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ALGUNOS ABORDAJES TEORICOS PARA EL ANALISIS DEL DESARROLLO

RURAL CON UNA PERSPECTIVA DE GENERO

Por: María Adelaida Farah Quijano1


Farah, M.A (2015). “Algunos abordajes teóricos para el análisis del desarrollo rural con una perspectiva
de género”. En Staduto, J., Marcelino de Souza y Carlos Alves do Nascimento (org.) Desenvolvimento
Rural e Genero: abordagens analíticas, estratégias e políticas públicas. Porto Alegre: Ed. Da UFRGS, p. 43-
67.

1. Introducción

Este capítulo busca ofrecer algunos abordajes teóricos y conceptuales para el análisis de las
transformaciones rurales con una perspectiva de género, y contribuir de esta manera al
entendimiento de las dinámicas de género que están imbuidas en los cambios productivos,
sociales, culturales y demográficos del mundo rural latinoamericano. Autoras como Deere y
León (2001), y Chant y Craske (2003) han explicado e ilustrado cómo estas transformaciones
han implicado cambios en las relaciones de género. Sin embargo, todavía hay muchos vacíos
de investigación que necesitan ser abordados con el fin de tener una mayor comprensión de la
complejidad de las dinámicas de género en América Latina en un contexto de ruralidades
cambiantes. La nueva ruralidad ha sido un enfoque que desde mediados de los años noventa
del siglo XX ha contribuido al entendimiento de las transformaciones rurales en América
Latina. Algunos de sus estudios han analizado los efectos de dichas transformaciones sobre
las mujeres, como los resultados presentados por Ramundo, de Souza y do Nascimento en
este libro y anteriormente por otros autores como por ejemplo Lara (1995), Pérez y Farah
(1998, 2003a y 2003b), Castro, Porras et al (2008), Paulson (2010) y Portillo (2010). Sin
embargo, muy pocos investigadores han introducido una perspectiva de género más amplia al
estudio de las dinámicas en los espacios rurales.
Este capítulo se enfocará en especial en los cambios en las relaciones de género al interior de
los hogares rurales y en concreto en el poder de negociación que se da al interior de los
hogares en relación con los recursos (por ejemplo: tierra, vivienda, dinero, alimentos, entre
otros) como parte de las transformaciones rurales. Se explicarán aquí cinco abordajes teóricos
y conceptuales. En primer lugar, se hará una breve presentación sobre el enfoque de la nueva
ruralidad y las cuestiones de género que hay en él. En segundo lugar, el enfoque “trayectoria o
curso de vida” es una buena base teórica que permite construir una comprensión dinámica de
1
Profesora titular. Directora del Departamento de Desarrollo Rural y Regional. Facultad de Estudios
Ambientales y Rurales. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, Colombia.
1
las transformaciones de las relaciones de género dentro del hogar y su interacción con otros
cambios institucionales. El tercer componente conceptual es la noción de relaciones de género
entendidas como relaciones de poder, en donde no sólo se pone atención en las mujeres sino
también en los hombres y las relaciones entre los dos. También es importante la división
sexual del trabajo entre las actividades productivas y reproductivas, lo cual forma parte del
poder de negociación dentro del hogar. Dado que la negociación en los hogares no está
aislada sino que está conectada con lo que ocurre en otros ámbitos institucionales, como la
comunidad, el mercado y el Estado, el cuarto componente del marco conceptual es el enfoque
institucional en el que la interacción entre las instituciones es un elemento clave que ocurre en
el contexto socio-económico más amplio de la nueva ruralidad en América Latina. El quinto y
último componente del abordaje teórico es el concepto de poder de negociación, entendido
desde el enfoque tridimensional (recursos, agencia y resultados) tal como es usado por Kabeer
(1999a).

2. El enfoque de la nueva ruralidad

Desde mediados de la década del noventa ha habido un enfoque de desarrollo rural hecho en y
para América Latina, y que aún está en construcción: la nueva ruralidad. Este enfoque se
relaciona con conceptos como "desarrollo territorial rural", "enfoque territorial del desarrollo
rural", “dinámicas territoriales rurales”, y "desarrollo rural sostenible" 2. La nueva ruralidad
intenta superar las limitaciones de otros enfoques de desarrollo rural en América Latina con el
fin no sólo de entender las transformaciones rurales, sino también para ofrecer
recomendaciones de políticas eficaces para el desarrollo rural en el continente.
La nueva ruralidad contribuye a una comprensión más amplia de los territorios rurales, al ir
más allá de un análisis sectorial de la agricultura y reconocer que, aunque las actividades
agrícolas son muy importantes para los medios de vida rurales en América Latina, el empleo
rural no agrícola y otras estrategias de generación de ingresos (minería, turismo, comercio,
restaurantes, industria, servicios de transporte, manufactura, comunicaciones y servicios
financieros) son también relevantes (Reardon, Berdegué y otros, 2001; Dirven 2004;
Schejtman y Berdegué, 2008).
La nueva ruralidad rompe la dicotomía rural-urbana, al reconocer las cada vez mayores
interacciones entre los mundos rural y urbano. La nueva ruralidad analiza las complejas
2
Para una mayor profundización ver, por ejemplo: Llambí, 1994; IICA, 2000; Llambí, 2000; Giarracca 2001;
Gómez 2001; Pérez 2001; Pérez y Farah 2001; Pérez 2002; Sepúlveda, Rodríguez et al 2003; Pérez y Farah
2004; Schejtman y Berdegué, 2004; Pérez y Farah 2007, de Janvry y Sadoulet 2007; Llambí y Pérez 2007; Kay
2008; Pérez, de Grammont et al 2008; Research Programme Consortium for Improving Institutions for Pro-Proo
Growth y RIMISP 2008; Schejtman y Berdegué, 2008.
2
relaciones económicas, sociales, políticas, culturales y ambientales y los vínculos entre las
zonas urbanas y rurales (migraciones, rururbanización, remesas, periurbanización,
urbanización de las zonas rurales, ruralización de las zonas urbanas, entre otros fenómenos).
La nueva ruralidad también tiene en cuenta la heterogeneidad multidimensional de las zonas
rurales, lo que requiere un énfasis en políticas diferenciales. El reconocimiento de la
heterogeneidad rural implica tener en cuenta la diversidad rural de América Latina en
términos de la producción, las estructuras de propiedad de la tierra, las desigualdades
económicas y sociales, los recursos naturales y el patrimonio cultural e histórico.
El enfoque de la nueva ruralidad plantea la importancia del género en el desarrollo rural
(CIDER 2001; Rico y Dirven 2003; Dirven 2004; Portilla 2004, Paulson 2010). Se han
realizado estudios que investigan los efectos de las transformaciones rurales sobre las mujeres
y su papel en la nueva ruralidad y desarrollo rural territorial (Lara, 1995; Pérez y Farah 1998,
2003a y 2003b; Castro, Porras et al 2008; Paulson, 2010; Portillo, 2010). Sin embargo, una
perspectiva de género que observe las relaciones entre hombres y mujeres y no a las mujeres y
los hombres por separado, ha estado prácticamente ausente en la investigación de la nueva
ruralidad, tal como Paulson (2010) afirma acerca de los estudios llevados a cabo y financiados
por RIMISP. Este capítulo busca aportar en este sentido, al explicar un conjunto de abordajes
teóricos y conceptuales que permitan analizar las transformaciones rurales desde una
perspectiva de género.

