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Los autores suponen que: “La enseñanza para la comprensión –la idea de que lo que aprenden los

alumnos tiene que ser internalizado y factible de ser utilizado en muchas circunstancias diferentes
dentro y fuera de las aulas, como base para un aprendizaje constante y amplio, siempre lleno de
posibilidades” (Perrone, 1999, p. 35)

No se trata de la lectura que se practica con mucha frecuencia, están respondiendo a la supuesta
realidad de la lectura que los autores sueñan con la formación de criterios propios.

Bastante contradictorio pensar en que a partir del sometimiento y reducción del lenguaje a los
“códigos” pueda hablarse de “análisis crítico”, una mezcla entre la herencia del estructuralismo y
una aspiración a crítico del discurso.

“Aclaremos que estas diferencias no describen sólo nuevas maneras de leer y escribir, sino
también modos distintos de acceder, usar, construir y concebir el conocimiento, que pueden
constituir un cambio de paradigma cultural.” (Cassany, D., 2012, p.26).

Otro ejemplo de las diferencias con el lenguaje escrito, según Cassany es el Plurilingüismo y
multiculturalidad, porque en la red “hay más contacto con interlocutores extranjeros, lo cual
incrementa el uso de segundas lenguas” (Cassany, 2012, p.48). Esta es una diferencia que surge
del funcionamiento técnico del lenguaje digital que permite la interlocución directa en el aquí y
ahora aunque los participantes se encuentren distantes. Cabe reconocer que al igual que en la
oralidad y en la escritura se crearon subgéneros, en este nuevo lenguaje se han creado “nuevos
géneros electrónicos”. Pero, en relación con la propiedad de la “virtualidad” tiene sentido
preguntarse si no es una propiedad también del lenguaje escrito. Y el carácter inacabado y la
superficialidad del lenguaje digital atribuida por Cassany, ¿no es un modo de ser de las prácticas
discursivas cotidianas orales?

El uso del lenguaje verbal ya no es reducible a su propia suficiencia, ni al significante, ni a su


linealidad en el ordenamiento del espacio. Ya no podemos pensar en enseñar un lenguaje que no
existe en la realidad de la comunicación del diario vivir, ni de los actos pedagógicos y, menos,
cuando sentimos la necesidad de manifestar espontáneamente nuestros deseos. La escritura no
puede ser reducida al acto de redactar, en un ejercicio técnico formal; ni la lectura, a resumir los
textos escritos, sin que la iniciativa y la capacidad creativa del sujeto actúen, también, significando
desde sus propias perspectivas.

El reto prioritario ya no es enseñar a escribir y leer “correctamente”, sino a aprender a no


dejarsecombatir con los mensajes, ni a ser objetos de seducciones inocuas; a alertarse para
descubrir las hegemonías que controlan las significaciones y los mensajes, y desconociendo
cualquier indicio de diferencia.