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MASCULINIDADES Y CIUDADANÍA:

Los hombres también tenemos género


OCTAVIO SALAZAR BENÍTEZ
Universidad de Córdoba

MASCULINIDADES Y CIUDADANÍA:
Los hombres también tenemos género
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Octavio Salazar Benítez
Madrid, 2013

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Título: La lección de esgrima
Serie: What never was.
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Depósito Legal: M-5583-2013

Maquetación:
BALAGUER VALDIVIA, S.L.
german.balaguer@gmail.com

Impresión:
A Abel.
Con la esperanza de que crezca y viva liberado del yugo.
“Virilidad: ¿no era una redundancia? Aunque aún no ha-
bía llegado el tiempo de aprender latín, tenía la sensación de
que algo no encajaba. ¿Había que demostrar que éramos lo
que éramos? Aprendiendo a ser hombres, en la escuela matá-
bamos hormonas como mejor podíamos. Un gol era señal de
liderazgo; un golpe, una prueba de valentía (…)
Virilidad: era forzoso confirmar que nuestro sexo era ague-
rrido, valiente, destructor. Nos exigíamos no flaquear nunca.
Ser impermeables al miedo, a la duda, al temblor”.

Andrés Neuman, Una vez Argentina


ÍNDICE

INTRODUCCIÓN. LOS HOMBRES ANTE EL ESPEJO .... 15

I. Los hombres de verdad no bailan............................ 15


II. Revisando el binomio masculinidad-ciudadanía .... 36

CAPÍTULO I. EL GÉNERO DE LA CIUDADANÍA .............. 47

I. El género de la Constitución española .................... 47


1. Padres constituyentes, madres invisibles ....... 47
2. Las paradojas de la igualdad .......................... 53
II. Emilio vs. Sofía ........................................................ 60
1. La posible conciliación del escaño y los
biberones ......................................................... 60
2. La fraternidad de los varones ......................... 62
3. Príncipes de la ciudad, Reinas de la casa....... 75
4. Contra el monopolio de los púlpitos ............... 91

CAPÍTULO II. CONSTRUYENDO LA DEMOCRACIA


PARITARIA ........................................................................... 99

I. El feminismo como propuesta crítica y emanci-


padora ...................................................................... 99
1. Las fronteras del poder ................................... 99
2. El siglo de las mujeres .................................. 108
II. La igualdad sustantiva como elemento definidor
de la ciudadanía ..................................................... 115

11
Índice

1. La remoción de los obstáculos patriarca-


les .................................................................. 115
2. Vicios privados, públicas virtudes ................ 119
a) El acceso a los cargos públicos repre-
sentativos en condiciones de igualdad 120
b) La violencia como producto de la
desigualdad .......................................... 129
III. La democracia o es paritaria o no es..................... 134
IV. Deconstruyendo la ciudadanía patriarcal .............. 142
V. Mujeres zorras, jueces astutos................................ 150
VI. El hombre <<reconciliado>> como presupuesto
de la democracia paritaria ..................................... 157
1. El valor de las palabras................................. 157
2. La revisión del pacto ..................................... 163

CAPÍTULO III. LA MÍSTICA DE LA MASCULINIDAD .... 169

I. La masculinidad como imperativo categórico:


“No vamos a rendirnos. No somos mujeres. Va-
mos a luchar” ......................................................... 169
II. Mad men ................................................................ 180
1. La vertical omnipotencia ............................. 181
2. Las heridas del héroe .................................... 191
3. Los peligros de ser varón .............................. 197
a) Ardor guerrero ..................................... 197
b) El amante verdugo .............................. 207
4. La homofobia como frontera. ....................... 226
III. El largo viaje de Ulises........................................... 236
1. Two ways through life ................................... 236
2. La diligencia del buen padre de familia ....... 239
a) Las cláusulas del contrato sexual ........ 239
b) La casa en ruinas ................................ 248
c) “Él sólo para Dios, ella para Dios en
él” ......................................................... 261

12
Índice

CAPÍTULO IV. DEL CONTRATO SEXUAL AL PACTO


DE PERSONAS SUSTENTADORAS/CUIDADORAS EN
IGUALDAD ......................................................................... 275

I. Los retos cualitativos de la democracia parita-


ria ........................................................................... 275
II. La dimensión constitucional de la armonización
de la vida personal, familiar y laboral ................... 282
1. Los derechos de conciliación como ex-
presión del principio de igualdad: la STC
26/2011, de 14 de marzo ............................... 282
2. Los derechos de conciliación en la LO
3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad
efectiva de mujeres y hombres. .................... 292
3. Los derechos de conciliación en los Esta-
tutos de autonomía ....................................... 308
4. Los derechos de conciliación en la legisla-
ción autonómica............................................ 311
a) La promoción de la corresponsabili-
dad........................................................ 312
b) El permiso de paternidad .................... 315
c) El valor de los trabajos de cuidado ..... 317
d) El fomento de la conciliación en las
empresas .............................................. 319
e) La conciliación en el empleo público .. 323
f) El papel de las entidades locales en la
conciliación .......................................... 325
g) Educar para la corresponsabilidad ..... 329
III. Padres presentes, familias plurales ....................... 330
1. El padre proveedor de afectos ...................... 330
2. La custodia compartida: la corresponsabi-
lidad en momentos de crisis ......................... 344
3. El hombre en plural ...................................... 351

13
Índice

4. El libre desarrollo de la afectividad y la


sexualidad como presupuesto de la diver-
sidad familiar ................................................ 352
5. Autonomía y diversidad como ejes de un
nuevo Derecho de Familia ............................ 363

CAPÍTULO V. NUEVOS MÉTODOS Y NUEVAS PALA-


BRAS ................................................................................... 371

I. En busca de una nueva racionalidad pública ....... 371


1. La gramática de las emociones .................... 371
2. Reivindicación del cuidado .......................... 377
3. La complejidad y el diálogo como presu-
puestos de una nueva epistemología ............ 382
4. La lógica de la sostenibilidad de la vida ....... 388
5. El maternaje como fundamento de una
ética común ................................................... 397
II. Coeducación y nuevas masculinidades ................. 399
1. Educación para una ciudadanía paritaria ... 399
2. Hacia unas masculinidades alternativas,
heterogéneas y disidentes ............................. 415
III. El horizonte de una igualdad diferenciada ........... 433
1. La superación de la subjetividad patriar-
cal .................................................................. 433
2. La agenda de los hombres por la igualdad .. 439

BIBLIOGRAFÍA.................................................................. 445

14
INTRODUCCIÓN
LOS HOMBRES ANTE EL ESPEJO

I. Los hombres de verdad no bailan

Aún recuerdo su voz seca, punzante, como si fuera un


arma capaz de doblegar hasta la voluntad del más rebelde.
Lo escuchaba y un escalofrío me rompía en dos, aunque
debía hacer un esfuerzo para que no se me notara. Yo no
era más que un adolescente algo perdido, con la debilidad
propia de quién aún no se ha atrevido a mirarse en el espejo.
Me sentía ridículo con las zapatillas de deporte y el pantalón
corto. Su voz de ogro infeliz nos trataba como si fuéramos
soldados de un ejército a los que él guiaba por las sendas de
la victoria. Bastaba con escuchar su silbato para que todos
nos pusiéramos en fila, perfectamente ordenados, como si
de manera inmediata tuviéramos que demostrarle al mun-
do que éramos invencibles. Adolescentes que debíamos ser
como los Geyperman de nuestra infancia. Pero eso era sólo
el principio. Luego venían más gritos, más órdenes, más
silbato. No bastaba con apurar al máximo las posibilidades
de nuestro cuerpo: había que llevarlo al límite. Aunque eso
nos costara incluso lágrimas que nadie debía ver. Las tardes
más terribles eran las del gimnasio. Allí no había escapatoria
posible. Allí había que demostrar de manera permanente
que todos éramos héroes. En las espalderas había que de-
jarse las tiras de piel y subir bien el culo hacia arriba. Quien

15
Octavio Salazar Benítez

no lo hacía recibía la condecoración inmediata: “no seáis


unos maricones”. Todos los chicos del Bachillerato –ellas
no hacían Educación Física con nosotros– teníamos que
demostrar que éramos machos ante un profesor empeñado
en hacernos hombres de provecho. El señalaba las marcas
y todos teníamos que superarlas. No hace falta decir que
suspendí aquella asignatura y tuve que ir a la recuperación.
Entonces conseguí un notable, y no porque fuera un gran
atleta, ni siquiera porque hubiera demostrado que conseguía
subir el culo en las espalderas. Parece ser que había demos-
trado un gran pundonor y ansias de superación. Que estaba
preparado para ser un hombre de verdad.

Me imagino que todos los hombres de mi generación, cre-


cidos en democracia pero todavía educados en un modelo de
convivencia autoritario y machista, tendrán recuerdos simila-
res al de mi odiado profesor de Gimnasia. Seguro que muchos
podrán rescatar batallitas de su servicio militar – del que yo
objeté, para lo que el Estado me obligó a declarar expresamente
que mi filosofía de vida chocaba radicalmente con la misma
idea de un ejército obligatorio, o lo que es lo mismo, tuve que
declarar expresamente que no comulgaba con la conexión
masculinidad-violencia1 –, tensiones en las relaciones con unos
1
Es curioso cómo frente a la garantía constitucional de nuestra libertad
de conciencia, la cual prohíbe la obligación de que declaremos sobre nuestras
creencias o convicciones (art. 16 CE), para poder ejercitar el derecho a la obje-
ción de conciencia al servicio militar hubiera que hacer por escrito una decla-
ración de la posición ideológica, moral o filosófica que nos llevaba a rechazar
una obligación, recordemos, exclusiva de los varones. Es decir, para esquivar
una obligación vinculada a la masculinidad, y en la que estaba muy presente
la conexión hombres-poder-violencia, los hombres debíamos justificar nuestro
desacuerdo, en clara contradicción con el derecho a no declarar sobre nuestras
convicciones, mediante el que, tal vez sin ser conscientes, estábamos apuntando
otro modelo de masculinidad (Compairé, 2011). Paralelamente, los objetores
de conciencia estábamos obligados a realizar la denomina “prestación social
sustitutoria”, la cual consistía, al menos en sus orígenes, en la realización de
trabajos en beneficio de la comunidad. Es decir, los hombres que nos apartá-
bamos del ejército estábamos obligados a desarrollar “tareas” que tenían que
ver más con la solidaridad, la atención a los demás, los servicios sociales o, lo

16
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

padres forjados en el autoritarismo o perplejidades en nuestras


relaciones con un “sexo opuesto” que empezaba a mostrarse
libre de las ataduras que no nos habíamos atrevido a descubrir
en nuestras madres. Todo ello acompañado de la ausencia, o
en el mejor de los casos poca visibilidad, de alternativas.
Me educaron además para no escuchar los latidos de mi
corazón. Es decir, nadie se preocupó de mostrarme los com-
plicados vericuetos de las emociones y los sentimientos, a no
ser que fuera para reprimirlas y nunca exteriorizarlas. Ser un
hombre me obligaba a ser duro, fuerte y batallador. El guerrero
que debía buscar su princesa con la que crear un hogar en el
que lo de menos era si finalmente se representaba una farsa.
A pesar de que la mayor parte de mi educación la recibí
después de la muerte de Franco, yo fui socializado bajo los
dictados del patriarcado. Ese orden cultural y simbólico que,
en el caso concreto de nuestro país, fue reforzado y consolidado
por el régimen franquista. Éste, con la ayuda inestimable de la
Iglesia Católica, prorrogó durante décadas un modelo de hom-
bre que debía responder a las características del patriarca, es
decir, del detentador del poder y la autoridad, del sujeto activo
y peligroso, del dueño de las reglas y el deseo. En paralelo, la
mujer ideal venía marcada por su dedicación al ámbito domés-
tico, por su papel de reproductora, por su posición siempre
dependiente de un varón.
Es innegable que las cosas han cambiado mucho en estos
más de 30 años de democracia. A pesar de que la Constitución
de 1978 no dedicó ni un solo artículo a la situación de las mu-
jeres, los cambios jurídicos, políticos, sociales y culturales han

que es lo mismo, “tareas” estrechamente vinculadas al universo de lo femenino.


Por lo tanto, la objeción a la masculinidad “normativa” –representada por el
servicio militar obligatorio– nos llevaba, sin saberlo, a una masculinidad “cui-
dadora”. De ahí, como más adelante subrayaré, la oportunidad de rescatar la
vieja idea de la prestación social como una obligación dirigida a que hombres
y mujeres desarrollen virtudes cívicas y, muy especialmente, las relacionadas
con el cuidado de los demás.

17
Octavio Salazar Benítez

provocado una transformación radical de un modelo de sociedad


basado en la diferenciación jerárquica entre nosotros y ellas.
Las mujeres, no sin grandes dificultades, han ido accediendo al
ámbito público, se han ido convirtiendo en ciudadanas de pleno
derecho y, de esta manera, han ido erosionando un “contrato
sexual” que durante siglos las mantuvo en una posición subor-
dinada. No obstante, la igualdad plena y efectiva de mujeres y
hombres sigue siendo un objetivo a conseguir. Basta con repasar
datos como los del acceso de las mujeres al ámbito laboral o los
relativos a su presencia en las instancias de poder para detectar
que todavía nos queda un largo camino por recorrer2. Todo ello
por no hablar de los dolorosos datos de la violencia de género
que muestran cómo los instrumentos legislativos no bastan para
cambiar una cultura basada en la violencia estructural y simbó-
lica que deriva del patriarcado3. Una violencia que, mucho me
temo, se verá reforzada en esta época de crisis.
En las últimas décadas el compromiso de los poderes públi-
cos españoles con la remoción de obstáculos que impiden que

2
En este sentido, podemos señalar cómo la Eurocámara pidió a la Comi-
sión Europea el pasado 13 de marzo de 2012 que presentara en el presente
año propuestas legislativas que incluyan la introducción de cuotas en los
Consejos de administración de las empresas. El objetivo es que las mujeres
constituyan el 30% de los consejos de administración en 2015 y el 40% en
2020. Un objetivo muy ambicioso si tenemos en cuenta que las consejeras no
suponen ni un 14% del total. En la misma línea, el informe aprobado pide
que los Estados miembros introduzcan cuotas electorales para incrementar
la presencia de las mujeres en los Parlamentos, así como que acorten en un
10% la brecha salarial entre mujeres y hombres que, según datos de Euros-
tat, es de un 17,5%. Como veremos más adelante, la pretensión de regular
esta cuestión mediante una Directiva ha generado en los últimos meses una
intensa polémica entre los Estados de la Unión.
3
Todo ello, además, en el contexto “privilegiado” de un país democrá-
tico y desarrollado como el nuestro. En otros ámbitos, la pervivencia del
patriarcado es más acentuada y las dificultades de las mujeres son mucho
mayores. Para constatar esta situación basta con repasar los datos que nos
ofrece el primer informe elaborado por la Entidad de Naciones Unidas para
la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres, correspondiente
a los años 2010-2011 (http://www.unwomen.org/es/resources/annual-report/,
consultada 26-12-2011; en adelante, Informe ONU Mujeres 2011).

18
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

las mujeres puedan ejercer con plenitud sus derechos ha sido


evidente. Todas las Administraciones se han comprometido con
acciones que han ido transformando lentamente pero sin pausa
la sociedad española. Gracias a la presión del movimiento fe-
minista, a la complicidad de algunas fuerzas políticas con sus
reivindicaciones, a la internacionalización de las cuestiones de
género y a la implicación de la mayoría de los actores sociales,
nuestro ordenamiento ha ido evolucionado desde los años 80
del pasado siglo hasta convertirse en uno de los más avanzados
en materia de igualdad. Sin embargo, la realidad sigue siendo
tozuda y es fácil detectar la supervivencia de muchos elementos
de un orden cultural en el que mujeres y hombres seguimos
socializándonos.
No es que las cosas sean comparables a aquellas clases de
gimnasia de principios de los 80, pero sí que podemos detectar
la pervivencia de rasgos del viejo orden, en algunos casos de
manera muy sutil4, de forma que podemos afirmar que bajo la
apariencia políticamente correcta de una sociedad igualitaria
seguimos manteniendo determinados roles y valores que nos
demuestran que el patriarca se resiste a desaparecer. Incluso
desde ciertas perspectivas podemos contemplar cómo deter-
minados patrones tienden a reforzase, en muchos casos como
una actitud defensiva de los hombres que temen perder privi-
legios ante unas mujeres que progresivamente van ocupando
espacios tradicionalmente reservados a ellos5. En este sentido
se ha llegado a hablar incluso de “era posmachista” (Lorente,

4
En este sentido Luis Bonino (2004) acuñó hace unos años un término
que describe a la perfección esa pervivencia “sutil” del patriarcado. Me re-
fiero a los denominados “micromachismos”, definidos como “actitudes de
dominación <<suave>> o de <<bajísima intensidad>>, formas y modos
larvados y negados de abuso e imposición en la vida cotidiana. Son, especí-
ficamente, hábiles artes de dominio, comportamientos sutiles o insidiosos,
reiterativos y casi invisibles que los varones ejecutan permanentemente”.
5
A ello habría que sumar las posiciones que se manifiestan críticas con
el uso del “género” como categoría de análisis y que llegan a hablar, con
una evidente carga peyorativa de “teoría postfeminista” o de “ideología de
género”, de la que se censura por ejemplo la separación entre los conceptos

19
Octavio Salazar Benítez

2009:51)6. De ella encontramos constantes manifestaciones


por ejemplo en las valoraciones que se siguen haciendo de
las mujeres “con poder”. En estos casos, como ha señalado
Fernando Vallespín,

“no se ha logrado exorcizar al macho irremediable de


nuestro inconsciente colectivo. Ahí sigue, agazapado, espe-
rando la menor ocasión para hacerse presente. Subordinadas,
floreros, inseguras, volubles, objetos del deseo… De modo
consciente o inconsciente siguen funcionando los estereoti-
pos, que se trasladan con facilidad al espacio de la política.
Con el agravante en este caso de que a aquellos que osamos
elevar la voz en su defensa enseguida se nos tapa la boca acu-
sándonos de ceder ante lo políticamente correcto, como si lo
normal, lo correcto de verdad, fuera tener que pensar en la
línea de lo dominante” (www.elpais.com, 2/11/2010).

Es el patriarca que vuelve a aparecer incluso en voces nor-


malmente tan lúcidas y sensatas como la de Vicente Verdú:

“nunca se llegó tan lejos, en aras de <<la igualdad>>, a


rebajar el ser de los hombres. Hombres borrados del lenguaje
a través de lo políticamente correcto, difamados en el sistema

de sexo y género, o la deslegitimación jurídica de la familia heterosexual


tradicional (Aparisi, 2011).
6
Miguel Lorente sistematiza como elementos que hacen posible ese
posmachismo los siguientes: la consolidación del feminismo y su incorpo-
ración a la estructura de las administraciones; la ruptura de la delimitación
entre el espacio público y el privado; la incorporación de las mujeres a la
vida pública; la transformación de las instituciones y desarrollo de normas
y estructuras organizativas adaptadas a la realidad social; modificaciones
sociales en cuestiones que afectan de manera fundamental a las mujeres,
como el control de la sexualidad, el aborto o los métodos anticonceptivos; la
incorporación del género a los principales debates de la sociedad y un contex-
to sociopolítico que permite interpretar esos elementos como una amenaza
al orden establecido. Todo ello desde el entendimiento del machismo como
“la estrategia radical de género que algunos varones emplean para definir
sus identidades sociales y personales” (Guasch, 2006: 24).

20
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

familiar, desacreditados en sus formas de amar, lacerados


en las sentencias de divorcio, envilecidos en la violencia de
género, descartados, en fin, como portadores de algún don
significante que convenga al futuro. Pocas campañas contra
un grupo social fueron tan duras y generalizadas”7.

Son muchas las referencias del orden cultural vigente que nos
demuestran la supervivencia del patriarca. Ejemplos extraídos
de la literatura, el cine u otras disciplinas artísticas me servirán
para hilar una propuesta que desembocará en lo jurídico-político.
Todo ello desde una apuesta por la interdisciplinariedad y por
la ruptura de fronteras entre los saberes. Un “juego” para el que
deberé contar con la complicidad del lector o lectora.
Basta con repasar los medios de comunicación para en-
contrar frecuentes ejemplos de cómo pervive un determinado
modelo de varón –y, paralelamente, uno de mujer– que se im-
pone como el mayoritario, como el heroico, como el prototipo
que hay que seguir para conseguir unas determinadas cuotas
de felicidad. La publicidad nos ofrece todos los días un buen
puñado de escenas, fotografías, eslóganes y consejos que siguen
considerando al hombre como sujeto activo, detentador del
poder, poseedor de fuerza y heroísmo8. El guerrero, el compe-
tidor, el triunfador. Tal vez no haya publicidad donde con más
evidencia podemos constatar esta conexión que en aquella que
trata de vendernos un automóvil. En raras ocasiones vemos a

7
Y continúa Vicente Verdú el artículo titulado “Los calzoncillos como pieza
clave”, con un comentario en el que late además un rastro de la homofobia
tan presente en la masculinidad hegemónica: “Todo el apoyo recibido última-
mente por la masculinidad, estética o no, debe agradecerse casi en exclusiva
al denuedo de algunos creadores homosexuales en cuya tarea, el nuevo diseño
de calzoncillos puede considerarse clave” (www.elpais.com, 10/4/2010).
8
A la presencia de esos estereotipos, habría que sumar elementos tan poco
sutiles como la presencia mayoritaria de voces masculinas en los anuncios.
Normalmente es la voz de un hombre la que conduce la publicidad y asume el
contenido del mensaje. Además, en los anuncios para niñas el lenguaje suele
ser cursi y acaramelado, mientras que para los niños se emplean expresiones
de competitividad y poder (Núñez, 2011: 928).

21
Octavio Salazar Benítez

una mujer conduciendo o dueña del coche. Por el contrario, el


hombre es siempre el sujeto y la mujer un objeto, lo mismo que
lo es el coche, el apartamento o el móvil. Gracias a la posesión
del modelo más avanzado y rápido, el dueño tendrá a sus pies a
las más bellas mujeres que, como Claudia Schiffer en un famoso
spot de hace unos años, no dudarán en ir desnudándose hasta
llegar junto al conductor que las conquista9. Y si repasamos
la publicidad de juguetes que los grandes almacenes difunden
cuando llega Navidad, también será fácil comprobar cómo en
las páginas dedicadas a los vehículos para los más pequeños,
son casi siempre ellos los que conducen y ellas las conducidas.
Todo ello por no hablar de los numerosos ejemplos que siguen
prorrogando los estereotipos del niño héroe frente a la niña
madre y cuidadora.
Si a la publicidad de automóviles le sumamos el mundo del
deporte, tendremos la suma perfecta en la que se condensan
todos los estereotipos de una masculinidad tradicional10. Como
bien afirma Oscar Guasch (2006: 36), la prensa deportiva es
“un excelente observatorio de la masculinidad prescrita”. Por
ejemplo, un anuncio de la casa Chevrolet difundido en 2008
jugaba con una imagen de la selección española de fútbol y
titulaba “Lo que nos emociona les hace más fuertes”. En letra
más pequeña se hacía además apelación a dos ámbitos tradi-
cionalmente masculinos: el triunfo y el sufrimiento. Como los
buenos deportistas, el hombre debe ser fuerte y competitivo,
luchar por el triunfo. Como decía el anuncio, “la Selección es

9
“La publicidad establece cánones de belleza inalcanzables para la mayor
parte de las mujeres, que conducen a un callejón sin salida. Se enseña a las
mujeres ya desde pequeñas, a atraer a los hombres con su belleza, obligán-
dolas a responder a las necesidades de éstos. Las mujeres, influidas por el
mito de la belleza tratan complacer a los hombres y evitan enfrentarse al
poder masculino. Quedando reducidas a meros objetos, motivándose a los
hombres a tratar de poseerlas como si fueran muñecas y no seres humanos”
(Núñez, 2011: 929).
10
“Conducir un automóvil con frecuencia promueve el machismo, pues
el vehículo fácilmente se convierte en un símbolo del cuerpo” (Reinicke,
2002: 272).

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Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

un sentimiento único, pero compartido”. Es decir, el deporte, el


fútbol más en concreto, genera una fratría, una complicidad vi-
ril, vinculada al esfuerzo, al triunfo, a la derrota del adversario.
Encontramos la muestra más evidente de la pervivencia de la
masculinidad tradicional en las revistas dirigidas especialmen-
te a los lectores masculinos o en aquellos números especiales
que otro tipo de publicaciones dedican a ellos.
Nos puede servir de ejemplo el número extra dedicado a
los “Hombres” y editado por EL PAÍS SEMANAL el domingo
9 de octubre de 2011. De entrada, en la portada aparecen dos
actores, Alberto Ammann y Daniel Brühl, que protagonizan un
reportaje de moda en el que aparecen luciendo ropas “retro”,
que nos remiten a los años 50-60, y bajo títulos de películas tan
“masculinas” como “Dos hombres y un destino”, “El padrino”,
“Infiltrados” o “El precio del poder”, título éste que difícil-
mente aparecería como marco de un retrato de mujeres. Son
imágenes que nos remiten al pasado y a un modelo tradicional
de virilidad. El primer reportaje de la revista está dedicado
al futbolista Cesc Fábregas y se ilustra con una fotografía a
toda página en la que aparece con gesto desafiante, agresivo
incluso, y mostrando sus brazos musculosos y tatuados. Como
no podía ser de otra manera, y como se indica en los titulares,
Cesc habla “de competitividad, fútbol, vida y sueños”. En el
reportaje se alude a que el futbolista es imagen de un perfume
de Ángel Schlesser, el cual explica que el jugador nació en el
Mediterráneo “que nos remite de forma directa a los héroes
clásicos, gimnastas, deportistas y gentes con fuerza”. A con-
tinuación, Jesús Ruiz Mantilla imagina un futuro en el que
los automóviles son eléctricos y ecológicos: “El coche que te
conduce”. Dirigiéndose a los hombres, no podía faltar, claro
está, una referencia a uno de los símbolos clásicos del poder
masculino. Y, por supuesto, el autor habla de la conducción
como una experiencia espiritual, casi zen. Para no romper con
esta continuidad, se entrevista al diseñador Dirk Bikkembergs
que, al parecer, llevó la moda a los estadios de fútbol. Con un
título tan masculino como “Vestir el deporte”, el diseñador nos

23
Octavio Salazar Benítez

da toda una lección de neo-machismo con declaraciones como


la que sigue: “Siento que un tío de verdad debe comportarse y
tener aspecto de tío. Jamás he comulgado con la idea de que un
hombre debe suavizarse para ser sexi. Creo que todo lo contrario,
que debe potenciar sus atributos masculinos y eso es lo que lo
convierte en sexi… No hay nada menos sexi que un hombre que
parece preocuparse demasiado por su aspecto. Es algo horrible.
El hombre que fuerza en exceso su estética resulta grotesco”.
Y tras el desfile de un Jon Kortajarena que parece escapado
de la serie televisiva Mad Men, incitándonos a “Incorporar lo
rústico” y a subrayar “El valor de lo clásico”, y de referencias
a estereotipos como Tony Manero, Sherlock Holmes o James
Bond, qué mejor que cerrar con una contraportada que pre-
tende romper moldes. En ella, un impoluto Fernando Alonso
juega con una manzana en una cocina descaradamente limpia,
ordenada, en la que obviamente parece que él no está llamado
a desempeñar ninguna función. Salvo la de, claro está, exhibir-
la como símbolo de un estatus en el que, mucho me temo, las
mujeres son las que continúan mayoritariamente ensuciando
y ensuciándose en las cocinas.
No obstante, también es cierto que lentamente van aparecien-
do otros modelos que, con timidez y cautela, van mostrándonos
nuevos rostros del varón. Y no me refiero sólo a esa nueva ima-
gen del padre tipo Brad Pitt que acaba siendo un estereotipo más
de corte publicitario11, sino que pienso en gestos, en actitudes, en

“Las apariciones de <<metrosexuales>> o los denominados <<nue-


11

vos hombres>> pueden ser una estrategia cosmética de aparente cambio


externo sin cambiar el núcleo interno de la identidad masculina” (Leal, 2008:
16). En este sentido, Carlos Lomas (2008b) sostiene que “el hombre en la
publicidad es ahora más consumidor, no más femenino. Ha aumentado su
voluntad de comprar, no su voluntad de librarse de las ataduras de arquetipo
tradicional de la masculinidad dominante ni de compartir de una manera
equitativa las tareas domésticas en el hogar y esforzarse en la educación
sentimental y afectiva de sus hijos e hijas (…) hoy los hombres son más vi-
sibles que nunca en los anuncios al ser consumidores no sólo de los objetos
asociados convencionalmente a la masculinidad tradicional sino también de
ese otros objetos que antes no se le ofrecían por asociarse a la feminidad. Es

24
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

momentos incluso televisados que empiezan a mostrarnos que


el héroe también llora. Baste con recordar la llantina del tenista
Roger Federer junto a un Rafa Nadal que, cómplice, y de manera
muy femenina, no dejaba de consolarlo y de acompañarle en la
derrota. O la de Moratinos cuando abandonó el Ministerio de
Asuntos Exteriores. Dos hombres en espacios tradicionalmente
masculinos –el deporte y la política– que mostraban sus senti-
mientos ante las cámaras y traicionaban así la masculinidad
obligatoria. La que, pese a todos los avances, trata de sobrevivir
mediante un machismo, a veces refinado y sutil, y otras mucho
más descarado y grosero como el que dejaron ver las palabras
de Arturo Pérez-Reverte en su Twitter al hilo de la despedida de
Moratinos: “Vi llorar a Moratinos. Ni para irse tuvo huevos”, “A
la política y a los ministerios se va llorado de casa”, “Moratinos,
gimoteando en público, se fue como un perfecto mierda”12. Me-
nos mal que otro tipo de referentes van ganando terreno, como
los que bien pueden simbolizar las reacciones emocionadas del
periodista Carles Francino o del Lehendakari Patxi López tras el
anuncio de ETA de su abandono de las armas. Aunque, preciso
es reconocerlo, la mayoría de las masculinidades alternativas y
disidentes son todavía poco visibles y carecen del reconocimiento
social que todavía mantiene el hombre que se ajusta al canon.
Aún carecen de audiencias mayoritarias películas como Hombres
sincronizados (Dylan Williams, Reino Unido y Suecia, 2010), en
la cual se nos cuenta en forma de documental la historia real de
un grupo de hombres suecos que forman un equipo de natación
sincronizada. Un grupo formado por conductores de trenes,
carniceros, archiveros y profesores que pronto descubren que
no son el único equipo masculino del mundo y que, por prime-

entonces cuando aparece el homo cosmeticus en una retahíla de anuncios


que subrayan la obsesión masculina por el cuerpo, por la salud, por el éxito
y por la moda”.
12
En este sentido, deberíamos tener presente que “la masculinidad es
frágil porque es una ilusión, no es un núcleo anatómico y biológico como
muchos hombres (y también muchas mujeres) desearían que fuera. Hay un
universalismo falso que actúa como fuerza centrífuga de los mitos masculinos
y genera una traición emocional colectiva” (Reinicke, 2002: 282).

25
Octavio Salazar Benítez

ra vez, está a punto de celebrarse un campeonato mundial que


tendrá lugar cuando muchos de ellos cumplen 4013.
No cabe duda de que la movilización social contra la vio-
lencia de género que se ha ido creciendo en la última década
–hay unanimidad en señalar que en nuestro país se produce un
cambio a partir del asesinato de Ana Orantes en 1997, el cual
provoca la reforma del Código Penal y llevaría finalmente a la
aprobación de la LO 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas
integrales contra la violencia de género (en adelante, LOVG)–
ha incidido de manera determinante en la militancia de algunos
hombres y, paralelamente, en el inicio de una reflexión sobre la
masculinidad hegemónica14. De hecho, en los últimos años no
sólo se han promovido campañas protagonizadas por hombres
–como la del “lazo blanco” (Kaufman, 2002)– sino que también
ha ido surgiendo diferentes iniciativas de grupos, encuentros,
foros, en los que hemos empezando a reflexionar sobre nuestro
“género”15. Algunos nos hemos dado cuenta de que no nos sen-
timos a gusto con los mandatos del “canon tiránico” (Lomas,

13
Junto a estos referentes, no podemos olvidar que también han ido pro-
liferando en los últimos años lo que Lorente (2009: 73) denomina “nuevos
hombres nuevos”, es decir, hombres que han incorporado sólo formalmente
unas posiciones alejadas del androcentrismo, pero que siguen siendo igual
de patriarcales en sus planteamientos y manera de percibir la realidad. Es
decir, se trata de “una adaptación continuista al cambio para garantizar el re-
cambio sobre la idea de la masculinidad y no sobre su crítica o rechazo”.
14
Aunque también hemos de tener en cuenta que la reacción “posma-
chista” ante las conquistas de las mujeres está provocando una estrategia
“crítica” contra la violencia de género, apoyada en tres ideas fundamentales
(Lorente,2009: 221-223): se intenta genera una cierta sensación de caso en la
que se pueda confundir cualquier tipo de conducta, justificación o explicación
de lo que está ocurriendo, siempre que conlleve un elemento crítico respecto
a la denuncia de la violencia contra las mujeres; la responsabilización de las
mujeres y la negación de la violencia de género, no como realidad o sucesos
aislados, algo que no puede hacerse ante su objetividad, sino como problema
social de raíces culturales.
15
A ella habría que sumar, desde finales de los años 80 del pasado siglo,
la aparición primero en Norteamérica y luego en Europa de los llamados
men`s studies, que llevan a cabo una reflexión crítica sobre la masculinidad
hegemónica (Fernández-Llebrez, 2004: 16). Un completo listado de perso-

26
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

2008)16, los cuales acaban siendo una especie de “jaula” que nos
impide vivir de manera más plena, al tiempo que nos hemos
ido concienciando de la injusticia que supone el mantenimiento
de múltiples situaciones de discriminación de las mujeres17. Es
decir, algunos nos resistimos a seguir prorrogando el arquetipo
que, por ejemplo, Norman Mailer dibujó en una novela de título
bien significativo: Los tipos duros (en algunas traducciones, los
hombres duros) no bailan. Todo un retrato sobre los caracte-
res de la masculinidad hegemónica a través de la vida de un
escritor y de sus relaciones con otros hombres –su padre, sus
amigos– y con las mujeres. Una novela en la que los hombres
llevan pistola “Siempre la llevaba. Esto le hacía sentirse hombre,
Tim” –y en el que la homofobia los define– “Me gustaría matar
a esos maricones. Hasta el último de ellos”.
Estas iniciativas han sido vistas con cierta desconfianza
por parte de algunos sectores feministas. Tal vez porque hayan
podido ver en ellas una propuesta superficial, “políticamente
correcta”, pero sin hondura. Quizás porque hayan temido que
esos grupos de hombres reclamaran de los poderes públicos
un apoyo –también económico– que podría ir en detrimento
de las acciones dirigidas a las mujeres. Y en última instancia
porque algunas mujeres pueden haber pensado que, detrás de
estos movimientos, lo que latía era la resistencia de los varones
a perder espacios de poder y protagonismo. Al margen de las
múltiples motivaciones que pueden estar detrás de la aparición
de cualquier colectivo, y de la dificultad que entraña extraer
unas conclusiones genéricas, creo que es muy positivo que
los hombres hayamos empezado esta andadura porque, sin
nas, entidades y colectivos dedicados al análisis crítico de la masculinidad
hegemónica puede verse en Carlos Lomas (2004: 223-228).
16
Partimos de que el género es una norma y, como tal, “opera dentro de
las prácticas sociales como el estándar implícito de la normalización” (Butler,
2010: 69).
17
En paralelo, existen diferentes posicionamientos de los hombres frente
a los cambios de las mujeres (Luis Bonino, 2002: 33-34): los contrarios a
dichos cambios; los favorables y los que se muestran ambivalentes frente a
ellos.

27
Octavio Salazar Benítez

nosotros, o mejor dicho, sin nuestra transformación, no será


posible alcanzar una democracia realmente paritaria. Por eso
creo que la estrategia debería ser la de establecer diálogos y
alianzas con las mujeres y, por supuesto, utilizar el feminismo
como programa político transformador, como una mirada
revulsiva sobre nuestras democracias.
La clave está en transformar radicalmente las actitudes y
los comportamientos de los hombres, insistiendo en su papel
en la lucha por la igualdad, tal y como se hizo en las recomen-
daciones presentadas en el 48º período de sesiones de la Comi-
sión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de Naciones
Unidas, que tuvo lugar en Nueva York en marzo de 2004. En
el ámbito europeo, han sido varios los documentos que han
insistido en la necesidad de implicar a los hombres en la lucha
contra la violencia de género. Entre ellos cabe destacar dos (Bo-
nino, 2008b: 27-35). En primer lugar, el informe presentado en
2004 por el Ministerio de Democracia, integración e igualdad
de género del Gobierno de Suecia, con el título “Poniendo fin
a la violencia de género. Una llamada a la acción global para
involucrar a los hombres”. En él se insiste en que los hombres
continuamos socializándonos en el ejercicio de la violencia,
de ahí la necesidad de transformar las relaciones de género y
de redefinir lo que significa ser hombre. Entre las propuestas
concretas que se realizan cabe destacar las tres siguientes:
- La realización de un trabajo crítico y autocrítico sobre los
modelos dominantes de género para los hombres que se
transmiten por la socialización tradicional que promueve
la superioridad masculina, la misoginia, la homofobia y
el uso de la violencia.
- La transformación de los modos de relación alejándose
de las jerarquías y la subordinación.
- La promoción de la implicación de los hombres en el
cuidado de los niños y niñas, así como de las personas
adultas cercanas, y tanto en lo doméstico como en lo pú-
blico, lo cual es un factor esencial para la construcción

28
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

de un modelo de masculinidad sostenido en el afecto y


respeto y no en la violencia y el control.
Las primeras conclusiones convenidas internacionalmente
sobre el papel de los hombres en materia de igualdad se con-
tienen en las Recomendaciones realizadas como conclusión
de la Reunión de personas expertas de la División para el
Avance de la Mujer de las Naciones Unidas, que bajo el título
“El papel de los hombres y jóvenes en el logro de la igualdad
de género” tuvo lugar en Brasilia en octubre de 2003 (Bonino,
2008b: 22-25). En dichas Recomendaciones se insiste en que
las políticas de género deben incluir intervenciones con los
hombres 18, para lo cual:
• Debe apostarse por incrementar el aumento de los
hombres responsabilizados por la igualdad, aliados y no
adversarios de las mujeres, así como aprovechar a los
varones ya implicados en esa tarea.
• Es necesario trabajar con los hombres con poder social
y cultural, para que estimulen la responsabilización mas-
culina en el logro de la igualdad, desafiándoles a utilizar
para ello las tradicionales «habilidades masculinas» para
implicarse (liderazgo, valentía, uso del poder).
• Las políticas gubernamentales deben considerar cambios
legislativos y educacionales para responsabilizar a los
hombres de su papel en el mantenimiento de la desigual-
dad, para que vean sus efectos en las mujeres y en ellos
mismos, y para que asuman su deber de implicarse en la
promoción de la igualdad.
• Deben promocionarse los nuevos valores y comporta-
mientos que los hombres deberían incorporar para que
las relaciones de género fueran igualitarias, saludables
y pacíficas. Por ello es necesario priorizar la prevención,
18
Estas intervenciones deberían desarrollarse en cinco áreas: salud y
sexualidad, vida familiar, trabajo doméstico y conciliación de la vida fami-
liar, doméstica y personal, socialización y violencia de género (que incluye
entre otras, la violencia de pareja, la violencia sexual, el acoso laboral a las
mujeres, o la prostitución y la pornografía ).

29
Octavio Salazar Benítez

la sensibilización y la formación, pues son la llave para


el cambio de mentalidad y comportamiento.
• Hay que promover el desarrollo de nuevas identidades
masculinas, superando obstáculos y resistencias, apoyán-
dose entre otros factores en las historias y culturas donde
los hombres igualitarios existan.
• Es necesario movilizar a los hombres contra la violencia
de género.
• Debe fomentarse la acción educativa para erradicar el
comportamiento masculino la misoginia, la homofobia
y la sexualidad como mercancía.
• Hay que reconocer la diversidad masculina en cuanto
a comportamientos y privilegios sociales, atendiendo
especialmente a los inmigrantes, los de culturas muy mi-
sóginas, desempleados y de etnias no hegemónicas.
• La financiación para impulsar estas acciones no debe
hacerse a costa de los presupuestos para las mujeres.
La consecución de estos objetivos no será posible sin las
debidas alianzas con las mujeres. La suma de esfuerzos es más
necesaria que nunca en unas sociedades en las que comproba-
mos cómo el patriarcado se resiste a desaparecer. Los medios
de comunicación –de manera muy especial la televisión, pero
también la prensa escrita y las múltiples ventanas que abre la
red– continúan prorrogando imágenes y mensajes que insisten
en mantener la división entre lo masculino y lo femenino, entre
el espacio público y el privado, es decir, insisten en mantener
las esencias de un patriarcado que, como estamos compro-
bando, no podemos erosionar sólo con leyes o compromisos
políticos. Es necesario darle la vuelta a toda una cultura, con
sus elementos simbólicos y estructurales, lo cual supone una
tarea de largo recorrido y exige una implicación de todos y de
todas, de hombres y mujeres, de los poderes públicos y de todos
los actores sociales, y muy especialmente de todas las instancias
que inciden en nuestro proceso de socialización.

30
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

De momento, y aunque haya mecanismos para combatir


por ejemplo la publicidad sexista, o aunque determinados
medios de comunicación incluyan periódicamente apartados
específicos sobre los derechos de las mujeres –al tiempo que,
esquizofrénicamente, mantienen los anuncios de contactos19–,
o aunque muchas mujeres y algunos hombres intentemos
romper con los patrones caducos, es fácil seguir el rastro
de patriarcado a través de los múltiples instrumentos que
nos socializan. Bastaría con pasar el “filtro del género” por
las páginas de los periódicos, o por la parrilla de cualquier
canal de televisión, para constatar como el “lenguaje moral”
que se sigue usando dista mucho del que el legislador usa en
instrumentos tan “revolucionarios” como la LO 3/2007, de 22
de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres (en
adelante, LOIMH). El resultado de esa prueba “del algodón”
nos provoca conclusiones tan dolorosas cómo la coexistencia
de unas políticas de género pretendidamente transformadoras
–y traducidas en leyes, Planes de Igualdad, Observatorios– y
unas televisiones públicas en las que persisten modelos a su-
perar –esos culebrones vespertinos... Incluso un periódico tan
riguroso, y aparentemente tan comprometido con la igualdad
como “El País” –hasta el punto que en su edición digital tiene
un blog específicamente dedicado a las mujeres–, nos sorpren-
de con asiduidad con imágenes tan lamentables como aquella
portada en la que aparecían la Princesa Letizia y Carla Bruni,
de espaldas, subiendo unas escaleras, y en la que se resaltaba
su feminidad “sin rostro”. O incluso con anuncios a toda pági-
na, como el publicado el jueves 28 de abril de 2011 (pág. 37),

19
El 12 de mayo de 2011 la entonces Ministra de Igualdad solicitó un
informe al Consejo de Estado en torno a las posibilidades de actuación
contra los anuncios de contenido sexual y prostitución publicados en la
prensa escrita. El Informe, adoptado el 9 de marzo de 2011, concluye que,
ante el fracaso de la autorregulación y de otros medios de fomento negativo,
sería necesario adoptar una Ley que prohibiese tal actividad. Una ley que,
entiende el Consejo de Estado, no sería lesiva de la libertad de información,
cuyas limitaciones en todo caso entiende proporcionales y ajustadas a un fin
legítimo.

31
Octavio Salazar Benítez

en el que la Cadena Ser informaba que el equipo de Angels


Barceló estaría en Londres para contar todos los detalles de la
boda del príncipe Guillermo, todo ello bajo un titular de letras
enormes que nos recordaban que “Las niñas todavían quieren
ser princesas”.
La Monarquía –que recordemos sigue amparando en nues-
tro sistema constitucional una flagrante contradicción con
el principio de igualdad en el orden sucesorio– es un campo
abonado para la transmisión de estereotipos y la prórroga de
identidades tradicionales. De manera muy especial, todo el
imaginario que propicia la Monarquía incide en un determi-
nado rol de las mujeres –las consortes– que, al mismo tiempo,
legitima el papel protagonista del varón que las acompaña.
Podríamos poner muchos ejemplos de este tipo de material.
Cito una página de nuevo de EL PAÍS (jueves 14 de abril de
2011) en la que en sus dos noticias centrales encontramos el
reflejo exacto de la feminidad y la masculinidad tradicionales.
Con el titular “Rizos, trajes y tacones de vértigo” se hacía una
crónica del encuentro en Ammán de la princesa Letizia con
Rania de Jordania. Aunque el acto que motivó el encuentro
fue un almuerzo oficial en el palacio real que, según el mismo
periódico, tenía “una gran importancia empresarial e institu-
cional”, lo relevante acaba siendo “el encuentro entre ambas
damas y sus estilismos cada vez más coincidentes”. De esta
manera, la crónica que tiene a estas dos mujeres como prota-
gonistas es la crónica del color de sus vestidos, la altura de sus
tacones y la competición entre sus cinturas entalladas. Justo
al lado, el protagonista es el jugador de fútbol Leo Messi. Bajo
el titular “Un superhéroe corriente que ya triunfa en Italia”
se cuenta la entrevista concedida por el jugador azulgrana
a una revista italiana, en cuya portada aparece Messi con
actitud desafiante, agarrándose el nudo de la corbata sobre
unos letras enormes que dicen “Il più grande”. Comprobamos
pues como, en la misma página, coexisten las dos partes del
“contrato sexual” que casi parecen seguir escrupulosamente
los criterios que Rousseau dictara para la educación de los

32
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

hombres y las mujeres. Ellas siguen siendo el objeto, el sexo


que debe agradar, las que carecen de discurso propio en la
escena pública, las que se muestran como útiles compañeras
del varón que triunfa, mientras que nosotros continuamos
representando el heroísmo, el éxito profesional, el reconoci-
miento público y, como bien dejaba claro la foto de Messi en
el GQ italiano, el poder. Su mano apretando un símbolo tan
viril como la corbata lo deja muy claro.
Obviamente, junto a la pervivencia de esos modelos tradi-
cionales que prorrogan la “mística” de la feminidad... y de la
masculinidad, cada vez encontramos más referentes que nos
apuntan a un cambio social y cultural. Es el caso de las mujeres
que, no sin dificultades, acceden a posiciones de poder y van
teniendo protagonismo en el espacio público. Como también
el de aquellos hombres que muestran una manera distinta
de entender la masculinidad. En este sentido, el progresivo
reconocimiento de la diversidad sexual ha favorecido una pro-
gresiva ruptura de la masculinidad monolítica, si bien, como
comentaré más adelante, corremos el riesgo de caer de nuevo
en los estereotipos.
Lo que sí parece fuera de toda duda es que los cambios
provocados por el acceso de la mujer a la vida pública –y con
ellos las transformaciones en ámbitos privados como las rela-
ciones de pareja, la sexualidad, las familias o la maternidad y
la paternidad 20– están generando, al menos, dos efectos. En
primer lugar, están produciendo un refuerzo de las posiciones
patriarcales, con la aparición de nuevos “machismos” –macros
y micros– y una larvada extensión de posiciones reaccionarias
que, en lo externo y público, tratan de mantenerse en un dis-
20
Hay que tener en cuenta que la incorporación de las mujeres a lo
público ha ido suponiendo una progresiva crisis de uno de los ejes de las
subjetividad masculinidad a partir de la modernidad: “el ejercicio del rol de
género como proveedor económico dentro del contexto de la familia nuclear,
y sus efectos concomitantes, la pérdida de un área significativa de poder del
género masculino, y las nuevas configuraciones de las relaciones de poder
entre los géneros” (Burin, 2003: 84).

33
Octavio Salazar Benítez

curso políticamente correcto21. Asistimos así a la aparición de


un “sexismo benévolo”, cuyos componentes son el paternalis-
mo protector, la diferenciación de género complementaria y la
intimidad heterosexual (De la Peña y otros, 2011: 11-12).
En segundo lugar, estas transformaciones están provocando
que algunos de nosotros estemos desorientados, algo perdidos,
ante un panorama en el que vemos como se resquebrajan los
cimientos en que fuimos educados para ser hombres y ante el
que en muchas ocasiones nos faltan estrategias para adaptar-
nos. Formamos parte de una generación “de transición” en la
que faltan modelos que representen públicamente esas “nuevas
masculinidades” y que puedan ir sustituyendo a los que siguen
siendo mayoritarios. Es decir, los que se siguen empeñando
en mostrar la cadena masculinidad-triunfo-poder, como se
desprende por ejemplo del titular que calificaba al jugador
de fútbol Leo Messi como “El puto amo” (Diario Sport, 27-4-
2011).
A estas alturas, algunos hombres estamos descubriendo
que también nosotros tenemos “género”, es decir, que hemos
llegado a ser como somos no porque la Naturaleza imprimiera
en nosotros un determinado carácter sino porque hemos sido
socializados bajo una cultura patriarcal que nos marcaba el
camino a seguir. Durante siglos hemos sido los beneficiados de
un “contrato sexual” que nos convertía en protagonistas y en su-
jetos activos de los derechos y del poder, de ahí que obviamente
apenas ninguno se cuestionara su lugar en la sociedad22. Algo
que sí que las mujeres llevan haciendo, como mínimo, más de

21
En este sentido, asistimos a la pervivencia de un discurso tradicional
que se manifiesta en el lenguaje a través del uso de términos que implican
“invasión” o “amenaza”, o incluso “metáforas de guerras”, además de “verbos
de movimiento que connotan invasión territorial en el espacio sexual propio:
<<ellas se meten>>, <<irrumpen>>, <<vienen avasallando>>” (Martín
y Gómez, 2004: 96-97).
22
“La masculinidad no ha existido, no ha sido planteada como algo
diferente a lo que es la propia sociedad o la cultura, era ese todo que abar-
caba a todos, no tenía un espacio diferente. Los hombres no han necesitado

34
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

dos siglos, y que ha generado no sólo un movimiento político y


social, sino todo un marco teórico –el feminismo– que es una
propuesta crítica y de emancipación. Es decir, los hombres
debemos de empezar a mirarnos en el espejo, desnudándonos
de las sucesivas máscaras que el patriarcado nos ha ido colo-
cando encima, mientras que dejamos de mirar a las mujeres
reflejadas en el espejo que la masculinidad ha sostenido para
ellas. Asumiendo que “la mayoría de los hombres viven apare-
jados a un yugo” (Goldberg, 2005: 23).
Este proceso no será fácil para muchos hombres. Lo ad-
vierte Luis Bonino (2002: 46):

“Cambiar hacia la igualdad supone un tremendo esfuerzo


que puede llevar a muchos varones a pensar que el cambio
no compensa: no sólo implica renunciar a derechos adquiri-
dos –con la vivencia de pérdida consiguiente–, sino poner en
cuestión sus propios hábitos, su propia identidad, su imagen
de la mujer y la base de su sentido de autoestima. Significa
modificar comportamientos, pero también la propia mente
para aceptar la igualdad con la mujer y no verla sólo como
amenazante o subordinada. Cambiar es transformar, dentro
de sí y en lo social, la posición existencial sostenida por los
mitos masculinos patriarcales que actúan como poderosas
resistencias al cambio y generan habilidades en estrategias
de resistencia, e incorporar nuevos ideales, realizando para
ello el duelo por aquellos viejos ideales y las viejas ventajas,
con el dolor consiguiente”.

Por ello, creo que las propuestas feministas, mediante las


cuales se pretende llevar a cabo una deconstrucción del modelo
político, jurídico y cultural que habitamos, pero también una
construcción diversa de las identidades y la convivencia, nos
pueden servir a los hombres para cuestionarnos críticamente

cuestionarse su papel ni su posición dentro de la sociedad porque podía ser


cualquiera” (Lorente, 2008:1).

35
Octavio Salazar Benítez

y para encontrar herramientas que nos facilitarán a todos,


mujeres y hombres, la firma de un nuevo pacto social que ya
no estará precedido por un “contrato sexual” generador de
desigualdades.

II. Revisando el binomio masculinidad-ciudadanía

“Islandia, un país arruinado por la excesiva testosterona


de sus banqueros…”23

En estos momentos de crisis –no sólo económica, sino


política, global, me atrevería a decir que incluso ética–,
deberíamos empezar por revisar las bases de un modelo de
convivencia que se asienta sobre el patriarcado y que todavía
hoy es deudor de una división jerárquica entre la Naturaleza
y la Cultura, entre el espacio público y el privado, entre lo
masculino y lo femenino. Ello tiene evidentes repercusiones
en el ámbito estrictamente político. El ejercicio de nuestros
derechos y responsabilidades –o lo que es lo mismo, la con-
figuración de la ciudadanía democrática– está condicionado
por unas reglas patriarcales que ya no sirven en una sociedad
en la que hombres y mujeres debemos ser corresponsables
tanto en lo público como en lo privado. De esta manera,
cuestiones como la conciliación de la vida personal, familiar
y laboral están estrechamente conectadas con el ejercicio de
la ciudadanía y, por supuesto, con la efectividad de un Estado

23
Así comenzaba un reportaje firmado por John Carlin que con el título
“Aurora boreal” se publicó en el periódico EL PAÍS el 11 de marzo de 2012.
En él se relata cómo Islandia ha conseguido salir de la crisis económica
gracias que “las mujeres se han hecho cargo del país y lo han arreglado”. Es
decir, “desde que se produjo la crisis, y como reacción directa y deliberada
ante ella, las mujeres se han adueñado de las palancas del poder, y lo han
hecho en los ámbitos que más importan, en los que más influencia se ejerce
sobre el destino nacional: el Gobierno, la banca y, en creciente medida, la
empresa”.

36
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Social que tiene como guía el principio de igualdad24. En este


sentido habría que apurar al máximo las posibilidades que
encierra un concepto tan sugerente como el de “ciudadanía
íntima” (Plummer, 2003:26), bajo el que deberíamos entender
la pluralidad de opciones de vida personal, las cuales hunden
sus raíces en lo íntimo pero tienen una indudable proyección
en lo público. De acuerdo con este planteamiento, debemos
asumir una de las enseñanzas principales del feminismo:
“hay que partir de la vida privada para transformar el espacio
público” (Touraine, 2007: 104).
Pero, al mismo tiempo, esa transformación que muchos
pedimos debería tener raíces más profundas e incidir en los
pilares de un sistema económico y organizativo que ha exa-
cerbado en las últimas décadas sus caracteres patriarcales. Es
decir, la crisis económica que estamos viviendo es consecuen-
cia de un modelo basado en las ideas-fuerza del patriarcado:
la competitividad, la violencia, la desigualdad. El proceso de
globalización se ha apoyado en dinámicas “depredadoras” e
imperialistas y, por ello, es necesario también cuestionar nues-
tro modelo productivo. De la misma manera, los métodos y
procedimientos de gestión de lo público son también deudores
de un modelo masculinizado que deberíamos someter a crítica,
lo cual nos debería llevar a asumir nuevos paradigmas que
nos permitan construir unos mejores sistemas democráticos.
En este sentido, cuando el preámbulo de nuestra Constitución
traza como objetivo una “sociedad democrática avanzada”, di-
cha meta debe ser conectada con la efectividad de los derechos
y libertades, con el pleno ejercicio de la ciudadanía, lo cual,
en última instancia, nos remite a cómo hombres y mujeres

24
Uno de los efectos “colaterales” de la crisis económica está siendo el
aumento de hombres desempleados, lo cual conlleva que pasen más tiempo
en el hogar y que, por tanto, haya más posibilidades de que se dediquen a
las tareas de “cuidado”. Estas nuevas circunstancias están poniendo en duda
la centralidad en el tiempo de trabajo de los hombres y pueden llevar a un
reequilibrio en las negociaciones de las prácticas de género en la familia
(Abril y Romero, 2011: 17).

37
Octavio Salazar Benítez

nos situamos en el espacio público y, correlativamente, en el


privado. O, dicho de otra manera, “deconstruir el género re-
quiere, en concreto, que desplacemos nuestra atención hacia
la definición de un nuevo modelo de ciudadanía, de un nuevo
modelo de pertenencia a una comunidad –política, jurídica y
social–” (Rodríguez, 2010: 90).
Lo expresa con rotundidad el Primer Plan Nacional de Sen-
sibilización y Prevención de la Violencia de Género, aprobado
por el gobierno español en 2006, al establecer como objetivo
estratégico a largo plazo “conseguir un cambio en el modelo
social avanzando en el derecho de ciudadanía”. Ello implica con-
seguir un cambio en el modelo de relaciones entre hombres y
mujeres, lo cual a su vez supone a su vez incidir en tres nociones
fundamentales: ciudadanía, autonomía y empoderamiento.
Cabe destacar como dicho Plan subraya los cambios que
deben darse en la construcción de la masculinidad. Así, cuan-
do se explica de qué manera la noción de autonomía debe ser
un eje esencial en esa perspectiva de cambio, se insiste en “la
necesidad de replantear el binomio masculinidad y ciudada-
nía, impugnando activamente el modelo dominio-sumisión y
promoviendo la relación entre los sexos como iguales, lo cual
supone una liberación para el hombre de su carga identitaria en
torno a <<lo masculino>>”. En esta línea, el empoderamiento
de las mujeres debe ir acompañado de “una revisión del con-
cepto de masculinidad basada en la renuncia por parte de los
hombres del poder, entendido como supremacía o capacidad de
imponer o mandar. Es preciso apoyar nuevas formas de poder
basadas en la capacidad de liderar, organizar y coordinar des-
de esquemas políticos y relacionales no androcéntricos”. Ello
supondrá trabajar tanto con hombres como mujeres ya que
“tanto los unos como las otras continúan anclados en papeles
sociales estereotipados que se refuerzan entre sí y desde los que
se construye la identificación de masculinidad y feminidad”.
En este sentido, no es descabellado afirmar que “el gran reto
del feminismo del siglo XXI es el cambio del comportamiento
masculino” (Pazos, 2007: 18). A su vez, ello ha de implicar

38
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

revisar “la ciudadanía masculina, asumida como modelo de


ciudadanía por antonomasia” (Rodríguez, 2010: 91).
Por otra parte, no podemos olvidar cómo la complejidad
creciente de nuestras sociedades, en las que el mapa humano
cada vez se hace más diverso, reclama nuevos métodos para
organizar la convivencia y, en definitiva, nuevas herramientas
para gestionar los inevitables conflictos que provoca el pluralis-
mo. La masculinidad hegemónica no ha ofrecido instrumentos
eficaces para cubrir dicho objetivo, más bien al contrario. El
estrecho vínculo entre ejercicio de poder y violencia, la nega-
ción de la vulnerabilidad y de las necesidades del “otro”, han
hecho que el hombre patriarcal haya desarrollado una lógica
amigo/enemigo, una concepción jerárquica entre la mayoría
dominante –masculina, blanca, heterosexual– y las minorías
invisibles o domesticadas, así como unas técnicas de resolución
de conflictos basadas más en la imposición de “la ley del más
fuerte” que en la negociación y el diálogo. De esta manera, el
patriarcado ha impuesto una violencia estructural y simbólica,
además de la que ha materializado en guerras y agresiones
físicas y psicológicas. Por ello, es una exigencia democrática
la revisión de dicho modelo de masculinidad y, con él, de los
métodos y herramientas mediante los que organizamos la
convivencia. Para conseguir la “paz social” de la que habla el
art. 10.1 CE es necesario, además de partir del respeto de la
dignidad y de los derechos que de ella derivan, asentar una nue-
va “racionalidad pública” que, entre otras cosas, garantice el
reconocimiento de las diferencias. Elevadas dichas categorías
por encima del ámbito estatal, su necesidad es aún más eviden-
te, sobre todo si queremos poner las bases para acabar con la
violencia estructural que domina las relaciones internacionales
y, muy especialmente, si queremos tomarnos en serio de una
vez por todas que hay una íntima conexión entre igualdad de
género, desarrollo y democracia. De esta forma, el objetivo al
que aspiramos habría de ser “un universalismo diferenciado,
construido sobre la tensión creativa entre universalismo y di-
ferencia” (Rodríguez, 2010: 101).

39
Octavio Salazar Benítez

Todos estos procesos, que a su vez han de conllevar una


serie de cambios en nuestras miradas sobre la realidad y en
las pautas mediante las cuales articulamos el conocimiento,
requieren dos acciones complementarias. De una parte, es
necesario que las políticas de igualdad empiecen a tener como
destinatarios también a los hombres. Junto a las acciones
positivas que es necesario seguir articulando para impulsar
la igualdad de género y que han de dirigirse prioritariamente
a las mujeres, es urgente que determinadas acciones –muy
especialmente las de tipo socializador– vayan dirigidas a
los hombres. Es urgente incidir en el sistema educativo, en
los medios de comunicación y en las familias como los tres
ámbitos principales donde se lleva a cabo la socialización
del individuo, al tiempo que se desarrollan estrategias que
impulsen cambios sustanciales en la organización espacial y
temporal de nuestras ciudades. Paralelamente, los hombres
tenemos que incorporarnos al ámbito privado y asumir nues-
tras responsabilidades en los que genéricamente podemos
denominar “trabajos de cuidado” (de los/as hijos/as, de las
personas mayores y dependientes, del ámbito doméstico). Para
ello será necesario adoptar medidas obligatorias –como, por
ejemplo, un permiso de paternidad personal e intransferible,
junto a otros derechos conectados a las responsabilidades
privadas–, acciones positivas que fomenten el uso de dichos
instrumentos por los varones y estrategias educativas que nos
permitan aprender –y aprehender– capacidades, habilidades
y virtudes que durante siglos se han estimado vinculadas a
la naturaleza de las mujeres. Porque, de momento, lo único
que se ha producido realmente es el cambio de un modelo
de desigualdad total a otro de “amabilidad” (Castro y Pazos,
2011:4), en el que los hombres nos limitamos a ser colabo-
radores de las mujeres en lo que mayoritariamente se sigue
considerando “terreno” de su responsabilidad. Las medidas
transformadoras que deben adoptarse para procurar un salto
definitivo a la corresponsabilidad deberán plantearse desde
la asunción del feminismo como propuesta política, jurídica

40
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

y cultural mediante la que es posible construir una “sociedad


democrática avanzada” ya que supone una “radicalización”
de la “fuerza universalizadora de los conceptos ilustrados”
(Amorós, 2000: 283). Ello obliga a ir más allá de la mera lógi-
ca de los derechos, en cuanto que estos “siguen definiéndose
en masculino, en la medida en que siguen siendo masculinos
los paradigmas de igualdad o libertad y autonomía que los
derechos actualizan y en los que se apoyan” (Rodríguez, 2010:
90).
El cuestionamiento de los paradigmas masculinos supone,
a su vez, que los hombres seamos incorporados en las políticas
de igualdad de género25, tal y como se se puso de manifiesto en
la Plataforma de Acción de Beijing de 1995. Desde el convenci-
miento de que el objetivo final de dichas políticas es conseguir
unas sociedades más justas y democráticas. Es decir, hay que
asumir de una vez por todas que la consecución de los objetivos
vinculados con la igualdad de género beneficiarán a las mu-
jeres, a los hombres y a la sociedad en su conjunto (Varanka,
2007). Y lo harán desde diversas perspectivas:
1) Las medidas en políticas de igualdad de género que se
destinan principalmente al empoderamiento de las mu-
jeres beneficiarán también a numerosos hombres.
2) Las acciones para mejorar la situación de las mujeres
también sacan a la luz problemas a los que se enfrentan
los hombres y que habían permanecido ocultos.
3) Las vidas y por lo tanto los problemas de los hombres y
mujeres están a menudo entrelazados en una dinámica
de todos ganan o todos pierden.

25
El objetivo de incorporar a los hombres en las políticas de igualdad de
género puede enfocarse de cinco maneras diferentes: a) Aumentar las accio-
nes dirigidas a los hombres; b) Garantizar mayor participación masculina
en el debate sobre política de igualdad de género; 3) Prestar atención a los
hombres en el discurso de dicha política; 4) Aumentar la especialización
sobre los hombres; 5) Apoyar la transversalidad de género y hacer hincapié
en que debe implicar tanto a hombres como a mujeres (Varanka, 2007).

41
Octavio Salazar Benítez

4) La participación de los hombres transformará aquello en


lo que se participa.
Desde esta consideración, la apuesta por la “transversali-
dad” debería suponer que en cualquier ámbito de las políticas
públicas se tengan en cuentas sus efectos en las mujeres, en
los hombres y en las relaciones entre ambos. Porque como
bien apunta Jouni Varanka (2007), “cuando se miran las cosas
desde un ángulo femenino, se ven también desde un ángulo
masculino”.
Es decir, partiendo del entendimiento de la transversali-
dad de género como “sub-principio del principio de igualdad”
(Souto, 2012: 122), y por tanto del género como una herra-
mienta global de análisis y proposición, habrá que incidir en
cómo la construcción de las identidades masculina y femenina
determinan la configuración de los espacios público y privado.
La integración de la perspectiva de género en todas las políticas
supone, pues, la revisión de un modelo de organización del po-
der y de definición de la ciudadanía que pasa, necesariamente,
por la “deconstrucción” de la masculinidad hegemónica.
En este sentido habría que interpretar los artículos 4 y 15
LOIMH cuando afirman que “la igualdad de trato y de oportu-
nidades entre mujeres y hombres es un principio informador
del ordenamiento jurídico y, como tal, se integrará y observará
en la interpretación y aplicación de las normas jurídicas”, así
como que “informará, con carácter transversal, la actuación
de todos los Poderes Públicos”. Es decir, “las Administracio-
nes públicas lo integrarán, de forma activa, en la adopción y
ejecución de sus disposiciones normativas, en la definición y
presupuestación de políticas públicas en todos los ámbitos y
en el desarrollo del conjunto de todas sus actividades”. En la
medida que los hombres también tenemos género, también de-
beríamos estar incluidos en las acciones dirigidas a garantizar
esa igualdad de trato y oportunidades.

42
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Pero, junto a esas medidas, y como objetivo prioritario, es


urgente que los hombres empecemos a mirarnos en el espejo,
que cuestionemos críticamente nuestra masculinidad26, que
analicemos cómo se nos ha educado y a cuantas cosas hemos
renunciado en ese proceso. Como he señalado con anterioridad,
a diferencia de las mujeres, nosotros apenas si nos hemos mi-
rado por dentro, hemos huido de nuestra dimensión emocional
y hemos tenido miedo, casi terror a veces, a enfrentarnos a
nuestros propios fantasmas. De manera similar a cómo Betty
Friedan en los años 60 se interrogó sobre un “mal que no tenía
nombre” en el célebre La mística de la feminidad, ahora es el
momento en que muchos hombres nos preguntemos por el
“mal” que algunos sufrimos y que tiene que ver con una mística
de la masculinidad que nos ha hecho esclavos. Y ello supone
no sólo mirarnos por dentro, sino también mirar críticamente
la sociedad que hemos construido sobre el patriarcado.
Estas reflexiones, que a muchos nos permitirán superar
imágenes como las de mi clase de gimnasia y que nos servirán
para evitar que nuestros hijos tengan que sufrirlas, han de
llevarnos a su vez a un análisis crítico sobre la igualdad y las
diferencias, sobre las relaciones entre lo público y lo privado,
sobre el ejercicio del poder y la justicia social. Y, con carácter
previo a todo ello, han de llevarnos a un análisis riguroso sobre
la identidad, entendida como algo dinámico, es decir, como un
proceso condicionado por factores culturales, la cual está en la
base de conceptos jurídico-políticos como el de “ciudadanía” o
“derechos humanos”. Es decir, cualquier estudio o propuesta
que pretendamos realizar en torno a un concepto clave en el
Derecho Constitucional como es del ciudadanía, ha de partir
necesariamente de la disección de cómo los hombres y mujeres
llegamos a construirnos como sujetos y, a partir de ahí, cómo

26
Partiendo de que “la masculinidad no es una esencia universal y cons-
tante, sino más bien un ensamblaje fluido y cambiante de significados y
comportamientos que varían ostensiblemente” (Kimmel, 2001: 48).

43
Octavio Salazar Benítez

ejercemos nuestros derechos y obligaciones27. Un análisis, el de


la identidad, que en los últimos años ha cobrado protagonismo
gracias a las reivindicaciones en torno a la diversidad cultu-
ral, pero que durante siglos ha permanecido al margen de los
focos constitucionales. Tal vez porque el constitucionalismo se
articuló sobre un universalismo abstracto en el que, al menos
públicamente, las “identidades” no tenían ningún papel y en
todo caso se estimaban suficientemente garantizadas a través
de derechos como la libertad de conciencia y de expresión.
Hoy, sin embargo, el planteamiento debería ser la inversa: es
la identidad del individuo el tronco que se proyecta a través del
haz de libertades que configuran el estatuto de ciudadanía.
Ese tronco, que obviamente condiciona nuestra esfera
de actuación, conlleva dos dificultades. En primer lugar, las
identidades no son homogéneas, sino que son el resultado de
múltiples entrecruzamientos y mestizajes. En segundo lugar,
no son estáticas, sino que más bien son como un río cuyas di-
mensiones y características van modificándose a lo largo de un
caudal que recibe agua de diversos afluentes. En este sentido,
y como apuntaba con anterioridad, la identidad es un proceso.
En esta línea, hay que entender el género como “una forma de
hacer, una actividad incesante performada”. Una actividad que
además no se hace en soledad, sino que “siempre se está <<ha-
ciendo>> con o para otro, aunque el otro sea sólo imaginario”
(Butler, 2010: 13). De ahí las resistencia a que categorías como
el “género”, o el mismo concepto de “identidad”, sean asumidas

Como bien indica Miguel Lorente (2008: 7-8), la “nueva masculinidad”


27

debe empezar por una conceptualización teórica y luego materializarse en la


práctica con actos concretos y posicionamientos (individuales y colectivos).
Ello ha de hacerse de la mano de las mujeres y del feminismo: “Los hombres
debemos hacer una reflexión sobre nuestro rol en la sociedad, pero el camino
está perfectamente trazado y el destino de la igualdad claramente indicado,
así se ha hecho históricamente desde el feminismo y por eso debemos unir-
nos a ese debate y hacerlo con las mujeres, es la única forma de conseguir
el verdadero objetivo si es lo que realmente se pretende. El feminismo es el
instrumento más útil, efectivo y eficaz para conseguirlo”.

44
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

por un mundo, el jurídico, tan proclive a manejar estructuras


cerradas y conceptos acotados.
De hecho, los sistemas constitucionales no reconocen de
manera expresa lo que podríamos denominar un derecho a la
identidad. Más bien éste se deduce del conjunto de derechos
y libertades a través de las cuales el individuo desarrolla su
“plan de vida”, es decir, se construye como un sujeto autóno-
mo. Tal vez la libertad con la que más directamente podemos
entroncar la identidad sea la de conciencia, en cuanto que
garantiza la autodeterminación del individuo28. El Estado ha
de proteger que sus ciudadanos y sus ciudadanas tengan sus
creencias o convicciones, sean religiosas o no, y en función de
ellas proyecten su vida, es decir, esa libertad de conciencia se
proyectará hacia el exterior a través de otros derechos (libertad
de cultos, libertad de expresión, libertad de enseñanza, dere-
chos políticos en general). De esta manera podemos afirmar
que la “identidad” queda garantizada por el haz de derechos y
libertades que conforman el estatuto de la ciudadanía. Todos
ellos confluyen en lo que podríamos considerar la esencia de
un sistema constitucional: la dignidad del ser humano. Digni-
dad que tiene que ver con las condiciones que garantizan la
autonomía individual, las que hacen posible que cada persona
sea dueña de su propia vida, de sus aciertos y de sus errores.
Por lo tanto, cuando hablamos de derechos –civiles, políticos y
muy especialmente sociales– estamos haciéndolo precisamen-
te de esas condiciones. De las que garantizan finalmente “el
libre desarrollo de la personalidad”, el cual, como bien señala
el art. 10.1 CE, se sitúa junto a la dignidad como fundamento
del orden político y de la paz social.

28
La CE no habla expresamente de “libertad de conciencia” sino que en
su art. 16 garantiza “la libertad ideológica y religiosa”. No obstante, debemos
entender que lo que en esencia está reconociendo el art. 16 es la capacidad
de autodeterminación del individuo a partir de creencias o convicciones,
tengan éstas carácter religioso o no.

45
Octavio Salazar Benítez

Entre esas múltiples capas, no superpuestas, sino entre-


cruzadas, que configuran nuestra identidad, el género apare-
ce como un elemento transversal y como “percha” en la que
se van colgando los distintos ropajes del individuo. Somos
“culturalmente” hombres o mujeres y eso, de momento, sigue
determinando cómo desarrollamos nuestra personalidad y, en
consecuencia, sigue marcando desigualdades en el ejercicio de
la ciudadanía. La identidad de género –a la que se suman otras
como la derivada de la orientación sexual, la étnica o la reli-
giosa– constituye pues el esqueleto al que se agarra el músculo
ciudadano y el nervio de los derechos. De ahí que, necesaria-
mente, una propuesta de revisión democrática deba pasar por
el análisis crítico de las identidades masculina y femenina. Un
análisis del que podemos afirmar que ha llevado a cabo una
primera fase – la realizada por el feminismo sobre la identidad
de las mujeres – pero en el que resta la mirada crítica, también
realizada con el apoyo teórico y vindicativo del feminismo,
sobre los varones. Este proceso de “deconstrucción” deberá lle-
varnos incluso a superar los estrechos márgenes que arrastra el
mismo concepto de identidad –más estático, cerrado, opresivo
incluso– y alcanzar una concepción más diversificada y plural
del de “subjetividad”, vinculada al sujeto, al individuo al que
se suman diversos predicados, al que reúne las capacidades
suficientes para construir en libertad su proyecto de vida, con
indepedencia del género o de cualquier otra circunstancia per-
sonal o social. El sujeto titular de derechos que no responda ya
al estereotipo heteropatriarcal del ciudadano. Sólo desde esta
propuesta de revisión de la masculinidad hegemónica, que a su
vez implica la de los términos del contrato social, será posible
profundizar en los valores constitucionales que hoy sufren una
crisis que nos obliga a su urgente redefinición.

46
CAPÍTULO I
EL GÉNERO DE LA CIUDADANÍA

I. El género de la Constitución española

1. Padres constituyentes, madres invisibles

“La Corona de España es hereditaria en los sucesores de


S.M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la
dinastía histórica. La sucesión en el trono seguirá el orden
regular de primogenitura y representación, siendo preferida
siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea,
el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el
varón a la mujer..”. (art. 57.1 CE)

Treinta y cuatro años después de su aprobación, la CE aún


mantiene en su articulado la que constituye una flagrante con-
tradicción con el principio de igualdad y no discriminación,
el cual no sólo se incorpora como valor superior de nuestro
ordenamiento jurídico (art. 1 CE) sino que también se pro-
yecta sobre toda la declaración de derechos del Título I (art.
14 CE). Esta excepción explica que cuando España ratificó el
16 de diciembre de 1983 la Convención sobre la Eliminación
de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CE-
DAW), suscrita en Nueva York el 18 de diciembre de 1979, lo
hiciese bajo la reserva de que dicha ratificación no afectaría

47
Octavio Salazar Benítez

“a las disposiciones constitucionales en materia de sucesión


a la Corona española”. Mediante esta reserva se esquivaba la
flagrante contradicción del art. 57.1 CE con la definición que
de la discriminación contra la mujer ofrece el art. 1 CEDAW:
“toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que
tenga por objeto o resultado menoscabar o anular el reconoci-
miento, goce o ejercicio por la mujer, independientemente de
su estado civil, sobre la base de la igualdad del hombre y de la
mujer, de los derechos humanos y las libertades fundamentales
en las esferas política, económica, social, cultural y civil, o en
cualquier otra esfera”.
La preferencia del varón sobre la mujer en la sucesión a la
Corona, es decir, en la sucesión a la Jefatura del Estado, re-
presenta la supervivencia de un orden patriarcal que durante
siglos mantuvo esa diferenciación jerárquica entre el hombre
y la mujer29. Sorprende que a pesar de la profunda transfor-
mación que en materia de igualdad de género se ha llevado
a cabo en los últimos treinta años, no se haya reformado un
artículo que sigue discriminando a las mujeres en el acceso a
una jefatura pública30. Y todo ello a pesar del consenso que, al
parecer, existe entre todas las fuerzas políticas y la ciudadanía
en torno a la necesidad de modificar el art. 57.1 CE31. Algo que

En estrecha vinculación con esta preferencia del varón, la STC 126/1997,


29

de 3 de julio, resolvió el conflicto planteado en torno la sucesión de los títulos


nobiliarios manteniendo la vigencia del principio de varonía. Tuvieron que
pasar casi diez años para que el legislador corrigiera esta interpretación con
la Ley 33/2006, de 30 de octubre, sobre igualdad del hombre y la mujer en
el orden de sucesión en los títulos nobiliarios.
30
Como se ha reiterado en los últimos años, el problema se plantearía
en el momento en que el actual heredero, el Príncipe de Asturias, llegara
a tener un descendiente varón, el cual tendría primacía en la sucesión con
respecto a las dos hijas que tienen los Príncipes de Asturias. En relación a
esta reforma constitucional, también se han analizado los problemas que
podría generar con carácter retroactivo, dado que la infanta Elena es la hija
primogénita de los Reyes y por tanto tendría derecho a la sucesión.
31
Además en el contexto europeo, de las siete principales Monarquías
de nuestro entorno, cuatro han acometido reformas constitucionales para
permitir la sucesión de la mujer al trono (allí donde, como en Bélgica, estaba

48
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

se puso de manifiesto en el Acuerdo del Consejo de Ministros de


4 de marzo de 2005 por el que el gobierno solicitaba al Consejo
de Estado un informe sobre la reforma de varios artículos de
la Constitución, entre ellos el 57. Manifestaba el Gobierno que
“trascurridos más de veinticinco años, la propia aplicación de
la Constitución, la tarea legislativa que se ha desarrollado en
congruencia con ella y los cambios producidos en los patrones
culturales, han llevado a la conciencia colectiva la convicción
de que las discriminaciones por razón de sexo, cualesquiera de
ellas, resultan, como tales, inaceptables”. Esa alusión expresa
a los “patrones culturales” se reiteró en el informe emitido por
el Consejo de Estado en febrero de 2006, hasta el punto que
se llega a considerar que la reforma del citado artículo sería
necesaria no tanto por la contradicción con el art. 14 CE sino
“del progresivo deterioro que ha sufrido en la conciencia social
todo tipo de postergación femenina (…) más bien, de lo que
se trata con ella es de acomodar el texto constitucional a la
realidad social del tiempo presente”.32

todavía vigente la ley sálica) y para asegurar la completa igualdad de hom-


bres y mujeres en la sucesión a la Corona: Bélgica, Países Bajos, Noruega y
Suecia. El último país en incorporarse a esta reforma ha sido Gran Bretaña.
En concreto, el 28 de octubre de 2011 el Primer Ministro Británico, David
Cameron en la 21ª Reunión de la Commonwealth en la ciudad de Perth,
Australia, anunció el acuerdo que pondría fin a la primacía del varón sobre
la mujer en la sucesión a la corona británica y “la regla que indica que quien
se case con un católico no podrá ser monarca”. “Terminaremos con la regla
de la progenitura masculina y en el futuro, el orden de sucesión será sim-
plemente determinado por el orden de nacimiento” Así de tajante anunció
Cameron la reforma de la Sucesión de la Corona. Los 16 países miembros de
la Commonwealth, cuyo jefe de Estado es la reina de Inglaterra, se mostraron
de acuerdo en cambiar las reglas de sucesión al trono.
32
Sin embargo, el citado proyecto no llegó a discutirse en las Cortes
Generales y fue abandonado en la siguiente legislatura. De manera para-
dójica, cabe recordar como en pleno verano de 2011 el gobierno socialista
procedió a una reforma constitucional, en concreto para introducir en el art.
135 el principio de estabilidad presupuestaria exigido por Europa, la cual
fue llevada a cabo en un plazo récord de doce días, rompiendo con algunos
de los paradigmas que han estado vigentes durante más de 30 años. No sólo
se rompió con la exigencia del “consenso”, exigido y reiterado por ejemplo
en la propuesta de reforma planteada en 2004, así como en el informe que

49
Octavio Salazar Benítez

La prolongada pervivencia de esa regla patriarcal tiene un


alto contenido simbólico, ya que, más allá de los problemas
que puede plantear en torno a la sucesión de la Jefatura del
Estado, es la metáfora de las resistencias que ofrece el orden
patriarcal a ser erosionado. No en vano, y como comentaba en
la introducción, la Monarquía es uno de los espacios simbólicos
en los que con más rotundidad se nos sigue mostrando la dife-
renciación masculino/femenino33: no hay más que comprobar
el papel subordinado, siempre unos pasos por detrás, silencioso
en la mayoría de las ocasiones, de la Princesa de Asturias34.
El controvertido artículo 57 se inserta en un texto constitu-
cional en el que las mujeres prácticamente son invisibles, tal
como lo fueron también durante su proceso de gestación. La
misma expresión tan repetida de “padres de la Constitución”
que usamos para referirnos al grupo de hombres que redactó
el proyecto pone en evidencia que fue un texto gestado desde

al respecto emitió el Consejo de Estado, sino que también el discutible pro-


ceso ha contribuido a romper con el “tabú” de la intangibilidad de nuestra
Constitución. Sobre la reforma constitucional de 2011, véanse las opiniones
discrepantes de Blanco (2011) y Tajadura (2011).
33
Del articulado que regula la Corona cabe destacar la singularidad del
artículo 58 en el que se distingue entre reina consorte o consorte de la rei-
na: “La reina consorte o el consorte de la reina no podrán asumir funciones
constitucionales, salvo lo dispuesto para la regencia”. Sobre esta distinción
se ha puesto de relieve que la mujer no sólo tiene presencia institucional
como consorte del rey; su papel propio es, precisamente, ése: ser <<reina
consorte>>, dependiente de la figura del rey. No se contempla, por tanto,
el desarrollo de una actividad independiente y diferenciada. Mientras que
sí se admitiría que el hombre tenga un proyecto vital propio y autónomo, al
que se sumaría el de ser consorte de la reina” (Trigo, 2011: 1471).
34
Lo cual sorprende mucho más en el caso de una mujer como Letizia
Ortiz, pues no se trata de una chica “educada para ser princesa”, sino de una
mujer que, con carácter previo a su matrimonio con el Príncipe heredero,
había desarrollado su proyecto vital –desde el punto de vista personal y
profesional– en el que incluso había dispuesto de voz en un medio de comu-
nicación y en un ámbito tan masculinizado hasta hace relativamente poco
tiempo como es el de la información.

50
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

las raíces del patriarcado35. De esta manera, y jugando con


la metáfora, se produjo un alumbramiento sin necesidad de
“madres”36.
De hecho, las referencias expresas a las mujeres, aparte de
las contenidas en el Título II dedicado a La Corona, se limitan
a dos artículos. Por una parte, el art. 32 CE reconoce el derecho
del hombre y la mujer a contraer matrimonio con plena igual-
dad jurídica. Por otra, el art. 39 CE se refiere a la protección
de “las madres, cualquiera que sea su estado civil”. Es decir,
las únicas referencias expresas a las mujeres que encontramos
en la Constitución están relacionadas con el que ha sido su
ámbito tradicional de desarrollo: el matrimonio, la familia,
la maternidad. Y aunque las menciones constitucionales pre-
tenden garantizar la ruptura con un régimen jurídico de des-
igualdad –de ahí que las primeras reformas sustanciales que en
materia de género se llevaron a cabo en nuestro ordenamiento
jurídico fueran las del Código Civil en materia de matrimonio
y familia37–, llama la atención que el interés del constituyente
se centrara en esa dimensión privada y olvidara menciones
expresas en espacios públicos en los que las mujeres españo-
las partían en 1978 de una evidente situación de desigualdad.
Sería el caso por ejemplo de la representación política en la
que todavía hoy, y a pesar de las acciones positivas previstas
35
Recientemente un documental dirigido por Oliva Acosta (2011) ha
subrayado la presencia de las mujeres en este proceso. Su título es muy
significativo: Las constituyentes (www.lasconstituyentes.org, consultada
3/9/2012).
36
Sobre la presencia de las mujeres en la Constitución española véanse
Asunción Ventura Franch (1999), Mª Luisa Balaguer Callejón (2005) y el
volumen colectivo Mujer y Constitución en España (2000).
37
La reforma de varios artículos del Código Civil y del Código de comer-
cio sobre “la situación jurídica de la mujer casada y los derechos y deberes
de los cónyuges” llevadas a cabo por la Ley de 2 de mayo de 1975 tuvieron
continuidad con las leyes 11/1981, de 13 de mayo y 30/1981, de 7 de julio.
Con la Ley de 1975 se reconoce la “mayoría de edad de la mujer casada”,
es decir, “se reconoce, al fin, que el matrimonio no tiene carácter restrictivo
respecto de la capacidad de obrar de ninguno de los cónyuges, por lo que el
marido deja de ser el representante de la mujer” (Gete-Alonso, 2011: 193).

51
Octavio Salazar Benítez

a nivel estatal desde 2007, las mujeres siguen representando


porcentajes lejanos de la paridad. La Constitución sí incluye
una referencia a las mujeres en el ámbito laboral, si bien de
manera indirecta, a través de la prohibición de discriminación
por razón de sexo en el artículo dedicado al derecho al trabajo
(art. 35).
La ausencia de las mujeres del texto constitucional de 1978
es todavía más llamativa si tenemos en cuenta que durante el
régimen franquista, con el que la Constitución rompe, se re-
forzó el rol patriarcal de las mujeres, con la impagable ayuda
de una Iglesia Católica que proporcionó argumentos dogmá-
ticos para subrayar una división entre lo público y lo privado,
entre lo masculino y lo femenino38. De ahí que la ruptura y
consiguiente apuesta por un Estado social y democrático de
Derecho debería haber incluido también, de manera expresa,
la ruptura con unas estructuras sociales, culturales y jurídicas
que habían prorrogado una diferenciación jerárquica entre los
hombres y las mujeres. Una prórroga que condicionó no sólo
un determinado papel social de ellas, sino también de nosotros.
Es decir, la discriminación de las mujeres se ha apoyado histó-
ricamente no sólo en un modelo de “feminidad” sino también
de “masculinidad”. Ambos deberían haberse convertido en
una referencia esencial en la transformación que anunciaba
el art. 1 CE –la que conlleva constituirse en un Estado social y
democrático de Derecho– ya que sólo desde una igualdad real
y efectiva de mujeres y hombres es posible construir la “socie-
dad democrática avanzada” a la que se refiere el Preámbulo
constitucional.

Son muchos los textos que, desde diferentes perspectivas, han analiza-
38

do la posición de las mujeres durante el franquismo. Puede servirnos como


referencia el ensayo magistral de Carmen Martín Gaite Usos amorosos de
la posguerra española (1987). No podemos olvidar que la larga dictadura
franquista supuso un corte radical con el proceso de emancipación de las
mujeres españolas que se había iniciado en la II República.

52
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

2. Las paradojas de la igualdad

Podemos entender que la ausencia de las mujeres en la


Constitución ha quedado suplida de hecho por la fuerza im-
plícita en la proclamación de la igualdad ante la ley y de la
prohibición de discriminación por razón de sexo del art. 14 CE,
el cual se sitúa como pórtico orientador de todos los derechos y
libertades constitucionales. No cabe duda de que el art. 14 CE,
y sobre todo su interpretación en conjunción con el mandato
de igualdad material del art. 9.2 CE (“Corresponde a los pode-
res públicos promover las condiciones para que la libertad y la
igualdad del individuo y los grupos en que se integra sean reales
y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su
plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en
la vida política, económica, cultural y social”)39, ha posibilita-
do que en estas tres décadas asistamos a una transformación
radical de un ordenamiento que consagra la igualdad como
uno de sus valores superiores (art. 1 CE). De acuerdo con la
interpretación reiterada por nuestro Tribunal Constitucional,
la lectura conjunta de ambos artículos ha permitido ir más allá
de la igualdad formal y atender a las especiales circunstancias
que se encontraban las mujeres en nuestro país. Ello ha legiti-
mado por ejemplo el recurso a acciones positivas y, en general,
la aplicación de un derecho “diferenciado” con el que se han
ido corrigiendo las históricas dificultades que las mujeres han
tenido para el disfrute de determinados derechos y el acceso
a determinados bienes. No podemos olvidar que en este reco-
rrido ha sido clave la influencia de un Derecho Internacional
cada vez más atento a las cuestiones de género –justo un año
después de la Constitución de 1978, se aprobó la fundamental
y ya citada Convención para la eliminación de todas las formas
39
De acuerdo con este artículo, debemos entender que “la equiparación
en derechos y libertades entre los hombres y las mujeres es un mandato
valorativo, vale y, por tanto, es deontológico, debe ser, debe imponerse esa
equiparación, pero para que sea plena es menester que la igualdad formal
se perfeccione en la igualdad sustancial” (Lucas Verdú, 1984: 342).

53
Octavio Salazar Benítez

de discriminación contra la mujer – y, de manera más específica,


de unas instituciones europeas que ha convertido la igualdad
de hombres y mujeres en un eje transversal de sus políticas.
No obstante, habría sido relevante, aunque sólo hubiera
sido por su innegable valor simbólico, que la Constitución re-
cogiera expresamente la urgencia de incidir de manera singular
sobre la mitad de la población que, durante los cuarenta años
anteriores, había estado sometida a una “minoría de edad”
desde el punto de vista jurídico40. Llama la atención que el
texto contenga referencias expresas a numerosos colectivos
–la juventud, los discapacitados, la tercera edad, los consu-
midores y usuarios– y olvide a las mujeres que, obviamente,
forman parte de todos esos grupos y necesitaban, muy espe-
cialmente en 1978, un apoyo jurídico-político singular. En la
medida que la Constitución rompía con el régimen anterior,
no habría estado mal que se expresara la ruptura también con
el orden patriarcal que aquel régimen consolidó. Habría bas-
tado con una proclamación genérica en el Título Preliminar
o en el pórtico del Título I, al margen de que por ejemplo en
artículos concretos –como el 23, en el que se contiene el dere-
cho de acceso a los cargos públicos– se incluyera de manera
expresa a las mujeres para subrayar la necesidad de corregir
el tradicional desequilibrio de género existente en el ejercicio
de determinados derechos.

