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COMO EL GÉNERO LLAMA NUESTRA ATENCIÓN

El escrito de Marisela Montenegro “El llamado de género: preguntas desde


nuestra propia experiencia”, me ha hecho reflexionar acerca del punto de
partida que pone en movimiento la incorporación de la perspectiva de género
tanto en nuestras actividades académicas como en la cotidianidad y comparto
la idea de que, quienes integramos esta forma de analizar lo hacemos
inicialmente movidas por aspectos que nos tocan de forma personal.

A continuación relataré como surge para ésta necesidad, esa búsqueda de


herramientas que diesen respuesta a la falta de espacios de identificación tanto
individual como colectiva, que se ve afectada por el contexto en el que me
desarrollaba. Personalmente esta llamada surge de una ausencia de las
mujeres, que se manifestaba de formas diversas en mi ámbito de formación.

En mis años como estudiante de Antropología en Colombia, llamó mi atención


que en su mayoría los textos teóricos así como etnográficos con los que nos
formaban, estaban escritos por hombres. Las voces escuchadas en las
comunidades indígenas con las que trabajábamos eran también de hombres,
así como las tres cuartas partes de mis maestros/as.

Esta situación, me planteó una serie de interrogantes acerca de las


generalizaciones realizadas en el abordaje la vida sociocultural de mi entorno.
Sencillamente las mujeres no estábamos, esta cuestión hizo que iniciase la
búsqueda de respuestas. Por fortuna tuve la suerte de contar con algunas
maestras1, que entre libro y libro empezaron a resolver mis dudas acerca de lo
que pasaba tanto con la Antropología como con otras ciencias sociales, era
lógico, la invisibilidad de las mujeres se daba en las investigaciones, porque
estaban igualmente invisibilizadas dentro de la disciplina y el currículo
académico.

1
Luz María Salazar, Elizabeth Tabares y Miriam Amparo Espinosa.
Esta invisibilidad estaba dada, tanto porque las voces tomadas en cuenta como
representativas, eran las masculinas o porque, se hablaba de la mujer con
unas características comunes a todas ellas; no como mujeres, un colectivo
diverso y lleno de especificidades de acuerdo al entorno desde el que se
analiza la realidad.

Con el tiempo, esta búsqueda me llevo a encontrar alternativas en la


investigación que no eran tenidas especialmente en cuenta en mi ámbito
académico, fuertemente marcado por una tradición positivista y androcéntrica.

Decido entonces que cualquier trabajo o investigación que realizara, debería ir


acompañada del esfuerzo por integrar algunos elementos fundamentales para
su desarrollo: la vida de las mujeres narrada con su propia voz, tomando en
cuenta que todo fenómeno analizado está atravesado por mi interpretación del
mismo2 y la introducción de metodologías, que primasen el análisis cualitativo,
de la realidad. Sin implicar esto, el abandono de lo cuantitativo como
herramienta complementaria para la comprensión de éstas.

Con las nuevas perspectivas teóricas, tanto en la Antropología, como en otras


disciplinas sociales se acepta que el desarrollo de la perspectiva de género es
un elemento fundamental para la mejor comprensión de nuestra compleja
sociedad. Una sociedad atravesada por las percepciones, modos de vivir y de
ver tanto de mujeres, como de hombres.

2
Como lo planteó la filosofía hermenéutica: “La gente existe necesariamente dentro de una tradición, en
términos de la cual se ve así misma, a su mundo, a su pasado y a su futuro. Un individuo nunca puede
situarse por completo aparte y examinar su tradición como si fuese un objeto, porque fuera de ella no hay
nada en términos de lo cual pueda tener lugar la comprensión. La comprensión en otras palabras tiene
una “preestructura” (Gadamer, 1975)”. Agar, M. 1996. Hacia un lenguaje etnográfico. En: Geertz,
Clifford y otros. 1996 “El surgimiento de la Antropología posmoderna” Gedisa. Barcelona.
Pero la incorporación de ésta perspectiva, sin tomar en cuenta la complejidad
que encierra ha traído consigo una serie confusiones, acerca de esta situación
nos habla Marta Lamas en su interesante artículo Complejidad y Claridad en
torno al concepto de género3.

En el se hace referencia al desarrollo y la variedad de acepciones que le son


atribuidas, dependiendo del campo de investigación desde el que se aborda4.
Esta situación contribuye al enriquecimiento conceptual y teórico, pero en
ocasiones trae consigo planteamientos contradictorios, especialmente en
“relación al esquema simbólico dualista”, inherente a la tradición judeocristiana
occidental, que se reproduce implícitamente en la mayoría de las posturas
intelectuales.

Teniendo en cuenta que ser mujer u hombre según lo socialmente establecido,


se aprende mediante procesos normativos y en ocasiones coercitivos, que
varían de acuerdo a los contextos socioculturales, la perspectiva de género nos
permite una deconstrucción, en el sentido que de esta acepción hace Derrida;
es decir aproximarnos al género ha de pasar de ser una cuestión teórica, a
convertirse en el elemento que desplace los actuales modelos socio-culturales
generadores de la violencia estructural que ralentiza los cambios en las bases
sociales.

Ángela María Díaz Pérez


Antropóloga

3
Publicado en: Ángela Giglia, Carlos Garma y Ana Paula de Teresa, Compiladores. 2007. ¿Adónde va la
antropología? División de Ciencias Sociales y Humanidades de la UAM- Iztapalapa, México.
4
“Destaco unos ejemplos de la enorme variedad que Hawkesworth (1997) registra: se usa género para
analizar la organización social de las relaciones entre hombres y mujeres; para referirse a las diferencias
humanas; para conceptualizar la semiótica del cuerpo, el sexo y la sexualidad; para explicar la distinta
distribución de cargas y beneficios sociales entre mujeres y hombres; para aludir a las microtécnicas del
poder; para explicar la identidad y las aspiraciones individuales. Así, resulta que se ve al género como un
atributo de los individuos, como una relación interpersonal y como un modo de organización social.”
(Lamas 2007:2)