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EL SIMBOLO DEL VIAJE EN LA ODISEA Y LA ENEIDA

sinopsis

El símbolo del viaje en la cultura antigua: La Odisea y La Eneida. El viaje es un símbolo que, bajo
diferentes formas, se encuentra en muy diversas tradiciones, desde los tiempos más remotos y
que, en el cristianismo, ha tomado la forma del peregrino y de la peregrinación. En el transcurso
del viaje, el hombre viejo muere, entendiendo esta muerte como purificación, para dar lugar al
hombre verdadero, que sólo puede mostrarse sacándose de encima las miserias que le impiden
ser quien verdaderamente es. En Homero y en Virgilio, el viaje significará una liberación de las
virtualidades del personaje. El viaje es también una imagen de la vida del hombre: una vez que las
seguridades se han mostrado ilusorias, el ser humano no podrá alcanzar su verdadera estatura sin
ayuda exterior: theoi, numina; una vez iniciado el camino comienzan las pruebas; la más
dramática, en ambos casos, resulta el olvido de la propia condición; estas pruebas, si son
superadas, acarrearán siempre una perfección, en el sentido de un desasimiento; éste conduce
bien al regreso a la patria (Odiseo), o bien a la fundación de la patria en la historia (Eneas). 

Ulises: más allá del mito

Ulises

Homero nos detalla en la Odisea los viajes de Ulises, que durarán diez


años tras la terrible guerra de Troya. Si tenemos en cuenta que ese
conflicto bélico ya ha alejado a nuestro héroe de los suyos durante diez
largos años, hace al menos veinte años que Ulises no está cerca de su
familia, allí donde debería vivir. Hay que recordar que él nunca quiso esta
guerra. Hizo todo lo posible para no formar parte de ella y sólo por
obligación abandona su patria, Ítaca, la ciudad de la que es rey; a
Telémaco, su hijo aún muy pequeño; a su padre, Laertes; a su madre,
Anticlea y a Penélope, su amada mujer. En definitiva, se ve arrastrado
por una crisis bélica de intereses que a él ni le va ni le viene. Es verdad
que se trata de una obligación moral, claro, pero no por eso menos
gravosa: a pesar de su deseo de quedarse allí donde está su casa, cerca
de los suyos, Ulises no puede por menos que mantener su compromiso
con Menelao, rey de Esparta, a quien el joven príncipe Paris acaba de
arrebatarle a su esposa, la bella Helena. Imaginaros la situación: Ulises
está abatido puesto que le han desplazado de forma violenta de su sitio
natural, del lugar que le pertenece y al que asimismo pertenece, alejado
a la fuerza de los que lo rodean y que constituyen su mundo humano.
Sólo tiene un deseo, volver a casa cuanto antes, recuperar su lugar en el
orden del mundo que la guerra ha trastornado. Pero por multitud de
razones su viaje de vuelta resultará increíblemente arduo y difícil,
sembrado de obstáculos y de pruebas casi insuperables. Además, todo
se desarrollará en una atmósfera sobrenatural, en un mundo mágico y
maravilloso que no es el mundo humano, un universo poblado de seres
demoniacos o divinos, benévolos o maléficos, pero que de todas formas
no son una muestra de vida normal y, como tales, representan una
amenaza: la de no volver jamás a su estado inicial, ni recuperar nunca
una existencia humana auténtica.
Otra perspectiva de la Odisea es la de observar la espiritualidad laica de
Ulises. Esto quiere decir que entiende que la vida buena es la vida en
armonía con el orden cósmico, estar en equilibrio con la naturaleza. Para
los griegos, Ulises es el referente del hombre auténtico, del hombre sabio
que sabe lo que quiere y al mismo tiempo adónde va. Os recomiendo la
lectura de la Odisea porque no pretendo analizar una a una las diferentes
etapas del viaje de Ulises, pero voy a nombrar algunas claves sobre
Ulises que nos permitirán darle su verdadero sentido a esta epopeya y
percibir toda su hondura filosófica.
Del mismo modo que en la Teogonía de Hesíodo, la historia parte del
caos y termina en el cosmos, es decir, en el orden, igualmente, la
trayectoria de Ulises comienza por una serie de fracturas, una sucesión
de desórdenes que va a ser necesario afrontar y calmar. La guerra de
Troya es una máquina de engullir a miles de jóvenes que refleja también
un desarraigo sin igual para unos soldados llevados a la fuerza lejos de
sus hogares, lejos de toda civilización, de toda dicha, lanzados a un
universo que no tiene nada que ver con lo que la vida buena, la vida en
armonía con los demás, con el mundo, debería ser. Esta visión es muy
importante para entender el universo como parte elemental de nosotros.
Como suele suceder siempre, tras la guerra y, gracias al ardid de Ulises
con su famoso caballo de madera, la guerra sigue hollando en el caos
con el saqueo de Troya, con el ya famoso sello de la hybris más
demencial. Los soldados griegos, tras una devastadora guerra, se han
vuelto peores que animales salvajes. Al conquistar la ciudad troyana, los
soldados se complacen en matar, violar, torturar y destrozar Troya.
Frente a semejante oleada de hybris, Zeus debe obrar con severidad:
desencadenará tormentas sobre las naves de los griegos cuando, una
vez finalizado el saqueo de Troya, quieran volver a sus hogares.
Además, para escarmentarlos y hacerles reflexionar, sembrará cizaña
entre los jefes, sobre todo entre los dos reyes más grandes, los dos
hermanos: Agamenón, que ha dirigido los ejércitos durante todo el
conflicto y Menelao, rey de Esparta y marido engañado de la bella
Helena enamorada de Paris.
Imaginaros en el caos que se haya Ulises. Hoy día, podemos encontrar
un símil con la situación que se vive. Sin darnos cuenta y lentamente nos
apartan de nuestros sueños, perdemos nuestro trabajo y nos
encontramos con los bolsillos vacíos. Hay que volver a ordenar nuestro
mundo, a empezar de nuevo.

