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Hay, por regla general, cuatro campos a través de los cuales el hombre experimenta lo

numinoso:

En primer lugar, la gran naturaleza: hay pocas personas dignas de este nombre que no se
hayan visto afectadas una vez en la vida por la naturaleza, el silencio del bosque, el murmullo
del mar, el olor de los campos en primavera, las ondas que atraviesan un trigal o una noche
estrellada... ocasiones todas para salirse del horizonte habitual y de los límites de la
consciencia ordinaria.

En segundo lugar, toda obra de arte produce en el que tiene los ojos y los oídos abiertos
algo que va más allá del aspecto natural, sobre todo en los momentos en que no basta la
expresión "¡Es bonito!". Por eso, cada uno tiene sus cuadros o piezas de música que siempre le
impresionan profundamente y le hacen sentir algo extraordinario.

En tercer lugar, el erotismo es también un terreno en el que el hombre puede verse


trasplantado a otro plano. La sexualidad tiene siempre que ver con la muerte. En el orgasmo,
el hombre muere durante un instante para luego recuperarse. Ahora bien, en lo numinoso
aparecen las dos cosas: la fascinación y el terror. Es la misma definición de lo numinoso que
diera Rudolf Otto, gran especialista de lo sagrado. En el erotismo se viven esos dos momentos:
el estremecimiento y la fascinación... uno se estremece porque siempre se tiene miedo a
darse y, por tanto, a morir y se está fascinado por la vida nueva que transcurre en uno.

No se trata aquí de pornografía, ese goce vulgar en el que lo numinoso está ausente, el
nivel animal que el hombre experimenta de vez en cuando. Hay que reconocer ese riesgo y
admitirlo: la animalidad y lo divino van en el hombre codo con codo. Solamente tragándose al
Diablo se puede dar a luz un Angel...

En cuarto lugar, aparece el culto, en el que estás invitado a arrodillarte física o


interiormente, a deshacerte de todo lo que es "yo" y todo lo que es saber, para darte la
libertad de impresionarte en lo que eres en tu profundidad. En este renunciar, que es humano
y normal, es donde se abre una puerta por la que entra lo Divino. Maître Eckhart dice que
basta con abrir la puerta, porque Dios está siempre delante y está dispuesto a entrar en
cuanto tú salgas, ya que no hay sitio para los dos...

A.G.: Esa es la verdadera pobreza en la que todo el ser se hace litúrgico. Cuando el "pequeño yo" se
prosterna, entonces Dios reedifica al hombre y, como dice Maître Eckhart, Dios se convierte, al mismo
tiempo, en el lugar en el que actúa y en la propia obra. Siempre es el mismo movimiento: el vacío llama a
la plenitud...

G.D.: Usted me recuerda la historieta del señor que decía: "¿Sabe?, he rezado durante
toda la noche, he empujado y empujado intentando derribar esa puerta que me separaba de
Dios, pues lo sentía tan cerca... Al final, me derrumbé cansado y, mira por dónde, se abrió sola
hacia mí. No tuve más que soltarla y entró Dios..."
A.G.: Los padres de la Iglesia decían normalmente que nuestros cinco sentidos eran puertas que
podían abrirse a lo invisible. Esta es la razón por la que ocupan un lugar en nuestra liturgia.

G.D.: ¡Exacto! Esa es la impresión inmediata de una Vida que nos supera y siempre lo
que supera los límites de una consciencia conceptual es lo que da esa importancia a las
cualidades sensoriales en todos los cultos. En el principio de las liturgias, se produce el baile, el
olor, el fuego y el canto... ¡Es muy natural! Hoy se está empezando a redescubrirlo. El
protestantismo se ha hecho mucho daño al deshacerse de todo eso...
A.G.: Los pastores, sobre todo los luteranos, se inspiran mucho actualmente en la antigua liturgia
oriental de San Juan Crisóstomo, porque se dirige a la totalidad antropológica del hombre. No sólo debe
deificarse el intelecto, sino toda la naturaleza humana: cuerpo-alma-espíritu. La liturgia la sumerge
literalmente en un baño de gloria divina, es la fiesta para todos los sentidos que pueden ver, palpar, oír,
saborear y oler el cuerpo de su Señor muerto y resucitado...

G.D.: ¡Sí!, los sentidos, hasta hoy, están todavía para mí más cerca de Dios que los
pensamientos o la consciencia racional. Con la cualidad de los sentidos no podemos
engañarnos: son lo que son, ni más ni menos, nos afectan inmediatamente.

A menudo utilizo en mi enseñanza esa frase de los Padres que dice que nuestros cinco
sentidos podían ser puertas abiertas a lo invisible. Eso se produce si se sabe permanecer en la
sensación. Es cuestión de quedarse en ella sin moverse y permitir que la cualidad que nos
impresiona atraviese la superficie de nuestras consciencias; con ello abandonamos su
presencia objetiva que, poco a poco, pasa a formar parte de nosotros mismos en nuestra
profundidad: es el despertar a la trascendencia, cuya cualidad, vista desde el exterior, está
fuera de nosotros...

La experiencia de una cualidad sensorial es algo completamente diferente a su concepto.


El azul que se ve no es el azul que se distingue conceptualmente del rojo, pues, en cuanto uno
se apropia conceptualmente de una cualidad, ya no es la cualidad lo que nos impresiona, sino
la interpretación conceptual que le hemos dado y que nos separa de la realidad inmediata.
Cuando se califica una experiencia y se explica racionalmente, se retrocede y se introduce una
distancia: la realidad ya no es la misma, la vida se seca... Por eso, los místicos han dicho
siempre como San Pablo: "Ver como si no se viera, oír como si no se oyera, tocar como si no se
tocara, poseer como si no se poseyera..."

