Está en la página 1de 6

II Jornadas de la Residencia de Salud Mental

Hospital Paroissien – La Matanza

Eje temático: El poder en las instituciones de Salud

La asimilación de la Salud a la medicina –preguntas acerca de las implicancias de ocupar


una posición subalterna. El caso de la inserción profesional de los psicólogos en la
Ciudad de Buenos Aires.
Grisel Adissi 1
Resumen
El presente trabajo se origina en una serie preguntas surgidas en el transcurso de una
investigación que toma como uno de sus objetos de indagación a los Equipos de Salud
Mental de los CeSACs (Centros de Salud y Acción Comunitaria), en la Ciudad de
Buenos Aires. Se intentará aquí arrojar algunas pistas acerca de la relación de poder
que subyace en un gesto recurrente en el campo de la Salud: su asimilación para con lo
relativo a la profesión médica. La invisibilización resultante de lo relacionado con otros
abordajes que tienen lugar en dicho campo, se considerará aquí, puede rastrearse no
sólo en las prácticas cotidianas de las instituciones sanitarias sino también en las
disciplinas que abordan críticamente lo que se ha dado en llamar “modelo médico
hegemónico” (incluyendo aquí tanto a la Antropología Médica como a la Salud
Pública). Para dar cuenta de lo anterior, se tomará como punto de mira el proceso de
profesionalización de la psicología en tanto disciplina vinculada al campo de la Salud,
poniéndolo en relación con el lugar subalterno que ella suele ocupar en el marco del
sistema sanitario tanto como dentro de las conceptualizaciones más críticas del proceso
salud/enfermedad/atención.

El presente trabajo surge a partir de la inquietud despertada por un abordaje empírico. En


el marco de mi proyecto de tesis, estoy indagando los procesos de construcción de ofertas
y demandas en salud mental en la Ciudad de Buenos Aires, en un tipo particular de
efectores (los CeSACs, Centros de salud y Acción Comunitaria). Constituyendo mi
primera etapa de trabajo de campo el abordaje de los equipos profesionales, fui cayendo
en la cuenta de que, mientras que estos se encuentran conformados casi en su totalidad
por psicólogos, la bibliografía que -desde distintas perspectivas sociales o culturales-
puede encontrarse tanto sobre salud en general como sobre salud mental en particular,
asimila el concepto de “salud” al ámbito de “lo médico”. La sensación que tuve es que
este es un dato, de tan cotidiano, poco cuestionado –es decir, algo que está naturalizado.
Así, desde los marcos teóricos que problematizan las relaciones de poder al interior del
campo de la salud suelen encontrarse referencias continuas al saber médico, a los
procesos de medicalización, a la profesión médica, a modelos médicos, a las ciencias
sociales médicas. Muchísimas herramientas pueden extraerse de estos textos, ahora bien,
surge no obstante una primer pregunta: ¿no se corre el riesgo de descuidar el análisis de
algunas dimensiones o sectores de realidad –de prácticas, de sentidos atribuidos, de
rituales, de funciones sociales, etc- por no diseñar herramientas conceptuales que
permitan aprehenderlas? Partiendo de que las relaciones de poder implican tanto
imposición como transacción para con el modelo dominante, ¿puede suponerse a priori la

1
Lic. en Sociología. Egresada de la RIEpS (Residencia Interdisciplinaria en Educación para la Salud,
GCABA). Maestranda en Investigación Social. Becaria doctoral del Conicet, IIGG, FSoc, UBA .
indiferencia de ocupar un lugar subalterno o uno hegemónico? ¿pueden traspolarse sin
más los desarrollos que hablan de “medicalización” para referir a una “psicologización”,
sin marcar las diferencias –históricamente sedimentadas- de tales disciplinas?

