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LA MÍSTICA SEGÚN LA IGLESIA ORTODOXA

CONFERENCIA EN LA UNIVERSIDAD NACIONAL

DURANTE EL CICLO DE CONFERENCIAS

“LOS CAMINOS DE LO MÍSTICO”


18 de mayo de 2010

BOGOTÁ, COLOMBIA

por

Archimandrita José Saravia

LA VERDADERA MÍSTICA

La Iglesia Ortodoxa tiene una trayectoria milenaria de profunda vida


mística, y la define como una relación ontológica entre Dios y el hombre. Una
relación que inicialmente es terapéutica, y a la medida que ésta progresa se va
convirtiendo en una relación iluminadora, para continuar al objetivo principal
de la vida cristiana ortodoxa que es la relación deificadora con Dios. Esta
relación no es especulativa o imaginaria, sino real y ontológica, y posible
gracias a la encarnación del Hijo de Dios, a la presencia del Espíritu Santo, y a
las Energías Increadas de Dios.

Toda la teología de la Iglesia Ortodoxa se puede resumir en que “Dios


se hace hombre para abrirle al hombre la posibilidad ontológica de llegar a
ser, por gracia de Dios, partícipes de su divinidad”1. Dios nos ama, y su
mayor interés hacia nosotros es nuestro “ser”. Por eso toma forma humana,
para regenerar ontológicamente la humanidad, para reinstituir una vida
eterna a través de la resurrección.

                                                                                                                         
1
 Escrito  en  el  siglo  cuarto  por  San  Atanásio  de  Alejandría  en  su  libro  “Sobre  la  
Encarnación”.  
Esta relación entre Dios y el hombre, es una relación de persona a
persona, la cual la hace diferente a místicas de religiones panteístas, en donde
ni Dios ni el hombre son personas. La mística cristiana ortodoxa es mucho
más real y profunda que aparentes “místicas” que pueden tener personas o
comunidades de personas pero que, en realidad, no pasan de ser emociones
sentimentales y psicológicas. También hay personas que reclaman vivenciar
una “mística”, desarrollando diversos ejercicios corporales, pero que en
realidad no consisten en una relación con Dios, sino que son experiencias
netamente corporales y emocionales. Lamentablemente existe además una
última clase de “mística” falsa y muy peligrosa, cuando personas entran en
una relación con espíritus malignos. Pueden llegar a vivir experiencias
espirituales y ser dotados con poderes sobrenaturales, pero esta ”mística”,
como es entendible, no tiene nada que ver con Dios.

LAS BASES DE UNA VERDADERA MÍSTICA

DIOS CREADOR

Una de las profundas diferencias entre la teología ortodoxa con la


teología del resto del cristianismo occidental, es la distinción que hace entre la
esencia de Dios y las energías de Dios. Una cosa es lo que Dios es, y otra lo que
Dios hace. Esta diferenciación ha sido parte fundamental de la teología del
cristianismo universal durante todo el primer milenio, y la conserva la Iglesia
Ortodoxa hasta el día de hoy pero, después del cisma del año 1054,
lamentablemente el cristianismo occidental dejó de creer en las energías
increadas de Dios y se regresó al concepto filosófico helénico, el cual cree que
Dios es solamente una esencia pura.

Esta diferenciación es importante porque es verdad que Dios es una


esencia incognoscible e inaccesible para el hombre, pero que además de esta
esencia existen también las energías de Dios que brotan de su esencia, que son
las que dan existencia a todo lo creado, y las que permiten al hombre tener
una relación real con Él.

LA CREACIÓN

Dios es el autor de la creación, pero no forma parte de ella. Trajo todo


lo existente del “no ser” al “ser”, en un gigantesco movimiento que tuvo un
principio, pero que a partir de entonces, es continuo e interminable. La
creación está compuesta no solamente de todo este universo físico y visible,
sino también de un mundo espiritual e invisible, en el que habitan seres
espirituales. El hombre es la criatura más sublime de toda la creación,
compuesto de cuerpo y alma, y por lo tanto habita simultáneamente en ambos
mundos.

Las energías de Dios se desbordan de su esencia, creando de esta manera


todo lo existente. Hay diversas energías que se pueden clasificar en tres
grupos principales:

→ ENERGÍAS EXISTENCIALES → dan existencia a todo lo existente


→ ENERGÍAS VIVIFICADORAS → dan vida a todo lo viviente
→ ENERGÍAS DEIFICADORAS → purifican, iluminan y
deifican a los seres humanos

Dios no forma parte de la creación, pero sí fue su voluntad un día


ingresar en la creación, ingresar en el tiempo, en la materia y en el espacio. Lo
hizo asumiendo la condición y naturaleza humana, que es la criatura más
sublime de toda la creación.

LA ANTROPOLOGÍA ORTODOXA

El hombre fue creado por Dios a su “imagen y semejanza”, es decir a


imagen de Jesús Cristo2, quien es el prototipo humano utilizado por Dios al
momento de crear a Adán. Aunque Jesús es cronológicamente posterior a
Adán, este último, sin embargo, fue creado a imagen de Jesús, el Hijo de Dios
encarnado. La mística cristiana ortodoxa es basada, por lo tanto, en esa
estrecha relación entre Jesús y cada ser humano.

