Está en la página 1de 13

“Proceso de desintegración y reconstrucción de la ciudadanía en Argentina”

(1995-2003)

Por Delmas Sabia Ludmila y Montesano Juliana

RESUMEN
Este paper propone analizar la desintegración de la ciudadanía durante la crisis de la
década de los noventa y su posterior reconstrucción durante el período posneoliberal. La
ciudadanía, según Marshall, es entendida como un status que se otorga a los individuos que
son miembros de pleno derecho de una comunidad, e iguala a quienes lo poseen en
derechos y deberes. Este status se vio deteriorado por las reformas llevadas a cabo durante
el Estado neoliberal en Argentina, aplicándose políticas sociales mínimas y focalizadas, que
posteriormente colapsaron en la crisis del año 2001 dejando un alto saldo de pobreza y
desocupación. De esa manera, la crisis social se tradujo en crisis de ciudadanía. Es por eso
que, en los años posteriores a la crisis y como respuesta a ella, se emprende una
contrarreforma de políticas sociales que promueven la reintegración de los ciudadanos al
sistema, a través de políticas orientadas a la universalización de la ciudadanía. La pregunta-
problema es, entonces, ¿de qué manera se produce la desintegración de la ciudadanía social
y su ulterior reconstrucción? El marco teórico está compuesto, en primer lugar, por la
terorización de Thomas Marshall, abordándose también textos de Arendt, Danani, Isuani,
Andreanacci, Medicci, Svampa, O’Donnell, y Alonso, entre otros. El abordaje
metodológico a utilizar es cualitativo.

Palabras clave: Argentina, ciudadanía, desintegración, reconstrucción.

1
Introducción

El objetivo de este trabajo es sustentar el argumento de que la ciudadanía sufre un


proceso de desintegración y ulterior reconstrucción durante el período comprendido entre
los años 1995 y 2003 en Argentina. Este recorte espacio-temporal responde al estallido de
las consecuencias, tanto sociales como económicas, de las políticas neoliberales que se
realizaron durante el gobierno de Carlos Menem y el giro copernicano hacia políticas
sociales universalizadas que se inician durante el gobierno de Néstor Kirchner.
En ese sentido, en el primer apartado se presenta la noción de ciudadanía, entendida
esta como un status que se otorga a los individuos que son miembros de pleno derecho de
una comunidad, e iguala a quienes lo poseen en derechos y deberes. Desde un sentido
extensivo, se puede entender a la ciudadanía en términos de qué individuos pertenecen a
una comunidad, y, desde un sentido intensivo, qué derechos gozan esos ciudadanos.
Por un lado, la ciudadanización es alcanzada a través de la conquista de derechos
civiles, políticos y sociales, por medio de luchas, los cuales si bien no son garantizados por
el Estado a priori, los ciudadanos buscan obtener respuestas institucionales al respecto, con
la finalidad de que los mismos sean reconocidos. Por otro lado, si bien la ciudadanía es
status y todos los individuos adquieren derechos y contraen obligaciones en igualdad de
condiciones por ser miembros de la misma, no quiere decir que la desigualdad económica y
social no exista.
En ese sentido, se analiza a la ciudadanía, en primer lugar, a partir de una visión
latinoamericana, en la cual la misma es incompleta e inacabada por los problemas
estructurales que impiden al ciudadano ejercer su agencia. Por otro lado, con el fin de
realizar una mirada particular sobre la ciudadanía, se pone el foco de análisis en Argentina,
donde se va a consolidar con la conquista de derechos políticos primeramente, y luego con
los derechos sociales, en torno a la pregunta sobre la llamada cuestión social, es decir,
cómo mantener la cohesión en una sociedad.
De esta manera, en el segundo apartado, se aborda el periodo neoliberal, el cual
significó una pérdida de la ciudadanía social como consecuencia de la inadaptación de los
viejos métodos de gestión social y la desintegración del principio de solidaridad social.
En el tercer y último apartado, se analiza el proceso de reconstrucción de la
ciudadanía que se da, en primer lugar, como resultado de las constantes movilizaciones
ciudadanas en torno a la crisis hegemónica de un gobierno neoliberal agotado, tanto política
como económicamente, y, en segundo lugar, con la contrarreforma de políticas sociales que
se empiezan a desarrollar como respuesta a ello. Es así que se pretende hacer foco en la
ciudadanía social.
Para llevar a cabo los objetivos propuestos, resulta necesario valerse en primer lugar
de la teorización de T. H. Marshall, siendo utilizados también textos de Arendt, Svampa,
Alonso, Isuani, Danani, Medicci, Andreanacci y O’Donnell, entre otros.
Finalmente, el abordaje metodológico a utilizar es cualitativo, ya que resulta
pertinente para responder la pregunta-problema (¿de qué manera se produce la
desintegración de la ciudadanía social y su ulterior reconstrucción?) debido a sus ventajas
para captar el significado y la aprehensión de la realidad, a través de una interpretación de
la realidad social.

