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’ I

PAUL NIZAN

Los Materialistas de la
Antigüedad

EDITORIAL FUNDAMENTOS
Título original: Les materialistes de lantiquité
Traducción: Reyes Llopart

© Editions Librairie Fran^ois Maspero


© Editorial Fundamentos 1976, segunda edición
Caracas* 15. Madrid*5! ®
ISBN: 84-245-0008-3
Depósito legal: 28.292-1976
Printed ín Spain. Impreso en España
Impreso por: Gráficas Julián Benita. González Arias, 14. Madrid
Diseño gráfico: Lupe Ríos
Índice

Páginas
EL MATERIALISMO ANTIGUO ... ........ ............................................... *9^
NOTAS BIBLIOGRAFICAS:
L Demócrito ................ ......................... ...................................
II. Epicuro ................................................ :............................................ 47
III. Lucrecio....................................... ................................................... 49-
4
TEXTOS ESCOGIDOS:
I. E l conocimiento.
La filo so fía .................................................................................. 51
Ciencia y sab id u ría................... ... ........................................ 52,
Funciones de la ciencia .!........................................................ 54
Teoría del conocim iento......................... ............................. 54 •
El conocimiento y el error ... .................................. ........ 56
Concepción epicúrea del mundo .......................................... 57
II. Física.
Principios de la física ... ... ................................................... €1
Providencia o leyes naturales ............................................... 62
Contra las causas finales ........................................................ 64
Deterrainismo de la naturaleza............................................. 64
La materia y el vacío ......................................................... 6^
Contra los físicos ........ ............................................................ 66
Los átomos ................... ‘............................................................ 67,,
Movimiento de los átomos .................................................... 73
La caída de los á to m o s ........... ....................... . ................... 76*
Infinitud del u n iv erso ........................ ................................... 78
TJn número infinito de mundos en un universo infinito. 78
El mundo mortal ............ . .............. .................................... 80
Formación de los mundos ......................... ... ................. SO
Aparición de la vida y del h o m b r e......................... ........ 81
Supervivivencia del más apto ............ ... ......................... 82
Esbozo de la p reh istoria......................................................... 82»
Origen del lenguaje ........................................... ................... 84
'Origen del fuego .........................................
Movimiento de las sociedades ..................
Establecimiento de derecho. La justicia
Evolución de la ju s tic ia .............................
El progreso ...................................................
Pesimismo histórico ...................................
III. Psicología.

El alma humana ............................... ..


El alma «corporal» .....................................
El alma y el espíritu ............. ,...................
El alma del alma ............................... ... ..
Unión del alma y el cuerpo ....................
La percepción .............................. ..............
Los simulacros .............................................
Las cualidades de los objetos ..............
La idea del tiempo ....................................
La visión ........................................................
La audición .................................... .............
El olfato ........................................................
Las cualidades de la percepción ............
Las imágenes mentales .............. ........... i
Psicología del movimiento .............. .......
Psicología del amor .................. ..............
El libertinaje ................................................

IV. Etica.
Elogio de Epicuro .......................................
La separación epicúrea .............................
El bienestar y el deseo .............................
El placer, fin de la acción .......................
La prudencia ... ... ......................................
La enseñanza de Epicuro ........ ..............
Cuadro de la sabiduría .............................
Moral de la autarquía ...............................
El dolor .........................................................
El optimismo naturalista .........................
El placer ........................................................
La autarquía y la libertad ................... ..
La injusticia ..................................................
La amistad .................................... .............
La m u e r te ......................................................
La muerte inmortal ....................................
La vida y la muerte ...................................
Aforismos sobre la muerte .......................
Los dioses ......................................................
Los dioses extranjeros al mundo ........
Los dioses y la naturaleza ......................
Los dioses y el mal ...................................
La ataraxia y la ciencia .............. ............
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91 'EL M ATERIALISM O ANTIGUO


91
92
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96
97 La obra de Epicuro preside la historia del m aterialism o en
98
100 la antigüedad. Quizás valga la pena rom per el orden cronoló­
100 gico para aclarar el significado de esta obra capital.
100
101 Epicuro nació en el año 341. Su padre, Neocles, pertene­
103
103 ciente a la antigua fam ilia ateniense de los Filaides, había emi-,
104 grado a Samos, que había sido colonizada p o r los atenienses;
allí vivía pobrem ente en una granja colonial, en donde trabajaba
como m aestro de escuela. A los 14 años, Epicuro se traslada a
105
107
la isla vecina de Teos p ara realizar sus estudios. E n ella Nausí-
108 fanes enseñaba las m atem áticas y la física jónicas. Fue sin duda
110 allí donde conoció las ideas de Demócrito. A los 18 años va por
111
113 prim era vez a Atenas p ara cum plir su año de servicio m ilitar.
114
115
Jenócrates dirigía la Academia de Platón. Aristóteles, entonces,
116 vivía en Cálcide. [
117
118 Un año después, Pérdicas de Tracia ataca Samos y persigue
122 a los colonos atenienses. Neocles cam bia su residencia a Colo­
124
125 fón, Gilbert M urray nos ofrece una auténtica visión de lo que
125 fueron los años de juventud de Epicuro:
12Í
133
134
134
Los años que acaban de transcurrir nos enseñan que hay
136 pocas form as de miseria más duras que aquellas que rodean
137
13*
140
a tos refugiados y no existen referencias de que en la antigüedad,
éstas, hayan sido m ás fáciles. Parece ser que E picuro construyo
su filosofía m ientras ayudaba a sus padres y herm anos a pasar
este mal m om ento. El problem a se centraba en hacer soportable
la vida de la pequeña com unidad y en sum a lo consigue. Era el
tipo de problem a que el estoicism o y las grandes religiones no |
abordaban especialmente. Era, a la vez, dem asiado terrenal y |
dem asiado' práctico. Se puede fácilm ente imaginar las condi-1
' d o n es en las que se debían aplicar estos preceptos. Los desgra-1
ciados refugiados que le rodeaban se torturaban con miedos |
innecesarios. Los Tracios les perseguían. Los Dioses les odiaban: ■?;
era preciso que hubieran com etido algún pecado o sacrilegio y |
siem pre es fácil para los hom bres desalentados descubrir en |
•ellos m ism os algo que merezca castigo. Más les hubiera valido i
m orir inm ediatam ente, ya que este pecado les im pondría los más |
duros sufrim ientos antes que la tumba. Dentro de su angustia
se enervaban m utuam ente, y esta amargura doblaba sus mi- í
serias...0

En el año 310, Epicuro abandonó Colofón y fundó una escue- >:


la de Filosofía en Mitileneo. Pero muy pronto pasó a Lampsaco,
en el m ar de M árm ara, donde se estableció. Los discípulos acu- jo­
dieron en gran núm ero; había entre éllbs hom bres importan* í
tes como Leontio e Idomeneo. Los amigos de Epicuro pensaron ?
que un m aestro de tan ta categoría debía enseñar en la capital de |
' la Filosofía y com praron p ara él, en Atenas, una casa con jard ín .*
E picuro vuelve a Atenas en el año 3.06. Allí se une d u ran te algún ^
tiem po al movimiento filosófico, pero se cansa muy pronto y í
lo abandona. Pasó el resto de su vida, a pesar de las dificultades £■
de la época, en el celebre jard ín que que dio nom bre a su
escuela. Sus discípulos de Asia se congregaron en tom o a él, ?

1 Gilbert Murray: Five stages of Greek religión. Londres, Wans &


Co., 1935, pág. 102.

10
al igual que otros que se le fueron uniendo: había allí filóso­
fos como M etrodoro, Colotes, Hermaco, Leontio, Idomeneo; es­
clavos como Mus; m eretrices como Nicidio, M armario. 1
Epicuro m urió de un cálculo, después de catorce días de su­
frim iento que soportó cómo convenía a su filosofía. Diógenes
Laercío cuenta así su m uerte:
«...sintiéndose m orir, se hizo m eter dentro de una bañera
de bronce Uena de agua caliente y pidió una copa de vino que
vació. Exhortando a sus amigos a que se acordasen de sus lec­
ciones, expiró. He com puesto para é l el siguiente epigrama,:
«Adiós, acordaros de m is lecciones.»
Así habló Epicuro en su muerte.
Estas fueron sus últim as palabras a sus amigos.
Se hizo m eter en una bañera caliente, pidió un poco de vino;
Lo bebió y pronto aspiró los helados aires del Hades.
Estas fueron la vida y la m uerte de Epicuro»&.
i.
Un poco antes había escrito a algunos discípulos anuncián­
doles su m uerte. Se conserva un fragm ento de la carta a Ido-
meneo:

«Te escribo en este feliz día de m i vida, en el que siento


p r ó x im a la m uerte. La enferm edad sigue su curso en la vejiga
y en el estómago 'y no pierde nada de su rigor. No obstante, m i
corazón está alegre, con el recuerdo de m is conversaciones con­
tigo. Cuida de los hijos de Metrodoro: creo que puedo esperarlo
de tu antigua devoción a m i persona y a la filosofía»(Ü

Epicuro tenía entonces 72 años. Corría el año 271, el segundo


de la 127 Olimpíada.
Hay épocas en que todas las conquistas hum anas, los valores

1 D ió g en es L aercío, X , 15, 16.


3 E p ic u ro : Fragmento de la carta a Idomeneo; ver D ió g enes L aercío;
Fr. B. 30.

11
que definen u n a civilización, se desplom an. La acum ulación de I;
riqueza en u n solo sector de la sociedad no im pide el empobre- |
cim iento general. N ingún tiem po m ás trágico que el de E picuro: i
las grandes ciudades griegas, Atenas y E sparta, se han destruido |
en las guerras. Filipo y Alejandro de M acedonia han conquistado |
el m undo griego y Asia, desde los desiertos de Asia Central hasta |
la India. Los sucesores de A lejandro1luchan entre sí. Atenas, |
que había sido la ciudad de Pericles, que había salvado a Gre- I,
cia de la gran avalancha procedentes de Asía, se ve envuelta por |
un extraordinario torbellino. El m alestar se establece en tre los |
griegos, el desorden y la angustia crecen cada día. |
E n tre el año 307 y el 261 se suceden cuarenta y seis años de &
guerras y alborotos: el gobierno cam bia siete veces de manos, |
los partidos se disputan el poder, y cada vez la política exterior |
de Atenas se altera notablem ente. Cuatro veces un príncipe |
extranjero establece su m andato y m odifica las instituciones. I
Tres m ovim ientos de insurrección son sofocados sangrienta- lí­
m ente. A tenas sufre cuatro asedios. j
Sangre, incendios, m uertes, pillajes: es el tiem po de Epicuro. f.

Atenas es víctim a de la miseria política y económica. I


La lib ertad m uere: Atenas había conocido una especie de I
verdadera libertad que se ve degrada; nadie sabe como podrá |
ser establecido un nuevo régim en de libertad. E sta conciencia I
ateniense de la libertad que la constitución definía y de la liber- |
tad real que los ciudadanos disfrutaban, ha llegado a su fin. ¡
Es cierto que la libertad se basaba en la esclavitud, pero el |
em puje y el espíritu de la libertad m ostraban ta n ta fuerza que í
ya en el siglo v, Atenas tra ta b a Ide aboliría: este sueño, que no f
pudo ser realizado h asta su fin, m ás profundo, es una de las \-
grandezas de Atenas. Ya que, Filipo £e Macedonia, al día si- I

12 t
guíente de la batalla de Queronea, impuso a los griegos la Con­
federación de los Helenos, de la que él debía ser jefe, y exigió
en el pacto feddral una cláusula en la que se prohibía para
siempre la liberación de los esclavos. Así, después de las guérras
internas entre las ligas griegas, la conquista Macedónica acabó,
del todo, con la libertad.
Este desastre tiene un sentido de clase. Al final del año 322
la franquicia es elevada hasta aquellos ciudadanos que no po­
sean 2,000 dracm as: 12.000 ciudadanos son excluidos de los
derechos políticos y Atenas se convierte en una «timocracia»,
una especie de E stado Censor. Los repartos a los pobres, las
indemnizaciones pagadas p o r sesiones del Tribunal y de la Asam­
blea, que habían, anteriorm ente, garantizado el ejercicio de la
democracia del poder, son abolidas. E n tiempos de Demetrio de
Falero y de Demetrio Poliorceto se elabora una legislación en
beneficio de las clases dom inantes. El núm ero de proletarios
aumenta. Platón ya describió, en la República, este tipo de hom­
bres:

«...que habitan en la ciudad sin pertener a ninguna de sus


categorías, ni comet\ciantes, ni caballeros, ni Hoplitas, solamen­
te pobresO

En el año 431, el núm ero de hpm bres que no poseían nada


era de 20.000 sobre un total de 42.000 ciudadapos; hacia el
310 es de 12.000 sobre 21.000 ciudadanos.
El trabajo libre no resiste la com petencia del de los presos
y de los esclavos públicos y privados, Aperece el paro for¿oso.
Mal que se rem onta a la term inación de la guerra del Pelopo-
neso, a esos años de m iseria...
«...Cuando el estado debió suprim ir los tratam ientos a los

4 República, 552 a.
funcionarios y las indemnizaciones a los Helíastas, parar los tra•
bajos públicos que abastecían el trabajo de las gentes de oficio, j
•i ■
renunciando por orden del vencedor a las construcciones nava- t
les que aseguraban salario y paga tanto a obreros como a re- |
m eros»(? |
Es el tiem po de la em igración: se exporta a los parados para f
no oír sus gritos. Pero como la gran época de la colonización
ateniense ya había term inado, los refugiados en tran en las tro­
pas de m ercenarios que ru ed an p o r t¿do el m undo griego, y se i
ponen al servicio de los jefes de guerras. E n el panegírico de ?'■
Atenas, Isóc^ates describe estos hom bres perdidos... |
«...Que erraban por tierras extranjeras, con sus m ujeres e |
hijos; . se enrolaban como mercenarios y morían combatiendo' i
contra su propia gente»@
Una terrible incertidum bre preside la vida am enazada con l
el exilio, las denuncias, la m uerte, la m iseria. Las provocaciones, \
los asesinatos son los terribles m étodos políticos de este mundo !;■
condenado. La m uerte golpea al azar: nadie se encuentra prote- *■
gido, de nada sirven el poder o la fortuna. Cada día todo puede
derrum barse. Es por lo que se crea el culto al Azar y se elevan s
plegarias a la Fortuna. El m undo se concibe de u n a manera ;
atem orizante® Una de las am biciones epicúreas será la conquis-
ta de la seguridad. r
Los valores de una civilización colectiva se sustituyen por >
los de la guerra, y los cívicos po r los del dinero. Un capitalismo ;
de crédito se desarrolla y los nuevos ricos exhiben sus nuevas !
fortunas, en el mism o m om ento en que, las clases medias, arte- ‘
sanos, pequeños propietarios, m ercaderes, que habían sido: el ;
fundam ento de la dem ocracia del siglo v, desaparecen. Los va-

5 G Gjlotz: La cité greque. París, La Renaissance du Livre, 1928, pá- L


giria 36. ;
* Xsóckatiís: Panegírico, 168; ver G. G lo tz : Le travail dans la Greca an-
cienne. París, Alean, 1920, págs. 410 y ss.
7 L actancio: Divin. Instit., III, 17, 8.

14
lores políticos con los que Grecia había vencido, en tiempo de
su esplendor, se desvanecen: la som bra de M acedonia s e .e x ­
tiende. No se resiste más, se acepta la derro ta y sus consecuen­
cias hum illantes p ara la dignidad del hom bre. Atenas se aban­
dona al servilismo, rinde culto a sus amos, a Antígona, a Deme­
trio, canta him nos a los tiranos: »
t

«Salud, tos otros dioses están en el infierno,


o bien no tienen orejas
o bien no existen...»

Se honra como dioses a las m ujeres que Demetrio hizo el


amor: Lamia, Lecona,..<$
Crece el deseo de poder y ocupa el lugar de las fidelidades
políticas. Esto ya inquietaba a Platón, así lo proclam aba Calictes
en el Gorgias:

«Los que han hecho las leyes, esos son los débiles y los hom ­
bres del pueblo... El signo de la justicia es el dom inio del ntás
fuerte sobre el débil... ¿Cuándo un hom bre ha nacido hijo *de
rey, o es capaz de conquistar un mando, una tiranía, un po'der
supremo, qué podrá ser m ás vergonzoso para ese hom bre que
una sabia moderación? ¿Cuándo se puede gozar sin obstáculps
de todos los bienes, se irá a escuchar los propósitos y las crí­
ticas de los m aestros de las leyes del pueblo? La vida fácil, la
intemperanza, la Ucencia, constituyen la virtud y la felicidad

El diálogo de Gorgias data de los años 395-390: ochenta años


más tarde la doctrina de Calicles reina. El sentir de los dicta­
dores iba acom pañado del libertinaje. La violencia política se
I
* P. Decharme: La critique des traditions religeuses chez les grecs, des
origines au tem ps de Plutarque. París, Picard et Fils, 1904. ..
* P latón: Gorgias, 483 b-c; 492 b-c. (

15
acom oda a los placeres innobles. En un tiem po en el que el
centro de la econom ía griega se desplaza hacia oriente, como:
conscuencia de la conquista macedónica, Atenas se consolaba en
su declive haciendo de la tra ta de blancas su prim era industria.
Todo esto tiene como consecuencia una ociosidad sin fin, do­
m inada p o r la angustia, donde las únicas relaciones humanas
dependen de la severidad del estado de guerra. Cada hombre
debe reco n stru ir su vida, y la ciudad se convierte, como dice
Aristóteles, en:

«...una ciudad de esclavos y de amos y de hom bres sin li­


bertad.»

En m edio de este desastre, el hom bre perm anecía solo, so­


ñando unas veces con un socialismo y un com unism o utópico,
dejando o tras estallar su cólera en sangrientas insurrecciones,
rápidam ente ahogadas.
Algunos testigos asistían con suficiente clarividencia a esta
decadencia de Gregia presidida por los grandes fa n ta sm a s.des­
carnados de los tem plos y los ojos vacíos de las estatu tas gi­
gantes de la Acrópolis.
Algunos filósofos reflexionaban, con gran aceptación en cuan­
to ¿ sus ideas, sobre el destino del hom bre: creando p a ra él
huevas libertades, pero eran doctrinas y filosofías inútiles.
Platón había presentido la (catástrofe. Pero elaboró su doctri­
na en una época en que no se podía esperar un endurecimiento
de la situación: pertenecía a la clase aristocrática, que veía el
bien com ún en una m archa atrás hacia su antigua dominación,
en una revolución reaccionaria capaz de reco n stru ir la desapa­
recida Atlántida. Una especie de Joseph de M aistre, pagano.
Pero Platón m urió en el año 347: en tra esa fecha y el año en

16
el que Epicuro se estableció en Atenas pasaron cuarenta años
de derrotas y estragos. La lib ertad nacional m urió en Queronea,
en el 339; A lejandro de M acedonia conquistó Grecia y Asia en
diez años y en el 323 m urió, sus sucesores, después de veinte
años de guerras, se repartiero n el m undo al día siguiente de la
batalla de Ipso; Roma se p rep arab a p ara hacer su entrada en el
M editerráneo oriental.
E picuro es uno de los seguidores de Platón y su filosofía está
llena de transposiciones platónicas, pero m ás que esto podemos
considerarlo como un im pugnador, ya que esos cuarenta años
de historia que h an tran scu rrid o justifican su m enor esperanza
y su m ayor inclinación por la revolución. Como Calicl.es es un
enemigo común, sucede que Platón y Epicuro se parecen, Pero
Calicles se dirigía a Platón con un lenguaje aventurero, m ientras
que éste le replicaba con un lenguaje noble. Calicles atacaba en
Platón al hom bre preocupado, p o r la justicia jerárquica y al
Alcménides am enazado p o r la subida política de los nuevos ricos.
Platón no tenía ^n cuenta a los esclavos. Calicles ataca en
Epicuro que hable en nom bre de esas pobres gentes que él
aplasta, de los esclavos que recibe en el Jardín, de los hom bres
perdidos que ignoran la form a de m uerte violenta que el destino ■
les puede reservar.
En tiem po de Platón, aún parecía posible esperar el bienestar
colectivo de la sociedad. En el de Epicuro, apenas se puede de­
sear el bien individual del hom bre. Todas las doctrinas posterio­
res a Aristóteles, sucesor de Platón, no piensan en el restableci­
miento de los valores sociales, sino solam ente en el bienestar de
cada hom bre. Es el gran retroceso del pensam iento griego.
Epicuro habla de la felicidad como u n a necesidad: es el signo
de la época, en la que todas las doctrinas rivales, escepticismo, ,
estoicismo, epicurisrno, son sim plem ente afirm aciones sobre el
contenido y las técnicas de este bien supremo.
No es p artid ario de la ■justicia divina, de la dialéctica at estilo
de Platón, de A tlántidas reaccionarios, de ciudades-modelo, sino
tan sólo de bu scar aquello que pueda salvar, sin dem ora, lo que
queda del hom bre.
El hom bre no acepta fácilm ente que su vida sea, casi por
com pleto, negativa; que no esté com puesta m ás que de desgra>
cias, de defectos, y de ausencias: la p len itu d es su m ás profunda
ley. En el año 300, nadie piensa ya en la justicia, en el deber, |
en la verdad, en el progreso: *no son valores de m undos deses' |
perados. Se quería sim plem ente ser «salvado». Lo qu hay dé g
grande en Epicuro es que n o propone, como luego lo h ará el j
cristianism o, u n a salvación que no es m ás que üna"evasíón fia" |
cia el cielo, sino que es u n a em presa terrenal. La salvación no l
está en el cielo, en el espíritu, en jta m uerte. i
E picuro ap o rta una doctrina m aterialista, que no pide al
cuerpo y a sus virtudes m ás que el secreto de no m orir deses- í;
perado. E l levanta esa «bandera de pan terrenal» de la que |
habla Ivan K aram aiov, en el m ito del Gran Inquisidor^?

La época de E picuro es la de la opresión: la describe, ad­


virtiendo que tiene sus raíces en la condición m ism a del hombre. :
No se desvía, va a lo esencial y no respeta m ás que a sí. [
La filosofía no es una diversión, u n lujo de profesores, un
ejercicio esp iritu al, sino u n examen sobre los m ás urgentes pro- !■
blem as. No es preciso fingir que se es filósofo: no hay que ?
ap aren tar que se busca una solución, hay que b u sc a rla © No se í
deja la búsqueda p ara el día siguiente: no hay edad p ara la
sabiduría, que es u n acto que encam ina a todo hom bre hacia ?
su verdad, una conversión, un punto de p artida. La integridad ;

,B D o sto iev sk i: Les fréres Karamazov. París, 1935, Gallímard, V. 5.


11 E picuro : Fr. A. 44. >

18

©
del hom bre está en juego: no hay u n saber propio de la cabeza,
del bazo o del hígado. No hay una filosofía p a ra tal o cual edad:
i
aquel que dice que el tiem po de la filosofía no h a llegado, o que
ha pasado ya, se asem ej^ al que dice que no hay un tiempo
para la felicidad©

Epicuro detiene a los m ás apresurados. Se b urla de estar


desarmado, de no poseer las habilidades de la esgrim a lógica:
la gran lógica es tam bién-un m undo im aginario. La filosofía se
parece a la medicina: existe el pensam iento que cura y el que
no lo hace. No im porta que se pueda m anipular este criterio y
pedir en su nom bre cuentas a los filósofos. Cicerón se indignaba
al ver a u n a m eretriz, convertida en discfpula de Epicuro, es^
cribir contra Teofrastes, ese insigne m a e stro ^ : pero hay época
en las que una prostituta, u n esclavo, pueden levantarse contra
la falsa filosofía y en las que se le hacen críticas pocos ilustres.
Epicuro no era ilustre, no respetaba a los m aestros, se reía de
las reglas del juego, llam ada a Nausífanes, molusco, iletrado,
tramposo y m ujerzuela, a los platónicos los tratab a de adula*
dores de Dionisio y al mism o Platón de «áureo»© Carecían "de
fondo, aportaban una cultu ra superficial, cuando lo que se que­
ría era una ciencia liberadora. E ra necesario e sta r orgulloso
de m antenerse puro frente a su falso saber: la vida no pide
ideologías vacias, sino solam ente v id a ©

E ra precisam ente la sociedad la que im pedía a la vida resar- §


cirse. E l p rim er acto de la sociedad epicureana es una escisión ¡
(N. T.). Los «secretos» de Calicles, el poder, la fortuna, *no f
proporcionan la seguridad: desea una «secesión». Un profundo |

n Carta a Meneceo, 122.


” C iceró n : De natura deorum, I, 33, 93. }
H D iógenes L aercío, X, 8.
15 S e x tu s E m p iricu s: Adver s u s matheseos, XI, 169.

19
I
pesim ism o social dom ina el pensam iento de Epicuro. Toda vida
social im plica lucha, locura, m alestar, am enazas. Epicuro es­
cribió esta frase:

«Si los dioses concedieron lo que le piden los hombres en


sus oraciones, todos morirían rápidamente: ya Que no rezan
m ás que para desear mal al prójim o»&

Cuando E picuro dice que el sabio no hace po lítica^, es ne­


cesario interp retarlo al pie de la letra, entender que él no juega
ningún papel en la «polis», no se casa, no vota, rehúsa los fa­
vores, las m agistraturas y vive sólo p ara sí<$? Epicuro teme a
esa m u ltitu d ateniense víctim a de una lucha salvaje por la vida.

«N o m e preocupo por complacer a la m asa. Pues lo que le


gusta, yo lo ignoro, y lo que yo sé sobrepasa su entendí-
m iento»0.

El sabio está aislado, solo, lejos de los asuntos públicos que


son los dioses del mundo: la teología epicúrea, que excluye toda
Providencia, todo gobierno divino del m undo, es como la gene­
ralización del aislam iento del sabio. La «seguridad frente a los
hom bres», p o r la que comienza la sabiduría, exige una relega­
ción total, que no es solam ente pensada, sino tam bién vivida
y que llega incluso h asta el movim iento físico de la huída(S?

La paz, la felicidad, son estados de la conciencia, dos de las


form as que el hom bre puede dar a su propia existencia, pero

16 E picuro : F r. A. 58.
17 E l sabio no hará política, (oúcé T:oXtTsuasT<u [ó 3o<po<;]) Diógenes
L aercío : X, 119. Ver C iceró n : Ad familiares, VII, 12.
18 E picuro : D. P. 6, 7, 14.
N. del T .—Contradicción entre lo que se dice y lo que se piensa.
19 E picuro : F r. B . 43.
20 F r. A. 48; C a rta a Pito cíes, 85; D iógenes L aercío: X, 119.

20
Epicuro, el m aterialista, sabe que la conciencia depende de las
condiciones exteriores: existen u n a condiciones objetivas para
que la paz y la felicidad puedan existir. La felicidad tiene ene­
migos internos y externos, m ás la célebre frase de Demóstenes
es invertida, Epicuro dice: «no se triu n fará sobre los enemigos
de dentro, sin h ab er vencido antes a los externos». La paz espi­
ritual lleva consigo u n a disposición m aterial.
Se puede d estru ir a los enemigos externos, a esto se llama
revolución. Pero un Epicuro y sus contem poráneos apenas pue­
den im aginarse una revolución en las condiciones económicas:
nadie ve los posibles fundam entos de un nuevo orden humano.
Las revoluciones del siglo m antes de Cristo no son más que
derrocam ientos políticos o pequeños m otines provocados por
el ham bre: los deudores linchaban a los acreedores o a los gran­
des p roprietarios o ^simplemente a los ricos. Se pretendía unas
veces el perdón de las ciludas, o tras el rep arto de las tierras, pero
los sueños de com unismo o socialismo perm itían siem pre seguir
manteniendo la esclavitud. Solam ente el genio de Aristóteles
entrevee el secreto de un nuevo orden social que no esté basado
en el trabajo servil, pero com prende que sería necesario para
cambiar el mundo, nuevás técnicas de producción, m áquinas
que aún no han sido inventadas. Escribe:
«Si cada herramienta pudiera ejecutar por sí m ism a el tra­
bajo que le corresponde, como en otro tiem po las obras maes­
tras de Dédalo se movían solas, el patrón no tendría necesidad
de compañeros ni el amo de esclavos»®.
Presintiendo la futura aparición de la m áquina autom ática
sueña con el tiem po en que «las naves m archarán solas».
E sperando, Epicuro debe contentarse con actuar como si el
enemigo estuviera ausente,, con poner a la sociedad «entre pa­
réntesis». Los griegos no sueñan despiertos, soportan mal la

21 V e r F. B iese: Die Philosophie des Aristóteles, II. Citado p o r C. M arx:


El Capital. P a rís , A. C o stes, 1924, III, p ág . 61.

21
división del hom bre, la contradicción en tre la vida que se lleva
y lo que se piensa; el m ism o Platón decía que el sabio debía
tener una táctica defensiva y o tra de a ta q u e ©
E sta escisión es m enos antisocial que asocial, y la condena
epicúrea afecta a la vez a la sociedad del siglo m y a todas las
sociedades posibles: hay m om entos en la historia en que la
vida social está de tal form a degradada, en que el comercio hu­
m ano produce tantas desgracias que ese desorden parece ser
una condición p erpetua de la vida colectiva. Cuando esa colec­
tividad es considerada como inhum ana, esencialm ente y no ac­
cidentalm ente, !a m ism a esperanza de cambio e incluso el valor
de las utopías desaparecen.
Si la vida social es la única ley natural, no hay solución po­
sible: no se cam bia el curso de la naturaleza. Pero si es una
cosa prefabricada, una convención, se puede siem pre remontar
esta corriente n atu ra l que no conduce a la felicidad, y resti­
tu ir en nom bre de aquella naturaleza, que el grupo destruyó,
una nueva esperanza: si el m a le s ta r e s social, no es la ley na­
tural. Los contem poráneos de E picuro no se im aginaban que
pudiera existir una felicidad colectiva. La historia exigía que el
hom bre fuera puesto al descubierto: Epicuro, como m ás tarde
Juan Jacobo Rousseau, no h a hecho apenas m ás que hablar
p ara sí, en u n m om ento en el que él mism o estaba amenazado.
E n u n texto fundam ental Arrio ha captado este prim er mo­
m ento de la doctrina epicúrea:

«Así, Epicuro desechó todo en el hom bre social: excluyó


lo que en él es sociable, pero en absoluto los deseos y aspira-
d o n es del hom bre natured .» ©

E sta exclusión no es una pérdida real, sino sólo una mutila-


22 P latón: Cartas, V I.
23 U sener : Epicúrea, fr, 523.

22

'l

ción de las apariencias, u n a am putación de aquello que ,en el
hombre es como un tejido canceroso. Suprim idas las vanas im a­
ginaciones, los falsos deseos sociales, las am biciones y los com­
bates. queda un hom bre cuyos brazos alcanzan los verdaderos
límites de su destino*^ Un optim ism o ”naturalista sucede al pe­
simismo social. •
^Los hom bres quieren reconquistar la felicidad perdida; éste
es un problem a puram ent^ anim al. El anim al tiende hacia <la
felicidad como el hierro hacia el imán; huye del dolor y busca
el placer, que es el bien suprem o. La naturaleza en él no está
corrompida ni es perniciosa, le conduce un instinto que no
exige ni razones, ni discusiones, ni dem ostraciones; todo esto
es tan n atural como el calor al fuego, el dulzor a la miel y la
blancura a la nieve® Y

No tendrá im portancia h ab er huido si era necesario para


conocer las angustias que abrum an al hom bre. Una vez cón-
quistada la «seguridad frente a los hombres», todo el esfuerzo
de Epicuro consistió en d ar a aquellos que le seguían la segu­
ridad espiritual, ayudarles a evadirse de la ira de los dioses,
de la m uerte y del tiem po^
Hacía creer al hom bre una teoría del m undo que no tenía
nada de teogónica ni de dim ensiones divinas del universo y de
la vida, y elaborar una concepción enteram ente natu ralista del
mundo. La inqúietud ética ¿de salvación exige, en E p icu ro / un
método y un contenido científico. Un D escartes busca, quizá
menos, las consecuencias de la verdad que la verdad mism a.
Epicuro se preocupa menos de la verdad y más de sus corfse-
cuencias.
24 Ver C icerón : D e'fin ib u s bonorum et m alorum, 13, párrafo 43-44.
25 C icerón : De finibus bonorum y malorum, 9, p á r r a f o 30-

23

I
Resum iendo su doctrina. Diógenes Laercxo escribió;

(Su filosofía) se divide en tres partes: la canónica (o el


m étodo), la física y la ética. La canónica da el método, de apro­
xim ación del sistem a y está contenida en un libro llamado el
«Canon». La física contiene todos los estudios sobre la natura­
leza y está en 37 libros, «Sobre la Naturaleza» y, en forma
abreviada, en las «Cartas». La ética es un tratado sobre la
elección y la fuga, y está contenido en los libros «Sobre las v¡-
das», tas «Cartas» y el libro «Sobre el fin». Los epicúreos tienen
costum bre de reunir la canónica y la física, y dicen que explica
el criterio de la verdad y tos principios fundam entales y que in­
cluyen los elem entos del sistem a. La física trata de la creación,
dé la destrucción y de la naturaleza; la ética, de las cosas que
hay que escoger y tas que hay que evitar, de la conducta y del
fin de la vida»0.

