es asi; la fuerza de María no puede
representarse con imágenes visibles: esta jovencita, dulce,
misteriosamente ardiente tras su propia mirada, esta an­
ciana, surcada por el sufrimiento, a la cual rodean con su
veneración aquellos doce hombres rudos, no tiene nada de
potencia guerrera, y, aunque podemos compararla con una
torre, ha de ser esa torre que lleva, en su cima, la llam a
orientadora. Ella se eleva por encima del mundo para m os­
trarnos a Jesús. ¡Oh, es verdad, es esto! Para tener nues­
tros ojos vueltos hacia Jesús, y para conocer nuestro cam i­
no, hemos de mirar hacia la alta torre prodigiosa que n o
tiene semejanza con ninguna otra. Quien h a dejado de
68 AUGUSTO VALSNSIN

pensar en María, de honrar a María, se halla muy cerca


de no poder encontrar a Jesús. Los protestantes son Inca­
paces de comprender esto. Separan al Hijo de la Madre;
diríase que jamás han visto en su imaginación el gesto de
María que nos ofrece a Jesús para que le adoremos cogido
entre sus manos. El sentido católico es mucho más perspi­
caz y mucho más exigente. Jesús es in aeternum el Hijo de
María. María es in aeternum la Madre de Jesús. Ella nos lo
dio y Ella nos lo da actualmente. Las necesidades del Mi­
nisterio no son capaces de separarlos, está» in aeternum
uno junto al otro: a Jesús no podemos encontrarle sino
junto a María.

1 junio 1937.

El mes del Sagrado Corazón. No el mes de la viscera, sino


el mes del Amor. Lo que era el Corazón de Jesús, lo que es
siempre, imagen del Corazón del Padre, su expresión hu­
mana. La delicadeza llevada al límite, la sensibilidad de este
corazón. ¡Jesús, ayúdame para que adivine tu Corazón! Sus
primeros latidos fueron para María: Él amó, primeramente,
antes que nada, a María.* La amó apasionadamente, con un
amor ternísimo, cariñoso; ¿por qué no? No quiero deshuma­
nizar el corazón de este niño, bajo el pretexto de que es
Dios. Sin duda; pero es Dios en un niño, Dios unido a la
naturaleza humana en un niño.
Y he aquí que, procurando representarme al Corazón
de Jesús y su bondad, me encuentro seco y casi desconcer­
tado. No se me ocurren de momento (los hay, no cabe
duda), rasgos evangélicos que nos hagan resaltar esta bon­
dad. Oigo que habla duramente a la Cananea, que prueba
al centurión. ¡Ah, pero, ¿cómo no se me había ocurrido?
Está la escena en que Jesús se acerca a la tumba de su
amigo. Et lacrymatus est Jesús. Esto me basta. Aunque no
hubiese más que esta escena (y hay ciertamente otras: ¿no
lloró también sobre Jerusalén?), aunque no hubiese más
que esta escena, estaríamos perfectamente «documentados»
sobre la sensibilidad de Jesús. Aquel hombre, a la vista de
todos, contemplado por una turba írórica o respetuosa (y
ambas actitudes son igualmente molestas), aquel hombre de
quien es fama que manda a las olas del mar y en el cual
se adivina un poder sobrenatural, mirad, ese hombre se
ha puesta a llorar. Sollozos silenciosos, pero que le hacen
estremecerse, lágrimas que enturbian sus ojos. ¡Oh, cómo
LA ALEGBÍA DE LA FE

me agrada, cóm o me conmueve, Jesús llorando! No hay


nada que pueda contenerle: se deja vencer por la ternura
y da un espectáculo a toda la muchedumbre. Hay personas
capaces de afectar impasibilidad, tienen la energía para
dominarse: en Jesús, el amor le arrastra, y cede.
Lázaro era, por consiguiente, para Jesús un am igo ver­
dadero, una persona a quien estaba unido por el interior, y
en el Corazón de Jesús, al lado de la caridad hay tam bién
sitio para el afecto. ¡Ah, tanto m ejor! ¡Qué contento estoy!
No hubiera llegado a comprender al Hombre-Dios si n o n os
hubiera mostrado Él esta «debilidad» (que es el atributo y
la honra del hombre), gracias a la cual se encuentra el
hombre impotente para resistir cuando el amor quiere que
el hombre llore.
Aunque el Evangelio no nos refiriese más que este episo­
dio bastaría para revelar el Corazón de Jesús.
Jesús, que quisiste a tus amigos, concédeme serte fiel.
Jesús, *que lloraste por los demás y no por Ti, concédem e
que te imite. Pon en mí toda la naturaleza; pon en mí toda
la sobrena^uraleza; ¡que no haya sitio en mí para m í
mismo!

LA BONDAD DE JESUS
2 junio 1937

El corazón de Jesús, su bondad. La veo en la manera de


portarse con la Magdalena, con la pecadora, entregada a los
placeres de la carne, envilecida, a quien evitaba la gente,
la vergüenza de la ciudad, en la cual el demonio de la
lujuria había puesto su morada» con el consentim iento de
ella misma. Jesús la mira con ternura. Ni siquiera som bra
de desprecio. El desprecio para los fariseos, para los falsos
justos, para los orgullosos. La pureza de Jesús no se irrita
ante la vida de la Magdalena. Y, lo más extraordinario
también, Magdalena no se avergüenza ante Jesús. Hay aquí
dos ejemplos que deben aleccionarme; pero hoy quiero m e­
ditar en el primero. Jesús habla a la Magdalena con b on ­
dad, sin poner distancia entre Él y ella. ¿La ve, en aquel
momento, sucia, repugnante? ¿Es que no ven sus ojos la
lepra del vicio? Podríamos decir: hace com o si no la hubiera
visto. Pero esta «respuesta no me gusta. Siento dificultad
en creerlo, no, decididamente, me resulta hasta im posible
creerlo, imaginar que Jesús, para hablar a M agdalena tu -
70 AUGUSTO VALENSIN

viera que reprimir un sentimiento de repulsión. Si hubiera


sido asi, y Magdalena lo hubiera sorprendido este movi­
miento, este primer movimiento de horror se hubiera puesto
en peligro toda la obra de Jesús, todo su apostolado con
Magdalena; y no puedo admitir que fue ocultando sus sen­
timientos como pudo conquistar a Magdalena. La verda­
dera bondad es un primer impulso. Una bondad que nace
del cálculo, una bondad «utilitaria» (aun cuando su fina­
lidad fuese la salvación de un alma), no es verdaderamente
bondad. Hay otro nombre en nuestra lengua para designar
esta «virtud», que nos hace superar nuestros gustos y nues­
tras antipatías: es la caridad, pero la bondad no es la ca­
ridad. Lajxm dad es una cualidad del corazón, una cualidad
natural; la caridad es un fruto de la voluntad. Y ahora
no medito sobre la caridad de Jesús, sino sobre su bondad.
Y tal vez podemos afirmar además de Jesús que su bondad
era tan grande, tan perfecta, que en rigor hacía superflua
la existencia de la caridad. Todo el elemento positivtf de la
caridad se encuentra ya en la bondad. ¡Y ésta es mucho
más simpática! No, no; Jesús no me ama por principio, en
virtud de una decisión reflexionada; me ama porque es
bueno, y su bondad no puede ver las cosas más que bajo el
aspecto de bueno. Como una úlcera, puede despertar en
nosotros asco, repulsión, una repulsión que dominamos, y
puede despertar también una necesidad ternísima de con­
solar; lo mismo ocurre con el pecado en un alma.
¿Tenía necesidad el padre del pródigo—imagen del Pa­
dre de Jesús y del mismo Jesús— de hacer un esfuerzo para
ver en aquel pródigo hundido hasta el suelo y que se con­
sideraba indigno, a su hijo queridísimo, al hijo preferido?
Ciertamente que no. De la misma manera, Jesús, ante la
Magdalena, ante cualquier alma pecadora. No hemos de
sentir miedo ni vergüenza. Ni creerse objeto de compasión.
No hay caridad donde está el Amor. La caridad es virtud
humana, porque el amor humano no puede extenderse a
todos los hombres: donde acaba hemos de suplirlo por la
caridad. Pero Jesús no tiene que recurrir a la caridad.
Concédeme, Jesús, comprender esto cada vez más, y ha­
cerlo comprender. Enséñame a enseñárselo a los demás.
LA ALEGRÍA DE LA FE 71

LA VERDADERA BELLEZA

9 junio 1937.

Meditación sobre las flores, a consecuencia de una refle­


xión hecha ayer sobre el mal olor que despiden los ram os
cuando se les cortan los tallos, cuando se les cambia el agua.
Cuando contemplamos a las rosas, ¡qué bellas aparecen!
Cuando nos acercamos a ellas, ¡cóm o nos embalsaman! Y,
sin embargo, no sólo al cabo de cierto tiempo, las flores m ás
bellas y más perfumadas se convierten en algo repugnante,
sino que, mientras viven y gustan, despiden por el sitio
por donde se les ha cortado el tallo, un hedor que apesta.
Esto es muy instructivo. Todo lo que es pura Naturaleza
es así. Unicamente lo espiritual no se pudre, no segrega
fealdad y hedor. Y hay que decir más: lo espiritual «sobre-
naturalizado», porque existe una infección moral que des­
pide mal olor incluso en los pensamientos. En suma, toda
belleza que no nace de la gracia, que no debe nada a la
gracia, es mentirosa y decepcionante. Gracias, Dios mío. por
haberme hecho comprender esto desde hace tiempo. No he
de olvidarlo. Incluso el arte no hemos de gustarlo sino com o
algo que pasa, después de haber florecido sobre la corrup­
ción. He de aficionarme únicamente a las almas y amar en
ellas lo que Jesús ama, que es, ante todo, su buena volun­
tad. El buen olor de la buena voluntad dura tanto com o
ella, y penetra por toda el alma. Sueño con tener una fa ­
cultad para percibirlo” que me produzca goces sobrenatu­
rales. ¡Qué vida extraordinariamente artista, la del após­
tol sensible a todas las maravillas de la gracia, capaz de
admirar a un alma que se debate, com o admiraría a una
obra maestra de Dios! Este apóstol tendria ya los ojos de
un resucitado. Y estos ojos estarían abiertos a la verdadera
belleza.

12 junio 1937.

¡Quién puede convertir a un alma o simplemente per­


suadirla en las cosas de la fe si no eres Tú, oh Dios m ío!
¿Cómo puedo hacer creer yo, yo, que no puedo hacerm e creer
a mi mismo, que me siento admirado de mi propio «creer»
y me siento Invenciblemente movido a darte continuam ente
72 AUGUSTO VALENSIN

gracias por ello como por un regalo? Las paradojas de la fe


son demasiado duras: un Hombre-Dios, una Virgen-Madre,
la Eucaristía... Aunque no ofrecen dificultades para la ma­
yoría de los cristianos, es tal vez porque éstos apenas en­
cierran algo bajo estas palabras; quedan reducidas a ver­
dades verbales, es decir, verdades casi sin contenido; de
tal forma que, si estos cristianos se salvan, no es tanto por
su adhesión (vana) a los dogmas, cuanto por su adhesión a
la Iglesia, que incluye la adhesión a los dogmas. Para otros
cristianos, los dogmas conservan la forma ingenua bajo la
cual se presentaban cuando eran niños: su inteligencia ha
seguido siendo niña, pueril, y no tiene que hacer esfuerzos
para aceptar el milagro. Y no podemos decir: Dios nos
pide que creamos, Él nos tiene que ayudar para que crea­
mos. Comprendemos maravillosamente esto cuando nos po­
nemos en el punto de vista de los demás, de los que no
tienen la gracia... Nos encontramos desarmados. Más bien,
nos ponemos a justificar sus dudas, con lo cual nos damos
cuenta de que las razones que tenemos nosotros para creer
son exclusivamente personales, que incluso no existen ra­
zones propiamente dichas para nuestra fe, sino una causa
dentro de nosotros.
Y es necesario que la gracia de la fe vaya unida a una
actitud de alma moral, que podamos admitirla o recha­
zarla: de otra forma, la división entre creyentes y no cre­
yentes sería algo totalmente arbitrario y no sería pecado
no creer. Esto debe infundirme aprecio de mi estado. Y esto
debe moverme a defender también mi fe, manteniendo en
torno de ella esa atmósfera de oración y de vida moral que
necesitamos para vivir. Sobre todo, orar. Orar para creer.
Y tal vez he de atribuir la fuerza, la estabilidad de mi fe
al hecho de que, todavía muy niño, decía yo en la Misa
diaria, en el momento de la elevación: Credo, Domine, sed
adiuva incredulitatem meam! Nos llevaremos una enorme
sorpresa en el cielo cuando veamos el papel de la oración
en la tierra. Las gracias son el hilo, los hilos de colores dis­
tintos, con que están tejidas las tapicerías en que se halla
representada mi historia; pero las oraciones son las lanza­
deras que van y vienen de un extremo al otro de la trama
y que desaparecen cuando ya está todo hilado.

¡Oh Jesús, te pido una vez más, y lo pido a tu Padre en


tu nombre: dame una fe fuerte, una fe sin dudas, y a esta
fe añade tu gracia para que sea una fe contagiosa!
LA ALEGRÍA DE LA FE 73

CONTRA EL DESALIENTO

13 junio 1937.

Dios mío, Padre mío, aquí estoy ante T i Siento necesidad


de recogerme... Ayer me veía agobiado por la idea de que
Frangois iba a ser rechazado, y que dirían: «No se concibe
de esta manera la dirección en la Compañía, etc...» Y p ro ­
curaba disponerme para recibir el golpe com o un verdadero
hijo de San Ignacio, sin dejarme abatir, aun cuando n o
encontrase apoyo alguno a mi alrededor. Me encontraba
decidido a apelar a todos mis recursos, a todas las gracias
recibidas y almacenadas... Por la noche se leyó en el re­
fectorio el relato de la prueba que sobrevino a Santa A n a-
Antibes Touret, fundadora de las Hermanas de San Vicente.
El Superior de la Orden, o el que se creía tal, la destituye
un buen día, bruscamente, en condiciones extraordinaria­
mente desconcertantes y humillantes. Lo que me llama la
atención es que la fundadora no se entrega a ninguna m a­
nifestación excesiva, a ningún desaliento, y abraza su cruz
Una noche de lágrimas junto al Tabernáculo, es verdad;
pero después, la paz. Y también acaba de ser canonizada.
Si lo que yo he soñado despierto llegase a realizarse, debería
estar a la altura. Dios mío, desde este momento te pido
esta gracia. No quiero ser como San Pedro, y prometerte
que me enfrentaré bien con la prueba. Soy débil, muy dé­
bil, lo sé, lo confieso. Pero contigo puedo ser fuerte. El golpe
sería duro: trabajo perdido, reputación dudosa, y... ¡el do­
lor de Sam! (la madre de FranQois). Y no me refiero al
dolor de M.: seria mi dolor, sólo mi dolor.
¡Qué tentación de abandonarlo todo! E incluso Italia.
Pero con tu gracia no ocurrirá esto. Si lo que estoy tem ien­
do (tal vez ridiculamente) sucediere, concédeme, Padre mío,
y te lo pido en el nombre de Jesucristo, que me porte com o
uno de tus santos. Ni más ni menos. Te pido la perfección.
La perfección de la humildad, de la sumisión, del desasi­
miento (¡qué magnífica ocasión!). Y ya, con haberte hecho
esta oración, me siento mejor.
Ya sería una gracia (aun cuando nada doloroso suceda;
pero ¡cuánto mayor gracia si se tratase de un presenti­
m iento!) haber tenido ocasión de prepararme para ello.
Esta idea y esta lectura, admirable concordancia. Y ta m ­
74 AUGUSTO VALBNSIN

bién es una gracia—suceda lo que sucediere—que en vez


de inquietarme, me sienta movido a orar a Ti como lo
estoy haciendo. Gracias, Dios m ío; gracias, Padre mío. De
antemano, si ocurriese esto, te ofrezco mis brazos extendidos
en la cruz...

SOBRE LAS ANUNCIACIONES

14 junio 1937.

Oh Dios mío, veo perfectamente que uno de los motivos


más importantes de mi espiritualidad ha de ser acoger tus
anunciaciones. La sencillez, la alegría, el espíritu de hijo:
la sustancia de mi espiritualidad. Pero donde ha de mani­
festarse mi «virtud», aquello en que debo hacerla consistir
es en el hecho de aceptar lo que me ocurriere con sereni­
dad, de poner buena cara al sufrimiento, de descifrar fácil­
mente, debajo de los mensajes más desagradables, la firma
querida de mi Padre. Si me encuentro dispuesto a ello, si lo
hago cuando llegue el momento, habré respondido a mi vo­
cación personal. Otros pondrán su virtud en otras cosas:
yo he de ponerla en esto; y estoy cierto de que no es cosa
pequeña. ¡Cuánta necesidad tengo de tu gracia, Padre mío,
para cumplir este propósito que me has inspirado! ¡Pero
estoy seguro, porque la he pedido, que no me faltará! Pero
es necesario que no deje de perdírtelo. Para cada día su
sufrimiento; para cada día su oración, y para cada día
su pan. Pero también hay algo de que me he dado cuenta
en estos últimos días: la necesidad de la oración cotidiana.
Mi Misa diaria debe ir cargada con todas mis intenciones;
debe llevar el peso de todas mis necesidades ante el Padre,
y obtenerme para cada día todas las ayudas de Dios.
En el fondo, la vida cristiana es una cosa muy hermosa:
ese continuo intercambio con el Amor (que resulta ser el
Infinito). Esa diaria colaboración con Dios, ¡qué admirable
es esto! Es la oración lo que resuelve el problema suscitado
por la salvación. ¿Cómo conciliar la obligación que tenemos
de salvarnos y la imposibilidad en que estamos para con­
seguirlo? Si la gracia depende de mí, soy yo quien me sal­
vo: hereje. Si no influyo para nada en ella, la salvación
no puede ser procurada por nosotros, tiene que existir una
predestinación arbitraria: también herético. En verdad, la
salvación depende de la gracia; y la gracia depende y no
LA ALEGRÍA DE LA FE 75
depende de mí: está, efectivamente, prometida a m i oración,
sin ser merecida por ella, ni por nada.
Repensando esto, siento que no estoy haciendo una m e­
ditación teórica: alimento verdaderamente mi vida espiri­
tual. El coloquio con Dios, el cual puede tomar, por lo d e­
más, formas variadísimas (está la oración indirecta de las
acciones dirigidas), es lo esencial en la vida cristiana. Esto
es hermoso, es animador. Gracias, Dios mío, por las luces
que me acabas de dar. Concédeme ahora que yo saque fru ­
to de ellas.

SEQUEDAD
15 junio 1937.
f.

Sequedad. Pesadez. Voy a descansar en el pensamiento,


en la idea sencillísima, pero deliciosamente cálida, de que
Dios es mi Padre. Esto parece una locura, y necesitamos la
gracia de la fe para creer esto tan bello. Por consiguiente,
es verdad, oh Dios creador del cielo y de la tierra, Perfec­
ción infinita, es verdad que me amas, que me estás son­
riendo en el momento en que estoy escribiendo estas líneas,
y que puedo hablarte con toda naturalidad, con menos ce­
remonias que a un gobernador o a un obispo. Si llegase a
darme verdaderamente cuenta de esto, si esta idea dejase
de ser para mí algo puramente conceptual, daría saltos
en mi alma, y nada en el mundo podría realmente entris­
tecerme.
MI vida sería la espera del día en el cual tendrá lugar
nuestro encuentro. Y yo me ocuparía entera y exclusiva­
mente, oh Dios mío, de darte gusto.
Dios es mi Padre. Por consiguiente, no he de tener te­
mor, y el respeto propio del amor, no ese respeto ritual,
oficial, exterior. Lo que leí ayer en Péguy, Dios «hom bre
honrado», y «que no le juega una mala pasada a sus hijos»,
que no los está espiando para cogerlos en falta, que es in ­
dulgente, que excusa a Joinville, más asustado por la lepra
que por el pecado; todo esto expresa perfectamente el fo n ­
do de mi piedad, de mi concepción de Dios, da el clim a de
mi fe. Pero es necesario que, a fuerza de repetírmelo y de
repetírselo a los demás, todas las potencias de m i alma se
persuadan de ello, de suerte que la actitud del niño m im ado
se me haga instintiva. Hasta aquí he de llegar.
76 AUGUSTO VALENSIN

La actitud de la Virgen ante Dios como Padre. Adivi­


namos algo espléndido. ¡Qué creatura podía tener con Dios
tanta familiaridad como María! Pero me figuro también la
complejidad de su situación: María podía considerar que
Ella tenía un hijo (literalmente) en común con Dios.
«Nuestro Hijo». Esto es algo formidable En el fondo, quie­
nes han exagerado tanto sus elogios de María no han he­
cho más que demostrar que han comprendido el puesto
extraordinario de María en la creación. Todos los elogios
son mezquinos cuando no se ajustan a la realidad.
Virgen María, quiero que me des un intenso sentimiento
de hijo para con el Padre, pero también un gran amor ha­
cia Ti, y el don de hacerte amar.

LA SERENIDAD
17 junio 1937.

Dios mío, te pido la serenidad, la paz, la que procede de


Ti y de la que nos habló tu Hijo en el Evangelio. Estar
unido puramente a tu voluntad, adelantar en sentido del
deber, y estar alerta para no dejarse turbar por nada. Digo
«turbar», no «conmover». Porque yo deseo conservar, mien­
tras que no sea contraria a la perfección, la facultad de
impresionarme.
¿Cómo era tu sensibilidad, oh Jesús? ¿Cómo era la sen­
sibilidad de tu Madre? Si yo supiera cómo es una sensibili­
dad humana perfecta, podría responder a esta pregunta.
Pero no puedo contar más que con la luz que Tú me das.
Tus santos son un reflejo tuyo y pueden enseñarme. Alberto
(hermano del autor), por ejemplo. Sí, Alberto debería ser
mi modelo. Y puesto que se me presenta ahora ocasión, debo
darte gracias, Señor, por haberme hecho hermano de un
santo, i Qué lástima que se halle tan lejos!
Virgen María, modélame a tu imagen. Tú eras exquisita,
es verdad, y sabías ser firme. Dichosos los que han podido
ser testigos de esta perfección única, conseguida una sola
vez en todos los siglos de los siglos. Y el hecho de que la
fisonomía de María no haya impresionado extraordinaria­
mente a sus contemporáneos, nos demuestra únicamente
que la verdadera perfección, la perfección pura, la perfec­
ción perfecta, puede pasar muy bien inadvertida. Tal un
estilo perfecto. Lo mismo ocurría con Jesús. ¡Qué influencia
LA ALEGRÍA DE LA FE 77
podía haber ejercido si yo hubiera sido verdaderamente un
santo!...

¡Terrible responsabilidad! Me veo doblemente obligado


a la santidad. Es bueno que me persuada de esto, que m e
penetre de esto. ¡No debe quedar esto com o una mera co n ­
sideración en el aire! Me vigilaré más, para ver, para n o
dejar una inspiración de la gracia, pero evitando, procu­
rando evitar cortar un pelo en el aíre y perder la sencillez.
Este es mi camino: rectitudo et simplicitas. Y cuando en
el noviciado añadía yo: ira gandío Christi, ponía verdadera­
mente el coronamiento de la bóveda. Actualmente todavía
no tengo más que seguirme ateniendo a mi divisa. Con los
ojos puestos en ella puedo avanzar. Pero debo cultivar el
Gozo de Cristo, en particular bajo la form a del optimismo,
y también bajo la forma, más humilde, del buen humor.
Dios mío, concédeme ser como Tú quieres que sea. Hacerte
esta petición es colaborar, con todo cuanto puedo, a con ­
seguirlo.
Pero, ¡qué sequedad tengo h o y !...

«O BONE JESÜ»
18 junio 1937.

O bone Jesu, bone, es decir, muy dulce y misericordioso.


Y sé perfectamente que cierto día cogiste unas cuerdas, hi­
ciste un látigo y arrojaste a los vendedores del Tem plo;
me acuerdo también _ de la forma decepcionante con que
acogiste al principio la petición de la Cananea; y es que la
verdadera suavidad es para las personas, y llega a conver­
tirse en debilidad cuando se ejerce con instituciones, con
prácticas, con una colectividad (com o los vendedores); y
también porque el amor lleva consigo sus disimulaciones,
tiene sus juegos, y a veces afirmar «No te quiero» quiere
también decir: «Te quiero» (com o en el caso de la Ca­
nanea).
Te irritaste por la profanación del Templo, y quisiste
provocar a la mujer para obligarla a dar testimonio. En
ambos casos no dejaste de ser bueno. Esto es verdad. Pero,
admitido esto, ¿me permites, oh Jesús, que te diga que te
prefiero rodeado de niños pequeños? Más ilustrado en m i
interior, quiero tu bondad, no importa en qué actitud; para
ALEGRÍA 1)E LA FE 6
78 AUGUSTO VALENSIN

la pálida luz de mi fe no la veo más que cuando brilla sin


velos ante mis ojos. ¡Cuánto mejor seria superar las apa­
riencias! Al menos, oh Jesús, lo que puedo hacer siempre
es afirmar tu bondad, afirmarla hagas lo que hagas, vénte
hacer lo que te vea hacer, sea cual fuere lo que estés ha­
ciendo.

Verbum Dei. Tú eres, oh Jesús, la Palabra de Dios. Y no


comprendo, pero me resulta natural no comprender. Com­
prendo lo bastante para darme cuenta de que, bajo esta
imagen, por medio de esta analogía, me entregas para que
lo guarde, el germen de una verdad que el sol de tu gloria
hará abrirse de repente. Quiero conservarla, conservarla
cuidadosamente, porque Tú eres quien me la garantiza. Afir­
mo. pues, que Tú eres la segunda Persona de la Santísima
Trinidad, y que eres para la primera Persona lo que la
palabra es para el pensamiento, que se expresa por ella. En
estas tinieblas donde se oculta tu Divinidad, y que son luz
para la mirada de los santos, admitidos ya junto a Ti, tu
revelación produce una luz; me entregas algo de tu secreta
íntimo. ¡Con qué agradecimiento recojo yo tu confidencia!
Contento por lo que quieres decirme, no me quejo de que
me digas más, ni pretendo, presuntuoso e indiscreto, pene­
trar por mí mismo en Ti más en el más allá.
¡Oh Jesús, consérvame estas disposiciones (que tengo
de Ti) de humildad y de agradecimiento! Ellas son las que
han de proteger dentro de mi alma tu mensaje hasta el
momento de la eclosión inteligible, del brote repentino a la
luz de tu Esencia.

«SPONSE ECCLESIAE»

20 junio 1937.

La Iglesia es tu Esposa, y todo cuanto atañe a Ella te


atañe a T i ¡Cuánto debes haber sufrido viéndola despre­
ciada, pero más aún al verla, una que otra vez, en la per­
sona de su Jefe y de sus príncipes, despreciable! Yo, al
menos, debo acordarme siempre de que ella está unida a
Ti como una esposa, y respetarte en Ella. Hoy, al mediodía,
en tiempo de examen, me examinaré sobre ello: ¿siento ha­
cia la Iglesia, en cuanto persona moral, el afecto y el res-
LA ALEGRÍA DE LA FE 79
peto que debo hacia la que es Esposa de Jesucristo? Es
cierto que la Iglesia en si misma es bella; en sí misma»
es decir en los principios y en los representantes que real­
mente la representan. Por mi parte, por la parte insignifi­
cante que me toca, la represento y soy responsable de lo
que puedan pensar de Ella. La reputación de la Esposa de
Jesucristo depende en cierto modo de lo que haga yo, de mi
propia conducta... Esto es terrible, pero también es bello.
Padre, ayúdame para que yo sea, en realidad y en aparien­
cia, es decir, ante Ti y ante los hombres también, lo que
debo ser.

Vive in nóbis ábundantius. ¡Oh, sí, Jesús, vive en mí, vive


en nosotros, es decir, que Tú estés en el origen de todos
nuestros actos voluntarios!...
Vive en mí más abundantemente; es decir, haz que,
cada vez más, mis pensamientos y mis acciones los piense y
las haga en unión contigo. Aquí reside el secreto de la
unión, esto es la unión misma.

Mi jaculatoria del día de hoy será: Vive in me ábvn-


dantiust

«AD GLORIAM PATOIS»

21 junio 1937

... Ad gloriara Patris pro salute mundi. ¡Qué hermosa


es esta oración! N<v hay en ella egocentrismo. Si pedimos
que esté dentro de nosotros vivo Jesucristo no es con idea
de asegurar nuestra propia salvación; es con ia idea de que
de esta manera el mundo se salve y el Padre sea glorificado.
¡Esto es mucho más hermoso! Indudablemente, debo orar
por mí mismo, pero con intención de asegurarme el Reino
de Dios, y lo demás me será dado por añadidura. ¡Qué
religión más a ras de tierra, una religión calculadora! ¡Un
negocio de puro comercio, en el cual se compra la salvación
eterna! Muchos católicos ven de esta manera las cosas. He­
mos de volver a introducir el desinterés en la vida cristiana.
Yo estoy hecho para ayudar al mundo entero a conocer y
a amar al Padre, a conocer y a amar a Jesucristo. T od o
cristiano tiene esta vocación. Y respor.de a ella esencial­
mente por medio del amor. Lo demás, las obras, etc., n o
80 AUGUSTO VALENSIN

son sino canales por medio de los cuales se derrama el


amor sobre el Universo. Y la predicación más perfecta, si no
procede del amor, carece de toda eficacia: o si la tiene,
es como cualquier otra cosa a la cual va vinculada una
gracia y que le sirve—ciegamente— de vehículo. En este
caso, el predicador no influye absolutamente nada en la con­
versión. Sin palabras, por el contrario, levantando única­
mente el propio nivel interior, un alma puede hacer que
suba el nivel del amor en el mundo, y puede salvar a otras
almas. Lo importante es hacer lo que el Padre quiere que
hagamos. Por mi parte, creo que yo debo vivir intensamente
la vida de Jesús, para que, por medio de la palabra oral o
escrita, las almas se acerquen a Él. Esta es, al menos, mi
vocación personal. Pero tengo también la obligación de orar
y de salvar por medio de la oración, y de vivir con Jesús,
para dar eficacia a mi oración. Y en este camino he de ser
católico, es decir, mirar no exclusivamente por la conver­
sión de las almas próximas a mi o conocidas, sino por to­
das las almas. El mongol en un rincón del Asia ha de ser
objeto de mi caridad, lo mismo que Bergson o León Blum.
6e me ocurre que seria un buen medio para ejercitarse en
el universalismo orar a veces por las personas por quienes
nunca se me ocurriría orar. Y también abarcar explícita­
mente a todo el género humano en mi oración. Esto es
también lo que nos manda hacer la Iglesia en la Misa. Pero
no presto suficiente atención a ello. La oración no se debi­
lita por dilatarse: desconfía de la ilusión contraria, ¡Oh
Dios mió, salvad a todos los hombres!

LA ANUNCIACION
22 junio 1937.

Abro al azar el Evangelio y encuentro la Anunciación.


El ángel aparece a María y le dice: «Dios te salve, llena de
gracia, el Señor está contigo; bendita Tú eres entre todas
las mujeres.»
El anuncio es espléndido, y cuando pensamos en que el
ángel no es más que un enviado, que no habla en su propio
nombre, y que Dios es quien le ha encargado que salude
a la humilde Virgen, que acaba tal vez de barrer las virutas
tiradas en la habitación, nos quedamos sobrecogidos de ad­
miración. El pequeño pueblo de Nazaret ha sido en aquel
LA ALEGRÍA DE LA FE 81

momento el verdadero centro del Universo, y la casita de


María el centro del pequeño pueblo, para quien la contem ­
pla con los ojos del espíritu, no con los ojos de la carne.
Por un lado, aquella jovencita, que se deja asustar; y
al otro, la aparición sobrenatural. En María no hay nada
que llame la atención en aquellos momentos: a lo menos, asi
me agrada representarme las cosas: acaba de terminar al­
guna de las ocupaciones caseras o está ocupada todavía en
ella. ¿Por qué no la veo con un mandil? Pretendiendo re­
presentárnosla exteriormente en una actitud digna del m en­
saje, nos condenamos de antemano al fracaso. Su grandeza
es espiritual, moral; su distinción también. Y toda actitud,
como todo vestido, le viene bien, porque Ella no adquiere
dignidad por las cosas, sino es Ella quien da dignidad a las
cosas.
Es bueno que pensemos en esta separación de «órdenes*
y que la mantengamos contemplando a María en la humil­
dad de su condición en el momento mismo en que se ve
exaltada como creatura ninguna lo será jamás.
No pretendo ir más lejos hoy. Me pongo en su presencia,
lleno de respeto ante esta jovencita que está trabajando y
que conoce perfectamente lo que va a ocurrir. La contemplo
en silencio, respiro en tom o a Ella al indefinible perfume
de su alma; y espero la visita del ángel. Cuando aparece,
entono con él la salutación extraordinaria (gozándome en
su misma sorpresa): ¡Dios te salve, llena de gracia! El Se­
ñor está contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres.

¡Qué escena he revivido!

23 junio 1937.

Continúo con la Anunciación. Ante el saludo del ángel.


María se turba, y el Evangelio nos dice expresamente que
Ella no comprendió lo que quería decir. Se encontraba muy
lejos, efectivamente, de ser consciente de sus propios m é­
ritos, de su propia belleza. La verdadera santidad está In­
consciente de sí misma. Y veo dos causas para esto: la pri­
mera, porque el santo se compara con su ideal y se encuen­
tra siempre muy lejos de él; la segunda (y ésta es la que
se verifica sobre todo en el caso de María), porque el santo»
enteramente ocupado en buscar a Dios y las cosas de Dios,
no tiene tiempo de preocuparse por sí mismo. Su persona
no cuenta para nada: se parece a un hom bre que tuviera
82 AUGUSTO VALENSIN

un cuerpo de cristal, un cuerpo, unos miembros y unos ór­


ganos de cristal, de tal manera que no podría darse cuenta
de sí mismo más que cuando tiene polvo encima. Y, efecti­
vamente, ¿para qué sirve contemplar las propias virtudes?
Los defectos es lo que hemos de ver. Obligando a María a
pensar en si misma, el ángel la desconcierta y le parece
absurdo lo que le afirma de Ella. ¡Cuánto me agradas de
esta manera, oh María, oh bellísima, tan desconocedora de
tu belleza!

No sólo está turbada: tiene miedo; el elogio, la alabanza


la asusta. La alabanza para un santo le produce el mismo
efecto que el pecado: vuelve la mirada del santo sobre sí
mismo, e inútilmente. He de aprender de María el miedo a
la alabanza y a apartar inmediatamente de ella mis ojos;
pero debo discernir entre lo que lleva a la vanidad y lo que
da fuerzas, lo que anima. Pecado es detenerse en la alaban­
za, complacerse en ella. Pero también es pecado, pecado de
presunción, huir el testimonio que nos anima. Al menos,
pecado para mí (porque no pretendo hacer en estos momen­
tos una teoría general), pecado para mí, que soy débil, que
dudo de mí mismo, y que no debo jugar a hacerme el^hom­
bre fuerte. Te pido, oh María, Madre mía amadísima*; Ma­
ría, jovencita tan seductora, que me enseñas a adoptar en
el fondo de mi corazón la actitud exacta frente a lo que
puedo conocer de mí mismo. Me entrego a Ti. Te he hecho
mi petición; ahora me ha de guiar mi propio instinto, es
decir, la gracia de Dios en mí.

Y el ángel tranquiliza a la Virgen y le anuncia que


tendrá un Hijo... ¿Anunciación gozosa? ¿Anunciación dolo-
rosa? Las dos cosas. Pienso en un cuadro de un primitivo
inglés, tan bellamente comentado por Paul R., en el cual
detrás del Niño Jesús, que, como jugando y para descansar,
extiende sus brazos, vemos proyectarse y agrandarse la som­
bra de una cruz. Me agrada el símbolo. La gracia del Niño
y el dolor del Calvario; las dos cosas. ¡Que todas las Anun­
ciaciones, si han de ser dolorosas, me traigan al menos tam­
bién las dulzuras de Jesús!
LA ALEGRÍA DE LA FE 83

ESPERA
24 junio 1937

Padre mío, concédeme esperarte con calma, con sereni­


dad. ¡Que tenga yo el mérito de aceptar de antem ano la
decisión, cualquiera que ella fuere! ¿Qué supone esta espera
de una «revisión», cuando pienso en la espera de María
cuando fue conducido Jesús ante sus Jueces? ¡Qué fracaso
si no soy capaz (con la gracia, que no me ha de faltar, y
tanto menos cuanto que la pido) de aceptar, sin contraer
una enfermedad al ver mi obra detenida! Una cosa sola im ­
porta: estar en paz con mi Padre, no hacerle sufrir, n o
sentirme inferior a mi ideal. Por el momento debo procurar
no imaginarme lo que podrá ocurrir. Hasta debo apartar el
pensamiento de ello. Bastante tengo con haber previsto su­
ficientemente los acontecimientos posibles, para preparar
mi alma a ellos y para Implorar el auxilio de la gracia.
Ahora, cheer upf

Y voy a ir recitando con la pluma suavemente el Padre­


nuestro.

Padre nuestro, Padre mío. que estás en los cielos, te pido


lo que más me interesa: ¡que venga a nosotros tu Reino!
Que los hombres te conozcan, que aprendan tu nombre,
que es el Amor, y que se den cuenta de que por nadie son
amados como son amados por Ti. Creo con todas mis fuerzas
que Tú me estás mirando, que me sigues en todos mis m o­
vimientos, que lo dispones todo en torno mío, para mi bien,
es decir, para mi salvación. No que vayas acomodando tus
fuerzas con las fuerzas del hombre y de la Naturaleza para
modificar los acontecimientos, porque sé perfectamente que
los acontecimientos, sean cuales fueren, todos son perfecta­
mente «indiferentes» en relación con el fin de la vida. Pero
Tú los cargas de gracia para mi, de suerte que cada uno
de ellos me entregue tu regalo. Unicamente no me traerán
nada los acontecimientos que yo haya provocado con un
acto contrario a tu voluntad. Pensamientos familiares, pero
que necesito repetírmelos para vivirlos. Me doy cuenta de
que debo corregirme un poco, completar lo que acabo de es­
cribir: incluso el hecho nacido del pecado y no querido
por Dios, me trae la gracia de Dios una vez que renuncio
84 AUGUSTO VALENSIN

al pecado; porque desde aquel momento el pecado no lo


mancha más, es un hecho como todos los demás, un Instru­
mento al servicio del amor. ¡Qué bellc es el amor para
quien sabe verlo! ¡Y para verlo debemos ir acostumbrando
nuestra vista!
Escribir una y otra vez lo que ya he escrito tantas veces
me hace irme convenciendo de ello. ¡Gracias, Dios mío, Pa­
dre mío, porque me has rodeado de tantas cosas!

SOBRE LA MUERTE

8 septiembre 1937.

Me coloco frente a mi último fin, no precisamente frente


a la muerte, sino frente a mi vocación de hombre y frente
a mi vocación de religioso. Actualmente ambas se confuta
den: faltar en mi vida de hombre sería faltar también en
mi vida de religioso. Dentro de unos años todo quedará de­
finitivo para siempre. ¡Qué inmensa gracia saber Id que me
espera, lo que me está reservado! Estoy hecho para gozar
de Dios, con Dios, para ser Dios en cierto modo, como pre­
mio de una prueba momentánea, ridiculamente breve. Per­
suadirme de que mi verdadera vida es esa; y que mi vida
presente no tiene sentido sino como preparación para la
otra, y para asegurármela. Persuadirme también de que en
esta vida lo que importa es únicamente la buena voluntad:
no conseguimos títulos para la vida eterna con éxitos mate­
riales, ni con conquistas, haciendo que avance la ciencia o
incluso mejorando a la Humanidad. Y la felicidad no es
una recompensa exterior que viene para remunerarnos por
acciones sin relación con ella: al contrario, se encuentra en­
cerrada en nuestros mismos actos morales como en su se­
milla: la eternidad bienaventurada es la gracia oculta que
germina, que se desarrolla, que produce su fruto. Tenemos
dentro de nosotros nuestra propia eternidad: ¡qué bello
es esto! Y fuera del acto moralmente bueno, todo lo demás
no interviene más que como ocasión, como materia, com o
condición...
No alimento dentro de mí la semilla de eternidad l e ­
vando hacia Dios a un alma, sino queriendo llevarla con
voluntad sincera, llegue a Él o no llegue. Y si me ocupo en
esta tarea apostólica porque me parece bella y porque me
LA ALEGRÍA DE LA FÉ 85
hace, en apariencia, trabajar directamente por el R eino de
Dios, no enriquezco por ello mi alma con lo que ha de bri­
llar un día al sol de la eterna alegría; sino trabajan do en
esto porque, en la medida en que y de la m anera que Dios
quiere que trabaje yo en aquel momento.
La regla es sencilla: para llevar a cabo mi destino, «h a ­
cer en cada momento sencillamente lo que Dios quiere d e
mí, es decir, lo que debo hacer».

8 septiem bre 1937.

«Hablad, Señor, que vuestro siervo escucha.» Pero en m í


lo que hablan son mis pensamientos, y me distraen. He de
aceptarme tal y com o soy. Mi Padre ve mis deseos; esto
basta, y yo le pido a Él que ayude a m i sinceridad.
Los libros piadosos me aburren. Los temas de m editación
que encuentro en los «Ejercicios» me hacen el efecto de
disertaciones sin devoción; no siento devoción actualmente
más que en el Rosario. Hoy he rezado cuatro o cinco en el
jardín, diciendo en voz alta la primera parte de las ora­
ciones, como si fuésemos dos los que estábamos rezando; y
tanto el Padrenuestro como el Avemaria me han resultado
muy sabrosos. En suma, me parece que mi devoción no ha
desaparecido, sino que se ha simplificado; y, al mismo tiem ­
po, se ha adaptado mejor a mi estado de cansancio. L o
que no puedo hacer son visitas largas al Santísimo Sacra­
mento (palabra que no me gusta, que no dice nada, que da
la impresión de vergonzante); me gusta decirme que Jesús
está ahí y que me está mirando (lo cual creo con todas m is
fuerzas), pero jme distraigo en seguida o me revuelvo in ­
quieto en mi reclinatorio con imperiosa necesidad de aban­
donar la capilla. Pero la experiencia de almas me ha libera­
do de inquietud y hasta me ha quitado el gusto de que­
jarme: no soy yo el único. La devoción que da sabor a la
oración es un don del cielo, y, con más frecuencia aún, un
don natural, explotado por la gracia. Pero, ¡qué agradable
resulta este don! Ya lo sabes, Dios mío, si quisieras devol­
verme este don, por muy poco que fuera, abandonaría yo
mis oraciones vocales y, de rodillas, me pasaría largos ratos
hablando contigo o pensando en tu Hijo!
Pero, ¿cómo se atreven los demás a hablar a Dios, secos
como están, y mostrando, exhibiendo (com o si ellos n o la
experimentasen) su propia sequedad? Esta m anera de. tra ­
tar con Jesús, citando los argumentos que nos le h a cen
86 AUGUSTO VALENSIN

amable, como títulos de otros tantos capítulos, como cate­


gorías abstractas, analizadas sucesivamente por: 1.°, a) pe­
queña, b) pequeña, con laboriosas subdivisiones, me resulta
insoportable. Prefiero que me inviten sencillamente a con­
templar tus llagas, sin decir nada; y, efectivamente, me
siento todavía capaz, en ciertos dias, de pasar un buen rato
figurándome la herida de tu mano, e inclinando la cabeza,
sin decir una palabra, ante esta herida. También esto es
oración.
Cada vez tengo menos necesidad de ideas en mi oración.
For lo cual pienso, medito mal, con la pluma en la mano:
los silencios cargados de sentimiento no pueden ponerse
por escrito. El sentimiento mismo se expresa mejor con unas
palabras sencillas, repetidas indefinidamente: «¡Cuánto ha
sufrido! ¡Cuánto ha sufrido! ¡Cuánto ha sufrido!» Pero la
pluma me ayuda a llenar exactamente el tiempo que me
he destinado para la meditación expresamente. La tinta
ahuyenta las distracciones, y sobre todo el ruido de la plu­
ma que no se detiene un momento.
¡Dios mío, Padre mío, te amo! ¡Concédeme amarte como
Tú quieres ser amado por nosotros!

SOBRE EL INFIERNO

9 septiembre 1937

Sin sentir gusto, quiero meditar sobre el infierno. No


tengo gusto alguno, pero tampoco miedo. Gracias, Dios mío.
por haberme dado, desde muy pequeño, una idea del infier­
no suficiente por sí misma para detenerme al borde del pe­
cado. No puedo decir que tenga miedo de ir al infierno. Me
entrego a la ternura de mi Padre y al nombre de Jesucristo
pronunciado con toda el alma, y que me debe servir de in­
falible garantía. Pero tengo una idea «terrible» del infierno,
y no tanto por el sufrimiento que implica, que no siento ne­
cesidad alguna de imaginarme, sino por su eternidad.
La eternidad me aterra.
Siempre, siempre, siempre. ¡Jamás, jamás, jamás!
Esto es tremendo. Tan tremendo que me parece insen­
sato creer a la ligera que esta o aquella persona ha podido
condenarse. Aunque no hubiera en el infierno más que el
LA ALEGRÍA DE LA FE 87
aburrimiento o la derrota, seria algo terrible, por la certi­
dumbre de que aquello no se acabaría nunca.
Frente a esta eternidad espantosa está la otra. Vamos,
pensando en ésta, de maravilla en maravilla. ¡Qué dignidad
tiene, por consiguiente, la vida, nuestra vida, qué trascen­
dencia, que sea capaz de fundar de esta m anera nuestra
propia eternidad! ¡Ah, pronto, llegar al fin! Me parece que
ante la eternidad de felicidad me veo tan espantado (pero
en otro sentido), com o ante la eternidad de sufrim iento.
Todo consiste en tomar posiciones ante la eternidad. Y n a ­
die puede escapar de esta intimación, que da su finalidad,
su inteligibilidad a la vida humana.
Agarrarse a esta vida, en estas condiciones, es una m an i­
fiesta inconsecuencia, y esto puede ser obra de la sensibi­
lidad, pero no de la inteligencia. En todo caso, me parece
imposible agarrarme a elLa, imposible para mí. Pero nada
de cuanto puede procurarme esta vida, ninguna alegría, n in ­
guna honra, ninguna experiencia, nada puede despertar en
mí deseos de prolongar esta vida.
Y he aquí que, habiendo comenzado con el tema del in ­
fierno, me he ido a pensar en el cielo. Volvamos al infierno.
Pero... si no tengo nada que deciros sobre él. Cuando me he
repetido: «siempre, jamás», he abierto todas las fuentes del
terror, imposibles de cegar.
No siento actualmente miedo del infierno, pero he de ali­
mentar en mí el miedo a ser algún día tan malo com o para
merecerlo. He de tomar mis medidas desde ahora. El Padre­
nuestro, rezado diariamente con gran fe y una gran aten­
ción, ha de constituir mi salvaguardia. Parece que esto es
poco; y es poco, si, en el orden de la cantidad, si com paro
el tiempo que necesito para decirlo y la eternidad que m e
aseguro con ello. Pero la oración, y ésta particularm ente,
dispone de infinito poder: un Padrenuestro puede hacer fr a ­
casar todas las seducciones del Universo y todas sus ten ­
dencias; es una barrera infranqueable para el pecado.
Padre nuestro, que estás en los cielos...
88 AUGUSTO VALSNSIN

SOBRE EL PECADO

0 septiembre 1937.

Quiero pensar en el pecado y en la pena que le causa a


Dios. Dejo a un lado el problema filosófico: admito de una
vez para siempre que tenemos una manera antropomórfíca
de representarnos las cosas, pero que tiene su fundamento,
y únicamente a través de una imagen de esta clase pode­
mos comprender de manera eficaz uno de los aspectos más
reales del pecado. Dios nos ama, y no quiere el pecado, y
su Hijo ha sufrido por causa del pecado en su naturaleza
humana. ¿Cómo sacar partido de estas verdades, cómo ex­
plotarlas mejor que representándonos a Jesús herido en su
amor y azotado físicamente—incluso actualmente—por la in­
gratitud y por el cinismo del pecador? No ver en los peca­
dos—de que oímos hablar o de que somos personalmente
testigos—más que «transgresiones», es no tener en cuenta
la Pasión.

El verdadero cristiano debería pensar espontáneamente


en la Pasión de Jesús; entonces no tendría ganas de reir y
ni siquiera tendría una sonrisa para una historia chistosa,
por ejemplo, de adulterio. Esta última idea me ha llamado
la atención, y me interrogo sobre ella. ¿No he ido yo de­
masiado lejos? ¿Es, por tanto, malo leer a Rabelais y gus­
tarlo? ¡Oh Jesús, enséñame a juzgar bien de las cosas, en­
séñame Tú mismo y fórmame Tú mismo! Antes de refle­
xionar prometo, si todo cuanto evoca pecado no despierta
en el cristiano más que tristeza, prometo estar atento en el
futuro a todas mis reacciones.
Acabo de reflexionar durante un momento, con la pluma
en el aire. Resultado de mi reflexión: jamás reírme o son-
reírme ante un pecado. Cuando el pecado no es real, sino
un elemento novelístico, puede el cristiano, sin faltar al
respeto a su Salvador, distinguir y reírse ante las circuns­
tancias. que pueden ser perfectamente risibles, sin prestar
atención al pecado. Pero es también necesario que el relato
se preste a esta separación y que se vea claramente que el
cristiano la hace. La misma reacción puede tener ante un
pecado real. En una palabra, la inteligencia es capaz de dis­
tinguir las diversas formalidades, separar en su considera-
LA ALEGRÍA DE LA FE 89
clón lo que, en concreto, es Indivisible. Cuestión de tacto,
de medida, de oportunidad.
Esta es la regla. No debo tener escrúpulos. Pero con es­
tas reservas, debo ejercitarme en asociar estrechamente la
idea de pecado y la Idea de una herida Inferida a Jesús,
de una lágrima (¿por qué no, por qué voy a tener miedo
de un antropomorfismo que acabo yo mismo de justificar?),
de una lágrima en los ojos infinitamente buenos de m i
Padre.
Pobre gente los seml-filósofos, que pretenden razonar
nuestras relaciones con Dios. ¡Cuán dignos de lástima son !
Te agradezco, Padre mío, que hayas peim ltldo que a fuerza
de ser filósofo haya llegado a ser com o una mujer sencilla.
¡Si yo no pudiera hablar de tus ojos y de tu corazón, es
que no te conocía bien!

LA DESESPERACION DE JUDAS

10 septiem bre 1937.

Y después de su pecado, Judas, desesperado, fue a col­


garse. ¡Que yo no me desespere jamás! Esta es la última in­
juria que puede hacerse al Amor, no reconocer que existe.
Dios mío, quiero creer celosamente en tu misericordia
infinita y afirmarla para mí y para los demás. A medio ca­
mino de la desesperación se halla el disgusto de uno mismo
y el desaliento. Siempre tenemos algo para estar insatisfe­
chos de nosotros mismos, basta con mirarnos de cerca. Tal
vez por aprensión inconsciente de este peligro, evito co n ­
templarme demasiado de cerca. Gano con ello estar persua­
dido—en general—de mi miseria, y no sentirme abrumado
por ella. Todo lo que deprime es malo. Debo conservar y
alimentar mi espiritualidad. Esta espiritualidad es la que a
mí me conviene; no tengo por qué proponerla indistinta­
mente como la mejor; hay otros que son más exigentes con ­
sigo mismos, que tienen una conciencia más delicada, que
tienen un cuidado más meticuloso con los microbios, y no
comen más que manjares totalmente desinfectados en vajilla
aséptica; yo no miro las cosas tan de cerca; ignoro los
tormentos de la conciencia, y ese tormento (sobre todo) más
sutil y no menos doloroso, de no tener tormentos. M ientras
que no pierda esta fe que tengo en la maternal solicitud y
90 AUGUSTO VALENSIN

en el maternal (y ciego) cariño de mi Padre, todo marchará


bien. Y esta fe 110 la perderé jamás, porque todos los días
le pido no perderla. Hay una gran semejanza entre mi dis­
posición y la que expresa el Padre De la Colombiére en su
-4cío de confianza. La esperanza, y la esperanza de la es­
peranza, y el abandono de toda preocupación.
¡Qué gracia tan inmensa haber comprendido la Paterni­
dad de Dios! ¡Ojalá pudiera yo hacer partícipe de ella a
muchas almas! Tengo obligación de propagar esta fe mía,
lo dfebo así a mi Padre.
¡Que nada sea más ajeno a mí (y también más incom ­
prensible) para mi que la actitud desesperada de Judas!
Como si un acto de confianza en el Amor ofendido no hu­
biera sido entonces el homenaje más maravilloso que hu­
biera podido imaginarme para este Amor, tan grande, que
nadie, ni Pedro, ni santo alguno, hubieran sido capaces de
hacer algo semejante!

MARIA MAGDALENA

10 septiembre 1937.

¡Cuánto me repugnan estas meditaciones de la Primera


Semana! Las hago para acomodarme a la costumbre, por
un resto de deferencia hacia la tradición, pero siento pri­
sas por ocuparme de Jesús, por contemplarle vivir en Na-
zaret.
Estaré con María Magdalena, me pondrá bajo su mirada.
He aquí una mujer, verdadero tipo de la pecadora (¡y no
hay papelones!), de la pecadora a quien la gente da de lado,
que por sí misma no merece la menor estimación. Parece
que Jesús, infinitamente puro, debe representársele a ella
como la persona a quien tiene menos derecho a acercarse.
¿Contemplarle a hurtadillas, sin que ni Él ni nadie la vea,
una mirada vergonzante? Sí; pero mancharle con su presen­
cia. no. Lavarse antes, lavarse de todos sus pecados, e inclu­
so después de esto, quedarse detrás de la muchedumbre,
detrás de los niños desde luego; pero también detrás de las
personas importantes, y hasta de los fariseos hipócritas, por­
que éstos, si bien han pecado, es un pecado (a su manera)
digno. ¡Mientras que ella...!
Si Magdalena no hubiera correspondido a la gracia que
LA ALEGRÍA DE LA FE 91

le sugería se atreviese a acercarse a Jevús, si hubiera cedido


al sentimiento de hastío de sí misma que sentía, si se
hubiese contentado con una oración oculta, m urm urada
vergonzantemente, Jesús, que es bondadoso, la hubiera In­
dudablemente perdonado. Pero no se hubiera producido algo
prodigioso, algo que Jesús anunció que sería predicado hasta
el fin de los siglos, de generación en generación: la más dul­
ce alegría, el homenaje más grato que podía recibir Jesús,
no lo hubiera recibido. Después, cuando pienso en ello y m e
imagino la plenitud de satisfacción experimentada por J e­
sús por la confianza que le han demostrado, me parece que,
puesto al corriente de la posibilidad desperdiciada, acusaría
a Magdalena de haber decepcionado el corazón de su Dios.
Pero ella no lo decepcionó. ¡Qué modelo para m í! ¡Qué áni­
mo me da esta mujer! ¡Que se grabe profundamente en m i
alma esta lección! Cuando nos damos cuenta de nuestra
miseria, no contemples más esta miseria (o, por lo menos,
no detenerse en contemplarla); no mirar a la dignidad de
Dios (o, por lo menos, no detenerse por ella); sino pensar
que tenemos la suerte (o felix culpa f), y precisamente com o
pecadores y pecadores repugnantes, el medio de proporcio­
nar a Jesús la mayor alegría que puede proporcionarle un
alma. Es demasiado sencillo no dudar de la bondad, de la
indulgencia, de la ciega ternura del Padre, cuando parece
que todo esto puede favorecernos; pero precisamente cuan­
do parece que todos los límites han sido superados, cuando
parece que seguir creyendo es abusar de ella, entonces es
cuando contar con esta bondad es rendirle el hom enaje
mayor con que podemos honrarle, con que podemos conm o­
verle más. ¡Cuánto bien me hace decirme y repetirme esto!

OTRA VEZ SOBRE LA MUERTE

11 septiem bre 1937.

Otra vez sobre la muerte. Los sentimientos que desearla


tener en aquellos momentos (y que actualmente tengo): pen­
sar que voy a descubrir la Ternura. Es imposible que Dios m e
decepcione. ¡Sólo suponerlo resulta enorme! Me acercaré a
Él y le diré: no me defiendo con nada fuera de con haber
tenido fe en tu bondad. Aquí reside mi fuerza, toda m i
fuerza, mi única fuerza. Si esto me abandonase, si perdiese
92 AJGUSTO VALSNSIN

esta confianza en el Amor, se habría acabado todo para


mi, porque me doy perfectamente cuenta de que sobrenatu­
ralmente no valgo nada; y si hemos de ser dignos de la
felicidad para conseguirla, supondría para mí renunciar a
ella. Pero cuanto más avanzo, más cuenta me doy de que
tengo razón para representarme a mi Padre como a la in­
dulgencia infinita. Y que los maestros de la vida espiritual
pueden decir lo que quieran, pueden hablar de justicia, de
exigencias, de miedos; pero mi juez es el mismo que subía
todos los días a la azotea de su casa para ver si distinguía
en el horizonte la silueta del hijo pródigo que volvía a su
casa. ¿Quién no desearía ser juzgado por Él? Santiago es­
cribe: «Quien siente temor no posee aún el Amor perfecto.»
Yo no temo a Dios, pero no tanto porque yo le amo cuanto
porque me siento amado de Él. Y no siento necesidad de
preguntarme por qué me ama mi Padre, o qué ama en mí
mi Padre. Me resultaría muy difícil responder a esto; ni
siquiera seria capaz de responder. Me ama porque Él es el
amor; y basta que yo acepte ser amado por Él para serlo
efectivamente. Pero es necesario que haga ese gesto perso­
nal de aceptar. Esto lo exige la dignidad, la misma belleza
del amor. El amor no se impone, se ofrece, i Oh Padre mío,
gracias porque me amas! ¡No seré yo quien te grite que soy
indigno! En todo caso, lo que es digno de Ti es amarme tal
y como soy, esto es, digno del amor esencial, digno del
ámor esencialmente gratuito. ¡Oh, esta idea me encanta!
Asi estoy perfectamente defendido de escrúpulos, de una
falsa humildad que desanima, de la tristeza espiritual (1).
Ordinariamente pensamos demasiado en nosotros mis­
mos, y no pensamos bastante en Él. Hay infelices teólogos
que tienen una especie de miedo (sin llegar a confesárselo)
de hacer a Dios excesivamente bueno, es decir, excesivamen­
te hermoso. «Dios es bueno, pero no es débil», suelen de­
cir. Pero una bondad que no llega hasta cierta debilidad (lo
que nuestra dureza llama debilidad) es la bondad de la
vieja señora hugonote, que tiene miedo de fomentar en los
pobres la pereza y anda midiendo su limosna. Debilidad oor
amor, que hace a mi Padre más grande y más bello. La
cruz me da la razón.

(1) Este texto fue leído sobre la tumba del Padre Valensln has·
ta : «Ordinariamente pensamos...]»
LA ALEGRÍA DE LA FE 03

EL INFIERNO

12 septiem bre 1937.

Antes de acabar con las meditaciones de la Prim era Se­


mana, he querido ayudarme con las M editaciones, tan cele­
bradas, del P. Meschler. He leído la m editación sobre el
«Infierno del sacerdote». El resultado no ha sido el que y o
buscaba. El primer punto consistía en Inculcar p rofu n d a ­
mente el miedo del Infierno, y leo en ella: «¿Qué hace fa lta
para condenarse? Basta caer en un pecado mortal y verse
sorprendido en este estado. Pues bien, todos podemos p eca r
de esta manera.»

¿Cómo se atreven a escribir cosas de este género? Basta


con «caer» en pecado mortal, com o si el pecado mortal fu e­
se una especie de trampa en la cuai caemos porque no h e ­
mos andado mirando dónde ponemos el pie. En realidad, n o
«se cae» en un pecado mortal, sino que nos arrojam os en
el pecado m ortal; no somos arrastrados al pecado m ortal,
sino que nos entregamos al pecado mortal. Podemos «caer»
en algunas acciones que constituyan materia de pecado
mortal; esto es posible; y esto debe evitarlo cuidadosam en­
te todo hombre; mas para que haya pecado mortal es n e ­
cesario que aceptemos ser «m alos»; que, puestos a optar e n ­
tre las solicitaciones del pecado y el deber, es decir, entre
Barrabás y Jesús, escojamos deliberadamente sacrificar a
Jesús. No hace falta menos de esto para jugarnos nuestra
eternidad. ¿Y qué peligro hay en predicar esto? N o; los
argumentos para que vivamos vigilantes y para que orem os
son muchos; y, además, la obligación de procurar no «caer»
en ninguna trampa, la obligación de evitar el pecado ve­
nial, de evitar sus mismos atractivos, todo esto sigue v i­
gente y constituyen una salvaguarda. Pretendiendo dar una
idea terrible de los peligros que corremos, nos exponem os a
dudar incluso de la existencia de tales peligros. El hom bre
no puede vivir habitualmente en angustia.
¿Y cómo no vamos a dudar cuando leemos que para co n ­
denarnos, es decir, para vivir eternam ente entregados a la
desesperación (¡o h idea que confunde a nuestra pobre im a­
ginación!), basta con, después de «caer» en un pecado
mortal, ser «sorprendidos» por la muerte en este estado?
ALEGRÍA DE LA FE 7
94 AUGUSTO VALBNSIN

Así pues, ¿puede ocurrir un accidente Que sorprende a uno


de repente y le condena a la desesperación eterna, y a otro
le deja un minuto (el tiempo justo para decir a un sacerdote
su pecado), y se salva? ¡Y todo lo anterior no cuenta para
nada; una vida entera de piedad desaparece en aquel mi­
nuto culpable que se la traga!... ¡Qué Inhumano es esto, es
decir, qué indigno de Dios! Y he escrito «de Dios» para no
llegar de una vez hasta el extremo de la verdad, para no
llevar hasta el absurdo esta tesis que me subleva. Pero lo
que hay que decir es que esto resulta indigno de un Padre.
¡Oh Dios mío, no me pedirás cuenta por haber seguido, para
hacerme una idea de Ti, no las amonestaciones excesiva­
mente humanas de los predicadores, que después de todo
no son más que yo mismo, sino las enseñanzas de tu Hijo!
No podrás condenarme porque me haya formado una idea
de Ti conforme con la parábola del hijo pródigo, porque
haya formado mi conciencia según la idea, la única idea de
Ti que me parece bella. ¡Tengo confianza! ¡Viva mi Padre/

LA ANUNCIACION

12 septiembre 1937.

¡La Anunciación! ¡Qué amable Misterio! María en ora­


ción, y se le aparece el ángel, y le da la noticia, que la sor­
prende, que la inquieta, y que Ella acepta en todas sus
consecuencias, admirablemente. Ecce ancilla Domini. Como
lo comprendió perfectamente Pascal, los acontecimientos son
para nosotros «mensajeros» de Dios, mucho mejor de lo
que pudieran serlo una forma visible o una voz interior.
¡Por consiguiente, con qué entusiasmo debería yo acoger la
Anunciación de los acontecimientos de cada día! Si existe
una expresión de la voluntad de mi Padre que no se preste
a error, es ésta. Lo que Dios me impone, o lo que Dios me
pide, y que no puedo evitar, lo que Dios quiere que yo acep­
te, es el don de su mano. Esta verdad bien comprendida,
convertida en carne y en sangre, puede bastar para sobre-
naturalizar magníficamente mi vida. Pero debo pensar en
ella, adquirir el hábito de pensar en ella; y para esto, apli­
carla hasta a las cosas más insignificantes, porque no siem­
pre tenemos ocasión de aplicarla a las cosas grandes ¿Que
llueve cuando voy a salir? Anunciación... Todo acontecí-
LA ALEGRÍA DE LA VE 9»
miento concreto es una Anunciación, Que lleva consigo la
gracia de que la acojamos bien. Razón de más para ponerle
buena cara. Es necesario que una gracia tan claramente se·»
gura, tan evidente, no se me ofrezca inútilmente.
La otra clase de hechos no sabemos la gracia que <es
acompaña, qué íntima solicitación, qué iluminación; pero
cuando se trata de un hecho que es Anunciación, estamos
ya seguros.
Me imagino (quiero decir: no estoy lejos de pensar) que
quien fuese capaz de poner siempre buena cara a las
Anunciaciones seria, por el mero hecho, un santo, porque
todo consiste en esto. Padre, concédeme que acoja las Anun­
ciaciones como acogió la Madre de tu Hijo el anuncio que le
ofrecía, al mismo tiempo, una gloria incomparable y un su­
frimiento sobrehumano.
María, modélame a tu imagen. Hago una vez más el
propósito...

VIDA OCULTA DE JESUS

13 septiembre 1937.