Algo que de manera temprana puso de manifiesto el constitucionalista


40

Pablo Lucas Verdú (1984: 338)) en una de las primeras reivindicaciones


que podemos considerar “feministas” con respecto al contenido del texto
de 1978. Lucas Verdú criticaba en 1981 que el constituyente español no se
hubiera percatado “de la condición femenina en nuestra Patria” y defendía
que “hubiera sido consecuente incluir un precepto semejante al dedicado a
la juventud que especificase la función como sujetos activos de las mujeres en
la vida política, social, económica y cultural... Esta norma podría servir de
base a una legislación complementaria que intentase resolver los problemas
relativos a la maternidad, aborto, violación, empleo, igual acceso a las cargos
públicos, etc., que caracterizan por completo a la condición subalterna de
la feminidad en la sociedad española”.

54
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Esa ausencia ha sido suplida en gran medida por la capaci-


dad transformadora del art. 9.2 CE, en el que como hemos visto
se contiene un mandato a los poderes públicos para la consecu-
ción de una igualdad real y efectiva. La interpretación conjunta
de este artículo con el 14 CE ha propiciado no sólo una acción
correctora de las discriminaciones, sino también una labor de
promoción de la igualdad de género41. El art. 9.2 contiene todas
las proyecciones que vendrían a confluir en las garantías del libre
desarrollo de la personalidad de hombres y mujeres42:
1. La creación de las condiciones para que la libertad y la
igualdad sean reales y efectivas, lo cual implica crear un
orden jurídico pero también social – y por tanto cultural –
en el que todos y todas, hombres y mujeres, podamos ejer-
cer nuestros derechos. Es decir, no basta con una mera
proclamación formal o con la inclusión de los derechos
en normas abstractas. Es preciso crear las condiciones
que garanticen que en la práctica su ejercicio sea posible
por todos y por todas.
2. La remoción de los obstáculos que impidan o dificulten su
plenitud: es decir, los poderes públicos no pueden limitar-
se a proclamar una norma, sino que han de actuar sobre
la realidad para “remover” las circunstancias –sociales,
políticas, económicas, culturales– que dificultan o impi-
den el disfrute pleno de los derechos. De esta manera, el
art. 9.2 constituye un instrumento de gran utilidad para
que los poderes públicos incidan en aquellos factores que
41
Esa labor correctora pero también de promoción puede a su vez de-
ducirse de los términos tajantes con que se expresa el artículo 14 CE: “sin
que pueda prevalecer discriminación alguna..”.. Para que no prevalezcan las
discriminaciones, en muchos casos será preciso no sólo prever consecuen-
cias jurídicas en el caso de que se produzcan sino también adoptar medidas
preventivas y correctoras de las situaciones de desigualdad provocadas por
la discriminación de un grupo y, en el caso de las mujeres, de la mitad de la
ciudadanía.
42
Este artículo, interpretado de manera conjunta con el 14, representa lo
que Robert Alexy (1993: 404) denominó de manera muy acertada “paradoja
de la igualdad”, la cual supone que en muchas ocasiones para conseguir una
igualdad de hecho sea necesario aceptar una desigualdad de iure.

55
Octavio Salazar Benítez

de manera singular afectan a una parte de la ciudadanía y


condicionan su dignidad. Es obvio el papel tan importante
que este artículo “transformador” ha tenido en relación
a los derechos de las mujeres en nuestro sistema cons-
titucional. Podríamos afirmar que el art. 9.2 CE ha sido
y aún está siendo la “llave” constitucional que permite
“remover” los obstáculos patriarcales que aún provocan
discriminaciones por razón de género.
3. Facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida
política, económica, cultural y social. En una sociedad
democrática es fundamental que todos los individuos
tengan voz en el espacio público. No se trata sólo, como
es obvio, de que se les reconozca el derecho de sufragio,
sino que también han de poder ejercer en igualdad de
condiciones todos los derechos que permiten al indivi-
duo posicionarse públicamente, ejercer la ciudadanía,
desarrollar su personalidad a través de todos los cauces
abiertos en una democracia. En este sentido es en el que
debemos subrayar un término reiterado por el feminismo.
Me refiero al de empoderamiento43. En él confluyen las
cuatro dimensiones que expresamente señala el artículo
–vida política, económica, cultural y social–, las cuales a
su vez pueden resumirse en una sola: vida pública. De ahí
que también en este caso el art. 9.2 CE, a pesar de que opte
por el masculino genérico, tenga una especial incidencia
sobre las mujeres, ya que son las que históricamente –y
todavía hoy– han tenido más dificultades para participar

43
En el Diccionario panhispánico de dudas (RAE, 2005) se explica que el
verbo empoderar es un calco del inglés to empower, el cual se emplea en textos
de sociología política con el sentido de “conceder poder (a un colectivo des-
favorecido socioeconómicamente) para que, mediante su autogestión, mejore
sus condiciones de vida”. El sustantivo correspondiente es empoderamiento,
cuyo uso moderno tiene su origen en los movimientos de derechos civiles
que buscaban “empoderar” a sus seguidores, es decir, conquistar derechos
y, con ellos, parcelas de poder para quienes estaban privados de ellas. La
palabra fue adoptada por el movimiento feminista y representa el objetivo
a alcanzar por la mitad de la ciudadanía que históricamente ha carecido de
voz propia, es decir, de poder.

56
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

en todos los ámbitos sociales. Con el objetivo de que las


mujeres puedan participar en la vida pública, se han
adoptado en los últimos tiempos acciones positivas –por
ejemplo, las controvertidas cuotas electorales– o se han
empezado a asumir la urgencia de facilitar la conciliación
de la vida personal y familiar con la laboral. Un objeti-
vo que, como trataré de mostrar en estas páginas, debe
tener el correlativo de “facilitar la participación de los
ciudadanos-hombres en la vida privada”. De esta manera,
no es aventurado afirmar que la garantía constitucional
del derecho-deber de corresponsabilidad se encuentra en
la fuerza transformadora del art. 9.2 CE.
Desde el punto de vista estrictamente formal, la CE res-
ponde a los parámetros propios del constitucionalismo liberal,
es decir, a la opción por un sujeto abstracto, normalmente
declinado en masculino y que se entiende que representa la
universalidad. Aunque en ocasiones se opta por palabras sin
género –“individuo”, art. 9.2; “persona”, art. 10–, en la mayoría
de los casos los sujetos se definen a través del masculino plural.
De esta manera son “los españoles” los que son iguales ante
la ley (art. 14) o “los ciudadanos” los que tienen el derecho a
participar en la vida pública (art. 23). En concreto, llama la
atención el carácter “restrictivo” del término usado en el art.
23, el cual refleja dos realidades históricas: por una parte, la
limitación de la participación política a los individuos que son
ciudadanos, lo cual en un sistema constitucional como el nues-
tro implica que sólo pueden hacerlo los nacionales (véase art.
13 CE); por otra, la exclusión de las mujeres de este espacio.
En este sentido, y tras la conquista del sufragio activo por la
mitad de la ciudadanía, el reto en la actualidad sigue siendo
garantizar el ejercicio del sufragio pasivo por parte de las mu-
jeres, es decir, el acceso a los cargos públicos representativos
en condiciones de igualdad44. De manera mucho más acertada,

44
De ahí las medidas adoptadas por la LOIMH, entre ellas la reforma del
art. 44 bis de la LO 5/1985, de Régimen Electoral General, que obliga a que
en las candidaturas electorales haya como mínimo un 40% de mujeres.

57
Octavio Salazar Benítez

la mayoría de los artículos optan por una fórmula impersonal:


“se garantiza..”., “toda persona..”., “se reconocen y protegen..”.,
“nadie puede ser..”.
Ahora bien, hay varios artículos que merecen un análisis
singular porque “arrastran” una evidente concepción pa-
triarcal. Así debemos destacar como el art. 35, pese a incluir
expresamente la prohibición de discriminación por razón, se
refiere a “los españoles” como titulares del derecho y deber de
trabajar, en cuyo contenido hay que entender incluido “una
remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las
de su familia”. En el fondo de esta expresión late la vieja con-
cepción del trabajador como hombre “proveedor” que ha de
sostener una familia. De manera paralela a esta concepción
del trabajador, y a la del ciudadano que participa en la vida
política, nos encontramos con el “derecho y deber de defender
a España” (art. 30), el cual está reservado a “los españoles”. En
este caso, el masculino plural –“la ley fijará las obligaciones
militares de los españoles y regulará, con las debidas garan-
tías, la objeción de conciencia”– refleja la obligación que en la
práctica estuvo reservada durante años a los varones hasta que
en diciembre de 2002 se suspendió la prestación del servicio
militar. En este caso, sí que el sistema constitucional español
asume la lógica del patriarcado y vincula la defensa de la pa-
tria, la participación obligatoria en el ejército, a la mitad de
la ciudadanía. Afortunadamente, la realidad ha rebasado las
previsiones constitucionales y, tras la consolidación del ejército
profesional en nuestro país, cada vez son más las mujeres que
acceden a él como una vía de desarrollo personal y profesio-
nal. En concreto, España es, después de Francia, el segundo
país europeo con más mujeres en sus ejércitos –más del 12,3%
del total–, situándose por delantes de países como Alemania
y Reino Unido.
La “universalidad sustitutoria” –“desde y por la Ilustración
se han generado definiciones de lo genéricamente humano, al
menos virtualmente universalizadoras, a la vez que los varones

58
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

se han apropiado de tal definición” (Amorós, 2000: 183)– está


presente de manera constante en la parte orgánica de la Cons-
titución. En la configuración de los órganos constitucionales,
el lenguaje sigue optando por considerar que en el Congreso
sólo hay diputados, o que en el Gobierno sólo puede haber Pre-
sidentes o Ministros, de la misma forma que el Presidente del
Tribunal Constitucional necesariamente ha de ser un hombre.
En el caso hipotético de una reforma constitucional, deberían
incorporarse expresiones impersonales –la Presidencia del Go-
bierno, las personas titulares de los Ministerios– o por fórmulas
comprensivas de las que ya también forman parte de las insti-
tuciones –el Congreso de los Diputados y las Diputadas–45.
En definitiva, la Constitución de 1978 responde a los
parámetros del constitucionalismo liberal, el cual mantuvo
en esencia el orden patriarcal. Éste incluso fue reforzado no
sólo desde el punto de vista doctrinal, sino también mediante
la construcción de un concepto de ciudadanía que, bajo un
universalismo abstracto, mantuvo las cláusulas del “contrato
sexual”. Es por tanto dicho concepto uno de los primeros focos
de atención del feminismo y, todavía hoy, uno de los ejes que
reclaman una mirada crítica y transformadora. Y ello no sólo
para lograr el acceso pleno de las mujeres a la ciudadanía, sino
también para avanzar en la superación de una “masculinidad
hegemónica” que, aunque históricamente nos ha otorgado una

45
En este sentido cabe destacar como, por ejemplo, el Estatuto de Autono-
mía de Andalucía, tras la reforma operada por la LO 2/2007, de 19 de marzo,
trata de usar un “lenguaje inclusivo”, de manera que ya habla expresamente
de “diputados y diputadas” (art. 101), de “el Presidente o la Presidenta de
la Junta” (art. 117) o de “el Presidente o Presidenta del Tribunal Superior
de Justicia de Andalucía”, si bien en la mayor parte del articulado olvida
declinar el femenino. Así, por ejemplo, sólo se habla de “consejeros” (art.
117) o del “Defensor del Pueblo Andaluz” (art. 128). Mucho más ajustada
es la anterior Ley 6/2006, de 24 de octubre, del Gobierno de la Comunidad
Autónoma de Andalucía en la que se usan expresiones impersonales como
“De la Presidencia de la Junta de Andalucía” (Título I) o “de las personas
titulares de las Consejerías” (art. 20).

59
Octavio Salazar Benítez

posición privilegiada, también ha limitado nuestras posibili-


dades de desarrollo personal.

II. Emilio vs. Sofía

1. La posible conciliación del escaño y los biberones

“Le gustaba la idea de que hubiese hombres trabajando,


sudando en la noche airada, y oponiendo sus músculos y su
inteligencia en contra de las olas del huracán; le gustaba
que los hombres se esforzasen así, pudiendo ahogarse en la
tempestad, mientras que las mujeres permanecían en casa
sentadas junto a los hijos dormidos”
Virginia Woolf, Al faro.

El Congreso de los Diputados no debatió hasta julio de 2011


el problema que, a esas alturas, seguía suponiendo que una
diputada o un diputado no pudieran estar presentes en una
votación como consecuencia del ejercicio de su maternidad o
paternidad. Ello demuestra como hasta bien entrado el siglo
XXI se ha mantenido una concepción del estatuto del parla-
mentario que desconocía las responsabilidades familiares y
que, por tanto, seguía respondiendo a la concepción patriarcal
dominante durante siglos: eran los hombres los únicos que
podían llegar a convertirse en diputados y, además, en ningún
momento ellos verían condicionado el ejercicio de sus funcio-
nes por la atención a las responsabilidades derivadas de familia
y , muy especialmente, del cuidado de los hijos. Éstas quedaban
reservadas a unas mujeres que son las que deberían resolver en
su entorno privado cómo conciliar escaño y biberones.
Finalmente el Pleno del Congreso aprobó el 21 de julio
de 2011 una reforma de su Reglamento, mediante la cual se
prevé que:

60
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

“En los casos de embarazo, maternidad, paternidad o


enfermedad grave en que, por impedir el desempeño de la
función parlamentaria y atendidas las especiales circuns-
tancias se considere suficientemente justificado, la Mesa
de la Cámara podrá autorizar en escrito motivado que los
diputados emitan su voto por procedimiento telemático
con comprobación personal, en las sesiones plenarias en
aquellas votaciones que, por no ser susceptibles de fragmen-
tación o modificación, sea previsible el modo y el momento
en que se llevarán a cabo” (apartado 2º art. 82).

Esta reforma, que ha seguido la estela de otras realizadas


en Reglamentos de Parlamentos autonómicos como el andaluz,
incide en la revisión de un determinado modelo de ejercicio
de las funciones representativas y, a su vez, en una superación
de las estrictas fronteras existentes entre lo público y lo pri-
vado. Y lo hace introduciéndose en el “meollo” de un sistema
democrático: la vida parlamentaria. Una “vida” que, por vez
primera, tiene en cuenta factores relacionados con la vida
“personal” y que, además, no cae en el error de vincular estos
exclusivamente a las mujeres. Son las diputadas pero también
los diputados los que pueden hacer uso de una alternativa en
el ejercicio de sus funciones parlamentarias para facilitar la
conciliación de sus labores públicas con las responsabilidades
derivadas de la maternidad y la paternidad.
Esta reforma tan pequeña en lo formal –sólo un apartado
añadido a un artículo–, pero tan relevante en su contenido, nos
sirve de ejemplo para apuntar cómo los sistemas constitucio-
nales como el nuestro están en pleno proceso de revisión desde
la consideración de la igualdad de género como un elemento
transversal al ejercicio de todos los derechos y, por tanto,
básico en la configuración de la ciudadanía democrática. Por
ello, cuando hablamos de género, de identidades masculina
y femenina, lo estamos haciendo de los caracteres esenciales
de unas democracias que, durante siglos, han permanecido
ajenas a cómo los individuos nos conformamos cultural y

61
Octavio Salazar Benítez

políticamente. Una ignorancia que empieza a quebrarse en


pleno siglo XX, gracias a la presión del movimiento feminista
y que todavía hoy tiene pendientes muchos retos. De ahí que
sea necesario situarse en las “esencias” del constitucionalismo
para desde ellas, y apoyándonos en los valores superiores que
lo definen, replantear el lugar de mujeres y hombres en el
“pacto social”.

2. La fraternidad de los varones

El control del poder y la garantía de los derechos son los


dos elementos que definen la esencia del Estado constitucional,
tal y como fue expresado con rotundidad en el art. 16 de la
Declaración francesa de derechos del hombre y del ciudadano
de 1789. A su vez, el concepto de ciudadanía fusiona ambos
elementos. La ciudadanía supone un estatuto jurídico-político,
el cual se proyecta en un conjunto de derechos y libertades
que el poder ha de proteger y que, a su vez, sirven de límite
y fundamento del ejercicio de aquél. Además, en un régimen
democrático la ciudadanía se singulariza por el derecho de
participación política por excelencia, es decir, por el derecho
de sufragio, a través del cual se legitima el poder político. Los
ciudadanos son iguales en cuanto que comparten un mismo
estatuto garantizado por el ordenamiento jurídico pero, sobre
todo, en la medida en que todos son titulares del derecho de
sufragio y pueden ejercerlo en condiciones de igualdad. De
esta forma, podemos concluir que la igualdad es uno de los
ejes sobre los que pivota el sistema constitucional. De dicho
principio, que es además un derecho fundamental, deriva una
determinada estructura del poder y una organización de la
convivencia que, con todos sus defectos, es la más respetuosa
con la dignidad humana.
Ciudadanía e igualdad vendrían a ser, pues, los presupues-
tos de cualquier sistema constitucional (Pérez Royo, 2010).

62
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Son como las dos caras de una moneda sin la que es imposible
que un Estado pueda ser calificado como “de Derecho”. Ambos
están interconectados: mientras que la ciudadanía se traduce
en una serie de libertades, y por tanto en un conjunto de esfe-
ras dignas de protección así como en un haz de posibilidades
de intervención en el espacio público, la igualdad constituye
no sólo un derecho fundamental sino también un fundamento
ético que recorre transversalmente todo el programa político
que implica una democracia y que nutre al ordenamiento en
su conjunto.
A lo largo de la historia del Estado constitucional, el vínculo
ciudadanía-igualdad ha estado repleto de tensiones y ha ido
evolucionando en el sentido de expandir progresivamente el
círculo de la primera gracias a la extensión de la segunda. Así,
durante el período liberal la ciudadanía, y por tanto la igualdad,
estuvo limitada a los hombres burgueses. La democracia trajo
consigo la ampliación de la ciudadanía a todos los hombres,
mientras que las mujeres continuaron, en muchos casos hasta
bien avanzado el siglo XX, excluidas del ámbito público y, por
tanto, de la consideración como ciudadanas. En la actualidad,
la ciudadanía tiene planteados dos grandes retos. El primero de
ellos tiene que ver con la superación de la identificación de la
ciudadanía con la nacionalidad, lo cual determina la exclusión,
y por tanto la consideración como “no iguales”, de los hombres
y mujeres que, aún residiendo en un Estado constitucional,
poseen la nacionalidad de otro país. Este reto cobra vigor en
un contexto de crecimiento de los fenómenos migratorios y de
transformación del mismo concepto de Estado Nacional como
consecuencia de la globalización (Arce, 2009).
El segundo gran reto pendiente tiene que ver con la igualdad
de género e implica una transformación no sólo jurídica, sino
fundamentalmente política y cultural, de las estructuras que
durante siglos han mantenido una diferenciación jerárquica
entre los hombres y las mujeres. Porque cuando en 1789 se
proclamó la Declaración francesa de derechos del hombre y

63
Octavio Salazar Benítez

del ciudadano esta denominación no sólo plasmó el uso gra-


matical del masculino genérico, sino que también reflejó la
realidad del Estado liberal: las mujeres no eran ciudadanas.
Habían quedado excluidas del programa transformador de la
Ilustración. Una exclusión que queda simbolizada con espe-
cial dramatismo con el hecho de que Olimpia de Gouges, que
propuso en 1791 una Declaración de derechos de la Mujer y la
Ciudadana, fuera guillotinada en 1793. El mismo año en el que
se prohibieron los clubes de mujeres. Es decir, una vez más,
las mujeres fueron las grandes perdedoras de una revolución
y fueron condenadas a permanecer en sus hogares. Lo cual
equivalía a negar la subjetividad de las mujeres porque, como
bien analizó Hannah Arendt (1993: 67),

“Vivir una vida privada por completo significa por enci-


ma de todo esta privado de cosas esenciales a una verdadera
vida humana: estar privado de la realidad que proviene de
ser visto y oído por los demás, estar privado de una <<ob-
jetiva>> relación con los otros que proviene de hallarse
relacionado y separado de ellos a través del intermediario
de un mundo común de cosas, estar privado de realizar algo
más permanente que la propia vida”.

De esta manera, y en contradicción con los principios racio-


nales que la guiaban, la revolución consolidó el patriarcado46. Y
es que, como bien ha explicado Betty A. Reardon (2010: 226),
“ningún elemento es más importante para mantener el patriar-
cado en las estructuras políticas que gobiernan la sociedad
humana que el concepto de Estado. Aunque pretendidamente

Patriarcado entendido, en palabras de Adrienne Rich (2011: 114), como


46

“cualquier clase de organización grupal en la cual los machos mantienen el


poder dominante y determinan cuál es el papel que deben jugar o no jugar las
mujeres, y en el cual las capacidades asignadas generalmente a las mujeres
son relegadas a los dominios místicos, estéticos, y excluidas de los práctico
y lo político”. Otros autores, como Daniel Welzer-Lang (2002: 57), prefieren
hablar de “viriarcado”, ya que este término expresa con más precisión la idea
del poder de los hombres, con independencia de que sean padres o no.

64
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

sirva para articular la esencia y el espíritu de las personas como


nación el Estado, establecido en forma de autoridad soberana
de la sociedad humana constituye, en realidad, el monopolio
del poder político por parte de unas élites masculinas de carne
y hueso fácilmente identificables”.
Los principios de libertad, igualdad y fraternidad se limita-
ron a los varones burgueses. Las mujeres quedaron excluidas
del ámbito público, es decir, del ámbito de los derechos y la
ciudadanía. Ésta quedó configurada sobre el reparto entre “cos-
tumbre” y “ley”, entre “virtud educadora” y “razón ciudadana”.
Mientras que los hombres se acogían a la segunda y disfrutaban
de derechos, las mujeres cumplían con los deberes que les im-
ponían las costumbres – muchos de ellos sancionado a su vez
por las leyes – y asumían el reto de ser virtuosas (Fraise, 2003:
89-91). De esta manera, las revoluciones del XVIII reforzaron
tres factores esenciales en la conformación de las identidades
masculina y femenina: la división entre el espacio público y el
privado, la identificación de lo universal con lo masculino y la
diferenciación jerárquica entre hombres y mujeres47.
La gran diferencia con otros momentos históricos radicaba
en que la exclusión de la mitad de la población contradecía
los grandes principios en que decía sustentarse la revolución.
La burguesía construyó un orden en el que sólo unos pocos
varones tenían acceso pleno a la ciudadanía y en el que era
fundamental, por razones socio-económicas, que las mujeres
siguieran manteniendo su papel de reproductoras y cuidadoras.

47
Ello supuso un refuerzo de la subjetividad masculina moderna, surgida
en el Renacimiento y sustentada en la “ideología del individualismo de la
modernidad”: “Para ella el ideal de sujeto es aquel centrado en sí (el ser de sí
o para sí), autosuficiente que se hace a sí mismo, separado de la naturaleza,
racional y cultivador del conocimiento, que puede hacer lo que le venga en
ganas e imponer su voluntad y que puede usar el poder para conservar sus
derechos. Herederos de los ideales de la Grecia clásica, la filosofía renacen-
tista predominante lo propuso como ideal de humanidad, pero no estaba
destinado a las mujeres, consideradas sujetos inferiores o lo extraño, y por
tanto con menos derechos a la autosuficiencia” (Bonino, 1998: 4).

65
Octavio Salazar Benítez

Es decir, se eliminaron las servidumbres del Antiguo Régimen


pero se mantuvieron las relativas al género. Y todo ello des-
pués de que las mujeres hubieran participado activamente en
la revolución y hubieran reclamado igualdad de derechos a
través de “cuadernos de quejas” y de propuestas de reformas
legislativas que finalmente no se realizaron. Por lo tanto, la
revolución francesa terminó con los privilegios estamentales
pero mantuvo los de la masculinidad que, como ha hecho
Bourdieu (2000: 79), bien podemos compararla con una no-
bleza. De esta manera, “el contractualismo moderno reposa
sobre el poder de los hermanos, es decir, de todos los varones
–sean padres o no lo sean–, constituyendo así una fraternidad”
(Amorós y Cobo, 2007: 112). Un poder de los hermanos que
se mantiene bajo la cobertura de un sujeto de Derecho abs-
tracto, pretendidamente neutro, y que en definitiva supone la
“desigualdad real de los sujetos concretos”. Como bien explica
Ángel M. López (2011: 18), el advenimiento de la modernidad
jurídica inauguró la época del sujeto abstracto, la cual no res-
pondía sólo a las exigencias de la Codificación, sino también
“al preciso diseño político del capitalismo naciente, que venía
obligado a enmascarar tras la aparente igualdad de los sujetos
que late en su abstracta formulación la objetiva desigualdad de
los intercambios económicos, propia de las nuevas relaciones
sociales de producción”.
Además de la articulación de las mujeres como un grupo
social oprimido –“el tercer Estado del tercer Estado”–, la Ilus-
tración provocó la aparición del feminismo que, usando las
claves de la razón, empezó a cuestionar el patriarcado. Es lo
que hace Mary Wollstonecraft cuando en 1792 publica la que es
considerada la obra fundacional del feminismo, la Vindicación
de los derechos de la mujer. Una obra que surge como respuesta
a las contradicciones expresadas por Rousseau en su Emilio
o De la Educación y en la que se pide algo tan simple, y tan
complejo a la vez como ha demostrado la historia, como que
las mujeres sean tratadas como “criaturas racionales” y, por
tanto, como titulares de los mismos derechos que los hombres.

66
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Por lo tanto, y como bien ha afirmado Celia Amorós (Puleo,


1993:9), “el feminismo se constituye así en una forma peculiar
de ilustración de la Ilustración, en el Pepito Grillo de las pro-
puestas emancipatorias de esa Ilustración… que asignó a las
mujeres el lugar de la Cenicienta”.
Rousseau había puesto las bases teóricas de lo que siglos
más tarde el feminismo denominaría “contrato sexual” (Pate-
man, 1995), el cual subyacía a un contrato social que había
alumbrado un Estado de derecho imperfecto e incompleto.
Porque si interpretamos correctamente el art. 16 de la Decla-
ración de derechos de 1789, en el que se afirmaba que no hay
Constitución si la separación de poderes y los derechos no están
garantizados, es evidente que los sistemas constitucionales que
alumbra el XVIII no eran tales en la medida en que no garanti-
zaban los derechos de las mujeres. Al contrario, las expulsaba
del espacio público –otra expulsión del paraíso– y les negaba la
subjetividad. La individualidad sólo era posible en lo público:
“… la esfera pública, la polis, estaba calada de espíritu agonal,
donde todo individuo tenía que distinguirse constantemente de
los demás, demostrar con acciones únicas o logros que era el
mejor. Dicho con otras palabras, la esfera estaba reservada a
la individualidad; se trataba del único lugar donde los hombres
podían mostrar real e invariablemente quiénes eran” (Arendt,
1993: 52). De esta forma, el pacto social situaba a las mujeres
en la “periferia”, las cuales se convertían paradójicamente en
“artífices de la independencia de los varones como gestoras de
su dependencia” (Rodríguez, 2010:96).
A diferencia de los hombres, a los que en virtud de su ca-
pacidad racional se les reconocía el estatuto jurídico de ciu-
dadanos, las mujeres no serían reconocidas como tales debido
a las que se consideraban sus “limitadas” capacidades. Eran
consideradas como una especie de “entes precívicos”, condi-
cionadas por su papel de reproductoras e incapaces de elevarse
al interés general. Eran una de esas entidades “facciosas” que
amenazaban los intereses comunes: “la mujer es simplemente

67
Octavio Salazar Benítez

lo que no son los hombres, es decir, no son autónomas, indivi-


duales, aunque por ello mismo no son agresivas sino nutricias,
no son competitivas sino generosas” (Benhabib, 1990: 134).
Es decir, estaban condicionadas por el destino biológico de
ser las reproductoras de la especie, de lo que derivaba su “in-
capacidad para elevarse al interés general y una orientación
innata hacia lo privado” (Amorós, 2000: 270). Al no poder su-
bliminar su pasiones, se entendía que eran fuente permanente
de desorden y que carecían de sentido de la justicia. Por ello
debían permanecer en la Naturaleza, a la que estaban ligadas
de manera estrecha por su condición de reproductoras, mien-
tras que los hombres accedían a la Cultura y se convertían
en sujetos autónomos. De esta manera, ellas seguirían siendo
definidas por lo que eran, mientras que ellos se definirían por
lo que hacían. Al mismo tiempo, la “racionalidad” masculina
expulsaba del espacio público las pasiones y las emociones,
las cuales quedan “privatizadas” y consideras como fuente de
desorden y debilidad. De esta manera, “se funda la política
como el mundo racionalizado del orden, de la estabilidad y la
coherencia, pero también como el ámbito del trabajo, del poder
legítimo en cuanto gestado a través de la maquinaria racional
del Estado (agregación de intereses, gobierno de la mayoría),
reverso de aquel otro poder o dominio de la razón científica
sobre la naturaleza” (Maíz, 2010: 21).
En su tratado sobre la educación, Emilio (1752), Rousseau
dibujó a la perfección los rasgos de distinción entre lo masculi-
no y lo femenino a través de la oposición entre Emilio y Sofía.
En este diseño de “binarios” encontramos los presupuestos
no sólo de la subordinación de la mujer sino también de la
masculinidad hegemónica, la cual se construye en torno dos
presupuestos básicos: su vinculación con lo público y su nega-
ción de lo femenino. Emilio había de ser educado para alcanzar
la “autonomía moral”, mientras que Sofía debía serlo para la
sujeción: “Formada para obedecer a un ser tan imperfecto como el
hombre, con frecuencia tan lleno de vicios y siempre tan lleno de
defectos, debe aprender con anticipación incluso la injusticia y a

68
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

soportar las sinrazones de un marido sin quejarse”. Por lo tanto,


las mujeres carecían de subjetividad o, lo que es lo mismo, de
autonomía (Amorós, 2000: 270), lo cual suponía excluirlas de
la condición jurídico-política de ciudadanas.
En definitiva, Rousseau postula unas relaciones hombre-
mujer articuladas a partir del poder del primero y de la sumi-
sión de la segunda. De ahí que “toda la educación de las mujeres
debe ser relativa a los hombres: complacerles, serles útiles (a
través de las labores de su sexo: aguja, cocina, servicio de mesa,
etc.), hacerse amar y honrar de ellos, educarlos de jóvenes, cui-
darlos de mayores, aconsejarlos, hacerles la vida agradable y
dulce”. De esta manera, “la Ilustración no cumple su promesas
(universalizadoras y emancipatorias) y la mujer queda fuera
de ella como aquel sector que las Luces no quieren iluminar…
Sin la Sofía doméstica y servil, no podía existir el Emilio libre
y autónomo” (Molina, 1994: 20-21).
La mujer había de ser la cuidadora de la vida emocional,
cuya máxima virtud culminaba en el ejercicio de la materni-
dad. De esta manera, quedaba perfectamente cerrado el orden
burgués tan necesario para el progreso del capitalismo y para
el ejercicio de la ciudadanía por parte de los hombres. La
familia era el núcleo que satisfacía dos objetivos principales:
la socialización de los futuros ciudadanos y la liberación del
hombre de las tareas pesadas que le restarían tiempo para el
ejercicio de lo público. En este planteamiento, no obstante,
hay una clara contradicción que pone de manifiesto Mary
Wollstonecraft: “Si la mujer es la que debe transmitir los valo-
res de la virtud y de la ciudadanía a los niños que más tarde se
convertirán en sujetos políticos del contrato social, ¿cómo puede
una mujer falta de reflexión educar a su hijos? ¿Cómo puede
inclinarlos hacia la virtud que desconoce o hacia el mérito del
que no tiene idea?”48.

48
De hecho, la primera profesión a la que acceden las mujeres es la de
“maestras” porque, de alguna manera, se entendía que seguían reproducien-
do el mismo patrón pero en el espacio público. Eran consideradas como

69
Octavio Salazar Benítez

Esa contradicción está latente en otros muchos pensado-


res que defienden que las mujeres tienen que sostener el buen
orden, las costumbres y la moral. Son ellas las que tejen esa
tupida red que sostiene el amor a la patria y el sacrificio que
supone en ocasiones poner los intereses de la Nación por
encima de los particulares. Son las mujeres las que cosen las
banderas, las que rezan en las capillas, las que cuidan de la
intendencia física y moral. Frente a unos hombres que en el
espacio público podían llegar a comportarse de manera inmo-
ral, o amoral, las mujeres debían conservar en el privado unas
normas mucho más estrictas y sacrificadas. Y así, frente al ho-
nor masculino –vinculado a la vida pública, al prestigio social,
al estatus de hombre y ciudadano–, la honra se conecta con el
“pudor, honestidad y recato de las mujeres”. Esa diferenciación
de tareas la deja muy clara Tocqueville en La democracia en
América (1835), donde insiste en la capacidad de las mujeres
“para sufrir sin resistencias ni quejas el sacrificio cuando llega
la hora de imponérselo”.
El modelo de mujer que defiende Tocqueville recrea dos
caracteres que se repetirán a lo largo de los siglos: la capacidad
de sufrimiento y la posesión de mayor virtud que inteligencia.
En cuanto a la primera, ha sido una característica subrayada
en la mayor parte de las culturas y muy especialmente por
las religiones. Es evidente en el caso del catolicismo donde el
modelo a seguir, la Virgen María, representa todas virtudes que
una mujer debe imitar: la sumisión, la entrega, el sacrificio, la
definición de su papel en el mundo gracias a la maternidad,

una especie de “madres sociales” (Valpuesta, 2011: 375). De ahí también


la todavía hoy feminización de ámbitos profesionales que se han entendido
siempre como una “continuación” de los ámbitos “de cuidado” reservados
a las mujeres. A las maestras podríamos sumar por ejemplo las enfermeras
o, de manera más concreta aún, las matronas. Precisamente este término
sigue definiéndose en femenino, a pesar de que también hay hombres que
en la actualidad desempeñan ese trabajo. Si acudimos al diccionario de la
RAE, éste la sigue definiendo como “mujer especialmente autorizada para
asistir a las parturientas”, junto a otra acepción en la que se identifica con
una “madre de familia, noble y virtuosa”.

70
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

su lugar secundario y discreto, sufriente. La concepción del


amor cristiano –recordemos las epístolas de Pablo de Tarso–
moldeará una mujer entregada y redimida por el sacrificio. Y
de esa concepción derivará a su vez el papel que debe cumplir
en la sociedad: la definición de sí misma por la entrega a los
demás, la dependencia de los varones, sus responsabilidades
de cuidado, el desarrollo de capacidades emocionales49. Todos
estos valores serán subrayados en las experiencias históricas
donde se ha producido una mayor negación de los derechos de
las mujeres y se ha potenciado el patriarcado desde el mismo
Estado y, por tanto, desde el mismo ordenamiento jurídico.
Fue el caso por ejemplo de la dictadura franquista en nuestro
país, en la que, y en oposición a la apertura de posibilidades
que había representado la Constitución de 1931, las mujeres
fueron de nuevo recluidas en los espacios privados y conver-
tidas en paradigmas de una moral de entrega y sumisión a la
Patria y, con ella, a los hombres que eran los legitimados para
representar los intereses generales. Los usos sociales –y mo-
rales– de la época incidieron en el mantenimiento de su papel
subordinado e invisible. En este sentido, la alianza del régimen
con la Iglesia Católica fue fundamental en la articulación de
la visión ideológica de las identidades masculina y femenina,
de tal manera que durante 40 años nuestro país reforzó unas
estructuras patriarcales que, en otros países de nuestro entor-

49
Esta posición de las mujeres suele ser la habitual en la mayoría de las
religiones. En realidad, se suele producir la paradoja de que aún siendo las
grandes olvidadas y perdedoras, es habitual que sean las más fieles segui-
doras de los preceptos religiosos. Rebelándose contra esa estado de cosas,
y tratando de ofrecer una reconstrucción de los discursos y de la imagen
sobre Dios, en los últimos años se ha ido consolidando una cada más sólida
teología feminista, la cual supone una contestación de “los estereotipos que
la tradición cristiana ha establecido de lo masculino y lo femenino”, así
como del papel diferenciado que la Iglesia ha asignado a mujeres y hombres
(Tamayo, 2011: 231). En esta línea cabría destacar por ejemplo la transfor-
mación de la imagen de una María Magdalena muy distinta a la presente en
el imaginario cristiano, de la que se subraya su liderazgo y su papel activo
en el primer cristianismo. Un modelo por lo tanto alejado del prototipo de
mujer vinculado al papel “maternal” de la Virgen María.

71
Octavio Salazar Benítez

no, habían empezado a resquebrajarse tras la segunda guerra


mundial.
En cuanto al segundo, será un argumento usado por la ma-
yoría de los grandes filósofos del XIX e incluso por científicos
como Darwin para justificar la exclusión de las mujeres de la
política: como carecen de egoísmo y ambición, y por el contra-
rio están dotadas de virtudes morales, dejémoslas refugiadas en
el hogar, tuteladas, evitando a toda costa que sean mancilladas.
Además, en cuanto seres emocionales, condicionados por las
pasiones, constituyen un “peligro” para el orden objetivo y ra-
cional creado por la razón patriarcal. La pasiones, y con ellas
las mujeres, devienen “una amenaza, algo externo a nuestro
yo pensante que nos perturba o ciega, que <<enturbia>> el
juicio, <<nubla>> la mente, lo vuelve sectario, partisano,
impredecible, que nos arrastra y nos hace perder pie a nosotros
mismos” (Maíz, 2010: 18).
Frente a esas características, es fácil deducir cuáles son las
que se predicaban de la masculinidad, simplemente por opo-
sición a las primeras y por vinculación con las exigencias del
orden patriarcal: el riesgo, el heroísmo, la competitividad, el
egoísmo, la prevalencia de los intereses particulares sobre los
principios morales. Estos caracteres no están mostrando a su
vez los pilares de un sistema económico basado en “la ley de
la selva” y de un sistema político apoyado en la racionalidad,
pero, ojo, una racionalidad sin virtudes, sin emociones, sin co-
razón. Tal y como siglos más tarde elaboraría el feminismo, un
sistema jurídico y político basado en una “ética de la justicia”
pero no en una “ética del cuidado”.
De acuerdo con esta concepción, el ámbito público se con-
figura como un espacio lleno de “peligros” para las mujeres:
en él corren permanente riesgo sus virtudes morales. No hace
falta más que recordar el sentido peyorativo que durante siglos
tuvo la expresión “mujer pública”. Por el contrario, para los
hombres lo público constituía un “espacio de libertad” que les
permitía “despojarse de esos represivos y autoritarios carac-

72
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

teres de respetabilidad que se suponía estaban encarnados en


su persona, como padre y como marido, en el ámbito privado”
(Sennett, 2011: 39)50 . En este sentido, la ciudad moderna es
un espacio de oportunidades para los hombres y de peligros
para las mujeres (Pitch, 2008: 285)51.
Ello convivirá, hasta cierto punto de manera un tanto
paradójica, con la visión de las mujeres –o de determinadas
mujeres– como el factor de “perdición” de los hombres. Pre-
cisamente las mujeres que se saltan las barreras para ellas
establecidas son acusadas de encarnar el mal, el pecado, la
tentación: “El patriarcado siempre nos ha dividido en mujeres
virtuosas y putas, madres y tortilleras, madonnas y medusas”
(Rich, 2011: 330)52. Por eso durante siglos las mujeres sabias
fueron consideradas “brujas” y por eso se insistió en presentar
a las que procuraban ser dueñas de su destino como un peligro
para el orden y, por lo tanto, como condenadas a vivir en “las
afueras” de la sociedad. Es decir, su espacio no fue el público
masculino, sino el de los márgenes en el que sufrían el reproche
moral y hasta jurídico. Ello no era más que el resultado de la
polarización de valores mantenida en relación al papel que
debían cumplir las mujeres:

50
Y, de manera paralela, el hogar significaba para ellos “un refugio mo-
ral y emocional alejado de la potencialmente corrupta esfera pública”. Las
cargas que las mujeres asumían en la esfera privada eran invisibles en el
relato idealizado de los hombres. “De modo parecido, la concepción de las
masculinidades como autosuficientes, en contraste con la dependencia de las
mujeres, volvía invisible la dependencia emocional de los hombres respecto
de sus esposas. La labor emocional en que confiaban los hombres quedaba
así devaluada, y las mujeres se veían privadas de su reconocimiento por el
respaldo que proporcionaban a sus maridos” (Seidler, 2007: 95).
51
En este sentido, Tamar Pitch (2008) analiza cómo todavía en la actua-
lidad los discursos y políticas dominantes sobre seguridad urbana, al insistir
en el peligro de los espacios públicos para las mujeres, respaldan y legitiman
la falta de libertad de las mujeres.
52
Así lo expresa con rotundidad el título de la obra de Marcela Lagarde
(1990): Los cautiverios de las mujeres. Madresposas, monjas, putas, presas y
locas.

73
Octavio Salazar Benítez

“una representación era la antítesis de la otra, de


manera que para cualquiera de ellas había primero que
negar la otra, impidiendo el término medio, la posibilidad
de equilibrio o la compensación y mesura: la buena y la
mala, madres y monstruos, santas y pecadoras, prostitutas
y vírgenes,... de manera que mientras que el rol diseñado
por la sociedad coincida con cualquiera de los modelos
positivos que se han creado no hay ningún problema, que-
dando lo contrario como fuente de reprobación, de rechazo
y sanción social hasta el punto de dejarlas relegadas a un
papel marginal incluso durante su existencia” (Bonino,
2008: 2).

Desde la tentadora Eva del Génesis, se multiplicaron los


mitos y las imágenes con las que quedaba muy claro que fue
ella la que mordió la manzana y la que condujo a su compa-
ñero varón a la perdición. Desde la expulsión del paraíso, y
mucho antes que los ordenamientos jurídicos le dieran forma
contractual, quedaron establecidas las claves del patriarcado:
“Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor
tus hijos, buscarás con ardor a tu marido, que te dominará”
(Génesis, 3,16). Todas estas lecturas míticas también provo-
caron sus miradas alternativas. Por ejemplo, la vieja leyenda
hebraica del Talmud según la cual Eva no fue la primer mu-
jer de Adán, sino Lilith, que se resistió a acatar la voluntad
del varón y prefirió volver a la nada. O la interpretación del
Génesis realizada por Elisabeth Cady Stanton en La Biblia de
la mujer (1997: 33), publicada en 1895, en la que se defendió
que la actitud de Eva fue, a diferencia de la de Adán, valiente
y digna53.

53
No es pura casualidad que Cady Stanton fuera, además, una de las más
destacadas sufragistas norteamericanas y que, junto con un equipo de mujeres
inglesas y estadounidenses, llevara a cabo un proceso de deconstrucción de
los textos bíblicos en los que las mujeres eran excluidas o sometidas a una
lectura patriarcal.

74
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

3. Príncipes de la ciudad, Reinas de la casa

Mary Wollstonecraft puso el dedo en la llaga: las raíces de la


desigualdad se hallan no en la Naturaleza sino en unos procesos
de socialización que educan a las mujeres para la “obediencia
ciega”, en el marco de una “sensibilidad sobredimensionada” y
bajo la autoridad del varón encargado de protegerlas y tutelar-
las. De esta forma además incidía en uno de los presupuestos
básicos del orden liberal y de la idea moderna de los derechos
humanos (Sennett, 2011: 116): la distinción entre dos binarios,
Naturaleza-Privado y Cultura-Público, que durante siglos ha
mantenido una atribución diferenciada de capacidades y roles
entre hombres y mujeres.
Es fácil constatar cómo en las reivindicaciones feministas
late pues la misma argumentación emancipadora de la Ilus-
tración. Ésta luchó contra todas las jerarquías, pero sin em-
bargo mantuvo la basada en el sexo. De ahí que el feminismo,
usando los mismos principios ilustrados, se convirtiera en un
movimiento político y en una teoría política dirigida a romper
con esa jerarquía que es la fundamental, en la medida en que
atraviesa y condiciona todas las demás.
Esa jerarquía se había forjado a lo largo de los siglos, a
través de un continuo e insistente proceso que pretendió con-
vertir en “natural” lo que era el resultado de factores culturales.
Desde este punto de vista, “el machismo como patriarcado es
fundamentalmente invisibilidad, el todo en la nada. Una invisi-
bilidad que lo convierte en inexistente porque se presenta como
un estado completamente natural de los valores emanados de
la propia condición de ser hombres y mujeres, así como de la
organización de la sociedad a partir de esa concepción” (Lo-
rente, 2009: 93-94)54.

En contraste con esta invisibilidad machista, “el posmachismo, en


54

cambio, es ante todo visibilidad y presencia: una visibilidad camuflada para

75
Octavio Salazar Benítez

Así podemos detectarlo con claridad en las raíces de la cul-


tura occidental. Basta con recordar por ejemplo cómo Aristó-
teles defendía en su Política que las mujeres y los esclavos eran
seres que la naturaleza había creado para obedecer. “Tratándose
de la relación entre macho y hembra, el primero es superior y la
segunda inferior: por eso, el primero rige y la segunda es regida”.
Todas las familias debían regirse, de forma monárquica, bajo la
autoridad del macho más antiguo, el cual debía dictar las leyes
e instaurar un orden político55. Junto a esa oposición ejercicio
del poder/obediencia, Aristóteles completa su relato sobre las
identidades masculina y femenina en su Historia de los anima-
les. Con respecto a las mujeres insistía en una serie de rasgos
que podemos comprobar que llegan casi inamovibles hasta
hoy: “es más compasiva que el hombre, llora más fácilmente,
y al mismo tiempo es más quejosa, más propensa a regañar y
golpear. Además, ella es más propensa al abatimiento y menos
esperanzada que el hombre, más desprovista de vergüenza o
respeto por sí misma, más falta de palabra, más engañosa, y tie-
ne más retentividad que memoria. También es más alerta, más
amilanada, más difícil de ponerse en acción y requiere menos
cantidad de nutrición”56. La división masculino/femenino se

conseguir la apariencia que lleva a la alienación y, en parte, a la negación


de la crítica de los valores tradicionales” (Lorente, 2009: 94).
55
“Lo de menos es ser el padre biológico de los hijos engendrados, sino
ser padre de todo el grupo: las mujeres, las criaturas previamente admitidas,
los esclavos. Así se forma el concepto de pater, que deja de ser un término
individual para tomar un carácter colectivo, o sea social. Y esta paternidad
extendida por toda la sociedad como ley y nueva forma de vida se convierte
en patriarcado” (Sau, 2010: 21).
56
Estas características se consolidarían como las propias de la mascu-
linidad hegemónica. Es decir, los hombres se caracterizan por “saber con-
trolar las situaciones, ejerciendo su poder de manera ordenada y pausada
(…) El control viril afecta sobre todo al campo de lo emotivo y sentimental,
pretendiendo disciplinar, incluso, el mundo de las fantasías. Pero también
incluye el mando sobre las acciones y decisiones, ya sean ajenas o propias,
que el varón entiende que interfieren en el desarrollo y mantenimiento de
sus posiciones y disposiciones. Por ello, no es extraño que desarrolle cierto
sentido posesivo sobre los otros para garantizar su propia autonomía. Bien
es cierto que cuando este control mesurado y racional no funciona es preciso

76
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

completa en la Ética a Nicómaco, en la que se distingue entre


un saber orientado a la abstracción, propio de los varones, y un
saber orientado hacia las cuestiones prácticas, característico
de las mujeres57.
Por todo ello, no es extraño que durante mucho tiempo el
énfasis por parte de los que se rebelaron contra la exclusión
de las mujeres se pusiera en el acceso de éstas a la educación.
Lo cual, a su vez, nos confirma que las diferencias entre ellas
y los hombres venían marcadas por la socialización y no por
la naturaleza. En este sentido se pronunciaron en los siglos
XVII y XVIII autores como Poulain de Barre, D`Alembert o
el barón D`Holbach. Merecen destacarse las aportaciones del
marqués de Condorcet que insistió en la necesidad de educar
a los niños y a las niñas juntas y que reivindicó el acceso de
las mujeres a los cargos públicos. Y lo hizo con argumentos
que ponían de manifiesto que la desigualdad era el resultado
de una determinada cultura:

“¿Hay acaso una prueba más contundente del poder del


hábito, incluso en los hombres ilustrados, que la de ver cómo
se invoca el principio de igualdad de los derechos a favor de
trescientos o cuatrocientos hombres a los que un prejuicio
absurdo había discriminado y olvidar ese mismo principio
con respecto a doce millones de mujeres? ¿Por qué unos se-
res expuestos a embarazos y a indisposiciones pasajeras no
podrían ejercer derechos de los que nunca se pensó privar a
la gente que tiene gota todos los inviernos o que se resfría

hacerlo valer buscando otros caminos, como el de la violencia física. Su mun-


do es el de la racionalidad y su campo de actuación lo externo, desarrollando
un tipo de yo sustentado en los logros y no en el cuidado”. Frente a ellos, el
descontrol queda atribuido a la mujer. Se considera como femenino toda la
secuencia de actos que suponen la pérdida del control. Así, llorar, “hacer
dramas”, “no saber reaccionar en los momentos importantes”, son rasgos
típicos de la feminidad”. (Fernández-Llebrez, 2004: 32).
57
Sobre la evolución de la cultura patriarcal excluyente de las mujeres
véanse Martín Vida (2004) y Salazar (2007).

77
Octavio Salazar Benítez

fácilmente?” (Sobre la admisión de las mujeres al derecho de


ciudadanía, 3 de julio de 1790).

Sin embargo, estas voces constituyeron una minoría y, por


supuesto, no fueron escuchadas. Emilio y Sofía quedarían
confirmados en el proyecto jurídico de la Modernidad. Se es-
tableció un vínculo estrecho entre masculinidad y racionalidad
(Seidler, 2000), lo que a su vez suponía la exclusión de todo lo
“irracional” –es decir, los sentimientos, las emociones, el cuer-
po– del círculo definidor de la hombría. En el siguiente cuadro,
elaborado por Ramón Maíz (2010: 17), se esquematiza el juego
de binarios que consolidó la racionalidad patriarcal:

RAZÓN EMOCIÓN
Mente Cuerpo
Res cogitans Res extensa
Pensamiento Sentimiento
Cognitivo Afectivo
Cabeza Corazón
Objetivo Subjetivo
Racional Irracional
Calvinismo Pietismo
Consciente Inconsciente
Literal Metafórico
Activo Pasivo
Control Automatismo
Juicio Prejuicio
Autonomía Dependencia
Lucidez Ofuscación
Cordura Sinrazón
Constructiva Destructiva
Imparcialidad Faccionalismo
Justicia Arbitrariedad

78
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

RAZÓN EMOCIÓN
Ilustración Romanticismo
Ciencia Arte
Civilización Naturaleza
Universal Particular
Moderno Primitivo
Intereses Pasiones
Cálculo Impulso
Negociable Innegociable
Individuo Multitud, masa
Civismo Nacionalismo
Liberalismo Populismo
Consenso Conflicto
Libertad Tiranía
Orden Desorden
Coherencia Incoherencia
Estabilidad Inestabilidad
Trabajo Sensualidad
Apolíneo Dionisiaco
Poder Debilidad
Público Privado
Masculino Femenino

Estos códigos binarios fueron certificados por el ordena-


miento jurídico liberal58. Y lo fueron en sus tres ámbitos esen-
ciales, los cuales, considerados como “un todo”, sancionaron
la estructura patriarcal:

58
Es decir, “la normación e institucionalización de los aparatos estatales
concebidos por la imaginación jurídicopolítica burguesa se hizo sin conside-
rar prácticamente a la otra mitad del género humano. La burguesía deshizo
las estructuras medievales y feudales estableciendo la igualdad formal ante
la ley, pero la mujer apenas si ganó en status y, en cambio, se difuminó la
sublimación, más o menos tópica, que el ideal caballeresco medieval hizo
de ella” (Lucas Verdú, 1984: 331).

79
Octavio Salazar Benítez

1º) Desde la perspectiva del Derecho Constitucional, las


mujeres no fueron consideradas ciudadanas y, por lo tanto,
no se consideraron sujetos de derechos y obligaciones. Por
el contrario, los hombres –y en un primer momento sólo los
burgueses– tuvieron acceso a todos los derechos y fueron los
protagonistas del espacio público. De esta manera, los valores,
actitudes y destrezas vinculadas a la masculinidad se exten-
dieron al espacio que ellos ocuparon. Unos valores que, en la
mayoría de las ocasiones, fueron definidos por negación de los
propios de los “espacios” femeninos.
Esta negación de la ciudadanía encuentra una expresión
muy significativa en la Constitución de Cádiz de 1812, en un
artículo cuyo dictado nos da muchas claves de cómo el consti-
tucionalismo liberal estaba marcado por unos “marcadores” de
género que, en ocasiones de manera muy sutil, condicionaba el
acceso a los derechos. En esa clave debemos interpretar cómo
el art. 25 de dicho texto suspende el ejercicio de los derechos
vinculados a la ciudadanía, entre otras causas, “por el estado
de sirviente doméstico” o “por no tener empleo, oficio o modo
de vivir conocido”. No cabe duda que en dichas previsiones late
una concepción patriarcal de lo público y de lo privado, y de
las tareas y responsabilidades vinculados a dichos espacios. El
sirviente, que es un/a súbdito/a en el reino del hogar, no puede
ser un ciudadano. Como tampoco puede serlo aquel que carez-
ca de empleo, oficio o modo de vivir. O, lo que es lo mismo, es
la acción masculina, es decir, la vinculada a la producción, al
mundo del trabajo, al hacer, la que determina la ciudadanía.
De esta forma, y sin mencionarlas expresamente, se estaba
negando “doblemente” el acceso de las mujeres a ella.
2º) El Derecho Privado servirá para dar cobertura jurídica a
un “contrato sexual” mediante el cual la mujer será considera-
da una menor de edad, necesitada de la tutela permanente de
un varón (el padre, el hermano, el marido). Tal y como había
expresado la Quinta de las Doce Tablas de Roma, debido “a
su ligereza de mente”, las mujeres necesitaban un varón que

80
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

supliera su falta de espíritu y sensatez. Por ello además durante


mucho tiempo se consideró que eran mucho más débiles ante
la presiones de terceros y que, por lo tanto, su testimonio en
un proceso era menos valioso. Encontramos reflejados estos
términos del contrato por ejemplo en el art. 57 de nuestro Có-
digo Civil de 24 de julio de 1889 –“El marido debe proteger a la
mujer y ésta obedecer al marido”– , en el que se deja muy claro
que “el marido es el representante de la mujer” (art. 60) y que
“ésta no puede, sin su licencia, comparecer en juicio por sí o
por medio de Procurador”, como tampoco “adquirir por título
oneroso ni lucrativo, enajenar sus bienes, ni obligarse, sino en
los casos y con las limitaciones establecidas por la Ley” (art.
61). A ello habría que sumar disposiciones como que “la mujer
casada sigue la condición y nacionalidad de su marido” (art.
22), la obligación de “seguir a su marido donde quiera que
fije su residencia” (art. 58) o la asimilación de su capacidad
para contratar a la de los menores no emancipados, locos o
dementes (art. 1263 CC).
Como bien explica Ángel López (2011: 21), a través de los
Códigos civiles se instaura “un status de mujer, conectado con
el status familiae, y que se refleja desde el ángulo de las leyes
civiles, en un menoscabo status libertatis en relación con el
hombre”. El matrimonio y la familia se configurarán como
el espacio en que confirma la autoridad del hombre y la de-
pendencia de la mujer, la cual, a su vez, permite garantizar la
autonomía de aquél. Un espacio privado, es decir, no iluminado
por los focos garantistas del Estado y en el que, por tanto, las
reglas imperantes eran las marcadas por el pater familias. La
mujer casada no podía por sí sola controlar sus ingresos, ni
elegir su domicilio, ni administrar sus bienes, ni firmar docu-
mentos, ni prestar testimonio. Es decir, carecía de subjetividad.
O, dicho de otra manera, se producía una “cosificación de la
mujer, objeto que no sujeto de Derecho” (López, 2011: 22).
Paralelamente, esta configuración jurídica consolidó una
triple conexión, la que suma matrimonio, heterosexualidad y

81
Octavio Salazar Benítez

procreación, la cual durante siglos ha condicionado el enten-


dimiento de este contrato y ha contribuido no sólo a mantener
un determinado rol de hombres y mujeres, sino que también
ha servido para establecer una relación jerárquica entre la
heterosexualidad y otras opciones sexuales. Un factor, como
veremos, determinante en la configuración de la masculinidad
hegemónica. De ahí que no nos deba extrañar que el modelo
de comportamiento en el ámbito jurídico se identificara con
el varón, y no con cualquier varón, sino con el que era padre.
El canon será el diligente padre de familia. Con ello no sólo
se estaba sancionando jurídicamente un modelo de relación
hombre-mujer, sino también un arquetipo de virilidad ajustada
a Derecho. En paralelo, “conyugalidad, maternidad y domes-
ticidad aparecen como los nuevos vértices de una identidad
femenina que intenta poner a la mujer en el lado opuesto de la
Eva pecadora y seductora” (Sánchez Vinasco, Sánchez Salazar
y Palacio, 2007: 214).
3º) El Derecho Penal acabaría imponiendo, a través de su
definición de delitos y sanciones, un determinado orden de va-
lores vinculado a la autonomía del hombre y a la dependencia
de la mujer59. Ello se refleja por ejemplo en la definición de
lo que hoy llamamos delitos contra la libertad sexual y en la
traducción normativa de unos conceptos muy vinculados a las
divisiones binarias del orden patriarcal. Me refiero al concepto
de honor –masculino, conectado a la estimación pública y al re-
conocimiento de los demás– y la honra– femenina y conectada
a la integridad moral de las mujeres que podía proyectarse en

“El doble estándar de moral sexual le permitía al hombre mantener


59

relaciones sexuales extra-matrimoniales y se las prohibía de forma tan tajante


a la mujer que las diferencias quedaron explícitamente manifiestas en la le-
gislación relativa al adulterio y a los crímenes pasionales. Es curioso como la
infracción de este deber lleva aparejada una pena mayor para la mujer: así, su
cumplimiento constituía en cualquier caso causa de separación, la diferencia
estaba en que se aplicaba siempre a la mujer, mientras al hombre solo cuando
resultaba escándalo público o menosprecio de la mujer; y también la sanción
penal varía: en todo caso para la esposa, al marido cuando notoriamente
tuviera manceba fuera del domicilio” (Tamayo Haya, 2011: 765).

82
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

el reconocimiento de los hombres a los que estaban ligadas me-


diante relaciones de dependencia–. Todavía hoy el diccionario
de la Real Academia sigue definiendo la honra en una de sus
acepciones como “pudor, honestidad y recato de las mujeres”.
De acuerdo con esta concepción, se castigaba más el adulterio
cuando era cometido por la mujer y se justificaba el “poder de
corrección” que el marido tenía sobre ella. En todo ello latía la
concepción de que la mujer no era dueña de su cuerpo ni de su
sexualidad: toda ella era un objeto al servicio del sujeto-varón.
De ahí que, siglos más tarde, un factor clave en la liberación
de las mujeres fuera la conquista de sus derechos sexuales y
reproductivos.
La confirmación política y jurídica que el liberalismo
realiza del patriarcado subraya dos aspectos que todavía hoy
constituyen los dos principales campos de batalla para la
igualdad. Por una parte, se consideró como “natural” lo que
no era sino un producto “artificial”, es decir, resultado de una
construcción social, política y cultural. Por otra, se justificó
la exclusión de las mujeres del proyecto ilustrado de la Mo-
dernidad y la posición de dominio de los hombres. Es decir,
se confirmó el orden patriarcal no sólo cómo el único orden
natural, legítimo y razonable, sino también como neutral y
objetivo (Bourdieu, 2000: 22). A su vez, ese orden racional
facilitaría “la entrada en el mundo del diseño institucional, de
los sofisticados mecanismos, de los dispositivos destinados al
desapego institucionalmente inducido, al <<enfriamiento>>
de las pasiones políticas (la Constitución, la división de pode-
res, los contrapesos, checks and balances, las dobles cámaras
parlamentarias)” (Maíz, 2010: 19).
Las “razones” de tal reparto desigual se situaban en una
naturaleza que había convertido a las mujeres en sujetos repro-
ductores y, por tanto, condicionadas por su propia biología. De
esta forma, “el término <<instinto maternal>> que encubre
y esconde el de maternidad como estado social, coloca un velo
animal sobre un hecho que da cuenta de una elección” (Héritier,

83
Octavio Salazar Benítez

2007: 336). A partir de esta idea, se elaboraron múltiples teo-


rías mediante las cuales se han justificado no sólo los papeles
que la mujer debe desempeñar en la sociedad, sino también
determinadas actitudes y aptitudes vinculadas a esa condición
biológica. En paralelo, los hombres éramos definidos por la
negación de esos vínculos naturales y, por lo tanto, por nuestra
autonomía para diseñar nuestro plan de vida60. Algo que con
su habitual lucidez y brillantez literaria Virginia Woolf (2009:
219-220) señalaría en uno de sus escritos autobiográficos:

“¿Cuál habría sido su forma, si no hubiera recibido la


impronta y la estructura de la máquina patriarcal? Todos
nuestros parientes masculinos habían sido metidos dentro
de la máquina y habían salido por el otro extremo, a la edad
de sesenta años más o menos, con la calidad de director de
estudios de una universidad, almirante, ministro del gobier-

Todavía hoy, y muy especialmente en una época de teorías neo-conser-


60

vadoras, proliferan visiones biologicistas de las diferencias entre hombres y


mujeres que hacen un flaco favor a la lucha por la igualdad. En este sentido
cabe destacar todas las teorías que tratan de justificar –basándose en aspec-
tos tan diversos como la presencia de determinas hormonas o la estructura
y funcionamiento del cerebro– que la feminidad y la masculinidad son
características biológicas, inherentes en el individuo desde el nacimiento.
De ahí las críticas a lo que desde estos sectores se califica despectivamente
como “ideología de género” y, según la cual, las diferencias entre hombres y
mujeres se deben a factores políticos y culturales. Para los defensores de las
posiciones biologicistas, por ejemplo la presencia de la testosterona explicaría
buena parte de los comportamientos agresivos, violentos y competitivos de
los varones. Estos argumentos llegan al extremo de considerar que la crisis
que sufren los varones en la actualidad es debida a la imposición de una
“lógica” femenina que provoca graves perjuicios en el desarrollo de aquéllos.
Baste por citar como ejemplo las más que discutibles teorías de la profesora
María Calvo (2011) que llega a hablar expresamente de “la masculinidad
robada” ante la progresiva “feminización” de la sociedad. Frente a estas
teorías, habría que insistir en que se trata de una” construcción arbitraria de
lo biológico, y en particular del cuerpo, masculino y femenino, de sus usos y
de sus funciones, en especial en la reproducción biológica, que da una base
en apariencia natural a la visión masculina de la división del trabajo sexual
y de la división sexual del trabajo y, por ende, a toda la visión masculina del
mundo” (Bourdieu, 1998: 38).

84
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

no, juez. Es tan imposible pensar en ellos en cuanto seres


naturales como pensar en un caballo de tiro galopando loco
y libre por la calle”.

John Stuart Mill lo expresó con rotundidad a finales del XIX:


“lo que se llama hoy la naturaleza de la mujer es un producto
eminentemente artificial (…) un cultivo de estufa caliente,
propio a los intereses y placeres de sus amos”. Sin embargo
todos los grandes teóricos del XIX –Hegel, Schonpenhauer,
Kierkegaard, Nietzsche– insistirían en el carácter natural de
las diferencias entre los sexos. Las mujeres carecían de indivi-
dualidad pues ésta era una cualidad del “mundo del espíritu”
del que, según Hegel, la mujer está excluida. Su identidad se
construye siempre en referencia a un varón y han de ser edu-
cadas para la sumisión, no para las libertades que implica la
ciudadanía. Como sostuvo Kant en sus Principios metafísicos
de la doctrina del Derecho (1797), las mujeres pertenecían a
la categoría de la “ciudadanía pasiva”. Situadas junto a los
no propietarios, que carecían de la cualidad social para ser
ciudadanos “activos”, y a los niños, que estaban desprovistos
de la cualidad natural para serlo, las mujeres debían estar
alejadas del Estado y sometidas a los hombres que actuarían
como legítimos representantes de sus intereses. Los hombres
representan los intereses de todos y de todas, de la Nación, es
decir, ellos son los titulares del poder constituyente. Ello su-
pondría la exclusión de las mujeres del proceso de definición
de la subjetividad moderna en la medida en que se negaba su
capacidad de juicio racional y, por tanto, su capacidad para
ser sujetos de derechos. Las revoluciones liberales, en clara
contradicción con sus principios fundamentadores, vinieron
a confirmar que “el hombre es un ser particular (vir) que se ve
como ser universal (homo), que tiene el monopolio, de hecho
y de derecho, de lo humano (es decir, de lo universal), que se
halla socialmente facultado para sentirse soportador de la
condición humana” (Bourdieu, 1998: 17).

85
Octavio Salazar Benítez

De esta forma, se diseña un modelo de sociedad que identifi-


ca masculinidad con ciudadanía y que se traduce en autonomía,
responsabilidad, capacidad de acción y racionalidad (García
García, 2011: 6). Es decir, “desde mediados del siglo XVIII, la
filosofía política de corte racionalista da cobertura a una visión
de la masculinidad que, tomando rasgos del pasado de aquello
que se pensaba que eran los hombres, y añadiéndoles algunos
más, tenía como propósito principal sistematizar y ordenarla
forma de cómo debían ser los varones (…) Es esta sistematiza-
ción la que supuso la creación y definición de la masculinidad
como un estereotipo moral y social que actuaba como ejemplo
ideal que la población debía perseguir” (Fernández-Llebrez,
2004: 23-24).
Ese vínculo masculinidad-ciudadanía se proyecta, a su vez,
en un sistema económico basado en los mismos caracteres que
se le suponen a la virilidad normativa. El hombre competitivo,
autónomo, racional, es a su vez el agente principal del mercado:
su triunfo económico es una señal inequívoca de su masculini-
dad exitosa. Para alcanzarlo tendrá que desarrollar al máximo
todas las actitudes y valores que le permitan alcanzar la meta.
Es decir, se considerará que un “buen” hombre será ambicioso,
luchador, entrenado para la competición con otros hombres a
los que debe adelantar en la carrera. De esta manera, se con-
solida la independencia del individuo (masculino) como un
“mito liberal-capitalista” (Rodríguez, 2010: 95). Frente a él, la
mujer será socializada en valores totalmente antagónicos: ha
de ser tolerante, dulce, comprensiva, altruista, abnegada. Los
valores que mejor identifican a una “buena” madre. De ahí por
ejemplo su desvinculación del mundo del dinero, reservado a
los varones, marcado por actitudes no propias de una mujer
ajustada al canon patriarcal. De ahí que la “independencia
económica”, como bien reclamara Virginia Woolf en el clásico
Una habitación propia, se considere el paso fundamental para
la autonomía. Los hechos nos demuestran que todavía hoy, en
pleno siglo XXI, el peso del patriarcado continúa lastrando
ese grado de independencia de las mujeres. Es decir, todavía

86
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

muchas son víctimas de lo que se ha llamado “sexuación del


dinero”, es decir, de la adscripción de éste al varón “simboli-
zando potencia sexual y virilidad” (Coria, 2007: 1).
Paralelamente, se reforzó el espacio privado como el ámbito
de subordinación de las mujeres. Como he apuntado, fue el De-
recho Civil el que jurídicamente articuló la sumisión de las mu-
jeres: “El marido debe protección a la mujer, la mujer obediencia
al marido”. De esta manera, el art. 213 del Código Civil francés
de 21 de marzo de 1804, y todos los que siguieron su estela,
convertía al matrimonio en un contrato de sumisión. La mujer
queda convertida en un objeto, en cuanto que era considerada
propiedad del hombre, y en una menor de edad, ya que per-
manentemente necesitaría la tutela de un varón. Éste se halla
legitimado incluso para usar la violencia cuando deba restaurar
el orden familiar y el honor. La familia burguesa se estructura
pues sobre una clara división de roles y, lo que es más grave,
sobre unas relaciones jerárquicas y violentas. El hombre posee
a la mujer, por completo, incluida su sexualidad y sus deseos. Y
ha de intervenir para restaurar el orden en aquellos casos que
él considere –como todo poder, el de los hombres implica la
capacidad de premiar, de castigar y de influir (Lorente, 2009:
35)– que su “objeto” ha desafiado las normas y ha puesto en
peligro la estabilidad del orden burgués. Al mismo tiempo, las
mujeres han de ocuparse de “la gestión de la imagen pública
y las apariencias sociales de la unidad doméstica”, es decir, de
los ritos y las ceremonias que manifiestan el rango social de
dicha unidad (Bourdieu, 1998: 85-87).
De esta forma, la “ficción” del Derecho ampara otra “fic-
ción”, la del género. Es decir, a través de la construcción racio-
nal que suponen las leyes se protege y consolidad una narrativa
en torno al papel de mujeres y hombres en la sociedad. En este
sentido, no cabe duda de que “las identidades de género son,
en realidad, escenografías corporales que representan en pú-
blico el espectáculo de la sociedad. Y por ello, también son un
género narrativo y dramatúrgico: melodramático” (Gil-Calvo,

87
Octavio Salazar Benítez

2006: 44). Y así, mientras que la historia “de los hombres”,


es decir la que transcurre en el ámbito público, se identifica
como universal, “las historias de las mujeres tan sólo han sido
eso, historias de mujeres, porque su función ha estado en ese
lugar secundario: grandes mujeres, pero siempre <<detrás
de grandes hombres>>, cotidianidad nunca extraordinaria,
tareas invisibles... y no valoradas..”. (Lorente, 2008: 4).
Contra ese modelo de familia reacciona John Stuart Mill,
una de las escasas voces masculinas que en el XIX clamaron
contra el patriarcado. En La sujeción de las mujeres (1869),
impulsado por la mujer con la que compartió personal e inte-
lectualmente su vida, Harriet Taylor, Stuart Mill pide acabar
con el estereotipo que las lleva a “vivir para los demás” y en
nombre del sentimiento. En su tratado están presentes las dos
claves que inciden en la igualdad real de mujeres y hombres:
la concepción de la familia entendida como “una escuela de
simpatía en la igualdad” y la igualdad de ambos en el acceso
a las funciones sociales, intelectuales y políticas. Un reto para
cuya consecución es necesario, entre otras cosas, introducir la
lógica de los derechos también en los espacios privados.
Ésta continúa siendo una de las dificultades que todavía hoy,
especialmente en determinados contextos, frena la igualdad
de mujeres y hombres. La configuración del privado como un
espacio “al margen de las leyes” y regido por normas patriar-
cales se mantiene en muchos ordenamientos jurídicos, incluso
en la actualidad. De manera especial en aquellas culturas en
las que el matrimonio y las relaciones familiares están condi-
cionadas por normas religiosas, se prorroga una estructura de
desigualdad en la que las mujeres carecen de recursos para
reaccionar contra las violaciones de derechos. En este sentido,
basta con recordar el dato de que la mayor parte de las reser-
vas que se formulan a la CEDAW están relacionadas con las
cuestiones familiares y formuladas por Estados en los que se
produce esa confusión entre el ordenamiento civil y el religioso.
En concreto, el art 16 CEDAW obliga a los Estados a adoptar

88
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

“las medidas necesarias para eliminar la discriminación de


cualquier tema relacionado con el matrimonio y las relaciones
familiares”. A pesar de la ratificación prácticamente universal
de esta Convención, es muy significativo que treinta Estados
hayan introducido reservas a dicho artículo.
Esta cuestión nos remite a otra igualmente relevante para
la igualdad de género. Me refiero a los problemas que plantea
para los derechos de las mujeres el mantenimiento de sistemas
de “pluralismo jurídico”, es decir, en los que se reconozca la
vigencia de las normas singulares de comunidades así como
de los procedimientos particulares de resolución de conflictos.
En general, y así se desprende por ejemplo del Informe ONU
Mujeres 2011, dichos sistemas provocan la pervivencia de
leyes de familia que no garantizan la igualdad de hombres y
mujeres, además de ofrecer obstáculos para la persecución de
la violencia de género. Por ello es tan importante, sobre todo
en un momento en el que se realizan tantas reivindicaciones
“multiculturalistas”, insistir en que la diversidad debe tener
como límite la garantía de los derechos humanos así como en
el objetivo de procurar un Derecho de Familia no condicionado
por concepciones étnicas o religiosas que resulten discrimi-
natorias contra las mujeres61. Ese es uno de los principales
ámbitos en los que es necesario incidir no sólo para conseguir
una regulación respetuosa con la igualdad sino también para
61
En este sentido, no podemos olvidar que aún siendo las más fieles se-
guidoras de los preceptos religiosos, las mujeres “son las grandes olvidadas
y las grandes perdedoras” de las religiones (Tamayo, 2011: 213-216): a) No
son reconocidas como sujetos morales; b) Casi nunca con reconocidas como
sujetos religiosos; c) Difícilmente son reconocidas como sujetos teológicos;
d) La organización de las religiones se configura, la mayoría de las veces,
a nivel patriarcal; e) Las mujeres acceden con dificultad a puestos de res-
ponsabilidad en las comunidades religiosas; f) Las religiones legitiman de
múltiples formas la exclusión de las mujeres de la esfera pública, de la vida
política, de la actividad intelectual y del cambo científico, limitándolas al
ámbito doméstico; g) Las religiones aplican la violencia contra las mujeres
de distintas formas (física, simbólica, religiosa); h) La mayoría de las reli-
giones niegan a las mujeres el reconocimiento y el ejercicio de los derechos
reproductores y sexuales.

89
Octavio Salazar Benítez

generar unas identidades masculina y femenina no lastradas


por las concepciones patriarcales. Y, en todo caso, es necesario
no perder de vista “las conexiones entre tradiciones culturales
y privilegios, en la medida en que una gran parte de las tradi-
ciones no son ajenas a los grupos que ejercen el control y el
poder en el seno de cada comunidad” (Cobo, 2011: 24). Desde
este punto de vista, no podemos obviar el riesgo que supone
para las mujeres su “domesticación” en comunidades culturales
controladas por élites masculinas que usan la tradición como
herramienta de poder y como freno para cambios sociales que
puedan poner en entredicho sus posiciones de privilegio. Se
refuerza así, en clave cultural, el contrato sexual, de manera
que las mujeres prorrogan su situación de servidumbre y de
negación de su propia subjetividad. Baste como ejemplo la te-
rrible noticia difundida en marzo de 2012 del suicidio de una
menor marroquí tras ser obligada a casarse con su violador.
El artículo 475 Código Penal marroquí permite al agresor o
violador de una menor casarse con su víctima y así evitar la
cárcel. Los padres de la chica dieron su consentimiento y un
juez de Larache autorizó el matrimonio de la menor como lo
requiere la Moudawana, el código de familia que fue reformado
en 2004 pero sin llegar a la plena equiparación jurídica entre
hombres y mujeres.
Por todo ello no es casual que buena parte de los debates
planteados en torno a las identidades culturales tengan como
protagonistas a las mujeres62. Sería el caso, por ejemplo, de
las polémicas prohibiciones del uso de determinadas prendas
o símbolos religiosos, las cuales siempre afectan a mujeres y
nunca a hombres, los cuales pueden ser perfectos cumplidores
de la ortodoxia con independencia de que su cabeza o su rostro
vayan cubiertos o despejados. Más allá de las múltiples inter-
pretaciones que tratan de legitimar su uso, no cabe duda de
Deberíamos tener muy presente que “las mujeres con el <<como siem-
62

pre>> de todas las comunidades”, “sobre ellas se ha depositado la decencia”,


“de ellas dependen la autoestima y la identidad de grupo” (Valcárcel, 2009:
291, 309).

90
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

que el uso de determinadas prendas como el burka está ligado


a una evidente negación de la subjetividad de las mujeres y a
su cosificación en virtud de una leyes hechas e interpretadas
por los hombres (Tamzali y Elizondo, 2010).

4. Contra el monopolio de los púlpitos

La rígida división entre lo público y lo privado se convierte


en uno de los cimientos del sistema constitucional que, a su vez,
se nutre de un universalismo abstracto que, como acabamos de
explicar, es realmente un universalismo “patriarcal”. El pacto
social que permite equilibrar libertad y seguridad, poder y de-
rechos, se apoya en una racionalidad construida sobre valores
masculinos y por tanto en un falso universalismo que niega las
diferencias y que parte de la exclusión de la mitad del género
humano. Por ello, cuando las declaraciones de derechos se de-
finen como “del hombre y del ciudadano” están reconociendo
literalmente que el pacto social es un acuerdo entre varones. La
proclamación contenida tanto en la Declaración de Derechos
de Virginia de 1776 como en la francesa de 1789 según la cual
“los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”,
ha de leerse pues en un sentido literal y por tanto excluyente:
las mujeres no son ciudadanas, las mujeres no tienen acceso a
la racionalidad universal que implica la ciudadanía. Sólo los
hombres se reconocen como “iguales en derechos y deciden so-
meterse al poder político común establecido por ellos” (Rubio,
2006: 26). En consecuencia, las mujeres tenían muy limitadas
sus posibilidades de acceso a la felicidad que pregonaban los
textos liberales. O, al menos, sólo tenían acceso a la felicidad
que el orden patriarcal había construido para ellas: la consis-
tente en vivir entregadas a los demás.
El monopolio masculino de lo público provocó no sólo una
diferencia de tareas por géneros sino también una valoración
distinta de los trabajos en función del sujeto que los realizaba:

91
Octavio Salazar Benítez

“las mismas tareas pueden ser nobles y difíciles cuando son


realizadas por unos hombres, o insignificantes e impercepti-
bles, fáciles y triviales, cuando corren a cargo de las mujeres,
como lo recuerda la diferencia que separa al cocinero de la
cocinera, al modisto de la modista, basta con que los hombres
se apoderen de tareas consideradas femeninas y las realicen
fuera de la esfera privada para que se vean ennoblecidas y
transfiguradas” (Bourdieu, 2000: 79).
Esta división binaria de la realidad tendrá su traducción
incluso en el lenguaje, el cual, en cuanto reflejo de las relacio-
nes de poder, mostrará no sólo lo masculino como universal
sino que también lo identificará con “lo positivo”, con lo más
valorado, frente a “lo femenino” que aparecerá siempre como
secundario, subordinado o negativo. A ello habría que sumar,
obviamente, la inexistencia del “femenino” para todos aquellos
ámbitos –laborales, profesionales, públicos, en definitiva– en
los que las mujeres no participaban. De ahí que, por ejemplo,
no debería extrañarnos que nuestra Cámara baja todavía hoy
se nombre con su denominación tradicional, Congreso de los
Diputados, aún cuando desde hace años son muchas las mu-
jeres que han adquirido la condición de “diputadas”. Al igual
que sucede con la “ciudadanía”, o con la misma legalidad, el
lenguaje se presenta, bajo una apariencia de neutralidad, como
un instrumento más de la opresión patriarcal.
Tendrían que pasar un par de siglos para que los derechos
del hombre se convirtieran en “humanos”. Entre otras cosas, el
mundo tuvo que vivir los desastres de las dos guerras mundiales
para que en 1948 se proclamara la Declaración impulsada por
una mujer, Eleanor Roosevelt, y habría que esperar a 1993 para
que la Conferencia Mundial de Derechos Humanos celebrada
en Viena proclamara expresamente que “los derechos de la
mujer y de la niña son parte inalienable, integrante e indivisible
de los derechos humanos universales”. Una conquista, al menos
en el terreno formal, que debe mucho a las reivindicaciones
del movimiento feminista, las cuales se consolidaron en el

92
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

siglo XX y se apoyaron en una cada vez más depurada cons-


trucción teórica y argumental.
Para llegar a ese momento, las mujeres tuvieron que ir re-
clamando posiciones en ámbitos tradicionalmente masculinos
–usando una terminología muy “contemporánea”, podríamos
decir que eran ámbitos en los que la cuota masculina era del
100% – y que constituyen piezas esenciales en el ejercicio de
la ciudadanía. Si como hemos visto, una buena parte de los
esfuerzos iniciales tuvieron que ver con el acceso a la educa-
ción, y por tanto a las herramientas que permiten el “pleno
desarrollo de la personalidad”, en un momento posterior las
reivindicaciones se centraron en el reconocimiento del derecho
político por excelencia, es decir, el derecho de sufragio. Era
evidente que en sistemas constitucionales la llave para poder
acceder a lo público, para tener voz en dicho espacio y para,
a partir del ejercicio de ese derecho, transformar las normas
sociales y jurídicas, era y es la ciudadanía. Es la garantía de la
igualdad de derechos, y entre ellos el de participación política,
el que permite transformar al individuo de “súbdito” en “ciu-
dadano”. De ahí que se luchara para que el sufragio dejara de
ser censitario y se convirtiera en universal –a cada individuo
le corresponde una porción de soberanía– y, posteriormente,
en muchos casos con imperdonable retraso histórico, para que
las mujeres, es decir, la mitad de la población, también dejaran
de estar “sometidas” al poder y pudieran ejercerlo en igualdad
de condiciones con la otra mitad.
Por ello es de justicia recordar cómo el movimiento sufra-
gista es el que, desde finales del XIX, plantea una lucha que
incide en el corazón mismo de los sistemas constitucionales.
Desde la mítica Declaración de Séneca Falls de 1848 el sufra-
gismo le “sacó los colores” a unos sistemas que, surgidos desde
la ruptura con las servidumbres del Antiguo Régimen, seguían
manteniendo que la mitad de la población permaneciera como
súbdita mientras que la otra mitad representaba los intereses de
todos y de todas. Cuando en el Nueva York de la segunda mitad

93
Octavio Salazar Benítez

del XIX se reivindica la urgencia de acabar con “el monopolio


de los púlpitos” no sólo se estaba reclamando la extensión del
derecho de sufragio para hacerlo realmente “universal”, sino
también la ruptura con un modelo que, desde el punto de vista
del género, contradecía los grandes principios en que decía
basarse.
Costaría años y muchos esfuerzos que los sistemas constitu-
cionales rectificasen esa contradicción interna y asumieran que
un espacio público basado en la ley y en los derechos no podía
seguir sustentando exclusiones. En esta lucha se prorrogaron
los argumentos patriarcales que justificarían para muchos
hombres, algunas mujeres y demasiadas fuerzas políticas la
exclusión femenina de la participación política. Basta con re-
cordar los debates mantenidos en la Cortes constituyentes de la
Constitución española de la II República para constatar cómo
el patriarcado es una cultura que condiciona las posiciones
políticas, los argumentos personales y las luchas partiditas.
El debate que enfrentó a Victoria Kent y Clara Campoamor en
1931 demuestra cómo incluso desde posiciones progresistas es
fácil dejarse arrastrar por una concepción de la mujer como
“menor de edad” o cómo es prioritario atender a los intereses
partidistas más que a la efectividad de los principios. Podríamos
así concluir que mientras Victoria Kent mantuvo una posición
partidista y condicionada, aún a su pesar imaginamos, por las
reglas del juego patriarcal, Clara Campoamor respondió en
todo momento a los principios que había asumido como mujer
demócrata y defendió la mayoría de edad de las mujeres espa-
ñolas, las cuales sólo podrían madurar para el ejercicio de la
libertad si se les permitía caminar en ella. Defender lo contrario
sería entrar en flagrante contradicción con el mandato del art.
25 de la Constitución que prohibía cualquier tipo de privilegio
jurídico basado en el sexo63.
De manera paralela a la conquista “pública” que suponía el reconoci-
63

miento del sufragio femenino, la igualdad también se introduce en la esfera


privada. El art. 43 reconoció la igualdad de derechos para ambos sexos en el
matrimonio. Se establece la posibilidad de su disolución por mutuo disenso o

94
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

En el debate constituyente de 1931 se puso de manifiesto


una constante en el reparto binario masculino/femenino que
tiene unas claras repercusiones en el ejercicio de los derechos
y en la misma concepción democrática de la ciudadanía. De
alguna manera, los mismos argumentos que en su día se usa-
ron para frenar la extensión del sufragio a las mujeres, son los
que todavía hoy se mantienen para oponerse a la aplicación de
acciones positivas en los procesos electorales. Como reacción
típicamente patriarcal, se ponen en duda las capacidades de
las mujeres, su idoneidad o sus motivaciones. Es decir, no se
debate jurídica o políticamente la extensión de un derecho o
el uso de mecanismos que garanticen su efectividad –en este
caso, las acciones positivas que favorezcan la igualdad efectiva
en el ejercicio del sufragio pasivo–, sino los factores, incluso
personales, que pueden incidir en el ejercicio de ese derecho
y que sobrepasan los requisitos legalmente establecidos. Hay
una íntima conexión entre los argumentos que sostenían, desde
posiciones pretendidamente progresistas, que las mujeres no
debían tener derecho al voto en 1931 porque eso les llevaría a
votar lo que les dijera el marido o el confesor, y las posiciones
que defienden que la utilización de las cuotas provoca el acceso
a los cargos públicos de mujeres no por sus méritos o capaci-
dad sino simplemente por razón de su sexo. En ambos casos
parece obviarse que, por principio democrático, el derecho de
sufragio, tanto en su vertiente activa como en la pasiva, debe
ser reconocido y garantizado a todos los que componen el “ele-
mento humano” del Estado. Cualquier ciudadano y ciudadana,
mayores de edad, que no haya sido privado de él por motivos
legalmente tasados, ha de tener reconocido el derecho a tener
voz en la esfera pública y ha de contribuir a la formación de
la “voluntad general”. Con independencia de cuales sean sus
motivaciones, su ideología, sus intereses o su formación. Para
el ejercicio del derecho de sufragio no se exige, como sí se

a petición de cualquiera de los cónyuges. Además se reconoce la igualdad de


derechos de los padres con respecto a los hijos habidos fuera del matrimonio
y la investigación de la paternidad.

95
Octavio Salazar Benítez

hace para el acceso a la función pública, ni una determinada


preparación intelectual, ni habilidades singulares ni méritos
profesionales. Lo contrario nos llevaría irremediablemente a
una concepción censitaria, y por tanto no democrática, de su
ejercicio. Por ello es curioso comprobar cómo todavía hoy se
siguen planteando resistencias por parte de quienes siguen
siendo deudores de una visión patriarcal del espacio público
ante la necesidad de equilibrar el ejercicio del poder desde una
perspectiva de género. Y es curioso comprobar cómo determi-
nadas exigencias que no se le han planteado a los hombres en
el ejercicio histórico de su “monopolio de los púlpitos”, ahora
se reivindiquen frente a las mujeres que empiezan a ocupar la
esfera pública. Desde una perspectiva absolutamente paritaria
–es decir, radicalmente democrática– mujeres y hombres tene-
mos el derecho no sólo de elegir a nuestros representantes sino
también de acceder a cargos públicos representativos. Y en el
ejercicio de esos cargos las mujeres tienen el mismo derecho
que los hombres a actuar bien, mal o regular. Por ello, como
bien reivindica Amelia Valcárcel64, la auténtica igualdad impli-
ca también el “derecho a ser malas” y a no tener que satisfacer
una estándares de exigencia moral y política más elevados que
los que se marcan para los hombres.

64
“No se nos puede exigir a las mujeres que aportemos algo especial para
justificar el derecho a existir bajo los rayos del sol. Las cosas, o se hacen juntos
o no se hacen. La reivindicación del mal significa que yo no tengo obligación
de cumplir estándares más altos que otros; tengo derecho al estándar que
el otro se pone, y si éste es de mediocridad, no me importará ser mediocre.
Opino que para que la humanidad vaya bien, el estándar de excelencia debe
de estar en ambos, pero me niego a entrar en el estúpido juego de tener que
demostrar el doble para obtener la mitad. No juego, pura y simplemente no
juego, no me parece serio ni honesto, me parece una trampa intelectual. Y
sobre todo me niego a cualquier moral que esté sexualmente dividida, que
juzgue según quién hace las mismas cosas, que diga que una misma conducta
es loable en un varón y vituperable en una mujer. Si lo que hace uno está
bien, la otra también. Y si lo que yo hago está mal, entonces mi derecho al
mal existe”. Entrevista a Amelia Valcárcel, EL PAÍS SEMANAL, 26- 11- 2006
(consultada en http://www.elpais.com/articulo/portada/filosofa/combate/elp
epusoceps/20061126elpepspor_1/Tes, 18-7-2011)

96
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

A su vez, el debate sobre el sufragio, y en general sobre la


participación política de las mujeres, nos remite a una cues-
tión central de las democracias contemporáneas. Me refiero
a la pervivencia de rasgos patriarcales en las organizaciones
que prácticamente monopolizan la participación política y
que son los grandes “mediadores” entre la ciudadanía y la
representación de los intereses generales. Los partidos políti-
cos y los sindicatos, convertidos en pieza esencial del sistema
constitucional tal y como demuestra que la CE los sitúe en su
Título Preliminar (arts. 6 y 7), continúan siendo asociaciones
oligárquicas que reproducen, en mayor o menor medida, los
esquemas patriarcales en su organización interna, en la for-
mación de liderazgos y en el ejercicio de las funciones que
implican ejercicio de poder. A pesar de los avances indudables
que las mujeres han conseguido también en dicho ámbito,
pervive una concepción patriarcal de “lo público” –la misma
que con lucidez denunciara Clara Campoamor a partir de su
propia experiencia en Mi pecado mortal, el voto femenino y
yo– y un modelo de organización interna y unos métodos que
siguen respondiendo al vínculo masculinidad-ejercicio del
poder. Por lo tanto, el reto no es sólo que haya más mujeres
liderando formaciones políticas, influyendo en sus decisiones
o compartiendo paritariamente las responsabilidades, sino que
los “modos” de hacer política se transformen para hacer posible
que mujeres y hombres compartan lo público y lo privado en
condiciones de igualdad.