2
Sobre la ciudadanía

Para analizar la transformación de la ciudadanía en Argentina, es imprescindible


hacerlo desde la teorización que propone Thomas H. Marshall, quien define ciudadanía
como “un status que se otorga a los que son miembros de pleno derecho de una comunidad.
Todos los que poseen ese status son iguales en lo que se refiere a los derechos y deberes
que implica” (Marshall, 2005: 312). El autor señala que no existe un principio individual
por medio del cual se establezca cuáles deben ser esos derechos y deberes, sino que las
mismas sociedades crean una imagen de la ciudadanía ideal que dirige sus acciones. La
ciudadanía supone entonces, según el autor, un impulso hacia la medida más completa de
igualdad, un enriquecimiento del contenido de ese status y un aumento del número a los
que esta ciudadanía es otorgada.
En ese sentido, el autor describe el proceso de ciudadanización como resultado de
las luchas por el reconocimiento de derechos en Inglaterra, por medio de las cuales se
producen tres tipos diferentes de derechos. La lucha por el reconocimiento de los mismos
es objeto de disputa, ya que estos derechos no son garantizados por el Estado a priori,
porque su fin es encontrar respuestas institucionales.
En primer lugar, define al elemento civil. Este consiste en los derechos necesarios
para la libertad individual, tales como la libertad de la persona, la libertad de expresión, de
pensamiento, de religión, etc. Es el derecho a defender y a hacer valer todos los derechos
del hombre mediante los procedimientos legales. En segundo lugar, aparece el elemento
político, entendido como el derecho a participar en el ejercicio del poder, ya sea como
elector o como miembro de un cuerpo investido de autoridad política, a través del
parlamento y los concejos del gobierno local. Este elemento, por lo tanto, no consiste en la
creación de derechos nuevos, sino en la ampliación de antiguos derechos a nuevos sectores
de la población. De esta manera, el voto que era el privilegio de una clase económica
limitada, fue extendido en su alcance por cada ley de reforma sucesiva dando paso a una
democratización creciente. Por último, emerge el elemento social, definido como todo el
espectro desde el derecho a un mínimo de bienestar económico y seguridad, al derecho a
participar del patrimonio social y a vivir la vida de un ser civilizado conforme a los
estándares de la sociedad (Marshall, 2005).
Esta visión de ciudadanía responde a una dimensión de la misma relacionada a la
intensidad, es decir, a los derechos que abarca ese status. Se puede identificar también una
dimensión relacionada con la extensión de la ciudadanía, que delimita quiénes tienen el
status de ciudadano y quiénes son los miembros plenos. En ese sentido, Hannah Arendt
postula que la ciudadanía está constituida por un elemento de carácter formal, que está
vinculado a la mera pertenencia del individuo a una comunidad determinada, que en este
espacio común entre los hombres, el ciudadano constituye a la sociedad a la vez que se
constituye a sí mismo, mediante su capacidad de palabra y acción, lo único de humano en el
hombre. Se podría decir que se necesita la presencia del otro, la interacción para
convertirnos en humanos (Arendt, 2003).
Si bien esta teorización sobre ciudadanía resulta pertinente para el presente análisis,
es de notar que en la realidad latinoamericana, la experiencia de la ciudadanía y de los
derechos otorgados por la misma, difieren de lo antes expuesto. En esta línea, O’Donnell
plantea la noción de “agencia” como “instancia fundamental de la democracia (la
ciudadanía) a la vez que del desarrollo humano (la capacidad de ser sujeto del proceso)”
(Lechner, 2003: 239). En ese sentido, O’Donnell señala que en la mayoría de los países

