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OSVALDO SORIANO (Mar del Plata, 1943 - Buenos Aires, 1997).

Narrador y periodista argentino que reflejó con irónica objetividad la


realidad de su país. Pasó su infancia y adolescencia en su ciudad
EL CASO ROBLEDO PUCH
natal y en las provincias de San Luis y Río Negro, cuyos paisajes
evocaría en su obra y en sus columnas periodísticas. Fue futbolista y,
Artistas, locos y criminales (1983) tras variados empleos, se dedicó al periodismo político, deportivo y
cultural.
Iluminados por el soplete, Robledo y Somoza trabajan Forjado en las redacciones, trabajó en la revista Primera Plana y en
el diario La Opinión. En 1973 publicó la novela Triste, solitario y final;
callados y serios. Robledo sostiene el aparato que perfora
considerada su mejor obra, todavía hoy continúa hoy reeditándose
el material mientras su amigo sigue sus movimientos con con éxito. Tras el golpe militar de 1976, abandonó Argentina y no
atenció n. El trozo de acero está por caer y Robledo lo regresó a su país hasta el advenimiento del gobierno democrático
ayuda con un golpe. Ninguno dice nada. A Somoza acaba de Raúl Alfonsín. Vivió en México, Bruselas y París hasta su regreso
de ocurrírsele una broma acorde con la circunstancia. en 1984. Desde entonces y hasta su muerte colaboró en el diario
Pasa un brazo alrededor del cuello de su compañ ero y Página/12.

aprieta con suavidad, cada vez má s. Robledo le da un La narrativa de Soriano se apoya tanto en los artificios clásicos del
codazo y lo lanza hacia atrá s. Manotea el revó lver que género novelesco (construcción de personajes y diálogos) como en
tiene en el cinturó n y dispara. Asombrado, quizá sin los lineamientos del periodismo (un estilo llano y fácilmente
entender lo que ocurre Somoza cae y articula una asimilable para el lector) y en esa combinación obtiene sus mejores
explicació n que es apenas un gemido. Robledo lo observa beneficios. Su conciencia estilística, articulada para alcanzar normas,
temas y mitos colectivos, y su tono narrativo descuidado y elíptico,
unos instantes, levanta su brazo derecho y dispara otra
que le permite su bagaje de nociones y conocimientos comunes, dan
vez. “No podía dejarlo sufrir. Era mi amigo”, explicará una medida exacta de la obra de Osvaldo Soriano. 
después. Se ha quedado solo, con dos cadá veres junto a él
–antes ha matado al sereno Manuel Acevedo–, pero eso
no le preocupa. Sale.
Una moto primero, un camió n má s tarde, le sirven para
alejarse del lugar. El círculo se ha cerrado. Al matar a