3. Enfoque “Trayectoria o curso de vida”

Para lograr hacer un análisis dinámico de las relaciones de género dentro del hogar y sus
vínculos con el cambio en los otros espacios institucionales como son la comunidad, el Estado
y el mercado, se necesita una teoría del cambio social. La teoría de la trayectoria o curso de
vida es muy útil para este propósito, ya que permite comprender de una manera sistemática la
dinámica de "la interacción entre los eventos generales y las biografías personales" (Lloyd-
Sherlock y Locke 2008: 1189; traducción propia).
Elder Jr y Shanahan (2006) establecen cinco principios rectores de la teoría de la trayectoria
de vida:
1. El principio del desarrollo de la vida: Las decisiones y acciones tomadas por una persona
en relación, por ejemplo, con la gestión de recursos dentro del hogar, se ven afectadas no sólo
por la coyuntura familiar y las expectativas del futuro, sino también por sus antecedentes
familiares y las experiencias de la infancia, entendiendo que las etapas pasadas, presentes y
futuros están relacionadas entre sí y son procesos de toda la vida. Estos procesos involucran
3
tanto limitaciones como oportunidades históricas y coyunturales, lo cual nos lleva al segundo
principio.
2. El principio del tiempo y lugar históricos: "Las elecciones en la vida dependen en gran
medida de las circunstancias y los acontecimientos históricos que se dan en el momento del
nacimiento y de los hitos o cambios importantes” (Heinz y Kruger, 2001: 34; traducción
propia). Las instituciones y eventos cambiantes en el tiempo, como las políticas sociales, la
legislación, las normas sociales, el mercado laboral, el sistema educativo y las tendencias
económicas y coyunturas, afectan los patrones de las trayectorias de vida de los individuos.
Estas condiciones son claramente diferentes entre las personas que, por ejemplo, crecieron y
se casaron en las zonas rurales de Colombia, durante el período de una rápida transición
demográfica desde la década de los sesenta, y las personas que crecieron y se casaron en la
década de los cuarenta y cincuenta, o para las personas que iniciaron su vida matrimonial a
partir de mediados del decenio de los ochenta, cuando el estado introdujo políticas y
programas de apoyo a las mujeres rurales y las jefas de familia. Por otra parte, estas
diferencias no ocurren sólo entre los diversos períodos de tiempo, sino también entre los
diversos lugares en el mismo período (por ejemplo, zonas rurales y urbanas). Esto implica que
es muy difícil hacer generalizaciones a través del tiempo y entre lugares. Aunque el impacto
del tiempo y el lugar en la vida de los individuos es incuestionable, es necesario reconocer
que los individuos no son pasivos, sino agentes activos al enfrentar las diferentes
circunstancias y al configurar sus propias biografías, lo cual nos lleva al tercer principio.
3. El principio de la agencia humana: "Los individuos construyen su propio curso de la vida a
través de las decisiones y acciones que toman teniendo en cuenta las oportunidades y
limitaciones de la historia y las circunstancias sociales" (ibid: 692; traducción propia).
Aunque estas situaciones afectan claramente las decisiones de los individuos, la agencia
humana significa que las personas tienen control sobre su trayectoria de vida y sus
“elecciones aseguran un grado de acoplamiento entre las transiciones sociales y las etapas de
la vida" (Elder Jr. y Shanahan 2006: 692; traducción propia). La agencia humana, por
supuesto, varía de persona a persona y varía en diferentes etapas de la vida. Esto nos lleva al
cuarto principio.
4. El principio del momento en el tiempo: El impacto de una sucesión de acontecimientos en
la vida depende de cuándo se producen en la vida de una persona (Elder Jr., 1998: 3). Esto
significa que las personas de los mismos grupos de edad experimentan diferencias en el orden
temporal de los acontecimientos de la vida. Por ejemplo, la trayectoria educativa y laboral de
una mujer puede verse afectada negativamente por el hecho de que se case y comience a tener
4
hijos muy joven, mientras que esto no ocurre necesariamente a quienes se casan y tienen hijos
más adultos. El curso de la vida involucra no sólo disposiciones y experiencias anteriores,
iniciativas individuales, limitaciones y oportunidades situacionales, y el momento del tiempo,
sino también involucra las decisiones, acciones y experiencias de otros individuos dentro de la
familia y la comunidad. Esto nos lleva al quinto principio.
5. El principio de las vidas relacionadas: Las decisiones y acciones individuales se inscriben
en las relaciones familiares y sociales, y en este sentido lo que una persona decide y hace
afecta y se ve influida por las decisiones, acciones y expectativas de su cónyuge, hijos, padres,
amigos, y demás.
Uno de los elementos más relevantes de la perspectiva del curso o trayectoria de vida ha sido
la interacción de las dimensiones estructurales e individuales con respecto al género. La
interacción de los procesos de los individuos a lo largo de la vida, con los acontecimientos
históricos, las instituciones, las decisiones y acciones de las personas, y las vidas
interconectadas, está permeada por el género, en el sentido de que dicha interacción involucra
relaciones de género e implica diferentes experiencias y efectos para mujeres y hombres.
Debido a esto, es necesario explicar algunos de principales elementos del concepto de género.

