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SERMON
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LAS SIETE PALABRAS


f ill DIJO

з п I lü ¡a a iia . Β Δ > ϋ ϋ ί ΐ зп i ^ a a n n í n á i ш з fi£, т ш .

EL VIEJISES SAKTO 2 1 DE ABRIL ГК 1 S Í 8

E L SE M O R D O ü P K D 1 IO A R E K A ^
ilrl CíirsL'j» de S.)5., su Capellán de liow r y Predicador

ВДЭШ ЭК
ГОП ACl'ADQ, IMfBESOft ME C A MARA DE 5 . If. T PE SU PEAL С ASÍ.
gAd < § < § . с Л И э е Л И э ,

ь/é-reufíj.
c / -
t J eeooiw m :

¿En dónde oslamos? ¿Qué ilia es hoy? ¿Q ué espec­


táculo es osle lan imponente?.... ¡Qué oscuridad y
lobreguez! ¡Q ué profundo silencio! ¡Q ué tinieblas
lan espantosas! ¡Qué funestas decoraciones!.... (*) V
las palmas y ramos de oliva han sucedido velos de
negro luto; al festivo tthkya ha reemplazado el him­
no ile la agonía; el templo se ha convertido en un
tealro de horror, v en el sitio del tabernáculo se le
vanlan tres cruces alumbradas de triste y amorti­
guada lu z .,... Sin duda ha pasado por at|ui la justi­
cia de Dios. ¿ Adonde lúe tu gloria y alearía , -le-
rusaleu? ¿. Qué luisas de muerle han soplado sobre
lu frente? ¿P o r ipié alzas hoy tu cabeza sin corona

(**) L a Real C a pilla presen lalm un as pee 10 imponente, estaba


fin luí a Ja \ á ohm iras, Iin d a lia r inaxor aparecían ires cruces con
]a imagen de Jesús crucificado y las de los dos ladrones. A l pie de
las cruces la Virgen M aría, !;i Magdalena y san Juan Evangelista.
Solo tres linternas de opaca luz alum braba» tan lúgubre aparato.
3
w
alianza, crucificado á impulso? del am or, liama á sn
monarquía universal á lodos los hombres; llama á
los grandes y i los pequeños, a los poderosos y mi­
serables, á los fuertes y ¿í los débiles, á los vence­
dores y i los vencidos. Su .sangre fluye á b o rb o ­
tones como una lluvia do bendición, como un bálsa­
mo de consuelo, para curar nuestras heridas y lavar
los pecados del mundo, liso sagrado leño que bus­
can los judíos como señal de ignominia, se levanta
en el Calvario cual bandera de paz, y cual pabellón
glorioso que reunirá las naciones lodas como heren­
cia do Jesucristo. Cargado con fodas las miserias de
la humanidad pecadora, pendiente de la c-ruz en me-
dio de ilos famosos crim inales, triunfo como Key
vencedor del m undo, triunfa del inlierno, y hasta
triunfa de la justicia divina. Los oráculos y sacrifi­
cios, los sacerdotes y las víctim as, los rilos y los
preceptos, y todos los símbolos de la antigua ley,
quedan cumplidos y consumados en esle dia. I n
sol eterno disipa las som bras, y una sania realidad
hov sucede en el Calvario á las fisuras. El mundo
todo va 6 ren o v a rse..... La naturaleza e n te rase es­
trem ece..... El sol se detiene como asombrado en
la mitad de su carrera..... El cielo se pone cárde­
no y amenaza ocultar su luz..... Todo observa un
profundo silencio , y Jesucristo habla. Su Icuguuge
celestial v divino en momentos tan solemnes se re -
9
(hice ú siete palabras, que pronuncia desde la cruz;
palabras profundas , palabras sublim es, palabras
creadoras, palabras sacram entales, que abrazan y
que comprenden la historia de lo pasado 7 la histo­
ria de lo presente y la historia de lo futuro: pala­
bras de amor y de consuelo para las generaciones
y para los siglos; palabras que arroja Jesucristo al
inundo como las páginas de su vida escritas con lá­
grimas y sangre, y que son como los siete sellos de
su testamento, de esc testamento solemne que deja
á los hombres al despedirse para la eternidad, y
que contiene á un Dios, K ey, sacerdote y víctima
ofrecida en sacrificio por los pecadores y hasta por
los mismos verdugos.
fatter ilim ffe ilíis\ t/on chím sciiwf (¡uid fa tiu n t.
«Perdónales, Padre, porque no saben lo que ha­
cen.» ¡Cuánto significa esta prim era palabra, Seño­
ra! ; (inania tilosofia! ¡Cuánta ternura! ¡Cuánto
a m o r!.... Pendiente de la cruz el varón de los do­
lores, con las carnes desbarradas, derramando co­
piosa sangre , considerado como el último de los
hombres, como un miserable leproso herido por la
mano de Dios, ultrajado por los viles m ortales, feo
y denegrido como le vio Isaías, sufriendo nuestros
nuiles, levanta al cielo su corazon abrasado de amor,
y pide á su Padre que perdone á los verdugos que
le crucifican. La desenfrenada multitud, agitada co-
i
10
mo iiti m ar borrascoso, prorum pe en gritos de hur­
la, de encono v do muerte. Si Fiftits Dei es......«Si
eres Hijo de Dios, le dicen, desciende de la cruz:
á otros salvó, y á sí mismo no puede salvarse..... »
¡Tanto odio por tanto amor [ ¡Tanta injusticia por
tanta inocencia! ¡Tanta ingratitud por tantos benefi­
cios!.... El Justo no se ofende, ni los maldice, ni
los condena á eternos suplicios. Como Itev pacifi­
co, como Sacerdote sanio y tom o víctima de expia­
ción, se ofrece á sí mismo en el ara de la cruz,
ruega y pide por sus encarnizados enemigos y por
sus bárbaras perseguidores. Su oorazon palpita tan
fuertemente á impulsos de la ternura y del amor,
que quiere salirse del pecho m oribundo, y esfor­
zando la voz le dice á su Eterno Padre: «¡Padre
mió! ¡Padre de amor y de clemencia! perdona á
mis enemigos, perdona á esos hom bres ciegos. Xo
¡saben lo que hacen; no me conocen; no saben que
soy su P adre..... Sus almas fueron un soplo luyo,
fueron una parte de tu aliento, y quiero salvarlos.
No vine yo ai mundo á buscar justos; vine á bus­
car pecadores. Perdónales, Padre m ió .»
Señora: Hay cosas que no se comprenden bien,
que no se pueden pintar, y que no basta el c o ra -
zoti del hombre para sentirlas. Un Dios en la^ cer­
canías de la m uerlc, luchando terriblemente c o t í la
mas angustiosa agonía, parece como que recobra
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aliento y vicia para pedir por sus verdugos, redo­
blando la súplica con mas interés y anhelo que por
sí mismo. En el huerlo fatal de las Olivas, á la vista
dei ángel acongojado que le presentaba el cáliz
de su pasión, se entristeció su alma , y csclamó
abatido y anonadado: «¡Padre mió! si'possióile es( ....
Si es posible, haced que pase de mí este cáliz ían
amargo...... En la cruz, Señora, no hace esla sú­
plica condicional. Goiuo He y eti su trono se con­
vierte al que le ofreció la fierra y Iíis naciones por
herencia, y le dice absoluta y solemnemente: «Per­
dónales, l'adre m ió.» Xo sé si aqui suplica; « o sé si
manda ó si decreta. Ksíe es un secreto del gran
misterio de la cruz. Por eso es el prim er triunfo de
su palabra, por eso es el prim er momento de su vic-
loria, y por eso el prim er decreto de su reinado
es «¡perdón y m isericordia!J! , (¡(}ué lección pa­
ra los Heves!; Los verdugos se asombran, los pe­
cadores conlian en su sangre, los ángeles se estre­
mecen de ternura, se abren de par en par las
pueríus del Empíreo, y en el centro de los mundos
resuena el cántico divino: «Gloria á Dios en las al­
turas, píiz cti la (ierra á los hom bres, y perdón á
los verdugos y pecadores.»
12

