Está en la página 1de 405

Biblioteca de «ESPAÑA Y AMÉRICA»

Hacia oía Espina teniiia


(POR EN TR E LA PSICOLOGÍA NACIONAL)

POR EL·

P. G R A C IA N O M A R T IN E Z

AGU ST1 NO

CON I-AS M C K NC IA S NECKSAKlAf*

MADRID
IM f\ DEL ASILO DE HUÉRFANOS DEL S C. D E JESÚS
Juan Bravo, 3.“ Teléfono S. 19&

1916
HACIA UNA ESPAÑA GENU1NA

(POR ENTRE LA PSICOLOGIA NACIONAL)


ÍNDICE

D edicatoria ..................................... ............................................. V


P rólogo ........................................................................................... VIH
I. - El fanatismo, alma de nuestras luchas menguadas. 1
II.— ¡Fuera todo fanatismo! Lo que debe ser nuestra
bandera............................................................................ .. 9
III.—El Politiqueo y,., otras zarandajas........................... 17
IV..—Nuestras luchas parlamentarias................................. 52
V.- Ef caciquismo y el fracaso del régim en.............. ... 41
VL —La cuestión regionalista................ .............................. 49
Vil. - A propósito de nuestra campaña en A frica............ 66
1. Militaristas, n o ................................... ....................... 66
2. Patriotas» s í . *............................................................ 75
5. [No se h á b le se llaves para el sepulcro del Cid! 84
VIH. La Entente y los desaciertos de nuestra Entente . 93
IX.—¡Entendemos con Francia!........................ ............... 110
X..—Por vía de epílogo a nuestra entente con F ran cia.. 129
XI —La cuestión casi única en España............................... 138
2, La industria y el com ercio................ ................... 14S
3. ¡No se hable de em igración!................................ 157
XII.—De la enseñanza pública.......................................... . 166
1. La escuela y el m aestro.......................................... 167
2. La escuela neutra, el Poder docente y la «Re­
volución de las M antillas»........................................ 181
XII!. —Las prodigalidades de) Ministerio de Instrucción
pública y la Institución libre de enseñanza.......... 195
XIV. Hablemos de Altamira y de Bullón.......................... 218
XV. -La libertad universitaria.............................................. 256
XVi. —Por América y por E s p a ñ a ................................. , . 255
XVJ1 El culto deí caracter........ .......................................... 272
XVIII. El Bordoncillo eterno de nuestros radicales........... 292
XIX Se impone la unión de los católicos........................... 393
XX. ¡Antijaimistasí ¿Por qué?............................................. 515
XXI Hacia la franca regeneración...................................... 525
XXII. - £1 ideal gobernante esp añ ol............................. . . . 346
XXIII.—A guisa de e p ílo g o ......................... , ........................... 502
y f la m e m o r ia

ftñl

S IL . еЯ. ofooc Soño,


modelo de Superiores que saben hacerse amar de sus súb­
ditos, espíritu magnánimo dispuesto siempre a beneficiar
ios talentos de la juventud estudiosa, fundador de la re­
vista B&paña y América^ que tan inundado de satisfacción
veta prosperar y meter ruido de gloria en los campos del
pensamiento, y promotor, en nuestra amada Provincia
agustiniana, del actual entusiasmo por los estudios que nos
ha de llevar a espléndida etapa literaria y científica, si
ios amplios propósitos, por aquel corazón nobilísimo acari­
ciadost no se bastardean y se frustran, dedica, como mues-
%
ira de gratitud, de veneración y de eterno cariño, este hu­
milde parto de su inteligencia

2 5 / aufof*.
POR VIA DE PROLOtíO

Llevaría ya publicados en España y América la


tercera parte de los artículos coleccionados en este
libro, cuando se recibió en la Redacción de dicha
revista una carta de u d Padre Agustino residente
en América, protestando contra lo que yo iba dicien­
do acerca de nuestras lacerias y de nuestras calami­
dades políticas. Aquel buen joven —pienso que debe
de ser recién salido de nuestro Colegio de la Vid—
venía a decir que males como los que yo lamentaba,
abundaban en casi todas las naciones y que 110 los
cacareaban, como los cacareábamos nosotros, ra­
zón por la cual se le caía España y América de las
manos.
Yo que he estado en América y he sentido tam­
bién herido mi corazón, al leer en revistas y perió­
dicos críticas acerbas sobre la situación aflictiva de
España, comprendí y respeté el sentim entalism o pa­
trio de nuestro joven protestante. ¡Está tan a flor de
la piel nuestro patriotismo fuera de España!
- V III —

Pero ¿y qué vamos a hacer? ¿Gallarnos y ocultar


nuestros males para convencernos, si es posible tal
cosa, de que no existen? ¿No sería eso un proceder
más o menos avestruzil, ya que dicen que el aves­
truz, cuandó es perseguido por los cazadores, y se
siente acosado, y, ya no puede huir más, se esconde
la cabeza debajo del ala, como para convencerse de
que no se le persigue? Es indudable, y nosotros no
debemos conducirnos así: nosotros debemos m ani­
festar y exhibir nuestras llagas para que se Ies pue­
da aplicar el cauterio. Y yo quisiera tener la autori­
dad de cien Costas para imponer Ja lectura de este
libro a quienes pueden y deben desempeñar el papel
de cirujanos y médicos y cauterizadores.
Más supongamos que España y América se callara
en absoluto y 110 tomara parte ninguna en la labor
regeneradora de nuestra patria, labor que, si bien
harto lentamente, se está llevando a cabo, gracias a
los mil'clamores de los que estudian nuestras cosas
y, viéndolas tan perdidas, escriben sus críticas acer­
bas y apuntan las salvadoras orientaciones, ¿qué se
adelantaría con que España y América se callasé y
110 le cupiese ni asomo de gloria en la actual rege­
neración de la patria? ¿Dejarían por eso de existir
las tremendas diatribas de Costa, los fríos y certe­
ros análisis de Ganivet, los concienzudos zarpazos
de Picavea, las rudas y a menudo injustísimas ana­
tomías de Cazalla, y los cien y cien libros como el d ·
Silió y el de Marvaud en que tanto se ahonda en
nuestros males, tratándose de buscarles pronto ró-
- IX -

medio? Desengáñese el generoso joven que sentía


caérsele de las manos por tan leve cosa España y
América, nneslras miserias políticas y sociales no
serían ignoradas porque las ignorase él o se empe­
ñase en ignorarlas, por no herir en nada su senti­
mentalismo epidérmico.
Adema*,que si España ha de ser amada por las vein­
te nacionalidades americanas, como su madre ver­
dadera, pues t'ué quien les dio su ser y su espíritu y
quien las amamantó al ubérrimo pecho de sus tradi­
ciones gloriosas, es necesario que no oculte a sus
hijas —¿a quién mejor que a sus hijas puede contar
sus desventuras una madre?—las crónicas dolencias
que, desde mucho tiempo ha, la están haciendo p a­
decer sus malhadados Gobiernos. Nada de oculta
ciones ni de fingimientos para nuestros hermanos de
América, si queremos que se sientan tan edpañoles
como nosotros, pues la misma sangre infanzona es la
que vivifica nuestros férreos músculos y la misma
altivez de raza es la que alienta en nuestros espíritus
viriles. La hipocresía jam ás podrá actuar como de
fundente de almas españolas indómitas y bravas.
Españoles de aquende y de allende debemos ser los
unos para los otros sinceros, quijotilmente sinceros.
Cuanto más nos trasluzcamos mutuamente el alma
y el corazón, mejor nos reconoceremos de la misma
nobilísima estirpe, de la misma genuína aristocra­
cia, y con más intensidad nos amaremos robuste­
ciendo el nexo corporal y espiritual de hermanos.
—No fué este joven el único reprensor de nii co n ­
- X -

ducta: tras él chillaron varios otros en cartas pueri­


les, cuando dirigidas a mí personalmente, cuando a
algunos de mis amigos y compañeros, esforzándose
en que abandonara mi tarea de psicologizar por en­
tre el desbarajuste español. Eran un primor de espa­
ñolismo estas cartas, y yo siento haberlas rasgado
porque el comentario (le ellas hubiera resultado un
muy ameno prólogo de este libro. Una sola conservo
que vino a mis manos por endose de mi doctísimo
compañero el P. Pedro M. Vélez, en que arrojada­
mente la emprende contra mis artículos un pobreci-
11o, a juzgar por la deliciosa carta, muy de pocas le­
tras, no obstante echárselas de dómine, no ya sola­
mente conmigo, sino con toda la prensa española,
que, en vez de echar campanas a vuelo por nuestra
prosperidad, no hace más que delatar nuestra de­
cadencia y nuestra desidia.
El infeliz siente que se escriban tales cosas de
nuestra patria, porque, hallándose como se halla
fuera de élla —esta carta también está fechada en
la Argentina— no puede menos de padecer muy mu­
cho su patriotismo que no quisiera que de su España
se predicasen más que loores y magnificencias.
Repito que yo comprendo estos generosos sentir
mientos, porque también he vivido fuera de España,
y más de una vez, al leer la prensa española, he sen­
tido esas picaduras desagradables de mi patriotismo
mortificado, interrogándome a mí mismo; «¿qué se
dirá de nosotros por estas tierras americanas, al leer
estas cosas que de España se dicen y que son verda­
- X I. -

des de a puño, pero que yo no quisiera ver escritas?»


Sin embargo, yo nunca llegué a enristrar la péño­
la para protestar contra lo que en España se escri­
bía con el noble anhelo de enterar a la nación de la
estéril labor pública de nuestros Gobiernos, de lo
poco que se laboraba, por quienes más debían labo­
rar, en pro de nuestra regeneración y de nuestra
grandeza. Y doy muchas gracias a D ios por no haber­
me dejado llevar de patriotismos a flor de epidermis,
y por no haber escrito jam ás carta como ésta a que
aludo, y en que su autor, con airecillo de sabeloto­
do, discurre, digámoslo así, sobre las campañas de
la prensa española, empeñada, a su entender, en de­
nigrarnos y empequeñecernos, sacando a relucir
nuestros errores y nuestros atrasos.
Si, a pesar del incesante martillear de toda la
prensa católica y de todos los sanos y grandes e s­
critores, estigmatizando los desaciertos guberna­
mentales y el predominio de los intereses de bande­
ría sobre los sagrados intereses de la patria, se ha
llegado adonde se ha llegado, ¿qué hubiera sucedi­
do, si los entusiastas amantes de la patria hubiesen
puesto a su boca y a su pluma el candado que anhe­
laran ponerles esas quejas flacas y pueriles con que
una vez y otra se nos ha lamentado el patriotismo
sensiblero de allende el Atlántico?
¡Y qué donoso argumento el casi único que viene
a aducirl Lo voy a copiar al pie de la letra, porque
temo que si yo lo expongo a mi modo, lo concep­
túen muchos inverosímil: «¿Que extraño es-^pre-·
- X II -

gunta el buen dómine patriota— que nuestra patria


sufra las consecuencias de una guerra y que el teso­
ro sufra quebrantos, cuando estos efectos se dejan
sentir en las naciones más remotas y que a primera
vista parece que debieran salir beneficiadas?» ¡Como
si las calamidades y las miserias que yo iba ponien­
do de manifiesto en tuís artículos Por entre la Psico­
logía nacional fuesen debidas a la Guerra Europea
y no a siglo y medio de desbarajuste de todo linaje
en nu estras cosas públicas! Diérase cata de ello el
pobrecito dómine que azuzaba al P. Vélez a enris­
trar su insigne pluma contra mí, y de seguro que
hubiese reprimido los ímpetus malhadados de su
inocente patriotismo epidérmico. ¡Si precisamente
desde que comenzó la Guerra Europea fué cuando
comenzamos a avispar algo trabajando por tener
ejército y cañones, y por desarrollar fuertemente
nuestra industria y nuestro comercio, gracias al ne­
gocio pingüe que están haciendo algunas de nues­
tras regiones, especialmente Asturias, Cataluña y
las Vascongadas, y a la ingente inmigración de oro
que está haciendo del Banco Español el Banco más
rico del mundo en ese tan codiciado metall Con de­
cir que la peseta está hoy por cima de todas las mo­
nedas de Europa, dándose el gustazo de codearse
con el mismo dólar americano, y que estam os a dos
dedos de que la circulación de oro se imponga por
sí misma, como cosa usual y corriente, pues ya en al­
gunas localidades se ha pagado en oro a los emplea­
dos públicos, está dicho todo.
- X III -

¡Ah!, sepan nuestros Gobiernos mantenerse leal·-


mente neutrales en la guerra esta cruel que está de­
solando al mundo, ya que así nos lo exigen nuestro
propio interés y la clásica nobleza del alma españo­
la; sepamos hacer frente, como hasta ahora, a los
requerimientos y aun a las amenazas de quienes se
desuelan por lanzarnos contra los Imperios centra­
les, como si no fuera ya ultraimpudorosoy ultra villa­
no azuzar más jaurías contra ellos; sepamos alejarnos
de las diplomáticas redes traidoras en que se inten-
tenta prendernos, como a la pobre Grecia, para en­
zarzarnos en discordias intestinas que concluyan
por llevarnos, maniatados, adonde se nos quiere lle-
var, y ya se vera cómo los efectos de esta guerra no
lian de traer consigo nada que los españoles tenga­
mos que maldecir.
Pues ¿y lo de creer el buen dómine patriota que
críticas por el estilo de la que se Liace en este libro,
sólo las escribimos los españoles que ignoramos que
si en España se cuecen liabas, se cuecen en otras
naciones a calderadas, a pesar de lo cual sus respec­
tivos hijos saben guardar un sib n cio que a él se le
antoja muy patriótico y muy prudente? Este bendito
varón que asegura que, para criticar como critica la
prensa española, no se ha menester más que «des­
parpajo», ¡cómo se conoce que escribe del todo des­
alumbradamente y que ni sabe lo que se dice! Por­
que la prensa española viene, desde hace tiempo,
destellando ráfagas de luz sobre el inmenso desba­
rajuste, español, con objeto de que se corrija y se
- X IV -

enmiende lo mucho que hay que corregir y enmen­


dar; ¿pero es que no se hace lo mismo, y mucho más
reciamente, en otras partes, en otras naciones que
han sido gloriosas, y a todo trance quieren tornarlo
a ser?
Lea el delicioso dómine, entre los mil libros fran­
ceses escritos algunos años antes, y a raíz de la ac­
tual guerra, clamando por regeneración y por decen­
cia gubernamental, 77 Esprit, Moderne, de Emilio
Pierret, Le Désarroi de la Conscience Frangaise, de
Alfonso Séché, Le Cuite de l' ¿neompétence de Emilio
Faguet, por no citar más que nombres de escritores
celebradísimos en su patria y aun fuera de ella, y
verá lo que es canela fina y que son tortas y pan
pintado cuanto nosotros decimos de España en
comparación con lo que dicen de Francia ios cita­
dos autores. Yo no sé qué dirían esos sentim entales
epidérmicos de allende el Atlántico si de España se
escribiesen libros tan macizos, tan hondamente pen­
sados y tau henchidos de patriotismo, y que no me­
cieron más que calurosas alabanzas de todos los
buenos franceses, a pesar de que en sus amarguísi­
m a páginas aparece Francia en toda su miseria y
en toda su podredumbre, pues poco falta ya para
que la increpen del modo que el Ariosto increpaba
a Italia, su patria, diciéndole aquel apostrofe tre­
mendo: O d ’ ogni vizio fétida sentina!.. ¡Para escri­
bir lo que escribe el asendereado dómine sí que no
se necesitan más que desparpajo y... pocas letras!
Conociera esos libros franceses, aunque no hubie­
- XV -

ra sido más que por el tejuelo, y de seguro que no


se hubiera dirigido fiero como un cómitre, rebenque
en mano, a mi buen amigo, enviscándole contra mí,
y tratando de persuadirle con toda una flota de sim­
plezas. de que haría una labor muy digna de férvi -
das loanzas, saliéndome al paso con una refutación
total de mis argumentos, que, desgraciadamente, no
tienen vuelta de hoja, y con una completa tritura*
ción de mis consideraciones y de mis puntos de vis­
ta, que son los de todo español consciente que ansia
con alma y corazón el resurgimiento de la genuina
España.
Pero no hay para qué amohinarse ni blandir Jas
disciplinas porque algún que otro zoilo con sus in­
nocuas mordeduras haya querido imitar a la sierpe
de la fábula rompiéndose los dientes en la lima. D es­
pués de todo, bastantes más que los reprensores pe­
lillosos, han sido los alentadores nobilísimos que
me animaban a seguir adelante en mi campaña psi-
cologizadora, cerciorándome de que pedían a Dios
que diese siempre la misma claridad y la misma va­
lentía a mi pluma. Y como oro en paño guardaré
siempre, por venir de las alturas de donde venían,
frases generosísimam ente estimuladoras, como las
que por dos veces me escribió el gran Manjón, maes­
tro de maestros, y que no quiero copiar aquí por­
que no se envanezca con inmerecidos elogios rai re­
conocida pequenez,
Lo que sí quiero hacer constar es la honda satisfac­
ción de que varios de mis artículos, aquí colecciona­
- XVI -

dos, fuesen reproducidos por la mayor parte de los


periódicos católicos de provincias y aun por algunos
diarios católicos madrileños como E l Debate, E l Co*
rreo Español y E l Siglo Futuro, y que algunos asim is­
mo fuesen tirados aparte en folletos que se repartie­
ron con profusión por toda España, primero por un
meritísimo canónigo de Jaén y luego por «Prensa
Asociada», que hizo una tirada numerosa de algunos
de ellos, sembrándolos materialmente por rectorías
de iglesias y de centros docentes, eso además de ha­
ber dado orden, a los cincuenta y tantos periódicos
asociados, de publicarlos o íntegros o en resumen,
en sus colum nas, razón por la cual le guardaré
eterna gratitud al campeón de la prensa católica y
director de El Iris de Past R. P. José Dueso.
Pero basta ya de prólogo apologético de mi humil­
de labor revistera por entre la psicología nacional.
Ahora que va toda reunida en un libro, bien seguro
es que no le han de faltar los zoilos y los reprensores.
Ello me parece naturaUsímo y yo lo tengo por des­
contado. Fué ya en mis tiempos juveniles, cuando
grabé a fuego en mi memoria esta sentencia de Don
Quijote al Bachiller Sansón Carrasco:... «y así digo
que es grandísimo el riesgo a que se pone el que im ­
prime un libro, siendo de toda imposibilidad impo­
sible componerle tal, que satisfaga y contente a to­
dos los que le leyeren».
Ei. A u t o r .
7

[| fanatismo, alna de nuestras luchas menguadas.

El m alogrado pensador G-anivet clasificaba las ideas


en picudas y redondas. Llam aba <úd;*as picudas» a las
que excitan al combate, a la pelea continua, al im pla­
cable encono, e «id?as redondas^ a las que inspiran
amor a la paz, a la unión de esfuerzos, a la concordia
de espíritus.
Según esta clasificación, yo procuro que mis ideas
sean siempre redondas. No creo ni en la fuerza ni en
la generosidad de los pensamientos que es necesario
imponer a punta do lanza. «La fe — dice el autor in ­
signe que acabo de citar— se muestra en la adhesión
serena e inm utable a las ideas, en la convicción de
que ellas solas se bastan para vencer cuando deben
vencer. Los grandes creyentes han sido mártires; han
caído resistiendo, no, atacando. Los que recurren a
la fuerza para defender sus ideas dan a entender por
esto solo que no tienen fe ni convicción» ( 1) Otro
autor también insigne, P érez Bueno, ha escrito: «La
fuerza, como un instrumento para resolver problem as
filosóficos y religiosos, es un ídolo indigno de corazones

(1) Idtarium español, p ág. Í76.


1
— 2 -

sanos y de cerebros librea, al que sólo pueden rendir


culto derechas e izquierdas que en pleno siglo X X de
civilización cristiana reproducen los episodios remotos
de los pueblos estacionarios» (1). Y mucho antes que
Granivet y P érez Bueno hablaran así, había dicho el
gran Fenelón: «La forcé ne peut jam ais persuader lea
hommes, elle ne fait que des hypocrites» (2).
E stas doctrinas, que sería convenientísim o sembrar
en todos los países del mundo, es hoy más necesario que
nunca sembrarlas incesantemente entre los españoles.
E ntre nosotros hay abismos que nos separan a los unos
de los otros, y si esos abismos los abre la cabeza debe
cerrarlos el corazón. Si las ideas tienden a cavar fosos
y contrafosos, deben tender a allanarlos los sentim ien­
tos. P or lo menos las zanjas de separación que nos
distancien a unos de otros, haciéndonos m ilitar en
campos distintos, nunca deben ser tan anchas qu,e nos
impidan reconocernos de la misma sangre y de la m is­
ma raza y abrazarnos, de cuando en cuando, como es„
pañoles.
E l mal· entre nosotros viene de m uy antiguo. «El
misticismo fue como una santificación de |la sensuali­
dad africana, y el fanatismo fue una reversión contra
nosotros mismos, cuando terminó la Reconquista, de la
furia acumulada, durante ocho siglos de combate» (3)
— dijo G-amvet,— y bien que yo crea falsísim a la p ri­
mera parte de esta cláusula; pero en la segunda me
parece descubrir un fondo copioso de verdad que me da
una explicación exacta de nuestro fanatism o. No tu v i­
mos a quienes vencer y nos hicimos la guerra unos a
otros 3 de donde la antigüedad del mal que vengo la-

(1) P érez Bueno: FA Derecho de lyersonalidady las Com unidades re­


ligiosas , pág“. 7,
(2) (Envres tle Fundón, T. X X II, pág. 319.
(3) Idearium. efc.ypág. 17.
- 3 —

mentando. Entre los partidarios de uno y otro bando


diríase que se conservaba como una santa escritura un
proceso de mutuos resentim ientos históricos. Y esa
escritura con toda su santidad es forzoso hacerla pe­
dazos y arrojarla al fuego para que se convierta en ce­
nizas. Los españoles no debemos parecem os a los an ti­
guos germ anos, que hacían herencia de loe odios,
transmitiéndoselos escrupulosamente de padres a h i­
jos, como se los transm iten hoy los igorrotes de las
rancherías del K ia n g a n ,,e n Filipinas, donde estuve
yo de misionero en mi mocedad, los cuales no descan­
san hasta que no se vengan matando a alguien de la
fam ilia de los que hicieron mal a sus mayores, o como
es fama que se los transm iten los sicilianos exaltados,
que una vez que se les ha inferido alguna injuria no
aplacan jamás su hidrópica sed de venganza hasta que
no la sacian con la sangre injuriadora.
Los católicos fácilm ente perdonamos y olvidamos,
porque sabemos que es doctrina elementalísima del
cristianismo perdonar a los que «nos han agraviado y
hecho mal». Piénsese en Pío V II perseguido y encar­
celado por Napoleón. V uelto a sus Estados Pontificios
y reintegrado en su corona, recogió a la fam ilia de su
perseguidor, desterrada de Europa. Y la madre vieje-
cita y todos sus hermanos pudieron testificar al mundo
con qué agasajos y con qué ternuras se vengaba el V i­
cario de Cristo de las persecuciones de los Bonapar-
tes. Y es que así nos manda vengarnos el cristianismo.
L a mano que nos hiere hoy, si mañana se ve en la des­
gracia, a buen seguro que no encontrará cerrada nues­
tra puerta. L a caridad cristiana no reconoce límites.
Jesús, muriendo en una cruz, abrió a la caridad cris­
tiana unos horizontes inmensos, y dándose a sí mismo
como manjar a los hombres, señaló como ideal a nuestra
caridad lo infinito, lo imposible.
„ 4 -

E s la de no consentir odiar una de las más bellas


cosas que tiene el cristianismo, ¡Cuidado que es rudo
y cruel el encarnizamiento con que se nos persigue!;
pues bien, nuestros eternos adversarios no han cocse-
guido ni conseguirán jam ás que los odiemos. Quizás
de nuestros labios se escapen acerbas críticas sobre las
iniquidades quo con nosotros se perpetran, mas para
los perpetradores no habrá nunca el más ligero rencor
en nuestro espíritu. Sabemos m uy de memoria las doc­
trinas del Maestro; «Amad a vuestros enemigos, haced
bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os mal­
dicen,» Y o lo garantizo: eu el mismo instante en que
se pega fuego a la pobre iglesia de nn couvento o se
rompe a pedradas los cristales de sus ventanas, no son
palabras de odio ni de venganza las que, desde el in­
terior del sagrado recinto, suben al Cielo, Como las
flores del campo no saben más que exhalar perfume,
las flores del claustro no saben más que exhalar amor.
Y plegarias de amor son las que penetran las nubes
implorando misericordia sobre la tum ultuaria muche­
dumbre, en tanto ésta aúlla fuera, como hambrienta
manada de lobos que olfatean la presa.
Sí, los catolicos fácilm ente perdonamos, pero los del
campo enemigo difícilm ente nos perdonan a nosotros,
a los católicos de hoy, y especialm ente a los R eligio­
sos, cualquier acto de intolerancia que hayan podido
cometer en tiempos prehistóricos nuestros mayores.
Y no solamente no nos perdonan, sino que nos in­
culpan de todas las calamidades privadas y públicas
que sobre la patria puedan sobrevenir. Bien recientesr
están las acusaciones absurdas que se nos hicieron con
motivo de la pérdida de los últimos restos de nuestro
imperio colonial. Decíase que los españoles habíamos
perdido a Cuba y a Filipinas por culpa de los frailes,
cuando en Cuba hacía y a más de sesenta años que no-
5 —

había frailes, y cuando, respecto de las Filipinas, era


público y manifiesto para los Gobiernos de Madrid que,
si las retuvimos tanto tiempo» fue debido a la influen­
cia bienhechora de las Corporaciones religiosas, que
sabían arrancar a tiempo la cizaña de rencores y de
odios que sembraban, casi de continuo, muchos gober­
nadores generales y particulares.
Tiempos de decadencia y absolutismo visibles son
esos en que se quiere hacer pesar desaciertos y culpas
sobre hombres inocentes, ¡Buenos eran algunos Pon-
cios que mandaron en Filipinas para haber consentido
a los frailes labor antipatriótica sin haberlo« ju sta­
mente encarcelado y aun llevado al patíbulo! Alas con­
tra la verdad no valen imposturas. Nerón pudo derra­
mar mucha sangro inocente, imputando a los cristia­
nos prim itivos el incendio de Rom a; pero la verdad
hizo saber al mundo que Nerón había sido el incendia­
rio. A lgo semejante acaeció con la pérdida de F ilip i­
nas: la prensa impía vociferó increpadora contra los
frailes, logrando concitar contra ellos las iras de las
turbas; pero la verdad fría y serena vino a concluir
con aquel eclipse del sentido común español, y a poner
la labor de los frailes donde se merecía, atribuyéndo­
les cuanto de bueno y civilizador se hizo en aquella
antigua colonia, ¡Y fue Taft, un presidente de la R ep ú­
blica de los Estados Unidos, quien vino a poner el visto
bueno al veredicto justiciero de la realidad!
Es un comportamiento judaico eso de querer em­
pañar la historia de las Corporaciones religiosas con
la culpa de todas las calamidades públicas y privadas
que Dios por nuestros pecados nos envía. Se quiere
que los R eligiosos seamos algo así como el macho ca­
brío sobre el cual descargaban todas las iniquidades
los hebreos. E n el mármol niveo de la vida española
se quiere que nosotros los católicos, y más aún los reli-
- 6 ~

giosos, representemos las vetas negras que aquí y allá,


lo surcan. A las Corporaciones religiosas las presen­
tan al pueblo los demagogos en sus predicaciones de
meeting] poco menos que como esas gavillas gitana»
que caen de improviso sobre una ciudad o sobre una
aldea formando como una negrura m ancilladora y aun
dejando maldito el suelo donde han fijado su tienda.
Son mayores loa odios de los anticlericales españo­
les a las Corporaciones religiosas que los odios a los
judíos en los partidos semitas de Francia y de A u s­
tria. Periódico antisem ita ha habido que ha indicado
la conveniencia de confinar en un islote del Océano
Pacífico a todos los hebreos del mundo, creándoles
una nacionalidad dentro de la cual viviesen, pero coa
pena de la vida a todo el que abandonase aquellas pla­
yas. Mas a nosotros, a los Religiosos, no se nos daría
un islote: se nos daría lo profundo del m ar...
Después de ponderar la labor múltiple de los institu­
tos religiosos ejecutando «voluntaria y gratuitam ente
las más repelentes necesidades sociales» al lado de lo»
pobres y de los enfermos, decía Taine: «A n te semejan­
tes institutos, por poco que uno se inquiete por el in­
terés público y por la justicia, es preciso detenerse» ( 1).
Pero a los radicales hispanos no se los detiene: es sa
lógica la de aquel furibundo anticlerical que en un
discurso relam pagueaba contra las «monjas que dicen
misa» y alzan al Cielo sus brazos pretendiendo con eso
ganar dinero, y que no veía obstáculo ninguno en que
una bailarina lo ganase alzando las piernas en el tea­
tro, o una cualquiera entregándose a ese servicio de
«higiene social» que se llam a la prostitución.
De ahí que jam ás sea necesario inquirir qué es lo

(1) Devixut de tels institu ts, pour peu qtron ait souc-i de l’intéret
public et de la, jnstice, il faut U A ssem bL ée c o n stü u a n te et so n
cewcre, c. II, § IV-
- 7 —

que se va a tratar en una asamblea republicano-socia­


lista española. En una asamblea republicano-socialista
española so trata de la cuestión de siempre: de lanzar
rayos y centellas contra los religiosos y aun contra la
religión, haciendo de los sentimientos más puros y ele­
vados que naturalm ente germ inan ©n el corazón del
hombre, un guiñapo que se arroja con furia a los pies
de las inconscientes multitudes. L a cortesía y la caba­
llerosidad no acaban de hacerse virtudes característi­
cas de la gen te republicana. Y creo que hayan de ta r­
dar; no son muy apasionados los republicanos por lo
legendario y lo caballeresco.
El filósofo de Ginebra era sumamente idílico y can­
doroso cuando soñaba que había que despojar al hom ’
bre del barniz de la civilización, pues sólo entonces
sería bueno, porque sería sencillo, natural, prim itivo.
Para Rousseau la civilización eran los reyes y la a ris­
tocracia: las únicas dos grandes barreras que, a ju ic io
de él, se oponían al paso franco de la libertad; y sabido
es que estas doctrinas llegaron a hacer furor entre la
misma aristocracia y aun entre la misma realeza: re ­
cuérdese aquella archiduquesa austríaca que llegó a
ser reina francesa, y que, para seguir al pie de la letra
ios ensueños de Rousseau y acercarse a la madre n a ­
turaleza, se vestía de pastora en su palacio del Trianón
3r salía a pastorear por aquellos esplendidos jardines.
Pues los republicanos españoles piensan que el úni­
co obstáculo para que España sea una república arcá-
dica donde todo sea gozar y reir, deslizándose la vida,
como un cantarín arroyuelo, son las Corporaciones re­
ligiosas; y de ahí que trinen y se encrespen contra
ellas siempre que peroran ante las turbas. Y el pensa­
miento va ganando, como el ensueño idílico de R o u s­
seau, a muchas almas que se im aginan de metal aristo­
crático, de suerte que ya no es nada raro ver u oir a
gentes que pretenden vivir como los dioses gentiles,
en empinadas cumbres, declamar contra todo instituto
religioso, considerándolo cual nubarrón obscuro que
impide alborear al suspirado sol de la ventura. No se
quieren persuadir de aquella verdad substanciosa que
anunciaba P érez Bueno cuando decía: «La lucha que
en nuestros días mantienen contra las Comunidades re ­
ligiosas los partidos políticos revolucionarios, significa
un enorme retroceso en las ideas populares de justicia,
UDa verdadera reacción obscurantista y un salto atrás
en las instituciones del derecho, las cuales, en todos los
países, merced a una lenta y fatigosa labor secular, se
han ido emancipando poco a poco de la opresión que
pesaba sobre ellas en las sombras del paganismo» ( 1).
L a convicción de semejante delirio, sin embargo, es
decir, la convicción de que los Institutos religiosos son
la remora de la cultura y de la dicha universal, no ha
echado raíces más que en cerebros fofos e ilusos. L a
generalidad de los que se embravecen y truenan con­
tra las Corporaciones religiosas increpándolas de m a­
drigueras de obscurantismo y de agarrotadoras de la
libertad, se embravecen y truenan por que sí, porque
se aman los temas socorridos, y porque se cree que el
denigrar y escarnecer a las Corporaciones religiosas es
el tópico más inspirador para alucinar a gentes cuyo
principal adorno no es precisamente la cultura, y que
pueden servir de andamiaje para escalar las torres
del éxito, en nuestra original y floreciente política.

(1) FJ> d#t echü de P ersonalidad y las Corpovticwtten reli'jío.w s, p á ­


g in a 1'2,
II

¡liiera lide faiatismo! la que debe ser mestra bandera.

Dije en mi anterior capítulo, apoyándome en el sen­


tir de Graiiivetj que el fanatism o era una reversión
contra nosotros mismos, de la furia bélica acumulada
en nuestro espíritu durante la lucha secular contra
los hijos de Mahoma. Y ahora, entre muchas otras
cosas que acerca del fanatismo se me ocurren, he de
añadir que hay otra raíz de ese fanatismo, además de
la indicada por G anivet, y que explica mejor que haya
pasado a ser algo constitutivo de nuestro temperamen­
to; y es> sin duda, el amor entrañable que cada uno
siente por la justicia, es decir, por lo que cada uno
cree justo.
Como los carpinteros y los albañiles llevan el me­
tro en el bolsillo y a cada instante hacen uso de su
metro, nosotros llevamos un ideal de justicia de uso
particular en el alma, y no queremos consentir nada
que no esté en plena conformidad con ese ideal de ju s­
ticia, que a nosotros se nos antoja absoluta, lo cual no
obsta para que, al mismo tiempo que nos enamoramos
de esaju sticia absoluta, seamos más o menos condes­
cendientes con los que atropellan y escarnecen la jus­
ticia relativa: parientes próxim os al fin del gran hidal­
go d é la Mancha. Don Quijote, que siempre estaba ha*
- 10 -

blando contra las injusticias, y llegó a emprender la


campaña caballeresca de hacer que la ju sticia absoluta
reinase en la tierra, echándose, lanzón en ristre, a
desfacer entuertos por esos mundos de Dios, y que, en
cuanto encontró una cadena de galeotes que iban a g a ­
leras, porque lo tenían bien merecido, la emprendió
contra los cuadrilleros de la Santa Hermandad que los
conducían, consiguiendo que los malandrines se v ie ­
sen sueltos para pagárselo, como se lo pagaron, con
una borrasca de piedras que dieron con el en el suelo,
y con la burla de Ginesillo de Parapilla, que le sería
más dolorosa al pobre Don Quijote que los mismos
guijarrazos, y a que ni respetaba a la incomparable
Dulcinea, ¥ es que no solamente cada español es un
Don Quijote, sino también que cada español es una
España...
He aquí por lo que barrunto que los españoles h e­
mos de ser siempre más o menos intolerantes, Hoy»
sin ir más allá, hay en España más intolerancia que
nunca. Y yo me asombro de que haya español que se
atreva a tildar el espíritu católico de intransigente e
inquisitorial, aquí donde todas las intransigencias es**
tán hoy monopolizadas por los partidos radicales. E l
espíritu católico jamás ha tendido ni tenderá a supri­
mir los partidos adversarios, más que por medio de la
persuasión. L a luz, haciendo volver sobre sus pasos a
las extraviadas conciencias: tal es el ideal del espíritu
católico. Pero el espíritu radical no se para en menu­
dencias de persuasiones: para suprimir a los católicos
no se detiene ni ante las arbitrariedades más patentes
ni ante las persecuciones más injustificadas.
Y ¿qué extraño, si para suprim ir partidos bastante
menos lejanos del radicalismo que el espíritu católico,
se vió, no mucho h a T acudir a toda clase de medios des­
honrosos e inicuos? Recuérdese los tiros a boca de
— 12 —

se viene haciendo en España con los sentimientos cató­


licos de la minoría derrotada en las lides del sufragio
universal. Y dígase si y a no alientan espíritus atávicos
que sueñen con ilotas y con parias.
¡Muestras galanas de tolerante civismo están dando
los anticlericales españoles! ¡Cómo que dejan atrás a
los espíritus más inquisitoriales del tiempo de la uni­
dad católica! Estos tenían mucha más mesura, no obs­
tante que luchaban por una unidad ennoblecedora y
altísim a, y los anticlericales que luchan por una uni­
dad indigna y malsana, la quieren imponer a sangre y
fuego. Los que rehúsan seguir sus caminos de p erv er­
sidad, ¡a la proscripción o al martirio! ¡Aun no se ha
extinguido la raza de Nerón! ¡Aún sigue habiendo
émulos de Diocleciano!
L a unidad de pensamiento no puede, no debe im­
ponerse de otro modo que por la persuasión. Se boga
por alta mar en travesía difícil y peligrosa. E ntre los
aspirautes a pilotear la nave, hay diversidad de p a­
receres sobre el rumbo que se debe emprender y sobre
la velocidad con que se debe navegar. Triunfan por
m ayoría, o por lo que sea, los que son de un parecer.
¿A arrojar a todos los que no piensen lo mismo por la
borda? Un método m uy expeditivo y muy radical...
¡Como si los que piensan de modo distinto no tu vie ­
sen derecho a ir en la nave; como si no fuésemos todos
miembros de la gran fam ilia española!
Un gobierno sacerdotal que impusiera forzosam ente
la asistencia a la Misa, disgustaría horriblemente a
nuestros radicales, Y ellos, interpretando a m aravilla
el consejo del Santo Tobías a su hijo: «no hagas a otro
lo que no quisieras que te hiciesen a ti», tratan de lle­
gar a un gobierno que declare antimilifcar, como se
hizo en F ran cia, el ir a Misa, y aun de penar con el
Código en la mano el que se profese la religión de Je­
- 13 -

sucristo. ¡Donosa manera de salir por los fueros de la


tolerancia y de la libertad! A quí se quiere que haya
libertad para ser panteístas, epicúreos, ateos, carbona­
rios, masones; pero no se quiere que haya libertad
para ser religiosos, ni siquiera simples cristianos.
Pérez Bueno se explica muy bien sobre este particu­
lar: «Los políticos— dice— que no se asustan del e xce­
sivo aumento de las casas de lenocinio y cobran los
derechos de esa asquerosa industria, y la tienen sa­
biamente reglam entada, con sus médicos, sus hospi­
tales y demás accesorios del tinglado higiénico; los
políticos, digo, en un eclipse de sentido común, ¡se es­
candalizan del excesivo aumento de frailes y de cou-
ventos.* Y en la misma página: «cuando el Estado ga*
rantiza todos los derechos y todas las libertades, in­
cluso el derecho y la libertad de prostituirse, y da a
todo? los ciudadanos medios de conseguirlo, y convier­
te el culto de Venus en un servicio público y adminis­
trativo, ¿qué derecho puede haber para lim itar el nú­
mero de conventos? (1)*
¿Qué sucede con la enseñanza en los colegios reli­
giosos? Se vio que éstos, al amparo de la libertad de en­
señanza, se alzaban con la educación de la niñez y de
la juventud; se vió que los padres de fam ilia preferían
que sus hijos se educasen e instruyesen en los colegios
religiosos, de donde salían sabiendo muchas cosas, a
que fuesen a perder el tiempo — y algo muy más va­
lioso que el tiem po— en los Institutos oficiales, ¿y qué
es lo que intentan hacer los gobiernos? ¿Respetar la
voluntad de los padres de fam ilia españoles, que son
los que votan a los gobiernos? ¿Respetar la voluntad
colectiva de la nación que se manifiesta en favor de la
enseñanza de los religiosos institutos? Ni pensarlo: la

(J) £/l Derecho de personalidad ti Comunidades religiosas, p. 42.


- 14

soberanía nacional tan cacareada por todos los radica­


les no es soberana para poder manifestarse en pro de
la enseñanza religiosa* Todo lo contrario: las victorias
hum illan a los derrotados, y los derrotados rehuyen
los combates que han de llevarlos a seguras derrotas.
E l radicalism o tiene una dialéctica admirable para su
uso particularísim o. Se victorea a la libertad; pera se
va a obrar, y se guillotina a la libertad. Y ciertamente
es tal conducta cosa ya mu3r vieja: del árbol de la li­
bertad salió en Francia la madera para montar la g u i­
llotina.....
Esas tendencias a exclusiones injustas no traerán
consigo más que la división de los espíritus, el fraccio­
namiento de España en dos Españas, o en muchas
Españas. Y ese fraccionam iento sería Ja ruina de la
nación. L a fusión de todos los españoles no se podrá
jam ás realizar en ese terreno de injusticia y de jaco­
binismo, sino en terreno de amplia y común libertad.
No concluiré sin hacer alguna advertencia que qui­
siera me oyesen todos los católicos españoles, y e s que
procuremos ser siempre, los católicos, los ciudadanos
más tolerantes y más generosos de la sociedad españo­
la. En nuestras polémicas con la gente de distinta ma­
nera de pensar, hu}?amos siempre de toda clase de
acaloram ientos. E l choque de las ideas debe servir
para esclarecer, nunca para abominar. E l polvo pasio­
nal que se levanta en las controversias y en las dispu­
tas, ofusca y asfixia más que el que se levanta en si­
tios donde se baila o se zapatea mucho. Lo primero
que hay que hacer es respetar las opiniones de todos.
L as opiniones colindan por un lado con la verdad, y
por otro con el error; son juicios del entendimiento
inseguro que va a tientas entre el error y la verdad.
Cuando no es un hecho la certeza acerca de un asunto,
los hombres opinan de un modo o de otro. Claro que si
— ló —

los unos están en la verdad, están, los que opinan


de modo co n trario, en el error; pero como esto no se
manifiesta, no se patentiza, lo lógico — y lo cristia­
no— es respetar 1&9 diversas opiniones, según la fuerza
de raciocinio que las abona.
Cuando no se trate de simples opiniones» sino de
errores evidentes, no hagam os coucesiones al error,
pero seamos tolerantísimos para con los que yerran.
Aquí de la gran máxima de San A g u stín : diligite hó·
mines interfícite errores. En cuestiones que atañan di­
rectamente a nuestra fe, si no podemos ser tolerantes
a la manera de Alejandro Magno que tenía tal flexibi­
lidad de espíritu para acomodarse a las religiones de
los países que conquistaba, que lo primero que hizo en
Grecia, en E gipto y en Babilonia, fue reedificar los
templos que los persas habían destruido, tampoco de­
bemos ser intolerantes como Grengiskan, aquel salvaje
caudillo tártaro que hacía torres con las calaveras de
los enemigos muertos en el campo de combate, y que,
al entrar en la mezquita de Buchara, lo primero que
hizo fue coger el Alcorán y arrojarlo a los pies de su
caballo para que lo hiciese añicos.
Los católicos debemos ser tolerantes, porque la tole­
rancia es hija de la conciencia de la fuerza, y está,
por tanto, del lado de los fuertes. E n la intolerancia
a mí me ha pareoido ver siempre agazapado al miedo,
y nosotros los católicos no tenemos nada que temer.
H ago estas observaciones porque tendemos dema­
siado, a veces, a no ver en los anticlericales que nos
combaten más que malvados vendidos al dinero o a la
influencia de las logias. Nunca he tenido por m uy cris­
tiana esa manera de pensar. No todos han recibido la
educación religiosa que a algunos de nosotros nos cupo
la suerte de recibir, porque Dios se dignó que naciése­
mos de padres cristianos y tuviésem os por guardiana
- 16 -

de nuestros primeros pasos en la vida a una madre


santa y amorosa.
Todo esto tiende a crear un estado de espíritu en
los hombres que perdura al través de los años, y que
nos mueve a ver las cosas por un prisma especial,
prisma que es muy distinto en los que han carecido
de educación sólidamente cristiana, por donde lo que
muchas veces calificamos de perversidad y felonía»
acaso no es más que efecto de sugestiones oquivoca
das y de enseñanzas engañosas. ¿Por qué no hemos
de adm itir que lo que nosotros contemplamos blanco
lo contemplen ellos negro, y viceversa? Y o tengo para
mí que los hombres perversos son muy inferiores en
número a los ilusionados. Adem ás, los radicales, por
m uy radicales que sean, no por eso dejan do ser nues­
tros prójimos. E l disentim iento en cuestión de ideas
no debe romper los vínculos caritativos que nos unen
a ellos como prójimos. Nada más contrario a los ju ­
díos que los habitantes de Sam aría, a quienes con­
sideraban herejes. Pues bien, las benevolencias de
nuestro Maestro divino para con los samaritanos tie­
nen páginas bellísimas en el E vangelio. L a doctrina
cristiana es toda de amor, y cuando más se nos abo­
rrezca y deprima, es cuando nosotros debemos hacer
más prodigalidad amorosa. Lo exige así la fidelidad a
la bandera, que es la bandera del amor.
III

fl Politiqueo y.... olías Zarandajas.

Dícese que habiendo visitado a Londres Pedro el


Grandet de .Rusia, se quedó maravillado de la muche­
dumbre do abogados que se habían reunido en el W est
minster Hall, pues él 110 tenía en todos sus dominios
más que dos, y pensaba ahorcar a uno de ellos tan
pronto como regresase a su tierra. ¡Oh, qué bien im­
ponderable hubiera hecho un Pedro el Grande, a tiem ­
po, erí España, donde *la abogacía — lo dice un cate­
drático de Derecho, el Sr. Pérez B u en o — es más con­
tagiosa que la influenza y que el tifus exantem áti­
co»! (1). A buen seguro que no hubiésemos llegado a
ese insoportable expedienteo que se ha erigido en n e­
cesidad, aun para conseguir que se cumpla el más ele­
mental deber de justicia; ni hubiésemos visto pasar,
impunes, tantas claudicaciones que aun pueblos bárba­
ros castigaban terriblem ente cortándoles la lengua a
los claudicadores con la frase litúrgica de «víbora, aca
ba de silbar»; ni se hubiese entronizado ese odioso poli'
tiqueo 3 verdadera plaga egipcia que se ha hecho en dé­
mica en España y que es la causa principal de todos
nuestros males y de todos nuestros infortunios*

(1) E l Derecho de personalidad, etc., pág. ^5.


2
— 18 —

Porque entre nosotros, lo sabe todo el muudo, la p o­


lítica se lia convertido en una profesión, en un oficio.
E n España hay políticos como hay zapateros, sastres,
ebanistas, curtidores. Y como éstos ponen por encima
de todo su zapatería, su sastrería, su ebanistería, ¡?u
curtiduría, los prohombres políticos ponen por cima
del bien de la P atria el encumbramiento propio y el
de sus aupadores.
Quien haya meditado en la psicología de las crisis
de nuestros gobiernos no habrá dejado de notar que
se reducen, casi siempre, al quítate tú para ponerme
yo, no fijándose jam ás en la licitud de los medios de en­
cumbramiento, L a m ayer parte de las crisis obedecen
a conjuras m enguadasT y a gran parte de ellas las
sim boliza perfectam ente la que se llamó «del papel i-
to.* El caso es subir. ¿Qué importa el modo como so
suba? L o esencial es encaramarse y brillar desde arri­
ba, sea ello por medio de flexibilidad cortesana que
huela a servidumbre, o por acomodamientos a e x ig e n ­
cias de algún Gran Capitán o de algún Marqués de
Cádiz — perdonen ios héroes insignes— de nuestra h is­
toria contemporánea, o por alm ibarada galan ía para
con alguna dama de alto coturno, o por alguna doña
Caprichitos aristocrática; que en cosas por el estilo
suele estar el secreto del éxito brillante de muchas nu­
lidades españolas.
De donde el perm anente desgobierno en que vivimos.
Cuando los déspotas romanos caían unos tras otros,
asesinados por el veneno o por el puñal, jamás caía el
despotismo. A una tiranía sucedía otra tiranía. L a li
bertad no asomaba por ninguna parte; porque la li­
bertad no puede respirar en ambiente de crimen, sino
en ambiente de virtud. Y algo parecido está acaeciendo
en nuestra P atria: los gobiernos van cayendo, unos
tras otros, asesinados por el veneno de la in triga o por
- 19 -

el puñal de la conjura; pero el desgobierno siempre


queda en pie, Y la prosperidad del país no asoma por
ninguna parte. Se quitan unos hombres para ponerse
otros hombres, pero no se quitan unos principios para
hacer que imperen otros principios. Y la prosperidad
fie un país no sonríe más que cuando se gobierna con
principios sanos, y cuando son de espíritu sano los que
gobiernan.
No negare yo que deje de haber políticos españoles
merecedores de toda veneración y de todo respeto;
pi‘i’0 so·] mi}y insignificante minoría, y en el océano
íle las turbulencias de los partidos donde continuam en­
te arrecia el vendaval de las ambiciones, pueden ser
considerados como aquellos raros nadadores que en su
Emida nos presenta V irgilio sobre los mar«** dilata­
dos: ravz nantes iu gúrgite vasto.,. Lo ordinario es su­
peditar toda política a la ambición personal, que es lo
que origina la continua fluctuación de nuestros g o ­
biernos, el eterno tejer y destejer a que viven entro*
gados; porque no bien se ha sentado uno en las poltro­
nas m inisteriales, cuando se le está empujando [jara
que se las deje a otro, razón por la cual viene siendo, y
será por mucho tiempo todavía, un verdadero símbolo
del gobernante español, aquel D. Cayetano de los her­
manos Quintero en Las de Cain¡ que fue ministro un
cuarto de hora, y a quien sorprendió la crisis tom án­
dose la medida del uniforme.
Así es como nacieron los diversos caciquismos que
tienen asoladas a algunas provincias, donde el cacique
se ha sentido oriundo de los antiguos señores feudales,
añorando y todo eljits primae voctis, el mismo derecho
de pernada, con las consiguientes arbitrariedades y ti­
ranías.
Así es como en España padecemos a cada instante
gobiernos que tienden a incomunicarse con la razón
natural, haciendo tabla rasa de nuestra tradición y de
nuestra historia; gobiernos que impelen a la nación al
suicidio y que, por tan to} no son, 110 pueden ser le g íti­
mos representantes de la nación, pues 110 importa que
el gobierno tenga a su lado una m ayoría de represen*
tantes que se digan depositarios de la voluntad nacio­
nal: ya sabemos todos que esa m ayoría caprichosa,
elegida por el sufragio, no es una positiva m ayoría,
sino una minoría artera y mañGsa que se sabe m o ­
ver, durante el período electoral, deslumbrando con r i­
sueños espejismos a las masas incautas y obteniendo
una nutrida votación que la adueñe del Parlam ento.
¿Quién se atrevería a decir que los gobiernos liberales
de estos últimos años habían representado a la nación?
Esas representaciones no pasan de una mera ficción
de derecho político, y con ficciones de derecho política
no se va a ningún gobierno nacional* En España no es
la nación la que está por encima de todos los partidos:
es un partido el que está por encima de toda la nación.
A sí es como no hubo tiempo ni valor para fiscalizar
las m aniobras y los enjuagues de los que intervenían
en nuestros astilleros y en nuestras fábricas de armas,
que absorbían el presupuesto casi íntegro de la nación
por espacio de años y años, y como, cuando creimos-,
que teníamos una escuadra form idable— dinero se ha­
bía derrochado para ella— y una serie de baterías ca­
paces de arrollar a las de cualquier nación que e n fre n ­
te de nosotros se pusiese — despilfarros sobrados se
habían hecho para abrigar semejantes aspiraciones— ,
nos encontramos con que no teníamos ni barcos, ni ca­
ñones, ni nada, viéndonos obligados a liarnos en la.
manta de nuestra ignom inia y dejar que águilas rapa­
ces nos hincasen la garra hasta donde quisiesen, lie
vándonos en ellas lo que les fuese en talante. Y gracias
que no tocaron, llevándose alguna tira de piel, a la
misma Península, poniéndonos en trances de tenernos
que batir una vez más por nuestra independencia.
Así es como en España se consienten compañías pri­
vilegiadas 3' monopolios inverosím iles, que, aunque
parezca que la benefician, porque dan de una vez can­
tidades considerables al gobierno, la minan, al fin, y
la postran, pues quien paga los platos rotos es el pue­
blo, cuya pobreza y cuyo malestar traen consigo el
malestar y la pobreza de la nación. En España se está
haciendo algo de lo que hacía la antigua Cartago,
cuando para mejor explotar a los de Cerdeña y Córce­
ga les prohibía con pena do la vida arar y sembrar sus
tierras, para que así alcanzasen exorbitantes precios
los productos ríe la metrópoli. En España no se puede
sembrar tabaco, porque le iría mal con 3sa siembra a
la T abacalera...
Así es como el gobierno español va prodigando de
una manera abrumadora los títulos y las dignidades,
hasta el punto de que seamos raros los españoles que no
estemos emparentados con duques, o coudes, o mar­
queses. D ecía T ácito que los grandes generales rom a­
nos tenían a menos ir a la guerra, porque habían lle ­
gado a despreciar los honores triunfales que los C e­
sares prodigaban con pasmosa dem asía: pervulgatis
triumphi insignibus* Y en España se va por el camino
de aquellos muníficos Césares. T ras cada pequeño en ­
cuentro con los moros del R if, yo me escandalizaba
siempre al ver las interm inables listas de cruces y de
ascensos que publicaban los periódicos. ¡Cómo se c o ­
noce que el ejército español ya no es tan religioso
como solía! En otro tiempo, cuando sabía vencer y lle­
var a cabo verdaderas gestas gloriosas, era gran ado­
rador de la cruz de Cristo. Hoy que y a no sabe vencer,
como no sea en «batallas farsálicas» con los moros, que
diría mi querido amigo el ilustre capellán castrense,
D. Manuel de J. M artínez (1 ), ya no es adorador más
que de las cruces. Muchas cruces en el pecho, pero sin
llevar la redentora en el corazón...
¡Desdichada la nación que dilapida las recompensas!
Los hombres dignos las rechazarán, como los generales
de Tácito, y como ya alguien las ha rechazado en E s ­
paña. L a prodigalidad de las recompensas indica un
descenso en el honor de los ciudadanos, un resfriam ien­
to del fuego sagrado del patriotism o, y un olvido de
la hermosura del cumplimiento del deber. Y o siempre
que veo esas listas interm inables de ascensos y conde­
coraciones por las columnas de los periódicos, me acuer­
do, sin querer, de Diógenes el Cínico, cuando al decre­
tar los atenienses la divinidad de Alejandro Magno, les
dijo: «ahora hacedme a mi Serapis», o de Calígula
cuando concedía honores de senador a su caballo. [Hay
por España tantos caballos de Calígula! De Antístenes,
el fundador de la Escuela Cínica, cuéntase que aconse­
jando a los atenienses que hiciesen una ley ascendiendo
los asnos a caballos, como se extrañasen, les dijo: «¿no
creáis generales que no tienen en su favor más que el
nombramiento?» ¡Oh, cuánto pasa de esto en España!
¡En tiempo de Tiberio hubo muchos hombres honrados
que rehusaron las estatuas que en vida se les había que­
rido erigir, al ver que por doquiera surgían estatuas

(1) Los capellanes castrenses en las iVUimas guerras, bp titu la un


folleto in te rosen tísim o que m i b u en am igo acaba, como qu ien clic i;.
de pu blicar. Su lectu ra da un a v isió n ex a ctísim a de n u estra acción
b élica en M arruecos, E stá escrito con m ucha tersura de frase y con
m ucho sabor castizo, y anda por ól derram ada una iron ía tenue que
poac en con ocim ien to de toda la realidad. [L ástim a que el autor, con
algo que dejó por decir, y con lo m ucho que su hum orism o no hizo
m ás que desflorar, no h u b iese ensan ch ado el folleto h a sta conver-
tirio en libro. Dado lo galan am en te que está escrito lo que tu yo a
bien escribir, h u biera resu ltad o un a valiosa perla, P ero lo que él di­
rá: si por escribir eso, n a d a r a is, m e pusieron dos m eses a la som bra.,.
— 23 —

levantadas a villanos y a delatores. Y en nuestra patria


asusta ya el número de estatuas que eu plazas y par­
ques so yerguen inmortalizando el adocenamiento y
hasta la misma nulidad, y va a llegar el tiempo en
que se desdeñe las estatuas. Y o temí que Menéndez y
Pelayo dejase consignado en su testamento que ni por
asomos so pensase jamás en erigirle una.
Asi es como a España le viene sucediendo,desde hace
ya más de un siglo, lo que sucede a esas criaturas r a ­
quíticas que no pueden desarrollarse fuertes y robustas;
porque llevan dentro de sus intestinos una pertinaz
solitaria que las mina y las agota; pues España hace ya
más de cien años que lleva en sus entrañas esa carco-
inodora ascáride del revolucionism o, que lejos de dejar
que se desarrollen las naturales energías que manan,
como de copiosa fuente, del corazón de nuestra raza,
las esteriliza y las consume, haciendo que se destruyan
unas a otras en fratricida lucha salvaje. No es que yo
anatematice la existencia de los diversos partidos po­
líticos ( 1); que habiendo política, forzoso es que haya
partidos, ya que no todos los entendimientos tienen la
misma comprensiva potencia, ni se ponen en los m is­
mos puntos de vista para examinar las cosas, lo cual
origina y legitim a los partidos. L o que hay es que, si
en vez de dejarse guiar por «el público anhelo», que
diría Canalejas, se dejan guiar, como se dejó este go~

(i) La e x iste n c ia de los partidos es un a necesid ad de los pueblos


cultos y libres. En los gob iern es despót.icios no puede hab er m ás po­
lítica que la q u e im p on ga el déspota. E n ton ces los am antes de la l i ­
bertad están condenad os a la em igración , so pena de exponerse a
caer uti dia bajo el hierro h om icid a del tirano. Los pu eb los ¡^rie^os
debieron su e x is te n c ia a la em igración do los esp íritu s lib res que,
titiland o irrespirable la atm ósfera de I05 viejos im perios o rien tales, se
lanzaban por m ar o por tierra en pos de lejan os países donde se pu ­
diera respirar am b ien te ile lib ertad . P o r eso podría decirse que la
p olítica n ació en Grecia*..
bernante, por rancias preocupaciones; si en vez de te­
ner por norte en las campañas parlam entarias el bien
de la nación, lo que se busca es la complacencia de los
revoltosos y los egoístas, es decir, si en vez de alentar
en los diversos partidos un sentimiento acendradam en­
te patriótico y en vez de discutir los diversos asuntos
con un mutuo respeto verdaderamente cristiano, predo­
mina el espíritu de bandería, fácilm ente surgen las
ambiciones desenfrenadas, y tras las ambiciones, los
odios, y tras Jos odios, las injurias y los ataques taim a­
dos y plebeyos; y entonces quien padece es la nación,
que se ve expuesta al tejer y destejer de las situacio­
nes inestables e inseguras, a la decadencia, a la des­
honra, y , cuando menos se piensa, a la revolución o a la
guerra civil.
A sí es como el pueblo español hace ya mucho tiempo
que es un rocinante a cuyos, de día en día, más desear-
nados lomos, no va ningún caballero quijotil, ansioso
de gallardías y de leyendas, sino un perpetuo y egois­
tón Sancho que perdió hasta lo bueno, que tenía, lo
de ser cristiano viejo, por no pensar más que en m er­
cedes y en Insulas Baratarías. S í, el pueblo español es
un rocinante a cuyos lomos va, hace y a más de un siglo,
un liberalism o estulto que se empeña en desconocer la
historia gloriosísim a de lp, P atria y en romper toda
clase de sagrados vínculos con la honradez y con la
tradición. ¡Como si en el rompimiento con los padres
consistiese el honor y la prez de los hijos! Yo no sé
hasta cuando el sufrido rocín va a llevar a cuestas tan
pesada carga de apostasía. D iríase que en su encalle­
cido pellejo y a no hacían mella ninguna las espolea-
duras salvajes, y que ya- el matalón no tenía energías
ni para olfatear la cebada y el heno.,.
- *25 -

En la serie de «asíes» de mi artículo anterior p a ­


saron en desfile rápido por las cuartillas una porción
de cosas magníficas que ensalzan sobremanera las al·
tas dotes de prudencia y de sabiduría de nuestros go-
l'k-rnos, y sobre cada una de las cuales voy a hacer un
[jorjuillo de hincapié, para que no se mo tache de lig e ­
ro y de desdeñoso, Y sea el primer artículo para los
alto? aciertos de nuestros gobernantes, después que la
ola de arrepentim iento, por haber sido los causantes
do la ruina de nuestras colonias, invadió su corazón y
clarificó su inteligencia.
Sabido es, porque lo dijo una y muchas veces Joaquín
Costa, que todo nuestro siglo diez y nueve fue de per­
sistente aberración política; que nuestros gobernantes,
con un desconocimiento absoluto del estado social de
España, y seducidos, como siempre, por el maldito es­
píritu símico de copiar todo lo francés. 110 hicieron
otra cosa que cortar sayos constitucionales a España,
empeñándose en probárselos y vestírselos, sin advertir
que ninguno le venía a la medida y que todos pugnaban
con nuestra manera de ser, con nuestra morfología
corporal y espiritual. A hora bien, tras Ja pérdida de
Cuba y de F ilipinas, que había puesto tan patente que
«esta que creíamos nación de bronce, como dijp el in ­
signe solitario de Graus, ha resultado ser una caña
hueca* ( 1), se imponía a nuestros gobiernos un rígido
examen de conciencia, acompañado de una seria y larga

(1) JíecoiixtiturÁón tf Europeización de España) p.


- 26 -

meditación, que trajese consigo la consiguiente rec­


tificación de conducta social y política; ya que nuestro
pueblo , tan mansurrón y paciente, no los había arroja­
do del poder, como habían hecho los franceses, que, tras
la catástrofe de Metz y de Sedan, no sólo 110 perm itie­
ron a los O llivier y a los G-rammont continuar al frente
de los destinos de F rancia, sino que no se satisficieron
con substituirlos por Q-ambetta y por Thiers, y hasta
derribaron el imperio y cambiaron de régimen.
Sí, y a que nuestro pueblo— mengua es decirlo— dejó
que siguiesen al frente del Gobierno a los mismos hom ­
bres que acababan de hacer liquidación de nuestras úl­
timas colonias, enterrando una escuadra eu el mar de
Mindoro y obra en el mar de las A n tillas, sacrificando
de pasada a cien mil españoles y cubriendo de baldón
a todos los demás, se imponía a nuestros gobiernos un
recio y público golpe de pecho pidiendo a España per­
dón y haciendo un propósito firmísimo de cambiar de
conducta social y política. F ran cia, de quien somos tan
pedestres imitadores, había, tras la vergüenza de S e ­
dán, encerrádose en aquella sabia «política de recogi­
miento» que la hizo surgir, en unos cuantos años, m u­
cho más rica y poderosa que en las vísperas del rom ­
pimiento franco prusiano, y eso que no se hallaba en-
tonces nada decadente en cuanto a medios bélicos y
económicos; bien que moralmente se hallase semipo-
drida, lo mismo, poco más o menos, que se hallaba
ahora al estallar la guerra europea, pues nunca se ha
ostentado tan rica y tan armada.
N osotros— es justicia decirlo— tuvimos un pequeño
paréntesis de prudencia, de política modesta y recogi­
da, durante una pequeña etapa conservadora. Pareció
que recapacitábam os un poco, y que, reconociendo lo
extraviado y absurdo de nuestra política, íbamos a
rectificar totalm ente nuestra conducta» basándola en
- 27 -

uüa prudencia exquisita y en un conocimiento amplio


de la realidad, que nos alejase do nuestros idealismos
ro m á n tico s y liberalescos, que no habían servido más
que para empujarnos más y más hacia la ruina.
Hasta hubo quien se alegró de aquello* tan rudos g o l­
pes que nos asestó en plena cara la república de los
Estados Unidos, viendo que tamaños reveses nos ha­
cían entrar en juicio, reportándonos una concentración
do fuerzas y de energías que, de entonces en adelante,
habrían de tener más acertada aplicación,
Pero tornó el liberalismo al poder y toda nuestra
esperada regeneración se quedó en agua de borrajas.
Se habló mucho y se escribió bascante de europeiza-
don de nuestro espíritu y de nuestro ser, y aun se in­
tentó trazar los rumbos «hacia otra España» — así ti­
tuló un libro suyo M aeztu— , pero se trataba de una
España volátil, aérea, idealista, sin fundamento nin­
guno en el espíritu de la tradición y de la raza. E ra
aquello un cambio de camino por otro, pero ambos d en ­
tro del idealismo y del ensueño. Con el camino real
aun no se había dado; porque el camino real entre
nosotros no es más que el de la tradición con el p ro ­
greso desposada, y por ese ni se soñaba ir, Cuantas
regeneradoras medidas se ideaban no venían a ser más
que algo así como un injerto francés en nuestro ré g i­
men actual, ya todo él de raíz y de savia francesas: un
injerto francés sobre árbol francés, agotado y caduco.
En el viejo y aun robusto tronco español nadie p en ­
saba. E l «propósito de la enmienda», tan suspirado,
continuaba siendo una ilusión, un ideal.
Aquel favorito estólido que pasó al escarnio de la
historia con el nombre de Conde-Duque de Olivares,
que sólo pensaba en atizar las concupiscencias de F e ­
lipe I V y en redondear de honores y de riquezas a su
familia y a sus parciales a costa del erario de la n a­
— ¡¿8 -

ción; aquel favorito que fué quien puso a España en


plena agonía, en aquella agonía que, en tiempo de
Carlos I I, cuándo la población hispana se redujo a
unos seis millones de habitantes, la mayor parte de
ellos sumidos en horrible miseria, no llegó a ser m uer­
te sencillamente porque Dios es bueno, aquel favorito,
digo, prosigue siengo, al parecer, el ideal de nuestros
gobernantes.
Nuestros gobernantes suben siempre al poder con
las mismas cantinelas, ofreciendo al país el oro y el
moro, para luego no dárseles un cornado ni por Espa­
ña ni por los españoles. E l caso es ganarse a fuerza de
promesas y de lisonjas los ^otos del pueblo, del pobre
pueblo siempre seducido y siempre engallado. L a d i ­
plomacia de nuestros ministros es la de las vanidosas
ricas que prometen mucho por disfrutar las caricias y
los mimos de la adulación, y luego aprietan a va ra ­
mente la bolsa para soltar lo menos que puedan.
Piénsese en el Sr, G-asset; nadie ha prometido más
al pueblo que este ilustre señor, y a diez veces exm i­
nistro, que habría de hacer m ilagros, y ya el pueblo no
volvería a tener en él ni átomo de esperanza. ¡Tantas
veces le ha seducido y tantas veces le ha engañado!
L as primeras veces que ascendió Gasset a ministro,
España se ponía a soñar dulces sueños de grandeza y
de ventura. Los periódicos del trust echaban las cam­
panas de sus columnas a vuelo, ponderando los planes
regeneradores de la patria con que el «joven» m inis­
tro se disponía a actuar en la política española, domi­
nada hasta entonces por una oligarquía de ambiciosos
que la tenían condenada a vergonzoso atraso. Con
G-asset en el m inisterio de Obras Publicas, España de­
jaría de ser nación africanaj y comenzaría a m archar
de bracete con sus hermanas felices de Europa. ¡Qué
riente estrépito de proyectos europeizadores!
— 29 -

LTna vez se decía que España iba a contar con muche­


dumbre de pantanos y de acueductos que habrían de
ponerla en condiciones de poder regar y fecundar todas
las tierras secanas de la península, las cuales se con*
vertirían de eriazos espantosamente baldíos en ubé­
rrimas tierras sembradizas, en fértiles praderas, en
pintorescos jardines. Otra vez se entonaba un himno
de entusiasmo en loor de la magnífica urdimbre de fe­
rrocarriles estratégicos que habían de abrazar a unas
regioues hispanas con otras, facilitando y abaratando
el intercambio de productos, proporcionando a los tu­
ristas medios cómodos de apreciar las magnificencias
de nuestras rías y de nuestras costas, y poniéndonos
mu condiciones de transportar rápidamente armamen­
tos y soldados do un extremo a otro de la nación, en
caso de ser atacada por alguna potencia ambiciosa y
egoísta. Otra vez se nos? garantizaba la construcción
de una red de carreteras y de caminos vecinales, per­
fectamente construidos y sostenidos, que, facilitando
la comunicación de unas comarcas con otras, fom en­
tas en el comercio y la industria, aun en los pueblos
más pobres e insignificantes, contribuyendo de g a lla r­
da manera a la difusión del progreso y de la cultura,
que acabarían de una vez con el abrumador analfabe­
tismo, que consume, como verdadera roña, a nueve
millones de españoles.
Otra vez..., ya iban siendo muchas veces las que nos
había engañado con deslumbradores espejismos y con
ruidosas esperanzas, y ya España no se dejó mecer en
dulces y vaporosos ensueños. Sigue oyendo cada vez
que el insigne hombre público asciende de nuevo al
acotado ministerio las mismas cantinelas arrulladoras
de la prensa trastera, los mismos calurosos himnos de
sugestionador entusiasmo; pero ya España no sueña.
El ver que tantas veces se quedabau en puros pro-
- no -

yectos todos aquellos risueños plaues de reflorecimien­


to y de regeneración, la han hecho un tanto escéptica
y descreída, y y a 110 se siente sugestionada por p ro ­
yecto ninguno, así sea coreado por las plumas más bri­
llantes y enardecedoras, Sabe ya que son mentira todos
los galanos ensueños de las mil y una noches,,.
Conste que G-asset es la estampa de casi todos los
m inistros españoles, brochazo más, brochazo menos,
y que por eso le elegí por cabeza de turco. P or él
están conocidos los demás ministros, y por los demás
ministros todos nuestros gobiernos.
No recuerdo qué anarquista alemán, — lo que si re­
cuerdo es haberlo leído en T o lsto y— decía en un a rtí­
culo que no había justificación posible para los g o­
biernos, cuya existencia se debía extinguir. Nuestro
anarquista comparaba los gobiernos con aquel bandido
calabrés que asaltaba a los viajeros y les prometía libre
camino si le pagaban tributo, Claro está que yo no
pienso como el anarquista, porque los gobiernos siem ­
pre serán necesarios a las sociedades, pues sin un prin­
cipio de autoridad, serían incontables los sociales atro­
pellos. Pero la verdad es que en España donde al g o ­
bierno apenas se le conoce más que por los exorbitan­
tes tributos que cobra, pues ni el camino de la h on­
radez y de la libertad podemos recorrer libres, bien s e ’
puede decir que es donde mejor se asemeja el Gobierno
al bandido de Calabria. A sí está él de desconceptuado
ante las muchedumbres que sólo ven en él un podero­
so y tiránico enemigo, ctfya fuerza y cuya autoridad
aborrecen y maldicen, Dícese que son miserables todos
los gobiernos que no se captan el amor de sus siibditos;
pero aquí los gobernantes no so preocupan para nada
de esos amores. E l amor del pueblo ©s para ellos amor
de plebe.
Y es que en España está influyendo un hado maléfico
- ;n -

que hace que, en todos los órdenes* estén siendo e sca ­


larlos los altos puestos por los incapacitados y por
los impotentes. E l triunfo de la incom petencia am e­
naza pasar a proverbio entre nosotros. Tiéndase una
mirada por todos los organismos y todas las entidades
de la nación, y, salvas honrosas exepcioues, se verá
oue es el evangelio lo que digo, lo que dice todo el
mundo, J7, si no, véase cómo define la política entre
nosotros Siurot, el gran pedagogo, que tan sutilm ente
sabe ahondar en la psicología de los niños: «la política
?n España, dice, es un arte, en virtud del cual resulta
una verdadera rareza encontrar una persona que en­
cienda algo del cargo que ocupa. Esto parece una hu­
morada, pero es una verdad» ( 1). Personaje que des-
f uelle, y a puede renunciar a las alturas, 2ío ha}^ más
rjiie pensar en M aura...
Este sistemático anulamiento de los hombres de va­
lor para dejar paso a las osadas medianías, elaborado-
ras de la deshonra nacional, es el que retuvo enjaulado
al león de Grana, sin dejarle influir con su poderoso
genio en la marcha de nuestra política, y el que le po­
nía en la lengua y en la pluma rugidos como aquellos
con que procuraba sacudir el alma del pueblo español
para que se encendiese en ju sta cólera y no consintiese
más gobernantes pródigos e ineptos que prosiguieran
envileciéndonos y deshonrándonos: «todo, rugía, me­
nos seguir reprimiendo la ira que rebosa en nuestros
corazones y consintiendo, como hemos consentido hasta
ahora, que nos pongan el pie al cuello y se lo tengan
puesto al país, sujetos que debieran arrastrar grilletes
en Ceuta u ocupar una celda en el manicomio o un
banco en la escuela» (2 ).

(1) Cosas de, 7?¿ños, p ú g . 01.


(2) Reconstitución // Eta'opeissaeión de E spañ a, p ág. 16,
IV

Nuestras ludias parlamentarias.

He dicho que nuestros gobernantes no se tomaban


maldito el interés por el buen gobierno de la nación y
porque los pueblos saliesen del estado de postración y
de infortunio en que se arrastran. Y ello se explica
muy galanam ente: todas las energías gubernam enta­
les son muy poca cosa para empleadas en el triunfo de
las luchas parlam entarias. Nuestros gobernantes han
reducido la ciencia de gobernar a un simple tratado
de retórica y de elocuencia. Asusta el contemplar el
largo muro de volúmenes que form a la colección del
Diario de Sesiones: ¡cuánta energía hispana derrocha
da en fogatas de pirotecnia verbalista!
Fué Oarlyle quien, al decir de Taine, hizo la frase·
«la edad de papel», para caracterizar con ella las pos­
trimerías del siglo X V I I I cuando el espíritu revolucio­
nario francés escribía leyes y leyes, víctim a de una fie
bre aguda de legislación.
Mucho es el papel que ahora también se emborrona
de tinta, pero yo creo que la frase c a ra cte riza d o s de
nuestro tiempo es «la edad del charlatanismo». ¡Cuán­
to charlatán en las Cortes! De ahí que todos tengan
mil puntos flacos por donde ser atacados. Se realiza en
ellos admirablemente aquel proverbio salomónico: «el
— 38 —

charlatán es como una ciudad sin murallas y abier­


ta por todas partes al enemigo», sicut urhs patens
■.'f abxqttti uiitroruw ¿tu oir qiti non potext in
laqueado cohihere spíritum auu-m.
Yo reniego del charlatanismo. A los charlatanes
prefiero los taciturnos, que casi nunca despliegan los
Ubios ni para contradecir ni para aprobar. Esos horn­
ees guarda-cantones que pudieran muy bien dedicar­
se a ser modelos de estatuaria, porque parecen de mar*
.nci, y a que .sn espíritu no brota jamás en una chispa
intelectual, hacen menos daño que los charlatanes in­
sufribles, ampulosos y difusos. Estos roban paciencia
y tiempo, y los hombres-mármoles no prueban más
que la paciencia.
Los oidores fueron en otro tiempo una institución
española. H oy ya ni como institución existen: todos
somos charladores. Se quiere que la lengua triunfe a
todo trance sobre el oído.
Zenón, el fundador de la escuela estoica, que solía
rlf‘cir a sus discípulos charlatanes: «tenemos dos ore­
jas y una boca para oír mucho y hablar poco», asis­
tió una vez a un banquete que se dio en A tenas a los
embajadores de Tolomeo. G riegos y egipcios habla­
ron por los codos, como suete decirse. Sólo Zenón no
despegó los labios. Y como al despedirse de él los em­
bajadores, con todas las cortesías debidas a quien tanta
fama gozaba de sabio, le interrogasen: «¿Qué deseáis
le digamos a nuestro Hey?», Zonón les contestó: «le
diréis que h ay uno en G recia que sabe callar...»
¡Qué lección para los comediantes parlam entarios
de esta edad de charlatanism o!..
El Parlam ento no es el campo fecundo adonde los
diversos partidos acuden a sembrar la semilla vigoro­
sa que ha de restaurar las grandezas de la P atria,
sino el campo de A gram ante adonde se va a pasar el
3
- 3i -
rato frívolam ente, poniéndose unoi paladines a otros
cual digan dueñas, arrojándose piedras los unos a los
otros, como si no tuviesen todos el tejado de vidrio, y
dando pábulo a la prensa respectiva para recrude­
cer sus campañas, esas campañas periodísticas donde
la pluma no se pára, no ya en la frase, insultante de
grueso calibre, pero ni siquiera en la metralla de la
falsedad y de la calumma.
L a últim a dama española irradiando bondad y sim­
patía por buhardillas insanas y por tugurios hedion­
dos, hace labor inmensamente más fecunda que la que
hacen en el Parlam ento nuestros políticos y nuestros
estadistas, En la egregia labor femenina, late, gallar*
da, el alma española; y en el Parlam ento no se ad vier­
te ráfaga de españolismo. Más bien que el hogar clá­
sico del amor a la P atria, es el hogar, por excelencia,
del afrancesam iento y de la frivolidad» Y o no sé si ha­
brá entrado alguna vez en nuestro Parlam ento el alma
española; pero si ha entrado, bien puede asegurarse
que ha salido en seguida, avergonzada de tanta espu­
ria labor.
Dicen las historias de la literatura que la elocuen-
cia había llegado a ser para griegos y romanos un es­
pectáculo que tenía la tribuua por escena. A sí fue
como llegaron a tener oradores tan pulcros y tan ex*
quisitos que hasta en el acento y en el m atiz de la voz
querían observar siempre las leyes de la esténica mu­
sical, haciéndose para ello acompañar de un flautista
que se ponía tras ellos y que los orientaba de nuevo,
cuando se perdían en algún arranque, en algún grito
desentonado, hijo del entusiasmo o de la indignación.
Por el camino que llevamos nuestra oratoria p arla­
m entaria va a concluir por ese espectáculo de romanos
y griegos. E spectáculo y a lo es y m uy divertido — ¡fué
tan pocas veces lo que debe ser: escuela de patriotismo
— 35 ^

y de sabia legislación!— y ya nuestros oradores com­


parecen en el hemiciclo congresil correctos y acicala­
dos como una estatua de Fidias, Y a no lea falta más
que el hacerse acompañar de la flauta, y nada tendrá
de extraño que un delicioso día se oiga el suave toque
flautino detrás de cualquiera de nuestros excelsos ora­
dores. ¿Por qué hemos de ser menos que los romanos
y los griegos?
Por de pronto ya en nuestro Parlam ento no impera
raás que una diosa: la música palabrera. Nuestros re ­
presentantes no quieren estar por debajo de los salo­
nes cursis, donde se rinde culto al discreteo afiligra­
nado y sonoro. ¡La música! ¡La música! Y o he ido
muchas veces al Parlam ento, y siempre me ha parecí*
do Rqnello un consistorio de juglares, de ingeniosos
juglares, donde los que gallean entretienen risueña­
mente los tedios de la Cámara, unos cantando himnos
huecos a la P atria y al militarismo, otros ostentándose
ufanamente antim ilitaristas y antipatriotas, y los más
alardeando, en sonoros gorjeos, de radicalismo jacobi­
nista, perseguidor a muerte de nuestras heredadas
creencias. Se quiere que el espíritu hispano bogue,
adormido por una corriente cristalina de retoricism o
multicolor, soñando con playas risueñas doude se le­
vantan espléndidos palacios de cristal, como los de los
antiguos encantamientos.
¡Oh, que farsas más lindamente cómicas las que se
representan a menudo en nuestra« Cortes! El p a rla ­
mentarismo español se reduce a ú n a m ojiganga guber­
namental que tiene por objeto divertir un poco a cier­
tas gentes ociosas e inundar a España de leyes frív o ­
las y con frecuencia absurdas, que se aprueban, las más
de las veces, como por sorpresa y sin discusiÓD. Los
mismos diputados son ios primeros en aburrirse en
-cuanto se trata de disentir algo serio, sobre todo cuan-
- 86 -

do se trata de cosas de verdadera importancia, como


son las que se refieren a hacienda y a instrucción-pú­
blica..
Y es que el nivel fíe los diputados no suele estar a la
altura requerida en los que se diccn y son legislado-·
res, Muchos ni aprecian ni entienden las cuestiones
que se ponen a debate, y entonces, al forzoso e incons­
ciente bostezo que pudiera delatar su incomprensión,
prefieren no asistir a las contiendas.
De ordinario cuando se lleva a las Cortes un p royec­
to de ley, ya se sabe de antemano ta suerte que le ha
de sonreír. Si es de las minorías, ya pueden esclarecer­
lo y racionalizarlo con la luz más pura de las ideas: al
foso va el proyecto. Pero es de la m ayoría, y mucho
antes de que las minorías se apresten a blandir contra
él la espada de sus ideas, ya se cantan himnos de triun­
fo. Como que la m ayoría parlam entaria tiene por des­
contada la victoria, antes ya de la lucha. ¡Oh, con qué
hondo humorismo decía G anivet, después de confesar­
se m uy entusiasta amante de los árabes: «conste, sin
embargo, que mi afecto term inará el día que mis anti­
guos paisanos acepten el sistema parlamentario!!» (1)
L a farsa de nuestro parlam entarismo nunca se ob­
serva mejor que en una de esas acaloradas sesiones en
que las tribunas se hinchen de gente para oir la m ag­
nífica oración con que alguno de los pocos elocuentes
oradores que tenemos se va a perm itir el lujo de derri
bar a un m inistro, no dejándole más replica posible
que la de irse a su casa. Nuestro gran orador, uno de
los pocos que saben lo que han de decir y cómo lo lian
ed decir, habiéndose puesto muy al tanto de alguna
monstruosa irregularidad adm inistrativa — aquí es
siempre facilísim o ponerse al tanto de una de esas irre-

(1) E l Porvenir de E spañ a. Cart.us a 1), M igan! U naim uio.


- 37 -

gularidades— va perfectam ente pertrechado al P a r ­


lamento y hace una denuncia que envuelve en unos
cuantos períodos de elocuencia fogosa y acerada, que
arrancan tiras de piel al ministro, entre murmullos, y
risas, y generales muestras de aprobación.
El ministro que siente la impresión de uu reptil al
que le pisan la cola, se aíra> se enardece, creyérase que
se iba a comer vivo al parlam entario residenciante,
que acaso se sonríe con sonrisa disfrutadora viendo el
efecto de su discurso y sintiéndose inspirado para una
mieva acometida más carnicera que deje algo de cuer­
po presente en el banco azul.
Se termina la sesión. Los diputados salen a los pasi­
llos a divagar un momento, los periodistas husmean
aquí y allá, ansiosos de llevar alguna noticia sensacio­
nal y escandalosa a las columnas del periódico. E ntre
un grupo de diputados so observa al ministro que es­
trecha la mano de su contrincante y a éste que sonríe,
lleno de amabilidad, al ministro. E l asalto que algún
novel periodista esperaba que fuese de puños, es de
mieles, de suavidades, de blandenguerías. Son muy li­
geras y m uy de todas las tardes las luchas parlam en­
tarias de la política hispana para provocar un serio
conflicto. L a misma política hispana no es más que la
pajarita de papel aquella con que se entretenía en una
de esas acaloradas sesiones cierto ministro, al decir de
Antón del Olmet, este preclaro periodista que asesinó
un día todas las ardorosas simpatías que inspiraba,
lanzándose inconsideradamente a lo que el había lla­
mado con frase vituperadora «la feria de los apetitos.»
Verdad que se le debió de haber seducido perpetrando
con él algo así como lo que se llam a en el Código pe­
nal: «corrupción de menores*.,.
Pero volveré a mi tem a de la farsa parlam entaria
española. ¿Es que todo se reduce a farsa entretenida,
- 83 ~

pero estéril, en las luchas da nuestro Parlamento? No:


h ay algo que se sale de la farsa para entrar en la tra­
gedia. Si algún diputado intenta la aprobación de a l­
gún proyecto de ley de trascendencia positiva que
tenga por objeto remediar la situación precaria de la
agricultura, del comercio, de la enseñanza, de las cla­
ses obreras, y encuentra el suficiente número de dipu­
tados para que se le tome en consideración, aquel p ro­
yecto no es le y jamás*
Prim ero hay que nombrar una Comisión en la cual
estén siempre en m ayoría los diputados adictos al G o­
bierno. Esa Comisión, que no gusta de obrar precipita­
damente, nombra dos o tres ponentes que estudien a
conciencia la cuestión, y entre los ponentes también
ha de inclinarse la balanza del lado de la m ayoría. L a
ponencia, que gusta de madurar bien su estudio, se
toma un mes, dos meses, tres meses, para adoptar este
o el otro acuerdo, antes de que la Comisión se reúna
de nuevo para deliberar. Se aprueba el dictamen por
la Comisión, pero tiene que discutirlo el Parlam ento,
y la discusión, por lo mismo que se trata de cosa tras­
cendental, ha de ser amplia, razonada, discreta.
A lgún diputado radical, por la sencilla razón de
que se trata de algo beneficioso para la Patria, no ha
de querer que se apruebe sin insuflarle antes su m i­
ga jita de progresismo, y ha de proponer una, o dos*
o tres enmiendas que obliguen a los canarios de la re­
pública a entonar alguna de las vacuidades líricas con
que ceban a las muchedumbres y provocan el rutina­
rio aplaudir frenético del consabido rincón de la Cá­
mara.
M utilado, enmendado, adicionado, logra por fin ser
aprobado el proyecto en una de las Cámaras, pero tie­
ne que pasar a la otra, donde sucede lo propio que en
la primera: Comisiones, ponencias, dictámenes, discu-
- 39 —

sionos, mucha palabrería sonora, rítm ica, musical, las


inevitables enmiendas, los imprescindibles aplausos.
Han pasado algunos meses, — nunca se necesita que
pasen muchos— y el Gobierno está en crisis. L as zan­
cadillas de los prohombres intrigantes han enredado
mucho las cosas. Los ministros se hallan sin autori­
dad entre los propios individuos de la m ayoría que se
ha fraccionado en dos, tres, cuatro disidencias. ¿S al­
drá la ley triunfante de la votación? Sí, porque se tra­
ta de una co^a importantísim a y de manifiesto in te­
rés para la P atria. Poro vienen l*ts imperiosas vacacio­
nes del estío, o de la prim avera, o del invierno — siem­
pre es tiempo oportuno para dar ei cerrojazo a las
Cortes— y al ir a votar, el Gobierno se declara en cri­
sis, tiene que nombrar ministros la disidencia triunfa­
dora; los caídos se mueven despechados, ganan descon­
tentos ambiciosos, de esos tan avispados y que siempre
están en acecho. E l nuevo Gobierno ha nacido cada-
ver: con Gobiernos disidentes no se puede contar. En-
tra a formar Gobierno el otro partido de turno. Pasan
meses, vienen las elecciones, se constituyen las Cáma­
ras. ¿H ay algún diputado patriota que se acuerde de
aquella ley trascendental? Acaso sí, y empieza el nue­
vo C alvario...
No creo haber exagerado nada la realidad fatídica
de nuestra vida parlam entaria; no creo haber d e sp il­
farrado tintura negra en el boceto alentador y d iver­
tido de nuestro Parlamento; no creo haber falseado
aquel ambiente donde se ha elaborado la ruina de
nuestra P atria, donde se nos ha enrojecido de vergüen­
za el rostro a todos los españoles, y donde hasta se ha
predicado impunemente el atentado personal. Quien
tal crea medite en estas palabras de Costa: «Parlamen­
tos de mozos que no sirven para ganarse la vida en el
trabajo o en el estudio y van a divertirse con el país,
- 40 ~

hasta hacerlo rodar al abismo; ministros desalum


brados que parecen no haber estudiado en otro libre
de política que en aquel de Benjam ín Franklin, arte de
hacer una nación chica con una grande» ( 1).

(1) Obra citad a, pá#. 115.


V

El caciQDismi y el fracaso del Réginra.

