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Las sociedades discretas que al abrigo del pensamiento de Miranda hacemos vida a lo largo y

ancho de todo la Nación venezolana, no promovemos posturas partidistas o religiosas, sino más
bien defendemos y promovemos en cada individuo virtudes, principios claros y legítimos, derechos
naturales basados en la razón y comunes a todos los seres humanos sin excepción de religión,
etnia, posición socioeconómica o filiación partidista.

Cuando exclamamos con fervor “Libertad, Igualdad y Fraternidad” invocamos a la razón como una
cualidad exclusivamente humana bajo la certeza de que no se puede falsificar el carácter de los
individuos así como no se puede falsificar el carácter de la naturaleza.

Con “libertad” afirmamos que ningún individuo tiene derecho a usar la fuerza o coaccionar a otros
en el ejercicio de la esfera privada de sus derechos naturales. Lo que cada individuo haga o deje de
hacer dentro del ejercicio de sus derechos, es un asunto de ética personal y nunca de filosofía
política. Sólo los necios e insensatos hablan de la necesidad de “limitar la libertad”, espíritus poco
dados a la reflexión, seres que se encuentran muy lejos de comprender que quien dice “libertad”
implícitamente dice “límites”, esto es que la libertad de cada individuo termina donde comienza la
de sus semejantes, pues sería absurdo que alguien reclamase para sí aquellos derechos que
propone negar a los demás, por lo que, donde un individuo o un grupo de individuos puede(n)
impunemente sobrepasar esos límites (naturalmente en detrimento de otros), con toda seguridad,
no puede allí hablarse de “exceso de libertad” sino más bien de tiranía y opresión.

Con “Igualdad” nos referimos la igualdad de todos ante la ley. Afirmamos además, que todos los
seres humanos hemos sido creados iguales y todos hemos sido dotados por nuestro Creador de
ciertos derechos inalienables entre los que están el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de
la felicidad. No es que todos debemos en cada aspecto posible, ser iguales entre nosotros, sino
que la ley debe tratarnos a todos por igual, por lo que tratar de igualar obligatoria y artificialmente
a los individuos en aspectos diferentes a la ley es totalmente incompatible con la libertad. Es
imposible igualar a los seres humanos sin antes despojarlos de su libertad y con ello, se les despoja
de su dignidad, se suprime e ilegaliza su creatividad, se le fractura su encanto, se corrompe su
espíritu y, finalmente el ser humano a lo único que queda igualado es a las bestias.

Todos somos creados iguales, según la definición de nuestros derechos naturales, por lo que nadie
tiene derechos superiores ante sus semejantes. Más aún, nacemos con estos derechos, no los
obtenemos de gobierno o legislador alguno, porque en realidad, los poderes de cualquier gobierno
provienen del consentimiento de sus ciudadanos. Nuestros derechos a la vida, la libertad y la
búsqueda de la felicidad, implican nuestro derecho a vivir nuestras vidas como nosotros deseemos
y por nuestros propios medios, con la única condición, la única limitante, de que respetemos el
derecho de nuestros semejantes para hacer lo mismo, es por ello que me atrevo a afirmar, que
entender la libertad es entender que haciendo uso de su derecho a ella en los términos antes
descritos, lo que un individuo haga dentro de su esfera privada, no es un asunto de filosofía
política sino de ética personal.

Con “fraternidad” promovemos el entendimiento de todos los seres virtuosos y racionales, que
aún teniendo diferencias en asuntos subjetivos, creencias religiosas, preferencias partidistas o
gustos particulares en otros asuntos, todos pueden converger sin ambigüedades, en el respeto y el
reconocimiento de los derechos implícitos en sus semejantes, sentando así las bases para una
profunda comprensión de la existencia, la belleza de la creación y la verdadera hermandad entre
seres humanos que bajo otras circunstancias se verían tentado a ser enemigos en lugar de
hermanos.

