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15.

Hebreos: el sacerdocio de Jesús,


un sacerdocio nuevo y definitivo

Nos acercamos por vez primera a este escrito titulado Hebreos. Quizá esté -exceptuando
algunas frases luminosas y los textos que recoge la liturgia-, entre los libros menos conocidos
del NT. Por ello es especialmente aconsejable comenzar por la lectura del propio texto, que
nos dará las claves para este desarrollo.

A la vez, aunque tan elevada en su tono y lejana por su contenido como la carta se nos
muestra a primera vista, en el texto que ahora comenzamos a trabajar late la misma certeza
que en los evangelios y toda la predicación primitiva: Jesús de Nazaret se ha hecho hombre,
manifestando así a los hombres una comunión radical arraigada en Dios, que llegará a su
plenitud en la redención de Cristo. A partir de Él, toda realidad -en Hebreos el sacerdocio-,
resulta releída de nuevo: Cristo hace nuevas todas las cosas, plenificando su sentido y
revelándonos su verdad, que se realiza en Él. Un enfoque nuevo para expresar la revelación de
Dios, tan inmensa que cada acercamiento desvela solo un aspecto de esta noticia enorme: la
encarnación de Jesús, su pasión, muerte y resurrección contienen la salvación plena para los
creyentes. Este texto nos muestra por qué en Jesús se ha manifestado de modo definitivo la
salvación de Dios. Esta vez, a partir de una visión novedosa: Jesús como Sumo Sacerdote
definitivo que tiene como misión abrir a los hombres el camino hacia Dios.

Destaquemos también en esta presentación que lo importante de la carta no es el tema del


sacerdocio en sí sino –por cuanto la redención de Jesús ha transformado toda la realidad-, el
cambio de perspectiva de lo antiguo a lo nuevo. De este cambio radical de perspectiva, el tema
del culto y el sacerdocio son un caso iluminador y paradigmático que nos permitirá contemplar
esta transformación de la realidad y nos contagia su misma inquietud: puesto que alcanza a
todo, ¿cómo mostrar el modo como dicha salvación se comunica a todas las realidades?

Asimismo, otra característica de la carta ahonda en el hecho central de la redención. En


general, los cristianos solemos hablar más del pecado que de la realidad victoriosa que viene
después. Como veremos, el autor de Heb habla desde la victoria que ha traído Jesucristo, y que
es victoria sobre el pecado y abre a una vida nueva.

Demos paso, con esta breve introducción, a la buena noticia contenida en esta nueva carta.

1. Introducción: las características del texto

1
El texto que tenemos ante nosotros se suele encuadrar en el género homilía, al que sin duda
pertenece: una homilía cuidada y elaborada, modelo de toda exhortación de su género, puesto
que contiene no solo una reflexión actualizada de los fundamentos de la fe, sino que dicha
exhortación arranca del comienzo mismo de la carta (1, 1-4), que se desarrolla a lo largo de
esta: Jesús es el Hijo preexistente (1, 5s; 5, 5), cuya entrada a este mundo se caracteriza por el
anonadamiento (2, 9; 10, 5-7), su pasión y su muerte manifiestan la filiación divina de Jesús así
como su solidaridad humana (2, 14-17; 5, 7s; 10, 7) y finalmente, su exaltación sobre los
ángeles en la ascensión (1, 7-14 y 2, 5-8). Como vemos, los contenidos de la carta recogen el
núcleo de la fe cristiana, y reciben en nuestro escrito un enfoque diferente: el autor es un judío
culto de la diáspora que manifiesta en la carta de qué modo la salvación de Jesús es el hecho
definitivo de la historia. Y lo refleja mostrando esta superioridad de Cristo en relación a una
institución sagrada del AT: el sacerdocio.

Aunque solemos hablar de ella como una “carta”, la denominación no es acertada, pues la
breve despedida epistolar no basta para avalar esta tesis. Se ha solido atribuir también a
Pablo… al leerla verás que no pertenece a Pablo. Y aunque su título así lo indique, no está
dirigida a los “Hebreos”, por cuanto no hay alusión alguna a ellos en todo el escrito. Todas las
referencias que se hacen en ella indican más bien que se dirige a una comunidad de creyentes
que antes han sido fieles y han pasado pruebas por la fe y ahora están desmotivados: faltan a
las reuniones y decae su perseverancia en la fe recibida. Tampoco encontramos referencias
que nos permitan distinguir en el auditorio si el autor se refiere a judíos o gentes venidas del
paganismo, y no encontramos indicación alguna sobre los destinatarios, fuera de “los de
Italia”, que no nos aporta ninguna luz.

Entendido como homilía, el texto revela su plena calidad: no solo porque nos encontramos con
el texto mejor elaborado y de mayor calidad literaria de todo el NT, sino porque el arraigo
cristológico que manifiesta desde el principio y que sostiene las afirmaciones centrales será la
base para las exhortaciones a los creyentes que ilumina, además, con numerosas referencias al
AT, que encuentra en el NT su cumplimiento. Estas exhortaciones, aunque hechas en un estilo
conceptual y no narrativo reflejan, una vez más, de un modo nuevo y eficaz la dimensión
existencial de nuestra fe.

Una homilía, sí, de una densidad muy peculiar: nos puede ayudar verla como un retiro para
varios días, una propuesta de reflexión y contemplación, tal como se pudo proponer a sus
destinatarios, que permita reavivar de nuevo la fe y la adhesión existencial a Jesús desde la
vuelta a los fundamentos de la revelación, a su vigor eterno.

En cuanto a la fecha de composición, se barajan unas cuantas, la más tardía en torno al año 90,
pues Clemente Romano, en un escrito del año 95, emplea el texto de nuestra homilía en su
carta a los Corintios. Nos vamos a decantar sin embargo por una fecha no inmediatamente
anterior a esta, sino dos décadas por delante, en torno al año 70, por dos razones:

- primero, porque este escrito defiende la superioridad del culto cristiano sobre el culto
judío, y conociendo el hecho, no tendría sentido que callara la destrucción del Templo de

2
Jerusalén, que trajo consigo el fin del culto y el sacerdocio levíticos; por el contrario, el autor se
refiere a la liturgia del Templo como a una realidad siempre actual (10, 1-3);
- segundo, porque como veremos, la tradición cristiana primitiva está muy presente en
él, de modo que la argumentación central de que en Cristo se contienen todos los bienes que
hasta ahora aparecían como propios de las instituciones judías, se convierte en argumento en
favor de la fe creyente que se otorga a los cristianos y que entra de este modo a formar parte
de nuestra tradición.

Sobre el autor no sabemos nada. Hay motivos para pensar que era un judeocristiano de cultura
helenística. El autor complementa dicha cultura con una fuerte preocupación histórica
respecto a la obra redentora de Cristo. Se le reconoce también una profunda fidelidad a la
escatología cristiana. Todos estos datos matizan la influencia platónica que se percibe por su
matriz cultural. Aunque durante mucho tiempo se atribuyó a Pablo, hoy todos los autores
están de acuerdo en reconocer grandes diferencias de vocabulario y estilo, distinto modo de
estructurar su escrito y de presentar las citas del AT, que toma de los LXX 1. También
reconocemos muchas ideas paulinas, pero no se ha demostrado que procedan directamente
de Pablo, sino que las semejanzas entre ambos pueden deberse a una tradición común.

Podemos reconocer en esta lectura el vigor eterno de la fe, que rompe con el pasado (el culto
judío, en este caso), y abre a una lógica nueva. En este sentido, podemos reconocer dos niveles
en el texto:
- una visión nueva del sacerdocio, que denuncia el culto antiguo y nos abre a un culto
nuevo, que arraiga en el sacerdocio de Cristo;
- más de fondo, este movimiento salvador que el autor aplica al sacerdocio puede
también referirse a muchas otras realidades: la salvación dada en Cristo transforma todo lo
creado, devolviéndole su pleno sentido.

Hecha esta introducción, vamos a acercarnos al texto de Hebreos. Vamos a releerlo desde
otras claves que la propuesta por el autor que, siendo magnífica, resulta excesivamente
especulativa para nuestro modo de argumentar y por tanto, de difícil comprensión. Nuestro
acercamiento, como veremos, pretende aclarar esta estructura de manera que podamos
igualmente acercarnos y profundizar en ella 2.

Esquema del tema

En cuanto al orden que vamos a seguir, pretende, como ya hemos dicho, profundizar en la misma

1
La Biblia griega, comúnmente llamada Biblia Septuaginta o Biblia de los Setenta (Μετάφραση των
Εβδομήκοντα), y generalmente abreviada simplemente LXX, fue traducida de textos hebreos y arameos
más antiguos que las posteriores series de ediciones que siglos más tarde fueron asentadas en la forma
actual del texto hebreo-arameo del Tanaj o Biblia hebrea. Representa una síntesis en que se subraya el
monoteísmo judío e israelita, así como el carácter universalista de su ética.
2
El cuadro que presenta la estructura de Heb se encuentra en las páginas 13-14.

3
estructura del texto de Hebreos, acercándonos a él de otro modo que pretende secuenciar los niveles
del escrito, para introducirnos así en el sentido del texto:

1º El autor es fiel a la tradición cristiana primitiva, en cuyas fuentes bebe, y está versado en ella. En esta
primera parte vamos a reconocer la relación de Heb con ambos testamentos. Nos fijaremos en
referencias que hace al NT, en primer lugar, y desde él, al modo como demuestra que el AT culmina en
Jesucristo, con lo que expresa la tradición cristiana de la que forma parte. Un elemento que hemos ido
encontrando, de distintos modos, a lo largo de todo el NT.

2º Bebiendo en la tradición recibida, Hebreos extrae de ella una luz nueva (siempre implícita en dicha
tradición): el sacerdocio de Cristo es culminación del sacerdocio antiguo. Esta parte, que contiene la
argumentación central del escrito, la desarrollaremos en clave de retiro, que pretende actualizar y
hacer más accesible la forma homilética del texto, a la vez que destaca sus aspectos esenciales.

3º Las exhortaciones a los creyentes los animan a vivir de fe, teniendo los ojos fijos en la obediencia, la
fidelidad y la paciencia de Jesucristo, que es para siempre el referente absoluto de nuestra vida y que
iluminan el pasado (AT), el presente (el tiempo en que se encuentran dichos creyentes) y el futuro de la
existencia humana (el tiempo en que nosotros nos encontramos), reflejando desde otra perspectiva la
dimensión escatológica que caracteriza la presencia de Dios en la historia.

4º El vigor eterno de la fe se manifiesta en la novedad de la predicación de Heb, y es signo de la


vitalidad del Espíritu hasta nuestros días.

Pasamos a desarrollar estos cuatro puntos que esperamos revelen la hondura, el saber y la fe
ardiente de este escrito pastoral.

2. El AT y el NT en Hebreos

2.1. La tradición cristiana primitiva presente en Hebreos

Como ya hemos dicho, el texto de Hebreos arranca de la más pura tradición judeocristiana y se
caracteriza por expresar los mismos contenidos de la fe común.

Para comprobarlo, vamos a leer detenidamente algunos textos de Hebreos viendo si,
efectivamente, Hebreos bebe de las fuentes de la tradición cristiana primitiva. Nos hemos
referido ya en la introducción al hecho de que el autor de Hebreos arranca de la tradición. Los
textos que nos servirán para estudiarlo serán 2, 9-10; 5, 1-10. La fidelidad del autor de Heb al
volverse a la tradición cristiana va a manifestar el vigor eterno, que reconocemos como
novedad, de la vida de Jesús iluminada por el Espíritu. Es este arraigo en el “humus” que es
Jesús, y que la tradición conserva y entrega, lo que ha permitido a las comunidades cristianas
reconocer el texto de Hebreos como “Palabra de Dios”.

4
Nuestro recorrido nos permitirá también ir conectando con las preocupaciones y el lenguaje
de Heb.

a) 2, 9-10

El primer texto que escogemos expresa el sentido de la muerte y la resurrección de Jesús, 2, 9-


10: … a aquel que fue hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos coronado de
gloria y honor por haber padecido y muerto. Así, por disposición divina, gustó él la muerte en
beneficio de todos. Pues era conveniente que Dios, que es origen y meta de todas las cosas, y
que quiere conducir a la gloria a muchos hijos, elevara por los sufrimientos al más alto grado
de perfección al cabeza de fila que los iba a llevar a la salvación.

En un primer momento, nos puede chocar esta presentación de Jesús tan alejada de nuestra
sensibilidad –e incluso de la idea que tenemos de Jesús por los evangelios- en la figura del
redentor sufriente, y que expresa sin embargo la misma fe adorante proclamada en ellos.

Veamos qué quiere expresar el autor de Hebreos. En primer lugar, tenemos una presentación
elaborada, reflexiva, del contenido de los evangelios (al modo como hemos visto en Pablo o en
Juan, por otra parte), que no por tener distinta forma se diferencia del contenido que veíamos
en aquellos.
Esta presentación reflexiva explica a los creyentes el núcleo de la fe cristiana: el que se ha
abajado en la encarnación hasta la pasión y muerte, ahora es coronado de gloria y honor…
como también nos dice, por otra parte, el himno cristológico primitivo de Flp 2, 6- 11. El autor
de Hebreos explica a los creyentes el sentido de esta muerte, del mismo modo que nos la
explican hoy a nosotros nuestros catecismos o nuestros predicadores: gustó él la muerte en
beneficio de todos… pues era conveniente que Dios… elevara por los sufrimientos al más alto
grado de perfección al cabeza de fila que los iba a llevar a la salvación.

¿Y quién ha escrito Hebreos?

El modo de proclamar delata, como siempre, al autor. En este caso, los estudiosos coinciden en afirmar
que es de origen judío, que ha recibido una educación helenística en Alejandría, que tiene un
conocimiento profundo de las Escrituras cristianas, así como de la biblia de los Setenta y que es un
predicador elocuente. En cuanto a quién pueda ser, lo ignoramos. Se han hecho muchas
especulaciones: se habla de Bernabé, Lucas, Clemente de Roma y algunos otros; mucho más adelante,
Lutero propondrá el nombre de Apolo 3, cuyo origen judío, junto a su formación helenística y su
conocimiento de las Escrituras coinciden con nuestro autor. Pero no tenemos datos concluyentes.

Esta combinación entre su origen judío y la formación helenística recibida nos permite
comprender el doble acento, existencial e intelectual, que encontramos en el texto. Además
del desarrollo lógico que aparece a primera vista, reconocemos también la dimensión
hondamente existencial de su escrito: Jesús ha gustado la muerte y ha sido elevado por los
3
Cf. Hch 18, 24-28; 1 Co 3, 6.

5
sufrimientos a la perfección que se nos revela por la fe. Reconocemos así la implicación
personal que este anuncio contiene: esta muerte que Jesús ha padecido, la ha padecido en
nuestro favor, por nosotros. Hondamente existencial, decimos, por la implicación personal de
Jesús en la salvación, y hondamente existencial también en cuanto que reconoce este
intercambio entre muerte y vida que le lleva a afirmar que por esta muerte somos salvados. Se
unen así ambas dimensiones, la intelectual y la existencial, en esta realidad del “conocer”
bíblico que se nos revela por la fe: Jesús ha asumido en su carne la voluntad de Dios, que quiso
que fuéramos salvos en su carne.

Esta es la solidaridad que merece su nombre: uno que, para ser con nosotros, viene a nuestro
mundo y que, rompiendo el círculo de muerte que nos mata, se entrega a la muerte de otro
modo, en obediencia a Dios, abriendo así un camino nuevo. En esto consiste, en su núcleo, la
novedad de Jesucristo, novedad tan radical que imprime su novedad a todas las cosas. Por eso
decíamos que el autor expresa la misma novedad de Jesús que reconocemos en los evangelios,
desde otras claves que arrancan, igualmente, de la novedad que supone Jesús en el mundo, y
que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5). Lo veremos ahora con el escrito de Hebreos.

Se dice igualmente que la glorificación de Cristo es consecuencia de su pasión:


existencialmente hablando, es preciso que sea uno de nosotros el que traiga iluminación o
progreso a lo nuestro (pensemos en revoluciones, en movimientos de liberación o en
descubrimientos técnicos): dichos movimientos valen en la medida en que rompen lo
acostumbrado y en la medida en que, partiendo de lo humano (uno solo o unos pocos), se
alzan como referencia de salvación para los demás. No nos serviría que fueran unos marcianos,
o sin irnos tan lejos, que unos esquimales vinieran a decirnos qué necesitamos en materia de
turismo, o unos políticos para la cuestión del sentido. Es preciso que sea uno de nosotros, un
ser humano entre los seres humanos. A la vez, los liberadores que hemos conocido, aun siendo
de los nuestros, no resultan suficientes, pues la liberación que traen es siempre relativa en
cuanto al tiempo y al espacio (vale solo para esa época), y es relativa, también, en cuanto que
es ambigua, como todo lo humano. En cambio, la salvación que Dios trae al mundo en Jesús,
en que la perfección se realiza a través del sufrimiento, atraviesa la dimensión humana de
arriba abajo (pues todos estamos dañados por él), afectándola absolutamente; y el que Aquel
que ha padecido viniendo de lo alto sea a la vez uno de nosotros, hace que esa salvación de lo
humano quede atravesada por la potencia de lo divino. Nos explica así el autor de Heb la figura
de Jesús, que se alza, por haber gustado la muerte en beneficio de todos por disposición divina,
en salvador definitivo de la humanidad. Esta es una lógica, decíamos, que existencialmente se
nos revela adecuada… aunque luego no seamos capaces de asumir, a nivel natural, ninguno de
sus puntos.

Podemos detenernos también en la conexión, que aparece igualmente en los evangelios, entre
Jesús gustó la muerte por todos y… elevara… al más alto grado de perfección al cabeza de fila
que los iba a llevar a la salvación.
Encontramos aquí, presentada de otro modo, la misma relación causal que encontramos en los
evangelios entre la pasión y la glorificación de Jesús. Asimismo, como nos dice 2, 10, la
perfección de Jesús hace posible la entrada de los hijos en la gloria: es el primero de todos,

6
como dice también el himno primitivo de Col 1, 5-20. Podemos reconocer así la relación entre
Heb y los evangelios4.
A nivel existencial, esta afirmación se presenta como sumamente provocativa: aunque por un
lado reconocemos que a nivel psicológico se intuye una conexión en este “uno por todos”, al
modo de los sacrificios rituales –que son, como el texto subraya, impotentes para obtener esa
salvación-, no podemos decir lo mismo de este gustó la muerte por todos… elevado… al más
alto grado de perfección. ¿Cuál es la extraña alquimia que ha transformado al que padece la
muerte por todos en el elevado por encima de los demás? Lo vemos así en algunos cuentos
populares, que nos transmiten la dimensión maravillosa de la realidad: la humilde Cenicienta,
por ejemplo, es un caso ejemplar. ¿Qué expresa el cuento? Que quien es humillado
injustamente en nuestro mundo encuentra, en virtud de una lógica maravillosa y benéfica, el
destino que verdaderamente había merecido.