He aquí el orden de exposición, pero el de creación es in­


verso; es la ética la que, de hecho, exige la física y el método.
Y se podría resum ir así la problem ática de Epicuro: ¿a qué
condiciones debe som eterse u n a ciencia del universo si se quie­
re elim inar de ella toda intervención providencial de los dioses
y toda presencia angustiosa de la m uerte?

Es adm irable que Epicuro, persiguiendo una ciencia que fue­


ra liberación y ¡remedio, haya trazado las bases del m aterialis­
mo, haya concebido un universo sin sostenes espirituales, sin
leyes sobrenaturales y sin justicia divina, que construyendo
unas teorías del conocim iento, de la naturaleza, ¿el alm a hu­
m ana y de los dioses, capaces de lib erar al hom bre de sus vie­
jos tem ores, haya presentido, p o rq u e 'e ra necesario, la imagen

“ D ió g en es L aercio : X , 30.

24
moderna de] m undo, rechazando como «fábula» la física m ito­
lógica de Tímeo.

La teoría del conocimiento establece, contra los idealismos


y especialmente contra el de Platón, la prim acía del m undo
externo. El conocim iento es una «acción» del m undo sobre el
hombre, aunque el espíritu no sea com pletam ente pasivo ante
esto. Diógenes añade a continuación:
I
La lógica la rechazan com o engañosa. Pues dicen que a tos
físicos les basta con dejarse guiar por lo que las cosas dicen
de sí mismas. E n el «Canon» E picuro dice que los criterios de la
f verdad son las sensaciones, las nociones y los sentim ientos; los
epicúreos asocian aquí las aplicaciones del penscimientc&. Noda
puede refutar las sensaciones. Así una sensación no puede re­
futar a otra sem ejante, porque su validez es equivalente, y , una
sensación diferente tam poco puede refutar a otra diferente, pues
los objetos de tos que son criterios no son en absoluto los m is­
mos, La razón no puede tampoco, ya que toda ella depende de
las sensaciones. La visión', el oído son hechos com o el dolor. De
lo que se deduce que en lo que' concierne a lo im perceptible de­
bemos obtener las inferencias a partir de los fenómenos. Pues
todas las ideas tienen su origen en la sensación m ediante la coin­
cidencia, la anología, la sim ilitud y las combinaciones con algu­
na contribución del razonam iento...

H ablando de esta canónica, Hegel la ataca violentam ente. Ve


en esta verdado* de la existencia sensible la destrucción de la
razón, el abandono de toda razón especulativa, y escribe:

21 S o b re la « a p lic a c ió n d e l p e n sa m ie n to »
ver p ág, 74.
3 D iócenes L aercio: X , 31-32,
E n realidad, no aporta ninguno, elevación por encima del f
■sentido común, sino m ás bien todo*desciende a ese nivel...»

Lenín añade a esto:


Calufnnias contra el materialismo. La necesidad de la idea ¡
no es destruida por la doctrina del conocimiento. E l desacuerdo í-
con «el sentido co m ú n » es una fantasía «podrida» del idea- }
lism o0 . i
Más tarde Lenin señala 'la im portancia histórica del mate- ?
rialism o epicúreo que basa la teoría del conocimiento en la T
existencia de objetos fuera de nosotros objetos conocibles» nada í*.
m isteriosos, como sería la «cosá en si» del cristianism o kantiano.; |.

Hegel —escribe Lenin— ha ocultado lo esencial: la existencia i


de las cosas fuera de nosotros del conocim iento hum ano y su in■i
dependencia respecto a él

Sobre esta base Epicuro construyó su física, la prim era gran


física m aterialista.

H abía en el siglo v un movim iento m aterialista presidido i


por los. nom bres de Leucipo de Mileto y Dem ócrito de Abdera.
'Era la p rim e ra . vez que en una doctrina helénica no interve- f
nían m ás que valores puram ente racionales de explicación y í
no elem entos como el agua de Tales, el fuego de Herá- ’
clito y Parm énides, los cuatro elem entos de Em pédocles o cua-
lidades como el calor y el frío de Anaxim andro o las cifras má­
gicas de los pitagóricos o las facultades espirituales como la !
w V. I. Lenin: Phitosophskie tetradi (cuadernos filosóficos). Moscú,
año 1934, págs. 296-299.
w Ibídem .

26

’ I
noché-de -Parménides, la escasez y la saciedad, la lucha y la disr
cordia de H eráclito, el odio, la am istad, la tern u ra, la arm onía,
la alegría de Em pédocles, o el espíritu. E ra la p rim era vez que
la ciencia se elevaba sobre los granes m itos que la distancia
entre el pensam iento prim itivo y la reflexión científica estaba
franqueada C2
Adolescente, Epicuro h abía estado en Teos siguiendo las en­
señanzas de Nausífane?, que descansaban en la tradición jónica
de la física y las m atem áticas. El m ism o N ausífanes había sido^
discípulo de Hecateo de Abdera, el cual, a su vez, lo había
sido de Demócrito. Y aunqufe Epicuro considerase más tard e
esos años de aprendizaje como perdidos y tuviera la costum ­
bre de decir que él había sido «su propio m aestro y que Leuci-
po, m aestro de Demócrito, no había existido nunca», reenconT
tró un día la señal dejada p o r las enseñanzas demócritas¿5?
La escuela de Abdera había sido fundada po r Leucipo, pero
no es fácil distinguir su figura de la de Demócrito, que le su­
cedió, incluso Aristóteles no los separa. Se sabe poco de la vida
de Demócrito: había nacido en una de esas colonias jónica,s
donde la cultura asiática en traba en contacto con la griega.
Las fechas de nacim iento varían en tre el 500 y el 457, y las de
31 Sobre todos estos autores presocrá ticos se puede consultar L, R o­
bín : La pensée grecque, París, La Renaissance du livre, 1923, págs. 41
a 154. Una obra fundamental es la de H. Diels: Die Fragmente der Vor-
sokratiker (grieschisch und deutsch), 3.* ed., Berlín, 1912. Ver también?
J. B urnet : Early Greek phitosiphy, 3 / ed., Londres, 1920, y P. M. S chuhl:
Essai sur la jorm ation de la pensée grecque, París, Alean, 1934.
Tales, Anaximandro y Anaxfmenes se sucedieron respectivamente en* laj
cabeza de la escuela de Mileto, la primera gran escuela de filosofía grie­
ga, desde el último tercio del siglo v n hasta los últimos años del vi.
El movimiento pitagórico, de origen jónico con Pitágoras de Samos,
tuvo por centro la Magna Gracia. Su momento más importante es al
comienzo del siglo vi.
Heráclito de Efeso publica su obra a final de la primera mitad del
siglo v. Parménides de Elea pertenece al final del siglo vi y primera mi­
tad del v. Empédocles de Agrigento, nacido en los primeros años dql
siglo v, muere hacia el 430.
* D ió g en es L aercio: X, 13.

27
su m uerte, en tre el 404 y el 359. Se decía que había muerto t
con más de cíen años, unos a los ciento cuatro, otros a los cien-;
to ocho e incluso otros a los ciento nueve. Es, en todo caso,
contem poráneo de Sócrates y de Protágoras. Su actividad fí- ^
losófica comenzó alrededor del 427-428. Escribió una obra en-
ciclopédica tan to p o r su contenido como p o r sus dimensiones, l
de la que no quedan m ás que fragm entos; el resto se perdió |
después del siglo II de nuestra era, aunque el nom bre de De- í
m ócrito haya estado largo tiempo rodeado de un prestigio ex-
traño, consecuencia de los dieciocho años de viaj es que se le- ?
atribuyen p o r la India, Caldea, Persia, Egipto, E tiopía, de sus f-
encuentros con faquires, magos y sacerdotes de Asia, de las í
historias novelescas y mágicas que se c u e n ta iT d ^ s u ^ v id a ^ j;
La escuela de Abdera está unida a la de los Eleatas. El ato* l
m ism o de Leucipo y de Demlócrito tiene, en consecuencia, un í
origen m etafísico. Procede de una m editación sobre la doctrina •
del ser elaborada p o r Parm énides, pero la ru ta tom ada por Leu- i
cipo es opuesta a la que habían seguido Jenófanes y Parmém- t
des®. E l pensam iento eleático había sido una rigurosa refle-1
xión sobre la naturaleza del ser que llevaba a la célebre con* l
clusión, que funda en la historia de la filosofía, el principio de ?
la contradicción: |
E l ser es, y no es posible que no sea.E ste es el camino de j
la certidum bre, pues acompaña a la verdad. El otro T s ^ e l ser
no es y necesariam ente el no-ser es: estrecho sendero donde
nada ilum inará tus pasos.
Y una segunda proposición: |
No, que nunca triunfe por esto: elno-ser es
, No existe o tra cosa que el ser. El ser es eterno, ya que no ;

?J Ver G. B ammel: Democrite. Moscú, 1935.


S im p ltc u ;s: Física, 28, 4 (Diels II, 22, 23). ■
" Parm j-ni des: De la natura, fr. 4, 1-7, • ‘
puede nacer de lo que ya existe ni tam poco del no-ser; así, ftues,
es necesario afirm ar que ya existía. El ser está eternam ente
presente; su naturaleza es perfectam ente homogénea y llena,
sin vacíos ni discontinuidades. Es perfecto y acabado. Todo
movimiento, todo cambio, están excluidos de él. Es sem ejante
a la m asa de una estera invisible.
Los de Abdera coincidían con los Eleatas en los caracteres
generales del ser, pero como quieren m an ten er y justificar la
existencia del movimiento, la realidad del cam bio, tienen que
introducir un principio que lo haga posible. Aceptan la pleni­
tud perfecta del ser, no introducen en su in terio r el vacío
o la discontinuidad, sino crean fuera de él, frente a él, la
realidad del vacío, una especie de existencia negativa que tiene
como finalidad hacer posible: el movimiento. Llegan así a una
conclusión que los Eleatas no adm itían: el no-ser es. Estos úl­
timos solam ente dividían el sér único de Parm énides e n ' un
número infinito de seres dotados de las m ism as característi­
cas; este m undo com pletam ente lleno de Parm énides, seme­
jante a un inm enso átom o, deja su puesto a una pluralidad de
átomos, de los que cada uno reproduce el «uno» de los eledtas.
El ser de Parm énides está com puesto de un núm ero infinito
de, «incisiones», com pletam ente llenas y sólidas, de cuerpos
indestructibles de áto m o s^ . La realidad lo está, a su vez, de
«algo» (?sév> y -d e «falta de algo n o - a l g o , e s decir, de
átomos y de vacío. Sólo éstos tienen existencia real; los demás,
propiedades, cualidades de lás cosas, no tienen m ás que ‘una
existencia inm aginaria, una existencia por convenio (vo^). .
Los átom os de Demócrito tienen las m ism as propiedades
que^T"Se r“de P arm énides : indivisibilidad, eternidad, indestruc­
tibilidad, y como propiedades positivas, la figura, el orden, la
posición y adem ás, cada uno, una m agnitud propia.

36 Atojící arañara, ¿rco)y.oi ¿7x01

29
Hay en esto un gran esfuerzo po r d ar una representación :■
. p uram ente geom étrica de la realidad; este esfuerzo va bastante ^
lejos con el fin de que los átom os de Demócrito no sean pé-
sados, y Aristóteles le reprocha no h ab er buscado en la misma
na turaleza del átom o la causa de sus movimientos. Pero De- i
m ócrito no ha ido hasta el máximo en su geom etrización de la ;
naturaleza, ya que no ha dado a los átom os una propiedad ■
cualitativa, la resistencia, frente al vacío que se define como la r
falta absoluta de resistencia. El vacío es la única causa del ;
m ovim ien to a tómico. Siendo nula la resistencia del vacío, la ;
velocidad de los átomos, a los que deja eternam ente cabida, es
infinita m ediante este m ovim iento perp etuo son creando los
m undos.

Lo que los pensadores im buidos de dinam ism o, escribió ¡


, L. Robin, llaman naturaleza generatriz y creadora no e$ otra
• cosa que ese desplazam iento en todos sentidos fepízakofys).
En consecuencia, sus trayectorias no pueden dejar de cruzarse [
(concursus, (aupíOTcrcplx1^)* manera que se produzcan. roza- :
.m ientos (littyaoouy o sacudidas con los correspondien-
tes rebotes (á%b%t£úx^ax.) , golpes y choques m utuos ;■
. pobeoOaí), y tam bién conexiones y form aciones de aglomerados
(aytí.uXoxrj, G?0po(C«J0at\ |

Nos enco n tram os ante una concepción del mundo donde ;


todo llega en virtud de la causalidad mecánica, y donde el azar
y la finalidad están excluidas. Leucipo, en el único fragmento
, que

se conserva
......... .........
de... ...............................
su obra,■!■I —dice: ,J| ■!.,

Verdaderamente todo se produce..., pero siem pre a partir de


una razón y en virtud de una necesidad@

r León Robín: La pensée grecque. París, La Rennaissance du Livre,


. páginas 140-141.
Fr. 2 en D iels, obra citada anteriorm ente.
Comentando estas líneas, Robín añade:
<(Esta concepción purám ente mecánica de la necesidad, en
tiempos de Em pédocles y de Anaxágoras, era una novedad consi­
derable. La intención, todavía no m uy clara, de los atom istas
c? «o ^ i
era, según Aristóteles, hacer que todo fuera un núm ero o el
resultado de núm eros. Quizá es bajo la influencia de su arit­
mética espacial que los m edio Eleatas de Abdera pudieron
concebir una física que incuba ya dentro un germ en de lo que
será m ás tarde el espíritu de la ciencia moderna.'
Y es sorprendente que principios generales tan 'fecundos
hayan tenido su origen en una física tan pobre® .*/
Pero quizá nos sorprenda m enos la pobreza de esta física si
pensamos que se som ete a las circunstancias del mundo; la
física de Epicuro y la de Lucrecio, aunque la aproxim ación
a la realidad sea m ás precisa en el pensador latino, no están
ni mucho m enos frustradas. La separación en tre la teoría grie­
ga y el m undo real, que subsistirá hasta la llegada de la cien­
cia m oderna, parece ten er su explicación en dos consideracio-
nes: la prim era es el carácter lim itado de los instrum entos
matemáticos, y la segunda, la ausencia de los de observación.
Fue gracias a la invención de la G eom etría Analítica po r
Descartes, que pudo ser seriam ente estudiada la naturaleza
física. La correspondencia entre los núm eros y la realidad,
que fue el sueño mágico de los pitagóricos y sin duda el de
Demócrito tam bién, no podría obtenerse sino p o r u n método
matemático m oderno que perm itiera poner en relación las
ecuaciones del espacio y las del movimiento. La antigua am ­
bición se ve realizada en el m om ento en que Descartes so­
mete a cálculo un punto en el espacio, creando así el sistem a
de coordenadas. Por otro lado, el estudio de la naturaleza no
tiene la suerte de llegar a ser realm ente positiva, ya que ne-

* Ob. el., pág, 142.

31
«
cesitará de una técnica in strum ental que sustituya los sentí-'
dos hum anos p o r aparatos de m edida y de observación y que
los hechos físicos se conviertan en objetos de una profesión...

Se ve la im portancia que puede tener p ara la búsqueda epi­


cúrea esta enseñanza verdaderam ente racional, donde, por pri- j
m era vez, u n físico, aun sin po d er llegar a una matematiza- |
ción rigurosa de la naturaleza, no hacía intervenir en la re­
presentación del universo m ás que consideraciones de figura,
m ovim iento y resistencia. Lcjs adversarios de Epicuro, según
cuenta Diógenes, m antenían que h abía cogido la teoría del
átom o de Dem ócrito y la había enseñado como p ro p ia© Pero
el atom ism o de Epicuro no es una m era reproducción de ia
física de Demócrito. R eelabora com pletam ente la doctrina, es­
pecialm ente en lo que se refiere a la estru ctu ra y movimiento
de los átom os.
E n la doctrina de Epicuro, a diferencia de la de Demó­
crito, el átom o tiene un peso esencial. Sus figuras no son in­
finitas, sino lim itadas. El átom o, que de hecho es indivisible,
no lo es de derecho. Y adem ás posee u n a fuente cefhtñigente
de m ovim iento: «la declinación». E stas diferencias, que dejan
sin duda su b sistir en grandes líneas la física democristiana,
son esenciales p ara el plan del epicureism o. La m ayor inquie­
tu d de Epicuro es afirm ar la autonom ía del hom bre: toda su
construcción física debe proveer de argum entos a esta afirma­
ción. Las cualidades del átom o dem ocristiano, apunta Marx,
no son tenidas en cuenta.
... Mas que respecto a la form ación de diferencias en el mun­
do, y no respecto al átom o m ism o. Sólo las diferentes figuras
interesan a Demócrito, pues nada más está contenido en la

49 D iócenes L aercio : X, A.
&.■
| coinbhw.das como lo hace Epicuro, son las diferencias que el
| forma, la orientación y la disposición. M agnitud, forma, peso,
| átomo presenta en sí m ism o; form a, orientación, disposición,
| le diferencian respecto a un objeto distinto a él. Mientras que
\ no nos encontram os en la teoría de Demócrito, sino determina-
> dones hipotéticas, destinadas a explicar el m undo de los fenó-
l menos, tendrem os en la d,e Epicuro la consecuencia del princi-
i pió m ism o®
Así nos era presentado un m undo sin «fatalidad», sin pro-
[: videncia, sin destino, donde sólo intervenían causas mecáni-
? cas, y el azar, y en el que incluso el alm a y los dioses estaban
jí.-' considerados como conglomerados com plejos de átomos.
i * Un alm a m aterial, que la m uerte descomponía lo mismo
f que a la carne; una m uerte que no era m ás que un suceso na-
i; tural, la descomposición de u n com puesto y no la am enaza de
i un castigo terrible o la prom esa de una dudosa felicidad; unos
; dioses que no eran sino modelos m ateriales del sabio, que no
; intervenían en los asuntes del m undo, que no eran jueces,
: que recibían Jas oraciones: todo este universo sin m isterios
í rodeaba al hopibre, solitario y libre en tre los objetos, materia-
}, les, m ortales como él, capaz de llegar a la luz sin tem or ni
i esperanza, de resolver cuestiones puram ente hum anas y ' al­
canzar la felicidad. En un m undo donde los átom os se arre ­
molinan, componiendo, po r azar, en sus encuentros objetos
r destinados a descomponerse, el hom bre, que no es como ellos,
[ sino un ser privilegiado, puede b astarse a sí m ism o... y

En esta trágica existencia del siglo n i, los filósofos debían


tener unos conocimientos m odestos. R econquistar la libertad

41 C. M arx : Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y


¿Epicuro. Ed. Ayuso, 1971, págs. 47-43.

33
perdida parecía algo casi inconcebible; se iba con una cierta vida a los locos que pierden su tiem po en reu n ir «medios de
tim idez hacia e h conocim iento positivo de la felicidad. Su se­ vida» y q u e n o d isfrutan nunca: sabe que la vida no es p ara
creto estab a en la inversión to tal de las actitudes sociales, ya el m añana, sino p ara hoy, el presente, p a ra cada segundo. Cada
instante de felicidad es como
que no dependía ni del dinero ni del po d er político, sino sola­ una posesión eterna. El m undo
m ente de aquello que el hom bre posee auténticam ente: su es aceptado, el tiem po no es una sucesión de necesidades trai­
cuerpo y el conocimiento de las necesidades y recursos del cionadas, de bienes perdidos, de esperanzas amenazadas, como
una constante ausencia.
mismo. Toda la m oral epicúrea se funda en la eliminación de
aquellos placeres que no son necesidades n atu ra les. Al salir Y lo m ás im portante de todo, esto es la afirm ación de que
de una vida dom inada por la violencia, la m iseria y el hambre, el hom bre h a nacido p ara la felicidad y que ésta tiene ,su
el hom bre no tiene grandes exigencias qúe satisfacer: su sa­ juedam finto en el propio cuerpo, en la unidad de conciencia
biduría tiene cierto ascetismo. Se m anifiesta en la doctrina de, y carne. E picuro escribió esa escandalosa frase de que «el
Epicuro, p o r el abandono de la doctrina cirinaica del placer, principio y la raíz de toda felicidad están en el placer del
que suponía el placer «en movimiento». E picuro hace una gran estómago». H ay que tener en cuenta que esto supone el mism o
econom ía...© escándalo que cuando Spinoza dijo que Dios es tam bién ex-
La carne —di se— grita po r verse libre del ham bre, de la f tenso. E picuro era verdaderam ente radical, al parecer de Marx,
sed y del frío: son necesarias pocas cosas p ara liberarla y hacer t - y cogía las cosas p o r su raíz: una teoría que no parte de las
callar sus gritos, y la simple naturaleza no exige tan to . E! I condiciones m ateriales de la conciencia le parecía com pleta­
placer nace de la satisfacción dé las necesidades: no tener más mente falsa. Una teoría m aterialista, hoy, no sería muy dife­
ham bre, m ás sed, no su frir más. Esto es un placer inmóvil, rente de la de Epicuro, en cuanto a sus principios, pero eh
como un a supresión del dolor. La sobriedad de estas exigen- un m undo donde la satisfacción de las necesidades, mucho m ás
cías nos perm ite im aginar la desesperación que debía reinar ambiciosa.numerosas, no traería consigo desgracias..., sería mucho más
en la época en que fueron form ulados. Pero esta doctrina co­
nocía lo esencial del hom bre .amenazado, que no quería más
que contener el aliento, que no deseaba o tra cosa que no su­
frir, no tem blar, no esperar más. Con el epicurism o, el hombre No es posible que el hom bre se habitúe com pletam ente a
se encuentra com pleto: es suficiente p ara que nazca la felici la soledad: se inventa la necesidad de u n dios al que rendid
dad. La felicidad de alguien que acaba de escapar de la muerte, homenaje. E l epicureism o no com erciaba con fantasm as ni
que se h a salvado de la ejecución capital, del ahogo. Su cuer­ renunciaba a los valores puram ente hum anos. El retiro epi­
po, su conciencia le han sido restituidas, pobres, pero presen­ cúreo es m ucho m enos anacorético que cenobítico, y el elogió
tes. E ncu en tra u n cierto equilibrio perm anente en la vida, oí- apasionado de la am istad lleva a la institución de las com u­
nidades epicúreas. A parentem ente bien pueden parecerse a las
La escuela de Aristipo de Cirene es, ju n to con la escuela de Megara
y la Cínica, una de las grandes tradiciones post-socráticas (excluyendo a sociedades am icales y a aquellas «heterías* que se habían mui-.
Platón).

34 35
tiplicado un poco p o r todas p artes en el m undo griego, a me- {■
dida que las grandes instituciones colectivas, como la familia
y la ciudad se derrum baban, pero en realidad eran el germen
de u n nuevo orden hum ano. La identidad de los fines perso- :
nales que cada uno de sus m iem bros perseguía y una cierta ;
com plicidad en la búsqueda de la felicidad, daban a estas ¡
pequeñas sociedades una unidad espiritual. La am istad, que,
al principió no había sido ¡para el cinismo epicúreo m ás que
un apoyo que cada sabio encontraba en su busca egoísta de ;
la felicidad, se convierte en un fin en sí mismo, como se de-
duce de las cartas de Epicuro a ‘sus discípulos. Los valores
sociales vuelven a alcanzar su lugar, y a la vez facilitaban y i
garantizaban la perfección del hom b re n a tu ra l. Las fuentes de ;
conflicto, de cólera, estaban suprim idas por la c reación de una
com unidad de trab ajo y de bienes, po r la institución de una
confianza general de los unos en los otros. Estos grupos, que i
se m ultiplicaron en el m undo antiguo, constituyen el patético ■ ;
esbozo de la form a natu ral de sociedad humanao^E i mismo
E picuro aseguró su perm anencia prescribiendo a sus discípu- t
los una serie de reuniones anuales* y la celebración de su áni-
versario, el 10 del mes Gamelion (N. T.) y el de Metrodoro, :
su discípulo p red ilecto ©

M uerto Epicuro, H erm aco asum e la dirección de la escue­


la, por la falta de M etrodoro de Lampsaco, m uerto siete me­
ses antes que el m aestro. Se conbpe mal a las grandes figu­
ras del epicureism o, y de algunas sólo el nom bre. Se sabe
que Polistrato sucedió a Herm aco y que Dionisio y Basílides

A/, del 7\—En ¡a versión española de Espasa Calpe sobre la obra de


D iógenes L aercio se dice que la fecha de su aniversario era el 7 de
enero.
« y er Pícavet: «Rapports de la philosophie et de la religión en Gre­
co». Revue de L ’histoire des Religions, 1893, págs. 342-343.
vinieron después de él. Apolodoro, «el rey del jardín», fue cé­
lebre y escribió m ás de 400 volúmenes. También están los dos
Ptolomeos, el Blanco y el Negro, Zenón Sidonio, alumno de
Apolodoro, Demetrio de Lacón, Fedro, Diógenes Ta-rsense,
Orion y otros.
Diógenes Laercio escribió que tuvo entre sus discípulos una
sucesión innum erable de jefes de com unidades. En la «Vida du
Epicuro» dice:
E l núm ero de sus amigos era tan grande que no se. podía
ni 'contar por ciudades e n t e r a s ^

Más tarde, la doctrina hace su en trada en Italia, después


de la conquista rom ana de Grecia. Cicerón dice que prim era­
mente fue aceptada po r las gentes modestas.
La época no era menos agitada que aquella en la que Epicu­
ro había elaborado su filosofía: eran los años en los que la
República Rom ana m oría bajo las convulsiones civiles. La
vida no era una posesión asegurada y el epicureism o, por .razo­
nes análogas a las que en la Grecia del siglo m le habían fa­
vorecido, sedujo en el siglo i, antes del establecim iento impe-,
rial del reino de Augusto y la introducción de los valores cris- .
tianos, a los hom bres m ás cultivados y a los más im portantes
personajes de Roma: Aticus, amigo de Cicerón; Manlius Tor-
quatus, L. Pistón, C. Veleius, Vibius Pansa, C. Casius, que en
unión de B rutus asesinó a César. Amafinius escribió el prim er
tratado latino sobre el epicureismo. Un poeta, de genio pare­
cido, fue después de Epicuro la m ayor voz en favor del m a­
terialismo antiguo.
Se sabe poco de Lucrecio. Nació h acia el año 97 y, sin duda,
murió hacia el 55. La tra dición, recogida po r San Jerónimo,
nos quiere hacer creer que tenía crisis de locura y que se

“ D iógenks L arrcio: X , 9.

37
suicidó. El extraordinario sentido de la angustia que domina
«De rcru ra natura» nos revela un hom bre capaz de llegar hasta
la m uerte voluntaria, po r el deseo de escapar de ella. Su poema
apareció después de su m uerte: el ed ito r fue Cicerón, que
m antenía relaciones con los jefes del m ovimiento epicúro.
El tiem po de Lucrecio no es m enos turbio que el de Epi-
curo: la dictadura aristocrática de Sila, el movim iento demo­
crático de Lépido, la dictadura de Pompeyo, la insurrección
de Espartaco, ahogada p o r Craso y Pompeyo en el 71; 3as
guerras exteriores, contra los piratas, contra M itrídates, la con­
juració n de Catilina, la subida política de César, todos estos
sucesos com ponen una época cargada de guerras civiles, com­
plots, m uertes y sangrientas represiones. La imagen m ás trá­
gica del hundim iento de la República roijiana es, sin duda,
la de esos 6.000 esclavos de E spartaco crucificados en el ca­
mino de Capua a Roma...

Toda la política está dom inada po r dos conflictos sociales


principalm ente, entre los esclavos y sus propietarios y entre
los nobles y los caballeros.
El siglo i se ve agotado po r las insurrecciones «serviles»
. en Sicilia, en la Magna Grecia, h asta que Espartaco b arre la
península itálica de S ur a Norte.
Profundas m etam orfosis se operan en la economía roma*
. na: las conquistas coloniales, la explotación de los países de
u ltram ar y el comercio exterior- crearon el capitalism o romano.
A m edida que el área de conquistas se extendía, la importan­
cia del m ism o aum entaba; tran sfo rm ab a la economía italia*
na, reem plazaba el cultivo de cereales p o r otros m ás «renta­
bles», como la vid y los olivos; d estruían las pequeñas expío-
taciones, convirtiéndose sus propietarios en pobres o esclavo?.
Mientras tanto, la clase de los caballeros, autores de esas tran s­
formaciones, pasaba a p rim er plano.

Esta clase —escribió Salvioli— concentró, primero, e n 's u s


manos la riqueza material, para inm ediatam ente empezar a
\ comprar tierras: es así como, destruyendo el fundamento, de
\ la estructura política, tos m iem bros de esta clase establecie-
ron la supremacía del dinero sobre la riqueza natural y trans-
I formaron la estructura económica y política del estado®.

