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“Esa pausa entre latidos puede cambiarlo todo. Todo”.
Dos hermanos…
Y la chica de al lado.
Una traición que cortó los lazos de sangre y lealtad.
Una tragedia que acabó con una vida y destrozó el resto.
Todos pensaron que porque sabían cómo terminaba, también sabían cómo
comenzó.
No lo sabían.
Y tú tampoco.
Advertencia: Esta no es como las otras historias. Esta va a doler.
5
Pero lo prometo… nada es lo que parece al principio.
Queridos lectores,
De antemano me disculpo por romper su corazón con este libro.
—Cora

6
PENITENCIARIA CENTRAL DEL ESTADO DE EMBLEM

Con-man,
¿Recuerdas cuando comencé a llamarte así?
No quise que pegara, pero lo hizo. No te importó hasta que los hermanos
Reynoso comenzaron a cantar “convicto” en su lugar. Entonces te enojaste porque
en el idioma de Emblem no hay peor insulto que decir que un tipo va a terminar en
un overol naranja y del lado equivocado del alambre de púas.
De todos modos, puse en su lugar a esos niños y les hice saber que podían
esperar grandes moretones si no se callaban. Eso es lo que hacen los hermanos.
Sabes, a veces, cuando estoy en el patio, veo a los chicos de la secundaria
desfilando con un ojo en lo que sucede detrás de la cerca y el otro en el amplio
mundo que vive de su lado. Ya sabes de qué tipo estoy hablando. Los que están
probando su genialidad, enseñando el dedo medio, levantando el polvo, tratando
de cumplir un desafío que no vale la pena porque están en el lado correcto de la 7
cerca y no están arriesgando nada.
Son lo que fuimos una vez. Lo recuerdas. Sé que sí.
En aquel entonces, tan pronto como sonaba la última campanada de la
escuela, hablábamos tonterías por un rato detrás del taller de Carson con la
esperanza que uno de esos muchachos hubiera dejado un paquete de cigarrillos
para fumarlo. Luego recorríamos nuestro reino de ciudad de mierda antes de
acercarnos demasiado al perímetro de la prisión, bromeando y burlándonos hasta
que los guardias nos perseguían por el canal.
Chase me dice que estás en la escuela y me alegro. La escuela siempre fue
donde pertenecías. Solo fingiste lo contrario por mi culpa. Chase y sus hermanos
hicieron algo bueno al sacarte de la ciudad. Es extraño que no viéramos a nuestros
primos durante tantos años y, sin embargo, no dudaron en venir cuando la vida se
volvió una mierda. Deck también. Recuerdo que cuando éramos niños solíamos
verlo montando su moto por la ciudad vestido de cuero como un demonio y nos
enorgullecía que compartiéramos un apellido. Ha venido de visita un par de veces
y estoy agradecido. Sé que es solo por quienes conoce adentro que no me están
pateando el trasero por todos lados. Supongo que hay algo de cierto en los lazos de
sangre después de todo. Y demonios, tal vez algún día descubramos si los rumores
son ciertos, que alguno o todos ellos podrían ser más que primos hermanos. No me
sorprendería. ¿Recuerdas cómo la cara de mamá siempre se ponía pálida cuando
alguien dejaba entrever que no éramos los hijos de Elijah? Nunca lo negaba. Nunca
lo confirmaba. Nunca decía ni una maldita cosa.
¿Por qué diablos sigo escribiendo cosas así como si no conocieras todo lo
bueno, feo y malo de la historia familiar de los Gentry? Tenías un asiento en la
primera fila. Sabes todo lo que sé, ni más ni menos. Tal vez sigo escribiéndolo más
para mí que para ti. Tal vez es demasiado fácil aquí olvidar que la vida sucedió,
que todavía está sucediendo.
Conway, todas esas veces que nos pavoneamos afuera de este lugar,
escupiendo en el viento, desafiándonos a escupir, no creo que alguna vez hayamos
considerado lo que era para los tipos que nos miraban desde el patio. Al menos sé
que nunca lo hice. Es posible que tú sí. Siempre fuiste quien pensaba en las
personas.
Sin embargo, hay cosas que nunca hubiéramos sabido acerca de estar dentro
de la jaula. Aquí puedes hacer un seguimiento de todo. Y amigo, me refiero a
jodidamente todo, desde la cantidad de baldosas que cubren el piso de tu celda
hasta el número de pasos desde el comedor hasta el patio de recreo, hasta la
cantidad de minutos que han pasado desde tu última comida. El tiempo tiene un
significado diferente a medida que pasa. No hace falta mucho para encontrar algo
trascendental en este desierto de horas.
Sé que esta mañana cuando me desperté, eran exactamente la vez numero
ciento veintidós que abrí los ojos dentro de estas paredes de la prisión. 8
Sé que esta es la vigésima octava carta que te he escrito.
Sé que han pasado cuatro meses desde su muerte. La misma cantidad de
tiempo ha pasado desde que tú y yo nos vimos, desde que incluso hablamos.
No estoy seguro de cuál de esas cosas duele más. No creas que te culpo. De
ningún modo. O comparo mi dolor con el tuyo. No lo hago.
Solo envié estas cartas a Chase primero porque quería asegurarme que las
obtuvieras. Dice que siempre entrega todas personalmente y que dejaste de
romperlas de inmediato, pero tampoco está seguro que las leas. Espero que lo
hagas, si fuera de alguna ayuda. Duele pensar en ti solo en el mundo. Pero me
alegra que estés viviendo en la casa de Deck en el valle en lugar de en este páramo.
Supongo que al echarte de casa mamá te hizo un favor, aunque estoy seguro que
esa no era su intención. No ha venido de visita. En este punto, realmente no quiero
que venga de todos modos.
Te extraño, Con. Extraño la vida. Ni siquiera puedo imaginar lo que esto te ha
hecho. Si has leído incluso un puñado de las otras veintisiete cartas, entonces ya
has escuchado la verdad y sabes que nada era lo que parecía.
Algún día saldré de aquí. Muchos días más pasarán antes de eso. Se deben
escribir muchas más cartas, incluso si solo digo lo mismo una y otra vez y nunca sé
si lees una palabra.
Pienso en ella. No de la misma manera que tú y es posible que no tenga
ningún derecho a pensar en ella en absoluto. Pero era hermosa y amable y al final
era mi amiga. Estaba llena de amor y confusión y nada de eso fue su culpa.
Lo siento, Conway. No puedo decírselo a ella, así que te lo digo porque eres
todo lo que queda.
Sigo siendo tu hermano. Seré tu hermano para siempre. Es lo único que me
importa en este momento. Haría cualquier cosa para arreglar las cosas entre
nosotros. Espero que en el lejano día en que nos volvamos a ver, sea posible.
Por favor cuídate mientras tanto.
Fortaleza en los hermanos,
Stone

9
CINCO MESES ANTES…

10
ERIN
La gente no se despierta la mañana de su último día y sabe que es el último
día.
Bueno, la mayoría de la gente no.
Tal vez la idea se les ocurre a los que saben que tienen una enfermedad
terminal. O aquellos que tienen una pizca de algo extra sensorial. O aquellos que
planean terminar todo por sí mismos.
No había ninguna razón para que esas ideas mórbidas debieran haber estado
en mi mente mientras veía el amanecer hacer sombras en la pared. No tenía
ninguna intención de morir en este día o el próximo o en el corto plazo. Pero mis
dedos traicionaron un poco la culpabilidad y se metieron debajo de la tela de mi
manga derecha para rastrear la costra que flanqueaba mis costillas. Odiaba saber
cómo llegó allí. 11
La casa estaba muy silenciosa. Recordaba vagamente haber sido perturbada
por una tormenta monzónica que había pasado por allí la noche anterior. Los
vientos deben haber cortado la electricidad.
Podía escuchar a mi hermanita Katie roncando en la habitación contigua y
usualmente el aire acondicionado la ahogaba. Una mirada a la pantalla vacía de mi
reloj de la mesa de noche me dijo que tenía razón. Todavía era temprano, pero la
casa se calentaría rápidamente si no se arreglaba la electricidad a media mañana.
Presioné la herida medio curada e hice una mueca por la sensación en carne
viva de la piel, pero me sentí aliviada de no ver sangre cuando retiré mis dedos.
No me gusta la sangre. La sangre era un subproducto necesario, pero todavía me
molestaba. Mi mente regresó a esas sombrías ideas de muerte y me senté,
sacudiendo mi cabello.
No tenía un deseo de muerte. Ese nunca fue el punto. Mi mejor amiga, Roe,
era la única que conocía esa vergüenza secreta, pero nunca le diría nada a nadie. Ni
siquiera vivía por aquí.
Sin siquiera pensar, tomé mi teléfono. Era más temprano de lo que había
pensado. Solo habían pasado seis horas desde que había entrado a tropezones por
la puerta medio borracha de pasión. Aunque era mucho después del toque de
queda y mi padre estaba esperando enojado en el sofá de la sala, no hizo otra cosa
más que suspirar y enviarme a mi habitación, donde felizmente me acurruqué y
dormí profundamente.
Era demasiado temprano para esperar un mensaje de Conway, pero de todos
modos allí estaba. Debió haberlo enviado justo después que me trajo y se retiró a
su casa al otro lado.
Dulces sueños, mariposa.
Era un apodo que se remontaba desde mucho antes, antes que nos
besáramos, antes de ser nosotros. Antes, a una época en que tenía las rodillas
huesudas y una sonrisa con dientes separados, cuando solía perseguir a los
hermanos Gentry en un intento desesperado por ser incluida en sus juegos. Stone
fruncía el ceño al verme luchando por seguirles el ritmo. Era una niña pequeña y
nerviosa y él era el rey de la vecindad. No le interesaba en absoluto. Pero Con, más
joven que Stone por apenas diez meses, sonreía y me esperaba.
Una vez que los alcanzaba al pie de la colina, fingía que estaba en ese lugar
por casualidad. Stone, nunca un tonto, me lanzaba una mirada molesta y
comenzaba a caminar por el costado como si no estuviera allí. Pero Conway se
detenía consideradamente.
—Es como tú —dijo, señalando un pequeño objeto que revoloteaba.
Sentí que mi rostro se arrugaba. Estaba lista para cruzar mis brazos y
ofenderme. 12
—¿Cómo soy una mariposa?
Esbozó una sonrisa.
—Te sorprenden cuando menos lo esperas.
Los chicos Gentry crecieron más rápido que yo. Estaban tonteando con todo
tipo de chicas en la escuela secundaria y metiéndose en el tipo de problemas que
eran dignos de su apellido. Mientras hubo una ciudad de Emblem, hubo Gentrys
en ella; una tribu de altos y musculosos traviesos.
Por esa época, mi propio padre comenzó a quejarse por las travesuras de
nuestros vecinos de al lado. Elijah Gentry finalmente había muerto de una
enfermedad lenta y dolorosa el mismo mes en que nuestra pequeña familia estaba
devastada por la pérdida de mi madre. Mientras me convertía en cocinera, niñera,
y en una hija responsable de mi casa mientras mi padre trataba de pegar los
pedazos de su corazón, los chicos Gentry lidiaron con la muerte de su padre de
forma salvaje. Iban y venían a todas horas de la noche en todo tipo de malas
compañías. Aparte del chillido ocasional de su madre de “¡Buenos para nada!” que
hacía eco en el vecindario, nadie hizo nada.
—No terminarán siendo buenas compañías. —Mi padre suspiró una noche,
mirando por la ventana abierta de la cocina mientras los chicos gritaban y aullaban
mientras subían y bajaban por la calle en un par de motos que probablemente
habrían robado.
—No lo sabes —espeté mientras limpiaba los platos de la cena,
preguntándome por qué debería sentirme a la defensiva con dos chicos
alborotadores que ni siquiera eran mis amigos.
Mi padre me había mirado con sorpresa ya que generalmente no discutía.
Pero, de nuevo, él no solía ser tan pesimista. Probablemente no había tenido la
intención de decir las palabras en voz alta en primer lugar.
—Tienes razón —dijo finalmente en voz baja y luego me ayudó a despejar la
mesa. Después de eso, el tema de los hermanos Gentry no volvió a aparecer, no por
un largo tiempo.
Había dejado de tratar de perseguirlos, mirando malhumorada mi propio
cuerpo flaco y pensando que nunca los alcanzaría de todos modos.
Sí los alcancé, sin embargo. Sin siquiera intentarlo.
Tal vez a todas las chicas de la tierra se les permita tener una sola temporada.
Tuve la mía hace dos años. Parecía que mi cuerpo había cambiado durante la
noche y había estado demasiado ocupada como para darme cuenta. Al parecer, los
chicos Gentry tampoco se habían dado cuenta, no hasta el día de la inauguración
en la piscina de la ciudad de Emblem, cuando me quité los pantalones cortos y me
deslicé la camiseta por la cabeza.
—Maldita sea, dulzura. —Silbó Stone mientras paseaba en todo su esplendor 13
bronceado y me recorría en mi bikini. Cuando sus ojos se levantaron lentamente y
alcanzaron mi rostro, vi un fuego en sus profundidades azules que se disparó
directamente a través de mí en un delicioso escalofrío.
Stone Gentry pasó distraídamente una mano por su musculoso pecho y me
miró mientras negaba.
—¿Por qué no vienes a pasar el rato en la parte más profunda, Erin? —Tenía
apenas dieciséis años y ya hablaba con un bajo y sexy murmullo en su voz que
parecía haber sido inventado para poner a prueba la fuerza de voluntad femenina.
—Gracias, Stone —le dije con aire primoroso y no un poco presumido—.
Creo que entraré lentamente.
Se encogió de hombros y se retiró para buscar una conquista más fácil.
Me deslicé en el agua fría y pasé el rato junto a la pared en la sección de
metro veinte de profundidad, tratando de no ser salpicada por las docenas de otros
nadadores. Ni siquiera noté que Conway estaba cerca hasta que estuvo a mi lado.
Ya había estado bajo el agua. Tenía el pelo peinado hacia atrás y, aunque lo había
visto correr por el vecindario mil veces sin su camisa, todavía lo miré.
—Hola, mariposa. —Extendió la mano y juguetonamente tiró de un mechón
del largo cabello castaño que me olvidé de atar.
Los dedos de Conway se posaron en mi hombro y sus ojos se encontraron con
los míos con el mismo fuego lujurioso que había visto en su hermano unos minutos
antes. Pero algo sobre la intensidad de Stone me había asustado un poco. Era del
tipo que no sería tímido por ir justo detrás de lo que quería. No estaba lista para
eso. Sin embargo, había algo diferente en Con, algo más amable. Quería que
siguiera mirándome para siempre.
—Hola —le susurré.
Me besó esa noche. Y la próxima noche. Y la mayoría de las noches desde
entonces. La gente dice que es imposible encontrar el amor antes que entiendas lo
que es, pero yo digo que eso es una mierda porque aprendimos juntos, Conway y
yo. Dios, amé a ese chico. Lo amaba mucho.
Katie dejó escapar un fuerte ronquido en la habitación contigua y luego gimió
un poco. Balanceé mis piernas sobre el costado de la cama y esperé para ver si
gritaba. Iría con ella si lo hiciera, aunque simplemente se enojaría. Los viejos
hábitos no morían. Había estado calmando a mi hermanita de sus malos sueños
desde la muerte de nuestra madre, hace cinco años.
Pasaron unos segundos de silencio y me relajé, escuchando el peculiar sonido
de silencio que extrañamente carecía del omnipresente zumbido de la electricidad.
La gente ha olvidado lo que es el verdadero silencio, todos nosotros. Hace años,
cuando todavía éramos una familia completa, pasábamos una semana acampando
en el norte, en un bosque de pinos a las afueras de Prescott. Cuando la oscuridad 14
descendía y la luz desaparecía era el mismo tipo de silencio que escuchaba ahora.
Tranquilo, pero extraño.
El recuerdo del viaje de campamento fue fugaz, pero despertó algo. El eco de
la voz de mi madre fue tan fuerte por un instante que esperaba que entrara en la
habitación.
Fue un pensamiento estúpido. Se había asegurado de no entrar en esta
habitación ni en ninguna otra habitación. No quería pensar en eso ahora mismo. O
nunca
En vez de eso, me quedé mirando mis piernas desnudas y experimenté un
súbito recuerdo al verlas a la luz de la luna, en la plataforma de una camioneta,
justo antes que Conway se asentara cuidadosamente sobre mí. Casi lo habíamos
hecho anoche. No como todos los otros “casi” que nunca llegaron a acercarse.
Anoche quise hacerlo y cuando lo dejé quitarme los vaqueros, no fue solo por
él. Lo sentí presionando contra la endeble barrera de mis bragas mientras mi
cuerpo se abría, se tensaba y suplicaba mientras se movía contra mí.
—Te amo demasiado. —Había susurrado y cubrió su boca con la mía
mientras sus manos exploraban y nuestros cuerpos se entrelazaban. Quería tanto
meterse debajo de mi camisa, pero retrocedió cuando lo detuve. No era un buen
momento para ir allí, no después de las cosas que había hecho últimamente. Si se
preguntaba por qué a veces era tímida sobre ciertas cosas, nunca me presionó a
decirle por qué.
—También te amo —dije y lo decía en serio.
En algún lugar en el fondo, su hermano Stone estaba cogiéndose a Courtney
Galicki contra el tronco de un mezquite cercano. También estaban gritando como
locos, un frenético golpeteo sordo que sonaba feroz y frenético.
Al final no llegamos allí.
Courtney gimió y Stone rugió mientras golpeteaban a un ritmo tribal. Pero
Con puso su cabeza sobre mi pecho y suspiró, dejando el condón en su bolsillo
incluso antes que lo desenvolviera. Enredé mis dedos en su cabello y lo besé en la
frente, agradecida porque que el chico que amaba me conociera mejor de lo que me
conocía a veces. Nuestra primera vez no debería ser en la parte trasera de una
chatarra oxidada mientras su hermano follaba con abandono a menos de seis
metros de distancia. Pero cuando puse mis manos sobre él, las guio más abajo para
poder masturbarlo como lo habíamos hecho docenas de veces antes.
Conway ya había hecho todo con otras chicas antes que nos juntáramos.
Nunca le pregunté cuántas hubo. No importaba. Sin embargo, a veces me daba
envidia la idea que alguien más lo hubiera tocado alguna vez.
Todavía no había electricidad y la casa todavía estaba en silencio. Mi
respiración se aceleró cuando pensé en la forma en que Con había jadeado y 15
estremecido cuando terminó en mi mano. Luego pensé en la forma en que me
había tocado para devolverme el favor y tuve que presionar mis piernas
fuertemente para sofocar el repentino dolor entre ellas.
—¡HIJO DE PUTA!
El grito vino de al lado. A veces no podía distinguir la voz de Con de la de
Stone.
Salté de la cama y di dos pasos hacia la única ventana en la pequeña
habitación en la que había vivido desde que nací. Empujando las cortinas de ojal y
deslizando la ventana abriéndola, tuve una vista instantánea de la propiedad
Gentry.
La casa de los Gentry había empezado a parecer un poco destartalada en los
últimos años. Mi padre lo comentaba con bastante frecuencia, incluso ofreciéndose
para ayudar a Tracy Gentry a pintar el exterior y hacer algo sobre el paisaje. Ella le
dijo que no molestara y se metiera en sus propios asuntos. La madre de Con no era
mi persona favorita.
Los gritos habían venido de Stone. Estaba de espaldas a mí y parecía estar
gritando a una ventana cerrada. No llevaba más que calzoncillos sueltos y gruñó
otra maldición mientras sacaba un cigarrillo de su boca y lo aplastaba contra el
estuco. Si la grava rasposa que cubría el jardín lleno de maleza lastimó sus pies
descalzos, no dio señales. Su casa tenía el mismo diseño que la mía y el dormitorio
que compartían los hermanos era el mismo que mis dos hermanas menores
ocupaban aquí. Los chicos no tendrían que compartir una habitación; sabía que
había una vacía, la misma habitación que era la mía. Sin embargo, se había cerrado
y no se había usado desde la muerte de su padre en esta.
Miré en silencio cómo el hermano de Conway se acercaba a la puerta
principal, probaba el pomo en vano, profería otra maldición y luego agarraba una
silla de plástico barata que probablemente había volado a su patio durante la
tormenta de la noche anterior. Reconocí la silla. Nos pertenecía.
Se detuvo allí por un momento, apoyándose en el respaldo de la silla
mientras lanzaba una mirada malhumorada a la ventana cerrada del dormitorio.
Los hermanos eran más cercanos de lo que solían ser los hermanos. Prácticamente
gemelos, tenían solo diez meses de diferencia y estaban en la misma clase, pero
siempre se molestaban entre sí por alguna razón u otra. No tenía hermanos, solo
hermanas, así que, por lo que sé, eso es solo lo que hacen los hermanos. En
cualquier caso, Stone probablemente había saltado por la ventana para contaminar
sus pulmones en el patio y Conway había aprovechado la oportunidad para
dejarlo afuera.
De repente, Stone bostezó y se estiró, haciendo que su bóxer se deslizara unos
centímetros cruciales y casi ofrecieran una vista de calificación x. Normalmente
habría desviado mis ojos de inmediato. Stone era el hermano de mi novio. También 16
era un perro total. No había nada tentador en él.
Al menos eso es lo que dijo mi corazón.
Al parecer, el resto de mí no estaba tan segura porque mis ojos no se
movieron y mi respiración se detuvo antes de una fuerte inhalación.
Tal vez me había escuchado en medio del silencio inusual o tal vez el aleteo
de mi cortina llamó su atención. Stone se detuvo en medio del estiramiento y me
vio. Vi su mirada viajar al sur de inmediato. No tuve que mirar hacia abajo para
darme cuenta de lo que estaba mirando con hambre no disimulada. Nunca usaba
un sostén en la cama y mi camisa, delgada, blanca y víctima del encogimiento por
la lavadora, se tensó contra mis senos.
Fue un momento erótico, dolorosamente tabú que terminó un instante más
tarde cuando la cabeza de Stone se levantó bruscamente, la lujuria desnuda en su
rostro reemplazada con la mirada de aburrimiento supremo que solía llevar.
Levantó su bóxer y deliberadamente giró la cabeza como si no estuviera allí.
Cerré la ventana. Cerré las cortinas. Me apoyé contra la pared, sintiéndome
extraña, torpe y de alguna manera completamente mal. Mi piel hormigueaba y en
algún lugar de mi cabeza un horrible susurro me recordó que sabía cómo alejar los
pensamientos no deseados.
No. No haría eso ahora, no por esto. Ya el momento se había ido y empecé a
preguntarme si había sucedido.
Aunque sí pasó. Había sucedido. Stone Gentry y yo, por un breve instante,
nos habíamos conectado de una manera que era impensable.
Pero eso fue todo. No significaba absolutamente nada. Amaba a Conway. No
tenía que pensar más en eso. No lo haría.

17
CONWAY
Mi hermano podía ser tan imbécil.
Primero me despertó bruscamente antes del amanecer solo para pedirme
algunos cigarrillos. Yo no era un fumador habitual, pero había dos cigarrillos
sueltos en el cajón de mi mesita de noche. Los arrojé en su dirección solo para
callarlo y luego pateé la sábana porque en algún momento de la noche la
electricidad se cortó, llevándose el aire acondicionado con este.
Fue entonces cuando Stone decidió hostigarme acerca de la erección matutina
que estaba haciendo una carpa en mi ropa interior.
—Esa es una gran frustración allí. —Sonrió, dando una calada y soplando
una nube en el techo.
Tiré una almohada hacia él. 18
—Que te jodan. Como si nunca te despertaras con una erección.
—No así, hombre. Ya ves, hago que atiendan mis erecciones de forma
regular. A diferencia de ti.
Me levanté sobre mis codos. Todo lo que quería era que Stone cerrara la boca
y fuera a otro lado para poder darme la vuelta y masturbarme. Pero ese comentario
fue deliberado y no podía dejarlo pasar.
—Se encargan de mis asuntos bastante —protesté y fue solo una media
mentira.
Erin y yo tonteábamos todo el tiempo y el hecho que no hubiésemos cerrado
el trato solo demostraba que lo que había entre nosotros era real. Ella lo habría
hecho. Lo habría hecho para hacerme feliz. Sin embargo, cuando tuviéramos
relaciones sexuales no podía dejar que la razón fuera porque la había presionado a
ello. Llegaríamos allí cuando estuviera lista. Mientras tanto, estaba obteniendo
mucho kilometraje con trabajos manuales y masturbación.
Stone no lo entendería. Siempre iba a toda velocidad cuando se trataba de
follar, como si no fuera a vivir otro día si no estuviera andando por ahí con una
polla satisfecha.
Mi hermano sopló otra nube de humo y sonrió de esa forma relajada y
sabelotodo que me hacía querer golpearlo con algo mucho más duro que una
almohada.
—Cállate —ordené.
—No dije nada, hermano.
—No me gusta lo que estás pensando.
Ladeó la cabeza y abrió los ojos con fingida inocencia.
—¿No tengo permitido pensar?
—No si es algo sucio sobre mi novia.
—No estaba pensando nada, sucio o no, sobre tu novia.
—Mentiras.
Se rio.
—¿Crees que me gusta Erin? Olvidas el hecho que está pegada de tu feo culo,
no tengo la paciencia para esas molestias.
Mi enojo aumentó.
—¿Qué molestia?
Stone apretó el cigarrillo entre sus dedos índice y pulgar, lo examinó
pensativamente y luego lo dejó sobre la mesita de noche que estaba grabada con
años de cicatrices de guerra. Parpadeó varias veces y juntó sus manos enfrente de 19
su pecho mientras hablaba en una voz femenina aguda.
—Oh Dios, te amo. Te amo más que al helado o la tarta de queso.
—Basta.
Stone no se detendría. Continuó con su tono aireado y orgásmico con una voz
que se suponía que imitaba a la de Erin.
—Conway, te amo tanto que estoy cagando algodón de azúcar y rosas.
—¡Stone!
—Y uno de estos días podría incluso recompensarte con mi flor femenina
secreta para que puedas dejar de manchar tus sábanas.
Me puse de pie.
—Levántate —ordené.
Sonrió.
—No.
—¿De verdad crees que puedes burlarte de mi novia así y lo aceptaré?
—No me estaba burlando de tu novia, Con-man. Me estaba burlando de ti.
Usé mi hombro para golpearlo contra la pared más alejada, que ya estaba rota
y abollada de otras peleas menores. Sin embargo, Stone no respondió esta vez. Se
acomodó tranquilamente en su cama y alcanzó su cigarrillo mientras yo respiraba
fuego a dos metros de distancia.
—Haz silencio —advirtió suavemente—. Despertarás a nuestra amorosa
madre.
Resoplé.
—No es probable. Sabes que cuando apaga las luces, toma suficientes
pastillas para dormir como para noquear a un caballo durante dos días.
—Tal vez. Pero es posible que su invitado tenga el sueño ligero.
Eso me tomó por sorpresa.
—¿Qué invitado?
—Rover.
No me gustaban las noticias, pero no había nada que pudiera hacer al
respecto. Mi madre siempre se la pasaba con varios hombres, incluso cuando mi
padre todavía estaba vivo. Rover, cuyo verdadero nombre era Andy Bowler,
probablemente era bastante inofensivo para ser hombre. Tenía un tipo de rostro de
dibujo animado que llevó a Stone a ponerle el apodo de Rover. Al igual que gran
parte de la fuerza de trabajo de Emblem, era un guardia de la prisión. Se veía por
ahí esporádicamente, pero nunca se cruzó en nuestro camino. Aun así, eso no
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significaba que quisiera saber que estaba acostado en la cama con mi madre al
fondo del pasillo.
Stone me miró con silenciosa diversión.
—Entonces, Con-Man, parecería que eres el único miembro de la casa que no
se ensució anoche.
Me dejé caer sobre el colchón, supremamente molesto.
—No sabes lo que hice o no hice.
—Claro que sí. Estoy preocupado por ti.
Doblé mis brazos sobre mis ojos.
—Claro.
—No me gusta ver a mi hermano castrado.
Alejé los brazos y lo miré. Era un comentario típico de Stone, pero tenía un
tono serio. Stone estaba frunciendo el ceño a su cigarrillo mientras continuaba
ardiendo en su mano. Tenía el aspecto de un tipo que intentaba elegir sus palabras
cuidadosamente.
—Ustedes son tan intensos —murmuró y tomó otra calada.
Me encogí de hombros.
—Llámalo amor.
Stone levantó una ceja.
—¿Lo es?
Me senté. Sabía que a Stone a veces le molestaba que estuviera tan metido con
Erin estos días que no salía con él tanto como solía hacerlo. También sabía que él y
Erin no eran los mejores amigos. Pero aparte del comentario sarcástico ocasional,
nunca había insinuado que tuviera un problema verdadero con ella.
—¿Por qué no te gusta Erin? —pregunté con cierta cautela porque no estaba
seguro de querer saber. No podría imaginarme siendo arrastrado entre mi chica y
mi hermano. Eran las dos personas más importantes del mundo para mí.
Stone hizo una mueca y se rascó la parte posterior de su cuello. Empezó a
decir algo y se detuvo, negando.
—No importa. No me desagrada Erin. Es sexy y es amable y adora el querido
suelo que pisas.
Esperé para ver si decía más, pero no lo hizo. Simplemente apagó el cigarrillo
encendido sobre la mesa e inmediatamente encendió el siguiente.
—Mira —le dije—, de verdad no quiero recibir otro sermón de mamá porque
este lugar apeste a cenicero.
Dejó algunas cenizas en una botella de agua vacía. 21
—Recibirás un sermón de su parte si huele o no, si el lugar está ordenado o
limpio, si sacas aprobados o reprobados, ya sea domingo o jueves.
Estaba en lo correcto. Nuestra madre no ocultaba el hecho que estaba harta y
cansada de lidiar con dos adolescentes. No era la peor madre en el mundo. Nos
daba lo que necesitábamos y mantenía un techo sobre nuestras cabezas, pero
siempre parecía desconcertada por su papel, siempre caliente y fría en lo que
respecta a la crianza de los hijos.
Bueno, más fría si fuera honesto.
Había empeorado mucho desde la muerte de Elijah. En algún momento del
camino, simplemente arrojó sus manos al aire y se dio por vencida. Apenas pasaba
un día sin que nos diera a entender que después de graduarnos el año que viene
estábamos solos. No sabía si esas eran solo palabras o si lo decía en serio, pero
siempre había tenido incluso menos paciencia para mí que para Stone. Mi hermano
y yo no hablábamos de eso, ni siquiera el uno con el otro. No hablamos sobre los
chismes que insinuaban cosas que sucedieron antes que naciéramos. Si Elijah
alguna vez lo escuchó, nunca lo dejó saber. Era un buen padre. Lo extrañaba.
Observé a mi hermano mientras sacaba alegremente un paquete de cigarrillos
olvidado en unos jeans descartados. Estupendo. Eso significaba que estaría
fumando aquí toda la mañana, infligiendo sus filosofías personales sobre mí
cuando todo lo que quería hacer era masturbarme y tomar una maldita siesta antes
de tener que estar trabajando en el taller de Carson.
—Vamos —me quejé—, fúmalo afuera. Ya es bastante malo que esté caliente
como una axila aquí dentro. No tengo ganas de sentarme en una nube de humo.
No discutió. Abrió la ventana del dormitorio y saltó a través de esta. Me
quedé donde estaba por un momento, escuchándolo patear rocas mientras se
paseaba en el patio. Luego salté y cerré la ventana, poniéndole seguro. Stone se dio
la vuelta, gritó algunas obscenidades y me miró mientras yo sonreía y extendía
lentamente mi dedo medio. Maldijo de nuevo y se alejó mientras recuperaba mi
colchón y metía mi mano por mis calzoncillos.
No lo dejaría afuera por mucho tiempo, maldiciendo y fumando en ropa
interior. Solo por un momentito. El tiempo justo para recordarle que la retribución
entre hermanos era lo que mantenía al mundo en movimiento.
Me olvidé de Stone cuando cerré los ojos y pensé en labios y piel. Pensé en
una chica diciéndome que me amaba y cuánto deseaba que estuviera aquí en la
habitación en este momento. Conmigo.