4. Las relaciones de género y la división sexual del trabajo

El punto de partida básico del enfoque de género es que “una persona nace hombre o mujer,
pero aprende a ser niño o niña que se convierte en hombre y mujer. Se le enseña cuál es el
comportamiento apropiado y las actitudes, los roles y las actividades que son propias de él o
ella, y cómo debe relacionarse con otras personas. Este comportamiento aprendido es lo que
construye la identidad de género, y determina los roles de género" (Williams, Seed et al,
1994: 4; traducción propia).
Esta idea fundamental significa por lo menos dos cosas. En primer lugar, el género es una
construcción socio-cultural, no natural, que identifica y valora las características,
oportunidades, expectativas, derechos, responsabilidades y funciones asignadas a las personas
en función de su sexo (una condición biológica). Por lo tanto, el género varía en función de la
cultura y grupo social (por ejemplo, raza, clase, condiciones económicas, edad), y como estas
condiciones son dinámicas, el género también cambia a través del tiempo. En segundo lugar,
el género es relacional en el sentido de que se produce dentro de las relaciones sociales, y por
lo tanto las características de género de una mujer se configuran siempre en relación con las
de otras mujeres y los hombres en un lugar y tiempo específicos.

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Al igual que todas las relaciones sociales, las relaciones de género son relaciones de poder.
Las relaciones de poder implican comúnmente "poder de control" o "poder sobre" (Rowlands
1997: 13), que representan un juego de suma cero: un aumento en el poder de uno significa
una pérdida de poder para el otro. Pero las relaciones de poder también pueden tener un lado
positivo, en el sentido de que pueden crear nuevas posibilidades y acciones sin dominación
("poder para") o pueden implicar buenos resultados para un grupo de personas que se ocupan
juntos de ciertos problemas juntos ("poder con"), o pueden fortalecer la auto-aceptación y
auto-respeto que se reflejan, a su vez, en el respeto y aceptación de los demás como iguales
(“poder interior") (ibid). "Poder para", "poder con", y "el poder interior” “son todos positivos
y aditivos: un aumento en el poder de uno aumenta el poder total disponible o el poder de
todos" (Deere y León 2001: 24; traducción propia).
Rowlands (1997: 12), usando el punto de vista de Foucault acerca del poder, afirma que el
poder es relacional y existe sólo en su ejercicio. Las relaciones de poder no implican sólo los
conflictos sino también las relaciones de cooperación, y esto tiene implicaciones no sólo para
las diferencias y desigualdades de género, sino también para la solidaridad y la
complementariedad de género, en términos de acceso y toma de decisiones sobre los recursos
y bienes (por ejemplo, tierras e ingresos), la satisfacción de los intereses y necesidades, y las
contribuciones al bienestar de los hogares, entre otros temas. Por otra parte, el análisis de
género del poder puede revelar las diferentes formas de patriarcado y las negociaciones
patriarcales que son susceptibles de transformaciones históricas que abren nuevos espacios de
lucha y de renegociación de las relaciones de género (Kandiyoti 1988: 275).
Uno de los aspectos claves de las relaciones de género es la división del trabajo en la sociedad
entre las actividades productivas y reproductivas, que se refleja en todas las instituciones,
como por ejemplo en el hogar en el proceso de negociación que se da entre los esposos sobre
diversos aspectos (por ejemplo: ingresos, activos). El análisis feminista de la economía hace
hincapié en la inseparabilidad de las esferas productivas y reproductivas, dado que la
economía incluye no sólo las actividades orientadas al mercado (productivas), sino también la
"economía reproductiva" (trabajo doméstico no remunerado, incluyendo cuidado de niños y
de las personas mayores). La inseparabilidad de las esferas productivas y reproductivas no
quiere decir que estas sean lo mismo: por el contrario, cada una tiene características diferentes
y la gente las valora de diferentes maneras. Sin embargo, una comprensión amplia del ámbito
productivo debe incluir su relación con los aspectos de la reproducción en la sociedad. En
otras palabras, para entender la división sexual del trabajo es necesario analizar la dinámica de

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los procesos reproductivos en la sociedad y tener en cuenta el hecho de que esta relación varía
según las condiciones históricas y culturales.
En conclusión, la interacción entre los ámbitos productivo y reproductivo es inherente a las
relaciones de género, y dentro del hogar dicha interacción determina los procesos de
negociación entre la pareja en relación con los recursos, los deberes y derechos. Esta
negociación dentro del hogar está vinculada a lo que ocurre en otros ámbitos institucionales,
como la comunidad, el mercado y el estado en el contexto socio-económico más amplio de la
nueva ruralidad en América Latina. Este hecho nos lleva a explicar el enfoque institucional
que resulta útil para el análisis del desarrollo rural con una perspectiva de género.