Nadie dejará de advertir que el parlamentarismo,


del modo que nosotros lo practicamos, es una de las
causas que mejor explican este ciclo de grandeza y de
prosperidad en que nos ha metido de hoz y de coz el li ­
beralismo imperante. Sin embargo, se ha de reconocer
cjiie no es el parlamentarismo la más risueña y encan­
ta«lora consecuencia del régimen, E sto de encantador y
ríe risueño lo monopoliza totalmento el caciquismo.
Colón se quedaba m aravillado, en las primeras islas
americanas que descubrió, viendo cómo el régim en ca­
ciquil por que se regían, hacía tan bienhadados a los
sencillos indios que discurrían por aquellas tierras en­
cantadas, entre cuyas frondosidades y espesuras sur­
gían aquí y allá unos cuantos humildes bohíos, siem­
pre llenos de paz y de hartura para sus moradores* Y
andando, andando el tiem po, ¡quién le había de decir
a Colón que había de implantarse en la gran nación
descubridora aquel régim en caciquil que brindaba tan
dulce bienestar a los pobres e ignorados indiosí
Porque— lo sabe todo el mundo— España está inun­
dada de caciques* E l caciquismo español aparece per­
fectamente jerarquizado* A parte del ministro, que sue­
le ser el jerarca supremo, está el diputado, el jerarca
- 42 -

máximo; está el ricacho intrigante del distrito, el je­


rarca medio, y están los pobres diablos influyentes ni
las aldeas y en los lugares que el cacique medio mu^
ve a capricho corno si fueran peones de ajedrez, y que
son los jerarcas mínimos. Todos ellos caciquean, todos
ellos mandan. E l que no puede ser tirano se conforma,
con ser tiranuelo. Y la pobre masa popular no acierta
a sacudir y hacer pedazos esa nueva ignominiosa ser­
vidumbre. V e al tinglado caciquil funcionar como si
fuera un perfecto aparato mecánico, y no siente arres­
tos para derruirlo a puntapiés y reducirlo a la nada. Y
así es como el Estado viene a ser un pulpo inmenso
cuya urdimbre tentacular se extiende, chupadora, has*
ta los últimos lugares, hasta las últimas aldehuelas,
Los gobernadores españoles son una especie de ti­
ranuelos do la provincia que, estando bien con el caci­
que supremo, y a no se preocupan de más; digo, sí se
preocupan de redondearse el sueldo que les tiene asig­
nado el gobierno, y que, para un gobernador, es verda­
deramente miserable. Por eso se los ve especular con
las tahurerías, con las casas de prostitución, con los
cafés y con las tabernas, permitiendo que se oierroü
a las altas horas de la noche, y aun recibiendo dádivas
de alcaldes y caciquillos quo no tienen por objeto más
que el que deje hacer, el que deje pasar. ¡Oh, qué acer­
tado estaba Platón cuando en el libro duodécimo de
las L eyes quería que los funcionarios públicos que
recibiesen dádivas fuesen condenados a muerte! ¡A
cuántos gobernadores tendríamos que ahorcar en Es­
paña! ¡Cuánto mejor sería subvencionar mejor y exi­
g ir más estricta moralidad, para que no se viera a
las provincias m aldecir y abominar de sus Poncios!
E l diputado, que en España no tiene sueldo, tiene
una porción de gangas que le dan dineros y prestigios.
En su distrito es un pequeño rey. El ministro no nom­
bra un alcalde de real orden sin el consejo o la pro­
puesta del diputado, como éste no propone a nadie sin
haber oído al cacique, que es también quien propone los
alcaldes que han de ser de elección, los jueces m unici­
pales, los secretarios del Juzgado y del Ayuntam ien­
to, y hasta los policías y los alguaciles. Los mismos
jueces de instrucción, que suelen entrar en funciones
por concurso, lo primero que tienen que hacer es po­
nerse a las órdenes del cacique, porque, si no, corren
peligro de sar trasladados en seguida a un extremo de
la nación donde haya un ju zgado de igual categoría,
véndeseles on viajes, sobre todo si son casados y tienen
familia, el sueldo de medio año.
Es decir, que todas las riendas do la administración
y do la justicia están en manos del cacique, y, por ende,
del diputado* Véase por ahí, si a uno y a otro no les
vendrá muy buena granjeria.
Así se explica que Ja justicia ande como anda en
muchos pueblos, donde para obtener uno lo que es su­
yo necesita pedir favores al cacique, que suele hacer­
se rogar de lo lindo y aun no acceder a los ruegos has­
ta que haya hecho desesperarse a la misma paciencia.
¡Qué de idas y venidas y qué de expedienteo inútil y
qué de gastos! Juicios sencillos que en los Estados
Unidos, por ejem plo; se resuelven en un par de días y
apenas originan expensas — y conste que hablo de lo
que han visto mis ojos— , duran en los pueblos de E s-
parU meses y meses, años y años, y hacen gastar a las
partes litigantes un dineral; de donde el considerar una
maldición, y una maldición gitana, aquello de «plei­
tos teiigas y los ganes». Como que aunque se gane*
siempre se pierde,
De la misma justicia en asuntos crim inales se pue­
den decir horrores. Sin salir de mi p rovincia, se po­
dría hacer una lista aterradora de asesinos que, gra-
44 -

cías al caciqueo, han salido absueltos. Y 110 creo que


sea Asturias la provincia española menos recta y me-
uos justiciera» Marvand habla de ciertas regiones le­
vantinas y andaluzas donde hay criminales malvados
que, con prestar servicios im portantes en tiempo de
elecciones, ya cueníjan con el pase regio de los altos ca­
ciques para toda clase de fechorías; y de algunos de
ellos asegura que hasta cobran su tributo de ciertas f a ­
milias de posición desahogada, que se avienen a ser
tributarias de los muñidores electorales— caciques me­
dios o mínimos— para no ser inquietadas en el disfru­
te de lo que tienen ( 1). ¡Qué vergüenza si ello fuese
verdad!
Por el caciquismo y sólo por el caciquismo es como
se explica en España esas ocultaciones de impuestos
que en tanto que favorecen a los amigos de los caci­
ques, abruman a los que no son de las ideas caciqui­
les, a los infelices y a los desamparados. No hay más
que fijarse en este dato elocuente: a ciento vein ti­
tantos millones asciende la contribución territorial
en España, donde a cada hectárea vienen a tocar
poco más de dos pesetas, ya, que tiene unos oincuenta
millones de hectáreas el territorio español. Pues bien;
está comprobado que hay propietarios que pagan has­
ta cien pesetas anuales por cada hectárea, ¿Por qué?
Porque también Jos hay que no pagan ninguna por
muchas, Y ahí está el Catastro general parcelario,
de Torres Muñoz, publicado en 1903 , donde se de­
muestra con inform es oficiales que la ocultación ascen­
día a quince millones de hectáreas (2 ). Sólo este dato
sería más que suficiente para m aldecir el caciquismo.
Si esa ocultación se da en el impuesto territo rial, ¿cuál

(1) TJKspague an X X e $ü clef págs. 54 y 55.


(2) Vid. dicha obra, p. 333.
— 45 —

■.o será la que se dé en otra clase de impuestos, mu-


-iio más accesibles a la ocultación, como son los gravá­
menes sobre las rentas, sobre la transmisión de bie­
nes, sobre las minas, sobre el alcohol?...
¡Y el caciquismo tan campante! Seguram ente que 110
tienen loa caciques la culpa. En España todos somos
a vituperar el caciquismo: la existencia de esos seres
omnipotentes e irresponsables, cuya influencia política
en una región, en una ciudad, en un pueblo, llega a
los maj-'ores abusos y a las mayores tropelías, pues
sabido es que el cacique, que es todo mieles para los
su bando y todo acíbar para los del bando opues­
to* dispone de la alcaldía y de la judicatura, y, por
consiguiente* de la distribución de rentas y de im ­
puestos y de la administración de justicia; pero todos
gustamos de vivir en amistad con el cacique: los hu­
mildes, porque saben que el gobernador y el m inis­
tro le guardan la espalda amparándole en todos sus
desafueros, y los soberbios, porque saben que es quien
hace mercedes de diputaciones y concejalías.
El pueblo de ordinario no tiene opinión, y, por con­
siguiente, no vota movido por ideas, sino por el caci­
cato. De ahí que las luchas electorales en España no
sean más que luchas entre caciques. En cada pueblo,
en cada ciudad, suele haber dos que turnan en su
poderío, según turnan los partidos a que pertenecen.
;Y qué escenas barberiscas las que suelen acontecer
en los pueblos cuando sobrevienen los cambios de tin ­
glado, especialmente cuando han sido laboriosos y di­
fíciles, como suele suceder, y es preciso que desde el
Ministerio de la Gobernación se juegue con A y u n ta ­
mientos y con alcaldes, atropellando a unos para en­
caramar a otros! Yo he presenciado varias veces es­
tas escenas berberiscas— los bereberes me perdonen lo
corto que les viene a las tales escenas el calificati­
— 46 —

vo — , y al ver aquellas cencerradas diurnas y noctui


ñas con que se obsequiaba a los que acababan de di
jar el poder, la verdad, sentía asco profundo de tant
grosería y de tanta barbarie, y pensaba que aun s
quedaban muy cortos los que decían que en los Pir
neos comenzaba el Africa*
El caciquismo, esa costra consuntiva de la nació
ese pulpo inmenso que acaba con toda la sangre reci
de los pueblos y de los individuos» es la razón más ele
ocuente del fracaso completo y absoluto del régimer
Creo que Costa tenía razón cuando, en su crítica de:
piadada sobre Cánovas del Castillo, decía que la bal
criminal de Angiolillo en Santa Agueda no «coito m<
ramente el hilo de la vida de un hombre, sino que fi
«sentencia de muerte para toda una política» ( 1 ).
esa sentencia de muerte, aun inejecutada, debe ej>
cutarse cuanto antes, yendo hasta la misma reforn;
de la Constitución, rectificaudo cuauto haya que rect
ñcar, concluyendo con esa sottise del sufragio uuivei

(1) Hecouslitmióu ¡j etbrofjeiznción de Es 2)nña} p. ‘282. Scguranici]


que Costa no interpretaba bien la frase de Pidal: «Cánovas no ha c
jado herederos»; seguramente que el inmortal campeón de la re
gión y de la patria no quiso significar con esa frase la «muerte pa
toda u.n¿t política», como interpretó Costa- Y o sé cómo pensaba
Cánovas D. Alejandro y Ja alta veneración en que le tenía; que ix
de cuatro veces le oí hablar de aquelinsigne hombre con el respt
y la admiración de quien con templaba en el casi un oráculo.
Además no es justo decir que todo cuanto Cánovas era y cuar
Cánovas representaba se sintetiza en «la política de veintitrés af
que nos lia reducido de potencia de segundo orden a potencia
tercero en todos lus respectos, así público como privado, naciona
internacional», (ob. csit. ib.)
Cuando Cánovas escaló el poder casi no éramos nada, y él, es v
dad, no hizo mucho, no hizo lo que debió haber hecho, lo que de
talento era de esperar; mas nos hizo ser algo, y nos puso en eami
de ser más. si el partido liberal, llevado como de la mano adoi:
quiso Mac Kinlcy, jio hubiese labrado nuestra deshonra y núes-
ruina.
— 47 —

sal, según le estigmatizó Flaubert, que no sirve más


que para mantener en las alturas a los caciques, en de­
trimento del bienestar de los pueblos por el caciquis­
mo atropellados. Mientras no sean las necesidades de
los pueblos las que inspiren a los gobernantes, y sí las
intrigas del cacique, el sufragio universal será una
r u in a en España. En vez de política nacional se hará
política caciquil, y eso sucederá siempre mientras no
llegue el pueblo a un muy alto grado de educación y
mientras los elementos neutros 110 sacudan su necia
indiferencia lisonjeada por estultas comodidades,
¡Cuánto mejor que el sufragio universal, con que se
ha demostrado que sólo se da vida al caciquismo, arre­
llanado triunfantemente sobre la voluntad anónima
ciel pueblo, sería el sufragio por clases que predica *
Mella, con el cual se iría a una verdadera represen­
tación popular que, al defender los intereses de los
gremios y de las asociaciones, defendería, al fin, a la
patria! Si el gremio de obreros del campo, en una lo ­
calidad determinada que pudiera ser, si no la de un
partido judicial, la de una provincia entera, eligiese
su diputado, un diputado que fuese uno de los indi­
viduos del gremio y que, por tanto, conociese bien las
necesidades y las conveniencias de aquella localidad
—y lo propio que de la clase de agricultores dicho
sea de la clase de comerciantes, de la clase de indus­
triales, de la clase de artesanos— , ¿quién duda que
esos diputados serían verdaderos representantes del
puebla y sabrían hacer en el Parlamento mejor uso de
la alta dignidad de que los había investido la volun­
tad de los electores?
El fracaso del régimen es manifiesto y urge el ir ha­
cia otro régimen reconstituyente y salvador. Los pue­
blos viven hoy más afligidos que nunca por la presión
injustísima que ejerce sobre ellos el caciquismo, flage-
— 48 -

lando a inocentes y paralizando la acción de la jus­


ticia contra rufianes y malhechores. Se impone una
política de represión de ese resto de feudalismo que
nos deshonra y nos envilece, como aquella que empren­
dió la Reina Católica a-1 darse a allanar fortalezas y
torres donde anidaban las águilas señoriales que ha*
cían temblar a villas, alfoces y ciudades cuando por
sus contornos tendíau el vuelo. Es hora ya de que las
pobres gentes lugareñas disfruten de un poco de
aquel bienestar que disfrutaron sus antepasados, cuan­
do, al advenimiento de Isabel de Castilla al trono, co­
menzó a declinar el feudalismo tiranizador hasta ex­
tinguirse casi del todo, y llegar el pueblo a una hol­
gura que jamás había gozado en tiempos anteriores
y que fuó prenda segura de aquel florecimiento comer­
cial e industrial que convirtió a nuestra tierra en
emporio de riquezas, de poderío naval, de grandes ex­
pediciones náuticas, de descubrimientos y de con­
quistas.
VI

[i coeslióR reaionalista.

La psicología social demuestra que el fondo subs­


tantivo de una raza lo constituyen mucho más que las
cualidades corpóreas de fisonomía, estatura, tempera­
mento, color, las cualidades espirituales que determi­
nan especiales modos de pensar, de sentir y de obrar,
que es asimismo lo que más distingue a unas naciones
de otras naciones« Así las razas sajonas, mucho más
que por el color de la tez y de los cabellos, por el án­
gulo facial y por la estatura, se distinguen de las latl·
ñas por sus dotes especialísimas para el análisis, por
su visión más clara del utilitarismo de las cosas y por
la tenacidad férrea para el trabajo que no conoce ni el
desmayo ni la impaciencia, cualidades anímicas mar*
cadamente opuestas a otras de las razas latinas, como
son la tendencia innata hacia la síntesis, un mayor im
pulso sentimental hacia la belleza y una audacia ins­
tintiva para las empresas, demasiado expuesta a los
desalientos y a los desmayos.
Lo propio que entre una raza y otra raza, sucede
entre una y otra nación de la raza misma: las diferen­
cias son mucho más espirituales que corpóreas y cons-
4
— 50 —

titilen una resultante del territorio, del clima, de la


historia, del distinto modo de vivir y de obrar a lo
largo de los siglos. Españoles y franceses, por ejem­
plo, somos arrebatados, pero los franceses lo son en
mucho menor intensidad que nosotros; españoles y
franceses somos ligeros, pero la ligereza francesa deja
muy atrás a la española; españoles y franceses somos
artistas, pero el arte francés es mucho más refinado,
mucho más culto, mucho más artístico que el español,
en que predominan la sencillez y la naturalidad; es-
pañoles y franceses somos voluptuosos, pero los espa­
ñoles con más apasionamiento que desvergüenza y los
franceses con más desvergüenza que apasionamiento.
Pues bien, esto mismo sucede entre las diversas re­
giones de una misma nación. Las diferencias entre los
andaluces y los catalanes, por ejemplo, son, mucho
más que corpóreas, anímicas, hijas de la distinta mane’
ra de ser, de la diversidad de vivir. Y esas diferencias
no se borran ni se suprimen por un uka&e central,
por un caprichoso «ordeno y mando», Tienen sus raí­
ces en el alma, y erradicarlas sería matar el alma mía·
ma. Lo que se debe hacer es cuidarlas y aun fecundar­
las para que el ramaje de sentimientos que de ellas
surja se extienda y se dilate, entrelazándose con el
ramaje de sentimientos de las demás almas regionales
constituyendo todas juntas la magnífica selva nacional.
Las tendencias regionalistas son una manifestación
vigorosa del amor a la tierra natal, y este amor es sa­
grado, nobilísimo. Y el Estado, en vez de luchar por
extirparle, debía fomentarle y enardecerle. Las diver­
sas patrias chicas constituyen la patria grande y los
diversos amores regionalistas, fundiéndose en uno,
forman el verdadero patriotismo, el sublime senti­
miento de patria.
La restauración de la vida regional ha de ser una
— 51. —

de las bases fundamentales de nuestra reconstitución,


y para restaurarla se debía ir hasta la misma restau­
ración de las regiones antiguas con sus municipios
autónomos y con sus diputaciones autónomas. No hay
para qué respetar la división de España en pi^ovincias,
que no fue más que una copia rastrera de la división
de Francia en departamentos. La división de España
en regiones es algo que ha hecho la misma naturaleza
V que luego ha robustecido la historia, y, ante la obra
de la naturaleza y de la historia, no hay para qué
guardar consideraciones de ningún género a las obras
arbitrarias de la política.
Las regiones hispanas, desarrollando sus respectivas
fuerzas vitales en prudente equilibrio que regule la
coinuuidad de aspiraciones de robustecer a la patria
y a la religión; manteniendo íntegras las tradiciones
cristianas que amamantaron 3 constituyeron nuestro
espíritu individual y nacional, estrechando así más y
mis los vínculos fraternales entre una y otra región,
he ahí lo que ha de ser um. de las más claras y copio
sas fuentes de nuestra próxima grandeza, una de las
causas más eficientes de nuestro anhelado resurgir.
La mancomunidad catalana que acaba, como quien
dice, de ser concedida por Reai decreto^ y que es una
de las cosas buenas que ha hecho el Gobierno de Dato,
es un hermoso indicio, juntamente con el movimiento
mancomunero que ha surgido en otras regiones, de
que, al fin, vamos a entrar por esos rumbos de regene­
ración que, lejos de debilitar, han de intensificar y
enardecer el común sentimiento de patria, haciéndo­
nos vivir en una fraternal solidaridad que destruya
para siempre ese individualismo pulverizador que nos
atomiza y nos mata, llevándonos a un total disgre-
gamiento de voluntades sobre ©1 cual hace una mnn:a
de triunfo la anarquía.
- 52 —

El regionalismo español no ha de ser exclusivista,


no ha de tender al acantonamiento de una región,
amurallándola chinescamente para que en ella no pene­
tre ni el aliento de las demás. El regionalismo español
ha de favorecer toda corriente de comunicación es­
piritual y material con las diversas regiones para que
no vivan en el aislamiento en que hoy viven las unas
de las otras, y para que, rozándose continuamente, se
conozcan y se amen, haciendo que el sentimiento pa­
trio, lejos, de languidecer se robustezca y agigante,
echando en cada región hondas raíces que llenen de
plétora vivífica el alma nacional.
Y no sólo han de aspirar las diversas regiones a vi­
vir en comercio íntimo de sentimientos y de ideas, de
intereses y de miras, sino que han de tender también
a abrirse generosa y efusivamente a las expansiones
del sano espíritu europeo, respirando a pulmón hen­
chido las brisas de afuera que puedan causar benéfico
influjo en nuestro desenvolvimiento económico, inte­
lectual y moral. Es decir, que se ha de tender a la eu­
ropeización tan calurosamente predicada por Costa;
pero siempre con las debidas reservas; porque los es­
pañoles debemos mantenernos siempre españoles. Una
europeización que nos desnaturalizara sería un hispa -
nicidio. Y eso no podemos consentirlo jamás: ahí de
las leyes del candado; ¡de cien mil candados!
Los municipios y las provincias administrando sus
recursos propios con un régimen semiautónomo que los
capacitara para atender a las necesidades legítimas,
garantizando enérgicamente el habeos corpus, el res­
peto absoluto a la libertad personal, y todo ello con
una alta intervención de los superiores organismos re­
gionales; y las regiones gozando de un verdadero self-
t/ooernment, de un pleno disfrute de las libertades re­
gionales, siempre intervenido por los supremos orga-
- bs -

nisraos de la nación, así es como ésta sería justa y ca­


balmente gobernada por sí misma; así es como se cons­
tituiría verdaderamente un «gobierno del pueblo por
el pueblo y para el pueblo», según la clásica defini­
ción que de la democracia dio el inmortal Lincoln.
Tras este gobierno cabalmente democrático vendría
la organización del pueblo en clases, cada una de las
cuales — la de los obreros, la de los agricultores, la de
los artesanos, la de los comerciantes, la de los aristó­
cratas, la del clero— , tendría verdadera personalidad
jurídica reconocida y garantizada por el Estado, y con
su conveniente autonomía para el desarrollo de los in­
tereses materiales y morales de cada una y con su le­
gítima representación lo mismo en las asambleas re-
gionalesjque en las nacionales. Y entonces se viviría en
España en una verdadera y genuina democracia, donde
el grito de libertad no sonaría a rebelión y a tumulto,
como suena ahora en esta girondina democracia en
qne vivimos, sino a orden civil y a expansión de ener­
gías vitales que harían feliz y próspera a la nación.
La unidad moral de la nación sería así mucho más
tenaz y consistente. El gobierno regional en nada la
debilitaría, como en nada debilita la unidad moral de
la Iglesia el que las diversas diócesis del mundo se g o ­
biernen y se administren por sí mismas teniendo y
todo, cuando lo juzguen conveniente, sus concilios dio -
cesanos, sometidos, naturalmente, a la aprobación de
Roma, como habían de someterse las asambleas regio*
nales en sus altas determinaciones a la aprobación del
Estado*
No faltan pensadores que consideran el regionalis­
mo como algo regresivo que haría retrogradar a la so­
ciedad una porción de siglos, hasta colocarla en plena
Edad Media, a punto de sacudir el despotismo feudal
y comenzar a crear los municipios autónomos. No hay
- 54 —

nada de regresión en las tendencias regionalistas, como


no es nada regresiva Suiza con sus cantones prósperos
y pacíficos, cada día más dichosos y contentos con
sus organismos regionales; como 110 tiene nada de re­
gresiva la gran República de la Unión con sus cuaren­
ta y ocho estados gobernándose y administrándose in~
dependientemente, sujetos sólo a una alta dirección
céntrica que sabe enderezar al bien común y a la asom­
brosa prosperidad nacional los esfuerzos colectivos.
Es indudable que entre nosotros el regionalismo, el
gobierno regional había de saber a restauración, y, por
tanto, a cosas antiguas. En tiempo de la Reina Cató­
lica llegaron a ser verdaderamente autónomos los mu­
nicipios. En una Pragmática de 1493, prohibía terml·
n&ntemente a los caballeros y fijosdalgos de Asturias
que nombrasen directa ni indirectamente alcaldes o
jueces u otros oficiales en las ciudades, lugares y feli­
gresías, conminándolos severísimamente y ordenándo­
les «los dexen nombrar y elegir libremente a los mis­
mos concejos, según que lo deben facer», Y en cuanto
a la autonomía administrativa, un Ordenamiento de
las Cortes do 1480 instituía los «Veedores», apersonas
discretas e de buenas conciencias», encargados de ha­
cer la visita anual, en nombre de la gran Reina, a los
municipios para ver si administraban y gobernaban
cumplidamente, y en ese Ordenamiento les intimaba a
los veedores entre otras cosas: «que vean las quentas
de los propios del concejo, e miren sy están bien dadas
e cómo se dieron; pero no para que de sus rentas e pro­
pios les tomemos cosa alguna». ¡A qué distancia esta­
mos hoy, en pleno sigloX X , de aquellos sabios y liber­
tadores ordenamientos de Isabel Ja Católica!
Pero no por ser restaurador y saber a cosas antiguas
dejaría de ser el regionalismo altamente progresivo.
Tanto es así, que el movimiento regionalista es hoy ge­
neral en casi toda Earopa. Así lo haceconstar muy opor­
tunamente el insigne Toniolo en su bella obra Orien­
taciones y conceptos sociales al comenzar el siglo X X ,
donde hace una mención honorífica de los trabajos al
regionalismo conducentes «de Wilcox, Straw y Hugo,
en Inglaterra; de Mataja, en Austria; de Soetbeer,
Trimborn, y Brandts, en Alemania; de Bazire, Arti-
bal y Yerhaegen, on Francia y Bélgica, y de Invrea
y Mauri, en Italia» (1).
Por cierto que leyendo esa mención honorífica que
hace Toniolo, sentí no ver citados entre todos estos
regio nalistas «científicos» a un Pí y Margall, a cuya
obra Las Nacionalidades es debido en gran parte el
movimiento regionalista catalán, y a un Mella y a un
Cambó que han defendido los principios regionalistas
en varios elocuentísimos discursos dentro y fuera del
Parlamento, y a un Costa que, al estudiar los medios
restaui adores de la grandeza y del poderío de España,
hacía vigoroso hincapié en la resurrección de las anti­
guas regiones históricas con sus diputaciones autóno­
mas, y con sus concejos gobernados por sí mismos, di­
ciendo aquella expresiva frase «hay que trasplantar re­
nuevos del árbol de Cxuernica a todas las comarcas de
la Península, acercar el gobierno a los gobernados». (2 )
El sabio sociólogo que tanto pondera lo que se hace
en Italia por la restauración de los municipios y de
las regiones antiguas que tanto florecieron en italiano
suelo, no debía haber preterido lo mucho que por el
regionalismo se ha trabajado y se trabaja en suelo es*
pañol, donde el catalanismo y el jaimismole han he­
cho doctrina íntima y substancial de su partido.

(1) Obra dicha, p. ‘210.


(2) ReroiuHiUiic.ián // europeizadoii fie Empaño, ps. ¿5*2 y íjH.
- 5í5 -

Son muchos los que piensan que el regionalismo ha­


bía de ser un peligro muy grande para la integridad de
la patria, y se fundan, para pensar así, en los chispa­
zos nacionales que han estallado ya. por lo menos en
el campo de la retórica del catalanismo agudo y del
vizkaitarrismo. No se puede negar que catalanistas
exaltados y vizkaitarras han ido alguna vez demasia­
do Jejos en su exaltación regional y en su exterioriza-
ción de menosprecios y desdenes para el resto de Espa­
ña y muy especialmente para Castilla, dando margen
a que se creyese en naturales incompatibilidades en­
tre los hijos de una y de otra región,
Pero ¿son un hecho esas incompatibilidades entre
pueblo y pueblo, y entre región y región? Y de serlo,
¿no serían una consecuencia de nuestra política des­
atentada?
La obra de los gobiernos españoles, en vez de ser uni-
fícadora, ha sido y continiia siendo distanciadora de
los pueblos hispanos. Se creyó y aun se cree que con
instituciones y con organismos políticos, cuya fuerza
unificad ora no es más que de artificio, se iría a uaa
unidad fuerte y robusta, y se abolieron fueros y se
destruyeron libertades y organismos populares, con
lo cual sólo se logró sembrar entre ciertos pueblos una
cizaña · que no existía antes de la destrucción de los
fueros. La enemiga de Cataluña contra Castilla nació
con la abolición de los fueros de Cataluña, Aquí, en
vez de inculpar a los gobiernos españoles, que, a partir
de Carlos V, ya fueron muy poco respetuosos con las
— 57 —

libertades tradicionales d© los pueblos, inculparon a


Castilla, por ser el lugar donde residían los gobiernos.
He ahí la causa principal de esa enemiga tradicional
que aun perdura, por desgracia, entre castellanos y ca­
talanes,
Añádase a eso la obra gubernamental española que
desde hace siglos 110 ha sido más que obra de destruc­
ción de un gran imperio: pueblos como el catalán, fuer­
tes, emprendedores, activos, que, por culpas guberna­
mentales, lejos de encontrar nuevos mercados para su
comercio, y para su industria iban perdiendo los que
«le antiguo tenían en nuestras colonias, ¿cómo no ha­
bían de indignarse contra el poder central que lejos de
Jarles vida, se la restaba, y cómo no habían de irse
haciendo cada día más ariscos y descontentadizos, has-
la dejar nacer ese movimiento separatista que tanto
arreció con la pérdida de nuestras últimas colonias de
oriente y de occidente?
Y esto mismo que digo de Cataluña, se puede decir
r!e las provincias vascas, y eso quo éstas aun conser­
van alguna sombra de sus fueros administrativos, ra­
zón por la cual, sin duda alguna, no se debe allí nada
a los maestros de escuela, habiendo muchos y buenos
establecimientos escolares, muchos y buenos templos,
muchas y buenas carreteras, muchos y buenos puentes
que no son como gran parte de los que construyen los
organismos del gobierno en algunas provincias, y que
hay que restaurar casi todos los años, porque son tan
fuertes y bien construidos que no esperan para irse eu
pedazos, río abajo, sino a que vengan las primeras
grandes riadas invernizas...
Provincias florecientes pero que no florecen más
porque el gobierno con sus desaciertos y con sus cen­
tralizaciones exageradas se lo impide, ¿qué extraño es
que se olviden de la unidad que nos hizo grandes en
— 53 —

otro tiempo, y aspiren como Vasconia y Cataluña a un


nacionalismo absurdo, por muy risueño y floreciente
que se lo imaginen?
Yo creo sinceramente que es ignorar la historia de
España el pensar que el anticastollanismo catalán, por
ejemplo, que es un hecho innegable en la historia y en
la actualidad, sea debido a esas diversidades étnicas
que tanto cacarean algunos, considerando a los catala­
nes esencialmente latinos — latinos puros— en tanto
que a los castellanos se los considera una mezcolanza
híbrida en que hubiesen influido por igual sobre el es­
píritu originariamente latino el elemento árabe y el vi­
sigótico. Yo tengo para mí que el anticastellanismo
catalán no es más que un producto de la política cen­
tralizado™ de nuestros gobiernos que, ya poco después
de la misma fusión de Aragón y de Castilla, comenza­
ron a desconsiderar el peculiar espíritu regionalista
que por espacio de muchas centurias había informado
las leyes y las costumbres catalanas, hasta llegar a la
prohibición absurda de la enseñanza en dialecto ca»
talán, en las escuelas, que fue la gran medida salva­
dora en que creyeron hallar la clave de nuestra gran­
deza futura los gobiernos liberales ( 1 ),
La guerra de Cataluña en que, por espacio de doce

(h Xo hay mal que por bien no venga. El destarrar e] catalán du


las escuelas trajo, como eunseouencia íiatural, la hermosa rebeldía
del espíritu catalanista que hizo que las grandes mentalidades cata-
lanas se dedicasen con empuño a la restauración del habla patria, tjuu
apenas hablaban desde el siglo X V I I más que los aldeanos y los la­
briegos, y que se iniciase ese viril renacimiento de la literatura ca­
talana que ha resucitado los magníficos .Fuegos Florales, radiosa fies­
ta de intelectualidad y de mil tura, y que ha enriquecido y sigue en­
riqueciendo las letras patrias con una pléyade ile poetas épicos, dra­
máticos y líricos, ení'.re los cuales figuran en primera línea Verda-
guer, Guimeráj Maragall, Rusitiol, autores de ¿^reducciones geniales
que brillarán eternamente como diamantes valiosísimos en la corona
de oro de la madre patria,
— 50 —

vtfios, lucharon fratricidamente castellanos y catalanes,


i.lo fue debida a otra cosa que a la imprudencia del
Conde-Duque de Olivares, que parecía no querer con­
tentarse con perder a Portugal y quería perder tam­
bién a Cataluña. Y al miedo a la absorbencia centrali­
zad os de los Borbones fue debido que los catalanes
abrazasen el partido austríaco, cuando la Guerra de
Sucesión; y en verdad que no se equivocaban, pues
Felipe V fue quien abolió los fueros de Aragón y de
Valencia y quien concluyó con las libertades catalanas,
cuando, después de trece meses de asedio, rindió a Bar­
celona y abolió sus somatenes y su Consejo de los Cíen­
lo y elevó como una espada damóclea sobre la cabeza
de la gran ciudad el enorme Castillo de Monjuich.
Aquella toma de Barcelona fue el verdadero Villalar
de las libertades catalanas que eran las que habían he­
dió de la región entera un emporio de riqueza, de co­
mercio y de industria.
Y lo que digo del anticastellanismo catalán, téngase
por dicho del anticastellanismo vizkaitarra y de todos
los anticastellanismos: son un producto de nuestra des­
atentada centralización, no de esas irreductibles pe­
culiaridades étnicas que se dedican a rastrear ciertos
amantes sentimentales délas cosas lejanas y obscuras*
Si en vez de centralizar a roso y velloso se hubiese
estudiado la manera de armonizar el desenvolvimiento
de la vida regionalista con el supremo interés nacio­
nal y con la unidad inquebrantable del Estado, rectifí-
cando poco a poco los privilegios forales que no se avi­
niesen bien con estos supremos fines ( 1 ), pero dejan-

il) Privilegios como el >.|Ue gozaban catalanes y aragoneses de no


combatir fuera de sil territorio cuando así lo exigiese el honor de
España, y que fné la causa de que se mantuviese poblada Cataluña,
«jn tanto que. las demás regiónos españolas se despoblaban oon las
guerras de Italia y de Flandes, pues en los tercios que por entonces
- 60 —

doles siempre a las regiones los usos civiles y políti­


cos, que eran un producto tradicional de las variante-
psíquicas de cada pueblo, y cierta independencia eco­
nómica y administrativa que hubiese capacitado a lo^
municipios para atender mejor a las diversas necesida*
des locales que la centralización casi forzosamente
desatiende y descuida, a buen seguro que no hubiera
surgido ese movimiento cantonalista que se observa
en varias regiones.
Xia centralización y nada más que la centralización
fue la que empujó a los catalanes a no contentarse ye
con aquella federación de regiones o de provincia^
unidas por un pacto, que es lo que constituía el pen~
samiento príncipe de Pí y Margall, y aspirar a la cons­
titución de verdaderas naciones federadas, no ya de
regiones ni de provincias, y aun a dejar esta concep
ción, por retrógrada, y a sentar las famosas bases de
Manresa, abiertamente incompatibles con la unidarl
del Estado español,— por una de ellas se consideraba
extranjeros a todos los demás españoles—, y a hablav
francamente de separatismo, queriendo desligarse en
absoluto del resto de España.
Y a la centralización, y nada más que a la centrali­
zación, fuó debido el que surgiese recientemente ese
nacionalismo vasco, que tan hostil y aguerrido se yer­
gue, sin miedo ninguno a consecuencias, enfrente del
gobierno español»
Quizás en el vizkaitarrismo haya influido no poco el
catalanismo; pero no debemos olvidar que el pueblo
vasco es muy amante de sus tradiciones y de sus fueros.

mantuvieron fuera d* España por espacio de dos siglos el pahellúi»


español, había muchos eastnllanos. muchos gallegos, muchos as hi­
riónos, muchos andaluces* pero ni un solo catalán; privilegios como
eso, digo, no tendrían más remedio que desaparecer, por exigirlo asi
la equidad que debe ruinar entre todas las regiones hermanas.
v que, al verlos abolidos y desgarrados* había de in­
surgir contra quien así quería borrar y raer de Eii^ka-
ría lo qne era producto de los siglos y había constituido
rma herencia sagrada do sus mayores. El grito de «V iz­
caya para los v iz c a ín o s e c o riel grito de «Cataluña
para los catalanes»— que también estas regiones espa­
ñolas han tenido sus pequeños Monroes —. tarde o
temprano tenía que estallar ante los desafueros cen-
tralizadores de los gobiernos de Madrid.
Estos para España vergonzosos gritos separatistas,
de mugún modo hubiesen resonado, si nuestros g o­
biernos, lejos de centralizarlo y monopolizarlo todo,
hubiesen dejado a las regiones desarrollarse y crecer
con su sano sentimiento regionalista. Ya lo dijo con
^abia frase Cánovas del Castillo: «El patriotismo des­
aparece do los pueblos cuando se convencen de que son
mal administrados, de que no son gobernados como
¡•ienen derecho a esperar» ( 1 ).
La centralización monstruosa, que hace del gobierno
como un chinchorro enorme que se extiende hasta las
últimas municipalidad os españolas, oprimiéndolas cada
vez más entre sus mallas tiránicas, y cuyos manipula­
dores son los ministros, los gobernadores y los alcaides,
hechuras de los caciques, si es que no son alcaldes los
caciques mismos, es loque está provocando en las dis­
tintas regiones gritos de desesperación, que en algunas
de ellas se traducen en gritos de nacionalismo. EL pue­
blo se ve tiranizado por el cacique, contra cuyos des­
manes no hay querella que valga ante el gobernador.
La provincia se ve tiranizada por el gobernador, con­
tra quien no valen reclamaciones de ningún género
ante el ministro. Y la nación, es tiranizada por el m i­
nistro, que es omnipotente, porque se escuda en una

■1; Citado por Costa; obra, citada. 17.


— 62 —

mayoría que no es legítima representante de las fuer­


zas vivas de la nación, sino que es hechura del propio
ministro, y que se ha movido a ir al Parlamento, no
por deseos generosos de libertar a los pueblos de la
opresión y la tiranía, sino por insaciables concupis*
cencías de medro personal. ¿Cómo en pueblos que tie­
nen conciencia del propio valer, como Cataluña y Viz­
caya, no han de surgir gritos persistentes de autonomía
administrativa que, en ciertos momentos de exalta­
ción y de entusiasmo, se truequen en gritos separatis’
tas de autoTiomía 3^ aun de total independencia, sobre­
todo cuando se ve que ni siquiera se respeta, que hasta
manifiestamente se persigue, lo que hay de más sagra
do y de más augusto en la herencia de nuestros ma­
yores: nuestra misma redentora religión?
Entre nosotros no ha habido más unidad de senti­
miento nacional que el religioso, y como, desde hace
tiempo, hasta ese sentimiento nacional quieren matar
los radicalismos imperantes, ¿qué lazo de unión ha de
quedar entre unos y otros pueblos? ¡Si escribiésemos
grandes páginas de historia que despertasen el gene­
ral entusiasmo, a cuyo fuego se fundiesen los espíritus
y se sintiesen solidarias de gloria todas las regiones..!
¡Pero hace ya tanto tiempo que no se escriben sino pá­
ginas de desastres,..!
El nervio de nuestra unidad nacional, y por consi­
guiente, el alma de nuestro patriotismo, fué siempre
la unidad religiosa; y por eso, si se quiere destruir el
individualismo que trae consigo los chispazos o asomos
separatistas, no hay más remedio que robustecer de
nuevo la unidad de creencias, poniendo por cima de
todo nuestra unidad religiosa.
Porque hay que decir toda la verdad: en las provin­
cias vascongadas se ha intensificado el espíritu sepa­
ratista merced a la persecución casi constante que viene
— 63 —

-ufriendo el catolicismo en España por parte de núes*


iros Gobiernos. La bandera del vizkaitarrismo, con su
inscripción «Dios y las antiguas leyes», inspirada, se­
gún parece, por el propio Arana-Goiri, aquel joven
brioso y romántico muerto en la flor de la edad, aureo­
lado con la palma de apóstol perseguido —el naciona­
lismo vasco fue por entero creación suya— , lo demues­
tra bien elocuentemente. Y si'no bastase esa inscrip­
ción para indicar con claridad meridiana el matiz re­
ligioso del vizkaitarrismo, lo lian hecho bien claro los
diversos manifiestos del partido, poniendo entre las
primeras aspiraciones del país eúskaro las de vivir
dentro del catolicismo tradicional como habían vivido
mis majares, y la de ajustar su vida de ciudadanos y de
hombres a la más pura moral cristiana.
Yo estoy seguro de que con el tiempo el vizkaitarris­
mo, pasada la fiebre aguda de romanticismo naciona­
lista en que ahora vive, evolucionará, como ha evolu­
cionado el catalanismo, hacia un regionalismo fuerte
y compatible con la unidad nacional. Y entonces la in­
fluencia de ese regionalismo cundirá a las Asturias, y
de las Asturias a Galicia —donde ya hay asomos de él i
y donde es extraño no haya tenido ya un sonoro des-
perezamiento de león, contando como cuenta con un
florecimiento literario tan hermoso y tan viril—> y
luego seguirá a Castilla y a las demás regiones hispa­
nas, haciéndolas sentirse fuertes para luchar contra
las tiranías centrales, hasta que todos los pueblos, a
una, griten y se impongan, volviendo a las libertades
municipales y provinciales de tiempos antiguos, en que
el municipio sea administrado por el municipio y la
provincia por la provincia, atendiéndose debidamente
a las necesidades locales, hoy tan abandonadas, por­
que todo es poco para las tragaderas inmensas de la
centralización que no se sabe en qué emplea tantos
— Gd -

t í o s dedinero como de pueblos y de provincias afluyen


a ella; ya que ni hay ejército, ni escuadra, ni instruc­
ción pública... ni vergüenza nacional, iba a decir, por-
que ya apenas conservamos de ella más que el nombre.
Entonces volveremos a recobrar los españoles la po
sic-ión internacional que tuvimos un día; porque siendo
fuertes las regiones diversas españolas, será fuerte y
poderosa España: sonriendo de vida y de prosperidad
las provincias, sonreirá llena de vida y de prosperidad
la nación. Lo que hace falta es que en cada una de
las regiones surja, como en Cataluña, un Cambó ague­
rrido y elocuente, que habiéndose amamantado en el
amor a la tierra natal y formado en los libros y en las
meditaciones un espíritu repleto de enseñanzas sanas,
posponga toda clase de intereses particulares, aun lo.s
de más pompa y lucimiento, al santo interés regional,
y labore pacientemente, incesantemente, heroicamen­
te, no arredrándose ante balazos traidores, por con­
seguir franquicias económicas y administrativas que
quebranten Ja absurda absorbencia centralizadora y al
mismo tiempo vivifiquen y robustezcan la respectiva
región.
Para organizarse España en un sano sistema regio-
nalista no se ha menester de revolución sangrienta nin­
guna que establezca la república sobre las ruinas de la
monarquía, como piensan muchos: la organización re*
gionalista lo mismo puede subsistir con las repúblicas
que con las monarquías que con los imperios.
Ni hay por qué temer emancipaciones ni desnaturali­
zaciones de ningún género. Las regiones no pueden
desnaturalizarse con la facilidad con que se desnatura­
lizaban de su rey o de su señor los antiguos hidalgos
españoles, que cuando se veían injustamente atrope­
llados, no tenían más que acudir a la vieja fórmula de
las Partidas: «espídome de vos e bésovos la mano, e
— 65 -

d’aquí adelante non so vuestro vasallo». No sería con


un rey ni eon un señor con quien tendría que habérse­
las la región que quisiera desnaturalizarse o emanci­
parse, sino con todas las demás regiones hermanas, con
la nacióu entera.
España no será grande mientras las diversas regio­
nes, minando las absurdas absorbencias centralizado-
ras de lo que llamaría Mella «el César anónimo» del
Estado, no consigan que se les devuelva su antigua
constitución semi-autónoma con todas aquellas liberta­
des regionales y municipales que habían nacido a la
sombra de los templos y al amparo de los sacerdotes y
de los obispos, y que en nada mermarían la entidad
nacional que se levantaría tanto más sólida y robus­
ta, cuanto más sólidos y robustos fuesen los pilares re­
gionales y municipales que le sirviesen de arcadas y
de cimientos.
VII

II propósito de noeslra campaia en tica.


1

Militaristas, no·

En la racha do «asios» de mi artículo E l Politiqueo


y ... otras Zarandajas , que hubiera podido dilatarse in­
definidamente, hablando por ejemplo de las luchas in­
testinas que nos avergüenzan y nos desbaratan, sin
afcisbar siquiera los peligros que nos pueden venir el
día menos pensado, por encima de las fronteras, cual
si nada hubiese significado la bofetada de mano vuelta
que nos asestaron en plena mejilla los Estados Unidos,
hube de hablar, bien que muy de pasada, de nuestra
campaña del Rif, que ha levantado un poco el espíritu
español, hasta llegar algunos a entusiasmarse de veras
con el reflorecimiento bélico de nuestros soldados, que
parecen haber conseguido algunas victorias positivas.
No creo que haya motivo ninguno serio para hispir­
nos de gloria, ¡que bueno fuera que también los moros
nos hubiesen vencido!; pero ello me da pie para diva­
gar un instante acerca del militarismo y de nuestra
empresa colonizadora en Africa.
Yo no soy militarista y por muchas razones. El mi­
litarismo es una enfermedad europea, y una enferme-
- 67 —

dad terriblemente contagiosa. El aumento de cuerpos


de ejército en un Estado repercute siniestramente en
los vecinos que se ven obligados a consentirse un lujo
militar que no pueden sostener; de donde los derro­
ches pecuniarios de las naciones por tener los mejores
medios de destrucción, las más poderosas máquinas de
combate, y de donde la industria militar haciendo ver­
daderos prodigios con sus invenciones de mortíferos
elementos. Se inventa uno que parece garantizar la
victoria del pueblo inventor, y en seguida se inventa
otro en otro pueblo que lo destruye. Así al acorazado
siguió el torpedo, y al torpedo el caza-torpedos. Así
vino el globo dirigible, y tras este el aeroplano y lue­
go la bomba explosiva de gases que hace caer como
aves muertas a los aeroplanos. La paz armada es la
verdadera ruina de las naciones. ¡Si se empleara en el
fomento de la cultura y de la civilización el dinero
que se dilapida para mantener la paz armada!
Yo no soy militarista. Uno de nuestros grandes erro­
res fue el de aspirar a ser una nación grande —la más
grande del mundo llegamos a ser— pero sólo por medio
de la fuerza bélica, encargada de hacer sentir en todas
partes la huella de la raza, Sin suficientes elementos
de población quisimos estar en todo el mundo, y derro­
chamos fuera de España toda nuestra fuerza de vitali­
dad que si se hubiera repartido prudentemente, con­
centrando la mayor parte dentro de nuestro suelo, hu­
biéramos llegado a un apogeo interior y exterior que
hubiera perpetuado nuestra influencia y nuestro pode­
río. Nuestro suelo se convertía en un erial por falta
de brazos trabajadores; cerrábanse nuestros renom­
brados talleres de tejidos, que tanta vida y tanta ri­
queza habían dado a Cataluña, a Castilla y a Anda·
lucía; preferíase vender nuestras apreciadísimas lanas
en bruto a Francia o a Inglaterra, que luego nos de­
-e n ­

volvían una pequeña parte, en forma de tejidos, co­


brándonos mucho más de cuanto nos habían dado por
ellas; y el mismo camino siguieron las demás artes in­
dustriales, y el mismo la cultura y la enseñanza, que
fueron lamentablemente descuidadas, sobre todo entre
la gente lugareña sobre la cual se tendió una noche
inmensa de analfabetismo. ¿Quién se acordaba enton­
ces de pensar que la acción bélica valía menos, muchí­
simo menos que la acción ideal?
Yo no soy militarista. En Alemania, donde a los ni­
ños, ya desde el regazo de las madres, se los hace soñar
con belicosas leyendas y con triunfadores aceros, razón
por la cual jamás ofrece allí dificultad alguna el servi­
cio militar obligatorio; donde los mismos oficiales ejer­
cen una escrupulosa intervención siempre que se trata
de ascensos, con objeto de que no se confieran elevadas
posiciones militares a quienes no hayan sido en todo
tiempo estrictos cumplidores de su deber; donde cada
día se inculca con más fuerza a los soldados los sanos
principios de moral y el culto simultáneo de la patria
y de la religión, haciéndoles sentir su deber sacratísi­
mo de morir, si preciso fuera, por Dios y por la patria
— Für Gott und Vaterland, rótulo que algunos llevan
inscrito en sus arreos militares—; y donde, además, la
grandiosa transformación social que ha hecho de aquel
país el más industrioso y activo del mundo, dotándole
de un invasor espíritu mercantilista que poco ha, an­
tes de estallar la actual guerra europea, llevaba sus
productos a todos los mercados y paseaba sus barcos
gigantescos por todos los mares, es debida a recientes
campañas gloriosísimas que hablan legendariamente
de triunfos de Sadowa, de rendiciones de Metz y de
Sedán, de entradas en París; en Alemania, digo, se
concibe perfectamente que el militarismo esté en boga;
que las familias más distinguidas se honren con sentar
69 -

a su mesa, en las grandes solemnidades, a algún oficial


del ejército, y que todas las jóvenes, aristócratas y no
aristócratas, al contemplar a algún engalonado joven
que pasa a su vera con pulcra marcialidad, sientan
que se les van tras él los ojos del alma. Pero en Espa­
ña, donde no hay educación bélica infantil; donde el
favoritismo político es las más veces el que decide en
las propuestas a ascensos; donde el antiguo fervoroso
culto de la Cruz, que tanto honorificaba a nuestros
grandes caudillos, se ha substituido por el desenfrena­
do culto de las cruces, y donde, además, desde hace ya
mucho tiempo, no habernos motivo ninguno para de*
rretirnos de entusiasmo por los galones y las estrellas,
el militarismo no se concibe en nadie, como no sea en
alguna rezagada jamona o en alguna modistilla piz­
pireta.
Yo no soy militarista. Todo el mundo conviene — es­
pañoles y extranjeros— en que no tiene rival posible el
soldado español* por su parquedad en la comida que se
reduce a un pedazo de pan y a uu poco de rancho en
que la estrechez económica, mancomunada con los fu­
rrieles, hace que abunde muy poco la carne; por su
asombrosa resistencia a las fatigas de las marchas y
de las contramarchas, por su ductilidad de aclimata-
ción que le hace cuasi indígena, lo mismo de las lati­
tudes del norte, que de las del trópico, por su admira­
ble disciplina que llega |a inspirarle amor filial a sus
jefes, y por su legendario valor que se embravece y
agiganta lo mismo con las victorias que con los desca­
labros. ¿Quién no ha leído una vez y otra estos o pare­
cidos ditirambos en alabanza del soldado español?
Ahora discurramos un poco: si el soldado español
reúne tan excelentes condiciones para que con él se
vaya siempre en derechura a la victoria, ¿de dónde
viene el que contemos tan pocas y tan pálidas en núes-
~ 70 -

tras últimas guerras? ¿Es que no hay pericia militar


en quienes los dirigen y los mandan? (1 ) ¿Es que los
jefes españoles siguen creyendo que el valor'del sol­
dado lo es todo en las campañas, como en antiguos
tiempos? ¿Es que nuestros lujosos generales ignoran la
evolución enorme de las condiciones bélicas? ¿Es que
sintiendo la necesidad de poderosos y novísimos arma­
mentos, nuestro ejército que es omnipotente dentro de
España —nada más por sabido— no puede hacer sentir
esa misma necesidad a nuestros gobiernos para esti­
mularlos a que se monten fábricas de Trubia de ver­
dad, donde no se despilfarren en vano los millones?
Contéstese como se conteste a estas preguntas, la con­
testación ha de inspirar muy poco entusiasmo milita­
rista; el ditirambo en loor del soldado español tiene
que trascender, con respecto a los jefes, a tufillo de
sátira.
Yo no soy militarista. ¡Hasta unos quinientos gene­
rales y unos seiscientos coroneles llegamos a tener en
las postrimerías de nuestras últimas guerras colonia­
les, cuando el militarismo se llevaba el sesenta por
ciento del presupuesto de la nación! ¡Hasta más de
doscientos mil hombres llegamos a tener en Cuba —el
ejército más grande que había tenido España en todo
lo que lleva de historia— y, sin embargo, Maceo, el
gran guerrillero cubano, se burlaba de todo linaje de
trochas, y no se pacificó la isla y por fin se perdió!
[Lástima de tropas! Antes que ir a aquella hermosa

(1) Y o me he imaginado, muchas veces, el revuelo que se levan­


taría en España, si un estadista patriota se atreviese a lanzar desde
las columnas de algún periódico, de los de. gran circulación, la es­
pecie de que convenía a todo trance que imitásemos ía conducta
de Turquía y de otros países, trayendo a España a un general ale*
man que tuviese plenos poderes para organizar nuestro ejército y
nuestra armada, instruyéndolos en ]a ciencia novísima de la guerra.
Y sin embargo...
- 71 -

tierra a empañar la refulgencia de nuestro honor—


¡Dios me perdone!— más valía que hubiese surgido
un nuevo Riego que las hubiese vuelto contra quienes
laa mandaban a sacrificarse ain gloria en la manigua.
Nos hubiera deshonrado mil veces menos un grito re*
belde como el de Cabezas de San Juan, y España ni
hubiese perdido tantos tesoros ni se hubiese quedado
sin tantos hijos, y hasta nuestros gobiernos no apare­
cerían ante la historia tan mancillados de lodo y de
sangre. ¡Ah, si pudiésemos volver a aquellos años y es­
tallase la rebeldía de las Cabezas de San Juan, cómo
bendeciríamos todos la rebeldía!
Genaro Alas, una autoridad militar indiscutible, de­
cía en el año 1900 que en España teníamos por cada
treinta mil hombres seis veces más oficiales que en
Francia por cada ciento ochenta mil, y eso que no es
Francia ningún modelo digno de imitación en lo to­
cante a organización militar. ¡Y todavía cuando el
ministro de la Gruerra, general Luque, avergonzado,
en 1906, de ver que para un efectivo de ochenta mil
hombres teníamos aún 497 generales entre la escala
activa y la de la reserva, hizo correr el rumor de que
ae iba a tender a la supresión de algunas plazas de ge­
nerales, comenzando por dos de capitán general, que
son un lujo acabadamente superfluo, se protestó y se
dijo que no había exceso de alta oficialidad en el ejér­
cito español, y se hubo de proveer las dos Capitanías
generales que se trataba de suprimir! ( 1 ).

(1) Aliora parece que el actual ministra de la Guerra, teniente


general Echagüe, va a realizar una positiva reducción de altos gra­
dos en la rDilicia. La prensa en general ensalzó calurosamente un su
proyecto de 1l*3tt por cuyo art. I ." «la plantilla actual en los empleos
de teniente general, genera] de división y de brigada se rechine en
10. ¿20 y 40, respectivamente, quedando, por lo tanto, constituida
provisionalmente er estos empleos por 20 tenientes generales, 40
generales de división y SO de brigada».
- 72 ~

Yo no soy militarista. El ejército español, acaso ce­


loso de la influencia que antes ejercía el clero en la
marcha délas cosas interiores y exteriores, politiqueó
mas o menos taimadamente, durante toda la pasada
centuria, poniéndose casi siempre de parte del progre­
sismo y del liberalismo, para atacar los prestigios del
clero, haciéndolos pasar del sacerdocio a la demago­
gia» Para persuadirse de ello no hay más que recordar
a la guarnición de Madrid contemplando a sangre fría
la matanza de religiosos del año 34, y tender una mi­
rada retrospectiva a la era de pronunciamientos que
tanto nos han desprestigiado y envilecido, y cuyos fau­
tores y cuyas chusmas casi siempre hacían alardes do
impiedad, hermanando los gritos de «¡Abajo el clero!»
con los de «¡Viva la Constitución!»
Hoy mismo, después de tantos himnos a la suprema*
cía del poder civil, se sigue tildando de politiqueo al
poder militar, y está, en pleno vigor todavía, después
de los centenares de discursos que contra ella se han
pronunciado y por políticos de talla, la llamada «ley
de jurisdicciones»,( 1 ) que costó la dimisión de Montero
Ríos, a la sazón presidente del Consejo, quien se resis­
tió a aprobarla por ver en ella una invasión de la juris­
dicción militar en lo civil; pero que tuvo que aprobarse
bajo la jefatura de Moret, de aquel hombre que con
toda su innata bondad y con toda su inmensa cultura
parecía una encarnación de la transigencia y aun de la
debilidad (2 ).
Por los demás artículos se establece una reducción anual progre­
siva en los demás altos grados militares de coroneles, tenientes co­
roneles, comandantes, etcétera.
¿Llegarán a realizarse los propósitos del Sr. Ecliagüe? Mucho lo
dudamos.
(1) Mientras se imprimía este artículo el Sr, Dato leyó en las Cá­
maras un proyecto de ley derogando la «Ley de Jurisdicciones*, Y a
era hora, por cierto,
(*2) Era este insigne hombre uno de aquellos ber/li intelUtii serviti
— 73 —

No es que yo — ¡Dios me libre!— aprobara los ata­


ques al ejército que se hicieron por entonces desde las
columnas de algunos periódicos: los militares merecen
toda clase de respeto y do consideración, Pero preva­
lerse de la fuerza para conseguir que el poder civil hi­
ciese una ley tan especial como la de arrebatar a los
Tribunales civiles los litigios por injurias hechas a un
soldado, sometiéndolas a Tribunales militares, me pa­
rece algo así como si el poder de la Iglesia consiguiese
ana ley para hacer que las injurias hechas a un sacer­
dote o a un religioso, se desvinculasen de los Tribuna­
les civiles y se sometiesen a Tribunales eclesiásticos.
¡Qué escándalo ol que se armaría! ¡Y eso que irían ga­
nando el ciento por uno los reos, cosa que, al parecer»
110 sucede con los Tribunales militares!
No, no soy militarista. Chauvin podrá ser francés,
o alemán, o ruso, pero no español. Nosotros, en estos
míseros tiempos, no tenemos motivo ninguno para de­
jarnos embriagar con las exaltaciones del militarismo.
Desde que nos hemos dado a tener mucho lujo de entor­
chados y de fajines, sabe Dios —y lo sabemos nosotros
también— cómo anda la pobre España. Sin embargo*
no se me vaya a confundir entre los partidarios de la
creencia de que España está incapacitada a natura
para tener grandes generales y de que todos nuestros
caudillos no han pasado nunca de la talla de insignes
guerrilleros. Yo no me avendré jamás a tener como
verdad inconcusa semejante aserto que ya va adqui­
riendo proporciones de tópico. Desde que Granivet en
su Ideariuniy rindiendo demasiado culto a la originali­
dad y a la paradoja, dijo que España es un país da

da volontd debolifisi'niet de que habló Ozanam.— L a Civilid nel V. Se-


cdío, p. 207.—Parecía no tener talento máa que para hablar. Iba a las
obras y la debilidad era siempre su acompañante. Cualquier gesto
ruin de un demagogo le intimidaba y aun le ganaba el uorazón.
— 74 -

guerrilleros, pero de ningún modo de generales, cual-


quier quídam que se ponga a escribir sobro cosas de
España ha de repetir la misma cantinela: que ni de
Sagunto ni de Nuinancia se sabe que hayan tenido
grandes jefes a quienes fuesen debidas aquellas viriles
resistencias grandiosas; que Viriato no fue más que un
guerrillero; que nada más que un guerrillero fue Pela-
yo; que nada más que un guerrillero fue el Cid, y que
cuando nuestros tercios obtenían pasmosos triunfos,
no era cuando se apiñaban en grandes cuerpos de ejer­
cito, sino cuando se desplegaban en guerrillas.
Yo no negare que el guerrillear sea una táctica na­
cional que nuestros generales no deben dar al olvido;
pero, repito, que jamás asentiré a considerar a los es­
pañoles reñidos naturalmente con los talentos milita­
res* Estoy persuadido de que Napoleón lo mismo pudo
haber nacido en tierra de Córcega que en tierra de Es­
paña y de que Zumalacárregui con la misma admira­
ble pericia bélica con que supo manejar a unos cuantos
millares de carlistas que tenían siempre en jaque a un
enemigo, varias veces más numeroso, hubiera sabido
manejar a los ejércitos de Moltbe. Una cosa es que Es­
paña no sea un país esencialmente militar, y otra muy
distinta el que en España no puedan nacer Moltkes ge­
niales capaces de dirigir con técnica genialidad a nu­
merosos cusrpos de ejercito* ¿Quién sensatamente
pensando y no dejándose alucinar por llamativas para­
dojas, puede persuadirse de que Gonzalo de Córdoba y
Hernán Cortés y el Duque de Alba y los que dirigie­
ron las grandes batallas de las Navas y del Salado no
hayan sido genialísimos, estupendos generales?
Que no seamos un país militar, y, sobre todo, en los
míseros tiempos que alcanzamos, eso de muy buen gra­
do lo concedo, Que en España no hay por qué tener
esa. adoración que se tiene en Alemania a las brillantes
- 75 -

y sonoras espuelas, a las refulgentes y agudas espadas,


a los esbeltos y coloreados uniformes y aun a los bigo­
tes empomados y enhiestos, eso lo concedo muy de
buen grado, Entre nosotros hace ya mucho tiempo que
la espada no ennoblece. Y por eso no soy militarista.

Patriotas, sí.

No soy militarista, pero soy patriota, y reniego de


todos esos cacareadores de la fraternidad universal
que chillan y claman contra el patriotismo, y la mayor
parte de los cuales no son sinceros, por fortuna. Acaso
alguno en el instante en que fraterniza universalmente
dienta todo ese lirismo de zarandajas; pero, de no ser
abortos de la naturaleza, cuando llega la ocasión sien­
ten el ardor sacro del patriotismo. Nadie más sincero
que el sugestivo Lamartine, cuando desvariaba en ver­
so contra la patria, diciendo que eso de patria sola­
mente lo podían tener «la ignorancia y el error* y en­
tusiasmándose con sus derechos de ciudadanía del país
de la verdad:
%
Je suis concitoyen de to n t homme qui pense;
la vevitó, c*est mun pays.

Y el admirable poeta sabía siempre ser francés y pa­


triota.
Quiero decir con esto que los españoles, en frente del
problema africano, si no debemos ser militaristas, mu­
cho menos debemos ser antipatriotas. Muestra acción
en Africa es algo que se impone como una necesidad
— 76 -

contundente, Granivet, que cuando escribía el Idearium


Español era antiafricanista, pensando que no podría
imaginarse mayor absurdo que una empresa colonial
de España, allende el Estrecho; que de ningún modo
nos debíamos dar a nuevas conquistas de colonias,
pues no habíamos de sacar de ellas más que lo que
sacó Sancho Panza de su famosa Insula —una hermosa
recopilación de preceptos de gobierno,— después de la
heroica derrota de Cavite, —esto de saber ser derrota­
dos heroicamente parece que lo entienden bien nuestros
modernos grandes capitanes,— ya pensaba de modo
muy diverso. El, que antes quería que se cerrasen to­
das las puertas de España para que el espíritu español
no se nos escapase por ellas, dejando a lo sumo y con­
tra su deseo «una entornada, la de Africa», después, y
aun sabiendo que Africa estaba repartida «como pan
bendito», soñaba con un gran imperio español africa­
no, ya que lo del reparto no sería ningún obstáculo
invencible, pues también en otro tiempo había estado
repartido el mundo, o poco menos, entre portugueses y
españoles. Hasta se insinuaba cou ribetes de militaris­
ta al escribirle a Unamuno: «No sé si usted es amante
del Derecho, amigo Unamuno; y hí se disgustará por­
que le diga que el Derecho es una mujerzuela flaca y
tornadiza que se deja seducir por quienquiera que sepa
sonar bien las espuelas y arrastrar el sable. Si España
tuviera fuerzas para trabajar en Africa, yo, que soy un
quídam, me comprometería a inventar media docena de
teorías nuevas para que nos quedáramos legalmente
con cuanto se nos antojara* ( 1 ). Y aun concluía cre­
yendo que nuestra acción en Africa sería una exigen­
cia de nuestro espíritu territorial, que «obligara a la
nación unida a buscar un apoyo en continente africa-

(1) El porvenir de España, carta Y .


77 -

no para mantener en Europa nuestra personalidad y


nuestra independencia».
La frase del estadista inglés Chamberlain procla­
mando moribundas a las naciones sin colonias, le hizo
cambiar de súbito todas sus risueñas utopías sobre el
cierre de todas las puertas españolas para vivir en paz
a puertas cerradas.
Cuando escribía el Idearium teníamos aún a Cuba y
a Filipinas, que a la sazón nos estaban desangrando
por la torpeza de nuestros gobernadores coloniales.
Parecía natural pensar como ól pensaba; pero perdidas
las colonias y lanzarla a la opinión la frase fatídica del
estadista inglés, el malogrado pensador reformó en se­
guida su pensamiento.
Ahora bien; como él pensó después, es lógico que
hoy pensemos todos. Las naciones que no quieran ser
ellas colonizadas, viéndose cuando menos lo imaginen
invadidas por naciones más fuertes, tienen que tener
colonias, Y nosotros ya no tenemos más colonias que
los míseros terruños del Africa, que tanta sangre nos
han costado y nos continúan y continuarán costando;
que si mucha ha sido la sangre española que se ha be­
bido ya la sedienta tierra africana, no tiene compara­
ción con la que se ha de beber todavía. Y eso que
{cuántos españoles se habrán muerto en ella, con la
muerte de aquel spahí que nos pinta con tan simpáticos
y recios colores el pincel de Pedro Loti, echando mano
al escapulario o a la medalla que le pondría al cuello
su propia madre, rezando lánguidamente alguna de las
oraciones de ella aprendidas, besándolos luego con in­
menso amor, hasta que poco a poco se les va el último
suspiro a tiempo que un recuerdo, el de los benditos
seres del hogar, pasa por su memoria y murmuran
entrecortadamente como una frase de adiós: «¡Hasta
el cielo! ¡Hasta el cielo!»
- 78 -

Ya no tenemos colonias, digo* Con el gran imperio


colonial español sucedió lo propio que con los bosques
magníficos que cubrían y hermoseaban los montes,
baldíos hoy, de la Península. Creimos que nunca se
acabaría nuestra grandeza, y los partidos liberales
acabaron con todas nuestras colonias, como los leña­
dores de dentro de la patria condujeron con todos los
bosques de León y de Castilla. A lo? hachazos de los la
fiadores en las espesuras de las montañas respondía le­
jano el eco de una colonia que Re independizaba, o que
de un modo o de otro era arrancada al cetro de nues­
tros reyes.
Nuestros gobernadores de allende tenían las mismas
tendencias romanas que los de aquende. Así como és­
tos, al dar leyes, como la famosa llamada «del Canda­
do», no hacen más que recordar que descendemos en
línea recta de aquellos demócratas que definían las le*
yes «plácita principum, los agrados de los príncipes*;
así los ínclitos gobernadores generales, salvo algún
remoto virrey, emulo de Graco o de Escipión Nasica,
se esforzaban por asemejarse a aquellos Fulvios, Ster-
ninios y Cneos Léntulos que» al concluir su pretura o
su consulado en España, volvían a Roma cargados de
barras de oro y de plata ( l ) t comprándose de muy ga­
lana manera los honores del triuufo, dando espléndidas

(1) Era tanta la plata y tanto el oro que habla «m España, que al­
gunos historiadores dicen que los fenicios españoles hacían do plata
los más viles utensilios. Diódoro asegura que las cartagineses espa­
ñoles hacían Jas anclas de sus naves de o r o español. V Polivio, en un
f r a g m e n t o que cita Es trabón en su libro Ш , cuenta que las minas

de plata que había en el nacimiento del Betis eran tan abundantes,


que trabajaban en ellas cuarenta mil operarios, reportando aquel
trabajo a los romanos cinco mil draenuis al día: unos cuatro m illo­
nes de pesetas. A l monte donde estaban las minas éstas se 1^ llnmsiba
mtnin arfjeiUariiui: monte de plata, Se ve, por consiguiente, que, aun
relegando a la fábula lo de las anclas de oro, tenían los глтлпач me­
dios de hacer escandalosas fortunas.
— 79 -

fiestas populares que duraban semanas enteras, y has­


ta levantando templos como el del menguado Fulvio a
la Fortuna Ecuestre.
Estos señores entendían por gobernar el estrujar a
una colonia como una naranja. Y muchos de nuestros
últimos gobernadores coloniales que ya habían echado
en olvido la sublime doctrina quijotesca y cristiana de
que colonizar 110 es arrojarse como buitres a la presa,
a la explotación de las colonias, sino cristianizar y ci­
vilizar llevando por doquiera evangélicas máximas y
ennoblecedores sentimientos, entendían el gobernar
según las abusivas prácticas de sus predecesores roma-
nos y anulaban o empequeñecían con su espíritu de
rapiña el gallardo quijotismo español.
Y lo que aun pone a España por debajo de Roma es
que entre nosotros jamás se levantó nadie a pedir cuen­
ta de su pillaje a ninguno de nuestros concusionarios
gobernadores coloniales, y en Roma todavía se encon­
traban hombres que acusaban fogosamente a los con­
cusionarios, perorando en los tribunales por el amor
de la justicia y de la decencia. César, cuando aun no
le apuntaría el bozo, se atrevió a echar on cara a todo
un Dolabela, investido de la dignidad consular, sus
concusiones, pronunciando un discurso que, si al pron­
to no tuvo el éxito que se esperaba, pues César, por
miedo al dignatario poderoso, hubo de expatriarse por
algún tiempo a la Isla de Rodas, acabó, por fin y para
siempre, con todos los prestigios del acusado, puden­
do pronto el acusador volver a Roma y emprender
aquella carrera gigantesca que había de hacer de él
uno de los hombres más grandes de la humanidad; y
Cicerón se levantó a pedir justicia contra el pretor
Verres, que se había llevado a Roma cuanto había en
Sicilia de oro, joyas y obras de arte, y eso que tenía
enfrente de sí, como defensor del concusionario, a Hor-
~ 80 -

tensio, a quien llamaba Cicerón mismo, más segura­


mente por galantería que por convicción, el más gran-
•de orador romano, y a quien hubo de arrollar total­
mente, no ya sólo relampagueando en sus patéticas
peroraciones contra el infame explotador, sino hasta
poniendo de manifiesto con una de sus más celebradas
interrupciones que la defensa de su contrincante tras­
cendía más a interés que a amor de la justicia (1 )» Pero
en España nadie se levantó jamás en nuestro Parla­
mento a pedir justicia contra nuestros Dolabelas y
nuestros Yerres. Y cuenta que hemos tenido, al pare­
cer, si no muchos Césares, muchos Cicerones.
De igual modo que en Roma se llegaron a vender en
España los altos empleos coloniales. En Roma las prc-
turas españolas se vendían a peso de oro, y nunca fal­
taban pujadores, porque sabían muy bien que podrían
indemnizarse en seguida. Y en España hubo un tiem­
po en que sabe todo el mundo que los altos empleos de
nuestras colonias eran vendidos descaradamente. Se
iba a ciertas señoras por una credencial ultramarina,
como se va a la taquilla por una entrada de teatro.
¿Cómo no se habían de ir a pique nuestras colonias?
Los pilotos a quienes pone al frente de un buque, no
la ciencia del mar, sino la influencia de unas faldas
venales, no tardarán mucho en estrellar la nave y
echarla a fondo.
Y he aquí que ahora tenemos que agenciarnos sin
remedio alguna colonia, y que esa no puede ser otra
que el norte de Africa, que ya debía ser nuestro tres-

(1) Trataba Hortensio de refutar a Cicerón, y como se quejase


de la incomprensión de algún párrafo en que había, a su parecer,
ciertos envj-nias, le replicó el gran orador: |Y eso que tienes a la es­
finge en tu poderJ Se refería a una esfinge de marfil antiguo que le
había regalado Verrea y que era una de las más valiosas joy^s qué
había usurpado en Sicilia.
— fal —

cientos o cuatrocientos años ha. Colón nos dio el Nue­


vo Muudo, pero nos quitó el mundo africano. Los con­
quistadores que fueron a América hubieran ido al
Africa, y el Africa sería hoy nuestra, porque estando,
como está, más cerca de casa, hubiéramos sabido de­
fenderla mejor. ¡Quién puede calcular lo que sería el
Africa sin la interposición del célebre marino genovést
Acaso España se mantendría aún en la cumbre de su
poderío.
Pero a lo hecho pecho. Aquello fué un aconteci­
miento fatal, determinado por la Providencia. El Nue­
vo Mundo tenía que ser consagrado con la Cruz, y
para eaa alta consagración ningún pueblo como Espa­
ña, el país clásico entonces del catolicismo. Aquella
gloria, la más grande que se registra en los anales del
mundo, después del nacimiento del Hijo de Dios, era
una gloria que pertonecía a España por derecho pro­
pio, y tanto más cuanto que eran móviles de fe, más
bien que móviles de dinero ni de conquista, los que
inspiraban a Colón, quien, al descubrir aquellas in­
mensas tierras con que soñaba facilitar el camino de
las Indias — pensamiento que viene ahora a realizar
el pueblo más entusiasta de Colón, los Estados Unidos,
con la obra ciclópea del Canal de Panamá— lo que an­
siaba era inaugurar de nuevo las cruzadas y libertar
del yugo mahometano los Santos Lugares, que habían
sido consagrados por las plantas del Señor. Nosotros
debemos bendecir a Dios, que quiso que America sa­
liese de la pila bautismal en los brazos de tan excelsa
madrina. ¿Qué mayor honra para la Madrina y para
la Ahijada?
He calificado de fatal para nosotros el descubri­
miento de América, porque él inició la sangría que aun
continúa abierta en las arterias de España. El oro
americano nos hizo abandonar el cultivo de las tierras
e
— 82 -
españolas: despertó la sed de aventuras en nuestros
labriegos, y se fueron tras el oro en pepitas, tras el
oro en barras, dejando el oro en sudor fecundante que
hacía de nuestra patria una inmensa vega y una flore­
ciente campiña. La abundancia del oro español aumen­
tó considerablemente el valor de las especies que te­
níamos que comprar en Europa. Y el oro de América
no nos enriqueció a nosotros, sino a los países produc­
tores europeos. Nos dimos aire de hidalgos ricos, pero
lo pagamos bien, Nuestro gobierno nadaba en oro,
pero España era un erial.
Estas consideraciones hicieron decir a Montesquieu:
^Muchas veces he oído lamentarse de la ceguedad de
los consejeros de Francisco I por no haber dado oídos
a Cristóbal ’Colón cuando les propuso las Indias. Por
imprudencia, ciertamente, hicieron una cosa muy ati­
nada. A España le ha sucedido lo que a aquel rey in­
sensato que pidió que todo lo que tocase se le convir­
tiese en oro, y que al fin tuvo que acudir a los dioses y
suplicarles que pusiesen fin a su miseria» ( 1 ).
No fue, después de todo, nuestra acción en América
lo que más nos postró, sino el cambio de política que
inició la causa de Austria, poniéndonos en una pen­
diente, en la cual Carlos V y Felipe II, gracias a su ge­
nio , se supieron mantener; mas por la cual, a partir de
ellos, no se hizo otra cosa que rodar. Cisneros com-

(1) D e VJSvprU dea lois> j. X X I , o. 2'2.


Se conoce el buen Montesquieu tenía la cabeza a las once,
cuando escribía semejante anacronismo, ¿Gomo iba Colón a hacerle
proposiciones a Francisco I. cuando este Rey. rival de Carlos V, co­
menzó a reinar varios afros después que Colón había muerto? Con
quien el gran descubridor anduvo en tratos fué con Carlos VIII de
Francia, y éste no parecía rehusar gran cosa. Acaso fué él la causa
de que Colón mantuviese íntegro el capitulo de condiciones, que
pareció al principio exagerado a los Keyes Católicos, pues, confiado
en una carta del B ey Carlos, hacia Francia se encaminaba el gran
#enovés, cuando la magnánima Isabel envió a buscarle.
— 88 —

prendió bien lo extraviado de aquella política que ve­


nía a implantar en los asuntos de España el joven
Carlos V, y se murió antes de que le matase «la boca­
nada de aire extranjero» que traía consigo aquel ga­
llardo monarca. Y la muerte de Cisneros significó la
muerte del sentido castellano en toda nuestra política.
Los que se atrevieron a protestar, no queriendo ver
pisoteado el espíritu de la tradición castellana que no
era partidario de lanzarse, Europa adentro, como lo
había manifestado ya en los días de Alfonso el Sabio»
cayeron en Villalar. Y nuestra política que hasta en­
tonces había sido castellana, nacional, comenzó a ser
extranjeriza, europea.
Y nos lanzamos, continente adentro, en un ciclo de
guerras desatentadas, que nos acarrearon innúmeros
males, y sólo dos bienes: el de hacer que Europa cono­
ciese bien a .Don Quijote, viéndole a diario por los
campos europeos acometiendo la titánica empresa de
desfacer todo entuerto y toda injusticia, y, lo que aca­
so sea, después del descubrimiento de América, la pá­
gina más brillante de España en pro del catolicismo,
y por la cual no han elogiado a España como ella me­
rece, los historiadores de la Iglesia. Me refiero a la
guerra de Flandes, guerra esencialmente religiosa.
España antepuso en ella los intereses católicos a los
intereses patrios, no escatimando su sangre ni su oro,
sino derramándolos a torrentes, en pro del catolicismo.
Nuestra testarudez católica no quiso contemporizar,
como cualquier otra nación hubiese contemporizado,
para retener aquellos dominios por más tiempo; y, si
perdimos pedazos de territorio y derramamos mucho
oro y mucha sangre, creamos el catolicismo de Bélgi­
ca, que concluyó por hacerla nación, poniéndola en la
lista de las más acendradamente católicas.
— 81 —

jNo se hable de llaves para el sepulcro


del Cid!

Mucho he divagado en el artículo anterior, donde


sólo me proponía demostrar la necesidad de agenciar­
nos alguna colonia y precisamente en Africa, pese a
tanto cacareo antiafricanista, por parte de muchos es­
pañoles que ignoro con qué parte del organismo huma­
no deben de pensar.
Yo no diré que la súbita guerra de Marruecos que
tanta sangre ha costado y nos está costando, no haya
sido una debilidad política de los Gobiernos deseosos
de tener de su parte al militarismo, sobre todo, des
pues de la tragedia de la monarquía de Portugal que
rodó hecha pedazos por el militarismo, y después de
las declaraciones terminantes de Lerroux, de que para
la implantación de la república española era indispen­
sable contar con el Ejército. Tampoco diré que esa des­
atentada penetración bélica que pudo haber sido com­
pletamente pacífica, haya sido una contemplación co­
barde para con el Ejército, aunque gran mengua es
que se haya dicho; porque ni estaba el Ejercito para
exigir contemplaciones, ni la nación para darse de
nuevo a románticas aventuras. La continuación de la
etapa de prudencia y de saneamiento económico que
habían iniciado Silvela y su ministro de Hacienda el
Sr. Villaverde, se imponía a todo trance; y ni por
complacencias, siquiera fuesen muy altas, era lícito
satisfacer ambiciones comprometedoras de nuestra ha­
cienda y de nuestra política.
- 85 —

Así, pues> critiques© cuanto se quiera nuestro eter-


uo quijotismo lanzándonos a aventuras sin una previa
detenida meditación; estigmatícese a los gobernantes
que sin tomar el pulso a la precaria situación de núes-
tra hacienda, se han metido en campañas que tienen
que costar ingentes sacrificios económicos; laméntese
el que no se hubieran hecho estudios serios de estra­
tegia diplomática para realizar una penetración pací­
fica, verdad que nos hubiese ahorrado tanto dinero y
tantas vidas, pero no se combata de ningún modo la
legitimidad de nuestra intervención en Africa, en to­
das las cosas de Africa, siendo como somos por nues­
tra geografía, por nuestra historia, por los planes vi­
sibles que nos asigna la Providencia, por la idiosincra­
sia especialísima de nuestro temperamento y por lo
Ardoroso de nuestra sangre, una nación mucho menos
europea que africana.
Ganivet dijo en alguna parte de su Idearium que no
debíamos olvidar que los Pirineos y el Estrecho haoen
de nuestra Península una casa con dos puertas y que
era sabido que «casa con dos puertas es mala de guar­
dar*. Ahora bien, la diplomacia francesa, ayudada
por el oro francés y prevalida por secretos contratos
marroquíes con Inglaterra, se ha ido metiendo por Ma­
rruecos, hasta señorear casi todo el imperio mogrebi-
no y sentar sus reales en la misma capital.
Si nosotros no procuramos asegurar nuestro domi­
nio de la parte norte atlántica y mediterránea, Fran­
cia se señoreará de ella, la llave de las dos puertas es­
tará en manos de nuestros vecinos, nos hallaríamos
entre dos Francias, según la frase de Donoso Cortés,
recordada en el Congreso por el insigne Mella, y con
tan homogénea y poderosa vecindad a cada una de las
puertas de nuestra casa, ¿no estaría terriblemente
amenazado nuestro porvenir de nación independiente?
— 86 —

Esta sola sería más que sobrada consideración para


que todos los españoles pensásemos como pensaban y
piensan el entonces coronel Silvestre y sus bizarros
soldados, cuando, sin más razones que las del corazón,
aquellas razones de que habla Pascal, incomprendidas
casi siempre por la cabeza, se posesionaron de Larache
y de Alcázarquivir* no habiendo sentado su pie victo­
rioso en otros puntos, por habérseles la «cabeza ajena»
impuesto al corazón, cuyos valientes impulsos valen a
menudo más que cien razonamientos diplomáticos.
Los antimilitaristas y antipatriotas que por entonces
pusieron el grito en el cielo censurando acremente al
coronel Silvestre —uno de los pocos militares que en
nuestra campaña marroquí se portaron como bravos —
y contra el Gobierno que le había consentido sus qui­
jotiles arranques, no merecen más refutación que la de
aquel niño de nueve años, por boca de quien parlaba
el sentido común, cuando al hablarles Siurot a sus es­
colares, de patria y de ejército, y contarles que había
quienes combatían al ejército y a la patria, exclamó;
«¡que bárbaros!» (1), Costa mismo que fue quien puso
de moda aquella su pesimista frase «doble llave al se­
pulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar», Costa
mismo, si vivido hubiera, habría hecho suya la excla­
mación del niño de Siurot contra semejantes antimili­
taristas y semejantes patriotas. ¡No se hable de sepul­
cro para el Cid! ¡Que el Cid sea labrador y roture las
tierras y fecunde los campos; pero cuando el honor na­
cional lo exija, a cabalgar de nuevo y a blandir la in­
victa tizona!
Persuadámonos de ello: hoy por hoy egtá en tierra
de Africa el puesto de honor que la Providencia nos
asigna y nuestro espíritu caballeresco no debe desertar

(1) Cada M aestrito,.., p. 147.


- 87 -

nunca de su puesto de honor. Ni Francia, ni Italia, ni


Inglaterra están tan llamadas a intervenir en Africa
como España, pues sólo España tiene una inmortal Co-
vadonga donde se estrellaron las águilas árabes que
en sa vuelo triunfal amenazaban pasear por todo el
mundo el carro de la victoria del Profeta; porque sólo
el alma española, en lucha secular con los agarenos,
llegó a adquirir el temple de acero de las espadas tole­
danas, haciéndose más dura y tenaz que el hierro mis­
mo de las armaduras; porque fueron soldados españo­
les los primeros que pasaron el Estrecho para atacar
a los muslimes eu su propia tierra, bautizándola con
sangre cristiana y romantizándola con hechos de epo­
peya, y porque fuimos nosotros, en fin, los primeros
que nos atrevimos a llevar la enseña de la Cruz, allen­
de el Mediterráneo, plantándola, triunfadora, allí don­
de se crcía que habría de ondear siempre el estandarte
de la Media Luna.
Es hora ya de que la civilización comience a redimir
esa tierra misteriosa y salvaje; y la carrera que haya
de seguir la civilización, debo ser de norte a sur: de
Ceuta, de Tetuán y de MeliHa, extenderse, Mogreb
adentro, Sahara adentro, y llegar hasta el Cabo de
Buena Esperanza. Nosotros no podemos circuir de ca­
samatas inexpugnables nuestras posesiones, despilfa­
rrando en ellas un lujo militar que sólo harmonice bien
con los enhiestos bigotes germanos, o inundarlas de
bazares de modas y objetos de lujo deslumbrador que
concluyan por enviciarlas y seducirlas, que parece ser
el ideal de la adinerada ligereza francesa. Pero nos­
otros que hicimos el milagro de llevar a América nues­
tra religión y nuestro idioma, a fuerza de familiari­
zarnos con los indígenas y de trabajar la tierra con
ellos, compartiendo con ellos familia y hogar, debe­
mos aspirar a que, por lo menos en el norte marroquí,
- 8S -

en ese pedazo de terruño que nos dejó la rapacidad


francesa, se i qtjxJ& un pueblo frugal con la frugalidad
típica de nuestra^ raza; creyente con la fe viva en las
doctrinas de la Cruz, que caracterizó siempre al alma
española; fuerte y aguerrido, bien adestrado en el he­
roísmo que fue sieíripre la ejecutoria de nuestros con­
quistadores, y que hable siempre nuestro harmonioso
y riquísimo idioma, el idioma de Fray Luis de León y
de pervantes.
Vayamos al Africa, pero vayamos como debemos ir,
•conoideas de progreso y de redención, no con solapa­
das' intenciones ,de logreros avaros, como se ha ido
hasta ahora. San Gregorio Turonense habla de una
carta del Rey de Italia Teodorico, en la que, al enviar
a sus ejércitos contra las Galias, le decía a su general
entre otras cosas muy buenas, estas que no parecen
haber salido de la pluma de un bárbaro* y que debían
tener presentes todos los conquistadores: «saqueen en­
horabuena los otros reyes y arruinen las ciudades que
ganan; pero nosotros queremos vencer de tal manera,
que nuestros súbditos se quejen de haber adquirido de­
masiado tarde la sujeción» (1). He ahí unas palabras
que deben servir de divisa a nuestra empresa coloniza­
dora en Marruecos. ¡Que la magnanimidad de nuestros
conquistadores sea siempre como la de Alejandro Mag­
no, por cuya muerte llegaron a derramar lágrimas la
madre y la esposa de Darío!
¡A rectificar cuanto antes nuestro político error cen­
tenario! En el año 1496 pusimos nuestra planta en Me-
lilla. Cerca de un siglo más tarde la pusimos en Ceuta,
Es decir, que hace ya más de cuatro siglos que pisa­
mos africano territorio* ¡Qué error más grande el de
nuestra política: llevar ya tantos siglos en Africa y no

(1) Citarlo |xjl* Montesquieu r.n J)a ¿'Ksfu'if rf-es lois, L. X X I X . X I.


— 89 —

haber adelantado un paso, tierra marroquí adentro,


hasta hace bien poco, ni habernos dado maña para
ejercer una positiva influencia sobre las cabilas veci­
nas, siempre nuestras enemigas irreconciliables! ¡Qué
burda diplomacia la de nuestros gobernadores milita­
res de Ceuta y de Melilla, y que falta de pupila en
nuestros estadistas y en nuestros políticos!
Ni siquiera se supo adquirir el debido conocimiento
de los territorios limítrofes de nuestras posesiones
africanas, 110 habiéndose hecho en tanto tiempo un es­
tudio concienzudo y serio del país, ni respecto de sus
recursos económicos, ni de sus puntos estratégicos. Es­
tuvimos en una ignorancia secular de todo lo que sig­
nificaba el Norte de Marruecos, no sospechando, ni
por asomos, que habría de ser teatro donde, temprano
o tarde, se habría de representar un complicado drama
en el que nos habría de tocar importantísimo papel, Y
esa ignorancia fue, más que otra cosa ninguna, lo que
nos hizo titubear tanto, cuando se trató de ir a un con­
venio definitivo con Francia, primero en 1902 y luego
en 1904. Lo que nos entusiasmaba en la primera fecha
—todo el antiguo reino de Fez, que era lo que Francia
consentía en que se nos fuese adjudicado como zona de
influencia— se juzgaba en la segunda peligrosísimo,
además de pobre y estéril. Se creyó que ese territorio
contenía a las cabilas más terribles y batalladoras,
siendo, por tanto, para nosotros un teatro de peligro­
sas aventuras. Además se le juzgaba estéril e infe­
cundo.
Y ahora, después que por el último y definitivo con­
venio de 1912, la mayoría de aquel reino con su capi­
tal Fez se le adjudicó a Francia, la prensa grita una
vez y otra que era lo mejor de Marruecos, lo más pro­
ductivo. lo más fecundo; en tanto que lo que se nos
asigna a nosotros son los peñascales rifeños, pelados y
00 -

abruptos, poblados además por las gentes más belico­


sas y sanguinarias de todo el imperio* ¡Bien pagamos
nuestra secular ignorancia y nuestra falta de orienta­
ción sobre un territorio que, hace ya siglos, debía estar
constituyendo, más aun que colonias, provincias espa­
ñolas, unidas por múltiples carreteras y ferrocarriles
desde Larache y Tetuán hasta Melilla!
La culpa de todo es indudablemente de nuestros Go­
biernos, que dejaron para tan tarde el arreglo definiti­
vo de una cuestión que se pudo en mejores coyunturas
resolver muy en nuestro favor. Se fue a elegir, para
resolverla, precisamente un tiempo en que la inquie^
tud interior, creada por la inmensa mentira-Ferrer, no
nos permitía hablar sino muy humildemente por miedo
a disturbios anárquicos que el oro francés fomentaba;
eso aparte de que nuestra reconstitución económica,
indispensable para la reconstitución de nuestra escua­
dra y de nuestro ejército, se había estancado con la
venida del partido liberal al poder que no había hecho
más que despilfarrar, alardeando y todo de prodigali’
dades y de mercedes en brindis de suntuosos festines.
Después de todo, podemos darnos por satisfechos
con el definitivo arreglo franco*español. Si los france­
ses saben responder a lo que les exige la lealtad, como
indudablemente habrá de responder España, ya no ha­
brá más roces ni más disgustos entre nosotros y nues­
tros vecinos. Y terreno no nos falta donde'demostrar
que podemos ser país colonizador que sabe hacer flore­
cer a sus colonias.
Ahora lo que se ha menester es que no echemos en
olvido las amargas lecciones de la experiencia. No se
olvide que una de las causas que más influyeron en
nuestro lamentable atraso fue el que nuestros estadis­
tas, a partir de la muerte del gran Cisneros, se preo­
cupasen siempre mucho más de los territorios colonia­
— 91 —

les españoles que del territorio de la propia España.


Todas nuestras energías de hombres y de dinero se
despilfarraban siempre en las colonias. Si de alguna de
éstas se traían crecidas cantidades de oro, aquel oro
no beneficiaba a España, sino a Francia, a Italia y a
Flandes. Ganivet decía una verdad como un templo
cuando escribía: «apenas constituida la nación, nues­
tro espíritu se sale del cauce que le estaba marcado, y
se derrama por todo el mundo en busca de glorias ex­
teriores y vanas, quedando la nación convertida en un
cuartel de reserva, en un hospital de inválidos, en un
semillero de mendigos» ( 1 ).
Pues bien, aun parece que no hemos escarmentado
y que vamos a continuar con esa política suicida. Ape­
nas salimos del estrecho circuito marroquí que tenía-
■mos desde hace siglos, conquistando a fuerza de derro­
ches de sangre y de dinero unos cuantos miles de kiló­
metros cuadrados, se comenzaron a formar sociedades
explotadoras y compañías mineras con vistas al Afri­
ca, y el Gobierno comenzó a abrir carreteras y a ten­
der ferrocarriles por africano suelo.
Todo esto estaría muy bien si fuese acompañado de
un notable empico de riquezas en el fomento de la
agricultura y de la industria nacionales y si se abrie­
sen carreteras y se tendiesen raíles por el territorio de
k propia casa- Es un error muy grande el pensar que
teniendo colonias muy ricas y muy prósperas, sea Es­
paña muy próspera y muy rica. Error es éste de que ya
debíamos haber salido luengos años ha. Hasta ayer,
como quien dice, conservábamos a Cuba y a Filipinasy
colonias riquísimas, como las más ricas de Inglaterra
y de Francia. Y , sin embargo, España continuaba
siendo pobre. Lo primero, que tenemos que cruzar d&

(1) Ideariuni, p. 95.