22
ERIN
Al menos dos veces al día se me ocurría que este era el último verano.
No el último verano de todos, solo el último verano libre.
Tal vez el último buen verano.
Por esta época el próximo año la escuela secundaria finalizaría y la gente ya
comenzaría a tomar caminos separados. Los pocos que saldrían de Emblem al
exótico mundo universitario ya estarían mentalmente controlados. Aquellos que
no podían imaginarse marchándose cobrarían los favores que les debieran para
intentar ser contratados en la prisión o en cualquiera de los negocios locales que se
alinean en Main Street. Si fueran realmente intrépidos, empacarían todo en sus
autos repugnantes y saldrían de esta jarra de polvo con la esperanza que una vida
mejor estuviera en algún lugar más allá de los límites de la ciudad.
No me contaba entre los intrépidos. O entre la mano de obra futura de 23
Emblem. Mi padre había sacrificado mucho para ahorrar el poco dinero del seguro
de vida que le había llegado para que nos quedara algo y que nosotras fuéramos a
la universidad. Mis notas eran buenas y no tendría problema para que me
admitieran en Arizona State, o al menos eso me dijo mi consejera vocacional. No
tenía idea qué iba a estudiar cuando llegara allí, pero mi consejera, una mujer con
bigote, llamadas señora von Vechten, que una vez había sido amiga de mi madre,
me dio una palmadita en el brazo y me aseguró que llegar allí era la mitad la
batalla.
Hablando de batallas, había una detrás de mí. No quería mirar, así que me
alejé del túnel, lejos de los gritos de borrachos y las aclamaciones vociferantes.
Muchos de nosotros habíamos terminado aquí una vez que se ponía el sol.
Cualquiera que fuera la fuerza de la naturaleza que había anulado el suministro de
energía de Emblem la noche anterior, aparentemente no fue fácil de arreglar.
Catorce horas después de haber abierto los ojos en mi habitación al sonido del
silencio, la ciudad permanecía en silencio. Y ahora también estaba oscuro, a
excepción de la prisión, que operaba con algún tipo de generador de emergencia.
Un halo de fluorescencia chillona hacia que la Penitenciaría Central pareciera un
oasis cruel. Era fea a la luz del día. Por la noche era francamente siniestra.
El lugar que todo el mundo llamaba “el túnel” era solo un antiguo paso
ferroviario elevado. La línea en sí no había estado activa en décadas y la vía de un
solo carril que pasaba debajo había sido abandonada al mismo tiempo que las
carreteras de la ciudad se reorganizaron. Mi padre me había dicho una vez que
antes de los días de asfalto, este viejo camino estaba bordeado con tablones de
madera y se extendía hasta Tucson, a unos ciento doce kilómetros al sur. Dijo que
cuando era niño todavía se podían encontrar muchas tablas viejas y podridas
medio enterradas en la arena del desierto.
—¡Ah, estás resbalando, estás resbalando!
—¡Cállate, Stone!
—¿Por qué estás peleando, hermanito? Déjate ir. Está bien.
—Vete a la mierda.
Había muchos gritos, vítores y risas medio borrachas. Los hermanos Gentry
estaban peleando su última guerra de voluntades. Subieron al puente y estaban
colgando de las viejas vías por la punta de los dedos. Algunos de los otros chicos lo
habían intentado también, pero ya habían caído en la arena, dejando solo a Stone,
Conway y uno de los chicos Cortez para pelear hasta el final tonto e inútil.
Puse los ojos en blanco ante el sonido de la acción, pero estaba mirando hacia
otro lado y nadie me estaba mirando de todos modos. Había estado escuchando el
ruido de esos dos tratando de superarse entre sí desde que era niña. Dado que todo
lo que había tenido eran dos hermanas, no sabía mucho sobre cómo se suponía que
los hermanos deberían ser entre sí, pero parecía que deberían haber dejado atrás 24
las tonterías juveniles como esta. De alguna manera, supuse que los hermanos
Gentry nunca lo harían, sin importar la edad que tuvieran.
Mi teléfono zumbó en mi bolsillo. Había tenido cuidado de usarlo todo el día,
ya que no había forma de recargar en este momento. Sonreí cuando vi que el
mensaje era de Roe.
Acabo de dejar a Anton. Coro de Aleluya.
Esa chica pasaba por novios como si fueran toallas de papel. Tenía un gusto
de mierda. Los que elegía eran todos cerdos machos que la trataban como si les
debiera dinero. Me alegraba escuchar que su último error era historia.
Le envié un mensaje en respuesta.
El coro se escucha hasta aquí en la arenosa Siberia. Te echo de menos.
La respuesta volvió en segundos.
¿Deseas compañía? Podría ir hasta allá esta semana.
¡SÍ! Imagina emojis en abundancia.
Sabes que odio los emojis. ¿Jueves por la tarde, está bien?
Perfecto y te quedarás a pasar la noche. Sin discusión.
Genial. Papá está fuera por negocios y la madrastra monstruo ni siquiera lo
notará.
Todavía estaba sonriendo mientras metía el teléfono en mi bolsillo trasero.
Roe era mi amiga más antigua, mi mejor amiga, aparte de Conway, por supuesto.
Se mudó de Emblem después del séptimo grado cuando su padre ganó el premio
mayor con una propiedad inmobiliaria en Phoenix que había comprado a bajo
precio durante la crisis de la vivienda. No entendía ni me importaban los dólares y
centavos que hay detrás, pero escuché a mucha gente de Emblem refunfuñar sobre
cómo Jefferson Tory no era mejor que una sanguijuela. Probablemente eran solo
celos. Cuando le pregunté a mi padre sobre eso, se tomó un minuto para masticar y
tragar antes de responder que ningún hombre debería avergonzarse de su auto
conservación.
De todos modos, estoy segura que no le envidié a la familia de Roe su riqueza
recién descubierta, pero me importó mucho cuando recogieron todo y se mudaron
a ochenta kilómetros de distancia a Scottsdale. Ella estuvo inscrita en algún tipo de
escuela preparatoria antes de un escándalo reciente que involucró a uno de sus
profesores. Lo que sea que había sucedido era malo y no le gustaba hablar de eso.
Ahora que tenía un automóvil, manejaba hasta allí cada vez que podía, pero no la
había visto desde que la escuela salió a vacaciones hace semanas.
Una repentina explosión de gritos me sobresaltó, pero en medio de todo el
caos no pude entender lo que había sucedido. Uno de los muchachos que colgaba
del puente debe haber caído. Si fuera Conway, me buscaría de inmediato. Cuando
volví la vista hacia el paisaje espeluznantemente oscuro, escuché por el sonido de
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sus pasos, ansiosa por sentir sus fuertes brazos a mí alrededor.
—¿Planeando una pequeña dominación mundial?
Mierda. Stone.
Me tensé, no especialmente emocionada por ser confrontada en la oscuridad
por el hermano salvaje de Con.
—Quizás —respondí—. Pero como soy tan peligrosa deberías reconsiderar
acercarte demasiado.
Se rio entre dientes y encendió un cigarrillo.
—Me arriesgaré.
No había viento, pero un súbito escalofrío me recorrió como una fría yema de
un dedo por mi espina dorsal. Crucé mis brazos sobre mi cuerpo, en actitud
defensiva.
—Esos te matarán —dije.
Stone no estaba haciendo nada malo. Estaba solo a un metro de distancia,
fumando su estúpido cigarrillo, ni siquiera lo suficientemente cerca como para
tocarme. Sin embargo, me hacía sentir incómoda. Él me hacía sentir incómoda. No
debería sentirme así. Lo he conocido toda mi vida. Nunca por un minuto creí que
me haría daño. Pero parecía peligroso de todos modos.
Resopló y pude ver lo suficiente de su perfil como para captar el desdeñoso
encogimiento de hombros.
—Algo nos matará a todos.
Tiré mi cabello, olfateé.
—No excusa la autodestrucción.
Dios, escúchame. Era tan hipócrita. ¡Qué jodida hipócrita! Stone no sabía eso
sin embargo. Conway ni siquiera sabía.
Estuvo callado por un momento. Entonces vi la punta de luz del cigarrillo
caer de sus manos al suelo. Escuché el crujido que hizo su zapato en el polvo
mientras aplastaba la llama.
—Tienes razón —dijo—. Lo dejo.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
No le creía en absoluto. Todavía no sabía lo que quería. Stone no solía
buscarme para charlar. En general, el hermano de Con y yo ejercíamos una especie
de tolerancia cautelosa mutua. No era amistad, ni siquiera estaba cerca.
—Dudas de mí —dijo. No era una pregunta.
—Por supuesto. Puedes ser un verdadero imbécil andante.
26
Bufó.
—Es un insulto ridículo, Erin. Los penes1 no tienen piernas.
—Sabes a lo que me refiero.
—No lo sé.
Lo encaré.
—Esa debe ser la razón por la que tus ojos estaban pegados a mi pecho esta
mañana.
Tan pronto como lo dije deseé no haberlo hecho. Después de todo, ¿no me
había fijado también en su entrepierna mientras se estiraba en el patio? Me había
visto mirando. Stone sabía todo sobre las chicas y mi rápido destello de lujuria
vergonzosa probablemente no se le pasó por alto.
Se rio con fuerza.
—¿Entonces de eso se trata esta última molestia? No te preocupes, cariño. Esa
no es una línea que cruzaría alguna vez, pero si sacas las tetas por la ventana, un
tipo está obligado a echarles un vistazo.
Lo ignoraría. Esa era la única forma de tratar con Stone. Amaba la atención