3
latinoamericanos existen enormes brechas, tanto a lo largo del territorio como entre las
diversas categorías sociales, que impiden el buen funcionamiento de la capacidad de
agencia del ciudadano.
Por consiguiente, si en estos países la pobreza es una condición muy extendida, sus
ciudadanos están privados de facto de la posibilidad de ejercer su agencia (O’Donnell,
2007). Así, se podría decir que en América Latina la ciudadanía se da de manera
heterogénea y deficitaria, al contrario de la concepción de Marshall, que plantea que todos
individuos son ciudadanos plenos por el mero hecho de pertenecer a una comunidad
política. Al respecto, Nosetto añade que si bien los derechos son identificados como
universales y efectivos, “los déficits de libertades civiles y de derechos sociales erosionan
las condiciones de autonomía que están a la base de participación política; construyendo de
esta manera ciudadanos de baja intensidad o bien democracias representativas excluyentes”
(Nosetto, 2009: 85).
De esta manera, se puede decir que la paradoja latinoamericana es tratar de
consolidar democracias representativas en contextos marcados por la pobreza, desigualdad
y polarización y donde los regimenes sociales de acumulacion fomentan la marginalidad y
la exclusion mientras los Estados se achican y se revelan incapaces de lidiar efectivamente
con toda la magnitud de la crisis. (Nun, 2000)
En ese sentido, la precariedad del sistema latinoamericano produce la necesidad de
encontrar un agente de cohesión, capaz de reforzar la heterogeneidad de la ciudadanía de la
región. Ese rol, según Svampa tocaría al Estado Nacional Popular, no sólo proveyendo
bienes y servicios sino como agente de distribución de recursos sociales. Pero, “en América
Latina el proceso de construcción de la ciudadanía se encontró con límites estructurales.
Esto quiere decir, que los individuos o grupos sociales se vieron obligados a organizar
redes de sobrevivencia, ante la deficiencia de los mecanismos de integración
proporcionados por el Estado o un mercado insuficientemente expandido. (Svampa,
2005:74).
Por lo tanto, para Svampa, el proceso de ciudadanización en América Latina se fue
construyendo de manera inacabada e interrumpida, dictaduras mediante y con la
intersección de un modelo nacional y popular que extendió tanto política como
simbólicamente el horizonte de pertenencia a la nación y la inclusión efectiva.
Para hablar de ciudadanía social, Isuani en su teorización, utiliza el modelo
desarrollado por Esping-Andersen, el cual distingue tres modelos diferentes de Estado de
Bienestar. Primeramente, el régimen socialdemócrata es el que “asigna un mayor volumen
de recursos a los servicios sociales e implica la existencia de impuestos altos que gravan la
renta y la riqueza” (Isuani, 2009). Esto quiere decir, una tendencia a una homogeneidad
relativa con derechos sociales amplios ciudadana. (Andrenacci, 2005). En segundo lugar,
distingue el modelo corporativo que “es propio de los países europeos continentales, posee
un nivel de gasto público social menor que el modelo anterior y está financiado
fundamentalmente por impuestos basados en la nómina salarial”. En este caso, hay una
tendencia a una heterogeneidad regulada y que los derechos sociales son diferenciados
según el tipo de inserción en el mercado de trabajo (Andrenacci, 2005.). Por último, en el
modelo residual “el mercado es central en la provisión de bienes sociales. Son sociedades
caracterizadas por un mercado de trabajo muy flexible y cuentan con una baja tasa de
desempleo. El gasto público en servicios sociales es el más bajo de los tres modelos”
(Isuani, 2009). Según Andrenacci, existe una tendencia hacia una segmentación relativa, los
derechos sociales son limitados y de base ciudadana.

4
En Argentina, en particular, se puede apreciar un pasaje de un sistema asistencial de
beneficencia a un Estado social corporativista transformando las relaciones salariales en un
status homogéneo garante de ciertas condiciones de vida frente a las irregularidades del
ciclo económico para terminar con un Estado neoclásico que desregula completamente las
formas de solarización y el sistema de seguros sociales incluso privatizando parcialmente
una parte de ellos (Andrenacci, 2005). Esto produce la exclusión de grupos sociales con
problemas socioeconómicos.
A continuación, en los siguientes apartados, será analizada la ciudadanía social
aplicada en el caso Argentino.

Desciudadanización: ciudadanía autorregulada y autosuficiente.

Un factor fundamental de este análisis es el trabajo como eje central de las


sociedades contemporáneas. En ese sentido, Luis Enrique Alonso define al trabajo como
una construcción social, referido a un contexto histórico, y a las experiencias y modos de
vida de los sujetos, así también como el sistema de relaciones simbólicas que se desarrollan
en su entorno (Alonso, 1999). De esa manera, propone pensar al trabajo tal como se
construyó en la época fordista/keynesiana, es decir, como una hermandad entre el concepto
de trabajo y el propio concepto de ciudadanía, dentro del contexto de una sociedad laboral.
Por lo tanto, la ciudadanía era considerada “un valor de inclusión e integración
social, una forma de construcción jurídica y administrativa de la realidad comunitaria”
(Alonso, 1999: 214), y se convierte en fuente de códigos de convivencia política, y, por
otro lado, en garante de titularidades y de derechos económicos y sociales por la
percepción de un conjunto de bienes y servicios públicos. Por tanto, la ciudadanía
representaba un concepto universalista, pluralista y sustantivista, cuyo objeto principal era
la limitación de las diferencias de clase. Así, el trabajo se constituía como el elemento
central de la misma, más precisamente de la ciudadanía social, funcionando como regulador
de los derechos y deberes de los individuos dentro de la sociedad del bienestar.
Por tanto, la ciudadanía en el modelo fordista/keynesiano se constituía a través y a
partir del trabajo, que “tendía a ser el centro de una sociedad que articulaba en la
ciudadanía un modo de integración centrípeto y ordenado de la reproducción de la fuerza
de trabajo” (Alonso, 1999: 217).
Pero este proceso en el que la ciudadanía funcionaba como eje básico de
articulación de la vida de los individuos comienza a fragmentarse, en palabras del autor:
“reduciéndose a una fórmula cada vez más compleja, en la que se quiebran presupuestos de
tipo universal para entrar en combinaciones particulares de derechos, cada vez más
personalizados, diferenciados, localizados” (Alonso, 1999: 220).
El neoliberalismo aparece en el escenario mundial como respuesta a los problemas
fiscales que se presentaron en los años 80, convirtiéndose así en el nuevo paradigma que
logró articular, en la crítica de la coyuntura, la promesa de la superación de la emergencia
económica bajo el libreto del Consenso de Washington. Así, el neoliberalismo se presentó
entonces como una posibilidad de hacer frente a las presiones inflacionarias, la pérdida del
valor de la moneda y los desequilibrios fiscales y monetarios, que a su vez se convirtieron
en la justificación de los líderes de gobierno para realizar el ajuste económico.
En este punto, es menester analizar las razones por las cuales se produce el
desmantelamiento de este modelo de ciudadanía, más precisamente del modelo de
sociedad, a partir de la consolidación del modelo neoliberal en Argentina. En ese sentido,