I La lucha se rem onta al siglo m : encontram os un testigo


I im portante en la ley Claudia, propuesta p o r el tribuno de la
: plebe, Q. Claudius, apoyada po r C. Flam inus y, finalmente,
Y tofÜTda'en los Olmicios p o r tribus, pese a la oposición del Se-
nado: en la que se prohibía a los senadores y a sus hijos, es
f decir, a la nobleza rom ana, poseer buques de tonelaje superior
¡ a 300 ánforas. E sto Ies excluía del com ercio m arítim o, que
i iba a ser, a lo largo de los siglos n y i, el origen del capitalis-
l mo comercial rom ano, quedando así reservado a los caballeros
| y en cierta m edida a los libertos su m onopolicé? La impor-
; tanda de éstos llegaba a ser tan grande que en el siglo u Tj-
[ berio Graco, en su lucha contra la aristocracia, buscó su apoye).
[. La lucha contra los patricios continuaba en el campo ideo-
| lógico: se tratab a de atacar todas las posiciones de la aristb-
cracia, especialm ente las religiosas, esenciales en u n país don-
; de el Estado y la religión estaban sólidam ente unidas. La ffr-
; losofía de Lucrecio, que casi todas las fuentes p resentan como
{ un caballero, puede ser considerad a como uno de los más efi­
caces ataques dirigidos, en nom bre de una clase que emergía,
‘ contra los valores de las aristocracia. Es m uy de señalar qué

45 G. S alvioli: Le capitalisme dans le m onde antique, Eludes sur


l Vhistoire romaine. París, Giard et Briére, 1906, pág. 42.
[ 44 Ver J. Toutain: L'economie antique. París, La Renaissence du Livre,*
’ año 1927, p á g s. 290 y ss.
el epicureism o, que había prim eram ente interesado a las po- J
bres gentes abrum adas p o r J las duras realidades del mundo Mr -

rom ano, fuera seguidam ente adoptado por hom bres que podían [
ver en él un instrum ento p ara su ascensión al p o d er©

Lucrecio es diferente de Epicuro. El filósofo del Jardín se


consideraba como «alguien que estaba de más», y su aisla­
m iento social era absoluto. E n cambio, Lucrecio es un pensa­
dor cuya doctrina está unida a u n a política positiva. Parece \
como si su unión con E picuro fuera doble. Como sL Liicrecio, j
hom bre ansioso, encontrara en la sapiencia epicúrea un reme- i
dio personal contra la angustia y como si, al m ism o tiempo, !
Lucrecio, el caballero, descubriera en ella, especialm ente en ;
la teoría sobre la naturaleza, u n arm a contra los valores no- í
bles y, sobre todo, contra la» religión.
V arron, contem poráneo de Lucrecio, apunta que la religión ;
rom ana es una em presa del Estado: así, pues, el ataque de
Lucrecio co n tra los dioses lo es a, la vez contra la política y ;
no está en absoluto fundado considerarle como un escritor ;
indiferente a las fuerzas enemigas de la ciudad.
Por o tra parte, Lucrecio es contem poráneo de un gran mo- ;
vimiento en las ciencias naturales. Incluso la curiosidad cien- :
tífica llega a incitar a un au to r reaccionario como Varron:
este enciclopedista apasionado po r la restauración histórica,
arqueólogo de viejos valores rom anos, se vuelve interesado
hacia la arq u itectu ra científica, la meteorología, los experimen- ;
tos de física. Comienza u n a época de búsquedas concretas ,cu-
yos caracteres son muy distintos de los que definían la cien­
cia griega. La rom ana está especialm ente orientada a los es-

47 Ver V, Bandek y V. Timosko: Liicrecc. Moscú, 1933, págs. 10 y ss.

40
tudios prácticos: esos com erciantes, esos colonizadores, esos
constructores, esos soldados tienen poca afición por la teoría
pura. La astronom ía les atrae, pero mucho más la agrimesu-
ra, la técnica m ilitar, la arquitectura, la ciencia hidráulica, la
m edicinad? Se hacen estudios sobre las mareas; se descubre
la ley de los vasos com unicantes, la traqueotom ía. Se estable- ,
ce la distinción entre las enferm edades crónicas y las agudas;
se lanza en patología la hipótesis de los m icroorganism os Si
Este es el medio am biente en el que el pensam iento de Lucre­
cio se desarrolla, en un esfuerzo teórico, que Roma dejó a is-,
lado. Había, en la filosofía de Epicuro, una especie de profun­
da indiferencia respecto a la ciencia: todo el desenvolvimiento
de la física^. estaba dom inado p o r el utilitarism o ético. Estas
palabras resum en todo:

Sin ciencia de la naturaleza no es posible disfrutar de los


deleites más inocentes©
La ciencia era un rem edio para la tranquilidad del espíri­
tu, un im pulso que expulsa la angustia. Epicuro no se sentía
interesado por la «ciencia p o r la ciencia».
Epicuro —dijo Marx— procede con una apatía sin lím ites
en la explicación de los fenóm enos físicos®.
He aquí un esquem atism o, sin duda menos frustrado que
el de Demócrito, pero m ás sensible. Lucrecio continúa procla­
mando que la ética nos lleva a la física, que la ciencia no es
más que un medio y la felicidad el fin, pero sigue menos al
45 Por ejemplo, al comienzo del Im perio, Columeío, Frontin, Higinio,
Balbo, Plinio el joven. El movimiento se extendió sobre todo en el siglo i
de nuestra era, pero era ya im portante desde el siglo i a. de C. Los
grandes libros de Varron aparecieron después del 80 y antes del 25.- El tra ­
tado de Vitruvio, «De Architectra», es del últim o tercio del siglo i.
40 V e r V. Bandek y V. Timosko: Ob. cit., p ág s. 15 y ss.
50 D. P. 12.
51 C. M arx: Ob'. cit., pág. 20.

41
pie de la letra la doctrina que Epicuro. Una pasión científica
le arrastra, sobre todo en las cuestiones que conciernen a la
psicología del hom bre, a la p reh isto ria, a la evolución de la
vida y de la hum anidad. Por eso n os
Ja sencillez y de los errores teóricos que no pudieron ser evi­
tados, con u n a exposición consecuente del m aterialism o.

H abiendo hablado de Lucrecio, ya está todo dicho. Después


de Epicuro, y m ás específicam ente que él, Lucrecio estableció
.el p rim ado de la realidad objetiva, el valor del determinismo,
opuesta a la providencia y a las causas finales. E stá creada
• la física atom ista, muy lejos de las fuentes m etafísicas que
caracterizaban las doctrinas de Leucipo y Demócrito, Definió el
m undo m aterial independientem ente de la conciencia que el
•■hombre tiene de él, y en el que la realida d está eternamente
b asada en el m ovim iento de los átom os, en un espacio y tiem­
po objetivos, que no son condiciones de representación.
E n un espacio infinito, y d u ran te un tiem po infinito, todo
nace, vive y m uere de acuerdo con las leyes de un movimien-
■to perpetuo. No hay un p rim er m otor. Con esta afirmación
' da el golpe de gracia co n tra to d a concepción religiosa del mun­
do. I'legel reconoce la im portancia de este atom ism o antiguo
y sobre esto escribió:
Í E l atom ism o, en general, se opone, por la concepción que
tiene el origen y conservación del m undo, a una existencia
exterior al m undo. Los prim eros naturalistas se sienten libe-
rados con el atom ism o de la necesidad de dem ostrar que exis-
'te nuna causa”, cualquiera que sea, del mundo. Pues si se re­
presenta la naturaleza como creado y conservado por cual­
quier cosa que no sea ella m ism a, es necesario que se la haga

42
como no existente por ella m ism a, como si tuviera fuera, de
ella su fundam ento... Entonces no es inteligible, sino que existe
por una voluntad e x te r io r ® ./

Lucrecio va más lejos en su interpretación «laica» d e l,u n i­


verso, que Descartes, que som ete todo a u n a creación conti­
nuada; que Newton, que justifica en Dios las leves de gravita-
ción e im agina los astro s como pastores angelicales. Para Lu-
. creció, el movim iento es una propiedad de la m ateria. <•
Sin duda, este 'm aterialism o tiene sus lím ites; totalm ente
• u n tá° al movimiento mecánico, fracasa en la explicación de la
evolución. No adm itiendo m ás que cam bios en el orden cuan-
: titativo, considerando todo fenómeno como u n aum ento o dis­
minución de la m ateria, no resuelve los problem as de la cua­
lidad. Deja subsistir una fisura p o r donde penetra el idealis­
mo, y, en efecto, lo hace, en la doctrina de Lucrecio en el m is­
mo m om ento en que ésta añade a los movim ientos mecánicos
autónom o y eventual en los átom os, análogo al «libre albe­
drío» y destinado a explicarlo. Se introduce el principio es*
piritual.
Pero el conjunto de su doctrina es como un inmenso pre>
sagio de la próxim a llegada de la ciencia; la indestructibilidad
de la m ateria, afirm ada en térm inos que anuncian a Lavoi-
sier; la teoría del m ecanism o y de la causalidad universal;
la teoría de las pasiones y del conocimiento que anuncian la
fisiología y la psicología m odernas; el apunte sobre la evolu­
ción animal, que presentarían Lubbock y D anvin, y de la evo­
lución hum ana; la teoría jurídica del contrato social que hizo
soñar a Rousseau...
No es lugar p ara h ablar del poeta. Nadie le h a superado
nunca cuando habló del am or, de la soledad y de la m uerte.
52 H e g e l: Lecorts sur l'hisioire de la philosophie. Edición rusa de las
«Obras Completas», Moscú, 1932, t. XIII, pág. 269.

4«43
El epicureism o vivió h asta el siglo vi de n u estra Era. Un
discípulo de Epicuro, quinientos años después de las ense­
ñanzas del m aestro ateniense, ha dejado un testim onio «con­
movedor» de esta continuidad.
Una época en la que el m undo an terio r perdía la confianza
en sus verdades, renunciaba a los valores que habían contri­
buido a su grandeza, p ara abandonarse a los consuelos místi­
cos de los hem etistes, de los neopitagóricos, de ios gaósticos,
un viejo epicúreo llam ado Diógenes, que vivía en Capadocia;,
hizo grabar sobre el m uro de un pórtico u n m ensaje epicúreo
que sus contem poráneos no supieron apenas com prender por
causa del m iedo y de las supersticiones. Es uno de los últi­
mos m onum entos a la inteligencia griega.

Siendo conducido por la edad hacia el ocaso de la vida,


esperando, en cada instante, despedirm e del m undo con un
canto melancólico sobre la plenitud de m i felicidad, he resuel­
to, por miedo a ser acogido desprevenido, prestar auxilio a aque­
llos que están en buena disposición. Si una persona, o dos, o
tres, o cuatro, o el núm ero que se quiera, estuvieran angus­
tiadas y me pidieran auxilio, yo haría todo lo que estuviera
en m is manos por darles m i m ejor consuelo. Hoy, como he
dicho, la mayoría de los hom bres están "enferm os”, como si
hubiera una epidemia, por sus falsas creencias sobre el mundo
y, como por im itación, se las traspasan tos unos a los otros,
com o los corderos. Además, es justo prestar ayuda a los que
nos sucederán. Ellos son también nuestros, aunque aún no
hayan nacido. E l am or a los hom bres nos obliga a ayudar a
los extraños que pasarán por estas tierras, y como el buen
m ensaje del libro ha sido ya esparcido, he decidido utilizar
esta pared y exponer en público el remedio para la huma­
nidad ^
I Este rem edio era el «tetrafarm acon», el «remedio cuádru-
; pie» de las D octrinas Principales de Epicuro: se recogía en
s doce palabras griegas que venían a significar:
l
<CNo hay nada que tem er a los dioses.
No hay nada qué tem er en la muerte.
\ Se puede alcanzar la felicidad.
Se puede soportar el d o lo r® Y
?'• o*
i- El pensam iento cristiano, que había sabido ver en el ma-
| terialismo y el ateísm o epicúreo uno de los enemigos más efi-
íf caces de sus doctrinas y de los rivales peligrosos de su im-
: perio espiritual, comenzó su lucha contra él. Clemente de Ale-
i: jandría dijo:
^ el apóstol Pablo ataca a tos filósofos, se d ebe solam en­
te a los epicúreos...

: El idealism o de Platón pareció mucho m enos subversivo ...


El obispo Dionisio de Alejandría, Lactancio, Orígenes, tam bién
I dirigieron contra él sus ataques. La violencia de los ataques
í: atestigua, en el siglo m todavía, la rivalidad del m aterialism o
; antiguo: no cedió al cristianism o, ya que la nueva religión,
; habiendo al fin conquistado el poder político, hizo en cierta
medida hundirse a sus enemigos.
Más tarde, cuando las clases revolucionarias comenzaron
^ a tener conciencia de sí mismos, reencontraron la herencia de
Epicuro. A Gassendi, alabando frente a D escartes el m ateria­
lismo epicúreo, responde Marx escribiendo:
La filosofía, m ientras que una gota de sangre golpee su
corazón, com pletam ente libre, amo del universo, no dejará d e

53 D iógenes de O neanda: Fragments. H. W illiam , Teubner, 1906.


54 C. M arx: Ob. cit., p á g , 14.

45

I
lanzar a sus adversarios el grito de Epicuro: im pío no es el
que menosprecia a los dioses"de'ta locura, sino eT~que se uñe
a la idea, que la locura viene de los dioses. -
Y Lenin, defendiéndole contra las calum nias que H e g e í^
m ultiplica contra él.
NOTAS BIBLIOGRAFICAS
i*
Sobre la filosofía antigua en general se podrá consultar es­
pecialmente la obra de M. León Robin: La Pensée grecque (Ifa-
rís, La Renaissance du Libre, 1923) y L ’H istoire de la philiso
phie, de M. E. B réhier (París, F. Alean, 1927-1928). La litera­
tura sobre el tem a es ciertam ente inm ensa: se encontrará una
bibliografía excepcional en el libro de M. Robin. El libro de
M. B réhier ap o rta u n a bibliografía menos abundante y que’ se
empleará, sobre todo, p ara el período romano.

I. D e m ó c r it o

No quedan m ás que fragm entos de la inm ensa obra de De­


mócrito. E stán reunidos en la obra capital de Diels sobre los
filósofo^ presocráticos.
H. Diels: Die Fragmente der Vorsokratiker, 3.* edición, 2 vo­
lúmenes, Berlín, 1903.
Se puede citar entre los diferentes estudios los de:
P. N atorp: Die E th ik des D em okritos, M arburg, 1893.
A. Dyroff: D em okritstudien, Munich, 1899.
G. Bammel: Demócrito (texto y com entarios), Moscú, 1935.

55 Err. B ignone , el gran historiador italiano de la filosofía epicúrea, II . E picuro


i
ha publicado recientemente dos gruesos volúmenes sobre Epicuro: L'Aris- I
totele perduto e la form aztone filosófica d'Epicuro. Firenze: La nuova
Italia. No hace misterio de un entusiasmo, donde parecen expresarse de Epicuro escribió mucho. Diógenes Laercio (Vida de Epicu­
una manera velada los sentimientos actuales sobre las condiciones del ro, 27-28) le atribuye 44 obras esenciales, de las que las princi-
pensamiento en el régimen presente de Italia: Epicuro aún sigue siendo
considerado un liberador. i
Al
46
pales eran: De la Naturaleza, De los átom os y del vacío, Los
problemas, Doctrinas principales, De las elecciones y de las
huidas, E l canon, De los dioses, De las vidas, El banquete,
De la percepción, De la Justicia y demás Virtudes, cartas' y es­
critos polémicos.
» O OC»
Queda muy poca cosa de estas obras. Se han conservado
tres cartas, las Doctrinas principales, Fragmentos y el Testa­
mento.
La carta a Herodoto, en la que se exponen los grandes prin­
cipios de la ciencia y la física, es, ju n to con el poem a de Lu­
crecio, el m ás grande exponente conocido de su doctrina.
La carta a Pitocles, que quizá no esté escrita personalm en­
te por Epicuro, tra ta de los fenómenos celestes.
La carta a Maneceo expone la moral.

► Las fragm entos provienen de diversas fuentes: hay una se­


rie* (3e 80 aforism os descubiertos en 1822 po r C. Wotke en un
m anuscrito del Vaticano y publicados en 1888. La colección se
conoce con el nom bre de Sentencias vaticanas, y lleva el títu­
lo de Exhortación de Epicuro. Otros fragm entos provienen de
libros perdidos, de cartas, y son conocidos por las citas que
hacen de ellos los autores antiguos.
. Las tres cartas, las Doctrinas principales y un buen núme­
ro de fragm entos están recogidos en el libro X de Diógenes
Laercio, que contiene la vida de Epicuro.

. Todos los textos conocidos, las citas, com entarios, exposi­


ciones antiguas están recogidas en una obra fundam ental: Los
Epicúrea, publicadas por Usener en 1887.

Hemos utilizado la gran edición de Fragments d ’Epicure,


publicada por Cyril Bailey (Oxford, 1926), con un notable co-

48. ,
meníario. La traducción utilizada por la Carta a Herodoto es
la de A. H a m e lin 1; el resto son traducciones nuevas.
E ntre los estudios sobre Epicuro, adem ás de las obras ge-
nerales ya citadas, conviene nom brar los ensayos publicados
por Giussani, al m argen de su gran edición sobre L ucrecio2;
o-
los com entarios de prim er orden y la introducción que acom­
pañan a la traducción de Epicuro hecha p o r E. Bignone 3 y el
estudio de conjunto de Cyril B ailey4.
En los textos que siguen: D. P. designa las Doctrinas prin­
cipales; Fr. A, las Sentencias vaticanas; Fr. B. los fragmentos
variados. Para las Cartas la indicación sobre los parágrafos
corresponden al texto de Diógenes Laercio. Todos los textos
están citados según la edición v clasificación de Cyril Bailey.

III. L ucrecio

La obra de Lucrecio está contenida en un poem a titulado:


De rerum natura {De la naturaleza de las cosas). Compuesto
de seis libros: los dos prim eros exponen los principios de la
física sobre la naturaleza y la vida, la m agnitud del universo,
el movimiento y el espacio, la teoría de los dioses. El tercero
describe al hom bre y estudia los problem as del alma. El cuar­
to es un tratado de psicología. Los dos últim os critican la idea
de Providencia y exponen la evolución de la hum anidad; ter­
minan con la descripción de los cataclism os que asustaban a
los hom bres porque creían que eran una m anifestación de
los dioses. ;
Las ediciones y los com entarios sobre Lucrecio son muy

’ O. H am elin: Revite de Mc.taphysique et de Morale, X X III, 1910.


2 G iu ss a n i: Lucrece, T u rín , 1896-98; Stu d i lucreziani, T u rín , 1906,
1 E t t . B icnone: Epicuro, Opere, Frammenti, testim onianze sulla sita
vita, tradotti con introduzione e comento. B a ri, 1920.
4 C y r il BaiCey: The Greek Atom ists and Epicurus. Oxford, 1928.

49
num erosos. La m ás im portante es la de Giussani. Y es nece- ;
sario citar tam bién las de M. M erril (Berkeley, 1917) y la de ■
C. Bailey (Oxford, 1921). En francés, la edición m ás reciente í
es la de M. E. E rnout (París, 1924), que incluye un comenta-
río filosófico de M. L. R o b in 5. La traducción, que es rigurosa- ;
m ente exacta, y de la que en general hemos conservado las in- r
terpretaciones, presen ta algunas falsas elegancias universita- f
rías: los textos que siguen no las reproducen. (N . del T.)
Los extractos de Lucrecio están designados de la siguiente |
m anera: L. seguido del núm ero de libro (de I a VI) y la indi- j
cación dé los v e rso s6.

5 L u crecio : De rerum natura. París, les Belles-Lettres, 1925. Comentario


y cnítida por A. Ernout y L. Robin.
N. del T .—En español se ha empleado la traducción de Eduardo Va­
len ti, Alma Mater, S. A., Barcelona, 1961.

50
F

EL CONOCIMIENTO

La filosofía

Vana es la palabra del filósofo que no cura ningún sufri­


miento del hom bre. Pues del m ism o modo que no se obtiene
provecho alguno de la m edicina si no expulsa las enferm eda­
des del cuerpo, igual no se obtiene ningún provecho de la
filosofía si ésta no sirve p ara expulsar los sufrim ientos del
espíritu.
Fr. B. 54

No es necesario re tra sa r cuando se es joven el m om ento


de filosofar ni d ejar de hacerlo cuando se es viejo: pues ja­
más , es dem asiado pro n to ni dem asiado ta rd e p ara la salud
del alma, Y áquel que dice que todavía no h a llegado el tiem ­
po de filG sSfar'b que ya h a pasado, es sem ejante al hom bre
que dijera que el tiem po de la felicidad no h a llegado o ya se
le ha pasado. Así deben filosofar los dos, el joven y el viejo, el
uno p ara que su senectud se vea rejuvenecida p o r los bienes
que se recuerdan con gratitud; el otro p ara que su juventud
sea m adurada p o r la serenidad ante el porvenir. Conviene,
pues, reflexionar sobre las cosas que com ponen la felicidad,

51
ya .que, cuando la poseemos, lo tenem os todo, y cuando Tras tenga necesidad de uaia existencia sin angustias no es creencia
falta, hacem os todo lo posible p ara conseguirla. ilógica o vana imaginación. Luego no se experim enta ninguna
turbación frente a estas cosas que pueden ser explicadas de
Haz y pon en p ráctica las cosas que constantem ente te he /muchas m aneras, todas ellas de acuerdo con las sensaciones,
recom endado, convencido que son los principios de una vida
cuando se adm ite, convenientem ente, varias teorías probables.
feliz. i Pero cuando se acepta una teoría, para luego abandonarla por
otra que tam bién arm oniza con el fenómeno, es evidente que
se abandona,el sentido científico de la búsqueda para recu rrir
Carta a Meneceo, 122-123 a la fábula.

Ño es necesario sim ular que se filosofa, sino hacerlo real­ Todo esto, Pitocles, debes retenerlo en tu mem oria: así es­
m ente. Pues no es la apariencia de salud la que necesitamos, caparás de *la superstición y serás capaz de com prender todo
sigo la salud misma. lo que sea de la m ism a naturaleza. Sobre todo dedícate al es­
Fr. A. 54 tudio de los principios, del infinito y de las demás cosas seT
mejantes y tam bién de los criterios de la verdad y de las pa­
Ciencia v sabiduría siones, y las causas po r las que investigamos sobre dichas co­
jas. Ya que este estudio te p erm itirá com prender a la vez las
Prim eram ente no debem os suponer que se pueda alcanzar causas detalladam ente. Y aquellos que no han penetrado pro­
con el conocim iento de los fenómenos celestes, ya se los es­ fundamente en todo esto no sabrán estudiarlos conveniente­
tudie en relación con otras doctrinas, ya aisladam ente, otra mente ni poseer plenam ente la razón por la que se necesita
coga que la im perturbabilidad y una firm e confianza, exacta­ estudiarlos^
m ente como en o tras ram as del saber. No debemos apelar a
lo Imposible ni em plear un m étodo de búsqueda análogo al
que conviene a otros géneros de vida o a la solución de otros Carta a Pitocles, 85-87; lió
problem as físicos: p o r ejem plo, la proposición de que «el uni­
verso está com puesto de cuerpos y es de naturaleza intangi­
: 1 La carta a Pitocles estudia los fenómenos celestes. El objeto de este
bles» o de que «los elem entos son indivisibles» y otras afirma­ ■estudio es perm itir que se tenga serenidad frente a todos estos fenóme­
ciones de este orden sirven p ara los casos en que la explica­ nos dem ostrando que no son manifestaciones divinas. El m étodo do estu­
dio es aquí particular: en la ética, en la física, se puede asignar a un
ción arm oniza con el fenómeno, pero no p ara los fenómenos efecto dado una oausa única. Cuando se trata de «ffteteoros» no se pue­
celestes, pues su origen adm ite una pluralidad de causas y su de por dos razones: en estas grandes m anifestaciones naturales hay fre­
cuentemente m ás de una causa en juego, y, por o tra parte, a causa de
naturaleza una pluralidad de explicaciones, todas de acuerdo las dificultades en la observación, nunca se está seguro de haber encon­
c o n ‘nuestras sensaciones. Así, pu^s, no es necesario basar el trado la causa exacta. Así, es necesario contentarse con una explicación
probable, que no esté en contradicción con lo que presentan los sentidos.
estudio científico en afirm aciones vacías ni en principios ar­ Epicuro empleará constantem ente esta fórmula: tal fenómeno puede te­
bitrarios, sino en los mism os fenómenos. El que nuestra vida ner su origen en tal causa. Lucrecio hará lo mismo.

53
.52
nuestras dificultades y n uestras opiniones, es necesario que se­
Funciones de la ciencia pamos ver en cada palab ra la noción prim itiva que designa, y no
tengamos necesidad que se nos dem uestre que esa noción es lo
11. SÍ no estuviésem os^tem erosos p o r n uestras ideas con que nosotros decimos. E n segundo lugar tenem os que investigar
fusas® sobre los m eteoros y sobre la m uerte, si no temiése­ Jas cosas confrontándolas con las sensaciones y de una m anera
mos que nos alcanzaran, si no estuviésem os atorm entados por general, con el entendim iento o con cualquier facultad que
n uestra im potencia p ara en ten d er los lím ites de los dolores nos ayude a juzgar, e igualm ente conTías pasiones
____________ — ........ ■■ ----------
presentes: de
-rr~ —
y de los deseos, no tendríam os necesidad de una ciencia de la esta form a podrem os llegar a conclusiones sobre los objetos
naturaleza. que están a nu estra vista y sobre las cosas ocultasQ
12. Un hom bre no puede disipar su miedo ante los temas
m ás im portantes, si no sabe lo que es la naturaleza del uni­
verso y sólo cree en los m itos. De m anera que sin ciencia de Carta a H erodoto, 37-38
la naturaleza no se puede d isfru ta r de los placeres más
simples.
13. No sirve p ara nada estar seguro de sí mismo frente rodoto»,5 AI comienzo de la exposición general que contiene la «Carta a He­
Epicuro resume los principios de su lógica, de su «Canónica».
a los dem ás hom bres: sí sobre las cosas celestes y las subte­ No se trata de una lógica erudita, sino de métodos de procedimiento
rrán eas y, sobre todo, lo que hay en el universo se tienen semejantes a las medidas (cánones), a las escuadras y a las plomadas,
de las que se sirve el arquitecto, es decir un método exacto. Lucrecio
ideas confusas. dirá: «Si en una construcción la regla es ImperFecta cíe origen^ si la es­
cuadra miente y se sale de la vertical, si el nivel es defectuoso, todo,
resulta equivocado y al revés» (IV, 513 y siguientes).
El primer principio hace referencia al lenguaje: a cada palabra le
D. P. 11, 12, 13
El. segundo principio resume la teoría ..epicúrea del conocimiento: el
espíritu recibe los mandatos de la percepción sensible v extrae las
Teoría del conocimiento alusiones, fastas últimas no tienen por sLsolas_la valki ^ .jie.c^$.a£Íai..-d£i-
ben ser verificadas por tftedio de una referencia constante a la experjen-,

Es necesario, H erodoto, em pezar po r com prender el signifi .refutadas,


cado exacto de las palabras^ esenciales, aTfin de que podamos! I ,afectivo
Por otra parte, al lado de esta evidencia sensible que es un estado
o una sensación representativa existe un seguñHo 'criterio:' las-*
relacionando estas nociones con n u estras opiniones,* problemas I nociones generales^lormadas en el entendimiento por "una "'repeficTóñ^dé'
y dificultades, ém itir u n juicio sobre esas tres cosas: pues de iai^s.ensaciones,...Estas...son...Jas, «lanticjpaciones» (en latín Lucrecio, «noti-
ties») que, derivadas de las sensaciones, se consideran como una eviden­
o tra lla n e ra no podríam os juzgar nada, condenamos a remontar cia del mismo orden que ellas. Estas nociones generales son la acción
del inundo sobre el espíritu.
hasta el infinito buscando u n a dem ostración, o nó teniendo a Las nociones van, a fin de cuentas, «delante» de las cosas. Esto no es
nuestra disposición m ás que palabras vacías. P ara tener, en efec­ todo: por un^«ap]¿cacK$n »*way i.* ^ T penTamiento» se tiene~una‘ nene uns especie de m jo-*
tuición d e lo s p rin c ip io s q u e “s i r v e ñ ^ é~g u x a ^ l a ^ e a i t á c T d n . " E s ia^^H i>'-
to, un térm ino exacto sobre el que fijar nuestros problemas, yección»f e s ta « a ten c ió n » , e s te «m i r a r » T o p u e s to á l a visiori pasivzQHTewm
g c o m p re n d e r im á g e n e s d e m a s ia d o s u tile s p a r a ío s s e n tid o s , e n p a r tic u la r
Epicuro emplea la palabra

54 55
El conocimiento y el error
Debemos considerar a la vez el fin real y toda la evidencia
Por últim o, si alguien cree que no sabemos nad a, ignora así i de la percepción directa, a la que referir todos nuestros juicios:
m ism o si esto puede saberse, p uesto que^ confiesa ignorarlo todo. ; sino todo estará lleno de dudas y de confusión.
Renunciaré, por tanto, a discutir con u no que se empeña en
poner la cabeza donde tiene los pies.
H allarás que la noción verdadera nos viene dada, en primer } D. P. 22
térm ino, p o r los sentidos, y los sentidos son irrefutables. Pues
habría que encon trar un criterio digno de m ayor fe que pu­ Si rechazas todas las sensaciones, no tendrás ningún criterio
diera, con independencia de todo, hacer triu n far la verdad sobre ¿ para distinguir aquellas que se dice que son falsas.
el brror.
<tPero ¿qué criterio hay m ás digno de fe que el de los sen­
tidos? Un razonam iento surgido de una sensación errónea, ¿pue­ D. ?. 23
de prevalecer sobre los sentidos, habiendo nacido enteramente
de, ellos? Si ellos no son veraces, falsa to m a tam bién toda Si se rechaza una sensación y no se distingue entre la opi-
razón .y ; nión relativa a la apariencia, que espera confirm ación, y aquello
que realm ente viene dado por los sentidos, las pasiones o por
cualquier aplicación intuitiva del pensam iento, se confundirá
L. VI., 469-472; 478-486
todas las dem ás sensaciones con la opinión vana, de manera
■ que se elim inará todo criterio de juicio. Y sí entre las imá­
kis imágenes de Jos dioses; perm iten igualm ente com prender. los princi­
pios básicos del «pensam iento aentífTco»; por e je m p lo ,la s características genes m entales creadas po r la opinión, se afirm a a la vez lo que
^(JeTalom ó y~Jeí vacio. espera confirm ación y lo que no, se caerá en error, pues se
, Fuera de las sensaciones, de las nociones, del entendim iento, no existe
más que «la opinión», sujeta a e rro r. habrá m antenido cualquier posibilidad de duda en los juicios
Asi. pueSj se tiene una doctrina del conocimiento que supone la acción sobre lo que es ju sto y lo que no lo es.
^derm undo exjteripr
ésp'íritu. Un m aterialism o consecuente respecto a la objetividad del mun-
d e l,,,.¿ £ n £ 5 S S T I S 5 r ^
critica duram ente las «calumnias» que él mismo, en La Historia de la D. P. 24
Filosofía, dirige contra Epicuro y el m aterialism o, y hace un elogio de
la teoría del conocimiento, materialista», que sostiene la filosofía griega.
(V. I. Lekík, PhÜosophskie Tetraái (cuadernos filosóficos), Moscú, 1934,
páginas 296-7.) N aturalm ente, todos los idealistas se han levantado contra La c o n c e p c ió n e p ic ú r e a d e l m u n d o
Epicuro. Por ejemplo, Halelin, que escribió: «La percepción fue la intro­
ducción en nosotros de una imagen. Esta m etáfora está vigente todavía,
de buen o mal grado, y hasta en las teorías de muchos pensadores. Por Siguiendo yo sus huellas (Epicuro), voy exponiendo sus doc­
todas partes se la reencuentra: ya sea en la teoría im perfecta de Demó- trinas y enseño en mis Versos la ley con que han sido creadas
crito y Epicuro, ya en la más sutil de Aristóteles» (O. H am elin : Les Ele-
m ents principaux de la representation, París, Alean, 1925, pág. 368.) las cosas y la necesidad de que se atengan a ella, y como nin­
guna puede rom per las firm es b arreras del tiem po; así hemos
56
descubierto sobre todo que el alm a ha sido form ada y creada^
de una sustancia que tuvo nacim iento, y que no puede durar
incólum e d u ran te largas edades; y que sólo son simulacros lo
, que en sueños engaña n u estra m ente, haciéndonos creer que
vemos a u n hom bre al que la vida h a dejado.
Ahora, el orden de m i plan m e lleva a enseñar que el
m undo está form ado de unpcuerpo m ortal y que así misifio tuvo
un origen; y explicar de qué m odo aquella acum ulación de ma­
teria dio cim iento a la tierra, al cielo, al m ar, a los astros, al
. sol y al globo de la luna; después, qué seres anim ados surgie­
ro n de la tie rra y cuáles no nacieron jam ás; de qué manera
la raza de los hom bres empezó a u sar su cam biante lenguaje,
dando nom bre a las cosas; y cómo se in tro d u jo en los corazones
aquel tem or de los dioses que p o r todo el orbe de la tierra
protege y consagra tem plos y bosques, lagos, altares e imáge­
nes divinas.
Explicaré adem ás con qué fuerza la N aturaleza rige y gobier­
na el curso dei sol y la órbita de la luna; no fuéram os a creer
que estos cuerpos, libres y p o r su propia voluntad, recorren
entre el cielo y la tierra sus carreras anuales, p ara hacer crecer,
cam placientes, a las plantas y anim ales, o que se mueven por
alguna providencia de los dioses. Pues a veces, hom bres que
aprendieron bien que los dioses pasan una vida sin cuidados,
se adm iran del plan con que cada cosa se cumple, y sobre
» todo en los cuerpos que ven sobre sus cabezas en las regiones
del éter, y entonces recaen en las viejas creencias de la religión
y adoptan tiranos crueles que creen om nipotentes, ¡desdicha-
d o s ? ignoran lo que puede ser y lo que no puede; qué leyes,
en fin, lim itan la potestad de cada cosa, y cuáles son sus mo­
jones h inchados hondam ente.