Un niño como cualquier otro (porque, fuera de manifes­


taciones maravillosas, la santidad no se nota); un adoles­
cente como cualquier otro. Paso por delante del taller donde
trabaja con José. ¡Qué existencia tan mediocre en apariencia!
Otros cultivaji la inteligencia, se preparan por medio de
ejercicios apropiados para ejercer influjos sobre los selectos
o sobre la masa, para hacer sentir su influencia; Jesús, no.
No existe relación visible entre los treinta años que pasa en
la oscuridad, haciendo de carpintero, y los tres años que
consagra a su misión. Y, sin embargo, debo creer que estos
treinta años no han sido inútiles para la eficacia de su pre­
dicación.
La primera idea que se ocurre es que era necesario pasar
aquellos treinta años, puesto que Jesús no habla aparecido
en la tierra como Adán, con edad para predicar el Evange­
lio. Aquellos treinta años oscuros antes de la aparición del
Profeta, no son, después de todo, más extraordinarios que
los treinta millones de años, aparentemente inútiles, antes
de la aparición del hombre. Y en esto hallo, efectivamente*
una justificación para la existencia de un periodo de vida
oculta: la vida oculta es la condición que supone la vida
96 AUGUSTO VALENSIN

activa; y no es pagar demasiado cara la posibilidad de ha­


cer el bien, la posibilidad de hacer una sola acción buena,
comprarla con un montón de años estériles: Jesús pasó trein­
ta años sin ejercitar la función para la cual había venido...
simplemente porque para ejercer esta función era necesa­
rio haber llegado a la edad madura. ¿Cómo nos vamos a
quejar entonces de llevar una existencia infecunda, si pue­
de decirse que ésta es la condición indispensable para una
determinada fecundidad, que, sin ella, no existiría? Asi la
semilla va creciendo lentamente, tarda semanas y meses en
hacerse un arbusto; y produce, finalmente, la rosa..., que
TSura unos días. La rosa justifica el rosal, y la vida oculta,
subterránea, del rosal, y las hojas y las espinas del rosal;
y no es pensar bien, sobre todo no apreciar en su verdadero
valor el acto moral (de cualquier género que sea), quejarse
del tiempo que se gasta en hacerlo posible. La vida oculta
de Jesús es una lección magnifica... Si son necesarios dos
años de literatura con X, para tener un día oportunidad de
hablarle eficazmente, durante dos minutos, de Jesucristo, no
habré perdido el tiempo. Desconfiar de lo cuantitativo. Mu­
chas personas, muchos sacerdotes, no consideran más que
el resultado inmediato: de aquí que descuiden ciertos oficios,
renuncien a determinadas conquistas. Me parece que mi
vocación propia es hacer lo contrario de esta actitud. Lo
único importante es no perder de vista el fin. Me imagino
que Jesús estaba continuamente pensando en su misión:
como un rosal, que, agotándose en formar su tallo y sus
hojas, burlado por las lilas que le han salido, pensaría in­
defectiblemente en la rosa. Todas las diversiones están per­
mitidas, incluso aconsejadas: leer versos y hablar de teatro
y levantar el peso enorme de la Divina Comedia, para con­
seguir—cualquier día—que se despierte la fe en algún alma
buscada por Jesús y dejada a un lado por sus apóstoles de­
masiado ocupados.

SOBRE LA SANTISIMA VIRGEN

13 septiembre 1937.

Tiene que haber sitio para Ella en mis Ejercicios. ¿Cómo


me la imagino? ¿En qué época de su vida? ¿Jovencita?
¿Joven Madre, que vela a su Jesús, cargada con el secreto
LA ALEGRÍA DE LA FK 97
de su nacimiento milagroso?... Me doy cuenta de que hay
aquí un aspecto bajo el cual, efectivamente, nunca he con ­
siderado, a lo que recuerde, a la Santísima Virgen. Ella sa­
bía algo y no podía decirlo; sabía y debía proceder com o si
no supiese nada. Su adoración tenía que ser oculta... Pier­
do la cabeza imaginándome aquel estado de alma. Pero
tampoco se trataba de resolver un problema psicológico, ni
de satisfacer una curiosidad muy natural. Sería apartar de
su fin los escasos datos que me ofrecen, procurar, apoyán­
dome en ellos, ver más lejos; mi actitud ha de consistir
en atenerme a ellos y edificarme de ellos. La Virgen María
guardando su secreto, el secreto de su Hijo, remitiéndose a
Él sobre el momento en que hay que descubrirlo, y sobre la
manera de descubrirlo; esperando con paciencia; dejando
que pasen los meses y los años sin aceptar jamás la idea
de que nunca ha de llegar la Hora; ¡qué modelo para mí!
Por su mismo silencio, que seguía los pasos al silencio de
Jesús, María le apoyaba y colaboraba con ÉL Pero tenía
que costarle no hablar, no decir lo que sabía. ¿Hablaban,
por lo menos entre sí, Jesús, María y José? El relato evan­
gélico más bien disuade de ello. La réplica de Jesús a su
Madre en el Templo supone más bien que incluso «en fami­
lia» el velo del misterio nunca fue levantado. No hemos de
imaginarnos a María orando a su Hijo y adorándole, como
hacemos nosotros... María debía tratar con Él como una
mujer con su hijo. La Divinidad de Jesús, incluso para Ella
(con más facilidad para Ella, por el milagro de su Naci­
miento, con más dificultad para Ella a causa de la mayor
evidencia de la Humanidad de Jesús), tenia que ser objeto
de fe. Esto es lo que, psicológicamente, hace inteligible la
existencia de María junto a Jesús, su conducta. Ocurre algo
análogo en nosotros: si en la Hostia y por medio de la
Hostia se nos hiciera evidente la presencia real de Jesús,
¿cómo nos atreveríamos a manejarlo?
María, María, tengo que felicitarte de, siendo su Madre
(a pesar de ser su Madre), haber creído. No has tenido
el privilegio de estar dispensada de creer; nadie en el mun­
do ha sido dispensado de tener fe. Tu privilegio consistió en
haber entrado la primera en la fe, en haberte mantenido
tanto tiempo en ella sola, en pie, como ante una sinagoga
vacía, sin sentirte turbada por tu soledad.
98 AUGUSTO VALXNSIN

LAS NEGACIONES

14 septiembre 1937

La escena de la negación. Un patio, con una hoguera en


el centro, y soldados, sirvientes que se calientan en ella.
En el fondo, la sala a donde han arrastrado a Jesús, donde
lo están juzgando; de donde saldrá un momento, el tiempo
justo para cruzar su mirada dolorida con la mirada de
Pedro.
Allá, en aquella sala, Jesús está solo. Solo entre perso­
najes hostiles. ¡Qué soledad debió ser la suya! No tengo
dificultad en comprender que esta soledad debió ser su
sufrimiento moral más tremendo. Ya mientras estaba en
agonía, llorando sangre, sus discípulos, habían encontrado
oportunidad para dormir. ¡Y ahora acaban de abandonarle!
Pienso en las palabras de X : «Se siente uno solo. ¡Irreme­
diablemente solo!... Y o creía, me había imaginado que...,
pero no.»
¿Es verdad esto? Primeramente, en cualquier circunstan­
cia, nosotros no podemos estar solos, como lo estuviste Tú,
porque Tú estás en nosotros, si no te hemos arrojado de
nosotros, y podemos hablar contigo. Tu presencia es invi­
sible, es verdad; insensible; pero mi vida no tendría razón
de ser si yo no creyese en ella, y yo me adhiero a esta oscu­
ra y vital certidumbre. Aunque esto no me cuesta trabajo
alguno. La absurdidad de este mundo, esta absurdidad que
hemos de sobrellevar, aunque no tuviésemos fe, es más que
suficiente para facilitarme la «fe».
Creo, por tanto, oh Jesús mío, que no te estoy hablando
inútilmente, y que no estoy, en realidad, jamás solo, sobre
todo si me hallo en estado de gracia.
Y no estoy solo principalmente cuando sufro: puedo evo­
car tus sufrimientos, y unir los míos a los tuyos y sacar
fortaleza pensando en ellos: ¿Qué puedo sufrir yo que Tú
no hayas sufrido?
¡Oh Jesús mío, enséñame a sufrir con Tú! ¡Contigo! Sin
dejarme arrastrar; sin dejarme convertir en juguete de
mi dolor; sacando, por el contrario, de él grandeza.
Jesús es quien está verdaderamente solo. Pedro le ha
hecho protestas de fidelidad, y era sincero...; pero ahora,
LA ALEGRÍA CE LA FE 99

alrededor del fuego, habla de Él, y Jesús sabe lo que está


diciendo: jes para echarse a llorar!
* · *

Vuelvo a tomar el hilo de mi meditación. Pensaba en


TI, oh Jesús, y he acabado pensando en mí. Una vez más,
no pretendo excusarme: esto es lo normal. La oración n o
es una evasión; te evoco, mas para que me llenes de H ,
para no quedarme solo conmigo mismo, para pensar con ­
tigo, junto a Ti.
Pedro, pues, dijo: «¡No conozco a ese hombre!» ¡Y Tú
lo sabias! He de considerar a Pedro y a TL
Pedro, a quien Jesús había dado más que a los demás;
Pedro, el amigo preferido que no hace más que pocas horas
protestaba a Jesús de su fidelidad, ¡ha llegado a este extre­
mo! para evitar las burlas de una sirvienta... «Ese hombre».
Pero no siento ganas esta tarde de detenerme en la con ­
ducta—tan decepcionante—de Pedro. ¡Eres Tú, oh Jesús,
quien me atrae! De Pedro no puedo creer que realmente te
haya negado; ha simulado negarte (lo cual ya es enorme,
es un crimen); ha dicho lo que no pensaba, lo que esperaba
él que quedaría sepultado y 110 contaría para nada. Pre­
fiero suponerlo mentiroso (y mentiroso no contigo, sino con
la sirvienta) a suponerlo ingrato, traidor; pero no pretendo
excusarlo: ha hecho el juego a su amor propio, en vez de
hacerlo a su amor. Ha sido un traidor, pero muy distinto
del traidor Judas. En un momento determinado te hacen
salir del salón. Atraviesas el patio donde Pedro se está
calentando y vuestras miradas se cruzan. ¡Oh, qué momento
de indecible efftoción! El alma del discípulo zozobra: com ­
prende lo que ha hecho (lo que no pretendía hacer). lo
comprende; sólo en aquel momento ha llegado a compren­
derlo. Lo que dijo sin pensarlo, sin tener intención, para
desembarazarse de una importuna, que debía quedar com o
si no hubiese ocurrido, como sin tenerlo en cuenta, ha lle­
gado a saberlo su Amigo y ¡tiene importancia! Pedro está
aplanado. Pero ¿y Jesús? Jesús, miro tus ojos, ayúdame.
Tristeza, una tristeza empapada de lágrimas, pero una tris­
teza suave, suave. ¿Un reproche? Sí, pero apenas un re­
proche. Y, sobre todo, me parece una ternura herida, que
vuelve a entregarse. Todo esto lo ve Pedro en tu mirada,
y queda salvado de la desesperación. Mírale cóm o llora.
Llora largamente, largamente, durante años enteros. H as·
100 AUGUSTO VALENSIN

ta su muerte. Una leyenda, que me parece verdadera, afirma


que durante el resto de su vida se levantaba todas las no­
ches al canto del gallo para llorar (pero con infinito agra­
decimiento) su negación.
Su primer impulso sería huir; se encontraba Indigno e
incapaz de sostenerte la mirada: porque todavía no la había
encontrado.
Cuando te vio fue una cosa muy distinta: comprendió
que le amabas, y ¡con qué intensidad!, y que seguir creyendo
en tu amor era mostrarte amor.
Pero ¿y Tú? Vuelvo siempre a Pedro; y, sin embargo, lo
que me interesa saber es lo que te ocurría a Ti. ¿Dudaste
en perdonar?
¿Iba a quedar algo en tu corazón, un poco de amargura?
¡Jesús, dimelo, para que me forme yo un corazón como el
tuyo ¿Rumiaste aquella noche ocultamente tu sufrimiento,
recordando a Pedro lo que te había hecho? ¡Jesús, yo quie­
ro comprender tu corazón, ayúdame, ilumíname!
Siento necesidad en este momento de dejar de escribir
para quedarme de rodillas, en silencio junto a tu cruz;
habla dentro de mi alma: te escucho.

LOS SIETE DOLORES

15 septiembre 1937-

Ultima meditación de Ejercicios. La misma festividad de


hoy, la festividad de los Siete Dolores, me invita a pensar
en la Santísima Virgen. Aquí estoy, pues, junto a Ti, oh Ma­
ría, con el pensamiento en el momento en que estabas en
pie, llena de dolor, junto a la cruz. Tu dolor es inimagina­
ble y con toda verdad dice de Ti la liturgia que, sin el mar­
tirio, mereciste la palma del martirio... No veo más que
una cosa que hubiera podido acrecentar tu dolor—algo que
lo hubiera verdaderamente duplicado y centuplicado— (¿pero
era esto, en realidad, posible?), y es que hubiera existido
entre tu Hijo y Tú alguna desavenencia, o que hubiera te­
nido Él que perdonarte algo; o incluso estando Tú junto a
Él, asistiéndole, no hubieses tenido la seguridad de que Él
conocía tu presencia allí en aquellos momentos... Dejemos
a un lado los dos primeros multiplicadores de sufrimientos:
este tercero era posible, y el Calvario hubiera sido entonces
LA ALEOHÍA DE LA FE 101
más terrible para Él y para Ti. Él buscando a su Madre,
oculta entre los soldados o tras el caballo de algún oñcial;
Tú, testigo de su angustia, y en la imposibilidad de darle a
entender que estabas allí. Este refinamiento en el m artirio
te fue perdonado; me quedo aliviado... No había necesidad
de que a tus sufrimientos se sumase este nuevo error para
que mi compasión no tenga límites... Jesús ha visto a su
Madre; no ha tenido el suplicio de preguntarse por Ella y
de verse morir sin Ella. Mas para que, Él al menos, co n o ­
ciese el fondo mismo del dolor humano, y su alma se viese
desgarrada de todas maneras, se sintió separado de su P a ­
dre en los últimos momentos; «Padre mío, Padre mío, ¿por
qué me has abandonado?», me parece que toda la Pasión
se halla condensada en este grito. Los sufrimientos físicos,
tan terribles como fueron, desaparecen, enfrentados con los
sufrimientos morales de la Pasión; están para figurar, ai
parecer, para ofrecer un asidero a la imaginación, para
ayudar a que las sensibilidades burdas puedan «simpatizar»
con Jesús; pero, a su vez, los sufrimientos morales de la
Pasión, todos, incluso el sufrimiento más cruel, el senti­
miento que procedía de ver sufrir a su Madre, a su querida
Madre, la niña de sus ojos, la maravilla tierna—incluso este
dolor—, resulta insignificante comparado con el dolor de
este supremo abandono. No podemos hablar de desespera­
ción respecto de Jesús; pero debe haber aquí un sentimien­
to humano parecido a la desesperación, que tiene el desga­
rramiento de la desesperación, que produce la ofensa en el
amor; éste es el sentimiento que experimentó Jesús. Siento
vértigo ante este vacío.
Jesús, que en mis mayores sufrimientos, sienta fortaleza
—y necesidad—para pensar en Ti.

JESUS ANTE HERODES

16 septiembre 1937

Jesús delante de Herodes. Toda la corte del principe tie­


ne fijos los ojos en Él; le miran y se burlan de Él. ¿Cóm o
he de imaginármele, a Él? Siguiendo a ciertos cuadros, y
también a cierta literatura, mi primer impulso es im agi-
ginármele envuelto en su dignidad, silencioso, pero casi al­
tanero. Con algo de señorial en su porte, en su actitud, en
102 AUGUSTO VALENSIN

suma, admirable. Pero, reflexionando, me parece que debo


de presentármele de otra manera; seamos más realistas. El
que muy pronto va a quedar semejante al gusano de la
tierra y de quien se avergonzará Pedro, no posee nada,
cuando está en presencia de Herodes, capaz de impresionar
la vista, de inspirar respeto. Un pobre hombre a quien una
noche de agonía tiene agotado, vestido cor. una túnica ri­
dicula, el vestido de los locos, y a los ojos de quienes le
consideran sin prevención, nada parece denotar que pueda
ser «alguien».
¡Oh Jesús, cómo me consuela verte en este estado de
humillación escogido por Ti! No que me gusta verte humi­
llado, sino que me gusta ver que escogiste la humillación
y que quisiste ejercitarnos la fe. Vuelvo siempre a mis ideas
preferidas, a mis estribillos, a lo que constituye sustancial­
mente mi espiritualidad: el valor de la fe. ¡Ah, es mucho
más fácil ver actualmente a Jesús en la Eucaristía de lo
que era entonces ver al Mesías (y no digo Dios) en este agi­
tador ridiculamente emperifollado, incapaz de imponerse a
la turba, y de decir algo a Herodes. ¡Ni siquiera sabe ha­
blar! Jesús, con su sensibilidad humana, debía sufrir horri­
blemente ante la humillación. Hazme comprender, hazme
adivinar algo de lo que se agitó entonces en tu alma, para
que, llegado el momento, pueda intentar—con tu gracia—
imitarte.

«VERGINE MADRE»

17 septiembre 1937.

Tomo como materia de meditación la oración de San


Bernardo a la Virgen. Vergine Madre. Virgen Madre, ¿no es
su más hermoso título? No, he de evitar, incluso y sobre
todo hablándome a mí mismo, esos desarrollos fáciles y fal­
sos en que alabamos a María por ser Madre permaneciendo
Virgen; como si la virginidad fuese, por si misma, y casi
tomada materialmente, una belleza de que no podía estar
privada María. Muchos llegan incluso a afirmar que si
hubiera sido necesario para ser Madre de Jesús sacrificar
su virginidad, María habría renunciado a esta maternidad.
Resulta esto muy ridículo. Si María concibió a Jesús siendo
Virgen es porque no podía haber sido de otra manera la
Madre del Hijo de Dios: la paternidad no sev comparte. Y
LA ALEGRÍA DE LA FE 103
si la virginidad es en Ella una gloria es precisam ente por­
que la virginidad era la condición de la maternidad divina.
¿Y para nosotros? Entre nosotros, la virginidad, por sí
misma, no es lo más perfecto, porque la virginidad, egoísta
o forzada, carece de valor. Lo que tiene valor es la virgini­
dad concebida con un doble valor: por una parte, com o sig­
no de la voluntad profunda de un ser que no quiere perte-
nacer más que a Jesús, y, por otra parte, dejarle libre para
que pueda colaborar más directamente en la obra de Jesús.
El alma, «esposa de Jesús», no es una m etáfora sentimental
sin contenido; el alma virgen por elección es un alma co n ­
sagrada que ha dicho a Jesús: «Tú, y nadie más.» Porque
es verdad que entregar el cuerpo no es privar a Cristo de
él; y así tiene que ser, porque, en caso contrario, el m atri­
monio no sería un sacramento, sino negar el cuerpo para
reservar mejor el alma y renunciar a los goces de la fecun­
didad visible para alcanzar, en las tinieblas de la fe, la
única fecundidad, mucho más bella, la fecundidad espiri­
tual (debería decir: la fecundidad gracias al espíritu); esto
es, entregar algo a Cristo; María fue Virgen y Madre, Madre
porque fue Virgen. En el fondo, esto es lo propio de toda
criatura que ha escogido la virginidad com o el signo y la
condición de sus desposorios con Cristo. La virginidad cris­
tiana, no es estéril, ni siquiera cuando en apariencia no
produce frutos: consagrada a Jesús, da la vida perenne­
mente, en las sombras y milagrosamente, sin darse cuenta
de ello, lo mismo que María en el Portal de Belén.
Vergine Madre: Si bien no es éste su titulo más bello
(el más bello es: Madre de Jesús), es, en todo caso, un tí­
tulo muy bello y que explica el otro.

EL P. DE LA COLOMBIERE

18 septiem bre 1937.

Me doy cada día más cuenta de que el acto de confianza


del P. De la Colombiére debe expresar mi espiritualidad.
También esta confianza concuerda perfectamente con la
devoción al Padre. No contemplarme a mí m ism o; estar
conforme conmigo mismo en mi miseria espiritual (lo cual
no es lo mismo que defender mis cosas); pero no sentirme
embarazado en mis relaciones con mi Padre; cubrir todos
104 AUGUSTO VALENSIN

mis déficits con una confianza filial que conmueva su cora­


zón. Yo desearía ser el que le ama más, quien tiene también
menos miedo de Él. No sé explicarme a mí mismo: sé per
fectamente que yo no soy y que yo no puedo convertirme
tampoco de un día a otro, sin un milagro, en quien «le
ama más», y lo que yo pensaba no es convertirme, por ejem ­
plo, en uno que no le niega nada, sino ser uno de sus hijos,
el más niño de sus hijos. Esto es algo que está en mis
manos. Y que tiene que agradarle, me parece. El ha hecho
cosas extraordinarias, inverosímiles, locas, para demostrar­
nos su amor, para alentarnos, para atraernos a Sí, sin que
tengamos miedo de acercarnos, ¿y quién de nosotros ha
llegado a comprenderlo? ¿Quién ha conseguido que Dios
olvide su Majestad, lo que los hombres llaman su Justicia?
El respeto nos frena. Y nos cerramos a Él sin conseguir
comprender suficientemente lo que es el Amor, comprender
que Dios no pide precisamente ser respetado: lo que Él
pide, de lo que siente como necesidad, porque Él es el Amor,
es de ser amado. ¿Le daremos esto, es decir, no ya ser obe­
decido, sino ser «comprendido»? ¡Ah, sé perfectamente que
el amor no consiste en sentir una especie de suavidad en
el alma y en proferir palabras tiernas, y que no ama quien
no guarda sus Mandamientos; que, por el contrario, pode­
mos no sentir nada en nosotros hacia Dios y tener hacia Él
un verdadero amor efectivo, desde el momento en que nos
sacrificamos por sus cosas en sequedad y desgana. Pero, sin
excluir esto, me parece que mi vocación especialísima, per-
sonalísima, consiste en añadir a ese amor «efectivo», que
consiste en estar dispuesto a hacer su voluntad, ese algo
que debe hacer a sus ojos el amor de los hombres más
agradable y más emocionante. ¿Uno que le adora? Perfec­
tamente, ¿Uno que le obedece? Perfectamente. ¿Uno que le
teme? Menos perfecto. ¿Y uno que juega con Él? Es decir,
uno que le incluye en sus iuegos y que ie habla como a
quien, siendo Dios, ha querido ser uno de nosotros; esto es
más raro, esto debe ser hermoso y me parece que ésta es
mi vocación, producir este gozo, de santo de a perra gorda,
a mi Padre.
LA ALEGRÍA DE LA FE 105

SOBRE LA MUERTE

20 septiem bre 1937.

¿Cómo no meditar en la muerte, en una casa adonde


venimos para morir, con enfermos que se encaminan h a d a
la muerte, apoyados en su bastón o la aguardan en sus
lechos? Ayer, el P. X., que tuvo una retención orina p oco
antes de ir a decir la Misa. No pudo decirla y tuvieron que
llevarlo urgentemente al hospital, donde una operación p o ­
dría sanarle... o matarle. Ayer reía y bromeaba; mañana
estará tal vez muerto. ¿En estos momentos qué es su vida
(lo que él ha vivido) para él? ¡Qué cosa más insignificante
aparece la vida en el momento de entrar en la eternidad!
¡Hay que ser insensato para no soñar en la eternidad! De
un momento a otro podemos entrar en ella. Y no pienso en
ella precisamente para asustarme (ya sé que un Padre me
espera allí con los brazos abiertos), sino para decirme que
esta vida no tiene sentido si no es con la vida verdadera a
que nos prepara. Dignidad de la vida presente...
¿Cuándo me llamarás, Padre mío? ¿Y cuándo llamarás
a X.? Te,pido una muerte... que no sea repentina, pero que
tampoco se prolongue mucho; una muerte que yo vea venir,
para la cual me pueda preparar. Lo único que me parece
propio, como vestido de bodas, para presentarme ante Jesús
es el despojo total. Despojo del amor propio hasta en sus
apegos más ocultos; pero también despojo material, y una
vez anunciada la visitadora, aceptarlo todo (las mil cosas
que hacen sufrir al enfermo), sin una queja... Pienso en la
muerte de la Virgen. Me la imagino muy dulce y consolada
—en contraste con la muerte de su Hijo—. Jesús tom ó para
Sí lo horrible; para su Madre dejó el consuelo. ¿Me trata­
rás Tú, o}i Jesús, como trataste a tu Madre?

NUEVO CURSO

21 septiembre 1937.

Estoy comenzando el curso. Este curso va a com enzar


para mí con la venida de X. ¡Que sea bueno el año! Estoy
dispuesto a conseguir que lo sea. Mi vida espiritual tiene
sus directrices perfectamente determinadas. He com prendí-
106 AUGUSTO VALKNSIN

do, además, que lo que mi Padre quiere de mi es que no me


deje impresionar, conmover más que por lo que pertenece
a Él. Ir todo recto, hacer las cosas lo mejor que pueda y con
la mejor intención, y conservar la paz con Él. Desarrollar
en mi, cultivar el espíritu sobrenatural. Ser lo menos «mun­
dano» posible; no tener en cuenta mis simpatías o mis
atracciones; hacer que irradie Jesús a través de mí.

SOBRE LA EUCARISTIA

22 septiembre 1937.

Quiero volver sobre una idea que me ha impresionado en


la visita al Santísimo Sacramento: la Eucaristía es el único
lazo que existe para nosotros entre la tierra y ei cielo. Sin
ella, estaría por un lado el cielo (de cualquier manera que
queramos considerarlo, y resulta cómodo considerarlo ahora
como un sitio), el cielo y sus habitantes. Dios mismo, Jesu­
cristo, los santos; de la otra parte, la tierra. Pero entre
ambos no hay comunicación. Ningún habitante auténtico,
actual, del cielo podemos encontrar en la tierra. Gracias a
la Eucaristía, este hecho extraordinario se convierte en una
realidad. La unión está hecha; porque, en definitiva, este
Jesús a quien me acerco, que está a un metro de mí (y
mucho menos si quiero), es el mismo que está actualmente
en el cielo. Si nos dejase, quedaríamos abandonados. El
mundo sin la Eucaristía, sin (hagamos la suposición de que
ha muerto el último sacerdote) la posibilidad de procurarse
la Presencia real, sería un mundo muy distinto del nuestro.
¿Cuántas personas han pensado en esto, incluso entre los
creyentes? Entre ambos mundos, el lazo de unión sería la
oración; algunas «apariciones», inevitablemente sospechosas,
y que, además... (no acabo la frase porque necesitaría to­
marme tiempo de reflexión para acabarla). Perdida la Pre­
sencia de Jesús, no podríamos poner nuestra cabeza por ella.
¡Pues bien, me doy cuenta en este momento de lo terrible
que sería esto!
O también, sencillamente, encontrarse encerrado en una
isla, sin sacerdote, sin esperanza de tenerlo jamás. Esta su­
posición me hace entender la estima que debo tener de esta
gracia sin semejante, de poder «encontrar» a Jesús, de no
necesitar más que dar unos pasos para estar cierto de en-
LA ALEGRÍA DE LA FE 107
contrarme en su presencia. ¡Jesús, Jesús! No conozco lo
bastante mi felicidad, no la aprecio lo bastante.
Si, en vez de ser un beneficio para todos los cristianos,
hubiera sido un privilegio exclusivo de los cristianos de la
primera generación, ¡qué envidia les tendríamos! ¡Y qué
sencillo nos parecería que en esas condiciones, con la dicha
de tener a Jesús en medio de ellos, todas las personas fu e­
sen santas! En otro tiempo (cuando yo era pequeño) solía
hacerme reflexiones análogas a propósito de los sacerdotes.
Hombres que tienen sus relaciones personales, extrañas, co n
Jesús, que pueden con una palabra hacerle presente a ellos
y hacerse ellos presentes a Él, que hablan en su nombre
hasta el punto de estar autorizados a decir: «Mi cuerpo,
este es mi Cuerpo», y es Jesús quien lo dice por boca de
ellos, ¿cóm o estos hombres no iban a ser santos? ¡Ah, es
que hemos de tener en cuenta la rutina, las distracciones,
quiero decir: todo lo que nos impide «penetrar» a fondo en
esta verdad!
¡Oh Jesús, concédeme comprender lo que hago cuando
consagro! ¿Cómo no temblar al hacer esto? ¿De temor? No,
sino de emoción, de admiración, de agradecimiento.

«PEDRO, ¿ME AMAS?»

23 septiem bre 1937.

«Pedro, ¿me amas?» Veo a Jesús, a los apóstoles, y entre


ellos a Pedro, y Jesús fija su mirada en Pedro, le pone tal
vez la mano sobre el hombro y, en tono suave, pero, me
parece que, y no sé por qué, un poco triste, le hace por
primera vez la pregunta: «Pedro, ¿me amas?» Jesús se pre­
ocupa, por consiguiente, de saber si Pedro le am a; no de si
admite su doctrina; ni si tiene deseos de volver a su barca
de pecador, sino de si siente amor en su corazón. Y pro­
bablemente Jesús ya lo tenía todo resuelto; un poco de
psicología, sin recurrir a una ciencia sobrenatural, de que
no tenía necesidad; un poco de psicología le había hecho
conocerlo, y precisamente por esto había elegido ya en
secreto a Bedro para guiar a su rebaño. Lo que pretendía
Jesús era que Pedro mismo le dijese que le amaba. Luego
¿te agrada, oh Jesús, que te digamos que te amamos? ¿De
verdad? ¿Y' me lo preguntas también a mí? ¡Oh, cuánto
108 augusto v a l e n s in

me agradaría que me lo preguntases! Estar seguro de que


me lo preguntas; pero estoy divagando: porque si hay algo
de cierto es que Tú quieres mi amor, que Tú me pides mi
amor y me preguntas si te lo doy.
Y Pedro responde con un impulso. ¡Muy bien, PedroI
Pero Jesús vuelve a lo mismo... insiste... ¿No está conven­
cido? Entonces Pedro empieza a preocuparse... Le parece
que se ponen en duda sus palabras. Comprendo perfecta­
mente la inquietud de Pedro y su embarazo. Su primera
respuesta habla sido jubilante, pero ya en la segunda pare­
ce filtrarse una sorda tristeza: es agradable proclamar nues­
tro amor con la impresión de que somos creídos; pero
resulta doloroso tener que hacer que nos crean.
Pedro no tenía razón para dudar de la sinceridad de su
amor. Viviendo con Jesús no había negado nada a Jesús
desde el momento en que comenzó a seguirle...; pero ¿y
yo? Si Jesús me pregunta: «¿Me amas?» Sobre todo si me
preguntase: «¿Me amas más que los demás?» Pues bien:
creo que sin dudar, y a pesar de tener conciencia de mi
indignidad, de mis imperfecciones, de mi inferioridad (en
el plano de la virtud) en relación con los demás, responde­
ría a Jesús: «¡Oh, sí, te amo, y te amo más que nadie! ¡En
la medida de que amar es querer amar! Y sé perfecta­
mente que soy menos dócil a tu voz que los demás; tam­
bién sé que amar es hacer tu voluntad (la hago mal); pero
concedo que mi amor no es consecuente, admito (quiero
decir) que lo es: soy uno que procede como si te amase
menos que otro; pero ¡no admito que soy el que te ama
menos! ¡Concede, oh Jesús, que te ame «efectivamente»,
como te amo «afectivamente» o, mejor, como quiero amarte.

«CAUSA NOSTRAE LAETITIAE»

24 septiembre 1937.

Causa nostrae laetitiae. Bellísima invocación. Pero ¿quién


tiene derecho a decirla? Unicamente aquel qué* se siente
realmente feliz por la grandeza de María, quien se sienta
feliz de ser cristiano, de saber que es hijo del Padre celes­
tial... Pero ¿quién se siente realmente feliz por esto? Debe­
ría, pensando en la felicidad que me ha tocado en suerte,
estar siempre lleno de júbilo, hallar en esta idea con qué
LA ALEGRÍA DE LA FE 109
neutralizar las causas de tristeza, y esto sería ser profun­
damente cristiano. ¡Cuántas veces he pronunciado esta in­
vocación, sin darme verdaderamente cuenta de su sentido,
de su trascendencia! Me parecía que había concedido bas­
tante a las palabras ñjando mi mente en Jesús, para decirle
que, en efecto, es una gran alegría que Él haya venido;
y no me daba cuenta de que no se trata ya de anunciar la
existencia de una alegría, por así decirlo, objetiva, es decir,
de un estado de júbilo que debía existir legalmente, sino
de proclamar la alegría que estamos experimentando, la
alegría que yo experimento y agradecérselo a la Virgen.
Un cristiano es un hombre feliz; debe serlo, y la expansión
normal de su felicidad es el gozo. Los santos tienen m otivos
de tristeza, como los demás hombres; no son tristes, p or­
que sufrir en el alma no es ser triste..., yo me entiendo. El
gozo debe residir en la cima, inalterable com o su causa y
ha de impedir que toda el alma quede sumergida, ahogada
en la tristeza. Mas para esto es menester que pensemos con
fuerza, y ¡cuántas veces debemos pensar en la felicidad de
ser hijos de Dios! Nada podrá quitarnos esta fuente de
gozo, abierta a la Humanidad gracias al consentimiento de
ta Virgen maravillosa. Para seguir siendo niño no tengo
más que lanzar una mirada—o un grito—hacia mi Padre:
aunque haya cometido los más atroces delitos, la ternura
infinita me volvería a convertir en un niño...
¡Oh, sí, quiero estar alegre como cristiano, porque soy
cristiano! ¡Que mi alegría sea, oh María, como mi agrade­
cimiento y tu recompensa!

SOBRE LA EUCARISTIA

26 septiem bre 1937.

Quiero meditar sobre la Eucaristía. No se trata de avi­


var en mi inteligencia los argumentos para creer en ella
—la Eucaristía se halla implicada en toda mi fe— , sino de
hacer en mí más viva y más eficaz esta certeza voluntaria
que tengo de la presencia de Jesús en la capilla. A pocos
pasos de mí está presente Jesús. Y puedo, si quiero, acer­
carme a Él, ponerme bajo su influencia: ¡qué extraordina­
rio! Y qué poca importancia he dado a este privilegio, qué
poco lo he tenido en cuenta cuando he hecho sim plem ente
a l e g r ía de la fe 8
110 AUGUSTO VALENSIN

lo que suele decirse una visita al Santísimo Sacramento.


No cabe duda de que Dios está en todas partes y que po­
demos orar a Él igualmente bien en todas partes; pero Je­
sucristo no está en todas partes y yo no puedo, no quiero
desinteresarme de Jesucristo.
Los apóstoles vivieron al lado de Jesús, y me siento ten­
tado de tenerles envidia; pero también yo vivo junto a Él,
bajo el mismo techo. Y en ambos casos, en los apóstoles y en
mí. la «persona de Jesús» se manifiesta igualmente, es decir,
está igualmente oculta. De una parte, un hombre, y nos
creemos, al verle, que lo hemos visto todo; de otra parte,
una hostia: aquí, al menos, nos damos cuenta de que hay
otra cosa de ver y que lo que vemos no es lo que hay.
¿Cómo me las arreglaría para hacerme cargo, de una
manera conveniente, de esta Presencia? Se nos ocurre en
seguida la idea, de que, si tenemos fe, debemos elegir como
un domicilio junto al Tabernáculo... No perdemos, en reali­
dad, ni un minuto de los que pasamos junto a Él. Pero
apuremos esto, y ya tropezamos con lo imposible: tenemos
obligación de trabajar... Hay que situarse, por consiguiente,
en un término medio exacto. El problema está en saber si
hago lo bastante para darme cuenta de esta presencia; me
temo que no. En el mundo, y en determinados momentos de
mi vida religiosa (pero en el mundo, especialmente), yo
hacía más. Al pasar ante una iglesia me detenía, aunque
fuese con otros compañeros porque veía en esto—y sentía
un acto de fe—, y ahora mi sotana va proclamando suficien­
temente mi fe, y ésta es la causa—inconsciente casi—hasta
este momento que explica el cambio. Además, aquí, para im­
pedirme ir con frecuencia a honrar a la divina Presencia,
ocurre que hay siempre en la capilla alguna buena mujer,
y nc es posible cómodamente, sin llamar la atención, entrar
y salir. Pero tengo que hacer algo. ¡Padre, ilumíname! Haz­
me oir dentro del alma lo que deseas que haga para honrar
a tu Hijo. Y lo haré. Voy a reflexionar sobre esto durante
el día cuando haga el paseo. ¡Oh Jesús, no me retires, por
mi negligencia, esta gracia que me has hecho, de creer,
de creer, de creer en tu Presencia!

29 septiembre 1937.

Cuando pienso que Magali, Francois, mi madre, la ma­


dre de María están con Él, esto me produce vértigo. Tras
la fe, tienen la visión. Y nadie, además, por el mero hecho
LA ALEGRÍA DE LA FE 111
de haber entrado algún día en la vida, puede huir a este
encuentro. Llegará un momento en que me encontraré
frente a Él, en presencia de Él: esto es formidable.
Y en el momento en que estoy escribiendo estas líneas,
Frangols está con Él. ¿Qué hace? ¿Qué piensa y cóm o pien­
sa? La felicidad infinita, que es su felicidad, ¿bajo qué fo r­
ma se presenta? Imposible Imaginarlo, imposible. Es inútil.
Y además perjudicial. Pero más que la felicidad lo que
fascina mi pensamiento y me desorienta es la familiaridad
de los elegidos con Dios. Con Dios, con Dios, ¡... me parece
que podría pasarme un buen rato, simplemente repitiéndome
esto, y no llegaría a agotar siquiera las riquezas de admira­
ción que contiene esta certidumbre! ¡Cuánto necesito, des­
de ahora, hablar a mi Padre con el tono y la confianza de
un hijo! Para que cuando se realice el paso no tenga más
que continuar. Pero aquello no será ya con palabras, y n o
veré a mi Padre con los ojos... ¡Oh abismo! Silencio, silen­
cio. Pero esto es evidente: estaré envuelto por su ternura,
y nada podrá amenazarme ya: firme para toda la eterni­
dad en el gozo.
Dios mío, Padre mío, yo sé que soy débil: «He visto caer
a los astros del cielo y a las columnas del firmamento», y
si me contemplase a mí mismo, aun pensando en la eterni­
dad, tendría miedo. Pero no quiero, no quiero; esto serla
herirte en tu amor. Sé que Tú velas sobre mí, y te ruego
que me concedas seguir mañana orando, y mañana, movido
por tu gracia, esta gracia que te he pedido hoy, te pediré
la gracia de orar al día siguiente, y asi continuamente. Mi
futuro queda, por consiguiente, asegurado; de esta manera
aseguro la continuidad de este yo de hoy al yo del momento
de mi muerte.

ENCUENTRO EN EL CIELO CON LA VIRGEN

28 septiembre 1937

La idea que rumiaba ayer, a guisa de meditación, me


sube de nuevo para volverla a rumiar. Pero no pienso ya
únicamente en el encuentro con Dios mismo, sino en el h e­
cho de encontrarme con la Virgen Maria. En el m om ento
actual, mi Madre, nuestras madres, Magall, Frangois, con o­
cen a María... ¡Esto es formidable! Ocurre con esto com o
112 AUGUSTO VALENSIN

con las verdades de que estamos continuamente hablando


y de las que no nos damos cuenta sino de cuando en cuando
con intensidad varia. Actualmente esta idea de que Fran-
^ois «ha conocido a María» me impresiona de una manera
extraordinaria. Aquella de quien Él habia oído hablar, a
quien él se representaba según las imágenes de San Sulpi-
cio, de las cuales todos somos, a pesar de nosotros, tribu­
tarios. a Esa, la ha visto, y la está viendo y podemos decir,
hay que decir (cualquiera que sea la manera como en el
cielo nos comunicamos): habla con Ella. Esta supresión del
tiempo que hace que se encuentren seres procedentes de
todos los siglos, esto constituye el primer objeto de nuestra
admiración. Pero no es esto lo que concretamente me admira
más. Porque si me dijesen que mamá conoce a San Ignacio,
el hecho me parecería, es claro, curioso; pero no me atrae­
ría especialmente, no me arrastraría a soñar sobre él...,
mientras que pensar en María, a quien tantas veces le he
repetido que era «llena de gracia», a quien he ido siguiendo,
con la imaginación, en sus «misterios», y decirme que Ella,
verdaderamente Ella, actualmente, tienen familiaridad con
mama, con papá, intercambio... ¿intercambio de qué? Iba
a escribir: intercambio de ideas con Frangois (y qué inter­
cambiar sino ideas, o por lo menos sentimientos); decirme
esto me colma de una especie de admiración estupefacta;
me siento aturdido, cortado, confundido.
Y esta comunicación llegará un día (¿cuándo, mañana,
dentro de diez años?) en que será mía. Yo la veré, y nos­
otros seremos..., ¡sí, es verdad!, seremos amigos, amigos'...
¿Cómo podrá ser esto? Es mejor no preguntárselo, noc
faltan las informaciones; inútil pretender imaginarse lo
que, por hipótesis, no puede resolver la imaginación. Una
cosa es cierta, en la cual debo mantenerme firme, y es el
hecho de la vida común, en la ternura del Padre, con María.
¡Oh María, María, me siento feliz ante la idea de cono­
certe! Un paraíso en el cual las personas se desvaneciesen
no sería el Paraíso cristiano: credo in resurrectionem.
LA ALEGRÍA DE LA FE 113

¡DIOS MIO, GRACIAS!

29 noviembre 1937.

Dios mío, te doy gracias por los días que me concedes.


Trabajo alegremente, no me veo Impedido por ningún su­
frimiento y el dolor no acompaña ya—para envenenarlos—
a mis pequeños gozos. ¿Cómo he podido vivir tanto tiempo
y mantener y no abandonar todo trabajo Intelectual, en las
condiciones en que me hallaba? Ahora, cuando ha pasado,
es cuando me doy cuenta, por comparación. ¡Luego Tú m e
ayudas! Yo solo no hubiera tenido la energía suficiente. Soy,
en suma, un débil. Yo no me parezco a la madre de X., aun­
que estoy decidido a trabajar para imitarla. Que sepa apro­
vecharme de esta vuelta de mis fuerzas y que todo cuanto
hago y cuanto haga en adelante consiga, finalmente, hacer
crecer tu amor en mí y en los demás.

PRIMER VIERNES DE MES

1 octubre 1937

El Sagrado Corazón. No siento devoción ninguna en re­


presentarme el Corazón de carne de Jesús, pero ¡qué sua­
vidad siento, por el contrario, en pensar en cuál era su
amor! Felizmente, en el Evangelio aparecen testimonios, y
no nos vemos reducidos a hacer conjeturas, a «deducirlo»,
como cuando se trata de su Madre. Esta frase es de él: Bea-
tius est magis daré qtiam accipere, lo cual no quiere decir
que dar es mejor que recibir, sino que hay más gusto en
dar que en recibir. Esto no es propio de un egoísta ni de
un egocéntrico, sino de uno cuya inclinación natural es la
generosidad, que ha hecho la experiencia de seguir esa in­
clinación... ¡De Él también es el Misereor super turbaml
La muchedumbre le había seguido sin sentir fatiga ni ham ­
bre, colgada de su palabra..., y Él la contempla... «¡F obre
gente!» Él cómo les agradece el que le hayan seguido. Y
piensa en la necesidad que deben sentir de com er; siente
compasión. Y Él es quien lloró por su amigo Lázaro; et
lacrymatus est Jesús... Maravillosas lágrimas, joyas de dia-
114 AUGUSTO VALENSIN

mante hechas para reflejar todas las luces de la ternura.


¡Corred lentamente, lágrimas preciosas, lágrimas de mi
Dios! ¡Lágrimas sin gritos, lágrimas discretas, os veo tem­
blar un momento en el borde de sus cejas, ir creciendo, y
correr a lo largo de sus mejillas; lágrimas elocuentes, lá­
grimas reveladoras, glosa amarga y dulce del Evangelio!
Y Jesús lloró también por Jerusalén. ¡Cómo acerca a
Jesús a nosotros el hecho de haber llorado! El hombre que
ocupa una situación más elevada, el hombre más distante,
se empequeñece cuando llora... ¡Jesús, yo me arrodillo jun­
to a esta fuente milagrosa que ha hecho brotar tu Cora­
zón; en pensamiento y en deseo bebo tus lágrimas: que
ellas caven en mi una capacidad semejante a la tuya!
Felipe, quien me ve, ve a mi Padre. No debo separar ni
siquiera (casi) distinguir las devociones, la del Hijo y la
del Padre. San Ignacio puede quitar devotos a San Fran­
cisco: pero el Padre no puede quitarle al Hijo, ni al con­
trario.
Yo puedo (y debo) juzgar del Padre por el Hijo, por lo
que ha hecho el Hijo y por lo que ha dicho. Este dijo la
parábola del Hijo pródigo y de él parte el retrato del Pa­
dre: aquel padre anciano que sube diariamente a la cima
de la torre, que gasta sus ojos mirando a lo lejos para ver
si vuelve su hijo, que no puede encontrar en su corazón
ni una palabra de reproche para el pródigo que vuelve, aquel
padre que es indulgente como los hombres no saben serlo,
a^uel padre, todo ternura, capaz de olvidar el mal, y que
no quiere que nos humillemos ante Él, sino que hace que
se levante aquel hijo arrodillado, este padre maravilloso,
cuya alegría llena la casa y que aprieta tan dulcemente
entre sus brazos a aquel hijo miserable y desgraciado, cu­
bierto de piojos y de gusanos, ese padre... ¡Oh, esto es for­
midable!, hay para llorar de agradecimiento y puedo ver
para mí, sólo en esto, una prueba de la verdad de mi reli­
gión, ¡ese Padre es Dios!
El Infinito de los filósofos es Amor paternal. ¡Qué her­
moso es esto! Gracias, Dios mío, porque eres el Amor. Y
gracias por haberme permitido que comprenda esto. Pero
concédeme también hacerlo comprender a mi alrededor...
LA ALEGRÍA DE LA FE 1X5

VIRGEN MARIA
3 octubre 1937.

Vergine Madre, figlia del tuo figlio, umile ed alta pin


che creatura. Virgen María, yo quiero hablarte con Dante, o
más bien con San Bernardo. «Hija de tu Hijo». Estricta­
mente no puedo decirte esto: Tú eres la hermana de tu Hijo,
pero ¿cómo podríamos llamarte su hija? i Ah, ya lo com ­
prendo! Tú eres su creatura, debes serlo..., y de pronto,
por haber reflexionado ante la invocación de Dante, he
aquí que le encuentro un sabor no gustado todavía a esta
oposición, oh María, que aparece en el hecho de que tú le
hayas dado el ser a quien te lo dio a ti; nos está indicando
perfectamente tu situación extraordinaria. Como si hubieras
quedado perfectamente en paz con la segunda Persona de la
Trinidad. La dependencia que tenías con respecto a Jesús,
como su creatura, Él mismo la tiene con respecto a T! como
tu Hijo. Me pierdo imaginando la actitud que esto llevaba
consigo, los sentimientos, la manera de proceder. Pero la
vida, indudablemente, no te dejaba medio, hueco, para pro­
ponerte el problema, y tu Corazón lo resolvió en un ímpetu
y por medio de un beso solucionó el problema que la inte­
ligencia, dejada a sí misma, hubiera resuelto con mucha
dificultad. Pienso también que las relaciones de Madre a
Hijo te resultaban muy fáciles por el hecho de que, a pesar
del milagro del Nacimiento, el carácter divino de tu Hijo
seguía siendo para Ti objeto de fe. Y esta consideración me
agrada; me anigia... Tú seguiste siendo siempre una de
nosotros, ¡oh hermana m ía !; tuviste también que participar
en esa vida de fe que es obligatoria para todo cristiano. Lo
olvidamos muy pronto, y yo mismo no pienso en ello lo
bastante: Tú no fuiste dispensada de creer. ¡Dignidad de
la fe! ¡Belleza de la fe! Pero, sobre todo, necesidad de la
fe. Si María tuvo que pasar por aquí es que verdaderamente
no hay más remedio que pasar por aquí... El nombre de
Dios más exacto es Deus absconditus; Dios es *E1 que se
esconde», y nada le agrada tanto como el acto por m edio
del cual creemos en Él. Mirándolo bien ese acto por su mis­
ma naturaleza se confunde con el Amor. Creer con la b on ­
dad y amarla es todo una misma cosa.
¡Oh María, que creiste de una manera tan magnífica, y o
116 AUGUSTO VALENSIN

te confío el más precioso de mis tesoros: mi fe; vela so­


bre ella!

FIESTA DE SAN FRANCISCO

4 octubre 1937

San Francisco. Me le imagino por las calles de Asís se­


guido de los muchachos, señalado con el dedo por las mu­
jeres, divertidas, cuando pasaba ante sus puertas... El vino
del Amor se le había subido a la cabeza, se comportaba
como un excéntrico. Había exaltación, indudablemente, en
su caso; pero una exaltación que ha durado. No un fuego
de pajas, sino verdadero incendio que le ha inflamado todo
en él. Se puede ser santo sin exaltación ninguna, y tal vez
San Ignacio era un santo de este género; más ciertamente,
en todo caso, San Juan Berchmans. Pero la exaltación no
nos desagrada cuando vemos que es el fruto auténtico de
la virtud y arrastra su gozo consigo... Es muy duro arras­
trar su devoción a fuerza de brazos, cumpliendo un deber,
y es muy hermoso decirnos que esto basta; pero en el amor
de la voluntad nosotros reconocemos con dificultad una for­
ma del amor... Nos equivocamos en esto; pero tenemos ex­
cusa. El Amor va unido a nuestros ojos al gozo; amar sin
gozo no nos parece amar: reflexionando, sin embargo, hay
que desligarse de esta manera de ver las cosas tan natura­
les ... Cuando se trata de Dios, es decir, de lo que no nos
entra por los sentidos, de lo que no penetra en nuestra in­
teligencia de una manera evidente; cuando se trata de un
objeto de fe, es peligroso pensar que la palabra Amor puede
tener exactamente el mismo sentido y llevar consigo los
mismos síntomas que cuando se dirige a un ser sensible.
Tal vez la frialdad, unida a la generosidad, es, respecto de
Dios, la forma normal del Amor; su forma sentida es una
excepción, normalmente. En todo caso. Dios mío, te pido
expresamente, y con la seguridad de ser escuchado, esa for­
ma de Amor... En cuanto a la otra, la que sentimos arder,
si me la das, si me la conservas, alabo tu nombre. Pero lo
peor que me puede suceder es tener la segunda forma de
amor sin la primera; esto supondría no tener amor más
que aparentemente.
LA ALEGRÍA DE LA FE 117

5 octubre 1937.

Umile ed alta piu che creatura. Los dos extremos: la al­


tura y la pequeñez; la altura a donde es conducida por Dios,
la pequeñez donde ella procura esconderse. El verso de Dan­
te lo dice todo, admirablemente. Y ¿qué creatura, efectiva­
mente, podría estar sobre María? Pero ¿qué creatura ha
sido también más modesta?, porque hemos de traducir la
humildad de que nos habla en el texto con la palabra «m o­
destia». Ella ha desempeñado el primer puesto en la histo­
ria cristiana y hubiera podido, con toda legitimidad, ponerse
o dejarse poner delante de todos. Pues bien: es impresio­
nante ver, por el contrario, cómo se las ha arreglado para
desaparecer. El Evangelio mismo apenas la menciona—con
mucha menos frecuencia que a los apóstoles—, y, a través
del relato, adivinamos su papel borroso, voluntariamente
borroso, pero que no debió ser menos efectivo y menos fe­
cundo. Olvidada de Sí misma, no reivindica jamás su pues­
to; es una silenciosa, y me la imagino unida a ese pequeño
grupo que va a buscar a Jesús, a quien creen loco...; se
une a Él sin decir una palabra, hasta tal punto que podría­
mos creer que Ella participa de los sentimientos del grupo.
Cualquiera otra hubiera gritado, hubiera tomado la defensa
de Jesús, y todo parecía lanzarla a ello; pero Ella ha pre­
ferido desaparecer; esto es un hecho.
Y si la devoción cristiana la eleva ahora, ha sido necesa­
rio primeramente ir a buscarla precisamente allí donde
Ella se había ocultado a sus ojos. Y nosotros no hemos aca­
bado todavía de descubrirla, tan profundamente se había
hundido en las sombras... No pudiendo descubrirla nos­
otros, la inventamos, y hacemos muy bien. Nosotros no
consultamos los documentos, los testimonios, puesto que no
existen, sino seguimos nuestro intento de amor y nuestro
sentido de la belleza; María no pierde nada con ello, pero
hemos de decir también que no gana tampoco realmente,
porque esto seria decir que, haciéndola magnifica, nos la
representamos más bella de lo que era
María, concédeme la medida justa en la humildad. No
una humildad que deprime; sino indiferencia por el éxito,
la indiferencia para los elogios, y, sobre todo, sobre todo,
esa falta de amor propio que hace que nos sintamos deci­
didos ante el miedo del fracaso. Esto es lo que yo necesito
sobre todo. Yo te lo pido. Gracias, María.
118 AUGUSTO VALENSIN

«MATER SERENITATIS»

6 octubre 1937.

Mater serejútatis. Una invocación que no he encontrado


nunca y hoy se me ofrece espontáneamente; sugerida por
el Espíritu Santo. Veo a la Santísima Virgen siempre sere­
na. Hay ciertamente una serenidad que forma parte inte­
grante de la virtud. No dejarnos turbar por lo que no atañe
a Dios; acoger los acontecimientos, sean como fueren (y
esto es contemplarlos con ojos de fe); estar desligados de
lo que no dura más que un momento y vivir ya en la eter­
nidad.
He de ejercitarme en la serenidad. El ejemplo de Alber­
to (1) debe animarme a ello: un humor siempre igual. Nos
damos cuenta de que está ñjo en Dios. Y esto no le impide
ser humano, compadecerse, sentir. Este deseo de serenidad
que tengo es diferente de la resolución que he tomado de
mantener en mí mismo el buen humor; es algo distinto, y
más interior. El buen humor depende directamente de la vo­
luntad. La serenidad, si procede de la voluntad, ha de pasar
por las ideas...; es una actitud del alma; el buen humor
pertenece al cuerpo. Es necesaria una persuasión que pe­
netre toda el alma, derramándose en ella como aceite—ese
aceite que se derrama sobre la tempestad para aplacarla
cuando el barco está en peligro.
Me parece que en mí la persuasión existe: comprendo
que no puede haber razón (excepto el pecado que puedo
haber cometido; mas, aun un minuto después, esta razón
no debe existir ya); comprendo que no puede haber razón
para no estar sereno. Turbarse es juzgar mal. Es falta de
espíritu de fe. ¡Oh, qué fácil es decirlo! ¡Qué fácil me re­
sulta actualmente; pero cuando llega el momento, es algo
muy distinto! ¡Padre mío, ayúdame a mantener en mi
alma esa serenidad que Tú quieres!

<D Su hermano, también religioso de la Compañía de Jesús, y


escritor
LA ALEGRÍA DE LA FE 119

«PROPE ES TU, DOMINE»

3C septiembre 1937.

Prope es tu, Domine... Un religioso de la Orden Dom ini­


cana, derrumbado sobre su reclinatorio, que sufre; y junto
a él, detrás de él, Jesús crucificado que parece inclinarse so­
bre él. Es la realidad en una Imagen. Jesús jamás está lejos
cuando nosotros sufrimos. Es una obligación para nosotros
unir nuestros sufrimientos a los suyos, cualesquiera que
sean, cualesquiera que sean sus causas; por tanto, es que
Él acepta estar con nosotros... Y no es precisamente para
que nos alivie para lo que llevamos a Él nuestros' sufri­
mientos, sino para que sean fecundos: de aquí que lo im ­
portante no es sentirnos, en el sufrimiento que es nuestro,
unidos al suyo, sino saber que esta unión existe, si nosotros
queremos.
¡Qué despilfarro sufrir y guardar nuestro sufrimiento
para nosotros; no hacer nada con él; sufrir inútilmente;
siendo así que, sin aumentar nuestro sufrimeinto, podemos
sacar de él frutos maravillosos! Unicamente hay que sufrir
«bien»: la naturaleza de los sufrimientos y su causa no im ­
portan; pero lo que sí importa es la manera cómo aceptamos
el sufrimiento: nosotros no podemos al mismo tiempo que­
rer dárselo a Jesús, para que Él lo una a los suyos, para
que Él haga un haz de los suyos y los nuestros, e infectarlo
con nuestros gemidos, nuestras desesperaciones, nuestras
quejas. Si nuestro sufrimiento es de Él, hay que respetarlo:
es el cordero que debe estar sin una mancha... ¡Qué hermoso
es sufrir y pedir a Jesús que considere nuestros sufrimientos
unidos a los suyos, que no sufrir y pedir a Jesús que nos
alivie!
¡Jesús, Jesús!, concédeme la gracia de creer que estás
muy cerca de mi cuando yo sufro. Que jamás me ocurra te­
ner que sufrir enteramente solo. La soledad en el sufrimien­
to es la cosa más horrible. Tú la conociste, y ya esto basta,
¿no es verdad? Líbrame de ella. La soledad humana, si; la
soledad que está hecha con tu ausencia, ¡oh, no, te lo
ruego!
120 AUGUSTO VALSNSIN

JESUS EN ORACION

8 octubre 1937.

Jesús en oración. Es impresionante ver cuántas veces ha


orado Jesús. Esto no es inventado, esto no ha podido ser.
Me parece que si yo hubiera pretendido imaginarme la vida
de un Dios Encarnado, hubiera tenido buen cuidado antes
que nada de no hacerle orar. Sin embargo, el hecho, poste­
riormente, se hace perfectamente comprensible: en cuanto
que se ha hecho uno de nosotros, el Verbo tenía que some­
terse naturalmente a esta ley de la oración, y no podía
huir de ella sino por una voluntad expresa... Él prefirió ser
un hombre como nosotros. Y también para no violentar las
leyes puramente psicológicas que, por las comunicaciones de
la naturaleza divina con la naturaleza humana, escogía los
sitios apartados, la soledad de la montaña: es éste un gran
ejemplo. Dios, es verdad, puede hacerse oir en medio del
ruido, puede forzar nuestra atención y levantar la voz... Pero
el ejemplo de Jesús nos demuestra que ésta no es su cos­
tumbre y que no conviene ponerle, para sus comunicacio­
nes con nosotros, en condiciones desventajosas. Nosotros
no debemos en nuestras relaciones con Dios tener en cuen­
ta su Omnipotencia, sino, por el contrario, la impotencia
en la cual Él se ha colocado, para poder tratar con nos­
otros... Cuando dos seres hablan entre sí es necesario que
uno de ellos adopte el lenguaje del otro; y ¿cómo podría­
mos nosotros acomodarnos a Dios? Es más fácil a Dios aco­
modarse al hombre. De aquí que sea necesario crear en mi
alma zonas de silencio, para que la gracia de Dios pueda
dejarse oir; he de retirarme algunas veces a la soledad
para que Él baje y yo le vea. Perdido en medio de gentes
que van y vienen, el huésped voluntariamente velado se
expone a pasar inadvertido. Ya lo he comprendido; no
debo tratar a Dios como Dios, precisamente porque para
tratar conmigo es necesario que Él abdique algo de su
Divinidad. Se me ocurre el mito de Semele: los antiguos lo
vieron perfectamente.
¡Oh Padre, que llevas tu bondad hasta ligar tu propia
Omnipotencia, y que no quieres entrar si yo no te abro,
que no quieres hacerte oir si yo no te presto oídos, ayúda­
me Tú mismo a acomodarme a Ti como Tú quieres!
LA ALEGRÍA DE LA FE 121

SOBRE EL «BUEN HUMOR»

10 octubre 1937.

Estoy muy contento de mi propósito de mantener el


buen humor. Incluso naturalmente. Me ayuda a estar so­
bre mí y ayuda mucho a la unión con Dios. ¿Cómo «gruñir»
y al mismo tiempo (exactamente al mismo tiempo) pensar
en Jesús? Y el buen humor no me cuesta, o al menos estos
días pasados no me ha costado. Creo que esto se debe pre­
cisamente a que he hecho el propósito general...; el peligro
reside únicamente en dejarme sorprender. Pero lo que ne­
cesito es que este buen humor y esta igualdad de humor
se convierta en una virtud sobrenatural. Quiero ejercitarme
en ella como en una forma amable de abnegación, por
amor a Jesús... ¿Cómo concebir en Jesús algo que se pa­
rezca a la acritud, al mal humor? Una cólera deliberada,
consciente, sí, en el Templo con los vendedores; pero esto
es muy distinto. En una cólera de este género el alma si­
gue dueña de sí, no se deja ir. ¿Y María? Ella ciertamen­
te estaba en una igualdad de humor perfecta. La contem­
plo que siempre acoge a todo el mundo con una sonrisa.
Una sonrisa triste la noche del día en que su Hijo había
sido detenido, o el día en que la abandonó para «realizar
la obra de su Padre»; pero una sonrisa a pesar de todo.
Y debía producir bien acercarse a un alma con esta son­
risa, como a una hoguera: luz y calor. He aquí lo que irra­
diaba María y lo que cada vez más yo querría irradiar.
Virgen dulce, ¿me-ayudarás para ello? Me doy perfectamen­
te cuenta de que para esto hace falta virtud, es decir, amor,
olvidarse de sí, dominio de si. ¡Pero precisamente esto es
lo que debe tener el sacerdote! Y cuando contemplo a los
santos, veo siempre en ellos está «igualdad», señal del do­
minio de si o, más bien, del dominio que tiene de ellos
Dios: Alberto, el P. De Lavareille, etc.
¡Oh, es necesario que este año sea útil para mi santi­
ficación, y al mismo tiempo para la santificación de los
demás! Estoy lleno de esperanza y me siento animado. Pero
no quiero ser presuntuoso: Jesús, yo sé que nada puedo
por mí mismo, expresamente te pido que me apoyes; infún-
deme fortaleza; habla en la sustancia de mi alma, en el
minuto en que mi alma podría olvidarse...
122 AUGUSTO VALENSIN

Yo te lo ofrezco todo. Que todo dentro de mí te cante


un himno y dé testimonio de la felicidad que se encuentra
en pertenecer a Ti.

13 octubre 1937

Necesidad de volver a pensar en mi Padre, de remachar


estos temas tan dulces que son el secreto de mi vida. Dios
es un Padre (Jesucristo nos lo ha dicho) y es mi Padre.
Lo que hay de más tierno, de más indulgente, en el más
tierno y más indulgente de los padres, esto lo encuentro
en Dios. ¡Qué maravilla! Y me lo ha hecho decir Él mismo,
por medio de su Hijo. Sería herirle y, me parece, en su fi­
bra más sensible, no tener en cuenta esta revelación, o
pretender disminuir su trascendencia. Tengo derecho a di­
rigirme al Infinito... ¡Esto es prodigioso! A hablarle; pero
como alguien que ama. ¡Cómo es posible que pueda yo te­
ner jamás miedo de Él! ¡Ojalá nunca le haga la injuria
gratuita de no atreverme de ir a Él! Es necesario que me
lo diga y me lo repita, ahora que veo la verdad, para que
cuando me sienta tentado a sentir vergüenza de mi miseria
y a apartarme de Él tenga fuerzas para reaccionar. No ha­
cer como el hijo pródigo, no decir: «Soy indigno», o decirlo
para pensar inmediatamente en su Bondad que me le­
vanta.
¡Padre, Él es mi Padre, un Padre y mi Padre! ¡Cómo
siento que por una simple razón de costumbre gramatical
no pueda decir que es mi Madre! Simples costumbres gra­
maticales, porque masculino y femenino, los géneros, no
tienen sentido propio aplicados a Dios. Yo no he gustado
bastante esta palabra...

MI PADRE...
14 octubre 1937.

Estaría indefinidamente repitiéndome que es mi Padre.


Encuentro un sabor delicioso en dar vueltas a esta pala­
bra dentro de mi boca; y ante la idea de que el Infinito
es Amor, únicamente Amor y Amor hacia mí, siento vér­
tigo. Esto me parece demasiado bello. ¿Quién hubiera po­
dido imaginarse esto? El hombre no puede ni siquiera lie-
LA ALEGRÍA DE LA FE 123

gar por sí mismo a creerlo: es necesario que le ayude Dios


para ello.
Pero ¡cuántas consecuencias prácticas brotan de esta
verdad! He de estar atento para no herir al Amor; quie­
ro decir: a no herirle como Amor... Debo responder al
amor con amor, y ante todo aceptar su amor... Es tan
sencillo, tan fácil, incluso para un cristiano, ignorarlo (Ig ­
norarlo prácticamente). Es una obligación repetirme* de
vez en vez la gran revelación; como hago en este momento,
para que ella cuente en mi vida. Haber comprendido que
Dios es amor, da una seguridad, una tranquilidad maravi­
llosa. Está uno libre, y libre para siempre, de la desespe­
ración; y deberíamos estar libres incluso de la tristeza.
Imitar a mi Padre es procurar ser bueno continuamen-
mente. Y en esto consiste, cuando pensamos en la natura­
leza de Dios y que además así nos lo recuerda la enseñanza
explícita de Jesucristo; en esto consiste lo esencial, lo más
importante de la actitud cristiana. Ante todo, la caridad;
gracias a ella el Padre encuentra en nosotros una imagen
suya. Yo debería ser extremadamente estricto en este as­
pecto, no tolerar en mí el menor descuido... Me propongo
estar vigilante en el futuro (palabras y sentimientos). Se­
ría hermoso, a partir de hoy, no cometer, hasta el momen­
to de mi muerte, ni siquiera un pecado venial contra la
caridad. Y esto no es imposible, con la gracia (que yo pido).
Al medió día, examinarme.
¡Oh Infinito, oh Ser soberanamente perfecto, que me
habéis sacado de la nada, es verdad, por tanto, que sois mi
Padre, que yo puedo e incluso debo darte este nombre!
¡Esto es tan J?ello que es imposible que no sea verdad!
Magníficat!
Tú eres mi Padre, y yo soy tu hijo Es hermoso vivir,
porque vivir es caminar hacia Ti.