El dogma cristiano más importante es el de la Santísima Trinidad. El


Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres Personas hipostáticamente diferentes
entre sí, pero completamente unidos en una misma esencia. La humanidad,
creada a “imagen y semejanza” de Dios, está conformada también por personas
diferentes entre sí, pero unidas por una misma esencia humana. Existe por lo
tanto una unión ontológica entre todos los seres humanos. Un ser humano
cualquiera, es a la vez único e irrepetible, pero por el hecho de ser creado a
                                                                                                                         
2
 Las  palabras  Jesús  y  Cristo,  tienen  cada  una  todo  un  significado:  Jesús  es  su  nombre  
humano  y  que  significa  en  hebreo  “Salvador”.  Cristo  es  una  palabra  griega  que  
significa  “Ungido”,  y  que  en  hebreo  se  traduce  “Mesías”.  Por  eso  no  es  correcto  unir  
las  dos  palabras,  lo  cual  hace  que  se  pierda  el  significado  de  cada  una,  y  convierte  la  
palabra  Jesucristo  en  simplemente  en  una  clase  de  apodo,  que  se  refiere  a  la  
persona  de  Jesús.  
“imagen y semejanza” de Dios, puede representar en sí a toda la humanidad.
Todo lo que haga consigo mismo, afecta a toda la humanidad. Todo el
desarrollo espiritual que adelante consigo mismo y con los demás beneficia a
toda la humanidad; y al contrario, todo el mal que haga perjudica a toda la
humanidad. Por esta razón la vida monástica es tan importante en la Iglesia
Ortodoxa: un hermitaño, por ejemplo, que vive totalmente aislado de la
sociedad, si progresa en ese camino de deificación, está beneficiando a toda la
humanidad, así no haga ninguna obra de caridad a otro ser humano.

EL MISTERIO DE CRISTO

Esta realidad teológica nos abre todo un entendimiento al MISTERIO


DE CRISTO. Nos ayuda a entender la razón, la forma y el objetivo de su
encarnación.

¿Cuál es entonces el MISTERIO DE CRISTO?

 Cristo no se encarna haciéndose semejante al hombre, sino es Adán


quien es creado a imagen del Prototipo de Cristo, (así sea este posterior
cronológicamente)3.
 Cristo es “imagen de Dios”, y el hombre “imagen de Cristo”.
 El Hijo de Dios se hace hombre para representarnos a todos.
 Se hace hombre para asumir en sí mismo, todas las consecuencias del
pecado, incluyendo la consecuencia más grave que es la muerte.
 Después de hacer esto, resucita, para regenerar al género humano. Para
volver a instituir la vida eterna a través de la resurrección.
 Esto sucede por el concepto teológico de que todos los humanos
estamos ontológicamente unidos entre sí. Lo que Cristo hizo consigo
mismo afectó a toda la humanidad.
 Cristo es el Nuevo Adán, que afectó y regeneró a toda la humanidad.
 Su resurrección nos afectó a todos, hasta tal punto que, queramos o no,
todos vamos a resucitar.
 Por eso la teología ortodoxa siempre ha sido y nunca dejará de ser
cristocéntirca.

EL ALMA HUMANA

                                                                                                                         
3
 Dios  dice  en  Génesis  1:26  “Hagamos  al  hombre  a  nuestra  imagen,  conforme  a  
nuestra  semejanza”.  El  hecho  de  hablar  en  plural  implica  que  las  tres  peronas,  Padre  
Hijo  y  Espíritu  Santo,  son  las  que  crearon  al  hombre.  
El ser humano está compuesto de cuerpo y alma; de materia y espíritu.
Su alma, también creada a “imagen y semejanza” de Dios, también tiene una
división trinitaria:

1. NOUS, la parte más sublime del alma, es el ojo a través del cual
contempla y se comunica con Dios.
2. LOGOS, es la parte a través de la cual se manifiesta el Nous.
3. ESPIRITU es el amor noético del alma, es decir el estado espiritual del
alma.

Esta división trinitaria es condescendiente, porque en Dios la


diferenciación de las tres Personas, es una diferenciación hipostática, mientras
en el alma es solamente una división de energías, facultades y
funcionamientos.

La actividad del alma también puede dividirse en tres aspectos:

1. El aspecto INTELECTIVO.
2. El aspecto APETITIVO.
3. El aspecto IRASCIBLE.

Estos tres aspectos son energías o funciones del alma, y fueron


implantadas por Dios como virtudes y cualidades que ayudan al hombre en
su progreso espiritual.

El aspecto intelectivo es el encargado de todo lo referente a la razón y el


conocimiento. El aspecto apetitivo es la parte encargada de todos los
sentimientos y deseos del alma. Y el aspecto irascible es el que tiene que ver
con todos los movimientos iracundos del alma.

Hay que entender que estas virtudes del alma tenían como objetivo
inicial ayudar al hombre en su desarrollo espiritual. La parte intelectiva para
ayudar al hombre comprender a Dios y la creación. La parte apetitiva para
ayudarlo a desear y alcanzar lo bueno y santo. La parte irascible para
fortalecerlo en poder rechazar enérgicamente lo malo y dañino.
Lamentablemente, después de la caída de Adán y Eva, estas tres funciones del
alma se enfermaron, y desde entonces al hombre le es más fácil hacer el mal
que mantenerse en el bien. En lugar de utilizar la razón y el conocimiento
para hacer el bien y acercarse más a Dios, se concentra más en cosas
superfluas o dañinas, para formar ídolos de Dios, supersticiones, y
justificadas revoluciones en contra de Dios y del prójimo. En lugar de
apetecer lo bueno, lo santo y lo espiritual, desea más fácilmente toda clase de
placeres y satisfacciones egoístas y apasionadas. Y en vez de luchar y
aborrecer todo lo que lo separa de Dios y de su prójimo, la parte irascible del
alma ya enferma, se opone inamistosamente contra su propio prójimo y hasta
con Dios mismo.

LA CAIDA DEL HOMBRE

El libro del Génesis nos relata la caída que tuvieron Adán y Eva de la
gracia de Dios (Gén. 3, 1-19). Sin importar su historicidad o no, en este corto
relato está descrito todo el drama del alma humana, la manera como se
enfermó y se alejó de la gracia de Dios y del objetivo de su existencia. El
amoroso mandamiento de Dios de no comer del fruto de un determinado
árbol del Paraíso, no lo impuso para limitar su libertad sino, al contrario para
activar en ellos el don más grande que Dios les otorgó: el libre albedrío.