5. Enfoque institucional

En este capítulo se hace énfasis en la "construcción institucional de las relaciones de género"


(Kabeer y Subrahmanian 1996: 17), centrándose en el hogar y sus relaciones con los otros tres
espacios institucionales, a saber, comunidad, estado y mercado, pero sobre todo los dos
primeros, y los enlaces entre ellos. El análisis institucional examina las relaciones sociales de
producción dentro de estas cuatro instituciones con el fin de entender cómo las desigualdades
de género se crean y se reproducen a través de sus interacciones (Kabeer, 1994: 280-281). El
análisis institucional se centra en cinco dimensiones distintas pero interconectadas entre sí: las
reglas (cómo se hacen las cosas), los recursos (lo que se utiliza, lo que se produce), la gente
(quién está en, quién está excluido y quién hace qué), las actividades (lo que se hace) y el
poder (quién decide, los intereses de quién son cubiertos).
La introducción de una perspectiva de género en el análisis institucional tiene como punto de
partida la familia por su papel central en permitir, restringir y diferenciar la participación de
sus miembros en la economía y la sociedad en general (Kabeer, 1994: 283). Sin embargo, este
punto de vista tiene que ir más allá y examinar la reproducción de las desigualdades de género
a través de los otros sitios institucionales y las conexiones entre ellos. El análisis institucional
puede observar, en un sentido restringido, las relaciones de género y las desigualdades como
resultados, pero también se pueden ver, en un sentido más amplio, como procesos. Por lo
tanto, es pertinente hacer preguntas acerca de cómo las relaciones de desigualdad (o igualdad)
de género se reproducen en cada sitio institucional en un proceso complejo y dinámico en el
que las normas, recursos, personas, actividades y el poder afectan y satisfacen o no los
intereses prácticos y estratégicos de género. Además, es importante observar cómo las
prácticas rutinarias reflejan las obligaciones y responsabilidades de mujeres y hombres y
contribuyen a desarrollar las habilidades y capacidades necesarias para ciertas tareas y
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actividades. Como parte de este proceso, las normas, recursos, actividades y el poder de las
mujeres y los hombres son reelaborados por estas prácticas rutinarias.
El análisis institucional muestra cómo las instituciones sociales y sus relaciones son
“portadoras de género". Cada institución opera con sus propias normas y valores, pero
también todas las instituciones “comparten ciertas normas comunes y supuestos que dan lugar
a la creación sistemática y al refuerzo de las desigualdades sociales en los espacios
institucionales" (Kabeer, 1994: 281; traducción propia). El género permea la estructura
institucional a través de las normas sociales. Estas normas sociales no son inmutables y sus
cambios son parte de un proceso dinámico y complejo (Todaro, 2003). El análisis de las
normas tiene que tener en cuenta no sólo que los actores tienen diferentes capacidades para la
definición y la interpretación de estas normas sino que también existen conflictos de intereses
(Kabeer y Subrahmanian 1996).
Llevar a cabo un análisis institucional puede ayudar a identificar elementos de género que
limitan o facilitan el acceso y control de recursos por parte de las mujeres y los hombres
dentro de los hogares. En particular, puede permitir realizar un análisis de la influencia de las
normas sociales y costumbres, de las leyes y políticas estatales y de los programas de género
sobre la negociación que se da entre las parejas al interior de los hogares en los territorios
rurales en transformación.
A continuación, se explican los enfoques conceptuales de cada uno de los tres sitios
institucionales (hogares, la comunidad y el Estado) a los que se refiere este capítulo.

5.1. La noción de “hogar” y “familia”

En la literatura hay muchas discusiones sobre la diferencia entre los conceptos de hogar y
familia, y las implicaciones, ventajas y desventajas del uso de cada uno en diversos contextos
y para diferentes propósitos en el análisis de género (Jelin 1991; Kabeer 1994: 113 - 117;
Chant 1997: 5-7; Chant 2003). Por lo general, la "familia" se entiende como un conjunto de
relaciones normativas (y con frecuencia patriarcales) centradas en la consanguinidad y el
matrimonio, y el "hogar" como una unidad de co-residencia (Chant 2003: 161-162). En este
capítulo no se va a profundizar en esta discusión, pero es importante decir que el concepto de
“hogar” se entiende como el conjunto de relaciones en una sociedad a través de las cuales las
principales actividades reproductivas se organizan, reconociendo que dichas relaciones se
basan principalmente en principios de parentesco y de residencia (Kabeer, 1994: 114-115).
Sin embargo, como los hogares no son entidades cerradas (Chant 2003: 169), la familia como
una unidad más amplia que el hogar es también relevante porque las relaciones de pareja se
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ven afectadas no sólo por la interacción con otras personas que viven con ellos en la misma
casa (por ejemplo, hijos/as, suegros/as, nietos/as), sino también por las relaciones con otros
parientes, especialmente sus hijos/as, que viven en otros lugares. Un aspecto importante en
relación con los hogares es que no son estáticos, sino unidades dinámicas, y sus cambios
afectan las relaciones de género dentro de ellos.

