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NÚMERO 20

SEPTIEMBRE DEL 2005 vol - 3

ISSN 1696-7208

DESARROLLO DE LOS NIÑOS Y NIÑAS DE 3 A 6 AÑOS.

Por Elena Sánchez Fernández.

La infancia es uno de los periodos de la vida en el que se realizan los progresos

más importantes e influyentes a largo plazo. Esta es la razón por la que nosotros, como

docentes, hemos de conocer en profundidad dichos avances y las posibilidades que se

esconden tras ellos, intentando realizar una programación que estimule todas y cada una

de las facetas del desarrollo.

Así, en lo que al campo cognitivo se refiere, nos encontramos en lo que Jean

Piaget denominó “Pensamiento Preoperatorio”. Éste se caracteriza principalmente por el

egocentrismo, o lo que es lo mismo, la confusión de yo y el no-yo, llegando a percibir

su realidad exclusivamente bajo un punto de vista: el suyo. En este sentido, la falta de

reversibilidad, la centración, el animismo, el artificialismo, o la incapacidad de apreciar

la transitividad, se muestran como limitaciones persistentes fruto del mismo.

A causa de la evolución simbólica, sus actividades mentales aumentan y llegan a

resolver de forma interna algunos problemas sencillos, representar de modo verbal,

imitar de forma diferida, o jugar simbólicamente. No obstante, su pensamiento aún no

es coherente y su razonamiento se caracteriza por ser subjetivo e intuitivo.


Podremos observar avances en la capacidad de relacionar o clasificar, atender y

memorizar,…y todo, en gran parte, gracias a las posibilidades que les ofrece el juego

para avanzar en el conocimiento físico, lógico-matemático, y social y emocional.

En lo referido al desarrollo del lenguaje, los pequeños comienzan a hablar

aproximadamente a los 18 meses y de aquí en adelante se van adentrando en un

universo de comunicación nuevo y que les ofrece amplias posibilidades. Por ejemplo,

con 3 años, aunque aún el lenguaje sea imperfecto, muestra las bases del idioma, su

vocabulario es extenso y aumenta muy velozmente, emplea oraciones más largas y

complejas, y diferencia algunos tiempos y modos verbales. Pero los 4 años es el periodo

más destacado, en el que se muestra un hablador infatigable preocupado por preguntar

acerca de todo e interesado por las respuestas imaginativas y distintas. Finalmente, con

5 años comienzan a emplear el lenguaje correctamente, dejando a un lado aquél de

carácter más infantil.

En estas edades, comienzan a tener un mayor dominio motor gracias a la

frenética actividad diaria y los constantes juegos que llevan a cabo. Dichos progresos

vienen marcados por dos leyes: céfalo-caudal y próximo-distal, de modo que vayan

adquiriendo mayor madurez y movimiento en las partes más próximas a la cabeza y el

tronco, hasta llegar a las partes inferiores y exteriores. Todo esto puede observarse

cuando aprenden a vestirse o desvestirse solos, en sus gestos y movimientos (aún torpes

o ágiles), en la percepción de ellos mismos, del espacio y del tiempo, en la coordinación

óculo-manual, y en la mayor coordinación en sus movimientos.


Como acontecimientos más importantes destacamos el establecimiento de la

preferencia lateral tras haber explorado con ambas manos, el aumento de la

independencia motriz y la mejora de la coordinación dinámica general, pasando, como

decía Le Boulch, de la etapa del cuerpo vivido ( de 0 a 3 años) a la de discriminación

perceptiva ( de 3 a 7 años).

Para Wallon, la personalidad infantil se construía durante el estadio del

personalismo, que comprende el Segundo Ciclo de Infantil. Dentro del mismo,

destacaba la crisis de oposición de 2 a 3 años, en la que para reafirmarse el pequeño

intenta imponer sus deseos, provocando numerosos conflictos con el adulto. Tras ella, y

hasta los 4 años, está el “periodo de la gracia”, donde intentan ganarse el afecto y la

aprobación d los mayores con aquellas habilidades más destacadas. Y finalmente la

“imitación de modelos adultos”, donde copian a éstos para asegurarse la aceptación que

no siempre consiguen con el método anterior.

Dentro del ámbito socioafectivo ocupa un lugar primordial el apego, vínculo que

establecen con aquellas personas que interaccionan con ellos de forma privilegiada y

cuya ruptura, en caso de ser brusca, puede tener consecuencias negativas. Este es el

motivo de que en la educación se contemplen unos días destinados a una integración

progresiva del discente, evitando por todos los medios romper tajantemente con esos

lazos. Familia y escuela se convierten pues, en dos contextos básicos para la

socialización, donde se ponen en contacto con otros adultos e iguales y comienzan a

iniciarse y progresar en las actividades asociativas y de colaboración, las habilidades

sociales, el sentimiento de amistad y el juego en grupo.


Perset Clermont destacaba el papel tan importante que ocupaban las relaciones

entre iguales para el desarrollo cognitivo, añadiendo que los pequeños conflictos

surgidos entre ellos facilitaban el aprendizaje, y añadiendo un tipo causado por el interés

por mantener un objeto deseado: la agresividad instrumental, más propia en edades más

tempranas.

Finalmente, observamos dos tipos de moral según Piaget, la autónoma y la

heterónoma, la primera referida a la actuación según unas normas establecidas por las

personas con autoridad, y la segunda decididas por uno mismo. A estas edades la

preponderante es la primera aunque, como dice Constante Kamii, irán evolucionando

hacia la autonomía conforme vayan creciendo, para lo cual será necesario dotarles de las

armas necesarias.

Desde la escuela, se han de buscar progresos en cada una de las direcciones

señaladas, teniendo en cuenta que cada niño/a es una realidad en sí mismo y por tanto,

debemos atenderlos como tal y respetar sus características, ritmos, intereses,

necesidades y motivaciones. Por eso, no existe una única forma válida de enseñar, ni

unos pasos estándar para el desarrollo, pero sí un principio clave para todos: todos

somos iguales y diferentes a la vez.

Elena Sánchez Fernández.