ANIVERSARIO DE MIS PRIMEROS VOTOS

15 octubre 1937.

Hace treinta y seis años que me entregué a Jesucristo.


Al entregarme tuve el sentimiento (¡oh ilusión!) de que
entregaba algo; y lo que yo sacrificaba veo perfectamente
que no era nada. En realidad, no he hecho más que recibir.
124 AUGUSTO VALENSIN

Jesús me ha colmado. Ni siquiera durante un minuto me


he arrepentido de seguirle. He tenido dias duros, muy es­
casos por lo demás, y esto a causa de mi extrema sensi­
bilidad, más que por causas objetivas. Jesús ha sido para
mi el principe familiar de que se habla en la meditación
del rey temporal: hemos vivido juntos, y esto ha sido muy
dulce para mí. Después de treinta y seis años, oh Jesús,
treinta y seis años de vida común, ¿cómo podré agradecerte
todo cuanto te debo? Me has tratado, ahora me doy cuen­
ta, como a una persona débil, como a un niño, y no me
has exigido nada verdaderamente difícil. O más bien, si
alguna vez que otra me has exigido algún sacrificio, tu
gracia me lo ha endulzado todo. Así, al tocarme en lo que
podía serme más sensible, al quitarme mis fuerzas intelec­
tuales y mi capacidad de trabajo—rodeando mi cabeza du­
rante tantos años con una corona de dolores—, me has dado
al mismo tiempo fuerzas para aceptar. Esto ha podido ser
para mi heroico, y lo hubiera sido si hubiera estado solo,
porque hubiera tenido entonces que recurrir a todos los re­
cursos de mi voluntad; pero todo ha resultado mucho más
sencillo, y no me explico cómo (o bien, a distancia, ¿lo he
olvidado?) el sacrificio no ha sido casi más que uno. ¡Oh,
no! Tú no eres un dueño duro, no eres un dueño exigente.
Y la Compañía para mí se ha modelado sobre tu Corazón.
Magnificat anima mea. Himno de agradecimiento y pro­
mesa de fidelidad. No es este el momento, cuando ya de­
clina la tarde y me voy acercando al término, de mirar
hacia caminos nuevos, o de levantar mi tienda al borde del
camino: he de seguir caminando derecho.
¡Jesús, Jesús, Tú me ayudarás! Te lo pido. Que no te
abandone jamás, que nunca desate en manera alguna los
lazos que me atan a tu cruz deliciosa.

SOBRE LA ALEGRIA

16 octubre 1937.

Es fácil prometer la alegría cuando nos sentimos que la


tenemos; pero cuando no se tiene humor es cuando la pro­
mesa adquiere todo su valor. No tengo motivo de tristeza
durante estos días, sino el sentimiento de que no consigo
poner en marcha los diversos trabajos que tengo entre
LA ALEGRÍA DE LA FE 125

manos: ni las conferencias de C. U. M., ni «Frangois», cuya


introducción es evidentemente deficiente; ni esa «Academie
dantesque», que sigue siendo un enorme punto de interro­
gación... N1 siquiera sé hablar, falto de ejercicio, etc., et­
cétera. Es el momento de no dejarme arrastrar. Lo qu.?
digo a X, debo decírmelo a mí mismo, y dar ejemplo de
ello. Ante todo, no nos quedemos solos: he de redoblar mis
plegarias, hacer visitas cortas a Jesús-Hostia, poner mi
mismo estado de alma en mi oración, como su objeto...
Tener a Jesús conmigo. Después, esforzarme. La alegría ex­
terior debe ser siempre posible, y ayuda a la Interior. Y r f i ­
nalmente, buscarme razones a mi mismo.
Creo que lo que me deprime es, de una parte, el tiempo,
que está gris; pero, de otra parte, y en mucho, la impre­
sión de que todavía no estoy preparado para mis conferen­
cias y tener que ir todavía arrastrando el «Frangois»; tam­
bién el miedo a que este «Francois» dulzón no vaya a tener
éxito. ¡Padre, Padre mío, lo pongo todo en tus manos! Lo
único que importa es esto: no dejar que ni siquiera una
nube, por pequeña que sea, se interponga entre nosotros...
Todo lo demás importa poco. He de ocuparme de ello, pero
no preocuparme. ¡Ah, cuándo conseguiré llegar a este ver­
dadero desasimiento, que es abandono?
Estoy seco, seco. No encuentro nada que decir, nada que
decirte... Mi meditación es ir dejando que pase el tiempo,
sin trabajar nada; irte ofreciendo este tiempo vacío, esta
misma vaciedad, defendida contra cualquier otra «ocupa­
ción», porque está reservada para Ti.

17 octubre 1937.

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, que cerráis el


Reino de los cielos y no dejáis entrar a los que acuden a
Él!» (Mt., 23, 13).
Los escribas y los fariseos no tenían el espíritu de Dios:
eran inclinados a la severidad y no a la indulgencia, en una
palabra, no se preocupaban de llenar la casa del Padre, no
sentían la ansiedad del Padre que espera a sus hijos. Para
ellos se trataba, no de ayudar a realizar los deseos del due­
ño de la casa, sino de vigilar para que se pagasen todos los
tributos que dan el derecho a penetrar en ella. Y estos tri­
butos ellos los aumentaban más con la intención tal vez de
defender mejor el patrimonio. Me hacen pensar en esos
guardianes que no dejan entrar a los niños en el parque al
ALEGRÍA DE LA FE 9
126 AUGUSTO VALENSIN

cual son llamados y en el cual son esperados, porque tienen


miedo de que los niños estropeen algo..., y, sin embargo, el
padre y la madre se consumen de impaciencia. Dios no
desea más que ver acercarnos: su sociedad, la Iglesia que
Él ha construido, la quiere totalmente abierta y que las al­
mas de buena voluntad puedan franquear sus puertas sin
ser objeto de vejación. Y éstos son los hombres que acumu­
lan dificultades a la puerta. Es verdad que es mucho más
difícil, oneroso, ser cristiano actualmente que en los prime­
ros tiempos. Para bautizar, ¿qué se pedia? ¡Y actualmente!
Y esto es general, quiero decir que no concierne única­
mente al acceso al catolicismo. Sin embargo, Jesús ha di­
cho: «Mi yugo es suave y mi carga ligera.» ¡Qué reconfor­
tante es esta frase divina! Por consiguiente, cuando el yugo
pesa demasiado, es señal de que sobre el yugo algún celante
ha puesto algún adorno de plomo... Servir a Dios no debe
ser normalmente algo duro; Él mismo es quien lo ha dicho.
¡Qué magnifico es esto!
Es necesario que yo imite a Dios, que adquiera su manera
de pensar, es decir, su indulgencia, «su amplitud», cuando
me veo llamado a representarle. Tener cuidado de esto. Te­
ner miedo más bien de ser demasiado exigente que de ser
demasiado bueno, al menos cuando se trata de pecados ya
realizados; porque no ya ante lo que está consumado, sino
lo que se ha de consumar quiere la bondad que seamos exi­
gentes. Ella misma es quien lo exige.
¡Padre, concédeme ser bueno para los demás, es decir,
indulgente y exigente, y ser bueno incluso para mí mismo!

18 octubre 1937.

Umile ed alta piu che creatura. Más elevada que ninguna


otra criatura y más modesta que nadie. Su grañdeza no le
produce vértigo y no la aleja de nosotros. Madre de Dios
y sabiéndolo permaneció durante años como la humilde mu­
jer del carpintero José, la perfecta ama de casa con la
cual resultaba agradable conversar, en el dintel de la puerta,
y que era caritativa para con todos. Hay virtudes que, sin
pretenderlo, ponen distancia entre ellas y las gentes: cierto
aire de santidad resulta como cierto aire altanero...; en
María no había nada parecido: María no alejaba, atraía;
la llama encendida en su corazón la ocultaba Ella suave­
mente, como ponemos una lámpara oculta para que nos deje
LA ALEGRÍA DE LA FE 127

dormir. 8e sentía, se adivinaba que en Ella había algo por


lo cual se distinguía de todas las mujeres de Israel, pero
resultaba muy difícil decir qué era aquello. María tenía el
arte de borrarse. ¿Y cómo voy a sorprenderme de ello?
Exhibimos nuestras cosas cuando queremos obtener la esti­
mación de los demás. Pero María, que sabia perfectamente
la estima que Dios tenía de Ella, ¿qué caso podía hacer
de la estimación de los hombres? Me imagino que Ella ni
siquiera conoció la tentación de vanagloria; fue modesta sin
tener que procurárselo; su misma grandeza explica su mo­
destia.
Es lo que yo debo imitar; no preocuparme de la estima­
ción de la gente, pensar únicamente en la estimación de
Dios. (Es cosa distinta preocuparse del juicio de la gente:
Nuestro Señor mismo preguntó a Pedro lo que pensaban de
Él. Debo tener en cuenta el juicio de los demás para regular
mi conducta; pero no he de tenerlo en cuenta como algo
que me rebaje o que me exalte: yo valgo lo que valgo a los
ojos de Dios.)
María, Madre mía, concédeme la verdadera humildad, la
verdadera modestia, la que hacía tu trato tan agradable y
que te permitió irradiar la virtud a tu alrededor. Yo que­
rría una modestia sin composturas, nada artificial, sino
completamente sencilla... Tiene como contrapartida el desasi­
miento de sí, de su amor propio. Virgen María, yo te pido
esta modestia.

EL PRIMER AMIGO DE JESUS

19 octubre 1937-

Sueño en el primer amigo de Jesús, en aquel con quien


trabó conocimiento en la edad en que comenzamos a enta­
blar las relaciones con las personas. Jugaron juntos, porque
no puedo figurarme al Niño Jesús con la gravedad que los
pintores ingenuos le han atribuido, porque pensaban que en
su cerebro este Niño extraordinario llevaba el conocimiento
del pasado, del presente y del futuro. Esto sería confundir
las naturalezas... Jesús no poseía entonces, en su ciencia
humana, un conocimiento que le hubiera sido Inútil y en-
torpecedor (para no decir más). Jugaba, pues, con los niños
de su edad con plena sinceridad; y uno de sus compañeros
128 AUGUSTO VALENSXN

le agradó, y se comprendieron. El elegido ignoraba su feli­


cidad. ¿Cómo seria aquel niño que recibió el primero las con­
fidencias de amigo del Hijo de Dios? Un niño judio, cuyo
aspecto físico no podemos adivinar, ni siquiera su valor In­
telectual...; por lo menos, estamos seguros de su distinción
moral. A causa de esta distinción, Jesús instintivamente le
escogió, y la frecuentación íntima de Jesús debió acabar de
modelar su alma... Fero, ¿siguió fiel? Judas fue de los doce
y Jesús le trató como amigo. El joven rico fue «amado por
Jesús». ¡Qué triste seria, sin embargo, que el primer don de
afecto de Jesús (fuera del afecto que tuvo a María y a José),
seria terrible pensar que el primer afecto de Jesús no pudo
ser eterno, y esto por culpa de un hombre! Hemos de reco­
nocer que esto es posible; pero puesto que nada nos inclina
a pensar que haya sido asi, prefiero imaginarme que aquel
niño privilegiado, al cual no vemos figurar entre los que
rodeaban a Jesús cuando predicaba, murió muy joven y íne
llevado al cielo, puesto en seguro junto al Padre, para que
floreciese allí en la Eternidad, la primera, la primerísima
flor milagrosa que fue la amistad hacia él del Niño Jesús.
Y así nunca se han separado.

20 octubre 1937.

Pensando en el primer amigo de Jesús me he hecho casi


familiar con él, de manera que no puedo dudar de que
existió. También Jesús, que tuvo amigos, tuvo ciertamente
un primer amigo’, y ¿por qué no en su infancia? Y la Virgen
María vigilaba esta amistad, que Ella había visto nacer,
crecer... ¡Con qué ternura debía Ella contemplar al niño
querido por el suyo! Que se haya condenado, esto me parece
prácticamente imposible. Más bien me siento inclinado a
invocarle.
Primer amiguito de Jesús, niño inconsciente y puro, que
atrajistes sobre ti esta necesidad de amar que tiene el co­
razón desde el momento en que despierta y que debía tener
también el corazón del Hijo de Dios, tai vez jamás nadie te
ha invocado..., escúchame: yo quiero ser también el amigo
de Jesús...; enséñame a hablarle cuando vaya yo a arrodi­
llarme en la capilla ante el Tabernáculo... Está ahí delante
de mí, como estaba junto a ti cuando ibais Juntos por la ori­
lla del lago, con el cabello al aire, probablemente sin zapatos
y conversando amistosamente. Lo que debo decirle, las pro­
mesas que debo hacerle, ponías en mis labios; pero sobre
LA ALEGRÍA DE LA FE 129

todo pon en mi corazón un sentimiento suavísimo, porque


nos cansamos de amar con la voluntad, y jes tan dulce
sentir que amamos!

21 octubre 1937.

Flecte quod est rigidum, fove quod est frigidum, rege


quod est devium.
Es necesario ser dócil, flexible, maleable, plástico, para
que Dios, que no violenta las voluntades, pueda hacer de
nosotros lo que quiera. Él tiene su -plan, hay una inten­
ción sobre la forma que debe tomar mi alma; en este
bloque espiritual está encerrada una figura, que la gracia,
con mi colaboración indispensable, debe sacar hacia fuera,
como la saca un escultor. Si no ofrezco demasiada resisten­
cia, sino que me dejo trabajar. Y esta preparación para la
gracia es también una gracia... Y esto es lo maravilloso...
y lo que abate totalmente nuestro orgullo. Nosotros ponemos
la oración, o más bien, porque esto es decir demasiado, el
consentimiento a la oración. (De esta manera Dios lo hace
todo en mí mismo... ¡Qué magnífico es esto, qué magnifico
debérselo todo!)
Y he aquí que Flecte quod est rigidum me hace pensar
a veces en la rigidez de X: ¡también a él, Espíritu de dul­
zura, dóblale!
Fove quod est frigidum. ¡Ah qué bien hariaS haciendo
esto! Bajo la ceniza está la brase ardiente, es verdad; pero
el hogar, como tal, no da calor. El amor es frío. Espíritu
de vida sopla sobre él, sácale centellas, y que él revele su
presencia en mí y en los demás.
... Ya sé que la sequedad, el vacio sentimental, e in­
cluso el hastío, no afecta a las relaciones con Dios, y que
lo esencial es la tensión magnifica de la voluntad a través
de la oscuridad fría.
Es una gracia saber esto, estar persuadido de esto y que
esta persuasión no se quede en las cumbres de la inteligen­
cia, sino que descienda hasta el fondo del alma... Fove quod
est frigidum, enciende, enciende y si te agrada, que todo
arda. Pero que la voluntad del Padre se haga, y no la mía.
128 AUGUSTO VALfiNSIN

le agradó, y se comprendieron. El elegido ignoraba su feli­


cidad. ¿Cómo seria aquel niño que recibió el primero las con­
fidencias de amigo del Hijo de Dios? Un niño judio, cuyo
aspecto físico no podemos adivinar, ni siquiera su valor in­
telectual...; por lo menos, estamos seguros de su distinción
moral. A causa de esta distinción, Jesús instintivamente le
escogió, y la frecuentación íntima de Jesús debió acabar de
modelar su alma... Fero, ¿siguió fiel? Judas fue de los doce
y Jesús le trató como amigo. El joven rico fue «amado por
Jesús». ¡Qué triste seria, sin embargo, que el primer don de
afecto de Jesús (fuera del afecto que tuvo a María y a José),
sería terrible pensar que el primer afecto de Jesús no pudo
ser eterno, y esto por culpa de un hombre! Hemos de reco­
nocer que esto es posible; pero puesto que nada nos inclina
a pensar que haya sido así, prefiero imaginarme que aquel
niño privilegiado, al cual no vemos figurar entre los que
rodeaban a Jesús cuando predicaba, murió muy joven y fue
llevado al cielo, puesto en seguro junto al Padre, para que
floreciese allí en la Eternidad, la primera, la primerísima
flor milagrosa que fue la amistad hacia él del Niño Jesús.
Y asi nunca se han separado.

20 octubre 1937.

Pensando en el primer amigo de Jesús me he hecho casi


familiar con él, de manera que no puedo dudar de que
existió. También Jesús, que tuvo amigos, tuvo ciertamente
un primer amigo; y ¿por qué no en su infancia? Y la Virgen
María vigilaba esta amistad, que Ella había visto nacer,
crecer... ¡Con qué ternura debía Ella contemplar al niño
querido por el suyo! Que se haya condenado, esto me parece
prácticamente imposible. Más bien me siento inclinado a
invocarle.
Primer amiguito de Jesús, niño inconsciente y puro que
atrajistes sobre ti esta necesidad de amar que tiene el co­
razón desde el momento en que despierta y que debía tener
también el corazón del Hijo de Dios, tal vez jamás nadie te
ha invocado..., escúchame: yo quiero ser también el amigo
de Jesús...; enséñame a hablarle cuando vaya yo a arrodi­
llarme en la capilla ante el Tabernáculo... Está ahí delante
de mí, como estaba junto a ti cuando ibais juntos por la ori­
lla del lago, con el cabello al aire, probablemente sin zapatos
y conversando amistosamente. Lo que debo decirle, las pro­
mesas que debo hacerle, ponías en mis labios; pero sobre
LA ALEGRÍA DE LA FE 129

todo pon en mi corazón un sentimiento suavísimo, porque


nos cansamos de amar con la voluntad, y ¡es tan dulce
sentir que amamos!

21 octubre 1937.

Flecte quod est rigidum, fove quod est frigidum, rege


quod est devium.
Es necesario ser dócil, flexible, maleable, plástico, para
que Dios, que no violenta las voluntades, pueda hacer de
nosotros lo que quiera. Él tiene su -plan, hay una inten­
ción sobre la forma que debe tomar mi alma; en este
bloque espiritual está encerrada una figura, que la gracia,
con mi colaboración indispensable, debe sacar hacia fuera,
como la saca un escultor. Si no ofrezco demasiada resisten­
cia, sino que me dejo trabajar. Y esta preparación para la
gracia es también una gracia... Y esto es lo maravilloso...
y lo que abate totalmente nuestro orgullo. Nosotros ponemos
la oración, o más bien, porque esto es decir demasiado, el
consentimiento a la oración. (De esta manera Dios lo hace
todo en mí mismo... ¡Qué magnifico es esto, qué magnífico
debérselo todo!)
Y he aquí que Flecte quod est rigidum me hace pensar
a veces en la rigidez de X: ¡también a él, Espíritu de dul­
zura, dóblale!
Fove quod est frigidum. ¡Ah qué bien harías haciendo
esto! Bajo la ceniza está la brase ardiente, es verdad; pero
el hogar, como tal, no da calor. El amor es frío. Espíritu
de vida sopla sobre él, sácale centellas, y que él revele su
presencia en mí y en los demás.
... Ya sé que la sequedad, el vacio sentimental, e in­
cluso el hastío, no afecta a las relaciones con Dios, y que
lo esencial es la tensión magnífica de la voluntad a través
de la oscuridad fría.
Es una gracia saber esto, estar persuadido de esto y que
esta persuasión no se quede en las cumbres de la inteligen­
cia, sino que descienda hasta el fondo del alma... Fove quod
est frigidum, enciende, enciende y si te agrada, que todo
arda. Pero que la voluntad del Padre se haga, y no la mía.
130 AUGUSTO VALENSIN

SOBRE LA VIDA APOSTOLICA DE JESUS

22 octubre 1937.

Cuando Jesús comenzó su vida apostólica no habla pre­


cedido preparación especial para ella, y nada nos obliga a
pensar que su Naturaleza divina, sufriendo las deficiencias
de su naturaleza humana, le haya procurado los conoci­
mientos que le faltaban. Era un israelita no más instruido
que Mateo, para no hablar de Pedro, que no era más que
un pescador; pero tenia algo que decir. Traía la revelación
de su Padre. Pero lo que quiero decir es esto: No puedo
imaginarme a Jesús preocupándose de la «forma» de sus
predicaciones, ni de una manera general, reflexionando so­
bre sí mismo para oírse a sí mismo hablar. Si un orador
se ha olvidado de si es ciertamente Jesús. La postura de
los oradores, conocida entre los más grandes, conocida por
los mejores, debió ser extraña a Jesús; porque consiste siem­
pre—más o menos conscientemente—en cierta excitación del
amor propio. Tenemos miedo, pero porque tenemos algo
que perder; y, por consiguiente, es señal de que hay algo
a que nos agarramos, de que nos resignamos difícilmente a
la idea de un fracaso.
En Jersey, con ocasión de mi «acto solemne», y aunque
se trataba de hablar (de improvisar) ante doscientas perso­
nas, en latín, no tenía yo postura: me encontraba más
desasido de lo que ahora estoy. No es que defienda mis co­
sas: constato el hecho. Tal vez hay que decir que en el acto
solemne no era yo quien lo había tomado sobre mí ; obede­
cía, y esto cambia las circunstancias. Lo mismo da, es nece­
sario que trabaje por desasirme, por mantenerme indife­
rente (y especialmente al éxito). Incluso mi afán de per­
fección literaria, bueno en sí mismo, es tal vez exagerado.
Tal vez porque no estoy muy seguro de ello, y necesitaría
reflexionar bastante tiempo para aclarar este punto.
¡Dios mío, modélame Tú mismo, para que sea yo como
Tú quieres que sea!
LA ALEGRÍA DE LA FE 131

«SUI EUM NON COMPREHENDERUNT»

23 octubre 1937.

(Cuántas ocasiones tuvo Jesús de desanimarse! Porque,


en definitiva durante su vida. Él no fue comprendido... Sut
Eum non comprehenderunt; algunos éxitos individuales o
momentáneos no bastan para ocultar el fracaso que sufrió
su apostolado. No se comprendía lo que decía o lo compren­
dían al revés. Los mismos apóstoles, sus ayudantes, sus ami­
gos, eran tan diferentes de Él, y tan difíciles, que se le
escapó a Jesús decirles: «¿Cuánto tiempo tendré todavía
que soportaros?» Cuando pienso en esto se proyecta una
luz trágica sobre la vida de Jesús. Y no aparece en ninguna
parte en el Evangelio, ni tampoco puedo siquiera concebirlo,
que Jesús se haya desanimado. Llora sobre Jerusalén, cons­
tata su impotencia respecto de ella («Jerusalén, Jerusalén,
¡cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina
congrega a sus polluelos bajo sus alas y tú no has querido1»),
pero nos damos cuenta de que está dispuesto a volver a
comenzar. El desaliento es la única derrota, mientras que
estamos en pie, mientras que no lo abandonamos todo, cum­
plimos con nuestra obligación: el desaliento es una deser­
ción; Jesús no ha desertado, y depende de nosotros, no
triunfar, sino no desertar. El esfuerzo por el esfuerzo, la
lucha por la lucha, el trabajo por el trabajo; todo esto se
justifica por el hecho de que el Padre nos exige el esfuerzo,
la lucha, el trabajo. Si yo hubiese comprendido esto per­
fectamente, no hubiese sentido la tentación de dejar que
las cosas marchasen por sí mismas... Podemos siempre ha­
cer la voluntad de Dios, y esto es lo que hizo Jesús, sin
preocupación, sin atormentarse por el resultado. El des­
aliento es faltar a la vida de fe: consiste en que miramos
un fin particular, mientras que no hay que mirar más que
al único fin de cumplir la voluntad de Dios. Respecto a este
fin, todo lo demás es medio; pero de tal manera que todo
lo demás no tiene más fin del mismo orden que la voluntad
de Dios y esta manera, considerada dentro de este orden,
tiene su fin en si misma, y yo encuentro «el esfuerzo por el
esfuerzo, el trabajo por el trabajo», etc.
Padre, concédeme que jamás me desanime en ningún
132 AUGUSTO VALENSIN

orden, trátese de lo que se trate, y Que me dé cuenta de


que me estás mirando, pidiéndome que sea constante.

24 octubre 1937.

¿Por qué me buscáis? ¿No sabéis que mi sitio está en la


casa de mi Padre? Asi traduce el P. Lagrange. La traduc­
ción corriente dice: «¿No sabéis que yo debo ocuparme en­
teramente en las cosas de mi Padre?» Nos gustaría saber
con exactitud cómo se expresó Jesús, aun cuando ambas
fórmulas significan fundamentalmente lo mismo: Jesús per­
tenece a su Padre, cerca de su Padre. Ahora bien: lo que
hace esta frase infinitamente preciosa es que es ella la única
frase que se nos ha conservado de Jesús durante todo el
periodo de su infancia y de su juventud, de su misma ado­
lescencia. A los doce años, Jesús pronunció una frase; en
ella definió su vida: lo único que llena su alma, el pensa­
miento de su Padre, y a su Padre es a quien pretende con­
sagrar toda su actividad.
La devoción al Padre (devoción en el sentido de entre­
ga, de sacrificio) es la devoción esencial de Jesús. ¡Qué ella
sea, por tanto, cada vez más la mía! Amar al Padre, pen­
sar en el Padre, celebrar al Padre, hablarme a mí mismo
y hablar de ello a los demás, esforzarme por descubrir todas
las riquezas de la Paternidad divina, he aquí un programa
hermosísimo para mí y que puedo llenar, en unión con Jesús.
Para Jesús, la gloria del Padre supera a todo. Cuando los
asuntos del Padre le llaman, nada puede retenerle, ni si­
quiera (y esto es muy de considerar) el miedo de producir
sufrimiento a María, porque, en definitiva, quedándose en
el Templo, mientras que el convoy de los peregrinos se
volvía por el camino, sin haber tenido ocasión para adver­
tir a José y a María, sabía perfectamente Jesús que iba a
tener angustiada a su Madre... Era fácil imaginar lo que
iba a ocurrir: la búsqueda inquieta en la noche, la angus­
tia..., y Jesús sentía ciertamente en su corazón la pena que
iba a producir al corazón, de María. No se detuvo en esto:
su Padre ante todo.
¡Qué hermoso es y qué dulce poder cumplir con el deber!,
para obligarme, no ya un imperativo abstracto, sino un
Rostro que se inclina, que me llama y que sonríe.
LA ALEGRÍA DE LA FE 133

26 octubre 1937

Cuando Jesús respondió a María que debía estar, ante


todo, en las cosas de su Padre, el Evangelio nos dice que
José y María no comprendieron al principio, pero que María
recogió esta frase y la conservó en su corazón para medi­
tarla. Ella hizo lo que estoy haciendo ahora... María, asó-
ciame a tu meditación; inspírame los pensamientos que
tuviste..., y ciertamente no fueron consideraciones que ocu­
paron en aquel momento a tu alma, sino un sentimiento
muy fuerte y suave, por medio del cual te adherías a la
resolución de tu Hijo, hacías tuyo su pensamiento... Sí, sí,
el Padre ante todo. Yo no debo contar para nada, decías
dentro de ti misma, y borrándote, te sentías feliz. Dijiste
un primer Fiat, a la Anunciación del ángel; esta vez una
Anunciación que venía de tu mismo Hijo, y debiste acogerla
con una prontísima sumisión. Esto te hizo sufrir, pero no te
costó nada. ¡Oh María, hazme semejante a Ti!

27 octubre 1937.

No convirtáis la casa de mi Padre en casa de negocios.


Jesús en el Templo. ¡Qué espectáculo! Y, sin embargo, el
Templo no es nada en comparación de una iglesia. Jesús
es quien dignifica al Templo entrando en él. Actualmente la
capilla más pobre y más insignificante, la que yo vi, por
ejemplo, en Falicon, y en la cual rezaban las letanías, es
una morada privilegiada... Se pueden contar sobre la tierra
las iglesias, es decir, los sitios donde está Jesús. Por toda la
superficie del globo no hay un rincón de tierra más impor­
tante... El plano de una ciudad, el mapa de una nación, el
mismo mapamundi, si reflexionamos, tiene toda su grande­
za, toda su belleza real, según el número de iglesias que lo
adornan. Donde no hay una iglesia está el barro y los pe­
cados; pero donde se establece una Iglesia, donde vive Je­
sús, todo el cielo fija en Él sus miradas... Gracias a las
iglesias hay santidad sobre la tierra; gracias a ellas el hom­
bre no está solo...
¿Es que yo tengo en la práctica en cuenta esta impor­
tancia de que existan iglesias? Lo que me dijo en cierta oca­
sión X, señalándome con el dedo a lo lejos un campanario:
«Él está alli», debía constituir mi pensamiento, espontánea-
134 AUGUSTO VALSNSIN

mente. Orientarme en el campo, sobre todo con relación a


Él. Buscar los puntos donde Él está. Y cuando entro en un
pueblo, encaminarme en seguida, como guiado por un reflejo
natural, a hacerle una visita—cuando esto sea posible. Que
éste sea el fruto de esta meditación—con el respeto que
debo tener en el interior de la iglesia. Que Jesús no tenga
que reprocharnos haber convertido la morada de su Padre
y su propia morada, que debía ser un sitio de recogimien­
to y de tíoración, en una plaza o salón público. Hoy voy a
rumiar estos pensamientos y a examinarme.

28 octubre 1937.

Jesús ha entrado en el Templo y lo encuentra lleno por


los vendedores. Las gentes circulan alrededor de las tiendas
de los vendedores; y transacciones, con gritos, con gestos,
se están haciendo en el sitio consagrado a la oración. Enton­
ces Jesús no puede contenerse más. Toda su sensibilidad se
conmueve y se siente invadido por una indignación tal,
que rompe las esclusas y el río de su cólera se precipita
fuera. Me lo imagino. Ha cambiado su aspecto ordinario
Sus rasgos se han endurecido; sus ojos echan fuego; y su
voz suena como un trueno... ¡Oh Jesús, recobra pronto ese
aspecto que contemplamos ordinariamente en el Evangelio,
el aspecto que tenías cuando decías, hablando de Ti mismo,
que eras manso! ¡Tengo miedo de acercarme a Ti! Siento
necesidad de que seas suave siempre. Y aunque no estés
irritado contra mí, tu vida o me turba o me hiela. Te con­
templo en tu cólera, porque tengo que mirarte, porque no
quiero perder ningún rasgo tuyo, y porque esta misma có­
lera me enseña cosas preciosas; pero siento necesidad de
repetirte que Tú eres «manso».
Los discípulos, viendo que coges las cuerdas y haces con
ellas un látigo, recuerdan la frase de la Escritura: «El celo
de tu casa me devora.» El ser testigo de la injuria que se
hace a tu Padre es lo que te conmueve hasta este extremo.
¡Qué hermoso es esto! Pienso en papá, turbado, como Tú,
por la injuria que se hizo a tu sacramento.
Y sobre todo, y sobre todo, que yo no te dé jamás oca­
sión de tratarme como a los vendedores del Templo. Para
esto es necesario que tenga cuidado de que en las iglesias
me comporte como lo exige tu presencia, qué es también la
presencia del Padre. Que yo sepa también, en la medida que
LA ALEGRÍA 1)E LA FE 135

es conveniente, corregir el comportamiento de los demás


—sin respeto humano—cuando sea necesario.

29 octubre 1937

El Padre que me ha enviado está conmigo y Él no me ha


dejado solo, porque Yo hago siempre lo que-le agrada. Je­
sús me confía el secreto de su unión, de su unidad, como
hombre, con el Padre. ¿Cómo arreglármelas para no estar
solo? ¿Para vivir con el Padre? De manera que lo que yo
haga, lo haga Él por medio de mí, en mí..., hacer siempre
lo que agrada al Padre. En el fondo es fácil. Yo conozco la
voluntad del Padre por medio de mi conciencia, forma de
mi razón; si Jesús no nos hubiese hablado, yo me hubiese
quedado detenido aquí en hacer la voluntad de Dios; pero
ahora sé que, haciendo esta voluntad, honradamente, como
yo la vea, abro mi puerta al huésped oculto que únicamente
me pedía entrar. Estoy seguro, si yo quiero, de no permane­
cer jamás solo. Ven, Padre mío, e instálate para siempre
en mi alma. No es un palacio, y no hay ni siquiera una
habitación que sea digna de recibirte. Por lo menos, he te­
nido cuidado de que no haya telas de araña demasiado
grandes, que no haya ropa sucia en el suelo ni en las sillas;
pero un buen barrido, y atrapar todos los granitos de pol­
vo, de manera que todo se halle reluciente, esto no consigo
hacerlo...; convendrá que no te fijes demasiado. O más bien,
sí, míralo todo, oh Padre maravilloso; pero con tus ojos
de ternura. Con tu mirada, que debo acostumbrarme a ima­
ginármela, al mismo tiempo, exigente y dulce.
El celo por tu Padre y por la casa de tu Padre debía de
agradarte extraordinariamente, oh Jesús. Actualmente la
iglesia es al mismo tiempo la morada del Padre (Templo
judio) y la del Hijo (con un título especial) y la del Espíritu
Santo; es el sitio privilegiado donde trabaja la gracia...
¡Qué fácilmente me olvido de esto! Y, sin embargo, es
cierto; hay sitios donde Dios se comunica con más gusto,
más fácilmente, más abundantemente que en otros. Una
visita al Santísimo Sacramento puede perfectamente inspi­
rarse con esta idea y mirar a este fin: dar ocasión a la
gracia para que actúe, exponerse a la gracia como expo­
nemos nuestro cuerpo al sol; ponerse en estado (en situa­
ción) de captar sus rayos.
Propósito: estar sobre mi para tener respeto en la igle­
136 AUGUSTO VALENSIN

sia. En la iglesia pensar que Dios se comunica en ella con


mayor gusto.

30 octubre 1937

Entonces Jesús, elevando sus ojos ai cielo, dijo: Padre,


te doy gracias porque me has escuchado (Jo., 11, 41).
Advierto que para hablar a su Padre, Jesús levanta los
ojos. Es lo que hizo también en el momento en que insti­
tuyó la Eucaristía, y el sacerdote le imita... Cuando yo era
niño miraba hacia el firmamento, figurándome que Dios es­
taba encima de mi cabeza. Y he aquí que Jesús consagra
este símbolo de mi gesto. Al mismo tiempo me doy cuenta
de lo apropiado que es. Dios está encima de nosotros; para
pensar en Él nuestras almas deben elevarse. ¿Qué manera
mejor de acompañar—y de simbolizar—esta ascensión de la
oración desde lo finito hasta el infinito, de lo imperfecto
hacia el perfecto, que elevando los ojos? ¡Qué presuntuosa
necedad la del semifilósofo que pretende liberarse de este
gesto!
Jesús, habiendo sido «oído», es decir, escuchado, da gra­
cias a su Padre. De esta manera atrae mi atención sobre la
obligación de agradecer... Además, vemos en el Evangelio
que Jesús daba mucha importancia respecto de Sí mismo
a que le supieran tener agradecimiento; se queja de los le­
prosos curados que no han venido a agradecérselo.
¿Y qué es lo que agradece Él? La oración de Jesús en el
Evangelio siempre es por los demás, excepto una vez: pide
a su Padre: «Glorifica a tu Hijo», pero para que el Hijo «le
glorifique». La oración de Jesús es escuchada infaliblemente
en la medida exacta en que es susceptible de ser escuchada.
Como tcdo aquello por lo cual oraba Jesús era bueno, una
sola causa puede impedir (puede haber impedido) que su
oración sea eficaz, y es la libertad humana. Dios mismo ca­
rece de fuerza contra la libertad; por ello, el homenaje de
nuestro amor puede agradarle. Un amor que Él pusiera en
nosotros sin nosotros, ¿cómo podría llegar a satisfacer su
corazón? El amor verdadero ha de ser libre. ¿Doy gracias lo
bastante? ¡Cuántas gracias recibidas!, y la más grande, la
de mi vocación, por la cual entiendo sobre todo mi voca­
ción al sacerdocio. Me doy cuenta de que no doy gracias
expresamente todos los días a mi Padre... Debería hacerlo...
Lo haré en adelante en el primer punto del examen del me­
diodía. Y ya, oh Padre, te doy gracias por todas las gracias
LA ALEGRÍA DE LA FE 137

recibidas, pero singularmente por haberme hecho tu ins


truniento y representante de tu Hijo. Magnifican

FIESTA DE CRISTO REY

31 octubre 1937.

Fiesta que puede ser muy hermosa o antipática, según


como se la comprenda. Pero hay una manera legitima de
comprenderla. Es un error representarse a Jesucristo como
quien ejerce su realeza sobre Francia, o incluso sobre el
mundo; una realeza que consistiría en convertirle a Él en
nuestra Providencia temporal y a nosotros en sus súbditos.
Hay que conciliar estas dos palabras de Jesús, una dirigida
a su Padre, pero que vale también para Él mismo: <Adve~
niat regnum tuum h; la otra, que se refiere directamente a
Él: «Mi reino no es de este mundo», y lo que añade es muy
significativo: «Si mi reino fuese de este mundo, mis súbdi­
tos hubieran combatido para impedir que Yo cayera en ma­
nos de los judíos. Pero mi reino no es de acá abajo.»
Cuando Filatos insiste y le pregunta: «Verdaderamente
Tú eres rey», Jesús responde: «Tú lo dices, Yo soy rey».
Pero también es Jesús quien ha dicho: «El reino de Dios está
dentro de vosotros.» A través de todos estos textos. Espíritu
de inteligencia, ayúdame a caminar sobre la verdad. Emitte
coelitus-lucis tuae radium!, quiero comprender bien la rea­
leza de Cristo, la que Él ha reivindicado para sí. Para ren­
dirle el homenaje que Él quiere, para reconocer también su
realeza respecto de mí.
Una cosa es evidente: la realeza de Cristo no pertenece
al orden de las grandezas humanas. Por consiguiente, no re­
conozco yo su emblema, y ¿cómo voy u equivocarme sobre
Él? Mi rey lleva una corona de espinas, una corona doloro-
sa, pero sobre todo una corona ridicula, y los soldados bur­
lándose de Él, no sabían, cuando ponían en la mano de
Jesús un cetro de caña, que esta insignia, llevada con os­
tentación por Jesús con preferencia a todas las imágenes
que hablan de su amor, nos libraría para siempre de des­
conocer la naturaleza de su grandeza Tú quieres reinar,
oh Jesús, pero sobre mi corazón, sobre mi inteligencia, sobre
mi voluntad; reinar como se reina por el amor...
Pues bien, he aquí todas mis facultades: se entregan a
138 AUGUSTO VALSNSIN

Ti, toma posesión de ellas, ocúpame. Yo no pido, no desea


más que esto: ser cogido por Ti, llevado por Ti, como ei
enamorado que no tiene más que un pensamiento... Adve-
niat regnum tuum!
¡Y que me sienta orgulloso de mi rey ante los demás!

FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS

1 noviembre 1937

Buena ocasión para celebrar y para alabar a estos des­


conocidos, de que no hablamos nunca, a quienes nadie se
dirige, y que tienen, sin embargo, hablando a nuestra ma­
nera humana, el mismo «crédito» que los demás ante Dios»
No hay razón para que ellos se interesen menos en la sal­
vación del mundo, por esta‘ Humanidad a la cual ellos si­
guen perteneciendo. Hay santos absoluta e irremediablemen­
te desconocidos. Gentes oscuras, muertas sin que apenas
unas pocas personas se hayan dado cuenta de ellas; y están
también los desconocidos, cuyo puesto en el conjunto del
mundo, cuyo oficio desconocemos: así aquel primer amigo
de Jesús que yo evocaba el otro día. La mujer que tocó el
borde de la vestidura de Jesús y que quedó curada; el centu­
rión, el leproso, el ciego de nacimiento. Están las compa­
ñeras de Santa Ciara, aquellas cuyos nombres están escritos
sobre un cartón en el pequeño oratorio de San Damián,
pero también aquellas que vivieron después y de las que
nada sabemos. ¡Todos estos santos son los Ijue celebramos
hoy y a quienes felicitamos hoy!
Pero están también los santos desconocidos del mundo,
conocidos y muy conocidos de nosotros. Magali, Frangois,
nuestras madres... Hoy es su fiesta y debo alegrarme hoy
por la felicidad de que gozan. Forman parte de los que es­
tán seguros ahora en la Eternidad con Dios. ¿Cómo no te­
nerles envidia? Esto es formidable: están asegurados con
una Eternidad de felicidad sin sombra alguna. Podría repe­
tirme esto indefinidamente. ¡Cómo comprendemos, cuando
pensamos en esto, que los acontecimientos de esta vida, los
sufrimientos y todo lo demás son cosas verdaderamente in­
significantes, o, más bien, lo serían si no fuesen el germen
en que está contenida ya nuestra Eternidad!
¡Oh santos, que estáis ahora por toda una Eternidad li­
LA ALEGRÍA DE LA FE 139

bres de lo único que podemos tener en este mundo! Ense­


ñadme a juzgar bien de este mundo de acá abajo, y a no
comprometer mi vida eterna! Magali, Francois, vosotros a
quienes yo he ayudado, ayudadme a mi ahora; los papeles
se han cambiado. Sobre todo concededme que ame a nuestro
Padre y que le haga amar.

LOS QUE VIVEN AL OTRO LADO-

2 noviembre 1937.

Los muertos, es decir, los que viven al otro lado. Pensar


que ellos nos han abandonado es seguir pensando en nos­
otros.· Prefiero pensar en ellos... ¿Qué hacen ellos? Todos
aquellos a quienes he conocido y a quienes amo los pongo
en el seno de Dios, es decir, en medio de la bienaventuranza
sin fin. Su patria actualmente es el Gozo; en él habitan
ellos...
En este momento no veo cómo la fiesta de todos los di­
funtos difiera de la fiesta de Todos los Santos. Tal vez lo
que especifica a la fiesta de los difuntos es ser la fiesta de
los que todavía tienen necesidad de nuestras oraciones... Los
difuntos son los que viven en el purgatorio.
Podemos tenerles envidia, porque su suerte ya es inmu­
table: están destinados a la felicidad; hemos de felicitarlos
a ellos; pero hemos de ayudarlos. ¡Qué cosa más maravillosa
es la Comunión de los Santos, que me permite aliviar a un
un alma! Y ¡qué cosa maravillosa la oración que puede des­
empeñar este oficio! Tengo la obligación (obligación estricta
de caridad) de pedir por los difuntos...; pero cuando pienso
en los míos, en mamá, en nuestras madres, en papá, Fran-
gois, Magali, no puedo persuadirme de que tal vez sien­
tan todavía necesidad de oraciones. Sin embargo, he de obrar
sobre seguro. Una oración jamás se pierde: lanzada en una
dirección, no cambia su trayectoria cuando hace falta, y
llega siempre a donde debe llegar.
Dios mío, te pido muy especialmente por las personas a
quienes he conocido, por las personas de mi familia, por los
de la Compañía... Abridle vuestros brazos y que descubran
finalmente lo que es la Ternura y que ella es la felicidad.
140 AUGUSTO VALENSIN

A N IV E R SA R IO DE LA P A R T ID A DE FRANQOIS

11 noviembre 1937.

¿Cómo no pensar en él? Y ante todo y sobre todo, para


agradecer a Dios el haber permitido que yo haya colaborado
en algo para la ascensión de esta alma. Yo soy quien le re­
velé al Padre su espiritualidad, la tuvo por mí; y gracias a
Dios, he conseguido en él mi obra, de manera que no pueda
arrepentirme de nada. ¡Que todo se refiera a nuestro Padre!
Y ahora tengo cierto titulo para ofrecer a Dios esa mis­
ma alma que yo he trabajado... Os ofrezco a Frangois, oh
Padre de Jesucristo y Padre mío; él se ha precipitado en
tus brazos, pero yo he sido quien lo he empujado hacia ellos.
Por intercesión de él concédeme, concede a su hermanita
pequeña Clara, concede a su madre, a su padre, a su úni­
co amigo, que te amen con generosidad y de una manera
no común. Que mi alma se encienda ahora en la suya.
Como debe amarte allá arriba, en la compañía de tantas
personas queridas que le han precedido o le han seguido,
de mamá, a quien ahora conoce él; de la madre de María,
a quien él preparaba un asiento en mis clases.
¡FranQois, mi pequeño Frangois, yo sé que tú no me ol­
vidas, como no me olvida Magali; y nosotros estamos ocu­
pados, Clara y yo, en perfeccionar tu obra, en realizar tu
sueño de otros tiempos!... ¡Qué hermoso es esto! Pero con­
tamos con gracias excepcionales: se trata para nosotros
(para Clara, para Cam y para mí) de hacernos verdadera­
mente santos, no a los ojos de los hombres, sino a los ojos
de Dios. Que tu generosidad sea la nuestra.
Pide al Padre—tú puedes hablarle ahora, no ya con los
velos de la fe, sino cara a cara; ¡oh qué cosa tan maravillo­
sa y siempre tan nueva para nosotros—, pídele al Padre que
bendiga lo que yo llamaría mi apostolado dantesco. Esto es
importante. Te confío todos estos proyectos, concebidos ante
todo para su gloria...
Y gritemos juntos una vez más: ¡Viva Jesús!

Que sean uno como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti.

Lo que quiere Jesús de nosotros ante todo, sobre todo, pa­


rece ser la caridad, y que nos amemos mutuamente. Quiere
La a l e g r ía de la fe 141

Que estemos unidos de tal manera que seamos uno, y no


encuentra con qué compararlo en este mundo; nos propone
como modelo su propia unidad con el Padre: con su Padre,
Jesús no tiene más que un pensamiento y una voluntad en­
tendiéndolo de la naturaleza humana de Jesús; porque,
según su naturaleza divina, el pensamiento y la voluntad de
Jesús son idénticamente el pensamiento y la voluntad del
Padre.
Lo que nos propone Jesús, lo que Él pide para nosotros
a su Padre es algo que siempre tiene que estar realizándose:
es un ideal. Nuestra obligación consiste en acercamos cada
vez más, pero no en alcanzarlo.

Constituir una sola cosa con los demás es ponemos en


su lugar, mirar las cosas desde un punto de vista, obrar,
en suma, con ellos como si fuésemos ellos y como si la
acción que tenemos que hacer fuese con nosotros en la prác­
tica. ¡Cuántas consecuencias nada más que con pretender
observar esta regla de sustitución! ¡Cuántos cambios en
nuestra manera de comportarnos! Algo hay en mí que me
dicta intentarlo: procurar practicar de manera perfecta esta
regla durante un día o, por lo menos, durante medio día,
en homenaje al deseo expresado por Nuestro Señor. Ejer­
citándome de esta manera frecuentemente durante un tiem­
po relativamente corto, me entrenaré en la caridad; es de­
cir, según el mismo Jesús, en la perfección. Me pongo a
ello: hoy, desde las nueve de la mañana hasta el medio día,
procuraré pensar en sustituirme a mí mismo en vez de los
otros con la idea de que lo que yo quería para mí en su
puesto, procuraré procurárselos a ellos. ¡Para cumplir tus
deseos, oh Jesús, y cumplir tu plegaria!

«IN MANUS TUAS!»

Debe haber una diferencia entre el hombre que se ha


quedado solo y que contempla cómo le falta aquello que él
había constituido como el término de sus deseos, de sus
esperanzas, y el hombre que sabe que está acompañado de
Jesús, y cuyas esperanzas, cuyos deseos, pueden pasar a
través de los objetos creados, pero verdaderamente no se
detienen más que en la Voluntad increada. Cuando creemos
lo que quiere Dios, y únicamente lo que quiere Dios, no po-
Al.EGltí A DE 1,A FE 10
142 AUGUSTO VALENSIN

demos quedar frustrados. Una cosa es decir, decirse: no que­


remos más que agradarle, y otra cosa muy distinta es querer
efectivamente esto más que nada. Sin embargo, en esto con­
siste la santidad. No cabe duda de ello. Debo atenerme ex­
clusivamente a la unión con Dios o a todo lo que exige
esta unión. «Despójame de todo, Jesús, excepto de Ti mismo.»
¡Muy hermoso decirlo!, pero pensarlo y estar dispuesto a
verse despojado.

CREO QUE ERES MI PADRE

Abandono. Dios mío, Dios mío, yo sé, yo creo que eres


mi Padre, que nada de cuanto ocurre, ocurre sin permisión
tuya. Creo también que en todo acontecimiento, con tal que
no sea el fruto de un pecado sin arrepntimiento, tu Pro­
videncia me trae una gracia especialisima para mí. Esta
creencia, que es la mía, debería constituir para mí una
fuente de paz y hacer que no me preocupase del futuro.
Ayúdame, oh Padre mío... Me doy cuenta de que esto sería
para mí... la santidad. Pero también me doy cuenta de que
una cosa es estar convencido y otra cosa haber hecho bajar
esta convicción hasta el fondo de nuestra naturaleza. El
ideal sería haber llegado a dar tal importancia al mundo
sobrenatural, tal preponderancia, que la idea de la gracia
que nos pueden traer los acontecimientos fuese suficiente
para contrarrestar lo que puede haber de desagradable, in­
cluso de doloroso, en esos mismos acontecimientos. Pero esta
idea, ¡ay!, es prácticamente ineficaz; no consigue hacernos
amables los acontecimientos... Aquí está la dificultad. Esfor­
zarme por ver en los acontecimientos la gracia que me
traen; no verlos a ellos, sino a la gracia en ellos. El día en
que yo haya llegado a hacer esto con toda naturalidad, seré
un santo. He de entrenarme en esto; he de trabajar en esto.
Virgen María, que ves mi deseo y mi buena voluntad, ayú­
dame. Magali, Frangois, madre mía y madre de María, ayu­
dadme.
Padre, concédeme la gracia de saber acoger tu gracia.
LA ALEGRÍA DE LA FE 143

PADRE, YO HE DADO A CONOCER TU NOMBRE

Padre, yo he dado a conocer tu nombre a los hombres.


¡Qué magnífico testimonio se rinde Jesús a Sí mismo! Fe­
lices los que pueden hacer suyas estas palabras y repetirlas
después a Jesús. Como sacerdote y como religioso, estoy lla­
mado a dar a conocer el nombre del Padre; pero estoy lla­
mado a ello, me parece, en cuanto que se trata muy con­
cretamente del nombre mismo de «Padre», por una especial
vocación. Otros se sentirán movidos a proclamar la gran­
deza de Dios o alguno o algún otro de sus atributos magní­
ficos. Yo tengo la misión de hacer comprender su bondad,
su misericordia paternal...

No hay una misión más bella que ésta de revelar el nom­


bre del Padre. Verdaderamente es caminar poniendo mis
pasos sobre los pasos de Jesús. Y convertirme en otro Cris­
to. ¡Y qué urgente es esta tarea! La gente no se da cuenta;
ni siquiera los cristianos. Y cuando dicen que Dios es su
Padre, ni siquiera entonces ponen en las palabras todo lo
que Jesúss ha venido a decirnos que hemos de poner en
ellas. Nosotros no somos tan buenos como para poder acer­
carnos con facilidad a la idea misma de Bondad. Com­
prendemos mejor la justicia que el Amor. Aquélla nos sa­
tisface; éste nos desconcierta. Hay en nosotros muchas veces
como cierto temor a ser demasiado buenos. El diablo se las
arregla para levantar en las encrucijadas de la bondad el
espantajo de la debilidad. Tantas veces nos han dicho que
no hay que ser débil, que la indulgencia excesiva es un
pecado, que la justicia tiene sus exigencias, etc. Con estas
ideas, la Encarnación jamás hubiera tenido lugar; y, sobre
todo, Jesús no hubiera pasado su Pasión. La verdad es que
el amor tiene su lógica y que hay un gran peligro en que
el amor no sea puramente amor. Dios es amor, y no es más
que amor... ¡Qué hermoso es pensar esto! Y mucho más
hermoso todavía hacerlo comprender. ¡Dios mío, concédeme
que aproveche todas las ocasiones y sepa hablar de T i!
144 AUGUSTO VALKNSIN

19 noviembre 1937.

Quiero hoy templarme de nuevo en mi querida devoción,


que ha de constituir mi fuerza y mi alegría, que deberá alen­
tarme, sobre todo en el momento de mi muerte. La muerte
está circulando en esta casa de una habitación a otra...
¡Cómo no pensar en ella! Hace un momento hemos dado
al P. X. la Extremaunción: se ve claramente que está espe­
rando a la Visitadora. ¿Piensa en el Padre? Quiero por mi
parte acostumbrarme de tal manera a pensar en ello, que
incluso cuando mis facultades hayan cedido, el nombre del
Padre se me venga espontáneamente a los labios. Ante todo,
desterrar, de manera absoluta, la representación de Dios-
gendarme, de Dios-juez severo, de Dios temible... Mi Padre
es todo indulgencia y su bondad es de tal naturaleza que
puede parecer excesiva: nos ha enviado a su Hijo. Fíjate
bien, si esto es formidable. ¿Qué padre habría entre nosotros
que por un extranjero enviase a su hijo único al peligro y
al sufrimiento? El amor del Hijo puede ayudarme a com­
prender el amor del Padre: Él me ha amado hasta sufrir
las peores humillaciones, y, finalmente, después de una ago­
nía en la cual ha sudado sangre, una muerte espantosa.
¿Y este mismo Padre se mostraría difícil para aplicar el
fruto de sus sufrimientos? El Padre me ama tanto como
me ama su Hijo; puedo, por consiguiente, estar muy tran­
quilo. No se trata de saber si merezco ser amado de Él, ni
lo que yo valgo por mí mismo. Oh Dios mío, libradme de
considerarme a mí mismo, siendo así que es vuestro amor
lo que he de mirar, a Él solo..., injustificable como todo
amor.
¿Por qué me ama Dios? Ciertamente no por lo que yo
soy. Entonces, ¿a qué viene confundirme con lo que soy?
Me ama porque es el Amor, y yo no tengo nada de valor,
no puedo hacer nada: solamente dejarme amar, diciendo
a mi Padre que por mi parte deseo amarle a Él como quiere
ser amado; y que le pido que se ame en mí por medio de
mí. Esta oración, hecha con sinceridad, debe asegurarme
una paz perpetua. Oh Padre mío, a Ti la dirijo.
LA ALEGRÍA DE LA FE 145

LOS SUFRIMIENTOS DE JESUCRISTO

20 noviembre 1937

Debería conmemorarlos con más frecuencia. ¿Cómo dejar


que alguno de ellos se me pase inadvertido? Bastante tenso
con que sea imposible conocerlos todos, y conociéndolos,
apreciarlos; los que puedo adivinar, he de contemplarlos
con una mirada que el amor debe hacer penetrante. Hay
sufrimientos físicos y sufrimientos morales. Los sufrimientos
morales me parecen los más terribles; y entre ellos ese aban­
dono que da la impresión haber experimentado Jesucristo
antes de morir.
iPobre Jesús! El consuelo de no estar solo en el momen­
to decisivo no lo ha tenido Él. Su alma humana se ha visto
abandonada por Dios, no rechazada pGr Dios, pero como
ignorada por Él. En vez del Padre, el vacío. Su alma se ha
encontrado, por primera vez al parecer, entregada a sí mis­
ma; ha hecho oración y nada le ha respondido: ha ocurrido
en ella como si el Padre no existiese. ¡Qué atroz debió ser
aquello! ¿Y qué suponen nuestra sequedades, nuestras deso­
laciones, las tinieblas de nuestra vida de fe, en compara­
ción con esta prueba impuesta a Jesús? Debo ejercitarme en
oir a través de los siglos ese extraño grito de su agonía:
«Eli, Eli lama sabactani!» Debió ser desgarrador. Y pen­
sar que María, su Madre, lo oyó. Es el martirio de esta Ma­
dre lo que se ofrece a mí como una prueba terrible. Y como
Jesús pensaba en aquel martirio de su Madre, su sufri­
miento aumentaba con esto: Ella se iluminaba con sus pro­
pios reflejos, Ella se abrasaba en ellos. Y hemos de decir lo
mismo de María, cuando pensaba que Jesús pensaba que
Ella pensaba en sus sufrimientos. Estos análisis pueden pa­
recer sutiles: en realidad, no lo son; expresan un hecho
perfectamente natural; pero esto me demuestra bien que
no podemos separar en la Pasión a la Madre y al Hijo. La
Pasión se reproduce totalmente en la compasión, la cual
vuelve a derramarse sobre la Pasión: el río refluye a su fuen­
te, que lo ha hecho desbordar.
Abandonado en apariencia por su Padre, Jesús, por lo
menos, no fue abandonado por María: esto hubiera sido
demasiado para nosotros. La ausencia material de María al
pie de la cruz difícilmente la hubiéramos comprendido; su
146 AUGUSTO VALSNSIN

ausencia espiritual no la hubiéramos soportado. Volveré otra


vez sobre esto.

No mi voluntad, oh Padre, sino la tuya. En esta oración


expone Jesús todo un programa de perfección. Orar a Dios
no es pedir que nuestra voluntad se haga... Esto sorprende­
rá a muchísimos cristianos: como oramos para nosotros mis­
mos nos parece que la oración se hace para lo que queremos:
equivocación. Orar para si es pedir a Dios que se haga su
voluntad; pero que sea hecha sobre nosotros, en nosotros,
por medio de nosotros.
La oración eñcaz, la única verdadera oración, o lo que
es todo uno, la oración infalible, es aquella en la cual pedimos
a Dios que haga lo mismo que Él quiere hacer, pero que ha
decidido no hacerlo hasta que nosotros lo pidamos. La ora­
ción de esta manera es una verdadera colaboración con Dios,
y esto es lo que constituye su dignidad.
A pesar de las imágenes y formas expresivas que pueden
tener su utilidad, Dios no es una persona cuya voluntad po­
damos doblegar, es decir, a quien podamos llevar a hacer
algo distinto de lo que Él quería. Esta acción sobre Dios no
es el fin de la oración; la oración es acción sobre nosotros
mismos o sobre nosotros, hombres y cosas, unidos a Dios.
Dios no queda disminuido por nuestra oración y el hombre
queda engrandecido.
Nosotros somos como aquel que dispusiese de una fuerza
formidable, gracias a las cual puede apretar el botón que
le va a liberar...; pero él no intenta dirigir esta fuerza o
regularla: esta fuerza no puede obrar sino en tanto que él
apriete el botón; pero la fuerza actúa por sí misma: aunque
esta fuerza es buena y es interés nuestro, lo mismo que
obligación nuestra, querer lo que ella hace. «No es mi volun­
tad, sino la tuya.» Esta oración debería ser fácil; nosotros
sabemos tan imperfectamente lo que necesitamos... Y es
tan seguro dejarlo todo a su ternura...

Mi doctrina no es mía, sino del Padre que me ha enviado.


Jesús se presenta al mundo, no como el Doctor que tiene
un sistema propio, sino como quien está encargado de un
mensaje y lo transmite fielmente, sin cambiarle nada. Jesús
desaparece ante la doctrina. Esto es tanto más notable cuan­
to que Él hubiera tenido derecho a reivindicar para sí mismo
lo que Él atribuye a su Padre, puesto que todas las opera­
ciones ad extra son comunes a las tres divinas Personas.
LA ALEGRÍA DE LA FE 147

Me da de esta manera una doble lección de humildad y


de fidelidad.
El orgullo, la vanidad, no tienen sitio por ninguna parte;
pero parece que hay que decir: menos que en nada han de
tener sitio en el apostolado. Aquí sobre todo sería vergon­
zoso buscar su propio valer. Como Jesús no quiso ser para
la doctrina de su Padre más que una voz (y un cami­
no), de la misma manera el apóstol no ha de ser más que
un instrumento al servicio de la gracia. Puede atraer a si,
pero para atraer a Cristo, y teniendo mucho cuidado de no
detener en sí mismo a las almas. Es ésta una misión deli­
cada, la de intermediario vivo. Un camino lo podemos seguir
sin encontrar en él nada agradable, una vez que sabemos
adonde lleva y que aquel es el sitio adonde queremos ir.
Pero cuando el camino mismo ha de invitar al paseante,
seducirle con sus sombras y guiarle, sin pensar en el térmi­
no adonde nos lleva, se hace necesario amar al camino por
sí mismo, sin dejar de ser un camino, es decir, un paso.
Comprendemos perfectamente a un apóstol que dijera:
«Yo no cuento para nada, yo tengo la misión de que pasen a
través de mí, y no debe atraer la atención.» Pero el peligro
está en que atrae tan poco la atención que ni siquiera se ad­
vierte que es un camino, o que sea tan poco atrayente que
se aparten de él. Además, a este apóstol se niega la inicia­
tiva de conducir las almas a Cristo: Él puede conducirle a
las que lo pidan y a las que están ya decididas; pero no es
él quien les da el gusto de Dios y el deseo de Jesús.
Pero ¡cuántos peligros en la otra rr.anera de proceder!
El P. X. superior de la Residencia de ..., y muerto en la
guerra, estaba decidido el día antes de ser llamado a aban­
donar la Compañía para hacerse cartujo, Triunfaba extra­
ordinariamente (y muy sobrenaturalmente) en el apostolado.
Pero sentía miedo de que se apegasen a él, miedo a desviar
los pensamientos en provecho propio, de frustrar a Dios, de
robar a Jesucristo.
¡Quien hiciese voluntariamente esto en qué situación
abominable, odiosa, se colocaría!
¡Oh Padre mío, líbrame para siempre de ser uno de
aquellos que vendimian para sí mismos en tu viña!
Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.
No se puede enunciar de una manera más exacta que la
perfección para nosotros no consiste en un estado, sino en
un movimiento: debemos tender sin detenemos hacia la
148 AUGUSTO VALENSIN

perfección y esto mismo es ser perfecto. Por consiguiente,


lo esencial es situarse exactamente en la linea pretendida, y
no tanto conservar la orientación, sino recobrarla cada vez
que una fuerza más poderosa que nuestra propia voluntad
nos ha hecho desviarnos de ella.
Si la perfección fuese otra cosa—algo que se puede adqui­
rir—no tendría ningún sentido, seria una amarga sinrazón
proponernos al Padre como modelo. Esto es muy reconfor­
tante. Se me ocurre el símbolo de la hormiga... Me hace
mucho bien volver de nuevo sobre observaciones que ya he
hecho y rumiar esas verdades tan sabrosas...
La perfección consiste, por consiguiente, en «tender»;
la perfección consiste en no renunciar... Hay grados en la
perfección: aquel que no percibe las faltas no deliberadas
y que se levanta inmediatamente y que no deja de proseguir
la lucha; aquel cuya voluntad de carácter es todavía débil,
y que se deja caer de cuando en cuando en pecados, incluso
graves, con plena conciencia; pero cuya voluntad profunda
no acepta jamás la derrota y quiere fortalecer su voluntad
de carácter infundiéndole nueva esperanza y nuevas fuer­
zas; ambos son «perfectos»...; no hay duda sobre esto, y
agradables a Dios. El «no perfecto», es decir (para no hablar
del malvado que se ha instalado, sentado, en el mal), es el
tibio que se resigna a su imperfección y no se preocupa de
avanzar. ¡Padre mío, Padre mío, que ye no sea tibio!

TRES AGONIAS

28 noviembre 1937.

Tres agonías junto a mí durante tres días, y tres muertos


después. ¿Cómo no pensar en la muerte? Quiero pensar en
ella, suavemente, bajo la mirada de Dios, ya que tengo una
media hora para recogerme. He comprendido la necesidad
de prepararme... He de redactar una especie de testamento:
no quedaré tranquilo hasta que haya hecho esto. Al menos
he visto perfectamente cómo se muere en la Compañía, y
debo preparar mi alma para ello.
Pero lo que me impresiona, sobre todo, es que todo acaba
aquí y que en ese momento es imposible dejar de compren­
der que no hay más que una cosa que importe, y es la otra
vida. ¿Qué vale una vida que tiene fin? Por muy larga que
LA ALEGRÍA DE LA FE 149

sea, no puede ser más que un medio, una prueba. O el


Universo es idiota, y hemos de blasfemar de la Inteligencia
(lo cual es imposible para la inteligencia), o cuando un
hombre muere comienza su vida. La fe me dice mucho más
todavía; ella levanta el velo y me hace entrever una eter­
nidad de felicidad y me enseña a un Padre que me espera.
¡Qué hermoso es esto! He de alimentar dentro de mí esta
certidumbre; aclimatarla de tal manera que en mi lecho
de muerte no me abandone. Todas las grandes ideas cris­
tianas exigen ser alimentadas, hechas familiares, de tal ma­
nera que nos resulte natural vemos constantemente acom­
pañados de ellas. Para esto no veo más medio que... ru­
miarlas. A esto me dedico en estas meditaciones con la
pluma en la mano.

«IN MANUS TUAS»

1 diciembre 1937.