Hodie mecu»i cris in paradm).

H o y serás c o n m i g o e n el paraíso. (S. L u c a s , rajo. 2 3 ! u. -lo).

* Cf
J e ? ¿' o r a :

¡F ijem os la vistíi en ese a lia r!.... El representa al


monte (jólgota; monte fúnebre y sombrío; monte
de lis ie s y amargos recuerdos; monte cubierto de
cráneos y destrozados cadáveres; monte donde ro­
daban las cabezas de los crimínales y terminaban
las vidas de los m alhechores..... t u ese monte
regado de lágrimas y sangre, se divisa ahora con
la antorcha luminosa de la fe un patíbulo- ¡ Ln
cadalso!.... ¡Ah! Yo no miro en este dia con hor­
ror y miedo esc cadalso donde se espía el crimen
del universo. Lleno de fe y de esperanza le salu­
do con religioso respeto y profunda veneración.....
Ese cadalso es lia para el crim inal, principio para
el arrepentido, trono de santificación para el justo,
% altar sacrosanto v* divino,¿ donde el Sumo Saccr-
y
dote de la nueva ley celebra ol gran sacrüicio que
da la salvación al mundo. ¡Tres cruces!!!..... t u la
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de entuedio esta clavado el Unigénito de Dios, y a
su derecha c izquierda dos ladrones, dos asesinos,
dos malhechores condenados á m uerte afrentosa por
sus delilos horrendos. Los judíos han buscado esfe
medio tan infame para oscurecer y deshonrar la
memoria del que iba haciendo bien por la lierra, y
cuya divinidad se óslenla en la cruz tan magnílica
y radiante como cuando aumentó los panes en lo
alio de la montaña. Aquel que con las orlas de su
Iónica daba salud á los enfermos; aquel que con
una palabra conrirtió al pie de la fuente á I» infeliz
S a m a n t a , convierte laminen en ía cruz al des­
venturado malhechor que agoniza á su derecha.
¡(Juú poder tan grande el de la gracia! ¡(Jué se­
cretos tan profundos íos de la misericordia y de!
amor! Jesucristo llama con la sangre de sus heri­
das á sus dos compañeros de inforlunio. El uno res
pondo lleno de fe, y el otro lleno de furor y rabia.
El uno toma parte en el llanto de las casias vírge­
nes de Sion, y el olro se asocia con los verdugos
que le crucifican: el ano, al ver las señales amena­
zadoras del cielo, reconoce la divinidad del Mesías;
y el olro, ciego y obstinado, reconoce solamente la
potestad de las tinieblas; el uno ron todas las efu­
siones de su corazon esclam a: «Acuérdale de mí,
S eñor t cuando llegues á tu reino;» v el otro con
la misma saña de los verdugos le dice: «Si tu eres
4
n
C risto, sálvale á ti mismo y á nosotros también.»
¡Qué misterios tan profundos! Jesucristo clavado en
la cruz, á los dos convida con su reino, á los dos
hiere con las flechas do su am or; pero solo Dimas
mira á Jesús con una humilde esperanza. Sus ojos
se abren á la lux do la verdad, la memoria lo re­
cuerda sus pasados eslravíos, y hablando el idioma
secreto del corazon se dice á si mismo derramando
lágrimas: estoy agonizando; la muerte se acerca f y
los delitos de mi vida me llenan de angustia y de
pesar; las sombras de tantos desgraciados que deje
en la horfandad y de tantas familias que arruiné,
me cercan en medio del suplicio...... Las canas de
honrados ancianos que cubrieron de sangre mis ma­
nos sacrilegas se me representan en este postrer
momento, demandando contra mí todos los rigores
de la eterna Justicia. ¡Voy á m o rir!.... ¿Quién me
ampara cu este instante? ¿Quién me puede salvar?
;Ah! ese Dios justo que agoniza conmigo; ese már­
tir inocente, ese Padre amoroso que eslá con los
brazos abiertos para recibirme. Sus heridas son las
fuentes de su clemencia que lavarán mis crímenes,
y su sangre torrentes de gracia (pie purificarán las
manchas de mi vida. Asi parece como (fue habla
consigo mismo el buen ladrón. Su corazón se trans­
forma, la fe le alum bra, el amor Inicia Jesucristo le
abrasa, y lleno de fervor y confianza fe <lice: «S e-
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itoi‘, acuérdate <ic mí cuando llegues á tu reino,—
Hoy estarás conmigo en el Paraíso.»
Señora: ¿Qué hay cu esa súplica para que iodo
m\ Dios prometa el Paraíso á un criminal'? Eu esa
súplica no hay títulos, no hay m éritos, no hay elo­
cuencia; pero hay fervor, fia y una fe viva y una
culera confianza en Jesucristo. Pues ese fervor, esa
fe viva y esa confianza sin límites enternecen al
Dios moribundo, que esclama lleno de clemencia y
de amor: «Hoy serás conmigo en el Paraíso.» ¡ Fe­
liz buen ladrón, que sabes robar la gloria cierna!
; Feliz malhechor, que sabes recocer las primicias de
la sangre del Justo!
¿Y el olro desgraciado? ¿Y el otro reo infeliz’?
¡Ah! el olro infeliz eslá. ILunando á las p u ed as del
m lierno, donde bajará temblando con la maldición
del cielo y de lu tierra. No ha querido salvarse. La
sangre de Jesucristo, veri ida en abundancia por lo­
dos los pecadores, no lia llegado á su corazon, por­
que sil corazon duro coiuo el diamanto , la ha resis­
tido y la ha blasfemado- Kse infeliz..... ¿pero adon­
de voy, Señora? ¡Nn allijamos nueslro espíritu con la
imagen <lc ese reprobo desventurado; lijemos la
vista ¡solamente en el nuevo Apóslol de Jesucristo,
en esc ladrón venturosa que sube vestido de gala á
los festines olemos, delante de los Patriarcas y jus­
tos que le siguen en coros celebrando su cuín ci sión
16
y su triunfo, derramando laureles, palmas y co­
ronas.
M oríate; desventurados m ortales, ¿envidiáis su
suerte feliz y venturosa? También podéis aspirar á
la gloria de ese pecador arrepentido. Aún hay pal­
mas y coronas para vosot ros; el cielo os convida con
ellas; el camino para llegar á recibirlas está abierto;
y los ángeles esperan ron grandes copas llenas de la
sangre de Cristo para lavar vuestras culpas. Aunque
éstas fuesen mas en número que las estrellas del
alto firmamento, todas so perdonan. Señora, porque
la sangre de la redención borra toda la sangre del de­
lito: una lágrima ardiente, un suspiro profundo del
corazon, un golpe de fe como la del buen ladrón bas­
ta para convertir á un hombre en un espíritu celes­
tial. Llegad ante esa c r u z ; ella es la escala por
donde se sube al cielo; abrazaos á ella, vi\id con
ella, y decid como Diiuns en el momento de la ago­
nía: «Señor, acuérdate de mi en el l’araiso.» El os
dirá son riéndose dulcemente: «Hoy estarás conmigo
en mi reino.» Entonces cerrareis los ojos á la luz pe­
recedera de esle mundo, [»ara abrirlos al sol eterno
que alumbra las riberas embalsamadas del Paraíso,
donde los angeles cantan, y donde terminan las lá­
grimas de los miseros moríales.
Mtifkr, ene filitts ftws.
Mu"ci·, lie ahí A ai hijo, (S, Ji aN, tup. 10, o. 25),

c / -
cJ e u o r a .