Aquí tenemos el puente: esto es lo que nuestra humanidad desea, con su dosis de bendición y
de limitación. La bendición, el “más” así manifestado, se reconoce en este deseo de hacer
justicia, de premiar de modo sobreabundante a la que injustamente ha sido despreciada. Su
limitación, el que siga haciéndolo solo para la que es buena, hermosa, la que ha sido relegada
por las “malas”. Este modo nuestro de ver la realidad, así manifestado en el cuento de
Cenicienta, expresa nuestras proyecciones acerca de cómo debería ser la realidad.

La acción manifestada en Jesús y que Heb proclama va mucho más allá: Jesús no es el bueno,
el justo injustamente tratado, sino aquel que libre y voluntariamente se ha entregado a la
muerte en beneficio de todos. Aquí tenemos una conciencia a la hora de intervenir en la
historia (temporal y escatológica) que desborda con mucho nuestras mejores intenciones.
Asimismo, el modo de “hacer justicia” en medio de lo real no es aquí en favor de uno solo, sino
que ese que se ha entregado por todos debe padecer además el ser llevado a la perfección
para así llevarnos a nosotros a la salvación. No nos encontramos ante una salvación ajena a
nuestro mundo, sino profundamente solidaria, en la cual se anuda:
- uno que se entrega por todos;
- el que se entrega es llevado al más alto grado de perfección por la obediencia;
- y consiente en el sufrimiento, obteniéndonos así a todos la salvación.

¿Qué lógica es esta en la que, sin pedirlo y sin merecerlo, somos introducidos?

Hay mucha gente presta a decirnos confidencialmente lo que sería y lo que no sería digno de Dios; pero,
de hecho, el único camino para descubrir qué es una cosa digna de la acción de Dios es considerar lo
que Dios ha hecho realmente. El hombre que dice ´yo no podría tener una alta opinión de un Dios que
hiciera (o no hiciera) esto o aquello` no añade nada a nuestro conocimiento de Dios; nos dice
simplemente algo sobre sí mismo. Podemos estar seguros de que todo lo que Dios hace es digno de Él
mismo, y aquí nuestro autor singulariza una de las acciones de Dios y nos dice que ´le convenía`-que era
una cosa que le convenía hacer-. ¿Y qué era esto? Se trataba de hacer a Jesús, a través de sus
4
La resurrección de Jesús, por su parte, se presenta en la línea de los discursos de Hechos, como el
juicio por el que Dios le declara justo, inocente y libre de pecado (9, 27-28).

7
sufrimientos, perfectamente cualificado para ser el salvador de su pueblo. Es en la pasión de nuestro
Señor donde vemos el verdadero corazón de Dios al descubierto; en ningún sitio Dios se revela más
plenamente ni más dignamente que cuando lo vemos ´en Cristo reconciliando el mundo consigo
mismo`, F.F. Bruce.

Más allá de que lo entendamos o no –a nivel humano natural-, este es el modo como se ha
dado nuestra salvación. Ahora bien, si prescindiendo de nuestro modo espontáneo de
entender nos dejamos iluminar por la revelación, ella refleja de modo patente que era preciso
que Jesús, hecho hombre, se entregara por nuestra salvación 5, y que los sufrimientos que han
perfeccionado al Hijo se revelan como el camino para perfeccionarnos a nosotros, por la unión
con él. No porque podamos entender el sentido en el que “era preciso”, sino porque, por la fe,
se nos revela que en Jesús está el camino de la salvación.
Lo que a nivel antropológico según Jesús se nos revela como superior a nuestros modos
naturales, por su potencia teologal nos abre el camino a la salvación definitiva.

b) 5, 1-10

En 5, 1-10 encontramos otra referencia de los evangelios que resulta en Heb iluminada según
nueva luz: Todo sumo sacerdote, en efecto, es tomado de entre los hombres y puesto al
servicio de Dios a favor de los hombres, a fin de ofrecer oblaciones y sacrificios por los pecados.
Sabe ser comprensivo con los ignorantes y los extraviados, ya que él también está lleno de
flaquezas, y a causa de ellas debe ofrecer sacrificios por los pecados propios, a la vez que por
los del pueblo. Nadie puede arrogarse esta dignidad, sino aquel a quien Dios llama, como
ocurrió en el caso de Aarón.
Así también Cristo no se apropió la gloria de ser sumo sacerdote, sino que Dios mismo le había
dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.
O como dice también en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, igual que Melquisedec.
El mismo Cristo, que en los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas con grandes
gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado en atención a su actitud
reverente; y aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer. Alcanzada así la
perfección, se hizo causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, y ha sido
proclamado por Dios sumo sacerdote igual que Melquisedec.

5
No porque necesariamente hubiera tenido que ser así. Como hemos dicho otras veces, Dios podría
habernos salvado de muchos modos. Lo que la revelación nos muestra es lo que efectivamente ha
hecho.

8
Un texto de enorme densidad que manifiesta a la vez el arraigo en la tradición 6, y la novedad
aportada por Hebreos.

Primero se nos habla de las características que debía tener todo sumo sacerdote, según el AT:
- ha sido tomado de entre los hombres y es puesto, en favor de los hombres, al servicio
de Dios;
- su misión es ofrecer sacrificios y oblaciones por los pecados;
- debe ser comprensivo con los ignorantes y extraviados, porque las flaquezas forman
parte de la condición humana y son la causa de los sacrificios;
- el sacerdote debe ofrecer sacrificios no solo por los pecados del pueblo, sino también
por sus propios pecados;
- el sacerdote no elige serlo él mismo, sino que es llamado por Dios a esta dignidad.

Esto, que se refiere a todo sumo sacerdote, veamos cómo se aplica a Jesús, del que Heb nos
quiere mostrar que es el Sumo sacerdote definitivo:

- como hemos dicho, ha sido hecho uno de tantos (Flp 2, 7) y ha vivido unido a Dios a
favor de los hombres a lo largo de su paso por la tierra;
- su misión de ofrecer sacrificios y oblaciones por los pecados la ha cumplido haciéndose
él mismo ofrenda: presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que
podía salvarlo de la muerte;
- se dice del sumo sacerdote que debe ser comprensivo con los ignorantes y
extraviados: Jesús se ha hecho de tal modo solidario con las flaquezas humanas, de tal modo
solidario con los ignorantes y extraviados –que resultamos ser todos los seres humanos- que
se ha entregado por todos, solidario de nuestra debilidad hasta el punto de padecer en
nuestro lugar;
- se decía que el sacerdote debía ofrecer sacrificios también por sus propios pecados: en
cambio, Jesús que es el único justo, se ha hecho a sí mismo ofrenda sacrificial para salvarnos
de una vez para siempre (y no repitiendo el mismo sacrificio cada año, como sucedía en la
liturgia judía);
- Jesús no se ha atribuido a sí mismo la gloria de ser sumo sacerdote, sino que ha sido
llamado por Dios a serlo, y ha alcanzado la perfección de la llamada, no a base de rito exterior
alguno, sino por su obediencia manifestada a través del sufrimiento: esto significa que ha
vivido la llamada no como una misión exterior, sino que se ha identificado con ella
existencialmente;
- su sacerdocio no proviene del culto levítico, destinado a perecer, sino del sacerdocio
eterno del que Melquisedec es figura (cuadro del punto 2.2; punto 3.3.).

6
En el texto escogido subyace la interpretación tradicional de la muerte de Jesús como expiatoria, según
la cristología del Siervo de Yahvé, que destaca el carácter sacrificial de su oblación al Padre. Como
decíamos en relación a la cita anterior (2, 9-10) este carácter sacrificial, en la tradición, presenta los
sufrimientos y la muerte de Cristo en la línea de conveniencia con el plan divino de la salvación. También
la presentación de Jesús como causa de nuestra salvación, que se presenta siempre ligada a sus
sufrimientos y a su muerte, pertenece a la cristología más antigua.

9
- teniendo esta dignidad de Sumo sacerdote que plenifica la institución sacerdotal judía,
ha sido consagrado por Dios sumo sacerdote porque
siendo sacerdote, se ha hecho ofrenda perfecta
siendo Hijo, ha obedecido al Padre hasta el extremo con actitud reverente

El Padre, por su parte, ha acogido su oblación y su sacrificio, y su aceptación nos ilumina sobre
cómo ha de hacerse esta ofrenda
El ser Hijo no le ha obtenido inmediatamente la perfección (=consagración) sacerdotal, sino
que la ha aprendido a través de la obediencia a Dios por medio del sufrimiento.

- Esta novedad en el modo de ser Sumo Sacerdote que se realiza en Cristo es lo que ha
hecho de él Sumo Sacerdote, y ha obtenido para nosotros la salvación por la entrega de su
sangre, esto es, por la ofrenda perfecta de su vida, que obtiene la salvación definitiva para
todos los que le obedecen.

Detenernos en este texto nos permite ver cómo Hebreos expresa la misma fe que la tradición
cristiana primitiva, y a la vez la novedad que aporta, partiendo de las fuentes de la tradición, a
partir de la figura del sumo sacerdote que revela otro aspecto de la plenitud que es Jesús.

A nivel antropológico, el autor de Hebreos nos da hecha la lectura: el puente es la semejanza


entre el sumo sacerdote judío, tomado de entre los hombres, para ofrecer oblaciones y
sacrificios por sus propios pecados y los del pueblo, se le exhorta a ser comprensivo con las
flaquezas humanas, y tiene que haber sido llamado por Dios. Como hemos visto, en Jesús se
dan todas estas notas del sumo sacerdote judío, porque cuando Jesús asume nuestra
humanidad, la asume completamente. Este es un aspecto que no hemos destacado hasta
ahora: encontramos en Jesús semejanza con la humanidad natural porque Jesús ha asumido
plenamente lo humano en su totalidad –“en todo menos en el pecado”-. Esto nos permite
ahondar en la profundidad con que Jesús ha sido hecho “uno de tantos”.

A la vez, el mismo texto hace patente la ruptura: Jesús se ha hecho uno de nosotros, pero vive
lo nuestro de otro modo. En este caso, el sacerdocio: él no tiene que ofrecer sacrificios por sí
mismo porque no tiene pecado, lo que le permite ser puramente para el pueblo; el sumo
sacerdote sabe ser comprensivo… y Jesús ha asumido de tal modo la flaqueza humana que
consintiendo en ella se entrega enteramente, y, haciéndose debilidad, asume toda nuestra
debilidad; en cuanto a ser llamado por Dios, efectivamente lo ha sido, y ha vivido y respondido
a Dios en perfecta obediencia, como Hijo. Asumiendo en su carne el hacerse víctima (en lugar
de ofrecer sacrificios puramente externos, como los que hacían los sumos sacerdotes judíos),
ha sido a través del sufrimiento y la muerte como ha alcanzado la salvación que los antiguos
sacrificios no podían obtener…

Como vemos, hay un puente: Jesús comparte con los sumos sacerdotes judíos las notas de la
consagración; pero las lleva más allá, adonde ningún sumo sacerdote podía llevarlas, porque
todos ellos son pecadores, por lo que solo en modo limitado pueden compadecerse de los
hombres y ofrecerse en su lugar. Los sacrificios que ofrecen son víctimas animales cuyo
sacrificio solo tiene validez para un tiempo… por ello, el modo como Jesús es sumo sacerdote

10
establece una ruptura radical con el sacerdocio anterior, que se revela caduco en la revelación
que se manifiesta en Jesús.

Más hondamente, podemos preguntarnos por qué, incluso a nivel humano natural, vemos
sentido a este “por otros”: ¿no es verdad que percibimos esta conexión, esta solidaridad o
insolidaridad profundas que nos vinculan y nos afectan mutuamente? Y sin embargo, aun
intuyendo esta solidaridad profunda, vemos cómo ya a nivel espontáneo esta solidaridad
queda rota por el pecado. Hasta tal punto ha asumido Jesús esta vinculación profunda, que ha
padecido nuestro pecado sin ser culpable. Se revela así el verdadero sentido de la comunión, el
modo de vivirla según Jesús. Vemos cómo no podemos asumir este modo de vida por nosotros
mismos, sino solo por la fe en Jesús.

El texto nos habla de gritos y lágrimas, de oraciones y súplicas por verse libre de la muerte, de
aprender en el sufrimiento… qué humano es esto. Con la diferencia de que los humanos solo
en ocasiones podemos aprender, porque muchas veces nos resistimos a estas situaciones
extremas en que nuestra vida se ve obligada a responder en verdad, en obediencia radical (y al
no hacerlo, nos negamos por tanto a vivir lo que nos toca), y porque aquí se nos revela un más
de lo humano: la prueba que Jesús debe afrontar no es para salvarlo a él, sino a nosotros.
Ahora bien, para salvarnos a nosotros, se pone él mismo en juego, con todo su ser. Jesús
asume en Getsemaní toda nuestra angustia y nuestra debilidad, y las asume según este modo
que se nos revela como el más profundamente humano –humanidad según Jesús, aquella a la
que por su obediencia somos emplazados- que es vivir su angustia radical ante el Padre –
nosotros lo viviríamos cerrándonos sobre nosotros mismos- y la vive a favor de los hermanos –
nosotros nos entregaríamos para salvarnos a nosotros mismos, no a otros-. Es así como puede
vivirse en adelante la humanidad, abierta a Dios y a los hermanos por la fe en Jesús, la fe que
nos hace capaces de vivir como él. Entendemos que el autor de Heb llame a esto “perfección”,
aunque rompa todas nuestras ideas de perfección, y que esta perfección que culmina su vida
obtenga del Padre, en respuesta, la glorificación de Dios (cf. Flp 2, 6s). Así se nos revela de qué
modo ha sido Jesús Sumo sacerdote, y que ese modo es el modo de ser Sumo sacerdote, por el
que nos abre ese camino si queremos vivir según una obediencia como la suya. Es de señalar
también, en esta clave de su arraigo en la tradición primitiva, cómo dicha noción de Sumo
Sacerdote aplicada a Jesús arranca de la noción de Siervo, empleada por los evangelistas y que
procede del AT.

La enseñanza tradicional presente en Hebreos

Como nos proponíamos al comienzo de este apartado, el texto de Hebreos, aunque en la forma nos
presenta un Jesús distinto del de los evangelios, bebe igualmente en las fuentes de la enseñanza
cristiana primitiva. Hemos escogido un par de textos para mostrar la relación que hay entre ambos.
¿Por qué queremos detenernos en ello en primer lugar? No para probar la ortodoxia o la fiabilidad del
texto, suficientemente afirmada por la tradición que avala nuestro escrito como Palabra de Dios. El
objetivo de estas referencias pretende mostrar cómo la novedad del texto de Hebreos, que es el único
texto del NT que presenta a Jesús como Sumo Sacerdote definitivo, aunque usa una fórmula nueva,
arranca también de la tradición cristiana primitiva, y con ello nos demuestra, mejor que todas las
teorías, que en dicha tradición se contienen las bases de toda relectura y de toda renovación del

11
cristianismo. Esto es así porque la revelación de Jesús que en ellas late se contiene el humus fecundo
capaz de dar claves nuevas para nuestro tiempo, aquellas claves de las que en nuestros días andamos
tan necesitados. De este modo tan elocuente, en forma de “novedad”, se nos revela el sentido
escatológico, eterno, en que se va desplegando la fecundidad de la Palabra de Dios en la historia.

Aunque nos hemos detenido en estas referencias que nos proporcionan un primer contacto con el
texto de Heb, en nuestro escrito encontramos muchas más, y muy variadas: por tomar alguna,
partamos del comienzo, que como hemos dicho, sostiene la estructura que reaparecerá a lo largo de
toda la obra. En estos versículos 1-4 del primer capítulo reconoceremos referencias a Mt 28, 18; Jn 1, 3;
Col 1, 16; 2 Co 4, 4; Col 1, 17; Sant 1, 17; Mc 16, 19; Ef 1, 21. ¿Hace falta más para destacar las
referencias evangélicas, paulinas y joánicas de la carta? Queden estas referencias presentes para
acercarnos a Hebreos reconociendo en la obra el latir de toda la tradición de la que bebe, en la que
arraiga.

Entre nosotros es signo de sabiduría el volver a las fuentes de la vida, a aquellas realidades que
nos dinamizan, nos recrean, nos vuelven a fundamentar en las certezas esenciales. Esto que es
humanamente sabio, es lo que hace el autor de Heb a nivel teologal (e manifiesta que está
aplicando, a la vez, esta sabiduría que es humana y fundamenta la vida creyente): volver a lo
revelado por Dios en Jesús como clave para ahondar en la vida creyente en los momentos de
desaliento, de manera que sea su vigor absoluto el que aliente y estimule de nuevo nuestro
caminar. Con el añadido de que la inmersión en las certezas humanas procede de la misma
sabiduría que las alentó, mientras que la inmersión en la Palabra de Dios es vida eterna. Esta
sabiduría supone igualmente reconocerse criatura, reconocer que la orientación para vivir nos
viene de Otro. Así razona la humanidad según Jesús que se inicia en él, en medio de las
dificultades como en los gozos de la vida, en lo concreto de la existencia.

Asimismo, el autor de Hebreos hace vida la enseñanza que ha recibido, que es revelación de la
plenitud que se da en Cristo, y relee el dato de fe aplicándolo, haciéndolo concreto, en su
lectura del AT.

2. 2. Hebreos y el AT

En Heb, quizá más explícitamente que en ningún otro escrito del NT, se muestra de qué modo
las Escrituras antiguas se realizan en Cristo y se describen las condiciones que definen este
cumplimiento cristiano. Aunque todos los escritos del NT recogen y releen el AT, en general,
los escritores del NT se valen de la Escritura con una intención apologética, o como prueba
para confirmar sus afirmaciones. En Heb en cambio sucede de otro modo: Heb utiliza la
Escritura como parte de su argumentación teológica, de modo que la revelación acontecida en
Cristo, en el NT, ilumina para llevar el AT hasta sus últimas consecuencias. Y esto no de manera
instrumental, como si los textos del AT fueran solo “prueba de confirmación”, sino
reconociendo en esta revelación parcial y transitoria el camino por el que Dios ha ido
conduciéndonos hasta Jesús, por lo que dicha revelación nos permite comprender más
hondamente el sentido de la nueva Alianza, que queda iluminada de este modo a partir de la

12
antigua. La hermenéutica empleada por el autor de Heb supone, como hemos dicho, el
conocimiento de Jesucristo, la fe en el mensaje evangélico, desde las cuales la comprensión del
AT se ilumina como camino de la revelación del Hijo de Dios y de la nueva Alianza que plenifica
lo que ya había sido manifestado. Por esta razón, es en este tema donde nos vamos a fijar en
la superación del AT en el NT, que hemos encontrado en todos los libros del NT.