Promovemos la tolerancia sin que de manera alguna ello signifique la impunidad, como bien
escribió el ganador del Premio Nobel de la Literatura en 1929, el alemán Thomas Mann “ La
tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad”. Mann, de los alemanes de su
generación, fue uno de los pocos que pudo gloriarse de haberse opuesto a Hitler desde antes de
su ascenso al poder, lo que le valió el exilio en 1933. Es en esa experiencia horrible donde hay que
buscar la génesis de la frase a la que hacemos referencia: en el aprendizaje de que hay virtudes (la
tolerancia, por ejemplo) que mal entendidas terminan siendo criminales.

“Existe un crimen, o en la impunidad de un gran culpable o en la persecución de un inocente. De


todas las maneras de matar la libertad, no la hay mas asesina para una República, que la
impunidad del crimen o la proscripción de la virtud. Deja de existir la sociedad allí donde un
miembro del cuerpo social insulta con impunidad la justicia”

Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez

¿A qué podría referirse Miranda con “proscripción de la virtud”? El ser humano, entre muchas
otras, posee tres grandes herramientas que destacan: el intelecto, la voluntad y la emoción. Para
cada una de estas existe una virtud y también un vicio. Sabiduría/ignorancia, valentía/cobardía y el
autocontrol/descontrol, respectivamente. La sabiduría permite, a través de la reflexión, identificar
las acciones correctas que se desprenden de una cualidad exclusivamente humana: la capacidad
de razonar. El valor permite tomar estas acciones y, a pesar de las amenazas defender los propios
ideales. El autocontrol pone freno a la pasión y a la tentación de actuar impulsivamente.

A estas virtudes podemos agregar una cuarta, la justicia, que nos permite vivir con derechos y de
manera responsable, por lo que, allí donde actúe la ley, sea para castigar o para proteger, su
finalidad siempre debe ser, no establecer la impunidad o la barbarie sino la justicia.
Fundadas en la razón en la que tanto hincapié hizo Miranda en sus proclamas y anotaciones, “las
verdades evidentes en sí mismas” invocan una larga tradición de la ley natural que sostiene que
existe una “ley superior” del bien y del mal, de donde se deriva la ley humana, y partir de la cual
ésta puede ser criticada en cualquier momento. En consecuencia, afirmamos que nuestro sistema
político no debe fundamentarse en la voluntad caprichosa de dirigente, presidente o monarca
alguno, sino sobre un razonamiento moral accesible a todos, porque si la razón es el cimiento de la
visión humana, la libertad debe ser, sin duda alguna, un objetivo y un derecho supremo.

Enseña nuestra Augusta Orden, la práctica de las virtudes en contraposición a los vicios. Se cree
que la grandeza de los individuos puede ser medida, no por su riqueza o fama, sino por sus
acciones, su carácter, sus verdades, su caridad, su amistad y su fraternidad para con sus
semejantes, por lo que, de ninguna manera, puede usarse como excusa, el bien común o la
igualdad, para violar los derechos más básicos y elementales de unos en favor de otros, lo que
sería en si mismo el ejercicio de la tiranía, a las cuales el mismo Sebastián Francisco de Miranda
declaró “Repudio eterno”.

Por tanto, el pensamiento de Miranda heredado por nosotros, no sólo es diáfano respecto a la
libertad, sino que acredita que la grandeza que el hombre adquiere través de la razón y la
reflexión, puede y debe ser vista como una influencia positiva para el mundo, y hacer el bien, es la
mejor manera de glorificar al Supremo Creador, sea cual sea la relación íntima que cada uno tenga
con su significado, siempre en medio de una fraternidad ecuménica, basada en las grandes
virtudes morales y sociales, y por ello, precisamente por ello, el sometimiento de los seres
humanos en nombre de las ideologías, sean cuales sean, como por ejemplo “la igualdad”
obligatoria (y no precisamente ante la ley), aun a pesar de las convenientes excusas de algunos
,son INCOMPATIBLES, con los más nobles ideales que por juramento defienden Los hijos de la
viuda.

José Daniel Montenegro Vidal