Los viajes de Ulises

¿Quién fue realmente Ulises?


Hay que destacar que en la Odisea la visión del mundo se basa en la
cosmología, no en la ideología política, donde una existencia lograda se
ajusta al orden cósmico, donde la familia y la ciudad no son más que
elementos evidentes.
Pero, ¿qué hay detrás de esa cosmología tan importante?
En la Odisea, El propio Zeus nos hace entender que Ulises es el más
sabio de todos los humanos, porque su principal destino es comportarse
en la tierra como el señor de los dioses a nivel del Gran Todo. Aunque
Ulises es mortal, es un Zeus pequeño al igual que Ítaca es un mundo
pequeño y el objetivo de su viaje tan penoso, como de su vida entera, es
hacer que la justicia, es decir la armonía, reine por las buenas o por las
malas si hace falta. Por eso Zeus no permanecerá insensible a este
proyecto que le recuerda al suyo, cuando tuvo que reestablecer el orden
dentro del caos inicial que había en el universo. (Véase la Teogonía)
¿Qué significa “alcanzar la vida buena”?
Más allá de su dimensión casi iniciática en el plano humano, incluso de
los aspectos cosmológicos, esta concepción de la vida buena posee
también una dimensión metafísica que guarda relación con el tema de la
muerte. Para los griegos, lo que caracteriza a la muerte es la pérdida de
la entidad. Para empezar y ante todo, los desaparecidos son los “sin
nombres”, “sin rostro”. Todos los que abandonan la vida se convierten en
“anónimos”, pierden su individualidad, dejan de ser personas vitales. Es
conocido el descenso de Ulises al inframundo, al Hades, donde moran
los que ya no tienen vida, se apodera de él una sorda y terrible angustia.
Contempla con horror a toda esa gente que deambulan a su alrededor,
esas sombras a las que nada permite identificar. A esto hay que añadirle
el ruido que hacen: confuso, una especie de rumor sordo en el que ya no
es posible reconocer una voz y mucho menos una palabra con sentido.
Esa despersonalización caracteriza a la muerte y la vida buena es el polo
opuesto, a ojos de los griegos.
Es muy importante pertenecer a una comunidad armoniosa, a una patria
(un cosmos). En el exilio no eres nadie por eso el destierro de la ciudad
es lo mismo que una condena a muerte, según los griegos. Es importante
saber de dónde venimos para saber quiénes somos y adónde tenemos
que ir. En este aspecto, el olvido es la peor forma de despersonalización
que pueda conocerse en la vida. Es una pequeña muerte dentro de la
existencia y el amnésico, el ser más desdichado de la tierra. Por último,
hay que aceptar la condición humana, es decir, la finitud: un mortal que
no acepta la muerte vive en la hybris, en una desmesura y una forma de
orgullo que llevan a la locura.
En los sucesivos pasajes de la Odisea, Ulises tiene que luchar para no
caer en el destierro, en el olvido y, por encima de todo, encontrar su
verdadero Yo, aquel que perdió cuando lo arrancaron de su patria.
Hay un pasaje muy curioso donde Calipso ofrece la inmortalidad a Ulises
siempre y cuando renuncie a su identidad (Canto V). Si Ulises olvida
quién es, también olvidará adónde va y nunca alcanzará la vida buena.
Supongamos que Ulises aceptase la oferta de Calipso, si cediese a la
tentación de ser inmortal, dejaría en ese instante de ser un hombre, no
sólo porque se convertiría en un dios sino que eso le llevaría al exilio,
renunciar para siempre a vivir con los suyos, por lo que perdería su
propia identidad. Con más rotundidad, al aceptar la inmortalidad, Ulises
se convertiría en algo parecido a un muerto y ya no sería el Ulises que
todos conocemos: rey de Ítaca, el marido de Penélope, el hijo de
Laertes…
La lección más importante es que la inmortalidad es para los dioses, no
para los humanos y no es lo que uno debe buscar desesperadamente en
esta vida.
Por eso, en la Odisea se repiten los terribles obstáculos que amenazan a
Ulises a lo largo de todo el viaje y contra los que tiene que luchar para
encontrar su verdadero Yo. En otro pasaje de la Odisea, Ulises se verá
amenazado por el olvido en el país de los lotófagos, cuyo alimento hace
perder la memoria (Canto IX). El olvido, en sus infinitas representaciones,
amenazará a Ulises en forma de sueños funestos. Son estas pérdidas de
conciencia las que lo harán cometer muchos errores, entre ellas, la
tentación de abandonar sus proyectos de vuelta, por lo que corría
constantemente el riesgo de perder su lugar en el cosmos.
Por lo tanto, ahora sabemos de dónde viene y adónde va Ulises: del caos
al cosmos pero a su nivel, que es humano pero que refleja el orden
cósmico. Es un itinerario de sabiduría pero a su vez un camino tortuoso,
polvoriento, penoso al máximo, cuyo fin, sin embargo, es el de alcanzar
la vida buena aceptando la condición de mortal que es la de todo ser
humano.