5.2. Modelos del hogar

Los economistas han desarrollado diversos modelos para ayudarles a entender cómo las
parejas toman decisiones sobre los recursos del hogar. En general, ha habido dos enfoques:
unitario y colectivo3. Como parte de estos últimos, Sen (1990) propone el “modelo de
conflictos cooperativos”, cuyo "punto de partida es una crítica a los enfoques de negociación
que suponen que ambas partes valoran por igual su bienestar personal, y que ignoran la
manera en que las percepciones influyen en los resultados de la negociación" (Jackson 2008:
16; traducción propia). Este modelo aborda explícitamente las cuestiones de género y el poder
dentro del hogar. A pesar de que no ha sido modelado matemáticamente en la economía, el
modelo de Sen de los hogares ha sido muy influyente en los estudios de desarrollo como una
manera de entender las relaciones de género dentro del hogar. En este modelo “los miembros
de la familia se enfrentan simultáneamente a dos tipos diferentes de problemas, uno que
implica cooperación (que suma a las disponibilidades totales) y el otro conflicto (que divide
las disponibilidades totales entre los miembros de la familia). Los acuerdos sociales con
respecto a quién hace qué, quién consume qué y quién toma las decisiones pueden ser vistos
como respuestas a este problema que combina la cooperación y el conflicto. La división
sexual del trabajo es una parte de esa estructura social, y es importante verla en el contexto de
todo acuerdo” (Sen, 1990: 129; traducción propia).
Sen explica tres tipos de respuestas diferentes en el hogar, las cuales no son sólo fenómenos
objetivos sino también percibidos. Las tres respuestas son: la respuesta en relación con la
disminución en el bienestar, la respuesta en relación con el interés percibido, y la respuesta en
relación con la contribución percibida. La respuesta en relación con la disminución en el
bienestar es una propiedad cualitativa general de los conflictos cooperativos que se produce
en la negociación cuando la capacidad de una persona para obtener un resultado favorable se
debilita. "La posición de disminución en el bienestar indica la vulnerabilidad o fortaleza de la
persona en la negociación" (Sen 1990: 135; traducción propia), lo cual afecta la capacidad de

3
Para ver una explicación amplia de estos dos enfoques se recomienda ver: Nash (1950, 1953), Becker (1965,
1973, 1974, 1981), Manser y Brown (1980), McElroy y Horney (1981), Bourguignon y Chiappori (1992),
Kabeer (1994), Agarwal (1997), Katz (1997), Lundberg y Pollak (1997) y Jackson (2008).
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los cónyuges para influir en los resultados. Así que esta respuesta indica el grado en que una
persona está dispuesta a negociar teniendo en cuenta tanto las implicaciones materiales como
sociales del divorcio para que él o ella. La respuesta en relación con el interés percibido
establece que la percepción que una persona tiene frente a su interés propio en la negociación,
en cuanto a que esta puede darle un valor mayor o menor a su propio bienestar, influye en el
resultado de la cooperación. Por otra parte, Sen establece la necesidad de diferenciar entre la
percepción de intereses y del bienestar y los aspectos objetivos de estos conceptos, El hecho
de que una mujer o un hombre no tenga una auto-percepción de su propio bienestar no
significa que el bienestar real no exista y que la gente no pueda hacer algo por su bienestar. La
idea de la respuesta en relación con los intereses percibidos asume una "falsa conciencia", lo
que significa que los desposeídos pueden aceptar las desigualdades y también pueden ser
instrumentales en la perpetuación y el mantenimiento de las ideologías opresoras. Las
feministas han criticado la noción de falsa conciencia, al considerar que las mujeres tienen
capacidad de acción y no son víctimas pasivas, y que expresan sus propios intereses, así como
su descontento acerca de las desigualdades de género que se manifiestan no sólo a través de
acciones y conductas expresas sino también a través de formas encubiertas, como Fraser
(1989), Folbre (1994) y Agarwal (1997) ilustran ampliamente.
Sen (1990) no sólo examina los intereses percibidos, sino también las contribuciones
percibidas, indicando que la base de la información de los conflictos cooperativos "debe
incluir información sobre la percepción de quién está contribuyendo y cuánto a la prosperidad
de la familia en general" (Sen 1990: 134; traducción propia). La respuesta en relación con la
contribución percibida indica cómo las contribuciones percibidas de una persona influyen en
el resultado de la negociación. Además, es importante distinguir entre las contribuciones
percibidas y las reales, porque estas son casi siempre diferentes. Esta diferenciación es
relevante para las discusiones de género, ya que ayuda a clarificar no sólo la percepción frente
al trabajo y la contribución productiva de las mujeres sino también su real trabajo y
contribuciones productivas, y cómo repercuten en el poder de negociación de las mujeres
dentro del hogar. Por otra parte, esto es útil con el fin de hacer visible la poca valoración del
trabajo reproductivo que es realizado principalmente por mujeres.

5.3. Contribuciones feministas a la discusión sobre los hogares

Los estudios feministas han contribuido a la discusión sobre la negociación al interior de los
hogares al considerar la relevancia de los factores ideológicos y las relaciones de poder. Por
una parte, muchas autoras feministas resaltan cómo el hogar y el matrimonio son instituciones
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de subordinación, opresión e inequidad de género que favorece a los hombres (Deere y León,
2001; Papanek, 1990). Por otra parte, otros estudios feministas ven el hogar como un espacio
de resistencias de género (Chant, 2003; Agarwal, 1997; Hart, 1991, citada por Kabeer 1994:
121; Kandiyoti, 1988). Por su parte, Whitehead (1984) introduce la noción del “contrato
conyugal” según la cual la familia era entendida como un espacio de subordinación y
dominación, en el contexto de la literatura feminista de principios de los ochenta. Este
concepto es todavía útil para entender parte de la complejidad de las relaciones de género en
el hogar, y en particular las relaciones entre esposo y esposa. El contrato conyugal se refiere a
los términos en los cuales la pareja intercambia, distribuye y consume los activos, los bienes,
el ingreso y los servicios, incluyendo el trabajo, en el hogar con el fin de satisfacer las
necesidades personales y colectivas, entre las que están la alimentación y el cuidado de los
hijos. El análisis del contrato conyugal examina cómo el poder relativo de un miembro del
hogar en relación con los demás, así como sus intereses materiales, influencian aquellos
términos. Este poder y estos intereses dependen no solo de la producción sino también del
consumo.
Otras feministas más que poner énfasis en el hogar como un espacio de subordinación,
confrontación, conflicto y resistencias de género, plantean que este es una institución más
compleja que tiene estas características pero que también presenta intereses compartidos,
cooperación y negociación entre sus miembros. Esto significa que el hogar no es simplemente
un espacio con individuos con características de género; es un espacio con relaciones de
género, con individuos con género que se relacionan entre sí de múltiples maneras que
implican conflictos, cooperación, subordinación y equidad. Como Jackson (2007: 109) dice:
“El hogar implica bienestar e intereses tanto separados como compartidos, sus miembros
tienen conflictos pero también cooperan de distintas y cambiantes maneras a lo largo de la
vida, y estas interacciones son absolutamente críticas para los trabajos de género”.