P en etrem o s con el espíritu hasta hi cima di' iu]in5-


lla lúgubre montaña tlomlo agoniza un Hijo, y don-
do inin Madre desconsolada agola las heces de· la
am argura. ¡Todo es grande y terrible en ol Calva­
rio! En él so consuma la salvación del mundo á
costa de un sacrificio (remondo, acompañado de lá­
grimas \ sangre, de penas y de gem idos: alli des­
cuella la cruz como señal de muerte; pero esa cruz
osla diciendo con elocuente silencio; ¡Triunfo y vic­
to ria!.... Al pie do esa cruz santa V bendita se ve
á una Madre absorta y enagenada que llora á su
Hijo cnicilicndo, rehusando como Hnqiiel todo gé­
nero de consuelo. ¿Y Magdalena, aquella muger de
coraron de fuego, que derramó lanías lágrim as, y
r.ujos blondos cabellos se hicieron divinos al tocar
los pies de Jesú s?..,. ¿Y aquel joven galileo que
apoyó su cabeza en el seno de su Maestro, dónde
5
J8
están?......Junto á M aría, formando un grupo de
dolor el mas interesante que vieron cielos y tierra.
Aquellos tres seres, que parecen el genio del senti­
miento, están mas pálidos que la m uerte. Sus ojos,
angustiados y llenos de lágrimas, están clavados en
la c ru z ,._ . El sacrificio del Hijo se decretó en el
ciclo, pero el corazón de la Madre abriga todavía
en la tierra algún rayo de esperanza, ¡Infeliz Ma­
dre!!!.....
Al contemplarla en tan triste y amarga situa­
ción , me acu erd o , S e ñ o ra , de un sacrificio de la
antigua ley que no llegó á consumarse, y que era
ligura del sacrificio del Calvario. Abraham, anciano
Patriarca, m archa abrumado de pena y de dolor á
la cumbre de un monte, donde delie ofrecer en ho­
locausto al hijo único de sus entrañas, porque asi
lo exige el cielo. Abraham tiembla de am or y de
Jernura, y su hijo Isaac le dice con la candidez do
la inocencia: «O bservo, Padre m ió, que llevamos
leña, cuchillo y sacrificado!'...... Pero y la victima
¿dónde está?— ¡D iosproveerá,iiijo inio, Dios provee­
rá !....» ¡Qué golpe tan terrible para un padre que
ama! Abraham llega á la cum bre det monte, forma
con piedras un altar...... enciende fuego...... \ el
inocente Isaac repite su preg u n ta: «¿<Juién es la
víctima*?— Tu eres la victim a, hijo mió, lú eres la
víctima..... ) Isaac ofrece su cuello como un cor­
i9
dero sin mancha > y el Padre de los creyentes des­
envaina el acero....... Separa con mano temblorosa
la roja melena del lujo de sus ojos......Va á clavar­
lo,, . Le fallan fuerzas..... Las pide al ciclo para con­
sumar el sacrilicioi cuando la voz de un ángel le dice:
«¡Deleiile, Abrabam, no hieras al inocente!....»
¿Y Alaria? ¿Tiene ese consuelo la pobre María?
¡\h ! esa Madre infeliz, mucho mas tierna que Abra-
ham, levanta los ojos al cielo, y el cielo se hace
sordo á sus gemidos; y el ángel de Dios, cubierto
de negro luto, parece que lanza un grilo que repi­
te resonando por el Calvario: «¡Perezca el Justo,
sálvese el m undo!....» El mundo se sa lv a .,.-. Je­
sús lucha con las ansias de la m u e rte ..,., Magdale­
na cao desmayada
v sobre la lie rra ...., Y María,* des-
fallecida sobre los brazos de Juan, esclama en la
fuerza de su dolor: «¡Hijo de mi corazón! ¿Tara
esto te di yo á lu z?....» Jesús triste y agonizante Iíí
contempla, y se estrem ece de ternura. Ye cercana
la m uerle, y su corazou se abrasa de amor hacia
los hom bres. No los dejará huérfanos y desvalidos
sobre la Iierra. Jesús tiene em peñada su palabra, y
en el momento mas solemne para Dios y la huma­
nidad, csclama desde la cruz: uMuger, fie ahi á tu
hijo; hijo, lio ahí á tu M adre.» Con estas palabras
de sangre se despide Jesús de su angustiada Ma­
dre. Con estas palabras de fuego que traspasan su
*20
oorazon, se completa al pie de la cruz el magnífico
triunfo de su am or, de su ternura y de su ardien­
te caridad, proclamando á la inocenle María co­
re den tora y Madre de lodos Ins hom bres. «Muger,
he ahí á tu hijo; hijo, lie ahí á tu M adre.»
Señora; Una m uger en el Paraíso hizo infeliz a
la raza h urna na, pero otra m uger grande y sublime
sobre todas las m ugeres, y bendita de todas las ge­
neraciones , debía ser el ángel tutelar y la Madre
de la especie confundida y degradada. Eva perdió
una corona entre las llores de un huerto, y María
recupera esa corona entre las angustias del monte
de la mirra. Por eso es la Reina del dolor, la Rei­
na del infortunio, la Reina del martirio. Su trono
es una cruz; su corona es una corona de espinas.
Con los rayos de la fe se divisa en ella una cifra
inisleriosa, esmaltada con la sangre de Jesús que cae
gota á gota de sus heridas. Esa cifra contiene estas
palabras: refugio de los pecadores, consuelo de los
afligidos, y Madre tierna de los hombres. «Muger,
lie allí á tu hijo; hijo, lie ahí á tu M adre.» Esa es
la herencia de M aría; esos son los blasones, los
timbres y los trúfeos de la Madre infeliz que llora á
su primogénito sin hallar consuelo.
¡Cristianos! acercaos á ella; si hoy la cubre el
manto de las viudas, si hoy está sola y desampara­
da , millares de ángeles y castos seraiines formarán
21
su coiíe en las aliaras de tos ciclos. La (ierra de
promisión eslá cérea de nosotros; poco nos restn
ya del desierto; avancem os, que la columna de fue­
go y la antorcha radiante y luminosa nos alumbra
en la soledad: esa columna de fuego es Jesús, y
esa antorcha luminosa es M aría...... Toquemos las
heridas del Hijo y las lágrimas de la M adre; ellas
son mas dulces y suaves que el maná; ellas son las
í'ueules de agua viva íjuc dulcifican el dolor y (a
¡trnargura. Si hoy derramamos «na lágrima de ver­
dadera contrición y pasamos la vida á la sombra de
la c ru z , llegará el día feliz y venturoso en que
c¡miemos con los ángeles en la patria de los justos.
Dcus meas, Deas m ua, ut t/uid derefufuisti me?
Dios raía, Dios m ío, ¿por qué m e habéis desam parado? (S. M ateo,
cap. 2 “ ).

-
¿7 & iw ra :