1 Es un juego de palabras, “Dick” es un término que significa “imbécil” y a su vez “pene”.


más de lo que amaba a cualquier otra cosa. Pero mi boca no estaba escuchando.
—Eres un cerdo —espeté.
—Que así sea. Los cerdos son criaturas adorables.
Solo siseé y me alejé deliberadamente de él. Eso debería ser suficiente para
enviarlo en la otra dirección.
Pero en lugar de darse por vencido y regresar al grupo para responder a las
quejas de Courtney sobre que debería volver y prestarle atención, decidió sacarme
de las casillas un poco más.
—Te gustan los cerdos, ¿verdad, Erin?
—Solo cuando están en mi plato. Preferiblemente en forma de tocino.
—Ah. Me lastimaste. —Pude escuchar la sonrisa en su voz. No estaba dolido.
Resopló dramáticamente y dejó que la burla goteara de cada palabra.
—Sí, claro —espeté.
—Lo hiciste.
—Está bien. —Me giré—. ¿Cómo te lastimé, Stone? ¿Cómo es eso posible?
Fingió un mohín.
—No te gusto.
—Tampoco te gusto. 27
—Sí, me gustas —dijo en voz baja—. Estás bien.
Exhalé con exasperación.
—Bueno, quizás tú no lo estés.
—¿Qué significa eso?
—Nunca te he visto ser nada más que egoísta. No dudas en arrastrar a otras
personas contigo. Ni siquiera te das cuenta cuando sufren por eso.
Sonaba genuinamente entretenido.
—¿Qué personas?
Sentí que mi rostro se estaba poniendo caliente. Si Conway escuchara esta
conversación, no le gustaría. Pero no pude cerrar la boca.
—Como esa vez que conseguiste que Con fuera a irrumpir en la escuela para
robar todas las sillas de los maestros y tirarlas en la piscina de la ciudad.
Se rio.
—Ah, sí. El décimo grado fue divertido.
—¿Divertido? Conway fue suspendido por tres días.
—Yo también. Y fue divertido. Aprovechamos el tiempo libre, una sesión de
juego maratónica de Deadly Combat. Gané.
Hice un ruido de disgusto.
—Vintage Stone Gentry. Nunca piensas en nadie más que en ti mismo. ¿Por
qué no puedes al menos darle una oportunidad?
—¿A Conway? ¿Una oportunidad para qué?
—Algo mejor. Nunca lo tendrá si siempre trata de seguirte el ritmo.
Stone puso su paquete de cigarrillos contra su palma.
—¿Eso es lo que piensas? ¿Te imaginas que soy una especie de anticristo del
que tienes que rescatar a Conway? A Conway, mi hermano. Jesús, todos estos años
me has conocido y realmente piensas que no me importa nada.
—Creo que solo te importa un comino tu próximo pedazo de culo —
respondí. Mi voz se había elevado y me detuve, tragando, antes de continuar en un
tono más bajo—. Creo que te importa emborracharte, follar y evitar para siempre
cualquier cosa que parezca trabajo. En cuanto a Conway, creo que no quieres que
haga nada mejor que tú. No quieres que tenga algo que no tienes.
Siempre lo pensé, pero nunca las palabras salieron de mi boca. Durante dos
años, Stone y yo nos mantuvimos a una distancia tensa. Me preparé para lo que
saldría disparado de su boca. Diría que retenía a Con, que me interponía en el
camino de la diversión de Con. Después de todo, Stone había puesto los ojos en
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blanco y había murmurado cosas en voz baja con la suficiente frecuencia en mi
presencia para que pudiera entender que así era como se sentía. No creía en las
novias o la lealtad. Ciertamente no creía en el amor.
Stone me sorprendió sin embargo. No devolvió los insultos. Se arrastró dos
pasos silenciosos más cerca y se paró tan cerca que tuve que estirar el cuello para
mirarlo. En la oscuridad, era solo una silueta. Una que olía a humo, menta y a la
misma loción para después de afeitar que usaba su hermano.
—Estás equivocada —dijo secamente y luego se alejó.
No me di cuenta que había estado conteniendo la respiración hasta que
exhalé y escuché el latido de mi corazón.
De repente me sentí mal. Stone no era exactamente sensible. Pero tenía la
incómoda sensación que lo había lastimado un poco. Había ido demasiado lejos.
Claro, Stone tenía fallas, pero ¿quién diablos era yo para desafiarlo por lo que
sentía por su propio hermano? Si alguien me hubiera dicho algo así acerca de mis
hermanas, estaría lista para arrancar sus ojos.
Todo un lío de gritos y contraataques estalló en el túnel.
—¿A qué sabe el polvo, imbécil? ¡Gentry gana!
Cuando el ruido se calmó, oí la voz de Con decir mi nombre, pero algo me
dejó pegada en el suelo sobre el que estaba parada. Dentro de mi cabeza me
escuché llamarlo, corriendo y saltando a sus brazos. Era lo que quería. Sin
embargo, aun así, me quedé allí.
—¿Erin? —preguntó Conway y estaba más cerca. Pude escuchar la
preocupación en su voz. Incluso en el mejor de los casos, nunca era prudente ir
deambulando por el desierto si no sabías lo que estabas haciendo, a dónde ibas.
Este era un lugar implacable, lleno de criaturas implacables.
—Aquí —lo llamé y estiré mi brazo, relajándome con un suspiro cuando su
mano encontró la mía. A unas docenas de metros de distancia, otros adolescentes
de Emblem, gente a la que había conocido toda mi vida, aullaron como lobos y
colisionaron. Se estarían emparejando ahora. Stone probablemente ya estaba
llevando a Courtney, o quienquiera que fuera su elección nocturna, al asiento
trasero más cercano. No me molestaba. Mientras los brazos de Conway me
rodearon, con gratitud enterré mi rostro en su fuerte pecho mientras comenzaba a
acariciarme distraídamente el cabello.
—¿Por qué estás aquí sola? —Besó la parte superior de mi cabeza.
—No estoy sola ahora. —Extendí mis palmas sobre su amplia espalda,
pasando mis manos arriba y abajo, luego más abajo. Escuché y sentí su fuerte
respiración mientras me arrodillaba en la arena, arrastrándolo hacia abajo
conmigo. Inmediatamente su mano estaba debajo de mi camisa y nos estábamos
besando con hambre ansiosa.
29
—Erin —gimió cuando me senté a horcajadas sobre él.
—Sí. —Le besé el cuello, ligeramente, de forma juguetona, como a él le
gustaba—. Estoy lista, lo juro.
—¿Estás segura? —susurró. Su mano viajó más alto, desenganchándome el
sujetador. Tiré del suave algodón de su camiseta hasta que mis manos encontraron
la musculosa piel debajo.
—Estoy segura.
De repente, estábamos revolcándonos en la arena. Una piedra se clavó en mi
espalda y algo vivo siseó entre la maleza, alejándose, descontento por la molestia.
No era el lugar ideal para tener intimidad, pero no me importaba. Necesitaba que
estuviera más cerca. Lo necesitaba tanto que apenas podía respirar. Y Con estaba
en un fuego de pasión, manos por todas partes, incluso más intenso de lo habitual.
Mañana podríamos culpar a la extraña oscuridad por tomar este momento que
habíamos estado esperando por siempre.
Pero esta noche solo necesitábamos usarnos el uno al otro. Entonces lo
haríamos.
Se bajó la cremallera de los pantalones. Le ayudé. Gimió.
Y luego, con un jadeo de brillantez, volvió la luz de Emblem.
Main Street se volvió insoportablemente vívida. Los barrios que se habían
derretido en la oscuridad invisible extendieron sus alas en todas direcciones. Era
como ver un gigante dormido rugir al despertar. Conway y yo dejamos lo que
estábamos haciendo y miramos hacia nuestra ciudad natal mientras nuestros
amigos aplaudían el regreso de la electricidad. Alguien tiró o dejó caer una botella.
El ruido del vidrio rompiéndose fue fuerte, terriblemente fuerte.
—¡Stone! —gimió una voz femenina.
—Oye, Gentry —siseó otra persona—, vas a pagar por eso. Mierda. Mis
últimos cuarenta.
Conway había girado la cabeza al oír el nombre de su hermano. Era cierto
que él y Stone nunca perdían la oportunidad de golpearse entre ellos. Pero también
era cierto que si alguien se atrevía a meterse con uno, tendría que enfrentar la ira
del otro. Si Conway llegara a oler algo parecido a problemas, se lanzaría a la
oscuridad, listo para defender a su hermano. Sin importar qué, los chicos Gentry
eran un equipo. Todos lo sabían
No escuché la respuesta de Stone, si es que hubo una. Conway se relajó. Me
jaló hacia su regazo mientras terminaba de volver a enganchar mi sujetador. Su
fuerte y constante latido palpitaba contra mi espalda y emparejé mi respiración con
la de él. Cerré los ojos cuando me abrazó, sin decir nada, sin hacer nada, mientras
la marca de las brillantes luces de la ciudad desaparecía detrás de mis párpados.
No iríamos más lejos esta noche. Nos abrazaríamos hasta que el reloj exigiera que
nos detuviéramos. 30
Hasta entonces solo había esto. Y esto era suficiente.
CONWAY
Una tarde de la primavera pasada, el señor Carson nos pilló a mí y a Stone
sacando cigarrillos de la guantera de una camioneta Ford estacionada detrás de su
taller. Lo habíamos hecho antes. Nos acurrucábamos detrás del contenedor de
basura y esperábamos que los mecánicos se estacionaran en el estacionamiento
detrás del garaje cuando se quedaban sin espacio adentro. Por la noche, movían
todo adentro y lo encerraban, pero eran más descuidados a la luz del día. Nunca
habíamos encontrado nada valioso y no estoy seguro de haberlo tomado si lo
hubiéramos encontrado. Billetes pequeños, cambio suelto, cigarrillos y una vez un
mapa amarillento viejo del estado de Arizona que le gustó a Stone por alguna
razón.
Stone tenía un paquete de Marlboros en la palma de la mano y yo todavía
estaba agachado en el asiento delantero cuando el señor Carson salió hacia la 31
escena del crimen. Pero en lugar de sermonearnos y llamar a sus matones para
sacarnos de allí, se rascó la parte posterior del cuello manchado y dijo:
—Chicos, si quieren tanto estar por aquí, ¿por qué no se ponen un overol y
aprenden una o dos cosas?
El señor Carson era el tipo de persona que no decía nada si no lo decía en
serio. Stone no estaba interesado sin embargo. Estaba ocupado haciendo algunos
cambios en un juego de números que había comenzado algunos meses atrás. Pero
siempre me ha fascinado cómo se ensamblan dos piezas, qué las hacía funcionar.
Me alegraba tener la oportunidad de averiguarlo. Más que nada barría el garaje y
mantenía el equipo limpio, pero últimamente el señor Carson me había estado
dejando algunos cambios de aceite y trabajos de frenos. Me gustaba, trabajar con
mis manos, el poderoso orgullo que venía con ser útil. Venía con un hambre de
aprender más, de hacer más.
Erin siempre me molestaba por no participar en las clases. Me decía que no
tenía excusa porque estaba lejos de ser estúpido. Tenía razón. Siempre me fue bien
en matemáticas, realmente bien. Hace años, cuando todavía éramos algo así como
una familia normal, la escuela solía llamar a mis padres una vez al año para hablar
sobre cuán altos eran mis puntajes en estas pruebas que el estado siempre requería.
Mi madre me gritaba por no “estar a la altura de mi potencial”, pero luego se
olvidaba. Mi padre era diferente sin embargo. Me daba un billete de diez dólares
cuando nadie estaba mirando y me decía lo orgulloso que estaba.
No mi papá. Elijah.
No debería pensar de esa manera. Sabía muy bien que Elijah Gentry había
sido mi padre en todos los sentidos que importaba. Mi madre no respondía
preguntas y realmente ni siquiera estaba segura de quién se suponía que fuera mi
padre. Algunos de los chismes apuntaban a sus primos, Benton y Chrome Gentry,
pero no sabía si tomar eso en serio. Chrome estaba muerto y nadie en su sano
juicio querría ese violento saco de mierda de Benton como padre. Tenían hijos
propios, primos que recordaba vívidamente, especialmente a Deck. Era como una
celebridad, paseando en su moto por la ciudad lleno de tatuajes y peligro. Pero
junto con los trillizos infames, hacía un tiempo que había salido de Emblem y no
venía demasiado. Ojalá lo hiciera. Me hubiera gustado preguntarle algunas cosas.
—Deja de soñar despierto. —Una bota de punta de acero me empujó, pero la
voz no era hostil. Era Booster, uno de los mecánicos de Carson. Me había
permitido rodar bajo el motor de un antiguo Bronco para un cambio de aceite.
Terminé, comprobando dos veces para asegurarme que todo estaba bien y
listo. Booster me estaba sonriendo cuando salí de debajo del vehículo. Como le
faltaban algunos dientes prominentes, el resultado no era muy bonito. Booster
movió un dedo y chasqueó la lengua como una vieja abuela.
—No te pagan para pasar el rato y pensar en chicas.
32
Limpié una palma grasienta en la parte delantera de mi overol y acepté la
mano que me ofrecía para levantarme.
—No lo hacía —argumenté—, pensar en chicas.
Booster movió la cabeza.
—Solo una chica, ¿eh?
Esbocé una sonrisa.
—La mejor.
Se rio entre dientes, negando, y me tiró un trapo grasiento para limpiarme las
manos.
Incluso cuando mis pensamientos no eran sobre ella específicamente, Erin
siempre estaba en mi mente. Y no solo estaba presumiendo. Realmente era la
mejor. Era hermosa e inteligente y tan malditamente sexy que me hacía arder. No
me gustaba pasar un día sin verla y estaba orgulloso de caminar con ella a mi lado.
A veces se quedaba un poco callada, casi triste, y cuando eso sucedía no sabía lo
que estaba pensando, pero eso estaba bien. Sabía que me amaba como loca y no
necesitaba contarme cada pensamiento que cruzaba por su mente. Tenía suerte.
¿Cuántos chicos realmente se enamoran de la chica perfecta de al lado? Es como un
cuento de hadas cursi o una de esas películas del Woman’s Network con que mi
madre siempre llora.
Como solo se suponía que debía trabajar hasta las cuatro y ya habían pasado
quince minutos, comencé a limpiar. Cuando llegué a mi teléfono había un mensaje
de texto de Stone, lleno de blasfemias y diciéndome que llevara mi culo a casa para
poder divertirnos. Por otro lado, Erin envió un mensaje de amor lleno de corazones
y promesas de “te extraño”, preguntándome cuándo iba a recogerla. Ambos
mensajes me hicieron sonreír, por diferentes razones.
La sonrisa se desvaneció un poco cuando recordé que la desagradable amiga
de Erin, Roe, todavía estaba en la ciudad. Había estado bien cuando vivía en
Emblem, tal vez un poco del lado engreído, pero nada demasiado molesto. Pero
desde que su padre se había hecho rico y mudó a la familia a un brillante palacio
en el norte de Scottsdale, se pavoneaba con una actitud de mi-mierda-no-huele-a-
nada, murmurando en un elegante francés de escuela privada sobre quién mierda
sabía qué. Entiendo; la chica pensaba que su dinero y su aspecto la hacían
demasiado buena para respirar el aire de esta árida ciudad. Pero aún peor era la
forma en que había decidido que Erin también era demasiado buena para esto.
Más al punto, parecía que pensaba que Erin era demasiado buena para mí.
Pero le había prometido a Erin que sería amable y hasta ahora lo había sido.
No quería darle a Erin ningún motivo para estar tensa, así no le estaría diciendo a
la molesta mejor amiga que se fuera al diablo. De todos modos, debió de haberle
dado a Roe la misma advertencia porque anoche, cuando todos estábamos
pasando el rato junto al canal, Roe se quedó en silencio junto a Erin y no molestó a
33
nadie. Le dije a Stone que estaba a cargo de la misión de mantener a la maldita
chica ocupada hasta que piloteara su Prius de vuelta al puto Scottsdale, pero Roe lo
ignoró hasta que se aburrió y se fue a conseguir algo de acción con Courtney
Galicki.
Dario, uno de los otros mecánicos, se dirigía hacia mi barrio, así que me dio
un aventón. No estaba lejos, solo a un kilómetro, pero en este horrible calor
siempre estaba feliz de tener una forma de permanecer fuera del sol. Dario puso
música heavy metal durante el paseo rápido y se despidió con la mano cuando se
detuvo frente a mi casa.
Efectivamente, el Prius plateado de Roe todavía estaba estacionado al lado. Al
menos se suponía que debía irse esta noche. Tal vez no encontraría el camino de
regreso aquí por un tiempo. Ya era bastante malo tener que lidiar con Erin y Stone
poniendo los ojos en blanco cada cinco minutos. Lo último que quería era añadir
más tensión a la mezcla.
Estaba todo grasiento y polvoriento por pasar el día en el garaje, así que
decidí irme a casa y ducharme antes de dirigirme a la de Erin. El auto de mi madre
no estaba en el camino de entrada, pero la puerta de entrada estaba abierta. Busqué
en la cocina algo de comida, pero las opciones eran escasas. El queso estaba
mohoso, el cartón de leche estaba vacío y una caja de cereal de maíz solitaria había
expirado nueve meses atrás. Había un cartón de huevos frescos en la nevera, pero
no estaba lo suficientemente desesperado como para comerlos crudos o para
encender la estufa. Finalmente metí un pedazo de pan blanco en mi boca porque
era mejor que nada.
Estaba de espaldas a la puerta que conducía desde la cocina a la sala de estar.
Por eso me pillaron desprevenido cuando un elefante me abordó.
—¡Stone! Mierda, vete al diablo.
Chocamos con la nevera y retrocedí para tratar de quitar a mi hermano, que
había saltado como si estuviera esperando que lo cargara a caballito. Stone había
estado entrenando duro estos últimos seis meses y sentía cada kilo de sus odiosos
músculos. Aunque podría defenderme. Apreté los dientes y le di un codazo en sus
abdominales hasta que cayó.
Cuando me giré, Stone estaba allí sin camisa y sonriendo, ya de nuevo en pie.
—Ya era hora que aparecieras —anunció antes de abrir la nevera y sacar el
bloque de queso que no toqué hace un momento.
—Algunos de nosotros trabajamos —dije deliberadamente.
Arrojó el queso de una mano a otra.
—Yo trabajo.
—Timar no es trabajar.
Dejó de tirar el queso y me lanzó una mirada. 34
—¿Vienes con ese pequeño trozo de religiosidad por mamá o Erin?
Ignoré la pregunta.
—No vas a comer eso.
—Claro que sí.
—Mala idea.
Sostuvo el queso, considerándolo.
—¿Por qué?
—Tiene más moho que el dedo gigante de Gnomo.
Stone se carcajeó. Gnomo fue alguna vez alcalde de Emblem y fue uno de los
muchos chistes locales. Stone tiró el queso decrépito en el cubo de basura.
—Parece un desperdicio. —Se rio—. Hay gente muriéndose de hambre en
Main Street.
—Hay personas hambrientas en esta cocina.
Mi hermano bostezó y se dejó caer en una silla.
—Bueno, maldita sea. Ve a bañarte y vamos a buscar algo de cenar.
Me sentí muy bien cuando me duché. Era viernes por la noche y era verano.
Ese era motivo suficiente para sentirse bien. Esperaba que tarde esta noche tuviera
un tiempo a solas con Erin. Había estado sufriendo más desde esa noche debajo del
puente, la noche del apagón cuando casi habíamos cedido. Después que las luces
volvieron a encenderse, me alegré que no lo hubiéramos hecho y supe que Erin
también estaba contenta. Pero aun así, el dolor estaba allí.
Mi buen humor desapareció un poco cuando volví a la cocina y encontré a mi
madre de pie con las manos en las caderas y un ceño fruncido en el rostro. Parecía
que se volvía un poco más infeliz todos los días. No estaba contenta con la casa
desordenada, no estaba contenta con su trabajo, no estaba contenta con el imbécil
que estaba enredándose en el Dirty Cactus y traía a casa a la cama. Pero, sobre
todo, no estaba contenta con aguantarnos.
Apenas respiró declarando: “Este lugar es asqueroso”, y “Stonewall no has
hecho absolutamente nada hoy”, y “Conway, pensé que te había dicho que te
mantuvieras lejos de la pequeña resbalosa chica de al lado” y “Dios mío, mira ese
patio”, y “Nunca pensé que tendría dos hijos que se comportaran como basura
Gentry que no sirve para nada”, y así sucesivamente.
Stone puso los ojos en blanco y movió su mano derecha varias veces para
imitar su boca. Ella se detuvo a medias y lo miró, pero no dijo nada. Fue a mí a
quien se giró después. Mi madre se cruzó de brazos y me dio un vistazo que
rezumaba odio. Aunque las travesuras constantes de Stone tenían una larga
historia de producirle más acidez estomacal, en realidad yo era su menos favorito. 35
Todos lo sabíamos.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que dejes de fumar en mi maldita casa?
Miré hacia abajo a mis manos vacías.
—No estoy fumando en tu maldita casa.
—No me mientas. Incluso puedo olerlo aquí ahora.
—Ese fui yo —declaró Stone alegremente. Unió sus manos detrás de su
cuello, con una sonrisa desconcertada en su rostro—. He estado sentado en la sala
de estar toda la tarde fumando y viendo porno en la televisión paga.
Mi madre fingió que no había hablado.
—Te vi, Con.
Estaba mintiendo. Sin embargo, no tenía sentido saltar en ese tiovivo.
Siempre sacaba una cosa u otra de la nada y decidía enfadarse por eso. Siempre
había tenido una de esas personalidades volátiles, tan fácil de encender como una
cerilla, pero no siempre había sido así de amargada con nosotros. El lento
desvanecer de Elijah hacia la muerte la había agotado y había dejado un caparazón
mezquino que tenía poco uso para la maternidad.
—Lo siento —le dije aunque no lo sintiera porque no había hecho nada.
Sus fosas nasales se dilataron y su boca se frunció. Estaba tratando de
encontrar otra bala para disparar. Una vez más Stone habló.
—Bebí tu última cerveza también —anunció, apoyando sus pies descalzos
sobre la mesa de la cocina de una manera que seguramente la volvería loca—. Y
rompí la lavadora.
Eso llamó su atención.
—¿Rompiste la lavadora?
—Síp.
—¿Cómo?
—Necesitaba limpiar un martillo.
Se mordió el labio, probablemente tratando de decidir si hablaba en serio o
no. Con Stone, la respuesta por lo general era un no, pero tirar un martillo en la
lavadora parecía el tipo de cosa que podría hacer para ser perverso.
Ahogué una risa. No funcionó del todo. Un sonido como de un pájaro
jadeando escapó de mi boca y mi madre se volvió a enfocar en mí, ceñuda. De
repente, pareció cansarse de interactuar con nosotros. Se llevó el bolso al hombro y
comenzó a empujarme para salir de la habitación.
—¿Qué hay para la cena? —dijo Stone.
—Consigue un trabajo y cómprate tu propia cena —espetó, pero metió la
mano en el bolso del tamaño de una bolsa de playa, sacó un billete de veinte 36
dólares y lo dejó con un golpe en la mesa—. Solo me exprimen —murmuró.
Stone agarró el dinero y levantó una ceja hacia mí.
—Mamá, ¿puedo por favor tomar prestado tu auto? —preguntó en una voz
de pura inocencia.
—No me presiones, Stone —refunfuñó. Ya se había ido de la cocina, pero
luego, de repente, se dio la vuelta y movió un dedo hacia mí—. Déjame decirte
algo, Conway. Si embarazas a esa pequeña zorra, no vengas a pedirme que te
saque de esa
Me tensé. Podía decir lo que quisiera sobre mí, pero no me iba a quedar
callado mientras hablaba de Erin así. No sabía qué diablos tenía contra Erin, aparte
del hecho que era mi novia y mi madre probablemente pensaba que cualquier
chica a la que le gustara tenía que tener algunos tornillos sueltos.
—No te preocupes, mamá —dijo Stone alegremente—. Estoy seguro que te
haré abuela mucho antes que él.
—No quiero ser una abuela —masculló. Luego se fue de una vez por todas,
murmurando algo sobre “mocosos desagradecidos” todo el camino por el pasillo
antes de cerrar la puerta de su habitación.
—¿Alguna vez tienes la sensación que está contando los días hasta que
seamos historia? —preguntó Stone.
—Eso no es nada nuevo. ¿Pero qué pasa con esa última frase?
Stone estaba enrollando los veinte en un tubo apretado.
—¿Qué?
—¿Tienes algunas malas noticias que quieras compartir?
Sus ojos azules encontraron los míos. La gente a menudo comentaba cuánto
nos parecíamos. Era cierto, pero no más que cualquier otro hermano. Casi todas las
chicas de la ciudad y muchas mujeres se sonrojaban y se pasaban la lengua por los
labios a nuestro paso, así que no tenía dudas que a todas les gustaba lo que veían.
Stone resopló.
—Solo estaba jugando con ella.
—Bueno. Será mejor que tengas cuidado.
—Vamos —se burló—. ¿Crees que no sé cómo cubrirme la cabeza cuando está
lloviendo?
—¿Siempre?
—Siempre. —El rostro de Stone esbozó una sonrisa traviesa—. ¿Qué hay
contigo?
—¿Qué hay de mí? 37
Stone miró deliberadamente por la ventana hacia la casa de Erin. Luego me
miró.
—No es asunto tuyo —mascullé.
—¿Todavía? ¿Seriamente? Ustedes han estado juntos una eternidad. Podría
encadenar cada no relación en la que he estado involucrado y no se acercaría a
todo el tiempo que has estado con Erin.
—Vámonos a comer —le dije, un poco gruñón.
—Espera un minuto.
—No. No discutiré esto contigo.
—Bueno. ¿Pero puedo preguntarte una cosa más?
—Siempre y cuando no tenga nada que ver con dónde puse mi polla.
Stone miró pensativo por la ventana. Su voz se calló, casi melancólica.
—¿Cómo es?
Sabía a qué se refería. Pero me llevó un minuto pensar en una respuesta. Con
los años, Stone tuvo una larga cadena de chicas, pero nunca una novia. Algunas de
ellas le gustaban más que otras, pero incluso las mejores solo podían esperar que
las mantuvieran a distancia durante un breve tiempo hasta que siguiera su camino.
Erin me dijo lo que todas las chicas decían sobre Stone, como si no lo supiera ya.
Decían que era un tiburón, un proxeneta, un mujeriego, no es que eso impidiera
que lo persiguieran. Sin embargo, a pesar de su sarcasmo crónico, en algún lugar
dentro de Stone, en un lugar que era casi inalcanzable, vivía un corazón tierno.
Probablemente era el único en la tierra que veía ese lado de él. Antes, cuando
intervino e interfirió con la diatriba de mi madre, no lo había hecho solo para
irritarla, aunque probablemente considerara que era un beneficio conveniente.
Estos últimos años ella había hecho un hábito el venir en picada sobre mí de la
nada y cuando lo hacía, él siempre hacía lo posible por menguar las cosas. Stone
peleaba por mí. De eso nunca tuve duda. Era un buen hermano. Incluso si pudiera
ser un maldito idiota a veces.
—Es agradable —le dije y pareció satisfecho con la respuesta, inadecuada
como era. Era agradable, estar envuelto en alguien y saber que estaba muy
interesada en ti, tal vez más. Desearía lo mismo para él también, que aprendiera
cómo abrir su corazón a otras personas además de mí.
Stone me detuvo cuando comencé a dirigirme a la casa de Erin. Dijo que
estaba lo suficientemente hambriento como para comerse un monstruo de Gila y
no quería quedarse atrapado en un tornado de actividad femenina, que significaría
que pasarían otras dos horas antes que pudiéramos comer. Por lo general, me
habría resistido y lo habría arrastrado hasta allí de todos modos, pero me moría de
hambre. Además, sentí un sentimiento de culpa porque Stone no me pedía favores 38
muy a menudo. Le envié un mensaje de texto a Erin y le dije que estaría de vuelta
en una hora y que todos podríamos averiguar cómo pasar la noche de verano en
esta gran metrópoli.
Era un poco más de un kilómetro hasta Main Street, pero el calor disminuyó
la velocidad del viaje. Deseaba haber traído un poco de agua cuando Stone pareció
leer mi mente y giró a la derecha hacia un patio tranquilo con una manguera de
jardín colgando del grifo oxidado en el costado de la casa. Abrió el agua sin pausa
y observó la corriente fluir durante un buen minuto antes de inclinar la cabeza
para tomar un trago. Todos los niños que alguna vez crecieron en un clima cálido
saben que nunca se toca el primer galón de agua que sale de la manguera. Hace
unos años, un niño que acababa de mudarse del fresco aire de las Montañas
Rocosas de Colorado se atrevió y se quemó los labios hasta quedar en ampollas.
Eso es lo que sucedía si no tenías cuidado.
Stone me pasó la manguera en silencio. El agua estaba tibia y tenía un sabor
algo parecido al metal, pero se sintió bien al bajar por mi garganta. Algún
remanente juvenil dentro de mí se sentía ridículamente feliz, compartiendo una
bebida robada con mi hermano en un patio que no nos pertenecía y limpiándome
la boca con la parte posterior de la muñeca. Era el baile de mil días infantiles que
había tenido antes.
Tomamos un atajo a través de un callejón que corría a lo largo de la parte
trasera de una de las calles más prósperas de la ciudad, con patios, piscinas y
pequeños huertos llenos de cítricos bien cuidados. De vez en cuando, un geco o
una ardilla se lanzaban delante de nosotros antes de desaparecer en agujeros
ocultos bajo la cerca de la cuadra. Cuando llegamos al final del callejón, un lagarto
de buen tamaño se giró y nos miró audazmente en lugar de correr a las sombras.
Le devolví la mirada. Stone, unos pasos más adelante, dejó escapar un silbido bajo.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté con inquietud cuando dejé al lagarto
atrás y noté la manera en que mi hermano miraba con interés a través de la
ventana abierta de un auto costoso.
Stone chasqueó la lengua.
—Dejó las llaves en el encendido. Imbécil.
Estaba estacionado discretamente a la vuelta de la esquina, junto a una gran
casa de Santa Fe que ocupaba casi un acre en lo que en realidad era propiedad de
primera categoría por aquí. Sabía a quién pertenecía la casa. Sabía a quién
pertenecía el automóvil. Sabía lo que significaba ese brillo en los ojos de mi
hermano. No me gustaron estas cosas.
—Vamos —instó Stone—. Quince minutos. Nunca sabrá que se fue.
Dejé escapar un suspiro exasperado.
—¿Ser arrestado está en tu lista de deseos?
39
Stone tamborileó con los dedos sobre el capó del Cadillac y esbozó una lenta
sonrisa.
—Nadie está siendo arrestado, hijo. Gnomo probablemente está dormido en
su ataúd allá en la casa grande. Nunca lo sabrá. Conduciremos por el camino de
Burgerville y lo traeremos de vuelta.
—¿Por qué?
—Porque podemos. Porque estoy cansado de caminar. Porque el hijo de puta
está tentando al destino al dejar aquí su brillante herramienta de compensación de
pene con las llaves dentro.
Hice una pausa.
—¿Las llaves están realmente adentro?
Stone se asomó por la ventana y segundos más tarde las llaves plateadas
salieron volando por los aires. Las atrapé fácilmente y me quedé mirando la
inocente manera en que estaban en la palma de mi mano.
—¿Bien? —preguntó Stone y cuando lo miré, entendí el juego. Conocía a ese
chico mejor que él mismo. Todo era una gran obra antigua. Esperaba que mandara
todo al infierno y arrojara las llaves por la ventana. Continuaríamos nuestro
camino alegre e iríamos a atiborrarnos con grasienta comida rápida. Nos reiríamos
de tonterías estúpidas, nos insultaríamos y nos alegraríamos cuando el sol se
ocultara bajo el horizonte. Pasaríamos otra tarde de verano sin incidentes con
amigos y no amigos junto a las orillas del canal o en las sombras del viejo puente
del tren o en la base de la colina. No había muchas opciones para elegir cuando se
trataba de la vida nocturna de Emblem. Luego nos encontraríamos en la oscuridad,
caeríamos en nuestras descuidadas camas y dejaríamos que el día terminara sin
que sucediera nada fuera de lo común.
—Está bien. —Me encogí de hombros despreocupadamente—. Vámonos.
El rostro de Stone cambió cuando giré el llavero alrededor de mi dedo. Lo
miré atento mientras cerraba la distancia al automóvil y abría el lado del
conductor. Una punzada de duda cruzó su rostro. No iba en serio. Había estado
esperando que me burlara y me alejara. Me hubiera seguido con risas y muchas
burlas durante todo el camino hasta Burgerville y más allá. Pero ahora que había
aceptado el desafío no podía retractarse, no Stonewall Tiberius Gentry.
—Yo conduciré —dijo con calma, pero lanzó una mirada incómoda a nuestro
entorno tranquilo. La extensa casa más allá de la puerta se observaba impasible, un
gigante de estuco que no tendría ningún motivo para inmutarse con ladrones de
automóviles. En lo alto, un pájaro carroñero daba vueltas, un mal augurio. Vi cómo
se dio cuenta, dio un paso atrás y luego apretó la mandíbula.
—No —le dije, saltando en el asiento del conductor y sintiendo una emoción
peligrosa. El auto estaba caliente y olía a cuero y dinero. Con un movimiento de mi
muñeca, el motor ronroneó y conecté el aire acondicionado. 40
Stone subió al lado del pasajero y cerró la puerta silenciosamente. Solo sabía
que estaba inquieto porque lo entendía muy bien, siempre lo había hecho. Era
mayor que yo por diez meses, pero esa ventaja siempre había parecido irrelevante.
Nos matriculamos en la misma clase de jardín de infantes y alcanzamos casi todos
los hitos de la experiencia juntos. La gente siempre olvidaba que no éramos
gemelos y a veces incluso yo lo olvidaba. Stone siempre había estado allí conmigo
y era poco probable que recordara ese breve respiro antes que yo hubiera estado
cerca. Entonces no éramos gemelos. Pero tampoco éramos como los otros
hermanos que conocíamos.
Stone me lanzó una sonrisa engreída que conducía a todas las chicas a la
idiotez con las rodillas débiles y todo. Le devolví la sonrisa.
De repente, su sonrisa cayó un poco.
—Quince minutos —advirtió con una ceja levantada.
Me moví para conducir y bajé el auto por la calle, sintiéndome mal y
sintiéndome malditamente bien al mismo tiempo, como siempre que estábamos
haciendo algo que no deberíamos hacer, desde garabatear en la pared de nuestro
dormitorio con marcadores mágicos hasta tirar la silla del director en la piscina de
la ciudad. Era un sentimiento antiguo, tan antiguo como mi memoria. Siempre ha
sido así.
No llegamos a Burgerville. Cuando nos acercamos a Main Street, se me
ocurrió, más bien tardíamente, que no éramos invisibles. De hecho, estábamos
atrayendo una gran cantidad de atención en el sedán de lujo del ex alcalde.
Emblem no era una ciudad pequeña, pero tampoco era muy grande y la
probabilidad dictaba que había algunas personas que reconocieron a los hermanos
Gentry y se preguntaban por qué estaban sentados en el Cadillac de Gnomo.
Sin embargo, no hay policías. No hay policías a la vista. Stone se movió en el
asiento a mi lado cuando nos detuvimos en el semáforo en Main y Terrace. Estaba
mirando hacia adelante con una expresión pasiva. Más allá de él pude ver a la
señora Perry, con la mandíbula floja, detrás del volante del Honda parado junto a
nosotros. Era dueña de la única tienda de flores en la ciudad. Era amiga de nuestra
madre. De repente, la mierda de toda esta aventura me golpeó. Si tuviera algún
sentido, habría llevado mi culo de regreso a esa calle tan elegante, antes que
alguien más importante que la señora Perry se fijara en nosotros.
—Oye, mira eso. —Stone señaló sobre mi hombro izquierdo—. Tenemos
compañía.
Sonó una bocina y aparté la mirada de los ojos de la señora Perry para ver a
Tony Cortez riendo en su Camaro prehistórico. Parecía que estaba a una palanca
de cambio de desintegrarse, pero estuvo en el taller de autos con Tony y sabía que
el interior del auto se veía mucho mejor que su exterior.
Tony asintió e hizo rugir el motor. Stone le enseñó el dedo, pero todo con 41
buena actitud. Tony estaba bien la mayor parte del tiempo, pero solo en ese
segundo su sonrisa petulante me molestó. Pensaba que no tenía nada de coraje.
Hice rugir el motor del Cadillac en respuesta.
—Con —dijo Stone firmemente, pero la luz ya se había puesto verde y ya
estábamos arrancando con un chirrido de neumáticos y velocidad.
La calle principal no era demasiado larga, pero teníamos un buen tramo de
carretera recta antes de llegar al siguiente semáforo. Escuché a Stone decir una
maldición, pero no tenía intención de parar. El parachoques delantero de Tony
estaba allí en mi rabillo del ojo y estaría condenado si lo dejo avanzar. Los peatones
dispersos miraban desde la acera, un señor vestido de cuero estaba apoyado sobre
el manubrio de su moto y miraba en silencio detrás de sus ojos cubiertos de gafas
de sol.
Todo esto ocurrió en segundos llenos de velocidad que parecieron horas.
Entonces el sol menguante destelló en cada superficie metálica de Emblem y
conspiró para cegarme. Cuando se despejó, casi llegamos a la siguiente luz y la
intersección se alzaba adelante, no había otros autos a la vista, totalmente vacío
excepto por un solo gato negro que se mantenía firme allí mismo en el centro de la
carretera. Era feo; pelo levantado, garras listas, un roedor de cola larga en sus
mandíbulas. No hizo ningún movimiento para saltar y ponerse a salvo. Los
interminables segundos se estiraban cada vez más. Otro y estaría debajo de los
neumáticos. Viré antes incluso de entender lo que estaba haciendo. Stone agarró el
tablero y maldijo frenéticamente. Avanzamos más allá del segmento de tiendas de
Main Street y saltamos el bordillo que daba a un campo lleno de flores silvestres y
plantas rodadoras. El suelo era un polvo arenoso que se deslizó debajo de los
neumáticos cuando volví a virar, tratando de detener el terrible impulso mientras
mi pie golpeaba los frenos.
Las ruedas traseras giraban en una dirección y las delanteras en una
diferente. No había personas, edificios o animales frente a nosotros, pero se me
hizo un nudo en el estómago cuando vi lo que estaba a unos metros de distancia.
Una amplia red de canales recorre esta parte del estado hasta llegar al valle
de Phoenix. Durante gran parte del año están secos o cubiertos de charcos poco
profundos. Pero durante la temporada de tormentas de verano no es inusual ver
varios metros de agua allí.
El Cadillac se tambaleó sobre el borde de hormigón del canal durante medio
segundo antes de caer en el agua sucia. Aterrizamos con un golpe colosal que hizo
un pequeño maremoto. Inmediatamente, el suelo comenzó a absorber agua que
empapaba nuestras piernas hasta la rodilla.
Mi hermano y yo nos miramos a los ojos en ese pequeño espacio. No
estábamos en peligro, en realidad no. El agua no era lo suficientemente profunda
como para ahogarse. Pero estábamos malditamente jodidos de la misma manera.
42
Stone tragó y el acto pareció doloroso para él.
—Salgamos de aquí —dijo y comenzó a trepar por la ventana.
Me senté allí. Miré el agua que se elevaba y me pregunté vagamente qué
había sido de Tony Cortez. Pensé en cómo hacía menos de quince minutos que
había estado bromeando con mi hermano mientras esperábamos otra noche de
verano aburrida, increíble, aburrida e irremplazable.
“Esa pausa entre latidos puede cambiar todo. Todo”.
¿Quién dijo eso? Erin. Erin había dicho eso. Lo había dicho en medio de uno
de sus estados de ánimo tranquilos, un día frío en la temporada que pasó aquí en
invierno. Era el aniversario de una cosa terrible que había sucedido en su vida,
algo de lo que no le gustaba hablar. Pero recordé claramente esas palabras y
recordé ese día y recordé la forma en que un viento repentino y áspero había
levantado las puntas de su oscuro cabello y me había dado una bofetada en el
rostro.
—¡Conway!
Stone ya había trepado por el costado del canal. Podía ver sus piernas, podía
verlo agachándose, listo para arrastrarse hacia abajo y sacarme del auto. Me
levanté por la ventanilla del lado del conductor y Stone suspiró con alivio mientras
me levantaba para pararme a su lado.
—Yo estaba conduciendo —me dijo, asintiendo.
No entendí. Mis oídos estaban pitando por alguna razón. Me froté la oreja
derecha con irritación.
—¿Qué?
Entonces vi las luces. El auto de la policía. El pitido había sido una sirena. No
necesitaríamos una ambulancia. No estábamos heridos. Aunque estábamos en un
infierno de muchos problemas.
El oficial Driscoll, un tipo tonto de policía si alguna vez hubo uno, se dirigió
hacia nosotros. Me habría reído en voz alta ante la expresión sombría en su rostro
si hubiera habido algo gracioso sobre esto. El oficial Driscoll, que se hacía llamar
“Gaps”, examinó la escena, frunció el ceño cuando alejamos a los paramédicos y
nos arrestó. Podía sentir los ojos de todas partes mientras nos escoltaban de
regreso a la patrulla de policía para el corto viaje de vuelta a la cárcel de Emblem.
Stone estaba afligido. Toda la armadura del tipo duro se había ido. La tristeza
y el arrepentimiento en su rostro lo hacían parecer joven y viejo al mismo tiempo.
Cada parte de ese triste remordimiento estaba fija en mí.
—Lo siento —susurró—. Lo siento, Con-man.
Lo miré fijamente. Stone cerró los ojos por un segundo y se veía tan miserable
como nunca lo había visto alguna vez. No estaba destrozado por el hecho que lo
empujaban en la parte trasera de una patrulla de policía, aunque dudo que 43
estuviera encantado con eso. Lo que lo estaba matando era el hecho que estaba allí
con él. Todas las estupideces que habíamos hecho nunca se habían sumado a
tantos problemas y Stone se culpaba a sí mismo por una mala idea. Sí, se culpaba a
sí mismo por llevarme a dar el paseo en el auto incluso aunque había sido yo quien
había encendido el motor.
—También lo siento—le dije.
Después de todo, ambos éramos idiotas y esto era más culpa mía que suya.
Por primera vez, una verdadera sensación de miedo comenzó a latir en mi cabeza.
Esto estaba fuera de mi caja de experiencia de vida. No sabía lo que pasaría de aquí
en adelante. Dudaba que mi madre viniera corriendo al centro de la ciudad para
llevarnos a casa y no podía pensar en nadie más que quisiera o pudiera pagar la
fianza. Nuestras manos estaban cerradas en puños a nuestras espaldas, pero tenía
ganas de abrazar a mi hermano de una manera que no había sentido desde que
éramos pequeños y temerosos de todas las cosas imaginarias que preocupan a los
niños.
En cambio, empujé su rodilla con la mía. Eso fue lo mejor que pude hacer en
este momento. Él respondió igual.
ERIN
—Deja de retorcerte.
—Dios, Roe. Me veo como un payaso.
—Solo porque sigues moviéndote y arruinando mis líneas. Ahora siéntate
quieta, ma chère.
Obedecí a mi mejor amiga y me instalé en la silla de escritorio chirriante para
que pudiera terminar mi maquillaje. La bolsa de maquillaje de Roe era más grande
que la mochila de mi escuela y tenía el tipo de cosas caras y de calidad que nunca
podría pagar. Hasta ahora me había dado la mitad de su alijo y me habría dado
más si no me hubiera avergonzado y rechazado. Roe era así de genial.
—Listo —dijo finalmente triunfante mientras retrocedía y miraba fijamente su
obra. Estaba tan contenta como para esbozar una gran sonrisa. Roe era preciosa
con largos rizos castaños y el cuerpo de una bailarina. Lamenté escuchar que había 44
dejado el ballet el año anterior.
Miré en el espejo cuadrado.
—No es terrible —admití.
Nunca usé mucho maquillaje. Roe insistió en que mi perfecta complexión
color oliva realmente no lo necesitaba, pero quería hacer algo bueno por mí y sabía
todo sobre esto. Maquillaje. Moda. Hombres. Si no conocieras a Roe en absoluto, si
solo la estuvieras juzgando por su belleza fría y sus gustos sofisticados, pensarías
que era una chica que tenía el mundo a sus pies. El tipo de chica que ni siquiera
sabía cómo eran los problemas. Quizás la razón por la que nos llevábamos tan bien
era porque las dos sabíamos que la imagen que elegimos para mostrar el mundo
no significaba nada. Era la historia interior, llena de complicaciones rotas, lo que
decía la verdad.
—Maravilloso —corrigió y luego, con la velocidad del rayo, un par de
horquillas me retorcieron el cabello en un moño francés suelto—. Una visión —
declaró con una inclinación teatral y un acento francés—. Mademoiselle puede tener
cualquier conquista que desee.
Me sonrojé. Sabía que no era fea. Pero no era sexy como Roe.
—Vamos. —Me empujó de la silla—. Busquemos a ese chico tuyo y haz que
sus hormonas se enloquezcan.
Resoplé.
—Las hormonas de Con están bien sin ayuda.
—¿En serio? —Se dejó caer en mi cama y cruzó sus largas piernas como si se
estuviera acomodando para escuchar un buen chisme—. Elabora por favor. Me he
estado preguntando cuánto tiempo ustedes dos iban a aguantar.
—Oh. No lo hicimos —tartamudeé—. Quiero decir, casi lo hicimos. Mucho.
Pero no lo hicimos.
Roe parpadeó y luego asintió pensativa.
—Es bueno ese Conway Gentry.
—¿Porque no me ha jodido?
Sonrió suavemente.
—Porque no te presiona. Te ama, E. Lo veo en la forma en que te mira.
Esperaría por siempre si tuviera que hacerlo. Ese tipo de persona no llega todos los
días. Del tipo que te amará tal y como eres.
—No sabe quién soy —murmuré.
Roe estaba sorprendida.
—Erin. Eso es ridículo.
Las lágrimas estaban allí. Calientes y repentinas. Se movieron detrás de mis 45
ojos y amenazaron con derramarse. Roe me había visto llorar antes, igual de
repentino que un tsunami. Me sentía libre de llorar delante de ella. Sabía cosas que
ocultaba de todos los demás. Sabía lo que realmente sucedió el día que mi madre
murió. Supongo que muchas otras personas también lo sabían, pero por respeto a
mi padre y a nuestra familia debieron haber decidido hace mucho mantener la
boca cerrada.
—¿Todavía lo estás haciendo? —me preguntó mi amiga con un dolor
silencioso. Tragó saliva con una mueca—. Prometiste. Prometiste que no lo harías
más.
—No tanto —dije a la defensiva.
—Tienes que parar, Erin.
Envolví mis brazos alrededor de mi pecho.
—Lo sé.
—¿Qué hay del número que te di? ¿La línea de ayuda?
—Llamé —mentí—. Fue útil.
Roe me enseñó una vaga sonrisa. Sabía cuándo creerme y cuándo no.
—Deberías hablar con tu padre.
Pensé en mi padre. Tan cansado y desorientado.
—No.
—Podría estar allí contigo.
—¡No! —No tenía intención de gritar. Coloqué mis rodillas en mi pecho—.
Un año más hasta que me gradúe y salga de aquí. Todo será mucho mejor
entonces.
Roe se mordió el labio y luego suspiró.
—La cuestión es que no es tan fácil escapar de las cosas que odias de ti.
—No me odio.
Mi amiga se acercó y me tomó del brazo. Dejé que pasara el dedo por una
larga cicatriz desvaída en la parte inferior de mi codo.
—No te amas tampoco. Y deberías.
—Voy a parar —dije y esta vez lo dije en serio. Pero entonces siempre lo decía
en serio—. Lo juro.
Dejó caer mi brazo y de repente juntó sus manos.
—Va a ser muy bueno, Erin. Tú y yo, en la ASU, juntas. Vamos a ser
compañeras de habitación, por supuesto.
—Por supuesto.
—E incluso desapareceré cuando Con llegue los fines de semana. 46
—Bueno, tal vez termine siendo mucho más cercano. He intentado que se
tome la escuela más en serio. Si aumenta sus calificaciones, tiene la oportunidad de
entrar a través de las admisiones.
Roe levantó una ceja.
—¿No están él y su hermano un poco unidos por la cadera? Stone no parece
material de universidad para mí.
—Stone no es dueño de Conway —respondí, de repente irritable—. Con hará
lo correcto para él y Stone puede quedarse atrás y seguir siendo su peor problema.
—Está bien, está bien. —Roe levantó sus manos—. Maldición, me olvidé de lo
mucho que no podías soportar a Stone.
No quería hablar más de Stone Gentry.
—No importa —dije rápidamente—. Está bien.
Roe asintió.
—Con cree que no me cae bien, ¿eh?
Dudé. Con pensaba que Roe era engreída e indiferente. No la conocía como
yo.
—No. De ningún modo. Solo estaba preocupado que no estuvieras pasando
un buen rato cuando todos estábamos juntos anoche.
—Lo siento —dijo tímidamente—. Supongo que cuando vengo a la ciudad
soy como la proverbial tercera rueda.
—No lo eres.
Sonrió burlonamente.
—Pronto me iré y luego tú y Con podrán volver a sus actividades carnales.
—Te dije que no lo hemos hecho. ¿Pero qué hay de ti?
Comenzó a guardar los tubos de lápiz labial.
—¿Qué hay de mí?
—Todos los tipos te miraban anoche, babeando a tus pies, mientras rezaban
para que siquiera los miraras.
—Ya he hecho demasiado —dijo y el ceño fruncido que cruzó su rostro me
recordó que Roe tenía algunos secretos propios. Desapareció de las redes sociales
desde el escándalo de ese maestro. Nunca entendí toda la historia sobre eso, pero
no la necesitaba. Todavía era Roe. Era social y educada con muchas de las chicas
de Emblem. Sin embargo, todavía consideraba que Roe sería mi única amiga
verdadera. Aparte de Conway, por supuesto.
—¿Te gustó tu regalo? —le pregunté para cambiar el tema a algo más alegre.
47
Una sonrisa iluminó su rostro e inmediatamente se acercó y sacó la pequeña
caja de su bolsa de viaje. Ya lo había abierto antes, pero ahora volvió a abrir la tapa
con cuidado y tocó el objeto que estaba sobre una cama de algodón. Su
decimoséptimo cumpleaños había sido hace varias semanas y había estado
esperando darle collar con el prisma de cristal. No era mucho, solo una pieza que
había recogido en una trampa para turistas a unos pocos kilómetros de la ciudad,
el tipo de lugar donde se pueden comprar sombreros de vaquero endebles, imanes
en forma de estado, pisapapeles de escorpión.
El pequeño cristal estaba unido a una cadena de cuentas de turquesa falsas.
Estaba destinado a ser colgado en un marco de ventana para atrapar la luz. No
había estado buscando un regalo cuando lo vi, pero de inmediato me recordó a
una película realmente vieja que Roe y yo habíamos visto juntas hace años. En la
película, un par de niños marginados se hicieron amigos de un ermitaño anciano.
Hubo una escena memorable donde los tres colgaron docenas de cristales en una
enorme ventana de tal manera que se creaba un arco iris de luz cuando llegaba el
sol. Por alguna razón, esa escena siempre se me había quedado grabada. No estaba
segura si lo recordaba, pero por la expresión de su rostro de ayer cuando abrió la
caja, supe que sí.
—Me encanta —dijo con cierto asombro en su tono, sosteniéndolo en sus
dedos bien cuidados como si fuera un diamante raro. Por eso me encantaba Roe.
Tenía todo lo que el dinero podía comprar, pero seguía siendo la clase de chica que
atesoraba un regalo sentimental de ocho dólares de parte de su mejor amiga.
Fuimos interrumpidas por un fuerte golpe en la puerta y una lluvia de risitas.
Roe abrió la puerta y mis dos hermanas cayeron en la habitación. Penny
acechaba con toda la arrogancia mundana de una adolescente acaudalada. Katie
estaba detrás, llena de una risa de niña de nueve años que no requería nada
específico.
—¿Qué están haciendo chicas? —preguntó Katie, hurgando en la bolsa de
viaje de Roe.
—Tramando la dominación global —respondí.
Mi hermana arrugó la nariz.
—¿Eh?
—Estás usando un montón de maquillaje —resopló Penny con
desaprobación—. Espera a que papá vea.
—A papá no le importará. Y de todos modos, tendrás que acostumbrarte
porque ha sido tatuado.
—Bueno, te ves como un payaso.
—¿Penny? —Se aventuró Roe—. ¿Te gustaría probar un poco de maquillaje?
—¡Sí! —gritó Katie con su mano en el aire.
48
—Supongo —dijo Penny poniendo los ojos en blanco—. Simplemente no me
hagas parecer un payaso de circo.
Roe se sentó y realizó el trabajo serio de aplicar maquillaje a mis hermanas
pequeñas. Katie estaba encantada con el brillo labial rosado y el rubor. Penny hizo
un gran esfuerzo para no parecer demasiado complacida por la forma en que Roe
fue capaz de resaltar sus pómulos y agregar un toque de color a sus labios.
—Gracias —dijo casi demasiado suavemente para ser escuchada mientras
miraba con melancolía su propio reflejo. Luego parpadeó y se volvió hacia mí con
toda la agria adolescencia—. Papá quiere saber lo que tienes planeado para la cena.
—Hay una cazuela de atún en la nevera. Todo lo que necesitas hacer es
calentarla a tres cincuenta por veinte minutos.
—¿Y a dónde vas? —preguntó Penny mientras se detenía en la puerta.
—Fuera. —Me encogí de hombros, mirando a mi teléfono y preguntándome
por qué Con no había llamado todavía. Terminó su trabajo hace más de una hora y
pensé que estaría aquí tan pronto como corriera a casa para ducharse y cambiarse.
—Vi a tu novio irse —anunció Katie como si hubiera leído mi mente. Se
volvió hacia Roe—. ¿Tienes novio?
—Noooo. Soy demasiado joven para tener un novio —respondió Roe con
inocencia fingida. Me guiñó un ojo.
Traté de llamar la atención de mi hermana.
—Katie, ¿viste a Con? ¿Estaba aquí?
Mi hermana peinó su cabello con sus dedos.
—Nop.
Penny estaba escuchando en la puerta y decidió unirse a la conversación.
—Él y su hermano se escaparon juntos hace un rato, probablemente para ir a
esnifar pintura en una zanja en algún lugar. —Asintió hacia Roe—. ¿Te vas a
quedar aquí otra vez esta noche?
Roe negó.
—Me gustaría. Pero le prometí a mi papá que estaría en casa a las ocho.
Katie de repente abrazó a Roe por la cintura. Roe pareció sorprendida por un
momento, pero complacida cuando le dio unas palmaditas en la espalda a la niña.
Me hizo sentir culpable, ver a mi hermana pequeña en busca de afecto. Había
recibido un trato injusto, solo había estado en el jardín de niños cuando nuestra
madre murió. Nuestro padre hizo todo lo posible, pero pasaba demasiadas horas al
día trabajando turnos dobles en la prisión para poder llegar a fin de mes. Se sentía
culpable por depender demasiado de mí. Se sentía culpable por no poder ayudar a
mi madre cuando estaba viva, y no poder lidiar con ella ahora que está muerta. Me
sentía culpable porque soy una horrible sustituta de una verdadera madre. Y luego
49
me sentía aún más culpable por contar los meses hasta que pudiera salir de aquí.
Demasiada culpa, por todos lados.
Encontramos a mi padre dormitando en el sofá. Debe haber llegado a casa.
Todavía vestía la camisa blanca de poliéster y los pantalones azules del uniforme
de la prisión. Se despertó abruptamente cuando Katie saltó sobre sus piernas.
—Apestosa —bromeó, haciéndole cosquillas mientras chillaba. Luego nos
miró y parpadeó, sus ojos inyectados en sangre—. Hola, chicas.
—Hola, papá. Creo que Penny está en la cocina calentando la cacerola que
hice ayer. Habrá suficientes para las sobras mañana.
Sonrió. Ahora calvo, con sobrepeso y crónicamente cansado, una vez había
sido un hombre apuesto. Había visto las fotos.
—Gracias, princesa. Siempre mi heroína.
Mi padre decía cosas así todo el tiempo. También las decía de verdad,
siempre tratando de decirme cuánto apreciaba mi ayuda. Era un buen tipo.
—De nada —le dije y me froté los brazos. Estaban cubiertos con mangas
largas a pesar del calor del verano. Roe me sorprendió haciéndolo y me lanzó una
mirada penetrante que se convirtió en tristeza dolorida. Me detuve. Nadie más lo
notó. Incluso si lo hubieran hecho, no habrían pensado nada de eso. De alguna
manera, estaba orgullosa de eso, por enfermo que fuera. Era un talento terrible, ser
capaz de esconder cosas horribles de las personas que te amaban.
Con todavía no estaba respondiendo su teléfono. Roe estuvo dando vueltas
hasta que la luz comenzó a ponerse suave, luego subió a su automóvil a
regañadientes. Para todo el lujo que le esperaba, a Roe nunca le entusiasmaba irse
a casa. Antes de subir al volante, se volvió hacia mí y abrió los brazos.
—Se avecinan días mejores —me dijo al oído mientras me abrazaba con
fuerza.
La abracé.
—Para las dos —le prometí.
Se apartó y me miró directamente a los ojos.
—Sabes, si alguna vez hay algo que no quieras hacer sola, dejaré todo y
vendré aquí.
Roe no decía cosas así solo por decirlas. La cuenta bancaria más grande del
mundo no podía comprar ese tipo de amistad leal.
—Lo sé —dije—. Pero estoy bien. Lo juro.
Echó un vistazo al silencio vacío de la casa de Con.
—Ten cuidado con esos chicos Gentry —advirtió con un guiño mientras
entraba en su automóvil.
50
Saludé y luego puse mis manos en mis caderas.
—Tal vez deberían tener cuidado a mi alrededor.
—Gracias de nuevo por mi cristal.
—Tienes que colgarlo en la ventana de tu habitación. Recuerda la leyenda; si
atrapas un arcoíris en tu palma, todos tus sueños se harán realidad.
—¡Te amo, hermanita! —gritó mientras se alejaba. Roe no tenía hermanas de
sangre y había decidido hace al menos una década que me adoptaría en ese papel.
Todavía estaba parada junto a la acera cuando mi teléfono zumbó en mi
bolsillo. Lo saqué con una sonrisa, esperando a Conway, pero en cambio fue un
mensaje de texto de Courtney Galicki. Ella fingía ser más una cabeza hueca de lo
que realmente era y siempre cotilleaba demasiado, pero estaba bien. Había estado
con Stone de vez en cuando durante un tiempo y eso me hizo sentir un poco de
lástima por ella, porque obviamente le gustaba más de lo que era saludable que le
gustara Stone Gentry.
Miré las palabras en mi pantalla, pero no tenían sentido para mí. En realidad,
tenían sentido, pero era un mal tipo de sentido. No tuve la paciencia para enviar y
recibir mensajes de texto sobre algo así, así que llamé a Courtney directamente.
Escuché la historia sin aliento que me contó.
Cuando colgué, estaba maldiciendo en silencio al chico de al lado.
51
CONWAY
Éramos un par de bastardos muy afortunados.
Gaps se aseguró que lo supiéramos. Podía notar que se sintió mal incluso
mientras nos arrestaba. Hace aproximadamente un año comenzó a venir a la casa,
pasando mucho tiempo con nuestra madre. Ella lo usó como una inyección de ego
y para algunas cenas en restaurantes de lujo antes de dejarlo como a carne podrida.
Pero Gaps no era de los que guardaban rencor y siempre asentía en nuestra
dirección cuando nos veía por la ciudad.
Aparentemente, la conexión familiar era más profunda que una aventura
breve con nuestra madre. Se detuvo junto a nuestra celda, explicando en susurros
cómo todavía era amigo del legendario Deck Gentry y había prometido vigilarnos.
Stone alzó una ceja ante eso y nos miramos con un reconocimiento tácito. Era
otra prueba que fuimos engendrados por uno de esos salvajes Gentry del desierto 52
en lugar de por el inquebrantable Elijah. Sin embargo, este no era el momento de
comenzar a reflexionar sobre esa posibilidad. No cuando estábamos tras las rejas,
nuestros estómagos gruñían y nuestros pulsos corrían.
Gaps nos no dijo que un poco de nepotismo en una pequeña ciudad podía ser
útil a veces. Tenía un pariente que era juez y a Deck le debían muchos favores por
cosas que no podía adivinar. Todo eso se convertiría en nuestra salida, siempre y
cuando alguien apareciera en la cárcel de Emblem con una pila de papel verde.
Casi me desesperé al oír eso, porque incluso si mi madre tuviera el dinero, dudaba
que se desprendiera de este por nuestro bien.
Resultó que no necesitó hacerlo. A pesar que Gaps no había podido contactar
a Deck, había hablado con Cordero, uno de los primos trillizos que apenas
recordaba. Habían vivido en las tierras remotas y desoladas del exterior de
Emblem, donde la mayoría de los Gentry se habían asentado, vivido y muerto
durante generaciones. Todavía quedaban algunos; alborotadores crónicos que
habían hecho que nuestro apellido fuera una maldición local. Cord y sus
hermanos, Chase y Creed, se habían ido de la ciudad cuando tuvieron la primera
oportunidad, pero sus padres se quedaron. Los vi a veces: la arruinada Maggie y al
violento Benton. Si los rumores de nuestra paternidad alguna vez habían llegado a
los oídos de Benton, nunca lo demostró, gracias a Dios. Todo lo que había oído
sobre él apuntaba a un hombre brutal que preferiría no conocer.
Stone y yo prácticamente saltamos de la celda tan pronto como Gaps abrió la
puerta. Nos dijo que nos mantuviéramos callados y nos sacó por la parte de atrás,
donde no había personal curioso o visitantes que se preguntaran por qué
merecíamos una libertad tan rápida y no oficial.
Nos estaban esperando. Los trillizos. Los recordaba como más grandes que la
vida; tres adolescentes ruidosos a quienes no les importaban una mierda las reglas
o la razón. Los hombres que nos esperaban ahora eran serios y casi parentales. Nos
miraron, se miraron el uno al otro y sonrieron. Después de todos estos años, sentí
algo como asombro, estando cara a cara con ellos de nuevo.
—Mierda —espeté—, son los famosos trillizos. —Me acerqué para estrechar
sus manos, incluso mientras Stone se mantenía en silencio—. ¿Cómo diablos están?
El que estaba cubierto de tatuajes y ya había confirmado que era Cordero
pensaba que era gracioso.
—Famosos —exclamó—. Oigan, chicos, ¿sabían que éramos famosos?
No pude evitarlo. La adoración al héroe se estaba instaurando. Cuando Stone
y yo éramos pequeños solíamos fingir que éramos los trillizos Gentry. Siempre nos
rotábamos y nunca se nos ocurrió que nos faltaba un hermano para el trío.
Pellizqué a Stone para sacudirlo y que recordara, pero me frunció el ceño y sacudió
su cabeza como lo hacía cuando presumía que no le importaba nada.
—Es verdad —les dije—. Son leyendas en los pasillos de Emblem High, 53
incluso después de todos estos años.
Chasyn, el último en estrechar mi mano, resopló por eso.
—Todos estos años. Es historia antigua. Precede a la electricidad.
No podía decir si estaba realmente ofendido o no.
—Sí —dije finalmente, solo porque sentía que tenía que decir algo.
Creedence, el tipo grande, chasqueó los dedos hacia nosotros. Era el que
parecía menos emocionado de estar aquí. No es de extrañar. Sabía que vivían en
algún lugar en el valle a las afueras de Phoenix y probablemente tenían cosas
mucho mejores que hacer con su viernes por la noche que conducir hasta aquí por
el bien de dos niños que no habían visto en una década.
—Vámonos —dijo con todo el mando militante de un sargento instructor. Se
hizo a un lado para hablar con Gaps, quien miró un grueso sobre en sus manos
regordetas y asintió antes de aclararse la garganta y mirar en nuestra dirección.
—No vuelvan a hacer esta mierda —advirtió, y aunque no tenía nada contra
Gaps, no pude evitar sentir la risa burbujear en mi garganta. Algunos hombres
nacieron con el aura de autoridad y otros no. Gaps no. Pero traté de hablar en serio
cuando respondí.
—Por supuesto que no, oficial. Lo sentimos. No sé en qué estábamos
pensando. Stone, ¿sabes lo que estábamos pensando?
—Claro —dijo Stone fácilmente—. Estaba pensando en todos los traseros
sexys que conseguiría con esto.
Le lancé una mirada. Nada bueno saldría de hablar así en este momento.
—No quiso decir eso.
Mi estúpido hermano siguió.
—Sí, lo dije en serio. Cuando las chicas se acercan a los problemas
simplemente no pueden mantener sus tetas contenidas. Es un gran incentivo.
—Cállate —siseé con una rápida mirada a Gaps, pero Gaps estaba temblando
con una risa silenciosa.
—Gentry. —Se rio entre dientes, y luego les dijo a nuestros primos que
podían hacer con nosotros lo que quisieran.
Stone, el perenne imbécil, se liberó del agarre firme de Creed y decidió lanzar
un último comentario a Gaps mintiendo que nuestra madre esperaba volver a
verlo de nuevo. Gaps se vio tristemente esperanzado por un momento doloroso
antes que Stone comenzara a reírse.
—Eso estuvo jodido —le dije.
Stone me agarró por el cuello. Era demasiado fuerte.
54
—¿Escuché que me dijiste que me callara allí, pequeño idiota?
Ya tenía suficiente de la compañía cínica de mi hermano, así que respondí
golpeándolo de cabeza contra el costado de la cárcel.
—Imbécil —gritó Stone, tratando de meterse debajo de mis axilas para poder
tirarme.
—Idiota —gruñí y lo empujé de nuevo.
Creedence perdió su paciencia y nos separó. Sería un policía mucho más
efectivo que Gaps. Estuve secretamente satisfecho cuando los muchachos
insistieron en llevarnos a casa. No estaba listo para despedirme de ellos todavía.
Chase incluso se salió con la suya con el malhumorado Creedence y arregló para
que nos detuviéramos y comiéramos algunos de esos perros con hamburguesas
gigantes en ese restaurante de la estación de servicio.
Cordero era callado y afable. Era amable, pero no parecía saber qué hacer con
nosotros. Creed dejó en claro que iba a quejarse todo el día. Pero Chase fue genial.
Nos hizo preguntas y escuchó las respuestas. Un maestro de escuela secundaria
con una hermosa novia de toda la vida que adoraba, era gracioso como el infierno
y no parecía en absoluto incómodo con nosotros.
Creed llegó a la estación junto a una bomba de gas y Cord se quedó con su
hermano mientras Chase nos seguía dentro de la diminuta tienda de abarrotes
unida a la estación de servicio. Nos compró lo que queríamos y todos salimos
tambaleándonos por la puerta cargados con comida chatarra y refrescos.
—¡Oye, son los presidiarios Gentry!
—¿Cómo les fue con ese duro momento, muchachos?
—Parece que están teniendo problemas para caminar.
Había una multitud de ellos. Los hermanos Cortez estaban exagerando con
una asquerosa pantomima de violación en prisión. Courtney y sus idiotas amigas
chillaban y saludaban. Entonces Erin salió corriendo de la oscuridad. Empujé mi
comida hacia Stone y extendí mis brazos, sintiéndome mal porque no había tenido
la oportunidad de decirle lo que estaba pasando. Obviamente, alguien lo había
hecho. De lo contrario, no habría estado saliendo con esa multitud. Erin no tenía
mucha tolerancia para nuestras bromas y eso siempre había ensanchado la brecha
entre ella y Stone. Pero mientras corría hacia mí, con su largo cabello
balanceándose detrás de ella, no había nada en su rostro sino alivio y felicidad.
Saltó a mis brazos y se envolvió a mi alrededor.
—Te extrañé mucho —susurró sin aliento. No nos habíamos visto desde la
noche anterior y dado que vivía justo al lado, no era frecuente que estuviéramos
veinticuatro horas completas sin un beso.
—Yo también te extrañe, nena —le dije, ahora enojado conmigo mismo por
hacer algo tan estúpido que había corrido el riesgo de causarle un momento de 55
preocupación. Encontré sus labios y los hice míos, bloqueando todo el ruido y la
luz mientras la besaba con toda la pasión que podía. Deja que Stone y los demás se
rían y se burlen. Sabía todo sobre esta chica y ella sabía todo sobre mí. Más que
nada, sabía lo que era real y lo que no. Erin era real.
Fue tímida cuando le presenté a mis primos. Habría oído hablar de ellos ya
que no mentía cuando dije que los trillizos Gentry eran legendarios. Pero dudaba
que los hubiera conocido antes de irse de Emblem. Capté la mirada inquisitiva de
Stone cuando Erin mencionó que estaba tratando de hacer que fuera con ella al
estado de Arizona el año próximo. Realmente no habíamos hablado sobre eso, y
algunas veces no sabía si era del tipo que realmente estaba hecho para la
universidad. Pero si eso significaba hacer feliz a Erin, al menos lo intentaría.
Stone se recuperó de inmediato e hizo una broma sobre unirse a nosotros en
el mundo de la educación superior. Erin le respondió bruscamente y luego los dos
tuvieron unas pocas palabras duras el uno contra el otro hasta que Stone entrecerró
los ojos y comenzó a avanzar.
—No arrastro a Con a meterse en problemas, cariño. Tu chico de oro puede
manejar su propia vida, sin importar cuánto tiempo desperdicies tratando de
convencerlo de lo contrario.
Eso me irritó lo suficiente como para interferir.
—Oye —le advertí, frunciendo el ceño—. Basta, Stone. No lo dices en serio.
Stone ladeó la cabeza y me miró fijamente.
—No lo digo en serio. —Se encogió de hombros.
Los trillizos nos dejaron en nuestra casa. No había luces encendidas, lo cual
fue un alivio. Para lo último que estaba de humor era un largo sermón de nuestra
amorosa madre. Sabía que me lo merecía. Simplemente no estaba de humor para
eso.
Stone saltó de la camioneta primero y les dijo algo a los trillizos que no
escuché antes que fuera a la acera y esperara.
Sostuve la mano de Erin mientras caminaba hacia un lado de la camioneta.
Quería que los hermanos supieran cuánto apreciábamos el hecho que vinieran aquí
por nosotros. También quería hacerles saber que no me importaría volver a verlos.
Me aclaré la garganta, sintiéndome extrañamente nervioso.
—Mi hermano no es muy bueno agradeciendo, pero créanme, los dos
estamos contentos porque hayan venido.
—No hay problema, hombre —dijo Cord.
—Sube esas notas —dijo Chase desde el asiento trasero—. Lo siguiente que
quiero saber de ti es que te diriges a Tempe.
Sonreí. 56
—Lo haré.
Y tal vez lo haría. Nunca se sabe lo que el futuro podría contener.
Creed se asomó por la ventana de repente.
—No te metas en problemas —dijo con severidad—. No hagas nada que no
puedas deshacer. —Movió la cabeza hacia Stone—. Eso va para ti también. Sé que
me escuchaste.
—Te escuché —respondió Stone.
Tan pronto como los hermanos se alejaron, se encendió una luz en la casa de
Erin. La figura cansada del señor Rielo llenó la puerta.
—Erin —dijo con un rastro de irritación—. Di buenas noches ahora.
La hermanita de Erin, Katie, apareció con un camisón de princesa rosa. Soltó
una risita y saludó.
Erin me besó rápidamente en los labios, pareciendo avergonzada. Odiaba
esto, ser responsable de hacer que su padre se preocupe y espere despierto por ella.
También lo odiaba. Si no hubiera estado tan empeñado en demostrar que podía ser
más rudo que mi hermano, la noche habría sido mucho más pacífica para todos.
—Buenas noches, Erin —dijo Stone con fingida sinceridad. Fruncí el ceño.
Tenía que dejar de hacer eso, montar un espectáculo tan sarcástico. No era un
crimen preocuparse por los sentimientos de las personas.
Erin giró, lo miró por un largo y silencioso momento, luego siguió a su padre
y a su hermana a la casa.
Stone se rio entre dientes y me empujó hacia la puerta principal.
—¿Tienes tu llave? No dejé la ventana abierta.
—No. —Me arrodillé en el lecho de las rocas de río debajo de la ventana de la
cocina y comencé a girar sus formas de huevo lisas hasta que encontré lo que
estaba buscando. Stone estaba allí, deslizando la llave tan pronto como la tuve en
mi mano.
—Al menos no tendremos personas de mediana edad infelices esperándonos
—dijo a la ligera.
Nadie más que yo habría captado el tono debajo de sus palabras. Stone tenía
una piel dura, pero podía lastimarse. Lo sabía. Recordaba la expresión de dolor en
sus ojos mientras miraba las esposas rodear mis muñecas y la forma en que había
llegado a buscarme en la parte trasera de la patrulla de policía. Un hermano
mayor, tratando de consolar a su hermano pequeño. Le puse una mano en el
hombro, sintiéndome afectuoso.
—Al menos hay eso —estuve de acuerdo.
Sin embargo, ambos estábamos equivocados. Las luces de la cocina estaban
57
oscuras, pero la habitación no estaba vacía.
—Bienvenidos a casa —espetó y encendió un interruptor.
Me froté los ojos, brevemente cegado por el brillo y cuando mi visión se
aclaró, mi madre me estaba dando su mejor impresión de un dragón que escupe
fuego. Probablemente había estado sentada en la mesa por un tiempo, a juzgar por
la botella de vino tinto casi vacía que tenía delante.
—Hola, mamá —respondió Stone alegremente y besó su seca mejilla antes de
salir de la habitación.
Mi madre golpeó la mesa con la palma de la mano. La botella de vino cayó.
—¡Vuelve aquí, Stonewall! —Respiraba rápido, como si acabara de correr una
carrera de cincuenta metros. La ira podía hacer eso, supongo, dejarte sin aliento. Y
estaba más enojada que nunca. No importa cuán grande seas, hay algo
excepcionalmente difícil en estar de pie debajo de la nube de la furia de tu madre y
esperar a que la tormenta se desate.
Esperó hasta que Stone se unió silenciosamente a mi lado. Nadie se dio
cuenta cuando extendí la mano y enderecé la botella de vino caída. Un charco rojo
se derramó del borde de la mesa y goteó silenciosamente en el suelo.
—Fue suficiente —siseó mi madre con un tono venenoso. Se obligó a ponerse
de pie y aunque era casi treinta centímetros más baja que cualquiera de nosotros,
parecía que medía tres metros mientras decía cosas terribles—. ¿Saben cómo es
para mí? ¿Romperme la espalda todos los días manteniendo un techo sobre sus
cabezas, tratando de pasar otro jodido turno en la farmacia para poder volver
mañana y hacer lo mismo? Ahí estaba esta noche, con los pies doloridos, la cabeza
palpitándome, mirando el reloj y rezando para que se moviera un poco rápido
cuando Ginny Brant entró corriendo para decirme que mis hijos, mis hijos, fueron
arrestados por robar un automóvil, conduciéndolo como maníacos y luego cayeron
en un canal. —Un hilo de saliva salió de sus labios y se acumuló en su barbilla. Lo
limpió airadamente antes de continuar. Cuando lo hizo, prácticamente se atragantó
con sus propias palabras—. No son buenos, ninguno de ustedes. Lo peor de la
sangre de Gentry es demasiado espesa. Ningún esfuerzo por darles una vida
decente va a cambiar eso. Lo intenté. Elijah lo intentó. —Negó miserablemente—.
Debería haberlo sabido.
Stone suspiró con exasperación.
—Por el amor de Dios mamá, no es como si fuéramos asesinos en serie. A
veces hacemos estupideces y lo lamentamos.
Mi madre resopló.
—No les importa a quién lastiman.
—Lo siento —dije en voz baja y sus ojos se volvieron bruscamente hacia mí.
—Tú en especial —susurró—. No hay nada peor que de dónde vienes. 58
—¡Venimos de aquí! —gritó Stone—. ¡Venimos de ti! —Se pasó una mano por
el cabello, murmuró una maldición y luego se dejó caer contra el mostrador. Las
lágrimas en mis ojos no me resultaban familiares. Lloraba tan a menudo como
jugaba al ajedrez. En otras palabras, casi nunca. Pero incluso eso era más emoción
de la que Stone estaba dispuesto a mostrar. Dolió, verlo a punto de derrumbarse y
saber que todo era culpa mía.
No hay nada peor que de dónde vienes.
—No somos malos —dije, escuchando el temblor en mi voz—. En cuanto a
esta noche, lo siento mucho, ¿está bien? Fue mi culpa y lo siento. Haré lo que sea
necesario para compensar a todos.
—No es suficiente —dijo rotundamente—. No es suficiente.
—¿Qué diablos quieres? —preguntó Stone con cansancio—. ¿Sangre de la
arena?
—No. —Negó—. No. —Suspiró ruidosamente y comenzó a salir de la
habitación. Dijo las últimas palabras de espaldas a nosotros—. Estoy harta. Si se
mantienen fuera problemas pueden vivir aquí hasta que terminen la escuela. Más
de esta mierda y encontrarán las cerraduras cambiadas y su mierda en la calle. Los
dos.
Mi hermano y yo escuchamos a nuestra madre arrastrarse hasta su
habitación. Nos miramos el uno al otro cuando su puerta se cerró de golpe, ambos
sentimos el mismo sombrío simbolismo en el gesto.
—No es verdad —dijo Stone agarrando mi hombro y mirándome
directamente a los ojos—. No es verdad, Con.
—Creo que hablaba muy en serio.
Su mandíbula se apretó.
—Me importa una mierda lo que quiso decir. Igual iba a encontrar una
excusa para echarnos. No es cierto lo que dijo, que no somos buenos. —Sonrió
vagamente—. Bueno, tal vez es verdad de mí. Pero no tú, Con. Eres el mejor tipo
que conozco. Y si ella no puede ver eso, entonces está tan jodidamente ciega como
estúpida.
Me estremecí cuando mi hermano me agarró por la nuca. Stone inclinó su
cabeza cerca de la mía hasta que nuestras frentes se tocaron. Débilmente recordé
cómo solíamos estar de esta manera cuando éramos niños. Pequeños niños.
Cuando el mundo era grande y deambulamos descuidadamente más allá de
nuestras fronteras, a menudo perdiéndonos, nos parábamos así y susurrábamos:
“Fortaleza en los hermanos”, para mantener alejado el pánico. Era de una película
sobre un gladiador romano.
El lema de la película era en realidad “fortaleza y honor”, pero pensamos que
era “fortaleza en el honor”. Lo cambiamos a “fortaleza en los hermanos” y todos en 59
la escuela comenzaron a repetirlo aunque no sabían por qué o qué demonios
significaba. Había fuerza que venía de tener a alguien con quien vivir. Pero todos
estos años después todavía teníamos mucho que aprender sobre cómo sobrevivir
en el mundo. Habíamos desperdiciado nuestras oportunidades en la escuela, tal
vez más allá del punto de no retorno. Nos habíamos equivocado con demasiadas
personas, y ahora nuestra propia madre estaba lista para arrojarnos a los lobos.
—Fortaleza en los hermanos —susurré.
Stone sonrió.
—Fortaleza en los hermanos —respondió y me apretó afectuosamente el
cuello.
No estábamos solos. Nunca lo hemos estado. Nunca lo estaremos.
ERIN
Horrible. Me sentí horrible.
Me sentí mal cuando vi que mi padre había estado cansado de esperar. Me
sentí mal cuando vi que había intentado llamar a mi teléfono al menos nueve veces
en las últimas dos horas porque había oído hablar de la Gran Aventura de Stone y
Con y quería asegurarse que estaba bien. Me sentí horrible cuando noté su suspiro
de alivio tan pronto como estuve a salvo dentro de la casa otra vez. Casi hubiera
sido mejor si me hubiese gritado o me hubiera castigado o me hubiera quitado el
teléfono. Pero solo me dijo que pusiera a Katie en la cama y que durmiera un poco.
Sabía que no volvería a escuchar nada más al respecto de su parte.
Me quedé dormida con un sabor amargo en la boca que aún estaba cuando
abrí los ojos por la mañana. Usé media botella de enjuague bucal y sabía a aserrín
mientras hacía gárgaras y escupía.
60
Mi cabeza se sentía pesada por la presión.
No una presión de verdad.
La presión que había inventado durante las horas que pasé preocupándome
por Con y corriendo por Emblem toda la noche, desesperada por obtener
información sobre lo que le sucedería.
La presión de la ira hacia ese arrogante hermano suyo que actuaba como si
toda la terrible experiencia hubiera sido creada para su diversión.
La presión provenía del hecho que era una pieza vital de este rompecabezas
familiar, unido por la pérdida mutua y cojeando a través de los días. No podía
imaginar cómo iban a sobrevivir sin mí aquí para mezclar cazuelas y tomar
medidas cuando a Penny no le sirvieran sus zapatillas de gimnasia por tercera vez
este año.
Presioné mis dedos en mis sienes, frotando, tratando de aliviar el peso dentro.
Sabía una forma más efectiva de aliviarlo, pero la voz de Roe me llegó tan
claramente como si estuviera en la habitación.
“No puedes ser todo para todas las personas, Erin”.
Lo dijo con amor. Lo dijo cuando de mala gana le mostré las cicatrices
desvanecidas y le expliqué por qué estaban allí. Sabía que otras personas también
lo hacían. Todos seguramente tenían sus propias razones y no era probable que
dos razones fueran idénticas. Roe estaba tratando de decirme que estaba bien bajar
cuando la montaña se ponía demasiado empinada. Mi montaña era empinada. Si
trataba de dar un paso más, seguramente me caería.
Erin Rielo: Hija. Hermana. Cocinera. Criada. Madre sustituta. Novia.
Lentamente me arremangué la manga y me miré el brazo desnudo, sintiendo
vergüenza, culpa. Roe tenía razón. Era demasiadas cosas. En algún lugar de todas
esas cosas, me había perdido a mí misma.
Mi puño se cerró y los músculos de mi brazo se flexionaron. Roe me había
estado rogando que le dijera a mi padre por un tiempo, incluso amenazando con
decirle a ella misma si no me detenía. Pero era una amenaza vacía y ambas lo
sabíamos. No se lo decía porque no podía darle otro momento de agonía.
Simplemente no podía. Y esto sería una agonía para él. Pensaría que me dirigía por
el mismo camino retorcido de lenguas bífidas y agudas espinas que habían
reclamado a mi madre. A veces también tenía miedo de eso.
Lo único que podría ser peor que mi padre supiera sería que Conway lo
supiera. Todo este tiempo había pensado que sabía todo sobre mí. Resultaba que
solo sabía las partes que le permití saber.
Lentamente abrí la bandeja del teclado en mi escritorio. El objeto que estaba
buscando estaba en el fondo. Hizo un fuerte sonido de raspado cuando lo retiré.
Conteniendo la respiración, miré la cosa. Un objeto cotidiano inofensivo, pequeño
61
y utilitario. Odiaba verlo, pero me gustaba sostenerlo en mi mano. Exhalé,
sintiendo un tipo de alivio sucio mientras empujaba el borde afilado contra mi piel.
Estaba acostumbrada a la guerra que estallaba en mí cuando la punta me rompía la
piel y dejaba un rastro rojo a su paso. El dolor era bueno y era terrible.
Pero el dolor era mío. Lo controlaba por completo. Lo convocaba para
reemplazar la odiosa presión que se acumulaba entre mis oídos. Había nombres
para las personas que hacían esto. Había escuchado antes, pero nunca admití en
voz alta que eso me aplicaba. Apreté los dientes cuando la picadura del corte
irradió. Una sensación de malestar comenzó a burbujear en mis entrañas. Esta sería
la última vez. Necesitaba cumplir mi promesa para asegurarme que realmente
fuera la última vez…
—Buen día, mariposa.
Jadeé ante el sonido de su voz y empujé frenéticamente algo debajo de la
copia de Anna Karenina que estaba sobre mi escritorio. Empujé mi manga hacia
abajo y débilmente dije una oración silenciosa a quien estuviera escuchando que
por favor, por favor, resolvieran esto de una manera que Conway no se diera
cuenta de lo que había estado haciendo.
—¿Qué estás haciendo aquí tan temprano? —hablé bruscamente. No había
sido mi intención. Esto fue mi culpa por dejar la ventana abierta.
Conway, agachado en el marco de la ventana como un Peter Pan demasiado
crecido, me miró fijamente.
—¿Qué pasa?
—Nada. Los invitados usualmente no se trepan por la ventana al romper el
alba.
Algo parecido al dolor brilló en sus ojos azules.
—Es media mañana y no pensé que fuera un invitado, Erin.
—No lo eres. —Me hundí en mi silla de escritorio rosa. Me sentí como una
perra—. Lo siento. Es solo que, con mis hermanas siempre irrumpiendo, soy más o
menos protectora con mi privacidad.
—Oh —dijo Con en voz baja. No hizo ningún movimiento para subir por la
ventana. Miró hacia el suelo laminado que mi padre siempre pretendía
reemplazar.
—Adelante —le dije.
Una vaga sonrisa tocó sus labios.
—No creo que a tu padre le gustaría.
—Dame un respiro. Estás medio metido en la habitación de todos modos.
Con se encogió de hombros y saltó al suelo. Se sentó en el borde de la esquina
de mi cama y miró alrededor de la habitación como si estuviera viendo todo en ella
62
por primera vez. Parecía cansado, sin afeitar, todo un poco fuera de lugar.
Probablemente todavía estaba nervioso por las horas que pasó tras las rejas.
Recordarlo conjuró nuevos sentimientos de furia hacia Stone. Con había negado
que el giro de los acontecimientos de ayer fuera culpa de Stone, pero los he
conocido durante toda mi vida. Si Conway se metía en problemas, era porque
Stone lo empujaba a eso.
—¿Estás bien? —pregunté, tendiendo mi mano. La tomó. Me besó en la
palma de la mano y me dio la misma sonrisa que había estado deteniendo mi
corazón por más años de lo que él sabía.
—Estoy bien. Los ronquidos de Stone me mantuvieron despierto, pero
incluso si no hubiera sido por eso habría estado mirando al techo durante horas,
preguntándome qué demonios vamos a hacer el próximo año porque nuestra
madre nos dijo que estamos agotando nuestra estadía en casa.
—¿Los está echando?
Conway soltó mi mano y se frotó las palmas en los pantalones, con una
expresión de preocupación en su rostro.
—Más o menos. Dice que no somos buenos y que está cansada de tratar con
nosotros. El lado bueno es que, podemos quedarnos hasta la graduación siempre y
cuando no nos metamos en problemas.
Mi aversión por la madre de Con se duplicó al instante.
—Eso apesta.
Miró al piso.
—Síp.
Quería ir con él. Abrazarlo. Besarlo. Darle todo lo que se necesita para
devolverle la sonrisa al rostro. Pero sentí el cosquilleo de una gota de sangre que
bajaba por mi brazo. Me detuvo. Bajé la mirada rápidamente, aliviada porque mi
sudadera fuera de un color oscuro y ocultara la evidencia siempre que no me lo
quitara. Me froté las manos e intenté alegrarme.
—Sabes —dije alegremente—. Si estudias duro este verano y tomas los
exámenes de ingreso a la universidad en septiembre, tendrás una excelente
oportunidad para ingresar a Arizona State.
Con me lanzó una mirada funesta.
—Sabes que se necesita más que eso. No podré subir mis notas lo suficiente
para que llegue el próximo año. Y aunque lo hiciera, Stone nunca entraría. No
puedo simplemente dejarlo atrás.
—¿Por qué no? —espeté. Conway me miró con sorpresa. Traté de detener las
palabras, pero siguieron viniendo—. Stone nunca lo intentaría. Es una broma para
él. Todo lo es. ¿No ves eso? Es su problema más grande y va a arrastrar a
63
cualquiera que tenga la mala suerte de estar en su órbita.
El rostro de Con enrojeció. Quería retractar mis palabras.
Independientemente de las dudas que tuviera sobre Stone, no tenía derecho a
soltarlas de esa forma. Eran hermanos. Su madre era una lunática desagradable, su
padre había muerto y además de los primos que habían aparecido anoche, ninguna
otra familia en el lado de Gentry había tomado el más mínimo interés en ellos. Se
necesitaban el uno al otro.
Con esperó un minuto completo antes de contestar. Cuando finalmente lo
hizo, sus palabras fueron lentas y tensas, llenas de corrientes de emoción.
—Stone es mi familia, Erin.
—Lo sé. —Mis manos se retorcieron en mi regazo—. Lo siento. No debería
haber dicho eso.
Conway todavía parecía dolido. Tragó.
—Stone es grosero, pero no es tan malo como crees. Realmente no. Tiene un
buen corazón.
—Con, lo siento mucho.
Asintió vagamente, luego miró por la ventana. Casualmente, Stone estaba
afuera, con el teléfono en la oreja. Parecía irritado con quienquiera que estuviera en
el otro extremo. Seguía negando, finalmente se rindió a la conversación y arrojó el
teléfono sobre una mesa de plástico agrietada.
Con sonrió y se relajó. Golpeó una mano en su rodilla.
—Vamos a nadar.
Me sobresalté.
—¿Qué?
—La piscina está abierta. —Se levantó de un salto y me tendió la mano—.
Vamos. Toma tu traje de baño. Tus hermanas incluso pueden acompañarnos si lo
desean. Los refrescos de las máquinas expendedoras van por mi cuenta.
Miré rápidamente hacia mi brazo cubierto. El corte había sido descuidado y
demasiado largo. No podría cubrirlo con una curita. Y no había una buena
explicación para una línea roja deliberada que iba desde mi codo hasta la mitad de
mi muñeca.
—No tenemos en qué ir —argumenté, sintiéndome cobarde.
Con se encogió de hombros.
—Vamos a caminar. Es temprano, no está haciendo calor. Con atajos a través
de las plantaciones de cítricos podemos llegar a Main Street en veinte minutos.
Puse mis manos en mi regazo.
—No, no puedo en este momento. Pero ve. Te veré más tarde.
64
Conway no aceptaría eso.
—Vamos, cariño. Vamos, será divertido. Puedes admirar mi elegante clavado.
—Se llevaron el trampolín, ¿recuerdas? Realmente Con, no puedo.
Con se quedó en silencio. Cuando lo miré al rostro, pareció avergonzado.
—Oh —dijo en voz baja—. Lo siento. No me di cuenta que era esa época del
mes.
—No tengo mi maldito período —espeté—. Simplemente no quiero ir a la
estúpida piscina.
Parpadeó.
—Bueno. Está bien.
—No me importa si vas.
—Bueno. Porque me gustaría pensar que aún tengo algo de libertad personal
para elegir a dónde diablos iré y no iré.
—No quise decir eso.
Con exhaló ruidosamente y se frotó la parte posterior de su cuello.
—Mira —dijo, acercándose a la ventana—. Los dos estamos de mal humor en
este momento, entonces ¿por qué no nos vemos más tarde?
—Tal vez —dije oscuramente—. Te vas a divertir en la piscina.
—Lo haré. Y tú diviértete sentada en tu habitación sola.
Saltó por la ventana sin decir una palabra más y se dirigió hacia Stone, que
caminaba malhumorado en el patio. Le dijo algo a su hermano y Stone negó antes
de encender un cigarrillo. Conway parecía molesto por su conversación y caminó a
través del patio delantero de los Gentry, pateando las rocas a medida que
avanzaba.
Cuando desapareció, me di cuenta que no podía recordar la última vez que
peleamos.
O la última vez que se había ido sin despedirse de mí con un beso.