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Somoza, Robledo se ha aniquilado a sí mismo. Unas horas irrespetuosa para su maestra lo lleva un día frente a la
má s tarde, la policía lo arresta frente a su casa. directora. Ella lo reta, le levanta la voz. El suda muy frío,
como le pasa siempre que alguien le impone una orden.
Los primeros pasos De pronto siente que no puede má s, que esa mujer le
molesta. Toma una silla y la destroza contra la pared. La
Carlos Eduardo estudia piano; la maestra dice que tiene llegada de los celadores pone a la mujer ante una
gran facilidad y que es un chico respetuoso. Ejercita con situació n difícil. Llama a los padres y les pide que lo
Hannon y la abuela está contenta con él porque aprendió retiren del colegio si quieren evitar la expulsió n.
muy bien a hablar alemá n y también puede conversar en La infancia de Carlos no está grabada en muchas
inglés. Claro que no es un chico afeminado, como esos memorias. Su padre –inspector de interior en General
que tocan en las fiestas familiares para ganar el aplauso Motors–, dice que él no es culpable de lo que pasa,
de los parientes y amigos. El sale a jugar a los cowboys aunque no sabe explicar bien por qué ocurre esta odisea
con los chicos del barrio y juega al fú tbol. Se cree que no cabe dentro de su vida pequeñ a. Los amigos de
Sanfilippo y cuando le quitan la pelota protesta, dice que Carlos recuerdan poco, pero frente al periodismo
fue foul. Pero no le hacen caso porque es un poco imaginan, quieren participar, acercarse a la tragedia. La
antipá tico, casi agresivo cuando discute. Por eso, le dicen infancia de Carlos Eduardo se confunde en unos pocos
Leche hervida. añ os, como si los hechos se cruzaran entre sí. Pero no hay
Los domingos acompañ a a su madre a la iglesia de nada extraordinario má s allá de la historia que algunos
Olivos. Algo a regañ adientes, es cierto, pero va y se porta narran: apenas los días apacibles del hijo ú nico, mimado
bien. En el colegio Cervantes es un poco indisciplinado, por la abuela y la madre.
pero no llama demasiado la atenció n. De vez en cuando El padre quiere que Carlos sea ingeniero y lo manda al
pide libros a la biblioteca y los devuelve rá pidamente, lo colegio industrial a los 14 añ os. A esa edad tiene su
que hace pensar que lee mucho. Una contestació n primer contacto con la muerte. Su padre lo lleva al

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la sangre. Empieza a aprender el
oficio, pero no dispone de mucha
paciencia.
En la escuela conoce a Jorge
Antonio Ibá ñ ez, un muchacho
rá pido e inteligente. Ibá ñ ez esquiva
los compromisos, resuelve cada
situació n en su favor. Ese hombre le
gusta. Tiene 15 añ os pero desafía a
sus maestros, a los compañ eros. Es
un tipo libre, cree Carlos Eduardo.
Comienza a seguirlo, a cambiar
palabras con él, a imitar algunos de
velatorio del abuelo y también a la ceremonia de sus gestos. Quiere ser simpá tico y para eso se endurece.
cremació n del cuerpo. Carlos permanece silencioso todo Jorge Antonio dispone de tiempo, no tiene que volver a
el tiempo. Ve como las llamas consumen el cuerpo su casa a una hora determinada, no tiene que pedir
agotado de ese alemá n cariñ oso con el que había pasado permiso para ir al cine. Le cuenta a Carlos que su viejo es
algunos buenos momentos. Al volver a casa, el padre un tipo macanudo, un tipo de hoy.
recuerda que su abuelo también quería verlo convertido No está clara a través del tiempo la cronología de los
en ingeniero. hechos: se conjetura que Carlos es acusado de robar
Carlos Eduardo ingresa al industrial. No sabe si quiere 1.500 pesos y tiene que dejar la escuela. Su padre lo
ser ingeniero, pero le gustan las má quinas. Le gusta el incorpora a un colegio particular, pero poco tiempo má s
ruido infernal de los motores, ese rugido que se mete en tarde, el joven abandona el estudio. Habla con su padre.