~ L. V. 56-90

58
; ...no fuera que, intim idado p o r la religión, creyeras todavía
que la tierra, el sol, el cielo, él m ar, los astros, la luna, han
de durar eternam ente p o r ser de cuerpo divino; y que, en
consecuencia, es ju sto que sean castigados, a la m anera de los
í'Gigantes, todos los que tengan la osadía sacrilega de querer,
con su razón, q u eb ran tar las m urallas del m undo y extinguir
en el cielo este sol resplandeciente, degradando seres inm ortales
con palabras m ortales. Pero estos seres distan tanto de la esen­
cia divina, tan indignos son de ser contados entre los dioses,
que sirven m ás bien p ara dam os idea de lo que es un cuerpo
privado de sensibilidad y m ovim iento vital.

L. V. 114-125

59
II

F I S I CA

Principios d e j a física

Bien com prendidos estos dos puntos, se está preparado para


el estudio de las cosas ocultas. Lo prim ero que es necesario acla­
rar es que nada nace del no-ser: pues, sí, para nacer, las cosas
no necesitasen una semilla, todo podría nacer de todo. En se­
gundo lugar, se debe saber que sí las cosas que se corrom pen
se convirtieran en no-ser, estas tendrían m isterio, ya que en lo
que se transform arían, sería, en no-ser. Añadamos, como conse­
cuencia de estos dos principios, que el universo ha existido siem­
pre y siem pre será lo que es. No hay nada, en efecto, que pueda

1 Los tre s ajpr¡Ticipios de la física son: 1) Nada nSte de la nada. 2) Nada


es completamente destruido. 3) El universo es siem pre el mismo.
El prim er principio significa que la m asa de la m ateria no aum enta,
que todo objeto m aterial tiene una causa m aterial.
El segundo significa que la m asa de la m ateria no disminuye: es el
principio de la perm anencia de la m ateria, que ningún objeto es jam ás
totalmente destruido ni descom puesto en sus elementos.
El tercer principio es la consecuencia de los dos prim eros. El universo
no puede dism inuir si nada se crea de nuevo. Se podrá adm itir, es cierto,
una causa interna de cambid» p o r redistribución de los elementos. Pero
para Epicuro existe equilibrio: los átom os tienen, desde siempre, form a­
das todas las combinaciones posibles; nada nuevo puede ser creado.
Las cosas ocultas son, o bien com puestos de átomos demasiado
sutiles p a ra ser sensibles, como los sim ulacros de los dioses, o bien
cosas im perceptibles que ninguna imagen puede revelar a los ojos o al
espíritu, pero que la razón puede alcanzar, como los átomos o el vacío.

ól
cam biar, ni nada, fuera de él que pueda actu ar sobre él para,
hacerle cam biar J.

Carta a H erodoto, 38-39


' i
Su prim er p rin cipio lo form ularem os así: jam ás cosa alguna
se engendró de la nada p o r obra divina.
Pues esta es la razón del tem or que a todos los mortales
esclaviza, que ven acaecer en la tierra y en el cielo muchos fe­
nóm enos cuyas causas no pueden com prender en modo alguno,
e im aginan que son obra de un poder divino. Así, una vez per-
suadidos de que nada pueds crearse de la nada, podrem os *ües-
cu b rir m ejor lo que buscam os: de dónde puede ser creada cada
. cosa y cómo todo sucede sin intervención divina.

L. I. 146-158

A esto se añade que, inversam ente, la N aturaleza disuelve


cada cosa en su s elem entos, pero no la aniquila. Pues si algo
existiera qu e fuera m o rtal en todas sus partes, perecerían de
rep en te las cosas, arreb atad as de n uestra vida. No habría ne­
cesidad de fuerza alguna p ara disgregar sus partes y deshacer
•sus vínculos. Pero, en realidad, como todas las cosas constan
de sim ientes eternas, m ientrás no sobreviene una fuerza capaz
de disgregarlas con su em bate, p en etrar po r sus poros y di­
solverlas, no nos perm ite la N aturaleza ver la destrucción de
ninguna.

L. I. 215-224

Proyidencia o leyes naturales___

Pero contrariam ente a lo dicho, algunos, ignorando las pro-

62 •
I piedades de la m ateria, dicen que no es explicable que sin el
i poder de los dioses l a . N aturaleza se acom ode tan p erfecta-
mente a las necesidades hum anas la sucesión de estaciones, la
^producción de los frutos y todas las dem ás cosas hacia las que
el divino placer, guía de la vida, encam ina a los hom bres y les
invita a reproducirse, halagándolos con las obras de Venus,
para que el género hum ano no se extinga. Pero, im aginar que
los dioses lo han puesto todo en interés de los hom bres es
p- desviarse, parece, en todos los puntos muy lejos de la verda­
dera doctrina. Pues aunque ignorara lo que son los átom os, la
sola observación de los fenómenos celestes, corroborada por
muchas otras razónese m e daría ánim os p ara afirm ar lo siguien-
^ íe: m undo no ha sido creado p ara nosotros po r obra divina;
tan grandes defectos lo afean.
%
L. II. 167-181

No hay que creer que los m ovim ientos de los m eteoros, los
solsticios, los eclipses, los am aneceres, los ocasos y demás
fenómenos del mism o género estén bajo el gobierno de un ser
que los dirige o que interviene, cuando hace falta, para regu­
larlos y al que se atribuye al m ism o tiem po la beatitud y la
inmortalidad, pues los negocios, las inquietudes, las iras, los
actos de placer, no corresponden a la mism a, sino que tienen
su origen en el miedo, o en la necesidad que se siente de com­
pañía de otros seres. Ni tam poco que son focos de fuego cons­
tituidos con el fin de moverse en círculo, y que tuvieran la bea­
titud, anim ados, po r propia voluntad, de los m ovim ientos enu­
merados anteriorm ente. Pero hay que conservar los nom bres que
se les da, el respeto que se debe a esas ideas de b eatitu d e
inmortalidad, a fin de que, usando nom bres poco convenien­
tes, no lleguemos a opiniones opuestas a este respecto: a falta
de una actuación como ésta, una oposición de esta clase, lle-

63
varía a producir un a gran turbación en las almas. Lo que hay ningún género de m aterífl, ni de donde pueda surgir una fuerza
que creer es que los giros de los astro s son m ovimientos ne­ nueva que in terru m p a en el universo p ara a lterar la N atura-
cesarios y que en consecuencia de esto los astros están, desde leza entera y tran sto rn a r sus movimientos. ""
el principio, dentro de esos torbellinos que dan origen cada uno
L. II. 303-307
a un mundo.
Es necesario, en efecto, que sobreviva algo inm utable para
' Carta a H crodoto, 76-78 que no todas las cosas se reduzcan a la nada absoluta.

Contra las causas finales


i L. II. 751-752

No creas que las claras luces de los ojos fueron creadas para La m ateria y el vacío
que pudiéram os ver; ni que p ara poder avanzar a grandes
pasos se articularon m uslos y piernas, apoyados en los pies; ni El universo se com pone de cuerpos y de espacio. La exis­
que tenem os antebrazos ensam blados a los robustos brazos, y tencia de los cuerpos es garantizada por las sensaciones, pues
m anos que nos sirven desde am bos lados, a fin de poderlos sobre ellas se concretizan, como he dicho, todas las conjeturas
u sar p ara las necesidades de la vida. Estas interpretaciones y que el razonam iento hace sobre las cosas ocultas. En cuanto
otra?> del mism o género tran sto rn an el orden de las c a u sa s2 con al espacio, que llam am os tam bién «el vacío», de naturaleza in­
un razonam iento vicioso; pues nada h a nacido en n uestro cuer­ tangible, sabem os que si no existieran los cuerpos no tendrían
po con el fin de que podam os uparlo; al reves, io que ha donde descansar ni lugar p o r donde moverse, y vemos, con toda
nacido engendra el uso, seguridad, que se mueven. F uera de estas cosas, el pensam iento
no puede com prender nada de lo existente ya sea p o r intuición
L. IV. 825-835 ya p o r: analogía con lo intuido; nada de lo existente a título
de seres com pletos o de sustancias, y no es cuestión de tra ta r
D eterm inism o de la naturaleza aquí lo que son atrib u to s accidentales o esenciales de las sus­
tancias.
Y ninguna fuerza puede m odificar la suma de las cosas: pues
no hay lugar alguno, fuera del universo, a donde pueda escapar Carta a H erodoto, 3 9-40

2 O. Hamelin señala la im portancia de esta afirm ación epicúrea, ya que Siguiendo adelante con la tram a de mi discurso, la N aturaleza
indicia que fue recogida por Spinoza en su crítica de las causas finales:
«La objeción principal de Spinoza es, como se sabe, recogida de las epi- entera, en cuanto existe po r sí misma, consiste en dos sustan­
cúreás. Consiste en sostener que el fin no es una causa; que considerán­ cias: los cuerpos y el vacío en que éstos están situados y se
dole como una causa, se cam bia el orden de la naturaleza, poniendo en
prim er lugar lo que debe e star en último» (ob. cit., pág. 289). Hami-um mueven de un lado a otro.
hace alusión a La Etica, prim era parte, apéndice.
65
Qué el cuerpo existe por sí, lo declara el testim onio de los
sentidos, a todos com ún; si la fe basada en ellos no vale como
p rim er criterio inatacable, en los puntos oscuros nos faltará
un principio al que pueda apelar la razón p ara alcanzar la cer­
teza. Por o tra parte, si no existiera el lugar y el espacio que
llam am os vacío, los cuerpos no podrían asentarse en' ningún
sitio, ni m overse en direcciones distintas; es lo que poco antes
te he dem ostrado. A parte de estas dos, no hajj o tra sustancia
a la que puedas llam ar totalm ente inm aterial y a la p a r distinta
del vacío, que sea como un tercer modo de existir. Pues todo
cuanto existe debe ser algo real p o r si mism o, de tam año mayor
«o m enor, con que lo tenga; y si es im palpable, y po r ningún
lado puede im pedir la penetración de o tro cuerpo, será eviden­
tem ente lo que llam am os espacio vacío. Además, todo lo que
existe por si mismo, o ejercerá una acción o sufrirá la que
sobre él ejerza o tro cuerpo; o será tal que en él puedan existir
y producirse o tras cosas; pero nada es capaz de acción y pa­
sión si carece de cuerpo, nada puede ofrecer espacio fuera de
vacío, o sea, la extensión vacante. En consecuencia, adem ás del
vacío y los cuerpos, no queda en la N aturaleza ninguna tercera
sustancia que exista por sí, capaz de ponerse jam ás al alcance
de nuestros sentidos o de ser aprehendida po r el razonamiento.

L. I. 419-448 :
Contra los físicos

Por lo cual, los que creyeron que el fuego era la- sustancia
de las cosas y que el universo podía constar sólo de fuego 3, y
los que establecieron el aire como principio en g en d rad o r4, o los
que pensaron que el agua form aba p o r sí m ism a los cuerpos5,
3 Heráclito, por ejemplo, violentam ente atacado antes por Epicuro.
4 Anaxímenes de Mileto.
5 Tales de MiJeto.

66
I o que la tierra lo creaba todo y se m udaba en to d a clase de
sustancias6, es evidente que e rra ro n muy lejos de la verdad.
Añádeles tam bién a los que enseñan que hay dos elementos,
uniendo el aire con el fuego y la tierra con el a g u a 7 y los que
creen posible que todo venga de cuatro sustancias, el fuego,
| la tierra, el aire y el agua. Al fren te de ellos está Em pédocles
| de Agrigento.

L. I. 705-716

Los átom os

Ahora, entre los cuerpos, podem os distinguir entre los com­


puestos y los com ponentes de los mismos. Estos últim os cuer­
pos son indivisibles e inm utables —y son necesarios p ara que
las cosas no se transform en en no-ser y p ara que haya reali­
dades capaces de su b sistir cuando se disuelven los com pues­
tos—; adem ás estos cuerpos elem entales son esencialm ente com­
pletos p o r naturaleza, de m anera que no tienen en qué, ni cómo
disolverse. Y por eso, los elem entos de los cuerpos son sus­
tancias indivisibles8.
C arta a H crodoto, 40-41

Es necesario adm itir que, todas las cualidades que aparecen


en los cuerpos, los átom os no las presentan, salvo la figura, el

‘ Ferecides de Siró.
7 Je n ó fa n e s. , ¡
* Epicuro, habiendo establecido la existencia de la materia y del va­
cío, pasa al estudio de la primera. Existe en forma de partículas indivi­
sibles. La prueba, que será elaborada por Lucrecio, es la siguiente: si no
hubiera partículas últimas, la disolución de las cosas significaría su des­
trucción absoluta, lo que es contrarío a los principios de la física. Estas
partículas indestructibles y que no permiten cambios internos fueron ya
estudiadas por Demócrito. Epicuro, como se verá más tarde, ha desarro­
llado considerablemente la teoría de las «pequeñas partes inseparables»
del átomo.

67
peso, la m agnitud, y aquello que es inseparable a la figura. En
efecto, toda cualidad, es decir toda cualidad sensible propia-
mente* dicha, e stá su jeta a cambio, m ientras que los átom os no
cam bian, pues es necesario que, cuando se disuelven los com­
puestos, algo sólido e indisoluble subsista, algo que produzca los
cam bios por sim ple desplazam iento de las p artes y no po r una
transform ación en no-ser, ni p o r u n im pulso desde fuera del
no ser-. Así, es necesario que, lo que no hace m ás que despla­
zarse sea incorruptible y ajeno a todo cambio, pero dotado
de una m asa y una figura propias, ya que es necesario suponer
estas dos cualidades en la cosa que se desplaza.
Se encuentra la prueba en los cam bios producidos por nues­
tra propia intervención, ya que, despojando de su figura al ob­
jeto, .considerado, éste alcanza inm ediatam ente o tra que le es
inherente; p o r el contrario, no subsisten en el objeto que cam­
bia o tras cualidades sensibles, comq lo hace la figura que per­
manece, sino que. desaparecen al m om ento del cuerpo que ca­
lifican. La persistencia de la m asa y de la figura en los átomos
basta, sin nada más, p ara producir todas las diferencias que
distinguen a los com puestos unos de otros; y puesto que debe
perm anecer algo en el cambio, a fin de que no se transform e en
no ser, son la m asa y la figura las que perm anecen.
No hay que creer, si no querem os ser contradecidos por los
hechos, que los átom os presentan cualquier clase de magnitud,
p e ra hay que acep tar que la tienen, aunque sea pequeña. La a tó
bución de una m agnitud a los átom os perm ite que los sentidos
y l^ls pasiones puedan darse m ejor cuenta de ellos. Pero admi­
tir cualquier m agnitud no favorece a este fin. Además, si hu­
biera átom os de cualquier m agnitud alguno de ellos, al menos,
entrarían dentro de nuestro cam po de visión, y esto ni se obser­
va,ni se concibe. Decimos en co n tra de esa doctrina que no es
posible exista en un cuerpo finito un núm ero infinito de ato-

68
mos y de cualquier m agnitud o volumen. De lo que se deduce,
en p rim er lugar, que hay que rechazar la división hasta el infi­
nito, que va siem pre hacia un «más pequeño» subdividiendo
cada parte, si no querem os hacer desaparecer toda solidez en
los cuerpos y red u cir los seres a no ser a fuerza de separarlos
en partículas, buscándoles en el desdoblam iento una com posi­
ción sin térm ino. Seguimos, en segundo lugar, diciendo que no
hay que adm itir en los cuerpos lim itados la posibilidad de un
desplazamiento de las partículas, y en consecuencia, una separa­
ción de éstas en núm ero infinito; de partes iguales entre sí,
en lugar de ser, como en el caso precedente, subm últiplos, es,
en efecto, im posible. Pues, yendo del todo a las partes, cuando
se nos dice que hay un núm ero infinito de corpúsculos en un
cuerpo, no apodemos com prender que adem as éstos tengan un
volumen cualquiera, puesto que representan el resultado de una
división infinita, Y yendo de las partes al todo, ¿cómo se con­
seguiría que, con un núm ero infinito de partes, el cuerpo del
que se habla perm aneciese limitado? Con las partes en núm ero
infinito y teniendo una m agnitud determ inada, cualquiera que
sea, sucedería que el cuprpo en cuestión tendría un volumen
infinito. La existencia de un cuerpo con un núm ero infinito
de partes iguales capaces de desdoblarse y cam biar de sitio, es
igualmente imposible. Pues un*cuerpo finito tiene un extremo
que, si no es separable po r sí solo, es de cualquier form a p er­
ceptible en el cuerpo al que pertenece. Así, suponiendo un cuer­
po que sea inferior al precedente por su tam año, no hay modo
de no concebirlo lo mism o que el prim ero, es decir, teniendo
él tam bién un extrem o inseparable; no se puede dejar de pen­
sar que ésta sucederá en el siguiente cuerpo y en todos los de­
más hasta el infinito; que se. encontrará aun yendo hacia cuer­
pos m ás pequeños cada vez, incluso en aquello que son presen­
tes para el pensam iento y no para las sensaciones. Ahora no
debemos considerar el mínimo sensible ni como sem ejante a
un cuerpo lo bastante grande como p ara descom ponerlo en sus
partes y desplazarlas, ni como com pletam ente diferente del mis*
mo, ya. que no se puede distinguir ni percibir las partes dei
m ínim o sensible, Pero sí aplicando la idea de una naturaleza
com ún entre él y los cuerpos de los que las p artes son discer-
nibles y susceptibles de desplazam iento, llegamos a considerar
la existencia en él de partículas que desplazamos de u n lado
a otro, y nos encontram os, en relación a esas p artes, en el mismo
caso que el precedente. Como consecuencia de esta reflexión
consideram os, de aquí en adelante, que estos m ínim os sensi­
bles, son como un p rim er envío del que hay que p a rtir en el
m undo sensible, sin descender m ás abajo; y nO jcreer que este
p rim er envío es u n a pluralidad reunida en una sola y misma
cosa, ni m enos que es una reunión de p artes de las partes. Cada
m ínim o sensible no hace sino su m in istrar en sí mism o y por sí
m ism o una m edida p ara las m agnitudes sensibles, m edida que se
encuentra contenida m uchas veces en las grandes y menos en las
pequeñas. Así, hay que adm itir que el m ínim o existente en el
átom o, es decir, la extrem idad del átom o, está con el re s to del
átom o en la m ism a relación que el m ínim o sensible está con
el resto del cuerpo sensible: pues está claro que, no diferen­
ciándose del m ínim o sensible m ás que p o r su pequeñez, el mí­
nim o del átom o debe ser al resto del átom o lo que el mínimo
sensible es al resto del cuerpo. Ya que es p o r analogía con las
cosas sensibles p o r lo que hem os atribuido al átom o una mag­
nitud, hablando de algo m uy pequeño y contentándonos con ir
hacia atrás en los lím ites de la pequeñez. Debemos creer tam­
bién en la existencia de m ínim os absolutos y de térm inos úl­
tim os e indivisibles en los átom os, y estos m ínim os son la me­
dida originaria que sirve para d eterm in ar todas las dem ás me­
didas, ya sean grandes o pequeñas; todas las m agnitudes, deci­
m os, incluso si se tra ta de considerar po r medio del pensamien­
to m agnitudes invisibles. La naturaleza com ún que existe entre

70
los m ínim os de m agnitud en los átom os y los mínimos sensi­
bles que no se pueden considerar como susceptibles de despla­
zamiento, es suficiente p ara llevam os a esta conclusión. Y es
imposible adm itir que éstos hayan podido existir aisladam en­
te, recibir el movimiento y reunirse p ara co nstituir u n agre­
gado 9.

Carta a Herodoto, 54-59

Prosigamos: puesto que en cada uno de estos cuerpos ele­


mentales, ya invisibles a nuestros sentidos, hay una p u n ta ex­
trema, es evidente q u e 'é s ta carece de p artes y consta de la
misma sustancia posible; jam ás h a existido p arte por sí sola

' Las propiedades de los átomos son la forma, la magnitud y el peso.


No tienen otras cualidades. Pues las cualidades no son sino el resultado
perceptible de la combinación de los átomos.
Sobre la magnitud, Epicuro y Lucrecio se diferencian de Demócrito.
Para ellos la magnitud de los átomos es variable, pero no infinitamente.
Es necesario que sean variables para explicar la diversidad de fenóme­
nos, pero si fueran de todas dimensiones, algunos serían visibles. De­
mócrito, al contrario, sostiene que los átomos son «en lo que respecta a
su dimensión ilimitados» (ver D iógenes L aercío, IX, 44) y algunos son
muy «grandes».
Existe, pues, un límite superior para la dimensión. El problema se
plantea para el inferior: ¿los átomos son infinitamente pequeños? La
respuesta es no. Lucrecio y Epicuro se oponen a una divisibilidad hasta
el infinito, porque hay que llegar a una existencia por debajo de la cual
la división sea imposible; si no el universo no tendría ningún elemento
real y permanente. Se oponen también razonando por analogía al mundo
sensible: de la misma manera que hay un mínimo visible,‘debe haber
un «mínimo de existencia». (Ver B ailey, ob. cit., p. 205.) El átomo es el
«mínimo de existencia física». El texto de Lucrecio es, en esto, mucho
más claro que Epicuro en su exposición. La idea esencial es que la divi­
sibilidad hasta el infinito lleva a disolver la materia en la nada.
Se llega a la idea de un átomo indivisble pero compuesto. El átomo tie­
ne partes «análogas» a los mínimos sensibles en la percepción: estas
partes tienen una extensión, pero no partes dentro de ellas. No están re­
unidas para formar un átomo; siempre han existido en él. Fuera del
átomo no podrían existir por sí mismas. Este razonamiento está basado
en la analogía. Epicuro discurre sobre las «cosas ocultas» por analogía
con las visibles.

71
ni podrá existir jam ás, ya que por esencia es p arte integrante
y prim era de o tra cosa; otras y o tras partes sem ejantes se su­
ceden ordenadam ente en fila apretada p ara com pletar la sus­
tancia del cuerpo, a las cuales, incapaces como son de existir
p o r su cuenta, forzoso les es m antenerse ad h erid a^ a. un todo
del que nada pueda arrancarlas.
Los átom os son, pues, sólidos y sim ples, form ando un todo
coherente de partes m ínim as, apretadam ente trabadas, y no
proceden de la com binación de estas p a rtes,, sino qu.e son fuer­
tes p o r su eterna sim plicidad, y la naturaleza no perm ite que
nada se arranque de ellos ni m engüen en nada, reservándolos
como semillas de las cosas.
L. X. 599-614
Movimiento de los átom os 10

Ya que ios átom os son llevados a través del vacío no en­


cuentran níngüna resistencia, p o r lo que deben estar animados
por velocidades iguales. Así, los átom ós pesados no se move­
rán m ás de prisa que los que son pequeños y ligeros, supo-,
niendo que ni unos ni los otros encuentren ningún obstáculo;
y los átom os de pequeño volumen no se m overán m ás lenta­
mente que los grandes, suponiendo igual que en el caso ante­
rior, que éstos no sufrap ninguna resistencia, lo que les hace
capaces de recorrer u n trayecto cualquiera en tan poco tiem po
como se quiera. Y esta igualdad de velocidad en el vacío se
debe al movim iento hacia abajo que cada átom o tiene p o r su
propio peso. M ientras un átom o conserva la im pulsión que ha
recibido de un choque y la que viene de su propio peso, se

La teoría del movimiento de los átomos puede resumirse así: los


átomos libres en el vacío caen, impulsados por su propio peso, a una
velocidad impensable. Tienen todos la misma velocidad en el espacio;
el retraso es debido ya a las resistencias externas, ya a los movimientos
internos que se producen en los compuestos. En virtud de la «caída» (ver
página 60) chocan entre sí y salen despedidos en todas direcciones, con­
servando su velocidad, o bien se unen y c<?nstituyen un compuesto. Pero
incluso en el compuesto el movimiento atómico no cesa jamás: cualquier
cuerpo está, por tanto, en un estado continuo de vibración interna. Nos
encontramos una concepción que evoca extraordinariamente las represen­
taciones de la física moderna. Cuando el cuerpo está en reposo es porque
hay equilibrio entre los movimientos internos. Cuando se mueve, por
ejemplo, como consecuencia de un choque, se ha comunicado a todos sus
átomos un movimiento dirigido. Pero sus trayectorias se mantienen in­
teriormente y se presentan como un elemento que retrasa el movimiento
general

73
i
m overá tan rápido como el pensam iento; sólo h asta que algu­
na cosa le oponga resistencia, sea en v irtu d de u n a impulsión
an terio r po r su origen a la que él tiene, sea en virtud de su
propio peso. Pero hay más. Si consideram os los compuestos
p o r ellos m ism os, no podemos decir que uno se mueve más
rápido que otro, ya que todos tienen la m ism a velocidad. No
s e 1debe decir que unos átomos, form ando un compuesto, se
m ueven a m ás velocidad que otros que a su vez form an otro
com puesto diferente. Alegando la razón siguiente, a saber, que
form ando un com puesto los átom os son una cosa sensible; que
una cosa sensible recorre, cuando se mueve, no distancias in­
divisibles, sino divisibles y me dibles; que, en consecuencia, una
cosa determ inada franquea o no una distancia dada y en un
tiem po tan pequeño como se quiera, pero q u e deberá ser con­
tinuado y m edible, puesto que las distancias lo son; y que, por
lo tanto, el com puesto que ha franqueado la distancia se mueve
m ás de prisa que el que no h a llegado a hacerlo. Esto no es
cierto, porque antes que un movim iento llegue a ser sensible,
h ab rá sufrido m uchas resistencias, luego, bien lejos, que se
puedá adm itir que toda cosa sensible se mueve con una velo­
cidad apreciáble. Y la opinión, form ada p o r nosotros en medio
de una ilación y hablando sobre cosas invisibles, a saber, que
los tiem pos de los que la existencia es sólo revelada p o r el ra-
zonam iento, son continuos y, en el fondo, sensibles, así como
los m ovim ientos que se realizan en ellos. Esto no es verdad en
relación a las cosas que se mueven en el vacío, pues una infe­
rencia no podrá prevalecer sobre la visión directa: es la obser­
vación de los sentidos o la intuición del pensam iento la que
es siem pre verdadera. Y el pensam iento nos hace ver aquí di­
rectam ente que la resistencia es la única causa de la lentitud.

Carta a Herodoto, 61*62

74
Deja ahora que te explique con qué m ovim iento los cuerpos
generadores de la m ateria engendran los varios seres y disuel­
ven los que han engendrado; qué fuerza Ies compele a hacerlo
y qué movilidad les ha sido dada p ara viajar po r el inm enso va­
cío: tú cuida de atender a mis palabras.
Porque, ciertam ente, la m ateria no es una m asa com pacta
y coherente, pues que vemos m enguar cada cuerpo y cómo to­
dos parecen d erretirse en* el dilatado curso del tiem po y cómo
la vejez los re tira de nuestra vista, y, no obstante, la sum a de
Jas cosas queda incólume, porque los cuerpos que abandonan
una cosa dism inuyen la que dejan, pero aum entan aquella a la
que se adhieren, hacen envejecer la prim era, y a ésta, al contra­
rio, florecer, y tam poco se detienen en ella. Así, el conjunto del
mundo se renueva sin cesar...
^ S i tú crees que los principios de las cosas pueden detenerse
y, estando en reposo, engendrar nuevos m ovim iento de los cuer­
pos, erras descarriado, m uy lejos de la verdad. Pues vagando por
el vacío, fuerza es que los principios sean arrastrad o s todos ju n ­
tos, o, por su gravedad, o p o r un choque causal exterior. En
efecto, cuando, como ocurre a m enudo, chocan en su rápido
curso unos con otros rebotan de repente en opuestos sentidos:
y no es de adm irar, dada su dureza y su peso macizo, y p o r de­
trás no estorbándoles nada. Y p ara que m ejo r com prendas có­
mo son agitados todos los cuerpos m ateriale s, recuerda que
todo, el universo no tiene fondo, ni existe lugar donde puedan
pararse los átom os, ya que el espacio carece de m edida y lími-
te y se extiende inm enso en todos sentidos, como m ostré largad
mente y fue aprobado con razones* se g u ra s.^
Establecido esto, es indudable que ningún reposo se ha con­
cedido a los átomos a través del profundo vacío, sino que agi­
tados en continuo y vario movimiento, unos rebotan, después
de chocar, h asta grandes distancias, m ientras otros sufren los
golpes dentro de un breve espacio. Los que, m ás densam ente
I
asociados chocan y rebotan dentro de exiguos intervalos, traba­
dos como están p o r la m araña de sus form as, constituyen las
tenaces raíces de las peñas, la indóm ita sustancia del hierro
y los demás cuerpos de este género.
Otros, en m enor núm ero, vagando p o r el vacío infinito, re­
botan y saltan m uy lejos, en grandes intervalos; éstos nos clan
el aire raro y la esplendorosa luz dej sol. Muchos, adem ás de
los que vagan p o r el vacío infinito, no fueron adm itidos en las
com binaciones de las cosas, o aun siéndolo, no pudieron con­
ju g ar sus movim ientos ni ser adm itidos en ningún grupo,

L. II. 67-75; 80-111

La declinación de los á to m o s11

Deseo tam bién que sepas, a este propósito, que cuando los
átom os caen en línea recta a través del espacio en virtud de su
propio peso, en un m om ento indeterm inado y en indeterm ina­
do lugar se desvían un poco, lo suficiente p ara poder decir que
su movim iento ha variado. Que si no declinaran los principios,
caerían todos hacia abajo cual gotas de lluvia, por el abismo
vacío, -y no se producirían en tre ellos choques, no golpes; así
la N aturaleza nunca hubiera creado nada.
— A
!t Esta teoría de la declinación, que juega un papel capital en el
epicureismo, es omitida en el texto de la carta a Herodoto. La declinación
fue violentamente criticada en la antigüedad, especialmente por Cicerón
(De la Naturaleza de los Dioses, I, 25). Se trata, por tanto, de un elemento
esencial de la doctrina que no se encuentra en la física de Demócrito,
donde no son examinadas la caída y el choque de los átomos. La declina­
ción es una hipótesis física que explica los encuentros de los átomos. Y
por otra parte, es una ley ética: el átomo es en cierto modo el modelo
de individuo autónomo. Lo mismo que los dioses epicúreos se caracteri­
zaban por su gran libertad, que el entendimiento consideraba como la
liberación absoluta, igual el átomo se caracterizará por su capacidad in­
terna de determinación. Marx escribió en una disertación de su juventud

76

i
En fin, si todos los movimientos se encadenan y el nuevo
nace siem pre del anterior, según un orden cierto, si los átomos
no hacen, declinando, un principio de moción que rom pa las
leyes del hado, p ara que una causa no siga a o tra causa Hasta
el infinito, ¿cle^dónde ha venido a la tierra esta libertad de que
gozan los seres vivos?, ¿de dónde, digo, esta voluntad arrancada
a los hados, por la que nos movemos a donde nuestro antojo
nos lleva, variando tam bién nuestros movimientos sin que los
que determ ine el tiem po y el lugar, siguiendo sólo el dictado
de n uestra propia m ente?...
Por lo cual es necesarip reconocer igualmente en los átomos,
además de los choques y lá gravedad, o tra causa m otriz de la
que proviene esta potestad innata en nosotros, ya que, como
vemos, nada puede nacer d e . la nada. La gravedad im pide, en
efecto, que todo se haga por medio de choques, es decir, por
una fuerza exterior. Pero lo que im pide que la m ente mism a
obedezca en todos sus actos a una necesidad interna, esa do­
minada por ésta y tenga que soportarla pasivam ente, es la
exigua declinación de los átom os, en un lugar im preciso y en
tiempo no determ inado,
L. II. 216-224; II. 251-260; II. 284-293
sobre «la diferencia entre la Filosofía de la Naturaleza de Demócrito y
de Epicuro», que, a pesar de los ejercicios de virtuosismo hegelianos que
contiene, llega muy lejos en la comprensión de Ja filosofía griega:
«Los átomos son cuerpos completamente autónomos, o más bien son
el cuerpo, concebido en autonomía absoluta, como los cuerpos celestes.
Se mueven, igual que aquéllos, no en línea; recta, sino en líneas oblicuas.
El movimiento de caída es el movimiento de la no-autonomía. Se puede
decir del átomo, que la declinación es, en su seno, algo que puede luchar
y resistir... Así como el átomo se libera de su existencia relativa, la línea
recta, abstrayéndose, separándose, del mismo modo, toda la filosofía epi­
cúrea se aleja de la forma de se|r limitada, donde la noción de individua­
lismo abstracto, la autonomía y la negación de toda relación con otra
cosa, deba ser demostrada su existencia.»
Así, el comienzo de la acción es la abstracción, la impasibilidad ante
el dolor y ante todo lo que pueda turbamos, «la ataraxia». C. M arx:
Oéuvres phiíosophiques. París, A. Costes, 1927, t. I, págs. 28 y ss.