— 92 -

carreteras y de ferrocarriles y salpicar de fábricas y


de talleres, si es que queremos ser verdaderamente po­
derosos y ricos, es el terruño solariego, es la heredad
bendita que circunda nuestros hogares. El acudir a
Marruecos con todas nuestras riquezas y con lodas
nuestras energías, sería volver a la política exterior
de las Casas de Austria y de Borbóu, que nos arrastra*
ron del estado de grandeza y de poderío de los reyes
católicos, al estado de impotencia y de humillación do
los gobiernos liberales. ¡Ante todo España!
VIII

[a N U me bus hubiera saliadi


ir lis desaciertas de nuestra (Mílltf

He hablada de pactos franco-ingleses sobre Marrue­


cos, a espaldas de España, y eso me lleva como de la
mano a emitir unas cuantas consideraciones sobre la
amistad entrañable que ahora a Inglaterra y a Francia
nos liga.
No ignoro que el asunto está ya» refrito. Cien plu­
mas rasguearon sobre el papel estudiándolo filosófi­
camente, históricamente, diplomáticamente. Parecía
aquello un torneo de ingenios que se disputaban el lau­
ro de escribir las cosas más sesudas y mejor pensadas.
Sin embargo, yo no creo que el asunto esté agotado, y
acaso haya de insinuar algo que a nadie se le haya
ocurrido; que también algunas veces suele ocurrírseles
alguna originalidad a las más humildes plumas.
Se ha hablado de Ententes con las susodichas na­
ciones. Mella, en un artículo magistral — ya antes lo
había hecho en magnífico discurso parlamentario, ad­
mirablemente ceñido y brioso— demostró hasta la sa­
ciedad el desacierto de nuestros gobernantes al pactar
con Francia y con Inglaterra. Y el sapientísimo tri-
- 94 —

buno esforzábase en razonar que con quien debíamos:


aliarnos era con Alemania.
Per ahí parecían enderezarse las cosas desde hacía
tiempo, y el triunfo de la diplomacia inglesa contra la
alemana en Madrid, es algo que todavía no nos expli­
camos bien los españoles. Durante el último tercio del
siglo pasado fue España como un palenque donde re­
ñían bravos, ingleses y alemanes, no por nuestra linda
cara, de seguro, sino por ver quién ejercía más influen­
cia en nosotros, y, sobre todo, por ver quién conseguía
dominar mejor nuestro comercio y nuestra industria,
Es decir, que España no era más que un mercado cuyo
dominio se disputaban aquellas dos grandes naciones.
Toda la probabilidad de la victoria aparecía por parte
de Alemania. El viaje de Alfonso X II a Berlín, su
nombramiento de coronel, en propiedad, de un regi­
miento de huíanos, explicaban el incremento del co­
mercio alemán entre nosotros, a expensas del francés
y del inglés. El casamiento del rey con una archidu­
quesa austríaca, inspirado por el propio Cánovas del
Castillo, cuya política tendía manifiestamente hacia los
países germanos — bien que el entusiasmo germanófilo
se resfriase no poco, cuando el incidente de las Caro­
linas— y después el rasgo intrépido del Kaiser anclan­
do en Yigo y abrazando allí a Alfonso X III que había
salido a su encuentro, robusteciendo nuestros derechos
indiscutibles sobre el imperio marroquí, y haciendo
ver a Francia y a Inglaterra que no se podía tratar
nada sobre el Mogreb, como ellas estaban haciendo, a
espaldas del Gobierno español, todo indicaba a ojos
vistas nuestra aproximación hacia la Tríplice Alianza.
¿Cómo explicar de súbito el triunfo personalísimo de
Eduardo VII, consiguiendo el viaje de nuestro rey a
.Londres, que concluyó por el casamiento de éste con
una princesa de Inglaterra en el templo de San Jeró-
mmo?— ¿El recuerdo amargo del incidente de las Caro­
linas?— ¿Qué valía eso en comparación de Gibraltar,
en comparacióu de tantos atropellos como el de no de­
jarnos fortificar ni siquiera las rías bajas de Galicia,
qne están sirviendo casi continuamente de abrigo a las
escuadras inglesas?— ¿Las fallidas esperanzas de in­
tervención alemana, cuando nuestra loca guerra con
los Estados Unidos?— ¿Qué significaba eso, al lado de
la positiva proclamación del principio de no inter­
venir iniciada por Inglaterra, ya que no demos crédito
a la positiva ayuda que hayan podido prestar a sus an-
tiguos colonos?
—¿Fué aquello una sencilla decisión del amor encen­
dido en el corazón de nuestro joven Rey, al goce con­
templativo de la admirable hermosura de nuestra Rei­
na?— Ante la realidad de este hecho, los españoles, por
nuestro temperamento y por nuestro espíritu de raza,
sólo tendríamos que aplaudir, y tanto más, cuanto que
la joven reina se convirtió franca y sinceramente a
nuestra religión, También los reyes tienen derecho a
amar. ¿Qué más grato para un espíritu español que
ver al amor y a la hermosura fundamentando la nueva
diplomacia española? ¡Y luego qué triunfo del catoli­
cismo sobi 3 el protestantismo!
El secreto continúa en el misterio. Sin embargo, y
dicho sea con todo el respeto que se debe al talento
admirable de Mella, su célebre artículo aconsejando o
defendiendo la alianza con Alemania, no convence, no
puede convencer. Con los germanos estaban y están
aún nuestros más vivos amores, nuestras más san^s
simpatías, nuestra más fervorosa admiración, por sus
gallardas aposturas heroicas, por su sublime sentimien*
to patrio, por su altísima cultura; pero una sencilla
consideración basta para comprobar que con ellos no
podíamos aliarnos. Alemania está muy distante de
- 90 -

nosotros: por tierra, porque está Francia en el medio,


y por mar, porque la escuadra alemana está aún muy
lejos de poder acudir en nuestro auxilio, teniendo que
batirse con la inglesa. Aliarnos con Alemania hubiera
sido vernos, al día siguiente do estallar la guerra euro­
pea, combatidos a un mismo tiempo por Inglaterra y
por Francia, sin poder recibir auxilio ninguno ni de
hombres ni de barcos alemanes.
Dinero para el desarrollo de nuestro comercio y de
nuestra industria tampoco nos lo puede dar Alemania:
todo lo necesita para ella, y aun como nosotros y como
todas las repúblicas hispano-americanas, ha necesita­
do alguna vez para sus grandes empréstitos acudir a ca ­
pitales franceses. Era Francia la banquera del mundo-
La alianza no podía, pues, ser con Alemania. ¿Con
quién había de ser? Si he de decir lo que siento, yo
creo que el instante era harto crítico y solemne para
que pactásemos alianzas con nación ninguna europea.
La guerra espantosa que se acercaba y de un modo
ineludible, entre Francia y Alemania, aconsejaba la
más exquisita neutralidad. Y esa neutralidad exquisita
yo no juzgo que hubiera sido imposible, si eu vez de
mirar a Europa, hubiésemos mirado a América,
Entendernos con los Estados Unidos creo que hu*
biese sido una medida salvadora: solos, aislados, es
claro que no debíamos habernos quedado, porque en
caso de guerra europea, no se nos consentiría el papel
de pacíficos espectadores del sangriento drama. Harto
lo estamos viendo, a juzgar por las valientes acusacio­
nes que una vez y otra vez ha hecho públicas E l Co­
rreo Español. Y eso que aun podemos estar muy con­
tentos, pues nuestra anhelada neutralidad aun no ha
sido escarnecida por los países beligerantes que aun no
se han posesionado de nuestros mejores puntos medi­
terráneos y atlánticos, cuya admirable estrategia afila
- ‘ 17 —

las nüas de la rapacidad, y todavía podemos contem­


plarnos libres de aquel «cinturón de Gibraltares» tan
temido por Costa, y que concluiría por ahogar a nues­
tra patria, en tanto bostezaría, inane, nuestra sabiay
briosa organización militar.
Habiendo h^cho a tiempo un pacto firme con los-
Estados Unidos que están llamados a ser, si ya no lo
son, el primer pueblo del mundo, pudiéramos habernos
garantizado ese papel de meros espectadores de la con*
tienda. Los Estados Unidos ya no son aquel revolti­
llo híbrido de razas de opuestas tradiciones y de encon­
trados intereses, que eran a raíz de redondearse con
las últimas tierras que allí poseían franceses y espa­
ñoles. La religión que es la fuerza más unificadora de
auhelos, de intereses y de costumbres, ha ido fundien­
do a los pueblos de la América del Norte en el mismo
troquel, uniformándolos en todo, hasta el punto de
surgir hoy con el aspecto de una joven y robustísima
nación, donde, más que en ninguna otra de allende el
Atlántico, se rinde pleito homenaje al orden y a la mo­
ralidad que es lo que hace decir a muchos america­
nos, no sin cierta presunción, que ellos están llama­
dos por Dios a ser los recristianizadores de la vieja
Europa y los maestros de escuela del mundo.
Yo bien sé que está muy próxima la guerra inicua
de los Estados Unidos contra la pobre España; no ig ­
noro los abusos y las altanerías yanquis que, desde
hacía medio siglo, veníamos sufriendo con ovejil man­
sedumbre, en la Isla de Cuba, enderezado todo a la
consumación de aquel despojo que se cometió con nos­
otros y que dio aplicación exactísima a la frase de
Pascal: «ne pouvant justiíierla justice, ils ontjustifió la
forcé», no pudiendo justificar la justicia, han justifi­
cado la fuerza...
Yo bien sé que el amor propio nacional, tan poco
7
- 98 —

lia escarnecido, habla muy alto; pero en cuestión de


tanta monta, pienso que hubiora sido gran bien acallar
los gritos del amor propio. Rusia fue ayer, como quien
dice, pisoteada por el Japón, y sin embargó, porque
asi le convenía, ya celebró con él un pacto de alianza
para las cosas del Extremo Oriente, y dícese qne acaba
de celebrar otro en que hay cesión de territorios ru­
sos a cambio de cañones japoneses parala guerra con­
tra Austria y Alemania.
Además, a partir de la guerra con nosotros, sabe
todo el mundo que ha surgido en la gran República de
la América del Norte un sentimiento general de sim­
patía y de admiración hacia todo lo que significa Es
paña. Nuestros escritores y nuestros artistas son más
admirados y mejor retribuidos allí que en su propia
t;asa. Díganlo Sorolla y Zuloaga, cuyos lienzos tienen
ya su salón especial en el Museo de Nueva York, y en
el cual recuerdo 3^0 haber sentido una de las emocio­
nes más halagadoras de mi vida, contemplando las
obras maestras de nuestros pintores y considerando la
estima de aquellas gentes por el hispano pincel. Díga­
lo Armando Palacio Valdés, alguno de cuyos libros—
José —, esmeradamente reeditado y con notas, anda de
texto de lectura en varios centros docentes norteame­
ricanos, eso aparte del medio millón de Mamiminns
que allí se vendieron y que han hecho a su autor ver­
daderamente popular. Y dígalo Ramón Menéndez Pi-
dal, que, dando conferencias sobro nuestra cultura,
fué recorriendo en triunfo los paraninfos de las más
renombradas universidades yanquis.
Las dos más numerosas asociaciones católicas de los
Estados Unidos, la una de hombres y la otra de muje­
res, llevan advocaciones castizamente hispanas: Caba­
lleros de Colón y Damas de Isabel la Católiea, a las
cuales se debió que fracasasen en absoluto, las mani-
— <J9 —

testaciones ferreristas que se proyectaron en algunas


grandes ciudades americanas para hacer coro a las
vergonzosas algaradas con que se injurió a España en
muchas poblaciones europeas, siendo los Estados Uni­
dos la única nación en que no logró penetrar el mito-
Ferrer, gracias a la briosa campaña hecha en el perió­
dico Columbio ^ órgano de ios Caballeros de Colón, por
un periodista caballero que vino a orientarse bien y es­
tudiar debidamente la cuestión a la misma Barcelona.
¿Y quién no ha oído hablar del multimillonario
Mr. Huatington, que después de haber dado para
la iglesia de los PP. Agustinos de la Asunción, que
son los que corren con la parroquia española de Nueva
York, la cantidad de 25.000 dólares, y haber comprado
ias dos casas próximas a la de Cervantes, en Vallado-
lid, regalándonoslas para Museo Cervantino, es quien
más muníficamente sostiene el fuego sagrado del es­
pañolismo en aquella gran República? ¿Y quién no ha
ido en Madrid a ver el magnífico regalo del monstruo­
so y gigantesco animal antediluviano, el diplodoco, que
hizo a nuestro rey el multimillonario Carnegie?
¿Y quién no sabe que, gracias a los Estados Unidos,
se han cohibido muy mucho las hordas de Villa y Ca­
rranza (1 ), verdaderos asesinos de Méjico, en sus tro-

•'l.i El fecundísimo escritor Edm undo G onzález-Blanco ucaba de


publicar un libro que titula, Carrnnza // la Iievolur-wn de Méjh:or y
que viene a s«r uu eucomiílsticw panegírico de ese hom bre siniestro
elevado a caudillo por uuo de los levantiscos partidos mpjic&nos
que tan salvajem ente están haciendo liquídacióu de su noble p a­
tria. Eti mal hora enristró su plum a para trazar esc cuadro de in-
merccidísimus elogios y hacer destacarse entre ellos Ja figura de
aquel hombre, cu yos desmanes contra nuestros desamparados com ­
patriotas quizás sólo ha podido superar V illa, ese chacal que tan
infamemente se ha cebado de hispana honra y de hispana sangre.
¡Lástim a grande que el cultivadísim o talento del conocido escritor
luanqués se haya dejado sorprender por datos c inform es tan suges-
tionadores como equivocados!
— 100 —

pelías infames contra nuestros desamparados compa-


triotas, que con haber sido y ser aún tantas y tan inau­
ditas, hubieran, sin la protección ríe los Estados Uni­
dos, escalado todas las cimas de lo salvaje y de lo
monstruoso? Bien claro acaba de decir el jefe del Go­
bierno , señor Bato, que tiene motivos para saberlo
como nadie, que España está agradecidísima a los Es­
tados Unidos por sus buenos oficios en favor de los es
pañoles inicuamente atropellados, a quienes defienden
y amparan casi como si fueran sus propios súbditos.
Esa inteligencia con los Estados Unidos nos hubiera
dado también mayores prestigios en los pueblos his-
pano-americanos ayudándonos a substraerlos a la in­
fluencia gala, que es la que está con virtiendo allí en
pecados capitales las clásicas virtudes domésticas que
les había dejado en herencia la raza española. La frase
de Granivet: «Casi todos los pueblos americanos, al se­
pararse de España, por espíritu de rebeldía, han pa­
sado lo que pudiéramos llamar la escarlatina de las
ideas francesas», continúa aún, por desgracia, tenien­
do un fondo grandísimo de actualidad: la escarlatina
prosigue bastardeando allí las generosas gallardías del
espíritu español. En algunos países hasta se ha llega­
do a falsear la sonora y rotunda pronunciación de al­
gunas de nuestras letras, ahembrándolas y dándoles
una tonalidad afrancesada. Yo no aé que sentía cada
vez que oía pronunciar nuestra y y nuestra elle con el
siseo especial de la jota francesa. Pero de galicismos
mejor es no hablar* No hay más que dar un vistazo a
la literatura para advertir en seguida el sello francés.
Literatos hay, e insignes por cierto, que se precian
más de escribir en francés que en español*
Modernamente ha surgido una pléyade de jóvenes
rebeldes a llevar sobre el espíritu la coyunda gala, y
dispuestos a laborar por una emancipación espiritual
- 101 -

completa, que aparte los ojos de lo advenedizo y los


convierta a lo genuinameute hispanoamericano, de lo
cual no han menester salir para dar con inagotables
tesoros de belleza y de bondad. Y ¿quién duda que los
Estados Unidos, tan admiradores de nuestro siglo de
oro y de los rasgos típicos de nuestra raza, habían de
ayudar a los pueblos hispánicos a sacudir el influjo
francés —si otros tiempos tan provechoso y civiliza­
dor, hoy tan corruptor y deletéreo— , substituyéndolo
por el influjo del propio espíritu nacional, tan caba­
lleresco y tan honroso, cuando acierta a manifestarse
puro, limpio de toda aleación extraña?
España puede tornar a ser grande, mayor aun que
fue en sus mejores tiempos; pero ello ha de ser cua-ndo
todos los pueblos hispánicos, persuadiéndose de que
son una familia que tiene su espíritu de raza perfec­
tamente caracterizado, y de que la Providencia les ha
asignado la realización de uuos mismos ideales supre­
mos, los de llevar de triunfo en triunfo por todas par­
tes el culto del honor y de la belleza, desposados al
amor de la Cruz, como una familia vivan y como una
gran familia se amen, uniéndose para toda empresa
noble y dignificadora, que tenga por objeto el triunfo
de la justicia y el bien de la humanidad. Y ¿quién
duda que nuestra amistad franca y sincera con los
Estados Unidos —la nación que comparte con nos­
otros los más legítimos derechos a influir en los pue­
blos americanos— , hubiera contribuido a acelerar esa
floración de grandeza que ha de ser un día el orgullo
de la gran familia española?
Ante el decidido apoyo de los Estados Unidos, los
pueblos europeos que beligerasen, nos hubiesen dejado
en absoluta paz. No es de creer que hoy por hoy se
atreva ni Inglaterra misma a ponerse enfrente de su
antigua colonia. Sólo con cerrar ésta sus puertas a los
— 102 —

barcos ingleses, iría Inglaterra camino do la ruina.


Bien sabido es que desde el punto de vista económico,
son hoy casi todos los países europeos tributarios de
los Estados Unidos. Yo recuerdo haber visto un Atlas
en el cual estaban marcados los rumbos de los barcos
que, cargados de mercaderías, salen de los puertos ele
los Estados Unidos para los distintos países del mun­
do, y me asombré de ver las tupidas líneas que seña­
laban los rumbos de Europa,
Y no sólo nos hubiesen dejado en absoluta paz, sino
que estaríamos en condiciones propicísimas para re­
construir nuestro antiguo poderío territorial y volver
por los viejos prestigios de nuestro pasado esplendor.
Como los italianos a Valona, nosotros hubiéramos ya
para estas fechas tomado a Tánger, sin que franceses,
ni ingleses>ni alemanes nos hubiesen chistado lo más
mínimo; y como los italianos también, que están re­
cordando que el Trieste y el Trentino, y Malta y Cor*
oega, y Niza y Saboya, han sido y deben volver a sor
de Itália, que quizás no aspira sólo a la reconquista de
esos pedazos del patrio suelo y se deja mecer on el
dulce ensueño de una inmensa Tripolitania que abar­
que a Túnez y Argelia, nosotros estaríamos recordan­
do que Gribraltar está clamando por su propietario le­
gítimo, etiam ex ore lupi.*.s aun desde los incisivos ca­
niles del leopardo, y explayaríamos la imaginación
más allá de Ceuta, de Tetuán y de Melilla, por todo
Marruecos, y estaríamos ya fortificando, sin que Al-
bión se pudiese oponer a ello maniatándonos como
maniatados nns tiene, las puntas salientes, africana y
española, del Estrecho, que sería lo mismo que poner
una llave al Mediterráneo y señorearlo todo él, como
lo señoreábamos en tiempos mejores...
*
* -Je
Pero lo heclio ya no tiene remedio. Nadie pensó en
esta salvadora entente que hubiese sido un bien in­
menso para todocí los pueblos hispánicos, y nos fuimos
a cordializar con Inglaterra y con Francia^ nuestras
eternas obligadas enemigas. Claro que a ello habre­
mos ido empujados por la cariñosa Albión. Eso ape-
ñas cabe dudarlo. España hace ya mucho tiempo que
está cogida como un pez entre las mallas de la red in­
glesa. Si alguna vez nos deja obrar con cierta libertad,
es nada más dentro de la red. Se trata de salir de ella,
3r las mallas aprisionan al pez que se retuerce entre
sus hilos, desesperado y palpitante. Para salir de las
mallas hacia dentro podrá haber escape, mas para sa­
lirse hacia fuera y campear por el océano - de la vida,
no. Las mallas se estrechan cada vez más. amenazan*
do con la axfisia.
No nos pertenecemos. Estamos siendo el ludibrio de
Inglaterra. Cumplimos al pie de la letra aquella m áxi­
ma del Evangelio: si te abofetean una mejilla, ofrece
para ser abofeteada la otra; máxima que si puede
aplicarse alguna vez en la vida del individuo, jamá&
debe tener aplicación en la vida de las naciones, res­
pecto de las cuales la humildad no es humildad, sino
bochornosa humillación.
Inglaterra es la nación que más ha influido en nues­
tra decadencia. Puede decirse que una de sus miras
constantes, al través de los siglos, es el quebrantar y
reducir a la nada nuestro poder. Sabe muy bien lo que
hace. Jenofonte escribió de los atenienses: «Si los ate­
nienses habitasen on una isla, y además tuviesen el im­
perio del mar, podrían hacer daño a los demás sin quo
nadie pudiese hacérselo a ellos, mientras fuesen due­
ños riel mar,» y Moutesquieu observa muy rectamente-
— 104 -

que Jenofonte parecía hablar de los ingleses ( 1 ). Y co­


mo España, potencia continental y al mismo tiempo
marítima, es, por su geografía que le pone en las ma­
nos la llave del mar de la civilización, el pueblo único
que siendo poderoso pudiera forzar a Inglaterra a cum­
plir estrictamente el Derecho Internacional, de ahí que
las miras inglesas tiendan constantemente a tenernos
avasallados. Sabe muy bien Inglaterra que no tendría
la hegemonía del mar, si España fuese grande y p o ­
derosa; de ahí su eterna labor de piratería, respecto
de nosotros, y sus esfuerzos tiránicos para tenernos
siempre quebrantados y abatidos.
Si Portugal no constituye una nación coa nosotros
es por Inglaterra. Por los ingleses fueron fomentadas
y decididas las dos evacuaciones de Portugal que tu­
vieron que hacer nuestros soldados; la vina cuando la
batalla de Aljubarrota, en el siglo X IV , y la otra en
los días de Felipe IV. Cuando el hábil y prudente mar­
ques de la Ensenada enderezaba sus miras a la res­
tauración de nuestra marina de guerra, los embajado­
res ingleses desplegaron toda su diplomacia maquiavé­
lica para que no se efectuase aquella reconstrucción
naval y para que los patrióticos proyectos regenerado­
res se quedasen en simples proyectos. A nosotros más
que a ninguna otra potencia fué debido el total ven­
cimiento de Napoleón. El Aguila del Sena salió herida
de muerte del territorio de España.Sus vuelos, después
de expulsado de nuestro suelo el último francés, ya no
fueron más que vuelos de águila herida y con las alas
rotas. Pues bien, cuando el Congreso de Viena en 1814,
fué el Gobierno de Inglaterra el que se opuso a que
España estuviese representada allí por medio de nues­
tros embajadores, viéndose a la nación que más brava

1 1) Esj jrit de* Lo i s\ 1. X X. 1, с . V II.


— 105 —

y victoriosamente había guerreado contra Napoleón,


ser considerada en aquel Congreso como nación venci­
da (1). Cuando en 1860, recordando nuestros soldados
mejores tiempos, realizaron en territorio africano,
guiados por 0\Donell y por Prim, aquel brioso frag­
mento de epopeya que parecía augurar un hermoso
resurgir español, fue Inglaterra la que forzó a nues­
tras tropas a evacuar las plazas tomadas y a repasar
el Estrecho con las manos vacías, esterilizando nues­
tros heroicos sacrificios en aquella guerra, y haciendo
decir amargamente a Ros de Olano que habíamos ga­
nado todos los combates y habíamos perdido la cam­
paña.
No comentaremos la célebre frase de Lord Salis-
bury, <^las naciones vivas irán apoderándose délos te­
rritorios de las naciones moribundas», pronunciada
muy pocos meses antes de que los Estados Unidos, na­
ción llena de vida, nos diesen, comprobando la profecía
del lord insigne, el zarpazo que nos dieron a nosotros,
nación moribunda; pero sí diré que en sus tratados
con España jamás Inglaterra nos fue leal. Ahí está ese

ti) Preterición infame e injustísima filé aqn el la por parte de In­


glaterra; pero bien, merecida por parte de nuestro gobierno de en­
tonces que, en vez de exculparse ante el pueblo con una rectificación
total do su conducta en que liabía habido mucho que trascendía a
lesa nación, se puso a continuar en su sabrosa y regalada comedia
de tiranías y disfrutes, gobernando con los mismos mentecatos que,
cu hora difícil, hablan abandonado al pueblo, expatriándose a tiem­
po. fincando sus reales en Gibraltíir, en 'Francia, en Inglaterra. ¡Qué
escándalo! Un rey que había abdicado su corona y hecho una por­
ción de villanías en Valeueey. y unos cuantos magnates poderosos
que se habían fugado en la hora de peligro, poniéndose en comandita
a gozar de las dulzuras del poder y del gobierno, en tanto al pueblo,
que había sido el único héroe de nuestros grandes triunfos, se le
•abrumaba a impuestos y a desdenes, y en tanto que a los que ha­
bían sido sus [írincijiiiles caudillos se los veía caer unos tras otros o
•en el patíbulo o on los calabozos de Ceuta y de Melilla!
- 106 -

pedazo de tierra española que se llama Gifcraltar, ro­


bado a traición; repetidas veces se comprometió a de­
volvérnoslo en sus convenios con nosotros, sin que la
lealtad debida a los tratados la hiciera cumplir tan
elemental deber. En la misma Guerra de ia Indepen­
dencia, cuando por propio, no por interés nuestro,
vino a ayudarnos a derrotar a Napoleón, ¿no es bien
sabido que desartilló nuestros puntos estratégicos so
bre Gibraltar, prohibiéndonos artillarlos de nuevo,
imposibilitándonos así para reconquistar un pedazo de
tierra española que está clamando por España? Y ahora
mismo, ¿no es bien sabido que nos prohíbe fortificar de­
bidamente la costa de Marruecos y los territorios es­
pañoles colindantes con el terruño español inicuamente
robado, todo para que renunciemos para siempre al do­
minio de lo que por razones de Geografía y de His­
toria nos pertenece?
No digamos nada de lo que en otro orden de cosas
ha hecho siempre Inglaterra por desacreditarnos y
monstruizarnos, especialmente cuando aun teníamos
imperio colonial. En las negruras de la leyenda negra
de España le cabe una parte principalísima a la crea­
dora fantasía inglesa. [Qué incesante tirar piedras al
tejado ajeno, como si ellos no lo tuviesen de cristalí
¡Qué inicuo ponderar la tiranía de nuestros ministros
y de los gobernadores de nuestras colonias, como si
ellos no hubiesen tenido ministros que eran mercade­
res de conciencias, y como si todo un Walpole no se
hubiera gloriado de saber la tarifa de cada una! ¡Como
si el propio Pitt, defendiendo a los colonos de Norte-
América, tiranizados y robados por los ejércitos de mer­
cenarios que enviaba a los Estados Unidos Inglaterra,
no hubiese dicho en pleno Parlamento: «Si yo fuese
americano, como soy inglés, en tanto un batallón ex-
tranjero pisase mi país, yo no soltaría las armas de la.
— 107 ~

mano. ¡Jamás, jamás, jamás!» (1). Como si Burke no


se hubiese indignado, en pleno Parlamento también,
contra el trato infame que se daba a los pobres indos
tañes, a quienes los hacenderos ingleses les escoriaban,
a fuerza de latigazos, las espaldas, dejándoselas en
carne viva, y no cansándose de flagelarlos mieutras
les quedase a los infelices «una gota de sangre que
pudiera hacer producir un grano más de arroz*! (2 ).
¡Y como si todo un Lord Macaulay, hablando del go
bierno de Warren Hasstings en la India, no dijese que
durante el mando de aquel hombre los pobres indí­
genas abandonaban sus hogares «para refugiarse en
bosques impenetrables e insalubres, prefiriendo el ham-
brej la fiebre y las garras de los tigres, a la tiranía
del hombre, a quien un gobierno inglés y cristiano ha­
bía vendido sas riquezas, su felicidad y el honor de sus
mujeres y de sus hijas»! (3).
Yo me irritaba al leer algunos periódicos inglese*,
cuando los sucesos de la «semana trágica», viendo có­
mo nos ponían a los españoles por un tumulto callejero,
todo lo infame, todo lo vil que se quiera, pero llevado
a cabo por una gavilla de ^Ivajes desnaturalizados.
¡Como si casi todo el siglo X V III inglés, no hubiese
sido una incesante ignominia, cuando los tumultuarios
llegaban a crímenes inauditos, haciendo con las mujeres
infamias inverosímiles, como cuando metían aúnas en
una cuba y la echaban a rodar por una pendiente, o
cuando cogían a otras por los pies y las ponían de ca­
beza en tierra, luciendo al aire sus desnudeces! ¡Y co­
mo si jamás en pueblo ninguno se hubiese dado es­
pectáculo como el de Londres, cuando el motín de-

(L> T a iiifi, Hisloire dfi la T/tUerafnre Ant/loiM, t. I I I . p. 3*25.


(2) Ibidem, p. 33S.
(3) Vid. sus Msfadiós ffistóricoti. Wanrii Hftsstings
— 108 -

Lord Gordon, en que el populacho abría las cárceles,


dando libertad a los criminales, incendiando, saquean­
do y matando a cuantos no se embriagaban acercán­
dose a los charcos de ginebra que formaban en las ca­
lles los toneles abierfcosT charcos a los cuales se acer­
caban hasta las mujeres y los niños poniéndose de ro~
dillas para beber de bruces el cenagoso licor hasta
caerse muertos o sentir el intoxicamientoae la locura*..!
¡Ah, que Inglaterra no ha olvidado ni olvidará ja ­
más aquél arranque de Felipe II, cuando indignado
nuestro gran rey por la protección constante de los in­
gleses a los rebeldes flamencos, se decidió a concluir
de una vez con las pérfidas arterías de los leopardos
de Albión, enviando contra ellos la malhadada Inven­
cible,., !
Esa Inglaterra utilitaria, de espíritu púnico que, al
decir de uno de sus hijos, de Carlyle, se ha olvidado
de Dios; que cree «tranquilamente que el universo es
intrínsecamente un gran ininteligible quizá, y extrín­
secamente un aprisco de ganados y una casa de correc­
ción con vastísimas cocinas y magníficos comedores»,
y para la cual «el cielo que se comba por cima de
nosotros es solamente un reloj astronómico, un blanco
para los telescopios de Herschel» (1), esa Inglaterra,
tarde o temprano, tiene que ser castigada muy dura
mente por Dios, a no ser que el magnifico florecimiento
de catolicismo que, desde años ha, se nota en la Isla
de los Santos, no la reconcilie del todo con Roma, ha­
ciéndola volver a los legítimos apriscos de Jesús.
Nuestra entente con esa nación no puede revestir ca-
rácter de estabilidad. La estabilidad de nuestra unión
con Inglaterra no podrá ser un hecho mientras en GH-
braltar no ondee la bandera española. El ondeamiento

(1) Past and Present, p. ISo.


- ¿09 -

allí del pabellón inglés es una humillación constante


para España, y la amistad con amigos humillados no
puede ser espontánea y efusiva. La devolución de G-l·
braltar a su legítimo dueño significaría el triunfo más
grande de nuestra diplomacia, y sería, al mismo tiem­
po, un triunfo grande sobre nuestro corazón, que latiría
libre de su imperioso malquerer a Inglaterra. Mientras
eso no se consiga, nuestros vínculos con Albión, por
muy robustos que aparezcan, tienen que ser volátiles
y aéreos: fuerza a ello la contemplación continua de
un derecho sacratísimo conculcado.
IX

¡Eitenlerm cid (rancia!

Alerta, muy alerta debemos vivir siempre respecto


de nuestra amistad de última hora con los ingleses, se-
gim creo haber puesto en evidencia en mi artículo an­
terior; pero aun debemos vivir mucho más alerta res­
pecto de nuestros novísimos amoríos con Francia.
Desde el cardenal Richelieu para acá, Francia vieue
siendo para nosotros una continuación inalterable de
la personalidad de Richelieu, aquel taimado, astuto mi*
nistro, especie de Cianeros al revés, que al decir del
barón de Montesquieu, quitaba a Alemania unos gri­
llos y le ponía otros, y que enseñaba a Francia el se­
creto da sua fuerzas y a España el secreto de su de­
bilidad.
Nosotros no debemos, 110 podemos fiarnos de los bue­
nos propósitos de Francia, de esa Francia tan divor
ciada de aquella otra que nos dio a la princesa que
convirtió a nuestro San Hermenegildo, y que tanto
contribuyó a extinguir entre nosotros la herejía arria -
na; de aquella otra de Carlos Martel, que deshacía a los
árabes en las márgenes del Oarona, estimulándonos a
nosotros a arreciar con más éxito en nuestra gloriosa
Reconquista; de aquella otra de Cario Magno, que
tanto nos ayudó a quebrantar el yugo sarraceno, fun-
- 111 -

dando el Condado de Barcelona v granjeándose la


amistad y el agradecimiento de un Rey como Alfonso
el Casto; de aquella otra que venía a buscar a España
madres como Doña Blanca de Castilla, la madre del
mejor de sus reyes, la madre de San Luis..,
Nuestros vecinos siempre suelen tener para nosotros
propósitos muy galanos, palabras muy melifluas; pero
los hechos nunca han estado en conformidad con los
propósitos y con las palabras. No olvidemos las repeti -
das lecciones de la experiencia: nosotros a Francia, des­
de hace ya mucho tiempo, no le debemos más que des­
calabros t>ingratitudes. Cuando hemos luchado al lado
de ella, nos ha dejado solos en los mayores peligros.
Durante todo el siglo X V III España no tuvo más
política exterior que la francesa que le imponía el
Pacto de Familia. ¿Cómo nos remuneró Francia aquella
ominosa servidumbre centenaria? Todo el mundo lo
sabe: con el intento de conquista de España por Na*
poleón, quien nos traicionó de la manera más inicua,
introduciendo centenares de miles de combatientes en
solar español para arrebatarnos nuestra independencia,
en tauto que nuestros soldados luchaban, bravos, por
la gloria napoleónica en el centro del Continente.
A pesar de la G-uerra de la Independencia, y como si
España fuese la víctima de un determinismo especial
que la unciese al carro de la gloria de Francia, volve
mos luego a prestar servidumbre a nuestros amigos.
Nuestras tropas marchan a la Cochinchina para ayudar
a los franceses a conquistar un gran imperio. ¿Qtié fruto
reportamos de haber luchado como héroes en aquella
campaña, según reconocieron los propios franceses?
Eso, nada más que eso: el reconocimiento de nuestra
bizarría y de nuestro heroísmo. A no ser que se quiera
contar por fruto el que, cuando, a raíz de nuestro de­
sastre colonial, dijo un periódico norteamericano, y
— 112 —

por cierto con muy buen sentido, el New York Iíeráld,


que necesitábamos a todo trance reconstituirnos eco­
nómicamente, si no queríamos contemplarnos en la
precisión de ser intervenidos, sintetizando fu pensa­
miento en la tremenda disyuntiva: «o revolución eco -
nómica, o intervención extranjera», saliese L e Tenips
a alentarnos en nuestro desconsuelo con un artículo
humillante, juzgándonos ineptos e impotentes para una
revolución semejante y aconsejándonos que nos ade­
lantásemos a pedir la intervención,.,
Nuestros Tratados con Francia nos fueron siempre
ruinosísimos: o desastrosos, como el Pacto de Familia,
que después de hacernos derramar tanta sangre hispa­
na en lucha con ingleses y portugueses, nos llevó a la
deshonrosa Paz de París, sepultándose casi ya del todo
el sol de nuestro poderío, que había entrado franca­
mente en su ocaso con el Tratado de Westfalia; o hu­
millantes, como los de San Ildefonso, que nos llevaron
primero a ver al Directorio, que acababa de mancharse
con la sangre del más bueno de los Borbones, disponer
de nuestra escuadra y de nuestros soldados como me­
jor le parecía, y luego a las vergüenzas incomprensi­
bles de Bayona y de Valencey.
La leyenda negra de nuestros conquistadores fuó
amasada y enhornada en Francia. Da asco ver a hom­
bres serios y pensadores como Montesquieu, que alar*
deán de tener siempre a la verdad por guía, exagerar
nuestros abusos en América convirtiéndolos eu cruel­
dades monstruosas y fingiendo creerlas a piejuntillas.
En su famosa obra de VEsprit des Lois no pierde oca­
sión de poner a España y a los españoles cual digan
dueñas. Atropelladores injustos, ambiciosos, sangui­
narios, destructores de pueblos,., qué se yo los lindos
calificativos con que nos regala.
Siempre que puede, trata de exponernos a la pública
- ш -

vergüenza, ya sea hablando de la Inquisición, ya de los


incas, ya de los mejicanos. A estos, dice que no 1es
transmitimos ni siquiera la religión cristiana, sino
«una superstición furiosa». Asegura que 110 acabaría
nunca de contar los males que hemos hecho y los bienes
que hemos dejado de hacer ( 1 ). Una de las cosas por
que mas nos increpa, es por la clásica tiranía de nuestra
raza, pintándonos como avasalladores de pueblos para
hacer de ellos rebaños de esclavos. Sí, todo un Mon-
tesquieu que, forzado por la autoridad histórica de
Puffendorf, confiesa que hasta nueve veces fueron los
franceses arrojados de Italia, y las nueve veces por
corrompidos y degenerados, «por la insolencia con que
trataban a casadas y a solteras» ( 2 ), nos atribuye a los
españoles ansias de esclavización. Dice — y lo funda en
el testimouio de un tal López de Gamar— un pájaro de
mal natío— que nuestros conquistadores hacían escla­
vos a los americanos por los más míseros pretextos, co­
mo a unos indios de Santa Marta a quienes declararon
esclavos por haberles encontrado «unas canastas de
cangrejos, langostas y caracoles, y además porque fu-
maban y no tenían barba a la española» (3). ¡Mentira
parece que el sesudo barón haya patrocinado semejan­
tes absurdos, así lo dijeran todos los López de Gamar
que hubiese en el mundo! (4).

(!) Fj.'iprU, «te., I .X » c . IV.


(2) Ib. 1. X ; c. X I-
c¿) i b A . X V , c. III.
(4) Y uu E110 dólu en l'Esprit des lois donde Monlesquieu nod za­
hirió 5 í«mpro que para ello creyó ver ocasión propicia} lo propio hizo
en sus /><?!\tvBS p&t'üd’iXBS donde liablando do nuestra literatura* dijo
que no tendamos más libro bueno que el Quijote. *liil único de sus
libros que es bueno es aquel que pone de manifiesto la ridiculez de
todos los demás*. (Lettre L X X V lI i). Es en esas Cartas Tersas dunde
dice que loa españoles, despreciando a todos los demás, s¿lo a loa
franceses honramos con nuestro odio, y donde hace una acabada
12
De ah) que haya aun historiadores europeos que to­
davía sigan llamando a nuestros conquistadores capi*
taues de bandidos, como llamó Heine a todo un Hernán
Cortés. íQ.'ié razón tiene Ganivet cuando dice de los
demás países que «no comprenden a nuestros conquis­
tadores porque no han podido tenerlos»! (1 ).
¡Atribuir a España ansias de esclavización cuando
Isabel la Católica, tan terminantemente hacía constar
en su testamento que jamás habían sido sus intencio­
nes esclavizar a los pueblos de las Indias, sino subs­
traerlos a la ignorancia y al error y ponerlos en el ca­
mino de la religión y de la verdad, enviándoles para
ello prelados y religiosos! ¡Qué mal conocía Montes-
quieu el espíritu de las leyes de Indias que son un mo­
numento de legislación maternal y de las cuales dijo el
norteamericano Washington Yrving, que merecen toda
clase de respeto y admiración por su humanidad, por su
justicia y por su sabiduría, que las constituyen en altí­
simo honor de España! ¿Qué bien se hace constar en
ellas que la nación no quería la servidumbre, sino la
cuitara y la civilización de los indios! El anliesclavista
Fray Bartolomé de las Casas, a quien llama pomposa·

caricatura de nosotros a propósito de las gafas, penando <jue núes*


tros mayores las usaban por fingirse hombres de letras; pues entre
nosotros, la nariz cargada con unas gafa?, era sin disputa «la nariz
de un aa/bio», Y es en esas «Cartas Persas» donde vincula nuestra
aristocracia en ]a holgazanería, diciendo que el honor L*ntre nosotros
iba siempre unido al reposo de los miembros, pues el que estaba
sentado diez horas al día sin hacer nada, era dos veces más conside­
rado que el que sólo estaba, sentado cinco horas, «porque la nobleza
se adquiere en las sillas·. Si se refiriese a nuestra aristocracia de
ahora, acaso tuviese su tantico de razón, a juzgar pov el Sr. Bethen-
court, que parece conocerla muy bien y que en su discurso de re­
cepción en la Academia Española les da a los aristócratas una arre­
metida más qae regular, que a más de cuatro habrá excandecido, lle­
nándolos de aristocrático furor.
(1) Idear tum ¡ÜHpañol^ p. ü<J.
— 115 —

mente Víctor Hugo «el mayor bienhechor de la huma­


nidad», ¿qué hacía mas que secundar los deseos y los
mandatos de Isabel la Católica?
Y en la forjación de esa leyenda negra, Francia no
ha cesado aán de tejer falsedades y de urdir impos­
turas- Yo, ^ue me hallaba en Cuba cuando los sucesos
de la «semana trágica», me enardecía de indignación al
ver los telegramas y correspondencias que desde Fran­
cia se enviaban a los periódicos de la Perla de las An­
tillas. ¡Cómo se nos ponía todos los días de salvajes y
de monstruos, y no a los causantes de la «semana trá­
gica», que a esos los exornaba con la aureola de víc­
timas, sino a todos los españoles en general!
Acabo de leer un libro reciente de una escritora nor­
teamericana; en el cual so nos hace justicia a los espa­
ñoles; pero que evidencia a maravilla el influjo de la
leyenda negra que nos cantan nuestros galantes veci­
nos. María F. Nixon, así se llama la autora del libro
With a Pesimist in Spain, donde se nos dedican bellas
frases que debemos agradecer y que son una prueba
más de la simpatía de los norteamericanos hacia los
españoles, de que habló en el artículo anterior, se asom­
bra de haber pasado por España y de no haber encon­
trado en nosotros nada de cuanto sobre nosotros ha­
bía leído y oído contar. It is the fashion, dice, to regard
Spaniards as monsters or whited sepulchres or rave­
ning wolves... But we have traveled from Gibraltar to
France, and had nothing but fyiendliness and courtesy .
The country is w o n d e r f u l . I feel an i f my Spaniards
had opened to me as neic a world as Columbus opened
for them . Es moda considerar a los españoles como
monstruos o como sepulcros blanqueados o como lo­
bos devoradores... Pero nosotros hemos viajado desde
G-ibraltar hasta Francia, y no hemos encontrado sino
amabilidad y cortesía. El país es maravilloso... Yo
114 —

Do ah? que haya aún historiadores europeos que to­


davía sigan llamando a nuestros conquistadores capi*
taues de bandidos, como llamó Heine a todo un Hernán
Cortés. ¡Qaé razón tiene Ganivet cuando dice de los
demás; países que «no comprenden a nuestros conquis­
tadores porque no han podido tenerlos»! (1 ).
¡Atribuir a España ansias de esclavización cuando
Isabel la Católica, tan terminantemente hacía constar
en su testamento que jamás habían sido sus intencio­
nes esclavizar a los pueblos de las Indias, sino subs­
traerlos a la ignorancia y al error y ponerlos en el ca­
mino de la religión y de la verdad, enviándoles para
ello prelados y religiosos! ¡Qué mal conocía Montes-
quieu él espíritu de las leyes de Indias que son un mo­
numento de legislación maternal y de las cuales dijo e)
norteamericano Washington Yrving, que merecen toda
clase de respeto y admiración por su humanidad, por su
justicia y por su sabiduría, que las constituyen en altí­
simo honor de España! ¡Qué bien se hace constar en
ellas que la nación no quería la servidumbre, sino la
cultura y la civilización de los indios! El añílesela vista
Eray Bartolomé de las Casas, a quien llama pomposa

caricatura de nosotros a propósito de las gafas. pensando que nues­


tros mayores las usaban por fingirse hombres de letras; pues entre
nosotros, la nari?: cargada con unas ffaí<ws, ora sin disputa, «la nariz
de un sabio». Y es en esas «('artas Persas» donde vincula, nuestra
aristocracia en la holgazanería, diciendo que el honor entrenosotros
iba siempre unido al reposo de los miembros, pues ni que estaba
sentado di*H horas al día sin hacer nada, era dos veces más conside­
rado que el que sólo estaba sentado cinco horas3 aporque la nobleza
se adquiere en las sillas*. Si se refiriese a nuestra aristocracia de
ahora, acaso tuviese su tantico de razón, a juzgar por el Sr. Bethen·
court, que parece conocerla muy bien y que en su discurso de re­
cepción en Ja Academia Española les da a los aristócratas una arre­
metida más que regular, que ainás de cuatro habrá excandecido, lle­
nándolos de aristocrático furor.
(1) Idearímu p. 5U,
- 115 -

mente Víctor Hngo «el mayor bienhechor de la huma^


nidad», ¿qué hacía más que secundar los deseos y los
mandatos de Isabel la Católica?
Y en la forjación de esa leyenda negra, Francia no
ha cesado aún de tejer falsedades y de urdir impos­
turas. Yo, rjne me hallaba en Cuba cuando los sucesos
de la «semana trágica», me enardecía de indignación al
ver los telegramas y correspondencias que desde Fran­
cia se enviaban a los periódicos de la Perla de las An­
tillas. ¡Cómo se nos ponía todos los días de salvajes y
de monstruos, y no a los causantes de la «semana trá­
gica», que a esos los exornaba con la aureola de víc­
timas, sino a todos los españoles en general!
Acabo de leer un libro reciente de una escritora nor­
teamericana, en ol cual se nos hace justicia a los espa­
ñoles; pero que evidencia a maravilla el influjo de la
leyenda negra que nos cantan nuestros galantes veci­
nos. Maria F. Nixon, ¡isí se llama la autora del libro
With a Pesimist in Spain , donde se nos dedican bellas
frases que debemos agradecer y que son una prueba
más de la simpatía de los norteamericanos hacia los
españoles, de que hablé en el artículo anterior, se asom­
bra de haber pasado por España y de no haber encon­
trado en nosotros nada de cuanto sobre nosotros ha­
bía leído y oído contar. It is the fashion, dice, to regard
Spaniards as mounters or -whited sepulchres or rave­
ning wolves ... But u-e have traveled from Gibraltar to
France, and had nothing hut fr iendliness and courtesy.
The country is wonderful... I feel as i f m y Spaniards
had opened to me as new a world as Columbus opened
for them . Es moda considerar a los españoles como
monstruos o como sepulcros blanqueados o como lo­
bos devoradores... Pero nosotros hemos viajado desde
Gibraltar hasta Francia, y no hemos encontrado sino
amabilidad y cortesía. El país es maravilloso... Yo
- J16 -

sentí como si mis españoles me hubiesen puesto ante


los ojos un tan nuevo mundo, como el que Colón les
descubrió.
No, no nos debemos fiar de Francia. Con motivo de
nuestra común intervención en Marruecos a cumplir
la encomienda honrosa que habían confiado a entram­
bas naciones todas las demás firmantes del acta de Al-
geciras, nuestros vecinos han estado continuam ente
pisoteando nuestro amor propio nacional, alardeando
de que hoy son más poderosos y más ricos, y demos­
trando que para ellos no vale nada, ante la dialéctica
acerada de las máquinas de guerra, la dialéctica tam­
bién acerada de la razón.
Si en las conferencias que tuvo con su embajador
nuestro ministro de Estado, el Sr, Marqués de AUiuce-
mas, nos hubieran podido echar una zancadilla que nos
postrase e inutilizase del todo para nuestra acción en
Marruecos, no cabe dudar que nos la hubieran echado*
Como un héroe, dícese que tuvo que luchar nuestro
ministro, para conseguir que nos quedásemos con essa
misérrima parte del norte marroquí —digo misérrima
en comparación de la parte que se adjudicaron ellos,
que es casi íntegro el Imperio del Mogreb— con que
nos permitieron quedarnos, ¡Y eso que nos apadrinaba,
según se decía de público, el embajador inglés, qr.e
asistía de amigable componedor a las conferencias!
¡Digo yo si no tenemos padrino!...
Hoy ya no podemos menos de entendernos con Fran­
cia, pero lo mejor hubiera sido esquivar semejantes
inteligencias. De perlas viene el recordar hoy la frase
de Burke, quien se resistía a que Inglaterra negociase
con Francia* en vísperas de la Revolución francesa,
aduciendo como razón que se trataba de un pueblo de
ateos y que «el ateísmo es no solamente contrario a
nuestra razón,sino también a nuestros instintos,atheisr
— 117 —

me is against not only our reason, but our instincts» (l).


Y en los mismos sentimientos abundaba Pitt, contem­
poráneo de Burke, cuando se atrevía a increpar al
Parlamento inglés por intentar avenirse a negociacio­
nes con Francia, a nation o f atheists (2), una nación de
ateos. Si Pitt y Burke viviesen ¡qué anatemas los que
lanzarían contra ciertas ententes cordiales!
Por todas estas consideraciones se comprenderá lo
desacertado de nuestras entendederas con Francia y
lo poco sesudamente que obraron nuestros gobernan­
tes. No hubiera en contra de la manoseada entente el
abrumador hecho histórico de la persistente deslealbad
francesa, respecto de nuestro pueblo, y aun de ningún
modo debiéramos haber llegado a dicha entente. Hoy
por hoy, de Francia nada nos puede venir de bueno.
Piénsese en lo que nos está viniendo en el orden cul·
tnral. ¡Cuánta hediondez y cuánta pornografía! Fué el
P, Feijóo quien dijo que el estudio de la lengua fran -
cesa era a los españoles más útil que la griega. ¡Oh,
si aquel sabio monje se levantase de la tumba y viese
la inundación de lodo francés que se complacen en ver­
ter al español muchos conocedores de la lengua fran­
cesa, ¡qué avergonzado se volvería a sepultar en ella,
viendo a su patria convertida en una colonia intelec­
tual de Francia!
Y aun es tortas y pan pintado lo que nos viene de
Francia en el ordeu intelectual, comparado con lo que
de ella nos viene en el orden político y en el religioso.
Arrojamos a los franceses en la Guerra de la Indepen­
dencia, pero el francesismo se nos quedó en casa, y el
francesismo— todo él fermento revolucionario— fué

(1) Citado por Taine eu su ¡Ustoire de la liffemfure anylaise, to­


mo III, pá.gina-24H, nota I.
(2) Id.¡ págs. 2ú2 y 253, notas.
— 118 —

lo que engendró aquellas hondas divergencias entre


españoles y españoles que hicieron estallar una impla­
cable guerra civil, primero entre constibucionalistas
y realistas puros, que produjo como natural resultado
el sublevamiento y la independencia de nuestras gran­
des colonias americanas; luego entre liberales y tra-
dicionalistas que trajo consigo la ridicula regencia de
Espartero y la serie de conspiraciones que concluyeron
por derribarle y hacerle abandonar más que a prisa el
suelo de España; después entre moderados y progre­
sistas que nos llevó a las mil y una ridiculeces de la
era de los pronunciamientos, de los ministerios relám­
pagos, del destronamiento de Isabel II, de la vergüen­
za de verse el trono de España rechazado por un
Hohenzollern, de hallarnos en la precisión de suplicarT
que lo aceptase, a Amadeo, y. por fin, de aquella en­
teca y desmedrada republiquilla que duró seis meses
y veintiún días con nada menos que cuatro presiden­
tes, higueras, Pí y Margall, Salmerón y Castelar, y
que después de aumentar en 1403 millones la deuda de
España, se disolvió en deshonroso temblor de sus pro­
hombres a un sólo gesto del general Pavía, que hubo
de repercutir en el corazón de Martínez Campos y en
el grito restaurador de Sagunto.
Y en cuanto al orden religioso casi huelga hablar.
A la influencia francesa es debido todo el anticlerica-
lismo español, Dió el primer chispazo el enciclopedis­
mo que comenzó a fermentar entre los áulicos de Car­
los III, y que, a pesar de la reconocida piedad reli­
giosa del monarca, hubo de oriunfar en la corte y traer
consigo, como fruto de maldición, la expulsión de ios
jesuítas, llevada a cabo de la manera más ruin y men­
tecata. Y dió el chispazo segundo José Bonaparte
cuando por un Real decreto de 1808 disolvía todas las
Ordenes religiosas de España, sembrando el germen de
— 119 —

aquel anticlericalismo agudo que había de inducir a loa


progresistas del año 34 al incendio de conventos y de
iglesias y a aquella inaudita ejecución de religiosos in­
defensos y pacíficos que constituyó lo que llamó Gui-
zot «el pecado de sangre de España», y que no era más
que el prólogo de la nueva extinción de las Congrega­
ciones, y de las leyes de bandidaje de la desamortiza­
ción de Mendizábal, con tanta justicia calificado por
Prim de «político intrigante> embaucador y dilapida­
dor de los intereses públicos»; y a esos chispazos si­
guieron muchísimos otros, que sería pesadísimo enu­
merar, y que aun continúan, pues aun fué ayer, cuando
Dávila, durante el efímero ministerio de López Domín­
guez, nos salió con aquel sectario proyecto de ley de
Asociaciones, que fué lo que principalmente originó la
crisis del «papelito», y que estaba todo él calcado en
AValdec-Rousseau; y ayer fué también cuando nuestro
Gobierno, no sabiendo ya en que zaherir los sentimien­
tos religiosos de esta sufridísima nación española, dis­
curría la manera de suprimir on las escuelas la ense­
ñanza del catecismo. ¡No faltaba más que no lo hiciese
así, habiéndolo ya hecho la cultísima Francia!
Cuando se trató de abrir, en tiempo de Felipe V, una
carretera pirenáica que enlazase a España con Francia,
dícese que el Conde de Gages —y cuenta que había
sido partidario del rey borbónico en la guerra de su­
cesión-exclamó, indignado: «¡Qué, caminos! |Una mu­
ralla inexpugnable es lo que hay que levantar en los
Piriueos!* ¡Oh, qué bien preveía este Conde los innu­
merables males que nos habían de venir por ios cami­
nos de Francia: el enciclopedismo, el maltusianismo,
el ajenjo, la barbarie! ¡La barbarie, sí; que Francia
será un pueblo refinadísimo, civilizadísimo, cultísimo
por sus maneras distinguidas y cautivadoras, por sus
maravillosos progresos en el arte, en la literatura y en
— 120 -

la ciencia; pero es un pueblo bárbaro por su irreli­


gión, por su satanismo, por sus relajadas costumbres!

.v .

Alguien que lea superficialmente las anteriores con­


sideraciones, pensará que su autor es víctima de una
franeofobia aguda. ¡No! Mi malquerencia se restringe
a la Francia exportadora de irreligión y de sicalipsis,
a la Francia de Yoltaire, del filosofismo, de la Revo­
lución, del imperialismo napoleónico y de la República
que apostató de la Francia de Garlo Magno y de San
Luis, de Juana de Arco y de Bayardo, de Fenelón y
de Bossuet, de la Francia genuina y caballeresca que,
aun en estos últimos tiempos lia enriquecido el mundo
del bien, de la verdad y de la belleza, con tantos y tan­
tos genios excelsos como Veuillot y Lacordaire, como
Gounod y Montalembert, como Pasteur y Ozanam.
Para esta cristianísima Francia de las gestas de Dios,
son pocos todos mis más puros y ardientes entusiasmos.
Para esa Francia consciente de que su vivísimo senti­
miento nacional brota todo él, abundoso, del bautismo
de Clodoveo, como de una fuente pura y cristalina de
religión que, a lo largo de la historia, se convierte en
caudaloso río con las gestas gloriosísimas de Cario
Magno, con las cruzadas épicas de Godofredo de Bui-
llón, con la prodigiosa aparición de la Doncella de
Orleans poniendo fin a la guerra de cien años contra
los ingleses, con las bondades sublimes de San Luis,
que trazó con sus hechos públicos y privados la silueta
del perfecto rey, para esa Francia que parecía fungir,
como delegada plenipotenciaria de Dios en la tierra,
serán siempre pálidos los más entusiastas elogios, los
más fervorosos entusiasmos.
La Francia que yo malquiero, la debe malquerer todo
- 121 -

buen francés; pues es la que hace que no sea Francia


el honor y el orgullo de toda la raza latina. La Francia
que yo malquiero es la que desde las alturas del ateís­
mo oficial se empeña en extraviar la conciencia de la
nación, divorciándola de su misión histórica de ser la
abanderada de la civilización 3* de la Iglesia. La Fran­
cia que yo malquiero es la que se ha sentado sobre las
ruinas de todo lo que fué grande y nobilísimo en Fran­
cia para glorificar líricamente los fantásticos benefi
cios aportados a la humanidad por los revolucionarios
franceses» en vez de meditar con arrepentimiento pro­
fundo en los innúmeros males que le acarrearon y en
las monstruosidades canibalescas con que la envile­
cieron. Y esa Francia que yo malquiero, repito, la de*
ben malquerer todos los franceses, porque es la Fran­
cia que tiene a gloria el proclamarse hija legítima
de la Revolución. Mediten sobre ella un poco, y no se
ha menester hacer esa meditación en Carlyle, quien
por haber estudiado a la Revolución, sin prescindir de
sus personales sentimientos puritanos, acaso la juzga
con alguna parcialidad, no viendo en ella más que
satanismo, sino en los mismos magistrales libros fran­
ceses, en un Taine, por ejemplo* que se metió por ella
adentro con su acerada y sabia crítica poniendo al des­
nudo todas sus monstruosidades y todos sus delirios y
ridiculizando el lirismo estulto de los muchos france­
ses que la cantan como un glorioso ensueño frustrado,
que no perseguía otra cosa que la eterna bienandanza
de la humanidad, y se persuadirán de que deben abo­
rrecerla y maldecirla como un aborto satánico que salió
del averno para labrar la ignominia de Francia y ten-
der a labrar también la ignominia de toda la raza
latina.
Porque es Francia, esa Francia revolucionaria la
que bastardea el espíritu latino, amasado todo él de re­
- 122 —

ligión, de cultura y de ideal. Quitarle la religión al es­


píritu latino es lo mismo que quitarle el alma, y eso
es el propósito de la República francesa, o por lo me­
nos a eso se endereza, desde hace ya muchos años,
toda su política interior y exterior. De suerte que
Francia que por su posición geográfica, por sus in­
agotables recursos y —¿por qué no decirlo?— por su
más amplia civilización, debía ser el núcleo de fuerzas
que uniese y virilizase a todos los pueblos de raza la -
tiua, haciendo que el latinismo se llevase, en frente
dol sajonismo, la palma de la victoria en la lucha por
la dirección de la humanidad, es la que los disgrega y
los afemina, sembrando en ellos la discordia.y la ex ­
cisión.
¡Dejara Francia de ser la exportadora de sicalipsis,
de ideas subversivas y de espíritu libertario, volviendo
a merecer el glorioso adjetivo de «cristianísima» con
que la honraron los mismos Vicarios de Cristo, y ella,
quer por los encantos de su suelo, por las maravillas de
su arte, por los esplendores de su literatura y por la
sugestionadora simpatía de su espíritu, ejerce tan arre­
batadora atracción sobre el universo mundo, brindán­
dole como un champaña místico que fascina y embria­
ga, sería —no cabe dudarlo— el regazo fraternal en
que se recostasen amorosamente todas sus hermanas
latinas, ansiosas de ayudarla a realizar otro ciclo de
divinas gestas que reanudasen la leyenda rota de sus
Martelos y de sus Roldanes!
Francia desatendió aquella «longánima y paciente
política de amorosa espectación que guardó para con
ella León X III», y la cual era una instigación tácita,
como dice muy bien Toniolo ( 1 ), «a retornar a aque­
llas nobles iniciativas en pro de la cristiandad y de

(l) O¡'itnt0*‘inue.,i '/ conceptos sociales alenmenzftr el sifjL· X X , p. *228^


— 123 —

las estirpes latinas, de las que fiólo es capaz aquella


magnánima nación». ]Ah, si Francia hubiera seguido
las sapientísimas sugestiones del inmortal Pontífice,
¡cuán briosas y satisfeclian se hubiesen puesto a su
lado todas sus hermanas latinas, no para lanzarse en
guerra contra los pueblos germanos, que de guerra no
será nunca sugestiouadora la política del Pontificado,
sino para armonizarse con ellos y trabajar todos con­
juntamente por el progreso de la civilización y por la
dicha de la humanidad!
Una anfictionía latina, a modo de las griegas, en la
cual se estudiasen los intereses generales de los países
latinos y la manera de conseguir que fuesen siempre,
como lo han sido, hasta poco ha, los más fuertes y p o­
derosos, y desde luego los primeros en la difusión de la
cultura y del progreso por el universo mundo, he ahí
lo que hubiera sido una empresa digna áe Francia, y lo
que hubiera asegurado para siempre la hegemonía de
la raza latina, especialmente si se procuraba que los
anfictiones fuesen los hombres más probos y sabios de
unas y otras naciones.
Francia con el decidido apoyo de sus hermanas latí*
ñas y con la efusiva cordialidad del Pontificado, hu­
biera robustecido más y más la amistad de Roma y de
Berlín sugiriendo a los Hohenzollern el romper de una
vez con las espurias tradiciones luteranas de mirar con
ojeriza a los países latinos y a la Iglesia; hubiera ace­
lerado la vuelta de la Isla de los Santos al redil del
catolicismo, de lo cual se vienen advirtiendo cada día
más visibles y consoladores síntomas en los horizontes
de la política británica, que está ya muy lejos de ser
ni reflejo siquiera de la de Enrique VIII, «el despo­
tismo personificado», como le llamó Lord Mucaulay;
hubiera, dadas sus buenas relaciones con la autócrata
Rusia, contribuido a que en el viejo imperio de los
- 1-24 —

■zares no prosiguiese el régimen teocrático-despótico


que abruma a los pueblos eslavos, manteniéndolos en
uua barbarie cismática que pugna con nuestro tiempo;
acaso hubiera hecho caer para siempre los muros de
broncínea oposición que surgen brumosos entre los
pueblos eslavos y los germanos y latinos, y sentirse
una a Europa para que con la conciencia de su unidad
y de la solidaridad de m historia, jamás se dejase
arrebatar por ninguna otra parte del mundo el cetro
imperial que hasta ahora le-ha confiado el Altísimo so­
bre la tierra; y ¿quién sabe? acaso hubiera llegado a
poner a la Iglesia como poder moderador délas di­
versas naciones civilizadas, en la cumbre de la política
internacional, a guisa de areópago divino que diri­
miese y arreglase todas las complicaciones que pudie*
ran surgir entre cancillerías y cancillerías, dándose
de una vez con el único poder de suficiente garantía
moral para actuar de árbitro en todos los pleitos inter­
nacionales, facilitando a las grandes potencias el po­
sitivo desarme por que taufco suspiran, y haciendo im­
perar una paz positiva en el mundo. Porque —desen­
gáñense todos los grandes pacifistas—la paz no reinará
en la tierra de una manera estable mientras los Esta­
dos, persuadiéndose del respeto profundo que se me­
rece cada uno de los individuos sencillamente por ser
hombres, no creen un tribunal internacional que pre­
sida quien únicamente lo puede presidir con garantías
de perfecto desapasionamiento y de perfecta imparcia­
lidad —el Vicario de Cristo en la tierra—, y mientras a
las órdenes de ese tribunal excelso, no haya un ejér­
cito también internacional, sostenido proporcional­
mente por las diversas naciones, que haga ejecutar los
veredictos que el tribunal diese en los diversos conflic­
tos internacionales que pudiesen surgir.
Y entonces ¡qué gloria la de Francia con haber sido
y continuar siendo la abanderada de la Iglesia y del es-
píritu latino en reconquistas espirituales y morales que
alejarían indefinidamente la posibilidad de toda guerra
europea y harían sonreír de paz y de progreso al mun­
do! Esas, esas serían las grandes y legítimas glorias
de Francia, Por ellas tornaría a entrar en el pleno dis­
frute de sus gloriosos títulos de cristianísima y de pri­
mogénita de la Iglesia, y volvería a ser bendecida por
Dios y por los hombres.
Pero Francia lo ha postergado todo al honroso bla­
són de volteriana, jacobina y atea, empleada ridicula­
mente on andar a caza del nombre de Dios por los li­
bros de texto para suplantarle con cualquiera pam­
plina» A ser el brazo secular del catolicismo y hacer
llegar a todas partes los resplandores déla civilización
cristiana, prefirió renunciar a su peculiar gloriosísima
misión histórica y divorciarse por completo de sus es­
tupendos providenciales destinos. Una vez y otra vez
la ha castigado Dios para que vuelva sobre sí y *<e
oriente de nuevo en conformidad con esos sus destinos
providenciales y con esa alta misión histórica: cuando
la Revolución y cuando la guerra franco-prusiana con
su natural aborto de la Comunne; y una y otra vez ha
resistido al divino llamamiento. Dios es grande,porque
es paciente, y es paciente porque es eterno, y es de es­
perar en la eficacia de este otro llamamiento — por lo
menos ya en Francia se reza y se va a misa muy devo­
tamente— que quizás haya do ser el más vergonzoso de
todos, porque acaso la pesada planta germánica se
haya de posar más aplastante que nunca sobre la gala
cerviz. Y ¡ay si ahora no vuelve sobre sí y se recon­
cilia consigo misma y con su D ios!. . .
Francia hace ya mucho tiempo que está provocando
la cólera divina, y el día menos pensado se va a encon­
trar, poco más o menos, como nosotros a raíz de núes-'
— 126 —

tra última catástrofe. Sn alianza con Rusia le ha de


valer muy poco, y además, como reconoce el propio
Costa (1), la alianza esa «pende de un cabello»* Grerma-
nia1 cada día más progresista y más poderosa, se sien­
te, por boca del Kaiser, el brazo derecho de Dios para
castigar a las naciones descreídas.
—¿Que está bien armada y sabrá hallar la salvación
en sí propia? Ya se está viendo. Y eso que no sucedió
lo que era de temer, a juzgar por estos dos datos que
voy a citar, absolutamente frustráneos de toda espe­
ranza risueña, M. Félix Martel, Inspector general de
primera enseñanza en 19C0, acusaba de salvaje la his*
toria de sus mayores, diciéudoles toxtualmente a los
maestros franceses en una alocución enderezada a com­
batir el espíritu militarista: «ya ha pasado el tiempo
en que la escuela podía celebrar el valor guerrero: es
hora de que cese esa educación de salvajes??. ¡Hasta
nuestro Sr. Altamira queda a cien codos de altura so­
bre este Sr. Félix Martel!
Y ved el segundo: en el año lí)05, las *Juventudes
Laicas» de la nación vecina celebraron un Congreso en
Tours para poner a votación la doctrina antimilitarista
de Hervé, de si se había de aprobar, o no, «la deser­
ción frente al enemigo». ¡Y por dos mil cionto cinco

ll) Escribo *el propio Costa», porque este insigue hombre abri­
gaba tíu Francia anas esperanzas vivísimas para la resurrección es­
pañola, Su pensamiento llegaba a la perturbación cuando escribía
que ya sólo da Francia podemos esperar «consuelo y avada*; que la
«política de Kspaña. enn Francia más bien ha de ser tratada como in­
terior que como exterior*; y c.uando estampaba estas frases qu<> no
só qué daba porque no se hubiesen escrito cu aquel su mensaje-
programa de hispana reconstitución: -ahora principia a ser una
verdad que ya no hay Pirineos: [lástima no hubiese principiado a
serlo hace noventa aüos>. Atribuyo a ¿o]o Costa la paternidad de es­
tas frases, porque aunque otros varios firman con 61 dicho mensaje,
se advierte siempre en su? páginas l*1 estilo de aquel genio que pare­
cía escribir a zarpazos «le león.
— 127 -

votos contra rail novecientos cincuenta ysiete fue apro­


bada la deserción por la juventud francesa. Después
de este patriótico ardor juvenil, ¿qué confianza puede
tener Francia en sí misma? (1)
—¿Que está cordialmente aliada con Inglaterra? Es
demasiado sabido lo que ha hecho Inglaterra siempre
de su política diplomática en los trances difíciles: apro
vicharse bien de las enturbiadas internacionales.
—¿Que también se entiende con la España de Don
Quijoto que ha sabido sacrificarse siempre por ella,
cuando a ella ha estado ligada por pactos y alianzas?
Es verdad. Pero Francia, al despojarnos de lo que
nos correspondía en torritorio marroquí, en virtud de
antiguos Tratados, desconoció sus propios intereses.
La resurrección española sería la salvación de Francia.
Las fatalidades históricas de raza y de sangre que a
ella nos unen; los mismos vínculos ideales de pensa­
miento y de espíritu que valen tanto o más que I03 de
la sangre y los de la raza, nos fuerzan casi inelucta-

(1) Ag&thou, un joven fraueós, lleno de entusiasmos y de amores


par mi patria, publicó en !I)18 un hernioso libro, [A>syu*n\s yutis d* a\tr
joitrd' hn!, ^l\iris,) on que nos asegura que el agónico patriotismo
francés ha entrado en franco período de convalerencia. ¡Ojalá que
el brioso joven quo maneja tau esperan /.adora pluma no se cqu¡~
vgquc. v qu~ Francia torne a wer Praueiaí Mucho tiempo después
do la apnríftió 1 de este Jibro publicó Alfonso Séché este otro: Le
Démvroi de la consciente fi'an<¿aÍM,GU que. refirióudose a las encuestas
acerca del pensar y sentir ele la juventud, que tan de moda estiv
vieron eu Francia —uim de esas encuestas es el Jibro de Agathou— .
nos dice que rada encuesuidor encontraba siempre una juventud
cuyas tend^niáas eran precisamente las suyas, y aíirma (púg. 3) que
eso precisa mentó le hubia sucedido a Agathon.
No son esas larf mejores encuestas, como dice m uy bien Sirthi?. sino
las que se hacen observando, interrogando, leyendo periódicos y
revistas, estudiando libros y hechos y consultando a los que están
capacitados pava h a b la re n nom bre de todos los de su cla^o, esto es
aglomerando positivos docum entos para poder ju zgar. A sí es com o
él escribió su contundente libro, desgarrador para todo francés h on ­
rado y consciente que sepa am ar a s i l patria.
— 128 —

blemente a sufrir si Francia sufre, a llorar si Francia


llora. Y España fuerte, España poderosa, España resu­
citada, en un caso de hundimiento nacional, como el
que amenaza a nuestros vecinos, no los dejaría jamás,
a serle posible, sin una ayuda franca y decidida; que no
porque ella nos haya contemplado, impasible, en las
garras de los Estados Unidos, la dejaríamos nosotros,
valiendo y pesando algo, en las garras de los Estados
germánicos.
Por vil № epilogo a nieslra “sítente., too Francia.

Por cuanto dije en mis artículos anteriores, se com­


prenderá lo patriótico y castizo de la labor de esos mo­
dernos afrancesados que para obstruir nuestra campa­
ña de Melilla, no han titubeado en ir hasta la misma
«semana trágica*. Se incendia uno de rubor al pensar
en el espectáculo que entonces dimos y que proseguí*
mos dando; ya que después de la «semana trágica»
vino la de Cullera, y que conspicuos embajadores de
la calumnia se fueron a París a acusarnos villana­
mente de que habíamos resucitado el procedimiento de
las torturas salvajes como medio jurídico de enjuicia­
miento criminal, retrogradando a los tiempos de hierro
de las Inquisiciones europeas y empañando con un ana­
cronismo bochornoso las niveas páginas de la moderna
civilización.
Mientras los franceses se iban poco a poco enseño-
reando de MarruecoSj nosotros seguíamos entregados
a las bizarras luchas intestinas. Socialistas y republi­
canos celebraban asambleas contra nuestros derechos
históricos y geográficos sobre el Mogreb, y amenaza­
ban con algaradas populares poniendo de relieve nues­
tra clásica valentía cuando combatimos unos con otros.
\Y qué lejos estaban nuestros socialistas de Barcelona
- 130 -

al inspirar a los soldados el ahembrado sentimiento de


arrojar el fusil, de sentir como sienten los socialistas
de Alemania, que por boca de Vollmar, el más signifi­
cado de ellos entonces, después de Bébel, acababa de
decir estas frases que habría que mandar aprender de
memoria a Pablo Iglesias: «Cuando se trate de defen­
der a la Patria, los socialistas serán los mejores solda­
dos del ejército alemán». ¡Nuestros Vollmar les prome·
tían a los sencillos soldados una Arcadia enajenadora,
deslumbrándolos con frases representativas de quime­
ras y de espejismos, y lo que hicieron fue llenar de
luto muflios hogares, entristeciéndolos más de lo que
estaban y azuzando las dolencias de sus moradores,
derramando en ellas ácido corrosivo, ¡Vaya una mane­
ra de aliviar las heridas sociales poniéndolas en car­
ne viva!
En España hay que resguardarse como de nuestro
ma3*or enemigo del agiotismo sin entrañas de unos
cuantos vividores que, amén de hacer ignominiosa
granjeria con el sudor de los obreros, como el capita­
lismo sin corazón, comercia con su sencillez y su igno­
rancia, presentándoles utopías imposibles como fácil­
mente hacederas, y alucinándolos con fraternidades
que resultan traiciones y con besos y abrazos univer­
sales que no son más que besos y abrazos de Judas.
Los lerrouxistas sin conciencia les hablaban de todas
esas cosas a los infelices obreros que realizaron esa
vergüenza nacional que se llama la «semanatrágica».
Sí, vergüenza nacional no sólo por las hazañas berebe­
res de Barcelona, en las cuales tan admirablemente se
comprobó el dicho de Taine, de «que en los hombres
perversos revive de vez en cuando le gorile feroce et
lubrique* y sino también por el crimen de lesa Patria
que significaba toda aquella predicación de la impo-
pularidad de la guerra con Marruecos, haciéndola es-
- 131 —

tallar con caracteres brutales dentro de la Patria.


¡Como si fuera más humano combatirse y matarse los
de dentro de casa, unos con otros, que juntos todos ir
a luchar contra nuestros tradicionales enemigos!
Lerronx y su gente y los hombres de gobierno que
so escondían para que no se les viese la mano, y que
sonreían mefistofélicamente, tienen que añadir esa
brillante página a sus altos hechos de patriotismo:
tratar de aherrojar de pies y manos a nuestra nación
para que otra, que casi siempre fue nuestra cordial
enemiga, se aprovechase de nuestras discordias y se
engrandeciese allende el Estrecho, imposibilitando
para ol día de mañana el cumplimiento de los destinos
providenciales de nuestra raza, de nuestra geografía y
Je nuestra historia.
Pasarán cien años y el hedor pestilencial de ese he­
dió no se habrá aún desvanecido en la atmósfera, y
aquel hedor constituirá un vilipendio para la España
de entonces, porque la «semana trágica» no fue y es
sólo un deshonor para los lerrouxistas del Paralelo,
sino también para todos los españoles. En la antigüe­
dad decir «cretense» significaba lo mismo que decir
gran patriota; de aquí en adelante, entre nosotros d e­
cir «lerrouxista» significará lo mismo que decir trai­
dor a la Patria.
¡Y que aun haya españoles que osen celebrar el ani­
versario de aquella trágica semana como el de un acon­
tecimiento glorioso; y que aun ha.ya, periodistas que
se empeñen en glorificar el nombre de Ferrer como el
de un mártir del progreso y de la cultura, inmolado en
¿ras del fanatismo y de la superstición!
Acreedor se ha hecho el Sr. Luca de Tena a un fer­
voroso homenaje de la opinión sana española— home­
naje que aun está por efectuar, si es que no se con­
sidera tal el buen éxito creciente de su periódico
- 132 —

A B C— luchando tan aguerrida y caballerosamente


como luchó, en España y fuera de España, por el es­
clarecimiento de la cuestión Ferrer, El eminente pe­
riodista, generoso y patriota, sintióse herido en sus
nobilísimos sentimientos, ante las turbas embaucadas·
y acaudilladas por el fundador de la Escuela Moderna,
y cogiendo su pluma y poseyéndose de admirable es­
píritu de justicia, demostró una vez y otra, la enor­
midad de aquellos crímenes? haciendo destacarse en
toda su ruindad la figura moral de aquel seudo-peda-
gogo, para quien no existían más pedagogía ni más
enseñanza que «la bomba y el veneno».
Recuérdese la polémica que sostuvo con el Sr. Cas-
trovido, director de El País. Paciencia, mucha pacien­
cia y mucha serenidad tendría que almacenar el señor
Luca de Tena para mantenerse tan ecuánime como se
mantuvo ante las ideas y los sentimientos del señor
Castrovido, que defendía la licitud de los asaltos san­
grientos a los monasterios, y gloriándose de que como
él pensaba el gran poeta Gabriel Alomar, el vencido
por mi buen amigo el culto Sr. Garriga en unas opo­
siciones a la cátedra de literatura del Instituto de Bar­
celona, oposiciones en que, como se le mandase ana­
lizar los primeros versos de la oda famosa de Herrera
a la Victoria de Lepanto, pretendió, ante el tribunal,
defender que en la frase «Cantemos al Señor, «al Se­
ñor» [era un dativo!,,.
¡Oh, la cacareada alma buena del Sr. Alomar! ¡Tan
buena que se atrevió a decir un día en la casa del Re'
nacimiento —y ahí está Ricardo León que se hallaba
presente y supo protestar como debía— que le irritaba
la glorificación que se hacía de Menéndez Palay o, de
Maura y de Rodríguez Marínt y que quisiera tenerlos
a su vera y reducidos a un grano de simiente, para te­
ner el gusto de hollarlos con ^u planta!...
- 133 -

He dicho que «lerrouxista» significará, de aquí en


adelante, traidor a la patria, y no hay atenuación po­
sible para ese calificativo; los que incitaban a los sol­
dados barceloneses a no ir adonde la disciplina mili­
tar les ordenaba, adondo la Patria los había menester,
fueron sin duda ninguna unos malvados, con la mal­
dad de lo espurio y de lo perverso, ya que no se puede
suponer gañanía de no saber medir las desastrosas
consecuencias que nos podía acarrear campaña tan
antipatriótica, dándose como se daban tanto aire de
intelectualidad.
Las fuerzas vivas de la nación hay que harmonizar­
las y enderezarlas hacia el mismo fin, con objeto de
que conduzcan a la Patria risueña y triunfadora, ha­
cia las alturas del ideal. Promover una discordia, una
guerra civil entre ellas, en mitad de la cumbre, ha­
ciendo que cada uno tire por su lado, equivale a des­
garrarla en jirones o a dejarla rodar, precipicio aba­
jo, como la famosa campana del fundidor de Haupt-
mann en U ie versunkene GlocTce.
En casos como éste de nuestra intervención en Ma­
rruecos, los españoles todos no debemos tener más
que un corazón y un alma. Y, sin embargo, es cuando
mejor se ponen de manifiesto nuestras pequeñeces y
nuestros odios. Diríase que el odio nos había dividido
como a uno de esos animalejos vermiformes, cuyas
partes separadas se retuercen en convulsiones inútiles,
hasta que sobrevienen la paralización y la muerte,
Yo me entristezco de veras cuando, a la vista de
osas menguadas divisiones, me pongo a pensar en el
hispano porvenir. Porque si es verdad, como lo es,
que el porvenir de un pueblo está incubado de algún
modo en lo presente, como lo presente no es más que
un fruto incubado en lo pretérito, al ver la pequeñez
y la ruindad actuales, temo que nuestro porvenir haya
— 134 —

de ser una ignominia y una vergüenza. Nosotros es­


tamos recogiendo los frutos de maldición sembrados
en uq siglo de revueltas constitucionales y anticonsti­
tucionales, en una centuria de encarnizada guerra ci­
vil. Y, dadas nuestras actuales siembras y nuestras
actuales labores, no sé qué fruto irán a recoger los
españoles de mañana.,.
En el capítulo IX de su Apocalipsis nos habla el
Aguila de Patmos de un pozo del abismo, de donde
sale una humareda espesa que se levanta y obscurece
al sol e inficiona al aire. Pues bien, diríase que ese
pozo del abismo tenía ahora en España un enorme
respiradero por el cual está saliendo en la actualidad,
y desde harto tiempo ha, una humareda espesa que
asciende y todo lo inficiona y todo lo anubla. La luz,
la clara luz que ilumina las inteligencias y las impele
a andar por los senderos del bien y de la justicia, pa­
rece que se ha obscurecido lo mismo en las altas cum­
bres que en los hondos valles.
Se está viendo al socialismo y al anarquismo ir to*
mando posiciones entre las masas para dar el golpe
decisivo a todo linaje d© seculares instituciones, y no
se advierte una idea enérgica ni un espíritu aguerrido,
ni entre los directores de la opinión sana, ni entre los
que tienen en sus manos las riendas del gobierno. Has­
ta las masas liberales van siendo absorbidas por el ra­
dicalismo, viéndose a todo tender hacia fusiones o coa-
liciones que se impongan por el derecho de la fuerza,
y ni las clases conservadoras han dado un paso para
fundirse con las derechas, ni las derechas hacen nada
que tienda a la coalición con las clases conservadoras.
El famoso consejo de Gouday a Luis X V , « laissez
faire¡ laissez passer, le monde va de lid méme¡ dejad
hacer, dejad pasar, que el mundo marcha por sí pro­
pio», y que fué lo que hizo marchar a Francia al sata­
— 135 —

nismo de la Revolución, parece ser el pensamiento ca­


pital de nuestra política interior, desde hace ya unos
cuantos años. A todos los canallas se les deja hacer;
todo se deja pasar impune: la «semana trágica», lo de
Cullera, la predicación del atentado personal en pleno
Parlamento...
Durante toda la Edad Media parecía ser el ideal ju­
rídico de los españoles el llevarse una carta foral en
el bolsillo con un solo artículo redactado en estos tér­
minos breves, claros y contundentes: «este español
está autorizado para hacer lo que le dé la gana» ( 1 )*
Este aserto de Ganivet acaso sea una exageración apli­
cado a los españoles medioevales, no obstante el pru­
rito de pueblos y ciudades por tener sus especiales
fueros, que eran otros tantos barrenamientos de la ley
general; pero es lo cierto que esa carta foral la disfru­
tan hoy bastantes españoles. Aparte de los senadores
y los diputados que van por todas partes protegidos
por su inmunidad parlamentaria, todos los demago­
gos y revolucionarios disfrutan hoy esa carta foral. Se
cometen tropelías, se ejocutan atrocidades sangrien­
tas, y hay mucho aparato de encarcelación y de su­
mario, y acaso de condena; pero viene el indulto o
la amnistía, y... vuelta a las andadas.
Hacia dónde vamos por osos caminos, sólo Dios lo
sabe. Pero al ver lo que entre nosotros está pasando a
ciencia y paciencia de quienes deberían ayudar, por lo
menos, a poner remedio, acude a la memoria el si­
guiente parrafito de Bossuet, que vale por un capí­
tulo de filosofía de la historia: «Cuando los príncipes,
desdeñando conocer sus asuntos y sus ejércitos, no
dándose más que a la caza, como dijo el .historiador,
no se glorían más que del lujo, ni tienen ingenio sino

1 Ideariitm Kspailol^ jj. 04.


( )
— 136 -

para inventar placeres; o cuando llevados de su genio


violento, no guardan las leyes ni las conveniencias so­
ciales, y disipan el respeto y el temor a los hombres,
haciendo que los males que sufren les parezcan más
iusufribles que los que prevén, entonces o la licencia
desmedida o la paciencia agotada, amenazan terrible­
mente las dinastías» ( 1 ).
Como comentario a este párrafo del gran orador,
pronunciado ante reyes y en la casa de Dios, yo sólo
diré que ya ha habido periódicos, y muy monárquicos
por cierto, que han recordado la frase de Balmes, que
suena así: «ha}' en la historia de las naciones épocas
desgraciadas en que es preciso ser muy monárquico
para no dejar de serlo.» Cuando la retirada de Mau­
ra, por el sórdido contubernio en que venía viviendo
el partido liberal con los enemigos del régimen, no
faltaron personas muy monárquicas, y aun muy meti­
das en religión, que prorrumpieron en frases subver­
sivas,.. Sépanlo los que están en el deber de guiar por
rectos caminos las inspiraciones del poder moderador,
gracias al alto puesto a que se han encaramado, más
por el aupamiento de las zancadillas triunfantes, que
por los sufragios de la opinión pública. Mejor que
nunca viene aquí de perlas el recuerdo de aquella ley
de las Partidas, en que se condena como traidores a la
Patria a los que no impiden al rey hacer cosa que re­
dunde en menoscabo de sí mismo, o «en daño grave de
su reino», pudiendo y debiendo impedírselo, por con­
sejo, «mostrándole e diciéndole razones porque lo non
deba facer», o por obra, «buscando carreras porque
gelo fagan aborrescer e dexar, de guisa que non ven­
ga a acabamiento».
En vez de hablar ese enérgico lenguaje de las Par-

(1) Orcdson funéln'G de JT&nrrieite de Fra-nce·


- 137 -

tidas del Rey Sabio, entre nosotros la degeneración


espiritual es tanta, sobre todo en ciertos desmedrados
políticos, que la adulación servil y rastrera, babosean­
do como un molusco por los labios de no se quién, en
una asamblea conservadora, llegó a comparar a nues­
tro Rey con el mismísimo Napoleón. Yo estoy seguro
de que si el joven Monarca, juicioso y culto como es,
se hubiese encontrado presente, no hubiera dejado de
exclamar, por io menos para sus adentros, parodiando
a Zarathustra: «;Asco! ¡Asco! [Asco!»
Sin querer se acuerda uno de aquellos oradorzuelos
aduladores de la decadencia del imperio romano, que
para ponderar a Maxiiniano, colega de Diocleciano en
el imperio, pareciéndoles muy poca cosa compararle
t'Ou Alejandro Magno, le comparaban con el propio
Hércules. ¡Si al menos el oradorzuelo de la asamblea
conservadora de Madrid hubiera mostrado algún inge­
nio, como aquel Pacato, que para ensalzar a Teodosio
—y este Emperador sí que lo merecía— dccía que Es­
paña, engendrando a un tal Príncipe, había eclipsado
a Delosj cuna de Apolo, y a Creta, patria de Júpiter!
Todos los ruines aduladores monárquicos harían
muy bien en meditar un poquito aquellas sabias sen­
tencias del filósofo de Vich, desenterradas muy opor­
tunamente por mi querido amigo el insigne canónigo
Arboleya y Martínez: «El escritor que desea defender
con buen éxito la monarquía, es preciso que tenga la
imparcialidad y la entereza necesarias para decir la
verdad a la monarquía misma.» «El espíritu monár­
quico nosotros lo creemos compatible con el derecho
de decir a los Príncipes toda la verdad y siempre» ( 1 ),
así, subrayando esas palabras como las subraya su in­
mortal autor.
(1) Véase el interesantísimo folleto del Sr. Arboleya: ¿Jaimes
periodista {Enseñanzas y ejemplos), p. 18.
XI

La cuestión casi única en (spana.

