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“Se nota que la quieres mucho, Mauricio”

No le respondí. Apenas pude mirarla a los ojos por un instante mientras seguíamos caminando sin rumbo.
Me dí lástima a mi mismo por no poder pronunciar alguna frase audaz en ese momento. Alguna palabra
sincera y profunda que me expresara la realidad del cariño que tengo hacia Melisa y a la vez, reflejara mi
intención de tenerla como una de mis mejores amigas, si no la mejor. Pero no más.

“Te oí decir que no planeas casarte, pero no pude creerlo mientras te veía abrazarla. Te gusta Melisa?”

Debo admitir que esa pregunta era de esperar. Si abrazas a una mujer con sincero cariño, la miras a los
ojos mientras te brillan y la tratas y le hablas como el ser más especial de esta tierra frente a todos tus
amigos, así no sea necesariamente cierto, dejarás suficientemente claro para los demás que estás
profundamente enamorado de ella. Miré de nuevo a Tatiana a los ojos, esta vez un poco más tranquilo. No
tenía razón para temer responderle. No era la primera vez que alguien me hacía esa pregunta. Es más, no
me preocupaban los pensamientos ajenos sobre el tema. No tengo reparo en expresarle mi más profundo
querer a esa mujer a la que hace unos minutos me encontraba abrazando en cuerpo y alma.

Invité a Tatiana a sentarse conmigo un rato, ambientando el momento con un par de tazas de café. De
nuevo, las miradas a mi alrededor reposaban sobre mí. Seguramente muchas personas se preguntarían
quién era aquel muchacho tan cercano y con tanta confianza hacia dos de las mujeres más especiales y
seguramente más codiciadas de todo el sector? Las pretendía a ambas? Seguramente me veían en ese
momento como un desgraciado que las coqueteaba esperando a que alguna sucumbiera ante mis palabras.
En todo caso es usual que los hombres hagan lo mismo con las muchachas que les gustan. Les hablas
tranquilamente, luego de un modo más cercano. Terminas por susurrarle al oído haciéndola sonreir
picaronamente para luego mirarla a los ojos, dejar que ella los cierre y robarle un beso. Se convierte un
beso en la puerta para entrar al corazón de una mujer. Y a su cuerpo.

Pero a diferencia de muchos otros, yo no miraba a Tatiana. La taza de café era sólo una excusa para hacer
un poco más lento el momento. Me tranquiliza. Y brinda pausas a mis palabras mientras se enfría
lentamente.

“No planeo casarme. Pero si existiera una excepción a este plan, seguramente sería Melisa Arias.”

Tatiana no pudo evitar sonreir mientras me miraba. Me dí cuenta de esto. Casí que lo había hecho con
toda la intención. Una frase totalmente comprometedora. Hasta ahora la respuesta era un “si”. La
muchacha al frente mío seguramente esperaba convertir ese momento en una confesión de mi parte. No
era para más. Pero yo estaba tranquilo.

“Ya te había dicho que nunca he tenido novia. No he dado mi primer beso. Eso no significa que nunca me
haya fijado en una mujer, ni me convierte en una persona carente de sentimientos. La primera mujer en
robar mis pensamientos se llama Luz Ángela. Eso fue hace siete años. La conocí como toda una señorita:
bella, inteligente, radiante… yo era todavía un niño. Hasta ese momento lo fui. El tiempo que duré
pensando en Ángela fue ciertamente largo. Al menos dos años, noche por noche, imaginando
conversaciones con ella, en algunas como sinceros amigos, en otras declarando sentimientos. En mis
sueños llegué a besarla en medio del amor y el sentimiento. Para bien o para mal, solo en mis sueños.

Esa época coincidió con dos eventos que marcaron mi adolescencia. El primero fue hacerme conciente de
mi corta estatura y del hecho que siempre me encontraría muy por debajo del promedio. Luego vendría el
inicio del acné severo. Sin duda, cuando estás enamorado por primera vez y empiezas a pensar más en
una mujer que en el resto de tu vida, saber que no eres en absoluto atractivo para ella se convierte en una
noticia muy dura. Aquellos sueños tiernos nunca se harían realidad. Cuántas noches había perdido hasta
entonces? Me dejé llevar por la depresión y las lágrimas durante algunos meses. No dejaba que los demás
lo notaran, me guardaba mis pensamientos durante el día y los dejaba surgir de noche. Excepto por
haberme aislado un poco más de mis amigos durante ese tiempo, no había motivo para sospechar que algo
pasaba en mi interior.

Pero no podía durar para siempre así. Llegó entonces el día en el que me propuse nunca volver a llorar.
Siendo quizá una de las decisiones más importantes que he tomado, no recuerdo la fecha. Sólo estoy
seguro que hasta hoy he cumplido a cabalidad con esta promesa. No dejarte llevar por tus emociones te
hace una persona más fuerte. Empiezas a controlar lo que sientes, a acumular tus sentimientos. Si algún
día se desborarán o no, depende de tu fuerza de voluntad. Hasta el día de hoy, no se me ha agotado.
Ángela pasó a ser un recuerdo en mi vida del modo más drástico posible. Al menos para mí, fue
afortunado no volver a verla. Imposible no es un hecho, es una opinión. Pero no puedes pensar lo mismo
acerca de las personas, y debes comprender que algunas se encuentran mucho más allá de tu alcance. No
debes jugar con ellas.

