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CETRERO

NOCTURNO
SEBASTIÁN BORKOSKI
Copyright © de la presente edición Editorial Beeme S.R.L., 2012.
Derechos reservados. Prohibida su reproducción.
Publicado por Editorial Beeme SRL, Av. Warnes 596 Ciudad
Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
Libro de edición argentina.
Impreso en Buenos Aires, Argentina,
en abril de 2012. Printed in Argentina.
www.editorialbeeme.com.ar
ISBN: 978-987-669-188-8
Índice

Prólogo 9

El cruce 15

Último cajón 31

Los sordos 41

Cetrero Nocturno 47

Rescate 61

Los fabricantes 71

El barco 87

Testigo forzoso 101

La revelación de José Tomada 111

Antes de comer 119


A Paco, cuyos relatos inspiraron mis cuentos más queridos.
A mis padres y mi hermana, por su apoyo.
A mi hermano Christian, por elegir el título del libro.
A Victoria, por sus críticas y su paciencia.
A Olga Zamboni, por su aporte enriquecedor.

A todos los amigos que me leen con entusiasmo


y me ayudan a mejorar con sus comentarios.
Los cuentos de
Sebastián Borkoski

La imaginación es más importante


que el conocimiento.
El conocimiento es limitado.
La imaginación circunda el mundo.
Albert Einstein

Los diez cuentos incluidos en este volumen afirman la cali-


dad narrativa de un joven autor misionero que se dio a conocer
con la novela El puñal escondido, ópera prima que sin embar-
go le valió ser ternada para los premios Arandú, Rubro Letras,
Posadas, 2011 y que ha sido distinguida con el premio Vencejo
de Plata de Puerto Iguazú.
Uno de esos diez relatos –que a mi juicio es también uno de los
mejores del libro– da su nombre al volumen que tiene entre manos
el lector, quien deberá leerlo para colmar su natural curiosidad y
ubicarse semánticamente en este término de tantas resonancias
del Medioevo, que nos remite a cacerías reales, con halcones en
banda pero que aquí transcurre en la selva misionera.
Sin embargo, no se crea que éste sea el escenario privativo,
tal como podría pensarse, habida cuenta de su novela anterior,
bien entroncada en la realidad de Misiones. Si bien se “respi-

PRÓLOGO 9
ran” aires y colores regionales, inseparables de sus ficciones,
producto de lo que Luis Vittori denomina el “territorio vivido” –
y naturalmente “absorbido” por el autor– este ambiente lo en-
contramos, específicamente, en cuatro cuentos: “El cruce”, “Ce-
trero nocturno”, “Los fabricantes “y “Último cajón”, presenta-
dos de una manera muy diversa. El primero es un cuento de
frontera: la huida épica de cuatro hermanos, donde el senti-
miento fraternal y la tragedia se dan la mano. Los dos siguientes
ubican la acción en sitio determinado: la soledad nocturna en un
obrador en medio de la selva y una chacra. “Los fabricantes” es
una narración muy sólida en la elaboración del protagonista,
través de la mirada fascinada del joven narrador y en la econo-
mía de recursos con que lleva a la resolución de la trama. En
cuanto a “Último cajón” es casi una pesadilla. A partir de un ino-
cente alto en la ruta para orinar metiéndose en el monte, el na-
rrador se ve enredado en la maraña de una historia que final-
mente implicará al lector mediante el recurso de “papeles escri-
tos hallados”, en una especie de “traspaso” o trasmisión de una
misteriosa locura. En los cuentos restantes, el ámbito está más
bien indeterminado o quiere simbolizar “otra cosa”, como ocu-
rre en los dos relatos que tienen como protagonista a José To-
mada y forman una unidad desde lo argumental.
Hay un lazo de unión entre los personajes y los espacios. En
cada cuento podemos reconstruir una realidad que va más allá
de la propia, sobre la cual han sido figurados. Es el poder de la
ficción, con imaginación y “oficio” unidos. Como señala Ander-
son Imbert: “El cuento vendría a ser una narración breve en
prosa que, por mucho que se apoye en un suceso, revela
siempre la imaginación de un narrador individual”.
En una nota intercalada casi al final del libro el autor afirma
que su escritura tiene como punto de partida la visión diná-

10 PRÓLOGO
mica de las historias de suspenso trágico, a lo que cabe agre-
gar el ingrediente de lo fantástico. Prodigioso pero siempre ve-
rosímil. Diría que hay un cuestionamiento de la realidad-real, un
intento por penetrar ficcionalmente en el misterio del mundo y
las cosas. Ya lo decía Einstein: “Si perdemos el sentido del
misterio, la vida no es más que una vela apagada”.
Lo incomprensible a la razón se ofrece en sus diversas face-
tas. El misterio obra de estímulo, de acicate para penetrar en las
aparentemente inexplicables cosas que nos rodean, por eso es
motor que dinamiza las ciencias y las artes.
Esto se hace más visible en “El barco” –entorno simbólico,
sugerente– y en lo que vendría a ser su continuación: “La reve-
lación de José Tomada”. La estructura de una nave-crucero-
laberinto en sus diferentes “pisos” se carga de reminiscencias
dantescas y virgilianas, de larga tradición en la literatura, pero
al mismo tiempo tiene el dinamismo caótico del video clip pos-
moderno; esta “geografía” encubre “el otro mundo”, el de la
“tras-vida” y su argumento, la fuerza del destino trágico, que no
es otra que el derrotero vital (y mortal) de cada cual.
En cuanto al suspenso a que alude el autor, cuya principal
intención es mantener al lector a la expectativa, alerta ante el
desarrollo del conflicto, podemos decir que se cumple en mayor
o menor medida en todos los cuentos.
De entre la variedad de temas y estilos, señalamos:
La asombrosa amistad entre un hombre solitario y un pájaro
de raro comportamiento (“Cetrero nocturno”) entre los que se
entabla un diálogo de un solo lado, más bien monólogo del pri-
mero: “Con vos acá tengo al menos alguien a quien hablarle”,
dice el hombre.
Diálogos ágiles: en tanto uno transcurre entre los miembros
de una familia sentados a la mesa con tenedor en mano y pone

PRÓLOGO 11
al desnudo el mundo infantil y sus sabias “ocurrencias” (“Antes
de comer”), el otro, sin explicaciones, nos sumerge en la sensa-
ción de una invasión de seres extraños (“Los sordos”).
El amor revivido desde el fondo de la muerte y el secreto de
una casa, que al final deviene en lección de vida (“Rescate”).
Notas de humor y de costumbrismo (“Testigo forzoso”) que
además es una muy auténtica pintura de personajes típicos que
todos conocemos. Y la sonrisa también se nos dibuja en “Antes
de comer”, con cuya lectura quizá vislumbremos imágenes de
nuestra propia niñez o la de nuestros hijos.

A propósito del elemento fantástico, algo merece decirse so-


bre la verosimilitud. Como sabemos, el término alude a la capa-
cidad de construir mundos creíbles, por más extraordinarios
que parezcan, en la obra artística. Y esto vale tanto para un rela-
to, una obra de teatro o una película. Esta verosimilitud se lo-
gra si existe una coherencia de hechos y personajes dentro de un
universo propio; cuando, dentro del contexto de la obra, se rela-
cionan sus elementos congruentemente con las normas internas
de la trama. Y no se debe confundir lo verosímil con lo verdadero.
Si hay verosimilitud en la obra de arte, el lector (o espectador, re-
ceptor en último caso) cree, siente, se convence de lo expuesto
aunque sepa racionalmente que es irreal o fabuloso. Es el sentir
al adentrarnos en los cuentos que estamos comentando.
Sebastián Borkoski demuestra con este libro una ductilidad
en el manejo de la narración y una búsqueda de nuevos caminos,
lo cual hace pensar que se abre una perspectiva muy favorable a
nuevas creaciones. Un refrán afirma que quien busca respues-
tas encuentra preguntas. Y que en tanto seguimos ascendien-
do por una escalera más crecen los peldaños hacia lo alto
(Kafka). Estoy segura de que esta búsqueda de Sebastián lo

12 PRÓLOGO
guiará en un derrotero literario fecundo. Hay en él un “oficio”
acendrado de escritor que se toma muy en serio su trabajo y es-
to es importante a la hora de ver los resultados. La literatura de
Misiones se enriquece con un aporte genuino, comprometido con
el medio y con las letras. “Detrás de cada escrito veo la bi-
blioteca de su autor”, decía Mempo Giardinelli. Y esto se des-
cubre inmediatamente a poco de recorrer estas páginas: Bor-
koski es escritor de múltiples lecturas, algo no tan común como
debiera serlo entre los que deciden hacer literatura en nuestro
medio. En el cuento que da nombre al libro hay un detalle que
podría ser un homenaje a un autor argentino de su predilección.
El personaje alado de costumbre increíble que llena las horas
vacías del hombre solo en la oscuridad del monte se llama “Mar-
coni”. Y así lo dice el personaje cuando le da el nombre:
–Mirá, urraca, acá en este cuento que estoy leyendo hay
un perro que se llama Marconi. ¿Te puedo decir Marconi?
El cuento es de Adolfo Bioy Casares.
Ya lo decía Borges, con su habitual originalidad y sabiduría:
Otros se jactan de los libros que han escrito; yo me enor-
gullezco de los que he leído.

Prof. Olga Zamboni


Posadas, verano de 2012.

PRÓLOGO 13
El cruce
Si tan sólo hubiese contenido su furia ante aquella provoca-
ción, ahora no estaría juntando sus pocas pertenencias frente a
la mirada acusadora de sus hermanos. Tampoco su brazo dere-
cho estaría vendado con unos trapos cuya suciedad se veía teñi-
da de un tono rosado. La sangre no paraba de brotar del profun-
do corte. No había marcha atrás. Un momento, una sola furia,
una acción derivada de los sentimientos más sinceros y profun-
dos habría de cambiar el destino de los hermanos Grapell para
siempre.
–Hay que irse, no queda otra –dijo el mayor mientras desta-
paba un recipiente con queroseno.
Las cosas eran simples por aquellos días en el noroeste de
Rio Grande do Sul. Los colonizadores de distintas regiones de
Europa habían llegado al puerto en el cual desembarcaban an-
tes de que todo pudiera estar al menos un poco organizado en
esos parajes tan lejanos. Esto no era mayor problema. Debían
buscar una vida nueva y las mejores oportunidades para ellos
estaban lejos de los centros urbanos, muy lejos. Donde la tierra
era vasta y fértil. Comida y un poco de agua no habrían de faltar
a los hombres que impávidamente enfrentaban al trabajo. La se-
rranía no era el problema, es más, resultaba inclusive atractiva
para evitar los calores que sofocaban más abajo. Un buen puña-

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 17
do de personas había comenzado a desarrollar sus vidas aún an-
tes de que la ley estuviese cerca y este sí era el principal proble-
ma. Quien tenía la mayor colección de armas de fuego era el due-
ño de la última palabra ante cualquier conflicto. Ni siquiera una
bolsa de dinero tenía más poder que un arsenal de pistolas y es-
copetas. Lo justo o injusto en estos lugares era, como poco, rela-
tivo. A veces, las armas las portaban personas envenenadas por
la codicia cuya ambición hacía caso omiso a esas incómodas y
vagas nociones de justicia, canción que tocaban torpemente y de
oído. Si algún hombre o grupo de hombres tenía el infortunio de
cruzarse en el camino de los armados impíos, no había más re-
medio que soportar estoicamente las condiciones impuestas. Es
así como en cada cruce entre opresores y oprimidos estaba im-
puesta una conducta de respeto, casi de sumisión de los últimos
hacia los primeros. Claro que las armas que atemorizaban eran
pocas, y a veces no estaban a la vista. Cuando esto ocurría, una
delgada línea dividía la frontera entre la conducta sincera y la
conveniente. Algunos niveles de humillación simplemente no
eran tolerables para algunas personas y Francis Grapell era
una de ellas. Ese día la furia había llenado su corazón de valor y
apagado su cerebro por un instante, instante que fue suficiente
para cruzar esa frontera que les permitía vivir en paz.
–¿A dónde vamos a ir? –preguntó Paulo, el más joven de los
cuatro, con los ojos enormes y la voz suave y resignada. –Lejos
de estas tierras, donde no puedan encontrarnos. Vamos a cruzar
el Uruguay, por allá dicen que está la frontera.
Cuando terminó de hablar, Berger Grapell entró al pequeño
rancho y ante la mirada atónita de sus hermanos, comenzó a de-
rramar el combustible sobre los pocos muebles que tenían, lue-
go de haberlos cubierto con pajas. Francis, el segundo de los
hermanos, se acercó a decirle enérgicamente que no le parecía

18 E L C R U C E
buena idea ir a tierras totalmente desconocidas. El insoportable
hedor que dejaba el queroseno obligó a ambos a salir. Berger to-
mó un cascote y lo reventó contra la cabaña, haciendo que una
de las tablas se desprendiera. Necesitaba de un acto de furia in-
fantil antes de poder hablar con cordura. Respiró profundamen-
te dos veces.
–No estás en condiciones de cuestionar nada, Francis, ya es-
tá ya. Hay que irse.–Yo prefiero que lo pienses un poco. Por ahí
no se enojan tanto y quizá no murió…–¿Qué lo piense un poco?
¿Me estás tomando el pelo? Dime una cosa: ¿qué tan estúpido
puedes llegar a ser? No importa si murió o no murió, lo atacaste,
lo heriste, no pensaste y el más chico seguro ya le debe haber
contado al viejo. A la tarde van a estar acá para reventarnos a ti-
ros antes de que puedas intentar justificarte.–Yo no quise, te ju-
ro, el tipo me provocó, siempre me aguanté, no pude más, fue un
segundo, no quería, Berger, te juro, no quería esto. Thomas lo
vio, ¿cierto, Thomas? Ese mal parido empezó, ¡mal parido! –gri-
tó Francis alocadamente.

Berger le arrojó agua en la cara, tomó sus brazos con firme-


za y penetró los ojos de su hermano con una mirada de fuerza
descomunal, sin odio ni rencores pero extremadamente intensa.
Francis no hizo más que agachar la cabeza y apoyarla sobre el
pecho de su hermano, apretando los párpados para evitar que
alguna lágrima desvergonzada resbalara por sus mejillas.
–Hermano, te creo, no tienes que explicarme nada a mí, ya
está. Piensa en Paulo, es chico todavía, prometimos cuidarlo. Te-
nemos que irnos. Aunque no voy a dejar que estos mal nacidos
aprovechen las pocas cosas que dejamos.
Buscó un leño encendido del fuego sobre el cual ya no coci-
narían y lo arrojó a través de la única puerta de su rancho. Así,

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casi todo lo que los hermanos Grapell tenían comenzó a arder
irreversiblemente ante los ojos vidriosos de Paulo, cuya mente
todavía adolescente divagaba en recuerdos y nostalgias. A dife-
rencia de sus hermanos, él no había conocido otro hogar. Tam-
poco tenía recuerdos de su padre, un alemán que no pudo acep-
tar la permuta que el destino le había impuesto: su mujer y com-
pañera por un cuarto y hermoso varón. La tristeza y la depre-
sión acabaron inmediatamente con su corazón y se tomaron dos
años más para devastar su fornido cuerpo. Berger era el único
padre que el más joven de los Grapell había conocido y ahora es-
taba destruyendo su casa. Mientras, Thomas le exigía fortaleza
para cargar las pocas cosas que su flaco cuerpo pudiera llevar.
El viento que peinaba los árboles venía desde el este acercándo-
les el olor a madera quemada de su propio rancho. Les marcaba
el rumbo a seguir y de paso ayudaba al fuego a destruir su pa-
sado. Al frente iba Berger con la vieja escopeta colgada de sus
hombros, seguro del camino. Iba en búsqueda de tierras bajas
rumbo al oeste. Allí encontrarían ese río que los separaría defi-
nitivamente de sus problemas. Lo seguían bien de cerca los ado-
lescentes Thomas y Paulo, muy juntos, muy asustados. Francis
iba detrás, todavía avergonzado por la falta de inteligencia de
sus acciones; todo era su culpa. Con mucha nobleza se quedaba
en el último lugar para ser el primero en recibir el disparo sor-
presivo de sus perseguidores que, a Dios gracias, todavía no
aparecían. La agonía del joven al que había dejado herido en ese
estúpido enfrentamiento evidentemente les había concedido
tiempo para iniciar su escape. Al principio caminaron muy rápi-
do; quizá pensaron que el hecho de ir tierra abajo habría de ayu-
darlos. Pero el calor, el cansancio y la preocupación se encarga-
ron de demostrarles lo contrario. Ya estaban cansados, con ham-
bre y el sol comenzaba a desaparecer en el horizonte, sin que el

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viento cesara de soplar. Berger sin embargo seguía a paso firme.
Tan sólo miraba hacia atrás de vez en cuando para asegurarse
de que Paulo estuviera bien. Era el menor, el único nacido en es-
te lado del océano. Los tres se preocupaban mucho por él; toda-
vía era flaco y desgarbado pero sus ojos eran fuertes y especta-
cularmente parecidos a los de su madre. Incluso Thomas lo no-
taba a pesar de que era pequeño cuando ella partió. Paulo ya
respiraba agitadamente y Thomas le dio un poco de agua de la
botella que llevaba.
–Tenemos que parar, Berger –gritó. –Paulo está cansado y yo
tengo hambre.
Berger frenó en seco para darse vuelta lentamente y obser-
var a su hermanito. Le hizo señas a Francis, que estaba muy
atrás, para que se acercara rápidamente. Éste sin embargo no
corrió; a pesar de ser el más fuerte de todos estaba agotado.
Además de lo que traía en sus manos, debía cargar con la pesa-
da culpa sobre sus hombros. Finalmente llegó.
–¿No escuchaste nada?
–No, Berger, seguro nos van a seguir a caballo, cuando sal-
gan a buscarnos no vamos a tener mucho tiempo.
Berger miró hacia el horizonte donde ya no se podía ver ni si-
quiera el humo que habían dejado las cenizas de su rancho. Vol-
teó nuevamente; el sol comenzaba a ocultarse tímidamente en-
tre las nubes espesas y como un faro, indicaba hacia dónde de-
bían seguir.
–Vamos a caminar un poco más hasta que oscurezca, no
nos van a buscar de noche. Hagan el esfuerzo y avancemos un
poco más.
–¿No podemos cazar una perdiz o algo con la escopeta? –re-
clamó Thomas, cuyo estómago ya empezaba a rugir.
–No, hermano, no podemos disparar y hacer ruido. Además

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acá el imprudente de Francis perdió la paciencia con el hijo del
viejo maldito ese en vez de conseguir las municiones que nece-
sitábamos. Sólo tenemos dos disparos y será mejor guardarlos
en caso de que necesitemos darle un mejor uso, como salvar
nuestras vidas.
En efecto, la necesidad de municiones había desencadenado
todo el problema. El viejo maldito al que se refería Berger era el
único en la zona con los contactos para conseguirlas, por lo tan-
to él y los suyos decidían cantidad disponible y precio. Aunque la
idea de este último en aquel entonces, cuando el dinero no cir-
culaba con tanta facilidad, era bastante pastosa. Los cartuchos
valían una buena cantidad de lo que el viejo maldito necesitaba
en ese momento. Un negociante con todas las habilidades nece-
sarias sacaba el jugo a su situación para asegurar su bienestar
y el de los suyos. Quizá no era un “maldito” y tampoco era tan
viejo. Sólo un poco mayor que el padre de los hermanos Grapell.
Bajo un enorme árbol que no pudieron identificar por la os-
curidad, hicieron una fogata muy débil para poder ver al menos
los trozos de pan y grasa de cerdo que iban a comer. El menú re-
sultaba ridículamente escaso para llenar el enorme vacío que
los hermanos sentían en ese momento. Estaban callados. Paulo
y Thomas se miraban mutuamente y después a su hermano-pa-
dre, tratando de deducir qué tan grave era la situación. Pero no
había expresión alguna en su rostro. Estaba tranquilo y esa
tranquilidad paradójicamente ponía nerviosos a los dos.
–¿No nos siguen, Berger? –preguntó Thomas, mientras Pau-
lo apretaba con fuerzas una rama esperando ansioso la res-
puesta.
–Todavía no –respondié el hermano, y volvió a masticar un
pedazo de pan.
–Quizá ya no nos busquen, ¿no?