97
CAPÍTULO II
CONSTRUYENDO LA DEMOCRACIA PARITARIA

I. El feminismo como propuesta crítica y


emancipadora

1. Las fronteras del poder

“Los hombres no comprenden a las mujeres, y las mujeres


no comprenden a los hombres, y todo empieza cuando se
separa a las niñas de los niños en los baños. Entonces, una
frontera cósmica divide el planeta en dos. La frontera señala
la línea de poder, porque dondequiera que haya una frontera,
hay dos clases de criaturas que caminan por la tierra de Alá:
de un lado, los poderosos y, de otro, los impotentes (…) Si no
puedes salir, estás en el lado de los impotentes” (Mernissi,
2003: 292)

La consolidación de los sistemas constitucionales tras la


segunda guerra mundial se produjo en paralelo a la de una
teoría feminista que progresivamente planteó una lectura crí-
tica y emancipadora de las democracias. Esta lectura puso al
descubierto las paradojas que encerraba un modelo político-
jurídico que continuaba arrastrando una cultura construida
a imagen y semejanza del varón. De manera paralela a las

99
Octavio Salazar Benítez

reivindicaciones políticas del feminismo, y una vez alcanzadas


en Occidente las garantías formales de la igualdad y de la pro-
hibición de discriminación, se pusieron las bases teóricas para
un proceso de deconstrucción de un modelo de ciudadanía que
continuaba sirviendo de marco para unas identidades mascu-
lina y femenina que todavía arrastraban los condicionantes
patriarcales65.
En este sentido, cabe destacar las aportaciones de dos
grandes feministas que, al igual que en momentos históricos
previos habían hecho mujeres como Mary Wollstonecraft o
posteriormente Virginia Woolf, pusieron en foco en las dimen-
siones estructurales de la desigualdad de hombres y mujeres.
Me refiero a Simone de Beauvoir y a Betty Friedan, las cuales,
desde diferentes perspectivas, subrayaron que mientras que no
se modificaran las pautas culturales difícilmente se conseguiría
una igualdad real, por más que el ordenamiento la proclame
e incluso prevea instrumentos para garantizarla. Y aunque las
dos centran sus reflexiones en la situación de las mujeres, el
reverso de sus páginas nos muestra un agudo análisis de la
identidad masculina. Porque los condicionantes que ambas
mujeres derivan de un modelo de sociedad y de una cultura
patriarcal, es decir, de un reparto de poderes que sitúa a aquél
en una posición de dominio. Por lo tanto, sus reflexiones su-
ponen una mirada crítica sobre la masculinidad y sobre unos
sistemas jurídicos –y en sentido amplio, culturales– que conti-
núan apoyándose en ella.
Simone de Beauvoir argumenta justo un año después de la
proclamación universal de derechos, y en una Europa desolada
por las dos guerras, que la mujer no nace, sino que se hace. Es
65
Asumo como definición de “feminismo” la que nos ofrece Amelia
Valcárcel (2009: 214-215): “aquella tradición política de la modernidad,
igualitaria y democrática, que mantiene que ningún individuo de la especie
humana debe ser excluido de cualquier bien y de ningún derecho a causa
de su sexo, y añado ahora que sea este sexo masculino, femenino, epiceno o
incluso poco demostrable. Feminismo es pensar normativamente como si el
sexo no existiera o no fuera relevante”.

100
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

decir, en El segundo sexo (1949), se construye filosóficamente


que el patriarcado es una cultura y, por tanto, que las mujeres
están condicionadas por las reglas que la sociedad les marca.
En definitiva, se asiste, aún sin nombrarlo expresamente, al
concepto de “género”, tal y como se consolida a partir de los
años 60-70 en las Ciencias Sociales.
Casi veinte años después, pero también muy condicionada
por la experiencia de la II Guerra Mundial y sobre todo de
la posguerra, Betty Friedan trata de encontrar razones que
expliquen “ese mal que no tiene nombre” y que sufren tantas
mujeres. En La mística de la feminidad, publicada en 1963,
Friedan pone al descubierto la situación de todas aquellas
mujeres que durante la guerra, e incluso antes, habían acce-
dido al ámbito laboral, pero que a la vuelta de los hombres
del conflicto, tuvieron que regresar a sus hogares y abandonar
su vida anterior. Enclaustradas en unos hogares perfectos –y
con la ayuda impagable de los electrodomésticos en sus tareas
–, volvieron a ser el “reposo del guerrero”, el objeto atento y
cuidadoso del varón y la familia, el premio para el héroe que
había vuelto de la guerra con medallas.
Las reflexiones de Beauvoir y Friedan nos ofrecen las pautas
para leer su reverso, es decir, para extraer también de ellas sus
implicaciones en relación a la masculinidad. Si, como sostuvo
Beauvoir, las mujeres se hacen a través de la socialización en
una determinada cultura, también los hombres llegamos a serlo
en el contexto de la misma cultura. Si las mujeres no nacen
“mujeres”, parece obvio que los hombres tampoco lo hagamos.
Por lo tanto, es necesario analizar críticamente de qué manera
se “hace” la masculinidad. El siguiente paso sería asumir que
no es posible separar el análisis crítico de ambas identidades:
las dos van de la mano, porque las dos responden a un reparto
de papeles establecido por el patriarcado.
Por otra parte, los argumentos de Friedan ponen de relieve
una concepción de la masculinidad, reforzada tras la expe-
riencia de la II Guerra Mundial, y que insiste en un reparto

101
Octavio Salazar Benítez

de roles y en unos estereotipos que en ese momento histórico


se subrayan en unas sociedades en las que, un tanto paradó-
jicamente, corren en paralelo la necesidad de universalizar
los derechos –el “derecho a tener derechos” que defendiera
Hannah Arendt– y la continuidad, vuelvo a insistir, reforzada
de una “mística de la masculinidad” generadora de desigual-
dades.
Estas aportaciones teóricas, que trazan una continuidad
con las que las mujeres empezaron a plantear dos siglos antes
frente a un movimiento ilustrado que las ignora, ponen de
manifiesto las paradojas de unos sistemas democráticos que
seguían respondiendo, aunque formalmente no lo expresaran,
a unos códigos patriarcales.
Los sistemas constitucionales se construyeron sobre la fic-
ción de la igualdad y sobre la identificación de lo masculino
con lo universal. Se asumió que la racionalidad masculina
representa lo universal y que cuando el hombre actúa en el
ámbito público lo hace en nombre los intereses generales,
es decir, que lo hace en nombre de los intereses de hombres
y de mujeres. Por el contrario, se entenderá que la mujer no
puede representar ese interés general y por eso todavía hoy,
cuando una mujer alcanza un cargo representativo le resulta
en ocasiones tan complicado generar la sensación de que está
hablando en nombre de todos y de todas. Es el argumento que
late, por ejemplo, en algunas posiciones en contra de las cuotas
electorales: se defiende que reservar determinados puestos a
las mujeres implica parcelar la representación y romper con
la unidad de la soberanía nacional. Una idea a la que es fácil-
mente rebatible desde el momento en que asumimos que la
ciudadanía se compone, mitad y mitad, de hombres y mujeres,
y que tanto unos como otras tienen la capacidad y el derecho
de tener voz en el espacio público. El uso de este argumento
puede llevarnos además a un callejón sin salida para los que
se posicionan en contra de los avances participativos de las
mujeres. De la misma manera que no cabe argumentar que las

102
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

mujeres sólo se representan a sí mismas, tampoco podríamos


argüir que durante siglos los hombres, que han sido los únicos
con acceso al poder, sólo han defendido los intereses de su sexo.
Ahora bien, en este caso la argumentación no resulta fácil ni
cómoda porque es evidente que los hombres, que han disfru-
tado de una situación de privilegio, se han resistido durante
siglos a romper con unas estructuras que les otorgaban poder.
Por lo tanto, sí que muchos de ellos –siempre hay excepciones
que confirman la regla– han hablado públicamente en defensa
de los intereses del patriarcado del que permanentemente han
recibido beneficios.
Bajo una apariencia de igualdad –la formal ante la ley–, se
mantuvieron dos situaciones: “una visible, la llamada esfera de
los iguales ante la ley; y otra invisible, la de los y las diferentes”
(Herrera, 2005a: 31) Los invisibles tenían que hacerse “visi-
bles” no por ellos mismos sino a través de los hombres que se
encargaban de velar por los intereses de la Nación. El proyecto
liberal, tras los cortinajes de una aparente neutralidad, ocultaba
las situaciones reales en que se encontraban los individuos en
la sociedad y, por tanto, hacía invisibles las subordinaciones
que se prorrogaban en ella. Es decir, la ley general y abstracta
va a institucionalizar “el poder de los hombres sobre las mu-
jeres” y “el poder con su forma masculina” (Mackinnon, 1995:
248). La neutralidad no era tal porque el Derecho reflejaba la
superioridad masculina y la invisibilidad no sólo de las mujeres
sino también de todos aquellos que no cubrían los parámetros
exigidos para representar los intereses de la Nación. Por ello,
Olimpia de Gouges había reivindicado en su fallida Declaración
que la ley fuera expresión de la voluntad general, lo cual debía
significar que todas las ciudadanas y todos los ciudadanos de-
bían participar en su formación. El constitucionalismo liberal,
sin embargo, consagró que la ley fuera expresión de la voluntad
de los hombres. De ahí que, como más adelante veremos, el
reto actual sea alcanzar unas democracias paritarias, es decir,
inclusivas, en las que las mujeres participen en el poder consti-
tuyente, en la definición de las “reglas del juego”. Porque como

103
Octavio Salazar Benítez

bien añadió Olimpia al texto de 1789, la Constitución sería nula


si la mayoría de los individuos que componen la nación no han
cooperado en su redacción.
El espacio público quedó configurado como el de la ley, el
de los derechos, el del trabajo productivo, el de la ciudadanía.
Regido por unas normas abstractas y universales, iguales para
todos, había de mantener un orden que era esencial para el
desarrollo de las actividades económicas de la burguesía. Para
el mantenimiento de ese orden era básico que las mujeres
contribuyeran a la reproducción de la sociedad y realizaran
las tareas de cuidado, de mantenimiento doméstico y familiar,
sin las que obviamente el hombre burgués no habría podido
realizar con plenitud sus proyectos vitales, es decir, los vincu-
lados a la res publica.
El espacio privado quedó amparado en todo caso por las
denominadas “libertades negativas” , que implicaban que el
Estado no debía entrometerse y debía limitarse a garantizar
esos espacios de libertad y privacidad, y regido en gran medida
por un Derecho Privado en el que la referencia básica era la
desigualdad entre el “padre de familia” –detentador del poder,
hacedor de las normas– y el resto de miembros –mujeres, me-
nores, personas dependientes–.
Esos dos espacios quedaron además articulados de manera
jerárquica: es decir, el público-masculino tenía un valor social
del que carecía el privado-femenino. De esta manera, no sólo
los intereses públicos se consolidan como los más valiosos,
sino que en paralelo todos los trabajos realizados en el ámbito
privado –los domésticos, los relativos al cuidado de los demás–
carecen de valoración económica y social (Murillo, 2006). Sólo
en las últimas décadas es cuando, gracias al feminismo, se está
empezando a insistir en la función social no sólo de la mater-
nidad/paternidad sino también del cuidado en general. Hasta

104
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

el punto que ha llegado a convertirse en uno de los grandes


retos del Estado social en el siglo XXI66.
Estos elementos se mantuvieron incluso cuando en el siglo
XIX, y gracias al proceso de industrialización, las mujeres se
fueron incorporando al ámbito laboral. Además de las inhu-
manas condiciones que tuvieron que soportar en la mayoría
de las ocasiones, se mantuvieron las constantes que a lo largo
de la historia han provocado una división sexual del trabajo:
1ª) El trabajo de la mujer se consideraba en todo caso como
complementario del varón, que era él que seguía teniendo el
papel de proveedor principal de la familia; 2ª) La mujer asu-
mía las responsabilidades domésticas; 3ª) Existía una evidente
feminización de ciertos ámbitos profesionales –la educación, la
sanidad–, precisamente aquellos que se concebían como una
prolongación de las tareas de cuidado.
Hubo que esperar a finales del XIX, y en muchos casos a
bien avanzado el siglo XX, para encontrarnos con normativa
“protectora” de las mujeres en el ámbito laboral, como por
ejemplo la prohibición de trabajo nocturno o la protección del
embarazo. No obstante, esta normativa siempre se ha movido
en un “doble filo”. Incluso si repasamos la primera jurispru-
dencia de nuestro Tribunal Constitucional en orden a proteger
determinados derechos de las mujeres trabajadoras es fácil
detectar la sombra de un cierto “paternalismo” e “hiperprotec-
ción” de las mujeres. Es decir, en muchos casos dicha normativa
66
En todos los ámbitos de la reflexión científica se ha mantenido esa
división jerárquica entre lo público y lo privado. Por ejemplo, en el campo
de la Arqueología no se han valorado tradicionalmente las trabajos realiza-
dos por las mujeres y vinculados a las actividades de mantenimiento. Éstas
comprenden “las actividades de la vida diaria que regulan y estabilizan la
vida social e implican principalmente el cuidado, el procesado y consumo
de alimentos, la manufactura de tejidos y ropa, la higiene y la salud pública,
la socialización de individuos infantiles y la organización y limpieza de los
espacios en los que se desarrollan estos trabajos” (Sánchez Romero, 2010:
49). Unas actividades que son fundamentales en las dinámicas sociales de
cualquier comunidad y que exigen tener presentes a las mujeres como sujetos
activos en los procesos que también ayudan a explicar las sociedades.

105
Octavio Salazar Benítez

se planteaba no tanto desde una perspectiva “de género” –es


decir, de igualdad de derechos y obligaciones de hombres y
mujeres– sino desde una consideración de la mujer como ser
más débil y necesitado de protección y, sobre todo, partiendo
de una “identidad femenina” marcada por la reproducción y
por las responsabilidades de cuidado. Todavía hoy cuando se
plantean determinadas opciones en el mundo laboral –el con-
trato a tiempo parcial, la reducción de jornada– se hace desde
esa visión que provoca, finalmente, el mantenimiento de roles
y estereotipos.
Esta configuración, que aún hoy perdura con elementos más
o menos evidentes, tuvo a su vez dos importantes consecuencias
desde el punto de vista de la teoría de los derechos humanos:
1ª) Por un parte, el ámbito privado se convirtió en el refugio
de las identidades, de las particularidades, de las singularidades
que rompían el “universalismo abstracto” que reflejaba el De-
recho. Se confirmó pues la tradición según la cual las mujeres
velaron por conservar las costumbres, las normas religiosas
o culturales y de ahí que también ellas se hayan considerado
como principales sustentadoras de las identidades. A diferen-
cia del hombre, que podía estar en el espacio público y podía
participar de la identidad genérica que representaba la ciuda-
danía, la mujer estaba limitada a considerarse representante
de “facciones”, de dogmas y de reglas que normalmente son
más estrictas con ellas y sirven para definir su valor moral no
sólo en el contexto familiar sino también social. Mientras que
los hombres eran definidos por las normas –jurídicas, pero
también éticas– de la ciudadanía, las mujeres lo eran por las
reglas morales o religiosas que hacían más honda su discrimi-
nación. Es decir, mientras que a ellas se les asignaba “el deber
de identidad”, los varones eran titulares del “derecho a la sub-
jetividad” (Amorós, 2007b: 229). De esta forma, y en muchos
casos hasta bien entrado el siglo XX, las mujeres han carecido
de las condiciones de acceso a la ciudadanía civil (Rodríguez,
2011: 94). Como he señalado con anterioridad, la pervivencia

106
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

de estos marcos identitarios representa en la actualidad uno


de los mayores peligros para los derechos de las mujeres en
las sociedades multiculturales. De ahí que cualquier sistema
de pluralismo jurídico deba tener como límite infranqueable
la protección de la igual dignidad de las mujeres.
2ª) Por otra, durante siglos se entendió que ese espacio
femenino debía permanecer al margen del Derecho. Era el
ámbito regido por la autoridad paterna, por las reglas de la cos-
tumbre y, en última instancia, por la capacidad sancionadora
y restauradora del orden que tenían los hombres de la familia.
Se trataba pues de un ámbito al que no llegaba la fuerza ga-
rantizadora de los derechos humanos. El ordenamiento podía
establecer para las relaciones sociales determinadas garantías
cuya eficacia decaía en el contexto familiar donde era el “pater
familias” el que tenía capacidad para regular la convivencia y
resolver los conflictos. Y, por supuesto, para reaccionar, a veces
de manera violenta, frente a lo que estimaba como acciones o
comportamientos que atentaban contra el orden establecido.
De ahí las dificultades que en pleno siglo XXI se están tenien-
do, incluso en países democráticos avanzados, para terminar
con la violencia de género. Sus raíces están profundamente
arraigadas en ese contexto que durante siglos se entendió como
privado y al margen de las garantías que otorgaba el mundo del
Derecho. Por ello, obviamente, las partes débiles del contrato
–mujeres, niños– son las que han sufrido constantes violaciones
de su derecho a la integridad física y moral sin que los poderes
públicos se consideraran legitimados para intervenir.
Una de las mayores evoluciones que en materia de igual-
dad de género se produce a lo largo del siglo XX, y muy es-
pecialmente en las últimas décadas gracias a la movilización
internacional, es considerar que la violencia de género no es
un “asunto privado” y que, por tanto, todos los mecanismos
públicos de protección de los derechos fundamentales han de
proyectarse también en el ámbito de la relaciones matrimonia-
les o afectivas de hombres y mujeres. De alguna manera, las

107
Octavio Salazar Benítez

terribles cifras de este tipo de crímenes han provocado en las


últimas décadas una reacción social, y en algunos casos tam-
bién política y jurídica, que está dando lugar a una erosión del
muro que separaba de manera radical el espacio femenino del
masculino. Y por ello precisamente los contextos sociales en
los que, por razones culturales, esa separación es más rígida
mayores son las dificultades que sufren las mujeres en orden a
conseguir el estatuto de plena ciudadanía. En aquellos casos,
como en muchos países islámicos, en los que se confunden las
normas jurídicas con las normas identitarias –religiosas espe-
cialmente– el proceso es mucho más lento y costoso, porque
los muros son más anchos y sólidos. De ahí que el coste –per-
sonal, político, temporal– de la reivindicación de la igualdad
de género sea proporcional a la solidez de las fronteras que
separan el mundo masculino del femenino.

2. El siglo de las mujeres

La movilización a favor de los derechos de las mujeres, y por


tanto en contra de las violencias patriarcales que los reducen
o niegan, no alcanza una dimensión internacional hasta bien
entrado el siglo XX. Indudablemente hay una continuidad con
las reivindicaciones que se plantearon dos siglos antes frente
a un movimiento ilustrado que excluía a las mujeres de su
proyecto emancipador, pero no será hasta la segunda mitad
del siglo XX cuando se sumen determinados factores que inci-
darán en el inicio de una serie de cambios que llevará a algu-
nos a hablar del “siglo de las mujeres”. Entre ellos habría que
considerar la formulación de una sólida teoría feminista que
aportará argumentaciones y nuevas herramientas de análisis,
la internacionalización de las demandas de las mujeres y la
vinculación de la igualdad con el desarrollo o la paz, el lide-
razgo de algunas mujeres en países donde los ordenamientos
democráticos habían roto barreras en el acceso a la educación
o al mundo laboral y político, y la progresiva implantación de

108
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

un modelo de Estado, el Social o de bienestar, que partía de


una profundización en el principio de igualdad.
La asunción democrática de que la igualdad formal es in-
suficiente y provoca injusticias será clave para avanzar en el
reconocimiento jurídico de la igualdad de mujeres y hombres y,
sobre todo, para legitimar la adopción de medidas que permi-
tan remover los obstáculos que seguían impidiendo que aquélla
fuese efectiva67. Frente al modelo abstencionista del liberalismo,
y frente a su universalismo abstracto generador de desigualda-
des, el Estado Social ofrece una “llave”, la igualdad material,
para contemplar a los individuos de manera singular, con sus
condicionantes y limitaciones. Ello permitirá, entre otras cosas,
argumentar que hombres y mujeres estaban “predeterminados”
por una modelo político y cultural que históricamente había
establecido una diferencia jerárquica entre unos y otras. De
ahí la necesidad de contemplar de manera diferenciada la
situación de unos y de otras, y de ahí también la necesidad de
actuar para lograr que las mujeres pudieran disfrutar de los
derechos y libertades en igualdad de condiciones que la otra
mitad de la ciudadanía. La profundización en el principio de
igualdad corre en paralelo a la consolidación del concepto
de “discriminación”, entendida ésta como una diferenciación
injustificada en virtud de características personales o sociales
que provoca desigualdad en el acceso a los bienes o al ejercicio
de los derechos. De esta manera, y gracias a la labor incisiva
de la interpretación judicial (en concreto, en nuestro ámbito
del Tribunal Europeo de Derechos Humanos), se establecerá
una conexión entre la igualdad formal, la prohibición de discri-
67
A todo ello habría que sumar la consolidación de las Constituciones
como “normas jurídicas supremas” a las que han de someterse los ciudada-
nos y los poderes públicos. La Ley deja de ser el instrumento jurídico por
excelencia, ya que ésta pasa a estar sometida a la Constitución, la cual a su
vez deja de tener la flexibilidad propia del XIX y se convierte en un texto
“rígido” que sólo podrá ser reformado a través de los procedimientos por
ella establecidos y con un elevado consenso político. Ello va a tener unas
evidentes repercusiones en la protección de los valores constitucionales y
los derechos fundamentales.

109
Octavio Salazar Benítez

minación y la igualdad material. Por lo tanto, el ordenamiento


constitucional no sólo prohíbe la discriminaciones por motivos
como el sexo, la raza, la religión, o cualquier otra circunstancia
personal o social, sino que también legitima –incluso ordena
me atrevería a decir– que los poderes públicos “intervengan”
de manera activa en la eliminación de los factores (sociales,
culturales, jurídicos por supuesto) que provocan situaciones
de discriminación. Ello dará lugar a la aparición de concep-
tos tan controvertidos como el de “discriminación positiva o
inversa” (Barrere, 1997) o tan asentados, y tan determinantes
para la igualdad de género, como el de “acciones positivas”.
Mediante la configuración progresiva de un cada vez más de-
purado Derecho antidiscriminatorio –entendido en su doble
vertiente: prohibición de discriminación y actuación sobre
las causas de esa discriminación– irá evolucionado la misma
teoría de los derechos fundamentales y, con ella, obviamente,
la de la ciudadanía.
Esta evolución implicó no sólo la incorporación de nuevos
derechos, los sociales, sino también la ruptura con un modelo
jurídico heredero del liberalismo, ciego a las diferencias y, por
supuesto, ignorante de la principal diferencia que afecta a la
ciudadanía: la marcada por el género. A su vez, se pusieron las
bases para ir rompiendo las rígidas divisiones entre lo privado
y lo público: el Estado empieza a intervenir en espacios que du-
rante siglos se habían considerado al margen de su actuación.
Para garantizar la igualdad y el bienestar, los poderes públicos
dejarán de estar “al margen”. De esta manera se adoptaron
medidas no sólo protectoras de colectivos con especiales difi-
cultades en el ejercicio de determinados derechos, sino también
medidas promocionales para la transformación de realidades
sociales o económicas.
Por otra parte, y desde la perspectiva de género que nos
interesa, el Estado Social supuso también la incorporación al
espacio público de determinadas tareas que progresivamente
fueron asumiéndose como contenido de los “derechos sociales”

110
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

y que se traducen en prestaciones y servicios que afectan de


manera singular a esferas tradicionalmente ocupadas por las
mujeres. Piénsese en buena parte de lo que hoy entendemos
como “servicios sociales” y que suponen prestaciones relacio-
nadas con los trabajos tradicionalmente vinculados a las mu-
jeres y carentes de valor social y económico: la socialización,
los cuidados. A ellos habría que sumar todos los que implican
una normativa protectora y promocional en el ámbito laboral.
De ahí los peligros que para las mujeres pueden suponer los
momentos de crisis del Estado Social que estamos viviendo, en
la medida en que los poderes públicos puedan ir desentendién-
dose de la prestación de determinados servicios, siendo ellas
quienes vuelven a ocuparse de ámbitos que siguen entendién-
dose como vinculados a su “naturaleza” femenina. Porque tal
vez uno de los puntos más débiles del Estado Social radique
en que se haya limitado a garantizar desde lo público presta-
ciones con una marcada “carga” de género, sin que se haya
incidido de manera suficiente en desprender dichos ámbitos
de la responsabilidad femenina. Dos ejemplos pueden explicar
mejor este déficit:
1º) No cabe duda de que en la segunda mitad del siglo XX la
normativa laboral avanzó enormemente en cuanto a la protec-
ción de los derechos de las mujeres. Sin embargo, su carácter
excesivamente tutelador –y a veces incluso paternalista– inci-
dió en el mantenimiento de determinados patrones como por
ejemplo en lo relativo a la maternidad. Incluso normas que se
aprueban muy recientemente con el objetivo de lograr la con-
ciliación de la vida familiar y laboral –como la Ley 39/1999,
de 5 de noviembre, para promover la conciliación de la vida
familiar y laboral de las personas trabajadoras– provocan la
continuidad de los modelos y obvian la necesidad de fomentar
la “corresponsabilidad” de mujeres y hombres en el ámbito
privado.
2º) Otro ejemplo que nos puede ilustrar esa “doble cara” de
las medidas del Estado Social nos lo ofrece la aplicación de la

111
Octavio Salazar Benítez

conocida como “Ley de dependencia” (Ley 39/2006, de 14 de


diciembre, de promoción de la autonomía personal y atención
a personas en situación de dependencia). El hecho de que la
aplicación práctica de esta ley haya privilegiado la concesión de
ayudas económicas más que la puesta en marcha de servicios
públicos de asistencia y cuidado, incide en el mantenimiento de
las mujeres en dicho ámbito de responsabilidades y no provoca
un reparto equitativo entre ellas y sus compañeros. El Estado
concede una ayuda que acaba contribuyendo a que las mujeres
“cuidadoras” sigan desempeñando ese papel, mucho más en un
contexto de dificultades laborales y frente a un varón que sigue
teniendo más y mejores oportunidades en lo público (Tobío,
Agulló, Gómez y Martín, 2010: 178). Es decir, a la ley le falta
una perspectiva más social de la dependencia y “corre el riesgo
de convertir a la dependencia en objeto de atención pública,
sí, pero siempre como una desviación individual y patológica
del ideal de independencia” (Rodríguez, 2010: 112).
No obstante, es evidente que el Estado social ha supuesto
una transformación política y jurídica esencial para el avance
en la igualdad de género. Ha incidido en la erosión de un mode-
lo de ciudadanía “liberal” insuficiente e injusto y ha abierto las
múltiples posibilidades que encierra la igualdad como derecho,
como principio inspirador del ordenamiento jurídico y como
valor que dota de sustancia ética a la democracia. De ahí que
la crisis que dicho modelo atraviesa como consecuencia de la
globalización económica sea el mayor peligro para las conquis-
tas relacionadas con la igualdad y para la continuidad de las
políticas que persiguen unas mejores y más justas condiciones
de bienestar para hombres y para mujeres. De hecho estamos
asistiendo en los últimos años a la aparición de nuevas formas
de “violencia patriarcal” y a un empeoramiento generalizado
de las condiciones de vida de las mujeres, hasta el punto de que
se ha llegado a hablar de “feminización de la supervivencia”
(Cobo, 2011: 131).
La progresiva asunción por parte del Estado de esa dimen-
sión “social” en la segunda mitad del siglo XX corrió en paralelo

112
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

a otro fenómeno que, como hemos apuntado, también fue de-


cisivo para la conquista de derechos de las mujeres. Me refiero
al creciente desarrollo del nivel de protección internacional de
los derechos humanos, así como a la progresiva concreción de
los sujetos de los mismos. El documento que mejor representa
esa evolución es la CEDAW de 1979. En este Convenio se hace
un llamamiento para que los Estados adopten todas las políticas
necesarias, incluidas las acciones positivas oportunas, para
modificar las reglas sociales basadas en la superioridad del
varón. La posterior creación del Comité para la Eliminación
de la Discriminación contra la Mujer en 1982 y las sucesivas
Conferencias de Naciones Unidas celebradas para evaluar los
logros de las mujeres (Nairobi, 1985; Beijing, 1995, Nueva
York, 2000, 2005 y 2010) impulsaron dicho proceso, si bien no
dejaron de poner de manifiesto la lentitud de las conquistas y
de alertar las nuevas amenazas que se ciñen sobre las mujeres
en el siglo XXI. A todo ello hay que añadir que en diciembre
del 2000 entró en vigor el procedimiento de peticiones o comu-
nicaciones individuales por medio del cual cualquier víctima,
“persona o grupo de personas”, puede presentar al Comité
quejas por viloación de sus derechos, siempre que resulte de
una acción u omisión del Estado. Además faculta al Comité
para iniciar investigaciones sobre violaciones graves o sistemá-
ticas de lso derechos de las mujeres en un Estado parte. Este
proceso, de momento, ha culminado con la creación en julio
de 2010 de la ya citada ONU Mujeres (www.unwomern.org),
la organización de Naciones Unidas que trabaja a favor de la
igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres.
En este continuado proceso dirigido a situar los derechos de
las mujeres en primera línea de la “agenda internacional”, cabe
destacar el papel desarrollado, de manera regional, en la Unión
Europea. Esta ha constituido en los últimos años el marco ju-
rídico y político más avanzado en cuanto a la redefinición de
lugar de las mujeres en la sociedad y en la adopción de medidas
que han contribuido a progresivas conquistas de derechos. De
hecho, la mayor parte de la legislación que en nuestro país se

113
Octavio Salazar Benítez

adopta en materia de igualad no es sino el debido desarrollo


de Directivas europeas que han ido marcando las pautas a los
Estados miembros68. Este progresivo compromiso comunita-
rio con la igualdad de género ha ido evolucionando desde un
primer momento en el que el objetivo estuvo muy limitado al
ámbito estrictamente laboral, y más concretamente incluso al
salarial, hasta llegar a convertirse en un principio definidor de
la misma Unión. Así, el art. 2 del Tratado de la Unión Europea
(versión consolidada) señala expresamente que:

“La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la


dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado
de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los
derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos
valores son comunes a los Estados miembros en una socie-
dad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación,
la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre
mujeres y hombres”.

A su vez, el art. 23 de la Carta de Derechos fundamentales


de la Unión Europea se dedica expresamente a la Igualdad en-
tre Hombres y Mujeres: “La igualdad entre mujeres y hombres
deberá garantizarse en todos los ámbitos, inclusive en materia
de empleo, trabajo y retribución”.
A lo largo de todo este proceso las instituciones europeas
han ido consolidado un garantista Derecho antidiscriminatorio
–no sin ciertos titubeos, sobre todo en cuanto a la actuación
protectora del Tribunal de Justicia de las CCEE–, así como el
uso de determinados instrumentos que han sido esenciales

68
Así la LOIMH incorpora al ordenamiento español dos directivas en
materia de igualdad de trato: la 2002/73/CE, de reforma de la Directiva
76/207/CEE, relativa a la aplicación del principio de igualdad de trato entre
hombres y mujeres en lo que se refiere al acceso al empleo, a la formación
y a la promoción profesionales, y a las condiciones de trabajo; y la Directi-
va 2004/113/CE, sobre aplicación del principio de igualdad de trato entre
hombres y mujeres en el acceso a bienes y servicios y su suministro.

114
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

para determinados logros en esta materia. En concreto, habría


que destacar dos. Por una parte el uso de “acciones positivas”
como una exigencia del principio de igualdad. El citado art. 23
de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE se refiere de
manera expresa a ellas: “El principio de igualdad no impide el
mantenimiento o la adopción de medidas que supongan venta-
jas concretas en favor del sexo menos representado”. Por otra,
la implantación del gender mainstreaming, es decir, la “trans-
versalidad de género” en todas las políticas y acciones de la
Unión a partir del Tratado de Amsterdam de 1997. Un principio
que ha sido incorporado en los ordenamientos de los Estados
miembros y al que responde, por ejemplo, la LOIMH (art.
15). Como expresión de dicha herramienta cabe destacar en
nuestro ordenamiento la Ley 20/2003, de 13 de octubre, sobre
medidas para incorporar la valoración del impacto de género
en las disposiciones normativas que elabore el Gobierno. Un
instrumento cuya aplicación práctica, sin embargo, ha dejado
bastante que desear, ya que la obligación de presentar un infor-
me de impacto de género se ha incumplido en un importante
porcentaje de casos y, en otros, se ha limitado a verificar la
igualdad de trato entre los sexos en áreas concretas (Rodríguez,
2010: 108; Sanchís y Collantes, 2009; Gil Ruiz, 2012).

II. La igualdad sustantiva como elemento definidor de


la ciudadanía

1. La remoción de los obstáculos patriarcales

A pesar de que, como he analizado, las mujeres apenas


son visibles en la Constitución de 1978, nuestro ordenamiento
jurídico ha ido evolucionando en estos más de treinta años
de democracia y ha ido rompiendo, no sin dificultades, las
barreas que durante siglos las mujeres han ido encontrando
para el libre y pleno desarrollo de su personalidad. Junto a la

115
Octavio Salazar Benítez

presión de los cambios sociales y de las reivindicaciones del


movimiento feminista y de las fuerzas políticas que las han ido
asumiendo, en esta evolución ha jugado un papel esencial la
influencia del Derecho internacional de género –convertido en
criterio interpretativo en virtud del art. 10.2 CE– y, de manera
más concreta, la normativa y las políticas de la Unión Europea
que no han dejado en las últimas décadas de avanzar en esta
materia.
Todos los operadores jurídicos han tenido un papel rele-
vante en estos cambios, si bien cada uno de ellos lo ha jugado
con distinta intensidad y en diferentes momentos. Era obvio
que una vez iniciada la transición a la democracia, era urgente
modificar muchas normas que habían partido de la “minoría
de edad” de las mujeres y de una concepción masculinizada
de lo público. En este sentido, cabe destacar las significativas
reformas que se llevaron a cabo en el Derecho Privado, sobre
todo las relativas al matrimonio y al Derecho de Familia. Era
lógico que había que empezar por cambiar los parámetros del
ámbito en el que la mujer había estado recluida de manera
singular durante la dictadura y en el que se habían prorro-
gado unas relaciones absolutamente discriminatorias para
ella. Junto a esos cambios en el contexto familiar, las políticas
desarrolladas en los años 80 incidieron en lograr condiciones
de “igualdad de oportunidades” (Astelarra, 2005) de manera
especial en el acceso al ámbito laboral. En un momento pos-
terior se plantearía el reto del acceso a los cargos públicos y
la necesidad de adoptar acciones positivas que lo facilitasen.
Serán básicamente los partidos de izquierda los que planteen
el debate y las incorporen en sus estatutos. Mucho más com-
plicado sería el “salto” a las propuestas legislativas, sobre todo
por el intenso debate jurídico provocado en nuestro país y en
otros de nuestro entorno –Francia, Italia– en torno a medidas
como las cuotas electorales69. No obstante, no será hasta la VIII

69
Sobre este debate véanse Salazar Benítez(2001), Martín Vida (2003),
Martínez Alarcón (2007) y Macías Jara (2008).

116
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

legislatura cuando se apruebe una normativa con auténtica


perspectiva “de género”–las complementarias y ya citadas LO
1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral
contra la Violencia de Género y la LO 3/2007, de 22 de marzo,
para la igualdad efectiva de mujeres y hombres– y con preten-
siones de convertirse en un instrumento transversal en todas
las políticas públicas. A ello habría que añadir la importante
labor desarrollada por los legisladores autonómicos, en muchos
casos con carácter previo al estatal70, la cual culmina en unas
reformas estatutarias –las que han dado lugar a los llamados
por la doctrina “Estatutos de segunda generación”– en las que
la igualdad de mujeres y hombres aparece como un objetivo
prioritario.
Junto a esa labor legislativa –no siempre con el mismo ritmo
ni con la deseable continuidad– ha jugado un papel decisivo
el Tribunal Constitucional, el cual ha ido consolidando una
doctrina sobre la igualdad con unas repercusiones evidentes
en el lugar de mujeres y hombres en nuestra sociedad. Con
una permanente influencia del Tribunal Europeo de Derechos
Humanos, el TC ha ido interpretando de manera conjunta el
principio de igualdad formal del art. 14 CE con el de igualdad
material del art. 9.2 CE, estableciendo los requisitos que deben
darse para que sean constitucionalmente lícitas las diferen-
ciaciones aplicables a determinados sujetos o colectivos. De
acuerdo con esos dos artículos, el principio de igualdad obliga
no sólo a a sancionar los actos discriminatorios, tanto directos
como indirectos, sino también a adoptar las medidas necesarias
para impedir, neutralizar o compensar esas discriminaciones.

70
Son dos Comunidades Autónomas, Baleares y Castilla-La Mancha, las
primeras en introducir reservas de puestos para mujeres en las listas electo-
rales. Y también son varias Comunidades Autónomas las que aprueban leyes
de igualdad con anterioridad a la estatal de 2007. Hay que tener en cuenta
que en muchos ámbitos, y de acuerdo con el reparto competencial entre
Estado y Comunidades Autónomas, son éstas las capacitadas para adoptar
medidas que incidan en la efectividad de la igualdad de hombres y mujeres
(Salazar, 2006).

117
Octavio Salazar Benítez

En este sentido, y con respecto a los derechos de las mujeres,


se puede detectar una clara evolución en la jurisprudencia, en
el sentido de que desde una inicial mucho más protectora –e
incluso “paternalista”– se llegó a unas decisiones que avalaron
las medidas promocionales, incluso las acciones positivas, con
el objetivo de que las mujeres superasen su histórica discrimi-
nación. De ahí la legitimidad constitucional de un “derecho
desigual igualatorio” (STC 229/1992, de 12 de diciembre).
Entre los conceptos que se consolidan en el Derecho Comu-
nitario y que asume, primero nuestro Tribunal Constitucional, y
posteriormente el legislador, se encuentra el de “discriminación
indirecta”, incluida en el mandato de prohibición de discrimi-
nación del art. 14 CE (véase por ejemplo la STC 240/1999, de
20 de diciembre, FJ 6º). El art. 6.2 LOIMH recoge una defini-
ción acuñada en el Derecho Comunitario y según la cual “se
considera discriminación indirecta por razón de sexo la situa-
ción en que una disposición, criterio o práctica aparentemente
neutros pone a personas de un sexo en desventaja particular
con respecto a personas del otro, salvo que dicha disposición,
criterio o práctica puedan justificarse objetivamente en aten-
ción a una finalidad legítima y que los medios para alcanzar
dicha finalidad sean necesarios y adecuados”.
Desde el punto de vista del género, dicho concepto es rele-
vante ya que nos permite desentrañar cómo el modelo jurídico
liberal, bajo la apariencia de neutralidad, ha prorrogado no sólo
un Derecho sino también unas relaciones sociales discrimina-
torias para las mujeres. Con especial significación en el ámbito
laboral, la “discriminación indirecta” es un concepto jurídico
que también nos puede sirve para quitar el “velo” de muchas
situaciones y contextos en los que queda reflejado la superviven-
cia de una cultura patriarcal. Nuestro modelo de producción,
la organización de los espacios y los tiempos, las relaciones
familiares, los instrumentos de socialización,..., todo ello sigue
dándonos ejemplos de cómo las mujeres tienen más dificultades
para acceder a determinados bienes o ejercer algunos derechos.

118
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Más allá del sistema político, o del económico, nuestra “cultura”


sigue generando por supuesto discriminaciones directas pero
también “indirectas” que afectan a la mitad de la ciudadanía. Es-
tas ofrecen dos dificultades en cuanto a su sanción y reparación.
De una parte, suelen ser más sutiles, ya que se “esconden” bajo
una aparente igualdad formal. De otra, exigen contextualizar las
situaciones, por lo que no nos sirven las soluciones generales y
es preciso descender de la mera formalidad de los principios a
la dura realidad de las desigualdades.
En todo este proceso de consolidación de una jurisprudencia
comprometida con una efectiva igualdad de mujeres y hombres,
el art. 9.2 CE ha sido la llave que ha permitido ir erosionando
la rigidez de la igualdad formal y legitimando las políticas
dirigidas a “remover los obstáculos” que sigue provocando
desigualdades. La igualdad material o sustancial no es sólo el
sustento jurídico-constitucional del Estado Social sino también
la herramienta idónea para transformar unas relaciones “de
género” que condicionan el ejercicio de la ciudadanía.
En el artículo 9.2 encontramos el fundamento de las medi-
das “diferenciadoras” adoptadas por la LO 1/2004, y que fueron
avaladas por la STC 59/2008, de 14 de mayo –, o por la LO
3/007, legitimadas a su vez por la STC 12/2008, de 29 de ene-
ro. En la argumentación dada por el TC en ambas sentencias
encontramos elementos decisivos para una concepción de la
ciudadanía atenta al género y, por tanto, para una democracia
merecedora del calificativo de avanzada.

2. Vicios privados, públicas virtudes

Los argumentos esgrimidos por el TC en las sentencias


citadas inciden en el análisis de los dos ámbitos que durante
siglos han servido para mantener la posición privilegiada de
los hombres y la servidumbre de las mujeres: el privado como
espacio tradicionalmente situado al margen del Derecho y so-

119
Octavio Salazar Benítez

metido a la autoridad de los varones; y el público como espacio


monopolizado por ellos y negado a las mujeres. La legitimidad
constitucional de las medidas adoptadas por las leyes orgánicas
1/2004 y 3/2007 supone avalar la actuación sobre los cimientos
del patriarcado. De ahí que, de manera prioritaria y evidente,
supongan un avance en la conquista de derechos por las mu-
jeres, pero también implican una erosión de la masculinidad
hegemónica y de los espacios y poderes ligados a ella.
Todos esos factores confluyen en la revisión de un concepto
<<sustancial>> de ciudadanía, en cuanto que de ellos derivan
las oportunidades y condiciones en que hombres y mujeres pue-
den ejercer los derechos y obligaciones que configuran aquélla.
Es lo que además, en términos jurídico-constitucionales, pode-
mos deducir de la afirmación que la STC 59/2008 retoma de la
anterior STC 12/2008: la igualdad sustancial es “un elemento
definidor de la noción de ciudadanía”. Es decir, no basta con
que se dispongamos de un ordenamiento jurídico que se nos
aplique a todos por igual, sino que sólo alcanzaremos el estatuto
de la ciudadanía si no existe ningún obstáculo económico, so-
cial o cultural que nos impida ser plenamente autónomos. Ello
tiene unas evidentes repercusiones en cuanto a la garantía de
los derechos sociales –no podremos ser plenos ciudadanos sin
unas mínimas condiciones de bienestar–, y también en cuanto
a la consideración de que la igualdad de género debe ser un
instrumento transversal presente en todas las políticas públi-
cas. Porque sólo acabando con esa desigualdad estructural e
histórica será posible erradicar el resto de desigualdades.

a) El acceso a los cargos públicos representativos en con-


diciones de igualdad

Una de las expresiones más evidentes de la desigualdad


entre mujeres y hombres radica en las singulares dificultades
que, todavía hoy, ellas sufren para acceder al ámbito público
y participar en la toma de decisiones. De ahí la necesidad de

120
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

adoptar acciones positivas para aumentar la participación de


las mujeres en dichos procesos, tal y como exigió la CEDAW
y ha reiterado recientemente el Informe ONU Mujeres 2011.
Como bien apunta Blanca Rodríguez (2010: 114), “mientras
la dependencia y la independencia se sigan concibiendo en el
imaginario público como terrenos funcional y simbólicamente
femeninos y masculinos, respectivamente, integrar la depen-
dencia en el terreno público requerirá que institucionalicemos
la democracia paritaria”.
No obstante, la apuesta por este tipo de medidas genera
una intensa polémica política y jurídica, la cual deriva de que
las mismas suponen una erosión de algunos de los paradigmas
clásicos del constitucionalismo. De manera singular, implican
una revisión de principios considerados cuasi “sagrados” para
el constitucionalismo liberal, como la igualdad formal o el en-
tendimiento de la soberanía nacional y la representación desde
una lógica universalista y abstracta (o, lo que es lo mismo,
patriarcal). De ahí que estos hayan sido los argumentos usa-
dos con más frecuencia en contra de las cuotas electorales, los
cuales, y bajo una apariencia de razonamiento jurídico-formal,
constituyen una expresión depurada de la persistencia de una
lógica basada en los privilegios masculinos. Para llegar a esta
conclusión basta con repasar los argumentos usados por los más
de 50 diputados del Grupo Popular del Congreso en el recurso
de inconstitucionalidad interpuesto contra la exigencia del equi-
librio de sexos en las candidaturas electorales impuesta por la
LOIMH71. Para empezar, los populares alegaron que la categoría
de ciudadano, a efectos de elegibilidad, es una e indivisible. De
71
Debemos recordar que, junto a la reforma de la Ley Electoral, la LOIMH
incluye otro tipo de medidas dirigidas a conseguir una mayor presencia de las
mujeres en lo público como la obligación del Gobierno de atender al principio
de presencia equilibrada de mujeres y hombres en el nombramiento de las
personas titulares de los órganos directivos de la Administración General
del Estado y de los organismos públicos vinculados a ella (art. 52). O, de
manera mucho más tibia, la recomendación dirigida en general a los Poderes
Públicos para que procuren atender a dicho principio en los nombramientos
y designaciones que les correspondan (art. 16).

121
Octavio Salazar Benítez

esta manera, insistían en una proclamación formalista y neutra


y, por tanto, negadora de la histórica discriminación que las
mujeres han sufrido en el acceso a los cargos públicos. En este
sentido, cuando el art. 23 CE reconoce el derecho de sufragio
pasivo, habla expresamente del acceso a los cargos públicos
“en condiciones de igualdad” y, como tales, no cabe entender
las meramente establecidas por las normas sino también, y muy
especialmente, las condiciones sociales y culturales que condi-
cionan las oportunidades de mujeres y hombres. Si llevamos al
extremo el argumento del recurso, fácilmente podemos concluir
que esa ciudadanía “una e indivisible” ha sido históricamente
una ciudadanía “monopolizada” por los hombres.
Desde esta misma perspectiva resultan criticables los ar-
gumentos usados por el magistrado Rodríguez-Zapata en el
voto particular que formula a la sentencia, en el cual recurre
a los principios liberales para justificar su opinión discre-
pante, cuando realmente esos principios nos servirían para
argumentar la defensa de un “derecho desigual igualatorio”
para las mujeres. El magistrado nos recuerda las palabras de
Sièyes –“el ciudadano es el hombre desprovisto de toda clase
o grupo y hasta de todo interés personal; es el individuo como
miembro de la comunidad despojado de todo lo que pudiera
imprimir a su personalidad un carácter particular”– y el art.
6 de la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano
de 1789 –“La ley es la expresión de la voluntad general… Como
todos los ciudadanos son iguales ante ella, todos son igualmente
admisibles en toda dignidad, cargo o empleos públicos, según
sus capacidades y sin otra distinción que las de sus virtudes y
talentos”. Pero, como buen jurista curtido en las “ficciones” de
la igualdad formal, se le olvida comentar que precisamente en
1789 ciudadanos eran sólo los hombres burgueses y que sólo
ellos eran iguales ante la ley. Por lo tanto, ese ideal de individuo
sin un carácter particular, despojado de intereses parciales, no
es más que una ficción, bajo la que se ocultaban exclusiones y
discriminaciones. Por ello, además, no es posible afirmar con
tan alegre rotundidad que “se es ciudadano y sólo ciudadano”,

122
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

porque irremediablemente la ciudadanía se divide en hombres


y mujeres, formalmente iguales pero todavía desiguales en su
ejercicio.
En segundo lugar, los populares llamaban la atención sobre
el peligro que supondría que, al igual que las mujeres, otras
categorías o segmentos sociales pretendan encontrar reflejo
en las candidaturas. Eso llevaría a una disolución del interés
general en una suma de intereses parciales o de categorías.
En este argumento laten dos errores. El primero de ellos es
considerar a las mujeres un grupo, cuando son la mitad de la
ciudadanía y, como tales, están presentes a su vez en todos
los grupos. El segundo, muy ligado a una mirada patriarcal y
a los dictados de lo que antes hemos comentado como “uni-
versalidad sustitutoria” (Amorós, 2000: 183), implica asumir
que las mujeres no pueden representar los intereses generales
sino sólo los propios del “segmento” al que pertenecen. El
fundamento jurídico 10 de la sentencia lo deja muy claro. De
acuerdo con los esquemas clásicos del sistema representativo,
hemos de entender que “los candidatos (y debemos entender
también “las candidatas”) defienden opciones políticas diversas
ante el conjunto del electorado y, caso de recibir el respaldo de
éste, lo representarán también en su conjunto y no sólo a los
electores de su sexo”.
En tercer lugar, el recurso alegaba que con esa imposición
el legislador estaba invadiendo el espacio de libre expresión
del pluralismo político de los partidos (art. 6 CE), así como la
libertad de pensamiento subyacente en la motivación de partici-
par en los asuntos públicos (art. 20.1.a CE). De nuevo podemos
contestar a este argumento poniendo de manifiesto cómo los
partidos continúan siendo maquinarias oligárquicas controladas
mayoritariamente por hombres y, por tanto, cómo es necesario
que también ellos asuman, no sólo de cara a las listas electorales,
sino en su propia organización interna, la igualdad de mujeres y
hombres como una proyección ineludible del principio democrá-
tico. De esta manera, no es sólo que, como bien dice el Tribunal

123
Octavio Salazar Benítez

Constitucional, el mandato de equilibrio de sexos “constituye una


limitación proporcionada”, sino que es una limitación necesaria.
Al menos mientras que perduren las dificultades que impiden
que las mujeres accedan a los cargos públicos en condiciones
de igualdad con los hombres72.

72
El carácter “patriarcal” de los partidos políticos se pone de manifiesto
con un dato incontestable. En la primera legislatura (2008-2011) en la que el
Congreso de los Diputados se conformó estando vigente la LOIMH, es decir,
estando vigente la exigencia del equilibrio de sexos en las listas electorales,
el porcentaje de diputadas fue del 36,3%, mientras que en la anterior había
sido del 36%. La clave de estos porcentajes radica en que los partidos siguen
estando mayoritariamente “en manos masculinas”: son ellos los que ponen y
quitan mujeres. De ahí que hayan “jugado” con los porcentajes exigidos por
la ley, de forma que han situado a una mayoría de mujeres en posiciones
con mayores dificultades para ser elegidas. Un efecto que se podría haber
evitado si la ley hubiera obligado, como por ejemplo hace la Ley electoral
andaluza tras la reforma llevado a cabo en 2005, a que las candidaturas se
confeccionen ocupando los candidatos de un sexo los puestos pares y los
del otro los impares. Ello ha permitido que en la legislatura 2008-2012 el
Parlamento andaluz llegara a tener un 45,9% de diputadas, paridad que ha
mantenido tras las elecciones celebradas en marzo de 2012.
El desequilibrio ha vuelto a ponerse de manifiesto en las candidaturas
presentadas para las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011, en las
que por ejemplo, y de un total de 54 circunscripciones, el PP sólo presentó 12
mujeres como cabezas de lista y el PSOE un total de 19. Las consecuencias han
sido las esperadas: las mujeres siguen representado sólo un 36% del Congreso
de los Diputados (sólo 124 escaños de 350 son ocupados por ellas). De esas 124
diputadas cabe señalar que sólo 39 habían sido presentadas por sus partidos
como cabeza de listas. Algunos datos merecen destacarse como por ejemplo
del descenso de mujeres en el Grupo Socialista (de un 43,2% en la anterior
legislatura ha pasado a tener un 38,2%), el incremento en el Grupo Popular (del
29,9% han pasado al 35,5%) o la peor proporción que corresponde a Amaiur
(14,2%). A estos datos habría que sumar el hecho de que en la presente legis-
latura tanto la Presidencia del Congreso como la del Senado correspondan a
hombres. En clara sintonía con esta tendencia, no nos debería extrañar por
tanto que en el gobierno designado por Mariano Rajoy en diciembre de 2011
haya sólo 4 ministras de un total de 13 miembros. Con esta proporción, tan
lejana a la paridad, es fácil contrarrestar los argumentos normalmente usados
por el PP para defender que las mujeres que llegan a puestos de responsabilidad
lo hacen por su valía y no porque haya una cuota que obligue a ello. Ante un
número tan reducido de ministras, podría deducirse que entonces que el gran
problema del PP es la carencia de un porcentaje de mujeres elevado a las que
considerar preparadas para ocupar un ministerio.

124
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

El TC avaló la medida prevista por la LOIMH, considerando


que la misma no supone “un tratamiento peyorativo de ninguno
de los sexos” –hay que tener en cuenta que el porcentaje mínimo
del 40% y el máximo del 60% se refiere a uno y otro sexo– y
que con ella se pretende que “la igualdad efectivamente exis-
tente en cuanto a la división de la sociedad con arreglo al sexo
no se desvirtúe en los órganos de representación política con
la presencia abrumadoramente mayoritaria de uno de ellos”.
Como afirma el Fundamento jurídico 5º, lo que se persigue es
“la efectividad del art. 14 CE en el ámbito de la representación
política, donde, si bien hombres y mujeres son formalmente
iguales, es evidente que las segundas han estado preteridas.
Exigir de los partidos políticos que cumplan con su condición
constitucional de instrumento para la participación política
(art. 6 CE), mediante una integración de sus candidaturas que
permita la participación equilibrada de ambos sexos, supone
servirse de los partidos para hacer realidad la efectividad en
el disfrute de los derechos exigidos por el art. 9.2 CE”.
Todo ello por lo que se refiere a los argumentos estricta-
mente jurídicos. Junto a ellos, los opositores a las acciones
positivas han esgrimido otros todavía más discutibles como
los basados en que este mecanismo lleva a que finalmente
ocupen cargos públicos personas –mujeres, se entiende– sin
la suficiente preparación. La contestación a este argumento,
como he adelantado en páginas anteriores, es muy simple. Para
acceder a un cargo público representativo, la Constitución
no exige más que la mayoría de edad y no estar privado del
derecho de sufragio. Cualquier ciudadano o ciudadano, pre-
sentado en una lista a través del procedimiento previsto en la
Ley electoral, puede llegar a desempeñar tal función, sin que
se le exija una prueba de su mérito o capacidad. Tal y como
durante siglos ha ocurrido con los hombres que hemos ocupado
con una cuota del 100% las instancias de poder y no siempre
con el mismo acierto u oportunidad. Es decir, de la misma
manera que puede haber mujeres que no demuestren su valía
como representantes, también son muchos los representantes

125
Octavio Salazar Benítez

hombres que a lo largo de la historia han dado y dan buena


muestra de su falta de méritos y capacidades. La democracia
paritaria sólo pide que ambos, mujeres y hombres, tengan el
mismo derecho a equivocarse. Por lo tanto, es insultantemente
patriarcal partir de la presunción de que una mujer elegida en
una lista compuesta con criterios de paridad pueda ser peor
representante que un hombre tradicionalmente elegido por
detentar el monopolio de lo público.
Los argumentos usados por el Tribunal Constitucional en
la citada sentencia fueron reiterados en la 13/2009, de 19 de
enero, en la que resolvió el recurso de inconstitucionalidad
planteado por sesenta y dos diputados del Grupo Parlamenta-
rio Popular del Congreso contra varios artículos de la Ley del
Parlamento Vasco 4/2005, de 18 de febrero, para la Igualdad de
Mujeres y Hombres. De dicha sentencia nos interesa especial-
mente el razonamiento que tiene que ver con el reconocimiento
“equilibrado” del mérito y la capacidad.
El legislador vasco, además de una presencia de al menos
un 50% de mujeres en las listas electorales, exige que en los
órganos administrativos pluripersonales los dos sexos estén
representados en un porcentaje como mínimo del 40%. Se
exige dicha presencia equilibrada en los tribunales de los pro-
cesos selectivos de acceso, provisión y promoción en el empleo
público (art. 20.4), en los jurados creados para la concesión
de cualquier tipo de premio promovido o subvencionado por
la Administración, así como en los órganos afines habilitados
para la adquisición de fondos culturales y/o artísticos (art.
20.5, 20.6). Los recurrentes entendían que las previsiones re-
lativas a la función pública suponían una violación de los arts.
23.2 y 103 CE, especialmente por las exigencias de “mérito” y
“capacidad” que la Constitución establece para el acceso a la
misma. Detectamos en este razonamiento una argumentación
recurrente cuando se plantean acciones positivas a favor de las
mujeres: pareciera como si establecer medidas promocionales
de la igualdad tuviera que ir en detrimento de la capacidad o

126
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

del mérito, algo que en ningún caso se ha planteado cuando


históricamente los hombres han ocupado la función pública,
y por supuesto también los procesos de acceso a ella, con
una cuota del 100%. En este caso era absolutamente normal
partir del presupuesto de la capacitación de dichos varones,
pero cuando se introduce alguna exigencia de equilibrio entre
sexos parece que se hiciera en detrimento del mérito o de la
capacidad exigidos. Su art. 20 deja muy claro, tanto en el caso
de los procesos selectivos de acceso, provisión y promoción en
el empleo público (art. 20.4) como en los jurados de premios
(art. 20.5) que la representación equilibrada habrá de ser de
“mujeres y hombres con capacitación, competencia y prepara-
ción adecuada”. Además, en el art. 31.e de la Ley de la Función
Pública vasca se prevé que ese porcentaje pueda excepcionarse
si “se justifica adecuadamente su pertinencia”. En parecidos
términos, y en relación con los apartados 2, 4 y 5 del art. 20, el
art. 20.8 de la Ley vasca 4/2005 permite obviar su cumplimiento
por causa justificada.
Tiene mucho interés el voto particular formulado a la
sentencia por el magistrado Pablo Pérez Tremps, el cual se
pregunta por la idoneidad de las medidas adoptadas para al-
canzar el fin perseguido, es decir, “¿cómo persigue contribuir
a la no discriminación de sexo una medida consistente en que
se garantice en órganos de selección una presencia equilibrada
de sexos?” El magistrado descarta dos argumentos que podrían
justificar tal medida: la presencia equilibrada en los órganos
de selección pretende evitar comportamientos sexistas en los
mismos, así como reaccionar frente a la estructural descompen-
sación de sexos en las administraciones públicas. No obstante,
encuentra un fundamento en la cultura sexista de la que sigue
siendo deudora nuestra sociedad. Por ello, sostiene el magis-
trado, “puede resultar constitucionalmente proporcionado
adoptar medidas tendentes a garantizar que las sensibilidades
de los dos sexos estén presentes en los órganos que tienen que
seleccionar a los componentes de las administraciones públicas
o que conceder premios, subvenciones...”.

127
Octavio Salazar Benítez

Sin embargo, este argumento no deja de plantear proble-


mas porque abre un debate que podría poner en entredicho la
misma oportunidad de las medidas adoptadas. Pérez Tremps
habla literalmente de “las sensibilidades de los dos sexos”,
lo cual suscita dos cuestiones: la controversia que origina el
mismo concepto de “sensibilidades” y, a su vez, la existencia
de una diferenciación entre los dos sexos en cuanto a los cri-
terios de valoración o de enjuiciamiento de cualquier proceso
de selección73. El hecho de que en dichos comités o tribunales
haya más mujeres no significa necesariamente que utilicen
unos criterios distintos de valoración.
El objetivo debería situarse en garantizar que en los pro-
cesos de selección y similares –es decir, todos aquellos en
que haya que valorar méritos y capacidades–, se tuvieran en
cuenta dos aspectos complementarios. Por una parte, deberían
valorarse “méritos” y “capacidades” que tradicionalmente han
sido invisibles y que tienen que ver con los ámbitos de reali-
zación propios de las mujeres. Me refiero por ejemplo a las
capacidades afectivas, “de cuidado”, de resolución pacífica de
conflictos, de trabajo cooperativo o de armonización de tiempos
y espacios que históricamente las mujeres han desarrollado,
no por condicionamientos “naturales” o como proyección de
una determinada sensibilidad, sino como el resultado de una
determinada socialización. Por otra, en dichos procesos no
debería partirse de una división tajante entre “vida pública” y
“vida privada”, es decir, deberían valorarse condiciones como
la paternidad o la maternidad, el cuidado de las personas de-
pendientes o incluso la implicación en actividades solidarias o
de carácter cívico. Se trataría de que en los procesos selectivos
y de promoción del personal de la Administración Pública no
fueran sólo los conocimientos o las actividades formativas,

73
El término “sensibilidades” parece remitirnos a una concepción bio-
logicista de las diferencias entre hombres y mujeres, con el peligro que ello
conlleva de reducir a las mujeres al papel que la Naturaleza presuntamente
les ha otorgado.

128
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

entendidas en un sentido meramente acumulativo, las que


determinaran la apuesta por una determinada persona.
Si los criterios de valoración del “mérito” y la “capacidad”
siguen respondiendo a las pautas de la “masculinidad hegemó-
nica” o, lo que es lo mismo, de la que antes he caracterizado
como “razón patriarcal”– con todo lo que conlleva en valores
dominantes, virtudes y reparto de espacios y tiempos– es obvio
que los beneficiados seguirán siendo los varones. Ahora bien,
una mayor o menor presencia de mujeres no siempre garanti-
za una mirada “de género”. Lo esencial sería que, junto a una
composición equilibrada de mujeres y hombres en cualquier
tribunal o comisión juzgadora del acceso a la función pública
o sancionadora de cualquier reconocimiento público, mujeres
y hombres tuvieran asumida esa relectura del mérito y la capa-
cidad que permitiera ir cambiando unas estructuras públicas
hechas por y para el varón74.

b) La violencia como producto de la desigualdad

Junto a la necesidad de remover los obstáculos que impiden


que las mujeres accedan al espacio público en condiciones de
igualdad con los hombres, el segundo ámbito de actuación pre-
ferente de una democracia paritaria debe ser la configuración
del espacio privado, la revisión de las relaciones de poder que
en él se generan y, de manera urgente, la adopción de todo

74
En todo caso, hay que tener presente que las acciones positivas tienen
un carácter temporal. Es decir, son instrumentos de vigencia limitada por
la continuidad de los factores socio-políticos que, en el caso que nos ocupa,
dificulten el acceso de las mujeres a los cargos públicos. Así lo ha reiterado
el TC en su reciente jurisprudencia sobre el tema –sentencias 12/08, 13/09
y 40/11–, de manera que una vez alcanzado un contexto de iguales oportu-
nidades efectivas para mujeres y hombres, dichas acciones deberían dejar
de aplicarse. En ese futuro hipotético la paridad no sería una exigencia del
ordenamiento sino más bien una “cualidad” de la sociedad democrática.

129
Octavio Salazar Benítez

tipo de medidas que contribuyan a erradicar la violencia de


género.
La expresión más terrible de la desigualdad de hombres y
mujeres, y de las relaciones de poder que se establecen entre
unos y otras, es la violencia sufrida por ellas y ejercida por
quienes aún continúan investidos de la autoridad de patriarca.
Una violencia que, a lo largo de los siglos, ha sido mantenida y
prorrogada gracias, entre otros factores, a la consideración del
ámbito privado como un espacio en el que los poderes públicos
no debían intervenir y que quedaba sometido a la autoridad
del varón. Como bien ha afirmado el Tribunal Constitucional
en su sentencia 59/2008, “no hay forma más grave de minus-
valoración que la que se manifiesta con el uso de la violencia
con la finalidad de coartar al otro o su más esencial autonomía
en su ámbito más personal y de negar su igual e inalienable
dignidad”. Y esa violencia es el resultado de una pautas cultu-
rales que suman un efecto añadido a los propios del uso de la
violencia en otro contexto: “No resulta irrazonable entender,
en suma, que en la agresión del varón hacia la mujer que es o
fue su pareja se ve peculiarmente dañada la libertad de ésta;
se ve intensificado su sometimiento a la voluntad del agresor
y se ve peculiarmente dañada su dignidad, en cuanto persona
agredida al amparo de una arraigada estructura desigualitaria
que la considera como inferior, como ser con menores compe-
tencias, capacidades y derechos a los que cualquier persona
merece” (cursiva mía).
Con el objetivo de terminar con esa dolorosa manifestación
de la desigualdad de género, se aprobó la pionera LO 1/2004,
de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra
la Violencia de Género. Una ley que, como su nombre indica,
incluye toda una batería de medidas, no sólo represoras, sino
también preventivas y educadoras, dirigidas a tratar de reducir
al mínimo el que continúa siendo uno de los mayores lastres
de las sociedades democráticas. De todas las medidas previstas
por la ley, las más discutidas, de nuevo jurídica y políticamente,

130
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

han sido y son las que, con carácter diferenciador, se aplican


en el ámbito penal. De nuevo, la igualdad formal ante la ley
y el universalismo abstracto propio del constitucionalismo
liberal fueron esgrimidos en contra de unas normas penales
que, entre otros aspectos, han servido para dejar al descubierto
al “patriarca” que muchos hombres llevan dentro. Todo ello
sin entrar en los argumentos de quienes las han criticado por
partir de una consideración de la mujer como un sujeto débil
necesitado de la actuación paternalista del Estado.
La STC 59/2008, de 14 de mayo, avaló la constitucionalidad
de la LOVG. En ella el TC resolvió la primera de las múltiples
cuestiones de inconstitucionalidad planteadas en torno a las
previsiones penales de dicha ley, las cuales serían resueltas
sucesivamente a partir de la doctrina sentada en la primera
sentencia75. La discusión se centraba básicamente en la redac-
ción dada al art. 153.1 Código Penal, según el cual se castigaba
con una pena mayor las agresiones cometidas por un hombre
a una mujer en el ámbito de la pareja.
En su sentencia, el Tribunal Constitucional deja muy claro
que con dicha reforma no se trata, como han destacado algu-
nas voces críticas, de volver a un superado Derecho Penal “de
autor” ni de que el autor del delito sea sancionado “con arre-
glo al plus de culpa derivado de la situación discriminatoria
creada por las generaciones de varones que le precedieron,
como si portara consigo un <<pecado original>> del que no
pudiera desprenderse, aun cuando la agresión que cometió
obedezca a motivos distintos o aunque su concreta relación
de pareja no se ajuste al patrón sexista que trata de erradicar”

75
Esta norma ha sido la que ha dado lugar a un mayor número de
cuestiones de inconstitucionalidad –es decir, a aquellos procedimientos de
inconstitucionalidad planteados por jueces y tribunales en el curso de un
proceso– en estos treinta años de democracia. Este dato pone de manifiesto,
más allá de la confrontación de argumentos jurídicos a que dichas medidas
penales dan lugar, la resistencia del orden jurídico a romper con los estrechos
márgenes de la igualdad formal ante la ley y a aceptar un “derecho desigual
igualatorio” en el ámbito penal.

131
Octavio Salazar Benítez

(Voto Particular del magistrado Jorge Rodríguez-Zapata). De lo


que se trata es de poner en evidencia, mediante toda la fuerza
coactiva que tiene una medida penal, que el hombre violento
se inserta en una estructura social que él consolida y refuerza
con su violenta acción. En este sentido, hay que tener presente
que “la violencia no sólo proclama la masculinidad, también
la restaura” (Kimmel, 2008: 19).
De esta manera, nos encontramos con que por vez primera
el Tribunal Constitucional, tal vez sin ser consciente de ello,
habla de la “masculinidad hegemónica” y de cómo ella incide
en las relaciones entre hombres y mujeres. Como dicho modelo
de masculinidad provoca una situación de desigual poder, que
tiene como consecuencia más dolorosa la acción violenta con-
tra las mujeres, está justificado el recurso a la diferenciación
normativa que introduce la LOVG. Se trata de “sancionar más
unas agresiones que entiende (el legislador) que son más graves
y más reprochables socialmente a partir del contexto en el que
se producen, a partir también de que tales conductas no son
otra cosa… que el transunto de una desigualdad en el ámbito
de las relaciones de pareja de gravísimas consecuencias para
quien de un modo inconstitucionalmente intolerante ostenta
una posición subordinada”. Por lo tanto, no se trata de que el
sexo de los sujetos activo y pasivo del delito sean los determi-
nantes de los efectos agravatorios que contempla la norma, sino
que la diferenciación se apoya en “el carácter especialmente
lesivo de ciertos hechos a partir del ámbito relacional en el
que se producen y del significado objetivo que adquieren como
manifestación de una grave y arraigada desigualdad” (FJ 9).
Desde el punto de vista jurídico-constitucional, la clave de
la argumentación que realiza el TC vuelve a estar en la conside-
ración de la igualdad sustancial como “un elemento definidor
de la noción de ciudadanía” (STC 12/2008, FJ 5). Es decir,
sólo superando los esquemas liberales de la igualdad formal
ante la ley, claramente encubridora de relaciones sociales de
patente desigualdad, será posible alcanzar una sociedad en que

132
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

hombres y mujeres ejerzamos en plenitud nuestros derechos


y libertades. Es necesario incidir, remover los obstáculos, que
impiden la igualdad real y efectiva, lo cual supone, también,
actuar sobre la masculinidad hegemónica. Desde este punto de
vista, la masculinidad, o mejor dicho, un determinado modelo
de masculinidad, también configura la ciudadanía, es decir,
condiciona el ejercicio de nuestros derechos, las relaciones
sociales y, en general, nuestro papel no sólo en los espacios
privados sino también en los públicos. A diferencia de lo que
planteaba el liberalismo, el ciudadano no es un ser abstracto,
neutro y sólo imbuido de los principios jurídico-políticos que
sirven para encauzar la vida política. El ciudadano es un sujeto
concreto, condicionado por una determinada cultura, inserto
en un contexto social y educado de acuerdo con determinadas
pautas socializadoras. Es un sujeto inserto en unas relaciones
de poder, en un reparto de funciones y en una cultura jurídica
que avala una posición diferenciada de hombres y mujeres. En
este sentido, el ciudadano (hombre), y también la ciudadana,
están insertos en una cultura política y jurídica marcada por
el género. Por lo tanto, el ordenamiento no puede permanecer
ciego ante esa realidad. Ha de tenerla presente y, en función de
ella y de los objetivos del sistema constitucional, ha de incor-
porar los instrumentos que permitan modificar los patrones,
las conductas y las relaciones de poder que generan desigual-
dad. Es decir, el sistema constitucional no puede permanecer
indiferente, como lo ha estado durante un par de siglos, frente
a una cultura patriarcal que recorre transversalmente nuestra
identidad individual y colectiva.
Ahora bien, la capacidad de transformación del ordena-
miento es limitada. El mejor ejemplo lo tenemos en la persis-
tencia de la violencia de género, pese a contar con instrumentos
tan incisivos como la LOVG. Los datos nos demuestran que
si no modificamos de manera definitiva el orden patriarcal
–entendido como una estructura social, política y cultural–,
difícilmente lograremos erradicar la violencia sobre las muje-
res y garantizaremos su pleno acceso al ejercicio de todos los

133
Octavio Salazar Benítez

derechos. Es indudable que el ordenamiento puede, mediante


el establecimiento de sanciones, de medidas favorecedoras de
determinados comportamientos o de límites para determinadas
acciones, contribuir al cambio de conductas y de relaciones.
Es decir, no cabe obviar la capacidad transformadora, y al
mismo tiempo socializadora, del ordenamiento. Pero tampoco
podemos esperar que las normas por sí solas produzcan mila-
gros. El mismo recurso insistente al Derecho Penal supone la
muestra más evidente del fracaso de otro tipo de medidas que
son las que deberían transformar las estructuras sociales. Una
transformación que pasa, necesariamente, por revisar la mas-
culinidad hegemónica y por reconstruir un traje, el del espacio
público, diseñado y cortado a la medida del varón76. Además,
la insistente judicialización de los conflictos corre el riesgo de
prorrogar un excesivo paternalismo estatal que pone en duda
la autonomía de las mujeres y que vuelve a situarlas en la clave
de la histórica ciudadana pasiva (Rodríguez, 2010: 111).

III. La democracia o es paritaria o no es

A pesar de todos los avances logrados en los países demo-


cráticos, y en el intenso camino recorrido a lo largo del siglo XX
para situar la igualdad de género en primera línea de la agenda
política internacional, son todavía hoy muchos los elementos
que quedan por superar y las estructuras que debemos trans-

76
Una buena prueba de la necesidad de esta transformación cultural
sería la proliferación de opiniones que, de manera reaccionaria, se han ex-
tendido entre varios sectores contra la legislación en esta materia. En este
sentido, Miguel Lorente (2009: 111-129) habla de la aparición de nuevos
“mitos”. Algunos de ellos afectan a las mujeres, tales como la reducción de
su credibilidad o la creencia en la maldad o malicia de sus acciones. Otros
afectan al “contexto social”, tales como la “contextualización” de la violencia
de género, la presentación de los hombres como víctimas y del feminismo
como responsable de la situación. Entre los que Lorente denomina “neomitos”
destaca el denominado “síndrome de alienación parental” (SAP), del que más
adelante hablaré más detenidamente.

134
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

formar. Han sido muchos los cambios operados por ejemplo


en nuestro ordenamiento jurídico, importantísimos los avances
políticos y sociales, pero aún arrastramos el peso de un modelo
que institucionalizó el pder de los hombres sobre las mujeres y
el poder en su forma masculina (Mackinnon, 1995: 248).
Lentamente, y aún sin que expresamente se haya nombrado
como tal, democracias como la española han ido evolucionado
hacia un modelo más avanzado que implica, por supuesto,
mantener sus principios fundamentales pero también romper
con unas “esencias” que durante siglos han mantenido muchas
paradojas en el sistema. En este sentido es necesario revisar
algunos de los presupuestos del “contrato” que partió de unas
determinadas identidades masculina y femenina, de forma que
alumbremos una democracia en la que hombres y mujeres
compartamos derechos, responsabilidades, espacios y tiempos
en condiciones de igualdad. Nada más y nada menos que ese
objetivo es el que subyace bajo el concepto de “democracia
paritaria”, el cual implica el gran reto de restituir a las mujeres
con voz propia al lugar de donde fueron excluidas, es decir, al
“pacto originario”, al poder constituyente (Rubio, 2006: 39).
El concepto de democracia paritaria, extendido por el
movimiento feminista a partir de la Conferencia de Atenas de
1992, a pesar de ser reiteradamente usado por la doctrina, no
acaba de ser asumido por un ordenamiento jurídico que sigue
lastrado en gran medida por los paradigmas del liberalismo77.
Por ello debemos destacar como ha sido un Estatuto de Auto-
nomía, en concreto el andaluz, el que en su reforma operada
en el año 2007, lo haya incluido expresamente en su articulado.
De acuerdo con su apuesta radical por la igualdad de género,
la LO 2/2007, de 19 de marzo, del Estatuto de Autonomía para

77
Es llamativo que la reforma de la Constitución de Marruecos llevada a
cabo en 2011 incluyera un artículo específico, el 19, dedicado a la igualdad
de mujeres y hombres, en el que expresamente se plantea que “el Estado
promueve la realización de la paridad” e incluso se prevé la creación de una
Autoridad para la paridad y la lucha contra toda forma de discriminación.

135
Octavio Salazar Benítez

Andalucía, ha incluido la promoción de la democracia pari-


taria entre los objetivos básicos de la Comunidad Autónoma
(art. 10.2).
Obviamente, el Estatuto andaluz vincula la democracia
paritaria con su apuesta por la igualdad material (recogida en
el art. 10.1 que básicamente copia el art. 9.2 CE) y la misma
se refleja en un largo listado de previsiones en las que se deja
muy claro que la norma institucional básica andaluza plantea
la proyección de la igualdad de género en las diferentes políti-
cas públicas y de manera muy especial en la configuración de
las instituciones. De la suma de todos los artículos estatutarios
tal vez podríamos deducir qué entiende el legislador estatu-
yente andaluz por “democracia paritaria”, pero creo que es
necesario perfilar con mayor precisión el contenido de dicha
fórmula como tarea previa a la acción política en que habría
de traducirse.
De entrada, entiendo que la inclusión de la democracia
paritaria implica una apuesta por la transformación de unas
bases sociales, políticas y jurídicas que siguen condicionando
la efectividad de la ciudadanía para la mitad de la población.
Se trata de un concepto que supone la revisión de un orden
que, pese a las transformaciones operadas gracias al consti-
tucionalismo democrático, sigue siendo en gran parte deudor
del patriarcado. Desde este punto de vista, constituye un con-
cepto “revolucionario” en la medida en que pretende alterar
estructuras muy sólidas de nuestras sociedades y que, sobre
todo, busca modificar unos patrones culturales apoyados en
la vinculación del hombre con el poder, con el espacio público
y, en definitiva, con la universalidad de los derechos. En este
sentido, cuando en el Preámbulo de la Constitución española
se incluye el objetivo de establecer “una sociedad democrática
avanzada”, no deberíamos dudar que la misma pasa por asumir
los cambios que exige la paridad. Unos cambios que afectan de
manera singular al espacio público, y por tanto a la ciudadanía,
pero también a los ámbitos privados.

136
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

A lo largo de los últimos años ha sido predominante una


concepción que podríamos denominar “cuantitativa” del con-
cepto. Es decir, la paridad se ha conectado con el objetivo de
conseguir una presencia equilibrada de mujeres y de hombres
en los cargos públicos representativos. Ahora bien, el concepto
debe completarse con una dimensión “cualitativa”. Con ella
queremos significar la pretensión de transformar los patrones
sociales, políticos y culturales de un sistema político que sigue
nutriéndose del patriarcado. Partiendo de las aportaciones rea-
lizadas por la teoría feminista, y de las argumentaciones jurídi-
cas consolidadas en las últimas décadas en torno al principio
de igualdad, la democracia paritaria pretende restituir a las
mujeres al lugar que les corresponde en el poder constituyente
y modificar las bases de un pacto social que sigue apoyándose
en un previo “contrato sexual”. Desde esta perspectiva, la de-
mocracia o es paritaria o no es.
La paridad guarda una estrecha relación con los funda-
mentos axiológicos de la democracia y con los objetivos que se
plantea el sistema político más respetuoso con la dignidad del
ser humano. En la medida en que la igualdad de hombres y mu-
jeres es un requisito para el desarrollo, para el mantenimiento
de la paz y para la consecución de la justicia social, parece más
que evidente la conexión democracia-paridad. Si atendemos
por ejemplo a los fundamentos de nuestro régimen político
que marca el art. 10.1 CE –la dignidad, el libre desarrollo de
la personalidad, el respeto a los derechos– podemos deducir
que sin efectiva igualdad de género no es posible alcanzar la
“paz social” ni mantener un orden político que garantice la
capacidad de autodeterminación del individuo.
El objetivo de la democracia paritaria se expresa muy gráfi-
camente mediante el lenguaje que no es sino una manifestación
de las relaciones de poder existentes en una sociedad. Como he
señalado con anterioridad, el lenguaje ha reflejado a lo largo
de los siglos la cultura patriarcal, lo cual se ha traducido en
reglas gramaticales –como el masculino plural genérico– o en

137
Octavio Salazar Benítez

el sesgo sexista de determinadas palabras. Las mujeres han es-


tado excluidas durante buena parte de la historia de los ámbitos
lingüísticos vinculados a lo público y además han sufrido la
subordinación también a través de los términos que las nom-
braban o que identificaba los espacios y las actitudes que les
correspondían. Tal vez no haya mejor ejemplo para explicar
esta realidad que contraponer la diferente significación que a
lo largo de la historia han tenido los términos “hombre públi-
co” y “mujer pública”78. En esa categorización, con una fuerte
carga moral, estaban presentes todos los condicionantes de un
“contrato social” que partía de una diferenciación jerárquica
entre unos y otras. Por ello, la reivindicación de un lenguaje
inclusivo, no sexista, que refleje de entrada la identidad mascu-
lina y femenina (porque somos, irremediablemente, hombres o
mujeres), que elimine la carga valorativa de muchos términos
y que además extienda esa inclusividad más allá del género a
minorías o colectivos marginados, es una de las expresiones
más rotundas y evidentes de lo que representa la democracia
paritaria. El lenguaje ha reflejado y refleja las discriminaciones
y la exclusión de un determinado modelo de ciudadanía, y por
tanto de democracia, que bajo la igualdad formal hizo invisi-
bles las diferencias y prorrogó discriminaciones históricas79.
Por ello es preciso volver a negociar la cláusulas del contrato,
poner sobre la mesa otras condiciones y alumbrar un nuevo
pacto social en el que hombres y mujeres –ahora sí en condi-
ciones de igualdad– acuerden los términos de los derechos y
las obligaciones compartidas.
De esta manera, la paridad supondría un nuevo pacto social
que partiría de tres premisas (Herrera, 2005b: 159): 1ª) Las

78
“Cuando las mujeres no aceptaban este recinto (el privado) eran con-
sideradas no hombres, sino mujeres de segunda categoría. La vida y las
relaciones públicas suponen un riego, una corrupción para la mujer” (Rubio,
1997: 28).
79
Esas son las causas, y no otras, de que el masculino sea el género “por
defecto”. Es decir, “es, frente al femenino, el género no marcado” (Pedro
Álvarez de Miranda, “El género no marcado”, El País, 7-3-2012).

138
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

diferencias culturales o axiológicas y de entendimiento de la


identidad no han de funcionar como un lastre, sino como un
recurso público que hay que potenciar; 2ª) Deben garantizarse
los resultados de las luchas sociales contra la división social
del trabajo dominante y contra todas las viejas y nuevas formas
de “colonización” e imperialismo; 3ª) Ha de otorgarse <<au-
toridad epistémica>> a las personas y colectivos que sufren
opresiones y explotaciones particulares.
Es decir, el programa transformador que aquí se propo-
ne bajo el concepto de “democracia paritaria” implica una
profundización en la igualdad como “reconocimiento de las
diferencias” (Ferrajoli, 1999) así como una permanente lucha
por dar voz a los excluidos, a los marginados, es decir, a los
que se siguen quedando en los márgenes de la ciudadanía.
Como he señalado, la ciudadanía democrática ha supuesto un
permanente proceso de luchas y conquistas que han dado lugar
a una ampliación progresiva de su círculo de protección. En
este sentido no deberíamos olvidar como el movimiento sufra-
gista americano nace estrechamente vinculado a las peticiones
abolicionistas de las primeras décadas del siglo XIX. En 1837
se celebró en Nueva York el primer congreso antiesclavista
feminista, que tuvo su continuidad en el celebrado en Lon-
dres años después. Allí Elizabeth Cady, casada con un activo
abolicionista, Larry Stanton, conoció a Lucretia Mott. Ellas
fueron las que lideraron al grupo de mujeres y varones que se
reunieron en Séneca Falls y que alumbraron la célebre Decla-
ración de 1848, considerada como el documento fundacional
del sufragismo. Es decir, esta vinculación histórica nos debe
permitir enlazar las reivindicaciones feministas en estrecha
conexión con la justicia social. Las críticas que el feminismo
ha venido realizando a un modelo jurídico, político y económi-
co excluyente nos sirven como herramientas para denunciar
y proponer alternativas a unos sistemas constitucionales que
continúan sin garantizar convenientemente determinados

139
Octavio Salazar Benítez

derechos o que siguen siendo deudores de un “universalismo


abstracto” que niega las identidades80.
Muchos datos tozudos de la realidad nos siguen demos-
trando que la democracia española no es paritaria. Basta con
repasar el porcentaje de las que ocupan un escaño o un sillón
en los Consejos de Administración81, su situación en el mercado
laboral, sus constantes dificultades para acceder a la toma de
decisiones, su falta de reconocimiento y visibilidad en el mun-
do de los saberes o, como ejemplo más doloroso, las cifras de
mujeres asesinadas por varones. Todo ello por no hablar de la
reacción de algunos hombres ante esas conquistas y, por tanto,

80
Ello no debe significar colocar en un lugar secundario las reivindicacio-
nes feministas ni subordinarlas a otras relativas a la garantía de los derechos
humanos. Partimos de que las desigualdades de género son el pilar sobre el
que se van sumando otras de tipo social, económico o cultural. Por lo tanto,
el objetivo de una efectiva igualdad de género es el prioritario. Ahora bien,
las herramientas políticas y conceptuales del feminismo nos pueden servir
para “deconstruir” los parámetros del orden constitucional –pero no sólo,
también por ejemplo del económico– y para proponer alternativas que ven-
drían a completar las teorías de la justicia tradicionales.
81
Sólo uno de cada siete miembros de Consejos de Administración (13,7%)
de las principales empresas de Europa son mujeres, y sólo uno de cada 30
presidentes es una mujer (33,2%). En España, la situación es incluso pero ya
que las mujeres sólo representan el 11,5% de los Consejos de administración.
En 2011 la Comisión Europea, el Parlamento Europeo y miembros de varios
Estados miembros instaron a las empresas de la UE que cotizan en Bolsa a
mejorar voluntariamente el equilibrio de género. Se pidió a los presidentes
ejecutivos que firmaran un “Compromiso relativo a la presencia de las mu-
jeres en los consejos de administración de las empresas” para incrementar
voluntariamente la presencia de mujeres en los mismos al 30% en 2015 y
al 40% en 2020. Sin embargo, un año después, sólo 24 empresas de toda
Europa se habían comprometido. De ahí que la Comisión Europea lanzara
en marzo de 2012 una consulta pública para definir la posible actuación
comunitaria en este tema, comprobado que la “autorregulación” estaba
resultando un fracaso. Fueron muchas las dificultades que varios gobiernos
europeos plantearon a la propuesta de imponer mediante una Directiva una
cuota del 40% en los Consejos. Finalmente la propuesta salió adelante el 14
de noviembre de 2012, si bien con la salvedad de que se deja en manos de
los Estados las sanciones para las empresas incumplidoras.

140
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

de la consolidación de ciertas actitudes reaccionarias82. Unos


datos que corren el riesgo de agravarse en una situación de
crisis económica como la que estamos viviendo y ante la que las
mujeres son de hecho mucho más vulnerables que los hombres.
Y todo ello a pesar de disponer de una serie de instrumentos
legislativos –estatales y autonómicos– que se encuentran entre
los más avanzados de Europa.
Sin embargo, creo que sigue existiendo una gran distancia
entre el compromiso “jurídico” con la igualdad y lo que po-
dríamos llamar el compromiso “social”. Incluso hay quienes
detectan cómo en los últimos años se está produciendo una in-
volución en determinados aspectos83. Por ello es urgente incidir
en los cimientos sociales y culturales que siguen legitimando
una situación de desigualdad en función del sexo. Y ello pasa
necesariamente por incluir a los hombres no sólo en el com-
promiso que implica el feminismo sino también en el objeto de
unas políticas que deben contribuir a revisar las normativas
hegemónicas de género. Es decir, ha llegado el momento de
que los hombres descubramos que también tenemos género,
es decir, que también, como las mujeres, llegamos a serlo en
función de determinadas pautas socializadoras.
Por todo ello, el compromiso por la democracia paritaria
supone objetivos mucho más ambiciosos que los meramente
cuantitativos. Obviamente es necesario seguir avanzando en
las políticas que faciliten el acceso de las mujeres al ámbito
público –la democracia paritaria supone un nuevo modo de
articular el ejercicio del poder– y en las medidas que duran-
te las últimas décadas han favorecido su igual disfrute de la

82
Ello está provocando la aparición de un machismo mucho más sutil y la
consolidación de ciertas actitudes que implican una “peligrosa” reafirmación
de posiciones patriarcales (Lorente, 2009).
83
Véase por ejemplo el reciente libro de Natasha Walter (2010) en el que
se nos alerta de cómo seguimos educando a nuestras hijas bajo patrones
sexistas y de como se expanden las tesis deterministas que tratan de justificar,
desde las diferencias biológicas, capacidades y modelos de comportamiento
diferentes para mujeres y hombres.

141
Octavio Salazar Benítez

ciudadanía. Pero, al mismo tiempo, es urgente modificar un


modelo de convivencia que en gran medida sigue respondiendo
a las exigencias del patriarcado y a un orden simbólico que
sitúa a lo masculino en una posición jerárquicamente superior.
Esta transformación ha de incidir de manera singular en dos
aspectos que se hallan interconectados:
1º) Las relaciones entre los espacios público y privado: El
patriarcado se apoya en una perfecta división entre ambos
mundos y en el consiguiente reparto de roles y funciones
entre mujeres y hombres. Es necesario, por tanto, armoni-
zar ambos espacios y alcanzar una sociedad de hombres y
mujeres proveedores y cuidadores en condiciones de igual-
dad. No se trata sólo de adoptar medidas de conciliación de
la vida laboral y familiar sino de cambiar toda una cultura
apoyada en la confrontación de esos dos espacios y en un
reparto de tiempos ajustado a las exigencias del hombre
“público” y a los deberes de la mujer “domesticada”.
2º) La revisión de la masculinidad hegemónica y, con ella, de
los valores y métodos imperantes en un espacio público
hecho a imagen y semejanza del varón.

IV. Deconstruyendo la ciudadanía patriarcal

Como he señalado en las páginas anteriores, las mujeres


llevan siglos cuestionando su identidad y su lugar en el mundo.
Desde que en 1792 Mary Wollstonecraft contestara los argu-
mentos patriarcales de Rousseau, las mujeres no han dejado de
reivindicar la igualdad de derechos y de reflexionar sobre su
manera de hacerse. Ello se ha ido traduciendo, no sin muchas
dificultades y objeciones, en unos ordenamientos jurídicos que
progresivamente han ido incorporando la igualdad de género
como un principio transversal, lo cual ha contribuido a ero-
sionar el modelo liberal de ciudadanía y, con él, buena parte
de los paradigmas de unos sistemas democráticos basados en
los privilegios masculinos. Es decir, el acceso de la mujer a la
ciudadanía, y por tanto al ejercicio del poder, ha provocado la

142
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

necesidad de revisar un “pacto” que partía de unas estructuras


binarias y jerárquicas –Cultura/Naturaleza, Público/Privado,
Masculino/Femenino, Heterosexual/Homosexual–, las cuales
han constituido durante siglos el código cultural determinante
de nuestra identidad.
Las mujeres, al tiempo que han reivindicado la igualdad de
derechos, han realizado una intensa reflexión sobre sí mismas
y sobre el lugar que la cultura, entendida en un sentido amplio,
les ha asignado. Durante más de dos siglos, se han interrogado
sobre el papel que la sociedad les otorgaba y los argumentos que
situaban en la misma Naturaleza el origen de una posición su-
bordinada. Todo ello de manera paralela a las reivindicaciones
de un estatuto jurídico que les permitiera acceder a los mismos
bienes y derechos que los hombres. Nosotros, por el contrario,
no hemos sentido la necesidad de cuestionar las reglas de un
sistema que nos beneficiaba. Educados desde siempre para el
privilegio, para el disfrute pleno de todos los derechos, para
el ejercicio del poder y para la asunción de un contrato en el
que las mujeres representaban la parte débil y subordinada,
hemos concentrado mayoritariamente nuestros esfuerzos en
mantener esa posición y en reforzar los argumentos que la
justificaban. Y aunque, como veremos, muchos elementos de
los que determinaban nuestra posición en la sociedad podían
resultarnos gravosos, han sido excepcionales los hombres que
han cuestionado los roles asignados y los términos que mar-
caban nuestras relaciones públicas y privadas. Y es que, como
bien ha explicado Luis Bonino (2008: 1),

“la masculinidad no ha existido, no ha sido planteada


como algo diferente a lo que es la propia sociedad o la cul-
tura, era ese todo que abarcaba a todos, no tenía un espacio
diferente. Los hombres no han necesitado cuestionarse su
papel ni su posición dentro de la sociedad porque podía ser
cualquiera; sólo las mujeres, lo de la mujer, como un factor
secundario o un elemento marginal, tenía una cierta iden-
tidad propia y un espacio diferente”.