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Le dice que ya sabe el oficio. No quiere ser ingeniero, se le parece que está pichicateada. Recuerda la radio y sube.
conforma con poner un taller de motos. Ese día ruge por las calles sin parar. Va de aquí para allá
Así se reencuentra con Ibá ñ ez, que ha dejado también el sintiendo el aire fresco en el pecho, en el pelo rojizo que
colegio. Se hacen amigos. En “El Ancla” conversan largas le cubre la cara. Se siente libre. Por fin, choca contra un
horas frente a un café. No tienen plata para má s. Algunos auto detenido y deja la moto, que tiene una rueda torcida.
domingos van a la cancha porque Carlos Eduardo sigue a En el bar se encuentra otra vez con Ibá ñ ez. Se saludan y
San Lorenzo. Un día, Robledo confiesa a su amigo que ha Carlos lo invita a tomar un café. Le cuenta lo de la moto.
robado una radio en un negocio del centro. Todo ha sido Ibá ñ ez lo mira en silencio, aprueba con movimientos de
fácil. La gente es demasiado confiada. Ibá ñ ez sonríe y tal cabeza. Por fin, una confesió n de Jorge Antonio estrecha
vez le estrecha la mano. No vuelven a verse por un la amistad. Le cuenta que él también ha robado algunas
tiempo. cosas y que pasó varias noches preso; nada de
Para no disgustar a su madre, Carlos acepta trabajar de importancia.
cadete en la Farmacia de Sebastiá n Samban, a una cuadra
y media de su casa de la calle Borges al 1800, en Vicente
Ló pez. Un día le lleva la radio al farmacéutico. “Se la Presuntamente violento
vendo en dos mil pesos”, le dice. El hombre no confía
demasiado y habla con su madre. “Có mpresela –le dice Robledo está impaciente. Ibá ñ ez lo calma. No todo es tan
ella–, es de él”. Don Samban le da los dos mil pesos y fácil como parece. Hay que entrenarse, como en el fú tbol,
Carlos se compra una bicicleta. Samban se queda sin para no fallar nunca. Ibá ñ ez es inteligente y se las arregla
cadete. para tener muchas mujeres que lo buscan en el bar, le
Unos meses má s tarde, Robledo camina solo por la dejan mensajes. Robledo está solo, pero no lo lamenta. Se
ciudad cuando ve una hermosa moto. La mira un rato, siente má s fuerte que Ibá ñ ez.
deslumbrado. Por el cañ o de escape que le han agregado

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Entre tanto, sus padres se preocupan por la suerte del que para el piano. Agilidad, dice Ibá ñ ez, que no sabe lo
joven. Le prohíben salir de noche, le piden cuentas de su del piano.
vida. Otra vez Carlos necesita conformarlos. Toma un Un día trazan el primer plan. Se trata de una joyería de
curso de radio y televisió n y frecuenta la antigua barra menor importancia. Como para probar. Todo va bien y
del bar “La Perla”, pero no tiene mucho que decir. Ellos le reparten las joyas y los relojes. No entienden demasiado
parecen tontos y lo grita: “Ustedes son unos giles”. Para y sacan cosas de poco valor. Detalles para corregir, piensa
vengarse, sus amigos lo llaman Colorado, un apodo que Robledo.
en la infancia lo enfurecía. Carlos ha cumplido los 17 añ os y roba una moto. Con
Só lo frente a Ibá ñ ez se siente bien. Ibá ñ ez no es un ella alborota a todo el barrio, ya que la arregla en la
mequetrefe, piensa Robledo. En el
reencuentro, Jorge Antonio lo invita a su
casa: “Ya te dije que mi viejo es macanudo.
En casa tengo un par de revó lveres.
Podemos practicar tiro al blanco”. Eso lo
fascina. Destrozar esos cartones inmó viles le
recordará los añ os del potrero, cuando
jugaba a los cow-boys. “¡Muerto!”, gritaba él
y el otro caía al suelo. Lo que má s furia le
daba era que le gritaran ” ¡El Colorado está
muerto!”. Eso lo ponía furioso.
Empiezan a tirar. Robledo tiene en las
manos la misma seguridad para el revó lver

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vereda de su casa y pone el acelerador a fondo para
irritar a los vecinos que protestan. El 14 de febrero de
1969 ingresa en la Escuela de Artes y Oficios José Manuel
Estrada, ubicada en la zona de Los Hornos, partido de La
Plata. Ha sido acusado por el robo de la moto. Allí
permanece 20 días y en un par de charlas con el director,
Eloy Malaundes, le confiesa que no se entiende con su
padre.
Cuando sale, Robledo Puch vuelve al piano. Estudia con
la profesora Virgilia Dá valos, quien lo recuerda como un
chico “tímido y correcto”.
 
