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Halperin Donghi-La Argentina y la tormenta del mundo. Ideas e ideologías entre 1930 y 1845.

Capítulo 1: ¿Tiene aún futuro la democracia?


Antes incluso de la tormenta cada vez más violenta que se desencadenó sobre el mundo a partir de
1929 –pronto vista por muchos como destinada a poner fin a la etapa floreciente e la civilización
liberal y capitalista-, el régimen de la democracia representativa, que surgió como su expresión
política más madura, estaba lejos de apoyarse en un sólido consenso de opinión.
Aun quienes contemplaban sin entusiasmo el avance de la democracia juzgaban todavía que ésa
era la dirección en que se movía la historia universal. Faltaban pocos años para que un par de
nuevos acontecimientos volvieran esa conclusión menos segura. En noviembre de 1917 el
alzamiento socialista de Petrogrado, ofreció el punto de partida para la instauración de un régimen
que gobernaría bajo el signo del socialismo. En octubre de 1922 la exitosa marcha de los fascistas
sobre Roma puso a Italia en el camino hacia la instauración de otro régimen que inventó para sí
mismo la designación de totalitario y se proponía erigir una berrera a los avances del socialismo,
oponiéndole otra revolución que ambicionaba dejar atrás la etapa vivida bajo el signo de la
democracia.
Visto desde la orilla argentina, ese cambio en el telón de fondo de su primera experiencia
democrática pesó menos que las modalidades de esa experiencia misma, que inspiraron una
reacción más tibia que ambigua. A los ojos de quienes no habían sido directamente afectados por
las modificaciones en el personal dirigente de las instituciones del estado, la democracia no había
traído consigo la regeneración nacional que algunos habían esperado, pero tampoco había marcado
la regresión a la barbarie política que denunciaban sus víctimas directas. En consecuencia la
aceptaban sin entusiasmo pero también sin verdaderas reservas, y esa aceptación hacía que las
noticias acerca de los experimentos políticos en marcha en otro hemisferio no debilitaran demasiado
la noción de que la democracia seguía siendo un destino, como en el pasado.
Ni aún el derrumbe institucional de 1930 alcanzó a debilitar gravemente esa convicción.
No es sorprendente que una fe de esas características fuera incapaz de inspirar defensas
apasionadas de ese régimen. Quienes la tomaban a su cargo, a veces parecen hallarla atractiva
porque el escaso entusiasmo que concita el ideal democrático requiere reivindicarlo recurriendo a
sutiles paradojas en las que ha de brillar bajo la luz más favorable el raro ingenio del defensor.
Otras, despliegan el desenfado entre resignado y desafiante de quien se dispone a librar una
desesperada batalla contra una multitud de enemigos que está cerca de cubrir el horizonte político.
La primera opción es la que prefiere Julio Fingerit; la segunda la practicará por años Ramón Doll.
Fingerit ejercía la dirección de la revista Número, más decididamente identificada con las corrientes
integralistas y anti modernas en avance en las filas católicas.
Doll, este militante socialista que acompañó la escisión de los independientes pero se acercó de
nuevo al tronco originario luego de 1930, a partir de 1929 reunió en volumen artículos de crítica
literaria y análisis social y político en los cuales una deliberada arbitrariedad en el juicio se
acompañaba en más de una ocasión de una casi profética capacidad de anticipar puntos de vista que
serían dominantes en el futuro. Marcó el punto de partida para el exitoso avance del tópico que
denuncia el divorcio entre las elites letradas Argentinas y el pueblo.

Para Fingerit es falso que “el hombre como es pueda ser bien gobernado”; por lo cual no pueden
aspirar sino a ser gobernado tolerablemente, porque, como heredero del pecado de Adán, “tiene más
de Caín que de Abel”. Sólo en un marco democrático podrá una sociedad alcanzar estabilidad
duradera, ya que gracias a “la continua circulación electoral de la envidia y del resentimiento, el
vulgo en tal actividad se tiene contento”. Un argumento subtiende todo el alegato de Fingerit, pero,
a diferencia de lo que ocurría en el prólogo de su ciclo novelesco, permanece informulado: a saber,
si la democracia merece gobernar el mundo es porque, como todos sabemos, el Diablo es el Señor
de este mundo.
El argumento de Doll es que, si se contase con un poder judicial dispuesto a ello, habría manera de
encuadrar en el marco constitucional medidas tan radicales como, por ejemplo, la monopolización
del comercio de granos por parte del pueblo. A su juicio, si los enemigos del demo-liberalismo se
niegan a admitir ese hecho evidente, es porque “quieren el gobierno fuerte y ponen de carnada la
debilidad del Estado liberal para resolver los angustiosos problemas económicos de la hora”. Doll
no niega que les asista el derecho de orientarse hacia “fines mucho más altos y trascendentes que
arreglar caseramente nuestra economía” y se limita a objetar que sería más honrado que lo
reconociesen así.