143
Octavio Salazar Benítez

Es decir, la masculinidad ha tenido siempre un carácter


mítico, en cuanto que “define un modelo ideal que actúa como
referente pero que no tiene traducción real” (Guasch, 2008: 3).
Ha funcionado en muchas ocasiones más como un arquetipo al
que imitar que como una referencia específica. En este sentido,
la noción de masculinidad está en construcción.
La “ceguera” de los hombres ante el género, es decir, ante
los códigos culturales que también a nosotros nos han condi-
cionado84, sólo empieza a resquebrajarse en la segunda mitad
del siglo XX. Dos factores inciden en los orígenes de esa ero-
sión. De una parte, las conquistas de las mujeres y el análisis
crítico que desde el feminismo se realiza sobre nuestro modelo
de convivencia. De otra, los interrogantes que sobre la mascu-
linidad heterosexual plantean los hombres homosexuales, los
cuales, en muchos casos en íntima conexión con el movimiento
feminista, reivindican una lectura más plural de la sexualidad
y la afectividad. Ambas posiciones van a confluir en una crítica
de los esquemas del patriarcado y van a reivindicar no sólo
una igualdad jurídica sino también un replanteamiento de los
paradigmas que durante siglos han servido para articular la
vida pública y la privada.
En las últimas décadas, las reflexiones en torno a la mas-
culinidad se han multiplicado en conexión con la violencia
de género, un problema estructural de todas las sociedades
–incluidas las democráticas “avanzadas”– que pone de mani-
fiesto cómo el origen de la desigualdad se halla en un desigual
reparto de poder y en una determinada concepción de la
masculinidad. La cada vez mayor conciencia social en torno
a la gravedad de un problema que no se resuelve simplemente
con medidas jurídicas o policiales ha provocado, entre otras
consecuencias, la organización de colectivos masculinos en
una doble dirección. Por una parte, hay hombres que han

84
Podemos entender por “género”, “la red de creencias, rasgos de perso-
nalidad, actitudes, valores, conductas y actividades que diferencian a mujeres
y a hombres” (Burin y Meler, 2009: 20).

144
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

empezado a organizarse en movimientos reivindicativos y de


lucha social contra la violencia y la desigualdad. Otros han
empezado a constituir grupos de reflexión en torno al mismo
concepto de “masculinidad” desde la conciencia de que es
necesario, y urgente, modificar unos patrones que, entre otras
consecuencias, provocan unas relaciones de género basadas en
la desigualdad y la violencia. Desde estas posiciones, muchos
hombres hemos empezado a descubrir que también tenemos
género, es decir, que determinados códigos culturales inciden en
nuestra identidad y contribuyen a mantener las desigualdades
y, en muchos casos, unas posiciones también gravosas para los
que nos vemos obligados a cumplir las normas que el patriar-
cado nos dicta. Todo ello tiene unas evidentes consecuencias
en nuestro ámbito privado y también en el público. Es decir, en
la medida en que una determinada “normativa hegemónica de
género”85 nos marca como hombres o mujeres, todo el sistema
constitucional está condicionada por unas pautas culturales
que inciden en sus dos elementos esenciales: el ejercicio de los
derechos y del poder (o, lo que es lo mismo, la ciudadanía).
Desde este punto de vista, cuando hablamos de masculinidad
nos referimos a “la posición en las relaciones de género, las
prácticas por las cuales los hombres y mujeres se comprome-
ten con esa posición de género, y los efectos de estas prácticas
en la experiencia corporal, en la personalidad y en la cultura”
(Connell, 1997: 35).
Es decir, ese código cultural que durante siglos ha condi-
cionado la masculinidad hegemónica ha marcado también las
reglas del espacio público. Por todo ello el Derecho Constitu-
cional no puede permanecer ajeno a cómo dichos patrones in-

85
Luis Bonino (1998:1) habla de “normativa hegemónica de género” para
referirse al “hábeas construido sociohistóricamente, de producción ideoló-
gica pero naturalizado y formado básicamente por ideales o ideas-base que
se expresan a través de creencias matrices sobre el ser/deber ser mujer o
varón, creencias a su vez generadoras de mandatos imperativos prescriptivos
(deber ser) y proscriptivos (no deber ser) que requieren ser cumplidos para
reconocerse con una identidad (femenina o masculina) valiosa para sí”.

145
Octavio Salazar Benítez

ciden en la realidad efectiva de un sistema de gobierno y de un


modelo de convivencia apoyado en la garantía de los derechos
fundamentales. En la medida en que los hombres hemos mono-
polizado hasta fechas muy recientes el ejercicio del poder, éste
ha arrastrado unos caracteres vinculados a nuestra identidad.
De esta manera, la vida pública en todas sus proyecciones –el
funcionamiento de las instituciones obviamente, pero también
por ejemplo el mundo de los saberes o la ciencia– ha estado
marcado por unas paradigmas estrechamente vinculados a la
virilidad. En este sentido es indudable la conexión que ha exis-
tido siempre entre violencia y ejercicio del poder, o entre las
características del sistema económico capitalista y las pautas
que tradicionalmente han marcado los ideales de “realización
masculina”.
Por todo ello, la reflexión en torno a la masculinidad, con
las proyecciones socio-políticas y jurídicas que en estas páginas
quiero subrayar, es urgente en la medida que incide en dos
factores que determinan la calidad de nuestras democracias y
la efectiva vigencia de los principios constitucionales. De una
parte, esa reflexión es precisa para avanzar en la consecución
de una igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres. De
otra, cuestionar la masculinidad hegemónica y proponer
modelos alternativos es esencial para generar una nueva “ra-
cionalidad pública”, es decir, una nueva manera de ejercer el
poder, de articular el acceso a los bienes y derechos, de pensar
la ciencia y el conocimiento, en definitiva, de organizar la con-
vivencia. Un objetivo que alcanza más urgencia que nunca en
un contexto de crisis como en el actual, la cual va más allá de
la mera economía y alcanza a unos modelos políticos pensa-
dos para una realidad que poco tenía que ver con la del siglo
XXI. La creciente complejidad de nuestras sociedades somete
a retos permanentes a la teoría de los derechos humanos, a
la efectividad de la democracia y, muy especialmente, a la
garantía del principio de igualdad. Es decir, las turbulencias,
no sólo económicas, de estas primeras décadas del siglo XXI,
constituyen un magnífico escenario para revisar muchos de

146
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

los paradigmas del constitucionalismo y para poner las bases


de un entendimiento diverso del “orden político” y de la “paz
social”. Un orden y una paz que durante siglos se ha construido
sobre parámetros patriarcales, es decir, desde “la satanización/
eliminación del otro/a distinto/a” y mediante la consolidación
de identidades “autodefensivas y repudiadoras de las aperturas
y las analogías con lo diferente”, elementos ambos alimentados
por la “belicosidad heroica, que valida el uso de la violencia
individual y grupal como recurso defensivo de lo propio y
controlador de lo ajeno” (Bonino, 1998: 5).
La Constitución española se refiere expresamente a “la
dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son
inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto
a la ley y a los derechos de los demás” como fundamento del
“orden político” y la “paz social” (art. 10.1). En este artículo,
que sirve de preámbulo al listado de derechos del Título I,
encontramos la esencia de un sistema constitucional, los fun-
damentos axiológicos y el horizonte que ha de servir de guía
para profundizar en la democracia y, a su vez, resolver los
inevitables conflictos que se generan en una sociedad plural
y en un espacio de libertades. La dignidad humana –proyec-
tada en los derechos y, muy especialmente, en la idea fuerza
del “libre desarrollo de la personalidad– actúa como sustrato
y como límite del ejercicio del poder y la ciudadanía, los dos
ejes que sirven para articular un régimen constitucional y que
durante siglos han respondido a los parámetros de la “mascu-
linidad dominante”. Este modelo ha priorizado la vinculación
del poder con la violencia y el mantenimiento de estructuras
binarias y jerárquicas no sólo en las relaciones hombre-mujer
sino también en las relaciones de las mayorías socio-políticas o
culturales con las minorías”. Muchos de esos paradigmas están
en crisis en la medida en que no dan respuestas adecuadas a
las demandas de protección y garantía efectiva de los derechos
humanos, a la satisfacción del bienestar de la ciudadanía o la
conflictividad que generan sociedades cada vez más plurales
y abiertas. Ello plantea una serie de retos incuestionables que

147
Octavio Salazar Benítez

afectan a principios básicos del Estado constitucional como


el de legalidad o igualdad formal, en un momento en el que
además, como consecuencia de la situación económica, se
erosionan los pilares del Estado Social. Una erosión que está
suponiendo un freno en las políticas de igualdad y, mucho me
temo, de manera singular, un obstáculo más para alcanzar la
igualdad real y efectiva entre mujeres y hombres.
En esta reflexión no podemos olvidar que los sistemas cons-
titucionales se han edificado sobre una concepción excluyente
de la ciudadanía. Ésta comenzó su andadura ligada a los hom-
bres burgueses, posteriormente se democratizó pero continuó
restringida a los varones, más tarde se extendió a las mujeres
y todavía hoy sigue vinculada a la nacionalidad. Es decir, la
ciudadanía, en flagrante contradicción con los principios de
libertad e igualdad, se ha articulado siempre desde una oposi-
ción entre “nosotros” y los “otros”, o lo que es mismo, siempre
ha mantenido unas fronteras entre los que han compartido un
estatuto jurídico-político privilegiado y los que no han podido
disfrutar de él. Una de esas fronteras estuvo marcada duran-
te mucho tiempo por el género, de manera que como hemos
visto en el capítulo anterior las mujeres fueron excluidas de
la ciudadanía. Y todavía hoy, incluso en países con democra-
cias consolidadas, en las que formalmente hombres y mujeres
somos iguales, la realidad sigue ofreciendo obstáculos para
que ellas ejerzan sus derechos en las mismas condiciones que
los varones. Más allá de las condiciones jurídico-formales del
ejercicio de los derechos y de acceso al poder, ese modelo de
ciudadanía ha proyectado en las relaciones con los “otros” los
mismos valores y actitudes que durante siglos han presidido
las relaciones hombres-mujeres. Es decir, se ha planteado una
relación conflictiva con la alteridad, marcada por la lógica de
la inclusión y la exclusión86. En muchos casos esas relaciones
86
De acuerdo con los parámetros patriarcales, el espacio constitucional se
ha articulado de acuerdo con una lógica binaria, según la cual “la diferencia
es conceptualizada en términos de <<o lo uno o lo otro>>”. Y mientras que
“lo uno” se sitúa en una posición jerárquica superior, “lo otro” es desvalori-

148
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

han estado marcadas por la violencia, y no me refiero a la me-


ramente física, que también, sino a la que implica una actitud
de rechazo, de falta de comunicación y de diferenciación je-
rárquica entre los ciudadanos y los “no ciudadanos”. Es decir,
una lógica que podríamos denominar “patriarcal” es la que ha
dotado de contenido al ejercicio de la ciudadanía y la que ha
condicionado la efectiva vigencia de unos derechos humanos
proclamados universales. Esa lógica ha llevado a su vez a pri-
vilegiar métodos no pacíficos de resolución de conflictos o a
consolidar un sistema económico basado en la competitividad
y en la “ley del más fuerte”. En este sentido es en el que Joaquín
Herrera (2005b: 29) prefería hablar de patriarcalismo en lugar
de patriarcado, ya que éste “supone una posición estática que
puede inducir a pensar en una estructura de opresión autóno-
ma con respecto al resto de opresiones y dominaciones que se
dan en las relaciones sociales capitalistas”. Patriarcalismo ten-
dría más que ver con “el conjunto de relaciones que articulan
un conjunto indiferenciado de opresiones: sexo, raza, género,
etnia y clase social, y el modo en que las relaciones sociales
particulares combinan una dimensión pública de poder, explo-
tación o estatus con una dimensión de servilismo”.
En unas sociedades como las actuales, en las que la diver-
sidad de todo tipo reclama con urgencia una relectura de los
paradigmas constitucionales, es preciso que deconstruyamos
unos códigos culturales vinculados a la masculinidad tradicio-
nal y que continúan estableciendo diferenciaciones jerárquicas
y relaciones violentas. El “contrato sexual” que subyace bajo el
“contrato social” no sólo condiciona unas determinadas rela-
ciones de género sino que también socializa en determinados
valores que implican división de espacios, recurso a la violencia
o mantenimiento de servidumbres.
Es necesario, pues, replantear los términos de un pacto
que ha pervivido durante siglos basado en el “universalismo

zado y, en vez de sujeto, considerado objeto. La distinción y oposición al otro


nos sirve para afirmar nuestra subjetividad (Burin y Meler, 2009: 21, 225).

149
Octavio Salazar Benítez

abstracto” y en la concepción dominante de la masculinidad.


Ello ha dado lugar, insisto, no sólo a unas determinadas rela-
ciones de género, sino también a unos condicionantes en el
entendimiento de la dignidad, y por tanto en el ejercicio de los
derechos, además de unas determinadas pautas para conciliar
nuestras libertades con las de los demás. Revisar la masculi-
nidad supone por tanto revisar muchas de las cláusulas de un
contrato que, pese a colocarnos a los hombres en posiciones de
privilegio, también nos ha hecho asumir determinadas cargas
que, en ocasiones sin que seamos conscientes, han limitado
nuestro “libre desarrollo de la personalidad”. Revisar la mas-
culinidad supone, en fin, revisar la ciudadanía concebida en los
sistemas constitucionales como “ciudadanía masculina”.

V. Mujeres zorras, jueces astutos

El 4 de octubre de 2011 los medios de comunicación espa-


ñoles se hicieron eco de una resolución judicial que provocó
todo tipo de reacciones. En concreto, todas las portadas reco-
gieron cómo la Audiencia Provincial de Murcia había revocado
una condena por amenazas a un hombre que, entre otros in-
sultos, llamó “zorra” a su mujer y le aseguró al hijo de ambos
que “la vería en una caja de pino”87.
La sentencia del Juzgado de lo Penal nº 2 de Cartagena, de
8 de junio de 2010, había condenado a Florentino como autor
responsable de un delito de amenazas en el ámbito familiar
en la modalidad continuada (artículos 171.4 y 74 del Código
Penal) , con la agravante de reincidencia del artículo 22.8. La
sentencia daba por probados los hechos que siguen. Florentino
se había trasladado el día 20 de enero del año 2009 a residir
en la localidad de Hinojosa de Calatrava, provincia de Ciudad

87
El acusado tenía antecedentes cuando fue juzgado por estos hechos,
al haber sido condenado anteriormente por un delito de malos tratos en el
ámbito familiar.

150
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Real, y el día 14 de septiembre de dicho año, cuando se hallaba


molesto por el ingreso psiquiátrico involuntario que se llevó a
cabo con el hijo menor del matrimonio, efectuó una llamada
al teléfono móvil de su aquél. El acusado le insistió en que le
dijera a su madre que como la justicia no hacía nada se la iba
a tomar por su mano, que la vería en el cementerio, en una
caja de pino, y que saldría por la televisión, que lo juraba por
el sol. El día 15 de septiembre, el acusado realizó otra llamada
de teléfono móvil del hijo y le manifestó en relación a su madre
qué pasaría un día o dos, que el día del juicio no iba a llegar,
lo que fue oído por esta última, puesto que el teléfono móvil
habría sido puesto en modo manos libres.
La sentencia del juzgado de Cartagena fue sorprendente-
mente revocada por la Audiencia Provincial de Murcia (sen-
tencia 126/2011), la cual se limitó a condenarlo como autor
responsable criminalmente de una falta continuada de ame-
nazas leves y estimó que en él no concurrían circunstancias
modificativas de la responsabilidad criminal88.
Lo más llamativo de esta resolución es cómo la Audiencia
Provincial de Murcia enjuicia unos hechos y valora una serie
de actuaciones que, sin duda, ponen de relieve una reinciden-
cia del acusado en unos malos tratos que encajan en lo que el
legislador ha denominado “violencia de género”. Es decir, en
aquella que, “como manifestación de la discriminación, la si-
tuación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres
sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas por parte de quienes
sean o hayan sido sus cónyuges o de quienes estén o hayan
estado ligados a ellas por relaciones similares de afectividad,
aun sin convivencia” (art. 1 LOVG).

88
Ello se tradujo en una pena de 8 días de localización permanente y a la
prohibición de aproximación de Florentino a su esposa, al domicilio en que
ésta resida, lugar de trabajo o lugares frecuentados por ella, en una distancia
inferior a 300 metros, así como la prohibición de comunicarse por cualquier
medio con ella, todo ello por tiempo de seis meses.

151
Octavio Salazar Benítez

Sin embargo, la Audiencia Provincial entendió que de los


hechos no cabía deducir que:

“El acusado vertiese alguna expresión que proyectase


desprecio o menosprecio a la dignidad de la mujer o fuera
expresivo de una posición de dominio o exigente de sumi-
sión, antes al contrario, las dos conversaciones reseñadas
en el relato de Hechos Probados de la sentencia de instancia
no expresan comentario o expresión alguno en tal sentido,
ni en la Fundamentación Jurídica de la sentencia se expli-
cita razón que haga pensar en esa posición de dominio o
de control sugerida por el Ministerio Fiscal en su dictamen
impugnatorio”.

Incluso la sentencia realiza una valoración, como mínimo


sorprendente, del uso del término “zorra” por parte del acu-
sado, deduciendo que no se utilizó por éste “en términos de
menosprecio o insulto, sino como descripción de un animal que
debe actuar con especial precaución, a fin de detectar riesgos
contra el mismo”.
La sentencia recuerda la argumentación aportada por el
Tribunal Constitucional para justificar la legitimidad de las
medidas diferenciadoras previstas por la LOVG. De acuerdo
con lo dispuesto en la STC 59/2008:

“A la vista del tipo de conductas incriminadas en el art.


153.1 CP y de las razones de su tipificación por el legislador,
sustentadas en su mayor desvalor en comparación con las
conductas descritas en el art. 153.2 CP , no constituye el del
sexo de los sujetos activo y pasivo un factor exclusivo o de-
terminante de los tratamientos diferenciados , (...). La dife-
renciación normativa la sustenta el legislador en su voluntad
de sancionar más unas agresiones que entiende que son más
graves y más reprochables socialmente a partir del contexto
relacional en el que se producen y a partir también de que
tales conductas no son otra cosa , como a continuación se

152
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

razonará , que el trasunto de una desigualdad en el ámbito


de las relaciones de pareja de gravísimas consecuencias para
quien de un modo constitucionalmente intolerable ostenta
una posición subordinada”.(El resaltado en negrita es de la
Sala).

En el caso revisado, la Audiencia no entiende que la conduc-


ta enjuiciada merezca un mayor reproche en cuanto proyección
de unas desiguales relaciones de poder en la pareja. Al contra-
rio, estima que no hay nada en la conducta del acusado que
justifique la agravación de su condena, “por cuanto no constan
actuaciones verbales (las únicas que en el contexto de enjui-
ciamiento podrían haberse producido) que proyecten razones
de desigualdad o de menosprecio a la dignidad de la mujer en
el comportamiento del acusado en las amenazas vertidas”. En
consecuencia, procede considerar el reproche penal genérico
correspondiente a las “leves amenazas vertidas”.
Llama la atención cómo el juzgador realiza una valoración
de las amenazas del acusado sin tener presente, o al menos
sin tenerlo en su justa medida, el contexto relacional en que
aquéllas se producen. Si tenemos en cuenta los antecedentes
del acusado y las circunstancias que nos sirven para definir la
relación con su mujer, podemos deducir que nos encontramos
ante un contexto patriarcal. Un contexto marcado por unas
determinadas relaciones y por una cultura del dominio, y de
la violencia, monopolizada por el varón frente a una mujer
sometida y domesticada. Es decir, en el supuesto que comen-
tamos, las amenazas que vierte Florentino contra Virtudes
han de estimarse agravadas porque son la expresión de una
relación de poder que provoca discriminación de la mujer y
que puede llegar, en el peor de los casos, a generar situaciones
de violencia física o psíquica contra ella.
A pesar de que el juez recuerda insistentemente la doctrina
sentada por el Tribunal Constitucional al resolver las dudas de
constitucionalidad que planteó la LOVG, sorprende que la use

153
Octavio Salazar Benítez

no para justificar la aplicación del reproche agravado previsto


por esta ley, sino para todo lo contrario, es decir, para justificar
que Florentino no actuó como un patriarca y que, por tanto,
no era necesario agravar su condena. La Audiencia de Murcia
lleva a tal extremo este razonamiento que incluso “descontex-
tualiza” el uso de la palabra “zorra” y se acoge al significado
más benévolo de la misma y que, parece evidente, no es el más
habitual en un contexto de relaciones de pareja marcadas por
la desigualdad89.
De esta sorprendente decisión judicial podemos extraer,
como mínimo, dos consecuencias íntimamente relacionadas y
que nos obligan a una urgente reflexión. Por una parte, pone de
manifiesto cómo, pese a las conquistas jurídicas de los últimos
años, nuestro sistema jurídico –entendiendo por él un “todo” del
que forman parte las normas, los procedimientos y los distintos
operadores jurídicos– aún arrastra la “alargada sombra” del
patriarcado90. Es decir, seguimos siendo prisioneros de unos
sistemas jurídicos aparentemente objetivos y neutros –los que
se construyeron sobre los logros liberales de la igualdad ante la
ley y el principio de legalidad–, pero que en su esencia siguen
89
Esta sentencia es sólo una más de las muchas que están poniendo en
cuestión la eficacia de la ley aprobada en 2004. Al hilo de la controvertida
decisión judicial, la asociación progresista Jueces para la Democracia emitió
un comunicado en el que ponía de manifiesto una de las raíces del proble-
ma: “Coexisten dos líneas jurisprudenciales interpretativas. La primera,
de corte literal, que entiende que para que exista un delito de violencia de
género basta con que, en el marco de una relación sentimental, el varón gol-
pee o amenace a la mujer. La segunda, de orientación finalista, que sostiene
que, además, es preciso que se acredite en el caso concreto que la conducta
presente rasgos distintivos de discriminación por razón de sexo, que evi-
dencien la existencia de una situación de dominación del hombre sobre la
mujer. Ambas opciones son jurídicamente admisibles, y muchos juzgados y
tribunales aplican una u otra”.
90
Acojo la definición dada por Adrienne Rich (2011: 114), para la que el
patriarcado es “cualquier clase de organización grupal en la cual los machos
mantienen el poder dominante y determinan cuál es el papel que deben jugar
o no jugar las mujeres, y en el cual las capacidades asignadas generalmente
a las mujeres son relegadas a los dominios místicos, estéticos, y excluidas
de lo práctico y lo político”.

154
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

respondiendo a los valores de una cultura basada en una des-


igual distribución de atributos entre hombres y mujeres91.
Por lo tanto, el gran reto continúa siendo acabar con el orden
patriarcal que, además de traducirse en estructuras políticas
y jurídicas, es sobre todo un orden cultural. Como tal, recorre
transversalmente nuestras sociedades, las instituciones, las
relaciones íntimas y públicas, los procesos de socialización y,
por tanto, configura nuestra identidad individual y colectiva92.
Es decir, el orden patriarcal lleva siglos condicionando cómo
nos hacemos hombres y mujeres y cómo se articulan nuestras
relaciones. Es por ello por lo que tanto unos como otras tene-
mos “género”, es decir, estamos determinados por unos factores
culturales que nos atribuyen determinadas capacidades y ap-
titudes, de la misma manera que nos ubican en determinados
espacios y tiempos. A su vez, ello se traduce en todas y en cada
una de las acciones que emprendemos, en nuestra manera de
mirar el mundo y, por supuesto, en todos los órdenes a través
de los cuales articulamos nuestra vida en sociedad. El orden
político, el económico, el jurídico, todos ellos tienen género,
por más que queramos someterlos a la ficción de la objetividad.
Incluso el conocimiento científico, pese a sus pretensiones de
llegar a conclusiones objetivas y universalmente válidas, está
condicionado por una visión patriarcal que durante siglos ha
primado lo masculino y ha despreciado, y en el mejor de los
casos hecho invisible, lo femenino.
Como podemos deducir la sentencia comentada, el sistema
jurídico también tiene género. Y lo tiene en una doble dirección.
Por una parte, porque sus elementos sustantivos y adjetivos

91
“La asimetría se organiza, en este caso, sobre los dos polos de la oposición
cerebro/corazón (racional/irracional; racional/emotivo; fuerte/débil; intelec-
tual/sensible; independiente/dependiente; dominante/sumiso; activo/pasivo;
profundidad/superficialidad; gran/pequeña necesidad sexual), y ella justifica
la asignación tradicional de espacios sociales”(Martín Rojo, 2004: 84).
92
Y lo hace además presentándose no sólo como “el único orden natural,
legítimo y razonable”, sino además como “un orden neutro y objetivo al
servicio de la sociedad” (Lomas, 2004: 15).

155
Octavio Salazar Benítez

–las normas y los procedimientos– hunden sus raíces en una


tradición masculinizada. Por otra, porque los operadores ju-
rídicos –es decir, quienes se encargan de hacer, interpretar y
aplicar el Derecho– siguen respondiendo en gran medida a una
formación que todavía hoy, y aunque sea de manera muy sutil,
reproduce unos cánones que se consolidaron con un modelo
liberal que mantuvo las tajantes distinciones entre lo público
y lo privado, entre la Cultura y la Naturaleza, en fin, entre lo
masculino y lo femenino93. Como bien ha señalado Paloma
Marín (2011),

“Desde la perspectiva de los operadores jurídicos, la


especialización tiene que traducirse en una interpretación
y aplicación del ordenamiento con criterios de valoración
que acrediten el conocimiento del fenómeno, con soluciones
específicas inspiradas en el derecho a la igualdad real entre
mujeres y hombres, que es criterio de interpretación de las
leyes, y en la expresión de razonamientos que reflejen otra
lógica, diferenciada de la patriarcal, que visibilicen una
efectiva remoción de obstáculos, equivalente a remoción de
estereotipos que convalidan la desigualdad. En esta tarea,
se impone una relectura individual y colectiva de los pro-
cesos de socialización por quienes van a aplicar el derecho,
que permita detectar los posibles prejuicios, que pueden

93
Así se ponía de manifiesto en un reportaje publicado en el periódico
EL PAÍS el 24 de octubre de 2001 con el título “Grietas en la lucha contra
el machismo”: “Los expertos consideran que falla la base misma la ley, la
prevención, porque no se ha trasladado el combate contra el machismo a
colegios e institutos, y los adolescentes continúan perpetuando el modelo
patriarcal de los adultos. Falla la actitud de una parte de los jueces, quienes
orillan el espíritu de la ley y lo que esta tipifica como delito ellos lo califican
de simple falta. Fallan también las propias víctimas, muchas de las cuales
no se ratifican en la denuncia y el agresor sale impune. Falla, igualmente,
la valoración de riesgo por parte de la policía y la Guardia Civil: la mayoría
de las 54 fallecidas en 2010 que habían presentado denuncia –el total de
víctimas mortales fue de 73– habían recibido la calificación de <<riesgo
bajo o inexistente>>”.

156
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

aflorar, consciente o inconscientemente, en las resoluciones


judiciales”.

De ahí que sea una tarea urgente la revisión de un sistema


jurídico que parte de unas paradigmas universalistas, y preten-
didamente neutros, que a lo largo de los siglos han identificado
la humanidad con lo masculino –y durante una larga etapa con
lo masculino burgués– y han hecho invisibles a la mitad de la
población, además de permanecer ciego frente a las diferencias
que nos singularizan. Como bien denuncia Monique Wittig
(2006: 73), “a pesar de su pretensión universal, aquello que ha
sido considerado hasta ahora como <<humano>> en nuestra
filosofía occidental sólo se refiere a una minoría de personas:
los hombres blancos, los propietarios de los medios de pro-
ducción, y los filósofos, que desde siempre teorizan su punto
de vista como si fuera el único posible”. De esta manera se ha
consolidado jurídicamente no sólo la exclusión de las mujeres
sino también la de las masculinidades que no cabían en los
estrechos límites de la heterosexual, homófoba y violenta.

VI. El hombre <<reconciliado>> como presupuesto


de la democracia paritaria94

1. El valor de las palabras

El patriarcado nos remite, básicamente, a una cuestión de


poder: a su monopolio masculino y a la correlativa servidum-
bre femenina. De ahí que se traduzca y sea visible en cualquier
acción humana, en cualquier relación, en todos y cada uno de
los ámbitos, públicos y privados, en los que entra en juego el
acceso a bienes y el disfrute de derechos. En consecuencia, el
94
El <<hombre reconciliado>> es la expresión que utiliza Elizabeth
Badinter (1993: 197) para referirse a <<aquel que ha sabido reunir padre y
madre, aquel que ha devenido hombre sin herir la feminidad materna>>.

157
Octavio Salazar Benítez

lenguaje, que es también un instrumento de poder, en cuanto


que es resultado de las fuerzas políticas y culturales que lo
van definiendo y acotando, refleja con precisión casi matemá-
tica el lugar de mujeres y hombres en la sociedad95. El valor
que se adjudica a ellas y a nosotros, a los correspondientes
comportamientos, a las capacidades y valores identificados
con unas y con otros96. Es por ello por lo que, en la sentencia
que hemos comentado, sea tan relevante la valoración que la
Audiencia Provincial de Murcia realiza del uso de un término
como “zorra” que es una de esas palabras que, como otras tan-
tas, cuando se usa en femenino se presta a una acepción con
una carga peyorativa. Mientras que si llamamos “zorro” a un
hombre estamos destacando su astucia, en el caso de una mujer
ha sido mucho más habitual identificar dicha palabra con el
significado de “prostituta”. Es decir, el término “zorra, usado
en un contexto de desigualdad como el que queda probado en
la sentencia, supone un atentado contra la dignidad e integri-
dad moral de la mujer que reproduce el reproche adjudicado
tradicionalmente a aquellas que rebasaban los márgenes de
lo privado. Aplicado al varón no cabe ninguna duda de que
siempre supondrá una valoración de una cualidad ligada a su
inteligencia. En este sentido, no hace falta insistir en la terrible
95
En el uso de lenguaje se suelen distinguir entre el sexismo lingüístico–
“se produce en los casos en que el tratamiento del género en el discurso, bien
a causa del término que se utiliza o debido a la manera en que se ha construido
la frase, es discriminatorio”– y el sexismo social, que afecta al contenido del
mensaje (Gete-Alonso, 2011: 55-56).
96
En concreto, podemos señalar tres ámbitos de manifestaciones sexistas
en el lenguaje (Martín Rojo, 2004, 85-86): 1ª) Los usos lingüísticos reflejan la
desigual distribución de atributos entre los géneros; 2ª) Existe un desequili-
brio entre las formas de tratamiento que señalan la falta de independencia
que se atribuye a las mujeres, así como la diferencia de estatus; 3ª) Una serie
de fenómenos que imponen a la mujer una imagen descalificadora, como los
duales aparentes (con distinto significado en masculino y en femenino: un
profesional/una profesional), las asociaciones estereotipadas (mujeres listas
o histéricas, frente a hombres inteligentes o estresados), los vacíos léxicos
para referirse a ciertas cualidades y actividades, lo que genera un problema
cuando el referente es una mujer (“hombre de Estado”, “caballerosidad”),
los insultos y los refranes sexistas.

158
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

conexión patriarcal que podemos señalar entre los términos


mujer pública, prostituta y zorra. De esta manera, comprobamos
cómo el lenguaje sigue manteniendo y reforzando una deter-
minada interpretación de la realidad que, a su vez, se proyecta
en la definición y en la percepción de las identidades (Martín
Rojo, 2004: 92).
El lenguaje es, pues, una manifestación más de la cultura
patriarcal que es necesario desenmascarar y someter a crítica.
Su configuración ha respondido a unas reglas sustentadas por
los privilegios masculinos que son los que han dado sentido
a las palabras97. Éstas, a su vez, han condicionado nuestros
pensamientos y nuestras miradas sobre la realidad. Mediante
el lenguaje dotamos de corporeidad a las cosas, establecemos
categorías y jerarquías, marcamos diferenciaciones. Es decir,
el lenguaje es también una manifestación de poder:

“El lenguaje cotidiano (al igual que el lenguaje de las


imágenes) está atravesado por las relaciones de fuerza, por
relaciones sociales (de clase, de sexo, de raza, de edad,…),
y es en y por el lenguaje y la imagen como se ejerce la do-
minación simbólica, es decir, la definición y la imposición
de las percepciones del mundo y de las representaciones
socialmente legítimas. Por ello, es el sujeto dominante el que
consigue imponer la manera en que quiere ser percibido, y
el individuo dominado el que es pensado y definido por el
lenguaje del primero” (G. Cortés, 2004: 14)

Es fácil poner ejemplos de cómo las palabras reflejan, por


ejemplo, las características que venimos señalando de la “mas-
culinidad hegemónica”, tales como su conexión con el poder,
la valoración positiva de todos los ámbitos relacionados con
97
Dos discursos han sustentado este dominio masculino en el lenguaje. Por
una parte, el discurso sexista que es deslegitimador. Por otra, el androcéntrico
que supone una “apropiación” de la palabra. “Ambos fenómenos contribuyen
a (re)construir, mantener y reforzar un orden social en el que tienen un papel
esencial la asimetría y la desigualdad” (Martín Rojo, 2004: 91).

159
Octavio Salazar Benítez

ella frente a la infravaloración de los femeninos o el rechazo


de estos y de las masculinidades “alternativas”. No cabe duda
de que el lenguaje es uno de los elementos más definitorios de
una cultura y, por lo tanto, uno de los factores decisivos en la
conformación de nuestra identidad. El lenguaje nos refleja y, al
mismo tiempo, constituye un instrumento de relación con los
demás. Desde este punto de vista, tiene una clara significación
política: también es cauce de la ciudadanía en cuanto que sirve
para establecer vínculos sociales y en cuanto es herramienta
singular para el ejercicio de buena parte de nuestros derechos
y libertades. El lenguaje forma parte esencial de todos los
procesos de socialización y, desde esta perspectiva, puede ser
–de lo hecho es– una herramienta poderosísima de transmi-
sión de valores y actitudes. Baste con pensar en su utilización
por parte de la publicidad o, en general, por los medios de
comunicación.
Son muchos los fenómenos lingüísticos en los que se detecta
el androcentrismo (Martín Rojo, 2004: 87), como por ejemplo
en relación al léxico de la sexualidad “que transmite y afianza
una visión violenta del acto sexual como forma de sometimiento
al otro, mientras que todo lo que se refiere al gozo y al placer
parece reducirse a lo que experimenta el género masculino”.
A ello habría que sumar la ausencia de formas femeninas en
el léxico referido a oficios o profesiones, o los “saltos semánti-
cos” que indican que los masculinos genéricos no se emplean
o se interpretan como tales, produciéndose en muchos casos
equívocos o ambigüedades y en otros excluyendo a las mujeres
del discurso.
De ahí que, por ejemplo, sea tan importante que los críme-
nes machistas no se califiquen como mera violencia doméstica
o familiar. Tal y como deja muy claro la LOVG en su primer
artículo se trata de violencia de género en cuanto que se produ-
ce como consecuencia de unas desiguales relaciones de poder
entre hombres y mujeres. Es decir, la violencia de género es la
expresión más cruel y humillante de un orden cultural que se

160
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

basa en la violencia, no sólo física sino también simbólica, de


los primeros sobre las segundas. De ahí la importancia de usar
la terminología adecuada, en cuanto que ella lleva aparejada
no sólo una sanción jurídica específica sino también porque
supone políticamente una apuesta de transformación social
inequívoca98.
Por todo ello, un sistema constitucional no puede perma-
necer al margen del lenguaje que utilizan sus ciudadanos y
sus ciudadanas, ya que es un instrumento de poder e incide
de manera determinante en nuestra subjetividad. De ahí su
centralidad en un sistema educativo que tiene como objetivo
el “pleno desarrollo de la personalidad” (art. 27.2 CE) y, en
general, en todos los procesos de socialización que deberían
tener una atención preferente por parte de los poderes públi-
cos democráticos. Por todo ello es tan necesario que lo some-
tamos a un análisis crítico desde una perspectiva de género,
de manera que haga más visibles a las mujeres y reste poder
a los hombres99. Dicha revisión, como mínimo, debe cubrir
dos objetivos: 1º) la consecución de un sistema de palabras
y de reglas gramaticales que reflejen de manera paritaria y
equilibrada lo masculino y lo femenino; 2º) la ruptura de la
posición jerárquica superior que, también en el lenguaje, se
ha otorgado a lo masculino. Es decir, es necesario que, junto
a la modificación de las relaciones de poder entre los géneros,
98
De ahí que fueran tan criticadas, y con razón, las declaraciones de Ana
Mato, la recién nombrada Ministra de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad,
que al referirse al asesinato de una mujer en manos de su marido en Roquetas
de Mar (Almería) en diciembre de 2011, habló de “violencia en el entorno
familiar” y subrayó que la terminología en este caso era lo de menos(http://
www.elmundo.es/elmundo/2011/12/27/espana/1325009457.html, consultada
28-12-2011).
99
En este sentido, la LOIMH se limita a establecer en su art. 14 “la
implantación de un lenguaje no sexista en el ámbito administrativo y su fo-
mento en la totalidad de las relaciones sociales, culturales y artísticas” como
criterio de actuación de los poderes públicos. También se prohíbe el uso del
lenguaje sexista en relación a la Corporación RTVE y a la Agencia EFE (arts.
37.1.b y 38.1.b). A estas previsiones habría que sumar las que contemplan
los legisladores autonómicos (Gete-Alonso, 2011: 56-57).

161
Octavio Salazar Benítez

se lleve a cabo una “redistribución” de los discursos (Martín


Rojo, 2004: 91). Un objetivo con el que no está de acuerdo la
Real Academia de la Lengua Española que, en marzo de 2012,
publicó un informe redactado por Ignacio Bosque y al que se
adhirieron 26 académicos, en el que se reacciona críticamente
contra las guías de lenguaje no sexista publicadas en los úl-
timos años por diversas instituciones100. El informe, además
de subrayar la ausencia de lingüistas en estos textos, concluye
que no tiene sentido “forzar las estructuras lingüísticas para
que constituyan un espejo de la realidad, impulsar políticas
normativas que separen el lenguaje oficial del real, ahondar
en las etimologías para descartar el uso actual de expresiones
ya fosilizadas o pensar que las convenciones gramaticales nos
impiden expresar en libertad nuestros pensamientos o inter-
pretar los demás”.
Si bien el informe destaca algunos “excesos” de “lenguaje
políticamente correcto” cuya denuncia comparto –entre otras
cosas, porque como se señala expresamente “si se aplicaran
las directrices propuestas en estas guías en sus términos más
estrictos, no se podría hablar”–, es inasumible su tratamiento
del lenguaje como si se tratara de una “producción científica”,
aséptica y neutra, en vez de considerarla como el resultado
de las “relaciones de poder” y, por tanto, también revisable y
objeto de debates no sólo lingüísticos sino también sociales y
políticos. Por ello, es tan censurable que los académicos –mayo-
ritariamente hombres, sólo 3 académicas de número firman el
texto– afirmen que las propuestas para “visibilizar a la mujer”
provocan que “el lenguaje oficial se diferencie más del real”.
Realmente el punto de partida es el contrario: el lenguaje no
refleja convenientemente la realidad porque sigue haciendo
invisibles a las mujeres y porque, en general, concede menos
valor a lo femenino. De ahí que, como mínimo, lo importante
sea abrir un debate, tal y como el que provocó en las semanas

100
El informe, con el título “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”,
fue publicado en el periódico El País, el 4 de marzo de 2012.

162
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

siguientes el informe comentado, en el que la RAE debería


haber entrado hace años. Un debate que debemos alentar
muy especialmente desde el ámbito de las Ciencias Sociales y
todavía más aún desde el jurídico: los juristas usamos como
instrumento principal el lenguaje y éste, durante siglos, ha
reflejado a la perfección los términos de un “contrato sexual”
que ha contribuido a dibujar unas concretas identidades mas-
culina y femenina, así como las relaciones jerárquicas entre
ellas. Es decir, si durante siglos las declaraciones de derechos
eran del “hombre y del ciudadano” no se trataba simplemente
de una simple regla gramatical sino la plasmación normativa
de una realidad política y social. De ahí que tengamos una
especial responsabilidad en, como mínimo, revisar una termi-
nología jurídica en la que sigue imperando la “universalidad
sustitutoria” y en la que es preciso hacer visible a la mitad de
la ciudadanía. Un objetivo que obviamente pasa por una re-
visión más profunda que doblar las palabras en masculino y
femenino y cuyo logro, sin duda, estará condicionado por las
transformaciones sociales, políticas y culturales que defiendo
en estas páginas. Ahora bien, en dicho proceso no podemos
obviar el debate y la reflexión sobre un lenguaje que, durante
siglos, al igual que ha ocurrido con el poder y con los saberes
en general, ha concebido la masculinidad como sinónimo de
humanidad.

2. La revisión del pacto

De todo lo anterior no podemos deducir, obviamente, que no


hayamos avanzado en estos ya más de 30 años de democracia.
De manera muy especial en la última década han sido muchos
los instrumentos legislativos y las políticas públicas que han
contribuido a erosionar el patriarcado y que han respondido a
dos objetivos que van de la mano. El principal: la consecución
de una igualdad real de hombres y mujeres. En conexión con el
anterior, la reacción frente a las situaciones de discriminación

163
Octavio Salazar Benítez

de las mujeres, lo cual implica una triple ámbito de actuación:


el de las medidas de carácter preventivo dirigidas a impedir
dichas discriminaciones, tanto las directas como las indirectas;
el de las acciones reparadoras de aquellas situaciones en que
se hayan producido violaciones de la igualdad y, finalmente, las
“acciones positivas” dirigidas a compensar las discriminaciones
históricas sufridas por las mujeres.
Por otra parte, también podemos constatar cómo en la úl-
tima década han empezado a organizarse grupos de hombres,
aún minoritarios y poco estructurados, que desde diferentes
perspectivas han empezado a asumir un papel activo en la lu-
cha por la igualdad (Bonino, 2003)101. Como he apuntado con
anterioridad, en algunos casos se trata de grupos de reflexión
sobre la condición masculina, mientras que en otros asumen
un papel social muy activo, por ejemplo en la denuncia de la
violencia de género. Estos tímidos movimientos no se han visto
acompañados, desde el punto de vista teórico, de una reflexión
sobre la masculinidad. Salvo algunos nombres excepcionales, y
a diferencia de lo que ocurre por ejemplo en el ámbito latino-
americano102, en nuestro país no se ha llegado a consolidar una
línea de investigación que incida en el “género” masculino103.

101
El ejemplo internacional más consolidado en este sentido es la ya citada
Campaña Internacional del Lazo Blanco (Kaufman, 2002). Entre las expe-
riencias españolas pioneras cabe destacar la intensa labor de la Asociación
de Hombres por la Igualdad –www.ahige.org–, así como la del Departamento
de Hombres por la Igualdad del Ayuntamiento de Jerez– http://www.jerez.
es/index.php?id=7113, la Red Heterodoxia (www.heterodoxia.wordpress.
com) o el Blog de Hombres Igualitarios de Cataluña (http://homesigualitaris.
wordpress.com).
102
Cabe destacar la intensa actividad –foros, debates, cursos, publicacio-
nes– que genera la Red Iberoamericana de Masculinidades: www.redibero-
americana.com.
103
Sí que ha contribuido al inicio de una reflexión sobre las masculinidades
las reivindicaciones del movimiento gay y las aportaciones teóricas realiza-
das en torno a los derechos del colectivo LGTB. Por ejemplo, en el caso de
nuestro país la polémica suscitada por la reforma del Código Civil llevada a
cabo en 2005 y que permitió al matrimonio entre personas del mismo sexo,
contribuyó a generar un debate, más allá de la situación de gays y lesbianas,

164
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Pese a estos avances, todavía hoy observamos una consi-


derable distancia entre los objetivos y valores incorporados
en buena parte de nuestro ordenamiento y los que siguen im-
perando en la sociedad. Basta con hacer un recorrido por los
medios de comunicación para constatar cómo el depredador
patriarcal (Herrera, 2005b) sigue enseñando sus fauces con
relativa frecuencia, lo cual por otra parte certificamos cada
vez que sumamos una mujer a la larga lista de las que cada
años son asesinadas por hombres con los que mantenían o
habían mantenido algún tipo de relación. Sin duda, uno de
los factores más positivos que se han generado en los últimos
años es la capacidad de “respuesta social” ante las violaciones
de derechos de las mujeres y ante las patentes situaciones de
discriminación. Es decir, tal y como sucedió con la sentencia de
la Audiencia de Murcia, la reacción de los medios de comunica-
ción fue inmediata y se generó un debate social que nos permite
albergar ciertas esperanzas. Ahora bien, no podemos olvidar
cómo por ejemplo los mismos medios de comunicación viven
prisioneros de una paradoja porque, al tiempo que muchos
de ellos denuncian la discriminación de las mujeres, también
contribuyen a la reproducción de roles y estereotipos104.

sobre los modelos familiares y los roles de género. Es decir, el debate sobre
el matrimonio igualitario supuso también la apertura de una crítica sobre la
masculinidad hegemónica, construida en torno a la heteronormatividad.
104
Baste como ejemplo el informe elaborado por el Consejo Audiovisual
de Andalucía y hecho público en octubre de 2011, según el cual tres de cada
cuatro testimonios difundidos por los informativos de las televisiones anda-
luzas son de hombres. El estudio ha analizado la distribución por sexo de los
tiempos de palabra en las televisiones públicas en el año 2010 y el resultado
muestra un desequilibrio evidente. El informe no solo desvela que la voz de
las mujeres tiene menos espacio, sino que las televisiones siguen haciendo
una distinción por roles: los testimonios de mujeres son más frecuentes en
noticias relacionadas con sanidad, educación y los conflictos sociales, mien-
tras que son muy reducidos en las informaciones sobre ciencia y tecnología,
economía, deporte y universidad. Además también se ha constatado como una
de cada cinco mujeres que intervienen en las noticias lo hace sin identificar,
como actor ocasional, generalmente entrevistadas en la calle para dar su
testimonio u opinión sobre un hecho. En el caso de los hombres, solo uno

165
Octavio Salazar Benítez

En sentido opuesto a dichos movimientos, y como también


he destacado en páginas anteriores, diversos factores están
provocando en el momento actual reacciones patriarcales
que ponen en peligro las conquistas en esta materia. Además
de los peligros, agravados por la crisis económica, que la glo-
balización supone para los derechos de las mujeres, es fácil-
mente constatable cómo su progresivo acceso a la ciudadanía
está provocando en muchos hombres una reafirmación de la
masculinidad patriarcal, en cuanto que ven “amenazadas” sus
cuotas de poder y son incapaces de reubicarse en un contexto
de iguales.
A ello habría que sumar las posiciones que entienden que
feminismo está adoptando unos posicionamientos extremos,
hasta el punto que se llega a hablar de “ideología de género” o
“posfeminismo de género” para designar, de manera un tanto
confusa, a las teorías que subrayan el carácter cultural de las
diferencias entre los hombres y las mujeres105.
Este análisis, al que podríamos sumar otros muchos que
nos ofrecen datos objetivos sobre la supervivencia del orden
patriarcal, nos debería servir para, de una vez por todas, to-
marnos la igualdad de género en serio. Y ello pasa por varios
objetivos entrelazados que deberían acercarnos progresivamen-
te al logro de una democracia auténticamente paritaria, lo cual
supone remover los cimientos sociales y culturales, tal y como
ordena el art. 9.2 CE, que siguen legitimando una situación de
desigualdad en función del sexo.
Esa transformación no será posible si los hombres somos
excluidos de ella. Por el contrario, debemos asumir nuestra
presencia en un doble sentido. De una parte, como sujetos ac-

de cada 10 no es identificado. http://www.consejoaudiovisualdeandalucia.


es/ (fecha de la consulta: 5-10-2011).
105
Entre las múltiples aportaciones que en los últimos años están realizan-
do una revisión crítica desde este punto de vista podemos señalar el volumen
coordinado por la profesora Ángela Aparisi Miralles titulado Persona y género
(2011).

166
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

tivos en la lucha por la igualdad, a través del establecimiento


de alianzas con el movimiento feminista y de la creación de
grupos de hombres comprometidos en problemas como la vio-
lencia de género. De otra, como objetos de una políticas que
deben contribuir a revisar las <<normativas hegemónicas>>
de género.
Por todo ello, el compromiso por la democracia paritaria
supone, como he avanzado, objetivos mucho más ambiciosos
que los meramente cuantitativos, los cuales han centrado la
mayor parte de los esfuerzos políticos en las últimas décadas.
Tras siglos de discriminación, esos esfuerzos eran más que
urgentes y justificados. Y todavía hoy lo siguen siendo en nu-
merosos contextos e incluso en países donde disfrutamos de
democracias consolidadas. Pero no basta con ellos. Las mujeres
no podrán superar las discriminaciones de todo tipo que siguen
sufriendo sino incidimos en las “raíces” de las que brotan. Es
decir, es urgente modificar nuestro modelo de convivencia, de
manera que, al tiempo que las mujeres se incorporan plena-
mente en la vida social, los hombres lo hacemos en la familiar.
Es necesario modificar las reglas, procedimientos y valores
que continúan presidiendo el trabajo, la cultura, la economía,
la política y la sociedad en general, los cuales, como vengo
insistiendo, responden a las pautas de los que históricamente
han tenido poder para hacer las normas e interpretarlas.
Este programa político, auténticamente revolucionario por
lo que supone de revisión crítica de las “reglas de la tribu”106, ha
de llevarnos a una definición más plural y justa del mismo con-
cepto de “humanidad”, de forma que acabamos con la identifi-
cación de ésta con el varón –“Humanidad: Varonidad” (Wittig,
2006: 80)– y la ajustemos no sólo a las exigencias que plantea la

106
Si, como bien ha escrito Celia Amorós (2007: 226), la Ilustración fue
un gran debate acerca de “las reglas de la tribu”, en estos momentos la
teoría feminista ha de ser el instrumento idóneo para discutir unas reglas
que siguen provocando injusticias y que suman, a las viejas desigualdades,
nuevas exclusiones.

167
Octavio Salazar Benítez

diferencia de género sino también todas las que derivan de las


identidades individuales y colectivas. De esta forma, el punto de
llegada, desde el punto de vista jurídico-constitucional, habría
de ser la construcción de un nuevo paradigma: la ciudadanía
como igualdad diferenciada (Salazar, 2010). Al tiempo que,
desde el punto de vista epistemológico, la conclusión habría
de ser la integración, que no asimilación, de las diferencias
en un concepto de “humanidad” más ancho que el asumido
históricamente y basado más en la performatividad que en las
categorías cerradas y etnocéntricas107. Es decir, es necesario
incorporar a los modelos político y jurídico –y también, por
supuesto, a los científicos– la “lógica de lo mixto” (Agacinski,
1998: 25,42), es decir, la lógica de las diferencias sin jerarquías.
Desde este punto de vista, el horizonte es un “universalismo
diferenciado”, entendido como “objetivo al que constantemente
aspiramos en el contexto de diferencias sociales siempre en
flujo” (Rodríguez, 2010: 101). Ello implica asumir y extender la
reivindicación permanente del feminismo, en la medida que a
las mujeres se les ha negado históricamente su igual y diferente
humanidad, ya que esto es lo que se les niega a los que no caben
en el concepto de ciudadanía alumbrado por una racionalidad
etnocéntrica: su igual y diferente humanidad. En definitiva, se
trata de conseguir “un nuevo pacto social, una resignificación
de la subjetividad de la ciudadanía, la conciliación de los tiem-
pos y los espacios de vida, en el nuevo marco que impone la
globalización” (Rubio y Herrera, 2006: 19).

107
Este debate se ha planteado en las Ciencias Sociales gracias a los retos
que plantean las sociedades multiculturales (Salazar, 2010).

168
CAPÍTULO III
LA MÍSTICA DE LA MASCULINIDAD108

I. La masculinidad como imperativo categórico: “No


vamos a rendirnos. No somos mujeres. Vamos a
luchar”

La autora de uno de los clásicos de la reflexión feminista,


Betty Friedan (2009: 17), puso de manifiesto a finales del siglo
pasado el papel que los hombres debíamos asumir con respecto
a nosotros mismos y a la sociedad. En el análisis introductorio
que redactó en 1997 para una reedición de La mística de la
feminidad lo dejaba bien claro: “Estamos acercándonos a un
nuevo siglo –y a un nuevo milenio– y son los hombres los que
tienen que progresar hacia una nueva manera de pensarse a sí
mismos y de concebir la sociedad”.
Es decir, los hombres tenemos que empezar a cuestionarnos
nuestro estatuto privilegiado y unos patrones que nos siguen
avalando como los legítimos detentadores del poder y la auto-
ridad. Esta no resultará una tarea fácil en cuanto que supone
someter a crítica nuestros privilegios, renunciar a muchos de
ellos y romper con una larga cadena de beneficios que, todavía
hoy, alimentan nuestra superioridad. Estas dificultades ya las
anunció John Stuart Mill cuando a finales del XIX reaccionó

108
Utilizo la denominación acuñada por Myriam Miedziam (1995: 22), la cual,
a su vez, nos remite a la célebre “mística de la feminidad” de Betty Friedan.

169
Octavio Salazar Benítez

contra La esclavitud de las mujeres, siendo uno de los pocos


intelectuales que no traicionaron los principios ilustrados:

“Representaos la perturbación moral del mocito que lle-


ga a la edad civil en la creencia de que, sin mérito alguno,
sin haber hecho nada que valga dos cuartos, aunque sea el
más frívolo y el más idiota de los hombres, por virtud de su
nacimiento, por ley sálica, por potencia masculina, derivada
de la cooperación a una función fisiológica, es superior en
derecho a toda una mitad del género humano sin excepción,
aun cuando en esa mitad se encuentran comprendidas per-
sonas que en inteligencia, carácter, educación, virtud o dotes
artísticas le son infinitamente superiores”.

Mucho me temo que los “mocitos” de hoy continúan siendo


educados para convertirse en los sujetos activos por excelencia,
en los proveedores y en los hacedores. Aunque formalmente
sus procesos de socialización respondan a unos criterios res-
petuosos con la igualdad de género, la educación informal
sigue prorrogando la instrucción en el arte de la conquista, en
el dominio del espacio público y de los saberes109, en la pose-
sión de las mujeres como objetos sin los que no sería posible
la reproducción. Algo que podemos constatar en lo que Carlos
Lomas (2004, 21-22) ha denominado “la cultura masculina del
patio y de la escuela”, refiriéndose al:

“espacio simbólico habitado por una serie de líderes


cuyas conductas (con respecto a sus compañeros y a sus
compañeras) son un fiel reflejo de las conductas y de los
valores asociados al modelo dominante de la masculinidad
(el valor absoluto e incuestionable de la fuerza, el elogio de
la violencia, el menosprecio del diálogo y la solidaridad, el

109
Como bien explica Amelia Valcárcel (2009: 139), el “techo de cristal”
no afecta sólo a los “poderes” sino también a los “saberes”: “El sufragismo
obtuvo el derecho al saber pero el sexo del saber sigue siendo el mismo”.

170
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

maltrato a las chicas y a los chicos que no se identifican con


ese modelo dominante de masculinidad”

En dichos espacios simbólicos, el niño certifica “que en el


mundo adulto, la estructura de poder es justo la contraria a la
de su pequeño mundo. Por ello siente la necesidad de separarse
del mundo menos poderoso, menos prestigioso de las mujeres
y buscar su lugar en el mundo de los hombres” (Miedzian,
1995: 124).
Esos procesos lejos de desaparecer se consolidan en un mo-
mento histórico en el que, frente a las progresivas conquistas
femeninas, asistimos a una reacción patriarcal, en cuanto que
muchos hombres generan comportamientos que les permitan
perpetuar su posición existencial y las ventajas que derivan de
ella. En este sentido, Luis Bonino (2002: 45) habla de “compor-
tamientos activos de resistencia”, “estrategias de violencia” y
“micromachismos utilitarios”. Unos comportamientos y actitu-
des que en muchos casos derivan de que “los hombres machistas
son siempre una amenaza que se materializa cuando se sienten
frustrados, cuando tienen dificultad en alcanzar las metas de la
masculinidad a la que aspiran” (Gilmore, 2008: 37).
Los hombres hemos definido tradicionalmente nuestra
identidad en torno a dos grandes factores que, a su vez, se
han proyectado en otros que, de manera conjunta, compo-
nen el puzzle de lo que aquí podíamos llamar “masculinidad
hegemónica”110. En primer lugar, los hombres nos definimos
por nuestras actividades, por lo que conseguimos, por el éxito

110
Lo cual no quiere decir que sólo exista un tipo de masculinidad. Obvia-
mente, “no existe la masculinidad en singular, no existe una forma universal
de ser hombre, sino mil y una maneras de ser hombres que se construyen
y manifiestan de forma diferente teniendo en cuenta no sólo las diferencias
subjetivas sino también las diferencias de clase social, de orientación sexual,
de ideología, de nivel de instrucción cultural, de raza y de etnia”. Ahora bien,
si que podemos hablar de ella en singular para referirnos a “una forma glo-
bal de cultura que comparten los hombres en distintas sociedades y grupos
humanos” (Lomas, 2008).

171
Octavio Salazar Benítez

que alcanzamos: “el yo en los logros” (Fernández-Llebrez, 2004:


37). De esta manera, “la masculinidad no se tiene, sino que se
ejerce, y el poder es el eje central de su constitución y ejercicio”
(G. Cortés, 2004: 42). Es decir, la masculinidad se construye,
se fabrica, “al ser masculino se le desafía permanentemente
con un <<demuestra que eres un hombre>>” (Badinter, 1993:
18). Se trata, en definitiva, de un proceso social, emocional y
subjetivo (Guasch, 2006: 29-30): tiene que ver con algo que
se adquiere, con cómo sienten las personas y, a su vez, está
condicionado por las propias experiencias.
Eso genera una inevitable dinámica competitiva –que se
proyecta en lo político, en lo económico, en lo social, pero
también en lo personal– y, en consecuencia, una constante
ansiedad. Para poder definirnos –o, dicho de otra manera,
para poder “vernos” y que los demás nos “vean”– tenemos
que demostrar las metas alcanzadas en el espacio reservado
para nosotros, es decir, el público. Nos definimos pues por lo
que hacemos y no tanto por lo que somos111. Como de manera
contundente lo expresa Oscar Guasch (2000: 129), “hay que
ser macho de manera constante, todo el tiempo, sin descanso.
Hay que hacer saber a los otros que se es macho”.
Ello a su vez está conectado con otro factor de la masculi-
nidad. Desde niños, y muy especialmente en la adolescencia,
somos educados para desconfiar de nuestro interior y para
proyectarlo todo hacia fuera, en lo público, en las tareas
productivas y en las carreras que mantenemos con nuestros
semejantes. Huimos de lo “privado”, y de todos los valores y
actitudes ligados a dicho ámbito, en cuanto que pueden suponer
un obstáculo para nuestra carrera pública y en cuanto que de

111
Ello ha tenido su proyección también en el mundo del arte. Lo subraya
Richard Dyer (G.Cortés, 2004: 49) en relación a la fotografía: “Cuando se foto-
grafía la imagen de un hombre, aunque no esté haciendo nada, su pose refleja
una actividad. Incluso en situaciones aparentemente relajadas, en el cuerpo
masculino los músculos están enfatizados, se presta una especial atención a
la potencialidad, a la disponibilidad, para la acción de este cuerpo”.

172
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

ellos no obtenemos las satisfacciones que sí obtenemos a tra-


vés del trabajo o del desarrollo profesional. Como esa carrera
pública está basada en unas reglas del juego apoyadas, a su
vez, en dinámicas muy masculinas, si queremos triunfar en
ella hemos de renunciar a todo lo que pueda frenarnos, a todo
lo que nos condicione, a cualquier elemento que no podamos
medir en términos de productividad o rendimiento. Por ello,
también, procuramos aislarnos de lo meramente emocional o
sentimental, en cuanto que lo entendemos como un síntoma
de flaqueza o, en el mejor de los casos, como un territorio que
poco aporta a los objetivos que nos hemos marcado. De acuerdo
con los dictados de la “razón patriarcal”, asumimos que “las
emociones devienen fuerzas subjetivas que impiden el control y
la razonabilidad, nos devuelven al oscuro mundo del prejuicio,
la superstición, a la dependencia y, en definitiva, a lo que Kant
llamaría <<la autoculpable minoría de edad>>” (Maíz, 2010:
18). Paralelamente, nos sentimos seguros en estructuras que
delimitan de manera perfecta nuestro papel y que nos evitan
cuestionar nuestra subjetividad.
Esos dos elementos confluyen en la huida del espacio pri-
vado112, el cual consideramos como el territorio de las mujeres,
el de la reproducción, el de los afectos, el de los cuidados. Un
ámbito que los varones contemplamos como “refugio moral y
emocional alejado de la potencialmente corrupta esfera pública
del trabajo y la política” (Seidler, 2007: 95). Esa división entre
lo público y lo privado ha sido y es determinante en la conti-
nuidad de la desigualdad de género: “La distinción entre una
esfera pública que no está abierta a todos por igual, y una esfera
privada-íntima que se basa exclusivamente en el amor y el afecto,
y el contraste entre un bien público y común y unos intereses
conflictivos, privados y parciales no sólo son constitutivos de la
estructura institucional de las sociedades modernas sino que
también han conformado la concepción dominante de razón y
racionalidad en éstas” (Benhabib y Cornell, 1990: 17).
112
“Mientras que los procesos de identificación femenina son relacionales,
los de la masculinidad son oposicionales” (Badinter, 1993: 76)

173
Octavio Salazar Benítez

Como he señalado con anterioridad, la familia burguesa ar-


ticuló a la perfección ese reparto de espacios y roles, de manera
que subrayó, respaldada incluso por el Derecho, la diferencia
jerárquica entre lo masculino y lo femenino. Las funciones
desempeñadas por las mujeres en ese contexto serán funda-
mentales para que los hombres puedan desarrollar su vida
pública: “el espacio privado se constituye como el ámbito de la
necesidad. En dicho espacio no se desarrolla precisamente la
individualidad de la mujer sino que ésta se dedica a reproducir
las condiciones de posibilidad del ejercicio de la libertad del va-
rón, que es el individuo, en el espacio público” (Amorós, 2000:
435) De esta manera, la universalidad y la imparcialidad se han
construido “mediante la independencia de todo aquello que tie-
ne que ver con las necesidades básicas para la subsistencia que
implica que la independencia o libertad de unos se construye
sobre el sometimiento natural de otras al mantenimiento de la
vida humana y su cuidado” (Rubio, 2006: 39). O, lo que es lo
mismo, ha sido la dependencia y servidumbre de las mujeres
la que ha posibilitado la independencia de los hombres. De ahí
que el modelo empiece a resquebrajarse cuando las mujeres
se incorporan al espacio público. Justo entonces el equilibrio
perfecto, para los varones se entiende, se tambalea.
Durante siglos el Derecho privado ha dado cobertura jurí-
dica a un contrato sexual basado en la posición desigual de las
partes e impuesto, que no negociado, en beneficio del varón.
El varón que es el protagonista del orden político, el que crea
e interpreta el Derecho, el referente de las virtudes que deben
presidir la vida pública. Y no cualquier varón: el modelo será
el heterosexual, el padre de familia, el que reproduce los es-
quemas básicos de un orden socio-económico que requiere de
la familia para mantenerse. De ahí que el ordenamiento jurí-
dico hable expresamente de “la diligencia del buen padre de
familia” para referirse al patrón de conducta que la sociedad
asume como ético y ajustado a Derecho (Pizarro, 2011). En ese
prototipo hay toda una declaración, avalada jurídicamente, del
canon de masculinidad y, con él, en paralelo, de la identidad

174
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

femenina “adecuada” así como de un modelo de familia apo-


yado en tres principios esenciales: a) las profundas diferencias
entre el hombre y la mujeres en cuanto a su reconocimiento
de derechos políticos y sociales; b) la división rígida de roles
sexuales; c) una estructura interna de carácter patrimonial y
autoritario (Gómez, 1990: 86-88).
De acuerdo con estos presupuestos, podemos concluir que
la masculinidad hegemónica se ha configurado de acuerdo con
dos parámetros básicos:
1º) El lugar privilegiado del varón en la sociedad, es decir,
su posición de proveedor, de titular del poder económico y polí-
tico, de autoridad en el contexto familiar y de legítimo detenta-
dor de la violencia. Todo ello provoca las consecuencias propias
de sentirse parte de un grupo dominante: “se caracterizan por
ver <<naturales>> sus derechos y prerrogativas, sentirse
agobiados por el desempeño derivado de esos privilegios (la
llamada <<responsabilidad>> masculina), minusvalorar el
sufrimiento producido en los grupos dominados, aprovecharse
de las capacidades y asignaciones sociales de los subordinados
(en ese caso el cuidado de las personas y de lo doméstico que
los varones no sienten como propios) y desresponsabilizarse de
la desigualdad, atribuyendo dicha responsabilidad a los mismos
subordinados” (Bonino, 2002: 44)113. A su vez, ello ha generado
una “cultura unilateral masculina” que se refleja en todos los
ámbitos, incluidos también el del conocimiento o la ciencia,
caracterizada entre otros elementos por “la persecución de
metas sin consideración de los medios y de los procedimientos,
la glorificación de la competencia, la confusión entre seres
humanos y objetos como productos” (Rich, 2011: 203).
113
Hannah Arendt lo explicaba muy bien en La condición humana (1993:
43): “Resultaba evidente que el mantenimiento individual fuera tarea del
hombre, así como propia de la mujer la supervivencia de la especie, y ambas
funciones naturales, la labor del varón en proporcionar alimentación y la de
la hembra en dar a luz, estaban sometidas al apremio de la vida. Así, pues,
la comunidad natural de la familia nació de la necesidad, y ésta rigió todas
las actividades desempeñadas en su seno”.

175
Octavio Salazar Benítez

Todo ello se refleja a la perfección en el retrato que Virginia


Woolf hace en su novela Al faro del señor y de la señora Ramsay.
No es de extrañar que Pierre Bourdieu (2000) identificara al
Sr. Ramsay como modelo del patriarca:

“… forzosamente debían saber que, entre los dos, él era in-


finitamente más importante; su aportación al mundo, compa-
rada con la de su marido, era una insignificancia. Además, ella
era incapaz de decirle la verdad y no se atrevía, por ejemplo, a
advertirle que el tejado del invernadero necesitaba reparación,
por miedo al gasto que suponía (quizás unas cincuenta libras)
y luego, respecto a sus obras, temía que él adivinase lo que
ella sospechaba: que su último libro no era el mejor de todos
(…); y tener que ocultarle las pequeñeces diarias, de lo cual se
daban cuenta los niños, pesando sobre ellos…”

2º) El rechazo de todos los valores, actitudes y aptitudes


considerados como propios de las mujeres, todo ello de manera
paralela a la afirmación, incluso exasperante, de las actitudes
y comportamientos estimados masculinos. Es decir, la mas-
culinidad se ha forjado por una parte sobre principios tales
como la autoridad, el orden, la violencia y, por otra, mediante
el rechazo de otros como la ternura, la capacidad de diálogo o
la interdependencia. Algo que se sigue poniendo de manifiesto
en la segunda acepción de “feminidad” que nos ofrece la RAE:
“estado anormal del varón en que aparecen uno o varios caracte-
res femeninos”. En consecuencia, los hombres “que desean vivir
sexualidades no heterocentradas, se ven estigmatizados como
hombres anormales, sospechosos de pasivos y amenazados de
ser asimilados y tratados como mujeres. Porque, de eso se trata:
ser hombre significa ser activo” (Welzer-Lang, 2002: 64).
En consecuencia, la masculinidad “moderna” se define
como “una representación inmutable de lo que son y deben ser
los hombres. De este modo, la masculinidad se concibe como
algo que no cambia, que es perenne. Una inmutabilidad que
conlleva la definición de lo que se supone que es el verdadero

176
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

hombre. Una definición científica que dice cuáles son los atri-
butos del supuesto hombre de verdad, y afirma que el hombre
verdadero existe (…) Esta búsqueda de la verdadera identidad
implica que quien quede fuera de dicha definición no es un
hombre, sino otra cosa que no se sabe muy bien qué es. O mejor
dicho, algo que muchas veces sí que se sabe qué es, pues para
denominar dicha realidad se utilizan adjetivos como afemina-
do, maricón, mujer, niño o infantil. Conceptos y realidades que
actúan o bien como antítesis del estereotipo masculino o bien
como su complementario, pero nunca como parte del propio
estereotipo” (Fernández-Llebrez, 2004: 29-30).
Estos caracteres se recrean insistentemente incluso en la
actualidad a través de discursos, imágenes y elementos socia-
lizadores de todo tipo. Recorren transversalmente todas las
culturas y forman una especie de código atemporal. Los descu-
brimos por ejemplo en las palabras de un Gadafi acosado en el
verano de 2011. En un mensaje retransmitido por la televisión
siria Arrai el coronel resumió en tres frases esa concepción de
la masculinidad dominante que, paradójicamente pocos meses
después de poco le serviría ante los “machos” que acabaron con
él114: “No vamos a rendirnos. No somos mujeres. Vamos a seguir
luchando”. En muy pocas palabras se concentran los caracte-
res que mejor la definen: la violencia, la acción permanente,
la negación de lo femenino. Unos meses después, las imágenes

114
Incluso en actuaciones como el asesinato de Bin Laden o el de Gadafi,
respaldados por una comunidad internacional que se muestra ciega antes
las exigencias mínimas de un Estado de Derecho, encontramos reflejada una
concepción patriarcal de la política y de las relaciones internacionales. El
uso de la fuerza como instrumento de venganza y de coacción entronca con
la concepción patriarcal de una masculinidad obligada al heroísmo y a la
competitividad. Desde el punto de vista de las garantías jurídicas, no cabe
duda de que el orden internacional es el que mejor refleja en la actualidad la
supervivencia de un modelo en el que el Derecho ha sido incapaz de someter
a límites a la “ley del más fuerte”. Hasta el punto de llegar, como en los casos
comentados, a actuar paradójicamente al margen de la legalidad frente a
unos líderes o sistemas políticos condenados precisamente por no respetar
las reglas del Estado de Derecho.

177
Octavio Salazar Benítez

de su asesinato nos ofrecieron otro lamentable espectáculo de


virilidad sangrienta.
Esos caracteres actúan sobre los hombres como una perma-
nente exigencia, es decir, nos obligan a cumplir con las expecta-
tivas que nos sitúan en un lugar privilegiado, con todo lo que eso
conlleva en cuanto a nuestro papel en la sociedad, además de
vernos constreñidos por la huida permanente de “lo femenino”.
En este sentido, podemos afirmar que la masculinidad es una
carga permanente, una exigencia ante nosotros mismos y hasta
los demás115. Lo expresa muy bien el escritor Yukio Mishima en
un texto que recoge José M. García Cortés (2004: 156):

“Toda su dedicación tendía a aumentar en él su virilidad.


Quiso vivir de manera varonil y darse muerte digna de un
hombre. Para ser realmente un hombre era preciso dar
constantes muestras de virilidad, comenzando por eviden-
ciar que mañana sería más hombre que ayer. Ser hombre
requería abrirse a cada instante caminos hasta las cumbres
de la virilidad para morir en ella”

De esta forma, y como bien explica Pierre Bourdieu (2000:


68), “la virilidad, entendida como capacidad reproductiva,
sexual y social, pero también como aptitud para el combate
y para el ejercicio de la violencia es fundamentalmente una
carga. En oposición a la mujer, cuyo honor, esencialmente
negativo, sólo puede ser definido o perdido, al ser su virtud
sucesivamente virginidad y fidelidad, el hombre <<realmente
hombre>> es el que se siente obligado a estar a la altura de la
posibilidad que se le ofrece de incrementar su honor buscando
la gloria y la distinción en la esfera pública”116.

115
“En nuestra sociedad las masculinidad constituye más que diversifica
a los varones. Esto significa que socialmente sólo existe una forma adecuada
de representar la masculinidad, y si no corresponde con la tuya entonces no
eres un hombre de verdad” (Pescador, 2004: 124).
116
De esta manera, “el modelo dominante de masculinidad significa no
sólo poder y privilegios sino también dolor y alienación, un dolor y una

178
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Este paradigma ha ido resquebrajándose a medida que las


mujeres han conquistado espacios de igualdad y, por tanto, han
obligado a recomponer algunas piezas del puzzle. Sería injusto
afirmar que, por ejemplo, en el caso de nuestro país, nada ha
cambiado en los más de treinta y tres años de democracia. Son
evidentes las transformaciones en numerosas pautas sociales,
reglas de comportamiento y, por supuesto, normas jurídicas.
Sin embargo, y como vengo insistiendo desde el principio, los
hombres seguimos condicionados por un ideal que sigue es-
tando presente en nuestra socialización y que, en gran medida,
se proyecta en los ámbitos tanto personales como políticos. Y
aunque otras “masculinidades” han ido haciéndose visibles,
perdura una concepción mayoritaria, y muy asentada, de cuál
es el papel que se espera de nosotros. Mucho me temo que
los niños y los adolescentes del siglo XXI, aunque obviamen-
te tienen abiertas otras ventanas y están obligados a vivir en
unas sociedades donde la igualdad de género es una conquista
irrenunciable– ¿o no?–, continúan estando marcados por los
dictados de una “masculinidad hegemónica” que se resiste a
abandonarnos. Incluso, como algunos nos tememos, se refuerza
en unos momentos de incertidumbres, de escasez y de repliegue
de las políticas públicas. De ahí que no sea tan descabellado
afirmar que los hombres del siglo XXI sigan, en gran medida,
condicionados por los cuatro referentes que históricamente nos
han servido de guía: el Rey, el Guerrero, el Mago y el Amante
(Moore y Gillette, 1993)117.
La suma de esos cuatro estereotipos dibuja el retrato de
un hombre que se resiste a desaparecer. El que, a través del
alienación que, obviamente, es de una naturaleza e intensidad diferentes al
dolor y la opresión de las mujeres que sufren la dominación masculina. Esta
naturaleza diferente del dolor y de la alienación con la que la mayoría de los
hombres viven su identidad masculina tiene que ver en buena medida con
el imperativo categórico de una masculinidad que a muchos en el fondo no
les apetece, o no les parece justa, o es inalcanzable” (Lomas, 2008).
117
Esos cuatro prototipos tienen sus correspondencias en femenino: la
súbdita (y, en el mejor de los casos, la consorte), el botín de guerra, la bruja
y la enamorada.

179
Octavio Salazar Benítez

control del poder, la violencia, el saber y el sexo, ha ocupado


durante siglos el lugar privilegiado de “los dos grandes nomos
que vertebran las sociedades de la Modernidad: el contrato
sexual y el contrato social” (Cobo, 2011: 139).

II. Mad men118

“Con la idealización de la imagen del hombre desnudo,


los griegos convirtieron la representación del cuerpo mas-
culino en el símbolo en el cual se encarnaban tres aspectos
fundamentales de la vida social: el poder, la rigidez y la

118
Utilizo como título de este apartado el de una serie de mucho éxito a
nivel mundial (acaba de estrenarse su quinta temporada), Mad men, pro-
ducida por Lionsgate Tv y emitida por el canal americano AMC. En ella se
nos cuenta la vida de Don Draper, un exitoso publicista en la América de
los años 60. A través de este personaje, y de todos los que le rodean en su
vida familiar y profesional, asistimos a un cuidadoso retrato de la construc-
ción tanto del “género masculino” como del “femenino”. Don Draper y sus
compañeros de agencia son un magnífico ejemplo de todos los rasgos de la
masculinidad patriarcal –hombres de éxito, conquistadores, depredadores
sexuales, competitivos, pero también prisioneros en la jaula de su virilidad,
la cual en algún caso es incluso la máscara de una homosexualidad repri-
mida–, de la misma forma que los personajes femeninos –la mujer de Don,
Betty, pero también las que trabajan en la agencia, o las que aparecen como
clientes o en la mayoría de los casos como “objetos”– constituyen un agudo
retrato de las subjetividades femeninas. Aparece, por ejemplo, todo eso que
Betty Friedan retrató en su Mística de la feminidad como “el mal que no tiene
nombre” (a través básicamente del personaje de Betty) y también nuevos mo-
delos de mujer que procuran, con muchas dificultades, ser autónomas en un
“mundo de hombres” (como el caso de Peggy, una de las trabajadoras de la
agencia de publicidad que sirve de escenario para la serie). El título es bien
representativo de la “locura” que representa la masculinidad hegemónica
entendida como un conjunto de imperativos que pesan sobre unos hombres
que deben responder a un modelo y que viven en permanente tensión emo-
cional. Unos hombres obsesionados por el éxito profesional, padres ausentes,
conquistadores sexuales y miembros de una “fratría” en la que se reconocen
y que les sirve de mecanismo de autoafirmación. Todo ello además en una
época, la América de la segunda posguerra mundial, en la que asistimos a
un refuerzo de esos patrones en un contexto de economía capitalista exitosa
(página oficial de la serie: http://www.amctv.com/shows/mad-men).

180
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

invulnerabilidad. Estos ideales los plasmaron, fundamen-


talmente, en dos figuras que ha pervivido en el arte occi-
dental hasta nuestros días: el atleta y el héroe. Dos figuras
entendidas como complementarias, pues los atletas eran
vistos como héroes y los héroes como atletas, que exhibían
orgullosamente su energía y se la exigían a sus partidarios”
(G. Cortés, 2004: 60-61).

1. La vertical omnipotencia

“La angustia de ser hombre, de no ser lo bastante hom-


bre. Por eso el protagonista es un escritor. El pequeño
terrible secreto de los escritores es que somos escritoras,
escribir no es <<viril>>. Lo viril es vivir. En la cosmogonía
patriarcal el mundo le ha sido entregado desde siempre a los
fuertes, a los hombres, para que peleen por él y se adueñen
de él. La lucha por la vida es cosa de hombres y las mujeres
la contemplan desde su ventana y acogen luego al vencedor.
Los escritores contemplamos la vida desde nuestra ventana.
Escribir una muerte no es de machos; de machos es matar”.
(Suso de Toro, 1999).

Los hombres hemos tenido siempre el control y el prota-


gonismo de la esfera pública, de manera que en nosotros han
confluido los dos factores articuladores del Estado constitu-
cional: el ejercicio del poder y la ciudadanía. Por supuesto en
estructuras jurídico-políticas no democráticas, el poder, y con
él las normas, estaban en manos de unos varones encargados
de organizar la convivencia, resolver los conflictos (en la ma-
yoría de los casos de manera violenta) y de administrar justicia.
Hasta el punto de que ha habido tesis, afortunadamente hoy
superadas, que han defendido el carácter masculino del Estado.
En concreto, Bluntschli en el siglo XIX mantuvo que mientras
que el Estado tenía sexo masculino, la Iglesia representaba la
naturaleza femenina (Lucas Verdú, 1984: 332). De acuerdo
con esta división, entendía el profesor suizo que una nación

181
Octavio Salazar Benítez

que se autogobierna no puede prescindir de la energía mas-


culina, mientras que la debilidad y sensibilidad de las mujeres
la corromperían.
Ahora bien, esa posesión y ejercicio del poder se ha prorro-
gado no sólo en el ámbito público sino también en el privado,
de manera que las estructuras familiares han respondido tra-
dicionalmente al esquema de una monarquía hereditaria: los
hombres de la familia se iban pasando el testigo de la autoridad
y establecían las reglas que debían observar el resto de los
miembros que permanecían en una especie de servidumbre.
En este ámbito, uno de los más complejos de transformar, ya
que no sólo se requieren normas y políticas públicas para ha-
cerlo sino también un cambio en la cultura patriarcal, se han
puesto las bases durante siglos para la diferenciación jerárqui-
ca entre hombres y mujeres. Y sobre ese contrato, traducido
jurídicamente a través fundamentalmente del Derecho Civil
–aunque no sólo, también, como hemos visto, el Derecho Penal
ha sancionado dicho reparto de poderes–, se ha negociado un
“contrato social” en el que las mujeres durante mucho tiempo
no participaron y que incluso ahora, cuando lo hacen como
ciudadanas de pleno Derecho, siguen disfrutando de peores
condiciones que los hombres para incidir en la definición de
“las reglas del juego”.
Si consideramos que el poder conlleva dos elementos
esenciales –la acción de mandar y la de obedecer, así como la
amenaza de coacción, y por tanto, de violencia–, el patriarcado
ha sido una cultura que, durante siglos, ha colocado dichas
facultades en manos de los hombres. Podríamos hacer un pa-
ralelismo con la legitimidad histórica de las Monarquías119: un
Monarca accede al poder porque forma parte de una dinastía
que goza de unos derechos históricos que, a su vez, avalan la

119
En este sentido, debemos recordar cómo Aristóteles definía la familia
en su Política como una monarquía en la que la autoridad correspondía al
varón más antiguo.

182
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

ocupación del trono120. El simple hecho de nacer en el seno


de dicha familia legitima su acceso al poder, al margen de
sus cualidades personales o de la valoración que merezca en
aquellos que van a ser los destinatarios del ejercicio del mismo.
Si trasladamos dichos presupuestos al orden patriarcal nos
encontramos que, al igual que el Monarca, el hombre accede
al ejercicio del poder simplemente por el hecho de pertenecer
a una dinastía: la que ha compartido durante siglos con los de
su mismo sexo. Desde niño, el hombre es educado y prepara-
do para su futura ocupación del trono, consciente de que ha
nacido en un lugar privilegiado y que, a sus pies, mantendrá la
servidumbre de la mitad de la población, la cual debe ocuparse
de desempeñar las funciones reproductoras y nutricias que
garantizan la continuidad de la dinastía. Es decir, los padres–
y también muchas madres– “inducen a sus hijos a apropiarse
de recursos de poder que apuntan a la autonomía personal de
manera significativamente mayor que las mujeres, como el
acceso a los espacios públicos, el uso del tiempo y el manejo
del dinero” (Olavarría, 2004: 54).
En este sentido cabe la pena recuperar un interesante
ensayo de José Ortega y Gasset titulado El origen deportivo
del Estado (1967), en el que vinculan éste con las fratrías de
varones:

“... el joven es sociable, pero a la par es hazañoso, ne-


cesita acometer empresas. Indefectiblemente entre ellos
surge un temperamento, o más imaginativo, o más audaz,
o más diestro, que propone la gran osadía. Sienten todos,
sin que sepan por qué, un extraño y misterioso asco hacia
las mujeres parientes, consanguíneas con quienes viven en
la horda, hacia las mujeres conocidas, y un apetito de ima-
ginación hacia las mujeres otras, las desconocidas, las no
vistas o sólo entrevistas.
120
Por ello resulta tan significativo, como he analizado con anterioridad,
que nuestra Constitución continúe amparando la preferencia del varón sobre
la mujer en la sucesión al trono.

183
Octavio Salazar Benítez

Y entonces ha lugar una de las acciones más geniales de


la historia humana, de que han irradiado más gigantescas
consecuencias: deciden robar las mozas de hordas lejanas.
Pero esto no es empresa suave: las hordas no toleran im-
punemente la sustracción de sus mujeres. Para robarlas hay
que combatir, y nace la guerra como medio al servicio del
amor. Pero la guerra suscita un jefe y requiere una discipli-
na: con la guerra que el amor inspiró surge la autoridad, la
ley y la estructura social”.

El Estado de Derecho es el modelo político y jurídico que,


alumbrado con las revoluciones liberales, trata de poner límites
al ejercicio del poder, someterlo a la racionalidad del Derecho
y, en paralelo, convertir a los que hasta entonces habían sido
súbditos en ciudadanos. En ese proceso “revolucionario”, en
cuanto que suponía romper con las servidumbres del Antiguo
Régimen, las mujeres fueron olvidadas durante siglos y conde-
nadas, como hemos visto, a continuar en su estatus de súbditas.
Es decir, de individuos carentes de subjetividad, condicionados
por su biología y sin capacidad de tener voz propia. Frente a
ellas, el modelo normativo hegemónico para el varón se ha
articulado sobre la “búsqueda de la fama, vocación, libre al-
bedrío, lucha por la vida, ambición o espíritu emprendedor y
se resume en una de las creencias básicas de la masculinidad
moderna: la de la autosuficiencia triunfante, que ejerce su
acción a través del mandado básico que se inocula desde la
cultura como condición para ser varón (y sujeto): ¡hazte a ti
mismo! (¡y triunfa!)” (Bonino, 1998b: 5).
En este sentido hay una claro paralelismo actividad
masculina-pasividad femenina, urdidas ambas por el poder
de los hombres sobre las mujeres. Lo expresa con su habitual
rotundidad Adrienne Rich (2011: 18-19): “Esta cultura de la
pasividad manipulada que nutre las raíces de la violencia está
muy interesada en oponerse a las mujeres, reclamando activa-
mente, para sí, el derecho a decidir sobre nuestras vidas”. Fue
necesario que el movimiento revolucionario que surgió como

184
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

consecuencia de la ceguera “de género” de las revoluciones


burguesas, es decir, el feminismo, fuera erosionando en una
batalla de más de dos siglos los pilares de una “monarquía”, la
patriarcal, que continuaba al margen de los principios rectores
del Estado constitucional.
La estrecha vinculación masculinidad-poder ha determi-
nado que, todavía hoy, los hombres seamos educados en unas
condiciones de privilegio y hacia unos objetivos que siguen
marcando un papel que muchos se resisten a abandonar:

“Ellos se caracterizan por ver <<naturales>> sus dere-


chos y prerrogativas, sentirse agobiados por el desempeño
de estos privilegios (la llamada <<responsabilidad>>
masculina), minusvalorar el sufrimiento producido en
los grupos dominados, aprovecharse de las capacidades
y asignaciones sociales de los subordinados (en este caso
el cuidado de las personas y lo doméstico que los varones
no sienten como propios) y desrreponsabilizarse de la des-
igualdad, atribuyendo dicha responsabilidad a los mismos
subordinados” (Bonino, 2002: 44).

Por ello, no es de extrañar que todas las estructuras de poder


–políticas, económicas, científicas– sigan estando mayoritaria-
mente en manos masculinas, que obedezcan a unas reglas y
valores estrechamente dependientes de los que durante siglos
las han monopolizado y que, en consecuencia, generen en
paralelo una serie de roles y funciones que deben cumplir las
(y algunos “los”, como veremos) que no comporten el estatuto
privilegiado de la masculinidad. Desde este punto de vista, el
androcentrismo “no solamente socava y explota a las mujeres
sino que aboca a los hombres que quieren triunfar en ella al
callejón sin salida de la unilateralidad masculina” (Rich, 2011:
203). Lo explica muy bien Pierre Bourdieu (1998: 92-93):

“La grandeza y la miseria del hombre, en el sentido de


vir, estriba en que su libido se halla socialmente construida

185
Octavio Salazar Benítez

como libido dominandi, deseo de dominar a los otros hom-


bres y, secundariamente, a título de instrumento de lucha
simbólica, a las mujeres. Si la violencia simbólica domina
y gobierna al mundo, es que los juegos sociales, desde las
luchas de honor de los campesinos kabilas hasta las rivalida-
des científicas, filosóficas y artísticas de la señoras Ramsay
de todo tiempo y lugar, pasado por los juegos de guerra que
son el límite ejemplar del resto de juegos, están hechos de
tal modo que (el hombre) no puede entrar en ellos sin verse
afectado por ese deseo de jugar que es asimismo el deseo de
triunfar o, por lo menos, de estar a la altura de la idea y del
ideal del jugador atraído por el juego”.

La vinculación entre la virilidad y el poder encuentra reflejo


en todos los ámbitos de la cultura, incluidos elementos como el
diseño urbanístico de nuestras ciudades o, por supuesto, en las
diferentes manifestaciones artísticas121. Tal vez no haya repre-
sentación más gráfica de esa vinculación que la arquitectura.
En ella podemos completar la ecuación hombre-poder con la
verticalidad (G. Cortés, 2004: 222)122:

“El eje vertical corresponde al estado derecho del hom-


bre, proyectado él mismo hacia el mundo observado y que
se hace ver en el espacio sin forma. A partir del momento
en el que el hombre ha descubierto la necesidad de proyec-
tarse en la arquitectura éste le ha dado a sus edificios la
única forma posible: la vertical. La vertical es el símbolo
matemático del mayor éxito del hombre: el estar de pie, una
condición primordial para la supervivencia. Por esta razón,

121
“La ciudad y la mujer son realidades en tensión. Hasta que no se acabe
de comprobar que la ciudad que conocemos ha sido proyectada, construida
y disfrutada sólo o casi exclusivamente por hombres y que la planificación
urbanística está basada en criterios trasnochados sobre el papel de la mujer
en la economía y la sociedad, no se conseguirá avanzar en el tratamiento
específico de los problemas de la igualdad” (Hernández Pezzi, 1998: 33).
122
En este sentido, “revestirse con la máscara de la virilidad equivale a
fingir un imposible estado de erección permanente” (Gil-Calvo, 2006: 25).

186
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

el eje vertical ha estado siempre considerado como el por-


tador de la escala de las virtudes y los valores: cuanto más
alta es la consideración de un valor en cuestión, más cerca
de la cumbre se situará, y al revés. Así, y en este proceso de
identificación del hombre y su edificio, es natural que aquel
que ocupa el lugar más elevado en la empresa se instale en
los pisos superiores… y las personas de rango inferior en
los pisos más bajos”

Esta evidente conexión con el poder plantea a su vez de-


terminados condicionantes de la subjetividad masculina, tales
como la búsqueda de objetivos pragmáticos, la servidumbre de
una permanente y a veces exasperante actividad o la autosu-
ficiencia económica:

“La raíz de la antigua estima por la política radica en la


convicción de que el hombre qua hombre, cada individuo
en su única distinción, aparece y se confirma a sí mismo en
el discurso y la acción, y que estas actividades, a pesar de su
futilidad material, poseen una permanente cualidad propia
debido a que crean su propia memoria. La esfera pública, el
espacio dentro del mundo que necesitan los hombres para
aparecer, es por lo tanto más específicamente <<el trabajo
del hombre>> que el trabajo de sus manos o la labor de su
cuerpo” (Arendt, 1993: 230).