Otra vez Ibá ñ ez. Con él empieza a visitar los boliches de
la avenida del Libertador. Conoce a mucha gente y
aunque su cara aniñ ada–los ojos azules y grandes, los
labios carnosos y el pelo que le achica la frente–no lo
hace muy atractivo, consigue algunas mujeres.
Los dos amigos se tienen cada vez má s confianza.
Concretan varios golpes, casi todos en la calle, Robledo
no sabe todavía que Ibá ñ ez actú a por su cuenta, como un
experimentado profesional; roba coches (prefiere los
Torino, por los que le pagan 400 mil pesos) y su familia
parece conocer sus andanzas.

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Robledo, que era un chico callado, se está
envalentonando. Se jacta de su audacia y dice que espera
un gran futuro. Ibañ ez asiente. Brindan y pagan copas.
Las mujeres empiezan a preferir su compañ ía.
Carlos Eduardo quiere irse de su casa. Un día lo intenta,
pero no llega lejos. Su padre lo alcanza a las pocas
cuadras, baja del auto y lo abofetea como a un chico. Un
rayo de rencor habrá atravesado los ojos del muchacho.
Aída, la madre de Carlos, está agotada. Decide hacer un
viaje a Europa. Visitará Alemania, donde vivió la guerra.
Viaja en barco porque quiere descanso. José, el padre,
sale al interior para cumplir con su trabajo. E1 10 de
enero de 1970 Carlos Eduardo abandona la vacía casa de
sus padres. Dentro de nueve días cumplirá 19 añ os y
quiere festejarlo.

El enemigo insólito

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“A los veinte añ os no se puede andar sin coche y sin violació n, pero para él los hechos no tienen dimensió n ni
plata”, suele decir Carlos Eduardo. Para él, la vida es nombres comunes. “Había que sobrevivir”‘, diría má s
simple. A medias con Ibá ñ ez compran un Fiat 600 que tarde. Cuando salen, lbá ñ ez está manchado de sangre
generalmente conduce Robledo. Carlos Eduardo maneja a pero no cambian una palabra. Robledo se detiene un
toda velocidad e interviene en picadas en las que se momento y sonríe. Ha visto la vidriera de los accesorios.
muerde de rabia por no tener un coche má s potente. Recoge una palanca de cambios y dos instrumentos de
Una noche, mientras toman una copa, se ponen de medició n “Son para el 600”, dice, y los mete junto a los
acuerdo. Ibá ñ ez sabe que habrá peligro: se juramentan y 350 mil pesos que halló en el placard.
Robledo será el ejecutor de quien se cruce en el camino.
Por fin, la noche del 9 de mayo llegan a la calle Ricardo
Gutiérrez al 1500, en Olivos. Por la pared de una estació n El sueño eterno
de servicio saltan al techo del bañ o de una casa de venta
de repuestos para autos. Entran por una claraboya. El Robledo aparece en los mismos lugares de siempre. Se
encargado y su mujer duermen en camas separadas. A un nota un cambio en él. Está exultante, se convierte en el
lado descansa una hija del joven matrimonio. centro de las reuniones. Habla de autos y de carreras.
No se despiertan. Bianchi no despertará jamá s: Robledo Anda solo. Ibá ñ ez ha creído mejor separarse. Nadie debe
le pega dos balazos. La mujer se sobresalta y Robledo sospechar y los muertos no hablan. Pero la mujer de
gatilla dos veces má s. Una bala da en el pecho de la mujer Bianchi no murió la noche del 3 de mayo. Cuando los dos
que cae hacia atrá s. Carlos Eduardo se lanza sobre el hombres salieron, ella fue arrastrá ndose hasta la estació n
placard y comienza a buscar. A su espalda oye gemidos de servicio de la esquina para pedir auxilio. Estaba
débiles. La mujer se desangra pero no puede moverse bañ ada en sangre y hablaba de un hombre de pelo largo.
porque Ibá ñ ez ha caído sobre ella. Robledo los mira; no
abarca la tragedia en su totalidad. Hay un muerto y una