O fortimaioa nhnium..........
Agrícolas/.............................. »,

En España se han escrito en estos últimos tiempos


centenares y centenares de libros de agricultura. El
viejo gaditano Lucio Junio Moderado Columela puede
darse por muy satisfecho: cuenta entre sus compatrio­
tas una pléyade inmensa de discípulos. Con la nutrida
biblioteca de re rústica que vamos formando podría­
mos llevarnos la áurea medalla de honor en cualquier
exposición agrícola internacional. Y, sin embargo, es
forzoso el confesar que vegeta en espantoso atraso
nuestra agricultura, y que constituye ese lamentable
atraso una de las causas más eficientes de nuestro de­
caimiento y de nuestra pobreza. ¿A qué podrá ser de­
bido ese atraso de nuestra agricultura, teniendo como
tenemos tanto lujo de teorizantes agrícolas?
Marvaud, un insigne publicista francés, que ha pu­
blicado ya dos libros sobre cosas de España, muy pró­
digamente documentados, bien que con una documen-
- 18 'J -

tación muy parcialT muy de la izquierda ( 1 ), y que


manifiesta un verdadero interés por el reflorecimiento
y por la resurrección de nuestra patria, achaca prin­
cipalmente el atraso de nuestra agricultura a dos de­
presivos factores: la esterilidad nativa del terruño, del
cual dice que, salvas pequeñas regiones, es casi abso­
lutamente pobre e infructífero, y la indolencia ingé­
nita de nuestra raza, inclinada por su fisiología al em*
perezamiento y al reposo.
A mí tan absurdo me parece el atribuir nuestro la­
mentable atraso agrícola a la pobreza del terruño
— ¡cómo prospera y florece la agricultura en Alema-
nia, cuyo terreno es mucho más ingrato y bravio que
el español!— , como a la pobreza y a la indolencia
que se dicen tradicionales en nuestro país.
En primer lugar yo no creo en esa nativa esterili­
dad de nuestra tierra. Marvaud que, fundándose en
autores como Alfcamira que parece haber enderezado
toda su critica histórica a denigrarnos y a envilecer­
nos, asegura que es una fábula la rica fertilidad de
nuestro suelo que tanto ponderaron historiadores an­
tiguos (2 ), debía de saber que las tierras castellanas
—las hoy más tildadas de estériles— florecieron en
otros tiempos por sus ricos granos y por sus excelen­
tes vinos. La esterilidad actual no procede de la misma
tierra, a pesar de estar trabajada, sino de la carencia
de agua, originada por la tala salvaje de los antiguos

(1) Baste como prueba, el que afirme muy redondamente que Car­
los III {L ’Espagne au X X e. siéchj p. 2*2) es el rey más grande de Es­
paña, Indudablemente que España adelantó mucho entonces; que se
fomentó el culto de las artes y de las ciencias; que se hizo algo por
la agricultura y por la industria; que la población aumentó de siete
a once millones de habitantes; ¡pero de ahí a ser el rey más grande
que ha tenido España! ¡Que poco ha estudiado Marvaud a los Reyes
Católicos!
(2) Ib., 286.
- 140 -

bosques, que cubrían de espesura los montes castella­


nos. Cuando los montes castellanos reverdecían a lo
lejos, tupidos y frondosos, regularizaban las lluvias y
hacían fértiles las tierras castellanas.
Respecto de la pereza y de la indolencia de los
españoles tampoco pienso como Marvaud, Convengo
en que por algunas regiones andaluzas son uu hecho ,
por desgracia, esa pereza y esa indolencia* Pero pre­
cisamente en Castilla — la región que más se tilda de
pobre— $on esas cualidades completamente fantásti­
cas. Quien haya pasado algunos días en Castilla, y es­
pecialmente en Castilla la Vieja —la más tildada de
pobre — se habrá persuadido de que el castellano es
trabajador y de que no tiene nada de perezoso ni de
indolente.
No, no se puede atribuir el atraso de nuestra agri­
cultura, a la pereza y a la indolencia dol pueblo caste­
llano. Dígase que, a pesar de nuestros innúmeros Co-
lumelas, está muy atrasado en la ciencia agrícola; que
sigue trabajando rutinariamente con instrumentos de
labranza prehistóricos — en lo cual no cabe al pueblo
castellano toda la culpa; que a alguien ha de incum­
bir el educarle e instruirle—, y entonces se dirá una
gran verdad que no tiene vuelta de hoja. Hablar de
pereza castellana y querer explicarla por cualidades
étnicas y climatológicas, eso sí que es fábula y pura
leyenda.
La ignorancia de nuestros labradores, he ahí una de
las causas eficientes del atraso do nuestra agricultura.
Si no se empleasen tan rutinarios modos de cultivo y
se enseñase al labriego a trabajar y abonar debida­
mente la tierra, a buen seguro que en vez de producir
una hectárea sólo de diez a once hectolitros de trigo,
produciría, como en Francia, de quince a veinte, y
que en vez de tener que importar el trigo por millones
- 141 -

y millones de pesetas, podríamos nosotros exportarlo


en muy considerable cantidad. Pero en el fomento de
la cultura popular labriega ha pensado siempre muy
poco nuestra política, que no acaba de persuadirse de
que la regeneración española en que se ocupan tantos
pensadores y que inspira tan macizos libros, no será
un hecho en tanto no se eleve la cultura general de los
moradores de los campos. Cuando nuestros labriegos
hayan sacudido la costra de ignorancia que hoy los
hace pesados y torpes, como las tortugas, entonces
vendrá el consiguiente reflorecimiento agrícola que
traerá consigo el económico, indispensable para llevar
a cabo grandes y generosas empresas.
Siendo como os España un país esencialmente agi’í-
cola, y constituyendo la agricultura, según las decla­
raciones de los técnicos, la riqueza principal de la na­
ción, no se explica uno la incuria de nuestros Gobier­
nos, lo poco o nada que hacen por desbravar y civi­
lizar a los hijos del campo, capacitándolos para com­
prender lo rutinario de su labranza y de su cultivo de
la tierra. Es necesario insistir una vez y otra en la ne­
cesidad imprescindible de cultura en la gente del cam­
po, Si se necesita de verdaderas luchas para concluir
con su rutina y con su ignorancia, líbrense esas lu­
chas. A los labriegos hay que hacerles ver las cosas.
Cuando ellos vean que el uso de los abonos químicos y
de las modernas máquinas agrícolas hacen dar a la tie­
rra excelentes rendimientos, entrarán por esas máqui­
nas y por esos abonos. El Gobierno, que tanto aprieta
con sus impuestos a los pobres labradores, debía fun­
dar por todas partes granjas agrícolas, que tuviesen su
presupuesto anual para comprar abonos y máquinas
con que acudir en socorro de los lugares pobres que no
pudiesen comprárselos. Es lo que decía Vollmar que se
había de hacer en el futuro estado socialista con los
- 342 -

labriegos pobres, y es lo que debían hacer ahora los


Gobiernos, aunque no fuese más que para ir desar­
mando al socialismo.
Así el labriego pobre recobraría el amor a la tierra
que ya ha perdido casi del todo, a juzgar por lo mucho
que va decreciendo la gente que se dedica a la vida
agrícola y por la enormidad de terreno que se queda
todos los años sin cultivo. En tanto que en Francia,
antes de estallar la actual guerra europea, había una
mitad de la población dedicada a la agricultura, en
España, según datos oficiales, sólo hay una cuarta
parte, esto es, unos cinco millones de habitantes, y esa
cuarta parte va de año en año decreciendo. Be ahí
que, en tanto que en Francia sólo quedaba sin cul­
tivo un 9 por 100 de la tierra, quede en España un
48 por 1.00, casi la mitad del territorio,
Pero aun no bastaría, para el progreso de nuestra
agricultura, el hacer al hijo del camps conocedor de
los nuevos métodos de cultivo, de los nuevos fertili­
zantes abonos, y de las nuevas potentes máquinas agrí­
colas. Todo es urgentísimo, pero urge con la misma
intensidad el poner a la tierra en condiciones de no
morirse de sed, por medio de canalizaciones de ríos y
de construcción de pantanos que puedan suministrar
el riego suficiente para refrigerarla y humedecerla, a
despecho de todos los calores y de todas las sequías.
Da pena el tender la mirada por ciertos yermos cen­
trales, no lejanos de ríos perfectamente susceptibles
de ser sangrados por medio de albuheras y de azudes
que pudieran calmarle la sed al terruño yermo y ha­
cerle destacarse a las miradas contempladoras en fe­
cundas tierras paniegas y en fértiles hazas sembradi-
zas. ¿Por qué esas descuidadas tierras no habían de
gozar de suficiente riego que las convirtiera en regazo
amoroso donde las semillas que se les confiasen pudie­
- 143 -

sen germinar y llegar a espléndida granazón, dejando


do brindar a los espíritus la triste impresión sahárica
que melancoliza y entristece?
Una sabia política hidráulica que no se asemejase
a la del Sr. Grasset, de puro reclamo electorero y que
no ha servido más que para conseguir que el trust
periodístico estuviese casi siempre en candelero mi­
nisterial, sino que supiese rodearse de hombres técni­
cos y amantes de la patria que estudiasen la manera
de llevar agua en abundancia a las regiones baldías e
incultasy juntamente con una sabia política de repo­
blación forestal que devolviese a los montes hispanos
la antigua riqueza selvática que en otro tiempo tos
adornaba y embellecía, he ahí lo que haría que hubie­
se sobre el suelo hispano una abundante evaporación
que menudease y regularizase las lluvias, fertilizando
las más peladas estepas de Aragón y de Castilla, y
aun evitando las frecuentes crisis, debidas a los pe­
driscos.
Pero en esta sabia política han pensado siempre muy
poco los repúblicos de España. Nuestra penuria agrí­
cola data ya de muy antiguo; puede decirse que la po­
tencia productiva del suelo español jamás ha sido pues­
ta a prueba. El guerrilleo continuo a que se veían su­
jetos nuestros reyes, hacía que se preocupasen harto
poco de canalizar ríos y poner al suelo en condiciones
de poder ser regados a despecho de toda calor y de
toda sequía. Los Reyes Católicos, con la conquista de
las últimas y feracísimas tierras moras, y Juego con el
descubrimiento de América, 110 sintieron la necesidad
de enderezar sus providencias y energías al fomento
de la agricultura del país. La política imperialista de
Carlos V, que comenzó por la desolación de los cam­
pos castellanos con la guerra de las Comunidades, te­
nía por fuerza que privar de muchísimos brazos al
- 144 -

suelo español- Las guerras continuas exigían un to­


rrente continuo de sangre.
Añádase a esto la nobleza que se vinculó en la es­
pada y la plebeyez de que se rodeó la reja del arado;
a pasión que inspiraba a la juventud el ejercicio de
las armas y, al mismo tiempo, el apogeo de nuestro
espíritu de aventuras lanzando a la juventud hispana,
con rumbo a América, en pos del vellocino de oro 7 de
mágicas leyendas y de románticas conquistas. ¿Cómo
no había de empobrecerse la tierra castellana hasta el
punto de que faltase trigo y de que en algunos puntos
del norte de Castilla se viese el pueblo, hacia el fin
del siglo X V I, en la precisión de ingeniarse para hacer
pan de cualquier clase de substancias, incluso de las
bellotas, según Altainira nos asegura? ( 1 ) ¿Cómo se ha-
bía de pensar en canales do riego que fecundasen las
tierras castellanas y las cubriesen de frondosidad y de
verdura?
Algo se hizo, no obstan te, y sería injusto no reco­
nocerlo, Carlos V no sólo ideó la construcción del Ca­
nal Imperial de Aragón, sino que comprometió en ella
hasta su particular tesoro, por más que se viera obli­
gado a suspender las obras (2 ), que ya no se reanuda*

(1) Historia de España y d éla Civilización española, II, p. 49D-


(2) Téngase en cuenta que eran ingenieros flamencos los que las
dirigían y que no debían tener por concluirlas mucho entusiasmo.
Sin embargo, no se ha de negar que abundaron las resistencias es*
tultas por parte de la ignorancia de muchas localidades agrícolas que
eran hostilesj sin saber por quéTa semejante construcción. Todavía
un siglo más tarde hubo de nombrarse una Comisión especial para
que estudiase la manera de canalizar el Manzanares y el Tajo, y se
hubo de desistir de tan hermosa empresa por la estupidez de pensar
que el hacer navegables aquellos ríos hubiera sido en cierto modo
corregirle la plana al propio Dios. (Altamira. Obra citada, III, pá­
gina 478). No quiero copiar las palabras de Altamira, porque aun
queda más rebajado el pueblo español, con aquella su ignorancia
supersticiosa. [Como si Dios no nos hubiese dado el dominio de todo
— 14o —

ron hasta el reinado de Carlos III, cuando gracias a los


trabajos y a las inspiraciones do dos asturianos ilus­
tres, de Campomanes y de Jovellanos, a cuyos estu­
dios económicos y agrarios se debió principalísima -
meute el breve florecimiento de aquel reinado, que no
filé después de todo más que un instante efímero de
detención en la marcha rápida hacia nuestra ruina, s©
emprendió la regeneración de la agricultura española,
proyectándose ya entonces aquella colonización inte­
rior quo en nuestro tiempo había de reemprender el
Sr. Besada, bien que ahora como entonces, desgracia­
damente, casi todo so reduzca a galanos proyectos.
Pero lo cierto es que de positivo sa hizo muy poco,
por no decir nada; y que poco, muy poco es lo que se
hace en nuestro tiempo, a pesar de tanto ruido de po­
lítica hidráulica; y q le aquí, donde el presupuesto as­
ciende a muchos centenares de millones, no se ve que
se emplee ninguna decente cantidad en regar los terru­
ños hispanos, que sería elevarlos a la centésima poten­
cia de su valor, ya que sería ponerlos en condiciones de
dar, sin miedu a contratiempos atmosféricos o mete-
reológicos, pingües y saneadas cosechas.
¡Ah, si se hubiese atendido a Maura a tiempo, con­
cediendo a Cuba el régimen autonómico, y aquellos
cuatro mil millones de pesetas que nos costaron las úl­
timas guerras coloniales se hubiesen empleado en ha­
cer la guerra a la sequía que esteriliza a gran parte de
nuestros terruños, y que sólo se trata de conjurar con
procesiones y con rogativas como si nuestro sabio
proverbio «a Dios rogando y con el mazo dando» no
tuviese significación más que en su primera parte! ¡A

el mundo para que ]e beneficiásemos y le exprimiésemos, constitu­


yéndolo en nuestro servidor, y por tanto, haciéndole dar de si todos
sus tesoros y todas sus riquezas!
l>
- 14G -

"buen seguro que «los raros oasis interiores* de que


habla Costa, no fueson tan raros 111 se hallasen sepa­
rados, como él dice, con un pesimismo desconsolador
que indicaba la amargura d© aquella alma grande ante
la catástrofe nacional, «por una sucesión de desiertos,
semidesiertos y cordilleras fragosísimas que dificul­
tan y encarecen las comunicaciones y la administra­
ción y dan al conjunto el aspecto de uno de los más
ruines e incómodos arrabales del planeta»! (1) ¡Cuán­
tos canales efectivos, cuántos pantanos de verdad se
pudieran haber construido con aquellos cuatro mil mi­
llones, administrados por una política sabia que no se
hubiese contentado con sonoridades huecas Je vanos
proyectos deslumbradores ideados por hombres ambi­
ciosos de pensamiento vacío!
Sépase que es imposible el florecimiento de nuestra
agricultura si no se da un feliz desenlace a lo que lla­
ma con macha propiedad el Sr. Sillo: «¡el drama de
la sed!» (2 ). La meseta central de Castilla que en otro
tiempo se llamó un tanto pomposamente «el granero
de Roma» se ha tornado triste y estéril por falta de
agua. El suelo castellano está ansioso de producir y
de cubrirse de frondosidad. Lo demuestran perfecta­
mente aquellos lugares por cuyas cercanías se desliza
un río que se utiliza como riego, o donde se ha hecho
algún pozo artesiano que supla con su líquida munifi­
cencia la escasez de las lluvias. En lo más rugoso y
pelado de la provincia de Leóu, allá en las estepas de
Bercianos, de Calzada y de Sahagún, pedazos de tierra
que comenzaron a gozar de Jas caricias del agua, mer­
ced a los pozos artesianos, han quintuplicado sus pro­
ducciones y enverdecido y hermoseado su suelo. En

(1) Obra cit-, p, ó.


(i¿) fja Kdur.ad hi Nacional, 2^0.
- 1*17

sólo el transcurso de dos años, yo he tenido la ocasión


de ver el cambio casi radical del paisaje; donde ante?,
en una extensión sin limites, pardeaba el terruño, po­
niendo en los ojos y en el alma como una nota de tra­
gedia, destácase ahora algún frondoso oasis que rom­
piendo con su verdura la desesperante monotonía te­
rrosa, brinda una nota alegre de esperanza.
Este milagro operado por el agua en la tierra acaso
más yerma y salvaje de toda la meseta central, prue*
ba que la tierra castellana pudiera triplicar sus cose­
chas y trocarse de páramo en verjel, si la tan cacarea­
da política hidráulica hubiera servido en España para
algo más que para encumbrar a personalidades inep­
tas y capacidades vacías. Con ocho o diez mil pesetas
se hace en cualquier parte de Castilla un buen pozo
artesiano. ¿Por qué en aquellos pueblos de Castilla por
donde 110 es fácil canalizar río ninguno, no hace el Es­
tado tres o cuatro pozos artesianos que serían suRcien*
tes para regar todas las tierras del pueblo respectivo
y trocarlas de baldíos y eriales en fértiles praderas y
en vegas productivas? Es claro que no todo se puede
hacer de una vez, porque no lo permite la penuria del
Erario; pero un año en estos pueblos y otro en aque­
llos, costaudo tan poco como cuesta»! los pozos artesia­
nos, ¿qué se tardaría en dotar de agua a los pueblos
más necesitados de ella y en transformarles el terruño,
haciéndoselo más bello, más atractivo, mas productor?
Persuadámonos de que una de las causas que más
contribuyen a nuestra pobreza es el atraso y el aban
dono en que tenemos a la agricultura, cuyo floreci­
miento es el indicio más seguro del bienestar de íos
pueblos y de los individuos, al mismo tiempo que del
amor al trabajo y a la moralidad. Necesitábamos un
Virgilio que, al enriquecer nuestra literatura con unas
Geórgicas hispanas, enamorándonos de la vida cam­
— 148 —

pestre, nos patentizase que la verdadera edad de oro


de un país sólo puede ser un hecho, cuando todos sus
hijos aman la tierra y la fecundan con su trabajo y la
riegan con sus sudores, honrándose con vivir una vida
campestre como la que vivían los romanos, cuando te­
nían que dejar el arado en el terruño labradero, para
ir a actuar de dictadores o de tribunos, y cuando Etru-
ria crecía robusta y Roma se destacaba como «la más
bella de las cosas» en las lontananzas de la fantasía del
poeta;
.................................. .......... sic fortis E tro ria crévit,
scilicet. et rerum íacta est pulchérrinia Roma.

Verdad es que un Virgilio español sería hoy impo­


sible, ya que 110 habría ni átomo de verdad en aque­
lla exclamación tan conocida como hermosa:
O íortuuatos nimium, snasi bona norint,
agrícolas:............................................................

De los dulces y confortadores bienes de que habla


Virgilio acaso nuestras pobres gentes del campo no
cuenten más que con el que se refiere a lo del «casto
hogar» alentando, lleno de pudicicia. De aquello de
secura quies ... 110 saben nada nuestros terrazgueros y
labrantines.

2
La Industria y el Com ercio.

Acaso en mi artículo anterior dejó correr un poco


la vena humorística. ¿Que ha de hacer uno al ver que
a pesar de tantos Colamelas y tanta política hidráuli­
ca cada día parece que se estanca más nuestra agri­
cultura, habiéndonos convertido de exportadores de
trigo en importadores, y en gran escala, pues a má*
- 149 —

de treinta y cuatro millones asciende la cantidad que


de aquel grano tenemos que importar anualmente?
¿Para esto se han celebrado en España tantos Congre­
so s agrícolas, enderezados a estudiar la manera de lle­
var a las Cortes proyectos de ley que favoreciesen a
los pueblos esencialmente labriegos? Está visto que
esos Congresos de agricultores son, poco más o menos,
tan fecundos como el de diputados. ¡Cuántos hermosos
proyectos en ellos leídos que no han tenido más reali­
dad que la que han tenido hasta ahora los hermosísi­
mos de canales, carreteras y ferrocarriles, leídos con
tanta galanía por el 8 r. Gasset en el Congreso de Di­
putados! Porque para bellos y grandiosos proyectos,
Gasset. Como que es muy extraño que 110 se le haya
ocurrido ya resucitar los grandes pensamientos de los
estadistas de Carlos III que pensaban en unir por me­
dio del Ebro el Atlántico con el Mediterráneo, y hacer
de Madrid por medio del Tajo un rico puerto de ex­
portación e importación.
Pero¿y nuestra industria y nuestro comercio?¿Acaso
esao dos grandes fuentes de riqueza corren parejas
con nuestra agricultura?
Marvaud, bebiendo como siempre en ¡«cisternas di­
sipadas», por decirlo con frase bíblica, asegura que
en España jamás fue apreciado el trabajo manual, y,
por consiguiente, que jamás pudo haber floreciente in­
dustria. «Desde los tiempos de la ^Reconquista, dice,
fue abandonado el trabajo manual a los esclavos, so­
bre todo a los musulmanes, a los vencidos en la gue­
rra» ( 1 ), cuando es sabido que esclavos, propiamente
dichos, ni aun siquiera siervos de la gleba, en el sen­
tido degradante de la frase, jamás los hubo en la Es­
paña cristiana, excepción hecha de Cataluña, región

(1) L’ Eapagae <m X X е siecie, p. '207.


- 150 —

única española que tuvo verdadero feudalismo; pues


los siervos solariegos que hubo en Castilla eran más
bien que siervos de la gleba siervos de bienfetría, es­
pecie de colonos que pagaban un tributo — el llamado
de infurción— a los señores respectivos. ¡Menuda di­
ferencia entre los esclavos y los siervos de belietríar
que hasta podían cambiar de señor cuando les venía
en antojo!
Sin embargo, parece muy verdad, aunque a nuestro
amor propio le cueste uu tantico el confesarlo, que no
fuá precisamente la industria campo escogido por nos­
otros para nuosrro lucimiento. En el fondo del carác­
ter español entra como elemento constitutivo cierta
heredada presuntuosidad de abolengo ilustre, do aper­
gaminada prosapia. Somos, o pretendemos ser una
casta de hidalgos. Y esa heredada presuntuosidad de
hidalguía ha contribuido a nuestro desdén hacia el
trabajo manual, hacia la profesión de uu oficio o de
una industria; como que se consideraba, por tradición,
a la nobleza incompatible con la misma posesión de
fábricas, a juzgar por un Real decreto que hubo de
declararlas compatibles en el año de 1682, según nos
cuenta Altamira ( 1 ). No obstante todo esto, no consta
que ese desdén se generalizase —si es que alguna ves
fue genoral— hasta después del descubrimiento de
América, cuando muchos creyeron que en España ya
no se necesitaba trabajar, porque había mucho oro
allende el Atlántico, y ese oro había de ser nuestro por
los siglos de los siglos«
Fue por entonces cuando se erigió en ideal para los
hidalgos la carrera de las armas. Y fué por entonces
también cuando ciertas industrias de sedas y de linos
que florecían en varias ciudades españolas comenzaron

(1) Hialoria de España y de la Civilización española, t. II, p. 44G*


- 151 -

a declinar por la pendiente que las había de llevar


hasta su ruina. El breve florecimiento que tuvieron
nuestros talleres de tejidos de lana, durante el reinado
de Carlos V, cuando comenzaba a extenderse nuestro
comercio por América, significó muy poco, a pesar do
haber talleres tales en Sevilla, en Córdoba, en Gra­
nada» en León, on Segovia y en otras ciudades del
reino, liira mucha más la lana que se producía en Es­
paña que la que se tejía en nuestros talleres. Miles de
fardos de lana salían en nuestros barcos para Flan-
des, y en Brujas, solamente, se tejía más lana española
que en todos los talleres españoles juntos. Nuestras
lanas nos valían mucho dinero; pero valían mucho más-
ios tejidos que nosotros teníamos quo comprar a los
flamencos, no sólo con destino a América, sino tam­
bién a España. De ahí la fama enorme de los tejidos de
Brujas.
Con las industrias de la seda y del lino sucedía lo
propio* Los tejidos de Brujas que se hacían con nues­
tras materias primeras, relegaban a los tejidos penin­
sulares que se pagaban poco, porque estaban burda­
mente hechos; y la moda en España era lucir sedas y
linos de Brujas, como lo es hoy lucir sedas y linos de
París. Es claro que los países flamencos eran entonces
países españoles y que españoles serían muchos de los
fabricantes, pero la fama se la llevaba toda Brujas y
nuestro oro quedaba en Brujas,
En las demás industrias acontecía lo mismo. En Es*
paña se trabajaba muy poco, y aun lo poco que se tra­
bajaba era en su mayor parte por medio de brazos ex ­
tranjeros, Los brazos españoles eran todavía pocos
para guerrear por Europa y por América. En el si
glo X V II los franceses invadían insensiblemente la
Península, donde se enriquecían con dinero español
que llevaban periódicamente a Francia. Marvaud cita.
152 —

una Memoria dirigida al rey de esta nación por el Mar­


qués de Villars, su embajador ©11 Madrid, en la cual
hacía constar que en 1680 había establecidos en Es­
paña unos sesenta y siete mil franceses, habiendo en­
tre ellos comerciantes, artesanos, buhoneros, labriegos
y hasta aguadores y pastores (1 ). Véase si éramos hi­
dalgos que ¡hasta teníamos de labriegos y d& agua­
dores a los franceses!
Y con esta hidalguía proseguimos aún tan campan­
tes y tan satisfechos?. Sabida es la riqueza mineral de
nuestro subsuelo, que viene admirando al mundo ya
desde el tiempo de los romanos. Pues bien, esa rique­
za aun no se explota por los españoles, o se explota
en una casi insignificante cantidad. Nuestra política
caciquil no inspira confianza a nadie. Y esto, junto al.
espíritu poco emprendedor y poco interesado de nues­
tra raza, es lo que hace que casi todas nuestras ex­
plotaciones estén en manos de Compañías extranjeras,
poderosas y amparadas por la influencia de los res~
pectivos países. Más que para ganar dinero, el español
ha nacido para despilfarrarlo. Si tiene una mina, 110
la explota, la vende. Bravo, amante, galanteador^
amigo del juego, el español necesita tener siempre las
manos llenas, pues él sólo se da maña para tenerlas
vacías.
Se está viendo el río de oro que afin}re de España a
ios países de las diversas Compañías que tienen entre
nosotros industrias y explotaciones, y dejamos el río
tranquilamente correr. Se están viendo los centenares
de millones de pesetas que en forma de dividendos ex·
portan todos los años las diversas industrias y explo­
taciones extranjeras existentes en España, y que ha­
cen a nuestra nación tan enormemente tributaria del

(1) Obra eit., pág. 213.


- 153 -

extranjero, razón por la cual se puede decir que поз


llevamos la palma como país productor.., de capitales
extraños, y como si nada. Si hubiéramos sido españolés
los que hubiésemos explotado las minas que en Espa­
ña se vienen explotando, y los que hubiésemos monta­
do las industrias que se han montado entre nosotros-
nada más que desdo medio siglo a esta parte, esta-,
riamos los españoles nadando en oro.
Es tanta nuestra desidia, respecto de este particu­
lar, que habiendo en España minas riquísimas de
hulla, especialmente en Oviedo, en Córdoba y en León,
y pudiendo exportar en cantidad enorme dicho artícu­
lo, no las explotamos ni aun siquiera para satisfacer
las necesidades de nuestra no muy medrada industria,
viéndonos obligados a importar, especialmente de I n ­
glaterra, hasta dos millones de toneladas. Y en tanto,
las minas españolas continúan en su sueño secular es­
perando que les llegue el turno de rendir pródigamente
su riqueza. Se las denuncia, sí, pero no se las expío'
ta; y el Gobierno ni toma providencia ninguna para
que se exploten, ni se incauta de ellas para explotar­
las él directamente y aprovecharlas siquiera para el
consumo de nuestra escuadra.
Asi va todo en esta nación, donde tau pródiga ha
sido la naturaleza. Y luego se dice aue somos pobres,
y lo somos, indudablemente. ¡ Ah, si hubiese Gobiernos
que se dedicasen, no a politiquear, sino a gobernar
patrióticamente, comenzando por mejorar las costum*
bres públicas, que harto necesitadas están de mejora,
matando perezas y procurando que no yaciesen en los
cofres los capitales dormidos!
Se indigna la pluma, y no faltan motivos para ello;
porque es más que una vergüenza nacional que, po­
seyendo una riqueza de carbones tan maravillosa como
la de nuestro subsuelo, tengamos que importar carbón
- 154 -

de Inglaterra, y nada menos que por valor de ochenta


millones de pesetas, cuando tan exiguas son las nece­
sidades de nuestra industria y de nuestra escuadra, una
y otra bastante incipientes y míseras, y cuando de­
bíamos ser nosotros rivales de ios ingleses en la ex­
portación de ese producto.
Eso aparte de que, excepto en nuestra escuadra y en
nuestra marina mercante, apenas debía de hacerse
consumo de carbón en España, especialmente en cier­
tas regiones, que son las que más consumen, como A s­
turias, Vizcaya y Cataluña. Para las alturas de pro­
greso en que se halla la moderna civilización, no sería
mucho el haber conseguido que la mayor parte de la
fuerza con que se labora en los talleres y en las fábri­
cas de esas regiones fuese eléctrica. Para algo les dio
la naturaleza esos ríos y torrentes que aquí y allá es­
tán brindando con magníficos saltos de agua, produc­
tores de miles y miles de caballos de fuerza. ¿Por qué
en las alturas, repito, en que se encuentra la moderna
civilización se ha de contemplar fríamente esa fuerza
pasmosa, empleada sólo en precipitar las cristalinas
ondas hacia el mar? Bébel, el difunto jefe de los socia­
listas alemanes, an su famosa obra La Mujer y él So­
cialismo f habla de la cocina eléctrica, limpia y confor­
tante, «sin hollín y sin malos olores». ¿Por qué en re*
giones como Asturias y oomo las Provincias vascas,
donde la transformación de la cocina actual en esa co­
cina soñada habría de ser tan fáail, no se hace un es­
fuerzo por convertir en hecho tan peregrino ideal? Y o
no pierdo las esperanzas de ver esas regiones norte­
ñas, tan emprendedoras y progresivas, dotadas desal­
tos de agua abundantísimos en fuerza eléctrica, de
suerte que hasta la cocina lugareña no se alimente de
otra fuerza que de la electricidad.
— ¿De nuestro ccmercio? Do los españoles como co­
— 155 —

merciantes se dice poco más o menos lo propio que


como industriales: que no servimos, Y la verdad: yo no
puedo persuadirme de que los españoles carezcamos de
aptitudes mercantiles y de que sea debido a esa inepti­
tud el que uua nación, come España, no tenga más que
una tercera parte del comercio exterior que tenía,
poco ha, una Bélgica, que venía a tener la extensión
territorial de una provincia española.
Yo que he estado en Buenos Aires y en Filipinas y
en Cuba, he podido advertir y comprobar que los espa­
ñoles son tan aptos para el comercio como los france­
ses, los ingleses y los alemanes. En aquellos países los
comerciantes españoles prosperan en concurrencia con
los demás comerciantes de los diversos países del mun­
do. ¿Por qué no prosperan así en España? ¿Por qué·
es tan escaso el comercio exterior español? Forzoso
será acudir a otras causas y no a la fantástica inepti­
tud. Cuestión tal vez de ambiente moral cuya clave
debe de estar en el desgobierno español.
Los capitales españoles prefieren invertirse en valo­
res conocidos, como acciones bancarias, o papel del Es­
tado, cuando no dormir en los cofre 3 y en las bolsas
bien amarradas, a exponerse en negocios mercantiles
que, por falta de seriedad gubernamental, pudieran ir
al desastre y al fracaso. La falta de garantías que es lo
que explica que casi toda nuestra industria esté en ma­
nos de extranjeros, que extranjero sea el capital y ex
tranjero casi todo el personal técnico de nuestras fá­
bricas y de nuestros talleres, y extranjeras, por tanto,
la mayor parte de las ganancias que corren en forma,
de río de oro hacia Francia, hacia Bélgica, hacia A le ­
mania, eso mismo es lo que explica que la mayor parte
del comercio de nuestras mismas posesiones como Fer­
nando Póo, sea alemán, y aun que la mayor parte del
de algunas provincias españolas, como las Canarias,.
- 1M5 -

sea inglés, y que teniendo cuatro mil kilómetros d<


costa, y debiendo, por tanto, tener un comercio marí
timo prosperísimo, dotado de ñotas mercantiles que
paseasent boyante, por todos los mares el pabellón liis
pano 7 apenas nos podamos comparar, en marina mer
cante, con nación ninguna europea como no sean Ioí
países balkánicos o Turquía.
Nuestros gobernantes tienen mucho en qué peusai
para dedicarse a minucias industriales y comerciales-
que enriquezcan a 3a nación y la ennoblezcan y la dig­
nifiquen: no pueden perder tiempo en robustecer y for­
malizar el Estado para que de ese modo inspire coiv
fianzas y garantías a-los capitales hispanos, estimu­
lándolos a ser activos y emprendedores; no puede per­
der tiempo en nombrar Comisiones técnicas que estu­
dien Ja manera de fomentar nuestro comercio y nues­
tra navegación, siquiera con los países ‘do oriente y
de occidente que fueron colonias hispanas y donde aun
alientan y viven muchas costumbres españolas; siquie­
ra con Marruecos que está a la puerta de nuestra casa y
con nuestras posesiones del Golfo de Gruinea, de cuya
riqueza nos hemos enterado por lo mucho que allí co­
mercian y capitalizan los alemanes. Para nada de eso
pueden dedicar un minuto nuestros gobernantes: to­
dos los minutos, todas las horas, todos Jos días, los
necesitan para la magua cuestión, para el trascenden­
tal problema de abatir y escarnecer a las Corporaciones
religiosas.. . y para ayudar, en sus tendencias mono-
polizadoras por muy opuestas que parezcan al buen
sentido y a la justicia, a ciertas Compañías poderosas
de las cuales son los propios ministros consejeros y
abogados.
¿Que los transportes por ferrocarril son enormemen­
te caros en España y que, debido a esa carestía enor­
me, no pueden luchar, dentro de nuestro territorio, los
- 157 —

trigos de Castilla con los trigos de Rusia, y eso que


tienen que pagar aduanas; que las naranjas valencia­
nas, por ejemplo, resultan más baratas en Bilbao,
traídas desde Londres, que llevadas directamente desde
Valencia? ¿Y qué ministro se atreve a forzar a las Com­
pañías a una rebaja de tarifas racional que evitase esos
absurdos? ¡Oh, son tan halagadoras y se cobran tan re*
dondamente las pingües subvenciones de las Com­
pañías!
Se dirá que esto es empeñarse en ver de color negro
las cosas; que el caso es que en los últimos diez años
han crecido considerablemente las recaudaciones y
aumentado en más de tres mil millones la riqueza ur­
bana y que en los valores españoles se ha advertido
un alza casi constante desde el saneamiento de la mo­
neda, y que lo mismo el comercio que la explotación
minera, aunque no progresen como sería de desear,
sin embargo, adelantan y progresan, estando, econó­
micamente considerada, la España de hoy muy por
encima do la España de ayer... Eso lo único que prueba
es la inagotabilidad de nuestros recursos, que si tuvie­
ran de su lado a Gobiernos sabios y patrióticos, ha­
rían de España una de las naciones más ricas y prós­
peras de Europa.

¡No se hable de emigración!...

Creo haber demostrado en mis dos artículos ante­


riores el ardoroso celo que despliegan nuestros gober­
nantes para hacer que la agricultura, la industria y el
comercio hagan de nuestra patria querida una Jauja
dichosa en ia cual sonrían el bienestar y la riqueza*
a, stí§ bienhadados moradores. Añadamos ahora, pare
completa dicha hispana, lo que sucede con impuestos
y gabelas, y el cuadro brillará en todo el esplendor de
.sus tintas realistas, como una maravilla pictórica del
pincel gubernamental.
Porque en esto de imponer contribuciones se ha lle­
gado en España a lo que se llegó en los tiempos de la
decadencia de Roma cuando se declaró sacratísimo el
presupuesto imperial — Sacmtíssimum Aerarium — y
cuando en nombre de aquel Sacratísimo Erario se es-
quilmaba a todas las provincias con impuestos, tribu­
tos y gabelas de toda laya, que no dejaban vivir al
pobre pueblo; sin conseutirle ni quejarse, porque no
tenía dorecho para ello, ya que el propietario de todo
el imperio romano era el emperador, cuyos manda­
tos eran divinos. ¿Cómo había de ser lícito quejarse
contra el beneplácito de los dioses?
Si\ nuestros gobernantes deoen sentirse también
•divinos a juzgar por lo bien que imitan a los empera-
dorzuelos de la decadeucia romana, abrumando a ga­
belas a! pobre pueblo. Hasta las villas y las aldeas se
ven a menudo llenas de agentes fiscalizadores que,
cuándo por una cosa, cuanrlo por otra, exprimen el
sudor de los pobres labriegos y de los pequeños indus­
triales, haciéndolo convertirse en metal para el era­
rio. ¡Y luego se quiere que no se emigre!
Cuando los degenerados romanos de tal modo abru­
maban al pueblo de las provincias coloniales por me­
dio de sus fiscales y exactores, que iban de casa en
casa imponiendo gabelas, ahora por esto, ahora por
•aquello, rejuveneciendo a los viejos y envejeciendo a
los jóvenes para que todos se hallasen dentro de los
años reglamentarios en que era obligatorio pagar los
impuestos de capitación, ¿no es bien sabido que pue­
blos enteros emigraban a ponerse en manos de los éru-
- 15!) -

los, de los vándalos y de los godos, persuadidos de que


bajo las leyes bárbaras no'Kabían de verse tan oprimi­
dos y tan desesperados como bajo el yugo de Roma?
Pues algo de eso o parecido a eso es lo que están
haciendo muchos pueblos españoles. Están cansados
de sufrimientos y de vejámenes. Y emigran, emigran
a cualquier parte porque en cualquier parte saben que
han de .ser menos tiranizados que en su patria* Y aquí
ya se ha dicho por labios de españoles que. para pro­
seguir así, con esos gobernantes vejadores y tiranue­
los, ojalá que cuanto antes nos hagan colonia suya Ale­
mania, Inglaterra o los Estados Unidos. Frases como
estas las hemos oído ya todos alguna vez y aun las he­
mos leído escritas para baldón y vergüenza, no de
quienes escrito las han, sino de quienes tienen la culpa
de que se hayan escrito.
La emigración ha crecido en estos últimos años de
una manera alarmante. A partir del año 1908 comen-
zaron ya a registrarse más de ciento cincuenta mil emi­
grantes al año, los cuales contando la mucha emigra­
ción clandestina para la que no ha habido ni habrá
jamás remedio en este país clásico de las ocultaciones,
de cualquier genero que sean, bien se puede calcular,
sin miedo a pe .ar de exagerados, que hayan llegado a
la redonda cifra de doscientos mil individuos. Cada
cinco años un millón de iudividuos útiles — los inúti­
les no emigran— se van de este suelo a enriquecer coa
el sudor de su frente a otras tierras y a otros países.
Y bien sabe todo el mundo que en los últimos cinco
anos se pasó del millón, habiéndose advertido que el
50 por 100 de los emigrantes eran agricultores. ¿Cómo
la cuestión agraria no ha de revestir caracteres alar­
mantes entre nosotros, recrudeciéndose como se re­
crudece sin cesar con tanta merma de brazos robus­
tos que roturen y cultiven las tierras?
- KíO —

¿Qué ha hecho el G-obierno de su Majestad Cató­


lica para contener esa riada do virilidad hispana qno
se desborda hacia extraños países? Muy bellas cosas
que se han quedado en para teoría. Una ley de coloni­
zación interior que, si mal no recuerdo, hizo el Sr. Be­
sada, inspirándose en análogas colonizaciones proyec-
tadas, allá en tiempos de Carlos III (l), y una ley de
emigración que no recuerdo quien hizo — quizá el fe­
cundo legislador Sr. Gasset— y que 110 ha producido
resultado bueno niuguno, por lo mismo que no era
más que andarse por las ramas, en vez de irse al trou-
co; por lo mismo que se concretaba a expedienteos que
dificultasen la salida de los emigrantes, eu vez de ten­
der a procurar que les sonriese en el patrio terruño la
vida.
Hubo un tiempo en que se creyó que se iban a re­
mediar algo los males del proletariado agrario, que
aunque es el que menos se agita y se revoluciona, es7
no obstante, el que más trabaja y el que menos come:
allá cuando el Sr. Canalejas, dejándose llevar de sus
gallardías románticas, auguró una cruzada de reden­
ción que había de comenzar por una guerra a muerto
contra los latifundios del centro y del mediodía de Es­
paña (2), y a la cual seguiría la campaña contra los

^1} ¿Por (-lu¿ de haber tautus y lantos páramos castellanos don­


de apenas germinan má¡s q u e pínulas halófilas, únicas que pueden
resistir.loa fríos y Jas escarchas? ¿Por ^uócon inmigrantes (extranje­
ros o de otras provincias españolas no se había-n de poblar esos pára­
mos, haciendo surgir en ellos pueblos como La Carolina, Santa Ele­
na, Fuente Palmera y otros que surgieron en tiempos de Carlos III
en desiertas comarcas andaluzas?
(¿) ¿Por qué en provincias españolas como Cádiz, por ejemplo, h&
de haber 400.000 hectáreas improductivas, o que sólo están dedica­
das a cotos de caza para diversión y pasatiempo de magnates siba­
ríticos?... ¿Por qué no ha de venir algún gobernante con arrestos y
sabiduría suficientes para ver de realizar lo que mucho antes que
Marx y todos los socialistas modernos encontraba ya perfectamente
— 1(U —

foros de sabor medioeval qué aun postran no poco al


elemento agrario de ciertas regiones, especialmente
de Galicia.
Política im tanto radical y avanzada parecía aquella
que debió intimidar harto a los absenteístas y a los re­
zagados disfrutadores feudales; pero el pueblo la veía
con buenos ojos. Soñaba con expropiaciones forzosas
de latifundios, con ver surgir, como por ensalmo, pue­
blos florecientes sobre terrenos dilatados, hoy en su
mayor parte baldíos, o dedicados a cotos de caza para
pasatiempo y diversión de próceres y de magnates. Se
imaginaba vislumbrar ya a lo lejos, alargándose por
los llanos y serpenteando por entre montes y colinas,
la nueva Ted de carreteras que habían, de enlazar a
mil puablos abandonados de todo amparo oficial, para
que participasen del movimiento y de la vida, o los
nuevos caminos de hierro que con los brazos gigantes­
cos do sus rápidos trenes estrecharían a unas regio­
nes con otras, haciendo que se comunicasen los frutos
de sus trabajos y que fuesen partícipes de los mismos
contratiempos y de las mismas prosperidades; y se
creía ver cerradas todas las vías de emigración, no
por ukases gubernativos, siempre tiránicos y siempre
estériles, sino por la necesidad de empleo de brazos en
todas aquellas vivificadoras obras publicas que harían
de nuestra patria un país importador de fuerza y de
juventud...
Pero las esperanzas se desvanecieron del todo cuan­
do se vió en el poder al Sr. Canalejas, muy preocupado
del bienestar del pueblo, como parecían demostrarlo la
abolición de consumos que no produjo beneficio nin-

j.usto el conde de Campo maces: despojar a los grandes terratenien­


tes de las tierras que les sobraban. para darlas eu arriendo a los
pobres?
11
— 162 —

guno popular, ya que los municipios acudieron, para


equilibrar la consiguiente pérdida de arbitrios, al im­
puesto de «inquilinato», que resultó un verdadero azo­
te de las clases menesterosas; pero totalmente desme­
moriado de sus antiguas gallardías románticas. ¡Eran
tan difícilmente hacederas todas aquellas galanas uto­
pías! Bastante más fácil que la expropiación forzosa
de ios latifundios, que siempre había de revestir ca­
rácter ultrarrevolucionario, era y es la imposición de
cultivarlos debidamente y la de hacer recaer sobre
ellos un aumento progresivo d© contribución, que fa ­
cilitase la desgravación de los pequeños terruños, de
las pequeñas propiedades. Y ni en eso han pensado
nuestros Gobiernos. Y el desbarajuste sigue, y sigue
]a imposición de gabelas, y sigue la emigración.
Sépase que por el camino de oprimir y abrumar al
pueblo se va a una ruina completa de la patria. Al
pueblo hay que aligerarle los impuestos, si se quiere
que no se vaya en busca de otros países, Ya no puede
vivir: se le ha sangrado demasiado y ya no tiene ni la
sangre estrictamente necesaria para vivir. Piénsese
que es imposible el robustecimiento de la patria sin el
robustecimiento de los individuos y de la raza que la
constituyen. Si para aliviar al pueblo de sus excesi­
vas contribuciones es necesario achicar los gastos pú­
blicos y disminuir el presupuesto, achiqúense y dismi-
núyanse. Declárese la guerra franca y a muerte al bu­
rocratismo. ¿Para qué se quieren tantos organismos
perfectamente inútiles y que no tienen más objeto
que premiar servicios electoreros? Son hoy más peren­
torias que nunca aquellas economías «hasta la cruel­
dad® de que habló Cánovas del Castillo; es hoy más
necesario que nunca aquel «superávit de cien millo­
nes», cuya necesidad absoluta defendía Sagasta; bien
que ni uno ni otro tuviesen la valentía de realizar lo
— 163 -

que anhelaban y lo que defendían, a pesar de la cuque­


ría-clásica, sobre todo eu los liberales, de despistar ai
país haciéndole soñar con superávit pingües cuando
no hay más que déficit escandalosos.
EL burocratismo no sólo aumenta enormemente los
gastos del presupuesto nacional: causa daños mucho
mayores aún, como son el de robar a la nación miles
y miles de hombres y miles y miles de ingenios que,
empleados en otro orden de cosas, pudieran ser bene^
ficiosísimos a la patria, y el de contagiar de parasi­
tismo a toda la raza haciendo que todos los españoles
anhelen adquirir una covachuela para en ella enmohe­
cerse y chupar como parásitos del erario. Así es como
el presupuesto de la nación puede considerarse como
un grau asilo nacional donde todos los españoles de­
sean verse asilados. Clavado tengo en la memoria lo
que, hace muy poco, me decía un alto empleado de Ins­
trucción publica, a propósito del proyecto del Sr. Bu­
llón, de dar una plaza a los médicos en los centros de
enseñanza. Miles de señores módicos que vivían per­
fectamente tranquilos y desahogados en sus prebendas
titulares o forenses so precipitaron en seguida sobre el
Ministerio de Instrucción publica intrigando y exi­
giendo plaza. En ocho días llovieron ocho mil ins­
tancias de otros tantos médicos que reclamaban los
subsidios del presupuesto de la nación. Y es que el
burocratismo ha envenenado ya el alma de la raza, y
que la aspiración general de todos los españoles es la
de ser funcionarios públicos, la de adherirse parasita­
riamente al árbol nacional y chupar de su mísera savia
que cada día se empobrece más y hace que las ramas
del árbol se ostenten cada vez más cloróticas y carco­
midas. ¡Una vergüenza!
Debía declararse inhábil radicalmente a todo mi­
nistro que, no empapándose en sano sentimiento de
- 164 -

guerra al burocratismo, no rebajase en un mil por


ciento el personal empleado de su departamento res­
pectivo. Dense tajos a diestro y siniestro a la erapleo-
maníaT achiqúense Jos sueldos, vuélense organismos
inútiles, suprímanse oficinas, redúzcansej en un mil
por ciento los plumarios, bárranse toda clase de pagos
por cesantías y excedencias, refúndanse, en fin, todas
nuestras instituciones, para aliviar el forzoso ayuno
del pueblo, cansado, agotado por pagar arbitrios a
costa del estómago y de la despensa.
Ai pueblo se le ha angostado ya de tal modo la vida,
que de continuar así no habría más remedio que ex­
tenderle, y por hambre, la partida de defunción, a no
ser que en un supremo esfuerzo entre la vida y la
muerte, insurja, rabioso, como león herido, contra los
que le extenúan y le matan, lanzándose a una san­
grienta revolución que barra todo el régimen execra­
ble que ha arrastrado a España a esta larga agonía en
que S3 retuerce y se desespera. La conducta guberna­
mental está haciendo dogmático el advenimiento do
esa bárbara revolución.
Hay que ir a ese anhelado superávit verdadero y
positivo que permita que se gobierne en favor del pue*
blo. Y para ello no hay más remedio que hacer lo que
ansiaba Costa que se hiciese; «entrar en el presupues­
to de gastos como A tila en Roma» y ejecutar «heroi­
cas y sangrientas anatomías, tapiándose los oídos y
sujetando al paciente con la fuerza pública.»
¡Oh, si se llevara a efecto entre nosotros una hazaña
cómo la llevada a cabo entre los franceses, por Colbert,
cuando al ver que el estado ruinoso de Francia era de­
bido a las malversaciones de los altos y bajos emplea­
dos públicos, obligó a todos los que en los veinticinco
años anteriores habían administrado las rentas del Es­
tado , a justificar en el término de ocho días sus rique­
- 1G5 —

zas bajo pena de confiscación! No ciento diez millones


de libras serían restituidas a la patria, que fue la cifra
a que llegó lo rescatado por aquel gran ministro, sino
acaso lo suficiente para saldar la mitad de nuestra
Deuda pública, si es que no toda entera, con lo que se
cerraría y cicatrizaría esa inmensa llaga por donde se
le va actualmente tan enorme cantidad de sangre a la
nación.
Mientras no se haga algo grande en favor del pue­
blo hambriento, no hay derecho a hablar contra la
emigración, ni mucho menos a inculpar a los emigran­
tes de escaso amor a la patria. La llama del amor pa­
trio ha de estar alimentada por un poquito de bienestar
familiar e individual y por un poquito de instrucción
y educación que hagan al individuo sentirse hombre
e hijo de una tierra hidalga que tiene glorias históri­
cas inmarcesibles. Y ¿que es lo que han hecho los Go­
biernos hispanos, desde tiempo inmemorial, por ha­
cerles a los españoles poco pudientes un poco más
llevadera la vida de trabajo que tienen que vivir, y por
elevar un poco el nivel intelectual de la masa española,
para hacerla consciente y reflexiva y ponerla en con­
diciones de vivir la vida del espíritu?
En cuanto a lo primero, destruirles todo su escaso
bienestar a fuerza de tributaciones, de impuestos y de
gabelas, que hacen que el espectro del hambre flote
siempre, horroroso, en el ambiente de los hogares hu^
mildes; y en cuanto a lo segundo, nada o poquísimo,
puesto que hay millares de pueblos siu escuela, y aun
los que la tienen, carecen a lo mejor de maestros c e ­
losos y cultos, ya que no se puede tener mucha cultura
ni mucho celo, cuando la mísera subvención no basta,
ni con mucho, para substraer a los aprietos de la
miseria y del hambre,
Nuestros Gobiernos no quieren persuadirse de que la
— 1GG -

cuestión única en España es la que sintetizó Costa en


aquella frase gráfica: «cuestión de despensa y de es­
cuela». Sin despensa es imposible el bienestar, y sin
escuela es imposible la instrucción. Póngase al pueblo
en condiciones de satisfacer un tanto holgadamente
sus necesidades fisiológicas por medio de una adminis­
tración sabia que ampare a los pequeños propietarios y
a los industriales humildes» y de adquirir una instruc­
ción que los asocie conscientemente a la obra de patria
regeneración, y mejorarán las costumbres privadas y
públicas y se transformará la faz interior y exterior
de la patria.

De la f r i m píblica.

La escuela y el maestro.

D© las dos partes, despensa y escuela, en que divi­


dió Costa la cuestión única en España, he escogido,
para de ella hablar primero, la despensa; porque como
decían los antiguos: primero vivir y luego filosofar,
prtmtim vioere et deinde philosophari.
Tócame ahora hablar de la escuela y, la verdad,
siento así como miedo de hablar de tema semejante;
pues si la cuestión de despensa anda entre nosotros
tan mal como hemos visto, todavía la cuestión de es­
cuela anda muchísimo peor.
Si todos los maestros de escuela íuesen hombres de
vocación, y de vocación sobre la cual flotase un rayo
de sobrenaturalismo, como el que flota sobre la^voca-
ción de Siurot, quien de un soñar dormido a un soñar
despierto se encontró maestro de escuela, imaginán­
dose ver abrirse el sobre misterioso que había soñado
- 168 -

recibir del gran Manjón, mirando a la Virgen y dicién-


dole en las interioridades de su espíritu: «Por tí, Ata-
dre mía!» (1), es claro que el magno problema, por lo
que a la calidad de los maestros toca, estaría perfec­
tamente resuelto. Pero pensar en maestros por voca­
ción, por espíritu de apostolado, por íntimo conven­
cimiento de que la patria está necesitada de abnega­
ciones y de sacrificios, como piensan muchos, me pare­
ce sencillamente echarse por los cerros de TJbeda. Los
Siurots siempre serán pintorescos y hermosos oasis
de abnegación y desinterés en un inmenso Sahara de
egoísmos y de ambiciones.
Los maestros de escuela son funcionarios públicos
que necesitan comer —esto no quiere decir que Siurot
no coma; come, pero de su bolsillo— y en tanto ense­
ñarán más y mejor, en cuanto más y mejor se les re­
compense su enseñanza. Con muy buen sentido quería
Costa «ennoblecer el magisterio, elevar la condición
social del maestro al nivel de la del párroco, del ma­
gistrado y del registrador» (2).
. Ahora bien, ¿cuál;es la condición social del maes­
tro de escuela en España? Da pena decirlo. En tanto
que en Alemania se eleva al.maestro de escuela hasta
atribuirle los triunfos bélicos de la| guerra franco-pru-
siana, entre nosotros se le envilecía haciéndole pasar
hambre y llegando a ser, como dice muy bien Silió:
«ocasión de caricaturas y chascarrillos, y estimulante
eficacísimo de la risa del público en el teatro por h o ­
ras, en prosa y verso y con o sin música» (3). Baste
decir que ni siquiera le pagaban los Municipios la mí­
sera subvención que se le tenía asignada y que fue
m

(1) Cada j·. 27.


Í2) T b id e m .

' (&) La J'lducoi'i&H Xocional, p. 33*


— 169 —

preciso que el Estado les arrebatase el pago del maes­


tro para pagarle él directamente y para que los Muni­
cipios no cometiesen tan menguadas detentaciones. La
escuela, que es algo esencialmente municipal, porque
como el Municipio mismo, nació a la sombra de la
Iglesia, en los tan injustamente calumniados días me­
dioevales, i tener que ser arrancada por el Estado a las
manos del Municipio, sencillamente porque el Munici­
pio les detentaba su mísera paga a los maestros!
De la mísera subvención de los maestros de escuela
proviene el poco interés que ellos mismos se toman por
estudiar y ponerse en condiciones de desempeñar de*
bidamente su función instructora y educadora; y de ahí
esa pedagogía rutinaria que se contenta con un peque­
ño cultivo de la memoria, sin despertar estímulos inte­
riores que agiten la inteligencia, forzándola a sentir
hambre de luz, y muevan la voluntad a .esfuerzos per·
sonales que se sobrepongan a obstáculos y trabas, ha*
ciéndola saborear el gratísimo regalo del vencer.
Mientras no tengamos maestros que sepan aguijar y
mover de ese modo las inteligencias y las voluntades
infantiles, por medio de una enseñanza práctica, senci­
lla y transparente, que descendiendo hasta la bajura
de los que aprenden, los levante a la altura de los que
enseñan, y eso sólo se conseguirá cuando los maestros
estén bien retribuidos y vean sobre sí una inspección
pedagógica, bien retribuida también, para que sepa y
pueda y quiera ejercer sobre los maestros su misión
crítica, fiscalizadora y orientadora, vano será que es*
peremos la anhelada reorganización escolar.
No es solamente al maestro a quien tienen nuestros
Gobiernos en lamentable abandono: a la altura de los
maestros suelen andar las escuelas. Por de pronto hay
ínuy pocas y no bastan ni con mucho para satisfacer
las necesidades del país. Sobra con decir que hay muy
- H (r -

flamantes partidos judiciales que carecen de escuelas


en la mismísima capital del partido.
A veinticuatro mil setecientas ochenta y siete hacía
subir el Sr, Conde de Romanones las Escuetas prima­
rias de España en una Memoria por éi elevada a las
Cortes en Mayo de 1910, y hacía constar que, para dar
cumplimiento a una ley de enseñanza de 1857, todavía
faltaban en España nueve mil quinientas setenta y
nueve escuelas. Las consideraciones a que se prestan
semejantes datos son ruborizadoras y tristísimas. Hace
más de medio siglo, cuando auti España no contaba
con los habitantes con que ahora cuenta y cuando aun
no se había reñido la guerra franco -prusiana, ni se
había dicho, por consiguiente, que la gran victoria de
los germunos era obra de los maestros de escuela, los
gobernantes españoles juzgaban necesarias para aten­
der a la enseñanza escolar de nuestra patria nueve
mil quinientas setenta y nueve escuelas más de las
que, cinco años ha, teníamos. Huelga todo comentario,
¡Oh, el progresismo de nuestros gobernantes, desde
hace ya más de media centuria! ¡Qué extraño que? se­
gún datos oficiales de 1910, llegasen al cuarenta y seis
por ciento los varones y al cincuenta y siete por ciento
las mujeres, en la edad de once a veinte años, que no
sabían escribir! ¡Qué extraño que haya provincias
como Granada, Málaga y Jaén, donde ese número
sea aún mayor, llegando a pasar del setenta por
ciento! (1)
Todo esto por lo que atañe al número de escuelas;
de su calidad huelga hablar. Si las escuelas tuviesen
estómago como el maestro, sentirían lo mismo que él

(1) Tomo.eatos datos de Silíó, que es uno de. Jos que mejor cono
con. el problema de nuestra enseñanza, fegun demostró no solamente
en au libro La Educación Nacional , sitio también en vigorosos y aplas*
tantea discursos pronunciados en el Congreso,
— 171 -

las agudas dentelladas del hambre. En gran parte de


las escuelas españolas el aire, la luz y la alegría son
algo mitológico. Muchas de ellas son como aquella que
describe Siurot: «Un cuarto obscuro, una pocilga con
paredes sudorosas por causa de una humedad deposi­
taría de mil enfermedades; con techos bajos que aho­
gan; con aire lleno de miseria y una luz cobarde a la
que parece que han sobornado para que no alumbre la
suciedad general...» (1).
Algunas se van construyendo en nuestro tiempo;
pero muchas de ellas pobres, estrechas» faltas de aire
y de luz, y sin el campo escolar que debe circuirlas,
para que los niños puedan en ciertos instantes de re­
creo, entre unas y otras clases, entregarse a ejercicios
gimnáscicos y a juegos infantiles que les hagan amar
la escuela, teniéndola, no sólo por centro de enseñan­
za, sino también por centro de alegría y de regocijo*
De este modo no sería la escuela lo que el Sr. Sillo,
en un párrafo muy jugoso y muy bien pensado, nos
dice que es para muchas familias y para muchos ho­
gares: <amenaza que se esgrime frente al niño rebeldet
lugar de encierro, castigo que se impone a la travesu­
ra, reclusión obligada que contenga la correría y la
bullanga, dejando silenciosa la casa y en paz la calle
durante algunas horas», y sería lo que el mismo Silió
oree que debe ser: «un lugar alegre en que conviva
con los alumnos el maestro, consagrado, dulce, amoro­
samente, sin rigor que cohíba la voluntad, sin exigir
de la atención persistencia que agote el interés y fati­
gue la inteligencia de los niños, a la labor de ir des­
pertando curiosidades sanas para satisfacerlas poco a
poco, de ir ensanchando el horizonte que pueden abar­
car las miradas o puede recorrer el espíritu, de ir
- 172 -

adestrando los cerebros y fortaleciendo las volunta­


des» (1). Mientras la escuela sea en multitud de hoga­
res — lo es en casi todos— , lo que lamenta el Sr. Silió^
y no se transforme en lo que ól indica que debe ser,
es imposible que el niño tenga amor a la escuela y
que deje de ver en ella un calabozo, cuyo alcaide es
el maestro, que actúa al mismo tiempo de polizonte
ceñudo y repulsivo.
En tales escuelas y con semejantes maestros es im­
posible que se enseñen a los niños muchas cosas que se
les deben enseñar. Así, por ejemplo, uno de los más
sagrados deberes de los maestros de escuela alemanes
es el desenvolver el corazón de los niños el sentimien­
to nacional, templándoles desde muy temprano las tier­
nas fibras del patriotismo, y aspirando a arraigar en
ellos, como un instinto, la creencia de que Alemania
es Ja nación más grande de la tierra y a quien Dios re­
serva para más altas misiones sociales y para más épi­
cas y asombrosas conquistas. ¿Cómo un maestro de es->
cuela español pudiera hacer lo propio, respecto de Es­
paña, con los niños españoles? ¿No podría algún rapa«·,
zuelo precoz replicarle, al hablar de la grandeza de
España, cómo se explicaba que, siendo tan grande co­
mo él decía, tuviese tan míseras escuelas y tan.- po-¡
bres maestros? .. *
Pero dejemos ya maestros y escuelas y vayamos a la
enseñanza escolar, ¿Qué se enseña en las escuelas es-,
pañolas? En las escuelas españolas se les enseña a los
niños poco, poquísimo más que contar, leer y escribir.
¿Y es eso sólo lo que debemos pedir a las escuelas?.
Responda el propio D, Joaquín Costa, que es muy
buena autoridad;^ «Lo que España debe pedir a la es­
cuela no es precisamente hombres que sepan leer y es--

(1) La Edwacián Nacioiud, págs. H’2 y S3. , ¿


173 -

cribir: lo que necesita son hombres, y el formarlos re­


quiere educar el cuerpo tanto como el espíritu, y tan­
to o más que el entendimiento La voluntad* (1). Es de­
cir, que tan esencial como la instrucción es la educa­
ción. La escuela ha de ser una prolongación del hogar
y, por consiguiente, ha de desempeñar armónicamen­
te las dos funciones domésticas de educar y de ins­
truir. En el hogar se educa y se enseña a los niños y
la escuela debe ser una ampliación de esa educación y
de esa enseñanza. Por muy instruidos que sean los ni­
ños, si no son bien educados, no acarrearán muchos
días de satisfacción ni a la familia ni a la sociedad.
En Francia donde el refinamiento escolar suele correr
parejas con la ineducación, la criminalidad infantil
aterra.
Antiguamente en las escuelas españolas quizá no se
enseñaba tanto, pero se educaba más que ahora. Bla­
sonando de espíritus fuertes e imitando siempre lo malo
de Francia, quisimos divorciar a la instrucción de la
educación, encerrando a ésta en el hogar y procuran­
do que se ciñese a aquélla la escuela. Ante las delica­
dezas ridiculas de algunos padres que, no gustando de
que ningún maestro reprendiese a sus hijos (2), debie­
ron obrar como Catón que pensaba, en ese particular,
como ellos, esto es, constituirse en maestros de escuela,
dentro de su casa, a imitación del austero insigne ro­
mano, los maestros dejaron de educar como antes, y

ll) Obra cit., 27.


(2) No es que yo abogue por que se vuelva a juzgar la vara,
cosa imprescindible en las escuelas* Lienzos de tiempos antiguos nos
representan al maestro con un haz de varas en una mano y fin la
otra un desplegado pergamino. Cuando ingresaba un nuevo alumno,
solía traer la correspondiente vai’a. «La letra con sangre entra*, era
creencia general, ¡Ni Saa Luis, rey de Francia, se podía librar de loa
consiguientes verdascazos! Así nos lo dic<* Henrique Martin en su
JJUtoire iU Prante. t. TV, p. 183. Nuestro Canciller Pedro López de
- 174 -

se ciñeron a instruir, según las entendederas y el celo


de cada uno. De suerte que se vino a expulsar de la es­
cuela la educación, fuerza espiritual más eficaz aún
que la misma cultura en la formación del carácter y
de! sentimiento. Se pensó que con la educación del in­
terior del hogar bastaría para templar los ánimos in­
fantiles, inmunizándolos contra el espectáculo conti­
nuo de relajación que se les había de meter por los
ojos, 110 bien hubiesen traspuesto los umbrales de la
juventud; no se pensó en que muchos padres no podrían
dedicarse a la educación de sus hijos por tener que pa­
sarse todo el santo día en un taller o en una oficina, y
en que no pocos no podrían dársela, aunque quisiesen,
porque no la habían ellos recibido de nadie, e ignora-
ban, por consiguiente, su esencia y su valor. De ahí la
casi general ineducación en que vivimos y la falta de
caracteres recios y bien templados que no se arredren
por nada del mundo, siempre que se trate de cumplir
con el deber, y de ahí las mil veleidades de nuestros
gobernantes y de nuestros políticos — ¡y aun de núes
tros galanos primorosos escritores!— que un día apa­
recen identificados con las miras y con las tendencias
de un jefe de gobierno, a cuyas excesivas bondades de­
ben todo lo que significan y todo lo que son, y que al
día siguiente, por una sencilla cuestión de bucólica, ya
le han vuelto las espaldas, arremetiendo contra él con
más o menos descarada taimería, y apareciendo ya
identificados con otro para arrancarlos de cuyo lado

Ayala pondera en su Rimado de Palacio los buenos efectos de loa


azotes en Jos estudiantes.

Los acotes que lievan, los fasen aprender;


salen grandes letrados e aprenden buen saber...

¡Pero estamos ya tan lejos de los usos pedagógicos encomiado^


por el viejo cronista de cuatro monarcas.
- 175 -

sin tardanza no habrá menester la intriga de desenca­


denar un vendaval, porque bastará el suave soplo de
un céfiro. Ejemplos bien recientes están en la memo*
ría de todos.
Volvamos, por amor a España, a la educación, que
fue siempre el alma de la pedagogía nacional, y que
desde la Doctrina Pueril , de Raimundo Lulio, y la Ins­
titución de Ja Mujer Cristiana t de Luis Vives, y la Ins-
trucción de Maestrost del P. Sigüenza, y los admira­
bles métodos pedagógicos de San José de Calasanz,
hasta las modernas teorías escolares de Jovellanos y
de Balmes, y las novísimas invenciones pedagógicas
do Manjón, ha figurado y debe figurar siempre en
puesto más elevado aun que la misma instrucción. 3 i-
lió piensa mny acertadamente que «en la obra magna
del rssurgimiento español que nos está impuesta por el
d e b e r . n o se hará nada provechoso, eficaz, sólido y
duradero, sin comenzar por el cimiento de la educa^
ción nacional» (1),
Siurot estigmatizando, y por cierto con mucha gra­
cia y donosura, el abandono en que hoy tienen los pa­
dres la educación de sus hijos, dice: «La educación do
la escuela es, con relación a la del hogar, como si se
comparase la leche aromática y sedosa del tibio seno
de la madre con la que fluye de la dureza cristalina y
fría del biberón,» Muy exacto, pero añade: «Bueno,
pues eso es lo que yo quería decir, que casi todos los
niños de hoy se educan con biberón» (2)* ¡Ah, si se
educasen con biberón siquiera! Tenemos escuelas de
todos grados, pero «escuelas de todos grados, dice Cos­
ta, que en vez de mejorar al hombre natural, dotándo­
lo con alguna nueva excelencia, lo malean con un falso

(1) Prólogo de la obra citada*


(2) Cosas de «ítlos, páfts. 57 y 58,
barniz de civilización que pervierte sus cualidades
nativas» (1).
Volvamos, por atnor a España, a la educación, y a
una educación amplia e integral, basada en el amor a
todas las cosas grandes y nobles. Las cosas grandes y
nobles agrandan y ennoblecen a los que las aman. Y
nosotros los españoles todos, debemos aspirar a ser no­
bles y grandes para que sea grande y noble la tierra
hidalga que nos vio nacer. El pedestal de la grande­
za de España habrá de ser siempre la suma total en
que entren como sumandos la valía personal de cada
uno de sus hijos. España no puede ser noble y grande
sin que sean nobles y grandes todos los españoles, la
totalidad de los individuos que la constituyen, como
no puede ser robusto el árbol, ni alzar su majestuosa
copa a los cielos, sin que sean sanas las raíces, aun en
los más insignificantes filamentos, que son los que chu­
pan las substancias de la tierra, convirtiéndolas en plé­
tora y lanzándolas por Jas entrañas del tronco arriba.
En esa educación amplia, integral, debe entrar
como uno de los factores más importantes el amor a la
patria. Las antiguas escuelas de retórica ostentaban
una oriflama de púrpura que era el signo de que allí se
enseñaban las letras, y nuestras escuelas deben osten­
tar y lucir la bandera española como un hermoso y
santo símbolo de que allí se crea patria.
En nuestras escuelas casi minea se ha hecho labor
patriótica. Y urge que desde la infancia se enseñe pa­
triotismo, y no solamente eu las escuelas de niños,
sino también —y acaso con más calor— en las de ni­
ñas. Las niñas están llamadas a ser las madres españo­
las de mañana. Por falta de esa instrucción patriótica
en las escuelas, vive tan fuerte y absorbedor entre

(1) Meconstitucián // KuTopeizoción (le Rspañn, págs. 1(5 y 17.


- 177 -

nosotros el individualismo que nos aísla a unos de


otros, desligándonos de la familia española, oomo si
cada uno de nosotros constituyese por sí mismo una
patria.
No hace mucho tiempo que me encontró con una ma­
dre española, piadosa y buena, como madre española
al fin, que había recibido esmerada educación, pnes
era de rica familia. Como al rodar de la conversación
se hubiese hablado de patriotismo, de ningún modo
pude persuadir a aquella mujer de que el amor de Espa­
ña estaba muy por encima del amor que ella tenía a
sus propios hijos. Por uuo cualquiera de ellos estaba
dispuesta a echar por la borda a toda España. La vida
de aquel hijo representaba para ella mucho más que
los veinte millones de compatriotas suyos y que toda
la tierra donde había nacido con su historia, con su
idioma, con su hidalguía y cou sus leyendas...
Y ello proviene de que en las escuelas no se enseña
la idea de patria, tan noble, tan digna de que se le
rinda culto y veueración. Los niños españoles deben
ser educados en el convencimiento de qiie su vida no
es más que una fuerza física y espiritual que debe des­
arrollarse en estrecha unión con otras fuerzas simila­
res, con las que constituye un todo armónico que es la
patria: pues si tienen cada uno un supremo fin indivi­
dual— la salvación—tienen además un alto fin colecti­
vo al oual han de tender todos en íntima comunidad de
esfuerzos y de aspiraciones: el esplendor y la grandeza
de la patria. Sin depositar desde muy temprano en
el corazón de los niños estas sanas semillas de que
constituimos un grupo humano aparte y de que to­
dos tenemos el deber estricto de hacer cuanto posi­
ble nos sea, porque ese grupp, al cual nos cabe el ho­
nor de pertenecer, no vaya en zaga a ninguno de los
demás grupos humanos, en nada que signifique grande-
12
ga, cultura, civilización, es imposible el patriotismo.
Otro de los amores que se deben infundir a los niños
es el de la naturaleza, para que se acostumbren a ella
y a ella acudan en demanda de oxígeno para sus pul­
mones, de ejercicio para sus másenlos y de paisajes
plácidos y alegres para sus ojos. Los niños necesitan
más vida de campo, más caricias de sol, más oreos
de brisas, más subidas y bajadas de vericuetos, y más
comercio íntimo con pájaros y flores. El contacto con
la naturaleza fortificará sus músculos, arreciará sus
fibras, ensanchará su pecho y hará que la raza torne a
llegar a la plenitud de su desarrollo. No hay más que
entrar sn la Armería Real para advertir en seguida
la debilitación abrumadora de nuestra estirpe. Conta­
dos, muy contados serían hoy los españoles que pudie­
ran ceñirse aqualias pesadas armaduras de hierro con
que se acorazaban nuestros mayores para salir al com­
bate y maniobrar en el con agilidad y destreza. Y ello
es indicio evidente ’de que la lozanía muscular ha ido
languideciendo y de que la anemia y el raquitismo, si
a tiempo no se los ataja, harán que vayan generalizán­
dose esos espectáculos desconsoladores en que se ha
ocupado varias veces la prensa, hablándonos de quin­
tos misérrimos, de cara de hambre y de mirada tristí­
sima, los cuales, dando y todo la talla, no tenían, ni
con mucho, el peso mínimo requerido por la ley.
Los alemanes, que son los que van hoy a la cabe­
za de la cultura y de la civilización, rinden un culto
verdadero a la naturaleza, a las flores y a los pájaros.
El alpinismo es una creación netamente germana. En
las ciudades alemanas, lo mismo que en las aldeas,
es difícil encontrar una casa sin flores. La que no las
puede tener en el jardincito vecino, en frente o al lado
del umbral, las tiene en tiestos sobre el alféizar de
alguna ventana. Y en cuanto al cull.o de los pájaros, yo
- 17^ —

no sé si habrá otro país como Alemania, sobre todo,


como Baviera. En los parques de Munich y en los
jardines públicos del Palacio de la Presidencia, en
Wirtzburgo, yo he visto cosas tan peregrinas que me
llenaban de admiración.
Quien de rapazuelo, como todos los rapazuelos os
pañoles, «andaba a nidos», y aun se acordaba de que
el niño más hazañoso entre nosotros era el que con
más nidos daba; quien sabía que muchos arrapiezos es­
pañoles so gozaban en despojar a los nidos de sus
huevecitos y de sus polluelos; quien tantas veces había
tirado piedras a los pájaros, aun en el instante preciso
en que estaban alegrando el paisaje con sus cáuticos
deliciosos, se quedaba maravillado al ver a los niños
alemanes por aquellos jardines dar un ligero silbido,
extendiendo luego la palma de ía mano, en que tenían
migas de pan o granitos de alpiste, y ver a los pájaros
revolotear en torno de las manos extendidas, pico­
teando alegremente el manjar sabroso con que so los
obsequiaba. A veces, los niños apretaban unos cuantos
granos entre las yemas del pulgar y del índice, y era
de ver a los pájaros maniobrar revoloteando en derre­
dor de los dedos, hasta que conseguían llevarse la
presa. «¡Esto es maravilloso!», me decía el célebre
agustino italiano P. Palinieri, con quien acostumbraba
yo salir do paseo por aquellos frondosos parques y con
quien me solía entretener,¡imitando a los niños y consi­
guiendo que pardillos, jilgueros y pinzones... viniesen
a hacernos cosquillas picoteando en nuestras manos.
Azorín: en las Confesiones de un pequeño filósofo ,
nos habla de un solitario que acudía todos los días al
jardín del casino de cierto lugar. El solitario azorines-
co se sentaba «un poco triste, un poco cansado», en
el jardín, y dando luego un pequeño silbo, ocurría
«una cosa insólita: del boscaje del jardín acudían pian-
- ibO —
do alegremente todos los pájaros; él les iba echando
las migajas que sacaba de los bolsillos. Los conocía a
todos*.,, los nombraba por sus nombres particulares,
mientras ellos triscaban sobre la tina arena; reprendía
a éste cariñosamente porque no había venido el día
anterior; saludaba al otro, que acudía por vez primera.
Y cuando ya habían comido todos, se levantaba y se
alejaba lentamente» (1): Esta cosa insólita de Azorin
es una cosa de todos los días en los hermosos parques
bávaros. Y lo sería lo mismo entre nosotros si a los
niños se les enseñase el culto de los pájaros desde la
escuela*
Y ya que me he inmiscuido en aconsejar que se haga
en nuestras escuelas algo de lo que se hace en las ale­
manas, no quiero concluir sin apuntar una de las prác­
ticas de allá que quisiera ver connaturalizarse entre
nosotros. Una de las asignaturas que se les enseña a
los niños alemanes en las escuelas es la de música y
cauto. ¿No habrá sido esto lo que ha hecho do Alema*
nia el país clásico de la alta música? En Alemania todo
el mundo sabe cantar y todo el mundo canta. En las
escuelas es una delicia oir a los niños entonar sus cán­
ticos patrióticos y religiosos, Eu las iglesias, yo me
sentía emocionado oyendo a menudo a la muchedum­
bre cantar glorificando a Dios. En veladas y tertulias,
sobre todo ios domingos, la gente joven comienza en
seguida a dar al viento alguna de sus baladas hermo-
sas* ¡Y qué seriedad cuando cantan y cuán profunda­
mente abstraídos de cuanto los rodea! Parece que se
arroban cantando. Viéndolos y oyéndolos, se recuerda
la frase de Nieztsche: «Cada alemán cantando, se ima­
gina un dios.»
Otra de las cosas que deben fomentarse entre núes-

(1) Las Confesiones..^ ps. 22 y ‘23.


— 181 -

tros niños es el amor al mar. Debíamos tener en cuen­


ta que nuestra tierra es una península, y eso lo dice
todo. Excepto por un estrecho punto, por todas partes
estamos rodeados de mar. El mar, pues, debía de ser
uno de ios factores de nuestra fuerza y de nuestro po­
der. España debe ser potencia marítima, y a conse­
guirlo deben enderezarse las miras de nuestros gober­
nantes. Mucho más que de ejército, tenemos necesidad
de escuadra. Una escuadra poderosa supondría una
ingente flota mercantil, que daría fe de nuestro co­
mercio y de nuestra industria por todos los puertos y
por todos los mares. Hay, pues> que fomentar entre
nosotros el amor al mar. Lejos de tenerle ese miedo
horroroso que le tienen muchas gentes de tierra aden-
tro1 que, al hablar de navegar por él, creen que se ha·
bla de venderle al diablo la vida, se le debe de tener
amor y mirarlo con profunda simpatía, ya que ciñe
toda nuestra tierra como estrechándola en amoroso
abrazo y arrullándola con sus rugidos... Todo lo puede
un-gobernante genial que sepa sacrificarse por su pa­
tria y dotarla de una administración sabia y justi­
ciera...

La escuela neutra, el Poder docente y la


«Revolución de las Mantillas.»

Decíamos... que todos los grandes pedagogos juzgan


elemento imprescindible do la enseñanza escolar la
educación; que a la escuela no deben ir los niños sólo
a instruirse, sino también a educarse; que hay muchos,
machísimos padres que, sea por lo que sea* o porque
— 182 -

tienen que estar trabajando todo el día en un taller, o


porque, aunque permanezcan en casa, necesitan el
tiempo para invertirlo en negocios y no pueden, por
tanto, dedicarse como querrían a educar a sus hijos,
desean que la escuela supla esa deficiencia dando a los
pequeñuelos una recta y concienzuda educación,
Ahora bien, ¿se puede educar cabalmente a los ni­
ños sin imponerlos en sus deberes para consigo mis­
mos, para con sus padres, para con sus prójimos? ¿Se
los puede persuadir de lo sacratísimo de esos deberes
sin convencerlos de que esos deberes están fundados en
la moral, que es la ciencia que tiene por objeto la guía
de los hombres a la consecución del fin para que fue­
ron criados? ¿Y se les puede'hablar de la consecución
de ese último fin, que es el ideal hacia donde debe en­
derezarse toda enseñanza, sin hablarles de Dios?
Estamos, como se ve, en pleno terreno religioso* o
sea, palpando tangiblemente la necesidad imprescindi­
ble de que toda educación tiene que ser moral y reli­
giosa. Y contra esta educación insurgen, fieros, los
partidarios de la escuela neutra, esa moderna inven'
ción política que es la sosería más grande que se ha
podido inventar; ya que ni existe ni puede existir
el maestro neutro, el maestro que no sea o católico o
racionalista o protestante o mahometano o ateo o algo,
en fin, y no quiera persuadir a los niños de la bondad
de ese «algo».
La tan cacareada neutralidad de la escuela, e» una
cosa tan absurda, que la misma lógica se encarga de
triturarla. ¿Cómo un profesor ha de enseñar de una
manera neutra? De un modo o de otro, tiene que mani­
festar su pensar y su sentir sobre las cosas que ense­
ñe, La misma fuerza de sus convicciones le llevará a.
ello; y cuando él no lo hiciese de una manera espon­
tánea* la propia curiosidad de los discípulos, que an­
183 -

siarían saber a qué atenerse y cómo pensaba su profe­


sor, le obligaría a romper su fantástica neutralidad.
Supongamos a un profesor de la Institución libre de
Enseñanza que va a enseñar neutralmente, ¿Lo podrá
conseguir? ¿No enseñará a cada triquitraque la oreja
institucíonista? Pensar lo contrario sería hacer pro­
fesión de necedad.
Diga lo que quiera Rousseau, antojándosele que se
eduque a los jóvenes como a su Emilio, no hablándo­
les para nada de religión, ni aun mentándoles siquie­
ra el nombre de Dios, por lo menos hasta los 16 años,
imbuyéndolos sólo en conocimientos científicos y li­
terarios, pero que no se rocen para nada con las cues*
tiones de moral y de religión, pretensión semejante es
un verdadero absurdo. No solamente Lamartine y Do­
noso Cortés dijeron que en el fondo do toda alta cues­
tión científica, política o filosófica, late algo que se ro­
za de un modo o de otro non la teología, lo dijo hasta
el mismo Proudhón.
Pero supongamos que tal enseñanza fuese uosible
y que, gracias a las tiranías del Estado docente, lle­
gase a imperar en las escuelas. ¿No significaría tal en­
señanza dejar que los instintos brutales de la beste-
zuela que, al decir de Taine, dormita en cada uno de
nosotros, sorprendiesen a los jóvenes lanzándolos sin
freno ninguno moral ni religioso por la risueña pen­
diente de la pasión que los llevaría a estrellarse en el
fango de los más degradantes vicios?
Semejante enseñanza sería el mal social más grande
que se podría imaginar. Figurémonos lo que sería la
juventud saliendo de las aulas escolares sin ideas de
Dios, ni de religión, ni de moral. Entra en un campo,
en el campo de la vida, llena de entusiasmos y de ar­
dores juveniles. Las pasiones apuntan ansioaas de em­
briagarse. Los malhechores de la pluma, que comien*
— 184 —

zan a ser saboreados por ella, le hablan en novelas,


en dramas, en poesías, de placeres y deleites brinda-
dores de paraísos terrenales. Los deleites del amor li­
bre aparecen glorificados en aquella literatura, y en
cambio las dulces cadenas del matrimonio cristiano pa­
recen en ella escarnecidas y vilipendiadas. Se glorifi­
can los derechos de la carne, como si la carne tuviera
derechos contra el espíritu; se disculpa toda clase de
crímenes amorosos, pasionales. Al través de escapara"
tes y de vitrinas sonríe la sicalipsis triunfadora, on­
deando su bandera de sacerdotisa afrodisíaca. ¿Qué se­
rá de aquella juventud? ¿Qué sería de aquellos jóvenes?
Ellos no saben nada de moral ni de religión. Ellos
no saben nada de aquellos «cien tiranos» ele que habló
Bossuet que cautivan nuestra voluntad y encadenan
con «hierros invisibles nuestro corazón», y contra los
cuales es forzoso entrar en campo y luchar a brazo
partido si queremos ser venturosos y felices; ellos no
saben dar sentido a la frase: «nos vrais enuemis sont en
nous mémes», nuestros enemigos verdaderos están
dentro de nosotros mismos, que dijo aquel inmortal
orador en la oración fúnebre de la Infanta de España,
María Teresa, esposa de Luis X IV , ponderando que
este rey, gracias a las virtudes de su esposa, sabía
vencer más enemigos dentro de sí mismo que fuera?
luchando aguerridamente contra varias potencias coa­
ligadas; no saben que la significación trascendental de
sacrificio, como explica muy bien San Agustín en el
libro décimo de la Ciudad de D ios, no era el becerro
o el recental cayendo bajo el golpe de cuchillo del an­
tiguo sacerdote, sino que es el propio vencimiento, el
arrancar de nuestro corazón los gérmenes del mal,
sabiendo atar corto a nuestros instintos y a nuestras
pasiones. ¿Qué será de aquella juventud?...
s Pues bien, a pesar de que la cuestión es tan eviden-
185 -

te, en estos últimos tiempos, han surgido u q o s cuantos


políticos españoles que, por imitar a Francia, nada
más que por imitar a Francia (1), cuyo Gobierno se
ha declarado neutral, para, bajo la capa de la neutrali­
dad, combatir sin tregua al catolicismo,han comenza­
do con verdadero ensañamiento a atacar la enseñanza
de religión en las escuelas. |Y con qué contundentes e
irrefragables razones! Unos, espíritus fuertes ellos, re-
prueban la enseñanza de religión a los niños porque
tienen por perjudicial el que la voluntad del niño co­
mience a ¡ncliüarse, desde tan temprano, ante la ense­
ña de la Cruz. Arguyen que el arrodillarse un hombre
ante Cruz envuelve algo de humillación que que­
branta la valentía y la firmeza de la voluntad, hacién-
dote tender hacia la cobardía ante los otros hombres.

(lj En Alemania los niños van seis, siete, ocho años a la escuela
primaria y en cada uno de e?os &ños es asignatura obligada la reli­
gión. Es claro que en las escuelas luteranas se explica la religión,
en conformidad C'»n la doctrina de Lutero, y que en Jas escuelas ca­
tólicas se explica la religión en sentido genuinamente católico, pero
en unas y en otras se estudia Ja religión. En Inglaterra sucede lo
propio: los ingleses quieren que la enseñanza religiosa sea la base
de todos los conocimientos, desde los primario* de la escuela hasta
los más elevados de Ja Universidad, y por eso el ingreso en la Uni­
versidad se consigne nediante un examen de humanidades y de reli­
gión. En los Estados Unidos —otra nación nada digna de tenerse en
cuenta lo mismo que Inglaterra y Alem ania— se proclama indispen­
sable en la escuela la enseñanza de la religión. En muchos Estados
como Nueva Hampshire, Illinois, Massachussets se leen adiariopá-
ginas bíblicas que son oídas por todos los niños con profunda aten­
ción, do donde el amor intenso por la Sagrada Escritura que expli­
ca el que cuando uno va a hacer una visita y le introducen en el sa­
lón de espera, vea caai siempre sobre un velador una edición lujosa
de los libros bíblicos.
Y he ahí por qué ese insubstancial cacareo de los radicales espafio
les pidiendo a cada instante la enseñanza neutra de las escuelas, al
parecer tan ridiculo j tan estulto a la consideración de los que saben
cómo se enseña en las escuelas primarias de las grandes naciones,
que son hoy las únicas que ostentan grandes gobernantes, férreos
caracteres, irreprochables patriotas...
— ld«5 -

No nos metamos con estos desgraciados que así hacen


cala y cata de la historia de su patria, que hasta igno­
ran que aquellos bravos caudillos españoles Pelayo, el
Oici, Gonzalo de Córdoba, Hernán Cortés, D, Juan de
A u s t r i a . q u e sabían pocerse de rodillas ante Dios,
no supieron jamás acobardarse ante ningún hombre.
Argüidores tales han nacido por equivocación en terri­
torio hispano.
Otros, fingiendo un espíritu de imparcialidad que
no es imparcialidad, sino o sectarismo o estulticia,
alegan que si nuestro Gobierno pagara a los maestros
de escuela por enseñar nuestra religión, sería parcia-
lísimo e injusto; puesto que la misma razón habría
para que se pagase a otros maestros para enseñar otras
religiones o para enseñar la irreligión. Asusta tan
aguzado modo de razonar, y se queda uno estupefacto
ante la pretensión de erigir en dogmas tan aguzados
razonamientos. Porque ¿con qué derecho pretendería,
por ejemplo, elvprotestantismo ser enseñado en las es­
cuelas españolas? ¿Es que la enseñanza del. protestan­
tismo sería algo que estaría en consonancia con la his­
toria de nuestro país, con las tradiciones sanas de
nu3stro país, con el carácter caballeresco y honroso
de los hijos de nuestro país, con las necesidades eter­
nas de nuestro país? ¿Es que el protestantismo es
algo que se ha consubstanciado con nuestro espíritu,
con nuestra patria, con nuestra eivilizacióu?
En las escuelas españolas se debe instruir a la ni­
ñez en nuestras cosas especialísimamente, ten nuestras
creencias, en nuestro carácter, en nuestras costum­
bres. Los niños españoles deben saber desde muy tem~
prano qué es lo que constituye la fisonomía espiritual
del alma española, Y 'jomo en la formación de esa es­
piritual fisonomía de nuestro pueblo ha tenido tan ere-
cida parte la religión, de ahí que el niño no deba ig ­
- 187 -

norar la esencia y la existencia de un factor tan impor­


tante de nuestro ser y de nuestro carácter y que tan
briosamente palpita y esplende en nuestra literatura,
en nuestro arte, y en nuestra historia. ¿Pueden ale­
gar estas razones el protestantismo, el mahometismo,
el budismo? ¿Contribuyeron a forjar nuestro férreo ca­
rácter, a viviñcar nuestra legendaria historia, a tem­
plar el espíritu de nuestra raza?
Pase que si el Estado español fuese un ente de ra­
zón, una pura abstracción étnica y geográfica, no de­
bía tener preferencias por esta o por aquella religión;
pero siendo algo perfectamente real y tangible, mo­
dificado por realísimas influencias psíquicas y porrea-
lísimos hechos históricos, ¿cómo no tener en cuenta
esas psíquicas influencias y esas históricas realidades?
Además, hoy que tan eu triunfo está el régimen de
las mayorías, hoy que todos los triunfos se atribuyen
a la aritmética, ¿por qué no se ha de tener en cuenta
que la mayoría de los padres de familia españoles son
católicos y quieren, por tanto, que se dé a sus hijos en
las escuelas una enseñanza tradicional y católica, pues
para eso contribuyen, con harto más do lo que contri­
buir debieran, al sostenimiento del Estado?
—¿Que de eso modo la minoría de los padres de fa*
milia españoles no católicos, pagarían o contribuirían
a pagar una enseñanza escolar que no querían para
sus hijos? Eso aparte de que no lo pueden alegar los
anticatólicos, partidarios fervientes del régimen de las
mayorías, es un verdadero absurdo, como se colegirá
de este sencillo ejemplo. En España hay unos cuantos
centenares, millares de niños sordos que allá se anda­
rán en número con los infortunados hijos de familias
anticatólicas. Ahora bien, los maestros españoles ense­
ñan hablando, explicando. Para los niños sordos espa­
ñoles la enseñanza escolar española es completamen-
- 18-5 -

to inútil. ¿Podrían los padres do familia de hijos sor­


dos pretender que los maestros cambiaran su método
didáctico, puesto que el que siguen es inútil para sus
hijos, y alegar que para eso contribuían a cubrir los
gastos del presupuesto español? Pues los padres de fa­
milia no católicos en España tienen el mismo derecho
que los padres de familia de hijos sordos respecto del
particular que venimos examinando.
— ¿Violación de la libertad de conciencia del niño,
imponiéndole la instrucción religiosa católica? Aparte
de que la verdad tiene sus fueros sacratísimos para
imponerse a las inteligencias, y aparte de que la ver­
dad no viola, antes santifica las almas en que entra,
¿qué perjuicio puede causar en nadie el conocimiento
del catolicismo, que es un grandísimo bien, aun sólo
considerado como elemento de cultura? ¿Acaso sin el
catolicismo se puede explicar la historia del mundo
desde hace dos mil años? ¿Por ventura puede haber
educación amplia e integral desconociendo el catolicis­
mo? Supongamos que una madre que ha tenido que
ausentarse^ dejando a sus hijos en muy corta edad,
vuelve y lleva a sus hijos, escolares, ya grandezuelos,
a nuestro Museo del Prado, y que pasan por el salón
de Velázquez y por delante de las Concepciones de
Murillo, y que aquellos jovencetes tienen que pregun­
tar a la madre qué significa aquella figura humana en*
clavada en aquel madero y quién es aquella mujer que
tan ideal surge del lienzo, como queriendo remontarse
hacia arriba. ¿Que pensaría aquella madre de la amplia
educación desús hijos? ¡Vaya unas escuelas, exclama­
ría, en que no se enseña a los niños lo más elemental
de nuestra enseñanza y de nuestra educación! ¿Verdad
que sin enseñanza religiosa no hay educación integral
posible?
Pasemos ahora a refutar Ja doctrina de los que de­
- 189 —
fienden los derechos del Estado a educar a los niños
que han de ser los ciudadanos de mañana, como mejor
se le antoje y como mejor consiga la realización de sus
futuros planes. Esta absorción de todo derecho docen­
te por el Estado se ha realizado en las escuelas de
Francia, y nuestros gobernantes, pedísccuos eternos
de los franceses, ya han intentado con cautelosa per­
fidia realizarla entre nosotros, emprendiendo, a falta
de medidas regeneradoras —aquí ya no hay regenera­
ción ninguna en qué pensar— una campaña entusiasta
contra el catecismo. EL corrumpere et corrumpi, co­
rromper y corromperse, en que sintetizó Tácito la po­
lítica hedionda de Jos degenerados Césares, ha vuelto
a ser la divisa de ciertos gobiernos latinos contempo­
ráneos. ¡Qué extraño que en Alemania se haya de­
clarado ya contrabando la pornografía francesa y
— ¡ay!— también la pornografía española; que en co­
mercio de exportación pornográfica no estamos nada
rezagados los españoles!...
Pero vayamos al grano y veamos la justicia de esos
derechos que las pandillas radicales pretenden confe­
rir al Estado para hacer de él un prolífico padre de
familia.
El niño es algo natural del padre, según la frase de
Santo Tomás de Aquino: filius est naturaliter aliquid
patris (1), Esa natural pertenencia del niño a los pa­
dres les confiere el derecho de educarle y de instruirle.
Y es tan sagrado ese derecho, que ni los padres mis­
mos pueden cederlo ai Estado, ya que más bien que
derecho es deber. El niño tiene derecho a la vida, a la
educación, a la instrucción, y a los padres que le dieron
el ser incumbe el satisfacer los derechos del niño. Han
engendrado a un ser imperfecto y tienen la obligación

(1) Summa Theol.} 2, L


2.ae, q. X , art. 12.
- 190 -

de perfeccionarle, Son sus tutores naturales y estos


son primero que el tutor civilj única clase de tutoría
que le incumbe al Estado. La tutoría del Estado es
subsidiaria y sólo puede ejercerse en defecto de la tu­
toría paterna* Sólo con ese carácter supletorio puede
inmiscuirse el Estado en el santuario del hogar.
No hay razón ninguna por la cual pueda el Estado
arrebatar a los padres un derecho que les concede el
hecho mismo de la generación. La autoridad paterna
sobre los hijos es anterior a la autoridad del Estado.
Lógicamente y cronológicamente el niño pertenece
antes a la familia que al Estado. Este es algo posterior
a la familia.
Para educar e instruir, hay que conocer a quiénes
se educa e instruye. Y ¿quiénes conocen mejor a sus
hijos que los que les dieron el ser? Para interesarse
por la educación de los niños es preciso amarlos, y
¿quiénes amarán más a los niños que los autores de sus
días? Los padres se sobreviven en los hijos, y ¿qué no
harán los padres, en geueral, para sobrevivirse con
honor y con gloria? La formación de los niños impone
sacrificios e inmolaciones, y ¿habrá nadie que esté más
dispuesto a inmolarse por los propios hijos que los que
les dieron su carne y su sangre en hora inefable de
*mor?
Ahora bien, lo que son los padres en el orden natu­
ral, lo es la Iglesia en el orden sobrenatural. La Ig le­
sia, al regenerar a los niños en las aguas bautisma­
les, se constituye en madre espiritual de los bautiza­
dos, porque les ha engendrado las almas a la vida
mística de la gracia* Y ¿quién con más títulos que la
Madre espiritual para formales el espíritu, para des­
arrollar en ellos la vida de la gracia, para hacerlos
hermanos de Jesucristo y coherederos de su gloria?
¿Quién podrá instruirlos en lo tocante a la doctrina de
- yji -

fe y de costumbres, mejor que ella, que ha sido cons­


tituida por su divino Fundador en Maestra infalible
de la verdad? ¿Quién puede instruir mejor que un
maestro infalible? Es indudable que en la formación
religiosa y moral de los niños son indiscutibles los
derechos de su Santa Madre la Iglesia.
Para alegar derechos a la formación espiritual de
los niños es necesario demostrar el amor y el entusias­
mo que se tiene por ellos. Y en cuanto a amor y a en­
tusiasmo por los niños, ¿quién podrá competir con la
Iglesia, que hasta por los países salvajes ha propagado
los asilos de los niños desamparados, llenando el mun­
do de escuelas y de colegios? ¿A quién se debe la ins*
titución de la Santa Infancia, que a tantos niños libra
de la muerto segura en los países donde aun se practi­
ca la vieja brutalidad de exponer en el arroyo a los
niños que los padres no aceptan porque no, y que llamo
vieja brutalidad, porque se practicaba en Grecia y en
Eoma, sin que extrañase a filósofos como Séneca y
como Platón, que hasta la erigía en institución de su
república ideal?
Es todo esto doctrina tan de sentido común, que
uno se sorprende al ver que hay pensadores que osan
discutir esos derechos a los padres y a la Iglesia, para
concedérselos al Estado, siguiendo a Rousseau, ¡a
Rousseau que no hacía, caso de los infelices a quienes
había dado el ser y a quienes entregaba fríamente a la
inclusa! ¡Yaya un papel paternal el que representaría
el Estado elevado a padre de familia de todos los ni­
ños de una nación! ¡Vaya una encarnación monstruosa
del desalmado autor del Emilio!
Investir al Estado del poder docente y dogmatiza­
d os que es el sueño de los anticlericales hispanos de
última hora, sería ponerle la tiara y·la Cruz, transfor­
mándolo en iglesia, en una iglesia no fundada por Je­
— 192 -

sucristo y que había de eclipsar todos los excesos de


intolerancia dogmática y de persecución religiosa de
que nos habla la historia del mundo. No hay más que
fijarse un poco en el vendaval persecutorio que cada
día arrecia más y más, tratando de despojar a los más
honrados ciudadanos hasta de los derechos comunes de
ciudadanía, No es en las logias y en los antros del
radicalismo, talleres confeccionadores del dogmatismo
del Estado, donde giran brisas de tolerancia; que la
tolerancia es hija del amor, no del odio, único alimen­
to de que parecen nutrirse jacobinos y radicales. ¡"Dios
libre a las sociedades de ese clericalismo al revés, quo
saliese revestido de pontificales paramentos de la ma­
sonería, «la sinagoga de Satán», como la nombró
Pío IX!
Hasta Renán* el propio Renán insurgía contra ese
monopolio docente, que, ya en su tiempo, pretendía
ejercer el Estado en Francia. Véanse sus palabras:
«un sistema de educación análogo al de la antigüedad
griega, un sistema uniforme obligatorio para todos,
que arrebatase el niño a la familia, sometiéndole a una
enseñanza que podría herir la conciencia del padre,
un tal sistema... es en nuestros días imposible. Lejos de
ser una máquina de educación, sería una máquina de
embrutecimiento, de necedad y de ignorancia» (1).
Mucho se trabaja a sombra de tejado, por que cuan­
to antes se realice en nuestra patria semejante preten­
sión cesarista. Con el pretexto deque la enseñanza es
colar es una necesidad social a que tiene que subvenir
con su tesoro el Estado —como si el Estado y su teso­
ro no tuviesen que ser sostenidos por los padres de fa­
milia españoles— se están haciendo esfuerzos inicuos,
cuando directa, cuando indirectamente, para expulsar

(1) Ti¿forme iutellect. vp.IL· et. inórale, p. 324.