Era a través de ese mandamiento que ellos podrían comenzar a


ejercitarse en la virtud, y comenzar a obrar conjuntamente con la gracia de
Dios en su deificación. Lamentablemente fueron engañados por el Diablo
disfrazado de serpiente, y desobedecieron. En la atención que Eva puso al
argumento de la serpiente, vemos cómo su nous cayó de la visión de Dios y
cambió la belleza de lo espiritual por la belleza y el deseo de un fruto material
“La mujer vio que el fruto del árbol era hermoso, y le dieron ganas de comerlo y de
llegar a tener entendimiento. Así que tomó uno de los frutos y se lo comió.” (Gén. 3
6). Vemos cómo ella se cayó del amor de Dios y de tenerle fe y confianza,
dudo de su advertencia que “morirían”, y creyó más el consejo de la serpiente
quien, indirectamente le dijo que Dios era mentiroso y egoísta al no querer
que fueran como Él: “No es cierto. No moriréis. Dios sabe muy bien que cuando
comáis del fruto de ese árbol podréis saber lo que es bueno y lo que es malo, y que
entonces seréis como Dios.” (Gén 3, 4-5). Lo más grave de todo es el deseo que
Eva adoptó por influencia de la serpiente: querer ser como Dios, pero sin la
ayuda de Dios y en desobediencia directa de su mandamiento. Esta es la
esencia del pecado de Adán y Eva, el querer ser como Dios, pero sin Él. Lo
paradójico es que Dios los había creado precisamente para que llegaran a la
deificación. En la abundancia de su amor, quiso desde un principio compartir
con ellos su divinidad. Este era el objetivo principal por el cual los creó.

A partir de ese momento, vemos como el nous de Adán y Eva se


obscureció. Dejó de percibir la cercanía y el amor de Dios y su presencia en el
divino mandamiento. La razón, que es solamente una herramienta del nous, se
reveló en contra del nous, y se apoderó de él. La visión de Dios pasó a un
segundo plano, y el argumento de la serpiente cobró mayor importancia. La
parte apetitiva del alma también se enfermó, prefiriendo alimentos deseables
a la comunión con Dios. Deseando también ser como dioses, pero sin la
aprobación y la ayuda de Dios.

El problema no está solamente en esta desobediencia, sino en que no se


arrepintieron ni pidieron perdón en las oportunidades que Dios les dio al
preguntarles dónde estaban y qué habían hecho. En lugar de reconocer su
falta y pedir perdón, Adán le echó la culpa a Eva y a Dios mismo “la mujer que
me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí” (Gén. 3, 12), y Eva culpó
a la serpiente. Este hecho de haber sentido culpabilidad, de no haberla
enfrentado responsablemente y arrepentirse de ella y, al contrario, de haber
intentado trasladarla a otro, enfermó inmediatamente las almas de Adán y
Eva. Empujaron inconscientemente dentro de sus almas el desagradable
sentimiento de culpabilidad, y a partir de ese mismo instante sus almas,
creadas por Dios, enteras, uniformes y totalmente conscientes, se dividieron
en tres partes: consciente, subconsciente e inconsciente. Hoy día nuestras
almas se hallan tan enfermas, que se estima que el consciente es solamente la
décima parte de nuestra alma, mientras que las otras nueve décimas partes
son subconsciente e inconsciente. Esto es muy grave porque el consciente es
todo lo que conocemos y pensamos, mientras que desconocemos y no
tenemos ningún control sobre todo lo que hay guardado en nuestro
subconsciente e inconsciente.

Si la creación es un continuo movimiento del “no ser”, al “ser”, y si el


hombre está destinado por Dios a tener la posibilidad de llegar a la plenitud
del “ser”, entonces todo pecado que obstaculice este movimiento, es en su
esencia un movimiento regresivo al “no ser”. Esto es lo que en la tradición de
la Iglesia se conoce como la “perdición”.

EL PECADO

El pecado de Adán y Eva es conocido en el cristianismo occidental


como el pecado original, y en la Iglesia Ortodoxa se conoce como pecado
ancestral. Existe una gran diferencia entre los dos, porque en la teología de la
Iglesia Católica Romana se cree que toda la humanidad ha estado heredando
la culpabilidad del pecado de Adán y Eva. Para la teología Ortodoxa esto es un
error, porque cada persona será responsable ante Dios de sus propios
pecados, y es imposible la transmisión de la culpabilidad del pecado de una
persona a otra. Lo que sí se cree en la teología Ortodoxa es que heredamos no
la culpabilidad, sino las consecuencias del pecado de Adán y Eva. ¿Cuáles son
estas consecuencias?
 Primero, la mortalidad. Adán y Eva tenían en sí mismos la potencialidad
de nunca morir, entendiendo la muerte como la separación del alma y
el cuerpo, el cual pierde vida sin ella. Eso fue precisamente lo que Dios
les advirtió “No comas del fruto de ese árbol, porque si lo comes, ciertamente
morirás” (Gén. 2, 17). Hay que entender que la muerte no es un castigo
de Dios, sino una paternal y amorosa prevención de Dios para impedir
que el hombre sufra un mal mayor. La muerte es consecuencia del
pecado del hombre. Dios es vida y el dador de vida, y si el hombre no
puede mantenerse cerca de Dios y encaminado a una deificación, viene
automáticamente la muerte. Dios sabía que si Adán no podría guardar
ese pequeño mandamiento que le puso, tampoco podría guardar y
cumplir otros mayores, y que concluiría en una progresiva enfermedad
y alejamiento de Dios. Permitió entonces la muerte, porque si el
hombre permaneciera eterno después de la caída, entonces se
inmortalizaría el pecado. Al permitir Dios un límite a la vida del
hombre, a la unión de cuerpo y alma, entonces pondría también un
límite definitivo al pecado. Todo esto lo hizo sabiendo que llegaría el
momento que tomaría forma humana, y que re instituiría en la
humanidad la vida eterna a través de la resurrección. A partir de la
resurrección de Jesús, la muerte dejó de ser eterna y pasó a ser
temporal.