En este sentido, hay en los hombres una “obsesión por el


desempeño” (Meler, 2009: 162), una servidumbre permanen-
te con respecto al cumplimiento de su rol, una dependencia
excesiva de una actividad imparable que demuestre ante los
demás que sus vidas tienen sentido. Porque héroe es el que
interviene sobre la realidad y la modifica, el que arriesga, el
que supera una serie de pruebas, incluso el agente benéfico que
interviene a favor de las víctimas (Gil-Calvo, 2006: 146-148).
Este rol se inculca desde la infancia, por ejemplo a través de
unos medios publicitarios en los que se sigue presentando a

187
Octavio Salazar Benítez

las niñas como pasivas y sin grandes habilidades, como per-


sonas frágiles y sensibles123. Por el contrario, “a los niños se
les presenta como creativos, con intereses prácticos y com-
petitivos, fuertes, rápidos, agresivos, inteligentes y decididos.
En los anuncios publicitarios las niñas siguen aprendiendo a
ser madres y amas de casa. Por el contrario, los niños juegan
con vehículos, equipos de construcción y juegos de ciencias”
(Núñez, 2011: 927). De esta manera, no debe extrañarnos por
tanto que nuestra cultura esté saturada de “zombies masculinos
de éxito”: “Ellos son los héroes, los sementales, los proveedores,
los guerreros, los constructores de imperios, los intrépidos”
(Goldberg, 2006: 259). Los que, en materia sexual, necesitan
autoafirmar su virilidad entre los pares, reconociendo que “la
suya es más grande” o que tienen más relaciones sexuales que
nadie. Es decir, los hombres también viven el sexo desde esta
dimensión competitiva y de permanente demostración de su
hombría124:

“En sus tiempos de descargador de muelles, mi padre se


había hecho legendario por el gran número de mujeres a
la que era capaz de atraer, y por tu extraordinaria potencia
sexual. Con todo, aseguraba con viril orgullo que nunca
había besado a una chica si no quería” (Norman Mailer, Los
tipos duros no bailan)

123
No faltan, sin embargo, como he apuntado con anterioridad, las teorías
que defienden una concepción “biologicista” de las diferencias entre hombres
y mujeres, las cuales llegan a realizar afirmaciones tan contundentes como
la que señala que “el cerebro goza con la competitividad. Es su realidad
natural masculina” (López Moratalla, 2011: 353).
124
En relación a esta perspectiva, una de las películas más interesantes de
los últimos años es SHAME, de Steve McQueen (2011), en la que se nos relata
la historia de un hombre adicto al sexo, con todas las tensiones emocionales
que ello le origina. La película, más allá del retrato desasosegante de esa
adicción, nos plantea un lúcido análisis de los laberintos de la masculini-
dad, básicamente a través de tres factores: el cuerpo, el sexo y el deseo, las
emociones.

188
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

En consecuencia, muchos de los malestares sufridos por los


hombres tienen que ver con esta “búsqueda imperativa del éxito
y control”. Así nos encontramos con “las obsesiones-compulsio-
nes por la sexualidad propia o ajena o por mantener el control,
las adicciones al trabajo o la carrera profesional, al poder, al
deporte competitivo, así como los trastornos provocados por
el sentimiento de fracaso viril, derivados de la percepción del
no cumplimiento de algunos de los mandatos de la normativa
hegemónica de género o de la pérdida de valores masculinos
que se suponía poseer” (Bonino, 1998: 9).
Somos educados para el liderazgo, para constituir “jerar-
quías de dominación” (Meler, 2009: 214), lo cual condiciona
nuestra manera de entender la vida pública, de hacer política,
de resolver conflictos o de gestionar los recursos125. De ahí que
conceptos como defensa, ataque, combate, estatus, atesoramien-
to, enfrentamiento, poder o logro sean los que mejor definan el
ideal masculino (Rich, 2011: 188). Y de ahí que durante déca-
das, por ejemplo, los superhéroes –primero en el cómic, luego
en el cine, ahora en los videojuegos– hayan constituido la mejor
representación de la masculinidad. No en vano la cultura popu-
lar hizo célebres esas imágenes justo en un momento histórico
–la crisis del mundo occidental tras la Gran Depresión del 29
y tras la primera guerra mundial– en el que muchos hombres
veían tambalear los cimientos de su mundo y se desmoronaba
su imagen heroica. Por ello tampoco debería extrañarnos que
justo ahora, en pleno proceso de crisis e incertidumbre, vuelvan
a proliferar las películas de superhéroes126.
125
“Quien entrara en la esfera política había de estar preparado para
arriesgar su vida, y el excesivo afecto hacia la propia existencia impedía la
libertad, era una clara señal de servidumbre. Por lo tanto, el valor se convir-
tió en la virtud política por excelencia, y sólo esos hombres que lo poseían
eran admitidos en una asociación que era política en contenido y propósito,
y de ahí que superara la simple unión impuesta a todos –esclavos, bárbaros
y griegos por igual– por los apremios de la vida” (Arendt, 1993: 47).
126
A los héroes del cómic habría que sumar los muchos actores que han
representado un modelo de masculinidad patriarcal –desde Clint a Eastwood
a Sylvester Stallone, pasando por Schwarzenegger– los que ha recreado la

189
Octavio Salazar Benítez

Todo ello confluye a su vez en el papel del hombre como


proveedor, en paralelo a la actividad nutricia de las mujeres, y
en un mandato de “heroísmo” que finalmente actúa como una
carga de la masculinidad. Sobre todo en aquellos hombres que
no alcanzan los retos impuestos, que defraudan las expectativas
o que no demuestran ante la sociedad que tienen poder y que
saben ejercerlo. En este sentido no podemos perder de vista
que la virilidad se “fabrica” en cuanto que “al ser masculino se
le desafía permanentemente con un <<demuestra que eres un
hombre>>” (Badinter, 1993: 18). Por ello muchos varones, y
ante la progresiva incorporación de las mujeres a lo público,
sientan que pierden buena parte de lo que daba sentido a sus
vidas ante la revisión de su papel clásico de proveedores.
Esa necesidad de ser alguien a través de la actividad pública
y del exigente cumplimiento de su rol de proveedor deriva, en
muchos casos, en supuestos de auténtica adición al trabajo y
de huida de los vínculos de intimidad. Es decir, se produce en
paralelo una excesiva y autoexigente proyección en lo público
y un rechazo, más o menos consciente, de todo lo relacionado
con la vida privada y familiar. De ahí que no sea extraño encon-
trar en muchos hombres un “anhelo de ocupar posiciones de
poder, de control, éxito y prestigio, combinadas con rasgos de
personalidad ambiciosos y autoexigentes” (Murin, 2009: 373).
Esa es, sin duda, una de las “máscaras” que con más precisión
ocultan al ser humano que existe bajo la cobertura del varón
hegemónico127. Una máscara que adquiere la forma de traje

publicidad. En este último ámbito cabe destacar como una figura mítica la
de The Marlboro Man, el cual “epitomiza el triunfo del individualismo, es
quien encarna el ideal heroico de la conquista de espacios ignotos y el que
magnifica y ensalza la dureza, la impasibilidad y la incapacidad (con una
fuerte dosis de narcisismo) de amar a nadie más que a sí mismo” (G. Cortés,
2004: 187).
127
Enrique Gil-Calvo (2006: 11-13) realiza una clasificación tripartita de
las máscaras viriles: héroes (todos aquellos hombres que se comprometen a
trabajar por los demás con esfuerzo arriesgado), patriarcas (todos los hom-
bres que tengan responsabilidades decisorias sobre los demás) y monstruos
(toda clase de personajes terribles y peligrosos, bichos ratos, transgresores,

190
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

oscuro y de corbata: las prendas que mejor representan una


masculinidad unificada y homogénea. Esa máscara se prorroga
además en la representación física de nuestro papel: “la mirada
a los ojos, de frente y directa, juega un papel relevante. De pie
(o sentado) pero con las piernas abiertas, los brazos cruzados
sobre el pecho, la cabeza altar y un aire autosuficiente. El
cuerpo masculino es hierático, poco expresivo y algo rígido.
Por eso se insiste en que los hombres de verdad nunca bailan.
La masculinidad prescribe parquedad en los ademanes. La
gesticulación de brazos y manos (cuando la hay) debe ser sobria
y ejecutarse en movimientos cortos que dibujen más ángulos
que curvas” (Guasch, 2006: 34). Así lo expresa Suso del Toro
en su prólogo a una edición de Los tipos duros no bailan, de
Norman Mailer (1999):

“No, no bailes; los tipos duros no bailan. Los tipos duros


no se tocan, mantienen sus cuerpos separados, solamente
se acercan a otro cuerpo para atacar, depredar, por delante
a una mujer y por detrás si es mujer. Los tipos duros no se
acercan a otro hombre más que para clavar su cuchillo”

2. Las heridas del héroe

La obsesión por el poder, por la relevancia pública, genera


a su vez efectos negativos en la subjetividad masculina, los
cuales se traducen en ocasiones incluso en problemas psíqui-
cos128. Esa auto-exigencia masculina provoca con frecuencia

tanto para lo bueno –el genio creador– como para lo malo– el monstruo
terrible).
128
“Cuando los hombres aprenden a proteger su imagen en público, a me-
nudo puede resultar difícil saber qué es lo que piensan y sienten realmente.
A menudo acaban sintiéndose identificados con la imagen de sí mismos que
pretenden transmitir; están tan acostumbrados a mantener una distinción
entre su experiencia interior y lo que se considera una conducta externa
aceptable que puede resultar difícil leer qué ocultan detrás de la fachada
que presentan. Ello puede producir sus propias formas de paranoia, ya que

191
Octavio Salazar Benítez

sentimientos de frustración, de ira, de resentimiento129. En


muchos casos “el dolor emocional que genera la masculinidad
obsesiva se reprime mediante un refuerzo de la masculinidad
misma” (Kaufman, 1989: 39).
La casi exclusiva dedicación a lo público, genera una “dis-
capacidad” para lo emocional, para el disfrute de los sentimien-
tos, para la implicación familiar y afectiva. Hasta el punto que
en muchos casos se produce una auténtica huida o rechazo de
todo lo que tiene que ver con esa dimensión privada del indi-
viduo. Ello tiene evidentes consecuencias en las relaciones de
pareja, en la convivencia familiar y, muy especialmente, en las
relaciones con los hijos y las hijas. Es decir, hay una estrecha
conexión entre esta permanente ansiedad “por lo público” y
una deficitaria “paternidad” y ausencia de co-rresponsabilidad
en el ámbito doméstico. Podemos afirmar que todos estos ele-
mentos son como una especie de “muñecas rusas” que encajan
unas dentro de otras y que componen finalmente el puzzle
de la personalidad masculina dominante. Un puzzle del que
forman parte “la despersonalización, la fragmentación, la ar-
tificialidad, el despilfarro y la superficialidad emocional, sin
mencionar su obsesión suicida por el poder y la tecnología”
(Rich, 2011: 188).
Por otra parte, esa proyección tan intensa en la vida pública,
en su papel de proveedor, en la necesidad de ser reconocido
por y ante los demás, provoca un sentimiento de frustración en

la gente nunca está segura de lo que los demás, especialmente los hombres,
piensan de ellos” (Seidler, 2007: 55).
129
A esa autoexigencia habría que sumar el alto grado de contención de
las emociones y los sentimientos, lo cual “termina generando rabia y agre-
sividad contra uno mismo y/o contra las demás personas” (Pescador, 2002:
90). Lo describe con precisión Luis Bonino (1998: 9): “el sentimiento obsesivo
que todo tiene que estar programado, las inhabilidades para ver procesos,
disfrutar relaciones o eventos no dirigidos a tareas concretas, la negación a
admitir que las emociones interfieren en lo que se está haciendo, el pánico
a perder el control, la coraza muscular y la gestualidad de sonrisa impasible
y pose envarada”.

192
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

los hombres que, por diferentes circunstancias, ven impedidas


o limitadas sus posibilidades de realización en lo público. Es
el caso por ejemplo de los que pierden su puesto de trabajo o
de muchos que, llegada la edad de la jubilación, sufren por su
incapacidad para proyectarse en otros ámbitos o actividades.
Nuestra socialización como parte privilegiada del contrato,
como héroes que en ningún momento deben dar muestras de
flaqueza, provoca además que tengamos una relación con-
flictiva con nuestro cuerpo y con nuestros malestares. Tene-
mos una resistencia a reconocer nuestras debilidades, a ser
ayudados en lo físico y muy especialmente en lo emocional.
Estamos obligados a saberlo todo, a ser infalibles, a no dudar.
Difícilmente asumimos nuestra vulnerabilidad y fragilidad130.
Eso nos ha llevado, entre otras cosas, a una relación poco
cuidadosa con nuestro cuerpo, a no querer asumir en muchas
ocasiones sus debilidades y a asumir el riesgo como uno de los
mandatos que necesariamente hemos de cumplir si queremos
ser hombres de verdad (Goldberg, 2005: 204)131. El cuerpo es

130
Por ello no es de extrañar que el mayor número de suicidas sean hom-
bres. En el caso de nuestro país, en 2008 fueron 2.676 hombres los que se
suicidaron (un 77,4%) frente a 781 mujeres. La psiquiatra Carmen Tejedor
comentaba este dato, afirmando que “el suicidio masculino está visto como
una cuestión de honor, lo que no ocurre con las mujeres. Su muerte se acepta
menos y se tiende a pensar que si se quita la vida es porque es una mala
madre. El suicidio femenino supone el reconocimiento de que la tribu no
la ha protegido”. El médico forense Miquel Orós pone de manifiesto que en
esa mayor tasa de suicidios en los hombres se debe a que somos más intro-
vertidos y nos cuesta mucho más comunicarnos y admitir que estamos mal
y necesitamos ayuda. En este sentido, Jiménez recuerda que más del 90%
de sus pacientes son mujeres: “Cuando sufren una depresión ellas son más
conscientes y no ven el psicólogo o al psiquiatra como un extraño” (www.
elpais.com, 18/10/2010).
131
Ejemplos de trastornos derivados de esta concepción del cuerpo como
máquina, desvinculado del cuerpo interior, son “la adicción al gimnasio y a
los deportes de fuerza, la facilitación hacia las “actuaciones” corpomusculares
como los desgarros, la negación o subvaloración de las alarmas corporales
con el riesgo consiguiente, y lo déficits en el manejo de las enfermedades (tales
como las fobias a ellas o el pánico a sacarse sangre o a la hospitalización,
donde además se agrega el pánico a la pasividad)” (Bonino, 1998: 10).

193
Octavio Salazar Benítez

una máquina para el trabajo o un instrumento privilegiado


para demostrar lo poderosos que somos132. Como bien explica
Gezabel Guzmán (2011), “el cuerpo masculino es vivido como
una herramienta-escudo que no necesita de cuidado, como
un artefacto para demostrar osadía, valor, coraje, violencia,
control y sobre todo para llevar a cabo prácticas de riesgo”. Y,
en este sentido, subraya como “las cicatrices se tornan en prue-
bas fieles de su hombría ante los ojos de sus pares u hombres
adultos, así dejan ver que son dignos aspirantes al mundo de
los hombres”. Unas cicatrices que normalmente son generadas
en ámbitos masculinizados como el trabajo, las actividades de
riesgo o las relaciones violentas con los pares. El sufrimiento
forma así parte del arquetipo viril133. Algo en lo que reincide
el imaginario simbólico en el que nos seguimos socializando.
Tal vez no haya ejemplo más evidente de ello que los titulares
deportivos de los periódicos, como el que apareció en El País
el 30 de enero de 2012 como parte de la crónica de la victoria

132
En este sentido, los cuerpos de los hombres se caracterizan por ser
“fuertes, duros, aptos para el trabajo y para trabajos pesados, para la guerra,
para el mando, cuerpos que podrían ser constantemente sometidos a prueba,
cuerpos de la calle, racionales, que controlarían sus emociones y sus actos,
excepto cuando los <<ciega la rabia>>, <<el mal genio>> y el deseo
(<<instinto>>) sexual: cuerpos para penetrar el cuerpo de las mujeres. Los
cuerpos de las mujeres, en cambio, deben ser pasivos, delicados, débiles,
aptos para trabajos livianos, cuerpos emocionales, para ser penetrados por
los hombres y para la maternidad, cuerpos del hogar que hay que proteger:
cuerpos complementarios a los de los hombres” (Olavarría, 2004: 55-56).
133
Aprender a ser un hombre supone aprender una serie de códigos y
de ritos, así como “integrar corporalmente lo no-dicho. Uno de esos no-
dichos... es que el aprendizaje se hace sufriendo. Sufrimientos síquicos, por
temor a no conseguir jugar tan bien como los demás. Sufrimiento de los
cuerpos que deben blindarse para poder jugar correctamente. Los pies, las
manos, los músculos.. se forman, se modelan, se endurecen, en una especie
de juego masoquista con el dolor. El hombrecito debe aprender a aceptar
el sufrimiento –sin decir ni palabra y sin <<maldecir>>– para integrar el
círculo restringido de los hombres” (Walzer-Lang, 2002: 59). No obstante,
no podemos olvidar como la representación “heroica” de los cuerpos mas-
culinos sufrió una evidente transformación como consecuencia del impacto
del SIDA (Vélez-Pellegrini, 2011: 10).

194
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

de Djokovic sobre Rafa Nadal en el Grand Slam: “Te sangran


los dedos y disfrutas del sufrimiento”.
Aprendemos a relacionarnos con nuestros cuerpos como si
“fuesen máquinas que necesitan ser controladas” (Seidler, 2007:
110). El cuidado, de nosotros mismos y de los demás, no forma
parte de nuestro rol y el hombre que se ocupa de él pone en duda
su virilidad. Incluso en los últimos años, cuando han aparecido
en los medios de comunicación y en la publicidad muy espe-
cialmente hombres que empezaban a preocuparse de su cuerpo
–recordemos el célebre calificativo de “metrosexual”–, dichas
imágenes han respondido más a una estrategia comercial –y en
la que tenido mucho que ver el mundo gay– que a un auténtico
cambio de la identidad masculina (Leal, 2008: 16). Incluso en de-
terminadas obsesiones por cierta apariencia física hay más bien
un subrayado de la masculinidad: “A medida que el gimnasio ha
ido ocupando el lugar de la catedral como el hogar espiritual
de las masculinidades, los hombres han aprendido a aguantar
el dolor para construir unos cuerpos que pueden mostrar con
orgullo a los demás” (Seidler, 2007: 110).
Todos podríamos poner ejemplos de cómo nuestros padres
y abuelos, y en ocasiones hasta nosotros mismos, negamos la
enfermedad en cuanto que puede suponer el incumplimiento
de nuestras obligaciones laborales. En un mal entendido senti-
do de la responsabilidad, muchos son los hombres que siguen
manteniendo que no pueden ponerse enfermos porque sin ellos
el negocio, la empresa o la oficina no puede funcionar correc-
tamente. Hasta ese punto llega su auto-percepción como seres
“imprescindibles” en la maquinaria social y económica. O, lo que
es lo mismo, hasta ese punto llega en muchos casos su necesi-
dad de suplir con recursos externos –el trabajo, el poder, la vida
pública en general– los vacíos que internamente no han podido
o no se han atrevido a completar con elementos de la persona-
lidad que en ellos suelen permanecer inéditos. En general, los
modelos de construcción de la subjetividad masculina nos alejan
de “la intimidad con nosotros mismos y con nuestros cuerpos”.

195
Octavio Salazar Benítez

Sufrimos una “distanciación de la percepción de ciertos deseos


–como por ejemplo los deseos pasivos–, y de la negación –supre-
sión– proyección de algunos de los <<afectos difíciles>> como
el miedo, la tristeza y el dolor” (Burin, 2009: 363).
De manera paralela, y por esa continua necesidad de
auto-afirmación y heroísmo, los hombres solemos asumir más
riesgos que ponen en peligro nuestro cuerpo:

“Posicionamientos autodestructivamente defensivos y


rígidos, que les conducen a comportamientos irracionales,
autodestructivos e, incluso, a la muerte prematura. Son em-
pujados por un apremio defensivo a negar su núcleo interior
demostrando lo opuesto, disociándose, por tanto, de todo
lo que signifique <<no ser un hombre>>. Esto incluye la
expresión de miedo, dependencia, necesidad, debilidad, fra-
caso e incluso cuidarse a sí mismos” (Goldberg, 2005: 14)

Basta para demostrarlo con nuestra presencia mayoritaria


en la práctica de ciertos deportes, en la pasión por la velocidad
o en la tendencia a resolver los conflictos de manera violenta134.
Desde esta perspectiva, y con una potente incidencia en los pro-
cesos socializadores, los adolescentes continúan educándose
bajo estas pautas, de forma que el héroe del grupo o la pandilla
es aquél que mejor muestra ante los demás los atributos propios
de la masculinidad hegemónica. Muchos de los cuales tienen
que ver con el riesgo, la confrontación, la violencia incluso,
con la percepción del cuerpo como instrumento para la auto-
afirmación de su identidad “heroica” en claro contraste con
las pautas socializadoras de las chicas135. En estos grupos, se

134
Los datos nos demuestran, por ejemplo, cómo la gran mayoría de los
conductores temerarios son varones (Moral, 2007). A ello habría que sumar
que “los hombres que beben mucho se sienten más masculinos y son vistos
mucho más masculinos que los demás hombres” (Visser, 2007). En paralelo,
se cuestiona la “masculinidad heteronormativa” del varón que no bebe.
135
Ello se traduce, por ejemplo, en las estadísticas sobre cuestiones crimi-
nales. Con carácter general, los hombres tienen “seis veces más probabilida-

196
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

potencian aún más, dado el momento clave en el proceso de


construcción de la subjetividad, los sentimientos de frustración
y de impotencia de aquellos que no responden a las expectativas
del grupo y que no son capaces de auto-afirmarse como “hom-
bres de verdad”. Estos, a los que podríamos encuadrar bajo la
denominación de “masculinidades alternativas”, sirven a su vez
a los que responden al “canon” para, por oposición, definirse
como chicos viriles y “normales”. De ahí que se haya hablado
de “patologías de la omnipotencia” (Murin, 2009: 879) para
calificar nuestra reticencia a solicitar a ayuda terapéutica y,
muy especialmente, a mostrar las flaquezas del alma. Es como
si a un superhéroe lo despojaran de la vestimenta en la que es-
conde poderes con los que derrotar al enemigo o, en todo caso,
demostrar que sigue siendo el más fuerte, el más valiente, el
que no entiende de derrotas ni claudicaciones. Además, “darnos
cuenta de nuestra fragilidad e interdependencia produce miedo
y una reacción a ese miedo es ponerse a la defensiva y ejercer
la violencia primero, dominar y excluir a las otras y a los otros
y crear culturas de dominación” (Martínez, 2010: 301).

3. Los peligros de ser varón136

a) Ardor guerrero

Nereida Tetis ocultó a su hijo Aquiles disimulándolo como


una niña bajo el nombre de Pirra, en el gineceo de Licómedes,
con el objetivo de evitar su funesto destino en el asedio a Troya.

des de ser arrestado por asunto de drogas, trece veces más de ser arrestado
por embriaguez, nueve veces más de ser arrestado por delitos contra niños,
catorce veces más de ser arrestado por delitos con armas, once veces más
de ser arrestado por juego ilegal y tres veces más de ser arrestado por su
participación en un accidente de circulación” (Goldberg, 2005: 207).
136
Uso como título el de una obra ya clásica sobre la masculinidad, la de
Herb Goldberg, Los peligros de ser varón. Sobreviviendo al mito de la supre-
macía masculina (2005).

197
Octavio Salazar Benítez

Durante nueve años, Aquiles vivió en Esciro como una mujer.


Ulises y Diómedes viajan a Esciro disfrazados de comerciantes
con el fin de encontrar al héroe. Ulises muestra las mujeres
mercaderías femeninas entre las que mezcla armas. Ante la vi-
sión de esas armas, Aquiles se desnuda y desvela su identidad
masculina. En otras versiones del mito, se cuenta que Ulises
hizo sonar una trompeta llamando a la guerra, momento en
el que Aquiles empuña la espada137.

El héroe necesita en ocasiones recurrir a la violencia para


alcanzar o mantenerse en el poder, para restaurar el orden por
él diseñado o, simplemente, para sancionar la sumisión a los/as
que deben admirarlo y obedecerlo. Lo explica muy bien Enri-
que Gil-Calvo (2006: 239): “El poder del patriarca se demuestra
tanto bendiciendo como maldiciendo, y no sólo premiando sino
que además castigando. Entre los frenos restrictivos y punitivos
de tipo material destaca ante todo la violencia”.
De esta manera, la conexión masculinidad-poder-violencia
forma el triángulo sobre el que se ha mantenido el patriarcado
y desde el que se han producido las más sangrientas violaciones
de los derechos de las mujeres (y de los que no han compartido
el trono del patriarca)138.
La cultura de la guerra es la máxima expresión de una
violencia que se proyecta en todo los ámbitos sociales y que
remite a una singular manera de gestionar los conflictos y de
garantizar el orden a través de un “sistema de seguridad esta-
137
Ese es el momento que refleja la pintura Aquiles descubierto por Uli-
ses, la obra de Rubens y Van Dick que se encuentra en el Museo del Prado y
en la que encontramos retratada una historia que refleja a la perfección la
conexión de la identidad masculina con el ejercicio de la violencia, con el
uso de las armas y con el espíritu guerrero (Barbosa, 2012: 171).
138
En este sentido, Betty Reardon (2010: 248) habla de “violencia derivada
del género” para referirse a la “estructuralmente integrada en el daño diario
que infligen a los vulnerables las estructurales patriarcales de la economía
global y del orden político interestatal, cuyas políticas de seguridad...se man-
tienen a costa de la seguridad humana de todas las poblaciones vulnerables
del mundo”.

198
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

tal militarizado que el patriarcado ha engendrado” (Reardon,


2010: 257; 1985). Tal vez no haya agresión donde con mayor
radicalidad se ponga de manifiesto la cultura violenta y pa-
triarcal que en la violación, usada a su vez como instrumento
en los conflictos bélicos. En ella el hombre subraya su carác-
ter de sujeto activo, violento, poseedor del cuerpo, el deseo y
la libertad de la mujer. La violación representa la negación
más brutal de la subjetividad de las mujeres, de su libertad
y de su dignidad. En palabras de Adrienne Rich (2011: 162),
“la violación es el último acto exterior y físico de coerción y
despersonalización practicado por los hombres en el cuerpo
de las mujeres”139. No hace falta recordar cómo la violación
ha sido un instrumento básico en las contiendas, de la misma
manera que las mujeres han sido botín de guerra, víctimas
de todo tipo de atentados contra su integridad física y moral,
sufridoras de todos los desmanes y despropósitos provocados
por los conflictos generados por los varones. Las depositarias
de un concepto masculino del “honor” que ha generado crí-
menes, duelos y venganzas. Las mayores perdedoras de todas
las guerras y las más necesitadas de tutela en nombre de los
derechos humanos. Si, como señala Ferrajoli (1999), los dere-
chos humanos son “la ley del más débil”, no cabe duda de que
ellos nos deben servir para garantizar la dignidad e integridad
de las partes más débiles del contrato sexual. Las mujeres, y
con ellas también los niños y las niñas, sufridores/as también
de violencia y, muy especialmente, de las consecuencias de la
violencia de género.

139
“A los hombres se les socializa para usar competitivamente la violencia
con sus iguales y la opresión con sus inferiores en el marco de su miedo a la
violencia. Pero sólo a las mujeres se les permite expresar ese miedo. El miedo
en el hombre se canaliza a través de la agresión, en la mujer por medio de la
sumisión. Esa relación agresión-sumisión tiene su máxima expresión en la
violación (..) La amenaza de la violación sirve para <<mantener a raya>>
a las mujeres, a los enemigos, a los colonizadores, al otro, al diferente. Es la
metáfora última del sistema de guerra” (Martínez Guzmán, 2001: 179).

199
Octavio Salazar Benítez

De todo ello no pretendo deducir que por naturaleza los


hombres seamos violentos y las mujeres pacíficas. Ello nos
llevaría a un determinismo biológico difícil de demostrar y
peligroso para la igualdad de género. Es obvio que a lo largo de
la historia también ha habido ejemplos de mujeres guerreras o
de gobernantes despiadadas, pero existen dos factores políticos
que sustentan la mayor implicación de ellas en el rechazo de
la violencia. De una parte, el hecho de haber estado mayori-
tariamente apartadas del ejercicio del poder les ha impedido
usar los mecanismos propios de él, entre ellos, claro está, el
uso de la fuerza o la coacción. En este sentido, debemos tener
en cuenta que “cualquier sistema de poder siempre implica
violencia, porque no existe ningún poder que sea admitido de
modo espontáneo por aquellos sobre los que se ejerce” (Val-
cárcel, 2009: 263).
De otra, su papel de reproductoras y cuidadoras las ha
socializado en unos valores empáticos y de sostén de la vida
difícilmente compatibles con el recursos a la violencia140. De
ahí que a lo largo de la historia hayan sido fundamentalmente
las mujeres las que hayan tomado la voz para denunciar las
140
No parece haber unanimidad entre la comunidad científica a la hora de
determinar las diferencias de personalidad entre hombres y mujeres. Cada
cierto tiempo se hacen públicos informes e investigaciones que aportan datos
contradictorios y que, a su vez, son contestados por diversos sectores. Entre
los más recientes, el titulado “La distancia entre Marte y Venus”, realizado
por psicólogos italianos y británicos, y publicado por Plos One, de la Public
Library of Science. Entre sus conclusiones, cabe destacar que las mujeres
son más sensibles que los hombres y también más cordiales y aprensivas o
ansiosas. Por el contrario, los hombres se muestran más estables emocional-
mente y puntúan más en rasgos como el dominio, la atención a las normas
y la vigilancia. Otro tipo de estudios se centran en aspectos como el tamaño
del cerebro, el cual es en los hombres de media un 10% mayor de volumen
que el femenino, o en los efectos del diferente número de neuronas (“La
sensibilidad es lo que más diferencia a hombres de mujeres”, www.elpais.
es, 10-1-2012). Desde mi punto de vista, lo más acertado es tener en cuenta
los criterios que adopta la denominada “psicología evolutiva”, en cuanto que
nos permite superar el mero determinismo biológico y asumir que las tareas
que uno y otro sexo han venido realizando durante cientos de miles de años
han incidido en las diferentes capacidades de mujeres y hombres.

200
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

guerras o para pedir justicia en nombre de sus hijos muertos o


desaparecidos. Desde la matrona Hortensia que encabezó una
manifestación de mujeres en el Foro Romano a las Madres de
la Plaza de Mayo o las Damas Blancas de Cuba, pasando por
las conexiones entre el pacifismo y el feminismo de la Europa
de entreguerras. De ahí que la paz haya sido representada
normalmente con cuerpo de mujer –la diosa griega Eirene
frente al dios Ares de la guerra– y que simbólicamente se haya
establecido una íntima conexión entre ella y las virtudes, po-
tencialidades y símbolos femeninos (Mirón Pérez et al., 2004).
De ahí también que el Premio Nobel de la Paz haya sido el que
en mayor número se haya otorgado a mujeres. Todo ello, claro,
mientras que una mayoría aplastante de hombres eran recono-
cidos por su valía científica, literaria o política. O mientras que
sólo nosotros éramos los que nos veíamos obligados a cumplir
con el servicio militar y a demostrar, en palabras de Antonio
Muñoz Molina, nuestro “ardor guerrero”. De esta manera se ha
ido prorrogando una de las paradojas del patriarcado. La paz,
la justicia, las virtudes ciudadanas se declinaban en femenino
pero “la paz se acordaba entre los hombres, la justicia se dic-
taba por ellos en los tribunales, el buen gobierno lo conducían
los hombres” (Martínez López, 2010: 64).
A pesar de las conquistas en materia de igualdad, aún nos
queda mucho camino por recorrer. Incluso, como he señalado,
estamos viviendo una época de reafirmación machista y, por
lo tanto, de recuperación de la violencia como estrategia de
poder. No podemos olvidar que “el mimetismo de los hombres
es un mimetismo de violencia. De violencia, en primer lugar,
hacia sí mismo, contra sí mismo. La guerra que aprenden los
hombres en sus propias carnes es ante todo contra sí mismos.
Luego, en una segunda etapa, es una guerra contra los demás
“ (Welzer-Lang, 2002: 59). En este sentido, cabe destacar como
en nuestro país, tras la aplicación de la LOVG, se aprecia en
los feminicidios “un aumento de la violencia en su aplicación,
la utilización de procedimientos que exigen un contacto más
estrecho y prolongado entre el agresor y la víctima y el recur-

201
Octavio Salazar Benítez

so a varios mecanismo para aumentar la capacidad lesiva,


características que nacen de una mayor ira en el origen de
esas conductas violentas como reacción a la percepción que
hacen estos agresores de su situación ante el entorno social”
(Lorente, 2009: 251).
A pesar de todos los avances que, por ejemplo, se han pro-
ducido en el terreno educativo, o de la creciente movilización
de grupos de hombres en contra de la violencia de género, la
afirmación de la identidad masculina pasa, todavía hoy, por
la competitividad y por el enfrentamiento, en muchos casos
violento. Es decir, seguimos constatando que “ser varón es
asumir que la violencia es ratio y, a veces, última ratio” (Val-
cárcel, 2009: 262).
La “glorificación de la mística del peligro y del conflicto
físico” ha alimentado la educación de los adolescentes que
ven el uso de la violencia un instrumento para probar su
superioridad e incluso para convertirse en modelos para sus
pares (Miedzian, 1995: 106). Tres ámbitos han coadyuvado
y coadyuvan al mantenimiento de este canon: la escuela, las
fratrías de varones y los deportes141.

“Los colegios también han fomentado las masculinidades


violentas. En el régimen de los colegios, la rudeza agresiva
ha sido una cualidad valorada, a menudo cultivada median-
te deportes competitivos y alentada por procedimientos
disciplinarios de castigo. Frecuentemente, los colegios son
el lugar donde se producen ritos de transición. En el mundo
entero, esta iniciación introduce a los jóvenes en el mundo
del poder masculino.

141
“En una pandilla… los varones jóvenes están siendo constantemente
puestos a prueba para establecer su posición en el interior del grupo. Tienen
que demostrar que están dispuestos a arriesgarse, a asumir tareas peligrosas
para defender a la pandilla. No pueden mostrar ningún signo de vulnerabilidad,
sino que tienen que vigilar sus masculinidades y preservar un cuerpo duro que
se ha transformado en un instrumento de poder” (Seidler, 2007: 159).

202
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

En el mundo de las fraternidades militares, todas de


varones, y de los deportes masculinos hipercompetitivos,
la violencia se expresa a la vez física y simbólicamente, así
como también excluyendo a los que no se comportan como
<<verdaderos>> hombres” (Ferguson, 2005: 22)

Los procesos socializadores de los varones siguen respon-


diendo en gran medida a los cuatro imperativos de la mascu-
linidad patriarcal: no ser afeminado, ser una persona impor-
tante, la necesidad de ser independiente y la obligación de ser
más fuerte que los demás142. Es decir, se sigue fomentando un
ideal masculino tradicional vinculado a la autosuficiencia, el
dominio, el control y el ejercicio de la violencia (Burin y Meler,
2009: 136). De ahí que los niños y los adolescentes continúen
educándose para ser y demostrar que son lo suficientemente
hombres, sujetos activos, dominadores143. No hay mayor prueba
para el heroísmo viril que “enfrentarse a lo pares”, ni mejor
manera de “adquirir actitudes agresivas, violentas y machis-
tas” que matando monstruos (Gil-Calvo, 2006: 154, 14). A los
chicos se les fomenta y aplaude la agresividad, mientras que a
las chicas se las educa para reprimirla. De esta forma, “jugar
muy bien al fútbol, sobresalir en fuerza y en habilidad en los
juegos de carácter competitivo, <<tener éxito>> con las chi-
cas aunque ello no signifique apreciar su amistad ni tener en
cuenta sus ideas y sentimientos, hacer gamberradas, evitando
el castigo y utilizar palabras y expresiones vulgares, blasfemas
y obscenas constituyen en este contexto algunas de las acciones
cotidianas de los chicos en las escuelas y en los institutos que

142
Son los cuatro imperativos formulados por Deborah S. David y Robert
Brannon (Badinter, 1993: 160-161).
143
“Uno debe estar constantemente dispuesto a defenderse a sí mismo de
cualquier posible ataque. Los hombres de clase media tienden a sentir que
nunca serán llamados a defenderse, y por ello nunca pueden estar seguros
de su identidad masculina. Esto da un filo especial al tiempo. El temor a la
pasividad es un eco de las normas de la cultura de pandilla masculina, en la
que el enemigo es representado como pasivo y necesitando ser dominado”
(Seidler, 2007: 159).

203
Octavio Salazar Benítez

contribuyen a convertir la cultura masculina del patio y del


aula en una cierta ética (y en una cierta épica) masculina de la
transgresión y de la resistencia con respecto al orden escolar
femenino” (Lomas, 2008: 197)144.
Luis Bonino (1998: 12-13) sistematiza en cuatro grupos los
diferentes tipos de abusos de poder-violencias protagonizados
por los hombres:
a) Abusos y violencias de género: todos aquellos en los que
el abuso se ejerce sobre mujeres: misoginia, violencia
contra las mujeres y las niñas, violencia doméstica reite-
rada, explotación del cuerpo de aquéllas, utilización de
la autoridad para tener relaciones sexuales o para poner
en peligro vida ajena, abusos del poder de seducción o
inducciones de relaciones personales.
b) Abuso de poder y violencias intragenéricos: son todos
aquellos comportamientos que provocan sufrimiento y/o
daño a otros hombres. Se pueden subdividir en:
- Jerárquicos y generacionales: se realizan apoyándo-
se en la mayor jerarquía, edad, fuerza o aval social

144
Una película muy reciente pone de manifiesto la continuidad de estos
valores y cómo medios de socialización tan poderosos como la televisión o
los videojuegos prorrogan un determinado ideal normativo de hombre. De
mayor quiero ser soldado, una producción española dirigida por Christian
Molina, nos cuenta la historia de Alex, un niño de ocho años fascinado por
la violencia en la televisión y en los videojuegos. Alex empieza a desarrollar
problemas de comunicación con sus padres y otros compañeros del colegio,
por lo que se encierra en sí mismo, inventando dos amigos imaginarios, el
astronauta capitán Harry y su alter ego, el sargento John Cluster. Cuando su
madre da a luz gemelos, Alex empieza a sentirse solo y desatendido, eclipsado
por la llegada de sus nuevos hermanos. Traicionado y herido, consigue que su
padre le recompense con algo que siempre había deseado: una televisión en
su cuarto. A través de la televisión, descubrirá un nuevo mundo y se sentirá
totalmente fascinado por todo lo que ve: violencia, destrucción, guerra. La
cartelera de la película es suficientemente explícita: en ella aparece Alex,
vestido con ropa militar, con actitud violenta y con un mando de la tele
apuntándose en la sien como si fuera una pistola. De esta manera vemos
perfectamente reflejado lo que Myriam Miedzian (1995: 67) denomina “el
síndrome de John Wayne”.

204
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

del que o de los que ejecutan el abuso o la violencia.


Nos encontramos aquí con el bulling, la violencia
contra los “menos hombres” o los “menos dueños
de la verdad”, los abusos psicológicos, laborales y
sexuales a niños o adultos en instituciones educa-
tivas, militares, religiosas o carcelarias, así como
los bautismos de ingreso a ellas.
- Violencias entre iguales: comportamientos en los
que se pone en juego la masculinidad beligerante
y de donde cada varón puede ser violento y vio-
lentado, y que se suelen realizarse apelando a una
“causa” (defensa del territorio, de las ideas conquis-
tas del “enemigo”, etc.). Se expresan en las micro
y macroguerras, tales como entre los hermanos,
bandas callejeras o grupos nacionales.
c) Abuso de autoridad y poder político: se aprovecha el
espacio de autoridad grupal que se tiene para realizar
abusos morales físicos y económicos contra los demás.
d) Patologías de la paternidad y la responsabilidad pro-
creativa. En este caso el abuso o la violencia se dan en
la relación paterno-filial.
En paralelo, las niñas son socializadas para ser “objetos”
sexuales y cuidadoras, es decir, el rol tradicional que para ellas
ha marcado el patriarcado. El cine, los videojuegos, la indus-
tria musical o las marcas de ropa siguen subrayando un papel
“hipersexualizado” de las chicas. Así lo explica Natasha Walters
(2010: 161): “mi hija está creciendo en un mundo que potencia
valores medievales, en el que todas las niñas son princesas y lo
niños luchadores, en el que todas las niñas llevan hadas y todos
los niños superhéroes en los estuches del colegio”.
Entre los modelos que ofrecen los medios de comunicación,
cabe destacar por su influencia entre los más jóvenes los que
proceden del mundo del deporte, y muy especialmente del fút-
bol. En este sentido, no podemos negar que los vestuarios y los

205
Octavio Salazar Benítez

campos de deporte son “microcosmos del más puro machismo”


(Badinter, 1993: 117)145.
El icono del “futbolista” se ajusta con precisión a la mascu-
linidad patriarcal: es un hombre con éxito, un triunfador, con
poder económico, que usa como base principal de su triunfo
la fuerza física, que se consolida en un juego permanente con
los adversarios, que usa con frecuencia la violencia en el te-
rreno de juego y fuera de él, y que suele comportarse como un
depredador sexual. Por ello no es de extrañar que los ídolos
sigan siendo hombres competitivos, héroes canallas, chulos,
agresivos146. En el mundo del fútbol no hay mujeres –salvo las
esposas invisibles, que normalmente abandonan sus profesio-
nes al casarse con los triunfadores, o las chicas que alternan
con los hombres guapos y musculosos– ni hay tampoco, al
menos de manera explícita, homosexuales. Si, como he seña-
lado con anterioridad, el lenguaje expresa con rotundidad el
orden patriarcal, nos bastaría con analizar el que se usa en los
terrenos de juego, en las crónicas deportivas de los periódicos
o en los espacios radiofónicos dedicados al fútbol147, así como
en las inefables declaraciones de los entrenadores: “Si alguien
se queja de que le exijo es un débil y los débiles no me importan”
(declaraciones de Diego Pablo Simeone, entrenador de fútbol,
El País, 1-3-2012).
El estereotipo de la virilidad heroica sigue pues estando muy
presente en nuestra cultura e incluso, sorprendentemente, en-
145
Al mismo tiempo, y paradójicamente, los deportes de equipo ofrecen
también una “ocasión de homoerotismo tanto más fuerte por el hecho de ser
inconsciente” (Badinter, 1993: 119).
146
Ejemplos como el de Cristiano Ronaldo siguen reproduciendo el modelo
patriarcal de héroe: “Sus aspavientos, su actitud desafiante y muchas veces
chulesca dentro y fuera del campo le hacen más que un hombre-espectáculo.
Es el espectáculo. Y el gusta el papel. Es como si estuviera por encima de
todo” (“Cristiano Ronaldo, por qué fascina el héroe canalla”, www.elpais.
com, 2/02/2010).
147
Lo explica muy bien Elizabeth Badinter (1993, 115-119) cuando habla
de la importancia de los semejantes en la construcción de la masculinidad
y se detiene especialmente en los deportes colectivos.

206
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

cuentra en ocasiones respaldo por parte de unos operadores jurí-


dicos que parecen seguir estando condicionados por la herencia
patriarcal. Sirva como ejemplo la reciente sentencia de la Sala
de lo Militar del Tribunal Supremo –en concreto la 4610/2012,
dictada el 8 de junio de 2012–, en la que rebaja de nueve a cinco
meses la sanción disciplinaria impuesta a un sargento del Ejército
del Aire condenado por un juzgado penal de Madrid por malos
tratos a su mujer. En una sorprendente y peligrosa interpretación
del “principio de proporcionalidad” así como de los criterios que
han de tenerse en cuenta para la “individualización de la pena”,
el Supremo sostiene que se ha obviado “valorar positivamente la
infrecuente circunstancia de que el Suboficial hoy demandante
se encuentre en posesión de varias condecoraciones, distintivos
y Menciones Honoríficas, así como su acostumbrada o asidua
participación en operaciones de mantenimiento de la paz en un
escenario de la dificultad y peligrosidad de Afganistán, en el que
resulta frecuente que los participantes en tales operaciones hayan
necesidad de acudir al empleo de la fuerza armada”. Es decir, la
sentencia apoya la reducción de la pena en la valoración de una
supuesta actuación “heroica” del maltratador, dedicado por razo-
nes profesionales al uso de la fuerza y de la violencia, actuaciones
por las que ha sido objeto de reconocimiento y aplauso. De esta
forma, acaba pesando más en la balanza– supuesta balanza de
la justicia– el estatus heroico del imputado, su perfecto ajuste a
los cánones del varón patriarcal, su cumplimiento reconocido
de las “expectativas de género”. Y ello hasta el punto de justificar
que la pena era “absolutamente desproporcionada” al no tener
en cuenta, como dice la sentencia de la que fue ponente el ma-
gistrado Fernando Pignatelli, la posesión de condecoraciones,
distintivos y menciones honoríficas.

b) El amante verdugo

“Buscarás con ardor a tu marido que te dominará” (Gé-


nesis 3, 16)

207
Octavio Salazar Benítez

La conexión que existe entre masculinidad, poder y violen-


cia incide, como no podía ser de otra manera, en la situación
de desigualdad que las mujeres siguen sufriendo, con mayor
o menor intensidad, en todas las sociedades148. La violencia
de género es el resultado de un desequilibrio de poder entre
las mujeres y los hombres, de las normas culturales y sexuales
patriarcales, de las divisiones discriminatorias del poder y del
trabajo y de la dependencia económica de ellas. Cualquier
clase de violencia comporta una naturaleza de dominación.
En el caso de la violencia machista hacia la mujer se emplea
“la fuerza para imponer una determinada visión del mundo,
de las relaciones interpersonales y del comportamiento, en de-
finitiva, de imponer una manera de ser a la mujer” (Montero,
2007: 19).
La violencia sobre las mujeres tiene su origen en esos facto-
res y, al mismo tiempo, los refuerza. Como bien ha subrayado
el Informe 2011-2012 elaborado por ONU Mujeres, “la violencia
ejercida contra mujeres y niñas es una manifestación extrema
de la desigualdad y la discriminación por motivo de género y a
la vez una herramienta, a veces mortal, para mantener su situa-
ción subordinada. Ninguna mujer o niña está completamente
libre del riesgo o alcance de esta pandemia mundial”.
Se trata de un factor estructural, transversal a todas las
culturas y países, en cuanto que es proyección de un orden
patriarcal que perdura incluso en las sociedades democráticas

148
“En Societies at Peace, un libro que abre caminos, los antropólogos so-
ciales Signe Powell y Roy Willis hicieron la pregunta: ¿Qué podemos aprender
de las sociedades pacíficas? Encontraron que la definición de masculinidad
tiene un impacto significativo en la propensión hacia la violencia. En aquellas
sociedades en las cuales a los hombres se les permitía reconocer el miedo
a los niveles de violencia eran bajos. Sin embargo, en aquellas sociedades
donde el machismo, la represión y la negación del miedo eran un rasgo defi-
nitorio de la masculinidad, la violencia eran alta. Resulta que las sociedades
donde se prescribe este tipo de machismo para los hombres, también son las
que tienen definiciones muy diferenciadas entre masculinidad y feminidad”
(Ferguson y otros, 2005: 42).

208
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

europeas. Así se pone de manifiesto por ejemplo en los docu-


mentos elaborados por el Consejo de Europa en el marco de
la campaña paneuropea para combatir la violencia contra las
mujeres (2006-2008), publicados por el Ministerio de Igual-
dad con el título El Consejo de Europa y la violencia de género
(2009: 23), donde se resalta la presencia de la violencia en las
diferentes etapas vitales de la mujer:

“Hay en Europa mujeres que son abofeteadas, pateadas,


golpeadas, encerradas, acosadas sexual y psicológicamente,
mutiladas genitalmente, obligadas a prostituirse y asesina-
das por hombres en su entorno social inmediato pero tam-
bién por funcionarios del Estado. De niñas, sufren abusos
sexuales en la familia o en las escuelas, discriminación en
sus opciones de escolarización o formación profesional, la
mutilación de sus genitales o el matrimonio en contra de su
voluntad. Cuando son adultas, sufren maltrato económico y
psicológico y abusos sexuales por parte de sus parejas y son
acosadas o violadas por su exparejas o por desconocidos.
Cuando son ancianas, vuelven a sufrir maltrato económico
y psicológico y abusos sexuales por parte de familiares o de
los empleados de las residencias de ancianos, y se les priva
de tomar sus propias decisiones”.

Y de manera singular explica la continuidad de la denomi-


nada “violencia de género” a pesar de la adopción de medidas
–jurídicas, policiales, preventivas– dirigidas a erradicarla. La
violencia ejercida por el hombre sobre las mujeres forma parte
de un código cultural que configura un modelo hegemónico de
masculinidad y, por tanto, sólo modificando ese modelo será
posible acabar con unas situaciones dramáticas que eviden-
cian la supervivencia del patriarcado. De acuerdo con Miguel
Lorente (2011: 5-6), podemos señalar dos grandes referencias
que condicionan la violencia contra las mujeres: 1ª) Se trata de
una violencia “inmotivada”, que puede estallar ante cualquier
situación que el agresor considere como ofensiva a su posición

209
Octavio Salazar Benítez

o criterios; “extendida”, en cuanto que también afecta a los


menores que conviven con la pareja y “excesiva” en relación
con otro tipo de violencias; 2ª) Es un proceso que se va cons-
truyendo de manera paulatina, y como tal se caracteriza por
su continuidad.
Con estas características es preciso entender la violencia
sobre las mujeres y abordar su tratamiento. Algo que se pone
de manifiesto en la misma definición que de la misma realiza
el art. 1 de la LOVG. Como he subrayado, dicha ley supuso
un paso decisivo en la transformación de un modelo jurídico
en cuanto que parte de dos presupuestos que suponen una
ruptura de paradigmas liberales. Por una parte, se deja bien
clara la conexión entre violencia de género y desigualad entre
hombres y mujeres o, lo que es lo mismo, se define aquélla
como una consecuencia de las relaciones de poder entre unos
y otras. Por otra parte, se rompe con la concepción del ámbito
privado como espacio en el que los poderes públicos no deben
interferir y que, por tanto, queda en manos del varón que dicta
su ley149. También el Estado de Derecho ha de penetrar en las
habitaciones y garantizar la dignidad de todos y de todas en
dicho contexto, muy especialmente la de las partes más débiles
del contrato. Estos dos presupuestos, más incluso que la op-
ción por medidas penales de carácter diferenciador, suponen
la apuesta más radical de la ley ya que inciden en las raíces
del orden patriarcal. Sólo extirpándolas será posible avanzar
hacia un modelo diferente de humanidad.
La tradicional consideración del ámbito privado como un
espacio al margen de las leyes y de la intervención de los pode-
res públicos ha coadyuvado a lo largo de los siglos a mantener

149
La ruptura de esa frontera se pone en evidencia desde el momento en
que se obliga a las instituciones y organismos sociales, tanto públicos como
privados, a denunciar los casos de violencia doméstica que tengan conoci-
miento ante el magistrado o fiscal competente. Además no es necesario el
consentimiento de la víctima para que el juzgado dicte una orden de pro-
tección.

210
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

el poder del hombre en las relaciones de pareja y de familiares,


incluidas las acciones violentas a las que he determinados
casos el patriarca recurre para mantener el orden y legitimar
su autoridad. El ejercicio de la violencia sobre las mujeres
ha contribuido también a mantener su invisibilidad: “atacar
a alguien invisible (las mujeres) y hacerlo para perpetuar el
orden establecido y, por tanto, ser considerado con como algo
violento en sí, sino como una especie de reconstrucción de lo
alterado que en todo momento mantiene la proporcionalidad
con relación al objetivo pretendido” (Bonino, 2008: 3).
Una posición que incluso fue avalada en su momento por
el ordenamiento y que todavía es respaldada por sistemas
jurídicos apoyados en normas consuetudinarias150. La misma
protección internacional de los derechos ha sido deudora de
esta concepción y, por tanto, ha sido ineficaz durante décadas
para las mujeres. Así se explica en el informe El Consejo de
Europa y la violencia de género (2009, 82):

“Los primeros convenios y tratados, elaborados por


organismos legislativos y Parlamentos compuestos princi-
palmente por hombres defensores de un sistema interna-
cional de derechos humanos, reflejaban en su mayoría las
experiencias de violación de los derechos humanos sufridas
por los hombres más que por las mujeres (…) Esta diferencia
de experiencias quedó reflejada en el hecho de que no se
regulara el ámbito privado, lo que dio lugar a una distinción
artificial entre los ámbitos público y privado de la vida (…)
En consecuencia, sólo se consideraba responsable al Esta-
do en aquellas circunstancias en las que la violación de los
derechos individuales era imputable a la acción del Estado
y no a actos de particulares”

150
Unos sistemas en los que, por ejemplo, aún no se reconoce la violación
conyugal como delito o en los que continúan siendo inmunes los “crímenes
de honor”.

211
Octavio Salazar Benítez

Un cambio sustancial se produjo con la ya citada CEDAW,


la cual exigió que los Estados eliminasen los comportamientos
privados que perjudican a las mujeres y responsabiliza al Esta-
do de las prácticas discriminatorias a los particulares (art. 2.e).
Además, el Comité para la Eliminación de la Discriminación
contra la Mujer especificó en su Recomendación General nº
19 de 1992 que en la definición de discriminación incluida
en el art. 1 CEDAW debía entenderse incluida la violencia de
género, aunque ésta no se mencione expresamente. En dicha
Recomendación se define la violencia de género como la “vio-
lencia dirigida contra una mujer por el hecho de ser mujer o
que afecta a las mujeres de forma desproporcionada”. Dicha
violencia incluye los “actos que causen daño o sufrimiento
físico, psicológico o sexual, incluidas la amenazas de realizar
tales actos, la coacción y otras privaciones de libertad”.
El Comité insiste en que “los Estados también pueden ser
responsables de los actos privados si no actúan con la diligencia
debida para prevenir las violaciones de derechos o investigar
o castigar los actos de violencia, así como de indemnizar a
las víctimas”. Comprobamos así como de manera indirecta,
a través de la exigencia de “diligencia debida” a la que deben
atender los Estados, cómo se rompe la frontera entre lo público
y lo privado.
La “Declaración sobre la eliminación de la violencia con-
tra la mujer” (Resolución de la Asamblea General 48/104,
ONU, 1994) constituye el primer instrumento internacional
de derechos humanos que aborda de forma explícita este
problema y fue aprobada en 1994 por la Asamblea General de
Naciones Unidas. Según esta Declaración la violencia contra
las mujeres es

“todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo


femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño
físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las ame-
nazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de

212
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en


la vida privada”.

Esta violencia incluye

“la física, sexual y psicológica en la familia, incluidos los


golpes, el abuso sexual de las niñas en el hogar, la violencia
relacionada con la dote, la violación por el marido, la mu-
tilación genital y otras prácticas tradicionales que atentan
contra la mujer, la violencia ejercida por personas distintas
del marido y la violencia relacionada con la explotación; la
violencia física, sexual y psicológica al nivel de la comunidad
en general, incluidas las violaciones, los abusos sexuales,
el hostigamiento y la intimidación sexual en el trabajo, en
instituciones educacionales y en otros ámbitos, el tráfico
de mujeres y la prostitución forzada; y la violencia física,
sexual y psicológica perpetrada o tolerada por el Estado,
dondequiera que ocurra”

La reclusión en el ámbito privado y el silencio cómplice de


la sociedad, incluido el de los hombres con respecto a los efec-
tos perversos de su identidad, han contribuido a prorrogar las
actuaciones violentas contra las mujeres. De ahí la importancia
de la progresiva concienciación de la sociedad en contra de ella
y muy especialmente de la implicación activa de los hombres
en este problema. Ello contribuirá a mostrar otros modelos
de masculinidad y jugará un papel relevante en la transmisión
de valores que, a su vez, permitirían asentar una cultura de
gestión pacífica de conflictos y de unas relaciones de género
basadas en la igualdad.
No podemos olvidar que la violencia de género es un ele-
mento transversal a todas las culturas, presente en todos los
países, incluidos los que disfrutan de democracias avanzadas,
y que cobra unas especiales dimensiones en situaciones de con-
flicto donde las mujeres y niñas son tratadas como “objetos” y
sometidas a las más variadas vejaciones. Los datos, a menudo

213
Octavio Salazar Benítez

silenciados o poco visibles, deberían bastarnos para reaccionar:


por ejemplo, en Guatemala más de 100.000 mujeres fueron
violadas y torturadas entre 1960 y 1996; en 2010, fueron 685
las asesinadas.
Las dificultades para acabar con la violencia ejercida so-
bre las mujeres, a pesar de las diversas medidas adoptadas en
muchos países en las últimas décadas151, demuestra que esta-
mos ante la consecuencia más dolorosa y flagrante del orden
patriarcal. Por ello, y pese a lo controvertido del término, con-
sidero tan ajustado hablar de violencia de “género”, en cuanto
que no se trata simplemente de violencia contra las mujeres,
ni tampoco doméstica, sino que es la violencia que brota como
consecuencia de unas relaciones de poder y, por lo tanto, de
la desigualdad152. Y bajo ese concepto debemos entender in-
cluidas todas las acciones que suponen un ejercicio de poder
del varón sobre la mujer y que puede tener consecuencias
físicas o psicológicas en ella153. De ahí que también el acoso
sexual y el acoso por razón de sexo, dos ejemplos tan eviden-
tes de comportamientos patriarcales, deban entenderse como
manifestaciones de la violencia de género154, como también
151
Según el Informe ONUMujeres, hasta abril de 2011, 125 países habían
aprobado leyes para frenar la violencia contra las mujeres.
152
Bajo el concepto “violencia de género” hay que entender incluidas “la
violencia psíquica, sexual, financiera/económica, militarizada, corporal/
reproductiva, médica/bienestar, corporal/nutricional, verbal, emocional,
psicológica, cognitiva, social/amistad, espacial, temporal, representacional”
(Ferguson y otros, 2005: 19).
153
De manera más detallada, Betty A. Reardon (2010: 244), siguiendo la
clasificación tradicional de los estudios sobre la paz (Galtung), plantea una
clasificación tripartita: la violencia física adaptada como violencia sexual;
la violencia cultural como violencia basada en el género y la violencia es-
tructural como violencia que deriva del género. La primera se inflige sobre
el otro como castigo y reafirmación del poder de quien la usa. La basada en
el género sirve para mantener a los otros en el lugar que tienen asignado
dentro del orden de género. La tercera se ejerce para apoyar y mantener la
estructura básica del poder jerárquico del orden de género.
154
La LOIMH define como acoso sexual “cualquier comportamiento, verbal
o físico, de naturaleza sexual que tenga el propósito o produzca el efecto de
atentar contra la dignidad de una persona, en particular cuando se crea un

214
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

han de serlo la prostitución, la trata de mujeres, la mutilación


genital o cualquier práctica social o cultural que atente contra
la dignidad de la mitad de la población. En este sentido, según
la Recomendación Rec(2002) 5 del Consejo de Europa sobre
la protección de la mujer contra la violencia, en ese concep-
to debería incluirse la agresión física y mental, el maltrato
emocional y psicológico, la violación y los abusos sexuales, el
incesto, la violación por parte del cónyuge, la pareja ocasional
o habitual o personas con quienes se convive, los crímenes de
horror, la mutilación genital y sexual femenina y otras formas
de violencia, como los matrimonios forzados155. En definitiva,
es la protección de la integridad física, psicológica y sexual de
las mujeres la que debe servirnos de parámetro para definir la
violencia de género156. En consecuencia, es la integridad de las
mujeres la que, en caso de conflicto, debe situarse por encima

entorno intimidatorio, degradante u ofensivo” (art. 7.1), mientras que el acoso


por razón de sexo sería “cualquier comportamiento realizado en función del
sexo de una persona, con el propósito o el efecto de atentar contra su digni-
dad y de crear un entorno intimidatorio, degradante u ofensivo” (art. 7.2) En
este sentido, apunta Adrienne Rich (2011: 119) que “la mujer <<liberada>>
encuentra la hostilidad masculina en forma de violación psíquica, muchas
veces disfrazada de seducción, sea psíquica o física”.
155
De manera más concreta, el Anexo a la Recomendación citada, incluye
dentro de la definición de la violencia contra la mujer: a) La que se produce
en el ámbito familiar o doméstico, incluyendo, entre otras, la agresión físi-
ca y mental, el maltrato emocional y psicológico, la violación y los abusos
sexuales, el incesto, la violación por parte del cónyuge, la pareja ocasional
o habitual o personas con quienes se convive, los crímenes cometidos en
nombre del honor, la mutilación genital y sexual femenina y otras prácticas
tradicionales dañinas para las mujer, como los matrimonios forzados; b) La
violencia cometida en la sociedad en general, incluidas, entre otras formas,
la violación, los abusos sexuales, el acoso sexual y la intimidación en el tra-
bajo, en las instituciones o en cualquier otro lugar, la trata de mujeres para
la explotación sexual y la explotación económica y el turismo sexual; c) La
violencia cometida o tolerada por el Estado o sus funcionarios; d) La viola-
ción de los derechos humanos de la mujer durante los conflictos armados,
en particular la toma de rehenes, el desplazamiento forzoso, las violaciones
sistemáticas, la esclavitud sexual...
156
En este sentido, cabe destacar cómo desde 1998 el Código Penal de
Suecia prevé el delito de “violación grave de la integridad de una mujer”.

215
Octavio Salazar Benítez

de otros derechos, bienes o intereses157. Eso nos debe llevar al


rechazo y a lucha contra prácticas como los crímenes de ho-
nor, los matrimonios forzados o la esterilización forzosa. Y, al
mismo tiempo, ello debe llevarnos a una seria reflexión sobre
cómo este modelo ha prorrogado violencias mucho más sutiles,
como serían todas las que tienen que ver con las negaciones,
las mentiras o los silencios sufridos por las mujeres:

“Hemos tenido la verdad de nuestros cuerpos retenida


o distorsionada para nosotras mismas; nos han mantenido
en la ignorancia acerca de nuestros propios lugares más
íntimos. Nuestros instintos han sido castigados; la clitori-
dectomía para monjas `lujuriosas´, o esposas `difíciles´.
Para nosotras ha sido difícil también re-conocer las mentiras
de nuestra complicidad, aquellas mentiras que creímos. La
mentira del `matrimonio feliz´, de la domesticidad. Hemos
sido cómplices, hemos practicado la ficción de la vida bien
llevada hasta el día en que testimoniamos ante el tribunal
sobre las violaciones, las palizas, las crueldades psíquicas y
las humillaciones públicas y privadas” (Rich, 2011: 278)

En el siguiente cuadro encontramos perfectamente siste-


matizados los diferentes contextos y formas de la violencia de
género (Sanmartín, Molina y García, 2003: 12):

157
Este criterio ha de jugar un papel esencial en la defensa de los derechos
de las mujeres frente a normas o costumbres que sacrifiquen su integridad
física, moral, sexual o en general su libertad, a favor de instituciones, contra-
tos o reglas claramente patriarcales. Sería el caso por ejemplo del Derecho
de Familia que, en determinados contextos, está íntimamente conectado con
lecturas identitarias, religiosas en la mayoría de los casos, que obedecen a
los dictados y la interpretación del patriarca.

216
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Violencia en la pareja
– Violencia en las relaciones de pareja
– Violencia en las relaciones de noviazgo
Violencia en la sociedad
* Agresiones sexuales * Explotación y tráfico de mujeres
* Con fines sexuales * Con otros fines
Violencia en el ámbito laboral
Acoso sexual Bullying/Mobbing
Violencia en los medios de comunicación
Explícita: Implícita:
- Pornografía Estereotipos sexistas (imagen de la
- Violencia física mujer: como objetos sexual, ama de
- Representaciones de viola- casa, estándar de belleza inalcan-
ción o de esclavitud sexua- zable)
lidad
- Utilización de mujeres y
niñas como objetos
sexuales
Violencia institucional (perpetrada o tolerada por el Estado)
*Física *Emocional *Sexual *Aborto o esterilización forzada
Violencia en las tradiciones culturales
Mutilación genital femenina Matrimonios pre- E j e c u c i o n e s
Crímenes por la dote coces extrajudiciales
Crímenes por ho- Agresiones con
nor ácido
Violencia en los conflictos armados
Indeterminada (de todo tipo y condición)

Estos tipos de violencia contra las mujeres se desarrollan


a lo largo de todo su ciclo vital, en cada caso con distintas
manifestaciones, tal y como se resume en el siguiente cuadro
(Vylder, 2005: 96):

217
Octavio Salazar Benítez

Fase Tipo de violencia presente


Prenatal Golpes durante el embarazo
(efectos emocionales y físicos en
las mujeres; efectos en el parto);
embarazo coercitivo; privación
de alimentos; aborto selectivo
por sexo
Infancia Infanticidio femenino, abuso
emocional y físico, acceso dife-
renciado a alimentos y servicios
médicos para la niña
Niñez Matrimonio de niños; mutilación
genital; abuso sexual; acceso di-
ferenciado a alimentos y atención
médica; prostitución infantil
Adolescencia Violación; ataque sexual; pros-
titución forzada, tráfico sexual;
abuso sexual en el lugar de tra-
bajo; sexo forzado económica-
mente
Edad reproductiva Abuso de mujeres por su pare-
ja, asesinatos y abusos por dote;
homicidio por la pareja, abuso
psicológico, abuso sexual en el
lugar de trabajo; acoso sexual;
violación, discriminación legal.
Vejez Abuso y explotación de viudas

Además de esa específica “violencia de género”, la violencia


masculina también incluye la violencia hacia otros hombres,
desde las peleas callejeras hasta las guerras. Como se pone
de manifiesto en el Informe encargado por la Agencia Sueca
para el Desarrollo Internacional sobre la violencia de género
(Ferguson y otros, 2005: 21), “la violación a varones y el acoso
anti-gay son también formas de violencia de género, así como
la cantidad significativa de violencia que se ejerce en los cole-

218
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

gios; el amedrantamiento, hostigamiento a los homosexuales


y en general hacer de <<policías de género>>. Esto asegura
que los hombres actúen como <<verdaderos>> hombres, y
de esta manera se mantiene el sistema de dominación de los
hombres sobre las mujeres”.
Por lo tanto, difícilmente podremos acabar con la violencia
de género si no incidimos en su origen, que no es otro que la
masculinidad patriarcal, y si no revisamos con ella el orden
político, jurídico y cultural que la sustenta. Desde el punto de
vista jurídico-político, la transformación más urgente pasa
por romper las fronteras que han separado históricamente los
espacios privados –muy especialmente la familia– de los públi-
cos. Retomando el clásico lema del feminismo “lo personal es
político”, el sistema jurídico no puede permanecer al margen
de un ámbito en el que también debe regir la garantía de los
derechos humanos y en el que, por tanto, los individuos han de
tener capacidad de reaccionar ante sus posibles violaciones. Así
se puso de manifiesto en la Conferencia de Beijing de 1995 en la
que se definió la violencia contra las mujeres como “cualquier
acto de violencia de género que resulte en o sea probable que
resulte en daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a las
mujeres, incluyendo amenazas de tales actos, coerción o pri-
vación arbitraria de libertad, con independencia de que dichos
actos ocurran en la vida pública o privada”.
La conexión entre el ámbito privado y la vigencia de normas
consuetudinarias ha sido y es uno de los factores que más han
contribuido a mantener la desigualdad de género y que han
servido para amparar la violencia contra las mujeres. De ahí la
necesidad de introducir reformas en los sistemas jurídicos que
sitúen como norma prevalente el respeto de la dignidad, de la
integridad física y moral y de la autonomía de las mujeres. Ello
supone incidir en el Derecho Constitucional, pero también en el
Derecho Civil, en el Penal, en el Administrativo o en el Laboral.
De manera muy singular, ello obliga a revisar un Derecho de

219
Octavio Salazar Benítez

Familia que, como hemos visto, ha estado marcado por una


concepción patriarcal.
Podríamos poner muchos ejemplos de cómo el derecho
consuetudinario ha resultado un freno para la igualdad de gé-
nero y ha contribuido a mantener los pilares del patriarcado,
los cuales, como hemos explicado, se sostienen en los espacios
privados. Resulta además llamativo como incluso en países
democráticos los cambios normativos no se han producido
hasta fechas muy recientes, lo cual nos muestra lo profundas
que se hallan las raíces de un orden patriarcal que se resiste
a desaparecer. Es el caso por ejemplo de Reino Unido donde
hasta 1992 la Cámara de los Lores no derogó el principio de
Derecho Consuetudinario, vigente durante 250 años, según
el cual el contrato matrimonial automáticamente implicaba
el consentimiento pleno de ambos cónyuges a toda actividad
sexual. De esta manera, la ley sobre violación no protegía a
la mujer si estaba casada con el autor material de la agresión
(Informe ONU Mujeres 2011: 33) En la misma línea, resul-
ta como mínimo sorprendente que seis Estados mexicanos
mantengan en sus Códigos penales el homicidio “por razón
de honor”. En concreto, se contempla una rebaja de la pena
para el responsable del asesinato en aquellos casos en el que
el hombre mate a su mujer al sorprenderla en un acto carnal o
próximo a su consumación. En otras 10 entidades federativas
se aplica una disminución de la pena por homicidio con la
atenuante de “emoción violenta”. Todo ello en país donde las
cifras de mujeres asesinadas hablan por sí solas: en 2009 lo
fueron 1858 mujeres.
Ahora bien, para que el sistema de protección de las mujeres
sea efectivo, no basta con transformar las leyes y adoptar las
medidas de todo tipo –policiales, administrativas, asistenciales–
que prevengan o sancionen los actos de violencia contra ellas.
Es necesario transformar toda una cultura, en muchos casos
bien asentada, en la que las mujeres han dependido siempre
de un varón y han carecido de voz propia y de recursos para

220
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

enfrentarse a la discriminación y mucho menos a la violencia


ejercida sobre ellas158. Ese grado de dependencia dificultar
que se enfrenten a las situaciones de violencia, a lo que habría
que sumar la estigmatización que una denuncia podría pro-
vocarles, sobre todo en comunidades muy pequeñas y regidas
por normas patriarcales. Además en muchos casos dichos
problemas se resuelven en el ámbito intrafamiliar o bien a
través de procesos judiciales alternativos que están regidos
por normas consuetudinarias dictadas e interpretadas en be-
neficio del varón. Incluso muchas de las normas que debieran
ofrecer suficiente garantía de sus derechos a las mujeres no lo
hacen correctamente porque obedecen a una lógica jurídica
excesivamente deudora del orden que estamos denunciando.
Un rastro que es posible descubrir desde la misma formación y
sensibilización de todos los operadores que tienen una presen-
cia activa en este tema– desde la policía a los jueces, pasando
por los asistentes sociales–, hasta determinadas normas del
Derecho Penal Procesal159.Estos contextos reflejan una cultura
patriarcal en la que las mujeres han carecido de voz propia
y de capacidad para definir las normas de convivencia, lo
cual las ha condenado a la subordinación y prácticamente a
la carencia de subjetividad. Ello ha tenido un reflejo en todos
los ámbitos público y muy especialmente en el judicial, en el
que el sistema estaba articulado a partir del presupuesto de
la autoridad masculina y de la consideración de las mujeres

158
La supervivencia de este modelo cultural se muestra incluso en el tra-
tamiento informativo que los medios de comunicación hacen de la violencia
de género. Además de centrarse en la víctima y en la casuística personal en
torno a ella, en la mayoría de los casos se informa “como si se tratara de
una suma de dramáticos sucesos personales, en vez de cómo un problema
ideológico y colectivo, fruto del sistema patriarcal en el que nos educamos
mujeres y hombres” (Núñez, 2011: 935).
159
Lo analiza con detalle el Informe El Consejo de Europa y la violencia de
género (2006-2008: 124), el cual concluye que: “La forma en que actualmente
se tratan los casos de violación y de otros tipos de violencia contra la mujer
en los tribunales deja mucho que desear, en especial en los asuntos proce-
sales, las actitudes y sensibilización de los jueces y fiscales y la recogida de
pruebas”.

221
Octavio Salazar Benítez

como objeto necesitado, en el mejor de los casos, de la tutela


de un varón que velaría por sus intereses. Por ello todavía hoy,
y ante la ausencia de reformas en el sistema judicial, las mu-
jeres se hallan en muchos países indefensas ante situaciones
de violación de sus derechos. Ello es también una muestra de
la violencia patriarcal que, como trato de explicar, es estruc-
tural y, por tanto, recorre transversalmente todos los procesos
políticos, jurídicos, económicos y sociales.
Como ejemplo flagrante del “sesgo” de género presente aún
en muchos sistemas judiciales cabe destacar cómo en Reino
Unido los imputados en casos de violación podían introducir
como evidencia el historial sexual de las mujeres para cuestionar
su credibilidad como testigos. En 1999, el Gobierno introdujo
una ley que prohibía a los tribunales aceptar dicha evidencia,
pero dos años después la Cámara de los Lores revocó dicha ley
y hoy en día la aceptación de dichas pruebas queda nuevamente
a discreción del juez (Informe ONU Mujeres, 2001: 55).
Ello implica, muy especialmente en el contexto actual en el
que asistimos al renacimiento de las identidades culturales y
a la reivindicación de sistemas jurídicos pluralistas, mantener
de manera contundente los límites del pluralismo basados
en el respeto de los derechos humanos. Es decir, un Estado
constitucional no puede amparar ninguna expresión cultural
o religiosa que implique violación de derechos de las mujeres
y, mucho menos, que suponga violencia contra ellas. En este
sentido, el Informe ONU Mujeres (2011, 69) nos recuerda que
en los sistemas jurídicos plurales la discriminación contra la
mujer se hace evidente en tres áreas: 1ª) Las leyes de familia a
menudo contienen disposiciones distintas para mujeres y hom-
bres; 2ª) Con frecuencia los sistemas judiciales que se basan en
una doctrina religiosa o costumbre no tienen sanciones contra
la violencia de género; 3ª) El sesgo con que se aplican ciertos
procesos en contra de las mujeres160.
160
En este sentido, debemos tener recordar cómo un total de 30 países han
presentado reservas a la CEDAW en relación con la igualdad de derechos en

222
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Ante las demandas multiculturalistas es necesario, pues,


adoptar una posición de “democracia militante”, es decir, una
democracia no puede amparar aquellas manifestaciones que la
pongan en peligro o que contradigan sus principios esenciales.
Por ello es inaceptable cualquier norma o costumbre que lesio-
ne la dignidad de las mujeres o que refuerce la masculinidad
patriarcal. La igualdad de mujeres y hombres han de ser una
barrera infranqueable para el pluralismo, principio que ha
siempre de equilibrarse con el de igualdad.
En este sentido se pronuncia por ejemplo el Protocolo de la
Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos sobre
los derechos de las mujeres en África (el Protocolo de Maputo),
según el cual “los Estados Partes prohibirán y condenarán toda
práctica nociva que afecte negativamente a los derechos huma-
nos de las mujeres y que sea contraria a los estándares interna-
cionales reconocidos”. Lo anterior incluye la prohibición
“mediante medidas legislativas respaldadas por sanciones, de
todas las formas de mutilación genital femenina” (Informe ONU
Mujeres 2011: 34). En esta línea, y con un evidente retraso, la
Asamblea General de Naciones Unidas aprobó el 26 de noviem-
bre de 2012 una Resolución en la que se hace un llamamiento
urgente para que los Estados adopten las medidas pertinentes
para acabar con la mutilación genital femenina.
La conexión masculinidad-poder-violencia alcanza su máxi-
ma expresión en las situaciones de conflicto y post-conflicto.
En estos casos, se refuerza el papel “heroico” del hombre como
sujeto y el de la mujer como “objeto”. Las mujeres han sufrido
históricamente violaciones, abusos, han sido consideradas “bo-
tín de guerra” y sometidas a los tratos más denigrantes. Como
bien nos ha recordado el Informe ONU Mujeres (2011, 84): “la
violencia se <<normaliza>> durante un conflicto y cuando
los combatientes regresan a casa. Los contextos de posconflicto

el matrimonio o la familia. Además, un total de 22 lo han hecho por incom-


patibilidad con las leyes religiosas o códigos tradicionales (Véase Anexo 5
Informe ONU Mujeres 2011).

223
Octavio Salazar Benítez

a menudo se caracterizan por niveles permanentes y a veces


crecientes de abusos e inseguridad para las mujeres”.
Basta con recordar algunas de las cifras que nos recuerda el
citado informe ONU Mujeres (2011, 83) : En Rwanda se calcula
que entre 250.000 y 500.000 mujeres fueron violadas en menos
de 100 días como parte del genocidio de 1994, en que 800.000
personas fueron asesinadas. En Bosnia y Herzegovina, entre
20.000 y 60.000 mujeres, la mayoría de ellas musulmanas, fue-
ron sometidas a violencia sexual. En la República Democrática
del Congo, desde 1996 han sido documentados por lo menos
200.000 casos de violencia sexual que involucraron principal-
mente a mujeres y niñas.
Estos datos demuestran como los varones, a través de las
actuaciones violentas, que han insistido en la cosificación de
las mujeres, han reafirmado su poder y han destruido el tejido
social de las comunidades. Un ejercicio de masculinidad que
se ha prorrogado durante siglos y frente al que el Derecho ha
tardado mucho tiempo en reaccionar. Los delitos contra las
mujeres han sido invisibles hasta fechas muy recientes e inclu-
so cuando la Convención de Ginebra fue revisada en 1949 se
mantuvo la violación como un ataque al honor de las mujeres,
pero sin incluirla expresamente como una “violación grave”
de las convenciones. Fueron los estatutos por los que se rigen
los Tribunales encargados de juzgar las atrocidades cometidas
en la ex Yugoslavia y Rwanda los primeros en formular explí-
citamente la violación como un crimen de lesa humanidad. La
jurisprudencia de estos tribunales ha reconocido los abusos
sexuales como un serio crimen de guerra. Estas dos experien-
cias fueron decisivas para que el Estatuto de la Corte Penal
Internacional, aprobado en 1998, considerara como crímenes
internacionales la violación, la esclavitud sexual, la prostitu-
ción forzosa, el embarazo forzoso, la persecución de género y
la trata de mujeres, niñas y niños.
Hasta fechas mucho más recientes Naciones Unidas no
ha reconocido el impacto del conflicto sobre las mujeres y ha

224
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

subrayado la necesidad de responder y prevenir los actos de


violencia sexual como parte fundamental del mantenimiento de
la paz y la seguridad. De esta manera, Naciones Unidas esta-
ban sancionando la necesidad de actuar, a nivel internacional,
sobre las consecuencias de la “masculinidad hegemónica” en
situaciones de conflicto. En concreto (Informe ONU Mujeres,
2011: 87), fue la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad,
adoptada en el año 2000, la primera que puso el énfasis no
sólo en las mujeres como víctimas sino también, y sobre todo,
en su necesario papel en los procesos de paz y en las recons-
trucciones post-conflicto. Ocho años más tarde el Consejo de
Seguridad adoptó la Resolución 1820 que reconoció el uso
de la violencia sexual como “táctica de guerra para humillar,
dominar, infundir temor, dispersar y/o reubicar forzosamente a
miembros civiles de una comunidad o grupo étnico”. Instó a los
Estados miembros a la cumplir con la obligación de enjuiciar
a los perpetradores de abusos sexuales y de velar por el igual
acceso a la justicia de mujeres y niñas. Tres Resoluciones pos-
teriores han detallado esos compromisos: la 1888 de 2009 sentó
las bases para la designación de la Representante Especial del
Secretario General sobre la Violencia Sexual en los Conflictos;
la 1889, también dictada en 2009, solicitó la creación de una
estrategia para aumentar las representación de las mujeres en
las decisiones sobre la resolución de conflictos, así como en
indicadores y propuestas para un mecanismo de vigilancia;
finalmente, en diciembre de 2010, la Resolución 1960 hizo un
llamamiento para la creación de un marco para monitorear y
reportar los casos de violencia sexual en un conflicto.
De esta manera comprobamos cómo ha sido en fechas muy
recientes cuando los delitos que tienen como principales vícti-
mas a mujeres y niñas, y que son el resultado de una concepción
patriarcal del poder que se subraya en situaciones de conflicto,
se han hecho “visibles” en la comunidad internacional y han
empezado a generar algunas respuestas. Ha sido así también
como, si analizamos el “reverso” de todas estas resoluciones, el
“depredador patriarcal” ha quedado desnudo frente al mundo

225
Octavio Salazar Benítez

y, sobre todo, ha empezado a sentir que la lógica del Estado


de Derecho ha de ser el instrumento principal mediante el que
sancionar sus excesos e iniciar el camino de revisión de sus
caracteres.
Finalmente, y desde otra perspectiva, también deberíamos
analizar los costos que supone la masculinidad hegemónica,
fundamentalmente de los que supone su proyección en el
ejercicio de la violencia, y el freno que ello implica para el
desarrollo económico y social. A los costos que supone la ex-
presión más radical de dicha violencia –es decir, la guerra–,
habría que sumar los que supone para cualquier Estado la
reacción frente a determinadas consecuencias que derivan de
una virilidad conectada al riesgo, el heroísmo y la violencia161.
Junto a los que pueden materializarse en cifras, se encuentran:
“los intangibles, tales como el dolor y el sufrimiento humano”
(Vylder, 2005: 128), los cuales tienen unos efectos multiplica-
dores a largo plazo en las comunidades. De esta manera, es
fácil constatar cómo la violencia patriarcal supone un freno
para el desarrollo y uno de los principales obstáculos para la
consolidación democrática.

4. La homofobia como frontera

“¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios?


No os engañéis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los
adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas”
San Pablo, I Corintios, 6,9

A los costes que genera de manera específica la violencia de género,


161

habría que sumar por ejemplo los que supone para cualquier Estado la san-
ción penal de comportamientos delictivos –mayoritariamente masculinos–,
las políticas preventivas y sancionadoras vinculadas a una “masculinidad
heroica”– por ejemplo, la que se proyecta en determinados comportamientos
de los hombres cuando conducen un vehículo– o los gastos sanitarios ocasio-
nados por enfermedades generadas en gran medida por un entendimiento
“viril”, y por tanto poco “cuidadoso”, de la salud y del cuerpo.

226
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Todos estos rasgos de una masculinidad que nos hiere co-


nectan, a su vez, con la negación de lo femenino que hemos
analizado como factor definitorio de la misma. Para ser un
héroe, para cumplir con las exigencias de lo público, el hom-
bre necesita subrayar su masculinidad y rechazar todo lo que
pueda contradecirla, limitarla o ponerla en peligro. Como todo
estereotipo, “se define a través de sus afueras” o, lo que es lo
mismo, “no define qué es un hombre sino lo que no es” (García
García, 2011: 8).
De ahí que se hable de la homofobia como un componente
esencial de la masculinidad patriarcal y que hemos de enten-
der en un doble sentido. Por una parte, está ligada al vínculo
masculinidad-heterosexualidad que supone la exclusión, y la
huida, de las opciones sexuales y afectivas que rompan con
la dualidad masculino-femenino162. Como bien explica José
Miguel G. Cortés (2004: 45), “una sociedad se define, general-
mente, por lo que excluye. De ahí la creación de estereotipos
(hombres homogeneizados, amoldados a una masculinidad
ideal) que cumplen la tarea de reforzar la sociedad normativa
contra aquellos que quieren destruir su tejido, es decir, todos
aquellos que no se acoplan a las normas impuestas”. Por ello,
se ha perseguido, durante mucho tiempo incluso con el aval
del Derecho, a gays, lesbianas, bisexuales y transexuales,
considerándose como enemigos del Estado y del orden pú-
blico163. Incluso todavía hoy muchos hombres y mujeres son

162
“La homofobia puede ser definida como la hostilidad general, psicológi-
ca y social, respecto a aquellos y aquellas de quienes se supone que desean a
individuos y aquellas de quienes se supone que desean a individuos de su pro-
pio sexo o tienen prácticas sexuales con ellos. Forma específica del sexismo,
la homofobia rechaza también a todos los que no se conforman con el papel
predeterminado por su sexo biológico. Construcción ideológica consistente
en la promoción de una forma de sexualidad (hetero) en detrimento de otra
(homo), la homofobia organiza una jerarquización de las sexualidades y
extrae de ella consecuencias políticas” (Borrillo, 2001: 36).
163
Esta persecución alcanza su máxima expresión en regímenes tota-
litarios como los que sacudieron Europa en la primera mitad del siglo
XX. Fue mucho más evidente en el caso del régimen alemán, en el que los

227
Octavio Salazar Benítez

condenados penalmente en muchos países, en algunos incluso


con la pena de muerte, por tener una opción sexual diferente
a la heterosexual dominante164. Ello nos demuestra la íntima
conexión de las estructuras estatales con el patriarcado, el cual
ha condicionado durante siglos la configuración del espacio
público y, de manera correlativa, del privado. En esa configu-
ración ha sido dominante durante mucho tiempo la concepción
del homosexual como amenaza para la estabilidad social, la
familia o las buenas costumbres. Constituían un peligro para
el orden público y para la continuidad de un modelo socio-
económico apoyado en una visión patriarcal del matrimonio y
la familia. De ahí su persecución y sanción a través del Derecho
Penal, el cual constituye el principal instrumento jurídico de
definición de los valores y principios que sirven para regular la
convivencia. Un Derecho Penal que, como he señalado, durante
siglos ha servido para mantener la servidumbre de las mujeres
y que, en el mismo sentido, también ha avalado la exclusión de
los homosexuales. De esta manera, y junto al papel central del

homosexuales fueron perseguidos junto a los judíos o los gitanos. En estos


casos, además, se justificaba la persecución en cuanto que dichos colectivos
podían poner en peligro la estabilidad del Estado. Así se plasma por ejemplo
en un discurso pronunciado por Himmler, fundador de la Oficina Central
del Reich para Combatir la Homosexualidad y el Aborto, en el que afirmó
que “la homosexualidad hace frustrar cualquier rendimiento... destruye al
Estado en sus fundamentos” (Borrillo, 2001: 89) La misma lógica represiva
se aplicó por el régimen franquista, en el que “cierta moral machista y el
integrismo católico se convierten en asunto de Estado” (Mira, 2007: 320). El
15 de julio de 1954 se aprobó una enmienda a la Ley de Vagos y Maleantes
para poder castigar con mayor dureza los comportamientos homosexuales.
Dicha Ley sería sustituida por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social
de 1970. Durante los cuarenta años de dictadura, los homosexuales fueron
considerados “traidores a Dios, a la patria y a la hombría” (Mira, 2007: 287).
En un régimen igualmente dictatorial, aunque con un sentido ideológico
diverso, como es el castrista en Cuba, también durante mucho tiempo los
homosexuales fueron perseguidos penalmente.
164
En la actualidad, la homosexualidad está castigada en varios países con
la muerte –Mauritania, Arabia Saudí, Sudán, Irán, Yemén, norte islamista
de Nigeria y Somalia– y en un total de 78 Estados los actos homosexuales
se consideran ilegales.

228
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Derecho Civil en la definición de la familia y las relaciones más


personales, podemos afirmar que las normas penales han sido
uno de los principales sustentos del patriarcado y, por tanto,
de una determinada concepción de la masculinidad. Por ello
no es osado afirmar que “contrato social y de heterosexualidad
son dos nociones que se superponen” (Wittig, 2006: 66).
En los contextos democráticos, y a pesar de las conquistas
significativas que se han ido logrando en las últimas décadas,
todavía no se ha consolidado un derecho al libre desarrollo
de la afectividad y la sexualidad165, y todavía determinadas
demandas de reconocimiento de derechos –por ejemplo, el
matrimonio– siguen provocando reacciones sociales y políti-
cas singularmente tensas. Ellas son la mejor prueba de cómo
el patriarcado es, al mismo tiempo, heteronormativo y cómo
difícilmente admite en condiciones de igualdad las opciones
sexuales y afectivas que siguen considerándose como un peli-
gro para el orden familiar, económico y social sustentado por
aquél166. No podemos olvidar que las principales estructuras
jurídicas de nuestras democracias han sido configuradas por
y en torno a la heterosexualidad. Y que, a su vez, la mascu-

165
Al margen de la persecución penal, hay que recordar que hasta 1976 la
homosexualidad no fue eliminada del Manual de estadística y diagnóstico de
los trastornos mentales de la Asociación americana de psiquiatría y que la
Organización Mundial de la Salud la mantuvo en su lista de enfermedades
hasta 1993. Sobre la persecución de la homosexualidad véanse Tomás y Va-
liente (2001) y Pérez Canovas (1996). Sobre la historia de la homosexualidad,
véase Mondimore (1998).
166
Incluso en la actualidad, bajo la apariencia de una perversa “tolerancia”,
perviven actitudes que Alberto Mira (2007: 570) engloba bajo el concepto de
“homofobia liberal”: “El principio retórico que caracteriza cualquier manifes-
tación de lo que llamamos <<homofobia liberal>> es extraordinariamente
simple: <<Sí, pero…>> En esa estructura sintáctica se inserta cualquier
tipo de enunciado: Los homosexuales son maravillosos y muy amigos míos…
pero deben abandonar la pluma; los homosexuales son creativos…pero ya
es hora de que dejen de ser tan promiscuos; los homosexuales son personas
como todos… pero el exhibicionismo que manifiestan está fuera de lugar; los
homosexuales son guapos, liberados,…pero no son de fiar en campos como
el de la política o la educación”.

229
Octavio Salazar Benítez

linidad normativa se ha configurado durante siglos desde la


afirmación, hasta la exasperación, de los valores estimados
como propios de los hombres y el rechazo de los que podían
suponer un debilitamiento de aquéllos. En este sentido, la
homofobia es mucho más amplia que el mero rechazo de la
homosexualidad. Supone el rechazo de todo lo identificado
como no-masculino o, dicho de otra manera, como propio de
las mujeres. Es decir, la masculinidad homófoba implica tam-
bién la exclusión de los hombres que “incumplen las normas
de género que el patriarcado ha impuesto para ellos” (Guasch,
2006: 115)167. De ahí que incluso por parte de algunos hom-
bres se llegue a admitir una relación homosexual siempre
y cuando mantengan su rol activo, es decir, el considerado
propio del varón, ya que no implica pasividad o sumisión168.
De esta manera, “la homofobia cimienta las fronteras del
género” (Welzer-Lang, 2002: 61).
Durante siglos ser hombre ha supuesto, por tanto, rechazar
todo lo que el orden cultural ha estimado como privativo del
mundo emocional, frágil y cuidadoso de las mujeres, así como
a aquéllos que por su comportamiento, actitudes o valores no
encajan en el arquetipo del héroe. Las propias madres han sido
en gran medida cómplices de la continuidad de este modelo:

“La madre se niega a estimular en el hijo cualidades tales


como la intuición, la simpatía y el fácil acceso a los senti-
mientos porque ello supondría no prepararle para la lucha

167
Y, en este sentido, son afeminados “los varones que fracasan (o que
voluntariamente renuncian) a la hora de cumplir con las normas de género
prescriben para ellos” (Guasch, 2006: 43).
168
Lo explica muy bien José Miguel G. Cortés (2004: 150) al comentar la
masculinidad retratada por el escritor Jean Genet: “Son aquellos que…llevan
el tubo de vaselina en el bolsillo del pantalón, ese tubo sucio, miserable y
vil que <<que era el signo de la abyección personificada>>, el signo más
despreciable que un hombre podía poseer, aquel que presupone que el que
lo lleva ha dejado de ser hombre para ser alguien que es poseído, penetrado,
feminizado”.