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–Sí nos van a buscar, Thomas, solamente no lo van a hacer
de noche. Tu hermano mató a un sobrino del dueño del lugar, eso
no tiene arreglo.
–No estaba muerto, yo creo que si no nos buscaron hasta
ahora ya no lo van a hacer –corrigió Thomas mientras cam-
biaba el sucio vendaje del brazo del hermano culpable de todo
el asunto.
–¡Maldito seas! –rugió Berger, dirigiendo sus ojos fuertes a
Francis. –Una puntada en el pecho le diste, era sólo cuestión de
tiempo, seguramente el más chico lo llevó a su casa donde ha-
brán tratado en vano de curarlo. Al menos eso nos dio tiempo pa-
ra escapar, la noche les ganó, por eso no nos buscaron todavía.
Pero lo van a hacer, ustedes eran muy chicos todavía pero me
acuerdo cuando algo así pasó. Mataron a don Housser tan sólo
por hincharle un poco la cara a golpes al hermano menor del vie-
jo maldito en una riña estúpida. ¡Claro que nos van a buscar!
Tienen caballos, nos van a alcanzar si no nos apuramos. Toma-
mos el camino más rápido al río, saben que venimos por acá. El
viejo maldito sabe todo, es el dueño de la sierra y conoce gente
en toda la zona. Sabe que nuestro único escape es la frontera y
también sabe muy bien cómo llegar a ella.
Francis continuaba callado, mientras soportaba el dolor en el
corte de su brazo que había logrado desgarrar un músculo. Re-
cordaba con vergüenza y arrepentimiento todo lo que había su-
cedido. Thomas lo miraba apenado, miraba la herida que le habí-
an hecho a su hermano y sabía que a pesar de todo estaba su-
friendo en partida doble por la situación y el dolor de su brazo.
–¡Tú eres el maldito, Berger! ¿Cómo puedes culpar a Fran-
cis? Solamente se defendió, mira el corte que le hizo el otro pri-
mero, mira. Seguro nos iba a matar a los dos, ¿cómo puedes
enojarte con él? No hizo más que defenderse y defenderme a

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mí. Tú quemaste nuestra casa, la casa que construyó nuestro
padre.
–Será mejor que guardes silencio, no voy a ignorar el próxi-
mo insulto que me digas –respondió Berger después de clavar
con fuerza su machete en la tierra y levantarse.
Francis no soportó más su propio silencio al ser el eje de una
discusión entre sus propios hermanos, quienes jamás peleaban.
Vio los ojos de Paulo brillar con el fuego, tristes, perdidos y sin
rumbo. Hizo retumbar su voz con un prolongado “Thomas”.
–Fue mi culpa, ¿es que no te acuerdas?, él me atacó con su
machete porque yo le di una bofetada y reventé sus labios.
–¡Él te escupió!
–Yo lo insulté, le dije ladrón de porquería.
–¿Una mísera caja de cartuchos por cuatro bolsas enteras de
maíz? Nuestro sudor, nuestros esfuerzos. ¿Cómo no ibas a lla-
marlo así?
–Berger y yo sabemos cómo son ellos, Thomas, yo debería
haberme controlado. Lo siento mucho, hermano, tendrías que
haber ido tú a buscar las municiones.
–No te preocupes, –contestó Berger, ya un poco más calma-
do. –Yo soy el responsable acá, quería tener más municiones en
nuestra escopeta sólo para defendernos, por si alguien venía a
robarnos. Ahora por querer tener cartuchos tenemos una esco-
peta vieja con dos disparos y nos acecha algo mucho más peli-
groso que los ladrones. Salió todo para los mil diablos.
Los cuatro hermanos guardaron nuevamente silencio mien-
tras las últimas palabras de Berger, tan reales como duras, ha-
cían eco en la noche nublada. Intentaron descansar un poco. To-
dos salvo Berger lograron dormirse en la oscuridad mientras oí-
an cómo la brisa hacía sonar las hojas del inmenso árbol bajo el
que estaban. En la cabeza del hermano mayor, la preocupación

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por un futuro incierto lograba mantenerlo despierto y superaba
el cansancio que sentía. No podía demostrar debilidad ante sus
hermanos menores, ¿quién iba si no a guiarlos hacia nuevos ho-
rizontes? Ahora que esos tres pares de ojos claros estaban ce-
rrados, era el momento en el cual podía relajarse y dejar que su
rostro manifestara el miedo que realmente sentía. Temblaba.
Apretó su escopeta con fuerza recordando aquellas hermosas
tardes en las cuales su padre les había enseñado, a él y a Fran-
cis, a disparar. El brazo firme y decidido, los ojos relajados y la
mente visualizando el impacto. Arrodillado con el brazo de su
padre sobre el hombro. Los recuerdos de la infancia alejaron su
atención del problema; el rostro de su madre se dibujaba erráti-
camente en ese lugar extraño donde los recuerdos copulan con
los sueños mostrándonos un mundo que no entendemos. Cuando
finalmente el rostro apareció, claro y hermoso, el calor de su luz
se hizo sentir en el rostro de Berger, y los rayos de un sol más al-
to de lo conveniente se filtraron intrépidos entre las nubes para
despertarlo.
–¡Arriba! –Berger comenzó a levantar con urgencia a cada
uno de sus hermanos. –Hay que irse, nos quedamos dormidos,
tenemos que apurarnos, vamos, junten todo ya.
No se molestaron en desayunar porque habían devorado to-
do lo que tenían durante esa noche y habían repuesto las ener-
gías del día anterior. Siguieron su marcha en silencio y a buen
ritmo. Continuaron su marcado descenso por la ladera y al lle-
gar a un pequeño valle divisaron, a lo lejos, un árbol hermoso y
oscuro que reinaba sobre los demás, allá en el horizonte donde
una extensa llanura subía buscando el cielo. Todos miraron a
Berger algo desorientados porque éste había dicho que el río se
encontraba en tierras bajas; la prominente subida los confundió,
pero no a Berger.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 25
–Tenemos que seguir hacia el oeste, tranquilos, debemos es-
tar cerca. Desde ese árbol vamos a ver el camino –dijo con segu-
ridad.
La confianza volvió a sus corazones y casi trotando subieron
la ladera con la mirada fija en el árbol. Ya estaban acariciando
su escape y todos sin excepción pensaban en cómo iban a arre-
glárselas para construir una vida nueva, lejos de las tierras que
conocían. Lejos del viejo maldito, que tan injusto había sido.
Francis sonrió por dentro al imaginarse la cara de quien fuera
que hubiera salido a perseguirlos. ¡Qué inteligencia la de Ber-
ger!, pensó. Qué coraje para sacarlos a todos de su choza y sin
dudar abrirse paso en la sierra para huir de los asesinos. Qué
nobleza para olvidar inmediatamente su error y sacar adelante
a lo que quedaba de su familia.
–¡Es una palta! –exclamó Thomas, eufórico. –¡Tiene frutas,
puedo verlas, puedo verlas!
–Perfecto –contestó Berger, siempre tranquilo. –Voy a subir
para ver si el río anda cerca.
–¡No, hermano! –interrumpió Francis. –Tú dormiste menos y
estás cansado, deja que yo lo haga. Después de todo, esto es mi
culpa, ¿no? –Francis sonrió al recibir el consentimiento de su
hermano mayor y una palmada amistosa en el hombro.
–Tengo que subir yo –dijo Paulo, quien esperaba un reproche
inmediato que no llegó. –Soy el más liviano, puedo llegar más
arriba.
Con la ayuda de sus hermanos logró sostenerse de la prime-
ra rama, que estaba muy alta. Las demás la sucedían muy cerca,
como si fueran escalones hacia una copa llena de alimento de fá-
cil acceso. Paulo estiró la mano y apretó la fruta, con una blan-
dura firme digna de frutos maduros. El hambre de las horas que
llevaban de ayuno durante esa mañana lo obligó a morder con

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vehemencia y, sin siquiera reparar en el amargor y dureza de la
cáscara, comenzó a masticar y tragar alborotadamente. Arrojó
unas cuantas paltas a Francis y a Thomas, que las atrapaban
riéndose como si se tratara de un juego.
–Mira para adelante, Paulo –exclamó Berger. –Dime qué ves.
¿Qué se ve después de esta bajada?
Paulo trepó un poco más y se abrió paso entre las hojas, lle-
gando así al punto más elevado que el árbol le permitía alcanzar.
La bajada después del árbol parecía interminable, pero más
allá, en el fondo, podía verse un quiebre, como si el pasto termi-
nara de un machetazo. No podía distinguir qué había más abajo,
pero parecía una línea brillosa. Un poco más lejos comenzaba su
ascenso el verde pasto que, intrépido, se perdía entre una exu-
berante vegetación que trataba de descender.
–¡Es el río! ¡El río! No lo puedo ver pero estoy seguro, puedo
ver cómo el sol se refleja en él. Estamos cerca, sólo unos diez mi-
nutos, creo yo.
Comenzó su descenso por las ramas del árbol, no sin antes
arrojar algunas frutas más. A mitad de camino su cabeza sintió
el suave golpe de la palta más hermosa que había visto. La ob-
servó detenidamente, disfrutando ya de su todavía inexplorado
sabor. Cuando la arrancó de su rama, el espacio vacío dejó un
hueco entre el follaje por el cual Paulo pudo ver el largo camino
que habían hecho, el horizonte que habían dejado atrás, la enor-
me ladera que habían descendido. Muy pequeños y acercándose
a gran velocidad, dos jinetes apocalípticos. Paulo estaba seguro,
los habían encontrado, habían seguido sus rastros veloces sobre
los cuadrúpedos endiablados. Se quedó paralizado unos instan-
tes sin saber cómo reaccionar. Cuando volvió en sí, la sorpresa
de la velocidad con la que se acercaban lo paralizó nuevamente.
–¡Paulo, baja de una vez, por un demonio! –gritó Thomas.

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El muchacho bajó a los saltos y se lastimó un brazo por su
falta de cuidado.
–¡Son ellos! ¡Son dos! ¡Nos encontraron, nos van a alcanzar,
están demasiado cerca y vienen a caballo!
Los tres se miraron y miraron al más joven, que estaba asus-
tado; la expresión que tenía cuando Berger quemaba el rancho
se había instalado en su rostro de manera macabra. Algunas lá-
grimas comenzaron a mojar sus mejillas lampiñas. Berger miró
hacia el horizonte y pudo verlos, cada vez más cerca.
–Seguro son los sobrinos mayores del viejo, los más bravos.
Nos van a matar –dijo Thomas.
–¡Nadie te va a matar! ¡Corran! Vamos al río, no van a cruzar
rápido con los caballos. En el monte podemos perdernos. No se
detengan, salten al río y crucen nadando, yo voy a estar detrás
de ustedes.
Los cuatro se dejaron llevar desesperadamente por la baja-
da, sin más que sus facas envainadas en la faja del pantalón.
Berger esperó unos segundos para evaluar la situación. Estaban
perdidos. Los caballos iban a alcanzarlos sin remedio. No había
otra cosa que hacer más que intentar seguir a sus hermanos.
Corrió incansablemente; no pensaba en sus músculos, que ya lo
estaban quemando. Tampoco en las exageradas inhalaciones
que efectuaba tratando de retener el aliento para seguir co-
rriendo. El barranco todavía se encontraba lejos, al igual que
sus hermanos. Intentaba empujarlos con la vista para que llega-
ran rápidamente al río inalcanzable. El hasta ahora lejano galo-
pe ya podía sentirse y casi oírse. Volteó la cabeza sin dejar de
avanzar y pudo distinguir a los jinetes que venían con los rifles
en alto, como si fueran espadas. Eran los sobrinos mayores del
viejo maldito, tal como Thomas lo había predicho; los descorazo-
nados, los francotiradores que no fallaban. Siguió corriendo en

28 E L C R U C E
esa dimensión extraña, con sus seres más queridos adelante y
los que lo odiaban por detrás. Thomas iba primero, frenó un ins-
tante y de un salto desapareció de su vista. También lo hizo
Francis unos segundos después. A Paulo todavía le faltaba un
poco para llegar, lo observaba correr desgarbado, con la torpeza
de un adolescente en plena etapa de guerra con su cuerpo. Lle-
gó al borde y saltó, hundiendo su cuerpo en la frescura del Uru-
guay. Berger se tranquilizó cuando su pequeño hermano des-
apareció de su vista, pero sólo por un instante. Recordó el si-
niestro don que tenía para dar en el blanco uno de los jinetes y
se detuvo. Thomas movió sus piernas y brazos en el agua tan rá-
pido como los había estado moviendo antes del salto. No había
visto siquiera qué tan ancho era el río cuando saltó y mucho me-
nos había pensado si tenía la profundidad adecuada para sobre-
vivir a la caída. Ya no importaba, la orilla estaba al alcance de su
mano. Subió a la costa resbalando en el barro y desesperado
buscó a sus hermanos. Francis estaba cerca, muy cerca de la
orilla, pero unos cuantos metros más río abajo. La corriente los
había alejado varios metros del peñón del cual habían saltado.
Al entender lo que había ocurrido, Thomas comenzó a buscar a
su hermano más pequeño y lo vio todavía lejos, pero avanzando
con firmeza. Fue corriendo por la costa para ayudar a Francis,
ya que su brazo herido le hacía intolerable la tarea de nadar. Es-
cupiendo agua, Francis preguntó por el pequeño.
–Ahí viene –dijo Francis, sonriendo. Pero sus labios se con-
trajeron de golpe al oír el inconfundible sonido del disparo de la
escopeta.
A ese disparo le sucedió casi inmediatamente un segundo,
idéntico, que obtuvo como respuesta el elegante y agudo silbido
de un arma más moderna. No se oyó nada más. Los hermanos no
dijeron nada, tan sólo observaron a su pequeño hermano que se

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 29
acercaba pero cada vez con mayor dificultad y lentitud.
–¡Vamos, Paulo, vamos que falta poco! ¡Fuerza que ya llegas!
¡Ya llegas! –Los hermanos se alternaban para animarlo. Final-
mente fueron a buscarlo unos metros adentro, donde todavía po-
dían hacer pie, y decidieron arrastrarlo hasta la orilla. Paulo es-
taba exhausto, no podía hablar. Cuando lo sentaron, el pequeño
señaló el peñón desde el cual habían saltado sin poder articular
ninguna palabra. Vieron la inconfundible figura de Berger, a lo
lejos. No lo distinguían con nitidez pero podían verlo de pie, ob-
servándolos a lo lejos y desde arriba, como si fuera un príncipe.
Thomas, el primero en cruzar el río, subió a la parte más alta de
la costa. Tenía ya suficiente aliento como para lanzar un grito
que raspó dolorosamente su garganta.

–¡Salta! ¡Es seguro, salta!


La figura permaneció ahí inmóvil unos segundos más. A los
desesperados alaridos de Thomas se sumaron los de Francis,
que no podía entender la falta de coraje de Berger para saltar y
su tranquilidad para estar allí detenido, observándolos desde lo
alto. Y aunque estaba lejos, creyó adivinar que sonreía. Final-
mente saltó, pero lo hizo sin ningún tipo de decisión y con total
desgano, casi dejándose caer esos pocos metros que lo separa-
ban de las verdes aguas del río. Esperaron, pero jamás volvieron
a ver su rostro. En su lugar, una espalda emergió tímidamente
de las aguas. El río la arrastraba con gran velocidad y en su ca-
mino dejaba una estela roja que anunciaba a los hermanos que
Berger Grapell no iba a poder acompañarlos en el cruce.

30 EL CRUCE
Último cajón
Una fuerza extraña, no necesariamente maligna pero sí tene-
brosa y oscura me impulsa a escribir estas líneas sin detenerme
un solo segundo. Perdón, no quiero comenzar este relato con men-
tiras. Me juré a mí mismo por primera vez en mucho tiempo no
exagerar y escribir la pura verdad. Si me detengo, lo hago para
respirar profundamente evocando un falso estado de relajación,
así evito que mis temblorosas manos dificulten la tarea de presio-
nar la letra adecuada. Jamás pensé que la tranquilidad que nos
da recostarnos con el cuerpo muerto de cansancio para desfalle-
cer por unas horas en nuestras blandas camas podría ser arreba-
tada cruelmente por un acto de estúpida curiosidad. Sí, hay cu-
riosidades estúpidas, porque hay cosas que sería mejor no saber-
las nunca. Nunca había pensado en esto. Hasta creía que la curio-
sidad era una forma de inteligencia. Qué ingenuo. Apremiado por
la necesidad de estirar las piernas detuve el auto al costado del
camino después de pasar un puente sobre un río cuyo nombre aún
desconozco. Llevaba con tranquilidad sus transparentes aguas a
morir en la inmensidad del Alto Paraná. Por vergüenza de que al-
gún otro conductor me viera, entré a orinar en el monte para que
el follaje ocultara esta necesidad tan natural. Los cantos de los
pájaros me hipnotizaban. Era extraño, los sentía como si nunca
antes los hubiera oído. Oculta entre lapachos y nísperos vi más de

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 33
cerca una casa de madera que siempre me había llamado la aten-
ción. La había visto antes desde la velocidad de la carretera, mu-
cho más pequeña, sin reparar en ningún detalle más allá de sus
tablas despintadas y cubiertas con algo que parecía ser de un co-
lor naranja, hongos quizás. Sin embargo, siempre me fascinó el lu-
gar en el que se encontraba, escondida, casi sobre el río pero sin
mostrarse demasiado. Su ventana cuadrada parecía un ojo que
espiaba desde la oscuridad del monte. Ahora la tenía más cerca,
más a mano y sobre todo sin ser preso de la velocidad de mi pro-
pio automóvil. Como algunas líneas más arriba me referí a la cu-
riosidad, de más está decir que entré a ver qué había allí. Bueno,
no había nada más que muebles viejos y un aire saturado de hu-
medad y abandono. Anduve sin embargo con total naturalidad sin
que nada ni nadie interrumpiera ese momento de satisfacción y
grandeza al sentirme un explorador de tierras antiguas. Había un
escritorio viejo, ya estaba inclinado hacia adelante y el último de
sus cajones medio abierto se extendía como si fuera una lengua
que intentaba decirme algo. Sin dudar metí la mano hasta el fon-
do para encontrar solamente un cuaderno de tapas negras blan-
duzcas y hojas amarillas. Estaban todas escritas. Manejé incan-
sablemente hasta mi casa imaginando qué clase de mundos en-
contraría en esta literatura improvisada directamente de la mano
de un desconocido autor. No tengo palabras para describir lo que
encontré en las páginas de ese cuaderno. Esas sobre las cuales el
lápiz parecía haber hecho presión hasta casi cortar el papel a me-
dida que eran escritas. Siendo fiel a mi juramento me parece me-
jor transcribirlas textualmente para que juzguen ustedes mismos
y traten de entender mis oraciones alocadas y desprolijas.