5
Maristella Svampa señala que éste es reemplazado por un nuevo régimen, que comienza en
los primeros años de la década del 70, a partir de la instauración de regímenes militares en
el Cono Sur de América Latina, continúa en la década de los 80, haciéndose visible los
resultados de las transformaciones operadas en la estructura social, y alcanza su punto
culmine durante la década de los 90, con la gestión menemista en Argentina.
Al respecto, Svampa afirma que las consecuencias económicas y sociales fueron
devastadoras, ya que este nuevo régimen de acumulación supuso la puesta en marcha de un
modelo orientado a la importación de bienes y a la apertura financiera, lo cual implicaba la
interrupción de la industrialización sustitutiva y propiciaba el endeudamiento de los
sectores público y privado (Svampa, 2005).
En ese sentido, con Menem se consolidó la liberación económica a través del Plan
de Convertibilidad, la ley de emergencia económica para hacer frente a la crisis de
financiamiento del Estado reduciendo el gasto público y la reforma del Estado que
posibilitaba la desregulación y las privatizaciones. Pero, es durante la segunda presidencia
de Menem cuando estallaron las consecuencias económicas y sociales de esas políticas
implementadas, más exactamente en 1998 ya que la economía Argentina entra en una
prolongada declinación que culmina en 2001-2002 con la implosión de la Convertibilidad y
el agotamiento del patrón de acumulación del capital sustentado en la valorización
financiera.1
Es así que el autor Fanfani señala que estas transformaciones económicas e
institucionales tuvieron un gran impacto en la estructura y la dinámica del mercado de
trabajo. En ese sentido, enumera las transformaciones más importantes, entre ellas:
desasalarización y expansión del cuentapropismo, la desregulación, flexibilización y
precarización de la fuerza de trabajo, y la fragmentación cada vez más concentrada del
ingreso y la fragmentación del salario en el interior de las ramas. El resultado, según
Fanfani, es “un mundo del empleo extremadamente fragmentado y jerarquizado, donde son
tan diversas las situaciones de inclusión como las de exclusión, lo cual atenta contra la
conformación de grandes actores colectivos del estilo clásico” (Fanfani, 1993: 247). De esa
manera, se produce una “pulverización del escenario social”, una situación de
“heterogeneización del empleo” en el sector privado de la economía.
En este contexto de adopción de un nuevo modelo de sociedad, fue necesaria una
“reestructuración del Estado”, en la que se consolida una nueva matriz estatal apoyada en
tres dimensiones: patrimonialismo, asistencialismo y reforzamiento del sistema represivo
institucional, por lo que el Estado pierde su rol protagónico (Svampa, 2005). De esta
manera, según la autora, se configura un nuevo escenario social que otorgó supremacía al
mercado como mecanismo de inclusión y cuya consecuencia principal fue la erosión del
modelo de ciudadanía social asociado el Estado de Bienestar antes descripto. Así, la
ciudadanía social que estaba asociada y hermanada con el trabajo, los derechos laborales y
las políticas universalistas, experimentó un fuerte retroceso, junto con el proceso de
contracción del Estado. De esa manera, Svampa afirma que:

“El proceso de desregulación produjo una fuerte dinámica descolectivizadora, que significó
para numerosos individuos y grupos sociales la entrada en la precariedad, sino la pérdida de
los soportes sociales y materiales que durante décadas habían configurado las identidades
sociales” (Svampa, 2005: 75).

