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Manifiesto al amor, las

relaciones interpersonales y la
simpleza de las emociones.
Una declaratoria a la idea del amor como bien de consumo.

En el inicio del año 2021, la gente publicaba por todos los medios posibles las altas
expectativas que tenía, la esperanza ambigua de la libertad y la facilidad de volver a la
interacción humana, al regocijo y acercamiento de personas en un mismo espacio sin
control o impedimento incómodo.

Las aplicaciones de citas durante el pasado año fueron el medio masivo de interacción,
favoreciendo las nuevas herramientas digitales y dando paso a la evolución de la
presentación de un individuo a otro. Es decir, tomando como base las normas básicas
del ligue, el desarrollo en la descripción de los individuos en dichas aplicaciones de
citas tuvo fuertes referencias al contexto social actual, destacando la mención de ‘’la
pandemia, los memes y las redes sociales’’. El éxito de dichas aplicaciones revolucionó
en el avance de la tecnología, permitiendo que el desarrollo de algoritmos e
inteligencias artificiales tengan la capacidad de vincular a personas de todo el mundo
con solo crear un perfil en una aplicación gratuita de citas. Este analisis nos permite
visualizar que el amor es un bien de consumo que desde la existencia del ser humano
ha logrado la manipulación completa de la sociedad.
El amor ha sido siempre objeto de historias y leyendas en las que se daba a entender
que se trata de una fuerza casi superior que consigue mover los espíritus, cambiar los
destinos, romper las barreras. Desde la épica historia de los dioses griegos o nórdicos
hasta la literatura romántica, el amor ha estado siempre presente, en ocasiones desde
un punto de vista más práctico, e incluso político por poner un ejemplo, unificar
reinos o lograr acuerdos comerciales. Hasta un punto de vista enfermizamente
desesperado como el de los mal llamados héroes románticos ‘’¿qué heroicismo tiene
perder el mundo de vista por un amor incompleto?’’
Se opine como se opine sobre el amor, lo cierto es que su existencia ha sido clave en la
historia simbólicamente. Las relaciones han permitido sobrevivir crisis, han generado
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un concepto social tan fundamental en el desarrollo humano como la familia y han


permitido la reproducción de la especie, ya que a la vez el ser humano comenzó a
organizarse de forma práctica y creó herramientas para asegurar la reproducción en
un entorno seguro.
Sin ánimo de sonar cursis, en el nombre del amor se han hecho grandes y pequeñas
cosas que han garantizado la existencia del ser humano y han contribuido, de forma a
veces crítica, a la evolución de la civilización.
Es innegable que, a partir de cierto punto histórico, el amor dejó de ser “inocente”
para convertirse en una herramienta más de dominación y de control. La familia dejó
de ser solamente un elemento organizativo para, a menudo en el nombre del amor,
convertirse en un lugar de represión y dominio. De hecho, por ‘’amor’’ se cometen
miles de asesinatos en todo el mundo sin que nadie sepa realmente de qué amor se
puede tratar, para llegar a matar al ser ‘’amado’’, o bien como los medios masivos
intentan justificar en muchas ocasiones actos atroces que por la misma corrupciones
de los sistemas de justicia quedan impunes y todo por romatizar actitudes violentas
progresivas.
El amor se ha usado como estrategia publicitaria y como arma para el
adoctrinamiento. Muchas son las teorías feministas que muestran que historias de
amor como las de los cuentos tradicionales, la mayoría de autores masculinos, o de las
historias de Disney han contribuido a dibujar un perfil femenino débil y volátil y han
llevado a millones de niñas a generar expectativas sobre el amor, ideas falsas,
inalcanzables o muy alejadas de la construcción de un sentimiento entre dos seres
humanos.

