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El espíritu olímpico y Moussambani.

Para la cultura griega de la antigüedad clásica, la virtud o areté era una disposición o
habito fundamental en el desarrollo de la personalidad. Toda la educación, tenía como
principio dominante, la formación de personas virtuosas. La areté designaba la
excelencia humana y la conformación de un ciudadano valioso. La extensión de este
término podía aplicarse, tanto al poder de los dioses como a la velocidad de los caballos.
Se trataba de una capacidad que nos diferenciaba del resto de los habitantes. El
hombre ordinario no participaba de la virtud de manera plena. Ella era un atributo
propio de la nobleza, que la diferenciaba del resto. Es así, que este término está asociado
a la palabra aristós, que indica distinción o aristocracia. Por ello, era imposible que un
esclavo acceda a la areté en sentido pleno. Su manifestación clara se da en la fuerza, en
la destreza o en la sabiduría, que distinguía a la sociedad griega por encima del resto de
los pueblos del planeta.
La areté implica una cierta lucha y esfuerzo por superarse. Por ello, para la cultura
de la antigüedad clásica, la batalla y la victoria del atleta, son el ejemplo más claro del
fuego sagrado de la virtud. Lo importante no está vencer al adversario, sino mostrar el
control y el dominio sobre uno mismo, por medio de una férrea disciplina. Es así, que
para el helenismo, la autarquía y el autodominio personal, eran los pilares
fundamentales de la vida moral. De alguna manera, el deportista era una imagen del
hombre perfecto, que lucha contra las adversidades y termina venciendo. Apoyado por
la nobleza de su espíritu, puede superar cualquier dificultad, porque es capaz de derrotar
sus propias debilidades. El fruto lógico del cultivo de la virtud y el autodominio es el
honor.
El ejemplo más claro de esta excelencia del ser humano, se manifestaba con claridad
en los juegos olímpicos. Quien vencía en ellos, era considerado un héroe para su
sociedad y elevado a la condición de semi dios. Aunque en la actualidad, el ejemplo que
nos ha legado la Grecia clásica, tal vez sea difícil de imitar. Aún se pude reconocer el
valor del atletismo, como un ejemplo que contribuye al desarrollo de la personalidad del
ser humano. El deporte, sigue fomentando la competencia como elemento vital de
superación. Pero sobre todo, a esto se suma la idea del espíritu de equipo, que permite
reunirse en torno a un objetivo común. Sin embargo, hemos perdido algo de aquel ideal
clásico.
De algún modo, hemos dejado de lado los intereses que se inculcaban a los atletas
griegos. El uso de sustancias indebidas a nivel profesional, los enormes intereses
económicos que mueven el deporte o el ansia de negocios que se oculta detrás de la
promoción de cada atleta, han desfigurado un poco el ideal de areté. Los mezquinos
intereses de nuestra sociedad de consumo, han debilitado un poco el antiguo concepto
de formación espiritual. Sin embargo, hay miles de atletas en países con dificultades
económicas, que se esfuerzan sólo por el amor al deporte que practican.
El barón de Coubertin, imaginó los juegos olímpicos como un acontecimiento de
hermandad y solidaridad entre los países del mundo. A través del deporte, se hacía
posible este ideal de confraternidad, que es lo que se conoce con el nombre de espíritu
olímpico. En 1894 se desarrolló la primera olimpíada de la modernidad, que buscó
revivir la leyenda de la carrera llevada a cabo por Filípides, luego de la batalla de