5.4. El concepto de “cabeza o jefe de hogar”

Uno de los aspectos que han atraído más discusión en los debates sobre el hogar y la familia
es quién es la cabeza o el jefe. Ha habido criterios tanto subjetivos como objetivos para definir
quién es el jefe o cabeza de hogar. De acuerdo con el criterio subjetivo que es usado
principalmente en los censos, la “cabeza” o “jefe” es la persona designada como tal por otros
miembros del hogar por diferentes razones (por ejemplo, quien gana el mayor ingreso, quien
toma las principales decisiones, la persona más respetada en el hogar) (Bruce y Lloyd 1997:
214; Buvinic y Gupta 1997: 260; Chant 1997: 8). El foco del criterio objetivo, cuyos orígenes
11
están en el derecho de familia (Folbre 1991: 90), ha estado en el ingreso relativo generado, las
horas relativas de trabajo contribuidas o la responsabilidad relativa en la toma de decisiones
(Bruce y Lloyd 1997: 215-216). La literatura muestra que ninguno de los dos criterios está
ausente de problemas (Bruce y Lloyd, 1997-217; Chant, 1997: 7-10; Buvinic y Gupta, 1997:
260); Folbre, 1991; Harris, 1981: 143-148), ya que la asignación que se hace generalmente de
la cabeza o jefe de hogar al esposo/padre está basada en supuestos de la filosofía patriarcal y
refuerza a su vez el pensamiento y las prácticas patriarcales. Además, el hecho de que se haga
referencia a una sola cabeza de hogar, principalmente masculina, “enmascara la complejidad
de los sistemas de distribución en el hogar y puede actuar como una herramienta para reforzar
el poder masculino en la sociedad en general” (Illo 1992: 182, citado por Chant 1997: 7;
traducción propia). Folbre (1991: 93) también plantea que el término “jefe” o “cabeza”
simplifica las relaciones entre los miembros de la familia al definirlas en términos de una sola
persona de referencia.
La jefatura femenina también ha atraído mucha discusión acerca de temas como la
característica asimétrica de este término en relación con el de jefatura masculina, dado que se
considera que un hogar está encabezado por una mujer si no reside un hombre adulto (Folbre
1991: 92; Bruce y Lloyd 1997: 215; Chant 1997: 9). Muchos autores han propuesto
desagregar este concepto en términos más específicos tales como hogar “mantenido por una
mujer”, “de madre soltera”, “sin hombres”, “liderado por una mujer”, “centrado en la madre”,
“de madre sola”, “hogar extendido encabezado por una mujer”, “con una mujer sola”, “con
personas de sexo femenino solamente”, “con predominio de mujeres”, “encabezado por la
abuela”, entre otros (Buvinic y Gupta 1997: 260; Chant 1997).

5.5. Comunidad y normas sociales

Para el propósito de este capítulo, la comunidad es definida en términos de una identidad


compartida basada en la localización (por ejemplo, un pueblo) (Agarwal 1997: 29). La
comunidad es una de las instituciones en la cual las inequidades y equidades de género son
creadas y reproducidas. Esto ocurre principalmente a través de normas sociales que
determinan el comportamiento social. Las normas sociales se entienden como las reglas
morales informales relacionadas con los principios de un comportamiento bueno o malo los
cuales están apoyados por sanciones sociales que pueden ser internalizadas por los individuos
(Rutherford 1996: 62).
Muchos autores han prestado mucha atención al papel de las normas sociales en la
distribución y toma de decisiones sobre los activos dentro del hogar, teniendo en cuenta que
12
muchas de estas normas sociales tienen contenidos de género. Lundberg y Pollak (1997),
Carter y Katz (1997) y Katz (1997) han tratado de introducir normas sociales en los modelos
económicos del hogar. Muchas feministas han involucrado las normas sociales en su análisis
de la negociación de género en el hogar de una manera más cualitativa (Agarwal, 1997;
Folbre 1997, Deere y León, 2001). Agarwal (1997: 15-21) sugiere que las normas sociales
afectan la negociación en el hogar de diversas maneras. En primer lugar, en determinados
momentos y en contextos específicos algunas normas sociales pueden ser admitidas sin
discusión o debate (Bourdieu, 1977: 170), o son algo aceptado como una parte natural y
evidente del orden social y no está abierto al cuestionamiento (Agarwal, 1997: 15l). Otras
normas pueden ser campos de la opinión (Bourdieu, 1977: 168), es decir que pueden ser
explícitamente cuestionadas. Las normas sociales pueden obtener su legitimidad de la religión
y otras creencias. Dichas normas se transforman cuando las percepciones sobre las
necesidades y derechos de las personas cambian debido a la influencia de, por ejemplo,
acciones estatales o privadas (por ejemplo, políticas, leyes, publicidad, programas).
En segundo lugar, las normas pueden determinar o restringir el poder de negociación de uno o
más miembros de la familia, al, por ejemplo, restringir sus posibilidades de generar ingresos o
al dar justificaciones para mantener leyes de propiedad que son inequitativas en términos de
género o al definir hasta qué punto una persona tiene voz en el hogar (Agarwal 1997: 16-17).
En tercer lugar, las normas afectan cómo la negociación es llevada a cabo, al definir primero
cómo los miembros de la familia deben desempeñarse dependiendo principalmente del
género, la edad y el estado civil. Por ejemplo, la construcción cultural del comportamiento
apropiado de las mujeres en muchas sociedades que establece que las mujeres deben ser
dóciles y reservadas mientras que los hombres deben ser agresivos y locuaces, genera que las
mujeres participen menos que los hombres en la negociación y cuando ellas participan otros
las ven como “masculinas” (Agarwal, 1997: 17).
En cuarto lugar, las normas sociales pueden ser endógenas en el sentido que pueden estar
sujetas a negociación y pueden ser transformadas. Agarwal (1997: 19) resalta tres puntos en
relación con la negociación de las normas sociales: uno, el rol de los factores económicos que
empujan a la gente a retar las normas; dos, el rol de los grupos en mejorar la habilidad de las
personas para retar las normas; y tercero, la naturaleza interactiva de la negociación dentro y
fuera del hogar para retar efectivamente las normas sociales.