Como concepto nadie puede describir qué es el amor porque es un sentimiento tan
indefinido y particular que probablemente sea una cosa distinta para cada persona,
pero el hecho de que durante siglos se haya hecho un esfuerzo por explicarlo, acortarlo
y dotarlo de reglas ha generado esa incertidumbre en la que se encuentran muchos
humanos cuando se enfrentan a él. Como mejor recurso ante la cuestion de dicho
sentimiento, la experiencia y la vivencia de cada persona sirve como un manual para
seguir y no fracasar en el intento de la aprobacion romantica, cometiendo asi el error
de la comparativa, el querer sentir lo que otros y omitiendo la individualidad de cada
experiencia.
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Una vez más, los humanos en nuestro esfuerzo por entender el mundo hemos optado
por clasificar y regular lo que es inclasificable e irregulable. Más allá de las
consideraciones químicas y biológicas por las que se ha intentado explicar el amor,
como sociedad hemos intentado etiquetar y empaquetar un sentimiento que
difícilmente será igual entre dos humanos, porque al final forma parte de nuestra
esencia, esa que desde Descartes hasta Husserl nadie ha sabido realmente definir pero
en la que prácticamente todos coinciden en remarcar su fundamental carácter libre.
Una vez clasificado y etiquetado, el siguiente paso en la carrera humana por
controlarlo todo es convertirlo en algo cuantificable, en un objeto de consumo.
Nuestra mentalidad capitalista y practicista no puede dejar un sentimiento al aire sin
ser transformado, dejando un mundo sin orden y sin control. Y menos si puede
monetizarse. Al amor le ha pasado lo que a algunos alimentos a lo largo de la historia,
por ejemplo, cuando la situación productiva era complicada para los campesinos,
agricultores y de mas, y eran difícil de conseguir o producir se consideran alimentos de
lujo, lo que aumenta su demanda y crea así la división entre las clases que pueden
obtenerlo. En cuanto el sistema productivo es capaz de crearlo en masa y darle
categoría de objeto de consumo, se convierte en algo desprovisto de valor.
El amor se ha devaluado por muchos motivos. En primer lugar, porque la obsesión con
describirlo lo ha simplificado hasta la incomprensión, también porque esa descripción
se hizo, sin tener en cuenta a todas las partes que lo conforma y con una finalidad
capitalista. No se describió el amor desde el punto de vista de la mujer sino al revés, se
intentó describir o crear la personalidad de la mujer desde el punto de vista de un
amor construido por el hombre y en el que la responsabilidad afectiva en su mayoría
queda a cargo de las mismas mujeres.
El amor, en el caso del hombre, se ha constituido como herramienta de dominación y
de reafirmación masculina.
El hombre enamoradizo, es decir, el hombre que tenía un acercamiento al amor más
similar al que se había construido para las mujeres, se ha considerado débil y digno de
desconfianza, por lo que nunca se ha promovido un abordaje igualitario del amor
romántico, cuando parecería razonable pensar que a géneros de la misma especie, este
sentimiento que va más allá de lo orgánico debería afectar de la misma manera ya que
ambos tienen la capacidad de desarrollarlo y experimentarlo. Pero siguiendo la
evolución del propio internet y las herramientas digitales, el amor se acabó
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convirtiendo en el ‘’artículo’’ top para empresas que bajo la premisa de “ayudar a


encontrar el amor”, lo han transformado en un producto de acceso masivo, y por tanto,
como decíamos previamente sobre los alimentos de lujo, ha perdido todo su valor y se
ha convertido en otra de las muchas cosas con las que mercadear y manipular a las
masas. Como consecuencia y error en el momento en el que este sentimiento se pone
en el mercado, no sabemos absolutamente nada de su funcionamiento ni biológico ni
tenemos capacidad de describirlo en el contexto social que sea.
La gravedad de lanzar un sentimiento que no nos enseñan en su totalidad el como
funciona, su origen y uso correcto, demerita valor y significado. Llenarlo de etiquetas e
instrumentalizarlo social, política y económicamente destruye la humanidad del
sentimiento mismo. Y esto, que desconocemos realmente qué es y cómo funciona y
que no sabemos si se puede considerar homogéneo en todos los humanos, está en el
mercado. En grandes supermercados online en los que los usuarios pueden seleccionar
a otros usuarios desde la superficialidad de la imagen basada en estereotipos sociales.
Concluyendo en que el amor es un bien de consumo, los individuos son reemplazables,
reciclables y desechables, omitiendo todo sentimiento y dejando de lado la humanidad
de cada persona.

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