Al escribir estas líneas trato de hacer un análisis para


ver alguna forma de descifrar esos sueños de los cuales no

34 Ú LT I M O C A J Ó N
logro recordar nada y que, sin embargo, me dejan con la es-
palda fría a pesar del calor que agobia en estas tierras tan
lejanas a mi cuna. No logro recordar nada más que oscuri-
dad casi absoluta, como si la capacidad de soñar me hubie-
se sido arrebatada. Hace días que no sueño con mis pagos,
con mi gente y con los resultados que espero de este exilio de
autodescubrimiento en la pureza de la selva. Me despierto de
repente, el frío se siente solamente en la columna. Como un
hilo de agua helada que circula infinitamente por cada vér-
tebra. El despertar es único e inevitable, el reloj marca las
dos de la mañana. Siempre. No hay forma de que pueda vol-
ver a dormir con esa estaca fría en la espalda. Sólo el calor
del sol logra derretirla para poder recuperar un poco de sue-
ño durante la siesta. No puedo recordar qué clase de sueño
macabro me deja esa sensación. Sólo veo oscuridad brillan-
te, como cuando uno cierra los ojos al sol. Es diferente de no
soñar o no recordar lo que sueño. Es soñar en negro. Pasan
los días y ya no quiero saber de qué se trata. Ya no exijo que
mi capacidad de soñar me sea devuelta, sólo quiero dormir
como Dios manda. Descansar para poder retratar esta her-
mosa tierra. Pero no, no puedo, lamentablemente lo único
que logro escribir son estas sensaciones nefastas que me si-
guen agobiando durante la noche, cuando todos duermen,
cuando nadie se hace preguntas. En realidad yo tampoco me
hago preguntas, sólo estoy con la mente paralizada y el al-
ma en quebranto. No hay nada peor que estar vagando por
este inexplicable limbo de ausencias y ser consciente de ello.
Hasta llegué a considerar la posibilidad de regresar, pero no
soy de los que se rinden fácilmente ante un problema por
más extraño que sea. Hoy voy a intentar purificar mi cuer-
po en el río cuando vuelva a ocurrir, debe ser solamente una

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 35
acumulación de cansancio manifestada de esta forma cruel.
Un baño nocturno me hará bien. Los baños nocturnos no me
dejaron más que una sensación de exagerada frescura en el
cuerpo. Decidí dejar de hacerlo ante la falta de buenos re-
sultados y la posibilidad de caer víctima de un resfrío. Sigo
sin poder permanecer dormido más allá de las dos de la ma-
drugada. Todo empeora. En la oscuridad de los sueños apa-
recen ahora figuras extrañas de hombres que desconozco,
hombres rústicos mal vestidos y con cuerpos fuertes y mal-
tratados. Sobre los brazos surcados por venas gordas corre
sudor. Solamente me miran a lo lejos sin decir nada, espe-
rando que me acerque. Yo me quedo allí paralizado sin tener
el coraje de dar siquiera un solo paso. Mientras los miro en
la oscuridad que los rodea, comienza a dibujarse ese monte
desconocido que descansa cerca de mi morada. Permanezco
así un tiempo indefinido hasta que siento el ardor en los
ojos de sus miradas y me despierto para no volver a dor-
mirme y seguir en este estado repugnante en el que apenas
puedo escribir esto mientras los párpados me tiemblan
erráticamente. Ayer pude acercarme más a ellos, quería mi-
rarlos con valentía pero sus expresiones me decían que mis
ojos revelaban a gritos el miedo que sentía. La situación ya
estaba muy lejos de mi comprensión, sólo quería recuperar
el sueño. Dormir. La demanda me pareció más que justa así
que decidí hablar con autoridad pero nada salió de mi boca
más que un aliento débil de garganta atorada. Quizás algu-
nos gemidos prácticamente inaudibles mientras mis ojos se
abrían inmensamente. “No intentes hablar”, dijo uno de los
tres hombres expresándose con poca elegancia. “Nadie pue-
de hablar cuando se encuentra con nosotros. Antes nadie po-
día escuchar nuestros gritos desesperados por ayuda, ahora

36 Ú LT I M O C A J Ó N
los que nos encuentran no pueden hacer más que escuchar-
nos”. Cuando desperté quise gritar pero no pude. Estaba
ahogado, con la tráquea comprimida sin poder hacer nada
más que respirar agitadamente. Las sensaciones del sueño
se apoderaban ahora del mundo en el cual yo podía reinar.
El mundo al cual estos personajes supuestamente no perte-
necían. No existe trampa alguna que funcione para que no
aparezcan. Probé cansarme haciendo tareas pesadas sin
sentido, también probé ingerir mis reservas de ron y whisky
hasta lograr un estado de inconciencia y total envenena-
miento que me tumbaba en cualquier rincón de la casa.
También probé mantenerme despierto hasta la hora señala-
da pero jamás lo logré. No importaba lo que hiciera, allí es-
taban para despertarme siempre cerca de las dos de la ma-
ñana. En su mundo las cosas progresaban un poco. No ha-
blaron más, sólo me hacían señas para que los acompañara
monte adentro. Ellos macheteaban, yo intentaba decirles
que se detuvieran para que me explicaran pero no había for-
ma. La capacidad de hablar desaparecía y despertaba brus-
camente con ganas de gritar hasta que mis pulmones reven-
taran, pero estaba imposibilitado a hacerlo. No podía emi-
tir sonido, solamente podía hacerlo cuando el sol salía para
calmar el frío que recorría mi espalda. “Nadie puede ha-
blar…”. La frase resonaba en mi cabeza constantemente jun-
to con un llamado que emergía de los gritos de dolor que es-
cuchaba de fondo. Quise atrapar algún pájaro para que hi-
ciera ruido en la casa durante el día, ya que mi perro huyó
inexplicablemente. No pude. Ahora el miedo se apodera de
mí durante todo el día. No importa cuántas veces vaya al
pueblo con algún pretexto tonto. Cuando vuelvo, estoy solo.
Solo con ellos, o al menos eso siento. Ya lograron apoderarse

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 37
de mi mundo o quizá soy yo el que, preso del pánico, no pue-
do distinguir entre los dos mundos. “Seguinos hasta el final,
miedoso”, dicen, pero cobardemente despierto antes. Como
si el miedo a que me lastimaran me sacara de ese lugar. No
es mi culpa, no puedo hacérselos saber. Pero sus voces están
tan presentes mientras no duermo, que es lógico suponer que
pueden hacerme daño aún en su mundo. Siempre monte
adentro, siempre avanzando por una picada que ellos mis-
mos abren entre los isipós, helechos y enredaderas que pare-
cen abrazarse para evitar inútilmente que alguien penetre
en el denso verde. Logré seguirlos hasta el final, o hasta don-
de ellos querían. Se tendieron en el suelo y mágicamente
aparecieron estaqueados. De sus vientres brotaba sangre,
fruto de innumerables latigazos. Sus cuerpos pasaron de
fuertes a marchitos ante mis ojos. Sus bocas se movían tra-
tando de decir algo pero solamente salía un gemido seco co-
mo el de una serpiente con pocas fuerzas para enojarse. No
podían decir nada, no necesitaban hacerlo, pude ver la fuen-
te misma de todos los gritos que me atormentaron durante
las últimas noches dejando que mi cuerpo se consumiera de
flacura ante la falta de apetito. Los miré ya con menos mie-
do y deduje que sentía pena al advertir que las lágrimas ba-
ñaban mi rostro. Así desperté, con el rostro húmedo, los ojos
ardientes y la boca entumecida. Esperé hasta el mediodía
para ir al monte y gritar desesperadamente: “¿Qué quie-
ren?, ya sé qué les pasó”, pero nadie respondió. Tenía que
sacarme la duda, tenía que saber si todo esto era fruto de
una demencia quijotesca derivada de la absorción sin des-
canso de historias funestas de los obrajes. Con locura ciega
destrocé el monte, tenebrosamente parecido al de los sueños,
para abrirme paso. Ahí las vi, las doce estacas perfectamen-

38 Ú LT I M O C A J Ó N
te espaciadas en un claro bajo una enorme araucaria. Salí
corriendo del lugar. Las ramas que habían sobrevivido a mi
herramienta se vengaron cortando mi cara. El ron sirvió
para desinfectar los cortes pero no para lograr que me cal-
mara, a pesar de que bebí y bebí. Siguen apareciendo a las
dos de la mañana, sin remedio. No dicen nada y yo no pue-
do hablar. No puedo gritarles ni explicarles a estos tres hom-
bres lo frustrado que me siento. No me dejan en paz. Cuando
el sol cae y no hay más iluminación que la raquítica lám-
para de queroseno, ellos se apoderan de mi mundo, a veces
deambulando por el monte, a veces con sus voces. Traté de
volver, pero cuando me lo propongo me dicen claramente
que piensan seguirme hasta que pueda darles la paz que ja-
más tuvieron…

Los escritos se interrumpen aquí, bruscamente, así como


los leyeron. Francamente no sé ni quiero saber qué fue de este
hombre que vino a estas tierras en busca de tranquilidad y se
encontró con el mismísimo infierno. Solamente puedo decir que
es probable que haya muerto a esta altura, de vejez o de cual-
quier otra cosa. Lo que sí habrá de importarles es que la misma
noche en que leí el cuaderno, empecé a tener dificultades para
dormir como nunca las había tenido. La maldita culebra helada
recorre mi espalda desde que metí la mano en ese último cajón.
Cuando me despierto, no existe brebaje que me devuelva el sue-
ño. Antes de que el miedo me lleve inevitablemente a la locura,
decido releer el testimonio una y otra vez de manera casi aca-
démica. Es mejor entender el problema antes de que una fuerza
diabólica me obligue a adentrarme en ese tenebroso monte in-
festado de ánimas malditas. Las pocas palabras que dijeron los
estaqueados me llevan a buscar explicaciones para su sed de

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 39
paz. Sus inexplicables deseos de no abandonar del todo este
mundo que dejaron de manera tan cruel. Todavía no los veo en
mis sueños, pero sé que son ellos los que me despiertan. No
quieren justicia, no la consiguieron ni la conseguirán jamás. Al
menos no para ellos. Quizá sólo persiguen al infeliz que conoce
su historia para así lograr que otros como yo entiendan las co-
sas que existen o existieron. Ahora comprenden por qué escri-
bo esto. Es lo único que puedo hacer para intentar dormir en
paz. Supongo yo que si uno les ve la cara no hay marcha atrás.
No quiero verlos sufrir. Tengo que lograr que ustedes también lo
lean, espero que hayan llegado hasta acá. Si lo hicieron, por
ahora no teman. Ellos todavía están conmigo.

40 Ú LT I M O C A J Ó N
Los sordos
–Hace unos días ya que no siento su presencia, che, te juro.
Tampoco puedo verlo. Es como si se lo hubiera tragado la tierra.
Siempre pude olerlo, sentirlo. Estuvo por aquí mucho antes que
yo. ¿Viste lo que era su porte, no? Tan imponente. Lo extraño. Y
lo peor es que no se qué pasó. Porque no murió así de viejo, no-
más, me hubiese dado cuenta.
–Vos sólo pensás en él. ¿Qué hay de los demás? Todos los que
estaban cerca de él y lo rodeaban tampoco se pueden sentir.
Somos todos parte de lo mismo, todos juntos hasta donde alcanza
nuestro sentir. Cuando falta uno es como si nos faltara algo a
nosotros mismos. Sabés que es así.
–Bueno, es que los demás están más abajo. Son más nuevos,
qué sé yo. Yo estaba acá mucho antes que ellos. Nosotros somos
los que nos hacemos notar, los que sobresalimos, por eso aun-
que estemos lejos podemos vernos. Ellos se apretujan más
abajo, uno al lado del otro. Como si no hubiese suficiente espa-
cio para todos.
–No todos pueden estar a nuestra altura, por más que la pe-
leen durante muchos años ahí se quedan. Ese no es el tema im-
portante acá. Decime, ¿no te preocupa que de repente hayamos
dejado de sentir la presencia de todo el grupo que está allá, al
otro lado del arroyo? Así como así y sin saber por qué.

S A B A S T I Á N B O R K O S K I 43
–Yo sentí algunos ruidos hace algunos días, justo antes de que
él desapareciera. Bueno, él y los demás, para que no te enojes.
Unos ruidos raros. Como si fuesen muchos animales, de los gran-
des. Todos juntos. Seguro tiene que ver con eso.
–Yo oí esos ruidos también, y vi cómo desaparecían después.
Pero los animales no pueden matarlos, ni a él ni a ninguno de los
más débiles siquiera. Una piara de tatetos podrá lastimarlos si
querés, o un jaguar o algún puma podrán dejarles alguna her-
mosa cicatriz de un zarpazo, pero no mucho más que eso. No pue-
den matarlos. Es imposible. Otra cosa debe haber pasado.
–No sé, no sé en qué pensar. Él era mi amigo, así como vos.
Sólo que estaba más lejos, nos comunicábamos menos, a la dis-
tancia. Cuando las condiciones se daban. Quizá fue alguna en-
fermedad, de las fuertes, de esas que matan justamente.
–Vos seguís pensando solamente en él como si los demás tam-
bién estuviesen con vida. Una enfermedad no los va a matar de
un día para el otro. Yo estoy preocupado. Quizá nosotros también
corremos peligro.
–¡Vos sos un egoísta! Un embustero. Me querés hacer sentir
mal porque no lamento la pérdida de los demás pero en el fondo
sólo te preocupa tu integridad. Además, ¿qué podemos hacer si
corremos peligro? ¿Qué? Nada, porque no corremos ningún peli-
gro, acá nacemos, acá crecemos, acá nos quedamos y acá mori-
mos. Siempre fue así y siempre lo será.
–Nunca desaparecieron tantos al mismo tiempo. ¿Cómo
puede ser que no te des cuenta de que esta vez es diferente?
–¡No me importa! Mi amigo se fue y los demás también, no
hay nada que podamos hacer. Dejáme tranquilo con mi dolor y
vos preocupate todo lo que quieras, pero tené muy en cuenta
que es en vano.
–¡Shh! ¡Silencio! Estoy escuchando los mismos ruidos, pare-

44 L O S S O R D O S
cen venir hacia acá. ¿Podés ver algo, vos que tenés ahí un hueco
entre los más chicos?
–Son varios, como ocho, se comunican entre ellos. Nunca vi
esos animales. Se mueven medio parecido a los monos. ¡Vienen
para acá!
–Sí, los puedo sentir, están acá cerquita, los escucho, puedo
oír sus pasos y cómo se comunican.
–¡Tienen algo en sus manos! Algo brillante.
–¡No puedo ver nada, me tapan los demás! Los siento cerca,
están muy cerca, hermano.
–¡No! ¡No! ¡Paren, por favor!
–¿Qué pasa?
–¡Dos de ellos están matando a los más chicos con esas cosas
brillantes y otros tres a todo lo que encuentran a su paso! ¡No
puedo ver a los demás, los perdí de vista! ¡Paren, por favor, paren!
¡No me oyen! ¡Estos animales son sordos, no pueden oírnos!
–¡Están acá! ¡Los siento sobre mí! ¡Ahhhhh! ¡Ahhhh!
–¡¿Qué te pasa, hermano?!
–¡Me duele! ¡Ahhhh, no puedo más, me duele…! Me caigo, me
caigo…
–¡Hermano! ¡Hermanoooo!

S A B A S T I Á N B O R K O S K I 45
Cetrero nocturno
Después de intercambiar algunos saludos con los últimos
obreros que dejaban el campamento, el hombre se quedó solo. Y,
como en los últimos días, comenzó casi sin darse cuenta a esperar
ansioso su llegada. Miraba las pequeñas piedras que acababan de
ser niveladas por la máquina. Escuchaba el monte y golpeaba una
roca despacito con su palo de madera. Un palo duro y firme que le
servía de arma. No confiaba demasiado en el alcance de su faca.
Una pistola hubiese estado bien, pero no se la dieron. A ver si por
miedo o descuido mataba alguno de esos bichos que no se pueden
tocar. Tenía que correr el riesgo él solo. La paga bien valía la pe-
na. La naturaleza del trabajo de vigilante le quitaba la posibilidad
de interactuar amigablemente con los que construían el camino.
Él sólo iba hasta donde había avanzado el campamento y ahí es-
peraba, hasta que los obreros aparecieran nuevamente con los ra-
yos del amanecer. Para que las noches no fueran tan largas inten-
taba cocinar su cena lo más tarde posible. Ese era su desafío. Pa-
ra lograrlo, engañaba el estómago con diferentes bocados cuando
el sol comenzaba a ocultarse para dar vida a la noche.
–¡Apareciste! Sos bastante inteligente, parece, mirá que
tenés que encontrarme acá en el medio del monte. Debe ser por
el bochinche que hacen las máquinas. Hoy tengo rapadura.
Vamos a ver si te gusta… ¡Pero vos no le hacés asco a nada, che!

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 49
Algún nombre tengo que ponerte si vas a andar por acá todas las
tardes. Es como la quinta vez que venís ya. Raro, porque ustedes
siempre suelen andar de a muchos. Quedate ahí sin hacer ruido,
así puedo leer tranquilo. Es lo único que puedo hacer acá. Me di-
jeron que leyera para no quedar loco, cuidando estas cosas en el
medio del monte. Por suerte conseguí una luz para la noche. Hace
mucho calor para leer cerca del fuego.

El pájaro lo observaba leer desde lejos. Sin entrometerse de-


masiado, esperando poder picotear algo de la cena que vendría
en un rato. Sólo volvía a la oscuridad de la selva cuando tenía su
estómago lleno. Mientras tanto esperaba. Paciente, inmóvil. Aun-
que sus ojos amarillos y eléctricos parecían denotar un nervio-
sismo que el hombre no lograba entender.

–Mirá, urraca, acá en este cuento que estoy leyendo hay un


perro que se llama Marconi, me gusta el nombre. ¿Te puedo decir
Marconi? Como si pudieras elegir vos, ¿no? Quedate ahí, Mar-
coni, que termino tu cuento y cenamos.

Todas las noches, después de cenar, se iba. Todas las tardes


volvía en busca de ese pedacito de algo que el hombre le daba
como entrada antes de compartir con él su cena. Mientras tanto,
lo observaba leer. Con la mirada nerviosa. Escuchando sus co-
mentarios. Observando la noche. El hombre a veces lo miraba en
silencio mientras calentaba la comida y se preguntaba todas las
cosas que el pájaro como tal podía percibir de la noche, todas las
cosas que él no sentía.

–¿Está todo bien, Marconi? Siempre parecés nervioso, y soy


yo el que tendría que estar nervioso en definitiva. Tengo que cui-

50 C E T R E R O N O C T U R N O
dar acá el campamento solo, puede venir cualquier mal nacido a
pegarme para robar lo que no es mío o puede aparecer algún
bicho malo y soné. Porque si lo mato me quedo sin trabajo, seguro.
Lugar raro para construir un camino, ¿no? Qué larga es tu cresta
che, no me había dado cuenta. Con razón tenés esa pinta de loco.

Marconi siempre movía rápidamente la cabeza de un lado a


otro. Mientras, el hombre revolvía la comida que traía de su casa
para calentar en la olla de los obreros. El pájaro parecía escu-
charlo con atención, o al menos el hombre sentía eso. A tal punto
que la lectura de cuentos se vio gradualmente interrumpida por
monólogos cada vez más extensos.

–Ya no me desagrada tanto este trabajo, Marconi. De a poco


me fui acostumbrando, yo jamás había hecho esto de ser sereno.
Pasa que mi mujer es enfermera y hace un tiempo la movieron al
turno noche porque se agarró una enfermedad en la piel que no
la deja salir al sol. El hospital del pueblo fue generoso y la dejó
en el turno noche para que pudiera seguir trabajando. ¿Y yo qué
iba a hacer, Marconi? Tenía que conseguir algún trabajo de noche
también, lo que fuera. Estuvimos así con los horarios cruzados un
mes y no aguanté más. ¿Para qué se junta uno si va a estar se-
parado durante todo el día? Hay que estar junto con la mujer de
uno, ¿cierto, Marconi? Y bueno, no había nada y justo apareció
esta constructora, me ofrecí para sereno y acá estoy. Solo en el
medio del monte, viendo cómo los muchachos hacen avanzar des-
pacito el camino con todo el maquinerío éste que hay que cuidar.
Sí, Marconi, al principio tenía miedo, pero bueno. Vos me cuidás
ahora, ¿no? Como esa vez que gritaste cuando una comadreja se
acercó sin que me diera cuenta, ¿te acordás? De premio te dí algo
de rapadura, acá tengo otro poco para hoy, mirá.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 51
Cuando el hombre sacó el dulce de su bolsillo, Marconi co-
menzó a balancearse de arriba hacia abajo apretando fuerte el
palo donde estaba sostenido, demostrando clara ansiedad. Él
arrojaba el pedacito y Marconi lo atrapaba al vuelo. Comía, es-
cuchaba, observaba alerta, acompañaba a veces los silbidos del
hombre. A medida que el invierno se acercaba y las noches apa-
recían más temprano, también lo hacía el pájaro. Siempre lle-
gaba antes de que oscureciera. Seguramente así encontraba más
fácilmente a su amigo, quien ya había logrado retrasar su cena
para las once de la noche. No tanto por acortar la noche, como
era su objetivo original, sino más bien por retrasar la inevitable
partida de Marconi una vez que tuviera el estómago lleno. En ese
momento el hombre volvía a sentirse solo y con miedo. La oscu-
ridad nuevamente se hacía larga y difícil de pasar.

–Mi mujer ya va poco a trabajar, Marconi, está más flaca y se


siente débil. No se sabe bien qué tiene, pero la está peleando ahí,
pobre. Encima los remedios que tiene que tomar son bastante
caros, apenas podemos pagarlos. ¿Qué le vamos a hacer, Mar-
coni? Hay que pelearla. Ni loco dejo este trabajo porque estoy
tranquilo y me permite hacer changas durante el día, cuando
tengo fuerzas.

El pájaro se acercó un poco y silbó. Sabía que la hora de


comer se estaba acercando.

–¿A dónde vas cuando te vas, Marconi? Sos malagradecido,


porque hace meses que ni siquiera debés buscar comida por tu
cuenta, ¿no?
El pájaro contestaba con un silbido, primero grave, después

52 C E T R E R O N O C T U R N O
se hacía agudo para volver a terminar más grave aún. Era su voz
característica, la que había imitado de su amigo.
–Claro, vos estás contento acá con el puchero fácil. No te
culpo. ¿A quién no le gustaría? Venís, estás un rato y te vas con
la panza llena. Y si alguna vez pasa algo mientras esperás tu co-
mida, volás más alto y listo. Como esa vez que pasó el ocelote ese
por acá, ¿te acordás? ¡Qué julepe te pegaste, Marconi! El bicho
agarró coraje; era igual que vos, más perezoso que tímido. Que-
ría puchero fácil también. Lo tuyo sí que es sencillito, Marconi.
Me encantaría ser como vos, tranquilo, sin mayor aspiración que
comer todas las noches y poder volar ante cualquier peligro.
El pájaro volvió a silbar fuerte y a balancear su cuerpo.
–¡Tranquilo, ya comemos, che! Esperá un poco. No quiero que
te vayas todavía. Con vos acá al menos tengo a quién hablarle.
Escuchás todos mis problemas y a veces hasta respondés. Tengo
suerte de tenerte acá, porque no es fácil encontrar a uno para
que escuche pálidas. Te falta ser más educado, nomás y no le-
vantar vuelo cada vez que te inflo el estómago.