El concepto de “medicalización” se ha convertido en una herramienta conceptual básica


al momento de conceptualizar las relaciones de poder que se juegan en el terreno de lo
social en vinculación con el sistema de Salud. Conrad (1982), un autor clásico en la
genealogía de esta definición, menciona la importancia de la difusión de Freud en el
proceso de medicalización del comportamiento anormal. Incluye dentro de este último
problemáticas tales como alcoholismo, uso de drogas, accidentes, retardo mental, abuso,
delincuencia, obesidad, suicidio, niños hiperactivos, violencia y corrupción de menores,
entre otros. Podemos acordar con su propuesta teórica, coincidiendo con que se trata de
construcciones históricas de disciplinas y de modos de entender la realidad, a través de
los cuales se delimitan modalidades particulares de afrontar lo definido como un
problema. Ahora bien, esta remisión a los procesos históricos en los que se configuran
determinados modos de saber/poder (Foucault, 1991) queda en mera declamación si no
analizamos lo que efectivamente tiene lugar en escenarios concretos. Esto abre la puerta
a reconocer que en nuestro contexto particular, la obra del padre del psicoanálisis se
vincula de un modo particular con una profesión que no es exactamente la médica.
Aquel fenómeno plural que es la psicología como profesión, ocupa numéricamente un
lugar destacable cuando recortamos como escenario a la Ciudad de Buenos Aires y como
eje temporal los últimos años2. Sin embargo, resulta habitual el no distinguirla como
profesión de lo que se denomina el campo “psi” o bien de la “salud mental”. Enfocar el
análisis en los psicólogos implica, como es sabido, acercarse a un proceso de
profesionalización con características singulares. Es que la psicología como disciplina
-en la Argentina pero con una dinámica particular en Ciudad de Buenos Aires (escenario
concreto de mi investigación)- posee una historia institucional signada por la disputa
constante en aras de su propia legitimidad. Nacida como disciplina subalterna, se han ido
sedimentando un sinnúmero de rasgos relativos a esta posición. Mencionaré aquí al pasar
sólo un par de puntos significativos de esta historia, que probablemente no esté exenta de
resonancias del difícil proceso de legitimación de la psiquiatría como rama de la
medicina.
Si bien mediante un proceso constante y profundo de divulgación de algunas de sus
concepciones teóricas el sentido común local prontamente embebido de terminología
psicoanalítica comenzó a asimilar psicología y psicoanálisis, quienes hasta los años ´60 al
menos ejercían el psicoanálisis provenían de la profesión médica. Como gesto
demarcatorio de tal ambigüedad, la carrera de psicología fue creada en Buenos Aires en
el año 1957, en la Facultad de Filosofía y Letras pero con un Director de procedencia
médica (Carpintero y Vainer, 2004). Esa inserción académica iba a determinar su
cercanía para con planteos de las ciencias sociales y la lingüística, al tiempo que la
indefinición del perfil profesional de sus egresados tenía como contrapartida clara y
explícitamente formulada la prohibición de realizar psicoterapia3. En Buenos Aires,
2
Algunos datos del año 2005 indican que el 46.9 % de los más de 51.000 psicólogos del país se
encontrarían en la Ciudad de Buenos Aires, lo cual arroja unos índices de 126 habitantes por profesional
recibido (Alonso, 2006). En el mismo año, sólo en los CeSACs, fue la segunda profesión no-médica
consultada después de la enfermería (Anuario estadístico 2005, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires).
Las estadísticas oficiales del año 2008 para la misma área geográfica indican que en el sector de salud, las
consultas psicológicas ocupan el quinto lugar entre todas las consultas profesionales (consultar en