Decimos que en todos los textos del NT se encuentra esta relectura del AT que se quiere
iluminar a la luz de Cristo: esta voluntad que reconocemos, esta vez en relación al AT, participa
del vigor con que los autores neotestamentarios han querido releer la realidad toda a la luz de
Cristo.

Llegando a este punto podemos precisar mejor la “novedad” que se reconoce en Heb, y a la
que ya nos hemos referido: su modo de contemplar el AT consiste en destacar el contenido
cristológico del AT, a partir de las intuiciones desarrolladas en el NT en relación a él, como
vemos en Pablo cuando dice que la ley tiene su cumplimiento en Cristo (Rom 10, 4). El autor de
Heb nos lo dirá respecto de la ley, del Templo, de las oraciones… y del culto y el sacerdocio,
como veremos.

Vamos a detenernos en dos ejemplos, como hemos hecho con el NT, para ver cómo procede la
exégesis del autor de Heb a la que nos acabamos de referir.

1. El primer ejemplo en que nos vamos a fijar es el Sal 110, 4: El Señor lo ha jurado y no se
arrepiente: Tú eres sacerdote para siempre igual que Melquisedec. ¿Qué lee aquí el autor de
Heb?
– Cristo no se ha atribuido a sí mismo el sacerdocio, sino que ha recibido una vocación (5,
5-6).
– Esta llamada es superior a la de los hijos de Leví, porque no depende de la pertenencia a
una tribu, sino que es el resultado de una elección anterior de Dios, y ha sido confirmada por
un juramento (7, 21).
– Del hecho de que este sacerdocio se presente según el tipo del de Melquisedec, se sigue
(lo explicamos más adelante) que este es superior al de Leví y que es llamado a reemplazarlo,
que es único y definitivo y que tendrá una eficacia salvadora (5, 10) y eterna (7, 3.16-17. 24).
– Y sobre todo, que en la persona de Jesús se unen, como en Melquisedec –que es figura
de Cristo-, el sacerdocio y la realeza (7, 4).

Prefiguración mesiánica de Melquisedec

Tres notas por las que este rey-sacerdote es hecho semejante al hijo de Dios:
- Su nombre significa rey de justicia, que expresa un modo de revelar al Mesías (Is 9, 6s.; Jer 23, 5;
Zac 9, 9; Sal 71, 3. 7).
- El título de rey de paz manifiesta a Cristo (Is 9, 5).
- La ausencia de ascendientes o de descendientes indica su eternidad.

“La carta a los Hebreos menciona a Melquisedec en Heb 7. Según el Génesis, Abrahán, tras haber
vencido a cuatro reyes, se encuentra con un quinto rey, que es presentado como Melquisedec, rey de

13
Salem, sacerdote del Altísimo. La carta a los Hebreos interpreta melek salem (Gn 14, 18, donde tiene el
sentido de “vasallo”, un rey que está dispuesto a someterse) como “rey de Salem”: rey de paz,
Melquisedec, o melek del zedeq, “rey de justicia”. Esta etimología constituye en la carta de su
interpretación cristiana de Cristo-Melquisedec, rey de justicia y de paz.
La carta a los Hebreos muestra un marcado interés por el hecho de que en el Génesis Melquisedec
desaparece del relato tan de repente como había aparecido. A este dato se le aplica luego el principio
exegético (lo que no se halla en el Tanak 7 no existe), por tanto, Melquisedec es un ser sin comienzo ni
fin. Pero aparece como rey y sacerdote; por tanto, es un sacerdote rey sin padre, madre y genealogía,
sin principio de sus días y sin final de su vida, lo cual le asemeja al Hijo de Dios (Heb 7, 3). Lo cual viene a
indicar que Melquisedec es solo un antitipo: el “tipo” a que se asemeja es Jesús, el Hijo de Dios.
Melquisedec es, pues, un personaje eterno, un ser preexistente de origen celestial.
Pero la lectura del Génesis permite ir más allá dentro de esta perspectiva. Melquisedec imparte a
Abrahám la bendición sacerdotal, y no al revés (está fuera de discusión, y es evidente desde el punto de
vista judío, que lo que es más bendice a lo que es menos -cf. 7, 7). La conclusión del midrás es evidente:
el sacerdocio levítico judío tiene un rango inferior al de Melquisedec. Ser sacerdote en la línea de
Melquisedec significa pertenecer a un orden trascendente, muy superior al sacerdocio judío.
La carta a los Hebreos ha leído el relato del Génesis a la luz del Sal 110, 4, y llega a la conclusión de que
también el sacerdocio del futuro Melquisedec mesiánico es muy superior al sacerdocio levítico. Sal 110.
4, donde se habla de Melquisedec, dice: “Tú eres sacerdote eterno en la línea de Melquisedec.” Un
sacerdote eterno, real, al margen de la sucesión aarónica y levítica. Para los judíos, Sal 110 es un salmo
davídico, compuesto, pues, en una época posterior a la ley mosaica. Y este salmo anula todas las
prescripciones de la ley mosaica sobre los sacerdotes. Para los judíos es además evidente que Jesús no
procede de la tribu de Leví, sino de la de Judá, que nada tiene que ver con el sacerdocio (7, 13-14).
Jesús no es sacerdote según los esquemas oficiales del judaísmo. Desde el punto de vista judío, Jesús no
es sacerdote, sino laico (como, fuera de la carta a los Hebreos, afirma todo el NT). Sin embargo, la carta
a los Hebreos quiere superar la distinción judía entre sacerdotes y laicos y llama a Jesús Mesías
escatológico sacerdotal, mediante el cual todos tienen ahora acceso a Dios (mientras que en el
judaísmo solo el sumo sacerdote –y aun este, solo una vez al año- podía entrar en el santo de los
santos). La carta a los Hebreos, si bien conoce dirigentes y responsables de Iglesia, Heb 13, 7, nunca los
llama “sacerdotes”, pues el único sacerdote es Jesús.
Dado que el sacerdocio de Jesús es superior al sacerdocio judío y pertenece a una línea distinta, su
ministerio es el de una alianza totalmente nueva (7, 22; cf. 8, 6-13; 10, 15-18); es un sacerdocio que
encierra la fuerza de vida eterna, preexistente y resucitada o exaltada (7, 16). No es de extrañar, por
tanto, que la obra de este sacerdote sea denominada causa de salvación eterna (5, 9); de ahí que
puede también salvar hasta el final a los que por su medio se van acercando a Dios, pues está siempre
vivo para interceder por ellos (7, 25).

Schillebeeckx, Cristo y los cristianos. Gracia y liberación, 235-236.

Esta hermenéutica supone (como afirma también la tradición primitiva) que toda la Escritura
es mesiánica, esto es, que todo lo revelado en el AT es figura profecía de Cristo, por lo que
toda la antigua Alianza –la Ley, los Profetas, los Escritos, la Providencia manifestándose en la
historia de Israel en los jueces y en los reyes, en las instituciones y en el exilio- está orientada
hacia Jesús. Todo lo que constituye el plan de salvación de Dios está orientado hacia la
revelación definitiva de Jesús, el Mesías. Esto no supone, nos indica el autor de Heb, el
acabamiento del AT: el mismo AT predice su carácter provisional a favor de las promesas de

7
Es el modo hebreo de llamar al AT.

14
Dios (1 Crón 17, 14); y recibe la promesa de un mesías para una posteridad muy lejana a David,
que estará para siempre a la cabeza del reino de Dios, y ejercerá su autoridad sobre el templo
y el culto (2 Sam 16, 11; Gn 25, 4; 1 Crón 17, 11). Nuestra obra revela cómo las instituciones
del AT resultan caducas a la luz de la revelación del Mesías en el NT, porque su carácter era de
“preparación” para este tiempo definitivo. En cambio, el AT en cuanto revelación de Dios,
como revelación de su plan de salvación para la humanidad, no queda superado sino
resituado, porque la Palabra de Dios presente en él manifiesta su fecundidad para siempre 8.
Hebreos es un ejemplo elocuente de esta fecundidad dada en la antigua Alianza que sirve para
iluminar, desde las realidades del AT, el triunfo completo del Mesías.

Condiciones para el cumplimiento de las Escrituras

Acabamos de afirmar que el NT se cumple en el AT. ¿Cuáles son las condiciones en que podemos
afirmar dicho cumplimiento?
Continuidad. Para comparar dos realidades, es preciso que exista una semejanza de base. Sin esa
semejanza o “continuidad” entre ellas, no tenemos base sobre la que establecer una relación entre
ambas. Dicha semejanza es el término de comparación: Mesías, sacerdote, etc.
Ruptura. Tan necesario como que haya una semejanza básica es que entre ambos hechos se
establezcan diferencias que permitan orientarnos sobre el tipo de relación que se establece entre ellos.
La ruptura es la superioridad de Cristo respecto de las figuras anteriores.
Superación. Aunque las dos condiciones anteriores son imprescindibles, esta tercera es la que
determina la superioridad radical del NT sobre el AT. Sin esta, nos quedaríamos al mero nivel de la
comparación. Esta tercera condición es el criterio que, visiblemente –supuestos los otros dos- nos
permite reconocer la superación absoluta que trae el NT. Todo el texto de Hebreos es prueba y
expresión de esta superioridad de Cristo respecto de las figuras del AT.
La relación entre dichas condiciones ilumina, desde otro ángulo, la coherencia interna de la Palabra.

Para aplicar dichas condiciones, vamos a ver otro caso de esta alianza entre los dos
testamentos para explicar la realidad del sacrificio de Cristo:
No has querido sacrificio ni ofrenda, pero me has formado un cuerpo; no has aceptado
holocaustos ni sacrificios expiatorios. Entonces yo dije: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu
voluntad9. Así está escrito de mí en un capítulo del libro (10, 5-7).

A primera vista, no parece que Jesús tenga nada que ver con el sacerdocio ni el culto antiguo
(pertenece a la tribu de Judá y no a la de Leví), y no podemos asociarlo a nada que tenga
relación con el culto (baño ritual, unción, vestiduras sagradas, inmolación de animales -Ex 29;
Lev 8); más bien se presenta en oposición a él:

- Es a la luz del texto de Hebreos como se nos revela su profunda continuidad, presente
también en eso que está escrito, que se refiere en último término a Jesús y se realiza en Él.

8
Schelkle contempla el AT (en relación al NT) como testimonio de la historia de la salvación/como
ley/como promesa. SCHELKLE, K.H., Teología del Nuevo Testamento, t. II, pp. 47-77.
9
Sal 40, 7s. Mientras que el texto hebreo habla de oídos, la traducción griega habla de cuerpo, que el
autor de Heb interpreta una alusión a la encarnación (cita de la TOB).

15
- La ruptura presente entre ambos hechos: en lugar de los sacrificios u ofrendas, Jesús ofrece
su propio cuerpo; y el culto debido a Dios en la tradición judía, Jesús lo prolonga como
obediencia perfecta a Dios.
- La superación se da porque la ofrenda de Jesús, ofrenda de todo su ser a Dios, no es un
estadio más en el desarrollo de la institución cultual judía, sino un acontecimiento tan
absolutamente pleno que anula el culto judío y se presenta, para todos los que creen, como el
lugar definitivo de salvación. Un sacerdocio definitivo que supone la superación del sacerdocio
ritual.

Aquí también, la lectura existencial que nos permite reconocer cómo la humanidad natural se
abre a la humanidad según Jesús, viene implícita en el mismo texto: la humanidad natural es el
culto antiguo, que pretende lograr la expiación de los pecados a base de oblaciones y
sacrificios externos, por los que se desea obtener de Dios el perdón imprescindible. En la
ofrenda de sí mismo que hace Jesús se unen la obediencia perfecta al Padre, que no quiere
sacrificios ni ofrendas, pero sí que nos entreguemos a él con lo que de él hemos recibido:
nuestra propia persona en su totalidad. El que quiere hacer la voluntad de Dios conoce que
este sacrificio perfecto sí es agradable a Dios y obtiene lo que solicita. Es por tanto en la actitud
de Jesús, que inicia una humanidad nueva, donde se ilumina la impotencia del culto antiguo
(humanidad natural), y se revela un nuevo modo de ser (humanidad según Jesús) que tiene
fijos los ojos en Jesús (12, 2). Este fijar la mirada en Jesús 10 nos hace beneficiarios de su
sacerdocio y de su sacrificio, que se hace así fecundo y operante en nosotros.

Sacerdocio bautismal y sacerdocio ministerial

Vamos a ver ahora de qué modo estas características del sacerdocio de Cristo iluminan nuestra vida.

- Nuestro sacerdocio deriva del de Cristo, de la nueva alianza sellada en su sangre: esto significa que
no nos lo hemos atribuido a nosotros mismos, sino que lo hemos recibido como vocación, y que dicha
vocación solo se realiza por la fe en él.

10
Esta identidad entre Cristo y la Palabra la ha elaborado un autor antiguo respecto de la relación entre
el alma y la Escritura: Entre la Escritura y el alma hay una connaturalidad. Las dos son un templo en el que
reside el Señor, un paraíso por el que se pasea. Las dos son una fuente de agua viva, y de la misma agua
viva. El Logos que está en una como Palabra, está en la otra como Razón. Las dos, por tanto, encierran en el
fondo de sí el mismo Misterio. Así pues, la experiencia de la una está previamente de acuerdo con la
doctrina de la otra, estando esta destinada a expresar a aquélla, a reencontrarse en ella. Lo que llamamos en
la Escritura sentido espiritual, lo llamamos en el alma imagen de Dios (...) El alma y la Escritura, gracias a la
referencia simbólica de la una a la otra, se esclarecen mutuamente, y sería una pérdida descuidar el estudio
tanto de la una como de la otra. Son dos libros que hay que leer y comentar el uno por el otro. Si tengo
necesidad de la Escritura para comprenderme, también comprendo la Escritura cuando la leo en mí mismo
(...) A medida que penetre su sentido, la Escritura me hace penetrar en el sentido íntimo de mi ser; ella es,
pues, el sigilo que normalmente me revela mi alma. Pero también lo recíproco tiene su verdad. La una sirve
de reactivo a la otra. Cada vez que soy fiel al Espíritu de Dios en la interpretación de las Escrituras, mi
interpretación es válida en alguna medida. Cada vez que redescubro mi pozo, cegado constantemente por
los filisteos, estoy abriendo al mismo tiempo el pozo de las Escrituras. Al agua que brote de uno
responderá el agua que brotará del otro. Citado por JUAN MARTÍN VELASCO: El Fenómeno Místico, Trotta,
Madrid, 1999, p. 219.

16
- Por esta razón, el sacerdocio bautismal es superior al sacerdocio ministerial, lo que implica que el
sacerdocio ministerial ha de vivirse por referencia al sacerdocio bautismal.
- El sacerdocio de Cristo es único y definitivo, y tiene una eficacia salvadora y eterna: así, nuestra
vocación a Cristo, manifestada sacerdotalmente, se caracteriza, en Cristo, por estas mismas notas.
- En la persona de Jesús se unen, como en Melquisedec, el sacerdocio y la realeza. En él se da,
además de estas dos notas de la carta a los Hebreos, una tercera nota: la profecía. Esta vocación
bautismal hace de nosotros, en Cristo, profetas, sacerdotes y reyes.
- ¿Cómo realiza Jesús este culto? No lo realiza al modo del sacerdocio ni del culto antiguo, sino que
lleva a plenitud el sentido del sacerdocio, porque en él, las acciones realizadas no son el fin, sino que
remiten a la entrega de la propia vida: así veíamos que Jesús ofrece su propio cuerpo en lugar de los
sacrificios y ofrendas, y que se entrega como ofrenda perfecta en vez del culto debido a Dios. Jesús no
entrega “cosas” –los sacrificios u ofrendas- sino que se entrega a sí mismo, el cuerpo que es, el que le
ha dado Dios.
- Jesús se entrega a sí mismo plenamente, y en esa entrega de sí anula el culto judío y se presenta a
sí mismo, para todos los que creen, como lugar definitivo de salvación. Es de este modo supremo, por
vía de humanidad obediente, como Jesús culmina la revelación del AT.
- La vida que a los cristianos se nos abre en adelante es esta misma que se nos ha manifestado en
él.

Los ejemplos propuestos bastan para iluminar la relación entre el AT y el NT. Nos ayudará leer
el texto de Heb en esta clave para captar la riqueza que está en la base del tema que nos viene
a proponer.

Al hablar de los evangelios, y también con Pablo, hemos insistido mucho en la centralidad de
Jesús, que cada uno de ellos expresaba de distinto modo. Aquí no vamos a encontrarla así
expresada sino indirectamente, y sin embargo, la orientación de fondo es idéntica: si el
sacerdocio antiguo ha sido superado en Cristo, es porque Cristo es la plenitud de la revelación,
es el primero en todo. De este modo concreto sintetiza el texto de Hebreos la integración de
los dos Testamentos.

Una vez que hemos visto la relación entre ambos Testamentos y cómo la novedad aportada
por el autor de Hebreos se inserta en la tradición primitiva, de la cual extrae la novedad, vamos
a profundizar en la imagen del sacerdocio de Cristo como aportación que enriquece la
revelación de Jesús, el Hijo de Dios.

3. El sacerdocio de Cristo es culminación del sacerdocio antiguo

Como hemos visto, la argumentación del autor de Hebreos se apoya en la confianza en la


Palabra de Dios, revelada de modo definitivo en la nueva Alianza y ya prefigurada en la
antigua. Es a base de ahondar en esta relación que se da entre ambos testamentos como
accede al punto en que ahora nos encontramos: un tema, el del sacerdocio de Cristo, que

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hasta ahora no había sido desarrollado en la tradición cristiana, va a ser iluminado desde su
figura, el sacerdocio antiguo que servirá de plataforma para abrirse al más de Jesucristo, Sumo
sacerdote definitivo.

La tensión de esta argumentación recorre toda la homilía. Vamos a ver cómo nos conduce el
autor de Hebreos a través de ella, y qué verdad nos revela de este modo. Observa de qué
modo magistral conduce su argumentación, en clave lógica y en clave creyente. Como hemos
dicho al comienzo, vamos a presentar la homilía como si fuera un retiro para varios días,
queriendo expresar con ello la misma intención pastoral del texto y el tono en que ha sido
escrito, a la vez que separamos las distintas partes para tener una visión más asequible. Los
apartados en que vamos a separar el texto corresponden a los apartados que A. Vanhoye ha
reconocido en la obra.