Para quien pasa largas noches en vela en el medio del monte,


no existe cosa más común que sufrir la picadura de algún insecto
molesto. El sereno había transformado ese regular infortunio en
un pasatiempo un tanto masoquista. El mosquito se apoyaba en
algún lugar del cuerpo poco poblado de vello, él esperaba sopor-
tando la picazón mientras el mosquito se hinchaba de a poco, lle-
nando su estómago de sangre, y comenzaba sus posteriores
movimientos llenos de torpeza. Finalmente su mano reventaba
sobre el bicho con un sonido secó, y observaba después con sa-
tisfacción la mancha roja y al mosquito hecho pedazos en su pro-
pia sangre. Una manera más de pasar el tiempo. Sin embargo,
un día tuvo una consecuencia un tanto inesperada. La pulsera

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 53
de plata que el hombre tenía en su mano se desprendió y cayó
entre los yuyos, cerca del fuego. Con un vuelo rápido y ágil, Mar-
coni la tomó y se posó con ella en lo alto de un incienso.

–Marconi, dame eso. Me la regaló mi señora, dame la pul-


sera, che.
El pájaro apoyó la pulsera en la rama y la miró hipnotizado,
silbando y moviendo la cola mientras silbaba.
–No seas malo, chamigo, ¡Marconi! ¡Marconi!
El pájaro continuaba demasiado concentrado en su nuevo ju-
guete, lo picoteaba y no dejaba de observarlo. De tanto decir su
nombre a los gritos, el hombre logró que volviera a mirarlo y des-
pués de unos segundos, oyó a su compañero pronunciar con cla-
ridad “Marconi”.
–Muy lindo, sí, ese es tu nombre, pero dame lo que es mío, te
digo. Mirá, Marconi, lo que te gusta, rapadura bien dulce. Mirá, es
mucho más de lo que te suelo dar. Todo para vos si me das la pul-
sera, ¿sí? Sólo tenés que tirarla nomás acá abajo, así la agarro.
Dale, Marconi, eso… tomá. ¡Gracias! Qué susto me hiciste pasar,
chamigo, qué le digo a mi esposa si pierdo esto, con lo mal que la
tiene su enfermedad, encima. No le puedo dar estos disgustos,
Marconi. No vuelvas a hacer esto, no te doy más de comer, ¿enten-
diste?

–Marconi –dijo el pájaro, y silbó.


–Espero que hayas entendido.
Al día siguiente, el pájaro apareció poco después de que el
hombre se instalara en su puesto de vigilancia. Se posó en la
misma rama para llamar su atención: “Marconi”.

–¿Qué hacés? Vos sos Marconi, no yo –sonrió el hombre. –

54 C E T R E R O N O C T U R N O
¡Marconi! –repitió el pájaro, y con el pico levantó algo brillante.
Era un collar tan brillante que asustó al hombre. –¿Qué haces
con eso? ¿De dónde sacaste eso, Marconi? Dámelo.
La escena de la noche anterior se repitió de manera exacta
hasta que el hombre se dio cuenta de que el pájaro solamente re-
clamaba su dulce recompensa. Afortunadamente el hombre había
llevado de nuevo algo de lo que tenía en su casa y pudo hacer el
trueque.

–Qué hago con esto ahora, Marconi, que no es mío, de algún


hotel de los lindos esos lo sacaste, seguro, ¿no? ¿A quién se lo
doy ahora? Nunca voy a encontrar al verdadero dueño con la can-
tidad de hoteles lindos que hay por Iguazú. Con lo brillante y fino
que es cualquiera va a decir que es suyo. ¿Qué hago con esto,
Marconi? ¿Qué hago? Me lo quedo yo. Lo vendo, la platita me
viene bien para los remedios. Después de todo por ahí lo encon-
traste tirado por ahí.

El hombre siguió pensativo toda la noche, pasando el collar de


mano en mano. Intentando quitarse de encima el sentimiento de
culpa por quedarse con la joya y convenciéndose de que no era
un robo. Con el décimo cuarto objeto brillante que consiguió del
pico de Marconi por un pedazo de rapadura, el sentimiento se
hizo más punzante y se sumó la preocupación que lo dejaba pro-
fundamente triste. Ahora, su compañero sujetaba con su pata un
anillo, esperando ver la rapadura para poder soltarlo.

–Tenés que dejar de traer estas cosas, Marconi, no está bien


esto. Las estás robando, ¿cierto? –El pájaro intercalaba silbidos
con su nombre, reclamando lo que le correspondía
–¿No entendés, chamigo? Los obreros me dijeron hoy que en

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 55
los hoteles ofrecieron guita por tu cabeza. –¡Marconi! ¡Marconi!
–Encima te llevás las joyas diciendo tu nombre, ¡qué tipo, che!
Los muchachos me dijeron hoy que todo el obraje está desespe-
rado mirando el monte, buscando una urraca de cresta alta que
dice Marconi. Vos ya te acercás demasiado a la gente, siempre te
dije que eso era peligroso, che. Entrás a los cuartos y todo. Si yo
sé, Marconi, me enteré de todo lo que andás haciendo. Yo me hago
el boludo nomás cuando me preguntan y no te agarro yo porque
todo esto en definitiva es mi culpa. ¡Pará ya de traerme estas
cosas caras de los ricachones! Te van a lastimar. ¿Vas a parar?
Ya ni para los remedios necesito esto, porque mi señora está
mejor. Ya me ayudaste, ya está. Gracias, Marconi, por tu ayuda,
pero tenés que dejar ya de hacerlo. Estás robando, chamigo, y yo
soy tu cómplice, encima. No está bien esto. Lo que no entiendo es
cómo desaparecen tantas joyas. No le habrás enseñado esto a
tus compinches, ¿no? Para mí que algunos ladronzuelos se están
aprovechando de tu fama, Marconi. Tenés que parar, chamigo.

El pájaro dejó caer el anillo dorado y descendió hasta el ca-


rrete de cable que el hombre usaba de mesita. “Marconi”, gritó
nuevamente.
–Bueno, tomá por hoy. Pero que sea la última vez o te van a
matar ¿Entendiste? ¡Pará, Marconi!

Marconi no entendió, quizá nunca entendió las palabras del


hombre, porque cuando no conseguía algo para el trueque se
mostraba desanimado y triste. Por eso, cada vez que se le pre-
sentaba la oportunidad, volvía con algún objeto brillante para
cambiarlo por el dulce. Parecía no haber salida posible. El hom-
bre ya no vendía las joyas para no llamar la atención, las escon-
día en una caja en su casa. Cada robo nuevo de Marconi

56 C E T R E R O N O C T U R N O
constituía un ladrillo más en el costal de culpa del trabajador.

Un día llegó más tarde que de costumbre. La oscuridad se


había hecho dueña del lugar.

–¡Marconi! –dijo el pájaro, avisando su llegada, pero sin ba-


lancear su cuerpo alegremente como solía hacerlo. Caminó con
torpeza por la mesita y el hombre al verlo reaccionó con furia.

–¿Qué te hicieron, Marconi? ¿Qué tenés en la pata? Te está


sangrando. Te golpearon, ¿no? ¿Qué esperabas? De suerte que
llegaste hasta acá sin que te agarren, Marconi. ¿Qué vas a hacer?
¿Vas a seguir hasta que te pongan la mano encima y termines en
ese refugio de aves lisiadas? Todas encerradas en jaulas. ¿Tenés
idea de lo que es eso, Marconi? ¿Sabés lo feo que es estar ence-
rrado teniendo la capacidad de volar por los cielos? Eso si tenés
suerte y no te ponen un piedrazo o un balazo. En mi casa no
puedo tenerte, me van a hacer pagar todas las cosas que me tra-
jiste a mí si te encuentran conmigo.
–¡Marconi! ¡Marconi! –dijo nuevamente el pájaro con suavi-
dad, agachando su cabeza. Parecía estar lamentando el hecho de
no traer nada en su pico. Se movía muy lentamente. Uno de los
dedos de su pata izquierda estaba aplastado y rojo de sangre.
–No vas a entender, ¿no? Maldita sea, pájaro del demonio, cómo
me metiste en esta situación de mierda. No me va a quedar otra
que hacértelo entender por más que no me guste. No me gusta ha-
cerle daño a nadie che, no sabés lo mal que me hacés sentir.
Con un rápido movimiento, el hombre tomó todo el cuerpo de
Marconi con su mano robusta. Podía sentir la fuerza que el pájaro
hacía para liberarse. Movía sus patas de manera alocada mien-
tras dejaba escapar un lamento ensordecedor. Cualquiera que

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 57
hubiese estado lo suficientemente cerca, habría pensado que se
trataba de una mujer sufriendo dolores insoportables. Sujetó des-
pués su cabeza con una cinta al palo de escoba para evitar los pi-
cotazos con los que Marconi intentaba defenderse inútilmente.
El hombre le hablaba con la misma suavidad con la que solía ha-
blarle a su hija cuando era pequeña.
–No hagas escándalo, chamigo, te dije que si no parabas iba
a hacer algo yo. Esto tiene que terminar, Marconi. –Comenzó a
sentir la frescura de una lágrima que dibujaba curvas en su me-
jilla mientras, con su brazo libre, afilaba su cuchillo contra una
piedra. –Perdoname, amigazo, pero te pasaste de vuelta. –Antes
de tomar el cuchillo nuevamente, secó sus ojos para poder ver
con claridad.
Con la respiración entrecortada y el pecho tibio y aturdido
por los latidos desprolijos de su corazón, cortó el dedo aplastado
de la pata intentando sin éxito que los gritos de Marconi no lo
conmoviesen. Bañó el pequeño muñón con alcohol y lo secó con
cuidado. El pájaro, cansado y aturdido, había dejado de luchar.

–Perdoname, hermano, si esto se te infecta te vas a morir. Sé


que no entendés que te estoy curando porque te duele y me estás
atacando. –Tomó al pájaro con ambas manos y liberó su cabeza.
–Pero no, no quiero que entiendas, quiero que pienses que te
estoy haciendo daño. Sí... es eso, Marconi, te estoy haciendo
daño. Mirame bien, ¿me ves? Soy yo, y te estoy lastimando. No
vuelvas a acercarte a mí y a ningún otro hombre. Nunca más vuel-
vas.

Mientras le hablaba con enojo, sacudía al pájaro y lo miraba


directamente a los ojos. Por un momento perdió la cordura y dejó
fluir toda su frustración por la boca. Por su culpa, la amistad lle-

58 C E T R E R O N O C T U R N O
gaba a su fin.

–No quiero verte más por acá, te voy a volver a lastimar si


te veo…

Finalmente lo soltó, luego de sacudirlo bastante, y Marconi se


posó en la rama más alta que encontró. Desde allí quedó obser-
vando al hombre con sus ojos amarillos que resaltaban bajo las
hermosas cejas de color cielo. Su copete parecía más grande. Silbó
larga y pausadamente, casi cantando. El hombre se frustraba cada
vez más. La mirada eléctrica de Marconi, que parecía exigir una
explicación, le dolía y más aún el silbido que se sentía como un re-
proche por haberlo lastimado. Frustrado, el hombre comenzó a
gritar con los ojos tristes, mientras arrojaba piedras con torpeza.

–¡Rajá de acá, bicho de mierda! ¡Andateeeee! Buscá vos tu


propia comida como hacías antes, nadie más te va a dar nada
por acá. ¡Rajá! ¡Y no vuelvas!

Finalmente, Marconi voló muy alto, como nunca, para hun-


dirse después en medio del manto vegetal.
–Perdoname, viejo, gracias por tu compañía, pero no puedo
dejar que alguien te mate por mi culpa, volvé a tu monte.

El hombre nunca más volvió a dialogar con él ni con ningún


otro animal. Continúa su vigilia nocturna en silencio. Si oye algún
ruido en el monte dispara piedras con su honda sin dejar que
nada se le acerque. Tuvo que hacer las paces con su soledad,
como debe hacer todo sereno nocturno. Cada tanto escucha co-
mentarios sobre alguna hermosa joya robada de algún hotel, pero
ya poco le importa. Marconi continúa desaparecido.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 59
60 C E T R E R O N O C T U R N O
Rescate

A Victoria
Es imposible encontrar alguna palabra que describa con
exactitud mis sentimientos al recordar el tiempo vivido en aquel
lugar tan alejado. Ese tiempo en el que había decidido, una vez
más, apartarme de todo para alcanzar una perfección imposible
en mi expresión artística. Tiempo en el que creí estar conociendo
a Morelia, cuando en realidad me estaba conociendo a mí mismo.

Solamente un muro medianero de poco más de un metro de


altura marcaba la división entre sus hermosos huertos y mi en-
fermo jardín trasero. La primera vez que salí vi sus plantas vi-
gorosas y pensé en contactarme con el señor que me había al-
quilado la casa en aquel pueblo remoto y pequeño. “Sin vecinos”;
me pareció que había sido claro. Sin embargo, cuando escuché la
satinada voz que salía de las tiernas líneas de su boca, la idea
huyó de mi cabeza. “Qué lindo tener un vecino músico”, fue lo
primero que dijo, mirándome con esos ojos que seguramente ha-
bía robado de algún ángel. Debo haber hecho una mueca des-
agradable al intentar sonreír; lo que mejor recuerdo de aquel
instante es el haberme dado cuenta de que hacía mucho tiempo
que no sonreía. “Tranquilo, no te voy a molestar” y me regaló
una sonrisa antes de alejar su esbelta figura para regar las or-
quídeas que estaban en el fondo.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 63
Después de aquella escena me tomó unos días y algunos
nocturnos de Chopin recuperar la compostura para salir nue-
vamente a mi jardín y hablarle con elegancia. De a poco nos fui-
mos acercando. Pasamos de unos cordiales saludos a pequeñas
charlas sobre mis trabajos; sus opiniones eran siempre alenta-
doras. No pasaron muchos días más hasta que tuve el atrevi-
miento de ofrecerle algunos mates. Con dulzura, Morelia escu-
chaba los motivos de mis frecuentes alejamientos de la socie-
dad para nutrir mi producción musical, para lograr una mayor
pureza al librarme de opiniones vacías y cargadas de envidia.
Cada uno en su casa. Apoyado en el pequeño muro que nos se-
paraba dejaba que mis palabras fluyeran con interesante natu-
ralidad hasta que la noche se llevaba los colores de su rostro.
Aún así, podía sentir su perfección al otro lado. Cuando rocé su
mano por primera vez, accidentalmente, sentí un deseo profun-
do de aferrarme a ella. Fue extraño, el deseo iba más allá de lo
carnal, de lo simple, de lo evidente que sería para cualquier
hombre que la contemplara.

Era una costumbre adquirida ir al centro del poblado muy de


vez en cuando para comprar lo necesario y no volver a salir por
muchos días. Siempre que me apartaba lo hacía así. El contacto
con las personas resultaba una contaminación perjudicial de
simplismos que no tenían cabida en mi arduo trabajo. La última
vez que me había alejado de Buenos Aires (antes de ésta) logré
permanecer más de un mes sin intercambiar más que saludos
con algún vecino curioso. En el pueblo de Morelia, las pocas ve-
ces que salía, los niños que estaban en el barrio corrían al verme
y los mayores se reían por lo bajo mientras me observaban con
una mezcla de curiosidad, burla y asombro. La actitud de este

64 R E S C AT E
pueblo en particular hizo que mi voluntad de salir de la casa fue-
se inexistente. Lo hacía en caso de extrema necesidad y ya no
me importaban sus pobladores que, lógicamente, jamás enten-
derían la necesidad de privacidad que tiene un artista. Estos ais-
lamientos no me resultaban para nada difíciles, estaba muy có-
modo como dueño y señor de mi soledad. Me ayudaban a crear,
libre de todo tipo de distracciones. Los amigos, los colegas y las
mujeres. Ellas a veces funcionaban como un pequeño aporte de
inspiración, pero no más que eso. Todo terminaba saliendo de mi
corazón y de mis dedos. La capacidad de sentir las cosas de otra
manera no me permitía distraerme en sentimientos básicos de
pareja. Pero la conquista y la admiración que despertaba mu-
chas veces impregnaban mi ser con visiones de la inmensa po-
tencialidad que poseemos, o que creemos poseer. Morelia per-
maneció ajena a todas mis cavilaciones. Su sencillez y su capa-
cidad para escucharme no conocían límites. Yo necesitaba de
eso. No me hacía falta hacerla mía, porque ya la sentía así. La
primera vez que se animó a atravesar el muro lo hizo mientras
sonaba desde la cocina de mi casa “El vals de las flores”, y no re-
sistí las ganas de pedirle que bailara conmigo. No recuerdo si re-
almente lo hicimos, creo que solamente nos abrazamos y nos
movimos dejando que nuestras almas fueran las que danzaran
al compás de la melodía y los latidos de mi corazón. Una sensa-
ción de calidez se apoderó de mí y jamás volví a ser el mismo. No
entendía cómo una persona, una simple mujer, podía dejarme en
semejante estado de paz. Observaba en mí cosas que nadie ha-
bía observado, virtudes simples y escondidas que yo mismo ha-
bía olvidado que poseía. Virtudes que antes de conocerla no me
importaban o que ni siquiera las consideraba como tales. Era
dueña de la manera más sencilla de verme hermoso. De ese mo-
do me hizo notar que yo también era capaz de verla así, senci-

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 65
llamente perfecta. Ya no necesitábamos bailar. Solamente iba a
su casa y me entregaba a su reconfortante compañía. Sus ojos
eran una bella mezcla de colores de otra dimensión. Ellos me
transportaban a un mundo mágico en el que no existía ninguna
razón para no ser feliz. Un mundo irreal y desconocido en el cual
me sentía libre de todos y de mí mismo. Paradójicamente me vol-
ví esclavo de la libertad que Morelia me regalaba.

–¿Fuiste hecha para mí?


–No, fui hecha para el hombre que me ame.
–Yo te amo.
–Entonces estoy hecha para vos.
–A veces pareciera que no fueses real.
–Esto que sentís –dijo apoyando su mano en mi pecho, apre-
tado de amor –es real.

Los despertares en mi ser me llevaron a escuchar a Morelia


como jamás lo había hecho con ninguna de las personas que ad-
miraba.Todo lo que hacía era hermoso y melodioso. Como a mí
me gustaba. Era la personificación del arte perfecto que desea-
ba expresar. Eso hacía que la necesitara aún más. Y creí con to-
da sinceridad que no sería feliz sin que ella estuviese a mi lado.
Y fue así que le propuse que me acompañara. Para poder com-
partir con ella el fruto de la inspiración que me había dado.

–¿Querés que forme parte de tu vida?


–Claro que sí, Morelia, no podría ser feliz si no estás conmi-
go, vos me entendés, vos admirás todas las cosas que hago. Ne-
cesito de tu paz.
–Yo te admiro más allá de lo que hagas. Si sos feliz conmigo,
¿por qué no te quedás? Es porque no querés construir una vida

66 R E S C AT E
conmigo. Querés que yo forme parte de la tuya. Por eso estás ca-
llado. Sé que no te vas a quedar, tu destino es irte y mostrar tu
trabajo. Creés demasiado en vos mismo como para no hacerlo.
Tenés miedo de no hacerlo. Mi lugar está en tu corazón, pero no
en tu vida y en las cosas que hacés. Cuando logres verlo podés
volver a buscarme.

Volví a Buenos Aires cansado. Como si los meses transcu-


rridos hubiesen sido años. El trabajo había dado frutos inima-
ginables; los elogios no cesaron durante varios meses. Fue ex-
traño para mí al recordar cómo lo había logrado. Me había ais-
lado para intentar hacerlo y jamás lo hubiese conseguido sin la
aparición de Morelia, que tanto bien me había hecho. No re-
cuerdo cuántas cartas le escribí contándole los resultados del
trabajo en el que ella fue mi compañera. Jamás obtuve respues-
ta. La extrañaba mucho, cada día más. Me resultó un infierno
tolerar su ausencia, pensar que otra persona había alquilado la
casa y la contemplaba del otro lado del muro esperando la opor-
tunidad para dejar que sus ojos angelicales la hechizaran. Los
días pasaban lentamente. Cuanto más sentía su ausencia, me-
nos me importaban los elogios, mi trabajo y mi propia vida. Fue
en ese momento que el miedo se apoderó de mí. Mi vida no im-
portaba. Entonces logré verlo. Logré sentir que estaba dentro
de mi corazón, aferrada con sus prolijas uñas, lastimándome.
Logré verlo y fui a buscarla.

Por fortuna no había nadie en la casa que yo había alquilado.


Estaba vacía. Pero también lo estaba la de Morelia. Golpeé la
puerta principal pero no obtuve respuesta. Al volverme, vi que el
buzón estaba atiborrado con mis cartas. Ya había sido doloroso
no obtener respuesta, pero el constatar que ni siquiera las había

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 67
leído fue insoportable. Pensar que algo le había ocurrido me des-
garraba aún más que una supuesta indiferencia ante las noti-
cias que le había enviado con tanto amor. Tomé todas las cartas
y las apreté con fuerza. Pregunté a la primera persona que vi en
la calle si sabía algo de ella, pero me observó con desprecio y me
dijo: “¿Otra vez usted por acá? Váyase por donde vino y no mo-
leste más en este pueblo”.