No puedo pensar durante estos días en otra cosa que en


in manus tuas del abandono...
Para cada día, como para cada dolor, basta su gracia.
Hemos de prever para proveer, pero no pretender estar a
la altura, en la imaginación, de situaciones para las cuales
no tenemos todavía la gracia necesaria.
Virgen María, dime, dentro de mi alma, cómo recibiste
la orden de ir a Egipto con tu Hijo. ¿Te representaste todas
las dificultades del viaje? ¿Y qué reflexiones tuviste sobre ello
con José? ¡Oh, cómo me gustaría saberlo!..., para imitarte.
Pero he de conjeturarlo. Por lo menos, ya es mucho saber
que te encontraste en circunstancias en las cuales tuviste
que adoptar una actitud que me es posible adivinar. No te
veo retirada en un rincón de tu casita, totalmente ocupada
en imaginar las pruebas que te esperan... A tu alrededor,
nadie se da cuenta de nada, y no es que tu corazón ma­
ternal carezca de aprensiones; esto es imposible; pero te
unes a la voluntad de Dios diciéndote que esto es lo único
que importa. Desde siempre estás acostumbrada a poner esta
unión a la voluntad de Dios por encima de todo, a encon­
trar en ella tu gozo más puro... Yo querría asemejarme a
Ti. La felicidad cristiana debería consistir en esto: en la
satisfacción del deber cumplido. Pero esta satisfacción, tal
150 AUGUSTO VALENSIN

y como yo me la represento, tal y como fue la suya, no


debió consistir en la aprobación Que te dabas a TI misma
por tu obediencia; la concibo mucho más cálida. Debia
consistir en que, a través de la obligación, percibías la ter­
nura del Padre, no con la evidencia que quita el mérito,
sino con esa oscuridad que traspasa la fe. Y en esta ter­
nura te abandonabas a Ti y a tu Hijo. ¡Maria, ayúdame a
ser como Tú!

«QUIEN AMA A SU PADRE...»

3 diciembre 193?.

He abierto al azar el Evangelio y me he encontrado con


estas palabras de Nuestro Señor: «Quien aína a su padre o
a su madre más que a Mí, no es digno de Mí, y quien ama
a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí.» Me
sitúo con la imaginación en medio de la muchedumbre
mientras que, en pie. un «hombre» rodeado de sus discípulos
pronuncia estas frases. ¿Cómo no quedarse asombrado?
¿Quién eres Tú, Tú, que exiges esta cosa enorme? ¿Que la
reclamas y la exiges como una cosa natural, amenazándonos
de que si no te sacrificamos todo no nos reconocerás como
«dignos de Ti»? Extraña sanción a una extraña exigencia.
Y veo con la imaginación a personas que agachan la cabeza;
madres que contemplan «al hombre» con aire de hostilidad;
niños que angustiosamente miran hacia su madre. Sí, quien
habla de esta manera es un hombre (¿pero cómo dudar de
que es un hombre?), su pretensión muestra un orgullo in­
sensato... ¿Quién puede exigir ser amado por mí más que
mi padre o mi madre? Nada más que Dios, o la obligación
(prueba, por lo demás, de que la voluntad de Dios y la exi­
gencia de la obligación son una única y la misma cosa).
Me parece que precisamente por esto debió despertarse la
idea en las almas muy preparadas de qué aquel hombre, in­
capaz de blasfemar, podría muy bien no ser un hombre
como los demás, podría ni siquiera ser puramente un hom­
bre. Yo sé. oh Jesús, lo que eres, y actualmente me resulta
más difícil, no ya ver a Dios en ti, sino encontrar en ti al
hombre... Si lo que exiges es infinitamente Justo, debe ser
digno, estar dispuesto a sacrificártelo todo.
LA ALEGKÍA DE LA FE 151

4 diciembre 1937

Quien me dice: «Señor, Señor», no es quien entrará en


el Reino de los cielos, sino quien hace la voluntad de mi
Padre.
Veo en esta frase de Jesús como una definición de la
relación que debe existir entre la oración y la acción. La
oración es para conseguirnos la fuerza de obrar, pero úni­
camente por medio de las obras, es decir, por la unión de
nuestra voluntad con la voluntad de Dios, nos hacemos se­
mejantes a Jesús y dignos de entrar en el cielo.
No tiene sentido pedir el cielo como si, únicamente por­
que lo hemos pedido, fuésemos a conseguirlo. No hay ora­
ción que pueda tener esta eficacia: esto es lo que me enseña
Jesús.
El objeto esencial de la oración es eí concurso de Dios
para poder realizar las acciones que le agradan. Y este
concurso, está muy bien que me lo repita, es a veces nece­
sario para que podamos realizar la obra; es siempre nece­
sario para que la obra que hacemos le agrade.
La vida cristiana, la que lleva en si la vida eterna, es
obrar juntamente con él. Por consiguiente, ante todo, no
hacer nada, no decir nada, no pensar nada que no se
pueda hacer, decir o pensar en compañía de Él e inclu­
so como aquel que lo piensa, lo hace y lo dice dentro
de nosotros. En segundo lugar, lo que hacemos, penetrarnos
de la idea de que Él lo hace con nosotros... Para esto deben
servir las elevaciones frecuentes de pensamiento y las ora­
ciones jaculatorias... No me he acostumbrado suficientemen­
te a ellas, y cuando nos acostumbramos a ellas hay que
tener cuidado con la rutina. La rutina nos acecha continua­
mente, me doy perfectamente cuenta; sigo diciendo: «¡Viva
Jesús!» con el corazón, pero ¡qué fácilmente esta exclama­
ción se convierte en una frase vacia! Tener mucho cuidado
con esto.
¡Y viva Jesús!
152 AUGUSTO VALENSIN

BIENAVENTURADOS LOS PACIFICOS

5 diciembre 1937

Bienaventurados los pacíficos porque serán llamados hi­


jos de Dios. Los pacíficos, es decir, los que apaciguan las
querellas, los Que trabajan por unir, los que se dedican a
asegurar el reinado de la caridad. Estos serán llamados hijos
de Dios, y éstos son los que, más que los demás, tienen de­
recho a considerar a Dios como su Padre. Y sin duda Dios
es Padre de todos los hombres. Pero quien no se comporta
como hijo, ¿cómo puede, sin contradicción, prevalerse de
ser hijo suyo? En el momento en que estoy escribiendo me
impresiona una idea. No está todo en gritar: « Abba, Patera,
es necesario no renegar con nuestros actos de esta Pater­
nidad... Si alguno se rebela contra Dios, Dios sigue siendo
su Padre, y, subido a la torre no deja de acechar a lo lejos
la vuelta del hijo pródigo; pero el hijo rebelado no puede, al
mismo tiempo, persistir en su rebelión y gozar la dulzura
propia de quien es su hijo. Lo cual me demuestra que mi
devoción al Padre es ilógica si no está acompañada por un
propósito firmísimo de ser caritativa. He de ser bueno, por­
que he de defender mi derecho a prevalerme de esta Pater­
nidad. En suma, he de imitar a mi Padre. La caridad, hecha
imitación de mi Padre, y como medio de asegurarme el gozo
de esta filiación, se me aparece más seductora que si la con­
siderase únicamente como un precepto
Y tengo una magnífica ocasión para ejercitarla. Lo que
acabo de saber sobre X., ¡qué tentación de contarlo! Pero
no. le guardaré secreto, por caridad (como además es mi
obligación), y para poder, en mi oración, llamar a Dios Pa­
dre mío, sin contradecirme.
¡Padre, Padre, Padre, que yo sea bueno..., como Tú!

AMAR A JESUS

6 diciembre 1937.

Amar a Jesús por encima de todo. Esto parecía muy cla­


ro cuando me decidí, cuando abandoné mis libros, mis pla­
nes de futuro, creyendo abandonar mucho, y cuando hice
LA ALEGRÍA DE LA FE 153

un pacto con lo desconocido: era necesario que amase a


Jesús más que a nadie, para aceptar la eventualidad de ser,
y durante toda mi vida, inspector en un colegio. A medida
que tenemos menos que dar (¿y qué es lo que yo tengo que
dar? Desde hace tiempo, si no hubiese tenido estos dolores
de cabeza y la impresión de mi disminución, ¿qué es lo que
yo hubiera tenido que dar? ¡Oh Jesús, Tú me has colmado!
Me lo has pedido todo, y después me lo has devuelto todo,
y el céntuplo. ¡Qué magnífico es creer en Ti! Los mismos
sufrimientos, que hubieran podido, que hubieran debido lle­
varme muy cerca de la desesperación; en todo caso con­
vertirme en un neurasténico y en un triste. Tú los has en­
dulzado maravillosamente; de tal manera, que a distancia
ya me parecen nada. Cuando los contemple desde mi lecho
de muerte, ni siquiera conseguiré distinguirlos de mis ale­
grías).
... Vuelvo a reanudar la frase interrumpida por este in­
menso paréntesis en el cual me he perdido: a medida que
tenemos menos que dar, que tenemos menos que sacrificar,
nos damos menos cuenta de las disposiciones en que nos
encontramos y tenemos peligro de dejarnos deslizar hacia el
no-amor.
¡Oh Jesús, no permitas que yo te ame menos de lo que
te he amado! El amor ha de ir creciendo en mí continua­
mente. No el amor sensible, aunque yo lo desee y te lo pida,
sino por lo menos el amor efectivo, el que hace precisamen­
te que te pongamos por encima de todo y que estemos dis­
puestos a sacrificártelo todo. Recuerdo tu fiase sobre los
que no son «dignos de Ti». ¡Que yo sea siempre digno de Ti!
Toma posesión verdaderamente de mi...
Esta oración es, en el fondo, la única que yo desearía
dirigirte. ¡Haz que nosotros te amemos!

7 diciembre 1937.

Me., 9, 37. He descubierto la amplitud de alma y el cora­


zón de Jesús. Juan, cierto día, hablando con Jesús y con­
tándole, como tenia por costumbre, lo que él y los demás
apóstoles habían hecho, le dice «Nosotros hemos visto» (aquí
el nombre del individuo que debía ser conocido en el pue­
blo); el Evangelio dice: «un tal». «Nosotros hemos visto a X.,
que no es de nuestro grupo, y que arrojaba a los demonios
en tu Nombre». Ya aparece en Juan algo del espíritu de
154 AUGUSTO VALENSIN

secta. Aquel individuo no forma parte oficialmente del gru­


po, y, sin embargo, tiene el atrevimiento de conseguir arro­
jar a los demonios en el nombre de Jesús. ¡Esto es intole­
rable! También Juan cuenta esto a Jesús, como para ser
felicitado por ello, para que prohiba esta práctica a aquel
individuo: «Nosotros se lo hemos prohibido.» ¿Qué va a
decir Jesús? Lo estoy esperando. «No le prohibáis esto...,
quien no está contra Mi está en favor de Mi.» ¡Oh, qué
palabra infinitamente consoladora y que, dicha por Él, abre
la puerta del cielo a tantas almas honradas, ignorantes o
engañadas! He de repetírmela: «Quien no está contra Mi
está en favor de Mi.» Así no existe medio. Yo comprendía
ya muy bien que una vez que nos vemos obligados a pro­
nunciarnos, era imposible refugiarnos en la neutralidad;
pero esto quería decir, para mi, que frente a Jesús clara­
mente no podíamos situarnos más que entre sus amigos o
entre sus enemigos. Pero Jesús mismo nos dice algo muy
distinto. Él quiere considerar como amigos suyos incluso a
aquellos que, sin hacer acto de adhesión a su Iglesia (por­
que no han visto la necesidad o, mejor, la obligación de
hacerlo), tienen consideraciones hacia Él y no consienten
«hablar mal de Él» (Las últimas palabras son también de
Él, en el mismo pasaje).
¡Qué fácil es, oh Jesús, ser acogido por Ti! Tú eres ver­
daderamente el Buen Pastor y nosotros los teólogos no somos
únicamente inhumados; habría que llamarnos «indivinos».
Y es nuestra intransigencia, nuestra severidad, el rigor de
nuestras clasificaciones, nuestra estrechez de espíritu, y en
nosotros, la falta de verdadero amor, lo que nos aleja de
nuestro modelo, el Padre de Jesucristo y Padre nuestro.
¡Concédeme, oh Jesús, ser amplio y no tener ese miedo
que a veces tengo: un miedo equivocado de ser demasiado
amplio!

LA INMACULADA CONCEPCION

8 diciembre 1937.

Dios te sálve María, llena eres de gracia. Estoy orgulloso


de que seas Inmaculada... ¿Cómo hubiera podido, aunque
fuese durante un segundo, ser indiferente a Dios, extraña
a su amistad, la Madre de Jesús? Hay aquí algo evidentísi­
mo. Y comprendemos también que esta exención del pecado
LA ALEGRÍA DE LA FE 155

original tenía que ser algo excepcional. María, por este he­
cho, aun siendo una mujer entre las mujeres, era un ser
aparte. ¿Esto se veía en Ella? Me inclino a pensar que no.
La perfección no impresiona los ojos—al menos la perfec­
ción moral—. Pertenece a su misma esencia no ser osten-
tatoria. Donde aparece es señal de que contiene un exceso
que la impide ser puramente perfección; ser la perfección
pura. La belleza espiritual de María únicamente debía re­
velarse a quien reflexionase. Porque no cabe duda que su
exención del pecado debía traducirse en Ella en una es­
pontaneidad encantadora, en una naturalidad exquisita. Ma­
ría (con Jesús, ya se entiende) es la única persona en
el mundo que podía ser Ella misma sin inconveniente
alguno; la única que no ha tenido necesidad de estar so­
bre si, de dominarse, de corregirse; Ella ha podido ver­
daderamente formar a su Hijo., i Qué cosa ésta tan extra­
ordinaria, tan admirable de creer! ¡La creatura, que forma
a su Creador! Sé perfectamente que las fórmulas de este
género tienen algo paradójico, más en la forma que en el
sentido. Jesús no ha tenido que ser formado por María en
cuanto Dios. Pero no deja por ello de ser verdad que es Je­
sús mismo, el Hijo del Padre, quien aprendió de Maña la
manera humana de ser bueno.
¡Qué modelo para una madre! ¡María, yo soy tu hijo,
también yo soy tu hijo: pues bien, fórmame a mi! En par­
ticular, comunícame tu dulzura y enséñame a contemplar a
Jesús. Debías llevarme de tal manera en tu pensamiento
que, incluso cuando estaba lejos, lo temas muy cerca de Ti,
y esto es precisamente lo que te pido.
La Concepción Inmaculada no es un misterio que exige
nuestra imitación: no es más que para ser admirado. Y lo
más que podemos hacer es felicitar por ello a Maria y ale­
grarnos de ello. Conviene que hoy cumpla generosamente
esta doble tarea. En la calle, en mi mesa, en los corredores,
lanzar felicitaciones hacia María y mostrarme alegre por
ello. ¡Es Inmaculada, es Inmaculada! ¡Bendito sea Dios, oh
María, yo te felicito y lo encuentro peifectamente natural!
¿No debías Tú, oh bellísima, ser su madre?

9 diciembre 1937.

Nadie puede venir a Mí si mi Padre, que me ha enviado .


no le atrae. Así, hay una iniciativa del Padre en el origen
156 AUGUSTO VALENSIN

del movimiento con el cual caminamos hacia Jesús. Jesús


nos ha revelado al Padre, pero es el Padre quien nos con­
cede escuchar a Jesús. Y ¿cómo? Despertando en nosotros
una atracción que depende de nosotros no extinguir.
Debemos el Padre a Jesús; pero le debemos también
Jesús al Padre. Verdaderamente, no son más que uno..., y
para mantener mi devoción ai Padre he de tener mucho
cuidado de que no se debilite mi devoción a Jesús. Hay
devociones que dividen, no podemos honrar a todos los
santos. San Pablo, en cierto sentido, hace daño a San
Pedro; pero Jesús no distrae del Padre, ni el Padre de
Jesús. Y debo llegar a completar, en mi mismo culto, a la
Trinidad. En determinados días, el Espíritu Santo adquiere
una importancia real en mi devoción; pero esto es raro; le
dejo a un lado; debo esforzarme para hacer mi devoción
plenamente católica. Tal vez es que el nombre de «Espíritu
Santo» habla menos a mi imaginación, a mi corazón. Tal
vez llamándole con su otro nombre, «el Amor», me resultará
más fácil ir a Él. Tropiezo con esa dificultad, que el Amor
para mí hasta ahora ha sido el Padre... Y que un Padre
que no fuese el Amor no sería mi Dios. ¿Cómo arreglárme­
las? ¡Espíritu Santo, ilumíname! Ves mi dificultad; a Ti te
toca hacer que yo te ame.
Padre, Hijo y Espíritu, Trinidad misteriosa, de cuya vida
me será dado participar un día: yo o? invoco y os amo.
Propósito: hoy pensaré, procuraré pensar en el Espíritu
Santo, procuraré invocarle.

LA EXPECTACION DE MARIA

10 diciembre 1937.

María. Siente ya la presencia de Jesús dentro de ella...


¿Cómo debió ser su expectación? Virgen María, no es una
curiosidad psicológica lo que me mueve a interrogarme cuá­
les debieron ser entonces tus pensamientos, tu actitud; no
pretendo más que una cosa: aprender de Ti cómo he de
prepararme para las grandes revelaciones. Este Nacimiento,
en condiciones que se podían prever (y no me refiero a la
necesidad imprevisible: de dar a luz, en una noche, en
un establo) tenía que inspirarte emocionantes inquietudes,
gozo y aprensión; confianza y temor. Ante TI, en todo caso.
LA ALEGRÍA DE LA FE 157

un futuro Inmediato que era todo oscuridad. ¿Pensabas en


esa oscuridad, sondeabas las tinieblas, o, por el contrario,
estabas totalmente ocupada—y gozosamente ocupada— con
el pensamiento de su venida? Procuro adivinarte.
En verdad, no puedo imaginarte entregada a la perpleji­
dad... Tú hablas visto a otras mujeres y estabas entregada
en manos de la Providencia de Dios; en el caso actual, la
intervención divina era demasiado evidente para que no
descansases totalmente en el Padre de tu Hijo. Ocurriría lo
que quisiese Dios. Y Él sería también quien te inspirase cómo
debías comportarte, frente al Hijo milagroso y ante los
amigos y conocidos... Aquel a quien esperabas sería tu Hijo
y tu Dios, por consiguiente, tu creatura. Cuando apareció Él
habías resuelto espontáneamente todas las dificultades, di­
rigida por el Espíritu; pero si hubieras tenido necesidad de
prever de antemano el protocolo y elegir la actitud que
habías de tomar, no puedo dejar de pensar que hubieras
quedado terriblemente perpleja.
Esto me demuestra perfectamente que no hay que pre­
tender estar a la altura de situaciones que no existen to­
davía, bajo el pretexto de que es bueno preverlo todo, como
si tuviésemos ya la gracia que tendremos en el momento
oportuno, pero que todavía no tenemos.
Virgen María, ayúdame a comprender bien esto.

EL PADEE AMA AL HIJO...

11 diciembre 1937<

El Padre ama al Hijo y lo ha puesto todo en sus manos.


Pues bien: el Hijo es uno de nosotros. Depende de un hom-
ber salvar a los hombres. Si yo no hubiese comprendido de
qué amor está hecha la Paternidad divina, el hecho de que
Jesús es mi hermano, de que estamos orgánicamente unidos
y de que Él no puede dejar de sentir en Si mismo la Hu­
manidad, como llevando su responsabilidad, bastaría para
darme confianza... Pero no quiero apoyarme de tal manera
sobre Jesús que me dé esto la apariencia de que dudo de
mi Padre y que necesite tener una garantía contra Él.
El hecho de que el Padre lo haya puesto todo en las ma­
nos del Hijo no es tanto una seguridad nueva para mí (no
tengo necesidad de ella), cuanto una muestra de amor del
a l e g r ía , d e l a f e 11
158 AUGUSTO VALKNSIN

Padre hacia el Hijo, y debo alegrarme de ello, felicitar al


Hijo, es decir, a Jesús, Hombre-Dios, y procurar Imitar al
Padre, amando yo mismo al Hijo con un amor ilimitado
Amar a Jesús es darle a conocer. Tal vez las conferen­
cias sobre Dante, y sobre todo, las de la Sociedad, me serán
un medio muy eñcaz para dar a conocer a Jesús. Concé­
deme Tú mismo, oh Jesús, saber distinguir las ocasiones y
saber utilizarlas. Veo desde aquí todo un apostolado, que
debo ejercitar a la sombra de Dante. Pero es necesario que
me haga digno de Él... Para ello, aun procurando proceder
lo mejor posible, no preocuparme de mi éxito personal. Bus­
car la perfección, sí, pero porque la perfección ha de bus­
carse en todas partes, y no por vanidad. Hacer oración tam­
bién antes de mis conferencias, y para que produzcan bien.
Creo que este punto último es extraordinariamente impor­
tante. La carga de gracias que lleven consigo mis lecciones
por una parte no depende de mi; pero dependerá de mí, de
mi oración, que esta carga sea mayor.
¡Ojalá que mis lecciones hagan conocer y amar a Jesús,
hagan conocer y amar lo que Él ama, hagan amar en mí ai
sacerdote (es decir, «a Él en mí») y a la religión!
¡Oh Padre, te confío mi enseñanza: concédeme tu ayu­
da, para que sea lo que Tú quieres que sea!

SAN JOSE
13 diciembre 1937.

San José, antes de la venida de Jesús. Cómo es recom­


pensado ya. Para él ha habido días terribles, una prueba
que le desgarraba el corazón... Cogido entre dos evidencias
contrarias, se debatió como pudo; se mantuvo firme, espe­
rando contra toda esperanza; creyendo en María, a pesar
de los hechos... Y he aquí que queda recompensado. Ahora
sabe Él a qué atenerse, y con María esperar al Hijo del
milagro... Amaba a María como merecía ser amada, y esto
es decirlo todo; pero desde que sabe lo que Ella lleva den­
tro de sí, y la misión que le ha encargado el poder de Dios,
no puede contemplarla con los mismos ojos de antes. Amor,
admiración, respeto. Adorando a Dios, que sabe escondido
en aquel Tabernáculo vivo que le pertenece, ¿cómo no Iba
a tener hacia el Tabernáculo mismo nuevas consideraciones?
Jamás hombre ha tenido más razones para ser feliz como
LA ALEGRÍA DE LA FE 159

San José. Y todas las desgracias Imaginables no hubieran


conseguido impedirle ser feliz mientras que tuviera cerca
de sí el Tabernáculo, y de repente, la huida a Egipto, las
privaciones, etc. Me parece que casi no fueron sufrimientos
para San José. Sin embargo, no: ver sufrir a María, ver
sufrir a Jesús, debió ser para Él algo atroz. Y me pregunto
cómo era feliz entonces. Una felicidad de la cual no podía
gozar.
Es extraño que no haya tenido yo más devoción a San
José. Esto se debe a que no podemos abarcar muchas devo­
ciones a la vez; pero me propongo pensar con más frecuen­
cia en San José. ¿Qué mejor Patrón para la vida Interior,
el que vivió en la familiaridad de María primeramente des­
pués de María y de Jesús? Y ellos se volvían hacia él, él
era el jefe, el guía, Ellos le honraban... ¿Cómo no le voy a
honrar yo?
¡José, te pido perdón por haber tenido hasta ahora tan
poca atención para ti! Tú eres bendito entre todos los
hombres.

MARIA SE PREPARA

13 diciembre 1937.

La tradición nos dice que María vivía en el Templo, se­


parada de la muchedumbre, guardada como un tesoro. Pero
preñero ver en esto una de esas imaginaciones alimentadas
por la devoción de almas monacales... Era necesario que
María fuese preservada: por consiguiente, hay que aislarla.
Pero ahora que la Inmaculada Concepción es un dogma, que
estamos familiarizados con ella, que hemos meditado sus
consecuencias para la misma psicología de María, no tene­
mos ya necesidad de representarnos esta preparación de
María a la visita del Espíritu Santo bajo la forma de una
reclusión. Prefiero ver a María niña, mezclada con las niñas,
como más tarde estará su Hijo Jesús. Alrededor de Ella vi­
gilaba el Padre, y Ella estaba maravillosamente defendida
contra los contactos por la virtud de su privilegio. ¿Qué
soledad artificial podría valer lo que irradiaba la pureza
que ella irradiaba en torno de sí, como una zona de defen­
sa? Y pienso mal, porque si su pureza la protegía y le crea­
ba de esta manera una especie de soledad perfectamente
real, esta soledad, que excluía el mal, no excluía a nadie;
160 AUGUSTO VALENSIN

María, frente a lo que nos evoca la palabra «defensa» no


apartaba de si; por el contrario, atraía.
María se preparaba, sin saberlo, a su maternidad, ha­
ciendo honradamente en cada instante lo que tenía que
hacer... En el fondo, la santidad, fuera de aquellos momen­
tos en que se ve forzada al heroísmo, no es difícil, si con­
sideramos únicamente las acciones que hemos de realizar.
Y, desde el punto de vista exterior, la jornada de la Santí­
sima Virgen podía muy bien no diferenciarse en nada de la
jomada de una jovencita piadosa y recta. Lo que pone la
santidad aparte es la disposición interior, por medio de la
cual nos entregamos a fondo a la voluntad de Dios. Gra­
cias a esta disposición damos más de lo que de hecho esta­
mos llamados a dar. Encontramos que damos incluso aquello
que no se da porque no se nos pide. Esta es la disposición,
oh Madre de Jesús, que te pido que despiertes y que man­
tengas en mi. Esta disposición va lejos, muy lejos. Pero yo
quiero la santidad.

OCTAVA DE LA INMACULADA CONCEPCION

13 diciembre 1937.

Quiero pasar estos minutos en compañía de María. Y


no tengo nada que decirle; por eso me mantendré junto a
Ella repitiendo el saludo del ángel. ¿Como alabarla mejor?
En el fondo, todo está dicho con estas pocas palabras. El
elogio, más exacto de María está dicho en ellas; y hemos
de pensar que fue Dios mismo quien encargó a Gabriel
este mensaje... «¿Qué dice?» «Dios te salve, María, llena
de gracia.» Como el ángel se inclinó ante la jovencita
sorprendida que le contemplaba, yo me inclino ante mi her­
mana y mi madre, y llamándola familiarmente con su nom­
bre, le digo, también yo, lleno de respeto y de amor: «María,
te saludo.» Y pienso que esta salutación debe serle más
agradable cuanto que le recuerda el saludo que le hizo el
ángel de parte de Dios. Normalmente, su imaginación, al
escucharme, debe referirse al tiempo en que era todavía
Ella la jovencita sin responsabilidades y sin preocupaciones,
que florecía bajo la cálida luz Invisible de la gracia... Ella
no había tenido que sufrir todavía... «María, te saludo.»
¿Te agrada esto? Me oyes, ¿no es verdad? Y no quiero pre-
LA ALEGRÍA DE LA FE 161

guntar a la filosofía cómo puedes escucharme, cómo puedes


prestar atención a los innumerables saludos que suben en
todos los momentos desde todos los puntos de la tierra hacia
Ti. Me basta saber que los puentes no están cortados y que
la potencia de Dios no tiene límites. Y ella es la que te hace
participar en esa manera divina de conocer. Me oyes, te
das cuenta, como si yo estuviera solo en el mundo: he aquí
lo que con la mayor sencillez del mundo yo creo.
«Llena de gracia»: no hay una facultad en tu alma, ni
una tendencia, como no hay en Ti ni un pensamiento, ni
un deseo, ni un movimiento, que se hurte a la gracia. Nada
está vacio en Ti: la gracia de Dios, el amor del Padre lo
ocupa todo. ¡Oh, qué hermosa eres!

14 diciembre 1937.

Vivir desde ahora en unión con Jesús, con María, con los
santos, es decir, con todos aquellos con quienes he de pasar
mi Eternidad. Ellos me esperan; ellos son mi verdadera fa­
milia. La vida de acá abajo no es más que una preparación
para la verdadera vida...
¿Cómo concebir una amistad que no ofrece posibilidades
de ser eterna? Nada de lo que ha de acabar merece con­
servarse. María, ¿iré, pues, un día donde estás Tú? ¿Me veré
algún día frente a Ti...? Esta idea me produce vértigo, he
de prepararme a ello, viviendo desde ahora contigo.
Locura de quienes no esperan nada, para quienes nada
hay en el más allá. Verdadera locura. Gracias, Dios mío, por
haber permitido que yo comprenda esto, como, en efecto,
lo comprendo. Te pido instantemente—y con confianza—
que me mantengas esta gracia extraordinaria. Solicitarla de
Ti como en suma estoy haciendo desde que tengo uso de
razón, ésta es la única manera de contribuir a mi propia
salvación. Si yo te amo, debo agradecerte el que hagas que
te ame, porque si esta gracia de amor y de fe la concedes
Tú a mi oración, mi oración no la «merece».
Te hablo sin plan y sin orden, oh Dios mío. como me
viene a la cabeza. Sigue dándome esta gracia de amor, la
gracia de la fe. Esta disposición, que hace que yo siga ere -
yendo... Este es mi verdadero tesoro, que nadie puede ro­
barme y cuyo valor es infinito. ¡María, yo te lo confío!
162 AUGUSTO VALENSIN

15 diciembre 1937.

El ?ios consuela en nuestras aflicciones para que seamos


capaces de consolar a los que sufren... (2 Cor., 1, 4).
Sin embargo. San Pablo sufrió terriblemente. Parece ol­
vidar lo que acaba de decir, no pensar todavía en lo que va
a decir, en aquella «desesperación» de que hablará unas
lineas después «estamos agobiados extraordinariamente...,
más allá de nuestras fuerzas; de tal manera que hemos
llegado a desesperar de la vida...») basta un momento de
tranquilidad, e inmediatamente Pablo atribuye este bene­
ficio al Señor, no ve más que la paz de que goza, no piensa
más que en esto..., que le ha sido dado para ser ayuda de
los demás. Padre mío, concédeme la paz del alma, Tú me
libras de esas pruebas que atormentan a tantas almas, de
las tentaciones y de los escrúpulos, y yo quiero, como Pablo,
pensar que esto es para dejarme fuerzas con que ayude a
los demás...

Ha llegado la hora en que los verdaderos adoradores ado­


rarán al Padre en espíritu y en verdad.
Jesús, ¿que querías damos a entender con estas pala­
bras? Concédeme comprenderlo.
Tu idea no era ciertamente oponer la adoración en espí­
ritu al culto que rendimos al Padre con nuestras acciones,
con tal, ya se entiende, de que estas acciones estén inspi­
radas ellas también por el espíritu. Lo que quieres excluir es
un rito maquinal, al cual atribuimos una eficacia operatoria,
un gesto cuyo sentido apenas conocemos y que realizamos
rutinariamente, o como homenaje a una tradición cuya
trascendencia hemos perdido de vista.
Lo que importa en la adoración, es decir, en la oración,
es el espíritu, es decir, la intención. Poco importa que la
oración vocal sea comprendida detalladamente, o incluso
simplemente asimilada por el pensamiento: será una oración
en espíritu si sirve de apoyo, de alas al espíritu. Su misión
puede ser arrastrar consigo al pensamiento; pero puede tam­
bién—y legítimamente—reducirse a ocupar al cuerpo para
que el espíritu pueda libremente pen?ar en las cosas de
Dios o simplemente quedar unido a Él. Lo importante es
que lo mental, de una manera o de otra, acompañe a lo oral.
El método de los misterios es, desde este punto de vista,
excelente para el Rosario; pero es bueno también el méto-
LA ALEGRÍA DE LA FE 163

do que consiste en mantenerse durante la recitación en cier­


ta actitud espiritual, sin pensamientos concretos, pero ocu­
pado en buscar una verdad, en rumiarla suavemente...
En el fondo, la meditación más allmentadora es ésta:
la que mantiene, por medios artificiales, el espíritu frente a
una verdad, o frente a Jesús, de un misterio o de una vir­
tud de Jesús...
María, enséñame a orar. Haz que encuentre gusto en esa
larga y lenta rumia por medio de la cual el alma se penetra,
por ejemplo, de la suavidad que cierra el nombre de Padre.
Que yo encuentre gusto en esta rumia. Esto es una gra­
cia, y debo agradecértela. Gracias, Dios mío.

17 diciembre 1937.

¡Concédeme que te dé a conocer y que te haga amar!


Todo consiste en esto. El fin de la vida es el acto de amor
que yo saco de mí, y el que hago hacer a los demás. He de
acostumbrarme a considerarlo todo desde este punto de vista.
¡Qué existencia anormal, qué vida verdaderamente fraca­
sada (la única que está realmente fracasada) la del hombre
que no se preocupa de Dios o del más allá!
Es necesario que no juzguemos de la fecundidad que he­
mos dado a la vida por las acciones que hacemos, o las
obras que realizamos; puesto que se trata de fecundidad
sobrenatural, por tanto invisible, no podemos damos cuenta
de ella exteriormente. Y cuando un predicador, por ejemplo,
o un confesor, cree tener pruebas de que su acción ha sido
útil, de que ha hecho bien, se engaña. Se engaña, aun
cuando sea verdad, porque el bien que ha hecho, la visión
que se imagina tener no es capaz de garantizárselo
Nuestra misma fecundidad es objeto de fe, y es mejor
así. Fecundidad de la monja carmelita que rto ve a nadie;
del profesor de Instituto, que conoce apenas a sus discípu­
los, del escritor que no es leído. ¿Su voluntad está conforme
con la voluntad del Padre? Esto es lo capital; esto, exclusi­
vamente esto.
«Hágase tu voluntad.» Que se haga en mí por medio de
Ti; hacer esta oración es pedir la fecundidad, realizar lo
que ella pide es ser fecundo.
Humanamente, para ejercer una acción debo escribir;
sobrenaturalmente, debo escribir o no escribir, según que
Dios me indique que lo haga, por el juego de la circunstancia
164 AUGUSTO VALENSXN

o por medio de los superiores. He aquí por qué, si me pongo


enfermo y quedo impotente, no por ello mi vida será inútil.
He de penetrar a fondo en estas verdades.
Fecundidad visible, fecundidad invisible; natural, sobre­
natural, dos términos que he de tener siempre presentes...
Es tan fácil olvidarme del segundo, y creer que todo con­
siste en el primero... iOh, el espíritu de fe!

«IN MANUS TÜAS...V

20 diciembre 1937-

Vuelvo a mis temas familiares. El momento en que me


recojo está hecho para que me sacie de las verdades de que
debo penetrarme... Tengo que rumiarlas, lentamente, para
que se incorporen a la sustancia de mi atención y de mi
fervor.
In manus tuas. El abandono, he aquí lo que no ha de
ser una palabra vana, o, por el contrario, todo el edificio de
mi vida espiritual es una ilusión edificada sobre nubes. He
de mantenerme dispuesto a todo y consentir en todo, y no
dejarme desconcertar por nada de cuanto puede ocurrirme.
porque debo procurar ante todo agradar a mi Padre... i Qué
seguridad, qué paz da esto!
Cuando dejamos de querer, de buscar algo determinado,
cuya obtención no depende de nosotros, y cuando estamos
decididos a no procurar más que el cumplimiento de la
voluntad divina; cuando estamos desasidos del resultado
de lo que hacemos y no nos preocupamos más que de hacer
lo que debemos hacer; entonces nos situamos más allá de
todas las decepciones posibles y de la inquietud y de la
tristeza. Indudablemente, es imposible, incluso para un san­
to. excluir todas las causas de tristeza si tiene corazón;
pero ciertas causas, sí, la santidad las excluye automática­
mente. ¿Abatido porque se han burlado de mí? No eres
santo. ¿Triste porque X. sufre? Puedo, incluso con esto, ser
santo. ¿Inquieto por el futuro, por mi futuro? No soy santo.
¿Por el futuro de X.? Santo o no santo, según que estas in­
quietudes y estos sufrimientos alteren o no mi carácter,
perturben o no mi conducta.
¡Que tu voluntad se haga, oh Dios miol Es decir, que
jamás mi voluntad, ejerciéndose de una manera distinta a
LA ALEGRÍA DE LA FE 165

como debe ejercerse, haga fracasar los planes que tienes


sobre mí, o sobre los demás; sino que, por el contrario, mi
voluntad colabore a que surja en medio de nosotros tu reino,
que sobre todo sepa distinguir en los acontecimientos más
contradictorios, en aquellos que hacen dudar de Ti a las al­
mas no iluminadas, esa bondad que nc se revela más que
a la fe, pero que, por lo menos, estalla espléndidamente a
mis ojos.

MARIA NO ENCUENTRA POSADA

21 diciembre 1937.

María no encuentra posada. Y el Evangelio no dice que


todas las posadas no estuviesen llenas, sino, simplemente,
que en las posadas no había sitio para ellos. Es a ellos a
quienes no querían. Los desgraciados no sabían a quiénes
rechazaban. Pero sabían que rechazaban al pobre, que ce­
rraban sus puertas a la caridad, y esto basta para que sean
culpables de rechazar a Dios.
José y María debían presentarse en condiciones que no
atraían ni el respeto ni la benevolencia. Un largo viaje los
había indudablemente reducido a un estado deplorable...
Pero ¿cómo pudo María ocultar su seducción? ¿Cómo estos
dos viajeros extraordinarios pudieron, incluso bajo los hara­
pos (y sin duda no es éste el caso) y bajo la fatiga, ocultar
la distinción que debía ser inseparable de ellos? Una sonrisa
de la maravillosa mujer-niño, ¿cómo podía no bastar para
abrirle todas las puertas? Es un hecho que personas que no
tienen ojos de caridad no tienen ojos para nada. Encuentro
en este hecho la siguiente enseñanza: que no hay que con­
tar demasiado con los atractivos naturales para conquistar
a las personas para la verdad sobrenatural; en todo caso,
ni María ni José, ni más tarde el mismo Jesús, pusieron en
juego expresamente el factor natural: se dirigían a la con­
ciencia del hombre: no a su gusto artístico... Y sé muy
bien que se dice en el Evangelio: «Nadie ha hablado jamás
como este hombre»; pero se trata aquí de la autoridad con
que hablaba Jesús y de la originalidad de su enseñanza;
no de su elocuencia. Jesús hubiera podido ser un tribuno
irresistible: no parece que Él haya querido serlo. No quiso
violentar los corazones, sino más bien alimentarlos, suave­
mente, y con la bondad más que con ninguna otra cosa.
166 AUGUSTO VALENSIN

i Jesús,
concédeme ser apóstol por los medios propios de
TI, y ser apóstol según tu corazón!

EL PESEBRE
Navidad 1937.

Me represento el pesebre. No con una reconstrucción his­


tórica. El pesebre de los Nacimientos. Contemplo al Niño
Jesús, y junto a Él a María y a José, al asno y al buey. Los
pastores no han llegado todavía. Este Niñlto recién nacido,
que todavía no habla y que yace en esta desnudez extraor­
dinaria, calentado por el aliento de los animales, hago un
acto de fe y reconozco en Él al mismo Dios. Es una locura.
Nos damos cuenta cuando exponemos esto a un incrédulo.
Gracias, Dios mío, que habéis concedido a mis oraciones, a
las oraciones de mi padre y de mi madre, que la inclina­
ción misma natural de mi voluntad me lleve a la fe. Esta
falta en mí de resistencia, esta inclinación a creer, esta
sencillez de la fe, es una gracia, la más grande de todas las
que he recibido y sobre la cual debo mantenerme siempre
vigilante.
Por consiguiente, mi Dios está ahí. Y esta despojado de
todo. Lección de pobreza. Nace a la vida del hombre, y, de
repente, desde el primer momento, se pone a clasificar los
valores ante mí. Lo que es algo para el mundo esto no es
nada en sí mismo y absolutamente. La grandeza verdadera
es la que aparece a los ojos del Padre que está en los cielos.
A Jesús, a Dios, en el momeno en que se hace uno de nos­
otros, le basta que le acojan la oración, la adoración de
María y de José.
Ser santo en secreto; he aquí lo que el Niño Jesús nos
enseña a ser. En lo oculto, porque no interesa en manera
alguna que nadie lo sepa, excepto Dios. Jesús ocultó su divi­
nidad durante cerca de treinta años, pero durante estos
treinta años no dejó de ejercer; la mostró cuando fue nece­
sario mostrarla.
Conforme voy avanzando más, voy comprendiendo mejor
que la santidad consiste esencialmente en fundir su voluntad
con la del Padre, en aceptar todo lo que Él envía o per­
mite, en hacer todo lo que Él pide. No consiste en el fervor
sensible, ni en la naturaleza de las acciones que hacemos,
ni en las oraciones prolongadas y en las penitencias, y de­
LA ALEGRÍA DE LA FE 167

pende de nosotros (con la ayuda de la gracia, que no puede


faltar), mientras que el gusto en la oración y la fortaleza
para obrar dependen fácilmente de las circunstancias exte­
riores. ¡Jesús, que seamos santos!

LOS REYES MAGOS

La venida de los Reyes Magos, sus presentes, deben decir


algo a mi alma: he de recoger la gracia que va unida a
este relato. ¡Espíritu del Padre, ilumíname!
Los Reyes Magos son la ciencia; en ellos la grandeza in­
telectual se humilla ante otra grandeza todavía menos vi­
sible, la que representa nuestras verdaderas proporciones de
manera absoluta.
La verdadera grandeza es moral. Nosotros valemos lo que
vale nuestra voluntad, porque lo único que nos es «propio»
es la voluntad, lo que nosotros damos.
Me agrada contemplar a estos ancianos arrodillados ante
este Niño; a estos ricos rodeando a este pobre, a estos sabios
junto a Aquel que lo sabe todo y que no sabe nada; que lo
sabe todo como Dios y nada sabe todavía—indudablemente—
como hombre; admiro en estas comparaciones el triunfo (o
más bien la imagen) de la fe. La fe, mi virtud preferida.
Los Magos han pagado muy caro el gozo que sienten al
acercarse a este recién nacido milagroso Han partido hacia
lo desconocido, y las fatigas de aquel largo viaje no han
conseguido desanimarles. Igualmente debo yo ir a Jesús,
cuando la estrella, es decir, la obligación, me enseñe dónde
está Él, y no preocuparme de nada. Lo esencial es ser ge­
neroso; el triunfo, eso toca a Dios, e importa muy poco.
¿Cómo representarme a María y a José durante la visita
de los Reyes Magos? El Niño debía absorberlos de tal mane­
ra que apenas atendía, creo yo, a aquellas idas y venidas...
Así debo ser yo, y no soy así: mis Rosarios por la ciudad,
por las calles, son todavía, en realidad, demasiado distraídos,
con esa distracción que no es familiaridad con mi Padre, sino
falta de consideración. Prometo corregirme en esto: no hace
falta que yo sea un Rey Mago, cuyas miradas van todas al
asno o al buey.
168 AUGUSTO VALENSIN

SOBRE EL PADRE

2S diciembre 1937.

El Padre avia a su Hijo. Esto lo sabemos por el Hijo


mismo, y es una verdad metafísica. El amor· del Padre al
Hijo es un amor que no puede dejar de existir, que forma
parte de la esencia misma del Padre, o, más bien, es esta
esencia misma.
Pues bien: este Hijo a quien el Padre ama, el Padre lo
ha enviado entre nosotros. ¡Qué historia! Me deja estupe­
facto cada vez que pienso en ella verdaderamente. Induda­
blemente, no hay que insistir sobre la distinción del Padre
y del Hijo para sacar de manera excesivamente antropoló­
gica lecciones del hecho de que el Padre envíe a su propio
Hijo; puesto que no hay más que un Dios, es como decir
que Dios ha querido venir Él mismo a nosotros, y este hecho
no es menos impresionante, no es menos admirable... Así,
el Infinito, el Creador, ha querido mezclarse a nosotros: ha
tomado una naturaleza de hombre, ha hecho su aparición
en un pequeño rincón de la tierra, en un poblacho desco­
nocido, para hablarnos como de hombre a hombre. No insis­
to sobre esto. Pero esto no es todo. Se ha dejado tratar por
los hombres como un criminal... ¡Esto es el colmo! ¿Por
qué, por qué ha hecho esto? La respuesta que da la reli­
gión es la única inteligible porque es la respuesta real, y no
puede haber otra: por amor. Del amor podemos comprender
esto, y más todavía, pero solamente del amor.
En cuanto al detalle de la historia trágica, es necesario,
para que sea verosímil, representarse las cosas de esta ma­
nera: el Padre, que ama a su Hijo, nos le envía para ha­
cerse matar por los hombres, como si Él prefiriese los
hombres a su Hijo: envía a su Hijo. Envía a su Hijo en­
tre los hombres..., y después ocurre que su Hijo es mal
acogido entre los hombres; y el amor del Padre a los hom­
bres, que es idéntico al amor del Hijo a los hombres, hace
que, tanto el Padre como el Hijo, acepten lo que ocurre...;
sigue las reglas del juego...; hubiera faltado a ellas si de
repente y antes que el Juego hubiese acabado, Dios-hom-
bre se hubiese ido, hubiese roto con los hombres, hubiese
puesto en movimiento toda su Omnipotencia. Su amor res­
plandece, por tanto, en dos cosas: en la decisión inicial de
LA ALEGRÍA DE LA PE 169

venir a nosotros, en la aceptación, llegado el momento,


de las consecuencias de esta decisión (como si estas con­
secuencias no hubieran sido previstas).
¡Dios mío, cuánto me habéis amado!

SEQUEDAD
1 enero 1938.

Dios mío, Padre mío, quiero poner el año que comienza


bajo tu protección; pero estoy seco y vacío... Esto no ocu­
rre solamente (lo cual me tranquiliza) en el orden de la
devoción: esto es universal. Hay en mí como una baja de
mi vida. Poca memoria, dificultad extrema en organizar
las ideas; dificultad para expresarme, para tomar una de­
cisión, para ponerme al trabajo... Te digo todo esto, oh
Dios mío, y me hace bien podértelo decir... Si mi fe es
verdadera, Tú eres aquel junto a quien me puedo desin­
flar...
Y quiero, por lo menos, asegurar en mí esa disposición
filal que es mi más precioso tesoro. El día en que no pueda
más, en que no me atreva más a ponerme ante Ti, a sen­
tarme en mi estupidez y en mi impotencia, en que no
pueda pasar contigo un rato sin decirte nada, aburriéndome
el tiempo de la oración; el día que me imagine que porque
no encuentro nada ni en mi corazón ni en mi imaginación
que decirte, estoy lejos de Ti; el día en que haya perdido
mi sencillez y mi confianza, tan absoluta, tan total, en T i
(que hace que yo esté contigo más a gusto, contigo, que
eres mi Dios, que con cualquiera de mis hermanos), ese
día, ¿qué será de mí? Pero ese día no llegará jamás, por­
que desde ahora quiero hacer improbable esa eventualidad,
defenderme contra ella, hacerla imposible, y esto por me­
dio de la oración, no dejando de pedir diariamente a mi
Padre la gracia de ser «filial»; y por el ejercicio de la fe,
diciéndome y repitiéndome esto de que quiero penetrarme
bien, como lo estoy haciendo en este momento.
Padre mío (y yo te llamaré con este tierno nombre aun
en los momentos en que, a pesar de decirlo, no encuentro
resonancias de dulzura en mi alma), Padre mío, haz que
yo sea para Ti filial, y yo me entiendo. Tú me entiendes
como yo me entiendo. Y Tú me oyes. Gracias.
170 AUGUSTO VALENSIN

CONTRA EL DESALIENTO

3 enero 1938.

Tengo un refugio contra el desaliento, contra los es­


crúpulos, contra las falsas ideas, y este refugio debo acon­
dicionármelo para que siempre esté abierto y hospitalario:
es mi devoción al Padre. En esto está mi fuerza. Si valgo
algo es gracias a esto. ¿Qué has hecho tú sobre la tierra?
He creído en mi Padre. Me he pegado a esta revelación de
Jesucristo. Y no la he abandonado jamás. No me he mi­
rado a mí mismo, a mi, sino le he mirado a Él, a Él. Y
contra todas las apariencias, he mantenido mi fe en el Pa­
dre. He hablado del Padre; he intentado propagar la lla­
ma..., he encendido en todo caso la misma confianza, exac­
tamente la misma, en el alma de... Somos, por lo menos,
dos los que nos sentimos «filiales» de esta especial manera
que es la mía.
Esta filialidad es la riqueza del pobre. Y es una gracia.
Te lo agradezco, oh Dios mío, por haberla puesto Tú mismo
en mi corazón; a mí no me toca más que mantenerla, y
esto es en lo que necesito no desfallecer nunca.
El medio más seguro para mantener esta filialidad es
no dejar de pedirla a Dios.
¡Qué sequedad la mía en estos días! No puedo meditar,
encontrando ideas o emociones; nada que merezca la pena
escribirse; pero puedo repetirme dulcemente, indefinida­
mente: Padre, Padre, Padre, Dios es mi Padre. Cada vez
esto irá penetrando más y será una buena meditación.
Padre, Padre, Padre, Dios Infinito... ¡Ah, el Infinito es
mi Padre! El mismo Dios que dispone de una eternidad
de felicidad o de una eternidad de desgracia para mí, es
mi Padre. ¡Qué alegría, qué seguridad! ¡Cómo esto hace
que viva bien y que espere!
LA ALEGRÍA DE LA PE 171

MARIA
28 enero 1938.

«María». ¿Por qué buscar algún tema de reflexión, al­


gún texto con que alimentarme? ¿No me basta con dar
vueltas en la boca al nombre de María? Este nombre tiene
todos los sabores y gotea todo aquello de que el alma tiene
nesesidad. Es el nombre de la Madre de Jesús, de aquella
que es «la niña de los ojos» de Dios, quien el mismo Dios
venera. El nombre de aquella que me adoptó, al pie de la
cruz, cuando Ella también era martirizada por el más es­
pantoso sufrimiento (moral) que ha existido jamás. Cuando
Jesús le dio a San Juan por hijo, a mi también me dio.
María es mi Madre. No hay duda sobre esto. Es tan firme,
tan cierto, como mi fe católica. Pues bien, esto es una cosa
formidable. Pero cuando pienso que Dios es mi Padre, esto
no debería sorprenderme. Nosotros vivimos, los católicos,
dentro de la maravilla, pero de una maravilla de orden
espiritual y hecha para asombrar al corazón más que a
los sentidos, e incluso a la razón. Dios me ama: primer
misterio; María me ama: otro misterio, y dentro del mis­
mo orden, de otro género. No ganan ni pierden en la com­
paración. Y hoy por la mañana quiero pensar en el amor
de María hacia mí. Esta pequeña judía de hace unos dos
mil años, que se dedicaba a las tareas caseras en Nazaret,
que hablaba junto al pozo con las mujeres de pies desnu­
dos, desconocida más allá de su pueblo; esa misma, esco­
gida por Dios..., yo le hablo y Ella me entiende y Ella
me ama.
Estoy confundido. La fe suprime el tiempo y me de­
muestra bien que, dispersados a través de los siglos y a
través del mundo por las exigencias del drama que esta­
mos representando, en el fondo pertenecemos a la misma
vida: la vida del más allá.

JESUS EN ORACION
31 enero 1938.

Jesús en oración. No puedo creer que hiciera esto para


darnos ejemplo y que Jesús no sintiese la necesidad de
recogerse de cuando en cuando y de hablar a su Padre. Se
172 AUGUSTO VALENSIN

retiraba a la soledad, y conocemos algunas de sus oracio­


nes. En el momento más doloroso de su vida gritaba a su
Padre y repetía siempre lo mismo: « Abba, Pater, que se
aparte de mi este cáliz si es tu voluntad, pero hágase tu
voluntad y no la mía.»
La oración que consiste en ofrecer siempre a Dios la
misma copa de libación, llena del mismo fervor y de las
mismas peticiones, es una hermosa oración; la que consiste
también en estar silenciosa ante Él, prestándose a su ac­
ción. Lo importante es reservar en el curso de la jornada
oasis de silencio humano, zonas de tiempo reservadas a
Dios, para que Él haga en nosotros lo que Él desea hacer.
Es la ley providencial, de la cual nunca estaré demasiado
persuadido, y que parece a primera vista paradójica, porque
tenemos dificultad en pensar que la omnipotencia de Dios
tenga necesidad para intervenir, que se realicen determi­
nadas condiciones. Reflexionando, esto parece, por el con­
trario, admirable: Dios limita su poder por leyes que Él
mismo establece para acercarse a nosotros. Él se ha arre­
glado para que nuestro antropomorfismo esencial, inevita­
ble, quede justificado... Dios nos habla nuestra lengua, para
que nosotros podamos en nuestra lengua irnos a Él. Las
leyes providenciales son la expresión de su bondad. Tener
en cuenta estas leyes.

1 febrero 1938.

Nadie ha sufrido jamás en su alma como sufrió Jesús.


En el momento en que Él salva a la Humanidad está solo.
Un puñado de discípulos, gente de poco valor e incapaces
de comprenderle, los cuales, muy lejos de poder ayudarle
en su situación, ni siquiera se dan cuenta de la trascen­
dencia... ¡Si por lo menos su afecto los impulsase a ro­
dear a Jesús! Pero no; están durmiendo. Pues bien, como
hombre tenia Jesús necesidad de su presencia. Ante esta
soledad de Jesús me encuentro como ante un abismo te­
rrible. María, indudablemente, estaba de manera espiritual
muy cerca de su Hijo; pero estaba ausente... Era necesa­
rio adivinar lo que Ella pensaba, lo que Ella sabía, lo que
Ella sufría; y Ella, que hubiera podido ser un apoyo para
Jesús, se convertía en nueva causa de tormento. Verdade­
ramente esto es terrible. Que yo no lo olvide nunca, como
lo olvida tanta gente, incluso piadosa. Cada cual cree su­
frir como nadie ha sufrido. ¡Ilusión! Jesús sufrió más que
LA ALEGRÍA DE LA FE 173

nosotros podemos sufrir. Y después de Jesús, su Madre.


En el dolor es necesario que nos refugiemos cerca del Hijo
o cerca de la Madre.
Al Hijo le veo en el Huerto de los Olivos, como un po­
bre hombre, sin gallardía (lo que no quiere decir sin dig­
nidad), y le agradezco haber sufrido de esta manera, es de­
cir, le agradezco haber sufrido como un hombre.
No era tan necesario que María sufriese de esta misma
manera; Ella no tenía que darnos testimonio de su hu­
manidad ni acercarse a nosotros. Por esto la veo con mi
imaginación sufrir de otra manera. Ni lágrimas de sangre
ni derrota aparente...; domina su dolor y oculta bajo apa­
riencias de serenidad, bajo una suavidad igual, el desga­
rramiento de su alma.
Sufrimos como podemos; en secreto o no; lo esencial y
lo que hay de común entre el sufrimiento de Jesús y el
sufrimiento de María es mantener al alma lejos de la deses­
peración y bajo la mirada de Dios. Para nosotros, sufrir
con Jesús y con María; asociarlos a nuestros sufrimientos,
como si estuviésemos con Jesús sobre la cruz, y al pie de
la cruz con María. Que el sufrimiento jamás me aleje de
Jesús, sino que, por el contrario, me acerque. Que no ol­
vide jamás que, aceptado, el sufrimiento es una oración
y un acto de fe y de amor, como desearíamos (si lo su­
piésemos) tener ocasión de hacer muchos.

PURIFICACION
2 febrero 1938.

Podría meditar sobre el misterio del día, pero prefiero


recordar que es el aniversario de mis últimos votos y agra­
decérselo a Jesús.
En el momento en que abandoné el mundo, durante mis
ejercicios de elección, pude tener locamente la impresión
de que daba algo a Dios; pero ahora, ¡cómo me parece
eso una estupidez! No he dado nada y he recibido inmen­
samente. Esto es verdad a la letra y desde todos los puntos
de vista, en el orden sobrenatural y en el orden natural.
Tal vez es necesaria la ilusión de que damos algo para
engendrar el mérito; si supiésemos que íbamos a encon­
trar la felicidad, no podríamos aceptar la idea de compa­
rar los gozos al martirio; tal vez también yo he sido pri-
AUSGRÍA DE L.A FE 12
174 AUGUSTO VALENSIN

vilegiado... En la Compañía no puedo decir que he sufrido,


ya me entiendo: sufrido por su parte. ¿Qué significa un
poco de roce con un superior, o la necesidad de vivir con
un hermano desagradable? Superior y hermano no inter­
vienen más que en una pequeña parte de nuestra vida, en
una parte insignificante de nuestra jornada, muchas veces
sólo la media hora de recreo—mientras que un hombre
mal casado ha de sufrir noche y día el carácter de su mu­
jer—. He de agradecerle a Dios mi felicidad.
Y, sin embargo, para muchas personas la vida religiosa
ha sido o un purgatorio o un infierno. Es verdad, y esto
me prueba que debo agradecerlo. La vida religiosa con per­
turbaciones de alma debe ser algo terrible.
¡Oh Dios mío, has tenido en cuenta mi debilidad, me
lo has arreglado todo! ¡Gracias! Y Tú eres, tu gracia, la
que me ha dado este sentimiento hacia Ti de hijo, fuente
de mi paz, de mi felicidad.
Si se tratase de rehacer mi vida, seguro que volvería a
comenzar. Oh Jesús, Tú has sido y eres un dueño*de quien
no puedo quejarme. Me has colmado de todo. Incluso la
enfermedad, que hubiera podido llevarme a la desespera­
ción, ha sido buena; lo veo, lo creo, lo sé.

SIMEON
3 febrero 1938.

El anciano Simeón. Esperaba la redención de Israel;


ésta era su misión; era el que espera', y todos los días ve­
nia al Templo como si fuese a ocurrir algo, por medio de lo
cual su esperanza se vería cumplida. ¡Qué fe! La sucesión
continua de los días, tan vacíos, no le aparta de esperar. Ya
es un anciano y sigue esperando. Podrían reírse de él los
muchachos y también las personas llamadas razonables. Es­
perar es de tal manera su función esencial, que cuando su
espera quede satisfecha, no tendrá razón de existir y dirá:
« Nunc dimittis...» Creo que Simeón realmente ha existido;
pero aun cuando no fuese más que una imagen (en vez
de ser un hombre y una imagen), Dios no podía mostrar
mejor la importancia que Él da a esta «espera» que Él quie­
re de cada uno de nosotros; esta espera tiene que ser algo
muy hermoso para que un hombre tenga la misión de en­
camarla, aunque sea únicamente en imagen. Simeón es la
LA ALEGRÍA DE LA FE 175

imagen de la constancia. Nos demuestra que no hay que


desanimarse y que, en suma, lo esencial no es conseguir,
sino pedir. Si Simeón hubiese muerto antes de la presenta­
ción de Jesús en el Templo, hubiese realizado su vocación.
He aquí que, una vez más (¿después de cuántos años?),
llega al Templo, preguntando las noticias, y una voz inte­
rior le* dice que ha sido escuchado: el Deseado está allí.
Este Niño.
El anciano toma al Niño entre sus manos; le eleva, lleno
de admiración; le mira y le devuelve a su Madre; debe
partir; su misión ha acabado; tiene permiscT para abando­
nar el mundo.
¿Y qué es lo que debo esperar yo? También la venida de
Jesús, su venida a mi encuentro...
Todos los días sale a mi encuentro, y todos los días debo
acecharle para que no pase sin que yo le haya tomado
entre mis brazos; sin que, sobre todo, yo le haya recono­
cido. Jesús toma todas las formas, y estas formas son me­
nos desconcertantes que la forma que tomó a los ojos de
Simeón... ¿Qué verosimilitud hay en que #el Esperado, el
Redentor de Israel, el Mesías, el Rey de Gloria, sea este
Niño pequeño que gime entre los brazos de esta jovencita
exquisita, pero pobre y frágil? La fe, siempre la fe. Es la
lección que encuentro por todas partes.
Para mí Jesús pasa diariamente en el Templo donde yo
le espero, bajo una apariencia diferente... He de tener
los ojos abiertos, y el alma, el corazón al acecho. Dondequiera
me aparece una obligación: es Jesús quien viene a mi en­
cuentro. Estar persuadido de esto, pero verdaderamente
persuadido, sería vivir una existencia «maravillosa».
Y levantar diariamente a Jesús en mis brazos, bajo la
forma que le agrade tomar, esto sería ser santo.

4 febrero 1938.

Simeón, habiendo visto a Jesús, podía partir. Está per­


mitido desear la muerte, pero a condición, como Simeón,
de haber entrado en el Templo y de haber recibido a Je­
sús en los brazos. Entramos en el Templo cada vez que nos
recogemos en oración; ella es el edificio en el cual el alma
tiene las posibilidades todas de encontrar a Jesús. Y reci­
bimos a Jesús en los brazos cada vez que abrazamos una
obligación. La oración y la obligación: quien es fiel a una
176 AUGUSTO VALENSIN

y a otra puede, sin presunción, sin cobardía, aspirar a la


muerte; sin presunción, por su oración; sin cobardía, por
su admiración.
Por mi parte, no tengo derecho, me doy perfectamente
cuenta, a decir ya mi Nunc dimittis. No he acabado toda­
vía de llevar a Jesús en mis brazos; no he hecho de tal
manera siempre toda la obligación que no tenga fue re­
cuperar algo, por así decirlo. He de acechar todavía el paso
de Jesús, su llegada al Templo, y aprender a abrir y ce­
rrar los brazos, a abrirlos en la oración para encontrarme
con Jesús en ellos; a cerrarlos sobre la obligación (cual­
quiera que sea) para que se cierren sobre Jesús.
Dios mío, enséñame esto: que llegue a amar la obliga­
ción, la más banal, la más pequeña (el paso que la regla
quiere que dé, el sacrificio que aconsejan las circunstancias,
etcétera), del amor del corazón, y alegre, y diligente, con
el cual pueda amar a Jesús. Y creer que en cualquier obli­
gación está Jesús; o más bien, que la obligación es Jesús,
oculto en ella, como se ocultaba Él a los ojos de Simeón.

LA PURIFICACION
6 febrero 1938.

De nuevo la fiesta de la Purificación He considerado al


anciano Simeón; pero también he de contemplar a María.
Viene al Templo para someterse a un rito que 13 gente
piensa naturalmente que la obliga, pero que en realidad no
la obliga... Si María se presta a ello es por consideraciones
de la muchedumbre y por no escandalizar. Encuentro aquí
un ejemplo que meditar. No debemos ser tan puntillosos
con nuestras obligaciones que reclamemos el ejercicio de
ellas a expensas de la caridad y de la edificación. En par­
ticular, hemos de resignarnos a ser desconocidos y aceptar
con naturalidad que se nos trate, no como exigiría el mé­
rito que tenemos, sino como exige el mérito que nos re­
conocen.
María fue, no una vez de paso, sino de una manera
continua, como no apreciada; y no puedo imaginarme que
esto le haya producido turbación. ¿Falta de consideración?
¡Pero si éste era su pan nuestro de cada día! Vivió durante
toda su vida sin que nadie tuviese para Ella las considera­
ciones que de derecho le pertenecían. Y María no alimentó
LA ALEGRÍA DE LA FE 177

amargura alguna por ello... Ella desempeñó honradamente


el oñclo que le señalaban...
Desasimiento, sencillez, conformismo. Pasar inadvertida.
Concédeme, oh María, que te imite perfectamente.

7 febrero 1938.

Pienso en los mártires que han dado su vida para afir­


mar su fe. Primeramente, no hay prueba más fuerte de
la sinceridad de la fe. Y no hay prueba más fuerte del
amor. (Esto es el mismo Jesucristo quien lo ha dicho.) Y
vemos perfectamente con ello que la fe viene de la vo­
luntad: sea lo que fuere lo que creemos pensar, lo que
pensamos creer, podemos siempre no tener cuenta de ello
y hacernos matar por lo que queremos creer: esto es creer­
lo efectivamente. Y la disposición basta. Y tenemos un
medio para asegurarnos de la disposición: y es pedirla sin­
ceramente a Dios. Porque una oración que tiene esto por
objeto, necesariamente es infalible. ¡Cuán coherente es
todo!
El martirio hace además que se eleve, impresionante­
mente, lo que constituye el valor y el sentido de la vi'la.
No es despilfarrar la vida entregarla de un golpe y renun­
ciar a todos los demás usos que podríamos hacer de ella.
Por consiguiente, entregándola, le hacemos rendir todo
aquello para lo cual está hecha. El fin de la vida: dar tes­
timonio. Al Bien, si no se conoce a Jesucristo; a Jesucris­
to, idéntico al Bien, si tenemos la dicha de conocerle. Fue­
ra de esto, nada. Todo lo demás no es más que para acom­
pañar al acto moral y saludable para servirle de ocasión, de
medio, de circunstancias, de ambiente. Toda la grandeza
de «lo demás» le viene de aquí; y también toda la realidad
de este «lo demás», que, sin esta finalidad inmanente, no
sería más que una imagen inconsistente y una ilusión de la
sensibilidad.
¡Qué bella es, por tanto, la vida, pero cuán necesario es
llenarla bien! No dejar que se pase lo esencial, no aga­
rrarnos a lo que es el medio, como si fuera el fin. Pensar
eñ Dios, en la obligación, y mantener el alma en el orden
moral, es decir, en realidad en el Amor.
178 AUGUSTO VALENSIN

19 febrero 1938.

Quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, a


M i me acoge, y el que me acoge a Mi, nq me recibe a Mí,
sino a Aquel que me ha enviado.
¡Qué poca cosa son las apariencias! Todo consiste en la
intención y en el espíritu. Para recibir a Jesucristo, para
hablarle, para darle algo, no es necesario que el misterio
de la Encarnación se repita. La leyenda de San Julián el
Hospitalario es verdadera. A través de mis hermanos los
hombres trato con Jesucristo, si yo quiero. Esto es hermo­
sísimo y consolador. ¡Y cuánto respeto, cuánta caridad,
introduce en nuestras relaciones sociales este punto de vis­
ta! Derrochamos tesoros, no teniendo en cuenta esta inma­
nencia divina, porque la misma acción que podría ser mag­
nífica, magníficamente agradable a Dios, no es más que
un gesto de bondad sobrenaturalmente estéril... Unicamen­
te es necesario ser consecuente: no estamos seguros verda­
deramente de ver a Jesús en aquellos a quienes amamos
si no le vemos también en aquellos a quienes naturalmente
no amamos.
El secreto de la vida con Jesús es también el secreto de
la amabilidad y del sacrificio.