La estructura

Aunque el recorrido que vamos a hacer no se orienta sino parcialmente por la estructura de Hebreos,
vamos a tenerla presente para comprender la argumentación del autor y para captar las conexiones
entre unos apartados y otros, que resultan mutuamente conectadas entre sí por un esquema simétrico,
como podrás observar en el esquema que propone Vanhoye, hoy aceptado por muchos exégetas:

I. El nombre de Cristo 1, 5-2, 18

II. A. Jesús sumo sacerdote digno de fe 3, 1-4, 14


II B. Jesús sumo sacerdote misericordioso 4, 15-5, 10
- Exhortación preliminar 5, 11- 6, 20

III. A. Sumo sacerdote a semejanza de Melquisedec 7, 1-28


III. B. Llegado a la perfección 8, 1 -9, 28
III. C. Causa de un estatuto eterno 10, 1-18

IV. A. La fe de los antiguos 11, 1-40


IV. B. La paciencia necesaria 12, 1-13
V. Enderezad los caminos 12, 14- 13, 21

I. La primera parte (1, 5- 2, 18), se centra en definir el “Nombre” de Cristo, que determina quién
es en relación a Dios (1, 5-14) y en relación a los hombres (2, 5- 18) y a los ángeles, a partir de lo cual
introduce la afirmación del sacerdocio de Cristo (2, 17), que empieza a desarrollar en la segunda parte.
II. La segunda parte (3, 1- 6, 20) muestra cuáles son los rasgos fundamentales de todo sacerdocio
y los aplica a Cristo: Cristo ha sido acreditado junto a Dios (3, 1-6), y es solidario de los hombres (4, 15-
5, 10): su posición es comparable a la de Moisés (3, 2) y Aarón (5, 4). Aquí el autor introduce una larga
exhortación a la fidelidad cristiana.
III. La tercera parte despliega en profundidad el punto anterior, ahondando en los rasgos del
sacerdocio de Cristo: es un sumo sacerdote como no ha habido hasta ahora (7, 1-28); su sacrificio
personal difiere profundamente de los ritos antiguos y ha abierto el acceso al verdadero santuario (8, 1-

18
9, 28); nos ha obtenido realmente el perdón de los pecados (10, 1-18). Por ello, este sacrificio pone fin
al antiguo sacerdocio, a la antigua Ley, a la antigua Alianza. Más importante que las anteriores, esta
tercera parte incluye una introducción (5, 11- 6, 20) y una conclusión (10, 19-39).
IV. Para orientar a los cristianos en el camino abierto por el sacrificio de Cristo, la cuarta parte (11,
1- 12, 13) insiste en dos aspectos fundamentales de la vida espiritual: la fe, a ejemplo de los antiguos
(11, 1-40) y la paciencia necesaria (12, 1-13).
V. La última parte (12, 14-13, 18) bosqueja un cuadro de la existencia cristiana, invitando a los
fieles a comprometerse resueltamente por el camino de la santidad y de la paz.

Pasamos ahora, dividiéndolo en apartados como hemos dicho, a actualizar, en forma de retiro,
este texto que queremos comprender, como si el autor nos dirigiera hoy esta explicación de su
homilía, densamente espiritual. Es conveniente, para comprender el sentido de lo que nos
quiere decir, leer antes las secciones que corresponden al comentario. Los números romanos
corresponden a las partes en que se divide el libro, y las citas entre paréntesis al fragmento
concreto que se explica. En cursiva pondremos la lectura existencial que el autor no explicita, o
bien una explicación más detallada.

Como siempre que hacemos un retiro, hemos de abrir el corazón a la Palabra de Dios que se
nos dirige. En este caso será preciso que redoblemos nuestra atención, porque la Palabra que
recibimos es densa, y solo nuestra actitud de profunda apertura puede responder
adecuadamente a su profundidad y a su potencia para iluminarnos.

3. 1. Presentación de Jesucristo, que está por encima de los ángeles

I. (1, 1-4) El mismo Dios que desde antiguo se ha dirigido a nuestros padres y ha sido desde el
principio esperado y anunciado por los profetas, hoy nos dirige su Palabra a nosotros. Pero no
se puede negar que somos más privilegiados que los antiguos, puesto que la Palabra que a
nosotros se nos ha dirigido es la Palabra eterna, el Hijo mismo de Dios, y en su Palabra todas
las cosas han sido llamadas a la existencia y que ha venido a habitar entre nosotros, que nos ha
rescatado del pecado y hoy vive glorificado junto al Padre, permaneciendo para siempre
elevado sobre todo lo que existe.
Este es el Señor al que nosotros, hermanos, adoramos: Cristo ha recibido la glorificación del
Padre y ha sido ensalzado sobre toda criatura, y merece para siempre la gloria sobre todo
nombre (1, 1-4).
Su nombre, la realidad que os he presentado en primer lugar, es su divinidad y su humanidad.
El sacerdocio del que aquí hablaremos es uno de los modos en que se manifiesta la
transformación radical operada por la salvación de Cristo.

Contempla lo que aquí se proclama: este Jesús que desde antiguo fue anunciado, y que se
reveló en el tiempo oportuno, es al que vamos a contemplar en este tiempo de adoración. El
que nos permite reconocer lo permanente en medio de lo transitorio, lo absolutamente santo
en medio de nuestra ambigua realidad, la salvación y la victoria de Dios en medio de nuestra

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realidad mezclada de pecado y de muerte. Esta Palabra eterna se ha pronunciado en el tiempo,
y se revela para nosotros, hoy y siempre, como victoria definitiva, creadora y redentora.
Esta primera palabra, de tono litúrgico, es el pórtico en el que se enmarca nuestra homilía que
cantará la victoria del Hijo e intentará actualizarla para nuestro hoy, en el que se manifiesta la
eternidad de Dios.
Para reconocerlo, pedimos el Espíritu que nos permitirá abrirnos a la realidad de Dios que solo
se conoce por la fe.

(1, 5 -2, 18) Comenzamos por ello presentando a Cristo. Los textos del AT que hemos escogido
presentan en primer lugar el origen divino de Jesús, prefigurado en las Escrituras santas que
hablaban de él sin saberlo, y se nos ha desvelado en la plenitud de los tiempos, en Cristo.
Después de mostrar su origen divino, nos acercamos a contemplar a Jesús según su origen
humano, y el plan de salvación que el Padre ha realizado en él para nuestra salvación. Así, si
nosotros queremos vivir y no extraviarnos, nuestra única esperanza es esta salvación que se
nos ha anunciado en Jesús: si miras al pasado, como hombre o mujer sabia y libre que quieres
ser, verás que no es otra cosa lo que nos anunciaron los antiguos, y que todos los signos,
prodigios y obras de poder realizadas en el pasado, tenían como objetivo esta revelación de
Dios. Asimismo, verás que las referencias de la Escritura a los ángeles, emisarios de lo divino,
se entienden también en relación a Jesús, a quien sirven y adoran.
Contempla, en primer lugar cómo a este Jesús, el Hijo de Dios, se le reconoce en esta
revelación de la Escritura que le presenta como Señor, sentado junto a Dios. Desde esa
dignidad excelsa, acércate en un segundo momento a su encarnación, a su vida humana y al
modo como Dios ha querido perfeccionarlo hasta llegar a esta victoria que ahora proclamamos
y que se nos propone como camino de salvación. Igual me dices que esta salvación ahora no se
ve, pues no se ve, como dice el salmo (8, 7), que le estén sometidas todas las cosas. Sin
embargo, y aunque no se vea, sí puedes reconocer, por la fe, la glorificación eterna de Cristo.
Emplea, por tanto, tu mucha o poca fe para abrirte a contemplar lo que aquí estamos diciendo.
El camino para dicha glorificación ha sido, y nunca acabaremos de admirarnos, la humillación
del Hijo: el Padre, que nos ha llamado a todos nosotros también a la gloria, consideró
necesario “elevar por los sufrimientos” al que nos iba a conducir a la salvación. Es inaudito, sin
duda, que Dios quiera llamarnos a su gloria. Pero lo es mucho más que para ello pruebe al Hijo.
Ya ves hasta qué punto lo ha hecho carne de nuestra carne, hasta qué punto nos hace
proceder, a Él y a nosotros, de un origen común en Dios por el que quedamos unidos al mismo
Cristo como hermanos. Por esa semejanza con nosotros, por su solidaridad con nuestros
sufrimientos y pruebas, porque él sabe –con mucha más hondura que nosotros- lo que es estar
en la prueba, nos ha rescatado.
Así, contemplando al Hijo de Dios, que se ha hecho hombre por nosotros, nos acercamos en
primer lugar a Cristo, que ha venido a salvarnos: haciéndose uno de nosotros en el

20
sufrimiento, consintiendo en la purificación por la que Dios iba a perfeccionarlo, nos ha traído
a todos la salvación.
¿Te preguntas, aún, cuál es el nombre de Cristo?

Estamos hablando, como ves, de realidades que te superan. Si quieres actuar como un ser
humano lleno de sabiduría, es preciso que escuches la enseñanza de los antiguos, que nos han
transmitido la sabiduría que ellos recibieron. Una enseñanza que es superior a la revelada a los
ángeles y que ha sido avalada hasta nuestros días con milagros, signos y prodigios. Por el
contrario, sería locura despreciar una salvación que nos garantizan los que la han oído, una
salvación avalada por Dios. La humanidad a la que queremos acceder no es necia, sino sabia.
Puede que me rebatas diciendo que tú no ves que a Cristo -que ha vivido entre nosotros como
hombre y que se ha humillado hasta hacerse, como un hombre cualquiera, un poco inferior a
los ángeles-, le estén sometidas todas las cosas. Y te voy a dar para demostrarlo una prueba
que solo entiende la fe: al que ha padecido y muerto lo vemos ahora coronado de gloria y
honor. Esto te exige conducirte en clave de fe, pero si tienes fe, un don absolutamente divino,
¿no será para vivir desde ella, dejándote conducir por la fe en Jesús de modo radical? El que lo
humano natural no lo vea, el que no lo veas tú cuando miras así, no dice nada en contra de la
fe. Dice más bien que, sin fe, no se ve. Ahora bien, con la fe, ¿no se nos revelan cosas
magníficas, este sufrimiento y esta muerte en las que Jesús ha consentido para salvarnos?
Como verás, no estamos hablando de realidades que sean ajenas a la tuya: Dios se ha
manifestado en su Hijo, y su Hijo ha pasado por la prueba como tú, porque valoraba más la
obediencia y la fidelidad al Padre que su propio sufrimiento. Y el que haga esto siendo uno de
nosotros, dice que lo hace para nosotros, por nosotros, no a favor de los ángeles 11. Esta prueba
por la que ha pasado Jesús, que se nos revela como salvación, la ha padecido para salvarte a ti.
Tu vida se ve, en adelante, confrontada con este gran amor de Dios por nosotros, y en Jesús se
nos ha presentado al “cabeza de fila” de la nueva humanidad que estamos llamados a vivir, la
que se inicia y se realiza en Jesús.
En adelante, todo: tus sufrimientos, tus alegrías, tu modo de estar en el mundo en general, ha
de tener la forma del Hijo, en quien nuestra existencia toda, toda la vida del mundo ha sido
rescatada. Este anuncio tiene, por tanto, la urgencia, la intensidad y el amor que la obediencia
del Hijo ha venido a dar a nuestras vidas.

3.2. Las notas que definen a un Sumo Sacerdote: digno de crédito ante Dios y
misericordioso

II. (3, 1- 4, 14) Nos situamos de nuevo en el AT para contemplar desde él a Jesús, que se nos
presenta ahora como sumo sacerdote de nuestra fe, que se ha revelado digno de crédito ante

11
La cosmovisión en la que se mueve el autor no es la misma que la nuestra: en su tiempo, tiene más
importancia la jerarquía angélica que el ser humano, y los seres humanos reconocen a los ángeles como
superiores a ellos. Así puedes comprender la insistencia del autor de Heb en que Jesús se haya hecho
“un poco inferior a los ángeles” (2, 7), que la salvación de Jesús no venga en auxilio de los ángeles (2,
16), o que Jesús tenga su origen por encima de los ángeles (1, 7) o que después de su exaltación haya
venido a ser tanto mayor que los ángeles (1, 4). Podemos así entender cómo expresa el autor la
humillación de Cristo, así como el estupor que le produce que el ser humano haya sido escogido por
encima de los ángeles.

21
Dios. Moisés, nos dice la Escritura, se ha revelado digno de crédito al llevar a cabo la misión
que Dios le había encomendado. Y si Moisés, siendo un servidor de la casa que es la obra
creadora de Dios se ha mostrado digno de crédito, ¿cuánto más Jesús, que ha respondido a
Dios no como servidor, sino como hijo? Esta casa que el Hijo ha rescatado somos también
nosotros en la medida en que, por la fe, mantengamos la confianza y el júbilo que proporciona
la esperanza. Como veremos, hermanos, es la fe la que nos abre a vivir de las acciones que
Dios ha realizado en Cristo, y de las promesas que se nos abren por su salvación.
Pues Jesús es mucho más que Moisés, porque Moisés era solo un intermediario, y en Jesús es
el mismo Dios quien nos salva. Por eso, nuestra salvación consiste en esta cercanía de Dios,
revelado en Jesús, que en su redención más que nunca manifiesta su señorío, y nuestra
solidaridad se hace patente cuando nos exhortamos y nos ayudamos unos a otros. Y así como
os decía antes que el ejemplo de los antiguos nos exhorta a creer, también el pasado nos trae
el ejemplo de los que, olvidando a Dios, han desviado su camino y perdido la vida. Lo que los
antiguos nos enseñan a este respecto es que el escuchar la voz de Dios requiere nuestra
respuesta de fe, y que el rechazo de Dios nos separa del camino de la vida.
Quizá a veces piensas que hay otro camino, otra vida u otro lugar al que mirar. Por eso el
ejemplo de los antepasados te enseña que solo Dios es camino, y que el que no cree en él se
desvía: como ocurría a los israelitas conducidos por Moisés 12 (Núm 14, 32-33), nuestra
esperanza de salvación está en Jesucristo. Es Jesús quien nos ha abierto el camino de la vida,
su plenitud y sus promesas: puedes creer y entrar en el descanso de Dios (4, 3), o puedes
negarte a creer y ser excluido. Se nos invita a entrar en el descanso de Dios. ¿Cómo entramos
al descanso de Dios? Escuchando su Palabra y respondiendo a ella por la fe. Tenemos el
ejemplo de los que nos precedieron: los que escuchan y creen, se salvan. Los que desconfían y
abandonan después de haberlo conocido, los rebeldes, los desobedientes, esos no entran en el
descanso de Dios. Los que creen, los que permanecen fieles en medio de la prueba, esos
conocen al fin el descanso de Dios. La vida, a partir de Jesús, se vive de otra manera: están los
que creen y están los que no creen. Los que creen se salvan al entrar en el descanso de Dios.
Los que no creen reciben el castigo que ya anunciaba el AT (Sal 95, 7-11): ¡No entrarán en mi
descanso!
El descanso de Dios… ¿a qué te suena ese descanso? Al Génesis, me dirás seguramente,
cuando Dios descansó después de su obra creadora. Es verdad, y nos conecta con la verdad
pronunciada desde el principio. Entendemos bien ese descanso que es la terminación, bien
hecha, del trabajo realizado. A nivel humano, qué resonancias tan hondas tiene en nosotras,
en esta época estresada que vivimos, la llamada a descansar. Para nosotros, el descanso es,
como se dice aquí, la terminación de los trabajos, con lo que ello implica de logro y
celebración. Pero el descanso de Dios nos ofrece mucho más: no es un descanso solamente
temporal, sino eterno: entrar en el descanso de Dios se nos revela como el regalo y el descanso
definitivo. Si el descanso que conocemos promete tanto, ¿qué será entrar en el descanso de
Dios?
Como todas las realidades escatológicas, el descanso de Dios empezamos a saborearlo ya aquí.
El hoy de Dios para los que creen nos ofrece, ya en esta vida, una experiencia de ese descanso

12
¿Por qué hemos comparado a Jesús con Moisés y no con el sumo sacerdote Aarón? Porque estamos
comparando el modo de servir a Dios de Moisés y la obediencia a Dios de Jesús. En línea de sacerdocio,
se comparará a Jesús con Melquisedec y no con la tribu de Leví, por los motivos que ya hemos explicado
más arriba.

22
que será la plenitud: descansar para siempre de nuestros trabajos, como Dios descansa de los
suyos. Queremos decir con esto que somos imagen de Dios y vivimos por la semejanza con él.
Y fíjate también en esto otro que te decía: entramos al descanso de Dios por la fe en su
Palabra. Es lo mismo que decir que los que creen, es en la Palabra de Dios en la que creen. Los
que dudan, es de la Palabra de Dios de la que dudan. Y la Palabra se nos ha manifestado en el
Hijo, que ha atravesado los cielos por su obediencia. Este es nuestro modelo para vivir, el
centro de lo real. Desde Él se juzga también lo pasado, como lo presente. Aquellos de
entonces, como nosotros hoy, nos jugamos la vida en esta cuestión: la firmeza de la fe con que
respondemos a la Palabra de Dios.
Seguramente te preguntarás qué es esto que digo de sumo sacerdote misericordioso y digno
de crédito. La doctrina que iba exponiendo la conocías, pero esto último no. Paso ahora a
hablarte de ello.
En cuanto a por qué lo hago, por qué añado un elemento que no conoces por la tradición…
quisiera que a ti, que conoces tan bien la doctrina de Jesucristo y crees en ella, se te volviera a
hacer patente que ella es la única capaz de dar vida y sentido a tu vida. Quisiera, al iluminarte
con este nuevo aspecto, que se te hiciera de nuevo elocuente toda la novedad y toda la
riqueza de la salvación de Jesús, en quien se nos ha hecho visible la plenitud de la historia, tal
como ahora veremos.

Reconoce que es sabio mirar a la experiencia de los antiguos, ver quién ha acertado en la vida y
por qué lo ha hecho, y quién ha fracasado en ella y por qué ha sucedido, para aprender de lo
importante, en lo que se nos juega la vida.
Y resulta que lo importante es responder o no a la Palabra de Dios que se revela en la historia.
Todo en nosotros, lo veamos o no, es respuesta a esta Palabra, que, a su vez, dice de nosotros
la posibilidad última: salvación o condena que se pronuncia para nuestra vida bajo la luz de la
Palabra que discierne y juzga. Nuestra vida se juega a la luz de esta fe que decíamos en el
punto anterior que es lo central de la nuestra vida. Nuestra vida se juega en el sí o el no que le
decimos a Dios. Puedes haberle “conocido” toda la vida, como pasaba a muchos de aquellos
israelitas y como nos pasa a los que hoy estamos leyendo esta Palabra. Pero nuestro sí o
nuestro no son conocidos y juzgados por esta Palabra que discierne los pensamientos y las
intenciones del corazón, y para ella no hay nada oculto.
Los antiguos son figura de la humanidad que se juega la vida en respuesta a una Palabra de
Dios, como Moisés guiando al pueblo es figura de Jesús, el Salvador definitivo. Por eso
nosotros, más aún que ellos, pues hemos conocido al que aquellos tiempos anunciaban, somos
llamados a responder por la fe a la revelación que en él se nos ha manifestado.
Esta es la cuestión en la que se pone en juego la vida: creer o rechazar al que nos ha traído la
vida.