1
Esto será analizado en el próximo apartado.

6
Así, el proceso de individualización que acompañó este retroceso de la ciudadanía,
afectó principalmente a las clases populares, e impulsó el desarrollo de redes de
sobrevivencia dentro del mundo popular (Svampa, 2005). En sus palabras, se produce un
proceso de “descuidadanización”, que comprende no sólo la dimensión específicamente
económico-social, sino también la dimensión política, ya que este nuevo orden económico
consolidó un modelo de dominación política que restringió severamente la participación de
los individuos, reduciendo su intervención en el espacio de las decisiones colectivas. A su
vez, también fue afectado el acceso a los derechos civiles, mediante el cercamiento y la
privatización de las libertades individuales, como por ejemplo, con el aumento de la
inseguridad ciudadana (Svampa, 2005). De esa manera, se podría decir que los tres
elementos de la ciudadanía definidos por Marshall se ven afectados, pero de manera inversa
a su momento de aparición, es decir, primero se desintegra la ciudadanía social, que trae
aparejada la desintegración de la ciudadanía política y civil.
El desmantelamiento del modelo de regulación asociado al régimen fordista trae
consigo una serie de consecuencias que la autora va a enumerar. En primer lugar, se
redefinen los límites de pertenencia a la comunidad, lo que conduce a la proliferación de
luchas en torno al reconocimiento de la existencia, como forma de visibilizar la
estigmatización de una parte de la sociedad, y por otro lado, como denuncia a la estructura
de desigualdad y de privatización. En segundo lugar, Svampa identifica una reformulación
del rol del individuo en la sociedad. Éstos debieron comenzar a hacerse cargo de sí mismos,
por lo que cada uno deberá desarrollar los soportes y las competencias necesarias para
garantizar su acceso a los bienes sociales. En tercer lugar, identifica un gran impacto en la
esfera cultural, generando nuevos espacios de reclamos, ligado a la defensa de las culturas
locales. Finalmente, señala que se legitiman modelos de ciudadanías restringidos, que no
poseen alcance universalista ni aspiraciones igualitarias (Svampa, 2005).
En síntesis, se podría decir que el nuevo modelo de ciudadanía impuesto por el
neoliberalismo versó sobre la autorregulación y la autosuficiencia, ya que deja de estar
determinada por el trabajo y regulada por el Estado, y, en consonancia con el nuevo
modelo de país, se relaciona íntimamente con el mercado. En este punto resulta interesante
traer al análisis la concepción de Foucault de un gobierno de sociedad, entendido este como
una sociedad regulada por el mercado, en la que la dinámica de la competencia penetra
directamente en los individuos y en sus relaciones. De esa manera, se construye una trama
social en la que las unidades básicas (los individuos) adoptan la forma de la empresa
liberal, reproduciendo la lógica racional y de autogestión capitalista (Foucault, 2007). Es
así que Svampa propone la categoría del consumidor-usuario, para definir un nuevo modelo
de ciudadanía que abría espacios de inclusión a través del consumo (Svampa, 2005).
En Argentina se verifica el pasaje de un Estado predominantemente regulatorio de
una sociedad salarial, a un Estado que sólo compensa la degradación de aquella, tal como
señalan Soldano y Andreanacci (Soldano y Andreanacci, 2005). “El resultado es una “fuga”
hacia formas masivas y sistemáticas de asistencia social descentralizada en niveles
subnacionales, semiprivatizada en organizaciones no gubernamentales religiosas y
comunitarias” (Soldano y Andreanacci, 2005: 75). Isuani afirma al respecto que el Estado
de Bienestar argentino no tuvo una caída en la proporción del producto que utilizó, ni se
empobreció más que la sociedad a la que pertenece, y tampoco experimentó cambios
significativos en su estructura, sino que adoptó nuevas estrategias: de focalización,
descentralización y privatización del gasto social. La focalización se da como excusa de

7
que el modelo de política social anterior no había tenido capacidad de atender a los sectores
más pobres (Isuani, 2009). Estas políticas representaron soluciones puntuales a problemas
masivos, que alcanzaron solamente a los sectores más empobrecidos, sin tener en cuenta a
los nuevos pobres. Por otro lado, la privatización surgió como la contracara de la
focalización, liberando los recursos para ésta y complementando su labor, buscando mayo
equidad. Finalmente, la descentralización contribuyó a una mayor eficiencia y eficiencia
del gasto, acercando la gestión al beneficiario, y haciendo que el mismo asumiera un
control mayor sobre la calidad de los servicios (Isuani, 2009).
En nuestro país, los programas focalizados se aplicaron con la intención de redirigir
el gasto social hacia los sectores de mayor pobreza, a través de, por ejemplo, la Secretaría
del Desarrollo Social, creada en 1994. Este tipo de políticas públicas fracasó, ya que los
sectores pobres se encontraban en inferioridad de condiciones no sólo en relación a la
posesión de activos, sino también en la organización para demandar y presionar por sus
intereses. En tanto, la descentralización en nuestro país se centró principalmente en la salud
y educación pública, produciéndose la transferencia de gestión de Estado nacional al Estado
provincial. De esta manera, el gobierno nacional pasa de administrar dos tercios del gasto
social, a administrar sólo la mitad. En cuanto a la privatización, Isuani señala que las
mismas fueron realizadas muy rápidamente, sin que mediara una oposición de relevancia.
De esa manera, fueron privatizadas empresas como ENTEL, Obras Sanitarias de la Nación,
Aerolíneas Argentinas y Yacimientos Petrolíferos Fiscales (Isuani, 2009).