La llamada, el encuentro con las cualidades sensoriales, el tacto, el olfato, la vista, el


oído, el gusto, han desempeñado siempre un gran papel en mi vida. Pero, ante todo, el tacto,
dado que utilizo mucho mis manos para mi trabajo de terapeuta. Yo "cojo" a la gente con mis
manos. Se produce una experiencia del tacto de la piel del otro ser: algo extraordinario, sobre
todo si se ha comprendido que nunca hay que tocar un cuerpo, sino coger de la mano a un ser
humano. Es lo que digo siempre a mis colaboradores cuando me piden consejo. Podéis imagi-
nar su sorpresa: "¡No tocar nunca un cuerpo!"

"¿Qué hay que hacer entonces, dicen ellos, puesto que se trata de masajes?"

Yo les explico que el masaje tradicional toca el cuerpo y se mofa del ser humano que se
tiene en la mano, mientras que para mí es el ser humano lo que hay que tocar y coger con las
manos. Es algo totalmente diferente: las manos que saben establecer contacto entre otro ser
y yo son manos muy distintas a las de un masajista que golpea...

En la Edad Media fue preciso cruzar la niebla de las ideas tradicionales sobre el cuerpo;
hoy es la niebla espesa, producida por nuestra consciencia racional y el cartesianismo, lo que
hay que cruzar para llegar a tomar en serio la realidad que no se puede comprender con el
intelecto. En aquel tiempo, era sobrio el que podía abrirse a la facultad de lo racional; en la
actualidad, es sobrio el que puede liberarse de ella y dejarse influir por los dones inmediatos
de su corazón. Sólo si somos capaces de abrirnos a lo que afecta a nuestra interioridad
podremos encontrar nuestra verdad profunda, mientras el racionalismo se encoge de
hombros diciendo: "¡Eso sólo es subjetivo!"
Todavía recuerdo una de mis protestas cuando era estudiante... El profesor decía que el
sonido de la nota do es de 256 vibraciones por segundo; me levanté bruscamente para decir:

—Usted no puede afirmar eso. Usted puede afirmar, con razón, que cuando se escucha el
sonido Do hay un registro que vibra a esa velocidad; pero el sonido como tal es algo diferente.

—¡Expliqúese!

—El sonido Do es una cualidad particular, bien diferente del sonido Re: cada sonido da un
cierto ambiente, algo que le llega claramente...

—Sí, comprendo, pero todo es subjetivo. La realidad objetiva son únicamente las ondas.

—¡Pero yo vivo con los sonidos, no con esas vibraciones y esas ondas!

En esta frase es donde se manifiestan la grandeza y la tragedia del espíritu occidental.


Gracias a la pretensión de que solamente son las ondas las que representan la única realidad,
se ha desarrollado la ciencia de la naturaleza, la técnica avanzada, los descubrimientos de la
medicina, de la física y de todo lo que constituye la grandeza del Occidente, admirado en todas
partes. Pero se ha sacrificado el interior del hombre; el hombre, como sujeto, no es más que
algo subjetivo... y, al decir eso, se pierde de vista al hombre en su conjunto...

A.G.: Lo subjetivo no se puede medir, afortunadamente, y como tal, escapa a los laboratorios de los
científicos. Eso es, quizá, lo que explica, a la vez, su ironía y su irritación, aunque para los místicos no
existe realidad más auténtica que la que acaban de experimentar interiormente. Cuando uno se
conciencia de la posible profundidad de los sentidos, cada sensación superficial se revela como una
realidad indivisible de la realidad total: es una expresión de la unidad de todo lo que se percibe con los
sentidos, es la unidad de lo divino repartida por todas partes. A este respecto, me gusta mucho la idea de
Aurobindo que dice que cada sensación es como una ola: corta, efímera, pero que no deja de estar unida al
misterio insondable del océano. La ola es una concentración de todo el océano, es una parte inseparable de
su inmensidad... El que tiene "ojos para ver y oídos para oír" descubre el infinito en lo finito de las cosas
y la eternidad en el tiempo que pasa, como diría el poeta...

G.D.: Por tanto, siempre está uno en el otro y no uno aquí y el otro en otro sitio. Muchos
jóvenes, impulsados por la nostalgia de esa unión, emprenden grandes viajes y buscan lo
lejano, que es la expresión del símbolo existencial para la realidad que hay más allá del tiempo
y del espacio. O buscar lo milagroso y los poderes, que también es un signo de que el hombre,
en su profundidad, está hecho para ser algo más que un miembro sometido a su comunidad.

A.G.: ¡Dichoso el que haya descubierto que todo está en él!

DÜRCKHEIM, El Camino, la Verdad y la Vida, pp. 50-53

Si los celebrantes comprendieran que cada liturgia puede transformar incluso sus cuerpos
y dar a su forma una transparencia, entonces los fieles estarían abiertos al misterio de otra
manera y se sentirían transformadores a su vez. Los sacerdotes encontrarían su verdadero
papel de siervos de lo Divino en el hombre. Sé bien que la fuerza de los sacramentos no está
relacionada con eso, pero los que quieran hacer esa experiencia quedarán mucho más
profundamente impresionados. DÜRCKHEIM, El Camino, la Verdad y la Vida, pp. 109-110