77
Los átom os varían según un núm ero lim itaiio de form as.
L. II. 480

Los átom os que están form ados con una m ism a figura son ^
infinito.s en núm ero. E n efecto, siendo lim itada la diferencia de
form as, necesario es que las iguales sean ilim itadas, o en todo j
caso la sum a de la m ateria deebría ser finita, lo cual demostré
no ser cierto...

L. II. 523-528

In fin itu d del universo

Así, pues, el universo no está lim itado en ninguna direc- ^


ción... No tiene lím ite ni m edida... Por lo demás, tam poco la -j
sum a de las cosas podría fijarse a sí m ism a como medida; la l
naturaleza m antiene su veto: obliga a la m ateria a ser limitada ?
por eí vacío, y lo que es el vacío, a serlo p o r la m ateria, con ¡
el fin de hacer infinito el todo... . ( j
L. I. 958-9; 967; 1.008-1.011

Un num ero in finito de m u n dos


en el universo in fin ito 12

El universo es infinito. Pj¿es lo que es finito tiene un ^xtire-


mo. Un extrem o no se percibe en sí, sino en relación a aquella

12 La cosmología de Epicuro y Lucrecio puede resumirse así:


1. El universo es infinito cuando se contempla en su totalidad (es de­
cir, los átomos más el vacío).
2. Cada uno de los elementos de estas uniones es infinito igualmente;
los átomos en número, el vacío en extensión.
3. En este universo infinito existe un número infinito de mundos.
Lucrecio insiste particularmente en la idea que nada es único en
el universo, que debe haber otros mundos además del nuestro.

78
í-

cosa de la que es extrem o: pero el universo no puede ser per­


cibido en relación a algo exterior a él, ya que es el univrso; así,
pues, no hay extrem o y, en consecuencia, lím ite, y no habiendo
límite, debe ser infinito y no finito. Añadamos que el universo
es tam bién infinito en cuanto al núm ero de cuerpos que encie­
rra y en cuanto a la m agnitud del vacío que existe en él. Por
una parte, si el vacío fuera infinito y los cuerpos existieran en
un núm ero finito, éstos no podrían detenerse en ninguna parte
y se dispersarían em pujados a través del vacío infinito, puesto
que no encontrarían jam ás uii soporte donde apoyarse, ni nada,
que por los choques pudiera unirlos. Y, p o r otra, si el vacío
fuera finito y los cuerpos infinitos, éstos no tendrían espacio su­
ficientemente am plio p ara residir.
Carta a Herodoto, 41-42

No es solam ente el núm ero de átom os, sino tam bién el de


mundos, el que es infinito en el universo.
Hay un núm ero infinito de mundos sem ejantes al nuestro y
también de m undos diferentes.

Carta a Herodoto, 45

i
Pues, ciertam ente, los átom os no se colocaron de propósito
y con sagaz inteligencia en el orden en que está cada uno, ni
«pactaron entre sí cómo debían moverse»; pero como son innu­
merables y han sufrido mil cambios ;a través del todo, m altra­
tados p o r choques desde la eternidad, van e n sa y a n d o to d a sn&r.-_
te de combinaciones y movimientos, h asta que llegan po r fin a
disposiciones adecuadas p ara la creación y subsistencia de
nuestro universo, y una vez éste J ia dado con jo s m ovimientos
convenientes, se_m antiene durante lardos ciclos de años 13 v hace

79
que los ríos abastezcan el m ar insaciable con su am plio fluir,
y la tie rra renueve sus frutos bajo la cálida caricia del sol, y
ilorezpa la nueva generación de vivientes, y vivan los errantes
fuegos del éter; todo lo cual no sería en modo alguno posible
si del infinito no afluyera sin cesar m ateria p ara rep arar a su
tiem po las pérdidas.
L. I. 1.020-1.037

E l m undo m ortal

Prim eram ente, puesto que la m asa de la tie rra y el agua y


los leves soplos de las. áureas y los vapores del fuego, en los que
vemos consistir nuestro universo, constan todas de una materia
sujeta a nacim iento y m uerte, hay que p en sar que el m undo en-
tero está constituido de la m ism a m a teria ...
Por lo que, al ver cómo se consum en y renacen los gigan­
tescos m iem bros y partes del m undo, me persuado que también
el cielo y la tierra han conocido un principio y les aguarda
u na ruina.
L. V. 235-239; 243-246

Formación de los m u n d o s 14

Pues ciertam ente los elem entos de las cosas no se coloca­


ron de propósito y con sagaz inteligencia en el orden en que
está cada uno, ni pactaron entre sí cómo debían moverse; pero
como son innum erables y h an sido m altrechos p o r los choques
desde la eternidad y arrastrad o s p o r sus pesos, no han cesado
----- -J----
13 'El «gran año», en griego, es un período cíclico cuya duración varía
según los autores. Su origen es, sin duda, babilónico. Se la encuentra en
la obra de Heráclito, pero seguramente era ya conocida por los pitagó­
ricos que le precedieron. Había una obra de 'Demócrito sobre «el gran
año». La noción juega un papel importante en el pensamiento estoico y
en el platónico.
14 'Lucrecio desarrolla muy extensamente lo que Epicuro indica breve­
mente (Carta a Herodoto, 73-74).

80 *'

I
; de m overse^ de com binarse en todas las form as y de ensayar
todo lo que podían crear con sus m utuas uniones; ha resultado

í de ello que, disem inados d u ran te un tiem po infinito, después
í de p robar todos los enlaces y m ovim ientos, aciertan p o r fin a
unirse aquellos cuyo enlace origina grandes cosas: la tierra,
el m ar, el cielo y las especies vivientes.
Entonces no se veía aún la rueda del sol volando a lo alto
; con su luz abundante, ni ilos astro s del vasto firm am ento, ni el
mar, ni el cielo, en fin, ni la tierra y el aire; ninguna cosa h a­
bía sem ejante a las nuestras; en la m ultiform e m asa de los áto­
mos estallaban siem pre nuevas tem pestades, se form aban nue­
vas aglomeraciones, y la discordia de los elem entos en conti­
nua batalla confundía sus distancias, direcciones, enlaces, den­
sidades, choques, encuentros y nociones, a causa de la diferen­
cia de form as y variedad de figuras; pues en este caso los áto­
mos no podían unirse en com binaciones estables, ni comunicar-
l se unos a otros los m ovimientos convenientes. Empezó luego la
j separación de las partes; lo igual se ju n ta con lo igual y em er­
ge el m undo...
L, V. 419-447
Aparición de la vida y del hom bre

R esta sólo adm itir que la tierra m erece el nom bre de madre,
i puesto que todo ha sido creado de ella... Fue entonces que la
tierra produjo la raza de los m ortales. Pues los cam pos rebosa­
ban hum edad y calor; así, cada vez que se ofrecía un lugar
oportuno, brotaban m atricés enraizadas en la tierra, y cuando
llegado el tiem po de la m adurez se ab rían bajo el im pulso de
los recién nacidos que huían de la hum edad y apetecían aire,
la naturaleza dirigía hacia ellos poros de la tierra y les hacía
verter p o r sus venas abiertas un jugo parecido a leche... Pero
como su fecundidad debía tener térm ino, cesó de engendrar,
como m ujer agotada po r el paso de los años.

81
L. V. 795-6; 805-13; 826-7

Supervivencia del más apto

O tros m onstruos y p ortentos de este tipo ^iba creando, pero


en vano, pues la naturaleza les im pidió m edrar y no pudieron
alcanzar la deseada flor de la edad, ni encontrar alim ento ni
ayuntarse por las artes de Venus. Vemos, en efecto, que han
de concurrir m uchas circunstancias p ara que las cosas puedan
reproducirse y propagar su especie; prim ero debe haber pas-
tos; luego un conducto a través del organism o donde el semen
genital pueda m an ar de los m iem bros relajados; y p ara que Ja
hem bra pueda unirse a los m achos, deben tener los órganos
aptos para intercam biarse m utuos goces.
Necesario es que entonces se extinguieran m uchas especies
de anim ales y no pudieran, reproduciéndose, fo rjar nueva prole.
Pues todas las que ves n u trirse de las áureas vitales, poseen o
astucia, o fuerza o, £ n fin, agilid ad, que han protegido y pre-
servado su especie desde^jel ^principio de su existencia. Muchas
hay que por su utilidad nos son encom endadas a nosotros, con-
fiadas a nuestra tutela^ —

L. V. 845-867
'i
Esbozo de la P rehistoria15

Y aquella raza de hom bres que vivía en los cam pos fue mu-
qho más dura, y con motivo, pues la dura tierra los creara y
los cim entaba una m ayor y m ás sólida osam enta, trabadas las
visceras por nervios forzudos, p ara que no sucum biesen fácil-
----------- «* «S*
15 Epicuro resume en pocas líneas en la carta -a Herodoto la teoría
de la evolución humana. Hela aquí:
«Debemos suponer que la naturaleza humana fue empujada y obligada
a hacer muchas cosas, de todas clases, simplemente por las circunstan-

82
mente ni al frío, n i al calor, ni al cambio de alim entos ni. a nin­
gún achaque corporal. D urante num erosas revoluciones del Sol
a través del espacio, a rra stra b a n la vida, vagabundos, a modo
de alim añas. El robusto conductor del curvo arado no existía,
ni nadie sabía ablandar con el hierro las tierras, ni e n te rra r en
el suelo los renuevos, ni de los grandes árboles podar con la
hoz las viejas ram as. Lo que dieran el sol y las lluvias, lo que
espontáneam ente la tierra creara, era don suficiente p ara con­
tentar los corazones... No sabían aún servirse del fuego, ni
aprovechar las pieles ni cubrirse el cuerpo con despojos de fie­
ras; su m orada eran los bosques, las cavernas de los montes,
las selvas; abrigaban entre el ram aje sus m iem bros escuálidos
cuando el azote del viento y la lluvia les forzaba a resguardarse.
Incapaces de regirse p o r el bien común, no sabían gobernarse
entre ellos por ninguna ley. ni costum bre. Cada cual se llevaba
la presa que el azar le ofrecía, instruido en valerse y vivir por
sí mismo a su antojo. Venus, en las selvas, ayuntaba a los am an­
tes, pues la m u jer cedía al m utuo deseo, o a la violencia del
varón y a su pasión im periosa, o al precio: bellotas y m adroños
o peras escogidas.
Fiados en el prodigioso vigor de sus m anos y pies, perse­
guían los rebaños de bestias selváticas, arrojándoles piedras y
m an ejando'la m aza pesada; a m uchas cazaban así; de algunas
se guardaban, ocultos en sus escondrijos...
Después, cuando supieron hacer chozas y servirse de pieles
y del fuego, y la m ujer, com pañera del hom bre, pasó a ser pro-
í
das, y que más tarde, razonando, elaboró lo que la naturaleza le había
sugerido y a su vez hizo nuevas invenciones, rápidamente en ciertos do­
minios, lentamente en otros, haciendo grandes progresos en algunas épo­
cas y en algunos momentos, yendo menos rápido en otras» (75).
La idea, que parece esencial,, por su analogía con el materialismo his­
tórico, es la siguiente: una práctica humana debida a que el hombre es
empujado por las necesidades exteriores, después una teoría, que es una
toma de conciencia y una puesta en forma de esta práctica.

83
piedad de un solo m a rid o 18..., y los padres vieron a la prole
nacida de su sangre, entonces empezó la raza hum ana a suavi­
zar sus costum bres... Entonces tam bién los vecinos empezaron
a unirse en am istad, deseosos de no su frir n it hacerse mutua­
m ente violencias, y entre sí se recom endaron a sus niños y mu­
jeres, indicando torpem ente con sus voces y gestos ser de jus­
ticia que todos se apiadaran de los débiles. Así y todo, no podía
ser general esta concordia; pero una buena p arte de ellos ob­
servaba los pactos con escrúpulo; si no, ya entonces el género
hum ano hubiera perecido p o r entero y su descendencia no hu­
biera podido propagarse hasta nosotros.

L. V. 925-937; 953-969; 1.011-1.027

Origen del lenguaje 17


o
No es en absoluto de una m anera deliberada que se pone
nom bre a las cosas, sino las propias naturalezas de los hom­
bres, según sus nacionalidades, teniendo sentim ientos particula­
res y recibiendo im presiones particulares también, de manera
que cada una em ite sonidos form ados po r sí mism os de esos
sentim ientos y de esas im presiones, de acuerdo con las diferen­
cias que determ inan las diversas nacionalidades, los sitios donde
habitan. Y entonces, m ás tarde, po r acuerdo com ún de cada
nación, nom bres especiales fueron deliberadam ente dados para
así hacer las designaciones m enos ambiguas y más breves. A

16 Aquí existe una laguna en el texto de los manuscritos.


i? Lucrecio ha expuesto bastante imperfectamente la teoría de Epicu-
ro. El problema antiguo es saber si el lenguaje nació naturalmente o con-
vencionalmente. Epicuro responde que tiene un doble origen. En un pri­
mer momento, el lenguaje se desarrolla naturalmente a partir de las emo­
ciones. Más tarde es puesto en orden por la razón y desarrollado y exten­
dido.’convencionalmente. Es decir, nuevas ideas y nuevos objetos fueron
introducidos, los cuales los hombres des ¡groaron de acuerdo con las leyes
del'lenguaje. Estas notas de Epicuro, por breves que sean, son una no­
table contribución a la antropología.

84 '
1 partir de ese m om ento, los hom bres introdujeron cosas has la
5 entonces desconocidas y sonidos que las designaban, tanto na-
i turalmente obligados, tanto escogidos po r razonamiento,^ con-
: forme al modo dom inante de form ación de palabras y dando
así significados ciaros!

Caria a Herodoto, 75-76

Pero los variados sonidos de la lengua, la N aturaleza impui-


só al hom bre a em itirlos, y la necesidad formó los nom bres de
las cosas, por un instinto no m uy diferente al que vemos que
\ induce al niño, incapaz de hablar, a servirse del gesto y seña­
lar con el dedo los objetos presentes... Así, pensar que un hom-
;! bre asignó, en- un m om ento dado, nom bres a las cosas y que
de él los dem ás aprendieron los prim eros vocablos, es puro
j desvarío.

L. V. 1.028-1.032; 1.041-1.043

^ Origen del fuego

■ El rayo hizo descen d er a la tierra el p rim er fuego p a ra los


j mortales; partiendo de él jse extendió todo el ard o r de las lla­
mas... Sin em bargo, cuando uA árbol frondoso, balanceándose
al impulso del viento, se agita y se recuesta contra las ram as
: de otros, la. violencia del choque exprim e el fuego de dentro, a
veces estalla el férvido fulgor de la llam a... Cualquiera de estas
dos causas puede haber dado el fuégo a los hom bres. Después
; aprendieron dei sol a cocer la comida y ablandarla al calor de
: la llama, al observar cómo m uchos frutos del campo m adura­
ban, vencidos por el azote de los rayos y los ardores del sol.

L. V. 1082-3; 1096-1098; 1101-1104

85

1
M ovim iento de las sociedades

Los reyes com enzaron a fu n d ar ciudades y a em plazar ciuda­


des que Ies sirvieran de defensa y refugio; y procedieron des­
pués al reparto de ganados y tierras, según la belleza, fuerzas
y talento de cada uno; pues m ucho valía la belleza, y la fuerza
tenía un gran prestigio. Se in trodujo después la propiedad y se
descubrió el oro, q u e fácilm ente arrebató a la herm osura la
fuerza el honor que gozaban. j

L. V. 1108-1114

Establecim iento del derecho. La ju s tic ia ]í

Para aquellos seres vivos que no han sido capaces de hacer


contratos con el fin de no perjudicarse m utuam ente, nada es
ju sto o injusto; lo m ism o sucede con los pueblos que no han
podido o no han querido co n tratar p ara no dañarse mutuamente.
; D. P. 32
Epicuro elabora una teoría de la justicia especialmente dirigida
contra aquellas doctrinas que hacen de la justicia una cosa con valor
por sí misma: contra los pitagóricos, contra la idea de Platón, contra
los estoicos que consideraban las virtudes como semejantes a las cosas.
Para Epicuro la justicia es un «accidente». Está de acuerdo con la na­
turaleza, pero no se realiza más que en el comercio concreto de los hom­
bres en la sociedad; no tiene ninguna realidad. metafísica. La justicia es
considerada como un contrato concluido por los hombres en su propio
beneficio. Siempre encontramos la idea, dominante en la Sociología y la
Etica epicureanas, de que el hombre se debe proteger del hombre. Es
enorme la analogía con la filosofía de Hobbes. La, teoría del contrato so­
cial jugará un importante papel en las teorías de los juristas y filósofos
de finales del siglo xvn y del siglo xvm .
Se notará el gran relativismo histórico de Epicuro, que se deduce de
su concepción de la justicia. No hay valores eternos o universales: la
justicia varía de pueblo en pueblo y de época en época. Estas ideas se­
rán familiares para Montaigne, para Pascal. Una ley justa puede dejar
de serlo si las circunstancias que la justificaban cambian. Así aparece
en el mundo antiguo la gran tradición materialista del derecho.
r ' 1 1 !

La justicia no es nunca algo que exista po r sí misma. Sino


que, en el com ercio de los hom bres, en todo lugar, en todo tiem­
po, existe una especie de con trato p ara no perjudicarse recí­
procamente.
D. P. 33

La justicia, conform e a la naturaleza, es un contrato de be­


neficio m utuo destinado a im pedir que los hom bres se destru­
yan en tre ellos.

D. P. 31

E n su aspecto general, la justicia es la m ism a p ara todos,


pues es u n a form a de beneficio m utuo dentro del com ercio de
los propios hom bres. Pero cuando se refiere a particularidades
individuales de un país o a otras circunstancias, la mism a cosa
no aparece como ju sta p ara todos.
D. P. 36

Con esto, después de asesinados los reyes, derribada yacía


la prim itiva m ajestad de los tronos y los cetros soberbios, y la
insignia brillante de la te sta soberana lloraba de ver su gran
honor bajo los pies del vulgo; pues la gente es ávida de piso­
tear lo que una vez tem ió dem asiado. Así el poder cayó en ma­
nos del desorden, y cada uno pretendía para sí el m ando y el
puesto m ás alto.
E ntonces hubo quienes enseñaron a elegir m agistrados y
fundar principios del derecho, p ara inducirles a u sar de las le-
: yes. Pues el género hum ano, fatigado de vivir entre violencias,
languidecía p o r efecto de las disensiones; razón de más para
que se som etiera de buen grado a las res y al derecho.

L, V. 1136-1147

87
I

Evolución de la justicia

t E ntre las acciones que son consideradas como justas por


la ley está aquella que satisface al examen, a las condiciones
de com unidad recíproca de los hom bres, a la garantía de la jus­
ticia, sea o no la m ism a p ara todos. Pero si un hom bre hace
una ley y ésta no produce un beneficio en el com ercio de los
hom bres, no es ju sta. Cuando el beneficio ju sto que se obtenía
cam bia, pero d u ran te u n tiem po está de acuerdo con la noción
general, será ju s ta aquélla m ientras d u ra ese período ante los
ojos de aquellos que se ocupan de los hechos y no hacen caso
á las vanas palabras.
D. P. 37

De lo que se deduce que, fuera de todo cambio, las acciones


consideradas com o ju stas que no concuerdan con la noción ge­
neral en la práctica, no son justas. Pero donde, habiendo cam­
biado las circunstancias, las m ism as acciones que eran consi­
deradas como ju stas ya no producen ninguna ventaja, entonces
haty que decir que han sido ju stas du ran te el tiem po que han
sido beneficiosas, pero que inm ediatam ente lo han dejado' de
ser, por cesar sus beneficios.
D. P. 38
E l progreso
Navegación, cultivo de los cam pos, fortificaciones, leyes, ar­
mas, calzados, vestidos y otras invenciones de este género, así
como los goces de la vida y los refinam ientos del lujo, poemas,
pinturas y las estatu as pulidas con arte, aprendiólos el hombre,
paso a paso y p o r avances paulatinos, del uso y las experien­
cias del espíritu siem pre activo. Así, el tiempo, poco a poco,
va trayendo ante nosotros cada descubrim iento, y la razón lo
hace en tra r en el recinto de la luz.
^ ^ 144g4455
I

^ . ----- ■»« --------- ---- ,.T. i. .......... ................ 1


.....■ ' ----------------------------------

I , . 1
Pesimismo histórico

Por tánto, el hum ano linaje se afana en vano y sin objeto,


continuamente, y en vacíos cuidados consum e su vida, y es,
sin duda, porque no conoce lím ite a la posesión ni sabe hasta
dónde puede crecer el verdadero deleite; y esto es lo que poco
a poco ha arrastrad o la vida al alta m ar y ha excitado desde el *
fondo los poderosos torbellinos de la guerra. ^

L. V, 14304435

89
cer: no hace sino p erm itir a los cuerpos que se m uevan a tra­
svés de él. E n consecuencia, aquellos que dicen que el alma es, I
ten sentido propio, un ser incorpóreo, pronuncian palabras fal-;
sas. Ya que, si fu era incorpórea no podría ni actu ar ni padecer,
y, sabemos p o r la evidencia que estos dos accidentes son real-J
m ente experim entados po r el a lm a 2.
Carta a H erodoto, 67
El alma y el espíritu
« i
E n p rim er lugar, afirm o que el espíritu o m ente, como lo;
llam am os a m enudo, en el que radica el consejo y gobierno del
la vida, es un a p arte del hom bre, no m enos que la mano, el
pie y los ojos son p artes del conjunto del ser animado,
L. III, 94-97
t
* Afirmo aho ra que el espíritu y el alm a están en tre sí estre- i
chám ente im idos y entre los dos form an una sola sustancia,
pero que la cabeza, p o r así decir, y lo que dom ina sobre el
cuerpo entero es la inteligencia, que nosotros llam am os espí­
r itu o m ente. E sta tiene en medio del pecho su m orada fija.
Aquí, en efecto, exultan el pavor y el miedo, en torno a este
punto la alegría ejerce su halago; aquí, po r tanto, están espí­
ritu y m ente. La o tra parte, el álm a, esparcida po r todo el
cuerpo, se mueve obediente a la señal e im pulso del espíritu,
L. III. 136-144

Este mism o razonam iento enseña que la naturaleza deí es­


p íritu y del alm a es co rp ó rea...
. “ L. III. 162

2 Epicuro argumenta en contra de la idea popular de un alma incor


pórea. Lo único incorpóreo concebible es el vacío, ya que el vacío, que
excluye todo contacto, no puede actuar ni padecer. Pero el alma actúa y
padece; asf, pues, no puede parecerse al vacío. En consecuencia,
n'o es incorpórea,

92
I

Afirmo en prim er lugar que es de sustancia sutilísim a, he­


cha de átom os extrem adam ente menudos... Así, pues, ya que
la naturaleza del espíritu aparece ser extraordinariam ente mó- '
vil, es necesario que conste de átom os muy pequeños, lisos v
esféricos.
L. III. 179-180; 203-205
El alma del alma

Son ya, pues, tres los elem entos que hem os encontrado en
la sustancia de alma;
" " " " '■ '■ h 1 i..........*. »— -y-,
y, sin em bargo, los tres puntos río bas-
rf.,t-rirrril —rai.-v»i)vr-i>^Tl^YiW 'rTi'.TTr-n>irirtv>w^ -r<^ ^n^<wrrw ^ iTre!nTw«ffnw^M,ni7cr>ia»nTitiwv^vvmiM>>.TwwafTVT^wa»»r!rtiyf>*»ft

tan para crear la sensibilidad, pues la m ente no concibe que.


ninguno pueda crear los m ovim ientos sensitivos, y mucho me­
nos los pensam ientos que ella m ism a revuelve.
A estos tres elemento^ debemos, pues, añadirles un cuarto;
éste no ha recibido nom bre alguno, no hay sustancia más m ó -.
vil y tenue que la suya, ninguna está form ada de átom os más
pequeños y lisos; él es quien prim ero distribuye po r los miem- •
bros los m ovim ientos que excitan los sentidos. En efecto, este
elemento es el prim ero en ser excitado, form ado como está de
átomos m enudos; de él pasa el im pulso al calor, a la invisible .
potencia del viento y el aire; después, todo en tra en agitación: >
la sangre es sacudida, las visceras perciben todas las sensacio­
nes, finalm ente la im presión p enetra en los huesos y médulas, .
sea el placer o sea el ard o r de una excitación contraria...
Así, el calor, el aire y la invisible fuerza del viento dan con
su mezcla una sola sustancia, a la que se añade aquel elemento '
móvil que trasm ite a los demás el movimiento en él iniciacío7
origen p r m T e ro lle T r T m ^
nos. Pues esta cu arta sustancia 'se esconde en lo m ás íntimo,
como fundam ento de nuestro ser; nada hay en nuestro cuerpo
más
- ^ hondo que
-rr^TTTi— ella,
rr rV»Iti,i . Wiyn ■a— su* vez viene a ^ser el almr a del alm a erh
tera...
L. III. 237-251; 269-275

93
PSICOLOGIA

: El alma humana r

Comprendemos que el alm a es un cuerpo sutil repartido por


; toda la extensión del agregado; que se parece m ucho a un so-
; pío mezclado con cierta cantidad de calor, ya que es semejante,
i por u n lado al soplo y, por otro, al calor; que incluso tiene una
5parte m ás sutil que el soplo y el calor; en fin, que gracias a
'i esto, está más íntim am ente unido a todo el resto del agregado.
Carta a H erodoto, 63
\ El alma «corpórea»

No se puede concebir nada que sea propiam ente incorpó­


reo, m ás que el vacío. Pero el vacío no puede actu ar ni pade-

1 La doctrina epicúrea del alma se puede resumir de la siguiente ma-


; ñera: el alma es un compuesto de átomos materiales, extremadamente
sutiles. Los elementos del alma son análogos a los del aliento o a los del
í calor. Existe, además, un tercer elemento infinitamente más sutil. El alma
i está repartida por todas las partes del cuerpo, que a su vez la protege
' y al que ella comunica la sensación. Cuando el cuerpo se disuelve, el alma
i lo hace también y muere.
En la exposición de Lucrecio se encontrará dos puntos de divergencia
í con la de Epicuro.
Lucrecio distingue entre el alma («anima») y el espíritu («animus»).
.i El espíritu es considerado como el centro del alma y se sitúa en el pecho.
¡ Esta distinción ya era hecha por Demócnto (ver Usener, 312 y 314). Es
i curioso que sea omitida por Epicuro en la Carta a Herodoto. Puede ser
í que la doctrina fuese ya tan familiar que no considerase necesario citar-
\ la en este texto destinado a discípulos ya formados.
| Por otra parte, Epicuro distingue tres elementos en el alma, mientras
; que Lucrecio señala cuatro. Añade el aire («aer»). Existen textos que in-
l dican que también Epicuro distinguía cuatro elementos, ver Usener, 314
j y 315). Giussani (o. c. I., pp‘. 184 y sigs.) señala que los términos de ca-
1 lor, aire y aliento designan la atmósfera considerada a tres temperaturas
í diferentes: el aire caliente, el aire a temperatura normal, el aire frío.

j 91
;i r
1

1
I
J :
Unión del cuerpo y el alma !
Así, pues, esta sustancia del alm a es contenida p o r el cuer- \
po entero, y ella es a la vez custodia del cuerpo y causa de su ;
salud; porque hay com unidad de raíces, y no parece que pue- i
dan separarse sin perecer... Y vemos que ni el cuerpo ni el 1
alm a tienen capacidad p ara sentir, aislados y sin el auxilio del i
o ~ s l ^ ~ q ¿ r f a se^ib illd ad ^ se^ñ o s alum bra en los órganos
gracias a la com binación de m ovimientos que de am bas partes ^
proceden.
L. III. 323-326; 333-336 í

La p ercepción3

Hay, adem ás de los cuerpos sólidos, im ágenes de la misma í


form a que ellos y que dejan atrás, lejos, de u n a m anera sutil,
aquello que percibim os. Pues no es im posible que ésta se ex- ]
tienda p o r el medio que rodea a los cuerpos |por medio de ema- \
naciones de partículas, ni que este m edio presente condiciones :
favorables p ara la creación de envolturas huecas y lisas, ni que \
los efluvios, salidos de los sólidos, conserven po r continuación I

3 La percepción és el centro de la teoría epicúrea del conocimiento.


Epicuro intuyó el mecanismo de la percepción producido por la acción
de un mundo exterior, activo. Le da la forma aparentemente ingenua de j
simulacros, pero el principio es válido y garantiza la objetividad del co- '
nocimiento. Epicuro elabora su doctrina pensando en dos concepciones: ;
la de Demócnto y la de Parménides y Platón.
•Para Demócnto hay igualmente una emisión que parte del objeto, pero ¡
no penetra en el ojo, forma en el aire una «impresión» dé dos dimen- ’
sion es. análoga a la impresión de un objeto sobre la cera. Esta impre- )
sión, siendo dura, penetra en la materia blanda del ojo y aparece como
Imagen sobre la pupila. Esta es la imagen que el hombre ve. Epicuro í
rechaza estas complicaciones y retiene la idea de la emisión a partir del -
objeto.
Para Parménides, para Platón (y sin duda para Empédocles), los rayos -
parten de los ojos del sujeto que percibe, y actuando sobre el objeto "
forman la imagen.
La explicación es análoga para el sonido y el olor, asignados a par-

94
' I \

t
en ese medio, la posición y form a que tenían en los sólidos. A
estas imágenes las llam am os simulacros...
Nada en estos fenómenos contradice a la idea de que la
sensibilidad de los sim ulacros es extrem a, y concluimos... que
tienen velocidades tam bién extrem as, ya que son capaces de
recorrer, tan de prisa como se quiera, un trayecto cualquiera,
pues su infinita pequenez no encuentra ninguna resistencia o
bien muy poca, m ientras m uchas cosas o m ejor, una infinidad
de ellas, tam bién sutiles, encuentran resistencia como conse­
cuencia de una sutilidad insuficiente. Añadimos que la genera­
ción de sim ulacros es rápida como el pensam iento. Y he aquí
las razones: sus elementos están siem pre preparados, saliendo
de la superficie del cuerpo p o r u n derram e continuo, sin que
se produzca en ellos una dism inución aparente y reveladora,
porque la pérdida está com pensada por otros sim ulacros, que
en su curso, son asidos p o r los cuerpos; después, una vez sa­
lidos de los cuerpos, los elem entos de los sim ulacros no tienen
sino conservar y conservan cada uno, d u ran te largo tiem po, la
posición y el orden en el que se encontraban en la superficie
de esos cuerpos, aunque a veces sobreviene la confusión. Un
simulacro se endereza rápidam ente en el medio am biente por­
que éste es algo hueco y vacío. Hay otras cosas que producen
igualmente sim ulacros, como se puede ver; pues ni estos mo­
dos de form ación, ni nada de los que h asta aquí hem os dicho
sobre los sim ulacros, es contrario a las sensaciones y bien lejos
ele eso, así se descubrirá preguntándose cómo hacer llegar los
objetos exteriores hasta nosotros, las representaciones que ga-

íículas materiales enviadas en todas direcciones. Pero como el sonido y


el olor son sólo conocimientos «simbólicos» del objeto y no envíos «re­
presentativos», Epicuro no tiene necesidad de recurrir á la hipótesis de
los simulacros.
Conforme a los principios generales del método, como se trata de
«cosas ocultas», Epicuro presenta su teoría de la visión como una hipó­
tesis que lá sensación no siente. w«Nada de lo que hemos dicho hasta
aquí sobre ios simulacros es contradicho por las sensaciones.»