Hacia una reconstrucción de la ciudadanía o una nueva ciudadanía social.

Entonces, ¿cómo se reintegra una ciudadanía social cada vez más excluida por la
inestabilidad política, económica y social y también por las prácticas de focalización,
descentralización y privatización propias del neoliberalismo que culminaron en la crisis del
modelo neoliberal de valorización financiera subordinado el trabajo al capital con una
distribución regresiva del ingreso y alentando la exclusión social?
Siguiendo a Rosanvallon se puede hablar de una nueva cuestión social, esto es, un
fenómeno de exclusión social que se expresa fundamentalmente en la crisis de la sociedad
salarial, o el fin de la promesa keynesiana de que en algún punto del futuro, todos seriamos
asalariados del sector formal de la economía y protegidos por la seguridad social (Isuani,
2009). La caída del paradigma keynesiano y su reemplazo por el neoliberal es la gran
transformación de finales del segundo milenio (Polanyi, 1957). En ese sentido, el Estado
de Bienestar sobrevive, mientras que el Estado keynesiano se desmantela. (Isuani, 2009).
Ante esta situación de ingobernabilidad, de promesas que se hicieron reclamos al no
poder cumplirse por parte del Estado, la fuerte crisis de representación, la fragmentación, la
precarización laboral, la pérdida del sentido transformador de la política, es decir, como
mera administración, el retiro del ciudadano del espacio público, recluyéndose cada vez
más al ámbito privado, el individualismo y el privatismo. Se empezó a pensar, por un lado,
en cómo reintegrar a la ciudadanía social -visto desde Castel como integración –
desintegración – reintegración- y por el otro lado, en cómo repensar la idea de lo político
como algo posfundacional.
Entonces, en un contexto de crisis terminal de la valorización financiera y
disolución del patrón de acumulación se produce un colapso social sin precedentes y el
acentuamiento de la desocupación, la pobreza e indigencia.

8
De ese modo, la movilización ciudadana contribuye al cuestionamiento de un
gobierno incapaz de dar respuestas o canalizar las demandas pero también de un modelo
económico irreversible, protagonizando la resolución de la crisis mediante cacerolazos,
asambleas barriales y piquetes entre otros movimientos de protesta. Se puede decir que
mediante estos movimientos de protesta se amplió el espacio público, es decir, desde una
perspectiva democrática mediante la presencia de diversos movimientos sociales: el de
solidaridad como Cáritas, Iglesias, organizaciones de bien público, el de economía solidaria
como ferias, fábricas recuperadas e incluso cartoneros y por último movimientos de
protesta protagonizados por desempleados, piqueteros y sindicatos alternativos. (Garcia
Delgado, 2004:6).
“La movilización popular ha funcionado como un instrumento democrático para
combatir la exclusión y construir derechos mediante la contestación política” (Pérez-Liñán,
2009:332). Se puede hablar de un nuevo pretorianismo social vinculado a la inestabilidad
política, es decir, formas públicas de acción colectiva como modos de construcción y
expresión de demandas sociales. Las protestas populares ejercen una forma particular de
responsabilidad vertical en un contexto en el cual habían fallado los mecanismos ordinarios
de control; constituían una manifestación de la nueva accountability social en América
Latina (Smulovitz y Peruzzotti, 2000)2. En ese sentido, es el pueblo quien hace escuchar su
voz en las calles porque los gobernadores electos no representan sus intereses.
Por un lado, el populismo aparece como el intento de darse una comunidad allí
donde la sociedad aparece desintegrada (Nosetto, 2009). “Los movimientos nacionales y
populares surgen a partir de una crisis del bloque de poder que era hegemónico hasta ese
momento y que es al cual se enfrentan y tratan de desarticular y disciplinar” (Basualdo,
2011). El populismo es entendido como otro modo de construcción de lo político que
requiere la división dicotómica de la sociedad en dos campos que implica un nosotros y un
ellos, es decir, un populus y un plebs, uno, se presenta a sí mismo como parte que reclama
ser el todo mientras que el otro busca la construcción de una identidad global a partir de la
equivalencia de una pluralidad de demandas sociales, es decir, una identidad popular
(Laclau, 2005).
Por otro lado, el neoliberalismo o neoinstitucionalismo era entendido como otro
modo de construcción de lo político que pretende ver al ciudadano como simple
consumidor o cliente, no pudiendo resolver la pluralidad de demandas existentes y
sobretodo la demanda privilegiada de mayor inclusión social. Además, al ser aconflictual,
interpreta a la política como mera administración de las cosas, estableciendo un orden y
organizando la coexistencia humana en condiciones que siempre son conflictivas y están
atravesadas por lo político (Mouffe, 2013).
Por lo tanto, siguiendo a Rancière, la parte que no tiene parte demanda el
reconocimiento que le falta iniciando movimientos contrahegemónicos (protestas callejeras,
piquetes y asambleas barriales) para debilitar la hegemonía neoliberal (la parte que tiene
parte), no solamente cuestionando el orden establecido sino instaurando el desacuerdo
dentro de la misma. Es así que se produce una crisis de representación con la famosa frase
“que se vayan todos”.