 Otra grave consecuencia es la progresiva enfermedad del alma. Desde


el mismo momento de la primera transgresión de Adán y Eva, en sus
almas sucedió una revolución de los aspectos intelectivos, apetitivos y
irascibles del alma en contra de la soberanía del nous. El nous, el
órgano más sublime del alma, a través del cual contempla y se
comunica con Dios, y el que cuando está sano gobierna todos los
aspectos del alma, se oscureció y dejó de tener la soberanía que tenía
sobre los demás aspectos y funciones del alma.

 Otra consecuencia es el oscurecimiento del nous y la imposición de la


razón sobre él. Ahora no son más la infinita fe y la contemplación de
Dios y del mundo espiritual las que determinarán el comportamiento
del hombre, sino una limitada razón, tan sujeta a cambios,
transformaciones e influencias de los sentidos y de todos los problemas
psicológicos causados por el desconocido abismo del subconsciente y
el inconsciente.

 El alma, inicialmente creada por Dios, entera, uniforme y totalmente


consciente, se enferma y divide en tres partes: consciente,
subconsciente e inconsciente.
La esencia del pecado, por lo tanto, no es simplemente la ruptura de un
supuesto código penal instituido por Dios, el cual cuando lo desobedecemos
somos castigados, y cuando lo obedecemos somos premiados. El pecado en su
esencia es una enfermedad ontológica del hombre, y que afecta toda su
constitución psicosomática. Afecta también nuestra relación con Dios, pero no
en el sentido que erradamente se piensa, es decir que cuando pecamos, Dios
queda enojado con nosotros, se aleja y nos abandona. Dios nunca se enoja y
nunca nos castiga. Dios es inmutable, siempre el mismo y nunca deja de ser
amoroso. No es Dios el que determina nuestra relación con Él, sino somos
nosotros los que determinamos nuestra relación con Él. El pecado entonces
nos afecta ontológicamente, nos dificulta relacionarnos con Dios y
gradualmente nos aleja de Él.

LA VIDA ESPIRITUAL CRISTIANA ORTODOXA

Teniendo todo esto presente, podemos ahora sí comenzar a


comprender en qué consisten la mística y la vida espiritual cristiana ortodoxa.
Consisten principalmente en una relación ontológica entre Dios y el hombre.
Una relación terapéutica, que a medida que progresamos se convierte en
iluminadora, con el objetivo de tratar de llegar lo más posible a la deificación
que Dios en su amor por nosotros nos ofrece. Esta relación es posible gracias a
la encarnación del Hijo de Dios, a la presencia del Espíritu Santo, y a las
Energías Increadas de Dios. Dios se ofrece a sí mismo, y nos concede
gratuitamente todos los medios para que esta relación sea posible. Lo que le
resta al hombre es tener fe en esta realidad, ofrecerse a sí mismo poniendo su
esfuerzo e interés para interactuar con la gracia de Dios, y obrar de esta
manera este grandioso objetivo de su sanación y gradual deificación. Esta
sinergia, (trabajo conjunto) entre la gracia de Dios y la voluntad y el esfuerzo
del hombre, es el punto central de la mística cristiana ortodoxa.

Si el ser humano fue creado por Dios totalmente sano, y si después de


la caída lo vemos ya ontológicamente enfermo, entonces la vida espiritual
cristiana ortodoxa la podríamos considerar como un camino regresivo a lo
que fue Adán antes de la caída. El objetivo es entonces tratar de llegar lo más
posible al estado de Adán antes de la caída, y el que nos muestra ese Adán es
el Nuevo Adán, nuestro Señor Jesús Cristo, a imagen de quién fue creado
Adán. Jesús es entonces el prototipo en el cual se concentra toda la
espiritualidad ortodoxa.
El espacio físico y espiritual donde se realiza todo esto es la Iglesia.
Entendiendo por Iglesia la agrupación de seres humanos creyentes en un
único Dios Trinitario, en la encarnación del Hijo de Dios, y en la presencia del
Espíritu Santo, y conscientemente partícipes de la gracia de Dios comunicada
por los Misterios (Sacramentos)4 de la Iglesia. Estos son los límites visibles
que nosotros los humanos conocemos de la Iglesia; sin embargo, solamente
Dios sabe hasta dónde llega su amor y condescendencia por toda la
humanidad.

La Iglesia es el “Cuerpo de Cristo”, y todos sus fieles son los miembros


vivos de este Cuerpo. Así como en la Persona de Jesús Cristo están presentes
las naturalezas divina y humana, de igual manera la Iglesia es también divina
y humana. Es el espacio donde Dios desciende a la humanidad, y donde
humanos ascendemos hacia lo divino.

La vida espiritual cristiana ortodoxa consiste principalmente en dos


prácticas simultáneas y complementarias la una de la otra: primero, la vida
Misterial o Sacramental, o sea la activa y consciente participación de los
Misterios de la Iglesia, que son los medios instituidos por Dios para
comunicarnos su gracia. Y segundo, el esfuerzo personal de purificación de
cada fiel, que consiste en oponerse a las pasiones del alma y contrarrestarlas
practicando y apropiándose de las virtudes opuestas a ellas.