5.6. El Estado: Leyes, políticas y programas

13
Folbre (1997) introduce la noción de parámetros ambientales con contenido de género al
adaptar el concepto de parámetros ambientales extra-domésticos propuesto por McElroy
(1990). Estos parámetros son factores institucionales que afectan la distribución, control y uso
de los activos del hogar, tales como la legislación del matrimonio y el divorcio y las políticas
públicas relacionadas con, por ejemplo, la promoción de los derechos y las condiciones
laborales y de seguridad y protección social. Estos parámetros tienen contenido de género en
el sentido que su impacto en los hogares está afectado por la identidad de género de los
miembros de la familia y sus relaciones.
Folbre (1994) pone especial énfasis en las estructuras limitantes que influencian la
pertenencia de unas personas a diferentes grupos. Esta autora considera que los programas de
seguridad social de América Latina son ejemplos de estas estructuras limitantes. Molyneux
(2006: 427) plantea que las políticas sociales recientes en América Latina, contrario a lo que
dicen varios autores, no son ciegas al género sino que por el contrario trabajan con
concepciones, con contenidos de género, de las necesidades sociales, entre las que están
concepciones atadas a la familia y que surgen de visiones patriarcales y paternalistas.
Mientras que las mujeres han ganado acceso a la educación y la salud, y han entrado al
mercado laboral, al mismo tiempo sigue existiendo la idea de que sus principales
responsabilidades están con la familia. Es claro que las mujeres han tenido más visibilidad
ahora que antes en las políticas sociales: si durante el periodo de las políticas de ajuste
estructural las mujeres fueron el ejército invisible que asumió los costos del ajuste para
asegurar la sobrevivencia del hogar, la Nueva Agenda de la Pobreza apareció para hacer más
visibles a las mujeres (Molyneux, 2006: 432). En términos de Fraser (1989), los clientes de la
nueva política social en América Latina parecen ser las mujeres, especialmente las mujeres
con niños. Aunque las mujeres son los sujetos visibles y explícitos de la política y pueden
resultar marginalmente empoderadas, parece ser que los programas sociales refuerzan las
divisiones sociales a través de las cuales las asimetrías de género son reproducidas, tal como
Molyneux (2006: 440; traducción propia) muestra: “Con los padres al margen del cuidado de
los hijos y además marginalizados por el diseño del programa, el Estado juega un papel activo
en re-tradicionalizar los roles e identidades de género”. Adicionalmente, estos programas
ponen énfasis en el papel reproductivo de las mujeres y no tienen en cuenta ni sus
responsabilidades productivas ni cómo se conectan con el papel productivo de los hombres.
En términos de la tierra, Deere y León (2001) demuestran cómo algunas políticas y programas
de los gobiernos de América Latina en relación con la tierra, así como la legislación sobre el
matrimonio, el divorcio y la herencia, han tenido efectos significativos sobre la propiedad de
14
la tierra de hombres y mujeres. Estas autoras muestran que la inequidad de género en este
tema se debe a las preferencias masculinas en la herencia y a los sesgos de género en los
programas estatales de distribución de tierra, entre otros factores.

6. Poder de negociación

El poder de negociación en el hogar es la capacidad para tomar decisiones e influir en el


proceso de negociación al interior del hogar. Esto significa que el poder de negociación es una
habilidad que un miembro de la familia tiene en relación con los demás, como Doss (2003:
44) plantea: “Es la cantidad relativa de influencia que un individuo tiene en comparación con
otros individuos en el hogar”. Retomando los cuatro tipos de poder propuestos por Rowlands
(1997) (“poder sobre”, “poder para”, “poder con” y “poder interior”), el poder de negociación
en el hogar se entiende comúnmente como la noción negativa de “poder sobre” que implica
relaciones de subordinación, dominación, inequidad y conflicto entre esposa y esposo. Sin
embargo, las otras tres nociones de poder más positivas pueden ser también parte del poder de
negociación en el sentido que la pareja está en una relación en la cual ambos miembros
ejercen diferentes poderes que no siempre conducen a resultados negativos para uno de los
esposos sino que también pueden crear efectos positivos para ambos. En este capítulo, poder
implica no solo conflicto sino también relaciones de cooperación, y el poder de negociación
toma lugar en un proceso constante donde hay conflictos y cooperación entre las mujeres y
hombres en el hogar.
Los modelos de negociación en el hogar entienden el poder de negociación al interior de este
como una función de la “posición de retirada” o “punto de amenaza” de cada miembro de la
familia en relación con los otros; o los recursos relativos que ella o él es “capaz de manejar
independientemente de los otros miembros del hogar” (Kabeer 1999b: 11). Esto significa que
la posición de retirada indica las opciones externas que determinan que tan bien ella o él
estarán si la cooperación falla. Una mejora en la posición de retirada de una persona (mejores
opciones externas) conducirá a una mejora en el manejo que la persona tenga en el hogar
(Agarwal 1997: 4). En otras palabras, si una persona tiene una posición de retirada más fuerte
esto significa que ella o él tiene más poder que antes en la negociación, mientras que una
posición de retirada más débil indica menos poder. Desde esta perspectiva, el poder de
negociación se mide principalmente por sus fuentes, como por ejemplo aquellas relacionadas
con factores económicos (ingreso, riqueza, educación, por ejemplo) y aquellas relacionadas
con recursos comunitarios y estatales (normas sociales y leyes, por ejemplo) (Doss, 2003).