65
CONWAY
No había mucho en la vida que odiara tanto como odiaba discutir con Erin.
No peleamos a menudo. No era como las otras chicas en la escuela, siempre
encontrando una razón para revolcarse en estúpidos juegos de drama que nadie
podía ganar.
La sorprendí cuando entré por la ventana. Pude notarlo de inmediato. Metió
algo en el cajón de su escritorio antes de volverse hacia mí con los ojos muy
abiertos y culpables. Ningún hombre tenía derecho a saber todo sobre su novia,
pero no estaba acostumbrado a sentir que Erin podría estar escondiéndome algo. A
pesar de ignorarlo de inmediato, ahora que estaba caminando solo por las
polvorientas calles de Emblem, me molestó. Tal vez lo que ella había metido en ese
cajón tenía algo que ver con por qué estaba tan irritable.
O, tal vez después de tener una noche para dormir, se había convencido de
estar enojada conmigo por lo de ayer. Tenía que admitir que me sentía culpable 66
por lo que debía haberle hecho pasar. Si estaba molesta por andar por Emblem
durante horas, preocupándose por mi destino, entonces tenía todo el derecho. Pero
luego, cuando nos encontramos en el estacionamiento de Dino Gas, todo parecía
estar bien. Erin corrió hacia mí llena de besos, amor y alivio. El único punto que me
molestaba era que se negaba a creer que todo el lío hubiera sido culpa mía y no de
Stone.
Stone había estado igual de malhumorado esta mañana. Estaba de esa manera
incluso antes que Courtney, su no novia, lo llamara y lo sermoneara por no
prestarle suficiente atención, lo cual era una especie de queja molesta. Después de
todo, ya sabía qué clase de imbécil era Stone cuando se trataba de chicas, así que
no sé qué esperaba ella cuando se metió con él. Nunca había visto a Stone
enloquecer por una chica, nunca afligido con ese tipo de pasión que hacía latir el
corazón y hacía que tu mente se mareara. Nunca me había sentido por nadie de la
forma en que me sentía por Erin. Realmente esperaba que algún día lo hiciera.
No pude evitar sonreír ante la idea que Stone fuera atropellado por un gran y
antiguo caso de enfermedad del amor. Se necesitaría algún tipo de chica
excepcional para manejarlo, pero con todos los miles de millones de mujeres en el
mundo tenía que haber al menos una que pudiera encargarse del trabajo.
Cuando salí hacia la piscina, estaba de mal humor y había planeado mal. Sin
agua, sin toalla, sin bañador. Solo estoy caminando por las calles de Emblem con
mis chanclas y sintiendo sed. Podía pasar los pantalones cortos de gimnasia como
traje de baño y en este calor seco las toallas no eran una necesidad. Pero sería
bueno tener una forma de despejar el polvo de mi garganta. Por aquí, los chicos se
acostumbraron a cargar sus propias botellas de agua cuando llegaban a la
guardería.
Buscando en mi bolsillo, me complació descubrir tres billetes enrollados.
Sería suficiente para entrar al Dino Gas y agarrar un par de aguas antes de
dirigirme a la piscina.
Main Street se alzaba justo delante. Últimamente lo había estado mirando con
ojos más cínicos. Crecí pensando que el centro de Emblem era pintoresco,
hogareño y familiar como la palma de mi mano. Ahora solo se veía desmoralizado.
En mal estado. Ahí estaba el desvencijado Dirty Cactus, donde los motociclistas
locales se pavoneaban antes de irse en un borrón de ruido y cuero. Allí estaba la
estructura achaparrada de la Farmacia de Earnshaw, donde siempre había un
cuenco de piruletas viejas en el mostrador. El taller de Carson estaba más allá de
mi línea de visión en el extremo norte, pero supuse que se veía como siempre,
grasiento y apaleado. Aparte de un puñado de restaurantes, una ferretería y un
salón de belleza, además de la estación de policía y la cárcel, no había mucho que
hiciera que los visitantes echasen un segundo vistazo.
Además de ser el hogar de la prisión más grande del estado, la única fama de
Emblem era su breve condición de capital territorial en algún momento entre la 67
Guerra Civil y la década en que la gente comenzó a manejar automóviles. En honor
al pasado semi-histórico de la ciudad, un banco cerrado había sido reutilizado
como un patético museo que mostraba periódicos enroscados detrás de plexiglás.
Siempre estuvo a cargo de la curadora, la señora Albomerit, que tenía
aproximadamente doscientos años y olía a esa mierda química que mi madre
derramaba en su cabeza cada vez que se consentía en casa haciéndose una
permanente.
Eso era todo lo que había en Emblem. Sin embargo, a pesar de todas sus
deficiencias, todavía era un hogar. La idea de pasar al escenario más emocionante
de la ciudad universitaria de Tempe tenía su atractivo. Pero no importa a dónde
vaya o qué sucediera, Emblem siempre estaría en mi mente.
Ebbie Crack estaba detrás de la caja en el Dino Mart. Ese era su verdadero
nombre. Una vez le pregunté si alguna vez iba a cambiarlo y me miró confundida
y desconcertada como si hubiera empezado a darle serenata en ruso. Tenía unos
veintitantos años y probablemente había nacido para vivir en Emblem, aunque no
había nada malo en eso. Emblem estaba lleno de más personas buenas que gente
de mierda, incluso si a veces era fácil olvidarlo.
Asentí con un gesto de saludo mientras colocaba las botellas de agua en el
mostrador y entregaba mi dinero.
—¿Conoces a los trillizos Gentry? —preguntó mientras contaba
dolorosamente mi cambio, todo en monedas de cinco centavos—. Te vi por ahí con
ellos anoche.
—Claro. —Sonreí con orgullo—. Son mis primos.
Ebbie frunció el ceño. Dejó caer las monedas en mi palma. Se sentían
pegajosas.
—Pensé que eran unos jodidos reyes en la escuela secundaria —murmuró
mientras su ojo bizco vagaba por la exhibición de patatas fritas.
—Oh —dije. Era una sílaba bastante inútil, pero en realidad no había más que
decir. Comencé a guardar las monedas de cinco centavos, luego cambié de parecer
y las dejé caer en una de esas cajas de plástico que prometen curar las
enfermedades infantiles. Luego agarré mis botellas de agua y me fui cuando Ebbie
Crack miró en varias direcciones a la vez y abrió sus fosas nasales.
Una vez que estuve afuera, bebí una botella de agua en unos seis segundos.
Un par de chicas, jóvenes de primer año, pasaron junto a mí y se rieron.
—Hola, Conway. —Una soltó una risita.
—Hola —respondí. Estaba bastante seguro que nunca había visto a ninguna
de ellas en mi vida.
La piscina de Emblem estaba justo al lado de la escuela secundaria, que era
uno de los pocos edificios bonitos de Emblem. Era todo de ladrillo con ribetes
68
blancos, una arquitectura totalmente diferente al estuco y el adobe del resto al
sudoeste de la ciudad. Podría llegar a la piscina en cinco minutos cruzando al otro
lado de Main Street aquí mismo y cortando camino por los estacionamientos
traseros. Pero para hacer eso tendría que pasar por la Farmacia de Earnshaw,
donde trabajaba mi madre. No es que pensara que vendría corriendo a gritarme en
plena calle, pero la idea que me mirara ceñuda desde algún lugar dentro cuando
pasara por las puertas de vidrio era demasiado para soportar. En cambio, me
quedé en este lado de Main Street y esperé a cruzar en el único semáforo.
No hay nada peor que de dónde vienes.
Mis puños se apretaron. Ojalá hubiera una forma de eliminar con seguridad
ciertos momentos de tu memoria. Ese me perseguiría, de eso no tenía dudas. Sin
embargo, era lo más cerca que Tracy Gentry había llegado a admitir en voz alta
que la cuestión de mi paternidad, y la de Stone, estaba en juego. Me preguntaba si
mis primos habían escuchado los rumores que podríamos ser más que primos. Tal
vez algún día me gustaría preguntarles acerca de eso.
La piscina ya estaba llena. En algún momento perdí mi entusiasmo por nadar.
Además, ahora que tenía la cabeza más fría, me arrepentí de haber gritado a Erin.
Se disculpó por sus comentarios sobre Stone y cuando Erin decía que lo sentía era
de verdad. No debería haberme irritado porque no quisiera venir a la piscina hoy.
La chica tenía derecho a quedarse sola sin darme explicaciones.
De todos modos, en este momento no tenía ganas de estar con los bañistas,
los remeros y los amantes del bronceado, pero qué diablos, había recorrido todo el
camino hasta aquí. Y hacía calor. Bien podría darme un chapuzón y refrescarme.
Rápidamente me despojé de la camisa y los zapatos y me zambullí en la parte
más profunda, disparado como un torpedo debajo de piernas pateando y brazos
agitándose mientras flotaba cerca del piso de la piscina. Para cuando llegué a la
pared de concreto del otro lado, mis pulmones estaban estallando así que me pasé
a un área poco profunda para recuperar el aliento. Me relajé y cerré los ojos. Me
gustaba estar aquí. La piscina necesitaba muchas reparaciones costosas, pero me
sentía feliz aquí. Este era casi el lugar exacto en el que había estado hace dos años
cuando la chica de al lado entró casualmente al agua y llamó mi atención. La había
mantenido desde entonces.
Pensar en Erin y en la piscina me hizo pensar en Erin en la piscina. Eso llevó a
un pensamiento de Erin en bikini. Lo cual llevó a pensar en Erin sin su bikini. Lo
que por supuesto condujo directamente a una erección.
Aplané mi espalda contra la pared de concreto de la piscina y me agaché en el
agua, tratando de calmar mi mente y mi cuerpo. Un niño pequeño con gafas verdes
y un flotador de dona con forma de pato pasó flotando y me sentí como un
pervertido de alto rango, acurrucado en la piscina pública de Emblem con mi polla
erguida.
Logré apartar los pensamientos de mi novia desnuda. No fue difícil, sobre 69
todo porque nunca la había visto desnuda. Erin era tímida. Para mí, era parte de su
encanto. De hecho, ni siquiera podía recordar la última vez que la había visto en
bikini. En general, si venía a nadar, se quedaba con la camiseta, quejándose que el
sol era demasiado fuerte.
Acababa de controlar el fuego en mis pantalones cortos y estaba ahí pensando
en mis propios asuntos cuando Kasey Kean se acercó furtivamente a mí.
—Hola, Con-man —dijo con una inclinación de cabeza y una sonrisa brillante
que probablemente practicaba frente a un espejo al menos cuatrocientas veces al
día.
—Hola, Kase —dije, amigable pero no excesivamente entusiasta, con cuidado
de mantener mi mirada lejos de las tetas que apenas se contenían en la parte
superior del bikini de la bandera americana. Conocía a Kasey desde el jardín de
infantes. Estaba bien, pero como también me había enredado con ella bastante
antes de estar con Erin, tenía el hábito de mantenerme alejado de ella.
Kasey, por otro lado, parecía decidida a cerrar esa distancia. Ahora mismo.
—¿Erin no está aquí hoy? —preguntó con dulzura melosa y falsa mientras
miraba a su alrededor y flotaba a mi lado.
—No. —Negué, mirando el agua, a mis pies, a cualquier parte menos a la
exhibición de piel bronceada que estaba a solo centímetros de distancia—. Hoy no.
—¿Se pelearon?
Maldita sea, las chicas a veces eran jodidamente sobrenaturales. Sentí que me
encogía ante la pregunta. No, Erin y yo no habíamos peleado. No exactamente.
Pero no me gustó cómo dejamos las cosas. No éramos una de esas parejas, los que
se gritaban el uno al otro y se enfurruñaban y sufrían épicas rupturas de
telenovelas. No éramos uno de ellos porque lo que teníamos era mejor de lo que el
resto tenía.
—No peleamos —dije, manteniendo mi voz pareja—. Estaba cansada y yo
tenía algo de tiempo para matar.
Podía sentir a Kasey asintiendo.
—Eso está bien. —Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos—. Dios, hace
tanto calor.
—Es Arizona. En verano.
—Sí. —Kasey comenzó a hacer algo con su parte superior. Estaba
jugueteando con las tiras y se había acercado tanto que su brazo rozó el mío
mientras se examinaba—. Odio las líneas de bronceado. —Hizo un puchero
mientras se quitaba la tira del pecho izquierdo y lo dejaba apenas (¡APENAS!)
cubierto.
Intenté no mirar. Lo intenté.
70
Mierda.
Fallé.
Miré. Y solo así hubo una fiesta en mis pantalones cortos una vez más.
—También las odio —dije a pesar que las líneas de bronceado eran una de las
últimas cosas que me importaban, justo en las entrañas de mi lista de
preocupaciones con cosas como tejer. Y memes de gatos.
Kasey me sonrió, toda hoyuelos y sexualidad. En su mayoría, quería saltar
directamente de esa piscina y correr lejos de la chica ardiente. Pero desde algún
lugar profundo y primordial, otra parte de mí me ordenó quedarme donde estaba.
A esa parte le gustaba mirar a la chica sexy con toda la piel bonita.
Le gustaban las ideas sucias que prometía la sonrisa de Kasey.
Le gustaba la mano que estaba tocando mi…
Espera un puto minuto.
Había una mano en mi polla.
Había una mano en mi polla que no me pertenecía.
La mano en mi polla ciertamente tampoco pertenecía a mi novia, la novia que
amaba y que no apreciaría la mano de otra persona haciendo lo que estaba
haciendo actualmente.
—¿Recuerdas esto? —ronroneó Kasey.
—Tengo que irme —le dije, apartando la mano con un chapoteo y
arrastrándome hacia arriba y afuera de la piscina. No miré hacia atrás, agarrando
mi pila con la camisa y zapatos en el camino de salida. Ni siquiera me paré para
poner mis chanclas hasta que pise una roca afilada en el estacionamiento y maldije
adolorido—. Bien hecho, imbécil —me dije y podría haberse aplicado a todo lo que
había hecho en las últimas veinticuatro horas. Una anciana cerca que trotaba por la
acera vestida de púrpura me miró con severidad.
No hay nada peor que de dónde vienes.
Cuando me puse la camiseta de algodón sobre la cabeza, tenía un mal sabor
de boca. Por el resto de mi vida, recordaría esas palabras. Recordaría que mi madre
las había dicho y las decía en serio.
Necesitaba irme a casa. Ahora. No me refería como hogar a la casa de mi
madre, donde estaba claro que a esta altura era bienvenido a regañadientes. Sino
que Erin era mi hogar. Stone era mi hogar. Necesitaba estar donde estaban.
En el calor más denso de una tarde de verano en estas partes, es posible freír
un huevo en el suelo. También es posible que las suelas de goma de los zapatos
finos se derritan. No me quedé en un lugar el tiempo suficiente para probar si era
ese tipo de día. Me apresuré a pasar las calles y los puntos de referencia a toda
velocidad.
71
Tal vez todavía podría salvar algo del día antes de tener que estar trabajando
en el taller de Carson. Estaba seguro que al menos podría interesar a Stone en
buscar algo de dinero y almorzar en alguna parte. Si fuera a Erin con los brazos
extendidos, sabía que podíamos superar nuestra anterior discusión. Y uno de estos
días los dos aprenderían a dejar de poner los ojos en blancos cada vez que el
nombre del otro era mencionado y dejarían de lado sus diferencias. Lo harían por
mi bien. Ahora que eso estaba en mi mente, la idea de pasar unas horas en paz en
compañía de las dos personas que más amaba me hizo sentir mucho más animado.
Incluso me hizo olvidarme del Misterio de Kasey Kean y la Mano Errante.
Cuando golpeé la puerta de entrada, Stone no salió a responder. Había
olvidado traer una llave antes, pero el repuesto había sido devuelto al lugar que le
correspondía debajo de la roca plana en el patio delantero. La casa olía a cigarrillos,
por lo que Stone debió haber estado fumando un poco antes como un acto de
desafío.
En cuanto al propio Stone, no había ni rastro de él. Busqué mi teléfono para
enviarle un mensaje de texto, pero luego recordé algo. Cuando anoche me tomaron
las huellas digitales en la estación de policía de Emblem, me di cuenta que mi
teléfono no estaba en mi bolsillo. En cambio, casi con certeza se había ido a una
tumba acuosa con el Cadillac de Gnomo. Hasta ahora había logrado evitar
mencionar eso a mi madre. De todos modos, todo lo que significaba era que estaba
libre de teléfonos en el futuro previsible.
Como no tenía idea de cuándo regresaría Stone, no veía ningún sentido en
estar en una casa vacía. Estaba sonriendo cuando salí por la puerta. Erin estaría
feliz de verme. Estaba seguro de eso, a pesar que habíamos terminado en términos
de tensión esta mañana.
Mientras trotaba por el patio delantero, me detuve ante un sonido. Era una
risa, alta y dulce. Era la risa de Erin, aunque sabía por años de práctica que le
costaba mucho reír así, con un abandono tan alegre. Sin embargo, nunca me
impidió intentarlo.
Sentí una punzada de celos irracionales que alguien, de alguna manera, la
había hecho reír así hoy, cuando antes parecía que lo último que estaba a punto de
hacer era reírse. Probablemente una de sus hermanas había hecho algo gracioso.
Estaba listo para reírme junto con lo que sea que era la broma cuando llegué a la
puerta lateral que se abría a la cocina de los Rielos. La abrí sin llamar porque era
exactamente lo que había hecho innumerables veces.
El brillo del sol contrastaba con el apagado color verde de la cocina de Erin y
mis ojos no lograron ajustarse de inmediato. Parpadeé. Varias veces. Los vi.
Mi novia y mi hermano, dos personas que en su mayoría ni siquiera se
molestaban en fingir cortesía, estaban sentados en la mesa de la cocina, riéndose de
alguna broma privada como si fueran nuevos mejores amigos.
72
Dejaron de reír cuando entré. Solo así. Como si alguien hubiera apretado un
interruptor.
—Hola —dije, apoyándome casualmente en el mostrador como si fuera
totalmente natural encontrarlos a los dos chismorreando y bebiendo vasos de
limonada. Sentí sus ojos en mí.
Hay ciertos momentos del tiempo que parecen mucho más largos de lo que
son. Uno de ellos ocurrió ayer, durante una eternidad lenta cuando perdí el control
de un auto robado.
Este era otro.
Probablemente fue solo una fracción de segundo que pasó cuando los tres nos
miramos, cuando noté cómo la sonrisa de Erin cayó de su rostro tan pronto como
me vio, cómo por primera vez parecía que eran un equipo y yo era el extraño. No
me gustó nada de eso. No me gustó en absoluto.
—Hola. —Mi hermano finalmente respondió. Inclinó su vaso de limonada
medio vacío en mi dirección. Mantuvo sus ojos en mí mientras lo bebía.
ERIN
Dos cosas que realmente no me gustaban eran caminar y el calor.
Sin embargo, debido a que mi cabeza estaba hecha un caos por la pelea con
Conway (y porque tenía un poco de miedo de lo que haría si me sentaba sola en mi
habitación) decidí ir a dar un paseo en este calor horrible y abrasador.
Tenía un descanso de cuidar a las niñas durante las próximas semanas
porque mi padre se había llevado a Penny y Katie para un campamento que estaba
sucediendo en la biblioteca. El campamento había sido organizado por mi maestra
de inglés, la señora Consuelo, y había intentado que firmara como consejera.
Aunque podría haber usado el dinero, la rechacé porque quería un poco de alivio
de cuidar a otras personas más de lo que quería dinero extra. Pero ahora que las
horas vacías se extendían por delante, deseé haber podido llenarlas. Roe estaba
ocupada empacando para el crucero por el Caribe al que su padre y su madrastra
la estaban arrastrando. Me había enviado una foto del pequeño prisma de cristal 73
que le había dado, que ya había sido colgado cuidadosamente en la ventana de su
habitación. Me hizo sonreír.
Más allá de las vallas del bloque de cemento de mi calle había un callejón
angosto y más allá había un amplio arroyo lleno de rocas y arena y los restos del
desierto. Durante las tormentas de verano, el arroyo a menudo se desbordaba y
todos los patios locales serían lagos en miniatura durante uno o dos días. Me
alegré de haber pensado en usar tenis resistentes porque el suelo era duro y la
amenaza de los escorpiones siempre aumentaba.
Justo cuando caminé más allá del callejón, una familia de codornices
sobresaltada corrió a refugiarse en el otro lado del arroyo. Los miré, una línea de
pájaros en pánico que desapareció rápidamente en un arbusto de maleza. Luego
hubo silencio. Sabía que a pesar del aspecto estéril del desierto había vida en todas
partes; lagartijas, pájaros y diminutos roedores que hacían sus casas subterráneas.
Aprendí sus nombres y sus hábitos de mi madre.
Caminé hacia el oeste a lo largo del banco seco del arroyo. Se extendía por
metros. Si caminaba lo suficiente, eventualmente me encontraría en el próximo
condado. Cuando era pequeña, mi padre solía advertirme que no debía pasear
cerca del arroyo. Incluso ahora no estaría encantado que estuviera paseando junto
a este.
“Gente mala se mantiene ahí” siempre advertía. “Traficantes de drogas,
pervertidos, hombres buscando un lugar tranquilo para cometer violencia. Sin
mencionar cuán espesa es la población de serpientes de cascabel cuanto más lejos
se aleja de la carretera. Mantente alejada”.
Mantuve un ojo vigilante por los pervertidos y los traficantes de drogas.
Supuse que si veía uno volvería corriendo a casa. Corría rápido cuando quería.
Pero los brazos fuertes que me agarraron de la nada no me dieron tiempo
para hacer nada. Mi parte superior del cuerpo estaba atrapado por detrás en un
agarre de hierro y estaba demasiado sorprendida como para gritar. En ese instante,
cada terrible historia que alguna vez escuché que protagonizaba una joven
descuidada recorrió mi mente.
Desconocido. Peligro. DESCONOCIDO. PELIGRO.
Abrí la boca para gritar y solo grité como un gatito.
—¡Erin! Soy yo. Stone.
—¡Stone! —El alivio me inundó. Luego el enojo—. Déjame ir por el amor de
Dios.
—Está bien, pero no des un paso. Hay una cascabel colgando justo debajo de
ese árbol de mezquite.
Stone aflojó su presión sobre mí y tomó mi codo derecho, muy lentamente,
74
conduciéndome hacia atrás. Eché un vistazo al gran mezquite que estaba a solo
cinco metros de distancia. Efectivamente, enrollada en la sombría base como un
rey conquistador, estaba la serpiente de cascabel más larga y más gruesa que jamás
había visto. Tragué saliva, incapaz de quitar mis ojos de esta. La serpiente levantó
la cabeza y la movió de un lado a otro, sacando brevemente una lengua.
—Tranquila —susurró Stone, y continuó guiándome hacia atrás. Tropecé con
su pie y rodeó con un brazo mi cintura, estabilizándome.
—Puedes soltarme ahora —le dije cuando estábamos fuera de peligro y la
serpiente de cascabel se había relajado de nuevo.
Stone apartó sus manos.
—Deberías ser más cuidadosa —regañó, ceñudo—. ¿No sabes dónde vivimos,
Erin?
—Bueno, no tenías que agarrarme. Podrías haber actuado como una persona
normal y haber dicho algo como, “¡Oye, cuidado!”.
Suspiró.
—Me hubieras ignorado.
—No lo habría hecho.
—Lo harías si hubieras visto que era yo. Entonces hubieras seguido
pisoteando sin ningún cuidado porque de alguna manera nunca aprendiste que no
es una buena idea desfilar a través del territorio de la serpiente de cascabel como si
fuera tuyo.
Revolví mi cabello y crucé mis brazos.
—Te agradecería que dejaras de hablarme como si tuviera cinco años.
Stone cruzó sus brazos, imitando mi postura.
—Entonces deja de actuar como si tuvieras cinco años. —Me miró de arriba
abajo, frunciendo el ceño por lo que vio—. ¿Por qué demonios estás toda
enfundada en una sudadera negra cuando hacen más de cien grados?
—Pensé que podría nevar —gruñí—. De todos modos, mírate. Estás
corriendo por aquí medio desnudo. ¿Quién crees que eres? ¿Algún tipo de versión
del desierto de Sonora de Tarzán?
Stone miró hacia abajo, a su pecho desnudo y pantalones cortos.
—Realmente tienes que deshacerte del hábito de mirarme.
—¡No lo hago!
Stone sonrió. Quería abofetearlo. Mis puños se apretaron a mis costados, las
uñas se clavaron en mis palmas con tanta fuerza que me dolieron.
Stone casualmente se pasó una mano por el pelo. Al igual que su hermano, su
cabello oscuro se volvía más claro en el verano. 75
—Erin, ¿no puedes decir “Gracias'”? Como “Dios mío, gracias Stone por
salvarme la vida”.
Mis puños se abrieron. Estaba siendo infantil.
—Habría estado bien —le informé fríamente.
—¿De verdad? —Stone alzó las cejas y se concentró con una penetrante
mirada—. No estoy seguro que estés bien, niña.
Ese comentario, casualmente arrojado de su boca como si fuera nada, me
quitó el aliento. Stone Gentry me había resumido accidentalmente en una sola frase
irreflexiva. No era alguien que caminaba con un arsenal de ingeniosas respuestas
listas para usar. No tenía respuesta para él. Así que bajé la cabeza y comencé a
caminar en la dirección que había venido.
—Erin.
Podía oírlo, justo detrás de mí, sus zancadas mucho más largas que las mías.
Aceleré mi paso.
—Erin, vamos.
Me agarró del codo, pero me solté y comencé a trepar por el terraplén. Elegí
mal; era un lugar particularmente empinado. Una capa de arena seca cedió bajo mi
peso y las suelas de goma de mis zapatillas no fueron suficientes para evitar que
me resbalara. Mi rodilla izquierda raspó contra la roca dentada y probablemente
habría resbalado los últimos metros y hubiera caído en un desordenado montón de
humillación si Stone no tuviera reflejos rápidos. Me agarró por la cintura y me
ayudó a bajar suavemente, retrocediendo cuando me alejé, sacudiendo el polvo de
mi ropa.
—¿Estás bien? —preguntó y por una vez su voz no goteaba con arrogancia
burlona. Por alguna razón, esto me envió al borde de las lágrimas. Si Stone Gentry
fuera a cambiar y fuera sincero y agradable, no podría manejar eso ahora mismo.
Tomé varias respiraciones profundas y noté que mi rodilla raspada sangraba
levemente. Solo un chorrito. Apenas más que nada. Pero la vista de la sangre se fue
directa a mi estómago. Me incliné y tuve arcadas sobre una capa suave de rocas del
río.
Stone estuvo a mi lado al instante, empujando una botella de agua frente a
mí.
—Bebe —ordenó.
Mi primer instinto fue discutir, pero en los últimos minutos mis instintos no
habían sido especialmente útiles. Bebí. El agua estaba tibia y sabía vagamente a
tabaco.
—Gracias —dije débilmente, entregándole la botella—. No desayuné.
—Mejor —dijo Stone, con bastante buen humor—. Hubieras hecho un 76
desastre mucho mayor si hubieras comido.
—Cierto. —Mi cabello se estaba pegando a mi cuello. Impaciente, lo recogí en
una larga cuerda negra y lo apilé sobre mi cabeza, asegurando el nudo con una
banda elástica que me había dejado puesta alrededor de mi muñeca. Había querido
cortarlo; el largo era una molestia. Sin embargo, a Conway le encantaba mi cabello
largo. Le encantaba peinarlo entre sus dedos y juntarlo en sus puños cuando
gentilmente me jalaba hacia él para darle un beso.
Stone se había apartado de mi lado, aburrido de tratar conmigo o perdido sin
saber de qué hablar. Se mantuvo apartado, mirando a un horizonte distante
rodeado por montañas que estaban mucho más lejos de lo que parecían.
—Gracias —dije.
No se dio vuelta.
—Ya dijiste eso.
—Te di las gracias por el agua. Pero estabas en lo cierto. Debería haberte
agradecido por cuidarme cuando estaba a punto de tener el tobillo lleno de
mordidas de serpiente.
—Bueno, tengo mis fallas, pero en general no disfruto ver serpientes
comiéndose chicas jóvenes.
Pateé una piedra.
—¿No estás cansado de esto, Stone?
Se giró entonces, observándome cautelosamente.
—¿Cansado de qué?
—Este ir y venir, un tira y afloja incesante sobre lo único que tenemos en
común.
Stone no dijo nada. Parecía estar esperando que continuara. Así que tomé una
respiración profunda e hice exactamente eso.
—Nos ama a los dos y los dos lo amamos. Eso debería ser suficiente para que
descubramos cómo llevarnos bien. No tienes que agradarme. No estoy segura que
me gustes mucho tampoco. Pero, no es justo. No es justo para Conway seguir
forzándolo a defendernos a uno de nosotros. —Mi cabello se había soltado de su
nudo. Lo sacudí con irritación y luego lo empujé detrás de mis oídos—. Mira,
Conway me dijo anoche que no fue tu culpa lo del auto…
—Fue mi culpa —interrumpió con una sonrisa diabólica—. Por supuesto que
fue mi culpa. Ya sabes cómo soy, Erin. Todo el mundo sabe.
Negué, sintiéndome repentinamente cansada y bastante miserable.
—No. En realidad, casi no te conozco. —Esta conversación se desvió hacia un
lugar incómodo. Me preparé para una volea del sarcasmo característico de Stone 77
Gentry.
En cambio, mientras sus ojos miraban mi rostro, algo se suavizó en él. Miró
hacia abajo y asintió.
—Tienes razón —dijo en voz baja.
—Oh. —Casi me caigo de la conmoción. Realmente no había esperado un
acuerdo maduro—. ¿De verdad?
—De verdad. —Esbozó una sonrisa. Tenía un lado tímido—. Puedo ser un
idiota. Lo sé. Pero haces feliz a Con y estoy feliz que te tenga a ti.
—Oh —dije y tragué saliva, bajando la cabeza. Una pequeña salamandra se
escabulló por las rocas y luego desapareció en una grieta polvorienta.
—¿Erin? —dijo Stone.
—¿Lo hago? —pregunté, levantando mi cabeza y mirándolo a los ojos.
Stone estaba confundido.
—¿Haces qué?
—¿Hago feliz a Con?
Me dio una mirada divertida. Luego cambió de posición y miró a la distancia
nuevamente.
—Esa es una pregunta tonta. Sabes que lo haces feliz.
Sí. En su mayor parte lo hacía. No era difícil recordar las innumerables veces
que Conway Gentry me había mirado con tierno amor en sus ojos. Las chicas se le
arrojaban todo el tiempo y nunca les daba la hora del día. Si Con estuviera cansado
de mí, no se habría quedado por dos años. Debería saber todo esto sin que me lo
cuenten. Pero todavía significaba mucho escucharlo del tipo que no diría cosas
amables solo para cuidar mis sentimientos. No cuando se trataba de su hermano.
Stone, con todos sus defectos, se preocupaba mucho por Conway.
—Lo sé —dije y sonreí. Stone se relajó y me devolvió la sonrisa—. Bueno —
dije, juntando mis manos—, en el espíritu de esta nueva semi-amistad, ¿puedo
ofrecerte un vaso de limonada casera fresca? Ya debería estar fría.
Stone lo consideró.
—¿La hiciste tú misma?
—Síp. Medí la mezcla y todo.
Se rio.
—Bien, entonces, me has convencido. Me encantan las bebidas endulzadas.
Caminamos lentamente, casi sin prisas, de regreso a mi casa. Ahora que Stone
había dejado que su fachada engreída se deslizara un poco, se abrió un poco. En su
mayoría hablaba sobre Conway y todos los problemas que tenían cuando eran
78
niños. Muchos de esos incidentes ya los conocía, algunos de ellos, no. Siempre
había parecido que los primeros sonidos de mi infancia incluían a Tracy Gentry
gritando sus nombres a todo pulmón mientras los cazaba en el vecindario para que
respondieran por algo que habían hecho.
Un recuerdo medio olvidado de repente surgió a la superficie y empujé a
Stone.
—¿Recuerdas cuando mi madre los encontró a ustedes escondidos en nuestra
despensa? No pudiste haber tenido más de cuatro o cinco. Abrió la puerta para
agarrar una mezcla de pastel y los dos salieron, aullando como lobos. Ella gritó,
cayó hacia atrás en una silla de la cocina, y se rio hasta que casi no podía respirar.
—Lo recuerdo. —Se rio entre dientes—. Nuestras manos estaban todas sucias
porque habíamos atacado las nuevas sábanas de seda egipcias de nuestros padres
con marcador mágico y nos estábamos escondiendo porque sabíamos que el
castigo sería tremendo. Tu mamá siempre era genial cada vez que aparecíamos,
aunque esa vez nos hizo meter las manos en un fregadero de agua jabonosa para
quitarnos toda la tinta. Luego nos sentó en la mesa contigo y nos dio sándwiches
de mantequilla de maní y mermelada. Finalmente vino nuestro papá para
llevarnos a casa.
Al final, su voz se apagó y suspiró. Un extraño escalofrío me recorrió la
espalda y caminamos por un momento en silencio, el humor se tonó sombrío por la
mención de padres perdidos.
—Te pareces a ella —dijo finalmente Stone—. A tu mamá.
—Lo sé.
Nadie necesitaba decirme eso. Tenía fotos. Tenía recuerdos.
—No hablo mucho de ella —dije lentamente—. Mi papá ciertamente no está
listo para viajes diarios por el tren de la memoria. No puedo culparlo. Y nunca sé
qué decirles a mis hermanas para que no todo sea tan malo como realmente es.
Stone guardó silencio durante un minuto y luego exhaló en voz alta.
—Algo bastante jodido para todos ustedes. Quiero decir, con su accidente y
todo —agregó rápidamente.
Un accidente. Así lo llamaban todos, al menos en mi cara. Estaba cansada de
fingir.
—No fue un accidente, Stone. Tú lo sabes.
No discutió conmigo. Tenía que darle crédito por eso. Para entonces ya
habíamos escalado más allá del arroyo y casi habíamos llegado a mi casa. Debería
haberse sentido extraño, tener a Stone a mi lado mientras abría la puerta lateral. Y
por un momento sufrí una punzada de timidez. Pero luego, mientras servía la
limonada, Stone comenzó a hablar sobre Conway y se jactaba con orgullo de lo
bueno que era su hermano cuando se trataba de arreglar carros. 79
—Es bueno en todo —se jactó Stone—. El tipo más inteligente que conozco.
Los profesores de Emblem High hace tiempo tiraron la toalla con los chicos
Gentry. Su madre ciertamente nunca ofreció mucho aliento. Conway generalmente
se encogía de hombros cada vez que le decía que podía hacerlo mucho mejor. Tal
vez no me creía porque nadie más en su vida entendía lo maravilloso que era. Pero
ahora, al escuchar a Stone, tenía que admitir que era un alivio cálido escuchar a
alguien más apreciar el potencial de Con.
Cuando las oxidadas bisagras de la puerta de la pantalla se abrieron pensé
que era Penny, que escapaba del campamento como había estado amenazando con
hacerlo todos los días. Estaba en medio de una carcajada y había logrado sorber
limonada por la nariz cuando apareció Con. Por la expresión de su rostro, parecía
que se habría sorprendido menos al entrar en mi cocina y descubrir un par de
perros lobos haciendo panqueques.
—Hola —dijo, mirándome a mí y luego a Stone y luego a mí. La culpa que
pellizcó mi conciencia era ilógica. No había absolutamente nada por lo que sentirse
culpable. Tal vez me estaba sintiendo mal por esa rara discusión de esta mañana
justo antes que Con se marchara. Pero estaba aquí ahora, así que todo debe estar
bien. Sin embargo, de alguna manera no pude hacer que mi boca cooperara con las
palabras.
—Hola. —Stone saludó a su hermano casualmente.
Había visto a Conway Gentry todos los días desde que podía recordar.
Habíamos estado en una relación por dos años y lo había amado mucho antes de
eso. Podría traducir su estado de ánimo más fácilmente de lo que entendía el mío.
Pero cuando entró en mi cocina y frunció el ceño, no había nada familiar en su
expresión plana. Sus pensamientos, sus sentimientos, de repente estaban fuera de
mi alcance.
Fue, por primera vez, un misterio.

