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Kase.

O es un MC españ ol, un rapero, voy viendo, uno a uno van cayendo,


es decir, un poeta de la calle, una MC's ridículos, pú blico estú pido e impú dico,
persona que crea sus propias rimas y burdo culto a lo absurdo.
las utiliza para hacer una crítica social, Hace mucho tiempo que decidí,
pero, como todo buen arte, su mayor que este mundo no estaba hecho para mí.
objetivo es hablar de sí mismo, de sus Así que sed bienvenidos a este círculo,
propias preocupaciones como ser en el que hago lo que me sale de los huevos.
humano, de su propia experiencia en el Todo por el Rap, todo por la gente que me sigue,
mundo. El arte, en cualquiera de sus
formas, sirve para que aquel que lo
aprecia pueda identificarse y
LA IDA DE MARTIN FIERRO
José Hernández, 1872
cuestionarse acerca de su propia existencia. ¿Acaso los seres humanos no
deseamos, amamos y sufrimos por las mismas cosas? Apreciar la poesía es
Capítulo VII - Pelea con el moreno
conocerse a uno mismo.
De carta de má s me vía 
Kase.O ha vuelto al ejercicio, sin saber a donde dirme; 
la primera frase es para los que está n desde el inicio. mas dijeron que era vago 
La segunda es para todos los que estabais esperando, y entraron a perseguirme. 
ahora quiero veros celebrando.
Saca la botella que tenías preparada Nunca se achican los males, 
y la cosecha seca para la fecha señ alada. van poco a poco creciendo, 
Suenan los acordes anunciando la llegada del Mesías, y ansina me vide pronto 
cuando creías que enloquecías. obligado a andar juyendo. 
¿Quién estuvo ahí en tus peores momentos?
¿Quién llenó el vació en los minutos lentos? No tenía mujer ni rancho 
¿Quién te acompañ ó en tus mejores viajes? y a má s, era resertor; 
¿Quién trae mensajes que hacen que te relajes? no tenía una prenda gü ena 
¿Quién puso la mú sica de tu adolescencia? ni un peso en el tirador.
¿Recuerdas, mi ciencia, que buena influencia?  
La mú sica de ahora es la peor de la historia, A mis hijos infelices 
fácil para mí brillar entre la escoria. pensé volverlos a hallar, 
Blandiendo un micro sangriento,
y andaba de un lao al otro 
sin tener ni qué pitar.  !Negra linda!, dije yo. 
Me gusta... pa la carona; 
Supe una vez por desgracia  y me puse a champurriar 
que había un baile por allí,  esta coplita fregona: 
y medio desesperao 
a ver la milonga fui.  a los blancos hizo Dios, 
a los mulatos San Pedro, 
Riunidos al pericó n  a los negros hizo el diablo 
tantos amigos hallé,  para tizó n del infierno. 
que alegre de verme entre ellos 
esa noche me apedé.  Había estao juntando rabia 
el moreno dende ajuera; 
Como nunca, en la ocasió n  en lo escuro le brillaban 
por peliar me dio la tranca.  los ojos como linterna.
Y la emprendí con un negro 
que trujo una negra en ancas.  Lo conocí retobao, 
me acerqué y le dije presto: 
Al ver llegar la morena, 
"por... rudo que un hombre sea 
que no hacía caso de naides, 
le dije con la mamú a:  nunca se enoja por esto". 
va-ca-yendo gente al baile. 
Corcovió el de los tamangos 
La negra entendió la cosa  y creyéndose muy fijo: 
y no tardó en contestarme,  "¡má s porrudo será s vos, 
mirá ndome como a un perro:  gaucho rotoso!", me dijo. 
má s vaca será su madre. 