Busqué al hombre que me había alquilado la casa, un viejo


conocedor del pueblo con el que jamás había hablado después
de haber firmado el contrato. “¿Qué vecina? Yo le alquilé una
casa sin vecinos de junto, como usted me había pedido”. Lo to-
mé de un brazo con fuerza. Volví a insistir con mi pregunta, exi-
giendo una respuesta coherente. “Acá el incoherente es usted,
don. Jamás conocí a la mujer que describe, nadie la conoce. Esa
casa está abandonada desde hace años. Tanta soledad lo dejó
loco. Mire, bastante lo perdoné cuando la gente del pueblo venía
a decirme que en mi casa vivía un demente que hablaba solo. No
le decía nada porque usted ya había pagado y porque no moles-
taba a nadie, pero si no se calma voy a llamar a las autoridades
o al manicomio”.

Decidí irme, pero no sin antes corroborar con mis propios


ojos lo que este hombre me decía. Abrí la puerta de su casa de
una patada. El olor a abandono y humedad me estremecieron, al
convencerme de que no se debía a una ausencia de meses sino
de años. Atravesé el living y la cocina, llenándome de telarañas,
para intentar, en vano, ver el huerto y las orquídeas que ya no
estaban. A juzgar por la cantidad y la altura de los yuyos y algu-
nas plantas, resultaba evidente que el huerto y las orquídeas ja-
más habían estado. No puedo explicar la pesadilla que resultó de

68 R E S C AT E
un momento a otro no saber qué había sido real y qué no. Para
mí ella lo era, no estaba loco. Estaba seguro de haberla tocado,
de haberla sentido con todo mí ser. No podía entregarme a la
idea de que Morelia no existía, de que mi necesidad de buscar la
perfección artística me había llevado a crear un ser imaginario
del cual enamorarme.

Me senté derrotado, mientras intentaba visualizarla, y llo-


rando me di cuenta de que todavía tenía las cartas en la mano.
Observaba la fecha de cada carta y recordaba perfectamente su
contenido, mi amor, sin necesidad de abrir el sobre. Entre ellos
había uno que sorprendentemente llevaba mi nombre. Dentro de
él, en un papel amarillo, viejo, estaba escrito: “Si tenés esto en
tus manos es porque finalmente pudiste verlo. Ahora estás
listo para amar de verdad. Morelia”

Aún hoy sigo sin estar seguro de lo que fue o lo que no fue
Morelia. Lo que verdaderamente importa es lo que soy después
de haberla conocido.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 69
Los fabricantes
Verlo llegar así, sin nada más que su machete brillante atado
a la cintura, llenó mi pecho de nuevas sensaciones. En su mano
derecha traía una bolsa de las de harina con algunas cosas, ro-
pa seguramente. Había visto pasar a muchos peones por las pro-
piedades de mi padre, pero ninguno como él. Cansado en sus
ojos, parecía que nada ni nadie le importaba. Sus alpargatas ro-
tosas y las manos callosas me causaron algo de injusta repul-
sión, probablemente porque mi mamá insistía mucho en el aseo
personal, cosa que es muy difícil de mantener cuando se es pe-
queño y curioso en un mundo en el cual la naturaleza pareciera
comerte vivo. La cosecha había terminado. Abundante, había de-
jado los bolsillos de los tareferos inflados de jornales bien mere-
cidos. Así también los había llevado a otra parte, a descansar, a
hacer uso y abuso del dinero conseguido. Ninguno quiso quedar-
se con mi padre y él necesitaba de alguien para que durmiera en
el galpón y cuidara nuestras pocas pertenencias. Lo observaba
con estupor, parado un poco detrás de las anchas espaldas de
papá. Me gustaba escuchar cómo dialogaba con los peones que
llegaban en busca de trabajo. Pensaba que en algún futuro, to-
davía lejano, esas pasarían a ser mis obligaciones.
–Lo que haya para hacer, hago.
Su voz salió seca y gastada, lo cual me resultaba extraño en

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 73
un hombre que parecía ser de muy pocas palabras. Había escu-
chado pacientemente el monólogo de su nuevo patrón en el que
le daba precisas instrucciones y resaltaba la diversidad de las
tareas a realizar en la chacra. No podía determinar su edad, pero
seguro era un poco menor que papá; al menos la ausencia de una
frondosa barba me daba esa impresión. Se limitó a agachar su
cabeza y tocar el ala de su sombrero de paja en señal de respeto.
Se fue caminando despacio, como había llegado, hacia el galpón
del fondo. Lo seguimos. Acomodó sus cosas en una mesita de ma-
dera sobre la cama, que tenía las patas hundidas en el suelo co-
lorado. Yo me acordaba la razón. El último peón que había
dormido allí había sido el jefe de la cuadrilla de tareferos. Era
enorme de tamaño, inclusive gordo, diría yo. Éste de ahora, sin
embargo, era flaco y de baja estatura. A juzgar por su facha, era
incapaz de hacer otra cosa que no fuera agachar la cabeza, obe-
decer y trabajar. En el piso duro clavó con fuerza su machete y
sobre un montón de cenizas puso unos tacos de madera para re-
avivar el extinguido fuego. Volví a casa con papá y después de
cenar me ofrecí con insólita voluntad a llevarle algo de comida al
nuevo ayudante. El camino hasta allá me resultaba largo, sobre
todo de noche, cuando no tenía más luz que la de mi linterna.
Cuando la tomaba, me daba la sensación de estar llevando una
pesada antorcha de esas que veía en algunas ilustraciones de las
láminas de la escuela. Sin embargo, su tímido foquito apenas al-
canzaba a alumbrar el camino para que yo no tropezara con
algún tronco, algún sapo y sobre todo, para cuidarme de las ya-
rarás. De hecho, mi luz artificial no era competencia para el in-
tenso fuego que el peón había logrado encender. A considerable
distancia podía sentir el fuerte aroma a madera quemada y casi
encandilarme con su fulgor. Espié un poco por las grandes puer-
tas mal cerradas y ahí lo vi, sentado sobre un grueso tronco, con

74 L O S FA B R I C A N T E S
los ojos lánguidos hipnotizados por los crujidos y chispas que sa-
lían de la sufrida madera que se extinguía. Me acerqué con la ti-
midez que me caracterizaba y aunque no hizo ningún gesto, supe
que había notado mi presencia.
–Vine a traerle algo de comer, don –dije claramente, aunque
mi voz salió más suave de lo que me hubiese gustado. Quería que
sonara fuerte y con presencia, como la de papá, pero no me salió.
El peón se levantó y con sus arrugadas manos tomó el plato re-
bosante de guiso. Se sentó nuevamente en el tronco.
–Gracias, patroncito –fue todo lo que dijo. Me quedé obser-
vando un instante cómo comía de esa forma tan simple. Su flacura
me hacía pensar en ese tipo de hambre que describía papá y que
yo desconocía. No obstante comía lentamente. Mientras sabore-
aba cada cucharada, mantenía sus tristes ojos fijos en algún lugar.
Vaya a saber uno en qué pensaba. Me hubiese gustado que me di-
jera algo más de sí mismo. Su apariencia y su silencio no hacían
más que despertar mi curiosidad hasta límites insospechados.
–¿Cuál es su nombre, don? –Esta vez mi voz había sonado con
más firmeza. Casi se me escapó una sonrisa de satisfacción y or-
gullo, pero logré ocultarla a tiempo para no parecer un idiota.
–Fabiano Reyes. –Seco, otra vez, y volvió a su plato. En ese
momento me di cuenta de que hubiese sido mejor esperar a que
terminara de comer. Pero mamá iba a preocuparse. Además, me
había aclarado que no era necesario llevarle de nuevo ese plato de
loza gastado por los años. Creo que era más viejo que yo. Decidí
dejarlo cenar solo, no quería seguir indagando con preguntas ton-
tas cuyas respuestas seguramente iba a conocer con el correr del
tiempo y en la medida que siguiera trabajando con nosotros.
–Que descanse, patroncito.
Como no esperaba el saludo, su voz me hizo un poco de cos-
quillas.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 75
–Hasta mañana, Reyes.
Llamarlo por su apellido, como hacía papá con todos los pe-
ones, me daba una absurda sensación de poder y madurez, vir-
tudes de las cuales estaba lejos de ser dueño. Cuando me acosté
en la cama, la imagen de su cara huesuda invadió mis sentidos.
Algo en su profundo y enigmático silencio me recordaba a esos
perros de las chacras vecinas que se acercaban sin ladrar bus-
cando con su boca espumosa los tobillos de los intrusos. Eran los
perros más peligrosos. No me acuerdo cuánto tiempo pasó sin
que yo supiese mucho más del tal Reyes. Pero allí seguía, evi-
dentemente era tan eficiente como callado. Cuando el sol del sá-
bado dejaba de calentar con fuerza, comenzaba su día de
descanso. Por eso, por las noches, no dudaba un minuto en salir
a pegar una vuelta por las bailantas de la zona para entregarse
a los placeres de la caña. Durante el domingo jamás salía del gal-
pón. A mí no me dejaban ir ese día, lo cual me molestaba mucho
porque era mi único día libre (el sábado, además de dormir un
poco más, tenía que dedicarme a hacer las tareas de la escuela).
Nosotros el domingo lo utilizábamos para visitar a la hermana
de mamá, cosa que me desagradaba profundamente: no sólo
había que madrugar y caminar leguas de monte, sino que tam-
bién tenía que soportar primas malcriadas. Volviendo a Reyes,
papá me decía que probablemente estaba acompañado y que
había que respetar su privacidad. Claro, ese era su día, el do-
mingo. A nadie de mi casa le importaba lo que hiciera siempre y
cuando estuviese firme el lunes siguiente con la azada en mano
al despuntar el alba. A casi nadie, porque a mí sí me importaba;
sin embargo eso no tenía ni siquiera un poco de relevancia. El
buen Reyes (así le decía mi padre) siguió trabajando en casa
hasta que llegaron mis merecidas vacaciones. Por fin podría ayu-
dar al peón con ganas propias de temprana pubertad. Iban a

76 L O S FA B R I C A N T E S
estar orgullosos de mí. Además me había cansado ya de sacarles
el yuyo a las papas y cosechar verduras. Hacía tiempo que que-
ría hacer las cosas que hacían los hombres. Con el permiso de
papá, iba a convertirme en el ayudante principal de Reyes hasta
que comenzaran las clases. No tuve que insistirle mucho, era
mejor andar por la chacra trabajando que estar de vago por el
pueblo. Cada tanto le acercaba la cena, pero tenía que ir tem-
prano, porque si no lo hacía ya estaba preparando algo en la olla
de hierro negra. Pude observar que a fuerza de golpes y maña
había improvisado unos parantes de hierro con un alambre sobre
el cual suspendía la olla para dejar que el fuego la abrasara. Ese
trípode mal hecho pasaba a ser un miembro más, junto con la
cama, una mesita enferma y el tronco seco, de la miserable fa-
milia de muebles que tenía. A veces me daban ganas de que dur-
miera en algún rincón de la casa, pero estoy seguro de que esa
idea no cruzó por su cabeza. Lo sé porque jamás había entrado
siquiera. Cuando necesitaba algo, estrellaba sus palmas para que
alguien saliera. Él nunca entraba, ni siquiera cuando los fuertes
vientos de alguna tormenta fantástica parecían destrozar nues-
tro galpón, que era su casa. La idea no estaba en su cabeza. Des-
pués de todo, según sus propias y pocas palabras, estaba mejor
ahí que en el trabajo anterior.
–Tiene que dejar de robar huevos del gallinero de su padre,
patroncito.
–Es que el reviro que desayuna me da lástima, sin huevo no
es rico.
–No quiero tener problemas con su padre o que usted los
tenga.
Reyes me había contado que jamás robaba, porque eso no era
digno de una persona de honor. Un hombre debe ganarse por sí
mismo todo lo que precise. Pero le hice entender que jamás iban

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 77
a retarme por robar un huevo para compartir un desayuno. Me
gustaba desayunar con él porque no tenía que lavar tazas ni
hacer nada. Sólo comer y tomar algo caliente a la espera del sol
para comenzar a darle hacha a los troncos. Estábamos armando
un alambrado para evitar que los terneros del vecino pisotearan
nuestras plantaciones de té.Trabajaba incansablemente siem-
pre, sin quejarse, siempre obedeciendo. Por las tardes mateaba,
solitario, en ese galpón mugroso y su presencia pasaba inadver-
tida para todos. Bueno, casi todos, yo sabía que estaba ahí. Con
la mirada clavada en algún lugar perdido. Quizás en la tranqui-
lidad de la noche sentía algo de paz. Yo quería creer eso, me
había contado las condiciones en las cuales había vivido y si todo
eso era verdad tenía sobradas razones para estar tranquilo en la
precariedad y pobreza de nuestro galpón infestado de cosas vie-
jas. Yo me quedaba compartiendo ese rato con él, y sus prolon-
gados silencios junto con su triste expresión me hacían pensar
generosamente en mí mismo. En él veía el espejo de una adultez
indeseada. Yo estudiaba porque era la mejor forma, según papá,
de salir adelante. En el tranquilo andar de Reyes por la chacra,
sin embargo, no parecía haber una búsqueda de algo mejor. Quizá
no conocía nada mejor o se había cansado de luchar, la verdad no
lo sé. Pero lo que sí es seguro es que no parecía necesitar de nada
más que las pocas cosas que tenía. Sorbía el mate mirando el
fuego que lo condenaba. Es posible que en esas salidas nocturnas
de bailes y alcohol encontrara las pocas emociones que su mez-
quina vida le ofrecía. Digo esto porque un lunes lo encontré con
una marca en la cara que parecía un arañazo y cuando le pre-
gunté si se había encontrado con algún tirica, me dijo: “La mujer
enojada es uno de los bichos más bravos, patroncito”. En aquel
momento no entendí bien a qué se refería, pero no me importó.
Sus respuestas eran siempre breves, así como sus indicaciones

78 L O S FA B R I C A N T E S
o comentarios sobre mis deficientes hachazos o machetazos (en
el desmonte no me fue muy bien). De todas formas, yo podía pre-
sumir en mi casa de que era la persona con quien Reyes más ha-
blaba, cosa que sólo tenía trascendencia para mí. Una de esas
tardes lúgubres llenas de humedad lo encontré en el galpón y, cu-
riosamente, su mirada no estaba clavada en el fuego. Se había
desviado hacia un montón de fierros viejos que estaban amonto-
nados en un rincón aguardando su lugar en la basura. Me senté
a su lado esperando inútilmente entender algo. El buen Reyes ya
se había acostumbrado a mi compañía y a mis preguntas, que no
recibían jamás una respuesta suficiente de su parte. Era muy
raro que él me hablara primero. Esas esperas solían a veces ser
tan largas que terminaban por acabar con mi paciencia y salía de
ahí bastante malhumorado. No era amigo del silencio como ese
peón, me gustaba dialogar con todo el mundo una vez que me
sentía en confianza. A veces ni siquiera entiendo por qué llegué
a sentir simpatía por ese hombre. Probablemente en aquel mo-
mento pensaba que me estimaba al compartir conmigo esos des-
ayunos y mates de tardecita.
–Nada de eso sirve, patroncito, –dijo en voz baja, como si qui-
siera asegurarse de que apenas lo escuchaba.
–¿Para qué? No entiendo, –reclamé impaciente.
–Aluminio, eso es lo que sirve, aluminio. El fierro no se de-
rrite en mi olla. Demasiado fuego se precisa –concluyó, mirando
con desgano los leños que tenía agrupados en otro sector.
Mi paciencia se agotaba y tenía ganas de gritar, pero su mi-
rada seca y su ceño fruncido me atemorizaban un poco. Su
cuerpo huesudo me daba a veces la impresión de que era un fan-
tasma crepuscular que deambulaba por el monte. Sobre todo,
cuando se ponía esa vieja camisa blanca que le había dado papá,
cuyos últimos botones prendían a media altura entre su cintura

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 79
y sus rodillas. Las mangas, aún remangadas, le cubrían casi todo
el brazo. Cuando volvió sus ojos sobre mí, notó los míos fijos es-
túpidamente en sus manos venosas, que hacían girar una y otra
vez el machete apoyado en su punta sobre la tierra dura.
–Si me consigue aluminio, le muestro lo que sé hacer, pa-
troncito, quizás hasta aprende, pero tiene que guardar el secreto,
no quiero que su padre se enoje. La mañana siguiente me des-
perté con un renovado entusiasmo que no sentía desde que había
comenzado a trabajar con el peón. Conseguir algo de aluminio
para dárselo a Reyes sin que mis padres me molieran a golpes
constituía toda una aventura en mis ya aburridos días de verano.
Como contadas veces hacía alguna cosa a escondidas, la sangre
comenzó a fluir tibiamente por mi cuerpo desde el momento en
que empecé a mirar con cariño todas las cosas que había en la co-
cina. Fui a carpir como cualquier día, pero cuando tuve una opor-
tunidad y vi que mamá se alejaba, fui corriendo a la casa a
intentar encontrar algo que le fuera útil a nuestro peón que, a lo
lejos, me hacía de campana. La tarea no resultó nada sencilla;
necesitaba algo de aluminio lo suficientemente viejo e inservible
como para que nadie notara su ausencia. Solamente cuidando
ese detalle, mis nalgas estarían a salvo. Imaginarme la flexible y
envolvente rama de durazno sobre mis piernas me hacía temblar.
Después de revolver con cuidado las cosas de la cocina, salí de-
rrotado a la galería. Me apoyé sobre el portoncito de alambre que
separaba la casa del resto de la chacra, con un sentimiento ho-
rrible. Mi falta de astucia acabaría por dejar que la curiosidad
desgarrara mis entrañas durante meses. Allá lejos podía ver a
Reyes y me resultó inevitable pensar que si conseguía el alumi-
nio por sus propios medios jamás habría de enterarme de la se-
creta habilidad que poseía, de la cual podría yo ser entusiasta
aprendiz. Forzando un poco la vista pude notar el ademán de re-

80 L O S FA B R I C A N T E S
signación que hizo con sus brazos ante mi fracaso. Mi bronca y
humillación hicieron brotar una gruesa lágrima, cuyo peso di-
reccionó mis ojos hacia el suelo. Otras, más pequeñas, acompa-
ñaron la primera, y luego de recorrer parcialmente mi cara se
estrellaron en la tierra, justo al lado de una garrapata infeliz que
boca arriba luchaba por dar vuelta su cuerpo inflamado de gula
desmedida. La vieja bataraza desterrada del gallinero no perdió
la oportunidad y de un picotazo puso punto final a la agónica
existencia del goloso bicho, incapaz de soltar el lomo de mi perra
a tiempo como para poder moverse con agilidad. Fue en ese pre-
ciso momento, cuando vi al pájaro que se alimentaba de porque-
rías del suelo, que recordé el plato deforme y aplastado en el cual
ponía el alimento para los pollos. Precioso y gastado aluminio.
No era muy grande, pero suponía yo que iba a servir. Me fue su-
mamente sencillo encontrar un reemplazante de loza, tan viejo
que ni siquiera a Reyes se lo dimos. Es muy difícil describir lo
que sentía esa tarde cuando fui corriendo a llevarle al peón mi
hallazgo después de haberlo limpiado cuidadosamente. Con
mucho esfuerzo, trapo y limón pude darle un poquito de brillo.
–Gracias, patroncito, –dijo, y me lastimó por dentro verlo
arrojar el plato al suelo sucio, como si fuese basura.
–Mire cómo arde mi fuego, así tiene que estar para dejar la
olla así, caliente que pela–.
En ese momento recordé que había hablado de derretir el
aluminio y no sabía dónde meter la vergüenza por haber fre-
gado el plato de manera tan zonza. Él seguramente lo notó pero
no dijo nada. El fuego ardía infinitamente, dibujando una aure-
ola de transpiración sobre la camisa del peón. Jamás había ima-
ginado que los troncos podían transformarse de esa forma en
brasas vivas tan naranjas y brillantes, como nada que hubiera
visto. Estaba tan fascinado que ni siquiera sentía el calor. So-