20 febrero 1938.

La caridad, él ensueño, lo divino, he aquí algo que está


al alcance de todos y que bastaría para llenar nuestra
vida (D.
Hay verdaderamente un secreto precioso en estas líneas
de la querida y maravillosa mamá de M. Depende de nos­
otros, cualquiera que sea nuestra situación y cualquiera que
sea lo que la vida nos da, que nuestra existencia esté lle­
na. Caridad, ensueño, divino: todo consiste en esto. La ca­
ridad ante todo, como la parte sustancial y visible de la
riqueza, con la cual hemos de llenarnos. Después el ensue­
ño, para huir de estas realidades hirientes y construirnos
refugios y alibi.
Después, además de la caridad y el ensueño, que son
como los medios, sobrenatural y natural, de llenar nuestra
vida, lo divino que la transfigura. La caridad y el ensueño

(1) Texto citado del Diario de X.


LA ALEGRÍA DE LA FE * 179

es nuestra parte, lo que nosotros sacamos (o, en todo caso,


parece que sacamos) de nosotros mismos; lo divino, lo que
pedimos a esa «relación con el Infinito» de que se habla en
el Diario. Y tiene razón al decir que todo esto está a nues­
tro alcance siempre. El ensueño, la posibilidad de evasión
espiritual, ¿quién puede quitárnoslas? ¿La caridad, cuándo;
la ocasión, cuándo; el medio, nos faltarán? Y la oración,
la elevación a Dios, el contacto con el Infinito, ¿quién pue­
de prohibírnoslo? En el fondo podríamos decirnos: la ca­
ridad, el ensueño, la comunión (a condición de que la co­
munión sea espiritual al mismo tiempo que real).
i Qué llenas son estas líneas! ¡Y qué humanas son tam­
bién, por este sitio que le deja al ensueño!

SER DE AQUELLOS A QUIEN EL MUNDO OLVIDA«.

21 febrero 193S

Ser de aquellos a quien el mundo olvida y que se bas­


tan a sí mismos, que llevan la librea de todos. pero que
conservan solitaria su alma.
¡Qué hermoso es esto y qué valiente y qué prudente, y
también qué cristiano, si entendemos que es a Dios a quien
guardamos dentro del alma! Tiene algo de vulgar preten­
der existir a los ojos de los demás, influir sobre la masa.
Mejor: fundirse con la masa, ser uno entre muchos, sin
nada que admire ni en bien ni en mal; pero en el interior,
arder, y en el interior, llevar su universo.
Cuando por una fisura de la roca salta de repente el
surtidor de agua hirviente o la lava, se descubre que bajo
la tierra banal había un volcán; de la misma manera es
hermoso que ocurra esto con el alma. Y el alma de la ma­
dre de M. era así. Ahora se la descubre. Antes sospechá­
bamos, adivinábamos, no sabíamos. ¿Y quién sabe cuánto
amo yo a Jesucristo? X. lo sabe, según creo; yo espero, yo
querría. Tal vez también la Carmelita (1), pero porque ella
toma sus fervores por míos.
Padre, no quiero preocuparme de lo que puedo parecer;
quiero tener mi jardín secreto, donde dé cita al Amor; y

(l) La Madre Agnés.


180 AUGUSTO VALKNSIN

ser un santo entre Tú y yo, a fueraa únicamente de ser


filial.

22 febrero 1938.

Una gran paz ha caído sobre mi alma. Me siento desasi­


da, ebria, ebria todavía de sol y de belleza, pero dispuesta a
la gran partida.
Querría que estas frases fueran mías. La paz, el desasi­
miento, pero, al mismo tiempo, embriaguez de sol y de
belleza; este hallazgo especialísimo es lo que constituye el
valor singular de esta alma, y comprendo que hay aquí
un ideal a que tender. El desasimiento, que es insensibili -
dad, no es el desasimiento cristiano. Permanecer hasta el
último minuto—como ella—abierto a la vida, capaz (bas­
tante libre de espíritu) para gustar en el umbral mismo de
la Eternidad la belleza de una lectura profana.
Me siento atraído por el alma de la mamá de M.; no
hago nada para sentir esta atracción, pero estoy contento
de verme atraído.
¿Puedo decir yo también que estoy dispuesto para la
gran partida? Espiritualmente, sí, pero lo dejo todo a. la
voluntad de mi Padre; y también no hay más que un ser
que me retenga aquí abajo; pero tengo la sensación de
que no he puesto en mis asuntos (mis libros, mis notas) el
orden que querría dejar.

«DANOSLE HOY...»
23 febrero 1938.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy. Es decir, este


alimento espiritual que ha de permitimos cumplir nuestra
obligación durante la jomada de hoy. No hemos de pedir
el pan de mañana... ¿Por qué anticipar? La oración está
siempre a nuestra disposición, y orar hoy de forma que no
tengamos que orar mañana no es un buen cálculo. Dios
no quiere que hagamos provisión de socorro; Jesús prohibió
severamente a los viajeros que llevasen más de una túnica.
La oración es nuestra manera de colaborar con Dios y,
por tanto, conviene que esta colaboración sea continua y
que no sea un medio de aprovisionarnos una vez para
LA ALEGRÍA DE LA FE 181

siempre, como suele hacerse en una sociedad con sus coti­


zaciones anuales.
Además, si la gracia puede compararse con un alimento
es porque diariamente tenemos que procurárnosla, como dia­
riamente y una sola vez al día nos conviene tomar el ali­
mento eucarístico. Nuestro pensamiento ha de ser mante­
nido en tensión..., y esto me lleva a pensar que vale más
renovar de esta manera las intenciones en la oración que
referirnos a intenciones formadas de una vez para siempre.
En suma, es menester que eliminemos todo lo mecánico,
todo lo que nos descargue de nuestra obligación de orar...
Concédeme, oh Padre mío, tu gracia, hoy, y si la tengo
hoy, tendré mañana la fuerza y el deseo de pedírtela para
mañana, y así en lo sucesivo.
Cuando pienso en lo que yo podré ser dentro de diez
meses, por ejemplo, se me ocurre tomar desde ahora mis
medidas contra este yo futuro que corre el riesgo de ser
distinto del yo actual; y no hay mejor oración que pedir
la gracia para el yo de hoy.

SEQUEDAD
26 febrero 1938.

Sequedad y vacío. Nada me dice nada. He abierto el


Evangelio, he hojeado mi libro de oraciones, he buscado
dónde agarrar una meditación: nada. Y, sin embargo, de­
searía emplear útilmente, piadosamente, esta media hora.
Siempre que me encuentro un poco fatigado experimento
esta aridez extrema que me lleva a refugiarme en Rosarios
mecánicos... Quiero transcribir, esforzándome por repen­
sarlo, el himno del Oficio del Sagrado Corazón:

«Gloria de la Corte Celestial,


que habéis abandonado los triunfos del cielo
para haceros Hostia nuestra,
Jesús, delicia de los corazones,
enciende nuestro corazón con el fuego sagrado
para que os alabemos dignamente.»

En verdad, Jesús no ha abandonado nada para venir al


altar. Literatura. Falsedad. Incluso haciéndose hombre la
segunda Persona de la Santísima Trinidad no ha abando-
182 AUGUSTO VALENSIN

nado nada. ¿Cómo hallar gusto y valor nutritivo en un


error?
Cuando Jesús en la cruz se sintió abandonado por su
Padre, era como hombre, en su naturaleza humana. Pero
si yo no puedo agradecer al Verbo que haya abandonado
algo por mi, puedo agradecerle haber tomado por mi una
naturaleza en la cual sufrir y ser humillado. Para hacer
esto ha tenido que amarme brutalmente. Los misioneros
que se hacen chinos o incluso parias para salvar a los chi­
nos o a los parias, imitan a Jesucristo, pero »qué diferen­
cia! Yo debo procurar imitarle también. La ilusión consis­
tiría en pensar en seguida en los extremos... Lo que me
ha pedido es que no me busque a mí mismo, ni al apos­
tolado; esto, ante todo, que es negativa en apariencia, pero
solamente en apariencia, porque esto va ya muy lejos, Pa­
dre mío, esta pureza de intención, perfecta como Tú quie­
res, eres Tú quien ha de ponerla en mi corazón y' ha de
estar atento para que crezca; yo, por mi parte, no puedo
hacer más que pedírtela y recibir tu ayuda. Veni, Sánete
Spiritus.

GLI OCCHI DA DIO DELETTI E VENERATE


FISSI NELL’ ORATOR, MI DIMOSTRARO
QUANTO I DEVOTI FRIEGHI LE SON GRATI

28 febrero 1938.

Estos ojos de la Virgen son amados de Dios. Es hermoso


haber dicho esto de María; y es verdad: porque necesita­
mos hablar de Dios según analogías humanas. Sus ojos
son amados, pero también son venerados. Este punto es
más fuerte, esta expresión es más audaz que la otra. Por­
que el Padre ama a su hija; pero que Dios pueda «venerar»
a una criatura, esto yo no me hubiera atrevido a decirlo.
.Comprendo, por lo demás, que pueda darse: no es una
criatura como tal lo que Dios venera, sino a la Madre de
su Hijo... i Qué altura la de María! Muy por encima de los
ángeles, es evidente; la primera inmediatamente después
de Dios, la primera...
Y los protestantes, que resoplan ante el «Dios te salve».
De María podemos decirlo todo: Quantum potes, tanturn
aude, con tal que no la hagamos igual a la naturaleza di-
LA ALEGRÍA DE LA FE 183

vina. Por la devoción a María podemos medir, a mi pare­


cer, el grado (y juntamente la caridad) del catolicismo de
un alma.
Cuántas veces me han' dicho y repetido que la devoción
a María era prenda de salvación. Pues bien, yo lo creo
con toda firmeza. Las mismas leyendas (y hay, por lo me­
nos, una relatada por Dante), esas leyendas en que vemos
a María intervenir para salvar un alma a quien el demo­
nio arrastra ya al infierno, me agradan; la tabulación es
ingenua, pero la confianza que expresan es hermosa. Sí,
María, yo quiero amarte y cantar tus alabanzas con más
fervor que Dante canta las alabanzas de Beatriz; quiero
ser tu heraldo, y que, en suma, mi devoción» toda mi vida
espiritual, esté dividida entre mi devoción al Padre (nues­
tro Padre, el mío como el tuyo) y mi devoción a T i; entre
las dos: Jesús, el mediador, el revelador, mi Jesús.

SOBRE EL ACTO DE CONFIANZA

15 marzo 1938.
Fiesta del P. De la Colombiére.
Vemos sobre todo en él al Director de Santa Margarita
María, al que la animaba y contribuía a propagar la de­
voción al Sagrado Corazón; pero yo, por mi parte, veo en
él al autor del admirable acto de confianza. Por este título,
el Padre De la Colombiére habrá tenido sobre mí una
gran influencia, habrá contribuido a modelar mi espiritua­
lidad; en todo caso, le ha dado su expresión. Este acto, que
yo repito diariamente y que no corre peligro, a mi pare­
cer, de quedar vacío para mí de su sabor y de su riqueza,
basta para darme plena seguridad. En el momento de mo­
rir he de recitármelo. Para esto es necesario que desde
ahora me entrene en recitarlo de memoria en vez de leerlo
como hago. No podré repetirlo con demasiada frecuencia.
¿Por qué no lo convierto en la oración que dirija a Dios en
el momento de mis visitas a la capilla? ¿Cuando entro en
una iglesia? El propósito de hacer esto sea el fruto de esta
meditación. El acto no es ni demasiado corto ni demasiado
largo; y dicho despacio, con algunas respiraciones entre
los miembros de la frase, según el método de San Ignacio,
puede ocupar de una manera útilísima unos minutos que
hay peligro de gastar en distracciones. Que el P. De la Co-
184 AUGUSTO VALXNSIN

lombiére me obtenga penetrar verdaderamente en el espí­


ritu de su acto de confianza.
A los sentimientos que este acto expresa quiero única­
mente añadir algo más infantilmente filial, más alegre­
mente abandonado. Quiero también, a la consideración ex­
cesivamente predominante de salvación personal, sustituir
la consideración de producir el gusto a mi Padre. Porque la
confianza preconizada por el acto no es solamente una ga­
rantía que yo me aseguro, es también el regalo más dulce
que puedo hacer al más maravilloso de los Padres. Habrá
siempre entre los fieles demasiados que le teman, sin ser
mejor que los demás, y, al contrario, precisamente porque
no soy mejor que los demás, tengo el medio de procurarle
lo que Él desea, que es ser sencillamente, honradamente,
ingenuamente amado, sin volver sobre mí, porque Él ha
pedido que lo sea. ¡Qué estupidez esperar ser digno o en­
tristecerse por no ser digno. Hay que entristecerse por los
pecados, evidentemente; pero desde el punto de vista del
Amor, los pecados no hacen más que dar todo su valor al
acto por el cual nos abandonamos en las manos paternales
de Dios. Cuanto menos digno soy o (de otra manera:) me­
nos razones tengo para temer, es más «halagador» para
Él que no le tema.

FIDELIDAD DE LA FE

16 marzo 1938.

Cor Jesu, pars mea et hereditas mea. Pues bien: yo me


he entregado a Él y Él se ha entregado a mí. Esto es eterno.
Y no me he vuelto a tomar jamás, y Él jamás me ha aban­
donado. La fidelidad, consagrada por los votos, es la ley del
Amor intercambiado entre Jesús y un alma. Sobre todas
las fidelidades humanas, y éstas, además, sacan su fuerza
de ella. Yo concibo una fidelidad total, que resiste a todo,
a todo, fidelidad «absoluta»: pero una fidelidad de este
género no puede tener sus raíces en nada de acá abajo,
porque todo lo de acá abajo es movible y precario. Por
medio de la fe huir al tiempo y al espacio, huir a las apa­
riencias, adherirse al amor esencial, y hacer que este amor
del Amor tome parte en todos los demás amores. Esto no
es para mi simplemente un ideal: siento que es la verdad.
LA ALEGRIA DE LA HE 185

SI no estuviese Jesús entre X. y X., ¿cómo la« palabras de


Eternidad no iban a ser engañosas? ¿Es que nosotros dis­
ponemos de la Eternidad? Pero ¡qué hermoso es, por ei con­
trario, poder estar seguros de la Eternidad, amando con
Dios y en Dios!
Jesús jamás me fallará. Porque, aun cuando me parezca
que Él está lejos, aun cuando me venga la duda de que todo
esto es ilusión, mi voluntad, bajo la seducción invisible de
su gracia, afirmará que Él está ahí muy cerca y que me mira.
Y vuelvo continuamente a los mismos pensamientos so­
bre la fe. Esto es normal y mi meditación no es para ense­
ñarme nada, sino para hacerme rumiar el alimento que
tengo dentro de mí y que vivifica.

«¿QUIEN DICEN QUE SOY YO?»

17 marzo 1938.

Tal es la pregunta que hace Jesús a sus apóstoles. Evi­


dentemente, no por curiosidad. Sin hacer intervenir la om­
nisciencia, podemos ver en ella una manera de guiar a los
apóstoles a decir lo que ellos piensan, lo que piensan por
si mismos; los métodos de Jesús no son brutales: se adap­
tan, aprovecha las ocasiones, mueve dulcemente a las al­
mas como si buscase la juntura por donde puede filtrarse
la gracia.
A esta pregunta responde Pedro con un impulso: «Tú
eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo.»
En esta respuesta ponía Pedro, indudablemente, menos
de teología explícita de lo que nosotros ponemos, pero
¡cuánta más fe! ¡Oh Dios mío, concédeme creer con el
mismo fervor que Pedro!
Y Jesús queda satisfecho de la respuesta; Él la autentica,
pero al mismo tiempo la explica... No es Pedro quien ha en­
contrado esto; él no lo hubiera dicho si el Padre no se lo
hubiera revelado. «Ni la carne ni la sangre te lo han reve­
lado, sino mi Padre, que está en los cielos.»
Jesús atribuye a su Padre la gracia de la fe. Como si no
fuera él quien la concediese, sino su Padre. Reflexionando
en ello, me parece natural. Jesús es el objeto de la fe: su
misión es proponerse. Pero quien está interesado casi más
que Jesús para que creamos en Jesús, es quien ha enviado
186 AUGUSTO VALENSIN

a Jesús, y quien sigue, como el padre del pródigo, lo que


va haciendo su Hijo sobre la tierra. Hemos de pensar de
Dios de una manera humana, so pena de no pensar nada;
por consiguiente, he de representarme al Padre como ace­
chando en las aldeas el juicio que se forma sobre su Hijo,
y hablando a las almas, sin hacerse visible y ayudando a
que los pensamientos y las certidumbres se vayan abrien­
do paso.

EL PADRE AMA AL HIJO Y LE DICE TODO


LO QUE HACE
19 marzo 1938.

¡Qué hermosa es esta frase citada por San Juan! Y toda


mi apologética está en ella. ¡Cómo, después de estas decla­
raciones tan claras de Jesús de que el Padre y Él así como
están, como son presentados estrechamente unidos, deben
ser también solidarios en nuestro culto! La suerte del Padre
en nuestra fe no puede ser diferente de la del Hijo y vice­
versa. El Hijo me da a conocer al Padre, pero el Padre me
garantiza al Hijo. Si yo creo a Jesús cuando Él me habla
del Padre, es necesario que le crea cuando Él me dice que
es una sola cosa con el Padre.
Para mostramos con qué amor el Padre y Él se aman
Jesús nos dice que el Padre le enseña lo que hace. No hay
secreto entre ellos. No pueden tener secretos; por consi­
guiente, no deben tenerlos. El amor tiende a disminuir lo
más posible la zona secreta; pero acá abajo no puede su­
primirla completamente. Esto es imposible, con una impo­
sibilidad, al mismo tiempo, metafísica, psicológica, moral,
social. Cuando gime es un gemido por ser hombre y por
estar todavía en la tierra. Nosotros tenemos secretos frente
a nosotros mismos, partes dentro de nosotros inexploradas
para nosotros, a las cuales no descendemos con un común
acuerdo entre nosotros mismos, como, en las casas, no nos
subimos al granero para no remover el polvo... Esto ha de
ser así. Solamente a Dios somos necesariamente transpa­
rentes. El Padre dice a su Hijo todo lo que él hace; pero
nosotros, nosotros somos los que decimos al Padre todo lo
que hacemos y todo lo que pensamos también..., y esto es
bueno. Aun cuando esta abertura no dependa de nosotros,
LA ALEGRÍA DE LA FE 187

nosotros podemos hacerla nuestra queriéndola, y desear


que sea ella una característica de nuestro amor.
¡Dios mío, quiero que todo en mí esté manifiesto a TI,
porque Tú eres mi Padre y porque yo te amo!

SE ACERCA LA CUARESMA

Virgen María, te pido que me ayudes, que me acompañes


a través de los sufrimientos de tu Hijo. Que me des gusto
para estar en medio de su Pasión con ojos bien abiertos y
todas mis antenas tensas para captar las más impercepti­
bles palpitaciones de su dolor. ¡Si nada se me escapase!
Las tristezas que nadie jamás ha sospechado haz que te
las adivine, oh Jesús. Los grandes sufrimientos que tortu­
raron tu alma; pero también los pequeños, aquellos que
hicieron únicamente pasar ante tus ojos, una nube ligera,
únicamente visibles a los ojos de María; haz que yo los
adivine, oh Jesús. Y que durante esta Cuaresma, viviendo
contigo las horas trágicas, aprenda a conocer mejor tu in­
menso amor, pero, sobre todo, a corresponder mejor a él.
María, Madre de Jesús y Madre mía, yo te pido lo que
es imposible que me niegues; te pido que me alcances la
gracia de amar a tu Hijo y de hacer que verdaderamente
viva en mí.
Mientras que Él sufría, obligada a estar lejos de Él, le se­
guías con el pensamiento, con el instinto adivinatorio de
una Madre, y era como si estuviera ante T i; pues bien: de
esta misma manera desearía yo asistir con la imagina­
ción a su largo martirio, no por curiosidad, sino por nece­
sidad de alimentar mi amor hacia Él.
Y ahora que he confiado a María la cosa más'esencial,
me quedo tranquilo. Esta Cuaresma será buena.

20 marzo 1938.

Hablad, Dios mío: vuestro servidor escucha. Los judíos


decían a Moisés: háblanos tú, pero que Yavé no nos ha­
ble, porque nosotros moriremos. Pero yo digo, por el con­
trario: que Moisés se calle, y todo el mundo. Pero hablad
Vos, Dios mío, para que yo viva. No tengo miedo de la
palabra que mi Padre pueda murmurar dentro de mi alma.
188 AUGUSTO VALfiNSIN

Yo sé que si ella me formula alguna exigencia, esta exigencia


no puede ser más que de la manera como el príncipe habla-
ba a la tercera princesa (1), y que tiene que traer consigo
su fuerza.
Pero no quiero preocuparme por no escuchar nada. Los
buenos pensamientos que atraviesan nuestra alma, viviendo
de Él (vienen de Él necesariamente) nos ayudan a sentir
su Presencia; pero, en el fondo, no hacen falta ellos para
que Dios nos hable. Un acontecimiento que dicta un proce­
der, que es todavía con más certeza su Voz. Y lo que nece­
sito es entrenarme en ver una petición de mi Padre en todo
lo que se me pide en el curso de la jornada, ya sea cosa
grande o pequeña. No hay ilusión posible.
Gracias a la fe sé que, siguiendo honradamente a la
razón, obedezco a su Voz. Unicamente lo que yo sé de
esta manera por la fe es necesario que descienda en forma
de persuasión hasta la máquina y que yo piense en ello.
Forma el propósito de vigilar; de ejercitarme en distin­
guir su voz... Tengo mucho que hacer en este sentido. Tra­
bajo y no pienso en pensar en Él. ¡Cuántas ocasiones des­
perdiciadas! ¡Cuántas decisiones que hubiera sido tan sen­
cillo transformarlas en acto de obediencia según su deseo!
Pero esto supone una vida de intimidad con Dios. ¡Pa­
dre, concédeme esta intimidad! Y que mi pensamiento
vuele espontáneamente y frecuentemente hacia Ti!

21 marzo 1938.

Yo soy la verdadera Vid y mi Padre es el Viñador: vos­


otros sois los sarmientos.
Jesucristo nos dice aquí sus relaciones con el Padre y
nuestras relaciones con Él.
Jesús es la Vid, y el Padre la cultiva, la poda, la corta,
la riega, y después, cierto día, viene a hacer la vendimia;
pero nosotros somos los sarmientos de la vid y no tenemos
valor, no producimos fruto sino en la medida en que saca­
mos nuestra savia de Jesús. Imposible vivir por nosotros
mismos..., hacerme consciente de esto. Ver perfectamente
lo que esto significa en la práctica. Si yo me separo de
Jesús, si yo no saco nada de Él, si yo no pienso en Él, si no

<l> Alude a Tres Princesas ( Trola Princesses), apólogo escrito por


el Padre.
LA ALEGRÍA DE LA FE 189

oro a Él, yo puedo seguir teniendo una actividad natural;


pero se ha acabado mi fecundidad espiritual, todas mis ac­
ciones se hacen estériles, y doblemente: para los demás y
para mí, Jesús, Jesús, concédeme que no me separe de Ti.
Que no me separe de Ti, primeramente por el pecado; ni
por la indiferencia; ni por el olvido; ni por la negligencia...,
sino que, por el contrario, me ocupe tu pensamiento, que
tu amor (el amor hacia ti) constituya para mí un estimu­
lante.
Virgen María, ayúdame a mantener con tu Hijo estas
relaciones de intimidad que son necesarias para el aposto­
lado y para la santificación. Uno que esté continuamente
bajo el dominio de Jesús no se dejará jamás arrastrar a
faltar a su deber y será dueño de su sensibilidad.

28 marzo 1938

El Padre todo lo ha puesto en manos del Hijo. Otro texto


sabroso y maravillosamente rico de sentido. El Padre lo ha
puesto todo, todo, entre sus manos. Por consiguiente, yo
tengo que ver tanto con Jesús como con el Padre. «Quien
ve a uno ve al otro.» Como Jesús me ama, me ama el
Padre, y depende de Jesús que la eternidad de felicidad
hacia la cual me encamino sea mi herencia.
¿He de alegrarme de que el juicio haya sido puesto en
manos del Hijo? Verdaderamente, ¡es tan dulce represen­
tarme que yo seré juzgado por el Padre! En suma, prefiero
ver en esta comunicación de todos sus poderes, de todos sus
derechos, la manera cómo el Padre manifiesta su amor hacia
su Hijo, más bien que algo que tenga consecuencias prác­
ticas para mí.
Al menos no ocurre, en las devociones al Padre y al Hijo,
lo que ocurre en otras que pueden mutuamente dañarse:
no tengo que dividirme; esto es consolador.
He de ayudarme con la consideración del Hijo para amar
al Padre, y con la consideración del Padre para amar al
Hijo. Conocer al Padre y lo que Él es se lo debo al Hijo;
por consiguiente, ¡qué agradecimiento y qué fidelidad debo
al Hijo! Todo cuanto sé del Padre recae sobre el Hijo, que
es digno de Él, incluso es igual a Él, que no constituye más
que uno sólo con Él. Y que el Hijo haya sufrido la Pasión
por mí ; que hecho hombre se haya expuesto a la humilla­
ción, Dios por mí, y que esto lo haya hecho de acuerdo con
ALEGRÍA d e LA PE 13
190 AUGUSTO VALENSIN

el Padre, a quien, juzgando las cosas antropomórAcámente


(como hay que juzgar), el sacrificio debía costar todavía
más que al Hijo; esto da una idea sobre el amor del Pa­
dre hacia mi, ante el cual experimento vértigo.
¿Cómo podría yo condenarme siendo amado hasta tal
punto por las tres Personas de la Trinidad?
Gracias, Dios mío. Quiero amarte a mi vez. Ayúdame.

23 marzo 1938.

Jesús acaba de decir: «Si me conocieseis a Mí, conoce­


ríais también a mi Padre.» Entonces replica Felipe: «Señor,
enséñanos al Padre, y esto nos basta.» Donde vemos per­
fectamente que Felipe (como todos los demás) no ha com­
prendido la frase misteriosa de Jesús; Jesús zanja la cues­
tión prontamente... Se le dice que ver a Jesús es ver al
Padre; pide ver al Padre directamente y se declara dis­
puesto a perdonar a Jesús lo demás... Acepta, en suma, no
ver al Padre viendo a Jesús, e incluso no comprender lo
que quiere decir esa frase. Es evidente, sin embargo, que
ha brotado en él el deseo de conocer al Padre, y Felipe
no sabe que pronuncia una frase maravillosamente pro­
funda cuando dice: «Y esto nos basta.» ¡Evidentemente!
Cuando hemos visto a Dios podemos prescindir de ver a
todas las cosas.
¡Dios mío, dame el deseo de verte! Yo estoy hecho para
esto, únicamente para esto; y ¿no voy a pensar en ello? El
deseo nace del pensamiento, y para mí se trata menos de
desear ver a Dios que de pensar en esta visión que me
espera.
Por tanto, veré un día al Padre. ¡Qué perspectiva ex­
traña, emocionante! No hay manera de escapar de ella; un
día, infaliblemente, me encontraré cara a cara con Él; cara
a cara con Él, como mi Padre, si sigo siendo su hijo; cara
a cara con Él como ¿como qué? No quiero ni siquiera pen­
sar en esta eventualidad. Es al Padre a quien veré un día,
solamente al Padre; estoy seguro de ello, porque como el
P. De la Colombiére, espero esta gracia, y la esperanza, una
esperanza de este género, nunca se verá defraudada. No
me resta más que irla alimentando.
Propósito: pensar con más frecuencia, durante el día,
en este encuentro, que es el fln de mi vida.
LA ALEGRÍA DE LA FE 191

MARIA
27 marzo 1938

Sigo pensando en aquella Idea que muchas veces me ha


ocupado de que, con María, esa pequeña judía de hace
cerca de dos mil años, se encuentran actualmente—y con­
versando—la mayor parte de las personas a quienes yo he
conocido y con quienes he hablado de Ella: papá, mamá,
Magali, Frangoís, la mamá de M... Pero yo vivo en la fe:
ellos están ya en presencia de la realidad.
María, para mí, es un personaje de la Historia; para
ellos, alguien con quien viven. ¡Es enloquecedor pensar en
esto: Alguien con quien ellos viven! He de pensarlo bien;
de lo contrario, el mismo dogma carece de sentido. Eviden­
temente, esta vida en común, estas relaciones, estas «con­
versaciones», todo esto no hemos de imaginarlo como si el
cielo reprodujese la tierra. ¿Cómo María iba a dejar que se
le acercasen todos los bienaventurados y las cosas ocurrie­
sen como acá abajo? Sabemos muy bien lo que es una re­
cepción y lo que esto representa, y cómo el personaje al
cual se da la fiesta, a fin de cuentas, no es visto por nadie.
Es inútil, por lo demás, querer sustituir una representación,
ciertamente falsa, por otra representación para la cual nos­
otros carecemos absolutamente de datos. Lo mejor es, sin
duda, utilizar, por convención, por nosotros mismos, un an­
tropomorfismo cómodo, excluir de nuestra imaginación la
inmensa multitud de los demás e imaginarnos conversacio­
nes entre dos, entre tres, entre cinco o diez, a lo más.
Igualmente con Jesús. Si nosotros no tuviésemos la expe­
riencia que nos hace aparecer la cosa totalmente natural,
¿quién podría creer en la posibilidad de hablar simultá­
neamente a muchas personas, incluso a miles de personas,
e incluso (por la radio) a todo el Universo? He de creer fir­
memente que los bienaventurados tratan con Jesús, con
María, que tratan incluso entre si mismos, y una imagen
de la forma cómo viven juntos nos la puede ofrecer la vida
de acá abajo. Atengámonos a ella.
iDichoso Frangois! Actualmente está haciendo esta ex­
periencia metafísica que yo tendré ciertamente un día, a la
cual, desde que yo soy hombre, es imposible, pase lo que
pase, que algo se le escape: el más allá vertiginoso lo tengo
prometido.
¡Oh Maria, verte!
192 AUGUSTO VALKNSIN

ULTIMA CENA

Jesús sabe lo que se está preparando, y sabe que sus


discípulos lo ignoran. Y lie aquí que van a comer juntos
la Pascua ¡Oh Jesús!, ¿qué pasaba por tu corazón en aque­
llos momentos? Un sufrimiento indecible se acumulaba que
no hubieras podido Tú—humanamente—ocultar a ojos pers­
picaces, a los ojos de María; pero los ojos de tus discípulos
no eran perspicaces. Ocupados en sus ensueños de gloria,
no sabían descifrar tu rostro... ¡Ah, qué lejos estaban de
Ti! ¡Y, sin embargo, esto era lo que Tu tenías más cerca!
Solamente en esta soledad terrible de tu corazón y de
tu pensamiento veo una fuente terrible de sufrimientos. Y
yo, porque un hermano mío no se sitúa en el mismo grado
de amplitud espiritual que yo, me consideraré como des­
graciado. ¡Qué ridiculez! La soledad de Jesús era doble: era
necesariamente solitario, por el hecho de que su persona
no era humana, y aquella soledad, prevista, querida, inevi­
table, no forma parte de la Pasión; era solitario tam­
bién por el hecho de la falta de inteligencia, de la grose­
ría, de la falta de educación y cultura de sus discípulos, y
aquella soledad debía ser extraordinariamente dolorosa.
¿Por qué no había escogido Él otros discípulos? ¿Por qué
no había llamado a unos Natanaeles sutiles y educados? En
Jerusalén no debían faltar. En definitiva, fue el mismo Je­
sús quien escogió los miembros de su comunidad: Él puede
sufrir por ello, pero no puede quejarse. Y tampoco se queja.
Si escogió discípulos groseros no fue ciertamente por causa
de esta grosería, sino a pesar de ella: Jesús no miró más
que al alma, a las virtualidades del alma, es decir, a las
disposiciones en el momento en que Él los escogía. (Judas le
produjo sangrientos sinsabores). Él no procuró constituirse
un «colegio» agradable..., y esto es una lección. ¡Que yo
me aproveche de ella, Dios mío!

Y Jesús, durante la comida, está triste. Contiene su tris­


teza para que no se desborde... ¡Tristeza de Jesús, que yo
te comprenda! Y que en los días en que yo sufra pueda
unir mi tristeza a la tuya. El corazón de Jesús está cargado
de cosas no dichas y que necesitaría decir... Pero ¿a quién
las puede confiar? ¿Sobre quién apoyarse? No veo más que
a María, y me pregunto si Él le confiaba todos sus sufrí-
LA ALEGRÍA DE LA PE 193

mlentos; no Que yo dude de la Intimidad que debía reinar


entre el Hijo y la Madre de Dios; per« el martirio conti­
nuo que sufría en su corazón, ¿cómo pensar que quiso com­
partirlo con su Madre? El amor le quería, y el amor le de­
fendía. (¿Es el mismo amor el que impulsaba a Jesús a
hacer que su Madre llevase la cruz y el que le apartaba de
ello?) De estas dos tendencias del amor, ¿cuál ha de triun­
far? Necesitaré pensar en ello largamente antes de deci­
dirme. De momento voy alternativamente de una opinión
a la opinión opuesta, según me sitúe en el punto de vista
de María o en el de Jesús. María debía querer verlo todo,
y lo que la hacía sufrir la hacía también feliz, y Jesús no
debía querer frustrar el amor de su Madre en esta felicidad;
pero Jesús debía encontrar insoportable· añadir algo a los
dolores y tristezas de su Madre, y lo que hacía su felicidad
(confiarlo todo a María) constituía también su dolor. ¿Cómo
salir de aquí? No sabría yo salir si el mismo Jesús no me lo
dijese dentro de mi alma.
En todo caso, hemos de admitir que Jesús acá abajo ha
estado muy solo, y que, como hombre, ha sufrido por este
aislamiento en medio de los suyos. Existe todo un campo
de su vida In te A r que se nos escapa...; digo mal: porque
toda la vida interior de Jesús es la que necesariamente se
nos escapará siempre, y quería decir que entre los misterios
de la vida íntima de Jesús, el de su vida social en particular
queda inaccesible a nosotros.
Jesús está muy cerca de nosotros, y está muy lejos. Para
penetrar en Él no hay más que un medio: ser un santo El
santo reproduce a Jesús en si mismo; conociéndose le cono­
ce. Debe haber una soledad espiritual de los santos..
¡Oh Jesús, que yo participe de tu tristeza! Este mañana,
y durante todo el día, quiero pensar en aquella tristeza
que Tú padeciste en la víspera misma de tu Pasión.

EL MANDAMIENTO NUEVO

11 marzo 1938.

Apenas ha abandonado Judas la sala del banquete, Je­


sús habla a sus apóstoles y les da un «Mandamiento Nue­
vo». Es su legado, su voluntad testamentaria. Y este manda­
miento consiste en amarse unos a otros, como Él mismo nos
194 AUGUSTO VALENSIN

ha amado. En esta señal hay Que reconocerlos como discípu­


los suyos. En el momento de entrar en su Pasión, Jesús en­
trega a sus apóstoles la enseñanza más preciosa; la hora
es demasiado solemne para recomendación alguna, y una
vez más insiste sobre la obligación del amor. El amor, la
bondad. Es tal vez bajo la forma «bondad» cómo el man­
damiento se nos ofrece de una manera práctica. Debo ser
bueno, locamente bueno, bueno, como era Jesús, como es su
Padre. He de considerar que ésta es la más imperiosa de
mis obligaciones, y que es inútil que rece oraciones si des­
deño o descuido ser bueno.
Ser bueno es perdonar, olvidar los malos procedimientos,
y es hacer el bien, agradar también. No podemos ser buenos
y seguir firmes en defender nuestros derechos. Ni ser bueno
y egoísta. La bondad se olvida a sí misma con la mayor na­
turalidad del mundo.
¡Qué fácil es ser bueno, en el momento en que no se
nos plantea el problema de serlo! Pero ¡qué duro es esto
algunas veces, cuando hay verdaderamente ocasión de ser­
lo! Yo lo he experimentado muchas veces..., y por esto he
de entrenarme en la bondad, penetrarme también teórica­
mente de su necesidad...
¡Oh Padre, que eres esencialmente bueno; que te llamas
«la Bondad», concédeme, te suplico en el nombre de Jesús
y de su Madre, que reproduzca en mí mismo una imagen
de lo que eres Tú! A mí me gustaría que de mí, como de
éste y el otro Padre, se dijese, para caracterizarme, que
soy «bueno». Pero te pido que me penetre de tal manera
de tu bondad, que la reacción de bondad no sea para mí
una conducta voluntaria, sino algo espontáneo, instintivo...
En esto mediré yo tu crecimiento en mí, la fuerza o la
extensión de tu Presencia.

GETSEMANI

Jesús se dirige con sus apóstoles hacia el monte de Get-


semaní. Le acompaño yo con la imaginación. Ha caído la
noche...; el pequeño grupo avanza, casi en silencio, porque
las palabras misteriosas del Maestro han turbado sus almas.
No que aquellos hombres, todavía vulgares, que acompañan
a Jesús, hayan comprendido el drama que se preparaba, o,
habiendo visto la tristeza de Jesús, hayan sido capaces de
LA ALEGRÍA DE LA FE 195

pensar en Él más que en sí mismos. Los veo caminando con


un sufrimiento sobrehumano y sin darse cuenta de ello.
¿Cómo nos atreveríamos nosotros a arrojarles una piedra?
¿Es que advierto alrededor de mí lo que produce sufrimiento
a Jesús? ¿Es que no olvido, a pesar de caminar, al lado
de guien estoy caminando? A favor de las sombras (de la
noche que cae), yo no veo siquiera el rostro de Jesús, y me
parece avanzar sobre el camino llevando a mi derecha, no
a la Persona de mi Salvador, sino a esa alegoría de larga
túnica a que llamamos el Deber, y tal vez, a mi izquierda,
la prueba; siendo así que, en realidad, voy, voy rodeado por
Jesús, teniéndole delante y detrás de mí, a mi derecha y a
mi izquierda, multiplicado mil veces por todo lo que me
trae su gracia, como por otras tantas especies eucarístlcas.
Estaría muy mal que yo me admirase de la ceguedad de los
apóstoles, yo que soy tan ciego como ellos. Esta omnipre-
sencia de Jesús, que hace que en todo momento yo esté
junto a Él; que en todo momento me hable Él. Lo impor­
tante no es sentirla, sino creerla. Y teniendo a Jesús a mi
lado, en mí, no he de asemejarme a los apóstoles, que no
sabían lo que pasaba en Él. Las reacciones de Jesús ante
los acontecimientos contemporáneos, su gozo o su tristeza,
debería conocerlas sintiéndolas dentro de mí.
¡Oh Jesús, concédeme reproducirte!... Christianus, alter
ChristuS. ¡Esto, cuánto más debería poder decirse del sacer­
dote y del religioso! Voy a intentar pensar, durante el día,
en esta subida silenciosa y triste hacia el Huerto de Get-
semaní.

LA PSICOLOGIA DE JUDAS

¿Cómo imaginarme las relaciones entre Jesús y Judas


durante ese largo período de desafecto, en el curso del cual
se iba preparando la traición? Incluso sin utilizar más que
sus recursos humanos, Jesús no pudo dejar de darse cuenta
del trabajo subterráneo que se Iba haciendo en el alma de
Judas. ¿Intervino entonces? Concibo mal que Él no lo haya
hecho; pero lo debió hacer con discreción, porque, de otra
manera, el absceso hubiera estallado: Judas se hubiera con­
vertido o se hubiera alejado. Y esta misma discreción debió
costar terriblemente a Jesús. Aceptar aparentemente las
explicaciones laboriosas que mancha la mentira, introdu­
cid se un poco, después retirarse, aceptar muestras de afecto
196 AUGUSTO VALEN SIN

que sabemos que no son sinceras, dar Él mismo muestras de


afecto que no pueden dejar de tener su segundo plano;
toda esa comedia inevitable—y humana—, Jesús tuvo que
someterse a pasar por ella. Él tuvo que hacer silencio sobre
lo que veía que se estaba realizando cerca de Él; esconder
el secreto en su corazón..., no considerando más que este
sufrimiento, este único sufrimiento, ¡qué dolorosa debía
ser la vida para Jesús! Verdaderamente insoportable.
Y lo que le impresiona también es pensar en la impoten­
cia de Jesús: no ha sido capaz de mover el corazón de un
discípulo a quien Él había escogido y a quien Él amaba. Esto
es notable. Todas sus seducciones, ¿para qué le han servido?
Es que no hay seducción que valga; no hay poder, no hay
omnipotencia que pueda hacer algo en el interior de una
voluntad que no quiere. Esto es terrible. ¡Qué grandeza la
del hombre! ¡Qué belleza tiene el orden moral, que es
respetable incluso para el mismo Dios!
¡Padre mío, yo te hago el homenaje de mi libertad!

Ante una imagen de Cristo, la de P. Pacchioni—la única,


a mi parecer, que me satisface—. Un dolor humano, y el
hombre no fija en él su atención. Tengo que agradecer a la
imagen facilitar a mi amor los largos ensueños a todo lo
largo de su sufrimiento. Veo la corona de espinas y puedo
contar las espinas que atraviesan el lado izquierdo de la
frente: hay una que se apoya, sin penetrar, sin embargo,
en el nacimiento de la sien, y corre un hilito de sangre que
llega hasta la barba; otra que penetra en los cabellos, no
muy lejos de la oreja; otras dos detrás... Pero la espina
que me parece más dolorosa es la que veo en medio mismo
de la frente... ¡Jesús, Jesús! ¿Qué dolor de cabeza hay tan
violento como para que nos haga pensar en tu corona?
Este sufrimiento lo acepta Jesús, y toma con esta libre
aceptación el carácter de una oración. Todo sufrimiento
puede, si nosotros queremos, transformarse de esta manera.
El más banal, así como el más exquisito. Pero el sufrimiento
de Jesús adquiría en el pensamiento de Jesús su dignidad,
su valor, su eficacia; mi sufrimiento, el sufrimiento del hom­
bre, ha de sacar de Jesús, su eficacia, su valor y su dignidad.
Para esto hemos de formar con Él una sola cosa. Un dolor
de muelas, incluso un dolor de muelas, debería sufrirlo un
cristiano con la idea de que Jesús lo sufre en Él, y ofrecer
este sufrimiento de Cristo al Padre. Si nos representásemos
a nosotros mismos, cuando sufrimos físicamente, a los pies
LA ALEGRÍA DE LA PE 197

de la cruz, cerca del Cuerpo divino sacudido y retorcido por


el dolor, y si pensásemos que sufrimos por Él y por los
mismos fines, {cuánto bien nos haría el sufrimiento!
Pues bien: esto no es pura imaginación, es una verdad
cierta. El cristiano es otro Cristo. Otro y el mismo, y Él
mismo.

De nuevo ante la imagen de PacchlonL Y esta vez con­


templo la boca de Jesús. Está entreabierta, y adivinamos
que se exhala de ella una queja; pero los ojos levantados
hacia el cielo indican que el suspiro lanzado por Jesús es
una oración, más que una lamentación. No tengo la Im­
presión, contemplando esta imagen (y esto es lo que me
agrada en ella), de que Jesús piensa en Sí mismo y está
replegado sobre su sufrimiento. Jesús está totalmente su­
mergido en el dolor, un dolor impresionante, pero que con­
serva su divinidad. ¡Oh Jesús!, si yo hubiese estado ahí en
el momento en que agonizabas en la cruz, si yo hubiese sido
uno de la muchedumbre, ¿cuál hubiera sido mi actitud?
Ciertamente, la que me hubiesen dictado entonces mis dis­
posiciones espirituales. Siempre es así. Vemos como vivimos.
Por consiguiente, lo que interesa, ante todo, es ser fiel a la
propia conciencia.
Pero me parece que yo hubiese experimentado todavía
mayor dificultad para expresar la presencia de Dios en ese
patíbulo, de lo que experimento para reconocer, para con­
fesar, la presencia de Jesús en la hostia. Aquí me encuentro
frente a un hecho milagroso y las «apariencias» son de un
orden tan diferente que no pueden dar testimonio en con­
tra; ellas u otras, es indiferente; una piedra podría escon­
der a Jesús tan bien como una Hostia. Pero un hombre que
lleva los estigmas de su tiempo, de su ambiente, de su raza,
cuyo padre y cuya madre se conocen (o se cree conocer),
que podemos coger en nuestros brazos, empujar a una bar­
ca; ... imaginar, admitir que es Dios en medio de nosotros,
esto es más difícil.
Concédeme, oh Jesús, saber distinguir tu presencia: tu
presencia eucarística, obrando verdaderamente como si estu­
vieses visible en vez de la Hostia; tu presencia moral y mis-
tica que te hace revivir entre tus fieles, en el pobre, e in­
cluso en el pecador. Verte en todas partes, y mi vida
quedaría transformada. ¡Y qué suavidad, qué miramientos
tendría yo para con todos!
198 AUGUSTO VALENSIN

12 marzo 193S.

Vigilad conmigo y orad. Y Él se aleja a la distancia de


un tiro de piedra. Y los apóstoles se duermen. Podemos in­
dignarnos, pensar que verdaderamente ellos no han com­
prendido demasiado la derrota de Jesús; que esta falta de
comprensión no hace honor a su afecto, porque, a falta del
espíritu, está el corazón, que debiera haber adivinado; que
vivir con unos compañeros tan poco aptos para compren­
darle debía resultar muy duro para Jesús, etc., etc. Hay
mucho de verdad, me parece, en esta manera de ver. Pero
tal vez también los apóstoles estaban agotados de fuerzas;
se durmieron de cansancio... Y contra cierta fatiga, en ri­
gor, no hay nada que hacer. Se puede decir que la compa­
sión debía mantenerlos vigilantes... No. Nada puede man­
tener vigilante a un hombre que tiene sueño; pero, si el
sueño de los apóstoles es inocente, Jesús ha tenido que sufrir
por ello. De hecho, a causa de este sueño, ha quedado ver­
daderamente solo, solo con su agonía? solo en el momento
más trágico de su existencia; en el momento en que todo
hombre siente la necesidad de una presencia...
¡Oh Jesús, pienso en este aislamiento y con toda mi alma
te compadezco! Si yo hubiese estado allí hubiera dormido
como los demás. Te hubiera dejado sufrir por mí, sin con­
ceder a tu sufrimiento ni un solo pensamiento mío; ¿y no
es esto, además, lo que yo hago? Si Jesús está—como dice
Pascal—en agonía hasta el fin del mundo, ¿puedo yo decir
verdaderamente que le acompaño? La carmelita, sí; el be­
nedictino, aue se pasa diez horas en la iglesia; el santo, que
no deja de pensar en Ti, pero ¿yo? La única manera para
mí de velar con Jesús es hacer con Él todo cuanto hago.
Y la marera de hacer con Él todo lo que yo hago es: 1) ofre­
cerlo expresamente al comienzo del día, y 2) no hacer nada
que no pueda ser ofrecido, que no pueda ser hecho junta­
mente con Él, que a esto se añada de cuando en cuando un
pensamiento explícito, y durante su agonía, Jesús no habrá
estado solo. Velar de esta manera.
LA ALEGRÍA DE LA FE 199

LA NOCHE DE GETSEMANI

13 marzo 1938.

He aquí a Jesús solo, en la oscuridad, víctima de todos


los asaltos. Su alma está desolada... Es que el Hijo de Dios,
al hacerse hombre, ha querido ser plenamente hombre, to­
mar todas nuestras debilidades, excepto el pecado. ¿Hubié­
ramos preferido nosotros un Jesús estoico, un Jesús impa­
sible en apariencia? Estoy persuadido de que hay santos
que han sufrido con más «dignidad», que han dominado lo
bastante su sensibilidad para no dejar aparecer nada de su
angustia o incluso para no experimentar ninguna frente al
martirio. Y hay filsofos, o «sabios» de Grecia o de Roma
cuya fortaleza de alma parecía hacer vanos todos los es­
fuerzos que se hacían, no sólo para arrancarles una queja,
sino incluso para hacerles sufrir No ha sido Jesús de esta
manera. ¡Ah, no tenía necesidad Él de elevarse por encima
de la Humanidad! Sino, por el contrario, de mostrarse hom­
bre; esto lo que le interesaba, a Él y a nosotros. Lo que era
difícil para un hombre ordinario era fácil para Él, y no hu­
biéramos tenido, por así decirlo, nada que admirar, en su
éxito... Pero que Jesús haya temblado, que haya tenido mie­
do, que haya solicitado asistencia de amigos, que haya su­
dado sangre, que se haya retirado instintivamente ante el
sufrimiento y suplicado a su Padre que apartase de Él el
cáliz, esto, ¡qué cerca le pone de nosotros y qué luz nos abre
sobre su alma! ¡Oh Jesús, oh Jesús, he de darte gracia
infinita por haber sufrido en mi lugar; pero te agradezco
sobre todo haber sufrido de esta manera! Hubiera sido
eternamente demasiado duro para nosotros tener que sufrir
(y sufrir como nosotros podemos hacerlo) con el espectáculo
de tu triunfal serenidad ante nuestros ojos. ¡Porque has
llorado, seas bendito, Jesús! ¡Porque has tenido miedo, seas
bendito, Jesús!
Porque sentiste necesidad de huir, ¡seas bendito, oh,
seas mil veces bendito, Jesús! Porque en tu angustia sentiste
necesidad de tener cerca de Ti y de que velasen contigo los
discípulos, a quines amabas, ¡bendito seas, Jesús!
Porque (pero esto no nos lo dice el Evangelio, que no
nos lo cuenta todo), porque, como un Niñito pequeño, pen-
200 AUGUSTO VALENSIN

sabas en tu Padre, y lo llamabas, con un grito silencioso de


tu alma, ¡seas bendito, oh, seas dos veces bendito, Jesús!

14 marzo 1938.
De nuevo la noche de agonía. Contemplo a Jesús orando.
Su oración, ¿qué es lo que puede ser? Si habla a su Padre,
¿qué es lo que le dice? Entregado a mí mismo, me siento
incapaz de imaginar algo tan sublime como para ser digno
de ponerlo en tus labios en aquel momento. Pues bien: el
Evangelio nos dice que durante horas Jesús iba repitiendo
la misma cosa. ¡Ah, gracias, Jesús! Me consuela ver que
Tú orabas como nosotros, pobres hombres, nos vemos obli­
gados (y tenemos vergüenza) a orar. La oración no consiste
en largos discursos, y no hay necesidad de ir variando las
formas; una palabra, en la cual encerramos un sentimiento
o una petición, eso basta.
¿Y no he orado yo mismo en Asís o en San Pablo de
Roma durante largo tiempo de esta manera? El P. Roo-
tham ¿no pasaba dos horas, después de su Misa, encerrado
en la capilla, donde había prohibido que se entrase, hacien­
do la acción de gracias? Y ésta no consistía, como un Pa­
dre, involuntariamente indiscreto, tuvo ocasión de darse
cuenta, en un gemido que el P. Rootham, de rodillas, saca­
ba de las entrañas de su alma con un ritmo lento y regular:
«¡Piedad de mí, Dios mío!» Se imaginaban que el General
de la Compañía de Jesús pasaba aquellas dos horas en una
oración extraordinaria, tal vez en éxtasis, o más simple­
mente, se preguntaban llenos de curiosidad cómo podía ocu­
par aquellas dos largas horas diarias... ¿No resulta ya difí­
cil llenar una hora, o incluso media hora, o hasta cinco
minutos? La realidad era más sencilla que toda conjetura:
el P. Rootham oraba como oró Jesús. Y yo quiero pasar un
momento, un buen rato hoy, diciendo: ¡Padre! Lanzando
esta palabra como un grito, lanzándola de nuevo apenas
las resonancias de la primera se hayan extinguido, y así
sucesivamente. ¡Padre, Padre, Padre! ¡Qué hermosa y qué
fácil oración!

17 marzo 1938.
No he perdido a ninguno de los que Tú me has dado.
Palabras que animan. Y que significan igualmente: «ningu­
no de aquellos que se han entregado a Mí», porque nadie
LA ALEGRÍA DE LA FE 201

se da a Jesús sin ser dado al mismo tiempo por el Padre.


Quien en un impulso de generosidad se ha consagrado a
Jesús, puede confiar en Él: no será abandonado... ¿Y qué
quiere decir esto? Concédeme, oh Jesús, comprenderlo bien.
Esto no quiere ciertamente decir que, una vez realizada la
acción, podemos considerarnos sin más como predestinados;
de la manera como conciben la salvación ciertas sectas pro­
testantes; sino que para separarse de Jesús hay que. en
cierta manera, empeñarse; que Jesús, una vez que nos ha
tomado bajo su protección especial, nos rodea de la vigi­
lancia de su amor, que se dedica a arrastramos, a preser­
varnos y a conservarnos, conservando para nosotros, mien­
tras que vivimos, un afecto que le hace ver en nuestra
alma la esposa de la suya. Nosotros no tenemos que pre­
guntarnos jamás si Él nos ama, si sigue amándonos, si po­
demos, a pesar de nuestras debilidades y de nuestros peca­
dos, e incluso de nuestras traiciones, contar con Él... Esto
ya se entiende. Un pacto que ha sellado entre Él y nos­
otros, que no existe entre Él y los demás: el pacto especial
de los desposados, en virtud del cual Jesús no puede aban­
donarnos a nosotros mismos, incluso si nosotros se lo pi­
diésemos, incluso si nosotros le abandonamos, nosotros. Y
es normal que el acto de entregarnos a Él sinceramente
nos crea una situación privilegiada... Donde otros pueden
legítimamente gloriarse de su bondad, de su amor, nosotros
debemos gloriarnos de su promesa y de los lazos que nos
unen.
En suma, nosotros tenemos derecho a la familiaridad con
Él, como lo tiene la esposa; y de esta manera se fortifica
maravillosamente y se completa el sentimiento de filialidad
que nos une a su Padre.

JESUS ANTE HERODES

Representarme la escena. Herodes rodeado de su corte;


todos sienten curiosidad por ver al joven profeta de quien
se habla tanto; esperan asistir a algún prodigio; y Hero­
des se siente dispuesto, llegada la ocasión, a tomar a Jesús
bajo su protección; Jesús aparece. Muy digno, pero no alta­
nero. Y a las preguntas de Herodes no responde, y Herodes
está sorprendido, decepcionado, vejado y herido. Su corte,
a su alrededor, tampoco comprende... Jesús no tendría que
202 AUGUSTO VALENSIN

hacer más que un gesto para concillarse a toda aquella


gente; un milagro, uno de aquellos milagros que Él prodi­
gaba en las calles, en los caminos, y toda aquella corte que­
daba conquistada... ¡Qué apoyo, al parecer, para su apos­
tolado! Pero Él juzga de otra manera, desdeña, desprecia
incluso estos medios que da la ley... Los milagros no son
para Él lo que el «ruiseñor» para los malabaristas; no se
preocupa de coger a las almas por fuerza o por sorpresa,
de penetrar violentamente, de arrancar la fe. Los milagros
son efecto en Él de su bondad, no consecuencias de un
cálculo interesado, e incluso se las arregla siempre para
que el efecto del prodigio quede en cierto modo amorti­
guado... Lo que busca Él no es ser admirado, y no desea
tener la reputación de taumaturgo: es ayudar la generosi­
dad del alma, darle ocasión de ver la luz, facilitarle la
acción que ha de salvarla. Pero cuando las intenciones no
son puras ni rectas, no hay peligro de que Jesús haga una
concesión a la debilidad. Herodes no tiene derecho alguno
a la gracia de la fe. Y, sin duda, nadie tiene derecho. Pero
un alma puede invitar más o menos a Dios a que le conceda
esta gracia...
Para que Jesús me trate, no como trató a Herodes, sino
como trató al paralitico o al ciego de nacimiento, he de ir
a Él, no con la curiosidad de quien lee los místicos, por
ejemplo, como podría leer un tratado de yoga, no por in­
terés, sino humildemente y lleno de sentimientos de mi
miseria. Ponerme ante mi Padre como quien se considera
miserable, pero presenta su miseria a su Padre. Humildad,
pero no depresión- ¡Oh Jesús, concédeme esta disposición!
* * *

Et non rapiet eas quisquam de manu mea. Así lo ha di­


cho Jesús. Cuando nos hemos dado ya a Él, cuando Él nos
ha recibido, nadie puede arrancarnos ya de sus manos; nin­
guna fuerza, si no es que, libre y deliberadamente, quere­
mos, como Judas, separarnos de Él. Ninguna fuerza exterior
o interior, no existe una garra de león <tan fuerte como para
arrancamos y sacarnos, como para hacerle arrebatar su
presa. Indudablemente, el amigo incomparable, el Maestro
divino, no nos libra del ataque, pero Él vigila y vela.
Cuando nosotros decimos por la mañana, llenos de con­
fianza, antes de la Comunión: A te nunquam separarí per­
mitías, podemos estar tranquilos. No habrá sufrimientos;
LA ALEGRÍA DE LA FE 203

podrá haber tal vez apariencia de pecado, pero la voluntad


verdadera, la voluntad profunda, siempre bajo el dominio
de Jesús, no cederá. No hemos de contar precisamente con
nosotros mismos, no hemos de ñarnos de nosotros mismos,
sino hemos de contar con Jesús, hemos de ñarnos de la
palabra de Jesús.
Este acto de fe en la infalibilidad de la oración, cuyo
objeto es algo esencial para la salvación, es uno de los
dogmas de mi vida espiritual. Agradezco a Dios haberme
hecho comprender el pasaje del Evangelio donde Jesús
nos da esta seguridad. ¡Que yo no la olvide jamás! Y para
esto, que yo le pida esta gracia, diariamente, la gracia de
no olvidarle. Y que pueda hacerla «consciente» alrededor
de mí.

LA ANUNCIACION
25 m a n o 1938.

Mi fiesta... La que marcaba para los florentinos del si­


glo x i i el primer día del año. María está en su casa...; me
la imagino, unas veces en oración (cuando sigo, incons­
cientemente, la sugestión de las representaciones artísti­
cas), otras veces ocupada en los trabajos de la casa... Y
he de acostumbrarme más bien a evocar esta última ima­
gen; porque trabajar es orar; y me agrada que el ángel
sorprenda a María lavando la ropa o barriendo la casa.
El ángel trae a María la noticia. ¿Feliz, dolorosa? Las
dos cosas. Dichosa a primera vista, pero dolorosa en sus
consecuencias... Todo lo que nos sucede es para nosotros
una Anunciación. Esta visión de fe es capaz de transfor­
mar la vida, y muchas veces también las Anunciaciones
son dolorosas... Hemos de imitar entonces a María y decir
con Ella: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mi se­
gún su voluntad.»
En la simple práctica de esta visión de fe, veo ya una
semilla de santidad. Toda la doctrina ignaciana de la in­
diferencia, tan prudente, tan razonable y justa, pero tan
fría, recibe con ella una unción y un calor que la transfi­
gura; pero habría de habituarme (entrenarme) a reconocer
una Anunciación en todo acontecimiento que se imponga
en mí.
Cuando me sobreviene alguna tristeza, pienso en las
Anunciaciones; cuando se trata de una ligera contrariedad,
204 AUGUSTO VALENSIN

no pienso en ellas; he de pensar en ellas espontáneamente,


siempre. Y sacar las consecuencias.
Manera de vivir constantemente con Dios. La Santísima
Virgen ha aceptado la Anunciación sin ver detalladamente
todo lo que llevaba consigo la Maternidad milagrosa que
le era anunciada: Ella confió; asi he de hacer yo.
¡Padre, que se haga tu voluntad! Yo sé, yo creo que tu
voluntad es amorosa.

29 marzo 1938.

Perdón, oh Jesús, por las blasfemias que tuve que oir


ayer. Oíste la oración ferviente, por medio de la cual, mien­
tras que el orador hablaba, procuraba reparar la injuria y
consolar tu corazón.
No sabia lo que hacía. Fuiste soezmente injuriado; y la
injuria de los judíos, incluso aquellos que te llamaron, que
se atrevieron a llamarte potator vini, te perdonaron, el
conferenciante te abofeteó con ella. ¡Oh, cuánto sufrí cuan­
do, con un trémolo en la voz, te presentó como ardiendo de
amor por una mujer!... ¡Perdón, Jesús! Y cada vez que
con labios impuros pronunciaba tu nombre me sentía in­
teriormente desgarrado. Yo creo que en adelante me re­
sultará muy difícil buscar el arte de D’Annuzio; el es­
fuerzo que tendré que hacer será más duro para aislar una
belleza formal en medio de esas desvergüenzas o blasfe­
mias o sensualidades; en todo caso me resulta imposible
alabar a este hombre por lo que hay de laudable en él...
He sentido demasiado ayer la herida que hacía a la niña
de mis ojos. Sólo con él conseguía, como sin buscarlo, no
percibir más que su poesía, no escuchar más que su mú­
sica; volaba sobre sus versos lo suficientemente alto para
que el olor nauseabundo no subiera hacia mí; pero ayer
me obligaron a meter mi nariz dentro y ni siquiera me era
posible sacarla. Perdón, Jesús, perdón. Te amo más que
nunca; perdón también para el caso en que alguno se hu­
biese escandalizado por mi participación en aquella se­
sión. Muy ostensiblemente me abstuve de aplaudir, incluso
en el final; pero ¿se habrán dado bastante cuenta? Yo no
he desconfiado...; perdón, Jesús. Tú eres la misma pureza,
y por humano que debamos o podamos hacerte, no podemos
hacer eso a expensas de tu divinidad.
Concédeme reparar, oh Jesús, las injurias que te han
LA ALEGRÍA D£ LA FE 205

hecho. Te lo pido Insistentemente, te lo suplico, por el


nombre mismo de María, tu Madre.

JESUS ES CONDENADO A MUERTE

7 abril 1938

Le contemplo. Está en pie ante Pilatos. Su fuerza es


lo único que le sostiene, porque físicamente está agotado.
La sangrienta agonía del Huerto de los Olivos, las emocio­
nes del proceso, la noche pasada en el cuerpo de guardia,
bajo los insultos de la soldadesca, la corona de espinas la
flagelación, lo han reducido a un estado lamentable. Ver-
mXs sum et non homo. Jesús no está reconocible. Se es­
conde aquí por segunda vez. Jesús se escondía tras un
hombre; ahora el hombre mismo se esconde detrás de un
andrajo. Hay algo que nos hace huir, que no sabemos lo
que es; pero hay algo que, deliciosa e irresistiblemente,
arrastra al que cree. Hay algo capaz de alabar a aquel que
nella fiamma d’amor non é adulto', pero hay algo también
que atrae a aquel que alimenta un gran fuego. Oh Jesús,
te amo todavía más en tu miseria; tu rostro es más her­
moso desfigurado; y te doy gracias por esta condescenden­
cia prodigiosa, la más sutil y la más cálida de las inven­
ciones del amor, que te ha hecho prestarte a la compa­
sión, mi compasión, como si *yo pudiera darte algo.

PASCUA
Pascua 1938.

Hay algo de que estar triste y preocupado cuando mi­


ramos a nuestro alrededor... Hay motivos de gozo que de­
ben prevalecer sobre todo: Cristo ha resucitado. Aniversa­
rio litúrgico, que es como si Él resucitase hoy. Y si ver­
daderamente Jesucristo es todo para mí, nada me puede
impedir ser feliz. Estar alegre también. La Pasión de Je­
sús se ha acabado, en la cual no he meditado bastante du­
rante la Cuaresma; ha sufrido indeciblemente por mi; para
hacerse amar por mi y para que, sufriendo, no esté solo;
ahora recibe su recompensa, prenda de la mía. Y o moriré,
ALEGRÍA DE LA PE 14
206 AUGUSTO VALENSIN

pero apenas muerto volveré a nacer con Jesús a una nueva


vida, que no acabará jamás. ¡Qué mezquinos parecen los
incidentes de esta vida cuando pensamos en la otra! ¡La
humanidad de Jesús es para siempre feliz! He de felicitar
por ello a Jesús hombre y alegrarme de este triunfo... Pero
¿por qué estoy tan seco y tan insensible? ¿Qué importa?
Lo esencial es unirse a Jesús con la voluntad y decirle que
Él ha de ser el centro de mi vida... A fuerza de decírmelo,
sin sentir que Él es en efecto ese centro que debe ser,
llegará a serlo y conseguiré sentir que lo es. He de prac­
ticar la autosugestión: como se trata de llegar de una
autosugestión consecutiva a una decisión reflexiva, no hay
inconveniente alguno en utilizarla. Jesús, Jesús, concédeme
pensar con frecuencia en Ti durante el día. Concédeme
alegrarme verdaderamente, sensiblemente, a causa de tu
resurrección. Como me alegraría con una buena, con una
maravillosa y buena noticia que me tocase muy de cerca.
¡María, ayúdame! Sopla sobre las brasas y reanima en
mí la llama, para que mi amor se convierta de nuevo den­
tro de mí en calor y en luz.