(4, 15 – 5, 10) He empezado esta parte, retomando así la anterior, diciéndoos que Jesús es
sumo sacerdote de nuestra fe. Llegamos de este modo al núcleo de nuestra argumentación:

23
Cristo, el Hijo de Dios que se ha hecho hombre por nuestra salvación, ha asumido lo humano al
encarnarse, perfeccionándolo, como verás que ha sucedido en relación al sacerdocio judío que
ahora contemplamos.
Como verás, manejo a la vez dos órdenes de realidad, dos eones que se unifican en Cristo: está
el orden temporal y pasajero, está el que es futuro y eterno. En Cristo hecho hombre se revela
la verdad de ambos órdenes de realidad.
Aquí venimos a comparar la institución sacerdotal en el AT con el sacerdocio definitivo que se
inaugura en Cristo. Vamos a ir comparando las cualidades del sumo sacerdote y el modo como
se realizan en Cristo, para contemplar, a partir de nuestra realidad natural, la culminación que
se da en Él.
- Se nos dice primero que todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y
puesto al servicio de Dios en favor de los hombres, a fin de ofrecer oblaciones y sacrificios por
los pecados. Contempla ahora cómo Cristo se ha hecho uno de nosotros hasta experimentar
todas nuestras flaquezas, excepto el pecado.
- Del sumo sacerdote se nos dice que sabe ser comprensivo con los ignorantes y los
extraviados, ya que él está lleno de flaquezas. Vemos cómo Jesús, porque ha experimentado
nuestras flaquezas, puede ahora comprenderlas enteramente y compadecerse de ellas con
una plenitud que supera a la de cualquier sumo sacerdote. La diferencia en este punto está en
que el sumo sacerdote, a causa de dichas flaquezas, debe ofrecer sacrificios por los pecados
propios, a la vez que por los del pueblo. Es decir, todo sumo sacerdote 13 debe ser
profundamente solidario con el pueblo, porque proviene de él. La diferencia está en que Jesús
se ha entregado enteramente por nosotros, porque él no tenía pecado alguno que expiar. Así,
su salvación, pues su entrega ha sido gracia y obediencia absoluta, nos da acceso al trono de la
gracia: solo el que, siendo como nosotros, no tiene pecado, puede rescatarnos para siempre
del pecado. Asimismo su trono deja de ser así un lugar al que resulta peligroso acercarse (cf. Is
6, 1-5; Ex 19, 21), porque ahora es el trono de la gracia (4, 16), lugar de compasión donde
acoge nuestra debilidad.

Decíamos en el apartado anterior que Jesús ha sido hallado digno de crédito ante Dios de
modo sobreabundante (cf. 3, 6). Y al comienzo veíamos que se ha encarnado, y en su
encarnación ha sido perfeccionado por Dios (cf. 2, 10). No bastaría con que se diera una de
ambas cualidades: si fuera digno de crédito ante Dios pero no estuviese unido a los hombres,
no podría ser considerado sacerdote; y aunque fuera sumamente compasivo con los hombres,
si no es digno de crédito ante Dios, no puede representarlos. Por tanto, solamente podemos
llamar sacerdote a aquel que está a la vez vinculado por naturaleza a los hombres y es digno
de crédito ante Dios.
De este modo leemos, en este escrito a los Hebreos en el que ahora profundizamos, el
principio de la encarnación que es un elemento clave de nuestra fe.

13
Aunque esto no fuera, de hecho, así en los sacerdotes humanos: en vez de la compasión y la
misericordia como condiciones del sacerdocio, se exigía más bien la severidad con los pecados y la
prohibición de todo compromiso con ellos (Ex 32, 25-29; Núm 25, 6-13). Asimismo, el camino del
llamado por Dios no se expresaba como humildad, sino que se subrayaba la extraordinaria dignidad del
elegido (Sir 45, 6-13; 50, 5- 11), que se consideraba como la cima de las aspiraciones humanas. Y esto,
precisamente por causa del pecado, porque la Escritura encarecía este camino de solidaridad (Núm 16-
17).

24
Si continuamos contemplando las notas que caracterizan al sumo sacerdote, seguiremos
reconociendo los dos eones que, en Cristo, definen en adelante nuestra realidad:

- Otra nota que caracteriza al que llega a ser sumo sacerdote es que no se atribuye a sí
mismo esta función, sino que ha de ser llamado por Dios. Jesús ha sido, efectivamente,
llamado por Dios, su Padre (5, 5) a ser sumo sacerdote y no se ha glorificado a sí mismo: Tú
eres sacerdote para siempre igual que Melquisedec (5, 6). Igual que cualquier otro ser humano,
se pone en camino a partir de una llamada de Dios. La diferencia está en que su sacerdocio no
deriva de tradición humana o religiosa alguna, como ocurría en el caso del sacerdocio levítico,
sino que arranca del mismo Dios, como reconocemos por la referencia a Melquisedec (pp. 11-
12). Y así como los sacerdotes humanos, por ser pecadores, se pueden apropiar la gloria que
solo corresponde a Dios, el Hijo se ha hecho pura obediencia, y su obediencia perfecta nos ha
traído la salvación.
- El modo como nos ha traído la salvación es haciéndose, él mismo que no tiene pecado,
ofrenda perfecta por nuestros pecados: el mismo Cristo, en los días de su vida mortal presentó
oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte… y
aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer (5, 7-9). En su obediencia perfecta,
el Hijo asume el sentido del sacerdocio humano y lo eleva a una altura tal que transforma las
oraciones y súplicas –pasajeras y caducas- del sumo sacerdote, en un sacrificio de amor de
validez eterna y universal.
- Ahora bien, puesto que una función del sumo sacerdote es la de ofrecer oblaciones y
sacrificios por los pecados, Jesús la cumple enteramente: no ofrece oblaciones y sacrificios
externos y caducos, sino que su mismo sufrimiento es porque asume nuestro pecado, es su
misma vida lo que ofrece, y esto que cambia radical y profundamente el sentido de la ofrenda
y de la oración sacerdotal. Cambia también la actitud del sumo sacerdote, puesto que este
papel de intermediario no es una pura mediación, sino que se hace a sí mismo ofrenda, suplica
con actitud reverente y consiente en el sufrimiento que padece: la plegaria de Cristo en la
agonía es pura obediencia al Padre, que le une a él y manifiesta, en el lugar del pecado que es
ruptura con Dios, la comunión absoluta con él.
- Por todo esto fue escuchado: el Padre escucha al Hijo, el Hijo obedece al Padre, que se
glorifican así mutuamente y en cuyo misterio se realiza la única ofrenda pura, perfecta, que
obtiene la salvación: Alcanzada así la perfección, se hizo causa de salvación para todos los que
le obedecen, y ha sido proclamado por Dios sumo sacerdote igual que Melquisedec. Si los
sumos sacerdotes humanos, que son pecadores, que ofrecen sacrificios caducos y que se
apropian la gloria de la llamada, son, con todo, escuchados por Dios, ¿de qué modo definitivo y
total escuchará el Padre a Cristo así hecho sacerdote por nosotros?
- Como acabamos de decir, la ofrenda de Cristo, entregado por nosotros, le revela como el
sumo sacerdote perfecto, el perfecto mediador. Así también, alcanza la perfección en su
relación con Dios (la obediencia perfecta) y en su relación con los hombres (intercesión
misericordiosa). Esto le hace, para siempre, de modo sustancial, sumo sacerdote definitivo.
- Tan absolutamente única y central es esta salvación, que se convierte en medio definitivo
de salvación para todos los que, como él, obedecen. Y llama a los que creen a interceder por
sus hermanos, viviendo en Cristo, de este mismo modo sacerdotal. Todos los que creen en
Jesús están llamados a perpetuar en su vida la salvación de Jesús.

25
Puedes comparar ahora el sacerdocio natural y el sacerdocio según Jesús. Jesús plenifica
radicalmente el sacerdocio natural en sus aspectos esenciales: llamada de Dios, entrega a los
hombres. De este modo se realiza el principio axiomático y hermenéutico al que nos referimos
constantemente: Cristo es el centro de todo, la plenitud de todo lo creado. Sin duda que el
sacerdocio y el culto han cumplido una misión necesaria y valiosa a lo largo de los siglos. Sin
embargo, sus deficiencias, que tienen como causa el pecado, hacían que fuera imperfecta la
purificación que pretendía. En la plenitud de los tiempos, Cristo vence al pecado y transforma
en sí toda la realidad: de lugar de pecado y de muerte en ocasión de vida definitiva. Todo pasa
por él.

Del sumo sacerdote reconocemos dos notas: la autoridad, que le viene de la llamada de Dios, y
la compasión, que le capacita para hacerse cargo de las debilidades y flaquezas humanas. Si
contemplamos estas características en la clave teologal que aparece en primer plano, llegamos
a la misma afirmación del punto anterior: todo lo que somos y hemos recibido nos viene de
Dios.

Si las contemplamos en clave existencial según Jesús nos encontramos con un sumo sacerdote
que, porque él mismo obedece a Dios y le está sometido, no desea otra cosa que conducirnos a
él. Y porque nos ama hasta el punto de llamarnos hermanos, lleva hasta el extremo la
solidaridad con nuestras flaquezas, cargándolas sobre sí: se nos revela de este modo que este
es el sentido radical, auténtico, de la solidaridad, de la compasión, del sacerdocio y de toda
mediación… y solo podemos vivirla por la fe en Jesús.

Uniendo estas dos notas, vemos que la obediencia absoluta de Jesús al Padre le lleva, mucho
más que a Moisés (Ex 32, 32), a asumir nuestros sufrimientos cargándolos sobre sí, para
llevarnos a Dios. Si su compasión, como decíamos al principio, no fuera vinculación radical a
Dios, no nos salvaría de nada. Este hombre que así ama, obedece y se entrega absolutamente
a Dios. Lo que desea para nosotros es hacernos capaces, como él, de obedecer y amar a Dios.
Por eso ahora es, por su obediencia, causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.

Jesús gustó la muerte… esta actitud revela un modo existencial creyente de vivir que realiza de
una vez la experiencia… y la apura. Jesús se entrega desprotegidamente a la experiencia que
es voluntad del Padre, que se revela así salvadora. Esta revelación de humanidad teologal de la
existencia, que consuma el tiempo y salva, encuentra su correlato en la eternidad.

Desde esta revelación de la realidad asumida por Cristo entendemos más plenamente lo que
ha de ser en adelante nuestra vida: Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, a
fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia de un socorro oportuno.

Contempla asimismo, no solamente aquí, sino en toda la carta, lo que hemos dicho de que las
palabras de la Escritura están desde siempre referidas a Jesús, y encuentran en él su pleno
sentido, o por decir mejor: él revelan la plena capacidad de las realidades que estaban ya
presentes entre nosotros, esperando su plenitud.

26
Una lectura psicoanalítica

Confesar a Dios como Padre significa reconocerle con un modo de paternidad cuyos parámetros los
encontramos tan solo en las relaciones paterno-filiales de Jesús con su Dios. Siendo su relación al Padre
única y exclusiva, vivió, sin embargo, la filiación como el último de sus hermanos. Superior a los ángeles
y sometida a él toda la creación, santo, inocente e inmaculado fue, sin embargo, probado en todo igual
que nosotros, ofreció oraciones y súplicas, a gritos y con lágrimas, al que podía salvarlo de la muerte. Y
fue escuchado por Dios, pero aunque era Hijo, aprendió sufriendo lo que cuesta obedecer (Heb. 5, 7-8).
Getsemaní y el Calvario figuran así como la victoria suprema de esa tentación permanente que a todos
nos acecha del... y seréis como dioses. Porque la relación con Dios se establece, no en el plano de una
identificación imaginaria, sino desde la identificación simbólica, que reconoce y acepta la diferencia.
Su filiación no liberó a Jesús de su propia responsabilidad, de su duda ni de la tentación, de la soledad
ni de la angustia, de la frustración ni de la ignorancia, ni de lo que, sin duda, es más relevante y
significativo, no lo liberó del silencio de Dios, del sentimiento de abandono, ni de la muerte. Solo así,
muriendo como el "abandonado de Dios", fue llevado a la plenitud del Hijo. Es cierto -como afirma C.
Geffré- que hay que ir a una teología de la cruz, si de verdad queremos que brille la novedad que hay en
el modo en el que Dios es Padre. Solo desde ahí podremos comprender que apelar a la paternidad de
Dios no nos exime de asumir nuestra contingencia, nuestra fragilidad y nuestra finitud, y que, de
ninguna manera, esa filiación podrá convertirse en una estratagema para zafarse de ella, mediante una
cuestionable identificación con lo divino.
Pero ese modo, además, de referirnos a un Dios Padre desbanca estrepitosamente la representación
del Padre Imaginario todopoderoso que todos creamos en nuestra infancia. No encontramos en Jesús
crucificado el Dios poder que se impone, sino el Dios amor que se expone a la mayor de las debilidades,
porque el amor -todos lo sabemos desde nuestra más profunda experiencia- significa admitir la
posibilidad de verse rechazado y de verse sumergido en la mayor de las impotencias. Solo en el poder
inerme del amor -según la bella expresión de Dorotea Sölle- Dios manifiesta su fuerza.
La paternidad de Dios, tal como se manifiesta en Jesús, posee además otro elemento de carácter
auténticamente subversivo. Esa paternidad, esa única paternidad de Dios, nos libera de inmediato de
cualquier otra paternidad sobre la tierra. El Dios Padre de Jesús le hizo libre, efectivamente, de
cualquier otro lazo parental, incluido el de su propia familia terrena. Como lo supo expresar la
psicoanalista Françoise Dolto, ya el Jesús adolescente perdido en el Templo supo "castrar" el deseo
posesivo natural de sus padres, para manifestar su única dependencia: la del Padre del cielo. Relación
absoluta que, por ello mismo, pone en cuestión cualquier instancia de autoridad paterna. Su madre y
sus hermanos son, los que, como él, escuchan y son fieles al único Padre del cielo (Mc. 3, 31-35 par; Mt.
12, 46-50; Lc. 8, 19-21).
Domínguez Morano, Experiencia cristiana y psicoanálisis, pp. 72-73

(5, 11- 6, 20) En este punto, hermanos queridos, quiero exhortaros a volver al Señor que así
nos ha amado. Me causa dolor ver de qué modo remiso y cicatero le seguís, resistiéndoos a
dejaros llevar por él adonde las promesas de Dios nos conducen. Digo esto porque, a pesar del
tiempo que llevamos desde que empezasteis a creer, seguís anclados en un infantilismo que
requeriría que os siguiera hablando como a niños, pues en este saber de Dios no podéis crecer
mientras mantengáis estas actitudes. Hacéis buenas obras, sí, y amáis al Señor, pero no del
modo que sería deseable, a la luz de lo que él ha sembrado en vosotros desde el comienzo.

27
Quiero por ello poner ante vuestros ojos la radicalidad de lo que está en juego, hermanos:
vuestra salvación. No es tiempo ya de repetiros, como al principio, los rudimentos de nuestra
fe cristiana, sino que es hora de entregarse a la vida de los cristianos adultos, los que viven al
servicio pleno de Dios, según la gracia recibida. Quienes, habiendo tenido experiencia de esta
vida de Dios, porque fueron una vez iluminados, saborearon el don celestial, participaron del
Espíritu santo, saborearon la excelencia de la Palabra de Dios y las maravillas del mundo
futuro, la rechazan o la olvidan, es imposible que se renueven por la conversión, pues han
dudado del Espíritu Santo (cf. Mc 3, 28). Quiero deciros esto, hermanos, para despertaros a la
seriedad de lo que tenemos entre manos.

Lo único que importa de verdad en nuestra vida, hermanos, es la salvación definitiva. Por
tanto, lejos de negar los dones recibidos, abriros a ellos desde lo que hasta ahora ha sido
vuestra vida de respuesta a Dios: vuestras buenas obras y el amor a su nombre. Desde esta
vida de Dios que ya se ha realizado en vosotros, abriros al más de Dios siguiendo el ejemplo de
aquellos hermanos que nos han precedido y que, habiendo vivido unidos a Dios por la fe y la
perseverancia, son ya herederos de las promesas divinas.

Y hay más aún, y mucho más grande: ojalá no sea el temor a la condena, ni primeramente el
deseo de la propia salvación; que no sea ante todo el ejemplo de los que nos han precedido lo
que primeramente debe moveros a la conversión, sino la fe en que la promesa de Dios es
inquebrantable, y él nos prometió hacernos herederos suyos, comprometiéndose a sí mismo
en esa promesa. Fiel es Dios que así se ha comprometido, y nuestra vida debe orientarse en
respuesta a sus promesas y a su juramento. Y Jesús, el Hijo, que ha penetrado en el santuario,
nos ha abierto el camino definitivo para vivir de esta fe y de esta esperanza.

Como ves, las verdades teológicas que os voy presentando no pretenden “ilustrar” vuestra
inteligencia, sino moveros a piedad. Las verdades que se nos han regalado son amor y vida, y la
experiencia que hemos tenido de ellas es poderosa para transformar nuestra vida y orientarla
según la salvación que Dios ha realizado en Cristo. La piedad no es, por tanto, como a veces
hemos podido pensar, una actitud sentimental y superficial por la que algunos se orientan
naturalmente hacia Dios, sino que la piedad que os estoy mostrando es la que resulta no del
“saber” los principios de nuestra fe, sino del “haber experimentado” a Dios en nuestra vida, y
orientar, en consecuencia, toda la vida en orden a esta revelación que es lo único que, en
verdad, vale más que la vida (cf. Sal 63, 3).

3. 3. Profundizando en el sacerdocio de Cristo

III. (7, 1-28) Me había referido anteriormente a que nadie puede ser sumo sacerdote sino
aquel a quien Dios llama; a partir de ahí, decía que Jesús había sido llamado por Dios al ser
sumo sacerdote lo mismo que Aarón (cf 5, 4-5). Sin embargo, no estaríamos siendo precisos si
dejáramos así las cosas: es verdad que Jesús ha sido llamado por Dios, pero lo ha sido de un
modo muy superior al sacerdocio de Aarón. De hecho, su sacerdocio no se deriva del

28
sacerdocio levítico, sino que es Melquisedec la figura que anticipa su sacerdocio. Vamos a
detenernos en este hecho, del que arrancan numerosas enseñanzas.