15
Lo anterior es una comprensión útil pero parcial del poder de negociación debido a dos
cuestiones. En primer lugar, está relacionada con dos de las tres dimensiones del poder de
negociación (recursos y logros), pero la dimensión de agencia no está incluida. En segundo
lugar, el enfoque sobre la posición de retirada no tiene en cuenta la interrelación entre las tres
dimensiones. Veamos esto con más detalle.
Kabeer (1999a y 1999b) establece que las tres dimensiones interrelacionadas del
empoderamiento (recursos, agencia y logros) corresponden a tres momentos en la
negociación: pre-condiciones, proceso y productos. La dimensión de los recursos o las pre-
condiciones incluye tanto el acceso presente como el futuro a recursos materiales, humanos y
sociales. La agencia o proceso incluye la toma de decisiones y la negociación. Los logros o
resultados de la negociación pueden ser vistos en términos del bienestar. Las tres dimensiones
de poder son indivisibles porque no es posible establecer el significado de un indicador,
cualquiera que sea la dimensión de poder que se esté midiendo, sin hacer referencia a las otras
dimensiones de poder. En otras palabras, las tres dimensiones son indivisibles cuando se
quiere determinan el significado de un indicador y por tanto su validez como una medida de
empoderamiento (Kabeer 1999a: 452).
El acceso a recursos indica un potencial más que un poder real, y por tanto un indicador de
acceso puede indicar una opción potencial pero no es válido para mostrar directamente la real
agencia o los resultados concretos de una negociación. Algo similar sucede con un indicador
de logros: si queremos usarlo como un indicador de poder es necesario observar hasta qué
punto este logro ha transformado, reforzado o no ha modificado las inequidades en los
recursos y la agencia. En términos de un indicador de agencia, debemos observar su efecto
tanto en el acceso presente como futuro a recursos, y en los logros finales. La implicación
metodológica de esta indivisibilidad entre recursos-agencia-logros es la necesidad de
triangular las evidencias mostradas por un indicador con el fin de asegurar que este sea
entendido de acuerdo a su significado real.

7. Conclusiones

Entender las transformaciones en las relaciones de género al interior de los hogares rurales en
un contexto de ruralidades cambiantes es una tarea compleja que requiere abordajes
conceptuales que permitan capturar adecuadamente dicha complejidad. En este capítulo se
han ofrecido cinco abordajes teóricos y conceptuales que contribuyen a este propósito. Estos
tienen conexiones entre sí pero también hay vacíos, lo cual implica que los enfoques
presentados aquí tienen fortalezas pero también debilidades para el análisis del desarrollo
16
rural con una perspectiva de género. Hay tres principales fortalezas del marco conceptual
presentado en este capítulo. En primer lugar, una fortaleza es la interrelación entre el enfoque
de las tres dimensiones para el análisis del poder de negociación en el hogar (Kabeer 1999a y
1999b) y los modelos de negociación en el hogar, en el marco del enfoque de las relaciones
institucionales (Kabeer 1994; Kabeer y Subrahmanian 1996). Esto es útil para analizar los
indicadores de las tres dimensiones del empoderamiento teniendo en cuenta que ellas están
actuando en un contexto institucional.
En segundo lugar, la aplicación de la teoría de la trayectoria de vida al enfoque institucional le
da a este una dimensión temporal, dado que permite observar de una manera sistemática los
cambios en el tiempo en las biografías personales y cómo estas están relacionadas con las
dinámicas interacciones institucionales más amplias. En particular, la teoría de la trayectoria
de vida permite examinar las transformaciones a lo largo del tiempo en el poder de
negociación entre los esposos y su interrelación con las cambiantes normas sociales,
legislación y políticas y programas estatales.
En tercer lugar, es útil integrar en el análisis el modelo de conflictos cooperativos de Sen con
algunas contribuciones de autoras feministas tales como el contrato conyugal (Whitehead,
1984) y la idea de que el hogar es un espacio con relaciones de género que son tanto
conflictivas como cooperantes, injustas pero también benéficas, con comportamientos,
intereses y bienestares diferenciados, pero también compartidos (Jackson 2007). Esta
combinación de elementos conceptuales es útil para tres propósitos. Primero, permite entender
que la negociación tiene lugar en un proceso constante en donde hay conflictos y cooperación
entre mujeres y hombres en el hogar. Segundo, es útil para observar que diferentes tipos de
recursos (por ejemplo, dinero, tierra, alimentos) pueden ser distribuidos de acuerdo con
lógicas distintas. Tercero, es útil para mostrar la relevancia de entender el poder de
negociación en el hogar no solo sobre aspectos materiales sino también sobre aspectos
sociales, culturales, ideológicos y emocionales.
En términos de las debilidades, aunque el marco conceptual ofrecido en este capítulo permite
ver los aspectos emocionales involucrados en el proceso de toma de decisiones que hacen los
esposos sobre bienes materiales en el hogar, la ausencia de conceptos psicológicos en dicho
marco conceptual limita la explicación de estos elementos emocionales, qué tanto ellos
moldean el poder de negociación, y viceversa, y hasta qué punto estos elementos interactúan
con aspectos materiales e ideológicos.

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