80
CONWAY
—¿De dónde diablos sacaste todo eso? —le pregunté a Stone cuando salí de la
ducha y lo encontré contando un montón de billetes verdes y monedas sueltas en
su cama.
—Robé un banco —dijo, sin detenerse en su conteo.
—Los bancos no manejan monedas de diez centavos.
—Robé un camión de helados.
—¿Te refieres al que está cerca de la escuela y tiene el mismo negocio en
chicle y metanfetamina?
Stone sonrió.
—Ese es.
Dejé caer mi toalla húmeda a favor de la ropa interior. 81
—En serio, ¿qué está pasando? Volviste a rechazar a Carson cuando te ofreció
un trabajo en el taller.
—Conserje. —Stone resopló—. Lavar los botes de basura y fregar el inodoro
del personal. Y solo hizo la oferta porque seguiste molestándolo. —Stone dejó su
conteo y barrió todo el dinero en un gran tarro de cristal—. Las apuestas
profesionales son más lucrativas.
—De ninguna manera conseguiste todo eso en el juego de póker del sábado.
—De hecho sí. —Stone sacudió el tarro y lo sostuvo en alto a la luz—. Se ve
impresionante, ¿eh? En realidad, solo hay unos cincuenta dólares aquí. La mayoría
de esos tipos tenían más pañuelos en el bolsillo que dinero en efectivo.
Caleb Marist, quien se graduó el año pasado y resultó ser un primo lejano del
lado de nuestra madre, organizaba el juego en la sala de estar alfombrada de la
casa que todavía ocupaba con su abuela. Hubiera sido mejor si me hubiera
quedado para el juego en lugar de irme con Erin porque terminamos teniendo una
de esas peleas sin sentido de “¿Por qué estás enojado? No estoy enojado, ¿por qué
estás enojada?” que la mayoría de las parejas suelen padecer al menos una vez a la
semana.
Finalmente, Erin se quejó de un dolor de cabeza y dijo que solo quería irse a
casa, así que la acompañé hasta la puerta de su casa y luego hice una caminata
nocturna solitaria a lo largo del arroyo. Resultó ser una mala idea porque mi vejiga
estaba llena. Empecé a orinar sobre las rocas cuando una luz brilló en mi rostro y la
voz de un hombre me gritó en español. Como no quería saber en qué me había
metido, salí corriendo y logré mojar con orines mi ropa interior. Las cosas
mejoraron aún más cuando mi pene quedó atrapado en la cremallera cuando
intenté, en el camino, devolver todo a donde debía ir. Como dije, debería haberme
quedado en el juego de póker.
—¿Qué estás tramando esta noche? —preguntó Stone mientras buscaba a
través de su lado del armario. Lo gracioso de Stone; es que cuidaba muy bien su
ropa. Odiaba cuando tomaba prestado sus cosas, quejándose que siempre parecía
que había sacado algo del fondo de la cesta sin importar lo que llevara puesto.
—Llevaré a Erin a comer al restaurante y luego lo que sea. No lo sé. Ha
estado de un humor extraño últimamente. Tal vez encontremos algo para ver con
su suscripción a Netflix. —Tiré una almohada—. ¿Siquiera estás escuchando?
—Lo siento. —Stone bostezó y comenzó a abotonarse una camisa azul de
manga corta—. Me quedé dormido durante esa descripción entusiasta de tu noche
salvaje.
—Que te jodan. Esa camisa te hace lucir como si trabajaras en una tienda de
electrónica.
Stone alisó su cabello y le guiñó un ojo a su reflejo en un pequeño espejo que
82
colgaba sobre el tocador.
—Muérete de envidia, hermanito.
No me reí. No respondí con un insulto ingenioso. Vagamente escuché la voz
de Stone insultándome y me di cuenta que había empezado a mirar por la ventana
en uno de esos trances despierto.
—¿Qué pasa contigo? —preguntó—. Has estado todo distraído y esa mierda
durante la última semana. Gaps dijo que no te preocuparas por los cargos.
Terminaremos haciendo servicio comunitario o algo así.
—Sí, sobre eso. Necesitas respaldarme cuando les diga que mentiste sobre
conducir el automóvil.
Stone sonrió.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué diablos no? Es la verdad.
—No importa. A la mierda con mi reputación.
—Esto no es una película, idiota. No dejaré que te culpes por algo que yo
hice.
—Me importa una mierda la culpa. Solo estoy interesado en la recompensa.
No podía imaginar de qué estaba hablando.
—¿Qué recompensa?
—Kasey Kean está prácticamente jadeando por una razón para desnudarse y
abrirse de piernas.
—¿Qué hay de Courtney?
—¿Quién?
—Olvídalo —gruñí. No le había dicho nada a Stone sobre mi abuso sexual
junto a la piscina a manos de Kasey Kean. Por lo general, no dudaría en compartir
una historia así, pero Stone habría adivinado la culposa verdad, que una parte de
mí hubiera querido permanecer allí y dejar que siguiera acariciando lo que quisiera
acariciar. De ninguna jodida manera me arriesgaría a que Erin descubriera eso, así
que era mejor no admitirlo en voz alta, ni siquiera para mi hermano.
Stone me miraba con curiosidad.
—¿Qué te pasa ahora?
—Cuando tú y Erin estuvieron juntos la semana pasada…
—Ya te dije que no estábamos exactamente juntos. La salvé de una serpiente
de cascabel y me dio limonada y hablamos de ti todo el tiempo.
—Está bien, lo que sea. ¿Qué dijo sobre mí?
—¿Eh? No recuerdo. Un montón de cosas cursis de chica.
83
—Ustedes parecían estar teniendo una conversación bastante profunda.
—Fui amable con ella y fue amable en respuesta. —Me dio una mirada
dura—. ¿Crees que cruzaría a tu territorio o algo así?
—No. —Negué—. No creo eso. Es solo que hemos estado chocando
últimamente y me preguntaba si te había dicho algo que necesitara saber.
Stone no parpadeó. Estaba de un humor bastante raro.
—Conway, si tu novia hubiera dicho lo más mínimo que creyera que
necesitas saber, no dudaría en decírtelo.
—Lo sé. —Era una idea estúpido.
—Soy tu hermano por el amor de Dios.
—Lo sé.
—Sangre antes que perras.
—Erin no es una perra.
—No lo es. —Asintió Stone. Luego se volvió para prodigar un poco más de
elogios en su propio reflejo—. Mira Con, todo estará bien. Las chicas se ponen
malhumoradas y Erin no es una excepción, pero ustedes lo resolverán.
Vi a mi hermano mirándose a sí mismo.
—Tienes razón.
—Siempre la tengo.
—¿Me prestas tu polo negro?
—Joder, no.
La única camisa limpia que pude encontrar tenía el logotipo del Garaje de
Carson en ella. A Erin no pareció importarle. Sonrió y se inclinó por un beso
cuando fui por ella. Cuando me aparté de sus labios, noté que un tipo rechoncho
de mediana edad me miraba desde un sillón mullido.
—Hola, señor Rielo. —Saludé enérgicamente. Me miró como si fuera una
goma en una acera. Había estado haciendo eso mucho últimamente.
—Hola, Con —murmuró finalmente. Su voz se volvió mucho más suave
cuando se dirigió a su hija—. No hasta demasiado tarde, Erin.
—Estaré en casa a las diez, papá. Lo prometo.
Emblem no era exactamente un hervidero de restaurantes para elegir, pero el
restaurante en el centro de la ciudad no estaba mal. Erin se veía linda con una falda
de mezclilla y un cárdigan de manga larga rosa sobre una camiseta sin mangas a
juego. Nos tomamos de la mano y comenzamos a hablar sobre el examen de
admisión de la universidad con el que estaba luchando.
—¿Por qué te preocupas por eso ahora? —le pregunté—. No estarás 84
aplicando en ningún lado durante meses.
Arqueó una ceja en mi dirección.
—No duele estar preparado, Con. No siempre puedes vivir el día y negarte a
pensar en el mañana.
Puse los ojos en blanco. No quise hacerlo. Simplemente no entendía por qué
tenía que tomar cada comentario tan en serio.
—Tampoco puedes vivir solo para el mañana porque quizás nunca llegue.
Dejó caer mi mano y dejó de caminar, mirándome.
—¿Qué se supone que significa eso?
Mierda, no quería comenzar nada. Solo quería llevar a mi novia a cenar
decentemente y, con suerte, tontear un rato más tarde.
—Nada —dije—. No es saludable obsesionarse con lo que pueda suceder en
el futuro. No todo se puede controlar.
Se enojó.
—Entonces, ¿por qué intentarlo, verdad? —Su voz subía con cada palabra y
sus puños estaban apretados—. Simplemente ignora a todos los demás y haz lo
que quieras. ¿Por qué no? ¿Qué te importa quién es afectado por tu egoísmo?
Me estaba molestando, pero no pude evitar sentirme como si me estuviera
perdiendo algo vital.
—Erin, ¿de qué demonios estás hablando? ¿Esto es sobre el accidente la
semana pasada? Sí, hice algo horrible, estúpido y egoísta. Me arrepiento de ello.
Pero me estoy sacudiendo la cabeza buscando la razón por la que fuiste tan
terriblemente herida.
Exhaló. Se mordió la uña y miró hacia otro lado.
—No importa —dijo finalmente—. Lo siento. De todos modos, no estaba
hablando de ti.
—Oh. ¿De quién estabas hablando?
—No importa eso tampoco. —Tomó mi mano de nuevo—. Vamos a pasar
una buena noche.
Se produjo una frágil cortesía. Nos siguió durante toda la cena. Cada
momento fue más incómodo que el anterior. No estábamos peleando, no
exactamente. Era como estar en una primera cita con alguien que aún no estabas
seguro que te gustaba. Tan pronto como se me ocurrió la idea, la rechacé con
sentimiento de culpa. Esta no era una chica al azar. Esta era Erin. Mi Erin. Nos
conocíamos desde que éramos pequeños. Estábamos enamorados.
Escogió su comida. Sonreía cada vez que hacía una pequeña broma, aunque
podía distinguir la verdadera sonrisa de Erin de la sonrisa de Erin. No fue toda su 85
culpa. No pude relajarme. Todo lo que salía de mi boca se sintió forzado. Era una
noche simplemente rara.
Nos tomamos de la mano en el camino a casa a través del suave crepúsculo y
no hablamos mucho. La temperatura todavía rondaba los cien grados a pesar que
el sol estaba bajando. Recuerdo haber leído una vez acerca de los primeros
residentes de Emblem y de cómo tenían que poner sus camas afuera a lo largo de
Main Street durante las noches de verano cuando hacía demasiado calor para
dormir en el interior. Se envolvían en sábanas húmedas, saludaban a sus vecinos y
trataban de ponerse cómodos durante al menos unas horas hasta que el amanecer
lo hacía imposible.
Todavía estaba pensando en esto cuando Erin me apretó la mano y apoyó la
mejilla en mi hombro. Dejé de caminar, tomé su suave rostro entre mis manos y la
besé profundamente. Se derritió contra mí, deslizando sus brazos alrededor de mis
hombros y dejando que mi lengua se deslizara en su boca. Sabía exactamente cómo
le gustaba que la besaran. Suave y tierno para comenzar, provocando la pasión a
un crescendo. Empezó a besarme con más avidez y escuché el gemido en mi
garganta cuando la empujé contra mí, deseándola, necesitándola.
¡BIP!
¡BIPBIPBIPBIP!
El idiota de Stone y su cita estúpida se detuvieron en la señal de pare de la
esquina y se apoyaron en el claxon tanto que sonaba como un ataque aéreo. Stone
conducía un Civic negro destartalado que supuse pertenecía a Kasey Kean, quien
soltó una risita en el asiento junto a él.
Mi hermano se asomó por la ventana y saludó.
—Lo siento por eso. Continúen, niños.
Luego apretó el acelerador y salió volando por Main Street, desafiando a la
policía de Emblem a darse cuenta.
—¿Ahora Stone está con Kasey? —preguntó Erin frunciendo el ceño.
—Oh, sí. Supongo. —Todavía me sentí un poco desequilibrado al ver a
Kasey. Tal vez debería haberle contado a Erin lo que sucedió en la piscina la
semana pasada, pero si dijera algo ahora, se preguntaría por qué no había dicho
nada en primer lugar.
—¿Qué hay de Courtney?
—Stone no es conocido por la monogamia.
Erin suspiró.
—Lo sé.
Incluso después que se hubieron perdido de vista, el momento íntimo se
rompió irremediablemente. Volvimos a tomarnos de la mano y guardar silencio 86
hasta que llegamos a la puerta de Erin.
—Sabes —dije—. No son las ocho en punto. Creo que mi madre está
trabajando hasta tarde en la farmacia y dudo que Stone aparezca pronto. Podrías
venir un rato.
Erin miró hacia mi casa. Parecía estar pensando en eso, pero de repente negó.
—Gracias, pero no me siento tan bien así que creo que me voy a ir a la cama.
Levanté una sugestiva ceja.
—Podrías recostarte en mi cama por un momento. Me sentaré al otro lado de
la habitación y te veré dormir, como ese vampiro raro por el que todas las chicas
enloquecen.
Sonrió ante eso.
—Tentador. —Besó mi mejilla—. En otro momento.
—¿Te veo mañana?
—Por supuesto. Gracias por la cena. —Su mano estaba en el pomo y estaba
empezando a entrar por la puerta así que no había ninguna razón para que me
quedara.
Estaba a mitad de camino en el patio delantero cuando me llamó.
—¡Conway! ¡Te amo!
Mi corazón saltó.
—También te amo.
Como no tenía ganas ir hasta la puerta de entrada, salté a través de la ventana
de la habitación desbloqueada, sintiéndome bastante alegre. Erin y yo teníamos
que sufrir los golpes y moretones estándar que soportaban todas las demás
relaciones. Eso es todo. Éramos Conway y Erin. Estaríamos bien.
Mi habitación estaba desordenada y olía a pies. Probablemente era bueno que
Erin no me hubiera aceptado la oferta de pasar el rato aquí. Mientras silbaba una
canción de los Beatles que había escuchado antes en el restaurante, me dirigí a la
sala de estar vacía y me tumbé en el sofá. No me di cuenta que estaba cansado
hasta que cerré los párpados. A partir de ahí me deslicé fácilmente al olvido y no
supe nada hasta que un instinto básico me despertó. Supe de inmediato que no
estaba solo en la habitación, incluso antes que dijera una palabra.
—Pedazo de basura —dijo mi madre arrastrando los pies mientras se
desplomaba en el sillón a un metro y medio de distancia. Probablemente había
culminado su jornada laboral con una visita al Dirty Cactus y bebiera un par de
tragos. A veces lo hacía, pero a menudo no se embriagaba tanto como para decir
tonterías.
Me senté, mi cuello estaba agarrotado por la postura incómoda para dormir. 87
—Hola, mamá —la saludé, frotándome los músculos doloridos.
—Igual que él —respondió, y aunque estaba oscuro, pude verla sacudir la
cabeza de un lado a otro, las puntas de su cabello canoso captando la luz de las
farolas de la calle.
El mismo instinto que me sacudió de la siesta me dijo que simplemente me
levantara y saliera de la habitación. Argumentaba que aquí no pasaría nada que
quisiera recordar más adelante.
—¡Eres como él! —Se puso de pie, meciéndose, gritando al techo—. Justo
como ese imbécil. Lo veo cada vez que te miro. —Un sollozo desesperado escapó
de ella y se dejó caer al suelo, con las piernas abiertas y las manos cruzadas sobre el
estómago. Me incliné y la tomé del brazo, tratando de ayudarla a levantarse, pero
se apartó de mí.
—Mamá —dije con firmeza, chasqueando los dedos para llamar su atención
mientras me acuclillaba a su lado. Solo lloró.
—Lo intenté —balbuceó, meciéndose adelante y atrás, tragando saliva entre
sollozos—. Pensé que si te criaba de forma decente, la mala sangre no importaría.
Elijah dijo que no importaba, dijo que todavía eras su sangre de una manera
aunque no directamente. Perdonó todas las cosas de mierda que hice y los amó a
los dos de todos modos. Te amó aunque le dije desde el principio de dónde venías.
—Mamá. —Mi cabeza se sentía extraña. Mi garganta se sentía seca. Quería
que dejara de hablar. Quería saltar y salir corriendo por la puerta y nunca escuchar
la confusión de palabras.
—Chrome —dijo en un gemido y se cubrió los ojos—. Lo amaba. Siempre lo
amé. Dejé que me usara como quería porque era lo más cerca que podía llegar.
Pero apenas era un padre para el niño que tenía y no quería más. Cuando vio a
Stone, pensé que cambiaría de opinión, pero no lo hizo. —Se acurrucó en una
pelota y gimió como una niña—. No quería comenzar con Benton. Sabía lo que era
Benton. Malo y violento hasta los huesos. La única razón por la que dejé entrar a
ese cabrón fue porque todos sabían cómo eran los chicos Gentry, siempre
compitiendo por la misma atención. Pensé que acostarme con Benton me
devolvería, Chrome. —Su voz se atoró en algo que era tanto un llanto como un
hipo y se redujo a un susurro—. En cambio, solo te obtuve a ti.
Levantó la cabeza entonces. No pude ver sus ojos. Su rostro era un enorme
agujero en la oscuridad. Todos estos años. Todos los rumores, los chismes y la
triste culpa de haber sido criados por un hombre que intentó protegernos de todo
eso.
Podrían ser mentiras. Pero las mentiras generalmente no ocurren en pisos
sucios de la sala de estar bajo la protección de la oscuridad. No, ahí es cuando la
verdad se desata.
Chrome Gentry. 88
Benton Gentry.
Dos hermanos que fueron leyendas en su mejor momento. Chrome era el
padre de Deck, muerto al menos media docena de años. Accidente de tráfico o algo
así. Sin embargo, Benton estaba vivo, todavía en algún lugar en el árido desierto de
las afueras de Emblem. Lo veía de vez en cuando, dando vueltas por Main Street
con una barriga y una actitud mezquina, un hombre tan malhumorado que sus
propios hijos ni siquiera hablaban con él.
Sus hijos. Los trillizos. Mis medios hermanos.
Y, si el alcohol realmente era un suero de la verdad y Tracy Gentry acababa
de hacer la confesión de su vida, entonces Stone era el medio hermano de Deck.
Mi madre había empezado a llorar más fuerte. Su falda de trabajo color beige
se había subido sobre sus muslos y podía ver lo suficiente como para
avergonzarme como el infierno, incluso cuando todavía estaba tambaleando por
las cosas que acaba de decir.
—Vamos, mamá —le dije, tratando de levantarla suavemente. No sería
humano si no estuviera herido y enojado por tener toda esta mierda encima. Pero
era mi madre y era terrible en algunos aspectos, pero aún sentía pena por ella. Al
menos algunos misterios habían sido resueltos, como por qué siempre había
preferido a Stone y por qué parecía amargada con cada año que pasaba, ya que era
lentamente envenenada por la carga de secretos.
En lugar de aceptar mi ayuda, me dio una bofetada.
—¡No! —gritó agitando los brazos y derribó un jarrón azul que hace mucho
tiempo había sido un regalo de algún pariente Gentry muerto—. ¡Nunca más me
tocarás! —gritó.
—Estoy tratando de ayudarte —expliqué mientras esquivaba las uñas
afiladas.
—No te quiero. ¡NO TE QUIERO! ¡NUNCA TE HE QUERIDO!
Retrocedí mientras se arrastraba hacia el pasillo a cuatro patas. Había dejado
de gritar, pero los gemidos bajos y doloridos eran peores. Llevaban palabras.
Escuché “Elijah” y escuché “Lo siento”.
El tiempo pasó mientras me quedaba ahí agachado en la oscuridad. No hubo
más gemidos y llanto, solo el sonido de ronquidos fuertes de algún lugar del
pasillo. Puede que no recuerde nada de esto mañana. Yo lo recordaría por siempre
También necesitaría decirle a mi hermano.
De repente, desesperadamente, necesitaba a Stone. Necesitaba su mezcla de
arrogancia y afecto para arreglar este desastre.
También necesitaba a Erin. Necesitaba tenerla en mis brazos y escuchar que
puedo ser amado, que soy más que el recordatorio indeseado de un hombre
89
terrible.
No sabía dónde estaba Stone a esta hora, pero en algún momento estaría en
casa. Y Erin estaría dormida al lado ahora mismo. Si me arrastraba por debajo de
su ventana y golpeaba el vidrio lo suficiente como para despertarla. Solo quería
mirarla. Solo por un minuto. Y quería que me mirara con esa luz especial que solo
vivía en sus ojos. Entonces tal vez podría dormir esta noche.
Cuando salí por la puerta de entrada, me di cuenta que no llevaba zapatos,
pero qué diablos. No estaría yendo lejos. De todos modos, cuanto menos ruido
hiciera, mejor, ya que no estaba seguro a qué horas se dormía el señor Rielo.
Me arrastré por el costado de la casa, deteniéndome cuando escuché a un
pequeño animal o reptil alejarse con alarma. No había luces encendidas en mi casa,
pero la ventana de Erin estaba abierta y su luz estaba encendida. Si no hubiera sido
así, no los habría visto.
Estaban sentados uno al lado del otro en el suelo debajo de la ventana abierta.
No se estaban besando. No estaban tocando. Estaban sentados allí, mi hermano y
mi novia. Había un viento caliente que soplaba en la dirección equivocada por lo
que no podía escuchar sus palabras. Solo podía escuchar la mezcla apagada de sus
voces, tan profundamente en la conversación entre ellos que no tenían motivos
para mirar hacia arriba y darse cuenta que alguien estaba cerca, solo mirándolos.
ERIN
Habíamos terminado la noche con un “Te amo” y de alguna manera todavía
estaba descontenta.
Hubo algunos momentos tensos durante la noche, pero Conway hizo todo lo
posible para ser dulce. Me encontré mirándolo durante la cena, memorizando
pequeños detalles como el lindo surco entre sus cejas mientras quitaba la mostaza
de su hamburguesa y la insinuación de un hoyuelo que solo aparecía en su mejilla
izquierda. Me encantaba todo sobre él.
Todavía lo veía caminar lentamente hacia su casa cuando comencé a desear
haberle dicho que sí. Ojalá hubiera vuelto a su habitación y me hubiera enterrado
contra su cuerpo mientras confesaba las cosas de las que nunca me había atrevido
a hablar.
Cosas en las que apenas me atrevía a pensar. 90
Cosas como cuando una mujer que había luchado con su propia mente
durante toda su vida metió la cabeza en el horno y encendió el gas, no fue un
“accidente”.
Cosas como el origen de las débiles cicatrices en lugares privados en mi
propio cuerpo.
Cosas como mi terror de perderme en el mismo abismo de depresión que se
tragó a mi madre.
En su lugar, caminé cansadamente a través de la puerta de mi casa y dejé caer
mi bolso en el sofá. Desafortunadamente, mi papá estaba durmiendo ahí. Mi
sistema de apoyo de cuatro kilos de tampones, cosméticos, bolígrafos y libros lo
golpeó en la cabeza.
—Auch —se quejó, sentado pesadamente en posición vertical y frotándose el
cráneo.
—Lo siento —le dije, inclinándome para sacar el bolso ofensivo—. No estabas
esperando por mí, ¿verdad?
Mi padre bostezó y se frotó los ojos.
—Nunca. ¿Por qué un padre estaría esperando que su hija adolescente
cruzara la puerta? —Tomó nota de la hora—. Es temprano.
—Sí. Estaba cansada. —Miré a mi alrededor, notando que la casa estaba
inusualmente silenciosa—. ¿Dónde están las chicas?
—Tu tía Bonnie vino y las llevó a su casa para pasar unas noches allí. Estaba
decepcionada porque no estabas.
Bonnie era la hermana mayor de mi padre. Nunca se había casado o tenido
hijos y trabajaba como jefa de enfermería en la prisión. Bonnie tenía buenas
intenciones y siempre había hecho lo que podía por nosotros, especialmente
después que nuestra madre muriera, pero tenía un tipo de personalidad firme y sin
sentido que a veces era un poco difícil de aceptar. Pasar el rato con la tía Bonnie era
como ser sometida a una Mary Poppins nada divertida.
—La llamaré la próxima semana o algo así —dije, sintiéndome mal por tener
pensamientos antipáticos de la tía Bonnie.
Mi padre me estaba mirando de esa manera parental; mitad amor y mitad
ansiedad
—Siéntate, Erin.
Me senté. Crucé mis brazos. Los descrucé.
—¿Qué pasa?
Las rodillas de mi padre crujieron cuando se inclinó hacia adelante. Hizo una
mueca.
91
—¿Cómo se llevan tú y el joven señor Gentry por estos días?
—Estamos bien. Con va a aplicar a ASU el próximo año.
—¿En serio? —Sus cejas se alzaron—. Creo que un registro de arresto
interferiría con los planes de la universidad.
—Fue un error, papá.
—Un error —murmuró—. Erin, un error es olvidarte de comprar leche en la
tienda de comestibles. No cometer un gran hurto de un auto, hacer carreras y
destruir propiedades públicas y privadas.
No podría discutir sobre eso. A decir verdad, estaba teniendo problemas con
la idea que Con y yo habíamos llegado a una especie de bifurcación en el camino.
Yo quería ir por un lado y algo lo empujaba a él en la otra dirección. Los adultos
que pensaban que estaban siendo útiles se encogerían de hombros y dirían que
esto era parte de crecer. Dirían que la mayoría de las chicas no podían vivir para
siempre con el primer chico al que besaban.
—¿Erin?
Mi padre estaba mirándome preocupado. Debe ser difícil, pensé, traer
personas al mundo y verlas evolucionar hacia algo completamente separado de ti.
—¿Estás bien? —insistió.
—Estoy bien, papá —le dije, tratando de mantener la vacilación fuera de mi
voz.
Todavía me miraba fijamente.
—No te sientas culpable —dijo finalmente.
—¿Acerca de?
—De nada. No te sientas culpable por hacer planes o por dejar a la gente
atrás. —Suspiró y se frotó la parte posterior del cuello—. Mira, sé que está en tu
mente, la preocupación por lo que nos pasará a todos cuando te vayas a la
universidad. No puedes preocuparte por eso, cariño. Te diré algo que aprendí hace
mucho tiempo. Es que ninguno de nosotros puede evitar que el universo gire.
Todo lo que podemos hacer es permanecer en la luz mientras el sol brille.
Tragué saliva dolorosamente. Estaba pensando en mi madre. Nunca tuve
agallas para preguntarle por qué lo hizo. En cambio, le pregunté a la tía Bonnie. Su
rostro había caído en un dolor no característico mientras me tiraba torpemente a
sus brazos. Me dijo que mi madre me amaba y que había peleado una batalla todos
los días, una batalla consigo misma. Entonces perdió una. Y eso fue todo lo que
hubo.
Una lágrima, no bienvenida, se escapó de mi ojo y cayó por mi mejilla.
—¿Qué pasa cuando la luz se apaga? —susurré.
92
Mi padre besó la parte superior de mi cabeza.
—Esa es la cuestión —dijo—. Algunas luces nunca se apagan en verdad.
Antes de irme a la cama, le dije a mi padre que no se durmiera en el sofá. Su
espalda lo molestaba cada vez que lo hacía. Me despidió con un bostezo y me dijo
que no tenía que preocuparme por él.
Cuando Con me dejó, pensé que estaba cansada, pero ahora estaba
demasiado despierta. Cogí mi teléfono para llamar a Roe, pero luego recordé que
estaba flotando en algún lugar en aguas internacionales con poca recepción celular.
Así que todo lo que hice fue enviarle una imagen de un arco iris brillantemente
ilustrado con un corazón incrustado en el arco. Lo recibiría en algún momento.
Abrí mi ventana y miré a la casa de al lado. Estaba oscuro, entonces o Con se
había ido a dormir o había salido de nuevo. Había una ligera brisa soplando. No
era viento de tormenta, solo suficiente movimiento de aire para aliviar el calor
nocturno. Me asomé y respiré profundamente mientras el viento suave levantaba
mechones de mi pelo y jugaba con las puntas errantes. Nuevamente deseé haberme
ido con Conway. La única paz que conocía vivía dentro de sus brazos.
Cuando saqué las viejas tijeras de su escondite, no fue porque sintiera la
picazón de nuevo. No había alivio al sostenerlas, solo una vaga sensación de
disgusto. Empujé la manga de mi suéter sobre mi codo y examiné la parte dañada
de mi brazo. Había transcurrido una semana desde el último corte, pero esa piel
sensible entre la muñeca y el codo era lenta para sanar. Toqué con la punta de la
hoja la línea roja con costra. Ni siquiera estaba tratando de recordar por qué
debería sentirse bien. Solo estaba tratando de entender cómo podría haber pensado
alguna vez que lo hacía.
¿Qué me he hecho? ¿Qué estoy haciendo?
No escuché un sonido. Ni vi un movimiento. No había ninguna razón para
mirar hacia arriba, pero cuando lo hice, apareció una silueta de una persona
bañada por la luz de la ventana de mi dormitorio. Estaba parado en su lado de la
línea de la propiedad, fumando un cigarrillo. Se parecía a su hermano y por una
fracción de segundo mi corazón palpitó.
Sin embargo, no era Conway. Era Stone.
Mi lámpara de escritorio era una bombilla de sesenta vatios, casi un faro en la
oscuridad. Tenía que haberla visto. Negaría con repugnancia y se alejaría. Le diría
a su hermano que era una loca que se mutilaba a sí misma. Casualmente pondría al
descubierto mi vergüenza secreta.
Presa del pánico, dejé caer las tijeras y salté torpemente hacia la ventana.
Necesitaba cerrarla. De alguna manera, pensé que si solo podía bloquear a Stone
Gentry en los próximos segundos, eso desharía lo que había visto.
El marco a menudo se atascaba y no era fuerte. He oído que los momentos de
angustia pueden revelar una fuerza mágica, pero siempre fue lo contrario para mí. 93
Escuché mis propias maldiciones jadeantes cuando mis brazos parecidos a fideos
buscaron a tientas la ventana. Debajo de eso estaba el rugido en mi cabeza.
—Erin.
Se movía absurdamente rápido, una sombra furtiva en la noche. Ya estaba
junto a la ventana.
—Erin.
Extendió una mano y agarró mi muñeca mientras yo tiraba del marco de la
ventana.
—Detente —ordenó.
Me debilité. Me detuve. Me deslicé hasta el piso y coloqué mis rodillas contra
mi pecho como una niña pequeña. Tal vez Stone no era cruel. Tal vez si le rogaba
inmediatamente, guardaría el secreto.
—No le digas —me atraganté—. Por favor.
Escuché su gruesa exhalación, compasión o exasperación.
—Sal—dijo, con suavidad, y extendió una mano para ayudarme a pasar por
la ventana.
Me sentí mejor una vez que estuve fuera de mi habitación y cubierta por la
oscuridad. Al lado de mi casa estaba el resto agrietado de un antiguo camino de
adoquines que había estado allí desde antes que mis padres compraran la casa.
Stone se sentó y esperó en silencio a que me uniera a él.
Estaba de espaldas, mirando la calle vacía
—¿Por qué estabas tratando de hacerlo? —preguntó en voz baja.
Mi rostro ardía con humillación. ¿Cómo podría explicar los extraños
mecanismos de mi mente al rudo Stone Gentry? No podría siquiera explicarlo a mí
misma.
—No soy como mi madre —le dije desafiantemente.
—No dije que lo fueras.
—Quiero decir, no estaba tratando de suicidarme ni nada.
Encendió otro cigarrillo.
—Bien.
Abracé mis rodillas a mi pecho otra vez. Stone siguió mirando la calle y dejó
que su cigarrillo se quemara sin llevárselo a los labios.
Cuando no dijo nada por un momento, relajé mis rodillas, colocándolas en
una posición más cómoda. “Cruz-cruzada, puré de manzana”2 lo llamaban los
maestros en la escuela primaria.
Luego, en palabras vacilantes que sonaban inadecuadas incluso para mí, traté
94
de explicar cómo a veces tenía ganas de correr en setenta direcciones a la vez. Mi
cabeza se llenaba demasiado para lidiar con todo el ruido y solo necesitaba liberar
parte del dolor antes de ahogarme en este. Y a pesar de la vaga vergüenza, durante
unos minutos después de sentir el escozor de la cuchilla, siempre me sentía mejor.
Stone escuchó en silencio. Cuando terminé de hablar, apretó el cigarrillo
debajo de su zapato.
—Con sigue diciéndome que tengo que dejar de fumar —dijo con ironía—. Es
un mal hábito que nunca me hará ningún bien.
—Con tiene razón.
—No sabe, ¿verdad? No sabe sobre el ah…
—Cortar —terminé por él—. Es mejor que lo digas. No, me las he arreglado
para evitar que lo descubra y si alguna vez lo sospechó nunca lo ha dicho. —Casi
no me atreví a hacer la siguiente pregunta—. ¿Vas a decirle?
—Deberías buscar ayuda, Erin.
—Lo sé. Eso es lo que dice Roe. Pero como dije, realmente no necesito hacerlo.
Y realmente no me lastimaría. Puedo parar cuando quiera.