LOS MISTERIOS (SACRAMENTOS) DE LA IGLESIA

Por lo general, se han establecido siete Misterios de la Iglesia , aunque


en realidad son innumerables, debido a que cada intervención de Dios en la
vida de los fieles, seguida de oraciones y oficios litúrgicos es, en su esencia un
Misterio. Los siete principales son: Bautismo, Crismación5, Santa Comunión,
Penitencia y Confesión, Sagradas Órdenes, Matrimonio y Santos Óleos para
los enfermos. Los cuatro primeros son esenciales y necesarios para participar
plenamente de la gracia de Dios, mientras que los tres restantes son
opcionales.

a. Bautismo: Es el primer Misterio a través del cual ingresamos a la


Iglesia y nos convertimos en miembros vivos del Cuerpo de Cristo. En

                                                                                                                         
4
 En  la  Iglesia  Ortodoxa,  los  Sacramentos  son  llamados  Misterios,  porque  Dios  está  
místicamente  presente  y  obrando  a  través  de  ellos.    
5
 Conocido  en  la  Iglesia  Católica  Romana  como  Confirmación.  
la Iglesia Ortodoxa se realiza por triple inmersión en el agua de cuerpo
completo, a nombre de la Santísima Trinidad, y representando los tres
días que Cristo estuvo muerto en la tumba. De esta manera el
bautizado espiritualmente muere a la persona vieja que era a imagen
de Adán, y resucita a una persona nueva a imagen de Jesús Cristo.
b. Crismación: Es el segundo Misterio suministrado inmediatamente
después del bautismo, a través del cual el nuevo fiel recibe al Espíritu
Santo y se convierte en su vivo santuario. Crismar en griego significa
“ungir”, y se llama así porque el fiel es ungido con el Santo Crisma,
que es la evolución de lo que el en Nuevo Testamento se conoce como
“imposicion de las manos”, que era entonces el método de transmisión
del Espírtu Santo que descendió el día de Penticostés.
c. Santa Comunión: Es el más importante Misterio de todo el
Cristianismo, a través del cual, en una celebración litúrgica, el Hijo de
Dios se vuelve a encarnar una y otra vez, y los fieles pariticpamos del
cuerpo y la sangre de Cristo en forma de pan y vino. Dios en su
esencia todo poderosa no hubiera podido darnos algo más grandioso
que el concedernos comer su cuerpo y beber su sangre. De igual
manera el hombre tampoco puede pedirle a Dios algo más sublime
que esto.
d. Confesión: En todo el desarrollo espiritual del ser humano, es
importante entender su fragilidad y la profunda necesidad que tiene
de un perdón cuando cae en el camino. Necesita desatarse de las
ligaduras causadas por demonios y por la culpabilidad que siente por
sus faltas y pecados. Por esta razón el filántropo Señor instituyó el
mismo día de su resurrección el Misterio de la Confesión y del perdón
de los pecados, “Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: ´Recibid el Espíritu
Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes
no se los perdonéis, les quedarán sin perdonar´”. (Juan 20, 22-23). Los
Apóstoles recibieron en ese momento la gracia y el poder de perdonar
a otras personas sus pecados, y ellos lo transmitieron al clero de la
Iglesia hasta el día de hoy. En la tradición de la Iglesia Ortodoxa es
importante que cada fiel tenga su padre espiritual, un sacerdote u
obispo con la gracia de confesor, con quien uno frecuentemente se
confiesa, comparte los problemas espirituales y recibe una dirección
para seguir avanzando en su desarrollo espiritual.
e. Sagradas Órdenes: Misterio que viene desde el Antiguo Testamento y
se complementa en el Nuevo. Tiene como objetivo equipar
espiritualmente a hombres con la vocación de ser intermediarios entre
la gracia de Dios y los fieles, y de atender las necesidades espirituales
de los demás. En la Iglesia Ortodoxa existen tres rangos de sacerdocio
que son: Diácono, Sacerdote y Obispo.
f. Matrimonio: Misterio en el que Dios bendice la unión de un hombre y
una mujer, y espiritualmente los convierte en una sola carne. El
objetivo del matrimonio no es solamente el amor mutuo y la
procreación sino, más importante aún, es cómo ambos se ayudan y se
autocomplementan el uno al otro en su esfuerzo por desarrollarse
espiritualmente y alcanzar la salvación.
g. Santos Óleos: Misterio instituido por Dios para ayudar física y
espiritualmente a los enfermos.

Es importante entender que los Misterios son los medios instituidos


por Dios para hacernos partícipes de su gracia y su Ser. Dios se da a sí mismo
gratuitamente, sin embargo, es responsabilidad de cada fiel hacer activa o no
la gracia de Dios en sí mismo. Por eso es importante participar de los
Misterios dignamente, con fe, con amor y con humildad de espíritu. Para
comprender los Misterios de la Iglesia, y en general todo lo que Dios hace por
nosotros, es indispensable tener estas dos últimas virtudes: amor y humildad.
Amor, porque sin él no podremos comprender al Dios del amor, quien por
amor hacia nosotros se hizo hombre y obró de una manera tan espectacular
nuestra salvación. Humildad, porque sin ella no podremos comprender lo
paradójico de Dios, de cómo Él en toda su infinita grandiosidad, se nos
manifiesta de una manera tan sumamente simple y humilde.

La vida Misterial es la parte central de la mística y vida espiritual


cristiana ortodoxa. Paralelamente a esta y de forma simultánea y
complementaria, el cristiano debe vivir una lucha continua contra su propio
ser, el cual está débil y enfermo, y contra demonios que intentan desviarlo del
camino hacia Dios. Los demonios son espíritus, y nuestra alma es también un
espíritu. Esta afinidad hace que ellos puedan influenciar tan fácilmente
nuestra alma. Nos tienen envidia, debido al amor de Dios hacia nosotros, y
hacen todo lo posible por alejarnos de Él.