Aunque se decide a retirar su adhesión a las soluciones favorecidas por el partido socialista,
percibe muy bien lo que éstas deben a su origen en el marco de la civilización liberal y capitalista, a
la que cree, como muchos, cercana a una muerte por la que no se inclina a llevar luto. ¿Hasta
cuándo podrá seguir exaltando, como todavía lo hace en 1933, contra el panamericanismo “utópico,
lírico y generalmente chalatanesco” de Waldo Frank, o el latinoamericanismo de un Manuel Ugarte
que “intenta acallar los cañones imperialistas con proclamas escritas en París”, el más modesto y
por eso tanto más eficaz “trabajo nacionalista” de “los grandes, los verdaderos americanos, los
nuestros, por lo menos, como Sarmiento, como el Dr Justo?
Presentaba como constitucionalmente factible el reemplazo masivo de la oligarquía judicial, cuyo
férreo conservadurismo y servilismo frente al poder político era tema frecuente de sus agrias
denuncias, por una judicatura dispuesta a ponerse al servicio de las más audaces reformas
socioeconómicas. Así, la imprecisión de su noción de capital financiero le permite alcanzar
conclusiones que no resistirían un examen apenas riguroso; pero necesita alcanzarlas para
identificar la defensa de la democracia con la del intransigente librecambismo que Juan B. Justo
había dejado en herencia al partido Socialista.
La creciente fragmentación del mercado mundial causada por la crisis, que estaba haciendo
irrelevantes los argumentos del librecambismo, sin duda facilitó la evolución que pronto lo llevaría
a navegar en la marejada del fascismo en avance con un entusiasmo mucho más intenso que el de
quienes celebraban ese mismo avance desde la derecha. Mientras éstos nunca encontrarían fácil
extender al Tercer Reich hitleriano la efusiva admiración que les despertaba la Italia fascista, Doll
sería una de las pocas figuras caracterizadas algo sumariamente como nazis. En la defensa de esa
nueva causa, su creciente tosquedad de razonamiento y estilo alcanzaría consecuencias menos
inocentes que durante su etapa de paladín de la democracia.
El testimonio que esas ambiguas defensas ofrecen acerca de la disminuida eficacia política del
credo liberal-democrático encuentra su confirmación en la actitud que ante la democracia de
sufragio universal despliegan los voceros de la nueva derecha identificada con un catolicismo
agresivamente antimoderno. Así, en artículos de César Pico dedica a una exhaustiva rendición de
cuentas con la democracia liberal, se hace claro que el blanco que tiene en la mira es menos la
democracia que el liberalismo.
Por su parte, el P. Julio Meinvielle, presenta una conclusión sustancialmente análoga: el reemplazo
de la democracia por la dictadura no bastaría para instaurar un orden auténtico, que define como
aquel en que “cada cosa ha de ocupar su sitio prestando vasallaje a las realidades superiores. Lo
Absoluto solamente es Incondicionado. Absoluto es Dios porque es Ser. Es Cristo porque es Dios, y
es la Iglesia porque es Cristo”; el corolario es que frente a ella “la Patria y el gobierno tiene que
subordinarse y prestar vasallaje”.
Como se advierte, mientras los voceros del catolicismo anti moderno definen los objetivos de su
combate de modo aún más ambicioso que antes de la quiebra de la república verdadera, su llamado
a la lucha ha perdido mucho de la urgencia que entonces lo había caracterizado: no los alarma la
posibilidad de que ese combate, en que han de sucederse varias generaciones, no alcance a debelar
al liberalismo, ni que sea preciso esperar hasta la madurez de los tiempos para que el Príncipe de
este mundo, que inspirado la apostasía liberal, sufra la definitiva derrota que está profetizada en el
Apocalipsis.
Hasta tal punto la democracia liberal ha dejado de ofrecer un desafío capaz de acicatear las
energías combativas del catolicismo que resurge bajo signo antimoderno, A diferencia del
liberalismo, cuyos “fantasmas” son ya “casi inasibles a la inteligencia”, el fascismo “por rudeza da
cuerpo al error, por su actividad lo presenta realizado”. A ojos de los voceros de la nueva derecha,
de la amenaza que había representado hasta 1930 la democracia liberal no quedaba en pie más que
un rutinario desafío ideológico incapaz de suscitar la ansiada movilización de las masas católicas;
en parte era así porque también para ellos la revolución de septiembre había disipado la pesadilla
del sufragio universal.
En 1934, Carlos Ibarguren había propuesto una reforma institucional que combinaría la
representación corporativa con la de ciudadanos individuales consagrada por la tradición liberal;
ahora reclama un reemplazo total de ésta por aquélla. Por añadidura, mientras entonces había
rechazado explícitamente tomar como modelo el régimen establecido por Mussolini en Italia, ahora
declara inspirarse en “los principios corporativos del fascismo”, que tienen a su juicio “esa realidad
humana que es esencial para que una doctrina política pueda ser universalmente eficaz”.