2
Se recomienda profundizar en la lectura de Accountability social: la otra cara del control en Controlando la
Política. Ciudadanos y Medios en las Nuevas Democracias Latinoamericanas, 2005.

9
Es menester que los ciudadanos tengan verdaderamente la posibilidad de
escoger entre alternativas reales (Mouffe, 2013:17). Es necesario que se instaure un
pluralismo agonístico que permita reales confrontaciones en el seno de un espacio
común, con el fin de que puedan realizarse verdaderas opciones democráticas
(Mouffe, 2013:18).

La crisis se estabiliza en 2003 con el proceso electoral de renovación presidencial,


iniciándose una gestión auto-identificada como peronista3. Es así, que con la idea de
consolidar una hegemonía clásica y plasmar una creciente inclusión política y social de los
sectores subalternos, surge un gobierno débil encabezado por el candidato más inorgánico
en términos del poder vigente: Néstor Kirchner (Basualdo, 2011).
En primer lugar, se realiza una contrarreforma, es decir, un proceso de producción
de políticas estatales invirtiendo la dirección de políticas iniciadas en los noventa
disputando así la legitimidad de las mismas. Por un lado, el PNRT 4 se instala en el centro
de la concepción de-socializada del trabajo y refunda las relaciones laborales de la década
del noventa, invocando el cumplimiento de los derechos fundamentales del trabajo y la
debida protección social, combatiendo el trabajo precario. Por otro lado, la contra-reforma
previsional que tiene como fundamento al Estado encargado de la participación en la
distribución del ingreso y en la creación y/o expansión de los sistemas de protección
(Danani, 2012). Entonces, se puede hablar de una repolitización de las políticas, tanto
laborales como previsionales porque la coalición gobernante recrea la tradición del
peronismo y lo mismo hace la oposición con el anti peronismo.
En segundo lugar, en el 2002-2003 las transformaciones condicionadas de ingreso o
TCI se convirtieron en el pilar fundamental de la protección social en todo el mundo y
Argentina no fue la excepción (Medici, 2011). Si bien es cierto que estas políticas sociales,
tanto el Plan Trabajar como el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, solucionaron
problemas puntuales de los sectores más vulnerables, especialmente en la recuperación de
las condiciones del trabajo formal, con la Asignación Universal por Hijo en 2008 se puede
hablar de políticas de carácter universal que ya no se orientan a problemas focalizados sino
a crear un marco de cartelización social que permita la transformación intergeneracional de
la pobreza y la desigualdad, mejorando los indicadores sociales, acompañando un proceso
de mejora de la economía y promoviendo la inclusión social. Por lo tanto, se tiende a la
neouniversalización tanto de las políticas sociales como de previsión social, donde el
Estado va a intervenir de un modo más activo para resolver las prácticas focalizadas del
neoliberalismo.
En ese sentido, aun sin haber logrado una alteración significativa de algunos rasgos
estructurales, el kirchnerismo motoriza un espíritu refundacional con respecto de los años
noventa, revitalizando el rol del Estado en la economía, una serie de políticas orientadas a
favorecer el desarrollo del mercado interno, el sostenimiento de los niveles de empleo, la
actualización salarial y una visión más universalista y activa de la política social (Pérez y
Pereyra, 2013).

3
En las elecciones abiertas, en mayo de 2003, resulta electo Presidente de la Nación Néstor Kirchner,
representante del partido justicialista
4
Plan Nacional de Regulación del Trabajo