J j a carrera evangélica de Jesús se acerca á su íiih


El Calvario va tomando un aspecto oscuro y som­
b río .... El fuego del sacrificio está encendido......y
la víctima espialoría espera sobre el altar. Loa án­
geles desde los cielos contemplan con horrible
asombro el espectáculo, y las aves suspendidas en
el aire se detienen sobre la cruz. ¡ Qué cuadro lan
im ponente! Un Dios acongojado, muriendo en el
desamparo de su dolor, se queja amorosamente á su
Elcrno Padre. Semejante al cisne que canta cuando
va á morir, el triste y abatido Jesús entona el him­
no de su agonía: «El Señor mi Dios me condujo ú las
tinieblas, y no á la luz; contra mi solo vuelve y re­
vuelve su mano lodo el dia; mi piel y mis carnes ha
envejecido; ha quebrantado inis huesos; púsome en
sitios tenebrosos como á los muertos; y por mas que
le haya rogado y clam ado, ha repelido mi o ración;
me ha cerrado mis caminos con piedras cuadradas,
y me lia puesto en desolación; me lia llenado de
am argura, me ha embriagado con agenjos.» Asi se
desahoga el amante corazon d e Jesús en las cerca­
nías de su m uerte. Los escribas y fariseos prorum -
pen en gritos de una algazara fe ro z ; los ángeles
lloran entristecidos, un velo fúnebre oscurece al
s o l; los horrores de la noche suceden á los rayos
del día: el monte horrible y pavoroso se estremece;
espantosas tinieblas cubren la faz de la tie rra ; las
lieras lanzan almllidos de esp an to ; las nubes se
ag ru p an ; el trueno empieza á retum bar por las al­
turas..... Y eu medio de! trastorno universal se oveV
nna voz lánguida y desfallecida que clama con des­
consuelo y am arg u ra: «Dios mió , Dios mió , ¿ por
qué me habéis desamparado?»
Asi clama afligido el que purificó á los leprosos;
asi clama en la agonía el que arrancó de las garras
de la muerte á infelices m oribundos: asi clama mi­
rando con desmayo al cielo el que sacó de cnlre la
podredum bre del sepulcro á su amigo Lázaro; asi
clama solo y abandonado el que llenó de consuelos
á la infeliz Ouianea; asi clama m uriendo el bienhe­
chor del mundo..... V hoy no encuentra nna pie­
dra donde reclinar su cabeza, ni una mano bienhe­
chora que le alivie en su agonía, desahuciado de
todo consuelo divino y humano. Los hijos de los
24
Profetas le insultan y Ic blasfeman ; los Pontífices y
los ancianos le escarnecen; y los verdugos y solda­
dos 1c ultrajan con impíos baldonos. ¿V Muría? Ma­
ría al píe de la cruz aumenta su abandono y su
dolor. ¿Y Juan y Magdalena? Juan y Magdalena es­
tán como m uirlos. ¿Y las hijns de Sioii? Las bijas de
Sion no pueden consolarle. ¿Y los discípulos? Los
discípulos han liuído, le han abandonado , y uno de
ellos le lia re n d id o .,,,. «Dios m ió, Dios m ió, ¿por
(jué me habéis desam parado?....» Los án£el<'s cubicr
tos de hilo demandan piedad ¿míe el (roño de las
misericordias; poro el trono de las misericordias se
hace sordo á sus clam ores. La eterna Justicia ofen­
dida y ultrajada por los viles mortales, reclama la
v íctim a..,., esa victima divina c u ta sangre debía sal
picar á fodo el mundo.
¡Adán! ¡Adán! ¿En dónde eslás'? Vuelve los ojos
al Calvario......¡C ontem plad resultado de tu tras-
■rresion falalL ... «Dios mío, Dios mió, ¿p o rq u e me
habéis desamparado?» Asi clama Dios á D ios, y
Dios no escucha á D ios!.... Asi se abren las puer­
tas del Paraíso, cerradas por la ceguedad del hom­
b re . La voz de su culpa llegaba Jiasta el cielo
y exigía el castigo- El hombre degenerado y cor­
rompido no podía satisfacer á la Jusíicla divina, y
la Justicia divina reclamaba una victima de pre~
rio infinito : y esa víctima es el Hijo de Dios, que
á¿¡
en un pro rundo penar, aliando na do á los rigores de
la cierna Justicia, apura el cáliz: de la am argura
para salvar al hombre que yace tendido y destro­
zado en los caminos de Jericó. Para íilzar á esc hom­
bre de la noclie de su postración, Jesús esperimenta
iodos los rigores del desam paro,
¡Señor! ¡Señor! ¿Qué liabeis visto en el hom­
bre para tanto amor? «Dios mió, Dios m ió, ¿ p o r
qué me habéis abandonado?» El cielo es do bronce
á estos clamores; poro el cielo en su silencio eslá
diciendo al mundo: Jesús está solo y desamparado
para que el hombre tenga lux, compañía y consue­
lo ; Jesús mucre abismado de penas para que el
hombre no quede aislado en el dolor de la m uer­
te y en las tinieblas de lodo consuelo; Jesús, que es
la luz, el camino y la verdad, muero abandonado,
pobre y desnudo, para que el hombre muera un­
gido con su sangre. El desamparo de Jesús es un
desamparo de caridad y de amor, que esparcirá l>eii-
diciones en nuestra ultima hora v suavizará el es-
paulo de la niuerle. Si Jesús sufre todos sus hor­
rores, nosotros, abrazados a su cruz, moriremos (rail··
tjuilos acompañados de los ángeles, que serán nues­
tros guias para los montes eternos.
£0

Siíio.
¡Tengo sed! (5. J iu s , cap. 4 9 , u. Í8*)

¿/& ?Z O № :