95
rarjticen evidentem ente la existencia de los m ism os y que, a su
vez, sean adecuadas.
Carta a H erodoto 46-48
o

Los simulacros

Digo, pues, que las cosas em iten efigies de sí mism as y te-


núes figuras desde su superficie... a los que podem os llamar
películas o cortezas, pues cada imagen presenta u n a forma y
apariencia iguales a aquello de cuyo cuerpo dfcese que fluye
par,a vagar ‘fuera,., como cuando en estío las cigarras dejan
su9 delicadas túnicas, y cuando los becerros al n acer se des­
prenden de la m em brana que los envuelve, o tam bién cuando
la escurridiza serpiente se despoja de su vestido en los zarza
les... Así, pues, tenem os ejem plos ciertos de form as que vue­
lan por doquier, hechas de tram a im palpable y que no es posible
ver aisladam ente una a una.
L. IV. 42-43; 57-61; 87-89
I
Lds cualidades de tos o b je to s A
l
Las figuras, los colores, las m agnitudes, los pesos y todas
las cosas que relacionamos, con los cuerpos como atrib u to s esen­
ciales y que son percibidos p o r las sensaciones, atribuyéndolos
a todos los objetos o solam ente a los visibles, no deben ser
considerados ni como existentes po r sí m ism os o con sustan­
cia propia; no, esto es inconcebible, ni como seres corporales
que vinieron a unirse a los cuerpos, ni como partes materiales
i <*■ OC*
4 Los «accidentes» son considerados: 1, como constituyentes físicos;
2, en relación inmediata con los sentidos; 3, como imposibles fuera de
su relación con el cuerpo. Epicuro es aquí, a la ‘vez, adversario de Pla­
tón (para el que las propiedades eran las ideas), de Aristóteles, de los
estoicos (para los que las propiedades de los cuerpos son los mismos
cuerpos). Un cuerpo es la unión de sus propiedades constituyentes.

96
i de los mismos. Hay que considerarlos como constituyentes in-
■1tegrales, por su total unión, de la esencia eterna del cuerpo, y
| a la vez como universales. Pero no pueden llegar a ser un agre-
^ gado concreto, de igual m odo que los corpúsculos macizos, ya
'i sean átom os o p artes m enores que el todo, constituyen, yuxta-
J poniéndose, un cuerpo más grande que ellos. Estas propiedades
; son solam ente, como acabo de decir, lo que constituye por su
í unión com pleta la esencia eterna de Jos cuerpos. Cada una de
I éstas es objeto de una percepción propia y distinta, pero al
mismo tiempo, percibim os ^el cuerpo concreto sin que las pri-
1 meras puedan aislarse, no pueden ser enunciadas sino en la no-
| ción del cuerpo concreto.
Carta a Herodoto, 68-69

í La Idea del tiempo

J No hay que investigar sobre el tiem po de 1a- m ism a m anera


í que lo hacemos sobre lo que realm ente reside en los sujetos;
<es decir, refiriéndonos a las anticipaciones que éstos han de-
¡i jado en nosotros; es necesario llegar hasta la percepción del
5 estado en el que nos hallam os, cuando nos pronunciam os sobre
¡ el m ucho o poco tiempo pasado; cotejar entre sí las diversas
i repeticiones de ese estado según su parentesco, y sacar en con-
3 clusión de todo esto, p o r analogía, que el tiempo en general es
■ja las cosas en general una m anera de ser p articular que hemos
■íllamado tiem po largo o tiem po corto. No hay que d ar al tiem-
t po, en lugar de los nom bres utilizados norm alm ente, otros que
j se consideran m ás convenientes, sino ;q ue hay que u sar los esta-
^ blecidos. Tampoco hay. que atribuirle una naturaleza extraña a
í la suya, y presentaría como idéntica a su verdadera esencia lal
í como la com prendem os en su especificidad; pues es éste un.
; fallo en el que se cae con cierta frecuencia. Lo único que falla
¡es reflexionar profundam ente sobre las percepciones ciernen ta-

'97
les; con su ayuda construim os esta esencia en lo que tiene de formidad con el objeto, a pesar del vacío de su interior, porque
propio, y de la que partim os p ara m edir el tiem po. No hay que éste h a dado a cada u n a de sus caras un apoyo suficiente y un
dem ostrar, se llega p o r sim ple reflexión, que com ponemos el medio de im pulsión im prim ido al sim ulacro, en el sentido del
tiem po con los días y las noches, con nuestros estados de sen- interior al exterior, p o r m edio de los átom os vibrantes del cuer­
tim iento y de im pasibilidad, con los m ovim ientos y el reposo, po sólido y lleno que son lanzados al medio am biente. Así, la
concibiendo en todo esto un accidente com ún de u n carácter apariencia que alcanzam os po r la actividad de nuestro pensa­
especial; esto m ism o nos hace pronunciar la p alabra tiem po5. miento o la de nuestros sentidos, y que a su vez se com porta
Carta a H erodoto, 72-73 como una form a o un atributo de la misma, es la form a del
sólido, es decir el objeto mismo, estando form ada esta aparien­
cia, en un caso, p o r la condensación sucesiva de sim ulacros, y
La visión
¡en otro, po r u n rem anente de ellos dejados po r el objeto. El
Hay que ad m itir que la visión y la im aginación de formas error o la falsedad residen siem pre en la opinión que nos for­
se próducen po r la en trad a en nosotros de algo que ha partido mamos sobre el objeto de nuestra ^tención, considerando ésta
desde los objetos exteriores. Los objetos exteriores no sabrían como debiendo ser confirm ada o no anulada po r las sensacio­
im prim ir en nosotros, a través del aire, los colores y las for­ nes, m ientras sucede que la confirm ación no llega o que ha
m as que poseen en sí m ism os, ni dejarnos cogerlos p o r los ra­ sido desm entida. Y nu estra teoría explica todo lo que hace
yos o por una corriente cualquiera que fuera de nosotros a falta; pues, p o r u n a p arte, si no hubiera sim ulacros enviados
ellos. N ada de esto es satisfactorio como p ara ad m itir que las 'hacia nosotros, no se sabría explicar la sem ejanza que presentan,
imágenes desprendidas de los objetos, reproduciendo las for­ con lo que llam am os seres reales, esos fantasm as de las imáge­
mas y los colores ,en tran en nuestros ojos y en nuestro pen­ nes de los espejos o de los sueños, o que resultan de la actividad
sam iento bajo unos tam años proporcionalm ente reducidos; es­ de nuestro pensam iento o de nuestras facultades de conoci­
tando, adem ás, estas imágenes anim adas cop u n rápido movi­ miento (ilusiones de la im aginación y de los sentidos); y, por
miento que les perm iten producir p o r acum ulación la aparien­ otra, el erro r no se produciría si no pudiéram os alcanzar en
cia de un objeto único y perm anente; y conservando su con­ nosotros mism os la existencia de una acción unida a la propia
actividad representativa, pero que se distingue de ella. Si la
5 Epicuro nos habla de las propiedades y de los accidentes; entoncesafirmación producida p o r este acto de opinión no es confirm a­
estudia la idea del tiempo. No se tiene del tiempo una «noción». El tiexn-
. po no' es, como el espacio, algo que tiene .existencia. Es algo que asocia­ da o es rechazada, es que era errónea; si, al contrario, es
mos con el día y la noche, con los estados de nuestro cuerpo. Por confirmada o no rechadada, era verdadera. He aquí una doctri­
intuición decimos que el tiempo es un «accidente» asociado a los estados
que son, a su vez, «accidentes» del cuerpo. El tiempo no es una «propie­ na que hay que m an ten er firm em ente, ya p ara no echar por
dad» ni un «accidente», sino un «accidente de accidentes». (Sextus Exnpi- lierra los criterios que hem os deducido bajo diversas form as
ricus: Adversus m atheseos, I , 219; ver L ucrecio, I, 459-63).
' «El tiempo no existe por sí mismo si no es en las mismas cosas que k evidencia sensible, ya p a ra no adm itir lo falso ju n to a lo
se desarrolla el sentimiento de los que ha pasado, de lo que es presente,' ferdadero y crear de ese modo todos dom inios el e rro r y la
de lo . que vendrá. Nadie puede dejar de sentir el tiempo en sí mismo,
fuera .del movimiento o del reposo de las cosas.» .onfusión. ^ A A
Carta a H erodoto, 49-52
98 99
La audición en que está n configuradas; no vayas a pensar que el ingrato
rechino de la sierra estridente conste de átom os tan lisos como
La audición es producida p o r una corriente trasm itida a nos­
los cantos melodiosos de los músicos que despiertan y modu­
otros desde el sujeto que em ite la voz o desde la cosa que hace
lan recorriendo con ágiles dedos las cuerdas de la cítara; ni
eco o que produce el sonido. En resum en, desde aquello, que
creer que sean de Ja m ism a form a los átom os que entran en la
de una m anera u otra, nos produce u n a afección auditiva. Esta
nariz cuando se quem a i^n fétido cadáver y cuando se acaba
corriente se divide en sólidos que tom an la configuración del
de esparcir po r la escena azafrán de Cilicia y el altar vecino
todo, m anteniéndose así conform es los unos con los otros y
exhala perfum es de Panquea, No atribuyas la m ism a semilla a
conservando cada uno una identidad de naturaleza con el ob­
los colores alegres, capaces de recrear nuestra vista, y a los que
jeto que les h a em itido: doble cualidad gracias a la que produ­
la punzan y hacen lagrim ar, o son horribles y asquerosos de
cen en nosotros una sensación clara e inteligible del objeto y
ver por su feo aspecto. Ningún objeto, en efecto, que halague
en defecto de ella m anifiestan al menos la existencia de un
los sentidos, ha sido creado sin ninguna lisura en sus átomos;
objeto sonoro fuera de nosotros, pues si no nos fuera trasmi­
al contrario, todo lo que es molesto y áspero presenta en sus
tida desde el objeto sonoro una representación conform e a sí
elementos algo de rudeza... Es necesario, por tanto, que las
mismo, la sensación inteligible de la que hablam os no tendría
formas de los prim eros principios difieran estre sí grand
lugar. Este es el m ecanism o de la I audición.
te, para que se puedan producir las diversasrr
sensaciones.
t<rr¡ ***
Carta a H erodoto, 52-53
L. II.408-425; 442-443
El olfato
Las imágenes m entales
Sobre el olor podem os adm itir que, tal como sucede para la
audición, no produciría en nosotros ninguna afección si no| Escucha ahora qué cosas mueven el espíritu y aprende en
hubiera corpúsculos macizos trasm itidos desde el objeto hasta] pocas palabras de dónde procede lo que a la m ente viene.
nosotros y aptos p ara excitar el sentido del olfato; algunos de¡ Afirmo esto en p rim er lugar: en todas direcciones vaga una
ellos excitan el sentido turbándole o contrariando su natura-i m ultitud de sim ulacros de toda especie,
-- --- -
sutiles, que al encon-
leza, otros sin hacerlo y de acuerdo con su naturaleza. trarse en el aire se unen fácilmente, como hacen las telarañas
C arta a H erodoto, 53 y lols panes de oro. En verdad que éstos son de una tram a m u­
cho m ás tenue que las que nos hieren los ojos y provocan la
visión, ya que penetran p o r los poros del cuerpo y, dentro,
Cualidades de la percepción
conmueven la sutil sustancia del alm a y excitan la sensibilidad.
Así, vemos centauros, m iem bros de Escilas, caninas facies de
, Finalm ente, ^las cosas placenteras a los sentidos y las cosas
Cerberos, y las imágenes de gente que ha afrontado ya la m uer­
desagradables al tacto se oponen entre sí po r la d istinta forma
te y cuyos huesos abrazan la tierra; pues los sim ulacros de

100
101
toda clase son llevados de un lado a otro, unos nacidos espon­
táneam ente en la atm ósfera m ism a, otros desprendidos de los
diversos objetos, otros com puestos po r la unión de estas mis­
m as figuras...

Muchas cuestiones hay en este asunto si querem os exponer­


lo llanam ente y m uchos puntos tenem os que aclajar. Pregún­
tese, en prim er lugar, po r qué cuando nos viene el capricho de
pensar en un objeto, el espíritu se los representa en seguida,
. ¿Será que ios sinuilacros acechan n u e s tr a ^ ^
corre a nuestro encuentro luego que queremos, sea el m ar, la
tierra, o, en fin, el cielo, el objeto de nuestro deseo? Asambleas,
*1~ortejo£rfe^ n e ^ ^
, leza a nuestra palabra?...

Y esto a pesar de que distintos- hom bres, en la m ism a región


y en la m ism a com arca, conciben en su espíritu, ideas por com­
pleto diferentes de las que piensan los demás. Y, ¿cómo expli­
car, pues, que d u ran te el sueño veamos a los sim ulacros avan­
zar rítm icam ente y mover sus delicados m iem bros, y ágiles ex­
ten d er alternadam ente los brazos flexibles y acom pañar el gesto
con el acorde m ovim iento de los pies? Sin duda los simulacros
hab rán estudiado el a rte de la danza y estarán im buidos de
sus principios, p ara poder d ar espectáculos vagando po r la no­
che. O quizá la explicación es esta o tra: que en una unidad
de tiem po sensible, es decir, en el tiem po en que em itimos la
voz, se disim ulan m uchos tiem pos cuya existencia descubre la
razón, y así se explica que en t odo m om ento y lugar se encuen­
tren sim ulacros p resto s p ara ser percibidos... Y como son suti-
| ................ l l L y , L«n ~r " - u f : . i.i -iir *7 mi in i r - r ■■n .ii.'i".')» * "1. 1 —*■------ — .y ..» —— ..

Ies, el espíritu no es capaz de verlos claram ente, a menos que


a ello se aplique; de ahí que todas las dem ás se pierdan fuera
de las sque el espíritu p rep aró p o r sí mismo...

L. IV. 722-804
Psicología del m ovim iento

Diré ahora a qué se debe que podamos mover los pasos


adelante a nuestro antojo, p o r qué nos es dado accionar los
m iem bros y qué fuerza se ha habituado a desplazar este peso
tan grande de nuestro cuerpo; tú recoge mis palabras.
Digo qye sim ulacros de m ovim iento vienen prim ero a nues­
tr o espíritu y lo excitan, como antes explicamos. De aquí nace
la voluntad de moverse; pues n adie empieza a hacer nada sin
antes hab er previsto en su esp íritu lo que quiere hacer. La im a­
gen de lo que prevé es lo que está presente al espíritu. Luego
el espíritu, excitado po r el deseo de ir y andar, hiere la sustan-
cia del alm a que se encuentra disem inada po r todo el cuerno.
.............—i—r nnj-nm >Tm> niiJnifc»i)ii ^nnmu-ui." ■ ~ n r l m —r ■—iri . ~ r~ 'TU—-t *Tr f T f m m u T

en órganos y m iem bros; y le es fácil hacerlo, dada la íntim a


unión de los dos. A su vez, el alm a hiére al cuerpo, y así, poco
a poco, es em pujada la mole ent era y entra en moción.
1 L. IV. 877-891
Psicología del am or

Se excita en nosotros aquel semen de que antes hablamos,


tan pronto la edad viril robustece los m iem bros. Pues cada ser
es conmovido p o r una causa distinta, y al semen de un hom bre
sólo le excita la influencia de una persona hum ana. Expulsado
apenas de las partes donde tiene su sede, el semen se retira
del resto del cuerpo, y, atravesando m iem bros y órganos, con­
centra en una determ inada región de los nervios y excita al
momento las partes genitales del cuerpo. Irritad as éstas, se
hinchan de semen, y surgen el anhelo de expulsarlo contra el
objeto del violento deseo, y el cuerpo busca aquel cuerpo que
ha herido el alm a de am or. Pues, por lo general, el herido cae
del lado de la herida, y la sangre b ro ta en dirección al lugar
de donde el golpe nos vino, y si el térm ino está cerca, el rojo

103

i

chorro le alcanza. Así, el que es herido por los dardos de Ve-


mis, tanto si se los dispara un mancebo de m iem b ro s'm ü jen íes^
como-'una m ujer que resp ira am or po r todo el cuerpo, tiende
hacia aquel que lo hiere, se afana en unirse a él y descargarle
en el cuerpo el h um or que emana del suyo; pues el m udo deseo
le presagia placer.
Esto es Venus p ara nosotros; de aquí Amor tom ó su nom­
bre; así, Venus empieza a destilar en nuestro corazón aquella
gota, de dulzura a la que sigue el cuidado glacial.
L, IV. 1037-1060

El libertinaje

Se preparan festines con ricos m anteles y exquisitas viandas,


juegos, vino en abundancia, perfum es, coronas, guirnaldas; todo
en vano.
Pbes de la m ism a fuente del goce surge un n o sé qué de
en medio de las flores produce congoja.
L. IV. 1033-1034

104

i ETJCA
j Elogio de Epicuro

Cuando la vida hum ana yacía a la vista de todos torpem ente


j postrada en tierra, abrum ada bajo el peso de la religión, cuya
í cabeza asom aba en las regiones celestes am enazando con una
¡ horrible m ueca caer sobre los m ortales, un griego osó el prime-
« ro elevar hacia ella sus perecedores ojos y rebelarse contra ella.
¡ No le detuvieron ni las fábulas de los dioses, ni los rayos, ni
el cielo con*su- am enazante bram ido, sino cfüe aún m ás excita-
1 ron el ard o r de su ánim o y su deseo de ser el prim ero en forzar
i los apretados cerrojos que guarnecen las puertas de la n atu ra­
leza. Su vigoroso espíritu triunfó y avanzó lejos, m ás allá del
llameante recinto del m undo y recorrió el todo infinito con
su m ente y su ánimo. De allí nos trae, botín de su victoria, el
conocimiento de lo que puede nacer y de lo que no puede, las
l leyes, en fin, que a cada cósa delim itan su poder, y sus mojo-
| nes hincados hondam ente. Con lo que la religión, a su vez, yace

; J El recinto llameante del mundo, «flammantia moenia mundi», fór-


j muía que es muy frecuente en los escritos de Lucrecio, no es simplemente
■ una expresión poética. Corresponde a su concepción del mundo. Cuando
- el mundo se formó, los elementos más pesados tendieron a unirse en el
; centro y «expulsaron» los átomos del mar, de los astros, del cielo. Hubo
j del mundo una bóveda de fuego, «envolviendo todo en un ávido abrazo;
; incendió el resto de Jas cosas» (L. V. 450 y sigs,). Se tiene un mundo
: concéntrico: tierra, mar, aire, cuerpos celcst.es, éter. Para el epicureismo,
\ el éter es un cuerpo ígneo y sutil del que se «alimentan loe astros».
a nuestros pies; a nosotros la victoria nos exalta h asta el cielo.^
L. I. 62-79 '

¡Oh tú, el prim ero que pudiste levantar una luz tan clara
del fondo de tinieblas tan grandes e ilum inar los verdaderos
bienes de la v id a !, a ti te sigo, honor de la gente griega, y
pongo ahora mis pies en tus huellas que estam paron los tuyos,
no tan to p o r deseo de rivalizar contigo, como po r am or, pues
ansio im itarte; porque, ¿cómo podría la golondrina reta r a los
cisnes?; y, ¿cómo los cabritos de trém ulos m iem bro^ igualar en
lá carrera el ím petu del fogoso corcel? Tú, padre, eres el des­
cubridor de la verdad; tú nos das preceptos paternales, y como
én los bosques floridos las abejas van libando una flor tras otra,
así vamos nosotros a tus libros, oh ilustre, a apacentarnos de
tus áureas palabras, áureas y dignas siem pre de vida perdura­
ble. Pues en cuanto tu doctrina, producto de una m ente divina, ;
‘em pieza a proclam ar la esencia de las cosas, disípanse los te­
mores del espíritu, las m urallas del m undo se abren y veo, a
través del inm enso vacío, producirse las cosas. Aparece a mi i
vista el num en de los dioses y sus sedes tranquilas, a las que
ni los vientos sacuden ni salpican de lluvia las nubes, ni con
su blanco caer profana la nieve que el acre frío condensa; un ■
éter siem pre sereno las cubre y ríe derram ando ampliamente ;
su luz. Allí la N aturaleza a todo provee, y ningún cuidado me- i
noscaba jam ás la paz del espíritu. Al contrario, por ningún lado i
aparecén las m ansiones del Aqueronte, y no me im pide la tierra |
contem plar a mis pies todo lo que se produce en la profundidad
del vacío. Ante estas cosas, un divino placer y un estremecí- 1
r ^
m iento hacen presa en mí, al pensar, cómo tu genio puso la 1
naturaleza patente a la vista, descorriendo todos sus velos. J

L. III. 1-30 1

106
... Un dios fue, un d io s 2, ¡oh ínclito Mem m io i, aquel que
descubrió el prim ero esta regla de vida que hoy llamamos fi­
losofía, y con su ciencia libró la vida de torm entas tan grandes
y tan grandes tinieblas, colocándola en aguas tan tranquilas y
bajo un cielo tan rá3i’ante.'.7~“ " ------------
_ l v 8.12

La separación epicureana

, Cuando se tra ta de estar a cubierto de los ataques de los


hom bres, todo lo que conduce a este fin está de acuerdo con
la natiyralSza."’
Algunos se han afanado po r alcanzar la reputación y la glo­
ria, pensando que así adquirían la seguridad frente a los hom­
bres. Si la vida de tales hom bres fuera segura, habrían obtenido
ya el bien al que aspiraban; pero si no fuera así, no poseerían
nada de eso por lo que habían luchado po r instinto natural.
La m ejor fuente de seguridad frente a los hom bres, asegu­
rad a en cierto modo p o r u n a fuerza de expulsión, es, en resu­
men, la inm unidad que resu lta de una vida apacible y alejada
del m undo 3.
_______ I
2 Este tono es habitual para los discípulos de Epicuro, al que hacen
aparecer como un semidiós, -liberador de los hom bres. Las ceremonias
comunes de los grupos epicúreos, la com ida mensual, el aniversario del
nacimiento de Epicuro, eran celebradas como conmemoraciones religiosas.
«Sus discípulos... se convierten en un dios..., sus palabras son para
ellos divinas o celestes..., las asam bleas de discípulos son frecuentes y
parecen fiestas religiosas; hay una para celebrar el nacimiento del maes­
tro... Además, lo mismo que aquellos que se proponían hacer aceptar a
ios griegos los nuevos dioses, se presenta en Atenas; hay con él extran­
jeros, m ujeres, esclavos. Considerándoles los m ás im portantes entre to­
dos, quiere sacar de su m iseria a los que escribe y salvarlos» (Picavet:
Rapports de la philosophie et la religión en Gréce. Revue d'histoire des
religions, 1893, pp. 342-3).
3 La idea esencial es aquí la seguridad frente a los hom bres que hay
que obtener necesariam ente. Es una em presa de acuerdo con el instinto
natural. Pero no hay que creer que la fuerza basta para proteger a los
hom bres; puede ju g ar un determ inado papel, pero no va muy lejos. La
verdadera seguridad nace de la separación, del aislamiento.

107
Todos los que han alcanzado la seguridad total al lado de
sus vecinos, viviendo ju n to s muy agradablem ente, se debe a que
se tieoen una confianza m utua sincera, y que como han convi­
vido en la intim idad m ás com pleta, no lloran por la partida
p rem atu ra de un am igo m uerto, como si fuera digno de com­
p a s ió n 4.
D. P. 6, 7, 14, 40
Hay que librarse de la prisión que son los negocios y la po­
lítica 5.
Fr. A. 58
Disimula tu v id a 6.
Fr. B. 86
E l bienestar y el deseo *

Hay que tener en cuenta que entre los deseos, unos son na­
turales y otros vanos; que entre los deseos naturales algunos

4 E sta sentencia pone fin a las «doctrinas principales». Resume el


com portam iento social del epicureism o. Una vez se ha conquistado la
seguridad, se puede vivir en una comunidad íntim a y amical, donde no
se llore la m uerte del com pañero, porque se sabe que la m uerte no su­
pone nada para él. He aquí un breve bosquejo de la vida en el jardín.
s Ver la Vida de Epicuro, de D iógenes L aercio (X , 119): «El sabio...
no hará política», com o se dice en el libro prim ero Sobre tas Vidas.
«Cuando Epicuro dice que hay que hacerlo todo cara al placer, exclu­
ye de lbs cargos y de la actividad pública al sabio y afirm a que debe
vivir pura sí mismo» (Com m enta Lucani, II, 380; en U sener , Epicúrea,
página *8).
«No* h a b lo d e e s ta filo s o fía q u e c o lo c a a l c iu d a d a n o fu e ra d e su p a ­
t r ia , d e lo s d io se s y d e l m u n d o » (S éneca: Epitres, 90; 95).
6 E síe es el fam oso principio contra el que Plutarco escribió un tra­
tado entero. Será recogido por la poesía latina, por Horacio, p o r Ovidio.
Horacio dirá:
«Ha vencido aquel cuyo conocimiento y m uerte han pasado desaper­
cibido!» ( «Epístolas», I, 17, 10).
Y Ovidio:
«Créeme, aquel que se h a ocultado bien, es el que ha vencido.» (Tris­
tes,- IU , 4, 25.)
Se encontrará el precepto epicúreo en Florián:
«Para vivir felices, vivamos ocultos.»

108

I
i son necesarios y los otros simplemente naturales; en tre los ne-
\ cesarlos, los hay que lo son para el bienestar, para el reposo
i del cuerpo o para la vida m ism a 7. Es el conocimiento exacto
¡ de todo esto lo que perm ite conectar toda elección y toda aver-
; sión con la salud del cuerpo y con la ataraxia del alma, pues
j esto es elcomienzo de una vida feliz. Nos afanamos siem pre por
evitar el dolor físico y el miedo, y cuando lo hemos conseguido,
toda la tem pestad del alm a se disipa, ya que el viviente no ha
cometido más erro r que la persecución de lo ausente y la bús­
queda de o tra cosa con la que colm ar el bienestar del cuerpo
y del alma, -Necesitamos el placer cuando sufrim os su ausen-
; cia; pero cuando no la sufrim os no tenemos necesidad acu­
ciante de él; por lo que decimos que el placer es el comienzo
i y el fin de la vida feliz. Es él el que reconocemos como el bien
¡ originario y natural, y a p a rtir de él se determ ina toda elección
: y toda aversión y a él nos rem itim os siem pre, midiendo todos
I los bienes por el canon del sentim iento.
:■______ i__ ¡ ,
;j 7 La distinción entre tos deseos es tradicional en la filosofía griega
. (ver P latón: República, XX, 357 y A ristótki.I'S: Etica, III, 86). Pero Epicuro
! da un contenido especial a dicha división. Hay deseos necesarios para la
conservación de Ja vida (alim ento, abrigo), otros para el reposo del cuerpo
Wausencia de dolor), incluso para el bienestar espiritual (fin del temor).
jSe ve toda la im portancia que tiene la idea del «límite» del deseo y del
I placer. Cicerón lo resum e así:
«Los deseos son insaciables. No sólo afectan a los hom bres aislados,
j sino tam bién a las familias y al mismo estado. De los deseos nacen las
Apenas, las controversias, las discordias, las sediciones, las guerras, y no
he manifiestan sólo fuera de uno en los ciegos choques exteriores, sino
jen el fondo mismo del alma se oponen y Juchan. De donde necesariamen-
| te resulta una angustia extrem a durante la vida. Sólo el sabio, ya que
'}ban sido am putadas toda la vanidad y todo el error, puede, contentándose
jeon los límites naturales, vivir sin am argura ni terror... Pero los vanos
Héseos no encuentran ni medida ni límite.» (De «Finibus bonorum ct ma-
lorum», 13, 43-44.)
1 Ver, además, el epigram a de atenea citado por Diógencs Laercio:
' «Los hom bres se afanan en sus pobres búsquedas, insaciables de pro­
vecho, y recurren a la guerra y a las luchas. Sus vanas fantasías les llevan
; por interm inables senderos. Pero la riqueza n atural se contiene en es­
trechos límites. E sta verdad el sabio hijo de Neocles la recibió de las
' musas o cerca del trípode sagrado de la Piedad» (X, 12).