230
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

que le espera en el mundo masculino. Es así como se perpe-


túa la masculinidad de este mundo” (Rich, 2011: 117)

De ahí que en los procesos de socialización de niños y


adolescentes todavía hoy la homofobia esté muy presente y de
ahí por ejemplo que uno de los peores insultos que un chico
puede recibir son los que ponen en entredicho su virilidad: ma-
ricón, mariconazo, blandengue, calzonazos, nenaza,... Insultos
que, más allá del reproche basado en la orientación sexual,
se basan en el incumplimiento de las normas “de género”
que determina la virilidad “correcta”: “no está permitido que
los hombres de verdad se amen entre sí. Para ser hombres
de verdad deben cumplir las expectativas de género que se
les atribuyen, y tener el control y llevar la iniciativa para ser
autónomos e independientes” (Guasch, 2006: 101).Por ello, el
chico más sensible, el más callado, el que no suele ser violento,
el que no renuncia a expresar sus emociones, es arrinconado e
insultado. Los adolescentes juegan entre ellos para demostrar
su heterosexualidad y su “hipersexualidad genital” (Pescador,
2002: 92). El reverso cruel de este juego es el acoso que sufren
muchos jóvenes por razón de su orientación sexual. Un reciente
estudio realizado por las secciones de Educación de la Fede-
ración Estatal de Lesbianas, Gays y Transexuales (FELGTB) y
del Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de
Madrid (COGAM) pone de manifiesto esta dura realidad, con
datos tan alarmantes como que el 13% de los jóvenes entre 15
y 25 años han planeado suicidarse tras haber sufrido acoso por
su orientación sexual 169. De esta manera además el grupo de
varones “heterosexuales” refuerza su hombría: “la homofobia
refuerza en muchos hombres su frágil heterosexualidad”. Es
también “una manera de exteriorizar el conflicto y de hacerlo
soportable” (Badinter, 1993: 146).

169
Las conclusiones del Informe pueden consultarse en la página web
de FELGTB: felgtb.org/temas/educacion/documentacion (consultada
13/9/2012).

231
Octavio Salazar Benítez

La homofobia es pues el reverso de la permanente exigencia


de demostrar, ante nosotros mismos y ante los demás, que so-
mos hombres de verdad, que vivimos y nos comportamos como
hombres normativos170. Lo expresa con rotundidad Norman
Mailer en fragmentos de su obra Los tipos duros no bailan, de
los que puede ser un buen ejemplo el que sigue: “Metería a to-
dos los maricones en campos de concentración, incluyendo a tu
hijo, en el caso de que hubiera tenido un resbalón. Y todo porque
tuviste la suerte de nacer con unos cojones como un tigre”.
Ello supone un esfuerzo a veces agotador, que genera ansie-
dad y que, con relativa frecuencia, frustra a aquellos hombres
que se sienten presionados para ajustarse al canon, aunque
para ello tengan que renunciar a su sexualidad, sensibilidad o
manera de entender el mundo. “Hay que ser macho de manera
constante, todo el tiempo, sin descanso. Hay que hacer saber a
los otros que se es macho” (Guasch, 2006:129)171. El miedo de no
ser lo suficientemente hombre genera una serie de “maniobras
defensivas” frente a un largo listado de temores: “temor a las
mujeres, temor a mostrar cualquier tipo de feminidad, inclui-
das las que se esconden bajo la ternura, pasividad o cuidado a
terceros y, claro está, el temor a ser deseado por otro hombre”
(Badinter, 1993: 69). Todo ello subraya el carácter “frágil” de la
masculinidad en cuanto que se trata de una condición que puede
perderse, “un proyecto biográfico y social que no termina jamás
y que siempre puede cuestionarse” (Guasch, 2008: 2). Además,
ello genera consecuencias sociales muy negativas:

“Negando sus aspectos femeninos, siempre asociando


su hombría con la habilidad de poseer y dominar a las mu-

170
“La heterosexualidad es la tercera prueba negativa de la masculinidad:
tras haberse diferenciado de la madre (no soy un bebé) y del sexo femenino (no
soy una niña), el muchacho debe demostrar(se) que no es homosexual y que
no desea otros hombres ni ser él poseído por ellos” (Badinter, 1993: 123).
171
Desde el punto de vista antropológico, Bourdieu (1998:50) ha demostró
como muchos rituales que marcan el paso de los varones a la edad adulta
subrayan la separación del mundo femenino.

232
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

jeres, el hombre patriarca lenta e imperceptiblemente, a


través del tiempo, adquiere un grado de odio, mutilación y
enajenación hacia sí mismo que está llegando a tener efectos
casi irreversibles en las relaciones humanas y con el mundo
natural” (Rich, 2011: 163).

De manera paralela, la homofobia provoca que el homo-


sexual se vea obligado a negarse a sí mismo, que no pueda
“describirse” como tal, reconocerse ante el espejo y ante los
demás172. El sistema intenta controlarlo mediante la culpabili-
dad y el miedo (Fonseca, 2006). Y eso hace que viva atrapado
en un mundo de injurias: “La injuria es, pues, la expresión de
la asimetría entre los que son legítimos y los que no lo son y,
por la misma razón, son vulnerables” (Eribon, 2000: 55).
De esta forma, mientras que las mujeres eran recluidas en el
ámbito privado y convertidas en invisibles, las minorías sexuales
eran expulsadas tanto de dicho ámbito como del público. Su lugar
era el armario, el cual constituye “el último rincón de lo privado
y el lugar por excelencia donde se encierra lo <<no decidible>>
y lo por lo tanto <<ilegítimo>> a ojos de la comunidad política
y del Espacio Público” (Vélez-Pellegrini, 2008: 48)173.
Las opciones homosexuales no encajaban en el modelo fa-
miliar construido sobre la autoridad del varón, la reproducción

172
Hasta llega a producirse en muchos casos que los homosexuales subra-
yan los estereotipos sexistas, es decir, los vinculados al modelo de hombre
“macho”(Badinter, 1993: 193).
173
Como bien explica Manuel Cruz (2010: 206), siguiendo la célebre
Epistemología del armario de Eve Kosofsky Sedwick (1998), “el armario es
el espacio de una contradicción imposibles: ni se puede estar dentro ni se
puede estar fuera. Quien permanece escondido en su interior nunca puede
estar del todo seguro de estar consiguiendo mantener a salvo su secreto, lo
que en el fondo se vuelve contra él mismo, ya que siempre le quedará la duda
acerca de si el trato que recibe de los demás como si efectivamente hubieran
quedado convencidos de su heterosexualidad es el resultado de que el engaño
ha funcionado o, por el contrario, constituye la reacción astuta de quien ha
descubierto que le estaban mintiendo y ahora juega él a engañar a su vez al
mentiroso”.

233
Octavio Salazar Benítez

como finalidad y, por tanto, sobre la heterosexualidad. Un mo-


delo que durante siglos no sólo ha legitimado al hombre como
detentador del “monopolio de la violencia simbólica legítima (y
no sólo del poder sexual) en el interior de la familia” (Bourdieu,
2000: 92), sino que también ha articulado el espacio público
a partir de la representación masculina y heterosexual del ser
humano (Vélez-Pellegrini, 2008: 50).
El matrimonio y la familia han sido los guardianes no
sólo de la jerarquía entre los sexos sino también de la hetero-
sexualidad como patrón de las “prácticas sexuales normales”
(Sánchez Martínez, 2001)174. Desde interpretaciones teológicas,
se defendió que la actividad del hombre era necesaria para
la continuidad de la labor creadora. Frente a la labor pasiva
de la mujer– “un simple vaso donde se deposita el semen”–, el
varón se convierte en un colaborador de Dios. Por ello, el más
grave de los pecados sería el pecado contra natura, en el que
al unirse dos hombres se desperdicia la posibilidad de seguir
procreando (Tomás y Valiente, 2001: 107-109) De acuerdo con
esta norma, la homofobia “juega un papel determinante en que
es una forma de inferiorización, consecuencia directa de la
jerarquía de las sexualidades y confiere a la heterosexualidad
un estatuto superior, situándola en el rango de lo natural, de
lo evidente” (Borrillo, 2001: 15). De ello deriva una forma de
dominación, con sus consiguientes procesos de discriminación,

174
Esta visión de la “heterosexualidad” como “la norma” e incluso como la
referencia para el “orden” continúa trasladándose incluso en los discursos de
quienes defienden la igualdad de las diferentes orientaciones sexuales. Baste
con recordar, por ejemplo, unas palabras pronunciadas por el presidente
del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero en el debate sobre el “matri-
monio gay” (Diario de Sesiones del 30 de junio de 2005): “Señorías, no hay
agresión ninguna al matrimonio ni a la familia en la posibilidad de que dos
personas se casen. Más bien al contrario, lo que hay es cauce para realizar
la pretensión que tienen esas personas de ordenar sus vidas con arreglo a las
normas y exigencias del matrimonio y la familia”. De estas palabras puede
deducirse de manera implícita la consideración de determinadas opciones
como “desórdenes” que han de “ordenarse” a través de la institución matri-
monial (Pascale y Saiz, 2005: 87).

234
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

a la que denominamos “heterosexismo”, en la que “la homo-


fobia se convierte así en el guardián de las fronteras sexuales
(hetero/homo) y de las de género (masculino/femenino)” (Bo-
rrillo, 2001: 16).
Todo ello vuelve a remitirnos al vínculo entre masculinidad
y poder: “llamar <<maricón>> a alguien siempre es una ma-
nifestación de poder” (Mira, 2007: 305). Por todo ello además
en estructuras políticas muy patriarcales, como fue por ejemplo
el régimen franquista y como suele serlo en general cualquier
dictadura, la persecución de la homosexualidad se convierte en
uno de los ejes ideológicos: vagos y maleantes, peligro público,
desorden moral, pecado contra natura.
De ahí que la violencia estructural y simbólica que conlleva
el patriarcado no tenga como exclusivas víctimas a las mujeres,
sino que también la sufren todos los hombres que no encajan en
los patrones dominantes. Por lo tanto, difícilmente acabaremos
con la discriminación de gays, lesbianas, bisexuales y tran-
sexuales si no eliminamos esa violencia que implica exclusión,
rechazo, invisibilidad y humillación. Una discriminación que,
en el caso de las mujeres lesbianas, es “doblemente” sufrida
ya que difícilmente encajan en un mundo donde también la
homosexualidad se contempla desde una óptica patriarcal, es
decir, desde las “lentes masculinas”. De esta forma las lesbianas
se encuentran atrapadas entre dos culturas dominadas por los
hombres: la patriarcal heterosexista y la patriarcal homosexual
(Rich, 2011: 329).
Por lo tanto, el esquema binario que durante siglos ha
dominado nuestra sociedad –varón heterosexual/productor y
mujer domesticada/reproductora– responde a lo que podemos
denominar “hetero-patriarcalismo” (Herrera, 2005: 32). Es
decir, descansa en la asunción de la heterosexualidad como
condición para la construcción de la subjetividad.

235
Octavio Salazar Benítez

III. El largo viaje de Ulises

1. Two ways through life

No hay mejor escenario para llevar a cabo un análisis de


cómo se contraponen lo masculino y lo femenino que una fa-
milia tradicional. Si recordamos el célebre comienzo de Ana
Karenina –“Todas las familias se parecen unas a otras; pero cada
familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgracia-
da”–, podríamos mirar a través de las ventanas, traspasar las
cortinas y fijarnos en cómo en cada hogar se reproducen ges-
tos, movimientos y palabras que contribuyen a mantener las
esencias del patriarcado. Han sido muchos los escritores o los
directores de cine que se han atrevido a mirar a través de los
visillos para mostrarnos, en tu total desnudez, al patriarca.
Una película muy reciente, la maravillosa El árbol de la
vida (Terence Malick, 2011), nos ofrece un poético y lucido
retrato de las identidades masculina y femenina a través de un
padre y de una madre recordados por su hijo. En la película
se narra la evolución de Jack (interpretado de adulto por Sean
Penn, un hombre encerrado entre rascacielos y el caos de la
vida moderna y, suponemos, que también en la cárcel de su
propia masculinidad), un niño de una familia americana de los
años 50, a través de la cual vamos haciendo un recorrido entre
filosófico y religioso por el origen de la vida. Pero, más allá
de la sucesión de imágenes mediante las que Terence Malick
nos pasea sobre los grandes interrogantes que durante siglos
han preocupado al ser humano –los que tienen que ver con el
principio y el fin de la vida, los que generan dudas en torno a
la figura de un dios omnipotente, los que revelan la extrema
vulnerabilidad de todos nosotros–, tiene mucho interés como la
película nos muestra la figura de un “padre” y de una “madre”
que responden perfectamente al canon del patriarcado.

236
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

El padre, interpretado por Brad Pitt, es severo, castrador,


duro. Les enseña a sus hijos a pelear, a no que no queden
paralizados nunca, a respetar el orden que él representa y
administra: “ten confianza en que lo que tu padre te dice es lo
correcto”. Es un padre sancionador, al que sus hijos admiran
por el trabajo que realiza, por su firmeza, por su heroísmo. Tra-
ta de educar a sus hijos para la acción permanente: “no puedes
decir no puedo”. La acción que luego ellos ponen en práctica
en los juegos entre chicos, en las “fratrías de varones” en las
que se muestran duros, agresivos, incluso violentos: rompen
cristales, el protagonista dispara una escopeta sobre el dedo
de su hermano.
Su referente es el patriarca que viaja por el mundo y vuelve
al hogar como el guerrero. Una vez más el mito de Ulises –via-
jero heroico, marido ausente– y de Penélope, la mujer sola que
espera, que teje y desteje, melancólica y sufriente.
Un hombre que, como es debido, raramente expresa sus
emociones: ni siquiera cuando el dolor rompe la serenidad
familiar. En el durísimo trance de la muerte de un hijo, él
continúa manteniéndose firme, como una roca, ni siquiera
necesitado de los demás. “Estamos bien”, le dice a una vecina
que ha ido a consolar a la esposa, indicándole que se vaya,
que no necesita su apoyo. El padre que, pese a todo, necesita
también sentirse querido y que en otro momento de la película
le pregunta a uno de sus hijos si lo ama. Porque, en el fondo,
es consciente de la tensión que genera, incluso teme el odio
que está incubando en sus hijos. Hasta el punto que uno de
ellos llega a exclamar “Es tu casa. Expúlsame cuando quieras.
Puedes hasta matarme si quieres”. El mismo hijo que le pide a
dios “por favor, mátalo, sácalo de aquí”.
La madre (Jessica Chastain), por el contrario, es la dulzura,
el amor, la entrega, la sensibilidad. La vemos acariciando a sus
hijos, cuidándolos, llorando cuando llega el dolor. Se mueve
casi como una bailarina, con movimientos graciles y dulces,
expresión máxima de una feminidad que es sinónimo de deli-

237
Octavio Salazar Benítez

cadeza. Es la que da la vida y la cuida. La que siempre está en


casa, esperando al padre que llegue para bendecir la mesa. La
que ha hecho de su entrega al marido y los hijos la razón de
su existencia. La que se define no por lo que hace sino por lo
que es. La que, cuando el padre no está, convierte la casa en
un espacio de risas y juegos. La que aguanta los malos modos y
hasta algún que otro golpe. La que está convencida de que hay
un dios que es el único legitimado para castigar y perdonar, y
que por lo tanto ella debe callar y aguantar.
Corrobora todo lo anterior la página web promocionada al
estrenarse la película y que responde al llamativo título de www.
twowaysthroughlife.com , en la que vemos la pantalla –y la Tie-
rra– dividida en dos mitades que responden a dos significativos
enunciados: the father`s way y the mother`s way. En el centro
del planeta, la planta del pie de un niño recién nacido.
Mediante una selección de escenas de la película, acom-
pañas de frases cortas pero contundentes, se nos dibujan dos
maneras distintas de entender la vida. Es decir, se nos marcan
una serie de pautas de lo que sería la identidad masculina y
la femenina. En el apartado del “padre”, aparecen frases tan
rotundas como “el inocente no tiene defensa”, “si alguien te
golpea, ¿te le devuelves el golpe?”, “su padre volvía de sus via-
jes”, “él vuelve hacia su madre después de hacer cosas para su
padre”, o un significativo interrogante –“¿todo un caos?”– con
el que se nos parece mostrar a donde ha llegado un mundo
hecho a imagen y semejanza del varón. Un mundo en el que
“un gran asteroide choca contra la tierra”.
Por el contrario, en el apartado de la “madre”, nos encon-
tramos a Jack adulto caminando por un desierto –el hombre
adulto perdido en su masculinidad–, al niño que admira a su
padre, que descubre otro espíritu en su hermano y que aprende,
gracias a su madre, que “no sólo la competición, sino también
la cooperación, juegan una parte importante en el desarrollo
de la vida”. Y frente a los golpes y la violencia masculina, una

238
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

enseñanza fundamental para la vida: hay que cosas que se


endurecen sin que necesiten mantener su rigidez.
Dos principios pues, el masculino y el femenino, girando
en la rueda de la vida, en la que aparece como centro el pie
pequeño de un niño recién nacido. El patriarcado como orden
estructurador de la familia y de la educación, de las relaciones
personales, cauce socializador y, al fin, generador de otros
muchos interrogantes y dolores. Las mujeres como sostén de
la vida y la ternura: las grietas por las que hace agua un orden
que provoca malestar e injusticia, caos y violencia.
En esa imagen “de imágenes” creada a partir de la película
de Malick encontramos plasmado el contrato sexual, la división
binaria entre lo masculino y lo femenino, entre el padre y la
madre, entre la Naturaleza y la Cultura, entre lo público y lo
privado. El origen de la desigualdad y la violencia.

2. La diligencia del buen padre de familia

a) Las cláusulas del contrato sexual

La reclusión de las mujeres en el ámbito privado fue su-


brayada durante siglos por el Derecho y conllevó no sólo una
determinada estructura de las relaciones familiares sino tam-
bién una singular incidencia en la conformación tanto de la
identidad masculina como de la femenina. Las mujeres no sólo
fueron apartadas del espacio público, sino que también dentro
del privado tuvieron asignado un papel concreto. Debido a su
función de reproductoras, y su consiguiente rol de cuidadoras,
carecieron durante siglos de “vida propia”: vivieron por y para
los demás. Ello no sólo les impidió ser ciudadanas de pleno
derecho, sino que tuvieron absolutamente limitadas las posi-
bilidades de desarrollar libremente su personalidad. Es decir,
“al definir lo femenino por su capacidad maternal, la mujer es

239
Octavio Salazar Benítez

definida por lo que es pero no por lo que ha escogido ser. Por el


contrario, el hombre se define por lo que hace y no por lo que
es. Dicho de otra manera, la biología sólo condiciona al final
a las mujeres porque las mujeres están atadas a su cuerpo y
al azar biológico y los hombres, no. Por ello, la maternidad se
concibe habitualmente como el destino natural de las mujeres
mientras que la paternidad es una elección cultural a merced
de la voluntad de los hombres” (Lomas, 2008: 81)175.
Mientras que los hombres han dominado los espacios de
la ciudadanía, y además poseían su ámbito de actuación indi-
vidual en el contexto familiar, las mujeres han carecido de un
espacio privado “propio” (Herrera, 2005: 15). Así lo puso de
manifiesto Virginia Woolf en el clásico Una habitación propia.
Y lo hizo como consecuencia de haberlo sufrido en sus propias
carnes: mientras que su marido, Leonard, podía dedicarse
en cuerpo y alma a su trabajo intelectual, ella tenía que, por
ejemplo, sufrir de manera permanente las interrupciones de sus
criadas para responder a cuestiones tan banales como qué pre-
paraban para el almuerzo. De ahí que Virginia reclame, como
fundamento de la autonomía de las mujeres, y por tanto como
requisito para la igualdad de género, una habitación propia,
es decir, un espacio donde pensar y crear. Una autonomía que,
como bien explicó la Woolf, requería como condición previa la
independencia económica: “Una mujer debe tener dinero y una
habitación propia para poder escribir novelas”.
En consecuencia, podemos afirmar que “en la raíz misma
del patriarcado está la unidad familiar individual con su divi-
sión de roles, sus valores, como el de la propiedad privada, el
matrimonio monógamo, la posesión emocional, la ilegitimidad
de un hijo nacido fuera del matrimonio legal, los servicios do-
mésticos sin goce de sueldo de la esposa, la obediencia a la au-

175
Resulta sorprendente que, todavía hoy, se siga manteniendo que “en la
naturaleza íntima de lo femenino se encuentra la exigencia irrenunciable de
la maternidad, tanto física como espiritual. Sin esa perfección, lo femenino
se halla frustrado” (Palet, 2011: 372).

240
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

toridad y el correspondiente juicio y castigo por desobediencia”


(Rich, 2011: 115). Estas estructuras se vieron confirmadas por
la Revolución Industrial, la cual subrayó la separación entre
las tareas domésticas –femeninas, sin reconocimiento econó-
mico y social– y el verdadero trabajo que era el realizado por
los hombres fuera del hogar176. De esta manera, se reforzó el
ideal maternal como “eje fundador de la feminidad, en tanto la
masculinidad se fundará sobre el ideal de hombre de trabajo,
o de ser proveedor económico de la familia” (Burin, 2009). En
paralelo, “la heterosexualidad nace asociada al trabajo asala-
riado y a la sociedad industrial. Se trata de producir hijos que
produzcan hijos. Hijos para las fábricas, para el ejército, para
las colonias” (Guasch, 2000: 25).
Esa división binaria era perfecta –para los que estaban en
una posición privilegiada, claro– ya que permitía encajar las
dos esferas, la “productora” y la “reproductora”, de manera que
se mantenía un equilibrio que se traducía en orden y estabili-
dad. “El grado en que la sociedad patriarcal ha desatendido el
problema del cuidado de los niños refleja de alguna manera la
necesidad que ha tenido de restringir la vida de las mujeres”,
escribe Adrienne Rich (2011: 21).
De esta manera, se creaban las mejores condiciones para
la consolidación de un sistema económico en el que el hombre
debía poner a prueba de manera permanente su carácter de
“depredador”, al tiempo que se garantizaba un orden político
y jurídico que perseguía la garantía de los derechos individua-
les. El problema es que todo el sistema se articulaba sobre una
ficción de igualdad, y sobre una traición a sus valores funda-
mentales, en la medida que no sólo excluía de la plenitud de los
derechos a la mitad de la población sino que también basaba

176
Como bien explica Rosario Valpuesta (2011: 374), “cuando se extiende
el modo de producción de la revolución industrial, el trabajo se aleja de la
vivienda para ubicarse en las fábricas, lejos de las zonas residenciales de
la burguesía, y es entonces cuando el hogar se cierra y las mujeres quedan
dentro”.

241
Octavio Salazar Benítez

en su servidumbre el éxito del modelo. Al mismo tiempo, y “a


través de la socialización patriarcal, los hombres aprenden
a pensar en términos de sus <<derechos>> en una parcela
donde los derechos no deberían en realidad ser la cuestión
fundamental, áreas como el comportamiento sexual y el com-
portamiento maternal son contempladas no como fruto de la
opción y el afecto de la mujer sino como un comportamiento al
cual el macho tiene derecho por el hecho de serlo” (Rich, 2011:
320). Es decir, la servidumbre de las mujeres ha sido la que ha
permitido y alimentado el papel tradicional de los hombres, es
decir, su rol de proveedores, de productores y, en algunos casos,
de héroes de lo público que encontraban en el hogar el refugio
perfecto, el “descanso del guerrero”, los afectos necesarios para
nutrirse y seguir batallando177.
Desde esa división binaria de roles, espacios y tiempos, los
hombres han sentido tradicionalmente cubiertas sus obligacio-
nes como esposos y padres mediante el cumplimiento exitoso
de sus tareas públicas178. Lo explica muy bien Víctor Seidler
(2007: 97): “Los padres pueden refugiarse en la idea de que,
siendo buenos proveedores, ya manifiestan el amor que sienten
por sus hijos y su dedicación a la familia”. Bajo ese cumpli-
miento escrupuloso del deber, lo que ha existido siempre es
una apropiación de los trabajos de las mujeres en el ámbito
177
El hombre tradicionalmente ha tenido que superar cuatro pruebas
de heroísmo (Gil-Calvo, 2006: 249): “buscar trabajo, buscar casa, buscar
pareja y buscar hijos. Y una vez que esas cuatro búsquedas concluyen con
éxito, es llegado el momento de sentar la cabeza, asumiendo la carga de la
cuádruple responsabilidad: laboral (o profesional), doméstica (o paternal),
conyugal (matrimonial) y paternal (o educativa). De tal modo, el patriarcado
es el final feliz (happy end) con que concluye la carrera del héroe, una vez
que ha sido coronada con éxito”.
178
Además, “el deber de ayuda y socorro significó durante mucho tiempo
un deber de asistencia por parte del marido, investido de la potestad marital,
que se traducía en mantener económicamente a su mujer, a quien se le podía
legítimamente impedir realizar una actividad remunerada fuera del hogar.
El deber de protección del marido incluía tenerlo en el domicilio conyugal y
satisfacer sus necesidades elementales de la vida diaria” (López de la Cruz,
2011: 592).

242
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

familiar. Es decir, los hombres se han apropiado de los pode-


res de cuidado y amor de las mujeres (Jónasdóttir, 1993: 154),
lo que las deja “incapacitadas para reconstruir sus reservas
emocionales y sus fuerzas sociales de autoridad”. A su vez, esta
apropiación está vinculada con “la obligación de reproducción
de <<la especie>> que se impone a las mujeres” y que “es el
sistema de explotación sobre el que se funda económicamente
la heterosexualidad” (Wittig, 2006: 26).
Ello ha generado tres consecuencias entrelazadas:
1ª) Un reparto jerárquico de espacios, tiempos y responsa-
bilidades entre hombres y mujeres. El orden social se ha apo-
yado en unas estructuras privadas y familiares donde estaban
perfectamente delimitadas las funciones de cada género, los
tiempos dedicadas a ellas y la valoración socio-económica que
suponían. El mismo reparto de tiempos de nuestras sociedades
responde a una división binaria de funciones entre hombres
y mujeres. Los horarios laborales, de los centros educativos,
de los negocios y comercios, han respondido a un reparto de
trabajos y roles que empieza a quebrar cuando las mujeres se
incorporan a la vida profesional y laboral.
La situación privilegiada del hombre en ese reparto ha ope-
rado en contra del desarrollo personal de las mujeres (Rich,
2011: 213):

“Es difícil imaginar, a menos que se haya vivido, lo que


para la mayoría de las mujeres significa tratar de combinar
las demandas físicas y emocionales de la maternidad con las
necesidades del trabajo; es la división personal, la improvi-
sación sin fin, el detener constantemente la creatividad y el
trabajo intelectual. La suposición de que se puede combi-
nar las dos cosas ha sido el privilegio masculino en todo el
mundo. Para las mujeres la energía que se gasta en ambos
sentidos, el conflicto y la improvisación, ha impedido que
muchas inicien una carrera profesional y ha sido una dura
carga para las carreras que ya se habían iniciado antes”.

243
Octavio Salazar Benítez

Ello corre en paralelo al “aprovechamiento masculino del


tiempo doméstico” (Bonino, 2001: 33-34) en un doble sentido:
“en el hogar hacen menos y usufructúan el trabajo femenino,
y en lo público están libres de las preocupaciones hogareñas
que les permiten destinar todas sus energías existenciales en
sí mismos”.
2ª) Una socialización de los hombres y de las mujeres en
valores, pautas de conducta y roles asociados a ese reparto bi-
nario. De esta manera, los hombres hemos construido nuestra
identidad masculina asociada a la dimensión pública, al éxito
profesional y a la complementariedad de los trabajos y funcio-
nes desempeñados por las mujeres. Nuestras mentes, nuestras
emociones y hasta nuestros relojes han sido, y todavía son en
gran medida, el resultado de esa división.
Han sido tradicionalmente las mujeres las responsables de
lo que podría denominarse “trabajo emocional”, es decir, el di-
rigido a producir y mantener “el bienestar de los miembros de
la familia, a través del seguimiento, el entendimiento, la ternura
o el reaseguramiento” (Bonino, 2001: 31). Además, “al estar
socialmente inclinadas a tratarse a sí mismas como objetos
estéticos y, en consecuencia, a dirigir una atención constante
a todo lo que se relaciona con la belleza y con la elegancia del
cuerpo, de la ropa y del porte, ellas se encargan con absoluta
naturalidad, en la división del trabajo doméstico, de todo lo que
se refiere a la estética y, más ampliamente, a la gestión de la
imagen pública y de las apariencias de sociales de los miembros
de la unidad doméstica...” (Bourdieu, 2000: 123).
Esos roles, lamentablemente, todavía siguen vivos en gran
medida. Baste con observar, por ejemplo, la división por gé-
neros que sigue marcando el mundo de los juegos infantiles
y de los juguetes: el chico guerrero, combativo, heroico, pre-
parado para la acción exterior y la chica preocupada por lo
doméstico, por los bebés y por los detalles estéticos que poco
parecen decirle a unos varones que se siguen forjando para
la demostración permanente de que son héroes de verdad.

244
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Los videojuegos, por ejemplo, nos ofrecen en la actualidad un


campo abonado para el análisis de los estereotipos de género
que, en el caso de los masculinos, me temo que incluso son
reforzados y alimentados con el paradigma de tres factores:
acción-fuerza-violencia. De esta manera, y como denunciara
Adrienne Rich (2011:322),

“En la medida en que la ley y el orden económico y social


se inclinan pesadamente a favor de los hombres, las nece-
sidades infantiles de los adultos machos están reafirmadas
por la maquinaria del poder que no reafirma o convalida con
la misma integridad las necesidades de la mujer adulta. El
matrimonio y la maternidad institucionalizados perpetúan
el poder de los infantes machos como ley en el mundo de
los adultos”

3ª) Una concepción de la paternidad, y en general de las


relaciones familiares, marcada por el lugar y funciones asigna-
das al varón179. Frente a la madre omnipresente, sin horarios,
entregada radicalmente a sus funciones de cuidadora, el padre
se mantendrá en su lugar de proveedor y mantenedor del orden.
Será por ello en la mayoría de las ocasiones un padre ausen-
te, aunque físicamente esté en el hogar. No se implicará en la
gramática emocional de la familia: su papel será el de dictar
y aplicar la ley. El es el vértice, el que regula los premios y los
castigos (Olavarría, 2004: 60). Así se define la diligencia de un

179
“La paternidad es una práctica social que incluye tanto los aspectos
explícitos como los implícitos de los que un hombre realiza como padre…
Como práctica social, ser padre incluye el lenguaje, imágenes, símbolos, roles
definidos, criterios especificados, procedimientos codificados y regulaciones
en función de una variedad de propósitos del grupo social de pertenencia.
Pero, también incluye las relaciones implícitas, las convenciones tácitas,
las señales sutiles, las normas no escritas, las comprensiones encarnadas,
los supuestos subyacentes y las nociones compartidas de realidad entre los
participantes (Wenger)”. (Salguero, 2008).

245
Octavio Salazar Benítez

buen padre de familia180, al tiempo que se construye la posición


del hombre en tanto “cabeza de familia” (Izquierdo, 2007: 20).
Ello generará, de manera paralela, unos modelos socializa-
dores en los hijos y en las hijas. Y en el caso concreto de ellos
un modelo al que seguir, el del padre, y otro del que separarse,
la madre. Parece evidente que para triunfar en la vida es nece-
sario aprender y asumir el rol del diligente padre de familia. Lo
contrario supone estar condenado a la invisibilidad y al fracaso,
es decir, convertirse en una mujer. En este sentido, “para un
niño pequeño, ensayar el papel de padre es ensayar su futuro
trabajo y su éxito económico. De los padres también se espera
que castiguen a sus hijos, les inculquen ideales de competiti-
vidad y sacrificio, y que jueguen al fútbol con ellos. El chico
que aprende a ser competitivo, a sacrificarse y a participar en
actividades deportivas, está de algún modo convirtiéndose en
un <<buen>> padre” (Miedzian, 1995: 131).
Esta estructura familiar ha servido además a la perfección
para mantener un orden económico y social, el burgués181.
Éste se ha prorrogado durante siglos gracias, en gran medi-
da, al trabajo invisible y no reconocido de las mujeres. Y ello
ha generado no sólo una patente desigualdad, sino también
numerosos costes que a nivel personal ha supuesto en tantas
generaciones de mujeres que no tuvieron oportunidad de elegir
qué hacían con sus vidas182. De esta forma, “la independencia

180
“Dominación procede de dominus, que en latín significa <<señor>>:
el dueño de la casa (domus), en tanto que amo y señor del hogar. Y el domi-
nante o dominador es quien dispone de plena autoridad sobre su dominio,
con capacidad de adoptar decisiones obligatorias para quien esté sometido
a su jurisdicción” (Gil-Calvo, 2006: 222).
181
De esta manera, podemos afirmar que “la paternidad fue un invento
sociopolítico y cultural; pero al fin y al cabo un invento. Y surgió de una ne-
cesidad: la de darse los varones un lugar, un nicho cultural que les otorgara
razón de ser y existir” (Sau, 2010: 17).
182
Unas servidumbres que adoptan nuevas formas en el contexto de la
globalización. Por ejemplo, Mabel Burin (2009) nos llama la atención sobre
como muchos varones empleados en empresas multinacionales son reloca-
lizados y las familias se ven obligadas a elegir entre seguirlos o separarse.

246
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

o libertad de unos se construye sobre el sometimiento natural


de otras al mantenimiento de la vida humana y su cuidado”
(Rubio, 2006: 39). Además, no hay que olvidar que ese reparto
de funciones conlleva una jerarquía: los realmente importantes,
y por tanto valorados social y económicamente, son los trabajos
realizados por los hombres en la esfera pública. Los asumidos
por las mujeres han carecido de valoración económica y de
reconocimiento social183. De ahí que, con un carácter incluso
despectivo, se haya hablado siempre de “tareas” o “labores”
del hogar184. El lenguaje, que como he señalado siempre re-
fleja las relaciones de poder, ha subrayado de esta manera el
“menor valor” que la sociedad otorgaba a los esfuerzos y a los
tiempos de las mujeres. De la misma manera que, cuando se
hablado en términos de creación, durante mucho tiempo se
ha conectado al trabajo realizado por ellas un término como
“artesanía” que representaba igualmente un escalón inferior
al “arte” monopolizado por los hombres.
Todos esos trabajos han sido, pues, invisibles, carentes de la
heroicidad de los masculinos y además considerados cómodos,
seguros, no arriesgados. De esta forma, ha sido “la ausencia
de reconocimiento lo que ha postergado a las mujeres a la
oscuridad histórica, no ha habido brillo en sus tareas ni en su
conducta ni en hacer aquello para lo que estaban especialmente
capacitadas por esas características que ellas poseen según lo
En la mayoría de las ocasiones, es el desarrollo de la carrera de las mujeres
el que queda postergado de manera indefinida.
183
Es decir, no se valora como “conjunto de actividades destinadas a
producir bienes y servicios orientados al mantenimiento y desarrollo físico,
psíquico y social de los convivientes. Y no se trata sólo de tareas de mante-
nimiento del hogar y de cuidado de personas, es un trabajo de producción
y desarrollo de personas y relaciones” (Bonino, 2001: 30).
184
Como bien explica Luis Bonino (2001: 32), el doméstico, como todo
trabajo, requiere una organización, uso de tiempos, esfuerzos, una personas
o personas responsables y es obligatorio. Las tareas son sólo un elemento de
dicho trabajo: “la ejecución concreta de tal o cual actividad, generalmente
las que requieren acción física. Y es el trabajo lo que agota, y no las tareas en
sí. Los varones se definen y se mueven habitualmente en el estrecho espacio
de las tareas, evitando las más desagradables”.

247
Octavio Salazar Benítez

que desde el criterio patriarcal se ha destacado de su psico-


biología: delicadeza, capacidad de comprensión, de perdón, de
obediencia, de dar cariño, de cuidar por ese instinto maternal
desarrollado… y bajo las cuales se ha reconocido que son ellas
las que deben hacer las tareas domésticas” (Bonino, 2008: 4-5).
Ello, a su vez, se ha traducido en una serie de normas jurídicas
que han respaldado la familia nuclear, muchas de las cuales,
y pese a los cambios operados en las últimas décadas, siguen
estando vigentes. Piénsese por ejemplo en como nuestro mo-
delo fiscal sigue contemplando la posibilidad de tributación
conjunta del IRPF (Rodríguez, 2011: 74).

b) La casa en ruinas 185

Desde el momento en que las mujeres empiezan a acceder


al ámbito público, ese equilibrio se rompe y lo hace en su per-
juicio. Debemos recordar que cuando las mujeres acceden al
mundo laboral como consecuencia del proceso de industriali-
zación del XIX, lo hacen sin que se modifiquen los principios
“de género” que durante siglos las habían condicionado. Es
decir, se siguió considerando que el varón era el que mante-
nía la familia y que en todo caso el trabajo de la mujer era un
complemento. De ahí que disfrutaran de peores condiciones
y sueldos más bajos, que continuaran sufriendo dificultades e
incluso prohibiciones para acceder a determinadas profesiones
o que, por supuesto, continuaran siendo las responsables de la
crianza de los hijos. De esta manera es más que evidente que

185
Este título podría ser acogido por las posiciones “neomachistas” que
defienden que “la familia se rompe debido a que las mujeres traicionan sus
compromiso tradicionales como madres y esposas (..) y anteponen sus intere-
ses personales sobre los familiares, hasta el punto de precipitar la separación
y el divorcio, de los que derivaría la orfandad funcional de muchos menores
y la pérdida del ejercicio de la paternidad a otros tantos padres, que tras la
decisión de las mujeres se ven material y emocionalmente alienados” (Lo-
rente, 2009: 187). Nada más lejos de mi intención, como se puede deducir
de las páginas que siguen.

248
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

“las formas de dominación del varón son <<intrínsecamente


modernas>> puesto que se establecen sobre las premisas de
la separación entre el trabajo asalariado y el Estado por una
parte y la crianza femenina de los hijos y el hogar por otra”
(Benhabib y Cornell, 1990: 73).
Esas formas de dominación se vieron reforzadas cuando,
tras la segunda guerra mundial, las mujeres fueron desplaza-
das de los trabajos que habían ocupado durante el conflicto
por los “héroes” que volvían de la lucha. En ese momento, tal
y como bien analizó Betty Friedan, se produjo una exaltación
de la “feminidad”, de los valores y tareas tradicionalmente con-
siderados femeninos y del hogar como espacio de realización
de las mujeres. Todo ello cuando ya muchas de ellas habían
accedido a la educación superior y al mundo del trabajo. No
es de extrañar, pues, que esa circunstancia propiciara el desa-
rrollo del movimiento feminista y la progresiva consolidación
de una teoría política que unía a su carácter vindicativo sus
propuestas de remoción de los viejos paradigmas. En el camino,
conquistas como la que supuso el acceso a la píldora y otros
métodos anticonceptivos, o las que fueron introduciéndose no
sin esfuerzos en unos ordenamientos jurídicos patriarcales,
fueron haciendo cada vez mayor esa “habitación propia” re-
clamada por las mujeres.
Incluso cuando se conquistan normas protectoras de las
mujeres en el ámbito laboral se hace desde una concepción
paternalista y reafirmando sus responsabilidades en el ámbito
doméstico. Esta concepción de, por ejemplo, las políticas pro-
tectoras de la maternidad se mantienen en muchos casos hasta
la actualidad y han contribuido a mantener una determinada
concepción de los papeles del padre y de la madre con respecto
a sus descendientes.
El mismo modelo de Estado Social ha contribuido en oca-
siones a mantener la posición subordinada de las mujeres, en
cuanto que las ha hecho destinatarias de determinadas políticas
que las han seguido vinculando al ámbito doméstico y del cui-

249
Octavio Salazar Benítez

dado. Baste con citar por ejemplo fórmulas tan perversas para
las mujeres como los contratos a tiempo parcial o nuevas expe-
riencias como la del “teletrabajo”: dos instrumentos mediante los
que mantener la sobrecarga de responsabilidades de las mujeres
y reducir sus posibilidades de desarrollo profesional.
A lo que habría que sumar que en última instancia han sido
ellas las que han continuado encargándose de determinados
servicios que el Estado no alcanzaba a prestar, una situación
que se vuelve especialmente gravosa para las mujeres en un
contexto de crisis económica y de progresivo “adelgazamiento”
de las políticas públicas. Es de temer, de hecho así está suce-
diendo, que ante los recortes sociales vuelvan a ser las mujeres
las que se encarguen de responder a las necesidades de aten-
ción de los hijos, de los ancianos, de los familiares dependien-
tes. Si a ello sumamos la precarización de sus condiciones de
trabajo, y el mayor nivel de desempleo que soportan, es fácil
deducir que ellas van a ser la grandes perdedoras de la crisis
actual. Y ello, en gran medida, porque no hemos sido capaces
de transformar las bases de un contrato que sigue legitimando
el orden patriarcal.
En esta línea, muchas de las políticas adoptadas por la
Unión Europea en las últimas décadas han tenido como ob-
jetivo la incorporación de las mujeres al mercado del trabajo
pero no tanto para llevar a cabo un reparto distinto de los roles
sociales sino más bien para responde a las exigencias de un
sistema económico que necesita de ellas para ser más com-
petitivo. Ello ha supuesto la integración de las mujeres en el
mercado laboral como una mano de obra barata y disponible,
mientras que las estructuras continuaban inalteradas. Y esa
fácil disponibilidad se acrecienta cuando la crisis económica
eleva el número de desempleados y reduce la capacidad de
reacción por parte de los Estados.
Sin embargo, buena parte de las dificultades que perviven
en pleno siglo XXI, y en el contexto, claro está, de los países con
democracias consolidadas, están íntimamente relacionadas con

250
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

ese “contrato sexual” que continúa marcando diferencias entre


el hombre y la mujer no sólo en relación al ámbito público –en
éste, al menos formalmente, las desigualdades se han ido corri-
giendo– sino también en el ámbito privado. Y es que mientras
que una gran mayoría de mujeres han conseguido acceder a la
educación superior, al mundo del trabajo, incluso a puestos de
responsabilidad, los hombres no nos hemos incorporado en la
misma medida al ámbito privado186. Es decir, y aunque también
empieza a experimentarse una lenta evolución, no hemos asu-
mido el papel de cuidadores sin el que el “contrato” se rompe
en perjuicio de las mujeres. Porque son ellas las que ahora, en
un ejercicio de heroísmo impagable, suman a sus responsabi-
lidades públicas las que históricamente se les han atribuido en
el privado. Ello genera no sólo una inversión de energías y de
esfuerzo, sino también de tiempo, que explica con claridad el
porqué todavía hoy muchas de ellas se encuentran con obstá-
culos insalvables para, por ejemplo, asumir puestos de respon-
sabilidad que les exigen una dedicación temporal de la que no
disponen. Esta asimetría se pone especialmente de manifiesto
cuando una pareja tiene un bebé (Castro y Pazos, 2011: 5). En
ese momento los roles de género siguen pesando y actúan en
detrimento del tiempo y autonomía de las mujeres. Unos roles
que, por ejemplo, siguen estando presentes en los modos de
gestión del dinero: “Como norma general, el hombre se encar-
ga de controlar los grandes gastos patrimoniales, mientras que
la mujer actúa como administradora del gasto cotidiano de la
familia. Esta especialización desigual es asumida como la más
adecuada por los miembros de la pareja” (Díaz, 2007: 13-14).
Basta con acudir a la objetividad de los datos para comprobar
la pervivencia de una situación de desigualdad que provoca que
las mujeres tengan más dificultades para su desarrollo como
186
En este sentido, habría que diferenciar lo que sí que muchos varones
realizan en el hogar– ayudar– de lo que sería asumir la “corresponsabilidad”
en el ámbito privado. La “ayuda” implica estar libre de la última responsa-
bilidad, debe ser supervisada, y no es obligatoria ni rutinaria sino electiva
(Bonino, 2001: 32).

251
Octavio Salazar Benítez

ciudadanas, es decir, como sujetos con autonomía y por tanto


con plenas posibilidades de crecimiento personal y profesional.
Algunos ejemplos nos pueden servir para ilustrar la superviven-
cia de un modelo patriarcal en el reparto de tiempos y respon-
sabilidades187. En primer lugar, podemos constatar como las
mujeres son las que mayoritariamente se acogen a contratos a
tiempo parcial, ya que son los que mejor le permiten conciliar
esa faceta con el ámbito familiar. De esta manera, las políticas
que en los últimos años han favorecido este tipo de contratación
se han servido, principalmente, de la situación “patriarcal” en la
que siguen prisioneras la mayoría de las mujeres. Con relación a
esta modalidad contractual, hay que tener presente que el TEDH
dictaminó en una sentencia de 22 de noviembre de 2012 que la
legislación española en materia de Seguridad Social aplicable
a los/as trabajadores/as a tiempo parcial es discriminatoria con
las mujeres ya que les obliga a cotizar durante más tiempo para
sumar los 15 años de cotización exigidos.

Personas ocupadas a tiempo parcial por motivo


de la jornada parcial
Total 2.458,5
Seguir cursos de enseñanza o formación 153,4
Enfermedad o incapacidad propia 28,0
Cuidado de niños o de adultos enfermos, inca-
Am- pacitados o mayores 297,6
bos Otras obligaciones familiares o personales 150,6
sexos
No haber podido encontrar trabajo de jornada
1.351,4
completa
No querer trabajo de jornada completa 215,2
Otros motivos 256,5
No sabe el motivo 5,8

187
Las tablas que aparecen a continuación han sido tomadas de la página
web del Instituto de la Mujer (www.inmujer.gob.es, consulta: 6/2/2012).

252
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Total 75,98
Seguir cursos de enseñanza o formación 58,28
Enfermedad o incapacidad propia 59,64
Cuidado de niños o de adultos enfermos, inca-
% 96,77
pacitados o mayores
Muje- Otras obligaciones familiares o personales 92,16
res
No haber podido encontrar trabajo de jornada
73,07
completa
No querer trabajo de jornada completa 84,43
Otros motivos 63,12
No sabe el motivo 68,97

Igualmente significativos son los datos que nos muestran


las diferencias de género en cuanto al disfrute de excedencias
para el cuidado de hijos e hijas o de personas dependientes:

Excedencias por el cuidado de personas 2010


dependientes
TOTAL Ambos sexos 6.136
% Mujeres 84,89
FUNCIO- Ambos sexos 1.077
NARIOS % Mujeres 88,95
LABORA- Ambos sexos 5.059
LES % Mujeres 84,03

Excedencias por cuidado de hijos/as 2010


Total 34.818
%Madres 95,48

En el mismo sentido se sitúan las diferencias entre los per-


misos de maternidad y los de paternidad:

253
Octavio Salazar Benítez

Permisos de maternidad por CCAA 2010


Ambos Total 332.557
sexos Andalucía 59.330
Aragón 9.125
Asturias 5.536
Baleares 8.087
Canarias 11.259
Cantabria 4.102
Castilla– León 14.398
Castilla– La Mancha 12.960
Com. Valenciana 58.896
Cataluña 6.467
Extremadura 16.685
Galicia 55.329
Madrid 10.946
Murcia 5.390
Navarra 2.366
La Rioja 33.135
Pais Vasco 17.730
Ceuta 404
Melilla 412
% Muje- Total 98,25
res Andalucía 98,88
Aragón 97,97
Asturias 97,65
Baleares 98,33
Canarias 98,64
Cantabria 97,51
Castilla– León 97,71
Castilla– La Mancha 98,67
Com. Valenciana 98,35
Cataluña 98,84
Extremadura 97,97
Galicia 98,24
Madrid 99,31
Murcia 95,90
Navarra 98,01
La Rioja 98,64
Pais Vasco 95,67
Ceuta 97,03
Melilla 99,27

254
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Permisos de paternidad por CCCAA 2010


TOTAL 275.637
Andalucía 43.577
Aragón 8.317
Asturias 4.640
Baleares 6.004
Canarias 9.110
Cantabria 3.654
Castilla– León 12.839
Castilla– La Mancha 11.963
Cataluña 52.893
Extremadura 5.361
Galicia 12.568
Madrid 44.599
Murcia 8.827
Navarra 4.881
La Rioja 2.206
Com. Valenciana 27.409
Pais Vasco 16.138
Ceuta 336
Melilla 315

Finalmente, las diferencias existentes en el uso del tiempo


nos demuestran cómo uno de los objetivos esenciales de una
democracia paritaria debería ser, como explicaré más adelante,
la “renegociación” de los términos del contrato, de forma que
hombres y mujeres se hagan corresponsables en lo privado y
en lo público. Lo cual supondrá, obviamente, un reequilibrio
no sólo de los espacios sino también de los tiempos. No sólo
persisten diferencias en el uso del tiempo –si bien es cierto que
cada vez más aminoradas– sino también en cuanto a las acti-
vidades en que se implican hombres y mujeres. Con carácter
general, los hombres suelen centrarse en tareas más gratifican-

255
Octavio Salazar Benítez

tes o relacionadas con la esfera pública (paseos, baños, juegos,


lecturas de cuentos) (Abril y Romero, 2011: 5).

Diferencias en el uso del tiempo 2009-2010


TOTAL 22h 53’
Cuidados personales 11h 29’
Hogar y familia 3h 0’
Ambos sexos
Estudios 0h 39’
Trabajo remunerado 2h 47’
Tiempo Libre 4h 57’
TOTAL 22h 53’
Cuidados personales 11h 26’
Hogar y familia 4h 7’
Mujeres
Estudios 0h 39’
Trabajo remunerado 2h 9’
Tiempo Libre 4h 32’
TOTAL 22h 54’
Cuidados personales 11h 33’
Hogar y familia 1h 54’
Hombres
Estudios 0h 39’
Trabajo remunerado 3h 25’
Tiempo Libre 5h 23’

256
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Tiempo dedicado al hogar y fami-


2009-2010
lia, según tipo de actividad
TOTAL 3h 2’
Actividades no especificadas 0h 10’
Actividades culinarias 0h 55’
Mantenimiento del hogar 0h 33’
Confección y cuidado de ropa 0h 12’
Jardinería y cuidado de animales 0h 13’
Ambos sexos
Construcción y reparaciones 0h 3’
Compras y servicios 0h 26’
Gestiones del hogar 0h 1’
Cuidado de niños 0h 25’
Ayudas a adultos miembros del
0h 3’
hogar
TOTAL 4h 7’
Actividades no especificadas 0h 15’
Actividades culinarias 1h 24’
Mantenimiento del hogar 0h 49’
Confección y cuidado de ropa 0h 23’
Mujeres Jardinería y cuidado de animales 0h 7’
Construcción y reparaciones 0h 1’
Compras y servicios 0h 31’
Gestiones del hogar 0h 1’
Cuidado de niños 0h 32’
Ayudas a adultos miembros del
0h 4’
hogar

257
Octavio Salazar Benítez

TOTAL 1h 54’
Actividades no especificadas 0h 4’
Actividades culinarias 0h 26’
Mantenimiento del hogar 0h 17’
Confección y cuidado de ropa 0h 1’
Hombres Jardinería y cuidado de animales 0h 18’
Construcción y reparaciones 0h 6’
Compras y servicios 0h 20’
Gestiones del hogar 0h 1’
Cuidado de niños 0h 18’
Ayudas a adultos miembros del
0h 2’
hogar

Estos datos evidencian la resistencia de los varones ha per-


der, o ver erosionados, algunos de los derechos que el “contrato
sexual” les otorgaba y que el “contrato social” ha legitimado
como incuestionables durante siglos. De la posición tradicional
del varón en el hogar, derivan una serie de “derechos mascu-
linos” (Bonino, 2001: 36), tales como el derecho a la libertad
en el uso y disponibilidad del tiempo personal, el derecho al
ocio y al tiempo libre; a la privacidad, reservándose para sí y
acumulando fuerzas existenciales donadas por las mujeres; a
la libertad de movimientos sin control por parte de su pareja; a
tener las necesidades personales satisfechas por otras persona
que se supone a disposición; a ser servido y cuidado, y a bene-
ficiarse del trabajo gratuito de quien se ocupa de lo doméstico.
Partiendo de estos privilegios, la realización de algunas tareas
por los varones se considera como una “concesión” porque es
expresión de “sacrificio” de sus derechos adquiridos (Bonino,
2001: 37).
La prueba más evidente de que las estructuras socio-
culturales no se han transformado es que buena parte de las
necesidades de “armonización” de la vida pública y privada se
están cubriendo en las sociedades “del primer mundo” gracias

258
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

a las mujeres inmigrantes. Ellas son las que, normalmente en


condiciones precarias, están asumiendo las tareas de cuidado
y, por lo tanto, las que permiten que otras mujeres accedan
a lo público mientras que los hombres se mantienen en sus
posiciones. Al mismo tiempo, esas mujeres inmigrantes sufren
dificultades para conciliar el trabajo con su propia vida, per-
sonal y familiar, para tener una “habitación propia”. En este
sentido, podemos afirmar que el Estado vuelve a actuar como
“maltratador”, ya que de manera indirecta las está usando para
cubrir aquellos servicios que él no llega a prestar. El fracaso
del Estado de bienestar se paga pues con la explotación de los
sectores más débiles y vulnerables, y no cabe duda de que las
mujeres continúan siendo “las más débiles entre los débiles”.
Un ejemplo nos sirve para demostrar esta deriva. No cabe
duda de que uno de los grandes retos del Estado Social en la
actualidad es la provisión de cuidados y la atención a personas
dependientes. El aumento de la esperanza de vida y la incorpora-
ción de las mujeres jóvenes al mundo laboral platean un “vacío”
en responsabilidades ocupadas tradicionalmente por las muje-
res. Para tratar de dar respuesta a este nuevo contexto en nuestro
país se aprobó la ya citada Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de
Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas
en situación de dependencia, más conocida como la “Ley de
dependencia”. Esta norma supuso una nueva ruptura con la
concepción liberal de que el ámbito de los cuidados es privado
y que, por lo tanto, los poderes públicos deben permanecer al
margen de él. En este sentido, implica un paso más en la revisión
de los espacios público-privado y de las responsabilidades que
de ellos derivan. Al mismo tiempo la ley supuso un indiscutible
avance en las políticas de bienestar en la medida que implica un
desarrollo de servicios sociales que inciden en dos ámbitos –el de
las personas dependientes y el de las cuidadoras– en los que las
mujeres tienen una singular presencia. Sin embargo, son muchas
las dificultades que está presentando la aplicación práctica de la
ley. Las principales tienen que ver con el coste económico de los
servicios y con la adecuada coordinación entre todas las Admi-

259
Octavio Salazar Benítez

nistraciones públicas para su prestación. Sin embargo, y desde


el punto de vista de la transformación de los roles que dicha ley
podría suponer, el efecto más negativo que está suponiendo es
que está contribuyendo, en buena medida, a mantener el papel
de cuidadoras de las mujeres. Como entre las opciones posi-
bles –establecer servicios sociales para atender a las personas
dependientes y conceder ayudas económica a las familias con
dicha situación–, se ha primado la segunda por obvia razones de
ahorro económico y facilidad para las Administraciones, ello ha
contribuido a reforzar la “naturalización femenina del cuidado”
(Tobío, Agulló, Gómez y Martín, 2010: 178). Una vez recibida la
ayuda, lo más habitual es que sea la esposa, la madre o la hija
la que continúe desempeñando los trabajos de cuidado. De esta
manera, las mujeres siguen siendo prisioneras del patriarcado y,
mucho me temo, más lo van a ser como consecuencia de la crisis
económica. Esta ha provocado, de hecho, la paralización de la
aplicación de la Ley de Dependencia ante la falta de recursos
de las Administraciones Públicas.
En definitiva, esta realidad nos hace constatar cómo las mu-
jeres son objeto de múltiples discriminaciones188 o que, como
gráficamente lo expresara Joaquín Herrera (2005: 18-19) sufren
“dimensiones superpuestas de opresión”: “Si bien la matriz o
el eje vertebrador que recorre todo el espectro es el concepto
de desigualdad de género –el definido por la tradición feminista
188
El concepto de “discriminación múltiple” se consagró a nivel in-
ternacional en la Conferencia de Naciones Unidas contra el Racismo, la
Discriminación Racial, la Xenofobia y la Intolerancia, celebrada en Durban
(Sudáfrica), en 2001. Con anterioridad, se había incorporado en la Unión
Europea a través de la Directiva 2000/42 sobre igualdad de trato con inde-
pendencia del origen racial o étnico, la cual reconoce en su párrafo 14 que
“a menudo, las mujeres son víctimas de discriminaciones múltiples”. De
manera no explícita, el art. 14.6 de la LO 3/2007 se refiere a esta realidad
cuando constata “las singulares dificultades en que se encuentran las muje-
res de colectivos de especial vulnerabilidad como son las que pertenecen a
minorías, las mujeres migrantes, las niñas, las mujeres con discapacidad, las
mujeres mayores, las mujeres viudas y las mujeres víctimas de violencia de
género, para las cuales los poderes públicos deberán adoptar, igualmente,
medidas de acción positiva”.

260
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

como la primera dimensión de la desigualdad–, éste se va in-


crementando a medida que profundiza o atraviesa la diversidad
social en la que las mujeres están insertas. De forma que, en una
segunda dimensión, se situarían aquellas mujeres cuya desigual-
dad de género se ve intensificada por la discriminación racial o
étnica. Y, en el último plano, se situarían las que, además, sufren
una opresión o discriminación económica (de clase social)”.
La “discriminación múltiple” es un concepto jurídico toda-
vía poco usado por parte de los operadores jurídicos. Exige un
esfuerzo de contextualización de las situaciones y, por tanto,
implica una nueva superación de la mera igualdad formal. De
ahí que debiera ser un instrumento clave en la labor interpre-
tadora y resolutiva de conflictos de los jueces y tribunales, así
como en la definición de políticas públicas que persigan una
mayor y mejor igualdad. No podemos olvidar que de manera
paralela a esas “opresiones superpuestas” encontramos otras
tantas posiciones de privilegio ocupadas por hombres.
Por ello es necesario revisar al completo los términos del
“contrato sexual” que continúa manteniendo el doble rol de pro-
ductor/reproductora y cuidadora. Esa revisión implica tomarse
en serio la conciliación de la vida laboral y familiar, de forma
que desde los poderes públicos se impulsen medidas que la fa-
ciliten, al tiempo que se trabaja en una erosión de los dos roles
tradicionales que han convivido en las familias con parcelas y
responsabilidades diferenciadas: el de padre y el de madre.

c) “Él sólo para Dios, ella para Dios en él”189

No podemos entender esa división binaria de las estructuras


familiares sin tener en cuenta una concepción del amor, y por
tanto de la afectividad y la sexualidad, que durante siglos ha nu-
189
Recojo las palabras de Milton en su descripción de Eva, a partir de
la utilización que de ellas hace Adrienne Rich en su ensayo “Jane Eyre: las
tentaciones de una mujer sin madre” (2011: 153).

261
Octavio Salazar Benítez

trido las relaciones entre hombres y mujeres190. Las estructuras


privadas y familiares que hemos analizado se corresponden con
una visión de lo masculino y lo femenino como piezas destinadas
a complementarse. De ello es fácil deducir una doble conse-
cuencia que también durante siglos ha sido determinante en el
dibujo de la masculinidad. Por una parte, la identificación con
la heterosexualidad en cuanto que sólo sería posible entender
la afectividad y la sexualidad desde la complementariedad del
hombre y la mujer. De ahí por ejemplo, en términos jurídicos,
la concepción que todavía hoy seguimos discutiendo en torno
a las características esenciales del matrimonio y el debate que
se ha generado en la última década en torno a la posibilidad de
hacerlo posible entre personas del mismo sexo. Los opositores
a dicha extensión se han mantenido en las tesis patriarcales
que establecen un continuo entre matrimonio y procreación, el
cual, por otra parte, hace tiempo que dejó de ser el único posi-
ble desde el momento en que a través de diferentes técnicas es
posible procrear sin necesidad de un varón. Afortunadamente, la
STC de 6 de noviembre de 2012 avaló la constitucionalidad del
matrimonio igualitario, a partir de una interpretación de dicho
contrato según “la realidad social jurídicamente relevante“. El
Tribunal Constitucional concluyó que el que pueda contraer
matrimonio entre sí personas del mismo sexo no afecta al con-
tenido esencial del derecho, al tiempo que supone dar un paso
en la garantía de la dignidad de la persona y el libre desarrollo
de la personalidad (art. 10.1 CE).

190
De ahí que podamos afirmar que “el amor romántico es un arma de
control social cuya base es el matrimonio, y cuyo fin es la perpetuación
de la familia nuclear tradicional, el sistema patriarcal y el capitalismo de-
mocrático” (Herrera Gómez, 2010: 20). Esa concepción del amor, y con él
del matrimonio y la familia, ha contribuido a mantener durante siglos las
servidumbres de las mujeres. Hasta el punto que se ha llegado a afirmar
que “el amor es el opio de las mujeres...(para ellas) la única trascendencia
posible en una sociedad secularizada es la del amor... el amor como opio,
como sueño, como magia, como fantasía de la vida, como lo maravilloso en
la vida” (Subirats, 2007: 262).

262
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Por otra parte, la atribución a hombres y mujeres de diferen-


tes maneras de entender y vivir el amor. De acuerdo con la lógica
binaria hombre activo/mujer pasiva, el amor se ha bifurcado en
una diversidad de roles que han subrayado el papel de sujeto
del primero y de objeto de la segunda. Es decir, también en el
amor el hombre ha debido comportarse como un héroe y librar
batallas en las que la mujer ha sido en muchas ocasiones botín
o víctima. No debemos olvidar que, por ejemplo, durante mucho
tiempo los ordenamientos jurídicos no reconocían como delito
la violación contenida dentro del matrimonio. En este sentido,
debemos recordar que “la grandeza y la miseria del hombre, en
el sentido de vir, estriba en que su libido se halla socialmente
construida como libido dominandi, deseo de dominar a los otros
hombres y, secundariamente, a título de instrumento de lucha
simbólica, a las mujeres” (Bourdieu, 1998: 93).
Es el amor romántico, el empeñado en la búsqueda de la
“media naranja”, el que tan reiteradamente nos ha mostrado y
nos muestran la literatura y el cine. Esta concepción de la com-
plementariedad ha jugado siempre, obviamente, en perjuicio de
las mujeres, las cuales han vivido el amor y sus consecuencias
–el matrimonio, durante siglos– como la única vía de realiza-
ción personal, una vía que además insistía en la negación de
una identidad propia y en la necesidad de tener al lado un varón
que supliera su minoría de edad permanente. De esta forma
los afectos, las normas jurídicas y el orden político quedaban
perfectamente ensamblados en una articulación donde no
hace falta recordar quién resultaba el privilegiado. Desde este
punto de vista, la familia se ha basado en una exaltación del
amor romántico, conducente a una hipotética “fusión” de los
cónyuges, la cual no implica igualdad sino que habitualmente
se ha realizado a expensas de la mujer (Flaquer, 1999: 28).
Por ello, reflexionar sobre el amor implica también hacerlo
sobre las identidades masculina y femenina, sobre la igualdad
de género y sobre nuestra sociedad. Desde este punto de vista,
el amor es también una fuerza política de primera magnitud

263
Octavio Salazar Benítez

y, en el caso de las mujeres, una estrategia que durante siglos


ha contribuido a mantenerlas en la servidumbre, cuando no
las ha convertido en víctimas de violencias de todo tipo. Es el
amor romántico el que nutre el “contrato sexual” y al que res-
ponden los prototipos del Emilio y la Sofía de Rousseau. Lo ha
analizado rigurosamente Anne G. Jónasdóttir (1993: 316):

“Las consecuencias de la explotación actual del poder del


amor (alienado como bienes sexuales) son la producción y
reproducción de las posibilidades efectivas de los hombres
para operar en la sociedad como la Humanidad por anto-
nomasia”.

De esta manera, “deseo, seguridad y reproducción se combi-


nan en la generación del sentimiento de amor” (Castells, 2007:
255) El resultado de esta suma es una “construcción mental
que intenta poner juntas esas dimensiones, pero que además
añade un elemento de necesidad de la otra persona o incluso
de la necesidad en abstracto de una persona. Porque el amor
es un sentimiento relacional que conduce a la búsqueda del
amor mediante la búsqueda de un objeto. Pero en realidad el
objeto no es sino la proyección del sentimiento de quien está
enamorado o quiere estarlo” (Castells, 2007: 255-256).
De manera esquemática, podemos concluir que el amor
romántico (o patriarcal) se eleva sobre tres parámetros:
1º) El hombre es sujeto y la mujer objeto. Y así lo reflejará
el derecho durante siglos: la mujer por sí sola no puede actuar,
necesita de la tutela de un varón. Éste la protege, en muchas
ocasiones la salva, es el héroe, le ofrece sustento y seguridad a
cambio de sumisión, de silencio, de entrega. La máxima expre-
sión de esta cosificación de la mujer estaría en la práctica de la
entrega de una dote o en los matrimonios concertados, en los
que la mujer era el objeto de un acuerdo que tenía lugar entre
el padre de la novia y el futuro marido. La mujer pasaba de
la autoridad del padre a la del marido, con el que se esperaba

264
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

que contribuyera a la continuidad de la familia y, a su vez, de


la sociedad. Existe por tanto una evidente continuidad entre el
matrimonio, la familia y la polis, por lo que no es descabellado
hablar del amor como instrumento político.
De toda esta construcción, insisto, respaldada por los or-
denamientos jurídicos, deriva un claro esquema en el que el
hombre actúa como sujeto poseedor y la mujer como objeto
poseído. El hombre también posee su deseo, su sexualidad191.
La sexualidad es domesticada para el placer del hombre,
mientras que la mujer vive la sexualidad como un pecado, con
sentimiento de culpa, huyendo de las pulsiones de su cuerpo,
negándose el placer propio192. Ella está para dar placer al
otro, como en general vive para los otros, no para ella misma.
Hasta el extremo de que llega a convertirse en una mercancía
más, tal y como demuestran los negocios de la pornografía
o la prostitución. Esta posición de la mujer también lleva a
considerarla responsable de la seducción del varón, es decir,
ella es la que con sus actitudes o comportamientos genera en
él una serie de expectativas. Este discurso, reforzado en épocas
de “neomachismo”, llega incluso a avalar las posiciones de
quienes entienden que por ejemplo muchas mujeres víctimas
de violaciones las han propiciado. De esta manera, se exonera
de responsabilidad al varón y se insiste en una determinada
construcción social de las mujeres y de su sexualidad.

191
Esa posición activa del varón en el sexo también tiene su reflejo en
la concepción del cuerpo. Así, al parte trasera se concibe como “potencial-
mente femenina, es decir, pasiva, sometida” (Bourdieu, 2000: 30). De ahí las
connotaciones presentes en un insulto como “jodido” o incluso también el
discurso planteado en el contexto de las relaciones homosexuales en torno
a los roles activo y pasivo.
192
“La categoría de sexo es la categoría que une a las mujeres porque ellas
no pueden ser concebidas por fuera de esa categoría. Sólo ellas son sexo, el
sexo, y se la has convertido en sexo su espíritu, sus cuerpos, sus actos, sus
gestos; incluso los asesinatos de que son objeto y los golpes que reciben son
sexuales. Sin duda, la categoría de sexo apresa firmemente a las mujeres”
(Wittig, 2006: 28).

265
Octavio Salazar Benítez

De ahí que no sea casualidad que una de las primeras rei-


vindicaciones del feminismo de los años 60 tuviera que ver con
la libertad sexual y reproductiva de las mujeres y que todavía
algunas de las mayores polémicas se generen con respecto a
reformas legislativa que inciden en ese ámbito de libertad de las
mujeres. Véase, por ejemplo, la polémica que volvió a generar
en nuestro país la aprobación de la LO 2/2010, de 3 de marzo,
de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria
del embarazo.
Frente a esa imagen de la mujer, todavía hoy perdura,
aunque erosionada, la imagen del hombre como conquistador,
héroe, guerrero, don Juan. La mujer es su reposo, la que siem-
pre está cuando el vuelve de las guerras o los negocios, la que
resuelve con voz baja los conflictos familiares, la que educa a
los hijos. La que, además, tienen el mandato de “agradar” (Val-
cárcel, 2009: 247). Es decir, “el amor, para los varones, como
para las mujeres, está profundamente ligado al mandato fun-
damental de género, pero lo que para aquellas es anulación del
yo hasta el punto de incurrir en el riesgo de morir en el parto,
en el varón no es mandato de servicio, sino de protección. La
relación del varón con sus seres queridos se establece sobre
el presupuesto de la relación entre el fuerte y el débil y, por
lo tanto, el varón debe prestar protección, apoyo, medios de
vida, etc, a quienes ama, no subordinarse a ellos. Ciertamente
también el amor puede llevarle a anularse, puesto que puede
exigirle correr riesgos enormes, amenazas a la propia vida, en
la medida en que la función protectora lo requiera; pero nunca
es anulación de su yo, de su voluntad, de su autonomía. Bien
al contrario, es a través de ellas como mejor puede realizar
la función amorosa de dar seguridad y protección, según el
estereotipo de género masculino. El príncipe que salva a la
pobre muchachita de las garras del dragón, o de la miseria o
de una catástrofe, es la metáfora perfecta de la forma de amor
masculino, que al salvar, rescatar y proteger se apropia de la
amada, la gana a través de su lucha con los elementos” (Subi-
rats, 2007: 66-67).

266
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

2º) Este modelo de relación se construye sobre la negación


de la individualidad, principalmente de la mujer. Ésta no tiene
voz, no tiene un proyecto vital propio, vive para los demás y en
función de los demás193. La mujer se siente incompleta si un
varón no entra a formar parte de su vida. De ahí el carácter
socialmente despectivo de un término como “solterona”. Su
proyecto vital es encontrar un varón que la complete, que la
salve, que la redime, que la saque de la pobreza. Esta posición
de la mujer ha supuesto pues una negación: la de su proyecto
vital, la del libre desarrollo de su personalidad, incluidas la
afectividad y la sexualidad, la de su autodeterminación. Es decir,
la negación de su identidad y de la base de todos los derechos
fundamentales. Se trata de una mutilación a la que habría que
sumar la del hombre que ha de mantenerse fiel al rol de héroe
masculino que también ha de cumplir en las relaciones perso-
nales. De esta manera, “el amor romántico es una estrategia de
control social que persigue mantener a las mujeres en un estado
subalterno” (Guasch, 2006: 91). Ese control social se articula
sobre la posición diferenciada de unos y otras: mientras que las
mujeres dependen de los hombres para sobrevivir –“su supervi-
vencia, en tanto que mujeres, depende de conseguir una pareja
que les permita ejercer de cuidadoras”–, los hombres tratan de
“conseguir a alguien que cuide de ellos, que les atienda, y que
lo haga por amor” (Izquierdo, 2007: 14).
La mujer queda subordinada al hogar y prácticamente
separada del mundo exterior. Por el contrario, “para los hom-
bres, las tensiones entre el amor romántico y amour passion
se disolvieron separando el confort del entorno doméstico de

193
“La adscripción al poder afectivo llevará a las mujeres a establecer un
tipo de relaciones íntimas que van a convertirse en la principal fuente para
construir sus identidades, relaciones entre dominados y dominadores que Jane
Baker Miller define como afiliación servil. Servil en la medida en que el interés
de las mujeres no giraría alrededor del conocimiento de sus propias emociones,
necesidades o intereses, sino en el descubrimiento de las necesidades de los
otros, creyendo que en la medida que atienda a lo que los otros necesitan va
a tener garantizado su amor” (Esteban y Távora, 2008: 64).

267
Octavio Salazar Benítez

la sexualidad de la querida o de la prostituta” (Giddens, 1998:


49)194.
Este modelo de mujer lo hemos visto en repetidas ocasiones
en novelas y en folletines195. Y lo terrible es que sigue apare-
ciendo en narraciones que ejercen tanta influencia en la socia-
lización de hombres y mujeres, muy especialmente durante la
adolescencia196. Son las chicas casaderas que pueblan novelas
y folletines, las heroínas de Jane Austen, de las que resulta una
excepción Jane Eyre. Casi una contraheroína en un mundo de
damas educadas para el matrimonio197:

“He de ostentar el anillo de casada, soportar todas las


formas de amor, que –estoy segura– él observará escru-
pulosamente, y saber que el alma está ausente en todo
eso?¿Podría aceptar sus manifestaciones de cariño sabiendo
que son sacrificios hechos en aras de sus principios? No:
sería monstruoso aceptar tal martirio…
Podría ser su ayudante, su camarada, cruzar el océano
a su lado, seguirle en los países que baña el sol de Orien-
te, a los desiertos asiáticos, admirar y emular su valor, su
devoción y su energía, considerarle como cristiano, como
hombre, sufrir el dominio de su personalidad, pero conser-
vando libres mi corazón y mi cerebro… Pero ser su mujer,
permanecer siempre a su lado, vivir siempre sometida, cons-
treñida, esforzándome en apagar la llama que me devora,
me sería insoportable.

194
Hay que tener en cuenta que el amor romántico era incompatible con
la lujuria y la sexualidad terrenal, no tanto porque idealizaba a la persona
amada sino porque presupone una comunidad psíquica, un encuentro de
espíritus que es de carácter reparador” (Giddens, 1998: 50).
195
No hay que olvidar que “el surgimiento del amor romántico coincidía
más o menos con la emergencia de la novela: la conexión de ambas constituyó
una nueva forma de narrativa” (Giddens, 1998: 46).
196
Véase por ejemplo el análisis que realiza Natasha Walters (2010) de las
heroínas que siguen apareciendo en las películas de Disney.
197
Véase al respecto el brillante ensayo de Adrienne Rich (2011) titulado
“Jane Eyre: Las tentaciones de una mujer sin madre”.

268
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Si me casara contigo, me matarías. Me estás matando


ahora. Le dice ella a él”.

Para las mujeres, mucho más que para los hombres, “la bús-
queda del amor es la búsqueda del Santo Grial, es la búsqueda
a través de una persona de la superación de los problemas de
la vida” (Castells, 2007: 256)198. Esta concepción conduce casi
siempre a la frustración: “por muy buena que sea esa persona, o
por mucho que te quiera esa persona, nunca va a ser suficiente,
porque esa persona por definición es otra persona que tiene
otro sistema de evaluación y otro sistema de funcionamiento.
Y que entra en relación con un sistema siempre único que es
el tuyo. En el fondo tú no ves a esa persona, te ves a ti en esa
persona…” (Castells, 2007: 256)199.
3º) La abnegación, el sufrimiento, las lágrimas, son mues-
tra del amor, de la capacidad de entrega: quien bien te quiere,
te hará llorar. El amor como adicción, “a través del sacrificio
como forma redentora” (Rich, 2011: 179).
El dolor es una manera, casi espiritual, de sublimar el
sentimiento amoroso. Son las mujeres las que viven este su-
frimiento, sus renuncias, como una prueba exquisita del amor
verdadero. Y, en nombre del amor, han llegado hasta a justificar
las acciones violentas del amante. De esa manera, el triángulo

198
Lo explica rotundamente Anne G. Jónasdóttir (1993: 315): “Las mujeres
necesitan amar y ser amadas para habilitarse socio-existencialmente, para
ser una persona. Pero no tiene control efectivo sobre cómo o de qué forma
puede usar legítimamente su capacidad; carece de autoridad para determinar
las condiciones del amor en la sociedad y cómo deben ver sus productos”.
199
Así se constata en el estudio realizado por Mª Luz Esteban y Ana Távora
(2008: 68) entre mujeres en seguimiento por un problema de salud mental,
en el que se pone de manifiesto como ellas completan sus carencias a través
del amor de un hombre: “Para conseguir que les quieran, estas mujeres han
ido utilizando distintas estrategias (hasta llegar al agotamiento en muchos
casos), bien intentando hacerse imprescindibles en las relaciones con los
otros, bien renunciando a una parte de ellas mismas como moneda de cambio
para conseguir el amor del otro; y en ningún caso han sentido que conseguían
alcanzar esta meta impuesta e internalizada”.

269
Octavio Salazar Benítez

amor-posesión-violencia ha generado y continúa generando


relaciones desiguales, discriminaciones y, lo que es más grave
y lamentable, dolor, mucho dolor, en la parte débil de la pareja.
De hecho, una de las mayores dificultades para erradicar la
violencia de género radica en las renuncias de las mujeres una
vez iniciado el proceso de maltrato. Cerca del 15% del total
de denuncias es archivado porque la mujer retira la demanda.
Son las que padecen dependencia emocional con el agresor, y
creen en su arrepentimiento y en que los episodios violentos
cesarán porque en el fondo las quieren. En otras ocasiones, las
mujeres dan marcha atrás porque no tienen casa donde vivir ni
oficio para mantenerse. De acuerdo con la ley, si la mujer cuyo
testimonio es la principal prueba de cargo retira la denuncia
esta se archiva. Sólo ante un caso de especial gravedad, el fiscal
puede proseguir la causa, pero la falta de colaboración de la
víctima suele derivar en la absolución del maltratador200.
Estos tres fundamentos se proyectan a su vez en una serie
de “mitos” que todavía hoy siguen conformando un imaginario
que determina, por ejemplo, las relaciones que se establecen
entre los chicos y las chicas más jóvenes201. En este sentido
cabe destacar las conclusiones que plantea el Informe sobre
Sexismo y Violencia de Género realizado en 2011 por el Insti-
tuto Andaluz de la Mujer y en el que, entre otras conclusiones,
destaca que los chicos y las chicas participantes en el estudio
muestran una clara aceptación de los mitos de amor román-

200
Para corregirlo los jueces proponen que la investigación prosiga de
oficio, independientemente de la voluntad de la agredida, y que se incluya la
violencia de género dentro de las categorías penales que conllevan seguimien-
to del agresor después de la condena, como ocurre ahora con pederastas,
violadores y terroristas (“Grietas en la lucha contra el machismo”, EL PAÍS,
24-10-2011).
201
La supervivencia de estos mitos la expresa con rotundidad Enrique Gil-
Calvo (2006: 355) al referirse al itinerario que todavía hoy siguen muchas
mujeres, las que siguen respondiendo al “estereotipo femenino”: tienden a
amar a los héroes, paradigma del buen chico; a casarse con el patriarca,
prototipo del buen partido; y a enamorarse de los monstruos, la máscara del
mal chico...”.

270
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

tico202. Aunque todavía más llamativo resulta el dato de que la


alta asunción del amor romántico es claramente superior en los
chicos. Una conclusión que incide por tanto en la necesidad de
trabajar con los y las jóvenes, aunque muy especialmente con
ellos, para superar los patrones sexistas que siguen marcando
las relaciones interpersonales.
El Informe parte de una serie de mitos o creencias que
conforman el “amor romántico” y que pueden servirnos como
referencia para analizar de qué manera sigue vigente una de-
terminada concepción de las relaciones hombre-mujer203:

GRUPO 1 de mitos de AMOR ROMÁNTICO: “EL AMOR TODO LO


PUEDE”
1) Falacia de cambio por amor, es decir, creer que las personas
cambian por amor a partir de la premisa errónea de que “el amor lo
puede todo”. Esta creencia errónea puede llevar a aceptar y tolerar
comportamientos de la pareja claramente ofensivos desde el conven-
cimiento de que los cambiará porque “te ama”.
2) Mito de la omnipotencia del amor que “da por sentado” que es sufi-
ciente con el amor para superar todos los obstáculos que surjan en una
relación. Su aceptación puede generar dificultades al usarse como una
excusa para no modificar determinados comportamientos o actitudes
o mal interpretar conflictos de pareja. (Bosch et al., 2007).

202
El Informe dio lugar a dos publicaciones Andalucía Detecta, Andalucía
Previene y Andalucía Detecta, Andalucía interviene, cuyos autores/as son Eva
Mª de la Peña Palacios, Esther Ramos Mato, José Mª Luzón Encabo y Pa-
tricia Recio Saboya.
203
El Informe además demuestra cómo ciertos referentes con un elevado
poder socializador en los adolescentes –novelas, películas– prorrogan esos
modelos clásicos de enamoramiento y de roles masculinos y femeninos en las
relaciones afectivas. En concreto, se hace referencia a las novelas del italiano
Federico Moccia –“A tres metros sobre el cielo”, “Tengo ganas de ti”–, así
como a las de la saga “Crepúsculo”, de Stephenie Meyer, luego adaptadas al
cine y convertidas en espectaculares éxitos de taquilla. Estos referentes bien
pueden servirnos como punto de partida del proceso de “deconstrucción”
que, como veremos en las páginas finales, es necesario llevar a cabo en el
ámbito educativo.

271
Octavio Salazar Benítez

3) Normalización del conflicto: todo lo que suceda en las primeras


fases de la relación (tenga la gravedad que tenga y mas allá de los
normales momentos de desacuerdo, acercamiento de posturas y
concesiones), es propio siempre del proceso de adaptación y forma
parte del rodaje normal.
4) Creencia de que los polos opuestos se atraen y entienden mejor, rela-
cionado con esta normalización o minimización del conflicto se encuen-
tra esta creencia popular. La realidad parece demostrar que cuantas
más cosas se tienen en común, mejor se entienden las parejas.
5) Mito de la compatibilidad del amor y el maltrato, es decir, conside-
rar que amar es compatible con dañar o agredir a partir de creencias
del tipo: cariño y afecto son fuerzas que en ocasiones se descontrolan
temporalmente; e, incluso, no hay amor verdadero sin sufrimiento.
Este tipo de creencias conducen a justificar el maltrato.
6) Creencia de que el amor “verdadero” lo perdona/aguanta todo, la
cual en frecuentísimas ocasiones da pie a la utilización de argumentos
basados en el chantaje con el que manipular la voluntad de la pareja
(víctima) imponiéndole sin consideración alguna los criterios propios:
“si no me perdonas, es que no me amas de verdad”.
GRUPO 2 de mitos de AMOR ROMÁNTICO: “EL AMOR VERDA-
DERO PREDESTINADO”
7) Mito de la “media naranja”, o creencia de que elegimos a la pareja
que de algún modo “tenemos” predestinada y que, en el fondo, es la
única elección posible. Surge en la Grecia Clásica con el relato de
Aristófanes sobre las almas gemelas y se va intensificando con los
atributos del amor cortés y el romanticismo.
8) Mito de la complementariedad, íntimamente relacionado con el
anterior y entendido como la necesidad del amor de pareja para
sentirse completo/a en la vida.
9) Razonamiento emocional: es una distorsión cognitiva que guarda
relación con la idea de que cuando una persona está enamorada de
otra, es porque ha sido activada por esa persona una “química espe-
cial” que produce tal “enamoramiento” y está dirigida hacia ella en
concreto, haciéndola “nuestra alma gemela”.
10) Creencia de que sólo hay un amor “verdadero” en la vida; es decir,
creer que “sólo se quiere de verdad una vez y, si se deja pasar nunca
más se volverá a encontrar”.

272
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

11) Mito de la perdurabilidad, pasión eterna o equivalencia que de-


fiende que el amor romántico y pasional de los primeros meses de una
relación puede y debe perdurar tras años de convivencia; y el senti-
miento de amor y el enamoramiento pasional son “equivalentes”.
GRUPO 3 de mitos de AMOR ROMÁNTICO: “El amor es lo más
importante y requiere entrega total”
12) Falacia del emparejamiento y conversión del amor de pareja en
el centro y la referencia de la existencia personal, relegando todo lo
demás en la vida y entendiendo que sólo se puede ser feliz en la vida
si se tiene pareja.
13) Atribución de la capacidad de dar la felicidad al otro/a, es decir, la
capacidad de dar felicidad se le atribuye por completo a la pareja.
14) Falacia de la entrega total. Idea de “fusión con el otro”, olvido
de la propia vida, dependencia de la otra persona y adaptación a
ella, postergando y sacrificando lo propio sin esperar reciprocidad
ni gratitud.
15) Creencia de entender el amor como despersonalización: enten-
der que el amor es un proceso de despersonalización que implica
sacrificar el yo para identificarse con el otro/a, olvidando la propia
identidad y vida.
16) Creencia de que si se ama debe renunciarse a la intimidad, no pue-
den existir secretos y la pareja debe saber todo sobre la otra parte.
GRUPO 4 de mitos de AMOR ROMÁNTICO: “El amor es posesión
y exclusividad”
17) Mito del matrimonio: Creencia de que el amor romántico y pa-
sional debe conducir a la unión estable. Idea de finales del Siglo XIX
y principios del XX que une por primera vez los conceptos de amor
romántico, matrimonio y sexualidad, dejando de ser matrimonio
concertado para ser por amor (Bosch y Fiol, 2007).
18) Mito de los celos o creencia de que los celos son una muestra
de amor, incluso el requisito indispensable de un verdadero amor,
estrechamente ligada a la concepción del amor como posesión y
desequilibrio de poder en las relaciones de pareja.
19) Mito sexista de la fidelidad y de la exclusividad con diferentes
juicios para hombres y mujeres.

273
Octavio Salazar Benítez

Todos estos parámetros nos conducen al entendimiento del


amor romántico como una negación del otro, a una falta de
reconocimiento, a una concepción instrumental de los afectos
y los sentimientos. Le falta empatía y le sobra egoísmo, sobre
todo gracias a la parte fuerte del contrato, el hombre, que niega
la individualidad de la mujer, la invisibiliza o, en el mejor de
los casos, la reduce al papel que mejor se acomoda a sus nece-
sidades de patriarca. Todo ello incide además en los procesos
de socialización de los varones, caracterizados por la falta de
empatía, guiados más por la lógica competitiva del amigo-
enemigo que por la solidaridad de los afectos, prisioneros en
fin de una cárcel que nos impide ver a los otros como sujetos
en igualdad de condiciones. Desde esta perspectiva, las mujeres
siempre han sido los otros por antonomasia. Y su vivencia de
los afectos, de las emociones, del amor, ha servido incluso para
justificar su exclusión de la ciudadanía: eran seres a los que le
faltaba la racionalidad necesaria para ocuparse de los intereses
generales, a los que difícilmente podrían atender quienes tienen
sus mentes condicionadas por los sentimientos.
El gran reto pendiente es, por lo tanto, dar el salto de esa
concepción romántico-patriarcal del amor, y de las correlativas
del matrimonio y la familia, a un entendimiento del mismo que
no suponga negación de la individualidad y que, en definitiva,
sea nada más y nada más que expresión del libre desarrollo de
la personalidad del individuo, hombre o mujer y cualesquiera
que sea su opción sexual. Al mismo tiempo, ese salto debería
suponer la asunción del valor político del amor como instru-
mento de diálogo y comunicación, de reconocimiento y em-
patía. En este sentido, deberíamos tener presente que el amor
“posee un inigualado poder de autorrevelación y una inigualada
claridad de visión para descubrir el quién, debido precisamente
a su desinterés (…) por lo que sea la persona amada, con sus
virtudes y defectos no menos que con sus logros, fracasos y
transgresiones” (Arendt, 1993: 261).

274
CAPÍTULO IV
DEL CONTRATO SEXUAL AL PACTO DE
PERSONAS SUSTENTADORAS/CUIDADORAS EN
IGUALDAD204

I. Los retos cualitativos de la democracia paritaria

La consecución de una democracia auténticamente pa-


ritaria pasa no sólo por lograr una presencia equilibrada de
mujeres y de hombres en los espacios público y privado, sino
que también, como he analizado, requiere una urgente revisión
de la masculinidad hegemónica y la consolidación de mascu-
linidades “alternativas”. A su vez, este objetivo ha de sumar el
de reconstruir un espacio público que durante siglos ha estado
condicionado por unas reglas hechas a imagen y semejanza
del varón. Ello supone revisar no sólo las reglas del sistema
político o del orden económico sino también los perfiles de
unos saberes que han obedecido fielmente a los intereses del
patriarcado y que han ignorado, y en el mejor de los casos
minusvalorado, las aportaciones de las mujeres205. Es decir, la

204
Utilizo la expresión que Carmen Castro y María Pazos (2011:9) usan
para referirse a un nuevo modelo de sociedad basado en la corresponsabili-
dad, tanto en lo público como en lo privado, de hombres y mujeres.
205
Como bien explica Amelia Valcárcel (2009: 163), “la paridad busca evi-
tar el techo de cristal, esto es, que el sistema completo de autoridad y poder
sesgue en función del género y no sea imparcial”. A ello habría que sumar
las reflexiones que apunta Ángel M. López (2011: 18), “igualdad puede, y de
hecho tiene, un cierto sentido de identificación, mientras que la paridad es
sinónimo de equiparación, que predica la diferencia sin desigualdad o dis-

275
Octavio Salazar Benítez

paridad constituye “una dimensión cualitativa, la condición de


ser un par, de estar a la par con los demás, de interactuar con
ellos en pie de igualdad” (Fraser, 2011: 333-334), la cual ha de
proyectarse además en todas las esferas de la vida social.
Todo ello, además, en un contexto de crisis como el que
vivimos y que reclama nuevas miradas sobre la realidad, pro-
puestas imaginativas, iniciativas rompedoras y, en definitiva,
otros modos y maneras de gestionar la res publica. Ello implica
por lo tanto incidir en la esencia de los regímenes constitucio-
nales, en las reglas y procedimientos de las democracias o en
los valores que durante décadas han sustentado la teoría de
los derechos humanos.
Estos retos se plantean además en un contexto “crítico” que
nos obliga a la superación de algunos paradigmas. Los cam-
bios que estamos viviendo en la sociedades contemporáneas,
caracterizados por su complejidad y muy especialmente por la
velocidad y la dimensión global con la que se están producien-
do, reclaman con urgencia una nueva manera de entender lo
público y, por tanto, una revisión no sólo de los presupuestos
jurídico-políticos de los Estados constitucionales sino también
de nuestra manera de construirnos como sujetos y de relacio-
narnos con los demás. No se trata tanto de que prescindamos
de categorías o de instituciones consolidadas sino más bien de
que las adaptemos a una nueva realidad que poco tiene que
ver con la que las originó y, sobre todo, de que revisemos el
“lenguaje moral” con el que las hemos dotado históricamente
de contenido.
Los retos que plantea la igualdad y la diversidad en el
siglo XXI no podrán ser atendidos de manera satisfactoria si
seguimos aferrándonos a las categorías, a los presupuestos
e incluso a los procedimientos que durante un par de siglos
hemos configurado como los propios de las democracias re-

criminación. O dicho de otro modo, igualdad predica como punto de partida


la asimilación, mientras que el que predica la paridad es la diversidad”.