Si vamos a Gn 14, 18-20, verás que allí se presenta a Melquisedec como sacerdote, sin
mencionar para ello ni padre, ni madre, ni genealogía. Al hacerlo así se quiere evocar la figura
de un sacerdote que participa de la eternidad divina y es sacerdote para siempre. Si
Melquisedec es un sacerdote tal, se encuentra en situación de superioridad respecto de
Abrahán y sin duda, en situación de superioridad respecto a los sacerdotes judíos,
descendientes de Abrahán y de los que Abrahán es cabeza. Y fíjate adónde llegamos con esto:
al afirmarlo así queda relativizado el sacerdocio levítico, al mostrar que antes incluso del
sacerdocio de Leví, la Biblia ya nos había mostrado a un sacerdote distinto y superior, figura de
Cristo. Lo que queremos es acercarnos a Cristo, sí: y así lo hacemos ahora mostrando en qué
relación se encuentra el culto antiguo respecto a él.

En cuanto al propio Melquisedec, el Salmo 110, 4, al decirnos de Cristo: Tú eres sacerdote para
siempre igual que Melquisedec, nos indica cómo este sacerdocio perpetuo es superior y resitúa
el sacerdocio levítico, designado así como provisional e imperfecto en el salmo. La muerte de
los sacerdotes levíticos es signo del carácter transitorio de la institución; la perennidad de
Melquisedec, y más plenamente de Cristo, nos indica también otro aspecto de su salvación:
puede perpetuamente salvar a los que por su medio se acercan a Dios, ya que está siempre
vivo para interceder por ellos. Lo que igual no sabes es que en el AT, los ritos que conferían el
sacerdocio y que nosotros llamamos “consagración” eran entonces llamados
“perfeccionamiento” (=acción que da la perfección), para expresar que dicho rito tiene que
perfeccionar al que recibe dicha consagración. Sabemos también que aquellos ritos no
perfeccionaban a los sacerdotes antiguos, sometidos al pecado e incapaces de vencerlo con
sus ritos y sacrificios (el Yom Kippur, Día del Perdón, se repetía y se repite cada año). Ya hemos
visto, en cambio, quién obtiene la perfección y por qué camino de obediencia la alcanza para
todos. Es así que, mientras no había aparecido Cristo, la ley era el camino de una esperanza
mejor, pero era aún esta salvación definitiva. Pero una vez que aparece Cristo, el orden
anterior queda abolido como inútil, porque el culto que realizaba, impotente y caduco, ha
encontrado su plenitud y perfección en Cristo, a quien todo se refiere en adelante.

En Jesús, Dios ha suscitado un sacerdocio nuevo, eterno, que realiza por la obediencia de Jesús
y por la glorificación de su resurrección. Como se decía de Melquisedec, Jesús viene de Dios. Su
sacerdocio no es institucional: no pertenece a la tribu de Leví, sino a la de Judá, que no tiene
nada que ver con el sacerdocio. Como ya hemos dicho, Jesús es el Hijo, y ha sido su obediencia
a Dios, y no su origen sacerdotal el que ha obtenido la purificación. Ha sido por medio de su
obediencia (por su sangre), como es llevado por Dios a la perfección eterna. Llegamos así a la
misma conclusión a la que ya había llegado Pablo, ahora desde otra perspectiva: la ley no ha
llevado nada a la perfección; únicamente es la puerta de una esperanza mejor, por la que nos
acercamos a Dios.

Cristo, hecho hombre, tiene su origen en el mismo Dios. Es por su vinculación con Dios, por su
obediencia y su sufrimiento, como ya hemos visto (cf. 5, 7-10), por lo que ha sido proclamado
por Dios sumo sacerdote, igual que Melquisedec. Asimismo, Dios, de quien veíamos que se ha

29
comprometido con nosotros con juramento (cf. 6, 13.17) para subrayar de este modo sus
promesas, se ha pronunciado en relación al sacerdocio de Cristo –lo que no había hecho con
los descendientes de Leví-, en el mismo Salmo (110): El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
Tú eres sacerdote para siempre.

De nuevo se contraponen aquí los dos órdenes a los que ya nos hemos referido: está el
sacerdocio levítico, y está el sacerdocio bautismal y ministerial cristiano. Del sacerdocio levítico
hemos visto que era caduco, porque la muerte les impedía permanecer. Por el contrario, el
sacerdocio de Cristo permanece para siempre, y por eso también puede perpetuamente salvar
a los que por su medio se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos (7,
25).
Por lo que acabamos de decir quedan también igualados –en cuanto a lo humano- el
sacerdocio levítico, así revelado en su impotencia y debilidad, y el sacerdocio cristiano,
bautismal y ministerial, puesto que ambos se manifiestan en personas que están sometidas a
la muerte. A la vez, entre el sacerdocio levítico y el sacerdocio cristiano hay una enorme
diferencia (ruptura): el sacerdocio levítico ha sido una institución que se apoyaba en la ley,
revelada caduca. En cambio, el sacerdocio cristiano se apoya en Cristo, sumo sacerdote eterno
que puede salvar para siempre a los que acuden a él. De tal manera que el sacerdocio cristiano
–bautismal y/o ministerial- se fundamenta en Cristo y recibe de él su consistencia. Si se
fundamenta en sí mismo –esto es, si se apropia la gloria de este sacerdocio (cf. 5, 5),
manifiesta su pecado y su incapacidad de salvar; si se fundamenta en Cristo, participa de su
eternidad y de su poder de salvación, pues el cristiano/a que así vive intercediendo al modo de
Jesús, manifiesta y realiza en su vida la potencia salvadora de Jesús.

Su sacerdocio manifiesta las características de su vida humana obediente, de su filiación divina.


Por eso, este sumo sacerdote definitivo es lo contrario que los sacerdotes sometidos al
pecado. Es el sumo sacerdote que nos hacía falta: santo, inocente, inmaculado, separado de
los pecadores y más sublime que los cielos. En él se nos ha revelado la salvación definitiva para
todos aquellos que se acercan a Dios por su medio, pues vive siempre, y vive como sumo
sacerdote, para interceder por los pecadores.

Así, esta comunión con Cristo radicaliza la ruptura salvadora que está llamada a ser en
adelante nuestra vida: habiendo rechazado el pecado, somos llamados a vivir arraigad@s en
Cristo, y este arraigo salvador hace que nuestra vida, que por sí misma es caduca y está
sometida al pecado, pase a participar de la gracia de Cristo, de tal manera que, por la unión
con él, nosotros también vivimos para interceder por los hermanos.

Las tradiciones antiguas resultan igualmente caducas, por las cuales el sumo sacerdote se
apropiaba de la gloria que había recibido de Dios y solo a él le pertenece, pues así manifestaba
su pecado. A partir de la salvación en Cristo, la vida se configura desde la unión con él, desde
su obediencia: el sacerdocio bautismal nos configura según la muerte y la resurrección de
Cristo, y por él somos llamados a interceder en favor de nuestros hermanos. El sacerdocio

30
ministerial es la forma visible que toma la transmisión de esta vocación esencial a ser hijos en
el Hijo, sacerdotes14 en el Único Sacerdote.

Contempla la precariedad de las instituciones humanas: sociales, políticas, económicas,


religiosas. Si la dignidad más alta que se puede alcanzar en el judaísmo es ser sumo sacerdote,
y a la luz de Cristo se nos revela en toda su precariedad, ¿qué será de todo lo demás? Te
equivocarías, no obstante, si esta reflexión te llevara a renegar de las instituciones humanas, a
negarles valor puesto que son frágiles y transitorias. No es eso lo que nos dice la Palabra de
Dios: Jesús, Sumo Sacerdote para siempre, no lo es en virtud de un sistema de leyes terrenas,
sino por la fuerza de vida indestructible: por la fe se nos revela que el viejo orden de cosas ha
sido vencido, y que el modo de reconocer a esas instituciones es desde esta lógica revelada de
sumisión a Dios, lo sepan o no. El sacerdocio levítico ha sido sustituido por el sacerdocio nuevo
de Jesucristo, y esta revelación es figura de un modo nuevo de entender la realidad, en su
muerte y resurrección. Las realidades humanas, todas por igual, han quedado iluminadas a la
luz de su salvación, y es desde esta revelación como hemos de relacionarnos con ellas.
Examina cuál es tu modo de vivir en el mundo en relación a estas realidades: la familia, los
amigos, los usos sociales comunes entre nosotros o las instituciones a que acabamos de
referirnos. ¿En qué sentido han sido abolidas? ¿Desde dónde habremos de relacionarnos con
ellas? Pide luz para vivir según la Palabra que se te ha revelado, y comprométete después en
ese seguimiento, para que sea efectivamente la fe la que conduzca tu vida. La fe que inicia y
completa la vida nueva, te arraigará en Jesús, y llevará a realización los planes de Dios, por la
fe en Jesús, a través de dichas realidades concretas.

(8-9) En este apartado vamos a referirnos a otra dimensión del sacerdocio: el culto, que se
celebra en un lugar y se desarrolla a través de una serie de ritos.
Nuestra meditación arranca, como hemos hecho hasta ahora, del elemento central, la
revelación de Jesucristo que ha dado su verdadero sentido y plenitud a todas las realidades
humanas, incluso las que nos parecían más sagradas. Por tanto, Cristo es la clave, el criterio
absoluto desde el comprender toda realidad. Por tanto, en relación al sacerdocio, la referencia
radical es Cristo: tenemos un Sumo Sacerdote que está sentado en los cielos a la derecha del
trono de Dios.
Ahora bien: la revelación manifestada en Cristo ha mostrado la precariedad de los sacrificios
antiguos, pues el culto que Dios encarga a Moisés cuando este iba a construir la tienda de la
presencia era solo una imagen, una sombra de las realidades celestes.
Partimos de aquí en nuestra argumentación, hermanas y hermanos. Estad atentos a la
contraposición entre los dos ámbitos de realidad que se manejan en mi enseñanza.
- El culto antiguo es el que Dios encarga a Moisés, por el cual este construye la tienda de la
presencia conforme al modelo que Dios le ha mostrado previamente. Este modelo, o imagen

14
Hay un sacerdocio moral, que consiste en cumplir las acciones con un alma sacerdotal, con un espíritu
religioso; hay un sacerdocio real, pero interior y espiritual, el de la oración, de la vida ascética; hay un
sacerdocio de referencia y valor sacramental, ligado no solamente a la vida santa, sino también a la
consagración bautismal y cuyo acto supremo se cumple en la participación en la ofrenda eucarística.
Todos estos aspectos pertenecen auténticamente al depósito de la tradición. Yves M.J. Congar, Jalones
para una teología del laicado, p. 159.

31
de las realidades celestes, es el ámbito en que los sacerdotes judíos desarrollaban el culto en la
tienda de la presencia. A este culto se contrapone, en el tiempo definitivo, el sacerdocio de
Jesús, que prefigura con Dios una nueva alianza.
- La constitución de una nueva alianza se hace precisa porque el pueblo había traicionado la
antigua. Por ello, la promesa de Dios de establecer una nueva alianza está, como decimos,
fundada en promesas mejores que las que se manifestaron en la infidelidad primera. Esta
nueva alianza es la que se funda en Cristo, y manifiesta a Dios más plenamente: Pondré mis
leyes en su mente y las escribiré en su corazón; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por esta
razón, la alianza nueva sustituye y desbanca a la antigua, que se ha revelado caduca.
- La tienda de la presencia en la que los sacerdotes celebraban el culto era por tanto una
imagen de las realidades celestes, y está por ello destinada a desaparecer: en la primera
estancia de la tienda de la presencia ejercen su ministerio los sacerdotes encargados por la ley
de ofrecer oblaciones y sacrificios; en la segunda entra solamente el sumo sacerdote una vez al
año con la sangre que ofrece por sus pecados y por los del pueblo. A la luz de Cristo vemos que
estas ofrendas no son capaces de perfeccionar interiormente al que las ofrece: ni siquiera por
un tiempo, y mucho menos de modo definitivo, y se revelan así como meras observancias
exteriores que han estado vigentes hasta el momento señalado para instaurar el nuevo orden
de cosas, que se inicia y completa en Cristo. El ha venido como sumo sacerdote de los bienes
definitivos. En relación al culto, la suya es una tienda de la presencia más perfecta que la
antigua, y no hecha por hombres; en ese santuario ha penetrado Cristo de una vez para
siempre, no con la sangre de toros ni machos cabríos, sino con su propia sangre, que nos ha
obtenido una redención eterna. Ahora bien, la sangre de Cristo no alcanza para nosotros
solamente una purificación exterior, como hacía la sangre de la antigua alianza, sino que su
sangre, que por el Espíritu eterno se ofreció a Dios como víctima sin defecto, purificará nuestra
conciencia de sus obras muertas para que podamos dar culto al Dios vivo.
Al hablar del cuerpo de Cristo como la tienda de la presencia estamos diciendo que, por su
muerte y resurrección, Jesús ha levantado un nuevo templo, ya no material sino espiritual, que
permite a los creyentes entrar realmente en relación con Dios: este templo, como se nos dice
en el evangelio de Juan (2, 21), es el cuerpo de Cristo. Esto significa que la tienda mayor y más
perfecta, ha sido levantada por Cristo en su carne, y por su entrega abre el camino para todos.
- La sangre de Cristo es la ofrenda perfecta que sella la alianza para siempre. En el culto
antiguo, ha sido a través de la sangre de los toros y machos cabríos como se inaugura la
antigua alianza, pues es la sangre la que lo purifica todo: sin derramamiento de sangre no hay
remisión. Así, en la plenitud de los tiempos, Cristo realiza no una imagen o representación de
las realidades celestiales, sino la realidad de la que la antigua alianza, con su culto, la tienda de
la presencia y los ritos, era figura.
El sacrificio de Cristo no es figura, sino realidad: Cristo no entró en un santuario construido por
hombres sino en el cielo mismo, a fin de presentarse ahora ante Dios para interceder por
nosotros. Tampoco tuvo que ofrecerse a sí mismo muchas veces, sino que le bastó con
entregarse una vez para tomar sobre sí los pecados de la multitud: esta entrega plena y
definitiva es signo de salvación eterna que hace de Cristo, para siempre, juez de vivos y
muertos, salvador escatológico que nos libra de la impotencia y la caducidad y nos da acceso a
su salvación definitiva, eterna.
- La ofrenda de su propia sangre revela cómo Jesús hace entrega de su vida entera a Dios,
no como la purificación exterior de la antigua alianza, sino siendo una ofrenda definitiva por la

32
que Jesús, entregándose en obediencia al Padre, destruye el pecado de una vez para siempre.
Los sacrificios antiguos eran figura (Lev 9, 24; 1 Re 18, 38; 2 Cro 7, 1; 2 Mac 1, 22; 2, 10) de esta
ofrenda eterna que se realiza en la plenitud de los tiempos.

En el sacrificio de Cristo, a su luz, quedan juzgadas todas las realidades del cielo y de la tierra.
Contempla todas las realidades humanas a esta luz: lo caduco, lo transitorio, lo que es solo
imagen de una realidad superior… y lo que manifiesta a Dios plenamente.
La nueva alianza se constituye en la sangre de Jesús: creer en su sacrificio supone abrirse por la
fe a vivir de la salvación definitiva que nos ha traído, y también a seguir sus pasos haciendo de
nuestra vida un culto agradable al Padre, que entrega, como él, la propia vida. Esta entrega
incluye el sufrimiento, pues en nuestro mundo sometido al pecado, la implicación de la propia
vida supone pasar por la muerte: sin derramamiento de sangre no hay remisión.

Por esta razón, los que participamos por el bautismo del sacerdocio de Cristo hemos de
configurar nuestra vida según este orden de la nueva alianza que vive esta vida desde la
victoria de Cristo, obedeciendo al Padre a través de las circunstancias cotidianas en las que
somos llamados a vivir de su obediencia perfecta. Dicha obediencia perfecta va desde el don
recibido en el bautismo, pasando por la apertura a Dios en la propia vida –que empieza así a
vivirse como un cara a cara con Dios-, que da lugar a la respuesta obediente y culmina en la
imitación de Jesús que lleva a la entrega de la existencia al Padre.

Solo desde aquí se entiende el sacerdocio ministerial, que arraiga en Cristo a través del primer
sacerdocio, el sacerdocio bautismal. Podemos entender que a nivel humano natural nos resulte
más comprensible y sencillo de vivir el sacerdocio ministerial -y este vivido en las obras, al
modo de los ritos de la antigua alianza-, mientras que el sacerdocio –bautismal primeramente,
ministerial desde él- vivido según Jesús, nos exige vivir, por Jesús, enteramente entregados al
Padre.

Jesús se ha convertido en mediador de una alianza nueva, que ya no se apoya en un sacrificio


cruento y exterior, sino en un sacrificio de entrega total en obediencia por el que Jesús, el Hijo
hecho hombre, asume la muerte y hace posible la redención radical de la humanidad pecadora,
que ahora tiene acceso, en la humanidad de Jesús, el Hijo, a la unión con Dios para siempre.

De este modo, el sacerdocio bautismal hace de nosotros ofrenda en favor de la humanidad


pecadora, porque vivimos arraigados en la vida de Jesús. La ofrenda de nuestra propia vida nos
hace entrega, en Cristo, en favor de nuestros hermanos. El sacerdocio ministerial debe,
igualmente, manifestar esta salvación.

Esta perfección es la victoria absoluta que atraviesa cielos y tierra: Jesús vive para siempre
sentado a la derecha del Padre. El que se hizo hermano nuestro volverá una segunda vez para
introducirnos con él en los cielos. En la parusía Jesús vendrá a juzgar y a salvar a los que han
vivido esperando en él. Esta segunda venida ya no tendrá relación con el pecado, porque el
pecado ha sido vencido por la redención de Jesús, sino que traerá la salvación a cuantos han
sido bendecidos por su sacrificio.

33
En este Jesús que ha sido constituido por Dios Sumo Sacerdote en nuestro favor y obtiene por
su pasión y muerte la glorificación del Padre, se inicia una humanidad nueva, plenamente
obediente a Dios y llena de una misericordia para con los seres humanos que es imagen de su
Amor. La nueva alianza da como fruto hombres y mujeres nuevos, a imagen de Jesús. La
entrega absoluta de Cristo hace de nosotros, por la fe, hombres y mujeres consagrados a Dios…
por la obediencia manifestada en Jesús.

Reconoce cuáles pueden ser los signos de esta humanidad nueva renacida en Jesús, y cómo se
diferencian de la humanidad de la antigua alianza. Dichos signos, ¿manifiestan que es la
centralidad de Cristo la que marca el antes y el después entre ambas?

(10, 1-18) Como vamos viendo, la ley y todo lo que ella conlleva es solo una sombra de los
bienes futuros, y no la realidad misma de las cosas. Por eso, no puede hacer perfectos a los
que se acercan por medio de ella (del culto, de los sacrificios, de los sacerdotes) a purificarse.
La prueba de ello es que hay que repetir los sacrificios por los pecados una y otra vez, la
purificación nunca es suficiente, y esto, porque no es posible que lo que es menos –la sangre
de los toros y de los machos cabríos- quite lo que es más.