LA PRAXIS DE LAS TRES ETAPAS DE LA VIDA ESPIRITUAL

La vida espiritual cristiana ortodoxa está dividida en tres etapas


generales:

1. Purificación (del corazón).

2. Iluminación (del nous).

3. Deificación de todo el ser.

No existe una línea divisoria entre cada una, y tampoco se puede


categorizar a alguien y definir con exactitud en cual etapa se encuentra. Es
posible además que uno se pueda encontrar en más de una etapa al mismo
tiempo. Por ejemplo, uno puede durar toda una vida en la etapa de
purificación, pero también haber tenido visitas de la gracia de Dios y
contemplar algo de la divinidad.
1. Purificación:

Es la etapa más esencial de la vida espiritual, sin la cual es imposible


ascender a las otras etapas. Esto debido a que, como decíamos, el ser humano
está, desde el momento de su nacimiento, ontológicamente enfermo y en
necesidad de sanación. Heredamos incluso desde antes de nacer, las
consecuencias de los pecados de nuestros ancestros, y por esta razón no somos
las personas que deberíamos ser. Nuestro nous esta débil y enfermo, y a
medida que crecemos los tres aspectos del alma, el intelectivo, el apetitivo y el
irascible, comienzan a formar pasiones en el alma que van definiendo la
personalidad del ser y su comportamiento. Pasiones como: egoísmo,
glotonería, odio, rencor, envidia, venganza, lujuria, codicia, orgullo,
vanagloria, falsedad, etc. Así como nuestro cuerpo puede tener muchas y
diversas enfermedades, de igual manera nuestra alma también puede estar
enferma con estas y otras pasiones. Estas pasiones a su vez van conduciendo
al fiel a actos pecaminosos, los cuales van creando culpabilidades en su alma.

Además de las pasiones, existe otro trauma muy serio que heredamos
de nuestros ancestros, y es la división del alma en tres partes: consciente,
subconsciente e inconsciente. Nuestra alma fue inicialmente creada por Dios en
una sola pieza, y enteramente consciente. Hoy en día se estima que la
consciencia es solamente la décima parte de nuestra alma. Las otras nueve
décimas partes compuestas por subconsciente e inconsciente, son un abismo
en el cual no tenemos ningún conocimiento ni control. En esta etapa de
purificación, sin embargo, hay la esperanza de que a medida que
progresamos en limpiar nuestro corazón y en arrepentirnos de nuestros
pecados y pasiones, vamos adquiriendo cada vez más consciencia de la
suciedad que hay en nuestro subconsciente e inconsciente. Mientras eso va
sucediendo, el consciente va creciendo, y el subconsciente e inconsciente van
disminuyendo. Existen Santos de la Iglesia que se acercaron bastante a ese
estado bienaventurado de Adán antes de la caída, de ser enteramente
conscientes de su alma. El ejemplo más claro es nuestro Señor Jesús Cristo,
quien en su humanidad era totalmente consciente de su alma.

Todos estos males que van sucediendo en lo más profundo del alma de
cada ser humano, necesitan una sanación. Por eso, en esta etapa de
purificación hay tres cosas esenciales que cada fiel debe hacer para combatir
ese mal innato en su ser, y del cual está llamado por Dios a luchar para
sanarse. Estas son:

a) Arrepentirse: El arrepentimiento es algo mucho más profundo que ese


simple sentimiento de culpabilidad, vergüenza y deseo de corrección
que uno puede tener por malos actos cometidos. El verdadero y sincero
arrepentimiento es infinito. Sucede algo paradójico en el alma de una
persona que realmente se arrepiente: entre más haya alcanzado un
estado de purificación, más pecaminoso se siente, y más se arrepiente.
Esto debido a que entre más avanza uno en la vida espiritual, más se
va dando uno cuenta de lo enfermo que está, y de lo lejos que se
encuentra de la perfección humana a la cual está llamado a llegar, a
imagen de Cristo.

b) Confesarse: De igual manera la confesión es mucho más que


simplemente reconocer y confesar un pecado cometido. El pecado no
es simplemente la ruptura de un supuesto código penal impuesto por
Dios. Si esto fuera así, entonces la confesión no sería más que una
justificación jurídica. El pecado es producto de una enfermedad
ontológica del ser humano, y por eso la confesión es parte esencial de
una terapia espiritual. Todo pecado tiene en su esencia ingredientes
como: falta de fe, orgullo, arrogancia, egoísmo, autojustificación, falta
de vergüenza, etc. Una sincera confesión tiene en su esencia las
virtudes opuestas a estas pasiones del alma: fe en Dios y en el perdón
que nos puede conceder, humildad, compasión, autocrítica, una
sanadora vergüenza, etc. Por eso el Señor en su infinita sabiduría
instituyó este Misterio y lo dejó en el seno de la Iglesia como terapia
fundamental del ser humano. El perdón que nos puede conceder Dios
a través de un padre confesor tiene además como objetivo liberarnos
de culpabilidades, que son como cánceres del alma que poco a poco la
van destruyendo.

c) Ejercitarse en las virtudes opuestas a las pasiones: Así como nuestro


cuerpo puede tener diversas enfermedades, de igual manera nuestra
alma también padece varias enfermedades, que los Santos Padres de la
Iglesia llaman pasiones. Cada pasión tiene a su vez una virtud opuesta.
Por lo tanto, en la vida espiritual es fundamental la lucha personal que
cada persona debe tener con sus pasiones, limitando lo más posible su
influencia en nuestros pensamientos, sentimientos y actos, y
contrarrestarlas practicando las virtudes opuestas. Por eso es tan
importante tener un padre espiritual, quien durante la confesión
administre, no castigos, sino ejercicios terapéuticos para contrarrestar
las pasiones y ejercitarnos en las virtudes. Una lista general de
pasiones y virtudes sería :