S o acerca la hora lerrihle en que tendrá cum plí-


míenlo la palabra de los Profetas, lil sacrilicio de
la redención del mundo va á consum arse; la vícti­
ma apenas tiene y a v id a; el corazon de Jesús está
abrasado de am or: cubierto de llagas y de opro­
bios, hecho un espectáculo de compasion y de hor­
ro r á la faz del cielo y de la tierra, Jesus parece
un cadaver. Sus venas sm sangre..... su lengua pe­
gada al paladar...... las fauces secas...... el aliento
anheloso y com prim ido..... y sus labios m architos
por el dolor apenas lieneu ya vida para articular
palabras!...... Una sed devorado ra...... esa sed que
acom paña siem pre á la agonía, atorm enta horrible­
m ente al Salvador de los hom bres. Jesús hace uw
esfuerzo, y esclama con voz casi apagada: «¡Ten­
go sed!» Faltaba este tormento que sufrir para que
se cum pliera una profecía. «jTengo sed!» V sed.
tiene m aterial el que hizo brolar raudales de las
rocas. El padecer fnn horrible, la efusión de lanía
27
sangre, y el martirio tan bárbaro y angustioso que
sufre Jesús, seca y mala la v id a !.,., «¡Tengo sed!»
V sed íiene espiritual el que convirtió en vino el
agua en bis bodas de Cana. La fiebre del alm a, la
calentura del corazon, ese fuego divino que abra­
saba á la Esposa de ios C antares, consum e las li­
bras de Jesús en su lecho de agonía, en el talamo
santo de la cruz, donde quiere desposarse con toda
la humanidad. «¡Tengo sed!» Los judíos, sedientos
tam bién, pero de venganza y saña contra el bien­
hechor del mundo, corren presurosos en busca de
liiel y de vinagro. ¡Bárbaros 1 ¿Adonde vais? ¿Y las
cisternas de Judá? ¿Y los pozos de Jacob? ¿Y las
aguas deí Jordán? ¡Ah! el aliento de los impíos ha
secado aquellos manantiales de agua v iva......En esta
tierra de maldición solo hay hiei y vinagre para que
nada falte en el sacrificio del C alvario, y para que
se cum pla lo que dijo la víctima inmolada por me­
dio de David: «Y en mi sed m e dieron ú beber vi­
nagre.» «¡Tengo sed!» Asi clama Jesús sediento de
nuevos m artirios, de nuevas b u lla s, de nuevas
afrentas, de nuevos dolores y de m ayores lorm en-
los. Jesús, que en el Irage del amor y del sufri­
miento ha sido vendido como un vil esclavo, preso
como un bandido, (ralado como rey de b u r la , ju z­
gado como un m alh ech o r, condenado á m uerte
afrentosa entre dos foragidos, y abandonado del
cielo V v de la lien-a.' desea todavía nuevos v“ mas
crueles padecimientos. «¡Tengo sed!» Y sed (icne
(le morir todo por el Jiomlirc , sufriendo la última
penalidad de la vida para abrirle las fílenles de la
salud y de la esperanza. Jesús eslá sediento en la
cruz para dejar al hom bre ricos manantiales de
abundancia; para que en el trance terrible y con­
gojoso de la m uerte, nuestro corazon esté bañado
díi las aguas puras y limpias (le la g racia; para que
nuestros labios estén húmedos y frescos, y poda­
mos decir al despedirnos de* las ritieras de este
mundo: «¡Tengo sed!» pero sed de unirme á Dios,
de verlo cara á cara, y de gozar eternam ente de
las delicias del cielo, donde cesan los dolores, las
lágrimas y las borrascas.
29

Consummatum enL
i
Todo se ha consumado, {S. JuaS, cap. 10» «■ 30.)

ConmmmaíimesL «Todo está consumado.» ; Klmun­


do se salva, pero el mundo se salva á cosía de san­
gre divina derram ada en una eniz! Todo está consu­
mado; ei mundo se salva, pero el mundo se salva a
cosía de una catástrofe que conmueve los ciclos y
la tierra: todo está consumado; el inundo se salva,
pero el mundo se salva á cosía de mía m uerte hor
riblc, atroz y sacrilega. CoHsmmatum es(. «Todose
ha consumado.» Ksto palabra de bendición y de paz
para el genero hum ano, esta palabra de sola/ V
alegría para el cielo, esta palabra de horror y de
espanto para el abismo, sale de los labios moribun­
dos del Hijo de Dios, que en medio de la agonía
delicne al sol en su carrera, y oculta su luz en la
mitad del día, y hace que se desprenda del cielo
una niebla espantosa que, cual inmensa mortaja, en­
vuelve al universo. Cnmmmaium en(. «Todo se lia
consumado.» K1 Dios que pronuncia esla palabra en