— 193 —

a la religión de la escuela. Sin embargo, es de a b r ig a r


la esperanza de que no se perpetre en nuestro suelo
atrocidad semejante, por muy perpetrada que la con­
templemos ya en la nación vecina*
Una tiranía tal provocaría la indignación de todos
los padres de familia católicos, y aunque no la provo­
case y continuasen dejándose atropellar, mansurrones
y callados como borregos1 insurgiría, es bien seguro,
el espíritu de nuestras mujeres — las verdaderas adali­
des de nuestra religión y de nuestra fe, — y tras ellas,
avergonzados, no tendrían más remedio que ir los
hombres.
En tiempo de O'Connell, hubo heroicas irlandesas
que en medio de la persecución de que eran víctimas
sus esposos y sus hijos por parte de la pérfida Albión,
los entusiasmaban y enardecían mezclándose con ellos
en la pelea y gritándoles ardorosamente: «¡acordaos
del alma y de la libertad!» Y en España, abundan, gra­
cias a Dios, las heroínas como las irlandesas. Bien
reciente está el hermoso movimiento femenino madri­
leño y provinciano que triunfó de Romanones, cuan*
do este gobernante, no sabiendo ya cómo agradar me­
jor a los hombres de las izquierdas, se fue a meter has­
ta con el catecismo, tratando de que no se enseñara en
las escuelas hispanas ese hermoso silabario de la teo -
logia y de la fe, que es al mismo tiempo el silabario de
todas nuestras grandezas nacionales* ya que sin él es
«.n problema insoluble nuestra historia. Con cierto hu­
morístico desdén llamó alguien aquel movimiento *la
revolución de las mancillas», Pero hay que reconocer
que esa revolución de las mantillas fue la que impidió
que cuajasen los jacobinos proyectos del Gobierno y la
que hizo que se respetase el sagrado derecho de los n i­
ños españoles a ser amamantados con la leche de la
verdad; que es forzoso confesarlo, cantarlo para glo-
13
- i 94 -

ria de 3a mujer española: cuando los hombres que se


dicen católicos, se amilanan y se acurrucan, cobardes,
detrás de su impotencia, son las mujeres las que mues­
tran abnegación y gallardía, saliendo de sus hogares,
planteles sagrados de virtud y de pureza, para aguo*
rrirsfc unas a otras y marchar, juntas e intrépidas’, a la
defensa de la Cruz. ¡Cuántas veces hubiese triunfado
la impiedad entre nosotros, si no fuera por el miedo
a la revolución de las mantillas!
X II r

las prollgalidades del Ministerio de loslricción pública


y la Institución libre je ta ñ a ra .

Que la instrucción pública que debía ser el ramo me-,


jor atendido de la administración española, es acaso
uno de los más descuidados, está en la conciencia de
todo español. Entre nuestros pensadores es lugar c o ­
mún el ponderar la necesidad de cultura como medio
indispensable de regeneración moral y material. Por
toneladas podríamos vender nosotros el papel impre­
so de sonoros discursos y bien pensados libros intiman­
do la necesidad de cultura, de difusión de enseñanza.
¡Cuántas diatribas contra los Gobiernos por la falta de
escuelas de niños que no son ni siquiera la mitad de
las que se habrían menester para cumplir la ley de
primera enseñanza, obligatoria entre nosotros desde
hace ya más de medio siglo! ¡Cuántos estigmas contra
los ministros de Instrucción pública que toleran que
no haya suficientes maestros de escuela, y que gran
parte de los que hay, carezcan de los conocimientos
pedagógicos requeridos para el desempeño de su sa­
grada misiónTy que todos ellos estén pauperriinamens
te pagados, razón por la cual no deben sentir grande-
- 196 -

escrúpulos de conciencia en no cumplir sino muy me­


diocremente con su deber!
Es esto la cantinela eterna de todo pensador hispa­
no que se ha inquietado un adarme por el atraso en
que vivimos. Y uno está harto, harto ya de tantas
cantinelas y de tantos risueños proyectos y de tantas,
al parecer, sinceras diatribas, sobre todo, después que
se ha visto una vez y otra vez que algunos de los que
más han vituperado y maldecido, han llegado a las al­
turas, desde donde se puede hacer algo positivo por la
cultura de España, y han descendido de ellas sin haber
hecho ni una tilde por remediar los cacareados males
que tanto nos aquejan y nos consumen. Diríase que
muchos políticos no tenían más plataforma para es­
calar los altos puestos de la nación, que el ponderar
Jas deficiencias de este o de aquel servicio público, y
que, una vez empingorotados, las contemplan hasta
con cariño, no tomando providencia ninguna contra
ellas, ya que les habían servido de andamiaje para su-
bir, siendo, por tanto, acreedoras a su gratitud.
Eso sí, mucho aparato de salvadoras reformas, mu*
cho ruido de sabias inclusiones en el presupuesto, mu­
chos gastos efectivos en nuevos organismos y en nue­
vas instituciones, y ningún beneficioso resultado prác­
tico, como no se tomen por tal las consiguientes in­
moralidades administrativas. Y en'el ramo de Instruc­
ción pública parece ser donde más abierto campo han .
encontrado las nulidades y donde más a mansalva se
han podido realizar la dilapidación y el despilfarro.
En el Ministerio de Instrucción pública, que es don­
de más falta nos hacen hombres de verdadera y sólida
cultura que sepan rodearse de personal hábil y docto*
capaz de idear y de llevar a feliz término una verda­
dera cruzada cultural que destierre de nuestro suelo
el analfabetismo, es donde, sobre todo en los últimos
- 197 —

lustros, han aparecido encumbrados, como por arte dé


encantamiento, hombres vacíos de cultura, y, lo que
es peor todavía, vacíos también de probidad, y que no
han titubeado en malversar gran parte del presupues­
to correspondiente en aparentar, sí, que hacían mu­
cho y bueno, pero en realidad, en prodigar mercedes
y favores a conmilitones políticos y a profesorcillos
volterianos.
Es claro que si nos vamos a fijar en lo aparente de
mientra cultura y de nuestra civilización, estamos al
nivel de los pueblos más cultos y civilizados, aparecien­
do todo grande, soberbio, magnífico: lujo de direc­
ciones, lujo de profesorado, lujo de programas, lujo
de asignaturas,,. Pero todo es postizo y aparente como
las decoraciones de teatro, en que se ve un bosque tupi­
do y espeso que se dilata a lo lejos, bordeado de un río
de pintorescas riberas, y os acercáis, y todo se reduce a
papel y cartón y tela con unos cuantos brochazos de
brocha gorda. Así sucede con nuestra ciencia y naestra
cultura. Tenemos una pléyade de hombres eminentísi­
mos en todos los ramos del saber,una legión de sabios
que discurren y filosofan sobre todas las cosas y otras
muchas más; pero os acercáis a ellos y veis que la ma­
yor parte son de los que se arrogan la ciencia, como
Díógenes el Cínico, que hablando una vez sobre cosas
que no entendía, como alguien le reprendiese y le inte*
rrogase de dónde sabía él semejantes cosas, dicen que
dijo: «me arrogo el saber». ¡Cuántos hay que se arro­
gan la ciencia en nuestros días! De ahí que los españo­
les no tengamos como Grecia siete sabios, sino siete
mil, y aun estaba por afirmar que setecientos mil; como
que, mucho más modestos y juiciosos que los antiguos
griegos, llamamos sabio a cualquier Castillejo o a cual*
quier Altamira.
El atraso cultural de España es un hecho innega­
1PS -

ble, digan lo que quieran ciertos optimistas cándidos,


que se imaginan que la realidad de las cosas eambia,
según se las mire de esta o de la otra manera. En pun­
to a cultura vivimos, casi en absoluto, de prestado. Es
poquísimo lo que lleva el sello netamente español. Casi
todo tiene ribetes de extranjerizo. ¡Qué de trapos y re-
miendos cosidos y recosidos de cultura ajena! Prosi­
gue siendo una verdad como una loma aquello de Gani-
vet: «nuestra debilidad intelectual se patentiza en la
incoherencia de nuestra cultura, formada do retazos
de diferentes colores como la vestimenta de los mendi­
gos» (1).
No podemos Jucir cultura propia y nos pretendemos
vestir de la ajena, especialmente de la francesa que
no nos viene bien, y que pugna, a menudo, con nues­
tro carácter, con nuestra hidalguía y con nuestra his­
toria. Y es imponderable el perjuicio que nos están
causando esos prestamos vergonzantes y antiespafio-
les. San Agustín escribiendo a San Jerónimo y hacién­
dole un gran elogio de un joven sacerdote español que
se aprestaba a visitarle en Hipona, y a quien califica
de «elocuente, vivo de ingenio y enamorado del estu­
dio», decía ya que las malas doctrinas habían hecho
más estragos en las almas españolas que en sus cuer­
pos la espada de los bárbaros (2). Y hoy está pasando
lo propio que en los tiempos de San Agustín: las in­
sanas doctrinas advenedizas nos están causando más
estragos en el espíritu que todas nuestras desastrosas
guerras de estos últimos años.
Y ¿cómo la cultura ha de florecer entre nosotros,
donde cada ministro de Instrucción pública no hace,

(1) Icieuriuíu Español, p, 140.


(¿) ...falsas perniciosasriufc doctrinas quae ánimas hispanorum
multo infeliuiua quarn córpnra barb¿ricus gládius, trucidáriint.—
Epístola C L XV I, 2.
- 199 —

desde las alturas del ministerio, otra cosa que desha­


cer lo hecho por el ministro anterior, poniendo todos
su punto de honra en dejar en pos de sí algún Real de­
creto de enseñanza, sin advertir que con eso convierten
la enseñanza española en una eterna tela de Penélope
y no hacen más que poner en evidencia aquel dicho
de Tácito plúrimae leges , péssima respública?
Y con la fiebre reformista de los ministros corre pa­
rejas la fiebre reformista de los profesores. ¡Qué fron­
dosidad de textos y de programas! Eso sí7 constituyen
una renta pingüe para los reformistas catedráticos a
quienes lo que menos importa es que la enseñanza ande
que.«, válgame Dios. A juzgar a España por los libros
de texto no habría más remedio que calificarla de in­
menso Sahara de insensatez con pequeños oasis de sen­
tido común. Con decir que la Institución Libre de En­
señanza todavía impone aquí y allá, en muchos cen­
tros docentes, libros plagados de krausismo, está di­
cho todo.
— ¿Qué organismo es ese de la Institución Libre de
Enseñanza? Ya se comprenderá que esta interrogación
es absolutamente retórica, pues lo que es ese organis­
mo flamante lo sabe bien todo español por mediana
cultura que posea, sobre todo después que sus diversos
hombres actuando de caballos y de alfiles en el tablero
de ajedrez de la política hispana sitiaron a la reina,
léase la Instrucción pública, y aun intentaron dar mate
al rey, allá en aquella época de las inverosímiles visi­
tas al Palacio de Oriente, cuando el desatentado Conde
de Romanones tanto empeño ponía en hacer ver que
no tenía importancia ninguna el simulacro de retirada
de Maura.
Esa famosa Institución es un organismo cuasi omni­
potente que se ha infeudado en España todo el ramo
de instrucción pública, según vamos a colegir de unas
200 -

cuantas insinuaciones, que patentizan la omnímoda in­


fluencia de dicho centro en nuestros desalumbrados
gobernantes,
La Institución Libra de Enseñanza como colegio
privado fundado por D. Francisco Griner de los Ríos,
en colaboración con D. Gumersindo Azcárate y otros
hombres conspicuos de significación claramente iz­
quierdista y anticristiana, no es ni más ni menos que
uno de tantos colegios particulares fundados al ampa­
ro del art. 12 de la Constitución, que dice que «todo
español podrá fundar y sostener establecimientos de
instrucción o de educación con arreglo a las leyes», y
en el cual se da a los alumnos la enseñanza que los
pone en condiciones de seguir luego una carrera. Loa
padres de los alumnos pagan la enseñanza que se da a
sus hijos y de esa paga vive la Institución y remunera
a sus profesores. Es claro que la enseñanza que se da en
ese colegio tiende a descristianizar y aun a deshispa­
nizar; puesto que sus profesores son todos de los que
han roto abiertamente con la España tradicionalista y
renegado de todas nuestras grandes y legítimas glo­
rias inspiradas y llevadas a cabo por nuestro espíritu
gigante genuinámente cristiano y español, Pero dada
la libertad de pensamiento que es constitucional en Es­
paña, desde que el espíritu liberalesco nos rige y go­
bierna, nada se puede objetar contra ese colegio instl·
tucionista que enseña y vive de la enseñanza que da,
lo mismo que los demás colegios particulares de segla­
res y religiosos. Por eso el Sr. Azcárate acertó a salir*
se por la tangente y a dejar frustrados los zarpazos
del insigne Mella, cuando habiendo hablado el gran
tribuno católico contra la Institución Libre de Ense­
ñanza vituperando que estuviese remunerada por el
EstadOj se levantó el viejo santón de las izquierdas a
combatirle negándole en redondo que semejante cen­
- 20 L -

tro docente percibiese ni un sólo céntimo del Estacío,


escabullándose así a los elocuentes ataques del gran
paladín tradicionalista que no estaba enterado de lo
que ocurre, como no lo están, al parecer, los llamados
diputados católicos independientes, que no pidieron
entonces la palabra para decir las viles artes de que
se vale la Institución para chupar al Estado y rego­
dearse a expensas del presupuesto. Y digo que no es­
tán enterados, porque de estarlo, sería un crimen que
se callasen como se callan, y no empleasen todas sus
viriles energías en hablar alto y claro a la nación, para
que fuese la nación entera quien forjase el rayo anate-
matizador, y se lo estampase a los culpables en la fren­
te. Y lo que digo de nuestros diputados reza tan elo­
cuentemente con nuestros católicos senadores.
No, la Institución Libre de Enseñanza como tal Ins­
titución no percibe ni un céntimo del Estado, pero los
hombres de la Institución Libre de Enseñanza que sa­
ben muy bien que la astucia es más poderosa que la
fortaleza, y que son astutos y resabidos como raposa?,
se las ingenian para chuparle al Estado su milloncejo
y medio de pesetas contantes y sonantes, habiéndose­
las arreglado a maravilla para hacer esa succión in­
fame perfectamente legal, en virtud de un Real decre­
to dado por el ministro de Instrucción pública D. An­
tonio Barroso y Castillo en 22 de enero de 1910. ¡En
aquellos días infaustos había de ser dado semejante de­
creto, cuando Maura acababa de ser derrumbado del
Poder, graoias a la turbina que el desventurado Moret
había hecho girar en medio de la cloaca nacional
—siento no recordar literalmente la frase gráfica del
insigne mallorquín— para asentar en su poltrona la
sombra fatídica de Ferrer, que fué la que gobernó a
España durante aquellos nefastos cien días!
— ¿Cómo se las arreglan los hombres de la Institu­
- 202 -

ción para vivir holgadamente, despilfarradamente a


costa del presupuesto nacional del cual han tenido la
habilidad de constituirse en fervorosos archicofrades?
He aquí lo que no sabía el insigne Mella y le impidió
conseguir un triunfo ruidoso que acaso hubiese sido do
salvadora trascendencia para la patria y para la re·
ligión.
Los hombres de la Institución Libre de Enseñanza
han sido tan sabios y tan hábiles, que, a fuerza de filis
y de risitas de azúcar, han sabido crear tres organis-
mos independientes que manejan ellos como les vie­
ne en talante, pero que paga opulentamente la nación:
Museo Pedagógico Nacional, Junta de Ampliación de
Estudios e Investigaciones científicas, e Instituto de
Material Científico, sin hablar de otros organismos más
o menos anexos, y nada escasamente chorreadores,
como el Museo de Ciencias Naturales, que dirige Bolí­
var y la Estación de Biología Marina, de Santan­
der, que dirigió años y años el institucionista Lina­
res, etc., etc.
Hablemos cuatro palabras de cada uno de esos tres
organismos creados y regidos por los hombres de la
‘ Institución o> por mejor decir, por los ministros de
Instrucción pública que, siendo consejeros natos del
Rey, no han tenido a mengua el convertirse en mise*
ros golillas al arbitrio libérrimo de los hombres de la
Institución.
El Museo Pedagógico Nacional, que no es más que
un centro creado por el Sr. Cossío, para dar en él al­
gunas conferencias y tener allí una biblioteca y un
salón de lectura en los cuales abundan a rabiar las pa-
blicaciones marcadamente anticatólicas, percibe del
presupuesto de la nación 22.750 pesetas para pago del
personal, de las cuales 4.000 son para su director nato
el Sr. Co9sío, 3.500 para ol subdirector Sr. Rubio y
— 203 —

3,000 para el secretario Sr. Barnés, que sucedió al se­


ñor Altamira eu el cargo; y además de las 22.750 pe­
setas para el personal, percibe para material — libros
y publicaciones— , otras 21.000 pesetas.
Dejo nombres y sueldos, que van a sumarse con otro?
sueldos y subsueldos, a la consideración de los lec­
tores; pero se me va a permitir esta ligera observa­
ción. Eu España haj7’ un lucido Cuerpo de Archiveros,
que es el que está al frente de todas las bibliotecas de
]a nación. ¿Por que a eso Cuerpo de Archiveros se le
ha de sustraer ese Museo Pedagógico Nacional, que no
es en el fondo más que una biblioteca? ¿Para que le
rijan a su antojo, como verdadero cantón independien­
te, el señor Cossío y demás adláteres de la Institución
Libre de Enseñanza? ¿No va en ello hasta un desho­
nor para el dignísimo Cuerpo de Archiveros? ¿Es que
los méritos del Sr. Cossío son tatitos que no bastaba
remunerarlos, regalándole como se le regaló una clase
en la Universidad Central, sin que nadie chistase por
que se otorgasen, a título de mercedes enriqueñas, dis­
tinciones tan altas y que sólo suelen ser otorgadas pre­
via una brillante oposición? ¿Y no va en esto un des­
honor para los demás dignísimos profesores, que han
tenido que entrar a formar parte del Claustro, gracias
a su senda brillante oposición?...
¡Oh, si aun insigne religioso, por insigne que fuese,
se le regalase una clase en la Universidad Central, y se
le permitiese fundar una biblioteca remunerada por
el Estado, con más de 48 000 pesetas anuales! ¡Lo que
dirían los lores!...
Respecto de la Junta de Ampliación de Estudios e
Investigaciones científicas, sólo diré que percibe una
dotación anual, —¡da vergüenza consignarla!— , de
800.000 pesetas. Véase lo que se lee en el presupuesto
de Instrucción pública, cap. III, art. I: *para pago de
- 204 -

pensiones destinadas a ampliación de estudios, etcMet­


cétera, para todos los gastos que ocasionen los servicios
de informaciones, dietas, remuneraciones, etc., etc.,
todo según el Real decreto y reglamento de 22 de ene­
ro de 1910..,, 800.000 pesetas.» ¿En qué se emplea
esa cantidad fabulosa? Pues lo que no se va en dietas
y remuneraciones, en subvencionar otro organismo
creado por la casa, y que se llama la Residencia de
estudiantes, y en pensiones para ampliación de estu­
dios en el extranjero, advirtiendo que en la distribución
de estas pensiones, puede decirse que no tiene inter­
vención ninguna el ministro de Instrucción pública,
que no’ viene a ser más que un humilde secretario de
plantilla de los hombres de la Institución, ei cual o
firma lo que a la firma se le lleva, o ya puede poner­
se inmediatamente a arreglar los papeles de su carte­
ra para irse a su casa.
Verdad que en la constitución de esa Junta han sido
como siempre muy agudos y muy hábiles los hombres
de la Institución, que son los que la han creado y los
que la manejan a su arbitrio, o por mejor decir, al ar­
bitrio del institucionista D. José Castillejo, que es
su secretario, y que por ser tan listo e ingenioso como
redomado, es el alma de toda ella. En esa Junta, siem­
pre hacen figurar alguna eminencia católica, pero de
esas eminencias católicas que ni asisten a sus sesiones,
porque saben perfectamente que perderían ei tiempo
asistiendo, tal D. Marcelino Menéndez y Pelayo, que
perteneció a la Junta, y que probablemente no habrá
asistido jamás a ella, muy persuadido de que el par de
hombres de las derechas que forman en la Juntat no
son más que la hoja de parra, encubridora de lo que
en ella habrían de decidir vocales tan institucionistas,
o tan a merced de los institucionistas como D. Adol­
fo Buylla, D. Gumersindo Azcárate, D, Ignacio Bo­
- 205 —

lívar, don Amalio (rimeno, D. Ramón Menéndez P i­


da!, D. Luis Simarro, D. Eduardo Vincenti, y otros
y otros ejúsdem fúrfuris...
Así que no hay que inquirir qué clase de gente dis­
fruta de las pingües pensiones para el extranjero. P o­
drán figurar, de cuando en cuando, entre los pensiona­
dos, algún que otro sacerdote culto, algún que otro ca­
tólico significado; —ya he dicho que en los hombres
de la Institución dominan la astucia y la habilidad de
las raposas— pero lo ordinario es que los pensiona­
dos sean siempre del mismo pelaje que los que los
envían.
Y en cuanto a la Residencia de estudiantes, mejor
sería no hablar palabra; porque creo que si dijera todo
lo que respecto del particular sentía, habría de herir a
más de cuatro zanguangos capitalistas católicos, y a
más de cuatro católicos periodistas. Es claro, que es
para enfurecer y encolerizar, el ver que se den anual­
mente 100.000 pesetas para los institucionistas, a
cuenta de la Residencia de estudiantes, que eso es lo
que percibe dicha Residencia. ¡Que Residencia de es­
tudiantes no haría una corporación religiosa, si tuviese
del Estado una pensión anual de 100.000 pesetas! No
sólo en la Corte* en cada capital de provincia, habría
en pocos años, una magnífica Residencia de estudian­
tes, en que habrían de estar instalados como príncipes
todos los estudiantes de la nación, aun pagando pen
sión más pequeña que la que pagan los padres de
familia por sus hijos estudiantes a la Residencia de
Madrid.
Pero también es muy claro que la necesidad de esa
casa de estudiantes se venía palpando desde hace mu­
cho tiempo, y no solamente en Madrid, sino también
en las demás capitales provincianas de abundante vida
universitaria. Y ¿qué han hecho los capitalistas cató-
— 206 —

licog para satisfacer esa necesidad creciente de la pa­


tria y satisfacerla de modo que en nada se desviase a
los jóvenes hispanos de los tradicionales rumbos de
nuestra vida clásica española, ni se bastardease en lo
más mínimo* antes al contrario, se acentuase y vigo­
rizase nuestro genuino carácter nacional? ¿Qué socie­
dad se ha constituido para ver de reunir fondos con
que hacer un vasto y espléndido edificio donde los
padres de familia católicos pudiesen dejar a los hijos
que tienen que venir a Madrid a cursar una carrera ,
en la seguridad de que los dejaban colocados en sanas
y cómodas viviendas donde habían de tener abundan­
te nutrición corporal y espiritual, vigilados por perso­
nal sabio y prudente que supiera amenizarles la vida
colegialesca con nobles y educadoras recreaciones, que
los abstuvieran de suspirar por las alegrías ruidosas de
los centros impuros y los impeliesen a bendecir a Dios
por verse alejados tan gustosamente de la flota de pe­
ligros que en la Corte asaltan, desde todos los reco­
dos y desde todas las encrucijadas, a la incauta ju ­
ventud?
Y ¿qué periodistas católicos han clamado a tiempo
una vez y otra, sin descanso, opportune et importune,
sobre la necesidad urgentísima de esa casa de estu ­
diantes y han dado una vez y otra la voz de alerta a
los católicos españoles, aguijándolos hasta con la pun­
ta hiriente de sus ironías y de sus sátiras, para ver
de sacarlos de su africana dejadez y de su tradicional
indolencia, y moverlos a atajar a tiempo los dañi­
nos propósitos que sonreían haciendo una mueca en
todos los proyectos de la Institución Libre de Ense­
ñanza? ¿Qué plumas cálidas y sugestivas han sabido re­
querir de nuestros diputados y senadores católicos in­
dependientes una acción parlamentaria vibrante y te­
naz que hubiese hecho ver al Gobierno y a la patria
— 207 —

entera, la persistente labor de zapa que venían hacien­


do los hombres de la Institución Libre de Enseñanza
para señorearse en absoluto de todos los centros do­
centes de la nación y modelar a sn arbitrio el espíritu
de la estudiosa juventud y, por ende, la futura alma
española?
No hace un mes aún que, con motivo de haber la
Residencia de estudiantes acabado de construir nue­
vos edificios en los altos del Hipódromo y dedicado los
hoteles con que ya contaba en la calle de Fortuny a
Residencia de señoritas, escribía al Director de El
Universo <una persona respetabilísima que reside en
provincias»: «Es incomprensible el silencio de la pren­
sa de la derecha ante estos avances de la impiedad,
¿Es que ahí han llegado ustedes a un convenio táci­
to, por el cual los sectarios tienen la obligación de des­
cristianizar a España y ustedes la de callarse?»,.. La
sospecha del gran Manjón —que el gran Manjón es la
persona respetabilísima a quien aludía El Universo—
tiene todos los visos de justa y de sólidamente funda-
da. ¡Si a tiempo se hubiera hecho una campaña perio­
dística ceñida y clamorosa que hubiese repercutido en
todos los ámbitos de la nación y puesto el grito en el
mismo trono, a buen seguro que no tendríamos que po­
nerle ahora en el mismo cielo, gimoteando líricamente
en vacuas lamentaciones que no sirven más que para
patentizar la falta de previsión, de perspicacia y de
actividad, por no decir también de espíritu de abnega­
ción y de sacrificio, en las filas nutridísimas de los
que se dicen a boca llena patriotas y católicos! Siem­
pre andamos perezosos y tardíos, y no atiabamos ja­
más las maniobras bélicas de los enemigos solapados
y cautelosos de la patria y de la religión, hasta que
su triunfe es un hecho palpitante y sonoro. Y enton­
ces mucha elegía jeremiaca, y mucho rasgarse las ves­
— 2CH —

tiduras, y mucho ¡ay! gemebundo y doliente, y mucha


España católica, y mucha... carabina de Ambrosio.
Pero dejemos ya la Junta de Ampliación de Estu­
dios e Investigaciones científicas y digamos dos pa­
labras acerca del Instituto de Material Científico * otra
de las creaciones de la Institución Libre de Enseñan*
za, y que tiene por objeto el suministrar material cien­
tífico a Institutos y Universidades, según lo tengan
por conveniente los proceres institucionistas que han
confiado todo el régimen de dicho Instituto al Sr. R o ­
dríguez: Mourelo, que es ei alma de todo lo que en su
seno se manipula y se planea. Antes eran los mismos
claustros docentes los que adquirían, según las necesi­
dades y los posibles, el material científico de los res­
pectivos centros; pero a los señores institucionistas les
pareció muy de perlas el monopolizar el suministro
de material científico, y por medio de astucias y de
hipocresías, y con la finísima mónita que ellos se sa­
ben, el caso es que llegaron a conseguir ese codiciado
monopolio con la mansurrona aquiescencia del profe­
sorado español que no avizoró mengua ninguna de los
prestigios claustrales en tener que acudir a un centro
creado a espaldas de la Universidad, bien que a costa
del presupuesto, pues nada menos que 490.000 pesetas
anuales tiene de dotación. La cosa no parece tener im­
portancia ninguna, pero sí la tiene y muy grande; por­
que los Institutos y las Universidades que anhelen es­
tar bien dotados de material científico no tendrán más
remedio que plegarse dócilmente a las influencias y a
las indicaciones de los hombres institucionistas.
¿Pero en virtud de qué se derivan del presupuesto
nacional ese milloncejo y medio de pesetas para poner-
las en manos de los hombres institucionistas que pue­
den hacer con ellas mangas y capirotes, preguntará
alguien con sana curiosidad? Pues en virtud, «todo» en
— 209 —

virtud de Reales decretos como el famoso de 22 de


enero de 1910, siendo ministro de Instrucción pública
D. Antonio Barroso y Castillo y gobernando a Espa­
ña automáticamente la sombra fatídica de Eerrer.
Y aquí se podría pedir estrecha cuenta a todos nues­
tros diputados y senadores de su amor entrañable a la
pureza y a la majestad del sistema parlamentario;
pues no se explica uno cómo toleran que concesiones
hechas por Reales decretos de ministros pródigos
—empleemos innocuos calificativos— pasen a tener
fuerza de ley porque manos astutas las incorporen al
presupuesto de Instrucción pública por medio de inci­
sos arteramente amañados, como el que copio más
arriba citando el Real decreto del Sr. Barroso. ¿Es
que en buen derecho político pueden las concesiones
ministeriales, con su variedad y todo de artículos,
convertirse en leyes, sin necesidad de que todos y cada
uno de los artículos sean discutidos y aprobados en
pleno Parlamento? ¡Cuidado que se consumen turnos
y turnos en pro y en contra del articulado de una ley
presentada a las Cortes! ¡Cuánto despilfarro de subs­
tancia gris y cuánto derroche de palabrería sonora! Y
he aquí que todo eso huelga perfectamente, según el
nuevo derecho político puesto de moda por los hom­
bres de la Institución Libre de Enseñanza, y con el
beneplácito, al parecer, de los que, siendo miembros
de las Cámaras legislativas, no se abochornan de ver
que se escamotean a esas Cámaras larguezas ministe­
riales, que a somormujo y subrepticiamente, pasan a
ser leyes de la nación. ¡Cosas veredes el Cid!...
Después de todo esto creo que huelga perfectamente
el detenerse a hacer consideraciones sobre el poder
omnímodo que ejerce la Institución en los ramos todos
de Instrucción pública en España.
Ganivet quería que cuando fuesen si proveerse los
¡A
— 210 —

profesorados de Institutos y Universidades, se hiciese


«la substitución de las oposiciones hoy en uso por el
examen de obras de los aspiran tes». Y decía que en las
oposiciones — «palenques charlatanescos»— triunfa­
ban, no los de más inteligenciar sino, como en las ca­
rreras de caballos, los que tenían más resuello y patas
más largas... Hoy ya ni siquiera estos triunfan. La
adjudicación de todos los profesorados españoles es
hoy un monopolio, que ejerce como bien le parece la
Institución Libre de Enseñanza. Si le parece bien que
haya oposiciones, las hay, y si no, se hace la adjudica­
ción por una Real orden que aparece en la Gaceta, como
sucedió, bien poco ha, con una cátedra del Instituto de
Lugo y con otra de latín del Instituto de Oviedo y con
las cátedras del Sr. Cossío y del Sr, Altamira en plena
Universidad Central. ¡Hubieran salido los agraciados
tan lucidos de haber tenido que ir a unas oposiciones!...
Esta cuasi omnipotencia que disfruta entre nosotros
la Institución Libre de Enseñanza, que es quien repar*
te las prebendas en las oposiciones y en los concursos
a cátedras de Universidades, Institutos y Escuelas su­
periores, y el irritante monopolio de programas y de
textos que ejercen con el profesorado un par de seño­
res de birrete que, con toda su aparatosa pedagogía
moderna, no son más que dos representantes rezaga­
dos de aquella inepcia filosófica que con el nombre de
krausismo, invadió nuestras aulas, haco media centu­
ria, son fruto de la insuficiencia mental de los diver­
sos hombres que escalaron el ministerio de Instruc­
ción pública, a la vez que do la falta de virilidad de
los mismos hombres de las aulas que, siendo tanto?,
y habiendo entre ellos hombres de reconocida sabidu­
ría y de justísimos prestigios científicos, se han dejado
imponer por eminencias fósiles que apenas han hecho
otra cosa que traducir del francés en estilo pedestre
— 211 —

y desgarbado. Los libros de G-iner de los Ríos lo de­


muestran hasta la saciedad.
A la sombra y al amparo de la Institución Libre de
Enseñanza fue como han conseguido salir pensionadas
para «hacer estudios» en el extranjero tantas y tantas
nulidades, que apenas si pisaban los umbrales de algún
centro universitario, y que, después de unos cuantos
meses, a veces después de un par de años, volvían a
España tan atiborradas de ciencia como habían salido.
Por un Vicente Gay que haya procurado imponerse a
fondo del alemán y acaudalarse bien de conocimientos
y de ideas, podrían citarse centenares que no hicieron
por Alemania más que divertirse y andar a la flor del
berro entre bailarinas alegres, como el sobrino de
aquel delicioso Conde de Quintanilla en la preciosa
comedia de Vital Aza.
A la sombra y al amparo de la Institución Libre de
Enseñanza nacieron las escuelas laicas españolas, esos
centros de ensezanza primaria que, poco a poco, van
surgiendo en este o en aquel barrio de nuestras gran­
des ciudades, y que llamándose de enseñanza prima­
ria prescinden de lo primario que debe inculcarse a los
niños, que es la idea de Dios.
A la sombra y ai amparo de la Institución Libre de
Enseñanza se pretendió transformar la cuestión-Fe-
rrer, aborto plebeyo de amotinamiento y de antipa-
triotismo, en cuestión nobilísima de redentora propa­
ganda, de cultura y de libertad, consiguiendo que el
nombre español fuese escarnecido y vilipendiado por
almas ruines dentro y fuera de la patria.
Y a la sombra y al amparo de la Institucióñ Libre
de Enseñanza —¿quién no lo sabe? — se quiso hacer, a
raíz de haberle sido impuesta la dimisión de su alto
cargo al Sr. Altamira, aquella intervención extran­
jera que le repusiese en su puesto, y para lo cual se su­
— 21 2 ~

plicaba, nada menos que por el Director de la Escuela


Superior del Magisterio, al frente del cual estaba el
Sr, Buylla, que se suscitase de nuevo la cuestión-Fe-
rrer, arreciando cuanto fuese posible en la campaña.
Sí, al amparo de la Institución Libre de Enseñanza
es como se ha visto entre nosotros a celebridades de
estuco, pródigamente retribuidas por nuestros Gobier­
nos, cobrando muy bonitamente sus sueldos pingües
y, al mismo tiempo, actuar en la sombra de vulgares
revolucionarios, tratando de intimidar y arrancar la
reposición de Altamira en su alto puesto do Director
general de Enseñanza, puesto a que había subido en­
tre los aplauso« de casi todos los españoles, incluso de
sus correligionarios los republicanos* que lejos de ver
en aquella aproximación al presupuesto una abdica *
ción de sus ideas, veían la conquista de unrt nueva
posición estratégica que había de facilitar el triunfo
de la república. Todas esas cosas y otras muchas má<
acaecieron y acaecen entre nosotros a la sombra y al
amparo de la Institución Libre de Enseñanza.
¿Y se ha de aguantar que la Institución Libre de
Enseñanza siga adelante con su monopolio, ya casi
absoluto, de la Instrucción pública española? ¡Y qué
otro remedio nos cabe! Es ya muy tarde para salir le­
al atajo en su despótico e irritante señorío. Tiene copa­
do, casi en pleno, al Consejo de Instrucción piíblicaj
copo que explica perfectamente el que en los jurados
para oposiciones a cátedras de Institutos y de Univer­
sidades tengan siempre mayoría lus fautores decididos
de las tendencias institucionistas que hacen triunfar
siempre o casi siempre al candidato más matizado de­
izquierdista y de radical. Y lo que es peor, tiene gana­
dos, y muy a merced de sus quereres, a muy altos per­
sonajes de la política española. Los diputados y sena­
dores del reformismo son todos, sin excepción de uno
- -

siquiera, entusiastas admiradores de la Institución


Libre de Enseñanza, en cuyas tendencias y en cuyas
doctrinas ven la anhelada laicización del Estado que
nos ha de deshispanizar reintegrándonos a Europa y
haciéndonos formar en el escuadrón de los pueblos
cultos. Los lerrouxistas son todos también fogosos
paladines de la Institución por cuyos triunfos han roto
ya mil lanzas hallándose dispuestos a romper otras
mil y otras mil. Entre las huestes liberales cuenta con
los ya históricos patrocinadores D. Amos Salvador,
TX Amalio Gime-no, D. Antonio Barroso y Castillo y
hasta con el propio Conde de Romanones y toda su co­
horte pedísecua de admiradores desinteresados y en­
tusiastas* Y como si aun todo esto fuera mero grano
de anís, está siempre a su lado, puesta en orden de
combate y resuelta a dilapidar, por la victoria de los
ideales institucionistas, hasta sus últimas gallardías
retóricas, esa prensa rotativa de las izquierdas que tan
mágicamente sabe mantener sus prestigios enormes en
la opinión, no obstante registrar en sus gloriosos ana­
les tan antipatrióticas campañas como la que, después
de despeñarnos en el ridículo de los combates nava­
les de Cavite y de Santiago de Cuba, nos llevó, mania­
tados y lacrimosos» al Tratado de París, a liquidar
con nuestros últimos terruños coloniales el último tim­
bre de nuestra grandeza y de nuestro honor.
Con toda esa masa compacta de fuerzas vivas a
su lado ¿cómo la Institución Libre de Enseñanza no ha
de ver, cada día más estremecida de delectación em­
briagadora, dilatarse los horizontes risueños de su
monopolio docente e intensificarse el influjo nefasto de
sus hombres en los futuros destinos de la nación? Yo
no quiero pararme a calcular con la fantasía el empuje
arrollador y triunfante que ha de adquirir la Institu­
ción Libre de Enseñanza el día, ya no lejano —los
— 2U —

liberales cada día hacen sentir más recios sus aldaba­


zos a las puertas del Poder— } en que uno de los pro­
hombres reformistas, acaso el propio jefe que es el que
para ello un día y otro se viene indicando, se encara­
me al ministerio de Instrucción pública y comience a
firmar los Reales decretos y ías Reales órdenes que
la Institución juzgue convenientes para el triunfo de*
cisivo y completo de sus europeizadores planes. Si
insignes prohombres liberales no <?e han desdeñado,
siendo ministros, de ser simples mandatarios de los
hombres de la Institución, sirviéndola leal y munífica-
mente aun en sus veleidades y en sus caprichos, ¿qué
sucederá el día fatídico que ha de amanecer muy pron­
to, si Dios no lo remedia, en que veamos que el mi*
nisterio de Instrucción pública se ha convertido en una
covachuela de dóciles subalternos de la Institución?
Hay periodistas católicos, y algo más que periodis­
tas, de los que yo juzgo sinceramente que han podido
y debido hacer a tiempo bastante más de lo que han
hecho por desenmascarar a los hombres de la Insti­
tución y patentizar sus planes deshispanizadores y
descristianizadores, rasgándoles el disfraz hipócrita de
simplemente arreligiosos y apolíticos, que creen de
buena intención que aun se puede levantar en frente
de la avenida institucionista un incontrastable valla­
dar de acero, si las llamadas derechas, que yo no veo
combatir aguerridas y disciplinadas por ninguna par­
te, logran hacer un llamamiento eficaz a los claustros
universitarios que los persuada de la vergonzosa mer­
ma de prestigios que para ellos implicaría el que se
incautase de la dirección general docente de la na’
ción un organismo tan extrauniversitario por su ori­
gen y por su esencia como la Institución Libre de En­
señanza. Pero ¡vana creencia! después que una vez y
otra hemos visto a los hombres universitarios enco­
- - 215 —

gerse humildemente y encerrarse en religioso silencio,


ante las prodigalidades del ministerio de Instrucción
pública regalando cátedras universitarias, sin previas
oposiciones de ningún género, a los hombres institu­
ción isbas, y después que hemos visto en pleno paranin­
fo de la Universidad Central al Sr. Lozano Rey can­
tando en sonoros ditirambos líricos la sublime epopeya
docente de la Institución Libre de Enseñanza, sin que
enrojeciese de ira y protestase clamorosamente indig­
nado ninguno de nuestros eximios hombres de univer­
sidad.
¡Tolerar que se dijese allí sin negación rotunda y
clamorosa, que la Institución Libre de Enseñanza ha­
bía dotado «a los españoles de un sexto sentido, el
sentido estético»! ¡Como si no hubiese sido nuestro
afinado sentido estético el que hizo de la tierra espa­
ñola tierra clásica del arte, de la poesía y de la lite­
ratura! ¡Qué soberana mueca de ironía retozona no
habrán hecho, allende el sepulcro, los augustos manes
de nuestros excelsos pintores y de nuestros sublimes
poetas, ya que en el paraninfo universitario, al oir
tan peregrinas cosas, no hayan ni arrugado siquiera
el ceño nuestros eminentes hombres de universidad!
Lo digo con hondo sentimiento: con hombres que,
sabiendo como tienen que saber que el campo de la
Instrucción pública debe ser un campo abierto a todos
ios grandes cerebros da la nación, pero muy especial­
mente a los universitarios, que parecen los más llama­
dos a derramar en él la fecundante savia de su enten­
dimiento, dejan a su compañero el Sr. Lozano Rey
que le proclame natural heredad de la Institución
Libre de Enseñanza; que tal afirmó redondamente
al decir: «la Institución nos lo da todo hecho. Nos bas­
ta decirle: ahí tienes a tu disposición los medios sin
tasa, obra libre y s o b e r a n a m e n t e » c o n hombres, re­
— 2JG —

pito, que tales cosas oyen, arrebatadoras de sus pro­


pios derechos, y sin que protesten inmediatamente con
protesta viril e indignada, temo mucho que sea vano
contar para intentar poner coto a las tiránicas absor­
ciones docentes de la Institución Libre de Enseñanza.
Y voy a concluir este artículo escribo todo él con
sentimiento de amargura, si, pero sóio con propósito
de decir la verdad, itt testimonium ¡perhibeam veritati.
¿No hay un rayo de luz que nos haga columbrar un re­
florecimiento del genuino amor patrio que haya de
concluir con la obra hispanicida de los hombres de la
Institución? ¿Habremos de vernos siempre los católi­
cos condenados a ser perpetuos reyes chicos que llore­
mos como débiles mujeres lo que no sabemos defen­
der como hombres viriles? Hoy por hoy, querer atajar
la marcha triunfal de la Institución Libre de Enseñan­
za, dadas, por una parte, la endémica indolencia de
las masas católicas, y por otra, la debilidad de núes*
tros ministros de Instrucción pública, que se sienten
estar como en casa de préstamo y a voluntad de velei­
dosos prestamistas, se me antoja pedir cotufas en ei
golfo. En algún tiempo* no tendremos más remedio
que resignarnos a ver a los institucionistas seguir, bo­
yantes, en su estado de gorja; pero yo abrigo la es­
peranza de que no siempre sea así, sobre todo si los
periodistas ue la derecha se deciden de una vez a es­
timular y aun a pinchar sabiamente a las masas cató·
licas, para que se opogan por todos los medios a que
los institucionistas sigan dando pingües cabes al pre­
supuesto de la nación que hora es ya de que se paten­
tice que no con aguas claras crecen los ríos, y que sólo
a ministros manirrotos se deben los alardes de poder
de la Institución Libre de Enseñanza. Y cuando ma­
sas católicas y periodistas de la derecha hubiesen de
proseguir en su clásico farniente, ¿por qué no esperar
- 217 —

que no tarde en despuntar el día en que escale el


ministerio de Instrucción pública un hombre docto y
enérgico, docto para que sepa a maravilla los estragos
del monopolio docente institucionista1 y enérgico pa­
ra que, como consejero nato del Rey y depositario de
la confianza nacional, no se deje jamás llevar al pilón
ni se ande en chiquitas con los bastardeadores del es·
píritu de la patria?
XXV

M e m os dt nifamira y de Bullón.

He dicho que el Sr. Altamira había ascendido entre


los aplausos de casi todos los españoles a su alto ma­
gisterio, para el adredemente creado por el bueno de
Burell, en cuya egregia personalidad periodística, uni­
formada de ministro, se había trasfundido no sé qué
bastardo Trastamara, prodiguísimo en mercedes.
Era aquello una especie de ensueño, como los que,
al principio, producía Grasset. España se había puesto
a soñar, vislumbrando en lontananzas azuladas la es*
trella protectora de nuestra anhelada regeneración. Y
parecía natural que España soñase. Altamira volvía de
aquella su excursión a América, en que tantos triunfos
había cosechado como embajador de la ciencia univer­
sitaria ovetense, gracias a las cinco mil cartas que el
insigne cronista de Asturias, D. Fermín Canella, cora­
zón generoso, abierto siempre a todos los nobles entu­
siasmos, había escrito de su puño y letra a todos los
capitalistas asturianos de allende, rogándoles que hi­
ciesen cuanto fuese posible por que la embajada de la
extensión universitaria de Oviedo, en la persona del
Sr, Altamira, resultara resonante y esplendorosa.
¿Cómo España, que sólo sabía de aquella famosa ex­
cursión «intelectual» por tierras americanas t por los
— 219 -

bombos, casi todos ficticios, de la prensa de allende el


Atlántico, que encontraban eco arrullador, no ya sólo
eu la prensa liberal, sino hasta en la misma prensa
católica de aquende, cuyas columnas aparecieron mu­
chos días glorificando entusiastamente al «gran emba­
jador intelectual», no había de mecerse en dulcísimo
sueño?
Teníamos en España un ave fénix, un cuervo blan­
co, uu genio radioso, capaz de disipar él solo, con sus
oleadas de clarífica lumbre, todas las brumas de atraso
y de ignorancia que se cernían sobre el horizonte in­
telectual español, ¡y no lo sabíamos! ¡Habíamos tenido
que aprenderlo en las columnas de la prensa trasatlán­
tica, tan proverbialmente geneiosa en los elogios y
en los ensalzamientos! América nos pagaba el bene­
ficio inmenso de haberla descubierto, recostada pere­
zosamente sobre el regazo de ignotos mares. España
había descubierto en América un mundo material, ra­
diante de riqueza y de hermosura, y América descu­
bría en España un mundo intelectual, un astro esplen­
doroso riquísimo de destellos y de lumbres. La Hija
retribuía a la Madre la gracia de haberla hecho sur­
gir a la vida del progreso y de la civilización. ¿Cómo
España no había de soñar con la subida de Altamira
a su alto puesto de Director general de Enseñanza,
como había soñado con las primeras subidas de Gas-
set al Ministerio de Obras Públicas?
¿Cómo no soñar con la subida de Altamira, que tan
de oro y azul había puesto, siempre que la ocasión se
le había brindado, a nuestra pedagogía y a nuestra
enseñanza? Los cuatro millones de niños españoles de
uno y otro sexo iban ya a tener escuelas amplias, oxi­
genadas y limpias, y escuelas de verdad—no como
tantas que sólo figuran en los registros y en las nómi­
nas—dotadas de maestros cultos y celosos, que no pen­
220 —

sasen en otra cosa que en ser los transformadores de


la sociedad hispana. Debido a las sabias gestiones del
Sr. Altamira, el raquítico presupuesto de enseñanza
primaria se elevaría de la exigua cantidad de treinta y
tantos millones de pesetas a cincuenta o sesenta, por
lo menos, con objeto de ponernos hombro a hombro,
si no con Suiza y con Inglaterra, que pagan a razón de
diez y seis y quince pesetas por habitante, segiín los
líltimos presupuestos de enseñanza escolar, siquiera
con países semibárbaros, como Bulgaria, cuyo presu­
puesto escolar arroja tres pesetas por habitante, en
tanto que el nuestro no arroja más que dos. Y enton­
ces se remuneraría más en conciencia a los maestros y
se erigirían cada año unas cuantas docenas de escuelas
y se dotarían las ya existentes de material científico
abundante y de mobiliario cómodo y limpio. ¿Cómo no
soñar con que, el Sr. Altamira en las cimas del Poder
público, se habría de concluir con la enormidad de
ver, no ya aldehuelas y lugares, sino villas muy pre­
tenciosas sin. una escuela oficial donde educarse e ins­
truirse los centenares de niños y de niñas, que son la
esperanza y la alegría del pueblo?
A mí ni me hubiese sorprendido que algún venturoso
simplista llegara a imaginarse que, dado el empuje del
insigne hombre, hasta se hubiese aspirado a declarar
completamente libre la enseñanza superior, como en
los Estados Unidos, por ejemplo, y como nosotros la
hubimos en más gratos días, cuando teníamos sabios
que eran el asombro del mundo, con la cual libertad
habría más universidades y mejores —la de los Padres
Jesuítas de Deusto y la nuestra de El Escorial no me
dejarían mentir—, sin costarle un céntimo al Estado,
antes bien, economizándole los veintitantos millones
que hoy se lleva tal enseñanza, y los cuales se podrían
añadir al presupuesto de la enseñanza primaria, con
— 321 —

lo que podría llegarse al desiderátum de cuantos píen-


sau en estas cosas: a un presupuestó de cien millones
para enseñanza primaria, con los que, si aun no po­
dríamos lucir escuelas como las de Buenos Aires —la
nación de los palacios-escuelas—, sí podríamos tener­
las bastante decentes, dotadas de abundante material
de enseñanza y regentadas por maestros cultísimos,
que supieran crear una generación esclarecida que
diese días de gloria a la patria con un positivo renaci­
miento de intelectualidad.
Los que no soñábamos éramos los que* al propio
tiempo que el Sr. Altamira, deambulábamos —como
ahora se dice petulantemente— por países de América
y estábamos un poco metidos en el secreto de la apo­
teosis de nuestro intelectual embajador. Nosotros, que
habíamos visto al Sr. Altamira cruzar por entre la
muchedumbre que henchía los salones del Centro As­
turiano de la Habana, a los acordes de La Ufarsellesa,
que ponían en vilo a nuestro Ministro plenipotencia­
rio, que, representando a Su Majestad Católica, ya so
encontraba en el salón, ¿cómo habíamos de soñar?
Nosotros, que le habíamos oído hablar aquella noche
espléndida, por supuesto, como habla ei Sr, Altamira,
desgarbadamente, ultvaprosaicamente, de la urgoncia
de europeizar a España y a sus Hijas de América, no
teniendo más que frases de desdén olímpico para la
España tradicional, que celebraba Cortes y tenía su
Parlamento en León y Castilla un siglo antes de quo
hubiese pensado en semejantes instituciones la propia
Inglaterra; nosotros que habíamos sentido hervorosos
recocimientos al ver que no tenía una fraso de loa para
la España cultísima y caballeresca que había ejercido
influencia tan decisivamente civilizadora en el progre­
so humano, registrando en su historia los tres hechos
gloriosos que más han influido en el progreso del mun­
— l222 —

do, después del de la encarnación de Jesucristo: el des­


cubrimiento de América, por Colón, el de la circula­
ción de la sangre, por Servet, y la primera vuelta al
mundo, por Elcano, que deshizo para siempre la le­
yenda de la tierra plana, dejando estupefactos a loa
portugueses de la India, que creían que jamás podríau
encontrarse lusitanos y españoles, a quienes un Pontí­
fice, trazando una línea ideal en el mapa de entonces,
había asignado distinto hemisferio, ¿cómo habíamos de
soñar? Nosotros, que habíamos ardido en el fuego de la
indignación de todos los buenos hijos de España, por
lo antiespañol del discurso altamirano de aquella me­
morable noche, lo cual fué la causa de que, al recibir
quien esto escribe el encargo de pronunciar un dis­
curso, de allí a dos días en «La Covadonga», con mo-
tivo de haberse de bendecir el magnífico pabellón ^Ma­
ximino Fernández», del cual habían de ser padriuos la
señora del Presidente del Centro Asturiano y el señor
Altamira, fuese llamado al teléfono casi a un mismo
tiempo por el Sr. Obispo y por el Sr* Rivero, director
de el Diario de la Marina, de la Habana, suplicándome
uno y otro que no dejase de vindicar en mi discurso a
la España católica, ¿cómo habíamos de soñar? Nos­
otros, que habíamos visto al Sr. Altamira rodeado de
ignara muchedumbre, ir a poner una córona de flores
en la tumba de los estudiantes fusilados —yo pienso
que harto caprichosamente, y aun harto tiránicamente,
cuando el hecho estudiantil, que se creyó profanador
de los restos del heroico Gonzalo Castañón—, y vimos
a la muchedumbre, luego de depositada la corona, par­
tir provista de silbatos a promover una algarada de
muy mal género delante de la casa del Diario de la
Marinaf a cuyo Director se acusaba inicuamente de
haber influido en el fusilamiento de los estudiantes,
cuando el Sr. Rivero sería a la sazón seminarista en
— 223 -

Oviedo, o acabaría de marcharse, lleno de romanticis­


mo con varios otros seminaristas, a las montañas, a
pelear por la cansa de la Religión, ¿cómo habíamos de
soñar? Nosotros>que sabíamos que el Diario de la Ma­
rina, que es en la Habana el foco de españolismo más
puro y genuino, y cuyas briosas plumas —por lo me­
nos desde que el Sr. Rivero figura a su cabeza— han
reñido y están siempre dispuestas a reñir cuantos
combates sean necesarios por la honra de nuestra na­
ción y por los prestigios de nuestra raza, había com­
prado una magnífica joya, de valor de más de cinco
mil pesetas, como presente para la señora de Altami-
ra, y se había tenido que quedar con ella, porque no
le permitía su decoro, pasado lo pasado, hacer presente
ninguno a la señora de un hombre que tanto velaba
por el buen nombre español, ¿cómo habíamos de soñar?
Y hacíamos muy bien en no entregarnos a dulces
sueños, a pesar de todo aquel ruido de inspección y
erección de escuelas, de organización de colonias esco­
lares, de aumento y unificación de sueldos a los maes­
tros e institutores, de creación de centros de enseñanza
complementaria para niñas... Barruntábamos muy a
las claras que todo el despilfarro pecuniario desapare­
cería por sumideros más o menos malolientes del ra­
quítico presupuesto de enseñanza, que necesita de bien
pocos pellizcos para quedarse del todo exhausto, y que
todo el estrepito regenerador se reduciría a las famo­
sas bibliotecas circulantes que fueron las que abrieron
los ojos a los periodistas de las derechas que también
habían quemado sus granos de incienso en loor de A l­
tanara, y las que provocaron aquella serie de protes­
tas femeninas, iniciadas gallardamente por las señoras
de Barcelona, y que concluyeron por derribar de las al­
taras al volteriano pedagogo, para, tras breve inter­
valo de que nada hay que decir, ver en su lugar a un
— 2M —

hombre que, sin el ruido de mentida gloria de Altana­


ra, había de realizar positiva obra patria, ideando y
llevando a la práctica reformas salvadoras, para ser
aplaudidas por todos los buenos españoles; pues se ha
de reconocer que cuanto el joven Sr. Bullón ha refor­
mado hasta ahora, desde su alto puesto de Director
General de Primera Enseñanza, todo está en conso­
nancia perfecta con el espíritu de nuestras tradiciones
genuinas y todo responde a exigencias culturales que
ya era hora de que se viesen satisfechas y cumplidas.
Hombre docto que ha consagrado y consagra a do­
cumentarse intelectualmente todas sus energías ju ­
veniles, fervoroso amante de su patria a la cual anhela
,ver restaurada en su antiguo florecimiento, y conoce­
dor como pocos del complicado problema de la ense­
ñanza nacional, al estudio de cuya solución venía de­
dicando largas y fatigosas vigilias, como ha eviden­
ciado diversas veces en las Cortes pronunciando dis­
cursos que hicieron exclamar a muchos paladinamente
«he aquí el futuro ministro de Instrucción pública que
sabe lo que se trae entre manos y que ha de labrar
honda huella en los fastos de la regeneración de Es­
paña», apenas se vió encumbrado al alto puesto que
viene desempeñando, comenzó a dictar órdenes acer­
tadas y a realizar reformas salvadoras por las cuales
no hay más remedio que aplaudirle.
familiarizado con las instituciones pedagógicas de
los países más adelantados de Europa, al mismo tiem­
po que con las gloriosas tradiciones de libertad de
nuestra enseñanza, Bullón quiso desgalizar la escuela
española, aproximándola a la escuela germana, en que
impera una ética racional y moralizadora que, lejos de
rechazar las enseñanzas evangélicas, las requiere y
ensalza como medio pedagógico y como estimulante
de virtud y de amor al cumplimiento del deber. Con
— 5 —

lo cual vino a enraizar la moderna escuela españo­


la en el antiguo fecundo solar de nuestras* tradiciones
científicas y literarias que tan abundantes cosechas
de grandeza y de sabiduría rindió a nuestros ma­
yores.
Una de las cosas que más urgían era la dignificación
de los maestros, que no se podía efectuar sin remune­
rarlos mejor, pues sólo con mejor remuneración se les
podía exigir más cultura, más competencia pedagógica
y más fuerza de abnegación, desinterés y amor a los
niños y a la sociedad —lo que, al decir de Augusto
Wolff, constituye el imperativo categórico del Magis­
terio—■para llenar más cumplidamente los altísimos
ñnes de su misión, que tanto tiene de verdadero sacer­
docio; y en la humilde medida que le permitía el pre­
supuesto nacional, el Sr, Bullón mejoró el sueldo de los
maestros y ha anunciado el propósito de mejorarle
mucho más aún (1), porque está persuadido de que los
maestros deben vivir a cubierto de necesidades econó­
micas, si han de cumplir debidamente con su gran
misión social de preparar a los niños para ser el día de
mañana ciudadanos cultos, patriotas fervientes y ca­
balleros cumplidos.
A fin de que los maestros tuviesen un estímulo con­
tinuo que los aguijase y enardeciese para desempeñar
con noble celo su delicadísima función social, reformó
la inspección de enseñanza aumentando el número de

(1) Véase lo que decía el Sr. Bullón contendiendo en el Congreso


con el diputado Sr. Uña, en un discurso sabio y elocuente pronun­
ciado el 14 de diciembre de 1914 y que anda impreso eii folleto con
«1 título do La Reform a dé las Escuelas fo r m a les: *]Pués qué! ¿No
traemos aquí un aumento de dos millones exclusivamente, destinado
al mejoramiento de los haberes de los maestros? Por nuestro gusto,
por nuestro deseo, hubiéramos traído mucho más». )>. 7.
15
inspectores, dotándolos con mejores haberes, exigién­
doles sólida cultura científica que los constituya en
prestigiosos funcionarios públicos, deseosos siempre
de conocer a fondo las últimas evoluciones pedagó­
gicas para recomendárselas amistosamente a los maes­
tros y conseguir que las implanten en las respectivas
escuelas, y cerró al abogadismo las puertas de la ins­
pección que ligeramente le había abierto Altamira,
franqueándoselas, en cambio y con muy buen acuerdo,
a los licenciados en Ciencias o en Filosofía y Letras
que acreditasen altas aptitudes pedagógicas»
Otra de las necesidades urgentes en España es la de
dotar de escuelas a todos los pueblos españoles, por
humildes que sean. Obra es esta que liemos de tardar
muy mucho en ver realizada, porque nuestros Gobier­
nos no acaban de persuadirse de que es la enseñanza
la necesidad patria qua debía estar mejor atendida,
y, por consiguiente, la que en mayor escala debía de
participar del presupuesto nacional; pero el Sr. Bu­
llón, que siente como nadie esa urgencia, a edifica­
ciones y mejoras escolares ha dedicado el dinero que
le fné posible recabar del Ministerio de Instrucción
pública, y buena prueba de ello es que sólo en mobilia­
rio escolar triplicó la cantidad que se venía emplean­
do en España, haciendo subir los gastos de dicho mo­
biliario de cincuenta a ciento cincuenta mil pesetas,
¿Qué extraño, después de todo esto, que diversas veces
y calurosamente le hayan homenajeado los maestros
de escuela de toda España?
Aun no he dicho nada de la obra más notable de
D* Eloy Bullón, de la reforma a que dedicó sus mayo­
res desvelos y afanes, y en la cual ha impreso un sello
personalísimo que, a medida que se vayan palpando
y recogiendo los nuevos frutos, ha de ir intensificando
e-1 esplendor de gloria que ha de ser perdurable lauro
m -
de su frente: me refiero a su reforma de las Escuelas
Normales haciendo de ellas planteles para la forma­
ción de pedagogos cultos, que además de amantísimos
del saber sean en cierto modo sacerdotes y apóstoles
de la niñez y de la juventud.
Al efecto suprimió la vieja distinción de «maestros
elementales» y «maestros superiores», fundándose en
que el primer título implicaba algo de lesivo para la
dignidad del maestro, sobre todo al compararle con lo
presuntuoso del segundo, y estableció que no hubiese
más título que el de «maestros de primera enseñan­
za». Fijó en cuatro cursos rigurosos la carrera para la
adquisición de ese título que sólo podrán ostentar los
que hayan demostrado haber aprendido con hondura y
a conciencia todas las enseñanzas que más tarde hayan
de comunicar a los niños, Separó de los estudios histó­
ricos los geográficos, dando a unos y a otros personali­
dad propia e independieuter imponiendo el estudio de
la Geografía los cuatro años de la carrera, y encare­
ciendo la ampliación del estudio de Geografía espa­
ñola, entre nosotros harto desconocida y menospre­
ciada, pues como él decía muy bien en su discurso con­
testando al Sr. Uña: «Es triste decirlo, pero España,
esta nación que ha sembrado de nacionalidades el pla­
neta, es la que menos conoce el suelo patrio, y es a
estas lioras la ¿nica nación de Europa que carece del
mapa topográfico nacional, que no está terminado, ni
lo estará en muchos años.» Mejoró las prácticas de
enseñanza, durante dos años, en la escuela graduada
aneja a la Normal, exigiendo a los maestros una Me­
moria en que consignen las propias observaciones que
les sugiera dicha práctica. Fijó la entrada a ejercer el
magisterio en las Escuelas Normales en el procedi­
miento de la oposición rigurosa, cerrando a cal y canto
«la puerta muy grande para la entrada» que antes
- 228 —

había (1), y llevó el módico a la Escuela Normal —e


intenta llevarle a todas las escuelas—, no ya sólo en­
cargándole de la clase de Fisiología e Higiene, sino
también invistiéndole de poderes para velar por las
condiciones sanitarias del local de la escuela y del mo­
biliario escolar, y evitar que los niños y los jóvenes va­
yan a contraer enfermedades de muerte allí donde van
a ensanchar el horizonte de su inteligencia y a enri­
quecerse de fuerzas y de alientos para triunfar en la
lucha por la vida.
No quiero omitir una de las mejores cosas que ha
hecho el Sr. Bullón en su paso saneador por el alto
puesto que aun ocupa, y ha sido el atajar a la Institu­
ción Libre de Enseñanza, por lo menos poniéndole
trabas aquí y allá para que no siguiera adueñándose,
como se iba adueñando, de todos los centros docentes
por medio de jurados, a gusto de ella constituidos, para
juzgar de oposiciones y provisión de cátedras, Bullón,
que sabe muy bien lo que representa esa Institución
Libre, que aspira —y lo va consiguiendo gracias a la
aguda perspicacia de nuestros ministros de Instruc­
ción pública— a ser un estado docente dentro de otro
estado docente, ha tenido arrestos para oponerse a que
la primera enseñanza siguiera, como durante la gestión

Uj Algo más resta indudablemente por hacer en eso de la, pro­


visión de escuelas o de plazas escolares: hay que reducir las dictas
del jurado para que no se den escándalos como los que acaban de
dai'se con motivo de la provisión de algunas plazas de profesorados
femeninos. Dos meses y más han tenido que estar las maestras opo­
sitoras en Madrid, gastándose un dineral, que a menudo no tienen
viúndose obligadas a pedirlo prestado, todo porque a las señoras o
señores del tribunal examinador les conviene dilatar el plazo de las
pingües dietas, Y hay, sobre todo, que fiscalizar ruuy de cerca las
oposiciones o los exámenes pura que las plazas se den, según estric­
ta justicia.
- 229 -

de Altamira, siendo feudo del Sr, Oossío y demás com­


pañeros laicizantes, que también a eso aspiraban y as­
piran aún, como lo prueba esta prosa pedestre y ma­
rrueca de Altamira en un discurso pronunciado en la
Habana el 5 de marzo de 1910, y en el cual se trasluce
admirablemente el fin que movía y mueve a los hom­
bres de la Institución, y que no era ni es otro que el de
laicizar, a imitación de los reformistas galos, toda la
enseñanza española. Véase lo que, a propósito de la
creación del Museo Pedagógico Nacional, les decía a
los cubanos el boyante embajador de la intelectualidad
hispana en los siguientes parrafejos que no tienen des­
perdicio, y que, salvo el parecer del periodismo católi­
co, debían ser conocidos de todos los buenos espa­
ñoles:
«El Museo Pedagógico es una obra de la Institución
en este doble sentido que los hombres que la crearon
y organizaron, aun cuando la iniciativa viene de parte
del Gobierno, son hombres creados por la Institución;
ese es el mismo Cossío de que os hablaba antes, el cual
es su primer director; ese es Ricardo Rubio; son otros
discípulos más jóvenes de la Institución; he sido yo
durante nueve años, y en otro sentido también es hijo
el Museo de aquella casa porque contiene su signi­
ficación fundamental. El Museo Pedagógico se creó
para llenar deficiencias en las Normales. ¿Por qué
no se hizo la reforma directamente en las mismas
Normales?
Sencillamente, por un procedimieuto político, o de
mano izquierda, que suele ser una mano muy usada en
la vida presente (i'itías)y cuando se quiere reformar una
institución que tiene ya intereses creados no pueden
acometerlos de frente, porque entonces es casi seguro
que se estrellan; sino como hizo Duruy en la reforma
de la enseñanza francesa, que al lado de la Institución
— 230 —

vieja, que se caía a pedazos, hizo la Institución nue­


va» (1),
¿Verdad que aunque no fuese más que por . haber
querido parar los pies e la Institución Libre de Ense­
ñanza, merecería parabienes de todos los buenos espa-
•ñoles el Sr. Bullón?
Pero el Sr, Bullón ha hecho más que querer pararle
los pies; la ha desalojado, por lo meuos eu parte, de la
formidable trinchera desde donde más daño hacía a la
religión y a la patria. Sabido es que la Escueta Supe­
rior del Magisterio era el reducto desde donde más a
mansalva se combatía por la laicización de la ense­
ñanza española; sabido es que la Institución Libre de
Enseñanza había hecho de aquel centro docente, que
señoreaba en absoluto, un foco pestífero de sectarismo
y de impiedad, donde se aspiraba a troquelar toda la
mentalidad española haciéndola adversaria irreconci­
liable de nuestras tradiciones y nuestras creencias·
Pues bien, el Sr. Bullón, sin ruido de escándalo, y
como quien no hace nada, acometió la empresa de
sanear aquel centro docente y arrancarle de las garras
del laicismo, y «n verdad que lo consiguió, por lo me­
nos en parte, repito. Lo primero que hizo fue imponer
en sus aulas, como obligatoria, la enseñanza de reli­
gión. Parece inverosímil que no se enseñase religión
en un centro que era plantel de maestros españoles,
pero así era la verdad: los eminentes pedagogos de la
Institución Libre no juzgaban necesaria la instruc­
ción religiosa en los que habían de ser maestros y
educadores de los niños de España. Luego suprimió
la coeducación; que ya en los mismos países donde

(1) (Discurso de Altamira en La Habana el 5 de Marzo de 1910)*


Revista de la Facultad de Ciencias y Letras de L a Habana ¡ M arz·
de 1913.
- 2ól —

estuvo tan en boga, como los Estados Unidos, va de­


cayendo del todo por antipedagógica y peligrosa para
la moral (1)* Después modificó el plan de estudios, in­
cluyendo materias tan indispensables para la forma­
ción de inspectores de enseñanza como la técnica de la
inspección y la higiene escolar; organizó de manera
acertada las prácticas escolares que antes no pasaban
de lujosa ficción; creó internados para alumnos y alum-
ñas, a semejanza de nuestros antiguos colegios uni­
versitarios, y mejoró notablemente todo lo relativo a
material pedagógico y a organización administrativa·
Y por fin estableció la Enseñanza Libre, en armonía
con el espíritu de nuestras tradiciones universitarias,
de suerte qne cualquier alumno, estudie donde estu­
diare, puede presentarse a exámenes en la Escuela
Superior del Magisterio y obtener el título de maestro
normal y con él la aptitud para ser profesor o inspec­
tor de enseñanza.
No bastaba, sin embargo, con todas estas reformas
puramente legales, ya que el buen éxito de ellas de­
pende de los funcionarios públicos encargados de apli­
carlas, por lo cual no titubeó en cambiar el personal

(1) Mucho se ha hablado y escrito acerca de la coeducación de


os dos sexos. La geute radical la defiende y tilda de artificiosa la
separación que se viene estableciendo desde hace siglos y siglos;
pero esa separación no tien^ nada de artificiosa: es naturalísima. De
la coeducación vendría enseguida la corrupción de niños y de niñas
En e3te punto más que el de todos los profesores de institutos y de
universidades debe valer el voto de ios confesores, y estoy bien se­
guro qne no habrá ni uno siquiera que tenga un poquillo de expe­
riencia de lo que pasa en los colegios* que no abogue decididamente
por la separación radical. Ahí está Francia, donde el Gobierno ateo
y masónico ha querido hacer pruebas de esa coeducación, teniendo
qne renunciar en seguida a sus propósitos en vis¿a de la desmorali­
zación enorme que se advirtió inmediatamente.
directivo de centro docente tan importante. Y aquí
viene lo más gallardo de la batalla librada por eJ señor
Bullón contra la Institución Libre de Enseñanza, y
puede decirse que ganada en casi toda la línea, ¿Qaión
no sabe que, durante las gestiones del Sr. Bullón en
su alto cargo, tu\o que abandonar el socialista y sec­
tario Buylla la Dirección de la Escuela Superior del
Magisterio, al frente de la cual so hallan hoy como
jefe delegado hombre de tan reconocida honorabilidad
como el Sr. Marqués de ítetortillo, y como directores
de los respectivos centros de estudios D.R Concepción
Sáiz, dama de altas virtudes y de sólidas letras, y
D. Rufino Blanco, uno de los pedagogos más eminen -
tes de España, y que con justicia pueda llamarse el
Pestalozzi español?
Es ciaro que no todo lo que acabo de ensalzar calu*
rosamente es obra exclusiva del actual director gene­
ral de primera enseñanza, pues sería injusto preterir
al Sr, Bergamín, cuyo paso por el Ministerio de Ins­
trucción pública sería de celebrar con entusiasmo por
todos ios españoles, si no hubiese a última hora dado
lamentable traspié, creando un tanto matutescamente
la clase de «Historia de las Instituciones políticas y
civiles de America», con el sueldo anual de 8.000 pe­
setas» y para dársela, porque sí, al sectario autor de
las Bibliotecas circulantes, al propio Sr. Altamira.
¿Necesitaría el Sr. Bergamín descubrir tal hilaza para
ostentarse libre del «fanatismo blanco» de que ha til­
dado más de una vez a los periodistas católicos que
han creído cumplir como buenos, al atacar algunas de
sus ideas y algunos de sus propósitos en su paso por
el Ministerio de Instrucción pública? ¿U obraría el
Sr. Bergamín influid© por ineludible influencia, ante
el temor justificadísimo de que, si la cátedra, de con­
formidad con las leyes, se adjudicaba por oposición,
- *¿83 —

se la hubiese ganado en buena lid algún ya reputadísi­


mo historiador de América, como D. Carlos Navarro
Lamarca, por ejemplo, Doctor en Ciencias Históricas
por nuestra Universidad Central, y en Derecho y
Ciencias Sociales por la de Buenos Airea, y cuyo Com­
pendio de la Historia general de América —tan humil­
demente ha querido bautizar su insigne autor esta su
concienzuda obra— es, a la vez que nobilísima efusión
de gratitud y du amor hacia la vieja madre patria, va
liosísimo monumento de sabias investigaciones, bella­
mente realzado por la profusión de sus ilustraciones
gráficas, que hacen de los dos gruesos tomos d^ su úl­
tima edición una verdadera maravilla del arte del
grabado?
Pero si en la obra regeneradora de la enseñanza
primaria de España no se le puede regatear su parte
de colaboración al Sr. Bergamín que tenía el buen
acuerdo de dejar hacer, sabiendo que quien hacía era
el Sr, Bullón, a éste es principalmente debida la glo­
ria de las aplaudidas reformas de enseñanza, gloria
que ha de ir creciendo y abrillantándose, a medida
que se vaya viendo lo eficazmente que habrán de con*
tribuir a la regeneración de la enseñanza española,
regeneración que quizá haya de ser hermoso hecho
consumado el día, no lejano ya, en que el Sr, Bullón
se dedique a completar su labor meritísima desde más
encumbradas alturas; pues es de los llamados a llegar
por su honorabilidad, por su saber, por sus grandes
energías y por sus rectas intenciones.
Tiendo los ojos por las cuartillas y veo que no he
escrito más que la verdad, la verdad pura; mas acaso
he escrito con cierta aspereza humorística, con cierta
amarga sátira, que parecen desdecir de una pluma
desapasionada y serena. Nadie lo extrañe. Quien haya
leído libros extranjeros y haya visto los desmedidos
- 28* -

elogios que se prodigan a la Institución Libre de


Enseñanza, en la cual se llega a vincular la salvación
y la regeneración de esta malhadada España, tan dig­
na de mejor suerte, cuando saben todos los españoles
que lo quieren saber, el daño grandísimo que, desde
hace más de treinta años, está haciendo a la patria y
a la religión; quien haya leído libros como VEspagne
au X X * Siécley de Angel Marvaud, que, con la mejor
buena fe del mundo, no conociendo a Altamira más
que por el propio Altamira, se enardece de entusiasmo
prodigándole encomios y alabanzas y ensalzando al
Gobierno por haberle elevado al alto puesto de Direc­
tor General de Primera Enseñanza, a pesar de su co­
munión de ideas con los corifeos de la república, en
tanto que apenas si se mienta para nada al ilustre ca­
nónigo de Jaén D. Pedro Poveda, que tan heroica­
mente viene trabajando para ver de conseguir que
cuaje su bellísima creación pedagógica, la Institución
Católica de Enseñanza, que sólo cuenta con humildes
centros docentes en Oviedo, en Sevilla y en Madrid, y
que apenas si se lee un elogio del gran Manjón, el
creador de esas admirables escuelas del Ave María
que se han diseminado hasta por los más apartados
rincones de España, gracias únicamente a la origina­
lidad de los métodos pedagógicos y a los fecundísimos
resultados prácticos, por lo oual es aquel insigne varón
una de las más bellas figuras de la España actual, ben·
decida todos los días por miles y miles de padres de
familia; quien haya, digo, leído tantos inmerecidos
elogios y haya observado tan inmerecidas pretericio­
nes, no puede menos de sentir un pequeño arrebato de
indignación y dejar correr la pluma sobre el papel a
merced del pequeño arrebato.
Vale Dios que esas injustísimas pretericiones ex­
tranjeras han sido, en parte, compensadas en España
- 235 -

por el propio señor Bullón, que acaba de equiparar las


Escuelas del Ave María a los primeros centros del
Magisterio disponiendo que las prácticas escolares que
se hagan en las escuelas manjonianas tengan igual
valor que las hechas en una Normal oficial, y consi­
guiendo que en el actual presupuesto se consignase
la cantidad de 25.000 pesetas para propagar y difundir
por nuestra patria tan bella y civilizadora institución.
XV

[a libertad « M ia r ía .