El atractivo principal que Ibarguren encuentra a la revolución fascista es que a diferencia de otras
revoluciones, en las que “la concurrencia de muchos dirigentes y las luchas entre ellos produjeron la
anarquía”, la italiana, “inspirada y […] dirigida por un jefe conductor” ha gozado de “una evolución
ordenada y sistemática”, que le ha permitido elaborar una precisa alternativa institucional al estado
liberal-democrático, y dotarla de un sólido fundamento ideológico.
Acaso apruebe la Carta del Lavoro no por ver en ella el anticipo de un futuro paraíso corporativo
donde el león y el cordero podrán por fin vivir en espontánea armonía, sino por reconcer en su texto
una inspiración afín a la de ese proyecto de ley laboral de Joaquín V. González, en el cual se habían
encarnado las veleidades de reforma social de la moribunda república posible: el proyecto ya
asignaba al estado el papel de árbitro final en conflictos en que la fuerza del trabajo sería
representada por sindicatos reconocidos a tal efecto por ese mismo estado.
En 1912 Ibarguren había apoyado con entusiasmo la reforma electoral impulsada por Sáenz Peña.
Luego de casi dos décadas no tiene duda ya de que éste ha hecho aún más radicalmente imposible
que ese estado se constituyese en “el representante de las fuerzas vivas de la Nación”. Ahora está
seguro del fracaso del sufragio universal que había preconizado en 1912, pero los objetivos a los
que aspira, y le reprocha no haber sido capaz de alcanzar, siguen siendo los mismo que entonces
había esperado de él.
Manuel Gálvez, que en ese mismo 1934 propone también él poner a la Argentina en la escuela del
fascismo, no cree en cambio ni posible ni deseable que bajo su novedosa inspiración el país
encuentre modo de retomar el hilo de su historia allí donde lo cortó la irrupción de la democracia.
Se apresura a reconocer que la instauración del fascismo traería consigo una mengua de la libertad.
Su argumento es que, puesto que de todos modos ésta va desapareciendo, quienes como él la
encuentran beneficiosa, deben resignarse a “perder una parte de ella” en homenaje a “los demás”,
que al parecer la necesitan menos, ya que su eclipse es un requisito imprescindible “para la
salvación de los pueblos y para que haya un poco de justicia social”.
Por su parte, el interés de Ibarguren por el marco institucional inventado por Mussolini deriva de
creerlo capaz de proporcionar los mecanismos que harán posible la restauración del equilibrio
político de la Argentina pre-democrática, mientras que Gálvez busca en el fascismo una solución
para los problemas de gobernabilidad derivados de la irrupción de las masas en la escena política,
situación que no parece considerar necesariamente negativa.
Ésta es sin duda una razón decisiva para que Gálvez reconozca el principal aporte del fascismo no
en su reforma corporativa, sino en la rehabilitación de la dictadura personal como régimen de
gobierno: que tenga entre sus objetivos primordiales devolver a la Iglesia el lugar en la vida
nacional que le han arrebatado las leyes laicas.
Así, proyectos inspirados por preocupaciones tan diferentes como las de Ibarguren y Gálvez
pueden ser puestos por igual bajo el signo del fascismo. Esto sugiere que para un sector no
desdeñable de la opinión argentina –aquella en la etapa histórica abierta entre 1914 y 1929- el
fascismo ha venido a suscitar esperanzas tan vastas, pero también tan indiferenciadas.
El fascismo vendría a resolver el problema planteado por la testaruda lealtad que el electorado
argentino conserva por el radicalismo. En este punto no hacen sino compartir una actitud también
predominante en la clase política en su conjunto. En sus final, tanto los favorecidos como los
marginados por la restauración institucional de 1932 se resisten a asociar los problemas que afronta
la Argentina, como consecuencia del desenlace sin desenlace que clausuró la revolución de
septiembre.
Hay otra dimensión de la crisis acaso terminal que aqueja a la civilización liberal y capitalista cuyo
impacto sobre la Argentina es universalmente reconocido: es la que se refleja en la salvaje
contracción del volumen y más aún del valor del comercio internacional. El país de Mitre había
proclamado destinado a grandeza y prosperidad crecientes en el marco de una división internacional
del trabajo, en el cual había sabido conquistar un lugar privilegiado como colonia pastoril de una
Europa que era a la vez su colonia industrial, descubre pronto que ese orden económico ha
terminado. Al tomar posición frente a ese aspecto de la crisis, los sectores políticos y de intereses
que han hallado un lugar legítimo en el marco del régimen restaurado en 1932, busca influir en la
determinación del rumbo que la nación ha de tomar para sobrevivir a tanta ruina.