el monte de las primicias, no es aquel Dios lerrihle
50
que no (lia nos pintaran los Profetas sentado sobre
un trono de niilíes atronando y haciendo retem blar
al mundo; no es aquel Dios del Sinai que se pre­
sento con síi corte de truenos y relám pagos, ni
aquel que en medio de la zarza, rodeado de un
fuego abrasador, llena á Moisés de pavor y espan­
to: no es aquel Dios á tuya sola presencia bambo­
lean la columnas del lirmamento, se estremecen las
cum bres de las montañas, y las Fuentes se descu­
bren en sus manantiales al solo contemplar el alien­
to de su cólera; no as aquel Dios de los nublados
que lanza sobre h tierra la ruina y desolación, la
p e ste , el ham bre y lodos los rigores de su enojo.
No, Señora; el Dios que pronuncia esa palabra mis­
teriosa desde la cruz es un Dios de paz7 un Dios de
am or, que déjala morada de su gloria para redimir
á la triste humanidad; una hostia descendida de los
cielos para ofrecerse en holocausto por los miseros
moríales; una victima divina en cuya sangre se apa
sran
” los ravos * de la eterna Justicia. Allí eslá con los
brazos abiertos espirando en el patíbulo de la cruz;
sus últimos suspiros son suspiros de amor y de mi­
sericordia: CoMimumUim esl. «Todo se ha consuma­
do.» Las profecías se cumplen , las ligaras desapa­
recen, y la verdad sucede á las sombras. [Jespues
de cuarenta siglos de esperanzas, después de cua­
tro mil años de lágrimas y sangre, después de tau-
51
las im ágenes, aparatos y figuras, Israél sacude el
yugo del oprobio y de la abyección, y aquel varón
de paz tan suspirado por toda la tie rra , revela en
la cruz el gran misterio de la reconciliación, escon­
dido en el seno de Dios desde los siglos. Hoy se
determina aquel memorable instante tan deseado
para la redención del mundo; boy se cumple aquel
decreto eterno de las miras piadosas del l'adre; hoy
se rasga aquel memorial sentido que presentó Moi­
sés en el monte; hoy se alegra Jacob porque se des­
cifra el misterio de aquella escala que unia los cie­
los con la tierra;1 hovL levantan las manos al cielo
todos los justos reunidos en el antiguo seno de
Abruliam. Isaías, Ecequiel, David, los Profetas to­
dos pL'orumpeti en gritos de júbilo porque se cum­
plen los oráculos y calman sus suspiros. Cousmtm-
fitm es(. «Todo está consum ada.» l ’unlual el cielo
en el cumplimiento de sus promesas, ya no nos
aterra con sus ceños y sus furores, sino que nos
dice el mismo Dios desde su trono: «Este es mi Hijo,
en quien me doy por satisfecho de todas las ingra­
titudes de tos hom bres.»
1:1 inocente Isaac, delante del cual se cubre
con mi velo la tímida Rebeca; el amable José, que
saliendo de la casa de su padre viene á dar á sus
hermanos ingratos las pruebas mas sensibles de sus
ternuras; Moisés tierno y delicado, ilucluando en
Si
una cestilla de juncos y espuesto á los rigores de
los elem entos, pero destinado por Dios para liber­
tar de la esclavitud al pueblo escogido...... ¡ Ah!
todas estas liguras pasaron ya. porque boy se veri­
fica y consuma lo que ellas representan. La anticua
serpiente que silbó en el Paraíso se arrastra soberbia
en el Calvario; está enroscada al pie de la cruz;
quiere m orderla, pero no puede..... ¡M iradla!.,..
¡No os asustéis, Señora , porque esa serpiente está
ya m u erta!.... La justicia y la misericordia se lian
dado el ósculo de la paz, y Jesucristo sella con su
sangre amistades eternas con los hombres. Con-
smnmfí/Nm esl. «Todo se ha consumado.» Jesucris­
to, pronunciando esta palabra divina, ha mudado la
faz del universo; las argollas y cadenas, distintivos
horribles del pecado y de la m uerte, caen rotas y
hechas pedazos al pie de la cru z; la Sinagoga se
arruina, los dioses inmundos del ciego paganismo
desaparecen como la fábula, y su pendón de m uer­
te se abate humillado á la vista del estandarte glo­
rioso de la redención, que cual enseña de paz y do
triunfo tremola sobre la cima del Capitolio. Cm-
$ummalmn est. «Todo está consumado.» El inundóse
salva, y se abren para el hombre las puertas de la
gloria.
33