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El 15 de mayo –doce días después del primer golpe el ú ltimo sueñ o. Carlos Eduardo dispara varias veces
importante–, Ibá ñ ez y Robledo visitan “Enamour”, una sobre esos cuerpos. No hay un gemido. Cuando le
boîte de Olivos. preguntaron por qué los había matado, respondió : “Qué
En el fondo hay un jardín que da al río. La noche es quería ¿que los despertara?”
fresca cuando los dos hombres fuerzan una ventana y Desde entonces los amigos entran definitivamente en el
entran. Revisan minuciosamente y reú nen casi dos vértigo. El dinero vuela de sus bolsillos en un desenfreno
baladí. No quieren ser hombres distinguidos,
como los criminales de guante blanco. Está n
matando y lo saben. Tal vez intuyen que ese
vértigo los aniquilará . Han escapado siempre,
pero una simple circunstancia, un error mínimo
puede perderlos. Deciden apostarlo todo;
también la vida de quienes se crucen a su paso.
Robledo e Ibá ñ ez gastan horas y horas frente a
las barras de los boliches, también gastan todo el
dinero.
Un día, ambos conocen a Héctor Somoza, un
chico de 17 añ os que trabaja en la panadería de
su madre. Robledo lo ha visto antes, han
conversado, han ido juntos a los balnearios el
millones de pesos. Cuando se retiran, Robledo ve una verano anterior. Inician a Somoza. De la misma
puerta cerrada y la entorna para mirar adentro. Dos manera que Ibá ñ ez inició antes a Robledo. Roban algunas
hombres –Pedro Mastronardi y Manuel Godoy–duermen motos y Somoza, un día, aparece con un revó lver.

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Pero Ibá ñ ez no simpatiza demasiado con el nuevo socio.
No le tiene confianza. Somoza vive con su madre y una
hermana en Olivos. Trabaja todo el día en la panadería, es
un chico formal que está cansado. Hay discusiones;
Ibá ñ ez sale con la suya en poco tiempo. La visita del 24 de
mayo al supermercado “Tanty” no tendrá como huésped
a Somoza. Sin embargo, éste presta su revó lver a
Robledo.
No está n seguros de que el techo se abra con facilidad.
Robledo lleva una barreta y cuerda de nylon para muy cerca. Les esperan 20 días de pacífica juerga. A una
descender. Jorge se queda de campana y Carlos trabaja. mujer le quedan 20 días de vida.
Siempre es así. Por fin, el material cede. Dos chicos sin
experiencia profesional han destrozado otra vez la
seguridad de un comercio. Entran. En plena oscuridad Damas peligrosas
tratan de no derribar las montañ as de latas de conserva
para no despertar al sereno Juan Scattone. Pero éste se Ibá ñ ez quiere probar a Virginia Rodríguez, una
despierta y avanza. Robledo se agazapa y gatilla dos adolescente de 16 añ os que frecuenta las boites de Olivos.
veces. Scattone se derrumba. En las cajas hay cinco Robledo para en un hotel de Constitució n y no tiene tanto
millones de pesos. Destapan una botella de whisky y interés por las mujeres. A Ibá ñ ez se le antojaban seguido,
brindan en la oscuridad. Revisan al muerto y encuentran como ahora la Rodríguez.
la llave de la puerta del personal. Salen repletos de La noche del 13 de junio. Ibá ñ ez va a buscarlo al hotel
billetes y montan en la motocicleta que habían dejado para dar un paseo. No tienen coche y eso deprime a
Robledo Puch, Ibá ñ ez le pide que lo espere en una