Con su encarnación, Cristo inicia algo nuevo: hace enteramente la voluntad de Dios 15. Y la
voluntad de Dios no es que le hagamos sacrificios ni ofrendas, que ofrezcamos holocaustos ni
sacrificios expiatorios. Lo que él desea no son aquellas realidades caducas que se ofrecen
según la ley, sino que Cristo se ofrenda enteramente al Padre, y gracias a la ofrenda que ha
hecho de su cuerpo de una vez para siempre, todos nosotros, los seres humanos, quedamos
consagrados a Dios. Gracias a esa ofrenda perfecta, Dios restablece una comunicación plena y
vivificante entre él y nosotros, en clave de consagración (10, 10; cf. 2 Cor 5, 18-19).

Con esta acción de Cristo ha cambiado la realidad enteramente: nos encontramos en un nuevo
eón. Cualquier sacerdote se presenta cada día para desempeñar su ministerio y ofrecer
continuamente los mismos sacrificios que nunca pueden quitar los pecados. Cristo, por el
contrario, no ofreció más que un sacrificio por el pecado, y está sentado para siempre a la
derecha de Dios. Con esta única oblación ha hecho perfectos de una vez para siempre a
quienes han sido consagrados a Dios. El antiguo eón era el de la caducidad y la repetición, el de
la imperfección y la impotencia. En Cristo ha comenzado un nuevo eón, por el cual el mismo
Cristo se ha ofrecido por el pecado y vive victorioso –sentado, no de pie como los siervos-
junto a Dios para siempre. El tiempo que resta es el tiempo que queda para que el Padre le
someta a los enemigos, a quienes, en esta revelación definitiva y perfecta, no han creído o se
han negado a acoger su salvación.
Por el contrario, su ofrenda, acogida por la fe, nos consagra a Dios en Cristo. De ambos modos
–tanto sus enemigos, tanto los que le están consagrados- la vida a partir de su sacrificio y de su
victoria manifiesta la centralidad de Cristo que, al igual que su sacrificio, es universal,
definitiva, eterna.

15
Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad (10, 9; cf. Jn 6, 38; Lc 22, 42).

34
¿Lo ves? La vida en adelante viene marcada por esta transformación que se ha realizado en
Cristo. Los que por la fe hemos obtenido el perdón de los pecados estamos llamados a vivir
como consagrados a Dios en Cristo, haciendo de este modo efectiva y real en nuestra vida la
entrega de Cristo.
Porque nosotros también reconocemos en nuestra vida la presencia de la ley y se nos revela su
dominio sobre lo caduco: sabemos que las normas no nos ponen en regla, e intentamos una y
otra vez tranquilizar con ellas nuestra conciencia; asimismo tenemos ritos, unos cultuales,
otros familiares, comunitarios, sociales o personales, sin los cuales tememos no ser aceptados
–igualmente, la necesidad de estar en regla- por los demás, o por nosotros mismos; ritos y
sacrificios que repetimos una y otra vez para tranquilizar la conciencia, para conseguir afecto,
para sentirnos mejor, para obtener seguridad, para guardar, para conservar, para que más
adelante hagan lo mismo con nosotras… a menudo, utilizamos así incluso los sacramentos que
comunican la vida misma de Jesús.
Actuar así, ¿no es seguir sometidas a la ley? ¿No es invalidar la salvación definitiva de Cristo, el
preferir esas cosas que nos hacen creer que obtendremos por ellas “salvación”?

(10, 19-39) ¿Qué haremos ahora, después de contemplar este sacrificio definitivo que rompe
la separación entre nosotros y Dios, sino servir al Señor con el cuerpo limpio y el corazón
purificado? Esta exhortación, hermanos, debe movernos y animarnos unos a otros al
seguimiento de Jesús, que nos ha traído esta vida preciosa e inmerecida que hemos recibido
en prenda. Es en vistas a poseerla, a gozar para siempre de estas magníficas promesas de Dios,
que nos encontramos en camino. Si Jesús se ha entregado enteramente a sí mismo para
consagrarnos a él, y si el Padre se lo ha entregado todo por su obediencia y está sentado a su
derecha… Si vemos esto con los ojos de la fe, ¿qué otra respuesta cabe para nuestra vida sino
vivir para él?

De tal modo vivimos por la sangre de Jesús que la vida en adelante es acercarnos a él, ser por
él purificados y mantenernos firmes en la esperanza de sus promesas, estimulándonos unos a
otros a vivir como hermanos por la fe, la esperanza, el amor.
Y si alguno estuviera tentado de rechazar voluntariamente el don recibido, no olvidéis,
hermanos, que si toda la vida nos viene del Hijo, grande será la condena para aquel que
profane la sangre de esta alianza que nos ha obtenido la vida. ¡Ha de ser terrible caer en
manos del Dios vivo!
Por el contrario, hemos de volvernos a los días del amor primero, en que la conciencia del gran
amor que nos ha rescatado se volvía gozo en medio de las tribulaciones, y era mayor la certeza
de las promesas de Dios que las dificultades vividas.
En esta hora que nos toca vivir quiero exhortaros a la perseverancia que hace posible que,
cumpliendo la voluntad de Dios, alcancéis la promesa. Si miramos a lo humano, la salvación
parece lejos, nuestro ánimo se debilita y decaen las fuerzas. Sin embargo, hermanos, ¡la
salvación está cerca!, y el que ama a Dios vive esperándole, vive de fe.

Se unen así la dimensión objetiva de la fe (la redención realizada en Jesús) y la dimensión


subjetiva (el asentimiento de la fe). Aunque estoy hablando a creyentes, contemplo la
posibilidad, como ya ha sucedido entre nosotros, de que alguno, después de haber conocido al

35
Señor, lo abandone por exceso de confianza, por lasitud, por indiferencia. Esta posibilidad, que
mirando al modo humano natural puede parecer debilidad o ignorancia, debe ser contemplada
a la luz de la salvación que ha acontecido entre nosotros: un ser humano –Dios mismo
asumiendo nuestra condición- ha querido entregar su propia vida para salvarnos del pecado y
abrirnos el camino hasta la intimidad con Dios. Es esta verdad objetiva la que se ha ofrecido a
nuestra fe, y puesto que se nos ha revelado como verdad, es verdad que nos juzga.

No deberíamos justificarnos, decía, en nuestra fragilidad natural, sino que estamos llamados a
vivir una existencia nueva según la fe, según Jesús. Solo la respuesta a la luz de Jesús da la
medida plena de nuestra humanidad, que es, en adelante, la obediencia a Dios.

Sería chato, en verdad, limitar el horizonte de la salvación a aquello que a nosotros nos afecta,
cuando el horizonte se nos ensancha precisamente al salir de nosotros mismos, abriéndonos a
las promesas de Dios, que son, tal como reconocemos en Jesús, la plenitud de nuestra vida. Y
nuestra vida, gracias a Jesús, culmina en vida eterna.

Terminamos esta parte recogiendo, en clave de puente y ruptura, lo que acabamos de comentar:

La carta a los Hebreos manifiesta la superación, en Cristo, del culto antiguo en todas las religiones, a la
luz de lo que ha sucedido en Israel.

A la vez, la reflexión del autor de Hebreos no “desmantela” todo lo referente al culto antiguo, sino que
a la vez que manifiesta su superación en Cristo, mantiene los elementos fundamentales: la mediación,
el templo, la sangre; la referencia radical a Dios y la apertura a los hermanos. Estas realidades se nos
iluminan a una hondura mayor cuando caemos en la cuenta de que Jesús ha iniciado un nuevo eón en
el que estas realidades reciben de Jesús un nuevo sentido, ya no caduco, sino permanente: el mediador
ahora es Cristo, que inicia un nuevo templo en su carne (“adorar al Padre en Espíritu y en verdad”) y se
entrega a sí mismo de una vez para siempre, uniendo nuestros sufrimientos a su victoria; y en adelante,
ha quedado abierta para siempre la relación con Dios, en el Hijo, y nuestra vida es para siempre entrega
a los hermanos, al modo del Hijo.

No interpretemos, por tanto, que la novedad de Cristo destruye lo nuestro. Antes bien, rescata lo
valioso que hay en ello y lo reorienta según su verdad. Así como nosotros, al abrirnos a lo nuevo
solemos desechar lo antiguo, la novedad de Cristo es nueva también en este modo de iluminar y
mantener lo anterior. Lo que hemos visto que sucede con el sacerdocio y con el culto, sucede con todo
el AT. Y con toda realidad creada por Dios y redimida por Jesús.

Las tres fases que reconocíamos anteriormente y que expresan la relación entre el AT y el NT:
continuidad, ruptura, superación, han revelado, a través de nuestro recorrido, su dinamismo recíproco
y su plena belleza.

4. Exhortación a vivir según Jesús: la fe y la perseverancia

36
En este punto queremos subrayar, en primer lugar, que en la lógica de Hebreos, que es la
lógica cristiana que encontramos en todo el AT y que viene ahora expresada desde nuevas
claves, el modo de vida a que se exhorta arraiga en esta contemplación de Jesús a la que
hemos sido invitados y que se nos llama a manifestar en nuestra vida. La fe que es el contenido
esencial de la vida cristiana es fe en este Jesús que nos ha sido anunciado, y se traduce en un
modo de vida a la luz de Jesús. Y la fortaleza y fidelidad con que hemos de perseverar en esta
vida son, igualmente, las que hemos visto vivir a Jesús. No entendamos, por tanto, la vida
cristiana como un elemento desgajado de la revelación anterior, sino más bien el fruto que
traduce, en nuestra vida, la fe en Jesús. Así, con nuestra vida perseverante, paciente,
intensamente comprometida con la salvación, ofrecemos un culto agradable a Dios.

También a nivel antropológico reconocemos esta coherencia: una persona de calidad es


aquella que, como ya decíamos en el texto de Mateo, visibiliza en la vida lo que afirman sus
convicciones. La fe cristiana no anula nuestra humanidad, sino que lo revelado por la fe
ilumina lo más auténtico de nuestra realidad humana que se plenifica al abrirse al más de Dios.

En concreto, reconocemos la paciencia y la perseverancia como cualidades que atestiguan la


convicción (en clave teologal, la fe) de una persona, y su capacidad de conformar su vida en
relación a lo creído. Es preciso para ello tener fe, pero como nos advierte repetidamente el
texto de Hebreos, todos aquellos que en el desierto fueron condenados, rebeldes a la Palabra
de Dios, sin duda creían en que Dios es Señor y está por encima de todo. Les faltaba la
paciencia, que implica tener fortaleza, y la constancia, que implica voluntad, para perseverar
en lo creído. Y sin esto, anulamos aquello. No hace falta insistir en lo que ya hemos dicho
tantas veces: vivir de fe requiere seres humanos adultos y cabales. Sin consistencia humana no
puede darse solidez creyente que es, como vemos, imprescindible para ser conducidas por
Dios. El capítulo 12, muy especialmente, nos pone ejemplos de creyentes para quienes vivir ha
sido costoso, precisamente en virtud de su fe. Y sorteaban los obstáculos, no en virtud de una
capacidad natural, sino en la meta que se les ofrecía, porque las promesas de Dios valían más
que todos los sacrificios (lo mismo que, en plena superación, veremos plenamente cumplido
en Jesús). Ahora bien, ¿hubieran podido enfrentarse a dichas pruebas si no hubieran tenido,
además de la fe, fortaleza, perseverancia, paciencia? Es la fe la que ilumina estas cualidades
que el Espíritu crea y recrea haciéndolas capaces de Dios. Pero si la persona no tiene
consistencia humana, se quiebra a la primera dificultad. Ellos insistían más en cómo les
sostienen las promesas que Dios les ofrece como horizonte; nosotros, existencialmente más
frágiles, acentuamos que Dios nos sostiene. En ambos casos, hace falta solidez humana para
permanecer fieles a lo que la fe nos muestra.
Esta constatación manifiesta que es preciso trabajar esa solidez a nivel humano a la vez que se
anuncia la fe… sin aquella, ya vemos qué poco anima la fe la propia vida, que queda a merced
de todas las justificaciones, contradicciones y desánimos que la amenazan.
Por el contrario, a los que viven de fe, se les abre un horizonte ilimitado, el que ya han vivido
tantos testigos de nuestra fe, que se inicia y completa en Jesús, que quiere llevarnos con ellos
a una salvación que es imagen de la suya: Nuestros padres nos educan para esta vida según
sus criterios; Dios, en cambio, os educa para algo mejor, para que participemos de su santidad.

37
IV. (11- 12, 13) Con esto culminamos la contemplación de los misterios de la fe, hermanas y
hermanos. Ahora, vamos a ver cómo dicha contemplación ilumina nuestra vida. Si queremos
vivir de lo contemplado, ¿con qué medios contamos para hacerlo? Sabemos bien que no valen
los modos antiguos, el culto antiguo ni los sacrificios caducos; la entrega de Jesús nos ha
probado su inutilidad. Asimismo, no vale la ley, ni el alcanzar a Dios por nuestras fuerzas…
tenemos experiencia de ello.

Si es Jesús, queridos, el que ha entrado en el santuario para siempre y entregando su vida ha


obtenido nuestra salvación, el modo como hemos de vivir es el de responder con nuestra vida
a su entrega en nuestro favor, puesto que se ha revelado como fuente de nuestra humanidad.
El medio para ello es la fe. Vamos a ahondar en este modo de vida que se fundamenta en la fe,
para aprender de los que han vivido así. ¿Qué hay de más humano que aprender de los
mejores de entre los que nos han precedido? La fe, que tiene su lógica propia en el ámbito de
lo invisible, nos permite reconocer en su vida lo que el mundo no ha sido capaz de ver en ellos.

Si vamos a la Biblia, encontraremos muchos ejemplos de aquellos hombres y mujeres que se


jugaron todo por la fe, y que se nos revelan ahora como los más excelentes de entre los
humanos, hombres de los que el mundo no era digno y que son, no obstante, los que iluminan
lo esencial de la vida. La fe así vivida da lugar a otro modo de existencia que no se ve limitada
por la precariedad, el miedo o la desconfianza, en la que estas actitudes son superadas por la
fe.

Y aún hay otra paradoja más honda que esta: sus vidas han sido figura de Jesucristo, realizando
la perfección a la que se veían llamados, y sin embargo, no alcanzaron en sus vidas la promesa,
porque el Señor nos esperaba a nosotros. ¡Cómo nos está amando el Señor que nos quiere
incluir en esta perfección final, hermanos! ¡Qué no habremos de hacer, ante ejemplos tan
insignes, para responder -contemplando a estos hombres y mujeres que eran figura de Jesús-,
a la salvación que Dios nos ofrece!
Contemplar a estos testigos y dejarse conducir por ellos es, como os digo, signo de sabiduría
humana, pero sobre todo, es poderoso ímpetu creyente. Todos los ejemplos que os pongo, y
que corresponden a creyentes que nos han precedido en esta vida de fe en la que ahora
estamos nosotros comprometidos, nos ayudarán a ver con qué tiene que aliarse nuestra fe
para ser fecunda:
Estos creyentes han vivido de la esperanza en las promesas de Dios, que es fiel, y han
perseverado, no en lo que veían, sino en la Palabra que les daba la vida.
Para ello se precisan condiciones humanas: la paciencia que nos permite perseverar en medio
de las pruebas, que nos fortalece y nos consuela con la certeza de que lo prometido, y que aún
no vemos, será sin duda y será acorde a la bondad de Dios, que promete.
Y esta fe que les ha sostenido lo ha hecho en medio de fuertes pruebas de la existencia –en
consonancia, puesto que son figura suya, con las pruebas que ha pasado Jesús 16- se hace
patente la potencia y la pertinencia de la fe para vivir la vida humana.
Como ellos, también nosotros hoy necesitamos de esta fidelidad perseverante que nos
capacita para vivir como testigos del Dios vivo. En sus personas se nos revela la figura más
16
La conexión entre el AT y el NT se da también por esta vía de las pruebas. Reconoce asimismo la
actualidad de Heb, que remite a la fe de los antiguos como preparación para la salvación en Cristo.

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excelente de lo humano: ¿reconoces en estos hombres y mujeres la hondura de la humanidad
manifestada cuando se vive de fe? Como ellos –y más que a ellos- nos ha sido revelada la
salvación de Dios, por tanto, ¿qué va a ser nuestra vida, sino caminar hacia dicha salvación?

Estos testigos nos alientan en nuestro caminar humano que se fija en modelos –esto es
profundamente existencial, pero no se inspira en modelos mundanos, sino en estos testigos
que han sido figura de Jesús en el pasado. Y para ser dignos de lo mejor de la raza humana,
hemos de aprestarnos a vivir de fe, rechazando el pecado. Esto solo es posible si mantenemos
los ojos fijos en Jesús, el que realiza y lleva a perfección nuestra fe, como hemos visto que ha
hecho por su entrega de una vez para siempre. Su amor y su ejemplo, que culmina y
perfecciona el de aquellos testigos, es nuestra fortaleza y nuestro viático para esta carrera
cuya meta vislumbramos y anhelamos.

No olvides, querid@ herman@, que este triunfo de Jesús se alcanzó a través del sufrimiento, y
así también va a ocurrir en tu propia vida. En su victoria sobre el pecado Jesús llegó a la
ofrenda de su vida a través de la sangre, tú no has llegado aún a la sangre en dicho combate –y
ya hemos visto que se requiere esta implicación radical-. A nivel humano, el padecer el
sufrimiento no es algo que sucede solo a los creyentes, sino que pasa en todas las cosas
humanas también: la reprensión nos duele, pero cuando es justa, nos hace bien. Mira así las
reprensiones que te hace nuestro Padre, siempre justas, porque en ellas te fortalecerás y te
darán la consistencia que necesitas para perseverar y hacernos finalmente, como Jesús, dignos
de crédito ante Dios y hermanos compasivos entre los hombres.

Si nos dejamos conducir por Dios, honramos a Jesús en nuestra vida, pues la estamos
entregando según la salvación que él nos ha obtenido, y honramos también a los testigos, a
esos hombres y mujeres de los que el mundo no era digno y que, no obstante, han contribuido
a la salvación de su mundo, de este mundo esperando, con su vida entregada, en las promesas
de Dios que nos ha traído, en Cristo, al Salvador del mundo.
Lo que era plenitud en Jesús, está entre nosotros sometido al tiempo: pero el tiempo ahora ha
sido liberado y hecho capaz de ser lugar de salvación.