Al hablar de Altamira en mi artículo anterior, apun­


tó la idea de que no hubiera sido extraño que algún es­
píritu candoroso, al ver a tan eximia personalidad in­
fluyendo en la instrucción pública española, hubiera
pensado que eran llegados los áureos días de ver flore­
cer a nuestros Institutos y a nuestras Universidades
bajo un amplio régimen de libertad de enseñanza.
Mientras este bello ideal no sea un hecho entre nos-
otros, como lo es en los Estados Unidos, yo no veo fac­
tible que los profesores se desvelen por enseñar, y que
los discípulos se desvivan por aprender, y que la Uni­
versidad llegue a responder cumplidamente a aquella
hermosa definición de Luis Vives, recordada por el
Sr. Bonilla y San Martín, un año ha, en su magistral
discurso de inauguración del curso universitario: Con*
ventus et consensúa hominum doctorum, pdriter et bono-
rum, congregatorum ad tales reddendos eos¡ qui illuc
disciplinae gratia venerint, reunión y consenso de hom­
bres doctos, a la vez que buenos, congregados para ha­
cer buenos y doctos a los que allí vayan por móviles
de saber. La libertad de enseñanza traería consigo una
lucha continua por los laureles universitarios, aguijan­
do a los maestros a ir siempre adelante, no entregán­
dose, como generalmente se entregan ahora, a las deli-
cias de Capua, no bien han hecho anas oposiciones y
han sido agraciados con una tribuna profesional, en
cuya consecución terció, mucho más poderosamente
que el saber, la influencia política; y aguijando asimis­
mo a los discípulos, que, poco a poco» se irían persua­
diendo de que se debe estudiar para saber, para ensan­
char cada vez más la órbita de nuestro entendimiento
y depurar y ennoblecer cada vez más los sentimientos
de nuestro corazón, no, como ahora se estudia, para ir
tirando, y a fin de curso aprobar de cualquier modo
que sea, y al fin de la carrera adornarse con un título
académico que, la mayor parte de las veces, no es más
que una patente encubridora de holgazanería y de ig­
norancia.
Bien sé que estoy tocando una cuestión muy ardua,
y quo para hablar de olla se ha menester muy hondo
estudio y muy sesuda reflexión. La lucha de la liber­
tad de enseñanza contra el Estado docente es la mayor
lucha de nuestros días y en la cual diríase que se deba­
ten implícitamente todas !as demás grandes cuestiones:
la social, la económioa, la religiosa.,. De ahí la necasi-
dad de que tenga que mirarse muy mucho quien hon­
rosamente preteuda terciar en ella su espada.
Se dice y se repite todos los días que el Estado no
tiene la misión de enseñar, que el Estado no debe in­
miscuirse en lo que sea del dominio puro del pensa­
miento y de la conciencia; pues sería risible desatino
que se hablase do una ciencia del Estado, de una lite­
ratura del Estado, de una moral del Estado. Todo esto
está muy bien dicho, si con ello no se quiere arrinco­
nar al Estado, prohibiéndole en absoluto todo intere-
samiento en los diversos problemas de la enseñanza;
pues al Estado le incumbe la obligación de velar por
- 2Hó

la seguridad pública y de ser el propulsor del floreci­


miento de la patria, y lo mismo el florecimiento de la
patria que la seguridad pública dependen, en gran par­
te, de la cultura de los ciudadanos. ¿Cómo, pues, el Es­
tado podría justamente desentenderse de la cultura de­
sús súbditos? El Estado que tal hiciese sería un Estado
suicida.
A él le interesa vivamente el tener súbditos cultos
que sepan explotar y acrecer las riquezas de la na­
ción; y siendo, como es, axiomático que el desenvolvi­
miento de las riquezas y de las industrias de un pueblo
depende del desenvolvimiento cultural y moral de sus
individuos, ¿cómo le ha de ser indiferente al Estado el
que se enseñe o no se enseñe en los centros docentes
nacionales, o el que se enseñe de esta o de la otra ma­
nera? ¿Cómo no ha de anhelar el Estado que la nación,
cuyos poderes el encarna» sea una nación culta, a ser
posible, la en que se realicen los más progresivos in-
ventos, &e ejecuten las más grandiosas obras de inge^
niería, se construyan los más bellos y cómodos edifi*
cios, se esculpan los más gallardos y artísticos monu­
mentos, se pinten los más geniales cuadros, se escriban
las más imperecederas obras de literatura? Lo contra­
rio sería no tener interés ninguno por la civilización de
su pueblo, y el Estado tiene que tener siempre muy
vital interés en que su pueblo sea siempre el más civi­
lizado y el más progresivo,
¿Y vamos a deducir de aquí la necesidad del mono*
polio de la enseñanza por el Estado, o que sea un ver­
dadero absurdo la libertad de enseñanza, por cuyo
triunfo se viene combatiendo desde hace tanto tiempo
y con tan heroica bravura por los pensadores católi­
cos? I)e ninguna manera. Soy partidario acérrimo de
la libertad de enseñanza, porque v¿o en ella el propul­
sor de una concurrencia docente entusiasta, que haría
- '239 -

progresar las ciencias y los métodos científicos y espo­


learía nuestra actividad individual y social, haciendo
a los ciudadanos españoles salir del marasmo en que
míseramente vegetan. Y como partidario acérrimo de
la libertad de enseñanza universitaria, defiendo que
los títulos o los diplomas de capacidad científica sólo
los debe conferir la Universidad, que es la que puede
juzgar, con juicio a la realidad ajustado, de los talentos
y de la aplicación de los diversos alumnos. La colación
de grados académicos debe ser de competencia exclu­
siva de las diversas Universidades, pues hasta que eso
no sea un hecho, no se dará verdadera libertad de en­
señanza,
¿Cuál sería, pues, la salvaguardia que, respecte de
la enseñanza, había de ejercer el Estado? ¿Quedaría
perfectamente exento de toda responsabilidad social
con sólo exigir, como requisito previo al ejercicio de las
carreras, la presentación de los correspondientes títu­
los universitarios?
Es claro que sin los correspondientes títulos no se
debe permitir el ejercicio de una carrera a nadie, sin
que valga citar el ejemplo de los Estados Unidos, don­
de, hasta no mucho tiempo ha, no se requerían títulos
tales. Los Estados Unidos se han formado de una ma­
nera especial: llegaba un barco que llevaba a bordo una
colonia. Esta desembarcaba aquí o allá, y comenzaba
a roturar y fecundar el suelo, que hacía suyo, derra­
mando sobre él el sudor de su freute. Enfermaba al­
guien de la colonia, y el que sabía algo de la ciencia
de Hipócrates se ponía a ejercer la Medicina, sin que
nadie se preocupase si tenía o no tenía título de medi­
co. Y así siguieron las cosas por espacio de siglos; pero
hoy ya sucede allí lo que en todas las demás partes
del globo: para ejercer una carrera se necesita tener
el título correspondiente.
- 240 —

Pero, ¿podría el Estado quedar satisfecho con exigir


a ios que quisieran ejercer una carrera los correspon­
dientes títulos universitarios? Aquí habría que distin­
guir entre las simples carreras en sí consideradas y las
carreras elevadas a delegaciones del Poder público.
Para el ejercicio de las primeras, es evidente que el
Estado no puede requerir más que la presentación de
los correspondientes títulos universitarios; mas para
la admisión al ejercicio de las segundas, es evidente
también que el Estado puede fijar especiales condicio­
nes, y aun exigir, si le parece, oposiciones o exáme­
nes que sean como una especie de revalidación de
títulos.
Perfectamente que baste el título de módico para el
ejercicio de la Medicina en general; porque el médico
que 110 sirve, pronto se pone en evidencia, jugándose
a una carta, que no sale nunca, su carrera y su por­
venir; mas para ejercer la Medicina en nombre del
Poder piíblieo, ya no debe bastar el título universita­
rio, y el Estado hará muy bien en exigir garantías es­
peciales, por lo mismo que está obligado a velar por
la salubridad pública. Se trata de cosa tan importante
como la salud y la vida misma de los ciudadanos, y en
caso de que, por ignorancia médica, la sociedad des­
filase antes de tiempo hacia el sepulcro, el Estado no
quedaría libre de toda responsabilidad con decir que
los módicos tales tenían el título universitario corres­
pondiente.
Así, pues, para la admisión al ejercicio de una ca­
rrera en nombre del Estado, éste tiene pleno derecho
a exigir garantías sólidas de ciencia y de probidad.
¿Cómo para admitir a un abogado al ejercicio de la
Magistratura no había de poder exigir el Estado sóli­
das garantías de saber y de amor a la Justicia, tratán­
dose, como se trata, de un cargo tan alto, que extiende
- ‘* 1 1 -

su jurisdicción, 110 ya sólo a los bienes, sino también a


la libertad y a la misma vida de los hombres? ¿Por qué
el Estado no había de tener garantías propias y pecu­
liares de que los capacitados por la Universidad eran
aptos para ejercer las carreras correspondientes sub­
vencionadas por el Estado, y que son de positivo in­
terés público? Privilegio es este que de ningún modo
se le puede regatear al Estado. Enhorabuena que Jas
Universidades confieran los títulos que acrediten la
valía científica y habiliten para el ejercicio de las sim­
ples carreras correspondientes; pero la admisión al
ejercicio de las mismas carreras, en cuanto delega­
ciones del Poder público, es el Estado quien la ha de
discernir. La Universidad da el título de abogado;
pero es el Estado el que confiere esta notaría, ese re­
gistro de la propiedad, aquella judicatura. La Univer­
sidad es la que da el título de médico; pero es el Es­
tado el que adjudica la dirección de este o de aquel
sanatorio, de este o de aquel hospital. Y el Estado ne­
cesita saber quiénes son los que han de disfrutar de su
confianza.
Pienso así, porque creo que la admisión de los titu­
lados al ejercicio délas carreras, en nombre del Poder
público, debe ser prerrogativa del Estado, pues si las
Universidades, como tales Universidades» gozasen de
semejante prerrogativa, ejercerían positivos actos de
Poder público, y tendríamos una dualidad de poderes
supremos y sobre idéntico orden de cosas, incompati­
ble con la teoría del Estado. Y estampo aquí ese pen­
samiento para que, siendo, como es, seguro que con
una verdadera libertad de enseñanza habían de estar
en mayoría las Universidades netamente católicas (1),

(1) Ello seria, en cierto modo, una especie de restitución a la Igle^


3ia de la misión de enseñar, pues si a ella le pertenece el gobierno
16
— 242 —

no pueda ningún espíritu anticlerical decir que lo que


ansiamos es ver al Estado encadenado a la Iglesia do­
cente, Esta no quiere ingerencia ninguna en el ejerci­
cio del Poder público del Estado. Sabe muy bien que
esas ingerencias, siquiera fuesen acompañadas siem­
pre por el buen ejemplo de obras y de enseñanzas, pro­
vocarían la celotipia de los adversarios de la Religión,
que siempre están acusando a la Iglesia de absorben­
te, tiránica y despótica...
Aun voy más allá en la apología de los derechos del
Estado, y pienso que éste podría reservarse el derecho
general de inspección, impidiendo que la libertad uni­
versitaria pudiese hacer de la Universidad un centro
de enseñanzas inmorales y subversivas (1), inspección
que podría estar a cargo de un Consejo de Instrucción
pública constituido por hombres eminentes en letras y
en virtudes, que los hiciesen aparecer rodeados de ver­
dadero prestigio ante los claustros universitarios. Ese
Consejo de Instrucción pública fiscalizaría él por sí
mismo, o nombraría las Comisiones fiscalizadoras, que
habían de ser totalmente ajenas a la Universidad, y

del mundo moral, es indudable que le ha de incumbir el perfecciona­


miento intelectual délos hombres, para que asi st:an más fácilmente
gobernados...
Es claro que la mi3ión docente de la Iglesia propiamente sólo so
refiere a la Religión y a la Moral, y que sólo esa docencia es Ja que
tiene por institución divina; pero 110 hay qne olvidar el hecho histó­
rico de que fué ella la que aleccionó al mundo y la que civilizó a la
humanidad.
'(1) El Esbado, no sólo ticue el perfecto derecho, sino también i‘ l
perfecto deber de vigilar que en escuelas y colegios no se enseñe na­
da antimoral ni antipatriótico, que tienda a destruir los mismos
fundamentos del Estado y aun de la sociedad. Por eso la libertad de
enseñanza no ha de ser nunca una libertad absoluta que legitime
hasta las enseñanzas ferreristas. La nación que concediese esa liber­
tad absoluta de enseñanza sería una nación francamente suicida.
Ni libertad absoluta, ni monopolio de la enseñanza por ol Estado»
- 243 —

que habían de tener la cultura y la probidad requeri­


das para que exigiesen lo que debía exigirse, en punto
a moralidad y a pureza de instrucción, de los centros
universitarios y de los mismos profesores, Los infor­
mes de las Comisiones fiscalizadoraa, transmitidos al
Consejo de Instrucción pública, podrían y deberían
publicarse, para excitar la emulación entre los centros
docentes y poner a los padres de familia sobre la pista
de los mejores claustros de enseñanza.
De este modo no se daría el caso lamentabilísimo
de que universidades atacadas de anquilosis subsistie­
sen, oomo subsisten hoy; pues sin que el Estado las
matase —por más que en sus atribuciones había de es­
tar siempre el cerrar un centro docente que no enseña­
se como debía enseñar—, esas universidades anquilosa­
das dejarían irremediablemente de existir. Sólo ten*
drían vida próspera las universidades triunfadoras,
aquellas de donde saliesen hombres más insignes, ca­
racteres mejor templados, espíritus más selectos, ciu­
dadanos más útiles a la patria. Entonces surgiría en*
tre unas y otras una poderosa lucha de emulación que
las impulsaría a laborar sin descanso por ser centros
de positiva y honrosa cultura, focos espléndidos de
irradiación intelectual.
Sí, la libertad de enseñanza despertaría la emula­
ción entre las diversas universidades; la lucha por la
vida las obligaría a perfeccionar programas y méto­
dos; la sociedad vería bien pronto dónde se enseñaba
mejor, de dónde salían los mejores médicos, los mejo­
res abogados, los mejores agrónomos; las familias sa­
brían escoger bien dónde habían de instruir a sus
hijos..., y al Estado le quedaría un alivio del presu­
puesto que podría invertir en fomentar más y más la
instrucción primaria y el bienestar nacional.,. Es for­
zoso confesar que no se procede con amor verdadero a
— 2±i —

la imparcialidad, sino con amor insano al sectaris­


mo,..
Que cada ciudadano puede fundar una escuela y un
colegio a sus expensas, con su dinero, y bajo su exclu­
siva responsabilidad, y la sociedad los »abría fomen­
tar, si valíau, si se veía adelantamiento,· o los conde­
naría a desaparecer, si no sabían enseñar. Los padres
de familia sabrían a qué atenerse. Por los frutos cono­
cerían al árbol, y, o le regarían y fecundarían, o le de-
jarían secarse y extinguirse. Eso sería la verdadera li­
bertad. Lo demáá es tener miedo a la libertad,..
Con esta libertad universitaria los rectores de uni­
versidades tendrían autoridad suficiente para imponer­
se a profesores y a discípulos: a los profesores, porque
estaría en sus atribuciones el exigirles, al tomar pose­
sión de su cátedra, juramento de que habían de pro­
curar cumplir bien, enseñando lo mejor que pudiesen
su asignatura o asignaturas, sin inmiscuirse en cosas
ajenas a la enseñanza, y, sobre todo, sin atacar jamás
los fueros de Dios que es el Señor de las ciencias, y los
fueros de Jesucristo, «luz verdadera que ilumina a
todo hombre que viene a este mundo», pudiendo en
caso contrario privarlos de la clase y expulsarlos de
la Universidad; y a los discípulos, porque tendrían que
estudiar de veras y no se podrían dar, a mansalva, a esa
vida de teatruchos y de cafés malolientes que hacen
tantos de nuestros estudiantes, consanguíneos directa^
mente de aquellos «escolares nocharniegos» de que
habla el arcipreste de Hita, que rondaban las noches
cantando cantares, y para algunos de los cuales no se
desdeñaba de pulsar su lira el bueno de Juan Ruiz. A
las capitales de provincia o a la Corte los estudiantes
han de ir a estudiar, no a divertirse ni a engañar a
sus padres, entablando relaciones con gentezuela in­
digna y aprendiendo, en vez do las lecciones de la cá-
— 245 -

teára, las canciones y los tangos del género alegre que


constituyen la última moda. Cuando uno piensa en los
muchísimos estudiantes que estudian así en nuestro
tiempo, se le viene a las mientes aquel reglamento de
Valentiniano, en el cual, después de instigar a los es­
tudiantes a conducirse como jóvenes honrados y gene­
rosos, a huir aquellas compañías que no son más que
resbaladeros hacia el crimen —consotiationes quaspró­
ximas esse putamus criminibus— y abstenerse de fre­
cuentar los espectáculos públicos y las francachelas
desregladas, mandaba que los contraventores fuesen
expulsados de Roma y facturados para sus lares, no
sin haberles antes calentado las espaldas con unos
cuantos azotes de vara. En las universidades libres no
se haría uso de los azotes esos de los romanos con los
estudiantuelos indignos, pero sí se les cerrarían para
siempre las puertas de la Universidad, poniéndolos de
patitas en la calle.
Mientras subsista el actual régimen docente con el
que la Universidad no es otra cosa que una oficina
más del Estado, en la cual se dan notas de aprobación
a los alumnos que asisten a las clases, aunque no es­
tudien ni sepan una palabra de nada, viniendo a en­
contrarse al cabo de unos años con el título de aboga­
do o de médico «por el art. 29», según gráfica expre­
sión de un ilustrado doctor, amigo mío, no se hará
nada de provecho por el florecimiento intelectual de la
patria. Los que lleguen a sobresalir, como hoy mismo
sobresalen algunos que son prestigio glorioso de nues­
tra ciencia y de nuestra literatura, y que dos veces,
en unos cuantos años, hicieron que honrase el Premio
Nobel esta tierra bendita de España —Echcgaray y
Cajal— lo deberán a sí mismos y nada más que a sí
mismos, a sus propios esfuerzos, a sus propios entu­
siasmos, no a que la Universidad haya hecho lo que
24G -

debía hacer por allanarles el camino del triunfo y de


la gloria.
La universidad actual está completamente fracasada
y hay que pegarle fuego. No lo digo yo, que no sería
quién para decirlo: lo dijo Costa, que, no contento con
aquella su atrevida frase en que pedía se declarase «la
guerra al intelectualismo», ni con aquella otra: «menos
universidades y más sabios», que forman todo un her­
moso lema de regeneración cultural española, quería
que se prendiese «fuego a la vieja universidad, fá~
brica de licenciados y proletarios de levita» (1), lo cual
restituiría brazos recios y robustos a los talleros, a las
fábricas y a la agricultura· Y no lo dijo Costa sólo: lo
dicen los mismos profesores universitarios que son tal
vez los que más crudezas han dicho de la universidnd,
y con una valentía que deja a uno maravillado y ató­
nito. Clarín, Unamuno, Picavea, Pérez Bueno, han di­
cho de la universidad cosas que los que somos profa­
nos, apenas nos atrevemos a repetir. Valga como bo­
tón de muestra esto que dice Macías Picavea en su
obra El Problema nacional, Habla de la universidad
española y, después de una serie de alábanzas que de­
bían enrojecer a todos nuestros desvanecidos univer­
sitarios, escribe:*«¡ Ah, si aquí también pudieran pro­
barse las cosas por piedra de toque tan ruidosa, mate­
rial y escandalosa como la batalla de Santiago de
Cuba..., qué derrota la nuestra y qué descubrimiento
do enormidades y de errores!» (2)
Y a nadie parezcan viejas estas acusaciones terri­
bles, e inspiradas en el natural pesimismo con que, a
modo de fúnebre sudario, envolvió a las almas españo^
las la espantosa catástrofe a que nos llevó la mala

(1) Reconstitución y europeización da España , pág. 204.


(2) Obra citada, pág. 145.
— 247 -

prensa, cuando la loca guerra con los Estados Unidos.


Sí que la frase apuntada fue escrita a raíz de tan tris­
te acontecimiento; pero muy inspirada en la verdad y
en el generoso deseo de poner fin a tau terribles ma­
les debía de estar, cuando ya, lejos de aquella fecha,
se prosiguen escribiendo las mismas crudezas y por los
mismos hombres universitarios: Las llagas de la en­
señanza^ título que Pérez Bueno, uuo do nuestros uni­
versitarios más cultos y aguerridos de la hora presen­
te, se atrevió a dar a un discurso que loyó en el para­
ninfo de la Universidad de Oviedo, hace pocos años,
dioe aún más, mucho más que la frase del Sr. Pica-
vea. El Concepto de la Universidad, que fué el tema que
desarrolló el señor Onís en su discurso d¿ apertura del
curso académico 1913· 1914, es una crítica abrumado­
ra de nuestra enseñanza universitaria, que contiene
iguales o parecidas crudezas a las que leía el señor
Miral en el paraninfo de la Universidad de Salaman­
ca, al mismo tiempo que leía las suyas el Sr. Onís en
la de Oviedo, El entonces rector de esta Universidad,
D, Fermín Canella Secades, espíritu siempre juvenil,
siempre noble y entusiasta, reconocía, en su discurso
pronunciado con motivo de la misma solemnidad, la
justeza de la despiadada crítica que hacía el Sr. Onís,
pidiendo a todo trance cambios y reformas, y recorda­
ba de pasada y muy oportunamente que el Sr. Onís
pedía reformas y qambios «desde la misma cátedra
en que un fraile sapientísimo e innovador, como fué
el Reverendísimo P. Feijóo, lumbrera de esta casa*
pidió también cambios y reformas en Ja enseñanza en
los mismos días en que aquí escribía el Teatro critico
y Cartas eruditas» (1).

(1) Discurso pronunciado en la inauguración cíe] año académico


do 1912 a 1913, pág> 5. Enceste discurso se manifiesta D. Fermín Oa-
— 248 —

Esa enérgica condenación de la Universidad hecha


por los mismo« profesores universitarios y nada menos

nella partidario urdiente de la autonomía universitaria diciendo


que la Universidad do Oviedo había propuesto y pedido ya esa auto­
nomía en 1902. Apunto esta petición de autonomía universitaria,
porque significa un gran paso hacia la libertad de enseñanza, que
es el ideal, y porque hacia esa autonomía van enderezados hoy los
deseos de muchos pensadores hispanos* K1 Sr. Silió quiere que a raju
tabla se conceda a Jas Universidades esa autonomía «sin encogimien­
tos ni rúgateos que la desnaturalicen» (La educación -nacional, pág.
IOS) y dice que la Universidad autónoma podría suprimir las oposi­
ciones como sistema de provisión de las cátedras, «desatino que no
puede suprimir el Estado —estamos hablando del Estado español—
sin exponerse a otros mayores», pues «ninguna empresa privada eli­
ge mediante tal sistema las capacidades directoras ó técnicas»,
añade con muy buen sentido (ib.).
Bonilla San Martin, en su magnífico discurso de inauguración
del curso académico de 1914 a 1Ü15 en la Universidad Central, tam­
bién si: manifiesta partidario decidido de la independencia, univer*
sitaría, demostrando que, de haberla sometido a la gestión de las
covachuelas de instrucción pública, provienen p u s u mayor parte
nuestro atraso y nuestra decadencia.,.
La autonomía universitaria significa la restauración demuestras
instituciones de enseñanza, de la. primitiva Universidad española
que, como dice muy bien í1! eruditísimo discípulo predilecto de Me-
néndez Pelayo: «nació cumo sociedad autónoma, económica, jurí­
dica y administrativamente-. Se gobernaba por ant.oridades nom
bradas por ella misma. Administraba sus fondos. Disfrutaba de
una jurisdicción privativa en lo civil, y casi siempre también eu
lo criminal.» (Discurso lcíd> en. la solemne inauguración del curso
académico de 1U14 a l9lñ.— Universidad Central, p. 51.)
El progresismo liberalesco que, en pleno siglo X I X , llegó, a dar
al mundo intelectual el gran ejemplo de amor al saber que supone la
venta de la celebérrima Universidad complutense en la vil cantidad
de tres mil duros en papel —¡oh manes de Cisneros, de Alfonso de
Córdoba y de Lebrijai— fnó el que dió al traste con la autonomía
universitaria española. A imitación de Francia, de la Francia napo­
leónica, ahita de jansenismo y de volterianismo, quitó alas Univer­
sidades su autonomía administrativa, sujetó el régimen de su orga­
nismo interior al capricho de los covachuelistas de Instrucción pú.
blica y le arrebató las rentas que tenía, con el pretexto de atender
mejor a su subsistencia y a su vitalidad. íQué poco se cuidaron de
imitar a los franceses Inglaterra y Alemania, donde íaa Universida-
0 des aun viven vida independiente y donde aun se conoce a los estu­
diantes por !as insignias y los distintivos dis su profesión!
— 240 -

que en las solemnidades paranínficas de los cursos aca­


démicos, es la prueba más convincente de la inutilidad,
del daño positivo de nuestra actual enseñanza univer­
sitaria. Y esos gritos airados, pero justos con que, por
medio de esos profesores sinceros, se revuelve el alma
española contra la política que ha hecho de la TJuiver-
sidad un centro burocrático más, con su escalafón y
todo, y aun con su servilismo caciquil* son y repre­
sentan un ansia ardorosa de regeneración y de resur­
gimiento patrios que habrán de coucluir por hacer li­
bérrima la enseñanza, para romper de una vez con la
atonía intelectual en que se consumen Universidades
de donde en mejores tiempos salían profesores y alum­
nos inmortales que serán siempre legítimo orgullo de
la nación.
La libertad de enseñanza traería en seguida la rup­
tura radical y completa con esa absurda cultura exten­
siva de nuestros institutos donde en seis años estudian
nuestros bachilleres todas las letras y todas las cien­
cias habidas y por haber, para quedarse al cabo de los
sois años, sin saber nada de ciencias ni de letras y
con un hartazgo de cátedras, de exámenes, de progra­
mas y de libros, que les inspira hasta odio al estu­
dio, ya que, después de seis años de estudiar, se en-*
cuentran con que han perdido lamentablemente el
tiempo; y se volvería a nuestra antigua cultura inten­
siva que tanto se asemejaba a la que hoy se sigue en
los gimnasios alemanes que vienen a corresponder a
nuestros institutos, y donde se estudia, en los nueve
años que dura el bachillerato alemán, nueve cursos de
religión, nueve de latín, ocho de matemáticas* siete de
historia, siete de alemán, cinco de griego, cinco de
geografía, cuatro de francés, tres de física, tres de his­
toria natural y uno de taquigrafía.
Así ya se explica que se estudie con provecho en
- 250 —

la Universidad. ¡Fíjense bien nuestros progresivos


radicales! No es la teocrática España, sino la teocrá­
tica Alemania la que impone a los bachilleres nueve
cursos de religión, nueve de latín y cinco de griego (1),
Alemania sabe muy bien que los hombres-cumbres que
constituyen la aristocracia intelectual de los pueblos,
y han de ser hasta la consumación de los siglos la glo­
ria y el ornamento de las razas, luciendo como soles
en las altas esferas del ideal, se han formado hasta
ahora, y se continuarán formando en lo venidero, en
los estudios clásicos, en los planteles, cada día más
vivaces y fecundos, de la religión y de la civilización
greco-latina, y a seguir a Alemania por esos caminos
clásicos se disponen hoy los propios Estados Unidos,
el país de la ingeniería y de la invención científica,

(I) En Inglaterra los estadios de segunda cü señaliza son ]ioco más


o menos lo mismo. Baste decir que en las culebros Universidades do
Oxford y dií Cambridge, se requiere como examen de ingreso un
amplio examen de griego. de latín y de religión. «¡.Religión para
iagreso en Ir. Universidad, señores demócratas!» —exclama con muy
oportuna ironía el Sr. Silió refiriéndose a los españoles— , «que en
nombrando la enseñaza de la religión ponen se en guardia y alzan
vofu-s airadas de protesta, creyendo o proclamando que el espíritu de
los tiempos va por muy otros rumbos, que eso es vivir petrificando,
se en el pasado, en la época inquisitorial y teocrática, en nuestra
vieja intransigencia que nos tiene apartados de la Europa con&eien·
*<?*. (La educación nacional, páginas (iü y 68») ¡Oh, las inconscientes
Alemania e Inglaterra!...
A Jesús no basta predicarle en las rodillas de la madre al niño
hay que predicársele luego en la juventud, en la enseñanza supe­
rior. Sólo asi se desposa para siempre nuestra alma con Jesuarito,
Lacordaíre en su quinta Confévence de Toulouss. lo dice con esta bella
frase: «On peut perdre Jesu-Christ ausorfcir d el’ enfance, paree qivon
n e l1acon<;u que par autrui sur les genoux de sa mere; mais une fois
qu’il nous esfc devenu propre, le fruit de notre experience et de notre
virilité, riBii nTcn ébrattle plus en nous les chaudes certitudes*, ya
nada puede conmover en nosotros las cálidas certezas...
— 2o L ~

que, haoe ya tiempo. está abogando por una cultura


clásica general que ponga a los grandes ingenieros e
inventores en condiciones de saber hablar y escribir,
de saerte que seduzcan siempre que hablen o escriban*
sabiendo reflejar lo que saben para estudio y aprove­
chamiento de otros, cumpliendo con el gran deber de
difundir la cultnra personal, en obras diáfanas y com­
prensivas que no carezcan de la amenidad necesaria
para sor leídas con gusto y con agrado.
La facilidad y la transparencia de estilo con que se
debe escribir todo lo que se haya de escribir, no son
posibles sin una amplia cultura clásica que dé afina­
ción y agudeza al espíritu y que no se suple con nada
moderno utilitario y experimental. Los grandes pensa­
dores franceses claman por que se rehagan los pro­
gramas de enseñanza secundaria, dando en olios mu­
cha cabida a las letras latinas y griegas. Y lo que más
llama la atención en ese clamoreo francés por la res­
tauración de los estudios clásicos en la enseñanza se­
cundaria es que ese clamoreo no se inició entre las filas
de los poetas y de los novelistas, sino entré las filas de
los hombres científicos, entre los eminentes sabios de
la Escuela Politécnica y de la Academia de Ciencias
que en varias ocasiones han acudido al Gobierno en
demanda de rectificaciones de los programas de ense­
ñanza, abogando resueltamente por más amplio y de­
tenido estudio de las letras. Y ahora que se rían los
que piensan resolver de plano la cuestión diciendo que
para hacer acorazados, aeroplanos y cañones, maldita
la falta que hacen ni el griego ni el latín.
Y si esto sucede en el país vecino, que siempre ha te­
nido por lema en sus producciones intelectuales el ar-
gute loqui, que ya observaba Catón entre las propieda­
des típicas de los antiguos galos, ¿cuánto más debía­
mos clamar por ese reflorecimiento clásico en España,
- 252 -

donde cada día es más grande el descuido del estilo,


como si quisiéramos romper ¡la áurea cadena que for­
man a lo largo de nuestra literatura, nuestros grandes
estilistas y nuestros grandes pensadores?
Yo tengo para mí que, si la intelectualidad alemana
es, desde hace ya no pocos años, muy superior a la fran­
cesa, habiendo pasado a Alemania el cetro clel .^aber
que había tenido Francia, desde el siglo de Luis XIV,
ha sido debido a que en la patria de Fenelón y de
Bossuefc se dejaron de cultivar los estudios clásicos, el
arte y el saber greco-latinos, con la intensidad y con el
entusiasmo con que se venían cultivando desde tiem­
pos remotos, en tanto que en la patria de Schiller y de
Goethe se ha dado tal empuje al estudio de la clásica
antigüedad, que se la ha constituido en base obligada
de todas las carrerast viniendo a ser el país germánico
un país de sabios y profundos humanistas, de sabios 3r
profundos pensadores, de sabios y profundos gober­
nantes.
Pero concluiré ya este desmadejado artículo, ciñén-
dome al asunto del cual me iba inconscientemente ale­
jando.
Si se quiere que la Universidad torne a ser lo que en
su magistral discurso universitario, de un año hace,
añoraba Bonilla San Martín en párrafos bellísimos
que, a la manera que chorrean su miel riquísima las
grieteadas brevas maduras, parecían chorrear miel ri­
quísima de sabiduría y españolismo puros, no hay más
remedio que guerrear sin cuartel contra la politiquería
universitaria, contra los catedráticos indigestos y con­
fusos, contra los programas inacabables y trágicos,
contra los estudiantes holgazanes y galanteadores de
oficialas y modistillas, contra todo lo que ha contribui­
do a covaohuelizar la antigua Universidad española
que, a la vez que templo de adoración a las Letras y
— 263 -

plantel fecundo de sabios y de doctos, era hogar pater­


no cuyo ambiente de atracciones y caricias familiares
seducía y embelesaba.
Mientras esta salvadora guerra no se lleve a efecto
—y no se llevará en tanto nuestros hombres universi­
tarios 110 se persuadan de lo sacratísimo de su sacerdo­
cio intelectual y moral, y en tanto sigan prostituyén­
dole a los pies de la zorrería covachuelista de Instruc­
ción pública— , resignémonos a no ver despuntar por
ninguna parte el nítido alborear del resurgimiento de
la patria, de una patria recia e impolítica, que no con­
sienta más banderías y partidos que los que se desvi­
van por el progreso y el bienestar de todos los espa­
ñoles, agarrotando, sin consideración de ningún lina^
je, todo lo que tienda al entronizamiento de las nuli­
dades efectivas, siquiera sepan — ¡y llaman a eso ta­
lento!— montar admirablemente el tinglado guberna*
mentad gracias a cuquerías electoreras y a despotismos
caciquiles.
Los hombres universitarios deben ser convencidos
perfectos de que el lacayismo político deshonra y en­
vilece a la Universidad. Tenga ésta, euhorabuena, un
alto representante en el Senado; pero que sea un re­
presentante de la Universidad y no de la mayoría, v o­
tado Ubérrimamente por el claustro universitario, y de
ningún modo impuesto por un ministro de la corona.
Si el cunerismo es baldón de la provincia que le con­
siente, lo es mucho más de la Universidad que le sufre.
El primero y más alto ejemplo de pureza del sufragio
debe ser dado por los hombres de la Universidad, Si
ellos claudican y se rebajan a ser criados de un minis-
tro, ¿qué han de hacer las masas inconscientes del pue­
blo soberano? El látigo en cuya tralla estuviesen re­
torcidos les adjetivos más resquemantes y las más
gigantescas ironías, aun sería piel de armiño para cru­
- 251 -

zar el rostro de los sabios de acomodadiza condición


que se pliegan a las órdenes de un cuco electorero,
y se contentan con vegetar en vil sesteo africano»
rumiando apetitos desordenados de pingües escala­
fones,..
XVI

Por América y por Espina.

Ninguna pluma española puede escribir un libro de


patria regeneración, sin que entre rus páginas se des­
taquen unas cuantas cálidas, vividas, escritas con san­
gre del espíritu y consagradas a enardecer el amor con
que se deben abrazar y aun en que se deben fundir,
como Madre cariñosa y como Hija amante, España y
América. Costa discurría, puesto al entendimiento un
velo fúnebre que empañaba su clarividencia natural,
cuando, viendo los horizontes cerrados y tenebrosos,
decía que ya no había «cuestión de América latina»,
añadiendo que ni América «nos puede valer a nos­
otros, ni podemos nosotros valerle a ella: las lineas
del porvenir, hasta hace poco tiempo indecisas, aca­
ban de dibujarse fuertemente: en Santiago de Cuba
no combatieron dos banderas, sino dos razas: aquel
racimo de naciones iberas, motivo de tantas esperan­
zas ayer, ha sido condenado a desgranarse rápidamen­
te, para ir a caer grano a grano en las ávidas fauces
del sajón» (1). Era el pesimismo desesperado el que po·
nía tan inconsideradas ligerezas en la pluma de Costa,

(1) Reconstitución y Europeización de España, p, 3fi.


— 2-ntí —

¡Yaya un galano modo de extender partidas de defun


ción para nuestras hispanas repúblicas de América! Se
sienten ya demasiado fuertes, y demasiado robustas
para que las pueda matar ni el espíritu sajón ni el es­
píritu de ninguna raza.
Sí, sí hay cuestión de América latina, y la labor de
latinos y de americanos, y muy especialmente la labor
de todos los hombres de espíritu ibérico debe endere­
zarse a estrechar cada día más a los que somos vásta-*
gos de una gran familia. En nuestros días unos cuantos
jóvenes, llenos de brío y entusiasmo, han emprendido
una recia campaña revisionista de nuestro pasado, con
objeto de rectificar juicios erróneo:* acerca de nuestras
cosas y enderezarnos por caminos más rectos en bus­
ca de la verdad. La gran lástima es que los más, y
acaso los mejores, se han aplicado preferentemente
a la revisión que menos falta hacía, a la revisión de
nuestros valores literarios consolidados, sobre los que,
precisamente, se ha juzgado con más serenidad crítica
y donde, por tanto, hay pareceres y juicios más justi­
preciadores y valederos.
En cuestiones históricas, ahí es donde más falta hace
una justa y discreta revisión. La historia de nuestro
gobierno colonial sigue siendo la que se escribía a raíz
de los levantamientos coloniales contra la Metrópoli,
y en la inspiración de la cual forzosamente habían
de pesar los apasionamientos por parte de unos y de
otros historiadores. Para los coloniales era natural
que todo en los españoles fuese despotismo y tiranía,
abuso y atropello: las insurrecciones siempre tienen
que apoyarse en esos tópicos. Y para los metropolita­
nos también es natural que todo fuese en los insurgen­
tes ingratidud y concupiscencia, traición y felonía.
Lo más obvio y sincero es que de todo hubiese y
que, por tanto, unos y otros tengamos suficientes mo-
- 2ü7 -

ti vos para volver a estrecharnos con los naturales


vínculos amorosos que exigen la comunidad do espí­
ritu y de raza. Yo estoy seguro de que eso nos ha do
intimar la verdadera historia que se ha de escribir,
rebuscando en archivos de aquende y allende, contra­
pesando pareceres y juicios, y justipreciando institu­
ciones y acontecimientos. Y entonces, generosos los
unos y los otros, nos reconoceremos como verdaderos
hermanos, y se llevará a cabo la fusión espiritual que
haya de hacer salir un refulgente sol sin ocaso para
todos los pueblos de ibera estirpe. Al reconocimiento
de ios mutuos e iguales agravios sucederán los mutuos
y efusivos perdones. Eso sí, de esa verdadera y futura
historia es seguro que había de surgir incontrastable
esta verdad, es a saber, que por muy mal gobernadas
y administradas que estuviesen nuestras colonias, tan
mal gobernada y administrada estaba la propia Es­
paña.
El pugilato de agravios entre España y sus anti­
guas colonias prosiguió por espacio de mucho tiempo,
después de la emancipación, España hacía mohines de
indignación y de displicencia rehusando reconocer la
independencia de las colonias emancipadas —la del
Perú no la reconoció hasta 18G5, y la de Colombia has­
ta 1881— y a los mohines hispanos respondían las mu­
sas americanas inspirando a sus poetas cantos sañu­
dos contra todo lo que significase el nombre español.
Ni España ni sus Hijas comprendían que estaban arro­
jando piedras al propio tejado. Si no hubiera sido por
los mohines de acá y por los poéticos apostrofes de allá,
¿quien duda que las corrientes de maternales y filiales
afectos que se establecieron ayer, como quien dice,
entre la Madre y las Hijas, se hubieran establecido
más de medio siglo antes, despertando el sentimiento
de raza y la comunidad de espíritu, y anticipando el
17
— 258 -

desarrollo comercial e industrial de aquellas repúbll·


cas, algunas de las cuales acaso hubiesen cogido la de­
lantera a los propios Estados Unidos? Pero el tesón y
la tenacidad en los desaciertos parecen ser atributa
natural del espíritu de la raza»..
Mas dejemos lo que se debió hacer y vengamos a lo
que debe hacerse. Los Gobiernos de España y de las
repúblicas españolas debían fomentar la celebración
de congresos como el de Madrid de 1900, iniciado y
preparado por la La Unión Ibero-americana, para es­
tudiar la manera práctica de estrecharse mutuamente
y de vivir como en familia. Si no anualmente, cada
tres o cuatro años debía celebrarse uno de esos congre­
sos cuando aquí, cuando allende el Atlántico, en las
diversas repúblicas, estudiando la manera de prestar­
nos recíprocamente toda la ayuda posible, en lo econó­
mico y en lo intelectual y moral. Y una de las cosas
que más urgen es la creación de un Tribunal de Arbi­
traje, con poderes plenos de todas las nacionalidades,
para dirimir cuantas contiendas pudieran suscitarse,
110 ya sólo entre unas y otras, sino también entre los
partidos políticos de una misma, en casos de revolu­
ciones como la actual de Méjico * que está desangrando
a esta briosa república. Aquel Tribuual de Arbitraje
de ningún modo hubiera consentido lo que ha pasado,
lo que está pasando aún, por más que ya apunten te
núes rosicleres de paz en el horizonte: una de las más
prósperas repúblicas sangrando a torrentes y en peli=
gro de ser mutilada...
Otra de las medidas que más habían de contribuir a
la fusión hispanoamericana habría de ser un convenio
entre todas por el cual los súbditos de los distintos
países gozasen, mientras estuviesen fuera del natal,
del privilegio de ser considerados como nacionales, lo
mismo en Etepaña que en cualquiera de las repúblicas
españolas* siendo válidos sus títulos académicos y pro­
fesionales. ¡Cuidado que se ha derrochado retoricismo
hueco y desubstanciado sobre la necesidad de estrechar
nuestras relaciones con las Repúblicas hispano-ame-
ricanas! Pues bien; una de las cosas que mejor demues­
tran la iusubstancialidad de ese retoricismo ñoreador
es que el título de bachiller, por ejemplo, de cualquier
República americana no es válido en la Península, no
capacita a un joven para cursar una carrera en nues­
tras Universidades. Aquel título le capacita para cur­
sar estudios superiores en cualquiera de las Universi­
dades francesas, belgas, inglesas y norteamericanas,
pero no le capacita para cursar en las Universidades
españolas. Resultado: que antes de someterse a hacer
de nuevo su bachillerato, asignatura por asignatura,
prefiera, en vez de venir a España, que debía recibirle
y agasajarle como una madre cariñosa, irse a cual·
quier Universidad extranjera, donde sabe que, con
presentar su expediente listo, ha de ser admitido al es­
tudio de la facultad para la cual se sienta con vocación
y con aliento.
Esto es, sencillamente, incomprensible, por no de­
cir ignominioso. Esa validez de títulos académicos y
profesionales debe ser una de las primeras reforma?
que se introduzcan en nuestra legislación hispano­
americana, lo cual traería un gran bien: el intercambio
intelectual, que liaría que profesores americanos pu­
diesen traer su espíritu juvenil a nuestros Institutos
y Universidades, como podríamos nosotros emplear
nuestros alientos y nuestras energías en la enseñanza
y en la cultura americana.
La creación de un par de Universidades hispano­
americanas, donde se estudiase el doctorado de todas
las carreras, la una en la antigua Metrópoli y la otra
en un lugar central de América, que pudiera ser Pa-
— <.200 —

íiamá, Venezuela o Cuba, pero intervenidas y remu­


neradas por las diversas nacionalidades en una pro­
porción equitativa que sería bien fácil fijar, sería otra
de las medidas que mejor habíau de robustecer ese an­
helado panhispanismo, que haría de los pueblos de
raza española una verdadera hermandad. La creación
de las dos Universidades indicadas, en vez de una soia,
como so proyectó en 1902j cuando el Centenario de Co­
lón, y con la cual se pretendía restaurar los prestigios
de la antigua Universidad do Salamanca, con la pre­
rrogativa de poder conceder títulos de doctor en di­
plomas iguales, y en cuyos adornos habían de estar
representadas las diversas nacionalidades y las distin­
tas banderas, luciría un matiz de absoluta igualdad,
quitando toda ocasión de rivalidades y de celos, y sería
el medio más adecuado para dar a nuestra cultura cier­
ta unidad intelectual que la distinguiese de la cultura
de los demás países y que llevase a su pleno desenvol­
vimiento el espíritu ibero, seguramente el más talen­
tudo y genial de la raza latina, como lo prueba el hecho
de que ninguna d© las colonias romanas tuviese un flo­
recimiento cultural como lfa nuestra cuando, inmedia­
tamente después de la primera Universidad, llamémos­
la así, creada en Huesca por Sertorio, comenzaron a
florecer los ingenios españoles, hasta el punto de que
de las dos edades en que suelen dividir los historiado­
res la literatura romana, esté la segunda casi toda ella
formada por ingenios hispanos, como los dos Sénecas,
padre e hijo, Lucano, Quintiliano, Marcial, Floro...
La irradiación de intelectualidad que de las Univer­
sidades hispanoamericanas saliese sería el mejor lazo
de entronqua entre las diversas ramas de la misma fa­
milia, que tenderían más y más a estrecharse y prote­
gerse mutuamente a medida que se hiciera inás sensi­
ble y vivificador el aire de hermandad. Esas dos Uni-
— 2(; i

tersidades, en relaciones íntimas entre sí, constitui­


rían el mejor centro hispanoamericano y el mejor in­
tercambio intelectual, y serían poderoso acicate esti­
mulador de nuestra cultura científica y artística. La
sola natural emulación que se había de despertar entre
los pensadores de los diversos países con objeto de
contribuir a la obra común en la mayor parte posible,
traería aparejado un grandioso florecimiento científi­
co y artístico, que había de tener una admirable re­
percusión económica, prenda segura de grandeza y de
felicidad.
Hoy lo sabe todo el mundo: uno de los más pode­
rosos medios de que se valen las naciones para ejercer
amplio influjo sobre otros países es el desplegar por
ellos una ancha red económica que prenda en sus ma­
llas comerciales y bancarias casi todas las riquezas de
aqueUos países, forzándolos a fecundar su suelo para
que reporte cosechas ubérrimas, y a poblarle de fábri­
cas y de talleres donde el ingenio y el sudor huma­
nos, coadyuvándose eficazmente, acierten a crear in­
dustrias que traigan consigo rompimientos asombrosos
de intereses mercantiles. Los grandes financieros de
los Estados Unidos así lo han hecho constar siempre
en sus varias asambleas panamericanistas. Gracias a
sus sabias insistencias, el oro norteamericano ha im­
plantado ya en la América española bancos y facto­
rías, desde donde agentes y corredores expertos em­
prenden brillantes y activas campañas bancarias y
comerciales, que hacen que se roturen y exploten dila­
tadas sabanas, que poco a poco se van transformando
en campiñas y vegas, al través de las cuales se canali­
zan y conducen abundosos ríos que las riegan y las fe-
cundan, y se tienden, por millares de kilómetros, los
caminos de hierro, que facilitan y abrevian las cruza­
das explotadoras, e instigan a que aquí y allá surjan
vastos centros fabriles que eviten el tener que salir
fuera de casa en busca de productos que pueden y de­
ben tener dentro todas las poblaciones progresivas*
¿Y que ha hecho España, hasta ahora, en ese senti­
do, por todas aquellas jóvenes repúblicas, nacidas de
su seno y nutridas con sangre de su corazón? Esta na­
ción vigorosa, a quien ha sonreído la dicha de descu­
brir el Nuevo Mundo, y que ha tenido fecundidad bas-
tante para engendrar en él una veintena de nacionali­
dades, reproduciendo su espíritu en cada una de ellas
y siendo en ellas consagrada veinte veces nación —ex­
traordinario privilegio que sólo ella en el orbe puede
ostentar— , ¿no tendrá pujanza suficiente para inau­
gurar una nueva era romancesca, enviando a todas
aquellas Españas de allende nuevas falanges de Corte­
ses, de Pizarros, de Garayes y de Balboas, pero no de
la espada, sino de la banca, del comercio y de la in­
dustria, que consigan que aquellas nuevas Españas
cada día se españolicen más y más, al ver, merced al
nuevo orden de aventuras del genio épico hispano, es­
tremecerse de fecundidad y de riqueza aquellas in­
mensas pampas y aquellos dilatacfos desiertos, que es­
tán esperando con avidez nuestras nuevas hazañas
heroicas, para trocarse en emporios de gigantescas in­
dustrias y de titánicas empresas?...
España debía aspirar a ser el mercado de América
en Europa, a lo que de ningún modo se opondrían las
Repúblicas hispanas, antes bien, lo celebrarían como
una gloria legítima de la estirpe, para lo cual habría
que hacer un estudio de tarifas aduaneras que favore­
ciese a España y a las Repúblicas hispanas por igual
—qu© la igualdad más perfecta habrá de ser la base
de todos estos arreglos y operaciones— > y, además,
un verdadero esfuerzo para que nuestras Compañías
transatlánticas montasen un servicio de vapores rápi­
dos y cómodos que nada tuviesen que envidiar a los
mejores barcos extranjeros, y para que nuestros ferro­
carriles, desde los puertos más notables al interior, y,
en general, a los enlaces del Ferrocarril del Norte,
fuesen lo más directos y lo más rápidos posible.
Ese mercado americano, que vendría a ser como
una exposición permanente de productos de América
en España, liaría de nuestra Patria como el conducto
hacia Europa de todo el comercio exterior de Amé­
rica, que, sin perjuicio ninguno de los intereses ame­
ricanos, antes bien con ventaja manifiesta, pues ha­
bíase de velar por ellos como si fueran propios, daría
un verdadero empuje a los intereses de España.
Con objeto de ir haciendo poco a poco lo que se
pueda, los clamores de nuestros compatriotas allende
el Atlántico debían de ser mejor acogidos por nuestros
tjrobiernos. Ya pica en historia, por ejemplo, lo mucho
y en balde que han trabajado los españoles de Cuba
por conseguir que se celebrase un Tratado de comer­
cio entre esta república y la madre Patria, instando
una vez y otra, cuándo con mensajes, cuándo con em­
bajadas, para que en España se hiciese una rebaja
aduanera al tabaco de Cuba, en cambio de lo cuai en*
trarían allí nuestros vinos y nuestros aceites y demás
artículos de exportación con una rebaja que haría au­
mentar dos o tres veces nuestro comercio exterior con
la Perla de las Antillas. ¿Por qué habían do poder más
que todos aquellos buenos españoles los consejeros po­
líticos de la Compañía Arrendataria?.,. Sí; debían de
ser mejor oídos en Madrid los clamores de los espa­
ñoles residentes en América, porque bien sabido es lo
mucho que aquellos beneméritos hijos de España hacen
por su madre. El dinero que anualmente envían aque­
llos buenos hijos a los patrios lares está valuado en
500 millones de pesetas, aproximadamente; eso aparte
— 261 -

de los centenares de magníficas escuelas que van levan­


tando aquí y allá, en los puebleoillos donde, los que
llegaron a hacer fortuna a fuerza de trabajos y de afa­
nes, hubieron de nacer; aparte de los magníficos hote­
les, cercados de lindos jardines y de frondosas huer­
tas, con que enriquecen y engalanan nuestras villas,
y aparte de que, en instantes críticos para la madre
Patria, aquellos buenos españoles hacen sus esfuerzos
generosos y le envían gruesas cantidades para sus
atenciones bélicas, o para extinguir el hambre en las
regiones castigadas con inundaciones, sequías, grani­
zos u otras desgracias, Pero digresiones a un lado.
Sépase que serán días de gloria, como aun no se han
visto fulgir para la raza, aquellos en que españoles e
hispanoamericanos convivamos amorosamente en una
pacífica comunión económica, intelectual y moral, y a
esa pacífica comunión deben enderezarse todas las mi­
ras políticas y diplomáticas de los Gobiernos de un
lado y otro del Atlántico; que hasta ahora bien puecl·1
decirse que los Gobiernos no han hecho nada. Cuanto
se hizo — y ya no es poco— fue todo debido a la ini­
ciativa particular, y brotó espontáneamente del reco­
nocimiento instintivo de la sangre, del sentimiento
instintivo de la propincuidad espiritual que* al apro*
ximarnos los unos a los otros por diversas causas, nos
hizo reconocernos y amarnos.
Así, fomentando el natural desarrollo de las ener­
gías hermanas de todos los pueblos hispánicos; aho­
gando todo impulso de imperialismo que tendiese a
surgir en cualquiera de las ramas de la gran familia;
rindiendo culto, cada vez más fervoroso, a una amplia
y cordial efusión de sentimientos unitivos, así es como
llegaríamos a compartir con los pueblos más cultos y
adelantados del orbe la influencia salvadora en la di­
rección de la humanidad. Obrando así, obraríamos en
- -2G5 —

conformidad con la naturaleza; y sólo cuando se tiene


a la naturaleza por guia, es cuando se llega a la reali­
zación de ideales fecundos y exoelsos. Y entonces, ¡qué
papel más radiante el de los pueblos hispánicos de
ambos mundos en ol inmenso drama de la vida y de
la civilización!
Así se iría hacia un panhispanismo recio y vivifi­
cador que hiciese esplender cada día más los sacros
prestigios de la raza, de la raza de comunidad de san­
gre, de comunidad de religión y de comunidad de idio­
ma, y t por consiguiente, de comunidad de ideales ex­
celsos, todos ellos con miras persistentes a la propia
glorificación, pero sin sentimientos de hostilidad hacia
la glorificación ajena, hacia la glorificación de otros
pueblos y de otras razas, como no fuera a considerar­
se hostilidad la aspiración suprema de descollar sobre
todas las razas y sobre todos los pueblos por una po­
sitiva superioridad intelectual y moral que hiciese de
los pueblos hispánicos los más civilizados y progresivos
del mundo. Para lo cual ni siquiera habría que luchar
con el panamericanismo, en el sentido de la doctrina
de Monroe bien entendida (1), esto es, en el sentido ríe
que ni en lo presente ni en lo futuro, hubiesen ríe
permitirse conquistas de territorio americano por par­
te de naciones extranjeras, sino todo lo contrario, ad­
mitiendo cotno dogma incontrovertible eso panameri-

(L) Hablo del panamericanismo, según la doctrina de Monrm?,


porque harto sabido es que se habla de otros panamericanismos tan
absurdos como el que se ha querido condensar en la monopoliza­
ción del comercio de toda la América Española por los Estados V iu ­
dos, o como el cifrado por otros en el sueño de un imperto de las
Américas sobre el resto del mundo, o como el ideado por otros en
una alianza·, mejor dicho, en una consubstunciación de todos los
pueblos americanos* sin considerar que es imposible esa fusión,
constituyendo oomo constituyen a América gentes de tari diversas
razas y de taa diversas religiones.
- 266 —

canismo que sólo significa la intangibilidad de las hoj


constituidas nacionalidades americanas.
Con las medidas generadoras que he enumerado, ye
no creo nada jactancioso hacer a nuestra raza una pro
mesa de ventura más fundada y racional que la que se
atrevió a hacer Hegel a la raza germánica, cuando,
al verla subir, documentándose bion de cultura y de
civilización, dijo que el germanismo concluiría por do­
minar toda la cultura greco-latina, asentando sobre
ella la hegemonía de la raza germánica que habría de
vibrar para siempre el cetro de la más alta cultura
y del más alto poder,
¡Que ese glorioso ideal de los pueblos hispánicos so
realice y que España sea siempre para todos los his­
panoamericanos lo que decía el general Beyes, presi­
dente que ha sido de la üepiíblica colombiana, que de
bía ser, un lugar de religiosa peregrinación, «la Tierra
Santa Española», jEspaña es la tierra hidalga de sus
abuelos, de sus antepasados, el sacro depósito donde
están los títulos nobiliarios de su estirpe y de su san­
gre, Todas nuestras glorias son sus glorias, como to­
das las glorias hispanoamericanas no pueden menos
de irradiar con mágico brillo sobre los pliegues bendi·
tos de la bandera española.
Antes de concluir este artículo, voy a aprovechar la
ocasión, ya que se me brinda propicia, para vindicar­
me de un ataque injustísimo que me ha dirigido, poco
ha, el escritor americano Blanco-Fombona, bien, que
sin mentar mi nombre para nada, contentándose con
nombrar despectivamente al fraile y con falsificar en
absoluto mi pensamiento, atribuyéndome ideas absur­
das y plenamente contrarias a las por mí defendidas.
¿Habrá cosa más mísera en un hombre que se las
echa de crítico, que falsear el pensamiento de un autor
para tener por dónde morderle y hacerle sangre? Pues
— 267 —

quien haya leído mi articulejc sobro La Entente que


nos hubiera salvado, no podrá menos de advertir en
seguida que au espíritu y su letra son el polo opuesto
de la letra y el espíritu que le atribuye este bravo es­
critor americano que ha tenido a bien el intentar mor­
tificarme con sus innocuas mordeduras.
Véase lo que, a propósito de mi dicho articulejo, vie­
ne a decir de mi humilde persona ese ingenio preclaro,
falto aun de la dote más elemental en. quien actúa de
crítico: la conciencia de escritor. Habla de «los que
aconsejan a España una inteligencia con los yanquis,
en perjuicio de la América de habla castellana», y dice
en una nota: «Coinciden en dar a la antigua madre
patria esas voces conséjales y de apremio varios perió­
dicos, entre ellos... E spaña y A mérica , revista men­
sual ultramontana, dirigida y redactada por clérigos
agustinos de una estrechez mental insospechable. El
articulista de la empresa clerical vomita bestialidades,
que es un contento: España le debe gratitud a los Esta -
dos Unidos; los Estados Unidos trabajarían, aliados
con España, por devolver & la Península, si no íntegro?
en su mayor parte, su antiguo poderío en Hispano
América» (sic )...
Ahora bien; quien quiera valorar la conciencia de
crítico que adorna a Blanco-Eombona, torne a leer mi
articulejo y vea si, aun por asomos, hay algo en sus
páginas que se parezca, ni siquiera remotamente, a las
lindezas por mí subrayadas en la brillante crítica del
escritor americano. ¡Yo —ningún español, porque me
atrevo a hablar en nombre de todos los españoles—
escribir abogando por una inteligencia con los Estados
Unidos, «en perjuicio de la América de habla castella­
na»! jEso no podrá escribirlo jamás un español, ni
aunque hubiera de fecharlo en un manicomio!
Y que España «le debe gratitud a los Estados Uni­
- —

dos», así, en general, como si ignorásemos «la guerra


inicua.contra la pobre España», cual yo escribí er.
mi asendereado articulejo, y «la consumación de aquel
despojo que se cometió con nosotros, y que dió aplica-
ción exactísima a la frase de Pascal: Ne pouvant jus-
tifier lajustice , ils ontjustifié la forcé ».*. ¿Cómo de un
artículo en que se dice esto se puede entresacar la fra*
se deque «España le debe gratitud a los Estados Uni­
dos»? Sólo una vez hablo allí de gratitud a la gran Re
publica de la Unión, y ésa no en nombre propio, sino
en nombre del Sr. Dato, presidente del Consejo de Mi
nistros de España, al contar a los periodistas los bue­
nos oficios de aquella nación para con nuestros pobre.s
compatriotas de Méjico. ¿Y no tiene razón sobrada el
Sr, Dato para decir que por ese favor particular está
España agradecidísima a los Estados Huidos?
Sí, Sr* Blanco-Fombona, los favores particulares,
nosotros, los españoles, los sabemos siempre agrade-
cer. Y aunque no lo haya dicho on mi maltratado e.
incompreudido articulejo1 yo agradezco el movimien­
to de simpatía hacia España que se ha iniciado, desde
hace años, en los Estados Unidos y que nos está aca­
rreando muchos bienes, entre ellos, el inapreciable de
la clara luz que se va destellando sobre la historia de
América y que va haciendo pedazos la leyenda de que
sólo ignorancia y tiranía acertamos a llevar al Nuevo
Mnudo. Son escritores norteamericanos los que difun­
den esa clara y bienhechora luz; pues son ellos los que
en obras como las del gran hispanófilo James J, Wals1
vulgarizan —demostrado ya lo habíamos los españo­
les, bien que no se nos creyese ni se nos hiciese caso
alguno— que fuimos los primeros en estudiar las co­
sas de América; que ya el mismo Doctor Chanca, que
acompañó a Colón en su segundo viaje, y de quien el
gran descubridor hace cumplidos elogios en una carta
- <m -

suya a los Reyes, estudiaba, en sus carbas al Consejo


Municipal de Sevilla, la fauna, la flora, la etnología,,
la antropología y hasta Ja meteorología americanas;
rjue fuimos nosotros los primeros en introducir la im­
prenta en aquellas tierras remotas, por más que nos
quieran arrebatar esa gloria los ingleses con un libro
ríe salinos impreso en Massachusetts, en 1638, cuando
ya un siglo antes, en 1538, habíamos publicado La Es­
cala Espiritual i y en 1503 el Cedulario de Pufa, com­
pilación de Reales ordenes de los Soberanos de Espa­
ña; que en el mismo siglo XVI creamos nosotros las
.Reales y Pontificias Universidades de Méjico y de Li­
ma, centros docentes como no los tuvieron los Estados
Unidos hasta el siglo pasado, admirablemente organi­
zados y donde enseñaban doctores de las Universida­
des de Salamanca y de París, emporios de la sabiduría
de entonces, y Colegios como el de Santa Cruz en
Thaltelolco, fundado por el Obispo franciscano Zumá-
rraga, y donde también de un profesorado parisiense
y salmanticense recibían alta enseñanza los jóvenes, y
Escuelas de Artes y Oficios como la creada en Méjico
para los indios por el franciscano Pedro de Grante,
pariente de Carlos V...
¿Cómo no hemos de agradecer los españoles que los
norteamericanos divulguen por el mundo que los hijos
de España fundamos Escuelas de artes y oficios en
América, cuando apenas las tenía la misma Europa?
Y lo de poner en los nuevos sellos de correos de los
Estados Unidos el retrato de Vasco Núñez de Balboa
y otros célebres exploradores híspanos ¿también es
moco de pavo que huelga agradecer? (1). No solamente

(1) Lóase esta gacetilla, publicada poco ha. cu el periódico La


Mañana , y rjue lleva por titulo España en Nueva- York:
‘ Uua ola ele simpatía por España y por las cosas <le Espnña. inun-
— 270 —

lo agradecemos, sino que sentimos muy legítima y alta


satisfacción de orgullo en vernos apreciados como me*
recemos por la tierra de aquel Washington Irving que,
en su obra Vida y Viajes de Colón, hablando de nues­
tros misioneros, de su labor por mejorar y salvar a las
almas de los países americanos, dice de ellos que sus
impávidas empresas y sus arriesgadas peregrinaciones
debidamente apreciadas, «podrían competir en auda­
cia romántica con las acciones más heroicas de la an­
dante caballería, aunque excitadas por motivos de más
pura y mucho más exaltada naturaleza».
Y ahora agradezca Blanco-Fombona que no me in­
troduzca, escalpelo en mano, por su engendro —no
miento su título, porque no lo merece— todo él tan
atiborrado de tiritañas y de herejías, y efundiendo de
todas sus páginas tan mefítico hálito, producto de per*
fidas indigestiones intelectuales. Le he hojeado un po­
da en la actualidad los Estados Unidos. Todo el mundo quiere ver y
consumir ju’oductos españoles. En una do las grandes casas de Nue­
va York, en donde se vendan aceites, vinos, aceitunas, turrones y
otros productos españoles, el que suscribe entró en conversación coi]
una señora que, después de comprar de cuanto se acordara que fue­
ra producto de España, preguntó si no había otras cosas de ese país
a la venta. Como la señora p,n cuestión era americana, le pregunta'
mos qué parte de España había visitado, y nos contestó que ningu
na, y comprendiendo ol motivo de nuestra curiosidad, nos sorpren­
dió verdaderamente la causa trivial que despertó ;en ella el deseo
de consumir productos españoles, pues no fué otra cosa que la vis­
ta del retrato de Balboa y otros exploradores españoles en los nue­
vos sellos de Correos de los Estados Unidos. Entramos luego en coii'
versación con el dependiente, quien nos informó que no pueden ob­
tener bastantes productos españoles de poco tiempo á esta parte
para satisfacer la demanda. Es de esperar que los fabricantes y ex­
portadores españoles se aprovechen de tan espléndida oportunidad.
H'ay infinidad de grandes casas de Nueva York solamente que com"
prarian al contado productos españoles y tratarían directamente con
los productores en España.
El activo cónsul de España en Nueva York, D. Erancisco Javier
de Salas, o los cónsules americanos en los diferentes puertos de Es­
paña, darían iodos los informes necesarios a los interesados.»
quillo^ pues leerle es cosa imposible, y he observado
en seguida que toda su substancia se reduce a comis-
trajos literarios de pedantuelos y de rebeldes que.
por no saber a fondo la gramática, se retuercen contra
ella, imitando algún gesto nietzschiano, traducido por
Unamuno, y que pega en ellos como un rasgo de ge­
nialidad en el cerebro obtuso de un hebón.
Hasta en lo deshilachado y roto de las mil y una
cosas de que habla en su libro, se desuela su autor
por asemejarse a Nietzsche o a Unamuno: en todo,
menos en dejar entrever por algún resquicio la garra
del león, ¡Qué retozante delicia causan todos los po-
brecitos que hacen profesión de genios, pretendiendo
vivir más allá de la gramática, más allá de la lógica*
más allá del sentido común!
Sí, agradezca el Sr. Blanco-Fombona que no me
decida a endilgarle una critiquilla racional de su en­
gendro. Y no lo atribuya a miedo a dicacidades como
El Eunuco literario, nadería pueril con que se previene
o trata de prevenirse contra toda crítica por parte de
los llamados a velar por la pureza y hermosura del
idioma. Atribuyalo nada más a que me parece entre­
ver en su personalidad literaria un imberbe intelec­
tual que acaso haya de llegar a escribir bien el día en
que, amainando en sus apetitos desordenados de super­
hombre y decidiéndose a desindianizar su léxico, ci­
vilice esa su prosa maloliente de cachorro selvático,
en cuya espesura sicalíptica parece sonar la voz de un
granadero hablando en la intimidad a otro granadero.
¡Qué daño hacen al buen nombre de las nobilísimas le­
tras americanas estos plumirrotos que, de cuando en
cuando, se descuelgan por acá, y escriben con la des­
vergüenza con que pudiera escribir un rufián de ra­
mería!
XVI I

El culto №1 carácter.

La superioridad humana, mucho más que al estudio


y al saber, es debida a la energía indomable de la vo­
luntad, que es, a su vez, la que constituye la reciedum­
bre del carácter. El carácter no puede ser recio y bien
templado, si la voluntad no reina en el hombre como
señora de todos los sentimientos del corazón y de to­
dos los arrebatos de la fantasía. La voluntad ha de lle­
var siempre, bién empuñada, la rienda de todas las
fuerzas psíquicas humanas para dirigirlas, sin tropie­
zos, o a pesar de los tropiezos, al fin que se proponga,
al termino que quiera. Y la inteligencia ha de servir
al hombre principalísimamente para esclarecerle y vi­
gorizarle la voluntad; que la voluntad, bien esclarecida
por la inteligencia, sabe luego uncir a su carroza, a la
carroza de sus quereres y de sus ideales, todas las fuer­
zas vivas de la naturaleza humana, espoleándolas de­
bidamente hasta llegar a la deseada meta, adonde bro­
tan los suspirados laureles y se respiran auras de
triunfo.
Por eso yo considero a la voluntad dote más precio­
sa del hombre que la misma inteligencia* Ya puede el
hombre ser riquísimo de inteligencia, que como sea po-
- ‘¿73 -

brísimo de voluntad, nada bueno hará en su vida, que


se consumirá toda ella en una lenta consunción, se­
cuela fatal de la enfermedad crónica de no querer .
Los hombres abúlicos son seres que han venido a este
mundo para vivir en él como parásitos inconscientes
de su propio vivir. Son seres inútiles, casi tan inútiles
como los hongos que brotan en las praderas, a raíz de
las lluvias. No teniendo como no tienen voluntad, son
siempre del último que les habla, y a mí se me antojan
como la tierra fangosa que muestra siempre las hue­
llas del último que la pisa.
Sin voluntad es imposible el carácter, y el carácter
vale más que el genio mismo* Un bello y noble carác­
ter impone respeto, inspira confianza, conquista amor.
De la tierra han desaparecido millones de genios pre-
claros sin dejar huella de luz en pos de sí; mas precla­
ros caracteres no han cruzado nunca por el mundo sin
dejar, de sí en pos, algún reflejo de gloria, algún ras­
go de heroísmo, alguna acción memorable que hace
que sus nombres perduren entre las gentes y sean por
ellas bendecidos. Los genios por sí solos, sin una vo­
luntad que los espolee y los acucie, son fuerzas muer­
tas que podrían obrar maravillas, pero que no las
obran porque necesitan de otra fuerza complementa­
ria que los fecunde y aguije, y esa fuerza es el carác­
ter que actúa, como con magnetismo arrollador, sobre
el corazón, sobre la inteligencia y sobre la misma vo­
luntad.
Pero ¿y qué es el carácter? Puede decirse que es todo
el hombre y que, por consiguiente^ los que no tienen
carácter f tampoco tienen humanidad, o sólo tienen una
humanidad manca y defectuosa, pues les falta lo más
esencial, que es... el carácter* el funcionamiento de la
voluntad humana. El carácter no es el genio, ni la in*
teligencia, ni siquiera la voluntad, sino una fuerza mo­
ja
- 274 -

ral, o, por mejor decir, una suma de fuerzas morales


que se nutren de plétora de principios, y que, cuando
esos principios son sanos y están vivificados por la
doctrina de la Cruz, hacen al hombre inconmovible
aun en medio de los más tremendos vaivenes de la vida.
Un espíritu de carácter así, no se arredra ante nada,
siempre que se trate del cumplimiento del deber, que
viene a ser para él como un transparente de la concien­
cia en que se vislumbra perfectamente el mandato im­
perioso de Dios.
Ya so comprenderá por lo que vengo diciendo que
no todo carácter ós bueno. Como casi todas las cosas,
los caracteres se dividen en buenos y malos (1). Estos
son los que tienen una voluntad robustísima y fiera
para el mal; los que por todo atropellan, aun por lo
más santo y lo más justo, con tal de llegar a satisfacer
sus ambiciosos anhelos. Un carácter malo es el que
conscientemente,.reflexivamente, azuza sus malas pa-
siones para que se descarrilen del bien, gozándose en
el descarrilamiento; porquo no se saxsia más que do
egoísmo y de perversión, ya que para él ni existe la
conciencia, ni tienen sentido ninguno el bien y la mo­
ralidad. Se propone un fin indecoroso, brutal, punible
por todas las leyes divinas y humanas, y allá van sus
instintos sin freno, ávidos de realizarle, sea como
quiera que sea, aun pasando por eutre ríos de sangre y
de lágrimas, y sin hacer caso ninguno de las víctimas
que sea preciso arrollar a lo largo del cataiuo. Un ca-

CU M e refiero sólo a loa caracteres bi*n definidos, a los carao teres


extrem os, digám oslo asi7 y no se me oculta que nn cada una de las
divisiones existe una gaina de m atices que pudiera dar m argen a
una rica clasificación de caracteres que abarcara desde el hom bre-
veleta liasta el hom bre-roca inconm ovible. JPero quédese ese esl-udio
m inucioso para los psicólogos de la pedagogía; pues yo sólo me he
propuesto estudiar el carácter del individuo, con vistas al de la raza,
a la fisonomía moral de la nación.
- ÜW —

rácter de tal jaez es un verdadero carácter, pero un


carácter perverso, satánico: lo peor que se puede decir
de *n hombre. Para tener un carácter por ese estilo,
mejor fuera ser perfectamente abúlico, como los per­
cebes y como las ostras.
Nuestro carácter ha de ser bueno, y sólo es bueno el
carácter cuando tiene viriles energías y siente gigan­
tescos estímulos para obrar y llegar a encumbradas ci­
mas del bien moral, pero siempre por caminos andade­
ros que jamás aparten de la rectitud de la conciencia,
iluminada por la fe y esclarecida por la razón. El hom­
bre que está dotado de abundancia de fantasía, de egre­
gias dotes intelectuales y do vivas y ardientes pasio-
nes, y que, por medio de una voluntad nobilísima e in’
arrollable, sabe armonizar todas esas energías y todas
esas fuerzas, enderezándolas todas, como escuadrón
germánicamente disciplinado, a la realización de be­
néficos propósitos, a la conquista de ideales excelsos,
ese hombre es un carácter bello, un carácter magní­
fico. A un hombre así no se le sorprenderá jamás en
una acción ruin ni villana, porque tiene corazón bue^
no, sensible y pundonoroso, y tales corazones jamás
obran ruin ni villanamente* No se le sorprenderá ja­
más en una falsedad, porque es sincero; ni en una pe-
queñez, porque es digno; ni en uua concusión, porque
es justo; ni en una angustia, porque es animoso; ni en
una cobardía, porque es valiente; ni en una venganza,
porque es magnánimo.
Ahora bien, y ¿cómo se forma el carácter? Es noto­
rio que en el carácter no sólo influyen las fuerzas aní­
micas, las energías que pudiéramos llamar internas,
sino también las influencias exteriores: las condiciones
del medio ambiente, del tiempo, del lugar, de la socie­
dad, de la familia. Somos como plantas que por miles
de raíces invisibles chupamos jugos de la tierra, del
- 276

tiempo y del pueblo en que nacimos* nos desarrolla­


mos y crecemos. Nos asemejamos a los torrentes que
no pueden menos de arrastrar en sus aguas algo de
tierra del lecho por donde corren y se precipitan, ¡Si
influyen en nosotros, y de muy poderosa manera, no
ya sólo la sangre que ha circulado por las venas de
nuestros progenitores, sino también hasta la vida que
han vivido y aun los holgorios en que han andado! So­
mos como un tejido de miles de hilos diversos que con­
curren a la formación de una misma tela, o como un
metal en cuya constitución se han fundido miles de di­
versas partículas; y buenas o malas, en nosotros estén
las condiciones naturales de estas partículas y de aque­
llos hilos.
Todas esas influencias constituyen lo que podríamos
llamar el carácter natural, el carácter ingénito; pero
no es éste propiamente el carácter, sino el que a fuer*
za de persistente labor educadora constituyen los es­
fuerzos de la voluntad, podadores de malezas bravias
e insanas, sembradores de generosos sentimientos y
arraigadores de cristianas costumbres. La voluntad
puede actuar sobre las naturales condiciones del hom­
bre, mejorando las buenas y extirpando las malas: y
sólo cuando así se obra, se llega a tener un carácter
recio y noble, constitutivo de una personalidad vigoro­
sa y robusta. El hombre de enérgica voluntad puede
hasta transformar su propia naturaleza, creando en sí
un nuevo hombre, y viniendo a ser como un escultor
de sí mismo que ductiliza su alma, modelándola como
de nuevo y dotándola de nuevos sentimientos y de nue­
vas inclinaciones.
Bien sé que ha habido pensadores y filósofos que han
creído que el carácter es irreformable, los unos fundán­
dose en que es algo que sale como perfecto de las ma­
nos del Creador y que, por lo tanto, es majadero y
- 277 -

absurdo querer enmendarle la plana a tan soberano


Artífice, y los otros defendiendo que el carácter huma·
110 ea algo necesario, ya que el hombre se conduce siem­
pre en virtud de un determinismo incontrastable, que
es obra de la misma naturaleza. Gran error el de esos
filósofos y esos peusadores. Cierto que el hombre, pues­
to en estas o aquellas circunstancias, obra así o asá,
según sea su carácter, porque éste le impele a obrar
así o asá* Pero es estulto negar que el hombre es libre
y que, por consiguiente, puede modificar su carácter,
estudiándose a sí mismo y esforzándose en enderezar
sus torcidas inclinaciones, de conformidad con la es­
tricta obligación que todos tenemos de tender a nues­
tro perfeccionamiento.
Ya he dicho que en nuestro carácter hay mucho que
procede de la misma naturaleza, mucho que procede del
medio ambiente en que nos desarrollamos, y mucho,
también, que procede de nuestra libérrima voluntad.
Y todos esos «muchos» son hondamente reformables,
sobre todo los que se refieren al ambiente y a nuestros
hábitos libérrimos. Lo que hay es que el carácter no se
reforma ni se educa sin grandes esfuerzos y sin costo*
sos trabajos. Por lo mismo que el carácter bueno vale
tanto que puede decirse que es la genuina asistocracia
del hombre, por eso mismo no es obra de un mes, ni de
un año, sino de muchos años y aun de toda la vida. Se
trata de la transformación de nuestra propia naturale­
za, y para eso se han menester viriles energías, intré­
pidas decisiones y hasta heroicos sacrificios, todo el
derroche de valor que supone el combate de uno consi­
go mismo, y el combate hasta la victoria.
Mi gran Padre San Agustín habla, y muy bellamen­
te, de una reescultura del espíritu llevada a cabo por
el hombre, a fuerza de luchan triunfales con los múlti­
ples instintos insanos que le perturban y le agitan.
— 278 -

Datey dice, qui resistat sensibus c a r n i s q u i resistat


consuetudini hominum, resistat laudihus hominam , qui
compungatur in cubili suo , qui resculpat snum spiri*
tum ... (1) Eso reesculpimiento del espirita y con los
cinceles del ascetismo cristiano, que enumera el in­
mortal Obispo de Hipona, eso es lo que forma y crea
en nosotros el carácte#\ Es claro que para ello son in·
suficentísimas nuestras propias fuerzas y que necesi­
tamos muy mucho de la gracia divina; pero la gracia
nunca falta a los que anhelan cumplir con su deber:
Dios no manda cosas imposibles. A los que cumplen
su deber, dice el Santo oon esas sutilezas a que tenía
tanta afición, Dios les da la gracia para que puedan
cumplirlo y le cumplau, y a los que no pueden cum­
plirlo, les amonesta que le pidan el poder cumplirlo,
eosy qui non possunty imperando admonet a se poseeré,
ut possint.
Debemos, pues, estudiar bien nuestros defectos y
arrancarlos todos de raíz, sin dejar en pie ni uno siqui­
era, por muy doloroso que nos sea arrancarle. De lo
contrario no llegaríamos nunca al perfeccionamiento
de nosotros mismos, y nos sucedería lo que al general
victorioso que, sin fijarse en otra cosa que en avanzar,
dejase atrás, en algún recodo de su triunfal odisea, un
cuerpo de ejército enemigo que luego pudiera atacarle
por la espalda.
Nuestro carácter es susceptible de perfección hasta
lo infinito, mas para perfeccionar el carácter, es for­
zoso conocerle bien. Hay muchos que no conocen su
carácter porque no se han estudiado reflexivamente
por dentro, porque no han actuado de psicólogos, res­
pecto de sí mismos, porque no han andado nada por los
caminos interiores de su ser que debían ser siempre los

(1) l)e Veru Religiones GJ,


— 279 —

más trillados por nuestra inteligencia. De ese modo ni


le pueden conocer, 111 le pueden perfeccionar. Debía­
mos de familiarizarnos con los senderos que van a
uuestro propio corazón, y de ordinario son para nos­
otros rutas completamente inexploradas, veredas com ­
pletamente desconocidas,
A sí, ¿cómo nos hemos de rectificar? Para rectificar­
nos a nosotros mismos, es indispensable que nos conoz­
camos y para conocernos a nosotros mismos, hay que
bucear m uy dentro de nuestro ser y tener el valor de
contemplarnos en toda nuestra crudeza, sin hipocresía
encubridora, sin mentirnos a nosotros mismos, miran­
do cara a cara nuestros defectos, reconociéndolos como
tales y midiéndolos en toda su maldad, para aplicarles
iuego el hierro candente que los consuma y aniquile,
por mucho que les duela a nuestro egoísmo y a nuestra
infatuación. Nada de eufemismos para definir y cali­
ficar nuestras aviesas inclinaciones y nuestras indeco­
rosas costumbres; nada de llamar a la indolencia cor­
dura, al arrebato viveza de espíritu, a la soberbia pun­
donor, emulación a la envidia y al amor propio firmo-
za de voluntad. Al pan pan y al vino vino, y luego, a
cercenar y quemar sin consideración; que si es muy
hermoso que se conlleven y sufran los defectos ajenos,
mucho más hermoso es que se sea despiadado e inexo­
rable con los propios. ¡Perezca todo lo que afee y de­
bilite nuestro ser, todo lo que enflaquezca y dañe a
nuestro carácter!
¿Verdad que estamos lejifcos, muy lejos, de ios que
juzgan el ascetismo cristiano incompatible con el ca­
rácter? Porque se ha de saber que no faltan pedagogos
que, siendo como es la voluntad la fecunda raíz de
donde germina el carácter, y enajenando como se ena­
jena la voluntad en la vida religiosa por medio del
voto de obediencia, el más costoso de todos y el que
‘280 -

implica las más terribles abnegaciones y los más do­


lorosos sacrificios, afirmen que el carácter es flor hu­
mana exquisita que no puede brotar en el claustro*
deduciendo de aquí consecuencias nada lisonjeadoras
para conventos y cenobios a los cuales pintan como
mutiladores de la personalidad humana, ya que ma­
tan y asesinan, a su juicio, lo que más la puede digni­
ficar y ennoblecer: la voluntad.
Pero nada más equivocado y erróneo que el juicio
de tales pedagogos. En los claustros no se mata la vo­
luntad: se la disciplina, se la impulsa a querer lo qu^
debe querer: lo bueno, lo noble, lo engrandecedor, Y
se Ja impulsa a quererlo incontrastablemente, sin que
sean capaces a torcerla de sus quereres, ni miedos, ni
castigos, ni postergaciones.
Como en todas las demás sociedades humanas, pue­
den darse en los institutos religiosos situaciones anó­
malas, en que no se haga gran honor a la equidad ni
aun a la justicia; en que lleguen a ser superiores quie­
nes ni por ensueño pudieran haberlo justamente soña­
do, o quienes embriagándose fácilmente con «el falso
vino del mandar», según bella frase del Beato Maes­
tro Avila, pongan a dura prueba la virtud de los lla­
mados a obedecer. Pero aun en medio de esas situa­
ciones anómalas, florece viril y robusto el carácter en
los claustros, sabiendo prestar obediencia cuando haya
que prestarla, sin dejar de oponer al desbarajuste am­
biente una protesta, no por muy respetuosa y callada,
menos rotunda y expresiva.
Es precisamente en los claustros donde mejor puede
acerarse y resplandecer el carácter, Y de hecho, así
ha sucedido siempre. ¿Qué mejor modelo de carácter
se registra en toda nuestra historia, que el de Cisne-
ros, llevando a punta de lanza la reforma franciscana
•contra la misma ruda oposición del General de la Or­
— 2*1 -

den, y haciendo acatar su ."Regencia de Aragón y da


Castilla a quien poco después había de ser emperador
con el nombre de Carlos V, y a quien, poco después
también, con el nombre de Adriano VI, había de ser
nada menos que Vicario de Cristo en la tierra? Siem­
pre que leo u oigo decir que el carácter es flor exqui­
sita que no brota en el claustro, yo me imaginó vivir
siglos atrás, y hallarme en la actual calle del Sacra
mentó donde aun surge la que fué morada del gran
Cardenal franciscano; me parece oir dentro a los altos
proceres de Castilla que, malhumorados de ver que
está gobernando a España, y con indomable energía,
un pobre fraile, se atreven a preguntarle en virtud de
qué poderes actúa de rey absoluto español; y me figu­
ro al grande hombre hacerlos asomarse con el al bal·
con de su casa y decirles, mostrándoles un escuadrón
de su guardia al pie de unas baterías, aquella su frase
inmortal que les quema a los magnates castellanos los
oídos: «¡Esos son mis poderes!.,.»
Ahinco tan tozudamente sobre el culto de nuestro
carácter, porque estoy persuadidísimo de que, si los
españoles hemos de tornar a ser lo que fuimos, más
que por nuestra misma cultura, debemos velar por la
pureza de nuestro carácter, conservando íntegras las
virtudes que lo constituyen y erradicando de nosotros
los vicios ingénitos o adquiridos para que no vuelvan
a retoñar. Ya podemos ser muy sabios y muy artistas:
si abrimos nuestro corazón al vicio, si nuestras cos­
tumbres privadas y públicas se encanallan, si nuestro
celo por el honor y la justicia desaparece, seremos
muy cultos, pero no seremos un país fuerte y progre­
sivo, No son posibles naciones poderosas y robustas
sin robustas y poderosas individualidades, y las indi­
vidualidades robustas y poderosas sólo las forma el
carácter, que, a su vez, sólo florece cuando arraiga
- 282 -

reciamente en la justicia y en el honor, y es aireado


por brisas de patriotismo y de libertad.
Grecia era muy artista y muy sabia: su entusiasmo
por el saber la llevó a dominar los misteriosos mundos
de la filosofía y de la metafísica: su entusiasmo por el
arte la llevó a fijar los modelos de casi todas las pro­
ducciones del genio en el arte y en la literatura, Y en
su pleno apogeo de cultura y de arte, como el carác­
ter austero y grave de los griegos de Salamina y de
Maratón se había ya desvanecido, fueron dominados,
por los macedonios primero y por los romanos des­
pués, pueblos ambos semibárbaros con relación a Grre“
cia, pero de virtudes nobles, de acciones justas, de
sentimientos pundonorosos, de gran carácter.
Lo propio sucedióle a Roma. Mientras conservó su
carácter^ el conjunto de admirables virtudes que pon­
deró Cicerón en su Repúblit(t) enardeciéndose de en­
tusiasmo ante ellas, .Roma se mantuvo fuerte, podero­
sa, invencible; pero desde que aquellas virtudes empe­
zaron a declinar, la república comenzó a grietearse y
henderse, hasta transformarse en aquel imperio brutal
y lujurioso, que no fué más que una larga y gigan­
tesca agonía del nombre romano. Ya el propio Cice­
rón, al fin de su obra maestra susodicha, después de
confesar que la habían gangrenado los romanos vicios,
exclamaba: «¡La república! Aun conservamos de ¿Ha
el nombre; pero ella misma en sí, hace mucho tiempo
que la hemos perdido!» Tan manifiesto es que los Es­
tados caducan y se extinguen, cuando se descaracteri­
zan y se encanallan.
El carácter es algo absolutamente imposible, si no
se le hace germinar del fondo de una conciencia moral
rectamente formada y no se le nutre con un sano y
robusto esplritualismo que le fuerce a mirar siempre
hacia arriba, hacia las alturas del ideal. No germina­
— 283 -

ron ni se nutrieron de otro modo, con ser paganos,


los misinos grandes caracteres de Gcredta y de Roma?
los Temístoules, los Aristides, los Gracos, los Esci-
piones.
¿Que nos quiere decir todo esto? Que el carácter es
una de las cosas a que más atenciones y desvelos he­
mos de prestar en la obra de regeneración patria que,
a todo trance, debemos emprender, y que esas atencio­
nes y desvelos han de comenzar ya en las mismas es­
cuelas, en el mismo regazo maternal. Los que de ni-
ños no han aprendido a violentarse y reprimirse en­
frenando sus instintos aviesos y sus torcidas inclina­
ciones, no llegarán jamás a ser hombres de carácter.
Como el hierro se forja a golpes de martillo, se forja
el carácter a golpes de contradicción. Quien no sepa
contradecirse y rectificarse en obsequio de sí propio,
no puede saber de abnegaciones y de sacrificios en
obsequio de la patria.
El carácter típico de nuestra raza se nos va esfu­
mando y perdiendo por falta de esos desvelos y aten­
ciones, El legendario valor que con un puñado de hé­
roes se iba a conquistar imperios a Oriente y a Occi­
dente; la asombrosa abnegación que sobre los muros
de Tarifa arrojaba la propia espada para que con ella
se matase a su propio hijo; la heroica resolución que
quemaba las naves para no poder rectificarse a sí mis­
ma en los acometimientos épicos de su empresa; la in-
flexibilidad ante los obstáculos, por insuperables que
pareciesen, que se opusieran al feliz éxito de nuestras
resoluciones, salvos siempre los sacratísimos respetos
a la justicia y a la religión; el altísimo aprecio del ho­
nor en todos los campos, en el de la persona, en el de
la faanilia, en el del combate; el apasionamiento ins­
tintivo por el arte y por la hermosura que hacía ele
cada español un caballero y un poeta, y el férvido-
— 2S4 -

culto del ideal que nos empujaba siempre hacia ade-


lante, haciéndonos tras cada riente triunfo glorioso,
vislumbrar otro mucho más glorioso y riente, he ahí
el conjunto de admirables virtudes que constituyen,
o, por mejor decir, constituían nuestro carácter, y que
a todo trance hay que cultivar, restaurándolas en toda
su pureza y en toda su energía, si queremos volver a
brillar en la historia por nuestras altas gestas, por
nuestras heroicas hazañas.
Sí* ese carácter de acero por el cual hemos sido la
nación más grande de la tierra, y por el cual vivi­
mos y viviremos siempre en la historia del mundo,
ha ido languideciendo, se ha ido bastardeando, des­
pués que nos imaginamos que habíannos llegado a la
cima de toda grandeza y de todo esplendor, y que, ya
para conservarnos en aquella cima, no habríamos me­
nester de más virtudes, de más abnegaciones ni de
más sacrificios. Y he aquí que nos derrumbamos desde
la altura y que, en nuestro decaimiento y en nuestra
miseria, sobre el musgo que recubrió nuestro carácter,
por falta de ejercicio de las grandes virtudes que le
constituían, comenzaron a surgir, a modo de parásitos
enervadores, el miedo, la desconfianza, la indecisión,
la incredulidad, el positivismo, que consumen la plé­
tora vivífica de nuestra alma e intentan borrar nues­
tro carácter, haciendo de nosotros una nación de abú*
licos y degenerados, en peligro de suscitar y espolear
en naciones más fuertes y vigorosas, ambiciones avie­
sas de anulamientos y de conquistas*
Ya podemos dedicarnos preferentemente a extirpar
esos maldecidos parásitos, si no queremos que chupen
toda la savia de nuestro espíritu y destruyan por com­
pleto nuestro carácter. Nuestro talento y nuestra cul­
tura deben consagrarse muy especialmente a esa labor
de extirpación, que es labor regeneradora y redento-
- 285 -

ra, La historia coa su. léxico especialísimo en que las


palabras son hechos, nos die© elocuentemente que así
como sólo los graudes caracteres triunfan, así también
sólo las naciones robustamente caracterizadas viven.
Nuestras conquistas territoriales de antiguos tiempos,
al través de nuevos hemisferios y de ignotos mares,
tienen que ser ahora conquistas psicológicas al través
de nosotros mismos. La reconstitución íntegra del es*
píritu español en el apogeo de sus facultades y de sus
energías, hé ahí nuestro primordial deber. Tenemos
que tornar a ser nosotros mismos para tornar a ser
poderosos y fuertes. No es que se haya de menospre­
ciar nada extranjero que sea grande y noble. Si lo po­
demos alear y fundir como en un crisol, con nuestro
carácter, apropiémonoslo. Pero no lo consintamos en
nosotros a guisa de postigo: lo postizo, por muy pa­
risiense que sea, sólo podría servirnos de máscara.
Uno de los vicios que primero tenemos que extirpar
es la espiritual indolencia que nos consume y abate.
Dícese que cuando los romanos vinieron a España se
encontraron con un pueblo perezoso que estaba casi
siempre sentado y que apenas se movía sino para com­
batir, mostrando en la lucha una sobriedad pasmosa,
una valentía indomable y una resistencia tenacísima.
Es, como se ve, la indolencia vicio ingénito de nues­
tra raza. Nuestros mayores casi habían logrado extir­
parlo de raíz, merced al continuo pelear en que tuvie­
ron que vivir en la época de la Reconquista; pero al
poco tiempo después de haber sido los señores del
mundo, el vicio aquel parece que comenzó de nuevo a
retoñar, hasta el punto de que casi todos los escritores
extranjeros nos pintan tendidos al sol, o poco menos,
cantando languideces amorosas y tañendo algún laúd
o alguna guitarra.
El célebre Isaac d’Israeli, un judío inglés, hijo de
— 28(5 —

padres venecianos que descendían de las familias is­


raelíticas expulsadas de España, autor qüe solía escri­
bir casi siempre con bastante juicio y aun con bas­
tante imparcialidad, decía de nosotros, los españoles,
que apenas disfrutábamos del júbilo del vagar, pórque
nuestra vida es casi uniformemente a state o f inertness,
un estado de inercia.
Yo no creo que hubiera recuerdos de ancestrales re
sentimientos en el célebre judío ingles, cuando su plu­
ma trazaba esa frase, ya que a los italianos *—su pa­
dre era italiano— los pone, poco más o mBnos, al mis­
mo nivel que a nosotros. Acaso los alemanes, de quie­
nes dice que pasan la vida absortos en místicas abs­
tracciones discurriendo etéreamente allá arriba, entre
el humo de sus pipas de espuma de mar, pudieran ob­
jetarle que no era tan vaporoso su romántico vivir,
cuando los vemos a la cabeza de todo el movimiento
científico contemporáneo y luchando sublimemente
contra medio mundo, en un movimiento arrollador de
naciones y borrador de fronteras geográficas, que pas­
ma y aturde; pero lo que dice de nosotros todavía es
bastante verdad, y era mucho más verdad cuando él lo
escribía, hace ya algo más de cien años, cuando vi­
víamos como narcotizados en una inacción que por
poco nos cuesta la independencia y la vida. Fue ayer,
como quien dice, cuando Ganivet dijo que los españo-
les «vivimos en estado de distracción permanente, por
el desdén con que miramos todo lo que ocurre fuera de
España, y casi todo lo que ocurre dentro también» (1).
Esa inercia, esa pereza, mutfho más que física, es­
piritual, hay que arrancarla de nuestra alma. Este­
mos muy atentos a las cosas de afuera. No seamos
como los griegos que, porque tenían por bárbaros a

(í; Curtos I·'i/tía nthsaif, X , lí ¡5.


— 2S7 —

todos los que no eran griegos, ni estudiaban lengua


alguna que no fuese la propia, ni querían saber nada
de pueblo ninguno, concluyendo por olvidarse de sí
mismos. Sepamos estudiar idiomas y conocer íntima­
mente a otros pueblos; que todos tienen mucho que
admirar y mucho en que aprender, y estudiémonos,
sobre todo a nosotros mismos, preocupándonos viva­
mente por todas las cosas de nuestra raza.
Otro de los vicios que es necesarísimo desarraigar de
nosotros y que también parece que tiene mucho de in­
génito es el individualismo exagerado que alienta en
cada pecho español, impidiéndonos sentir la comuni­
dad de espíritu y la solidaridad de estirpe. El prover­
bio latino tot cápita, tot sententiae, cuantas son las
cabezas, tantas son las diversas maneras de pensar,
de pocos individuos podrá decirse con tanta justeza
como de los españoles. Nos ponemos a dilucidar en un
corrillo un tema cualquiera, nada esquinado, nada te­
nebroso, y ¡qué riqueza de variadas consideraciones,
y qué diversidad de puntos de vista!
Y este individualismo personal, llamémoslo así, un
tanto inocente, porque a menudo se contenta con teo­
rizar explayándose por las azuladas regiones del pen­
samiento, trae consigo otro individualismo mucho
peor, por revestir un carácter esencialmente práctico:
el individualismo regionalista. Por este individualis­
mo regionalista Barcelona ha conseguido más de cua­
tro veces de los Gobiernos un proteccionismo adua­
nero ultradesmedido, que, si favorecía positivamente
el desarrollo de sus industrias, perjudicaba a las otras
regiones consumidoras, obligándolas a comprar caro
lo que con un proteccionismo más suave hubieran po­
dido comprar más barato y acaso mejor. Si los granos
y los vinos de Castilla hubiesen disfrutado las benevo­
lencias gubernamentales que disfrutaron, por ejemplo,
- *ss

los tejidos y el corcho de Cataluña, gracias al talento


y al saber de sus diputados — casi los únicos diputa­
dos de verdad que saben batallar con éxito feliz en el
Parlamento— es seguro que la cenicienta Castilla no
se viese tan empobrecida y desmedrada.
Ni uno ni otro individualismo deben existir, porque
ambos son hostiles al harmónico desenvolvimiento do
nuestras energías y al bien supremo de la nación. El
amor de la Patria ha de estar por cima de todos nues­
tros puntos de vista individuales y regionales. Como la
zarza de fuego alumbraba y guiaba a los israelitas en
su peregrinación por el desierto, el ideal de la Patria
debe guiarnos a nosotros en todas nuestras empresas y
en todas nuestras aspiraciones a lo largo de la vida.
El ideal patrio, he ahí nuestra zarza milagrosa, he
ahí la Beatriz perenne que He continuo ha de difun­
dir clarífica lumbre en las interioridades de nuestra
alma y abrasar en llamas de amor patrio nuestro co­
razón,
Tenemos una historia brillantísima a la cual hace ya
mucho tiempo que no añadimos ni una sola página.
Empapémonos en esa historia para estimularnos a pro­
seguirla. Nosotros podemos, y con mejor derecho aun
que los grandes campeones de Homero, invocar, como
ellos lo hacían, el nombre de nuestros antepasados,
gloriándonos de la sangre generosa suya que auu corre
por nuestras venas, gracias a la natural herencia de la
sangré. Sí, empapémonos bien en la historia de Espa*
ña para conocer muy a fondo la valía de nuestros ma­
yores desde el punto de vista de la inteligencia, de la
robustez, del valor, del heroísmo, de las costumbres;
que ese conocimiento será un espejo forzoso donde no
tendremos más remedio que contemplarnos a diario y
ver lo mucho que nos falta para llegar a la talla de
ellos, lo cual agudizará el estímulo a laborar por inejo-
— 289 —

rarnos en todos loa órdenes, hasta hacer que sea perfec­


ta con ellos nuestra semejanza.
En las mismas escuelas primarias debe enseñarse ya
esa historia, no de un modo que abotargue ei entendi­
miento y la imaginación de los niños, haciéndola tedio­
sa y aun aborrecible con el desfile sempiterno de di­
nastías y de reyes, de fechas y de batallas; sino quin-
tesenciando el espíritu nacional, todo él hecho de fe,
de hidalguía y de honor, e insuflándolo a las almas in^
fantiles, convenciéndolas de que su vida individual qxie
vale ta!nto, debe estar siempre subordinada a la vida
nacional, por cuya salud y por cuya robustez, mil vi­
das que tuviésemos mil vidas debíamos estar dispues­
tos a inmolar, siempre que con la sangre de nuestras
venas y con el aliento de nuestro espíritu hubiésemos
de vivificar las arterias y el espíritu de la Patria.
Sin persuadir desde muy temprano a los niños de
que por cima de nuestra vida individual y corpórea ha
de estar siempre nuestra vida colectiva y espiritual
que tiene un fin altísimo en la tierra: el de sobrevivir-
nos a lo largo de las edades futuras con una supervi­
vencia radiosa que no se vea ensombrecida por la de
ninguna otra nacionalidadj es imposible que lleguemos
a tener hombres de carácter entero que acopien en una
justa medida, la riqueza de abnegación y de sacrificio
a que nos obligan la herencia de nuestra historia y la
estirpe de nuestra sangre. El amor de la Patria con
toda la fruición de exquisitos goces (jue brinda, pero
también con todo el bagaje de sagrados deberes que
impone, es una virtud primaria que debe comenzar a
florecer ya en el alma de los niños, exhalando un recio
perfume que impregne su naturaleza y les dé una con­
textura brava y viril que, el día de mañana, los haga
amar la paz, sí, porque debe ser la paz la ley de pro­
greso por que se gobiernen los individuos y las socie-
10
dades; pero que no los haga temblar ni amilanarse
ante la perspectiva de la guerra, como, la mayor parte
de los pacifistas que, imagináadose adelantarse a los
tiempos en que viven, por su fofo superinteleotualis-
mo, no hacen más que poner en cueros su miserable
contextura de mantequilla o de aguacate.
Para que solvamos a ser nación grande y fuerte no
hay más remedio que volver a quemar incienso en a^ras
de nuestro clásico idealismo, no hay más remedio que
tornar a ser idealistas como nuestros ya remotos ma­
jares, no con un idealismo vacuo que se disipe on el
aire cual una pompa de jabón, como el idealismo ro­
mántico que se apasiona por un ensueño, sino con
nuestro clásico idealismo, con el idealismo de ser fuer­
tes y poderosos, y de ir siempre hacia adelante sem­
brando bienes, deshaciendo injusticias, enderezando
entuertos, ganando victorias, haciendo que en los ana­
les del mundo reverbere siempre, radiante, la huella
de nuestro paso hacia un más allá de cultura, de pro*
greso y de civilización. Eso sí, tengamos siempre muy
en cuenta que el idealismo es la cosa más inútil del
mundo, si no se apoya sobre un gran bloque de sentido
común. Nos lo dice elocuentemente nuestro inmortal
Don Quijote. ¡Lo que hubiera sido aquel hidalgo insig­
ne, si el alma da Sancho, despojada de su rusticidad y
simpleza, naturalmente, se hubiese transfundido en la
suya! No seamos idealistas puros délos quellevan en el
magia una porción de marcos muy mediditos, querien­
do luego que las realidades se acomoden de modo que
encuadren en los marcos aquellos; de los que trazan de
antemano un lecho a la corriente de las cosas, sin
pensar en que las cosas tienen sus caprichos y ni su·
ceden como el visionario se las imagina, ni corren por
el cauce que el idealista les traza. Pero seamos idealis­
tas de los que mirando siempre muy hacia arriba y
marchando siempre muy hacia adelante, van siempre
muy conscientes del terreno que huellan, puteando
muy atentamente las realidades y las cosas.
Sin que volvamos a rendir culto a nuestro clásico
idealismo es imposible que reviva puro e íntegro nues­
tro carácter, y, mientras nuestro carácter no reviva
puro e íntegro, no tendremos al estadista anhelado por
quien la Patria hace ya tanto tiempo que suspira; aquel
estadista de grandes y nobles ideas que alumbren con
meridiana luz las cuestiones políticas más intrinca­
das; de miradas intensas y profundas que penetren en
lo más misterioso de lo por venir; de un ascendiente
moral sobre todos sus conciudadanos que se capte la
voluntad de todos ellos uniéndosele siempre incondi­
cionalmente para toda empresa patria ennoblecedora;
de una fe gigante en las energías de nuestro espíritu
que no le deje titubear jamás en llevar a feliz término
las misiones providenciales que el cielo nos encomien­
de; de una fuerza de convicción que aquiete todos los
ánimos y sugestiono todos los espíritus aquistándole
una ovación clamorosa en cada lucha parlamentaria,
y de un carácter, en fin, que, encarnando las grandes
virtudes clásicas de nuestro espíritu, nos guíe, nos
arrastre si es preciso, por los antiguos caminos de la
honradez, de la hidalguía y del honor, hacia una Es -
paña nueva que no sea más que la antigua remozada
y reformada, según las exigencias ineludibles que ha
traído consigo el progreso de la edad.
X V III

[| BoÉDcillo eterno de iiiestros radicales.