hi monas (um, Domine> commendo spirifnm meum.

En tus manos, Señor, entrego mi espíritu. (S . L u c a s , cap. 25,


0. 46.)

¿ D omití está ya aquel joven N a/areno que llenó


de luz al m undo, y que fantns bendiciones derramó
sobre los Irisles y desgraciados? ¿Dónde es(á aquel
pastor amoroso que ¡ha diciendo á las g en les: «La
paz sea con vosotros?» ¿Dónde está aquel humilde
peregrino que santificaba la caridad y la pobrera?
¿Dónde está aquel gallardo m ancebo, cuyo asiento
era la yerba de tos prados, la piedra de los cami­
nos y la roca de las montañas? ¿Dónde está aquel
hijo de David que decia á las m uchedum bres: «Dad
á Dios lo que es de Dios 7 y ;il César lo que es del
CésarV» ¿Dónde eslá aquel bienhechor generoso de
la dí‘bil humanidad , el ángel custodio de tos pue­
blos y el verdadero amigo de los hombres? ¿Dón­
de eslá aquel predicador divino que enseñó la son­
da de la virtud, haciendo resonar su voz por todas
parles como un viento apacible? ¿Dónde eslá aquel

reparador del inundo que repetía con la ternura
y efusión (le un Padre estas palabras de consuelo:
«Amaos los unos á los oíros?* ¿Dónde está aquel
Profeta divino quo vaticinó la destrucción del tem ­
plo , las ruinas de Sion y el desgarram iento del
velo santo? ¿Dónde está en fin aquel dulce Jesús,
proclam ado Rey de los judíos en las calles y plazas
públicas de Jerusalóri? ¿Dónde e stá ? .... ¡En los brazos
de la m u erto !.... ¡Luchando con la última congo­
j a ! .... ¡Exhalando el postrer suspiro clavado en
una c ru z !.... ¡El dueño y Señor de la vida está
m uriendo abandonado del cielo y de la tierra! Las
aves, volando despavoridas, se lian desprendido de
sus plum ages; las fuentes y las cascadas lian dele“
nido su curso; y las flores, pálidas y sin matiz, lian
caído de sus tallos marchitas y deshojadas...... ¡To­
do es espanto , soledad y terror! ¡La m uerte eslá
en el C alv ario !.... La horrible m uerte que tantas
veces se cebó en las víctimas de esc monte; la hor­
rible m uerte que segó la vida de tantos criminales;
la horrible m uerte con sus garras levantadas avali­
za ansiosa y avara háeia la c ru z ; pero al llegar se
d e lie n o .... El arom a de divinidad que exhalan los
suspiros de Jesús la sofoca , y la m uerle tiembla y
retrocede despavorida. ¡M uerte! ¿Dónde eslá tu
valor? ¿Dónde tu im pavidez? ¿Rehúsas el triunfo
y la victoria?.... Tío tem as..... D escarga tu golpe
35
liero para que se consume el sacrificio. Jesús es
inocente, pero lia lomado sobre sí todas las mise­
rias de la humanidad pecadora; corla esa vida sin
mancha para que el mundo corrom pido quede sal­
vado. El cielo lo m anda, y los rigores de la eterna
Justicia lo e x ig e n ...,. La cruz se estrem ece...* . Je ­
sús ge desm aya...... Un color lívido transform a su
Trente divina......Sus ojos, que daban luz á las estre­
llas, vierten una lágrima fría que se hiela en los pár­
pados m oribundos como uaa gota de rocío en el
cáliz de una Jlor......Los ángeles vuelan en torno de
la cruz, y los cielos se abren como asombrados pa­
ra recibir el espíritu (le Dios...... La m uerte se
acerca temblando para descargar el golpe..... Y
Jesús clama entonces á su eterno P adre: «En tus
manos, Señor, entrego mi espíritu.»
¡ Cobres y m iserables que comíais el pan de la
am argura! ¡Tristes cautives que arrastrabais las ca­
denas de la esclavitud v■ de la m uerte! ¡Huérfanos
1
desvalidos y desterrados! ¡Principes y poderosos
de la tierral ¡Reyes del m u n d o !.... A cercaos á la
cruz como una sola familia de herm anos; cercad
ese lecho de agonía donde á todos bendice el Padre
universal; la cruz es el trono divino donde el Rey
de los lleyes y el Señor de ios Señores m uere an­
gustiado para redim ir á su pueblo. ¿Qué lección y
qué ejem plo para los R eyes!......V. M ., Señora, que
56
apenas ha cogido la segunda llor de la vida; V. M .,
tan jo v en ..... llamada por la Providencia á latí al­
tos destinos......contemplad esa cruz donde Jesús está
espirando. l!n c h a , mas que cu los parlamentos y
asambleas del inundo, deben recibir inspiraciones