LOS DISCIPULOS DE EMAUS

18 abril '1938

Iban tristes por el camino, hablando de los aconteci­


mientos en que habían tomado parte y que los había de­
cepcionado. A pesar de su fracaso, sentían hacia Jesús
afecto y admiración... Y he aquí que, mientras están ha­
blando de Él, el mismo Jesús se une a ellos. Es lo que
Jesús sigue todavía haciendo; es lo que hace siempre;
pero ahora hace su presencia visible, a pesar de no cono­
cerme. ¡Felices viajeros, cuya conversación era tal que Je­
sús pudo adaptarse a ella! Esto es lo que debería ocurrir
siempre. Nuestros pensamientos y nuestras palabras debe­
rían ser siempre tales que puedan acoger en medio de ellas
los pensamientos y las palabras de Jesús. Esto no implica
nada compuesto, nada artificial, sino simplemente que
nuestra conciencia no encuentra en ellas nada en qué cho­
car. En efecto, los discípulos no creían ya en Jesús... Pero
esto no era culpa suya; ellos no ponían mala voluntad en su
actitud; y lo que pensaban lo decían con sinceridad... No
LA ALEGRÍA DE LA FE 207

tenían nada que reprocharse: Jesús podía oírlo. Preguntar­


me con frecuencia: ¿Podría Jesús oírme? ¿Podría Jesús
asistir a lo que yo hago? Magnífica pregunta, magnífico
criterio; pero a condición, evidentemente, de formamos de
Jesús y de las exigencias de Jesús una idea exacta. Quien
quiere ver en Jesús un grande como los grandes de este
mundo, o tiene de Dios la concepción judía de una majes­
tad terrible, ¿cómo podría vivir, de una manera natural y
sin violencia, en la presencia de Jesús? Me imagino que
un cristiano de ese género no se hubiera atrevido a reir en
presencia de Jesús; no se hubiera atrevido a fumar un
cigarrillo; y para comprender que tuviera el valor de sen­
tarse en frente del Tabernáculo, hemos de suponer que,
momentáneamente y gracias a la complicidad de las apa­
riencias, olvida lo que cree. No hemos de ser así. Jesús, Dios,
el Padre mismo, es mi familia... El amor quiere familiari­
dad, más que respeto; o si quiere respeto, es un respeto que
nazca del mismo amor.
¡Oh Padre mío, te doy gracias por la gracia que me
has hecho, y me haces, desde hace tanto tiempo, de haber
comprendido esto!; concédeme estar siempre «a gusto» con­
tigo, cualquiera que sean mis insuficiencias o mis faltas. Y
que me parezca también a los discípulos de Emaús, a
quien tu Hijo puede mezclarse, sin tener que sufrir.

MARIA MAGDALENA EN EL SEPULCRO

19 abril 1938.

María Magdalena corre al sepulcro. Tiene prisa por


acercarse de cualquier manera a Jesús... Su imagen está
en su memoria y el sonido de su voz y sus actitudes: sin
embargo, cuando le ve no le reconoce y cree que es el jar­
dinero. ¿Es culpa de ella? Imposible. Más que nadie, Mag­
dalena era capaz de reconocer a Jesús, y yo no puedo
siquiera encontrar aquí ocasión de considerar que para ver
a Jesús hemos de tener los ojos del alma aguzados por el
deseo: éste es su caso. Si Jesús no es reconocido, la causa
es, por consiguiente, que Él ha hecho todo lo posible para
que no le reconozcan. Ha querido esconderse (digo bien:
«esconderse», «no hacerse adivinar»). ¿Por qué? ¿Cómo en
aquel momento, en tal circunstancia? ¿Quién hubiera po-
208 AUGUSTO VALENSIN

dido imaginar jamás, en el espíritu de Cristo resucitado,


tal cálculo, tal imaginación? Ha sido necesario que Jesús
pensase en ella, decimos: «Ella va a venir», y escogió un
disfraz. Le veo preparando la escena. Imaginándose la sor­
presa... Algo que ha sido tan expresamente querido por
Jesús, no puede dejar de enseñarme sobre Él, sobre sus
procedimientos, sobre su psicología. Estudiemos, por tanto,
esta escena.
Manifiestamente, Jesús, precisamente porque es María,
quiere como jugar con ella. Despertarla. Asistir al naci­
miento mismo de la admiración que Él provocará. Donde
veo que Jesús ama a María, porque este juego no hubiera
tenido sentido con una persona indiferente. Ah, ¿así pro­
cedes, por consiguiente, oh Jesús, con tus amigos? ¿Y por
que no harías lo mismo hoy con mi alma? ¿No encuentras
ya gusto en disfrazarte para mí, en tomar una voz que no
es tu voz, en esconderte también? Quisiste retardar el gozo
de María, y que al principio experimentase Ella una sen­
sación de sgomento... Cuando yo no tenga consolación es­
piritual, ¿no es verdad que me encuentro en la misma
situación que María?... Entonces Tú no estás lejos, pero
es necesario que yo sepa, para conocerte, abrir solamente
los ojos de la fe. Dime la palabra que arrancará la venda
de mis ojos, llámame en el fondo de mi corazón, con mi
nombre.

PRIMER VIERNES DE MES

6 mayo 1938.

¡Oh Jesús, no siento devoción en representarme tu Co­


razón de carne, pero siento inmenso gusto en represen­
tarme todo aquello de lo cual tu Corazón es símbolo! Para
mí, Tú no eres el maestro que reclama respeto, un respeto
distinto del amor: Tú eres quien ha muerto por mí. Na­
die, Tú lo has dicho expresamente, puede dar mayor prue­
ba de amor. Y yo puedo decirme con certeza: alguien me
ha amado hasta este extremo. Recuerdo la confidencia
recibida en cierta ocasión de una joven por quien un hom­
bre acababa de matarse. ¡Cuál era su emoción! Ella jamás
había creído ser amada hasta ese extremo, y como se tra­
taba de una pobre mujer (joven más bien) bastante des­
graciada y de un joven noble y rico, ella no volvía en sí
LA ALEGRÍA DE LA FE 209

por haber sido el objeto de tal amor..., jamás se había


considerado ella estimada o digna o capaz de Inspirar una
tan poderosa y sincera pasión. Pero yo, esto es mucho
más fuerte: es mi Dios, mi Creador, quien me da esta
muestra de amor... ¡Ah, si hay para admirarse, incluso
para escandalizarse, es decir, para chocar extrañamente
con todos esos racionalistas acostumbrados a especular
sobre el concepto de Dios, con todos esos cuyo espíritu, se­
gún el verso de Dante,

nella fiam m a d’amor non é ancora adulto.

Es necesario haber recibido verdaderamente una gracia


(haber acogido una gracia, ofrecida a todos) para encon­
trar verosímil, para encontrar creíble, incluso sencillo, esto
tan extraordinario e increíble e inverosímil. Nosotros, los
cristianos, que hacemos profesión de creerla, no la cree­
mos, o la creemos mal. Porque si estuviésemos persuadidos
de ser objeto por parte de Dios de un amor tan profundo
llegaríamos a tener temor de Él.
¡Oh, qué grande es la libertad de quien cree en el amor!
Concédeme, oh Jesús, ser asi. Estoy en el camino, pero ten­
go todavía que progresar: quiero ser el que ha compren­
dido, el que se da cuenta, y también ei que hace, en tom o
de sí, comprender y darse cuenta.

EN EL TEMPLO
10 mayo 1938.

María y José hacen al Niño como un dulce reproche, o


más bien le piden una explicación de su conducta: «Tu
Padre y yo te hemos buscado, muy tristes.» Se queja. Por
consiguiente, podemos quejarnos a Dios; está bien que lo
sepamos. Podemos, no sólo no comprender su proceder, sino
quejarnos de Él. Y esto es muy distinto. ¿Por qué ocultarle
lo que tenemos en el corazón, por qué no formulárselo, una
vez que se trata de sentimientos que tenemos derecho a
aceptar, a hacerlos nuestros? Este último punto es impor­
tante. La duda blasfematoria que se insinúa en nosotros
antes de toda reflexión; a esta duda hemos de tapiarle
todas las salidas; que sea como si no existiese. E incluso
para nosotros. La sinceridad no tiene nada que hacer sino
210 AUGUSTO VALEN SIN

con lo que es de nosotros, y solamente es de nosotros lo


que con pleno conocimiento adoptamos libremente. Que
María y José estuviesen entristecidos por la desaparición
de Jesús, es decir, por la decisión que Él había tomado y
por su actitud para con ellos; nada más natural; por eso
no lo ocultan.
Me gusta esto. Por tanto, no es uno menos perfecto por
no ser Inhumano. Tú nos permites, oh Padre humanísimo,
sufrir separaciones... Lo que nos prohíbes, lo que te des­
agrada, es únicamente la tristeza que paraliza nuestra vida
y nos arranca del deber, de nuestra tarea diaria.
San Ignacio decía que le bastaría un cuarto de hora, si
se suprimiese su Compañía, es decir, lo que él tenia de
más querido en el mundo, para recobrar la paz interior...
Pero el ejemplo mismo de María nos demuestra que he­
mos de entender las palabras de San Ignacio no como si
significasen que al final de un cuarto de hora habría des­
aparecido del alma del santo el sufrimiento, sino como sig­
nificando más bien que hubiera necesitado un cuarto de
hora para que los movimientos indeliberados de su alma
se apaciguasen, es decir, para que el espíritu se hiciese
dueño del cuerpo, recobrase su control. Me parece que no
siempre he comprendido de esta manera las palabras de
San Ignacio: por consiguiente, las comprendía mal. Esta
meditación acaba de iluminarme sobre ellas. ¡Gracias, Ma­
dre de Jesús!

LA PAZ Y EL ABANDONO

14 mayo 1938.

La paz y el abandono a Dios. En el pensamiento de


Dios. Esta es la verdadera fórmula. Conseguir no juzgar
nada sino en relación con Dios y no impresionarme por
nada fuera de por lo que puede, según nuestra manera de
hablar, producirle sufrimiento a Él. En el fondo, esto no
es, ni más ni menos, que la santidad.
Y esto es posible. Unicamente he da reavivar en mí el
sentimiento de la realidad de Dios y de mis relaciones per­
sonales con Él. Acostumbrarme a considerar esta vida como
un paso y a pensar que no tengo tal vez más que unos
di as, incluso unas horas para vivir. E?te criterio, utilizado
de manera regular, podría influir grandemente en mi vida:
LA ALEGRÍA DE LA FE 211

no hacer jamás sino lo que yo podría hacer (querría haber


hecho) unas horas antes de mi muerte. ¡Padre mío, con­
cédeme esta gracia por la cual voy a ofrecerte mis Misas
hasta fin de mes, de juzgar espontáneamente de todas las
cosas en relación contigo, con tu gloria, con tu Reino! Lo
difícil no es convencer mi razón, sino persuadir mi sensi­
bilidad. Sin embargo, he de poder llegar a ello.
Esto no significa renunciar a la idea de que la vida del
cristiano es por excelencia una vida de fe, desear tener una
sensibilidad cristiana. Hemos de saber prescindir de ello;
pero no considerarla como algo que es mejor no tener:
cualquier «sentimiento» que tengamos de Dios, de su P a ­
ternidad, de la Eucaristía, hay siempre bastante sitio— en
la vida y en la piedad—para la fe.
¡Padre que yo te conozca, que yo te sienta, que yo te
crea!

VERGINE MADRE, FIGLIA DEL TÜO FIGLIO,


UMILE ED ALTA PIÜ CHE CREATURA...

16 mayo 1938.

La grandeza y la humildad. Vemos perfectamente en


qué consiste la grandeza de María, que está toda en su
oficio de Madre del Verbo encarnado; pero ¿y su humildad?
¿Hemos de creer que María no se da cuenta del honor
que le hacían, de los privilegios que había recibido, que Ella
no sabía que estaba situada en la cima de todas las je­
rarquías creadas? Su humildad consistió en reconocer que
lo debía todo a Dios, nada a sí misma, y en no ponerse a
sí misma por encima de los demás. Concebimos a alguien
que practica la primera manera de humildad y no la se­
gunda, que no se atribuye el mérito del puesto que le han
designado; pero, finalmente, que «lo toma», puesto que le
pertenece... Si María hubiera comprendido las cosas de
esta manera, su nombre aparecería con más frecuencia en
el Evangelio y, en definitiva, nosotros no tendríamos que
reprochar nada. Pero Ella prefirió borrarse, desaparecer,
es decir, dejar todo el sitio para su Hijo, para los apósto­
les; lo cual no le impidió trabajar de una manera muy
efectiva, pero en la sombra, colaborando en la obra de
212 AUGUSTO VALENSIN

Jesús. Esta es la perfección de la humildad, y una actitud


que he de Imitar cuando se presente la ocasión.
i María, Tú eres la primera de las creaturas, y escondiste
tu gloria; pero hoy estalla, a pesar de Ti, y el Universo pro­
clama que eres bendita entre todas las mujeres!

ASCENSION
17 mayo 1938.

La fiesta que no le gusta a M. y, en efecto, ¿día de tris­


teza o día de alegría? El Hijo de Dios se separa de los
hombres para siempre.
Y, sin embargo, ¿nos abandona realmente? Su mismo
Cuerpo Él nos lo ha dejado. Está por la Eucaristía tan
presente en medio de nosotros como si hubiese prolongado
su estancia; incluso lo está de una manera más perfecta
y capaz de colmar mucho mejor nuestros deseos: porque
no está ya en un lugar, sino en todos los puntos de la
tierra; está cerca de nosotros, de manera que nos encon­
tramos— ¡oh asombro!—en una misma estancia. Unicamen­
te su presencia no es visible. En el fondo, ¿es que perdemos
con ello verdaderamente? De todas formas, no podemos evi­
tar el acto de fe. Un hombre como los demás, y había que
ver en Él al Verbo. Un signo sensible, y hemos de ver el
signo de su presencia en su doble naturaleza, humana y
divina, ¿cuál es el acto de fe más difícil? Yo me lo pre­
gunto, o incluso ya no me lo pregunto. Si pienso, sobre todo,
en los argumentos que constituyen veinte siglos de Cristia­
nismo, he de reconocer que es más fácil creer actualmente
en la Eucaristía de lo que era creer en otro tiempo en
Jesús.
¡Oh, sí, Jesús, quiero consolarme de tu partida y, por así
decirlo, reducirla a su verdadera dimensión: una «imagen»
nos es arrebatada; pero tu presencia no. La Ascensión no
es más que la fiesta de tu triunfo, el final de tu martirio, y
sería egoísta no alegrarse de ello. ¡Viva Jesús, cuya vida
terrena—finalmente—se acaba! Que Él goce en su naturaleza
humana de la bienaventuranza, a la cual tiene derecho.
Llegará un día en que le llame, en que me será concedido
verle en esta naturaleza; después de haberle creído.... para
mí también se habrá acabado entonces la prueba..., y se
me abrirá la Eternidad. ¡Oh vértigo!
LA ALEGRÍA DE LA FE 213

PADRE, QUE YO TE AME

19 mayo 1938.

¡Padre, que yo te ame! Y que yo te haga amar. Como


tu Hijo en el Huerto de la Agonía, no tenía en sus labios,
no salía de sus entrañas, no encontraba en el fondo de su
derrota más que una sola oración, que repetía indefinida­
mente, de la misma manera es siempre lo mismo lo que yo
me siento movido a pedirle y mi oración no tiene nada de
variada. Pero ¿no lo resume todo? Amarte y hacerte amar,
es amar a toda la Trinidad, es realizar aquello mismo para
lo cual vino tu Hijo a nosotros, y es amar a todos aquellos
a quienes Tú mismo amas. Muy especialmente, es amar a
la Virgen maravillosa...
Y pienso en los ojos de María, de los cuales escribía
Dante:
Gli occhi da Dio düecti e venerati.

Los dos participios son igualmente extraordinarios: los


ojos mimados por Ti, los ojos venerados por Ti. Que sea
ortodoxo hablar de veneración hacia una criatura; esto es
lo que nos hunde en abismos de admiración.
Pidiéndote a Ti mismo que hagas que yo te ame, te pido
amar a María, y amar a todas las almas. Amar mi alma,
sobre la cual se derrama la sangre de tu Hijo.

LAS BIENAVENTURANZAS

20 mayo 1938.

Al lado de las bendiciones están las maldiciones, y éstas


iluminan aquéllas. Bienaventurados los que tenéis hambre,
porque seréis hartos. Desgraciados de vosotros, que estáis
hartos ahora, porque sufriréis hambre. El sentido de las
bienaventuranzas es oponer dos vidas, ésta de acá y otra
que no va a tener fin y es la única que debe contar. Lo
importante no es no llorar en esta vida, sino tener que
llorar en la otra. Y toda esta vida no tiene más sentido que
para la otra, a la que tiene que preparar y construir. ¡Dios
214 AUGUSTO VALENSIN

mío, concédeme la gracia de penetrarme más y más de esta


verdad, de que ella se incorpore a mi misma alma. No cabe
duda: he de juzgarlo todo por esto, es necesario que el
pensamiento de la otra vida (más que el pensamiento de
la muerte) me asedie. También, lo que separa para mi la
vida que será eterna y la vida de ahora no es más, tal vez,
que el espesor de algunos dias—¿quién sabe?—, de algunos
minutos. ¡Qué locura de no pensar en ellos!
Pero, como acabo de escribir, una cosa es pensar en la
muerte, y otra cosa pensar en la vida que ha de seguir a
ella, y que ella debe asegurarnos... Pensar en la muerte es
pensar en la separación y es pensar en esta vida... El re­
sultado de este pensamiento puede ser excelente; pero, en
el fondo, es más bien negativo: yo no he de apegarme a
esta vida, sus gozos son miserables, etc...., sino, por el con­
trario, pensar en la vida que se prepara; es llenar esta vida
de un valor, de una dignidad maravillosas; es casi ape­
gamos a ella por la misión que ella tiene.
He de pensar más en la vida futura... Espíritu Santo, que
me habéis concedido hoy esta luz y este deseo, continuad en
mi una y otro. Amén.

FESTIVIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD


V'

2 junio 1938.

Es la fiesta íntima, la fiesta por medio de la cual toma­


mos nosotros parte en el secreto de Dios. Es privilegio ex­
clusivo de algunos de entre nosotros conocer que Dios es
Trinidad. Él mismo, oh maravilla, nos lo ha revelado; por
consiguiente, es algo importante; Él ha apreciado mucho
hacérnoslo saber..., y para mí es una magnífica ocasión
para adorar a las tres Personas: al Padre, en quien he
puesto toda mi confianza; al Hijo, que es mi Maestro, mi
modelo y mi amigo; al Espíritu Santo, que es mi amor,
aquel por el cual amo a Él y al Hijo y al Padre y a todo
lo demás.
Por consiguiente, Dios es trino. Son tres, el Infinito se
desdobla en tres y son felices... Siento vértigo. Mientras que
no pensamos en lo que estamos diciendo la cosa marcha;
pero cuando nos ponemos a pensar perdemos pie. Los tres
que son uno, que son eternos, que se bastan. ¡O abismo!
La a l e g r ía de la fe 215

Y decir que yo seré un día admitido en su Intimidad;


decir que esta vida sin amenazas, esta vida de una felicidad
asegurada, será la mía, si yo quiero, como es la vida de
Francois y de Magall. Comprendo la fuerza del razonamien­
to de Pascal, y que cuando hacemos intervenir al Infinito
(la Eternidad) lo finito, lo pasajero, cualquiera que sea, no
cuenta para nada, y la menor probabilidad en favor del
infinito, con tal que sea real, debe regular nuestra conducta.
No importa más que una cosa que merece que le sacrifique­
mos todo lo demás; asegurar mi Eternidad. Y he aquí, cómo,
de reflexiones sobre la Trinidad, he venido a estas conside­
raciones personales... Pero es la misma Trinidad quien me
las ha inspirado para mi bien.
¡Gracias, Padre, Hijo, Espíritu, a quienes yo amo con
un único y voluntario amor!

PREFIERO SER JUZGADO POR DIOS

14 ju n io 1938.

Leyendo una carta en la cual una tercera persona era


severamente juzgada, me decía dentro de mí mismo: feliz­
mente, no he de ser juzgado por nadie como éste, sino por
Dios.
Y feflexionando; me parece que Dios debe estar conten­
to con esta idea, le debe haber agradado, debe tenérmela
en cuenta. Tanta gente le teme. Y yo lo prefiero a Él como
juez... Esto va muy lejos. Y para, ofreciéndoseme la elec­
ción, preferir ser juzgado por Dios que por determinada per­
sona, sobre todo si la conocemos, sobre la cual podemos
contar; preferir todavía más ser juzgado por Dios que por
mamá o por M., esto implica una certidumbre de su bondad,
de su indulgencia, de su amor, que es el homenaje más de­
licado que podemos rendir a la ternura, de que Él nos ha
dado pruebas evidentes.
Esta idea no es nueva. La encuentro periódicamente en
mis meditaciones, y vuelvo sobre ella, casi en los mismos
términos. Pero es magnífico. ¡Es tan necesario que yo quede
persuadido, íntima y profundamente persuadido de esta
verdad, y que yo sea capaz de hacerla irradiar en tom o de
mí! Sí, sí, Dios mío, infinito que no te has revelado inútil­
mente con tu non^bre propio, que es Padre y que es Amor.
216 AUGUSTO VALKNSIN

yo quiero creer que eres para mí todo ternura, y que de Ti


tengo menos que temer que de cualquier persona, no im­
porta quién sea. ¡Gracias, Padre mío, yo te amo!

LA SANTISIMA VIRGEN

Querría «pensar» sobre la Santísima Virgen; pero no


consigo pensar en Ella. Cualquier tema que escoja concer­
niente a Ella me resulta fácil, me resulta bueno, me es
dulce y sabroso, fijar mi atención en Él; pero una atención
que no siente necesidad, que no siente deseos de expresarse
en frases. A lo más en exclamaciones. Esta manera de orar
no se presta a quedar fijada en el papel, pero hemos de
reconocer que es la mejor, y es una gracia, cuando es po­
sible.
Pero también es una gracia poder comunicar hacia los
demás el amor que sentimos hacia la Santísima Virgen, y
esta gracia te la pido fervorosamente, oh María.
... Es necesario que yo encienda este fervor a mi alre­
dedor, siempre que se me presente ocasión. El don de ha­
blar de Ella: en otras ocasiones había pedido este favor;
no debo dejar de pedirlo.
He sido educado con esta idea, de que la devoción a
María era algo esencial para el cristiano y prenda de pre­
destinación. Indudablemente, en todo lo que me decían o
en todo lo que yo he leído sobre María ha habido inexac­
titudes, afirmaciones insostenibles e inf&ntilidades; pero me
ha quedado una gran propensión a alabar, a celebrar, a
amar a María. No opongo la indulgencia de María a la
justicia de Dios: he comprendido demasiado bien que Dios
es mi Padre... Y mi devoción a María ha ganado con ser
gratuita, nada interesada. La amo porque Ella es la Madre
de Jesús, y porque ella me ama como Él me ama.
La admiro porque la veo dotada de todos los dones que
convienen a la Madre de Jesús, y así de lo demás.
Y algo que se conmueve en mí cuando pienso en todo lo
que Ella ha sufrido por el hecho de su unión con Jesús, en
la Pasión de que Ella ha participado; cuando me la repre­
sento envejecida, dulce y dolorosa e irradiante, agotada y
reconfortarte, herida en su alma y gozosa, totalmente, en
suma, fuera de sí como si ya no existiese Ella para si, sino
LA ALEGRÍA DE LA FE 217

para los demás, y, al mismo tiempo, más hundida en sí,


más en su Hijo.

SEQUEDAD
20 junio 1938.

Ni una idea, ni un sentimiento. El vacío. Y yo podría,


como estos últimos días, contentarme con leer algunas líneas
del Evangelio, después quedarme tranquilo, en disposición
de orar, de convertir este vacío mismo de mi alma en una
aspiración a la oración; pero quiero dejar la huella de mi
esfuerzo, de mi buena voluntad. Ven, Espíritu Santo, a mi
alma; mi alma está seca como una tierra sobre la cual no
ha llovido desde hace meses...
Voy a decirte, oh Padre mío, cómo te amo, o más bien,
no ya cómo te amo, sino que te amo. Y voy a repetírtelo
indefinidamente, y esto será mi oración.
Por consiguiente, oh Padre mío, oh dulzura misteriosa
en la cual yo creo, yo te amo. Yo te amo, es decir, te pongo
por encima de todo, estoy decidido a hacer tu voluntad,
quiero darte a conocer, y mi sueño más querido es morir un
día por Ti. Sueño acariciado del martirio. Novena fervorosa
a San Francisco Javier para pedir esta gracia; certidum­
bre (subjetiva) de haber sido escuchado... Y yo he admitido
que podría pasar por un martirio, desde el punto de vista
de mi oración, el hecho de morir, por ejemplo, cuidando
a los apestados, o, en general, victima de la caridad o la
obligación. ¿Actualmente dónde estoy? ¿Sigo creyendo que
mi novena ha sido escuchada? ¿Sigo esperando este fin? No
lo sé. Mi oración era fervorosa. Esto es cierto. Y o tenia ca­
torce o quince años. Tal vez todas las oraciones que no
tienen exclusivamente por objeto no pecar mortalmente de­
ben ser condicionales, y lo son, por el mero hecho de que
pretenden ser buenas.
¡Dios mío, concédeme amarte! Oración sin reserva ni
condición.
218 AUGUSTO VALSNSIN

LOS MISMOS CABELLOS DE NUESTRA CABEZA


ESTAN TODOS CONTADOS

21 junio 1938

Esta es la imagen de que se sirvió Jesucristo para hacer­


nos comprender que el Padre vela sobre nosotros, que nada
de lo que nos toca o nos acontece se le escapa a Él... Y de
dos maneras de representarse la Providencia, como si ella
interviniese constantemente (tuviese que intervenir) en los
acontecimientos, aunque no sea más qufc para «permitirlos»
antes de dejarlos que ocurran, o como adaptando sus gra­
cias a los acontecimientos; la segunda manera, decidida­
mente, no sólo es la que me agrada más, la única que me
agrada, sino la que concuerda mejor (o la única que con­
cuerda) con el sentido que hemos de dar a la vida. No im­
porta en absoluto que yo tenga un cabello más o menos,
ni que X. gane la guerra; los acontecimientos más consi­
derables, desde el punto de vista de la Eternidad, son los
acontecimientos más insignificantes: la importancia va uni­
da a la parte invisible del acontecimiento. Y esto mismo no
es decir bastante; porque no me refiero, al decir esto, a los
contratiempos de orden espiritual en general que puede te­
ner un acontecimeinto, sino únicamente a los de orden so­
brenatural, que se traducen en la ocasión ofrecida a las
almas para engrandecerse o para achicarse. ¡Que yo sepa
aprovecharlo todo! ¡Sacar partido de todo! Y verlo todo
desde el punto de vista de la eternidad y de mi vida sobre­
natural que he de construir. ¡María, ayúdame!

SOBRE LA MUERTE

25 septiembre 1938.

Y el pensamiento de la muerte, el pensamiento bienhe­


chor de la muerte me sigue acosando... Esto es una gracia.
El P. X. ha partido bruscamente, sin enfermedad, sin haber
tenido siquiera tiempo para darse cuenta: dos segundos, y
se ha encontrado fijo para siempre en la Eternidad—cara
a cara con Dios—. ¡Qué sentido tan trágicamente serio toma
LA ALEGRÍA CE LA FE 219

la vida, cuando la considerarnos desde este punto de vista!


Inevitablemente, nosotros tenemos que llegar ahí. No hay
manera de escaparnos: yo moriré. ¿Qué es lo que yo que­
rría haber hecho en esos momentos? ¿En qué disposiciones
querría yo haberme encontrado? Preguntas que me he pro­
puesto muchas veces, idénticas, que deben volver las mismas
en todos los ejercicios, porque no hay necesidad de renovar
la expresión del misterio, que por sí mismo siempre es nue­
vo... En las letanías pedimos todos los días a Dios que nos
libre ad improvisa morte... ¿Es una buena oración? Si es­
tamos preparados, lo mismo da partir como el P. X. Pero
yo sueño para mí en una muerte preparada con un largo
período, no de sufrimiento, sino de espera. Me gustaría es­
tar alerta, por ejemplo, por la evolución, prevista, fatal, de
una enfermedad, que me dejase todas las facultades, con
un año de anticipación; me parece que entonces me pre­
ocuparía ante todo de irme desasiendo, practicar una po­
breza absoluta: puesto que no tengo otro oficio que cumplir
(así lo supongo) más que prepararme, no conservaré nada
en mi habitación...
He aquí el primer punto. Después aceptaré todo lo que
me suceda con una igualdad perfecta de ánimo y, final­
mente, me pasaré largos, larguísimos ratos en la capilla
—incluso sin orar, como uno que está montando la guar­
dia—. Y éste sería un acto de fe; por consiguiente, una
oración.
De estas tres cosas, únicamente la segunda me es ver­
daderamente posible actualmente; porque despojarme re­
sultaría incompatible con mi trabajo, y vivir en la capilla
también; pero deberé, por lo menos, desde ahora, dedicar
más tiempo a Jesús en el Tabernáculo; si yo creo verdade­
ramente que Él está allí, que sale de Él virtud, que su pre­
sencia eucarística añade verdaderamente algo a la presen­
cia por la cual Dios está en todas partes, es necesario que
mi práctica dé testimonio de mi fe. ¿Qué es lo que yo hago
actualmente? Fuera de las visitas oficiales en comunidad,
diez minutos todas las tardes antes de la comida; esto es
todo. Y es poco.
En otro tiempo le daba mucho más. Y mis ejercicios de
filosofía, cuando estaba todavía en el colegio, los pasé todo
enteros (es decir, horas y horas) ante el Tabernáculo. No
por fervor: por fe.
Hay algo que corregir. Me examinaré sobre ello.
220 AUGUSTO VALENSIN

SOY SACERDOTE

25 septiembre 1938.

Padre mío, concédeme que el año sea bueno, sobrena­


turalmente bueno. Que consiga amarte más y hacerte amar.
De X., ante todo, a quien debo ejercitar, y después de otros
muchos a mi alrededor. Que yo Irradie, que sea «el sacer­
dote», que lo sea en toda mi manera de proceder, en privado
y en publico, pero el sacerdote que arrastra hacia Jesu­
cristo.
Concédeme la gracia del fervor; haz que piense con fre­
cuencia y espontáneamente en Ti, en la Santísima Virgen;
que la Pasión de tu Hijo, oh Padre mío, sea familiar a mi
alma; que sus detalles me vengan con frecuencia al espí­
ritu, y que yo encuentre en ello fuerza
No hace falta que yo sea un seglar piadoso—no hace
falta que yo sea un piadoso dantólogo—. Soy sacerdote por
tu gracia, y he de serlo a fondo (con agradecimiento), para
mí mismo y para los demás. E, indudablemente, es una
buena táctica entrar por la puerta de los demás para ha­
cerlos salir después por la mía; pero que jamás olvide yo mi
misión, mi misión de apóstol. Apóstol, apóstol, apóstol, re­
presentante de Jesucristo—hombre separado, y que no pue­
de actuar externamente como los demás, contemplar lo que
ellos contemplan, hablar de todo aquello de que ellos ha­
blan...—. Tener cuidado con esto: que no puedan acercarse
a mí, u oírme, sin darse cuenta, en efecto, que soy sacer­
dote. Y esto sin exageración. Yo me comprendo. Yo quiero
no ser un sacerdote como los que parecen haber aprendido
una lección y que dicen exactamente lo que se espera verles
decir, los que están clasificados y se clasifican a si mismos...
Incluso me parece que en mí no es el sacerdote lo que con­
viene que aparezca ante todo, sino el hombre, y el filósofo,
y el literato; pero el sacerdote, en un momento o en otro,
tiene que llegar a manifestarse con toda la sencillez del
mundo y con toda la naturalidad del mundo.
Bastantes veces he conseguido esta manera de proceder,
que me parece precisamente la manera de proceder para
que estoy dotado; pero no he tenido siempre lo bastante
la preocupación de utilizarla, y me he dejado Invadir por una
necesidad de agradar, de brillar. En esa misma medida he
LA ALBOftÍA № LA FE 221

«robado» a Jesús, íhorror!, y le he traicionado. Que esto no


ocurra más. {Jesús, ayúdame Tú mismo! Te ofrezco mis
buenos deseos y mi buena voluntad del momento; haz de
mi lo que me inspiras que quiera ser.

HAZ QUE YO TE AME

Padre, concédeme que te ame. Y que te haga amar. Jus­


tamente porque mis funciones aquí (como antes en Lyon)
no son directamente apostólicas he de Irradiar a Cristo;
pero esto supone una vida interior intensa, y que ante todo
Jesucristo ocupe, efectivamente, un puesto, el puesto más
importante en mi vida. ¿Es posible esto? Actualmente no,
desde el punto de vista de la sensibilidad. Desde el punto
de vista de la voluntad, si. Y te pido, oh Padre mió, si esto
ha de ayudarme para realizar tu obra, que abrases mi mis­
ma sensibilidad, como en esta y aquella época ha estado
abrasada. «Si esto ha de ayudarme para realizar tu obra
porque no es precisamente mi consuelo lo que yo busco, la
sensación de estar haciendo algo, el gozo, tan puro, ‘ sin
embargo, de amarte; quiero realizar acá abajo, con tu gra­
cia, ia misión, para la cual Tú me has creado, responder
a mi vocación.

GUSTO POR LA ORACION

Gusto por la oración. Jesús, devuélveme el gusto de orar.


Sé perfectamente que esto no es algo necesario y que po­
demos agradar a Dios mientras que en el coraaón no sen­
timos nada hacia Él, mientras que no tenemos deseo de
hablarle. Que hace falta hacer un esfuerzo para decimos
que Él existe, y sé que Tú mismo, oh Jesús, en el Huerto de
los Olivos, sentiste el fastidio y la desgana. Tú no podías
entonces arrancarte más que una oración, que repetías In­
definidamente... Por lo menos, esta oración era tuya inten­
samente; tenias necesidad de decirla, ponias toda tu alma
en ella... Pero la oración que recitamos. Las palabras a las
que no damos ningún sentido y que nos saben a mentiras.
Esta «desgana», Jesús, ¿la has experimentado Tú? Sé per­
fectamente que aquella «desgana», puede concillarse con un
ALDORtA DE l a ri 1S
isa AtfOMTO VALIIttlN

gran «mor. Pero ¿la experimentante Tú? De*earla «aborto,


y cuando »«tá acompañada del temor, que « · fruto do 1» no-
gllgencl*, expreiüón de la tlbtaaa, entonce* пой encon tramo«
muy hoIok.
i J«*kUh. ¿e«u«l То pido guxto por la oración, o« doclr,
guato en hablarte; y que, hablándote, conelga la pai o«a
paa que Tú n w dijute que «1 mundo no podía darla, poro
que Tú la daba.«.
PeorJ Раж! Раж! iE*te e* «1 «un «upremdl
(Padre mío! ., Yo mo echo en tu« braioe, Tú lo nabo*,
que con tu ayuda, no quiero.., negarte nada; poro ooncAde-
no* tu«, fuerza y alegría.

JEttU* HOMBRE

¿Ka verdad, Jrnü«. que con tu corazón de Hombro non


ama*te? jOh, complicación гм de la paleología del VerboI. no
qulrro entrar en Hla... Creo que Jcmúm no tenía otra per-
«onalidad que la per«onalldad del Verbo, que, por consi­
guiente, toda« nun accione« pueden y deben atribuir«« al
Verbo... No не «lgue, naturalmente, que todo lo quo doelmo«
del Verbo pueda dedr«e, *tmpUctter, do Jo«Ú«. Quo ¿GNÚ*
Hombre me haya conocido, que haya pen«ado en mi, derra­
mado realmente determinada gota de «angro por mi, no e«
verosímil. no » ч ром1Ые Incluso literalmente; pero el Verbo,
<ju p ме encarnaba en Jeitú«, primaba en ello.,.; para Й1 todo
не ha pagado, todo ocurre, como «1 yo estuviera «olo en el
mundo, mu «ciencia» «« dirige a lo« Individuo» y no e*td
recargada ni ем ab«orblda por nada; toda para полоtrox y
para cada uno, como «u amor. K*to e« a lo que debo atener­
me Tú ha« pen«ado en mi, ya «ea con tu corasen
de Hombre o con tu corazón de Dio«, poco ImportaI ¿Y no
·«, lncluHo mán conmovedor, no o« Incluso Infinitamente m&n
bello que haya Mido con tu corassón de Dio«?
Todavía hoy Tti e «tA « muy cerca de mi, provento on mt
Mequedad... jAh, e « neee«ario que entre Tú y yo «o r**ta-
blexca una Intimidad en cada uno de lo* ln«tanto«l Devuél­
veme el fervor мепм1Ые.
ы A ita n íA ря м п m

NATIVIDAD D i 1Л «ANTIifMA VIBOEX

1д liturgia me U m * Tí, oh Маг1а, * T% * ottltn yo


querriA hacer Amar у агпаг yo mittmo сшйш m má*.
JCn la hiatoriA del mundo, un 1« M * turJa de Ja сгФшеЪЬп,
til hecho má* Importante, Ante* d«t Ja »parición *obr# 1*
tlorrtt de Nue*tro Ueftor Jeaucrluto, no i*» Ja formación mla­
ma de la tieiTA ni ningún otro catadUmo en Ja inm enij-
dad del e*pacio: ем tu »acimiento en un a ciudad deaeono-
dda de palatina, En aquel día ** produjo Algo que nAdte
habla advertido, cuya trA*cendenciA nadie había vlato ni
podía verlo. Ni alquitira Aíia ni Joaquín Aai ocurre con Ir# ·
cuencla,
El procЖ ) de la Hedención comen*abA entonce*. Y рага
qu« pudiera *eguir*e hA Nido nece*ario, en un momento
determinado, que Tú con*lntle*e* en ello. Cuando pienao im
ealo me parece qua hay aquí рага Ti un titulo de gloria en
Ы cual no Nojemoii ordinAriamente ln*Utlr Jo bAAtAfite, Al
decir Fíat fuiat* Tú quien Abriat· ei mundo рага Ja venida
de Dio«, Indudablemente, n1 t<? hubie*e* negado, otra bufet**«
Nido Invitada, y Ja ВпсагпасМп a« hubiera igualmente pro­
ducido, Pero Jqué importa! Nue*tro himno *e dlriglríA a
ewta otra «M aría»; h · Aquí todo; y aiempre non quedaría
que aquella que teniendo que decir «Amén» lo hA dicho,
«П ha «ltuado en un pueato aparte de toda la Humanidad:
la colaboradora de la Redención.
У v,n a tu raga, oh Marla, a la que pretenden ahora de»-
honrar, como ni no fuera poitible injuriar A todo* loa l*rae-
litan que lo merecen <y non mucho*) airt dc*Acredltar a
laraeJ.
I Bendita *ea*, oh María, y te damo* gracia*!
Como lleno* entre toda* laa criatura* una aituAClón úni­
ca, quiero que «n mi devoción, en mi MtplrltualidAd, en mi
vida interior, tengan también un aitlo Apart«. Penaar en
ti, hablar de ti, do* сока* a laa cuate* he do aplicarme mAi
en adelante. Re*oluclón tomada ya mucha* vece*: ayúdame
TU mtama, oh Marla, a mantenerla; en**ñam· TU mlama
la martora, y haxme Tú miama dócil a tu enaeftAntA, Aai aea.
226 AUGUSTO VALKNSIN

mi sensibilidad pueda desear, pierdo ya todas las garantías.


La oración en cuestión supone, por consiguiente, para
ser dicha con sinceridad, una actitud perfectamente defini­
da y que hemos comprendido (que hemos admitido) la dis­
tinción de la jerarquía de los órdenes, i Oh, Dios mío. con­
cédeme comprenderla bien, y admitirla espontáneamente!
Nada, nada, nada, y ni siquiera lo que me toca de más
cerca, nada cuenta, nada debe contar, sino unido a tu vo­
luntad... Pero, al mismo tiempo, la dulzura más dulce se
hace más dulce todavía, y el alma, lejos de perder en ella,
se gana en ella maravillosamente.

LA GUERRA
27 septiembre 1938.

La guerra. ¡Dios mío, estamos entre tus manos! Hay


amenazas de guerra, y se entrevé lo peor: el fin de Europa.
Este es el momento de refugiarnos en la verdad, que es la
única que da un sentido a la vida y que nos permite no
perder ánimo en los mayores desastres: no hay más que
una vida, nada de este mundo cuenta sino como preparación
para esta vida; la perspectiva de una tragedia, como sería
una guerra mundial y sin piedad, obliga al cristiano a ad­
quirir conciencia de lo que cree.
En esta corta prueba que es para el hombre la vida sobre
la tierra, la guerra aparece como una ocasión, análoga a
las demás, de optar y hacernos buenos o malos. Ella nos
lleva también a ver que una civilización, por perfecta que
sea, pertenece al «tiempo» y, por consiguiente, está desti­
nada a desaparecer pronto o tarde; una sola cosa subsistirá
in aeternum, y esto no es ni la obra de arte, ni la literatura
francesa o alemana, sino el acto moral. Todo está para él
en el espacio, en el tiempo. Locura de apegarse a lo que
pasa. Pensando esto encuentro la paz. Si yo no viese las
cosas de esta manera, entonces no podría dormir. Pero
también ¡qué estúpido sería todo! Me invadiría un inmenso
desaliento.
He de vivir como quien ha plantado acá abajo solamen­
te una tienda y pensar continuamente en la otra vida, la
vida para que he sido hecho y que da un sentido al Uni­
verso.
LA ALEGRÍA DE LA PE 227

MARIA, MEDIADORA UNIVERSAL

María, Mediadora universal. He de familiarizarme con


esta Idea, tan en favor actualmente entre los teólogos, y
cuya verdad y fuerza veo claramente.
Evidentemente no se trata de pensar que para acercar­
nos al Padre tengamos necesidad de un mediador además
de Jesucristo (y esto es también acercamos a Dios por
medio de Dios). Tampoco puede ser cuestión de pensar que
para acercarnos a Jesús sea necesario pasar por María, ni
que Jesús consulte a su Madre para damos sus gracias, o
se las confíe para que las gracias nos vengan por medio
de Ella; era necesario un intermediario para acercarnos al
Padre, porque todo intento de entrar por nosotros mismos
en relación con Él, era necesariamente presuntuoso... De
Él debía venir la iniciativa y la invitación. Esta invitación
es Jesucristo, palabra viva—Jesucristo-Dios—, con nosotros.
Pero, una vez hecho esto, no hay lugar para otro interme­
diario; y que todas las gracias del Padre pasen por Jesu­
cristo, en el sentido de que las gracias nos han sido mere­
cidas por Él, nos han sido dadas por respeto a Él, esto no
sugiere dificultad alguna.
Pero ¿cómo vamos a hacer desempeñar a María una
misión análoga con respecto a Jesucristo?
Primeramente, hay una analogía que no puede dejar de
impresionarnos: para establecer una comunicación de Él a
nosotros, el Padre tenía que hablamos, y su palabra, su
Verbo, es Jesucristo. Pero para convertirse en uno de nos­
otros, para entrar en nuestro Universo, de manera que for­
me parte de él, para insertarse en la Humanidad que Él
debía unir con el Padre, la segunda Persona de la Trinidad
debía nacer de una criatura, tener recurso a una «Media­
dora», y esta Mediadora es María.
He aquí un primer punto, una primera analogía, y pre­
siento ya que precisamente sobre esta analogía fundamen­
tal debe poder construirse la teoría de María, Mediadora de
gracias.
Pero aquí me detengo hoy, y esto ya es muy bello. María
intermediaria. Trazo de unión entre Jesús y yo; por quien
Jesús ha venido a mi... ¡Oh María, seas alabada y cele­
brada y te damos gracias! Bendita eres entre todas las
mujeres.
228 AUGUSTO VALENSIN

MI PADRE

Debo volver a mi querida devoción y saturarme de estas


cosas tan queridas. He de persuadirme a fondo de que na­
die me quiere tanto como mi Padre del cielo; que nadie se
preocupa tanto de mi, que nadie me sigue tan de cerca
como Él. Esto es una locura. Y comprendo que sin el auxi­
lio de una gracia especial no se puede creerlo. ¡Sueños,
sueños! ¡Ah, sueños, si se quiere, pero tan bellos que. un
Dios distinto no puede ser, porque mi sueño lo superaría!
He aquí una especie de argumento ontológico, y que no
tiene el vicio del otro. El argumento es muy fuerte.
Además, no es totalmente a priori, porque lo que pare­
ce un sueño en su punto mismo de partida, ni la razón,
ni un corazón humano se hubieran atrevido a hacerlo; ha
sido necesario que el Hijo viniese a nosotros y nos revelase
que su Padre es nuestro Padre, y que su nombre propio es
«Amor».
Dios es Amor. Es totalmente Amor. No es más que Amor.
¡Qué abismo para mis pensamientos! Veo tres direcciones
por las cuales puedo avanzar: de Dios hacia mí, de mí
hacia Dios, de mi hacia los demás.
Voy a detenerme un minuto en el último punto. Si Dios
es totalmente Amor, y yo debo procurar asemejarme a Él,
mi virtud principal ha de ser la bondad, la caridad, la ino­
cencia. Esto es importante. He de volver sobre ello.

TU ERES PEDRO, Y SOBRE ESTA PIEDRA


EDIFICARE MI IGLESIA

La palabra de Jesús es formal. La Iglesia es el Papa. Y


Pascal tenía razón cuando exclamaba: «Que jamás me se­
pare de ella. De lo contrario, me perdería para siempre.»
El Papa puede fallar como hombre; pero él es quien re­
presenta a Jesús. Y un cristiano ha de sentir hacia él un
respeto extremo. Me doy cuenta también, ahora que pienso
en ello, de que para todo católico es un deber muy impor­
tante orar por el Papa. Si es verdad que sobre el Papa des­
cansa el destino de la Iglesia, que él necesita para este
ministerio gracia excepcional, y que, según la economía de
LA ALEGRÍA DE LA FE 229

la gracia, no puede serle concedida regularmente sino me­


diante nuestras oraciones, nosotros nos cargamos de pesa­
das responsabilidades cuando no pedimos por el Papa Por
consiguiente, diariamente en la Misa, sacerdotes y fieles
tienen que pedir por él; pero se trata de poner en esta
oración el pensamiento y el corazón..., teniendo conciencia
de la importancia de lo que hacemos. ¡Cómo transforma la
vida cristiana la economía de las oraciones y de las gracias,
cuando se la comprende verdaderamente! La oración ad­
quiere entonces todo su sentido, y tenemos conciencia de
ejercer, cuando oramos, una acción eficaz y necesaria, sobre
la marcha del mundo. Los Carmelos no se justifican sino
por esto. Y es inútil pretender explicar la razón de ser de
las Ordenes contemplativas sin recurrir a la teoría de la
oración. La simple obligación de adoración y la belleza de
un relevo constante en la adoración no bastan para ello.

6 octubre 1938

Y no había sitio para ellos en las posadas. ¡Qué penal


¡María sabía que llevaba dentro de sí al Hijo de Dios y se
veía rechazada! Rechazada, sin poder decir nada. Si hu­
biese dicho algo, hubiera parecido loca y se hubieran bur­
lado de Ella. La gente que rechazó a la Sagrada Familia
no sabía que rechazaba al mismo Dios; nadie, a mi pa­
recer, es capaz de rechazar a Dios con pleno conocimiento
de causa y pleno dominio de sí. Dios no puede ser recha­
zado, por lo menos acá abajo, sino baje las apariencias de
otra persona, o, más bien, bajo las apariencias de un deber.
El pecado es el único deicidio pero lo es; el episodio de
María rechazada de las posadas no es más que un caso
transparente, y su transparencia constituye su única sin­
gularidad. Cuando me falta la caridad, a quien hiero es a
Jesús; cuando, dominándome a mí mismo, supero la des­
gana y hago lo que debo hacer, rindo homenaje a Jesús,
me acerco a Él, a sus llagas, y dejo un beso sobre la herida
del costado. Si yo comprendiese a fondo, si me hiciese
«consciente» plena y continuamente de esta verdad, mi vida
quedaría transformada. Y, ante todo, mi vida rebosaría de
intensa poesía. La obligación tomaría otra apariencia; yo
no iría ya a buscar en las obras de arte o en los productos
de mi imaginación, o en el sudario de Turín, el verdadero
rostro de Jesucristo... Este rostro me aparecería con certe-
230 AUGUSTO VALKNSIN

za, presente, aunque velado. Y seria una cosa maravillosa.


¡Qué diferencia entre una imagen que no puede ponerme
en contacto con Él, cualquiera que sea el movimiento de
pensamiento y de afecto que provoque, y su presencia! En
cierto sentido, la presencia deontológica de Jesús es supe­
rior a su presencia eucarística; en cierto sentido, en el sen­
tido de que la presencia eucarística tiene su valor por la
presencia espiritual que ella lleva consigo para el creyente
y porque la presencia deontológica es esta presencia espi­
ritual misma.

LA MEDIACION DE MARIA

De nuevo sobre la mediación de María.


Jesús ha sido intermediario en el orden mismo de la
gracia, puesto que es Él quien ha merecido la gracia a la
Humanidad, representada por Él. No es éste el caso de Ma­
ría; y las gracias no nos han sido concedidas precisamente
en consideración a Ella. ¿Entonces?
Entonces, no veo otra razón para dar un sentido a la
mediación espiritual de María que este circunloquio: cuan­
do un santo intercede por mí, puedo y debo decir que por
medio de él me viene la gracia. Si ahora la Iglesia me con­
vida a admitir que por medio de María me vienen todas las
gracias, es señal de que ella considera a María como la
intercesora universal para todos y para todo. Y que Ella
sea esto lo comprendemos fácilmente, desde el momento que
vemos en Ella a la Madre de todos los hombres. Esto es así
exactamente. He tocado el fundamento mismo.
En cuanto a la intercesión misma de María, hemos de
concebirla, no ya como la de los santos, como una especie
de oración que María haría a Dios, como si Ella se ocupara
incesantemente de desempeñar para cada uno de los hom­
bres un oficio de solicitadora. Concepción absurda. El cielo
no es una oficina, y no existe administración para recoger
y encaminar y apoyar las peticiones o para distribuir las
gracias. Aunque hemos de pensarlo «a nuestra manera»,
utilizar el antropomorfismo, y so pena de no representarnos
absolutamente nada, representarnos el más allá, por medio
de la analogía. La verdad abstracta es que el Padre ama a
María: de lo cual se deduce esta otra verdad, que los míni­
mos deseos de María, si se formulan, si tienen que formu­
larse, o sólo si ellos se forman en su corazón, si existen de
LA ALEGRÍA DE LA FE 231

alguna manera y por lo menos virtualmente, son escucha­


dos por el Padre. Y la verdad abstracta es que María nos
ama a cada uno de nosotros...; poniendo en relación estas
dos verdades abstractas, surge de ellas la imagen de una
intercesión oral, y la representación escénica de una Madre
en oración ante el Rey. No nos pongamos altaneros, ni pre­
tendamos convertirnos en ángeles: una vez comprendido
que hemos de dar una parte a nuestra imaginación en
nuestra manera de representarnos las cosas, no dejemos de
representárnoslo: María nos ama; por consiguiente, Ella
quiere lo que es bueno para mí. Dios ama a María; por
consiguiente, Dios quiere lo que Ella quiere, y quiere, por
tanto, mi bien, no sólo porque Él me ama, sino también
porque María lo quiere; y ésta es precisamente la media­
ción universal de María. Y esta mediación no es una pa­
labra vacía. No indispensable, esta mediación es un hecho,
y quien pretendiese actualmente prescindir de ella, pre­
tendería algo que no es posible...; apartar a María es apar­
tar la gracia.
¿Qué se puede decir más bello de Ti, oh María? Verda­
deramente, eres bendita entre todas las mujeres.

MES DE LA SANTISIMA VIRGEN

10 octubre 1938

Mes de la Santísima Virgen. Mes, por consiguiente, dul­


císimo. Hé recibido la gracia de amar filialmente a la Ma­
dre de Jesús: creo que porque desde mi primera infancia
he pedido siempre que esta gracia me fuese concedida. Pen­
sar en María me resulta sabroso sin esfuerzo; y no tengo
necesidad de ideas para hablar con Ella dentro de mí mis­
mo, interiormente. Puedo pronunciar su nombre y quedar­
me en esto; o repetir indefinidamente una de las partes del
Ave María... Siempre me resulta nuevo. «Bendita Tú eres
entre todas las mujeres.» ¿Cómo cansarme de decirle esto,
si es verdad, si es tan hermoso?
No hay una mujer que podamos poner al lado de M aría:
Ella es mi hermana, es mi Madre y está aparte de todo.
Ella participa de la realidad (puedo presentármela como
una judía, ocupada en los trabajos de su casa), y escapa
232 AUGUSTO VALENSIN

a la Historia, pertenece al milagro, al invisible, a lo sobre­


natural.
Existe una mujer ante la cual se inclina Dios; una mu­
jer a quien ha obedecido Dios, a quien Él ha llamado «Ma­
dre mía». Comprendo que aquellos a quienes Dios no ha
concedido la gracia de comprenderle (porque ellos no se
han prestado a recibirla), comprendo que se rebelen ante
este misterio. Esto parece una fábula pagana, como si Dios
fuese un dios de la mitología... Mi gracia (gracias. Dios
mío) consiste en creer este misterio, y, sin embargo, en
darme cuenta de una manera viva de lo extraño que re­
sulta. No sería rendir homenaje verdaderamente a las exi­
gencias y a la belleza de este misterio admitirlo y conside­
rar muy sencillo admitirlo. Me parece increíble, al mismo
tiempo que me siento inclinado a creerlo, y en esto reco­
nozco la fe.
Bendita Tú eres entre todas las mujeres, porque eres la
Madre de Dios, porque has llevado a Dios en tu seno, por­
que has formado en su naturaleza humana la inteligencia
y la voluntad de Dios, porque has tenido autoridad—inclu­
so—sobre Dios. ¡Oh María, cómo no admirarte! Te admiro
y te amo.

ESPIRITU DE FE

La historia de Job, que leemos actualmente en el refec­


torio, es muy instructiva. Job es feliz y sirve a Dios fiel­
mente. El diablo viene entonces a ver a Dios (como más
tarde en el Fausto) y le declara que, según su manera de
ver las cosas, si Job es ñel es porque todo le sale bien;
que le envíe alguna prueba y blasfemará. Y Dios acepta el
desafío; permite que el diablo tiente a Job como le agrade:
en sus bienes primero, en su familia, en sus afectos... Job
se queda convertido en la hez del mundo y sigue alabando
a Dios. Esta historia es hermosa. La fidelidad que la des­
gracia deshace no es una verdadera fidelidad. Oigo decir
que tal o cual persona han perdido la fe porque les ha
sucedido tal o cual desgracia. ¿Qué fe era la suya? ¡Y qué
fe tan mal instruida! Pero hemos de reconocer que las ideas
en curso, las que favorece la misma enseñanza de los sacer­
dotes, la mayor parte de las veces explica la mentalidad
pagana de muchos cristianos, y yo tengo la misión de reac­
cionar en contra; este año, en las reuniones que yo tenga,
LA ALEGRÍA DE LA FE 233

más que el año pasado, cargaré con la responsabilidad,


procuraré ir educando la fe. Tal vez será difícil y delicado.
El primer tiempo de la enseñanza, tal y como yo la concibo,
lleva consigo que abandonemos aquello sobre lo cual nos
apoyamos, aquello en lo cual encontrábamos fuerza y con­
suelo; pero quedar aquí sería lamentable. Pura pérdida. Y
es necesario arreglárselas para que, casi simultáneamente,
el alma sustituya, a los puntos de vista que ella rechaza,
que se le demuestran como falsos, otros puntos de vista más
conformes con el espíritu de fe : segundo tiempo. ¡Dios mío,
Tú me ayudarás en este apostolado! Te lo pido porque quie­
res que te pida lo que Tú quieres darme, y estoy seguro de
ser escuchado.

FRANCISCO DE ASIS
*
Octubre 1938.

El despojo en el gozo. El despojo en todos sus sufrimien­


tos con su austeridad, con su falta de atractivo, y que sería
una cosa absurda si estuviese solo. Francisco abandona todo
cuanto tiene, pero lo hace para revestirse de Jesucristo;
renuncia a los placeres, mas para abrirse al gozo. No al
gozo que da el mundo, sino al gozo que el amor de Jesús
hace brotar en la tiniebla más oculta del alma, y que la
llena, que la invade toda, invisible muchas veces al exte­
rior, luminosa en el interior.
En Francisco de Asís este gozo, nacido del despojo, des­
bordaba: le salía por los ojos, le brotaba de las manos, lo
dejaba arrastrar tras sí como un surco o como un perfume,
y cuando él hablaba, incluso de sacrificio, se le oía cantar
a este gozo en su voz... Esto es lo que le hacia a él, feo, mi­
serable, repulsivo, con su rostro mal afeitado, con sus ma­
nos sucias, con sus uñas negras, esto es lo que le hacia
tan seductor, y Clara fue conquistada.,., la castellana, de
porte tan aristocrático, con sus bellos ojos de almendra,
como la vemos en la basílica de Asís. A través de Francisco,
aquella alma purísima no veía más que a Jesucristo, por­
que el gozo sobrenatural de Francisco ocultaba en Fran­
cisco todo lo demás y no dejaba ver más que a Jesucristo.
¡Oh Francisco de Asís, concédeme esta irradiación, y
para que yo la tenga, haz que yo pase, si es necesario, por
todos los sacrificios! Concédeme esta irradiación y su doble
eficacia: que en mí, a los ojos de los demás, me oculte en
234 AUGUSTO VALXNS1N

mí, y que haga que se perciba esta alma secreta de mi alma


y la razón de ser de mi vida, al Hijo del Padre, a mi Señor
y a mi Dios.

LAS LETANIAS DE LA SANTISIMA VIRGEN

Octubre 1938.

Cuando niño, estas letanías me parecían interminables,


y muchas personas no ven en ellas más que un ejercicio de
retórica: casa de oro, estrella matutina... Hoy las compren­
do mejor, me parece comprender perfectamente a qué co­
rresponde esta fuerza de oración, y que responde a una
necesidad natural del corazón, que no han sido artificial­
mente inventadas por un literato, sino han brotado espon­
táneamente de un corazón amante. Poco importa el sentido
más o menos rico, que atribuyamos a las invocaciones: en
el fondo no se requiere más que cada una de ellas ocupe
su sitio en el concierto; y para esto hace falta y basta que
tengan la apariencia de ser un elogio: con esto alcanzan
su fin y permiten que la expresión del amor se renueve
sin repetirse; despiertan la admiración... ¿Qué entenderé yo
por Domus aurea? Casa de oro... No hay tiempo en el curso
de la recitación de encontrar para la expresión un sentido
conveniente; sería necesario reflexionar en ello, y nos en­
contramos que se echa encima ya «estrella matutina», tan
difícil como la otra y que se abre ante la imaginación, para
inmediatamente volverse a cerrar. Rosa mística, sede de la
sabiduría, torre de marfil. ¡Oh, qué necesidad de Inventa­
riar estas imágenes, puesto que todas y cada una significan
en el fondo que Tú eres, oh María, la creatura más ma­
ravillosa que el mundo ha visto jamás, después de la na­
turaleza humana de Cristo! El amor, la admirapión, tienen
necesidad de repetirse sin repetirse; y he aquí que las be­
llas y poéticas y deliciosamente oscuras invocaciones, he
aquí que las invocaciones son precisamente bastante trans­
parentes para dejar ver que lo que nos ofrecen son la ad­
miración y el amor. ¡Viva Dios! Yo te amo, oh María, es­
trella única, torre de marfil, fuente cristalina, río de sabi­
duría, bálsamo de misericordia, panal de miel, río de gozo,
perfume suavísimo, castillo de la fuerza, abeja de elocuen­
cia, paloma de paz, cofre de ciencia, arca de teología, es-
LA ALEGRÍA DE LA FE 235

pada de justicia, puerto de desesperación, barca de delicias,


bajel de obediencia, crucero intrépido, canal de gracias,
aurora de nuestra felicidad, mediodía del amor, águila, 11·
rio, rosa, secreto simbolizado por todas las cosas, María, M a­
dre de Jesús, ruega por mi.

MARIA SE BORRA
Octubre 1938.

Es notable que María tenga en el Evangelio una situa­


ción tan difuminada. Podemos decir que casi no se hace
mención de Ella, sino cuando no hay más remedio que
hacerla. O si se habla de Ella (como cuando se la menciona
entre los hermanos de Jesús), no es con la pretensión de
ponerla sobre un pedestal. El pasaje mismo del Evangelio
que explota la piedad de la Iglesia (con toda justicia, por
lo demás, para ilustrar la misión intercesora de María, y
me reñero al milagro de Caná) no está concebido con la
intención de engrandecer a María. Esta situación difumi­
nada de la Madre de Jesús me imagino que fue también su
situación en la vida. El Evangelio no ha disminuido la im­
portancia de la contribución de María en la formación de
la Iglesia, o, en general, en el desarrollo del Cristianismo;
no la ha disminuido, y no hay por qué disminuirla: María
se las arregló Ella misma para desaparecer. Entregada to­
talmente a la obra de su Hijo, tuvo buen cuidado, según
parece, de no salir de su sombra. Ella fue la colaboradora
oculta, voluntariamente perdida en la irradiación de su
Hijo: esta luz desempeñó para Ella el oñcio de la sombra,
como la luz del sol para las estrellas. Y, por ello, María es
el perfecto modelo del sacerdote. Trabajar con Jesús, tra­
bajar para Jesús, llevar a Jesús, conservar a Jesús, y él
mantenerse lo más posible aparte: he aquí su obligación.
Detener en sí mismo, por el contrario, arrastrar hacia sí,
para si, lo que ha de ir a Jesús, ocupar, en suma, la escena
que tiene por misión hacer que la ocupe precisamente Je­
sús, es lo más desagradable que puede suceder al sacerdote.
¡Oh, cuánto necesitamos todos nosotros los sacerdotes, v i­
vir atentos para no hacernos culpables de este alejamiento
de Jesús!
236 AUGUSTO VALXNSIN

PRIMEE VIERNES DE MES

Octubre 1938.

El Sagrado Corazón: día en que conmemoramos su amor.


Y para persuadirme de que Jesús me ha amado no necesito
decirme que en su pecho palpitaba ei corazón de Dios:
me basta considerar lo que ha hecho por mí. El amor se
ve en las obras: las obras de Jesús es su Pasión. Jesús»
que hubiera podido huir del sufrimiento, ha sufrido, sufri­
do en su cuerpo y en su alma para conquistarme. ¿Cómo
dudar de £1? Él mismo ha dicho: «Nadie puede dar mayor
prueba de amor que morir por aquel a quien ama.» Esta
prueba Jesús la ha dado a los homhres: me la ha dado a
mi. Y ¡qué muerte!, una lenta agonía que no acababa nun­
ca, y la larga tortura de la Pasión... ¡Ah, la prueba es ago­
biante! Si creo que Jesús ha muerto por mí (y estoy obli­
gado a creerlo), ya tengo de qué estremecerme de emoción
ante el amor de que he sido objeto; el Jesús que ha hecho
esto por mí no está dispuesto a condenarme, a rechazarme.
Nada tengo que temer de Él, y todo lo puedo esperar de su
misericordia, de su indulgencia, de su complicidad. Y seria
herirle tener miedo de Él.

EL ROSARIO
Octubre 1938

No pretendo esta mañana hacer reflexiones sobre el Ro­


sario, sino examinarme cómo lo rezo. Es evidente que el
Rosario es la parte sustancial, constante, de mi vida de
oración (1). Es el pan de que yo me alimento. Me veo obligado
a ello por las circunstancias: es la manera de oración más
cómoda, la que se acomoda mejor a cierta fatiga y que
abarca más fácilmente a todas las circunstancias, de tiem­
po, de lugar y de actitud. Puedo decir el Rosario casi
en todas partes, y puedo decirlo caminando, en el autobús,
en una estación. Solamente que en esto precisamente está
(1) Desde hacia varios años, el estado de salud del Padre no le
permitía rezar el Breviario. Esta obligación le había sido conmutada
por las tres partes del Rosarlo.
LA ALEGRÍA DE LA FE 237

el peligro. La facilidad con que el Rosario se presta a ser


dicho no importa de qué manera, unida a que es una ora­
ción esencialmente vocal, puede llevar a tal relajamiento
de la atención y de la intención que no se trate ya en la
práctica de un movimiento del alma, sino de un ejercicio
mecánico.

MARIA: LA SERENIDAD

11 octubre 1938.

El alma de María ha conocido el sufrimiento atroz, tam­


bién la inquietud, pero jamás el desorden, jamás los mo­
vimientos del alma que se escapan al control, que hacen
decir de alguno que está fuera de si, o que no es dueño de
sí mismo, que no se le reconoce; jamás esos movimientos
del alma que alteran profundamente una fisonomía y que
dan testimonio de que en un momento dado las fuerzas
irreflexivas vencen a las facultades espirituales. El rostro
de María no puedo figurármelo más que sereno. Incluso al
pie de la cruz. Jamás una mujer, jamás una madre, ha
llegado tan al fondo de la miseria humana y del sufrimien­
to como llegó María... Pues bien, si la contemplo al pie de
la cruz, no consigo figurármela retorciéndose las manos o
lanzando alrededor de sí gritos incoherentes... Incluso me
choca (pero menos) representármela desfallecida, desvane­
cida. Stabat: así, así era: todo el martirio del mundo en la
mirada humedecida, en la cual la voluntad está contenien­
do, en los mismos párpados, una catarata de lágrimas; el
rostro pálido (oh, esa palidez que Dante vio en su rostro),
infinitamente pálido; las manos blancas como de una muer­
ta; y la Inmovilidad de quien no tiene razón alguna para
volverse a un lado o a otro, sino que mantiene como en
equilibrio en su interior un sufrimiento que le presiona
igualmente por todas partes. ¡María, María, qué desgarra­
miento fue el tuyo, desgarramiento que llegó a tu misma
sustancia espiritual, desgarramiento de lo indesgarrable,
atroz realización de lo imposible!
¡María, Madre de la serenidad, yo quiero de lejos mode­
lar mi alma sobre la tuya! ¡Ayúdame!