2 Crisscroos-applesauce: Es la posición en que los niños se sientan con las piernas cruzadas, la
expresión es usada principalmente por maestros.
—¿Estás segura?
—No.
Stone abrió su paquete de cigarrillos. Al principio no podía decir lo que
estaba haciendo, pero luego me di cuenta que los estaba extrayendo de uno en uno
y los rompía por la mitad. Luego volvió a meter las piezas arruinadas en el
paquete.
—No se lo diré —dijo finalmente.
Tal vez debería haberme sentido culpable por haberle pedido a Stone que
guardara un secreto importante de su único hermano, pero todo lo que sentí fue
una ola de gratitud. Simplemente no podría manejarla, la expresión de dolor y
desconcierto en el rostro de Conway cuando se diera cuenta que estaba más
arruinada de lo que hubiera imaginado. Así que, por cobarde que sea, con mucho
gusto recibiría la ayuda de Stone para mantenerlo en secreto hasta que encontrara
una mejor manera de enfrentar el problema. Esta vez sabía que tenía que lidiar con
eso. A pesar de mi valentía, no podía resolver esto por mi cuenta. Ya lo había
intentado.
—Gracias —susurré débilmente.
Esperaba que Stone hiciera un incómodo escape y siguiera con su noche, pero
en cambio estuvo dando vueltas y hablando un rato sobre cosas como su amor por
el desierto y cómo él y Conway planeaban ir de excursión al fondo del Gran Cañón 95
algún día. El viento soplaba y hacía difícil oír sus palabras a veces, pero entendía
que seguía y seguía para hacer que me sintiera un poco mejor. No dije mucho él no
parecía esperar que lo hiciera, lo cual fue agradable. Fue agradable simplemente
sentarse allí y escuchar sin tener que hablar.
Finalmente comencé a bostezar, pero cuando me puse de pie y le di las
buenas noches a Stone, me sentí más tranquila de lo que me había sentido en
mucho tiempo. Había mucha gente en mi vida a la que contaba como conocidos,
pero aparte de Roe y Con, ninguno de ellos realmente pensaba que fueran amigos.
Mientras escalaba cuidadosamente a través de la ventana de mi habitación, me di
cuenta que Stone me había mostrado más amistad de la que alguna vez lo creí
capaz. Me alegré de tener otro amigo.
Mañana cumpliría mis promesas con Roe y Stone. Y conmigo misma. Si no
podía detener esta adicción autodestructiva por mi cuenta, entonces obtendría
ayuda. Pero esta noche solo necesitaba dormir. Todo sería mejor mañana.
CONWAY
Stone siempre roncaba como un hijo de puta. A veces, golpearlo en la cara
con una almohada lo sobresaltaba para cambiar de posición, apagando el ruido.
Anoche había dormido como una mierda, aunque cuando lo oí entrar fingí
estar profundamente dormido. Sentí que estaba cernido sobre mí y teniendo
algunos pensamientos profundos (o culpa), pero no le daría la satisfacción de abrir
un ojo. Por supuesto, cuando finalmente me quedé dormido comenzó a hacer tanto
ruido como un aserradero, como si incluso su subconsciente estuviera empeñado
en burlarse de mí.
En lugar de golpearlo con una bolsa de plumas caminé tranquilamente hacia
su cama, agarré el lado más alejado de la colcha arrugada sobre la que estaba
durmiendo y tiré las mantas, mi hermano y todo al suelo. Stone aterrizó con un
ruido sordo y comenzó a agitarse mientras soltaba setenta variaciones creativas de
la palabra “joder”. 96