109
Y porque el placer es el máximo bien n a tu ra l8, escogem
no im porta qué placer, y sucede que descuidamos m uchos otros
cuando el m alestar que les sigue les sobrepasa; y estimamos
que muchos dolores son m ejores que los placeres cuando un
placer que les sobrepasa nos viene de tenerlos largam ente so­
portados. Todo placer es, entonces, bueno a causa de su unión
natural con nosotros, y, po r lo tanto, hay que buscarlo. De
igual modo, todo dolor es un mal, y como no es natural, hay
que h uir de él. Es po r la com paración y por un examen de las
ventajas y los inconvenientes que hay que juzgar cada cosa,
pues hay casos en que consideram os el bien como un mal y el
mal como un b ie n 9.
La autarquía 10 tam bién la consideram os como un gran bien,
no porque podem os contentam os con pocas cosas, sino para
que si la abundancia nos falta, sepamos contentarnos con poco,
verdaderam ente persuadidos que los que encuentran en la abun­
dancia los m ás dulces placeres son los que tienen más necesi-
'dad de ella, y que todo lo que es n atural es fácil de obtener,
pero que, en cambio, lo superfluo no lo es. Y los sabores sim­
ples nos producen un placer igual que el de un régim en fas­
tuoso, una vez que ha desaparecido el dolor que la necesidad
'engendra; y el pan y el agua producen el más alto placer, o
El placer es el fin de la vida. Aquí Epicuro se diferencia de los ciri-
naicos para los que el placer era positivo. Para Epicuro el placer es
menos una serie de actos que la conciencia de una vida sin dolor ni an­
gustia.
9 Se trata de un cálculo de los placeres en los que se tiene en con­
sideración sus consecuencias. Es algo que recuerda mucho la aritmética
de los placeres de los utilitaristas ingleses del siglo xvm . Epicuro sostie­
ne el valor absoluto del placer; este cálculo le conduce, generalmente, a
un ascetismo.
,0 La autarquía, la «autosuficiencia» es una de las ideas centrales de
la ética de Epicuro.
centrales de la ética de Epicuro.
Se trata de que una disciplina en los deseos dispense de la necesidad
del mundo exterior, en particular de la vida social. Existe adem ás la idea,
bastante cínica, de que se disfruta más de las' «gangas» que no se han
buscado. 1

110
cuando el que los necesita se los lleva a los labios. El habitua-
miento a regím enes sim ples y sin lujó produce plena salud, y
perm ite al hom bre alerta empleos útiles de la vida, y cuando,
a largos intervalos, tenem os acceso al lujo, nos dispone m ejor
a su disfrute y nos ayuda a no tem er la mala fortuna.
Por lo tanto, cuando decimos que el placer es un fin, no
nos referimos en absoluto a los placeres pródigos o de sensua­
lidad, como creen los que nos ignoran, o se oponen a nosotros,
o nos entienden mal, porque nosotros nos referim os a la ausen­
cia de dolor físico y a la ataraxia del alm a u . Pues no son las
borracheras, los banquetes, la posesión de jóvenes y de m uje­
res, el sabor de los pescados y de otros m anjares que hay en la
mesa del rico los que conducen a una vida agradable, sino un
entendim iento recto, capaz de encontrar justas razones para
sus elecciones y sus aversiones, rechaza opiniones falsas, de las
que se deriva la principal angustia del alma.

La prudencia
El principio de todo y el prim er balance es la prudencia. Por
esto es más apreciada que la filosofía 12. De ella nacen las de­
más virtudes, es la que enseña que no es posible vivir agrada­
blem ente sin hacerlo prudenté, honorable y justam ente, porque
no es posible vivir así si no se vive agradablem ente. Las vir­
tudes están unidas, por naturaleza, ^ la vida agradable, y esto
es inseparable de las virtudes. ¿Qué hom bre sería m ejor que
11 Epicuro, explicando la naturaleza del placer, responde a la vez a
sus adversarios. La calum nia ha sido un arm a violenta contra «los cerdos
del rebaño de Epicuro».
12 Se tra ta de un m étodo que perm ita alcanzar el verdadero placer.
El instinto no es suficiente para determ inar las «elecciones» y las «aver­
siones». Hay que juzgar bien. Epicuro recurre a la vieja palabra, que
designa la sabiduría práctica, la «prudencia», opuesta a, sabiduría es­
peculativa, la «filosofía». Existe como un intento por reunir los valores
tradicionales: Epicuro piensa siempre en sus adversarios. Quiere pasar
por menos original de lo que es.
11 La alusión a la doctrina estoica del Destino, parece clara.

111
aquel que piensa con respeto de los dioses, y que está continua­
m ente atem orizado po r los horrores de la m uerte, que ha me­
ditado sobre el fin de la N aturaleza, que ha com prendido que
la m edia lím ite de los bienes es fácil de alcanzar y calmar,
m iehtras que lo superficial es breve o poco doloroso, que se
ríe ¿el desvino que p ara algunos es el amo del m undo? 13. Pien­
sa que en nosotros mism os está el poder para determ inar los
sucesos venideros, de los que algunos llegan p o r necesidad,
otros por su erte y los últim os porque dependen de nosotros;
pues si, p o r una parte, no se puede tener en cuenta la necesi­
dad, y la suerte es inconstante, ve que lo que depende de nos­
otros no está sujeto a ningún amo y que a esto se enlaza la
alabanza y la censura. Ya que, en verdad, sería m ejor creer én
m itos sobre los dioses que ser esclavos del destino físico: los
prim eros perm iten una esperanza de poder apaciguar a los dio­
ses por medio del culto; en cambio lo segundo supone una
necesidad im placable. En cuanto a la suerte, el sabio no la con­
sidero como un dios, como hacen la gran m ayoría de los hom­
bres (pues un dios no es desordenado en sus actos), ni como
una causa incierta (de todas las cosas): no cree que el bien y
el mal sean dados p o r suerte al hom bre para ser o no feliz en
la vida, sino que ésta tiene ocasiones de gran bien y de gran
mal. Piensa que es m ejor ser inafortunado razonablem ente que
afortunado sin razón. Que más vale, en el cam po de la acción,
que lo que fue calculado fracase, que lo que no lo fue salga por
casualidad.
M edita sobre estas cosas y sobre las que se refieren al día
y a la noche, adem ás de para ti solo, con un com pañero seme­
jante a ti; y no serás m ás turbado, ya veles, ya duerm as, sino
que vivirás como u n dios entre los hom bres. Pues un hombre
que*vive entre bienes inm ortales no es sem ejante a una criatu­
ra m ortal.
Carta a Meneceo, 127-135

112
La enseñanza de Epicuro

Atenas, de nom bre glorioso, fue la p rim era que un día re­
partió la semilla productora del trigo a los m íseros m ortales,
dio una nufcv# form a de vida y estableció "leyes; fue tam bién
la prim era en procurarles los dulces consuelos de la vida, cuan­
do dio a luz a este hom bre de genio tan grande, de cuyos labios
verídicos fluyó toda la sabiduría; aun después de extinto, sus
divinos hallazgos han exaltado hasta el cielo su gloria, ya di­
fundida de antiguo.
Pues cuando vio que pasi todo lo necesario al sustento está
ya aquí al alcance de los m ortales, y que su existencia está, en
lo posible, a resguardo de peligro; que los hom bres, poderosos
; en gloria y honores, nadaban en riquezas y eran exaltados por
5la fam a de sus hijos, y que, sin embargo, en su intim idad, cada
uno sentía su corazón presa de una angustia que, a despecho
i del ánimo, atorm entaba su vida sin pausa ninguna y les for-
Izaba a alterarse en quejas am argas, com prendió entonces que
; iodo mal venía del recipiente mismo, y po r culpa de éste se co-
; rrom pía en su in terio r todo lo que desde fuera se aportaba, in-
icluso los bienes; en parte, porque venía roto y agrietado, y no
podía colm arse jam ás po r ningún medio; en parte, porque in­
fectab a con su repugnante sabor todo lo que en su interior
Irecibía.
Asi, pues, con sus palabras de verdad limpió los corazones,
!fijó un térm ino a la ambición y al tem or, expuso en qué con-
jsiste el sumo bien al que todos tendemos y nos m ostró el ca-
unino, el atajo más breve y directo que nos puede conducir a
él; y expuso los males que infectan las cosas m ortales y se
!ciernen sobre ellas por caucas naturales, o por azar o por fuer­
za, pues así lo ha dispuesto la Naturaleza; enseñó po r qué puer-
Uas hay que salir al encuentro de cada uno; dem ostró que las
í más veces son vanas las olas de angustia que en sus pechos

113
revuelven los hom bres. Pues tal como niños tiem blan y de todo
se espantan en las ciegas tinieblas; así, m uchas veces nosotros
en la luz tem em os cosas que en nada son m ás espantables que
las q u e ’ en lo oscuro tem en los niños y creen inm inentes. Pre­
ciso es, pues, este tem or y tinieblas del ánimo disiparlos no con
los rayos del sol y los lúcidos dardos del día, sino con la con­
tem plación de la N aturaleza y la ciencia.
L. VI. 1-41

■yCuadro
r— ~i-rrtr~-de
ir— --....nla
— sabiduría
rT—
——

Es dulce cuando sobre el vasto m ar los vientos revuelven


las olas, contem plar desde la tierra el penoso [trabajo de otro;
no porque ver a uno su frir nos dé placer y contento, sino por­
que es dulce considerar de qué m ales te eximes. Dulce es tam*
bién presenciar los grandes certám enes bélicos en el campo
ordenados, sin. parte tuya en peligro; pero nada hay más dulce
que ocupar los excelsos tem plos serenos que la doctrina de los
sabios erige en las cum bres seguras, desde donde puedas bajar
la m irada hasta los hom bres, y verlos extraviarse confusos y
buscar errantes el camino de la vida, rivalizar en talento, con­
tender en nobleza, esforzarse día y noche con em peñado traba­
jo, elevarse a la opulencia y adueñarse del poder.
jOh. m íseras m entes hum anas! ¡Oh ciegos corazones! ¡En
qué tinieblas de la vida, en cuán grandes peligros se consume
este tiem po, tan breve! ¿Nadie ve, pues, que la N aturaleza no
reclam a otra cosa sino que del cuerpo se aleje el dolor, y libre
de miedo y cuidado, ella goce en la m ente un sentim iento de
placer?
Así, a la naturaleza del cuerpo vemos que es muy poco lo
que hace falta p ara alejar el dolor, y aun para ofrecer abun­
dantes deleites. Más grato es a veces, y la N aturaleza no pide
otra cosa, aunque no haya en la estancia doradas estatuas de

114

jóvenes sosteniendo en sus diestras lám paras encendidas para
iluminar los banquetes nocturnos, ni brille ía casa con plata,
ni refulja de oro, ni el áureo artesonado resuene al son de la
i cítara; poder, en cambio, tendernos! juntos unos a otros en el
césped suave, cabe un arroyuelo, a la som bra de un árbol co­
pudo, y relajar el cuerpo sin grandes dispendios; sobre todo si
j el cielo sonríe y la estación del año esparce de flores el verdor
j de la hierba. No salen m ás pronto del cuerpo las fiebres a r­
dientes si te acuestas en bordados tapices y en púrp u ra roja,
\ que si has de yacer en m anta plebeya.
j Por tanto, si a nuestro cuerpo en nada le aprovechan los te-
! soros, ni la nobleza y la gloria del trono, hemos de pensar que
l tampoco aprovechan al alma. A no ser que, cuando ves en el
Campo de M arte rebullir tus legiones, desplegando simulacros
de guerra, sostenidas po r grandes auxilios y fuerza de caballe-
: ría, todas igualm ente equipadas de arm as e igualmente anim a­
das, las supersticiones, aterradas por este espectáculo, huyan
empavorecidas de tu espíritu, y el tem or de la m uerte abandone
tu pecho y lo deje vacío y libre de cuidado.

L. II. 1-46
r'j
•i

■Moral de la autarquía

Que si los hom bres se rigieran p o r la verdadera doctrina, la


■mayor riqueza del hom bre está en vivir parcam ente, con ánimo
^sereno; pues de lo poco jam ás hay penuria. Pero los hom bres
.quisieron hacerse ilustres y poderosos, p ara asentar su fortuna
ien una base sólida y poder vivir plácidam ente en la opulencia;
itodo en vano, pues en la contienda p ara escalar la cima del ho-
¿nor llena de peligros el camino; y aun, sí llegan a encum brarse,
jla envidia los .derriba de uq. golpe, como u n rayo, y los precipita
lignominiosamente en el T ártaro espantoso; pues la envidia,
‘como el rayo, abrasa con preferencia las cum bres y todo lo que

I
i
1
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I■í
mt

El optim ism o naturalista 55


se eleva por sobre lo demás; de modo que es m ucho mejor
obedecer tranquilam ente que am bicionar el im perio y la pose­
sión de un trono. P o r tanto, déjales que se agoten y suden san- La riqueza n atu ral es a la vez lim itada y fácilm ente accesi­
gre en sus vanos forcejeos por el angosto camino de la ambj- ble; la de las vanas im aginaciones se extiende hasta el infinito.
ción; pues sólo gustan p o r el p aladar ajeno y se dirigen más D. P. 15
p o r lo que oyen decir que po r su propia experiencia... Si en toda ocasión, en vez .de adaptar vuestros propósitos
h 7 v ~ n i-im jl fin de la N aturaleza, y seguir cualquier criterio próximo, para
^lecidír lo que tenéis que hacer o no,, vuestros actos no estarán
El dolor
conformes con vuestros principios.
El’ dolor de la carne no d u ra continuam ente: el más agudo
D. P. 25
es muy breve, y lo mism o sucede con el placer, que no continúa
d u ran te m uchos días. Incluso en la enferm edad crónica existe E ntre los deseos, algunos son naturales y necesarios, otros
un predom inio del placer del cuerpo sobre el d o lo r14. jiaturales pero no necesarios y otros ni naturales ni necesarios,
D. P. 4 jino debidos a vanas imaginaciones.
D. P. 29
Todo sufrim iento corporal es despreciable, pues el que causa
un dolor agudo d u ra poco, y el que dura m ucho no produce No hay que violentar la naturaleza, sino obedecerla; y nos­
sin o, un dolor m oderado. otros la obedecemos cuando satisfacem os los deseos necesa-
Fr. A. 4 j _________
j 1S La idea esencial del epicureismo (ver Carta a Menee eo)\ para satis-
Los grandes dolores ponen prontam ente fin a la vida; los ácer la naturaleza hacen falta pocas cosas, y pocas cosas son siempre
|ciles de poseer. Pero no se satisfarán jamás los deseos infinitos de los
que fluran m ucho no son severos. ;¡ue no son sabios. Es por lo que toda acción debe ser calculada en re­
F. B. 64 gión con la naturaleza, cuyo fin (es justamente satisfacerla; si uno se
iplenta con criterios vulgares, honor, prudencia, justicia, se puede alejar
Un dolor excesivo te h ará m orir. este fin. El sabio debe ser consecuente consigo mismo.
Fr. B. 65 En consecuencia, la clasificación de los deseos clásica en el epicu-
ismo.
Existe, por otra parte, la idea de que e! placer.es un objetivo «na-
14 Esta fórmula es el cuarto precepto del «cuádruple remedio» en elral». «Todo animal, apenas nace, desea el placer, y lo considera como
que se resume las enseñanzas de Epicuro: el conocimiento exacto de la bien soberano, y detesta el dolor como el mayor mal, y hace lo po-
naturaleza, de los dioses, de la muerte, la definición del placer, incluso le por alejarse de él. Actúa así por mandato de su naturaleza, no de-
del dolor, perinite alcanzar la paz del alma y la del cuerpo. Estas fórmu­ cavada aún, sino considerada en toda su pureza e integridad. Es por
las sóbre la brevedad de los dolores agudos y la mediocridad de los que Epicuro niega que se tenga necesidad de razonamiento y discur-
largos sufrimientos se encuentran constantemente en los textos de Epicu­ ¡on para buscar el placer y huir del dolor; pienso que es algo que se
ro y sus comentaristas. Hay detrás de esta teoría del dolor la idea de lente, como el calor del fuego, la blancura de la nieve y el dulzor de la
que cualquier sufrimiento físico puede ser anulado por una alegría inte­ ’jiel.»
lectual. Podemos pensar en la teoría del tiempo encontrado en la obra (Ver C icerón : De finibus bonorum et malorum, 19, 30-3).l
del enfermo Marcel Proust. Se trata de una especie de «ejercicio espiri­ (Ver también S extus E m pir ic u s : Hvpotvposes, 111, 194, y U sener , 397,
tual». l)
Se ti*ata de una especie de «ejercicio espiritual».
117
116
i

ríos, incluso los físicos, si no nos hacen daño. Pero los deseos es el placer que viene de la propia naturaleza el que produce el
dañinos deben ser siem pre rechazados. mal, sino m ás bien el deseo asociado a im aginaciones vanas.
Fr. A. 21
Fr. B. 60
La naturaleza es débil frente al mal, pero no frente al bien,
pues los placeres la ayudan m ientras que los dolores la des­ Lo que proporciona la mayor alegría es la supresión total de
un gran mal. He aquí la naturaleza del bien; hay que conocerla
truyen.
Fr. A. 37 tal como es y guardarla, sin ir charlando vanam ente sobre el
j ijjg n ti
Se deben d ar gracias a la bienaventuranda naturaleza, que j
hace fácilm ente accesible todo lo que se necesita, y difícil lo que ? Fr- B. 61
no es .necesario. j ^1 origen y la raíz de todo bien está en el placer del vien-
Fr. B. 67 jtre 18: incluso la sabiduría y la cu ltu ra están relacionadas con él.
Es . fácil encontrar hom bres, pobres frente al fin natural y ] Fr. B. 59
ricos en im aginaciones vanas. E n tre estos lc^cos, nadie se con- j Pienso que es n atu ral que cuando la carne grite, el alm a grite
form a con lo que tiene y gime por lo que no tienen. Y así como jtambién. La carne grita, p ara que se la libere del ham bre, del
los enferm os con fiebre tienen siem pre sed, a causa de su mal,-j frío y de la sed. Es duro p ara el alm a reprim ir estos gritos, y
y desean las cosas más perniciosas, igual aquéllos, siempre co- jpeligroso para ella despreciar la llam ada de la naturaleza a causa
nocen la pobreza y su avidez les som ete a deseos cambiantes. Jde su autonom ía habitual,
Fr. B. 68 j F r. B. 44
El placer j carne gr ita para Obrarse del ham bre, de la sed y del frío.
El lím ite cuantitativo del placer está en la supresión de todof^ un hom bre posee esto ya, o puede esperar poseerlo, puede
dolor. Allí donde el placer existe, y d u ran te todo el tiempo quep valizar b ien estar con el m ism o Zeus,
está presente, no hay dolor físico, ni m oral, ni uno y otro jun-j Fr. A. 33
to S i6. | E1 placer de la carne no aum enta, cuando el dolor que nace
D. P. III 4de la necesidad es suprim ido, sino varía solam ente. En lo que
Tenemos necesidad del placer puesto que su ausencia nos esf- ¡7' o- , ,. . ..
d o lo r o sa . P ero cu a n d o n o se e x p e r im e n ta e s t e d o lo r , a ú n e sta n d o |ión deí mayor Esto es un ataque contra Aristóteles ^sus^ discípu-
en e sta d o d e s e n tir lo , no tenemos necesidad d e l mismo. Pues n o f s , que hacía un análisis demasiado sutil del placer. Hay en griego un
¡luego de palabras sobre peripatéticos.
» Es jñ~terotra fórmula del ;• Epicuro responde conj,a “ ™ LTerfatomo3' V r o el S n í
esto a los Cirinaicos que se osteman que la supiesión del c olor Miento es simple: la sabiduría es la pa* del alma Pero esta Daz tiene ñor
una primera etapa del placer, que es en sí nusmo un «rnovirniemo.. In-*ondician Ia ausenda de dolor W S cu^SS no sufra
mediatamente después critica la teoría platónica de los «p a . ^ e comer p ñ mero Epicui;o no eXalta más el estómago aue el ma
tos.,, que contienen un punto de dolor. El placer es absolutamente puro.., r¡a]¡sm0 exal(a ^
En la práctica,el placer cirmaico exige más que el de Epicuro. un ma condición para la implantación del socialismo. Los dos fragmentos
quete en vez de pan. Siguientes señalan claramente la idea central de Epicuro.
;i
118 ' j 119
I

concierne al placer m oral, su lím ite está en el conocimiento Ningún placer es en sí una cosa mala: .pero en medio de
razonado de los m ism os placeres y de las emociones que les procurárselos algunas veces traen consigo m olestias mayores
están asociados, que causan al espíritu el mayor miedo !9. que los propios placeres 22.
D. P. 8
D P. 18
Si todos los placeres pudieran intensificarse en cuanto a su
Ún tiempo infinito no contiene m ás placer que uno limitado, duración y su actuación sobre el organism o entero o las partes
si se miden racionalm ente los límites del placer 20. esenciales de n u estra naturaleza, no se diferenciarían los unos
de los otros.
D. P. 19 D. P. 9
9

La carne cree que los lím ites del placer son infinitos y pide
Si aquellas cosas que producen los placeres del libertinaje,
u n , tiempo ilim itado para procurárselo. Pero el espíritu, cono­
jpudieran tam bién disipar los terro res espirituales sobre los
ciendo por la inteligencia el bien últim o de la carne y de sus
jfenómenos celestes, la m uerte y sus dolores, y enseñar los lí-
Ningún placer es en sí mism o malo; pero los medios para
>mites de los deseos, no h ab ría por qué censurarlas: pues estarían
lím ites, y habiendo disipado los tem ores sobre el futuro, nos
henchidos de placer y no ten d rían jam ás dolores físicos ni mo­
ofréce la vida com pleta, y no tenem os necesidad de un tiempo
rales, que son el m al de la yida,
infinito; pero el espíritu no evita el placer y, ya que las cir­
cunstancias señalan como inm ediata la term inación de la vida, D. P. 10
r

no se acerca a ella si se le q u itara un maravilloso bien 21. Me dices que el aguijón de la carne te lleva ardientem ente a
los placeres del Amor. Si no infringes le Ley, las buenos cos­
D. P. 20 tum bres, si no perjudicas a tus vecinos, si no haces m al a tu
cuerpo y a tu alim entación, sigue pecando a tu gusto. Pero será
w El placer está doblemente limitado: por el cuerpo y por el espíritu.
Hay un límite por encima del cual el placer no aumenta, aunque puede
casi im posible no encontrarse con uno u otro, de estos obstácu­
ser diversificado. Este límite es para el cuerpo, y para el espíritu. los, pues los placeres del am or jam ás han hecho bien al hom bre.
20; Este principio es importante: sirve para criticar la inmortalidad Muy contento estará si no le causan ningún m a l23.
deseada. ¡
2} Contra los cirinaicos, que mantenía la teoría de la acumulación de ■
los «momentos de placer». Para Epicuro, la carne, que es el cuerpo me­
nos* el alma, puede recibir las sensaciones, pero no razonar sobre ellas. | . ’ ■ Fr. A. 51
Toda sensación es percibida como algo que puede,ser aumentado y pro­ 1 --------------
longado indefinidamente. Es la base del «libertinaje». Pero el espínlu | 22 Estos fragmentos y los siguientes nos presentan la idea de un
sabe que hay un límite para el placer que puede ser alcanzado en el ^cálculo sobre los placeres o una apreciación de los mismos por sus con­
tiempo limitado de la vida. O mejor dicho, el verdadero placer es com­ secuencias. Esta idea es expuesta por Epicuro en los siguientes términos:
pletamente independiente de la consideración del tiempo. El placer del | «Frente a cualquier deseo hay que hacerse esta pregunta: ¿Qué me
sabio es como un bien inmortal. No se ha dejado, cuando se muere, Jsucederá si el objeto deseado se alcanza?;, si no, ¿qué pasará? (Fr. A, 71).
escapar nada. ] 23 Fragmento de una carta a uno de sus discípulos.

120 12 í
No sé cómo concebir el bien, si rechazo los placeres del La au tarquía es la m ayor de las riquezas.
gusto, del am or, del odio, y las emociones agradables que causa Fr* B. 70
a la vista una bella form a.
Nada satisface al hom bre que no se serena un poco.
Fr. B. 10
I Fr. B. 69
Escupo sobre la belleza y sus adm iradores, cuando no pro­
duce ningún placer. El bienestar, la beatitud, no son en absoluto la consecuencia
de la m oderación de los sentim ientos y de una actitud de los
Fr. B. 79
jricos, o de una alta condición, o de los cargos, o de los poderes,
No es el estóm ago el que es insaciable, como se acostumbra
|sino de la ausencia de dolor, de la moderación y de una actitud
a decir, sino la falsa opinión de que necesita cantidades ilimita-
del alm a que im pone los lim ites ordenados por la naturaleza,
das para estar lleno. i _ _
1 ' Fr. B. 85
Fr. A. 59 j
, , ,__„ , . . ? La necesidad es un mal pero no hay por qué vivir baio la
La ataraxia y la ausencia de dolor físico son placeres esta ti- ¡ r J r ^ J
• . , „ , . , ^ ., ., . ¡dominación de la misma,
eos, en cambio la alegría y la exaltación son considerados como j
activos, porque suponen m ovim iento24. j ^
F. B. 1 | Una vida libre no debe ad q u irir m uchas posesiones, ya que
i « estabilidad del bienestar
La ______ j
físico y la esperanza de j
su dura- i es fácil hacerlo sin servidum bre frente a la m ultitud yJ a los
ción, proporcionan al que puede calcularlos exactam ente la más feyeS' SÍn° que deb*’ p 0 r eI conf ari° ’ no Poscer todas las cosas
plena y segura de las alegrías. f una constante abundancia. Y si por casualidad, se obtienen
F r B 11 ?ranc*es posesiones, es m ejor distribuirlas y ganar la gratitud
r autarquía
La , , y la
, libertad
. , ’ jJe sus vecinos.
Fr. A. 67
.Aquel que ha llegado a los lím ites de la vida sabe que, lo í La suerte sólo no estorba al sabio en algunas cosas: en las
que acaba con el dolor físico nacido de la necesidad y que restí- |nás grandes e im portantes la razón ha m andado siem pre y du-
tuye la vida total, es fácil de obtener: po r lo tan to no hay ne* ?rante toda la extensión de la vida m anda y m andará,
cesidad de acudir a acciones que im pliquen lu c h a 25. | D, P. 16
D. P. 21 | Es inútil pedir a los dioses lo que ei hom bre puede con­
seguir p o r sí mismo. 1
La pobreza cuando se orienta al fin de la naturaleza es una
Fr. A. 65
gran riqueza, pero la riqueza sin límites es una gran pobreza.
F r A 25 ;í sabio, como está habituado a la pobreza, sabe m ejor d ar
----------,__ ;que recibir: tan grande es el tesoro de la autarquía que ha
24 Epicuro opone su doctrina a la de los CirenaicQS. encontrado.
3$ La idea esencial es que hay que evitar las luchas ¿ara conseguir un j _
puesto importante en la sociedad o el poder político (ver L. II, 16-53; L. V) j Fr. A. 44

122 123
>
I
La naturaleza bienaventurada e inm ortal no conoce el temor '■ Pues la violencia y el desafuero cogen entre sus m allas al que
y ni) se lo causa a otro, de m anera que ni la cólera ni la con* los comete, y por lo com ún rebotan sobre aquel de quién han
descendencia le estorban jam ás, pues estas cosas son propias partido; y no le es fácil vivir con placidez y sosiego al que con
de la debilidad 2i\ actos viola el pacto de la paz social; pues aunque escape a la
D. P. I vista de los dioses y los hom bres, debe en secreto desconfiar
El m ayor fruto de la autarquía es la libertad. de que así sea siempre. .
Fr. A. 77 L. V. 1152-1157
La a m ista d 28
Ni la posesión de la riqueza, ni los honores, ni el respeto ¡
de ,1a m ultitud, ni todo aquello que está unido a los deseos De todas las cosas que la sabiduría perm ite adquirir para
sin lím ite pueden poner fin a la inquietud espiritual o pro­ procurarse un bienestar para toda la vida, la más im portante
porcionar alegría. es, sobre todas, la am istad.
Fr. A. 81 D. P. 27
La in ju sticia 31
Toda am istad es buena jpor sí misma, aún cuando parte de
La injusticia no es mala en sí m ism a: no es un mal sino la necesidad de ser socorrida.
porque se tem e no poder escapar de aquellos que están encar­ Fr. A. 23
gados de castigar tales atentados. No es tanta la ayuda que nuestros amigos pueden darnos
D. P. 34 como nuestra confianza en ella.
Es im posible p ara aquel que contraviene un contrato secre­ Fr. A. 34
tam ente no ser descubierto. Incluso cuando se escapara mil La am istad baila alrededor del m undo gritándonos a todos
veces,, h asta la hora de la m uerte, no estaría seguro de haberlo
que despertem os a la felicidad,
conseguido verdaderam ente. Fr. A. 52
1 D. P, 35
El alma noble se ocupa de la sabiduría y de la am istad: la
tín hom bre que causa miedo no puede ser indenm e al mismo. prim era es un bien m ortal, la segunda inm ortal.
Fr. 84 Fr. A. 78
La m uerte 1
“ Este es el primer precepto.
27 Ni la justicia ni la injusticia existen por sí mismas. No tienen sen­
tido, sino en razón a la seguridad. Se puede admitir que el placer sea A costúm brate a pensar que la m uerte no es nada para nos-
amenazado por una injusticia. Pero como existen contratos y sanciones
contra quien los viole, nunca se está seguro dé no ser cogido. No se al­ Epicuro, severo para el amor, exalta la amistad. Sin ningún altruis­
canza, por tanto, la seguridad. La teoría es enteramente cínica y concuer­ mo, la amistad satisface una necesidad. Cada uno debe cultivarla por su
da con toda la sociología epicúrea, en la que los principios esenciales son propio placer. En una forma de seguridad frente a los demás, nuestros
el miedo y la voluntad de escapar al mismo. Hobbes evocará, una vez am igos nos protegerán. 0-
más, este tema. ^
125
124
oíros. Pues todo bien y todo mal residen en la sensación, y
.en la privación de ella. El conocim iento de esta verdad, que
la m uerte no nos supone nada, nos hace capaces de disfrutar
de esta vida m ortal, no porque le proporcione una duración
infinita, sino porque nos quita el deseo de inm ortalidad. No
, hay nada tem ible en la vida p ara aquel que ha comprendido
que nada tem ible hay en el hecho de no vivir. Se pronuncian
palabras vacías1 cuando se dice que se tem e la m uerte, no
porque- será dolorosa cuando llegue, sino porque es doloroso
esperarla. Sería éste un tem or vano, porque estaría produ­
cido p o r la espera de una cosa, actual y real, que no causa
mal alguno. Así la m uerte, vista como el más terrible de les
males, no es nada p ara nosotros, ya que, m ientras vivimos no
es nuestra com pañera, y cuando llega, ya no existimos: para los
prim eros no existe, para los segundos tampoco.
Pero la m uchedum bre, tanto huye de la m uerte como eí
m ayor de los males; tanto la desea como rem edio a las fatigas
de la vida. El sabio no quiere elu d ir la vida!, ni teme su fin,
pues la vida no le ofende, ni su ausencia Je parece mal. E igual
que en lo que concierne a su alim entación, no busca la parte
más grande sino la más agradable, lo mism o no pretende dis­
fru ta r del período más largo de tiem po, sino del más agradable.
Y a'quel que aconseje al joven vivir bien y al viejo acaba
bien es estúpido, no sólo por que la vida es deseable, sino
tam bién porque es el mismo entrenam iento el que les enseña
a bien vivir y bien m orir. Y bien tonto, po r tanto, es aquel
que* dice que lo m ejor es no nacer, o «una vez nacido, apre­
surarse' para llegar a las puertas de la m uerte». Pues si lo dice
por convicción, ¿por qué no se quita la vida? Le sería agradable
hacerlo. Si lo dice por juego, habla en vano en medio de hom­
bres que no le com prenden.
Recuérdese que el futuro no nos pertenece y que al mismo
tiempo tam poco nos es com pletam ente extraño, p ara que no

126
lo esperem os ni tam poco perdam os la esperanza de su llegada.