los Monarcas do la liona. Je sú s, que descendió del
cielo para redim ir á la humanidad afligida; Jesús,
que á la tierna edad de doce anos habia contundido
en el templo á los sabios y maestros de la ley, cu­
bierto con una túnica pobre y hum ilde, se adorna
despues con las palmas del martirio para arrancar
al hombre del seno de la m uerte: grande como la
inmensidad, con solo pronunciar una palabra hubie­
ra aniquilado á los verdugos y sayoues que le ar­
rastraron sobre el Gólgota; mil mantos y mil coro­
nas de oro hubiesen brotado bajo sus pies..... pero
no: Jesús prefirió una corona de abrojos y de es­
pinas para coronar de dicha y felicidad al linage
humano: morir por los hombres de todos los tiem­
pos,}' de íodas !as edades era la misión de su rei­
nado; por eso dijo despues de apurar por todos el
cáliz de ia am argura: «.Todo eslá consumado.»
Imite Y. M. tan celestial ejem plo: llegarán á
las puertas de esle Palacio ancianos desvalidos en­
corvados bajo el peso de los años; llegarán huérfa­
nos ham brientos, descalzos y desnudos; llegarán
viudas pálidas y macilentas..... Clamarán á su Reí-
37
un los pueblos, y todos esos desgraciados i quienes
Dios lia bendecido desde el trono de su cruz; en­
jugue V. M. su llanto: Jesucristo ha dicho con te r­
nura y con am or: «M uger, fie ahí á tu hijo; hijo,
lie ahí á tu M adre......» V. 31., Señora, es la m a­
dre del pueblo español. ¡Es tai) bello ser una Reina
joven la madre de iodo un pueblo 1 Jesucristo p r e -
lirió á los tristes y m iserables...... Llorar con el
que llora, sufrir con el que sulre, y gemir con el
(juc gime es el sacerdocio de los Reyes. Derrame
Y. M. todas las bendiciones de su maternal am or
sobre los pueblos, y estienda su mano generosa so­
bre tantos infortunados que yacen en la miseria.
Ellos dirán mirando á V* M. como á una imagen de
Dios: Tuve ham bre, y me dio de com er; estaba
desnudo, y cubrió mi desnudez; gemia en las cár­
celes, y alivió mi dolor; tuve sed, y me dió de be­
ber con profusion y abundancia; su mana bienhe­
chora fue una mano de paz, de consuelo y am or.
V. M- entonces podrá decir al fin de su reinado:
Consmmafum es(, «Todo está consumado.» Ha
concluido mi misión sobre la tierra; enjugué las lá­
grimas del infeliz, y consolé á los tristes v desgra­
ciados. Esos, son, Señora, ios timbres mas glorio­
sos de los Reyes: esos son los títulos y blasones
que mas ensalzan á los tro n o s; esos son los b echos
que dan consueto y paz en la hora de la m uerte
58
pura poder decir con Jesu cristo : «En tus manos,
Señor, entrego mi espíritu.)) Entonces se marchitan
y secan las coronas perecederas del mundo, poro
en cambio se reciben coronas inmarcesibles y eter­
nas eu los tronos de la gloria.
30

-— »■ ■

¿Qué es esto, Señora (*)? Acaba de sonar la hora


de m uerle en el relox infalible de la eternidad. ¡El
mas interesante de los dram as, ese drama divino
que se trazó en el cielo, acaba de tener su desenlace
en el Calvario! ¡La tierra tiembla; los peñascos mas
duros se rompen y chocan entre si; los sepulcros se
abren; resucitan los m uertos: se rasga el velo del
templo; el mar encrespa sus olas; los montes agi­
tan sus crestas, y e-1 firmamento se estrem ece! K1
trueno retum ba por las alturas, el impío se funide
en los abismos, y el Centurión arrepentido, arrojan­
do su lanza, eselanui dándose golpes de pecho: «¡Yer-
daderamenle era este el Hijo de D ios!.... Volved
los ojos á Je rusa le n. ¿Oís los gritos que pedian la
m uerte de Jesús? ¿N eis los ídolos de los altares que
caen, los palacios que se desploman, y los lemplos
que arden? ¿Veis la sangre que c o rre , y el pueblo

(*} A quí significó la oiY|iicsia ta gran comnocLon «|uc esperi-


inenló la n a iu ra lcia al morir el Salvador d 1 Ion ho m bre.
40
s a c r ile g o q u e c e le b ra su triunfo?.,.. ¡Pues todo se
a c a b ó ! ¡ S e lian cum plido las p ro fe c ía s!.... ¡Cristo
e s p iró e n la c ru z ! ¡P ero Cristo venció á la m uer-
le! ¡C risto sa lv ó al m undo! ¡¡;L as tres!!! Acabando
a b r ir s e las p u e rta s de la gloria.