276
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

presentativas y de un sistema económico, el capitalista, sobre


el que aquéllas se han consolidado. La crisis económica que
en la actualidad sacude el planeta es una señal de alarma que
nos reclama nuevos instrumentos y herramientas. Se impone
buscar una nueva racionalidad pública que nos permita hacer
mucho más satisfactorio el equilibrio entre libertad y segu-
ridad, que disminuya las exclusiones y garantice la igualdad
como reconocimiento de las diferencias al tiempo que genera
mecanismos no violentos de gestión de conflictos. Una nueva
racionalidad que deberá proyectarse en la economía y en la
política, pero también en nuestra manera de concebir el pen-
samiento y la ciencia.
En definitiva, hemos de someter a revisión el espacio público
para hacer posible la “paz social” y para que se convierta en el
lugar de la deliberación política, del encuentro de los diferentes
y de la gestión pacífica de los conflictos. Las transformaciones
requeridas pasan necesariamente por la incorporación a la
esfera pública de nuevos métodos y de nuevos valores. Para
ello sería fundamental asumir las enseñanzas sobre las que la
teoría feminista lleva siglos trabajando sin que hayan merecido
la debida atención ni en el ámbito científico ni en el político.
La desigualdad de hombres y mujeres, que es un factor
estructural y no coyuntural, está a su vez en la base de otras
desigualdades. Normalmente las mujeres sufren junto a la
discriminación por razón de género la que procede de otros
factores o circunstancias como la raza, la etnia, la religión,
la orientación sexual o la situación socioeconómica. Es decir,
suelen ser víctimas de una discriminación múltiple, en algunos
casos de manera directa y en otras indirecta. En el origen de
todas ellas se halla una cultura, un orden simbólico y unas re-
laciones de poder dictadas por el patriarcado. Por lo tanto, la
superación de dichas discriminaciones y la consecución de la
igualdad real de mujeres y hombres no será posible mientras no
se modifiquen los patrones socio-culturales que durante siglos
han mantenido la superioridad jerárquica de los segundos so-

277
Octavio Salazar Benítez

bre las primeras. Ello pasa necesariamente, como he señalado


en las páginas anteriores, por una revisión de la masculinidad
patriarcal, un proceso que a su vez ha de ir acompañado de
una transformación de la esfera pública y de las relaciones de
ésta con la privada. Sólo así será posible acercarnos al objetivo
de establecer “una sociedad democrática avanzada” que marca
el preámbulo de nuestra Constitución. Un concepto que, desde
mi punto de vista, implica necesariamente el de “democracia
paritaria” desde la perspectiva cualitativa que he analizado.
La búsqueda de esa nueva racionalidad pública obliga
necesariamente a conjugar tres retos que deben considerarse
íntimamente conectados:
1º) Es urgente romper con la dicotomía público/privado y,
al mismo tiempo que seguimos impulsando la presencia de las
mujeres en el primero de dichos ámbitos, es necesario fomen-
tar la presencia de los hombres en el segundo. De ahí que la
conciliación de la vida profesional y laboral con la personal y
familiar deba entenderse como un derecho-deber de hombres
y mujeres, así como una garantía fundamental para superar
los obstáculos que ellas siguen sufriendo en el ejercicio pleno
de la ciudadanía206. Incluso sería oportuno más que de “conci-
liación” hablar de “armonización”, ya que este término, según
la RAE, significa hacer que no discuerden o se repelan dos o
más cosas que hayan de concurrir a un mismo fin, mientras
que conciliar supone componer y ajustar los ánimos de los
que estaban opuestos entre sí (Ruiz-Rico, 2012: 2). El objetivo
último es conseguir que dos espacios tradicionalmente separa-
dos –el personal o familiar y el laboral– consigan dialogar de

206
Ello obliga a ir más allá de los derechos que por ejemplo recoge la
Carta Social Europea en su artículo 8 en relación a la maternidad y profun-
dizar en el derecho de los trabajadores con responsabilidades familiares a
desempeñar su trabajo sin verse sometidos a discriminación (art. 27). En el
conjunto de medidas que en este artículo 27 se invita a adoptar a los Estados
miembros del Consejo de Europa estaría la clave de la garantía de los dere-
chos de conciliación, entendidos como derechos-deber de los trabajadores
y las trabajadoras.

278
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

manera armónica y que mujeres y hombres participemos de


manera corresponsable en ambos. Dos ámbitos que no deben
considerarse antagónicos sino complementarios y esenciales
para el desarrollo personal. Es decir, la clave para alcanzar la
equidad de género es “hacer de los actuales patrones de vida
femeninos la norma” o, lo que es lo mismo, desmantelar “la
construcción del sustento y el cuidado como roles separados”.
Ello supone derribar el actual orden de género, “subvertir la
división de género existente del trabajo y reducir la importancia
del género como un principio estructural de la organización
social” (Fraser, 2011: 209).
La necesidad de romper con esa dicotomía público-privado
se puso de manifiesto en la Resolución del Consejo de Ministros
de Trabajo y Asuntos Sociales de 29 de junio de 2000 relativa
a la participación equilibrada de hombres y mujeres en la acti-
vidad profesional y en la vida familiar. En dicha Resolución se
planteó la necesidad de adoptar “un enfoque global e integrado
de la articulación de la vida profesional y de la vida familiar”
y se insistió en la conveniencia de reconocer a los hombres un
derecho individual e intransferible al permiso de paternidad207.
Posteriormente, la Directiva 2006/54/CE del Parlamento Euro-
peo y del Consejo, de 5 de julio de 2006, que reúne en un solo
texto las directivas y la jurisprudencia consolidada en materia
de igualdad entre hombres y mujeres en asuntos de empleo
u ocupación, insta a los Estados a adoptar reglamentaciones
flexibles sobre la jornada laboral, así como “sobre permiso pa-
rental, que puedan solicitar tanto los padres como las madres,
y la creación de instalaciones accesibles y asequibles para el
cuidado de los niños y la asistencia a personas dependientes”.

207
Es el objetivo reivindicado por la Plataforma por Permisos Iguales e
Intransferibles de Nacimiento y Adopción (www.igualeseintransferibles.com),
la cual plantea la necesidad de un derecho de cada persona progenitora en
función de su necesidad y obligación, de atender a la criatura, sin que el
mismo esté condicionado por opciones vitales ni por la existencia, sexo o
forma de su pareja. En este sentido es preferible hablar de permiso “parental
inicial” y permiso “parental para la crianza” (Castro y Pazos, 2011: 14).

279
Octavio Salazar Benítez

Además, el art. 16 prevé el mismo nivel de protección para el


trabajador padre que el ejerce su derecho al permiso de pater-
nidad que el que tradicionalmente se concedió a la mujer que
disfrutarse del de maternidad. Más recientemente, en 2008, la
Comisión propuso en su Comunicación “Un mejor equilibrio
de la vida laboral: más apoyo a la conciliación de la vida pro-
fesional, privada y familiar”, un paquete de medidas, entre las
que cabe destacar la consolidación del derecho de los trabaja-
dores al permiso por motivos familiares o la equiparación de
los trabajadores autónomos y sus cónyuges colaboradores en
el ejercicio del derecho a los permisos por motivos familiares
(Cuesta, 2011: 13).
De ahí que sea necesario hablar, como lo ha hecho nuestro
Tribunal Constitucional, de una “dimensión constitucional de
la conciliación”. Ello debería conllevar, a su vez, una trans-
formación de las relaciones familiares, de la paternidad y la
maternidad, así como, en definitiva, de los múltiples aspectos
que configuran la “vida íntima” de los individuos pero que tam-
bién tienen una inevitable proyección pública. En paralelo, el
modelo del tráfico jurídico no debería ser la diligencia media
aplicada al “buen padre de familia”, sino que más bien ha de
corresponderse con la propia de los hombres y las mujeres que
actúen con sujeción al ordenamiento jurídico y dando buena
muestra de sus virtudes cívicas. En este sentido, estaría bien
que nuestro Código Civil asumiera una expresión más inclusi-
va y no androcéntrica como por ejemplo “persona razonable”
(Pizarro, 2011: 256).
2º) Es necesario introducir otros patrones y referentes en la
gestión de lo público, que incorporen los valores, cualidades y
herramientas desarrollados históricamente por las mujeres en
el ámbito privado208. Ello supone revisar no sólo la “ética de la

208
En esta línea, la situación de un país como Islandia, a la que ante-
riormente he hecho referencia, nos puede servir de ejemplo. La salida de la
crisis económica que había arruinado al país ha tenido mucho que ver con
el hecho de que las mujeres se hayan hecho cargo de él. En el reportaje ya

280
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

justicia” elevada sobre parámetros patriarcales, sino también,


y de manera más general, una razón ilustrada deudora de un
orden pretendidamente objetivo y neutral pero que respondía
a la mirada masculina hegemónica. En estos procesos de re-
construcción será posible encontrar instrumentos y valores con
los que proponer respuestas a algunos de los retos que tiene
planteados la Humanidad en el siglo XXI.
3º) El programa transformador anterior no será sostenible
si no va acompañado de un compromiso serio por parte de
todos los agentes socializadores en orden a conseguir unas
identidades masculina y femenina que superen los lastres
patriarcales, así como un modelo de sociedad en el que la
igualdad se asuma como principio garantizador de las dife-
rencias. Será éste un proceso en el que deberían implicarse
todas las instancias socializadoras, pero en el que de manera
singular habrán de comprometerse los padres y madres que en
el contexto familiar son los principales responsables de crear,
mantener o transformar roles y estereotipos. En este sentido,
la educación inspirada por la igualdad de género debe incluir
de manera urgente la reflexión sobre las masculinidades y la
transmisión de valores que permitan desembocar un contrato
social no condicionado por un previo pacto sexual entre hom-
bres y mujeres.

citado “Aurora boreal”, realizado por John Carlin y publicado en El País el


11 de marzo de 2012, se aluden a determinadas estrategias y herramientas
de gestión de lo público vinculadas a las capacidades e intereses de las mu-
jeres. Así, por ejemplo, se insiste en “la sostenibilidad” como concepto clave
y mucho más femenino que masculino. En palabras de la ministra Jakobs-
dottir, “lo que necesitamos es menos pensamiento de chulería masculina y
más mujeres con ideas pragmáticas y estratégicas”. De manera similar, la
artista Kria Brekkan lo expresa de forma más poética: la fuerza masculina
ha sido reemplazada por una “fuerza femenina que está en la tierra, que no
apunta a las estrellas, y que busca plantar raíces y trabajar para un futuro
seguro”.

281
Octavio Salazar Benítez

II. La dimensión constitucional de la armonización de


la vida personal, familiar y laboral

1. Los derechos de conciliación como expresión del


principio de igualdad: la STC 26/2011, de 14 de marzo209

Como vengo señalando desde las primeras páginas de este


volumen, los mayores obstáculos que las mujeres encuentran
para el pleno ejercicio de sus derechos de ciudadanía se en-
cuentran en la pervivencia de la división de dos espacios, pú-
blico/privado, y de los consiguientes roles y responsabilidades
atribuidos a hombres y mujeres en función de dicho reparto
binario210. Porque, aunque el barómetro del CIS de marzo de
2010 nos muestre que para el 80% de la población española, la
familia ideal es aquella “en la que los dos miembros de la pareja
tienen un trabajo remunerado con parecida dedicación y ambos
se reparten las tareas del hogar y el cuidado de los/as hijos/as”,
la realidad sigue distando todavía mucho de esa respuesta tan
“políticamente correcta”. De hecho, las políticas familiares en
nuestro país siguen respondiendo, más que una garantía de los
derechos individuales, a lo que podría denominarse “régimen
conservador o familiarista, ya que la familia se presenta como
la principal proveedora de bienestar” (Bogino, 2011: 7). Varios
ejemplos avalan este modelo de división sexual del trabajo: la
declaración conjunta en el IRPF –se bonifican las declaraciones
de hombres con esposas sin trabajo remunerado, al tiempo

Aunque como he señalado anteriormente considero preferible el tér-


209

mino “armonización”, en los apartados siguientes uso “conciliación” ya que


es el habitual en los instrumentos normativos analizados. Buena parte de
los contenidos de este apartado proceden de un trabajo anterior (Salazar,
2012).
210
Este es uno de los ámbitos en los que se reproducen lo que Luis Bonino
(1998, 2004) denomina “micromachismos utilitarios”, es decir, “estrategias
de sobrecarga por evitación de responsabilidades”, lo cual se traduce en “la
no responsabilización sobre lo doméstico” y en “el aprovechamiento y abuso
de las capacidades <<femeninas>> de servicio”.

282
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

que hace que resulte poco rentable el trabajo de mujeres con


empleos menos cualificados y salarios más bajos–, la presta-
ción económica para cuidados en el entorno familiar y apoyo
a cuidadores no profesionales de personas dependientes, los
permisos de paternidad– maternidad o el ya extinto “cheque
bebé” (Bogino, 2011: 9-10).
Este tipo de políticas acaba incidiendo negativamente en las
mujeres. Lo explica con claridad María Pazos (2007: 11-12):

“En la realidad, cuando nace un niño/a en España, lo


primero que se encuentra una pareja es que a la madre la
Seguridad Social le da 16 semanas (6 de ellas obligatorias)
y al padre le da 2 semanas voluntarias. Bien es cierto que
la mujer puede pasarle al hombre hasta 10 semanas de sus
16, pero el mensaje que recibe es que no son suyas. Este
mensaje se une a todo el aprendizaje y a todas las presiones
sociales, y generalmente a la falta de disposición para re-
cibir esa cesión por parte del padre, a su vez afectado por
su aprendizaje, sus presiones sociales y sus intereses mate-
riales. Los períodos están bien calculados: aparentemente,
al padre se le da la posibilidad de cuidar, mientras que a la
madre se le da la posibilidad de recuperarse del parto y de
ejercer la lactancia materna en el caso de que ella lo decida.
Sin embargo, esta desigualdad de trato instaura la diferencia
entre él y ella en la consideración relativa de la familia y el
trabajo en un momento crucial para el establecimiento de
roles diferenciados respecto al cuidado. El asunto continúa
con los permisos conjuntos, empezando por las semanas
de lactancia pagadas por la empresa y continuando por los
períodos de excedencias y tiempo parcial, que no estarán
pagados pero sí parcialmente reconocidos como cotizados
para ciertas contigencias (no para el desempleo) y con de-
recho a reserva del puesto de trabajo. Todos estos permisos
se los tomará ella, porque la experiencia de otros países
demuestra que son las mujeres las que se toman la práctica
totalidad de los permisos conjuntos (Comisión Europea,
2004). Los hombres se toman, en general, la parte de sus

283
Octavio Salazar Benítez

permisos que son suyos y solo suyos, lo que en España hace


13 días pagados por la Seguridad Social y otros 2 pagados
por la empresa”.

La consecuencia más grave de este tipo de políticas es que


inciden en la precariedad laboral de las mujeres (Pazos, 2007:
12):

“Este sistema, se dice, permite a muchas mujeres man-


tener un pie en el mercado de trabajo. Pero visto de otra
manera, si consideramos que ya tenían los dos, es sacar uno.
Y considerando la precariedad, las tasas de temporalidad
femenina y la existencia de una mano de obra masculina
más disponible, sacar uno les coloca en una posición ines-
table muy díficil de mantener. Las protecciones contra el
despido y las consideraciones de los períodos de cuidado
como cotizados no compensan las consecuencias que les
acarrea este abandono diferencial del mercado de trabajo:
ni la protección contra el despido es eterna, ni los períodos
reconocidos como cotizados son todos ni para todas las
contingencias (por ejemplo, no valen para la prestación por
desempleo, que es el peligro más patente que corren estas
mujeres). Estas medidas, además, no protegen a las mujeres
que no tienen contratos fijos, que son muchas. Finalmente
este sistema no solamente acarrea consecuencias negativas
a las mujeres que se <<benefician>> sino a todas las mu-
jeres, pues los empresarios lo tendrán en cuenta a la hora
de decidir contratar a un hombre o a una mujer, y a la hora
de situarlas en un puesto de responsabilidad”.

En la última década la conciliación de la vida familiar y


laboral se ha convertido en una cuestión recurrente en los
debates sobre la igualdad de género y, lentamente pero sin
pausa, ha empezado a asumirse como un eje fundamental de

284
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

las políticas de igualdad211. No siempre porque haya un ple-


no convencimiento de su esencialidad en la conquista de la
211
Ha sucedido así en las políticas comunitarias, donde en un primer mo-
mento lo que encontramos es, con base en la prohibición de discriminación,
una serie de medidas dirigidas a la protección de la maternidad (Directiva
76/207/CEE). A finales de la década de los ochenta, el art. 16 de la Carta
Comunitaria de Derechos Sociales, de 19 de diciembre de 1989, invitó a
desarrollar medidas “que permitan a hombres y mujeres compaginar más
fácilmente sus obligaciones profesionales y familiares”. Posteriormente se
aprobaría la Directiva 92/85/CEE, del Consejo, de 19 de octubre, relativa
a la aplicación de medidas para promover la mejora de la seguridad y de
la salud en el trabajo de la trabajadora embarazada, que haya dado a luz
o en período de lactancia. Pero, sin duda, la norma más relevante en esta
cuestión es la Directiva 96/34/CE del Consejo, de 3 de junio de 1996, relativa
al Acuerdo Marco sobre el permiso parental, la cual declara el derecho a
un permiso individual de los trabajadores, hombres o mujeres, por motivo
de nacimiento o adopción de un hijo. El período mínimo establecido para
el permiso es de 3 meses, dejándose un amplio margen de discrecionalidad
en su implementación a los Estados miembros. En nuestro caso, la transpo-
sición de esta Directiva se produjo mediante la Ley 39/1999, que introdujo
las figuras de la excedencia por cuidado de hijos y la reducción de jornada
por guarda legal. El 18 de junio de 2009 se aprobó un nuevo Acuerdo mar-
co revisado que pasa a aplicarse mediante la Directiva 2010/18/UE. Dicho
Acuerdo, celebrado por las organizaciones europeas de interlocutores sociales
intersectoriales, preveía la concesión de un derecho individual de permiso
parental a los trabajadores, hombres o mujeres, el cual tendrá una duración
mínima de 4 meses. A fin de promover la igualdad de oportunidades y la
igualdad de trato entre mujeres y hombres, dicho permiso debe concederse
con carácter intransferible. Para fomentar un uso más igualitario del mismo,
al menos uno de los cuatro meses será intransferible. Sin embargo, falta en
la redacción de la Directiva “una clarificación de que no cabe establecer
permisos parentales de titularidad exclusivamente femenina, aunque sí ca-
bría el establecimiento de permisos parentales de titularidad exclusivamente
masculina (tipo permiso de paternidad) dirigidos a fomentar efectivamente
el reparto de responsabilidades” (Ballester, 2011: 44). Las modalidades de
permiso parental recogidas en el art. 37 ET deberán ser modificadas para
introducir el período intransferible de, como mínimo, un mes. Posteriormente,
la Resolución legislativa del Parlamento Europeo de 20 de octubre de 2010
alteró sustancialmente la propuesta de Directiva presentada por la Comisión
en octubre de 2008. Entre los cambios que se proponen, cabe destacar la
introducción de un derecho intransferible a favor de los “trabajadores cuya
pareja haya dado a luz recientemente” a un permiso de paternidad totalmente
remunerado de, al menos, dos semanas ininterrumpidas después del parto
y siempre durante el período de baja por maternidad.

285
Octavio Salazar Benítez

igualdad de género, sino como consecuencia de determinados


factores con clara incidencia socioecónomica como puede ser
el descenso generalizado de las tasas de fecundidad.
En este sentido, ha sido objeto de una cada vez mayor
concreción normativa, si bien todavía carece de una defini-
ción precisa y, sobre todo, de las garantías que lo trasladen de
la inseguridad de la voluntad política a la estabilidad de los
derechos fundamentales. O, dicho de otra manera, “la actual
debilidad jurídica del derecho a conciliar la vida laboral y fa-
miliar se debe fundamentalmente a la desconstitucionalización
de su naturaleza, aunque también a la desjuridificación de su
contenido por confiarse a la autonomía privada, sin haberse
prefijado por el legislador un núcleo intangible en el ámbito
laboral y funcionarial, capaz de impedir regresiones en la
aplicación de este derecho” (Ruiz-Rico, 2012: 9).
La clave, desde un punto de vista jurídico, estaría en definir
y garantizar unos nuevos derechos/deberes que podríamos en-
globar bajo el concepto genérico de “corresponsabiliad” y que
deberían tener como titulares a mujeres y hombres. Es decir,
la reivindicación de los derechos de conciliación debería partir
de un triple presupuesto: a) su entendimiento como proyección
del principio de igualdad y no discriminación; b) el reconoci-
miento de hombres y mujeres como titulares, en condiciones de
igualdad, de los derechos y a su vez de las obligaciones que de-
rivan del entorno doméstico y familiar212; c) la revisión de una
concepción de los tiempos y de los espacios de la ciudad, y por
tanto de la ciudadanía, deudores del patriarcado. En este senti-
do, “más allá del contrato de trabajo a tiempo parcial, muchas
veces asociado a la precariedad, el objetivo de la conciliación
pasa por la flexibilidad de los tiempos de trabajo que permita

212
Además de prorrogar la división patriarcal entre lo público y lo privado,
“la patente feminización de las medidas de conciliación familiar y laboral ha
podido alimentar los prejuicios del empleador sobre la menor implicación
de la mujer en su carrera profesional y, en consecuencia, las reticencias a
su contratación o promoción” (Cuesta, 2011: 2).

286
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

una mayor racionalización de la jornada laboral, con medidas


como el adelanto o retraso de horario de entrada y salida o
la jornada intensiva, y todo ello sin que vea comprometida la
estabilidad laboral. También debería considerarse el fomento
de las modalidades de trabajo a distancia o teletrabajo apro-
vechando los avances tecnológicos (flexibilización del espacio
de trabajo)” (Cuesta, 2011: 3). Todo ello debería acompañarse,
además, de un buen sistema de educación infantil ajustado al
nuevo contexto “espacial-temporal” de hombres y mujeres pro-
veedores y cuidadores ambos, así como de un servicio público
de atención a las personas dependientes.
La mayor dificultad para la efectiva garantía de estos “de-
rechos de conciliación” radica en que reconocerlos supone en
limitar, y en muchos casos eliminar, los que tradicionalmente
han sido privilegios masculinos en el uso de los espacios y los
tiempos. De ahí que la transformación debería comenzar por
que “los varones reconozcan su situación privilegiada” (Bo-
nino, 2001: 38) y las consecuencias negativas que ello genera
muy especialmente en las mujeres. Es decir, que asuman que
sus históricos “derechos masculinos” dificultan, y en muchos
casos impiden, el acceso de las mujeres a determinados bienes
y servicios, así como el efectivo disfrute de sus derechos de
ciudadanía.
Al mismo tiempo, cualquier avance que se produzca en esta
materia debería tener en cuenta en qué medida contribuye a
mantener “la feminización del trabajo familiar y de las catego-
rías laborales peor remuneradas” (Cuesta, 2011: 22). Es decir,
el grave riesgo que conlleva las políticas de conciliación es,
por una parte, mantener la concepción tradicional de que son
únicamente las trabajadoras las que se encuentran obligadas a
armonizar su vida personal y familiar y, de otra, mantener las
peores condiciones laborales de las mujeres. Un círculo vicioso
del que difícilmente saldremos mientras que no se garantice la
efectiva implicación de los hombres en el ámbito privado.

287
Octavio Salazar Benítez

Desde el punto de vista jurídico, es posible articular un


fundamento de los derechos de conciliación en torno a tres
principios constitucionales: el principio de igualdad y de no
discriminación por razón de sexo (art. 14 CE), la remoción de
obstáculos que impiden la igualdad efectiva (art. 9.2 CE) y la
protección de la familia (art. 39 CE)213. La suma de esos tres
elementos determina a su vez la garantía de la “dignidad” y del
“libre desarrollo de la personalidad” (art. 10.1 CE). Todo ello
incide en el ejercicio de la ciudadanía que, de acuerdo con los
parámetros de una democracia paritaria, debería responder
a una “corresponsabilidad” de mujeres y hombres tanto en
el ámbito público como en el privado. Es decir, de la misma
manera que deber procurarse una asunción equilibrada de res-
ponsabilidades entre hombres y mujeres en lo público, también
en el ámbito privado debería producirse un reparto equitativo
de tareas y funciones.
Una reciente sentencia del Tribunal Constitucional ha
supuesto un significativo avance en la construcción de estos
derechos, al vincularlos con el principio de no discriminación
“por razones familiares”. La sentencia 26/2011, de 14 de mar-
zo, merece destacarse porque es un hombre el que recurre
en amparo y reclama la efectiva garantía de sus derechos de
conciliación. En concreto se trata de un trabajador de la Con-
sejería de Educación de la Junta de Castilla y León al que se le
había negado poder realizar todas sus jornadas de trabajo del
curso 2007/2008 en horario de noche con el fin de conciliar la
vida laboral y familiar. Por lo tanto, nos encontramos en pri-
mer lugar con un hombre pretende la garantía de su derecho
a conciliar, el cual, recordemos, está garantizado por el art.

213
“... los derechos de conciliación se nos presentan como instrumentos,
en la actualidad imprescindibles, para posibilitar que los padres trabajadores
cumplan con estas responsabilidades familiares jurídicamente inexcusables.
Por lo tanto, los derechos como la suspensión temporal de contrato, la reduc-
ción de jornada o la excedencia por motivos familiares deberán entenderse
como desarrollo legislativo del mandato constitucional de protección a la
familia y a la infancia” (Cuesta, 2011: 5).

288
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

34.8 del Estatuto de los Trabajadores (en adelante, ET). Pero,


al mismo tiempo, y como se alega en el recurso, ese derecho
se vincula con la discriminación que la negativa a satisfacer el
derecho reclamado por el trabajador produciría en su esposa,
trabajadora y madre, la cual para poder atender a los hijos de
la pareja se había visto obligada a reducir su jornada, con la si-
guiente merma de atribuciones y obstaculización para su desa-
rrollo profesional. Es decir, la negativa del derecho a conciliar
del trabajador produciría una “discriminación indirecta” de su
mujer. Una discriminación indirecta que, como sabemos, han
sufrido y continúan sufriendo las mujeres como consecuencia
de un pacto social en el que se excluía la garantía de la igualdad
en el ámbito de las relaciones familiares y personales.
El TC recuerda una línea jurisprudencial consolidada según
la cual la interdicción de discriminación por razón de sexo im-
plica la adopción de medidas dirigidas a superar o compensar
la histórica subordinación de las mujeres. Estas han estado con-
dicionadas por el cuidado de los hijos, lo cual no ha supuesto
tradicionalmente una dificultad para el hombre en el acceso
al trabajo ni para su promoción dentro del mismo (FJ 4º). Es
decir, han existido, y todavía existen, unas “circunstancias
personales y sociales” que siguen condicionando el efectivo
acceso de las mujeres al ámbito laboral. Por ello, entiende el
Constitucional, la negativa a la asignación del horario noctur-
no al recurrente supone “una discriminación por razón de las
circunstancias familiares”, entendida como una proyección de
la cláusula abierta final del art. 14 CE, ya que le impediría una
efectiva conciliación de su vida familiar y laboral (FJ 5º). Hay
que recordar que cuando el art. 44 LOIMH reconoce los dere-
chos de conciliación de los trabajadores y las trabajadoras, lo
hace dejando muy clara la prohibición de “toda discriminación
basada en su ejercicio”214.

214
A mayor abundamiento, el Convenio de la Organización Internacional
del Trabajo nº 156, ratificado por España en 1985, contempla expresamente
las cargas familiares como causa de discriminación.

289
Octavio Salazar Benítez

Aunque el TC no llegue a decirlo, estaríamos ante una dis-


criminación por razón de “género”, es decir, ante una discrimi-
nación que deriva del papel diferenciado asignado a hombres
y mujeres por el patriarcado. Es decir, de la misma manera
que el legislador ha entendido que la denominada “violencia
de género” es consecuencia de unas determinadas relaciones
de poder y de una situación de desigualdad entre hombres y
mujeres (art. 1 LOVG), también deberíamos vincular el desequi-
librio existente en el ámbito de las responsabilidades privadas
y familiares a la persistencia de unas estructuras que parten
de una diferenciación jerárquica entre unos y otras.
El TC, tal y como ya había hecho en su sentencia 3/2007,
de 15 de enero, llega a hablar incluso de la “dimensión cons-
titucional” de todas aquellas medidas normativas tendentes
a facilitar la compatibilidad de la vida laboral y familiar de
los trabajadores, tanto desde la perspectiva del derecho a la
no discriminación por razón de sexo o por razón de circuns-
tancias personales (art. 14 CE) como desde la del mandato
de protección a la familia y la infancia (art. 39 CE). Y lo más
relevante es que la sentencia deja bien claro que esa dimen-
sión constitucional “debe prevalecer y servir de orientación
para la solución de cualquier duda interpretativa en cada caso
concreto”, lo cual nos ofrece una herramienta idónea para ga-
rantizar en la práctica la efectividad de las medidas tendentes
a la conciliación215.
Al mismo tiempo, y como bien señala el Tribunal, nos
encontramos ante un tipo de medidas que, por su carácter y
finalidad, deben contemplarse en función de las circunstancias

215
Debemos recordar que la Directiva 2010/18/UE, exige en su cláusula 4
que los Estados Miembros o los interlocutores sociales adopten las medidas
necesarias no sólo para proteger a los trabajadores frente al despido, sino
también frente a cualquier trato menos favorable que sea consecuencia de
haber solicitado un permiso parental. En definitiva, esta es la protección que
en el caso que comentamos está ofreciendo la argumentación del Tribunal
Constitucional.

290
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

concretas de cada caso216. De ahí el papel tan relevante que


para su garantía deben desempeñar los jueces y tribunales, así
como todas las instancias de mediación que, por otra parte, se-
ría conveniente desarrollar en un ámbito como el que estamos
analizando. Y creo que ello no provoca un peligro de “activismo
judicial”– como apunta el voto particular el magistrado Pérez
Tremps–, sino que, en todo caso, supone reforzar el papel del
poder judicial en la garantía de unos derechos que, para ser
efectivos, requieren de mucho más que una simple garantía
normativa e institucional.
La clave para otorgar el amparo, y por tanto para recono-
cer el derecho del recurrente, se encuentra en la asunción del
derecho a conciliar del hombre al que no se le ha permitido
elegir su turno de trabajo217. Ello implica una discriminación,
no sólo para su mujer, sino que también la es para él mismo
en cuanto que se le está privando de la posibilidad de hacer
compatibles su vida personal y su vida laboral. Es decir, lo
relevante de esta sentencia es que sea un varón el que asume
la necesidad de conciliar y entiende que la ley le otorga ese
derecho.
La sentencia supone pues un paso adelante en la efectiva
garantía de un derecho radicalmente nuevo: el de corresponsa-
bilidad en el ámbito familiar. Un derecho que exige un especial
activismo por parte de todos los poderes públicos, incluidos los

216
Como se señala en el FJ 6º, en el caso que nos ocupa “resultaba nece-
sario tener en cuenta el número de hijos del recurrente, su edad y situación
escolar, en su caso, así como la situación laboral de su cónyuge y la posible
incidencia que la denegación del horario nocturno al recurrente pueda
haber tenido para consolidar su actividad profesional con el cuidado de sus
hijos”.
217
En todo caso, hay que tener en cuenta que lo que el TC hace es retrotraer
las actuaciones al momento anterior al dictado de la Sentencia del Juzgado
de lo Social núm. 1 de Palencia de 15 de febrero de 2008, a fin de que por
este órgano judicial se dicte una nueva resolución jurisdiccional respetuosa
con el derecho fundamental reconocido.

291
Octavio Salazar Benítez

tribunales, puesto que su efectividad implica romper un tradi-


cional reparto de funciones entre el hombre y la mujer.218.
En definitiva, la STC 26/20011 es relevante no sólo por lo
que supone de avance en la garantía efectiva de los derechos
de conciliación, sino también por cómo subraya un progresivo
cambio que se está produciendo en relación al papel de los
hombres y de las mujeres en el contexto familiar. Un cambio
que pasa necesariamente por la revisión de una masculinidad
basada en su proyección pública y en la asunción por parte de
los hombres de un rol activo y responsable en el ámbito privado.
De ahí la importancia no sólo jurídica, sino también simbólica, y
por tanto pedagógica, de esta sentencia. Un paso hacia delante
en un recorrido que el legislador español, de manera tímida y
no siempre convincente, ha iniciado en la última década. De ahí
que sea oportuno repasar como nuestro ordenamiento jurídico
ha ido incorporando instrumentos y medidas tendentes a favo-
recer el objetivo de armonizar el ámbito público y lo privado.
Unas previsiones que implican no sólo un avance en la igualdad
de género sino que también han de suponer, esperemos, una
transformación paulatina de la masculinidad tradicional.

2. Los derechos de conciliación en la LO 3/2007, de 22 de


marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres

Las dificultades más gravosas que las mujeres sufren en el


acceso pleno a la ciudadanía están íntimamente relacionadas,

Algo que ya ha puesto de manifiesto el Tribunal de Justicia de la Unión


218

Europea en su sentencia Roca Álvarez, de 20 de septiembre de 2010, en


la que afirmó que la exclusión de los padres trabajadores del disfrute del
permiso de lactancia cuando la madre del niño no tiene la condición de
trabajador por cuenta ajena constituye una diferencia de trato por razón
de sexo no justificada que se opone a los arts. 2 y 5 de la Directiva 76/207/
CEE. Lo contrario, sostuvo el Tribunal supondría “contribuir a perpetuar un
reparto tradicional de funciones entre el hombre y la mujer, al mantener a
los hombres en una función subsidiaria de las mujeres respecto al ejercicio
de su función parental”.

292
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

como no me cansaré de repetir, con los efectos de la división


entre lo público y lo privado, con la diferenciación entre su
rol de reproductoras y el masculino de productores219. De ahí
que la conciliación entre la vida laboral y familiar se haya con-
vertido en una cuestión clave en la conquista de la igualdad
de género y así ha empezado a reconocerse política y jurídi-
camente. Ese es uno de los objetivos principales que plantea
la LOIMH, la cual empieza reconociendo que “el principio de
igualdad de trato entre mujeres y hombres supone la ausencia
de toda discriminación, directa o indirecta, por razón de sexo,
y, especialmente, las derivadas de la maternidad, la asunción de
obligaciones familiares y el estado civil” (art. 3).
Y es que mientras que las mujeres se han ido incorporando
progresivamente al ámbito público, los varones no lo hemos
hecho en la misma medida al privado. Por ello, el resultado ha
sido una “revisión del contrato” incompleta, lo cual determina
en la mayoría de los casos que las mujeres deban no sólo asu-
mir las responsabilidades públicas sino también las que siguen
manteniendo en su vida privada. En otros muchos, son también
mujeres las que acaban asumiendo esas responsabilidades:
mujeres inmigrantes, abuelas cuidadoras. Todo ello además en
un contexto en el que los cambios en los modelos familiares, el
aumento de la esperanza de vida o las insuficientes prestaciones
del Estado inciden en que sean las mujeres las que continúen
desempeñando los “trabajos de cuidado”220. Unas trabajos que

219
Entre otras consecuencias de ese reparto de roles, hay que señalar que
“el mundo productivo se ha considerado un mundo extraño para las mujeres
y ha conducido a que la elaboración de las normas laborales de todo rango u
origen, se haya realizado tomando en consideración un modelo de trabajador
masculino, carente de problemas relacionados con la maternidad y con las
responsabilidades familiares, en otras palabras, con disponibilidad absoluta
y dedicado con exclusividad a su trabajo” (Pérez del Río, 2011: 90).
220
De manera reiterada varios informes hechos públicos en los últimos
años ponen de manifiesto las dificultades que se encuentran en nuestro país
para conciliara la vida laboral y familiar. Por ejemplo, la Organización para
la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) difundió en abril de 2011
un informe en el que se subrayan datos como: la insuficiencia de centros para

293
Octavio Salazar Benítez

históricamente no han sido valorados ni desde el punto de vis-


ta económico ni social en cuanto que se contemplaban como
una responsabilidad “naturalmente” asignada a las mujeres y
consecuencia de su papel de reproductoras.
La necesidad de revisar las relaciones entre lo público y lo
privado genera, desde el punto de vista constitucional, la apa-
rición de nuevos derechos de los que es necesario precisar su
contenido y, sobre todo, articular las debidas garantías. Los que
de manera genérica denominamos “derechos de conciliación”
responden a la categoría de derechos sociales, dada su íntima
conexión con el principio de igualdad y no discriminación, así
como por su proyección en el ámbito laboral. No cabe duda de
que se trata de unos derechos que podemos interpretar como
una exigencia del Estado Social en la medida en que inciden
en dos de sus fundamentos: el bienestar y la igualdad real de
los ciudadanos y las ciudadanas. Ahora bien, dada su estrecha
conexión con relación al principio de igualdad y, en concreto,
a la no discriminación por razón de sexo, los mismos debe-
rían gozar de un nivel máximo de protección y garantía. Es
decir, esta dimensión los conecta directamente con el mismo
ejercicio de la ciudadanía en cuanto que la vida familiar con-
diciona y se proyecta en la vida profesional, laboral o pública
en general. El efectivo ejercicio de buena parte de nuestros
derechos fundamentales acaba estando condicionado por las
responsabilidades que asumimos en nuestro entorno privado.
Algo que bien saben las mujeres y que los hombres, en líneas

atender a los niños y a las niñas fuera del horario escolar; la dedicación de
una cuarta parte de los abuelos y las abuelas al cuidado de los nietos y las
niestas; la disminución progresiva de las tasas de fertilidad, así como de la
tasa de ocupación de las mujeres españolas; las limitadas ayudas públicas
en comparación con otros países europeos (aumentaron entre 2003 y 2007
hasta el 1,6% del PIB, una cifra muy lejana de la media del 2,2% de la OCDE,
y no digamos del más de 3% que dedican países como Francia, Dinamarca,
Reino Unido o Islandia) y la fractura entre hombres y mujeres en el tiempo
que dedican a las labores doméstica (menos de dos horas al día los primeros
frente a las cinco de las segundas, la sexta mayor diferencia de los países
miembros) (Fuente: www.elpais.com, 27/04/2011).

294
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

generales, hemos sufrido en menor medida. De ahí que uno


de los retos esenciales de las democracias avanzadas sea asu-
mir que también “lo privado” forma parte de la ciudadanía
y que el binomio derechos/obligaciones generados en él han
de repartirse equilibradamente entre mujeres y hombres. Sin
embargo, y tal como analizaremos a continuación, mucho me
temo que, de momento, el legislador no ha llegado a asumir
en su totalidad la dimensión “transformadora” de los derechos
de conciliación y, en la mayoría de los casos, se ha limitado
a situarlos en el espacio nebuloso de los principios rectores.
Un espacio que tiende a difuminarse más aún con las medidas
adoptadas en un contexto de crisis económica, tales como el
Real Decreto Ley 3/2012, de 10 de febrero, de medidas urgentes
para la reforma del mercado laboral.
Dejando a un margen la Ley 39/1999, de 5 de noviembre,
para la conciliación de la vida familiar y laboral de las mujeres
trabajadoras, que poco supuso de avance en la garantía de lo
que anunciaba su título221, el cambio legislativo más importante
en nuestro país se produce a partir de la LOIMH, la cual nace
con el objetivo de convertirse en la “ley-código de la igualdad
entre mujeres y hombres”222. Como he apuntado, la ley incide

221
La ley se limitó a transponer las directivas europeas sobre permisos de
maternidad, permisos parentales y trabajo a tiempo parcial, incorporando
la ampliación de los permisos de cuidado a todos los hijos, incluidos los
adoptivos, o la extensión de los permisos de cuidado a otros familiares. Sin
embargo, no fue un instrumento que impulsara un cambio en el modelo y
siguió apoyándose en la mujer como principal destinataria de las políticas
de conciliación. Entre otras cuestiones, y como bien ha criticado Juana Gil
(2000: 138), esta ley seguía manteniendo que “la mujer trabajadora ha de
afrontar su maternidad como una irregularidad y una enfermedad que el
sistema productivo se ve obligado a corregir…”.
222
Ahora bien, la LOIMH tampoco ha conferido a la conciliación el papel
destacado que merece. La doctrina ha destacado como en ella sigue habiendo
“serveras lagunas jurídicas en materia de conciliación que vienen obligando
en la práctica a una intervención judicial, <<legislando>> casuísticamente,
a través de una jurisprudencia ordinaria contradictoria y no siempre proclive
a interpretar este derecho constitucional en el sentido más favorable a su
efectividad. En última instancia, la Ley 3/2007 ha consentido que prevalezca

295
Octavio Salazar Benítez

en la necesidad de remover los obstáculos que siguen impi-


diendo una igualdad efectiva, muchos de los cuales derivan de
la desequilibrada relación entre la vida privada y familiar y la
laboral. Ese desequilibrio está en el origen de muchas de las
discriminaciones “indirectas” (art. 6) que siguen sufriendo las
mujeres. De ahí que el legislador habilite a los poderes públi-
cos para adoptar medidas específicas dirigidas a corregir esas
situaciones patentes de desigualdad (art. 11).
En la definición de los criterios generales de actuación de
los poderes públicos, la ley deja muy claro que las medidas de
conciliación deben dirigirse tanto a hombres como a mujeres,
al tiempo que introduce un concepto clave: el de corresponsa-
bilidad en las labores domésticas y en la atención a la familia
(art. 14.8). Es decir, se trata no de articular medidas que les
permitan a las mujeres conciliar, sino de poner las bases para
un nuevo modelo de organización social en el que hombres y
mujeres compartan las responsabilidades del ámbito privado
al igual que han empezado a compartir las del público.
La ley contiene un capítulo específico a la conciliación, el II
del Título IV dedicado a “El derecho al trabajo en igualdad de
oportunidades”, en el que encontramos ese “paralelismo” con la
exigencia de presencia equilibrada de hombres y mujeres en lo
público ya que se habla expresamente de fomentar “la asunción
equilibrada de las responsabilidades familiares”223.
Un elemento esencial para la conciliación es el reconoci-
miento de un permiso y prestación de paternidad (art. 44.3), en
la medida en que supone incidir en uno de los factores gene-
radores de mayor discriminación para las mujeres: su natural
condición de reproductoras y las consecuencias que ello genera

la dimensión laboral del derecho a conciliar con el desvanecimiento jurídico


de su incuestionable naturaleza constitucional” (Ruiz-Rico, 2012: 10).
223
En todo caso, no podemos perder de vista el verbo utilizado, fomentar,
el cual expresa con claridad que estamos ante una cuestión que finalmente
dependerá de la voluntad política de turno.

296
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

desde el punto de vista laboral224. De acuerdo con la reforma


que la DA 11ª introduce en el Estatuto de los Trabajadores (ET),
ese permiso se extiende a 13 días ininterrumpidos, ampliables
en el supuesto de parto, adopción o acogimientos múltiples en
dos días más por cada hijo a partir del segundo225. Este es el
único permiso que de manera personal e intransferible puede
disfrutar el padre. En relación a la suspensión de 16 semanas a
que se refiere el art. 48.4 ET, el legislador sólo ha previsto que
la madre pueda optar por que el otro progenitor disfrute de una
parte de dicho período bien de forma simultánea o sucesiva con
ella. Tanto la configuración voluntaria, como el escaso tiempo
que se prevé, actúan en contra de una igualdad real de mujeres
y hombres en la asunción del cuidado de los hijos.
No cabe duda de que el logro de un permiso de paternidad
personal e intransferible es una de las medidas que más pueden
ayudar a romper desde el punto de vista de las condiciones de
trabajo la conexión mujeres-maternidad226, así como a fortale-
cer el papel de los hombres en relación al cuidado de los hijos227.

224
Debemos recordar que el art. 33 de la Carta de Derechos Fundamentales
de la Unión Europea, dedicado a la “Vida familiar y vida profesional”, reco-
noce de manera específica dos derechos: el de toda persona a ser protegida
contra cualquier despido por una causa relacionada con la maternidad y el
derecho a un permiso pagado de maternidad y a un permiso parental con
motivo del nacimiento o de la adopción de un niño.
225
Ahora bien, ello no impide que por convenio colectivo o por otro instru-
mento normativo se amplíe este derecho (sentencia del Tribunal Supremo,
de 19 mayo de 2009).
226
Como pone de manifiesto la experiencia comparada, “los hombres no
se toman ningún permiso que puedan ceder a las mujeres o que no remplace
sustancialmente sus ingresos del trabajo dejado de percibir” (Castro y Pazos,
2011: 7).
227
A ello coadyuva que la reducción de jornada por lactancia podrá ser
disfrutada tanto por la madre como el padre (apartado 4º, art. 37 ET, re-
formado por la DA 11ª LOIMH). Ahora bien, hay que recordar que en el ya
citado asunto Roca Álvarez (STJUE, de 30 de septiembre de 2010, C-104), se
planteó si resultaba acomodado a la Directiva de permisos parentales (la an-
terior 96/34) y a la Directiva antidiscriminatoria por razón de género (antigua
76/207), que dicho permiso se configure con una titularidad fundamental-
mente femenina y sólo accesible al varón en el caso de que ambos trabajen.

297
Octavio Salazar Benítez

En la mayoría de los países los permisos por nacimiento son


transferibles, es decir, al menos una parte del mismo se puede
transferir al otro/a progenitor/a. Ello provoca, en la práctica,
que dicho permiso funcione como una ampliación del de ma-
ternidad: “es decir, son las mujeres mayoritariamente quienes
decidirían <<libremente>> utilizar la casi totalidad de los
permisos sujetos a la negociación familiar; lo que provoca que
sean ellas quienes se ausenten más tiempo de sus puestos de
trabajo, interrumpiendo el desarrollo de sus carreras y expecta-
tivas laborales” (Castro y Pazos, 2011: 34). De ahí la necesidad
de que los permisos parentales sean intransferibles, como la
son la mayoría de las prestaciones de la Seguridad Social. Sin
embargo, este objetivo deseable está fuertemente condicionado
no sólo por la voluntad política sino también, ahora más que
nunca, por las disponibilidades presupuestarias. En este sen-
tido cabe recordar cómo el gobierno español, en septiembre
de 2010 decidió dejar en suspenso la ampliación del permiso
de paternidad a 4 semanas debido a la crisis económica228 . Un

La sentencia establece que no existen datos suficientes para considerar que


hay infracción de la Directiva 96/34, pero sí que contradice lo establecido
en la normativa antidiscriminatoria por género ( Ballester, 2011: 44-45).
En relación a este tema, debemos recordar que nuestro TC ya se pronunció
en sus sentencias 109/1993, de 25 de marzo, y 187/1993, de 14 de junio. En
ellas se partía de la consideración de la maternidad y el embarazo como una
realidad biológica diferencial de la mujer que debe ser objeto de protección.
Por ello, “las ventajas o excepciones que determine para la mujer no pueden
considerarse discriminatorias para el hombre”. Ahora bien, no habría que
olvidar lo expuesto por cuatro magistrados en el voto particular formulado a
la STC 109/1993, en el que se subraya que dicha concepción más que proteger
a la mujer contribuía a alejarla del mercado de trabajo y a no emanciparla
de las tareas domésticas. No han faltado sentencias posteriores –como la de
14 de noviembre de 2007 del Juzgado de lo Social nº 2 de Valladolid y la de
10 de Octubre de 2008 del Tribunal Superior de Justicia de Madrid– en las
que se ha interpretado que, de acuerdo con el mandato que contiene el art.
39 CE, el art. 37.4 ET reconoce el derecho de cualquier padre de familia a
disfrutar de dicho permiso siempre que no se produzca el disfrute simultáneo
por la madre (Maneiro, 2011: 198-199).
228
Dicha ampliación había sido aprobada por la Ley 9/2009, de 6 de oc-
tubre, de ampliación de la duración del permiso de paternidad en los casos
de nacimiento, adopción o acogida.

298
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

ejemplo además de cómo finalmente las políticas de concilia-


ción acaban siendo las que con mayor facilidad se sacrifican
en un contexto de dificultades económicas.
En el ámbito privado, la ley deja esta cuestión en manos de
la buena voluntad de las empresas y de sus Planes de igualdad
(art. 45 LOIMH). Y es de suponer que se trate de uno de los
criterios que sirvan para que se las reconozca con un distin-
tivo en materia de igualdad (art. 50). En el caso del empleo
público, la ley es mucho más tajante y obliga a las Administra-
ciones Públicas a facilitar la conciliación “sin menoscabo de
la promoción profesional” (art. 51.b). Esta apreciación es muy
importante ya que, en la mayoría de los casos, las mujeres ven
afectadas sus carreras profesionales debido a que han tenido
que compatibilizarlas con sus responsabilidades privadas229.
Ello las ha situado históricamente en una situación de desven-
taja con respecto a sus compañeros varones. En este sentido
cabe destacar tres previsiones:

229
El 1 de junio de 2011 aparecía en el BOE la Resolución de 20 de mayo
de 2011, de la Secretaría de Estado para la Función Pública, por la que se
publicaba el Acuerdo del Consejo de Ministros de 28 de enero de 2011, el cual
aprobó el I Plan de Igualdad entre mujeres y hombres en la Administración
General del Estado y en sus Organismos Públicos. Uno de los ejes de actuación
del Plan es la “ordenación laboral del tiempo de trabajo, corresponsabilidad
y medidas de conciliación de la vida personal, familiar y laboral”. En el diag-
nóstico que sirve de introducción al Plan se constata cómo existe un acceso
cada vez mayor de los hombres a las medidas de conciliación, destacando
el dato que en la Administración General del Estado al menos cerca de un
30% de los beneficiarios de dichas medidas son hombres. No obstante, si-
guen existiendo ámbitos donde la presencia femenina es más significativa:
acumulación de permiso de lactancia y maternidad, la formación durante
los permisos de maternidad, la reducción de jornada para cuidar de un hijo
menor de 12 años o para el cuidado de personas discapacitadas o mayores,
la ampliación de 4 semanas del permiso de lactancia o las flexibilizaciones
de jornada para el cuidado de hijos, mayores o dependientes. De ahí que
el Plan incida en programar acciones tendentes a acortar esas diferencias,
así como acciones específicas que promuevan la corresponsabilidad entre
mujeres y hombres. Además se hace un llamamiento para que se realice un
informe que analice las posibilidades y viabilidad de una estructuración de la
jornada de trabajo en el ámbito de la Administración General del Estado.

299
Octavio Salazar Benítez

1ª) En las bases de los concursos para la provisión de puestos


de trabajo se computará, a los efectos del trabajo desarro-
llado y de los correspondientes méritos, el tiempo que las
personas candidatas hayan permanecido en las situacio-
nes derivadas de permisos y beneficios de protección a la
maternidad y la conciliación de la vida personal, familiar
y laboral (art. 57);
2ª) Se otorga preferencia durante un año en la adjudicación
de plazas para participar en los cursos de formación a
quienes se hayan incorporado al servicio activo proce-
dentes del permiso de maternidad o paternidad, o hayan
reingresado desde la situación de excedencia por razones
de guarda legal y atención a personas mayores depen-
dientes o personas con discapacidad (art. 60.1);
3º) Se reservará al menos un 40% de las plazas en las con-
vocatorias de cursos de formación para su adjudicación
a aquellas personas que reúnan los requisitos estableci-
dos.
En todos estos casos se trata de “acciones positivas” que
pueden beneficiar tanto a hombres como a mujeres que cum-
plan las condiciones establecidas. Ahora bien, es cierto que to-
davía hoy son ellas beneficiadas porque son las que de manera
mayoritaria continúan asumiendo los permisos de maternidad
y los demás beneficios establecidos para facilitar el cuidado de
los hijos y de personas dependientes.
Más allá de los permisos de maternidad/paternidad, es fun-
damental el ajuste de la jornada de trabajo a las necesidades que
hombres y mujeres tenemos en relación a nuestra vida privada.
De ahí que sea tan relevante el reconocimiento del derecho de
todo a trabajador “a adaptar la duración y distribución de la jor-
nada de trabajo para hacer efectivo su derecho a la conciliación
de la vida personal, familiar y laboral” (art. 34.8 ET, añadido
por la DA 11ª LOIMH)230. En todo caso, esta previsión se hace

230
A las medidas comentadas habría que añadir todas las que la Dispo-
sición Adicional 11ª LOIMH introduce o reforma en la Ley del Estatuto de

300
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

depender de los términos que se establezcan en la negociación


colectiva231 o en el acuerdo que se llegue con el empresario232.
Ello obliga a contemplar el art. 34.8 ET en armonía con lo pre-
visto en el art. 85 ET, en el que se recoge el “deber de negociar
medidas dirigidas a promover la igualdad de trato y de oportuni-
dades entre mujeres y hombres en el ámbito laboral” (Viqueira,
2011: 107). Por lo tanto, no se trata de un derecho ilimitado,
sino que estará determinado por la negociación colectiva, por el
principio de la buena fe, por la ponderación de las circunstancias
de cada caso concreto así como por las facultades organizativas
del empresario (Polo, 2011: 213).
El art. 37.4 ET dispone que en los supuestos de nacimiento
de hijo, adopción o acogimiento, los trabajadores tendrán de-
recho a una hora de ausencia del trabajo para la lactancia del
menor hasta que éste cumpla nueve meses, que podrán dividir
en dos fracciones. La duración del permiso se incrementará
proporcionalmente en los casos de parto, adopción o acogi-
miento múltiples. Quien ejerza este derecho, por su voluntad,
podrá sustituirlo por una reducción de su jornada en media
hora con la misma finalidad o acumularlo en jornadas com-
pletas en los términos previstos en la negociación colectiva o
en el acuerdo a que llegue con el empresario respetando, en su
caso, lo establecido en aquella. El legislador subraya que este
permiso constituye un derecho individual de los trabajadores,

los Trabajadores (Real Decreto Legislativo 1/1995, de 24 de marzo), y que


afectan a cuestiones tales como las reducciones de jornada por cuidado de
menores o personas con discapacidad, períodos de vacaciones o excedencias
para el cuidado de hijos o familiares.
231
Los estudios existentes sobre las mejoras introducidas por los convenios
colectivos en esta materia llegan a la conclusión de que el desarrollo del art.
34.8 ET es aún muy limitado. (Polo, 2011: 217).
232
“En esta materia la Ley no ha sido valiente; podría perfectamente haber
seguido el ejemplo que ofrecía el art. 23 ET que en materia de promoción y
formación profesional en el trabajo, recoge una serie de derechos específicos
y posteriormente remite a la negociación colectiva los términos del ejercicio
de esos derechos” (Pérez del Río, 2011: 63).

301
Octavio Salazar Benítez

hombres o mujeres, pero sólo podrá ser ejercido por uno de


los progenitores en caso de que ambos trabajen.
De manera complementaria a lo establecido en el art. 34.8,
el art. 37.5 ET contempla el derecho a reducir la jornada de
trabajo para atender al cuidado de hijos o familiares233:

“Quien por razones de guarda legal tenga a su cuidado


directo algún menor de ocho años o una persona con disca-
pacidad física, psíquica o sensorial, que no desempeñe una
actividad retribuida, tendrá derecho a una reducción de la
jornada de trabajo diaria, con la disminución proporcional
del salario entre, al menos, un octavo y un máximo de la
mitad de la duración de aquella.
Tendrá el mismo derecho quien precise encargarse del
cuidado directo de un familiar, hasta el segundo grado de
consanguinidad o afinidad, que por razones de edad, acci-
dente o enfermedad no pueda valerse por si mismo, y que
no desempeñe actividad retribuida”.

De acuerdo con la redacción dada por la Ley 39/2010, de


22 de diciembre, el artículo también dispone que:

“El progenitor, adoptante o acogedor de carácter prea-


doptivo o permanente, tendrá derecho a una reducción de
la jornada de trabajo, con la disminución proporcional del
salario de, al menos, la mitad de la duración de aquélla, para el
cuidado, durante la hospitalización y tratamiento continuado,
del menor a su cargo afectado por cáncer (tumores malignos,
melanomas y carcinomas), o por cualquier otra enfermedad
grave, que implique un ingreso hospitalario de larga duración

233
La regulación de este derecho es uno de los mejores ejemplos de la
deficiente regulación que aqueja a los derechos de conciliación. Tal y como
ha señalado la doctrina (Viqueira, 2011: 103), se discute si la reducción ha
de plasmarse en un recorte del tiempo de trabajo diario o si puede plasmarse
en “vertical”. Tampoco está claro si la reducción ha de respetar el régimen
de jornada o si el derecho alcanza a la elección de turno.

302
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

y requiera la necesidad de su cuidado directo, continuo y


permanente, acreditado por el informe del Servicio Público
de Salud u órgano administrativo sanitario de la Comunidad
Autónoma correspondiente y, como máximo, hasta que el
menor cumpla los 18 años. Por convenio colectivo, se podrán
establecer las condiciones y supuestos en los que esta reduc-
ción de jornada se podrá acumular en jornadas completas”.

Las reducciones de jornada contempladas en el presente


apartado constituyen un derecho individual de los trabajadores,
hombres o mujeres. Ahora bien, de acuerdo con la redacción
dada por la Ley 39/2010, se establece una previsión que condi-
ciona su efectividad en función de los intereses empresariales:
“No obstante, si dos o más trabajadores de la misma empresa
generasen este derecho por el mismo sujeto causante, el em-
presario podrá limitar su ejercicio simultáneo por razones
justificadas de funcionamiento de la empresa”.
Estas mismas cautelas, que ponen en peligro la garantía
de los derechos de conciliación, se contienen en el apartado
6º del art. 34 según la redacción dada por el Real Decreto-ley
3/2012, de 10 de febrero:

“La concreción horaria y la determinación del período


de disfrute del permiso de lactancia y de la reducción de
jornada, previstos en los apartados 4 y 5 de este artículo,
corresponderá al trabajador, dentro de su jornada ordinaria.
Los convenios colectivos podrán establecer, no obstante,
criterios para la concreción horaria de la reducción de jor-
nada, en atención a los derechos de conciliación de la vida
personal, familiar y laboral del trabajador y las necesidades
productivas y organizativas de las empresas. El trabajador,
salvo fuerza mayor, deberá preavisar al empresario con
una antelación de quince días o la que se determine en el
convenio colectivo aplicable, precisando la fecha en que
iniciará y finalizará el permiso de lactancia o la reducción
de jornada”.

303
Octavio Salazar Benítez

Que se deje en manos de los convenios colectivos la concre-


ción de la reducción de jornada y, sobre todo, que se hayan de
tener en cuenta “las necesidades productivas y organizativas
de las empresas” introduce un ámbito de discrecionalidad
que, además de incidir en el desigual ejercicio de los derechos,
mucho me temo que acabará limitando en la práctica la efec-
tividad de la conciliación. Ésta debería estar en todo caso por
encima de las “necesidades productivas y organizativas de las
empresas”.
Cabe destacar cómo la Directiva 2010/18/UE, de 8 de marzo
de 2010, introdujo una novedad significativa con respecto a la
reincorporación al trabajo tras haber disfrutado del permiso
parental. En concreto se prevé que el trabajador recién incor-
porado “pueda pedir cambios en sus horarios o regímenes de
trabajo durante un tiempo determinado”. Esta solicitud deberá
ser tomada en consideración por el empleador que, en todo
caso, deberá valorar “tanto sus propias necesidades como las
del trabajador”. De nuevo nos volvemos a encontrar con una
previsión que deja en manos del empresario la efectividad
de unas previsiones que, por tanto, carecen de las garantías
suficientes para ser reconocidas como derechos (Cuesta,
2011:16).
El principal problema para la efectividad de estos derechos,
mucho más en el contexto de crisis que estamos sufriendo, es
la cobertura económica que sería la que, en última instancia,
garantizaría su disfrute en igualdad de condiciones por hom-
bres y mujeres. Es decir, la falta de recursos incide en la escasa
utilización de los permisos por el miembro de la familia mejor
remunerado que normalmente es el hombre. De ahí que sea fun-
damental prever medidas remuneradas, tal y como por ejemplo
hace la Ley catalana 8/2006, sobre medidas de conciliación de
la vida personal, familiar y laboral del personal al servicio de
las Administraciones públicas de Cataluña. En concreto, esta
ley permite a dicho personal disfrutar de una reducción de la
jornada laboral en un tercio totalmente remunerada durante

304
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

un año desde el final del período de maternidad o del mes adi-


cional que se le reconoce al padre. Posteriormente es posible
reducir la jornada un tercio cobrando el 80% del salario, o en
media jornada cobrando el 60% hasta que el hijo cumpla 6
años. Ello explica sus buenos resultados en cuanto a su utiliza-
ción por los hombres234. Por ello, en el momento de transponer
la Directiva 2010/18/UE del Consejo, los distintos Estados de-
berían garantizar la cobertura económica adecuada y fomentar
nuevos modelos más flexibles de permisos parentales, a tiempo
parcial o fragmentados. Igualmente entiendo que los modelos
de permiso parental de larga duración pueden perjudicar las
expectativas de promoción del trabajador o trabajadora, por
lo que sería más oportuno facilitar en la legislación laboral de
los Estados miembros permisos parentales más cortos, pero
debidamente remunerados (Cuesta, 2011: 16, 21-22).
Junto a todas las medidas que es necesario garantizar en
el ámbito laboral, la efectiva conciliación no será posible si no
modificamos muchos de los esquemas organizativos de nues-
tra sociedad que responden a la división público/privado y a
la asunción diferenciada de responsabilidades de hombres y
mujeres en dichos ámbitos. Ello pasa por incidir en la organi-
zación de los espacios y de los tiempos en nuestra sociedad. De
ahí que sea necesaria una revisión de las políticas urbanísticas
que tanta incidencia tienen en la creación de unos espacios que
pueden favorecer o, por el contrario, contribuir a mantener la
desigualdad. En este sentido hay que entender el mandato que
establece el art. 31 LOIMH dedicado a las políticas urbanas,
de ordenación territorial y vivienda235.
234
Esta previsión fue objeto de una cuestión de inconstitucionalidad que
fue resuelta en la STC 181/2012, de 15 de octubre, la cual avaló su legitimi-
dad.
235
En concreto, su apartado 3º dispone que “Las Administraciones pú-
blicas tendrán en cuenta en el diseño de la ciudad, en las políticas urbanas,
en la definición y ejecución del planeamiento urbanístico, la perspectiva de
género, utilizando para ello, especialmente, mecanismos e instrumentos que
fomenten y favorezcan la participación ciudadana y la transparencia”. Sobre
esta cuestión véanse Durán (1998) y Hernández Pezzi (1998).

305
Octavio Salazar Benítez

En este terreno han de jugar un papel esencial las entida-


des locales, no sólo por sus atribuciones competenciales sino
también porque al ser las administraciones más próximas a la
ciudadanía tienen mayor capacidad de ir dando respuesta a
problemas que tienen que ver con nuestra vida cotidiana. En
relación a los tiempos, el art. 22 LOIMH habla expresamente de
la finalidad de “avanzar hacia un reparto equitativo de los tiem-
pos entre mujeres y hombres”, aunque se limita a establecer una
recomendación: “las corporaciones locales podrán establecer
Planes Municipales de organización del tiempo de la ciudad”.
De acuerdo con el principio general de indemnidad frente
a represalias que establece el art. 9, la LOIMH intenta prote-
ger a los trabajadores y a las trabajadoras de cualquier trato
adverso o efecto negativo que se produzca como consecuencia
del ejercicio de los derechos de conciliación. Sin embargo, las
previsiones introducidas en los arts. 53.4.a, b y c y 55.5.a, b
y c ET son insuficientes por la ausencia de mención expresa
respecto de la indemnidad frente al despido causado por ejer-
cicio del derecho a los permisos retribuidos del art. 37.3.b y
además porque no se menciona de forma expresa alguna forma
de protección frente a las represalias que no adopten la forma
de despido (Pérez del Río, 2011: 70).
Junto a las previsiones de la LOIMH debemos situar las
que incluye una ley anterior y que podemos considerar com-
plementaria. Me refiero a la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de
promoción de la autonomía personal y atención a las personas en
situación de dependencia. Con ella por vez primera los poderes
públicos ponían las bases para “la reorganización social del cui-
dado de las personas como responsabilidad social compartida
entre la familia, el Estado y la sociedad civil” (Tobío, 2010: 14).
Tal y como se explica en el Preámbulo de la Ley, “la atención
a las personas en situación de dependencia y la promoción de
su autonomía personal constituye uno de los principales retos
de la política social de los países desarrollados”, sobre todo si
tenemos en cuenta los cambios demográficos –el crecimiento

306
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

de la población de más de 65 años y el fenómeno del “enveje-


cimiento del envejecimiento”, es decir, el aumento del colec-
tivo de población con edad superior a 80 años– y sociales –la
incorporación de las mujeres al trabajo– que exigen un nuevo
modelo. Se trata, en definitiva, de avanzar en el Estado social
lo cual supone, dicho de otra manera, seguir profundizando en
la igualdad y en la remoción de los obstáculos que impiden que
aquélla sea efectiva. La ley crea un Sistema para la Autonomía
y Atención a la Dependencia (art. 6), lo cual supone la primera
apuesta pública por incorporar a la categoría de servicios socia-
les los trabajos de cuidado. Es decir, supone la aceptación de un
compromiso público para la atención no sólo de las personas
dependientes sino también de las que se dedican a cuidarlos,
muy especialmente en aquellos casos en que los cuidados se
producen en el entorno familiar y por medio de cuidadores no
profesionales236. Ello implica a su vez un compromiso esencial
para la consecución de una igualdad real de género ya que, en
dicho contexto, suelen ser las mujeres las que asumen dichas
responsabilidades237. Sin embargo, el principal problema que
en la práctica ha planteado dicho Sistema deriva de uno de los
principios básicos que establece la ley 39/06: la acción coordi-
nada y cooperativa de la Administración General del Estado y
las Comunidades Autónomas238. Ello ha dado lugar a que, jun-
to a los problemas de sostenibilidad financiera, se produzcan

236
Ello se ha traducido posteriormente en la aprobación del Real Decreto
1.224/2009, de 17 de julio, de reconocimiento de las competencias profesio-
nales adquiridas por experiencia profesional.
237
Al mismo tiempo, la creación del Sistema de Autonomía y Atención a la
Dependencia servirá para generar unos “mínimos” de calidad en un terreno
hasta hace poco tiempo considerado exclusivamente privado, contribuirá al
reconocimiento social y económico de los cuidados y supondrá una progresiva
profesionalización de los mismos.
238
Hay que tener en cuenta que la financiación del sistema se apoya en
un nivel mínimo de protección (art. 9), el cual será incrementado por las
Comunidades Autónomas en función de lo establecido en los convenios sus-
critos con el Estado (art. 32). Además, la ley prevé que los beneficiarios de
las prestaciones también participen en su financiación, según el tipo y coste
del servicio y según su capacidad económica personal (art. 33.1).

307
Octavio Salazar Benítez

problemas de coordinación y, lo que es peor, distintitos “ritmos”


y niveles de protección según el territorio239.

3. Los derechos de conciliación en los Estatutos de


autonomía

La ampliación de contenidos realizada en las recientes


reformas estatutarias ha incidido de manera singular en el
capítulo de los derechos, los cuales han de entenderse vin-
culados al ámbito competencial de la Comunidad autónoma.
De ahí que sean especialmente significativas las previsiones
relacionadas con derechos de carácter prestacional y las co-
nectadas a políticas sociales. En concreto, los derechos que nos
ocupan son contemplados desde su dimensión prestacional y
más como principios rectores de las políticas autonómicas que
como derechos fundamentales240. No obstante, sí que supone un

Esos problemas a su vez generan que, a diferencia de lo que prevé la


239

ley, las Comunidades Autónomas, por razones de facilidad de gestión, den


preferencia a las prestaciones económicas en lugar del desarrollo de servicios.
El gran problema que plantea esta opción es que refuerza la “naturalización
femenina del cuidado” (Tobío et altri, 2010: 178). Al mismo tiempo puede
convertirse en un vehículo de fomento de la situación irregular de mujeres
inmigrantes(Jover, 2011: 404). Éste es uno de los principales problemas en
el desarrollo de la Ley, tal y como se pone de manifiesto en el VII dictamen
sobre su aplicación, elaborado por el Observatorio de la Dependencia de
la Asociación Estatal de Directivos y Gerentes de Servicios Sociales (junio
2011). En este dictamen se subraya que hay varias Comunidades Autónomas
–Canarias, Valencia, Asturias, Madrid, Baleares– que no alcanzan una pun-
tuación de 5, al tiempo que otras, como es el caso de Andalucía, en las que se
constata una tendencia a la baja. Entre los datos que analiza el Observatorio
cabe destacar que hay más de 300.000 personas con derecho a una ayuda
que aún no la están percibiendo, o que la evaluación prevista por la propia
Ley para realizarse en su tercer año de vigencia aún no se ha realizado, lo
cual dificulta a su vez la debida planificación. Estos datos no han hecho
sino agravarse con la crisis económica que entre otras consecuencias, está
provocando un dramático recorte de las políticas sociales.
240
No hay que olvidar que las Comunidades Autónomas carecen de compe-
tencia legislativa en materia laboral y de Seguridad Social, lo cual limita sus

308
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

avance jurídico la inclusión de los derechos de conciliación en


la norma institucional básica de las Comunidades Autónomas,
ya que ellos supone dotarlos de una especial rigidez y pone de
manifiesto su centralidad, al menos desde el punto de vista
formal, en la “agenda política” de los próximos años. En este
sentido, y teniendo en cuenta la naturaleza de los Estatutos,
podríamos decir que las reformas realizadas en los últimos años
han venido a completar nuestro sistema constitucional, desa-
rrollando de manera expresa muchas de las potencialidades
que encierra en principio constitucional de igualdad y de no
discriminación por razón de sexo. De manera específica, cabe
destacar cómo todos los Estatutos reformados, con diferentes
grados de precisión y garantías, se hace mención expresa a la
conciliación de la vida familiar y laboral como un elemento
esencial para la igualdad efectiva de mujeres y hombres y,
por tanto, como un requisito ineludible para garantizar unas
condiciones de bienestar.
El Estatuto que contiene menos precisiones al respecto es
el de la Comunitat de Valencia (LO 1/2006, de 10 de abril), el
cual remite a una ley la Carta de Derechos Sociales de la Co-
munidad (art. 10) y se limita a señalar una serie de ámbitos en
los que debe centrarse la actuación de la Generalitat, entre los
que destacan la igualdad de mujeres y hombres y, en relación
a ella, la compatibilidad entre la vida familiar y laboral. En un
sentido similar se pronuncia el art. 17.2 del Estatuto de las Islas
Baleares (LO 1/2007, de 28 de febrero). En el caso valenciano
dichas previsiones han sido comtempladas en la reciente Ley
4/2012, de 15 de octubre, por la que se aprueba la Carta de
Derechos Sociales de la Comunitat Valenciana (arts. 24 y 25,
y capítulo I del título III).

posibilidades de intervención. No obstante, sí que pueden impulsar medidas


fundamentalmente en tres ámbitos: como generadoras de políticas de igual-
dad; como empleadoras con respecto a su personal funcionario, estatutario
y laboral; como legisladoras en determinadas materias que pueden incidir
en la conciliación, como por ejemplo en las políticas relativas a la atención
de personas dependientes (Martínez, 2011: 249).

309
Octavio Salazar Benítez

Llama la atención cómo el Estatuto catalán (LO 6/2006, de


19 de julio) no se refiere de manera expresa a la conciliación,
aunque podría deducirse del derecho de las mujeres “al libre
desarrollo de su personalidad y capacidad personal” y a “par-
ticipar en condiciones de igualdad de oportunidades en los
hombres en todos los ámbitos públicos y privados” (art. 19).
Sí que cabe destacar cómo el art. 41.4 dispone que los poderes
públicos reconozcan y tengan en cuenta “el valor económico del
trabajo de cuidado y atención en el ámbito doméstico y familiar
en la fijación de sus políticas económicas y sociales”.
Como he comentado con anterioridad, la reforma del Esta-
tuto andaluz llevada a cabo por la LO 2/2007, de 19 de marzo,
incluyó la igualdad de género como un principio transversal,
hasta el punto de mencionar expresamente la “democracia
paritaria” como uno de los objetivos básicos de la Comunidad
Autónoma (art. 10.2). De manera más específica, dicho artículo
incluye también el objetivo de la conciliación de la vida familiar
y laboral (art. 10.3.1º), el cual vuelve a reiterarse en el listado
de principios rectores de las políticas públicas (art. 37.1.11º),
así como en el Título VI dedicado a Empleo, Economía y Ha-
cienda (art. 168).
El Estatuto aragonés (LO 5/2007, de 20 de abril) contempla
el tema que nos ocupa en un artículo dedicado a los “derechos
de las personas”(art. 12), cuyo apartado 2º concreta que “todas
las personas tienen derecho a las prestaciones sociales destina-
das a su bienestar, y a los servicios de apoyo a las responsabili-
dades familiares para conciliar la vida laboral y familiar, en las
condiciones establecidas por las leyes”. Este objetivo se reitera
en el artículo dedicado al empleo y trabajo (art. 26).
También lo incluye entre los principios rectores el Estatuto
de Castilla y León (LO 14/2007, de 30 de noviembre). No lo
menciona expresamente el de Extremadura (LO 1/2011, de 28
de enero), por lo que habría que deducirlo del principio que
ordena a los poderes públicos remover todos los obstáculos que
dificultan la igualdad real de hombres y mujeres (art. 7).

310
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

4. Los derechos de conciliación en la legislación


autonómica

En la última década la mayor parte de las Comunidades


Autónomas han aprobado leyes específicas sobre igualdad
de género. Con diferentes matices, contenidos y nivel de con-
creción, los legisladores autonómicos han delimitado, en el
ámbito de sus respectivas competencias, todo un programa
transformador que en el ámbito estatal careció de concreción
normativa hasta la VIII legislatura. En muchos casos los parla-
mentos autonómicos han aprobado una norma genérica sobre
igualdad de hombres y mujeres y otra más específica dedicada
la violencia de género. En otros, se ha optado por unificar
ambos contenidos.
En materia de conciliación de la vida laboral y familiar, son
muchos los instrumentos específicos que han recogido las leyes
autonómicas. A continuación, trato de sistematizar los elemen-
tos coincidentes y singulares de esa vasta normativa. Me de-
tendré en cómo se contemplan los derechos de conciliación en
las leyes de igualdad, sin hacer referencia a los Planes y demás
instrumentos normativos que en la mayoría de Comunidades
Autónomas han desarrollado las previsiones legislativas241. Mi
intención es concretar los contenidos del que podemos denomi-
nar genéricamente como “derechos de conciliación”, los cuales
demandan de las administraciones públicas tres respuestas
básicas: fomento de la corresponsabilidad de los hombres,
adecuación de las estructuras del empleo a las necesidades de
la vida personal y familiar, creación y adecuación de servicios

La mayoría de las medidas de fomento de la corresponsabilidad adop-


241

tadas por las CCAA consisten en acciones positivas que suelen concentrarse
en reducciones de jornada y excedencias, extendiéndose en algunos casos
a las cesiones de parte del permiso de maternidad al padre. Las estrategias
para el fomento de este tipo de medidas suelen ser de dos tipos: las que
operan sobre las condiciones de acceso a las ayudas autonómicas y las que
operan sobre la regulación de las ayudas una vez que han sido adjudicadas
(Martínez, 2011: 255).

311
Octavio Salazar Benítez

sociocomunitarios, de prestaciones económicas y medidas


fiscales (art. 47 Ley vasca 4/2005, de 18 de febrero, para la
igualdad de mujeres y hombres). De ahí que en este apartado
las referencias sean todas a instrumentos normativos. En este
sentido podríamos afirmar que es la dimensión de las “nuevas
masculinidades” que está encontrando de manera paulatina
una mayor concreción en el ordenamiento.

a) La promoción de la corresponsabilidad

Una de las aportaciones fundamentales de los legisladores


autonómicos ha sido la progresiva utilización del término “co-
rresponsabilidad” y la insistencia en la necesidad de promover
que los hombres se responsabilicen del ámbito privado242.
Este objetivo lo define con precisión el art. 5 de la Ley de
la Comunidad Autónoma de Galicia 2/2007, de 28 de marzo,
del trabajo en igualdad de las mujeres:

“Con vistas al ejercicio de los derechos de conciliación de


la vida personal, familiar y laboral, como manifestación del
derecho de las mujeres y hombres a la libre configuración de
su tiempo, se promoverá la corresponsabilidad a través del re-
parto entre mujeres y hombres de las obligaciones familiares,
las tareas domésticas y el cuidado de personas dependientes
mediante la individualización de los derechos y el fomento

242
Art. 23.d Ley catalana 18/2003, de 4 de julio, de apoyo a las familias; art.
35 Ley Vasca 4/2005, de 18 de febrero, para la igualdad efectiva de mujeres y
hombres; art. 19.3 Ley 1/2003, de 3 marzo, de Igualdad de oportunidades entre
mujeres y hombres en Castilla y León; art. 4.4 Ley 1/2010, de 26 de febrero,
canaria de Igualdad entre Mujeres y Hombres; art. 4.e Ley 12/2010, de 18 de
noviembre, de Igualdad entre Mujeres y Hombres de Castilla-La Mancha; art.
4. 3 y 4 Ley 12/2007, de 26 de noviembre, para la promoción de la igualdad de
género en Andalucía; art. 44 Ley del Principado de Asturias 4/2011, de 11 de
marzo, para la igualdad de mujeres y hombres y la erradicación de la violencia
de género; art. 3.6 y 7 Ley 8/2011, de 23 de marzo, de Igualdad entre Mujeres
y Hombres y contra la violencia de género en Extremadura.

312
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

de su asunción por parte de los hombres y la prohibición de


discriminación basada en su ejercicio” (art. 5).

La Ley 7/2007, de 4 de abril, para la Igualdad entre Mujeres


y Hombres, y de Protección contra la violencia de género, en
la Región de Murcia, insiste en que:

“la asunción de responsabilidad por parte de los hombres


en las tareas domésticas, el cuidado, la atención y la edu-
cación de hijos e hijas, como acción indispensable para el
reparto equilibrado de las cargas familiares” (art. 3.8).

Lo concreta aún más el art. 56 de la Ley extremeña 8/2011,


el cual insiste en “la corresponsabilidad en la distribución del
tiempo de trabajo y ocio” y llama la atención sobre la necesidad
de adoptar “políticas activas de sensibilización que pongan en
valor las tareas del hogar y de cuidado y atención de las per-
sonas, que pongan de manifiesto el valor social y económico
del trabajo familiar y doméstico realizado por las mujeres y
que afirmen la necesidad de una redistribución del trabajo
no remunerado entre mujeres y hombres para conseguir un
reparto equitativo entre ambos sexos de las tareas domésticas
y de cuidado de las personas”.
La idea de “corresponsabilidad” debe proyectarse a su vez
en aquellas situaciones en las que se produce una ruptura de la
convivencia de los padres. En estos casos, y en clara sintonía
con el principio de igualdad de mujeres y hombres, la regla
preferente debería ser, como explicaré más adelante, conceder
la “custodia compartida” sobre los hijos y las hijas. Ha sido
una ley autonómica, la ley aragonesa 2/2010, de 26 de mayo,
de igualdad en las relaciones familiares ante la ruptura de
convivencia de los padres, la primera que en nuestro país ha
establecido dicha regla (art. 6.2)243.

Como bien dice el Preámbulo de dicha ley, “la finalidad de la custodia


243

compartida es un reparto efectivo de los derechos y responsabilidades de

313
Octavio Salazar Benítez

Cuando hablamos de “corresponsabilidad” de mujeres


y hombres en el espacio privado no debemos pensar sólo y
exclusivamente en los trabajos derivados de la maternidad/
paternidad244. En este sentido es preferible hablar de “trabajos
de cuidado”, en los que también debemos considerar incluidos
los que tienen que ver con la dedicación a las personas depen-
dientes245. Algo que se deja muy claro en la misma definición
que los legisladores plantean de la “corresponsabilidad”, como
sucede en el ya citado art. 5 de la Ley gallega 2/07.
Por ejemplo, la Ley gallega 7/04 incluye entre las medidas
básicas del Plan integral de apoyo a la familia el fomento de las
que apoyen a familias con personas dependientes, con especial
atención a la tercera edad, mediante centros adecuados a la
satisfacción de las diferentes necesidades y/o asistencia fami-
liar. En este sentido, cuando la ley contempla medidas como
la flexibilización de jornada (art. 44) o la preferencia en cursos
formativos (art. 45) hay que considerar incluidas las reduccio-
nes de jornada o las excedencias para el cuidado de familiares
dependientes. En algunos casos, como por ejemplo en la Ley
murciana 7/07, se dedica un artículo específico a la atención
de las personas dependientes. En otros, como en la Ley de

los padres, fomentando las relaciones afectivas y continuadas de conviven-


cia con los hijos y la participación directa en su desarrollo y educación”.
Posteriormente la “custodia compartida” ha sido incorporada en varias Co-
munidades Autónomas como regla preferente. Ha sido el caso de Cataluña,
cuyo Parlamento aprobó el 14 de julio de 2010 el proyecto de Ley del Libro
Segundo del Código Civil de Cataluña sobre las personas y la familia. Más
recientemente, en concreto el 24 de marzo de 2011, el Pleno de las Cortes
Valencianas aprobó la Ley de relaciones familiares de los hijos e hijas cuyos
progenitores no conviven, la cual establece que, a falta de pacto entre los
progenitores, la autoridad judicial atribuirá a ambos, de manera compartida,
el régimen de convivencia con los hijos e hijas menores de edad.
244
En este sentido, cabe señalar como la Directiva 2010/18 integra den-
tro del concepto de conciliación la maternidad, los permisos parentales, el
permiso de paternidad, el de adopción y del cuidado de familiares.
245
En la práctica, sin embargo, esta vertiente no se contempla y, por
ejemplo, las reducciones de jornada y las excedencias se limitan al cuidado
de los hijos (Martínez, 2011: 268).

314
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Castilla-León 1/03 (art. 14.11) o en la de Castilla-La Mancha


12/2010 (art. 39), aparecen unidas las medidas de atención a
la infancia y a las personas dependientes.
Cuando hablamos de “cuidado” debemos tener presente
que éste tiene una doble dimensión: las personas cuidadas y
las que cuidan. Es decir, no debemos olvidar que junto a las
prestaciones que requieren los receptores de cuidados hay que
tener presente la situación –laboral, pero también emocio-
nal– de los que trabajan prestando cuidados. En este sentido,
debemos subrayar la previsión que contiene el art. 49.7 Ley
vasca 4/05:

“Las administraciones públicas vascas establecerán


programas de desahogo y otro tipo de medidas y servicios
de apoyo económico, técnico y psicosocial a las personas
que realicen labores de cuidado, y estudiarán y, en su caso,
apoyarán iniciativas y fórmulas de apoyo mutuo entre par-
ticulares para el cuidado de las personas”.

De manera más específica, los arts. 45 de la Ley andaluza


13/07 y el art. 50 Ley canaria 1/10, contemplan medidas de
apoyo a “cuidadoras y cuidadores de personas dependientes”
y un acceso permanente a la información, la formación y el
asesoramiento adecuado que les ayude a mejorar su calidad
de vida.

b) El permiso de paternidad

Como he señalado, una de las claves de la transformación


del espacio privado es la superación de la concepción biologi-
cista del cuidado, es decir, de su consideración como trabajos
propios de las mujeres dada su condición de reproductoras. Ello
pasa porque los hombres asumamos progresivamente nuestra
corresponsabilidad en unos trabajos para los que no es necesaria

315
Octavio Salazar Benítez

ninguna predisposición natural246. Este proceso implica, entre


otras cuestiones, revisar el concepto de maternidad y paterni-
dad en cuanto a los roles diferenciados que tradicionalmente
ha implicado una y otra. Un instrumento fundamental para
dicho cambio es la consolidación de un permiso de paternidad
de carácter personal e intransferible que incida en la asunción
por parte de los padres de su papel de cuidadores tras el parto,
de tal manera que las consecuencias que de ello deriven en el
ámbito laboral no estén limitadas a las mujeres. Lo define de
manera muy precisa el art. 23.e de la Ley catalana 18/2003, de 4
de julio, de apoyo a las familias: “La introducción de un permiso
de paternidad, de cuatro semanas como mínimo, como derecho
individual del padre, sin que este período se reste de las dieciséis
semanas de descanso a que tiene derecho la madre”.
Con relación al permiso parental el ámbito de actuación
de las Comunidades Autónomas está condicionado por las
disposiciones estatales. En todo caso, nada impide que los
gobiernos autonómicos puedan establecer un permiso acu-
mulable a cualquier otro derecho reconocido en la normativa
laboral. Es lo que hace por ejemplo el art. 46 de la Ley gallega
7/04 al establecer un permiso retribuido de 8 días a favor de
los progenitores varones empleados a su servicio. Otras leyes
autonómicas lo elevan a 4 semanas (art. 13 Ley 8/2006, de
medidas de conciliación de la vida personal, familiar y laboral
del personal al servicio de las Administraciones Públicas de
Cataluña; art. 40 Ley andaluza 13/07; art. 43 Ley Castilla-La
Mancha 12/2010; art. 60 Ley extremeña 8/2011).
Los gobiernos autonómicos sí que pueden fomentar el uso
de este permiso, tal y como por ejemplo prevé el art. 10 de la

246
Debemos recordar que, aunque en los últimos años se ha ido produciendo
un incremento progresivo del disfrute del permiso de paternidad, el porcen-
taje aún es escaso. Según el Anuario de Estadísticas del Ministerio de Trabajo
e inmigración de 2009 (www.mtin.es, consulta: 17-06-11), mientras que las
prestaciones por maternidad en dicho año alcanzaron la cifra de 334.786, las
disfrutadas por varones sólo llegaron a 5.726, lo cual supone un 1,7%.

316
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Ley 1/2007, de 7 de marzo, de Medidas de Apoyo a las Familias


de la Comunidad de Castilla y León, en el que se dispone que
la Administración de la Comunidad establecerá subvenciones
o beneficios fiscales dirigidos a fomentar el uso del mismo247.

c) El valor de los trabajos de cuidado

De manera paralela a la garantía del derecho-deber de


corresponsabilidad, es necesario reconocer el valor social y
económico de los trabajos relacionados con el cuidado, es decir,
con todos esos que las mujeres han desempeñado histórica-
mente en el contexto privado y de los que tradicionalmente no
se ha valorado su aportación al mantenimiento de la sociedad
ni lo que han supuesto de ahorro en prestaciones por parte
del Estado. La misma denominación que durante siglos se ha
utilizado –tareas del hogar, “sus” labores– pone de manifiesto su
consideración como un trabajo improductivo en cuanto que se
valoraba como una proyección necesaria y natural del papel de
reproductoras asignado a las mujeres 248. Si queremos revisar
un modelo político y económico en el que es necesario articular

247
En todo caso, habría que tener en cuenta que la mayor parte de las
normas autonómicas exigen, entre las condiciones para poder conceder las
ayudas, que la pareja del beneficiario desarrolle una actividad por cuenta
propia o ajena. Ello juega en contra de la corresponsabilidad por dos ra-
zones: al ser la tasa de empleo femenino inferior a la de masculino, dicha
exigencia impedirá solicitar las ayudas a un mayor número de hombres que
de mujeres; por otra parte, esta exigencia circunscribe la efectividad de las
medidas al mantenimiento en el empleo de mujeres con responsabilidades
familiares, obviando la faceta de acceso al empleo (Martínez, 2011: 267).
248
Esa misma consideración incide en el inseguro “régimen jurídico” de las
trabajadoras del hogar, las cuales, en su mayoría, realizan sus prestaciones
sin la cobertura de un contrato y en condiciones de extrema precariedad.
Hay que recordar que el Estatuto de los Trabajadores regulaba hasta hace
poco los empleos por cuenta ajena en todos los sectores excepto el doméstico,
el cual se regía hasta hace poco por el obsoleto Real Decreto 424/85. Esta
situación se modificó con la aprobación del Real Decreto 1620/2011, de 14
de noviembre, por el que se regula la relación laboral de carácter especial
del servicio del hogar familiar, el cual entró en vigor el 1 de enero de 2012.

317
Octavio Salazar Benítez

de manera diversa las relaciones entre lo público y lo privado, y


por tanto el papel equilibrado de hombres y mujeres en ambos
espacios, es preciso comenzar por valorar en su justa medida
todos los trabajos que se desarrollan en torno al cuidado (hogar,
hijos e hijas, personas mayores y dependientes)249.
Esta necesidad la deja muy clara el art. 34 de la Ley vasca
4/2005 en el que se ordena que la Administraciones públicas
vascas promuevan la realización periódica de estimaciones del
valor económico del trabajo doméstico, incluido el cuidado de
las personas, e informen a la sociedad vasca del resultado de
dichas estimaciones con el fin de dar a conocer su importancia
económica y social. Asimismo tendrán en cuenta dicho valor
en el diseño de sus políticas económicas y sociales. En un sen-
tido similar se pronuncian los artículos 44.4 de la reciente Ley
asturiana 2/11 y 27.1 de la Ley canaria 1/2010.
Ello implica a su vez el reconocimiento de la maternidad
no tanto como una proyección biológica de las mujeres, sino
como un factor de reproducción de la sociedad. Lo expresa con
rotundidad el art. 4.i de la Ley de Castilla-La Mancha 2/2010:
“la protección de la maternidad como una función social
necesaria para toda la sociedad, con asunción de los efectos
249
Esta valoración ha ido encontrando un reflejo progresivo, si bien tímido,
en el Código civil, a través de las reformas que del Derecho de Familia se han
llevado a cabo desde 1981. Así, entre las medidas a adoptar por el Juez una
vez admitida la demanda de nulidad, separación o divorcio, se encuentra
la de fijar la contribución de cada cónyuge a las cargas del matrimonio. Lo
relevante es que se considera contribución a dichas cargas el trabajo que
cada uno de los cónyuges dedicó a la atención de los hijos sujetos a la patria
potestad (art. 103.3). Por su parte, el art. 1438 contempla el trabajo para la
casa como una contribución a las cargas del matrimonio. Desde esta perspec-
tiva, el art. 97 contempla “la dedicación pasada y futura a la familia” como
criterio para establecer la compensación que cabe disponer para el cónyuge
al que la separación o el divorcio produzca una desigualdad en relación a la
posición del otro, que implique un empeoramiento en su situación anterior
al matrimonio. Finalmente, la reforma del Código Civil llevada a cabo por la
Ley 15/2005 incluyó en el art. 68 CC el deber de los cónyuges de “compartir
las responsabilidades domésticas y el cuidado y atención de ascendientes y
descendientes y otras personas dependientes a su cargo”.