Y dentró al baile muy tiesa  Y ya se me vino al humo 


con má s cola que una zorra,  como a buscarme la hebra, 
haciendo blanquiar los dientes  y un golpe le acomodé 
lo mesmo que mazamorra.  con el porró n de ginebra. 
me hizo dos tiros seguidos 
Ahi nomá s pegó el de hollín  y los dos le abarajé. 
mas gruñ idos que un chanchito,   
y pelando el envenao  Yo tenía un facó n con s, 
me atropelló dando gritos.  que era de lima de acero; 
le hice un tiro, lo quitó  
Pegué un brinco y abrí cancha  y vino ciego el moreno;
diciéndoles: "caballeros,   
dejen venir ese toro.  y en el medio de las aspas 
Solo nací... solo muero".  un planazo le asenté, 
que lo largué culebriando 
El negro, después del golpe,  lo mesmo que buscapié. 
se había el poncho refalao 
y dijo: "vas a saber  Le coloriaron las motas 
si es solo o acompañ ado".  con la sangre de la herida, 
y volvió a venir jurioso 
Y mientras se arremangó ,  como una tigra parida. 
yo me saqué las espuelas, 
pues malicié que aquel tío  Y ya me hizo relumbrar 
no era de arriar con las riendas.  por los ojos el cuchillo, 
alcanzando con la punta 
No hay cosa como el peligro  a cortarme en un carrillo. 
pa refrescar un mamao; 
hasta la vista se aclara  Me hirvió la sangre en las venas 
por mucho que haiga chupao.  y me le afirmé al moreno, 
  dá ndole de punta y hacha 
El negro me atropelló   pa dejar un diablo menos. 
como a quererme comer; 
Por fin en una topada  y retobao en un cuero, 
en el cuchillo lo alcé,  sin rezarle lo enterraron. 
y como un saco de gü esos 
contra un cerco lo largué.  Y dicen que dende entonces, 
cuando es la noche serena 
Tiró unas cuantas patadas  suele verse una luz mala 
y ya cantó pal carnero:  como de alma que anda en pena.
nunca me puedo olvidar 
de la agonía de aquel negro.  Yo tengo intenció n a veces, 
para que no pene tanto, 
En esto la negra vino  de sacar de allí los gü esos 
con los ojos como ají  y echarlos al camposanto. 
y empezó la pobre allí 
a bramar como una loba. 
Yo quise darle una soba 
a ver si la hacía callar, 
mas pude reflesionar 
que era malo en aquel punto, 
y por respeto al dijunto 
no la quise castigar. 

Limpié el facó n en los pastos, 


desaté mi redomó n, 
monté despacio y salí 
al tranco pa el cañ adó n. 

Después supe que al finao 


ni siquiera lo velaron, 
No son raros los quejidos
En los toldos del salvaje,
Pues aquél es vandalaje
Donde no se arregla nada
Sino a lanza y puñ alada,
A bolazos y coraje.

No preciso juramento,
Deben creerle a Martín Fierro;
He visto en este destierro
A un salvaje que se irrita,
Degollar a una chinita
Y tirarsela a los perros.

He presenciado martirios,
He visto muchas crueldades,
Crímenes y atrocidades
Que el cristiano no imagina,
Pues ni el indio ni la china
Sabe lo que son piedades.