ALKORÍA d e l a f e 16
AUmiüITO VA IK N KI N

MARIA V LA PMKOKflTtNACION

Í 4 o a tu t o r « JIM

ICm ( M U T l t m i c t d »*clr. y no* lo Itan It'W lo Itw lU N O ayor «II


•I r v ft H 't o r t o , que la d e v o ció n a M a ría t»n p r e n d a do predeN ·
ttn ^ tó u , y au ti num «M um \n tur» h la to rlitM do M a lv a id on oM in
fixtru m in r r u ii/u r ttt« por M u rta en fa v or do q u lo n o M han «Ido
MUM rtrvoto« D u n to N0 huct* *’ »*«» ( 1(1 (ittttt (lU A lld O ,
m mu P u rga toru t, a trib u y o I» m tlv a clO n do tfu o n o m ito do
M o iitrM tro «i (ju n im i r l o p ro n u n cia n d o el n om bro do
M u ría
Nvl n im io tti M a r ía f i n l i

Lo cual iM in r fu rio so »1 d e m o n io , q u i< ho N tonto robado y


tm n it \* revancha w ib rn p! cadA vor dn llu o n c o n liP .
K iD d u d a h lftin e n te , law h isto ria n dn «’«te* lí^ iir r o non Jo*
y tm d a«. p i’r o la td *a <|llr* f l l i c l n r n t » ! (1M d X f U ' t t t La d e v o ció n
a in M adr* <tn Jum um t u » p u e d o tirie o n tra rw o M ln am or al m in ­
in o J fh u * , lo im p lica , y v ln o v n rM i, Un m ie rt« quo no p od o-
m oo co n ce b ir gur pueda cu tn d en arN o q u lo n h on ra a M arta.
Y o cr«o, por m i p arte, In d u lto en la e fica cia do un A verna*
ría r**a<Jo fie lm e n te torta* Um n o c h e * .., La M U p t> r*U clón con «
•In te fu creer en la en ca d a m e cá n ica do 1a* A v e m a ria »,
com o mí un A v e m a ria p u d le * e , M ln un m o v im ie n to dol mi m u ,
obrar la «a lv a cló n , n o; puro a tra o al a lm a g ra cia » excep ­
cio n a l* * , de lü N cU a le* *e *JgU O NU C O ttV orJÜ A n, mi Oi IIM O ·
xarto, in « x t r t m i * .
i Y <m* ca tó lica ·* e»ta d e v o ció n I jl* o b re * p rote*tan tc*l
M on c o n d .'M t t t d í* » y d ig n o rt de ia * tlrn a : co n d e n a b le «, p o r «jn o
«* r «p n i;> iv o «iti*» p o d a r n o * acep tar Ign orar a n u ootra M adre,
«i« rl# < ir a lu que e*tA m to» curca de n u en tro « o r a s ió ii quo
n a d io , y d ig n o * de lin tlm a , porque no p riv a n de una d u lsu u -
ra ta n d u lce , la do a la b a r a M a ría , re cu rrir a JCIla, O M tar
o rg u llo ««* , porque T ú ere* grande y fa lta , porque T ú oroi
M lorlo«*
м ai,кали di м m m

«ЛИТА Т1ШКИЛ
14 Ш и Ь г§ 1$н

Aiilvenmrin de ml« VOtOi, jCuAnto oamlno recorrido! Y


dende ф|и me *п tremió Irrevocablemente, no me h* vuelto
JuiiiAm II arrepentlr. y JiinAn he lamentado el ge*U> M U
nltlvo, redllasado <um Id neriftdatón de lo que arrle*«abft ,
1н> recuerdo: aquella ruptura ron »1 inundó, «I «Хм h» que
por primera ve/ vcMti ml rotund, me aparaba del mundo,
pregonaba mi fu y mi fervor, , y me parecía entonte», oh
Jemto, que tu dalm dlun; (.Hita Id imprenton de que tu pd~
lubm; «No moJh voMotro« qulene» tn<* hdb#J» elegido, *oy
Yo quien ом lie elegido * voMotroN», b u l* Id ImpreelOh de
i|iin en!,ii fi'ttwe, en ml «d»n, no era verdadera |V qu* Metí
Idee uirojiindo entona** la» apariencia» par* dUmerm* d lo
que decid Jd fel Ld coneleiu Jtt del ехГиегдо que yo hacia y
del »aurlftolo У del rlewgo que corría. mi ocultaban momm
Lili mulliente i* verdad, í'ero ahora »*, almra veo que no
le Imhlit dudo n&dd, que Jo he recibido lodo, que no he ido
yo Imcla, TI, ni te he pedido que me tuijd», »Ino que ere»
TU quien Im dado lo» primero» p*»o» y quien me tm» lia-
inudo... jOuAntO rnA» heririodo en enLo, cuAnto тАд dulcet
i(Iranian, Jenrtml Me «lento tinado d TI; То me lid» lleudo
и TI, en Id Vida y en Id muerte, y he dqul que la mwnte
но e»l4 lejoí», y yo aprieto, Migo apretando tu mano dentro
de in mía; nunca пом humo» abandonado II« coMKddo,
lúe imrece, 1» tibiera; por lo meno», Id *«Ч|Ш»4я4 У el ean-
miiirln, poro Tú ine hd» evltddo Id» tentación·» que huble*
run dudo cuenta de mi deMllddd,.,
Que Ion ano» que me queden »ean U/taJmant· ftrvorottot.
Lo imAm qu« me quedd que vivir MUt,,. ¿dte* dAttf, QU» aeillt
püm Ti, en рая, en auradealmlento, en ientfCNMAd y <m
итог.

1KIVI Y ЬАКАЯО
/I oetubr§ IMí
Helen ente Kvangeilo emocionante, que no* revela* tdl ve«
mA» que ningún otro, un determinado aapecto humano 4 «
Jonún. Por «I me entero de qu« J*»fl» teñid amigo», e» de
»'Ir, preferido»: don hermana» y un hermana- Iba d *u «ana
мч
I#·» **i* ж ч м ^ н , ftUm, φα* b t iM ñ И lit Μ#*
мч Hit-ntihb #»Ы*< и* ífA'Mi'xf«»· Нин мня,
► >»мМ*м ttitf*mtt(*f1ff b*hit Wm HÍ ItitiH i,ttHié
»« м * » м м м * м«ж *нм, *1 *h i* n m turn t»t{
tbtritiribtnttlHttlt· Hftl Ht1 itiittthh·/ bfñ IlM'bHttfUj
tpt* l't»rn *41 I m nrttfahH '·« HtlH htl*f* hhHtUmn ¿l*№ f0 it
ыщн tNf« « 4** h*itntin »I HftntffH ri*1 Inn* hum
h+*i A ttttnti, if*i ♦*'*<'>**«* tit?* Mtt tftidlti hthti
fftmtui «I it ·((! itittMiMiffH.tfl.ji
iyi\btu ь и Ы п п Ф * '* *^ί·ι mi *i ifOf’ H w mutfbnhi йтпщ
Ib 4 « * f-ч* *rri)rw Hi tin |*'гМ№мЫ«#; Ш\*ШНН
,.tt,,,hf-itfif btittfi0fi t-tfi rlHtnH'i bfih ttiiklt*№i bffi.tti-
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itilnn* Ш f\a*tin φ»1 ttiifttti't nti *·# titir fitf tit, <tft *,!, гДьпЩ
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y* Hinrihtnitihttib; mi twhiHtb hu. htftfiH S n * ANcft itHtti, # # * *
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•"•ни* ttmtmtiMtmi i щ 0m#* 0 * Ннгц, φ**
И'*» hti frftMfMt; ы\н ñ fo ihn i*i4*m p 4* im
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ttlh*iif* ■Hfl# ЬНШыЦп itbltibmi tjtjb yfftM*· Ш thtitbüMi^Wf *t*
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Ы*'* *ι<(* btt Ыц MtbHiinlnftbin* fih htiHiMMft
(· tuMhmti hnphtmfPi H^nt «Hif# i*ttiñh tut**
Ы** ftntfi HttiUtiM«*, Φ ι tfM UM h d*
Hibtfih mí i* *»ϋΜ**ή H*» m tthfA* hi#« t.f ш
242 AUGUSTO VALENSIN

qué? Respeto humano, pose... A q u í es donde hemos de des­


cubrir algo Que se parece a un papel Que desempeñamos.
Jesús es demasiado grande para tener que ocultar algo;
y lo haya pensado o no, sus lágrimas ante la tumba de
Lázaro son el título de nobleza de todas las lágrimas que
no nos arranca un sentimiento culpable. Quien llora de ra­
bia o de odio no puede llorar con Jesús; está condenado
a llorar solo. Pero quien llora porque ama, quien llora junto
a un lecho de muerte, quien llora por el sufrimiento, hace
revivir en sí al hombre Dios, y si quiere hacer que Jesús
llore en él, hace que Jesús llore por él.
¡Que me sea concedido, oh Jesús, no llorar jamás solo!

PENSAR EN LA ETERNIDAD

19 octubre 1938.

Pienso en la Eternidad. Una nada me separa de ella.


Puedo entrar en ella de un momento a otro. Un auto que
pasa por la calle puede en dos segundos empujarme al
mismo tiempo desde la calzada sobre la acera y a la Eter­
nidad. Entonces, ¡adiós este mundo de acá abajo! Una
vida nueva y sin fin y sin cambio. ¡Qué cosa espantable!
Necesitamos fe y lo que nos ha revelado Jesucristo para
que esto se convierta en una cosa muy dulce de pensar.
Un segundo. Y la sonrisa de mi Padre, sí, su sonrisa, por­
que hay una sonrisa en el alma, como hay una bondad de
alma; y de cualquier manera que mi espíritu pueda ma­
nifestar su amor, yo llamo a esta manifestación una son­
risa. Debería, yo que soy cristiano, no pensar más en la
Eternidad que de esta manera.
¿Por qué pensar como simple filósofo y echarme a tem­
blar ante el abismo metafísico, cuando sé que no hay otro
vértigo sino el de un alma ante un amor Infinito? ¡Qué
corta nos parece esta vida y cómo los más atroces sufri­
mientos han de considerarse como poca cosa cuando con­
sideramos esta vida de después eterna! Para quejarse es
necesario verdaderamente olvidar—o, por lo menos, «no dar­
se cuenta»—del carácter fugitivo de esta vida, cuya impor­
tancia procede total y exclusivamente de su relación con la
otra.
Francois había comprendido con todos sus nervios
LA ALEGRÍA DE LA FE 243

preeminencia e inminencia de la Eternidad; esto es lo que


debe regular mis determinaciones. ¡Y pensar que hay per­
sonas, incluso cristianos, que no piensan en ello, para
quienes la muerte es un accidente, siendo asi que la muer­
te es un coronamiento!
¡Dios mío, concédeme comprender cada vez mejor esto;
pero suavizar el pensamiento de lo eterno con el pensamien­
to de tu amor! Para abrirme tus brazos y estrecharme
para siempre jamás (para siempre, para siempre. ¡Qué ma­
ravilla!) Tú no me pides más que mi buena voluntad y que
no renuncie a Ti...
* * *

Estoy muy confuso por lo que he hecho a K El sacer­


dote que hay en mi hubiera, sí, hubiera debido ser todo
caridad, todo paciencia, todo dulzura. Con mi actitud (de
la cual estaba orgulloso— ¡desgraciado!—) he hecho daño
a la religión. Hace falta que, por lo menos, este Incidente
me sirva...; para el futuro ha de estar muy vigilado. Todo
ha de hacer sitio a la bondad, porque la bondad es Dios.
¿Cómo no he pensado en ello?
Será menester que dé reparación y que haga un servicio
a K. Padre, que eres la bondad esencial, ¿me inspirarás lo
que debo hacer, no es verdad, cuando llegue el momento?
Te lo pido desde ahora, luz y fuerza.
Si yo no hubiese estado enfermo, si no lo estuviese to­
davía, ¿qué sería yo? Altanero, hiriente, despreciador; en
suma, insoportable. X. no es nada al lado de lo que yo
sería; pero vino la enfermedad. ¡Bendita sea! Ella ha sido
verdaderamente el instrumento de Dios, mi hermana la
enfermedad. Y si yo siento menos mi impotencia ahora,
será por mi atención y por mi voluntad de sufrir la en­
fermedad.
He de persuadirme de que la bondad es aquello por lo
cual yo puedo imitar a Dios. Él es el amor, es decir, la bon­
dad; y no es éste uno de sus atributos entre otros mu­
chos. Constituye su misma esencia. Él se ha nombrado a Si
mismo de esta manera cuando inspiró a San Juan que
escribiese que su nombre era «Amor». Quiero ser bueno;
estoy firmemente decidido a ello, sin volver sobre mí, no
para que me consideren bueno, sino para serlo efectiva­
mente, y de esta manera acercarme a Dios, perfeccionar en
mí su imagen. En el examen de mediodía tendré buen
cuidado en el futuro de Interrogarme especialmente sobre
244 AUGUSTO VALENSIN

la bondad (manera de responder, de tratar con la gente,


de servir a los demás, etc.).
Virgen María, ¿me ayudarás, no es verdad, a ser bueno?
Y el incidente K. habrá sido providencial si me ayuda a
rehacerme y a trabajarme.

PATERNIDAD DE DIOS
20 octubre 193S.

Sequedad. Sequedad. Debido a cierto estado de fatiga o


de preocupación. A pesar de ello, tomo la pluma para obli­
garme a cumplir sin hacer otra cosa el tiempo destinado
a la meditación. Voy a rezar despacio el Padrenuestro. Y
estas primeras palabras despiertan ya, como siempre me
ocurre, ecos profundos. Es que ya he pensado en ellas mu­
chas veces; es que la Paternidad de mi Dios, su Paterni­
dad hacia los hombres en general, y especialmente su Pa­
ternidad hacia mi, no es una abstracción. Sin duda, yo no
«hago consciente» cada vez el contenido de esta sencilla
palabra con la misma fuerza; y, por ejemplo, esta mañana
no abre ante mis ojos más que perspectivas veladas de
niebla; pero siempre esta palabra me dice algo. Dios es
mi Padre: Dios me ama como un padre ama a su hijo;
mejor: como una madre ama a su hijo. Y me ama como
me ha amado mamá... iEsto es una locura! ¿Y podré te­
ner temor? No, he recibido de Él esta gracia, no tener mie­
do de Él. Otros dirán: no le temo lo bastante. ¡Oh Padre,
concédeme la gracia de no escuchar a éstos! Estoy persua­
dido de que es mejor excederme en la dirección de la
confianza que en la del respeto y del temor. Y no se trata
ya de saber si soy digno o no. ¡Oh Dios mío, concédeme
también esta gracia (sigue concediéndome también esta
gracia) de no mirarme a mí! Si yo me preguntase en qué
puedo atraer o detener la predilección de mi Padre, esta­
ría perdido. ¡Que conserve por lo menos esto! Que guarde
mi tesoro maravilloso: el espíritu de infancia, de filialidad.
Que nada me quite esta convicción, que la filialidad es lo
que conmueve más el corazón de Dios. Ya debe tener Dios
bastante de respeto y de adoración. Lo que ha venido a
pedirnos por medio de su Hijo es amor, familiaridad en Él.
¡Oh loco, loco, loco, que yo le dé, por tanto, esto!
LA ALEGRÍA DE LA FE 245

¡Oh Padre, Padre mío, yo sé que no valgo nada y que


no es ni siquiera humildad el reconocerlo! No hay más
que X. quien se hace ilusión sobre mí, o alguna alma
enclaustrada que no me ve; yo sé que no valgo nada, pero
sé también que por una gracia tuya quiero amarte, quiero
quererlo: primer punto. Y segundo punto: quiero verte ver­
daderamente como a mi Padre, como a mi madre, como al
ser que se ama más, que me ama hasta morir por mí.

SERENIDAD

Formo el propósito de estar vigilante para mantener en


mí la serenidad. Una serenidad hecha de espíritu sobre­
natural, pero que adopte incluso los medios naturales para
defenderse, tener como modelo ante los ojos: 1.° A la San­
tísima Virgen, tal y como yo me la imagino (no sin moti­
vos). 2.° A Alberto o al P. de X. No existe serenidad sin una
unión muy continua con Jesús, si no es insensibilidad.
Quiero considerar a partir de hoy la serenidad como tema
de mi examen particular, es decir, como materia de mi es­
fuerzo cotidiano.
Serenidad quiere decir calma en el interior, dulzura
en el exterior. Quiero comenzar por el exterior. La regla es
sencilla: comportarme como si en todo momento me en­
contrase plenamente satisfecho. Ni una palabra demasiado
alta ni demasiado brusca; ni un movimiento de impacien­
cia; y si tengo que dominarme, reprimir cualquier mani­
festación exterior, hacerlo pensando expresamente en mi
propósito, y representándome a la Santísima Virgen, a Al­
berto o al P. de X.
En suma, es necesario que en el rostro, en las palabras,
en mi manera de proceder, en todo mi comportamiento,
se manifieste mi seguridad, la tranquilidad (esta es la pa­
labra) de un alma para quien Dios y la unión con Dios
cuentan más que todo.

21 octubre 1938.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy. Sería dismi­


nuir la importancia de esta oración, rebajarla, hacer pedir
que tengamos todos los dias con qué comer. Porque, indu­
dablemente que puede—y debe—ser materia de oración.
246 AUGUSTO VALBNSIN

Pero secundariamente. Interesa poco que esta preocupación


de orden material figure en el texto de la oración esencial,
en la cual, por lo demás, todo se refiere a los bienes espi­
rituales. Seria la única petición del Padrenuestro cuyo obje­
to fuese temporal.
Es aquello de que tengo necesidad diariamente y lo que
diariamente he de pedir, es decir, la gracia. Sin ella, im­
posible hacer nada, y mi Padre, que quiere dármela, quiere
que yo se la pida. Y me ofrece por sí mismo la primera
gracia, la que me impulsa a pedir, y, normalmente, eso es
todo. Incluso quien no ora puede ser visitado por la gra­
cia; pero no hay que contar con ello. Quien ora, por el con­
trario, ése puede, ése debe contar con la gracia. Pero el
Padrenuestro nos demuestra perfectamente que para estar
seguro de la gracia hay que pedirla diariamente. Haber
comprendido esto y hacer diariamente una oración por con­
vicción para asegurarnos el día, no por rutina, ni siquiera
por fidelidad a un propósito, a un reglamento, que es una
gran adquisición. Yo creo que quien reza por la mañana
un Padrenuestro, pensando lo que dice, y con toda la sin­
ceridad de su alma, no puede pecar mortalmente durante
el día, o, por lo menos, no puede sin haber retractado po­
sitivamente su oración de una manera o de otra; así, aquel
que en el momento de la tentación y cuando le viene el
pensamiento de recurrir a la gracia, se niega a ello, porque
quiere entregarse a su capricho. Pero el que arrastrado, y
sintiéndose perdido, en el mismo momento en que se siente
ahogarse, habiendo dejado de debatirse, invoca el nombre
de María, éste puede quedar víctima de un antiguo hábito,
de una atracción extraordinariamente fuerte; pero no se
separa de Dios: su voluntad auténtica, espiritual, libre, se
ha separado de esa voluntad suya que es inmanente a sus
miembros, que hace mover la máquina, que pone en movi­
miento las fuerzas de la Naturaleza. ¡Qué consolador es
esto! ¡Y qué normal!
Conclusión: no omitir la oración, y más bien dos veces
que un^; y orar en el momento mismo de la tentación; y
antes de la tentación, pedir la gracia de orar durante ella.
Después, no Inquietarse. Nada nos puede separar de Ti,
Padre, si nosotros no aceptamos ser separados de Ti; nada
puede nada contra la libertad de nuestra voluntad.
A te nunquam separari permittas. Digo esto todos los
días en la Misa. jQué seguridad! Pero tengo que decirlo
LA ALEGRÍA DE LA FE 2 47

bien, con el pensamiento, con el corazón y con la certidum­


bre de ser escuchado.

PUDOR
22 octubre 1938.

iOh Jesús, concédeme facilidad para hablar de Ti! Que


yo no tenga esa timidez, ese pudor de mis sentimientos
que me impida hablar de Ti.
El otro día, paseando con X, y X., hubiera tenido oca­
sión de rezar los misterios del Rosario, o cuando nos en­
contramos ante un oratorio, o cuando pasamos ante una
cruz, decir una palabra; no me atreví; esto se me presentó
como una confidencia, y sentí vergüenza de hacerlo; estoy
como en el período en que el enamorado no se atreve a
hablar de aquella a quien ama, incluso se siente violento
cuando habla de ella. Excepto que he de preguntarme si yo
amo verdaderamente como un enamorado, si no es más que
pudor lo que yo siento. En todo caso, tengo algo que refor­
mar. ¡Sacerdote, ser sacerdote! Atrevida y sencillamente.
Pido a la Madre de Jesús que me ayude.
¿Cómo hablabas Tú de tu Hijo, oh María, durante su
vida y después de su muerte? Si alguien hubiera debido
experimentar un embarazo indecible en mezclarse a quie­
nes hablaban, incluso con simpatía y admiración de Él,
eras Tú. Tú eras la única que sabía su secreto y que sa­
bías que ninguna alabanza estaba a la altura de lo que
Él se merecía; no podías expresar todo tu pensamiento,
revelar tu alma, mostrarte como una madre adoradora...
Y, sin embargo, estoy seguro de que hablando te las arre­
glabas para darle a conocer y para hacerle amar. Y te­
nías el don de hablar de Él; tenías la medida, el tacto,
la intuición, de lo que en cada circunstancia convenia...
¡Enséñamelo a mí!
Todas mis oraciones, mis Rosarios durante el día. mis
oraciones jaculatorias, mis visitas a Nuestro Señor, a tu
Hijo, tendrán esta finalidad, serán ordenadas a esta peti­
ción. Y estoy seguro de ser escuchado.
23 octubre 1938
Una espada traspasará tu corazón. Asi hablaba Simeón
a María. Representarme a aquel anciano, asiduo en el Tem­
plo, uno de los que verdaderamente esperaban al Mesías...
248 AUGUSTO VALSNSIN

Un alma a la expectativa de Aquel Que tenia que venir,


totalmente dispuesto a distinguirlo... |Ah, no es Simeón
quien se expone a dejar pasar la gracia! El no se Interesa
en nada presente, de manera que una vez que ha recono­
cido a Jesús no verá razón alguna para continuar viviendo
y dirá su Nunc dimittis.
¿Es necesario que nos desinteresemos asi de todo lo que
no se refiere directamente a lo sobrenatural? Me parece
ver claro que no, y Simeón no existe más que para desper­
tar mi atención. Su actitud frente a la vida no puede pro­
ducirse exactamente; el católico serla entonces un punto
muerto en el mundo...
¿Y qué es lo que me ensefia. por consiguiente, Simeón?
Que lo único importante, que vale por si mismo, para
sí mismo, es efectivamente esperar a Jesús, esperar su rei­
no en nosotros y fuera de nosotros. Y, por consiguiente,
debe subordinarse a este objeto, y que si se opone, hay que
rechazarlo. Pero todo lo que está en el orden, todo lo que
es querido por Dios, ha de situarse frente a la voluntad
en una categoría de medio. Por consiguiente, j fuera escrú­
pulos! Unicamente está bien que verifiquemos con frecuen­
cia lo sobrenatural de nuestras intenciones. Es bueno lo
que puede ser ofrecido a Dios: este es el criterio por ex­
celencia. O también es bueno lo que puede acompañarse
de una invocación. Y entregarse a esto no es distraerse de
lo que constituye nuestro fin por excelencia, no es apar­
tarse del modelo que es Simeón.
El perfecto cristiano se entrega a los trabajos y a los
gozos de esta vida, pero no se da. Se presta a fondo, y como
sí é! se entregase a ellos, pero no deja soltar la cuerda ...

LAS MISIONES
24 octubre 1938.
El Papa nos ha pedido que pensemos en las Misiones,
que recojamos para ellas oraciones y limosnas. La idea de
ir lejos para dar a conocer el nombre de Jesucristo es
hermosa, y la vocación del misionero es capaz de seducir
a un alma apasionada de Jesucristo. Los primeros após­
toles fueron propiamente misioneros; únicamente en núes
tros días ha tomado una importancia especial la distin­
ción entre aquellos cuyo celo se ocupa de conservar, da
LA ALEGRÍA DE LA FE 249

mantener, de aquello» cuya misión es conquistar. E, indu­


dablemente, hay almas que ganar, incluso en nuestras na­
ciones, sin ir a la búsqueda de salvajes; pero si el cato­
licismo se resignase, bajo pretexto de consolidar las ad­
quisiciones ya hechas, a no procurar llegar a las naciones
alejadas, seria Infiel a si mismo, traicionarla a su propia
fe, puesto que ésta sostiene que el conocimiento de Jesu­
cristo es normalmente necesario para la salvación, un
cristiano no tiene derecho a ser cristiano para él sólo* está
obligado a ser apóstol; deber estricto de caridad, y si un
cristiano determinado puede no tener la obligación de
evangelizar a tal pueblo determinado en particular, los cris­
tianos, en cuanto comunidad, están obligados a hacer todo
lo que sea posible para que todos los pueblos reciban el
mensaje traído a la tierra por Jesús para todos los pueblos.
E Individualmente el cristiano debe interesarse por la
labor misional realizada por sus hermanos; una mane­
ra de manifestar este Interés es orar por los misioneros
y por las Misiones. ¿Lo hago yo bastante? Es indudable
que no se puede pensar en todo; pero precisamente hemos
de aprovechar el tiempo que ofrece la meditación para
dirigir nuestra atención a aquellos sitios a donde ella no
se va espontáneamente. Es el momento de los propósitos,
como también el momento de los exámenes. Por consi­
guiente, voy a poner esta intención en mi Misa para co­
menzar hoy mismo, y la incluiré en mis intenciones gene­
rales. Los misioneros son muchas veces heroicos. Pocas
consolaciones, pocos resultados y sufrimientos terribles. Des­
de que Alberto está allí me doy cuenta mejor de lo que los
misioneros, los que llevan la buena nueva, tienen que sufrir.
Es verdaderamente una vida de fe y tanto més penosa
cuanto no pueden dar marcha atrás. El misionero no se da
cuenta de lo que da. Vida gastada, vida inútil, vida reba­
jada... en apariencia.
¡Que yo no sea indigno de mis hermanos, que yo tam­
bién sea apóstol 1
390 AVOVSTO V A L lIV tlN

LA «CKCIL1A» DS DUH4 MKL

H octubn 1918.

En esta ni rdi a hora que paso con mi Padre todo puede


venir de una materia que no es inconveniente que yo trate
con Él. Pienso en la oración que hace Cecilia en la nótela
de Duhamel. Habla a Dio» verdaderamente como a una
persona y habla sencillamente, sin levantar el tono, sin re«
currir a piadoso» Esto me agrada. Cecilia es más
cristiana que Duhamel. Indudablemente se Imagina que lo
e». y Duhamel mismo es, sin duda, más cristiano de lo que
piensa »er. Cuando Otilia, en pie en la Iglesia, dice a Dios
que ella no se ha casado en su car,a, y que esto ha ocurrido
por razone* que ya le diré otra tez, no me siento repelido
por eftta familiaridad, ni por la naturaleza misma de sus
reflexione». Aceptando <pidiendo) que nosotros nos dirijamos
a Él, le hablamos como a uno de nosotros y a uno que
fuese totalmente bueno, Dios sabia bien lo que ella hacia;
Él esperaba la oración de Cecilia. Y de esta manera he de
hablar yo con mi Padre.
£s curioso que haya sido Duhamel, un Incrédulo, quien
me ha traído esta confirmación y este aliento. Cuanto más
viva es la fe. más »e traduce y más fácilmente en esta
manera de orar a Dios, que, para decirlo brevemente y para
entenderme conmigo mismo, yo llamarla «ceciliana*.
Y <para usar de ella Inmediatamente; ¿no es verdad.
Padre mío, que obro bien, en vez de perder media hora en
medio de pensamientos vacíos, con la Impresión de no hacer
nada, de pretender vanamente obtener de ellos un esfuerzo*
hablarme de esta manera a mi mismo o hablarte a TI con
mi pluma?
¿Y no es verdad que hago bien, puesto que esto se pre­
senta de esta manera, tomando mi punto de partida en Ift
página de una novela más que de un texto de San Pablo?
i Oh santa libertad de ios hijos de Dios! jOh audacia de los
pequeflos! ¡Oradas, Padre, por haberme concedido com­
prender esto!
U A L ta n iA 0 S LA f t

m C A d lD O R

Bar ba*ta el fondo, hasta lo último, «1 sacerdote de Je-


«ucrlsto; ni siquiera ser, sustancialmentc ningún* otra cose,
ni filósofo, ni literato, ni artista, ni un hombre, sino quien
ha ha entregado un di» entera y exclusivamente a Jesucris­
to, Portar decir con ñ m Pablo, pero pensándolo (como él):
nada Quiero saber niño a Jesús y a Jesús crucificado; nada
«rt, Mino a Jesús y a ¿««te crucificado,
Pero oí» necesario poder armonizar esto con la« necesi­
dades de la vida y con la diversidad de loe oficio» que he·
mon de tener: no ser mAs que ttn apasionado de Jesucristo
y unir mi voz a los admiradores de Baudelaire; no pensar
»Ino en Él y hablar de los demás,.. No parece que la difi­
cultad esté en conciliar estas actitudes: podemos estar en*
triados exclusivamente a Jesús y prestarnos a todo lo de­
más. El punto capital es ser de Jesús. {Oh Jesús, ayúdame a
Hcr tuyo, como yo quiero serlo? Toma posesión de mi, de
suerte que mi amor hacia Ti me salga como involuntaria­
mente y a pesar mió por todos los poros. Yo he sabido en
rima ¿poca, qué era estar de tal manera ocupado en Ti
que era necesario hacer un esfuerzo para distraerse ¿Te
amaba yo entonces más? Si esto fues* verdad seria muy
tríate. He envejecido contigo, a tu servicio, y junto a Ti:
¿cómo voy a ser menos tuyo? Prefiero creer que la edad,
la fatiga, el clima muelle tal vez, explican por ti solos la
<11fprenda en la manera de sentir. Felizmente, irradiar a
Jí’fcúK m algo distinto de sentir sobre *1 el dominio de Je-
sucristo, Y lo importante es irradiarle, Uevarle dentro de si,
hasta tal punto, que se revele dentro de nosotras, de que
no» hagamos transparentes. La sequedad tiene esto de Inte*
no: que nos aleja de atribuimos a nosotros mismos «la vir­
tud que sale de nosotros». Bn el fondo, somos noftotros los
único« que perdemos con ella, y esta pérdida no es má*
que aparente.
252 AUGUSTO VALENSIN

LA BONDAD DE DIOS

29 octubre 1938.
iQué gracia inmensa he recibido, y por la cual es me­
nester que dé gracias a Dios incesantemente! La gracia, oh
Dios mío, de creer en tu bondad. Esto tiene apariencias de
nada, y es enorme.
De repente, ningún temor. La muerte puede presentarse:
¿por qué estremecerme? No confío en mis méritos, sino en su
amor. Cada vez veo más que es mi vocación ser quien ha
comprendido que Dios es su Padre—ser quien ha tenido el
valor de considerarse como un niño ante Dios—quien no ha
tenido miedo a Él. Yo nada tengo en mí que me dé títulos
para mi familiaridad con Dios. Aunque yo quiera ser un
excelente religioso, soy un religioso mediocre, un religioso
mediano (no forcemos nuestro talento); y tengo abundan­
temente cosas porque sentir disgusto de mí mismo; pero
me guardo muy bien de ello. Yo sé que mi Padre no me
ama a causa de mis méritos, sino—muy misteriosamente—
porque esto es así, y que llegaría a ofenderle si dudase de
ello. Yo sé que Él quiere, sobre todo, mi amor, mi con­
fianza, mi familiaridad.
Si yo comprendiese esto, todavía más de lo que lo com­
prendo (y te pido esta gracia, Padre mío), mi vida sería
un himno de gozo, nada podría entristecerla. La acción de
gracias lo cubriría todo.
Tender a esto. E instalar en mí una serenidad construi­
da con esta fe.
Son espantosamente desgraciados, sin darse cuenta de
ello, los que pasan al lado de la revelación de este amor;
pero los que son más dignos de compasión son aquellos a
quienes ha sido concedida esta maravillosa nueva, el Evan­
gelio, y no prestan a ella más que una atención distraída;
los que recitan palabras aprendidas, «Padre nuestro», pero
sin tener jamás ese temblor de emoción y de agradecimien­
to, enloquecido, que invade en determinadas horas a aquel
que comprende.
LA ALEGRÍA DE LA fC 253

CRISTO REY
30 octubre 1938

Pilatos le pregunta: «¿Eres Tú el Rey de los Judíos?» Y


Él responde: «Tú lo dices», es decir, tú mismo eres quien
lo dice. En otras ocasiones habla Jesús de su reino, pero
para añadir esta precisión: que su reino no es de este mun­
do. Y hoy, ¿qué queremos decir nosotros cuando hablamos
de Cristo Rey? Es, evidentemente, la realeza de Jesús sobre
las almas, y únicamente sobre las almas, de lo que se trata.
Y esto es lo que pedimos con todos nuestros deseos y lo
que constituye el objeto de la oración por excelencia: Adve-
niat regnum tuuml El Reino de Jesús debe implantarse en
el Universo. Nada tenemos que hacer con un poder temporal,
un poder visible. Se trata del dominio de Jesucristo.
Y ante todo, Jesús-Rey debe ser Rey para mí, debe rei­
nar en mi alma y en mi corazón. ¿Qué significa esto? Es
el caso, para explotar la comparación, de referirnos a la
concepción del monarca absoluto, aquel cuya voluntad es
la única ley, que dispone soberanamente de sus súbditos,
que son una cosa suya... Objeto de culto y objeto de amor.
Rey, en este sentido, no hay más que Jesucristo que pueda
serlo, y en el orden del espíritu. Tú eres mi Rey, oh Jesús;
por consiguiente, me parece bien que hagas de mí Jo que
te parezca bien, y como sé perfectamente que nada ocurre
sin permisión tuya, he de encontrar bueno todo lo que me
ocurra. La consecuencia es rigurosa. Todo acontecimiento,
desde el momento que ocurre, es voluntad del rey. Pues
bien: mientras que me trabajo de esta manera, para sacar
de la idea de la realeza de Jesús algo que pueda guiar mi
conducta, hay algo en mí que se resiste... He de dejar ha­
cer; ninguna fiesta se impone obligatoriamente a nuestras
preferencias, ni incluso a nuestro amor. Y ningún título
reclama obligatoriamente ser gustado por mí. A la fórmula
«voluntad del Rey», que me deja frió, me resulta tan dulce
y bueno, y arrastrador, sustituir esta otra: «Voluntad del
Padre.» Las metáforas regias me dicen muy poco, y son
metáforas, comparaciones. Su Paternidad no es una imagen,
una figura retórica. Y es algo muy distinto ser súbdito del
mejor de los reyes y ser el Hijo del mejor de los Padres,
Quiero atenerme a esto. ¿Lo permites Tú, Jesús? ¿Incluso
hoy? ¿Hoy, fiesta de Cristo Rey? ¿No desentono? Yendo de
a le g ría db l a f s 17
254 AUGUSTO VALENSIN

la realeza a la paternidad, cedo también a tu invitación, y


es a Ti a quien festejo cuando festejo al Padre.

SAN ALFONSO RODRIGUEZ

31 octubre 1938

Tres puntos lo resumen: las obligaciones de su estado,


la oración, el apostolado. Era portero, y fue portero durante
toda su vida. Humanamente no nos parece que esto sea
algo capaz de llenar una existencia, y Alfonso no pasaba de
ser un conserje de hotel. Hemos de admitir que lo que en­
noblecía su trabajo era únicamente el espíritu con que lo
llevaba a cabo. Ninguna ocupación es inferior en dignidad
a otra, desde el punto de vista sobrenatural; porque toda
ocupación saca su dignidad de la voluntad divina que la
sanciona. Si alguna vez Dios pide a uno que sea portero,
aunque posea todos los dones del escritor o del orador, úni­
camente en el oficio de portero no será su vida perdida.
Todavía estamos demasiado inclinados, estoy demasiado
inclinado a considerar en sí misma la tarea a que se aplica
cada uno... E indudablemente es natural, es conveniente y
obligatorio, cuando tenemos que elegir, comparar empleos y
aptitudes, empleos y gustos, empleos y necesidades a que
los empleos responden; pero este examen no tiene más que
un fin: crear, en cuanto depende de nosotros, las condiciones
en que la voluntad de Dios puede manifestarse mejor. En
la vida religiosa esta voluntad acaba siempre manifestán­
dose sin que quede la menor duda, porque no se expresa
por una inclinación, y ni siquiera por las circunstancias,
sino con la voz del superior. El religioso tiene una gran
ventaja: no tiene que preocuparse ansiosamente del cami­
no por donde ha de ir, decirse que tal vez hubiera sido
mejor hacer valer sus capacidades y tal vez hubiera podido
servir a Dios de otra manera; esto puede someterlo a su
superior antes de la decisión; pero, una vez tomada la deci­
sión, y aunque humanamente sea mala (lo que ocurre con
frecuencia), sobrenaturalmente y con miras a lo único que
cuenta, es buena. Es buena en cuanto hace cumplir la vo­
luntad de Dios, que es lo único que yo pretendía. Eviden­
temente, quien pretende ejercer una acción determinada,
utilizar determinados dones, quien quiere simplemente «ha-
LA ALEGRÍA DE LA FE 255

cer el bien alrededor de sí», éste no encuentra siempre en


esto su agrado; pero es que precisamente ya es bastante que­
rer, por ejemplo, «hacer el bien alrededor de sí». Una cosa
única merece ser querida: la voluntad de Dios sobre mí,
hic et nunc. Lo demás no tiene valor. La jerarquía de las
ocasiones y de las tareas no existe más que de una manera
abstracta e irreal.
¡Oh Padre, yo sé que esto que acabo de escribir es la
verdad; pero concédeme estar verdaderamente convencido
de ella, o más bien, porque esto es lo que yo pretendía de­
cir, concédeme practicar esta verdad, incúlcala profunda­
mente en mi inteligencia y en mi voluntad; te lo pido
instantemente. Por todas partes se va a la santidad, pero yo
veo claramente que por este lado se me abre un grande
y hermoso camino, soleado de paz, que me lleva a la san­
tidad y que es el camino abierto para mí.

TODOS LO SANTOS

1 noviembre 1938

Todos los Santos. Por consiguiente, con la Virgen María,


San Pablo, Francisco de Asís, San Ignacio, que no me atrae
mucho, y sin razón, y aquellos a quienes he conocido, Ma-
gali y Frangois. Es la fiesta de todos. Y pienso que lo saben:
las relaciones con esta tierra no están rotas..., y esto en
la verdad cuando no pretendo traducir en lenguaje filosó­
fico, sino representarme de la manera más ingenua las re­
laciones que subsisten entre los habitantes del cielo y de la
tierra. He aquí que están alrededor de la Santísima Virgen;
Magali, que tenía miedo de Ella, está muy cerca de Ella;
pero también Frangois (y debo decir lo mismo de todos los
santos). Y todos rodean a Jesucristo, y Magaii piensa en
su padre, que piensa en ella; y Francois piensa también en
mí, y me están viendo en el momento que escribo esto...
¡Oh misterio!
Ellos siguen siendo los mismos, pero han adquirido las
costumbres de Dios y también ocultan sus intervenciones.
Ven la belleza de la vida de fe que ellos ya no viven, y la
quieren para mí. Es lo mismo, en el borde del misterio
temblamos, sentimos vértigo... Y, sin embargo, un día, in­
eluctablemente, esta oscuridad se hará clara para mi, y en-
256 AUGUSTO VALSNSIN

traré yo también en la compañía de los santos para toda


la Eternidad. ¡Qué claro me aparece que esta segunda vida
es la única verdadera y que esta vida de acá abajo no debe
ser empleada más que para preparar la segunda! ¡María,
María, Pablo, Francisco de Asís, y simplemente Frangois,
Magali y todos aqueiios a quienes amo, mi madre, la ma­
dre de M., papá, mis tías, mis tíos, Fernando—Padre Rous-
selot. Padre Legrand—, todos vosotros a quienes festejamos
hoy (y nuestra fiesta debe tener su eco en vuestra Eterni­
dad), velad por mí!... ¡Seguidnos, protegednos!

LA PATERNIDAD...

He de decidirme a tomar un texto para mis meditaciones,


un texto al que yo siga y al cual agarre mis reflexiones;
porque sin él, cuando llega el momento, doy en el vacío, y
muchas veces sin levantar ni la más mínima caza de pen­
samiento. Hay algo a lo cual vuelvo una vez y otra como por
mi propio peso—como el péndulo, que vuelve a la perpen­
dicular—, y es el pensamiento de mi Padre. Esto puede ali­
mentar un gozo silencioso, pero no hacerme escribir cuatro
páginas. En las horas de sequedad me alimenta esta idea.
No que siempre me dé cuenta de ella con igual intensidad,
mucho menos con igual dulzura; pero pongo mi gozo, mi
orgullo, en ser el hombre de esta revelación, en procla­
marla a los demás cuando puedo, y cuando estoy solo, a
mí mismo. Esta seguridad que tengo de tener a Dios por
Padre, y esta misión que yo me he encargado (¿o que yo he
recibido?) de dar a conocer esta maravilla confieren a mi
vida un sentido e—incluso acá abajo—una trascendencia
notables.
¡Oh Padre, Padre, Padre mío, concédeme hacer pasar
ante todas las cosas a X. esta convicción voluntaria que
siento de tu Paternidad!

SER EL APOSTOL DE LA PATERNIDAD DIVINA

Tengo una hermosa tarea ante mí: ser el apóstol, el


evangelista, de la Paternidad divina. Revelar a los cristia­
nos, que no tienen de ella más que un conocimiento verbal·
LA ALEGRÍA DE LA PE 2 57

la bondad de Dios. Y hacer comprender la belleza de la


esencia divina, no ya con palabras que no hacen más que
repetir que es hermosa, sino simplemente explicándoles que
la esencia de Dios es Amor ; que una cosa es ser «aquel que
ama» y otra cosa ser el Amor mismo; que nosotros hemos
de regular nuestra conducta, nuestras actitudes, con este
punto de vista.
¿Qué daremos nosotros al Amor? ¿Respeto? ¡Ea, pues!
El Amor no puede querer más que ser amado, y para ser
amado Él nos ha creado y nos ha hecho libres—una cria­
tura libre es la única capaz de darle el amor que Él quiere.
Verdaderamente cuanto más me pongo en presencia de
esta verdad más hallo que es capaz de organizar alrededor
de sí toda una espiritualidad.
¿Y no nos ha dicho el mismo Jesús que todos los man­
damientos se reducen a uno sólo; el amor de Dios?
Padre, Padre, hazme comprender a fondo lo que Tú
eres, y hazme saber hacerlo comprender. Concédeme tam­
bién regular mi propia conducta en consecuencia de esto:
si Dios es Amor, yo debo ser Amor. ¡Qué lejos va esto!

PROXIMIDAD CORPORAL DE JESUS

Quien se acercaba a María durante su embarazo se acer­


caba a Jesús, y ésta era una proximidad material. Quien se
acercaba a Ella cuando llevaba en sí únicamente la gracia
sé acercaba también a Jesús, y ésta era una proximidad
espiritual. Entre las dos maneras de acercarse a Jesús, iqué
diferencia!: la primera adquiere su valor, su dignidad, su
eficacia, únicamente de la segunda, en cuanto que es con­
dición o medio para la segunda. Y de esta manera la co­
munión eucarística es totalmente para la comunión espi­
ritual que garantiza.
¿Hemos de decir, sin embargo, que por si sola la proxi-
munidad corporal de Jesús es una gracia? No por si sola E
indudablemente, virtus de illo exibat et sanabat omnes;
pero precisamente la ventaja que había en encontrarse pró­
ximos físicamente a Jesús durante su vida mortal, consistía
en que Jesús procuraba hacerse conocer espiritualmente
primeramente por quienes tenían la ocasión de conocerle
materialmente. Tal era el orden que ífi se había señalado
a Sí mismo, conforme a la idea misma de la Encamación.
258 AUGUSTO VALKNSIN

Hay una economía de la gracia, de la distribución de la


gracia; y todavía hoy hemos de tener en cuenta nosotros
esta economía de la gracia. Tenemos que, no solamente pre­
tender, ante todo, hacer el bien a quienes nos rodean, sino
también hacer de suerte que el hecho de ponerse en rela­
ción con nosotros, que llevamos a Jesús, sea el camino para
entrar en relación con el mismo Jesús. Que la llegada de
un cristiano—y especialmente del sacerdote—a un hogar sea
una «visitación» y haga exultar en algún sitio a un Juan
Bautista.

MARIA EN CASA DE ISABEL

María, levantándose, fue a toda prisa hacia la montaña


de Judá (Le., 1).
María es quien va a casa de su prima. Ella es quien se
adelanta, y ciertamente ni siquiera se le ocurrió (no tuvo
que rechazarla) la idea de que era la más digna. Si la hu­
biera tenido hubiera dado, a pesar de ello, el primer paso,
porque en el orden de la caridad es conveniente que sean
precisamente los privilegiados los que van a los demás.
La verdadera caridad no mira a las precedencias y no
calcula a quién toca comenzar, y en esto precisamente es
humilde, y una caridad que no estuviera acompañada de
humildad no sería verdaderamente caridad.
«A toda prisa», como dice el texto. María se dirige a toda
prisa a casa de su prima Isabel. No que ella pretenda veri­
ficar lo más pronto posible las frases de! ángel, como si du­
dase, y no pudiese quedar más tiempo en la duda. Más bien
es esto: un favor ha sido concedido a María, una señal
divina que Ella es invitada a constatar... Entonces María
se precipita. Cuando Dios da el primer paso nosotros hemos
de ir detrás de Él con prisa, sin el menor retraso. Esto es
lo que quiero ver en esta prisa de la jovencita que se pone
inmediatamente en camino.
Respuesta al llamamiento o, por lo menos, a la invita­
ción de Dios. De esta prisa de María he de deducir dos
lecciones: captar sin detenerme las ocasiones que Dios me
ofrezca para gozar de su bondad; pero preocuparme por
sacar la alegría que Dios nos tiene preparada y no por veri­
ficar la bondad de Dios, la cual quedaría ofendida si pre­
tendiésemos verificarla.
LA ALEGRÍA DE LA PE 259

María entra en casa de Isabel, y he aquí que en el seno


de Isabel el niño salta de gozo. Es que María no está sola,
donde Ella va lleva a Jesús consigo, y quien se acerca a
Ella se acerca a Jesús, sin darse cuenta. El sacerdote se
parece a María. Primeramente se parece como todo cristiano
en estado de gracia, porque la gracia es Jesús en nosotros;
p?ro el sacerdote se parece también a María en que, por su
consagración, sustituye a Jesús acá abajo, pronunciando
por Él las palabras que transforman el pan en el Cuerpo de
Cristo, y sustituyéndole a Él para perdonar los pecados El
sacerdote es Jesús, todavía vivo; Jesús, que se perpetúa de
una forma visible. De aquí consecuencias importantes para
el sacerdote. Debe actuar de suerte que se haga lo más po­
sible, si no transparente, por lo menos atravesable, como
los vestidos y la carne, que no dejan pasar la mirada, pero
que dejan pasar los rayos X. En la medida en que, por su
manera de obrar, intercepta la luz de la fe, la mirada del
creyente, ¡desgraciado de él!

MARIA PRESENTA A JESUS EN EL TEMPLO

María presenta a Jesús en el Templo. Lo ofrece a Dios;


y pienso que la Misa es también una presentación: Offeri-
mus tibí, Domine, hanc inmaculatam hostiam, la misma,
y el sacerdote ocupa el lugar de la Virgen. El sacerdote y
todos los asistentes, porque estos últimos participan verda­
deramente en la celebración de la Misa, y el plural que em­
plea el sacerdote no es un plural de majestad. Todas las
mañanas repetimos la escena que se desarrolló un día en
el Templo de Jerusalén, bajo la mirada de Simeón, en pre­
sencia de una muchedumbre distraída, que charlaba y no se
daba cuenta de lo que se estaba realizando
Y la escena del ofrecimiento no se reproduce en ima­
gen: se reproduce, en realidad, porque Jesús, presente con
su Cuerpo y su Alma, Jesús mismo «es presentado a su
Padre».
Si yo hubiera estado en el Templo al lado de Simeón, y
hubiese sido advertido de lo que estaba ocurriendo, con qué
respeto, con qué emoción, conteniendo el aliento, hubiera
asistido a la escena. Y cuantas gracias hubiera dado a Dios
por haberme hecho testigo del misterio. Pues bien: yo soy
más que un testigo: el actor principal; desempeño el papel
260 AUGUSTO VALENSIN

que desempeñó María... ¿Y no quedo impresionado por ello?


i Oh rutina, rutina! ¡Cuánta necesidad tenemos de volver
a encontrar las verdades de la fe, como si las descubriése­
mos por primera vez! El esfuerzo que el cristiano ha de
hacer es repensar lo que cree, hacerlo «consciente», y esto
no es cosa fácil; pienso que hace falta para ello la gracia.
¡Oh Padre, concédeme volver a las expresiones cristianas
la virginidad de su sentido, y que yo me desenvuelva en el
interior de mi fe como en un mundo encantado!

PRESENTACION DE JESUS

Purificación. Tipo del acto gratuito, realizado por defe­


rencia hacia una regla que no obliga, y por respeto a las
almas que podrían escandalizarse si no se cumpliese.
María me traza perfectamente el camino a seguir. No
podemos campar siempre por los derechos que tenemos, de­
clamar nuestros privilegios. Hemos de saber ceder de nues­
tro derecho... Y esto podemos hacerlo con un doble espíritu
muy diferente: con el espíritu de Sócrates moribundo, que
recomienda a sus amigos sacrifiquen un gallo a Esculapio,
y con el espíritu de la Virgen, que sacrifica una paloma en
el Templo. La primera actitud es el orgullo despectivo; ha­
cemos a los más la limosna de un conformismo exterior,
por una idea que rechazamos. La segunda actitud es de hu­
mildad; pero también se inspira en una idea que rechaza­
mos; porque lo que le da su sentido y una trascendencia
sobrenatural es atestiguar implícitamente que consideramos
la ley como un joyero que merece ser piadosamente conser­
vado por la reliquia que ha contenido. Cuando la ley está
vacía para nosotros hemos de tener en cuenta el hecho de
que ella encierra todavía la voluntad de Dios para otros, o
que ella la ha encerrado: esto basta para hacerla ve­
nerable.
El conformismo es la actitud del respeto.
* * *

Beatius est magis daré quam acclpere. Esta idea impre­


siona a primera vista y no podemos menos de concebir una
gran estima de quien la ha pronunciado. Por tanto, ¿hay
mayor felicidad en dar que en recibir? No sólo es mejor,
LA ALEGRÍA DE LA FE 261

más perfecto, sino que es algo en lo cual el corazón descan­


sa mejor, el corazón y toda el alma. Pero cuando pensamos·
que quien ha pronunciado esta frase y quien se revelaba
en ella a nosotros es el mismo Dios, entonces esta frase
querida se convierte en el tema maravilloso de dulcísimas
meditaciones.
Beatíus est... Aun cuando las apariencias, mi experien­
cia personal, me dijesen lo contrario (que no es el caso),
debería creer que hay realmente más felicidad en dar que
en recibir.
Pero ¿cómo comprender la palabra «felicidad»? ¿Signi­
fica que, en fin de cuentas, el hombre tiene que felicitarse
más por haber dado que por haber recibido? ¿Como si el
dar constituyese un tesoro que hemos de recobrar cuando
llegue su tiempo? Entonces hubiera sido necesario decir:
es más expeditivo, es más aprovechable, es más razonable,
y no Beatius est. Cuando Jesucristo pronunció esta senten­
cia y cuando San Pablo la cita, ¿qué sentido exacto le da?
Vale la pena averiguarlo. Será necesario ver el concepto en
San Pablo. Pero ¿la interpreto yo así? ¿Sentimos más sa­
tisfacción en dar que en recibir? Cosa curiosa: formulada
de esta manera, la verdad latente me parece evidente. El
hecho de dar (y sea lo que fuere, con tal que seamos nos­
otros mismos los que damos, con una generosidad entera-
mente libre) constituye la humildad de nuestro ser, por­
que, al dar, aprobamos, nos felicitamos por dar; el alma
consiente en sí misma; mientras que el recibir no lleva
consigo esta unanimidad interior: aun cuando recibimos
lo que deseamos, y lo que hemos perdido, en secreto desea­
ríamos lo mismo tenerlo sin recibirlo.
Unicamente hemos de añadir que hay casos en que este
dar es recibir. Por ejemplo, ese señor cuyo nombre ignoro,
millonario, bienhechor insigne de la Compañía donde tie­
ne a sus hijos), siempre pobremente vestido, que después
de haber servido la mesa a un sacerdote, acepta de él una
moneda de 20 céntimos. ¡Qué alegría debió ser la suya! Y
por múltiples causas, sin duda, la principal de las cuales
es haberse visto asimilado a Jesús; pero también, me ima­
gino, porque, al recibir, daba a otro la alegría de dar. Otros
ejemplos podrían alegarse todavía más típicos.
* * *

Pensar que mi Padre del cielo me contempla, que me si*


gue y que me oye. Conseguir conversar con toda sencillez con
262 AUGUSTO VALENSIN

Él; no como quien habla a los muertos y se autosugestlona y


se produce la ilusión de una presencia continua, sino en vir­
tud de mi fe. Es cierto y toda mi vida está organizada sobre
esta certidumbre, es cierto que de Dios a mí (hay para que­
darse impresionado, haber podido escribir esto), que de D*os
a mí. y recíprocamente, existen relaciones continuas; que Él
es más accesible a mi, que mi hermano mismo, que vive
donde yo vivo y a cuya puerta puedo ir a tocar; es cierto
que yo no puedo pensar y dirigir hacia Él un pesamiento
de forma que Él no oiga este pensamiento y, ¡oh maravilla!,
que Él no lo escuche; es cierto que Él está más cercano a
mí que cuanto pueda imaginarme más cercano, y que Él
no hace más que recibir mi oración: por Sí mismo me ha­
bla, toma la iniciativa, interviene, aceptando no ser cono­
cido..., y yo soy como quien recibiese en cada momento por
parte de alguien que está oculto indicaciones para compor­
tarme, y que las siguiese o no las siguiese, pero no se
preocupase de dónde viene la voz y no pensase jamás—en
todo caso—en decir gracias.
Las relaciones entre Dios y yo, de las cuales la fe es la
garantía, he de explotarlas conscientemente; lo que es
mudo intercambio he de conseguir que sea consciente (cuan­
to puede serlo), es decir, por mi parte, y en lo que respecta
a mi aportación.

TU ERES REY...

Tú eres Rey; Tú eres mi Rey. Sí, sin duda; y quiero


trabajar para hacerte reinar acá abajo sobre las almas y
sobre mí. Pero tu reino es el reino del amor; de suerte
que siendo mi Rey eres mi hermano y mi amigo. No me
gustan las imágenes que evocan tu título de Rey; ponen
distancia entre nosotros, siendo así que precisamente Tú
has venido a suprimir la distancia y a poner a Dios entre
nosotros, para hacer que se mezcle con nosotros. Rey, lo
que reclamas es respeto y obediencia. Y, sin duda, yo te
debo y quiero darte obediencia y respeto; pero todo el
Evangelio me grita que de lo que tienes sed es sobre todo
de ser amado. ¡Y cómo te comprendo yo!
San Juan nos enseña que tu nombre, es decir, tu esen­
cia, es el Amor. Pero si eres esencialmente el amor, nada
amas más que ser amado... Es verdad que se trata aquí
de tu Padre; pero, primeramente, Tú no formas más que
LA ALEGRÍA DE LA FE 263

uno con Él, puesto que tienes una naturaleza con Él, una
esencia con Él; y, en segundo lugar, como Hijo, ¿no eres
el espejo del Padre, el Verbo por el cual y en el cual Él se
expresa adecuadamente? Así, Tú eres Rey, oh Jesús, pero a
condición de comprender que el Amor es Rey, debe ser Rey,
y que debemos sacrificarlo todo en honor del Amor, en ho­
menaje al Amor.
Bajo este aspecto el título de Cristo Rey llega a agra­
darme; pero nos encontramos muy lejos de las figuracio­
nes que evocan la idea de realeza.
Si el Amor es Rey, yo debo obedecer en todo al Amor.
Dulzura, bondad, abnegación, sacrificio, indulgencia, miseri­
cordia; he aquí lo que pide el Amor. Y no pensar en sí.
sino en los demás; no volverse sobre sí mismo, no conside­
rar las cosas desde el punto de vista de si mismo, sino
desde el punto de vista de los demás. Esta última obser­
vación es importante: el Amor excluye tanto el egotismo
como el egoísmo.
Quien es perfecto en el Amor es perfecto simpliciter.
Jesús lo ha dicho. Y esto se comprende por lo que acabo
de ver; porque quien es perfecto en el Amor imita perfec­
tamente a Jesús y cumple perfectamente la voluntad del
Padre... Lo demás que es necesario para la salvación le
será dado por añadidura. El Amor abre las esclusas de la fe.

JESUS Y EL SUFRIMIENTO

En la Imitación de Cristo el autor hace decir a Jesucris­


to: «Desde el primer instante de mi vida hasta mi muerte,
jamás he estado sin sufrimientos.» ¿Es esto verdad? ¿Y por
qué esto es así? La cosa es posible, pero lo contrario también
es posible, y para mí prefiero ver los primeros años de Jesús,
incluso su adolescencia, desarrollarse junto a María y José,
en una paz alegre. En primer lugar, desde el punto de vista
moral, ¿de dónde le hubieran venido los sufrimientos? No
tenía que ser contradicho. Y no me lo imagino, por parte
de sus compañeros, como víctima de bromas... Por el con­
trario, debía atraer e imponer cierta deferencia simpática.
En la casa, el solo hecho de estar juntos los tres, José,
María, Jesús, no podía dejar de crear una felicidad muy
real. Y físicamente, ¿qué necesidad hay de hacer que la
Pasión comience desde los primeros días? No, Jesús; Tú
264 AUGUSTO VALENSXN

conociste, como tu Madre María, los días gozosos, y Tú los


gustaste, como gustabas y apreciabas el sabor de los higos
jugosos, la belleza de los lirios, el esplendor de una puesta
de sol. Y veo tres períodos perfectamente determinados en
tu vida: el primero, que se extiende hasta la entrada en
tu carrera apostólica; el segundo, hasta la agonía; el ter­
cero, hasta tu muerte. Y creo que el sufrimiento comenzó
para Ti el día en que te separaste de tu Madre. Entonces
tu corazón quedó desgarrado, y esto para siempre. Durante
años viviste con unos compañeros limitados, que compren­
dían al revés lo que Tú les decías y que no tenían las con­
sideraciones que incluso creyéndote simplemente hombré
debían tener contigo. La soledad del corazón en Ti debió
ser un martirio, ante el cual el sufrimiento de la flagela­
ción me parece algo insignificante. Tenías a María y la
dulzura de las confidencias hechas a aquella Madre exqui­
sita; pero después de María a nadie. Juan, el discípulo
amado, no era, a pesar de todo, más que un discípulo; Tú
le escuchabas, pero no le hablabas, por lo menos, de Ti. Y,
sin embargo, tenías un corazón de hombre, una sensibilidad
de hombre, emociones de hombre... Esta soledad espiritual
me parece algo terrible. Pero estoy seguro de una cosa: de
una manera general no dejaste transparentar nada de tu
sufrimiento íntimo; hubiera sido ya confiarte contarlo. No
tenías más que el recurso de hablar a tu Padre. Y te re­
tirabas a alguna cueva, y tu alma se desahogaba. Misterio­
sos coloquios de los cuales salías humanamente más fuerte.
Lo que hacías, yo también puedo hacerlo. Tu Padre tiene
atento su oído para mí lo mismo que para Ti. He de creer­
lo, y lo creo.
¡Qué modelo eres para mí! ¡Oh Jesús, concédeme cono­
certe y concédeme imitarte! Te amo.

CONSERVAR EL ALMA SANA

Padre mío, ayúdame a conservar un alma sana; veo


tanta gente a mi alrededor dislocada. Y me siento yo mis­
mo tan accesible a las ideas de persecución, a las ideas de
desaliento...
Un espíritu sano, es decir, optimista, que nada exagera,
juzga objetivamente, no se deja influir por la sensibilidad,
permanece sereno, da a cada hecho su importancia, no
LA ALEGRÍA DE LA FE 20*
deja Que una preocupación ocupe toda el alma, sabe no
pensar en las desgracias de los demás, sino en determina­
das horas (en tiempo útil), etc.
He de exhortarme a mí mismo y entrenarme a que la
razón domine más la sensibilidad; hay una razón que no
es fría, y precisamente con la razón (en cierto sentido) es­
tamos obligados a amar a Dios, a Quien no vemos, cuando
el sentimiento nos falla. Amar por razón o amar por vo­
luntad, es todo una misma cosa; cuestión de terminología,
cuestión verbal. ¡Atrás todo romanticismo!
Es verdad que cuando amamos con la voluntad, es ne­
cesario poner además el corazón (voluntariamente) en la
voluntad, y para esto tener corazón. Entonces la caridad
verdaderamente es amor; y amor, el amor de Dios. Yo me
entiendo.

CONTRA EL DESALIENTO

30 septiembre 1938.

Me doy perfectamente cuenta de que mi «amor hacia Ti


por encima de todo» debe manifestarse en un abandono de
mis inquietudes—o de mis desalientos—a propósito del debi­
litamiento de mis facultades. Me doy perfectamente cuenta
que sería buscarme a mí mismo, preocuparme más de lo ne­
cesario por intentar poner remedio a esto, por este debilita­
miento. Cumplir mi obligación, tender al éxito: lo demás
es secundario. El trabajo tiene en el orden temporal su fi­
nalidad en sí mismo, y la finalidad que no tiene en sí mis­
mo la encuentra infaliblemente en el orden sobrenatural.
La mamá de M.: ejemplo siempre presente. Sus traduccio­
nes hasta última hora; las palabras italianas olvidadas sin
cesar y sin cesar vueltas a aprender. ¡Qué lección!—y que
me impresiona más que la lección dada por Alfieri o por
San Juan Berchmans—. La imagen de la mamá de M. debe
ser para mí arma contra el desaliento, contra la tentación
de abandonar, de renunciar. Me resulta agradable que mi
fuerza proceda de ahi.
Año próximo, año de lucha, año de victoria; sobre él
han de construirse los años que seguirán. ¡Dios mío. te lo
confío y no tengo miedo! ¡Frangoís, si estás contento de
mí, ayúdame!
»6 AUGUSTO VALENSIN

8 noviembre 1938.

La muerte constituye todo el patetismo de la vida: es


necesaria para que la vida se convierta en drama. Sí, sin
la muerte, que detiene la experiencia, la impide prolongar­
se indefinidamente; sin la muerte, que da a nuestras accio­
nes valor de Eternidad, y a nuestra existencia sobre este
mundo un sentido dramático, ¡qué cosa más estúpida sería
la vida! X. dice: «Cotidiana y banal.»
Por consiguiente, es anormal pretender aislar sistemá­
ticamente y siempre la idea de la muerte: es desnaturalizar
la obra en la cual desempeñamos un papel. La muerte debe
ser pensada por nosotros, no como un accidente inevitable,
que viene a interrumpir una tarde interesante, sino como
la consagración de nuestros esfuerzos; y la coronación, no
el término de nuestra vida. Ella es el verbo que la lengua
alemana coloca al final de la frase y que la ilumina toda;
una frase que se alarga indefinidamente sin encontrar su
verbo no tendría sentido alguno, y, además, es imposible,
porque la idea del verbo es inmanente a la frase desde las
primeras palabras. El pensamiento, para expresarse, necesi­
ta una frase acabada. Pero una frase acabada no es un
discurso acabado. Y cuando la vida terrena se detiene se
hace posible otra vida.
Podríamos clasificar a los hombres en dos categorías:
los que piensan en la muerte y los que no piensan en ella.
Solamente los primeros se comportan como hombres; los
demás, como animales; y como ellos han suprimido de su
vida lo que convierte a la vida en un drama, no queda más
que lo que miserablemente parece llenarla... Es eso «coti­
diano y banal», lamentable.
La dignidad de la vida humana le viene de su corona­
ción, la muerte. ¡Seas, por consiguiente, bendita, oh muer­
te! Tú no eres para mí un espantajo y no vienes a qui­
tarme nada; tú eres la que ha de perfeccionarme, cam­
biarme definitivamente en mí mismo, y que ya desde ahora
carga secretamente mis acciones más sencillas con un peso
de gracia y de gloria.
LA ALEGRÍA DE LA FE 267

EL MAS ALLA

14 noviembre 1938.