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 81
lamente salí de ese trance al oír el ruido del plato machucado
que caía dentro de la olla.
–¿Para qué quiere derretir eso, Reyes?, –pregunté después
de ponerme de pie para ver cómo el plato perdía lentamente su
dureza y forma.
–Saque eso ahí. –El peón señaló una parte del suelo cubierta
con hojas de banano (creo) y otras plantas. Cuando las moví, vi
que, enterrada, escondida en el suelo, había una generosa porción
de barro grisáceo bien apretado y en el centro distinguí perfecta-
mente el dibujo de una de esas facas que aparecen en los mazos de
truco. El molde no era muy grande, quizá del tamaño de su mano.
–¿Para qué quiere una faquita tan chica si tiene un machete?
–Esta se puede llevar más fácil, patroncito, en el bolsillo. A
veces se precisa. Si bien estuve de acuerdo con su comentario, se-
guía sin comprender del todo, en aquel momento, para qué es-
taba fabricando algo tan inútil e insignificante. No le di gran
importancia a la cuestión. Me divertía mucho más ver cómo
Reyes iba revolviendo el caldo metálico que lentamente había co-
menzado a formarse con su machete. Le pregunté con insisten-
cia cuánto faltaba para verter esa sopa plateada en su molde. La
noche seguía cubriendo todo el monte y pronto mis padres iban
a pegar gritos para que volviera a casa.
–Creo que ya da, ya, –dijo tranquilo, y se puso de pie mientras
levantaba la olla con sumo cuidado. Me pidió que me alejara. Ma-
nejó el metal líquido con una suavidad que le desconocía al rús-
tico peón. De a poquito fue llenando esa faca moldeada en el barro
duro y grisáceo mientras yo seguía de cerca todos sus movimien-
tos con enfermo detallismo. Imaginaba que cuando me dejaran
jugar con fuego iba a poder fabricar yo también las cosas que se
me diera la gana. Después de vaciar la olla, Reyes comenzó a aba-
nicar las hojas de banano para refrescar ese líquido caliente. Con

82 L O S FA B R I C A N T E S
el aire que hizo, las cenizas del fuego se abrieron paso entre la hu-
medad del galpón para llegar a mi nariz y estornudé con fuerza.
–Mejor que vuelva a su casa, patroncito, esto tiene que espe-
rar acá un buen tiempo hasta desmoldarlo.
Hice caso de mala gana y me fui pateando tierra. El peón no
podía arriesgarse a que papá me fuera a buscar y descubriera
nuestro secreto de fabricantes. El sábado siguiente terminé de
copiar un párrafo del libro de lectura lo más rápido que pude.
Las letras me salieron medio desgarbadas y algunas palabras
hasta saltaban del renglón, así que probablemente la maestra me
mandaría rehacer la tarea entera otra vez, pero me urgía ver si
Reyes había terminado de trabajar en “nuestro secreto”. Entré al
galpón desesperado, con el pecho en fuego, como si la tierra se
abriera detrás de mí. Era tarde. Reyes ya tenía el pequeño cu-
chillo en sus manos y lo estaba afilando con una piedra muy lisa.
–¿Vio qué lindo quedó? –me dijo, moviéndolo despacio de un
lado a otro mientras yo veía cómo la luz del fuego rebotaba con-
tra la hoja.
–Ahora sólo falta forrar el mango con eso ahí –y señaló algo
que estaba cerca de mis pies. Al agachar la cabeza vi sorprendido
que había transformado en tiras un pedazo viejo de cuero que
había estado en un rincón quién sabe cuánto tiempo.
–¿Y para qué lo va a forrar con cuero? Así queda más lindo,
todo brillante el mango.
–El mango tiene que tener cuero, patroncito, si no se le res-
bala a uno.
Con paciencia me mostró cómo cubría la pequeña empuña-
dura con las cintas de cuero finitas, de abajo hacia arriba.
Cuando terminó, cortó los pedazos sobrantes y apretó la punta
del mango con un pequeño alambre, bien fuerte para que el cuero
no saliera.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 83
–Ya está, patroncito, ahora no resbala, –y se puso a rasparlo
nuevamente con la piedra, con movimientos breves y veloces. Al-
gunas chispas saltaban graciosamente para unirse a las llamas
que calentaban la pava del mate.
–¿No estaba afilado ya? –pregunté al verlo raspar con vehe-
mencia.
–Nooo –dijo con voz larga y cansada. –Tiene que estar bien
puntudo, sólo así sirve.
–Yo quiero hacerme una también algún día. El próximo alu-
minio que consiga me toca a mí.
–Seguro, usted es el patroncito, pero tiene que seguir siendo
secreto, no se olvide.
–¿Y para qué lo va a usar, Reyes? Yo con esa faquita no me
animo a pelearle a nadie. Se le van a reír en la cara.
Fue muy curioso que hubiera dicho eso, porque justo cuando
terminé la última palabra de mi frase, Reyes me mostró por pri-
mera vez su funesta sonrisa.
–A mí, nadie me ve llegar. Yo no aviso, –dijo, y sus ojos que-
daron otra vez paralizados y brillantes, mientras seguía afilando
su nuevo elemento. Pero esta vez, esa mirada era diferente. Ese
gesto de satisfacción no había abandonado su rostro. Quizá se
sentía orgulloso de lo que había logrado. No lo sé. Pero recuerdo
vívidamente esa sonrisa que exhibía dientes verdosos e incom-
pletos y una pequeña cantidad de saliva espumosa, ahí atrás,
donde uno se corta si no lame con cuidado la lata de picadillo.
Me acordé nuevamente de los perros. Minutos después, un grito
de papá me llevó directamente a casa. A cenar, a dormir y la ma-
ñana siguiente, caminar rumbo a la casa de la tía. No me
acuerdo cuánta gente había alrededor de aquel cuerpo grande
tapado con una sábana que se elevaba en la zona de la nuca
como si reposara sobre una pequeña estaca. Ahí estaba tirado

84 L O S FA B R I C A N T E S
al costado del camino, rodeado de curiosos. No se podía ver esa
cosa que estaba clavada en la nuca del desgraciado pero yo no
necesitaba verla, ya sabía. Cuando volvimos a casa, Reyes ya no
estaba, nadie más de la zona supo de él y yo jamás pude fabri-
car el juguete que quería con su ayuda. Sin embargo, todavía
hoy puedo ver claramente el molde de barro y me pregunto en
cuántas chacras más podría encontrar ese gris y tenebroso di-
bujo grabado en la tierra.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 85
El barco
José Tomada no sabía qué le incomodaba más, si los burgue-
ses sin alma que daban gracias a ese presunto Dios por el éxito
alcanzado o su vejiga a punto de estallar: no sentía confianza
para interrumpir la protocolar cena. El dolor era muy profundo,
los comentarios de la mesa no.
–Uno se queja a veces de que los números no andan bien pe-
ro… hay otros que sí tienen motivo para quejarse, ¿no? –dijo un
hombre prolijamente peinado, ajustándose la corbata.
–Ni que lo digas, de hecho antes de subir al barco tuve que
decirle a mi criado que le diera una frazada a la señora flaca y
sucia que estaba afuera. ¿Vieron que hacía frío esa mañana?
–agregó una señora de mediana edad.
–Ay, lo bien que hiciste. ¿No te hace sentir mejor eso? A veces
pareciera que Dios no le sonriera a todos de la misma forma,
¿no? –comentó una mujer un poco más joven.
–A algunos apenas le muestra un hoyuelo de compasión, te
diría –respondió el primer hombre.
Para él ya no era importante saber cuál de los engreídos ha-
blaba. Todos eran igualmente ciegos, igualmente estúpidos, pen-
sando en un par de ojos gigantes cuya divinidad se posaba con
más o menos intensidad sobre unos que sobre otros. A esta altu-
ra estaba cansado de discutir, simplemente optaba por sacudir

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 89
la cabeza hacia arriba o hacia los lados según correspondiera
sin generar mayores conflictos. Para él, las cosas eran claras:
sus negocios iban bien porque a otros les iba mal, a ellos les so-
braba lo que a otros les faltaba, la vida era simple. Sin más vuel-
tas. Los más rápidos, los más audaces e inteligentes, esos saca-
ban la vara más larga o la carta más alta de la baraja. Se le re-
volvían las tripas de sólo pensar que tenía que dar las gracias a
cierta figura extraña del más allá después de haber trabajado
duro. Después de haber vencido a tantos enemigos y dejado en la
ruina a los que pretendían arruinarlo. Nuevamente se acordó del
dolor de su vejiga. Jamás había sido tan intenso y pensó que no
podía haber sido ocasionado solamente por aguantarse las ga-
nas de ir al baño. Era evidente que algo no andaba bien en sus
entrañas. Cerró los ojos por un momento, pensó en el dolor, en
su mujer y decidió que, cuando comenzara el baile, definitiva-
mente iría al baño. Su esposa dormía en el camarote, no se sen-
tía del todo bien. Lamentó profundamente el hecho, no tanto por
la temperatura de la frente de su compañera sino porque lo ha-
bía dejado solo soportando la primera cena del viaje. Entre idas
y vueltas de más frases vacías, la música comenzó a animarse y
las parejas poco a poco fueron despegando sus cuerpos de las si-
llas para estirar un poco las piernas y de paso, saludar a algún
que otro conocido rumbo a Europa. Toda una mise en scéne que
se repetía viaje tras viaje. Él ya sentía algo más allá del hastío.
Sin embargo, no todo era malo, ahora podía ir al baño en paz.
Llegó con urgencia pero sin apurarse. De los tres urinales, sola-
mente el del medio estaba ocupado, cosa que no le placía, ya que
al estar ambos inodoros con las puertas cerradas no le quedaba
más remedio que orinar hombro con hombro con un desconoci-
do. “¿Por qué habrá ido al del medio?”, gruñó por dentro. Proce-
dió de todas formas porque su necesidad superaba ampliamen-

90 EL BARCO
te su vergüenza. Saludó y de inmediato se puso a contemplar
una pequeña flor que estaba perfectamente dibujada en el azu-
lejo frente a su nariz. Jamás había visto al hombre que estaba a
su derecha. Raro. Porque él conocía a casi todos gracias a sus
frecuentes viajes. Dejó de pensar en eso cuando sintió unos pa-
sos detrás de él. Justo cuando el hombre que orinaba a su lado
se retiraba. “Perfecto”, pensó. “Voy a quedarme solo. Espero que
este otro vaya a la otra punta”. Pero de repente oyó el disparo,
leve gracias al silenciador. Sintió algo que le salpicó en la cara.
Dirigió su mirada, aún fija en la cerámica de la pared, sólo unos
centímetros hacia la izquierda y pudo ver el horrible manchón
rojo, sangre y alguna cosa más que había salido de la cabeza de
su compañero de baño. Se dio vuelta muy lentamente. El asesino
estaba lejos, con ambos brazos a sus costados, mirando el cuer-
po tendido sobre el elegante piso del baño. Él también lo miró y,
cuando volvió la vista, contempló con horror cómo el arma se le-
vantaba y lo apuntaba. El hombre estaba vestido de forma impe-
cable, de pies a cabeza, con un traje muy oscuro. Pensó en co-
rrer: la puerta de salida estaba a igual distancia de ambos. No
iban a matarlo en medio del gentío, pero no podía arriesgarse.
“Señor Tomada”, dijo el hombre. Y justo en el momento en que
su nombre fue pronunciado hubo un horrible estruendo y las lu-
ces se fueron. Alguna falla del motor, se le ocurrió. Conocía tan
bien ese baño y sus inmediaciones que no dudó en correr hacia
la puerta, y de ahí al salón. La oscuridad duró sólo unos segun-
dos; el fulgor de la abundante iluminación lo encontró corriendo
y esquivando gente en dirección a las escaleras; mirando hacia
atrás y viendo espantado a este hombre de traje azul muy oscu-
ro que cogoteaba para intentar ubicarlo. Por primera vez en su
vida consideró seriamente la teoría sobre la sonrisa de Dios.
Quizá le había mostrado un hoyuelo, al menos. Corrió como un

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 91
loco buscando la escalera. Notó que muchas caras desconocidas
en el salón lo observaban con tristeza, como si estuviese hacien-
do el ridículo ante un grupo de notables. No parecía importarles
su desesperación. “Egoístas malditos”, se dijo. Y atravesó ese
limbo de almas trastornadas para lograr su escape. Logró bajar
los escalones a los saltos. Ni siquiera sabía que podía moverse
tan rápido en tan obstaculizado terreno. En uno de los tres sal-
tos que dio para descender se dobló un tobillo, pero no sintió do-
lor. El miedo no se lo permitía, pensó.Retomó su carrera poco
elegante por el pasillo largo de lo que él pensaba eran los cama-
rotes de segunda clase. O alguna clase más baja. Estaba seguro
de que el hombre de traje oscuro seguía tras sus pasos. Cuando
se volteó no lo vio, pero de todas formas decidió meterse en la
primera puerta que su vista, nublada por la velocidad, le permi-
tió distinguir. Con una fuerza monumental golpeó la puerta con
su hombro izquierdo y la abrió. Una vez adentro, la cerró con la
misma fuerza. Encontró allí a dos jóvenes, quienes, tomados de
las manos, lloraban y se miraban. Increíblemente, parecía no
importarles su presencia. El sufrimiento o la felicidad de estos
jóvenes era de una magnitud que él no comprendía.
–¡Ayúdenme, me quieren matar, me persiguen! ¡Tienen que
ayudarme, tengo que esconderme!
Los jóvenes secaron sus lágrimas y lo miraron. Sintió los dos
pares de ojos penetrantes en sus pupilas, al mismo tiempo que
notaba que sus propios párpados temblaban.
–No hay dónde esconderse, esconderse no es la solución –di-
jo la joven. –Nosotros nos estuvimos escondiendo toda la vida. Y
jamás podremos disfrutar del amor que nos tenemos. El amor
que nos tenemos es tan grande como la desesperación que sen-
timos al no poder manifestarlo.
–¿A mí qué carajo me importa? Me quieren matar, ¿no escu-

92 EL BARCO
chaste? Ustedes hagan lo que quieran, ahí tienen la cama.
–No podemos hacer lo que queremos –dijo ahora el joven, –
jamás podremos. Aquí, en este cuarto, sólo podemos mirarnos,
desearnos, pero jamás tocarnos.

Después de decir esto volvieron a mirarse entre ellos y co-


menzaron a derramar lágrimas. “Perfecto, de todos los cuartos
en los cuales pude haber entrado tuve que dar con estos dos ra-
yados”. Se apoyó en la puerta y horrorizado vio pasar, a través
de la mirilla, al hombre que lo buscaba. Lo vio pasar una y otra
vez con la pistola en su mano, sin dejarle oportunidad para es-
caparse. El asesino golpeó la puerta y nuevamente oyó: “señor
Tomada”. Los jóvenes señalaron la cómoda victoriana sobre la
cual se apoyaba el espejo. Al correrla, el hombre vio con sor-
presa que había una abertura en la pared y que desde allí des-
cendía una escalera. Era su única salida. No entendió para qué
había esa conexión secreta entre distintos niveles del barco, pe-
ro no le importó mucho. Empezó a bajar la escalera dificultosa-
mente y cuando volteó para agradecer a los jóvenes, se dio
cuenta de que seguían presos de su aparente locura. No iban a
ayudarlo más, tampoco iban a detener al hombre que lo busca-
ba. Había que moverse rápido.
La escalera terminó en otro cuarto, pequeño. Vio camas muy
cercanas y a un hombre que bebía agua desesperadamente del
lavabo que estaba junto a un pequeño espejo. No había baño. Lo
vio beber con tal vehemencia que recordó que además de miedo
tenía sed. Cuando el sujeto se detuvo, se arrojó sobre la cama y
se quedó boquiabierto, con la mirada perdida en el techo. Ni si-
quiera había cerrado el grifo. El hombre aprovechó para beber
un trago, pero solamente pudo hacerlo por unos segundos.
–¡Dejame tomar agua, me muero de sed! –le gritó el sujeto.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 93
–Pero… ¡si recién tomaste!
–Yo siempre tengo sed, mi boca siempre está seca porque…
–¡Disculpame pero no me interesa! Tengo que esconderme,
un tipo me viene siguiendo, me quiere matar, estoy seguro.
El hombre lo miró y sonrió agachando la cabeza. Luego ha-
bló con voz cascada y muy entrecortada. Parecía costarle mu-
cho trabajo hilar una frase, como si estuviera bajo los influjos
de la bebida.
–Todos tenemos problemas. No tenés idea de lo feo que se
siente tener la boca así, como si anoche me hubiese tomado todo
el alcohol del mundo. La cabeza también me duele… y el estó-
mago. Yo qué culpa tengo de que vos creas que el tipo de azul te
quiere matar.
–Bueno, ¿hay alguien en algún cuarto de este piso que me
pueda ayudar?
–Lo dudo, todos tenemos nuestros problemas, así como vos
tenés el tuyo. Vas a encontrar a otro sediento, quizás a alguien
vomitando, a otro mareado sin poder levantarse de la cama…
–¡Pero el mío es de vida o muerte, hermano! ¡Tenés que ayu-
darme!
El hombre agachó la cabeza nuevamente y sonrió con algo de
compasión. Después comenzó a soltar una risa nerviosa con su
voz horrible. Mientras, el perseguido comenzó a oír pasos que
venían de la escalera por la que había descendido.
–¡Gracias por nada borracho, infeliz! –dijo con tanta bronca
que dejó que su saliva lloviera sobre la cabeza calva del sujeto.
–¡Corré que te matan! Ja, ja, ja –su risa burlona se hacía ca-
da vez más intensa.
El pasillo era interminable y estaba seguro de que el hombre de
traje azul ya estaba detrás de él, podía sentir sus pasos. No quiso
mirar atrás, no quería que el miedo lo paralizara. Solamente siguió

94 EL BARCO
avanzando por el corredor. Jamás pensó que el barco fuera tan
grande. Nunca había ido a los niveles inferiores. Pudo divisar una
nueva escalera, su única escapatoria. Donde arribó no había cuar-
tos, y todas las camas estaban juntas, hombres y mujeres todos
mezclados. Las camas estaban dispuestas como en las guarnicio-
nes militares, pero el caos que reinaba era total. Todos parecían
discutir a los gritos, hasta se agredían y peleaban por las cosas
más simples, como una bolsa de galletas. Le pareció horrible, pero
al menos en esa confusión le sería más fácil eludir a su persecutor.
Jamás pensó que la gente podría viajar en semejantes condiciones.
No podía creer cómo dentro de un mismo barco podría haber tan-
ta diferencia. Ya los diminutos cuartos del piso superior le pare-
cieron de cuarta clase, pero para esto no había descripción posi-
ble, aún en su generoso vocabulario. Se sintió aliviado por un mo-
mento. Nadie parecía seguirlo. Quizá se había cansado el del traje
azul oscuro. Vio un pedazo de pan viejo en una cama que parecía
abandonada y cuando se dispuso a tomarlo una mujer golpeó su
mano.
–¡No toques, es mío! –espetó.
–Disculpe, señora, es que tengo hambre, nada más un pedazo.
La mujer tomó el pan y lo guardó en el bolsillo de su delantal.
Un joven apareció por detrás y le arrojó una galleta dura. Cuan-
do Tomada comenzó a morderla, el joven se dirigió a la mujer sin
miramientos.
–Recién vi que comiste, ¿por qué no le das?
–Porque puedo tener hambre después. Y ustedes que regalan
todo lo que tienen, se quedan sin nada y después nos roban.
–¡Maldita tacaña! Creés que todo tiene que ser para vos,
¿no? ¿Por qué tienen que guardar todo?
–Vos seguí así, derrochando lo poco que hay, como tus ami-
gos, que cuando tengas hambre y aparezcas por acá intentando

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 95
agarrar lo que es mío, te voy a arrancar los dedos con mis dien-
tes.
La discusión comenzó a subir de tono y fue entonces cuando
Tomada se dio cuenta de que todos los que estaban alrededor
protagonizaban discusiones similares. Pobres, pensó. En el sen-
tido literal de la palabra. No tienen nada y encima pelean por lo
poco que hay. Era evidente que en ese pandemonio tampoco en-
contraría a ningún interesado en ayudarlo. El salón era enorme,
lo recorrió de punta a punta y se perdió en ese mar de discusio-
nes y peleas. De pronto divisó esa cabeza alta, la del hombre del
cual huía. La distinguió de inmediato porque se movía con deli-
cadeza y seguridad hacia donde él estaba. Entre medio de las de-
más, todas inquietas. Alcanzó a ver la escalera pero estaba allá,
lejos, no iba a poder subir sin que este maldito lo interceptara. Se
agachó para no ser visto y arrastró su cuerpo entre las camas.
Vio una pequeña puerta en el medio de la pared. Al abrirla, con-
templó desconcertado una escalera en caracol que solamente
descendía. A dónde, no lo sabía. Probablemente a la sala de má-
quinas. No podía haber más barco hacia abajo que la sala de má-
quinas, pensó. Estaba todo oscuro, pero se arriesgó de todas for-
mas. Quería salvar su vida. Sorprendido, Tomada descubrió una
escena que no esperaba ver. El barullo era ensordecedor, pero no
eran ruidos de máquinas, como él creía. Eran personas, nueva-
mente. Todavía más personas viajaban en ese barco. Era espan-
toso. La sala era mucho más grande que la anterior. El piso pare-
cía ser de madera podrida, unos tablones asquerosos, blandos de
humedad y moho. Las camas consistían solamente en planchas
de metal adosadas a la pared, como en las cárceles. Y era más
que obvio que no había suficiente para todos. De ahí los gritos
salvajes y las feroces peleas. Estuvo escondido cerca de la esca-
lera sin animarse a penetrar ese submundo que juzgaba muy in-