Quise curiosiar los llantos


Que llegaban hasta mí;
LA VUELTA DE MARTIN FIERRO Al punto me dirigí
Al lugar de ande venían:
Sin saber qué hacer de mí !Me horroriza todavía
Y entregao a mi aflició n, El cuadro que descubrí!.
Estando allí una ocasió n,
Del lao que venía el viento Era una infeliz mujer
Oi unos tristes lamentos Que estaba de sangre llena,
Que llamaron mi atenció n. Y como una madalena
Lloraba con toda gana; Aquella china perversa,
Conocí que era cristiana Dende el punto que llegó ,
Y esto me dió mayor pena. Crueldá y orgullo mostró
Porque el indio era valiente:
Cauteloso me acerqué Usaba un collar de dientes
A un indio que estaba al lao, De cristianos que él mató .
Porque el pampa es desconfiao
Siempre de todo cristiano, La mandaba a trabajar,
Y vi que tenía en la mano Poniendo cerca a su hijito
El rebenque ensangrentao. Tiritando y dando gritos,
Por la mañ ana temprano,
Mas tarde supe por ella, Atado de pies y manos
De manera positiva, Lo mesmo que un corderito.
Que dentró una comitiva
De pampas a su partido, Ansí le imponía tarea
Mataron a su marido De juntar leñ a y sembrar
Y la llevaron cautiva. Viendo a su hijito llorar,
Y hasta que no terminaba,
En tan dura servidumbre La china no la dejaba
Hacían dos añ os que estaba; Que le diera de mamar.
Un hijito que llevaba
A su lado lo tenía. Cuando no tenían trabajo
La china la aborrecía La emprestaban a otra china,
Tratandola como esclava. "Naides", decía, "se imagina,
Ni es capaz de presumir
Deseaba para escaparse Cuanto tiene que sufrir
hacer una tentativa, La infeliz que esta cautiva.
Pues a la infeliz cautiva
Naides la va a redimir, Si ven crecido a su hijito,
Y allí tiene que sufrir Como de piedá no entienden
El tormento mientras viva. Y a suplicas nunca atienden,
Cuando no es éste es el otro,
Se lo quitan y lo venden Pero el indio, en su rigor,
O lo cambian por un potro. Le arrebató con juror
Al hijo de entre sus brazos,
En la crianza de los suyos Y del primer rebencazo
Son bá rbaros por demá s. La hizo crujir de dolor.
No lo habia visto jamá s:
En una tabla los atan, Que aquel salvaje tan cruel
Los crian así, y les achatan Azotá ndola seguía;
La cabeza por detrá s. Má s y má s se enfurecía
Cuanto mas la castigaba
Aunque esto parezca extrañ o, Y la infeliz se atajaba
Ninguno lo ponga en duda: Los golpes como podía.
Entre aquella gente ruda,
En su bá rbara tropeza, Que le gritó muy furioso
Es gala que la cabeza "Confechando no querés;"
Se les forme puntiaguda. La dió vuelta de un revés
Y, por colmar su amargura,
Aquella china malvada, A su tierna criatura
Que tanto la aborrecía, Se la desgolló a los pies.
Empezó a decir un día,
Porque falleció una hermana, "Es increible" me decía,
Que sin duda la cristiana "Que tanta fiereza esista;
Le había echado brujería No habrá madre que resista;
Aquel salvaje inclemente
El indio la sacó al campo Cometió tranquilamente
Y la empezó a amenazar Aquel crimen a mi vista."
Que le había de confesar
Si la brujería era cierta; Esos horrores tremendos
O que la iba a castigar No los inventa el cristiano:
Hasta que quedara muerta. "Es bá rbaro inhumano"
-Sollozando me lo dijo-
Llora la pobre afligida, "Me amarró luego las manos
Con las tripitas de mi hijo." Aprovechó esa distancia
Como fiera cazadora:
De ella fueron los lamentos Desató las boliadoras
Que en mi soledá escuché: Y aguardó con vigilancia.
En cuanto al punto llegué,
Quedé enterado de todo: Aunque yo iba de curioso
Al mirarla de aquel modo Y no por buscar contienda,
Ni un instante tutubié. Al pingo le até la rienda,
Eché mano dende luego
Toda cubierta de sangre A éste que no yerra juego,
Aquella infeliz cautiva, Y ya se armó la tremenda.
Tenia dende abajo arriba
Las marcas de los lazazos: El peligro en que me hallaba
Sus trapos echos pedazos Al momento conocí;
Mostraban la carne viva. Nos mantuvimos ansí,
Me miraba y lo miraba:
Alzó los ojos al cielo Yo al indio le desconfiaba,
En sus lá grimas bañ ada; Y él me descofiaba a mí.
Tenía las manos atadas;
Su tormento estaba claro;
Y me clavó una mirada Se debe ser precavido
Como pidiéndome amparo. Cuando el indio se agazape:
En esa postura el tape
Yo no sé lo que pasó Vale por cuatro o por cinco;
En mi pecho en ese instante; Como el tigre es para el brinco
Estaba el indio arrognte Y fá cil que a uno lo atrape.
Con una cara feroz:
Para entendernos los dos Peligro era atropellar
La mirada fué bastante. Y era peligro el juir,
Y má s peligro seguir
Pegó un brinco como gato Esperando de ese modo,
Y me ganó la distancia, Pues otros podían venir
Y carniarme allí entre todos. Es preciso que se ataje
Quien con el indio pelee;
A juerza de precaució n El miedo de verse a pie
Muchas veces he salvado, Aumentaba su coraje.
Pues es un trance apurado
Es mortal cualquier descuido; En la dentrada no má s
Si Cruz hubiera vivido Me largó un par de bolazos;