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pizzería. Minutos má s tarde vuelve con un Dodge Polara. costó . Reú ne el dinero y compra un Dodge GTX. Está feliz
Lo estaciona y entra en la pizzería; en voz baja le dice a con esa má quina arrolladora. Se siente invencible en los
Robledo: “Metele que le tuve que hacer la boleta al semá foros. Pero a Ibá ñ ez se le siguen antojando mujeres.
sereno”. Es la ú nica vez que Ibá ñ ez dispara por su cuenta. Es como un juego. Eligen y toman lo que está al alcance
Espera un premio: Virginia Rodríguez. Se lo dice a de la mano. Cada vez es má s fá cil. El 24 de junio esperan a
Robledo, le pide que se la consiga. Ana María Dinardo, una aspirante a modelo de 23 añ os,
Esa noche la encuentran y Carlos baja con el revó lver. que ha ido a visitar a su novio que trabaja en la boite
Virginia sube. Toman la ruta Panamericana. Ibañ ez, que “Katoa”. Cuando sale, la encaran. Segú n cuenta Robledo,
maneja el auto estaciona a un.costado del camino. Pasa al bastó que le mostraran una billetera con 250 mil pesos
asiento trasero y desnuda a la muchacha que se resiste. para que ella subiera al auto. Toman por la
Robledo mira, pero su compañ ero lo echa. Se sienta en un Panamericana, hasta el mismo lugar donde once días
costado y espera. Cuando los ve bajar del auto se acerca. antes dejaron el cadá ver de Virginia.
“Andate”, dice Ibá ñ ez a la chica. Ella corre. “Tirale”, Ibá ñ ez pasa al asiento trasero, pero la muchacha le
ordena a Robledo. Este dispara cinco veces. Má s de lo cuenta que está indispuesta. Sugiere una cita. Ibá ñ ez vive
necesario. Carlos se acerca y la revisa. Encuentra mil sus cosas muy rá pido y la desviste. Ella –que al parecer
doscientos pesos en la cartera de la muchacha. Se van, practicaba Karate–, se defiende. Jorge Antonio se cansa y
pero apenas han recorrido un par de kiló metros a toda la deja vestirse, pero se queda con la ropa interior de la
velocidad cuando chocan contra un cartel indicador. El chica. Le dice que se vaya. Ella alcanza a caminar unos
auto no funciona y lo dejan abandonado. La policía no pasos y Robledo le mete siete balazos en la espalda.
hallará nunca ese Dodge Polara amarillo. Ibá ñ ez y Luego se acerca y le saca cinco mil pesos y un
Robledo toman el ó mnibus 215. encendedor. Antes de subir al auto Robledo se detiene,
Robledo está cansado de andar en ó mnibus. Ha chocado mira el cadá ver, toma puntería y le destroza una mano de
el 600 y lo ha tenido que vender por la mitad de lo que un balazo. Ibá ñ ez observa a su amigo, quizá con un

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estremecimiento de temor. Vuelven. Para Ibá ñ ez sería la preguntar nada: Robledo lo mata de un balazo. Siguen
ú ltima aventura. revisando pero no hay
dinero. Indignado,
Somoza patea cuanto
Adiós al amigo halla a su paso. Robledo
toma un teléfono y le
Los trascendidos de la investigació n no aclaran el dice a su có mplice: “Se lo
destino de Jorge Antonio Ibá ñ ez, muerto el 5 de agosto en regalo a tu vieja”. Al día
un accidente de auto. Viaja junto a Robledo y se estrellan. siguiente, la madre de
Ibá ñ ez muere, pero surge la sospecha de que Robledo Héctor recibe el insó lito
haya ultimado a su amigo y simulado el accidente. Este es obsequio. “Deberías ser
el caso del que menos noticias han trascendido. Héctor tan bueno como Carlos”,
Somoza tendría su oportunidad. le dice a su hijo.
Somoza consigue dos revó lveres y el 15 de noviembre Somoza está apurado
ambos se introducen en el supermercado “Roló n”, de por hacerse de unos
Boulogne. El método clá sico: Robledo abre el techo y pesos. Su incorporació n a los “negocios graneles” ha
bajan con la ayuda de una manguera de plá stico. En resultado un fracaso. En una rá pida inspecció n del lugar,
medio de la oscuridad comienzan a buscar el dinero. El deciden dar el pró ximo golpe dos días má s tarde, el 17 de
tiempo pasa y no hay rastros de la recaudació n. Furioso, noviembre, en la agencia de automotores Pasquet, de
Robledo abre una y otra puerta en busca de las cajas de Libertador al 1900, Carlos y Héctor encuentran só lo 90
seguridad. Es inú til; al ú nico que encuentra es al sereno mil pesos. Robledo empieza a sospechar que su nuevo
Raú l Delbene, que duerme en una pieza. Este se levanta compañ ero le trae mala suerte. Esa noche, el sereno Juan
cuando escucha que alguien abre la puerta. No alcanza a Carlos Rosas dormía junto a una fosa del taller. Robledo