10
Conclusión

Este paper indagó sobre los factores que intervinieron en el proceso de


transformación de la ciudadanía, haciendo foco en el aspecto social de la misma. Así,
fueron analizados dos momentos cruciales de la coyuntura histórica Argentina,
considerados relevantes para responder a la pregunta-problema.
En ese sentido, se puede concluir que el contexto neoliberal cuyas consecuencias
sociales fueron mayores a partir de la mitad de la década de los noventa, con la
implementación de políticas sociales focalizadas y descentralizadas, más los programas de
privatización, produjeron como resultado la reclusión del individuo a la esfera privada.
Estos factores socavaron la ciudadanía al romperse el principio de solidaridad, sobre el cual
se apoyaba la ciudadanía social. Asimismo, se concluye que inmediatamente después de la
crisis del modelo neoliberal, que tuvo su punto culmine en el año 2001, tanto la
movilización social que integró a gran parte de ciudadanos disconformes a unirse, como el
giro copernicano en 2002, la elección de Néstor Kirchner y la implementación de políticas
sociales universales, promovieron la reintegración de la ciudadanía en un ideario común.
Es así que la ciudadanía más que un status tiene que ser una práctica que recogiendo
las diferencias multiculturales no las cristalice en un sistema de exclusiones como propone
el individualismo liberal sino que permita formas colectivas de comunicación y dialogo
intercultural como un elemento reflexivo de construcción de actores sociales concretos que
buscan y dan sentido propio a lo social.
Así, resulta interesante plantear tres interrogantes futuros que puedan dar lugar a
nuevas líneas de investigación. De esa manera, ¿Se puede decir que luego del año 2003 la
ciudadanía social en Argentina logró reconstruirse de manera total? ¿Nos encontramos ante
una reconstrucción de la ciudadanía o de un nuevo modelo de ciudadanía social? Los planes
sociales en general, y la AUH en particular ¿contribuyeron a la reintegración de la
ciudadanía? ¿Se podría decir que actualmente las políticas sociales no están sólo dirigidas a
los sectores más vulnerables, sino que la universalización de las mismas abarca a un sector
mayor de la sociedad?
En suma, este paper tuvo como objetivo, a través de la exposición de la
transformación del contenido de ciudadanía, que el lector pueda reflexionar acerca del rol
de la misma en la actualidad. En ese sentido, se propone dejar de pensarla como un status
mínimo, de alcances focalizados y segmentados, e imposibilitada de actuar en el ámbito
público, para poder entenderla de manera amplia y plural, y que pueda ser reintegrada al
espacio público, de manera que pueda ser tanto crítica como transformadora, que pueda
disputar en ese espacio un nuevo modelo de desarrollo diferente al neoliberal y así
resignificada en un proyecto común.

11
Referencias bibliográficas:

- Alonso, L. (1999). Trabajo y Ciudadanía, Conclusiones. Madrid: Trotta.


- Arendt, H. (2006). Las perplejidades de los derechos del hombre. En Los orígenes
del totalitarismo. Madrid: Alianza.
- Arendt, H. (2003). La condición humana. Buenos Aires: Paidós.
- Andrenacci, L. y Soldano, D. (2005). Aproximación a las teorías de la política
social a partir del caso argentino. Buenos Aires: UNGS.
- Basualdo, E. (2011). “La pugna por definir el tipo de hegemonía política y un
nuevo patrón de acumulación de capital”. En Sistema político y modelo de
acumulación. Tres ensayos sobre la Argentina actual. Buenos Aires: Cara o Seca.
- Danani, C. (2012). “Procesos de reformas y configuración de un nuevo régimen de
política social: el trabajo, la seguridad social y los planes sociales en Argentina”. En
Revista de Ciencias Sociales.
- Foucault, M. (2007). Nacimiento de la biopolítica. Buenos Aires: Fondo de Cultura
Económica.
- Isuani, A. (2009). “El Estado de Bienestar Argentino: un rígido bien durable”. En
Politikos, Nro. 12.
- Laclau, E. (2005). La razón populista. Buenos Aires: FCE.

- Lechner, N. (2003). “¿Cuál es el imaginario ciudadano?”. En Guillermo O’Donnell,


Osvaldo Iazzetta, Jorge Vargas Cullell (comp.), Democracia, desarrollo humano y
ciudadanía. Reflexiones sobre la calidad de la democracia en América Latina.
Rosario: Homo Sapiens.

- Marshall, T. H. (2005). Ciudadanía y clase social. Buenos Aires; Losada.

- Médici, F., Agis, E., Panigo, D. y Cañete, C. (2011). Los Programas de


transferencias condicionadas de ingresos en la convertibilidad y la
postconvertibilidad. Buenos Aires: OMET.

- Mouffe, C. (1999). El retorno de lo político. Buenos Aires: Paidós.

- Nosetto, L. (2009). Variaciones latinoamericanas en torno al concepto de


ciudadanía. En Factotum, 6, (77-97)

- Nun, J. (2000). Democracia: ¿gobierno de los políticos o gobierno del pueblo?.


Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

- O’Donnell, G. (2007), “Las poliarquías y la (in)efectividad de la ley en América


Latina”. En Disonancias. Críticas democráticas a la democracia. Buenos Aires:
Prometeo.

12
- Polanyi, K. (2001). La gran transformación. México: Fondo de Cultura Económica.

- Svampa, M. (2005). La sociedad excluyente. En La Argentina bajo el signo del


neoliberalismo. Buenos Aires: Taurus.

- Tenti Fanfani, E. (1993). Cuestiones de Exclusión social y política. En Desigualdad


y Exclusión. Buenos Aires: Unicef-Losada.

- Torre, J. (1998). El proceso político de las reformas económicas en América Latina.


Buenos Aires: Paidós.

13

También podría gustarte