] Carta a Meneceo, 124-127

j ...Y ex tirpar aquel tem or del A queronte que enturbie en


I sus m ism as raíces la vida de los hom bres, ensom breciéndolo todo
j con el negro tem or de la m uerte y sin dejarnos un solo gozo
| límpido y puro.
| Pues las jactancias usuales de ¡los hom bres, de que la en-
; ferm edad y la deshonra son m ás de tem er que la tartárea
| m ansión de la m uerte, y que ellos saben que la sustancia del
| alm a está form ada de sangre, o tam bién de viento si así se
í les an to ja decir, y que en nada necesitan de n u estra doctrina,
■]todo ello m ás es vanagloria que convencimiento real. Y te lo
j dem ostrará lo siguiente: estos mism os hom bres, si son des-
! terrados de su patria, proscritos de la sociedad, m arcados con
¡ estigm a infam ante, en una palabra, afligidos por todas las mi-
■jserias, viven, a pesar de todo, y a cualquier lugar que su des-
] gracia los lleve, sacrifican a los m uertos, inm olan negras ovejas,
i dirigen ofrendas a los Manes; y cuando más am argos sus males,
i con m ás celo aplican su espíritu a la religión. Por esto, en
¡m om entos de crisis y peligro es cuando hay que juzgar a un
j hom bre, y la adversidad nos da a conocer su carácter; pues
(entonces son sinceras las voces que bro tan del fondo de su
!pecho; se arranca la m áscara y queda la realidad.
i En fin, la codicia y la ciega am bición de honores, que fuer-
izan a los m íseros hom bres a violar las fronteras del derecho y
ja veces, haciéndose c ó m p lic e s^ ”se^r^x3or^'H eF crim ra7^"^sfor^
Izarse día y noche con em peñado trab ajo p a r a e s ^ a r e T “p o ^ r r '
í tales llagas de la vida en no pequeña p arte son alim entados
ipor el tem or a la m uerte. Pues el desprecio infam ante y la am ar­
g a pobreza se cree com únm ente que son incom patibles con la
!dulzura y estabilidad de la vida, y parecen como una dem ora
MNHa

ante el um bral de la m uerte; así Jos hom bres en su afán de


escapar de estos m ales y rechazarlos muy lejos, impelidos por
un vano te rro r, am asan riquezas con sangre ciudadana y mul­
tiplican’con avidez su caudal, acum ulando crim en sobre crimen;
gozan, crueles, con el triste funeral de un herm ano, y odian
y tem en a la vez la hospitalidad de los parientes, '
De sem ejante m anera y po r efecto del mismo tem or, Ies
corroe a m enudo la envidia. Se afligen de ver ante sus ojos la
potencia de uno, la consideración de otro, que aparece aureo­
lado de honor, m ien tras ellos se revuelcan en tinieblas y cieno;
a algunos les cuesta la vida su am bición de estatuas y renombre.
Y a veces el tem or a m o rir inspira a los hum anos un odio tal
a la vida y a la vista de la luz, que con el pecho afligido se dan
ellos mism os la m uerte, olvidándose de que el miedo a ella
es la fuente de todas sus cuitas; a uno le induce a m altratar
el pudor, a o tro a ro m p er los vínculos de Ja am istad y, en
sum a, a d errib ar todo sentim iento piadoso. Pues hom bres ha
habido ya que han traicionado a su p atria y a sus padres que­
ridos, p ara evitar las cavernas del Aqu^ronte. Porque tal como
los niños tiem blan y de todo se espantan en las ciegas tinie­
blas, «así a m enudo n o s^ro F lT n la luz tenem os cosas que en
nada son m ás espantables que las que en la -oscuridad temen
los n iños e im aginan inm inentes.
E ste terror, y estas tinieblas del espíritu necesario es que
las disipen, no los rayos del sol ni los lúcidos dardos del día,
sino la contem plación de la naturaleza y la ciencia.
L. III. 37-93
La -m yuerte
1I - I ■inm ortal■ II
.......- o «

N ada es, pues, la m uerte y en nada nos afecta, ya q ue en­


tendem os ser m ortal la su stancia del alma. Y así como en el
pasado ningún dolor sentim os cuando los cartagineses acudie-

128
\ ron en son de guerra por todos lados, y pavoroso estrépito de
| guerra sacudió el m undo, erizado de horror, bajo las altas
; bóvedas del éter, y suspensos se preguntaban los hom bres en
tierra y en m ar; así, cuando ya no existam os, consum ado el
divorcio del cuerpo y del alm a, cuya trabazón form a n uestra
1individualidad, nada pod rá sin duda acaecem os, ya que no exis­
tirem o s, ni m over nuestros sentidos, nada, aunque la tie rra se
1confunda, con el m ar jT eT m aF^on^e^^
]de la m uerte recogiera el tiem po n uestra m ateria y la ensam ­
b la ra de nuevo tal como está áhora dispuesta, y nos fuera dado
Icontemplar o tra vez la luz de la vida, nada tam poco nos im-
jportaría este suceso, habiéndose roto una vez la continuidad
¡de n uestra conciencia. Tampoco ahora en nada nos. atañe lo
jque anteriorm ente fuim os, y ninguna congoja nos produce
^nuestro ser anterior. Pues si consideras la inm ensidad del tiempo
basado y cuán varios son los m ovimientos de la m ateria, ven-
Idrás fácilm ente a creer que estos mism os elementos de los que
lahora constam os, estuvieron m uchas veces en el pasado en el
fnismo orden que ahora; sin embargo, nuestra m ente no alcanza
'% rem em orar este estado; pues hubo en el intervalo una pausa
|n nuestra vida y todos los movim ientos se extraviaron, p er­
diendo su vinculación con los sentidos. Pues si alguien debe
|u frir en el futuro m iseria y dolor, necesario es que exista él,
..ün persona, entonces, p ara que pueda alcanzarle la desdicha.
Como la m uerte suprim e esta posibilidad e im pide existir al
jujeto a quien puedan caber tales infortunios, podem os de ello
Jed u cir que nada hay que tem er en la¡ m uerte, que quién no
ixiste no puede caer en desdicha, y que no im porta que uno
4 aya n acido o no nacido' en algún tiempo, cuando la m uerte
nm ortal le ha robado la vida m ortal.
j Así, cuando veas a u n h ^ b r e 'T a m e n ta r s e de su destino,
Jor h aber de pudrirse en el sepulcro después de la m uerte, o
desaparecer en las llam as o entre las m andíbulas de las fieras,
I
I 129
í
puedes pensar que algo falso suena en su voz y que un oculto | cuerpo no esté m arch ito p o r los años ni languidezcan, cansa-
aguijón se esconde en s» pecho, po r m ás que afirm e no .j dos, tu s m iem bros, te aguarda siem pre lo m ism o, aun cuando
creer que subsista el sen tir después de la m uerte. .Pues, creo I vencieras ^eijjongevidad a todas las generaciones, m ás todavía,
yo, no da lo que prom ete ni dice sus razones: incapaz de arran­ 1 aun cuando nunca tuvieras que morir».
carse de la vida y de co rta r sus raíces, hace, sin saberlo, que í ¿Qué contestar, sino que es ju sta la querella que la Natu-
una parte de sí sobreviva. E n efecto, cuando en la vida se j raleza nos hace y que sus palabras defienden la* causa de la
’j verdad?
imagina que su cadáver h a de ser desgarrado po r las aves y las
fieras, se compadece de sí mismo. Porque no se ve distinto de ■\ Hace falta que crezcan las nuevas generaciones, las cuales
aquél, ni se re tira b astan te de su cuerpo caido, y se figura j sin embargo, seguirán en pos de ti, una vez cum plida su vida;
que .él es todavía este cuerpo y, sin moverse de su lado, le i y no menos que tú perecieron las anteriores y seguirán pere­
presta su propio sentim iento. Por esto se .indigna de h ab er sido cí ciendo. Así los seres van naciendo incesantem ente el uno del
creado m ortal y no ve que en la m uerte real no existirá otro | otro; la vida a nadie se da en propiedad, a todos en usufruc-
«él mismo» que pueda vivir p ara llorar su propia m uerte y que­ jto. M ira tam bién hacia atrás, los siglos infinitos que nos pre-
darse de pie ju n to a su propio cuerpo yacente, sufriendo de |cedieron, ¡cuán poco significan para nosotros! Pues bien, en
verlo desgarrado y quem ado. Pues si en la m uerte es u n mal ¿ellos la N aturaleza nos ofrece como un espejo del tiem po fu-
servir de pasto a las fieras, no encuentro que sea m enos amar­ ituro, que seguirá a n u estra m uerte. ¿Aparece en él acaso algo
go que te pongan en la p ira y te tuesten las ardientes llamas, jhorrible, algo som brío? ¿No es m ás seguro que cualquier sueño?
o te envuelvan en la nnel y te ahoguen, o extendido sobre el ) Y ciertam ente, las cosas, cualesquiera que sean, que dicen
frío m árm ol te dejen helar, o te oprim a y aplaste el peso de ¡haber en el profundo Aqueronte, las hallamos todas en la vida.
la tierra que te echan encim a... ;E1 desdichado Tántalo no teme. Helado en vano espanto, como
Si de repente la N aturaleza alzando la voz increpa así a al­ ¡es fama, la inteligente roca suspendida en el aire sobre su
guno de nosotros: «¿Qué grave cosa te ocukre m ortal, para cabeza29; es más bien en vida que los m ortales son presa
entregarte a llanto tan estrem ado? ¿A qué esos gemidos y jdel te rro r a los dioses y del tem or al golpe que a cada uno puede
lloros p o r la m uerte? Pues si grata te fue la vida an terio r que jtraer el destino. Los b u itres no atacan tam poco a Ticio, tendido
has pasado, si no se te escurrieron sus placeres antes de gozar- pn el Aqueronte; ni podrían seguram ente encontrar en un vasto
los, como derram ados en un vaso roto, ¿por qué no te retiras, Ipecho nada que escudriñar, durante toda la eternidad. Por
convidado ahito de la vida? ¿P or qué, necio, no te acoges de ¡enorme que fuera la extensión de su cuerpo yacente, aunque sus
buen grado a u n seguro reposo? Y si derram ándose agostóse ya m iem bros extendidos cubrieran, no ya nueve yugadas, sino el
la fuente de todo deleite, y la vida te disgusta, ¿p o r qué quieres orbe entero de la tierra, no podría con todo tolerar u n eterno
añadirle todavía algo, que h a de perecer a su vez m alam ente y dolor ni ofrecer su propio cuerpo en pasto inextinguible. Pero
m architarse en vano? ¿No es m ejo r po ner térm ino a tu vida
29 Hay dos versiones sobre el suplicio de Tántalo. La de Homero mos-
y tu fatiga? Pues im aginar e inventar algo nuevo que te plazca, jtrando a Tántalo torturado por el hambre y la r.ed en medio de manja­
ya no puedo: las cosas son siem pre las m ism as. Aunque tu jadopta. res y bebidas inaccesibles, y la de los trágicos y los líricos que Lucrecio
;
130
prende la causa de su mal; si bien lo viera, dejándolo todo,
Ticio £S tá aquí, den tro de nosotros: es el qué está postrado de
aplicaríase prim ero a estudiar la N aturaleza, pues lo que se dis­
am or, al que despedazan los b u itres y devora una ansiosa con­
cute ^no es
wwwaw lap«iwcondición
^>wiir> ni>
»nvn¿»i de u n a hora, sino la11—
de .......
la eternidad
. ...
goja,, o desgarra el cuidado de cualquier o tra pasión. También
j jen que han de p asar los m o rtajes todo el tiem po que les queda
a SíSifo tenem os en la vida y ante nuestros ojos: sediento de
1 después de la m uerte.
solicitar del pueblo los fasces y las 'h ach as crueles, y retirán­
j En fin, ¿qué inm oderado y funesto afán de vivir nos fuerza
dose siem pre triste y vencido. Pues solicitar el poder, que es
j a tem blar de este modo en tan dudosos peligros? El fin de la
vano y jam ás se consigue, y sufrir siem pre duro trab ajo por
i vida está, en verdad, fijado a los m ortales, y nadie se escapa
lograrlo, esto es em p u jar con ahinco m onte arrib a una peña
I de com parecer ante la m uerte. Por lo demás, giram os y per-
que, 'ai llegar a la cima, rueda abajo o tra vez y se precipita
í manecemos siem pre en el m ism o círculo, y ningún nuevo placer
h acia'el llano jfAdemás, estar apacentando siem pre los deseos de
¡nos forjaríam os viviendo m ás tiempo. Pero, m ientras nos falta,
nues.tra alm a ingrata, colm arla de bienes sin saciarla nunca,
el bien que deseamos nos parece superior a los demás; con­
como hacen con nosotros las estaciones del año, al volver siem­
seguido, suspiram os p o r otro, y la m ism a sed de vida nos
p re y*traernos sus productos y deleites diversos, sin que jamás
m antiene siem pre anhelantes. Dudosa es la suerte que nos
nos saciemos de los frutos de la vida, esto es, a m i entender,
¡traiga la edad venidera, qué nos depare el azar y qué fin nos
lo qué simbolizan las doncellas de la edad florida echando agua
^aguarde. Y tam poco podem os, alargando la vida, ro b ar un ins-
en un vaso agujereado al que no hay medio alguno de colmar
|tan te a la m uerte, para abreviar quizá el tiempo de nuestro
jam ás... ¡aniquilamiento. P or tanto, pued^^V ívir^antos^i^loT 15om ^qIjie^
Si pudieran los hom bres, así como sienten en su alm a un
¡ras; no por esto la etern a m uerte dejará de aguardarte y no
peso cuya opresión les fatiga, conocer tam bién la causa de
1durará menos- eí no ser p ara éste que hoy tfejó la luz de la
ello v de dónde viene esta mole tan grande mal que aplasta su jvida, que para aquél que cayó m uchos meses y añ’os atrás.
pecho, no vivirían así, como vemos com únm ente, sin saber
lo qüé desean y buscando siem pre cam biar de lugar, como si | L. III. 830-833; 931-951; 969-1010; 1051-1094
pudieran deshacerse de su carga. A m enudo sale uno fuera ¡La vida y la m uerte
de su palacio, porque siente hastío de su casa, y vuelve de 1-------- ------ --------------- —
repente, no sintiéndose en nada m ejorado fuera de ella. Corre j Así se sostiene con resultado indeciso la guerra em peñada
después a su granja, espoleando sus potros en precipitada ca­ jdesde tiem po infinito por 1<}S principios prim eros. O ra aquí, ora
rre ra , como si volara en socorro de su casa incendiada; ál iallí vences las fuerzas vitales; después son vencidas. Con los
p isar el um bral de la quinta, bosteza de pronto, o se refugia, plañidos fúnebres se mezcla el vagido que elevan los recién
cansado, en el sueño, buscando el olvido, o incluso se apresura nacidos al ver las riberas de la luz: ninguna noche siguió al
en volver a la ciudad. Es así como cada uno huye de sí mismo; día, ninguna au ro ra a la noche, que no oyera, mezclado con
MwrMwiMiinin iir Tiininr ririn>n:r-viT-j --,f ii— i‘i" rvniiiTi~r"'i" i~«i“" “ v m i

pero, incapaz de ello las m ás veces, queda a su pesar enca­ lloros de niños, el am argo llanto que escolta a la m uerte y al
|lT[rfl‘rf>>ir»i Tntfnrt-n>lT«^~if>*»i,»n~iriir<r,iriirnrr»-iT~1~T'~-|-'----- i-i-ifiTmffmTriri-Tirrrni*—m rrrirrrT m 'jrTr'T,mTThr"——

denado a este sí m ism o, y lo odia, porque, enferm o, no com­ l . I I . 573-580


Primera aparición en la literatura latina del mito de las Danaidas.
133
Aforism os sobre la m uerte

. La m uerte no es nada p ara nosotros: pues lo que se disuelve


deja de sentir, y lo que no trae consigo sensaciones no es nada
para nosotros.
D. P„ 2
-o
Todo el m undo deja la vida como si apenas acabara de nacer.
Fr. A. 60

F rente a todo lo demás, es posible alcanzar la seguridad, pero


frente a la m uerte, nosotros, los hom bres, vivimos en una ciu­
dad sin m urallas.
Fr. A. 31

Nacemos una vez, no volveremos a hacerlo, no seremos más,


por toda la eternidad. Pero tu, que no eres el amo del mañana,
busca tu bienestar. La vida se pierde en entregas al día si­
guiente, y cada uno de nosotros m uere sin haber conocido el
ocio.
Fr. A. 14

Todo degenera poco a poco y va de cabeza al escollo, ago­


tado p o r la larga carrera de la vida.
L. II. 1173-74
Los dioses ^

Persuádete, prim eram ente, que un dios es un animal indes­


tructible y gozoso según la creencia com ún que sobre ellos está
gravada en t i ; . no le atribuyas nada distinto de esta indestruc­
tibilidad, nada que esté en desacuerdo con su beatitud; pero
creo en todo aquello que puede asegurar la beatitud que acom­
paña a la indestructibilidad. Hay dioses: el conocimiento que

134
| se tiene de ellos es un conocimiento basado en la evidencia 31.
4 Pero no son, en absoluto, como la m ultitud cree que son. El
| impío no es el que niega a. los dioses, sino el que les aplica
| las creencias populares. Las afirm aciones del pueblo sobre los
| dioses no son nociones32, sino suposiciones falsas según las cua-
j les Jos m ayores males son enviados po r los dioses a los malos
\ y las bendiciones a los buenos. Pero los hom bres, habituados
] a sus virtudes particulares, no aceptan a los dioses que se Ies
j parecen y m iran como absurdo todo lo que no se les parece.

j Carta a Meneceo, 12.2-124


t

i Pero todo esto, por bello y bien ideado que sea, está, sin
j em bargo, muy lejos de la verdad.
I Pues es necesario que todo ser divino goce por sí mismo de
¡vida eterna, en la paz más profunda, separado de nuestras
;cosas, retirado muy lejos; porque, emento de todo dolor, exento

; 31 Existen los dieses, ya que iodos los hombres tienen una percepción
!común, sen conocidos por los simulacros que emiten. Marx señala a este
i propósito:
j «Se han ridiculizado los.dioses de Epicuro, o.ue semejantes a los hem-
'b res habitan en los intermundos del mundo, que no tienen cuerpos, sino
j cuasi-cuerpos, que no tienen sangre, sino cuasi-sangre, y que estáticos en
¡una fcienaver.turosa calma, no atienden a ninguna súplica, no se preocupan
i ni de nosotros ni del mundo, y que no son venerados por interés, sino
j por su belleza, su majestad y su naturaleza excelente.
| Estos dioses no son una invención de Epicuro; son los dioses plásticos
jdel arte griego La calm a... La estima teórica es un elemento importante
jdel carácter de estas divinidades griegas, como el mismo Aristóteles dijo:
{"Lo mejor no tiene necesidad de acción, pues tiene en sí mismo su pro-
Ip’o fin".» (Óeuvres phit'osophiquas, París, A. C ostes, 1927, T. I., págs. 31-32).
1 En resumen, Epicuro ha establecido dos tipos de sabio: el primero es
ici átomo, modelo de autarquía y autonomía. El segundo es el dios,
i 32 Sólo la noción es un elemento de conocimiento verdadero, porque
¡nace del aflujo continuo de sensaciones, La teoría epicureana del concci-
¡miento, y especialmente de la imagen mental, obliga a Epicuro, lo mismo
¡que a Lucrecio, a reducir la imagen de los dioses a su existencia objetiva.
jPero esta concepción es prácticamente igual a la del ateísmo: suprime
Ha oración y el culto.

135
i
i
I
I
*
.i
¡]
i
de peligros, fuerte en sus propios recursos, sin necesitar de
nosotros, ni se deja cap tar p o r beneficios ni conoce ,1a ira.
L. II. 644-651
Los dioses extranjeros al m undo

•Es igualmente increíble que las sagradas m oradas de los dio­


ses estén situadas en alguna p arte del mundo. Pues la sustancia
divina es muy tenue, muy lejos del alcance de nuestros sen­
tidos, y apenas cognoscible a la m ente. Y como escapa al con­
tacto y al golpe de las manos, no debe tocar nada que sea
tangible p ara nosotros. Pues es incapaz de tocar lo que sea en
sí m ism o intangible. Por tanto, tam bién sus sedes deben ser dis­
tintas a las nuestras, sutiles como los cuerpos mismos; lo cual
te 'dem ostrará m ás tarde con abundantes razones.
■ Decir, po r o tra parte, que en (interés de los hom bres los
dioses quisieron crear esta esplendorosa naturaleza del mundo;
que por esta razón es ju sto alabarlo como una m eritoria obra
divina y creerlo eterno e inm ortal; que este m undo, edificado
po r antiguo designio de los dioses en favor de la raza humana
y fundado en la eternidad, es sacrilego quererlo conm over de
sus cim ientos p o r fuerza alguna, o atacarlo de palabra, y sub­
v ertir el universo entero desde sus bases; im aginar estas cosas
y d tras del mism o tenor es, Memmio, pura-locura. Pues, ¿qué
provecho puede n u estra gratitu d ap o rta r a unos seres inmorta-
les y felices Dara inducirlos a hacer nada en nuestro interés?
O vOué novedad puede haberles tentado, después de estar
tranquilos tanto tiem po, a cam biar su vida anterior? Pues para
que tenga aliciente la novedad, parece necesario que lo antiguo
produzca disgusto; más, a quién n inguna pena sufrió en el
tiem pcTpasado y ha gozado de una vida dichosa, ;q u é pudo
enqendcrle tal ansiedad de cambio? Y p ara nosotros, ¿qué mal
había en no haber sido creados?...
I Además, ¿de dónde les vino a los dioses el m odelo p ara crear
* e* m undo y la idea m ism a del hom bre, p ara saber y rep rcsen-
-
í,l
tarse en su ánimo lo que querían hacer? Y ¿cómo conocieron
wWW1II I « W trM M iW u s'N W O w IM * ,fin K W M (•■V.MVUaV*'»- > < 1W«4>»*!#%!¥.<fcWW*XW$e*te«tWe«XMWKH9?»

í vír t udes de los cuerpos prim eros, y lo que éstos eran capaces
| de hacer al perm utar su orden, si la Naturaleza m ism a noles*
•( rtrmwtilurmi TTJJÉ i .i. jT im i« in j i-nArr/ _ru I .ii.l« u u « iriii n.u*riuj.mn.r nnirwu irm^rriirwtrtíiteJtr-ri^-wM.N^ww^rw.ií;*

I dio la idea de la creación? 33.


i L, V. 146-147; 181-186
]
' Los dioses y la N a turaleza^

Si te has penetrado bien de estas verdades, al punto de la


; ^Naturaleza se te aparecerá libre, exenta «de soberbios tiranos',"”*.
JW m w w w w iw i I tih 'i 1* ipwwiii 11fi í* 1•> w / w «ix.gnvpruvttf» wMir> v*i.<g wy»ki>»«

| obrando por si sola, espontáneam ente, sin p articipar de los dio-


i ses. Pongo por testigos los sagrados espíritus de los dioses, que
j en paz inalterable pasan su plácida existencia, y su vida serena:
quién es capaz de regir la suma del infinito, tener en sus .
¡ m anos y gobernar las poderosas riendas del abismo, quién pué-
! de hacer girar de concierto todos los cielos, calentar todas las
i tierras feroces con los fuegos del éter, estar presente en cada
j lugar y a cada m om ento, atento a producir tinieblas con las
i nubes y estrem ecer con estruendo los serenos espacios del cielo
j o bien a disparar rayos que á veces derriban los propios tem plos
j de los dioses y, retirándose al desierto, ensañarse co n tra él
m anejando este dardo, que a m enudo pasa de largo ante los
j culpables y quita la vida sin razón a hom bres inocentes?)'
] ; L. II. 1090-1104

¡ A3 El argumento es clásico en el epicureismo: sólo se puede tener co-


¡ nocimiento de lo que existe. Es la esencia misma del materialismo: el co-
j nocimiento no precede jamás a I?. existencia; la sigue. Ver: Ludwig Feuer-
| bach en C, M arx y F. E nglls : Etud.es philosophiques, E. S. I., págs. 23-24,
; 3935, donde E ncels señala q i;• la idea de la creación es fundamental para
; el idealismo, mientras que <..1 materialismo establece la primacía de la
i naturaleza.
Las dioses y el mal.

No es difícil ah o ra explicar la causa de que entre las gran-


des naciones se divulgara la idea de divinidad, de que las ciu­
dades se llenaran de altares y se establecieran los solemnes ritos
que ahora florecen en las grandes ocasiones y en lugares fa­
mosos; de donde aún hoy un religioso tem or está enraizado
en los hom bres, el cual les hace levantar po r todo el orbe de
la tierra'nuevos santuarios a los dioses y les im pulsa a llenarlos
en los días festivos.
E n efecto, ya en aquella época los m ortales veían en su ima­
ginación, aún estando despiertos, egregias figuras de dioses, do­
tadas, sobre todo en sueños, de un cuerpo gigantesco. A estas
figuras les atrib u ían un sentim iento, pues parecían m over sus
m iem brós y pronunciar palabras altivas,’adecuadas a su herm o­
so sem blante y fuerzas desm edidas. Y les suponía una vida
eterna, porque sin interrupción se sucedían las, imágenes cuya
figura súbsistía siem pre la misma; y, sobre todo, porque, do­
tados de fuerzas tan grandes, no los créían fácilm ente dome-
ñables por ningún o tro poder. Por esto los creían m uy superio­
res en dicha a los dem ás, porque el tem or de la m uerte no
turbaba a ninguna de ellos, y tam bién porque en sueños les
veían hacer m uchos prodigios sin que les costara fatiga alguna.
Por otra parte, observaban el sistem a del cielo y su orden
preciso y la sucesión de las varias estaciones del año, sin poder
averiguar p o r qué causas se hacía. Así, no tenían otro recurso
que rem itirlo todo a la acción de los dioses y hacer que todo
girara a. una señal suya. Pusieron en el cielo las sedes y pala­
cios divinos, porque en el cielo vemos g irar ^1 sol y la luna,
la luna, el día, la noche y sus signos solemnes, las teas erra­
bundas del cielo nocturno y las llamas volantes, nubes, sol,
lluvias, nieve, vientos, rayos, granizo, los súbitos rugidos y am e­
nazantes m urm ullos del trueno.

133
¡Oh linaje infeliz de los hom bres, cuando tales hechos atri­
buyó a los dioses y los arm ó de cólera inflexible! ¡Cuántos ge­
midos se procuraron entonces a sí mismos, cuántos m ales a
nosotros, cuántas lágrim as a n uestra descendencia!
No. ..consiste la piedad en dejarse ver a cada instante, velada
la cabeza, vuelto hacia u n a piedxa^rü ^en;acercarse'a~to¡3os Tos
altares, ni en tenderse postriado po r el suelo y extender las
palm as ante los santuarios divinos, ni en ro ciar las aras con
abundante sangre de víctim as, ni en enlazar votos con votos,
sino m"nás
....'l,,-ir,IÍM '"fl" bien en
‘ ser
1T"n"-icapaz de m irarlo
1■
■ todo
r~- nrtmnrnr—--ir- con
~t rmn.i.ente serena.
jmiriTjiini r
Pues cuando, levantando los ojos, contem plam os las celestes
bóvedas de este m undo inm enso y el éter claveteado de b ri­
llantes estrellas, y nos ponem os a pensar en el curso del sol y
la luna, entonces una congoja, que otros males habían ahogado
en nuestro pecho, se despierta e intenta levantar la cabeza,
preguntándose si por ventura no hemos de co n tar con un poder
infinito de los dioses, capaz de hacer girar los cándidos astros
en varía carrera. Pues la carencia de explicación tien ta nuestro
espíritu vacilante y le hace preguntarse si este m undo tuvo na­
cim iento y si ha de ten er fin, y h asta cuando las m urallas del
m undo podrán resistir la fatiga de este m ovim iento silencioso;
o si, dotado p o r los dioses de existencia sem piterna, podrá
seguir deslizándose en el perpetuo decurso del tiem po y desa­
fiar las robustas fuerzas de la edad inconm ensurable.
Además, ¿a quién no contrae el corazón el tem or de los
dioses? ¿A quién no se le hielan de pavor los m iem bros cuando
retiem bla la tierra abrasada por el horrible golpe del rayo, y
sordos bram idos recogen el vasto cielo? ¿No se estrem ecen
pueblos y gentes? Los soberbios reyes, ¿no sienten sus miem­
bros encogerse de te rro r religioso al p en sar que ha llegado
quizá el m om ento tem ible de expiar sus actos crim inales, sus
palabras insolentes? Y cuando la suprem a violencia del furioso

139
viento b a rre en la llanura del m ar al alm irante de una flota,
ju n to 'con sus bravas legiones y elefantes ¿no acude con votos,
pávido, a los dioses, no im plora1la paz de los vientos y brisas
favorables? E n vano; pues m uchas veces, arrastrad o p o r violen­
to torbellino, no le salvan sus plegarías de enco n trar la m uerte
en los escollos. Tan cierto es que algún poder oculto aplasta los
hum años des'tinos y parece com placerse en pisotear con ludi­
b rio íós bellos fasces y las crueles segures.
Finalm ente, cuando bajo los pies la tie rra entera retiem bla
y las ciudades, sacudidas, caen o am enazan desplom arse, ¿qué
m aravilla que el hum ano linaje se tenga en poco y reconozca
la gran potencia y asom broso poder de los dioses, capaces de
gobernar el universo?
L. V. 1161-1240 •
La ataraxia y la ciencia

Si nos convencemos que un fenómeno pueda, adem ás de una


causa cierta, tener aún o tra, que b asta al mism o tiem po para
asegurar la ataraxia, este m ism o conocim iento de una pluralidad
de explicaciones nos p ro cu rará la ataraxia lo mismo que si su­
piéram os que el fenómeno tiene lugar p o r tal o cual razón
31 Es la idea esencial de la pluralidad de explicaciones. Lo esencial es
saber que los fenómenos terroríficos tienen una causa natural: todo te­
rror es, en consecuencia, suprimido. Se tiene ataraxia. Pero para llegar
aquí se pueden establecer varias explicaciones que deben obedecer a dos
condiciones: ser estrictamente naturales, no ser rechazadas por los envíos
sensibles. Esta contingencia teórica es característica del epicureismo. Se
encontrará un ejemplo sorprendente en la teoría de los eclipses. (Carta a
Pitocles, 96, y en Lucrecio, V. 751 y siguientes.) El eclipse de sol puede
estar producido por el paso de la luna entre el cielo y la Tierra; pero
igualmente puede deberse al paso de otro cuerpo o la extinción momentá­
nea de los rayos solares.
Este contacto entre la ciencia y la sabiduría es quizá la más importante
leccióri del epicureismo. Si el hombre quiere ser libre, no la encontrará
más que en el conocimiento, capaz de descubrir un mundo sin demonios,
sin fantasmas. Por esto es bueno investigar en un texto semejante, que
puede parecer bastante particular. Estas líneas son la clave de su doctrina,
fr
140

I
La reflexión m ás im portante en este orden de cosas, es, en
general, que el m ayor tem or que el alm a puede sentir pro­
viene, en prim er lugar, de que se considera a los astros como
seres bienaventurados e inm ortales, y a su vez se les atribuye
voluntad, acciones y operaciones opuestas a la bienaventuranza
y a la inm ortalidad; y en segundo lugas, se tem e continua­
m ente, como seguro o como posible, a algún poder eterno y te­
rrible, tal como se encuentra en las fábulas populares, que
hace referencia incluso a la m uerte, como si fuéram os a sen­
tirla; probando estas afecciones, en consecuencia, no opinio­
nes m aduras, sino im aginaciones sin razón, de m anera que, cuan­
do no se ha definido lo que es de tem er, se vuelve a sentir
igual o más turbación <Jue aquellos que tien ejj^u sta opinión de
las cosas temibles: La ataraxia cpnsiste en estar libre de estos
tem ores, conservando constantem ente el récuerdo de las visio­
nes y las doctrinas principales que hemos enseñado sobre la
naturaleza.
Carta a H erodoto, 80-81

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