Nada hay sobre que se hayan dicho tantas ridicule­


ces como sobre la cuestión religiosa en España. Hay
quienes fingen creer como Cazalla— y digo fingen
creer porque estoy seguro de que no sienten lo que di­
cen, pues no son tontos do remate— que la influencia
del obscurantismo del clero en el gobierno de la nación
es la causa eficiente de todo nuestro atraso intelectual
y material. Este autor—y otros muchos con él—(i)
dando por dogmática la ignorancia del clero, lo mismo
secular que regular, llega a decir que, si el clero fuese
instruido, cambiaría de aspecto el país bajo su influen­
cia (2), y cacarea* bien que de pasada, la desigualdad

(1) Véanse las palabras de Hermópenes Cenamor Val, un cando­


roso masón que confiesa haberse hecho masón por creer que e3 la
masonería lo único que puede regenerar a España: «Hemos vivido
demasiado tiempo apegados a las catedrales, regidos por reglamentos
conventuales, perseguidos por nuestra propia intolerancia. Y corao
nuestros amos eran curas zafios, ignorantes, vagos, hemos ido des­
cendiendo un escalón todos Jos días, hasta quedar relegados, de po­
tencia de primer orden que no veía ponerse el sol en sus dominios,
a un estado que vive excluido de Europa». Ensayos Masónicos , pági­
nas 21 y 22. ]Yaya una filosofía de la historia! ¡Qué poco había re­
flexionado este infeliz Cenamor en que fué la España católica la que
hizo que el sol no se pusiese en sus dominios!
(2) Cazalla: E l Atraso de España , págs. 287 y sig.
— 293 -

y el favoritismo que abundan entre el clero, viéndose


a los prelados percibir grandes emolumentos, en tanto
que muchos curas ganan menos que gañanes, teniendo
que vivir en la miseria.
Dejemos esto último a un lado, por ser desgraciada­
mente harto verdad, y vengamos a la ignorancia del
clero, ocasionadora del atraso general del país, por ser
afortunadamente harta mentira. Es natural que un
pobre cura de aldea que gana a duras penas para vi­
vir, no puede invertir dinero en libros, ni ser, por
tanto, hombre de gran cultura. Pero y ¿por qué se le
ha de exigir uua gran cultura a ese humilde cura de
aldea? Si sabo bien teología dogmática y moral, y de*
recho canónico y disciplina eclesiástica— y eso, es raro
el sacerdote español que no lo sabe bien—¿con qué de^
recho se le puede exigir más a un pobre cura de aldea?
¿No sabe lo que debe saber para cumplir debidamente
con el cargo pastoral de su humilde feligresía? ¿Y no
es una manifiesta injusticia llamar ignorante a un
hombre que sabe todo lo que tiene obligación de saber?
Del otro clero, del clero que no se ve tan apurado
para vivir, la ignorancia que tanto se cacarea, de sobra
sabe todo el mundo que es uno de tantos tópicos soco­
rridos, No triunfarían, como triunfan, en la lucha por
la enseñanza las Congregaciones religiosas, si fuesen
ignorantes y no supiesen enseñar bien; que no son
tontos los padres de familia. Dése un vistazo a la pro­
ducción científica, filosófica, sociológica y literaria de
España y se verá lo magníficamente representado que
está en ella el clero» lo mismo el secular que el re­
gular.
Además, y en general, al sacerdote no se le puede
exigir mas ciencia que la del sacrificio, aquella que se
encierra en estas palabras del Redentor: «Os he dado
ejemplo para que como Yo obro, obréis vosotros tam-
- *94 —

bien». ¿Saben los sacerdotes sacrificarse por el bien de


sus prójimos, por el bien de sus feligreses, por el bien
de sus educandos, y esta ciencia la saben todos, por­
que se les impone su adquisición por derecho divino?
No hay razón ninguna para exigirles más ciencia,
para tildarlos de ignorantes, como los tilda el Sr. Ca­
balla, quien en su ridículo fingimiento de pensar que
es el clero la perdición del país, llega a decir que la
salvación de España estaría en la creación de un fuerte
núcleo de protestantismo en nuestro suelo (1). ¡Qué
sana conciencia de escritores ¡Cómo se conoce que
han leído a Menóndez y Pelayo, y que están perstiadi-
dos de que no es el espíritu español terreno abonado
para la herejía! ¡Qué cómodamente se explican el he­
cho admirable de que en España, por instinto de re­
nuencia a dar acogida al error, no hayamos imitado a
Francia—y es acaso lo único en que no la hemos imi­
tado— en los chispazos heréticos del galicanismo y del
jansenismo! ¡Qué lindamente se explican que el mo­
dernismo, esa suma de herejías actual que tantos es­
tragos ha causado y sigue causando en Francia, en
Italia y en Alemania, ni por asomos haya tenido un
sólo prosélito en esta tierra de bendición!
¡Un núcleo fuerte de protestantismo la salvación de
España! Y ¿por qué no existe ese núcleo? ¿Por ven­
tura se han opuesto a que exista los Gobiernos espa­
ñoles? ¿No han concedido hartas facilidades al obispo
Cabrera para crearlo en Madrid, y al otro obispo que
hay en tierra galiciana, para crearlo en Galicia? ¿O es
que se quiere que el Gobierno español fuerce el sa
grado de las conciencias e imponga con la espada en la
mano la fe protestante, haciendo que la cuestión reli­
giosa, que no existe, digan lo que quieran los que de

(1) Obra citada, pág. 246.


- 295 -

ella han menester como de inspiradora ninfa para sus


vacuidades en el Congreso, sea una tristísima reali­
dad? ¡Donosa libertad de conciencia qué no sería más
que la violación infame de la rectísima conciencia es­
pañola, que, por bollo instinto de raza, se ha reído
siempre de todo requiebro herético y de toda garatusa
protestante!
Barrenando y todo la Constitución, el Gobierno les
ha concedido a los protestantes el abrir sus iglesias y
sus escuelas, y el repartir a domicilio millones»., de
biblias mutiladas. ¿Por qué no progresan? ¿Por qué no
se forma ese núcleo salvador? ¿0 esperan que se lo for­
me y se lo entregue mondo y lirondo el mismísimo
Estado? Porque ya no falta más que eso por hacer, de
parte de nuestros celosos gobernantes; ya que la liber­
tad de cultos es un hecho, aunque no sea todavía un
derecho, cosa que en echársenos encima no tardará...
¡Un núcleo fuerte de protestantismo la salvación de
España! Medite, medite quien tal piense este substan­
cioso párrafo de nuestro insigne Ganivet: «Uno de los
errores que con más apariencia de verdad corren por
el mundo, es que las naciones adheridas a la reforma
han llegado a adquirir mayor cultura, mayor prospe­
ridad, mayor influencia política que las que han per­
manecido fieles al catolicismo. Yo he vivido varios
años en Bélgica, y puedo decir que es una nación tan
adelantada como la que más, en todos esos órdenes de
cosas en que hoy se hace consistir la civilización (en
la que por desgracia se concede más importancia a los
kilómetros de ferrocarril que a las obras de arte); y
Bélgica es una nación católica, má¡3 católica en el
fondo que España» (1).
Sí, el espíritu católico fué el que, poseyéndose de los

(1) Idearium Español, p. 29.


— 296 —

corazones belgas y haciéndoles sentir en toda su in­


tensidad la dicha santa de la independencia, los im­
pulsó a sacudir para siempre la coyunda religiosa que
hacía pesar sobre ellos Holanda, constituyéndose en
reino independiente allá por el año 1830, y el espíritu
oatólico es quien le hizo remontarse a esas alturas de
progreso y de civilización en que desgraciadamente la
sorprendió la actual guerra universal, y en que apare­
cía ante el asombro de Europa como un ejemplo gran­
dioso de la gran virtud progresiva del catolicismo,
cuando se le deja respirar ampliamente brisas oxige­
nadas de libertad.
Y lo que sucedía respecto de Bélgica sucede respec­
to de los Estados Unidos. Toda la actual grandeza de
este país con su florecimiento científico, literario, in­
dustrial y comercial, no es más, según los grandes
apologistas de aquella privilegiada nación, que el des­
envolvimiento natural de las virtudes morales y reli­
giosas que infundió por aquellos pueblos vírgenes la
inmigración irlandesa, haciendo que el espíritu irlan­
dés, acendradamente católico, y que no podía dar en
Irlanda la espléndida floración que debía dar, a causa
de la tiranía británica que lo reprimía, fuese a dar
toda su magnífica cosecha a los Estados Unidos, crean­
do allí, al amparo de la libertad, ese foco potente de
catolicismo, fuerte ya de más de veinte millones de ca­
tólicos, que influyen de manera poderosa en la gran
República y que acaso muy pronto habrán de ser los
árbitros de toda aquella poderosa nación, llamada qui­
zá a ser el apóstol de la reevangelización de la vieja
Europa y de la catolización del universo mundo.
Sí, el espíritu católico de Irlanda, de esa tierra he­
roica donde al sugestionador acento de O’Connell «rey
de los irlandeses», según le llamaba el pueblo, se riñó
la más brava lucha religiosa, después de la reñida por
— *J97

los mártires de los primeros siglos cristianos, fue el


que, trasplantado a los Estados Unidos, suelo fecundo
de libertad, germinó en esa magnífica floración de
prosperidad en todos los órdenes, que hace del pueblo
norteamericano el pueblo más poderoso y más rico de
la tierra.
Y hoy está demostrado que la misma preponderan­
cia germánica, señoreando todos los campos de la hu­
mana sabiduría y dando un tan viril, tan imperial em­
puje a la industria y al comercio, que, ai estallar el
pavoroso conflicto bélico actual, se había ya apode­
rado de casi todos los mercados del mundo en que an­
tes 110 se veían más que productos ingleses o france­
ses, es bastante más debida que al triunfante milita­
rismo que, hace cerca de medio siglo, abatió a la Fran­
cia napoleónica y que ahora está siendo el asombro del
universo, a la sapientísima cruzada católica que llevó
a cabo, en los comienzos del pasado siglo, (rorres,
aquel profundo y sabio agitador de espíritus que se
propuso despertar el sentimiento nacional alemán con­
tra el tiránico predominio político y social de Fran­
cia; al sublime espectáculo de virtudes cristianas que
dieron conjuntamente el episcopado y el clero alema­
nes, resistiendo bravamente todas las iras del Kultur­
kampf, marchando sonrientes a las cárceles y a los
calabozos, y enardeciendo de entusiasmo no ya sólo a
los católicos alemanes que cada día arreciaban v arre­
cian más en su fervorosa efusión de catolicismo, sino
también a todos los católicos del mundo que se queda­
ban maravillados ante abnegación tan heroica y tan
cristiana valentía; y a los ejemplos de admirable fer­
vor religioso de un Beichensperger y de un Windthorst
quienes, al iniciar sus briosas campañas parlamenta­
rias donde a menudo vencían con ruidosas victorias a
Bismark, se recogían varios días en ejercicios espiri­
- 209 —

tuales, apercibiéndose para el combate en el calor de


la meditación. Después que GK Janssen escribió su mo­
numental Historia del pueblo alemán , esa obra estu­
penda en que volcó todas sus sabias investigaciones
de treinta años, haciendo una crítica irrectificable de
todos los hechos y de todas las cosas de Alemania, de­
mostrando hasta la evidencia que es un absurdo el
considerar al protestantismo la causa eficiente de la
moderna civilización, sólo a un desalumbrado radical
español se le puede ocurrir que un núcleo de protes­
tantismo sería la salvación de España.
Es una ridiculez, en pugna absoluta con la nobleza
de nuestro espíritu, el que, en tanto que Alemania y
los Estados Unidos se aproximan más y más al Ponti­
ficado , empujados por los profundos estudios históricos
V sociales de sus grandes pensadores que, proejando
protestantismo arriba, con agudo escalpelo justipre­
ciador, enderezan la conciencia nacional hacia el re­
conocimiento de que su grandeza tiene su principal
origen en el espíritu católico, comencemos los españo­
les a hacer mohines de enojo contra el catolicismo, in­
culpándole de una decadencia hija únicamente de la
insensatez encumbrada a directora de nuestro pueblo
y a extra viadora de la conciencia nacional. Pero ya
dije al comenzar, que para ridiculeces las que sugiere
a nuestros radicales la cuestión religiosa en España.
Véase otra de las causas fantásticas a que atribuye
el radicalismo la decadencia de nuestra nación: la si­
tuación privilegiada del clero que favorecía el ingreso
en los conventos y en los seminarios, restando brazos
a la agricultura y a la industria. Sólo el sectarismo
puede aducir causa semejante. Que cuarenta o cin­
cuenta mil individuos—rara vez habrá pasado de esa
cifra el clero de nuestra Patria—dejen de trabajar en
la tierra por trabajar en otras cosas aun de más prove
- 299 -

cho, como son las de la cultura espiritual, de la iris-


tracción y educación del pueblo, y que eso se diga
una de las causas de nuestro atraso, sólo se le puede
ocurrir al sectarismo. Cien mil brazos ociosos para la
tierra y para las industrias do significan nada en una
nación de varios millones de habitantes, y sobre todo,
cuando se tiene en cuenta que la ociosidad de esos
cien mil brazos suponía la actividad de cincuenta mil
espíritus dedicados a estudiar, a instruir, a evangeli­
zar y—¿porqué no decirlo?— a orar; que también la
oración es necesaria a los pueblos para que la incre­
dulidad enervadora no los entumezca y los barbarice.
Si se dijera que, no por la resta de brazos al terruño
que supone la vocación sacerdotal y religiosa, se ha­
bía cooperado a la decadencia de España, sino por la
prodigalidad limosnera de los conventos que daban y
aun dan de comer a millares de mendigos, de golfos y
de parásitos de todo género que tanto abundaban y
abundan aún en nuestras poblaciones, todavía tuviera
la acusación sus atisbos de verdad. Pero eso mismo ha­
bría que atribuirlo, más que a la prodigalidad limos­
nera de los conventos, a la incuria de nuestros gober­
nantes, que no han sabido legislar debidamente eij or­
den a hacer desaparecer a esa golfería y ese parasitis­
mo que tanto mal causaron y causan aún en nuestra
sociedad, ¿Qué van a hacer los conventos con los cen­
tenares de pobres que diariamente se aglomeran en la
portoría conventual a buscar con qué calentar los es­
tómagos? ¿Dejarlos perecer de miseria? Lo prohíbe la
doctrina de Cristo.
Legisle, legisle sabiamente nuestro Gobierno contra
ese pauperismo urbano que en forma de golfería va
constituyendo una verdadera plaga en nuestras gran­
des ciudades; que ese pauperismo urbano sí que esTen
su mayor parte, por no decir en su totalidad, un ejér*
— 300 -

cito de emigrados del terruño. Han dejado de laborar


los campos por ir a disfrutar a las grandes urbes, y, en
vez de disfrutar, lo que hacen es arrastrarse y perju­
dicar al elemento trabajador. Legíslese contra la gol*
feria de las grandes urbes, obligándola a colonizar los
terruños desiertos. En España no se es pobre por ca­
recer de bienes, sino por carecer de amor al trabajo.
Un buen obrero que no deja a sus hijos propiedades,
pero que les deja amor a trabajar y que les ha ense­
ñado su arte o su industria, es más beneficioso al Es­
tado que diez capitalistas que dejan una porción de
rentas a unos cuantos señoritos holgazanes.
Legíslese sabiamente en orden a crear una España
activa, trabajadora, culta, y déjese en paz al pobre
clero, no echándole sobre los hombros culpas ajenas,
ni llamándole ignorante, ni hablando con sarcasmo
horrible de su situación privilegiada,.,
¡Situación privilegiada! Si no fuera porque sería
desear la realización de una tesis condenada en el
Syllabus de Pío IX , debíamos desear todos los católi­
cos españoles que se llegase cuanto antes a la plena
libertad de cultos y a la separación de la Iglesia y del
Estado. Mella, que ve muy alto y muy lejos, lo ha ma­
nifestado así ya más de una vez. Es claro que, en ge­
neral, como tesis, todos debemos querer y pedir a Dios
que la más cordial unión y la más perfecta armonía
reinen entre la Iglesia y el Estado; pero cuando ve­
mos que esa armonía y esa unión se convierten en des­
potismo por parte del Estado, entonces, y como hipó­
tesis, a todos nos es lícito querer y pedir una total se­
paración del Estado y de la Iglesia. La independencia
de nuestro alto y bajo clero no aparecerá del todo ín­
tegra y pura, en tanto se siga percibiendo del Estado
esa miseria que se le da al clero en calidad de resti­
tución por el despojo de bienes eclesiásticos, realizado
- 301 -

por Mendizábal, Mientras continúe el clero aparecien­


do como asalariado del Estado, no se disipará, como
debe disiparse, en absoluto, hasta la más ligera apa­
riencia de simonía política. En las circunstancias en
que nos encontramos, a todo trance se debe desear un
acuerdo en que el Estado y la Iglesia conviniesen la
forma de que la mísera restitución que se le hace al
clero, se le hiciese directamente por la Iglesia misma,
restituyendo de una, o de dos, o de tres veces la can­
tidad necesaria para asegurar lo que se le da al clero
en el día de hoy, que no es más que una parte mínima
del rédito que daría la cantidad enorme de lo inicua­
mente robado. Deseo nobilísimo es este que abrigan
muchos generosos pechos españoles y que, con todo el
respeto y con toda la humildad que se merecen pode­
res tan altos, elevan a un mismo tiempo a la Iglesia y
al Estado, para que en paz y armonía aceleren el ins­
tante de vivir en mutua y total independencia. Iglesia
y Estado reportarían de ello grandísimos bienes.
Por de pronto se acabaría de una vez la cantata es­
túpida de que es la influencia del clero en los destinos
de la nación la causa de toda nuestra incultura y de
todo nuestro atraso. Se acabarían esa hostilizacióu
continua de los Gobiernos liberales contra la Iglesia,
ese ruido insensato de fantásticas intromisiones ecle­
siásticas en nuestra política interior y exterior, ese
frecuente piso team iento de ajustes concordados con la
Santa Sede que echan por tierra la clásica lealtad es­
pañola en los tratados y en los convenios, esos ridícu­
los mohines de retirar a nuestro Embajador del Vati­
cano, amenazando portuguesilmente con hacer y acon­
tecer; en suma, se acabarían todas las zarandajas ja*
cobinas que tanto menudearon en el Gobierno de Ca
nalejas y en las cuales se derrochó el gran talento de
aquel hombre público, esterilizando su maravillosa
— 302 —

fuerza intelectual y su bellísima palabra, una de las


más sabias, dé las más elocuentes y de las más acadé*
micas que hau resonado en nuestro Parlamento, asesi­
nando una vigorosa mentalidad que, sin el lastre de
sectarismo, hubiera sido un gran gobernante que hu­
biese encarrilado a su Patria por rumbos de positiva
regeneración- El sectarismo ha sido en España una
esfinge devoradora de talentos geniales que, libres del
monstruo aterrador, hubiesen esplendido como astros
de primera magnitud en las páginas de nuestra his­
toria.
Pero yo estoy temiendo que el día en que nuestros
obispos, cansados, hastiados de ver que todos los ma­
les de la Patria se imputan al pacientísimo clero espa­
ñol, primero inicuamente robado, y ahora villanamen­
te escarnecido, propongan a la Santa Sede y al Go­
bierno español la aceptación de la libertad de cultos,
con todas sus consecuencias, menores todas juntas al
vilipendio que se quiere hacer pesar sobre la abnega­
ción, del clero hispano, sea el Gobierno el que recalci­
tre y rehúse, al ver que se le quita de entre las'garras
al editor responsable de todos sus desaciertos y peque-
ñeces. La sujeción del clero a nuestros Gobiernos
— que eso es lo que están practicando con el clero,
una verdadera sujeción—les es algo tan indispensable
que temo, sí, no quieran la libertad de cultos y la se­
paración de la Iglesia· y del Estado más que teórica­
mente, como recurso estratégico para triunfos baratos
de campañas viles.
Con el clero emancipado de los. Poderes públicos,
nuestros Gobiernos hasta se quedarían sin programa,
porque no parecen tener otro que el de vilipendiar al
clero y el de atacar a la religión. Ya lo dijo Mella, en­
tre aplausos y risas de cuantos le oían, en aquellas pa­
labras de ironía profunda: «¿nuestras contiendas poli-
— 303 —

ticas, o por afirmaciones o por negaciones, todas se


refieren a la Iglesia, y nuestros enemigos de hoy mis­
mo, si se suprimiera el catolicismo en España, se que­
darían asombrados, se mirarían absortos unos a otros
al encontrarse sin programa» (1). Proudhón se sor­
prendía de que en el fondo de la política francesa ss
encontrase siempre a la teología: «il est surprenant
qu’ au fond de notTe politique, nous trouvons toujours
la theologie», No había mucho por que sorprenderse,
pues ya Lamartine había dicho que en la entraña de
toda cuestión política, palpitaba una cuestión teológi­
ca; mas ¡oh, si el padre del acratismo se hubiese aso­
mado a nuestro Diario de Sesiones! ¡Cuánta teología,
la mayor parte al revés, hubiera encontrado en nuestra
política batalladora!
Voy ya a poner fin a este artículo de ridiculeces an­
ticlericales recriminadoras del clásico espíritu español,
queriendo hacer recaer sobre el la culpa de todas nues­
tras desgracias y desventuras. Pensando en tan fun­
dadas inculpaciones recuerda uno, sin querer, aque­
llos romanos del tiempo de la entrada de Alarico en
fioma, con los tres días de saqueo, el incendio, de los
Jardines de Salustio y el despojo del Capitolio y del
Panteón. Los romanos aquellos, después de haber sal­
vado la vida, gracias a haberse recogido con los cris­
tianos en el recinto de los templos — aunque infesta­
das de arrianismo, las tropas de Alarico eran cristia*
lias, por lo cual no cometieron tantos desmanes como
se temía—, inculpaban al cristianismo de la vergon­
zosa catástrofe de verse dominada y humillada la ca­
pital del Imperio. Y ante inculpaciones tan injustas,
San Agustín haoiendo un esfuerzo genial que creó la

• (1) Exam en del nuevo Derecho a la ignorancia religiosa: conferen­


cia para la Unión de Damas Españolas,
- 301 -

filosofía de la historia demostró en su Ciudad de Dios


cómo todos los acontecimientos históricos se enlazan
con sus causas legítimas por medio de misteriosos hi­
los que teje la Providencia, y cómo aquella catástrofe
estaba incubada en los vicios y en las liviandades de
Roma.
Nuestra gentezuela anticlerical esta a la altura de
aquellos viejos paganos encenagados en sus vicios. No
saben, o no quieren saber, que nuestra actual decaden­
cia estaba incubada en los desaciertos políticos y en
la podredumbre moral de los que, teniendo las mismas
ideas religiosas que ellos tienen, y practicando la mis*
ma moral que ellos practican, pudieran ser llamados
con perfecta justicia sus progenitores. ¡Los católicos
culpables de la actual postración de nuestra Patria! ¡Y
quiénes lo dicen: los herederos en línea recta de los
que con sus impiedades y con su disolución, han ve­
nido escarneciendo las tradiciones españolas, provo­
cando la cólera divina!
Haría falta que una pluma sabia y exquisita escri­
biese un libro que está por escribir: un libro de crítica
histórica justipreciadora y depurativa que, metiéndose
por nuestra decadencia, ya varias veces seoular, dis­
cerniese bien entre las causas efectivas y aparentes de
nuestra desgracia. Ese libro razonado y jugoso haría
un bien inmenso en las manos de nuestra juventud:
acaso contribuyese más que ninguna otra medida, a
rectificar los caminos tortuosos y cuesta abajo, por
dojide, hace ya siglos, se nos empuja, y acaso consi­
guiese que hiciésemos un alto reflexivo y que, volvién­
donos cuesta arriba, tornásemos de nuevo a subir y a
fortalecernos con aire de cumbres. ¡Dichosa la pluma
qne lo conciba y lo pergeñe razonándolo de modo que
le haga efundir un recio olor de madurez y evitando,
al mismo tiempo, esa prosa lánguida y churrillera en
- 305 -

que se ©soribeu tantos buenos libros españoles y en la


cual la marcha del pensamiento no se asemeja al cau­
dal que se desliza puro, diáfano y arrullador, sino al
que pasa tardo, insonoro e irresoluto, como sin saber
hacia dónde se dirige; que por algo he adjetivado yo
esa pluma de sabia y exquisita!
XIX

Se impone la unión de los católicos.

Díeese que cuando Aristóteles pensaba en el estrago


que los sofistas de su tiempo estaban haciendo con sus
escritos, repetía un verso de Eurípides que sonaba
poco más o menos: «es vergonzoso callarse y dejar
que hablen los bárbaros.* Pues bien, no se necesita
ser ningún Aristóteles, sino simplemente un buen ca­
tólico español para exclamar, al ver el estrago que
nuestros sofísticos gobernantes están causando con su
gobierno en la España católica: «es vergonzoso cru­
zarse de brazos y dejar que nos gobiernen gobernan­
te« impíos:» ¿Verdad que la exclamación esa parece
muy obvia y muy natural? Pues, sin embargo, son po­
cos, poquísimos los que la hacen. Por lo menos no se ve
que se tome ninguna medida eficaz para evitar que si­
gan cabalgando a lomos de la España católica los g o­
bernantes impíos.
Y es que en España los católicos formamos un cuer­
po de ejército completamente desorganizado e indisci­
plinado. Lo que podemos llamar la vanguardia --nues­
tros valientes diputados y senadores— riñe briosas lu­
chas en el Parlamento y obtiene verdaderos y gloriosos
triunfos, pero completamente estériles e infructuosos,
- 307

sin llegar jamás a uns victoria definitiva. ¿Por qué?


Porque las victorias definitivas no suelen conseguirse
más que cuando toman parte en la pelea el centro y
aun la retaguardia. Y el centro y la retaguardia del
ejército católico español jamás entran en combate, como
110 sea en combate civil para destruirse los unos a los
otros. ¿Dónde está ese estado mayor general que mo­
vilizando a la retaguardia y al centro, en perfecta ar­
monía con la aguerrida vanguardia, sepa guiar las
fuerzas católicas españolas al anhelado triunfo defini­
tivo?
En España estamos va hartos de ese liberalismo es-
clavista que se enorgullece de llamarse a boca llena
liberalismo y que persigue ia libertad de la Iglesia, la
libertad del espíritu religioso, la libertad de enseñan­
za, la libertad de asociación, no para lo que tienda a
instituciones voluptuosas y anárquicas, sino sólo para
lo que tienda a fundaciones de cultura y de Religión.
¿Cómo no se disciplina* las fuerzas católicas hispanas
para llevarlas a derrocar para siempre a ese liberalise
ino que proclama la libertad para el mal y la tiranía
para el bieu, no siendo en el fondo más que u:i verda­
dero esclavismo?
Se ha hablado mil veces de la unión de las dere­
chas para constituir uti gran partido cuya influencia
política se dejase sentir en la gobernación del país y
en la administración de la cosa pública; pero 110 se
acaba de realizar la apetecida unión. Se dicen sobre
ella muy lindas cosas, se escriben sobre ella libros muy
jugosos y castizos, como el verdaderamente de oro que
brotó de la amena y regocijada pluma de aquella glo­
ria agustiniana que se llamó el P. Conrado Muiños.
Pero la unión deseada ni acaba de hacerse, ni se vis­
lumbra por ninguna parte del horizonte de nuestra po-
jítica el rayo de luz que, esclareciendo la conciencia de
los católicos y haciéndolos sonrojarse de estar total­
mente entregados, o a la inacción mentecata, o a una
positiva guerra civil, en tanto que los enemigos del
orden y de la justicia cada vez escarnecen y vilipen­
dian más a la Religión y a la Patria, nos mueva a
unirnos en compacto ejército para acabar de una vez
con lo que llamó Mella con frase felicísima «la teodicea
de Fernando Poo», pues al modo que los indígenas de
estas islas, admitiendo la existencia de dos principios,
uno bueno y otro malo, prescinden del bueno, en abso­
luto, y aun le ofenden positivamente con la fervorosa
idolatría que rinden al malo, los gobiernos españoles,
reconociendo la existencia de las derechas y de las iz­
quierdas, pisotean los fueros sagrados de las primeras,
que son el principio bueno, concediendo toda clase de
regalos y disfrutes a las segundas, que son el principio
malo, y que tanto más arrecian en sus exigencias,
cuanto el gobierno más se arrastra a sus plantas con
inmolaciones y sacrificios.
Es necesario a todo trance que las fuerzas católicas
se aúnen y que, por cima de diferencias dinásticas, de
fruiciones administrativas, de componendas caciquiles
y electorales, convengan en un programa mínimo que
podrían formular, como árbitros de todos los católicos
españoles, Maura y Mella, y que sea la base de acero
del positivo Centro católico español que aliste en sus
filas a cuantos de hijos sumisos de la Iglesia se pre­
cien, no consintiendo que se enmascare con el nombre
de católico a ninguno de esos sórdidos pusilánimes que
se atreven a militar en los partidos avanzados, alar­
deando al mismo tiempo de católicos, cuando están
cooperando a la ruina de la Religión y de la Patria-
Cuando Costa, en aquella conferencia maciza y re­
sonante pronunciada en la Asociación de la Prensa,
haciendo la crítica despiadada de las causas de núes-
- 309 -

tro desastre colonial —y no mentando para nada en­


tre ellas, dicho sea de paso, a los pobres frailes filipi
nos sobre quienes quiso la prensa infame hacer recaer
la culpa— ; cuando Costa tronando con voz apocalíp­
tica contra los gobernantes españoles, *contra los
Moltkes y los Bismarks interiores, que son quienes
nos han vencido en Cavite, en Santiago de Cuba y
en París», abogaba por la formación de un gran par­
tido nacional que escalase el Poder y la Gaceta , y co
menzase la magna obra de reconstituir y regenerar a
España, todos le dieron la razón, toda España pareció
obtemperar y asentir a su gran pensamiento; pero el
partido nacional no se formó. Y lo propio sucedió lue­
go, respecto de la formacion del partido católico: ha­
bló en su favor el insigne Mella con tanta elocuencia
como en favor del nacional había hablado antes Costa;
bien que no con los mismos tonos de amenazas apoca­
lípticas, y.,., como si nada. Brindó un programa mí­
nimo para que la coalición católica tuviese su credo y
su programa y se mantuviese firme en sus posiciones
hasta que se hubiese logrado el apetecido triunfo, y lo
primero que hicieron algunos periódicos católicos fue
ponerse a discxitir minucias que no llegaban a peli­
llos,.. Así es como las salvadoras reformas y los reden­
tores planes de hispana regeneración van cayendo
unos tras otros en el foso del olvido, como si no fue­
sen más que recetas de curanderos charlatanes y eli­
xires de viejos alquimistas.
Si las fuerzas católicas del país se empeñan en pro­
seguir actuando disgregadas; si no se unen en compac­
to bloque de roca viva para ponerse en frente de la
irreligión y de ía impiedad gubernamentales, diciendo
con gesto victorioso: «por aquí no se pasa», y auu no
contentándose con no dejar pasar y arremetiendo y
arrollando al enemigo hasta sepultarle de nuevo en
- 310 -

yus antros, ellas, no las gentes incrédulas e impías,


serán las culpables de que llegue a consumarse la
apostasía nacional y de que España llegue a ser cual­
quier cosa menos España. Es una vergüenza que sien­
do los más y los mejores, nos dejemos guiar y condu­
cir gregariamente por unos cuantos malos españoles
que se están comportando con nosotros como verdade­
ros jalifas y raocríes, haciéndonos sentir toda su tira,
nía transfretana. Ha llegado la hora de tocar a soma­
tén. La insipiencia gubernamental, tolerada con re*
signación musulmana por los católicos de la nación,
ha ido poco a poco cercenando, juntamente con los
prestigios de la Patria, los prestigios de nuestra fe,
hasta el punto de meterse, no hace mucho tiempo, con
el catecismo de los niños; y es la hora de uuirnos to-
dos para formar el cuadro y defender, hasta morir o
triunfar, nuestro honor y nuestra fe nacionales. Más
pasividad ya no sería paciencia cristiana: sería estulti­
cia ovejil y aun abandono criminal,
No se diga que esa anhelada unión es imposible,
que ese gran partido católico es un ensueño. Ensueños
e imposibles cuajan en realidades, cuando son perse­
guidos por inteligencias poderosas y por voluntades
enérgicas. Medítese en este episodio biográfico del
brioso contador de Isabel la Católica, Alfonso de Quin-
tanilla, el creador de la Santa Hermandad y una de
las más altas glorias de Asturias. Había reunido una
asamblea en Dueñas, en el año 1476, que fue muy con­
currida, y en la cual «caballeros, e letrados, e cibda-
danos, e labradores» pintaban la anarquía de loe pue­
blos tiranizados por magnates y alcaldes de fortaleza
que los robaban y atropellaban, no teniendo más ley
que su caprichosa voluntad. Discutíase el medio de que
se había de echar mano para concluir con aquel estado
de infame opresión, y no acababan de entenderse los
- 311 —

unos a los otros. Determinábanse ya a volver a sus ca­


sas, creyendo no haber remedio para sus desdichas,
cuando Quintanilla los increpa a todos por igual, acu­
sándolos a ellos mismos de ser los principales culpa­
bles de tantas desventuras, y dicióndoles estas pala­
bras, que nos vienen a los católicos como anillo al
dedo: «No nos debemos quexar, por cierto, señores, de
los tirauos, mas quexémonos del nuestro gran sufri­
miento; ni nos quexemos do los robadores, mas acuse­
mos nuestra discordia e nuestro malo e poco consejo
que los ha criado, e de pequeño número ha fecho gran­
de; que sin duda si buen consejo toviésemos, ni oviera
tantos malos, ni sufrierades tantos males. E lo más
grave que yo siento es que aquella libertad que natura
nos dió e nuestros progenitores ganaron con buen es­
fuerzo, nosotros la habernos perdido con cobardía e
caimiento sometiéndonos a los tiranos» (1).
Del discurso del gran astur brotó la Santa Herman­
dad, que concluyó entonces por barrer todas las tira­
nías del suelo español y por devolver la paz y la dicha
a todos los hogares, preparando aquel reinado glorio­
so, el más glorioso de todos los reinados españoles. Y
de la consideración de nuestros males y de nuestros
sufrimientos, y de la confrontación con lo que enton­
ces pasaba, y de la meditación de las fogosas palabras
de Quintanilla, que parecen dichas para los católicos
hispanos, divididos por «nuestra discordia e nuestro
malo e poco consejo», ¿no ha de surgir la Santa Her·
mandad de un partido recio y brioso, que concluya
con la tiranía gubernamental, que tanto nos pisotea
en nuestros más puros sentimientos y tanto empeque­
ñece y vilipendia a la patria, víctima de un bandole­
rismo legal, que no se ha contentado con liquidar

(1) Véase la Crónica de Hernando del Ptdgar , II, cap. 51.


— Ü lS -

nuestras colonias, nuestra sangre y nuestras vidas, y


quiere liquidar hasta nuestra fe y nuestra religión?
[Punto final ya a ese estado de indiferencia pasiva
y culpable, de la cual tan admirablemente se han sa-
bido aprovechar los malversadores de la patria y los
enemigos del catolicismo! ¡Basta ya de estar como el
alma de Garib&y, por más que ni siquiera como ella
estamos, ya que ella, si no estaba en el cielo ni en el
infierno, tampoco estaba en el purgatorio, sino en su
vetusto y solariego caserón, en tanto que nosotros es­
tamos en un verdadero purgatorio, sobre el cual no sa­
bemos aún si han de brillar las esperanzas del paraíso
o si han de caer las negruras del averno!
A todo trance hay que erradicar de nuestro espíritu
la pasividad y la indolencia. Los católicos españoles
estamos constituyendo como una Irlanda bajo una In­
glaterra tiránica y esclavizadora; pero como una Ir­
landa pasiva, inerte, que no sabe resistir a la tiranía
con la admirable resistencia con que ha sabido resistir
hasta ahora la verde Erín, siempre sumisa a la auto­
ridad soberana de sus reyes, pero siempre rebelde, con
intrépida rebeldía, a las extralimitaciones del poder
tiránico, y atrayéndose por esa rebeldía las bendicio­
nes del cielo y las alabanzas de la tierra.
Y aquí me parece estar oyendo a algún lector excla­
mar, semiescandalizado: ¡Pero cómo! ¿Es que se torna
a las doctrinas subversivas que defendían la licitud de
las revoluciones sangrientas y hasta el tiranicidio,
pensando, como el célebre canciller Gersón, que «no
hay víctima más agradable a Dios que la de un tirano?
¿Es que se añora las ideas del jesuíta P. Mariana y de
tantos teólogos y pensadores, bien que reprobadas por
la Iglesia, de que es lícito el regicidio y aun más que
el regicidio, ideas que no fueron otra cosa que una vi­
ril insurrección intelectual contra el endiosamiento de
- 318 —

la tiranía en II Principe , de Maquiavelo? No; no es


que se añoren tales doctrinas, que ya ningún católico
defiende: lo que se añora es la virilidad de los católi­
cos irlandeses, que han sabido resistir, con una resis­
tencia tenaz, perfectamente lícita, a las tiranías in­
glesas. Sufrieron años, lustros, siglos; pero la protesta
viril contra los desafueros tiránicos por todos los me­
dios que escudaba la ley, rosonaba siempre gallarda y
briosa dentro y fuera de Irlanda, y así es como llega­
ron a triunfar en casi todas sus aspiraciones legítimas.
Esa bella actitud irlandesa es la que se echa muy de
menos en los católicos españoles.
—¿Que clamaríamos y protestaríamos en vano, por­
que el Poder, teniendo siempre en sus garras la fuer­
za, se reiría de nuestras protestas y de nuestros dere­
chos? No tal: la persuasión de que estaba tiranizando
indignamente, menguadamente, tarde o temprano lle­
garía al corazón del Poder, y, o rectificaría, o, sin que
los católicos directamente la desencadenasen, surgiría
una de esas tempestades sociales a menudo permitidas
por Dios para hacer justicia en su nombre, una de esas
tempestades sociales barredoras de tronos y dinastías,
entre las bendiciones al Altísimo, brotadas de los co­
razones y de los labios de los católicos, que no verían
en aquella revolución social más que un soplo de la
justicia divina, y que, en conformidad con los dictados
de su conciencia, se apresurarían a acatar el nuevo es­
tado de cosas y prestar leal obediencia a los nuevos
poderes que hubiese entronizado la revolución. Los ca­
tólicos tiranizados, no aguzarán jamás el puñal que
se haya de clavar en el corazón de los tiranos, pero sí
deben hacer cuanto posible les sea, por medio de ca­
lurosas propagandas, para derribar a la tiranía. ¿Que
pudieran aquellas lícitas y briosas propagandas ser la
pavesa que, arrebatada por el viento, prendiese fuego
— 314 -

al montón de pólvora apilado, haciendo a la revolución


estallar? Los católicos no habían hecho otra cosa que
defender con armas lícitas sus sacratísimos intereses.
Lo demás habría venido por añadidura, y ellos no ha*
rían más que doblar con gusto la frente y dejar pasar
a la justicia de Dios·.,
XX

¡nmijalinlsta! ¿Par qué?

Muy satisfecho estaba yo de mi anterior articulejo,


honrado como había sido por un periódico tan juicio­
so y tan digno déla bienquerencia de todos los católi­
cos españoles como El Debate , que había dedicado a
comentarle y a manifestarse conforme con su conteni­
do un artículo de fondo en que generosamente me pro­
digaba inmerecidas frases de alabanza, que estimo
muy de corazón, por lo benévolas y alentadoras, cuan­
do llega a mis manos una epístola verdaderamente ex­
traña, si no por la firma —se trata de un alto y gene­
roso amigo— ? por el contenido de sus breves líneas,
en que me ha parecido ver alguna sombra de reproche
injustificado»
Ese amigo, que, más que en nombre propio, se me
antojó que escribía en nombre ajeno, y a quien yo de
ningún modo podía rehusar una explicación acerca de
algunos puntos de mi anterior artículo, quería saber si
mis alusiones, mejor dicho mis increpaciones a los re­
tardatarios de la anhelada unión de los católicos es­
pañoles, rezaban preferentemente contra los jaimis-
tas. Después de haber meditado un tantico la carta,
no me ha extrañado nada la curiosidad. En otras oca­
siones, hace ya años, y tocando muy de perfil el pro-
- 316 -

pió asunto, algunos jaimistas un tanto maliciosos qui­


sieron ver en mis palabras algún disimulado ataque a
sus ideales y a sus doctrinas, y aun fueron más allá, y
en un artículo de fondo de E l Correo Español se in6
hubo de calificar de «alma tibia», y en algunos otros
periódicos se hubo de hablar de mi humildísima per*
sona con idéntico desdén.
El caso parece muy obvio y natural: ostentando el
jaimismo el carácter genuinamente católico que osten­
ta; habiendo luchado siempre las fuerzas carlistas por
el triunfo de las doctrinas de la Cruz y ondeado siem­
pre por su bandera gloriosa la enseña del Calvario,
y puesto siempre al frente de su lema el nombre de
Dios, barruntos, sólo barruntos de ataque por parte
de uu sacerdote, tienen que causar algún escándalo
en muchos que no tienen la amplitud de criterio que
D. Carlos tenía, cuando escribió aquella hermosa fra­
se, timbre de honor del carlismo: «Se puede ser cató­
lico sin ser carlista, pero no se puede ser carlista sin
ser católico.» Porque es indudable que hay carlistas
para quienes es incomprensible en un español el ser
buen católico y 110 ser carlista. Y siendo esto un he­
cho, calcúlese adóude llegará esa incomprensibilidad
cuando la falta de carlismo sea, no ya en uu simple ca­
tólico español, sino en un sacerdote, y cuando ya no se
trate sólo de falta de carlismo, sino de sospechas de
ataque a sus ideales excelsos, Nada más obvio y natu­
ral· que el escándalo, y tras el escándalo las saetillas
más o menos aceradas y mortificantes.
Pero ¿se puede, en buena lógica, deducir de mis la­
mentos por la carencia de unión entre los católicos es­
pañoles linaje alguno de anticarlismo? No voy a ha­
cer declaración política ninguna: hoy por hoy, a los
Religiosos el politiqueo nos está prohibido terminan­
temente. Pero sí voy a hablar con sinceridad y juste-
- 617 —

za, sin miedo ninguno a rebasar las lindes de la pro­


hibición. No quiero que mi humilde nombre figure
entre los enemigos de ese noble partido tradicionalis-
ta que con tanta braveza y con tanto patriotismo viene
defendiendo entre nosotros todas las causas que tien­
den a honorificar a la Religión y a la Patria,
¿Anticarlista? ¿Por qué? Los ideales religiosos riel
carlismo son los de todo católico español honrado y
bueno: la defensa de las doctrinas de la Cruz contra
toda acometida de la impiedad y la aspiración a aque­
lla bendita unión católica que fue, durante siglos, e1 *
honor de nuestra гага. Y no se vaya a creer que
esa generosa aspiración traería consigo forzosamente
aquella antigua intolerancia religiosa que actualizaría
de nuevo ciertos espectáculos de intransigencia rígi­
da, en abierta pugna con el progreso de nuestra edad.
Precisamente fue una bella frase de D* Carlos, aquella
do que la restauración de la unidad católica no supon*
dría de ninguna manera el «espionaje religioso», la
que, agudamente interpretada, produjo al carlismo
aquella dolorosa amputación de muchedumbres ínte­
gras que acaso querían llevar su integridad más allá
de lo que entonces aconsejaba a D. Carlos la pru­
dencia.
Los ideales políticos carlistas tampoco tienen nada
que pueda hacerlos antipáticos a un honrado y buen
español. Cierto que, a primera vista, suenan a regre­
sivos, porque se habla de restauraciones, y las restau­
raciones se refieren siempre a cosas viejas que han de
jado de existir. Pero de regresivos no tienen nada,
puesto que no puede calificarse de regresivo lo que
поз había de hacer progresar. Así, por ejemplo, se
restauraría la Monarquía, tradicional y pero no en su
sentido absolutista, sino reinando y gobernando con
las Cortes, con unas Cortes que no fuesen palenques
- 818 —

de charlatanismo vacuo y estéril, sino centro de acción


legislativa donde se hiciese verdadera labor regenera­
dora y se exigiese positiva responsabilidad al Poder
ejecutivo, que 110 es responsable, hoy por hoy, más que
de nombre, razón por la cual se pudo llevar a efecto
impunemente el desgarramiento de todo nuestro Im­
perio colonial. Es decir, que ni el Monarca soría una
mera figura decorativa, que, precisamente por su mero
decorativo papel, han hecho los convencionalismos
constitucionales irresponsable ante Dios y ante la Pa­
tria, ni los ministros serian, como lo son, cada uno
en su departamento, los verdaderos reyes detentado­
res de un absolutismo omnímodo, absurdo viviente,
que es un escarnio del progreso social.
Y si ni los ideales religiosos ni los políticos del car­
lismo tienen nada que los pueda hacer reñir con los
sentimientos de uu buen español» mucho menos aún
tienen los ideales administrativos,cuya realización nos
llevaría a un florecimiento regionalista, que, además
de concluir con esa centralización carcomedora y hol­
gazana, servida por verdaderos ejércitos de emplea­
dos que podrían prestar valiosos servicios en la agri­
cultura, en la industria y en el comercio, haría que
las provincias y las regiones sintiesen mejor su espí­
ritu y sii'í necesidades morales y materiales, endere­
zando hacia su satisfacción las rentas y los recursos
públicos, con lo cual se viviría más en consonancia
con las peculiares variantes psicológicas de cada re­
gión, despertándose la natural emulación entre ellas,
que a todas las impulsaría a prosperar y a florecer, y
matando esas envidias y malquerencias de región a re­
gión, que existen, sí, no se puede negar, pero no por
falta de solidaridad de intereses y de comunidad de es­
píritu, sino por el parasitismo natural, que tiene sus
gérmenes en la misma maldita centralización.
Y por lo que toca a los ideales sociales, bien sabido
es de todos que militan en el carlismo los sociólogos
españoles más cultos y más racionalmente avanzados.
Es de ver la persistencia heroica con que se viene la­
borando desde el campo carlista por una sindicación
recia y sana de los obreros, que equivalga a la recons­
titución de las antiguas agremiaciones ¡Ah, si los
obreros en vez de dejarse alucinar por políticos y de­
magogos sin conciencia que los arrastran a la persecu­
ción de ideales imposibles, que se esfuman siempre en
un socialismo acrático o en un rabioso anarquismo, se
dejasen conducir de sociólogos como Severino Aznar,
que tan bravamente viene lachando desde hace años
por la mejoración de las clases trabajadoras! ¡De segu­
ro que los hijos del trabajo no marcharían entre nos­
otros con orientaciones tan absurdas que sólo los pue­
den llevar a derrumbaderos y a precipicios! ¡De segu­
ro que ya se habrían persuadido de que el progreso,
que ha de llegar a los hombres a un más equitativo re­
parto de trabajos y de disfrutes, no se ha de aseme­
jar al súbito resplandor de un voraz incendio, sino al
plácido alborear de uua límpida mañana, de un sereno
amanecer! ¡Y de seguro que para esta fecha estarían,
no ya sólo al abrigo de toda acción tiranizadora por
parte del capitalismo, sino ejerciendo positiva influen­
cia en nuestras instituciones, en nuestras leyes y en
nuestras costumbres!
¿Anticarlista? ¿Por qué? Yo podré abrigar fe muy
escasa en el derecho de esta o de aquella rama de la
dinastía borbónica a sentarse en el trono de nuestros
Reyes, porque el derecho nuevo con su principio de la
soberanía nacional, no popular, entiéndase bien, —y
tal principio era ya clásico en la doctrina de Santo To­
más de Aquino— , deja muy poca margen para cuestio­
nes dinásticas o antidinásticas, ya que las naciones
- 820 -

son reioas y señoras de sí mismas y se constituyen en


monarquías o en repúblicas, poniendo en su trono o en
su presidencia a quien plazca a la voluntad nacional;
yo podré tener muy poca esperanza en el feliz éxito de
una guerra civil que, enardeciendo a las creyentes
masas tradicionalistas, cansadas de ver a la Religión y
a la Patria conspuídas por el liberalismo imperante
que intenta hacer de los españoles apóstatas de sí mis­
mos, trajese un nuevo estado de cosas que nos pusiera
en el camino perdido de nuestra antigua grandeza y
de nuestro antiguo esplendor, ya que los cien mil hom­
bres perfectamente armados y disciplinados que, al
áureo soñar del jaimismo, se lanzarían al combate, a
la primera consigna guerrera, no habían de ‘derrochar
más heroísmo y más bravura que en las dos serias
campañas carlistas, dignas de ser historiadas por un
Tucídides; pero jamás tendré poco amor para esas cre­
yentes muchedumbres legitimistas que, con tan heroi­
ca persistencia, vienen acariciando sus generosos idea­
les de restauración, sin desalentarse jamás en sus es­
peranzas, a pesar de lo desalentador de los tiempos y
sin más fuego sagrado que las anime que su fe gigan­
tesca en el dulce sueño de ver a la Religión y a la
Patria abrazándose como en mejores días y avanzando
abrazadas hacia la conquista de io por venir. Unica­
mente con muchedumbres así se concibe que haya
apóstoles como Mella* de una entereza indomable, que,
en su amor al ideal que persigue, cada vez más bru­
moso y lejano, ni advierte siquiera las halagadoras li­
sonjas de la riqueza y del poder, que, maravillados de
su sabiduría —esa sabiduría que juega con su palabra
y la remonta a los cielos dejándola luego caer en cas­
cada de ideas luminosas sobre la estupefacción y el
asombro— , quisieran que les abriese las puertas de su
corazón para entrársele por él, a banderas desplega­
— 321 -

das, y recompensarle largamente de tanta abnegación


y de tanto sacrificio.
¿ Autijaimista? ¿Por qué? El jaimismo no es otra
cosa que el carlismo con los mismos ideales religiosos,
políticos, administrativos y sociales* Si algo nuevo pu­
diera advertirse eu el jaimismo seria su bello gesto de
avance hacia la democracia, buscando la recia savia
que lo vivifique y lo robustezoa en el alma popular.
Aquella antigua alta aristocracia que en un priucipio
tenía a gala el formar entre las filas partidarias de
D. Carlos, y que poco a poco se ha ido desmembrando
del carlismo por causas que sería impertinente pun­
tualizar aquí, ha sido substituida por esos ejércitos de
briosos requetés que, salidos de los hijos del pueblo,
llenos de ardor y de entusiasmo, sólo pueden inspirar
benevolencia y simpatía, uaa vez que gracias a ellos
se ha visto que hay en España quien no se intimida
ante las turbas radicales en los días de desórdenes y
tumultos, y quien puede, no ya sólo abozalarlas cuan­
do se lanzan a blasfemar a la vía pública, sino tam­
bién pararles los pies a estacazos y a tiro limpio, si es
necesario, cuando con rabioso atavismo de fieras quie­
ran sentar plaza de héroes apedreando pacíficos claus­
tros y destruyendo altares y templos. Yo me he con­
movido más de cuatro veces leyendo las hazañas do
esas juventudes jaimistas que tan aguerridas y disci­
plinadas saben desafiar las bárbaras iras de los radica­
les, supliendo muy gallardamente la pacificadora ac­
ción policíaca de los agentes de orden público, a menu­
do harto preocupados de lucir su proverbial heroísmo.
¿Antijaimista? ¿Por qué? Esos partidos avanzados
que cada día se infatúan más, como si los embeodase el
hecho de ver que sus doctrinas acráticas van tomando
carne en leyes y Reales órdenes, y que la monarquía
va transformándose en república a gusto de radicales
21
- H22 -

y de jacobinos, hoy por hoy casi no tienen más fuerza


que se atreva a hacerles frente y aun a mantenerlos
en los límites de una forzosa corrección, que el partido
jaimista. Los mismos Gobiernos, si no se han echado
totalmente en brazos del republicanismo disoluto de
Lerroux —bien poco les falta para ello—, no es más
que por el miedo a las derechas, por el miedo a los
jaimistas, que son casi los únicos de las derechas que
demuestran tener músculos y brazos, y que volverían
de nuevo a la guerra civil, haciendo lucir la boina por
el llano y por la montaña; que los Gobiernos saben
muy bien que las tres guerras carlistas no fueron en
el fondo más que guerras religiosas. ¿Por que, pues,
ser antijaimista?
Tales fueron, en síntesis, las consideraciones con que
me pareció dar satisfacción completa al alto y gene­
roso amigo que, más que en nombre propio, en nom­
bro ajeno, quería saber si rezaban preferentemente
con los tradicionalistas las alusiones de mi anterior
artículo. Es claro que muchos no se quedarán satisfe­
chos: querrían alguna terminante declaración política
a que no se pueden prestar ni mi lengua, ni mi pluma*
Esos muchos, que sigan en su insatisfacción, que, des­
pués de todo, y por mi absoluta insignificancia, ha de
ser harto mínima. La Naturaleza ama el misterio, creo
que dijo Heráclito, añadiendo que lo amaba también el
Padre de las lumbres, Y por lo menos en estas cosas de
política, a mí me gusta imitar al Padre de las lumbres
y a la Naturaleza: también amo el misterio.·.
XXI

Hacia la franca regeneración.

Poco a poco, artículo tras artículo, y como quien


no dice nada, he venido predicando uua revolución
hondísima y trascendental, no ya solamente en el cuer­
po, siuo también en el espirita de nuestra nación; por-
que yo creo a pie juntillas que la honda revolución que
necesita España no ha de ser meramente adjetiva, con­
sistente sólo en podar burocracia, en rasgar plantillas,
en suprimir despilfarro civil y militar, en descuajar
parasitismo chupador de savia ajena: la revolución ha
de ser también substantiva, consistente en una fcrans-
formación de nuestra manera de ser y de vivir, que
llegue hasta a las raíces mismas de la vida de ia nación,
no para arrancarlas, sino para henchirlas de plétora y
forzarlas a hacer que el árbol de la Patria surja a los
cielos, sonriente de frondosidad y de lozanía.
He renegado del régimen que agota y esteriliza las
energías todas de nuestros repúblicos en torneos par­
lamentarios completamente infructuosos, como no se
quiera convertir en fruto la literatura de nuestro Día -
rio de Sesiones, literatura generalmente tan poco espa*
ñola y tan poco honrada. Porque alardeamos de te:,er
oradores, cuando no tenemos más que charlatanes; <jue
- 324 —

el orador ha d© ser de una vida honrosa, intachable, a


ser posible. De un orador político se debe poder decir
siempre lo que decía Demóstenes de Foción, su con­
trincante: «Foción es el hacha de mis discursos por la
honradez de su vida pública y por la pureza de su vida
privada.» Así fueron Occonell, Winthorst, Donoso
Cortés, Aparisí y Guijarro, D* Alejandro Pidal. ¡Bús-
quense ahora Pídales* Aparisis y Donosos! No falta al-
guuo que otro, es verdad» pero lo que abunda son los
charlatanes.
Me he declarado regionalista radical porque estoy
persuadido de que la reconstitución de España ha de
comenzar por una sabia descentralización que descon­
gestione al Estado de esa aglomeración de poderes que
absorbe la vida de las provincias y de los Municipios
para despilfarrarla en una verdadera orgía burocrática
que es una vergüenza nacional. Sin que el Poder cen­
tral reconozca la personalidad de la provincia y le per­
mita el disfrute de una autonomía prudente que la fa­
culte para el libre desarrollo de sus fuentes de riqueza;
sin que la provincia reconozca la personalidad del Mu­
nicipio y le conceda nna más amplia libertad económi­
ca que le permita satisfacer ampliamente sus necesi­
dades locales, y sin que el Municipio reconozca la per*
sonalidad familiar y la individual, respetando más la
libertad privada de la familia y del individuo, deján­
dolos moverse con holgura y desahogo, siempre, natu­
ralmente dentro del orden social, la reconstitución de
España permanecerá siendo un sueño vago sin más
palpitante realidad que la de todas las cosas posibles.
Me he declarado partidario de un Gobierno verdade­
ramente democrático que gobierne para quien quería
Costa que se gobernase; «para la blusa y el calzón cor­
to, llevando a la Gaceta las obras de misericordia, dar
de comer al hambriento, enseñar al que no sabe, con­
- 325 -

solar al triste — al triste que es el pueblo, para cuyas


cougojas parece que no hay ya en lo humano consuelo
posible» (1)— . Y he indicado el modo do que se llegase
a ese Gobierno por medio de una rebaja de impuestos
y de gabelas que liberte a los pobres labriegos, tan
acreedores a las benevolencias gubernamentales por
lo callados y lo pacíficos, de tener que invertir en nu­
merario para el fisco el sudor de su frente para nutrir
a los suyos; por medio de una política hidráulica ver­
dad que consiga la irrigación de las tierras semanas es
pañolas que ponen aquí y allá un recio matiz sahárico,
denunciador de una agricultura demasiado primitiva;
por medio de un entrecruce de caminos vecinales y de
ferrocarriles secundarios que permitan a unos pueblos
ponerse en contacto con otros, facilitando el cambio
de producciones y fomentando el comercio y la indus­
tria, y por medio de una regeneración de la escuela de
niños, invirtiendo una gran parte del presupuesto na­
cional en la educación y en la formación de hombres
y de caracteres que el día de mañana supiesen reinte­
grar a la Patria en sus antiguos prestigios y en sus an­
tiguos honores.
En suma, me he alistado entre los partidarios de
aquella urgentísima revolución desde arriba, desde el
Poder, que Maura parecía que iba a realizar cuando,
después de afirmar en el Parlamento que el país exigía
reformas, y con aquellos sus tres rotundos adverbios
memorables «radicalmente, rápidamente, brutalmen­
te», se puso a gobernar con verdaderos ánimos de ha­
cer algo, permitiéndose hablar con gallardía de «quin­
quenios» en el Poder, para ser derribado por la intriga
rastrera y hambruna, ampai'ada por la inconsciencia
de los de arriba y por la indolencia de los de abajo y

(l) Reconstitución europeización de España, p. 2H4.


- 32G —

que no se contentó con derribarle y le confinó luego


en su casa, condenándole al ostracismo, merced al con­
tubernio sórdido a que se prestaron los mismos que
tanto le habían aplaudido y aclamado; pero que no
pudieron aguantar, con la paciencia del gran hombre
las lejanías del Poder por falta de resistencia estoma*
cal, concluyendo por oir la canción de sirena que algu­
na ninfa maquiavélica les cantaba, e idoneizándose
para subir a las alturas sin su jefe, como si subir a las
alturas sin su jefe, no fuese desplomarse en un abismo
de deshonor.
Y bien, en vista de que esa anhelada revolución hon-
dísima y trascendental se dilata, se dilata indefinida­
mente afligiendo nuestro corazón, y que no se ve apa­
recer por ninguna parte el hombre, el gobernante ideal
que la acometa, impávido, resuelto, y a caiga quien
caiga, ¿nos abandonaremos en brazos de un hosco pe
simismo resignándonos a lo que la fatalidad disponga
de nosotros? ¿Nos dejaremos poseer de aquel pesimis­
mo de que se dejó señorear Silvela, cuando, después del
desastre colonial > lamentábase de que una catástrofe
tan grande no hubiese sacado al pueblo de su sopor,
diciendo que tomaba el pulso a España y que no se lo
sentía?
No: nuestro pueblo está lleno de vida y tiene el pul­
so muy fuerte, a pesar de que no ve ejemplo ninguno
confortante en las alturas, de que en vez de gobernan­
tes que sepan ser gobernantes, no tiene más que ma-
nipuladores del fisco que despilfarran nuestra Hacien­
da entre unos cuantos vividores, hartos de comer> y
siempre con las fauces abiertas como si no hubieran
comido.
Nuestro pueblo, a pesar del terrible desastre colo
nial, no llegó nunca al descorazonamiento a que llegó
Francia, cuando, poco después del desastre de Sedán,
- 327 -

tras nn breve ensueño de desquite durante el cual eran


de ver batallones infantiles que maniobraban por to­
das partes, su hundió en aquel pesimismo desconsola­
dor que fue el que engendró el pacifismo cobarde de
los intelectuales franceses y que llegó a poner en la
pluma de todo un Remy de G-ourmond palabras tan
antifrancesas como aquellas en que se intimaba a Alsa·
cia y Lorena este terrible desahucio: «personalmente
yo no daría a cambio de esas tierras olvidadas ni el
dedo meñique de mi mano derecha que me sirve para
sostener la mano cuando escribo, ni el dedo meñique
de mi mano izquierda que me sirve para sacudir la
ceniza del cigarro cuando fumo. Es hora de que cese
ya la broma de esas dos hermanitas esclavas, enluta­
das y arrodilladas, al pie de un poste que marca la
frontera.»
Es muy cierto que al día siguiente del desastre co­
lonial, se dejaron muchos espíritus españoles dominar
de un pesimismo hosco que, rompiendo por los labios
y por la pluma de muchos en rabiosa indignación,
llegó a desconfiar hasta de la fuerza maravillosa de re­
sistencia con que la naturaleza y la historia amasaron
la contextura espiritual de nuestra raza, y que se llegó
a hablar» y nada menos que en una Asamblea de Za­
ra goza — ¡la ciudad délas sublimes resistencias!—de
una posible abdicación de nuestra independencia na­
cional en manos de ingleses o de franceses. Pero aqué­
llos mismos gritos, exabruptos de la cólera justísima de
que se poseyeron entonces todas las almas españolas y
que se ooncentró en la lira resonante de Salvador Rue­
da para romper en un I^ri grandioso, por cuyos ver*
sos inspiradísimos desborda en oleadas la poesía de la
indignación, eran más bien que renunciamiento a
nuestra personalidad y abandono de nuestros destinos,
sacudida nerviosa de nuestros músculos ansiosos de
— <328 —

reaccionar contra la desgracia, y relampagueo de re­


presada ira que quisiera abatir hasta el polvo mil fren­
tes culpables que debían andar cosidas a la tierra, bajo
el peso abrumador del estigma. No; aquello no era des­
aliento ni postración, sino arranque de bravura y arre·
bato do patriotismo. No hay más que considerar aquel
radioso canto del poeta, del cual no entresaco verso
ninguno porque tendría que transcribirlos todos, pues
todos son valientes, jugosos, inspirados, henchidos de
una cólera sublime y guerrera, que do es más que el
aliento do épica indignación con que entonces respira­
ba el alma de la Patria.
— ¿Resignarnos a nuestro decaimiento y a nuestra
ignominia? ¡Jamás! No nos asemejemos, por Dios, a
aquellos degenerados romanos que, al volver las espal­
das a la República porque ya no se sentían con virtu­
des cívicas para defenderla, se postraban ante el im­
perialismo de Octavio AugustoTconcretándose a llorar
pesimistamente en medio de su estúpida resignación,
repitiendo aquellos versos de Horacio, el gran reflector
de la ruindad y la miseria de aquellos menguados re­
públicos, viva encarnación refiuada del vergonzoso
amanecer imperialista que, lamentando fríamente la
degeneración de sus padres que los habían engendrado
a ellos, más degenerados aún, no acertaba a colum-
brar esperanza ninguna de risueño porvenir, aseguran­
do que la nueva generación aun había de ser más vi­
ciosa y mentecata:
Aetas p&rentura, pejor avis, tulifc
nos nequiores, mox da tu ros
progeniem vitiosiorem^.

Eso de resignarnos a nuestra ignominia y conten­


tarnos con augurar que las nuevas progenies hispanas
aun hayan de ser más degradadas y viles, ¡jamás! ¡Aun
estamos muy lejos de aquella gentuza degradada que
— 3¿y —

se satisfacía con mendrugos do pan y con espectáculos


de circo!
No es vana efusión lírica inspirada en un optimismo
cándido la que pone en los puntos de mi pluma estas
confortadoras palabras: la viril protesta de nuestra ju­
ventud intelectual y sincera cayendo como un estigma
sobre la frente de los actuales malversadores de nues­
tra riqueza espiritual, estallando sobre sus espaldas
con chasquido de látigo justiciero, es la prueba más
hermosa de que no se acepta la herencia infame de des­
pilfarro, de inmoralidad y de irreligión; de que se rom­
pe con ellos todo vínculo de fatua solidaridad europei*
zadora, y, por consiguiente, de que marchamos com­
pactos y aguerridos hacia una legítima hispanización
de España, de España que sólo dejó de ser grande y
culta cuando dejó de ser pura y efusivamente espa­
ñola.
El árbol nacional ha sido despojado de todas sus
frondosas ramas por el torbellino; pero el tronco —el
espíritu español— aun está sano y siente circular por
su seno torrentes de savia que lo hagan entallecer de
nuevo y cubrirse de flores y de frutos. Lo abonan her­
mosos indicios regeneradores* Hoy ya no puede decir­
se con verdad, como decía Costa al día siguiente del
desastre, que era *masa neutra toda la nación». Aquel
«estado de pasividad indiferenciado y amorfo» que él
quiso sacudir con sus ciclópeos gritos de alarma, al con­
templar la ruinadel imperio colonial español, ya está
pasando a la historia. Aun no se ha constituido aquel
potente partido nacional y regenerador por que él cla­
maba con batalladora elocuencia; pero el caso es que,
gracias a Maura y a Mella y a los jóvenes mauristas y
tradición alistas que han comenzado a aguijonear la
atonía de las potentes masas neutras, éstas se mueven
ya tomando parte en elecciones y en comicios, ades-
trándo&e cada día más para defeucbr sus derechos in­
dividuales y sociales ante la arbitrariedad de los caci­
ques y la complicidad de los gobernantes, sieudo de
esperar que se tarde poco en ver unas Cortes legiti­
mas representantes de la voluntad de la nación.
La conciencia que va adquiriendo el pueblo de lo
mucho que vale el voto y el interés creciente que va
mostrando en emitirlo, es un indicio consolador de que
cesará esa vergüenza consuetudinaria del encasillado
oficial en tiempo de elecciones» de la cual 110 acaban de
sonrojarse las mejillas de nuestros gobernantes y aun
de los jefes de las minorías — pordioseros que mendi­
gan a las puertas del Ministerio de la Gobernación un
mendrugo de encasillado— ; ya no se ven, como antes,
en los días de elecciones los colegios vacíos, teniendo a
última hora que llenar las urnas los mismos interven­
tores, volcando sobre ellas el censo y sacando diputa­
dos de Real orden a quienes ellos y e-1 Gobierno que’
rían. Y ello es indicio de que, aunque harto pesada y
lentamente, se va operando en el pueblo español una
transformación psicológica, difundidora de luz clarí­
fica en los entendimientos y en las conciencias, que con­
cluirá por desnormalizar esa infamia del encasillado
que parecía haber adquirido ya carácter constitucio­
nal, con lo cual coücluirá también el convencionalismo
de los partidos turnantes, herido ya de muerte por
Maura cuando, manteniéndose fuerte en el poder y
haciendo gala de hablar de quinquenios, inspiró al
partido que no gozaba de las delicias del presupuesto,
no sugestiones honrosas al país electoral, que ese es el
recto camino marcado por una genuina democracia,
sino sugestiones impúdicas y hasta amenazas a la pre­
rrogativa regia, indicándole que era ya llegado el tur -
no de dejar de ayunar, y hasta haciéndose por los m is­
mos prohombres de la política frases como aquella de
- 331 -

que su monarquismo no distaba de la República ni «el


canto de un duro». La cercana caducación de ese con­
vencionalismo de los partidos turnantes brinda a pen­
sar en que no están lejanas unas Cortes Constituyentes
que doten a España de una Constitución más en armo­
nía con la psicología de nuestro espíritu y con las tra­
diciones de nuestra raza, y contribuye a infundir alien­
to y hacer que se abriguen fundadas esperanzas de ver
a España salir del aduar bereber en que vive, euro­
peizándose en un sentido sano, que esté a mil leguas
de la europeización del escándalo con que cierta pren­
sa arrastró nuestro honor por el mundo cuando las
campañas ferreristas.
Lo que hace falta es que cejemos ya todos en la eter­
na elegía de nuestros males presentes y pasados, y que
aportando nuestra palabra y nuestra acción a la em­
prendida tarea juvenil de rehacer nuestro espíritu na­
cional, volviéndolo a fundir de nuevo, cuino un acero,
en el fuego sagrado de la tradición, aceleremos ese ra­
dioso resurgir de la Patria, del cual apuntan ya inequí­
vocos destellos en las misteriosas lontananzas de núes
tro horizonte moral. Porque el optimismo en que debe­
mos empapar nuestro espíritu para sacarle de esa ato­
nía misérrima en que le ha hundido la contemplación
de nuestros desastres, no ha de ser puramente lírico,
una cosa de puro ensueño, de pura fantasía: ha de ser
como el brote natural de nuestras energías puestas en
acción, no ya sólo para atisbar cuanto de bueno y de
progresivo se realice fuera de España, e incorporár­
noslo, copiándolo o imitándolo en cuanto tenga de uti-
lizable para nuestros intereses y para nuestras empre­
sas, sino también para ir más allá de la copia y de la
imitación y dar con positivos inventos científicos in­
dustriales y comerciales que nos libren de la vergüen­
za de andar siempre a la zaga de otras naciones y nos
- 332 -

pongan en circunstancias de servir a todas de ideal y


de modelo.
La emulación de nuestras antiguas glorias no es po­
sible, si no sacudimos la pereza clásica en que nos su­
mió en malhadado día el mismo disfrute contemplativo
de nuestra propia grandeza. Ese mismo regalado dis­
frute que embarga nuestro corazón cuando explaya­
mos la mirada del espíritu por el cielo de nuestra his­
toria, lejos de habernos entumecido sumergiéndonos
en un estado uJtracen tenario de morbosa pasividad,
debió habernos servido de acicate que, espoleando
nuestras virtudes activas, nos hubiese forzado a crecer
la herencia gloriosa. ¡Oh cuál fuera hoy nuestro estado
social si siempre hubiesen corrido parejas la intensi­
dad de nuestro disfrute aguijándonos al acrecenta-
miento de nuestras glorias, y el acrecentamiento de
nuestras glorias intensificando la exquisitez de nues­
tro disfrute!
Persuadámonos de que la anhelada regeneración y
el anhelado resurgimiento han de venir de nosotros
mismos, de una profunda revolución de nuestro espí­
ritu que sacuda a mil leguas de nosotros nuestra dor­
milona indolencia y nuestra muslímica pasividad; no
los esperemos por vía ninguna milagrosa y como traí­
dos del Cielo, a la manera que el cuervo de la jeroni-
miaña leyenda le llevaba el pan a San Pablo. ¡Como
tenemos tantos méritos contraídos para con Dios por el
profundo respeto en que tenemos a la religión de nues­
tros mayores!
Pero no quiero que se me escapen acentos pesimis­
tas. Repito que mengua y ruindad sería, que no caben
en nuestro espíritu, el entregarnos a la resignación es­
túpida de proseguir indefinidamente en estado de re-
confesada inferioridad, sin estremecerse en una sacu­
dida espiritual enérgica que nos lance a una positiva
- 338 -

regeneración y a un positivo resurgimiento de la Pa­


tria. La esperanza, sobre todo, no la debemos perder
jamás. Ya hemos tenido que pasar por crisis mucho
más terribles y hemos salido siempre de ellas regene­
rados y victoriosos. Piénsese en la invasión musulma­
na y en la Guerra de la Independencia,..
Cuando los compañeros de Eneas, cansados ya de
sufrir tantos contratiempos y tantas tormentas, se de­
jaban dominar por el desmayo y por el desaliento, al
verse cercados de nuevas contrariedades, el admirable
héroe troyano los animaba dicióndoles que mayores las
habían pasado y que también a aquéllas les pondría
Dios fin:
/O, passi graviora, dabii Dew his quoque ftnemf

Lo mismo me atrevo a decir yo, respecto de nues­


tros presentes males. El infierno de nuestra divina co­
media ya lo hemos pasado. Sentimos ahora las quema­
zones terribles del purgatorio; pero, no lo dudemos, el
alma española, esa nuestra Beatriz divina y adorada,
hará qne se desplieguen ante los ojos asombrados de
los españoles futuros las gloriosas bienandanzas del
Paraíso.
Nuestra anhelada reconstitución interior y exterior
viene, no lo dudemos un sólo instante. Los barruntos
de transformación especial de que he hablado son un
risueño augurio de ella. Pero esforcémonos todos en
que venga pronto, en que venga muy aprisa, hoy
mismo mejor que mañana. Nos fuerza a ello la misma
crítica situación en que se encuentra Europa. La en­
vidiabilísima posición geográfica que ocupamos en el
mundo con nuestro bello Levante, que viene a ser una
espléndida galería sobre las costas del Mediterráneo
— el mar de la cultura y la civilización— ; con los di­
versos puntos extremos de Andalucía, hacia donde se
- 831 —

extiende el A frica, abiertos los brazos, como para es­


trecharnos e introducirnos por su propia mano en sus
misteriosas tierras vírgenes que se aprestan a ser el
teatro donde los pueblos de Europa se han de discutir
la representación de loa mejores papeles y de los m e­
jores dramas; con las incomparables rías bajas de Ga­
licia, regios miradores atlánticos, desde donde la ma­
dre P a tria hunde los ojos, mar adentro, para descubrir
en lontananza remota a entrambas Amóricas y enviar­
les un ósculo de sus labios en el cual se vaya a fundir
su corazón con el corazón de las amadas Hijas; con
s is diversos y progresivos puertos cántabros mirando
hacia el Mar del Norte por donde la escuadra inglesa
maniobra de continuo, no sin hondos estremecimien­
tos que no son producidos por las tempestades ni por
las olas, sino por el temor de ver salir, cuando menos
lo piense, una poderosa escuadra rival que hoy se vi­
goriza y robustece maniobrando en el Báltico; la mis­
ma posición geográfica, digo, nos está pidiendo a voz
en grito que nos reconstituyamos interior y exterior-
mente y que nos reconstituyamos muy aprisa ades-
trándonos para desempeñar honrosamente el papel
dramático que nos ha confiado la Providencia, ante la
eventualidad, ante la perspectiva segura de que si no
nos reconstituimos ni nos adestramos, no haremos más
que espolear la rapacidad y la codicia de los que sin­
tiéndose y siendo más fuertes que nosotros, nos inva­
dan y nos sojuzguen, anulándonos como pueblo y como
nación.
Es la cuestión eterna de Hamlet: «to be or not to be»,
ser o no ser. Y es necesario, urgentísimo que por me­
dio de una propaganda activísima que no se reduzca a
retórica pirotécnica, por cuantos medios nos sean po­
sibles, nos dediquemos todos, todos los españoles a des­
pertar, en nosotros mismos, una pasión ardentísima
- 885 —

de ser. E s el tema dé la hora presente sobre el cual no


nos debemos cansar de hablar y de escribir. No debía
pasar ninguna semana sin que sobre él se publicara un
libro. No debía pasar ninguna hora ssin que sobre el se
trazase alguna página. L a pasión ardentísima de ser,
nos hará que seamos y que seamos pronto, muy pronto.
Hay acontecimientos que se imponen y se precipitan y
uno de ellos es el de nuestra reconstitución.
Todo nos incita y nos brinda a ella. Nuestras posi­
ciones en Marruecos, mermadas en demasía por la r a ­
paz diplomacia francesa, son suficientes, no obstante,
para despertar una oleada de patriotismo que nos satu­
re de esperanza y de fe en nuestro porvenir; pues han
de ser la base de una nueva colonización española que,
seguramente, nos ha de ofrecer la ocasión de hispani­
zar una buena parte del Africa y de hispanizarla me­
jor aun que hispanizamos a América; ya que no es
creíble que nuestros Gobiernos, aleccionados por la ex
periencia triste de sus antiguos desaciertos, reincidan
en las mismas arbitrariedades y en los mismos errores,
que pongan a nuestros soldados en la necesidad de de­
rram ar la sangre propia y la ajena, extinguiendo insu­
rrecciones y ahogando levantamientos. L a sabiduría
de nuestros gobernantes ha de enderezarse a que mies-
tra historia futura de A frica pueda escribirse toda ella
sin bélicas narraciones de combates, y sin glorifica­
ciones de mas héroes que los de la sabiduría guberna­
mental y de la irreprochabilidad administrativa. ¡Que
no se blanda nuestra espada más que cuando inevita­
blemente lo requieran la justicia y el honor!
Muchos errores y no pocas indignidades cometimos
en nuestras antiguas colonias americanas, mas a pesar
de todo, y gracias a los primeros virreyes que pertene­
cieron a la época gloriosa de nuestro esplendoroso po­
derío, cuando aun abundaban entre nosotros los gran-
— 386 -

dea caracteres y los grandes hombres, y que, sin duda


por eso, supieron difundir por aquellas tierras vírge­
nes el espíritu español, hoy, después de haberse inde­
pendizado todas aquellas tierras, nosotros nos senti­
mos en ellas como si estuviésemos dentro de la penín­
sula, lo mismo que les sucede a los hispanoamericanos
que tienen por su propia tierra a esta tierra de sus
mayores, a esta tierra bendita de España. Pues bien,
respecto del Africa, por lo menos de gran parte del
Norte del A frica, es necesario que el día que Dios
quiera suceda lo mismo y aun más; ya que alecciona­
dos por la experiencia debemos obrar allí sin incurrir
en ninguno de los errores ni empequeñecernos con
ninguna de las indignidades que atenúan y desdoran
la magnificencia y el fulgor de nuestra historia de
América. Y aun sería honrosísimo ir más allá, y h a -
cer que el Norte de A frica de tal modo se españoliza­
se y se consocializase con nosotros que jamás hubiese
de ser preciso constituir varias nacionalidades, sino
fundirnos y consubstanciarnos en una sola com pacta
y unida, con tal fuerza de cohesión que no constitu­
yese más que un cuerpo y un alma. Que no haya nun­
ca rupturas dolorosas ni emancipaciones sangrientas,
sino una transformación lenta y pacífica de territorios
coloniales en provincias hispanas que, al incorporarse
nuestro espíritu, entren en plena posesión de todas
nuestras grandevas y de todas nuestras glorias.
A fin de realizar ideal tan glorioso no hay más re­
medio que imponerse sacrificios de toda índole, acele­
rando cuanto sea posible la construcción de la segunda
escuadra para que juntamente con la que ahora se
construye, tengamos una flota de guerra respetable
que haga que se nos considere y se nos mire. En el de­
creto presentado a las Cortes por el Sr. Maura cuando
proyectó la creación de la primera escuadra, decía con
mucho acierto el gran estadista que se trataba senci­
llamente de «uua cuestión de independencia nacio­
nal.» De la creación de la escuadra segunda se puede
decir lo mismo. Así pensaba Canalejas, cuando, sin
parar mientes eu que había sido el partido liberal el
que tan rudamente había combatido el proyecto de
Maura llegando a decir que de ningún modo se debían
«arrojar aquellos doscientos millones al mar», proyec­
tó, intrépido, la crcación de la segunda escuadra que
había de costar cien millones más que la primera.
¡Créese la segunda escuadra! ¡Créese la tercera es­
cuad ra!... Pero, eso sí, créense también marinos y fis­
calícese bien la administración de nuestra Marina,
como quería fiscalizarla Sánchez Toca, siendo minis -
tro del ramo, por medio de aquella inspección que pro­
yectó y que tan injustificadamente provocó las iras de
nuestros marinos que comenzaron a combatir al osado
ministro desde las columnas de casi toda la prensa ( l).
¡No faltaba más que volviésemos a sacrificarnos por
tener una escuadra decente, como nos habíamos sacri­
ficado antes del desastre, y volviésemos un día a en­
contrarnos como nos encontramos en Cavite y en San­
tiago de C uba!...
Y juntam ente con la creación de una buena escua­
dra, creemos también un ejército bien equipado, por
fu era ¡ digámoslo así, con armamento de verdad, con
cañones de verdad, y con acabados conocimientos téc­
nicos en sus jefes y oficiales que hagan pedazos la le­
yenda moderna de que carecemos de talentos militares
para la organización de cuerpos de ejercito, según la
táctica moderna, que es la canturria de última hora

(l) Vide P ro (A pi*op6sito de una Inspección), articu la que


publiqué por entonces en EsrAffA y A múrica, tomo I., págs. 145 y
siguientes.
- 3SB

con que so nos falsea y empequeñece y en la cual sien­


to en el alma que se perciba la voz sonora de Ganivet:
pero mejor equipado aun p o r den tro , con un convencí
miento hondo e incontrastable de que nos debemos a
los ideales de la P atria, con una caudalosa represa de
espíritu de sacrificio que arrollando toda mira egoísta
y todo interés individual, saque siempre a flote los in­
tereses nacionales, con una entusiasta estimación riel
esfuerzo propio y del trabajo colectivo que nos devuel­
va la antigua confianza de nuestros Gonzalos de Córdo·
ba y de nuestros Hernanes Cortés en el feliz éxito de
nuestras empresas, y con una ardiente fe viva en la
religión de nuestras mayores que viene a ser como el
alma de todas esas cualidades caballerescas, y sin la
cual son imposibles la verdadera abnegación y el ver­
dadero heroísmo.
Y aquí de la labor de las fuerzas católicas españo­
las para sacudir cuanto antes su vergonzosa inercia y
dar de mano para siempre a sus menguadas luchas in­
testinas, uniéndose todas para constituir un gran par­
tido católico que ejerza influencia decisiva en la pron­
ta regeneración de nuestra P atria y concurra, siquiera
sea localmente, a la realización de la magna empresa
del actual Pontífice cuando al ascender a la más alta
dignidad de la tierra, decía en su primer Encíclica
que había de dedicar, durante su pontificado, «espe
cialísima atención a hacer que cesen las disensiones y
discordias entre los católicos, cualesquiera que ellas
sean, y a impedir que surjan otras en lo por venir, de
manera que los católicos sean una sola cosa en el pen­
samiento y en la acción* (1). Y entre nosotros esa

(i) OiLmino Nobis faciendum est, a t dissünsioues atque discor-


diae inter cat-holioos, quaecumque sunt, dnainant esse; novae n<i
posthuo oriantur, sed íi jam unum ideraque omiKiS at sentían lo!.
(Ad heatissimi).
- 3ÍJ9 —

labor es uu hecho también, y la unión consecutiva


viene y no hay motivo ninguno para desesperar. Des­
de hace algún tiempo el espíritu católico español está
dando muestras de que no se conforma con proseguir
viviendo en la lánguida pasividad en que hasta ahora
hemos vivido,
Ahí están e$os jóvenes propagandistas que con ver­
dadera abnegación, con bizarra valentía, acuden adon*
de quiera que se les ofrece ocasión a hacer oír su cáli­
da palabra defendiendo siempre los grandes ideales
patrios y religiosos* ¿Por qué no esperar de esa a cti­
vísima propaganda de ideas sanas y ríe sentimientos
ennoblecedores una viril insurrección espiritual por
parte de la juventud española que, sintiéndose irres­
ponsable de los inmensos fracasos del liberalismo es­
pañol, se decida a romper todo vínculo de solidaridad
con los empequeñecedores y desfiguradores de la P a ­
tria? ¿Por qué no esperar de nuestra siempre noble y
generosa juventud que, ahondando en la filosofía de la
historia de nuestra decadencia y poseyéndose bien de
que la raíz de nuestras desventuras no chupa más savia
que la de la apostaría gubernamental de nuestras tra ­
diciones y de maestras creencias, se decida a instaurar
en toda su pureza el viejo espíritu español que fue el
que nos hizo sonreír de gloria cuando no estaba m uti­
lado y entumecido?
P or eso desde su aparición yo bendije en lo íntimo
de mi alma la obra patriótico-religiosa de esos jóvenes
propagandistas que, como apóstoles de nuevo cuño, se
dispersan por aquí y por allá, predicando sin descanso
las santas ideas de libertad, de religión y de patria, es­
forzándose en unir a todos los españoles de sanos sen­
timientos en haz apretado alrededor de la Cruz, para,
el día que los naturales jefes lo juzguen convenien­
te, disponerse en brioso cuerpo de ejército a dar la ba*
— 1340 —

talla contra la desgreñada revolución, obteniendo una


positiva victoria contra todos los que en nuestra P a ­
tria parecen haberse convenido en una sola cosa: ad~
versus Deum , et adver sus Ohristum ejus , en ir contra
Dios y su Cristo,
Otra de las cosas que más han de contribuir a la
próxima unión de los católicos españoles ha de ser el
estrechamiento de relaciones entre los sacerdotes y lo>:
seglares, de lo cual son hernioso augurio las Asam­
bleas parroquiales que se celebran en algunas g ran ­
des poblaciones y que tienen su modelo en las do Ma­
drid. Esas Asambleas que hasta ahora han sido anua*
les, pero que pronto serán trim estrales, y en las que so
pasan unas horas deliciosas en amenísima velada so ­
ciológica, literaria y musical, no sólo han de contri*
buir a que los feligreses de una Parroquia se conoz­
can, se traten y se presten mutua ayuda, sino también
a que todos se harmonicen en un haz de fuerzas vivas
que los párrocos dirijan y ordenen en bien de la JJeli-
gión y de la P atria. E l pueblo debe vivir, con respec­
to a su párroco, en la misma amorosa actitud de obse­
quio y veneración en que vive el clero con respecto al
episcopado y en que vive el episcopado con respecto
al Sumo Pontífice. Solo así brillará en todo su esplen­
dor la admirable jerarquía establecida por Jesucristo
en la Iglesia, y sólo así dará el árbol de la Cruz toda
su cosecha de redención.
Uno de los grandes males de España ha sido la des*
armonía en que, desde hace ya mucho tiempo, vienen
viviendo seglares y sacerdotes. Y el día, ya próximo,
en que se armonicen de nuevo, se reanudará nues­
tra verdadera historia, Ja de las grandes gallardías y
las grandes hazañas, Y entonces y sólo entonces se
hará entre nosotros obra de regeneración, cuando se
vea al sacerdote, rodeado de sus feligreses, ser el alma
— oil —

de las escuelas, de los círculos, de los centros de acción


social, de las redacciones de periódicos, de las asam­
bleas pedagógicas, de las veladas recreativas, y cuan­
do se vea el Obispo, rodeado de todos los elementos
vivos de la diócesis, ser el numen y el guía de toda la
acción social proviuciaua, enderezándolo con sabia es­
trategia en consonancia con la de todos los Obispos
españoles que deben ser como el Estado Mayor Cen­
tral de todas las fuerzas nacionales, hacia la común
finalidad de hacer labor regeneradora que nos conquis-
te nuestros antiguos prestigios y nuestro antiguo es­
plendor.
Así, procediendo el regenerador impulso de donde
debe proceder, en armonía a un mismo tiempo con
nuestras tradiciones hispano-católicas y con las nue­
vas necesidades sociales que trae consigo la nueva ci­
vilización, es como avanzaremos sin perplejidades ni
desmayos hacia un radioso porvenir, especialísima-
mente si sabemos basar toda nuestra acción social ex­
terna en un mayor avivamiento de interior vida es­
piritual, 110 humanizando demasiado las cosas, como
si sólo necesitásemos de virtudes terrenas, sino divi­
nizándolas en cierto modo, muy persuadidos de que
sobre la acción vivífica de toda virtud terrena, está la
acción vivífica de las virtudes celestiales; que conviene
tengamos siempre presente aquella sabia advertencia
del Apóstol: «no quien planta, ni quien riega, sino
quien da el incremento es Dios.» Son siempre de suyo
harto estériles los esfuerzos humanos, si no los alienta
y vivifica algo divino. No hay empresa ninguna huma­
na que pueda realizarse a espaldas de la divina p rovi­
dencia. Y a Dios sólo se le tiene propicio para el éxito
de nuestras exteriores acciones sociales, cuando éstas
no son más que la manifestación externa de una inten­
sa y fervorosa vida del espíritu. Todo grandioso fio-
- 3=12 -

recimiento social ha sido precedido siempre de un viril


florecimiento religioso. El siglo de los Padres de la
Iglesia fué el fruto de la sangre derramada con heroi-
ca valentía por los m ártires. E l espléndido intelectua-
lismo del siglo de Alberto Magno, de Santo Tomás, do
San Buenaventura, del B eato Egidio Romano, de Ro-
ger Bacón, fue la mies natural que trajo consigo la
siembra a voleo de las virtudes cristianas a que se de­
dicaron Inocencio III, Santo Domingo de firuzmáu y
San Francisco de Asís. Cnanto hubo de grande en los
siglos de oro de España y de Francia, fué fructifica­
ción de las admirables virtudes que hicieron arraigar,
en la sociedad respectiva, Isabel la Católica y el Car­
denal Cisneros, San Ignacio de Loyola y San Ju an de
Sahagún, Santa Teresa de Jesús y Santo Tomás de Vi-
llanueva, San Vicente de Paúl y San Francisco de
Sales, Bossuet y Fenelón.
Y por eso una de las causas que más hayan de con­
tribuir a la regeneración de nuestra P atria ha de ser
la vuelta franca y sincera al culto de las clásicas vir­
tudes cristianas que tanto embellecían el hogar de
nuestros mayores. Prediquémosla todos sin arredrar­
nos de ser el blanco de todos los desdenes y de todas
las burlas de la sociedad. Los cristianos primitivos
fueron blanco ele todos esos desdenes y de todas esas
burlas, Pero luego se los vió, en un esfuerzo gigantes­
co de sus energías espirituales, tom ar posiciones ven­
tajosas en la sociedad, cristianizando la oratoria, la
filosofía, la ciencia, las cátedras, la política, la legis­
lación, el ejército, la m agistratura, el senado, el pala­
cio mismo de los Césares. Lo propio tenemos quehacer
nosotros ahora: una cruzada gigantesca de catoliza-
ción, luchando por imbuirlo todo en sano espíritu re ­
ligioso, la revista, el periódico, el libro, la escuela, ei
instituto, la universidad, las fábricas, los talleres, los
- -

círculos, los sindicatos, los municipios, las diputacio­


nes, los parlamentos.
He ahí el campo donde debemos derram ar todos
nuestros sudores y emplear todas nuestras energías; no
en luchar los unos contra los otros, por menudencias
accidentales, sirviendo de espectáculo a nuestros co­
munes enemigos y excitando de continuo su hilaridad,
Nada conseguiremos en España mientras no nos lan­
cemos, aguerridos, a esa cruzada de reconquista y de
cristianización. León X I I I en una carta a los Obispos
americanos, convocados en Roma en 189Ü, después de
manifestar es que todos sus esfuerzos de Vicario de
Cristo se encaminaban a hacer vivir a la sociedad una
vida más sana y robusta, terminaba con este felicí­
simo augurio: «apenas puede imaginarse el esplendor
a que sería exaltada la sociedad moderna, el día en que
lograse penetrar en sus poderosas arterias la sangre y
el espíritu del catolicismo.» Lo propio me atrevo yo
a augurar de nuestra P a tria : apenas puede imaginarse
el grado de bienestar, de cultura y de poder a que lle­
garía el día en que abdicando para siempre sus doc­
trinas y procedimientos liberalescos que tan desmedra­
da y caduca la han tornado, volviese a respirar a pul­
món henchido ambiente puro de catolicismo que vivi­
ficase la sangre de sus arterias y robusteciese las fibras
de su corazón. L a regeneración total de España sólo
vendrá cuando los gobiernos españoles vuelvan a e n ­
quiciarse sobre la integridad de nuestra fe, haciendo
girar sobre ella todas nuestras empresas y todo nues­
tros destinos.
Y hacia eso, hacia eso se va con paso firme y segu­
ro, según indican múltiples barruntos espirituales y
m ateriales. E l D ebate , que es el periódico católico que
con más entusiasmo y energía viene lidiando por la
unión de las derechas españolas de la cual no será di-
- 844 ~
\
fícil .se le aclame, sin tardar mucho, campeón esforza
do y triunfador, cada día nos apunta un nuevo paso
de avance hacia la consecución del grandioso ideal,
a cuyo servicio parecen haberse puesto instintivamen­
te guiados por el bien de la P atria, y sin convenio pre­
vio de ningún linaje, repúblicos de tan alta significa­
ción como I). Antonio Maura y D. Juan Vázquez de
Mella. Desde las alturas gubernamentales ya no se
hostiga, como se hostigaba, no mucho ha, a los defen­
sores natos del catolicismo español, y el doctísimo C ar­
denal (jriiisasola en su última pastoral Ju s tic ia y Cavi­
d ad en la organización cristiana del trabajo , después
d¿ un cuadro terriblemente desconsolador en que apa.·
roce España tal cual la habían puesto cien años de li­
beralismo, ha podido escribir muy justamente: «Por
fortuna parece que aquellos tiempos en que, desde los
altos puestos de la política española, se agitaba el se­
ñuelo del anticltjricalismo para deslumbrar a una par
te del pueblo siempre dispuesta al desorden, han pasa­
do para no volver, llevando al ánimo de los más y de
los mejores la plena convicción de que toda idea irreli­
giosa es impolítica, y todo atentado contra el cristia­
nismo es un atentado contra la sociedad,»
Y por lo que toca a los barruntos de m aterial reflore­
cimiento, no podemos estar quejosos, sino, antes al con­
trario, muy tranquilos y satisfechos. En las fábricas
y minas de Asturias y de Vizcaya cunde el hervir bu­
llidor de las colmenas obreras, como el eco sonoro de
un himno grandioso que se canta en loor de nuestra
próspera industria, ávida ríe nuevas vías férreas por
donde circular y diseminarse por el organismo de la
P a tria a manera de sangre vivificadora; las regiones
catalanas siguen como siempre atisbando por encima
de los Pirineos todos los progresos positivos de E u ro ­
pa, para introducirlos eu la península y hacerlos es­
- 345 —

pañoles» imprimiéndoles antes el honroso sello catalán;


3a« tierras descuidadas de Castilla comienzan a seutir
por todas partes los estremecimientos de la fecundidad,
causados por la nueva, maquinaria agrícola y por la re­
cia actuación de los productos químicos sobre las subs­
tancias terrestres, y se aprestan a demostrarnos una
vez más lo pródigo de su seno nutridor de las hidal­
guías de la raza; a lo largo de las encantadoras rías
gallegas resuena el mágico alalá de las muchedumbres
laboriosas* labrando la redención de las clases opri­
midas a fuerza de grandes propagandas sociales y duro
laborar en todos los órdenes del trabajo, y las mismas
tierras andaluzas pobladas de gentes a menudo exage­
radamente acusadas de holgazanas y de indolentes,
despliegan el paraíso de su fecundidad y exuberancia,
prueba inequívoca de que se derrama mucho sudor so*
bre los hondos su rcos...
... Sí, la anhelada regeneración sorá un hecho. Lo
que hace falta es que lo sea pronto, para lo cual todos
debemos dedicarnos a allanarle el camino al gran esta­
dista que necesita la patria y con el que estamos so­
ñando, hace ya tiempo, todos los buenos españoles. En
España hay aún muchas energías capaces de sacarla
de la postración en que se encuentra; pero esas ener­
gías han menester de un sabio y vigoroso impulso, y
ese impulso sólo habrá de darlo el gran estadista so*
ñado, que no ha de ser ni tirano ni dictador — ya es
pasada la edad de los dictadores y de los tiranos — y
sino un hombre que, empapado en nuestra historia y
en nuestro espíritu, rebose en todas sus empresas es­
pañolismo sano, desposado a un mismo tiempo con el
progreso y con la tradición.
Y aquí no me parece nada descaminado el trazar
unos cuantos rasgos de los que han de adornar al ideal
gobernante español, para lo cual no se tema vaya a
endilgar un resumen d e E l G obernador cristiano en que
desnate la admirable labor ética y literaria del insigne
agustino P. Márquez, pues no juago necesario más que
el apuntar unas cuantas cualidades sugeridas por el
momento, siquiera nada se perdiera con acudir a aque-
— 347 —

lia obra inmortal, donde según nos dice el Conde don


Bernardino de Rebolledo en una especie de poema bi­
bliográfico que es uno de sus Ocios,

F r a y Ju a n Márquez dos forma tan perfeto


G o b ern ad o r p o lítico y c ris tia n o
que a Bodino le pone en gran aprieto.