96 EL BARCO
ferior a su nivel. Por un momento se olvidó del hombre de traje
azul. Mientras, observaba muy cerca de sí a cuatro hombres que
se disputaban a golpes una de las camas. Eran todos contra to-
dos. Hasta que finalmente dos quedaron inconscientes. De los
dos que quedaban, uno durmió al otro con un garrote de madera
y después de hacerlo, exclamó: “¡Ja! ¡Hoy yo duermo en la cama,
inútiles, hacía tiempo que me tocaba!”. Tomada no podía siquie-
ra dialogar con estas pseudopersonas de brazos anchos por cu-
yas venas saltonas corría sangre infestada con el virus del salva-
jismo y la torpeza. Parecían ser más violentos y peligrosos que
los del nivel anterior. En los ojos de esta gente solamente podía
ver furia desmedida y sintió que permanecer allí podría ser tan
perjudicial como dejarse atrapar por el hombre de traje. Caminó
asustado entre todos estos hombres, esquivando puñetazos y pa-
lazos que no iban necesariamente dirigidos hacia él. Sin embar-
go, no pudo evitar una patada que impactó directamente en su
estómago. Sin aire, cayó al suelo y se arrastró buscando alejarse
de allí con desesperación. Pero mientras se arrastraba el piso pa-
reció abrirse, un grupo de tablones se elevó y debajo de ellos apa-
reció un rostro lacrimoso que lo sumergió en una especie de sub-
suelo incierto. Ahora podía escuchar las peleas y sentir el crujir
de los tablones, pero desde abajo. Los que estaban ahí ocultos,
bajo los tablones, resultaron ser muchos. Sus rostros estaban
colmados de tristeza, como si jamás hubiesen sonreído, como si
la felicidad no les hubiese pasado nunca cerca del corazón. Todos
estaban agachados, parecían estar pidiendo disculpas a una per-
sona que no existía. No podían erguirse debido a la baja altura
del techo, que para Tomada hasta hacía segundos había sido el
piso de ese escenario cruento del que salió lastimado. El sujeto
de ese rostro lacrimoso era el primer hombre que finalmente lo
había ayudado y sin embargo no parecía sentirse bien por haber-

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 97
lo hecho. Solamente suspiraba con angustia y melancolía. Toma-
da le dio las gracias de todas formas.
–No hay nada que agradecer, acá estamos los que somos in-
capaces de sentir felicidad. No soportamos la violencia de arri-
ba, pero tampoco nos gusta acá abajo. Nada parece conformar
nuestro triste espíritu, nuestras almas marchitas. Por eso debe-
mos estar sumergidos en esta oscuridad. Muy en el fondo lo que
queremos es apagarnos por propia voluntad.
Tomada entendía cada vez menos las palabras que le decí-
an, no sabía si eran los nervios o el miedo. Pero en los minutos
que duró su escape parecía haber perdido la capacidad de en-
tender a las personas a medida que iba bajando cada escalera.
Al principio pensó que todos eran víctimas de la locura, por
viajar en condiciones tan inferiores a las que él estaba acos-
tumbrado. Sin embargo, este hombre no parecía ser un bruto,
tampoco los que lo rodeaban. Estaba confundido. Aún así se
sintió más tranquilo.
–No me importa –dijo respirando hondo. –Acá por lo menos
voy a estar bien escondido de ese hombre de traje azul que está
intentando matarme. No sé por qué quiere hacerlo. Me han ame-
nazado algunas veces porque dejé en la ruina a varios, con mis
negocios. Pero bueno, así es la vida. Están los que ganan y están
los que pierden, ¿no? Nunca pensé que alguien intentaría ma-
tarme en este barco.
El sujeto lo miró con extrema compasión. Apoyó su mano so-
bre el hombro izquierdo de Tomada y lo apretó.
–Entonces, mi amigo, este no es tu lugar. Ese hombre de azul,
como vos decís, te va a buscar acá también.
Resultó extremadamente curioso, pero cuando el sujeto ter-
minó de pronunciar la última palabra, comenzó a oír golpes in-
creíblemente fuertes en los tablones que estaban sobre su cabe-

98 EL BARCO
za, interrumpidos por esa horrible voz: “Tomada, señor Toma-
da”. Los golpes siguieron sin cesar hasta que una pierna atrave-
só la madera y pudo así reconocer los zapatos y el pantalón de
esa inconfundible tela azul oscuro.
–¡Es él, es él! –gritó desesperado. –¿Dónde voy? Ayudame.
–Caminá hasta la pared de la derecha. Ahí hay una puerta,
bajá la escalera y ahí te van a ayudar. Te puedo asegurar que el
hombre de azul, ese que decís, te va a dejar tranquilo.
Hizo caso de inmediato. No dudó ni un solo segundo. Luego
de descender otra vez una escalera, siguió corriendo hasta que
alguien lo detuvo con sus brazos. Tomada intentó librarse en va-
no. Estaba agotado.

–Tranquilo, no es necesario correr.


–¡Dejame! Me viene siguiendo por todo el barco ese desgra-
ciado del traje que me quiere matar.
–Te digo que no tenés que correr más. Tranquilizate, yo te
voy a ayudar. Ya no te siguen.
Tomada observó a su alrededor un número interminable de
personas sentadas en pequeñas sillas. Solos, con las manos so-
bre las rodillas y mirando al suelo. Sin color en sus rostros, sin
vida en su piel. La fila de sillas se extendía hasta donde alcan-
zaba su vista. Parecía estar en otra realidad. Confundido, tragó
saliva para poder articular algunas preguntas. El hombre que lo
sujetaba finalmente dejó de hacerlo con fuerza para casi acari-
ciar su brazo de manera amistosa y fraternal.
–¿Cómo sabés? ¿Cómo podés estar tan seguro? –dijo Toma-
da con un hilo de voz ensuciada por el miedo.
–Lo sé porque dijiste barco y porque dijiste matar. Este es tu
lugar.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 99
Testigo forzoso
–¿Que si quiero ser testigo de casamiento de su hermano, di-
ce? Ja, ¡claro que no! ¿Cómo voy a querer? Jamás lo sería, ni de
él ni de nadie que camine por esta tierra olvidada de Dios. Jamás
voy a volver a un registro civil. No importa cuánto los aprecie a
ustedes. La razón es una sola y se la voy a contar. Cuando era
gurisote, recién hecho hombre, fui testigo de uno y juré que ja-
más volvería a serlo. Sí, ya sé que ahora estoy viejo y con la voz
pelada a causa del tabaco, pero qué… ¿Usted cree que no me
voy a acordar? ¿Cómo no me voy a acordar? Siéntese y escuche
ahora. Su pregunta descuidada hizo que esos recuerdos ocultos
y dormidos, que no le conté siquiera a mi patrona, despierten. Y
ahora voy a tener que sacármelos de encima, porque se sienten
pesados como un raído, como esos que cargaba en aquella épo-
ca, cuando tenía fuerza para regalar. Jódase y escuche ahora,
por preguntón. Mucho tiempo ya hace de esto, pero con mi ami-
go Lorencito habíamos empezado a descubrir el guainerío desde
hacía unos años, cuando esto pasó. Las mujeres… ¡qué lindas
son cuando uno comienza a descubrirlas!, ¿vio? Pero hay que te-
ner cuidado, porque pueden traer desgracias muchas veces. De-
je, deje que le cuente, che. Allá por la zona de Bonpland andába-
mos. Me gustaba mucho ese lugar, estaba contento por allá. No
teníamos familia que mantener, vagábamos de plantación en

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 103
plantación buscando algún lugar donde poner nuestros jóvenes
cuerpos a trabajar a cambio de esos billetes que tan bien nos ve-
nían para divertirnos después. Porque eso era lo que importaba
en los tiempos de joven. Divertirse. Así como usted se divierte,
¿no? En ese entonces nos pagaban por semana y lo único que ha-
cíamos durante esos días, además de trabajar duro, era intentar
descubrir en qué lugar o en qué pueblo iba a haber baile. Siem-
pre íbamos juntos a los bailes de la zona, Lorencito y yo, sí señor.
Él era el menor de cuatro hermanos sin padres. Los hermanos
Lorenzo, por eso le decían Lorencito. Él era bueno con el muje-
rerío, che. Siempre se llevaba bien con ellas, de entrada nomás.
Yo era más pajarón, pero también tenía mis encantos, no se lo
voy a negar. Por ahí pasaba algunas noches tabaqueando solo en
alguna picada, pero por lo general siempre conseguía algo para
entretenerme. A veces algo bueno, a veces no tanto, pero… la ca-
ña se encargaba de nublar un poco la vista para pasar el rato.
Después de todo, la cosa era entretenerse. Divertirse. ¿A usted
no le gusta divertirse, acaso, que es jovencito todavía? Claro, vio,
usted ya entiende. Páseme mi tabaco ahora que viene la parte
buena y me gusta contarla con un cigarrito en la mano.
Como le venía diciendo, todo era cuestión de entretenerse,
pasar el fin de semana con alguna guainita cabezuda de la zona.
Esa era la idea, hasta que el hermano mayor de Lorencito, Justi-
no Lorenzo, le dijo que de ahora en más todos aportarían una
buena parte de su salario semanal para el hermano que iba a sa-
lir de farra. Y, más vale, todos querían salir de farra como siem-
pre, porque todos los Lorenzo eran iguales. Pero sólo uno por vez
iba a poder hacerlo con mucho dinero. Nosotros no entendimos
mucho la idea en un primer momento. Pero como Justino era mu-
cho mayor que nosotros, no pudimos quejarnos. Lorencito no te-
nía dinero y yo tenía entonces que dividir el mío con él. Apenas si

104 TESTIGO FORZOSO


podíamos hacer algo. Pero un día le tocó su día. Y ahí no nos pa-
ró nadie, che. Recién ahí pudimos entender la idea de Justino.
“Ahí llega uno de los hermanos Lorenzo”, gritaban. Y las mujeres
que estaban solas lo miraban, y siempre sobraba para mí. Por
eso yo seguía firme al lado de mi amigo. Hasta los padres de las
mocitas “bien” lo miraban interesados, esos que eran dueños de
chacras. Pero esas no nos interesaban. Con los padres ahí cerca
no se podía hacer nada. ¿Para qué perder el tiempo? Si después
de todo la idea era divertirse, ¿no? No sabe usted lo bien que la
pasábamos. Durante casi todo ese año estuvimos así, valía la pe-
na trabajar duro porque sabíamos que ese último sábado del mes
llegaría cargado con buena parte de la paga de los hermanos de
Lorencito. Todo venía fenómeno hasta que ese gringo cayó en
uno de los bailes. Don Vorkensen, cómo olvidarlo. Alto, de brazos
gigantes, manos enormes con dedos que parecían cigarros, así
como este que tengo en la mano, así de grandes eran sus dedos.
Su mujer era igualmente grande y aún más fea, o vieja, quizá só-
lo era vieja, pero cuando uno es mocito lo viejo es feo. Usted se-
guro me ve feo, ¿no? Bueno, sepa que no era feo antes. Cebe un
mate pues, y no se quede con cara de opa mirando, que se me se-
ca la boca de tanto hablar. Cebe un mate y deme un respiro para
que moje mi garganta, que ahora viene la mejor parte. …
Una pareja de gringos feos, como le dije. Pero su hija era algo
que había que ver. Alta, con piernas largas como un tero, pero no
tan flacas. A través de la pollera se podía ver que tenían la canti-
dad justa de carne. A mí me gustó mucho, pero Lorencito, ¡ja! Lo-
rencito quedó tonto al verla. Y cuando uno queda así que parece
que le hicieron un payé1, bueno, ahí hay que cuidarse, mi amigo.
No dejó de mirarla en toda la noche el infeliz y la moza se dio
cuenta, y le gustaba encima. Porque cada tanto soltaba sonrisi-
tas nerviosas hacia donde estábamos nosotros dos. Llegó un mo-
1
Payé: hechizo, embrujo

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 105
mento en el que Lorencito no aguantó más. No me escuchó, le di-
je que la hija de un gringo así grandote y argel y de una vieja
blanca y triste como un fantasma no podría ser un buen bocado
para divertirse. Ese no era nuestro puchero, pues. Pero el testa-
rudo no me escuchó. Todavía me acuerdo de sus palabras exac-
tas: “Voy a hacer cualquier cosa al menos para darle un beso a
escondidas esta noche, cualquier cosa”. Y se mandó nomás, se
embaló solo. No miró para ningún lado, ni a sus padres ni a mí, ni
a la cantidad de tipos que había mirándola con hambre a la guai-
na y después con bronca a mi amigo porque se las había arregla-
do para bailar nomás con ella. Ahí nomas pensé que iba a tener
que usar mi cuchillo más tarde para defenderlo. Pero no fue así
que la cosa terminó, no, amigo, usted no imagina lo que sucedió.
Bailaron nomás toda la noche, y yo encima no hacía nada por-
que estaba preocupado por los tipos esos que estaban calentitos
mirando la pareja desde una esquina del salón. La gringa miraba
a Lorencito entusiasmada, el tipo ya la había engatusado con pa-
labras al oído, no sé cómo hacía. La tipa ya estaba medio hasta
enamorada, che, y él que no perdía oportunidad para mirarle las
piernas. Sólo podía mirar, pobre, porque tocar no iba a tocar na-
da, no con ese gringaso atrás que miraba firme como milico, jun-
to con su horrible mujer. Seguramente se dio cuenta de que lo mi-
raban los otros tipos, y que con los padres de la mujer ahí no iba
a poder lograr mucha cosa. Por eso seguramente la largó y se
arrimó a donde yo estaba, y me dijo con aliento a vino: “Tengo un
plan, chamigo, voy a acompañarla a la casa a ella y a los padres.
Pero necesito que vos me sigas, por las dudas… para que no pa-
se nada, dale, hoy me cuidás vos, la próxima te cuido yo. Como
siempre, che”. No tenía ni la mínima idea de cuál era su plan, pe-
ro la gente ya se estaba yendo, yo estaba cansado y no había li-
gado nada por no buscar. Porque estaba preocupado por esos ti-

106 TESTIGO FORZOSO


pos, que a esa altura ya se habían ido. Al final, el infeliz de la no-
che fui yo. No tenía muchas ganas, pero no me quedaba otra cosa
por hacer. Ya la fiesta estaba por terminar, no había dónde ir. To-
davía estaba oscuro, pero no faltaba mucho tiempo para que
amaneciera. Una buena caminata me vendría bien para descan-
sar mejor después, ¿vio? Cuando uno toma de más lo mejor que
puede hacer es caminar mucho por una picada. La frescura del
rocío y el olor a hierba fresca pareciera que le sacaran a uno la
borrachera. Y así salimos, nomás. La pareja recién formadita iba
bien adelante y hasta de la mano, fíjese si no fue astuto este Lo-
rencito. Don Vorkensen y su mujer atrás, mirando qué hacían, co-
mo toda la noche. Pero en el monte, en ese entonces que no había
linternas de esas que usted tiene, todo era oscuridad de noche.
Mientras más penetrábamos en la picada, menos y menos se ve-
ía. Así perdí de vista a Lorencito primero y después a la pareja de
gringos. Para completar estaba ruidoso el monte y no podía oír
los pasos siquiera. Menos mal que era una noche despejada y con
esa luna bien redonda, esa que lo deja bobo a uno si amanece
abajo. Es peligrosa esa luna, pero por lo menos ahí iluminaba al-
guito para que uno no se tropezara. Según me había dicho Lo-
rencito, antes de salir del baile teníamos que caminar unos cua-
renta minutos por esa picada y ahí llegábamos justito a la casa
del gringo Vorkensen, así le había dicho la guaina pues. Como le
dije antes, yo pensé que caminaba un rato y después dormía a pa-
ta suelta. Qué ingenuo, cómo a veces la vida lo sorprende a uno,
¿no? Usted sabe que jamás hubiese imaginado lo que ocurrió
después. Deme un poco de su fuego, que se apagó mi cigarrito.
Bueno, como le dije, yo caminaba y caminaba por el monte calcu-
lando un poco la distancia. En plena oscuridad había perdido de
vista a todos pero estaba seguro de que andaban por ahí, más
adelante. De repente sentí un ruido pero no vi nada, así que no le

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 107
di importancia y seguí. Caminaba y pensaba, cuando uno camina
solo y de noche es cuando más piensa, ¿vio? La cuestión es que
de a poquito empezaba a clarear. El camino se veía cada vez más
y ya comenzaba a tranquilizarme. Jamás me había gustado ca-
minar de noche por el monte. Hasta que ví nomás la chacra del
gringo Vorkenssen y lo ví a él. Y vi su escopeta también, que me
apuntaba. “¿Dónde está tu amigo?”. Eso nomás dijo el tipo, y su
dedo gigante acarició el gatillo mientras el caño me miraba. “No
sé”, dije con la voz aflautada. “Más vale que sepas o te perforo las
piernas, para empezar”. Yo había oído decir que era un hombre
de mucho hacer y poco decir, cosa que no era buena para mí en
ese momento. ¿Se imagina? Me moría de miedo ahí, sin poder ha-
cer nada. La mujer apareció por detrás, y tenía una fuerza la hi-
ja de perra, pero una fuerza que no le explico. De un palazo re-
ventó mi codo. Mire, mire el corte. “Más vale que mi hija aparez-
ca con ese sinvergüenza rápido porque si no la vas a ligar vos”. Y
ahí me quedé, sentado ahí en el barro nomás, con el codo a la mi-
seria y maldiciendo a Lorencito. La pareja de gringos me miraba
con odio, esperando que yo hiciera algún movimiento para darme
otro golpe, seguramente. Ni siquiera miraban la picada, pero yo
sí y ahí lo vi al tipo que avanzaba con una sonrisa de agrandado,
de esas que se tienen cuando se cumplió un objetivo. Y la otra, fa-
cilonga había sido, porque venía toda despeinada, con el vestido
desaliñado y los ojos brillantes. La sonrisa de mi amigo desapa-
reció justo en el momento en que me vio. Y fue ahí cuando enten-
dí su plan fallido. El tipo pensó que podía adelantarse con su pre-
sa en medio de la noche y ocultarse en algún lugar del monte pa-
ra salirse con la suya. Y después reaparecer sin que nadie nota-
ra nada. Pero el muy tonto no calculó bien el tiempo y se pasó de
vuelta. ¿No le dije yo que el hombre a veces es tonto con las mu-
jeres? La tipa seguro quería que todo esto ocurriera. Yo soy viejo,

108 TESTIGO FORZOSO


hágame caso en lo que le digo. Muchas, pero muchas veces me
pasó a mí también, así como a Lorencito. Uno cree que está ha-
ciendo con la mujer lo que uno quiere y en realidad está pasando
todo lo contrario. Pero uno es bobo, uno es tonto y no piensa, co-
mo los perros escaldados. Pero claro que la tipa quería que esto
ocurriera, porque conocía a su padre y Lorencito no, y yo menos.
Bueno, estaba empezando a conocerlo. “Al registro civil”, rugió
Don Vorkensen, dirigiendo su escopeta a Lorencito. “Y vos, arrui-
nado, vas de testigo”, me dijo a mí. …
La guaina de mi amigo iba caminando al registro con la son-
risa de oreja a oreja. Claro, había conseguido lo que quería. Aho-
ra, una vez que salieran de ahí casados, iba a poder escapar de
ese padre trastornado, que resolvía todo a tiros y golpes. El ca-
lor del monte capaz le había jodido el cerebro al gringo, la ver-
dad, no sé. Para ella era preferible casarse con cualquier peon-
cito y salir de esa casa que seguir ahí más tiempo, sin poder ha-
cer nada, más que ayudar a su horrible y bruta madre a carpir.
¿Vio lo que le digo? Tenga cuidado con las mujeres usted, sobre
todo cuando crea que le está yendo demasiado bien, porque ahí
es cuando lo joden a uno. Y ahí nomas, sin darnos cuenta, ya es-
tábamos firmando y ya estaban casados nomás. Listo.…
Casi todo le salió bien a esta tipa, casi todo. No tuvo en cuen-
ta lo mucho que a Lorencito le gustaba la farra. Le gustaba tan-
to que era capaz de dejarse matar por el gringo antes de volver
con una mujer. Salimos del registro civil y sólo en ese momento,
en el cual ya eran marido y mujer, el gringo Vorkensen bajó la es-
copeta, pero no la largó. Sonreía satisfecho porque había salva-
do el honor de su hija, y la muchacha, feliz, hablaba con la gente
que se había acercado. Sentí mucha lástima por mi amigo al ver
toda esa escena, y miraba cómo la hermosa guaina no paraba de
sonreír de felicidad. Pobre, pensé, lo embromaron lindo. Loren-

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 109
cito sin embargo parecía tranquilo. Se me vino encima rápido y
me dijo: “Te gusta mi mujer”, acusadoramente, como si le ofen-
diera que yo la estuviese mirando. Yo me enojé y le dije: “¿Qué
carajo te pasa?”. Le pregunté con bronca porque yo realmente
no entendía. Se había mandado una flor de macana el tipo, yo es-
tuve presente para ayudarlo y hasta el brazo vendado tenía, y
me decía eso. Él me miró con algo de picardía y ahí nomás me di-
jo muy cerca en la oreja: “Te la regalo, ¡cualquier día me van a
venir a agarrar a mí así!”. Después el tipo corrió como un vena-
do y se metió en una porción de monte que había visto probable-
mente hacía rato ya. Y yo lo seguí. Oí gritos desesperados, dis-
paros y otras cosas, pero no hice más que seguirlo. Así nos fui-
mos de ese lugar y jamás volvimos cerca de ahí. Y a Lorencito le
reventé la cara de una trompada cuando se detuvo. Y no fue más
mi mejor amigo. Y ahí nomás juré que no me iba a casar nunca y
que jamás pisaría un registro civil. Así que mi respuesta es no,
como ya le dije en un principio.