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se acercó a él por detrá s de un coche. Tomó puntería y Eduardo había ido tiempo atrá s con su madre a comprar
sostuvo su brazo derecho con la otra mano: Rosas no un coche. Lo pagó al contado y vio el lugar donde estaba
alcanzó a despertar. empotrada la caja de caudales. Nunca lo olvidó . Ahora
Una semana má s tarde, el 25 de noviembre, Robledo y armados de sendos revó lveres, los dos jó venes entran al
Somoza entran en la concesionaria de automotores saló n y sorprenden al sereno, Bienvenido Serapio Ferrini.
Puigmarti y Cía. de Santa Fe 999, en Martínez. Allí, Carlos Somoza lo golpea con su arma y lo llevan al primer piso.

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Allí Robledo le pega dos balazos. Má s tarde, al ser edificadas a lo largo de casi una cuadra en la calle
reconstruidos los hechos, intentó atribuir este asesinato a Castiglione, de Tigre. Le sorprendió recibir dos balazos,
su compañ ero, pero luego confesó su culpabilidad. pero no alcanzó a pensar mucho. Robledo no lo dejó .
Este es el golpe má s arduo de cuantos ha practicado Había llegado con Somoza en una moto, que estacionaron
Somoza. Está n cinco horas en el lugar. Con un soplete, en el lugar. Ahora se dedican a trabajar en la caja fuerte.
abren la caja y encuentran un milló n de pesos. Escapan Un rato cada uno, quemá ndose las manos con el soplete.
en un Chevy que luego abandonan. Había sido el primer Hasta que a Somoza se le ocurre hacer la broma. Justo
éxito de Héctor Somoza. Era también el ú ltimo. cuando la caja iba a saltar. Héctor no comprende por qué
su compañ ero le dispara. Muere enseguida. Robledo
utiliza el soplete para quemarle la cara y las manos para
La caída de un canalla que no queden huellas. Un error lo perderá: olvida quitar
la cédula que Somoza guardaba en un bolsillo. Apurado,
Manuel Acevedo es un trabajador sacrificado. Tiene huye en la moto. Era su ú ltimo escape. Ese día, el
varias casas alquiladas que le dan una buena renta, de la subcomisario Felipe Antonio D’Adamo lo detiene frente a
que podría disfrutar a los 58 añ os. Pero él prefiere su casa y le pone las esposas.
trabajar. Se emplea de sereno en la ferretería Masseiro
Hnos., de Carupá . No pasa la Nochebuena ni la Navidad
con su esposa, sus tres hijas y sus yernos, por cuidarle los “El chacal”
intereses al patró n. Para eso le pagan, dice, y espera a
jubilarse para dejar su sueldo de 53 mil pesos por mes. Lo Cinco días má s tarde, el 8 de febrero, los diarios
iba a dejar mucho antes. La noche del 3 de febrero de informan la detenció n de uno de los mayores criminales
1972. Cuando Robledo y Somoza entran al negocio, de la historia. En adelante, el caso de este hombre que
Acevedo podría estar pensando en la renta de sus casas, asesinó a once personas y del que se sospecha haya