No habría tenido cuidado. Uno me tocó en un brazo;
Si me da bien, me lo quiebra,
Un hombre junto con otro Pues las bolas son de piedra
En valor y en juerza crece; Y vienen como balazo.
El temor desaparece;
Escapa de cualquier trampa; A la primer puñ alada
Entre dos, no digo a un pampa, El pampa se hizo un ovillo;
A la tribu, si se ofrece. Era el salvaje mas pillo
Que he visto en mis correrías,
En tamañ a incertidumbre, Y, a má s de las picardías,
En trance tan apurado, Arisco para el cuchillo.
No podía por de contado
Escarparme de otra suerte, Las bolas las manejaba
Sino dando al indio muerte Aquel bruto con destreza;
O quedando alli estirado. Las recogía con presteza
Y me las volvía a largar,
Y como el tiempo pasaba Haciéndomelas silbar
Y aquel asunto me urgía, Arriba de la cabeza.
Viendo que él no se movía
Me juí medio de soslayo Aquel indio, como todos,
Como a agarrarle el caballo, Era cauteloso... !ahijuna!
A ver si se me venía. Ahí me valió la fortuna
De que peliando se apotra
Ansí jué, no aguardó má s Me amenazaba con una
Y me atropelló el salvaje; Y me largaba con otra.
Cuando a una débil mujer
Me sucedió una desgracia Le diste en esa ocació n
En aquel percance amargo; La juerza que en un varó n
En momento que lo cargo Tal vez no pudiera haber.
Y que él reculando va,
Me enredé en el chiripá Esa infeliz tan llorosa,
Y caí tirao largo a largo. Viendo el peligro se anima;
Como una flecha se arrima
Ni pa enconmendarme a Dios Y olvidando su aflició n,
Tiempo el salvaje me dió ; Le pegó al indio un tiró n
Cuanto en el suelo me vió Que me lo sacó de encima.
Me saltó con ligereza:
Juntito de la cabeza Ausilio tan generoso
El bolazo retumbó . Me libertó del apuro;
Si no es ella, de siguro
Ni por respeto al cuchillo Que el indio me sacrifica;
Dejó el indio de apretarme; Y mi valor se duplica
Allí pretende ultimarme Con un ejemplo tan puro.
Sin dejarme levantar,
Y no me daba lugar En cuanto me enderecé
Ni siquiera a enderezarme. Nos volvimos a topar,
No se podía descansar
De balde quiero moverme: Y me chorriaba el sudor:
Aquel indio no me suelta. En un apuro mayor
Como persona resuelta Jamá s me he vuelto a encontrar.
Toda mi juerza ejecuto,
Pero abajo de aquel bruto Tampoco yo le daba alce
No podía ni darme gü elta. Como deben suponer;
......................... Se había aumentao mi quehacer
Para impedir que el brutazo
!Bendito, Dios poderoso, Le pegar algú n bolazo
Quien te puede comprender! De rabia a aquella mujer.
Su Divina Majestá ;
La bola en manos del indio Donde no hay casualidá
Es terrible y muy ligera; Suele estar la Providencia.
Hace de ella lo que quiera
Saltando como una cabra. En cuanto trastabilló
Mudos, sin decir palabra, Má s de firme lo cargué,
Peliá bamos comos fieras. Y aunque de nuevo hizo pie
Lo perdió aquella pisada;
Aquel duelo en el desierto Pues en esa atropellada
Nunca jamá s se me olvida; En dos partes lo corté.
Iba jugando la vida
Con tan terrible enemigo, Al sentirse lastimao
Teniendo allí de testigo Se puso medio afligido,
A una mujer afligida. Pero era indio decidido,
Su valor no se aquebranta;
Cuanto él má s se enfurecía Le salían de la garganta
Yo má s me empiezo a calmar; Como una especie de aullidos.
Mientras no logra matar
El indio no se desfoga; Lastimao en la cabeza,
Al fin le corté una soga La sangre lo enceguecía;
Y lo empecé a aventajar. De otra herida le salía
Haciendo un charco ande estaba,
Me hizo sonar las costillas Con los pies chapaliaba
De un bolazo aquel maldito; Sin aflojar todavía.
Y al tiempo que le di un grito
Y le dentro como bala, Tres figuras imponentes
Pisa el indio, y se refala Formá bamos aquel terno:
En el cuerpo del chiquito. Ella en su dolor materno,
Yo con la lengua dejuera,
Para explicar el misterio Y el salvaje como fiera
Es muy escasa mi cencia: Disparada del infierno.
Lo castigó , en mi conciencia,
Iba conociendo el indio En su dolor y quebranto
Que tocaban a degü ello: Ella, a la Madre de Dios,
Se le erizaba el cabello Le pide en su triste llanto
Y los ojos revolvía; Que nos ampare a los dos.
Los labios se le perdían
Cuando iba a tomar resuello. Se alzó con pausa de leona
Cuando acabó de implorar,
En una nueva dentrada Y, sin dejar de llorar,
Le pegué un golpe sentido, Envolvió en uno trapitos
Y al verse ya malherido, Los pedazos de su hijito,
Aquel indio furibundo Que yo le ayudé a juntar.
Lanzó un terrible alrido
Que retumbó como un ruido
Si se sacudiera el mundo.

Al fin de tanto lidiar,


En el cuchillo lo alcé,
En peso lo levanté
Aquel hijo del desierto;
Ensartado lo llevé,
Y allá recién lo largué
Cuando ya lo sentí muerto.

Me persiné dando gracias


De haber salvado la vida;
Aquella pobre afligida,
De rodillas en el suelo,
Alzó sus ojos al cielo
Sollozando dolorida.

Me hinqué también a su lado


A dar gracias a mi santo;

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