318
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

derivados del embarazo, parto y lactancia”. En el mismo sen-


tido se pronuncia el art.3.6 de la ley extremeña 8/11, la cual
habla en otro artículo del “valor humano y función social” de
la maternidad, o el art. 3 de Ley murciana 7/07 que lo hace de
“bien social insustituible”.
Teniendo en cuenta estas consideraciones, habría sido más
oportuno que el legislador hablase no sólo de maternidad, sino
también de paternidad. Porque salvo el hecho biológico de la
procreación, todos los demás efectos que genera el alumbra-
miento pueden ser asumidos indistintamente por hombres y
mujeres. Todo ello además debería ponerse en relación con los
nuevos modelos familiares y con las nuevas posibilidades de
procreación que, entre otras cuestiones, han acabado desvin-
culando la misma del matrimonio heterosexual.

d) El fomento de la conciliación en las empresas

La capacidad de incidencia de los poderes públicos en el


ámbito laboral es lógicamente mucho mayor en el sector públi-
co que en el privado. En este último, los poderes públicos pue-
den llevar a cabo una labor de fomento de la conciliación y, de
manera singular, pueden recurrir al uso de acciones positivas
aplicables a aquellas empresas que adopten medidas dirigidas
a favorecerla. En todo caso, y tal y como lo hace por ejemplo el
art. 23.2 de la Ley murciana 7/07, el legislador autonómico no
puede más que establecer un mandato muy genérico dirigido
a las empresas y organizaciones privadas, que en todo caso
deberá alentar con medidas que asocien determinados bene-
ficios –por ejemplo, fiscales– a la garantía de los derechos de
conciliación250. Cabe destacar, por su mayor precisión, el art.
27.7 de la Ley canaria 1/2010, el cual dispone que:
250
Véase en este sentido cómo están redactados los artículos 9.6 de la Ley
de Castilla y León 1/2003, 16 de la Ley balear 12/2006, 23.2 de la Ley mur-
ciana 7/07, art. 30 de la Ley andaluza 13/2007 o el 58 de la Ley extremeña
8/2011.

319
Octavio Salazar Benítez

“los poderes públicos de Canarias dispondrán la aplica-


ción de incentivos a las empresas públicas y privadas que
proporcionen servicios y medidas de conciliación de la vida
laboral, familiar y laboral, la creación de servicios de cuida-
do de menores en el ámbito laboral o servicios de atención
de personas dependientes, especialmente en situaciones
de vulnerabilidad social de trabajadoras y trabajadores, o
de espacios laborales de características especiales, como
polígonos industriales y parques tecnológicos que, por sus
condiciones de lejanía y carencia de equipamientos sociales,
generen superiores dificultades para la conciliación de la
vida laboral, familiar y personal”.

Un ejemplo de incentivos serían las subvenciones destinadas


a aquellas empresas que, para facilitar la conciliación de la vida
familiar y laboral de su personal, flexibilicen su jornada labo-
ral (art. 15 Ley 1/2007, de 7 de marzo, de Medidas de Apoyo a
las Familias de la Comunidad de Castilla y León). De manera
paralela habría que articular ayudas a los trabajadores y traba-
jadoras que se acojan a excedencias, permisos y reducciones de
jornada para atender las necesidades domésticas y de cuidado
de personas dependientes (art. 48.3 Ley vasca 4/05).
También cabe destacar las acciones positivas que contiene
la Ley catalana 18/2003, de 4 de julio, de apoyo a las familias
(art. 24), tales como:
- La recomendación por parte de las Administraciones
Públicas de Cataluña, los organismos autónomos y las
entidades de derecho público para que se incluya como
condición de ejecución contractual, cuando la prestación
lo permita, de medidas de conciliación por parte de las
empresas adjudicatarias de la gestión de servicios públi-
cos.
- La preferencia en la adjudicación de los contratos de
aquellas empresas que establezcan a favor de sus traba-
jadores las medidas de conciliación aplicables al personal
de la Administración de la Generalidad.

320
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

- La promoción de campañas de sensibilización dirigidas


a las empresas que tengan su sede social o que ejerzan
actividades en Cataluña a fin de que apliquen con res-
pecto a sus trabajadores medidas de conciliación de la
vida familiar y la vida laboral.
De manera mucho más concreta, la Ley canaria 1/2010 es-
tablece que el Gobierno de Canarias impulsará la creación de
centros infantiles en polígonos industriales y parques tecnoló-
gicos que posibiliten, a los hombres y mujeres, la conciliación
de la vida laboral, familiar y personal (art. 43.3).
Dos instrumentos serán decisivos en esta tarea: los Planes
de Igualdad y la negociación colectiva. En relación a los prime-
ros hay que recordar que la LOIMH obliga a las empresas de
más de 250 trabajadores a elaborar un Plan de Igualdad (art.
45) y señala una serie de materias que “podrán” contemplar
dichos planes. Entre ellas se encuentra, obviamente, la conci-
liación laboral, personal y familiar. Los gobiernos autonómi-
cos podrían desarrollar dos tipos de acciones. Por una parte,
fomentar los Planes de igualdad en aquellas empresas que no
están obligadas a tenerlos de acuerdo con la ley estatal. Por
otra, incentivar una mejora de los Planes ya existentes. Así se
contempla por ejemplo en el art. 37 de la Ley asturiana 2/11.
De manera más genérica, la Ley gallega 7/04 prevé un Plan
de Empleo Femenino que tendrá como uno de sus objetivos
prioritarios el establecimiento de programas integrales de for-
mación profesional para fomentar el empleo y la conciliación
en sectores en los que las mujeres estén subrepresentadas; así
como la formación e incorporación de mujeres al trabajo por
cuenta propia o ajena, especialmente aquéllas de mayor edad,
cuando no hubieran trabajado (art. 22).
En cuanto al papel destacado que en esta materia deben
tener los convenios colectivos, cabe señalar las siguientes
previsiones:
- El fomento por parte de las Administraciones públicas a
las empresas que faciliten la inclusión en los convenios

321
Octavio Salazar Benítez

colectivos y de ámbito superior de medidas sobre la


flexibilidad de horarios en función de las necesidades
familiares del personal a su servicios, así como el control
sobre los convenios para que no contengan cláusulas que
pudieran ser contrarias al principio de igualdad (art.
16.10 y 11 Ley de Castilla y León 1/2003, art. 28 Ley
andaluza 13/2007) De manera más tajante, el art. 18 de
la Ley de la Generalitat valenciana 9/03 obliga a las Ad-
ministraciones públicas a incentivar la inclusión en los
convenios colectivos de acuerdos sobre la flexibilización
de horarios en función de las necesidades familiares del
personal a su servicio.
- El fomento de la inclusión en los convenios colectivos
de modalidades de prestación de servicios distintos a la
presencial, como pueden ser el teletrabajo o el trabajo a
domicilio (art. 21 Ley murciana 7/2007, art. 42 de la Ley
canaria 1/10).
- El establecimiento por parte de las Administraciones
públicas de ayudas para la creación y el mantenimiento
de empresas cuyo objeto sea la prestación de servicios
dirigidos a favorecer la conciliación (art. 48.6 Ley vasca
4/05 y art. 23.f de la Ley murciana 7/07).
- La inclusión de un módulo sobre corresponsabilidad
familiar y doméstica en todas las actividades formativas
de formación profesional, ocupacional, continua o de
inserción laboral activa financiadas por el departamento
de Administración autonómica competente en materia de
trabajo (art. 33 Ley gallega 2/2007).
Por otra parte, no cabe duda de que las medidas que favo-
rezcan la conciliación deberán ser un criterio para adjudicar los
distintivos para las empresas en materia de igualdad que, tal y
como prevé el art. 50 LO 3/07, han reproducido buena parte de
las leyes autonómicas251. Es el caso por ejemplo de la Ley mur-

251
En el ámbito estatal, el Real Decreto 1615/2009, de 26 de octubre, por
el que se regula la concesión y utilización del distintito “igualdad en la em-
presa” incluye entre los criterios de valoración (art. 10), “el establecimiento

322
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

ciana 7/07 (art. 23.3), de la Ley Canaria 1/2010 (art. 39) o de la


Ley extremeña 8/11 (art. 55). Cabe destacar cómo la Ley catalana
18/2003, de 4 de julio, de apoyo a las familias, crea una nueva
categoría, la de “empresa familiarmente responsable” (art. 27),
como reconocimiento público con que el Gobierno distinguirá
a las empresas que adopten medidas para la conciliación de la
vida familiar y la vida social de los/as trabajadores/as.
Junto a las medidas apuntadas, en este ámbito sería esencial
la labor socializadora que propiciara “la convicción social y
empresarial de que la conciliación de la vida laboral y familiar
o personal estimula la motivación y la implicación en el trabajo
sin costes adicionales y, consiguientemente, la eficiencia de
los trabajadores, puede reforzar el obligado compromiso de
los empresarios, de la Administración, y en última instancia
de la sociedad con este derecho. Incluso, podría recurrirse
a potenciar los acuerdos individuales con los trabajadores o
colectivos con los representantes sindicales para mantener, o
incluso, incrementar la productividad y el rendimiento laboral
a cambio de facilitar la conciliación o de un menor trabajo
presencial” (Ruiz-Rico, 2012: 13).

e) La conciliación en el empleo público

Como he señalado con anterioridad, la capacidad de inci-


dencia de las medidas legislativas en el sector público es mucho
mayor, de ahí que sean muchas y variadas las acciones que en
materia de conciliación en el empleo público encontramos en
las normas autonómicas252. Entre las medidas más significati-
vas podemos citar, a título de ejemplo, las siguientes:

de medidas de organización del tiempo de trabajo (jornada y horarios, tur-


nos, vacaciones, entre otras) que faciliten la conciliación de la vida laboral,
personal y familiar o el establecimiento de otras medidas con la misma
finalidad…”
252
En varias Comunidades Autónomas se han aprobado normativas especí-
ficas sobre conciliación en el sector público, las cuales han adoptado la forma

323
Octavio Salazar Benítez

- El fomento de que las bajas, permisos o excedencias


por motivos de nacimiento de hijos o cuidado de fami-
liares sean solicitados por el padre para facilitar la vida
profesional de la mujer (art. 16.2 Ley Castilla y León
1/2003).
- El derecho de las mujeres gestantes a elegir el período
de vacaciones (art. 43 Ley gallega 7/04, art. 60.3 Ley ex-
tremeña 8/11, art. 94.7 Proyecto de Ley de Igualdad de
Cantabria).
- El establecimiento de acciones positivas a favor de las
mujeres embarazadas o en período de suspensión de con-
trato por maternidad en las pruebas selectivas de acceso
o promoción (art. 60.7 Ley extremeña 8/11).
- La flexibilización de jornada por motivos familiares (art.
44 Ley gallega 7/04, art. 39 Ley andaluza 12/07, art. 59
Ley extremeña 8/2011, art. 44 Ley canaria 1/2010, art.
94.2 Proyecto de Ley de Igualdad de Cantabria).
- La preferencia en cursos formativos (art. 45 Ley gallega
7/04, art. 59. 3 Ley extremeña 8/2001, art. 94.3 Proyecto
Ley de Igualdad de Cantabria).
- Las medidas para la reincorporación de personas que
hayan acogido a excedencias, permisos y reducciones
de jornada para atender las necesidades domésticas y
cuidado de personas dependientes (art. 92.3 proyecto de
Ley de igualdad de Cantabria).
- Las campañas de concienciación tendentes a la valoración
positiva del personal que ejercite los derechos de conci-
liación (art. 41 Ley gallega 7/04, art. 59 Ley balear 12/06,
art. 94.1 Proyecto de Ley de igualdad de Cantabria).
- El establecimiento de ayudas a los trabajadores y trabaja-
doras que se acojan a excedencias, permisos y reduccio-
nes de jornada para atender a las necesidades domésticas

de planes o acuerdos. Cabe destacar el caso de Cataluña donde se aprobó


la ya citada Ley 8/2006, de 5 de julio, de medidas de conciliación de la vida
personal, familiar y laboral del personal al servicio de las Administraciones
Públicas de Cataluña.

324
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

y del cuidado de personas dependientes (art. 48.3 Ley


vasca 4/05).
- La promoción de medidas de conciliación en la ne-
gociación colectiva (art. 40.1 Ley Castilla-La Mancha
12/2010).
- La aprobación de Planes de Igualdad en la función públi-
ca (art. 41 Ley Castilla-La Mancha 12/2010, art. 52 Ley
extremeña 8/2011).
- La aprobación de Planes de conciliación en los departa-
mentos, organismos y empresas públicas, previa nego-
ciación con los sindicatos más representativos (art. 42.a
Ley Castilla-La Mancha 12/2010, art. 59.2 Ley extremeña
8/2011).
- La creación de centros infantiles en los centros de trabajo
(art. 39 Ley andaluza 12/07).
- La previsión en los centros públicos destinados a impartir
actividades formativas de carácter ocupacional y continua
de un servicio de guardería con comedor y una sala de
lactación (art. 34 Ley Gallega 2/07).

f) El papel de las entidades locales en la conciliación

El ámbito local debería ser un escenario privilegiado para


el desarrollo de políticas de conciliación de la vida privada y
laboral en cuanto que es el espacio en el que hombres y muje-
res desarrollamos nuestra vida cotidiana. Es el que en última
instancia determina la organización de nuestros tiempos y
el que, con mayor eficacia, puede ofrecernos herramientas
más útiles para alcanzar el objetivo de armonizar lo público
y lo privado. Los legisladores autonómicos han tenido muy
presente el papel que las entidades locales han de cumplir en
esta materia. Así han insistido en el papel que debe cumplir
en cuanto al establecimiento de recursos y servicios socioco-
munitarios para la conciliación (art. 7.1.j Ley vasca 4/05, art.

325
Octavio Salazar Benítez

12 Ley murciana 7/07, art. 7 Ley extremeña 8/11, art. 37.3 Ley
andaluza 13/07).
La Ley gallega 2/2007 contempla la creación de “redes
comunitarias de apoyo a la conciliación”, gestionadas por los
Ayuntamientos, a partir de la creación de una base de datos
en que, de manera voluntaria, se inscriban las personas que,
en el término municipal u otro término vecino, tengan una
disponibilidad para realizar alguna de las labores comunitarias
(art. 44).
De manera especial habrá que actuar sobre la situación de
las mujeres en el mundo rural, donde siguen teniendo mayores
dificultades para el ejercicio de determinados derechos. Tal y
como indica la Ley de Castilla y León 1/2003 son necesarias
medidas de acción positiva para la promoción de las mujeres
de dicho ámbito, algunas de las cuales deberán dirigirse a pro-
mocionar la corresponsabilidad en el ámbito familiar (art. 20.3)
En un sentido similar, los artículos 24 Ley Castilla-La Mancha
12/10, 36.2 Ley andaluza 13/07 y 57.4 Ley extremeña 8/11.
Pero, sin duda, el papel más importante que pueden des-
empeñar las entidades locales en materia de conciliación es el
relacionado con la organización de los espacios y los tiempos
de nuestras ciudades. Dicha organización sigue respondien-
do en gran medida a la división público-privado/masculino-
femenino propia del orden patriarcal. En esa organización
radican algunos de los obstáculos para la conciliación de la
vida personal y familiar con la laboral. De ahí que una buena
parte de las acciones políticas deberían dirigirse a la revisión
de unas estructuras que tanto condicionan nuestra vida diaria.
Porque no deberíamos olvidar que, en gran medida, nuestras
ciudades siguen respondiendo, tanto en su concepción espacial
como temporal, a una división entre el “habitar” y el “trabajar”
(Tobío, 2005: 216-217).
De entrada, ello implica integrar la perspectiva de género
en el diseño de las ciudades, en las políticas urbanas y en la

326
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

definición y ejecución de los planeamientos urbanísticos (art.


50 Ley andaluza 13/07, art. 57 Ley canaria 1/10). Como bien
dispone el art. 67.4 de la Ley extremeña 8/11,

“las políticas urbanísticas deberán garantizar la descen-


tralización de servicios, de manera que la construcción de
infraestructuras y la ordenación del suelo dé respuesta a las
necesidades de conciliación de la vida personal, familiar
y laboral, disminuyendo los tiempos de desplazamiento y
garantizando la accesibilidad a los servicios en igualdad de
oportunidades”.

Dichas políticas deberán tener presente la necesidad de


organizar los espacios, y muy especialmente los dirigidos a
prestar servicios a la ciudadanía, de manera que su acceso
sea cómodo y rápido para todos y todas, y que se minimicen
los desplazamientos y tiempos de acceso (art. 41.1 Ley canaria
1/10, art. 57.2 Ley extremeña 8/11).
De manera más específica, la reorganización espacial de
nuestras ciudades debería tener presente la necesidad de infra-
estructuras a través de las cuales realizar trabajos de cuidado,
tales como guarderías (art. 21.1.d Ley gallega 7/04) o centro
de atención de la tercera edad o de personas con discapacidad
(art. 21.1.e Ley gallega 7/04).
Incluso habría que tener en cuenta una exigencia como
la que plantea la Ley gallega 2/07, según la cual “los centros
acreditados para actividades formativas procurarán adecuar
la ubicación del lugar donde se fueran a realizar estas activi-
dades y sus horarios a las necesidades de conciliación de la
vida personal, familiar y formativa del alumnado al que fueran
dirigidas” (art. 34.2)
No cabe duda de que uno de los principales retos de las
políticas de igualdad es lograr una mejor organización de los
tiempos que haga posible armonizar las responsabilidades
privadas con las públicas. Como bien lo expresa el art. 36 de

327
Octavio Salazar Benítez

la Ley andaluza 13/07, uno de los factores para conseguir la


plena autonomía es la capacidad que hombres y mujeres ten-
gan para la “configuración de su tiempo”. Un objetivo que, de
momento, plantea más dificultades a las mujeres ya que, con
carácter general, son las que tienen que sumar a su jornada
laboral la derivada de los trabajos de cuidado que desarrollan
en el ámbito privado. De ahí que sea tan relevante el objetivo
que se marca el art. 56 de la Ley extremeña 8/11 de impulsar
“la corresponsabilidad en la distribución del tiempo de trabajo
y ocio”.
Entre las medidas relativas a la organización temporal que
recogen las leyes autonómicas cabe destacar las siguientes:
- La apertura de líneas de investigación orientadas a adap-
tar los tiempos y los horarios de la actividad laboral a las
necesidades y al ciclo vital de las personas (art. 14.7 Ley
Castilla y León 1/03).
- La creación de bancos municipales de tiempo (art. 43
Ley gallega 2/07).
- La aprobación de planes de programación de tiempo de
la ciudad, con el objetivo de coordinar los horarios de
la ciudad con las exigencias personales, familiares y la-
borales de la ciudadanía (art. 47 Ley gallega 2/07253, art.
8.2 Ley extremeña 8/11).

253
El legislador gallego considera como horarios de la ciudad los de
apertura y cierre de las oficinas públicas, comercios y servicios públicos o
privados en atención al público, incluyendo actividades culturales, bibliote-
cas, espectáculos y transportes. Se prevé además la creación de una Mesa
de Concertación del Plan (art. 48)de la que formarán parte cada una de las
administraciones públicas implantadas en su ámbito territorial; las asocia-
ciones de mujeres y las de consumidores/as y usuarios/as con implantación
en dicho ámbito; los sindicatos más representativos y las asociaciones em-
presariales representativas a nivel autonómico y las que tengan implantación
dentro del ámbito territorial del plan; las de profesionales de la agricultura,
el artesanado o el comercio con implantación en dicho ámbito, así como las
asociaciones de madres y padres de los centros educativos del municipio o
municipios implicados y las vecinales del mismo territorio.

328
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

- La creación de de servicios de atención educativa y asis-


tencial a la infancia con horarios y calendarios amplios
y flexibles (art. 49.2 Ley vasca 4/05).
- La atención complementaria a lo largo de la escolaridad
infantil, de carácter extracurricular, al horario y calen-
dario escolar preestablecido (art. 49.5 Ley vasca 4/05).
- La coordinación entre los horarios laborales y los de los
centros educativos (art. 7 Ley Generalitat valenciana
9/03; art. 2.1.1.a) Ley Gallega 7/04; art. 38.2 Ley andaluza
12/07; art. 41.2 Ley canaria 1/10; art. 44.5 Ley asturiana
2/11; art. 93.2.c Proyecto Ley cántabra de igualdad).
- El mantenimiento de un servicio completo de comedores
escolares en todas las etapas educativas (art. 21.1.c Ley
gallega 7/04; art. 49.4 Ley vasca 4/05).
- La adecuación de los horarios de las actividades formati-
vas a las necesidades de conciliación de la vida personal,
familiar y laboral del alumnado (art. 34.2 Ley gallega
2/07).

g) Educar para la corresponsabilidad

Finalmente, y aunque tal vez deberíamos situar estas medi-


das en el primer lugar de las comentadas dada su importancia
en la transformación del “contrato social”, hemos de comen-
tar las disposiciones que van dirigidas a incidir en el ámbito
educativo. Es evidente que todas las medidas que hemos enu-
merado con anterioridad no tendrán el efecto deseado si no se
acompañan de un cambio en los procesos de socialización que
permitan redefinir las responsabilidades de mujeres y hombres
en los espacios público y privado. Es urgente, como marca el
art. 31 de la Ley murciana 7/07, concienciar al alumnado sobre
la importancia y el valor social de la corresponsabilidad. Estas
acciones deben cubrir un doble objetivo: 1º) transformar roles
y estereotipos; 2º) educar en las habilidades y capacidades
necesarias para el desarrollo de los trabajos de cuidado. Todo

329
Octavio Salazar Benítez

ello, a su vez, habrá de incidir en el cambio de valoración de los


trabajos del ámbito privado que históricamente han carecido
de estimación económica y social. Ello supondría cambiar los
patrones según los cuales un hombre pierde prestigio al asumir
roles tradicionalmente femeninos y una mujer lo gana al entrar
en el mundo de lo público (Pescador, 2002: 83).
Lo deja muy claro el art. 29 Ley Vasca 4/05, la cual señala
entre sus objetivos coeducativos:1º) la eliminación de los prejui-
cios, estereotipos y roles en función del sexo, construidos según
los patrones socioculturales de conducta asignados a mujeres
y hombres, con el fin de garantizar, tanto para las alumnas
como para los alumnos, posibilidades de desarrollo personal
integral; 2º)la incorporación de conocimientos necesarios para
que los alumnos y alumnas se hagan cargo de sus actuales y
futuras necesidades y responsabilidades relacionadas con el
trabajo doméstico y de cuidado de personas. Todo ello ha de
revertir a su vez en “el fomento de la autonomía personal” (art.
31.2 Ley Castilla-La Mancha 12/10). En un sentido similar se
pronuncian los arts. 15 de la Ley andaluza 12/07, 16 y 17 de la
Ley Canaria 2/10 y 34.6.a de la Ley extremeña 8/11.

III. Padres presentes, familias plurales

1. El padre proveedor de afectos254

“Mi padre no está, mi padre es una presencia intermi-


tente. Mi padre crea cápsulas de tiempo fuera de la cotidia-
nidad. Si consigo vencer su coraza, puedo participarle mis
preocupaciones, pero sus consejos, sin conocer realmente
cómo es mi vida, sin el refrendo de la ayuda material, re-
sultan extemporáneos, inadecuados incluso. Ni siquiera le

254
Tomo este título de Inés Alberdi y Pilar Escario (2007: 47-48): “El paso de
proveedor económico a proveedor de afectos implica una transformación en
el rol paterno, a la vez que crea nuevas expectativas respecto de los hijos”.

330
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

otorgo la autoridad de poder dármelos. La mayoría de las


veces no se los pido. Lo mantengo al margen.
El rencor, el resentimiento, me asaltan constantemente.
¿De qué lo acuso? De todo. De no verme lo suficiente, de no
llamarme lo suficiente, de no acordarse de mi cumpleaños,
de no hacerme regalos, de desaparecer cuando sabe que las
cosas a mi madre y a mí nos van mal, de veranear y viajar
cuando ya no veraneo ni viajo, de incumplir sus promesas,
de considerar que tiene más razones para quejarse que yo,
de creerse disculpado por ellas, de conformarse, de preten-
der que yo asuma sus renuncias, de verme a escondidas, de
regalarme cosas a escondidas, de pensar que me basta con
su cariño, de marginarse, de delegar en mi madre todo lo
que a mí respecta, de no erigirse en una alternativa frente a
ella, de no darme opción, de permitir que mi madre sea el
único centro de mi pequeña vida”255.

La incorporación de los hombres a los espacios privados


debe suponer, además de la asunción de la corresponsabilidad
doméstica y de cuidado, un cambio progresivo en la concepción
de la paternidad. Como he analizado en páginas anteriores,
el “diligente buen padre de familia” ha estado caracterizado
históricamente por una correlativa, y paradójica, “presencia-
ausencia”. Ha estado presente como “cabeza de familia”, como
detentador de la autoridad y restaurador del orden, como hace-
dor de las reglas, como proveedor y viajero, como ese Ulises que
retorna al hogar después de las “batallas públicas” necesitado
de reposo y afecto. Desde este punto de vista hay una más que
evidente conexión entre padre, patriarcado, patrimonio y patria:
cuatro cabos que se han atado a lo largo de los siglos mediante
el poder de los hombres.

255
Los textos entrecomillados y en cursiva que aparecen insertos en los
párrafos de este apartado pertenecen a la novela Tiempo de vida (2011), en la
que el autor, Marcos Giralt Torrente reconstruye, a partir de la muerte de su
padre, el “tiempo de vida” que compartió con él. De esta manera, la novela
se convierte en un retrato, a veces duro y brutal, de la figura del padre y con
él de la vivencia de la “paternidad” a través de los ojos del hijo.

331
Octavio Salazar Benítez

Como consecuencia de esa proyección “hacia fuera”, el


padre ha estado normalmente ausente en la cotidianidad del
hogar, en la relación afectiva y emocional con los hijos, en
el seguimiento diario de sus quehaceres o con respecto a la
asunción de responsabilidades derivadas del cuidado de los
descendientes. “Padre, ¿por qué me has abandonado?” (Badin-
ter, 1993: 179). El papel paterno se ha limitado al ejercicio del
poder en el contexto familiar, a proveer el sustento económico
y a ofrecerse como referente de la masculinidad patriarcal y
como dueño, por tanto, de los saberes y de la autoridad256.
Frente a la “mínima inversión social” de la madre –que se limita
a cuidar, atender y educar al hijo/a–, la del padre es máxima.
No sólo le da su nombre, el nombre del padre, sino que el hijo,
sobre todo el varón, es una “continuación social” de él (Sau,
2010: 31). El ordenamiento jurídico certificaba la continuidad
patriarcal: el primer apellido del padre tenía prioridad sobre
el de la madre, en caso de desacuerdo. Ello fue así en nuestro
Derecho hasta que la Ley 20/2011, de 21 de julio, del Registro
Civil, estableció que en caso de desacuerdo entre los progeni-
tores será el encargado del Registro el que decida “atendiendo
al interés superior del menor”.
Ha sido ésta la concepción del padre presente en el imagi-
nario colectivo y el orden cultural del patriarcado. Así es, por
ejemplo, el que se convierte en Dios-padre en prácticamente
todas las religiones:

“El padre es imaginado como el representante de la autori-


dad de Dios y su palabra es la ley. La noción cristiana de Dios
como Padre Omnipotente implicaba que el padre también
tenía que ser considerado todopoderoso en el interior de la
esfera familiar. Es la autoridad paternal lo que se considera
natural, y no el instinto maternal” (Seidler, 2007: 89)
256
En este sentido, se ha prorrogado la concepción de que “un hombre
tiene que ser el poseedor del conocimiento y de algún modo se le confiere la
imposible virtud de la infalibilidad. Los hombres deben ser capaces de cual-
quier cosa y tener conocimiento acerca de todo” (Pescador, 2004: 125).

332
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Esta posición del padre ha provocado, con respecto a los


hijos, una doble consecuencia. En primer lugar, su concepción
como una figura distante, ausente, con la que en raras ocasio-
nes era posible mantener unos vínculos afectivos y emocionales.
Es decir, la antítesis de la madre que siempre ha desempeñado
el papel de nutriente, sanadora, cuidadora y proveedora de
afectos. Ello ha dado lugar que para muchos hijos e hijos el
padre haya sido el gran desconocido, la referencia simbólica
más que real257, un paradigma más que una presencia recono-
cible. Así nos lo transmite Marcos Giralt:

“En muchos aspectos somos dos extraños. Él no me co-


noce al margen de nuestras artificiosas citas a comer, y yo
tengo una idea muy limitada de su vida (…) No sé nada de
él y debo rellenar los huecos con que lo vislumbro”.

Víctor Seidler (2007: 15) explica con claridad la posición


en la que históricamente se han encontrado atrapados los
padres:

“Tradicionalmente se suponía que los padres eran los


encargados de imponer la disciplina a los hijos, y en dife-
rentes cultura hablamos ecos de la advertencia <<Ya verás,
cuando tu padre llegue a casa>>. Pero, para mantener su
autoridad, los padres tenían que mantener las distancias
con respecto a sus hijos, ya que se suponía que la cercanía
amenazaba su estatus. Esta distancia a menudo les impedía
relacionarse emocionalmente con sus hijos. Ello creaba sus
propias formas de melancolía, pues los padres se sentían
atrapados en una relación distante que eran incapaces de
cambiar. Querían estar más cerca de sus hijos pero se sen-
tían atrapados en su posición de autoridad. Podían sentirse

257
“El significado social de la paternidad es tan poderoso que en un hogar
carente de figura paterna, el padre puede llegar a ser evocado de tal manera
que su propia ausencia lo hace presente” (Jiménez Guzmán, 2008).

333
Octavio Salazar Benítez

obligados por sus esposas a imponer disciplina, que de esto


modo se convertía en una prueba de <<hombría>>”.

En segundo lugar, y muy especialmente para los hijos va-


rones, el padre ha constituido el referente de la masculinidad
correcta, normativa. El patrón a imitar para ser un hombre
de verdad. El admirado y esperado (“Sólo hay un terreno, en
realidad, en el que no hay riesgo de conflicto: me enorgullece que
sea pintor, admiro su pintura”), pero también el continuador
de los roles y estereotipos del patriarca. Es decir, lo habitual
ha sido que el padre ofrezca un modelo que ha reforzado la
masculinidad patriarcal y que ha rechazado los valores y acti-
tudes ligadas a lo femenino. Así es el padre sobre el que escribe
Norman Mailer en Los tipos duros no bailan: “Y es que me veía
tal como era entonces, y yo, a los dieciséis años, me consideraba
un hombre duro. Al fin y al cabo, era hijo del padre más duro
de mi manzana”.
De ahí que Enrique Gil-Calvo (2006: 218) afirme que “el
patriarca es el patrón del héroe: su promotor, su empresario,
su patrocinador”. Los hijos han sido educados para seguir la
estela de ese padre admirado, el que, aunque en muchos ca-
sos estuviera ausente258, representaba, en ocasiones como una
auténtica carga, la referencia a la que imitar. “Necesitaba su
reconocimiento. Quería aprender, parecerme a él, y lo imitaba,
sí. Trataba de emularlo”. El padre reflejaba la representación
social dominante: el hombre volcado en lo público, competi-
tivo, autónomo, con un proyecto vital propio al margen de la
familia, negador de los sentimientos. El que siempre animaba
a reprimir las lágrimas, como bien nos lo describe Norman
Mailer: “Mientras mi padre estaba ausente, fui al cuarto de
baño y vomité. Hubiera preferido llorar. Ahora que estaba solo

258
En todo caso, “cuando no existe una identificación personal –vivencial
–con los hombres, especialmente en el caso del padre ausente, el niño elabora
un ideal de masculinidad identificándose con imágenes culturales: modelos
de hombre socialmente valorados”(Callirgos, 2003: 64).

334
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

y no pasaría la vergüenza de llorar delante de mi padre, las


lágrimas no acudieron a mis ojos”.
Ese modelo también provoca, obviamente, rechazo en los
hijos, sentimientos frustrados, resentimiento y hasta ira. Así
nos lo describe Virginia Woolf en su Al faro cuando nos cuenta
los sentimientos de los hijos hacia el Sr. Ramsay, prototipo del
patriarca:

“Si James hubiera tenido, en ese momento, al alcance


de la mano, un hacha, unas tenazas o cualquiera otra arma
susceptible de hincarse en el pecho de su padre, dejándole
seco de un golpe, se hubieran precipitado sobre ella. De tal
índole eran los extremos de emoción que mister Ramsay des-
pertaba en sus hijos con su sola presencia, cuando aparecía
ente ellos, estrecho y afilado como un cuchillo, sonriendo
sarcástico y complaciéndose no sólo en desilusionar al hijo
y poner en ridículo a la madre –diez mil veces superior en
todo, a los ojos de James–, sino también en la secreta va-
nagloria que la precisión de su propio juicio le inspiraba.
Lo que él decía tenía que ser verdad. Estaba siempre en lo
cierto. Era incapaz de error…”

Para ser un hombre de verdad, el niño sabe que debe seguir


las pautas del “jefe de familia” y esquivar, en la medida de lo
posible, los “condicionantes” femeninos que supondrían un
lastre o un impedimento para su desarrollo personal y profesio-
nal259. “Nos atascamos porque él se educó callando, no poniendo
nombre a las cosas, y yo me eduqué en el mundo de mi madre,
que era un mundo de palabras”. En la reproducción de ese mo-
delo era fácil pues lograr el encuentro de dos masculinidades
gemelas, como las de Giralt y su padre:

259
En este sentido, “el modelo paterno incide en la habilitación del sujeto
en su pasaje del mundo de la intimidad familiar al mundo público extra-
doméstico y al contexto laboral” (Burin, 2009).

335
Octavio Salazar Benítez

“Los dos melancólicos, los dos coléricos, los dos tímidos,


los dos inseguros, los dos sentimentales, los dos escépticos,
los dos pesimistas, los dos solitarios, los dos reactivos a los
advenedizos, a los impostores; los dos sobrios, los dos un
poco exhibicionistas, los dos estoicos, los dos soñadores, los
dos cariñosos, los dos masculinos, los dos heterosexuales,
los dos secretamente femeninos, los dos vulnerables, los
dos compasivos, los dos obsesivos, los dos escindidos, los
dos callados, los dos amordazados, desconcertados por la
conciencia excesiva de nuestras limitaciones”

El padre ofrece las claves para insertarse en el espacio pú-


blico que es el futuro indiscutible de los hijos varones. De esta
manera, la familia ha sido durante siglos la estructura básica
de reproducción del patriarcado y, por tanto, de la desigualdad
de género. Un espacio, no lo olvidemos, situado al margen de
la lógica garantista del derecho y regido por la autoridad del
pater familias y el correspondiente sometimiento de las partes
más débiles del contrato (mujeres, descendientes). Por ello no
es exagerado afirmar que “la liberación de la mujer tiene que
pasar por la liberación de las madres o será muy insuficiente”
(Camps, 2011: 234).
De ahí también en muchos casos las relaciones conflictivas
con aquellos hijos que, por diferentes circunstancias, rechazan
ese modelo y que, tal vez sin saberlo, se plantean una masculi-
nidad “alternativa”. “Mi padre… tiene el poder de amilanarme
con su desdén, de desesperarme con sus carencias”260.
Obviamente, los cambios en la manera de entender y ejer-
cer la paternidad no pueden ser impuestos por una norma
ni dependen directamente de las políticas que en materia de
igualdad puedan desarrollar los poderes públicos. No podemos
olvidar que “los cambios socioculturales en sí mismos no nece-

260
De ahí que muchos hombres que hoy podemos calificar como “igualita-
rios” reconozcan que siempre sintieron “una mayor cercanía y afinidad hacia
las mujeres, sus códigos de vida, sus valores, su mundo” (Covas, 2009: 35).

336
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

sariamente hacen que cambien las prácticas. Son las perso-


nas las que, a través de los diferentes modos de participación,
reproducen, mantienen o cambian las prácticas” (Salguero,
2008). Sí que todo el capítulo relativo a la conciliación de la
vida familiar y laboral, con las transformaciones que la misma
debería conllevar en la tríada tiempos-espacios-ciudadanía,
puede propiciar un campo de cultivo idóneo para hacer brotar
un nuevo modelo de paternidad. La corresponsabilidad en lo
doméstico y en los cuidados provocará a medio o largo plazo
cambios sustanciales en los roles de padre y de madre. Y de
manera muy especial debería obligar a que los varones que
decidan ser padres replanteen su proyecto de vida, partiendo
de la armonización de su dedicación profesional con la familiar,
yendo más allá del mero compromiso material con su pareja y
sus hijos o hijas. Como bien dice Lluis Flaquer (1999: 139), “los
hombres deberán plantearse en qué puede consistir una pa-
ternidad sin patriarcado y un hogar sin cabeza de familia”. Su
papel debería dejar de ser periférico y complementario al de la
madre, naturalizado como esencial. El padre no ha de limitarse
a “ayudar” a la madre en el cuidado de los descendientes, sino
que ha de ser protagonista también en dichas funciones.
La paternidad debería ser vivida como un proceso más
de realización personal y, por lo tanto, también disfrutada en
todo lo que supone de enriquecimiento afectivo y emocional,
y no simplemente como respuesta masculina a una exigencia
social261. Ese sería el modelo que Inés Alberdi y Pilar Escario
(2007: 43) denominan “padre total”262. Y en cuanto proceso
debería asumirse como un aprendizaje continuo, como una ne-
gociación constante, como un inestable equilibrio entre incer-

261
En este sentido, hay que tener presente que “los hijos han dejado de
tener un valor económico para adquirir una significación eminentemente
afectiva” (Flaquer, 1999: 102).
262
Carmine Ventimiglia (2002: 244) habla de “padre oblativo” para refe-
rirse al que “echa una mano en casa, que ayuda a la partner en la gestión del
ménage cotidiano y que recorta espacios y tiempos para su propia relación
con hijos e hijas”.

337
Octavio Salazar Benítez

tidumbre, ensayo e improvisación. En todo caso, este proyecto


personal debería asumirse no como una pérdida de tiempo, de
autonomía, de oportunidades profesionales, de relación con los
pares, sino como un factor esencial para el desarrollo personal
y como la apertura de otras vías de crecimiento y felicidad. Por
lo tanto, como un proceso central en su proyecto de vida.
En todo caso, no podemos olvidar las dificultades que supo-
ne asumir esa “nueva” concepción de la paternidad, las cuales
se alimentan de dos factores: 1º) la dificultad de encontrar otros
modelos que sirvan de referentes alternativos; 2º) la valentía
que supone transgredir la norma y romper con los estereotipos
establecidos. De ahí que se haya llegado a afirmar que “los
padres son inmigrantes en un terreno desconocido” (Salguero,
2008)263. Así se siente Marcos Giralt Torrente cuando enlaza al
padre muerto y al hijo por venir:

“Pienso, entonces, en mi hijo aún no nacido, que llevará


su nombre, y me pregunto en qué lo condicionaré, en qué
le fallaré, qué deberé yo perdonarle y qué deberá él per-
donarme, si no lo hace antes, cuando como mi padre me
diluya en la nada. Qué recordará de mí con nostalgia. Me
gustaría conservar lo mejor de mi padre para que le llegue
a través de mí”.

Desde este punto de vista, los vínculos que genera la paterni-


dad deberían también formar parte del reconocimiento social.
Es decir, la valoración de la masculinidad debería trascender
los logros laborales o públicos y debería asumir los ligados a
los espacios privados. Ello además repercutiría en la valoración

263
A ello habría que añadir la disparidad de expectativas, a veces incom-
patibles, entre las que nos vemos atrapados en función de cual sea nuestro
ámbito de referencia. Mientras que en el ámbito público se nos exige ser
competitivos, insensibles, duros, en el privado se nos pide ser cariñosos y
empáticos (Seidler, 2007: 153) De ahí que las transformaciones, como vengo
insistiendo, tengan que pasar necesariamente por la ruptura con ese divorcio
de espacios, tiempos y valores.

338
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

social no sólo de la paternidad sino también de la maternidad,


lo cual podría propiciar una serie de transformaciones jurídicas
y económicas que favorecerían la igualdad de género.
Dicho reconocimiento social debería ir acompañado de un
cambio en “el ambiente simbólico de la masculinidad tradi-
cional”, de forma que se diera el salto del pudor masculino a
mostrar los afectos y las emociones –estimados como síntoma
de debilidad– a que precisamente por hacerlo el hombre fuera
respetado y admirado. En este sentido, “es la afectividad la que
trasciende sobre otros vínculos generacionales y se constituye
en la expectativa dominante de la paternidad sostenible” (Al-
berti y Escario, 2007: 68). Es decir, habría que ir superando
un modelo reiterado y tan determinante de la masculinidad
como el que nos ofrece Marcos Giralt Torrente en el retrato
de su padre:

“Por eso evitaba las conversaciones demasiado cargadas


emocionalmente, porque temía que su verdadero ser aflo-
rara en ellas, que se le escapara una lágrima o que, en un
comentario fuera llevándole a otro hasta acabar diciendo lo
que no querría. En realidad, lo que más le avergonzaba, y lo
que su agudizado sentido de la dignidad más se empeñaba
en ocultar, era que se tenía por un ser débil. El sentimentalis-
mo lo consideraba parte de esa debilidad, en unión de otras
que sólo soy capaz de intuir. La principal de todas: su falta
de brío antes las cuestiones prácticas de la vida, algo de lo
que yo, como hijo suyo, era un constante recordatorio”.

Al mismo tiempo, esa transformación de la masculinidad


hegemónica, basada de manera singular en una revalorización
de lo emocional y del tiempo dedicado a los demás, se proyec-
taría en una nueva posición de los hombres con respecto a lo
que con carácter general hemos llamado “trabajos de cuidado”.
Es decir, el reto sería no sólo provocar un cambio en el modelo
tradicional de paternidad sino, de manera más general, una
“reubicación” de los hombres en los espacios y en los tiempos

339
Octavio Salazar Benítez

dedicados al cuidado de otras personas264. En este sentido, no


podemos olvidar que una de las mayores dificultades a las que
se enfrentan las sociedades del siglo XXI es la atención de las
personas dependientes por razones de edad o de enfermedad.
Más allá de profundizar en las políticas sociales dirigidas a
atenderlas, una de las claves se halla en la redefinición del pacto
social entre hombres y mujeres, con lo que la misma conlleva
de modificación de roles, tiempos y prototipos. De esta manera,
vuelvo a insistir, nos enfrentamos a la redefinición del cora-
zón mismo de la ciudadanía, en cuanto que se trata de revisar
nuestras identidades así como los espacios y los tiempos en que
ejercemos derechos y cumplimos con responsabilidades.
Este proceso será imposible de culminar si los de sociali-
zación no caminan en la misma dirección. En este ámbito sí
que es posible, tal y como desarrollaré en el punto siguiente,
poner las bases para la construcción de nuevas masculinidades
con la consiguiente revisión de la paternidad. Es decir, todo el
proceso de “deconstrucción” del héroe patriarcal ha de incidir
finalmente en la asunción de una nueva paternidad caracteri-
zada por la presencia, por la mayor empatía, por la cercanía
emocional y afectiva, por la dedicación temporal y sentimental.
En este sentido hay que entender la afirmación tan rotunda de
Badinter (1993: 214): “sólo son buenos padres los que saben
jugar con su bisexualidad”.

264
Sería fundamental modificar el timing de los padres y las madres. Como
explica Carmine Ventimiglia (2002: 241), sigue dándose una configuración
más transversal de ellas frente a la más vertical de nosotros: “Lo cual conlleva
una mayor propensión-sensibilidad femenina a tener una visión de conjunto
respecto a la vida cotidiana y a los quehaceres y, por así decirlo, una actitud
más de `monóculo’ por parte de los padres. En general, las performances de
estos últimos tienen más bien la característica de la mono-expresividad: son
mono-temáticas, mono-ejecutivas y, sobre todo, cronológicas: primero una
cosa y después otra. Pocas veces conocen la lógica de la contemporaneidad,
del ejercicio contextual de una pluralidad de cosas que hacer. Si quisiéramos
recurrir a las metáforas, se podría decir que los comportamientos de los
padres se declinan según una lógica de damero, mientras los de las madres
responden a una lógica de radar o, si se quiere, de red”.

340
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

Ello obligará a un “reajuste” familiar en el que las madres


también deberán asumir un doble cambio: por una parte,
habrán de ejercer de manera corresponsable la autoridad ne-
cesaria para mantener el orden familiar, y muy especialmente
la indispensable en el proceso de educación de los hijos; por
otra, habrán de hacer el esfuerzo de abandonar espacios tra-
dicionalmente asignados a ellas para que se ocupados por sus
compañeros, aunque inicialmente estos lo hagan con torpeza y
sin la debida “diligencia”265. Todo ello incide en la concepción
de la paternidad, y también de la maternidad266, no tanto como
un estado sino más bien como “un progreso que va generando
y construyendo desde la relación de la pareja, su sexualidad,
la decisión de procrear o de no hacerlo, el embarazo, el parto
y se extiende la crianza y a las etapas posteriores en el desa-
rrollo de los hijos y las hijas” (Jiménez Guzmán, 2008). De ahí
la oportunidad de usar el término “parentalidad”, con el que
neutralizamos, desde el punto del vista del género, el lugar y la
función del padre y la madre: “los padres en tanto que soportes

265
Una dificultad en este proceso radica en que incluso los varones “igua-
litarios” siguen manteniendo una “desigualdad naturalizada”, sobre todo
en lo relativo al papel de las mujeres como “nutridoras”. Es decir, “no sólo
ven natural que ellas ofrezcan nuevos códigos de vida más éticos, que todos
reconocen duros pero enriquecedores, sino que además les parece natural
que ellas sean las que deban destinar parte de su energía vital a intentar
concienciarlos, forzarlos a cambiar, confrontar sus resistencias y sin esperar
ninguna reciprocidad en los aportes nutrientes”. Por ello, siguen estimando
como parte de sus privilegios “sentir que las mujeres están a disponibilidad, al
estilo de unas <<mayordomas existenciales>> que en este caso ya no deben
ofrecer servicios domésticos o cuidados básicos” (Covas, 2009: 82-83).
266
En este sentido, la maternidad debe dejar de definir la identidad fe-
menina. Es decir, como ya planteara Harriet Taylor a finales del XIX (2001:
129-130), “no es necesario ni justo hacer imperativo a las mujeres que han de
ser madres o nada; o que si una vez que han sido madres, no serán nada más
durante el resto de sus vidas”. Porque “no existe una razón o una necesidad
inherentes de que todas las mujeres elijan dedicar sus vidas a una función
animal y sus consecuencias. Numerosas mujeres son esposas y madres sólo
porque no les queda otra trayectoria abierta, ninguna otra ocupación para
sus sentimientos o para actividades”.

341
Octavio Salazar Benítez

de una función parental no tienen sexo; el sexo es secundario


en relación a la parentalidad” (Tamayo Haya, 2011: 779).
El nuevo papel que deberíamos asumir los hombres en el
contexto familiar, y muy especialmente en relación a nuestros
hijos, se halla implícito en la regulación que el Código Civil
realiza de los derechos y deberes de los cónyuges. La tradi-
cional “diligencia del buen padre de familia”, que se traducía
esencialmente en la proyección pública y en el ejercicio de la
autoridad en el interior de la familia, ahora debería identificar-
se con el correcto desempeño de la paternidad en el contexto
familiar y en la superación de los estrictos márgenes del rol de
mantenedor y restaurador del orden. Es decir, el padre también
debería definirse por su papel de cuidador y de nutriente. Así
debería entenderse su actuación “en interés de la familia”, que
es uno de los deberes que a los cónyuges exige el artículo 67
Código Civil, y así se deduce del artículo 68, introducido por la
Ley 15/2005, de 8 de julio, según el cual también los cónyuges
están obligados a “compartir las responsabilidades domésticas
y el cuidado y atención de ascendientes y descendientes y otras
personas dependientes a su cargo”267.
“El padre y la madre, aunque no ostenten la patria potes-
tad, están obligados a velar por los hijos menores y a prestarles
alimentos”, dice el art. 110, incluido en el Título V dedicado
a “la paternidad y la filiación”268. La obligación de “velar por
los hijos” debería empezar a interpretarse como superadora
del mero sustento económico o de las responsabilidades de
tipo educativo más estrictas, para referirnos con ella al papel

267
En todo caso, resulta muy significativo que esta obligación se in-
trodujera cuando la desaparición de las causas de divorcio hace que su
incumplimiento sea jurídicamente irrelevante (Ley 15/2005, de 8 de julio).
(Rodríguez, 2011: 74).
268
De nuevo observamos como la terminología continúa siendo deudora del
patriarcado. La relación jurídica entre el padre y la madre y los hijos viene
marcada “en masculino”. Es decir, se habla de “paternidad” para referirse a
la condición jurídica derivada de la descedencia cuando de manera estricta
ese término remite a la “condición de padre”.

342
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

que padres y madres deben asumir con respecto al cuidado


físico y emocional de sus descendientes. De esta manera, y
en evidente superación de la concepción patriarcal del Dere-
cho de Familia, habría que sumar a la masculinizada “patria
potestad” las responsabilidades derivadas de la que durante
siglos ha sido una invisible y no reconocida matria potestad.
Ello no supondría más que aplicar en esta materia el mandato
que con toda claridad establece el artículo 4 de la LOIMH: “La
igualdad de trato y de oportunidades entre mujeres y hombres
es un principio informador del ordenamiento jurídico y, como
tal, se integrará y observará en la interpretación y aplicación
de las normas jurídicas”.
De ahí que cuando el art. 154 CC establece que “la patria
potestad se ejercerá siempre en beneficio de los hijos, de acuer-
do con su personalidad, y con respeto a su integridad física y
psicológica”, lo cual comprende “velar por ellos, tenerlos en
compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una forma-
ción integral”, el entendimiento de dichas obligaciones debería
superar la lógica patriarcal y la consiguiente diferenciación
jerárquica de roles entre el padre y la madre. En este sentido,
la referencia a la validez de los actos que realice cualquiera
de los progenitores “conforme al uso social y a las circunstan-
cias” (art. 156 CC), debería hacer posible una interpretación
más ajustada a unos usos sociales en los que el hombre y la
mujer han empezado asumir un papel social distinto al tra-
dicional. Y digo bien “han empezado” porque considero que
estamos sólo al inicio de un proceso que debe llevar a romper
“la dicotomía ser para sí mismos/ser para los demás, propia de
la distribución tradicional de entidades asignadas a hombres
y mujeres”, a través de, entre otros retos, la promoción en los
hombres del desarrollo y ejecución de la “función nutridora”
(Covas, 2009: 87).
De ahí la conveniencia de sustituir el término “patria po-
testad” por otro como “potestad parental”, de manera que se
visibilicen los dos progenitores (Gete-Alonso, 2011: 60), incluso

343
Octavio Salazar Benítez

obviando la referencia al sexo para así entender incluidas las


familias creadas entre gays y lesbianas.

2. La custodia compartida: la corresponsabilidad en


momentos de crisis

Esas mismas responsabilidades –que, insisto, deben en-


tenderse más allá del mero sustento económico, sobre todo
en un contexto en que la situación más generalizada es que
los dos miembros del matrimonio sean “proveedores” 269– se
mantienen en los casos de separación, nulidad y divorcio (art.
92 CC). De acuerdo con estos parámetros, en el caso de ruptura
de los vínculos familiares la regla general, como he apuntado
con anterioridad, debería ser la custodia compartida de los
descendientes270. Mantener lo contrario supondría una contra-
De ahí también la necesidad de superar la concepción tan limitada
269

que de “alimentos” se establece en el artículo 110 CC, en el que se entiende


por tales “todo lo que es indispensable para el sustento, habitación, vestido
y asistencia médica”, así como la educación y la instrucción.
270
A diferencia de otros países de nuestro entorno, nuestro Código Civil,
tras la reforma llevada a cabo en 2005, introdujo unos requisitos que hacen
que la custodia compartida sea muy excepcional. En concreto, el art. 92 CC
contempla tres supuestos en los que es posible acordarla: 1º) Cuando los
padres la soliciten en la propuesta de convenio regulador; 2º) En un proceso
contencioso, cuando los padres lleguen al acuerdo en el transcurso del pro-
cedimiento; 3º) Si la pide uno de los progenitores, el Juez puede acordarla
para proteger el interés superior del menor. El apartado 7 del art. 92 exige
que ninguno de los progenitores haya interpuesto una denuncia por violencia
o agresión sexual contra el otro. Además, si los progenitores no la solicitan
de mutuo acuerdo, la custodia compartida sólo podrá acordarse excepcio-
nalmente cuando la reclame uno de ellos, y siempre que el Ministerio Fiscal
emita un informe favorable (art. 92.8 CC). La STC 185/2012, de 17 de octubre
de 2012, declaró inconstitucional y nulo el inciso “´favorable” contenido en
el 98.8 CC, en cuanto que el informe del Ministerio Fiscal no puede limitar la
plena potestad jurisdiccional. Con este marco jurídico no es de extrañar que
aproximadamente más del 90% de las sentencias de separación o divorcio
atribuyan a la mujer la custodia de los hijos, el uso de la vivienda hasta que
éstos se emancipen y una pensión de alimentos. En un estudio realizado por
el abogado sevillano José Luis Sariego, en el que analizó 400 resoluciones

344
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

dicción flagrante con la reclamación de un hombre presente


en el ámbito doméstico y familiar, además de comprometido
con el ejercicio responsable de su paternidad. Sólo cuando
hubiera razones fundadas para justificar el no cumplimiento
de dichas obligaciones, o el perjuicio de los menores, cabría
optar judicialmente por otras soluciones271.
En nuestro país esta cuestión es objeto de una, a mi parecer,
sorprendente polémica, sobre todo cuando muchos de los ar-
gumentos en contra son esgrimidos por determinados sectores
feministas. Entiendo que posicionarse radicalmente en contra
de la custodia compartida implica, como mínimo, partir de
dos presupuestos: 1º) que el padre es incapaz de cumplir ade-
cuadamente con sus obligaciones y con la satisfacción de las
necesidades, no sólo materiales, de sus descendientes; 2º) que
la madre, al margen de las consideraciones de tipo económico
que conlleva la decisión sobre la custodia272, es la más capaci-
dictadas entre 1999 y 2000 por los juzgados de familia y las audiencias
provinciales, elegidas al azar entre diversas Comunidades, los resultados no
ofrecían muchas dudas. En 371 casos se atribuyó la custodia de los hijos a
la madre y en 29 a los padres. En estos 29 casos se hizo por motivos como
incapacidad, trastorno mental o adición de la mujer a las drogas o alcohol.
El estudio no encontró ni una sola sentencia de custodia compartida (www.
elpais.com, 24-05-2010) De este mismo abogado es de interés el estudio
titulado “Respuestas ante la incertidumbre de la custodia compartida” (con-
sultado en http://www.lexfamily.es/img/0_pn1_1228114792.pdf, 3-2-2012).
271
Un dato como el que aporta Miguel Lorente (2009: 195) –en los casos en
que se produce la separación y el divorcio de forma amistosa, el acuerdo se
traduce en que la custodia sea ejercida por las madres en el 93% de los casos– no
debería servirnos para argumentar en contra de la custodia compartida, sino
más bien para insistir en la necesidad de modificar los patrones de la paterni-
dad y la maternidad, incluidas las situaciones de crisis de pareja. Obviamente
no puedo estar más de acuerdo con Lorente (2009:198) cuando señala que la
custodia compartida “debe entenderse como una opción a la hora de establecer
las nuevas relaciones entre los progenitores y los hijos, probablemente la mejor
cuando se reúnan las condiciones exigidas…” Las mismas madres deberían
ser las que la exigieran, más allá del interés de los propios hijos, en su propio
interés. De lo contrario, paradójicamente, seguirán siendo prisioneras de su
rol tradicional en detrimento de su desarrollo profesional y personal.
272
En este sentido, estoy de acuerdo con María Sanahuja (2010) cuando
señala que “lo fundamental es separar la discusión sobre las aportaciones

345
Octavio Salazar Benítez

tada para desempeñar el trabajo de “velar” por los hijos273. De


esta forma, no sólo se prorroga un “estado de cosas” patriarcal
sino que también ellas mismas se hacen un flaco favor, en el
caso de que tengan una vida laboral o profesional, al asumir en
solitario las obligaciones derivadas de la maternidad274. Parece
evidente que en muchos casos la atribución de la custodia no

económicas para el sustento de los hijos, o el uso de la vivienda, del tiempo


de dedicación y cuidado de ellos. Con independencia de quien pague más
(debiendo asumir mayor cargo económica quien más ingresos tenga), y de
quien siga disfrutando del domicilio que fuera común (se deberá considerar la
necesidad y los recursos respectivos), los hijos tienen derecho a tener madre
y padre”. Sobre la custodia compartida desde un punto de vista psicológico
véase Aguilar (2006). En los últimos años se han constituido varios colec-
tivos y plataformas en defensa de la misma (www.custodiapaterna, www.
unidosporlacustodiacompartida.org, 4-9-2012).
273
Aproximadamente en un 90% de los procesos matrimoniales la custodia
se atribuye a la madre, lo cual supone subrayar el rol tradicional de las mu-
jeres. Así se constata en el dictado de muchas sentencias, como por ejemplo
la del Tribunal Supremo de 14 de febrero de 2005 en la que se afirma que
“resulta evidente que, dada la edad del menor, la atribución a la madre de
su guarda y cuidado está en la línea de una larga experiencia que encuentra
en el diario contacto con la madre un elemento esencial en el desarrollo de
la personalidad infantil” (Solé e Ysàs, 2011: 738).
274
Como bien explica la magistrada María Sanahuja Buenaventura (2010),
“dedicarnos en solitario a la educación y el cuidado de los hijos limita brutal-
mente nuestro desarrollo profesional, relegándonos a niveles que no existen
tanta dedicación, lo cual irremediablemente se traduce en salarios menores.
Si ejercemos nuestra función como educadoras con responsabilidad corremos
el riesgo de ser las únicas malvadas que imponen hábitos y obligaciones, y si
lo hacemos de modo irresponsable nos encontramos en poco tiempo con unos
hijos asilvestrados, e intolerantes a la más mínima frustración, que no dudan
en acudir a la violencia, física o psíquica, si no ven colmados sus crecientes
deseos. Cuando los pequeños monstruos se emancipan, el propietario de
la mitad de la vivienda de la que fue expulsado no duda en reclamarlas, ya
que en muchas ocasiones se obligado a regresar su hogar materno, y en ese
momento, cuando las mujeres tienen edades que rondan los sesenta años,
con escasos ingresos, no pueden adquirir la mitad de la vivienda, con riesgo
de ser expulsadas. El final del expolio inicial puede ser el que las mujeres
se queden sin nada: sin profesión, porque no nos hemos dedicado a ella; sin
espacios personales al no disponer de tiempo, lo cual supone un empobre-
cimiento personal, y es fuente de desequilibrios y frustraciones; sin casa; y
sin unos hijos y unas hijas, que además pueden formular serios reproches
culpabilizando a las madres del alejamiento de la familia paterna, lo cual es

346
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

responde tanto al interés superior del menor sino a un “juego


de intereses” en el que suele jugar un papel central la atribución
de la vivienda: “si la custodia se atribuye a la madre, el uso de
la vivienda familiar también le corresponde, de forma que el
padre debe abandonar el hogar familiar y buscarse otra resi-
dencia, y en muchos casos pagando la hipoteca de la vivienda
familiar, lo que hace pensar que sale más barato quedarse con
los hijos porque acarrean el uso de la vivienda y además un
ahorro en la pensión alimenticia” (Solé e Ysàs, 2011: 738-739).
De ahí que parezca mucho más sensata la temporalización de
la atribución del uso de la vivienda como opción que permite
evitar los conflictos.
Es decir, entiendo que la custodia compartida, con las de-
bidas excepciones establecidas legalmente y ponderadas judi-
cialmente, es la consecuencia lógica del modelo de correspon-
sabilidad que aquí defendemos así como del tipo de padre que
reclama una sociedad superadora del viejo “contrato sexual”275.
No tendría mucho sentido reclamar una mayor implicación de
los hombres en el ámbito doméstico y familiar, incluso reclamar
un permiso de paternidad personal e intransferible y medidas
de acción positiva para fomentar su implicación en el cuidado
de los hijos, y posteriormente con respecto a las situaciones
de ruptura negarles ese papel. Al contrario, entiendo que “la
coparentalidad, entendida como la colaboración responsable y
efectiva de padres y madres separados en las tareas de sociali-
zación, puede paliar en gran parte los efectos del divorcio para
la vida y el destino de los hijos” (Flaquer, 1999: 95).

fuente de conflicto y sufrimiento, al haberse quedado huérfanos con padres


vivos, con un duelo que no se acaba”.
275
Incluso habría que tener en cuenta que “muchos hombres que, con
anterioridad a la ruptura no dedicaron su tiempo al cuidado de los hijos, o
lo hicieron en muy pequeña medida, más tarde empiezan a encontrar esos
espacios que no tenían, pues son conscientes de que el cariño no nace por
generación espontánea, y si no tienen contacto con sus hijos luego les resultan
unos perfectos desconocidos, y eso lo descubren en muchas ocasiones tras
la separación” (Sanahuja, 2010).

347
Octavio Salazar Benítez

La sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona de 20


de febrero de 2007 resume a la perfección los efectos positivos
de la custodia compartida (Solé e Ysás, 2011: 745-746):

“a) se garantiza a los hijos la posibilidad de disfrutar de


la presencia de ambos progenitores, pese a la ruptura de las
relaciones de pareja, siendo tal presencia similar de ambas
figuras parentales y constituye el modelo de convivencia
que más se acerca a la forma de vivir de los hijos durante la
convivencia de pareja de sus padres, por lo que la ruptura
es menos traumática;
b) se evitan determinados sentimientos negativos en los
menores, entre los cuales cabe relacionar los siguientes:
miedo al abandono; sentimiento de lealtad; sentimiento de
culpa; sentimiento de negación; sentimiento de suplanta-
ción; etc.,
c) Se fomenta una actitud más abierta de los hijos hacia
la separación de los padres que permite una mayor acep-
tación del nuevo contexto y se evitan situaciones de mani-
pulación consciente o inconsciente por parte de los padres
frente a los hijos;
d) se garantiza a los padres la posibilidad de seguir ejer-
ciendo sus derechos y obligaciones inherentes a la potestad
o responsabilidad parental y de participar en igualdad de
condiciones en el desarrollo y crecimiento de sus hijos,
evitando, así, el sentimiento de pérdida que tiene el proge-
nitor cuando se atribuye la custodia al otro progenitor y la
desmotivación que se deriva cuando debe abandonarse la
pensión de alimentos, consiguiendo, además, con ello, una
mayor concienciación de ambos en la necesidad de contri-
buir a los gastos de los hijos;
e) no se cuestiona la idoneidad de ninguno de los repre-
sentantes;
f) hay una equiparación entre ambos progenitores en
cuanto a tiempo libre para su vida personal y profesional,
con lo que evitan de esta manera dinámicas de dependen-
cia en la relación con los hijos, pues en ocasiones el dolor

348
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

y vacío que produce una separación se tiende a suplir con


la compañía del hijo o hija que se convierte así en la única
razón de vivir de un progenitor; y
g) los padres deben cooperar necesariamente, por lo
que el sistema de guarda compartida favorece la adopción
de acuerdos, lo que se convierte en asimismo en un modelo
educativo de conducta para el menor”.

Cuestión distinta es que en algún caso pueda usarse la


reclamación de la custodia compartida como “una medida
dirigida a dar una papel más relevante a los padres sobre el
de las madres, para lo cual es instrumentalizada dentro de la
estrategia posmachista, en la que la crítica a la mujer es un
elemento fundamental para conseguir como objetivo no tanto
que el padre tenga la custodia de los hijos como que no los
tenga la madre” (Lorente, 2009: 201)276. Esta posibilidad, que
obviamente existe, de convertir a la madre en la “mala de la
película” y de alegar una paternidad que antes no se ejerció de
manera conveniente, deberá ser en todo caso controlada por
los jueces. Lo que no me parece es argumento suficiente para
cuestionar la necesidad de establecer como regla la custodia
compartida. Estoy de acuerdo con Lorente (2009: 208) en que
la misma “no debe ser una reivindicación para tratar de resol-
ver los problemas económicos derivados de la separación y el
divorcio”, pero sí que debe convertirse en la meta a conseguir,
siempre que las condiciones de la pareja lo hagan posible, en
cuanto modelo coherente con la corresponsabilidad de hom-
bres y mujeres con respecto a los hijos.
Por lo tanto, entiendo que “la imposición de un modelo mo-
noparental cuando los hijos tienen madre y padre, que quieren

276
Esta posición ha dado lugar a la aparición del término “Síndrome de
Alienación Temporal” (SAP): “El SAP es un neomito, una construcción concep-
tual específica aplicada a los conflictos que surgen entre los hijos, los padres
y las madres tras la separación para explicar los acontecimientos de forma
coherente con lo que ha sido la posición histórica del patriarcado y con los
roles atribuidos a cada uno de los progenitores” (Lorente, 2009: 132).

349
Octavio Salazar Benítez

y pueden ocuparse de ellos, es antidemocrático y perjudica


gravemente el interés del menor. Sólo se debe excluir a uno de
los progenitores, o a ambos, cuando no quieren ocuparse de
los hijos, o lo hacen de un modo muy deficiente277. También,
cuando el permanente nivel de conflictividad es tan extremo
que supera los límites tolerables y se hace evidente el perjuicio
para el menor, pero en este caso debe valorarse cual de los pro-
genitores impide el razonable ejercicio la corresponsabilidad
frente a los hijos, pues el sistemático incumplimiento no debe
ser premiado” (Sanahuja, 2010)278.

277
En este sentido, también habría que ir eliminando “de nuestro imagina-
rio social la situación de biparentalidad perfecta como requisito indispensable
de una socialización primaria adecuada”. La clave estaría en asumir que
cada vez más el proceso de socialización de nuestros hijos e hijas se basa
“en el bricolaje y en la artesanía” más que en un modelo perfecto y acabado
(Flaquer, 1999: 90).
278
Una sentencia de la Audiencia Provincial de Córdoba de 24 de abril
de 2006 concreta las condiciones que deberían concurrir para que la cus-
todia compartida pueda hacerse efectiva: a) muy bajo nivel de conflicto
entre los progenitores; b) buena comunicación y cooperación entre ellos;
c) residencias cercanas o geográficamente compatibles; d) rasgos de per-
sonalidad y carácter del hijo y los padres compatibles; e) edad del menor
que permita su adaptación; f) cumplimiento de los progenitores de las
prestaciones económicas; g) respeto mutuo por ambos progenitores; h)
que no haya excesiva judicialización de la separación; i) existencia de un
vínculo efectivo del menor con ambos padres; j) que ambos progenitores
estén de acuerdo con la alternativa de custodia compartida, en definitiva
características de los progenitores como madurez personal y capacidad
para separar el plano de la relación de pareja de sus roles como padres.
Como bien señalan Judith Solé y María Ysàs (2011: 748-749), “si se dieran
todas estas condiciones lo que parecería raro es que la pareja se hubiera
separado, ya que el escenario sería casi ideal. Por otra parte la comunica-
ción y cooperación entre los progenitores así como el cumplimiento de sus
obligaciones económicas deben darse sea cual sea el sistema de guarda al
que estén sometidos los hijos (compartida o no) y el respeto mutuo no es
obligación entre excónyuges, sino que es un derecho-deber entre ciudada-
nos que incumbe a todos con independencia de las relaciones personales
o familiares que se sustenten”.

350
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

3. El hombre en plural

Ahora bien, dicho lo anterior, no deberíamos olvidar que


la masculinidad no se define sólo en función de la paternidad
o, lo que es lo mismo, que caben “otras” masculinidades. Es
decir, durante siglos el modelo normativo de varón ha estado
marcado por el triángulo heterosexualidad-matrimonio-pro-
creación279. El referente era el hombre que se proyectaba en lo
público, que formaba una familia y que en ella asumía el rol de
proveedor. Existía un mandato cultural que definía los espacios
de realización del hombre y entre ellos se encontraba la pa-
ternidad, entendida desde el binomino ausencia-presencia que
he explicado. De esta forma, patriarcado (gobierno del padre)
y paternidad (calidad de padre) se confundían en realidades,
prácticas y conceptos que resumían la masculinidad normati-
va (Jiménez Guzmán, 2008). En este sentido, todos podemos
recordar cómo para muchas generaciones de hombres espa-
ñoles el ciclo vital estaba marcado por su dedicación laboral o
profesional, la realización del servicio militar y el matrimonio:
los tres ejes de la virilidad. Las opciones, no sólo sexuales o
afectivas sino en general vitales, quedaban en las afueras, en
los márgenes, en la exclusión o en la invisibilidad. Se trataba
de masculinidades “alternativas” que no respondían al canon
y que, por tanto, carecían de reconocimiento social.
En la actualidad, uno de los retos principales pasa por
el reconocimiento de las diversas maneras de ser y sentirse
hombre. Y así, de la misma forma que la maternidad no debe

279
De hecho, los argumentos esgrimidos en contra del reconocimiento
del matrimonio de personas del mismo sexo se han basado en una interpre-
tación “heteronormativa” y patriarcal del art. 32 CE, de tal manera que se
entiende que la heterosexualidad es un requisito del matrimonio ya que la
función social de éste es la procreación. Un argumento que cae por su propio
peso simplemente valorando dos factores: la existencia de matrimonios sin
descendencia y las posibilidades de procreación que, gracias a los avances
médicos, no requieren de la existencia de una convivencia formalizada con
una persona de sexo contrario.

351
Octavio Salazar Benítez

ser una pieza ineludible en la identidad femenina, tampoco la


paternidad debe convertirse en un parámetro de definición de
la masculinidad. Aunque en mucha menor medida que las mu-
jeres, que han estado limitadas durante siglos por su condición
natural de reproductoras, los hombres también nos hemos visto
determinados por las expectativas que, como una losa, nos obli-
gaban a seguir una específica construcción personal y social.
El objetivo ahora, por lo tanto, es doble: 1º) pensar y definir la
masculinidad en plural, dando cabida en ella a las más diversas
opciones personales, afectivas, sexuales, familiares; 2º) en el
caso de optar por el ejercicio de la paternidad, asumirla desde
la corresponsabilidad en los cuidados y los afectos. Todo ello
pasa, obviamente, por una seria reflexión sobre los modelos de
convivencia y, desde el punto de vista estrictamente jurídica,
por la revisión de un Derecho de Familia aún excesivamente
heteronormativo.
En paralelo, asumir esa diversidad de “masculinidades”
conlleva a su vez asumir la pluralidad de “patenidades”, más
allá del modelo tradicional ubicado en el matrimonio hetero-
sexual. Es decir, puede haber padres solteros, padres divor-
ciados, padres con hijos procedentes de diferentes familias,
padres homosexuales con hijos adoptados o procedentes de
“vientres de alquiler”...

4. El libre desarrollo de la afectividad y la sexualidad como


presupuesto de la diversidad familiar

Las reflexiones anteriores deben ser ubicadas en el contex-


to de los progresivos cambios que se están produciendo en el
ámbito familiar. La polémica suscitada en nuestro país por la
reforma del Código Civil llevada a cabo por la Ley 13/2005,
de 1 de julio, que extendió el matrimonio a gays y lesbianas,
puso de manifiesto la resistencia del patriarcado a su erosión
en un doble sentido: de una parte, por lo que implicaba de

352
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

reconocimiento de derechos a los homosexuales; de otra, por


lo que suponía de ruptura con la familia patriarcal y, por lo
tanto, con una determinada concepción de “lo masculino” y “lo
femenino”. La posibilidad, garantizada jurídicamente, de que
dos hombres o dos mujeres constituyan una familia supone un
indiscutible avance en materia de igualdad y, al mismo tiempo,
en relación al tema que nos ocupa, la plasmación normativa
de otras masculinidades posibles.
Debemos tener presente que la familia, y más concreta-
mente la regulación que de ella ha realizado el Código Civil,
ha sido tal vez la base esencial del mantenimiento del orden
patriarcal y, en consecuencia, de una determinada posición
de hombres y mujeres en el “contrato social” y en el previo
“contrato sexual”. La familia ha sido siempre una construcción
sociopolítica, pieza esencial en el orden burgués e instrumento
del Estado para controlar la sexualidad y el deseo. La familia
matrimonial responde, pues, a la moral propia de una clase
social que lo utiliza al servicio de sus intereses. Así, “como la
buena marcha de los negocios, el matrimonio es un signo de
triunfo, estabilidad y rentabilidad” (Sánchez Martínez, 2010:
21). La institución familiar ha sido y es “no sólo el pilar de
una cultura basada en la naturalización binaria y dicotómica
de las relaciones sexuales destinadas a la reproducción, pero
también en el punto de apoyo lingüístico y metadiscursivo
de cuyas entrañas emanaba la legitimación de los discursos
punitivos al encuentro de los crímenes contra natura” (Vélez-
Pellegrini, 2008:273).
Ese modelo ha sido además potenciado en los diferentes
ámbitos de socialización del individuo, lo que ha favorecido
la construcción de la realidad social de acuerdo con la divi-
sión binaria de géneros y la heterosexualidad obligatoria. En
consecuencia, la familia matrimonial ha sido es el espacio
privilegiado para que el patriarcado afianzara sus raíces y
se perpetuara a través de una determinada concepción de la
masculinidad y la feminidad. El “contrato sexual” ha sentado

353
Octavio Salazar Benítez

las bases no sólo de una determinada configuración del ámbi-


to privado, sino también de lo público, es decir, del ejercicio
de la ciudadanía280. Ya lo expresó con rotundidad Rousseau
en su Emilio o De la Educación, donde quedaron dibujados
con precisión los patrones a los que debían ajustarse Emilio
y Sofía, y donde quedaba además muy claro que son “el buen
hijo, el buen marido y el buen padre quienes hacen al buen
ciudadano”. De esta manera, podemos afirmar con Daniel Bo-
rrillo, que “hombres y mujeres establecen un comercio sexual
organizado alrededor de un orden jerárquico y con finalidad
reproductiva: la heterosexualidad” (Borrillo, 2010). Y lo hacen
con una posición diferenciada: “Mientras que el varón puede
desarrollar su propia individualidad fuera del ámbito familiar, a
la mujer le está vedada tal posibilidad porque su único destino
es la familia” (Martínez Sánchez, 2010: 46).
De esta manera, la denominada “familia nuclear fusional”
se basa en la “complementariedad asimétrica” y en la “espe-
cialización de funciones” (Flaquer, 1999: 28). El rol del marido
tiende a ser más bien instrumental y el de la esposa expresivo.
Y aunque la organización de la familia nuclear descansa sobre
el principio de la complementariedad de los roles conyugales,
en la práctica más bien deberíamos decir que se ha apoyado
tradicionalmente en la servidumbre de la mujer.
El matrimonio ha supuesto siempre una garantía de orden
y estabilidad. Su misma consideración como “garantía ins-
titucional” revela ese carácter en la medida que se pretende
hacer de él una estructura rígida, considerada esencial para el
funcionamiento de la sociedad y protegida frente a cambios que
puedan llegar a “desnaturalizarla”. La conexión matrimonio-
orden conlleva a su vez, la exclusión o, en el mejor de los casos,
la menor valoración de otras opciones afectivas, sexuales o de

280
“La relación típica entre mujeres y hombres como sexos es actualmente
una relación de poder político. La institución del matrimonio es el convenio
estructural más decisivo para mantener esta relación de poder, así como
para conectarla con el Estado” (Jónasdóttir, 1993: 320).

354
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

convivencia281. Basta en ese sentido con recordar la larga his-


toria de persecución de la homosexualidad como opción “no
natural”, “desordenada” o peligrosa para el mantenimiento
del orden público282.
Esta concepción política del matrimonio y la familia subra-
yó la concepción del amor no tanto como proyección de las
necesidades afectivas y sexuales del individuo –en definitiva,
como una expresión más de lo que en términos jurídico-consti-
tucionales denominamos “libre desarrollo de la personalidad”–
sino como “fuerza” mediante la cual se ensamblan dos partes
llamadas a completarse: la masculina y la femenina. Es decir,
la concepción del “amor romántico”, como he apuntado con
anterioridad, reforzó las pautas culturales y emocionales del
patriarcado y, de manera muy especial, la heterosexualidad
como opción “natural” o “normal”, en cuanto que suponía el
deseo y la atracción de los dos opuestos: el masculino y el fe-
menino, necesitados por la sociedad necesitaba para mantener
su orden y, sobre todo, para garantizar su continuidad283. Todo

281
Algo que se pone de manifiesto en el ordenamiento jurídico con la
mayor sanción que suponen determinados actos cuando son realizados por
homosexuales. Así por ejemplo el Código Penal de la dictadura de Primo de
Rivera, promulgado en 1928 y vigente hasta 1932, distinguió por primera
vez entre el delito sexual cometido por heterosexuales y homosexuales. En
el segundo caso, el castigo era mayor.
282
En este sentido cabe recordar como la Ley de Vagos y Maleantes de
1933 estableció la idea de “estado peligroso”, que si bien parecía responder
a una formulación abierta y progresista, se utilizó para reprimir de manera
azarosa (Mira, 2007: 185). Una ley que sería reformada en 1954 para castigar
con mayor dureza los comportamientos homosexuales hasta que en 1970 se
aprueba la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, cuyo mismo título
contiene todo un programa heteronormativo: los homosexuales eran consi-
derados como un peligro para la sociedad.
283
El género permite construir “la ideología de la complementariedad”:
“Los ideales sexuales funcionan de tal manera que permiten la búsqueda
de la identificación subjetiva y la complementariedad <<objetiva>>: la
fragilidad femenina se acomoda con la solidez masculina y la propensión
doméstica de la mujer con la capacidad de realizar proyectos propia de los
hombres. El matrimonio aparece como el teatro en el que se juegan los roles
de género...” (Borrillo, 2010).

355
Octavio Salazar Benítez

ello acompañado, obviamente, de justificaciones religiosas o


morales, así como de instrumentos que durante siglos fomen-
taron la socialización en dichos parámetros.
No podemos negar que a lo largo del siglo XX el matrimo-
nio, y con él la vida familiar, se fue progresivamente democra-
tizando gracias principalmente a las reivindicaciones de las
mujeres que consiguieron convertirlo en un contrato de iguales.
De ahí que, por ejemplo, las primeras reformas significativas
que se hicieron en nuestro ordenamiento jurídico tras el fin de
la dictadura franquista fueran las relacionadas con el Derecho
de Familia. Y de ahí también que en aquellos contextos aún
dominado por culturas patriarcales el matrimonio y la familia
sigan respondiendo a códigos poco respetuosos con la dignidad
y libertad de las mujeres.
A pesar de todos los cambios operados en su régimen
jurídico, es evidente que el matrimonio continúa siendo en
el “imaginario colectivo” un contrato que no sólo genera de-
rechos y obligaciones sino que también otorga una suerte de
estatus que confiere respetabilidad. Desde este punto de vista,
el matrimonio ha aparecido ante los demás como garantía de
estabilidad e incluso de rectitud desde el punto de vista moral.
Durante siglos fue la única vía de desarrollo personal permitida
a las mujeres mientras que a los hombres les confería un mayor
peso en la vida social y venía a completar lo que se suponía era
su ámbito normal de desarrollo, es decir, la vida pública.
En paralelo, la familia continúa siendo el referente de la
felicidad, de la plenitud del individuo, de la realización perso-
nal. Los medios de comunicación, la publicidad, el mercado en
general, siguen usando la imagen idílica del matrimonio hete-
rosexual como el marco casi obligatorio en el que el individuo
ha de desarrollar su proyecto vital. Basta con repasar cómo
por ejemplo el consumo se articula en función de un modelo
familiar, o como el mismo diseño de las viviendas responde
a ese modelo imperante. Con carácter general, “existe una
presión mediática y cultural que presenta al amor y la pareja

356
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

como la institución que colmará las aspiraciones de felicidad


individuales a través de lo que en la cultura occidental se define
como la <<media naranja>>, es decir, una interpretación de
la idea platónica de que existe una única persona que comple-
menta de forma casi completa la vida personal. Lo realmente
paradójico es que el reconocimiento del derecho al matrimonio
a gays y lesbianas ha venido a subrayar ese imaginario. En este
sentido, baste con subrayar como las imágenes mediáticas de
bodas entre personas del mismo sexo nos siguen remitiendo a
un ritual y hasta a una indumentaria que suponen la interio-
rización de una práctica social consolidada. De esta manera,
comprobamos como la boda sigue operando como ritual social,
cargado de simbolismo y con toda la carga conservadora que
tienen los ritos. Se trata de una celebración colectiva, en la
que la sociedad “bendice” nuevas unidades de producción y
reproducción.
Además, desde el punto de vista jurídico, la referencia para
la concesión de derechos continúa siendo el matrimonio. Inclu-
so cuando encontramos previsiones normativas con una cierta
apertura, comprobamos como el eje continúan siéndolo las pa-
rejas casadas. Sirva como ejemplo el artículo 17 del Estatuto de
autonomía de Andalucía de 2007 que reconoce a las “parejas no
casadas”, las cuales, siempre que estén inscritas en el registro
creado a tal efecto, “gozarán de los mismos derechos que las
parejas casadas”. Ello a su vez implica limitar la protección a
las “parejas de hecho”, ya reconocidas por el ordenamiento, y
excluir otros modelos de convivencia (Rodríguez, 2011: 97).
La pervivencia de este orden cultural y simbólico, del que
ahora también participan gays y lesbianas, puede provocar
una doble consecuencia (Pichardo,2009:326): 1ª) Para esca-
par de una posición subalterna, habrá muchos homosexuales
que, aunque no lo tuviesen presente en sus proyectos vitales,
acaben optando por el matrimonio como una vía hacia el
respeto social y el acceso a derechos y a la ciudadanía; 2ª)
Aquellos homosexuales que prefieran entrar en ese modelo,

357
Octavio Salazar Benítez

pueden considerarse peor considerados de lo que lo estaban


anteriormente y pueden sentirse presionados para encajar en
ese nuevo modelo de familia.
De esta manera se alcanza el efecto de “normalización”, con
todas las connotaciones negativas que implica este término.
Normalizar implica convertir algo en “normal” y, en el tema que
nos ocupa, conlleva el riesgo de querer diferenciar el patrón de
normalidad –la heterosexualidad– frente a las “anormalidades”
que representan otras opciones. Desde una perspectiva demo-
crática, y en la que por tanto igualdad y pluralismo deben ir la
mano, lo “normal” debe ser “lo diverso” y es la garantía de esa
diversidad el papel que debe cumplir un sistema de derechos
y libertades. Por ello, el objetivo del sistema debería ser no
normalizar sino reconocer. Estos argumentos hacen realmen-
te sorprendente que desde el movimiento LGTB, o al menos
desde ciertos sectores del mismo, se ponga tanto el acento en
mantener el imaginario “heteronormativo”.
Entiendo que la lucha por el matrimonio se haya convertido
en bandera de un movimiento reivindicativo de igualdad de
derechos, pero pienso que, a pesar del indudable avance que
representa, corre un doble riesgo: 1º) el de reducir la diversidad
afectivo-sexual a las pautas heteronormativas y patriarcales;
2º) el de concentrar la reivindicación de derechos en una cues-
tión singular cuya consecución puede provocar una ficción
de igualdad, en la medida en que supone situar en un lugar
secundario otros retos.
No deberíamos olvidar que el verdadero reto es transformar
una sociedad que continúa siendo homófoba –lo cual significa
que es necesario cambiar el orden patriarcal que la sustenta–,
y, para ello, habría que incidir especialmente en las políticas
educativas y en todos los procesos socializadores del individuo.
El patriarcado, del que es una característica singular la homo-
fobia, es, por encima de todo, una cultura, con proyecciones
en lo político, en lo jurídico y en todos los ámbitos sociales.
Indudablemente el reconocimiento del derecho al matrimonio

358
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

entre personas del mismo sexo puede ayudar a transformar


patrones culturales, pero al mismo tiempo no podemos ob-
viar que dicha opción asimilacionista supone insistir más en
la igualdad como identidad que como reconocimiento de las
diferencias.
Todos esos interrogantes nos ponen de manifiesto, como
mínimo, las dudas que genera no tanto la constitucionalidad
del matrimonio entre personas del mismo sexo sino su efectivi-
dad en el largo proceso de conquista de derechos por parte de
colectivos que, durante siglos, han sido discriminados e incluso
perseguidos por el ordenamiento jurídico. En este sentido, el
reconocimiento del matrimonio habría de interpretarse como
una conquista evidente, pero no como la definitiva. El gran
reto de los sistemas constitucionales es el reconocimiento de
la diversidad no sólo de los modelos de convivencia sino tam-
bién de las “maneras” en que nos construimos como hombres
o como mujeres.
Desde esta perspectiva, la protección de la orientación
sexual y de la identidad de género ha de superar los límites
estrechos de la prohibición de discriminación, y por supuesto
de su anclaje exclusivo en la vida privada, y ha de contemplarse
desde los presupuestos de nuestro orden político: la dignidad
y el libre desarrollo de la personalidad. Es preciso avanzar
en la consideración del desarrollo sexual y afectivo como una
faceta esencial de la personalidad y que, por tanto, está ligado
íntimamente a la dignidad del ser humano y a la “igualdad de
reconocimiento”. Es decir, la normalización jurídica y social
de las diversas opciones afectivas y sexuales exige su inserción
en el ámbito público, su protección como una dimensión de
la personalidad a través del principio de igualdad así como su
proyección en diversos ámbitos que, aunque conectados de
manera estrecha con la vida privada, tienen evidentes reper-
cusiones en otros espacios284.
284
Un reto que habría resultado jurídicamente más fácil si nuestra Consti-
tución hubiera recogido el contenido del voto particular al art. 27 propuesto

359
Octavio Salazar Benítez

Ante la ausencia de proclamación constitucional expresa,


estamos obligados a deducir tal derecho de la conjunción de
diversos principios constitucionales que nos ofrecen un marco
jurídico protector. Junto a la igualdad formal, y la consiguiente
prohibición de discriminación, es necesario tener presente la
cláusula de igualdad material del art. 9.2 CE. En relación a
ésta, es preciso subrayar la dimensión colectiva o de grupo que
también puede suponer la orientación sexual. A pesar de las di-
ficultades que puede suponer la definición de un grupo, y sobre
todos de los rasgos o elementos que determinan la pertenencia
al mismo, en el caso de LGTB sí que podemos determinar un
factor de cohesión que es la histórica discriminación y su lucha
por tener una voz propia en el espacio democrático. De esta
manera se conectan además las dos proyecciones que podemos
deducir del art. 9.2 CE. No se trata sólo de que sean necesarias
actuaciones públicas para favorecer una igualdad real, sino
también para favorecer la participación de todos los ciudada-
nos y de todas las ciudadanas en la vida política, económica,
cultural y social. Ello supone favorecer el empoderamiento de
todos los hombres y todas las mujeres, desde la diversidad de
sus opciones sexuales y afectivas, con pleno reconocimiento
de su voz, de sus diferencias, de su identidad.
Ambos factores, igualdad y participación, pueden enten-
derse como proyecciones de la “identidad” del individuo o,
dicho de otra manera, como herramientas esenciales para
el “libre desarrollo de la personalidad” (art. 10.1 CE). Es
en este concepto, íntimamente ligado al de dignidad, donde
hallamos la clave constitucional para entender la afectividad
y la sexualidad como elementos de la identidad individual y,
por tanto, como derechos que merecen protección jurídica y

por el Grupo Socialista del Congreso en el proceso constituyente “Toda per-


sona tiene derecho al desarrollo de su afectividad y sexualidad, a contraer
matrimonio, a crear en libertad relaciones estables de familia y a decidir
libremente los hijos que desean tener, a cuyo fin tiene derecho a acceder a
la información necesaria y a los medios que permita su ejercicio” . (Sainz
de Moreno y Herrero de Padura, 1989, 11, 42, 52).

360
Masculinidades y ciudadanía: los hombres también tenemos género

reconocimiento social. Unos derechos que forman parte de la


“integridad moral” del individuo (art. 15 CE) y que, por tanto,
han de situarse en el nivel más garantista de cualquier sistema
de libertades, tal y como se desprende del tercero de los Prin-
cipios de Yogyakarta285:

“Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al re-


conocimiento de su personalidad jurídica. Las personas en
toda su diversidad de orientaciones sexuales o identidades
de género disfrutarán de capacidad jurídica en todos los
aspectos de la vida. La orientación sexual o la identidad de
género que cada persona defina para sí, es esencial para su
personalidad y constituye uno de los aspectos fundamentales
de la autodeterminación, su dignidad y su libertad”.

La identidad, por tanto, habría de considerarse como el ar-


mazón jurídico-constitucional a partir del cual se proyectan y
desarrollan todos los derechos que posibilitan la autonomía del
individuo y, en definitivas, sus capacidades para diseñar y ejecu-
tar un plan de vida286. Esta concepción de la identidad puede ser
reconducida, en clave jurídico-constitucional, a una libertad de
285
Los Principios de Yogyakarta fueron elaborados a petición de Loui-
se Arbour, ex Alto Comisinado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos (2004-2008) y se redactaron en noviembre de 2006 en la ciudad
indonesa de Yogyakarta por un grupo de 29 expertos en Derechos Humanos
y derecho internacional de varios países. Su presentación tuvo lugar el 26
de marzo de 2007 en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y poste-
riormente fue ratificado por la Comisión Internacional de Juristas. Se trata
de un documento que contiene una serie de principios legales cuyo fin es la
aplicación de las normas de derecho internacional de derechos humanos en
relación a la orientación sexual y la identidad de género. El texto marca los
estándares básicos para que las Naciones Unidas y los Estados avancen para
garantizar la protección de los derechos humanos a las personas LGTB.
286
Esta formulación omnicomprensiva, y transversal, es la que late en la
proclamación que hace al art. 26.1 de la Constitución portuguesa:“Se recono-
ce a todos el derecho a la identidad personal, al desarrollo de la personalidad,
a la capacidad civil, a la ciudadanía, al buen nombre y reputación, a la ima-
gen, a la palabra, a la reserva de la intromisión de la vida privada y familiar
y a la protección familiar contra cualquier forma de discriminación”.

361
Octavio Salazar Benítez

la que tradicionalmente se han ofrecido lecturas parciales. Me


refiero a la libertad de conciencia, no expresamente recogida
en la Constitución de 1978, pero sí deducible del art. 16 CE. La
libertad de conciencia, que supone “no solamente el derecho a
formar libremente la propia conciencia sino también a obrar de
manera conforme a los imperativos de la misma” (STC 15/1982,
FJ 6º), es el “tronco” que permite a cada individuo ser su propio
“legislador” y no sólo en ámbitos que de manera más estricta
tienen que ver con el pensamiento, sino