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Maratón. Este mensajero fue enviado a dar la noticia de la victoria de su ejército sobre
el imperio Persa. Allí los persas perdieron 6000 hombres, mientras los griegos sólo 192.
La mejor forma de levantar la moral de la ciudad era esparcir rápidamente la noticia. El
corredor, luego de dar la sensacional noticia, murió agotado por el esfuerzo.
Los participantes griegos en la primera maratón de la era moderna, habían sido
seleccionados por un coronel del ejército griego. De entre los numerosos soldados que
habían servido a sus órdenes seleccionó a los mejores. Entre ellos estaba Louis
Spiridon, que se ganaba la vida como aguatero. Junto a otros doce deportistas de su
país, competía contra un francés, un australiano, un húngaro y un americano.
No pudo participar el competidor italiano Carlo Airoldi, quien había viajado casi mil
kilómetros a pie desde su casa hasta Atenas. Luego de semejante viaje, fue descartado
por tratarse de un deportista profesional. Aunque su escasa profesionalidad se ve en su
absoluta falta de dinero para viajar hasta Atenas. Pues tuvo que negociar con un
periódico, que acordó pagarle a cambio de recibir una crónica diaria de su viaje. Carlo
Airoldi tuvo que cruzar las peligrosas fronteras de Croacia y Austria recorriendo más de
70 kilómetros diarios para llegar a tiempo a la competición.
Durante el desarrollo de la maratón, el griego Spiridon, pasó por Pikermi, en el
kilómetro veinte. Allí hizo una escala para saludar a su tío que vivía en esa población ya
que había prometido visitarlo. Entonces, mientras se tomó un vaso de vino, le
informaron acerca de la distancia que le llevaba al resto de los competidores. Tras oírla
tuvo confianza suficiente en su victoria. Y antes de partir dijo: “Filípides no ha sido
olvidado por nosotros; mi victoria será el tributo de los giregos a aquella hazaña”
Sin embargo, el francés Lermusiaux llevaba una ventaja inalcanzable, más de tres
kilómetros delante del segundo corredor. Sus tiempos estaban resultando buenos incluso
con las sobrehumanas marcas de los deportistas profesionales de la actualidad. En
menos de una hora había corrido los primeros veinte kilómetros. Pero la principal
fortaleza de Louis Spiridon era su enorme resistencia. A partir del kilómetro treinta la
carrera comenzaba a hacerse fácil para él. En segundo lugar, se hallaba el australiano
Blake. Pero su ventaja se fue acortando, ante el andar de Spiridon. La lucha cuerpo a
cuerpo, durante casi un kilómetro debió ser una de las más épicas de la historia. Blake
estaba acabado física y psicológicamente pero brindó una resistencia heroica, hasta que
Spiridon lo dejó atrás. Entonces, Blake tuvo que parar exhausto. Allí un griego trató de
ayudarle pero el australiano, con síntomas de paranoia, pensó que lo atacaba y se
defendió a puñetazos. Es así, que demás de su retiro de la carrera, tuvo que sufrir una
serie de golpes que exigieron atención médica.
Spiridon llegó al enfervorecido estadio que aclamaba su victoria. La ovación de cien
mil personas fue impresionante. Desde entonces se lo aclamaría en Grecia como a un
héroe nacional. El mismísimo rey Jorge I le entregaría el premio a su victoria. El rey le
dijo que le pidiera lo que quisiera. Y el pobre Spiridon le solicitó un carro tirado por
burros para que le sirvieran en su negocio de aguador.
Louis Spiridon no volvería a correr nunca más aunque fue famoso hasta el fin de sus
días. En la Olimpiada de 1936 en Berlín fue invitado con honores por los organizadores
y recibido personalmente por Hitler.
En nuestros días, el espíritu olímpico aún permanece latente. El deporte sigue siendo
una herramienta fundamental en la educación de los seres humanos. Sigue formando

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tanto el cuerpo como el alma de quienes se ejercitan. Pero existe una enorme distancia
entre aquellos países que financian el deporte y aquellos donde no hay posibilidad
alguna de crecer en alguna disciplina olímpica. Para superar esta enorme distancia, el
comité olímpico, buscó darle alguna posibilidad a los países en desarrollo. Y esto dio
lugar en Sydney 2000, a la leyenda de Eric Moussambani.
Este nadador, apodado Eric la anguila, no ha mostrado que todos podemos tener
nuestro minuto de gloria. Todos podemos ser héroes, por más que nuestros registros
deportivos sean un desastre. Eric ganó fama mundial, cuando nadó la prueba de 100
metros libres en casi dos minutos. Es decir, más del doble que sus competidores más
rápidos e incluso muy superior a la marca para los 200 metros. Moussambani consiguió
participar en los juegos olímpicos sin alcanzar los tiempos mínimos requeridos, gracias
a un sistema diseñado para permitir la participación de deportistas de países en vías de
desarrollo. En las eliminatorias compitió con otros dos nadadores, admitidos en los
juegos por el mismo sistema, que fueron descalificados por falsa salida, por lo que
Moussambani nadó solo. Sin embargo, es un ejemplo de esfuerzo y trabajo que tuvo su
instante de gloria, cuando todo el estadio de Sydney lo aplaudió de pie por haber
completado su carrera.
Mientras que el ganador Pieter van den Hoogenband empleó 47 segundos en hacer
su carrera, Moussambani empleó más del doble. Pero la ovación que recibió fue muy
superior a la del rápido nadador. En los días posteriores a su popularidad, Moussambani
se convirtió en un héroe popular en todos los medios. Y en ellos declararía: “Los
últimos quince metros han sido muy difíciles”.
Antes de llegar a los Juegos Olímpicos, Moussambani nunca había visto una pileta
olímpica de 50 metros. Había comenzado a practicar natación sólo ocho meses antes en
una piscina de 22 metros de un hotel, dada la falta de infraestructuras deportivas en su
país. Por ello, comenta que cuando aún le quedaba una vuelta más por hacer, había
creído que ya había terminado su carrera. Moussambani no pudo participar en Atenas
2004, a pesar de haber bajado su marca personal por debajo de los 60 segundos, debido
a un problema de visado.
Tal vez la epopeya de Moussambani sea lo poco que queda del espíritu amateur en
los juegos. La lucha por superarse y el esfuerzo, han dado lugar al negocio a algunos
excesos poco legales. Sin embargo, la disciplina de Eric es un ejemplo para muchos. Su
modelo nos muestra que todos podemos ser héroes en algún momento y alcanzar la
fama o el reconocimiento a nuestro esfuerzo. También los seres humanos comunes,
podemos desatacarnos y ser titanes anónimos. Por ello, quienes estamos lejos de alguna
marca de la elite mundial, aún podemos soñar con nuestro minuto de fama.

Horacio Hernández.

http://www.horaciohernandez.blogspot.com

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