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aniquilado por lo menos a tres má s, ocuparía dos pá ginas Se crea tal confusió n que a cinco días de detenido
por día en Cró nica y una pá gina en La Razó n. Los canales Robledo, es difícil averiguar cuá ntos son, realmente, los
de televisió n se lanzan a la caza de parientes y amigos. La crímenes que ha cometido.
revista Así agota varias ediciones. Los médicos policiales revisan al acusado y existe la
Los redactores de la secció n policial de Cró nica impresió n de que su desequilibrio no le servirá para
exprimen su imaginació n bautizando a Carlos Eduardo eludir la condena a cadena perpetua. Los especialistas
Robledo Puch: Bestia humana (el día 8); Fiera humana (al esbozan explicaciones contradictorias. Ninguna de ellas
día siguiente), Muñ eco maldito, El verdugo de los sirve para determinar las causas que llevaron a un joven
serenos, El Unisex, El gato rojo, El tuerca maldito (el 10), de 20 añ os a aniquilar por la espalda a quienes se
Carita de Angel, El Chacal (el 11). Ese día, el diario de cruzaban en su ansioso camino hacia el éxito.
Héctor Ricardo García sugiere que Robledo es No sirven porque Robledo Puch no es un objeto sobre el
homosexual, por lo que “sumaría a sus tareas criminales que los profesionales de la medicina puedan improvisar
otra no menos deleznable”, escribe el redactor. teorías tejidas a la distancia. El es un ser humano, y no es
Cró nica improvisa, conjetura relaciones entre el posible diagnosticar desde un consultorio la enfermedad
acusado y la familia Ibá ñ ez, se queja del silencio de los de un hombre que espera sentencia en un calabozo.
testigos, del mutismo del juez Sasson. Durante las Para elucubrar un psicodiagnó stico aceptable, es
primeras reconstrucciones, el pú blico pide la muerte de necesario convivir con el paciente. Practicar, por ejemplo,
Robledo, intenta lincharlo. Cró nica sublima el hecho y los test de Rorschach, de Murray, de Bender, de
titula: “El pueblo intentó linchar al monstruo”. La Razó n Phillipson o de Weiss. Eso lo ordenará seguramente el
compite con su colega buscando reportajes, opiniones, juez Víctor Sasson mientras algunos profesionales siguen
otros impactos. desmenuzando las lacras de Robledo, de toda la sociedad.
Este criminal ha pasado a ser un apetitoso elemento de
consumo. ¿Cuá l es la enfermedad de Robledo? ¿Cuá l la de

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quienes lo rodean? ¿Qué sentido tendría aplicar la pena
de muerte a un enfermo?
Nunca un caso criminal conmovió tanto a la sociedad
argentina. Durante varios días toda actividad política,
deportiva, artística, pasó a segundo plano ante una
evidencia: en Buenos Aires, un muchacho puede por si
solo quebrar todas las barreras de seguridad, matar y
robar sin que la justicia lo alcance hasta que la tragedia
haya abrazado a muchos.
La sociedad argentina no acepta la pena capital. Lo que
parecería comú n en Estados Unidos, causa sorpresa y
estupor aquí. La policía, que ha dedicado sus mayores
esfuerzos a la detenció n de guerrilleros, a los que
denomina “delincuentes políticos”, da la impresió n de ser
vulnerable frente a quien ni siquiera es un profesional,
sino un psicó pata.
Muchos han querido cuestionar, a través de Robledo
Puch, a toda una sociedad. Otros piensan que se trata de
un caso aislado, de un hombre desesperado.

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Sea como fuere, Robledo Puch desnuda la apetencia
arribista de algunos jó venes cuyos ú nicos valores son los
símbolos del éxito: “Un joven de 20 añ os no puede vivir
sin plata y sin coche”, ha dicho el acusado. É l tuvo lo que
buscaba: dinero, autos, vértigo; para ello tuvo que matar
una y otra vez, entrar en un torbellino que lo envolvió
hasta devorarlo. Cuando mató al primer hombre, Robledo
Puch ya se había aniquilado a sí mismo.

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