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La antigua casa de la cultura del municipio de Mosquera es el recuerdo de una Mosquera rural que florece en el pavimento

acelerado por las dinámicas de un territorio urbano. Esta casa es la palma que resiste en el parque principal, ha sido el
refugio de memorables personajes que han marcado la historia del territorio, es el lugar para detenerse a comprar el
mercado de plaza, es el retoño de la voz colectiva de las antiguas plazas de mercado. Ha sido la biblioteca escrita del
municipio, fue el lugar en donde prematuramente tomé mis clases de organeta.

De camino a este lugar pasaba por el Trébol, por el gran lote del salesiano, en donde quedaba la estela de lo que fue un
lago y ahora el agua que resiste a irse. Llegaba con mi abuelita a esta casa, antes de entrar acostumbrábamos saludar a
las tres señoras; con sus cachetes rosados que reflejaban en su rostro años de viveza, madrugadas cargadas de mercado
de plaza a la espalda. Ellas sembraron su vida en la esquina del territorio mosqueruno.

Mi abuelita, en esa esquina con las tres señoras, su vida y su palabra, esperando a que yo terminara mis clases de organeta.
También aprovechaba para comprar algun os bananos, naranjas, mandarinas y guatilas, que luego pensaba cómo las
llevaríamos, pues se sumaba al peso de la organeta. Sin embargo, mi abuelita siempre pensaba en algo, tomábamos
algunos descansos en el camino, mientras me preguntaba por la clase.

Así todos los fines de semana estas señoras estaban allí, tejiendo la palabra, la memoria de un pueblo y recreando historias
en los habitantes. Recuerdo que siempre me daban una fruta antes de entrar a clase, el zapote se encarnizaba untando mi
ropa. Rápidamente entraba a lavarme las huellas del zapote. Disfrutaba estar en aquella casa en donde mis pasos hicieron
eco al juntarse con la madera. Después, de la muerte de mi abuelita no volví a la esquina en donde sembré mi infancia,
acompañada de la voz de mi abuelita.

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