110 TESTIGO FORZOSO


La revelación de José Tomada
Tomada tragó pesadamente la saliva que tenía alojada en la
boca y la sintió caer como una piedra sobre su estómago vacío.
Cuando observó con más calma, pudo ver que el espacio era muy
grande. Demasiado grande como para estar en un barco. Con
horror comenzó a recordar los diferentes lugares en los cuales
había estado durante su frenética huida y se dio cuenta, espan-
tado, de que también eran inmensos. Las escaleras muy largas,
los pasillos interminables, la muchedumbre inmensa. “Matar”.
La palabra tenebrosa resonó en su cabeza unos instantes. Re-
cordó nuevamente el episodio del baño, en el cual la suerte le ha-
bía sonreído por un segundo. Un instante después su espectacu-
lar escape había dado comienzo para terminar tan súbitamente
como había comenzado. Frente a un hombre cuyos ojos refleja-
ban con pureza una bondad jamás antes vista. Los terribles do-
lores que había sentido antes de ir al baño habían desaparecido
mágicamente. Su corazón latía con serenidad. Algo en su inte-
rior le decía que no había nada más que temer.
–No sé dónde estoy. Pero un tipo quiso matarme en el baño,
me acuerdo bien pero justo me escapé porque hubo una falla en
la energía y…
–El sicario jamás falla –interrumpió el sujeto.
–Nadie escapa cuando te viene a buscar.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 113
–¡Ja ja! –Tomada rió, incrédulo. –¿Me vas a decir que era el
sicario de la muerte y que cosecha almas con una pistola con si-
lenciador? ¡Hacéme el favor!
–Esa escena que describís seguramente fue un invento de tu
subconsciente. Tu cabeza incrédula te juega una última broma
para que te sujetes patéticamente a una vida que creés única.
Seguramente moriste de cualquier cosa. El sicario fue a buscar-
te y tu mente, con el último suspiro de vida terrenal, transformó
la escena. Porque sos un incrédulo. Por eso estás acá. Puedo ver-
lo en tus ojos. Yo fui como vos en algunas de mis vidas anterio-
res. Puedo ver cómo a medida que me escuchás, te vas dando
cuenta de la triste realidad.
Tomada recordó los intensos dolores que había tenido en el
momento de la cena una vez más. ¿Estaría de verdad muerto?
–Esperá un minuto –dijo con algo de entusiasmo. –Si eso fue
una ilusión, ¿por qué carajo me seguía después el tipo ese?
–Ese es el contralor, no hace más que guiarte a donde tenés
que estar. Y esa fantasía, ese miedo que te hizo sentir, hacién-
dote creer a cada instante que estaba a punto de alcanzarte, es
el primer castigo a tu ateísmo. Acá están todos los que eran co-
mo vos, sentados en esas sillas que ves. No pueden hacer otra
cosa más que pensar en todo lo que se perdieron por haber sen-
tido que la vida era una sola, por haber procedido de ese modo.
Como si solamente lo que ocurría en esa vida que tenían en sus
manos fuera lo único importante. Por eso viviste esta fantasía,
por no creer que podría haber algo después de la muerte. Ni si-
quiera pudiste notar que el sicario tenía un traje negro y el con-
tralor, azul oscuro. Pensaste hasta hace unos segundos que re-
almente estabas vivo.
Tomada lloró, también sintió miedo y desazón. ¿Qué otra co-
sa podía sentir ante tan tremenda revelación?

114 LA REVELACIÒN DE JOSÉ TOMADA


–¿Qué hago? –preguntó entre lágrimas. –¿Qué hago ahora
que todo terminó?
–Ese es tu primer error, Tomada, la cosa no terminó. Apenas
está comenzando. Tenés que luchar por salir de acá.
–¿Volver a subir, decís, piso por piso?
–No, el contralor no te va a dejar salir de acá hasta que cre-
as de verdad en todas las cosas que jamás creíste. Esto te puede
llevar mucho, mucho tiempo. Tenés que purificar tu esencia de
esa incredulidad que tenés infestada por todo tu ser. Cuando lo
hagas, cuando realmente estés curado, vas a volver a subir.
–¿Hasta arriba? –preguntó como si fuese un niño.
–Hasta arriba, sin escalas. Sin parar en esos otros lugares
por los cuales pasaste. Esos lugares son para otro tipo de perso-
nas. Vas a volver arriba pero desde cero. Sin recordar nada. Sin
saber que estuviste por acá siquiera. Volviendo a nacer.
–No entiendo, ¿es una reencarnación? ¿Existe eso?
El hombre sonrió y cerró los ojos un momento.
–Te falta mucho por meditar, por lo que veo. No, no es una
reencarnación. No vas a ser José Tomada, vas a ser otra perso-
na. Alguien totalmente nuevo. Vas a empezar de cero, como te
dije. Ese va a ser tu premio una vez que comprendas en el fon-
do de tu esencia que hay cosas que van más allá del entendi-
miento humano. Solamente puedo asegurarte que esa nueva
persona va a tener fe. No importa en qué, ni cómo se va a mani-
festar esa fe. Eso es lo de menos. Pero esa persona nueva que
vas a ser, una vez que salgas de este lugar, jamás va a dudar de
la existencia de la vida después de la muerte. Jamás. Porque
vas a curarte, te lo aseguro. No sé cuánto tiempo vas a estar acá
pero vas a curarte.
–Después de pasar por acá unos años entonces voy a ser
una buena persona.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 115
–Primero, la noción de tiempo acá puede ser muy engañosa,
no pienses en eso. Segundo, no, no dije eso. Dije que vas a tener
fe. Eso no quiere decir que seas una buena persona. Podés ser
alguien mentiroso o violento. Qué se yo. Un traidor. No lo sé. Mu-
chos son los caminos que apartan al ser humano de la divinidad
y la hermosura de su verdadera esencia. Llegada la hora, el si-
cario te va a buscar nuevamente y el contralor te va a llevar a
donde debas estar. Te vas a quedar un tiempo hasta que ese nue-
vo defecto sea depurado.
–No lo entiendo, no merezco esto. Yo fui un hombre leal, fiel a
mi esposa, no era violento. Este no es un defecto tan grave. Mi
esencia es buena en el fondo.
–Decime una cosa, ¿quién te dijo que es la primera vez que
andás por acá? Ya pudimos curarte otras falencias. Sólo que no
te acordás de tu paso por este lugar. Como no te vas a acordar
cuando se te dé la oportunidad y vuelvas a subir. Las personas
muchas veces no saben por qué tienen determinadas caracterís-
ticas. Muchos no saben por qué no pueden pegarle una trompa-
da a nadie o por qué no pueden robar ni un pedazo de pan, o por
qué se preocupan sin razón por el que menos tiene, por el nece-
sitado. Es muy simple, Tomada, ya anduvieron por acá y el últi-
mo defecto que fue quitado se transforma automáticamente en
su mayor virtud. En tu caso va a ser la fe en algunas de las ma-
nifestaciones de Dios. Y no importa que te lo diga ahora porque
no te vas a acordar una vez que vuelvas.
–No entiendo, ¿voy a volver a este lugar una y otra vez hasta
que vuelva como un hombre perfecto, sin defectos?
–A ver, Tomada, ¿alguna vez en tu vida de allá arriba cono-
ciste a alguien perfecto? –dijo el otro con grandeza y satisfac-
ción, sabiendo que no había respuesta afirmativa.
–Siempre vas a tener algo que curar y cuando no lo tengas…

116 LA REVELACIÒN DE JOSÉ TOMADA


bueno, será otra historia esa. Ahora no importa.
–Vos mencionaste una de tus vidas. ¿Quién sos vos? ¿Por qué
me ayudás?
–Tomada, yo estoy recorriendo un camino diferente. A mí se
me acabaron las oportunidades y por esa razón mi camino es
otro.
Sujetándolo del brazo, el hombre lo llevó hasta su silla, don-
de pudo acomodarse. Sin importarle lo que pasaba a su alrede-
dor, Tomada comenzó a recordar las incontables veces en las
que había comenzado una oración con la frase “Cuando sea car-
ne de gusanos”.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 117
Antes de comer
Para Mía y Luca

Nota del autor


Algunos de los cuentos incluidos en este libro fueron inspirados y escritos
desde la visión dinámica de las historias de suspenso trágico. Otros, intentan
hacer copular esta visión con el sentimiento de lo fantástico. Lo que podría o
no ser real en un mundo que no comprendemos demasiado. Un intento a través
de la literatura de explicar algunas cosas que no entendemos o de hacernos
preguntas que nunca antes nos habíamos hecho. El relato que sigue está, sin
embargo, algo apartado de los demás, si queremos pensar en este libro como
un todo. La principal diferencia, la más evidente, echa raíces en su eje central,
un acontecimiento mundano y trivial. Después de releerlo y recolectar diversas
opiniones decidí incluirlo al encontrar en él, también, algunos elementos fan-
tásticos expresados a través de la inocencia infantil, donde los límites de la re-
alidad son mucho más difusos. Si el lector quiere, puede resignificar estas con-
clusiones de los niños para dejar que el sentimiento fantástico haga un poco de
desorden en su mundo real.
Sebastián Borkoski
Enfrentados, con los ojos abiertos y tenedor en mano, los me-
llizos abrían sus fosas nasales de par en par para poder absor-
ber los exquisitos aromas que llegaban desde la cocina. Gallina,
ese era el manjar con el cual su abuela los deleitaba los prime-
ros sábados de cada mes desde que eran muy pequeños. No ha-
bía en el mundo plato más exquisito. Los trozos del ave cocidos
en el horno de barro, mezclados en una fuente con gran cantidad
de papas doradas eran una verdadera fiesta para sus sentidos.
El animal completo estaba trozado y a su disposición para que
ellos comieran lo que más les gustaba. Sus abuelos esperarían
para luego comer lo que sobrara. Solamente en esta casa, una
vez por mes, eran reyes. Sus padres les enseñaban a comer lo
que tenían en el plato sin quejas o reclamos. Eso ahora no im-
portaba, ellos no estaban. Los habían dejado temprano, como to-
das las veces. Había mucho con qué entretenerse en esa casa de
enormes jardines. Siempre observaban a la abuela cuando iba al
gallinero a elegir el almuerzo en ese corral verde. Cuando había
polluelos los mellizos se acercaban a alimentarlos para ver si
podían atrapar alguno. Jamás llegaban a encariñarse demasia-
do con ellos, por más tiernas que fueran esas pequeñas cosas
amarillas que caminaban de un lado a otro. En su inconsciente
parecía haberse instalado ese instinto básico de supervivencia

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 121
que les recordaba que esa pequeña e inofensiva criatura, en un
determinado plazo iba a estar dentro del horno generando los
aromas que tanto disfrutaban. Los pocos minutos que aguarda-
ban ante la mesa servida constituían una espera interminable.
Siempre llegaban a sus lugares con un apetito voraz después de
una mañana intensa. No importaba lo que fuera, para los peque-
ños todo era un juego en esa casa alejada de la ciudad. No había
diferencias entre armar una torre con bloques de madera o jun-
tar mandarinas o duraznos para el postre. Todo era divertido. El
almuerzo les daría las energías suficientes para continuar con
sus actividades hasta que la oscuridad apareciera junto con sus
padres. A veces ni siquiera podían esperarlos despiertos. El
abuelo les había prometido cazar chicharras si no peleaban en
el almuerzo. Él las atrapaba y con cuidado les ataba un hilo ve-
lero para que los mellizos jugaran con ellas, como si fueran una
especie de barriletes que se movían espectacularmente sin sa-
ber jamás a dónde podían parar. Si no se estaba lo suficiente-
mente atento el improvisado juguete podía escaparse, llevándo-
se consigo el cordel. No había muchos motivos para pelear en
aquel lugar. Jugaban armoniosamente como jamás lo hacían en
sus casas. En realidad la razón de la pelea era siempre la misma
y estaba directamente relacionada con el almuerzo. Todo el po-
llo era sabroso y cada uno tenía preferencia por alguna u otra
parte. Sin embargo, ambos codiciaban y saboreaban de antema-
no la misma pieza. La parte más pequeña, única y sabrosa, cuya
carne fibrosa tenía un gusto notoriamente diferente del resto del
animal. Ambos querían el diminuto pero exquisito corazón. Ha-
bían probado con diferentes tipos de soluciones para dicho con-
flicto y habían intentado llegar a una justicia que parecía inal-
canzable. No importaba cómo lo decidieran. Algunas veces era
piedra, papel o tijera, otras la carta más alta. También probaban

122 ANTES DE COMER


midiendo su destreza con el balero o su puntería con la gomera
o las canicas. Cualquiera fuera el método de decisión siempre
dejaba a alguno de los dos inmerso en la disconformidad y al
triunfador con una sensación amarga al ver la tristeza de su her-
mano. El corazón solía tener un dejo de culpa dentro de su deli-
cioso sabor. Cosas de mellizos, quizá, de esas que sólo pueden
entender quienes compartieron su vida con alguien desde el mis-
mo útero en el que comenzaron a existir. Ya las últimas veces ha-
bían optado por premiar la velocidad y la agudeza visual. El pri-
mero en encontrar el corazón entre los demás trozos lo comía.
Simple, sencillo. Sintieron los pasos de la abuela y se miraron
con desafío y picardía.
–¡Lo tengo!
–¡Es mío!
Después de escucharse mutuamente aclamar la tan deseada
victoria vieron con estupor que había un corazón clavado y cho-
rreando sus jugos en cada tenedor. Se quedaron sorprendidos,
incapaces de comer hasta que no entendieran por completo la
razón de tan inesperado acontecimiento. Durante unos segun-
dos miraron los corazones sin poder decir nada.
–Yo creo que el pollo de chiquito se enfermó y la abuela le pu-
so otro corazón para que no muriera –dijo el varón, mientras ob-
servaba por la ventana el gallinero. Su hermana se apresuró en
corregirlo.
–La abuela no es doctora, ella sólo los mata cuando engordan.
–A ver… ¿Entonces por qué tenía dos corazones?
–Para que sepas no era pollo, era una gallina. Un gallo se en-
amoró y le regaló su corazón. Como hacen los hombres cuando
se enamoran de las mujeres. En la tele yo escuché que un chico
le decía a una chica “te regalo mi corazón”
–Eso es mentira, ¿sabés? Nadie puede vivir sin corazón.

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 123
–Ah, ¿no? ¿Te acordás cuando la tía estaba triste y lloraba?
Le dijo a papá que le habían roto el corazón, y la tía está viva.
¿Ves que se puede?
–Pero dijo que tenía el corazón roto, no se lo había dado a
nadie.
Pasaron unos minutos más en silencio, comiendo todo menos
los corazones, que esperaban en una bandejita de aluminio que
usaban para tirar los huesos. Mientras lo hacían, la niña arruga-
ba su frente intentando buscar otra explicación que conformara
a su hermano. De repente una pregunta apareció en su cabeza.
–¿Y será que le dolía a la tía?
–Yo creo que sí, por eso lloraba. Esa vez que yo me rompí la
mano cuando me caí lloré mucho porque me dolía. ¿Ves? Si tenés
el corazón roto duele, pero se puede vivir.

Nuevamente estuvieron un tiempo sin hablar. Seguían medi-


tando sobre las conclusiones a las que llegaban de manera un
tanto forzada por la competencia de querer demostrarse mutua-
mente quién era el poseedor de la respuesta a tan inquietante di-
lema. El varón sonreía satisfecho. Era evidente que tras la de-
rrota de su primera hipótesis, se había conformado con refutar
las teorías de su hermana. Ella continuaba pensando en las di-
ferentes posibilidades que le ofrecía la vida amorosa de su tía.
Un nuevo pensamiento atacó con fuerza su razón.
–Pero ahora la tía ya no llora y está contenta con otro novio.
No le duele más porque seguro él le dio su corazón, que estaba
sano.
–¡No!, porque sino él no puede vivir, ya te dije que no se pue-
de vivir sin corazón.
–Pero si él tenía dos, sí podía darle uno.

124 ANTES DE COMER


La contrapropuesta de la niña había descolocado a su her-
mano, quien ya había comenzado a sonreír ante una nueva y
presumida victoria. Pero esta vez, en lugar de hacerlo, comenzó
a considerar que quizás ahora ella tuviera razón.
–¡Aaah! –exclamó, cuando encontró un nuevo sentido a la te-
oría de su hermana. –Entonces este era un pollo macho que mu-
rió antes de darle el corazón a una chica. –¿Ves? Los hombres
tienen dos corazones y le dan uno a una chica que lo tiene roto.
La charla los había dejado muy pensativos y ambos repasa-
ban en sus cabezas todas las palabras que habían escuchado de
parte de los mayores con relación al tema. Cuando el varón sin-
tió cerca a su abuela preguntó si se trataba de un pollo. Se des-
ilusionó enormemente al oír el grito de la abuela, que nueva-
mente se había alejado. “Gallina era”. Su hermana, sin embargo,
sonreía con más satisfacción que antes.
–Entonces tenía razón, es una gallina que recibió un cora-
zón, como dije primero.
Con expresión de derrota, el varón contemplaba los corazo-
nes. Estaba a punto de reconocer que su hermana tenía toda la
razón. Sin embargo, de tanto mirar los diminutos órganos en-
contró una manera de volver a complicar la cuestión.
–¡No! Estos dos corazones están sanos, ¿ves?, ninguno está
roto o le falta un pedazo.
Una vez más la confusión reinaba en las caras de ambos. Si
hubiesen estado solos probablemente hubieran preguntado a la
abuela, pero no era el caso. Ninguno de los dos quería demostrar
que no era capaz de resolver el problema. Una pequeña compe-
tencia entre hermanos de la misma edad e inteligencia. No podí-
an pensar en nada más. La teoría de los novios, peleas y ruptu-
ras era quizá demasiado compleja para su corta edad. Pero, ¿có-
mo no hablar de amor cuando estamos hablando de corazones?

S E B A S T I Á N B O R K O S K I 125
–¡Mamá me dice “mi corazón”! –dijo el varón de repente.
–¿ Y? A mí también me dice “corazón”. Es porque nos quiere
mucho ¿Qué tiene?
–Que por algo nos debe decir así. ¿Por qué no nos dice “que-
rido”, o “mi amor”, como se dicen los tíos o los abuelos? Quizá
las madres le dan el corazón a sus hijos, pero no sé cómo hacen,
porque tampoco podrían estar sin corazón.
La nena acercó la bandejita a su lado y observó detenida-
mente los manjares que todavía no habían probado. Por primera
vez en toda la discusión había escuchado a su hermano con un
sentimiento de cooperación. Le pareció muy interesante esta
nueva idea. Sentía que podía cerrar el concepto para aclarar to-
do el asunto. Finalmente se iluminó.
–¡Ahhhhh, claro! Es así, ahora entiendo. Las mamás le dan
sólo un pedacito chiquito de su corazón a los nenes cuando es-
tán en la panza. Seguro debe ser esta parte chiquita de acá de la
punta, mirá. Y después crece ese pedacito hasta que nace el be-
bé, entonces es parte de su corazón.
–¿Pero cómo hizo entonces mamá con nosotros, que nacimos
juntos?
–Con dos corazones, mamá seguro tiene dos corazones. Un
pedacito para cada uno.
–Ahhhh, entonces esta gallina tuvo mellizos también, por eso
los dos corazones. ¿Vamos a buscar los pollitos mellizos? –pro-
puso el varón, entusiasmado.

Al fin habían entendido todo. Ya no querían comer los cora-


zones, tampoco les importaba quién había tenido la razón y
quién no, solamente lo habían entendido. Entre los dos, lo ha-
bían entendido. Como quizás entenderían otras cosas más ade-
lante, así, juntos. Como estaban ahora, uno al lado del otro in-

126 ANTES DE COMER


tentando buscar dos pollitos que fueran más iguales entre sí
que el resto.
–Y… ¿funcionó, vieja?
–No sé, no pelearon esta vez. Lo raro es que ni siquiera los
comieron. Puse dos corazones para nada. Ahora están allá los
dos como tontos mirando el gallinero.
–Cosas de chicos, vieja, cosas de chicos.

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