De nuevo, una alta idea de la humanidad, la de aquellos hombres y mujeres que desde antiguo
han sido figura de Jesús, e inician, antes de él, esa humanidad según Jesús que en él se revela
de modo perfecto y que es, en su mundo, superior a la humanidad natural (hombres de los que
el mundo no era digno), y que, no obstante, son los que han salvado a su generación, a su
mundo. Todos ellos viven con los ojos fijos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe, en quien
todas las promesas han sido cumplidas.
¿Hay una idea más alta de humanidad que la que se vive a la luz de las promesas de Dios, por
la fe en Él? Aquí vemos de qué modo aquellos testigos de Dios, que esperaron en Él y
anunciaron, con su vida, a Jesús, han pasado por la misma tierra que nosotros viviendo de otro
modo, de un modo digno de Dios. Y esto, lejos de restar un ápice a su humanidad, la ha
plenificado hasta el extremo.
Puedes comprobarlo en alguno de estos testigos del AT, o los que conoces del NT. Siempre, la
referencia que nos orienta sobre su fe es el mismo Jesús: todos ellos, sabiéndolo o sin saberlo,

39
han vivido con los ojos fijos en Él. Todo lo mejor de nuestro mundo se sostiene y dinamiza por
la potencia de Jesús, el centro de lo real.

4. 1. La vida nueva que nace de la entrega de Jesús

V. (12, 14-13, 18) Nos queda ya poco para terminar. Y no porque no pudiéramos decir muchas
más cosas, sino porque estas de las que estamos hablando no son para ser dichas solamente,
sino para ser vividas. ¡Si supierais con que intensidad deseo que os hagáis dignos de Jesús,
nuestro Salvador! Pero más lo ha querido Él al entregarse por nosotros, por lo que es a él a
quien hemos de responder. Por él hemos sido marcados con el fuego purificador que nos hace
capaces de la intimidad con Dios, no como lo conocieron los profetas que se supieron muy
bendecidos por ello, no como las palabras que aterraban a los israelitas en el desierto, sino
que ahora hemos sido llamados a la alianza nueva y definitiva, a la alianza del cielo y la tierra
realizada en Cristo, que nos llama a una existencia nueva que ha contemplado la magnífica
herencia de los santos, y se encamina a ella. Esa existencia nueva ha dejado atrás las cosas
caducas y entra en posesión de un reino inconmovible, en el que ha de ofrecer un culto
agradable, digno de Dios, porque nuestro Dios es un fuego devorador.

¿Cómo ha de ser entonces, hermanos, el culto que en adelante estamos llamados a tributar a
Dios? No la existencia de quienes viven a lo humano natural, sino ofreciendo a Dios un culto
agradable, que es en adelante, por Cristo, la ofrenda de nuestra vida, transformada por él en
alabanza de Dios. Unas acciones que testimonien que nuestras vidas quieren ser ofrenda viva,
alabanza y acción de gracias a Dios: el amor fraterno, que se traduce en hospitalidad piadosa;
la compasión ardiente y solidaria por los pobres y los que sufren; la pureza de vida en el
matrimonio y la gratitud confiada en los bienes recibidos, en el modo de tratar a los dirigentes
que están a vuestro servicio y en el modo de cuidar nuestra alma, alejándola de toda doctrina
perniciosa, antes bien, fortaleciéndola con la gracia y aceptando las pruebas a ejemplo de
Jesús. Hemos sido llamados, por el Padre, a ser culto vivo en nuestra vida por la ofrenda de
Jesús, por quien vivimos en camino en esta morada transitoria que vivimos, anhelando
alcanzar la ciudad futura. De este modo, unidos a Jesús, realizamos en medio de la historia una
existencia escatológica semejante a la suya, y así como los antiguos eran figura del que había
de venir, nosotros somos espejo que debe reflejarlo. Así como antes lo que acontecía en la
tierra era caduco y provisional, el sacrificio de Jesús ha transformado toda la realidad y todo,
en el cielo y en la tierra, queda atravesado de Su gloria –aunque solo la fe lo ve-, y el creyente
vive manifestando esta pasión por Dios, pasión de Dios, de tal manera que vivimos esta vida
sabiendo que esta no es nuestra morada permanente: ¿no notáis, hermanos, cómo vuestro
corazón anhela una plenitud de fe, esperanza y amor? ¿Sois conscientes de vuestro anhelo de
Dios? Esta inquietud, este deseo, este anhelo son el modo como aspiráis a la vida futura.

En definitiva, estamos llamados, hermanos, a vivir nuestra vida dando culto al Padre, al modo
de Jesús. Para ello hemos de vivir unidos a Dios, ofreciéndole sin cesar, por medio de Cristo, un
sacrificio de alabanza en el que nos unimos a todos los creyentes que bendicen su nombre.
Esta vida que tanto en el corazón como en las obras da culto a Dios, está manifestando a

40
Cristo, está proclamando con la propia vida que quiere el bien y se entrega a los hermanos,
una vida que es sacrificio agradable a Dios.

Será el mismo Dios, que resucitó a Jesús, quien realice esta vida en nosotros. Se trata de creer
en sus promesas y los signos que realiza entre nosotros, como os he exhortado con ardiente fe
y piedad sincera a lo largo de mi escrito.

5. La novedad de la predicación de Hebreos, un caso del vigor eterno de


la fe en Jesús

Como hemos dicho, Hebreos es un escrito que bebe en las fuentes fecundas de la Palabra de
Dios. La zambullida en el NT confirma al autor de Heb en la certeza que lo recorre entero: la
centralidad de Jesucristo, que nuestro autor percibe en su verdad no meramente teórica, sino
existencial, concreta, universal. Esta certeza de la fe le lleva a reconocer, de un modo más
preciso y explícito que los demás escritores del NT (en lo que se refiere al AT), a profundizar,
según la certeza expresada en todos ellos, la plenitud absoluta –manifestada como puente y
ruptura- que se revela en Jesús.

Para este anuncio, que expresa luminosamente lo dado como revelación, elige el autor de
Hebreos un enfoque que no había sido hasta entonces desarrollado en la tradición primitiva: el
sacerdocio de Jesús como plenitud y acabamiento del culto y el sacerdocio (judío y de todas las
religiones), y su prolongación en los creyentes.

Este tema resulta capaz de iluminar, a la luz de la centralidad de Cristo –plenitud y juicio de
todo lo creado- la realidad cultual de la antigua alianza, necesitada sin saberlo, como todo lo
creado, de la plenitud de Cristo. La homilía que escribe el autor de Hebreos ilumina con rigor y
profundidad las distintas dimensiones de este aspecto en el que quiere profundizar.

Así, esta del sacerdocio de Jesucristo se revela como otra dimensión de la revelación
manifestada en Jesús y de la novedad radical que Él es. Por esta razón decíamos al principio
que la “novedad” de Hebreos es más bien un caso de la novedad permanente de la tradición
cristiana, que permanentemente se alimenta de la novedad de Cristo. Se cumplen aquí las
palabras de Jesús en Jn 7, 37: El que tenga sed, que venga a mi y beba. De lo más profundo de
todo aquel que crea en mí, brotarán ríos de agua viva.

Lo que ha hecho el autor de Hebreos en esta situación –espoleado, cristianamente, por el


desánimo y el desfallecimiento de la fe en los miembros de su comunidad- ha sido volverse a
Jesucristo. En Él, en la revelación comunicada a su época que ha vivido zambulléndose
(entregándose, dejándose conducir) en las certezas de la fe, se le ha revelado un nuevo rostro
de Cristo capaz de mostrar nuevamente su potencia salvadora, la potencia de su entrega
radical que se comprende de modo nuevo a la luz de este nuevo enfoque que le ha sido dado

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para iluminar a los suyos. Y esta dimensión nueva, que recrea la potencia definitiva y salvadora
de Jesús, reanima la fe de estos creyentes desalentados y los anima para orientarse de nuevo
hacia su salvación.

¿Qué es lo que nos enseña de este modo el autor de Hebreos? Ante el desaliento creyente,
ante la defección y el abandono en nuestras comunidades, el vigor no se recupera volviéndose
primero a los creyentes (“a ver qué demandan”, “rebajemos la exigencia porque es
demasiado”, “no hace falta tanto”), con los ojos fijos en Jesús 17, que tiene una palabra nueva y
viva que decir a nuestro mundo. Y entonces sí: también habrá que esmerarse en conectar con
la situación de los oyentes, esforzándose por acertar con una pedagogía adecuada y combinar
la dosis necesaria de contemplación de Jesús con la concreción moral precisa para orientar su
vivir, desde su realidad concreta. El autor de Hebreos también es maestro en esto: prueba de
ello son los subrayados antropológicos que recorren el escrito. En Hebreos encontramos a un
hombre que pone toda su sabiduría, su fe, su piedad –toda su vida- al servicio de la fe.

Descubrimos también cómo la “novedad” con que le es dado exhortar a los suyos, a cuarenta
años de la muerte de Jesús, debería servir para que nosotros no nos extrañemos de los
desfallecimientos propios o de los de nuestros hermanos.

Y es motivo de admiración el hecho de que esa novedad perenne de Jesús, comunicada al


autor de Hebreos para su comunidad, para su tiempo, participe de la novedad eterna de Dios,
como se hace patente no solo en el hecho de que sigue dándonos vida a través del texto, sino
en que nos permite extraer claves que, solamente intuidas en su tiempo, queremos hoy
desarrollar nosotros, a partir de la propuesta del Vaticano II, que desarrolla en esta clave el
sentido de la consagración bautismal que nos hace sacerdotes, profetas y reyes.

Vemos así cómo en Hebreos se manifiesta el vigor eterno de la fe, que orienta al creyente a
clavar la mirada en Jesucristo, porque desde Él brota la luz nueva que nos permite vivir y
comunicar la verdad. Su profunda potencia evangelizadora, manifestación de otro de los
infinitos modos del Espíritu, nos estimula para seguir proclamando ese vigor eterno en
nuestros días, según modos nuevos.

APÉNDICE

Predicador del Papa: La Eucaristía, permanente «no» de Dios a la violencia

Tercera predicación de Cuaresma a la Casa Pontificia18

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 11 marzo 2005 (ZENIT.org).- Gracias a la Eucaristía, «el “no” absoluto
de Dios a la violencia, pronunciado en la Cruz, se mantiene vivo en los siglos», recordó en la mañana de
este viernes el predicador de la Casa Pontificia.
Y es que con su sacrificio, «Cristo venció la violencia: no oponiendo a ella una violencia mayor, sino
17
Heb 12, 2.
18
http://www.zenit.org/es/articles/predicador-del-papa-la-eucaristia-permanente-no-de-dios-a-la-
violencia

42
sufriéndola y poniendo al desnudo toda la injusticia y la inutilidad», constató al ofrecer su tercera
meditación de Cuaresma a la Curia Romana, una reflexión a la que se vio obligado a faltar Juan Pablo II,
quien recupera la salud en el Policlínico Gemelli.
En la Capilla «Redemptoris Mater» del Palacio Apostólico del Vaticano, en su meditación --otra de las
que cada año, durante cuatro viernes de Cuaresma, ayudan al Papa y a sus colaboradores a prepararse
para la Pascua-- el padre Raniero Cantalamessa OFMcap prosiguió la reflexión del himno eucarístico
«Adoro te devote» que propuso en Adviento (Cf. Zenit 3, 10 y 17 de diciembre de 2004) y que ha
reanudado estos últimos viernes (Cf. Zenit, 25 febrero y 4 marzo 2005 2005).
En la época en que se compuso el «Adoro te devote» «muchos factores acabaron por hacer
tácitamente de la Eucaristía el sacramento del Cuerpo de Cristo y mucho menos de su sangre», explica
a Zenit el padre Cantalamesa haciendo una síntesis de su predicación.
Pero un símbolo, el pelícano, introduce el tema de la Sangre de Cristo en la sexta estrofa del himno
eucarístico: «Señor Jesús, Pelícano bueno, / Límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, / De la que una
sola gota puede liberar / De todos los crímenes al mundo entero».
Y es que «era creencia común en la antigüedad y en la Edad Media que el pelícano se abriera, con el
pico, una herida en el pecho para alimentar, con su propia sangre, a sus pequeños hambrientos o
incluso para despertarles a la vida si estaban muertos», aclara.
Apunta el religioso que «el contenido teológico de esta estrofa es un solemne acto de fe en el valor
universal de la sangre de Cristo, de la que una sola gota basta para salvar al mundo entero», pero la
«dificultad más actual que plantea» el himno «se refiere al medio elegido para realizar esta salvación
universal».
«¿Por qué precisamente la sangre? ¿Hay que pensar tal vez que el sacrificio de Cristo –y por lo tanto, la
Eucaristía, que lo renueva sacramentalmente— no hace sino confirmar la afirmación según la cual “la
violencia es el corazón y el alma secreta de lo sagrado”?», plantea.
Pero «nosotros tenemos hoy la posibilidad de arrojar una luz nueva y liberadora sobre la Eucaristía,
precisamente siguiendo el camino que llevó a René Girard de la afirmación de que la violencia es
intrínseca a lo sagrado, a la convicción de que el misterio pascual de Cristo ha desenmascarado y roto
para siempre la alianza entre lo sagrado y violencia», asegura.
«Con su doctrina y su vida, Jesús, según este pensador, desenmascara y despedaza el mecanismo del
chivo expiatorio que sacraliza la violencia, haciéndose él inocente, la víctima de toda violencia»,
recuerda el padre Cantalamessa.
En este sentido es «emblemático el hecho de que sobre su muerte se aliaron “Herodes y Poncio Pilato
con las naciones y los pueblos de Israel” (Hch 4,27); los enemigos de antes se hicieron amigos,
exactamente como en cada crisis de chivo expiatorio», constata.
«Cristo venció la violencia --expresa--: no oponiendo a ella una violencia mayor, sino sufriéndola y
poniendo al descubierto la injusticia y la inutilidad. Inauguró un nuevo género de victoria que San
Agustín condensó en tres palabras: “Victor quia victima”: vencedor porque es víctima».
Y «resucitándolo de la muerte, el Padre declaró, de una vez por todas, de qué parte está la verdad y la
justicia y de qué parte el error y la mentira», puntualiza el predicador del Papa.
Incide en que «la novedad del sacrificio de Cristo se pone de relevancia desde distintos puntos de vista
en la Carta a los Hebreos: Cristo no tiene necesidad de ofrecer víctimas primero por sus propios
pecados, como cada sacerdote (7,27); no tiene necesidad de repetir más veces el sacrifico, sino que
“que se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del
pecado mediante el sacrificio de sí mismo” (9,26)».
Refiriéndose a los textos sobre el sacrificio de Cristo y la redención, para el predicador de la Casa
Pontificia «los sucesos y las experiencias del siglo XX, nunca antes vividos en estas proporciones por la
humanidad, plantearon a la Escritura interrogantes nuevos, y la Escritura, como siempre, se reveló
capaz de respuestas a la medida de los interrogantes».
«También la abolición de la pena de muerte recibe una luz nueva del análisis sobre la violencia y lo
sagrado. Algo del mecanismo del chivo expiatorio está en marcha en toda ejecución capital, incluso en
las avaladas por la ley», alerta.
«“Uno murió por todos” (2Co 5, 14): el creyente tiene un motivo más, eucarístico, para oponerse a la
pena de muerte. ¿Cómo pueden los cristianos, en ciertos países, aprobar y alegrarse de la noticia de
que un criminal haya sido condenado a muerte, cuando leemos en la Biblia: “Acaso me complazco yo
en la muerte del malvado –oráculo del Señor Yahveh-- y no más bien en que se convierta de su
conducta y viva”? (Ez 18,23)», interroga el padre Cantalamessa.

43
En su opinión, «el debate moderno sobre la violencia y lo sagrado nos ayuda así a acoger una
dimensión nueva de la Eucaristía», gracias a la cual «el “no” absoluto de Dios a la violencia,
pronunciado sobre la cruz, se mantiene vivo en los siglos. ¡La Eucaristía es el sacramento de la no-
violencia!».
Al mismo tiempo --añade--, la Eucaristía «aparece, positivamente, como el “sí” de Dios a las víctimas
inocentes, el lugar donde cada día la sangre derramada sobre la tierra se une a la de Cristo que grita a
Dios “con voz más poderosa que la de Abel” (Hb 12,24)».
«De aquí se entiende también qué se quita a la Misa (¡y al mundo!) si se le quita este carácter
dramático, expresado desde siempre con el término de sacrificio», concluye.

ÍNDICE

1. Introducción: las características del texto 1


2. El AT y el NT en Hebreos 3
2.1. La tradición cristiana primitiva presente en Hebreos 4
a) 2, 9-10 5
b) 5, 1-10 8
2. 2. Hebreos y el AT 12
3. El sacerdocio de Cristo es culminación del sacerdocio antiguo 18
3. 1. Presentación de Jesucristo, que está por encima de los ángeles 19
3.2. Las notas que definen a un Sumo Sacerdote: digno de crédito ante Dios 21
y misericordioso
3. 3. Profundizando en el sacerdocio de Cristo 28
4. Exhortación a vivir según Jesús: la fe y la perseverancia 36
4. 1. La vida nueva que nace de la entrega de Jesús 39
5. La novedad de la predicación de Hebreos, un caso del vigor eterno de la fe 42
en Jesús
Apéndice 43

44
Sin derramamiento de sangre no hay remisión, 9, 22
Pasar lo de la sangre que está al final de la grabación de la mañana (unos veinte minutos antes
de las tres horas).

El culto no es una realidad del mismo orden que el sacerdocio: prueba de cómo la
transformación de una realidad, en este caso el sacerdocio, “arrastra” todas las realidades
asociadas a él. no sé si esto es así… repensarlo.

He unido al explicar 2, 10-18 y 4, 14-5,9.

En von Rad, Teología del AT, tomo 2, La actualización del Antiguo Testamento en el
Nuevo, pp. 411-431, que me ayudará a repensar (quizá reformular) y es muy interesante.

A esta luz, reflexiona sobre la dimensión psicológica del sacrificio. Reconoce de qué modo abre paso
(puente) a la dimensión teologal.
La dimensión psicológica del sacrificio permite explicar las referencias sacrificiales del AT sin hacer a Dios
responsable del sacrificio; permite, asimismo, reconocer la centralidad de la sangre como elemento
sacrificial central.
El “me has dado un cuerpo” entronca con el tema del sacrificio. Tanto sacrificio es
cuando entregas algo de lo tuyo por amor, como cuando te ofreces enteramente. Sería
interesante comentar aquí lo del sacrificio, dejando claro que no es nuestra mentalidad,
pero haciendo ver la misteriosa justicia que se contiene en el sacrificio.

Añadir donde corresponda, en clave existencial:

- Que en una cultura sacral alguien se atreva a hacer una lectura crítica del culto y
el sacerdocio, es la bomba. A ver si nosotros la hacemos de la técnica, la ecología, el
consumo, la globalización, etc.
- La violencia es inútil e injusta (en la línea del comentario final de Cantalamessa.
- Todo va haciéndose caduco a nivel humano natural
- Nosotros, que sufrimos tanto… qué será que el sufrimiento se pueda vivir con
sentido?

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