www.buenosaires.gov.ar).
3
De alguna manera, esto estaba legitimado por haber sido el mismo Freud quien consagrara esta jerarquía,
llamando “analistas profanos” a los que no tenían título médico, y propugnando que, para considerar a los
sujetos de modo integral, era necesario contar con conocimientos biológicos y orgánicos.
donde la mayoría de los psicólogos vivía y trabajaba, esta imposibilidad estuvo además
consagrada por una serie de legislaciones sucesivas, que cargaban a las intervenciones
clínicas con el estigma de la ilegalidad4. Pero esta desigualdad excedía el ámbito de lo
público para repetirse en contextos privados (de modo arquetípico, en la APA,
Asociación Psicoanalítica Argentina). La Ley del Psicólogo, según la cual queda
habilitado para practicar psicoterapia, data, en Ciudad de Buenos Aires, del año 1985.
Quizás por lo mismo que en otros ámbitos de la sociedad, quizás por los profesionales
desaparecidos, o quizás por el tabú que implica la acusación de complicidad a quienes
sostuvieron resistir en los espacios de trabajo (Visacovsky, 2002), actualmente resulta
difícil visibilizar líneas de continuidad entre la historia de la profesión a partir del ´83 y
sus capas arqueológicas previas5.
Una salvedad que debe aquí hacerse es que debería haber escrito arriba “psicólogas”. Es
que, si se trata de conceptualizar relaciones de poder, debe decirse que a la debilidad de
la posición descripta se sumaba desde el principio el tratarse de una disciplina que
convocaba mayormente a mujeres (a diferencia de la psiquiatría), lo cual acentuaba la
ubicación desventajosa (Balán, 1991). Esto equivale a que la masa profesional estaba en
un lugar de doble subordinación, puesto que las jerarquías –académicas, profesionales y
gremiales6- fueron desde el principio ocupadas por psicólogos varones. Este factor tuvo
un peso simbólico fundamental en las luchas del colectivo profesional por adquirir
nuevos derechos (Plotkin, op.cit., Balán, op.cit.).
El recorrido de la psicología como profesión no es sin consecuencias. Más allá de las
cada vez más diversas versiones de la psicología, que vuelven muchas veces complicado
el pensar en términos de un campo común, resulta quizás frecuente la invisibilización de
la posición subalterna que suelen ocupar los psicólogos en relación con los médicos en el
campo de la salud. Sin embargo, sigue siendo un hecho tan recurrente como innegable
que las definiciones estructurales en el sistema de salud se emanan por parte de la
corporación médica (Belmartino, 2005). Para sopesar de modo tal vez más adecuado tal
hegemonía, no debemos dejar por fuera del análisis el hecho de que la medicina posee un
número de agencias aledañas que actualmente configuran los mercados mundiales más
poderosos. En este sentido, la vinculación de la profesión médica para con las industrias
farmacológicas7 y de tecnomedicina implica una serie de intereses creados que
seguramente se vinculan con su rol preponderante en el campo de la salud.
Ahora bien, la relación de hegemonía/subalternidad (Menéndez, 1990 -I y II; 1994)
establecida para con la medicina, lleva a pensar la psicología no sólo en términos de
diferencias sino también de transacciones. Históricamente, la inclusión en Hospitales
Generales ha llevado más a una medicalización de la psicología que a una mirada
articulada (Visacovsky, op.cit.) El curso de mi investigación, por su parte, sugiere cierta
funcionalidad de ocupar un lugar –aunque fuere subordinado- en las instituciones de
salud. Esta funcionalidad estaría dada por el hecho de recibir la psicología una
transferencia de autoridad por parte de la medicina, mientras contribuye a sostener la
legitimación de aquella a través de ocuparse de aquellas cuestiones que los abordajes