Pasé por encima de él en mi camino a la ducha. Me tomé mi tiempo allí y dejé


que el agua caliente siguiera corriendo incluso después que terminé. Para cuando
me vestí y escupí pasta de dientes en el fregadero, la habitación parecía una sauna.
Stone estaba esperándome cuando volví. Lo esperaba, así que mantuve los
codos afuera, listo para arrojar un par de golpes, pero él solo se sentaba en el borde
de la cama, con el ceño fruncido y los ojos llenos de amenaza y quejas:
—¿Qué mierda?
Mi camisa del taller de Carson estaba húmeda y sucia, pero me la puse de
todos modos. Estaba programado para trabajar todo el día, pero una apariencia
prístina no era exactamente parte de la cultura corporativa de allí.
—¡Conway! —bramó Stone.
—¿Qué?
—¿Qué quieres decir con qué? ¿Qué se te metió en el culo y murió de la
noche a la mañana?
Metí mi camisa, aunque Stone siempre se reía porque parecía un viejo cuando
lo hacía. Cada vez que había dormido brevemente la noche anterior, me
perseguían pesadillas confusas. En una de ellos, mi madre y Erin saltaban del
brazo en el lado opuesto de un canal profundo mientras se reían y cantaban “¡No
puedes jugar!" en un tono bromista. En otro, estaba en un lugar oscuro y profundo
y gritaba a la luz. Mi hermano apareció y se quedó allí por un momento sombrío,
mirando hacia abajo. Luego apareció Benton Gentry con una gran cantidad de
madera y cubrió el agujero, atrapándome en la oscuridad. Hubo uno más. Era
vago, solo una imagen pasajera, ni siquiera un sueño completo en sí mismo. Pero
fue el más vívido de todos. Erin, vestida con el bikini de la bandera estadounidense
de Kasey Kean, se sentaba a horcajadas sobre Stone en su cama mientras se
besaban, ignorando mis gritos de angustia desde el otro lado de la habitación.
—¿Qué pasa? —preguntó mi hermano y ahora su voz sonaba extraña. Menos
furioso, más preocupado.
Lo miré. Stonewall Gentry, llamado así por algún tío salvaje e imprudente
que murió antes que naciéramos. Nunca hubo un día en que viviera donde él no
fuera mi hermano. Y a pesar que había tenido diez meses libres de Conway antes
que apareciera, sabía que era imposible para él recordarlos. Siempre habíamos
compartido un hogar, una familia, incluso un dormitorio. Siempre hemos estado
juntos.
—¿Qué hiciste anoche? —espeté.
Y ahí estaba. Solo por una fracción de segundo. Un parpadeo de algo en sus
ojos azules antes de mirar hacia otro lado. Stone no se sentía culpable por mucho,
así que no era demasiado frecuente que llegara un día en que no pudiera mirarme
a los ojos. 97
—Pasé el rato en el puente, me dieron una mamada y volví a casa.
—¿Eso es todo?
Lentamente sus ojos volvieron a mi rostro. Esta vez estaba completamente
impasible.
—Eso es todo.
—Y no le mentirías a tu hermano.
Stone se inclinó hacia atrás unos centímetros, como si necesitara un poco de
distancia para verme mejor. Sus ojos se estrecharon.
—¿A qué te refieres, Con?
—Nada. Me preguntaba cuándo me perdí la noticia que tú y mi novia son
ahora los mejores amigos. Sí, es cierto. Los vi todos acogedores y conversadores ahí
afuera. No es la primera vez en las últimas semanas que los he visto a ustedes dos
jodidamente cerca de repente. Entonces dime hermano, ¿a quién pertenecían el par
de labios que te chuparon la polla anoche?
Estaba enfadado. Su rostro estaba rojo y sus manos estaban apretadas. Pero
eso no era lo que estaba hundiendo mi corazón. Si no hubiera habido un grano de
verdad en esas palabras, entonces se habría puesto furioso y me habría atacado
antes que terminara de hablar.
—Maldita sea, Conway, no fue así. Estábamos solo…
—¿Solo qué?
—Solo hablando por el amor de Dios.
—Mentiras. Pasas tanto tiempo escuchando lo que cualquier chica tiene para
decir que limpiando el inodoro.
Se levantó entonces. Pensé que había una posibilidad que me golpeara, pero
simplemente se cruzó de brazos y me miró ceñudo.
—No crees que tocaría a tu novia. No hay una maldita forma que puedas
pensar eso. Conway, podría tener un picahielos en mis bolas y aun así no daría un
paso en esa dirección. ¡Nunca!
Casi vacilé. Pero luego recordé los sentimientos de desesperación de la noche
anterior.
No hay nada peor que de dónde vienes.
En mi momento más bajo, cuando acababa de alimentarme con un montón de
sorpresas sórdidas de mi propia madre, tropecé en la oscuridad en busca de
consuelo. Lo único que encontré fue a mi hermano y mi novia acurrucados juntos,
hablando seriamente sobre algo que obviamente no me incluía. No era el tipo de
trauma visual que incluía piel desnuda y extremidades entrelazadas, pero en ese
momento era casi la cosa más solitaria que podría haber enfrentado.
98
—¿Conway? —preguntó Stone y había una nota de súplica en su voz.
Quería tanto golpearlo.
—Entonces estaban hablando. Apuesto a que tenían mucho para discutir
entre ustedes a altas horas de la noche. Entonces, ¿estaban discutiendo sobre
política? ¿Shakespeare? Ilumíname.
Negó y parecía miserable.
—No. No fue nada importante. Hablamos sobre ti, sobre la escuela.
—Odias la escuela.
Frunció el ceño. Tomó el paquete de cigarrillos que estaba en la mesita de
noche, pero cuando sacó uno estaba roto. Stone negó con tristeza y arrojó el
paquete a la basura antes de suspirar.
—Lo juro, no había nada raro sucediendo. Simplemente vas a tener que creer
en mi palabra.
Empujé mi billetera en mi bolsillo trasero.
—Tengo que ir a trabajar.
—Con.
—No. Vete a la mierda, Stone. Avísame cuando la verdad tenga ganas de salir
de tu boca.
Lanzó algo a la puerta después que la cerré de golpe. Bueno. Deja que se
enoje. Estaba cansado de ser el único que estaba enojado.
Solo me detuve en la cocina para agarrar lo que sea que pudiera servir de
desayuno. Mi madre estaba paseando por allí con el teléfono pegado a la oreja y
muchos “Oh, Dios mío” saliendo de su boca. Pero lo dijo de una manera que sabía
que estaba más divertida que molesta por lo que fuera el tema. Frunció el ceño
cuando agarré unas rebanadas de pan blanco rancio. No había mucho más que
agotamiento y el desprecio habitual en su expresión, por lo que no estaba seguro si
recordaba las cosas terribles que había dicho la noche anterior.
Luego se dio la vuelta, soltó un suspiro gigante y exudaba farsa mientras
decía:
—Que en paz descanse su alma, pobre Maggie. Tengo que decirlo, aunque
pensé que caería bajo la furia de Benton mucho antes de esto.
No, definitivamente no recordaba lo de anoche. No habría pronunciado el
nombre de Benton tan casualmente esta mañana si lo hiciera. Sabía quién era
Maggie también. La esposa de Benton y la madre drogadicta de los trillizos. No la
habían visto por la ciudad durante años y la mayor parte del tiempo me había
olvidado que no estaba muerta. Cuando salí por la puerta sentí una punzada de
simpatía por Cord, Creed y Chase. Las noticias tenían que lastimarlos. Suponía que
99
no era necesario que fueras cercano a tu madre para sentir dolor por su muerte.
La puerta de la pantalla estaba abierta y pude escuchar que mi propia madre
seguía hablando en la cocina sobre la “pobre Maggie”, aunque todas sus palabras
sonaban más como chismes que como dolor.
—¡Con! —Erin saludó desde la ventana de su habitación. Su largo cabello
oscuro estaba suelto sobre sus hombros y llevaba una camiseta amarilla de gran
tamaño con una sudadera con capucha blanca desabrochada. Parecía rayos de sol y
dulce. Casi corrí hacia ella hasta que lo recordé. Entonces mi estómago se
desplomó y me sentí mal por la carga de lo que podría saber. Continuó diciendo
mi nombre mientras me escapaba.
El taller estaba ocupado y eso era bueno porque me distraía. Había algunas
conversaciones que iban y venían sobre la muerte de Maggie Gentry hasta que
Benji Carson salió de su oficina y les dijo a todos que ya era suficiente. Me dio unas
palmaditas en el hombro en señal de disculpa al pasar, y me sentí bastante
culpable por no haber estado más conmovido por un pariente que falleció en el
suelo de su baño y se ahogó con su propio vómito. Pero diablos, tenía mis propios
problemas con los que lidiar.
Era después del almuerzo y estaba debajo de un Pontiac oxidado cuando una
sombra cayó y una voz suave me hizo golpear mi cabeza en el tren de aterrizaje
antes de salir de debajo del automóvil.
—Ahí estás —dijo Erin con feliz timidez mientras esperaba que me sentara.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté, limpiando mis manos grasientas en
mis jeans.
La confusión atravesó su rostro. No solía pasar por el taller ya que no era una
caminata corta y Carson realmente no aprobaba que las novias de la escuela
secundaria vinieran. Pero tampoco solía ser tan frío con ella. De hecho, nunca lo
fui.
—Solo quería verte. —Me tendió una bolsa de papel—. Galletas con chispas
de chocolate. Las hice esta mañana.
—Gracias. —Tomé la bolsa y la arrojé al mostrador más cercano. Ella me
siguió mientras me dirigía hacia afuera. Los muchachos miraron a Erin con
curiosidad y algunos de ellos ojearon directamente, lo que normalmente me habría
enfurecido. Pero hoy simplemente no me importaba nada.
Estaba mordiéndose la uña del pulgar y parecía un poco nerviosa cuando
llegamos al estacionamiento.
—Con, ¿qué pasa?
Me encogí de hombros.
—Tú y Stone deben haber hablado ya de todo.
Estaba sorprendida. Su pulgar se cayó de su boca. 100
—¿Qué? No he hablado con Stone en absoluto hoy.
—¿Sí? —dije con frialdad—. ¿Qué tal ayer?
—No lo entiendo.
Crucé mis brazos.
—¿De qué… —exigí, enunciando cada palabra con desagradable precisión—
… hablaron mi hermano y tú anoche?
—Por Dios, nada importante. Simplemente, estábamos afuera al mismo
tiempo.
—Ambos pensaron que era un jodido idiota, ¿eh?
Estaba perdida. Tragó saliva y sostuvo sus brazos detrás de su espalda.
—Dios mío, Conway. Eso suena como una acusación.
—Es una pregunta. Una que merece una respuesta.
—¿De verdad? ¿Qué quieres saber?
—Quiero saber por qué tú y mi hermano parecen volverse más íntimos cada
vez que les doy la espalda por estos días.
Sus ojos se agrandaron. Su boca se abrió.
—¿Crees… —logró jadear—… que he estado metiéndome con Stone?
No respondí. Solo la miré. Ahora que alguien había pronunciado las palabras
en voz alta, sonaba realmente ridículo. Stone y Erin nunca se habían querido. Y
hasta ahora no habría dudado en confiar en ninguno de ellos con mi vida. Pero hoy
todo se sentía confundido y jodido. O tal vez era solo yo el que estaba jodido.
—Conway —susurró mientras su labio inferior temblaba—. No puedo
creerte.
—Entonces niégalo.
Negó miserablemente. Podría haber llegado a ella. Quería. Las lágrimas en
sus ojos eran ácido para mi corazón y algo en lo más profundo de mi alma gritaba
que estaba cometiendo un error fatal y no debería decir una palabra más hasta que
lograra volver a enderezar mi cabeza. Pero Erin no esperó a que encontrara mi lado
sensible. Se dio vuelta y escapó. Y en lugar de correr detrás de ella, solo la vi
alejarse.