Logré superar mis pensamientos sobre ella, más nunca volví a ser el chico jovial y a la vez serio que solía
conversar bastante con sus amigos. Hasta hoy, lo que conoces de mí no son más sino los restos de aquel
que una vez fui.

Pasaron los años, sin volver a pensar en el tema. Conocí entonces a Adriana, por pura casualidad. La
misma casualidad que nos reveló mutuamente los gustos similares que teníamos, muchos pensamientos
semejantes e incluso formas de ser y de actuar. Me hablé con ella cada vez más, del modo más natural
posible. A lo largo de los meses fui tomando cada vez más confianza con ella. El tipo de confianza que
hace que puedas encerrarte con ella hasta la madrugada en una habitación, con la total aprobación de sus
padres”.

Tatiana me miró extrañada. Que puedes hacer con una mujer mientras te encierras con ella en medio de la
noche? La miré de nuevo a los ojos y sonreí. Dejé que los pensamientos más picaros llegaran a su mente.
Dejé que se defraudara, se extrañara e incluso, se inquietara y sintiera curiosidad por saber más de mí en
ese instante. Me demostré una vez más a mi mismo que podría cautivar a una mujer si quisiera. Pero
llegaba entonces mi conciencia. No quería. Mucho menos deseaba irrespetar a Tatiana o jugar con ella, así
fuera sutilmente.

“Contrario a lo que puedas llegar a pensar, nunca la toqué. Ni siquiera la besé. Nunca fuimos novios. En
esos momentos, no la pretendía”.

No dejó de mirarme. Intentaba de algún modo darme a entender con su expresión que no había tenido
“esos” pensamientos sobre mí. Lo intentaba en vano. Pero nadie era culpable de nada. Era una buena
muchacha.

“Poco a poco empezó a llamarme la atención Adriana. Ya sabes, es tu amiga, pasas todo el tiempo del
mundo con ella, te das cuenta lo atractiva que es… es casi inevitable. El resto ya te lo había dicho. Llegó
el día en que se lo confesé a ella. Empezaron las discusiones por detalles cada vez mayores, hasta el día
en que decidí nunca volver a hablarle. Aún la saludo. Pero a grandes rasgos, he mantenido también esa
promesa. La razón de la misma es muy sencilla: cuando miré retrospectivamente lo que había acontecido,
me dí cuenta que nunca llegué a quererla sinceramente. Me gustaba más de lo que la quería. El tipo de
atracción que sientes por una mujer que te hace querer volver a encerrarte con ella por las noches. Pero
había pocos sentimientos de por medio. La había intentado engañar. Pero sólo había logrado engañarme a
mi mismo”

Mi taza de café estaba por terminarse. Del mismo modo aquella conversación. Era casi una confesión,
como Tatiana esperaba. Pero mucho más profunda y sin duda totalmente inesperada.

“Así que decidí hace poco nunca volver a pasar por algo similar. Nunca volver a involucrar el engaño en
mi vida. Contrario a lo que hacen muchos jóvenes a mi alrededor, mientras nos miran y en especial te
miran, voy a mantenerme a una distancia prudente de las demás mujeres que conozca. Eso me llevará
inevitablemente a permanecer en soledad el resto de mis días. Es una decisión trágica. Pero ya la tomé.

La única excepción, como te dije, sería alguien como Melisa. No me gusta. No soy ciego, he contemplado
lo bella que es. Pero la quiero mucho más de lo que me gusta, si puedo darme a entender de algún modo
con esa frase. Soy sincero conmigo en ese aspecto, y sé que ella merece a alguien mucho mejor que yo. A
alguien a quien ella pueda querer tanto como yo a ella. Es realmente especial para mí, pero no puedo
pretenderla. No tengo derecho. No la merezco. Y ella merece alguien que sea mucho más que yo. Planeo
no casarme. Ojalá me equivoque. Eso significaría una fortuna de felicidad para el resto de mis días. Para
mí es totalmente improbable que esa felicidad llegue. Pero pueden haber excepciones. No la pretendo ni
la voy a pretender. Ojalá me equivoque de algún modo respecto a mi futuro. Ojalá alguien como Melisa
llenara mis dias. Pero tengo que ser cruel conmigo mismo y pensar siempre en el peor escenario si no
quiero terminar rompiendo mis promesas al sentirme decepcionado.”
No sé si Tatiana llegó a entenderme. En el fondo creo que sí. De un modo bastante breve le había
expresado lo que sentía. Sin duda, ella sintió lástima por mí en ese momento. Yo no pretendía que fuera
así. Son mis pensamientos y mis sentimientos. Mi modo de ser y de actuar. Mi filosofía. Lo que ella
sintiera no cambiaría las cosas.

Terminada la conversación, me despedí de ella del mismo modo que lo hacía siempre: tan solo con
palabras. No había besos, ni abrazos ni palmadas. Mantenía mi distancia de los demás, a diferencia de
muchos otros que buscan acortar distancias con ella. Esta vez fue ella la que prefirió no pronunciar
palabra. En todo caso, aquella mujer seguramente mañana se habrá olvidado de lo que le dije mientras
nos tomábamos una taza de café. No importaba. Esa es mi vida. No sé si existan en algún momento, pero
hasta ahora, no ha tenido excepciones.

Eldanior

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