4
La gestión de Carrillo durante el segundo gobierno peronista había promulgado una resolución en 1954
que limitaba la práctica de la psicoterapia, especialmente del psicoanálisis, a los médicos. En 1967 el
gobierno militar aprueba la ley 17.132, en la que se restringe su status profesional al de “auxiliar de
psiquiatría” en los territorios de jurisdicción federal, formulando la prohibición explícita de practicar
psicoanálisis. En 1980 esta ley era corroborada legalmente.
5
Las entrevistas realizadas y los documentos primarios y secundarios recogidos dan cuenta de esta
discontinuidad.
6
La Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, APBA, estuvo conformada casi enteramente por mujeres
en sus primeros años (ibíd.)
7
Valga la aclaración: los psicólogos no pueden medicar.
biomédicos no consiguen resolver8. Esto se manifiesta en algunos sesgos, notorios por
ejemplo en muchas de las prácticas de interconsulta tanto como en las propuestas de
trabajo interdisciplinario: mientras los médicos suelen consultar a los psicólogos sólo
para las temáticas que no han podido resolver previamente, los psicólogos tienden a
tomar las temáticas biomédicas casi sin excepción, mientras resulta frecuente que
releguen otros niveles explicativos9
La posición de subalternidad es, por otra parte, puesta de manifiesto en gestos cotidianos
dentro de las instituciones de salud, con tal impronta performativa que quizás cabría
hablar de rituales de demarcación. Se incluye aquí la meticulosidad en confundir en cada
escrito10 el carácter de “Dr” o “Lic” del destinatario, lo cual no sólo implica un sentido
jerárquico sino un acto de confraternidad que desliga tal pertenencia de la trayectoria o
status institucional del aludido11. Otro tipo de nominaciones también dan cuenta de la
posición subalterna en términos de capacidad de sanción legítima: las licencias por salud
mental actualmente pueden en un caso eventual ser otorgadas por un psicólogo, pero no
obstante reciben el nombre de “licencia psiquiátrica” Más allá de lo simbólico, los cargos
jerárquicos se encuentran implícitamente reservados a los médicos; en las escasas
excepciones donde son ocupados por psicólogos esto es significativamente ostentado por
la institución como signo de progresividad y democratización 12 –jamás aparecen otras
profesiones implicadas en el campo de la salud, salvo al interior de servicios propios.
Pero no sólo en las instituciones oficiales la posición es subalterna: resulta también
frecuente encontrar que distintas publicaciones del campo de la salud, aun las más
radicalizadas, no la mencionen como disciplina interviniente, o incluso que las
nominaciones otorgadas mismo por movimientos sociales asimilen salud a medicina13.
Entre las cosas que se escapan en tal asimilación –más allá de las relaciones de poder
históricamente configuradas, tal como se mencionó brevemente arriba- se encuentra la
particularidad del objeto mismo de ingerencia, Es que resulta curioso el modo en que se
deja de lado el hecho de que, tanto el no poner el foco en la enfermedad como el modo
propuesto de abordaje, son elementos que plantean situaciones que permanecen
incomprendidas en la equivalencia de salud y medicina. La difuminación posibilitada por
el abordaje de conflictos y sufrimientos no necesariamente anclados en procesos de
enfermedad podría implicar tanto una potencial universalidad de tratamiento, como una
continuidad con la esfera de lo cotidiano, lo cual lleva por lo menos a repensar el carácter
de “anormalidad” de las problemáticas sobre las que encuentra habitualmente
jurisdicción la psicología. En estrecha correlación con lo anterior, conceptos del campo
de la Salud Pública (Lemus, s/d, Starfield, 2001; Stolkiner, 1994) adquieren una nueva
8
Lo cual equivaldría a decir que la pertinencia de la intervención psicológica estaría dada varias veces por
ocuparse de los problemas residuales, en otras palabras, de los que persisten luego de sus abordajes. Este
proceso es similar al que Grimberg (op.cit.) describe en relación con la antropología médica.
9
Surge en las entrevistas la dificultad en la consideración de problemáticas sociales. De hecho, tienden a
reproducir la subordinación padecida inicialmente por parte de los médicos hacia los trabajadores sociales,
con argumentos muy similares. Esto es también comentado por Plotkin (op.cit.)
10
Se ha observado en distintas Jornadas organizadas desde instituciones públicas como tanto en el
programa como en los certificados este detalle insume una preocupación aguda por parte de los
organizadores y administrativos.
11
Si alguien tiene su doctorado completo pero no es médico, es probable que le anteceda “Lic”, mientras
que para un médico apenas se recibe de tal le corresponde el título honorífico sin correlación académica;
los médicos -desde un jefe de servicio a un concurrente recién ingresado- quedan así diferenciados de los
que no lo son –incluso de un jefe de servicio “no-médico”.
12
Es el caso de sólo uno de los 41 CeSACs, cuyo jefe es psicólogo
13
Es el caso de la Asociación Latinoamericana de medicina Social –ALAMES- a la vanguardia de muchas
reivindicaciones en el campo de la salud (tomando temas como patentes de medicamentos, legislación
sobre el aborto, planes de organismos internacionales, atención primaria, desigualdad en el acceso,
proletarización a manos de las prepagas, entre muchos otros).
coloración. En otras palabras, su asociación para con las problemáticas a las que se aboca
la medicina se pone de manifiesto en la dificultad para apropiarse de muchos términos.
Es el caso, por ejemplo, de lo relativo al diagnóstico (¿cómo podría determinarse la
existencia de un “sobrediagnóstico” o de “falsos positivos”?) o a la diferenciación entre
necesidad y demanda -con su correspondencia en conceptos como detección precoz14. Lo
mismo necesitaría decirse en torno a conceptos como el de autoatención o el
autocuidado, que ameritarían ser repensados considerando lo anterior. Por otro lado, el
calificativo de “indeseable” que bien amerita la enfermedad como entidad nosológica y
todo lo que con ella se relaciona, no es tan claramente aplicable en el caso de quien sigue
un tratamiento psicólogico, al menos tal como tienden a sancionarlo las distintas
versiones de la profesión. Lo entendido por “cura”, en tanto corrección o eliminación de
algo indeseable adquiere también otros matices. Engarzado con lo anterior, hay una
forma distinta de pensar la responsabilidad y de disculpar –o no- la sintomatología
psíquica cuando no tiene un correlato orgánico.
Simultáneamente con lo anterior, tal como se mencionó más arriba, entra en juego una
diferencia fundamental en la mayor parte de las propuestas de atención sostenidas por
psicólogos, en relación con el tipo de dispositivo ofrecido, el lugar que en el ocupa la
singularidad del caso y la escucha ubicada en el lugar de herramienta central de abordaje
Esto confiere a la consulta una serie de características diferenciales, no asimilables a la
medicina sin más. Esto encuentra su punto máximo de tensión, volviéndose manifiesto,
con las disputas siempre reflotadas en relación con el manejo estadístico de datos
homologables de la consulta o, peor aun, de indicadores de eficiencia de las
intervenciones profesionales.