Pienso en el más allá. Para quien no tiene fe, ¡qué fuen­


te de aprensiones, qué enigma! ¿Y cómo vivir en esta in-
certidumbre? Quien cree en la nada, después de esta vida,
no puede dar un valor absoluto a las ideas de justicia y de
caridad... Esto lo veo como evidente; y me parece que nin­
gún sofisma podrá jamás arrancarme estas certezas. Y
esto basta para hacerme rechazar la posibilidad de la nada.
Debe haber algo después de la muerte que conserva a las
ideas de justicia y de caridad, a la idea de obligación su
valor absoluto; es menester que estas ideas sigan contando.
Y esto, no sólo da una supervivencia, sino uua superviven­
cia eterna; porque el problema que despierta esta vida de
acá abajo sería igualmente despertado por toda otra vida
temporal que pudiese seguir a esta.
Ahora una supervivencia eterna, en el curso de la cual
no se tuviesen en cuenta los valores morales, es decir, que
no consistiese ya en una prueba (porque esto es lo que quie­
ro decir), es ya una especie de Paraíso. La filosofía llega
hasta ahí, pero no pasa de ahí. Y esto resulta ya hermoso;
la revelación nos enseña que esta vida eterna consistirá en
una divinización de nuestra persona. Y esto es magnifico.
Gracias a la revelación, fomentada por la Iglesia, yo sé
que después de esta vida conoceré, sin velo, a mi Creador,
que es mi Padre, y encontraré junto a Él a las personas
a quienes he amado, a las personas a quienes amaré. Y
esto basta para quitar a la muerte su carácter de separa­
ción y de ruptura: la muerte es el camino hacia una cita
a la cual unos llegan más tarde, otros más temprano; pero
a la cual todos nosotros podemos (y debemos) llegar. ¡Oh,
qué reunión definitiva, eterna, eterna, eternamente alegre
y feliz, sin turbación, sin inquietud, sin peligro, asegurada!
¡Gracias, Padre mío!
268 AUGUSTO VALSNSIN

LIBRAME DE LA DESESPERACION

Dios mío, Dios mío, Padre mío, líbrame para siempre,


te lo suplico, de la desesperación, e incluso del desaliento.
Líbrame para siempre de ese desprecio de mi mismo, ca­
paz de llegar a arrebatarme el valor para arrojarme en tus
brazos, capaz de hacerme sentir vergüenza ante Ti.
Esta gracia que me has hecho, sigue haciéndomela, y la
gracia de comprender siempre, como comprendo ahora, que
es honrarte no sentir miedo de Ti.
No debo ser presuntuoso: debo tener miedo de tener
miedo y persuadirme que he de ganar, por medio de la ora­
ción diaria, la continuidad de la gracia.
Sí, esto es decididamente lo mejor que hay en mí (y
esto no procede de mí). Me parece también que mi voca­
ción especial consiste en inspirar esta confianza. Ella va
acompañada de un sentimiento muy hondo y muy vivo de
la Paternidad Divina.
Quien ha comprendido lo que Tú eres, oh Dios mío, no
puede estar ya absolutamente solo. Y yo siento todavía ma­
yor seguridad refugiándome con el pensamiento en tu
ternura, oh Dios mío, que incluso buscando una presencia
junto al Tabernáculo. ¿A qué se debe esto? La fe en tu
ternura todo me lo impone. Esto no se debe a un hecho,
a una revelación «histórica»: la fe en la presencia Euca-
rística está apoyada en la revelación, en un hecho. Sí, aquí
está la explicación psicológica de lo que yo siento. Ya se
entiende que yo creo tanto en la presencia real de Jesús en
el Tabernáculo como en la realidad de tu amor. Tanto, es
decir con una certeza dispuesta a afrontar el martirio;
pero no con la misma facilidad, la misma consolación es­
pontánea.
He de repetirme: Dios es mi Padre, un Padre como el
padre del hijo pródigo. Es Jesús quien nos lo ha dicho...
¡Ah, efectivamente, sí, conozco por la revelación la ternura
de Dios! Es verdad, pero también es verdad que, una vez
concebido Dios como Padre, no puedo representarme a Dios
de otra manera: esto sería concebirle menos bello de lo que
puede ser, es decir, contradictorio.
Padre, Padre, Padre, Tú eres Padre, mi Padre. Voy a
repetirme esto durante el día. Esta será mi oración Jacu­
latoria.
LA ALEGRÍA DE LA FE 269

Será necesario que esto descienda hasta el fondo de mi


conciencia.
Si yo me contemplase a mí mismo, me sentiría desani­
mado, sentiría disgusto de mí mismo... Pero no tengo ten­
dencia a contemplarme, felizmente. Y comprendo que debo
huir todo lo que podría favorecer el nacimiento de esta ten­
dencia. De ahí que ciertas prácticas, como los exámenes
minuciosos y las confesiones minuciosas, pueden ser exce­
lentes en sí y buenas para los demás; para mí, no.
Padre, Padre..., yo, tu hijo. Un punto, esto es todo: y
esto es espléndido.

LA MUERTE DE JESUS EN LA CRUZ

De una carta a la señora B.

El Evangelio nos pone en presencia de un hecho des­


concertante a primera vista, que ningún discípulo del
Salvador se hubiera atrevido a inventar; Jesús muere aban­
donado. En el último minuto, el Crucificado reúne sus fuer­
zas, y sacando su alma en un grito, lanza esta queja des­
garradora, a la cual los sonidos hebreos añadían también
desolación: Eli, Eli, lama sabactani!, lo cual quiere decir:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
E indudablemente no es desesperación lo que se expresa
aquí: es abandono; pero no por ello es menos impresio­
nante. Nada ha sido perdonado a Jesús.
Hagamos aquí un poco de teología, pero lo que voy a
explicarle no es en absoluto necesario que lo asimile per­
fectamente, y en el fondo puede usted saltárselo. El hom­
bre, a quien una relación, única en su género, unía con
Dios, recibía continuamente de Él luz y fuerza; la natura­
leza divina de Jesús (idéntica a la naturaleza del Padre)
comunicaba a su naturaleza humana todo aquello de que
ella tenía necesidad para realizar su tarea. Pero entre Je­
sús y nosotros había una diferencia esencial: que nosotros
recibimos la asistencia de Dios en cierto modo «del exte­
rior», mientras que Él la recibía «del interior». En nosotros
esta asistencia tiene la forma de una gracia; en Él era
una comunicación regular y debida: no podía tener nece­
sidad de gracias, incluso como hombre.
Ahora esta asistencia divina, el hombre, en Jesús, tenia
al e g r ía d i la fb 18
270 AUGUSTO VALENSIN

necesariamente conciencia de sí; por lo menos asi fue has­


ta el penúltimo minuto: en el momento de morir, el Padre
ha permitido que su Hijo, hecho hombre, perdiese, no cier­
tamente su asistencia, sino el sentimiento de esta asisten­
cia. De aquí aquel abandono inimaginable. En aquel mo­
mento y en este misterio Jesús se hizo lo más semejante
a nosotros: todo ocurre entonces como si Él no fuese más
que hombre.
Y he aquí bastante y demasiado para la teología.
Después de haber participado en el abandono emocio­
nante de Jesús, intentemos sacar del espectáculo de este
final ocasión para una súplica (por le menos, me siento
movido a hacer esto para mi, y le sugiero que me imite).
Diremos, pues, a Jesús moribundo, que acaba de arrancar­
se y de arrojar en el gran silencio impresionante las inol­
vidables sílabas Eli, Eli, lama sabactani!, le diremos:
¡Oh Jesús, que has muerto por mí en la desolación, ten
compasión de mí! Soy débil y no tengo el valor en este
punto de desear asemejarme a Ti: concédeme morir, no ya
en la desolación, sino en la consolación. Tú te sentiste es­
pantosamente solo en tu último momento: que yo me sienta
sostenido, rodeado, asistido. Tú no viste más a tu Padre:
que yo lo adivine en mi lecho de muerte. Que mi alma oiga
sus palabras de dulzura y de llamamiento, que yo sienta
junto a mí con tu presencia la presencia de la Virgen, tu
Madre y la mía, para que yo parta, no ya con un grito de
abandono, sino con un suspiro y con una sonrisa, para
encontrar alegremente al Amor.

EL PADRE
Abril 1939.
Padre mío, que me has concedido ya esa gracia inmensa
de creer que Tú eres para mí un Padre, pero un Padre
infinitamente tierno, una madre más bien, y para quien yo
soy el niño mimado; Padre, que estarás conmigo cuando
todo el mundo me abandone y que seguirás rodeándome
con tu ternura, cuando incluso yo me haga desagradable
a mí mismo; concédeme, oh Padre, la gracia de encontrar
fervor sensible. Sé perfectamente que esto no es algo nece­
sario para la salvación, incluso para la santidad; pero esto
es algo bueno. He gustado de ello; y sé que si podemos,
LA ALEGRÍA DE LA FE 271

como es cierto, amarte sin sentir que te amamos, es muy


dulce amarte sintiéndolo; y, por el contrario, es muy duro
orar sintiendo fastidio en la oración... Pienso en Santa Te­
resa sacudiendo su reloj de arena para hacer correr el
tiempo, porque la hora de oración le parecía interminable;
pero pienso también en los santos que se pasaban una parte
de sus noches en tu presencia, con ardientes impulsos y
por gusto o necesidad más que por voluntad Hágase tu
voluntad; lo esencial, lo reconozco, es que yo te ame, es
decir, que yo te dé a conocer y amar, y que yo me modele
a imagen tuya. No he de gustarme a mí mismo, sino a Ti
solo; y tal vez es bueno que me prepare durante largo
tiempo en la sequedad para gozar de tu amor.

LAS SANTAS MUJERES DEL SEPULCRO

Las santas mujeres van al sepulcro, con la Idea de em­


balsamar el cuerpo de Jesús. Por consiguiente, no sabían
que Jesús tenía que resucitar; la frase que Jesús había di­
cho mostrando su Cuerpo con el dedo: «Destruid este Tem­
plo y lo reconstruiré en tres días», esta frase no había sido
entonces todavía comprendida; Jesús había hablado inútil­
mente... Y, sin embargo, ¿quién se atrevería a considerar
a estas piadosas mujeres como «incrédulas», como «faltas
de fe»? ¡Qué reservados hemos de ser cuando se trata de
juzgar a las almas! Que la doctrina esté mal expuesta, que
la relación del amor se presente como si fuese un sistema
filosófico, y que el gran problema no sea a&rirse a la cari­
dad, sino admitir determinados conceptos, y son excusables
las almas de no ser cristianas. Lo esencial para un alma es
ser generosa, es ser buena; es decir, realizar en si misma
la bondad... Y las santas mujeres lo han comprendido. El
hecho mismo en que se expresa de hecho su falta de fe es
un acto de bondad, y Jesús lo recompensa.
Pero lo que las piadosas mujeres han hecho, han querido
hacer a Jesús, ¿no puedo yo hacerlo también? La Pasión,
en todas sus fases, se reproduce continuamente: Jesús su­
fre en el mundo y Jesús muere... No es esto una metáfora;
el cuerpo de Cristo es la Iglesia; cuando la Iglesia está
herida, Jesús sangra... Y he de acercarme entonces con un
afecto respetuoso y curar la herida. He aquí al$o en que
272 AUGUSTO VALENSIN

yo hasta ahora no he pensado. Lo descubro en este momen­


to: utilidad de la meditación.
Propósito: acostumbrarme a ver a la Iglesia bajo este
aspecto: el Cuerpo, la forma visible de Jesucristo.

Abril 1939.

Las mujeres que vuelven al Calvario: no tienen respeto


humano; el amor en ellas se sobrepone al amor propio. No
temen que las fichen como fieles al condenado; y, sin em-
oargo, ellas no tienen el conocimiento de Jesús que nosotros
tenemos... ¿Piensan que Jesús es Dios? Resulta excesivo
preguntarse esto a propósito de ellas: Jesús es para ellas
un ser extraordinario, en el orden de la santidad, que me­
rece que lo prefieran a todo, incluso a sí mismas; pero ya
esto es bastante: las mujeres han creído en la divinidad de
Jesús; y la fe moderna de los teólogos no hace más que
explicitar el contenido de la fe que tenían ellas sin darse
cuenta de la Encamación... Esta teoría se nos presenta to­
davía actualmente bajo el aspecto moral. Y alguno que no
conoce a Jesús le recibe, le habla, cuando recibe a un po­
bre; le confesamos afirmando los derechos de la justicia o
las exigencias de la caridad. Dar su rostro a «la justicia»,
para que se convierta en «el justo», está bien; pero no es,
después de todo, lo esencial: lo esencial es adorarle.
Que yo no te desconozca jamás, oh Jesús, cualquiera
que sea la forma en que te presentes a mí. Y que tenga
siempre la generosidad de permanecer fiel, como aquellas
piadosas mujeres al día siguiente de la tragedia que las
hundía de vergüenza. Amén.

JESUS HA RESUCITADO
Pascua 1939.
Pongamos ante todo el hecho: ha resucitado como nos­
otros resucitaremos algún día. Lo cual quiere decir que ha
vuelto a tomar su Cuerpo, un cuerpo que está de nuevo vivo
y completo. Inútil averiguar curiosamente lo que puede ser
actualmente el Cuerpo de Jesús, y, de una manera general,
el cuerpo de un resucitado... Jesús no ha resucitado como
Lázaro para seguir viviendo algún tiempo entre nosotros:
LA ALEGRÍA DE LA FE 273

ha resucitado para la vida eterna. Lo cual es muy diferente.


Y San Pablo nos habla de un cuerpo incorruptible, de un
cuerpo espiritual. Poco importa. Lo que he de representar­
me es que Jesús vive de nuevo, Jesús, y no sólo su alma,
que no ha dejado jamás de existir. Y esto sería ya un punto
de consecuencia saber que el hombre Jesús, triunfante de
la muerte, sigue viviendo; de suerte que no tengo que ha­
blar de Él en el pasado, como de un personaje histórico;
pero iqué emocionante se hace esto cuando pienso que
este Jesús, hijo de María, crucificado en Jerusalén, no está
lejos de mí, que habita esta casa, porque yo puedo acer­
carme a Él, que sin duda no le veré (porque esto seria de­
masiado hermoso, y no habría sitio para la fe, esencia de
nuestra prueba), pero puedo estar a su lado, hacerme oir
y ver por Él! Con la seguridad de que Él tiene el medio
(siempre preservando la vida de fe) de darle su respuesta.
La Eucaristía prolonga singularmente la Resurrección; hace
más: da a la Resurrección una trascendencia que no ten­
dría sin ella; porque, finalmente, si Jesús no viviese actual­
mente sino en su alma, como nuestras madres, como Fran-
qoís y Sam, o si viviendo también en su cuerpo, no per­
teneciese ya a nuestro mundo, como Sam y Frangois o
nuestras madres, yo no establecería mucha diferencia entre
Él y ellos. La Resurrección sería un privilegio para Él, pero
a mí no me traería nada. En suma, Jesús sería para nos­
otros como la Santísima Virgen, de la cual podemos hacer­
nos imágenes; pero que jamás viene eutre nosotros con su
cuerpo (porque incluso en sus aparicior.es el cuerpo de Ella
que vemos no es más que una imagen). Por medio de la
Eucaristía Jesús viviente se hace uno en medio de nosotros.
Esto es prodigioso. Y me doy cuenta perfectamente de que
yo no hago «consciente» la cosa. Esto es tal vez mejor.
Dándome cuenta, me apartaría demasiado de lo demás,
como un enamorado que no tiene fuerzas para dedicarse a
sus negocios, porque no puede alejarse ni siquiera por un
instante de su amor. Era necesario, para que nosotros nos
adaptásemos a ellos, que el misterio conservase sus velos.
110 sólo para la inteligencia, sino también para la sensibili­
dad. La fe consiste en vivir más allá de la sensibilidad.
274 AUGUSTO VALENSIN

SEPULTURA

Lunes de Pascua 1939

María Magdalena, y María, madre de Santiago, y Salo­


mé, compraron aromas para ungir a Jesús. Estas palabras
nos dicen mucho. Jesús no había podido ser enterrado de
manera suficientemente digna... Estas mujeres quieren po­
ner su parte. Lección para quienes se desinteresan del culto
divino. Y Jesús, que aprobó que derramasen perfumes en
sus pies, ¿aprueba esta preocupación? Es que nosotros so­
mos cuerpo y alma; somos individuos y sociedad. El culto
ha de manifestarse interiormente para que participemos
en él todos nosotros, y ha de adaptarse a las convenciones
sociales. Lo cual justifica las flores que depositamos sobre
una tumba, el gesto tendría valor aun cuando nadie más
que yo que lo hago, supiese nada, y aun cuando en el más
allá la persona por quien yo lo hago tampoco supiese nada.
El hombre siente necesidad de exhibirse a sí mismo la
contemplación—y la señal—de su amor, como para asegu­
rarse de la presencia de su amor en el fondo de su cora­
zón; tiene necesidad de decírselo, por lo menos a sí mismo.
Pero también es necesario que la persona amada no pueda
pasar por no serlo, que se pueda creer olvidada de todos...
Y esta es la razón del ramillete anónimo depositado como
a escondidas sobre la piedra de una tumba; porque no se
trata de hacer saber a los demás que seguimos amando
a alguien, sino que él sigue siendo amado: lo cual es muy
distinto. El amor se deleita en los testimonios que se da a
sí mismo de su existencia y tendría miedo de no existir sin
estos testimonios.
Y aquí reside toda la psicología de las mujeres amantes,
que muy de mañana se han levantado y se han puesto en
camino... Han comprado sin contar su dinero: el gasto no
es inútil, porque, aunque no sirva para nada, sirve para su
Amor.
LA ALEGRÍA PE LA FE 275

LA ASCENSION

La Ascensión, es decir, la separación de Dios y del hom­


bre, el final de la visita que Dios se ha dignado hacernos.
¿Día de fiesta o día de luto? Ambas cosas, según que nos
situemos desde el punto de vista de Jesús o nuestro. Tris­
teza para nosotros, gozo para Él.
Él ha pasado entre nosotros; ha dejado testimonios de
su paso que duran, e indudablemente, nosotros no sabemos
la forma, el aspecto que Él ha tomado, su vida, sus cos­
tumbres, la manera cómo hablaba, incluso ni lo que Él de­
cía, en la medida en que desearíamos saberlo. Sabemos
de Él menos que de Napoleón e incluso que de César y Pla­
tón... He aquí una cosa de la cual es difícil consolamos.
Por lo menos, lo que nos resta de Él ¿es seguro, es auténti­
co? Lo esencial, sí; pero también, ¿que importa? Jesús no
nos ha abandonado como nos abandona un hombre que
muere, o como deja a Francia un hombre que se va a vivir
a los Estados Unidos. Jesús el día de la Ascensión se se­
para de nosotros, es decir, nos retira su apariencia sensible,
la que Él había tomado para vivir con nosotros, y que no
dejaba, revelándole, de ocultarle. Pero no nos retira su pre­
sencia. Por el contrario, ha tenido cuidado antes de irse
de multiplicarla por medio de la Eucaristía; no sólo se en­
cuentra presente en Palestina, sino en todas partes- está
aquí, a dos pasos de mí, vivo y atento. En el fondo, nosotros
ganamos con ello. Y la Ascensión nos priva menos de lo
que nos enriquece, puesto que ella es la que nos trae el don
de la Eucaristía. De esta manera se concilla todo: su gozo
y el nuestro. La prueba generosamente superada por amor
a nosotros se ha acabado para Él; acabados aquellos su­
frimientos suyos que sobre la faz del mundo extendían
como una lepra; acabado apenas aquello escandaloso y ape­
nas creíble: el martirio de Dios; pero no se ha acabado el
encuentro de Dios y del hombre; las conversaciones bajo
la higuera, el intercambio de miradas entre las almas ...
276 AUGUSTO VALSNSIN

EL ESPIRITU SANTO

No hacemos caso al Espíritu Santo. No hago caso &1 Es­


píritu Santo. Sin duda, porque no lo presentamos suficien­
temente en lo que lo caracteriza como persona. Sabemos lo
que es el Padre, y de la Paternidad de la primera Persona
pasamos fácilmente a concebir la Paternidad de Dios Y
sabemos lo que es el Hijo, sabemos sobre todo lo que es el
Hijo, hermano nuestro, y de su martirio pasamos fácilmente
a concebir hasta qué punto nos ama Dios. Pero ¿qué es el
Espíritu? Para hacer nacer en el alma la devoción a la
tercera Persona, es necesario darle su nombre mejor: es
el amor recíproco del Padre y del Hijo; es, por consiguiente,
el amor sustancial, es simplemente el Amor. ¡Ah, repenti­
namente la tercera Persona se me hace querida! En el
momento mismo en que pienso en ella, me hace olvidar a
las otras dos, como si bastase para llenar mi noción de Dios.
Dios es Amor. ¿Qué más? El amor amante y amor amado.
Pensar en Dios como Amor es pensar en el Espíritu Santo.
Yo he pensando, por tanto, en Él más de lo que creía, sin
darme cuenta de ello.
El símbolo del Espíritu Santo, el signo mnemotécnieo que
debe orientar inmediatamente mi atención hacia lo que
constituye el carácter propio de la tercera Persona es la
lengua de fuego manifestada en Pentecostés: el Espíritu
Santo quema y habla.
Una lengua de fuego, es decir, ante todo una llama; y
secundariamente (¿o todo al mismo tiempo?), una sugestión.
La tercera Persona es Dios en cuanto que me inspira en
mi interior; en cuanto que susurra en mi alma, se convierte
en mi pedagogo, y es Dios que tensa mi voluntad, que tira
de ella, para que se despliegue en el Amor. ¡Viva el Espíritu
Santo!

EL PADRE

Cuando no sé a qué consagrar el tiempo de la medita­


ción, cuando me falta materia, mi pensamiento se dirige
inmediatamente hacia la idea del Padre o hacia la Virgen
María. En estos dos refugios estoy seguro de encontrar pro­
visiones para mi alma. Puesto ante el pensamiento del Pa-
LA ALEGRÍA DE LA FZ 277

dre no siento la necesidad de desarrollarlo, sino únicamente


de saborearlo. Tiene para mí un gusto maravilloso y por
sí mismo alimentador. Repitiéndome la palabra «Padre» me
parece también que la exploro y que me revela más todavía
de lo que contiene. Lo que contiene no son precisamente
verdades, como si yo aprendiese cuando me la repito, sino
más bien calor. Dios mío, gracias por la gracia inmensa
que me habéis hecho, y os suplico que sigáis siempre: ver
en Ti, en la teoría y en la práctica, a un Padre, es decir,
a alguien cuya indulgencia para mí es tal que puedo con­
tar siempre con ella: es decir, alguien que me ama, a mí
y por mis cualidades personales, por lo que yo soy. Alguien
sobre todo de quien no puedo sentir temor. ¡Qué difícil es
esto, qué raro llegar a no sentir temor de Dios y mante­
nerse en esta disposición sin eclipse! Comprendo perfecta­
mente la dificultad de X. para comprender que no hemos
de tener miedo de nosotros, y que no le doy ningún gusto
con un miedo por el cual él tiene que contrariarme. Pero
no echa fuera el temor, por lo menos cuando ti«ne la cer­
tidumbre de que el amor le responde. Esta restricción es
necesaria. Pero precisamente tal es el caso de nuestras re­
laciones con Dios. Y si la revelación nos ha enseñado algo
es esto. Hemos de tenerlo en cuenta, no para contentarnos
con admitirlo teóricamente, sino para comportarnos en con­
secuencia; estoy seguro de que ésta es la mejor manera—y
la más agradable a su corazón—de honrarle.

JOSE Y MARIA ENCUENTRAN A JESUS

5 mayo 1939.

José y María encuentran a Jesús en el Templo. Le han


estado buscando por todas partes durante tres días. Me
pierdo imaginando lo que pudo hacer aquel Niño de doce
años. ¿Fue acogido por alguna familia? ¿Vivió al raso?
¿En qué pasó aquellos días?
¡Oh Jesús! Tú no quisiste que nuestra curiosidad que­
dase satisfecha! Está bien, renuncio...; me basta con que
pueda representarme en la imaginación cómo entrabas en
la sinagoga en la hora del Oficio. Y tocabas primeramente
a la puerta, como todo buen israelita, y la besabas...; des­
pués desaparecías entre la turba de los fieles; pero en el
278 AUGUSTO VALKNSIN

momento en que el oficiante pregunta si alguien quiere de­


cir algo en alta voz, la lectura y el comentarlo de la Bi­
blia..., te levantabas y un murmullo se levantaba al mismo
tiempo que Tú. ¿Qué? ¿Este Niño? ¿Para leer el libro? ¿Para
interpretarlo? ¿Dónde lo ha aprendido? ¿Quién es? Y se
susurra entre todos, incluso hablan en alta voz (era tan
difícil conseguir el silencio de aquellos orientales, que te­
nían la sensación de que en el Templo se encontraban en
su casa). Este pequeño...; pero... ¡si es el Hijo de José y de
María!..., habrá dicho tal vez alguno, o tal vez nadie sabrá
de dónde ha salido... Pero como ha pedido leer, le hacen
sitio junto al pupitre y comienza. Minuto solemne: Dios va
a comentar la palabra de Dios, va a hablar Él mismo de
Si mismo...
E indudablemente, ya solo en la lectura, se dieron cuen­
ta los asistentes de que no se encontraban ante un intér­
prete ordinario. Ciertamente, no tenía pretensión alguna,
y aquel niño de doce años no jugaba al rabino. Le veo en
una actitud muy simple...; lo que impresiona no es nada
ds redicho, de solemne, ni un destello en su manera de
comentar, es su seguridad. Pascal ha dicho: «Dios habla
sencillamente de Dios.» Es esto. Jesús, con un tono natu­
ral, como si dijese cosas que se caen de su peso, y que Él
las sabe desde siempre, con autoridad (pero una autoridad
hecha casi exclusivamente de certidumbre), Jesús, con gran
sorpresa de los asistentes y de los maestros de Israel, ex­
plica el texto sagrado de forma que saca la luz escondida
detrás de las palabras, se diría que atiza el texto, la ceniza
gris de los signos arameos deja sitio a la brasa o la lla­
ma... ¡Qué revelación! Decididamente, este pequeño, ¿quién
es? Pero, en definitiva, ¿quién es?
La gente aquel día no supo más. No ha llegado el mo­
mento de decirlo: Yo soy la Luz, se trataba únicamente de
preparar los corazones, de abrirlos, insinuándose en ellos,
en un rincón, esa especie de curiosidad espiritual cuyo
nombre es inquietud. Pedagogía divina, que yo tengo que
seguir. Despertar el deseo antes de ofrecer. Método de in­
manencia, Un germen ha sido escondido en las almas.

6 mayo 1939.
Maria y José buscaban a Jesús. Representarme la esce­
na y la situación: los peregrinos han tomado el camino de
LA ALEGRÍA DE LA FE 279

retorno. Para que Jesús haya podido ser perdido por María
y por José, hemos de pensar que éstos no le obligaban a
caminar constantemente Junto a ellos; los grupos se mez­
claban. Con doce años, el Niño Jesús iba libremente de uno
a otro. Ni María ni José se inquietaron por no verle a su
alrededor... Indudablemente, María pensaba constante­
mente en Él; pero Ella pensaba por Él más que por sí; y
quiero decir: pensaba en Él más que en sí. Si su pensa­
miento, en vez de llevarla hacia Jesús, se hubiese traído a
Jesús a Ella, no hubiera permitido que se alejase, o no se
hubiera permitido a sí misma dejar de segnilrle. Pero lo
importante para el amor de María no era tener su Hijo
para Si (esto su sensibilidad se lo exigía, pero sólo su sen­
sibilidad); lo importante era que Ella no le faltase a Él. y
saber eclipsarse en ciertos momentos, ¿no era un medio de
ayudarle, de colaborar en su obra? ¿No era esto precisa­
mente lo que, más tarde, cuando tuviera treinta años, de­
biera hacer heroicamente? Concebimos, por tanto, que Ma­
ría y José (no constituían más que una sola cosa) no hayan
hecho nada para asegurarse la compañía de Jesús en el
curso del viaje de vuelta. Jesús haría lo que quisiese; iría
acompañando a un muchacho de su edad, se uniría a cual­
quier grupo: sabían perfectamente que no cometería nin­
guna imprudencia... Sin embargo, en un momento deter­
minado. María y José se quedan admirados. Ya llevan va­
rias horas de marcha; el Niño no se ha dejado ver; algo
anormal ocurre, a lo cual los padres no estaban acostum­
brados. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está? Y preguntan. ¿Al­
guien lo ha visto? Nadie. Entonces los padres se detienen.
Dejan pasar los grupos—como esperamos a las salidas de
las estaciones que todos los viajeros hayan desfilado—, y
entonces, pero solamente entonces, se inquietan: han per­
dido a Jesús.
Quiero intentar imaginarme sus pensamientos en este
momento.

7 mayo 1939

¿Cuáles eran los pensamientos de María cuando busca­


ba a Jesús? ¿Se acusaba de negligencia, o por lo menos se
interrogaba con inquietud sobre su responsabilidad? Mu­
chos de los que han meditado sobre este momento de su
vida han pensado en ello; y les ha agradado ver en el su­
frimiento de Maria un ejemplo de sufrimiento que estre-
280 AUGUSTO VALENSIN

cha al alma en las horas de desolación. Pero imposible.


María no tenía culpa en manera alguna; por consiguiente,
su conciencia no podía reprocharla nada. Está, bien que
nosotros nos engañemos sobre nosotros mismos. María sa­
bía que no tenía necesariamente culpa. Su dolor—e in­
cluso su inquietud—, nacía, por consiguiente, exclusivamente
del hecho de no encontrar a Jesús. ¿Qué había, pues, suce­
dido? ¿Qué estaba haciendo? La idea de un accidente no
quedaba excluida, y si era que el Niño había querido que­
darse retrasado en la ciudad, su Madre podía legítimamente
estar preocupada por no saber la razón de su conducta.
Veo a María apresurarse despaciosamente (festina len­
te] es decir, sin perder el dominio de Sí misma, interro­
gar a las personas que encuentra en la ciudad, dirigirse
hacia el Templo. Cuando hemos perdido la presencia de
Dios, es decir, el sentimiento de estar unidos a Él, hemos
de procurar volverle a encontrar; pero sin ñebre, sin agi­
tación, sin abatimiento. Simplemente dar los pasos con­
venientes, que son: sustituir a la oración mental, de la
cual ya no nos sentimos capaces, una oración vocal que
podamos cumplir exactamente; multiplicar las oraciones
jaculatorias, que son como miradas lanzadas a derecha e
izquierda hacia los sitios donde puede encontrarse a Je­
sús—oraciones jaculatorias, cargadas de voluntad a falta
de sentimientos—, y, finalmente, liberarnos por una confe­
sión, incluso de faltas desconocidas, tener cuidado de que
ningún pecado venial deliberado franquee el dintel del alma.
La actitud peor es la que es imposible «incluso imagi­
nar» en la Santísima Virgen el desaliento, los reproches
estériles hechos a Sí misma, la desgana de sí misma, que
paraliza.
¡María, María, enséñame a buscar bien a Jesús!

JESUS VIVIO EN NAZARET

12 mayo 1939
Jesús vivió en Nazaret, escondido, alrededor de treinta
años. ¡Qué misterio! Se dice muy pronto que Él ha que­
rido esto para hacemos comprender eJ valor de una vida
oculta... Es más seguro decir que ésta es una enseñanza
LA ALEGRÍA DE LA FE 281

que surge del hecho mismo. Pero esto no suprime todos


los problemas.
Pienso en una enseñanza ciertamente falsa, que alguno
podría sacar de este mismo hecho, con una verosimilitud
lógica de teólogo. Diría: Jesús ha querido enseñarnos (o
en todo caso nos enseña) que para entablar la carrera
apostólica de predicador, no hace falta preparación. La
gracia basta para todo. De un carpintero hace un maes­
tro. Esto nos muestra que el verdadero papel de los hechos
y de los textos que hemos de interpretar no es procuramos
una doctrina, sino la ocasión—como se saca la vajilla de
plata—de «sacar» una doctrina. Leyendo el Evangelio mis­
mo, estrictamente nosotros no aprendemos; repasamos y
verificamos. ¿Quién era instruido por el Evangelio? Eran los
primeros cristianos a quienes el Evangelio era comentado
por los autores de los Evangelios, y es la Iglesia, a quien
el Evangelio es comentado por el Espíritu Santo. Nosotros
nos instruimos por el Evangelio en la medida en que los
entendemos tal como nos los comenta la Iglesia.
Con la salvedad de esta advertencia puedo continuar.
Una cosa que me enseña la vida oculta de Jesús es que
hemos de tener cuidado en juzgar a las personas por Jas
apariencias, por su manera de vivir, por su condición. Je­
sús obrero pudo, debió ser despreciado. Le hablaban como
a un criado, y esto no supone nada si lo hubiesen tratado
según la condición que era la suya; pero es un blasfemo
virtual, si más allá de la condición pensaban dirigirse al
hombre; porque entonces no es el obrero, con quien no
tienen consideraciones, sino con el mismo Dios. Y actual­
mente ocurriría lo mismo. Dios está oculto en todas partes.
Si yo no tengo consideraciones a un hombre, en cuanto
que es mi hermano, le falto a Dios, a Jesús mi hermano.
Pero, además de esta identificación «mística» en la cual
podemos decir que el pobre es Jesús, y mi superior es
Jesús, y mi semejante es Jesús, está también la habitación
real de Jesús, en las almas, su Tabernáculo... Ahí vive
verdaderamente una vida oculta, una vida sin esplendor;
pero, habiendo caído en la cuenta, yo debo respetar estos
Nazaret de ahora, y así como acotamos zonas de silencio
alrededor de ciertos edificios, asi también debemos rodear
de respeto a los hombres en quienes vive la gracia.
282 AUGUSTO VALENSIN

HE AQUI EL CORDERO DE DIOS

15 mayo 1939

Juan, habiendo divisado a Jesús, dijo a los dos discípulos


que tenia junto a si: «He aqui el Cordero de Dios.» E inme­
diatamente los dos discípulos se ponen a seguir a Jesús.
Hasta ahora tengo muchas cosas que notar, fecundas en en­
señanzas; pero no aquello sobre lo cual quiero detenerme,
porque me impresiona más hoy.
«Jesús se vuelve, y viendo que le siguen, les dice: «¿Qué
buscáis?» He aqui el punto. Lo que hallo digno de adverten­
cia es este gesto de Jesús volviéndose. Los discípulos pen­
saron indudablemente que el Cordero de Dios no les aten­
dería a ellos...; se pusieron a seguirle, por curiosidad, pero
desde lejos, y sin pretender hacerse ver—reservándose, sin
duda, acercarse a Jesús en el momento oportuno—. No se
dan cuenta que apenas nos adelantamos el más mínimo
paso hacia Jesús este paso es recompensado. Para entrar en
relación con Jesús ellos son los que dieron el primer paso.
Y Jesús no estaba acostumbrado a este proceder; tampoco
procede así actualmente. Tal vez había oído Él la palabra
de Juan, tal vez había simulado no oírla y había seguido
su camino expresamente para ver, como sabemos que hará
con los discípulos de Emaús; pero con el rabillo del ojo
los observaba, y ellos no se daban cuenta. Observaba su
actitud, sus movimientos, sin que advirtiesen que los obser­
vaba; pero me inmagino que su corazón palpitaba más fuer­
temente. «¿Vendrán?»... «¿Se han puesto en marcha? ¿No
suenan sus pasos detrás de mí?» E indudablemente, Jesús
no debió volverse en seguida. Se dio la alegría de atraerlos
hacía si, de hacer que le siguiesen, como una conquista suya,
pensando ya en lo que haría con ellos. ¡Oh, las atenciones
de Jesús! ¡Oh, las miradas de Jesús hacia las almas! ¡Cómo
se repite la Historia! Porque, en definitiva, la historia de
estos dos discípulos es también la mía Cierto día yo me
puse a seguirle y Él se volvió. «¿Qué buscas?»
Lo que yo buscaba lo he encontrado y no le perderé Ja­
más. Yo buscaba la mayor belleza moral.
Pero yo apenas sabía lo que buscaba: he aprendido lo que
yo buscaba, a medida que lo iba encontrando. Lo sigo
aprendiendo todavía: Jesús es inagotable. ¡Que yo te en-
LA ALEGRÍA DE LA FE 283

cuentre siempre, oh Jesús, como si todavía no te hubiese


encontrado!

MAESTRO, ¿DONDE VIVES?

21 mayo 1939

Andrés y Juan dicen a Jesús: «Maestro, ¿dónde vives?»


Así, la primera preocupación de estos dos jóvenes en el mo­
mento que han tenido ocasión de hablar a Jesús, es pre­
guntarle dónde habita. Su sueño no es ya conversar algunos
minutos con Jesús, sino vivir con Él; por lo menos, entrar
en su intimidad, en suma, se invitan a sí mismos. Y esta
prisa debió agradar a Jesús. Como todos los que amar y
quieren ser amados, Jesús pasaba gustosamente por encima
de las formas protocolarias: Jesús tiene menos deseo de
nuestro respeto que de nuestro afecto. SI Andrés y Juan se
hubiesen mantenido reservados (como parecía que era con­
veniente en un primer encuentro) hubiéramos podido ver
en ellos a los primeros jansenistas, porque éstos son los
mismos que ni se atreven a abordar a Jesús en la calle, y
mucho menos invitarse a su casa, y que no se atreven a
comulgar. Andrés y Juan no han pensado en su propia in­
dignidad, e indudablemente Jesús era, según las apariencias
exteriores, un hombre como ellos y de su condición; pero,
sin embargo, un profeta, alguien a quien la designación
hecha por el Bautista hubiese dado un extraño prestigio,
si no lo tenía ya y que merecía que le llamasen Maestro.
No se me ocurre que estos dos pescadores estuviesen acos­
tumbrados a hacer visitas en su propia casa al rabino. Su
naturalidad, o, mejor, su audacia, les viene de que se sien­
ten interiormente arrastrados a unirse con Jesús: la gracia
dentro de ellos es lo que les hace obrar y los transforma.
¡Concédeme, oh Jesús, la gracia de sentirme siempre
hijo hacia mi Padre y tu Padre, y que esta gracia no me
deje jamás—ante Él—sentir miedo.
284 AUGUSTO VALBNSIN

LAS BODAS DE CANA


22 mayo 1939

Jesús fue invitado a unas bodas—nos dice el Evangelio—.


Nosotros tenemos costumbre de representarnos a Jesús al
margen de la sociedad, o desconocido y despreciado y com­
batido, o venerado, abordado con respeto y timidez. Pero
que Jesús beba vino, que gaste bromas con sus discípulos,
que acepte una invitación, no solamente a una fiesta, sino
a un banquete, es algo que no estamos habituados a repre­
sentarnos. Y, sin embargo, en esto precisamente Jesús apa­
rece como uno de nosotros y nos ofrece ejemplos prácticos,
imitables. En aquellos banquetes se bebía diversas clases de
vino, y el mismo Evangelio nos atestigua, por la adverten­
cia que nos cita del architriclino al esposo, que muchas ve­
ces los convidados se dejaban arrastrar, en estas circuns­
tancias, a beber demasiado. Jesús, por consiguiente, acep­
taba mezclarse con gentes cuya actitud debía ofenderle. Esto
me irídica que el mismo Jesús, que sabía hacerse una co­
rrea con cuerdas y arrojar de la casa de su Padre a los
vendedores y a los traficantes, sabía también, oportuna­
mente, misericordiosamente, cerrar los ojos ante determi­
nadas debilidades. ¡Qué humano era Jesús, en suma! Y
bueno. Y como no hacía nada con «posturas».
Los verdaderos grandes son sencillos; Pascal lo había
ya notado, y es evidente que al acercarse a Jesús, por lo
meno* en la vida ordinaria, lo hallaban semejante a los
demás... Es que la santidad no tiene nada en sí que la haga
notar. La caricatura de la santidad es lo visible; ella, no.
El cuello inclinado, las palabras untuosas, los ojos bajos,
todo lo que arrastra nuestra atención, todo lo que hace or­
dinariamente decir a la gente que alguien es un santo, todo
esto no es más que visajes de la santidad. La verdadera
santidad es Interior. Y celosa incluso de no mostrarse. No
podemos descubrir al santo sino descubriendo que no se
descubre nada en él que sea incompatible con la santidad:
de la misma manera Jesús.
Y por ello la santidad es amable.
LA ALEGRÍA DE LA PE 285

23 mayo 1939

De nuevo Caná. Representarme a Jesús en medio de la


fiesta. Antes de la comida. Aquel barullo, aquella promiscui­
dad, aquel ir y venir. No es el momento de hacer de pro­
feta, no es el momento de predicar, y, adenjás, Jesús todavía
no se ha revelado, habla con todo el mundo, familiarmen­
te, y María también procura agradar. Amable ciertamente
con todos. (¿Y de qué habla Él?) Hay cosas de que po­
demos decir con toda certeza que habló, por ejemplo, de
los casados. Felicitaría a los padres. Las felicitaciones de
Dios... Y los padres no lo sabían. Felicitaría a los mismos
casados. Ninguna boda se habrá hecho jamás con más bue­
nos y más prometedores auspicios. Nos gusta pensar que los
esposos de Jesús han sido, posteriormente, discípulos suyos,
y que sus hijos serían cristianos muy fervorosos; ¿quién
sabe? jSería esto tan hermoso! Tal vez mártires, y Jesús
habrá hablado de la misma fiesta, del número de les invi­
tados. Esperaría después que se le señalase sitio para que
no le ocurriese lo que después recomendará a los suyos que
eviten: que no tomen el primer puesto para que no vengan
a pedirles que lo cedan. Parece, además, que le hicieron
sentar a Jesús en uno de los sitios más honrosos y muy
cerca de su Madre.
Y toda esta escena de Jesús en el mundo me lleva a
reflexionar sobre la actitud que yo he de adoptar en el
mundo, nada de asperezas; una cosa es hablar en la Iglesia
y hablar durante una comida. Yo seré lo que debo ser si
soy con toda sencillez, sin segundas intenciones, apostólico,
en todo momento, ^in pose, lo que soy yo mismo, y que yo
mismo sea lo mismo, para mi mismo, y hasta el fondo y
el fondo más fondo, el sacerdote de Jesucristo.

2 septiembre 1939

Día de movilización general, día de oración, de reflexión,


de recogimiento, de preparación... Lo menos que me pueden
pedir durante los días que siguen es conservar mi sangre
fría, no dejarme desviar por la vana esperanza de un tra­
bajo seguido, prestarme a todos los servicios, dar ánimos a
mi alrededor... He aquí lo menos que me pueden pedir des­
de este día. Pero he de prever también lo peor... ¡Oh Dios
ALEGRÍA DE LA PE 19
286 AUGUSTO VALENSIN

mío, si me concedéis morir en el ejercicio de mi ministerio


y morir pronto (quiero decir: sin la larga agonía de quien
se ve quemado por los gases en su interior), estaré satis­
fecho. ¿Es cobardía pedir un Anal rápido? No, Padre mío;
es sentir mi debilidad, porque si TU quieres darme una
muerte lenta y horrible, y la fuerza de alma de los mártires
y el gozo interior de los mártires, entonces yo escojo morir
con los gases que queman y ofrezco ya esta agonía por X....
Soy débil y cobarde. Esto es lo cierto. También me canso
en seguida, y soy físicamente incapaz de hacer siempre
lo que se esperaría que hiciese un sacerdote. Esto es lo
más duro, Jesús, Tú me ayudarás. María, me confío a Ti.
Y es ya una gracia y una iluminación del espíritu que yo
reconozca mis insuficiencias.
¡Oh Padre mío, aquí me tienes, transfórmame! No quiero
poner obstáculo alguno a tu trabajo en mí, y ésta será la
intención de mi jomada.
* * *

Jesús, habiéndose vuelto, y viendo que le seguían, les dijo:


¿qué buscáis? Ellos le respondieron: Maestro, ¿dónde habi­
tas? Él les dijo: Venid y ved. Ellos fueron y vieron dónde
vivía y se quedaron con Él aquel día.
¿Y qué es lo que se dijeron? ¿Qué es lo que les dijo Je­
sús? ¿Cómo pasaron aquel tiempo? ¿Qué hicieron? No los
veo allí en la casa de Jesús, que no debía ser muy grande,
que no puedo imaginarme confortable, donde incluso las
sillas faltarían..., y además en Oriente nunca se quedan
dentro. Se contentaron, por tanto, con localizar la casa de
Jesús; después se pasearon juntos por el campo, hablando.
Pero ¿cómo? ¿Discípulos con el Maestro? ¿Jesús hablaba
como este o aquel profesor cuya conversación es un monó­
logo? ¿Respondía a las preguntas? ¿O bien era Él quien
preguntaba? ¡Cómo me gustaría saberlo! No es esto curio­
sidad vana, todo lo que concierne a Jesús, lo que puede
revelarme algo de su manera de obrar, es infinitamente In­
teresante. Sé perfectamente que en todo momento la imi­
tación por mi parte no debe ser material, que es necesario
transponerla, tomar el espíritu; pero hay siempre la posi­
bilidad de calcar mi conducta sobre la suya, y además sa­
bría de esta manera algo de Él.
LA ALEGRÍA DE LA PE 287

Que de cuando en cuando, en mi camino, y saliendo a


mi encuentro, un alma que habrá oído por mi hablar de
Jesús, o habrá sentido que su virtud salla de mi (Virtus de
íllo exibat et sanabat omnes), se presente y pida reconci­
liarse con su Padre, esto basta para que mi vida no sea
inútil ni mi actividad aquí. Pero, en este caso, oh Jesús,
concédeme ser verdaderamente tuyo, tu indulgencia que
sea la mía; tu caridad. Que yo sepa decir exactamente lo
que hace falta, ser tu representante, y únicamente tu re­
presentante, que nada mío aparezca como si yo estuviera
puesto al servicio de tus intenciones.
Esta es la gracia que me acuerdo haber pedido siempre
desde el primer día de mi sacerdocio: que en mis relacio­
nes apostólicas no tenga yo en cuenta ni simpatías ni an­
tipatías. Y me parece haber sido escuchado... Más difícil no
hacer jugar, en las relaciones apostólicas, el factor huma­
no. Y también lo que Dios pide no es que no lo hagamos
funcionar del todo, sino que lo hagamos intervenir como
sea conveniente, en la medida exacta... Todo lo que exige
dosificación es difícil; es más fácil renunciar, cortar, que
pesar y elegir. ¡Oh Jesús, presente en mí, toma Tú la
dirección de mi conducta! ¡Que tij espíritu me inspire!

DIOS AMOR

Cuando estamos tristes la única oración que sentimos


gusto por hacer es la que se hace en silencio. Y consiste en
callarse, pero callarse junto a una presencia, junto a Ti.
Esto es lo que necesitamos: dejarnos penetrar por esa vir­
tud que salía—y que sigue saliendo todavía— de Ti. Sin
embargo, quiero intentar y continuar la meditación con el
Padre... He llegado a la invocación «flli Mariae». ¿Es un
título de gloria? Ciertamente para María y para toda la
Humanidad. Mas ¿y para Ti? Acabamos de llamarte el Ver­
bo del Padre, y ahora evocamos tu Humanidad: es evocar
Tu amor, y es darte uno de los títulos que caracterizan...
Eres mi Dios, pero eres también un hombre, el Hijo de aque­
lla a quien llamamos María, con su apellido, nuestro hermano,
mi hermano. Aquel, por consiguiente, que ha conocido expe­
rimentalmente lo que yo conozco, desempeñado, en suma,
la misión que yo he dedesempeñar... ¡Cómo nos une esto!
Está bien que yo razone, que me diga que, como Dios, nada
288 AUGUSTO VALENSIN

de lo que hay en el hombre, nada de sus sentimientos, nada


de sus pruebas, de sus necesidades, de las exigencias ínti­
mas del hombre, es ajeno a Ti. Es lo mismo, experimento
como una seguridad suplementaria^y más eficaz—, sabien­
do que has pasado por ahí, porque esto es cierto: Tú has
sido hombre completamente, e incluso un hombre maravi­
llosamente humano, no has tenido necesidad de jugar al
superhombre, de empinarte afectadamente, de mutilar en
ti la humanidad por miedo a que te arrastrase, ni de. en
suma, convertirte en eunuco para ganar el Reino de Dios.
Y yo puedo, cuando experimento un sentimiento «natural»,
decirme que Tú lo experimentaste. ¡Qué alegría! Frente a
la Naturaleza, pero también frente a la amistad. Y ante
ciertos abusos. Tú no puedes dejar de comprender y no ten­
go dificultad para expresarme ante Ti. Por ejemplo, debes
comprender que hoy no tengo ánimo para esta meditación
escrita, ni ánimo para decir nada, ni cabeza para pensar
nada, y que más bien lo que siento es deseos de rumiar mi
desaliento y mi tristeza. No hace falta, sé que no debo y que
Tú no lo has hecho—jamás—. Pero sé que algunas veces
te has visto tentado a hacerlo; porque no es necesario
tener la concupiscencia para hallar gusto, un gusto amargo,
un placer doloroso, en sumergirse en el propio sufrimiento.
Para cualquier otro que no fuese Tú, ¡qué título de glo­
ria ser hijo de María! Pero en tu caso la gloria no es más
que para María. Sin embargo, me parece que como hombre
debías estar orgulloso de tu Madre... Si, ciertamente, y mi­
rarla con orgullo; incluso, como Dios, estabas orgulloso de
tu obra. ¡Oh María, me siento confundido ante el prodigio
de tu concepción, de tu gracia!... Ave María, gratia plena.

SOBRE LA MUERTE

Quiero entrenarme para hacerme una idea alegre de la


muerte... Es evidente que sería una aberración estar triste
por lo que abandono, porque no es nada, absolutamente nada,
en comparación con la eternidad que me espera. ¿Dejar
algún trabajo inacabado? ¡Estupidez! Esto me recuerda la
frase oída sobre Alberto de Mun, muerto antes del final de
la guerra: «¡El pobre no va a ver la victoria!» ¡Como si
fuese esto lamentable!
Iré a mi Padre, muy pobre, y nada orgulloso; pero si Él
LA ALEGRÍA DE LA PE * 289

continúa dándome la gracia (y yo se la sigo pidiendo) iré


a Él sin turbación, e incluso con Júbilo. Querría en aquel
momento no tener preocupación alguna y no pensar más
que en ese misterioso encuentro en el despertar de la Eter­
nidad. Para esto he de mantenerme preparado, a toda even­
tualidad, para la partida, desde el punto de vista de la con­
ciencia primeramente, ya se entiende; pero también desde
el punto de vista de mis asuntos: dejar orden en mis ca­
jones, en mis papeles.
Por consiguiente, tomar mis medida^, y pensar frecuente­
mente en la posibilidad de una muerte próxima, de una
muerte inminente.

ELEVACION SOBRE LA SANTISIMA VIRGEN,


CON OCASION DE LA FIESTA
DEL ROSARIO

«El Breviario de los pobres o de los ignorantes», así han


definido al Rosario y con mucha exactitud. Os doy gracias.
Virgen María, por haberme dado y conservado esa devoción
que siento hacia el Rosario. Me agrada repetirte siempre la
misma cosa, encuentro cada vez en él un sabor nuevo. Es
imposible dirigirte más hermosas felicitaciones que las que
nos trae el Ave María. Desde el principio, llena de gracia.
te pone aparte de todas las criaturas. No sólo has recibido
gracias, sino que estás llena de ellas... ¿Y cómo podríamos
concebir lo contrario? En Ti ha habitado Jesús, y excelente­
mente; Jesús, que es la gracia misma. Me agrada pensar
en el prodigio que realiza la Comunión euc&ristica; lo que
me impresiona sobre todo es la diferencia: nosotros sobre
todo obligamos en cierto modo a Jesús a vivir dentro de
nosotros, y Él cede, a pesar de no tener con nosotros—si no
eátamos bien dispuestos—más que una relación material de
presencia. Pero en Ti Él tuvo su morada durante nueve me­
ses, habiendo escogido recibirlo todo de Ti; y durante aque­
llos nueve meses el Niño formó a su Madre más aún de lo
que Ella le formaba a Él. El Padre debía contemplarte con
un amor maravilloso. Su Hijo y Tú eráis inseparables. ¡Oh
María, Tú eres el honor, la gloria, el milagro de la raza
humana! Hasta el fin de los siglos, como lo anunciaste Tú
misma cantando tu Magníficat, todas las generaciones te
proclamarán bienaventurada. Tú eres la flor jamás vista, er-
290 AUGUSTO VALfiNSIN
*
guida repentinamente sobre la culpa, y de la cual se admi­
ran las abejas; Tú eres la sonrisa que vuelve a aparecer a
los labios de Adán; el vaso lleno de nuevo por el murmullo
del agua bautismal; Tú eres el cántico todavía no cantado
con que soñaban los ecos de ternura; el diamante formado
lentamente por la paciencia de la tierra y de los astros, el
rayo largamente madurado en los panales de la luz. Y he
aquí que para acercarnos a Ti las imágenes se van desper­
tando en mí y se mueven hacia el establo: Tú eres la Pas­
tora bellísima, a la cual todas las ovejas contemplan.
I N D I C E

Págs
Advertencia preliminar................................................... 5
Padire, me refugio junto a Ti..................................... 7
«Padre nuestro» (comentario al Padrenuestro)...... 9
Fiesta de San Francisco Régis.................................. 25
No tener miedo al Padre......................................... 26
Jugar con Dios......................................................... 28
La verdadera oración............................................... 29
Ante el crucifijo de Magali....................................... 30
La familiaridad con Dios......................................... 32
«A Te numquam separar!...» .................................. 33
El Mes de la Santísima Virgen...... ...................... 34
La Santísima Virgen................................................ 35
Sobre las letanías de la Santísima Virgen............. 37
El «Memorial», de Francois..................................... 39
La Ascensión.............................................................. 40
Jesús y Judas............................................................ 41
Oración a la Virgen................................................ 42
Desaliento ......................................................... ..... 43
No sentir miedo de Jesús......................................... 45
La espera de Pentecostés......................................... 47
Perseverancia en la oración.................................... 48
Pentecostés ................................................................ 50
Sobre el Espíritu Santo........................................... 51
«Mater divinae gratiae»........................................... 53
Intimidad de María con Jesús.................................. 54
Las letanías del Espíritu Santo.............................. 55
Festividad de San Bernardino de Siena................. 60
Sobre la sequedad.................................................... 61
Sobre la piedad de María......................................... 63
La Eucaristía.............................................................. 64
La Santísima Virgen................................................ * 65
292 ÍNDICE

P&gS

Las letanías............................................................. 67
El mes del Sagrado Corazón................................. 68
La bondad de Jesús................................................ 69
La verdadera Belleza............................................... 71
Quien puede convertir a un alma...... ................. 71
Contra el desaliento................................................ 73
Sobre las Anunciaciones......................................... 74
Sequedad ................................................................. 75
La serenidad............................................................ 76
«O Bone Jesu»......................................................... 77
«Sponse Ecclesiae»................................................... 78
«Ad gloriam Patris».............................................. 79
La Anunciación............. ......................... ................ 80
Espera ..................................................................... 83
Sobre la muerte...................................................... 84
«Hablad, Señor...».................................................. 85
Sobre el infierno..................................................... 86
Sobre el pecado...................................................... ■* 88
La desesperación de Judas.................................... 89
María Magdalena.................................................... 90
Otra vez sobre la muerte....................................... 91
El infierno................................................................ 93
La Anunciación....................................................... 94
Vida oculta de Jesús.............................................. 95
Sobre la Santísima Virgen.................................... 96
Las negaciones........................................................ 98
Los Siete Dolores................. .................................... 100
Jesús ante Herodes.................................................. 101
«Vergine Madre»..................................................... 102
El P. de la Colombiére........................................... 103
Sobre la muerte...................................................... 105
Nuevo curso............................................................. 105
Sobre la Eucaristía.................................................. 106
«Pedro, ¿me amas?».............................................. 107
«Causa nostrae laetitiae»....................................... 108
Sobre la Eucaristía.................................................. 109
Encuentro en el cielo con la Virgen....................... 111
iDios mío, gracias!................................................. 113
Primer Viernes de Mes........................................... 113
«Felipe, quien me ve...»......................................... 114
Virgen María............................................................ 115
Fiesta de San Francisco........................................ 116
«Umile ed alta»....................................................... 117
«Mater serenitatis».................................................. 118
«Prope es Tu, Domine»...................... .................... 119
.Jesús en oración..................................................... 120
Sobre el «buen humor»........................................... 121
ÍNDICE 293

Págs

Necesidad de volver a pensar en mi Padre.......... ....122


Mi Padre.........................................................................122
Aniversario de mis primeros yotos....................... ....123
Sobre la alegría.............................................................124
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos...! >.................125
«Umile ed alta»..............................................................126
El primer amigo de Jesús........................................ ....127
«Flecte quod est rigidum»........................................ ....129
Sobre la vida apostólica de Jesús........................... ....130
«Sui Eum non comprehenderunt»........................... ....131
«¿Por qué me buscáis?»........................................... ....132
«No convirtáis la casa de mi Padre...»................ ....133
«El Padre que me ha enviado...»........................... ....135
«Entonces Jesús, elevando sus ojos al cielo...» ..........136
Fiesta de Cristo-Rey................................................ .... 137
Festividad de Todos los Santos...................................138
Los que viven al otro lado.......................................... 139
Aniversario de la partida de Francote..................... 140
«Que sean uno...»......................................................... 140
«In Manus Tuas!»........................................................ 141
Creo que eres mi Padre......................................... .... 142
«Padre, yo he dado a conocer tu Nombre»......... .... 143
Quiero hoy templarme de nuevo........................... .... 144
Los sufrimientos de Jesucristo................................... 145
«No mi voluntad, oh Padre...» .............................. .... 146
«Mi doctrina no es mía...»..................................... .....146
«Sed perfectos»...............................................................147
Tres agonías............................................................... .... 148
«In manus Tuas!».................................................... .....149
«Quien ama a su padre...»..................................... .....150
«Quien me dice: Señor, Señor...^................................151
«Bienaventurados los pacíficos».............................. .....152
Amar a Jesús por encima de todo......................... .....152
He descubierto la amplitud de alma.........................153
La Inmaculada Concepción..................................... .....154
«Nadie puede venir a Mí...»........................................155
La expectación de María..............................................156
«El Padre ama al Hijo...»....................................... .....157
San José......................................................................... 158
María se prepara............................................................159
Octava de la Inmaculada Concepción........................ 160
«Él nos consuela en nuestras aflicciones...»......... .... 162
«Ha llegado la hora...»............................................ .... 162
¡Concédeme que te dé a conocer...!....................... .... 163
«In manus Tuas!»................................................... .... 164
María no encuentra posada.........................................165
El pesebre................................................................... ....166
294 ÍNDICE

PágS.

Los Reyes Magos...................................................... 167


Sobre el Padre......................................................... 168
Sequedad ................................................................. 169
Contra el desaliento*............................................... 170
María ....................................................................... 171
Jesús en oración....................................................... 171
Nadie ha sufrido...................................................... 172
Purificación ............................................................. 173
Simeón ........................................................ ......... 174
La Purificación (de nuevo sobre).......................... 176
Pienso en los mártires............................................ 177
«Quien acoge a uno de estos pequeños...»......... 178
«La caridad, el ensueño, lo divino...»................... 178
«Ser de aquellos a quien el mundo olvida...»...... 179
Una gran paz........................................................... 180
«Dánosle hoy?........................................................... 180
Sequedad .................................................................. 181
«Gli occhi da Dio diletti...».................................... 182
Sobre el acto de confianza................................... 183
Fidelidad de la fe.................................................... 184
«¿Quién dicen que soy yo?*.................................... 185
«El Padre ama al Hijo...»........................................ 186
Se acerca la cuaresma........................................... 187
«Hablad, Dios mío...»............................................... 187
«Yo soy la verdadera vid...».................................. 188
«El Padre todo lo ha puesto en manos del Hiio»... *189
Jesús acaba de decir: «Felipe...».......................... 190
María ....................................................................... 191
Ultima Cena............................................................ 192
El mandamiento nuevo.......................................... 193
Gethsemaní ............................................................ 194
La psicología de Judas........................................... 195
Ante una imagen de Cristo.................................... 196
«Vigilad conmigo y orad...».................................... 198
La noche de Gethsemaní........................................ 199
«No he perdido a ninguno. .»................................. 200
Jesús ante Herodes.................................................. 201
«Et non rapiet eos...»............................................... 202
La Anunciación....................................................... 203
Perdón, oh Jesús, por las blasfemias.................... 204
Jesús es condenado a muerte................................. 205
Pascua .................................................................... 205
Los discípulos de Emaús........................................ 206
María Magdalena en el sepulcro.......................... 207
Primer Viernes de Mes........................................... 208
En el Templo........................................................... 209
La paz y el abandono............................................... 210
ÍNDICE 295

Págs.

«Verglne Madre...-'.................................................... ....211


Ascensión .................................................................. .... 212
Padré, que yo te ame.................................................... 213
Las Bienaventuranzas.................................................. 213
Festividad de la Santísima Trinidad........................ 214
Prefiero ser juzgado por Dios...................................... 215
La Santísima Virgen.....................................................216
Sequedad ................................................................... .... 217
«Los mismos cabellos de vuestra cabeza...»......... .... 218
Sobre la muerte............................................................ 218
Soy sacerdote............................................................. ....220
Haz que yo te ame........................................................221
Gusto por la oración................................................ ....221
Jesús-Hombre ...............................................................222
Natividad de la Santísima Virgen...............................223
Exaltación de la Santa Cruz........................................224
Estoy demasiado fatigado para meditar................ ....224
La paz.............................................................................225
La guerra.................................................................... ... 226
María, mediadora universal..........................................227
Mi Padre..................................................................... ... 228
«Tú eres Pedro...»..........................................................228
«Y no había sitio para ellos en las posadas»......... 229
La mediación de María................................................ 230
Mes de la Santísima Virgen......................................... 231
Espíritu de fe ............................................................ ... 232
Francisco de Asís....................................................... ... 233
Las letanías de la Santísima Virgen.......................... 234
María se borra............................................................... 235
Primer Viernes de Mes................................................ 236
El Rosario......................................................................236
María: la serenidad.................................................. ... 237
María y la predestinación............................................238
Santa Teresa: aniversario de mis primeros votos. 239
Jesús y Lázaro..............................................................239
Pensar en la Eternidad................................................242
Paternidad de Dios.................................................... 244
Serenidad ......................................................................245
«El pan nuestro de cada día...>.............................. 245
Pudor ......................................................................... 247
Una espada traspasará tu corazón....................... 247
Las Misiones.............................................................. 248
La «Cecilia» de Duhamel......................................... 250
Ser sacerdote.............................................................. 251
La bondad de Dios.................................................... 252
Cristo-Rey .................................................................. 253
San Alfonso Rodríguez.............................................. 254
296 ÍNDICE

P&gS.

Todos los Santos..........................................................255


La taternidad......................................................... ..... 256
Ser el apóstol de la Paternidad divina................ ....256
Proximidad corporal de Jesús............................... ....257
María en casa de Isabel........................................ ....258
María Presenta a Jesús en el Templo.................. ....259
Presentación de Jesús............................................. ....260
«Beatius est magis daré».............................................260
Pensar que mi Padre del cielo.............................. .... 261
Tú eres Rey................................ ............................ .... 262
Jesús y el sufrimiento............................................. .... 263
Conservar el alma sana........................................... .... 264
Contra el desaliento.................................................... 265
La muerte constituye...................................................266
El más allá................................................................... 267
Líbrame de la desesperación......................................268
La muerte de Jesús en la cruz.................................. 269
El Padre................................................................... .... 270
Las santas mujeres en el sepulcro........................... 271
Las mujeres que vuelven al Calvario................... .... 272
Jesús ha resucitado................................................. .... 272
Sepultura ......................................................................274
La Ascensión........................................ ........................ 275
El Espíritu Santo..................................................... ....276
El Padre........................................................................276
José y María encuentran a Jesús.......................... .... 277
María y José buscaban a Jesús.................................. 278
Pensamientos de María buscando a Jesús................. 279
Jesús vivió en Nazaret........................................... .... 230
He aquí el Cordero de Dios.................................... .... 282
Maestro, ¿dónde vives?........................................... .... 283
Las bodas de Caná.................................................. .... 284
Día de movilización general....................................... 285
Jesús, habiéndose vuelto............................................. 286
Que de cuando en cuando.................................... .... 287
Dios-Amor ................................................... ............... 287
Sobre la muerte...................................................... .... 288
Elevación sobre la Santísima Virgen................... .... 289
ACABÓSE DE IMPRIMIR EN MADRID, EN LOS TALLERES
GRÁFICOS DE BOLAÑOS Y AGUILAR, EL DÍA 9
DE ENERO DE 1960, VÍSPERA DE LA
SAGRADA FAMILIA