101
ERIN
Corrí probablemente un kilómetro y medio antes que mis piernas empezaran
a tener calambres y mis pulmones gritaran por el abuso.
Allí, junto a la alcantarilla de una de las calles más bonitas de Emblem, me
incliné e intenté respirar, mientras pensaba sombríamente que así era como la
gente terminaba en el hospital por el agotamiento por calor. Ya que estaba bajo la
luz directa del sol, cualquier sudor que intentara escapar se secó casi al instante.
Mientras patinaba para detenerme frente a una pequeña mansión de estilo Santa
Fe, también logré torcer mi tobillo. No era tan malo, pero dolía caminar. Al menos
estaba a solo unas pocas cuadras de mi casa. Si lograba llegar allí, podía
esconderme debajo de las sábanas de mi cama y gritar un rato hasta que se me
acalambrara la garganta.
Un escalofrío me invadió mientras cojeaba por la calle vacía. No fue un
escalofrío de frío. Más como enfermedad. La mirada en los ojos de Conway seguía 102
volviendo a mí. Era una de agonía. Me las arreglé para causarle dolor. Era lo
último que había querido hacer. Esta comprensión enfermiza fue seguida
rápidamente por enojo.
Conway había dejado en claro sus sospechas. No sabía de dónde demonios
las había sacado, pero el hecho que habían cruzado por su mente era suficiente
para que mi sangre se moviera.
¿Cómo podía pensar, incluso por una fracción de segundo, que lo traicionaría
con su propio hermano?
¿Cómo podía creer que alguna vez lo traicionaría con alguien?
La idea nunca se me había ocurrido, no en serio.
El suelo debajo de mis pies que se movían lentamente estaba cubierto con una
alfombra amarilla; flores en descomposición caídas de los árboles de palo verde
que se extendían en lo alto. Ligeras y frondosas, se ponían marrones y bailaban
brevemente con los vientos de la tormenta de verano hasta que se caían. Las pateé
salvajemente a un lado mientras caminaba penosamente hacia mi hogar, tratando
de dar sentido a este día imposible.
Solo una explicación parecía encajar. Stone debe haberle dicho algo a
Conway, algo lo suficientemente horrible como para hacerle pensar que habíamos
estado engañándolo a sus espaldas.
Pero… ¿por qué?
Últimamente Stone había demostrado ser un amigo cuando lo necesitaba. Y
siempre había supuesto que era leal a su hermano. Sin embargo, conocí a Stone
Gentry por suficientes años como para reconocer que también era un jugador,
incluso un mentiroso, cuando le convenía.
¿Qué le dijiste, bastardo?
Simplemente no tenía sentido que Stone hubiera cubierto mi adicción a
cortarme diciendo una mentira que era mil veces peor. Pero tal vez no todo era lo
que parecía entre los hermanos Gentry. Tal vez burlarse de Conway tan
cruelmente era una herramienta de venganza que no entendía. No importaba de
cuántas formas diferentes examinara las cosas, todas volvían a Stone.
Aun así, algo más pesaba en mi corazón.
Nada que Stone hubiera dicho debería hacer creer a Conway que lo
engañaría. Debería saberlo. ¿Qué demonios había pasado para que lo olvidara?
Me dolía mucho el tobillo. Probablemente parecía una mujer Frankenstein
adolescente cojeando por las calles residenciales de Emblem. Una vez que un
automóvil se detuvo y reconocí a la señora Avery, una de las compañeras de
trabajo de mi padre en la prisión. Estaba preocupada y me preguntó si necesitaba
un aventón. Logré forzar mis labios secos en una sonrisa y le dije que no, gracias.
La señora Gentry estaba subiéndose a su auto justo cuando llegaba a casa. 103
Debe haber estado en camino a su trabajo en la farmacia porque llevaba su bata de
laboratorio blanca. Tenía una mancha de café prominente cerca de su pecho
izquierdo. Cuando me vio arrugó la nariz como lo hace un animal cuando huele
algo malo. No me quería. En realidad, era posible que no le gustara nadie,
incluidos sus propios hijos. Parecía tolerar a Stone un poco más fácilmente que a
Conway, por el motivo que fuera. No ofreció ningún saludo antes de subir a su
Toyota y encender el motor. El auto debe haber estado caliente como un horno
estacionado en el camino de entrada con el sol de la tarde sobre este. Abrió la
ventana y comenzó a retroceder fuera del camino de entrada.
—¿Está Stone en casa? —grité.
Sus ojos grises se dirigieron a mi rostro y pisó el freno.
—¿Ahora te interesa Stone? —espetó.
—No —respondí, tratando de mantener la calma—. Solo pregunté si estaba
en casa.
—Ve a buscarlo por ti misma. —Cerró la ventana, retrocedió hacia la calle y
se fue con un chirrido de neumáticos.
Stone llegó a la puerta antes que tuviera la oportunidad de tocar. No estaba
usando una camisa y parecía infeliz. Asintió con la cabeza hacia mí.
—Te ves como una mierda.
—¿Por qué no archivas eso en el cajón lleno de cosas que nunca deberías
decirle a ninguna chica?
Sus labios se crisparon.
—Estaba por salir a caminar. —Luego me miró bien y frunció el ceño—. ¿Qué
pasa?
El mundo comenzó a cambiar de colores extraños. Aparecieron un puñado de
manchas de tinta, se derritieron y crecieron. Los músculos que mantenían mis
piernas de pie decidieron que estaban cansados de trabajar. Hubiera colapsado por
completo si Stone no hubiera sido lo suficientemente rápido como para agarrarme.
Lo escuché gritar mi nombre con alarma mientras flotaba sobre el feo sofá naranja
de los Gentry. Una vez que estuve allí, me di cuenta que Stone me había cargado.
Miró hacia abajo con preocupación en todo su rostro. Luego desapareció. Cuando
reapareció estaba sosteniendo un vaso de agua.
—Estoy bien —murmuré débilmente mientras trataba de sentarme—. Recibí
demasiado sol.
Stone me puso una palma fría en la frente mientras bebía el vaso de agua.
—¿Te duele la cabeza?
—No.
104
—¿Necesitas vomitar?
—¿Qué? No.
Suspiró y apartó su mano.
—Estaba tratando de recordar los síntomas de una insolación.
Le devolví el vaso vacío.
—No estoy insolada.
—Podrías. Tal vez debería llamar a tu papá.
—¡No te atrevas!
—Una insolación y agotamiento por calor no son cosas con las que joder,
Erin.
—¡Por el amor de Dios, Stone, cállate sobre la insolación! ¡Una insolación no
es lo que me pasa!
—Bueno, ¿qué pasa entonces?
Me enderecé y me senté en el borde del sofá, con las manos apretadas en mi
regazo. Stone se sentó a mi lado. Pude sentir que me miraba, pero no pude mirarlo
a los ojos cuando dije las palabras.
—Con dijo…
Se tensó.
—¿Hablaste con Con?
—Sí. Huyó de mí esta mañana y parecía molesto, así que fui al lugar de
Carson a su trabajo.
—¿Y lo viste?
—Sí. —Hice una mueca, recordando el tremendo horror de ese encuentro—.
Stone, necesito saber. ¿Pasó algo entre tú y Con?
Tosió.
—Tuvimos una pelea.
—¿Sobre qué?
—Realmente no lo sé.
—Sí, lo sabes —susurré.
Exhaló pesadamente, dolorosamente. Lo miré y vi que tenía los ojos cerrados
mientras se pasaba una mano por el cabello.
—Con piensa… —dijo Stone vacilante—. Piensa que estamos, ah… quiero
decir que tú y yo…
—Cogiendo a sus espaldas —terminé.
Stone abrió los ojos y me miró disculpándose. 105
—Juro que no sé por qué piensa eso. Algo está pasando con él. No sé qué es y
quizás ni siquiera tenga que ver con nosotros. Pero vernos juntos está enredando
su cabeza de alguna manera.
Respiré profundamente, tratando de no llorar.
—Vi su rostro, Stone. Era como si ya ni siquiera nos conociéramos. Justo así.
Escuché de todas estas parejas que se separan y esa mierda, pero eso no nos puede
pasar. Lo amo tanto.
El rostro de Stone estaba lleno de compasión.
—Sé que sí. Y sé que también te ama. No es que este sea el final para ustedes.
Contrariamente a su comportamiento de hoy, Conway no es un imbécil.
Arreglaremos esto, Erin. —Me dio unas palmaditas torpes—. Conozco a mi
hermano.
—Pensé que también lo conocía.
—Lo haces —dijo Stone con finalidad.
El golpe en la puerta nos hizo saltar a los dos. Stone se puso de pie y fue hacia
la ventana, tirando de la cortina hacia atrás.
—Oh —dijo con sorpresa—. Creo que es la camioneta de mi primo.
Me encogí de hombros, sin preocuparme demasiado por su primo o la
camioneta de su primo. Por primera vez, me di cuenta que Stone probablemente
no estaba muy equivocado cuando mencionó que me veía como una mierda.
Además, había una marea creciente de pánico que se hinchaba en mi cabeza. Con
cada aliento intenté surfear por encima de esta, pero no lo conseguía. Me estaba
ahogando.
Stone levantó un dedo y se movió hacia la puerta mientras me desplomaba
sobre el sofá. Con una sensación de desapego, vi que el botón de sus pantalones
estaba desabrochado, por cualquier razón centrada en la masculinidad en que no
quisiera pensar. Tal vez había estado masturbándose antes de responder a la
puerta. No me importaba nada.
Había más de una persona en la puerta. Oí voces, todas profundas, todas
masculinas. La voz de Stone estaba mezclada allí. Si iba a invitar a la compañía a
entrar, podrían sorprenderse al descubrir a una chica tendida en el sofá, como si
acabara de pasarla muy bien o muy mal.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —pregunté a la habitación vacía. Los paneles de
pared de madera oscura no tenían respuesta. No debería estar sentada en la sala de
estar de Conway. Necesitaba encontrarlo. Necesitaba hacer que Stone viniera
conmigo y que hiciera lo correcto o de lo contrario esa terrible ola me alcanzaría y
tendría que hacer algo para aliviar el dolor.
Stone pudo haber tenido razón en preocuparse por mi salud porque cuando 106
me puse de pie, la habitación se balanceó de una manera enfermiza. Oí que Stone
se despedía de alguien mientras me tambaleaba hacia la puerta.
Stone estaba allí solo mientras una camioneta se alejaba de la acera.
—Tenemos que irnos —le dije, mi corazón latía en mis oídos mientras metía
mi camisa—. Tenemos que encontrarlo.
—Erin, espera…
—¡No! —grité—. Ahora. Necesito encontrarlo. Lo necesito.
Por un segundo, mis pensamientos enredados gritaron que Stone Gentry
estaba deliberadamente en mi camino. Parecía que él era el motivo por el que no
podía llegar a Conway. Le lancé un puñetazo a ciegas, que fácilmente atrapó y
forzó hacia abajo.
—¡Erin! —gritó—. Basta.
Las manchas de tinta volvieron y estaban enloquecidas. El rostro de Stone
desapareció detrás de uno particularmente grueso y cuando mi hombro tocó el
marco de la puerta, me di cuenta que probablemente me caería. Una vez más Stone
me atrapó, aunque el efecto pasó casi tan pronto como comenzó. Aun así, dejé que
me sostuviera y sentí su pecho debajo de mi mejilla mientras me inclinaba sobre él.
—Puedo caminar —murmuré cuando parecía que planeaba cargarme de
nuevo. Mantuvo su brazo alrededor de mi cintura mientras me conducía de vuelta
al sofá.
—Creo que necesitas un médico —advirtió.
—No. No necesito un doctor.
Puso una mano en mi frente otra vez.
—Todavía estás caliente. ¿Cuánto tiempo estuviste corriendo sin agua en un
clima de cuarenta y tres grados?
—Estaba un poco distraída ya que mi novio me acababa de acusar de follar a
su hermano.
Stone suspiró y tiró de mi suéter.
—Quítate esto.
Estaba asqueada.
—¿En serio?
Soltó una pequeña carcajada y puso los ojos en blanco.
—Solo quiero decir que necesitas enfriar tu cuerpo. Créeme, lo que sea que
tengas, he visto mejores.
—Oye, Stone, también deberías agregar eso a tu lista de “Cosas que nunca
debes decirle a las chicas”. 107
Se rio entre dientes.
—Quédate aquí. Voy a subir el aire acondicionado y te daré un poco más de
agua.
Después de hacer una pausa para ajustar el termostato, Stone desapareció en
la cocina. De mala gana, me quité mi sudadera. Luego, lentamente, me pase la
camiseta larga sobre la cabeza, quedándome sentada en el sofá de los Gentry a la
mitad de la tarde con mi blusa sin mangas blanca. No debería haber sido tan
importante, pero para mí era casi lo mismo que estar sentada desnuda. Aun así,
tuve que admitir que Stone estaba en lo correcto y comencé a sentirme mejor sin
todas esas capas.
Stone volvió con otro vaso de agua y una compresa de hielo hecha de un
paño de cocina amarillo. Esperó mientras bebía y luego me ordenó que me
recostara mientras se inclinaba y me cubría la frente con la bolsa de hielo crudo.
No me perdí la forma en que sus ojos se detuvieron en mi cuerpo y tragó saliva.
—Horrible, ¿no es así? —pregunté.
Estaba sorprendido.
—¿Qué?
Extendí mis brazos, mostrando las cicatrices; en su mayoría desvanecidas,
otras no tanto.
—Estas.
—Oh. —Negó, sonriendo—. No estaba mirando eso. Estaba mirando otra
cosa. Dos cosas en realidad.
—¡Stone!
Se encogió de hombros.
—¿Qué esperas? Tengo un pene de dieciocho años. Me hace ver cosas como
tetas bonitas incluso si no puedo tocarlas.
Me reí, largo y tendido.
—Eres imposible.
Stone ladeó la cabeza y me observó por un momento.
—Y estás bien, Erin —dijo en voz baja—. Estarás bien.
Sabía que no solo estaba hablando de hoy.
—¿Lo crees?
—Sí. —Quitó la bolsa de hielo y presionó ligeramente sus labios en mi frente
antes de poner suavemente la bolsa de hielo. En realidad fue dulce, un gesto de
amistad y afecto. En el contexto del momento, no parecía sexual o incluso
inapropiado. Pero sucedió en el peor momento posible. 108
Conway debe haber entrado por la puerta lateral que conduce a la cocina. No
lo escuchamos en absoluto. No lo vimos hasta que estuvo parado frente a nosotros,
con los ojos desorbitados y doloridos. Stone me miró y sentí el pánico que vi en su
rostro.
Después de todo, ¿qué pensaría una persona razonable de esta visión? Estaba
acostada con solo una delgada camiseta que cubría mis pechos. Stone se cernía
sobre mí con la camisa abierta y el botón de sus vaqueros aún suelto.
Por supuesto, no era para nada lo que parecía. Pero, ¿cuántas partes culpables
habían hecho el mismo reclamo?
Conway estaba destrozado, completamente aplastado.
—Malditos sean —sollozó mientras se alejaba de nosotros—. Váyanse ambos
al infierno.
CONWAY
—Jodidamente loco —murmuré al espejo. Solo respondió al continuar
escupiendo mi cansado reflejo. Estuve aquí por mucho tiempo, desde que vi a Erin
huir, justo después que la acusé de traicionarme con mi hermano.
Un puño tronó contra la puerta del baño.
—¡Sal de ahí, Gentry!
Me eché un poco de agua fría en el rostro y me volví a poner la raída gorra de
béisbol en la cabeza. ¿Qué había hecho? ¿Qué estaba mal conmigo? Me froté los
ojos, tratando de borrar la imagen del rostro herido de Stone esta mañana. Y luego
estaba el devastado de Erin hace menos de una hora. Estas eran las dos personas
que significaban más para mí que nadie. Estas eran las dos personas que más me
amaban. 109
Pensar en ellos juntos… era ridículo. Era absurdo Fue producto de mi
imaginación paranoica. Fue jodidamente loco.
—¡Gentry! —La queja en el otro lado de la puerta regresó, junto con otra
andanada de golpes. Cuando abrí, vi a Booster parado allí, saltando de un pie a
otro con una expresión de dolor—. Vete a casa y haz esa mierda en la funda de
almohada de tu madre —gruñó antes de apartarme del camino. Tan pronto como
cerró la puerta escuché un pedo colosal y un fuerte gemido.
Benji Carson tenía su cabeza enterrada en las entrañas de un Mustang clásico.
Levantó la vista cuando me aclaré la garganta.
—¿Estás bien, niño? —preguntó.
Podría haber inventado algo, un dolor de estómago u otro problema
personal. Pero odiaba mentirle al señor Carson. Ya había quemado demasiado
karma últimamente con las personas en mi vida.
—Tengo algo de lo que realmente tengo que encargarme —dije—. Te juro que
volveré en una hora.
El señor Carson reflexionó sobre eso.
—Estás fuera del turno mientras estás fuera.
—Lo sé.
Se encogió de hombros y se volvió hacia el automóvil.
—Ve entonces. ¿Una hora?
—Sí señor. Gracias.
Si hubiera tenido mi teléfono, los hubiera llamado a los dos con una disculpa,
pero mi teléfono todavía estaba en algún lugar del piso fangoso del canal de Main
Street. De todos modos, le debía las disculpas cara a cara a Erin y Stone. Además,
aún no le había contado a Stone sobre la confesión de nuestra madre y merecía
saberlo. Parecía que una vez le dijera de alguna manera se quitaría el peso de
saberlo yo solo.
Mientras trotaba por los atajos hacia mi casa, ya me sentía mejor. El eco de las
palabras venenosas de mi madre no dolían tanto.
Pensaba que yo era una mierda.
¿Y qué?
No era una mierda. Después de todo, los trillizos habían crecido sabiendo que
eran hijos de Benton y habían logrado evolucionar hasta convertirse en buenos
hombres. Podría hacer eso también. Podría ser como ellos algún día; autosuficiente
y honesto. Y al igual que ellos, podría mantener a mi hermano como mi mejor
amigo e ir a casa con mi chica todas las noches. No podría haber una chica más que
Erin en ese papel. No me importaba que fuéramos jóvenes o que no fuera práctico.
Estaba listo para prometer que pasaría una eternidad con ella. 110
Tardé casi veinte minutos en llegar a mi calle. Tendría que apresurarme si iba
a cumplir mi promesa a Carson. Stone sería fácil. Una disculpa y un abrazo
incómodo entre hombros nos pondrían en el camino correcto.
Como había olvidado mis llaves en el garaje, me dirigí hacia la puerta lateral,
pensando que era más probable que estuviera abierta que la puerta de entrada. La
pantalla exterior usualmente soltaba un chirrido oxidado pero estaba abierta,
dejando solo la puerta interior, que no emitía ningún sonido.
La cocina estaba vacía. Mi madre estaría en el trabajo, pero Stone debería
estar cerca. No di más de dos pasos antes de escuchar voces. Me detuve. Hubo un
estallido de risas femeninas.
—¡Stone! —Erin se rio.
No pude escuchar lo que vino después. Murmullos suaves. Los seguí, mi
boca se secó, mi corazón latía con fuerza. No quería ver lo que había en la sala de
estar. Mis pies me llevaron allí de todos modos.
Ella estaba sobre su espalda. Su camiseta había sido descartada en el piso y
Erin, el epítome de la modestia, estaba holgazaneando en el sofá de mi sala de estar
luciendo solo una camiseta blanca sin sujetador aparente. Stone, con el torso
desnudo y despeinado, estaba inclinado sobre ella. Besó suavemente su frente y el
mundo explotó. Si hubieran estado completamente desnudos y cogiendo como
locos, probablemente habría dolido un poco menos. Pero verlos tan cerca, tan
íntimos, de una manera que era mucho más que lujuria, era una jodida daga
atravesando el centro de mi alma.
—Malditos sean. —Me atraganté y dos rostros sorprendidos se volvieron
hacia mí—. ¡Váyanse ambos al infierno!
Erin dejó escapar un grito de angustia cuando Stone se puso de pie. Él vino
hacia mí con los brazos extendidos, diciendo mi nombre una y otra vez, pero seguí
retrocediendo por donde había venido. No podría estar cerca de él. O ella. No
había pensamientos de violencia en mi cabeza, ningún deseo de venganza. Solo
estaba la cruel presión de la traición apretando mi corazón.
—¡Conway! —gritó Erin—. ¡Vuelve!
No volví. Corrí, rompí la puerta de la cocina de sus goznes cuando la abrí
para escapar. Tenía que hacerlo. Tenía que irme. Corrí de regreso hasta el taller de
Carson e inmediatamente vomité en el lavabo del cuarto de descanso.
Más tarde, mucho más tarde, cuando pudiera soportar la idea, me
preguntaría qué tan diferentes hubieran sido las cosas si me hubiera quedado, si
los hubiera enfrentado en lugar de correr. Les hubiera gritado en sus caras.
Habrían estado llenos de negación o disculpas. Todos hubiéramos llorado y quizás
nos hubiéramos herido aún más gritándonos, rogando, acusando y lanzando cosas.
Hubiera sido la hora del daño más fuerte de mis pesadillas. En cambio, corrí
111
porque en ese momento no podía soportar hacer otra cosa.
Entonces ese es mi crimen. Ese es mi rol cobarde en este terrible dolor.
Pero ¿cómo podría haber sabido lo que sucedería después?
No, ni una sola vez me imaginé lo cerca que estábamos de una saliente
peligrosa.
Nunca se me ocurrió que todos estábamos a punto de caer.
ERIN
Stone me miró. Lo miré. No había lugar para lágrimas, o incluso palabras.
Sabía que mi rostro debía ser un espejo del dolor que veía en Stone.
Conway pensaba que lo había traicionado.
Pensaba que nos había atrapado en el acto y ¿quién podía culparlo? La forma
en que nos miró… tanta agonía. Nunca lo había visto tan destrozado.
Había ruido en la habitación. Me dolía escucharlo. Cubrí mis oídos porque
me dolía. No fue hasta que Stone vino a mi lado y retiró mis manos que me di
cuenta que el ruido era un largo y fuerte lamento que venía de mi garganta.
Stone tomó mi sudadera del piso.
—Esto puede arreglarse. —Estaba diciendo mientras ponía la sudadera
suavemente sobre mis hombros—. Esto puede arreglarse.
112
—¿Cómo? —susurré. En este momento Conway no tendría ninguna razón
para creer ni una palabra de lo que dijéramos—. Tenemos que encontrarlo —me
atraganté—. Tenemos que explicarle, para que esto esté bien de alguna manera.
—Lo haremos.
—Tenemos que encontrarlo.
—¡Lo haremos!
—¡Ahora, Stone! Estamos sentados aquí y Conway está solo. No puede estar
solo ahí fuera, corriendo con ese tipo de dolor y pensando que nosotros… ¡OH
DIOS! Tiene que ser ahora. Ahora mismo. Mañana será muy tarde.
Estaba balbuceando, meciéndome. No sabía por qué estaba tan segura que
mañana sería demasiado tarde (¿demasiado tarde para qué?), pero sabía que así sería.
Stone desapareció por el pasillo. Cuando regresó, se estaba poniendo una
camiseta azul sobre la cabeza. Sacó su teléfono de su bolsillo trasero y luego lo tiró,
probablemente dándose cuenta que no había ninguna posibilidad que se pusiera
en contacto con Con de esa manera desde que Con había perdido su teléfono en el
accidente la semana pasada.
—¡Mierda! —gritó. Comenzó a caminar de un lado a otro y respirando
entrecortadamente.
De alguna manera, la visión de Stone descontrolándose me calmó un poco.
Pasé mis brazos a través de las mangas del suéter y me puse de pie.
—¿A dónde iría? —pregunté con calma.
Stone dejó de caminar. Miró a su alrededor salvajemente.
—No lo sé.
—¿De regreso al taller de Carson, tal vez?
Negó.
—Lo dudo. Probablemente se haya escapado a algún lugar para estar solo.
Eso es lo que haría, si fuera él. No podría soportar la compañía de otras personas.
—Bien. —Estreché mis manos frente a mí. Mi mente estaba trabajando
rápido—. Emblem no es tan grande. Tu madre está en la farmacia, ¿verdad? ¿Hay
alguna posibilidad que te preste su auto?
Stone resopló.
—¿Estás bromeando? Mi madre no me daría un vaso de agua en este
momento.
—Espérame —dije y salí por la puerta.
Stone me siguió.
—¿A dónde vas?
—A casa. Vuelvo enseguida. 113
Mi casa estaba en silencio, pero el auto de mi padre estaba en el camino de
entrada. Me alegré que mis hermanas no estuvieran en casa porque no podía
manejar explicar nada en este momento.
Encontré a mi padre en el sofá, dormido, todavía con su uniforme.
Probablemente se había quedado dormido allí mil veces desde el sombrío día del
suicidio de mi madre. Lo vi respirar y me permití pensar en un momento terrible
del que había estado huyendo mentalmente desde que sucedió.
Todo había terminado cuando llegué a casa de la escuela. Un vecino había
paseado a su perro por nuestra casa y olía a gas así que llamó al departamento de
bomberos. La encontraron allí en la cocina, la misma cocina donde habíamos hecho
galletas y nos reímos en las cenas familiares. El informe del forense decía que había
muerto alrededor de las once de la mañana. Cuando lo descubrí me pareció
importante recordar dónde había estado en el momento en que se dio por vencida.
Yo había estado en la clase de deporte, parada en el lado izquierdo del campo con
mi guante de softball y esperando que nadie lanzara una pelota en esa dirección.
Once de la mañana. Solo lo sabía porque había escuchado a mi padre hablar con la
tía Bonnie. A nosotras, las chicas, no nos decía mucho, solo intentaba hacerlo día a
día lo mejor que podía. Él lo llamó un “accidente”. Entendía. Nunca lo corregí. El
hombre solo quería continuar con el asunto de sanar y eludir el quehacer del dolor.
No podía culparlo por eso.
Mi padre roncaba ligeramente, parecía más joven dormido que cuando estaba
despierto. Tomé la suave colcha de la silla reclinable y lo cubrí suavemente con
ella.
—Te amo, papá —le susurré y sentí una oleada de ternura y sonrió
brevemente mientras dormía. Luego tomé las llaves del automóvil que estaban en
la mesa de centro.
Stone esperaba en su porche delantero. Estaba encorvado con la cabeza
inclinada. Era la primera vez en mucho tiempo que parecía un niño. Levantó la
mirada cuando escuchó que me acercaba.
Levanté las llaves.
—Vamos a buscarlo.
—¿De quién son esas?
—De mi padre. ¿Puedes conducir? No me siento bien.
Asintió y fue directamente al Camry plateado en mi entrada. No tuvimos
mucho que decirnos mientras conducíamos por las calles de Emblem. Por una vez
ambos estábamos unidos con el mismo propósito.
Encontrar a Conway. Hacerle entender la verdad.
Stone pensaba que había una posibilidad que Con estuviera en el viejo
puente, pero no estaba. Cuando nos detuvimos junto al estanque vimos a algunos 114
niños de la escuela y les preguntamos si lo habían visto, pero todos negaron.
—¿Crees que escalaría la colina? —pregunté. La colina era una pequeña
montaña que se encontraba justo fuera de la ciudad. Había una cripta en la parte
superior en forma de pirámide. Era un lugar donde la gente iba a pasar el rato,
beber, follar o simplemente reflexionar sobre el miserable estado del mundo.
Stone lo consideró.
—Tal vez. Daré la vuelta cuando lleguemos al final de Main Street y
podremos pasar por allí.
—Está bien —dije. Estaba cansada, muy cansada. Pero no habría ningún
descanso hasta que encontráramos a Conway. No dormiría hasta que hubiera
extinguido esa mirada agónica en sus ojos.
El año pasado, la ciudad instaló un nuevo parque justo al oeste de Main
Street. Era poco más que un parche de hierba marchita con algunos columpios
solitarios. Cuando pasamos, estaba vacío. El único movimiento provenía de los
rociadores, que se levantaban simultáneamente del suelo y rociaron la hierba con
una fina neblina de agua. La dura luz del sol se estaba suavizando. Desaparecería
pronto. Pero los rayos persistentes se desvanecieron en el parque de Main Street,
jugando en el suave chorro de agua. Juntos formaron pequeños arcoíris.
Stone me miró con curiosidad cuando abrí la ventana y extendí mi mano. Por
tonto que fuera, alcancé esos arcoíris. Me desabroché el cinturón de seguridad para
poder llegar más lejos. Roe me había dicho que si alguna vez tenía la oportunidad
de atrapar un arco iris, entonces debería hacerlo. Cuando cerré la mano, imaginé
que lo logré y una sensación de paz absoluta me envolvió mientras cerraba los
ojos.
—Ah, mierda —maldijo Stone mientras aceleraba.
—¿Qué pasa?
—No logro deshacerme de este imbécil. —Señaló el viejo Chevy que surgió a
nuestro lado.
El rostro tonto de Benny Cortez estaba detrás del volante. Era un año más
joven que nosotros, el hermano de Tony Cortez.
—Vamos, Gentry —gritó alegremente—. Una carrera.
—¡Vete la mierda! —gritó Stone.
—¡El primero en llegar a la luz no es una mierda de pollo!
—No esta noche, hombre.
Benny no escuchó o no estaba escuchando. Revolucionó el motor y aceleró, y
nos adelantó. Stone maldijo y apretó los frenos, evitando por poco chocar contra el
Chevy. Benny cambió de carril y cayó a nuestro lado. Se rio cuando Stone gritó un
montón de maldiciones y movió el volante bruscamente hacia la derecha. 115
Mirando hacia abajo, noté que mi mano aún estaba cerrada en un puño.
Lentamente abrí mis dedos, mirando. Una luz, una luz brillante, venía desde el
centro de mi palma abierta y me dio tanta alegría porque había hecho lo imposible.
Había capturado un arcoíris. No podía esperar para contarle a Roe.
Luego hubo un sonido terrible, antinatural, como un árbol gritando.
Luego una voz, la voz de Stone, diciendo mi nombre una y otra vez.
Luego… nada.
CUATRO MESES DESPUÉS…

116
CONWAY
Si el amor se pareciera al humo, me habría ahogado fácilmente en este desfile
de pared a pared de mierda.
Tan pronto como el pensamiento cruzó por mi mente, me reprendí por tales
sentimientos desagradables. Sentimientos como ese no tenían lugar aquí. Había
amor en todas partes en la recepción nupcial de Chase y Stephanie. Cord estaba
parado a un lado con su esposa Saylor y sus dos pequeñas hijas. Creed estaba del
otro lado con su esposa Truly y su recién nacido hijo. Chase no podía dejar de
besar a su novia embarazada. Y luego, Deck y su chica Jenny bailaban en los brazos
del otro aunque no había música que pudiera escuchar.
Me senté solo. Chase había ofrecido un lugar para la cita de mi elección, pero
no quería obstruir su lista de invitados a la boda con una chica tonta que me
importara una mierda. Deck me había hecho transferirme a la escuela secundaria
local ya que vivía con él y su prometida. No protesté porque hubiera sido un 117
imbécil ingrato no actuar como si estuviera haciendo aunque fuera lo mínimo
cuando fueron lo suficientemente buenos como para acogerme. Pero mi corazón no
estaba en eso. Lo gracioso de la escuela era que; cuanto más trataba de hacerme
invisible, más chicas se postraban sobre mí como un adhesivo. En general, les daba
lo que querían y obtuve unos minutos de éxtasis que borraron el dolor. Pero
cuando todo terminaba, apenas podía mirar a la chica que acababa de follar. Fuera
quien fuera ella, no me importaba.
La única chica que alguna vez había importado estaba debajo de un poco de
tierra en el Cementerio Emblem Memorial.
No fui al funeral de Erin. Nunca visité su tumba. Parecía que había cada vez
menos de ella todos los días, ya que rechazaba todos los recuerdos, buenos y
malos. No la hice responsable. Pero no tenía lugar para poner todo el amor que
estaba unido a ella, así que lo dejé morir.
Las hijas de Cord, mis sobrinas, aunque nadie lo sabía, pasaban corriendo con
gritos y flores. La vista de sus manos unidas me hizo sonreír. Dos pequeños
espíritus alegres, nacidas para ser mejores amigas. Mi sonrisa se desvaneció.
Esperaba por Dios que la vida no las separara la una de la otra.
Deck me estaba mirando. Hacía eso mucho. Estaba ahí, como un padre, como
si supiera que eso era lo que necesitaba, aunque por lo general lo alejaba. Le di un
ligero saludo con mi dedo índice para hacerle saber que estaba bien. Asintió, pero
aún parecía ansioso. Muy pronto, él y Jenny probablemente regresarían a la mesa y
me instarían a comer, a tratar de hacerme sonreír. Los amaba por eso, por
intentarlo. Haría todo lo posible para cooperar, incluso si solo fuera por
espectáculo. Le debía a toda la familia Gentry al menos eso.
Por lo general, me las arreglaba para evitar reflexionar sobre los terribles
acontecimientos que me habían llevado a donde estaba. Pero esta noche, en medio
de toda esta agonizante ternura familiar, no pude evitar pensarlo.
Los trillizos habían sido los que me encontraron en Main Street la noche del
accidente. Dijeron que había estado gritando. Dijeron que había golpeado un poste
de luz. Sabía que era verdad porque llevé un yeso en la mano durante seis semanas
y todavía me dolía cerrar el puño.
Esa fue la noche que me quitó a Erin para siempre.
Esa fue la noche en que mi madre se lavó las manos de sus hijos para
siempre.
Esa fue la noche en que Stone fue trasladado en un vehículo policial porque la
ley decía que tenía que pagar por lo que había hecho.
Tuve que aceptar la palabra de todos sobre lo que hacía acontecido porque no
recordaba mucho. Todo sobre las últimas semanas en Emblem, las últimas
semanas de la infancia y de la felicidad, ahora tienen una calidad difusa. Si 118
entrecerraba los ojos, podría ver un poco más claro, pero no quería. La agonía ya
era lo suficientemente mala como era.
El juez que había sentenciado a Stone era inusualmente duro porque había
perdido a una sobrina en un accidente automovilístico. Stone no recibiría libertad
condicional por al menos en cuatro años.
Deck no se sorprendió cuando le dije que Stone era realmente su medio
hermano. Solo se lo dije porque estaba seguro que si lo sabía haría todo lo posible
por mantener a Stone vivo en esa prisión. Nunca le había contado a Stone sobre las
cosas que dijo nuestra madre. Saberlo ahora no le haría mucho bien donde estaba.
Pero si Deck realmente tenía el tipo de conexiones que todos decían que tenía,
también tenía el poder de asegurarse que Stone no saliera herido mientras estaba
encerrado allí con todos los asesinos y locos. No le dije a Deck que esa era la razón.
Y aunque Deck me había preguntado si había otros secretos de los que debería
saber, no diría ni una palabra sobre Benton. No a él, ni a los trillizos que todavía
pensaban que eran solo mis primos. Ni siquiera reaccioné cuando escuché que mi
verdadero padre, Benton Gentry, había muerto hacía unas semanas. Todo lo que
había escuchado sobre él contaba la historia de un hombre terrible que tuve la
suerte de no conocer nunca.
—Pensamos que te gustaría comer algo. —La voz era alegre y muy sureña.
Levanté la vista y vi a dos hermosas mujeres Gentry, Truly y Saylor, que me
ofrecían un plato de tarta y sonrisas compasivas.
—Gracias —dije con gratitud y logré devolverles la sonrisa.
—¿Cómo estás, Con? —preguntó Saylor mientras su mano rozaba mi hombro
en forma materna.
—No puedo quejarme —respondí con tranquilidad, pero no engañé a
ninguna de ellas. Truly y Saylor intercambiaron una mirada triste y luego se
pusieron falsamente alegres cuando comenzaron a hablar, sobre todo entre ellas,
sobre cómo debería quedarme en la casa de Saylor y Cord para las vacaciones de
otoño en unas pocas semanas. Jugué con mi tenedor y moví la cabeza como si
estuviera de acuerdo en que era una buena idea.
—Cord podría mostrarte las cosas en la tienda si quieres —sugirió Saylor.
Estaba tratando de ser amable, así que, aunque aprender sobre los tatuajes en la
tienda de Cord no me interesaba en absoluto, fingí que sí.
Truly Gentry, la esposa de Creed, me estaba mirando. Sin previo aviso, alargó
la mano y levantó suavemente mi barbilla.
—Levanta la cabeza —dijo con ternura—. No se sabe qué cosas hermosas te
esperan mañana, cariño.
Una vez que estuvieron de vuelta al otro lado de la habitación con sus
maridos y sus hijos, metí la mano en mi bolsillo izquierdo muy brevemente.
Todavía estaba allí. La última carta de Stone. Todavía no la había leído. De los 119
primeros diecisiete años de mi vida, nunca había pasado un día alejado de mi
hermano. Ahora habían pasado cuatro meses interminables desde que escuché su
voz. Chase intentó llevarme a Emblem para visitarlo, pero no pude. No es que
odiara a Stone. Eso ni siquiera era posible. Pero tampoco podía perdonarlo. Cada
noche, antes de cerrar los ojos, pensaba que tal vez la próxima vez que los abriera
tendría las agallas para enfrentar mi dolor. Y a mi hermano. Pero ese día aún no
había llegado. Tal vez nunca lo haría.
Una noche, cuando hacía solo una semana que vivía en la casa de Deck, me
encontró en el patio trasero, mirando al cielo sin luna mientras un cigarrillo ardía
entre mis labios. No sabía qué tipo de impulso me había llevado a caminar a la
tienda de la esquina y comprar un paquete. No era un fumador Stone era el
fumador. Odiaba el sabor y el olor.
Deck era una vista intimidante, incluso pavoneándose en ropa interior a
medianoche. Con todos sus músculos y tatuajes tenía el aspecto de un hombre que
no era nada amable. Se limitó a pararse a mi lado y esperó mientras soplaba el
palito cancerígeno sin inhalar antes de darme por vencido y apagarlo en el
concreto. Deck podría parecer aterrador, pero tenía la voz más amable cuando
quería usarla. La usó entonces. A menudo había pensado en las palabras que me
dijo esa noche en la oscuridad, a pesar que todavía no podía entenderlas.
—Lo sé. —Había dicho con seriedad—. Realmente lo sé. Cuando pierdes el
amor no puedes imaginar que alguna vez recordarás cómo amar de nuevo. Ni
siquiera quieres. Pero eso cambiará, Conway. Lo hará. Y te encontrarás buscando
ese amor aunque no te des cuenta qué estás buscando.
No podía recordar lo que dije en respuesta. Probablemente nada. Deck era un
hombre sabio. Pero no era capaz de decirme cómo pasar todos los días en el medio
para poder finalmente salir del otro lado al menos medio curado. Tal vez no había
ningún consejo para eso. En cualquier caso, sospeché que mi momento de curación
aún estaba muy lejos.
Nadie más puede unirme de nuevo. Ni siquiera sé si yo puedo hacerlo. Pero
incluso en mis momentos más oscuros, tengo que esperar que algún día estaré
completo otra vez.
Tengo que esperar que algún día tenga el coraje de volver a ver a mi
hermano.
Tengo que esperar que algún día pueda descubrir cómo amar de nuevo.
Porque mientras estoy sentado aquí en esta boda y observo a estas personas
con todas sus felices imperfecciones perfectas, entiendo algo que nunca antes había
imaginado. El amor y la esperanza son el pegamento que nos mantiene unidos, en
cuerpo y alma. Necesitamos a las personas que amamos tanto como necesitamos
respirar. Sin ellos, simplemente nos desviamos. Si tenemos suerte, no estaremos a
la deriva para siempre.
120
Eso podría haber sido lo que Deck estaba tratando de decirme, que no estaría
a la deriva para siempre.
Esperaba por el infierno que tuviera razón.

(NO ES EL) FIN

PORQUE…

¡LOS CHICOS GENTRY REGRESARÁN!


(Gentry Boys #6)

Quería que supiera que realmente veía quién era; no


solo un ex convicto torturado tratando de vencer a sus
demonios y descubrir su lugar en el mundo. Stone Gentry era
hermoso. Era un hombre del que podría enamorarme… si me
lo permitiera.

1513… La cantidad de líneas individuales que marcaste


cuidadosamente en un pedazo de papel de cuaderno
universitario en cada amanecer.
1513… La cantidad de días que pasaste en una jaula
cerrada con llave, rodeado de hombres feroces que hicieron cosas incluso peores
que las que hiciste.
1513… La cantidad de noches pasadas mirando al techo orando por solo
cinco minutos de libertad para hablar con tu hermano. El hermano que amas más
que nadie en la tierra. 121
El hermano que te odia aún más de lo que se odia a sí mismo.
1… La cantidad de momentos que tomó a una tragedia desarrollarse y
cambiar vidas, terminar vidas, destruir vidas.
1… El número que representa el aislamiento, una soledad peor que cualquier
sentencia de prisión.
1… La cantidad de chicas que aparecen en tu vida y tratan de romper el
escudo de hierro que has construido alrededor de tu corazón durante los últimos
cuatro años.
Una chica y su nombre es Evie. Hermosa. Obstinada. Apasionada.
Sabes que si tuvieras algo de honor no la tomarías.
Pero el honor podría ser algo que perdiste hace mucho tiempo.
Cora Brent nació en un clima frío y escapó tan pronto como fue legalmente
posible. Ahora, vive en el desierto con su esposo, dos hijos y un nopal que ha
llamado cariñosamente “Spot”. El armario de Cora está lleno de cajas de historias
inconclusas que datan de su infancia en la década de 1980 y toda su vida ha
soñado con ser una autora. Sorprendentemente, ahora es una escritora de romance
contemporáneo de las más vendidas del New York Times y USA Today y suplica
no ser despertada de este sueño.

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