Múltiples elementos –como se intentó aquí mostrar- se presentan de modo diferencial en


los abordajes médicos y psicológicos. La atención psicológica sigue una lógica propia,
con dispositivos y modalidades diferenciales, las cuales quedan invisibilizadas cuando se
equipara salud con medicina o incluso cuando se subsume a médicos y psicólogos en la
categoría “salud mental”. En contextos históricos específicos donde aquella primera
ocupa un lugar clave, como es el caso del nuestro, tiene implicancias particulares el
descuido implicado por dejar por fuera del análisis su gravitación.
Con constelaciones tan disímiles de actores, procesos de legitimación tan diferentes,
fuentes de poder tan distintas, ¿puede suponerse a priori que en nuestro contexto lo que
podríamos llamar “psicologización” de conductas puede asimilarse sin más a lo que en la
literatura se conoce como “medicalización”? ¿Puede acaso dejarse de lado el hecho de
que en el primer caso se trata de la expansión juridiccional de una disciplina
históricamente subalterna dentro del campo que la incluye –el de la salud? El caso de la
psicología como profesión y como práctica puede permitir poner de manifiesto cómo el
invisibilizar ciertas particularidades deriva en configurar un lugar “incómodo” en el
campo de la salud. De algún modo, el presente trabajo intenta ser una advertencia en el
sentido de no reproducir tal invisibilización al desconsiderar la especificidad no sólo de
aquella como disciplina, de sus concepciones diferenciales, de sus lógicas particulares de
intervención y abordaje, sino también de su posición concreta en el seno de las
instituciones de salud.