Como el maestro de escuela debe ser un artista de


hombres y de caracteres* ha de ser et gobernante un
artista de pueblos y de naciones. Su poderoso ingenio
ha de saber troquelar el espíritu de la raza y aun el
espíritu de la tierra, de suerte que tierra y raza se
compenetren mutuamente, constituyendo una nación
robusta y viril que haga advenir tras una edad de pla­
ta una edad de oro, y tras una edad de oro una de dia­
mante. L a prosperidad y el robustecimiento de la pa­
tria sobre una inconmovible base de justicia — que es
la justicia la que ensalza las naciones, ju stitia elevat
gentes — han de despertar en el espíritu de nuestro go­
bernante un apasionamiento que ílegue a fanatismo.
Lo substantivo — la vida próspera y robusta de la na­
ción— no ha de ser jamás inmolado en aras de lo adje­
tivo, así sea esto la vida d© las mismas instituciones, el
sostenimiento mismo del trono.
Una honda preparación cultural que le capacite, no
ya sólo para guiar con viento próspero la nave del E s ­
tado, sino que además le fuerce a amar las ciencias y
las a rte s t y a fomentar cuanto a su desarrollo y a su
florecimiento contribuya, ha de ser uno de los adornos
que más brillen en nuestro hombre, si ha de desem·
pantanar a l a patria, y ponerla a la altura de progre­
siva nación europea.
¿Orador? Sea, pero tal orador que se pague mucho
más de irradiar elocuencia en grandes acciones que en
grandes discursos: la elocuencia de los hechos vale
— 'MS —

siempre, aunque no vaya acompañada de la elocuencia


de la palabra, pero no al contrario. Ha de ser tenaz y
persistente en el trabajo, laborando él y haciendo que
laboren cuantos empleados piíblicos hayan de cooperar
a la realización de sus planes; tendiendo siempre a au­
mentar el presupuesto nacional, pero jamás a expensas
de las riquezas privadas, sino haciendo que el aumento
de las privadas fortunas sea el que vaya empujando
por sí mismo hacia arriba al presupuesto nacional.
Su política ha de ser afirmativa, sin timideces n¡
brujuleos. No bastan las buenas intenciones. Nadie
mejor intencionado que Silvela, y no hizo más que
brujulear, andando siempre a tientas, sin dar con una
fija orientación. Llegaba al poder con sanísimos pro­
pósitos de romper con las corruptelas que se habían
introducido en la administración, y a los primeros
encontrones que se daba con la misma gente de su
partido, se desanimaba, abría su corazón al desaliento,
titubeaba y volvía hacia atrás. Recuerdo haber oído a
D. Alejandro Pidal, hablando de Silvela, que era un
gobernante de buenas intenciones, pero que jam ás rea­
lizaría nada, porque se pasaba la vida arrepintiéndose
al día siguiente de lo que había hecho el día anterior.
Y por eso, sin duda, tomándose la talla a sí mismo, y
reconociéndose impotente para llevar a cabo la bella
regeneración con que soñaba, tuvo aquel rasgo delica­
dísimo y heroico de retirarse para siempre d éla políti*
ca y entregarse a las labores serenas del pensamiento
y de la pluma que hubieran dado sazonados y opimos
frutos, a juzgar por aquellas substanciosas conferen­
cias que dio en el Ateneo, si la suerte traidora no hu­
biese segado, imporcuna, aquella preciosa existencia.
El hombre de gobierno que ha de levantar a España,
ha de ser hombre de rectas intenciones, como Silvela;
pero ha de ser además un hombre de robusta fe en sí
— S4tf —

mismo, y, sobre todo, do robusta fe en las energías del


pueblo español, en las virtudes típicas de la raza, que
si hoy no resplandecen en actos magníficos y consola­
dores, no es por culpa del pueblo, sino por culpa de sus
gobernantes, que no se dan mano más que para subir
y medrar, y brindar ocasiones de medro a los de su
sangre y su bandería, *
JEi pueblo no tiene confianza en ellos, porque sabe
‘muy bien que no la tienen ellos en sí mismos. Se los ve
fluctuar a cada instante en sus decisiones y valerse a
cada triquete de menguadas intrigas de encrucijada,
viviendo más atentos que a las necesidades de la nación
a los intereses de partido, que concluyen por hacerlos
perder todo contacto con el alma del pueblo y hasta con
el mismo sentido m oral,..
De ahí que si a veces surge una voz elocuente en el
Parlam ento, poniendo por cima de todo los altos inte­
reses nacionales y haciendo llamamientos patrióticos a
la conciencia de todos los padres de la patria, se cuchi*
chee por pasillos y salones que aquel diputado se ha
caído de un nido. Guando con más calor y más sinceri­
dad habla, demostrando que le urge el amor patrio y
que no siente otro estímulo que el de satisfacer a su
conciencia, es cuando se le encuentra más candoroso,
por no decir, más ridí.nilo. Sus relámpagos de indigna*
ción generosa quizá son recibidos por la Cámara con
accesos espontáneos de hilaridad Y cuando se muestra
más íntegro, más indomable en su alocución por los
fueros de la patria, es cuando más se le escarnece con
fatídicos augurios sobre su carrera política, que 110
será de medro ninguno personal, porque sólo medran
los de conciencia acomodaticia y los de espíritu flexi­
ble, suficientemente flexible para aplaudir mañana lo
que recriminaba hoy y para anatem atizar hoy lo que
ha de votar y ensalzar mañana, según lo exijan las con
- 3öO —

signas do los jefes de partido y los presidentes de las


diversas fracciones. Preocuparse por España y por los
españoles que le han dado su voto y su representación,
pase, pero solamente a la manera que ciertos médicos
se preocupan por sus enfermos: para vivir de ellos y
hacer granjeria de la enfermedad. Es esa la política que
desde tiempo inmemorial se viene haciendo entre nos­
otros, y España no se levantará de su postración mien­
tras no v^nga el gobernante ideal que ponga punto
redondo a esa política, que no ha hecho más que enve­
nenar a la patria, persuadiéndola al mismo tiempo de
que se la envenenaba para su salvación...
¡Fu era, pues, todo linaje de hombres ávidos de
medros personales! El ideal gobernante de nuestra
patria ha de estar identificado con aquellas palabras
de Joaquín Costa, que no por pronunciadas a raíz de
la pérdida de nuestro imperio colonial, dejan de envol­
ver tan perentoria necesidad como entonces: «No
será ya desde hoy el Poder una satisfacción: será un
sacrificio y una cruz. Quien no siente vocación más
qu** para el Capitolio, quien no vea en el Poder más
que sus esplendores, eso que de ordinario se ha mirado
en él, un instrumento para decorar el miserable minu­
to presente del gobernante; quien no haya de gober­
nar por amor de Dios, puestos los ojos en la fosa y en
el olvido que le aguardan para la hora siguiente, no
nos sirve. Necesitamos en el Gobierno «impersonales»:
Bismarks ingertos en San Francisco de Asís, con más
de San Francisco de Asís que de Bismark» (1).
Ha de ser amante celosísimo de la ley. En el alma
española alienta un innato instinto de indisciplina que
brota de nuestro exagerado individualismo tendiendo
siempre a lo revolucionario y a lo perturbador. Y a ese

(1) Obra citada. pá£. 12.


— 851 —

instinto de indisciplina sólo se le podra extinguir o de­


bilitar, al mismo tiempo qne con difusión de cultura
persuasiva de que la indisciplina engendra siempre el
desorden, con un Gobierno, fuerte amador de la justi­
cia, que sepa aplicar en sazón, y sin miramiento nin~
gimo a amenazas radicales, la vindicta pública que
imponga la ley.
La tolerancia excesiva con el crimen, que no es mil·
chas veces más que una insigne cobardía enfrente de
los criminales, no puede menos de ser castigada de un
modo o de otro por la divina Providencia. Esa toleran­
cia es un crimen, legal, si se quiere, pero crimen; y los
crímenes legales podrán quedar impunes ante los hom­
bres, pero no pueden quedar impunes ante Dios. Yo
soy de los que do creían cobarde a Canalejas, pero sí
tolerantísimo hasta el exceso, con perjuicio manifiesto
de la patria. Aquel hombre que creyó que el arte de
gobernar consistía en pronunciar muy bellos discur­
sos, llegó a sacrificar en los altares del Miedo, parali­
zando la acción de la justicia, aun respecto de crím e­
nes abominables, como los de Barcelona y de Cullera,
razón por la cual ha llegado entre nosotros la justicia
a ser más temida por los buenos que por los malos.
Aquellas atrocidades reclamaban un ejemplar castigo.
Las leyes no se lo infligieron. Y ¿quién sabe? Acaso
aquel perturbado anarquista que en mal hora asesinó
villanísimamente a Canalejas no fue más que un agen­
te policíaco de la misteriosa justicia de Dios.
¡Fu era toda tolerancia indiscreta para con el cri­
men! L a impunidad en qne viven los malos por la t i ­
midez vergonzosa de los representantes de ias leyes es
una de las cosas que mas perjudican a los buenos, se­
gún dijo ya Publio Sirio: bonis nocet quisquís peperce-
rit mális. Y ¡fuera ese miedo vergonzoso al radicalis­
mo que explica esa política enteca y ruin de nuestros
- 352 —

Gobiernos, hecha toda de debilidades y concesiones


que parece haber hecho de la autoridad carnaza para
arrojar en pedazos a los enemigos del orden y de la
justicia! L a mayor parte de los sonoros triunfos obte­
nidos por Lerroux, el satisfecho jefe de los «jóvenes
bárbaros», no tienen más explicación que la servil y
lacayuna lisonja de nuestros gobernantes ante lo que
llamó Mella, «¡su Majestad el Miedo!* (1).
— ¿Que habríase menester de verdadero heroísmo
para hacer respetar los eternos principios de justicia,
de los cuales parecen haberse divorciado del todo cier­
tas masas radicales? Recuérdese el relato horripilante
que (xanivet decía haber leído de niño. Nos habla de
un padre que iba en un trineo con cinco de sus vásta-
gos. Una manada de lobos los acuciaba de cerca. La
salvación no era posible sino mediante una determina­
ción heroica. Y el padre, a fin de salvarse a sí mismo
y a cuatro de sus hijos, arrojó al más pequeño de los
cinco a los lobos para que se entretuviesen en dispu­
tarse la presa, y , entre tanto, ponerse 61 y los otros
cuatro niños en salvo, Algo semejante a lo que hizo
Gnzmán el Bueno eq. Tarifa. ¿La substancia del cuen^
to ?L a da el propio Ganivet, que concluye así su rela­
to: «en presencia de la ruina espiritual de España, hay
que ponerse una piedra en el sitio donde está el cora­
zón, y hay que arrojar aunque sea un millón de espa^
ñoles a los lobos, si no queremos arrojarnos todos a
los puercos.» Y lo mismo que Ganivet pensaba Costa

(1) Esto de rendir pleitesía al miedo es mal crónico ya entre nos­


otros. D iscutía en cierta ocasión Narváuz con la Reina-G obem a-
dora Doña Cristina, a propósito de ciertas medidas que ésta quería
adoptar, y como el intrépido General replicase que lo que élla pro­
ponía era obra del canguelo: — ¿Quién es Don Cangnelo?—interrogó
la R eina enojada·
—El miedo. Señora, el miedo--.
— 353 -

cuando tan a menudo hablaba de ^extirpaciones cruen­


tas del mal y de los malos», de «hundir el cuchillo en
la gangrena hasta el mango», y de imponer «por el
hierro y el fuego» una disciplina social que nos sacase
del pantano de miserias en que nos habíamos su­
mergido.
Lo que se hace con un individuo cuando está enfer­
mo, eso mismo hay que hacer con una enferma socie­
dad. Se inquiere la cansa de la dolencia y se procura
extirparla; se busca el foco de infección, y se lo saja o
se le amputa. Y así el individuo recobra su mermada
fuerza y su salud perdida, y aun las vigoriza y acre­
cienta, desbordándose al exterior en vitales energías
fecundadoras. E so, ni más ni menos, es lo que hay que
hacer con el organismo social de nuestra patria. En
España todo el mundo señala, como con el dedo, las
crónicas dolencias que nos degradan y nos postran;
todo el mundo sabe que la inmoralidad administrativa
en la distribución de cargos y de disfrutes es una de
las llagas que más desangran y debilitan nuestro o r­
ganismo nacional, excitando a unos al más profundo
asco de la república y al más apartado alejamiento de
la política, en tanto que espolea a otros a la rebeldía
y al amotinamiento, y esa llaga cada día se encona más,
ensanchando sus labios lívidos y cancerosos; todo el
mundo sabe que el caciquismo es un absceso de baja
índole que consume la mayor parte de las energías de
los pueblos, lanzando en 'las caídas de un Gobierno y
en el advenimiento al Poder de un nuevo partido, a
unas muchedumbres contra otras, dándose no raras ve-
oes el espectáculo de ver al pueblo en batalla campal
con la fuerza de orden público, y aquel absceso cada
día aglomera más pus, sin que, quien debe, se preocu­
pe por extirparlo de nuestro organismo; todo el mundo
sabe que el procaz libertinaje de cierta prensa — la
23
- 351 -

que más ruido levanta de curación y de regeneración—


es otro de los profuudos quistes sociales que nos co­
rroen y nos encanijan, y el libertinaje sigue, cada v$z
más insultante y blasonador, sin que nadie piense en
abozalarlo como se debe abozalar a todo lo que muerda
y envenene.
Cuando el imperio romano se deshacía en pedazos,
azotado y sacudido aquí y allá por las invasiones de
afuera y por los vicios de adentro, un sacerdote de elo­
cuencia fogosa, en quien parecía vibrar a una el acento
de Isaías y de Jerem ías, Salviano, en un libro admira-
ble, De Qiibernatione D e i , donde hace ver, corno San
Agustín, que todos aquellos tremendos castigos venían
de la mano de Dio?, ponía en boca de aquellos envile-
cidos romanos estas palabras: S ecam u r, ú rin iu r , non
sa n a m u s... He ahí la frase de hierro enrojecido que
habrá de alejar de nuestros labios el ideal gobernante
español, hacieudo que las actuales cortaduras y que**
mazones con que nos castiga el cielo, nos sirvan de
salvadora medicina. Y entonces y sólo entonces se ini­
ciará entre nosotros una verdadera política nacional,
que sólo ha de consistir en laborar sin descanso, re ­
constituyéndonos interior y exteriormente, para ver
de labrar la ventura del pueblo y el engrandecimiento
de la patria.
¿Dónde está ese ideal estadista español? Nos está pa­
sando lo que a los judíos. En medio de las actuales di­
ficultades que entenebrecen el horizonte de nuestra
existencia nacional, poniéndonos en trances de agonía
y haciéndonos clamar por un Mesías que nos salve, ten­
demos hacia todas partes los ojos ansiosos, siu que
nuestro espíritu se aquiete, viendo lucir por algún
punto auroras de esperanza, cuando se nos puede decir
lo mismo que se les decía a los judíos: «Aquel a quien
buscáis está con vosotros.» Sí, quien nos ha de salvar
— U55 —

restituyéndonos a la vida, a una vida fuerte y viril,


está en medio de nosotros: es el espíritu clásico espa­
ñol, limpio de toda la costra de liberalismo que le des-
figura y le enerva, con su sentimiento típico del ho­
nor, con sus vivísimas creencias cristianas, con su apa­
sionamiento de enamorado de todo lo que signifique
gloria, arte, cultura, genialidad, y con su potente irra­
diación patriótica que se tienda como red invisible de
llamaradas de amor qno nos ensamble a todos y haga
un solo español de todos los españoles. Sí, ese ideal
gobernante está entre nosotros y no falta para ponerle
al frente de nuestros destinos más que una sacudida
violenta de nuestra pernza, de nuestra atonía, de la
pereza y da la atonía de esas masas ueutras católicas
que se recogen, cobardes, en el interior de sus mora­
das, quizá a orar y a darse golpes de pecho, cuando lo
que urge es que salgan a la plaza publica y se agirán y
laboren y se arriesguen a sufrir los azotes de Ja flage­
lación, atadas a la columna, y aun a subir, si preciso
fuese, la cuesta del Calvario (1),

(1) Se ha hablado mucho de las masas neutras. Esas masas neu­


tras existen y forman como una tercera España. que ni siente entu­
siasmos por la m onarquía, que cada día nos empobrece y achica
más, ui por la revolución, que no ha traído consigo nunca más que
desórdenes y depredaciones en nuestra patria. Esas masas neutras
.son indudablemente conservadora* porque lo malo conocido les hace
temer lo peor por conocer; pero el día que surja nn gobernante pa­
trio ta que se sienta con fuerzas para hacer una revolución verdad
que transforme a España, las masas neutras le seguirán aclam ándo­
le 3' prestándolo guardia de honor en todas sus empresas. Surja ese
ideal gobernante y se verá que es una verdad palmaria lo que afir­
mo. Venga ese gran gobernante que esté por cim a de toda cías« de
ambiciones y de in trigas, y cuyas altas y patrióticas convicciones
sean siempre la inspiración de sus ideales políticos, limpios absolu­
tam ente de egoísmos y de concupiscencias, y se verá cómo se inicia
un vigoroso movimiento de opinión popular que sacuda la apatía de
las masas neutras, haciéndolas colaborar en la obra de regeneración
patria, siquiera haya de ser necesario despilfarrar heroísmo.
— B56 —

Si se quiere la salvación de España, no hay má


remedio que volver a erigir en nuestro gobernante 1
en nuestro estadista al espíritu netamente español. Es<
espíritu español encarnó una vez en una mujer, >
aquella mujer fue el mejor re}7 que ha tenido España
Piénsese en el lastimoso cuadro de la Castilla de Enri
que el Impotente, agotada, desmoralizada, podrida pr:
los gobernantes y por el caciquismo feudal de entor-
ces, y véasela surgir, como por ensalmo, gracias a la
providencias de la Reina Católica, en aquella Castilla
rica, poderosa, regenerada* que tanto entusiasmaba ;·
Hernando del Pulgar y que le hizo decir qae aque,
cambio repentino no podía haberse obrado sino pov
milagro: «Previsión fue, por cierto divina, fecha de k
mano de Dios, e fuera de todo pensamiento de h om es.■
¡Qué revolución más radical y más amplia la llevada
a cabo por aquella mujer para hacer robusta y podero­
sa a España! En el mismo año de su elevación al trono
introdujo ya en sus dominios la imprenta, fomentando
el establecimiento de tipografías, favoreciendo la in­
troducción de libros y eximiendo de toda clase de alca­
balas todo aquello que contribuyese a hacer a los es­
pañoles cultos y letrados. No solamente mandaba a es­
tudiar enel extranjero a los profesores españoles, como
los grandes humanistas Antonio de Lebrija y Aria?
Barbosa, sino que procuraba atraer y nacionalizar en
Castilla a sabios extranjeros como Pedro M ártir de An.
glería y Lucio Marineo Sículo, y concedía toda clase
de facilidades para que su director espiritual, el gran
Cisneros, fundase Universidades como la de Alcalá y
acometiese obras gigantescas como la asombrosa edi­
ción de la Biblia Políglota* En su propio palacio creó
la gran Reina una a'cademia, donde ella misma se cons­
tituyó en discípula de la célebre doña B eatriz G-alindo,
donde hizo que sus propios hijos aprendiesen humani-
— 357 —

dades de los insignes Griraldinos y del sabio catedráti­


co de la Universidad de Salamanca F r . Diego de Deza,
declarando obligatoria la enseñanza de las artes libe­
rales a todos los que habían de formar su corte, con lo
que consiguió que los nobles que antes sólo sentían
apasionamiento por la carrera de las armas, se apasio­
nasen asimismo por los estudios y por las letras.
Aquella Reina incomparable recorría a caballo sus
Estados y reunía a prelados, a magnates y a pecheros
y administraba justicia por sí misma, realizando ia
mirífica empresa de Don Quijote de ir de ciudad en
ciudad y de alfoz en alfoz enderezando entuertos y
castigando a malandrines, logrando en pocos lustros
limpiar de injusticias y de tiranuelos la tierra caste­
llana, atreviéndose lo mismo con alcaides de fortaleza
que con maestres de las Ordenes militares, lo mismo
con aristócratas que con prelados. Lo romancesco más
ideal y sublime llegaba a ser en aquella mujer una pu­
rísima realidad. Ved un hecho admirable del espíritu
cié justicia con que obraba aquella mujer y que inspiró
a Costa uno de sus párrafos más elocuentes y jugosos.
El prócer D. Fadrique, sobrino de D. Fernando, su
esposo, e hijo del alm irante, había apaleado a un señor
con quien, días atrás, había tenido una pendencia y a
quien le había garantizado el seguro la propia Isabel
de Castilla, huyendo después de perpetrado el apalea­
miento al castillo de Simancas, temiendo que inmedia­
tamente lo supiese 3a Reina. En efecto, inmediatamen­
te lo supo e inmediatamente montó a caballo, y, en
medio de amenazadora tempestad, que estalló deshe­
cha j en seguida, galopó tras él, sin avisar a los oficiales
de su escolta, que ya no la pudieron alcanzar cuando,
habiéndose enterado, salieron a todo correr tras ella.
De regreso a Valladolid hubo de guardar cama, por
«fecto de la mojadura y del natural enojo con que tuvo
— S58 —

que castigar a quien se había atrevido a menosprecia


su palabra regia; y como le preguntasen qué sentía
respondió: «Duéleme el cuerpo de los palos que di<
ayer D. Fadrique contra mi seguro.»
Aquella caballeresca persecución del procer, infrac
tor de la ley, y aquella galana manera de hacer suyo
los agravios a sus vasallos, entusiasmaron a Costa has
ta el punto de inspirarlo este panegírico, el mejor qn
pueda hacerse de un rey o de un jefe de gobierno:
hay, ni en el mismo mundo del arte, figura que encarn;
y simbolice tan hermosamente la justicia en acción
blandiendo su espada, dando condiciones de existencia
a las sociedades humanas, animando con una centell;
divina el alma humana y transfigurándola, como l·
adorable figura de esa mujer, cruzando rauda los cam
pos de Castilla, sin otra compañía que la tempestad, ei
seguimiento del soberbio menospreciador de la ley
transgresor del orden social, a quien va a encerrar lm
estrecha prisión, aunque es hijo de un magnate y so
brino de su marido; el Cid Campeador de las Crónica?'
y del Romancero, augusta personificación de la ley,
tomando en Santa Gadea el juramento de purificacior
al rey Alfonso, acusado por el rumor popular de fratri
cidio; Alfonso el Emperador, cabalgando día y noche
desde Toledo a Galicia, para castigar a un infanzón
por haber despojado a un labriego, en el romance de
Sepúlveda y en el drama de Lope de V ega; la santa y
luminosa figura de Don Quijote, derramándose por d
mundo para proteger a los desvalidos y menesterosos,
vengar a los oprimidos, reprim ir a los malhechores y
soberbios, reparar el orden social, hacer reinar la jus-
ticia en el mundo; todos esos símbolos, todas esas en­
carnaciones obradas en la fantasía del pueblo y en le
de sus ministros los hijos de las musas, donde la idee
del derecho alcanza su más alto grado de condensa­
— B í) -

ción, sublimada al contacto de la belleza, sin duda nin­


guna se acercau, pero sin igualarlo en color, en realis­
mo, en movimiento y plasticidad, a aquel esplendoroso
minuto de la vida de la gran Reina, acabado retrato de
su obra» (1).

* * *

He llegado a la cumbre, adonde me había propuesto


llegar para hac-er patente que el mejor gobernante de
España ha de ser el genuino espíritu español, según lo
encarnó Isabel de Castilla, que debe ser el ideal de to­
dos nuestros gobernantes y la adoctriuadora de, todos
nuestros gobiernos. Es, como se ve, obra de restaura­
ción, de hispanización, la que hay que hacer en
España.
Cuando Cicerón, en las profundidades de su espíritu,
de cuando en cuando sacudidas por el llamear de su
genio, sentía que la Roma de sus encantos y de sus
amores había comenzado a resquebrajarse y amenaza­
ba irse abajo con toda su estructura maravillosa, ideó
aquella su obra m aestra de la R epública , en la cual
aparecen dialogando sobre la mejor forma de Gobier­
no Lelio Scévola, Escipión Emiliano y otros sus con­
temporáneos de los más ilustres, quienes comparan a
la Roma que ya amenazaba ruina con la Roma vieja,
austera y virtuosa que había comenzado a declinar con
la muerte de los Gracos. E sta Roma era el ideal de
aquellos grandes hombres, y era también el ideal de
Cicerón, quien, para defenderla y ensalzarla, hace ha­
blar a Escipión y a Lelio un lenguaje elocuentísimo,,
poniendo en sus labios períodos ondulantes y sonoros
que pasan ante la imaginación del leyente como un
caudal luminoso de, en general, nobles y sanas ideas,

(1) Obra citada, págiaas 839 y 340,


- 360 -

que parecen irse remontando hasta esfumarse en aquel


sueño de Escipión, cuando, en su primera expedición
al A frica, y a tiempo que dormía en )a hospitalaria
mansión de Masinisa, se le apareció su abuelo E sci-
pión el Africano, arrebatándole su espíritu por los es­
pacios estelares, haciéndole saborear la armonía de
los mundos y comprender por aquel gran espectáculo
el mísero aprecio que debía hacer de las cosas perece­
deras de la tierra, y cómo no había de ambicionar más
gloria que la de la virtud y la de !a inmortalidad, patri­
monio de las grandes almas.
Pues bien, algo así — es claro que sin la pretensión
de escribir literatura radiosa como la de los diálogos
ciceronianos— he querido hacer yo, remontándome,
por entre el híspano desbarajuste, minador de nues­
tros prestigios y nuestras glorias, y a menudo sugeri­
dor de horribles pesadillas en que nos parece oir algo
sonante a resquebrajaduras y hundimientos, a aque­
lla monarquía de genuina cepa castellana, embellecí -
da por las virtudes augustas de nuestras personalida­
des de entonces, mucho más que lo había sido Roma
por las virtudes de sus Escipiones y de sus Grracos. Y
en ello creo sinceramente haber secundado las aspira­
ciones legítimas ele nuestra nación anhelosa de que la
política de nuestros Gobiernos se enderece por loa de­
rroteros castizos de tiempos mejores, poniendo a lo
nacional por cima de todo lo político y por cima de lo
nacional a la ley eterna de Dios, no para aminorar la
autoridad legítim a de Estado, sino para espiritualizar*
la haciéndola más robusta y poderosa* purificándola a
un mismo tiempo del laicismo sectario y del despotismo
maquiavélico, que intentan hacer prevalecer su' dere­
cho irrisorio contra los eternos principios divinos como
si fuera posible derecho ninguno contra Dios.
Y ahora ¡que torne a mandar en España el espíritu
— 86 L -

español puro y genuino! ¡Que vuelva a espiritualizarse


nuestro poder mostrándose verdadera emanación divi­
na, según el principio de San Pablo, non est potestas
n iñ a Deo, no hay potestad que no venga de Dios! Y
como en tiempo de la Reina Católica merecimos descu­
brimientos de mundos materiales que serán blasón
eterno de nuestra raza, mereceremos luego descubri­
mientos de mundo? espirituales que nos colmen de
bienestar y sean inequívoca prenda de un general re ­
florecimiento de virtud, de cultura y de poderío,
xxiii

II guisa de epílogo.

El progreso y la tradición-—El catolicism o y la prosperidad de Espu­


ria.—¡Fu era todo pesimismo]—H acia uua nueva reconquista.

E n España hace ya mucho tiempo que se esta per­


petrando algo así como un suicidio nacional, porque es
un Estado suicida el que atenta contra sus propias ins­
tituciones, y entre nosotros se está atentando contra
nuestras instituciones más augustas y más santas, has­
ta el punto de temerse que haya de llegar el tiempo en
que sólo el error y la impiedad puedan ser los temas
obligados de las predicaciones públicas y de ningún
modo la doctrina redentora de Jesús, que es la que
por mandato divino se debe predicar hasta sobre las
techumbres, supevtecta.
L a opinión pública, secuestrada por un cacicato in­
fame de la Prensa, viene siendo entre nosotros una
fiera carnívora a quien los Gobiernos alimentan a rro ­
jándole, cada vez que ruge airada, carne de principios
y piltrafas de instituciones. L a tempestuosa elocuencia
demagógica que Tácito con su léxico de acero bruñido
llamaba «alumna de la licencia que dicen libertad los
estultos, amiga de sediciones y acicate del pueblo des­
enfrenado», y de la cual asegura que no surge en las
— 3653 -

sociedades bien constituidas, quae in bene constitutis


civitalibus non oritur (1), es la que se ha arrogado el
poder moderador y la que impone vetos a capricho su­
primiendo de la política a los únicos varones de inte­
gridad y de incorrupción que podrían enaltecer el
nombre de España, Con el sufragio de las ignaras mu­
chedumbres se juzga omnipotente, y ese sufragio lo
tiene siempre porque sabe hipnotizarlas con un solo
grito, con el embriagante grito de libertad. Y a lo dijo
Bossuet con frase elocuente en aquella su magnífica
Oración fú n eb re de Enriqueta de Fran cia, donde tan
de mano m aestra pinta las revueltas inglesas, durante
el reinado del infeliz Carlos I: «quand une fois on a
trouvé le moyen de prendre la multitude par Tappát
de la liberté, elle suit en aveugle, potirvu qu’ elle en
entende seulement le nom».
Nuestros Gobiernos no se quieren convencer de que
en España no estamos todavía en condiciones de vivir
en la libertad ilimitada en que se quiere vivir; de que
nada ha hecho tanto daño a nuestra patria como el
ambiente excesivo, demasiado intenso de libertad.
Porque la libertad crea un ambiente demasiado recio
que sólo pueden respirarlos espíritus bien nutridos de
cultura, y aquí aun estamos muy lejos de esa cultura
anhelada. Poned a un aldeano que nunca haya salido
de su aldehuela en un baile tumultuoso de aristocráti­
co salón, y temerá asfixiarse en aquella atmósfera sa ­
turada de refinamientos. Pues algo parecido nos está
sucediendo a nosotros: nos estamos poco menos que
asfixiando en una atmósfera saturada de libertad.
Enhorabuena que sean muy liberales nuestras leyes,
pero con un liberalismo que se armonice con nuestro
estado de cultura, y que no pugne con el espíritu de

(1) De Oratoribus, parr. X L .


— ¿64 -

nuestra tradición* A Solón, uno de lo» siete sabios de


Grecia, lo preguntaron un día si las leyes que había
dado a los atenienses eran las mejores leyes, y el sabio
contestó: «las mejores que podían recib ir*. He ahí lo
que deben hacer nuestros legisladores: no sólo abste­
nerse de buscarnos leyes extranjerizas que trascien­
dan a anarquía e irreligión — que es lo que hacen—
sino también leyes que puedan ser muy perfectas, teó­
ricamente consideradas, pero que todavía no estamos
en condiciones de recibir. Mi gran Padre Sau Agustín,
comentando aquella frase que por Ecequiel dice a los
hebreos la E tern a Sabiduría: «os he dado unos precep­
tos que no son buenos», dice que les dió p ra ecep ta
tempori personifique congruentia (1), preceptos que es­
taban en consonancia con las personas y con los tiem­
pos. E sa, esa es la sabiduría que debe inspirar a nues­
tros legisladores.
El espíritu de verdadero progreso no es nada opues­
to al espíritu de nuestra tradición, porque el espíritu
de progreso, amaiite de las grandes conquistas, no
desdeña los camiuos viejos por donde se ha comproba­
do con la historia en la mano, que se va a la gran ­
deza y al poderío. Sólo por los caminos de antigua
grandeza podremos los españoles llegar a un noble y
honroso mañana, tan honroso y tan noble como nues­
tro ayer. «Cuanto en España se construya con carác­
ter nacional, debe estar substentado sobre los sillares
de la tradición. Eso es lo lógico y eso es lo noble, pues
habiéndonos arruinado en la defensa del catolicismo,
no habría mayor afronta que ser traidores para con
nuestros padres, y añadir a la tristeza de un venci­
miento, acaso transitorio, la humillación de som eter­
nos a la influencia de las ideas de nuestros vencedo·

(1) San A gustín. Epístola I i X X X I I


- —

res» (1)- Así hablaba, Granivst, Y bien que yo le juzgue


equivocadísimo en lo de pensar que España se arruinó
por defender el catolicismo (2), pues bien claro de­
muestra la historia que cuando España comenzó a
arruinarse fue cuando comenzó a resfriarse en la fe
heredada, y sobre todo cuando se dio a volterianizar
y a perseguir más o menos solapadamente a la reli­
gión, si, pienso con el que debemos perseverar en
nuestro tradicional espíritu religioso, en nuestro in­
conmovible catolicismo, que es la única religión ver­
dad y la única que puede hacer grandes, con grandeza
ennobiecedora, a los individuos y a los pueblos.
Sin orden social no se puede dar en un pueblo posi­
tiva y sólida grandeza, y el orden social no puede sub­
sistir sin la religión. «Tout se tourne en révoltes et
en pensées séditieuses quand Pautorité de 'la religión
est anéantio», dice Bossuet en la elocuentísima Ora­
ción fúnebre antes citada, todo se convierte en tumul­
tos y en sediciones cuando se aniquila la autoridad de
la religión. ¡Oh cuán a maravilla explica esta sola
frase lo que desde hace años está sucediendo en nues­
tra pobre España!
Yo bien sé que anda muy valida la idea de que nues­
tra religión es algo que se opone al patriotismo, al re­
cio y vigoroso desenvolvimiento de una nación, pero
nada más opuesto a la verdad. Ya el propio Montes-
quieu dejó refutada esa paradoja, tan destituida de

(1) Idearium E sp año l ps* 29 y 30.


(2) Ni Felipe II, ni Carlos V arruinaron a España, por más que
uno y otro hubiesen tenido sus descalabros y sus derrotas, ni mucho
menos la arruinaron los Reyes Católicos, que fuudaron la unidad
nacional y escribieron nuestras páginas históricas más refulgentes,
ni mucho menos aun los grandes héroes de ha Reconquista, aque­
lla lucha secu lar por el catolicism o y por )a P atria, durante la cual
escribimos con sangre, a lo largo del solar español, una admirable
grandiosa epopeya.
- 3<»i¡ —

fundamento. Había dicho B ayle, sólo por difamar al


catolicismo, que con verdaderos cristianos de ningún
modo podría subsistir un Estado, y le replica su com-
patriota con un gran fondo de buen sentido: «¿Y por
qué no? Ellos serían ciudadanos perfectamente poseí­
dos de sus deberes, y tendrían grandísimo celo en cum ­
plirlos. «Plus ils croiraieut devoir á la religión, et plus
lis penseraient devoir a la patrie* (1). cuanto más cre­
yesen deber a la religión, tanto más pensarían deber
a la patria.
Los buenos ciudadanos han sido siempre los ciuda­
danos más pacíficos y amantes del orden, «Si ahora
tienes menos enemigos — decía ya Tertuliano al Em ­
perador— eso proviene del crecimiento de los cristia­
nos, de que en la mayor parte de las ciudades cuentas
ahora casi tantos cristianos como habitantes» (2), ¡Oh
con cuánta justeza pndo decir San Agustín que la obe­
diencia a la doctrina de Jesucristo sería para la R e­
pública «la causa más poderosa do su prosperidad»! (3).
¡Menoscabar nuestra religión el poderío y la virilidad
de los Estados! El catolicismo es una fuerza que tiende
siempre a ir al frente de los individuos y de los pue­
blos para dirigirlos hacia la realización de grandes
ideales de justicia* y no sólo para dirigirlos, sino tam ­
bién para tirar por ellos del mismo modo que se tira
de la brida de un caballo noble y brioso. «Sin la ju sti­
cia, dice San Agustín, no son los imperios otra cosa
que grandes partidas de bandidos* (4). Y Cicerón for­
mula así, en su libro de la República, uno de sus
grandes decires, que debía copiarse con letras de oro al
frente de todas las constituciones: «por la justicia ab­

(1) Montesquí^n. Fjsprit. de.s L ois, L, X X IV , c. YI.


(2) Tertuliano. Apolo^., y ;i7.
(3) San A g. K pist. 13S.
(i) De C iv . D e i L. IV, c. IV.
- - ¿)f>7 —

soluta y sólo por ia justicia es como pueden ser go­


bernados los Estados». Y ¿quién inculca y predica la
justicia con más fuerza que nuestra sagrada religión?
La grandeza y la virilidad de un pueblo lae constitu­
yan principalmente la honradez y la nobleza de los
ciudadanos, de igual modo que constituyen su debili­
dad y su ignominia !a vileza y la corrupción de los
mismos. Los Estados no son ahembrados y débiles
más que cuando la plebeyez y el avillanamiente se­
ñorean el corazón de los hombres. No fueron los ma-
cedonios los que sojuzgaron a Grecia; la sojuzgaron
*us propias li vianda/les dionisia-cas y sibaríticas. No
fueron los bárbaros de G-ermauia los que destruyeron
el imperio de los Césares: lo destruyeron los bárbaros
de Rom a. ¿Y quién estigmatiza el vicio y la barbarie
con más energía que la religión?
¿Y por qué nuestra religión había de imposibilitar
la grandeza y el florecimiento de las naciones? ¿Y por
qué había de ser adversa al augusto sentimiento del
patriotismo? Nuestra religión es católica, y nada tie­
ne que ver con el francés. ni cou el alemán, ni con el
ruso, ni con el japonés, ni con el yanqui, ni con el espa­
ñol. Nuestra religión se dirige al hombre, viva él don­
dequiera que viva, y pertenezca a la raza que perte­
nezca. E l cristianismo no es algo nacional* sino mun­
dial. Todas las naciones pueden ser católicas sin detri­
mento ninguno del respectivo nacionalismo, como to­
das ellas participan de la luz del mismo sol que escla­
rece sus respectivos horizontes y fecunda sus respecti­
vas tierras y viste de flores sus respectivos campos.
Gladstone, Bism ark y Cánovas del Castillo acudiendo
al inmortal Pontífice León X I I I en busca de inspira­
ción y de consejo para zanjar disturbios y conflictos
interiores y exteriores, sabían muy bien que de las al­
turas del Vaticano no habrían de descender a ellos bru­
— oG8 —

mas de antipatriotism o, y sí sólo rayos de divina luz.


Claro que, cuando el Estado ordena algo contra
poder divino de la Iglesia, los buenos católicos mues­
tran la fortaleza de su virtud, obedeciendo a quien de­
ben obedecer; pero no es que el amor a la Iglesia $*a
opuesto al amor a la patria; que ambos amores son
santísimos y ambos brotau de la misma naturaleza y
tienen por causa primera a Dios: es que el Estado des­
deña el poder de la Iglesia legislando en contra de lt ^
principios cristianos y saliérrlose de sus racionales li­
mites, Y eso 110 puede ser consentido por los puebl· -
cristianos: se ha de obedecer a Dios antes que a h *
hombres, Sería un crimen substraerse a las leyes divi­
nas, para sujetarse a las leyes humanas. Contra Jas le*
yes de Jesucristo ningún poder humano puede justa
mente legislar. «No están sujetas a la potestad impe­
rial las cosas divinas« (1), dice San Ambrosio. Y Sa:i
Agustín, que recomendaba a sus fieles que pusiesen
sobre el amor de sus propios padres el amor de la pa­
tria, de suerte que cuando hablasen contra ella no fue­
sen oídos, decía también que sobre el amor de la patria
había que poner el amor de Dios, de suerte que, cuan
do contra Dios hablase, no fuese oída (2). Cuando J u ­
liano el Apóstata, que era un emperador desleal a
Dios, un pervertido, un idólatra, ordenaba a sus solda­
dos cristianos batallar contra una nación enemiga, le
obedecían prontos y se batían como bravos; pero cuan­
do les ordenaba quemar incienso y doblar la rodilla
ante los ídolos, entonces desoían los mandatos impe­
riales y ponían por cima del Imperio a Dios* L a con­
ciencia tiene aus derechos que están por cima de todas

(1) San Ambrosio, Epiat. 20, 8.


(2) M ajar sit p a t r ia el ip sis p a reiitib u s tais, ni quidquicl jusseviitf
p á ren le s contra pnt-riam·. ibón an diatiin r. R t qn id qm d jnsscrit p a t r ia
contra non a itd iatn r . S an Agustín. Serm o (¡2.
- 370 —

hay en nuestra historia de grande, de caballeresco, do


sublime, se )o debemos todo, absolutamente todo, a!
catolicismo, desde el hecho mismo de ser nación, hasU
el de haber sido la nación más poderosa de la tierra,
que para dar holgura a su gloria, que ya no cab;a
en el mundo conocido, hubo de descubrir un Nuevo
Mundo?
Ni Cartago ni Roma habían logrado con sus m a t a n ­
zas y con sus tiranías que los españoles se uniesen y
formasen una nacionalidad que se apercibiese para re­
chazar los ultrajes extranjeros. Se vió caer a Sagunl.o.
se vió caer a Numancia, y los españoles proseguían \i·
viendo en regionalismos aislados, en tribus indepen­
dientes entre sí, sin lazo alguno de entronque ni geo­
gráfico, ni étnico, Ni aun después de ser colonia roma
na, fue España una. Los astures y los cántabros pro­
seguían siendo más ó menos insurgentes y las relacio
nes entre una y otra región no existían, ni aparecía
por ninguna parte un atisbo comunista de raza. Veías*1
claro que no había fuerza ninguna natural, por a r r o ­
lladora que fuese, que pudiera hacer una masa com­
pacta de la gente española. Pero vino el catolicismo y
se hizo como por ensalmo el milagro de una m a r a v illo
sa unidad. Los españoles se sintieron unos, A pesar de
las cadenas de montañas que dividen nuestra nacían
en regiones aisladas e independientes, con climas dis­
tintos, con producciones distintas y aun con tenden
cias étnicas distintas, debido a la diversidad de razas
que, en tiempos remotos, arribaron a nuestro suelo,
atraídas por la leyenda griega que ponía en España
los Campos Elíseos, los españoles fuimos unos en sen­
timientos y en aspiraciones, cuando la religión iuó el
poderoso vínculo de oro que identificó nuestros espíri*
■tus, insufló nuestras empresas y unificó nuestras ener­
gías. El sentimiento religioso salvó cordilleras y mou-
- 1)71 -

tañas y borró diferenciaciones étnicas. Y es que la


anidad de un pueblo es imposible sin la fusión de los
espíritus, y que éstos sólo se funden al fuego divino de
las creencias que penetran hasta lo mas recóndito de
las almas y las fuerza a sentir unos mismos sentimien­
tos y a moldearse en unas mismas formas y a repre­
sentar unas mismas aspiraciones y a tender hacia unos
mismos ideales.
Nosotros no tenemos una epopeya propiamente di­
cha; no tenemos una IU a d a , ni una E n eid a , escritas en
versos inmortales» rebosantes de numen creador; pero
es que no nos hemos parado a cantarla, porque nos ha
gustado mucho más vivirla* Ni Grecia vivió su Ilíada,
ni Roma vivió su Eneida, como nosotros vivimos la
Reconquista, esa epopeya de carne y de sangre, la más
real de todas las epopeyas, y que es una epopeya de
siglos que pasan asombrados de ver tanto derroche de
bravura y tanto despilfarro de heroísmo, todo al amor
de la Cruz que se yergue luminosa en el primer canto
que resuena sobre la cumbre del Auseva y, luminosa,
aparece luego en todos los demás que resuenan conse­
cutivamente sobre las cimas del Moncayo y sobre las
Navas de Tolosa, en las márgenes del aurífero Tajo,
-en las bravas riberas del Ebro, en las encantadas ori­
llas del Guadalquivir y, luminosa» irradia finalmente
en el último canto que se entona en Santa F e , y que
concurren a hacer más resonante y grandioso los sus­
piros moros de Granada, y que es al mismo tiempo
preludio de otra epopeya no menos grande— la verda*
dera Odisea española—que también vamos a vivir,
sitmpre también al amor de la Cruz, y cuyo primer
cauto va a ser el descubrimiento y la conquista de un
Nuevo Mundo.
Estamos en plena edad caballeresca y heroica, tan
heroica y caballeresca como la edad del mismo Cicf,
— 8 (2 —

cuando ]& religión* templando la entereza de caráctd


de aquel hombre, le llevó a exigir juramento a su pro
pió rey y a blandir con bravura invicta su tizona, de
boladora de reinos y conquistadora de tronos, y a au­
reolarse la frente con una aureola de santidad que
hizo que juios mismo le tratase con respeto y no le en­
viase la muerte, siu habérselo antes comunicado pnr
medio de un mensajero, y nada menos que el Príncipe
de los Apóstoles. Sí, estamos en plena edad caballeres­
ca 3r heroica en que España parece celebrar sus bodas
de oro con el catolicismo, y aquí voy á dejar la palabra
a Roosevelt, al célebre ex-presidente de la gran Re­
pública de los Estados Unidos, que, con la espada en 1a
mano, luchó contra nosotros en el oriente de la gran
Antilla. Oid a un protestante hacer justicia a la reli­
gión católica, reconociéndola y todo «directa intérpre­
te de las enseñanzas del Redentor». «Ella, dice, inspiró
aquella espléndida floración del tiempo de los Rej'es
Católicos, de energías intelectuales y morales más
exuberantes que las de aquellos bosques vírgenes de
esta Am érica, de aquellos frutos sazonados del siglo
de oro español; ella creó el carácter español, superior
al espartano, robusto y viril, noble y generoso,’grave,
valiente hasta la temeridad; los sentimientos de aque­
lla raza potente de héroes, sabios, santos y guerreros
que nos parecen legendarios, de aquellos corazones in­
domables y de aquellas voluntades de hierro, de aque­
llos aventureros nobles y plebeyos, que en pobres bar­
cos de madera corrían a doblar la tierra y a ensanchar
el espacio, limitando esféricamente el globo y comple­
tando el planeta, abriendo al través del Atlántico nue­
vos cielos y nuevas tierras, donde los ríos son mares
y el territorio integra un mundo, iluminado por as­
tros que no soñó Tolomeo; ella movió a esa raza espa­
ñola que ha hecho lo que ningún otro pueblo: descu:
- 373 ^
brir un mando y ofrecérselo a Dios que se le concedió,
a Dios como altar y como trono; fué un fraile, Las
Gasas, el que inspiró las'L eyes de Indias, paternales
para que los españoles con la transfusión de su sangre
y de su fe, implantaran una civilización muy distinta
a la de los otros pueblos conquistadores, que matan y
esclavizan razas, como han hecho los franceses y los
ingleses y nosotros mismos con los indios en Norte
América, y están haciendo los ingleses en la India y
los alemanes en Africa»* ¿Verdad que en este párrafo
frondoso y bravio ■ —lo he tomado de E l Correo E sp a ­
ñol— hace cumplida justicia a España y al catolicismo
el gran cazador de leones y de hipopótamos?
Y si de los agitados campos de conquistas y de com­
bates pasamos a los serenos y fecundos del pensamien­
to, es la Cruz, siempre la Cruz, la que aparece siendo
como la antorcha de toda nuestra cultura y de toda
nuestra sabiduría, y vemos a Pablo Orosio que, cons­
tituyéndose en discípulo y colaborador de San Agus­
tín, corona la inmortal Ciudad de Dios con su Historia
Universal , la prim era historia universal que se ha es­
crito desde el punto de vista cristiano, en la cual estu­
dió con tanta devoción toda la Edad Media y aun e)
mismo Renacimiento, pues sabido es que llegaron a
hacerse hasta veintiséis ediciones de ella en pleno si­
glo X V I; y vemos a San Leandro, Arzobispo de Sevi­
lla, el hombre extraordinario a quien se debió la con­
versión al catolicismo de toda la gente goda en tiempo
de Recaredo, carteándose con uno de los Papas más
grandes, con San Gregorio Magno, que se complacía
en tenerle por mentor y a quien dedicó el insigne Pon­
tífice su más notable obra, los treinta y cinco libros de
sus M orales ; y vemos a su hermano San Isidoro que le
sucede en la Sede sevillana, y que por au inmenso sa­
ber es llamado justamente el varón más grande de su
— 374 —

siglo, incorporándose la quinta esencia de toda la cui-


tnra de la antigüedad para con olla levantar su faino
sa enciclopedia de las Etimologías y formar como una
constelación luminosa que disipe las tinieblas de la
ignorancia que consigo había traído el invasor mundo
germánico y persista, fúlgida y esplendente, ejercien­
do un maravilloso influjo científico y literario en to^a
la Edad Media; y vemos a Raimundo Lulio, primero
trovador erótico y licencioso cortesano que llega ha^-
fca a entrar a caballo en un templo en persecución de >u
amada, y después apóstol y santo y m ártir, deslum­
brando en París a Duns Scoto, el rival de Santo To­
más de Aquino. irradiando ya aquellas llamaradas de
su genio que le había do empujar, en alas de su apa­
sionada vehemencia amorosa, a concebir aquella Af$
M agna para el estudio de todas las ciencias, haciendo
de ellas una gigantesca síntesis que fuese como el
áureo pedestal de aquella ciencia divina que le traía
iluminado de continuo, impeliéndole a decir que venía
del Amor y que iba al Amor; y vemos a Cisneros
trayendo a España la invención de la imprenta, mon­
tando los mejores establecimientos tipográficos de
aquella edad para imprimir la primera biblia políglo­
ta, asombro, hoy mismo, de filólogos y de exégetas, y
que fuó la muralla de acero en que se estrellaron, im­
potentes) las variaciones protestantes de los libros
santos, pues diríase que aquel humilde fraile, en cuya
mano lucía tan admirablemente el cetro de rey, había
visto como por intuición maravillosa surgir de las ne­
bulosidades germanas la gran revolución escrituraria,
y que había querido estrangularla antes de nacida, y
vemos al impetuoso y sapientísimo jesuíta Láinez que
rechazaba púrpuras cardenalicias y obtenía, sin em­
bargo, en un cónclave varios votos para ocupar la Cá­
tedra de San Pedro, ser aclamado por los Padres del
— 1575 —

Concilio de Trento como recapitulador de las ¿ejiones


de aquella magna Asamblea de pensadores geniales,
y pasar como un meteoro luminoso por los países don­
de más estragos hacía el protestantismo apostolizando
con una fogosidad triunfadora que le hacía contar las
‘ionversiones por muchedumbres; y vemos al dominico
Melchor Cano sistematizando los lugares teológicos,
dándoles un método que había de hacer de ellos como
uua nueva ciencia sagrada que sirviese de introducción
a los alcázares misteriosos de la Teología, y a Domingo
de Hoto, dominico también, confesor de Carlos V 7 lum­
brera del Concilio de Trento, no contentarse con do­
minar las cumbres escolásticas de la Teología y ele la
Filosofía, y adquiriendo una sabiduría tan universal
que hizo vulgar en Europa aquel proverbio gloriosí­
simo; qui scit Sotum> scit totum, el que sabe a Soto lo
sabe todo; y vemos a aquellos tres agustinos admira­
bles, a F ra y Luis de León, varón eminentísimo en
todo linaje de cultura, no satisfacerse con escalar el
trono de nuestra lírica, constituyéndose su príncipe
indiscutible, y exponer los libros santos, aporrando a
la exposición todo su inmenso saber orientalista y
echando así los fundamentos de la exégesis moderna;
a Malón de Chaide, hombre de imaginación riquísima
y acalorada, sintetizar y completar las teorías plató­
nicas acerca del amor y trazar los planos de una esté­
tica divina que, engolfándose en los atributos de Dios,
tuviese por objeto primordial el estudio de la infinita
belleza, y a Urdaneta, brioso capitán y pacífico con­
quistador en quien debían aprender los modernos in­
ventores de las penetraciones pacíficas, expertísimo
nauta y cosmógrafo eminente, estudiar el primero en
el mundo las leyes de ios ciclones y fundar, al través
de repetidas excursiones oceánicas, la ciencia mou?o~
rológica, '·; .
- 376 —

Y lo propio que del saber, hay que decir de toda


nuestra literatura y de todo nuestro arte. E s el cato­
licismo el que los inspira y los informa en sus mani­
festaciones más grandes y bellas. L a trompa épica es­
pañola que comienza a balbucear, ruda y antirritm i-
ca, en el poema de Mío Cid, cantando las desventuras
y los triunfos de aquel hombre tipo, radiosa encarna*
ción del alma castellana, y que resuena, magnífica y
harmoniosa en E l B ern a rd o de Valbuena y en L a
A ra u ca n a de E r c illa , en E l M onserrate de Virnés y en
L a Gristiada de O jeda , es una trompa ungida y con­
sagrada por la religión que es su numen, y que la
mueve a enderezar todos sus cantos patrióticos, gue­
rreros o místicos, a la glorificación de la Cruz. Y lo
mismo que la trompa épica, la lira española, balbucien·
te en las Cantigas del R ey Sabio, desátase desde lo
más alto del cielo en sabrosísimas y arrobadoras mú­
sicas con F ra y Luis de León, rompe en magnificencias
orientales que saben a arrebatados salmos bíblicos con
H errera, y hace pasar por las cumbres de nuestra lite­
ratu ra formando como un río de embriagadora inspi­
ración las mil y mil poéticas joyas de nuestra lírica
religiosa que no tiene rival en ninguna literatura del
mundo, y que parece como una verdadera derivación
de la literatura del cielo. Y lo propio que la inspira­
ción épica y la lírica, lo hizo la inspiración dram áti­
ca, que no se contentó con crear un teatro admirable,
cayos personajes rinden culto a veces excesivo a los
sentimientos caballerescos que ia Iglesia había sabido
infundir en nuestro espíritu, al respeto profundo e in­
quebrantable a la fe jurada, al honor de la persona y
de la familia, del cual se llegó a hacer el más alto
ideal, a la exaltación del valor m ilitar que fuerza a
m orir antes que ceder, y fundó el teatro teológico de
Calderón en loor de la E u caristía, y en el cual este
— 377 —

maravilloso vate, que al decir de G-nillermo Schlégel


había hecho de nuestra fe «el corazón de su corazón»,
llegó a las más altas cimas dramáticas, enardeciendo*
ge de tal entusiasmo que se le desbordaba en lujos de
lirismo que sólo aquel poderoso genio podía conseguir
que no desdijesen del carácter dramático de aquellas
obras.
Fue la religión la que nos labró el mármol pentélico
de nuestra prosa mística, rítm ica y sabrosa, que pare­
ce llevar en sí, juntamente con destilaciones del bíbli­
co maná, desgranes de músicas angélicas. ¡Oh que bien
se comprende que es Dios mismo el que nos habla en
aquella lapidaria y ungida prosa, y qué bien se siente
con el Salm ista que es el hablar de Dios dulcísimo más
que la miel de los más ricos panales, su p er mel et fa -
vum! Mi gran Padre San Agustín llamaba a la Sagrada
E scritu ra «cielo» (1), y d^.cía que su estudio era algo
así como un «no escaso rastreamiento de la felicidad di­
vina» (2). ¡Cuán bien podemos nosotros llamar gloria
pura a nuestra prosa mística y decir, cuando se la gus­
ta y paladea, que se paladea y se gusta algo verdadera­
mente celestial! En la vida de San Isidoro se lee que,
siendo arzobispo de Sevilla, tenía en su cám ara una
lámpara encendida que nunca necesitaba que se le
echase substancia combustible, porque no se extinguía
nunca y cada día brillaba con más claro resplandor. En
el templo de la literatura hispana también hay una
lámpara encendida que jamás se extingue, sin necesi­
dad de que se la alimente y se la nutra, porque cada día
brilla más espléndida y radiosa: la lám para resplan­
deciente de nuestra prosa mística, penetrando con su

(1) In P sahn . C l l L 8 .
(2) S a e r a r uní lectio S crip lu ra ru m d iv in ae est p ra eco g n itio non p a r
«a beatihidiu is. Serm o 302, D e M udio ÜapierUiae*
— »78 -

clarífica lumbre hasta los más obscuros rincones de


nuestro ser, desvaneciendo todas las dudas de nuestra
alma e iluminando todos los caminos del espíritu.
Y fue, en fin, la religión la que de tan bella manera
supo fundir en el pincel y en el cincel de nuestros pin­
tores y escultores aquel realismo idealista, creador de
seres palpitantes y vivos que nos miran y nos hablan
y nos conmueven forzándonos a sentir lo que ellos
sienten y a amar lo que ellos aman, y a aspirar como
ellos hacia la realización del ideal divino que a ellos
los ensalzó y transfiguró hasta transformarlos en se­
res del cielo. Sí, todos esos santos de madera o de pie­
dra que espiritualizan los retablos de nuestras viejas
catedrales, todos esos guerreros yacentes que, ceñidos
cié su férrea cota, y como acariciando la cruz de la em­
puñadura de su espada, parecen dormir tranquilos so­
bre sus tumbas, todas esas imágenes de rostro seráfico
que se destacan en sus hornacinas, y cuyos ojos, o bien
sonríen, amorosos, a la muchedumbre, o bien se clavan
extáticos, en el cielo, son hechura de la inspiración re­
ligiosa de nuestros tallistas y escultores, entre los cua­
les descuellan, geniales, nuestros Berruguetes y nues­
tros Canos, nuestros Montañeses y nuestros Moras.
Y mejor aun que nuestras esculturas y nuestras tallas,
nos remontan a Dios y nos descorren como un corti­
naje del cielo nuestras sublimes pinturas: aquellos lien­
zos extraños del Greco que más bien que figuras de
carne, despliegan ante nuestros ojos asombrados figu­
ras de espíritu, tendiendo a escaparse de la tierra, mis­
teriosos seres humanos consumidos por la ascética y
Ja meditación y que reflejan a maravilla las exaltacio­
nes religiosas de nuestra raza; aquellos lienzos de R i­
bera que marcha a vencer en su misma patria a los ex­
celsos pintores italianos, consiguiendo que un Papa
le honre con el Hábito de Cristo, y que cuando no quie-^
- íiTiJ -

re emocionarnos con espectáculos trágicos y terribles,


como los de sus sangrientos y desollados m ártires, r i ­
valiza en suavidad y dulzura con el propio Correggio,
extaxiándonos ante Concepciones divinas como la que
pintó para el Convento de las Agustinas de Salaman­
ca; aquellos lienzo?; de Murillo, donde el sobrenatura-
lismo es algo tan evidente y tan sensible como en los
de F r a Angélico, que obligaban a exclam ar a Miguel
Angel: «¿de dónde ha tomado el buen monje esta>> figu­
ras? E s forzoso que haya penetrado en el cielo para
allí contemplarlas>; aquellas Inmaculadas del pintor
de cam arad e María, de las cuales, remedando a Cle­
mente X I V cuando, ante el San Bruno esculpido por
el cincel de Houdón, exclamó: «hablaría si no se lo
prohibiesen lo* estatutos de su orden», tan justamente
podría decirse que hablarían si no estuviesen comple­
tamente extáticas, engolfadas en cuerpo y alma en las
magnificencias de la gloria...
Todo, todo cuanto ba}y de grande en nuestra Histo­
ria, batallas, conquistas, descubrimientos, ciencias, ar­
tes, literatura, todo está insuflado, vivificado por la
religión, Es imposible que llegue un día en que la reli­
gión sea totalmente desarraigada de nuestro suelo;
pero si, por un tremendo castigo de Dios, ese día lle­
gase, los españoles no tendrían ni el valor de vivir, ya
que tendrían que vivir yin honor, sin caballerosidady
sin hidalguía, sin sentimiento ninguno honroso en el
alma, puesto que no hay sentimiento ninguno honroso
en el alma hispana que no haya sido formado con savia
de catolicismo. Desarraigar a la religión de entre nos­
otros sería desarraigar del terruño español a España
con todas nuestras clásicas virtudes y todas nuestras
legendarias proezas.
Aquel insigne agustino, acreedor a la. admiración de
todas tes generaciones españolas por haber fundado la
— 380 -

historia documental mucho antes de que a los alema­


nes se les ocurriese la fundación de su Monumento,
G erm ánica , dedicando su mentalidad poten be y labo­
riosísima a la creación de nuestro teatro geográfico-
histórico, utilizando ya en él todas las fuentes de v era­
cidad que utilizan los historiadores novísimos y con
una crítica irreprochable por lo acerada, escrupulosa
y científica, estuvo verdaderamente inspirado cuando
bautizó su grandioso monumento con el título de L a
E sp a ñ a S a g ra d a . Nuestra historia, como la del pueblo
escogido, es una historia sagrada toda ella, porque
en toda ella aparece a cada instante Dios. Por eso
hemos sido grandes, con una grandeza que no ha t e ­
nido nación ninguna todavía. Y ¡ay! quizá por eso,
qlesde que nuestra historia dejó de ser sagrada para
¿er-liberal, desde que nuestros gobernantes se aseme­
jan a una junta liquidadora de una gran sociedad en
quiebra, que ha liquidado ya todas nuestras inmensas
posesiones ultramarinas y que está en vías de liquidar
hasta nuestra vergüenza y nuestro honor, no surge
agustino ninguno que continúe aquella soberbia obra
del Padre Elórez, como en otro tiempo la continua­
ron esclarecidos agustinos, y parece obra definitiva*
mente concluida L a E sp a ñ a S a g ra d a .
Sin embargo, yo creo que no nos debemos rendir
atados de pies y manos en las garras del pesimismo.
Yo creo que aun es posible una España futura, genui-
na y grandiosa, si sabemos luchar y llevar a cabo una
nueva reconquista contra la moderna morería que ha
caído sobre nosotros, y que no nos ha venido de allen­
de el Estrecho. E l catolicismo ha perdido mucho, mu­
cho terreno entre nosotros. E n muchas partes donde
antes extendía sus brazos la Cruz, ondea ahora la ban­
dera de la impiedad. P o r eso tenemos que luchar y por
eso nuestra lucha tiene que ser de reconquista- Hay
— 381 —

que abatir los muros de odio que contra nuestra reli­


gión han levantado nuestros adversarios. Desgracia­
damente no son del todo verdad aquellas optimistas
frases de Ganivet: «España se halla fundida con su
ideal religioso, y por muchos que fueran los sectarios
que se empeñasen en descatolizarla, no conseguirían
más que arañar un poco la corteza de la nación» (1).
¡Vaya si han hecho más que arañar la corteza, bien
quo aun haya católicos que gusten de relamerse con
las frases irreales de «¡oh, el catolicismo español, oh,
la España católica!» ¡Que no fuera verdad tanta be­
lleza!
Sí, hemos perdido mucho terreno, y si queremos ra -
conquistarlo, no hay más remedio que cambiar de
modo de vida. E s un delito que los católicos prosiga­
mos viviendo como hasta ahora, entretenidos en men­
guadas luchas intestinas, en tanto que los radicales
avanzan todos los días, arrebatándonos posiciones.
¿Que hacer? Se ha hablado muchas veces de la necesi­
dad do formar un gran partido católico. Yo bien sé
que el catolicismo es demasiada cosa para encerrada
en los estrechos moldea de un partido, que el catoli­
cismo debe estar sobre todos los partidos para unir a
los buenos católicos que en ellos militen, siempre que
así lo exijan los intereses santos de la Iglesia; que
un republicano católico, un conservador católico, un
jaim ista, un integrista1 pueden pensar de muy diverso
modo en cuestiones financieras, en cuestiones diplomá­
ticas, en cuestiones meramente políticas o sociales, y,
por consiguiente, les es lícito militar bajo muy diver­
sas banderas; pero cuando se trate de intereses cató­
licos, allí no hay más remedio que arriar momentánea­
mente las banderas y acudir todos en masa a defender

(i) Ideariü U i E s p a ñ o l, p, 2S.


— 38J

los ideales cristianos, constituyendo una verdadera


unión católica.
H asta ahora no se ha hecho así, y ello ha obedeci­
do a que las diferencias políticas han podido más qu<->
la comunión substancial. Los católicos que militan e:i
los diversos partidos han aspirado a concluir los unos
con los otros, en vez de coaligarso contra el enemigo
común. Y menos mal si para ello se hubiese luchado
siempre con nobleza y no empleando más armas que
las de la razón y las del derecho, cerrando el palen­
que a todo lo que significase apasionamiento y obce­
cación. Pero ¡Dios bendito! Queríase imponer las ideas
como a punta de lanza. Queríase como justificar la 111
justicia del sectarismo inquisitorial cun que el enemigo
comiín nos moteja y nos escarnece. Aspirábase a de­
m ostrar que por las venas de cada disputante corría la
sangre de Torqueinada, no del Torquomada legítimo
y verdadero, sino del obrepticio y apócrifo, fantasea-
do por la imaginación febril de novelistas y dram atur­
gos sectarios. Y mientras los natólicos se despelleja'
ban entre sí. nos encontramos con que todo el monte
era orégano para los enemigos de la religión y del ca ­
tolicismo.
No valió que desde muy alto sonasen voces de paz
aconsejando armisticios siquiera temporales, para que
uniéndose en espíritu y en verdad, se luchase de con­
suno por los intereses religiosos que peligraban: aque-
lias voces generosas sonaron en el vaeío. Y el encarni­
zamiento entre muchos católicos siguió y sigue muy a
gusto de los anticlericales, que son los que se relamen
de satisfacción, presenciando enajenados la corrida,
De ahí que se haya podido decir con mucha verdad
que los llamados ^obispos de levita» han hecho estra­
gos entre los católicos españoles queriendo ser más
católicos que el Papa. Un gran error.
- m -

Sépase que la religión está muy por encima do to ­


dos los partidos políticos; que con todos ellos puede
convivir y a todos ellos los puede inform ar, y que no
es lícito ni generoso querer imponer ideas meramente
políticas en nombre de la religión; pero sépase también
que los católicos de las más opuestas ideas políticas de­
ben estar siempre unidos, unidos con la fuerza de
cohesión de la roca, del acero, para todo cuanto se
refiera a religión, primordial deber de todos los ca tó ­
licos que una vez y otra ha sido inculcado desde las
alturas. Y no se ignore que la Iglesia, además del
magisterio dogmático, tiene el magisterio disciplina!,
digámoslo así, y que puede, por consiguiente, m arcar
una línea de conducta a los católicos en lo político y
en lo social. Claro que no se será hereje por no seguir
esa línea de conducta, ya que a las orientaciones polítir
cas no se extiende el dogma de la infalibilidad, y bien
sabido es que el Centro de Alemania dejó de seguir al­
guna vez las orientaciones políticas indicadas desde
Rom a; pero de ordinario no dejará de haber una gran
temeridad en no seguir las direcciones que desde el
Vaticano se indiquen. No es un político sólo quien
m arca aquellas orientaciones: es toda una asamblea
de políticos y de pensadores que tienen más motivos
que todos los simples católicos para ver los caminos
salvadores de la sociedad«
Aun se está a tiempo para salvar el honor de la na­
ción española, digan lo que quieran ciertos videntes
de negruras y de pesimismos. Estamos muy decaídos y
avillanados. Cosas acaecieron en nuestra patria, en es­
tos años últimos, que habrán hecho estremecerse de ira
en su tumba a los restos sagrados de nuestros mayores*
Cuando el Comendador Simón de Losa rindió a las
fuerzas de D ragut la ciudad de Trípoli, que, desde ha­
cía ya cuarenta años, estaba en poder de los espaíio -
— 384 —

les, el (Jran Maestre de San Ju an , en Malta, por orden


de Carlos Y formó consejo de guerra y ahorcó a los se­
glares rendidos y aun degradó a los Sacerdotes para
ahorcarlos también. Cuando el Capitán Alonso P eral­
ta entregó a B ajía, en la costa del reino de Trernecón,
ciudad que se había conquistado en tiempo de los R e­
yes Católicos, el imperial nieto de estos hizo que se
formase consejo de guerra al cobarde Capitán, quien
después de ser llevado con toda su armadura por las ca­
lles de ValJadolid y de ser despojado, a voz de pregón,
de cada una de sus piezas de armadura, fue decapitado
públicamente en medio de una plaza... ¡Qué cosas más
distintas vimos nosotros cuando, tras la entrega do Cu­
ba y de Filipinas, ascendían algunos de los que las ha­
bían perdido a los más altos puestos de la nación! ¡Qué
dirían los Reyes Católicos, que diría Carlos V , de los
degenerados nietos de sus antiguos vasallos!
Y no vale decir que es sola la gente que manda la
degradada y envilecida: lo está el pueblo también. San
Agustín creía inverosímil para la posteridad el hecho
de que muchos fugitivos romanos, escapados de Roma
cuando el saqueo de A larico, asistiesen con entusias-
mo, inmediatamente de llegados al A frica, a los tea­
tros y a las apuestas y luchas de los histriones. Y he
aquí que el mismo día en que se publicó en Madrid
la pérdida de Filipinas, las muchedumbres madrileñas
se rogocijaban llenando lá Plaza de Toros. ¡P ara que
San Agustín juzgase el hecho de los romanos invero­
símil! (1).
Estam os muy decaídos y avillanados. Hemos consen­
tido que la prensa sectaria crease el mito F e rre r, muy
aureolado de sabiduría y de m artirio, para que arras­
trase por el extranjero, haciéndolo pingajos, el man-

(1) Th'.CiviS. T, №.
- 385 —

to real de España, contribuyendo a que se resucitase


la leyenda negra de nuestros mayores, tan positiva
como la elevación moral de F e rre r, y a que se nos
arrojasen al rostro pelladas de infamia y dé calumnia,
con íntimo regodeo de ciertos menguados monopoliza-
dores de la opinión, que de ese modo satisficieron sus
concupiscencias desenfrenadas de oro, llegándose para
ello, gracias a la pusilanimidad de loa partidos histó­
ricos, reos de la hipotecación del poder a hombres in­
comunicados con toda probidad y con todo honor, a
sacrificar al único hombre — casi al único hombre—
de entereza masculina y de irreprochabilidad ciudada­
na, que podía haber hecho que dentro y fuera de E sp a­
ña se hablase siempre de nosotros con veneración y
respeto.
Estam os muy decaídos y avillanados. Presumimos
neciamente de hidalgos — ¡dónde está ya la clásica
hidalguía española!— y no ciframos la hidalguía en
la nobleza de sentimientos y en la riqueza de virtudes,
como la cifraban nuestros mayores, sino en el perga­
mino, en el viejo diploma que nos entronca con alguna
casona m ayorazga, de cuyos muros haya salido en al­
gún momento histórico algún guerrero insigne, algún
bravo conquistador, algún afortunado aventurero. De
ahí no el amor al trabajo, a la abnegación, a la virtud,
sino el apasionamiento por las cruces y por las insig­
nias y por los cintajos galoneados. L a pluma irrisada
del pavo real podría simbolizar muy apropiadamente
la peculiar presunta hidalguía de muchísimos españo­
les* H asta en el pintarrajeo del uniforme de un lacayo
ponen muchas casas aristocráticas españolas el pruri­
to de la distinción. Diríase que a librea más pintarra­
jada en el lacayo, más genuiña sangre azul en el aris*
tó cra ta ..,
Estamos muy decaídos y avillanados. Las mismas
•26
- 380 -

muchedumbres que han dado en la flor do llamarse de­


mócratas y radicales, no han salido de plebeyas, de
fangosamente plebeyas y ultrarrealistas. En España
cuanto más radical se es, tanta más inclinación .se sien­
te hacia la idolatría de una persona, que es lo que cons­
tituye el plebeyismo en toda su cruda desnudez» La*
masas radicales de Lerroux, tienen mucho menos
democráticas que de imperialistas, y por eso se ha lla­
mado a Lerroux el emperador del Paralelo. Aquella*
masas se ponen de rodillas ante un hombre, y luego
hacen alarde de sentimientos republicanos. ¡Nada más
antirrepublicano que la servidumbre y la bajeza!...
Sí, estamos muy decaídos y muy avillanados... Pero,
no obstante, no hay por que entregarse en brazos del
pesimismo, repito. España todavía puede tornar a ser
la España de mejores tiempos. El corazón de la raza
todavía está sano y robusto. España no es como esos
árboles añosos que no echan hojas yfrutos má9 que en
alguna que otra rama que aun reverdece, a pesar de
lo carcomido del tronco, en cuya madera fofa viven·'
mil gusanos. En el tronco de España todavía es muclm
más lo sano que lo carcomido, y aun se puede lograr
que la savia circule, libre y pletórica, por la parte co­
rroída, haciendo que las podridas capas vayan dejando
lugar a las capas nuevas.
No hay más que fijarse en el aspecto económico para
ver la inagotabilidad de las energías de España. Entre
nosotros está siendo el fin del Estado, desde hace ya
hartos años, todo lo contrario de lo que debe ser. Es
el fin del Estado procurar a los súbditos el mayor cú­
mulo de bienes temporales con el menor cúmulo de im­
posiciones y de obstáculos en el ejercicio de la libertad,
y el fin del Estado español parece ser el de disminuir
todo lo posible el caudal de bienes temporales y au­
mentar cuanto se pueda el de las gabelas y el de las
- 387 —

.trabas a la libertad, imposibilitando materialmente la


.vida; que el fisco español andará a la cuarta pregunta,
en cuestión de desahogo financiero, pero no será por
.haber dejado de cargar Ja mano en las contribuciones
lo mismo al industrial que al labrador. El catastro los
arruina. De ahí que se opte por dejar industrias y te­
rrenos baldíos y que se emigre, sin orden ni concierto,
en busca de países donde la vida no sea tan ingrata.
Pues bien, a pesar de todo eso, a pesar de que van
faltando brazos robustos que beneficien debidamente
la tierra, a pesar de los gravámenes inauditos que con­
tinuamente pesan sobre el pueblo español poniéndole
en la precisión de em igrar a enriquecer con su sudor
otros países; a pesar de la tiranía que se ejerce sobre
las empresas industriales, fcirauía que las fuerza a te­
ner y a pagar espléndidamente un consejero de cada
partido y aun de cada fracción de partido* para no ser
atropelladas por los gobernantes, a pesar de todo eso,
el pueblo español, aunque muy poco a poco, progresa.
Eso indica que España tiene energías inagotables. ¡Ah,
si esas energías se beneficiasen debidamente en prove­
cho dpi país, adonde podría llegar España! Si España
fuese de los alemanes, serían los reyes del mundo ¡Oh,
si los alemanes tuviesen esta tierra, este cielo, esta si­
tuación geográfica...!
Los musulmanes vivieron muchos siglos entre nos­
otros y nos han contagiado con dos de sus vicios carac­
terísticos: el fatalismo y la pereza que se espolean
mutuamente, intensificándose el fatalismo a impulsos
de la pereza y la pereza a impulsos del fatalismo. Di­
ñase que vivimos desesperanzados de reconquistar
nuestra antigua grandeza y que por oso no nos apu­
rábamos a salir de la inacción; que creíamos un dog­
ma de fe las conclusiones de cierta sociolcgía positi*
vista que asimila la vida de los pueblos a la vida de
la m ateria viviente que tiene su período de desarrollo
y de crecimiento, en tanto que la energía vital no se
agota, pero que una vez que ésta se agota, vienen el
ajamiento y la muerte, y que nos imaginábamos sin
energía vital, en el período de la marchitez, augura­
dor de la muerte.
¡No por Dios! Los pueblos no son plantas. La vida
de los pueblos no se agota. E l árbol centenario que
desplegó ya a los vientos el apogeo de su robustez y
de su frondosidad, puede sentirse condenado irrem e­
diablemente a la muerte; pero no así los pueblos que
pueden luchar contra los elementos mortíferos que
tiendan a su destrucción. Yo no creo en la juventud
ni en la vejez de los pueblos. Estos son siempre jóve­
nes, mientras son fuertes, y son siempre fuertes, mien
tras saben beneficiar las energías de su espíritu y de
su raza. Inglaterra y Alemania son pueblos muy vie­
jos, y , sin embargo, son pueblos muy jóvenes, porque
viven en plena robustez corporal y espiritual. No hay
más pueblos viejos que los corrompidos y los acobar­
dados. Esos pueblos sí que pueden sentir próxima la
g arra de la muerte*
Jam ás demos cabida en nuestro pecho a un desespe
rante pesimismo. L a visión tristísim a de lo presente
no debe servirnos para entregarnos a la desesperación
y al desmayo. Avergoncémonos de nuestra ruindad
actual, pero no desmayemos: tenemos un pasado bri­
llantísimo V la visión del pasado debe servirnos de aci­
cate para lanzarnos, abierto el pecho a las esperanzas,
en pos de un gallardo porvenir. P o r el tronco nació*
nal circula aun plétora bastante para dar esplendi­
das floraciones y magníficos frutos. Lo que hay que
hacer es no dar hachazos en el tronco, ni mucho me­
nos cortarlo de raíz, como pretenden algunos ilusos eu­
ropeizantes. Los españoles no podemos comenzar a
— 3R9 -

vivir vida nueva, «como sí fuéramos un pueblo nue*


vo acabado do sacar del horno», que dijo muy bien G-a-
nivet. Nosotros tenemos que enlazar nuestra vida
con la tradicional, y para eso hay que remontarse, co­
rriente de los siglos atrás, hasta encontrarla. «Un rom-
pimiento con el pasado sería una violación de las leyes
naturales, un cobarde abandono de nuestros deberes,
un sacrificio de lo real por lo imaginario», dice el hom*
bre ilustre que acabo de citar. Los españoles estamos
obligados a am ar ardientemente nuestro pasado por­
que es gloriosísimo, y estamos obligados a amar toda
gloriosa institución que sea como consubstancial a es3
pasado. En nada debemos aminorar las fuerzas vivas
que nos transmitieron nuestros padrer. Tienen derecho
a recibirlas nuestros descendientes intactas y robuste­
cidas.
Quiero decir con esto que la futura grandeza de E s ­
paña, si ha de ser grande y española, ha de brotar,
como retoño vigoroso, del árbol de la tradición. Sin es­
tar profundamente arraigada en nuestras inmortales
tradiciones y en nuestras sacrosantas creencias, ni po­
dría ser grande ni podría ser española. L a vida nacio­
nal no puede interrumpirse: como en una cadena se
sucede un eslabón a otro eslabón, en la vida nacional
debe sucsderse un siglo a otro siglo, un acontecimien­
to a otro acontecimiento. No nos debemos avergonzar
nunca de los eslabones forjados por nuestros mayores.
¿Que ellos los forjaban de acero? Forjémoslos nosotros
de oro puro, si a tanto llega nuestro patriotismo, coad­
yuvado por nuestra habilidad; pero amemos los vie*
jos eslabones de acero* L a raigambre de nuestra nación
se pierde en las entrañas del pasado, y la corpulen­
cia de su tronco no sólo debe abarcar lo presente, sino
que debe extender sus ramas para abarcar con ellas lo
más remoto por venir.
390 -

No es que se haya do estar siempre, como parece


que están algunos con los ojos vueltos hacia lo pasado.
Yo no creo que debamos mirar a lo pasado más que
para que el buen ejemplo de nupsfcros mayores no-
haga intrépidos y animosos. Lo que debe preocuparnos
siempre es lo por venir. Y lo por venir será lo que nos^
otros queramos que sea; glorioso, si sabemos no per­
donar para ello sacrificio ninguno: mísero y entecr.,
si nos empeñamos en seguir mirando a lo pasado los
unos, y en esterilizar nuestras energías en alharacas
•callejeras los otros.
Al decir quo la España nueva debe arrancar vigoro
sámente de la España tradicional, no quiero procla­
mar la necesidad de una restauración en el sentido do
una copia. De las hojas secas caídas del árbol tradí
cional no hay para qué reverdecer ninguna. Las co*
sas muertas están bien muertas, ¿Cumplieron su fin
providencial? Puos a ocupar su debido puesto en la
Historia; pero nada de resucitar organismos que no
se avinieran con la natural evolución de la sociedad
híspana. Los talladores de la España futura no debeu
ser amanuenses, si no creadores. L a España de los Re­
yes Católicos no fue una copia servil de la España de
Enrique el Impotente> ni de la de Don Pedro el Cruel ,
ni siquiera de la de Fernando el S a n to , Pero fue, sí.
un desarrollo grandioso de las energías españolas, uu
desenvolvimiento sublime del espíritu tradicional.
Dierase un cambio en la forma de gobierno, trans-
formárase la Monarquía en República, siguiendo el
ímpetu natural de las cosas, agigantado por los des­
aciertos constantes de nuestros Gobiernos, y aun así
España podría ser una España grande y española. Lo
que para ello hace falta es hacer una alianza irrompi­
ble entre todos los españoles y encauzar harmónica y
unísonamente todos nuestros impulsos hacia una E s ­
— 891 -

paña generosa y digna. Si nos amásemos los unos a los


otros; si la caridad cristiana alentase con más fuerza
en nuestro espíritu, no pasaríamos, como pasamos, los
años guerreando los unos contra los otros. Así no ha­
remos más que destruirnos mutuamente, y destruyén­
donos nosotros a nosotros mismos, claro es que lo que
destruimos es España, porque España somos los espa­
ñoles, Hay que aliarse en una finalidad grande y enno*
blecedora: la de hacer una España robusta y viril.
¡Ah, si en vez de unirse como se unen los radicales y
los liberales de todos los matices al grito de guerra a
los religiosos, nos uniésemos todos al grito de ¡viva
E spañ a!...