Pasiones Virtudes
Orgullo Humildad
Odio Amor
Incredulidad Fe
Arrogancia Compasión
Rencor Perdón
Vanagloria Modestia
Lujuria Castidad
Glotonería Contención en el comer
Avaricia Generosidad
Falsedad Sinceridad
Desespero Esperanza
Envidia Desear el bien a los demás
Desenfreno Templanza
Egoísmo Desapego de sí mismo

2. Iluminación:

Esta segunda etapa de la vida espiritual no es estrictamente una etapa


consecutiva a la Purificación, sino que se puede comenzar a experimentar una
iluminación del nous, incluso durante la purificación del alma. Ello depende
enteramente de Dios, si Él en su misericordia desea concederle esta gracia a
alguien. El Señor lo dijo en su “sermón de la montaña”: “Dichosos los de
corazón limpio, porque verán a Dios” (Mateo 5, 8). En la tradición de la Iglesia
Ortodoxa esto es de suma importancia, porque toda su teología está
fundamentada, no en especulaciones filosóficas, sino en la experiencia y
contemplación de Dios. Así que cualquier conocimiento o experiencia de Dios
debe indispensablemente ser precedida por una purificación del alma.

En esta etapa de la vida espiritual, el protagonista, sin duda alguna, es


el nous, el cual podríamos decir que es la cabeza del alma, su parte más
sublime, a través de la cual contempla y se comunica con Dios. La
herramienta principal del nous es la fe, entendiendo por fe no simplemente el
hecho de creer en algo o Alguien desconocido (en este caso Dios), sino la
capacidad de contemplación de ese Alguien. En otras palabras, la fe es en su
esencia, un cierto grado de contemplación de Dios. Este grado varía en cada
persona, y depende del estado de pureza del corazón y de salud del nous.

La razón es una herramienta complementaria del nous, la cual en el


proceso de fe y contemplación puede colaborar, pero no es indispensable.
Evidencia de esto es la cantidad innumerable de santos y fieles con poca o
ninguna educación, pero que poseían pleno conocimiento y comunión con
Dios. Adán y Eva contemplaban a Dios a través de su nous, hasta el momento
que transgredieron el mandamiento de Dios. En ese momento la razón
(representado en el argumento mentiroso de la serpiente hacia Eva) se rebeló
en contra del nous, para posteriormente igualarse e identificarse con él. A
partir de entonces, la fe y la contemplación de Dios pasó a un segundo plano,
superado por la razón. Eso lo podemos comprobar cualquiera de nosotros
haciendo un autoexamen, para ver hasta qué punto podemos tener fe sin uso
de la razón. El mismo hecho de que esto nos parezca difícil, quiere decir que
nuestro nous está enfermo, y que no contempla a Dios como debería.

La etapa de la iluminación es entonces, una etapa en la que después de


haber alcanzado cierto grado de pureza de corazón, nuestro nous comienza a
ser digno de poder contemplar a Dios. No la esencia de Dios, la cual es
imposible llegar a verla, pero si manifestaciones de las energías increadas de
Dios, la visión de seres y realidades del mundo espiritual que nos rodea,
como ángeles, santos y hasta demonios, y sobre todo al Hijo de Dios hecho
hombre, nuestro Señor Jesús Cristo. La Biblia, tanto el Antiguo como en el
Nuevo Testamento, así como la inmensa literatura Patrística, está llena de
estos ejemplos. Todo esto, claro está, no es un fin en sí. Es simplemente un
estado al cual pocas personas alcanzan a llegar, y que no depende de uno sino
de la misericordia de Dios. No es sano el desear experimentar
prematuramente este estado. El objetivo no es experimentar, sino sanarnos
espiritualmente. Lo importante es purificar el corazón y sanar al nous.

Hay cuatro factores generales para sanar al nous:

a) Tener verdadera fe cristiana y ortodoxa.


b) Ser conscientes de que estamos enfermos.
c) La ayuda de un sacerdote terapeuta, quien usará los medios de
la Iglesia para sanarnos.
d) Un método apropiado para la regeneración del nous llamado
ascetismo.
El elemento más importante en todo este proceso, tanto en la etapa de
purificación como en la de iluminación, es la oración. Todo este
emprendimiento no es algo solitario, sino hecho en comunión con Dios. Es
indispensable la sinergia, o sea el trabajo conjunto entre la gracia de Dios, y la
voluntad y esfuerzo de uno. Por eso es tan importante hablar constantemente
con Dios. La Iglesia Ortodoxa es ante todo una Iglesia orante, y que goza de
una riquísima tradición litúrgica. Pero además de esta riqueza, posee un
valiosísimo tesoro que es la llamada “Oración de Jesús”. Es una oración muy
corta pero poderosísima, y se compone de las siguientes palabras: “Señor
Jesús Cristo, ten misericordia de mí.”

a) Señor: al decir Señor, nos referimos a la divinidad de Jesús.