Bibliografía consultada

14
Sobran las referencias de proyectos políticos de corte eugenésico o xenofóbico argumentados en la
detección precoz de trastornos mentales (AAVV, 2005)
* AAVV, Jornadas Anuales del Centro de salud mental Nº3 "Dr. Ameghino" "¿Nuevos
Padecimientos?" -Buenos Aires, 2005
*Alonso, Modesto “Los Psicólogos en la Argentina”, Revista Psicodebate, Buenos Aires, 2006
*Austin, John L. “Cómo hacer cosas con palabras” Barcelona, Editoral Paidós, 1982
*Ayres, J.R.C. “Conceptos y prácticas en salud pública: algunas reflexiones” Revista Facultad
Nacional de salud Pública, Colombia, 2002
*Balán, Jorge "Cuéntame tu vida. Una biografía compartida del psicoanálisis argentino",
Buenos Aires, Editorial Planeta, 1991.
*Barry, C.A, Stevenson, F, Britten, N., Barber, N, Bradley C “Giving voice to the lifeworld.
More humane, more effective medical care?” Social Science & Medicine Nº 53, 2001
*Belmartino, Susana “La atención médica en el siglo XX – Instituciones y procesos”, Siglo XXI,
Buenos Aires, 2005
*Boltanski, Luc “Los usos sociales del cuerpo”, Editorial Periferia, Buenos Aires, 1975
*Bourdien, Pierre “Espacio social y poder simbólico” en “Cosas dichas”, Editorial Gedisa,
Barcelona, 1988
*Carpintero, Enrique; Vainer, Alejandro “Las huellas de la memoria –Psicoanálisis y salud
mental en la Argentina de los ´60 y ´70 (1957-1983)”, Tomos I y II, Editorial Topía, Buenos
Aires, 2004
*Conrad, Peter "Sobre la medicalización de la anormalidad y el control social". En Ingleby, D.
Psiquiatría Crítica. La política de la salud mental”, Editorial. Grijalbo, Barcelona 1982
*Conrad, Peter y Schneider, Joseph,”Deviance and medicalization. From badness to sickness”,
Temple University Press, Philadelphia, 1992
*Grimberg, Mabel "Teorías, propuestas y prácticas sociales. Problemas teóricos metodológicos
en antropología y salud", en M. Alvarez y V. Barreda (comps.), “Cultura, salud y enfermedad.
Temas en antropología médica” Instituto Nacional de antropología y Pensamiento
Latinoamericano, Secretaría de Cultura, Ministerio de Cultura y Educación, Buenos Aires, 1995
*Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Anuario estadístico 2005, Dirección General de
Estadística y Censos, Ministerio de Hacienda.
*Freidson, E. “La construcción profesional de conceptos de enfermedad”. En “La profesión
médica”, Editorial Península, Barcelona, 1978
*Foucault, Michel “La arqueología del saber”, Editorial Siglo XXI, México, 1991
*Menéndez, Eduardo L. “Cura y Control-La apropiación de lo social por la práctica
psiquiátrica” Editorial Nueva Imagen, Mexico, 1979
*Menéndez, Eduardo L. “Aproximación crítica al desarrollo de la antropología médica en
América Latina” en revista Nueva antropología Nº28, Mexico, 1985
*Menéndez, Eduardo L. “Antropología médica. Orientaciones, desigualdades y transacciones”
Cuaderno del CIESAS Nº179, México, 1990 (II)
*Menéndez, Eduardo L. “Modelos de atención de los padecimientos: de exclusiones teóricas y
articulaciones prácticas” en Spinelli, Hugo (comp.) salud Colectiva, Editorial Lugar, Buenos
Aires, 2004
*Lemus, Jorge Daniel "Areas Programáticas - conceptos de salud pública, epidemiología y
atención primaria, aplicados a la estrategia de distritos y sistemas locales de salud en las
grandes ciudades. Evaluación de la experiencia de la Ciudad de Buenos Aires (s/datos de
edición)
*Parsons, Talcott “El sistema social”, Editorial Alianza, Madrid, 1984
*Plotkin, Mariano Ben "Freud en las pampas", Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2003
*Starfield, Barbara “Atención primaria. Equilibrio entre necesidades de salud, servicios y
tecnología”, Editorial Masson, Barcelona, 2001
*Stolkiner, Alicia “Políticas en salud mental”, Editorial Lugar, Buenos Aires, 1994
*Visacovsky, Sergio "El Lanús -Memoria y política en la construcción de una tradición
psiquiátrica y psicoanalítica argentina", Editorial Alianza, Buenos Aires, 2002