Para terminar, destacaremos otras


cualidades de Ulises:
La Ilíada concede a Ulises una atención nada desdeñable. Aparece como
un terrible guerrero (Canto X y XI) que en varias ocasiones convence a
las tropas griegas para que no abandonen la llanura (Canto II, XIV). Se le
presenta también como un hábil diplomático que, aunque fracasa en su
primera tentativa de apaciguar a Aquiles (Canto IX), furioso contra
Agamenón porque este le había arrebatado a su cautiva Briseida, logra
finalmente llevar a buen puerto la negociación que devolverá a Aquiles al
campo de batalla (Canto XIX); anteriormente Ulises había conseguido
que Agamenón restituyera a la cautiva Criseida a su padre sacerdote de
Apolo (Canto I).
Como hemos explicado en líneas anteriores, la figura del héroe queda
definitivamente consagrada en la Odisea. Todo el relato se organiza en
torno a Ulises, «el hombre de los mil recursos» (Canto I): es el ausente
que busca a su hijo (II, III, IV) antes de que su presencia le sitúe en el
centro del relato; narra sus propias aventuras a Alcínoo (Canto V a XII) y
el lector asiste a su regreso de Ítaca y a su venganza (Canto XIII a XXIII).
En todas las circunstancias el héroe se muestra «magnánimo», fiel a sus
amigos y a su familia, sagaz y valeroso.
Esta misma imagen es la que refleja la pieza de Sófocles Áyax, que
opone a un Ulises prudente y comedido a un Áyax atacado por una
locura asesina. En la pieza de Sófocles Filoctetes, Ulises, entregado en
cuerpo y alma a la causa griega, consigue con su astucia habitual que el
último compañero de Heracles les entregue el arco y las flechas
necesarias para la victoria griega. Sófocles trató la muerte de Ulises
en Ulises herido, de la que sólo se han conservado algunos fragmentos.
En esta obra, Telégono, el hijo que Ulises había tenido con Circe (XII),
llega a Ítaca y mata a su padre ignorando su identidad.
En el siglo IV a. C. Aristóteles pone la Odisea (Poética, VIII, XVII) como
modelo de relato organizado en torno a un tema único: Ulises. Platón, sin
embargo, la condena como ficción (La República, III). Los estoicos
proponen a Ulises como ejemplo de buena conducta: es «el héroe
paciente» por excelencia. Virgilio se inspira en la invocación de los
muertos que hace Ulises (Odisea, XI) para escribir el canto VI de
la Eneida, donde se desarrolla el descenso al Hades de Eneas. Horacio
celebra la templanza de Ulises (Epístolas, 1,7) y Séneca su prudencia
(Cartas a Lucilo, XX, 123). Los libros XIII y XIV de las Metamorfosis de
Ovidio presentan al elocuente Ulises vencedor de Áyax, la rabia de
Polifemo, engañado por el héroe y los maleficios de Circe.