b) Jesús: es un nombre humano, que además quiere decir
“Salvador”, y al decirlo nos referimos a la humanidad de Jesús.
c) Cristo: Cristo en griego quiere decir “Ungiído” y la traducción
en hebreo es “Mesías”, y al decirla nos referimos a la misión de
Jesús.
d) Ten misericordia de mí: le pedimos perdón, protección y
benevolencia.
Los objetivos de esta oración son:

a) Confesión de fe: es una manera de confesar nuestra fe en la


divinidad, en la humanidad y en la misión de Jesús.
b) Oración a Jesús: es una constante invocación del poderoso y
agraciado nombre de Jesús.
c) Arrepentimiento: es una manifestación de arrepentimiento y
reconocimiento de nuestros pecados, al estar pidiéndole su
misericordia y perdón.
d) Súplica a Jesús: al pedirle misericordia, ponemos con fe y
confianza toda nuestra existencia en sus manos. Él sabe mejor
que nosotros qué necesitamos, cuándo y en qué forma.
e) Ejercicio espiritual: nos ayuda a mantenernos sobrios y atentos
a nuestros pensamientos y sentimientos, y también a mantener
al nous como soberano sobre las funciones intelectivas,
apetitivas e irascibles del alma.
La práctica de esta oración tiene diferentes grados. Primero la
comenzamos a practicar de manera verbal, repitiéndola constantemente con
la boca. Después de mucho tiempo de estar repitiéndola constantemente todo
el día, y dependiendo de nuestra dedicación y esfuerzo, y también de la
gracia de Dios, la mente comienza a asumir estar diciéndola constantemente.
La mente, en lugar de estar dispersa pensando tantas cosas, se concentra en
las palabras de la oración y la repite sin cesar. El siguiente escalón de la
oración es cuando la mente desciende la oración al corazón, y así continúa
diciéndola desde el centro psicosomático del ser humano, donde están
concentrados los más profundos sentimientos de su ser. Después de mucha
dedicación y de una enorme condescendencia de Dios, uno puede llegar al
estado en el que el nous asume la oración y la repite, permitiendo de esta
manera estar constantemente en presencia del Señor. De ahí en adelante la
oración se convierte en contemplación de Dios.

3. Deificación:

Esta tercera y última etapa comienza ahora y a partir de esta vida, pero su
desarrollo es infinito. Consiste en llegar lo más posible a la imagen y la
estatura espiritual del Hijo de Dios hecho hombre, de nuestro Señor Jesús
Cristo. Cómo será en la otra vida no nos ha sido revelado totalmente todavía,
pero esto no resta que este sea el objetivo principal de nuestra existencia. Sin
embargo, existe el testimonio de innumerables Santos, quienes describen sus
experiencias y las comparan al hierro cuando es puesto en fuego
incandescente, el cual se vuelve uno solo con el fuego. Así es cuando un
simple ser humano alcanza a ser digno de entrar en contacto con las energías
increadas de Dios: se convierte una con ellas. Dios se hizo hombre, para
hacernos lo que Él es, por su gracia. Si esto no fuera así, entonces el
cristianismo no solamente no tendría sentido, sino que se convertiría en un
incongruente sistema social que no prometería más a sus fieles que un
superficial desarrollo moral.

VIDA MONÁSTICA

Todo lo expuesto en esta presentación puede y debería ser practicado por


todo fiel. Existe también muy arraigado en toda la tradición cristiana
ortodoxa, una forma de vida dedicada única y exclusivamente a alcanzar esta
perfección cristiana: la vida monástica.6 Durante milenios de profunda
tradición transmitida de generación en generación, hombres y mujeres han
ido formando una específica forma de vida, la cual les facilita superar
debilidades, sobrepasar obstáculos y alcanzar alturas espirituales.

El monje o monja voluntariamente asume una vida que comienza con la


renuncia al mundo y a todo lo que él ofrece. Esta renuncia es seguida por otra
mucho más difícil que es la renuncia de sí mismo. Una vez asumidas estas dos
renuncias, sigue el asumir votos de obediencia, castidad y pobreza, lo cual
permite desprenderse de las ligaduras más fuertes de esta vida. Esto le
permite dedicarse enteramente a la oración, a la humildad de espíritu, a la
erradicación de las pasiones del alma y a la práctica de las virtudes
evangélicas. Una vida acompañada de frecuente ayuno y de trabajo físico,
pero también reforzada por intensa vida Misterial (Sacramental) y litúrgica. A
simple vista parece difícil, pero hay personas llamadas por Dios a seguir esta
clase de vida, a quienes estas prácticas les parecen más dulces que la miel.

Dentro de los diversos niveles de vida monástica, el más avanzado es el


denominado hesicasmo, que en griego quiere decir “quietud y silencio de
cuerpo y espíritu”. Todo monje está llamado a vivir hasta cierto grado de
                                                                                                                         
6
 «Si  quieres  ser  perfecto,  anda,  vende  lo  que  tienes  y  dáselo  a  los  pobres,  y  tendrás  
un  tesoro  en  los  cielos;  luego  ven,  y  sígueme.»  (Mateo  19,  21).  
hesicasmo, pero hay algunos, experimentados y avanzados en todas las
prácticas monásticas, que se dedican enteramente a esta clase de vida, la cual
les permite alcanzar un altísimo grado de iluminación y deificación.

CONCLUSIONES

Vimos a lo largo de este corto relato la posibilidad que tiene el ser


humano de experimentar una verdadera mística, la cual consiste en una
relación ontológica entre Dios y el hombre. Es una relación inicialmente
terapéutica, la cual, poco a poco puede ir convirtiéndose en iluminadora, para
llegar finalmente al objetivo de la fe cristiana que es la deificación. Esta
relación es posible gracias a la encarnación del Hijo de Dios, a la presencia del
Espíritu Santo y a las Energías Increadas de Dios. Por último hay que aclarar,
una vez más, que la mística no es un fin en sí, sino un producto de esta
relación con Dios.

Alegrémonos, entonces, de comprender la grandiosidad de nuestro


Dios, quien no está por allá en un rincón del cielo, sino que en su
inconmensurable condescendencia se hace hombre para abrirnos, de esta
manera, todas estas maravillosas posibilidades.

A Él sea la gloria, honor y veneración,

ahora y siempre, y por los siglos de los siglos.

Amén.